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+The Project Gutenberg eBook of El cuarto poder, by Armando Palacio Valdés
+
+This eBook is for the use of anyone anywhere in the United States and
+most other parts of the world at no cost and with almost no restrictions
+whatsoever. You may copy it, give it away or re-use it under the terms
+of the Project Gutenberg License included with this eBook or online at
+www.gutenberg.org. If you are not located in the United States, you
+will have to check the laws of the country where you are located before
+using this eBook.
+
+Title: El cuarto poder
+
+Author: Armando Palacio Valdés
+
+Release Date: February 13, 2008 [eBook #24601]
+[Most recently updated: July 1, 2021]
+
+Language: English
+
+Character set encoding: UTF-8
+
+Produced by: Produced by Chuck Greif and the Online Distributed
+Proofreading Team at DP Europe (http://dp.rastko.net)
+Revised by Richard Tonsing.
+
+*** START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK EL CUARTO PODER ***
+
+
+
+
+BIBLIOTECA de LA NACIÓN
+
+
+ARMANDO PALACIO VALDÉS
+
+
+
+
+EL CUARTO PODER
+
+
+BUENOS AIRES
+
+1913
+
+El autor de esta obra ha autorizado a LA NACIÓN para editarla y
+venderla solamente en las Repúblicas Argentina y Uruguay. Esta
+edición no puede circular fuera de las dos Repúblicas mencionadas.
+
+Imp. de LA NACIÓN.—Buenos Aires
+
+
+
+
+ÍNDICE
+
+
+I.—Se levanta el telón, por esta vez sin metáfora
+
+II.—Del feliz arribo de la «Bella-Paula»
+
+III.—En que la pareja enamorada comienza a pensar en el nido
+
+IV.—Cómo los particulares de Sarrió se congregaban en un recinto
+nombrado el «Saloncillo», y lo que allí se platicaba
+
+V.—¡¡¡Ladrones!!!
+
+VI.—Que trata del equipo de Cecilia
+
+VII.—Que trata de dos traidores
+
+VIII.—De la reunión que los próceres de Sarrió celebraron en el teatro
+con asistencia del cuarto estado
+
+IX.—Historia de una lágrima
+
+X.—De la gloriosa aparición de «El Faro de Sarrió» en el estadio de la
+prensa.—Primeros fuegos de la batalla del pensamiento
+
+XI.—Que Gonzalo se casó.—Graves revueltas entre los socios del
+«Saloncillo»
+
+XII.—Cómo se divertía Pablito
+
+XIII.—En que se descubren algunos secretos de la vida de Gonzalo
+
+XIV.—De los galicismos que cometía «El Faro de Sarrió» y otros asuntos
+no menos interesantes.—Primeras bajas de la batalla del pensamiento
+
+XV.—De la entrada famosa que hizo en Sarrió el duque de Tornos, conde
+de Buenavista
+
+XVI.—De lo mucho y bueno que hizo el duque de Tornos en Sarrió
+
+XVII.—Que Gonzalo toma una gravo resolución y Cecilia otra
+
+XVIII.—Donde tira doña Brígida de la manta
+
+XIX.—En que da fin la presente historia con algunos notables, cuanto
+tristes sucesos
+
+Obras de Palacio Valdés
+
+
+
+
+CAPITULO PRIMERO
+
+SE LEVANTA EL TELÓN, POR ESTA VEZ SIN METÁFORA
+
+
+En Sarrió, villa famosa, bañada por el mar Cantábrico, existía hace
+algunos años un teatro no limpio, no claro, no cómodo, pero que servía
+cumplidamente para solazar en las largas noches de invierno a sus
+pacíficos e industriosos moradores. Estaba construído, como casi todos,
+en forma de herradura. Constaba de dos pisos a más del bajo. En el
+primero los palcos, así llamados Dios sabe por qué, pues no eran otra
+cosa que unos bancos rellenos de pelote y forrados de franela encarnada
+colocados en torno del antepecho. Para sentarse en ellos era forzoso
+empujar el respaldo, que tenía bisagras de trecho en trecho, y levantar
+al propio tiempo el asiento. Una vez dentro se dejaba caer otra vez el
+asiento, se volvía el respaldo a su sitio y se acomodaba la persona del
+peor modo que puede estar criatura humana fuera del potro de tormento.
+En el segundo piso bullía, gritaba, coceaba y relinchaba toda la chusma
+del pueblo sin diferencia de clases, lo mismo el marinero de altura que
+el que pescaba muergos en la bahía o el peón de descarga; la señá Amalia
+la revendedora igual que las que acarreaban «el fresco» a la capital.
+Llamábase a aquel recinto «la cazuela». Las butacas eran del mismo
+aborrecible pelote que los palcos y el forro debió ser también del mismo
+color, aunque no podía saberse con certeza. Detrás de ellas había, a la
+antigua usanza, un patio para ciertos menestrales que, por su edad, su
+categoría de maestros u otra circunstancia cualquiera, repugnaban subir
+a la cazuela y juntarse a la turba alborotadora. Del techo pendía una
+araña, cuajada de pedacitos de vidrio en forma prismática, con luces de
+aceite. Más adelante se substituyó éste con petróleo, pero yo no alcancé
+a ver tal reforma. Debajo de la escalera que conducía a los palcos había
+un nicho cerrado con persiana que llamaban «el palco de don Mateo». De
+este don Mateo ya hablaremos más adelante.
+
+Pues ha de saberse que en tal lacería de teatro se representaban los
+mismos dramas y comedias que en el del Príncipe y se cantaban las óperas
+que en la Scala de Milán. ¿Parece mentira, eh? Pues nada más cierto.
+Allí ha oído por vez primera el narrador de esta historia aquellas
+famosas coplas:
+
+ _Si oyes contar de un náufrago la historia_,
+ _Ya que en la tierra hasta el amor se olvida_...
+
+Por cierto que le parecían excelentes, y el teatro una maravilla de lujo
+y de buen gusto. Todo en el mundo depende de la imaginación. Ojalá la
+tuviese tan viva y tan fresca como entonces para entretenerles a ustedes
+agradablemente algunas horas. También ha visto el _Don Juan Tenorio_. Y
+sus difuntos untados de harina de trigo, su comendador filtrándose por
+una puerta atada con cuerdas, su infierno de espíritu de vino y su
+apoteosis de papel de forro de baúles, le impresionaron de tal modo que
+aquella noche no pudo dormir.
+
+En la sala pasaba, poco más o menos, lo mismo que en los más suntuosos
+teatros de la Corte. No obstante, por regla general se atendía más al
+espectáculo que en éstos. Aun no habíamos llegado a ese grado superior
+de perfeccionamiento, mediante el cual las acciones deben formar grato
+contraste con el lugar donde se ejecutan; verbigracia, charlar en los
+teatros, reirse en las iglesias, ir graves, y silenciosos, y patéticos
+en el paseo, como sucede, afortunadamente, en Madrid. Ignoro si en
+Sarrió han subido ya a la hora presente este peldaño de la civilización.
+
+Ni se crea que faltaban por eso algunos espíritus lúcidos que se
+adelantaban a su época y presentían lo que había de ser el teatro
+andando el tiempo. Pablito Belinchón era uno de ellos. Tenía abonado
+siempre, en compañía de otros tres o cuatro amigos, el palco de
+proscenio. Desde allí dirigía la palabra a otros señores de más edad,
+abonados en el palco de enfrente: se decían cuchufletas, se burlaban de
+la tiple o del bajo, y se tiraban caramelos y saetas de papel. Por
+cierto que el público de las butacas, ajeno todavía a estos
+refinamientos de la civilización, solía hacerles callar bárbaramente con
+un enérgico chicheo. Las familias más importantes acostumbraban a entrar
+en aquellos palcos fementidos después de abierto el telón, con la misma
+solemnidad que si penetrasen en una platea del teatro Real, y por de
+contado con mucho más ruido. No es posible figurarse bien el horrísono
+traquido que daba aquel respaldo al ser empujado y aquel asiento al
+dejarlo caer con ánimo de llamar la atención.
+
+Dígalo si no la familia que en este momento hace su entrada triunfal en
+uno de ellos y permanece en pie despojándose de los abrigos, mientras
+los espectadores divierten por un instante la vista de la escena y la
+fijan en ellos, hasta que se sientan. Son los señores de Belinchón. El
+jefe de la familia, don Rosendo, es un caballero alto, enjuto, doblado
+por el espinazo, calvo por la coronilla, de ojos pequeños y hundidos,
+boca grande, que se contraía con sonrisa mefistofélica, dejando ver dos
+filas de dientes largos e iguales, la obra más acabada de cierto
+dentista establecido hacía pocos meses en Sarrió. Gasta patillas cortas
+y bigote, y representa unos sesenta años de edad. Está reputado por el
+primer comerciante de la villa y uno de los primeros importadores de
+bacalao de la costa cantábrica. Durante muchos años monopolizó
+enteramente la venta por mayor de este artículo, no sólo en la villa,
+sino en toda la provincia, y gracias a ello había granjeado una fortuna
+considerable. Su esposa, doña Paula... ¿Pero por qué se despierta tal y
+tan prolongado rumor en el teatro a su aparición? La buena señora, al
+escucharlo, queda temblorosa y confusa, no acierta a desembarazarse del
+abrigo, y su hija Cecilia se ve obligada a quitárselo y a decirle al
+oído:—¡Siéntate, mamá! Se sienta, o por mejor decir, se deja caer sobre
+el banco y pasea una mirada extraviada por el público, mientras sus
+mejillas se tiñen de vivo carmín. En vano se abanica con brío y procura
+serenarse. Nada: cuantos más esfuerzos hace por alejar la sangre
+tumultuosa del rostro, más empeño pone la maldita en ocupar aquel lugar
+visible.
+
+—¡Mamá, qué colorada estás!—le dice Venturita, su hija menor, pugnando
+para no reir.
+
+La madre la mira con expresión de angustia.
+
+—Calla, Ventura, calla.—dice Cecilia.
+
+Doña Paula, animada con estas palabras, murmura:
+
+—Esta chiquilla no goza sino en avergonzarme.
+
+Y estuvo a punto de enternecerse y llorar.
+
+Al fin, el público se cansó de atormentarla con sus miradas, sonrisas y
+murmullos, y fijó de nuevo su atención en la escena. La congoja de doña
+Paula fué cesando poco a poco; pero quedaron restos de ella por toda la
+noche.
+
+La causa de aquel incidente era el abrigo de terciopelo guarnecido de
+pieles que la buena señora se había puesto. Siempre que estrenaba alguna
+prenda de apariencia brillante, sucedía lo mismo. Y esto no por otra
+cosa más que porque doña Paula no era señora de nacimiento. Procedía de
+la clase de cigarreras. Don Rosendo había tenido amores con ella siendo
+casi una niña, de los cuales nació Pablito. Así y todo, don Rosendo
+estuvo cinco o seis años sin casarse ni querer oir hablar de matrimonio;
+pero visitándola en su casa y asistiéndola con dinero. Hasta que al
+fin, vencido más por el amor del hijo que el de la madre, y, más que por
+todo esto, por las amonestaciones de sus amigos, se decidió a entregar
+su mano a Paulina. La población no supo del matrimonio hasta después de
+efectuado: tal sigilo se guardó para llevarlo a cabo. Desde entonces la
+vida de la cigarrera puede dividirse en varias épocas importantes. La
+primera, que dura un año, comprende desde el matrimonio hasta la
+«mantilla de velo». Durante este tiempo, la señora de Belinchón no se
+mostró poco ni mucho en público. Los domingos iba a misa de alba y se
+encerraba otra vez en casa. Cuando se decidió a ponerse la antedicha
+mantilla e ir a misa de once, lo mismo en la iglesia que en las calles
+del tránsito, la acribillaron a miradas, y se habló del suceso por más
+de ocho días. El segundo período, que dura tres años, comprende desde
+«la mantilla de velo» hasta «los guantes». La vista de tal ornamento en
+las manos grandes y coloradas de la ex cigarrera produjo una excitación
+indescriptible en el elemento femenino del vecindario. En las calles, en
+la iglesia, en las visitas, las señoras se saludaban preguntando:—¿Ha
+visto usted?...—Sí, sí, ya he visto.—Y comenzaba el desuello. Viene
+después el tercer período, que dura cuatro años, y termina en «el
+vestido de seda», que dió casi tanto que murmurar como los guantes, y
+produjo general indignación en Sarrió.—Diga usted, doña Dolores, ¿qué
+nos queda ya que ver?—Doña Dolores bajaba los ojos haciendo un gesto de
+resignación. Por último, el cuarto período, el más largo de todos porque
+dura seis años, termina, ¡oh escándalo! «con el sombrero». Nadie puede
+representarse el estremecimiento de asombro que invadió a la villa de
+Sarrió cuando cierta tarde de feria se presentó doña Paula en el paseo
+con sombrero-capota. Fué un verdadero motín. Las mujeres del pueblo se
+santiguaban al verla pasar y pronunciaban comentarios en alta voz para
+que los oyese la interesada.
+
+—¡Mujer, mira por tu vida a la Serena qué gabarra lleva sobre la
+cabeza!
+
+Porque hay que advertir que a la madre de doña Paula la llamaban la
+Serena, y a la abuela y a la bisabuela también.
+
+Excusado es añadir que desde que la cigarrera subió a la categoría de
+señora, ni por casualidad la dieron ya su nombre propio.
+
+Al día siguiente, al tropezarse las señoras de Sarrió en la calle, no
+encontrando palabras con que expresar su horror, se daban por contentas
+con elevar los ojos al cielo, agitar los brazos convulsivamente y pasar
+de largo murmurando: «¡¡¡Sombrero!!!»
+
+Ante aquel golpe de audacia que no tiene pareja sino con los de algunos
+héroes de la antigüedad, Aníbal, César, Gengis-Khan, la villa quedó muda
+y abatida algunos meses. No obstante, cada vez que la buena de doña
+Paula aparecía en público con el abominable sombrero en la cabeza o con
+cualquier otra prenda propia de su alta jerarquía, era saludada siempre
+con un murmullo de reprobación. Y lo original del caso estaba en que
+ella no protestaba ni en público ni en secreto, ni aun en lo sagrado de
+la conciencia, contra este proceder malévolo de su pueblo natal.
+Juzgábalo natural y lógico. No se le ocurría pensar que pudiera ser de
+otro modo. Sus ideas sociológicas no le aconsejaban todavía rebelarse
+contra el fallo de la opinión pública. Creía de buena fe que al ponerse
+los guantes o el abrigo de pieles o el sombrero, cometía un acto
+reprobado por las leyes divinas y humanas. Los murmullos, las miradas
+burlonas, eran el castigo necesario de esta infracción. De aquí sus
+temores y congojas cada vez que iba a presentarse en el teatro o en el
+paseo, y el rubor que la acometía.
+
+¿Por qué entonces, se dirá, doña Paula se vestía de este modo? No serán
+muy conocedores del corazón humano los que tal pregunten. Doña Paula se
+ponía el sombrero y los guantes a sabiendas de que iba a pasar un mal
+rato, como un chico abre el aparador y se atraca de dulce a sabiendas de
+que en seguida le han de azotar. Los que no se hayan criado en un
+pueblo, nunca sabrán cuán apetitosa golosina es el sombrero para una
+artesana.
+
+Era doña Paula alta, seca, desgarbada. Cuando joven había sido buena
+moza; pero los años, la clausura continua, a la que no estaba avezada, y
+sobre todo la lucha que venía sosteniendo con el público para establecer
+su jerarquía, la habían marchitado antes de tiempo. Todavía conservaba
+hermosos ojos negros encajados en un rostro de correctas y agradables
+facciones.
+
+El acto primero tocaba a su fin. Se representaba un melodrama
+fantástico, cuyo nombre no recordamos, donde la compañía había
+desplegado todo el aparato escénico de que podía disponer. La cazuela
+estaba asombrada, y acogía cada cambio de decoración con estrepitosos
+aplausos. Pablito Belinchón, que había pasado en Madrid un mes el año
+anterior, se reía con incontestable superioridad de aquel aparato; hacía
+guiños inteligentes a los del proscenio de enfrente. Y para demostrar
+que todo aquello le aburría, concluyó por volverse de espaldas al
+escenario y mirar con los gemelos a las bellezas locales. Cada vez que
+los preciosos anteojos de piel de Rusia apuntaban a una, la muchacha
+sufría un leve estremecimiento: cambiaba de postura, llevaba la mano un
+poco trémula al pelo para arreglarlo, sonreía a su mamá o a su hermana
+sin razón alguna, se ponía seria de nuevo, y fijaba con insistencia y
+decisión sus ojos en la escena. Pero al instante los levantaba rápida y
+tímidamente hacia aquellos redondos y brillantes cristales que la
+ofuscaban. Al fin concluía por ruborizarse. Pablito, satisfecho,
+apuntaba a otra belleza. Las conocía como si fuesen sus hermanas,
+tuteaba a la mayor parte de ellas y de muchas había sido novio: pero la
+pluma en el aire no era más movible y tornadiza que él en materia de
+amores. Todas habían tenido que sufrir algún doloroso desengaño.
+Últimamente, hastiado de enamorar a sus convecinas, se había dedicado a
+fascinar a cuantas forasteras llegaban a Sarrió, para abandonarlas, por
+supuesto, si cometían la torpeza de permanecer en la villa más de un
+mes o dos.
+
+Había razones poderosas para que Pablito pudiese disponer a su buen
+talante del corazón de todas las jóvenes indígenas y aun de las
+extrañas. Era un apuestísimo mancebo de veinticuatro o veinticinco años,
+de rostro hermoso y varonil, de figura gallarda y elegante. Montaba a
+caballo admirablemente y guiaba un tílburi o un carruaje de cuatro
+caballos, lo cual nadie sabía hacer en Sarrió más que los cocheros.
+Cuando se llevaban los pantalones anchos, los de Pablito parecían sayas;
+si estrechos, era una cigüeña. Venía la moda de los cuellos altos,
+nuestro Pablito iba por la calle a medio ahorcar con la lengua fuera.
+Estilábanse bajos, pues enseñaba hasta el esternón.
+
+Estas y otras facultades eminentes hacíanle, con razón, invencible.
+Quizás algunos no hallen enteramente justificada la dictadura amorosa de
+nuestro mancebo en Sarrió. Estamos no obstante seguros de que las
+jóvenes de provincia que lean la presente historia la juzgarán lógica y
+verosímil.
+
+Cuando bajó el telón, un anciano encorvado, con luenga barba blanca y
+gafas, se acercó arrastrándose más que andando al palco de los de
+Belinchón.
+
+—¡Don Mateo! Imposible que usted faltase—exclamó doña Paula.
+
+—¿Pues qué quiere usted que haga en casa, Paulita?
+
+—Rezar el rosario y acostarse—dijo Venturita.
+
+Don Mateo sonrió con dulzura, y contestó a aquella impertinencia dando a
+la niña una palmadita cariñosa en el rostro.
+
+—Es verdad que debiera hacer eso, hija mía... pero ¿qué quieres? si me
+acuesto temprano no duermo... Y luego no puedo resistir la tentación de
+ver estas caritas tan lindas...
+
+Venturita hizo un mohín desdeñoso donde se traslucía la satisfacción de
+verse requebrada.
+
+—¡Si fuera usted siquiera un pollo guapo!
+
+—Lo he sido.
+
+—¿El año cuántos?...
+
+—¡Qué mala, qué mala es esta chiquilla!—exclamó don Mateo riendo y
+acometiéndole acto continuo un golpe de tos que le embargó la
+respiración por algunos momentos.
+
+Don Mateo, anciano decrépito, no sólo estropeado por los años, sino por
+multitud de achaques adquiridos con una vida harto disipada, era la
+alegría de la villa de Sarrió. Ninguna fiesta, ningún regocijo público o
+privado se efectuaba en el pueblo sin su intervención. Era presidente
+del Liceo, sociedad de baile, desde hacía muchos años, y nadie pensaba
+en substituirlo por otro. Presidía también una academia de música de la
+cual era fundador. Era vocal-tesorero del Casino de artesanos. La
+reedificación del teatro donde nos hallamos a él se debía; y para
+recompensarle de sus molestias y desembolsos, el Ayuntamiento le había
+permitido labrar en el hueco de la escalera el palco cerrado con
+persiana de que ya hemos hablado. Vivía de su retiro de coronel. Estaba
+casado y tenía una hija de treinta y tantos años a quien seguía llamando
+«la niña».
+
+Ni se crea por esto que don Mateo era un viejo verde. Si lo fuese, el
+sexo femenino no le demostraría tanta simpatía, ni le guardaría respeto
+alguno. Su único placer era ver divertidos a los demás, que la alegría
+reinase en torno suyo. Para conseguirlo, hacía esfuerzos increíbles de
+habilidad, y se molestaba lo indecible. Su imaginación, puesta al
+servicio de tal idea, no descansaba un instante. Unas veces era un baile
+campestre el que organizaba; otra vez hacía construir un escenario en el
+salón del Liceo, y ensayaba alguna comedia; otras, contrataba compañías
+de saltimbanquis o de músicos. En cuanto se pasaban ocho días sin que
+los vecinos de Sarrió se recreasen de algún modo, ya estaba nuestro don
+Mateo nervioso y no paraba hasta lograrlo. Gracias a él, podemos
+asegurar que no había pueblo en España, en aquella época, donde la vida
+fuese más fácil y agradable.
+
+Porque los honestos recreos que sin cesar se repetían, engendraban la
+unión y hermandad en el vecindario. Además, don Mateo, elemento
+conciliador por excelencia, formaba gran empeño en destruir todas las
+malquerencias y rencores que en el pueblo existiesen. Al contrario de
+ciertos seres viles que se complacen en transmitir el veneno de la
+murmuración, tenía gusto en ir repitiendo a cada cual lo bueno que de él
+hablasen los demás:—«Pepita, ¿sabe usted lo que acaba de decirme doña
+Rosario del vestido que usted lleva?... que es elegantísimo, muy
+sencillo y de mucho gusto.»—Pepita se esponjaba en su palco, y dirigía
+una mirada de ternura a doña Rosario, a pesar de que nunca le había sido
+simpática.—Buen negocio ha hecho usted en la partida de cacao de la
+viuda e hijos de Villamor, amigo don Eugenio.—Phs; regular.—«En este
+momento me acaba de decir don Rosendo que ese negocio se le ha escapado
+a él de las manos por tonto.» Como don Rosendo pasa por el primer
+comerciante de la villa, don Eugenio no puede menos de sentirse
+lisonjeado por estas palabras.
+
+Después de haber charlado algunos instantes con la familia Belinchón,
+don Mateo se despide para recorrer todos los palcos, como tenía por
+costumbre; pero antes dice, dirigiéndose a Cecilia:
+
+—¿Cuándo llega?
+
+La joven se puso levemente encendida.
+
+—No sé decir a usted, don Mateo...
+
+Doña Paula sonrió con malicia, y vino en auxilio de su hija.
+
+—Debe de llegar en la _Bella-Paula_, que ha salido ya de Liverpool.
+
+—¡Oh! Entonces aquí lo tenemos mañana o pasado... ¿Habrás rezado mucho
+a la Virgen de las Tormentas, verdad?
+
+—¡Una novena nada menos la ha hecho! Hace días que están seis cirios
+ardiendo delante de la imagen—dijo Venturita.
+
+Cecilia se puso aún más colorada y sonrió. Era una joven de veintidós
+años, no agraciada de rostro ni gallarda de figura. Lo que más
+desconcertaba la armonía de aquél, era la nariz excesivamente aguileña.
+Sin esta tacha quizá no habría sido fea, porque los ojos eran
+extremadamente lindos, tan suaves y expresivos, que pocas bellezas
+podían gloriarse de poseerlos tales. Ni alta ni baja, pero el talle
+desgarbado y los hombros un tanto encogidos. Su hermana Ventura tenía
+diez y seis años, y aparecía como un hermoso pimpollo, lleno de gracia y
+alegría. Su rostro ovalado parecía hecho de rosas y claveles. Apretadita
+de carnes y pequeña de estatura; tan sabiamente proporcionada por la
+Naturaleza, que parecía modelada en cera. Sus manos eran jazmines y sus
+pies de criolla, celebrados en Sarrió como nunca vistos; la suavidad y
+tersura de su cutis, vencían a las del nácar y alabastro. Sobre la
+frente, alta y estrecha como las de las venus griegas, de un blanco
+argentino, caían los bucles de sus cabellos rubios, cuya madeja, tan
+espesa como dócil y brillante, le tapaba enteramente la espalda hasta
+más abajo de la cintura.
+
+—¡Búrlate de tu hermana, picarilla; no tardarás en hacer lo mismo!
+
+—¿Yo rezar por un hombre? Usted chochea, don Mateo.
+
+—Ya me lo dirás dentro de poco—repuso el anciano pasando a otro palco
+a saludar a los señores de Maza.
+
+En esto se acercó Pablito al de sus papás, trayendo en su compañía a un
+fiel amigo que merece especial mención. Era hijo del picador que había
+en el pueblo, y mozo que por su figura podía ser el regocijo de los
+espectadores en un circo de acróbatas. Nada necesitaba añadir a su
+persona, ni polvos de harina, ni bermellón, ni tizne para quedar
+convertido en _clown_. Era un payaso «al natural». Su nariz vivamente
+coloreada ya por la Naturaleza, sus ojos torcidos, la ausencia de
+pestañas, su boca de lobo, la disparatada anchura de sus hombros, el
+arco de sus piernas y, sobre todo, las muecas grotescas con que se
+acompaña al hablar o gruñir, provocan la risa, sin más pelucas y
+afeites. Bien lo sabía Piscis (que así se llamaba o le llamaban) y de
+ello estaba fuertemente pesaroso y hasta indignado. Para contrarrestar
+estas nativas disposiciones cómicas de su rostro, había determinado no
+reirse jamás, y cumplía su promesa religiosamente. Además, para el mismo
+efecto acostumbraba sabiamente a entreverar sus palabras con las más
+ásperas y temerosas interjecciones del repertorio nacional, y varias de
+su invención particular. Pero esto, en vez de producir el efecto
+apetecido, contribuía a despertar la alegría entre sus conocidos.
+
+El único que hasta cierto punto le tomaba en serio era Pablito. Piscis y
+Pablito habían nacido para amarse y admirarse. El punto de conjunción de
+estos dos astros era el género ecuestre. Piscis, adiestrado por su padre
+desde niño, era el mejor jinete de Sarrió; por consiguiente, para
+Pablito la persona más digna de ser admirada. El hijo de don Rosendo era
+el chico más rico de la población: para Piscis, debía de ser, claro
+está, lo más respetable y digno de veneración que había sobre el
+planeta. Nadie sabía a qué época se remontaba esta amistad. Se había
+visto a Pablito y Piscis eternamente juntos, cuando niños. Ya hombres no
+fué parte a separarlos la diversa posición social que ocupaban. El lugar
+de reunión de estos jóvenes notables era constantemente la cuadra de don
+Rosendo. Desde allí, después de celebrar siempre una larga y erudita
+conferencia, frente a los caballos, con parte teórica y parte práctica,
+salían a pasear su figura y sus profundos conocimientos por la villa,
+unas veces cabalgando en briosos corceles, otras en una linda
+_charrette_, Pablito guiando, Piscis a su lado fijo y absorto en la
+contemplación amorosa de los traseros de los caballos. Algunas también,
+para dar ejemplo de humildad, caminando sobre las propias piernas.
+
+Pablo se acercó a su familia, retorciéndose de risa.
+
+—¿Qué te ha pasado?—le pregunta doña Paula, sonriendo también.
+
+—Hemos seguido a Periquito a la cazuela y le encontramos mano a mano
+con Ramona—dijo el joven, acercando la boca al oído de su hermana
+Ventura.
+
+—¿Sí?... ¿Qué le decía?—preguntó ésta con gran curiosidad.
+
+—Pues le decía... (una avenida de risa lo interrumpió por algunos
+momentos). Le decía... «Ramona, te amo».
+
+—¡Ave María! ¡A una sardinera!—exclamó la niña riendo también y
+haciéndose cruces.
+
+—¡Si vieras con qué voz temblorosa lo decía, y cómo ponía los ojos en
+blanco!... Aquí está Piscis, que también lo oyó...
+
+Piscis dejó escapar un gruñido corroborante.
+
+En aquel momento, Periquito, que era un muchacho pálido y enteco, de
+ojos azules y poca y rala barba rubia, apareció en las lunetas. Las
+miradas de toda la familia Belinchón se clavaron en él sonrientes y
+burlonas. Sobre todo Pablo y Venturita se mostraban grandemente
+regocijados a su vista. Periquito levantó la cabeza y saludó. La familia
+Belinchón contestó al saludo sin dejar de reir. Tornó a levantar la
+cabeza otras dos o tres veces y viendo aquellas insistentes sonrisas, se
+sintió molesto y salió al pasillo.
+
+Levantóse nuevamente el telón. La decoración representaba unas cavernas
+del infierno, aunque no era imposible que alguien creyese que se trataba
+de la bodega de un barco. El acto comenzaba por un preludio de la
+orquesta, dignamente dirigida por el señor Anselmo, ebanista de la
+villa. Figuraban en ella como bombardinos el señor Matías, el sacristán,
+y el señor Manolo (barbero); como clarinetes don Juan el Salado
+(escribiente del Ayuntamiento) y Próspero (carpintero); como trompas
+_Mechacan_ (zapatero) y el señor Romualdo (enterrador); como cornetines
+Pepe de la Esguila (albañil) y Maroto (sereno); como figle el señor
+Benito el Rato (escribiente de una casa de comercio y figle de la
+iglesia). Había otros cuatro o cinco muchachos aprendices, que
+acompañaban. El señor Anselmo, en vez de batuta, tenía en la mano para
+dirigir una enorme llave reluciente, que era la de su taller.
+
+El preludio era muy triste y temeroso; como que estábamos en el
+infierno. El público guardaba absoluto silencio: esperaba con ansia lo
+que iba a salir de allí, clavados los ojos en las trampas abiertas en el
+suelo del escenario. De pronto, de aquella música suave y misteriosa
+salió un trompetazo desafinado. El señor Anselmo se volvió y dirigió una
+mirada de reprensión al músico, que se puso colorado hasta las orejas.
+Hubo en el público fuerte y prolongado murmullo. De la cazuela salió
+entonces una voz que gritó:
+
+—Fué Pepe de la Esguila.
+
+Las miradas del público se dirigieron hacia este menestral, que se hizo
+el distraído sacando la boquilla del cornetín y sacudiéndola; pero
+estaba cada vez más colorado.
+
+—Si no sabe tocar que se vaya a la cama—gritó la misma voz.
+
+Entonces el corrido y avergonzado Pepe de la Esguila montó en cólera de
+pronto, dejó el instrumento en el suelo, y alzándose del asiento con los
+ojos encendidos y agitando los puños frente a la cazuela, gritó:
+
+—¡Ya te arreglaré en cuanto salgamos, Percebe!
+
+—¡Chis, chis! ¡Silencio, silencio!—exclamó todo el público.
+
+—¡Qué has de arreglar, morral! Anda adelante y toca mejor la trompeta.
+
+—¡Silencio, silencio! ¡Qué escándalo!—volvió a exclamar el público.
+
+Y todos los ojos se volvieron hacia el palco del alcalde.
+
+Era éste un hombre de sesenta, a setenta años, bajo de estatura y muy
+subido de color, el pelo bien conservado y enteramente blanco, las
+mejillas rasuradas, la nariz borbónica, los ojos grandes, redondos y
+saltones. Parecía un cortesano de Luis XV o un cochero de casa grande.
+
+Don Roque, que así se llamaba, se revolvió en el asiento y dió una voz.
+
+—¡Marcones!
+
+Un alguacil octogenario se acercó al respaldo del palco con la gorra
+azul de grande visera charolada en la mano. El alcalde conferenció con
+él algunos momentos. Marcones subió a la cazuela bajando poco después
+con un joven en traje de marinero, agarrado del brazo. Ambos se
+acercaron al palco presidencial.
+
+Don Roque comenzó a increparle procurando apagar la voz y consiguiéndolo
+a medias. Se oía de vez en cuando:—«¡Zopenco!»... «no tenéis pizca de
+educación»... «animal de bellota»... «¿Te figuras que estás en la
+taberna?» El marinero aguantaba la rociada con los ojos en el suelo.
+
+Una voz gritó desde el patio:
+
+—Que lo lleven a la cárcel.
+
+Pero desde la cazuela contestó otra al instante:
+
+—Que lleven también a Pepe de la Esguila.
+
+—¡Silencio! ¡Silencio!
+
+El alcalde, después de haber reprendido y amenazado ásperamente a
+Percebe, le dejó volver otra vez a su sitio, con gran satisfacción de la
+cazuela, que lo recibió con hurras y aplausos.
+
+La orquesta, callada un instante, tornó a su infernal preludio. Antes
+que éste se terminase, comenzaron a salir por las trampas del escenario
+hasta una docena de diablos con sendas y enormes pelucas de estopa, el
+rabo de etiqueta, y teas encendidas en las manos. Así como se hallaron
+sobre el entarimado y cerradas convenientemente las trampas, dieron
+comienzo, como es lógico, a una danza fantástica; pues bien sabido es de
+antiguo que no pueden estar juntos cuatro demonios sin entregarse con
+furor al baile.
+
+Los espectadores seguían con extremada curiosidad sus
+vivos y acompasados movimientos. Un chiquillo lloró. El público obligó a
+su madre a que lo sacase.
+
+Mas hete aquí que con tanto ir y venir, pasar y rozarse los ministros de
+Belcebú en aquel no muy amplio recinto, una tea llegó a prender fuego a
+la peluca de uno de ellos. El pobre diablo, sin darse cuenta de ello,
+siguió bailando cada vez con más infernal arrebato. El público reía a
+carcajadas esperando el próximo desenlace de aquel incidente. En efecto,
+cuando sintió caliente la cabeza más de la cuenta el espíritu maligno,
+se apresuró a arrancarse la peluca, y la careta, quedando al descubierto
+el rostro de _Levita_, donde se pintaba el terror.
+
+—_¡Levita!_—gritó el público alborozado.
+
+El granuja que tenía este apodo, privado de sus atributos infernales,
+confuso y avergonzado, se retiró de la escena.
+
+Al poco rato empezó a arder otra peluca. Nuevos murmullos y mayor
+ansiedad por ver la metempsícosis de aquel ángel exterminador. No se
+hizo esperar. Al cabo de pocos minutos la peluca y la careta volaban por
+el aire como encendido cometa.
+
+—_¡Matalaosa!_—gritaron todos. Una inmensa carcajada sonó en el
+teatro.
+
+—_Mátala_, no te descubras que te vas a constipar—dijo uno desde la
+cazuela.
+
+_Matalaosa_ se retiró avergonzado como su compañero _Levita_.
+
+Todavía ardieron otras dos o tres pelucas, poniendo a la vergüenza a
+otros tantos pillastres de la calle que servían de comparsas en el
+teatro. El baile se terminó al fin sin más incendios.
+
+Una vez sepultados de nuevo en el Averno los demonios que se habían
+salvado de la quema, se presentaron en la escena un gallardo mancebo, de
+oficio pastor, a juzgar por el pellico que le tapaba la espalda, y una
+hermosa doncella de idéntica profesión. Los cuales, en el mismo punto,
+siguiendo el antiguo precepto que obliga a todo pastor a estar enamorado
+y a toda pastora a mostrarse esquiva, comenzaron su diálogo, donde las
+quejas amorosas y los tiernos lamentos de él contrastaban con las
+indiferentes carcajadas de ella. Alegres y regocijados se hallaban
+todos, lo mismo los del patio que los de la cazuela, con las sabrosas
+razones que pasaban en la escena, cuando a la puerta del teatro se oyó
+una gran voz que dijo:
+
+—Don Rosendo, está entrando la _Bella-Paula._
+
+El efecto que aquel inesperado grito produjo, fué inexplicable. Porque
+no sólo don Rosendo se levanta como impulsado por un resorte y se
+apresura con mano trémula a ponerse el abrigo para salir, sino que por
+todo el concurso se esparció un fuerte rumor acompañado de viva
+agitación que estuvo a punto de interrumpir el diálogo pastoril. Los
+menestrales del patio lanzáronse acto continuo a la calle. De la cazuela
+bajaron con fuerte traqueteo casi todos los marineros que allí había. Y
+de los palcos y butacas salieron también numerosas personas. A los pocos
+minutos no quedaban apenas en el teatro más que las mujeres.
+
+Cecilia se había quedado inmóvil, pálida, con los ojos clavados en la
+escena. Su madre y hermana la miraban en tanto con semblante risueño.
+
+—¿Por qué me miráis de ese modo?—exclamó volviéndose de pronto. Y al
+decir esto se puso fuertemente colorada.
+
+Doña Paula y Venturita soltaron una carcajada.
+
+
+
+
+II
+
+DEL FELIZ ARRIBO DE LA «BELLA-PAULA»
+
+
+El pelotón de espectadores corrió por las calles en dirección al muelle.
+Delante, rodeado de seis u ocho marineros, de su hijo Pablo y algunos
+amigos, iba don Rosendo, silencioso, preocupado, escuchando los
+comentarios de sus acompañantes, que los pronunciaban con la voz
+entrecortada por la fatiga.
+
+—Tiene suerte don Domingo; llega con más de media marea—dijo un
+marinero aludiendo al capitán de la _Bella-Paula._
+
+—¿Qué sabes tú si llega ahora? Bien puede estar fondeado desde la
+tarde—respondió otro.
+
+—¿Dónde?
+
+—¿Dónde ha de ser, mamón? en la concha—replicó el otro enfureciéndose.
+
+—Si hubiera estado se vería, tío Miguel.
+
+—¿Cómo lo habías de ver, papanatas?... ¿Has estado por si acaso en la
+peña Corvera?
+
+—La bandera de la _Bella-Paula_ se ve por encima de la peña, tío
+Miguel.
+
+—¡Qué bandera ni qué mal rayo que te parta!
+
+—¿Qué carga trae, don Rosendo?—preguntóle al armador uno de los que le
+acompañaban.
+
+—Cuatro mil quintales.
+
+—¿Escocia?
+
+—No; todo Noruega.
+
+—¿Viene a bordo el señorito de las Cuevas?
+
+Don Rosendo no contestó. Al cabo de un momento de marcha cada vez más
+precipitada, se volvió diciendo:
+
+—A ver; es necesario avisar a don Melchor que está entrando la
+_Bella-Paula_.
+
+—Yo iré—respondió un marinero destacándose del pelotón y marchando a
+internarse otra vez en el pueblo.
+
+Llegaron al muelle. La noche estaba fría, sin estrellas: el viento
+acostado: la mar en calma. Dejaron el antiguo y diminuto muelle y se
+dirigieron a la punta del Peón recién construída que avanzaba bastante
+más por el mar. Brillaba en la obscuridad tal cual farolillo de los
+barcos anclados. Apenas se advertía la espesa red de su jarcia. Los
+cascos aparecían como una masa negra informe.
+
+Los recién llegados no vieron un grupo mucho mayor de gente que se
+apiñaba en la punta misma del malecón hasta que dieron sobre él. Todos
+guardaban silencio con los ojos puestos en el mar, esforzándose por
+advertir entre las tinieblas las maniobras del buque. Las olas, que
+rompían blandamente contra las peñas más próximas, blanqueaban de vez
+en cuando en la obscuridad.
+
+—¿Dónde está?—preguntaron varios de los espectadores del teatro
+sacándose los ojos por ver algo.
+
+—Allí.
+
+—¿Dónde?
+
+—¿No ve usted aquí, hacia la izquierda, una lucecita verde?... Siga
+usted mi mano.
+
+—¡Ah, sí, ya la veo!
+
+Don Rosendo subió al segundo cuerpo del paredón, y encontró allí ya a
+don Melchor de las Cuevas. Era éste un caballero alto, muy alto, enjuto,
+afeitado a la usanza de los marinos, esto es, dejando la barba por el
+cuello como una venda. Tenía más razón para ello que la mayoría de los
+vecinos de Sarrió que se afeitaban de este modo, pues pertenecía al
+honroso cuerpo de la Armada, si bien en calidad de retirado. Pero en los
+puertos de mar, particularmente cuando la población es pequeña, como la
+en que nos hallamos, el elemento marítimo predomina y se infiltra de tal
+modo, que todos los habitantes, sin poderlo remediar, sin darse cuenta
+de ello, adoptan ciertos usos, palabras y formas de vestir de los
+marinos.
+
+Habría sido apuesto y galán el señor de las Cuevas en sus tiempos
+juveniles; porque hoy, a los setenta y cuatro años, es un hombre brioso,
+erguido, de vivos y penetrantes ojos, nariz aguileña, noble y
+descubierta frente. Toda su figura anuncia energía y decisión.
+
+Estaba en pie sobre uno de los asientos adheridos al pretil del paredón,
+con unos enormes anteojos de mar dirigidos hacia la lucecita verde que
+brillaba con intermitencias allá a lo lejos. Era con mucho la figura más
+elevada que salía del grupo de espectadores.
+
+—¡Don Melchor, usted aquí ya!... Acabo de enviarle un recado a su casa.
+
+—Hace una hora que he venido—repuso el señor de las Cuevas, separando
+los anteojos de la cara.—He visto la barca desde el mirador poco
+después de puesto el sol.
+
+—Debía suponerlo. ¿Cómo se le había a usted de escapar nada que pase
+por ahí afuera?
+
+—Tengo mejor vista que cuando era un mozo de veinte años—dijo don
+Melchor con firme entonación y en voz alta para que lo oyesen.
+
+—Lo creo, lo creo, don Melchor.
+
+—A quince millas veo virar una lancha bonitera.
+
+—Lo creo, lo creo.
+
+—Y si me apuran un poco—profirió en voz más alta aún,—les cuento las
+portas a las fragatas que cruzan para el Ferrol.
+
+—Arríe, arríe un poco, don Melchor—dijo una voz.
+
+Hubo en la obscuridad carcajadas reprimidas, porque el señor de las
+Cuevas inspiraba respeto profundo a toda la marinería.
+
+El viejo marino volvió airado la cabeza hacia el sitio donde había
+salido la cuchufleta. Esforzóse en penetrar las tinieblas en silencio
+algunos instantes, y al cabo dijo con voz ronca:
+
+—Si supiese quién eres, pronto te arriaba yo en banda a la mar.
+
+Nadie osó decir una palabra, ni hubo el más leve conato de risa. En
+Sarrió se sabía que el señor de las Cuevas era muy capaz de hacerlo como
+lo decía. Había servido en la marina de guerra más de cuarenta años,
+gozando siempre opinión de oficial bravo y pundonoroso, pero al mismo
+tiempo de una severidad que rayaba en barbarie. Cuando ya ningún
+comandante de buque se acordaba de nuestras antiguas ordenanzas
+marítimas, don Melchor se empeñaba en ponerlas en práctica y en todo su
+rigor. Contábase con terror en el pueblo, que había ahogado a un
+marinero por pasarlo tres veces debajo de la quilla, según prescribía la
+ordenanza para ciertas faltas; y a más de ciento había derrengado a
+palos o les había levantado el pellejo con el chicote. Además no había
+en Sarrió piloto o marinero que se las pudiese haber con él en lo
+referente a la mar, lo mismo en el conocimiento del tiempo, que en las
+maniobras de los barcos; en todos los secretos de la navegación.
+
+La lucecita verde se iba acercando con lentitud. Percibíase ya el bulto
+de la _Bella-Paula_ a simple vista, y además otros dos o tres puntitos
+negros cerca de ella, que cambiaban a menudo de sitio. Eran la lancha
+del práctico y los botes auxiliares para tirar del barco cuando fuese
+necesario. Como el viento no soplaba apenas, la corbeta mantenía izadas
+todas las velas. Sin embargo, ya estaba demasiado cerca del paredón para
+que esto no constituyese un peligro. Al menos don Melchor así lo
+entendió, porque comenzó a jurar por lo bajo y a mostrarse inquieto. No
+pudiendo resistir más, a sabiendas de que no le habían de oir, gritó:
+
+—Aferra las gavias, Domingo. ¿Qué aguardas?
+
+Apenas había acabado de pronunciar estas palabras, cuando se vieron
+sobre las cofas los bultos casi imperceptibles de los marineros.
+
+—¡Acabáramos!—exclamó don Melchor.
+
+—¡Sí, que Domingo se chupa el dedo!—dijo por lo bajo el marinero a
+quien el señor de las Cuevas había amenazado.
+
+El casco de la corbeta, pintado de negro con una banda blanca en la obra
+muerta, se destacó al fin con pureza del fondo obscuro. Los ojos de los
+espectadores, habituados ya a las tinieblas, veían perfectamente todo lo
+que pasaba a bordo. Sobre el puente había dos bultos, el del capitán y
+el del práctico. En la proa uno, el del piloto.
+
+—¿Y la escandalosa?—gritó de nuevo don Melchor.
+
+La escandalosa de mesana, como si obedeciese a su voz, cayó. La barca
+siguió acercándose cada vez con más pausa. El viento no conseguía
+henchir las velas bajas: la cangreja pendía del palo lacia y desmayada
+como un vestido de baile usado. Pronto quedaron aferradas aquéllas y
+arriada ésta, y el barco comenzó a caminar con sosiego desesperante
+remolcado por los dos botes. Las figuras de los remadores se levantaron
+acompasadamente sobre los bancos. Y la voz de los patrones
+gritando:—¡Hala avante! ¡hala duro!—rompió con brío el silencio de la
+noche.
+
+Pero los tirones eran tan débiles con relación a la masa, que el buque
+apenas se movía. Cuando al cabo de un cuarto de hora consiguió acercarse
+unas treinta brazas de la punta del Peón, largó un cabo, que uno de los
+botes trajo al malecón para ayudar a virar a la corbeta.
+
+—¡Capitán, capitán!—gritó uno con voz estentórea desde el grupo.
+
+—¿Qué hay?—contestaron del buque.
+
+—¿Viene a bordo el señorito de las Cuevas?
+
+—Sí.
+
+—Pues ojo con el señorito de las Cuevas... Los demás que se ahoguen.
+
+La broma produjo gran algazara en la muchedumbre. Volvió a reinar el
+silencio. La corbeta comenzaba a virar, apoyada en el cabo de tierra,
+que rechinaba con la tensión. La gente del muelle se puso a hablar con
+la de a bordo. Pero ésta se mostraba silenciosa, taciturna, atendiendo a
+las maniobras más que a las preguntas que les dirigían. Entonces el
+temperamento burlón de la marinería en aquella comarca se ostentó de
+nuevo. Los de tierra comenzaron a dar vaya a los de a bordo, sobre todo
+a un cierto sujeto que parecía un montón de pelos, a quien apodaban
+Tanganada, el cual se movía de un lado a otro, con la gracia de un oso,
+manejando los cables, y lanzando gruñidos de desprecio a la muchedumbre.
+
+—Oyes, Tanganada; ya tendrás ganas de comer una cazuela de bacalao,
+¿verdad?
+
+—Alégrate, Tanganada; hay sidra en el lagar de Llandones.
+
+—¿Hacía calor en Noruega?
+
+—¡Allí te quisiera ver yo, ladrón!—gruñó Tanganada, mientras aferraba
+una vela.
+
+Los marineros saludaron la frase con grandes carcajadas.
+
+—¡Larga tierra!—gritó el práctico desde el puente.
+
+—¡Hala a bordo!—contestó el marinero que tenía el socaire soltando el
+chicote. El cable cayó al mar, y comenzó a subir velozmente por el
+costado del buque.
+
+Este se encontraba al abrigo del malecón, pero no había marea bastante
+para atracar al antiguo muelle. El capitán dió una voz al piloto.
+
+—¡Fondo!
+
+El piloto dijo a los marineros que tenía a su lado:
+
+—¡Arría!
+
+El ancla cayó al mar con un ruido estridente de cadenas. La barca se
+dispuso a virar sobre ella.
+
+—¿Vas a amarrarte a tierra, Domingo?—preguntó don Melchor.
+
+—Sí, señor—respondió el capitán.
+
+—No hay necesidad; amárrate en dos. Dentro de una hora podrás
+enmendarte.
+
+—Tanto me cuesta uno como otro—dijo en voz baja el capitán alzando los
+hombros, y luego en voz alta añadió:
+
+—¡Echa la de uso!
+
+Otra ancla cayó al mar con el mismo ruido.
+
+—¿Cómo le va a usted, tío?—dijo una voz dulce y varonil desde a bordo.
+
+—Hola, Gonzalito. ¿Llegas bueno, hijo mío?
+
+—Perfectamente; voy allá ahora mismo.
+
+Y se bajó con gran agilidad por un cable al bote.
+
+—Vamos a esperarle—dijo don Rosendo poniéndose a andar.
+
+Pero la mano del señor de las Cuevas le sujetó como unas tenazas por el
+brazo.
+
+—¿Dónde va usted, hombre de Dios?
+
+—¿Qué es eso?—preguntó el armador asustado.—¡Ah, es cierto! ¡No me
+acordaba de que estábamos en el segundo paredón!... La obscuridad...
+Tanto tiempo aquí... El mareo de estar con la vista fija... en el
+barco... ¡Dios mío! ¿Qué hubiera sido de mí si usted no me sujeta?
+
+—Pues nada, se hubiera usted deshecho los sesos contra las losas de
+abajo.
+
+—¡Virgen Santísima!—exclamó don Rosendo poniéndose horriblemente
+pálido. La frente se le cubrió de un sudor frío, y las piernas le
+flaquearon.
+
+—No tenga usted miedo por lo que ya pasó, amigo. Bajemos a recibir a
+Gonzalito.
+
+Bajaron en efecto al muelle, donde acababa de saltar un joven alto,
+rubio, de gallardo aspecto, vestido con un largo gabán que casi le
+llegaba a los pies.
+
+—¡Tío!
+
+—¡Gonzalo!
+
+Se fueron acercando, hasta que quedaron abrazados los dos gigantes.
+También don Rosendo saludó con efusión al joven; pero estaba tan
+preocupado con el peligro que había corrido su existencia, que al
+instante volvió a ponerse sombrío y melancólico. Apenas pudo contestar a
+las preguntas que el contramaestre le hizo, pidiéndole instrucciones por
+encargo del capitán.
+
+Pusiéronse en marcha luego hacia la casa de don Melchor, situada en lo
+más alto de la villa, señoreando una extensión inmensa de mar. Durante
+el camino, Gonzalo dejó que su tío fuese delante, y un poco acortado
+hizo algunas preguntas a don Rosendo acerca de su familia.
+
+—¿Cómo está doña Paula? ¿Le ha desaparecido la rija del ojo? ¿Y Pablo?
+¿Continúa con la misma afición a los caballos? ¿Y Venturita? Estará
+hecha una mujer ya, ¿verdad?... (Pausa.) ¿Cecilia está buena?—terminó
+preguntando rápidamente.
+
+A todas sus preguntas respondió el señor de Belinchón con monosílabos.
+
+—¿Sabes, Gonzalo—dijo parándose de pronto,—que por un poco me mato
+ahora mismo?
+
+—¡Cómo!
+
+Le contó con prolijidad el percance del muelle. Terminado el relato,
+cayó en una profunda consternación.
+
+—¿Supongo que la familia ya estará en la cama?—preguntó Gonzalo
+después que hubo deplorado bastante (al menos en su concepto) el
+peligro del comerciante.
+
+—No; están en el teatro... No sabe uno dónde la tiene; ¿verdad,
+querido?
+
+—¡Hola! ¿Hay compañía?
+
+—Sí, desde hace unos días. ¿Crees que me hubiera matado, Gonzalo?
+
+—Phs... tal vez se hubiera usted roto una pierna, o las dos... o una
+costilla.
+
+—¡Menos malo!—exclamó el señor de Belinchón dejando escapar un
+suspiro.
+
+En esto se habían internado ya bastante en la población, y al llegar a
+cierta calle, don Rosendo se despidió del tío y del sobrino. Dióle éste
+la mano con visible tristeza.
+
+—Voy al teatro a buscar a la familia. Hasta mañana; que descanses,
+Gonzalo.
+
+—Hasta mañana... Recuerdos.
+
+El señor de las Cuevas y su sobrino se emparejaron caminando lentamente
+la vuelta de la casa del primero. Cayó entonces sobre el viajero un
+chaparrón de preguntas, no relativas a su estancia en Inglaterra, sino
+todas ellas referentes al viaje por mar. «¿Qué tal el viento? de bolina
+siempre, ¿verdad?... ¿No se os cayó alguna vez? El barco no cabecearía
+mucho; viene bien cargado... ¿Y las corrientes? No marearíais siempre
+con toda la tela, ¿eh? ¿A que habéis arrizado a la salida de Liverpool?
+¡Conozco, conozco el paño!
+
+Respondía Gonzalo con distracción a las preguntas, que, por otra parte,
+entendía a duras penas. Iba cabizbajo y melancólico. Observándolo al fin
+su tío, se paró en firme y dijo:
+
+—¿Qué tienes, Gonzalito? Parece que estás triste.
+
+—¿Yo? ¡Ca! No, señor.
+
+—Juraría que sí.
+
+Siguieron otro rato en silencio, y don Melchor, dándose una palmada en
+la frente, exclamó:
+
+—¡Ya sé lo que tienes!
+
+—¿Qué?
+
+—Mal de la tierra. A mí me ha pasado siempre lo mismo. Cuando saltaba
+en tierra después de algún viaje ¡me entraba una desazón, una tristeza,
+un deseo tan grande de volverme a bordo! Duraba dos o tres días hasta
+que me iba acostumbrando. El caso es que tenía afán de llegar al puerto;
+pero, una vez en él, echaba de menos la vida de a bordo. No sé lo que
+tiene el mar que atrae, ¿verdad?... ¡Aquel aire tan puro!... ¡Aquel
+movimiento!... ¡Aquella libertad!... A que sientes ganas de volverte al
+barco, ¿eh?—terminó diciendo con una sonrisa maliciosa que acreditaba
+su extremada perspicacia.
+
+—Malditas... De lo que tengo gana, tío, voy a decírselo en confianza...
+es de ver a mi novia.
+
+Don Melchor quedó asombrado.
+
+—¿De veras?
+
+—Lo que usted oye.
+
+Reflexionó un momento el señor de las Cuevas, y al cabo dijo:
+
+—Bien; si quieres puedes ir al teatro a saludarla... Mientras tanto, yo
+voy a ver cómo se enmienda Domingo.
+
+—¿De qué se ha de enmendar? Es una persona excelente—repuso el joven
+sonriendo.
+
+El tío, sin comprender la ironía, le miró con desprecio.
+
+—Vaya, veo que vienes tan ignorante como has ido... Te aguardo para
+cenar.
+
+—No me aguarde usted, tío—contestó Gonzalo, que ya estaba
+lejos.—Quizá no cene.
+
+Y sin tomar carrera, pero con extraña velocidad, gracias a sus
+descomunales piernas, salvó las calles, alumbradas por algunos raros
+faroles de aceite, en dirección al teatro. Cualquiera que le tropezase
+en aquella hora le diputaría por un inglesote de los muchos que llegan a
+Sarrió mandando barcos unas veces, otras a reconocer cotos mineros o a
+montar alguna industria. Su estatura colosal, su corpulencia, no son los
+signos característicos de la raza española, siquiera nos hallemos en una
+de las provincias del Norte. Luego, aquel gabán tan largo, las botas de
+tres suelas, el sombrero de forma exótica, denunciaban claramente al
+extranjero. Pues mirándole al rostro acababa de completarse la ilusión,
+porque era blanco y terso y adornado con larga barba rubia, los ojos
+azules, o más propiamente garzos, al igual de los que se ven casi sin
+excepción en las razas septentrionales. Aprovechemos los cortos momentos
+que nos quedan antes que llegue al teatro para proporcionar al lector
+algunos datos biográficos acerca de este mancebo.
+
+La familia de las Cuevas a la cual pertenece, venía siendo de gigantes y
+marinos, desde tiempo inmemorial. Marino había sido su padre, marino su
+abuelo, marinos sus tíos, y marinos también los hijos de éstos. Gonzalo
+quedó huérfano de padre y madre cuando no contaba ocho años de edad,
+dueño de una fortuna no despreciable, administrada por su tío y tutor
+don Melchor, en cuyo poder y guarda le dejó el padre al morir. Bien
+quisiera el viejo marino que su pupilo continuase la no interrumpida
+tradición del linaje de las Cuevas en cuanto a la carrera. Para
+despertarle la afición o inclinarle a la marina, le compró una preciosa
+balandra donde ambos se paseaban por las tardes o salían de pesca.
+
+Pero todos los propósitos del buen caballero se estrellaron contra las
+aficiones terrestres de su sobrino. De la mar no le gustaban a éste más
+que los peces; pero aderezados ya y humeando en medio de la mesa.
+Todavía transigía, no obstante, con la caldereta merendada allá en algún
+recodo de la costa, sentado sobre una peña donde manase agua fresca
+potable. A los catorce años era Gonzalo un muchacho espigado y robusto,
+que estudiaba en el colegio privado de Sarrió la segunda enseñanza y se
+examinaba todos los años en la capital, obteniendo ordinariamente la
+calificación de _bueno_ y una que otra vez, muy rara, la de
+_notablemente aprovechado_. Bien quisto de sus compañeros por su
+condición noble y franca, y respetado también por virtud de sus puños
+formidables. Los caballeros de la villa le agasajaban a causa de su
+posición y la familia a que pertenecía; los marineros y demás gente del
+pueblo le amaban por su carácter llano y comunicativo.
+
+Después de graduado bachiller en Artes, permaneció en Sarrió tres años
+todavía sin hacer nada. Levantábase tarde, se iba al casino y allí
+pasaba la mayor parte del día jugando al billar, en el cual llegó a ser
+extremado. A pesar de ser el niño mimado de la población, visitaba pocas
+casas. Prefería la vida estúpida y depravada del café, a la cual se
+había habituado. No obstante, como no era cerrado de inteligencia y su
+exuberante naturaleza rebosaba de actividad y de fuerza, las empleaba
+una que otra vez en el estudio de algunos ramos de la ciencia.
+Aficionóse a la mineralogía, y muchas tardes, abandonando el casino y el
+billar, se iba por los contornos de la villa en busca de piedras
+minerales y ejemplares de fósiles, llegando a reunir una rica colección.
+A ratos le dió también por ejercitarse en el microscopio: hizo traer uno
+costoso de Alemania y comenzó a examinar diatomeas y a prepararlas
+admirablemente sobre unos cristalitos que él mismo cortaba. Por último,
+habiendo caído en sus manos un libro sobre la fabricación de la cerveza,
+entregóse con ahinco a su estudio, pidió a Inglaterra otros varios y
+comenzó a imaginar que acaso en Sarrió se obtendría un resultado feliz y
+pingües beneficios con esta industria desconocida. Se le ocurrió montar
+una fábrica. Pero habiendo comunicado el proyecto con su tío, este varón
+esforzado creyó oportuno lanzar una serie de gritos inarticulados, fuera
+todos ellos del diapasón normal, terminados los cuales se le oyó
+exclamar:
+
+—¡Cómo! ¡Un Cuevas metido a cervecero! ¡El hijo de un capitán de navío,
+el nieto de un contralmirante de la Armada! Tú estás desarbolado,
+Gonzalo. Bien dice el refrán que la ociosidad es madre de todos los
+vicios. Si hubieses ingresado en la Escuela de Marina como yo te
+aconsejaba, a estas horas serías ya guardia marina de primera, y
+estarías corriendo el mundo sin pensar en tales payasadas.
+
+Gonzalo se calló, pero no dejó de seguir leyendo sus métodos de
+fabricación. Comprendiendo que sin visitar por sí mismo las fábricas
+principales y sin estudiar con seriedad el asunto no alcanzaría
+resultado alguno, se resolvió a seguir la carrera de ingeniero
+industrial en Inglaterra. Cuando se arrojó a decírselo a su tío, no le
+sonó mal al marino el nombre de ingeniero; pero el calificativo de
+industrial volvió a despertar en su espíritu la misma tempestad de odios
+y rencores que le había producido la cerveza.
+
+—¡Industrial, industrial! Hoy cualquier limpiabotas se llama
+industrial. Hazte buenamente ingeniero de caminos, canales y puertos, o
+de minas.
+
+Por este tiempo conoció, o para hablar con más propiedad, trató, pues en
+Sarrió todos se conocían, a su novia actual, la señorita de Belinchón.
+Un día su tío le envió a casa del rico comerciante con encargo de
+preguntarle si podría darle una letra sobre Manila. Don Rosendo no se
+hallaba en su escritorio, que estaba en la planta baja de la casa, y
+como el negocio era urgente, Gonzalo se decidió a subir. La doncella que
+le abrió estaba con prisa.
+
+—Pase usted, don Gonzalo; la señorita Cecilia le dirá dónde está el
+señor.
+
+Penetró en un cuarto desarreglado, con montones de ropa por el suelo y
+una mesa en el centro, donde la hija primera de los señores de Belinchón
+estaba aplanchando una camisa en traje no adecuado a su categoría. Un
+vestidillo raído y un pañuelo atado a la cintura como las artesanas; en
+los pies unas zapatillas bastante usadas. No se ruborizó porque el joven
+la encontrase en aquel arreo ni en tan baja ocupación, ni exclamó como
+otras muchas harían en su caso:
+
+—¡Jesús, de qué forma me encuentra usted!—llevando las manos al pelo o
+a la garganta.
+
+Nada de eso. Suspendió un momento su tarea, sonrió con dulzura y aguardó
+a que el joven hablase.
+
+—Buenas tardes—dijo, poniéndose colorado.
+
+—Buenas tardes, Gonzalo—respondió ella.
+
+—¿Podría ver a su papá?
+
+—No sé si está en casa. Voy a ver—repuso la joven, dejando la plancha
+sobre la mesa y pasando por delante de él.
+
+Cuando ya se había alejado un poco, se volvió para preguntarle:
+
+—¿Su tío está bueno?
+
+—Sí, señora, sí... Digo, no... hace algunos días que no se levanta de
+la cama... Tiene un catarro fuerte.
+
+—¿No será cosa de cuidado?
+
+—Creo que no, señora.
+
+La joven continuó su camino sonriendo. Le hacía gracia que Gonzalo la
+llamase señora no habiendo cumplido los diez y seis años y contando él
+más de veinte. Ambos, sin haberse hablado «de grandes», se conocían como
+si fuesen hermanos. Se encontraban todos los días en la calle, en el
+paseo, en el teatro, en la iglesia. «De pequeños» recordaba Cecilia que
+cierta tarde en la romería de Elorrio bailando la giraldilla con otras
+chicas de su edad, se llegaron unos granujas a estorbarlas, tirándolas
+del pelo desde fuera, empujándolas con fuerza y metiéndose en el corro
+gritando para hacerlas perder el compás. Gonzalo, que era un grandullón
+de trece años, viendo aquella fea tosquedad, acudió en su auxilio, y
+puntapié va, trompada viene, soplamocos a uno y puñada a otro, en un
+instante puso en dispersión a los tres o cuatro descorteses mozuelos.
+Los ojos de las diminutas bailarinas le contemplaron con admiración. En
+aquellos corazones femeninos de cinco a diez años quedó grabado para no
+borrarse jamás un sentimiento de gratitud hacia el heroico mancebo. Otra
+vez, años adelante, un día de San Juan, Gonzalo cedió a ella y su
+familia la balandra para pasearse por el mar, pues los botes y lanchas
+escaseaban en tal ocasión. Mas ninguna de estas circunstancias engendró
+el trato entre ellos. Si los encontraba muy de frente, Gonzalo solía
+llevarse la mano al sombrero; si no, pasaba de largo como si no los
+viese, a pesar del conocimiento, ya que no amistad íntima, que su tío
+mantenía con el señor Belinchón. La vida exclusiva de café, el ningún
+trato con las mujeres, habían hecho de Gonzalo un joven apocado y
+vergonzoso.
+
+—Pase usted, Gonzalo; papá le espera en la sala—dijo la joven cruzando
+de nuevo por delante de él.—Que se alivie su tío.
+
+—Muchas gracias—respondió acortado. Y al alejarse caminando hacia
+atrás, como era tan alto, dió un testarazo con la lámpara de la
+antesala, que por poco la hace venir al suelo.
+
+Miró con angustia hacia arriba, se apresuró a sujetarla y se puso muy
+colorado.
+
+—¿Se ha lastimado usted?—preguntó Cecilia con interés.
+
+—¡Ca! No, señora... al contrario... ¡Caramba, por un poco la rompo!
+
+Y se retiró cada vez más confuso.
+
+Hallábase nuestro mancebo en aquel punto y sazón en que los hombres se
+enamoran de una escoba. La edad del amor se había retrasado para él un
+poco. Esto suele acontecer en todos aquellos en quienes los músculos
+tiranizan a los nervios. Por eso la señorita de Belinchón, aunque nada
+linda, despertó repentinamente en él cierta simpatía que es fácil
+transmutar en pasión. Y como consecuencia de aquella brevísima
+entrevista, Gonzalo pasó desde entonces alguna que otra vez sin
+necesidad por delante de la casa de los señores de Belinchón mirando con
+el rabo del ojo a los balcones; cuidó más del aliño del traje y la
+persona; iba a misa de diez los domingos a San Andrés, donde doña Paula
+y sus hijos la oían. En el teatro solía dirigirle con disimulo vivas
+miradas y alguna que otra vez se aventuraba a soltarle un sombrerazo.
+Pero en cuanto lo hacía se ponía colorado y miraba con susto a todas
+partes, temblando de que aquel naciente sentimiento de su alma fuese
+descubierto.
+
+¡Inocente Gonzalo! Mucho antes de que él se diese cuenta cabal de tal
+inclinación, la villa entera la conocía. Nada se puede ocultar, sobre
+todo en lo que toca a las relaciones de sexo a sexo, a los ojos
+zahoríes de las comadres de un pueblo de escaso vecindario. Y no sólo se
+conoció, pero hasta se daba como cierto el matrimonio en plazo más o
+menos lejano. Pasaban los meses, no obstante, y aquello no avanzaba un
+paso. Los testimonios que Gonzalo daba de su afición seguían siendo los
+mismos. La mayor parta de los días se reducían a pasar después de comer
+por delante de la casa del rico comerciante, para ir al casino. Cecilia
+solía estar cosiendo detrás de los cristales. Mano al sombrero; sonrisa;
+adelante; luego el billar, y hasta otro día. Don Melchor le encargó
+otras dos veces recados para don Rosendo, pero tuvo la buena suerte de
+hallarle siempre en el despacho. Decimos buena suerte, porque Gonzalo
+temblaba ante la idea de subir a la casa y tropezarse con Cecilia.
+
+Había cumplido ya los veinte años. La idea de hacerse ingeniero
+industrial y ocuparse en algo útil, volvía de vez en cuando a su
+espíritu en medio de aquella vida holgazana. El compañero que tornaba de
+alguna academia militar, la conversación con algún ingeniero inglés, la
+frase de desprecio que escuchaba en el casino acerca de los que no
+tenían carrera, despertábanle de pronto el deseo. Al fin, un día le dijo
+a su tío que si le daba permiso se iba a Inglaterra a estudiar algo y
+ver mundo. Como don Melchor nada podía oponer a este justo y laudable
+propósito, pocos días después Gonzalo recorría algunas casas de
+parientes y amigos, donde hacía años que no ponía los pies, para
+despedirse, y una tarde apacible y bella de primavera se embarcaba en el
+bergantín redondo _Vigía_ con rumbo a la Gran Bretaña.
+
+¿Se acordaba de Cecilia? No lo sabemos. En temperamentos como el de
+nuestro mancebo, el fuego de las pasiones tarda mucho tiempo en prender,
+aunque a la postre causa grandes estragos.
+
+Pasaron tres años. Terminó la carrera de ingeniero que es breve y
+práctica en Inglaterra, y se determinó a visitar las principales
+fábricas de este país y de Francia y Alemania. En el tiempo que duraron
+sus estudios el recuerdo de Cecilia asaltábale de vez en cuando, sin
+causarle, por supuesto, emoción muy viva. Allá en la primavera cuando la
+sangre circula con más fuerza por las venas y la madre Naturaleza con el
+verdor de los campos, los vívidos colores de las flores, los juegos de
+la luz, el aire tibio embalsamado, y sobre todo, por medio de sus
+intérpretes más fieles, los pájaros, nos incita para que en modo alguno
+consintamos que la especie humana se extinga, Gonzalo pensaba en el
+matrimonio. Y siempre que tal idea surgía en su mente, presentábasele de
+improviso hecha carne en la niña primera de los señores de
+Belinchón:—«Pase usted, Gonzalo; papá le espera.» «¿Se ha lastimado
+usted?»—Volvían a sonar en sus oídos aquellas palabras y el acento
+cariñoso con que fueron pronunciadas encendía en su corazón virgen una
+chispa de simpatía. La joven no era hermosa, pero sus ojos sí, y sobre
+todo revelábase en ella el atractivo del sexo por el aire modesto y
+sencillo, el timbre de la voz, la delicadeza exquisita, enteramente
+femenina de sus modales. «No me disgustaría casarme con ella» pensaba
+dejando escapar un suspiro; porque juzgaba imposible que se atreviese a
+decir a ésta ni a ninguna señorita palabra alguna de amor. Hasta
+entonces no conocía de tal pasión más que el aspecto material y grosero,
+las relaciones fugaces y tristes de las mujeres que le abocaban por la
+noche en las calles de Londres y París.
+
+Un día escribiendo a cierto amigo íntimo de Sarrió se le ocurrió
+preguntarle si Cecilia Belinchón se había casado. Contestóle que aún
+permanecía soltera y que si era muy cierto que algunos galanes la
+rondaban seducidos quizá por el dinero de Belinchón más que por las
+gracias de su hija, hasta ahora no se sabía que hubiese dado oídos a
+nadie. Al leer esto, se le subió la sangre al rostro al ingeniero
+industrial. Tuvo la fatuidad de pensar (que se le dispense por Dios) que
+Cecilia rechazaba a los pretendientes a su mano... porque a ninguno
+encontraba tan guapo como él. Entonces imaginó declararle su amor por
+medio de una carta. Estando tan lejos no tendría vergüenza. Sin embargo,
+la tuvo, y cuando trató de coger la pluma para hacerlo, antes de trazar
+el primer renglón, volvió a dejarla al representarse la sorpresa que la
+joven recibiría. Pasaron algunos días. La idea no le abandonaba. Por
+medio de mil sutiles razonamientos procuraba persuadirse a escribir la
+epístola amorosa. Si se reía de él, ¿qué? no había de verlo. Con no
+volver más a Sarrió estaba concluído; y si volvía ya procuraría no
+encontrársela de frente. Al fin la escribió. Túvola guardada en el cajón
+de su mesa varios días. La idea de echarla al correo le aterraba. Para
+decidirse a ello, necesitó beberse unas copitas de ron. Cuando estuvo un
+poco mareado sacó la carta del cajón, lanzóse a la calle con brío, y en
+el primer buzón con que tropezaron sus ojos, ¡zas! la encajó.
+
+¡Dios mío, qué he hecho! Disipóse la borrachera. Se puso colorado hasta
+las orejas, como si por el agujero de aquel buzón le estuviesen mirando
+los ojos burlones de todos los vecinos de Sarrió; y se apresuró a meter
+los dedos en él por ver si aún podía atrapar el malhadado sobre. Nada.
+Se lo había engullido con la voracidad de un tiburón, y lo estaba ya
+digiriendo. Ocurriósele entonces presentarse en las oficinas de Correos
+y reclamarlo; pero allí le exigieron tales formalidades, que antes de
+pasar por ellas prefirió dejar correr la suerte.
+
+Pasó ocho días en gran zozobra. A la hora de repartir las cartas en la
+fonda, experimentaba una ansiedad que le sofocaba, esperando ver llegar
+encerradas en un sobrecito las feas y colosales calabazas, castigo justo
+a su demasía y sandez. Transcurrieron, no obstante, los ocho días y aun
+los quince, y la contestación no parecía. Se fué calmando con la
+esperanza vaga de que la carta no hubiese llegado a su destino. Si había
+llegado, forjábase la ilusión de que Cecilia la habría roto sin dar
+cuenta a nadie. Mas he aquí que, cuando ya no la esperaba, se encuentra
+a la hora de almorzar sobre el plato una carta de España, letra
+desconocida de mujer. Es irrepresentable la congoja que le acometió. Se
+puso tan blanco como el mantel. El corazón quería saltársele del pecho.
+Abrióla con mano trémula... ¡Ahaaa! suspiró descansado, después de
+haberla devorado en dos segundos. Llevóse la mano al pecho, limpióse el
+sudor con el pañuelo, y volvió a tomar la carta y a releerla con calma.
+
+Era, en efecto, de Cecilia, y estaba escrita en un tono suavemente
+irónico, que nada tenía, sin embargo, de ofensivo. Manifestábase
+sorprendida de su repentina e inopinada declaración. ¿Qué mosca le había
+picado al cabo de cuatro años de ausencia? Sus padres, que antes que
+ella habían abierto la carta, estaban igualmente sorprendidos: opinaban
+que era un paso irreflexivo, propio de los pocos años, un capricho del
+momento, del cual ya estaría probablemente arrepentido. Ella compartía
+enteramente esta opinión. Sin embargo, la habían permitido, y aun
+aconsejado que contestase, por tratarse de un joven del pueblo, con cuya
+familia mantenían relaciones de amistad.
+
+Esta epístola le puso contentísimo de pronto. No eran las desdeñosas
+calabazas que esperaba. Después se puso triste, y al minuto otra vez
+alegre, leyéndola y releyéndola por ver si daba en la clave. ¿Eran o no
+eran calabazas? Apresuróse a contestar, pidiendo perdón de su
+atrevimiento, y confirmando su declaración anterior con nuevas y
+vehementes frases. Replicó al cabo de algunos días la niña en términos
+más blandos y afectuosos. Tornó a escribir Gonzalo; cruzáronse retratos;
+intervino doña Paula. En suma, al cabo de poco tiempo, se encontraban
+ambos jóvenes en relación formal. Comenzó a hablarse de matrimonio;
+mediaron cartas entre don Melchor y su sobrino; después visitas entre
+aquél y don Rosendo. Finalmente todo quedó arreglado, conviniéndose que
+a la primavera regresaría Gonzalo, y se efectuaría el casamiento.
+
+
+
+
+III
+
+EN EL QUE LA PAREJA ENAMORADA COMIENZA A PENSAR EN EL NIDO
+
+
+Salían ya del teatro los que habían quedado. Gonzalo tropezó con la ola
+de gente que vomitaba la puerta, y así como fué reconocido, se
+apresuraron a rodearle y saludarle sus antiguos amigos. El primero que
+le echó los brazos al cuello fué don Mateo, después vino don Pedro
+Miranda y su hijo Periquito, en seguida el alcalde don Roque, después
+don Victoriano y su esposa doña Rosario y sus tres hijas. En un instante
+se formó círculo en torno del joven, quien se apresuraba a contestar con
+efusión a los plácemes, abrazos y apretones de manos que de todos sitios
+le venían. Los marineros, las mujeres del pueblo tomaban parte en
+aquellas manifestaciones de cariño lo mismo que los _señores_. No se
+oían más que exclamaciones de admiración y alegría.
+
+—Cuánto has engordado, Gonzalito.—¡Vaya un real mozo!—¿Por qué no
+creces como él, Periquito?—Don Gonzalo, les come usted las sopas en la
+cabeza a todos los mozos de Sarrió.—Crecer no ha crecido, lo que ha
+hecho es doblar de cuerpo.—Ven acá, granadero, dame un abrazo apretado.
+
+Un patrón de barco afirmó que se parecía como una gota de agua a otra al
+Príncipe de Gales. Acaso Gonzalo fuese un poco más alto.
+
+El robusto corpachón de éste, alzábase sobre el grupo. Daba la mano por
+encima de las cabezas a los amigos que no podían llegarse a él, y su
+noble y bondadosa fisonomía sonreía a todos.
+
+Don Mateo, alzándose sobre la punta de los pies y tirándole del brazo
+para que se doblase, pudo decirle al oído:
+
+—¡Qué función te has perdido, Gonzalo! Lástima que no hayas llegado por
+la tarde. La tiple cantó como un ángel... ¡Y el baile!... El baile te
+digo, chico, que ni en Bilbao ni en la Coruña lo sacan mejor... Pero no
+te disgustes, que yo haré que se repita antes que se vaya la compañía...
+o poco he de poder.
+
+Pero Gonzalo no atendía. Con los ojos clavados en la puerta, esperaba
+inquieto y afanoso la salida de la familia de Belinchón, que como
+principal y de las más encopetadas, se retrasaba siempre para no
+confundirse con la plebe. Por fin a la luz del farol que ardía sobre el
+marco de la puerta, divisó la fisonomía de doña Paula y en seguida la de
+Cecilia. Abalanzóse trémulo a saludarlas. La hija se puso colorada como
+un pavo (es natural), y la madre también (esto es menos natural). ¿Qué
+le tocaba hacer a él? Ruborizarse igualmente; y esto fué lo que llevó a
+cabo de un modo perfecto. A los tres les temblaba la voz, y después de
+preguntarse por la salud, no supieron qué decirse. Las miradas cargadas,
+de curiosidad de la gente contribuían a embarazarlos. Felizmente llegó
+Pablito con Ventura, que se habían rezagado, y nuestro joven saludó al
+primero afectuosamente y dirigió a la segunda una ceremoniosa cabezada.
+
+Pablo sonrió.
+
+—Qué, ¿no la conoces? Es mi hermana Ventura.
+
+—¡Oh! ¿Cómo había de conocerla? Es una mujer... ¿Cómo está usted,
+Ventura?
+
+La niña le alargó la mano mirándole con expresión maliciosa y burlona
+que acabó de desconcertarle.
+
+Pusiéronse en marcha hacia casa. Venturita echó a correr delante
+arrastrando a su hermano. Detrás marchaban doña Paula, Cecilia y
+Gonzalo. Cerraba la marcha don Rosendo con su buen amigo don Pedro
+Miranda. Las calles estaban obscuras. Sólo ardían a aquellas horas los
+faroles de esquina. La distancia entre los tres grupos se fué haciendo
+cada vez mayor.
+
+Gonzalo comenzó a hacer esfuerzos desesperados por sostener la
+conversación con su futura esposa y suegra; pero aquélla no despegaba
+los labios, dominada, sin duda, por la vergüenza, y doña Paula andaba
+muy lejos de ser una madame Stael. Como tampoco él había colaborado en
+el Diccionario de la Conversación, el resultado era que ésta no
+prosperaba. Por cartas había llegado a tener confianza. Doña Paula ponía
+a menudo postdatas en las de Cecilia. Gonzalo replicaba con alguna
+cuchufleta, mandaba estampitas, caricaturas para Ventura, y se portaba
+en todo como un miembro de la familia. Pero ahora los tres
+experimentaban malestar embarazoso. Nuestro joven en su vida había
+hablado con la señora de Belinchón, y con Cecilia sólo había cruzado las
+palabras que hemos dicho. Luego, allá delante, Venturita reía a
+carcajadas con su hermano, y los novios presumían fundadamente que
+estaban ellos sobre el tapete. No obstante, cuando ya se acercaban a
+casa, la plática fué tomando calor y había algunos síntomas para creer
+que muy pronto iba a reinar la confianza.
+
+Formóse un grupo a la puerta de la morada de los señores de Belinchón,
+que estaba situada en la Rúa Nueva, la calle más principal de Sarrió, y
+era grande y suntuosa para lo que allí se estilaba. Como Gonzalo no
+había cenado aún, don Rosendo le invitó a subir a hacerlo con ellos tan
+de veras, y con palabras tan apremiantes, que el joven, que no deseaba
+otra cosa, concluyó por aceptar. Despidiéronse el señor Miranda y su
+hijo Periquito, y la familia Belinchón, con el nuevo individuo que iba a
+formar parte de ella, subió a la casa. En el recibimiento, las señoras
+se despojaron de los abrigos y las toquillas. La luz volvió a turbarlos.
+Gonzalo pudo ver bien entonces a su novia, y observó que no había ganado
+nada en los años de ausencia. Estaba más alta, pero más delgada también.
+Los amores no ponen gordas a las niñas. La nariz, con esto, se le había
+pronunciado todavía más. Sólo aquellos ojos hermosos, suaves,
+inteligentes, persistían en brillar como dos estrellas. La
+transformación de Venturita, aquella niña que veía cruzar para el
+colegio, colgada del brazo de la doncella dando saltitos para no perder
+el paso, le llamó poderosamente la atención. Era una mujer, una
+verdadera mujer, no tanto por la estatura, como por la redondez y
+amplitud de las formas, como por la firmeza singular de su mirada y
+cierto brillo malicioso que la acompañaba. Examináronse ambos como dos
+extraños de una rápida ojeada. Gonzalo le dijo por lo bajo a doña Paula:
+
+—¡Qué cambio el de Venturita! Es una joven preciosa.
+
+Por bajo que lo dijo la niña lo oyó. Se puso seria con afectación, hizo
+un leve mohín de desdén con los labios, y se fué derecha al comedor,
+ocultando el cosquilleo placentero que aquel requiebro tan espontáneo la
+había causado.
+
+La mesa estaba puesta: una mesa patriarcal de provincia, abundante,
+limpia, sin flores ni los demás refinamientos elegantes que la
+civilización va introduciendo. Y al acercarse a ella, el embarazo de
+Gonzalo había desaparecido. Parecía que ayer había cenado allí también.
+Una ráfaga de alegría sopló sobre todos. Cambiáronse palabras y risas.
+Gonzalo abrazaba a Pablito y le preguntaba por sus caballos. Doña Paula
+arreglaba la distribución de los cubiertos. Venturita, sentada ya, se
+atracaba de aceitunas, tirando los huesos a su hermana y haciéndole
+guiños provocativos, mientras ésta, con las mejillas encendidas y los
+ojos brillantes, se llevaba el dedo a los labios pidiéndole discreción.
+Don Rosendo había ido a ponerse la bata y el gorro, sin los cuales le
+habría hecho daño la cena. Su esposa invitó al joven forastero a
+sentarse en el puesto vecino al de Cecilia. Pero ésta se había pasado al
+otro extremo de la mesa, y allí se disponía a sentarse.
+
+—¿Qué haces, chica? ¿Por qué no vienes a tu sitio?—le preguntó doña
+Paula con sorpresa.
+
+La joven se levantó sin contestar, ruborizada, y vino a sentarse al lado
+de su novio.
+
+La clásica sopa de manteca con huevos humeaba ya en el centro de la
+mesa.
+
+—Mira, haz plato a Gonzalo... Comienza ya a servirle—le dijo después
+sonriendo bondadosamente, como mujer que profesaba ideas semejantes a
+las expresadas por San Pablo en su célebre epístola.
+
+Cecilia se apresuró a obedecer, colmando el plato de su futuro. Este
+poseía ordinariamente un apetito excelente, apropiado a su grande
+humanidad. Ahora, sobreexcitado por el aire del mar y algunas horas de
+ayuno, era voraz. Comió sin dejar migaja, sin cortedad alguna, cuanto le
+ponían delante; y eso que Cecilia, como podrá suponerse, no tenía la
+mano corta en servirle. Cuando empezaba a comer, Gonzalo perdía la
+vergüenza. La necesidad apremiante de su organismo giganteo se imponía.
+En cambio, Cecilia apenas si tocaba en los manjares. Viendo en su plato
+dos pedacitos de jamón del tamaño de dos avellanas, preguntóle el joven:
+
+—¿Para quién hace usted ese plato, para el loro?
+
+—No; es para mí.
+
+—¿Y no tiene usted miedo que se le indigeste?
+
+Era la primera chanza que se autorizaba con su futura. Esta contestó
+sonriendo:
+
+—Nunca como más.
+
+Doña Paula acercó la boca al oído de Venturita, y le dijo:
+
+—¿No reparas con qué ceremonia se tratan?
+
+Venturita se lo dijo al oído a Pablo, y éste a su padre. Todos cuatro
+soltaron a reir, mirando a los novios, mientras éstos, confusos,
+preguntaban con la vista la razón de aquella súbita alegría.
+
+—Mamá, ¿quieres que les diga de qué nos reímos?
+
+—Díselo.
+
+—Pues bien, señores, pensamos todos que podrían ustedes ir apeándose el
+tratamiento.
+
+Los futuros esposos bajaron la cabeza sonriendo.
+
+La alegría de los comensales se expresaba ruidosamente, se charlaba, se
+bromeaba. Pablito asaba a preguntas a su próximo cuñado, acerca de las
+carreras de caballos, _skating-ring_, y otros asuntos más o menos
+transcendentales, relacionados con el _sport_. Sólo el gozo de Cecilia
+era concentrado y silencioso. Advertíase en las mejillas teñidas de vivo
+carmín. De vez en cuando ponía el dorso de la mano sobre ellas para
+enfriarlas, aunque sin lograrlo. Cuando creía que no la miraban, pasaba
+largos ratos con los ojos fijos en su novio. Aquel bravo engullir,
+incesante, signo de vida y de fuerza, la sorprendía y la cautivaba a un
+mismo tiempo. Contemplábale arrobada, adorando en él al símbolo del
+poder masculino. Estas largas miradas extáticas no se le escapaban a
+Venturita, quien hacía muecas a Pablo o a su madre, para que las
+observasen. Gonzalo pagaba las atenciones de su novia con un «muchas
+gracias» rápido, sin volver el rostro hacia ella por temor de
+ruborizarse. Al levantarlo para contestar a Pablo, sus ojos tropezaban
+siempre con los de Venturita, cuya mirada risueña, y maliciosa le
+turbaba momentáneamente.
+
+Levantáronse al fin de la mesa y se diseminaron. Don Rosendo y Ventura
+desaparecieron. Pablo, después de charlar algunos instantes, concluyó
+por irse también. Quedaron solamente en el comedor doña Paula y los
+novios. Y todos tres fueron a sentarse en un rincón de la estancia en
+sillas bajas. Al poco rato no se oía más que un cuchicheo discreto, como
+si estuviesen confesando. Unidas las tres sillas, adelantando los
+cuerpos hasta tocarse casi las cabezas, comenzaron a charlar
+animadamente. Doña Paula abordó al instante la magna cuestión.
+
+—Estamos a veintiocho de abril... De aquí al primero de septiembre no
+hay más que cuatro meses—dijo, echándoles una larga mirada entre
+risueña y enternecida.
+
+Si fuese posible que Cecilia se pusiese más colorada, se hubiera puesto.
+El rostro de Gonzalo se contrajo con una sonrisa sin expresión, y bajó
+los ojos.
+
+Después de haberlos mirado otro rato, gozándose en su confusión, siguió
+doña Paula:
+
+—Es necesario ir pensando en el equipo de ropa...
+
+—¡Mamá, por Dios! Es muy pronto—exclamó la joven avergonzada, mientras
+el corazón quería salírsele del pecho.
+
+—No es pronto, Cecilia. Tú no sabes el tiempo que aquí echan las
+bordadoras en cualquier cosa. Un mes ha empleado Nieves para bordar dos
+escudos a la chica de doña Rosario... Y más pesada que ella todavía es
+Martina...
+
+—Nieves borda muy bien.
+
+—No, como bordar no hay en la villa quien le ponga el pie delante a
+Martina... Tiene manos de oro.
+
+—A mí me gustan más los bordados de Nieves.
+
+—Pues si quieres que ella te borde la ropa, por mí...—repuso doña
+Paula mirando a su hija con una condescendencia maliciosa.
+
+—¡No digo eso, mamá!—exclamó ésta toda apurada.—Sólo digo que me
+gusta más el bordado de Nieves que el de Martina.
+
+Al poco rato ya había consentido en discutir la cuestión de la ropa.
+
+Tratáronla en todos sus aspectos con la gravedad y el cuidado que
+merecía. A quién se encargarían los juegos de sábanas de batista, a
+quién los ordinarios, quién haría las camisas, dónde se comprarían los
+manteles, etc., etc. Todo fué tratado, medido y ponderado. Doña Paula
+emitía su opinión. Cecilia aparentaba contradecirla, pero en el fondo
+¿qué le importaba? Lo que embargaba su alma y hacía palpitar su corazón
+era aquella proximidad del matrimonio, reconocida expresamente. Así, que
+su voz salía temblorosa y algunas veces se le anudaba en la garganta sin
+querer salir. Sus ojos soltaban efluvios de dicha; tenían el brillo
+suave y misterioso de los luceros en las noches serenas de invierno.
+
+—¡Qué calor!—exclamaba de vez en cuando, y apoyaba las manos en sus
+mejillas encendidas.
+
+Gonzalo asentía con estúpida sonrisa a cuanto decían, y estiraba a
+menudo sus desmesuradas piernas que, por la escasa altura de la silla,
+se le dormían.
+
+Y cuando se concluyó con la ropa blanca, comenzaron con la de color. Y
+la conversación se enredaba; y Cecilia, sin mirar a su novio le veía; y
+los ojos de doña Paula, posados alternativamente en uno y en otro, se
+iban enterneciendo cada vez más; y los alientos se cruzaban. Los hombros
+de los futuros esposos se tocaban. Aquel suave cuchicheo, la dormida luz
+de la lámpara que apenas los envolvía, el contacto frecuente con el
+brazo de su amado, iban hinchendo el seno de Cecilia de una emoción
+voluptuosa que la desasosegaba. No pudiendo resistirla levantóse dos o
+tres veces para besar con vehemencia a su madre. A la tercera vez ésta
+se hizo cargo de lo que aquello significaba, y exclamó mirándola con
+ojos risueños y compasivos:
+
+—¡Pobrecita! ¡Pobrecita mía!
+
+Cecilia se tapó los suyos con las manos y estuvo así un rato.
+
+—¿Qué tienes?—le dijo al fin doña Paula.
+
+—Nada, nada.
+
+Pero continuó cubriéndose los ojos.
+
+—Vamos, ¿qué tienes, hija mía?
+
+—No tengo nada—contestó destapándose al fin. Su cara sonreía; pero
+tenía los ojos húmedos.
+
+—Ya sé, ya sé—dijo la señora—¿Quieres el éter? ¿Sientes opresión?
+
+—No siento nada. Estoy muy bien.
+
+La plática se enredó de nuevo. Doña Paula expresó la idea de que Gonzalo
+se viniese a vivir con ellos. Este se resistió un poco, porque
+comprendía que esto iba a disgustar a su tío. No obstante, concluyó por
+ceder a los ruegos de ambas. ¡Era tan natural que no quisieran
+separarse!
+
+—Pueden ustedes tener independencia. Yo me encargo de ello. Hay una
+sala grande, la sala amarilla... ya sabes, Cecilia... Tiene una alcoba
+espaciosa... Sólo falta el despacho para Gonzalo; pero ya he pensado en
+eso. Al lado de la sala está el cuarto de la ropa, que aunque da al
+patio, tiene buena luz. Hoy está hecho un asco; pero haciendo obra en él
+puede quedar una habitación muy decente... ¿Quiere usted verlo, Gonzalo?
+
+El joven manifestó que no había necesidad; que pasaba por todo lo que
+ella dijese; que ya lo vería... Sin embargo, la señora insistió y
+tomando una palmatoria los guió al otro extremo de la casa.
+
+—Esta es la sala... Grande, ¿no es verdad? Dos balcones... La alcoba.
+Caben muy bien dos camas... cuanto más una—añadió mirando a su hija,
+que se hizo la distraída cerrando un balcón.—Vamos ahora a ver el
+cuarto de la plancha.
+
+Y salieron de la sala, y salvando un corredor y dando una vuelta,
+entraron en otro cuarto lleno de armarios y otros trastos.
+
+—No se asuste usted por la distancia. Este cuarto está pegado a la
+sala. No hay más que abrir una puerta de comunicación.
+
+Gonzalo se inclinó hacia su novia y le dijo por lo bajo:
+
+—¿Por qué no me tratará mamá de tú, como tu papá? Díselo de mi parte...
+yo no me atrevo.
+
+Cecilia entonces se acercó al oído de su madre y murmuró con voz
+apagada, llena de vergüenza:
+
+—Gonzalo se alegraría de que le tratases de tú.
+
+—¿Qué dices, niña?—preguntó doña Paula, poniendo la mano en la oreja.
+
+Cecilia levantó un poquito la voz, haciendo un terrible esfuerzo.
+
+—Dice Gonzalo que por qué no le tratas de tú como papá.
+
+—Ah... me alegro que haya salido de él. No me atrevía... Bueno, pues en
+cuanto se abra una puerta aquí, en esta pared, ya puedes pasar de la
+sala al despacho sin cruzar el pasillo... ¿Te gusta la habitación? ¿Es
+bastante grande?
+
+—Demasiado. Mis negocios, por ahora, no exigen tanto.
+
+A Cecilia le retozaba en el cuerpo una pregunta. Estaba inquieta. Varias
+veces estuvo por tomar la palabra, pero el temor la retenía. Allá, al
+fin, en una pausa larga, se aventuró a decir:
+
+—Falta una cosa, mamá.
+
+—¿Qué falta?
+
+La joven se detuvo un instante, como para tomar arranque, y dijo al fin
+con voz temblorosa:
+
+—Falta un cuarto para arreglarse Gonzalo.
+
+—Es verdad; no me había hecho cargo... ¿Dónde tendría yo la cabeza?
+Pues ahora no encuentro sitio aquí cerca... Aguarda un poco...
+aguarda... Podríamos bajar la despensa al sótano y quedaba un cuartito,
+que bien arreglado, acaso serviría... Lo que hay es que no comunica con
+estas habitaciones. Tendrías que cruzar el pasillo.
+
+—¡Qué importa eso!
+
+Fueron de nuevo al comedor y se sentaron en el mismo rincón. Poco
+después de hacerlo apareció Venturita con un peinador blanco que dejaba
+ver enteramente la garganta de alabastro y una parte de su hermoso seno
+virginal. Traía sueltos por la espalda los cabellos, y calzaba unos
+lindos pantuflos bordados. Venía a despedirse para ir a la cama.
+Acercóse a su madre y la dió un beso en la mejilla, haciendo, mientras
+tanto, muecas maliciosas a su hermana, que Gonzalo no podía ver.
+
+—Vaya, buenas noches—dijo alargando a éste la mano.
+
+—Buenas noches—repuso él mirándola extático, con cierta especie de
+embelesamiento que no pasó inadvertido para la niña.
+
+Iba a retirarse, pero un sentimiento de coquetería la hizo volver desde
+la puerta y preguntar a Cecilia:
+
+—¿Dónde has colocado el calzador? He tenido que venir con chinelas por
+no hallarlo...
+
+Y al mismo tiempo mostró su lindo pie.
+
+—Pues allá está, en el cajón de la mesa de noche.
+
+—¡Si supierais qué sueño tengo!—dijo avanzando más y colocando una
+mano sobre la cabeza de su hermana.—¿Sabéis con qué se quita
+esto?—añadió sonriendo.
+
+Gonzalo la examinaba con atención. Era realmente una criatura perfecta.
+Cuanto más de cerca se la observase, más se admiraban las singulares
+partes de que estaba dotada. La epidermis era suave y brillante como el
+raso, de un color rosa desvanecido; la boca húmeda y fresca, de labios
+rojos un tanto grandes que descubrían al abrirse dos filas de dientes
+menudos e iguales; los cabellos dorados, sedosos, abundantes. Su única
+imperfección consistía en la estatura. Si tuviera la de su madre nadie
+se atrevería a ponerle un reparo, exceptuando, por supuesto, sus amigas.
+
+Notando que la examinaban, no acababa de marcharse. Daba vueltas en
+redondo para que se la viese bien por todas partes, adoptaba posiciones
+caprichosas, afectadas, dirigía preguntas impertinentes a su hermana,
+reía sin motivo, la cubría de besos y la sobaba sin consideración.
+
+—Déjame, Ventura. ¡Qué retozona estás hoy!—exclamaba aquélla con su
+franca sonrisa bondadosa, procurando desasirse.
+
+—Vaya, vaya, a la cama—decía doña Paula.
+
+—Voy.
+
+Pero en lugar de irse se abrazaba de nuevo a Cecilia; la hacía
+cosquillas aprovechando cualquier movimiento para decirla al oído:
+
+—¡Cómo estás gozando, picarona! No le eches esos ojazos, mujer, que le
+vas a aturdir.—Adiós, adiós, señores—concluyó por decir en voz
+alta...—Y dejar algo para mañana, ¿eh?
+
+—¡Qué tonta!—exclamó Cecilia ruborizándose.
+
+Doña Paula y Gonzalo sonrieron. Este dijo en voz baja:
+
+—¡Qué pelo tan hermoso!
+
+Ventura lo oyó, y dijo sacudiéndolo:
+
+—Es postizo.
+
+Todos se echaron a reir.
+
+—¿No lo cree usted?—preguntó con seriedad y acercándose.—Tire usted.
+Verá cómo se le queda en la mano.
+
+El joven no se atrevió, y continuó sonriendo.
+
+—Tire usted, tire usted—insistió ella volviendo la espalda y
+metiéndole el pelo por la cara.
+
+Gonzalo llevó la mano a él, pero no hizo más que acariciarlo.
+
+—¿Qué, no se le ha quedado? Es que está muy bien sujeto.
+
+Y salió corriendo de la estancia.
+
+Un rato todavía duró el cuchicheo secreto. Se tocaron algunos puntos de
+la vida futura. Cecilia escuchaba a su madre disertar sobre lo que
+debían hacer una vez casados, sintiendo un cosquilleo en el alma que
+apenas era poderosa a ocultar. Le había cogido una mano y se la apretaba
+y acariciaba con intermitencias nerviosas. De vez en cuando la llevaba a
+los labios y se la besaba con fuerza. Doña Paula la miraba con
+enternecimiento y sonreía gozándose en la felicidad que inundaba el
+corazón de su hija.
+
+El reloj del comedor vibró, dando las doce y media. Gonzalo levantóse
+apresuradamente.
+
+—¡Oh, qué tarde! ¿Qué dirá don Rosendo?
+
+—Nunca se acuesta antes de esta hora—repuso Cecilia.
+
+—Sí; pero ya sabes que emplea mucho tiempo en cerrar las
+puertas—replicó doña Paula.
+
+Cecilia calló. Gonzalo les dió la mano con efusión, prometiendo volver
+al día siguiente. Después pasó al despacho del señor de Belinchón para
+despedirse.
+
+La madre y la hija siguieron charlando en el mismo rincón sobre el mismo
+tema, recibiendo la primera un sinnúmero de abrazos y besos
+apretadísimos.
+
+—Esto no es para mí—decía con cierta expresión entre alegre y
+melancólica.
+
+—Sí, mamá, sí—replicaba la joven abrazándola con más fuerza.
+
+
+
+
+IV
+
+CÓMO LOS PARTICULARES DE SARRIÓ SE CONGREGABAN EN UN RECINTO NOMBRADO EL
+«SALONCILLO», Y LO QUE ALLÍ SE PLATICABA.
+
+
+Don Melchor de las Cuevas se levantó de la mesa, encendió un cigarro, y
+dijo, ofreciendo otro a su sobrino:
+
+—Vámonos a tomar café.
+
+Gonzalo quiso guardarlo en el bolsillo porque jamás hasta entonces se
+había autorizado el fumar delante de su tío; pero éste le retuvo el
+brazo.
+
+—Enciende, chiquito, enciende; ya has dejado de ser grumete.
+
+El joven sacó un fósforo y se puso a dar chupetones al cigarro con
+emoción.
+
+Salieron de la casa emparejados y bajaron lentamente por la calle
+disfrutando del bienestar voluptuoso que sienten las naturalezas
+poderosas después de una comida abundante. Parecían dos cedros gigantes,
+majestuosos, orgullosos de su altura. Y guardaban el mismo silencio que
+ellos cuando no les sopla el viento. Las mujeres que trabajaban a las
+puertas de sus casas los miraban con curiosidad tocada de admiración.
+
+—¿Quién es el señorito que va con don Melchor?
+
+—Mujer, ¿no le conoces? El sobrino; el señorito Gonzalo, que llegó ayer
+en la _Bella-Paula_.
+
+—¡Vaya un real mozo!
+
+—Como su padre don Marcos, que en paz descanse.
+
+—Y como su abuelo don Benito—añadió una vieja.—¡Qué familia tan noble
+y campechana!
+
+En las bocacalles por donde se descubría un cacho de mar, el señor de
+las Cuevas solía detenerse un momento para echar una ojeada escrutadora.
+
+—Por ahora bonanza. Dentro de poco terral.
+
+—¿Las ves?—dijo con expresión de triunfo al cabo de un instante.
+
+—¿Qué?
+
+—Las lanchas, hombre, las lanchas. ¡Cómo lo han olido!
+
+—No veo nada,—repuso Gonzalo sacándose los ojos por columbrarlas en el
+horizonte.
+
+—Sigues como antes. No ves más que la sopa en el plato—manifestó el
+tío sonriendo con lástima.
+
+El café de la Marina hervía ya de gente. El rumor de las conversaciones
+y disputas, el campaneo de las copas, el choque de las fichas de dominó
+contra el mármol de las mesas, formaba un ruido ensordecedor. Estaba
+situado en una plazoleta que formaba la Rúa Nueva al desembocar en el
+muelle, y una de sus fachadas miraba al mar. Reuníanse en él la mayor
+parte de los capitanes y pilotos que estaban en Sarrió de paso, y casi
+todos los que sin ejercer el oficio habitaban en la villa, con más los
+vecinos que sentían de un modo o de otro inclinaciones marítimas. Al
+atravesar por medio fueron llamados a gritos de diferentes mesas. Don
+Melchor era el hombre más popular, el más querido y respetado que
+entraba en aquel café. Fué necesario acercarse a saludar a unos y a
+otros, y presentarles a Gonzalo. Aquellos lobos se extasiaron mirándole;
+le apretaban la mano hasta descoyuntársela, y le ofrecían con todas las
+veras de su corazón una copa de ron y marrasquino. Cuando la rehusaba
+hablando de subir a tomar café arriba, la tristeza más honda se pintaba
+en sus rostros curtidos.
+
+Don Melchor tenía, en efecto, la costumbre de tomarlo en el Saloncillo.
+Este era un aposento del piso principal de aquella casa, que tenía
+comunicación con el café por medio de una escalerilla de hierro. Por
+ella subieron al cabo tío y sobrino. Ya estaban reunidos los notables
+del pueblo, sentados en un diván corrido, con sendas mesillas japonesas
+delante, donde cada cual tomaba su café. Por una de las puertas, que
+generalmente estaba abierta, se veía la sala de billar donde jugaban
+siempre las mismas personas rodeadas de los mismos mirones.
+
+Cuando don Melchor y su sobrino entraron, se hablaba de un proyecto de
+mercado cubierto para preservar de la intemperie a las pobres mujeres
+que vendían al raso legumbres y leche. Y Gonzalo recordó que en cierta
+ocasión que subió a buscar a su tío antes de irse a Inglaterra, se
+estaba debatiendo el mismo asunto. Los temas variaban poco en aquella
+asamblea. La existencia de la villa se deslizaba tranquila y serena en
+medio del trabajo cotidiano. Los únicos acontecimientos que sacudían de
+vez en cuando su letargo, eran la entrada o salida de cualquier barco
+importante, la muerte de una persona conocida, una letra protestada, el
+empedrado de algunas calles, la avería de algún cargamento, el alijo de
+un contrabando, la limpieza del muelle.
+
+Las mujeres y los muchachos estaban más socorridos de asuntos para
+saciar el humano afán de novedades: la llegada de un forastero guapo y
+elegante (gran sensación entre las niñas casaderas), que Fulanito
+acompañó a Margarita en el paseo por primera vez (¿por lo visto es cosa
+hecha ya?), que Severino el de la tienda de quincalla deslomó a su mujer
+de una paliza (¡bien empleado la está por haberse casado con ese
+burro!...). El traje que Fulanita sacó el día de Nuestra Señora (dicen
+que vino de Madrid... ¡Qué Madrid, mujer, si yo misma se lo he visto
+cortar a Martina!). El baile de confianza que se dará el jueves en el
+Liceo. (No toca baile ese día.—Pagan el gasto los pollos a escote.) Los
+graves varones que se reunían en el Saloncillo desdeñaban estos temas,
+aunque de vez en cuando, por excepción, picaban en ellos.
+
+A algunos, a don Rosendo, a don Mateo, a don Pedro Miranda y al alcalde
+don Roque, ya Gonzalo les había saludado la noche anterior. Pero estaban
+allí además Gabino Maza, don Feliciano Gómez, el ingeniero francés M.
+Delaunay, Alvaro Peña, Marín, don Lorenzo, don Agapito y otros cinco o
+seis señores, que se levantaron para abrazarle.
+
+Don Pedro Miranda, de quien ya hemos hecho mención, era un hombre que
+pasaba bien de los sesenta, bajo de estatura y de color, las mejillas
+rasuradas, la cabeza monda y lironda, los ojos grandes y apagados, los
+ademanes tímidos. Era el propietario territorial más rico de la
+población y el representante genuino de la aristocracia por venir de una
+antigua familia de terratenientes y no haber en la villa persona
+titulada que mejor la representase. No daba, sin embargo, importancia a
+este privilegio. Era hombre afable, modesto, que con todos los vecinos
+alternaba sin atender a su condición social, extremadamente servicial,
+siempre que no se tratase de dinero, y poco amigo de imponer su voluntad
+ni contradecir a nadie. Pero si declinaba enteramente las preeminencias
+del nacimiento, en cambio era celosísimo de sus derechos de propiedad.
+Jamás se había conocido ni se conocerá un propietario más propietario
+que don Pedro Miranda. Las instituciones de derecho vigente, las del
+derecho antiguo, las universidades, el ejército, la marina, la
+constitución política y hasta la religión, no tenían razón de ser a sus
+ojos sino como elementos que de un modo directo o indirecto afianzaban
+aquellos derechos. La máquina asombrosa del Universo estaba formada para
+sustentar sus títulos indiscutibles al dominio pleno de los Praducos,
+caserío situado a media legua de la villa, y al directo que poseía sobre
+el de las Meanas, con un canon anual de ciento quince ducados. Esta
+conciencia clarísima de su derecho engendraba, no obstante, por exceso
+de claridad, algunos conflictos. Venía un colono y le decía:—Señor;
+Joaquín el martinetero, ha cortado ayer las cañas del nogal que colgaban
+sobre su huerta.—¡Pero el nogal era _mío_!—exclamaba don Pedro
+enrojecido súbito por la cólera y sorpresa.—Sí, señor... pero como
+colgaban sobre su huerta...—¿Cómo se ha atrevido ese pillo a tocar en
+una cosa que es _mía, mía?_—Inmediatamente entablaba un interdicto, y
+como es natural, lo perdía. De estos interdictos había perdido ya
+algunas docenas en su vida, sin escarmentar jamás.
+
+Don Roque de la Riva, alcalde constitucional de Sarrió, a quien hemos
+tenido el honor de comparar, cuando por primera vez le vimos en el
+teatro, a un cortesano de Luis XV, o a un cochero de casa grande, no se
+distinguía por la pureza de la dicción; antes era ésta tan atropellada y
+confusa, que al interlocutor le costaba gran trabajo entenderle. No
+sabemos si era en la boca o en la garganta o en la región de las fosas
+nasales, donde el señor de la Riva tenía a bien machacar y atormentar
+las palabras; lo cierto es que salían casi siempre transformadas en
+sonidos obscuros, huecos, caóticos, completamente ininteligibles.
+Particularmente después de comer, se hacía imposible conversar con él. Y
+esto, no por otra razón, según decían, sino porque don Roque solía
+encargar a los pilotos amigos un vino del Rivero, tan exquisito, que
+nadie dejaría de beberlo, aun a riesgo de quedarse mudo. El jefe
+superior civil de la villa salía todas las tardes de su casa solo, en la
+apariencia, en realidad gratamente acompañado. Su enorme faz rasurada
+quería echar la sangre por los poros, concentrándose con preferencia en
+el lomo gigantesco de su nariz borbónica. Los ojos, con ramos de sangre
+también, medio velados por no poder sufrir la gran pesadumbre de los
+párpados, se espaciaban lentamente por todo el ancho de la calle,
+expresando un grado envidiable de bienestar físico. El paso grave,
+lento, vacilante, acusaba de igual modo una armonía perfecta entre sus
+facultades psíquicas y corporales. No le faltaba a don Roque para
+alcanzar la bienaventuranza más que tropezar con un alguacil, o
+barrendero, o sereno, o picapedrero, con cualquier empleado, en fin, del
+municipio. Desde lejos lo columbraba, y sus párpados se levantaban
+repentinamente, y las ventanas de la nariz se le abrían al olor de la
+presa. Si ésta, olfateando al tigre, se pasaba a la otra acera, o
+trataba de esconderse, don Roque le llamaba con voz de trueno.
+
+—¡Juan, Juaan, Juaaaan!
+
+La víctima acudía bajando la cabeza.
+
+—¿Has llevado el oficio a don Lorenzo?
+
+—Sí, señor.
+
+—¿Has dicho al secretario que dejase apartado el expediente del
+cementerio?
+
+—Sí, señor.
+
+—¿Has llevado las cédulas al pedáneo de San Martín?
+
+—Sí, señor.
+
+—¿Has ido a avisar a don Manuel que quite los escombros que tiene
+delante de su casa?
+
+En fin, iba preguntando, hasta que el pobre alguacil contestaba
+negativamente.
+
+Entonces, la voz de sochantre del alcalde se dejaba oir en toda la
+calle, y aun en los confines de la villa. Sus ojos se inyectaban, y su
+rostro apoplético llegaba a ponerse morado. Imposible entender lo que
+decía, si no eran los _ajos_ con que salpicaba el discurso, y aun éstos
+los ahuecaba de tal modo, que sólo la jota se percibía con claridad. La
+reprensión nunca duraba menos de quince o veinte minutos, el tiempo
+indispensable para desalojar la inmensa cantidad de _ajos_ que se le
+habían acumulado en el cuerpo desde la noche anterior. Así como hay
+personas que por la mañana se meten los dedos en la boca para provocar
+la bilis, don Roque necesitaba indefectiblemente este desahogo para
+quedar a gusto. No se le había oído jamás otra interjección, pero, en
+cambio, de ésta poseía tal abundancia, que no le bastaba poner una a
+cada palabra; a veces ponía dos o tres.
+
+Los tenderos salían a la puerta a escucharle, pero sonriendo, sin
+sorpresa alguna, como acostumbrados de antiguo a este espectáculo.
+
+—Don Roque hoy ha tirado de firme a los vencejos—le decía uno a otro
+en voz alta.
+
+—Mira qué caso le hace Juan.
+
+En efecto, el alguacil a cada vuelta en redondo que daba el alcalde, se
+llevaba el dedo pulgar a la boca y hacía la seña de empinar.
+
+Don Roque prefería encontrar a un barrendero o picapedrero en el
+ejercicio de sus funciones. Se acercaba a él cautelosamente por detrás,
+y le hincaba sus dedazos en el cuello.
+
+—¡...ajo! so tuno, ¿qué modo de barrer es ése? ¿Te parece ¡...ajo! que
+yo te pago para que me dejes la mitad de la porquería entre las piedras?
+¡...ajo! ¿Es esto gratitud? ¡...ajo! ¿Es esto vergüenza? ¡...ajo!
+
+A veces él mismo en el entusiasmo del discurso empuñaba la escoba y se
+ponía a dar al barrendero una lección de su oficio. Los tenderos, los
+pocos transeuntes que cruzaban por la calle y alguna señora que se
+asomaba al balcón con el ruido, soltaban a reir alegremente. El
+barrendero mismo, a pesar de su crítica situación, no podía reprimir una
+sonrisa viendo a aquel energúmeno con la levita remangada dando furiosos
+y desconcertados limpiones al suelo.
+
+—¡Así se barre!... ¡...ajo! (Golpe terrible de escoba.) ¡Así se
+barre!... ¡...ajo! (Otro golpe.) ¡Así se barre!... ¡...ajo! (Otro
+golpe.) ¡Así se barre!... ¡...ajo!
+
+Hasta que fatigado, sudoroso y a punto de caer a tierra con un derrame,
+le entregaba la escoba y recogía el bastón con borlas.
+
+Desahogado de este modo su noble pecho de la copia de ajos que le
+embargaba, emprendía de nuevo su camino y llegaba al Saloncillo en una
+felicísima disposición de cuerpo y espíritu.
+
+Gabino Maza era hombre de unos cuarenta y cinco años de edad, oficial de
+la Armada, retirado antes de tiempo porque su carácter díscolo no podía
+sufrir la disciplina militar. De rostro moreno aceitunado, ojos pequeños
+y vivos con ojeras constantes que pregonaban su temperamento
+excesivamente bilioso. Alto, seco, musculoso, la barba y el pelo de un
+color negro que daba en azul; los ademanes descompuestos siempre y
+violentos; la voz indefinible, grave unas veces, otras, cuando se
+enfadaba, que era casi siempre que se ponía a hablar, chillona y aguda,
+de un falsete tan estridente que rompía los oídos. Disfrutaba de una
+pequeña renta y de un pequeñísimo retiro, con los cuales podía vivir y
+alimentar a su familia en Sarrió con el respeto de un caballero
+acomodado. En la capital de la provincia le sería ya imposible.
+Disputador eterno, poniendo en cada disputa, por nimia que fuese, una
+cantidad de pasión y de violencia verdaderamente asombrosas; ganoso
+siempre de llevar la contraria a cuanto se decía aunque fuese más claro
+que la luz del mediodía; de un pesimismo feroz y antipático para juzgar
+a los hombres, a tal punto que no se dió el caso jamás de que creyese
+puros los móviles de una acción humana, por noble y honrada que
+apareciese; rencoroso y vengativo hasta la locura. Este hombre, sin
+embargo, no concitaba los odios del vecindario contra sí, como podía
+suponerse. En las aldeas y villas, por el trato íntimo, largo y
+constante de las personas, se penetra más en el alma de cada uno que en
+las grandes poblaciones. Un trato superficial hace, en éstas, simpáticos
+a muchos hombres fríos, egoístas y hasta perversos. Los modales
+corteses, las palabras afables, la sonrisa insinuante, proporcionan en
+seguida opinión de «persona agradable y decente». En provincia no vale
+nada de esto. Al contrario, se desconfía de la amabilidad excesiva y,
+sobre todo, de la sonrisa dulzona; se le buscan a cada hombre los
+pliegues y repliegues del alma con el mismo cuidado y atención con que
+un disecador va palpando y poniendo a la vista con el bisturí todas las
+fibras de la máquina corporal. Por donde son generalmente aborrecidos
+algunos hombres que al forastero le seducen, mientras otros, duros,
+violentos, agresivos, suelen caer en gracia. El disimulo, que es el
+talento de las naturalezas rudas y vulgares, no se perdona jamás en
+provincia, quizá por ser el vicio predominante en todas las relaciones
+sociales. Los genios vivos, los temperamentos exaltados, no causan temor
+como los «toros claros». Hay casi siempre en ellos un espíritu
+justiciero, que aunque exagerado y adulterado por la pasión, no acaba
+de hacerles antipáticos. Además, como la violencia y la exaltación son
+causa constante de sufrimiento, de malestar físico y moral, se juzga con
+razón que los hombres de tal temperamento llevan en sí mismos el castigo
+de sus demasías.
+
+Gabino Maza no era aborrecido ni excesivamente amado. Los que tenían de
+él agravios, le murmuraban y evitaban su encuentro llamándole
+«envidioso» y «mala lengua». Los que no, se reían de sus exageraciones y
+le abocaban con gusto, sin profesarle gran afecto tampoco.
+
+Otro de los personajes allí congregados era don Feliciano Gómez.
+Comerciante en géneros ultramarinos al por menor, poseedor al mismo
+tiempo de tres o cuatro pataches y algunos quechemarines que hacían el
+comercio de cabotaje por la costa cantábrica, aventurándose una que otra
+vez los de más porte a llegar hasta Sevilla. De mediana estatura, la
+cabeza desnuda de cabellos en forma de pirámide, patillas que le
+llegaban hasta la nariz, la voz casi siempre enronquecida. Era hombre
+divertido, bondadoso, optimista. Estaba soltero y vivía con tres
+hermanas de más edad, a quienes había hecho verdaderas señoras a fuerza
+de trabajo y economía. El pago que ellas le daban según pública voz, era
+tenerle dominado y sujeto como un niño, reprenderle agriamente las
+faltas más ligeras, y mortificarle y aburrirle por todos los medios
+imaginables. No obstante, a él nunca se le oyó una queja de ellas.
+
+El ingeniero belga, M. Delaunay, había llegado a Sarrió años atrás, con
+el objeto de beneficiar un coto minero de una poderosa compañía inglesa.
+La explotación no dió resultado. La compañía le retiró su comisión y el
+sueldo. Pero Delaunay, que poseía genio emprendedor y algún dinero, se
+metió sucesivamente en seis u ocho empresas industriales. Primero montó
+una fábrica de papel; después otra de puntas de París; más tarde intentó
+formar un criadero de ostras; después fábrica de quesos y de hielo. Por
+último quiso aprovechar unas grandes marismas que había cerca de
+Sarrió. Todas estas empresas habían fracasado, sin saber nadie por qué.
+Delaunay era inteligente, ilustrado, laborioso. Conocía cada industria
+que iba a ejercitar como el más competente maestro; encargaba los
+aparatos a Inglaterra, los montaba y los hacía funcionar felizmente,
+obteniendo productos muy aceptables. El achacaba sus caídas a la falta
+de vías de comunicación. La última de sus grandes empresas, abortada
+antes de nacer, le desacreditó más que ninguna otra. En una de sus
+excursiones por los alrededores de la villa, había visto próximos a una
+pequeña ría ciertos terrenos incultos que con poco esfuerzo podían
+reducirse a cultivo. Túvolo en cuenta; levantó el plano. Pocos meses
+después, cuando se vió forzado a cerrar la fábrica de hielo y despedir a
+los obreros, acordóse de las marismas y habló de ellas a don Rosendo
+Belinchón, a don Feliciano Gómez y a dos indianos más para que le
+ayudasen en su magna empresa. Replicaron ellos que era necesario verlas,
+y concertóse la excursión. Una mañana montados en sendos caballos
+emprendieron secretamente la marcha hacia la ría de Orleo, distante
+cuatro leguas de Sarrió. Al llegar cerca de ella dejaron los caballos y
+subieron a pie una colina, desde la cual se oteaban las marismas. ¡Cuál
+sería la vergüenza y confusión de Delaunay al ver los terrenos que
+intentaba robar al mar, cubiertos de maíz, verdes y florecientes que
+eran una bendición de Dios! En efecto, hacía más de seis años que
+estaban cultivados. Su equivocación nació de haberlos visto en diciembre
+cuando estaban descansando. Dieron la vuelta para la villa, y el suceso
+produjo en ella la risa que debe suponerse.
+
+Quedó al cabo arruinado. Vióse obligado a vivir miserablemente. Pero,
+lejos de apagarse en su espíritu el furor de las empresas, encendióse en
+la pobreza con más ímpetu. De tal modo que no dejó un solo capitalista
+en Sarrió a quien no tantease con el fin de embarcarle en alguna. Unas
+veces era un tranvía a la capital, otras un puerto de refugio o unos
+muelles de madera, otras una gran fonda. Algunos indianos, pocos por
+cierto, por él seducidos, pagaron con algunos miles de duros su
+inocencia. El caso es que Delaunay era hombre de talento, estudioso,
+enterado muy bien de todos los adelantos de la ciencia y la industria.
+Imposible despreciarle sin cometer una injusticia.
+
+El ayudante de Marina del puerto, Alvaro Peña, joven de treinta años,
+moreno, con grandes ojos negros y bigotes a lo Víctor Manuel, se
+caracterizaba por un odio profundo, implacable, al estado eclesiástico y
+a todo el que lo representase, aunque fuese su mismo hermano. Sin ser
+aficionado en modo alguno a la ciencia o la literatura, poseía una
+biblioteca bastante numerosa, compuesta exclusivamente de libros contra
+la religión y sus ministros. Estaba suscripto a tres o cuatro periódicos
+conocidos por sus opiniones anti-clericales, y se decía que desde hacía
+algunos años venía ocupándose en acumular datos para un libro que
+pensaba publicar con el título de _La religión al alcance de todas las
+fortunas_, del cual varios vecinos conocían ya algunos fragmentos. Era
+alegre, valiente, aficionado a cuentos y chascarrillos, donde siempre
+jugaba papel principalísimo algún cura o monja. No pronunciaba bien las
+erres.
+
+Don Jaime Marín, propietario de cuatrocientas fanegas de pan, que con la
+contribución equivalían a unas seis mil pesetas, sería un gran calavera,
+un licencioso, un monstruo de corrupción si no tuviese por mujer a doña
+Brígida. Esta eminente señora había conseguido con una saludable energía
+que su marido no arruinase a la familia y los echase a todos por
+puertas. Antes que desbaratase su hacienda logró que se la privase
+judicialmente de la administración de los bienes y se le encomendase a
+ella. No es fácil representarse la firmeza con que doña Brígida empuñó
+las riendas de la casa. Ningún patricio romano tuvo jamás una idea más
+perfecta del _sui juris_, de los sagrados derechos que «la ciudad» había
+depositado en sus manos. Desde que esto acaeció, don Jaime, a pesar de
+sus cincuenta y pico de años, pasó a ser en sus manos una verdadera
+_cosa_ como previene la Instituta. En su condición de _alieni juris_
+hubo de sufrir la acción directa y constante de su dueño y señor, y
+sujetarse en un todo a su omnímoda voluntad. ¡Adiós cenas opíparas con
+mariscos y vino de Rueda en el café de la Marina! ¡Adiós caza de la
+liebre con Fermo el carnicero y Marcelino el tallista! ¡Adiós noches
+seductoras de tresillo! ¡Tardes de paz y de dicha en el lagar de
+Sebastián de la Puente, adiós! La inflexible señora depositaba en sus
+manos cada domingo tres pesetas; ni más ni menos. Era todo el caudal de
+que disponía durante la semana para sus vicios, salvo el fumar, que ella
+subvencionaba, comprando los cigarros por sí misma. Cuando necesitaba un
+sombrero, ella se lo compraba; cuando un traje o unas botas, se avisaba
+al sastre o zapatero para que viniese a tomar las medidas. Hasta se le
+impedía ir a la barbería, por temor de que se gastase los dos reales.
+Venía el barbero a afeitarle los sábados. Por cierto que, con poca o
+ninguna consideración, el rapador de barbas llegaba algunas veces a las
+nueve de la mañana, cuando don Jaime estaba durmiendo.
+
+—¿Qué hago?—preguntaba a doña Brígida.
+
+—Aféitele usted—contestaba la severísima señora.
+
+El barbero, obedeciendo la consigna, se acercaba, le embadurnaba la cara
+de jabón y le despojaba bonitamente de las barbas sin que don Jaime se
+despertase más que a medias. Echaba otro sueño, y al despertarse de
+veras solía decir a la criada que le servía el chocolate:
+
+—Hoy es sábado; que llamen al barbero.
+
+—¡Tonto, borricote, incapaz de sacramentos!—contestaba su dulce
+consorte desde el gabinete.—¿No ves que estás afeitado ya?
+
+—¡Pues es verdad!—decía el buen señor palpándose la cara.
+
+En un principio solía pedir a sus amigos o conocidos del café algún
+dinero para jugar al tresillo, y bebía al fiado en el café; pero al poco
+tiempo ni los amigos quisieron darle nada, ni el dueño del
+establecimiento le fiaba ya por valor de dos cuartos. Faltó poco para
+que doña Brígida le echase a rodar por las escaleras cierto día que le
+llevó una cuenta de ciento veinte reales.
+
+Don Jaime quedó, pues, reducido a pasar las horas mirando jugar al
+tresillo y dando a los jugadores consejos que no le agradecían. Los
+gananciosos solían pagarle la copa de ron. Una que otra vez jugaba a las
+damas con don Lorenzo, y como éste se negaba rotundamente a seguir la
+partida sin interés, preciso era que Marín arbitrase alguno que no fuese
+metal precioso. Discurrió exponer uno de los dos cigarros puros que su
+mujer le daba por la mañana. Cuando lo perdía, aquella tarde se quedaba
+sin fumar. A veces buscando el desquite, perdía dos y tres que iba
+entregando uno a uno a su adversario en los días sucesivos. Entonces se
+dedicaba, como sus amigos decían, «a la gramática», esto es, a pedir
+aquí y allí un pitillo para calmar el insufrible prurito de chupar.
+¡Pobre Marín!
+
+Lo que doña Brígida no pudo jamás, fué hacerle acostarse a una hora
+regular. Tantos años de trasnochar hasta las cuatro o las cinco de la
+mañana, habían formado un hábito imposible de vencer. Como reteniéndole
+en casa no se iba de todos modos a la cama hasta que rayaba el alba, y
+pasaba la noche trasteando por las habitaciones, y como el vicio de
+trasnochar por sí solo es de los más baratos que se conocen, la
+ingeniosa señora le dejaba retirarse a la hora que quisiera. Permanecía
+en el café de la Marina con los últimos parroquianos. Después que éstos
+se retiraban, todavía se quedaba mientras los mozos colocaban en su
+sitio la vajilla y el dueño apuntaba las últimas partidas. Cuando
+materialmente le echaban del establecimiento se iba a hacer compañía al
+sereno de la Rúa Nueva, muy su amigo. Charlando con él mataba las horas
+que aún faltaban para el amanecer.
+
+Don Lorenzo, don Agapito, don Pancho, don Aquilino, don Germán y don
+Justo, eran _indianos_, esto es, gente a quien sus padres habían enviado
+a América de niños a ganarse la vida y habían vuelto entre los
+cincuenta y sesenta años con un capital que variaba de treinta a cien
+mil duros. Había de éstos más de cincuenta en Sarrió. El duro trabajo y
+la sujeción en que habían vivido muchos años, les hacía tener de la
+felicidad una idea muy distinta de la nuestra. Para nosotros la dicha
+consiste en gozar un placer nuevo cada día, agitarse, viajar, gozar con
+el cuerpo y el espíritu de la hermosa variedad de cosas que la
+Naturaleza nos ofrece. Para ellos se cifraba única y exclusivamente en
+no trabajar, pasar un día y otro redimidos de la dura ley impuesta por
+Dios a Adán después del pecado. Y la verdad es que se cebaban ferozmente
+en este goce singular. La mayor parte de ellos tenían su capital en
+papel del Estado, cuya renta, cuando se cobra no origina molestia
+alguna. Levantábanse temprano por el hábito de madrugar, y andaban toda
+la mañana por las calles o por el muelle en pandillas de seis u ocho
+mirando la entrada y salida, la carga y descarga de los barcos. Después
+de comer se iban al entresuelo del café de la Marina o al de la Amistad,
+y pasaban tres o cuatro horas jugando o mirando jugar al billar.
+
+«¡Anda, bolita de hueso, anda, entra en cabaña!—Déjela, déjela, don
+Pancho, que va herida.—Sal, niña, sal de la manigüita.—¡Ah, ah, qué
+bien mete uté, don Lorenso!—No se ponga bravo, don Pancho!»
+
+El juego siempre iba salpicado de estas frases que olían a plátano y
+cocotero. Cuando los días eran largos, veíaseles allá a la tarde por las
+cercanías de la villa paseando también en pandilla o sentados sobre el
+césped a orillas de una fuente. Era la hora de los recuerdos tropicales.
+
+«¿Se acuerda uté, don Agapito, se acuerda uté de aqueya mulatica perra
+que le venía a dar plasé a la tienda?—¡Y qué bien que cantaba las
+guarachas, la sinvergüensa!—Disen que uté alguna vese la sobaba, don
+Agapito, la sobaba duro.—¿Y cómo no, don Pancho, si a lo mejó se me iba
+al baile de la gente de coló con el negro de mi compare don
+Justo?—¡Vaya, hombre, no diga eso, que me enoha! El que se iba al
+baile era uté. ¡Poquita vese que le he visto trabao con eya bailando el
+chiquita abajo, chiquita abajo!»
+
+No había que contar con ellos para subvencionar la orquesta, ni el
+teatro, ni otro recreo público. Los jóvenes indígenas si querían
+divertirse necesitaban apelar al bolsillo de sus papás. Ya sabían que
+era inútil solicitar el auxilio del oro americano. Esto les indignaba.
+Por la espalda, y aun de frente, les llamaban roñosos, aldeanos, burros
+cargados de dinero. Pero los indianos tenían la piel muy dura y
+despreciaban tales desahogos. El que les tenía un odio declarado (¿a
+quién no lo tenía?) era Gabino Maza.—«¿Para qué sirven esos cincuenta
+vagos tirados todo el día por la calle, abriendo la boca y estirándose
+como los perros? ¡Si destinaran siquiera su dinero a alguna industria
+útil a la población!»
+
+Cuando don Melchor de las Cuevas y su sobrino entraron en el Saloncillo,
+el único que se mantenía en pie en medio del corro gesticulando era este
+mismo Gabino Maza. No podía permanecer dos minutos sentado. La continua
+exaltación de su organismo, la vehemencia con que trataba de persuadir a
+sus oyentes, le obligaba a alzarse en seguida del asiento, lanzarse al
+medio del salón y gritar y manotear hasta que se le concluía el aliento
+y las fuerzas. Se hablaba de la compañía del teatro que había anunciado
+su marcha por haber experimentado pérdidas en el primer abono de treinta
+funciones. Maza trataba de convencerles de que no había habido
+semejantes pérdidas, que todo era una superchería.
+
+—¡No es verdad, no es verdad! El que diga que han perdido un céntimo
+¡miente!... (_Bajando la voz y dando la mano a Gonzalo._)—¿Cómo estás,
+Gonzalo? Ya sé que has llegado ayer. Vienes bueno: me alegro... ¡Repito
+que miente! ¿A que no se atreven a decírmelo a mí?
+
+—Seis mil reales han perdido en las treinta funciones, según los datos
+que me presentó el barítono—apuntó don Mateo.
+
+Maza rechina los dientes. La indignación no le permite hablar. Al fin
+rompe.
+
+—¿Y usted hace caso de ese borracho, don Mateo?... Vaya, vaya (_con
+afectado desdén_), a fuerza de tratar con cómicos se le ha olvidado el
+oficio, como al herrero de marras.
+
+—Oye tú, botarate; yo no he dicho que lo creyese. Lo único que digo, es
+que así resulta de los datos que me presentó el barítono.
+
+Maza da una vuelta en redondo, se coloca otra vez en medio del salón,
+arranca violentamente el sombrero de la cabeza con ambas manos, y
+agitándolo vocifera frenético:
+
+—¡Pero, señor! ¡pero, señor! ¡no parece más que aquí nos hemos caído de
+un nido!... ¿Quieren ustedes decirme qué han hecho de veinte mil y pico
+de reales que ha importado el abono, y casi otro tanto que habrá entrado
+en la taquilla?
+
+—Los sueldos son muy crecidos—apuntó el ayudante del puerto.
+
+—¡No seas borrico, por la Virgen Santísima, Alvaro! ¡No seas
+borrico!... Te diré en seguida los sueldos (_contando por los dedos_).
+El tenor, seis duros; la tiple, otros seis, son doce; el bajo, cuatro,
+son diez y seis; la contralto, tres, son diez y nueve; el barítono,
+cuatro...
+
+—El barítono, cinco—apuntó Peña.
+
+—El barítono, cuatro—insistió furibundo Maza.
+
+—A mí me consta que son cinco.
+
+—El barítono, cuatro—rugió de nuevo Maza.
+
+Alvaro Peña se levanta exaltado a su vez, ardiendo en noble deseo de
+llevar el convencimiento a su adversario, y se entabla una contienda
+furiosa, descomunal, que dura cerca de una hora, en la que toman parte
+todos o casi todos los socios de aquella ilustre reunión de notables.
+Nada más semejante a las famosas reyertas que entre los griegos pasaban
+delante de los muros de Ilion. El mismo fragor y cólera. La misma
+sencillez primitiva en los argumentos. La misma violencia candorosa y
+bárbara en los dictados.
+
+«¡Habrá hombre más pollino!—¡Calla, calla, cabeza de
+alcornoque!—¡Habló el buey, y dijo mú!—Te digo que faltas a la verdad,
+y si lo quieres más claro, te digo que mientes.—¡Jesús, qué
+gansada!—Parece usted una mala mujer.»
+
+Eran muy frecuentes, casi cotidianos, tales altercados en el Saloncillo.
+Como todos los que tomaban parte tenían un modo directo, enteramente
+primitivo de apreciar las cuestiones, parecido, por no decir igual al de
+los héroes de Homero, la argumentación establecida al comienzo de la
+disputa, seguía invariablemente hasta el fin. Había hombre que pasaba
+una hora repitiendo sin cesar: «¡No hay derecho a meterse en la vida
+privada de nadie!» o bien: «Eso sucederá en Alemania, ¡pero como estamos
+en España!»... Alguno era, todavía más breve, y gritaba siempre que le
+dejaban un hueco:—«¡Chiflos de gaita! ¿sabéis? ¡chiflos de gaita!»
+hasta que caía exánime en el diván.
+
+Pero lo que perdían en amplitud los argumentos ganábanlo en intensidad.
+Cada vez eran expresados con mayor y contundente energía, y con más
+descompasadas voces. De tal modo, que raro era el día que no saliese de
+allí alguno ronco; generalmente, eran Alvaro Peña y don Feliciano; los
+más débiles de laringe, no los más voceadores. Que el Ayuntamiento había
+mandado podar los árboles del paseo de Riego: disputa en el Saloncillo.
+Que el dependiente de la casa González Hijos se había escapado con
+catorce mil reales: disputa. Que el cura de la parroquia se negaba a dar
+certificado de buena conducta al piloto Velasco: Alvaro Peña tuvo un
+vómito de sangre a consecuencia de esta disputa.
+
+Ningún desabrimiento quedaba jamás después de ellas, ni había memoria de
+que hubiesen originado cuestión personal alguna. ¿Cómo podía haberla
+cuando todos habían convenido tácitamente en aceptar sin enojarse los
+graciosos epítetos de que hemos hecho mención? El carácter local de los
+temas, era perfecto. La política tenía en Sarrió muy pocos cultivadores.
+Sólo cuando los periódicos noticiaban algún suceso de mucho bulto, se
+preocupaban momentáneamente con ella sus habitantes. Hacía cerca de
+veinte años que la representación del distrito en el Congreso estaba
+encomendada al opulento banquero Rojas Salcedo, el cual sólo una vez en
+su vida había estado en Sarrió a tomar leche de burra. Nadie pensaba en
+disputarle la elección. Generalmente se hacía reuniéndose los
+presidentes y secretarios de los colegios, y apuntando en las actas el
+número de votos que se les antojaba. La razón de esto, era que Sarrió
+siempre había sido una villa comercial donde cada uno podía ganarse la
+subsistencia sin recurrir a los empleos del Estado. La mayoría de los
+jóvenes, después de haber pasado dos o tres años en algún colegio de
+Inglaterra o Bélgica, se empleaban en los escritorios de sus padres y
+eran sus sucesores en ellos. Otros, los menos, seguían alguna carrera
+militar o civil de sueldo fijo, y sólo venían de tarde en tarde a pasar
+unos días con su familia.
+
+Sarrió, hay que confesarlo de una vez, era una población dormida para
+todas las grandes manifestaciones del espíritu, para todas las luchas
+regeneradoras de la sociedad contemporánea. Nadie estudiaba los altos
+problemas de la política. Las terribles batallas que los diversos bandos
+libran en otras partes para conseguir la victoria y el poder no
+apasionaban en modo alguno los ánimos. En una palabra, en Sarrió el año
+de gracia de 1860 no existía la vida pública. Se comía, se dormía, se
+trabajaba, se bailaba, se jugaba, se pagaba la contribución; pero todo
+de un modo absolutamente privado.
+
+Cuando se cansaron de disputar los del Saloncillo y llevaban de vencida
+la digestión, don Mateo les anunció, relamiéndose de gusto, que le tenía
+sin cuidado la marcha de la compañía. Dentro de pocos días preparaba una
+sorpresa a los sarrienses. Después de muchos trabajos, se consiguió que
+desembuchara. Estaba en tratos con el célebre Marabini, frenólogo,
+prestidigitador. Acaso el martes... sí, el martes o el miércoles podrían
+admirar sus habilidades en el teatro. Traía además cuadros disolventes y
+un lobo domesticado.
+
+Gonzalo se había ido a la sala de billar y veía jugar el _chapó_ a media
+docena de indianos, los cuales al dar el tacazo, hacían sonar como un
+repique de campanas todos los dijes de oro que pendían de sus enormes
+cadenas de reloj. Estas cadenas y estos dijes eran el atractivo más
+poderoso, la tentación suprema que presentaban a sus hijos los artesanos
+de Sarrió para decidirles a ir a Cuba.—«¡Tonto, quién te verá venir
+dentro de pocos años con levita de paño fino, gran camisola planchada,
+bota de charol y mucha cadena de relós, como don Pancho!» A este último
+envite casi ningún muchacho resistía.—«¿Que me dé siete vueltas al
+cuello, padre?—Sí, hombre, sí, y con una porción de lapiceros de oro y
+guardapelos colgando.» Y allá se iban de cabeza los pobres chicos en la
+_Bella-Paula_, en la _Carmen_, en la _Villa de Sarrió_ o en otro
+barcucho de vela cualquiera, a perecer del vómito negro o del hambre,
+más negra aún, fascinados por el brillo de aquellas joyas cursis que
+representaban los ojos de la terrible Loreley.
+
+Las actitudes de algunos indianos jugando, como gente que no está
+avezada a reprimir sus ademanes y componerlos, eran extrañas y
+graciosas; servían de regocijo a los jóvenes del pueblo, cuya antipatía
+a los americanos se manifestaba siempre por la burla. Quién, como don
+Benito, daba fuertes taconazos en el suelo mientras las bolas corrían;
+quién, como don Lorenzo, se inclinaba a un lado y a otro, se torcía y se
+retorcía como si de sus movimientos dependiese que la bola se inclinase
+a un sitio u otro; quién, por fin, como don Pancho, que era pequeño y
+gordo, casi cuadrado, se subía de un brinco al diván después de haber
+empujado la bola, para mejor ver los estragos que había hecho en los
+palos. De vez en cuando se oía el grito de impaciencia de alguno de
+ellos dirigiéndose al chico:—«¡Apunte, niño, no se distraiga!»
+
+Al lado de Gonzalo vino a sentarse don Feliciano Gómez, que comenzó a
+marearle con su charla bondadosa e insubstancial, dándole a cada
+instante palmaditas afectuosas en el muslo como tenía por costumbre.
+
+—¿Cuándo es el gran día, Gonzalín? ¿Pronto, eh? ¡Vaya, que tengo ya
+ganas de verte con tu señora del brazo yendo a misa de doce!... Bien, mi
+queridín, bien; vas a ser feliz. En casa las nenas (_así llamaba a sus
+ancianas hermanas siempre_) no me dejan vivir desde ayer: «¿Cuándo se
+casa Gonzalín? no dejes de preguntárselo.» ¡Como te han visto nacer las
+pobres!... No hay nada como el matrimonio para vivir contento y
+tranquilo. Tú me dirás: y siendo así, ¿por qué no se ha casado usted,
+don Feliciano? Oyes, mi queridín, ¿por qué me había de casar si vivo
+feliz soltero? ¿Qué me hace falta a mí? Tengo en casa a las nenas que me
+cuidan a qué quieres boca, que me adoran... (¡Pobre hombre! otra cosa
+muy distinta se decía en el pueblo.) Y para otras cosas... nunca falta
+Dios; ¿verdad, mi queridín?... Además, mientras uno es mozo se padece
+mucho. Todo se vuelve apetecer y rabiar... Hay aquí dentro un fuego que
+no le deja a uno sosiego... Pero cuando vienen los años y cesa el calor
+amante y se queda uno fresco como una lechuga, entonces, ¡en grande, mi
+queridín!... Mira, si me dijesen ahora: «Feliciano, ¿quieres volverte a
+los veinte años?» ¡Ca! a otro perro con ese hueso. La gran edad del
+hombre, los cincuenta años. No lo dudes, Gonzalín. Ahora es cuando se
+sabe lo que es comer y dormir con tranquilidad. ¿Hay ninguna Fulana que
+valga una fuente de sardinas frescas acabadas de freir?... ¿Y una
+langosta con sidra sacada por el espichón? ¿No se te hace la boca agua,
+hijo del alma?... Tú ahora casarte y besitos y «mi vida» para aquí y
+«alma mía» para allá, ¿verdad?... Bien, bien, descuida que todo se
+andará. Esto es bueno, pero aquello es mejor... La muchacha es de buena
+familia... Don Rosendo está rico... Vas bien, vas bien, mi queridín...
+Pero oye, ¿por qué no te casas con la pequeña, con Venturita, que es más
+guapa? Yo no digo que la primera sea fea; pero no hay duda que la
+segunda es más linda; un botón de rosa. ¡Qué ojos tan pícaros! ¡qué
+pelo! ¡qué dentadura! ¡qué garbo! En fin, si estás comprometido con la
+otra no digo nada... ¡Pero lo que es como guapa!... Y la familia, la
+misma...
+
+Estas palabras hicieron una impresión extraña en Gonzalo. El pensamiento
+así expresado era la fórmula brutal, pero exacta y precisa de su vago
+imaginar, de cierto desasosiego que le había quedado desde la noche
+anterior. Efectivamente, ¡qué ojos tan hermosos, tan cándidos y
+maliciosos a la vez! ¡Qué cutis de alabastro! ¡Qué labios, qué dientes,
+qué dorada madeja de cabellos! Cecilia, la pobre, estaba aún más delgada
+que cuando se había ido y más desgarbada. ¿Cómo le había gustado aquella
+chica? Gonzalo se confesó con sencillez que gustar... lo que se llama
+gustar de veras... como ahora Venturita, por ejemplo, nunca le había
+gustado. ¿Entonces por qué?... ¡Vaya usted a saber lo que son estas
+cuestiones! Era un niño, no hablaba con señoritas. La amabilidad de
+aquélla le impresionó... Luego cierta vanidad de tener novia... Después
+la distancia que agranda y mejora los objetos... En fin, todo se había
+combinado para ligarle a aquella muchacha... ¡Pero si él hubiera visto
+antes a Venturita!... Más valía no pensar en ello. El asunto estaba ya
+demasiado adelantado para volverse atrás.
+
+Contra su costumbre, quedóse un buen cuarto de hora pensativo mirando
+rodar las bolas de marfil sin verlas. Don Feliciano se había ido. Al fin
+su robusto temperamento sanguíneo se sobrepuso a aquellas nerviosidades
+insanas que pretendían turbarle. Alzóse del asiento. Los rasgos de su
+fisonomía, contraídos momentáneamente, se dilataron, y se esparció, por
+ella la sonrisa serena que la caracterizaba. Al mismo tiempo se encogió
+de hombros con un supremo desdén. Con aquel gesto parecía decir:—«Me
+caso con la más fea de las chicas de Belinchón... bueno, ¿y qué? De
+todos modos, sea con una o con otra, ¡aunque no me case con ninguna! yo
+he de ser feliz. No necesito que la felicidad me venga de fuera. La
+llevo dentro de mí, en este humor de ángel que Dios me dió, en el dinero
+que mis padres me dejaron, en esta salud inconcebible, en esta fuerza de
+toro...»
+
+Cuando entró de nuevo en el Saloncillo, grandemente perturbados halló a
+sus cotidianos tertulios con la nueva que acababa de traer Severino el
+de la tienda de quincalla:—«¿No saben ustedes lo que pasa,
+señores?»—Todos se levantan y le cercan. El comerciante habla
+visiblemente conmovido.—Esta noche han robado y asesinado a don
+Laureano.—¿Qué don Laureano, el de la quinta?—Sí, el de las Aceñas...
+Dicen que a las dos y media, poco más o menos, entraron nueve hombres
+enmascarados en su casa, molieron a palos al criado, amarraron a la
+señora y a la criada y a don Laureano lo degollaron... Antes creo que le
+hicieron sufrir mucho para obligarle a soltar el dinero... El buen señor
+no tenía más que doce mil reales, y ellos empeñados en que había gato
+escondido... Le amarraron por aquí, salva sea la parte, y tira que tira
+para hacerle cantar...
+
+Un estremecimiento de horror agitó a los notables de Sarrió. Quedáronse
+pálidos como si se les hubiese aparejado ya a todos aquel espantoso
+tormento. La quinta de las Aceñas estaba a una legua de la villa, en la
+soledad de un bosque de pinos; pero nadie tuvo esto en cuenta. Veíanse
+ya asaltados en sus casas de la Rúa Nueva o de Caborana y asesinados
+crudelísimamente. ¡Sobre todo aquellos tirones! ¡Santo Cristo, qué
+atrocidad!
+
+Pasados los primeros momentos de sorpresa, comenzaron los comentarios en
+voz baja. Los ladrones no serían de muy lejos. Sin embargo, no se
+recordaba que en Sarrió ni en sus alrededores hubiera pasado jamás una
+cosa semejante. Marín afirmó que hacía ya días que veía algunos hombres
+sospechosos de noche. Esta noticia produjo en los circunstantes un
+saludable terror que no llegó a manifestarse. Todos se propusieron no
+salir de casa por la noche, sin comunicarse, no obstante, tan acertada
+resolución. El alcalde manifestó que, en su opinión, los ladrones debían
+de haber venido de Castilla.—¿De Castilla?—Sí, señor, de Castilla...
+Oí contar a mi padre (que en gloria esté), que el año de cinco se
+presentaron diez y siete hombres a caballo y armados en Sariego,
+rodearon el pueblo y robaron a don José María Herrero sesenta mil duros
+que tenía escondidos debajo de uno de los ladrillos del hogar.
+
+En cualquiera otra ocasión, los tertulios habrían observado que el que
+hubiera acaecido tal suceso en Sariego el año de cinco, no implicaba
+necesariamente que sucediese lo mismo en las Aceñas el año de sesenta.
+Pero ahora nadie se atrevió a contradecir la aventurada proposición. Y
+siguieron cementando en voz baja el suceso, y parecían estar todos de
+acuerdo en las opiniones más extravagantes y contradictorias. Mas como
+no se había dado jamás el caso de que Gabino Maza asintiese por más de
+diez minutos a lo que en su presencia se hablase, tomó pretexto de una
+sencillísima indicación, hecha por don Feliciano Gómez, con la perfecta
+naturalidad y modestia que caracterizaban los discursos de este
+distinguido comerciante, para caer sobre él de un modo tan violento como
+injustificado.
+
+—¡Ya me extrañaba que no soltases alguna coz! ¿Para qué quieres que se
+registren las casas de los vecinos? Te figuras que te vas a encontrar
+allí muy apiladito el dinero de don Laureano.
+
+—Si no se halla el dinero, se hallará algún indicio...
+
+—¿De qué, cabeza de chorlito, de qué?
+
+Armóse la disputa consabida. Se chilló, se alborotó lo indecible. Al
+fin, nadie pudo entenderse, como siempre. Las voces se oían
+perfectamente en toda la plazoleta de la Marina; pero los transeuntes
+estaban acostumbrados, y no se paraban a escucharlas.
+
+
+
+
+V
+
+¡¡¡LADRONES!!!
+
+
+Y desde entonces los notables de Sarrió, no pusieron el pie en la calle
+de noche, como discretamente se lo habían propuesto. La tertulia del
+Saloncillo de última hora, la de la tienda de Graells, la de la Morana
+misma, quedaron abandonadas. Los cuatro o seis herreros establecidos en
+la villa no daban ni podían dar cumplimiento a los numerosos pedidos de
+cerraduras, pasadores, trancas de hierro y llaves maestras que de todas
+las casas les hacían. Los ladrones de las Aceñas no habían sido habidos.
+Todos preveían, con más o menos fundamento, que andaban rondando la
+población para caer, sobre ella a saco en un plazo perentorio.
+
+No obstante, como el hombre se habitúa a todo, hasta a la enfermedad,
+hasta a las conferencias del Ateneo, los vecinos de Sarrió, al cabo de
+algunos días se habituaron al peligro. Comenzaron a salir de sus casas,
+cerrada ya la noche, si bien con las debidas precauciones. El primero
+que se aventuró fué Marín. Siendo inútiles todos los esfuerzos que doña
+Brígida hizo para que se durmiese a una hora racional, le arrojó de casa
+sin conmiseración. Don Jaime pidió permiso para sacar debajo de la talma
+azul gendarme que usaba por las noches, un viejo fusil de chispa que
+había en el desván. La magnánima señora se lo otorgó a condición de
+llevarlo descargado. Salió después Alvaro Peña. Como autoridad militar
+hasta cierto punto y hombre que gozaba fama de enérgico, estaba obligado
+a mostrar valor en aquellas críticas circunstancias: llevaba dos
+pistolas de arzón en los bolsillos, y bastón de estoque. El alcalde don
+Roque, que desde tiempo inmemorial venía asistiendo a la tienda de la
+Morana en compañía de don Segis el capellán de las monjas Agustinas y
+don Benigno el coadjutor de la parroquia, y se bebía en el transcurso de
+la noche, de cuatro a ocho vasos de vino de Rueda, según las
+circunstancias, no pudo sufrir el hogar doméstico más de tres días y
+salió también a la calle. Le acompañaba el octogenario alguacil Marcones
+con tercerola y sable. El iba armado de revólver y estoque.
+
+Después, y sucesivamente, fueron saliendo y diseminándose por las
+tertulias nocturnas don Melchor, Gabino Maza, don Pedro Miranda,
+Delaunay, don Mateo, y todos los demás. Los indianos tardaron más
+tiempo. Lo mismo la tienda de Graells que la de la Morana y el
+Saloncillo, se transformaban al llegar la noche en verdaderos arsenales.
+Cada uno de los que iban llegando dejaba arrimadas a la pared sus armas
+y pertrechos de guerra. Al salir tornaban a empuñarlas con un valor
+impávido, digno de la sangre cántabra que casi todos llevaban en las
+venas. Allí el antiguo arcabuz de chispa alternaba de igual a igual con
+el moderno rifle americano de doce tiros, el estoque cilíndrico de
+hierro con el espadín pavonado que guardan los nuevos bastones, el
+cachorro tosco de bronce con el revólver nielado. Y esta misma
+diversidad de armas mortíferas contribuía poderosamente a mantener en
+todos los pechos el espíritu bélico tan necesario en aquella ocasión.
+
+Se habían tomado algunas medidas acertadísimas; de gran utilidad. Hasta
+las doce de la noche los serenos tenían orden de no apagar ningún farol.
+A aquéllos se les había provisto de nuevos pitos infinitamente más
+sonoros que los antiguos. Además tenían prevención para vigilar a
+cualquier persona desconocida que transitase por las calles. Entre los
+vecinos se había convenido juiciosamente no dejar la acera a nadie desde
+las diez en adelante como no fuese a un amigo. Sabida es de todos la
+enorme influencia que tiene en la criminalidad esta costumbre de dejar
+la acera. Con tal motivo, encontrándose una noche en la calle de San
+Florencio don Pedro Miranda y don Feliciano Gómez, ambos embozados en
+sus carriks, con los estoques desenvainados, prevenidos para cualquier
+evento, don Feliciano le gritó a don Pedro desde lejos:
+
+—¡Eh, amigo, al arroyo!
+
+—Phs, phs; sepárese usted—contesta don Pedro.
+
+—Quien debe apartarse es usted—replica el comerciante.—¡Al arroyo, al
+arroyo!
+
+—Phs, phs, haga usted el favor de dejar franco el paso—responde el
+señor Miranda.
+
+Ninguno de los dos se movía de su sitio. Habíanse desembozado y
+mostraban ya la punta aguzada de sus floretes.
+
+—Tenga usted la bondad...
+
+—Haga usted el obsequio...
+
+¿Quién sabe la horrible tragedia que hubiera acaecido en Sarrió, si al
+cabo de un rato bastante largo de hallarse estos varones así detenidos
+en su camino, no se hubiesen reconocido?
+
+—¿Sería usted tal vez don Feliciano?...
+
+—¿Sería usted don Pedro?
+
+—¡Don Feliciano!
+
+—¡Don Pedro!
+
+Y se acercaron corriendo y se estrecharon las manos con efusión.
+
+—¡Qué suerte ha tenido usted en que le hubiese reconocido, don
+Feliciano!—exclamó el señor Miranda mostrando su ancho estoque de
+hierro con puño de hueso.
+
+—¡Pues la de usted no ha sido pequeña, don Pedro!—contesta el
+comerciante esgrimiendo en el aire una hoja fina y pavonada de Toledo.
+
+Para entrar en la tienda de la Morana era preciso bajar dos escalones.
+La tienda era una confitería, aunque no lo pareciese; la única
+confitería que había entonces en Sarrió. Hoy, si no me engaño, cuenta ya
+con tres. Y digo que no lo parecía, porque se vendían cirios de
+iglesia, pies y manos y cabezas y troncos de cera para ofertas. Estos
+objetos poco a poco habían ido llenando todo su ámbito, pasando de
+comercio suplementario a principal, en virtud de lo nada golosos que
+eran los vecinos de aquella villa. Y éste es uno de los rasgos
+característicos que reclamo para ella. En España es muy general que los
+habitantes de las villas y ciudades pequeñas sean dados con pasión a los
+confites. No gozando de los placeres de toda laya con que brindan las
+grandes capitales, la sensualidad se escapa por ahí.
+
+Acaso se arguya que en Sarrió las monjas Agustinas también fabricaban
+dulces; pero debemos advertir que esta fabricación estaba limitada
+exclusivamente al rallado de ciruela, membrillo, pera y albaricoque,
+alguna que otra tarta de almendra y borraja, y un dulce especialísimo
+parecido a las escamas de los peces llamado flor de azahar. No hay que
+dudarlo; en Sarrió había pocos golosos. Después de todo, esta virtud
+rara en las villas de lo interior, no lo es tanto en las poblaciones
+marítimas menos sometidas, como es sabido, a la influencia clerical.
+Porque según la observación que puede hacerse viajando por los pueblos
+de lo interior de España, allí se comen más dulces donde el culto y las
+prácticas de la religión absorben más parte de la vida, y la mayor
+energía del sentimiento religioso se traduce en novenas, rosarios
+cantados, cofradías y canónigos. Lo cual demuestra que debe de existir
+cierta misteriosa afinidad entre el misticismo y la confitería.
+
+Esta se hallaba representada en la tienda de la Morana por dos armarios
+de pino pintado de azul con puertas de cristales, situados a entrambos
+lados del mostrador. En estos armarios se guardaba una razonable
+cantidad de caramelos, rosquillas bañadas, suspiros, magdalenas,
+almendrados, y sobre todo, las alabadas crucetas y famosísimas
+_tabletas_ cuyo renombre habrá alcanzado seguramente los oídos de
+nuestros lectores. Todo de la más remota antigüedad. Las tabletas, cuya
+mágica composición nunca hemos podido averiguar, tenían un atractivo
+irresistible, basado, ¡caso extraño! en su extraordinaria dureza. A la
+edad en que se comían las tabletas de la Morana lo importante no era que
+los dulces fuesen delicados, sabrosos, exquisitos, sino que durasen
+mucho. Para lograr que los dientes se hincasen en ellas, era forzoso
+impregnarlas previamente de una cantidad fabulosa de saliva. Una vez
+hincados en su pasta pegajosa en alto grado, el separarlos de nuevo
+llegaba a constituir un verdadero problema. Permítaseme dedicar un
+delicado recuerdo de simpatía y reconocimiento a estas tabletas que
+desde los cuatro hasta los ocho años van unidas a los momentos más
+dichosos de mi existencia. A su azucarado influjo quizá deba el autor de
+este libro la flor de optimismo, que, al decir de los críticos,
+resplandece en sus obras.
+
+La Morana, hija y heredera de otra Morana que ya había muerto, era una
+mujer de cuarenta años, pálida, con parches de gutapercha en las sienes
+para los dolores de cabeza. Estaba casada con un Juan Crisóstomo, que al
+decir de don Segis, el capellán, no era de los Crisóstomos. Sin embargo,
+cuando administraba alguna paliza a su mujer, solía mostrar cierta
+erudición poco común.
+
+—«Yo que amaba a esta mujer—exclamaba con enternecimiento, arrimando
+el garrote a la pared.—¡Yo que amaba a esta mujer como esposa y no como
+sierva, según manda el apóstol San Pablo!... ¿Tú has leído al apóstol
+San Pablo?... ¡Qué habías de leer tú, gran vaca!...»
+
+El vino era muy bueno, casi puede decirse que era lo único bueno en este
+establecimiento, y eso que no paraba mucho en la bodega. Don Roque, don
+Segis, don Benigno, don Juan el Salado y el señor Anselmo el ebanista,
+se encargaban a plazo fijo de hacerlo pasar a la suya. Era un vino
+blanco, fuerte, superior, que se subía a la cabeza con facilidad
+asombrosa. Los tertulios de la tienda, todas las noches, entre once y
+doce, salían dando tumbos para sus casas; pero silenciosos, graves, sin
+dar jamás el menor escándalo. Solían salir los cinco cogidos del brazo,
+apoyándose los unos en los otros. Al llegar a las tapias de la huerta
+del convento de las Agustinas, orinaban. Después proseguían su camino
+sin decirse una palabra, aunque bufando y soplando mucho. El instinto,
+que nunca les abandonaba por completo, les sugería esta prudente
+conducta. Comprendían que si hablaban poco o mucho, podían enredarse en
+alguna disputa. De ahí las voces y el escándalo consiguiente... Nada,
+nada, lo mejor era no chistar. Al llegar a sus casas se soltaban
+murmurando con torpe lengua «buenas noches». El último era don Roque por
+vivir más lejos que ninguno.
+
+De este modo serio, modesto, patriarcal, se emborrachaban aquellos
+venerables ancianos todas las noches del año. Dos de ellos, don Juan el
+Salado, escribiente del Ayuntamiento, y don Segis, experimentaban ya las
+consecuencias de aquella vida. El Salado tenía una nariz que daba miedo
+verla: el día menos pensado se le caía sobre el libro de actas. Don
+Segis había padecido un ataque apoplético, de resultas del cual
+arrastraba la pierna derecha cual si llevase en ella un peso de seis
+arrobas. Verdad que el insaciable capellán no se contentaba con los
+cuarterones de vino de la confitería. Por cada uno que se tragaba era
+preciso que la Morana le sirviese una copa de ginebra, la cual vertía
+cuidadosamente en un frasco que llevaba al efecto en el bolsillo. Si
+eran seis cuarterones, seis copas; si ocho, ocho. Toda esta ginebra
+pasaba delicadamente a su estómago en pequeños sorbos después que se
+había metido en la cama. «¿Pero don Segis, cómo se bebe usted tanta
+ginebra de una vez?—No tengo más remedio—contestaba en un tono
+resignado y humilde que partía el corazón.—¿Si no bebiese una copa por
+cada cuarterón, qué sería de mí, hijo del alma?... ¡Pasaría la noche
+como un caballo!»
+
+Las conversaciones de la tienda de la Morana eran menos interesantes y
+movidas que las del Saloncillo. A los viejos tertulianos les interesaban
+ya poquísimas cosas en el mundo. Los asuntos más graves de la villa,
+los que promovían tempestades en el Saloncillo, se trataban, o por mejor
+decir, se tocaban ligeramente sin apasionamiento alguno. Que los
+González habían despedido al capitán de la _Carmen_ y nombrado en su
+lugar un andaluz.
+
+—Cuando los González lo han hecho—afirmaba uno lenta y
+sordamente,—sus razones tendrían.
+
+—Es verdad—contestaba otro al cabo de un rato, llevándose el vaso a
+los labios.
+
+—Ripalda parecía un buen sujeto—afirmaba un tercero, después de cinco
+minutos, dejando el vaso sobre el mostrador y eructando.
+
+—Sí lo parecía—replicaba otro gravemente.
+
+Transcurrían diez minutos de meditación. Los tertulios daban algunos
+cariñosos besos al vaso, que parecía de topacio. Don Roque rompe el
+silencio:
+
+—De todos modos, no hay duda que don Antonio le abrasó.
+
+—Le abrasó—dice don Juan el Salado.
+
+—Le abrasó—confirma don Benigno.
+
+—Le abrasó—corrobora el señor Anselmo.
+
+—Le abrasó completamente—resume, por fin, don Segis lúgubremente.
+
+Lo que alteraba los ánimos una que otra vez, era la cuestión de
+pichones. El señor Anselmo y don Benigno alimentaban pasión
+inextinguible por estos animalitos. Cada cual tenía su palomar, sus
+castas, sus procedimientos de cría, y sobre tales extremos se enredaban
+a menudo en largas y vivas discusiones. Los demás escuchaban gravemente
+sin atreverse a decidir, subiendo y bajando el vaso del mostrador a los
+labios con religioso silencio. El crimen de las Aceñas les disgustó,
+pero no causó en ellos la profunda desazón que en el resto del
+vecindario. Al cabo de cinco o seis días tornaron a sus patriarcales
+costumbres. Y era tal su valor, que la mayor parte de las noches dejaban
+olvidadas las armas en la tienda.
+
+Serían las doce por filo de una, en que don Roque había rebasado con
+tres cuarterones más la tasa de seis que ordinariamente se imponía,
+cuando las cinco columnas de la confitería de la Morana salieron en
+apretada cadena hacia sus domicilios. Cerraba la marcha Marcones, con el
+fusil al hombro. El primero que se soltó fué don Segis, que vivía en una
+casita de dos balcones, pegada al convento de las Agustinas. Después fué
+don Juan el Salado. Después el coadjutor. Por último, el señor Anselmo,
+sacando la enorme llave lustrosa que le servía de batuta cuando dirigía
+la orquesta, abrió el taller donde dormía.
+
+Quedó el alcalde solo con la fuerza de su mando. Dijo algo; pero la
+fuerza no le entendió. Comenzaron a caminar hacia casa, que ya no estaba
+lejos. Mas antes de llegar a ella, don Roque, que soplaba y bufaba como
+una ballena, e imitaba en lo posible la marcha jadeante y arremolinada
+de este cetáceo, se paró de repente, y pronunció en alta voz un largo
+discurso, del cual no entendió Marcones más que la palabra ladrones,
+repetida bastantes veces. Miró el alguacil con sobresalto a todas partes
+por ver si veía alguno, preparando el fusil al mismo tiempo; pero nada
+observó que le hiciese sospechar la presencia de los forajidos. Tornó
+don Roque a usar de la palabra, si tal nombre merecía la regurgitación
+intermitente de una porción de sonidos extraños, bárbaros, lamentables,
+que infundían tristeza y horror al mismo tiempo, y Marcones pudo colegir
+entonces que su jefe deseaba que hiciesen una batida por la villa, en
+busca de los criminales de las Aceñas.
+
+Marcones meditó que la fuerza era escasa y mal prevenida para aquella
+empresa; pero la disciplina no le permitió hacer objeciones. Además,
+nació en su pecho la esperanza de que los asesinos fuesen poco
+aficionados a tomar el fresco a tales horas. Y después de haber
+examinado cuidadosamente las armas, emprendieron una marcha peligrosa al
+través de todas las calles y callejas de la villa. En honor de la
+verdad, hay que advertir que don Roque marchaba delante como cumple a un
+valeroso caudillo, con su revólver en la mano izquierda y el bastón de
+estoque en la derecha, exponiendo el primero su noble pecho al plomo
+enemigo. Marcones, agobiado bajo el peso del fusil y de los ochenta y
+dos años que tenía marchaba detrás a una distancia de seis pasos
+próximamente.
+
+La noche era de luna, pero negros y grandes nubarrones la ocultaban a
+menudo por largo rato. Y entonces la escasa claridad de los faroles de
+aceite que ardían en las esquinas de las calles no bastaba a deshacer
+las sombras que se amontonaban hacia el medio de ellas. Sarrió consta de
+cinco principales, a saber: la Rúa Nueva, que desemboca en el muelle; la
+de Caborana, la de San Florencio, la de la Herrería y la de Atrás. Estas
+calles son largas, bastante anchas y paralelas entre sí. Los edificios
+en general son bajos y pobres. Otras calles secundarias, en número
+considerable, las cruzan y las comunican. Además, en las afueras le
+salen algunos rabos a la villa, donde han edificado suntuosas casas los
+indianos. Son lo que pudiera llamarse el ensanche de la población.
+
+Al llegar la columna caminando por la calle de Atrás, cerca de la de
+Santa Brígida, oyó gritos y lamentos que la obligó a hacer alto.
+
+—¿Qué es eso, Marcones?—preguntó el alcalde.
+
+El anciano alguacil se encogió de hombros filosóficamente.
+
+—Nada, señor; será en casa de Patina Santa.
+
+—¿Y cómo se atreven esas pendangas?... Vamos allá, Marcones, vamos acto
+continuo.
+
+«Acto continuo» era una frase de la que usaba y abusaba don Roque.
+Simbolizaba para él la energía, la decisión, la rapidez de la autoridad
+para remediar todos los daños.
+
+Patina Santa era el gran sacerdote de uno de los dos templos del placer
+que existían en Sarrió. De vez en cuando salía por las aldeas comarcanas
+y traía las sacerdotisas que le hacían falta, que nunca pasaban de
+cuatro. No había más gabinetes, y eso que dormían de dos en dos. Vestían
+el mismo refajo de bayeta verde o encarnada, el mismo justillo sin
+ballenas, la misma camisa de lienzo gordo, el mismo pañuelo de percal
+que cuando triscaban allá por los prados y los montes con los vaqueros
+vecinos. Patina Santa, como únicos símbolos del nuevo y elevado destino
+a que la suerte les había llamado, colgaba de sus orejas pendientes de
+perlas y aprisionaba sus pies con zapatos descotados de sarga, los
+cuales eran bienes adheridos a la casa y servían para todas las que iban
+llegando. Más adelante Patina, haciéndose cargo de que el mundo marcha y
+que las leyes del progreso son indeclinables, tuvo la audacia de
+introducir en su templo los polvos de arroz. Después compró unos
+medallones de _doublé_ para colgar al cuello con un terciopelito negro.
+Verdad que a todas estas reformas le estimulaba la competencia
+desastrosa que le hacía Poca Ropa, el cual tenía su instituto en la
+calle del Reloj, al otro extremo de la villa.
+
+—¿Qué escándalo es éste?—gritó don Roque con voz estentórea
+acercándose a la inmunda casucha.
+
+Tres o cuatro muchachos que había en la calle huyeron como pajarillos a
+la vista del gavilán. Pero quedaban las palomas. Dos de ellas estaban a
+la puerta en camisa, las otras dos asomadas a las ventanas en el mismo
+traje. Las de la puerta quisieron retirarse a la vista del alcalde, pero
+éste las agarró con sus manazas.
+
+—¿Qué escándalo es éste,...ajo?—repitió.
+
+—Señor alcalde, nos han dado dos piezas falsas...—dijo una de ellas.
+
+—No estáis vosotras malas piezas... ¡A la cárcel!
+
+—¡Pero, señor alcalde!
+
+—¡A la cárcel,...ajo, a la cárcel!—rugió don Roque.—Y vosotras lo
+mismo. Todo el mundo abajo. ¿Dónde está ese maricón de Patina?
+
+¡Santo cielo, qué alboroto se armó allí en un momento!
+
+Las niñas de la ventana no tuvieron más remedio que bajar, y Patina lo
+mismo, todos en camisa, porque don Roque no admitió término dilatorio.
+No se oían más que gemidos y lamentos, y por encima de ellos la voz
+horripilante del alcalde, repitiendo sin cesar:
+
+—¡A la cárcel...ajo! ¡A la cárcel...ajo!
+
+Las infelices pedían por Dios y por la Virgen que las dejasen vestirse;
+pero el alcalde, con la faz arrebatada por la cólera y los ojos
+inyectados, cada vez gritaba con más fuerza, aturdiéndose con su propia
+voz:
+
+—¡A la cárcel...ajo! ¡A la cárcel...ajo!
+
+Y no hubo otro remedio. El sereno, que se había acercado al escuchar los
+primeros ajos, las condujo en aquella disposición a la cárcel municipal,
+en compañía de su digno jefe, mientras los vecinos, entre risueños y
+compasivos, contemplaban la escena por detrás de los cristales de sus
+ventanas.
+
+La autoridad de don Roque cerró por sí misma la puerta del palomar, y
+puso la llave «acto continuo», bajo la custodia de Marcones. Después
+continuaron su marcha peligrosa.
+
+No habían caminado mucho espacio, cuando en una de las calles más
+estrechas y lóbregas, acertaron a ver el bulto de una persona que se
+acercaba cautelosamente a la puerta de una casa y trataba de abrirla.
+
+—¡Alto!—murmuró don Roque al oído de su subordinado.—Ya hemos
+tropezado con uno de los ladrones.
+
+El alguacil no entendió más que la última palabra. Fué bastante para que
+se le cayese el fusil de las manos.
+
+—No tiembles, Marcones, que por ahora no es más que uno—dijo el
+alcalde cogiéndole por el brazo.
+
+Si el venerable Marcones tuviese en aquel momento cabales sus facultades
+de observación, hubiese advertido acaso en la mano de la autoridad
+cierta tendencia muy determinada al movimiento convulsivo.
+
+El ladrón, al sentir los pasos de la patrulla, volvió la cabeza con
+sobresalto y permaneció inmóvil con la ganzúa en la mano. Don Roque y
+Marcones también se estuvieron quietos. La luna, filtrándose con trabajo
+por una nube, comenzó a alumbrar aquella fatídica escena.
+
+—Phs, phs, amigo—dijo el alcalde al cabo de un rato, sin avanzar un
+paso.
+
+Oir el ladrón este amical llamamiento de la autoridad y emprender la
+fuga, fué todo uno.
+
+—¡A él, Marcones! ¡Fuego!—gritó don Roque, dándose a correr con
+denuedo en pos del criminal.
+
+Marcenes quiso obedecer la orden de su jefe, pero no le fué posible; el
+martillo cayó sobre el pistón sin hacer estallar el fulminante.
+Entonces, con decisión marcial, arrojó el arma que no le servía de nada,
+sacó el sable de la vaina de cuero e hizo esfuerzos supremos por
+alcanzar al alcalde, que con valor temerario se le había adelantado lo
+menos veinte pasos en la persecución del ladrón.
+
+Este había desaparecido por la esquina de una calle.
+
+Pero al llegar a ella la columna pudo verle tratando de ganar la otra.
+
+¡Pum!
+
+Don Roque disparó su revólver, gritando al mismo tiempo:
+
+—¡Date, ladrón!
+
+Tornó a desaparecer: tornaron a verle al llegar a la calle de la
+Misericordia.
+
+¡Pum! Otro tiro de don Roque.
+
+—¡Date, ladrón!
+
+Pero el forajido, sin duda como recurso supremo, y para evitar que algún
+sereno le detuviese, comenzó a gritar también:
+
+—¡Ladrones, ladrones!
+
+Se oyó el silbido agudo y prolongado del pito de un sereno, después,
+otro, después otro...
+
+La calle de San Florencio estaba bien iluminada, y pudo verse claramente
+al criminal deslizarse con rapidez asombrosa buscando en vano la sombra
+de las casas.
+
+¡Pum, pum!
+
+—¡Date, ladrón!
+
+—¡Ladrones!—contestó el bandido sin dejar de correr.
+
+Dos serenos se habían agregado a la columna, y corrían blandiendo los
+chuzos al lado del alcalde.
+
+El criminal quería a todo trance ganar la Rúa Nueva con objeto tal vez
+de introducirse en el muelle y esconderse en algún barco o arrojarse al
+agua. Mas antes de llegar a ella tropezó y dió con su cuerpo en el
+suelo. Gracias a este accidente la patrulla le ganó considerable
+distancia; anduvo cerca de alcanzarle. Pero antes que esto sucediese, el
+forajido, alzándose con extremada presteza, huyó más ligero que el
+viento. Don Roque disparó los dos últimos tiros de su revólver, gritando
+siempre:
+
+—¡Date, ladrón!
+
+Desapareció por la esquina de la Rúa Nueva. Al desembocar en ella el
+alcalde y su fuerza cerca de la plaza de la Marina, no vieron rastro de
+criminal por ninguna parte. Siguieron vacilantes hasta llegar a dicha
+plaza. Allí se detuvieron sin saber qué partido tomar.
+
+—Al muelle, al muelle; allí debe de estar—dijo un sereno.
+
+Y ya se disponían todos a emprender la marcha, cuando se abrió con
+estrépito el balcón de una de las casas, apareció un hombre en
+calzoncillos, y se oyeron estas palabras, que resonaron profundamente en
+el silencio de la noche:
+
+—¡El ladrón acaba de entrar en el café de la Marina!
+
+El que las pronunciaba era don Feliciano Gómez. La patrulla, al
+escucharlas, se precipitó hacia la puerta del café, y entró por ella
+tumultuosamente. El salón estaba desierto. Allá en el fondo, al lado del
+mostrador, se veía a tres o cuatro mozos con su delantal blanco,
+rodeando a un hombre que estaba tirado más que sentado sobre una silla.
+El alcalde, el alguacil, los serenos cayeron sobre él, poniéndole al
+pecho los chuzos, el estoque y el sable. Y a un tiempo gritaron todos:
+
+—¡Date, ladrón!
+
+El criminal levantó hacia ellos su faz despavorida, más pálida que la
+cera.
+
+—¡Ay, re... si es don Jaime, así me salve Dios!—exclamó un sereno
+bajando el chuzo.
+
+Todos los demás hicieron lo mismo, mudos de sorpresa. Porque, en efecto,
+el forajido que habían perseguido a tiros, no era otro que Marín
+sorprendido _infraganti_, en el momento de abrir la puerta de su casa.
+
+Hubo que llevarle a ella en hombros, y sangrarle. Al día siguiente, don
+Roque se presentó a pedirle perdón, y lo obtuvo. Doña Brígida, su
+inflexible esposa, no quiso concedérselo, sin haberle soltado antes una
+buena rociada de adjetivos resquemantes, entre otros el de borracho. Don
+Roque sufrió con resignación el desacato, y no hizo nada de más.
+
+
+
+
+VI
+
+QUE TRATA DEL EQUIPO DE CECILIA
+
+
+En la morada de los Belinchón habían comenzado los preparativos de boda.
+Primero, con mucha reserva, doña Paula hizo venir a Nieves la bordadora,
+y celebró con ella una larga conferencia a puertas cerradas. Después se
+pidieron muestras a Madrid. Pocos días más tarde, aquella señora,
+acompañada de Cecilia y Pablito, hizo un viaje a la capital de la
+provincia, en el familiar de la casa. La fisgona de doña Petra, hermana
+de don Feliciano Gómez, que pasaba por la Rúa Nueva al tiempo de apearse
+doña Paula y sus hijos, pudo observar que el criado sacaba del coche una
+porción de paquetes, que se le antojaron piezas de tela. Bastó para que
+todo Sarrió supiese que en casa de don Rosendo se trabajaba ya en el
+equipo de la hija mayor. Doña Paula, con tal motivo, tuvo una
+sofocación. Echó la culpa a Nieves. Esta protestó de que no había salido
+palabra alguna de sus labios. Insistió doña Paula. Lloró la bordadora.
+En fin, un disgusto.
+
+Pues que todo se había descubierto, nada de tapujos, y pelillos a la
+mar. Constituyóse en la sala de atrás, la que daba a la calle de
+Caborana, un taller u oficina de ropa blanca, bajo la alta dirección de
+doña Paula, y la inmediata de Nieves. Se componía de cuatro oficialas,
+las dos doncellas de la casa, cuando los quehaceres domésticos se lo
+permitían, Venturita y la misma Cecilia. Era una juventud bulliciosa, a
+la cual, el trabajo activo no impedía charlar, reir y cantar todo el
+día. La alegría les rebosaba del alma a aquellas muchachas, y se
+desbordaba en risas inmotivadas, que a veces duraban larguísimo rato.
+Que a una se le caían las tijeras: risa. Que otra pedía la madeja del
+hilo teniéndola colgada al cuello: risa. Que se presentaba la cocinera
+con la cara tiznada, pidiendo a la señora dinero para la lechera: gran
+algazara en el costurero.
+
+No solamente eran jóvenes y alegres las que cosían el equipo de Cecilia;
+pero además guapas, comenzando por su directora. Nieves era una rubia
+alta y esbelta, de cutis blanco y transparente, ojos azules claros,
+nariz y boca perfectas. Tenía veintidós años de edad, y un carácter que
+era una bendición del cielo. Imposible estar melancólico a su lado. No
+que fuera decidora o chistosa; nada de eso. La pobrecilla tenía poco más
+ingenio que un pez. Pero su alegría inagotable chispeaba en sus ojos de
+tan gentil manera, sonaba en la garganta con notas tan puras, tan
+frescas y argentinas, que como un contagio adorable se esparcía en torno
+suyo. Era la única riqueza que poseía. Con el trabajo de sus manos
+mantenía a una madre paralítica y a un hermano vicioso y perezoso, que
+la maltrataba inicuamente cuando no podía darle lo que necesitaba para
+emborracharse. Sus padecimientos, que para otra serían insoportables, la
+turbaban sólo momentáneamente. Por encima de ellos rezumaba muy pronto
+la linfa de aquel divino y gozoso manantial que guardaba en su corazón.
+Gozaba también de una salud perfecta. Los únicos dolores que sentía eran
+en el costado izquierdo, después de reirse mucho.
+
+Valentina, bordadora también, y también rubia, no era tan hermosa. Sus
+ojos más pequeños, su cutis menos delicado, la nariz un poco remangada,
+más baja de estatura. En cambio sus cabellos dorados eran rizosos y le
+caían con mucha gracia por la frente; sus manos y sus pies más delicados
+y breves que los de Nieves; y, sobre todo, tenía a menudo, casi
+constantemente, un ceño, cierto fruncimiento del entrecejo que no era de
+enfado y prestaba a su fisonomía un matiz picaresco extremadamente
+simpático. Encarnación era costurera; moza robusta, colorada, mofletuda,
+de fisonomía vulgar. Entre los artesanos de Sarrió pasaba por la mejor
+moza de las cuatro: para el catador inteligente y refinado valía muy
+poco. Teresa, costurera también, era por su rostro una verdadera mora, y
+de las más oscuritas; el cabello negro como el azabache, los ojos
+rasgados y tan negros como el pelo, la nariz y la boca correctas. Pasaba
+por fea en la villa a causa de su color: en realidad era un hermoso tipo
+oriental. De las dos doncellas de la casa, la una, Generosa, nada tenía
+que llamase la atención; la otra, Elvira, era una palidita, de ojos
+grandes y entornados, muy graciosa.
+
+Las artesanas de Sarrió no han entrado jamás por la ridícula imitación
+de las damas, tan extendida hoy, por desgracia, entre las de otros
+pueblos de España. Creían y creen estas insignes sarrienses, y yo me
+adhiero del todo a su opinión, que el traje y las modas adoptadas por
+las señoritas no avaloran poco ni mucho sus naturales gracias; antes las
+menoscaban. Y esto es lógico. En primer lugar no están acostumbradas a
+vestirse con tal sujeción o aprieto como los figurines exigen de sus
+subordinadas. Después, en las villas no hay quien corte con elegancia.
+Por último, el género tiene que ser de peor calidad, más pobre y más
+feo. En cambio, ¿quién sobre el globo terráqueo, y aun sobre los otros
+globos que navegan por el espacio, compite con ellas en ponerse el rico
+mantón de la China floreado, anudándolo a la cintura por detrás? ¿Quién
+deja caer con más gracia, ni siquiera con tanta, los rizos del pelo por
+la frente en estudiado desgaire? ¿Quién se mueve con más garbo dentro de
+la giraldilla ni da con más elegancia un _rempujón_ al señorito que se
+desmanda, diciendo al mismo tiempo entre risueña y
+enojada?—«¿Cristiano, usted es tonto, o se hace? ¡Mire que se va a
+pinchar!» ¿Quién es capaz de cantar con más sentimiento y menos oído a
+la vuelta de una romería aquello de
+
+ _Aben-Hamet al partir de Granada_
+ _el corazón traspasado sintió?_
+
+No hay que dudarlo. Las artesanas de Sarrió, cuyos arraigados principios
+estéticos son la admiración de propios y extraños, hoy sobre todo en que
+van desapareciendo los caracteres, hacen bien en mantener su
+independencia y en levantar la cabeza delante de las señoritas
+encopetadas de la villa. Porque (digámoslo bajo para que éstas no se
+enteren) la verdad es que son mucho más hermosas. Esto, sin ofender a
+nadie en particular; líbreme Dios. No hay viajero peninsular que al
+recordarle a Sarrió no afirme lo mismo con más o menos energía, según la
+índole de su temperamento. No hay inglesote de aquellos que atracan por
+unos días a la punta del Peón que al hablar allá en Cardiff o Bristol a
+sus amigos de este _spanish town_, no comience por levantar mucho las
+cejas, abrir la boca en forma de círculo perfecto extendiendo hacia
+afuera los labios, y echándose hacia atrás en la silla no
+exclame:—_¡Oh, oh, oh! Sarrió the yeung girls very, very, very
+beautiful!_
+
+Y cuando los ingleses lo dicen, ¡qué no diremos los españoles, y en
+particular aquellos que hemos vivido tanto tiempo bajo su influencia
+bienhechora!
+
+Las cuatro oficialas, y Nieves también, aunque ésta picaba más alto,
+pertenecían, pues, a esta famosísima casta de mujeres por cuya
+conservación y prosperidad hago votos al cielo todos los días y aconsejo
+a todo buen católico que los haga. En los días de trabajo vestían de
+percal, mantoncito de lana atado atrás y pañuelo de seda al cuello,
+dejando al descubierto, por supuesto, la cabeza. Nieves, por excepción,
+traía al diario mantón de la China negro con fleco.
+
+Acaban de ponerse al trabajo después de comer. El sol penetra por los
+dos balcones de la sala al través de los visillos. Para que no les
+moleste, las costureras se agrupan en uno de los rincones. Teresa, la
+más filarmónica de ellas, entona con voz suave y tímida un canto
+romántico de cadencias tristes y prolongadas, a propósito para ser
+acompañado en terceras. Y en efecto, Nieves no tardó en _hacerle el
+dúo_, como allí se decía. Las demás la siguen cantando, unas en primera
+y otras en segunda voz. De todo lo cual resulta una armonía asaz
+melancólica, de sabor romántico muy marcado. El romanticismo podrá huir
+de las costumbres y ser arrojado de la novela y el teatro; más siempre
+hallará un nido tibio y delicioso donde guarecerse en el corazón de las
+jóvenes artesanas de Sarrió. Aquella armonía dura hasta que Pablito se
+encarga de desbaratarla lanzando repentinamente en medio de ella su
+vozarrón de carnero. Las costureras suspenden el canto y levantan
+asustadas la cabeza. Después se echan a reir.
+
+El bello Pablito, recostado en su butaca allá en otro rincón, se ríe
+también con fuertes carcajadas de su gracia.
+
+Desde que había comenzado a coserse el equipo de su Hermana, Pablito
+manifestaba cierto gusto por la vida sedentaria que hasta entonces jamás
+se había observado en él. ¿Quién le había visto en los días de la vida
+detenerse un minuto en casa después de comer? ¿Quién pudiera imaginar
+que se pasaba la mañana sentado en aquella butaca dando parola a las
+costureras? Nada más cierto, sin embargo. Hacía ya cerca de un mes que
+no salía a caballo ni en coche, y no pasaba en la cuadra más de una hora
+todos los días.
+
+Piscis se hallaba consternado. Venía diariamente a buscarlo, pero en
+vano.
+
+—Mira, Piscis, hoy tengo que limpiar los estribos de plata, no puedo
+salir.—Mira, Piscis, tengo que ir a cobrar una letra por encargo de
+papá.—Mira, Piscis, la Linda está con torozón y no se la puede montar.
+
+—Ya está buena—gruñía Piscis.
+
+—¿Vienes de la cuadra?
+
+—Sí.
+
+—Bien... pues de todos modos hoy no puedo salir... Tengo una rozadura
+aquí... salva sea la parte...
+
+Algunos días Piscis entraba en la sala de costura, y sin decir nada
+aguardaba sentado un rato, no muy largo casi nunca, porque abrigaba
+vehementes sospechas de que las costureras se reían de él, y esto le
+tenía sobresaltado y en brasas. Cuando le parecía llegado el momento
+oportuno, o porque observase síntomas de cansancio en Pablo o por
+cualquier otra circunstancia que no está a nuestro alcance, se levantaba
+del asiento y hacía una seña con la mano a su amigo silbando al mismo
+tiempo. Y esto porque se entendían mucho mejor con silbidos que con
+palabras. Ambos sentían aversión por el sonido articulado, sobre todo
+Piscis, y escatimaban su empleo. Mas a Pablito lo mismo le daban ya
+pitos que flautas.
+
+—Hombre, Piscis... ¡tengo una pereza!... ¿Quieres hacerme el favor de
+ir a la cuadra y decirle a Pepe que le dé otra untura de aceite al
+Romero?
+
+—Yo se la daré—respondía con semblante fosco Piscis.
+
+—Bueno, Piscis, muchas gracias... Adiós... No dejes de venir mañana,
+¿eh?... Puede que salga a caballo.
+
+Decía esto con gran dulzura y amabilidad, para desagraviarle. Piscis
+mascullaba unas «buenas tardes» sin volverse hacia los circunstantes, y
+salía con los ojos torcidos, más feo y endemoniado que nunca. Al día
+siguiente lo mismo. A pesar de la veneración que Pablito le inspiraba
+Piscis llegó a presumir que le gustaba una de las costureras. ¿Cuál? Su
+perspicacia no llegaba a resolverlo.
+
+Comenzaron de nuevo su cántico las jóvenes, pero al llegar a aquello de
+
+ _Sólo tú, mujer divina_,
+ _rezarás una plegaria_
+ _en mi tumba solitaria, etc._
+
+Pablito soltó otro berrido estridente y atronador. Vuelta a la risa.
+Venturita se puso seria.
+
+—Mira, Pablo, si has de seguir haciendo payasadas, más vale que te
+vayas con Piscis.
+
+A su vez Pablito se pone fosco.
+
+—Me iré cuando se me antoje. ¡Siempre has de ser tú la que todo lo eche
+a perder!
+
+Quería decir con esto el joven Belinchón, que sólo su hermana Ventura se
+empeñaba en desconocer el ingenio con que el cielo le había dotado. Y
+así era la verdad. Todas las demás reían alborozadas, como si en vez de
+un berrido acabasen de escuchar un pasaje de Rabelais. Doña Paula, que
+sentía por su hijo primogénito admiración idolátrica, y al mismo tiempo
+guardaba cierto rencor a su hija por sus contestaciones, aunque se
+hallase grandemente pagada de su hermosura, vino en ayuda de aquél.
+
+—Tiene razón Pablo. ¡Siempre has de aguar todas las fiestas!... ¡Jesús
+qué criatura!... Lo que es el hombre que te lleve, algún pecado gordo
+tiene que purgar.
+
+En aquel momento apareció en la puerta de la estancia Gonzalo, quien se
+dobló como un arco para dar la mano a su futura suegra, a Ventura y a
+Cecilia. Esta se puso seria. Sin volver hacia ellas la cabeza, advertía
+que todas las costureras la miraban con el rabillo del ojo. Veía con el
+pensamiento el esbozo de sonrisa que se formaba en sus rostros.
+
+Todos los días pasaba igual. Antes de llegar Gonzalo, las costureras se
+complacían en dirigir, siempre que venía a cuento, alguna pulla a la
+novia.
+
+—Cecilia, ¿cuál de estas camisas te vas a poner el día de la boda?
+
+Hay que advertir que algunas de ellas la tuteaban por haberse conocido
+de niñas. Es muy frecuente en los pueblos.
+
+—Señorita, en estas sábanas tan finas se va usted a resbalar.
+
+—No será ella sola la que resbale. ¿Verdad, Cecilia?
+
+—¡Anda, picarona, que buen mozo te llevas!
+
+—No lo llevará tan guapo Venturita.
+
+—¡Quién sabe!—replicaba ésta.
+
+Cecilia escuchaba estos dichos con la sonrisa en los labios y
+ruborizada. Desde que habían comenzado los preparativos de boda, sus
+mejillas, antes tan pálidas, estaban casi siempre arreboladas. Esta
+animación y el brillo que la felicidad prestaba a sus ojos, si no
+bonita, la hacían interesante y simpática. No hay muchacha que en
+vísperas de casarse deje de serlo más o menos.
+
+Cecilia era de condición reservada y silenciosa, sin dar por eso en
+taciturna. Ordinariamente no hablaba más que cuando le dirigían la
+palabra; pero sus contestaciones eran suaves, claras, precisas. No era
+la nota distintiva de su carácter la timidez, que suele prestar soberano
+hechizo a las jóvenes. Mas en sustitución de esta cualidad, poseía
+nuestra heroína una serenidad dulce, cierta firmeza simpática en todas
+sus palabras y ademanes que revelaban la perfecta limpidez de su
+espíritu. Esta serenidad pasaba para algunas personas poco observadoras,
+si no por orgullo, que bien claro estaba que Cecilia no lo tenía, por
+frialdad de corazón. Creían, aun los más allegados a la casa, que era
+incapaz de concebir una pasión viva y tierna. Acostumbrados a verla
+impasible cumpliendo los deberes domésticos con la regularidad de un
+reloj, les era forzoso un esfuerzo grande de penetración, que no todos
+pueden llevar a cabo, para adivinar la verdadera fisonomía moral de la
+primogénita de los Belinchón. La mayor parte de estos seres viven y
+mueren desconocidos, porque no poseen una de esas cualidades brillantes
+que seducen y atraen al que se acerca. La inocencia misma, aunque
+parezca raro, pertenece a ese número, y no es la que menos relieve
+presta al carácter de una mujer. Muy contados son los que saben apreciar
+la hermosura que encierran estas almas cristalinas. La mirada se sumerge
+en ellas sin hallar nada que despierte la atención. Pero lo mismo pasa
+con ciertos venenos; igual con ciertos filtros que dan la vida. Porque
+nuestros ojos torpes y limitados no vean los elementos de salud o de
+muerte que hay en suspensión en ellos, ¿hemos de afirmar que no existen?
+
+Difícil era averiguar las emociones tristes o placenteras que cruzaban
+por el alma de Cecilia, aunque no imposible. No sabemos si ponía empeño
+en ocultarlas o era forzada a ello por su misma naturaleza. Lo cierto es
+que en la casa, hasta sus mismos padres las desconocían casi siempre. Se
+trataba, verbigracia, de salir un día a visitas, o de comprarse un
+vestido, doña Paula preguntaba a su hija con solicitud:
+
+—¿Qué te parece, Cecilia?
+
+—Me parece bien—contestaba ésta.
+
+—Te parece bien, ¿de veras?—decía la madre mirándola fijamente a los
+ojos.
+
+—Sí, mamá, me parece bien.
+
+Doña Paula siempre quedaba en duda de si en realidad le placía o le
+disgustaba el vestido o lo que fuese.
+
+Lloraba poquísimas veces, y aun esas, se ocultaba de tal modo para
+hacerlo, que nadie lo sabía. El mayor disgusto que hubiera tenido, sólo
+se denunciaba por una ligera arruguita en la frente; la mayor alegría
+por un poco más de intensidad en la sonrisa delicada, esparcida
+constantemente por su rostro. Cuando Gonzalo le escribió desde el
+extranjero, así que leyó la carta se presentó a su madre y se la
+entregó.
+
+—¿Te gusta el muchacho?—le preguntó ésta después de leerla con más
+emoción que había manifestado su hija al entregársela.
+
+—¿Te gusta a ti?
+
+—A mí sí.
+
+—Pues si te gusta a ti y a papá, a mí también me gusta—replicó la
+joven.
+
+¿Quién pudiera imaginar después de estas frías palabras que Cecilia
+estaba tiempo hacía profundamente enamorada? Sin embargo, como el amor
+es el sentimiento humano más difícil de disimular, y después del
+consentimiento de sus padres no había razón alguna para ocultarlo, lo
+dejó ver con bastante claridad. En los temperamentos como el de nuestra
+heroína, cualquier señal, por leve que sea, tiene una importancia
+decisiva. La felicidad que henchía su corazón, brotaba, pues, a su
+rostro a la vista de todos los que la conocían íntimamente. Pocos seres
+habrán gozado más en la tierra que Cecilia en aquella temporada. Todo
+aquel lienzo extendido por la estancia, aquellos patrones de papel, los
+dibujos, los bastidores, los carretes de hilo, le hablaban un lenguaje
+misterioso y tierno. Las tijeras al cortar _chis chis_, las agujas al
+coser _cruj, cruj_, ¡le decían tantas cosas graciosas de lo futuro! Unas
+veces le decían: «—¿Quién te verá, Cecilia, ir a misa los domingos del
+brazo de tu marido? El te llevará el devocionario, te dejará ir al altar
+de Nuestra Señora de los Dolores y se colocará detrás entre los hombres.
+Luego te esperará a la salida, te ofrecerá el agua bendita y volverá a
+cogerte del brazo». Otras veces le decían: «—Por la mañana temprano te
+levantarás muy despacito para que él no se despierte, limpiarás su ropa,
+pondrás los botones a su camisa, y cuando llegue la hora tú misma le
+servirás el chocolate». Otras exclamaban de pronto: «—¡Y cuando tengas
+un niño!» Entonces la novia sentía un vuelco gratísimo en el corazón;
+sus manos temblaban y echaba una rápida mirada a las costureras temiendo
+que hubiesen advertido su emoción.
+
+Cuando las diferentes piezas de ropa estaban terminadas y planchadas,
+Cecilia las iba poniendo cuidadosamente en una cesta. Así que estaba
+llena la subía sobre la cabeza a uno de los cuartos de arriba, donde con
+todo esmero y arte colocaba las camisas, las chambras, cofias y
+peinadores sobre unos mostradores hechos al intento: las cubría
+delicadamente con un lienzo, y luego se salía cerrando la puerta y
+guardando la llave en el bolsillo.
+
+Después que hubo saludado, Gonzalo fué a sentarse cerca de Pablito, y
+pasándole la mano familiarmente por encima del hombro, le dijo al oído:
+
+—¿Cuál es la que más te gusta?
+
+Y al inclinarse hacia su futuro cuñado, clavaba una mirada intensa en
+Venturita, que correspondió a ella con otra muy singular. Después ambos
+las convirtieron a Cecilia. Esta no había levantado la cabeza del
+bastidor.
+
+—Nieves—respondió Pablo sin vacilar, y en el mismo tono de falsete.
+
+—Lo sabía, y te aplaudo el gusto—dijo riendo Gonzalo.—¡Qué cutis de
+raso!... ¡Qué dentadura!
+
+—¡Y qué andares! Pasi-corta, ¿sabes?
+
+Ambos miraban a la bordadora. Esta levantó la cabeza, y comprendiendo
+que se trataba de ella, les hizo una mueca con la lengua.
+
+—Vamos, no vale hablarse al oído—dijo doña Paula con la
+susceptibilidad vidriosa que caracteriza a las mujeres del pueblo.
+
+—Déjelos usted, señora—replicó Nieves.—Están hablando de mí: no hay
+que quitarles el gusto.
+
+—Cierto; Pablo me hacía notar el color rojo de ciertos labios, la
+transparencia de cierto cutis, un pelo dorado a fuego...
+
+—Valentina, entonces hablaban de ti—dijo Nieves ruborizada tocando en
+el muslo a su compañera.
+
+—¡Qué gracia! No te apures, mujer. ¡Si ya sabemos que eres la más
+guapa!—dijo la otra visiblemente picada.
+
+—¡Paz, paz, señoras!—exclamó Gonzalo.—Verdad que Pablo comenzó
+hablándome de las perfecciones de Nieves; pero también es cierto que
+pensaba continuar con las de todas las demás, si no se le hubiese
+interrumpido... ¿No es eso, Pablo?
+
+—Desde luego: contaba seguir con Valentina...
+
+Esta levantó la cabeza y le miró con aquel gracioso ceño burlón que daba
+carácter a su rostro.
+
+—Ten cuidado, Nieves, que estos señoritos se pierden de vista.
+
+Pablo, sin hacer caso de la interrupción, prosiguió:
+
+—Después con Teresa y Encarnación, Elvira y Generosa. Hablaría también
+de Venturita (para ponerla, por supuesto, por los pies de los caballos).
+De Cecilia no, porque está comprometida, y algo diría también de mi
+señora doña Paula, que, sin ofender a nadie, es la más hermosa de todas.
+
+—¡Qué pillastre!—exclamó ésta admirada del donaire de su hijo.
+
+Pablo se había levantado de la butaca, y abrazó a su madre con efusión.
+
+—¡Quita, quita, adulador!—dijo ella riendo.
+
+—Ve aflojando el bolsillo, mamá—dijo Venturita.
+
+—¡Lo ves! La pata de gallo de siempre—exclamó iracundo el joven,
+volviendo la cabeza hacia su hermana, mientras ésta se reía
+maliciosamente sin levantar la suya del bastidor.
+
+—Mucho has trabajado—dijo Gonzalo en voz baja, sentándose al lado de
+su novia.
+
+—Así, así—respondió Cecilia fijando en él sus ojos grandes, llenos de
+luz.
+
+—Mucho, sí; ayer no tenías bordado ese clavel... digo, me parece que es
+clavel...
+
+—Es jazmín.
+
+—Ni esas dos hojas más.
+
+—¡Bah! Eso no es nada.
+
+—¿Y qué es lo que estás bordando?
+
+Cecilia siguió moviendo la aguja sin contestar.
+
+—¿Qué es lo que bordas?—preguntó Gonzalo en voz, más alta, pensando
+que no le había oído.
+
+—Una sábana... ¡calla!—replicó la joven levantando un poco los ojos
+hacia las costureras y volviendo a abatirlos rápidamente.
+
+Al mismo tiempo, los de Gonzalo y Venturita se tropezaron por encima de
+la cabeza de Cecilia, y de ellos brotó una chispa.
+
+—Ya ven ustedes que hay para todas—decía Pablito mirando al mismo
+tiempo fijamente a Nieves, como diciendo: «No hagas caso, esto lo digo
+por cumplir».
+
+—¿Qué es lo que hay para todas, don Pablo?—preguntó Valentina con
+tonillo irónico.
+
+—Flores, criatura.
+
+—Écheselas usted al Santísimo.
+
+—Y a las niñas guapas como tú.
+
+—Si no soy guapa, paso delante de las guapas y no les hago la venia,
+¿sabe usted?
+
+—¡Demonio! No hay que acercarse a esta Valentina; se levanta de
+atrás—exclamó el apuesto mancebo.
+
+El símil, aunque nada culto, y acaso por eso, hizo reir a las
+costureras.
+
+—A Valentina no le gustan los señoritos—manifestó Encarnación.
+
+—Hace bien; de los señoritos no se saca más que parola, tiempo perdido
+y a veces la desgracia para toda la vida—dijo sentenciosamente doña
+Paula sin acordarse de que ella había sacado la felicidad.—Tocante a
+eso, Sarrió está perdido. Apenas hay muchacha que se deje acompañar de
+uno de su igual. El mozo ha de traer por lo menos corbata y hongo, y ha
+de fumar con boquilla... aunque no tenga plato en que comer. Ninguna se
+oculta ya para ir al obscurecer acompañada de algún señorito, y a la
+vuelta de las romerías da grima verlas venir colgadas del brazo de ellos
+cantando al alta la lleva... ¡Pobrecillas! No sabéis lo que os espera.
+Porque el hijo de don Rudesindo se casó con la de Pepe la Esguila y el
+piloto de la _Trinidad_ con la de Mechacan, se os figura que todo el
+monte es orégano. Al freir será el reir... Mirad, mirad a Benita la del
+señor Matías el sacristán. ¿Qué linda está y que compuestita, verdad?
+
+—Benita está escriturada—dijo Encarnación.
+
+—Escriturada, ¿eh? ¡Ya veréis de qué le vale la escritura!
+
+—Señora, el novio no puede dejarla; si la deja, va a presidio por toda
+la vida.
+
+—Calla, calla, bobalicona; ¿quién os ha metido esas bolas por la
+cabeza?
+
+—Eso se sabe... vamos. Benita está consultada.
+
+—Mire, señora—dijo Teresa, la morena sentimental,—la verdad en que
+nosotras corremos peligro; tiene usted razón... ¿Pero qué quiere que
+hagamos? Los artesanos de esta villa ¡están tan echados a perder! El que
+más y el que menos pasa el domingo y el lunes en la taberna, y algún día
+también por la semana. ¿Cuántos son los que traen el jornal a casa y lo
+entregan a su mujer, dígame por su vida? Si es marinero, se le ve una
+vez cada año; trae cuatro cuartos, y hala, otra vez para allá. Los
+cuartos se concluyen, y la infeliz mujer se ve arrastrada, trabajando
+para dar un pedazo de pan a sus hijos... Y luego, ¿qué saben ellos de
+dar estimación ni un poco de gracia a la mujer? Si salen con ella un
+domingo por la tarde, se van parando en todas las tabernas del camino,
+dejándola, si se tercia, a la pobrecilla a la puerta, o llamándola para
+que oiga alguna sandez, que la pone más colorada que una amapola...
+¡Calle, calle, señora, si hay cada mostrenco que, como Dios me ha de
+juzgar, no vale el pan que come!... El otro día encontré a Tomasina...
+ya sabe, la del tío Rufo, que no hace tan siquiera un año que se casó
+con un oficial de Próspero... Pues iba en aquel mismo instante a por dos
+reales en casa de su padre para comprar un pan, porque en todo aquel día
+no había comido un bocado. Su marido se bebe casi todo el jornal, y a
+mitad de semana, ¡claro! tiene la infeliz que apretarse la barriga...
+¡Válgate Dios! Y las más de las noches viene borracho perdido a casa, y
+le da cada sopimpa que la deja por muerta. ¡Cuántas veces se va la
+pobrecilla a la cama sin cenar y harta de palos!... Luego quieren que
+una, viendo estas cosas... ¡Vaya, más vale callar! Lo que yo digo,
+¡caramba! ya que la lleve a una el diablo, que la lleve en coche.
+
+—Oye, tú—saltó Valentina levantando el rostro con su ceño habitual
+algo más pronunciado,—no te pongas tan fanfarrona. Di que te gustan los
+señoritos, bueno... yo no me meto en eso; pero no vengas quitando el
+crédito a los rapaces de tu igual... Se emborrachan, los que se
+emborrachan... Más de un señorito y mas de dos he visto yo venir como
+cabras para su casa... Y pegan a sus mujeres, también los que pegan...
+Si ellas no tuvieran la lengua larga, no las llevarían la mitad de las
+veces... Atiende; y don Ramón el maestro de música cuando llegaba a casa
+por la noche ¿daba bizcochos a su mujer? Tú lo debes de saber... bien
+cerca vivías.
+
+—Mujer, yo no hablo por todos—repuso Teresa amainando por el temor de
+que su díscola compañera le sacase a relucir el acompañamiento nocturno
+de Donato Rojo, el médico de la Sanidad,—sólo digo que los hay muy
+brutos...
+
+—Bueno, pues déjalos en paz y no te acuerdes de ellos, que ellos
+tampoco se acuerdan de ti. Cada una es cada una, y la que más y la que
+menos sabe por dónde corre el agua del molino.
+
+—Oyes, Valentina—dijo Elvira sonriendo maliciosamente,—cuando te
+cases, ¿piensas llevarlas de Cosme?
+
+—Si las merezco las llevaré... Más quiero llevar dos bofetadas de mi
+Cosme que el desprecio de un señorito, ¡alza!
+
+—Así me gusta; ¡aprended, aprended, chiquillas!—dijo Pablito.
+
+Gonzalo, después de un rato de conversación en voz baja con su novia, se
+levantó, dió tres o cuatro vueltas por la sala, y vino a sentarse al
+lado de Venturita, con la cual solía tener jarana. Gustaban ambos de
+embromarse y retozar después que había nacido la confianza. La niña
+estaba dibujando unas letras para bordar.
+
+—No vengas a hacer burla, Gonzalo. Ya sabemos que dibujo mal—dijo
+clavándole una mirada provocativa, relampagueante, que obligó al joven a
+bajar la suya.
+
+—No es cierto eso; no dibujas mal—respondió él en voz baja y levemente
+temblorosa, acercando el rostro al papel que Venturita tenía sobre el
+regazo.
+
+—Pura galantería. Convendrás en que podía estar mejor.
+
+—Mejor... mejor... todo puede estar mejor en el mundo. Está bastante
+bien.
+
+—Te vas haciendo muy adulador. Yo no quiero que te rías de mí, ¿lo
+oyes?
+
+—¡Oh! yo no me río de nadie... pero mucho menos de ti...—repuso él sin
+levantar los ojos del papel, con voz cada vez más baja y visiblemente
+conmovido.
+
+Venturita tenía siempre los ojos fijos en él con una expresión
+maliciosa, donde se leía claramente el triunfo del orgullo satisfecho.
+
+—Vamos, dibújalas tú, señor ingeniero—dijo alargándole con gracioso
+despotismo el papel y el lápiz.
+
+El joven los tomó y osó levantar la vista hacia la niña; pero la bajó en
+seguida como si temiera electrizarse. Plantó el libro, que ella tenía en
+el regazo, sobre sus rodillas, aplicó encima un papel blanco, y se puso
+a dibujar. Mas en vez de las letras, comenzó a trazar con soltura la
+cabeza de una mujer. Primero el pelo partido en dos trenzas, después la
+frente estrecha y bonita, luego una nariz delicada, una boca pequeña, la
+barba admirablemente recortada unida a la garganta por una curva suave y
+elegante... Se parecía prodigiosamente a Venturita. Esta, apoyada sobre
+el hombro de su futuro hermano, seguía los movimientos del lápiz. Poco a
+poco se iba esparciendo por su rostro una sonrisa vanidosa. Después de
+trazar la cabeza, Gonzalo siguió con el busto. Le puso el peinador o
+_matinée_ que la niña vestía, y se entretuvo buen rato a dibujar
+minuciosamente los lazos de seda con que se sujetaba por delante. Cuando
+el retrato estuvo terminado. Venturita le dijo con acento picaresco:
+
+—Ahora, pon debajo quién es.
+
+El joven levantó la cabeza y sus miradas chocaron sonrientes. Luego, con
+viveza y decisión, escribió debajo de la figura: _Lo que más quiero en
+el mundo._
+
+Venturita tomó el papel entre las manos y lo contempló unos instantes
+con deleite. Después, haciendo una mueca de fingido desdén, se lo alargó
+otra vez diciendo:
+
+—Toma, toma, embustero.
+
+Pero antes de llegar a manos de Gonzalo, Cecilia extendió la suya y se
+lo arrebató riendo.
+
+—¿Qué papelitos son ésos?
+
+Venturita, como si la hubieran pinchado, brincó en el asiento y sujetó
+fuertemente la muñeca de su hermana.
+
+—¡Trae, trae, Cecilia! ¡Deja eso!—exclamó con el rostro echando fuego,
+contraído por forzada sonrisa.
+
+—No; quiero verlo.
+
+—Ya lo verás después; ¡suelta!
+
+—Quiero verlo ahora.
+
+—Vamos, niña, déjaselo ver. ¿Qué te importa?—dijo doña Paula.
+
+—No quiero que me lo quite nadie por fuerza—gritó poniéndose seria.
+Después, comprendiendo la imprudencia de esto, tornó a ponerse risueña.
+
+—Vamos, Cecilia, suelta; no seas mala.
+
+—¡Vaya un empeño! ¡Suelta tú, que me lastimas!
+
+—¿Quién eres tú para quitarme el papel de la mano?—profirió con rabia,
+poniéndose esta vez seria de verdad.—¡Suelta, suelta, fea, narices de
+cotorra, tonta!... ¡Suelta, o te araño!—añadió con los ojos
+centelleantes y la faz descompuesta por la cólera.
+
+Al verla de aquel modo, la risa que agitaba el pecho de Cecilia
+paralizóse súbito, y abriendo sus grandes ojos donde se pintaba la
+sorpresa, exclamó:
+
+—¡Jesús! Pareces loca, niña. Toma, toma, no vaya a darte algo.
+
+Y soltó el papelito que arrugaba en el puño. Venturita, la faz alterada
+aún, lo hizo mil trozos.
+
+—¡En los días de mi vida he visto una criatura más loca!—exclamó doña
+Paulina santiguándose.—¡Ave María! ¡Ave María! ¿De quién has sacado ese
+genio, chiquilla?
+
+—Sería de ti—respondió Venturita enfoscada, sin mirar a nadie.
+
+—¡Desvergonzada!... ¡Si no fuera mirando a que hay gente delante!...
+¿Cómo contestas de ese modo a tu madre, pícara? ¿No sabes los
+mandamientos de la ley de Dios? Mañana mismo te llevo a confesar con don
+Aquilino.
+
+—Bueno, dale memorias a don Aquilino.
+
+—¡Espera, espera, grandísima pícara!—gritó la señora haciendo ademán
+de levantarse para castigar a su hija.
+
+Pero en aquel instante aparecía en la puerta la figura de don Rosendo
+con bata multicolor y gorro de terciopelo con borla de seda.
+
+—¿Qué pasa?—preguntó sorprendido viendo la actitud airada de su
+esposa.
+
+Esta le puso al corriente, sofocada por los sollozos, de la falta de
+respeto de su hija.
+
+Don Rosendo se creyó en el caso de arrugar el entrecejo, y decir con
+tono solemne:
+
+—Eso está mal hecho, Ventura. Ve a pedir perdón a tu mamá.
+
+Se le conocía que estaba distraído, absorto por algún pensamiento, y que
+aquel suceso doméstico no conseguía más que a medias arrancarle de su
+preocupación.
+
+Sin embargo, al ver a la chica inmóvil, en actitud altiva y desdeñosa,
+dijo de nuevo, con más firmeza:
+
+—Vamos, hija, ve a pedirla perdón, ya que la has ofendido.
+
+La niña hizo su peculiar mohín de desprecio con los labios, y murmuró
+muy bajito:
+
+—¡Sí, en eso estoy pensando!
+
+—Vaya, Ventura, ¿qué murmuras ahí? Anda, antes que me enfade.
+
+—Anda, anda, Venturita. Ve allá. No seas así—le dijeron por lo bajo
+las costureras.
+
+—No me da la gana. ¿Queréis dejarme en paz?—les respondió ella en voz
+baja también, mas con acento iracundo.
+
+—¿No quieres ir?—preguntó don Rosendo con afectada severidad.—¿No
+quieres ir?
+
+La niña permaneció inmóvil y silenciosa.
+
+—¡Pues sal de aquí ahora mismo! ¡Quítate de mi vista!
+
+Venturita se levantó de la silla, pasó por el medio del concurso erguida
+y enfurruñada, y salió de la sala dando un gran portazo.
+
+Don Rosendo, después de permanecer un momento inmóvil con los ojos
+puestos en la puerta por donde su hija había salido, volvióse diciendo:
+
+—Siento mucho estar tan fuerte con mis hijas... pero algunas veces no
+hay más remedio.
+
+
+
+
+VII
+
+QUE TRATA DE DOS TRAIDORES
+
+
+Borróse súbito de su noble faz pseudomarítima la temerosa expresión que
+la obscurecía, y apareció de nuevo aquella otra distraída, signo de
+constantes meditaciones.
+
+—Gonzalo, si no te molesta, te rogaría que pasases conmigo al
+despacho—manifestó dirigiéndose a su futuro yerno.
+
+Este, que durante la anterior escena había empalidecido y vuelto a su
+ser varias veces, tornó a desconcertarse. Nada menos se le ocurrió que
+don Rosendo se había percatado de la instabilidad de sus sentimientos
+amorosos, y le iba a pedir de ello estrecha cuenta. Fuese, pues, detrás
+de él cabizbajo y receloso, y penetró en el escritorio. Era una estancia
+espaciosa, amueblada con lujo de comerciante rico: gran mesa de caoba
+maciza, armarios de caoba también, donde había más legajos de papeles
+que libros, alfombra de terciopelo, divanes forrados de brocatel, y
+escribanía de plata enorme como un monumento. Cerca de la cuarta parte
+de esta cámara ocupábalo un montón de paquetitos envueltos en papel de
+varios colores, que para cualquiera que por primera vez entrase en ella,
+sería un misterio. No lo era para Gonzalo ni para ninguno de los íntimos
+de la casa. Aquellos paquetes guardaban palillos de dientes.
+
+¿Cómo?—preguntará el lector.—¿Don Rosendo Belinchón, un negociante de
+tanto fuste, comerciaba también en palillos de dientes? No, don Rosendo
+no comerciaba con ellos, los fabricaba. Y esto no con el fin de
+especular, cosa indigna de su categoría, sino por pura y desinteresada
+inclinación de su espíritu. Desde muy joven se le había manifestado. Las
+asiduas ocupaciones del comercio y las vicisitudes por que había pasado
+su existencia, no le habían consentido satisfacer esta pasión sino de
+una manera precaria en los ratos materialmente perdidos. Pero desde que
+pudo dejar el escritorio confiado a algunos fieles dependientes,
+entregóse de lleno con alma y vida a tan útil y honesta distracción. Por
+la mañana en la tienda de Graells, por la tarde en el Saloncillo, por la
+noche en su casa o en la de don Pedro Miranda, siempre trabajando. Su
+criado ocupaba una gran parte del día en cortarle unos tacos de avellano
+seco perfectamente iguales, de donde su mano diestra había de sacar la
+gala de los palillos.
+
+Y como no se daba punto de reposo, ni aun en los días festivos, la
+producción era excesiva. No había bastantes consumidores en la villa, y
+se veía necesitado a remitir paquetes de ellos a los amigos de la
+capital, cuando el montón del despacho llegaba al techo. Gracias a los
+esfuerzos nobilísimos de este claro representante de su comercio,
+podemos decir con orgullo que Sarrió, en tal ramo interesante del
+progreso, se hallaba a la altura de las grandes capitales. Ninguna otra
+villa española o extranjera podría sufrir con ella competencia. En casa
+del rico, como en la del menestral, jamás faltaba un bien abastecido
+palillero, testimonio indiscutible de la refinada cultura de sus
+habitantes.
+
+Señaló don Rosendo un diván a su hijo en ciernes, y éste, asustado,
+dejóse caer en él hundiéndole profundamente. Acercó después el
+comerciante una silla con ademán misterioso, y sentándose frente al
+joven y mirándole entre risueño y avergonzado, dijo, dándole al propio
+tiempo una palmadita en el muslo:
+
+—Vamos a ver, Gonzalito: ¿qué te parece de la cuestión del matadero?
+
+—¿El matadero?—preguntó aquél abriendo unos ojos como puños.
+
+—Sí, el nuevo matadero; ¿crees que debe emplazarse en la Escombrera, o
+en la playa de las Meanas detrás de las casas de don Rudesindo?
+
+Gonzalo vió el cielo abierto, y, sonriendo de placer, respondió:
+
+—Yo creo que en la playa de las Meanas estaría bien... Muy abierto
+aquello... muy ventilado...
+
+Pero notando que la frente de su suegro se fruncía, y en sus ojos se
+apagaba repentinamente la sonrisa, añadió balbuciendo:
+
+—Tampoco me parece que estaría mal en la Escombrera...
+
+—Mucho mejor, Gonzalo... ¡Infinitamente mejor!
+
+—Puede, puede.
+
+—Hombre, tan puede ser, que reservadamente te diré que el emplazarlo en
+la playa lo juzgo (hazme el favor de guardar reserva sobre esta
+opinión), lo juzgo... una verdadera insensatez... u-na ver-da-de-ra
+in-sen-sa-tez—repitió señalando mejor todas las sílabas.
+
+—Y esta opinión mía—añadió—no vayas a figurarte que es de ayer
+mañana, sino de toda la vida. Desde que fuí capaz de entender ciertas
+cosas, comprendí que el matadero no debía estar donde hoy está. En una
+palabra, que debía trasladarse. ¿Dónde? Una voz interior me decía
+siempre que a la Escombrera. Antes de poder dar ninguna razón
+científica, estaba tan convencido como ahora de que allí debía
+emplazarse, y no en otra parte. Hoy que la resolución del problema se
+aproxima, me creo obligado a sostener esta opinión, a comunicar al
+pueblo mi pensamiento y el resultado de mis meditaciones. Si no tienes
+que hacer voy a leerte la carta que dirijo con este motivo al _Progreso
+de Lancia._
+
+Y en efecto, sin aguardar la contestación de Gonzalo, se dirigió a la
+mesa, tomó unos pliegos de papel que había sobre ella, se puso las
+gafas, y acercándose al balcón dió comienzo, no sin cierta emoción que
+se le traslucía en la voz, a la lectura de la carta.
+
+Estaba escrita en papel comercial, grande y rayado. Todas las que desde
+hacía años dirigía al _Progreso de Lancia_ y a otros periódicos de la
+capital de la provincia, iban escritas en el mismo papel por las dos
+caras. Aún no sabía que para la imprenta debía escribirse por una
+solamente. Pero muy pronto adquirió este precioso conocimiento, como
+hemos de ver.
+
+Casi al mismo tiempo que la de los palillos de dientes había nacido en
+don Rosendo Belinchón la afición a escribir comunicados a los
+periódicos: es decir, que databa de una remota antigüedad. Ardiente
+partidario de los progresos humanos, de las reformas en todos los
+órdenes, de la discusión y de la luz, claro está que la prensa había de
+infundirle respeto y entusiasmo. Los periódicos habían sido siempre un
+elemento indispensable de su existencia. Estaba suscripto a muchos
+nacionales y extranjeros; porque, como educado para el comercio, conocía
+bastante bien el francés y el inglés, y nunca le había faltado, ni aun
+en los días más ocupados, un par de horas que dedicar a su lectura.
+Estas horas se aumentaron considerablemente desde hacía algunos años, no
+sin que se resintiese por ello el bacalao. El goce que nuestro héroe
+experimentaba por las mañanas después de tomar el chocolate tragándose
+los artículos de fondo del _Pabellón Nacional_, los sueltos de _La
+Política_ y las _Nouvelles à la main_ del _Fígaro_ era tan vivo, que le
+quedaba impreso largo tiempo en el rostro, hasta que por la irradiación
+se iba perdiendo en la atmósfera.
+
+Como todos los hombres de miras amplias y elevadas, no era exclusivista
+en sus gustos periodísticos. Amaba el periódico por el periódico, por
+ser una muestra gentil del progreso de la razón humana, o como él decía
+mejor, «una manifestación levantada de la conciencia pública». Las
+opiniones que cada cual defendía, eran cosa secundaria. Estaba suscripto
+a periódicos de todos colores, y los gozaba por igual. Si alguna
+predilección mostraba, era únicamente por los artículos y sueltos
+_intencionados_. Porque eso de decir una cosa aparentando expresar la
+contraria y retorcer las frases de modo que una cláusula inocente en la
+apariencia llevase dentro «una saeta envenenada» llenaba de admiración a
+don Rosendo y le volvía loco de alegría. ¡Cuántas veces al leer en _La
+España_ algún párrafo por el estilo:—«Ayer apareció por fin la circular
+del señor Presidente del Supremo a sus subordinados. Felicitamos al
+general O’Donnell, presidente de esta situación liberal, al señor
+Negrete, que en algún rato lúcido ha dado cima a obra tan colosal, y a
+los demócratas protectores de este Gobierno»,—hubo exclamado agitando
+el periódico en las manos:—¡Qué intención! ¡Caracoles! ¡¡Qué
+intención!!
+
+Este afán, mejor dicho, esta pasión por la prensa, no era platónico como
+ya hemos advertido. Allá en sus mocedades había dirigido dos cartas a un
+periódico semanal que se publicaba en Lancia, titulado _El Otoño_, con
+motivo de las fiestas anuales que en Sarrió se celebran en el mes de
+septiembre. Estas cartas leyéronse con fruición en la villa y le
+valieron no pocos plácemes. Esto le animó para escribir otras tres al
+año siguiente, dando cuenta al público del número asombroso de cohetes
+que se dispararon en Sarrió los días 13, 14 y 15, la lindísima
+iluminación del 16, y el suntuoso baile celebrado en el Liceo la noche
+del 17. Después de haber gustado las dulzuras de la publicidad, don
+Rosendo no podía menos de paladearlas de vez en cuando. El menor
+pretexto le bastaba para dirigir, bien una carta, ora un comunicado a
+los periódicos. Unas veces firmaba con su nombre, otras con cualquier
+gracioso pseudónimo o anagrama. Celebraban los mareantes una fiesta en
+honor de San Telmo: don Rosendo escribía inmediatamente su carta al
+_Progreso de Lancia_ o a _La Abeja_, describiendo la verbena, los fuegos
+artificiales, la misa, la procesión, etc. Se daba un banquete en el
+nuevo edificio de las escuelas para inaugurarlo: a los tres o cuatro
+días se recibía el periódico de Lancia con la consabida carta publicando
+los brindis y los sonetos improvisados. Se caía un albañil de un
+andamio; comunicado de don Rosendo pidiendo más garantías para los
+albañiles que se ponen en los andamios. Cantaba misa el hijo de don
+Aquilino; carta de don Rosendo describiendo la conmovedora ceremonia, y
+elogiando la voz clara, y sonora y la serenidad del joven presbítero. Si
+las mareas eran altas y fuertes y arrancaban algunas piedras de la punta
+del Peón; carta. Si los buques de Bilbao se negaban a recibir a bordo
+los prácticos de Sarrió; comunicado. Si se perdía la cosecha del maíz
+por la sequía; carta. Si los vientos reinantes eran del Noroeste; carta.
+En fin, no acaecía suceso en el suelo o en la atmósfera de la villa
+digno de mención, que no la recibiese de la diestra y bien tallada pluma
+de nuestro comerciante.
+
+¡Cuánto trabajo se evitarán los futuros historiadores de Sarrió con
+esto, valiosísimos materiales acumulados por uno de sus más claros
+hijos!
+
+Según iba avanzando en años don Rosendo Belinchón, daba a sus cartas un
+carácter menos romántico, por no decir frívolo (sería tan inexacto como
+irrespetuoso tal calificativo aplicado a los escritos de aquel estimable
+caballero). Es decir, que los temas de ellas no eran tan a menudo los
+holgorios y recreos de los habitantes de la villa, como cualquier cosa
+que tendiera directa o indirectamente a fomentar los intereses morales y
+materiales de ella. Los mercados, las escuelas, el salvamento de
+náufragos, la erección de un templo o de una cárcel, etc., etc., eran
+los asuntos en que para gloria suya y bien del pueblo que le vió nacer,
+se ejercitaba con más frecuencia.
+
+Uno de ellos, de «vital interés para Sarrió», como él afirmaba muy bien,
+era el matadero. Hasta entonces jamás había abordado esta cuestión,
+porque sabía que su parecer iba a discrepar algo del de una gran parte
+del vecindario. Mas había llegado, a su entender, la hora de «emitirlo
+sin ambages ni rodeos». El comunicado que leyó era el primero que acerca
+de este asunto dirigía al _Progreso de Lancia_. Comenzaba así:
+
+«Señor Director de _El Progeso de Lancia_.
+
+Muy señor mío: La preferencia con que se miran las ciencias
+físico-naturales, y en particular la ciencia de la Higiene, como que de
+ella depende la salud, tanto de los pueblos como de los individuos, en
+vista de su gran utilidad práctica, ha ido poco a poco desterrando la
+timidez de los que, influídos por una educación casi errónea y
+deficiente, condenaban el estudio de estos grandes problemas arrastrados
+por antiguas y torpes preocupaciones que felizmente se van disipando al
+soplo poderoso del siglo XIX, llamado con razón el siglo de las luces.»
+
+Los párrafos de don Rosendo eran siempre nutridos como el anterior.
+Seguía:
+
+«Hoy que la civilización, rotas las cortapisas que detenían las
+conciencias y supeditaban el espíritu, nos abre vasto campo a todos por
+medio de la prensa para expresar nuestro libre pensamiento y emitirlo a
+la faz del mundo, confiado en la amistad con que usted me ha distinguido
+siempre, y en la benevolencia con que el público ha acogido hasta ahora
+los humildes partos de mi pluma, etc., etc.»
+
+Después de otros tres o cuatro párrafos a modo de preámbulo (que el
+director de _El Progreso_ acostumbraba a recortar) entraba don Rosendo
+en la cuestión, estudiando el matadero o macelo público, como él lo
+nombraba, por todas sus fases, para venir a condenar, en términos que no
+daban lugar a dudas, su emplazamiento en la playa de las Meanas. Las
+razones que tenía para oponerse a él, eran «obvias». Por una parte, los
+vientos del Sudoeste, reinantes la mayor parte del año, que arrastraban
+consigo fétidos miasmas, etc., etcétera. Por otra parte, la dificultad
+de hallar terreno firme para la cimentación, lo cual originaría un gasto
+excesivo, etc., etc. Por otra, la necesidad de penetrar en la población
+con las reses, etc., etc. Por otra, la proximidad de las casas, etc. Por
+otra, el perjuicio que a los bañistas se les irrogaba, etc., etc. En
+fin, eran más de veinte las razones que don Rosendo «apuntaba de un modo
+ligero y sucinto», proponiéndose darle «más amplitud y desarrollo» en
+otras cartas sucesivas con que pensaba «molestar la atención de los
+lectores de su ilustrado periódico».
+
+Cuando terminó la lectura, Gonzalo las juzgó incontrovertibles, y don
+Rosendo (con las gafas en la punta de la nariz) declaró que no tenían
+vuelta de hoja. Habiendo llegado a un acuerdo tan perfecto, se separaron
+llenos de alegría, como es natural. Don Rosendo se quedó en el despacho
+poniendo en limpio su carta. Gonzalo se fué de nuevo a la sala de
+costura. No obstante, antes que franquease la puerta, llamóle su futuro
+suegro para decirle:
+
+—De esto, ni una palabra a nadie, ¿eh?
+
+—¡Don Rosendo, por Dios!—respondió el joven alzando la mano en señal
+de protesta.
+
+El comerciante se sintió acometido por un vivo sentimiento de expansión.
+
+—Pronto sabrás—dijo acercándose—otra cosa que te ha de sorprender
+alegremente. Es una idea que se me ha ocurrido hace dos meses y que
+espero realizar, Dios mediante, muy pronto. ¡Oh, es una idea feliz! La
+faz de Sarrió cambiará radicalmente, ¿sabes?
+
+El ademán misterioso, el tono grave y conmovido de la voz, la esperanza
+del triunfo que fulguraba en sus ojos al decir esto, ya sorprendió más
+que medianamente a Gonzalo. No se atrevió, sin embargo, a pedir
+explicaciones. Su futuro suegro le dejó marchar dirigiéndole una mirada
+risueña y abstraída.
+
+La tertulia de la sala continuaba amenizada por la conversación de
+Pablito, que la salpicaba a cada instante con donaires, no de concepto,
+sino de acción, como convenía a su naturaleza plástica. Venturita no
+había vuelto aún. Sentóse de nuevo el sobrino de don Melchor al lado de
+su novia, y comenzó a hablarla mostrando timidez y embarazo. Porque no
+estaba acostumbrado a disimular sus sentimientos y la traición le pesaba
+en el alma. A veces Cecilia levantaba la cabeza para contestarle. Su
+mirada clara, serena, inocente, le encendía las mejillas. Para librarle
+de aquel malestar, creyó lo mejor expresarle, en términos más vivos que
+otras veces, su amor y rendimiento. Como todos los seres flacos de
+espíritu en los casos de apuro, acudía al recurso peor, con tal que le
+dejase respirar por el momento. Cecilia recibió aquellos homenajes con
+sosiego, sin manifestar el gozo que las mujeres suelen sentir al oirse
+requebrar de quien aman.
+
+—Vienes muy adulador hoy, Gonzalo. No me gustan los mimos—le dijo al
+fin sonriendo.
+
+—Es que tengo gusto en expresarte lo que siento—respondió él sofocado.
+
+—Pues es un gusto que no comprendo—replicó ella con dulzura.—Yo
+cuanto más quiero a una persona, menos ganas tengo de decírselo.
+
+—Eso consiste en que no quieres de veras.
+
+—¡Oh!—exclamó ella con entonación tan verdadera y expresiva, que
+nuestro joven se inmutó.
+
+—Sí, sí, consiste en que eres fría por naturaleza. El calor del
+sentimiento, como el calor físico, no puede ocultarse largo tiempo:
+llega siempre un momento en que sale a la superficie como la lava de los
+volcanes... Y el amor es de todos los Sentimientos el que mejor sabe
+romper las trabas de la lengua. Sólo se goza realmente de él cuando se
+le dice al ser amado en todos los tonos y de todas las maneras posibles
+que se le ama... Lo que acabas de decir me parece un absurdo. Al mismo
+tiempo que nace en nuestra alma un sentimiento de simpatía hacia
+cualquier persona, nace el deseo de expresársela; y este deseo
+satisfecho, es el mayor de los placeres...
+
+—¡Sí será! ¡sí será!—respondió ella con acento de profunda
+convicción.—Aunque no lo he experimentado, lo adivino muy bien... lo
+adivino por lo que padezco... Mira, Gonzalo—añadió con voz
+temblorosa,—por Dios te pido que no midas nunca mi cariño por mis
+palabras... Yo no sé... yo no puedo decir nunca lo que pasa dentro de
+mí... Siento como un nudo en la garganta que no deja salir más que
+tonterías, cosas insignificantes, cuando yo quisiera que saliesen
+palabras cariñosas... ¡Oh, es un tormento!... Soy lo mismo que un perro
+sin rabo.
+
+Gonzalo se echó a reir. Ella, que había hablado con más viveza que de
+costumbre, se puso colorada y bajó la cabeza.
+
+—Pero a ti nadie te ha cortado la lengua.
+
+—Para este caso haz cuenta que me la han cortado.
+
+—Bien, entonces me lo dirás por escrito—dijo él riendo. Al mismo
+tiempo levantó vivamente la cabeza hacia la puerta que se había abierto.
+
+Era Piscis. Después de mascullar las buenas tardes se fué a sentar en el
+rincón de costumbre, perseguido por las miradas burlonas de las
+costureras, a quienes por ésta y otras razones, tenía declarado odio
+eterno.
+
+Después de pagarles aquella risueña acogida con otra mirada oblicua y
+feroz, guardó silencio por algunos minutos. Sin embargo, como tenía
+henchida el alma de graves y profundos secretos y Pablito no se
+despegaba de Nieves aunque le echasen agua caliente, después de haberle
+silbado para llamarle la atención, se aventuró a descargar el fardo en
+público, a riesgo de que sus confidencias no fueran bien entendidas y
+apreciadas por el elemento femenino de la tertulia.
+
+—¿Qué hay, Piscis?—preguntó Pablito al oir el silbido.
+
+—¿A que no sabes por dónde da las coces ahora el Romero?
+
+En efecto, las costureras levantaron la cabeza sorprendidas. Valentina
+le dijo a Teresa pugnando por no reir:
+
+—Chica, ¿qué dice _ése_?
+
+—¿Que por dónde tira las coces un caballo?
+
+—Será por el c...
+
+Aunque hablaba en voz baja, Piscis lo oyó perfectamente. Sin atender a
+Pablo que había tomado muy en serio la pregunta, y quería saber la
+especialidad del Romero, exclamó, dirigiéndose a Valentina:
+
+—¿Quieres callarte... zapalastrona?
+
+Estas palabras enérgicas fueron recibidas con una explosión de alegría
+por las costureras.
+
+—No te enfades, Piscis, déjalas... ¿Has sacado a paseo el Romero?... Me
+alegro.
+
+—Lo enganché en la _charrette_ con la Linda—respondió el centauro,
+haciendo una mueca horrible de disgusto dirigida a la simpática
+Valentina.—¡Si vieras, mal rayo, qué modo de alzarse! Yo ¡zis, zis! con
+la fusta, y él ¡pan, pan! sobre el tablero del pescante. Me volví a la
+cuadra, y le puse al tablero por debajo unos clavillos. Salí otra vez...
+En cuanto se pinchó se estuvo quieto. Pero, ¿qué hizo el gran pillo?...
+¿Ves entre el tirante y la rueda? Por allí comenzó a dar las coces. ¡Mal
+rayo! Por poco me deshace un farol...
+
+—Pues es necesario quitarle esa zuna—manifestó Pablito hondamente
+afectado, levantándose del asiento, y dejando a Nieves para acercarse a
+Piscis.
+
+—Déjame discurrir esta noche—respondió el centauro poniéndose muy
+sombrío.—Ya veremos si mañana hallamos algún medio.
+
+Los dos amigos bajaron la voz, y se enfrascaron en una conversación viva
+y reservada.
+
+Gonzalo estaba inquieto. No hacía más que echar miradas a la puerta,
+esperando a cada instante ver entrar a Venturita. Transcurría, no
+obstante, el tiempo, y nada; la niña no parecía. La distracción
+aumentaba de tal modo, que Cecilia tuvo que repetirle tres veces la
+misma pregunta:
+
+—¿Que tienes? Parece que estás con el pensamiento en otra parte.
+
+—En efecto—dijo él un poco colorado;—me acuerdo de que hoy tengo que
+escribir a Londres para un negocio urgente... Además, ya son cerca de
+las seis.
+
+Despidióse de ella, después de doña Paulina y la tertulia, y se fué.
+
+Una vez en los pasillos, acortó el paso, y comenzó a mirar a todos
+lados, sin lograr ver lo que deseaba. Triste y cabizbajo descendió
+lentamente por las escaleras. Ya se disponía a levantar el pestillo de
+la puerta, cuando creyó advertir que la cuerda con que la abrían desde
+arriba se agitaba. Quedóse un momento inmóvil. Tornó a llevar la mano al
+pestillo, y otra vez percibió la sacudida. Entonces volvió sobre sus
+pasos, y asomó la cabeza a la caja de la escalera. Allá arriba, una
+cabecita hermosa le sonreía.
+
+—¿Eres tú?—preguntó con voz de falsete, rebosando de gozo el
+semblante.
+
+—Sí, soy yo—contestó Venturita en el mismo tono.
+
+—¿Quieres que suba?
+
+—No—respondió la niña de un modo que significaba:—¡Eso no se
+pregunta, hombre!
+
+Gonzalo subió la escalera sobre la punta de los pies.
+
+—Aquí no debemos estar; nos pueden ver. Ven conmigo—dijo Venturita
+tomándole de la mano y conduciéndole al través de los pasillos hasta el
+comedor.
+
+Gonzalo se sentó en una silla sin soltar la mano.
+
+—Creí que no te volvía a ver hoy. ¡Qué geniecillo tienes, chica!—le
+dijo sonriendo.
+
+El semblante de Venturita se obscureció.
+
+—Si no me lo irritasen a cada instante, no lo tendría.
+
+—Pero hazte cargo que es tu mamá la que te ha reprendido—repuso él sin
+dejar de sonreir.
+
+—¿Y qué?—exclamó ella con violencia.—¿Porque es mi madre me ha de
+mortificar a todas horas y en todos los momentos?... ¡Si cree que yo lo
+voy a sufrir, está bien equivocada! ¡Anda, que la sufra ese mastuerzo,
+que para eso le saca los cuartos!... Aquí ya no hay mimos más que para
+él... Mira, Gonzalo, si quieres que seamos amigos, no me toques más esa
+tecla.
+
+Y al decir esto con rabiosa entonación, pintada la ira en los ojos, dió
+una fuerte sacudida a la mano para soltarla. Pero Gonzalo no lo
+consintió, y besándosela varias veces con pasión, le dijo riendo:
+
+—Chica, chica, no te dispares contra mí, que yo no tengo la culpa de
+nada... Si a mí me gustas precisamente por ser tan viva y tan
+rabiosilla. No me hacen gracia las mujeres de pastaflora.
+
+—Es porque tú lo eres—respondió ella aplacándosela varias veces con
+pasión, le dijo riendo:
+
+—No lo creas; no soy de tan buena pasta como te figuras... Cuando me
+enfado, es de veras...
+
+—¡Bah... allá una vez; cada año!
+
+—Además... por lo mismo que yo soy así, debieran gustarme las mujeres
+suaves y tranquilas.
+
+—Estás equivocado; siempre se busca lo contrario. A las rubias les
+gustan los morenos, a los flacos las gordas, a los altos las
+chiquitas... ¿No te gusto yo a ti siendo tan alto y yo tan pequeña?
+
+—No sólo es por eso—dijo él riendo y atrayéndola hacia sí.
+
+—¿Por qué más?—preguntó ella clavándole una mirada provocativa.
+
+—No sé. ¿Quieres que te regale el oído?
+
+—¿Por qué más?—insistió sin dejar de mirarle.
+
+—Por lo feísima que eres.
+
+—Gracias—respondió con el rostro iluminado por la vanidad.
+
+—No la hay más fea que tú en Sarrió ni en el mundo entero.
+
+—Algunas más feas habrás visto por esos países donde has andado.
+
+—Te aseguro que no.
+
+—¡Virgen del Amparo! Debo ser un monstruo—exclamó riendo y aceptando
+la hiperbólica lisonja que iba envuelta en aquellas palabras.
+
+—¡Alguien viene!—dijo Gonzalo quedándose inmóvil y serio.
+
+Venturita avanzó hasta la puerta.
+
+—Es la cocinera que pasa—dijo volviendo en seguida.
+
+—Me parece que estamos mal aquí. Pudiera entrar tu mamá o cualquiera de
+las chicas... o Cecilia (añadió en voz más baja). ¿Y qué disculpa doy?
+
+—Cualquiera; eso es lo de menos... Pero, en fin, si no estás tranquilo,
+podemos ir a otra parte. Vamos al salón.
+
+—Vamos.
+
+—No, tú quédate aquí un momento; yo iré delante.
+
+Pero deteniéndose a la puerta y volviendo sobre sus pasos, le dijo:
+
+—Si me dieses palabra de ser formal, te llevaría a mi cuarto.
+
+—Palabra redonda—respondió el joven alegremente.
+
+—¿Nada de besitos?
+
+—Nada.
+
+—Júralo.
+
+—Lo juro.
+
+—Bien, quédate ahí un instante, y después vienes en puntillas, ¿sabes?
+Hasta ahora.
+
+—Hasta ahora—dijo Gonzalo apoderándose de una de sus manos y
+besándola.
+
+—¿Lo ves?—exclamó ella fingiendo enojo,—antes de ir, ya comienzas a
+faltar...
+
+—Yo creí que las manos no entraban en el juramento.
+
+—¡Entra todo!—dijo ella con severidad en la voz y la sonrisa en los
+ojos.
+
+A los dos minutos el joven la siguió. Halló la puerta del cuarto
+entornada, y entró. La habitación de Venturita, era como su dueña,
+pequeñita y linda, amueblada con lujo. La cama de palo santo con
+pabellón de brocatel de seda, cubierta por una colcha de damasco azul,
+un armarito de ébano con incrustaciones de marfil, que servía de
+escritorio al abrirse, una butaca confidente de raso azul, un tocador
+con espejo, forrado también de raso al igual que las paredes, un armario
+de espejo, de palo santo como la cama, y algunas sillas doradas. La
+habitación exhalaba un perfume penetrante como el camarín de una
+odalisca.
+
+—¡Oh! Esto está mejor que el cuarto de Cecilia.
+
+—¿Cuándo lo has visto?
+
+—Hace pocos días me lo ha enseñado. Las paredes desnudas con unos
+cuadritos bastante malos; la cama sin cortinas; una cómoda vulgar...
+
+—Pues si no lo tiene como yo, es porque no quiere... Verdad que he
+tenido que andar detrás de papá una temporada para que me lo pusiera de
+este modo... Pero mi hermana es así... como Dios la crió... No le
+importa por nada... Todo le gusta a lo aldeano, ¿sabes?
+
+—En este cuartito hay mucho gusto... y mucha coquetería. De esta
+cualidad, no puedes prescindir en ninguna de tus cosas.
+
+—¿De dónde sacas que soy coqueta, tonto?—le preguntó ella volviendo a
+mirarle de aquel modo provocativo de antes.
+
+—Lo eres, y haces bien en serlo. La coquetería, cuando no es excesiva,
+da más atractivo a la hermosura, como las especias dan sabor a los
+alimentos.
+
+—¡Ya salió a relucir el gastrónomo!... Pues mira, aunque la coquetería
+dé atractivo o sabor, o lo que quieras, yo no soy coqueta... Tú menos
+que nadie tienes derecho a decirlo... Digo... ¡me parece!...
+
+—Es verdad; tienes razón, tienes muchísima razón. Yo no puedo llamarte
+coqueta... Pero la coquetería de que yo hablaba es de otra clase.
+
+—Hazme el favor de sentarte, porque ya has crecido bastante, según
+creo... y déjate de sutilezas.
+
+Gonzalo se dejó caer en la butaca que la niña le señalaba, dominado por
+sus ojos brillantes y maliciosos. Desde que había entrado en aquel
+cuarto sentía un gozo íntimo, mitad corporal, mitad espiritual que le
+embargaba a la vez los sentidos y el alma. El perfume que respiraba se
+le subía a la cabeza. La mirada magnética de Venturita había concluído
+por electrizarle.
+
+—Has hecho mal en traerme a tu cuarto—dijo sonriendo mientras se
+pasaba el pañuelo por la frente.
+
+—¿Pues?—preguntó ella abriendo y cerrando varias veces los ojos, como
+esos relámpagos que se advierten a la caída de la tarde en los días muy
+calurosos del verano.
+
+—Porque me siento mal—respondió él con la misma sonrisa.
+
+—¿Te sientes mal, de veras?—replicó la niña abriendo mucho sus ojos
+azules sin conseguir que pareciesen inocentes.
+
+—Un poco.
+
+—¿Quieres que avise?
+
+—No; si lo que me hace daño son tus ojos.
+
+—¡Ah, vamos!—exclamó ella riendo como si cayese entonces en la
+cuenta.—¡Entonces los cerraré!
+
+—¡Oh, no; no los cierres, por Dios! Si los cerrases, me pondría mucho
+peor.
+
+—Entonces me iré—dijo levantándose de la silla.
+
+—¡Eso sería matarme, niña mía! ¿Sabes por qué me pongo enfermo? por no
+poder besar esos ojos que me asesinan.
+
+—¡Jesús!—exclamó Venturita soltando la carcajada.—¡Qué fuerte te da!
+¡Siento no poder curarte!
+
+—¿Permitirás que me muera?
+
+—Si.
+
+—¡Gracias! Déjame besar tus cabellos entonces...
+
+—No.
+
+—Tus manos.
+
+—Tampoco.
+
+—Déjame besar cualquier cosa tuya... ¡Mira que me haces mucho daño!
+
+—Besa ese guante—dijo la niña riendo y tirándole uno que había sobre
+el tocador.
+
+Gonzalo se apoderó de él, y lo besó con frenesí repetidas veces.
+
+Al lector que en su fuero interno haya diputado ya a Gonzalo por hombre
+desleal y pérfido, o por lo menos débil, declarándole quizá «un carácter
+repugnante», como dicen los críticos cuando los personajes de las
+novelas no son todo lo heroicos y talentudos que ellos quisieran,
+pusiérale yo en aquel nido pequeño y perfumado como el cáliz de una
+magnolia, frente a la niña menor de los señores de Belinchón, vestida
+con peinador de cintas azules que dejaban ver una buena parte de su
+garganta amasada con rosas y leche, recibiendo en el rostro los
+relámpagos azulados de sus ojos, y escuchando una voz grave y pastosa
+que removía todas las fibras del alma. Y si la niña le tirase un guante
+diciéndole:
+
+—Bésalo,—quisiera ver en qué forma se negaba a besarlo.
+
+—¿Te vas calmando, Gonzalo?—dijo disparándole una sonrisa capaz de
+volver loco a San Antonio.
+
+—Así, así.
+
+—Bueno, pues ahora hablemos en serio... hablemos de nuestra
+situación...
+
+Gonzalo se puso serio.
+
+—A pesar de lo que me has dicho hace ya tres días, no he sabido, hasta
+ahora, que hayas hablado con mamá o con papá, ni que les hayas
+escrito... Por el contrario, no sólo dejas el tiempo correr, con lo
+cual cada vez empeoran las cosas, sino que te veo más atento y cariñoso
+que nunca con Cecilia...
+
+Gonzalo hizo un gesto negativo.
+
+—¡Si te he visto hace un momento desde el cuarto de Pablo por el
+agujero de la llave!... A mí no se me escapa nada... Eso está muy mal
+hecho si es que no la quieres... Y si la quieres está muy mal hecho lo
+que haces conmigo...
+
+—¿No estás bien segura aún de que tú sola posees mi corazón?—dijo el
+joven levantando sus ojos apasionados hacia ella.
+
+—No.
+
+—¡Pues sí, sí; mil veces sí!... Pero yo no puedo estar al lado de
+Cecilia desabrido o indiferente... Eso es muy feo... Prefiero decírselo
+claramente y concluir de una vez.
+
+—Pues díselo.
+
+—... No me atrevo.
+
+—Pues no se lo digas, y concluyamos tú y yo... Mejor será—replicó la
+niña con impaciencia.
+
+—¡No hables, por Dios, así, Ventura! Se me figura que no me quieres.
+Debes comprender que mi posición es extraña, comprometida, terrible.
+Estar en vísperas de casarse con una joven excelente, y sin mediar
+disgusto alguno, sin antecedentes de ningún género que puedan tenerla
+prevenida, decirle de pronto: «Todo se acabó, ya no me caso contigo
+porque no te quiero ni nunca te he querido», es lo más brutal y más
+odioso que se haya visto jamás... Por otra parte, yo no sé cómo tomarían
+mi conducta tus papás. Lo más probable es que, indignados justamente por
+ella, me recriminasen duramente y me prohibiesen la entrada en esta
+casa...
+
+—Bien, cásate con ella... ¡y en paz!—dijo Venturita poniéndose en pie
+un poco pálida.
+
+—¡Eso nunca! O me caso contigo, o con nadie.
+
+—Entonces, ¿qué hacemos?
+
+—No sé—replicó el joven bajando la cabeza con tristeza.
+
+Ambos guardaron silencio unos instantes.
+
+Al cabo Venturita dijo, dándose con la palma de la mano en la cabeza:
+
+—¡Discurre, hombre, discurre!
+
+—Ya lo hago, pero no sale...
+
+—¡No sirves para nada!... Vamos, vete, y déjalo a mi cargo. Yo hablaré
+a mamá... Pero es necesario que escribas una carta a Cecilia...
+
+—¡Oh, por Dios, Ventura!—exclamó angustiado.
+
+—Entonces, ¿qué quieres, di?—preguntó la niña encolerizada.—¿Crees
+que voy a servir de juguete?
+
+—¡Si pudiéramos pasar sin esa carta!—manifestó Gonzalo con
+humildad.—Tú no puedes figurarte lo violento que es para mí... ¿No
+bastaría que dejase de venir unos cuantos días a esta casa?
+
+—Sí, sí; vete... ¡y no vuelvas!—respondió, dando un paso hacia la
+puerta.
+
+Pero el joven la retuvo por una de las trenzas de sus cabellos.
+
+—Vamos, no te enfades, hermosa. Bien sabes que me tienes dominado,
+fascinado, y que a la postre haré cuanto tú me mandes, incluso arrojarme
+al mar. No hacía más que expresarte una opinión... Si tú no quieres,
+nada de lo dicho... Trataba solamente de evitar a Cecilia un disgusto.
+
+—¡Presuntuoso!—exclamó la niña sin volverse.—¿A que te figuras que
+Cecilia se va morir de pena?
+
+—Si no se disgusta, mejor que mejor; así me evitaré un remordimiento.
+
+—Cecilia es fría; ni quiere mucho, ni odia mucho tampoco. Es muy buena;
+no conoce el egoísmo. Pero siempre la encontrarás igual, ni alegre ni
+triste; incapaz de tomarse un disgusto por nada ni por nadie... Al
+menos, si se los toma, nadie lo conoce... ¿Qué haces?—añadió
+volviéndose rápidamente.
+
+—Estaba desatando los lazos de las trenzas... Quería ver otra vez tus
+cabellos sueltos. No hay espectáculo que me cause más placer.
+
+—¡Si es capricho, yo las desataré!... Aguarda—dijo la niña, que
+estaba orgullosa, y con razón, de su pelo.
+
+—¡Oh, qué hermosura! ¡Esto es un prodigio de la naturaleza!—exclamó
+Gonzalo, introduciendo en él sus dedos.—Déjame, déjame meter la cabeza
+dentro, déjame bañarme en este río de oro.
+
+Y ocultó, al decir esto, su rostro en la cabellera blonda de la niña.
+
+Mas sucedió que, pocos momentos antes, como sonasen en el reloj las
+siete de la tarde, las costureras y bordadoras dejaron su obra, y se
+dispusieron a retirarse. Antes de hacerlo, Valentina fué comisionada por
+doña Paula para ir al cuarto de Venturita, y traer de allá unos patrones
+que debían de estar sobre el armario-escritorio. Llegó, y empujó la
+puerta en el instante crítico en que Gonzalo se estaba bañando de
+aquella original manera. Al sentir el ruido, éste se levantó de un
+brinco y quedó, más pálido que la cera. Valentina se puso encarnada
+hasta las orejas, y dijo balbuceando:
+
+—Mamá quiere los patrones... los del otro día... Deben de estar sobre
+el armario.
+
+—No están sobre el armario, sino dentro—respondió Venturita, sin
+inmutarse poco ni mucho.
+
+Y dirigiéndose a él, y abriendo un tirador, sacó un lío de papeles y se
+lo entregó.
+
+—Aguarda un poco, Valentina—dijo antes que saliese.—Hazme el favor de
+atarme el pelo, que yo no puedo por este dedo malo...
+
+Y enseñó uno, por donde manaba sangre. Al ir por los patrones se lo
+había pinchado.
+
+Valentina, muy turbada todavía, comenzó a atárselo.
+
+—Me tiraba mucho, y, al desatarlo, me pinché con el alfiler que sujeta
+la cinta de arriba... El pobre Gonzalo no se arreglaba muy bien para
+atármelo, ¿verdad?—añadió riendo.
+
+—¡Oh, no!—replicó el joven con forzada sonrisa, pasmado de aquella
+sangre fría.
+
+La disculpa, aunque bien urdida, no coló. Valentina estaba bien segura
+de lo que había visto.
+
+—¿Crees que se habrá tragado lo del pinchazo?—preguntó Gonzalo con
+ansiedad luego que hubo salido.
+
+—Tal vez no; pero no hay cuidado con ella. Es la más reservada de
+todas.
+
+Valentina fué a entregar los patrones a la señora y se despidió hasta el
+día siguiente. Al cruzar por el pasillo oyó claramente el rumor de un
+beso. Miró hacia el cuarto obscuro que allí había, y creyó percibir los
+cuadros blancos y negros del vestido de Nieves.
+
+—¡Alza! ¡Esto está que arde!—murmuró con aquel ceño saladísimo que
+tanto la caracterizaba.
+
+Bajó la escalera y salió a la calle, donde ya la esperaba su Cosme para
+acompañarla hasta casa.
+
+
+
+
+VIII
+
+DE LA REUNIÓN QUE LOS PRÓCERES DE SARRIÓ CELEBRARON EN EL TEATRO CON
+ASISTENCIA DEL CUARTO ESTADO
+
+
+El día 9 de junio de 1860, debe señalarse con caracteres de oro en los
+fastos de la villa de Sarrió.
+
+Para ese día, socorrido de Alvaro Peña y de su hijo Pablo, don Rosendo
+Belinchón había rogado por medio de atento B.L.M. a sus convecinos que
+concurriesen por la tarde al local del teatro. Se trataría un asunto de
+«vital (por nada en el mundo se le escaparía a don Rosendo el vital)
+interés para la villa de Sarrió y su concejo». Sólo cuatro o cinco
+personas de las más obligadas al comerciante, conocían el noble y
+patriótico pensamiento que motivaba la convocatoria. Así que,
+arrastrados de la curiosidad, tanto como de la cortesía, acudieron a
+las tres en punto todos los convocados y muchos más a quienes nadie
+había dado vela en aquel entierro. El teatro se llenó de bote en bote.
+La gente principal se apoderó de las butacas y los palcos. La plebe
+subió a la cazuela. En el escenario se había colocado una mesa de
+escribir vieja y sucia. A entrambos lados de ella hasta media docena de
+sillas, no más nuevas ni más limpias, que servían para la decoración de
+«sala pobremente amueblada».
+
+El teatro hervía ya de gente. El escenario permanecía aún desierto.
+Estaban casi en tinieblas. Sólo por un tragaluz de vidrios empolvados
+abierto allá en el fondo de la escena, despojada del telón de foro,
+penetraba escasísima claridad. A fuerza de tiempo, acostumbrados los
+ojos a la obscuridad, podían distinguirse los unos a los otros. El que
+entraba, iba despacio por el pasillo de las butacas para no tropezar,
+palpando los cráneos de los que las ocupaban, por ver si había alguna
+vacante.
+
+—Aquí no, don Rufo.
+
+—¿No hay asiento?—preguntaba sonriendo al vacío como los ciegos.
+
+—No; suba usted arriba, a los palcos.
+
+—Véngase aquí, don Rufo, véngase aquí—gritaba uno que estaba más
+adelante.
+
+—¿Eres tú, Cipriano?
+
+Y empujando y tropezando, llegaba el recién venido a colocarse. Alguno
+más práctico encendía una cerilla, pero al instante salían voces de la
+cazuela:
+
+—¡Eh! ¡eh! ¡Cuidado con las narices, don Juan! Cuando va por las noches
+a casa de la Peonza, el diablo que cerilla enciende.
+
+Don Juan se apresuraba a apagarla para librarse de aquellos insultos que
+hacían prorrumpir en carcajadas al ocioso público.
+
+A medida que el tiempo transcurría, el zumbido de las conversaciones iba
+creciendo hasta hacerse insoportable. Los salvajes de la cazuela
+expresaban su impaciencia con patadas, gritos y baladres. Cambiaban
+unos con otros, por encima de las butacas, bromas y frases, más que
+obscenas, asquerosas. Gracias a que no había señoras.
+
+Al fin aparecieron en el escenario cuatro señores, don Rosendo
+Belinchón, Alvaro Peña, don Feliciano Gómez y don Rudesindo Cepeda,
+propietario y fabricante de sidra espumosa. Los cuatro se despojaron de
+los sombreros al pisar el palco escénico. Prodújose repentinamente el
+silencio. Algunos de los espectadores, los menos, se descubrieron
+también. La mayor parte, prevalidos de la obscuridad y cediendo al
+instinto de grosería, poderoso en aquella región, permanecieron
+cubiertos. Don Rosendo y sus compañeros sonrieron al concurso,
+avergonzados. Para librarse del embarazo y temor que sentían, comenzaron
+a hablar con los espectadores de las primeras filas, a quienes podían
+divisar. Alvaro Peña, algo más atrevido, en razón quizá de su carácter
+militar y de su instrucción antirreligiosa, avanzó hasta la cáscara del
+apuntador, y dando a sus palabras una entonación excesivamente familiar,
+sonriendo sin gana como las bailarinas, dijo:
+
+—Señores, tanto mis compañeros como yo desearíamos ¿eh?, que subiesen a
+este sitio algunas pejsonas de jespeto ¿eh?, que habrá en el público, a
+fin de que nos ayuden con su autoridad ¿eh?, y con su ilustración... a
+fin de que nos ayuden ¿eh? (no encontraba el final) en la empresa que
+vamos a emprendej...
+
+El ayudante de marina pronunciaba las erres con la garganta, produciendo
+un sonido muy semejante a la jota.
+
+Hubo un murmullo en la asamblea de asentimiento y simpatía por la
+modestia que resaltaba en aquella proposición.
+
+—¿No está por ahí don Pedro Miranda?—preguntó Peña, sereno ya,
+volviendo a adquirir la resolución militar que le caracterizaba.
+
+—Aquí está... Aquí—dijeron varias voces.
+
+—Don Pedro, si nos hiciese usted el favoj... Don Pedro se defendía de
+los que le empujaban hacia el escenario, diciendo por lo bajo:
+
+—Pero, señores, ¿yo por qué? ¿A qué asunto?... Hay otras personas...
+
+No hubo más remedio. Poco a poco lo fueron llevando hasta cerca del
+escenario. Una vez allí, como no hubiese tabla ni escalera para subir,
+entre Peña y don Feliciano Gómez, lo auparon por las manos hasta ponerlo
+sobre el tablado.
+
+—A ver, don Rufo, suba usted.
+
+Don Rufo (médico titular de la villa), después de haberse defendido un
+poco, fué subido en vilo también. Y por el mismo sencillo mecanismo
+pasaron al escenario otros cinco o seis señores. Cada ascensión era
+saludada con una salva de aplausos y un murmullo de complacencia por el
+benévolo concurso. El ayudante vió a Gabino Maza sentado en una butaca
+cerca de la pared, y le gritó con alegría:
+
+—¡Gabino, no te había visto!... Vamos, hombre, ven acá.
+
+—Estoy bien aquí—respondió con sequedad el bilioso ex oficial de la
+Armada.
+
+—¿Quieres que baje por ti?
+
+Maza contestó en voz baja:
+
+—No hace falta.
+
+Los que estaban a su lado hicieron lo que con los demás.
+
+—Vaya, don Gabino, arriba. No sea usted perezoso. Hombres como usted
+son los que deben estar allí. ¡No faltaba más que usted no subiese!
+
+Y trataban al mismo tiempo de levantarle. Mas fueron inútiles todas las
+instancias. Maza se empeñó en permanecer en la butaca con una
+insistencia orgullosa que acobardó a los que le excitaban a subir.
+Alvaro Peña bajó entonces por él; pero después de una brega larga tuvo
+que retirarse desairado.
+
+Ya que estuvo casi lleno el escenario, se trajeron más sillas recabadas
+de los chiribitiles de los cómicos. Se acomodaron en ellas los más
+selectos vecinos de Sarrió, y celebraron conciliábulo para resolver
+quién había de presidir la reunión. Por cierto que no acababan de
+entenderse, y el público daba señales claras de impaciencia. La mayor
+parte juzgaba que a don Rosendo correspondía la honra de sentarse detrás
+de la mesa de pino; pero éste la rehusaba con una modestia que le
+honraba muchísimo más. Al fin se sentó al observar que el público se iba
+cansando. Este aplaudió reciamente.
+
+Nueva y fastidiosa dilación antes de resolverse quién había de dirigir
+la palabra al concurso. Alvaro Peña, que era hombre despachado y de
+arranque, se decidió a dar unos pasos hacia la boca del telón, y dijo en
+voz alta:
+
+—Señores.
+
+—¡Chis, chis! ¡Silencio!—gritaron algunos.
+
+Y reinó el silencio.
+
+—Señores: El motivo de celebrajse este _meeting (sorpresa y
+extraordinaria complacencia del concurso al escuchar la palabreja
+exótica)_ no es otro ¿eh?, que el de unirnos todos para fomentaj los
+intereses morales y materiales de Sajió. Hace algunos días me indicaba
+nuestro dignísimo presidente que estos intereses se hallaban
+abandonados, ¿eh?, y que era necesario a todo trance fomentajlos.
+Señores, en Sajió hay varios problemas que jesolvej en este momento
+histórico; el problema del mejcado cubiejto, ¿eh?, el problema del
+cementerio, el problema de la cajetera a Rodillero, el problema del
+matadero y otros. Yo le dije a mi querido amigo, el dignísimo
+presidente: El único medio ¿eh?, de jesolvej estos problemas es celebraj
+un meeting donde todos los sajienses puedan emitij libremente su
+opinión...
+
+—¿Eh?—gritó un socarrón desde la cazuela.
+
+Peña alzó los ojos furibundos hacia allá. Y como era hombre a quien se
+le suponían malas pulgas, y gastaba unos bigotes desmesurados, el
+socarrón tembló por su pellejo y no volvió a chistar.
+
+—Mi buen amigo, cuyo gran corazón y amoj al progreso conocen todos, me
+dijo que hacía tiempo que pensaba sobre lo mismo, y que él además, ¿eh?,
+tenía otro proyecto que no tajdará en comunicaj al ilustrado público. En
+consecuencia de esto hemos convocado a los vecinos de Sajió para una
+jeunión pública, y aquí estamos... porque hemos venido. _(Este desenfado
+produce excelente efecto en el auditorio, que ríe con benevolencia)_.
+
+—Señores—siguió el ayudante animado por los rumores,—yo creo que lo
+que le hace falta a este pueblo es despertaj del letajgo en que yace,
+¿eh?, vivij de la vida de la razón y del progreso, ¿eh?, ponerse a la
+altura de los adelantos del siglo, ¿eh?, tenej conciencia de sí y de sus
+fuejzas. Hasta ahora, Sajió ha sido un pueblo dominado por la teocracia;
+mucha novena, mucho sermón, mucho rosario, y no pensaj para nada en el
+fomento de sus intereses, ni en aprender nada útil. Es necesario salij
+cuanto más antes de esta situación, ¿eh? Es necesario sacudij el yugo
+teocrático. Un pueblo dominado por los curas, es siempre un pueblo
+atrasado... y sucio. _(Risas y aplausos, entre los cuales se oye tal
+cual chicheo.)_
+
+El ayudante hablaba mejor, y adquiría cierto donaire en cuanto se
+trataba de denigrar al clero.
+
+—Pido la palabra—gritó una voz atiplada desde un palco.
+
+—¿Quién es? ¿Quién es?—se preguntaron unos a otros los espectadores y
+los altos dignatarios del escenario.
+
+—Es el hijo del Perinolo.—¿Quién?—El hijo del Perinolo.—El hijo del
+Perinolo.
+
+Esta frase se fué repitiendo en voz baja por todo el ámbito del teatro.
+
+El hijo del Perinolo era un joven pálido, de ojos negros, que gastaba
+larga melena. No se advertía más en la media luz que reinaba. Era para
+él gran fortuna. A ser entera, se verían perfectamente los lamparones de
+su levita añeja, la grasa de su camisa y las greñas de la melena, dado
+que los agujeros de las botas y los hilachos del pantalón, en modo
+alguno podían ser vistos a causa de la barandilla del palco. Pero todo
+lo sabían de memoria los vecinos de Sarrió, por tropezarle harto a
+menudo en la calle y los cafés. Digamos que, a pesar de esto, era mozo
+de gentil disposición y rostro.
+
+Su padre, el señor José María el Perinolo, antiguo y clásico zapatero de
+la villa, era uno de aquellos viejos artesanos que a mediados del siglo
+gastaban chaqueta y sombrero de copa alta. Carlista fanático, miembro de
+todas las cofradías religiosas. Rezaba el rosario por las tardes al
+toque de oración en la iglesia de San Andrés, acompañado de unas cuantas
+mujerucas; salía en las procesiones de Semana Santa con hábito de
+disciplinante y corona de espinas, y tenía a su cargo y cuidado la
+capilla del Nazareno en la calle de Atrás. Este santo varón «que nunca
+había dado nada que decir» (suprema expresión de la honradez en los
+pueblos pequeños), educó a su hijo Sinforoso y a otros dos más, en el
+santo temor de Dios y del tirapié. Azotes, penitencias de rodillas, días
+a pan y agua, estirones de orejas y bofetadas. La infancia de Sinforoso
+estaba poblada de estos recuerdos poéticos. Cuando llegó a la pubertad,
+como mostrase singular destreza para aprender sus lecciones, el Perinolo
+se persuadió a que no estaba llamado a sustentar la zapatería cuando él
+fuese muerto, sino a ser firme columna de la Iglesia Romana. Faltábanle
+medios para mandarle al seminario de Lancia. Vinieron en socorro suyo
+don Rosendo y don Melchor de las Cuevas, don Rudesindo y el párroco de
+la villa, que espontáneamente le asignaron tres pesetas diarias mientras
+no cantase misa. Mas al cursar el segundo año de Teología, recibieron
+estos señores del seminarista una carta elegantemente escrita. En ella
+les manifestaba que no se sentía llamado por Dios a la carrera
+eclesiástica, y que antes de ser un mal sacerdote prefería aprender el
+oficio de su padre o embarcarse para América. Terminaba suplicándoles
+con palabras fervorosas que le permitiesen cambiar la Teología por el
+Derecho, hacia el cual se creía inclinado, y con esto no daría tan gran
+disgusto a su padre. Accedieron sus bienhechores a la demanda. Y
+Sinforoso se hizo al cabo columna del Estado en vez de la Iglesia, como
+deseaba el Perinolo. Mientras siguió la carrera de leyes con
+sobresalientes y premios al principio, notables después y aprobados al
+fin, emborronó algunos articulejos en los diarios de Lancia. Con esto se
+creyó en el caso de dejar crecer los pelos y ponerse lentes sobre la
+nariz. Así se presentó el nuevo licenciado en Sarrió con la aureola de
+gloria además que rodea a quien ha hecho sus primeras armas, y aun
+reñido batallas en la prensa periódica. Se había afiliado en el partido
+liberal más avanzado renegando así de su prosapia. Con esto, su padre
+estaba fuertemente desabrido. Si le dejó entrar en casa debióse a la
+intercesión de la madre. No le hablaba ni le daba un céntimo para sus
+gastos, limitándose a consentir que durmiese bajo su techo y comiese la
+ración. Al cabo de algunos meses los zapatos se habían despellejado y la
+ropa daba lástima verla. Pero todo lo suplía muy bien el letrado con el
+empaque y gravedad de la fisonomía y lo airoso de su porte. Pasaba la
+mañana leyendo en la cama: las tardes y las noches en el café
+discutiendo a gritos lo que había leído por la mañana. Los vecinos no le
+querían; pero respetaban mucho su ilustración y talento.
+
+—¿Quién ha pedido la palabra?—preguntó don Rosendo.
+
+—Suárez... Sinforoso Suárez—dijo el joven inclinando su busto sobre la
+barandilla.
+
+—Usted la tiene, señor Suárez.
+
+El joven tosió, metió los dedos de entrambas manos por el pelo,
+dejándolo más ahuecado y revuelto, se puso los lentes que traía colgados
+de un cordoncillo y dijo:
+
+—Señores.
+
+La entonación firme y sosegada que dió a esta palabra, y la pausa larga
+que después hizo asegurando los lentes sobre la nariz y paseando una
+mirada de grande hombre por el concurso, impusieron silencio y respeto.
+
+—Después de la brillante oración que acaba de pronunciarnos mi
+queridísimo amigo el ilustrado ayudante de este puerto, señor Peña _(el
+ayudante, aunque no ha hablado con Suárez más de tres veces en su vida,
+se inclina agradecido. Los respetables vecinos de Sarrió aprenden que
+hay más oraciones que el Padre Nuestro, la Salve y las demás rezadas por
+la Iglesia)_, quedará bien convencida la asamblea del fin generoso y
+patriótico que ha inspirado a los promovedores de este _meeting_. Nada
+tan grande, nada tan hermoso, nada tan sublime como ver a un pueblo
+reunido para deliberar acerca de los más altos y caros intereses de su
+vida. ¡Ah, señores! al escuchar hace un momento al señor Peña, me
+imaginaba estar en el Agora de Atenas decidiendo, como ciudadano libre,
+entre otros ciudadanos libres también como yo, de los destinos de mi
+patria. Me imaginaba oir la palabra vigorosa y ardiente de alguno de
+aquellos grandes oradores que ilustraron al pueblo heleno... Porque la
+elocuencia de mi queridísimo amigo el señor Peña, tiene mucho de la
+arrebatada pasión que caracterizaba a Demóstenes, el príncipe de los
+oradores y bastante también de la fluidez y elegancia que brillaba en
+los discursos de Pericles. _(Pausa: mano a los lentes.)_ Es viva y
+animada como la de Cleón; es mesurada y prudente como la de Arístides;
+tiene tonalidades graves y precisas como la de Esquines, y notas
+agradables al oído como la de Isócrates. ¡Ah, señores! Yo también, como
+el elocuente orador que me ha precedido en el uso de la palabra, deseaba
+que el pueblo donde he visto por primera vez la luz del día, despertase
+a la vida del progreso, a la vida de la libertad y la justicia...
+¡Sarrió! ¡Cuánto dulce recuerdo, cuánta inefable alegría despierta en mi
+alma este solo nombre! Aquí corrieron los años felices de mi infancia...
+Aquí comenzó a formarse mi espíritu... Aquí hizo el amor palpitar por
+primera vez mi corazón... En otra parte se ha enriquecido mi razón con
+el conocimiento de las ciencias, con las grandes ideas que engendra el
+estudio del Derecho... Aquí se ha nutrido mi alma con las santas y
+dulces emociones del hogar. En otra parte se ha adiestrado mi
+inteligencia en la polémica, en la lucha de las ideas... Aquí he
+cultivado mi sensibilidad con el tierno amor de la familia... Señores,
+lo diré muy alto, suceda lo que suceda: Sarrió está llamado a grandes
+destinos. Tiene derecho a ser una de las primeras poblaciones de la
+costa cantábrica, un emporio de actividad y de riqueza, tanto por la
+excelente situación en que la naturaleza lo ha colocado, como por la
+laboriosidad, la honradez y las grandes dotes de inteligencia de sus
+habitantes. _(¡Bravo! ¡Bravo! Unánimes y estrepitosos aplausos.)_
+
+Roto el hielo que la sorpresa, más que una prevención injusta, había
+formado, los bravos y los aplausos se sucedieron sin interrupción a cada
+párrafo. Jamás los laboriosos, honrados e inteligentes habitantes de
+Sarrió habían oído hablar tan fácil y pulidamente. Aquel discurso fué la
+revelación de la vida parlamentaria moderna, según decía Alvaro Peña al
+disolverse la reunión.
+
+Media hora llevaría en el uso de la palabra en medio del creciente
+entusiasmo del auditorio, cuando a uno de los próceres del escenario se
+le ocurrió que podía tener seca la boca y sería oportuno servirle un
+vaso de agua con azucarillo. Comunicada en voz baja la observación al
+presidente, éste interrumpió al orador, diciéndole:
+
+—Si el señor Suárez está fatigado, puede descansar. Voy a dar orden de
+que le sirvan un vaso de agua.
+
+Estas palabras fueron acogidas con un murmullo de aprobación.
+
+—No estoy fatigado, señor presidente—respondió suavemente el orador.
+
+_(Sí, sí, que descanse.—Dejarle descansar.—Que se le traiga un vaso de
+agua.—Puede hacerle daño: que le echen unas gotas de anís.)_
+
+Los espectadores, acometidos súbito de una ardiente simpatía, se
+convertían en madres cariñosas para el hijo del Perinolo.
+
+Este, inflándose más de lo que estaba, sonrió al auditorio, y dijo:
+
+—La fatiga es propia de los soldados bisoños. Los que como yo están
+acostumbrados a las lides de la tribuna (había hablado varias veces en
+la Academia de jurisprudencia de Lancia) no se rinden tan fácilmente...
+
+Digamos ahora que Mechacan, zapatero, vecino y competidor hacía muchos
+años del señor José María el Perinolo, que había visto criarse a
+Sinforoso y le había arreado más de uno y más de dos lampreazos con el
+tirapié cuando al volver de la escuela le llamaba, para vejarle, por el
+apodo, le estuvo escuchando desde la cazuela con las manazas apoyadas
+sobre la barandilla y la cara erizada de púas sobre las manos. En sus
+ojos, sombreados de una selva enmarañada de pestañas, no se advertía la
+chispa de entusiasmo que ardía en los de los demás. Antes se leía el
+asombro, la ira y la envidia. Cuando acertó a oir las palabras
+jactanciosas del hijo de su rival, no pudiendo sufrir tanta farsa, gritó
+con rabia:
+
+—¡Fuera ese piojo, sollo!
+
+Indescriptible indignación en el auditorio. Todos los rostros se vuelven
+airados a la cazuela. Oyense las voces de:
+
+—¿Quién es ese borrico?—¡A la cárcel!—¡Fuera ese cerdo!
+
+El presidente pregunta con terrible severidad:
+
+—¿Estamos en un pueblo culto o entre hotentotes?
+
+Esta pregunta así formulada, produce honda impresión en el público.
+
+Suárez, un poco pálido y con voz alterada, dice al fin:
+
+—Si la Asamblea lo desea, estoy dispuesto a sentarme.
+
+_(¡No, no!—¡Que siga! Estrepitosos y prolongados aplausos al orador.)_
+
+La indignación contra el grosero interruptor creció a tal punto con
+estas humildes palabras, que se oyen gritos amenazadores y muchos agitan
+los puños frente al sitio de donde había partido la voz. Alvaro Peña, el
+orador griego, más indignado que nadie, sube por fin a la cazuela y a
+pescozones y coces arroja al desgraciado Mechacan del teatro entre los
+aplausos del público.
+
+Sosegadas ya las olas, el orador continúa. Hace una excursión por el
+campo de la historia para demostrar que los sarrienses, desde la época
+de la dominación romana, cuando la España estaba dividida en Citerior y
+Ulterior y después en Tarraconense, Bética y Lusitania, hasta nuestros
+días, habían demostrado en todas ocasiones un ingenio poderoso muy
+superior al de los habitantes de Nieva. Tales declaraciones fueron
+acogidas con vivas muestras de aprobación. Introdúcese después
+repentinamente en los dominios del Derecho y hace gala de conocimientos
+poco comunes, sobre todo en Sarrió, en la ciencia de Triboniano y
+Papiniano. Al llegar a cierto punto, con una modestia que le honra
+mucho, dice:
+
+—Lo que acabo de exponer, señores, no tiene ningún valor científico. Lo
+sabe cualquier niño que haya saludado las Pandectas...
+
+Don Jerónimo de la Fuente, maestro de primeras letras de la villa, que
+había estudiado por los métodos modernos y sabía algo de Froebel y
+Pestalozzi, hombre ilustrado, que había escrito un prontuario de los
+verbos irregulares y tenía un telescopio en el balcón de su casa siempre
+apuntando al cielo, se levanta de la butaca, y sonriendo con mucha
+lástima dice:
+
+—Las palmetas hace ya bastantes años que se han suprimido de las
+escuelas.
+
+—No he dicho palmetas, he dicho Pan-dec-tas—replica Suárez sonriendo
+con mucha más lástima.
+
+Don Jerónimo enrojece por el paso en falso que acaba de dar.
+
+El orador continúa y termina al fin, deseando, como el elocuente
+ayudante de marina, que Sarrió despierte a la vida del progreso, que
+salga del letargo en que yace, y que de algún modo se manifieste en su
+recinto la lucha de las ideas, fecunda siempre, y luzca en su horizonte
+el sol radiante de la civilización.
+
+«... Si es verdad, como tengo entendido, que merced a la iniciativa
+patriótica y generosa de un respetabilísimo personaje de esta villa, se
+prepara el advenimiento a ella del cuarto poder de los estados modernos.
+Si es verdad que Sarrió estará dotado en breve de un periódico que
+refleje sus legítimas aspiraciones, que sea el palenque donde se
+ejerciten sus inteligencias, el salvaguardia de sus más caros intereses,
+el centinela avanzado de su tranquilidad y reposo, el órgano, en fin,
+por donde se comunique con el mundo espiritual, felicitémonos, señores,
+¡felicitémonos de todo corazón! y felicitemos también al ilustre
+patricio por cuyo esfuerzo va a llegar hasta nosotros un rayo de ese
+astro luminoso del siglo diez y nueve que se llama la prensa.»
+
+_(¡Bravo, bravo! Todas las miradas se, vuelven ansiosas hacia la
+presidencia. La faz de don Rosendo resplandece llena de majestad y
+dulzura.)_
+
+Después del hijo del Perinolo, pidió y obtuvo la palabra don Jerónimo de
+la Fuente. El ilustrado profesor de primeras letras, deseaba
+ardientemente levantarse a los ojos del público después de la caída de
+las Pandectas. Comenzó, pues, manifestando que abundaba en las ideas del
+digno orador (obsérvese que no dijo elocuente ni ilustrado, sino digno,
+digno nada más) que le había precedido en el uso de la palabra; que él,
+destinado por su profesión a encender la antorcha de la ciencia en las
+inteligencias infantiles, no podía menos de ser partidario decidido de
+los adelantos modernos y, sobre todo, de la prensa. En corroboración de
+estas palabras, se cree en el caso de manifestar que, tan pronto como la
+creación de un periódico en Sarrió fuese un hecho, tendría el gusto de
+exponer a sus convecinos la resolución de un problema que hasta el día
+de hoy se había creído insoluble, el de la «trisección del ángulo», al
+cual había dedicado muchos esfuerzos y vigilias, coronadas unas y otros
+afortunadamente por el mejor éxito. Habló después con gran oportunidad
+de algunas materias, de Geografía física y Astronomía, explicando
+algunos problemas de la mecánica celeste, en particular la ley de la
+atracción universal, descubierta por Newton, gracias a la cual, los
+planetas se mueven alrededor del sol en órbitas elípticas. A este
+propósito expuso con gran brillantez lo que era una elipse. Por último,
+al hablar de nuestro satélite la luna, hizo observar que el tiempo de su
+revolución alrededor de la tierra iba disminuyendo sensiblemente, lo
+cual indica que su órbita se va estrechando. Esto, en opinión del
+orador, daría por resultado más tarde o más temprano que la luna caería
+sobre la tierra, y ambas se harían pedazos. Don Jerónimo se sentó,
+dejando el auditorio sumamente agitado, bajo el peso de esta profecía
+aterradora.
+
+Avanzó acto continuo hasta las candilejas, don Rufo, el médico de la
+villa, hombre flaco, con barba de cazo, y gafas de oro. A las pocas
+palabras declaró explícitamente que, en su opinión, el pensamiento no es
+más que una función fisiológica del cerebro y el alma un atributo de la
+materia. Pero, ¿en qué parte del cerebro reside el foco de la actividad
+intelectual?—se pregunta el orador.—En su concepto, esta actividad
+tiene su centro en la «sustancia gris, parda o amarilla», y en modo
+alguno en la «sustancia blanca», que no es más que la conductora de tal
+actividad. Habló después de la _dura-máter_, de los _hemisferios_, de
+los _lóbulos frontal, parietal y occipital_, de la _hoz del cerebro y_ de
+la_ tienda del cerebelo_. En este punto tuvo una ocurrencia feliz,
+comparando bellamente las circunvoluciones de la sustancia gris a un
+montón de intestinos arrojados al acaso. Todas las facultades que
+llamamos del alma, no son sino funciones de esta sustancia gris, de este
+montón de intestinos. El cerebro segrega pensamientos como el hígado
+segrega bilis y los riñones orina. El orador termina afirmando que,
+mientras la humanidad no se penetre de estas verdades, no podrá salir
+del estado de barbarie en que yace.
+
+Como nunca quiso ser menos que el médico, pidió la palabra el profesor
+de veterinaria Navarro. Después de dedicar algunas frases a
+congratularse por la celebración de aquel _meeting_ (ninguno de los que
+hablaron dejó de citar la palabreja) expuso algunas ideas muy razonables
+acerca de la angina gangrenosa del cerdo y su tratamiento profiláctico.
+El orador tropezaba, balbuceaba, sudaba para emitir su pensamiento. Pero
+esta deficiencia de expresión, la suplía cumplidamente la novedad y el
+interés que el tema ofrecía. A la sazón estaban falleciendo de anginas,
+en Sarrió, bastantes de aquellos simpáticos animales.
+
+El público, por más que escuchaba con respeto y simpatía estas noticias
+acerca de la enfermedad que aquejaba en aquel momento al ganado de
+cerda, sentía ya impaciencia por oir las declaraciones del presidente.
+Después de la alusión del hijo del Perinolo al asunto del periódico,
+todos ansiaban saber lo que había de cierto. Mientras Navarro disertaba,
+salió una voz de la cazuela gritando:
+
+—Que hable don Rosendo.
+
+Y aunque el público castigó con un enérgico chicheo esta grosera
+interrupción, era unánime la opinión de que Navarro como orador «no
+tenía condiciones».
+
+Por fin el hombre notable de Sarrió, el portaestandarte de todos los
+progresos, el ilustre patricio don Rosendo Belinchón, alzó su busto
+majestuoso por encima de la mesa.
+
+_(Silencio, ¡chis, chis!—¡Callarse, señores!—¡¡Atención!!—¡Por favor,
+un poco de atención!)_
+
+Estos fueron los gritos que salieron de la muchedumbre, aunque nadie
+había osado mover un dedo siquiera. Tal era el afán de escuchar la
+palabra presidencial.
+
+Como todos los hombres de espíritu realmente elevado y de ingenio
+penetrante, don Rosendo escribía mejor que hablaba. Sin embargo, su
+palabra reposada tenía un sello de grandeza que en vano se buscaría en
+los oradores que le habían precedido.
+
+—Señores (pausa), doy las gracias a todas las personas (pausa) que han
+acudido esta tarde (pausa) a la reunión que he tenido el honor de
+convocar (pausa mucho más larga durante la cual se suena con ruido).
+Tengo una verdadera satisfacción (pausa) en ver reunidos en este sitio a
+las personas más ilustradas de la villa (pausa) y a todos los que por
+uno o por otro concepto valen y significan algo.
+
+_(Bravo: muy bien, muy bien.)_
+
+Después de este exordio tan lisonjeramente acogido, manifestó el orador
+que lo que urgía en aquel momento era «levantar el nivel intelectual de
+Sarrió». Después añadió que su propósito al convocar este _meeting_ no
+había sido otro que levantar este nivel. _(Aplausos prolongados.)_ Para
+llevar a cabo tal empresa se consideraba sin fuerzas y méritos
+suficientes. _(Si, si. Aplausos.)_ Pero contaba, creía contar al menos,
+con el auxilio poderoso de los muchos hombres de corazón y patriotismo,
+de inteligencia y de progreso que Sarrió encerraba. _(Muestras de
+aprobación.)_ El medio que creía más eficaz para elevar a Sarrió a la
+altura que le correspondía, y hacerle rivalizar dignamente con otras
+villas, y aun ciudades marítimas de menos importancia, era la creación
+de un órgano que sostuviese sus intereses políticos, morales y
+materiales...
+
+—Y, señores (pausa), aunque todavía no se hayan orillado todas las
+dificultades (pausa), tengo el gusto de manifestar a esta ilustrada
+Asamblea... _(Atención, chis, chis. ¡Silencio!)_ que tal vez en el
+próximo mes de agosto... (_¡Bravo, bravo! Ruidosos, frenéticos aplausos
+que interrumpen al orador por algunos momentos.)_ Que tal vez en el
+próximo mes de agosto _(¡bravo, bravo! ¡silencio!)_ la villa de Sarrió
+contará con un periódico bisemanal. _(Estrepitosos aplausos. Navarro
+arroja su sombrero de copa a la escena. Algunos otros espectadores
+siguen el ejemplo. Alvaro Peña y don Feliciano Gómez se ocupan en
+recogerlos y volverlos a sus dueños. La fisonomía de don Rosendo brilla
+con expresión augusta, y sus labios, al contraerse con una sonrisa
+feliz, dejan ver las dos filas simétricas de sus dientes, testimonio
+elocuente de los progresos odontálgicos.)_
+
+—A pesar de esas manifestaciones de cariño que agradezco hasta el fondo
+del alma (pausa) el orgullo no me ciega. La escasez de mis fuerzas _(No,
+no)_, mi falta de ilustración _(No, no: aplausos)_ hará que el órgano
+que funde no corresponda seguramente a las esperanzas del público.
+_(Voces de varios sitios: ¡Si corresponderá! Tenemos confianza.
+Aplausos.)_ Pero si alguna vez (pausa) la falta de inteligencia puede
+ser suplida por la fe y el entusiasmo, será ciertamente ahora. Mi
+humilde pluma y mi modesta fortuna pertenecen al pueblo de Sarrió.
+_(Muestras vehementes de aprobación.)_
+
+El nuevo periódico, según el orador, tenía «una gran misión que
+cumplir». Esta misión consistía en plantear las reformas, los progresos
+que la villa reclamaba. La necesidad de estas reformas y estos progresos
+«estaba en la conciencia de todo el mundo». El mercado cubierto se había
+hecho absolutamente indispensable. La carretera a Rodillero era el
+anhelo constante de ambos pueblos. En cuanto al macelo público don
+Rosendo se preguntaba con sorpresa cómo la villa podía consentir que
+existiese un foco de inmundicia como el actual, que era «un verdadero
+padrón de ignominia».
+
+Gabino Maza había estado escuchando con marcado desdén y disgusto desde
+su butaca, a cuantos habían hecho uso de la palabra. Revolvíase como si
+el asiento tuviese pinchos. Le venían ganas atroces de gritar a los
+oradores: «¡Burros, pollinos!» como acostumbraba a hacer en el
+Saloncillo, o de fulminar contra ellos uno de esos sarcasmos feroces que
+levantan roncha. «Aquellas payasadas» le habían revuelto la bilis. No
+era milagro. Ya conocemos la gran virtud de segregación que el hígado
+del ex marino poseía. Respiraba con fuerza, sonreía sarcásticamente,
+rechinaba los dientes y escupía a menudo, mostrando de este modo su
+desaprobación a todo lo que se había dicho, lo que se estaba diciendo y
+lo que se había de decir. De vez en cuando, dejaba escapar algún ¡bah! o
+algún ¡pouh! o un ¡ta! y otras partículas no menos significativas. Por
+último, en mitad del discurso de don Rosendo, o porque nada pudiese
+oponer a su grave elocuencia, o porque el ruido de los aplausos le
+exacerbase de modo irresistible, es lo cierto que salió de la sala, y
+comenzó a dar paseos por delante de la puerta del teatro en un estado de
+agitación lamentable. A los pocos momentos, volvió a entrar y subió a la
+cazuela. Allí, oyendo a don Rosendo tocar el punto del matadero, pidió
+por favor a la plebe que le dejase paso. Una vez en las primeras filas,
+gritó reciamente:
+
+—¡Aquí no se juega trigo limpio!
+
+Después, se retiró.
+
+No sabemos en qué consiste; pero es lo cierto, que siempre que en una
+reunión se insinúa por alguno la idea más o menos gratuita de que allí
+no se juega trigo limpio, tal afirmación produce efectos desastrosos.
+Esto es tanto más extraordinario, cuanto que por regla general, en las
+asambleas nadie lleva trigo en los bolsillos, ni limpio ni sucio. Y si
+por casualidad alguno lo llevase, es bien seguro que no le pasaría
+siquiera por el pensamiento jugar con él.
+
+Don Rosendo, al oir la frase, quedó repentinamente mudo y pálido. Un
+fuerte murmullo de sorpresa corrió por todo el ámbito del teatro.
+Algunos gritaron:—¡Fuera!—Otros dijeron:—¡Chis, chis!—Las miradas de
+todos, después de escrutar las alturas de la cazuela, se dirigieron a la
+presidencia. Don Rosendo turbado aún, y con voz algo enronquecida, dijo:
+
+—Señores: Si con esas palabras se quiere manifestar que yo, al convocar
+esta reunión, he abrigado algún pensamiento bastardo, mi delicadeza no
+me permite continuar en este sitio, y me retiro...
+
+—¡No, no! ¡Que siga! ¡Viva el presidente!
+
+—Yo estoy seguro, señores—dijo el orador visiblemente conmovido,—de
+que el individuo que ha gritado no es vecino de Sarrió, no ha nacido en
+Sarrió, ¡no puede ser de Sarrió!
+
+Habiendo murmurado uno que el interruptor era de Nieva, se armó en el
+teatro terrible confusión y estruendo. Un grito formidable de:—¡Mueran
+los mazaricos! ¡Viva Sarrió!—se eleva de todas partes. Hay que advertir
+que en Sarrió se llamaba a los habitantes de Nieva _mazaricos_ a causa
+quizá del gran número de pájaros de este nombre que allí suele haber,
+mientras los de Sarrió eran llamados en Nieva _pinzones_, por la misma
+razón.
+
+Sosegados al fin los ánimos, don Rosendo da las gracias y cede a las
+instancias del público.
+
+—Antes de ocupar otra vez este sitial (el presidente se había retirado
+al fondo del escenario), debo manifestar que si ese papagayo... o
+mazarico (_risas_) pretende arrancarme una declaración acerca del
+problema del macelo público, no tengo inconveniente en hacerla, porque a
+mí no me duelen prendas. _(Viva, curiosidad. No se oye una mosca
+volar.)_ Yo declaro solemnemente, señores, que el nuevo macelo, en mi
+concepto, no debe emplazarse en otro sitio que en la Escombrera.
+_(Inmensa sensación.)_
+
+El orador termina con pocas palabras más su grandioso discurso, y
+levanta la sesión. Los espectadores salen del teatro medio asfixiados,
+tanto por las múltiples emociones que en poco tiempo habían
+experimentado, como por los treinta y ocho grados centígrados que había
+en el local.
+
+
+
+
+IX
+
+HISTORIA DE UNA LÁGRIMA
+
+
+Esto pasaba en las altas esferas. En los dominios obscuros de la vida
+privada ocurrían al mismo tiempo algunos sucesos, que aunque no tan
+memorables, no dejaban de tener importancia para las personas que en
+ellos intervinieron.
+
+Al día siguiente de la entrevista de Venturita y Gonzalo, que hemos
+narrado, éste no visitó la casa de su prometida. Permaneció en la suya,
+fingiéndose aquejado por un fuerte dolor de muelas. Tal fué al menos la
+noticia que llegó hasta Cecilia por conducto de Elvira, la doncella, que
+había visto al criado de don Melchor en la plaza. Al otro día, como no
+pareciese tampoco, la familia supuso que aún seguía el dolor. Nadie
+dudaba más que Venturita y Valentina. La bordadora huía de tropezar con
+la mirada de la niña. Quizá temería avergonzarla, quizá ella misma se
+sintiese avergonzada sin saber por qué. Venturita estaba tan risueña
+como siempre. Cecilia, a quien sólo se le conocía el mal humor en que
+hablaba menos, sacó de su cómoda un elixir dentrífico, copió una oración
+a Santa Polonia que le habían dado, y llamando con misterio a Elvira, le
+dijo toda ruborizada:
+
+—Elvira, ¿quieres hacerme el favor de llevar este frasco y este papel
+al señorito Gonzalo?
+
+—¿Ahora mismo?
+
+—Cuando puedas... Si ahora no tienes que hacer... Quisiera que no se
+enterasen...
+
+—Descuide usted, señorita—respondió la morenita pálida sonriendo con
+amabilidad;—nadie sabrá una palabra. Su mamá me va a mandar por
+almidón, y a la vuelta, ¡zas! me encajo allá.
+
+Al recibir Gonzalo el recado, sintióse acometido de punzantes
+remordimientos. Comenzó a pasear agitadamente por su cuarto. Tres o
+cuatro veces estuvo a punto de tomar el sombrero y plantarse en casa de
+Belinchón, y dejar que las cosas siguiesen como habían comenzado. Los
+sentimientos honrados, bondadosos y compasivos que en su corazón
+existían; la voz de la razón que abogaba en defensa de Cecilia; _el
+ángel_, en una palabra, que todo hombre lleva dentro de sí, le incitaba
+para que lo hiciese. La imagen gentil y graciosa de Venturita, presente
+al recuerdo; el fuego de sus ojos que aún le relampagueaba por el alma;
+el dulce contacto voluptuoso de sus cabellos de oro; _el demonio_, en
+fin, le retenía. Gonzalo era un hombre sano de cuerpo, de músculos
+poderosos, rico de sangre, pero muy pobre de voluntad. Los diablos temen
+más a los temperamentos exhaustos que a los opulentos como el suyo. La
+batalla que el demonio y el ángel libraron, no duró mucho tiempo. Vino a
+decidirla, en favor del primero un billetito de Ventura que Generosa, la
+otra doncella de la casa, le trajo. Decía así: _No te impacientes. Hoy
+hablaré a mamá. Ten confianza en tu—Ventura._
+
+La mirada de la doncella al entregárselo, donde creyó advertir a pesar
+de la sonrisa una tácita censura, le turbó un poco. Despidióla con larga
+propina. Al abrir después con mano trémula la carta, percibió el perfume
+de sándalo que Venturita usaba. Ofrecióse súbito a su imaginación la
+imagen hermosa provocativa de la niña, y removió las últimas fibras que
+en su ser aún no habían vibrado. Acercóla a los labios, y embriagado y
+palpitante de deseo, la besó con frenesí repetidas veces.
+
+¡Pobre Cecilia! Tomaba el primer pedazo de papel que le venía a la mano,
+y sin cuidarse de guardarlo entre esencias, escribía a su novio con
+lápiz la mayoría de las veces. ¡Si las mujeres supiesen la importancia
+de estos miserables pormenores!
+
+Venturita había dado vueltas todo el día alrededor de su madre,
+esperando ocasión de hablarla sin testigos. A la hora del crepúsculo,
+cuando las costureras se fueron, madre e hija quedaron al fin solas.
+Cecilia se había retirado a su cuarto dominada por la tristeza que había
+disimulado con trabajo durante el día. Doña Paula estaba sentada en una
+butaca con los ojos clavados en el balcón, recogiendo los últimos rayos
+de la luz moribunda, en actitud melancólica y reflexiva, poco frecuente
+en ella. Parecía presentir el disgusto que se cernía sobre su cabeza.
+Venturita colocaba los bastidores en un rincón y los tapaba con un
+lienzo, arreglaba las sillas y arrastraba la cesta de la costura a un
+lado para que no estorbase.
+
+—Avisa que traigan luz—dijo doña Paula.
+
+—¿Para qué?—respondió la niña sentándose en una silla baja a su
+lado.—Ya está todo arreglado.
+
+Su madre volvió a entornar los ojos hacia el balcón y quedó en la misma
+actitud melancólica. Al cabo de unos momentos de silencio, Venturita
+tomó su mano y la llevó con ternura a los labios. Doña Paula volvió la
+cabeza con sorpresa. Pocas veces, por no decir nunca, su hija menor le
+había dado este beso respetuoso. Sonrió con dulzura y tomándole la barba
+entre los dedos, le dijo:
+
+—¿Estás contenta con el vestido?
+
+—Si, mamá.
+
+—Te hace un cuerpo muy bonito. En cuanto le toquen un poco en el pecho,
+quedará que ni pintado.
+
+La niña calló. Alzando los ojos al cabo de un instante le dijo,
+esforzándose en dar a su voz una inflexión segura:
+
+—Dime, mamá, ¿qué opinas de la retirada de Gonzalo?
+
+—¡La retirada de Gonzalo!—exclamó la señora volviendo con asombro la
+cabeza.—¿Qué quieres decir, criatura?
+
+—Sí, la retirada, porque a mí me consta que no está enfermo. Ayer
+estuvo toda la noche jugando al billar en el café de la Marina.
+
+—¡Bah, bah! ¿Tienes ganas de reir?
+
+—No me río, mamá, hablo en serio.
+
+—¿Y quién te ha dicho a ti eso?
+
+—Lo sé por Nieves, que se lo dijo su hermano.
+
+—Puede que le haya aliviado el dolor por la noche y saliese a
+esparcirse un poco.
+
+—Y entonces, ¿por qué no ha venido hoy?
+
+—Porque le habrá vuelto otra vez.
+
+—No lo creas, mamá... Ten la seguridad de que Gonzalo no quiere a
+Cecilia.
+
+—¿Sabes lo que estás diciendo, necia? Hazme el favor de callarte, antes
+que me enfade.
+
+—Me callaré; pero las pruebas de cariño que está dando no son grandes.
+
+—¡Tendría que ver eso!—dijo la señora volviéndose airada.—Si Gonzalo
+es mucho, Cecilia es más... A mi hija no la desprecia ni Gonzalo ni el
+Príncipe de Asturias, ¿sabes?... Me enteraré de lo que acabas de decir,
+y si resulta cierto, ya tomaré yo mis medidas.
+
+Doña Paula era de natural bondadoso y tierno, amiga de los pobres y
+generosa; pero tenía la altivez irreflexiva y la susceptibilidad
+exagerada de las artesanas de Sarrió.
+
+—No, mamá, no se trata de eso. ¿Quién te ha dicho que Gonzalo desprecia
+a Cecilia?
+
+—Tú misma. ¿Por qué no la quiere entonces?
+
+Venturita se detuvo un instante, y respondió con firmeza:
+
+—Porque me quiere a mí.
+
+—Vamos—dijo la señora sonriendo.—Ya debí comprender desde el
+principio que era todo una broma.
+
+—No es broma, es la pura verdad... Y si quieres convencerte,
+entérate...
+
+Sacó al mismo tiempo del pecho una carta que llevaba a prevención, y se
+la alargó.
+
+Doña Paula se puso en pie vivamente, y gritó:
+
+—¡Pronto!... ¡Una luz, pronto!
+
+Venturita tomó una caja de cerillas que había sobre el costurero, y
+encendió una.
+
+Madre e hija estaban pálidas. Aquélla arrimó la carta a la luz. En
+cuanto leyó unos cuantos renglones, se dejó caer en la butaca, y
+clavando los ojos con expresión dolorosa en su hija, le dijo:
+
+—Ventura, ¿qué has hecho?
+
+—¿Yo? Nada—respondió la niña tirando al suelo la cerilla que tocaba a
+su fin.
+
+—¿Nada te parece, loca, impedir el matrimonio de tu hermana, engañarla
+miserablemente, dar un escándalo en la villa como nunca se habrá visto?
+
+—Yo no he hecho nada de eso. El fué quien se me declaró. ¿Es pecado
+dejarse querer?
+
+—En esta ocasión, sí—replicó con severidad la señora.—A la primera
+señal debiste advertirme. Consentir que te hablase de otro modo que como
+una hermana, era hacer traición a tu hermana y hacerte a ti muy poco
+favor.
+
+—Pues ya está—replicó la niña en tono desdeñoso.
+
+—Pues no estará—replicó doña Paula con enojo y levantándose.—¿Qué te
+has propuesto, vamos, di?... Mejor dicho, ¿qué os habéis propuesto?
+
+—Debes suponerlo.
+
+—Casaros, ¿verdad?—preguntó en tono sarcástico.
+
+—¡Qué equivocada estás!... El matrimonio de tu hermana quedará
+deshecho... Desde ahora mismo lo doy por deshecho... ¡pero lo que es tú,
+bien libre estás de casarte con Gonzalo... ni de que éste ponga siquiera
+los pies más en casa...! En primer lugar, tú eres una mocosa que
+debieras estar jugando con las muñecas y recibiendo azotes... y aunque
+no lo fueras, ni tu padre ni yo podíamos consentir que te casaras con un
+hombre que ha engañado miserablemente a tu hermana y nos ha engañado a
+todos... Lo menos que diría la gente es que estamos muertos por hacerle
+nuestro yerno. ¡Que se te quite, niña!
+
+—Pues que quieras o no quieras—dijo Venturita retrocediendo de
+espalda hacia la puerta,—me casaré.
+
+Doña Paula quiso castigar la insolencia; pero la niña salió
+precipitadamente, sujetó la puerta, y entreabriéndola después, dijo con
+acento rabioso:
+
+—¡Me casaré! ¡me casaré! ¡me casaré!
+
+Al día siguiente, Gonzalo recibió una carta de ella, que decía: «Ayer
+hablé con mamá. Se ha enfadado mucho. Hoy hablaré otra vez, y espero que
+cederá. Ten confianza.»
+
+Y en efecto, aquella misma mañana madre e hija volvían a tener habla en
+el cuarto de la última. Fué larga, y no sabemos lo que en ella pasó.
+Doña Paula salió al cabo de una hora con los ojos enrojecidos de llorar,
+llevándose la mano al corazón, del cual padecía a menudo, en dirección a
+su cuarto, y se acostó. Ventura salió en pos de ella, serena; pero
+pálida. Llamó a Generosa, su confidente, y le dió un recado para
+Gonzalo. Este, a las nueve de la noche, se paseaba por delante de la
+casa de Belinchón. Pocos minutos después, Venturita abría la ventana del
+escritorio, que estaba en la planta baja y tenía rejas.
+
+—Ya está todo arreglado—dijo en voz de falsete luego que el joven se
+hubo acercado.
+
+—¿Cómo? ¿De veras?—preguntó éste con alegría.
+
+—¡Oh, buen trabajo me ha costado! Estaba furiosa.
+
+—¿Y tu papá?
+
+—Papá aún no sabe nada; pero cederá también... ¡Vaya si cederá!... La
+receta no puede ser más eficaz.
+
+—¿Qué receta?
+
+—La que he empleado... La cosa se había puesto tan fea, que ya estaba
+resuelto que tú no volvieras más a casa. A mí me mandaba a Tejada en
+castigo. Ni súplicas ni razones valían de nada. Estaba loca de ira. Te
+llamaba infame y traidor. A mí, ¡figúrate cómo me pondría!... Entonces
+no tuve más remedio que apelar al último recurso... por más que sea un
+poco fuerte—añadió en voz más baja y alterada.
+
+—¿Qué recurso?—preguntó Gonzalo con curiosidad.
+
+Venturita guardó silencio algunos momentos. Al cabo respondió
+avergonzada:
+
+—Le dije... le dije que tú y yo no podíamos menos de casarnos ya.
+
+—¿Pues?
+
+—Pues... pues... adivínalo—dijo la niña con impaciencia.
+
+En efecto, Gonzalo adivinó y experimentó una impresión de repugnancia y
+temor. Calló obstinadamente por algún tiempo. Venturita le preguntó al
+fin:
+
+—¿Te ha parecido mal?
+
+—Sí—respondió secamente.
+
+—Pues dispensa, chico... Mañana le diré que todo ha sido una mentira...
+y hemos concluído.
+
+—Nada se adelanta ya. Lo que me parece mal no es el resultado, como
+debes comprender, sino que haya salido eso de ti.
+
+—Más pierdo yo que tú.
+
+—¡Por lo mismo lo siento!
+
+—Bien, pues dale expresiones—replicó desabridamente levantándose del
+alféizar de la ventana, donde estaba sentada.
+
+Gonzalo alargó la mano por entre las rejas, y la retuvo por el vestido.
+
+—Espera.
+
+La tela crujió.
+
+—Ya me has roto el vestido, ¿lo ves?
+
+—Si no te disparases tan pronto...
+
+Y logrando cogerla por un brazo, la obligó a sentarse.
+
+—¡Qué barbaridad!—exclamó la niña riendo.—Así deben hacerse el amor
+los osos.
+
+—¿Me quieres?—preguntó Gonzalo riendo también.
+
+—No.
+
+—Sí.
+
+—No.
+
+—Dame la mano de amigo.
+
+La niña le alargó su blanca y primorosa mano, y el hercúleo mancebo la
+besó con pasión repetidas veces.
+
+—Hasta mañana. Ya te daré noticias de lo que ocurra—dijo levantándose
+otra vez.
+
+Gonzalo se alejó. A los cuatro pasos se le ocurrió que las noticias
+tenían que ser referentes al modo como Cecilia recibía la de su desleal
+conducta, y su frente se arrugó de nuevo con expresión dolorosa.
+
+A vueltas con esta preocupación cruzó distraído la Rúa Nueva, entró en
+la plaza de la Marina, siguió caminando por el muelle y se alargó hasta
+la punta del Peón. La noche estaba serena y despejada. Las estrellas
+centelleaban en el firmamento cabrilleando en las aguas tranquilas de la
+bahía. La jarcia de los buques surtos en ella se destacaba con bastante
+claridad del fondo azul obscuro. Aún no había sonado el grito de
+«apafogones», y se notaban en ellos algunas luces y algún movimiento.
+Los marineros, recostados sobre la obra muerta, departían antes de
+retirarse al camarote. De vez en cuando, mirando hacia un gran vapor
+inglés anclado en el medio, gritaba uno: «_All right_» exagerando la
+pronunciación: «_all right_», contestaban de un patache. El grito se iba
+repitiendo en todas las goletas, pataches y quechemarines. Era la broma
+que gastaban con los ingleses que allí arribaban. Pero el gran vapor se
+mantenía silencioso, cabeceando flemáticamente con ese desprecio tan
+profundo que nadie mejor que un hijo de Albión sabe afectar.
+
+En la punta del Peón se tropezaba con tal cual paseante que tomaba el
+poco fresco que había. Era una de las noches más calurosas de agosto.
+Gonzalo, atormentado por el calor y por la idea de su comprometida
+situación, se paseaba con el sombrero en la mano. Antes de llegar al
+término del malecón, percibió sobre el segundo paredón una figura
+gigantesca.
+
+—Allí está mi tío—se dijo.
+
+El viejo marino pasaba una gran parte de su existencia sobre aquel
+paredón, en íntimo coloquio con el mar, su antiguo amigo y compañero.
+Para él no tenía secretos el terrible Océano, ora durmiese tranquilo en
+su inmenso lecho de arena, ora despertase furioso escupiendo al cielo
+sus espumas. Podía dar nuevas seguras y anticipadas de sus cóleras, de
+sus desmayos, de sus sonrisas, de sus más profundas palpitaciones. El
+monstruo le abría su seno líquido, como a un confidente leal: le decía
+cuánto se aburría en su prisión de granito, y qué ganas le acometían a
+veces, presenciando las infamias de los hombres, de precipitarse sobre
+la tierra, y barrer de una vez este asqueroso hormiguero. Y el buen
+caballero solía responderle, pensando en el crimen que acababa de leer:
+
+—Tienes razón, camarada; yo, en tu caso, es posible que lo hiciera.
+
+Por nada en el mundo dejaría don Melchor de dar sus paseos matutinos,
+vespertinos y nocturnos por la punta del Peón. En vida de su mujer,
+cuando estaba acatarrado, veíase precisado a prescindir de estas
+visitas, y era lo que más le atormentaba. Ahora que, por desgracia, no
+tenía quien le sujetase, acatarrado y todo salía.
+
+—Para los catarros, no hay nada como el aire libre del mar.
+
+Cuando de tarde en tarde se resentía del estómago, bebía un par de vasos
+de salmuera, y quedaba arreglado.
+
+—No hay purga tan natural, tan eficaz e inofensiva como el agua del
+mar.
+
+En cierta ocasión adoleció de una pierna. Dos úlceras le fueron
+corroyendo la carne, hasta dejar descubierto el hueso. Los médicos, no
+sólo daban por perdida la pierna, sino que temían por su vida.
+Desahuciado ya, tuvo la audacia de hacer que le llevasen a la playa y le
+bañasen. A los nueve baños, las úlceras estaban cerradas. Imagínese lo
+que pensaría después de esto, de la virtud curativa del mar.
+
+En cambio, tenía marcada ojeriza a los ríos. El aire del río le ponía
+ronco. La humedad le daba dolores de reuma. Las nieblas le sofocaban y
+le ponían asmático. Eso de que el aire fuese en ellos «encallejonado»,
+le inspiraba una aversión y un desprecio indecibles.
+
+Don Melchor dormía poco. Se levantaba con estrellas, y en cuanto se
+levantaba subía al mirador, escrutaba el cielo y el mar, y después de
+haber trazado en la cabeza un estado meteorológico provisional del día,
+bajaba a fijarlo definitivamente a la punta del Peón. Allí establecía de
+una vez si el viento era _entablado_ o simple _vahajillo_, si era
+francamente _a la estrella_ o se inclinaba al cuarto cuadrante; si el
+semblante estaba _calimoso_ o _cerrado_; si la mar estaba _picada_ o _de
+leche_; cuánto tiempo duraría todo esto; qué viento apuntaría al
+mediodía; si la mar sería gruesa a la tarde o abonanzaría, etc., etc. No
+podría tomar el chocolate si no hubiese hecho tales observaciones.
+
+Y, en verdad, que aunque esto parezca una manía, téngola por menos
+insensata que la de levantarse de la cama para escrutar el rostro del
+vecino, si está limpio o sucio, alegre o aborrascado, si come o si
+ayuna, si duerme o si vela, si huelga o trabaja, cuánto tiempo permanece
+en casa, y qué rumbo toma cuando sale.
+
+Gonzalo subió al segundo paredón con un deseo irresistible de desahogar
+el pecho, y poner a su tío al tanto de lo que ocurría. Y eso que la
+condición brusca y severa de éste no se amoldaba muy bien a las
+confidencias amorosas. Pero la ocasión era crítica y precisa. Don
+Melchor, que con el peso de los años solía doblar un poco el cuerpo
+hacia adelante, al ver acercarse un hombre a él, se irguió. Porque era
+empeño el que tenía en que nadie advirtiese su decadencia y le diputasen
+por varón inexpugnable.
+
+—¿Eres tú, Gonzalillo?
+
+—El mismo, tío.
+
+—¡Milagro! A ti te gusta más ver rodar las bolas de marfil que las
+olas.
+
+—No; hoy no he jugado al billar. Me encuentro triste, preocupado... y
+quisiera hablar con usted de un asunto serio, a ver qué me aconseja.
+
+Don Melchor le miró con sorpresa.
+
+—¿Un asunto serio?
+
+—Sí... Vamos a ver, tío: ¿usted se casaría con una mujer a quien no
+quisiera?
+
+—¡Qué pregunta! El matrimonio a mi edad es un barreno en los fondos,
+querido.
+
+—¿Pero si fuese joven, se casaría?...
+
+—Jamás.
+
+—Pues bien, tío... Yo no quiero a Cecilia.
+
+—¿Que no quieres a Cecilia?—exclamó estupefacto el caballero.
+
+Hay que advertir que don Melchor sentía un cariño ciego, casi adoración
+por la prometida de su sobrino. Para él aquella criatura era sagrada.
+Desde que Gonzalo se fijó en ella y él lo supo, la hizo objeto de una
+observación pertinaz lo mismo que si estuviese reconociendo el casco de
+un buque antes de arbolarlo. La halló buena, callada, inteligente y
+hacendosa, y sintió una intensa alegría amargada tan sólo por la noticia
+de que los novios no se irían a vivir con él. Visitaba poco la casa de
+Belinchón, pero cuando tropezaba a la joven en la calle, nunca dejaba de
+pararla, mostrándose tan galante y expresivo como jamás le había visto
+nadie.
+
+—¿Que no la quieres?—repitió.—¿Y por qué no la quieres, zopenco?
+
+—No lo sé. Hice esfuerzos sobrehumanos por cobrarle amor, y no lo he
+conseguido.
+
+—¿Y ahora te acuerdas de eso? ¿Un mes antes de casarte? Vamos, Gonzalo,
+a ti hay que darte una carena en la cabeza.
+
+—Es una atrocidad... lo comprendo... pero yo no puedo resignarme a ser
+desgraciado toda la vida.
+
+—¡Desgraciado! ¿Y llamas desgracia, grandísimo zarramplín, casarte con
+una joven tan buena y tan hermosa que no hay otra en Sarrió que le
+llegue a la suela de los zapatos?
+
+Gonzalo no pudo menos de sonreir.
+
+—Cecilia es una buena muchacha, digna de casarse con un hombre mejor
+que yo... pero, hermosa, tío...
+
+—¡Hermosa, sí, hermosa, majadero!—exclamó furioso el señor de las
+Cuevas.—¿Serás capaz de poner tachas a un ángel?
+
+El veterano estaba (aunque la afirmación cause asombro) en la edad en
+que mejor se siente la poesía de la mujer, que es la exquisita
+sensibilidad, la resignación, la dulzura, el sacrificio y no la efímera
+disposición de la forma, como juzga la impetuosa y desapoderada
+juventud.
+
+—No riñamos por eso.
+
+—Sí reñiremos... No quiero que vuelvas a hablarme de Cecilia de ese
+modo... ¡Vaya, vaya!
+
+—Bien; pues confieso que Cecilia es una chica muy linda... pero...
+
+—¿Pero qué?
+
+—Pero yo no puedo quererla... porque ya quiero a otra.
+
+—¡Qué mil diablos estás diciendo ahí, muchacho!—profirió don Melchor
+sujetando por el brazo a su sobrino y sacudiéndole.
+
+—No puedo remediarlo, tío. Estoy enamorado hasta el cogote de su
+hermana Ventura.
+
+—¿Estás en tu juicio o entre dos aguas, rapaz?
+
+—Hablo en serio... La quiero, y ella me quiere.
+
+—¿Y crees que con eso está dicho todo?—dijo el anciano cada vez más
+irritado.—¿Crees que así se puede faltar a un compromiso sagrado?
+¿Crees que así se puede dejar a una joven expuesta a la burla de la
+población? ¿Crees que habrá padres que autoricen semejante infamia?
+
+—Tío—respondió Gonzalo suavemente,—antes de atreverme a decirle a
+usted lo que acaba de oir, han ocurrido cosas que me obligaban a dar
+este paso. Mis relaciones con Venturita son formales. Su madre las
+conoce y las ha autorizado, y a estas horas también su padre debe tener
+noticia de ellas.
+
+—¿Y las autorizará?
+
+—Estoy seguro de ello.
+
+Don Melchor dejó el brazo de su sobrino que tenía cogido, y se llevó la
+mano a la frente. Estuvo un rato largo sin hablar.
+
+Al cabo dijo con palabra lenta y acento melancólico:
+
+—Bien está... Yo nada puedo hacer para evitar esa vergüenza... ¡porque
+es una vergüenza!—añadió con energía.—Eres mayor de edad, y aunque no
+lo fueses, en estos asuntos no intenvendría jamás.
+
+—¿Se enfada usted?
+
+—Tampoco cabe aquí el enfadarse. Lo siento únicamente. Lo siento por
+ella, pues he llegado a cobrarla cariño... y lo siento aún más por ti,
+Gonzalo. Al hombre que falta a su palabra, no puede ayudarle Dios...
+Estabas ya a bordo de un barco seguro, de porte, de madera blanca bien
+sangrada, con los fondos forrados, los árboles recios y el aparejo
+limpio y sencillo, y lo dejas para embarcarte en otro más ligero y
+galán... Buen provecho te haga. Pero ten en cuenta, hijo, que el viaje
+es largo, la mar ancha y brava; lo que ahora es bonanza, en un instante
+se convierte en marejada de leva; el viento no siempre fresquito, y
+cuando arrecia, se pone pesado de veras. Entonces no valen primores en
+la arboladura ni pinturas en las bandas, sino madera, mucha madera. Dame
+quillas, y te daré millas. De poco vale salir empavesado del puerto si
+el casco no puede con el aparejo... Ya sabes que Cecilia me gustaba...
+Siento mucho no poder decirte lo mismo de su hermana... Esto no es
+hablar contra ella. Ni la conozco bastante, ni a mí me corresponde
+hacerlo; pero puedo y debo decirte mis sentimientos, aunque no hagas
+caso de ellos...
+
+—¡Oh, tío!...
+
+—Nada, nada, querido: cuando a un muchacho le cae sobre la cabeza un
+suestazo de éstos, es menester arriar de salto las escotas y dejarle
+navegar a bolina desahogada. Tú estás requemado al parecer... bueno,
+pues refréscate... Pero ten en cuenta que ni llevas rumbo seguro, ni
+obras como caballero.
+
+—¡Tío!
+
+—Más claro que yo, el agua, querido. Si has logrado vencer la
+resistencia de los padres, y si has salvado las dificultades, no
+lograrás por eso hacer de lo blanco negro, no convertir una mala acción
+en buena... Pica, pica los cables y larga vela. Yo soy viejo ya, y tengo
+esperanza de no verte correr los temporales que sobre ti han de caer...
+Pero si Dios quisiera darme ese castigo, si algún día, por mis pecados,
+te viese correr a palo seco y bebiendo agua por las bordas... sentiré,
+hijo mío, no tener fuerzas ya para tirarte un cabo.
+
+La voz del anciano se había conmovido al pronunciar estas últimas
+palabras. Gonzalo sintió apretársele el corazón. Guardaron silencio
+obstinado un buen rato. Al cabo don Melchor dijo:
+
+—¿Vienes a cenar, Gonzalito?
+
+—Ahora no tengo apetito, tío; allá iré un poco más tarde.
+
+—Bien, pues hasta ahora—pronunció tristemente el señor de las Cuevas.
+
+Y se alejó lentamente en dirección de tierra, perdiéndose a poco entre
+las sombras.
+
+Gonzalo quedó como estaba, de bruces sobre el pretil del paredón,
+contemplando el mar que lo batía suavemente. Las olas, después de chocar
+en la piedra con leve y hueco estampido, retrocedían corriendo sobre las
+otras, y producían rumor semejante al de una cortina que se despliega.
+De sus espumas brotaba la claridad fosforescente acusando la presencia
+de los millones de millones de seres que allí habitan, con el mismo
+sosiego que nosotros en la tierra, a pesar de su vertiginosa marcha por
+los espacios. El monstruo dormía debajo del manto obscuro de la noche,
+tranquilo y feliz como un niño, a quien no agitan tristes ensueños.
+Apenas se percibía el blando soplo de su respiración en las concavidades
+de las peñas. Hacia el Poniente alzábase la negra silueta del cabo de
+San Lorenzo que avanzaba mar adentro buen trecho, y en su extremidad un
+faro movible desparramaba a intervalos iguales sus luces, ora blancas,
+ora verdes, ora rojizas. En el firmamento brillaban las estrellas con
+fulgor extraordinario. Hasta los innumerables soles de la vía láctea
+dejaban caer como nunca su blanca luz sobre la húmeda llanura. Júpiter
+relampagueaba en el cielo como el dios de la noche, rompiendo la
+obscuridad con sus hermosos rayos anaranjados..
+
+De pronto cambió la decoración. Allá hacia Levante el pálido semicírculo
+de la luna asomó su cuerno superior sobre las aguas dormidas. Una estela
+de luz corrió vivamente sobre ellas inflamándolas. El lucero divino
+recogió sus rayos con galantería, ante la luz serena de la diosa que
+empezó a levantarse lenta y majestuosamente, eclipsando los diamantes de
+todos tamaños que en torno suyo lucían. Alzábase en medio de una
+atmósfera radiante y espléndida, dibujando sobre ella sus graciosos
+contornos y esparciendo por el ambiente balsámico influjo. Y el Océano
+que dócil a él va y viene sin cesar desde el principio del mundo, se
+encendió en pura llama, tembló su vasto seno inflamado, y arrojó sus
+aguas a las peñas de Santa María como enormes capas de mercurio que al
+retirarse se sobreponían a otras y se fundían con ellas.
+
+Reinaba silencio sublime, un recogimiento de suavidad inefable en
+aquella escena tan vieja y tan nueva a la vez. La Naturaleza parecía
+suspender su curso para escuchar la eterna armonía de los cielos.
+
+Las olas se acariciaban blandamente sin osar interrumpir con ruidosos
+juegos la augusta serenidad de la noche.
+
+Gonzalo, a pesar de la viva inquietud en que la conversación con su tío
+le dejara, sintió la fascinación de aquel mar, de aquel cielo, de
+aquella luna, y su _agitación_ se fué transformando en _tristeza_. Las
+severas palabras del viejo marino habían despertado a latigazos su
+conciencia. Renació con más furia que antes la lucha entre el ángel y el
+demonio. Una vez estuvo aquél a punto de vencer. El joven imaginó
+presentarse al día siguiente en casa de Belinchón, hablar con doña Paula
+y rogarla que no dijese nada a Cecilia y apresurase el matrimonio. Pero
+al instante se le ofreció a la mente la imagen de Venturita, y pensó que
+le sería imposible vivir al lado de ella, sin padecer horribles
+tormentos. Entonces, como acaece casi siempre en estas luchas, vino el
+período de las transacciones.—«Nada, lo mejor—se dijo—es huir,
+marcharse otra vez a Francia o Inglaterra, y no casarse con una ni con
+otra. De este modo no hay traición. La herida que causo a Cecilia se
+cicatrizará pronto. Hallará un marido que valga más qué yo, y cuando
+vuelva al cabo de algunos años, probablemente la encontraré feliz y
+rodeada de hijos...»
+
+Pero... ¡huir de Ventura! ¡Huir de aquella imagen radiante de felicidad!
+¡No escuchar más su voz que causaba en el alma delicias incomprensibles!
+¡No sentir el dulce contacto de su mano fresca y maciza como un botón de
+rosa! ¡Alejarse de sus ojos brillantes y risueños y magnéticos!... ¡Oh,
+no!
+
+Sentía la frente bañada en sudor. Una mortal congoja le acometió
+pensando en esto, como si ya la decisión estuviese tomada, y para salir
+de ella tuvo que decirse:—«Ya veremos, ya veremos... Ahora es muy
+difícil, casi imposible, volverse atrás... La madre ya lo sabe... Don
+Rosendo también... y Cecilia a estas horas acaso...»
+
+El ángel aflojó sus brazos, cansados ya, desprendió las manos y cayó al
+fin rendido. Si no con los del cuerpo, Gonzalo pudo ver con los ojos del
+espíritu su blanca imagen cruzar la atmósfera serena y hundirse en las
+aguas resplandecientes.
+
+Y lloró acometido de extraña tristeza. Esta clase de luchas nunca se
+efectúan en el alma humana sin desgarrarla por algún sitio. Para
+alcanzar la dicha necesitaba pisar el corazón de una inocente joven,
+violar un juramento, ser un traidor. Las palabras de su tío vibraban aún
+en sus oídos:—«Al hombre que falta a su palabra no puede ayudarle
+Dios.» Y, en efecto, él se consideraba indigno de esta ayuda. Un
+presentimiento cruel, indefinido, de desgracia, de muerte, de tristeza,
+le atravesó el pecho, y en intensa y rápida visión observó la fealdad
+de la vida sin virtud ni sosiego, como el caballero de la leyenda que,
+abrazado a una dama joven y hermosa, al oscilar la luz por la fuerza del
+viento la veía transformada en vieja, descarnada y hedionda.
+
+Las aguas batían suavemente el paredón a sus pies. Con los ojos clavados
+en ellas seguía distraído su movimiento ondulante. Las algas, sujetas al
+fondo, se agitaban con el vaivén de las olas semejando la cabellera de
+un muerto. ¡Qué bien se dormiría allí abajo! ¡Qué paz en aquel fondo
+transparente! ¡Qué mágica luz arriba! Gonzalo escuchó por primera vez en
+su vida la voz elocuente de la Naturaleza que invita a reposar en su
+seno maternal, esa voz dulce de irresistible atractivo que los
+desgraciados escuchan hasta en sueños, y que les impulsa tantas veces a
+acercar el frío cañón de una pistola a la sien.
+
+Fué un instante no más. Su feliz temperamento sanguíneo se rebeló contra
+ese llamamiento. La vida, que hervía exuberante en su naturaleza de
+atleta, rechazó con indignación aquel fugaz pensamiento de muerte. Un
+suceso insignificante, la aparición de una lucecita verde en los
+confines del horizonte, bastó para divertir su imaginación de aquellas
+ideas tristes.—«Un barco que quiere entrar—se dijo.—¿Qué hora será?
+(Sacó el reloj.) ¡Las diez y media ya! Si fuese un poco más temprano, me
+quedaría. Vamos a ver si aún está esa gente en el café y quiere jugar
+unos _chapós_.»
+
+Sacó un magnífico cigarro habano de la petaca, lo encendió, y chupándolo
+voluptuosamente, se fué acercando, poco a poco, al café de la Marina.
+
+Casi a la misma hora pasaba en casa de Belinchón una escena triste. Todo
+aquel día, había estado doña Paula en su lecho, quejándose de una fuerte
+opresión en el lado izquierdo, que le dificultaba mucho el respirar. No
+le gustaba llamar al médico, por esa antipatía invencible y aun terror
+que tiene la plebe a la ciencia. En cambio acostumbraba a propinarse
+cuantos remedios absurdos le aconsejaban las muchas mujerucas que
+acudían diariamente a su casa para sacarle los cuartos con viles e
+hiperbólicas adulaciones. Así, que no cesaron las fricciones de sebo de
+carnero, las tazas de hortelana, la enjundia de gallina, etc., etc. Por
+fin, a despecho de esta formidable terapéutica, la buena señora mejoró
+bastante al obscurecer: hasta quiso levantarse; pero se lo impidieron
+Cecilia y Pablito. Uno y otra la habían acompañado largos ratos sentados
+a la cabecera de la cama. En particular Cecilia apenas se separó más
+instantes que los necesarios para preparar las unturas y tisanas.
+Pablito hacía frecuentes, excursiones a los corredores, donde, por rara
+casualidad, tropezaba casi siempre a Nieves y la hacía pagar derechos de
+peaje. A veces, sus carcajadas reprimidas llegaban hasta el cuarto de la
+enferma, y ésta sonreía con benevolencia diciendo a Cecilia:
+
+—¡Qué locos!
+
+Sin ocurrírsele, por supuesto, que su adorado hijo pudiera hacer otra
+cosa que jugar al escondite.
+
+Según iba quedando libre y desembarazado su pecho, cargábasele la cabeza
+con el cuidado de comunicar a su hija aquella tan triste noticia que la
+había puesto en cama. No hacía más que dirigirle largas y melancólicas
+miradas, suspirando al mismo tiempo con señales de dolor. Varias veces
+había dicho:
+
+—Cecilia, oye.
+
+Y otras tantas, arrepentida, la había ordenado cualquier menudencia.
+
+Había cerrado la noche. Venturita encendió la lámpara veladora, y
+después se fué. Pablo, viendo a su madre mejor, y no teniendo ya ocasión
+de ejercer sus derechos señoriales en los pasillos de la casa, fué a dar
+una vuelta por el café. Quedaron madre e hija en la alcoba; la primera
+en la cama, tranquila ya; la segunda, sentada cerca de ella. Después de
+rato largo de silencio, durante el cual la señora de Belinchón dió mil
+vueltas en su cabeza para hallar una entrada que la llevase naturalmente
+a la confidencia que estaba obligada a hacer.
+
+—¿Han cosido hoy mucho las chicas?—preguntó.
+
+—No sé... Apenas he ido por allá—respondió Cecilia.
+
+—Me figuro que, si seguimos trabajando tanto, vamos a concluir
+demasiado pronto.
+
+—Puede ser.
+
+Doña Paula no supo cómo proseguir, y guardó silencio.
+
+Al cabo de algunos minutos cogió el hilo de nuevo.
+
+—En todo este mes de agosto quedará terminado el equipo... Y yo creo
+que tardaréis aún algunos meses en casaros.
+
+—¿Algunos meses?...
+
+—Me parece... Creo que Gonzalo no desea que la ceremonia sea tan
+pronto—dijo la señora con voz temblorosa.
+
+—¿Te lo ha dicho él?
+
+—Sí; me lo ha dicho... Digo, no, decírmelo, no... pero lo he adivinado
+por ciertas cosas... por algunas palabras indirectas....
+
+Doña Paula estaba aturdida y sofocada. Afortunadamente, Cecilia no podía
+observar bien el color encendido de sus mejillas.
+
+—Desearía saber qué palabras fueron ésas—manifestó la joven con
+firmeza.
+
+—¡No me lo preguntes, hija de mi alma!—exclamó la señora rompiendo a
+sollozar.
+
+Cecilia se puso fuertemente pálida, y dejó que su madre le besase con
+efusión la mano que tenía entre las suyas.
+
+Repuesta del susto, preguntó:
+
+—¿Qué ha pasado, mamá?... Habla.
+
+—Una cosa horrible, alma mía... ¡Una infamia!... Quisiera morirme en
+este momento, para no ver la ruindad, la maldad que se hace con una hija
+mía.
+
+—Tranquilízate, mamá. Estás enferma, y puede hacerte mucho daño esta
+emoción.
+
+—¡Qué importa! Te digo que quisiera morirme... Daría con gusto la vida
+por que no quisieras a Gonzalo... ¿Le quieres, corazón mío, le quieres
+mucho?
+
+Cecilia no contestó.
+
+—¡Dime, por Dios, que no le quieres!
+
+Cecilia siguió callada. Al cabo de algunos instantes dijo, esforzándose
+en vano por dar una inflexión segura a la voz:
+
+—Gonzalo renuncia a casarse conmigo, ¿verdad?
+
+A su vez doña Paula guardó silencio y ocultó su rostro lloroso entre las
+manos.
+
+Transcurrieron algunos instantes.
+
+—¿Tiene alguna queja de mí?
+
+—¡Qué ha de tener! ¿Quién podrá tener queja de ti, mi cordera?
+
+—Entonces, si es que ya no le gusto o no me quiere, ¿qué vamos a
+hacer?... Más vale que me desengañe a tiempo.
+
+—¡Oh!—gritó doña Paula rompiendo de nuevo a sollozar. Bajo la aparente
+resignación de su hija adivinaba un dolor profundo, que hacía esfuerzos
+por ocultarse.
+
+—¡Qué le vamos a hacer, mamá! ¿No vale más que me lo diga ahora que
+después de casados? ¿No comprendes la vida de tormentos que pasaría
+unido a una mujer a quien no quisiera?... La pena que puede causarme en
+este momento, por grande que sea, no puede compararse a la que tendría
+al saber que mi marido no me amaba. La pena entonces sería cada vez
+mayor hasta la muerte, mientras que ahora puede desaparecer o por lo
+menos calmarse... Acaso después que él se vaya, no viéndole en mucho
+tiempo le iré olvidando poco a poco...
+
+—Es... que no se va—profirió confusamente la señora.
+
+—Si no se va, paciencia... Procuraré no salir de casa, y así no le
+veré.
+
+—Es que... ¡hija de mi alma, tu desgracia es aún mucho mayor!...
+Gonzalo está enamorado de tu hermana.
+
+Cecilia se puso aún más pálida, hasta dar en lívida, y guardó silencio.
+
+Su madre le volvió a besar la mano con efusión. Después la trajo hacia
+sí y le cubrió de besos el rostro.
+
+—Perdóname que te esté martirizando de este modo... Por mucho que tú
+sufras, aun sufro yo más... Ayer por la tarde, tu hermana me lo vino a
+decir,.. Figúrate el susto y el dolor que habré recibido... Mi primer
+impulso fué ahogarla, porque es imposible que ella no tenga la mayor
+parte de la culpa... Me dió pruebas de que estaban ya hace tiempo en
+relaciones, me enseñó cartas... Luego, la falta de Gonzalo en estos
+días, lo hacía todo creíble. En cuanto estuve convencida de la traición,
+le dije lo que venía al caso, esto es, que yo no podía consentir que
+nadie hiciese burla de una hija mía, y que Gonzalo no pondría más los
+pies en esta casa en toda su vida; que tan villano y tan infame era él
+como ella... Todo lo que se me vino a la boca. Pero esta mañana... esta
+mañana supe una cosa más horrible todavía... Supe que tu hermana ha
+llegado donde no puedo ni quiero decirte. No hay más remedio que
+casarlos, y cuanto más pronto... Ya sabes por qué me ha dado esta
+opresión que por poco me mata, ¡y más valiera que así fuese!... Lo mismo
+tu padre que yo estamos cogidos, tenemos los brazos atados. Si no fuese
+así, antes que consentir en ese matrimonio, me harían primero pedazos...
+La infamia que contigo ha usado ese hombre, me lo hace aborrecible ya
+para toda la vida... ¡Sí, sí, para toda la vida!—añadió con acento
+iracundo.
+
+Cecilia no respondió. Cruzadas las manos sobre el regazo, y la cabeza
+inclinada sobre el pecho, miraba al suelo con ojos atónitos. Ni el
+discurso entrecortado y vehemente de su madre, ni los sollozos que le
+siguieron, lograron hacerla variar de actitud. Así permaneció un buen
+rato, inmóvil y blanca como una estatua.
+
+En aquellos grandes ojos extáticos, tembló al fin una lágrima, creció,
+vaciló... desprendióse rodando, dejando húmedo surco sobre sus mejillas
+marchitas, y cayó como una gota de fuego sobre su mano, que se dejó
+quemar sin moverse. Poco después, se había evaporado. Un ángel la
+recogió y la llevó a Dios para que pidiese cuenta de ella a quien
+correspondiese.
+
+
+
+
+X
+
+DE LA GLORIOSA APARICIÓN DE «EL FARO DE SARRIÓ» EN EL ESTADIO DE LA
+PRENSA.—PRIMEROS FUEGOS DE LA BATALLA DEL PENSAMIENTO.
+
+
+Una nueva y clara luz amanecía sobre Sarrió, después de tantas
+tinieblas. Por la merced y gracia singular de Dios, hallóse la hermosa
+villa provista, cuando menos lo pensaba, de un órgano en la prensa,
+siquiera fuese semanal o «hebdomadario», según decía su ilustre
+fundador. Graves obstáculos, escollos peligrosos se oponían a la
+realización de la empresa. Todos supo vencerlos y evitarlos la
+perseverancia y el genio del hombre extraordinario que la tomara a su
+cargo. La primer dificultad vencida fué la del dinero. Se crearon
+cincuenta acciones de mil reales cada una, para el sostenimiento del
+periódico, de las cuales los amigos de don Rosendo sólo tomaron nueve;
+don Rudesindo cinco, don Feliciano dos y don Pedro Miranda, a pesar de
+su cuantiosa renta, otras dos nada más. En cuanto a los otros, Alvaro
+Peña, don Rufo, Navarro, etc., se disculparon con su falta de recursos,
+y no les faltaba razón. Además, ponían en el negocio su inteligencia,
+que es lo principal. Quedóse con las cuarenta y una restantes, don
+Rosendo. Grandeza singular de ánimo que causó excelente impresión en
+todos.
+
+Despacháronse emisarios a Lancia en busca de imprenta. No habiendo dado
+resultado sus gestiones, el mismo fundador se trasladó a la ciudad. Al
+cabo de algunos días tuvo la fortuna de descubrir a un impresor
+arruinado hacía algunos años, cuyos tórculos rotos y enmohecidos no
+había querido comprar nadie y yacían cubiertos de polvo en un obscuro
+sótano. Cuando don Rosendo fué a examinarlos en compañía de su dueño, no
+pudo menos de sentir respetuosa emoción. Un raudal de graves y profundas
+reflexiones se desprendió acto continuo de su mente al
+contemplarlos:—«He aquí—se dijo—los instrumentos más poderosos del
+progreso humano en vergonzosa holganza, no por culpa suya, sino por el
+abandono de los hombres. ¡Cuánta ilustración, cuánto pan espiritual
+pudieron esparcir en los años que llevan arrinconados y silenciosos!
+Mientras la barbarie y la ignorancia imperan en la mayor parte de
+nuestras comarcas, ellos, que son los únicos que tienen fuerza para
+desterrarlas, permanecían aquí inmóviles, faltos de una mano que los
+empuje y arranque de sus entrañas los secretos de la ciencia y la
+política.»
+
+Poco faltó para que los besara y abrazara tiernamente. El impresor,
+hallándole en tan benévola disposición de ánimo respecto de ellos, no
+quiso ser menos, y se declaró enamorado hasta los huesos de sus
+instrumentos. Por ningún dinero consentiría en desprenderse de aquellos
+antiguos compañeros que le habían ayudado a ganarse el pan (y el vino
+también, según lo que se decía por el pueblo). Cantó sus excelencias con
+tal fuego y entusiasmo, como si fueran sus padres y sus hermanos y a
+ellos debiera el soplo de vida que le animaba, e hizo además la
+importante declaración de que imprimían, si no tan pronto, mejor y mas
+limpio que todas las prensas conocidas hasta el día. De acuerdo con
+estos extremos, don Rosendo se esforzó, no obstante, en convencerle de
+que debía enajenarlos siquiera por que no se perdiesen sus notabilísimas
+cualidades. Pero cuanto más elocuente se mostraba el negociante, más
+tierno y encariñado aparecía el impresor. Por último, se convino en que
+éste no se desprendiese de aquellas prendas, tan caras a su corazón, ya
+que no tenía valor para llevarlo a cabo, y se trasladase con ellas a
+Sarrió, donde se establecerían definitivamente. Llevaría consigo algunos
+cajistas que pudiesen enseñar a otros jóvenes de la villa, y todos los
+enseres necesarios para montar la imprenta. Folgueras, que así se
+llamaba el impresor arruinado, quedaba como dueño y regente de ella.
+Cobraría por la tirada del nuevo periódico un tanto, mayor dos veces,
+según nuestros cálculos, a lo que cobran en las mejores imprentas de
+Madrid. No era mucho si se tiene en cuenta el mérito de los tórculos y
+el acendrado amor que les profesaba.
+
+El título fué uno de los puntos en que mejor se mostró el gallardo
+ingenio e invención de don Rosendo. Intitulólo _El Faro de Sarrió_,
+nombre altamente expresivo y sonoro, y de alcance singular, por cuanto
+no otra cosa se proponía su fundador que esclarecer a su pueblo y darle
+esplendor. Secretamente encargó a Madrid un grabado para la cabeza del
+periódico. Al llegar pocos días después, causó espasmos de alegría,
+tanto entre los accionistas como entre todos los que tuvieron la fortuna
+de verle. Representaba un puerto de mar, Sarrió al parecer, en las altas
+horas de la noche, a juzgar por las negras tintas del cielo y el mar. A
+la izquierda se elevaba una altísima montaña ideal que lo dominaba
+enteramente, y sobre ella se veía un caballero que guardaba cierto
+parecido lejano con don Rosendo, dirigiendo los fuegos de una inmensa
+linterna sobre la villa. Cerca de él percibíanse las cabezas de otros
+cuantos personajes. Los accionistas creyeron de buena fe que eran sus
+efigies, y quedaron vivamente agradecidos al dibujante.
+
+Fué designado como local para la imprenta un almacén de don Rudesindo,
+pagándole la renta, por supuesto. A la redacción se destinó en el mismo
+local un compartimiento, para lo cual hubo que ejecutar algunas obras.
+Montóse al fin la imprenta, no sin muchos e impensados gastos.
+Folgueras, que decía estar provisto de todo lo necesario, no tenía nada,
+y fué preciso encargar a Madrid fundiciones y piezas que faltaban a la
+prensa, construir galerines, comprar mesas, etc., etc. Al fin todo quedó
+arreglado. Don Rosendo trabajaba como un negro, ocupándose hasta en los
+más ínfimos pormenores. Su talento organizador se reveló en esta ocasión
+mejor que nunca. Se nombró redactor en jefe a Sinforoso Suárez, con un
+sueldo de veinticinco duros mensuales, y administrador al hijo primero
+de don Rufo.
+
+Faltaba el papel. Se había telegrafiado a Madrid pidiendo una remesa, y
+no acababa de llegar. La impaciencia de Belinchón era grande. Telegramas
+iban y venían por los alambres eléctricos. Unas veces se decía que
+estaba detenido en Lancia: telegrama a Lancia reclamándolo. Otras, que
+no había pasado de Valladolid: telegrama a Valladolid. Otras, que no
+había salido de Madrid: telegrama a Madrid. Don Rosendo juró en esta
+ocasión que no encargaría más papel a Madrid, y sí lo haría traer de
+Bélgica. Mas lo que fué motivo de disgusto trocóse en placer intenso,
+como sucede siempre, cuando al cabo se les participó que unos cuantos
+fardos habían llegado a Lancia, y que allí esperaban el carro que había
+de traerlos a su destino. Como el periódico estaba ya compuesto hacía
+días, procedióse inmediatamente a la tirada, que había de ser cuantiosa.
+Don Rosendo pretendía esparcirlo profusamente por la provincia, enviarlo
+a todas las de España, y hasta darlo a conocer en las naciones
+extranjeras. Tanto aquél como sus socios asistieron con interés al acto
+de funcionar la máquina. No se cansaron de admirar su complicado rodaje,
+la singular precisión de sus movimientos, y la pasmosa velocidad con que
+imprimía el periódico, pues no bajaban de doscientos los ejemplares que
+dejaba enteramente concluídos en una hora. Su ilustre fundador, no
+pudiendo reprimir el fuego periodístico que le devoraba, se despojó a
+presencia de todos de la levita, y se puso a dar con energía al manubrio
+de la rueda-volante, hasta que el sudor brotó en abundancia de su
+despejada frente. Ejemplo señalado de entusiasmo y amor a la
+civilización que nos complacemos en referir para enseñanza de las nuevas
+generaciones.
+
+Salió al fin _El Faro de Sarrió_ en gran tamaño, porque su fundador no
+quería que se escatimase papel, y bastante bien impreso. La único que
+apareció borroso fué el grabado de la cabecera, hasta el punto de que la
+mayoría del público quedó convencido de que en el individuo que tenía la
+linterna en la mano, se quería representar un negro en vez de la
+respetable persona que ya hemos indicado. Contenía un artículo de fondo
+impreso en letra grande del doce, titulado _Nuestros propósitos_. Aunque
+estaba firmado por La Redacción, era debido únicamente a la pluma de don
+Rosendo. Los propósitos del _Faro_ «al aparecer en el estadio de la
+prensa», eran principalmente defender, «alta la adarga y calada la
+visera», los intereses morales y materiales de Sarrió, combatir la
+ignorancia «en todas sus manifestaciones» y en las batallas ardientes de
+la prensa, luchar sin descanso por el triunfo de las reformas que el
+progreso de los tiempos exigía. La redacción del _Faro_ creía que «había
+sonado la hora de romper definitivamente con las doctrinas del pasado».
+Sarrió deseaba con afán emanciparse de la rutina y de las ideas
+mezquinas, «romper los moldes estrechos en que yacía aprisionado» y
+«entrar de lleno en el dominio de su propia conciencia y de sus
+derechos». «Hacemos votos—decía el articulista—por que la aparición de
+nuestro periódico coincida con un período de actividad moral y material,
+y podamos asistir a una de esas transformaciones sociales que forman
+época en los anales de los pueblos. Si nuestra voz consiguiese despertar
+a la villa de Sarrió de su largo sueño y estancamiento, y lográsemos ver
+lucir pronto la alborada de una era de labor y de estudio propia del
+movimiento reformista que aspiramos a iniciar, ése será el mejor
+galardón que recibirán nuestros esfuerzos y sacrificios.»
+
+El lenguaje no podía ser más noble y patriótico. Y, como siempre, la
+modestia corría a las parejas con la autoridad y la elocuencia.
+
+«No abrigamos la pretensión—decía—de ser los caudillos en esta gran
+batalla del pensamiento que no tardará en iniciarse dentro del recinto
+de Sarrió. Sólo aspiramos a luchar como obscuros soldados, y que se nos
+conceda un puesto en la vanguardia. Allí pelearemos como buenos; y si al
+fin caemos vencidos, lo haremos envueltos en la sagrada bandera del
+progreso.»
+
+Esta alegoría militar, causó excelente impresión entre los vecinos, y
+contribuyó no poco a la entusiasta acogida que el periódico obtuvo.
+Finalmente, el artículo era tan elegante en las palabras, tan lleno de
+graves sentencias, el estilo tan concertado, que el público no tuvo a
+quién atribuírselo dignamente, sino a su glorioso director.
+
+Y así era la verdad.
+
+Insertaba después el periódico un largo artículo de Sinforoso, sobre la
+mujer. Eran dos columnas cerradas de prosa poética, engalanada con todas
+las flores de la retórica, en que se cantaba la dulce influencia de esta
+mitad del género humano. Aseguraba en términos calurosos, que la
+civilización no existe sino en el matrimonio. El amor conyugal es su
+única base. Todo es santo, todo es hermoso, todo es feliz en el lazo
+íntimo que une a dos jóvenes esposos. Esta invitación al matrimonio,
+aunque dirigida al bello sexo en general, iba en particular, según la
+opinión pública, a cierta bella estanquera de la calle de Caborana, cuyo
+amor pretendía Sinforoso hacía algunos años sin resultado. El público
+creía también que la joven concluiría por aceptarla, tanto por los
+términos poéticos en que iba expuesta, como por los quinientos reales
+mensuales que había comenzado a devengar el invitador.
+
+Venía después otro del maestro de la villa, don Jerónimo de la Fuente,
+que era una seria y violenta impugnación de las tres famosas leyes de
+Kepler sobre la mecánica celeste.
+
+Gracias al anteojo que tenía en el balcón de su casa, don Jerónimo había
+hecho una serie de prodigiosos descubrimientos, que daban al traste con
+todos los conocimientos existentes en astronomía. No es maravilla que
+el dignísimo profesor de primeras letras, poseído de legítimo orgullo,
+exclamase al final de su artículo: «¡Bajen, pues, del pedestal en que la
+ignorancia de los hombres los ha colocado esos colosos, portaestandartes
+de una falsa ciencia: Kepler, Newton, Laplace, Galileo. Todos sus
+cálculos se han deshecho como el humo, y sus magníficos sistemas son
+hojas secas que, desprendidas del árbol de la ciencia, no tardarán en
+pudrirse!»
+
+Insertábanse también unos versos de Periquito, el hijo de don Pedro
+Miranda, en que le decía a cierta misteriosa G., que «él era un gusano;
+ella una estrella»; «él una rama; el árbol ella»; «ella una rosa; la
+oruga él»; «ella una luz; él una sombra»; «ella la nieve; el fango él,
+etc., etc.»
+
+Había motivos para sospechar que aquella G... era cierta Gumersinda,
+esposa de un comerciante de harinas, mujer notable por la abundancia de
+carnes, que la hacían caminar con dificultad. Periquito amaba a las
+casadas y a las gordas. Cuando estas dos preciosas cualidades se reunían
+dichosamente en un ser, su pasión no tenía límites. Y tal era el caso
+presente. No hay que pensar, sin embargo, que nuestro joven era un
+animal dañino. Los maridos podían dormir tranquilos en Sarrió. Periquito
+pasaba la vida enamorado, cuándo de una, cuándo de otra señora, pero sin
+acercarse jamás ni osar siquiera enviarle un billete amoroso. Tales
+procedimientos no entraban en su método, el cual consistía
+principalmente en fascinarlas por la mirada. Para esto, dondequiera que
+topaba con ellas, fuese en la iglesia o en el teatro, procuraba, lo
+primero, colocarse a conveniente distancia. Una voz tomada la posición,
+dirigía en línea recta los efluvios magnéticos de sus ojos hacia el
+sujeto pasivo del experimento, que de vez en cuando levantaba hacia él
+los suyos con expresión de asombro. Muchas veces las honradas esposas,
+no considerándose dignas de tan singular adoración, se miraban a todas
+partes, y preguntaban a los que estaban a su lado si por casualidad
+tenían algún tizne en la cara, o llevaban enredado en el pelo cualquier
+hilacho. Periquito era incansable, y tomaba estos asuntos con la
+seriedad que merecían. A veces acaecía pasarse una hora y más sin
+apartar un punto la vista del sitio. Y a veces acaecía también que,
+transcurrida esta hora, cuando ya pensaba el enamorado mancebo que su
+alma se había filtrado por los poros de la obesa dama, y se apoderaba de
+todas sus facultades y sentidos, decía ésta por lo bajo a sus
+compañeras:
+
+—¡Jesús, este mico de don Pedro, qué mirón es!
+
+¡Cuán ajeno estaba el poeta de que la estrella de sus sueños le hacía
+descender de un modo tan odioso en la escala zoológica!
+
+_El Faro de Sarrió_ fué para nuestro amartelado joven un medio admirable
+de dar forma a las vagas fantasías, inquietudes, ardores y tristezas que
+a la continua lo agitaban, y declararse sucesivamente con acrósticos
+misteriosos e iniciales a todas las beldades más o menos macizas que
+ostentaban sus amables curvas por las calles de la floreciente villa.
+
+Venían por fin las gacetillas con su correspondiente título cada una,
+donde brillaba el ingenio, tanto de Sinforoso, como de todos los que
+colaboraban en _El Faro_. Una se titulaba: _A pasear, sarrienses_. El
+gacetillero afirmaba en ella, con estilo sencillo y elegante, que el
+tiempo estaba delicioso, y que nada mejor podían hacer los habitantes de
+Sarrió en las horas de la tarde, que dar un paseo por las amenas y
+frondosas cercanías de la población. Otra: _¡Señor Alcalde, por Dios!_
+Se excitaba a don Roque para que obligase a poner canalones en algunas
+casas.
+
+Posteriormente, esta sección dejó el título de _Gacetilla_ que llevaba
+por el de _Novelas a la mano_, que le puso don Rosendo a imitación de
+las célebres _Nouvelles a la main_ del _Fígaro_.
+
+Cerraba el periódico una charada en verso, que, si no recordarnos mal,
+era la palabra _avellana_.
+
+El folletín estaba a cargo de don Rufo, que hacía año y medio que
+estudiaba el francés sin maestro, por el método Ollendorf. Se resolvió
+a traducir, para el periódico, _Los misterios de París_, obra en seis
+tomos. Excusado es decir que _El Faro de Sarrió_, a pesar de vivir
+algunos años, nunca pudo llegar al tomo tercero. Don Rufo era un
+traductor notable. Si algún defecto podía ponérsele, era el de ajustarse
+demasiadamente al original. Un día se aventuró a decir que «la condesa
+_había echado mano al botón de su secretario_». Esta declaración levantó
+tan gran polvareda entre la gente ignorante, que don Rufo, justamente
+irritado, dejó la traducción del folletín. Se le encomendó a un piloto
+que había hecho muchos años la carrera de Bayona.
+
+El éxito del número primero, como era de esperar, fué prodigioso. El
+artículo de Sinforoso, la sabia disertación de don Jerónimo de la
+Fuente, las gacetillas y hasta los versos de Periquito, todo fué leído y
+justamente celebrado. Pero lo que preferentemente llamó la atención de
+las personas serias y causó en ellas honda impresión, fué el artículo de
+don Rosendo _Nuestros propósitos_. Aquel lenguaje periodístico tan
+animado y fogoso, aquellos tan nobles pensamientos, el entusiasmo por
+los intereses de Sarrió, la franqueza y la modestia que en él
+resplandecían, llenó de júbilo los corazones y les hizo presentir una
+era de prosperidad y bienandanza. Por la noche, la orquesta, dirigida
+por el señor Anselmo con su gran llave lustrosa, dió serenata a la
+redacción. Iluminóse la fachada de la imprenta con farolillos
+venecianos. Las bellas y regocijadas artesanas de Sarrió, cogieron, como
+siempre, la ocasión por los pelos para bailar habaneras y mazurcas sobre
+los duros guijarros de la calle. Los dignos individuos que con la lengua
+de metal rendían tributo de admiración y entusiasmo a los redactores del
+_Faro_, fueron obsequiados por éstos con vino de Rueda y cigarros. La
+alegría rebosaba de todos los pechos y se desbordaba en abrazos tan
+fuertes como espontáneos. Don Rosendo abrazaba a Navarro, Alvaro Peña a
+don Rudesindo, don Rufo a Sinforoso, y don Pedro Miranda al impresor
+Folgueras. Los músicos se abrazaban entre sí, y todos y cada uno a su
+peritísimo director el señor Anselmo. Fuera de la imprenta, y para
+conmemorar también aquel día glorioso, Pablito abrazaba a la blonda
+Nieves, aprovechando la obscuridad de un portal; y varios otros
+mancebos, siguiendo su ejemplo, distribuían igualmente abrazos
+conmemorativos entre las alegres mozas aborígenes.
+
+Lo único que turbó por un instante aquel general contento, fué la
+singular tristeza que se apoderó de Folgueras en cuanto tuvo algunos
+litros de vino en el cuerpo. El recuerdo de Lancia, su pueblo natal, se
+le ofreció súbito al espíritu, dejándole en un estado de tribulación
+difícil de explicar. En el momento en que la algazara y contento
+alcanzaban su grado máximo, llamó aparte a don Rosendo y con lágrimas en
+los ojos, le manifestó que la vida fuera de su patria adorada era para
+él un fardo insoportable. La muerte, antes que perder de vista la
+humilde casa que albergó su cuna, y las calles que tantas veces
+recorrieron sus pies infantiles. Aquella misma semana, si Dios quería,
+contaba dejar a Sarrió y trasladarse de nuevo con sus bártulos a Lancia.
+
+Al recibir de sopetón esta noticia don Rosendo se puso pálido.
+
+—Pero, hombre de Dios, ¿y el número próximo del _Faro_?
+
+—Don Rosendo, bien puede dispensarme... Usted es un caballero... Un
+caballero sabe apreciar los sentimientos de otro caballero... La patria
+antes que todo... Guzmán el Bueno arrojó el puñal por encima de la
+muralla para matar a su hijo... Demasiado lo sabe usted. ¿Eh?... ¿Qué
+hay de eso?... Riego murió en un cadalso. ¿Eh?... ¿Qué hay de eso? Si yo
+fuera de la Inclusa o no tuviese cariño a la camisa que traigo puesta,
+no necesitaba decirme nada. Toda la vida me tendría usted como un perro
+dándole a la rueda... Pero los sentimientos ahogan al hombre... El
+hombre vive, el hombre trabaja, el hombre tiene algunas veces un rato de
+expansión... Y porque beba un vaso, o dos... ¡o tres! ¿ha de olvidar la
+patria?.... ¿Eh? ¿Qué hay de eso?
+
+Don Rosendo llamó a don Rudesindo en su auxilio. Entre los dos trataron
+de disuadirle con poderosas razones. La más poderosa de todas fué una
+nueva botella de vino de Rueda. Después de haberla introducido en el
+cuerpo, los sentimientos patrióticos de Folgueras se debilitaron
+visiblemente. Acto continuo pidió otra botella, la bebió, vomitó, y se
+durmió.
+
+Pensamientos de gloria, vagos deseos de inmortalidad agitaron la mente
+del ilustre fundador de _El Faro de Sarrió_ al tiempo de meterse en la
+cama. Después de apagar la luz, aún continuaron turbándole, hasta que a
+fuerza de dar vueltas lograron cuajarse o adquirir forma. Don Rosendo
+pensó con emoción en la posibilidad de que a su muerte la villa
+agradecida perpetuase su memoria colocando una lápida con su nombre en
+las Casas Consistoriales. _Homenaje de gratitud de la villa de Sarrió a
+su esclarecido hijo don Rosendo Belinchón, infatigable campeón de sus
+adelantos morales y materiales._ No era fácil conciliar el sueño rodeado
+de estas brillantes imágenes. Sin embargo, al cabo se durmió con la
+sonrisa en los labios. Un ángel progresista que el Eterno tiene
+aparejado para estos casos, batió las alas toda la noche sobre su
+frente, inspirándole ensueños felices.
+
+A la mañana siguiente se encontró en la mejor disposición de espíritu en
+que hombre alguno puede hallarse después de coronados sus esfuerzos por
+un éxito lisonjero. Vistióse canturreando trozos de zarzuela. Tomó
+chocolate con la familia, dió un vistazo a los periódicos nacionales y
+extranjeros, y sin tallar el paquete de palillos acostumbrado, lanzóse a
+la calle a cerciorarse del efecto real que el primer número del Faro
+había producido. En la tienda de Graells le recibieron con regocijo, le
+felicitaron por su artículo (que él modestamente no quería atribuirse) y
+hablaron largo y tendido del periódico. Lo que más excitaba el
+entusiasmo de los buenos tertulianos, era la consoladora consideración
+de que Nieva aún no había llegado ni llegaría en mucho tiempo a tal
+grado de perfeccionamiento. Y don Rosendo, un poco recalentado por los
+elogios, prometió emprender campañas activas en favor de todo lo que se
+le demandaba. Uno pedía que se hablara del barranco de la calle de
+Atrás, otro pedía que se colocase un farol cerca de su casa, otro que se
+le tirasen algunas píldoras al rematante de las bebidas, otro que los
+serenos no cantasen la hora porque esto le turbaba el sueño, etc. Don
+Rosendo asentía, fruncía las cejas, extendía la mano abierta en signo de
+protección. El, periódico lo arreglaría todo. ¡Ay del que se rebelara
+contra las reclamaciones de la prensa!
+
+En el estanquillo de doña Rafaela, de la calle de San Florencio, donde
+se reunían algunas honradas matronas de la vecindad con las cuales
+gustaba conversar algún rato, entregado a los palillos, también le
+hablaron del _Faro_. Allí se fijaban preferentemente en el folletín. Don
+Rosendo anunció que el del número próximo era mucho más interesante, y
+se fué. En un corro de marinos que había en el muelle le felicitaron con
+rudo entusiasmo y le insinuaron la idea de que la dársena estaba muy
+sucia y era menester dragarla. Se dragaría: ¡vaya si se dragaría! Don
+Rosendo se alejó gravemente poseído de su omnipotencia. Y al ver rodar a
+lo lejos las olas grandes y encrespadas, se preguntó si no sería
+oportuno dirigirles una excitación por medio de la prensa para que
+moderasen su impertinente agitación.
+
+Como se llegase ya la hora de comer, dió la vuelta hacia casa meditando
+en la grave responsabilidad en que incurriría ante Dios y los hombres
+si, teniendo en sus manos aquel poder soberano, no lo emplease en la
+prosperidad y engrandecimiento de su pueblo natal. Al llegar a la Rúa
+Nueva, se encontró en la acera con Gabino Maza. El bilioso ex oficial le
+saludó muy finamente, le preguntó por toda su familia, y se fué
+enterando con amabilidad de la salud de cada uno de sus miembros.
+Después le habló del tiempo, de la posibilidad de que aquel nordeste
+vivo se trocase pronto en vendaval cerrado, y no pudiesen salir los
+barcos de la carrera de América; se quejó en seguida del polvo que
+había en los caminos, lo cual le impedía pasear; se enteró del precio
+del bacalao y de las noticias que había de la pesca en Terranova. Don
+Rosendo esperaba, como era natural, que le hablase del periódico. Nada:
+Maza no hizo la menor alusión a él. Esto comenzó a desconcertarle y a
+hacer violenta su situación. La conversación giraba de un punto a otro
+sin tocar en nada que se relacionase con la prensa. Al fin don Rosendo,
+algo acortado y enseñando toda la pasta de sus dientes, le dijo:
+
+—¿No ha recibido usted _El Faro_? Se lo he enviado de los primeros.
+
+—Phs... creo que ayer lo han traído a casa; pero aún no lo he
+abierto—respondió Maza con afectada indiferencia.—Vaya, don Rosendo,
+¿gusta usted de comer conmigo?...—Pues hasta la vista.
+
+Don Rosendo quedó un instante clavado al suelo como si le echasen un
+jarro de agua fría. La sangre se agolpó con furia a su rostro, y
+emprendió de nuevo la marcha, vacilante, hacia casa. Como estaba tan
+desprevenido, aquel desprecio fué una puñalada que le llegó a lo más
+vivo. Después que cesó el aturdimiento, le acometió una ira inconcebible
+contra aquel... (no se contentaba con llamarle menos de malvado y
+miserable). Llegó a casa en un estado de agitación deplorable. Aunque se
+sentó a la mesa, haciendo esfuerzos por calmarse, el estómago,
+repentinamente turbado, no quería admitir los alimentos. Estuvo
+taciturno y silencioso durante la comida. De vez en cuando sus labios se
+contraían con sonrisa sarcástica y murmuraba un ¡villano!
+
+—¿Qué tienes, Rosendo?—se atrevió al fin a preguntarle su esposa, que
+ya estaba inquieta.
+
+—Nada, Paulina; que la envidia produce grandes estragos en el mundo—se
+limitó a contestar con amargura.
+
+Una vez vertida esta profunda sentencia, quedó en un estado de relativo
+reposo. Se tendió en una butaca a pensar, y transcurrida media hora
+salió de casa otra vez en dirección al Saloncillo. Al entrar en el café
+oyó la voz de Gabino Maza que gritaba como siempre allá arriba. Se le
+figuró percibir desde la escalera que hablaba del periódico y que lo
+calificaba de «solemne payasada». El corazón le dió un vuelco y entró en
+la sala agitado y triste. Al verle Maza, que gesticulaba en medio de un
+grupo, se calló, púsose el sombrero con ademán hosco y fué a sentarse en
+el diván. Los que le escuchaban, don Jaime Marín, Delaunay, don Lorenzo
+y don Feliciano Gómez, le saludaron con cierto embarazo y como
+avergonzados, lo cual confirmó su sospecha. Disimuló cuanto pudo, y
+esforzándose en poner cara alegre, comenzó a hablar de las noticias que
+corrían. La conversación tomó el rumbo de todos los días; la confianza
+volvió a reinar. Mas el ingeniero Delaunay, personaje tan listo como
+malévolo, sacó la conversación del periódico, preguntando a su fundador
+con risilla irónica en el español chapurrado que usaba:
+
+—¿Qué trabajitos prepara usted para el próximo número, don Rosendo?
+
+—Ya los verá usted cuando salgan—respondió secamente éste, que adivinó
+la burla escondida detrás de la pregunta.
+
+—Aquí, en don Feliciano—prosiguió el ingeniero con la misma
+sonrisa—tiene usted un defensor acérrimo.
+
+—Si me defiende es que alguien me ha atacado—respondió don Rosendo con
+más sequedad aún.
+
+Nadie pronunció una palabra. El silencio se prolongó bastante tiempo,
+hasta que lo rompió el mismo Belinchón haciendo una pregunta indiferente
+a don Jaime, con lo cual la conversación volvió a animarse. Pero no se
+había conjurado el choque sino momentáneamente. La pelota estaba en el
+tejado y no tardó en caer. Maza tenía vehementes deseos de decir a don
+Rosendo que lo del periódico era «una mamarrachada». Este no las tenía
+menos vivas de decirle a Maza que era un envidioso. Y en efecto, a la
+primera ocasión que se presentó, ambos la cogieron por los pelos para
+comunicarse estas gratas noticias. La disputa duró más de dos horas.
+Maza procuraba reprimirse porque don Rosendo era un caballero de más
+edad y le debía quince mil reales. El fundador del _Faro_, por razones
+de prudencia, tampoco se atrevía a soltar enteramente la lengua. Sin
+embargo, al cabo, en mejores o peores términos, todo se dijo para
+edificación de los notables, que se dividieron en favor y en pro de los
+contendientes. Hay que confesar que de parte de Maza se pusieron los
+menos. Los indianos, indiferentes como siempre a estas peleas, se
+asomaban de vez en cuando a la puerta del billar con el taco en la mano,
+para escuchar las razones de los contendientes, e ilustrarse. Para ellos
+aquellas discusiones eran muy provechosas. Les enseñaban una porción de
+términos y frases que no conocían, y se ponían al tanto, aunque fuese de
+un modo superficial, de ciertos problemas de la vida, enteramente
+cerrados para ellos... ¡Lástima que la afición al billar les impidiese
+escucharlas siempre!
+
+El estado de agitación y de cólera en que salió don Rosendo del
+Saloncillo, no puede ponderarse. Su gran carácter elevado y magnánimo,
+fué herido de un modo cruel por la ingratitud y la bajeza de aquellos
+falsos amigos. ¡Horrible tormento debe de ser vivir y morir en la
+obscuridad cuando se ha nacido para brillar en la cúspide de la sociedad
+humana, y consumir las fuerzas recibidas del cielo en el vacío y la
+inacción! ¡Más fiero dolor todavía es ver despreciados los más nobles
+trabajos del espíritu, los esfuerzos generosos por el triunfo del bien y
+la verdad! Tal fué el caso de Sócrates, Colón, Galileo, Giordano Bruno,
+y tal también el de nuestro héroe. La primera mordedura de la envidia le
+causó el dolor agudo que debieron sentir estos grandes bienhechores del
+género humano. Su espíritu vaciló. Fué un instante nada más, un desmayo
+pasajero que sirvió para acreditar mejor el temple admirable de su alma.
+
+Sin embargo, aquella noche no pudo cenar. Tardó mucho tiempo en
+conciliar el sueño. ¡A cuántas tristes consideraciones se presta este
+caso! Mientras la turbamulta de los sarrienses desprovistos de ingenio,
+de ilustración y de ánimo, dormía a pierna suelta, aquel hombre
+benemérito se revolcaba en su cama como en lecho de espinas, sin lograr
+las caricias del sueño reparador.
+
+A la mañana siguiente se levantó un poco pálido y ojeroso, pero firme y
+resuelto a proseguir su obra de regeneración, a despecho de todos los
+obstáculos morales y materiales que surgiesen en su camino. Aquella
+noche de insomnio, en vez de enflaquecer su ánimo y despegarle de su
+empresa, le confirmó en ella, le dió alientos para llevarla a feliz
+remate. El fuego consume y hace pavesas la paja; al oro lo acendra.
+
+Ocupóse, pues, con brío en trazar el plan del segundo número que habría
+de aparecer el jueves próximo. Y como siempre acontece, el éxito feliz
+trajo consigo la voluntad de ayudarle. Muchos fueron los trabajos que se
+le ofrecieron para el segundo número; mas la mayor parte no eran de
+paso. La falta de espacio obligóle también a rechazar algunos que lo
+eran. Con esto hubo algunas murmuraciones y desabrimientos. Segundo
+escollo con que tropezó su patriótica empresa.
+
+Pero al publicarse el quinto número surgió otro de mayor cuenta que
+produjo en el pueblo honda sensación y arrastró consigo fuertes
+torbellinos. Sucedió que Alvaro Peña, firmemente convencido, como ya
+sabemos, de que todos los dolores e imperfecciones que padecemos los
+humanos dependen exclusivamente de la preponderancia del clero,
+propúsose aprovechar el arma del periódico para emprender contra él una
+activa campaña. Y para comenzar lanzó, a guisa de guerrilleros, unas
+cuantas gacetillas. Preguntaba por los fondos de cierta cofradía del
+Rosario, que no parecían, hablaba en términos irrespetuosos de las Hijas
+de María, y decía chuscadas a propósito de la novena, de las confesiones
+y de los escapularios con que se adornaban las jóvenes beatas de la
+villa. Pero a quien iban particularmente dirigidos los tiros era a don
+Benigno, el teniente párroco, director de las conciencias femeninas de
+Sarrió, y caudillo de todos aquellos combates librados contra el pecado.
+El párroco era un hombre apático, viejo ya, que pasaba la vida en una
+casita de campo que poseía cerca de la población, dejando de buen grado
+a su teniente el cuidado del rebaño místico. Y don Benigno cumplía su
+cometido como pastor vigilante y celosísimo, rondando el rebaño noche y
+día, para que el lobo no le arrebatase las ovejas, y criando algunas con
+esmero y a la mano para ofrecerlas al esposo bíblico. Nada puede
+igualarse al ardor con que don Benigno procuraba esposas al Altísimo. En
+cuanto una joven se arrodillaba a sus pies para confesarse, se creía en
+el caso de insinuarle que el mundo estaba corrompido, que no había por
+dónde cogerle, el condenarse facilísimo, el amor terrenal una
+inmundicia, los mismos afectos de hija y de hermana despreciables, el
+tiempo para merecer la salvación muy limitado. En su consecuencia lo
+mejor, abandonar este mundo terrenal (don Benigno era muy aficionado a
+este adjetivo), y correr a entregarse a Jesús, penetrar en la gruta
+deleitosa de que habla San Juan de la Cruz, y dejar allí olvidado su
+cuidado. Conocía él un rinconcito feliz, un verdadero pedacito del
+cielo, donde se gozaban anticipadamente las delicias que Dios tiene
+reservadas a sus siervas. El rinconcito era un convento de Carmelitas
+que acababa de fundarse en las afueras de la villa, y del cual era el
+teniente grande y decidido protector. Por cierto que esto tenía un poco
+desabrido a don Segis, el capellán de las Agustinas, aunque no osaba
+manifestarlo, porque no le convenía ponerse mal con su compañero.
+
+La insinuación producía efecto unas veces, otras no. Rara la dejaba caer
+don Benigno en los oídos de una vieja. Quizá porque calculase que a
+Jesús le gustaban más dos de quince que una de treinta, o porque las
+hallase más reacias y desconfiadas que las niñas. De todos modos,
+aquella cacería espiritual tenía episodios interesantes. En cierta
+ocasión el teniente fué víctima de la agresión de un joven a quien había
+arrancado su hermana para el convento. En otra, después de haber
+buscado dote para una muchacha y haberla provisto de ropa, la futura de
+Cristo se escapó de la noche a la mañana con un oficial de sastre. Don
+Benigno acostumbraba a conducir él mismo las esposas a la morada del
+Esposo. Cuando había dificultades que vencer por parte de la familia, se
+portaba con la habilidad y la osadía de un consumado seductor.
+Organizaba y llevaba a cabo el rapto de la virgen con una astucia que
+para sí la quisieran muchos tenorios mundanos.
+
+De esto sacó pretexto Alvaro Peña para hablar en una gacetilla de cierto
+sacerdote aficionado a «cazar palomas». Ahora bien; como ya conocemos la
+afición de don Benigno a la cría de pichones, la gacetilla iba
+directamente a él y con una intención diabólica. Los lectores así lo
+comprendieron. Se comentó y rió no poco el dañino suelto.
+
+Al verse de aquel modo en ridículo, el excusador, que tenía un
+temperamento susceptible y bilioso, como todos los artistas, se
+enfureció terriblemente.
+
+—¿Ha leído usted el _papelucho_ de don Rosendo?—preguntó por la noche
+en casa de la Morana a don Segis. Es de advertir que desde la primera
+gacetilla irreligiosa don Benigno no volvió a llamar de otro modo al
+_Faro de Sarrió_.
+
+—Sí, lo he leído esta mañana en casa de Graells.
+
+—¿Y qué le parece a usted de aquella indignidad?
+
+—¿Cuál?—preguntó con sosiego el capellán.
+
+—Hombre, ¿no ha leído usted las infamias que dicen de mí?
+
+Don Segis levantó el vaso a la altura de los ojos, examinó detenidamente
+el dorado líquido, lo acercó a los labios y bebió con pausa. Después de
+toser y desgarrar un poco, y limpiarse la boca con un pañuelo de
+hierbas, dijo gravemente:
+
+—Phs... la intención no es buena que digamos... Pero vale más tomar las
+cosas con calma. Nada se adelanta con alterarse.
+
+El teniente, que esperaba que don Segis participase de su indignación,
+recibió un nuevo golpe, y calló, devorando su enojo. En esta ocasión fué
+cuando se manifestó la sorda enemiga del capellán de las Agustinas por
+la injustificada preferencia que don Benigno otorgaba al convento
+naciente. El teniente se volvió entonces hacia el señor Anselmo y don
+Juan el Salado. Estos tuvieron la atención de manifestarse disgustados
+por la gacetilla, aunque sin hacer tampoco extremos. Ya sabemos que esto
+no se acordaba con la naturaleza de aquella templada y patriarcal
+reunión.
+
+Pero al jueves siguiente, Alvaro Peña dejaba descansar a don Benigno y
+«se metía» con el capellán de las monjas, publicando de él una semblanza
+en verso, en que se hacía muy graciosa mención del matrimonio de las
+copas de ginebra con los vasos de vino blanco. Le tocó entonces
+enfurecerse a don Segis, y tomarlo con calma a don Benigno. Mas el
+sosiego de éste era aparente, y sólo para vengarse del de don Segis. En
+realidad, su herida manaba sangre todavía. Así, que no tardó en
+realizarse la conciliación, poniéndose ambos con inusitado ardor a
+quitar el pellejo a todos y a cada uno de los que escribían en el
+«papelucho de don Rosendo», principiando por éste, su ilustre fundador,
+y concluyendo por el dueño de la imprenta. No se les ocultaba que el
+autor de las chufletas era Alvaro Peña. Pero como siempre habían tenido
+a éste por un desalmado _masón_, capaz de beberse la sangre toda del
+clero de Sarrió, por no repetirse, le dejaron pronto para cebarse
+principalmente en Sinforoso. Las razones que tenían para ello, eran que
+éste había sido seminarista; por consiguiente, un traidor. Luego
+procedía de la misma cepa, porque su padre era carlista y su abuelo lo
+había sido también. Además podía dispensarse hasta cierto punto que don
+Rosendo Belinchón, don Rudesindo, Alvaro Peña y don Rufo, todos hombres
+que significaban algo en la villa, se despachasen a su gusto... ¡pero
+aquel petate!... ¡aquel hambrón!
+
+Excitado por la murmuración, don Benigno bebió algunos vasos más de los
+acostumbrados, y el capellán no quiso quedarse atrás. Cuando los
+tertulios salieron de la tienda formando la clásica cadena, don Segis
+advirtió con satisfacción que la pierna entumecida le pesaba menos, y se
+lo hizo observar a don Benigno, que le dió por ello la enhorabuena.
+Luego, cuando a los pocos pasos se desprendieron todos para desalojar el
+ácido úrico de su cuerpo frente a las tapias de las Agustinas, el mismo
+don Segis manifestó en voz alta que aquella noche no tenía deseos de
+irse a la cama, y les acompañaría. Mas el teniente le dijo al oído que
+deseaba hablar con él en secreto, y ambos se quedaron delante del
+convento.
+
+—Amigo don Segis, ¿qué le parece a usted de ir a limpiar los mocos al
+hijo del Perinolo?
+
+—¡Grave! ¡grave! ¡grave!—murmuró don Segis.
+
+—Si pudiéramos darle una sopimpa, sin escándalo, se entiende...
+
+—¡Grave! ¡grave!
+
+—A las once u once y media sale del café. Podemos esperarle por allí
+cerca y alumbrarle algunos coscorrones.
+
+—¡Grave! ¡grave! ¡grave!
+
+—¿Es usted un hombre o no lo es, don Segis?
+
+La pregunta, aunque inocente, causa honda perturbación en el espíritu
+del capellán, a juzgar por la serie de muecas y ademanes descompuestos a
+que se entrega antes de pronunciar una palabra.
+
+—¿Quién? ¿Yo?... ¡Parece mentira que un amigo y un compañero me diga
+cosa semejante!
+
+Y dió la vuelta muy conmovido y se llevó el pañuelo a los ojos, de donde
+brotaban algunas lágrimas.
+
+—Pues los hombres se portan como hombres. Vamos a castigar la
+insolencia de ese pelgar.
+
+—¡Vamos!—profirió con firmeza el capellán, echando a andar en
+dirección a su casa.
+
+—Por ahí no, don Segis.
+
+—Por donde usted quiera.
+
+Los dos clérigos se cogieron del brazo y empezaron a caminar, no sin
+ciertas vacilaciones explicables, en dirección al café de la Marina. No
+será de más decir que ambos vestían de seglar por las noches, con sendas
+levitas negras de largo faldón y manga apretada, botas de campana y
+enormes sombreros de felpa.
+
+Un buen cuarto de hora invirtieron antes de llegar a las cercanías del
+café. Una vez allí, ofuscados por las luces como cándidas mariposas,
+quisieron caer, y retrocedieron.
+
+—Lo mejor será esperarle hacia su casa. Aquí hay todavía mucha
+gente—dijo don Benigno.
+
+Don Segis se mostró humilde también esta vez, siguiendo el impulso de su
+compañero.
+
+En la calle de Caborana, esquina a la del Azúcar, que la pone en
+comunicación con la Rúa Nueva, se situaron ambos como punto estratégico
+por donde el enemigo había de pasar, dado que su casa estaba situada al
+final de la calle de Caborana. Los dos clérigos tenían la firme voluntad
+de los navarros en el desfiladero de Roncesvalles. Así que soportaron
+con heroica impavidez, durante media hora de espera, la lluvia menuda
+que estaba cayendo, sin que el temor del reumatismo ni otra
+consideración temporal les hiciese moverse una pulgada del puesto que
+ocupaban.
+
+Al fin, descuidado y satisfecho, después de haber sostenido larga y
+acalorada discusión en el café, se retiraba el redactor en jefe del
+_Faro_ hacia su casa, cuando inopinadamente le sale al encuentro el
+irritable teniente, que le dice con su voz chillona:
+
+—Oiga usted, mocito, ¿quiere usted repetirme ahora las insolencias que
+ha dicho en el papelucho de don Rosendo? Tendría mucho gusto en ello.
+
+La sorpresa, el acento sarcástico y amenazador del clérigo, y la vista
+del bulto de don Segis, que permanecía a algunos pasos, inmóvil, como
+fuerza de reserva, infundieron tal pavor en Sinforoso, que en algún
+tiempo no pudo articular palabra. Sólo cuando el teniente avanzó hacia
+él un paso, logró decir:
+
+—Tranquilícese usted, don Benigno. Yo no le he nombrado a usted.
+
+—¡Hola!—exclamó el clérigo con sonrisa feroz,—parece que ya no
+cantas, tan alto... ¿Qué tiene el gallo que no canta? ¿Qué tiene el
+gallo que no canta, guapito?
+
+Don Benigno avanzó un paso, y Sinforoso retrocedió otro.
+
+La reserva de don Segis avanzó también para conservar la distancia
+estratégica.
+
+—¡Tranquilícese usted, don Benigno!—gritó Sinforoso con terror.
+
+—¡Si estoy muy tranquilo, guapo! No deseo más que oir otra vez aquello
+de las palomas, que me ha hecho mucha gracia.
+
+—¡Yo no lo he escrito!—exclamó con angustia el hijo del Perinolo.
+
+—¿De veras no lo has escrito, guapo?... ¡Pues para cuando lo escribas!
+
+Y descargó una bofetada en la pálida mejilla del redactor.
+
+—¡Sosiéguese usted, don Benigno!—exclamó el desdichado retrocediendo,
+y extendiendo hacia adelante las manos.
+
+—No te digo que estoy muy tranquilo, majo. ¡Toma otra palomita!
+
+Y le dió otra bofetada.
+
+—¡Por Dios, don Benigno, sosiéguese usted!
+
+—¡Allá va otra palomita!
+
+Nueva bofetada.
+
+Digamos ahora, antes de pasar adelante, que de las que se dieron en
+Sarrió en los dos años siguientes a la aparición del _Faro_ (y sabe Dios
+que el número es incalculable), lo menos una mitad fueron a parar a las
+mejillas de este joven distinguido.
+
+No pudiendo calmar con sus ruegos al enfurecido excusador, y sospechando
+que el bando de palomas iba a ser numeroso, el redactor en jefe del
+_Faro_ gritó con todas sus fuerzas:
+
+—¡Socorro, que me matan!
+
+Y trató de dar la vuelta para huir; pero los dedos acerados del clérigo
+le retuvieron por un brazo. Al mismo tiempo don Segis, creyendo llegado
+ya el momento de entrar en fuego, le descargó con su bastón de ballena
+un garrotazo en las espaldas.
+
+—¡Socorro!—volvió a gritar el desdichado.
+
+Es el caso que en aquel momento llegaba de la tienda de Graells, donde
+acostumbraba a pasar las noches, el invicto ayudante de marina Alvaro
+Peña, que tenía su domicilio en la calle del Azúcar. Al escuchar los
+gritos de su amigo, echó a correr hacia el sitio, diciendo:
+
+—¿Qué pasa, Sinforoso, qué pasa?
+
+—¡Auxilio, don Alvaro, que me matan!
+
+—Fijme, Sinforoso, ¡que allá va socojo!—le volvió a gritar acercándose
+rápidamente.
+
+Los clérigos, oyendo la voz de aquel odioso y terrible enemigo de la
+Iglesia, soltaron la presa; pero enardecidos por el combate, trataron de
+hacerle frente poniéndose en línea de batalla con los bastones en alto.
+Al divisarlos Peña, se estremeció de ira y de gozo al mismo tiempo.
+
+—¡Son curas!
+
+Vibró el bastón en su mano y el enorme sombrero de don Benigno saltó
+veinte varas lejos. El teniente retrocedió. Don Segis avanzó y trató de
+alcanzar con el palo la cabeza del ayudante; pero antes que pudiera
+hacerlo, un garrotazo le había caído sobre el cogote, dejándole
+malparado.
+
+—¡Debiera suponejlo, caramba! Sólo estas aves nocturnas son capaces de
+esperaj traidoramente a un hombre indefenso, alterando el ojden público
+y tujbando el sueño de los vecinos... Es menestej concluij con esta raza
+de alimañas que chupan la sangre del pueblo, y aspiran a tenejlo sumido
+en la bajbarie... ¡Estos son los ministros de Dios! ¡Los apóstoles de la
+claridad! ¡Los etejnos pejturbadores del ojden social!...
+
+Ni aun en estos críticos instantes podía el ayudante prescindir de
+aquella retórica anticlerical que acostumbraba a usar, y de sus frases
+campanudas. A cada una acompañaba un garrotazo. Los clérigos, no
+pudiendo sostener su rabioso empuje, volvieron grupas, y emprendieron
+desaforadamente la carrera. El teniente pronto se vió fuera del alcance
+del palo, mas el pobre don Segis, con el peso extraordinario de su
+pierna izquierda, se quedó rezagado, y tuvo que sufrir las caricias del
+bastón de Peña buen rato. A lo lejos se oía la voz de éste, gritando con
+chistosa corrección:
+
+—¡Hipócritas! ¡Sepulcros blanqueados! ¿Es esto confojme con el espíritu
+del Evangelio, canallas? ¡Predicáis la paz y el amoj entre los hombre, y
+sois los primeros en barrenaj los textos sagrados! ¡Cuándo sacudiremos
+vuestro yugo, y nos emanciparemos de la esclavitud en que nos tenéis
+desde hace tantos siglos!
+
+Cualquiera imaginaría al escucharle que estaba pronunciando un discurso
+en algún club democrático, y no administrando una soberana paliza.
+
+Así terminó aquella refriega.
+
+A la mañana siguiente el ayudante recibió la visita del párroco de
+Sarrió que venía a suplicarle encarecidamente que no se hablase de aquel
+incidente desagradable en el periódico, prometiendo en cambio todo
+género de satisfacciones por parte del teniente y don Segis, lo mismo a
+él que a Sinforoso. Peña no quiso ceder a su demanda. La ocasión era
+admirable para abrir brecha en los enemigos de la libertad y del
+progreso. En efecto, el primer número del _Faro_ insertó una relación
+circunstanciada escrita en estilo jocoso de todo lo ocurrido.
+
+Con esto los ánimos del clero y de las personas timoratas de la villa
+quedaron grandemente sobreexcitados.
+
+
+
+
+XI
+
+QUE GONZALO SE CASÓ.—GRAVES REVUELTAS ENTRE LOS SOCIOS DEL SALONCILLO
+
+
+Los altos y graves negocios que embargaban a don Rosendo, no
+consintieron que dedicase al desagradable suceso que en el mismo tiempo
+turbaba la quietud de su casa, aquella atención preferente que en otra
+sazón le hubiese dedicado. Sin embargo, al tener noticia de la traición
+de Gonzalo y del extravío de su hija menor, sintióse fuertemente
+alterado. Tuvo con su esposa largas y vivas pláticas acerca del asunto.
+Prueba irrecusable de que los grandes hombres, aunque solicitados por
+tantos y tan elevados pensamientos, no desdeñan por eso las cosas que
+tocan a la vida íntima, como vulgarmente se asegura. Su primer impulso
+fué despedir a Gonzalo y encerrar a su hija en un convento. Las súplicas
+de doña Paula y la reflexión, que ejercía sobre su claro espíritu
+imperio absoluto, le hicieron volver sobre tal acuerdo. Al cabo de
+algunos días de dudas (pocos, porque otros cuidados le reclamaban), vino
+en permitir que se casasen los descarriados jóvenes, no sin celebrar
+antes una conferencia con Cecilia y escuchar de sus labios que
+perdonaba, de buena voluntad a su hermana, y deseaba que cuanto más
+pronto se celebrase el matrimonio.
+
+Obtenido el consentimiento, una tarde se presentó Gonzalo en casa de
+Belinchón. Hacía quince días que no había estado en ella. Sentía el
+corazón singularmente agitado, aunque sus deseos tan cumplida y
+brevemente hubieran sido satisfechos. Temía la primera entrevista, y no
+le faltaba razón. Doña Paula le recibió con marcada frialdad, y hasta en
+los criados halló una sombra de hostilidad que le hirió. Por otra parte,
+la idea de encontrarse con Cecilia le hacía temblar. Mas cuando se
+presentó Venturita en la sala, todos los temores y tristezas se
+desvanecieron. Su charla animada, el suave centelleo de sus ojos,
+aquellos ademanes graciosos y desenvueltos iluminaron su alma
+repentinamente y tocaron en ella a gloria. Olvidado de todo y enajenado
+por el timbre adorable de su voz se hallaba, cuando entró en la sala
+Cecilia. La vista de su víctima le produjo una extraña y violenta
+impresión. Levantóse del asiento automáticamente. Su fisonomía cambió de
+color. Cecilia se acercó a él con paso firme y le alargó la mano con la
+misma plácida sonrisa de siempre.
+
+—¿Cómo te va, Gonzalo?
+
+Parecía que le había visto el día anterior, y que nada de particular
+había sucedido. Sólo su tez estaba un poco más pálida.
+
+Tal confusión se apoderó del joven, que no pudo contestar a esta
+sencilla pregunta sin balbucir. La mirada clara y tranquila de Cecilia
+le hizo el mismo efecto que una corriente eléctrica. Volvióse a doña
+Paula, y el rostro de ésta se hallaba fuertemente fruncido con expresión
+severa y dolorosa. Venturita miraba hacia los balcones con afectada
+indiferencia. Al fin se sentó todo convulso. Cecilia, que venía a pedir
+a su madre las llaves de los armarios, salió de la estancia dirigiéndole
+una tranquila sonrisa de despedida.
+
+Comenzaron los preparativos de matrimonio. Doña Paula tuvo la
+delicadeza, rara en una mujer nacida en el pueblo, de no consentir que
+pieza alguna de ropa destinada a Cecilia sirviese para su hermana.
+Hízose, pues, un nuevo equipo apresuradamente. Cecilia trabajó en él,
+con sorpresa profunda de las costureras. Unas lo achacaban a bondad,
+otras a indiferencia. Lo cierto es que su fisonomía, aunque un poco
+marchita, expresaba la misma serena alegría de siempre. Sus manos se
+movían formando las iniciales de su hermana con la misma ligereza que
+cuando bordaba las suyas. Pero las tijeras al cortar, _chis, chis_, y
+las agujas al coser, _cruj, cruj_, no le decían ya aquellas cosas tan
+lindas que la hacían temblar de gozo, sino otras muy horribles, ¡ay! muy
+horribles. Quedaban sepultadas en su corazón. El mejor lector no leería
+en sus ojos grandes, hermosos y suaves más que el capítulo risueño de
+siempre.
+
+—¿No te lo decía yo, mujer?—murmuraba Teresa al oído de Valentina
+mirando a nuestra joven.—Si la señorita Cecilia no puede querer a
+nadie.
+
+Gonzalo huía de entrar en la sala de costura. Cuando alguna vez lo
+hacía, se mostraba tan alterado y confuso, que las bordadoras se
+guiñaban el ojo sonriendo. Al verle de aquel modo y a Cecilia tan
+sosegada e indiferente, cualquiera trocara los papeles que ambos habían
+hecho en aquel triste episodio de amor.
+
+Las lenguas, en tanto, allá afuera, en las calles, en las tiendas, en
+las casas y en los paseos, no se daban punto de parada. El
+acontecimiento había causado profunda sensación en la villa. Mientras se
+preparaba el matrimonio con Cecilia, la opinión general era que Gonzalo
+daba pruebas de tener un gusto deplorable. Se despellejaba a la pobre
+muchacha, y se la ponía poco menos que como un monstruo de fealdad.
+Todos se maravillaban de que no hubiese elegido a su hermana, tan linda,
+tan graciosa. En cuanto aprendieron el cambio, las opiniones viraron
+asimismo repentinamente. ¡Qué escándalo! ¡Qué acción tan villana! ¡Qué
+padres los que consienten tal ultraje! ¿Dónde está la vergüenza de los
+hombres? ¡Pobre niña, tan buena, tan esbelta, con unos ojos tan
+hermosos!—Yo la encuentro más bonita que su hermana.—Yo lo mismo...
+
+No dejemos escapar la ocasión de decir que esta constante censura, este
+eterno descontento de los hombres respecto de las acciones de sus
+semejantes, que tanto nos desespera, no supone tanta ruindad de
+intención, maldad o envidia en ellos como nos complacemos en creer
+siempre que somos objeto de crítica. No es otra cosa que un testimonio
+claro de la imperfección de nuestra existencia planetaria y del amor al
+ideal que todo hombre lleva dentro de sí sin verlo jamás realizado.
+Después de habernos así mostrado filósofos y optimistas, prosigamos
+nuestra narración.
+
+Llegó el día del matrimonio. Efectuóse de madrugada dentro de la misma
+casa de Belinchón, con asistencia de algunos parientes y amigos. Después
+de tomar chocolate, partieron los novios para Tejada.
+
+Era ésta un posesión situada a una legua próximamente de la villa, donde
+el genio de don Rosendo, secundado por el dinero, había tenido ocasión
+de desenvolverse libremente y dar prodigiosos frutos. Cuando la
+comprara, hacía más de veinte años, constituíanla unos cuantos prados y
+un bosque donde pastaban las vacas y cantaban los malvises, jilgueros y
+mirlos. Don Rosendo principió por desterrar esta colonia indígena y
+substituirla por otra extranjera. El ganado del país fué proscripto
+trayendo en su lugar otro de Suiza. Con igual severidad fueron
+arrojados, a tiros, de los árboles, los pajaritos antiguos, para colgar
+un sinnúmero de jaulas con aves raras y exóticas, que graznaban
+miserablemente todo el año a la salida del sol. El espíritu emprendedor
+y reformista de don Rosendo, no se detuvo tampoco en el reino animal.
+Con la misma audacia pasó al vegetal, e hizo cambiar por entero la faz
+de aquellos campos. Poco a poco, a impulsos del hacha y de la sierra,
+fueron desapareciendo los copudos y grandes castaños de hojas anchas y
+frescas con sus torsos retorcidos de piel rugosa, los gigantescos robles
+que habían renovado sus hojas picadas más de trescientas veces, los
+nogales que parecen enormes plantas de albahaca, los jugosos pomares,
+cuyas ramas se doblan hasta dejar delicadamente el fruto en el suelo, y
+otros árboles de arraigo y respetabilidad en el país. En su lugar se
+plantaron _washingtonias, wellingtonias, araucarias excelsas_ y otros
+muchos árboles de casta extranjera, perteneciendo en su mayor parte a
+la familia de las coníferas. Esto hacía que la posesión, en concepto del
+vulgo, guardase cierto parecido con un cementerio. Respondía don Rosendo
+a tal observación, que las coníferas tenían la ventaja de conservar la
+hoja por el invierno. Replicaba el vulgo que de este modo parecía un
+cementerio por el invierno y por el verano. Don Rosendo no se dignaba
+contestar a esta sandez, y tenía razón.
+
+Como lo que mucho vale mucho cuesta, aquellos extranjeros de ambos
+reinos, se llevaban una buena parte de la renta de Belinchón. Los
+pajaritos del país se buscaban el alimento y aliñaban sus plumas sin
+necesidad de ayuda de cámara. Los de fuera, encerrados en jaulas y
+enormes pajareras construídas al efecto, exigían algunos servidores para
+procurarles la adecuada alimentación y hacerles la limpieza. Después, la
+nostalgia causaba en ellos grandes claros, que se llenaban encargando a
+París y Londres nuevas y costosas remesas. Lo mismo pasaba con los
+vegetales. Para que uno se lograse a fuerza de cuidados y desvelos,
+perecían treinta o cuarenta. La vigilancia constante de los jardineros
+no bastaba a impedir esta considerable mortandad.
+
+La casa, tampoco era de estilo nacional, ni siquiera europeo. Estaba
+construída según los preceptos de la arquitectura chinesca, llena de
+torrecillas festonadas por todos lados. Qué conexión tenían estas
+diminutas torres de ladrillo con la famosa de Babel, donde los idiomas
+se confundieron, nosotros no lo sabemos; pero debemos manifestar que a
+esta fábrica así guarnecida, la llamaban en el país _la Babilonia de don
+Rosendo_. Estaba suntuosamente amueblada. No faltaba dentro de ella
+ninguna de las comodidades y refinamientos que la moderna civilización
+proporciona a los ricos. Tenía una famosa habitación decorada al estilo
+persa, cuarto de baño, un espacioso comedor medianamente pintado y
+algunos lindos gabinetes pequeños y tibios, donde la luz entraba cernida
+por cristales de colores.
+
+A este nido vinieron a parar Gonzalo y Ventura dos horas después de
+hallarse unidos para siempre. En el camino se habían hablado con
+desembarazo de cosas indiferentes. El joven había aplicado algunos besos
+en las mejillas de la niña, lo mismo que cuando novios. Mas al llegar a
+la _babilonia_, y encontrarse solos en la cámara persa, sintióse
+extrañamente confuso y acortado. Buscaba asuntos de conversación, y en
+todos se perdía. Venturita apenas le contestaba mirándole de reojo, con
+una expresión entre burlona y apasionada.
+
+—Mira, ¡calla, calla! Estás diciendo muchas tonterías... Calla, y dame
+un beso—concluyó por decirle riendo, y tapándole la boca con su
+primorosa mano.
+
+Gonzalo se puso colorado, y la abrazó con frenesí.
+
+Su embriaguez en los primeros días rayó en locura. Venturita era, por su
+belleza singular, por la expresión lánguida y voluptuosa de sus ojos,
+por la tendencia invencible al descanso, una verdadera odalisca. Pero no
+como éstas solamente un animal hermoso, sino animada por ingenio
+chispeante, que desbordaba a cada momento en graciosos equívocos y
+felices ocurrencias. Gonzalo se desternillaba de risa, sin comprender
+que es peligroso que los maridos rían demasiado los chistes de sus
+mujeres.
+
+La vida que hacían era harto sedentaria. A Ventura no le gustaba salir
+de casa. El sol le producía dolor de cabeza; el fresco de la tarde le
+irritaba la garganta. Cuidaba del aliño de su persona, y variaba de
+trajes lo mismo que si se hallase en Madrid. En su tocador pasaba una
+gran parte del día. Esto no disgustaba a Gonzalo. Al contrario, cuando
+la veía salir tan linda y gallarda, exhalando, como las flores
+tropicales, un perfume penetrante, sentíase poseído de entusiasmo. Un
+estremecimiento voluptuoso agitaba todo su ser, pensando que aquella
+obra exquisita de la Naturaleza era suya, enteramente suya.
+
+Sin embargo, no lo era tanto como él se figuraba. Algunas veces la joven
+esposa, medio en serio, medio en broma, se encerraba en su cuarto. Allí
+pasaba tres o cuatro horas sin consentir que entrase, a pesar de los
+ruegos cariñosos que le dirigía por el agujero de la llave.
+
+—Te privo de mi vista por algún tiempo—decía después riendo,—para que
+desees más el tenerme junto a ti.
+
+Y, en efecto, por medio de estas coqueterías, el apetito del joven
+crecía extremadamente, y se convertía en delirio.
+
+A las horas que bien le placía a la hermosa, salían a pasear por los
+jardines, sin alejarse mucho. Al llegar a algún sitio umbrío y fresco,
+de los pocos que la mano reformista de don Rosendo había dejado, la niña
+quería sentarse; pero no sobre la hierba ni sobre un banco rústico. Era
+menester que Gonzalo corriese a casa y trajese una butaca.
+
+—Ahora, siéntate aquí a mis pies.
+
+El mancebo se postraba y besaba con entusiasmo las manos que la gentil
+esposa le tendía.
+
+—¡Sansón y Dalila!—exclamaba ella riendo y hundiendo sus manos como
+copos de nieve en la rubia y rizada barba de su marido.
+
+—Tienes razón—respondía él dando un suspiro.—Un Sansón sin cabellos.
+
+—¡Qué no tienes cabellos!... ¿Y esto qué es?—replicaba levantando su
+pelo, y poniéndolo erizado como una escoba.
+
+—Hablo de mis fuerzas.
+
+—¿No tienes fuerzas, eh? A ver: saque usted esos brazos.
+
+El, riendo, se despojaba de la americana, y remangándose la camisa
+mostraba sus brazos enormes de gladiador, donde la musculatura tomaba
+brioso relieve como un espeso tejido de cuerdas.
+
+—¡Qué barbaridad!—exclamaba la niña cogiendo uno con ambas manos, sin
+lograr ni con mucho abarcarlo. Y poseída de repentino entusiasmo y
+admiración, añadía:
+
+—¡Qué fuerte, qué hermoso eres, Gonzalo! Déjame morderte esos brazos.
+
+Y se inclinaba para hincar sus dientes menudísimos en ellos. Pero el
+mancebo tendía sus férreos músculos, y los dientes resbalaban por la
+piel sin penetrarla.
+
+Entonces ella se enfadaba, insistía, quería a todo trance coger carne.
+Al cabo, él aflojaba los músculos diciendo:
+
+—Te dejo morder; pero a condición de que me hagas sangre.
+
+—No, eso no—respondía ella, expresando en la sonrisa anhelante el
+deseo de hacerlo.
+
+—Sí, quiero que me hagas sangre; si no, no te dejo.
+
+La niña empezaba apretando poco a poco la carne de su marido.
+
+—¡Más!—decía éste.
+
+Y apretaba más.
+
+—¡Más!—volvía a decir.
+
+Seguía apretando mientras en sus ojos chispeaba una sonrisa maliciosa.
+
+—¡Más! ¡más!
+
+—Basta—decía ella levantándose.—¿Lo ves? ¡ya te hice sangre! ¡Qué
+atrocidad, ni que fuese un perro!
+
+E inclinándose de nuevo, chupaba con afán voluptuoso la gotita de sangre
+que saltaba en el brazo. Ambos sonreían con pasión reprimida. Después
+miraban al pequeño círculo cárdeno que los dientes de la niña habían
+dejado impreso.
+
+—¿Lo ves?—volvía a decir ella avergonzada.—¡Vaya unos caprichos
+extraños los que tienes!
+
+—Gracias. Quisiera que esta marca quedase, ahí eternamente. Pero no;
+¡bien pronto se borrará, por desgracia!
+
+—Puedo renovarla a diario—replicó maliciosamente.
+
+—Me alegraría mucho.
+
+—Vamos, tú quieres convertir a tu mujer en perrita. Dilo francamente.
+
+Y abrazándole repentinamente, y besándole con frenesí en los ojos, en
+las mejillas, en la boca, en la barba, le repetía sin cesar:
+
+—¡Dilo francamente! ¡Dilo francamente, pedazo de oso!... Esta boca es
+mía, y la beso. Esta barba es mía, y también la beso. Este cuello es
+mío, y lo beso. Estos brazos son míos, ¡míos! y los beso.
+
+—Tómame todo: mi vida es tuya—decía él ebrio de dicha.
+
+—Te quiero, te quiero, Gonzalo, por lo hermoso, por lo fuerte... A ver,
+déjame poner una mano sobre la tuya... Qué disparate, ¡parece una
+hormiga!
+
+—Una hormiga blanca—replicaba él ahogando aquella diminuta mano entre
+las suyas grandes y fibrosas.
+
+—Te quiero, te quiero, Gonzalo. Tómame en brazos. ¿Serás capaz de
+pasear conmigo así?
+
+—¡Oh! ¿no he de ser?
+
+La levantó como una pluma, y poniéndola sobre un brazo como a los niños,
+comenzó a dar brincos por el jardín.
+
+—¡No tanto! Llévame suavemente. Vamos de paseo.
+
+La paseó sin fatigarse por todo el parque. Y desde aquel día aquella
+forma de paseo le agradó tanto a la niña, que en cuanto salían de casa
+se colgaba al cuello de su marido para que la subiese. Los criados al
+verlos movían la cabeza sonriendo.
+
+Pero muy pronto descubrió otro medio de pasarlo aún mejor. Había cerca
+de casa un columpio que el tiempo, más que el uso, había deteriorado.
+Hizo que se arreglase, y en cuanto lo tuvo presto se pasaba las horas
+mecida por Gonzalo.
+
+—Si vieras cómo gozo. Da un poco más fuerte.
+
+Y al empuje vigoroso del joven, el columpio volaba, y la niña cerraba
+los ojos dilatando la nariz con un sentimiento de intenso placer.
+
+Gonzalo gozaba en verla así arrobada.
+
+Transcurrieron veinte días de esta suerte. Durante ellos recibieron dos
+visitas de Pablito y Piscis, una vez en tílburi y otra a caballo. En
+esta última su principal objeto era dar picadero a una jaca que Pablo
+había cambiado por otra más vieja. Y ¡cosa extraña! a pesar del
+enajenamiento amoroso en que nuestro mancebo se hallaba, recibió la
+visita de los équites con inexplicable alegría, les ayudó afanosamente
+en su tarea. Al marcharse sintió una impresión de vacío en su vida.
+Porque era ésta tan reposada y pacífica, que su sangre y sus músculos
+padecían. Un día le habló a su esposa de ir de caza, pues era famoso e
+incansable cazador. Venturita no se opuso, con tal que la llevase
+consigo. Así se convino. Salieron una mañana en busca de un bando de
+perdices, de cuya existencia sabía Gonzalo desde el día en que había
+llegado a Tejada. Pero antes de alejarse dos kilómetros de la casa,
+Venturita se manifestó enteramente rendida. Le era imposible dar un paso
+más. Se vió precisado a traerla en brazos y a renunciar a su favorito
+recreo.
+
+Doña Paula, que había mirado con hostilidad aquel matrimonio, no habló
+de ir a ver a los novios hasta después de pasados muchos días. Quiso que
+Pablito la acompañase, porque temía que a Cecilia le causase algún dolor
+el hacerlo; mas, enterada ésta, expresó su decisión de ir también a
+Tejada. Y una tarde madre e hija emprendieron en carretela descubierta
+el camino que llevaba a la posesión. Pero al acercarse a ella y
+columbrar las famosas torrecillas de ladrillo, Cecilia comenzó a
+empalidecer, sintió el pecho oprimido y la vista turbada. Doña Paula,
+que advirtió su indisposición, ordenó al cochero dar la vuelta.
+
+—¡Pobre hija!—la dijo besándola.—¿Ves cómo no puedes venir?
+
+—Ya podré, mamá, ya podré—respondió tapándose los ojos con una mano.
+
+Al día siguiente, fué doña Paula acompañada de Pablo. Halló a los
+esposos muy propicios a dejar aquel nido escondido y trasladarse a la
+villa; como se efectuó en la misma semana.
+
+Cecilia salió a recibirlos a la puerta de la calle y abrazó y besó a su
+hermana con efusión. A Gonzalo, le tendió la mano, que por un esfuerzo
+soberano de la voluntad, no tembló. El joven la estrechó con fraternal
+afecto, creyéndose perdonado.
+
+Los novios ocuparon las habitaciones que doña Paula había destinado a su
+hija primogénita. La vida comenzó a deslizarse serena en apariencia.
+Gonzalo advertía, no obstante, con pesar, que no les envolvía esa
+atmósfera tibia y afectuosa que hace tan grato el hogar doméstico. Desde
+don Rosendo hasta el último criado, se mostraban con ellos atentos,
+deferentes, no cariñosos. Ventura no lo advertía, y si lo advertía le
+importaba poco.
+
+Volvamos ahora la vista a los asuntos más interesantes de la vida
+pública de Sarrió.
+
+Ganada aquella noble victoria de los clérigos, las cosas del _Faro de
+Sarrió_, procedían bien y prósperamente. El brioso y denodado ayudante
+de marina, pudo continuar su campaña civilizadora sin peligro de nuevas
+celadas. Sinforoso no se retiraba, sin embargo, a su casa sin ir
+acompañado de él o de otro amigo, perfectamente armados ambos.
+
+Pero Gabino Maza, el eterno disidente, supo aprovechar maliciosamente
+aquella ruptura con la Iglesia, para sobresaltar las conciencias de
+algunos vecinos. No que él fuese católico ferviente, ni le diese una
+higa por que se pusiera a los curas como hoja de perejil. Al contrario,
+toda la vida había profesado ideas bastante heterodoxas y había
+maldecido de los beatos. Mas ahora se mostraba escandalizado: «Al fin y
+al cabo, habíamos sido educados en el respeto de la religión, la cual es
+el único freno para el pueblo. No se pueden ofender tan descaradamente
+las sagradas creencias de nuestras esposas, etc., etc.» Algunos con
+estas pérfidas insinuaciones, dejaron la suscripción del periódico.
+
+Los redactores y su director, que adivinaban de dónde venía el golpe,
+estaban grandemente indignados. Gabino Maza, secundado por el no menos
+díscolo Delaunay, no cejaba en su campaña de murmuración. Mientras
+alguno de los del Faro estaba delante, nada; pero en cuanto se iba,
+esgrimían las lenguas con singular encarnizamiento. Unas veces hablando
+en serio, otras apelando a la burla, se trituraba a todos los que
+intervenían en el periódico, y muy particularmente, como es lógico, al
+que mejor y más altamente lo personificaba, el eximio don Rosendo.
+Decían ¡oh, mengua! que sólo el afán «de verse en letras de molde» había
+impulsado a aquellos beneméritos ciudadanos a encender la antorcha del
+progreso en Sarrió; que don Rufo, el médico, era un farsante; Sinforoso,
+un pobrete a quien arrojaban un mendrugo; Alvaro Peña (aquí bajaban la
+voz y miraban a todos lados), un botarate sin pizca de juicio; don
+Feliciano Gómez, un pobre diablo a quien más importaba ocuparse en sus
+negocios no muy florecientes; don Rudesindo, un gran cazurro, que
+trataba de alquilar su almacén y anunciar su sidra. En cuanto al
+fundador y promovedor de aquella empresa, don Rosendo, decían que toda
+la vida había sido un badulaque, un necio que se creía escritor, sin
+entender de otra cosa que del alza y baja del bacalao...
+
+Sólo el deber imperioso de aparecer como cronistas fieles e imparciales,
+nos obliga a dar cuenta de tales habladurías. Bien sabe Dios que ha sido
+con harto trabajo y disgusto. Porque la misma pluma se estremece en
+nuestras manos y se niega a estampar semejantes abominaciones.
+
+De don Pedro Miranda, absteníanse de murmurar los murmuradores, no por
+otra razón sino por tenerle solicitado para que dejase la participación
+en el periódico, a lo cual le veían inclinarse desde la refriega de los
+clérigos; pues era don Pedro cristiano viejo y muy grande amigo del
+capellán de las Agustinas. Con sus malévolos discursos, habían logrado
+desatar contra el periódico a algunas damas influyentes de la villa,
+entre ellas doña Brígida. Con esto tuvieron por suyo dentro del
+Saloncillo al sandio y degradado Marín. También atrajeron a su bando,
+poco después, al borracho del alcalde. Por una parte el espíritu de
+compañerismo con los tertulios de la tienda de la Morana, y por otra la
+molestia que sentía con las constantes excitaciones de la prensa, a las
+que no estaba acostumbrado, le hicieron renegar pronto de aquel gran
+adelanto. Lo que acabó de ponerle mal con _El Faro_ y sus redactores,
+fué cierta gacetilla en que se censuraba al ayuntamiento y al alcalde
+con alguna dureza, por el lamentable abandono en que tenían los
+servicios de policía urbana, y lo poco que trabajaban por hacer
+agradable la temporada de verano «a los distinguidos escrofulosos que
+acudían a la playa de Sarrió en busca de salud».
+
+Aunque aparentemente se trataban como amigos, existía, pues, entre los
+socios principales del Saloncillo sorda y disimulada enemiga. Iba ésta
+aumentando de día en día merced a los correveidiles que, en ocasiones
+análogas, no cesan de sembrar envidias y rencores. Temíanse ya las
+disputas y se rehuían, porque los desaforados gritos y los baldones que
+antes se lanzaban sin resultado alguno, gracias a la cordial avenencia
+que existía entre todos, eran, al presente, de mucho peligro. Reinaba,
+por tanto, en aquel recinto, más silencio, más cortesía, pero muchísima
+menos franqueza y cordialidad.
+
+Aquella tirantez no podía durar mucho tiempo. Entre personas que todos
+los días se ven y se hablan, y no se quieren bien, es imposible que en
+breve plazo no deje de estallar la discordia. La ocasión fué ésta. Llegó
+al Saloncillo (¡noramala fué!), sin saber quién lo trajera, un ejemplar
+de cierta _Ilustración_ catalana, donde, entre otros grabados, se veía
+uno representando las orillas de un río americano, y en ellas
+solazándose hasta una docena de cocodrilos de diversos tamaños. Tenía el
+ejemplar en la mano Maza, cuando acercándose don Rufo por detrás,
+exclamó en tono jocoso:
+
+—¡Vaya unos cocodrilos escuálidos!
+
+—No son cocodrilos—manifestó Maza en tono seco y desdeñoso, sin
+levantar la cabeza.
+
+—¿Y por qué no han de ser?—preguntó el médico herido por aquel tono.
+
+—Porque no.
+
+—¡Valiente razón!
+
+—Si no te convence, estudia, que yo no estoy aquí para hacer obras de
+misericordia.
+
+—¡Uf! ¡El sabio de la Grecia! ¡Apartarse a un lado, señores!
+
+—No soy un sabio, pero no digo que estos animales son cocodrilos,
+cuando en el río Marañón no se crían cocodrilos.
+
+—¿Qué son entonces?
+
+—Caimanes.
+
+—¡Llámalo hache! Caimanes y cocodrilos vienen a ser lo mismo.
+
+—¡Otra barbaridad! ¿Dónde has aprendido eso?
+
+—Hombre, es de clavo pasado. El caimán y el cocodrilo no se diferencian
+más que en el nombre. Aquí está don Lorenzo que ha viajado, y puede
+decir si no es verdad.
+
+—El caimán es algo más pequeño—expresó don Lorenzo con sonrisa
+conciliadora.
+
+—El tamaño es de poca importancia. La cuestión es saber si tiene o no
+la misma figura.
+
+Don Lorenzo se inclinó en señal de asentimiento. Maza saltó, hecho una
+furia:
+
+—Pero, señores. ¡Pero, señores! ¿Estamos entre personas ilustradas o
+entre aldeanos? ¿De dónde sacan ustedes que caimán es lo mismo que
+cocodrilo? El cocodrilo es un animal del Mundo Viejo y el caimán es del
+Nuevo Mundo.
+
+—Dispénseme usted, amigo Maza; yo he visto cocodrilos en
+Filipinas—manifestó don Rudesindo.
+
+—¿Y qué quiere usted decir con eso?
+
+—Como usted decía que los cocodrilos no se crían en el Nuevo Mundo...
+
+—¡Otra que tal! ¿Las Filipinas son del Nuevo Mundo? Señores, ¡señores!
+hay que abrir los paraguas. Hoy llueven aquí burradas.
+
+—Pues qué, ¿Filipinas querrá usted decirme que no es
+Ultramar?—preguntó don Rudesindo con la faz descompuesta.
+
+—¡Nada, nada, siga el chaparrón!
+
+—La diferencia principal, señores, que existe entre el cocodrilo y el
+caimán—dijo a esta sazón con autoridad don Lorenzo—es que el cocodrilo
+tiene tres carreras de dientes y el caimán sólo tiene dos.
+
+—¡No es eso, hombre, no es eso! Los cocodrilos tienen las mismas
+carreras de dientes que los caimanes.
+
+Don Lorenzo sostuvo con brío su aserto. Le ayudó en la defensa don
+Rudesindo. Maza le atacó con no menos fuego, apoyado por Delaunay.
+Pronto entraron en liza otros cuantos socios generalizándose el combate,
+que fué haciéndose cada vez más vivo. Las voces eran horrendas. Si
+hubieran poseído tres carreras de dientes como los cocodrilos, o aunque
+fuesen dos, no dudo que se devorarían, dada la rabia y el coraje con que
+se enseñaban la única con que la Naturaleza les había dotado. Maza
+estuvo tan procaz, tan insolente, que al fin don Rudesindo, sin ser
+dueño de sí, le descargó un paraguazo en la cabeza. Siguióse a éste una
+granizada de ellos entre los contendientes, con un pavoroso estruendo de
+ballenas y varillas de alambre que daba escalofríos al varón más
+arriscado. Muchos, que no se habían acordado siquiera de emitir su
+opinión sobre la dentadura de los reptiles citados, recibieron su parte
+alícuota de paraguazos, lo mismo que los que más habían esclarecido la
+cuestión con sus discursos. Subieron del café el amo con algunas otras
+personas; suspendieron los indianos del billar su juego; terció don
+Melchor de las Cuevas, de quien así en guerra como en paz se hacía mucho
+caso. Al cabo se logró apaciguar el alboroto ya que no concertar las
+voluntades, hacía algunos meses resfriadas.
+
+El resultado fué que desde aquel día Gabino Maza, Delaunay, don Roque,
+Marín y otros tres o cuatro socios más, se retiraron del Saloncillo. Don
+Pedro Miranda siguió asistiendo con largos intervalos de ausencia. Esto
+hacía presumir a los tertulios restantes y a los redactores del _Faro_
+que no podía contarse con él, y que no tardaría mucho en caer del lado
+contrario. Como sucedió en efecto. Los disidentes empezaron a reunirse
+en el café de Londres situado en la calle de Caborana. Pero no muchos
+meses después corrió por la villa la noticia de que alquilaban un
+almacén en la calle de San Florencio para establecer sus reuniones. Y
+así fué. Lo entarimaron, lo alfombraron, después pintaron sus paredes y
+su techo, amuebláronlo con algunas sillas y butacas, pusieron mesas de
+tresillo y comenzaron a asistir tarde y noche a aquel sitio tan
+asiduamente como antes al Saloncillo. Por ser bajo de techo y tener
+embutida en la pared una litera que sirvió para dormir la siesta Marín,
+empezó a llamarse a aquel sitio en la población el _Camarote_, y este
+nombre le quedó. Los del _Faro_, que habían desdeñado a los desertores
+mientras no tenían techo donde guarecerse, entraron en cuidado. El
+primer síntoma de temor fué una gacetilla o _novela a la mano_ en
+verso-prosa describiendo aquella nueva tertulia y pintando a cada uno de
+sus socios con nombres de animales; Maza la víbora, Delaunay un gallo
+belga, Marín el jumento, don Roque el cerdo, etcétera, etc. Esta
+gacetilla exasperó a los del Camarote de un modo indecible.
+
+Don Rosendo continuaba cada vez más pujante y empeñado en su campaña
+periodística. Introducía en el _Faro_ todas aquellas formas y maneras
+que observaba en la prensa nacional y extranjera, particularmente en la
+francesa. Había comisionado a un escritor de Madrid para que los
+miércoles le remitiese un telegrama de veinte palabras, y le escribiese
+además cartas políticas y literarias; traducía él todas las noticias
+curiosas que hallaba en los periódicos; hacía revistas de modas, de
+tribunales, de teatros (cuando había compañía). Pero donde más se
+distinguía era en las de mercados. No es fácil representarse la destreza
+con que manejaba, traía y llevaba los cereales, los aceites, los caldos
+y los arroces. Para que se vea con qué amenidad y galanura sabía tratar
+un asunto tan prosaico, diremos que en una ocasión escribía: «Las
+mieles, sensibles a estas alteraciones, se pronunciaron en baja y no
+alcanzaron estabilidad y firmeza en sus precios hasta que los cafés,
+los cacaos y demás géneros ultramarinos lograron reprimir sus vivas
+oscilaciones.» Era, en suma, el alma del periódico.
+
+No bastaba, sin embargo, lo que había hecho para ponerlo a la altura de
+su ideal. Belinchón siempre había seguido con vivísimo interés en los
+periódicos de París aquellas polémicas personales que rara vez dejaban
+de terminar con un duelo. Y las peripecias de éste, contadas
+minuciosamente por algún testigo, le placían tan extremadamente, que
+ninguna comida había para él tan sabrosa, ni más grato recreo. Cuando
+pasaban muchos días sin desafío, don Rosendo languidecía. Las
+descripciones de los asaltos de armas entre los célebres tiradores de la
+capital de Francia, excitaban también grandemente su curiosidad. Y
+aunque un poco se le enredaban en el magín aquellas frases técnicas
+_engagement de sixte, battement en quarte, contre-riposte, feinte_,
+etc., allá las traducía a su modo y se daba por enterado. Decía él que
+en ningún signo se conocía mejor el grado de cultura de un país que en
+la afición a las armas. El manejo de ellas despertaba o avivaba la idea
+del honor y la dignidad humana. Su abandono arrastraba consigo la
+cobardía y la degradación. Conocía mejor que sus parientes la biografía
+de los grandes duelistas y _gens des armes_ de París. Podía describir
+con pelos y señales los desafíos que habían tenido y la gravedad de las
+heridas. En cuanto se anunciaba un asalto entre dos maestros, por
+ejemplo Jacob y Grisier, ya estaba nuestro caballero excitado. Abría con
+precipitación todos los días el _Fígaro_ y apostaba en su interior por
+uno o por otro.
+
+Un día se le ocurrió en la cama (donde le asaltaban siempre las grandes
+ideas) que ser periodista sin conocer las armas o manejarlas, era lo
+mismo que ser bailarín y no tocar las castañuelas. El día menos pensado
+se suscitaba un lance, había que acudir al terreno, y él no sabía
+siquiera ponerse en guardia. Verdad que en todo Sarrió no había quien
+supiese más. Pero nadie tenía tanta obligación de conocer la esgrima
+como él. Además, el altercado podía ser con un periodista de Lancia o de
+Madrid, y entonces era preciso dejarse asesinar. Estas imaginaciones le
+llevaron a adoptar una resolución; la de aprender a toda costa a tirar
+el florete. ¿Cómo? Haciendo venir un maestro a Sarrió, ya que él no
+podía separarse de este punto. Sin comunicar el pensamiento con nadie,
+escribió a un amigo de París, el cual buscó en las salas de armas de
+esta ciudad algún auxiliar o _prevot_ que quisiera expatriarse. Al cabo
+de algún tiempo se halló uno que, mediante la cantidad de dos mil
+francos anuales, y dejándole libertad para dar lecciones, consintió en
+venir a establecerse en la villa del Cantábrico.
+
+Un día, con verdadera estupefacción del vecindario, se dijo que acababa
+de llegar en la goleta _Julia_ un profesor de esgrima, M. Lemaire, con
+el exclusivo objeto de enseñar el manejo de las armas a don Rosendo. Y,
+en efecto, pronto se vió a éste acompañado de un joven delgadito y
+rubio, de traza extranjera. La impresión fué honda. En los pueblos
+pequeños, donde la gente se pega de palos y bofetadas, la frialdad, la
+corrección y la gravedad de los duelos produce asombro y terror. Lo
+primero que se les ocurrió fué que don Rosendo deseaba matar a alguno.
+Sólo después de mucho tiempo comprendieron la razón de aquel
+aprendizaje.
+
+Don Rosendo lo tomó con el ardor y seriedad que merecía. Todos los días
+dedicaba un par de horas por la mañana, y otro por la tarde, a tirarse a
+fondo, que fué lo único que le permitió hacer el profesor en los dos
+primeros meses. El resultado notabilísimo de este ejercicio fué que al
+cabo de algún tiempo no sabía si sus piernas eran verdaderamente suyas o
+de otro bípedo racional como él. Tan agudas y vivas fueron las agujetas
+que le acometieron, que hasta cuando se hallaba durmiendo creía estar
+tirándose a fondo. Despertaba sobresaltado con terribles dolores en las
+articulaciones. ¡Luego aquel M. Lemaire era tan cruel! Nunca se daba por
+satisfecho del trabajo de las extremidades del buen
+caballero:—«_¡Plus! ¡plus! ¡Ancor plus saprísti!_» Y el mísero don
+Rosendo se abría, se abría de un modo bárbaro, inconcebible, percibiendo
+la grata sensación de si le aserraran el redaño. Terminado tan noble
+ejercicio, el señor Belinchón se veía necesitado a ir cogido a las
+paredes para trasladarse de un sitio a otro, formando un ángulo de
+ochenta grados con el suelo. Desde allí, hasta el fin de sus días, el
+glorioso fundador de _El Faro de Sarrió_ siempre anduvo más o menos
+esparrancado.
+
+Pero este tormento, aunque nada tenía que envidiar a los de los mártires
+del Japón, padecíalo, si no con gusto, con varonil entereza. Pensaba que
+siempre ha costado enormes sacrificios civilizarse y civilizar un país.
+Al cabo de los dos meses comenzó el eterno _tic tac_ de los floretes.
+Pero sin abandonar por eso el tormento de las piernas. Don Rudesindo,
+Alvaro Peña, Sinforoso, Pablito, el impresor Folgueras y algunos otros,
+tomaban lección al mismo tiempo. En la sala, las impresiones bélicas
+subyugaban de tal modo a los tiradores, que guardaban solemne silencio.
+No se oía más que la voz áspera de M. Lemaire repitiendo sin cesar y de
+un modo distraído:—_En garde vivement—Contre de quarte.—Ripostez...
+¡Ah bien!—En garde vivement.—Contre de sixte. Ripostez... ¡Ah
+bien!—Parez seconde.—Rispostez ¡Ah bien!_ Don Rosendo se creía
+trasladado a París, y veía en don Rudesindo, Folgueras y Sinforoso, a
+Grisier, Anatole de la Forge y el barón de Basancourt. _El Faro_ no era
+_El Faro_, sino _Le Gaulois_ o _Le Journal des Debats_.
+
+Al cabo de cinco meses, se mantenía bastante bien en guardia, paraba los
+golpes rectos, atacaba con furia y saltaba hacia atrás con maestría.
+Creyó llegado el caso de dar un escándalo. Era necesario que la
+población se persuadiese de que los dos mil francos asignados al
+profesor no eran enteramente perdidos.. Además convenía ir introduciendo
+en ella el gusto por estos refinamientos de las grandes capitales. ¿Pero
+con quién tener _affaire_ en Sarrió? Aunque buenas ganas se le pasaban
+de desafiar a alguno de los del Camarote, comprendía que el único capaz
+de batirse era Gabino Maza. A éste le tenía una migajita de respeto,
+sobre todo desde que había oído decir al profesor que en los duelos era
+preciso tener mucho cuidado con los hombres violentos, aunque no
+supiesen esgrima. Después de largas y profundas meditaciones imaginó que
+lo mejor era provocar un lance con algún periodista de Lancia
+aprovechando la polémica que el _Faro_ venía sosteniendo con el
+_Porvenir_, acerca de cierto ramal de carretera. Y como lo pensó lo
+hizo. En el primer número se mostró tan agresivo, tan insolente con el
+periódico de la capital, que éste, sorprendido e indignado, contestó que
+ciertas frases del _Faro_ no merecían sino el desprecio. En su
+consecuencia, don Rosendo comisionó a sus amigos Alvaro Peña y Sinforoso
+Suárez «para que fueran a entenderse» con el director del _Porvenir_. Se
+trasladaron a Lancia y regresaron el mismo día. El señor Belinchón al
+verles llegar deseaba ya ardientemente que el asunto se hubiese
+arreglado sin necesidad de duelo, a pesar de ser él quien lo provocara.
+Nuevo testimonio de su grandeza singular de alma y de la exquisita
+sensibilidad de que estaba dotado. Por desgracia el director del
+_Porvenir_ se había mantenido firme. Los testigos convinieron un duelo a
+sable que debía realizarse al día siguiente, en una posesión de las
+cercanías de Lancia.
+
+Nuestro héroe, al saberlo, sintió que las piernas le flaqueaban, no de
+temor, que esto ninguno osará siquiera imaginarlo, sino por la emoción
+de verse tan próximo a ser objeto de la curiosidad y expectación
+públicas, no sólo en la provincia, sino en España entera. Cuando
+caminaban hacia casa, Peña le dijo con ruda franqueza:
+
+—Los padrinos de Villar querían que se cortasen las puntas a los
+sables; pero yo me opuse. «No, no, dije, conozco bien a don Rosendo, y
+es hombre que aborrece las niñerías. No se puede jugar con él. Cuando se
+mete en un lance de éstos, es menester que vaya todo muy serio. Estoy
+seguro de que si cortásemos las puntas, tendría con él un disgusto...»
+¿No he interpretado bien su deseo?
+
+—Perfectamente. Muchas gracias, Alvaro—respondió el señor de Belinchón
+alargándole una mano que Peña halló demasiadamente fría. Y añadió con
+voz débil:—Aunque se limasen un poquito las puntas, ¿sabe usted? no
+tendría inconveniente en aceptarlo... El asunto, después de todo, no
+exige precisamente que sea a muerte.
+
+—No me atreví siquiera a aceptar eso. Como no conocía la opinión de
+usted, tenía miedo que le disgustase...
+
+—Nada, nada, pues por mí no hay inconveniente en que se limen.
+
+—Ahora ya no puede ser. Están concertadas las condiciones. A menos que
+ellos lo propongan de nuevo, las puntas irán afiladas. A usted le
+conviene mucho porque tira el florete...
+
+—Precisamente por eso. Yo no quisiera llevar ventaja alguna a mi
+adversario.
+
+Peña guiñó el ojo con malicia.
+
+—No sea usted tan escrupuloso, don Rosendo. Si usted puede ensartarlo
+_¡fiiit!_ como un pajarito, no deje de hacerlo.
+
+Estas últimas palabras las acompañó el ayudante con un gesto expresivo,
+traspasando el aire con los dedos de punta, lo mismo que si los
+estuviese introduciendo por un cuerpo humano.
+
+Don Rosendo hizo un gesto de repugnancia, y guardó prolongado silencio.
+Al cabo, manifestó sordamente:
+
+—Lo que sentiré es que estas malditas agujetas no me permitan tirarme a
+fondo.
+
+—¡Ca, hombre, ca! Pierda usted cuidado. Mientras dure el lance, no
+sentirá usted dolor alguno en las piernas. ¿No le ha sucedido dejar de
+sentir el dolor de una muela en el momento de llamar a la puerta del
+dentista para sacarla?
+
+Este símil consolador produjo inmediatamente en el ayudante un acceso
+de risa, que duró buen rato. Belinchón se mantuvo grave y sombrío, como
+deben estarlo los héroes la víspera del combate.
+
+La noticia corrió como una chispa eléctrica por la población. El pasmo
+de los vecinos era indescriptible. A ninguno le cabía en la cabeza que
+una persona, entrada ya en años, con hijos casados, fuese a darse de
+sablazos con otra por cuestión de un ramal de carretera. Sin embargo, el
+partido que Belinchón acaudillaba admiraba la decisión y el valor de su
+jefe. Este, por la noche, tuvo una espantosa pesadilla. Soñó que el
+sable del director del Porvenir le abría por el medio. Una mitad se la
+llevaba el vencedor como trofeo. A Sarrió sólo volvió la otra mitad. Sus
+mismos gritos le despertaron. A doña Paula, que dormía a su lado, la
+aterraron de tal modo, que fué necesario acudir al antiespasmódico.
+Belinchón, con la fortaleza de los temperamentos heroicos, no dijo nada
+a su consorte. Lo que hizo fué beber un trago del antiespasmódico.
+
+Al día siguiente salió en coche para Lancia, acompañado de Peña,
+Sinforoso, don Rufo y dos sables de tiro. A la salida de la villa, en la
+carretera, más de cien personas le despidieron. Ante aquella
+manifestación de cariño, don Rosendo se sintió enternecido.
+
+—¡Buena suerte!—Pongan ustedes telegrama, ¿eh?—No se diga que Sarrió
+queda por debajo de Lancia.
+
+Don Rosendo fué estrechando con emoción las manos de sus partidarios.
+Todos se le ofrecían para acompañarle, y le prometían venganza para el
+caso de perecer en la lucha.
+
+Al fin llegaron a la quinta designada, y se avistaron con el enemigo.
+Los testigos platicaron, midieron los sables, y los pusieron en manos de
+los contendientes. La fisonomía de éstos tenía el color adecuado a
+semejantes solemnidades; esto es, un verde botella, que a intervalos
+tomaba visos anaranjados.
+
+Una vez en guardia, y dada la voz de atacar, comenzaron ambos a tentarse
+los sables metódicamente, primero de un lado, después de otro, con un
+lúgubre sonido que ponía espanto. Al cabo, Villar se arrojó a
+levantarlo para herir en la cabeza a su adversario... Pero ¡ca! don
+Rosendo dió un salto tan prodigioso hacia atrás, que los testigos se
+miraron unos a otros llenos de asombro. Villar, pasmado también, esperó
+a que su contrario se acercase de nuevo. Volvieron al lúgubre _tic tac_.
+Don Rosendo, al cabo de otro rato, alzó el sable... Villar,
+instantáneamente dió otro brinco verdaderamente sobrenatural, que
+sobrepujó en mucho al primero. Creyeron que salía de la quinta. Los
+testigos se miraron todavía con mayor asombro.
+
+La pelea duró, en esta forma, más de media hora. Durante ella, don
+Rosendo gritó una vez:
+
+—¡Alto!
+
+—¿Qué hay?—preguntaron los testigos acercándose.
+
+—Que me parece que el sable del señor ha perdido la punta.
+
+Se reconoció el sable de Villar, y se vió que no era verdad. Este rasgo
+de caballerosidad, más propio de la Edad Media que de nuestros tiempos,
+elevó a don Rosendo, en el concepto público cuando se supo, a la altura
+de los héroes legendarios, Roldán, Bayardo y Bernardo del Carpio.
+
+El combate terminó cuando el sable de Villar, sin intención ninguna,
+tropezó con la frente de Belinchón. Fué un simple rasguño; pero los
+padrinos dieron por terminado el lance. Don Rufo colocó un gran pedazo
+de tafetán inglés sobre la herida. El herido dió la mano noblemente a su
+contrario. Se envió un telegrama a Lancia, para que lo pusiesen a
+Sarrió. Almorzaron todos juntos alegremente, y durante el almuerzo, los
+campeones se comunicaron con gran expansión los golpes que se tenían
+destinados, y que por falta de oportunidad no habían podido ejecutar.
+
+—Hombre, si no llega usted a romper a tiempo, le parto la cabeza en
+dos. Finta de una dos a la cara, estocada al pecho y cuchillada a la
+cabeza—decía don Rosendo, engullendo un soberbio trozo de merluza.
+
+—Pues no lo hubiera usted pasado mejor si llego a hacer una combinación
+que tenía meditada—contesta Villar.—Amago la faja ¡pin! Ataco en falso
+a la cabeza ¡pin! Usted me contesta al brazo ¡pin! Yo hago una dos a la
+cara ¡pin! Usted contesta a la cabeza ¡ pin! Yo paro y contesto al brazo
+¡pin!...
+
+Aquí el director del _Porvenir de Lancia_, que mientras describía su
+famoso y complicado golpe no dejaba de engullir trazando a la vez
+círculos en el aire con el tenedor, se atragantó con una espina,
+poniéndose súbito más rojo que una guinda. Hubo que sacarle al fresco.
+Don Rosendo fué quien le dió los puñetazos consabidos en la espalda para
+que arrojase la espina. ¡Espectáculo hermoso y ejemplo de hidalguía que
+no podrá olvidarse jamás!
+
+Terminado el almuerzo, don Rosendo y sus compañeros montaron en el
+carruaje y se restituyeron a Sarrió. Más de media población, prevenida
+ya por el telegrama, les esperaba en las afueras. Un grito de júbilo se
+escapó de todos los pechos al aproximarse el carruaje. Don Rosendo,
+conmovido, sacó la cabeza por la ventanilla y se quitó el sombrero
+ostentando el pedazo de tafetán inglés. A su vista, el público lanzó un
+¡hurra! formidable. El vehículo fué escoltado por la muchedumbre. El
+fundador del _Faro_, aclamado al entrar en su casa, se vió precisado
+después a asomarse al balcón, donde fué nueva y calurosamente vitoreado.
+Por la noche, sus amigos le obsequiaron con una serenata.
+
+
+
+
+XII
+
+CÓMO SE DIVERTÍA PABLITO
+
+
+—Convendría ponerle una barbada suave—dijo Pablito.
+
+—O un filete—respondió Piscis gravemente.
+
+Ambos guardaron silencio. Pablito exclamó:
+
+—¡Maldita yegua! No he visto en mi vida boca más dulce.
+
+—Una seda—replicó su amigo con acento de inquebrantable convicción.
+
+Otro rato de silencio.
+
+—¿Crees que debemos darle más picadero?
+
+—El picadero no sobra a ningún animal—gruñó Piscis con el mismo
+convencimiento.
+
+—Conviene trabajarla en el trote.
+
+—Conviene mucho.
+
+Mientras así platicaban, dirigíanse los inseparables équites a paso
+lento desde las cocheras de don Rosendo, sitas en un extremo de la
+villa, al otro extremo de ella, atravesándola por el medio. Eran las
+diez de la noche; la temperatura suave, de primavera. Los pocos
+transeuntes que por las calles quedaban, dirigíanse a paso rápido hacia
+su domicilio. Únicamente permanecían abiertas las tiendas donde se hacía
+tertulia, la de Graells, la de la Morana, y tal cual estanquillo. En el
+Camarote había mucha luz y gran animación. Pablito, en quien germinaban
+los rencores de su padre, le dijo a su amigo al pasar frente a la
+aborrecida tertulia:
+
+—Piscis, tira una pedrada a esa puerta, y rómpeles los cristales.
+
+Piscis, siempre terrible, agarró un guijarro de la calle, esperó a que
+su amigo doblase la esquina, y ¡zas! lo encajó dentro del Camarote,
+haciendo polvo los cristales. Luego se dió a correr. Para que no le
+conociesen los que salieran en su persecución, se dejó caer sobre las
+manos, corriendo en cuatro pies con habilidad pasmosa.
+
+En el café de la Marina había también alguna gente. Entraron en él y
+bebieron en silencio sendas copas de _chartreuse_, sin que por eso los
+cerebros dejasen de trabajar activamente. Al levantarse Pablito, dijo:
+
+—Lo mejor será engancharla con el Romero.
+
+—Eso mismo estaba pensando yo—profirió con fuego Piscis.
+
+Después que hubieron salido, éste preguntó, no con palabras, sino con
+una horrible mueca, a dónde iban.
+
+—Allá.
+
+—Bueno; entonces al pasar por delante de casa recogeré el roten.
+
+Dejaron atrás las calles principales, no sin que Piscis se detuviese en
+su domicilio un instante, para dar cumplimiento a lo que acababa de
+manifestar. Muy pronto alcanzaron las extremidades de la villa, donde
+habitaban, por regla general, los menestrales. Detuviéronse en cierta
+calle, tan solitaria como sucia, frente a una casa de pobre apariencia
+con tosco corredor de madera. Pablito miró a todos lados por precaución,
+y dejó escapar un silbido suave y prolongado con la maestría que le
+caracterizaba en este ramo del saber humano. Después dijo mirando con
+inquietud al farol que ardía unos cincuenta pasos más allá:
+
+—¡Si pudiéramos apagar ese farol!
+
+El terrible Piscis se destacó acto continuo, trepó por la esquina de la
+pared y con su bastón lo apagó al instante, rompiendo, por supuesto, el
+tubo.
+
+Un bulto de mujer apareció en el corredor. Pablito se cogió de un salto
+a las rejas. Luego escaló por ellas y montándose en la baranda, se
+introdujo sin hacer ruido en él. Piscis comenzó a hacer la guardia desde
+la esquina, armado de su formidable garrote.
+
+¿Quién era la mujer que en aquel momento obtenía los favores del sultán
+de Sarrió? La blonda Nieves, responderán a una voz cuantos hayan seguido
+el curso de esta verídica historia. Aunque sintamos ofender la
+perspicacia de nuestros lectores, la verdad nos obliga a declarar que la
+damisela del corredor no era la blonda Nieves, sino la blonda Valentina.
+
+¿Cómo? ¿Aquella arisca costurera tan enemiga de los señoritos y que
+además tenía un novio llamado Cosme?
+
+La misma en cuerpo y alma, con sus rizos dorados sobre la frente, su
+entrecejo saladísimo y nariz un poquito remangada. Pablito era hombre
+para hacer estos y otros mayores milagros. Mientras seguía o aparentaba
+seguir sus amoríos con Nieves, ya «le estaba poniendo los puntos» a
+Valentina. Pero ésta se resistió mucho más que aquélla. Al primer beso
+que le robó sobre la nuca estando bebiendo agua en la cocina, la
+arriscada costurera «le armó un escándalo». Se puso roja como una
+cereza, chispearon sus ojos expresivos con ira, y le gritó:
+
+—¡Cuidadito, que yo no sufro esas cosas!... Vaya usted a hacerlas con
+las que se lo aguanten.
+
+Esto iba sin duda con Nieves. Pablito obró con más cautela en adelante,
+aunque no con menor osadía. Dondequiera que la encontraba requebrábala a
+su manera, bromeaba, sufría con paciencia sus «patas de gallo». Porque
+era Valentina el tipo de la artesana de Sarrió, en quien la falta de
+educación es una gracia más que añadir a las muchas que poseen.
+Concluído el equipo de Ventura, y no teniendo ocasión de verla, Pablito
+aprovechaba los bailes de las Escuelas para seguir festejándola.
+
+Mas no por eso abandonaba a Nieves. El gallardo mancebo adivinaba que el
+amor propio excitado por la competencia, haría más en su favor que las
+mismas ventajas personales de que estaba dotado. Esta perspicacia era
+innata en él. Se había manifestado claramente desde que había enamorado
+a la primera mujer. Lo cual es un argumento más para los que creen en la
+preexistencia del ser humano. Porque sólo habiendo seducido muchas
+costureras en vidas anteriores, pudo nuestro mancebo poseer una noción
+tan exacta del procedimiento adecuado a este fin.
+
+Al fin se había rendido. Principió por abandonar a su novio. Concluyó
+por dar citas de noche como la presente al gallardo Pablito.
+
+—¿Duerme tu padre?—fué la primer pregunta que éste hizo en cuanto se
+vió en el corredor.
+
+—¿Qué te importa?—respondió la resuelta costurera.
+
+—Es que si no duerme... ya ves... ¡Cáspita, la cosa es grave!
+
+—Calla, cobarde; ¡vergüenza había de darte! Voy a hacer ruido por el
+gusto de verte correr.
+
+Pablito la estrechó entre sus brazos y le dió una razonable cantidad de
+besos. La joven sonreía dichosa. Mas de pronto su frente se arrugó; su
+fisonomía expresó una gran severidad.
+
+—¡Quita, quita!—dijo rechazándole.—Tengo que hacerte una pregunta.
+¿Dónde has estado esta mañana?
+
+—¿Esta mañana?... En muchas partes. En casa, en el Saloncillo, en la
+cochera... en la punta del Peón...
+
+—¿No has estado en la calle de San Florencio?
+
+—Sí; he pasado por allí dos o tres veces.
+
+—¿Y a quién has encontrado?
+
+—¡Chica, qué sé yo!... A mucha gente.
+
+—¿No has encontrado a Nieves?—preguntó con reprimida cólera la gentil
+costurera.
+
+—Sí, la he encontrado—respondió él con acento indiferente.
+
+—¿Y no te has parado con ella?
+
+—No; la he dicho simplemente adiós.
+
+—¡Embustero! ¡hipócrita! ¡tío silbante!—exclamó con furia
+Valentina.—¡Toma, por zorro! (arrimándole un terrible pellizco en el
+brazo). ¿Conque le has dicho adiós solamente y te has estado más de una
+hora con ella? ¡Toma, trapacero! ¡toma!
+
+Y le descargó sobre los brazos una granizada de pellizcos. El buen Pablo
+se retorcía de dolor, pero sin gritar, porque respetaba mucho el sueño
+del papá de la feroz muchacha.
+
+—Por Dios, Valentina, si estás equivocada... No fué más que un instante
+para preguntarle si había concluído de bordar mis pañuelos...
+
+—¡No está mal instante! ¡Una hora por el reloj plantado con ella,
+riendo como locos!... Me están dando ganas de ahogarte entre mis manos,
+¡zorro! ¡zorro! ¡más que zorro!
+
+La enojada chica, cada vez más poseída de la ira, echó las manos al
+cuello a su galán, y estuvo a punto de estrangularle.
+
+Daba compasión ver a un tan apuesto y gentil mancebo con la lengua fuera
+y los ojos llenos de espanto. Valentina tuvo, en efecto, lástima de él,
+y le dejó; pero todavía le retorció el pellejo de los brazos unas
+cuantas veces.
+
+—A mí no se me engaña, ¿lo sabes? ¡A mí no se me engaña! Si vuelvo a
+saber que has estado con ella, excusas de venir más por aquí.
+
+—Bueno, te prometo no hablarla más; pero no vayas a hacer caso del
+primer cuento que te traigan.
+
+—¿Cumplirás la palabra?—preguntó la cruel costurera mirándole
+airadamente.
+
+—Pierde cuidado.
+
+—Cuenta conmigo si no la cumples. ¡Alza!
+
+De este modo apacible y tierno, trataba Valentina al tenorio de Sarrió.
+El, cuando daba cuenta de tales tratos a Piscis o a algún otro amigo,
+sonreía como hombre de mundo; afirmaba que estas mujeres irascibles y
+altivas, son las que más deleites proporcionan a los hombres, sobre todo
+a los que como él estaban ya un poco gastados.
+
+Después que hicieron las paces, o por mejor decir, después que Valentina
+otorgó la paz, hubo un cuchicheo que duró no sabemos cuánto. Después no
+se oyó nada, y hasta sería fácil que tampoco se viese gran cosa. El
+corredor estaba como si no hubiese nadie en él. Si no fuese porque es
+muy feo mancillar la honra de una muchacha, podríamos sospechar que la
+amartelada pareja se había metido en lo interior de la casa.
+
+Piscis, en tanto, hacía la centinela paseando a lo largo de la calle. Y
+el caso es, que no era sólo él quien la hacía. Un hombre estaba
+apostado, desde que ellos habían llegado, en el hueco de una puerta
+donde las sombras se espesaban. Inmóvil y protegido por la obscuridad,
+no pudo ser visto de Piscis. Aprovechando un momento en que éste paseaba
+de espaldas a la casa, el hombre salió de su escondite y se acercó
+sigilosamente a ella. Miró hacia el corredor y vaciló unos segundos.
+Esto fué lo que le perdió. Cuando dió el salto para cogerse a las rejas,
+el terrible Piscis se había vuelto ya y le vió. De dos brincos se plantó
+debajo del corredor, antes que el intruso pudiera montar sobre la
+barandilla, y con su famoso roten, le descargó en las espaldas tal
+garrotazo, que el pobre hombre soltó las manos y se dejó caer al suelo.
+Quiso repetir el feroz centauro, pero el hombre se levantó con agilidad
+y se dió a correr de tan prodigiosa manera, que el segundo garrotazo lo
+dió en el suelo, y en cuanto al tercero ni lo intentó siquiera.
+
+—¡Mal rayo!—rugió Piscis.
+
+Este rugido debió de llegar a oídos de su feliz amigo, porque algunos
+segundos después montaba sobre la barandilla y se apeaba bonitamente en
+la calle.
+
+—¿Qué hay?—preguntó, acercándose a su Orestes.
+
+—Un hombre.
+
+—¿Dónde?—volvió a preguntar el seductor ansiosamente, girando dos
+veces en redondo.
+
+—Ya escapó. Le atrapé en el momento de subir al corredor, y le tiré al
+suelo de un palo... Luego echó a correr... ¡Mal rayo! Ni el Romero a
+todo escape lo alcanzaba.
+
+—Ese hombre—profirió Pablito sordamente—debe de ser un novio que
+tenía Valentina hace algún tiempo... ¿Qué trataría de hacer?
+
+—Pues si era el novio, como no fuese para darte una puñalada, no sé a
+qué había de subir.
+
+Pablito echó el brazo por encima del hombro a su amigo, no para
+sostenerse, aunque las corvas un poco se le doblaban, sino para decirle
+con voz apagada:
+
+—¿Crees eso?
+
+—Una... o dos, o tres...
+
+El bello mancebo guardó silencio. Al cabo de un momento le preguntó:
+
+—¿Tú le conoces?
+
+—Yo no, ¿y tú?
+
+—No le he visto nunca: sólo sé que se llama Cosme, y que es barbero.
+
+Alejáronse en silencio de la calle y en silencio llegaron hasta casa de
+Belinchón. Allí, al despedirse, Pablito dijo a su amigo:
+
+—Si vuelvo por allá (que lo dudo), me harás el favor de no perder de
+vista el corredor, ¿verdad?
+
+—A perro puesto—se limitó a contestar el indomable Piscis.
+
+Al día siguiente era domingo y se celebraba en las Escuelas el baile
+acostumbrado de todas las semanas. Se bailaba por la tarde, de tres a
+siete. El salón era espacioso, construído hacía pocos años para escuela
+de niños. Los bancos de éstos se amontonaban en la plataforma destinada
+al maestro. Las paredes estaban tapizadas de carteles. Los adoradores de
+Terpsícore, mientras bailaban la habanera lánguida, podían distraerse
+leyendo en ellos una porción de inestimables consejos encaminados a
+demostrar que la virtud y el trabajo son los verdaderos tesoros del
+niño: _El niño estudioso recibirá el premio de su aplicación. La fe y la
+constancia suplen al talento._ Y allá en el fondo, sobre la mesa del
+maestro, la imagen de Cristo crucificado, ¡oh vilipendio! tapada con
+una cortina de seda, presidía aquellas habaneras voluptuosas y
+furibundas polkas.
+
+Era el sitio donde sin temor al agua ni al sol, los extranjeros podían
+ver y admirar en seductor ramillete a las _yeung girls_ de Sarrió. Y en
+efecto, allí acudían todos los capitanes y pilotos que hacían escala en
+la villa. Su admiración a veces, rebasando un poco los límites de la
+gravedad británica, les impulsaba a aproximar demasiado las luengas
+barbas rubias al rostro de alguna bella.
+
+—¿Usted es bobo, cristiano?—preguntaba ella poniéndole la mano en el
+pecho y rechazándole con fuerza.
+
+—¡Crijstiano!... ¡crijstiano!—repetía con asombro el inglés.—¿Qué ser
+crijstiano?
+
+—Hombre de Cristo. ¿No sabe la _dotrina_? ¡Pus depréndala!
+
+Cuando estaban de ver aquellas preciosas damas, era de cinco a seis de
+la tarde, hora en que ya llevaban bailados cuatro o cinco valses y otras
+tantas polkas. La sangre bien batida, teñía de vivo carmín sus mejillas
+frescas. Los rubios o negros cabellos en grato desorden, se
+desparramaban por el espacio o bien caían en adorables bucles por la
+espalda; los ojos brillaban como luceros en aquellos rostros
+celestiales; los labios rojos y húmedos se entreabrían para dejar ver el
+aljófar inmaculado de sus dientes. Y basta, porque no concluiríamos
+nunca. En esto de admirar a las artesanas de Sarrió, no hay inglés que
+nos ponga el pie delante.
+
+En el elemento femenino de los bailes había siempre perfecta
+homogeneidad: todo él se componía de jóvenes situadas en el mismo
+peldaño de la escala social. Pero en lo que toca al masculino, existía
+peligrosa variedad: acudían a aquel sitio los jóvenes artesanos y los
+señoritos de Sarrió. Los primeros creían vulnerados sus derechos por la
+competencia de los señoritos; tanto más, cuanto que ésta era para ellos
+desastrosa, por los repetidos ejemplos de uniones desiguales que se
+efectuaban en la villa. Ya hemos dicho, y si no, lo decimos ahora, que
+los indianos se quedaban con el contingente de señoritas más o menos
+amojamadas, más o menos pobres que existían en la población. Los jóvenes
+de la clase media, vencidos en esta competencia se refugiaban en las
+artesanas, y no lo pasaban mal. Pero los pobres obreros o marineros,
+vencidos por los señoritos, ¿dónde se refugiaban? No les quedaba más
+recurso que la taberna y los palos. De éstos había en cada baile una
+cantidad verdaderamente fantástica. Raro era el domingo en que no salían
+de las Escuelas dos o tres señoritos con la cabeza rota.
+
+Pablito había librado, hasta entonces, bastante bien, gracias a su
+fidelísimo Piscis, que se encargaba de llevar por él los garrotazos que
+se le destinaban. El único contratiempo que padecía en la mayor parte de
+las reyertas, era la pérdida del sombrero. Esto fué tan repetidas veces,
+que vino a averiguarse que le buscaban quimera para que lo perdiese.
+Cuando un artesano necesitaba sombrero, ya sabía dónde buscarlo.
+
+Pero Piscis no pudo librarle de ciertas bofetadas que recibió la tarde
+de aquel domingo; no por falta de voluntad en el centauro, sino porque
+hay cosas que no pueden ser... vamos, que no pueden ser. ¡Cuán ajeno
+estaba el gallardo mozo al retorcerse las guías del bigote frente al
+espejo y aliñarse las mejillas con un jaboncillo que se hacía traer de
+Madrid, que una hora después habían de ser tan fiera y cruelmente
+machacadas!
+
+Paseábase por el medio del salón tan apuesto, tan bizarro, que daba
+gloria verlo. Miraba cuándo a un lado, cuándo a otro, como hacen todos
+los hombres de verdadero ingenio en estos casos. De vez en cuando, al
+cruzar al lado de una damisela, la decía:—«¡Usted tan bonita, Julia!» O
+bien: «Me están matando esos ojos» o «Como Torcuata no la hay en
+Sarrió», u otra frase feliz por el estilo que encendía en puro gozo a la
+doncella. Pero al dejarla escapar, no perdía un punto, de su gravedad.
+Porque sabía que ésta era una de sus cualidades sobresalientes y que le
+hacían más apetecible al bello sexo.
+
+Esperaba hacía rato a Valentina. Pero ya estaba el salón poblado de
+damas, y la fementida orquesta de metal había tocado dos bailables, sin
+que la costurera gentil hubiera hecho su aparición en el baile.
+Volvieron a sonar los acordes de una mazurka. La juventud dorada tornó a
+estrechar los talles esbeltos de las hijas del pueblo. Pero nuestro
+Pablito, fiel a la suya, permanecía inactivo mirando cruzar por delante
+de él las parejas veloces.
+
+Terminada la mazurka le asaltó la idea de que Valentina ya no vendría.
+La tirantez de relaciones que mediaban entre ella y el autor de sus
+días, sobre todo cuando éste tenía algunos vasos de vino en el cuerpo,
+lo hacía muy verosímil. Pocos minutos después, Pablito estaba plenamente
+convencido de ello.
+
+Esta su disposición de espíritu coincidió con la entrada de la blonda
+Nieves en el salón. Sus miradas se encontraron. La pobre muchacha,
+villanamente abandonada no hacía siquiera dos meses, le sonrió con
+dulzura. Esta dulzura había sido precisamente la causa de su desgracia.
+El apuesto Pablito se cansaba pronto de las mujeres dulces. Sin embargo,
+devolvió la sonrisa, y al pasar a su lado, le dijo áticamente:
+
+—Te van a embestir los toros, Nieves.
+
+La bordadora traía un pañuelo rojo atado a la cintura. Esta frase de su
+ex galán le causó un efecto tan vivo, que no supo qué contestar. Sonrió
+de nuevo, y dijo: ¡ah!... ¡sí!... ¡no! y algunas otras partículas que no
+recordamos, y quiso desmayarse de emoción. A la vuelta siguiente le
+preguntó si quería bailar con él la primera polka. La primera, la
+segunda, la tercera, y todas las polkas que se toquen en el universo,
+respondió Nieves con el sí tembloroso que salió de sus labios. Después
+que comprometió la polka, Pablo sintió un gran arrepentimiento:—«¡Qué
+tonto, qué bruto soy! ¿Y si ahora llega Valentina?»
+
+Pero no llegó. La orquesta comenzó a preludiar los primeros compases. El
+joven, sin quitar los ojos de la puerta, abrazó el talle de la
+bordadora, lanzándose con ella en raudo vuelo por la sala. Otros
+jóvenes, no menos raudos, venían del lado opuesto, y ¡claro! un choque
+primero, después otro y después otro. Tales encuentros eran un atractivo
+más en aquellos bailes. Las jóvenes, a quienes apabullaban el peinado u
+obligaban a tambalearse, en vez de sentir enojo, reían a carcajadas con
+placer vivísimo. Pablo y Nieves, que no podían dar cuatro pasos sin
+tropezar con otra pareja, estaban verdaderamente hechizados. Sin
+embargo, el joven, siempre que pasaba por delante de la puerta, sentía
+un leve estremecimiento en las piernas, y se apresuraba a alejarse de
+ella. Cuando la orquesta se calló, llevó a su pareja hacia un ángulo de
+la sala, y allí departieron un momento de pie. Pablito sintió arder
+entre las cenizas de su amor una chispa de simpatía por aquella muchacha
+tan alegre, tan apacible, tan cariñosa.
+
+—Ya tenía deseos de bailar contigo, Nieves—le dijo mientras se
+limpiaba el sudor con el pañuelo.
+
+—Y yo con usted, Pablo.
+
+—¿Usted?
+
+La joven se ruborizó.
+
+—¿Has olvidado el tú ya?
+
+—¡Tanto tiempo se pasó!
+
+—Tienes razón... Pero mira cómo yo no lo he olvidado.
+
+—El miércoles le vi... te vi en la carretera de Nieva... Ibas en un
+caballo blanco...
+
+—Era una yegua.
+
+—Creí que te tiraba.
+
+—¡Tirarme!—exclamó Pablito frunciendo el entrecejo.—¡Afloja un poco,
+chica! A mí no me tira tan fácilmente una jaca.
+
+—¡Es que daba unos brincos tan grandes!... Se ponía así para arriba...
+¡Jesús! Yo estaba asustada.
+
+—Es que la estaba enseñando a levantarse de manos—repuso el joven
+sonriendo con superioridad.—Como no la han trabajado hasta ahora, se
+resiste un poquito. Alguna vez da sus botes de carnero; pero total
+nada... en el fondo es muy noble la Linda... Mira, tú, cuando la compré,
+o, por mejor decir, cuando la cambié por el Negrillo, dando mil
+quinientos reales encima, allá en el mes de octubre, bien te acordarás,
+tenía una porción de zunas. Se me plantaba a lo mejor en medio de la
+carretera, se espantaba con los carros... en fin, un animal perdido. Yo
+me dije: ¿qué hay que hacer con esta jaca?...
+
+Pablito, en cuyo pecho la joven había hecho vibrar la cuerda más
+sensible, disertó larga y luminosamente acerca de aquellos asuntos
+ecuestres. Nieves le escuchaba embelesada, enternecida, figurándose
+acaso que detrás de aquella descripción minuciosa de las zunas de la
+Linda iba a encontrar su amor perdido.
+
+De pronto, el orador ¡paf! recibe un golpe en medio de la cara; el
+auditorio ¡paf! recibe otro. Antes que se hubieran repuesto de la
+sorpresa, reciben otros dos ¡paf, paf!
+
+Era la colérica Valentina el autor de aquel daño. En menos de un minuto
+los llenó a ambos de bofetadas. Pablito no encontró mejor recurso que
+escabullirse bonitamente, y plantarse en la calle. Quedó Nieves como
+inocente paloma en las garras del gavilán. Pero éste, viendo que no
+podía saciarse, porque le sujetaron los brazos, se desprendió
+bravamente, dejó el salón, dónde se había armado el consiguiente jollín,
+y salió a la calle.
+
+Pablito caminaba a paso lento, harto sofocado aún, cuando sintió un
+terrible dolor en el brazo. Conocía tan bien aquel género de tormento,
+que sin volver la cara exclamó:
+
+—¡Valentina!
+
+—¡Yo soy! ¿Creíais que os ibais a reir de mí?
+
+—Lo que acabas de hacer es muy feo—profirió el joven con acento
+irritado, mirando a su querida cara a cara.—Has dado un escándalo, y
+me has puesto en ridículo. Yo no tolero eso, ¿lo oyes?
+
+—¿Que no lo toleras? Pues, mira; como vuelva a verte otra vez con ella,
+no me contento con lo que hoy hice... ¡Os clavo a los dos con una
+navaja!
+
+—Ya te librarás de hacer nada de eso, ni presentarte siquiera delante
+de mí cuando esté hablando con otra mujer—gritó el joven cada vez más
+enfurecido.
+
+—¡En cuanto te vea con esa pendanga! ¡Alza! ¡ya verás! ¡ya verás!
+
+Entonces el hermoso mancebo, justamente indignado, pero olvidando por el
+estado de ofuscación en que se hallaba todos los artículos del código de
+la galantería, descargó una bofetada en el rostro de su querida, y
+después otra, y después otra... en fin, una _sopimpa_ más que regular.
+La graciosa artesana se dejó solfear por su galán pacientemente, sin
+hacer la más leve señal de resistencia, ni siquiera de esquivar los
+golpes. Cuando Pablito cesó, le preguntó con deliciosa naturalidad:
+
+—¿Has concluído ya?
+
+—Por ahora... ¡pero me entran ganas de empezar otra vez!—rugió el
+mancebo ciego de cólera.
+
+—Pues empieza cuando gustes. Yo las he de llevar todas sin moverme.
+Pero te advierto que me pegues o no me pegues, he de hacer lo que te
+dije en cuanto te vea hablando con esa... Ahora llévame otra vez al
+baile.
+
+—No quiero.
+
+—Bueno; pues llévame a cualquier parte donde pueda arreglar el pelo,
+porque me has despeinado.
+
+El joven hubo de transigir llevándola al café de la Estrella, no sin ir
+pensando por el camino que sus conquistas le estaban saliendo un poco
+caras.
+
+Pocos días después tuvo aún mejor motivo para hacerse esta reflexión.
+Fué en la Peluquería Madrileña, donde acostumbraba a afeitarse y
+arreglarse el pelo a menudo. Acompañado de su primer caballerizo, entró
+en ella y se sentó en un diván esperando la vez.
+
+—Cuando usted guste, caballero—le dijo al cabo un muchacho pálido, con
+ligero bigote negro, volviendo el asiento de gutapercha y mirándole de
+través.
+
+Pablito avanzó distraídamente y se dejó caer en la butaca con esa
+languidez elegante que adoptan en las peluquerías aquellos a quienes la
+Providencia señaló con un destello de superioridad. El chico le
+embadurnó la cara con jabón. El joven Belinchón, con la preciosa cabeza
+inclinada hacia atrás, esperó radiante de majestad que se le despojase
+de la sombra negra que manchaba sus mejillas. Tenía los ojos cerrados
+blandamente para mejor percibir los vagos y poéticos pensamientos que
+cruzaban por su cerebro. Siempre que volvía de la cuadra traía la cabeza
+repleta de ideas. Sus piernas se extendían cruzadas debajo de la mesa, y
+sus manos enguantadas pendían de los brazos del sillón con la misma
+elegancia que las piernas.
+
+—Fernando—dijo en voz alta el artista que le iba a afeitar llamando a
+uno de sus compañeros.
+
+—¿Qué quieres, Cosme?
+
+Este nombre hizo estremecer sin saber por qué a Pablito. Abrió los ojos
+y dirigió una larga y ávida mirada al peluquero. No le conocía. Debía de
+ser nuevo en el establecimiento. Esto, en vez de tranquilizarle, le
+obligó a cambiar de postura varias veces, abandonando por el momento su
+habitual majestad y languidez.
+
+—¿Puedes darme la navaja que han vaciado hoy?
+
+—Allá va.
+
+Fernando alargó el brazo y Cosme recogió la navaja. Un vago deseo de
+levantarse nació en el espíritu de Pablito. Mas antes de que pudiera
+adquirir forma, el peluquero le había cogido por la nariz y comenzaba a
+rasparle.
+
+Al cabo de unos instantes en que nuestro joven por debajo de sus largas
+pestañas seguía con mirada inquieta los movimientos de la mano del
+artista, éste le dijo en voz baja, plegados los labios por una sonrisa
+afectada que extendía desmesuradamente su boca:
+
+—Usted es el señorito de Belinchón, ¿verdad?
+
+—Sí—articuló.
+
+—Yo le conozco a usted hace mucho tiempo—manifestó el peluquero con la
+misma voz apagada y sin dejar de sonreir.—¡Oh, sí, hace mucho tiempo!
+Usted no me conocerá... ¡Claro! los señoritos no acostumbran a fijarse
+en nosotros. Le tengo visto muchas veces por ahí a caballo y en coche...
+y también a pie. En los bailes de las Escuelas le veo a menudo. Baila
+usted muy bien, señorito, ¡muy bien!...
+
+—¡Phs!—profirió Pablito, en quien el deseo de levantarse se había
+transformado ya en verdadero anhelo.
+
+—Sí, muy bien... y además tiene gusto para escoger pareja. ¡Caramba qué
+muchachas tan guapas se lleva usted siempre, señorito! Hace algunos
+meses le veía bailar siempre con una rubia... ¡hasta allí! Es hermana de
+un amigo mío... Pero hace ya tiempo que le veo bailar con otra muy
+salada que se llama Valentina, ¿verdad? Es una chica muy graciosa...
+¡Caramba qué buen ojo tiene usted, señorito!... A esta Valentina la
+conozco un poquito... Hemos sido algo amigos en otro tiempo... ¿No le ha
+hablado alguna vez de mí... de un tal Cosme?
+
+—No—articuló el joven, en quien comenzaban los síntomas de una
+abundante transpiración.
+
+—Pues es extraño, porque éramos bastante amigos... ¡Como que hace tres
+meses estábamos para casarnos!... Pero, amigo, vino usted, señorito, y
+todo fué rodando.
+
+Cosme había pronunciado estas últimas palabras con voz temblorosa.
+Pablito sudaba gotas como avellanas sin sentir calor alguno. Tenía el
+mismo temperamento de su glorioso padre, enemigo irreconciliable de las
+traiciones y emboscadas.
+
+—Naturalmente, ¿qué había de pasar?—prosiguió el artista en un tono de
+voz indefinible, pues no se sabía si quería llorar o reir. Al mismo
+tiempo pasaba la navaja con suavidad por la garganta del bizarro mancebo
+para despojarle de algunos pelos importunos.—¡Naturalmente! Un señorito
+tan principal como usted, ¿cómo no había de derrotar a un pelafustán
+como yo? Las chicas, en cuanto uno de ustedes les canta al oído
+cualquier cosita, se vuelven locas, aunque la mayor parte de las veces
+ustedes lo hacen por divertirse, cuando no para otra cosa peor.
+Demasiado se sabe que usted no se ha de casar con Valentina... Usted la
+quiere para pasar el rato por las noches con ella en el corredor y hacer
+sus escapaditas adentro, ¿verdad? Y después ¡ahí queda eso!... La
+verdad, yo quería mucho a esa niña...
+
+La voz del barbero volvió a temblar y la mano también. Pablito no pudo
+siquiera hacer otro tanto. Estaba petrificado.
+
+—Pero ahora—prosiguió Cosme,—ahora, ¿quién es el que se casaría con
+ella a no estar loco?... Los pobres estamos debajo, y tenemos que sufrir
+estas vergüenzas. Si usted hubiera sido un igual mío nos hubiéramos
+visto las caras... Pero si yo me hubiera metido con usted, no faltaría
+quien me rompiese la cabeza, y sobre eso iría a la cárcel... Y sin
+embargo—prosiguió después de un momento de silencio con acento más
+ronco,—si yo ahora me volviese de repente loco, señorito... ¡adiós
+caballos y coches! ¡adiós bailes! ¡adiós Valentina!... Con sólo empujar
+un poco la navaja ¡pif! todo había concluído para siempre...
+
+Pablito, cuyo rostro ya sin jabón estaba tan blanco como cuando lo
+tenía, dejó escapar aquí un jipido tan extraño y doloroso, que Piscis
+que venía observando con ojos recelosos al barbero, saltó repentinamente
+sobre éste y le sujetó los brazos. Pablo se levantó entonces de un
+salto. El dueño y los mancebos y todos los parroquianos gritaron a un
+tiempo:
+
+—¿Qué es eso?
+
+—¡Pillo, asesino!—exclamó Pablito lanzándose sobre Cosme, que estaba
+bien sujeto por atrás y tan pálido como un muerto.
+
+En un instante el gallardo mancebo, que aun sudaba copiosamente, les
+enteró de lo que había pasado. El pobre Cosme fué arrojado de la tienda
+a puntapiés por el patrón, que no quería perder el mejor parroquiano de
+la villa.
+
+
+
+
+XIII
+
+EN QUE SE DESCUBREN ALGUNOS SECRETOS DE LA VIDA DE GONZALO
+
+
+Gonzalo recordó que aún no le habían curado el vejigatorio puesto el día
+anterior. Tiró violentamente del cordón de la campanilla. Estaba tendido
+en el lecho boca arriba, mirando los arabescos del techo. La estancia
+bien esclarecida por los dos balcones que tenía. No se hallaba en su
+alcoba, sino en el despacho, donde le habían puesto una cama el día
+primero que se sintió mal. Ventura había mostrado pesar de dejar la
+alcoba, y prefirió salir él, ya que juntos no podían dormir. El ataque
+había sido tan fuerte como repentino: una erisipela que le inflamó el
+rostro, las manos y las piernas, y estuvo a punto de causarle la muerte.
+Conjurado el ataque cerebral por medio de violentos revulsivos a las
+piernas, el médico le fué aplicando vejigatorios en diversas regiones
+del cuerpo.
+
+—¿Qué se le ofrecía, señorito?—dijo la doncella entreabriendo la
+puerta.
+
+—Haga usted el favor de llamar a la señorita.
+
+Al cabo de un momento, la criada entreabrió de nuevo:
+
+—Que viene al instante.
+
+El joven esperó. Al cabo de diez minutos largos, la linda cabeza rubia
+de su esposa asomó por la puerta.
+
+—¿Qué me querías, pichón mío?—preguntó, sin entrar, en tono distraído,
+que no encajaba bien con lo meloso de la pregunta.
+
+—Entra... Son las once, y aún no me han curado el vejigatorio.
+
+—Yo pensaba que esperarías a que el médico lo hiciese—dijo avanzando
+con vacilación por la estancia. Vestía una magnífica bata de seda azul
+que no podía velar la curva pronunciada de su vientre.
+
+—No ha dicho que vendría él a curármelo... Además me molesta mucho ya.
+
+La joven se acercó a la cama. Después de unos momentos de silencio,
+poniendo la mano sobre la cabeza de su marido, le preguntó:
+
+—¿No sería mejor que el médico te curase?
+
+—No, no—respondió él, malhumorado.—Me está molestando mucho... Busca
+las hilas y la pomada, y trae unas tijeras que corten bien.
+
+Ventura salió sin decir nada. Poco después volvió con aquellos enseres
+en las manos. Se había puesto seria y parecía distraída. El tenía
+impreso en el rostro el hastío y el malestar que causa la cama.
+
+Después que hubo colocado los efectos sobre la mesa de noche y esparcido
+la pomada sobre las hilas con un cuchillo, la joven esposa dijo
+suavemente:
+
+—Vamos.
+
+Gonzalo se incorporó, y desabrochando la camisa expuso al aire su pecho
+de hércules de circo, a cuyo costado derecho estaba adherida una
+cantárida. La joven se inclinó para levantar el parche. Gonzalo
+aprovechó la ocasión para besarla en la frente.
+
+No se dijeron nada. La vejiga era grande y rodeada por un círculo rojo
+de carne inflamada. Ventura se alzó de nuevo y dijo con su habitual
+desenfado:
+
+—Bah, bah, mejor esperamos que venga el médico: no puede tardar... Si
+quieres le pasaremos recado.
+
+—Ya he dicho que no—manifestó el joven frunciendo el entrecejo.—Coge
+las tijeras y corta la vejiga alrededor. Después pones las hilas encima
+de la llaga y se concluyó... ¡Ya ves que es bien fácil!
+
+Ventura no respondió. Tornó las tijeras, se inclinó de nuevo y se puso a
+cortar la piel.
+
+—¿Te duele?
+
+—Nada: sigue adelante.
+
+Pero al quedar la llaga al descubierto la joven no pudo reprimir un
+gesto de repugnancia. Los ojos de su marido, que la espiaban, se
+turbaron. Su frente se arrugó fuertemente.
+
+—Mira, déjalo, déjalo... Esperaremos que venga el médico—dijo
+cogiéndola por la muñeca y apartándola suave, pero firmemente.
+
+Ventura le miró sorprendida.
+
+—¿Por qué?
+
+—Por nada. Déjalo, déjalo—replicó abrochándose de nuevo la camisa y
+tapándose con la ropa.
+
+Venturita se quedó con las tijeras en la mano mirándole fijamente, en
+actitud confusa. El tenía la misma profunda arruga en la frente y miraba
+al techo.
+
+—¿Pero por qué?... ¿Qué te ha dado, chico?...
+
+—Nada, nada. Déjame que voy a descansar.
+
+La joven se quedó todavía unos instantes mirándole. Inflamándose de
+pronto, tiró con rabia las tijeras al suelo y dijo con el acento altivo
+y desdeñoso que tan bien sabía dar a sus palabras cuando quería:
+
+—Me alegro. El espectáculo no era muy agradable; sobre todo poco antes
+de comer.
+
+Al mismo tiempo se volvió dirigiendo sus pasos hacia la puerta. Gonzalo
+exclamó con sonrisa sarcástica:
+
+—Y yo me alegro de haberte dado esa alegría.
+
+Luego, al quedar solo, sus ojos chispearon de furor y sus labios
+temblaron. Apretó la sábana con las manos convulsas, y lanzó una serie
+de interjecciones brutales, entregándose a una de esas cóleras breves y
+terribles de los hombres sanguíneos.
+
+Antes que se hubiese apagado por completo, oyó tocar en la puerta
+suavemente. Figurándose que era su mujer, gritó con furia:
+
+—¿Quién va?
+
+La persona que había llamado, estremecida sin duda por aquella voz,
+tardó un instante en contestar.
+
+—Soy yo, Gonzalo—dijo al cabo con voz débil.
+
+—¡Ah! dispensa, Cecilia. Entra—replicó el joven dulcificándose de
+pronto.
+
+Su cuñada abrió la puerta, entró, y la cerró después con cuidado.
+
+—Venía a saber cómo estabas, y al mismo tiempo a decirte que si quieres
+la limonada ya la tienes hecha.
+
+—Estoy mejor, gracias. Si sigo así, me parece que mañana o pasado a
+todo tirar me levanto.
+
+—¿Te han curado la cantárida?
+
+—Ventura se puso a ello ahora; pero no ha concluído—respondió,
+volviendo a fruncir la frente.
+
+—Sí; acabo de encontrármela en el pasillo, y me ha dicho que te has
+incomodado porque te figurabas que lo hacía con repugnancia—dijo
+Cecilia sonriendo con bondad.
+
+—¡No es eso! ¡No es eso!—repuso el joven en tono de impaciencia y no
+poco avergonzado.
+
+—Debes perdonarla, porque no está acostumbrada a estas cosas. Es una
+chiquilla... Además, el estado en que se encuentra, tal vez influya en
+su estómago.
+
+—¡No es eso, Cecilia!—volvió a exclamar el joven con más impaciencia,
+levantando un poco la cabeza de las almohadas.—Sería muy necio y muy
+egoísta si fuese a incomodarme por una cosa que después de todo no está
+en su mano el evitar. Es cuestión de temperamento, y yo acostumbro a
+respetarlo; mucho más tratándose de mi esposa, que se encuentra en un
+estado excepcional... Pero hay algo más. Lo que me acaba de pasar llueve
+sobre mojado. Hace diez días que estoy en la cama, y no ha entrado en
+esta habitación más de dos o tres veces cada día y casi siempre llamada
+por mí... ¿Te parece que es eso lo que debe hacer una mujer por un
+marido?... Si no hubiera sido por ti y por mamá... sobre todo por ti...
+estaría abandonado en poder de criados como en una fonda.
+
+—¡Oh, no, Gonzalo!
+
+—Sí, sí, Cecilia—replicó con energía y exaltándose.—Abandonado. Mi
+mujer no aparece por aquí sino cuando hay visita... Entonces, sí, viene
+hecha un brazo de mar, oliendo a esencias y demonios colorados... Pero
+traerme las tisanas, apuntar las prescripciones del médico, hacerme un
+poco de compañía hablando o leyéndome algo... ¡De eso, nada!... Ahora le
+ruego que me cure el vejigatorio, y, en cuanto se lo digo, cambia del
+todo su fisonomía... Comienza a buscar salidas para zafarse. Sólo cuando
+yo insisto con empeño, se decide... ¡pero de tan mala gana! con una cara
+tan estirada, que estuve tentado a tirarle a ella todos los chirimbolos.
+No tendría ni pizca de dignidad, ni vergüenza siquiera, si la hubiese
+consentido seguir...
+
+Se había ido exaltando cada vez más, hasta el punto de incorporarse del
+todo en el lecho. Cecilia, en pie, en medio de la habitación, le
+escuchaba inquieta y confusa, sin saber qué replicar. Quería defender a
+su hermana; pero no encontraba argumentos bastante poderosos para
+contrarrestar los de su cuñado.
+
+—Gonzalo—le dijo al fin, con voz firme y semblante sereno, acercándose
+al lecho,—el disgusto que acabas de tener te ha exaltado un poco, y no
+ves las cosas como en realidad son... Es posible que Ventura se haya
+descuidado un poco en el cumplimiento de sus deberes; pero estate seguro
+de que no ha sido por falta de voluntad. La conozco bien. Sé que su
+carácter no se presta a ocuparse en estos pormenores y cuidados que un
+enfermo necesita. No sirve para enfermera. Además, considera que ahora
+se encuentra en un estado en que hay que dispensarle muchas cosas...
+
+—¡Pero si es así en todo, Cecilia! ¡Si es así en todo!—replicó el
+joven con tanta viveza como mal humor.—¡Si es una chiquilla que no
+tiene atadero! Los asuntos de la casa le tienen sin cuidado. Para ella,
+lo único importante en el mundo es ella misma, su hermosura, sus trajes,
+sus joyas... Todo lo demás, padres, hermanos, marido, no significan
+nada... Estoy seguro de que le ha preocupado más el sombrero que ha
+encargado a París que mi enfermedad...
+
+—¡Oh, no digas eso, por Dios! Estás loco.
+
+—No estoy loco. Digo la pura verdad...
+
+Y con palabra rápida, vibrante, tropezando muchas veces por la
+irritación de que estaba poseído, expuso prolijamente sus quejas,
+complaciéndose en hacer sangrar de nuevo los pinchazos que había
+recibido en su vida matrimonial. Ventura tenía un carácter
+diametralmente opuesto al suyo. No era posible estar bien con ella más
+de una hora. Porque si duraba mucho la avenencia, y no se presentaba
+motivo de riña, se encargaba ella de buscarlo, hastiada, sin duda, de
+hallarse en paz con su marido. Si hacía una cosa por proporcionarle un
+goce cualquiera, en vez de agradecérselo, le pagaba generalmente con
+alguna burla o sarcasmo. Todo le parecía poco. Los mayores sacrificios
+los encontraba pequeños. No había posibilidad de hacerla pensar más que
+en sus vestidos, en sus perfumes, en sus cintajos. ¡Qué vida la que le
+había hecho llevar en Madrid los tres meses que allí habían estado! No
+salían de los comercios de sedas, de las joyerías, de casa de la
+modista. Por las noches, infaliblemente al teatro. Aunque estuviese
+cansado o se le partiese la cabeza de dolor, nada, era preciso exhibirse
+en algún palco del Real, del Príncipe o la Zarzuela. El dinero que allí
+habían gastado, sumaba una cantidad imponente. Creía haber llevado
+bastante, y por tres veces tuvo que pedir más a su casa. Luego,
+comprendiendo que dado aquel tren con sus rentas no tendrían bastante,
+sobre todo si Dios le daba muchos hijos, había tratado de montar una
+fábrica de cerveza, para aprovechar siquiera los estudios que había
+hecho. Ventura se había opuesto resueltamente a ello, diciendo que no
+quería ser «la señora de un cervecero...» Estaba convencido de que la
+sangre que se había quemado en Madrid, y la que seguía quemándose en
+Sarrió, era lo que había causado aquel ataque repentino de erisipela.
+¡Claro! El necesitaba una vida de actividad y de trabajo, salir mucho al
+campo, cazar, montar a caballo. Su naturaleza pletórica exigía el
+ejercicio. Aquella vida sedentaria que le gustaba a Ventura, aquel
+eterno teatro, aquellas visitas, aquel trasnochar sin sustancia, le
+mataban; la sangre se le ponía espesa como el aceite... ¡Pero qué le
+importaba a ella todo eso! Lo principal era satisfacer su gusto en todo
+y por todo... En Madrid había aprendido a pintarse; ¡una gran
+barbaridad, porque era blanca como la leche!... Pues aunque él le había
+manifestado repetidas veces que le repugnaba aquella asquerosa manía, no
+había sido posible que le hiciera caso.
+
+Mientras se desahogaba de este modo en un flujo intermitente de
+palabras, el rostro de Gonzalo iba expresando sucesivamente la
+indignación, la tristeza, la cólera, el desprecio, todas las emociones
+que agitaban su alma al recuerdo de sus padecimientos. Su gran torso de
+atleta, se movía convulsivamente sobre el lecho, incorporándose unas
+veces, otras dejándose caer, mientras las manos temblorosas y crispadas
+se ocupaban instintivamente en tirar de la ropa, que a impulso de sus
+bruscas sacudidas se le marchaba.
+
+Cecilia, con la cabeza baja y las manos caídas y cruzadas, le escuchaba
+esperando que después de soltar el fardo de sus disgustos, la cólera del
+joven se aplacase.
+
+Y así fué. Después que ya no tuvo más palabras en el cuerpo, cubriéndose
+con la sábana hasta los ojos dejó escapar una serie interminable de
+resoplidos entremezclados de frases incoherentes. Cecilia comenzó a
+decirle con voz muy suave:
+
+—Yo no sé qué decirte a todo eso, Gonzalo. Meterse en las desavenencias
+que pueda haber en un matrimonio es muy peligroso. Si a alguien
+corresponde intervenir en vuestras cosas no es a mí, sino a mamá... Pero
+siempre he oído decir que en todos los matrimonios hay riñas y
+disgustillos, sobre todo al principio, mientras los caracteres no se
+amolden... Todo eso pasa. Son nubes de verano. Mientras no afecte al
+fondo, mientras los corazones no se desunan, las reyertas matrimoniales
+tienen bien poca importancia... Y aquí no hay miedo a eso, por
+fortuna... Tú quieres a Ventura...
+
+—¡Oh, cada día más!—exclamó él, con rabia de sí mismo.—Estoy
+enamorado como un burro... sí, sí, ¡como un burro!
+
+Una sombra de mortal dolor, veloz como un relámpago, pasó por los claros
+ojos de Cecilia. Pero al instante volvieron a lucir serenos y brillantes
+como siempre.
+
+—Ella también te quiere a ti; no lo dudes. Su genio es vivo, acaso un
+poco caprichoso, por lo mismo que ha sido siempre el mimo de la casa.
+Pero es incapaz de guardar rencor por una ofensa, ni obra jamás con
+premeditación, sino empujada por las impresiones del momento... Además,
+Gonzalo—añadió sonriendo,—considera que ahora le debes muchas más
+atenciones, muchísimo más cariño, si es posible...
+
+La joven, con frases delicadas empapadas de ternura, le habló de su
+futuro hijo; un clavito que remacharía de modo inquebrantable la unión
+de sus almas. Aquel niño para el cual todo el mundo estaba ya trabajando
+en la casa, disiparía con su sonrisa inocente las nubéculas que
+sombrearan por un instante el amor de sus papás. Después que estuviese
+en el mundo ¡bien se acordaría Ventura de coloretes! ¡Anda, anda! pues
+no tendría poco que hacer para tenerle limpio, darle el pecho y
+entretenerle cuando llorase. Y él estaría tan embobado contemplándolo,
+que no tendría tiempo a ocuparse en si su mujer traía tal o cual
+vestido, ni siquiera si estaba de bueno o de mal humor.
+
+La voz de Cecilia, suave, persuasiva, un poco empañada siempre, lo cual
+daba a su acento singular ternura y humildad que llegaba al corazón,
+logró conmover pronto el de su cuñado.
+
+Apaciguóse súbito. Dilatado su rostro por una sonrisa, exclamó antes de
+que concluyese:
+
+—¡Chica, qué gran abogado harías!
+
+—Es que tengo razón—replicó ella riendo.
+
+—Y si no la tuvieses ya te arreglarías para aparecer con ella... ¡Ea,
+ya pasó!... A mí las rabietas me duran poco... Y, sobre todo, en cuanto
+tú empiezas a hablar, pierdo la fuerza. No hay orador que se te iguale
+en eso de acumular los razonamientos en el punto que te convenga; y
+hasta sabes sacar el Cristo... digo, el niño...
+
+Cecilia soltó la carcajada.
+
+—Reconocerás que ha sido con oportunidad.
+
+—No lo niego.
+
+Ambos rieron con alegría, embromándose cariñosamente, mecidos en dulce
+fraternidad que los hacía felices.
+
+Cecilia se retiró al fin. Antes de llegar a la puerta se volvió,
+preguntando con timidez, donde apuntaba un vivo y mal disimulado deseo:
+
+—¿Quieres que te haga yo la cura?... Debes estar molesto...
+
+El joven vaciló un instante. Temía ofender el pudor de su hermana
+política.
+
+—Si tú quieres... No hay necesidad... Acaso te cause repugnancia...
+
+Pero Cecilia ya se había acercado a la cama y recogía las hilas, la
+pomada y las tijeras, poniéndolo todo en orden. Hizo una nueva tableta,
+y extendió con esmero el ungüento sobre ella. Gonzalo la miraba, un poco
+inquieto. Ella guardaba silencio, haciendo esfuerzos heroicos por vencer
+la confusión que se iba apoderando de su alma. Ya estaba arrepentida de
+su proposición. Dejaba transcurrir el tiempo pasando infinitas veces el
+cuchillo sobre las hilas, con los ojos bajos, fingiendo gran atención a
+la tarea que tenía entre manos. Al fin, haciendo un supremo esfuerzo,
+tomó la tableta, y levantando la cabeza hacia su cuñado, le dijo con
+afectada indiferencia:
+
+—Cuando quieras.
+
+Gonzalo, con mano vacilante, bajó la ropa. Se incorporó en el lecho, y
+con lentitud embarazosa principió a desabotonarse la camisa. Al fin
+descubrió su enorme pecho musculoso.
+
+—¡Buen cuadro para antes de comer!—exclamó avergonzado, repitiendo la
+idea expresada por su esposa.
+
+Cecilia no contestó. Se puso a examinar la llaga, cubierta a medias por
+la piel que Ventura no había acabado de cortar. Tomó las tijeras, y con
+mano firme cortó lo que faltaba.
+
+—¿Te hago daño?—preguntó.
+
+—Ninguno.
+
+Descubierta enteramente la llaga, grande como la palma de la mano,
+aplicó con suavidad sobre ella la tableta de hilas, pasó repetidas veces
+la mano por encima para ajustarla, colocó un trapo sobre las hilas, y
+sin dejar de oprimirlo con la mano izquierda, tomó con la derecha una
+venda que había sobre la mesilla, y la aplicó por el medio encima del
+trapo.
+
+—Ahora es necesario que te pases la venda por detrás de la espalda,
+para atarla después aquí encima.
+
+—¿No te atreves tú?—dijo él con sonrisa entre burlona y avergonzada.
+
+Ella no contestó. Quería a fuerza de seriedad dominar la confusión que
+la embargaba. Únicamente se podía advertir su emoción en el temblor
+ligerísimo de sus labios. Los ojos medio cerrados, lucían por detrás de
+sus largas pestañas con íntimo gozo que la expresión indiferente y grave
+de su fisonomía no podía ocultar.
+
+Gonzalo trató de cruzar la venda por detrás, pero le fué imposible.
+Cecilia acudió en su auxilio metiendo la mano con decisión por debajo de
+la camisa. Al sentir el tibio contacto de la carne del joven, aquella
+mano tembló levemente; mas no dejó de seguir con firmeza su tarea.
+
+—¿Buen pecho, eh?—dijo él con afectado desenfado, para ocultar el
+embarazo que a ambos dominaba.
+
+Tampoco respondió Cecilia.
+
+—No creas que es todo natural. Estos brazos y este pecho me los hice
+remando en el Támesis.
+
+—¿Remando?
+
+—Sí, remando. Allí los jóvenes más ricos no se desdeñan de vestir la
+blusa del marinero o la camiseta. Al contrario, es de lo más
+_fashionable_, como ellos dicen. ¡Cuántos viajes habremos hecho río
+arriba! Luego cada poco tiempo hay regatas. Acude la gente como en
+Madrid a los toros, se cruzan grandes apuestas... ¡Es un recreo
+delicioso! ¡Qué entusiasmo entre nosotros desde muchos días antes!...
+
+Se conmovía al recuerdo de aquellas horas felices de salud y de fuerza,
+cuando ni el amor ni cuidado alguno doméstico turbaban aún su vida de
+estudiante rico y desaplicado. Y viendo la atención que Cecilia le
+prestaba, se extendía en menudencias pueriles, trayendo al recuerdo los
+ínfimos pormenores de aquella existencia consagrada a la gimnasia.
+Refería las regatas que había ganado, las que había perdido y todos los
+incidentes que en ellas habían surgido. Contaba sus impresiones antes y
+después del suceso, la clase de alimentación que usaba para adquirir
+vigor y perder la grasa; describía los trajes que usaban, la forma de
+los botes, los gritos de la muchedumbre que los alentaba desde la
+orilla...
+
+—No habría allí quien tuviese más fuerza que tú—le dijo ella
+comiéndolo con los ojos.
+
+—¡Oh, sí! No era de los más flojos; pero todavía había algunos de más
+fuerza—respondió él con modestia.
+
+Había desaparecido la cortedad de ambos. Tornaba aquella dulce
+fraternidad de antes. Gonzalo descansaba sobre el lecho con los brazos
+fuera. En cuanto se viera fuera de él, y con ánimos, se iba a Tejada.
+Era necesario cambiar de vida, para evitar nuevos ataques. Pensaba
+dedicarse a la caza con ahinco. Montaría además un gimnasio en el sitio
+más adecuado de la casa. En fin, se prometía ser otro hombre así que
+curase del todo.
+
+Cecilia aplaudía aquella decisión; prometía ir con él algunas veces.
+Gozaba mucho más en Tejada que en Sarrió. Había nacido para aldeana. El
+se reía de aquellos propósitos.
+
+—No sabes lo que es ir de caza en este país. A ver si me veo precisado
+a traerte en brazos como a Ventura.
+
+—No tengas cuidado; soy más fuerte de lo que parezco.
+
+Al fin la joven trató de marcharse. Gonzalo le preguntó con timidez:
+
+—¿No me lees hoy un poco?
+
+Cecilia no había pensado en otra cosa desde hacía rato. Pero como había
+oído al joven quejarse con amargura de que su mujer no lo hiciese, temía
+dejarla en peor lugar, ofreciéndose a desempeñar esta tarea.
+
+—¿Qué quieres que te lea?
+
+—Con tal que no sea una de esas novelas terroríficas que le encantan a
+mi mujer, cualquier cosa.
+
+—Bueno; te leeré el Año Cristiano.
+
+—¡No tanto!—exclamó él riendo.
+
+Cecilia tomó de la librería un volumen de versos, y se puso a leer
+sentada cerca de los pies de la cama. Al cuarto de hora Gonzalo dormía
+deliciosamente, con la tranquilidad de un niño. La joven suspendió la
+lectura al observarlo, y le contempló atentamente, mejor dicho, le
+acarició con los ojos larguísimo rato. Al cabo creyó sentir ruido de
+pasos en el corredor, y poniéndose encarnada a la idea de que pudieran
+sorprenderla en aquella actitud, se alzó vivamente de la silla, y salió
+de la estancia sobre la punta de los pies.
+
+Gonzalo, en cuanto estuvo convaleciente, quiso trasladarse a Tejada. Le
+acompañó toda la familia, excepto don Rosendo. Corría el mes de octubre.
+En medio del ropaje amarillo de los campos comarcanos, la posesión de
+don Rosendo, poblada de coníferas, resaltaba como mancha negra, nada
+grata a los ojos. El joven puso en práctica inmediatamente su programa
+de vida higiénica. Levantábase de madrugada, tomaba la carabina, llamaba
+a los perros y lanzábase al través de los campos, llegando la mayor
+parte de los días a la noche, rendido, con algunas perdices en el morral
+y un hambre de caníbal. Cuando las excursiones eran más cortas, Cecilia
+le acompañaba, según le había prometido. Aunque en esta ocasión se
+mataban pocas perdices, Gonzalo apetecía su compañía como la de un
+agradable y simpático camarada. La joven nunca se confesaba fatigada;
+pero él, adivinándolo en su marcha vacilante, daba el alto, la obligaba
+a sentarse, y se hacía el distraído charlando, a fin de que durase más
+el descanso.
+
+Mas ella luchaba entre el placer de estas correrías, y el compromiso que
+había contraído con su hermana de hacerle el canastillo para el niño.
+Cuando llegó la ocasión de pensar en él, al quinto o sexto mes de
+hallarse en cinta, Ventura decidió encargarlo a Madrid; pero Cecilia le
+había dicho:
+
+—Si me traes los modelos, yo respondo de hacértelo igual.
+
+Venturita se había resistido un poco; mas al ver el empeño que su
+hermana ponía, consintió en ello. Cecilia emprendió con tanto afán la
+obra, que le faltaba tiempo para comer y dormir. Algunas veces, cuando
+su cuñado le instaba a salir, le respondía:
+
+—Mira, hoy déjame trabajar. Hace tres días que apenas coso nada.
+
+Y como él insistía haciendo burla de aquellos trabajos, ella se
+resignaba diciendo:
+
+—Bien, lo peor es para ti. A ver con qué vas a vestir a tu hijo cuando
+nazca.
+
+—Descuida, chica—replicaba él riendo.—Tengo bastantes camisas para él
+y para mí... ¡Sobre todo, si le gustan de cuello bajo!...
+
+Al cabo de un mes, la acción del aire y del sol había puesto a Cecilia
+mucho más morena. Parecía un muchacho, un marinerito del muelle, según
+la expresión de Gonzalo. Mientras tanto, Ventura hacía su vida de
+sultana caprichosa, que ahora tenía más razón de ser. Apenas salía de la
+casa. El cuidado exquisito de su persona, le ocupaba mucho tiempo. El
+resto, solía emplearlo en leer novelas de folletín. Cada día estaba más
+hermosa. Aquel culto fervoroso de su cuerpo, contribuía no poco a
+realzar y aumentar sus gracias. Como un artista toca y retoca
+incesantemente su obra, sin que le parezca jamás bastante acabada, así
+la joven esposa cuidaba de sus cabellos, de su cutis, de sus dientes, de
+sus manos, sin cansarse jamás. El matrimonio la había embellecido
+dándole la plenitud amable de la forma femenina, convirtiendo su hermosa
+primavera en dorado y espléndido estío. La misma maternidad, sin
+quitarle frescura ni desfigurar su cuerpo, le prestaba una majestad
+suave y protectora. Luego el soberano gusto, el arte, mejor dicho, con
+que sabía adaptar el color y la forma del vestido al tono de sus carnes
+y a los cambios que en su naturaleza se operaban, daba primor y relieve
+a aquella adorable figura.
+
+Eso sí, toda la casa giraba en torno de ella. Como una diosa adorada y
+temida, movía a su talante todas las figuras humanas que cobijaban las
+torres chinescas. Hasta doña Paula, que la había hecho rostro en los
+primeros meses de matrimonio, había vuelto a caer en su esclavitud. Ella
+no abusaba de aquel dominio. Dejaba que todos cumpliesen su gusto, menos
+cuando directa o indirectamente iba contra el suyo. Así, por ejemplo,
+nadie sabía cuándo tornarían a Sarrió, sino ella. La cocinera no
+arreglaba la comida sin consultarla. El cochero subía a preguntarle
+todos los días si quería salir de paseo. El jardinero no movía un tiesto
+sin pedirle la venia. En cambio no le preocupaba poco ni mucho que su
+marido saliese. Una sola vez, viéndole preparado a salir con Cecilia, le
+dijo sonriendo en presencia de ésta y de otras personas:
+
+—Muy amigos os vais haciendo tú y Cecilia. Mira que voy a celarme.
+
+Y al tiempo de decirlo, clavaba en él una de esas miradas soberanas que
+expresaba convencimiento profundo de su dominio. Gonzalo, por mucho que
+se alejase, no podría romper la cadena; volvería blando y sumiso a sus
+pies, como el cometa que en vertiginosa carrera surca los espacios y a
+una distancia inconmensurable siente el freno del sol y vuelve dócil
+hacia él su frente.
+
+Gonzalo pagó aquella mirada con otra de rendimiento absoluto. Cecilia se
+había puesto levemente pálida y sonreía para disimular su turbación.
+
+—Vamos, ¡idos, idos! No os quiero ver delante—añadió.—Si me la estáis
+pegando, peor para vosotros, porque tomaré una venganza sonada.
+
+La broma no era delicada, teniendo presente lo que había mediado entre
+Cecilia y Gonzalo. Pero no era Venturita mujer que reparase mucho para
+soltarlas.
+
+En los primeros días de diciembre se trasladaron a Sarrió. Un mes
+después Ventura daba a luz una hermosa niña, blanca y rubia como ella.
+Gonzalo estaba tan enamorado de su mujer, que la recibió con alegría,
+sí, mas no con aquel gozo y anhelo con que los hombres suelen acoger a
+su primer hijo. Lo que le interesaba principalmente era la salud de su
+esposa, que no sobreviniese ningún incidente. Todo se volvía entrar y
+salir del cuarto, tomarla el pulso y moler a preguntas a don Rufo. En
+opinión de éste, Ventura podía criar sin inconveniente a su hija. Era
+una muchacha robusta, bien conformada. Tan sólo cuando los niños salen
+muy tragones, la frescura y la belleza de la madre suele marchitarse un
+poco. Ante esta eventualidad, la joven se llenó de miedo y se opuso,
+primero embozadamente, después en términos categóricos, a dar el pecho a
+la niña. Gonzalo se convenció en seguida y hasta halló razonable aquella
+oposición. En cambio doña Paula se indignó grandemente, aunque sólo
+expresaba su desagrado a espaldas de Ventura.
+
+Cecilia se mostró tan solícita, tan vigilante en el cuidado de la
+criatura, que en poco tiempo se apoderó por completo de ella. Colocó en
+su cuarto una cama para la nodriza y la cuna de la niña, con pretexto de
+que Venturita se ponía enferma cuando pasaba una mala noche. Ella
+resistía dos y tres en vela sin alteración alguna. Y en efecto, en
+cuanto la chiquilla lloraba, era la primera que saltaba del lecho para
+entregársela a la nodriza. Si ésta no conseguía acallarla, tomábala en
+brazos, y se paseaba con ella horas y horas, hasta dormirla.
+
+Con esto, los jóvenes esposos, pudieron dormir juntos de nuevo con la
+misma libertad y descuido que en los primeros días de novios. Cuando por
+la mañana presentaban la criatura a su madre, ya Cecilia la había bañado
+en agua tibia y la traía envuelta en limpios pañales. Jugaba con ella un
+rato. Cuando llegaba la hora de entrar en el tocador se la entregaba de
+nuevo a su hermana.
+
+Del mismo modo, aunque con cierta timidez, nacida del deseo de no
+ofender a su hermana y formar contraste con ella, Cecilia intervino en
+el cuidado de la ropa de Gonzalo, y en el arreglo de su despacho. Aquél
+concluyó por darle las llaves de los armarios.—«Cecilia, voy a
+vestirme.» La joven corría al cuarto y a los pocos momentos volvía
+diciendo:—«Ya lo tienes todo». Gonzalo encontraba, en efecto, la ropa
+plegada sobre la cama, la camisa con los botones puestos, las botas
+relucientes, al lado de la mesa de noche.—«Cecilia, se me ha descosido
+un poco el forro del gabán.» Cuando tornaba a ponérselo ya estaba
+cosido. Y ella, que era asaz descuidada en renovar sus vestidos, gustaba
+extremadamente de que su cuñado vistiese a la última moda; no consentía
+por ningún concepto, que anduviese un día siquiera con una bota picada o
+con la corbata sucia. Gozaba en verle salir con algún nuevo traje
+elegante. Desde el balcón, levantando un poquito la cortina, seguíale
+con la vista cuando iba al café con el cigarro en la boca. Y después que
+daba la vuelta a la esquina, todavía contemplaba, hasta que se disipaba
+en el aire, la última bocanada de humo que había soltado.
+
+Un día, Gonzalo, enojado consigo mismo por lo que gastaba sin sustancia,
+le dió la llave del dinero.—«Mira, guarda tú esa llave; ni Ventura ni
+yo tenemos arte para manejar los cuartos. Cuando te pidamos dinero, lo
+apuntas en este cuadernito y nos avisas de lo que llevamos gastado en el
+mes. Tal vez de este modo nos iremos moderando un poco.» Convertida en
+intendente general, pronto observaron los esposos cierta mejoría en sus
+negocios. Gonzalo cuando llegaba alguna cuenta, decía al criado
+sonriendo:—«Pásela usted al administrador». El criado sonreía también y
+se la llevaba a Cecilia.
+
+Aquella intimidad, aquella compenetración singular de los cuñados en
+casi todos los actos de la vida, había engendrado una ilimitada
+confianza entre ellos, sobre todo por parte de Gonzalo. Nada le pasaba a
+éste en la calle, en el café, que no viniese a contar a Cecilia, que le
+prestaba incansable atención. Su esposa en cambio ni atendía ni quería
+oir hablar siquiera de sus cacerías, de sus disputas, de las ocurrencias
+de sus amigos. Todo lo que no fuese modas, bailes, descripciones de las
+_soirées_ madrileñas, bodas de los grandes de España, le interesaba
+poco. Lo que más excitaba su curiosidad era cuanto se refería a los
+reyes y a la real familia. Leía con avidez el relato de las recepciones
+palaciegas, conocía la etiqueta tan bien como un gentilhombre de cámara,
+cómo se saludaba a los reyes, cómo se les besaba la mano, cuándo se
+había de hablar en su presencia, cómo había que retirarse. Sabía los
+nombres y la biografía de cada uno de los miembros de la real familia y
+también los de los nobles más caracterizados de la corte. Las novelas, y
+una señora azafata de la reina que había estado a tomar baños en Sarrió,
+le habían sugerido aspiraciones fantásticas, un anhelo de vivir en
+aquella atmósfera brillante. La majestad de los príncipes la conmovía,
+la embargaba de sumisión, ¡ella que era incapaz de humillarse a nadie! Y
+aquella vida galante de la corte le producía cierto deslumbramiento como
+los fulgores de un sueño feliz. Cuando había estado en Madrid, su
+cualidad de provinciana rica, no le había consentido gozar más que de
+los teatros, de los paseos en coche por la Castellana, de las tiendas y
+las calles. De la corte, de sus saraos y regocijos, había permanecido
+tan distante como en Sarrió. Y sin embargo, ella estaba bien convencida,
+y no le faltaba razón, de que podía brillar en cualquier parte. Su
+hermosura y la viva y graciosa imaginación de que estaba dotada, la
+hubieran hecho notar inmediatamente en la sociedad más distinguida.
+Algunas veces paseando en _landau_ con su marido, había visto fijarse en
+ella con atención y codicia las miradas del duque de S... del marqués de
+C... de encumbrados personajes políticos. En una ocasión había oído a la
+duquesa de Medinaceli al cruzarse los carruajes, decir a su
+compañera:—«¿Estará casada esta niña tan linda?» De aquellos tres meses
+en Madrid, le había quedado una visión poética, un recuerdo confuso de
+sus placeres, y cierto prurito de imitar con los pobres medios de que
+disponía en la villa a las damas encopetadas de la corte, cuyas
+costumbres sólo conocía de oídas.. Así, por ejemplo, cuando salía de
+casa, que era pocas veces, solía hacerlo en carruaje, sobre todo si iba
+al teatro. La costumbre de que el coche viniera a esperarles al
+concluirse la función, había causado en Sarrió alguna sorpresa y no
+pocas murmuraciones. Los trajes con que se presentaba en público eran
+siempre de fantasía, distintos enteramente de los que vestían las otras
+damas de la población. Estas, por regla general, solían andar en sus
+casas con la ropa usada «en cualquier facha» como ellas decían. Ventura
+operó una revolución, vistiéndose desde por la mañana con trajes nuevos
+y adecuados a aquella hora. No se la sorprendía jamás, ni aun en el
+retiro de su gabinete, sin todos los adminículos y adornos propios de la
+ocasión. Sus batas de seda de color siempre apagado, sus cofias de
+encaje nunca vistas hasta entonces, sus babuchas de terciopelo, eran el
+pasmo de la población. Había muchas señoras que iban a visitarla, sólo
+por enterarse de su tocado casero.
+
+Gonzalo, al verla enfrascada en la lectura de las revistas de salones,
+al oir describir, como si lo hubiera visto, un baile en Palacio,
+exclamaba riendo:—«¿Sabes cómo se llama en medicina esa manía tuya?...
+Delirio de grandezas». Ella se enojaba. Como todos los caracteres
+burlones, le hería profundamente el ridículo. Con su cuñada el joven se
+reía unas veces, otras se mostraba irritado de aquellas extravagancias
+de su esposa, que calificaba de estúpidas y cursis. Cecilia procuraba
+calmarle, achacándolo a los pocos años, al carácter tornadizo de
+Ventura:—«Ya verás—le decía;—dentro de algunos meses no se acordará
+de semejantes tonterías».
+
+Cecilia era su paño de lágrimas, su confidente en todos los disgustos
+matrimoniales. Nunca dejaba de recibir de su boca algún útil consejo,
+algunas palabras consoladoras que calmaban sus fuertes y repentinos
+enojos. Se había acostumbrado de tal modo a aquellas confidencias, que
+cuando después de alguna reyerta con Ventura no hallaba a su cuñada en
+casa, se ponía el sombrero y corría a buscarla al paseo, a la iglesia o
+donde estuviese. El mucho tiempo que pasaban juntos convidaba también a
+éstos desahogos. Ventura no quería salir de casa. Y como don Rufo exigía
+que la niña tomase el aire libre, Cecilia se encargaba de acompañar a la
+nodriza. Gonzalo las acompañaba a ambas, la nodriza con la niña delante,
+él con Cecilia detrás. En aquellos largos paseos le confiaba todos sus
+secretos, le explicaba prolijamente sus temores, sus alegrías, sus
+esperanzas. A veces, oyéndola discurrir con tanta perspicacia en
+aquellos asuntos morales, solía exclamar con poca galantería:—«¡Qué
+lástima que Ventura no posea tu carácter juicioso y sensato!»
+
+Ella, en cambio, permanecía impenetrable para él, como para todo el
+mundo. O porque no tuviese secretos que contar, o por su temperamento
+excesivamente reservado, la primogénita de Belinchón huía de hablar de
+sí misma con un cuidado extraordinario. Ni sus alegrías ni sus pesares
+eran conocidos de nadie. Sólo un observador muy fino podría, a fuerza
+de costumbre, averiguar vagamente las emociones que la agitaban. Gonzalo
+no lo era. En su egoísmo infantil de hombre sano y musculoso, había
+llegado a considerar a su cuñada como un ser pasivo, razonable y frío,
+admirable para aconsejar y dirigir a los demás, un ser superior, si se
+quiere, pero incapaz de sentir aquellas cóleras, aquellas alegrías,
+aquellas pasiones insensatas que alteraban a los caracteres débiles como
+el suyo. Sin embargo, alguna vez, en son de broma, había tratado de
+sacarle del cuerpo sus secretillos. Sabía que tres o cuatro mancebos de
+la población aspiraban a su mano. A alguno de ellos le había sorprendido
+más de una vez paseando la calle. En el teatro la flechaban con los
+gemelos. Y aunque Gonzalo advertía con cierto disgusto que debía de
+haber en aquella adoración más deseo de la dote que verdadero amor,
+procuraba lisonjearla hablándola de sus pretendientes. Ella rehuía la
+conversación con silencio obstinado, sonriendo vagamente para no dejar
+traslucir su pensamiento; hasta que al cabo se veía precisado a hablarle
+de otra cosa.
+
+En cierta ocasión, sin embargo, Gonzalo tomó el asunto con más seriedad
+y persistencia. Un amigo de la infancia, ingeniero de caminos, le habló
+de Cecilia, y le pidió su protección para interesarla en su favor. La
+franqueza y sinceridad de su lenguaje agradó mucho al joven.
+
+—Gonzalo—le dijo,—me encuentro ya en edad y en disposición de
+casarme. No he querido hacerlo en Madrid o en Sevilla, donde estuve
+destinado, porque desconfío de las mujeres que no conozco de muy atrás.
+Los hombres deben casarse en su patria con las jóvenes que han visto
+crecer a su lado. Decidido a casarme con una chica de la población, me
+he fijado en tu cuñada, y voy a decirte con toda sinceridad mis
+pensamientos. Cecilia no es bonita ni es fea; es una mujer pasable.
+Siempre he creído que éstas son las más a propósito para esposas. En las
+cuatro o cinco veces que he hablado con ella en casa de las de Saldaña,
+la he encontrado muy simpática y muy razonable, franca y modesta. Sus
+amigas hablan todas bien de ella. Es un dato importantísimo que los
+hombres no tienen en cuenta bastante al casarse. Porque las amigas
+suelen ser implacables las unas para las otras, y se buscan las
+cosquillas que es una bendición... Además, tu cuñada tendrá una buena
+fortuna el día de mañana, y esto, ¿por qué no he de decírtelo? también
+es otro dato que debe tenerse presente. No sé por qué se han de casar
+los hombres por sistema con las mujeres pobres. Las necesidades que el
+hombre se crea al contraer matrimonio, son muchas: los hijos pueden
+aumentar demasiado, y todo debe mirarse. Yo no necesito casarme por
+interés. Tengo una carrera bastante lucrativa. Mis padres me han de
+dejar también alguna hacienda... ¿Quieres preguntarle si le he sido
+antipático en las pocas veces que he hablado con ella, y si consiente
+que me presenten en su casa?
+
+Gonzalo le prometió interponer su influencia; le dejó entrever con
+reticencias más o menos claras, un éxito lisonjero, jactándose del poder
+que sobre ella ejercía. Hasta entonces todas las indicaciones que la
+hiciera, habían sido atendidas.—«Creo que si yo no consigo llevar a
+remate la empresa, ninguna otra persona podrá intentarla»—concluyó por
+decir en un rapto de expansión y de orgullo.
+
+Aquella misma noche aprovechó el momento en que Cecilia vino a
+encenderle el quinqué al despacho, para decirla risueño:
+
+—¿Tienes algo que hacer ahora, Cecilia?... ¿No?... Pues siéntate un
+momento, que voy a confesarte.
+
+La joven le miró con sus grandes ojos claros y suaves, donde se pintaba
+la sorpresa. Gonzalo la obligó a sentarse.
+
+—¿Tienes novio?—la preguntó bruscamente.
+
+—¡Qué pregunta!—exclamó ella con semblante risueño, sin avergonzarse.
+
+—No hablo de novio formal. Si lo tuvieras ya estaría yo enterado.
+Quiero sólo saber si entre los jóvenes que te obsequian hay alguno que
+hubiese logrado interesarte más o menos.
+
+—¿Para qué quieres saber eso?
+
+—Contesta.
+
+Cecilia hizo un gesto negativo.
+
+—Pues entonces voy a tomarme la libertad de hablarte de uno, que me lo
+ha suplicado... Se trata de mi amigo Paco Flores, a quien ya conoces. Me
+ha pedido que le recomendase a ti, preguntándote al mismo tiempo si en
+las pocas veces que contigo ha hablado te había sido antipático.
+
+—¿Antipático?—preguntó con sorpresa.—¿Por qué? A mi no me es nadie
+antipático mientras no cometa alguna grosería.
+
+—Después me ha rogado te pregunte si consientes en que sea presentado
+en esta casa.
+
+—Eso es otra cosa—respondió poniéndose repentinamente seria.—Yo no
+puedo impedir que sea presentado aquí; pero, como mi consentimiento
+podría implicar que tengo gusto en que nos visite, no estoy dispuesta a
+dárselo.
+
+—No se trata de que lo aceptes por novio—se apresuró a decir
+Gonzalo.—Únicamente desea que le permitas tratarte algún tiempo; y si
+al cabo le consideras merecedor de tu mano, se la otorgues, y si no, se
+la niegues.
+
+—Pues negada desde luego, y sin necesidad de trato—replicó con firmeza
+la joven.
+
+—Es muy pronto eso—dijo Gonzalo sonriendo para disimular la irritación
+que aquella brusca respuesta le había producido.
+
+—Me parece que en estos asuntos cuanto más sinceros seamos, mejor para
+todos. ¿Por qué ha de molestarse ese muchacho en visitarme una larga
+temporada para recibir la respuesta que desde ahora mismo le puedo dar?
+
+—Bien, bien; procedamos con calma. Si Paco no te es antipático, como
+confiesas, no puedes asegurar que al cabo de seis u ocho meses o un
+año, no te enamores de él.
+
+—Soy incapaz de enamorarme—dijo ella con sonrisa amarga que su cuñado
+no entendió.
+
+—El amor viene cuando menos se piensa—afirmó éste
+sentenciosamente.—Estamos años y años sin sentirlo, y un día, ¡paf! da
+un vuelco el corazón. Es que hemos hallado nuestra media naranja.
+
+Estas palabras tan cándidas como crueles, removieron las escasas gotas
+de hiel que Cecilia guardaba en su pecho. Con rápida frase y mirando
+duramente a uno de los brazos del sillón donde se hallaba sentada,
+repuso:
+
+—Pues yo estoy segura de que mi corazón no hará ¡paf! ningún día.
+
+—¿Por qué aseguras eso, Cecilia? Las mujeres, más que los hombres,
+están hechas para el amor, para los goces que éste proporciona, para la
+vida de familia. Se puede decir que el único destino de la mujer sobre
+la tierra, es el matrimonio, porque es la encargada de sostener sobre
+ella la vida. Su disposición física, todos los órganos de su cuerpo
+están construídos para la producción de esta vida...
+
+Gonzalo abogaba por su amigo Paco, apelando, como se ve, hasta a la
+fisiología. Cecilia le escuchaba en silencio, el semblante severo, la
+mirada fija en el vacío. Las palabras de su cuñado sonaban en su alma
+como un acento de desolación. Sí; aquello era verdad, ¡por desgracia era
+todo verdad! Cuando terminó de hacer la apología del amor, hizo la de su
+amigo Paco Flores, un joven tan despejado, tan formal, hijo de una buena
+familia, con brillante carrera, etc., etc.
+
+Cecilia se obstinó secamente en rehusar su consentimiento para que
+viniese a casa. Entonces Gonzalo, un poco irritado por la disputa, y
+herido en su amor propio por haberse jactado sin razón delante de Paco
+de su influjo sobre la joven, dejó escapar algunas frases duras: «¿Por
+ventura le parecía poco para ella? Paco no era rico, pero podía aspirar
+a su mano. En Sarrió no hallaría un muchacho mejor que él. Nadie
+tacharía, seguramente, el matrimonio de desproporcionado. ¿O es que
+esperaba un príncipe de la sangre?... Pues que no se descuidara mucho,
+porque la juventud de las mujeres pasa pronto, y se han llevado en estos
+asuntos bastantes chascos...»
+
+La joven escuchó la filípica de su cuñado hasta el fin, sin mover un
+dedo siquiera. Cuando terminó, levantóse vivamente del asiento, el
+rostro pálido, las manos convulsas, y salió con precipitación de la
+estancia. Al cruzar el pasillo para dirigirse a su cuarto, dos gruesas
+lágrimas rodaban por sus mejillas.
+
+
+
+
+XIV
+
+DE LOS GALICISMOS QUE COMETÍA «EL FARO DE SARRIÓ» Y OTROS ASUNTOS NO
+MENOS INTERESANTES.—PRIMERAS BAJAS DE LA BATALLA DEL PENSAMIENTO.
+
+
+Después de su ruidoso desafío, el esforzado Belinchón supo, aunque otra
+cosa afirmen algunos cronistas, gozar con modestia de la merecida fama y
+aureola que inmediatamente le circundaron. Quizá se fijen aquéllos para
+sustentar la opinión contraria, en haberse descubierto algunas
+provocaciones del insigne caballero a ciertos sujetos de la villa, no
+bastante justificadas. Mas al hacerlo, no tenían en cuenta que tales
+provocaciones vinieron, no a raíz del señalado acontecimiento que hemos
+narrado, sino algún tiempo adelante. En la historia, la cronología es
+siempre de importancia capital. Y en este particular de que tratamos,
+explica satisfactoriamente los actos de nuestro héroe.
+
+Mientras duró en la villa la impresión del suceso, se le tributaron
+aquellas muestras de admiración a que era sin disputa acreedor. Sus
+mismos enemigos al verle pasar, le miraban con respeto, ya que no con
+simpatía. Entonces don Rosendo, en vez de abusar de su reconocida
+superioridad, como hubiera hecho otro hombre de menos esfuerzo y
+modestia, aparecía con un continente grave, sí, pero apacible,
+recorriendo las calles con el mismo sosiego y mesura que antes. Ejemplo
+notable de prudencia, que en vez de agradecérsele, sirvió para que se
+intentasen y perpetrasen contra él algunos desacatos. Por lo pronto, en
+el Camarote comenzó a hacerse chacota de tal desafío. Se ponderaba con
+intención malévola y exagerándolos, los saltos que el fundador del
+_Faro_ había dado hacia atrás en el combate. Estas burlas, de las
+cuales, como puede suponerse, era el iniciador Gabino Maza, no
+permanecieron mucho tiempo en el recinto de la tertulia. Se extendieron
+por toda la población, de tal modo, que al cabo de algunos días una gran
+parte de sus habitantes sonreía irónicamente al oir hablar del famoso
+lance de honor. Don Rosendo traslució algo de esta befa, no sólo por los
+oídos, sino también por los ojos. Advirtió que en vez de las miradas
+respetuosas y de la cortesía que con él se usaba, comenzaban sus vecinos
+a adoptar una actitud grosera, haciéndose los distraídos o volviendo la
+cabeza cuando él pasaba. Al cruzar por delante de algún corrillo, creyó
+percibir risas comprimidas.
+
+¿Qué le tocaba hacer en este caso? Indudablemente dejar la modestia a un
+lado y obligar a sentir a aquellos bellacos el peso de sus conocimientos
+en la esgrima. La primera señal que dió de su indignación y del soberano
+desprecio que sus enemigos le inspiraban, fué el escupir al suelo, con
+ruido, cuando alguno de éstos cruzaba a su lado, como indicando que le
+daba asco. En cuanto comprendieron el motivo de aquella extraordinaria
+secreción, los más tímidos comenzaron a pensar que el rayo podía muy
+bien acompañar a la lluvia, y evitaron con cuidado el tropezarle. Los
+más bravos pasaban a su lado sin hacer caso de aquella tos
+despreciativa; pero sin osar mirarle a la cara. Al cabo de algún tiempo
+unos y otros lo tomaron con calma y se decían riendo:—«Acabo de
+encontrarme con don Rosendo.—Qué tal, ¿te ha tosido?—Ya lo creo;
+¡parecía que reventaba!» Y en el Camarote corrían las bromas y se
+celebraban las burlas más groseras contra nuestro gran patricio. Una de
+ellas fué el desfilar uno en pos de otro a cierta distancia, todos los
+socios de la tertulia por delante de él. Don Rosendo quedó de aquella
+vez sin saliva y con la garganta destrozada. Tan sólo Gabino Maza lo
+tomaba en serio y aseguraba que ya se libraría aquel buey (la palabra es
+dura, pero textual) de escupir cuando él pasase. Y en efecto, don
+Rosendo se había abstenido hasta entonces de hacerlo. Creía que debía
+guardar ciertas consideraciones al jefe del bando contrario. Mas una
+noche en que traía la cabeza un poco exaltada por la lectura de cierto
+desafío de dos _yankees_, al topar junto al café de la Marina con Maza,
+se le ocurrió escupir en la forma provocativa que usaba. Aquél se volvió
+repentinamente hecho una furia, y sujetándole con fuerza por la muñeca,
+le dijo al oído con acento rabioso:
+
+—Oiga usted, señor majadero: a mí no me tose usted ¡ni en cuarto grado
+de tisis! ¿lo oye usted?
+
+Don Rosendo, como hombre correcto y muy práctico en estos asuntos de
+honor, no dijo nada en aquel momento. Pero al día siguiente no salió de
+casa esperando los padrinos de Maza, los cuales, felizmente para éste,
+no parecieron.
+
+El desafío y la actitud de don Rosendo, tuvieron, sin embargo,
+consecuencias provechosas para la población. Gracias a nuestro héroe
+nació en ella la afición a las armas. Muchos de sus habitantes más
+distinguidos comenzaron con ahinco a cultivar la esgrima. Ya no fueron
+solamente los redactores del _Faro_ y los tertulios del Saloncillo
+quienes se entregaban a este noble ejercicio amaestrados por M. Lemaire.
+También los socios del Camarote, comprendiendo a la postre la
+importancia de este arte, establecieron, en un almacén contiguo, sala de
+armas. Al frente de ella, pusieron a un oficial de reemplazo
+perteneciente al arma de caballería, que había tirado al florete en
+Madrid. El resultado inmediato de este adelanto fué que las reyertas,
+que a cada paso se suscitaban entre los del Saloncillo y los del
+Camarote, eran conducidas con arreglo a todas las fórmulas y ceremonias
+prescritas en el código del honor. No transcurría semana tal vez, sin
+que la villa se estremeciese con las idas y venidas de los padrinos, los
+rumores de las conferencias celebradas en los ángulos de los cafés, las
+actas que inmediatamente se publicaban en el _Faro_ y en los periódicos
+de Lancia. Porque de veinte pendencias las diez y nueve se terminaban
+con un acta para ambas partes honrosa, suscrita y firmada por los
+padrinos. De modo que de aquellos lances de honor, lo único positivo
+eran los bastonazos o puñadas que los contendientes se daban
+previamente, sin perjuicio de que las cosas siguiesen sus trámites
+ordinarios.
+
+Alguna que otra rara vez, cuando los ánimos se enconaban demasiado, se
+iba «al terreno». Delaunay se había dado de sablazos con don Rufo, por
+un comunicado inserto en _El Porvenir de Lancia_, en el que se decía que
+los médicos no giraban la visita en el hospital a la hora reglamentaria.
+El impresor Folgueras se había batido también con un cuñado de Marín,
+por haber negado el saludo uno de ellos al otro. Afortunadamente, en
+ninguno de los dos encuentros había habido más que planazos y
+verdugones. El desafío más notable fué el de don Rudesindo con don Pedro
+Miranda, que después de vacilar algún tiempo se había decidido por los
+del Camarote. El motivo fué «el problema del matadero». La ocasión, la
+siguiente. Don Pedro había manifestado en una casa que don Rudesindo
+apoyaba el partido de Belinchón sólo porque no se emplazase el matadero
+en la playa de las Meanas, donde sus casas salían perjudicadas. El
+fabricante de sidra tuvo conocimiento de este dicho, habló pestes en el
+Saloncillo de don Pedro, y se mostró vivamente ofendido de tal
+suposición; mucho más ofendido de lo que en realidad estaba. Alvaro
+Peña, que no estaba contento sino cuando tenía un desafío entre manos,
+se apresuró a decirle en voz alta con la arrogancia que le
+caracterizaba:
+
+—Pierda usted cuidado, don Rudesindo. Miranda le dará a usted una
+reparación. ¿Quiere usted dejarlo de mi cuenta?
+
+El bueno del fabricante hubiera deseado comerse las palabras que había
+soltado. ¡Aquel Peña era un hombre tan expeditivo! ¿Por qué diablos
+había dicho que tenía ganas de tropezar a don Pedro para darle dos
+puntapiés, cuando en realidad acababa de verle al salir de casa, y había
+cruzado a su lado sin decirle una palabra? Pero estaban allí más de
+veinte personas, y se vió en la dolorosa necesidad de contestar al
+ayudante, aunque en el tono menos agresivo posible:
+
+—Bueno... si usted cree que merece la pena...
+
+—¡Pues no ha de merecer! Suponer que usted no está a nuestro lado sino
+por móviles mezquinos bastardos es insultarle... A vej, don Feliciano.
+¿Quiere usted escuchaj una palabra?
+
+Don Feliciano y él conferenciaron en un rincón breves momentos. Acto
+continuo salieron a la calle. Don Rudesindo quedó en la apariencia
+tranquilo, en realidad fuertemente alterado y bramando en su interior
+contra Peña, contra el Saloncillo, contra sí mismo y contra la madre que
+le parió. ¿Qué necesidad tenía él de meterse en líos? Un hombre casado,
+con hijos, que en toda su vida no había hecho más que trabajar como un
+esclavo para labrarse un capitalito... Y ahora que lo tenía... por una
+quijotada de ese farfantón... ¡acaso!... El fabricante apenas podía
+pasar los sorbos de cognac que de vez en cuando introducía en la boca.
+
+La cosa se arregló muy pronto. Don Pedro Miranda quedó viendo visiones
+con la visita de Peña y don Feliciano. Dijo que no recordaba... que él
+no tenía agravio alguno de don Rudesindo... al contrario. Pero Peña le
+había atajado, diciéndole:
+
+—Bueno, don Pedro. No podemos escuchar eso. Nombre usted dos personas
+que se entiendan con nosotros.
+
+El atribulado propietario nombró a Gabino Maza y Delaunay por
+representantes. Como de éstos el uno era hombre acalorado y fiero, y el
+otro mal intencionado, no fué posible avenencia. Se negaron en absoluto
+a dar explicaciones. El lance quedó concertado a sable en el cementerio
+antiguo, en las primeras horas de la mañana.
+
+Don Rudesindo al saberlo, maldijo de la hora en que viera la luz del
+día. Su contrario don Pedro se limitó sencillamente a dejarse caer en un
+sofá y pedir una taza de tila. Mas no hubo otro remedio que acudir a
+donde el honor los llamaba. A las seis de la mañana, Peña y don
+Feliciano por una parte, y Maza y Delaunay por la otra, los sacaron de
+sus domicilios para conducirlos al cementerio viejo. ¡Dios mío, al
+cementerio viejo! ¡Qué ideas tan lúgubres revolotearon por el cerebro de
+don Pedro Miranda mientras caminaba hacia allá! No es posible
+compararlas sino con las que asaltaron a don Rudesindo en el mismo
+trayecto. Peña le dijo antes de llegar:
+
+—Es evidente, don Rudesindo, que usted le escabecha. Me lo da el
+corazón... Usted le escabecha. No tira usted mucho, pero tiene un juego
+muy difícil, ¡muy difícil!...
+
+El fabricante hubiera dado en aquel momento toda su hacienda por tenerlo
+no difícil, sino imposible.
+
+—Don Pedro no tiene pierna; es además, corto de brazo... Pero, como ya
+sabe usted que en las ajmas no hay nada seguro y a veces el que menos se
+piensa, lleva el gato al agua, si usted tiene algo que encargarme,
+hágalo antes que lleguemos.
+
+Don Rudesindo se estremeció. Siguió caminando un rato en silencio, y
+por fin, sacando unos papeles del bolsillo, se los entregó diciendo con
+voz sorda:
+
+—Si perezco, déle usted esto al señor Benito.
+
+Dos lágrimas asomaron a sus ojos al mismo tiempo.
+
+—¿El señor Benito el _Rato_?—preguntó Peña.
+
+Don Rudesindo no le oyó. Se había escapado ya por la carretera adelante
+para ocultar su emoción.
+
+Por qué el nombre de su escribiente le producía en aquel instante tal
+enternecimiento, no podemos explicarlo. Acaso en las grandes crisis de
+la vida, se despierten vivas y súbitas simpatías en el fondo de nuestro
+ser, de las que no teníamos la menor sospecha.
+
+El cementerio viejo, próximo ya a dedicarse al cultivo, era un pequeño
+cercado donde crecía la hierba y la maleza. Las cruces de madera se
+habían podrido. No había más testimonio de que tal recinto era mansión
+de los muertos, que dos calaveras incrustadas en la pared a entrambos
+lados de la puerta. Por cierto que estas calaveras, no produjeron una
+impresión grata en don Rudesindo. En don Pedro no sabemos; pero puede
+sospecharse que no sería más favorable. Tardaron algún tiempo en buscar
+sitio, porque las ortigas y zarzales impedían _marchar y romper_
+convenientemente a los combatientes. Mientras Peña, en compañía de los
+testigos contrarios, se ocupaba en esta tarea gravísima, el bueno de don
+Feliciano Gómez cometió la _incorrección_ (¡Dios le bendiga por ella!)
+de acercarse a don Pedro Miranda, que descolorido, con la mirada
+atónita, el estómago encharcado por la cantidad fabulosa de tazas de
+tila que había tomado aquella noche, esperaba, arrimado a la tapia, que
+aquellos señores concluyesen, en la actitud de un reo de muerte.
+
+—Hola, don Pedro; frío, ¿eh? ¡Caramba qué mañana!... ¡Mire usted que
+levantarse un hombre de la cama para esto! ¡Válgate Dios! _(Silencio
+interrumpido por algunos eructos del infortunado Miranda.)_ Hubiera dado
+el dedo meñique, ¡el dedo meñique, sí! por no tener que asistir a una
+atrocidad semejante. Pero dicen que es un favor que no se puede negar.
+Bueno: que no se niegue cuando se trata de una ofensa grave... ¿Dónde
+está aquí la ofensa grave? Vamos a ver, que me lo digan, ¿dónde está?
+¡Válgate Dios! ¡Válgate Dios! _(Nuevo silencio y nuevos eructos de don
+Pedro, que concluye por doblar la cabeza sobre el pecho, con la misma
+resignación que si la pusiera sobre el tajo.)_ ¡Cuánto mejor sería estar
+metido entre las sábanas tomando el chocolate! ¿verdad, mi
+queridín?—profirió don Feliciano, poniéndole la mano sobre el hombro
+con gran familiaridad. Miranda dejó escapar un imperceptible sonido
+gutural.
+
+—¡Ya lo creo!—siguió el comerciante.—Por más que me digan, don Pedro,
+yo no puedo creer que usted tenga gana de matar a don Rudesindo... Un
+vecino... que ha sido su amigo hasta hace poco... con quien se ha criado
+y ha ido a la escuela...
+
+—No... yo gana... ninguna—murmuró don Pedro, siempre con la cabeza
+sobre el tajo.
+
+—¡Velo usted ahí!—exclamó don Feliciano dando una gran palmada.—¡Lo
+que yo decía! Pues lo mismo le pasa a don Rudesindo, mi queridín. Y
+entonces, vamos a ver, ¿quién tiene ganas de matarse aquí? ¡A ver, que
+me lo digan!
+
+Y paseó la mirada en torno, buscando contestación. Peña, Maza y Delaunay
+estaban lejos y ocultos por algunos cipreses. Don Rudesindo yacía
+arrimado también a la tapia, a unos cincuenta pasos de distancia.
+Entonces el comerciante, por una súbita y celestial inspiración, le hizo
+seña de que se acercase.
+
+Don Rudesindo avanzó hacia ellos lentamente, con paso tímido y
+vacilante.
+
+—¿Dice usted, mi queridín, que no tiene ninguna gana de matar a don
+Rudesindo?—preguntó el comerciante a Miranda.
+
+—Ninguna—murmuró éste.
+
+—¿Tendría usted, por casualidad, deseos de herirle?
+
+—Tampoco. Yo siempre he estimado a Rudesindo—balbució el propietario.
+
+—¿Eh? ¿Cómo? ¿Qué decía usted?—gritó don Feliciano con triunfal
+exaltación.—Que usted siempre ha estimado mucho a don Rudesindo,
+¿verdad, mi queridín? ¿Ha dicho usted eso?
+
+—Sí, señor.
+
+—Dime, Rudesindo (andando unos cuantos pasos al encuentro del
+fabricante de sidra). ¿Tienes deseos de matar aquí al señor don Pedro...
+un vecino... que ha sido tu amigo hasta hace poco... con quien te has
+criado y has ido a la escuela de don Matías _el Churro_?
+
+—Yo, ¿por qué?—dijo el fabricante abriendo ansiosamente los ojos.
+
+—¿Tendrías por casualidad deseos de herirle?
+
+—Ni de hacerle el menor daño. Siempre le he tenido por verdadero amigo.
+
+—¿Cómo es eso? ¿Eh? Por un verdadero amigo, ¿verdad?... Entonces, lo
+que corresponde aquí, en mi humilde opinión, es que os deis un abrazo.
+
+Apenas había pronunciado don Feliciano estas palabras, cuando Miranda y
+don Rudesindo, por un movimiento simultáneo, avanzaron con ímpetu feroz
+el uno sobre el otro alzaron briosamente los brazos y se abrazaron con
+tal furia, que por poco se descoyuntan todos los huesos de la cavidad
+torácica. Don Feliciano en el mismo punto se despojó con violencia del
+sombrero, dejando al descubierto su enorme calva en declive, lo agitó
+con frenesí algunos segundos, y gritó: «¡Hurra!» no se sabe a quién; tal
+vez al dios astuto que le había suministrado tan famosa idea.
+
+En aquel momento se acercaban los testigos. Al ver la escena se pararon
+sorprendidos. Mostráronse alegres de tal solución en apariencia, pero
+cada cual se separó por su lado, y aquella tarde en el Saloncillo Peña
+reprendió ásperamente a don Feliciano por su conducta. Llegó a afirmar
+que le había puesto en ridículo y que si no fuese porque se trataba de
+un amigo antiguo y persona de más edad que él, «le exigiría una
+jeparación».
+
+—¡Una reparación!—exclamó el óptimo don Feliciano.—¡Qué más da que la
+exigieras, rapaz!
+
+—¿Se negaría usted a batijse conmigo?—preguntó el ayudante con su voz
+campanuda.
+
+—¿A qué habíamos de batirnos?
+
+—A lo que usted quiera.
+
+—Yo, a bailar un tango o una guaracha, mi queridín—respondió, y
+diciendo y haciendo comenzó a saltar por la sala dando las castañetas
+hasta que se le cayó el sombrero y quedó al aire la piedra de lavar que
+tenía por cabeza. Los socios se tiraban por los divanes, de risa. Peña
+dejó escapar algunas frases de desprecio, y se retiró amoscado y
+desabrido.
+
+Los tertulios del Camarote, hostigados constantemente por las gacetillas
+del _Faro_, se habían decidido al cabo a fundar otro periódico en el que
+pudieran tomar venganza de las sinrazones que se les hacía.
+
+Enormes sacrificios costaba esto. Muy pocos, de entre ellos, eran ricos.
+El único que pudiera llamarse así era don Pedro Miranda. Este prefería
+que le sacasen una muela a descorrer los cordones de la bolsa. A fuerza
+de cabildeos, de ruegos, allegando recursos de aquí y de allá, haciendo
+sumas y restas en el Camarote, se concluyó por obtener la cantidad
+indispensable para montar una imprenta. En la de Folgueras, ni éste
+quería tirar el periódico, ni ellos se humillarían a demandárselo.
+Cuando estuvo la imprenta, modestísima por cierto, en disposición de
+funcionar, celebraron el indispensable banquete. En él se convino en
+denominar al nuevo órgano _El Joven Sarriense_. A los postres se brindó
+con entusiasmo por su prosperidad y por la destrucción de sus viles
+enemigos.
+
+La aparición del primer número, que traía la consabida viñeta
+representando un adolescente peinado con la raya por el medio, y rodeado
+de una porción de latas de conservas a modo de libros, en actitud de
+leer, más bien de merendar, una de ellas, causó viva sensación en la
+villa. Lo merecía. Los del Camarote, como hombres que habían tenido que
+devorar durante muchos meses los insultos del _Faro_, se desahogaban con
+verdadera fruición. ¡Santo Cristo de Rodillero, qué cúmulo de
+insolencias y procacidades! Desde el principio hasta el fin estaba
+consagrado a escarnecer, a herir y ridiculizar a los socios del
+Saloncillo. Parecía que les faltaba tiempo para llamar al uno feo, al
+otro hambrón, al de más allá envidioso, a éste bruto, a aquél farfantón.
+Por supuesto, bajo nombres supuestos, aunque tan transparentes, que
+nadie en la población dejaba de conocerlos. Llamábase Belinchón _Don
+Quijote_ y don Rudesindo _Sancho_, Sinforoso _Marqués del Tirapié_, Peña
+_El Capitán Cólera_, etc., etc. Y escudados con esto los traían y los
+llevaban, los barajaban que era una bendición. No les dejaban hueso
+sano. Por la noche hubo palos (¿cómo no?) en la Rúa Nueva. Folgueras, a
+quien también insultaban en _El Joven Sarriense_, se había encontrado
+con Gabino Maza, y le descargó un bastonazo sobre la cabeza. Maza lo
+devolvió con creces. Repitió Folgueras. Vino en ayuda de éste un cajista
+que por allí cruzaba, y de aquél su cuñado. En un instante se armó una
+de garrotazos que tocaba Dios a juicio.
+
+_El Joven Sarriense_ se publicaba los domingos. Periquito Miranda, que a
+causa de la desavenencia de su padre con los del Saloncillo, padecía una
+peligrosa retención de lirismo, se alivió notablemente insertando en él
+un sinnúmero de sonetos, sáneos, acrósticos y otras diversas
+combinaciones métricas, destinadas a pregonar su adoración platónica a
+la señora del gerente de la fábrica de aceros, una francesota grande y
+pesada como un elefante, que le hubiera metido fácilmente en el
+bolsillo. Ya sabemos que Periquito amaba las obras sólidas de la
+Naturaleza. Para expresar los deseos que atormentaban su espíritu,
+valíase ingeniosamente de la forma de sueños. El joven platónico soñaba
+en verso que se hallaba en fresca gruta deleitosa donde de pronto
+aparecía una ninfa de torneados brazos y turgente seno (la señora del
+gerente) que le instaba a dormir sobre un lecho de rosas y verdes
+pámpanos. Otras veces, se veía sobre la cúspide de una altísima montaña.
+En las nubes amontonadas, en los confines del horizonte, comenzaban a
+dibujarse los contornos de una mujer (la señora del gerente). Las nubes
+se acercaban. La mujer era blanca como el campo de la nieve, mórbida y
+espléndida como la flor de la magnolia. La hermosa aparición llegaba
+hasta él por fin, y le arrebataba entre sus brazos por los espacios
+azules. Otras, navegaba en frágil barquilla por la superficie del
+Océano. La barca se hundía y él iba a parar al fondo del mar donde una
+blonda y hermosísima náyade (siempre la señora del gerente) le llevaba
+de la mano a un prodigioso palacio de cristal, le sentaba a su lado en
+un trono de marfil, y le invitaba a contraer con ella justas nupcias,
+efectuadas las cuales, se retiraban al son de dulce música a un gabinete
+reservado, maravillosamente decorado, donde la náyade enamorada le hacía
+poseedor de sus gracias. Estos ensueños de dicha, versificados con
+facilidad y adornados de cierto naturalismo poético, causaban alguna
+inquietud a los padres de familia. Periquito comía cada día más, y
+estaba cada vez más flaco. _El Faro_, en el número del jueves, después
+de insultar con rabia a los jefes del Camarote, «se metía» también con
+él llamándole maliciosa y torpemente _Pericles_.
+
+Colocados así, uno enfrente del otro, en feroz y perpetua rivalidad, _El
+Faro_ y _El Joven Sarriense_ emplearon útilmente sus columnas en
+injuriarse con más o menos descaro, según arreciaba o aflojaba la lucha.
+Raro era el número de cada uno de ellos que no daba lugar a algunos
+bastonazos o bofetadas, cuando no a un desafío formal. Sin embargo, en
+éstos eran más parcos todos. Padrinos sí se nombraban por un quítame
+allá esas pajas; pero darse de sablazos o de tiros, ya era otra cosa. La
+contienda había enardecido los ánimos en la villa. Muchas de las
+personas que habían permanecido indiferentes a las desavenencias de los
+del Saloncillo y los del Camarote, habían concluído por tomar puesto en
+uno u otro bando, unas veces porque tenían metidos en la refriega a sus
+parientes, otras por algún antiguo resentimiento, otras, en fin, sin más
+motivo que el calor y el entusiasmo que el combate despierta en los
+temperamentos belicosos. Al poco tiempo la población estaba
+verdaderamente partida en dos. El bando del cual era dignísimo jefe don
+Rosendo Belinchón, era el más numeroso y contaba con casi todos los
+comerciantes ricos de Sarrió. El de los del Camarote, más exiguo,
+contaba con los terratenientes y las personas timoratas y religiosas a
+quienes _El Faro_ había escandalizado. La lucha se fué acentuando de tal
+modo, que al poco tiempo los que pertenecían a un partido ya no
+saludaban a los del contrario, aunque hubieran sido hasta entonces
+buenos amigos.
+
+_El Faro_ y _El Joven Sarriense_ comenzaron a criticarse respectivamente
+el estilo y la gramática. Buscáronse con encarnizamiento por una y otra
+parte las faltas de sintaxis, fijándose lo mismo en los vocablos que en
+el régimen.—«Esa palabra no es castellana»—decía _El Joven_.—«La
+palabra _desilusionar_, que los peleles del _Joven Sarriense_ afirman
+que no es castellana—contestaba _El Faro_,—la hemos visto empleada por
+los más eminentes escritores de Madrid: Pérez, González, Martínez y
+otros. Esta vez, como siempre, al órgano del Camarote le ha salido el
+tiro por la culata.» Replicaba _El Joven_, contrarreplicaba _El Faro_,
+citábanse párrafos de la gramática, del diccionario, de los escritores
+distinguidos, y al cabo nadie sabía a qué atenerse. Y las cosas quedaban
+como antes, aunque se hablaba a veces de remitir las cuestiones a la
+resolución de la Academia de la Lengua. Se citaba mucho por los dos
+lados el _Don Juan Tenorio_ de Zorrilla y los artículos del _Curioso
+parlante_. Esta competencia gramatical traía consigo al menos una
+ventaja; la de hacer que algunas personas que no la habían saludado se
+dedicasen con ahinco a aprenderla. Lo mismo en el Saloncillo que en el
+Camarote había dos o tres ejemplares de la última gramática _lata_ de la
+Academia, que no reposaban nunca.
+
+Contra quien se dispararon los tiros _lingüísticos_ más envenenados, fué
+contra el inspirado don Rosendo, como quiera que era la cabeza y el
+nervio de su partido y convenía, más que a nadie, aniquilar. Belinchón
+no había estudiado la gramática, sino por un diminuto epítome allá en
+la infancia. Pero, como todos los ingenios superiores, si no la sabía,
+la adivinaba. Los contrarios le sacaban a relucir a cada instante mil
+disparates de sus artículos. Mas es tal la confianza que nos inspira su
+genio poderoso, que nunca hemos dado crédito a estas afirmaciones,
+considerándolas como puras calumnias. Si no hubiera gramática,
+Belinchón, con sólo sus luces naturales, sería capaz de inventarla.
+Nadie manejó jamás como él ese lenguaje periodístico, ligero sí, pero
+brillante, lleno de frases consagradas por el uso de cien mil
+escritores, donde hasta los lugares más comunes, expresados con adecuado
+énfasis, resplandecen como profundas y misteriosas sentencias. Merced a
+su estilo prodigioso, don Rosendo escribía con la misma facilidad un
+artículo sobre la libertad de cultos, que redactaba un informe acerca de
+la industria pecuaria. Sus enemigos decían que cometía muchos
+galicismos. ¿Y qué? En el mero hecho de prohijarlos un escritor de tal
+valía, dejaban de serlo, y se convertían en puras y castizas locuciones
+castellanas.
+
+Este prurito de ajustarle los galicismos al _Faro_, fué una de las
+manías que tuvo _El Joven Sarriense_ o sea el colega local, como le
+llamaba siempre aquél, a fin de evitar el nombrarlo, por no dañar al
+profundo desprecio que ansiaba mostrarle. Aprovechando cierto
+diccionario curioso que uno de los socios del Camarote poseía,
+trituraban sin piedad lo mismo los artículos que las «novelas a la mano»
+del _Faro_. Si don Rosendo decía en él, verbigracia, que dejaba de tocar
+ciertos asuntos «por no faltar a las conveniencias», al instante se le
+echaba encima _El Joven_, interpelándole en forma sarcástica. ¿Dónde
+había aprendido el ingenioso hidalgo (así llamaban casi siempre a
+Belinchón) esta acepción de la palabra conveniencia? No sería
+ciertamente en su famosa historia, contada por Cervantes. Si empleaba la
+palabra «gubernamental», o «banal», o la frase «tener lugar», ¡qué
+carcajadas las del _Joven Sarriense_! ¡qué chacota! ¡qué desprecio! Esto
+duró hasta que los del Saloncillo adquirieron otro diccionario de
+galicismos. Entonces ambos periódicos comenzaron a hilar tan delgado en
+esta materia, que al fin concluyeron por olvidar el purismo y volver a
+su estilo libre, feliz e independiente.
+
+Además, la disputa se había ido exacerbando de tal suerte, que las
+ligaduras clásicas les embarazaban para insultarse. Jugaban ya en todas
+las gacetillas las frases de «reptil venenoso», «entes despreciables»,
+«cerebros obtusos», «revolcándose en el fango», «seres innobles y
+degradados» y otras no menos afectuosas para los del bando contrario.
+Cansados de injuriarse unos a otros, comenzaron pronto a atacarse en sus
+familias. No perdonaron ni a sus modestas esposas ni a sus ancianos
+padres. _El Joven Sarriense_ fué el primero que dió la señal, publicando
+un cuento árabe titulado _La esclava Daraja_ en que bajo este nombre, se
+relataba _ce_ por _be_ la historia de doña Paula y su matrimonio con
+Mahomad Zegrí (don Rosendo) salpicado de chufletas de poco gusto y de
+insinuaciones pérfidas. Belinchón estuvo tentado de mandar los padrinos
+a la redacción. Pero considerando que esto sería dar su brazo a torcer y
+aceptar lo que el artículo contenía de envenenado, prefirió no mostrarse
+aludido y vengarse también en la prensa. Sinforoso, por encargo suyo,
+escribió un cuento indio, donde se narraba la vida y milagros del padre
+de Maza, que había sido capitán negrero y en el tráfico de carne humana
+hiciera su fortuna. Desde entonces, los cuentos orientales como medio
+para decirse toda suerte de picardías, fueron usados por ambos partidos.
+
+El campo más adecuado para la lucha que los del Saloncillo y los del
+Camarote habían emprendido y el de resultados más positivos lo mismo
+para el vencedor que para el vencido, era la política. A él volvieron,
+pues, desde los primeros momentos los ojos unos y otros contendientes.
+No perdonaron medio alguno para derribarse y triunfar. Hasta la división
+del vecindario ya sabemos que la política jugaba poco papel en Sarrió.
+Desde esta fecha, fué la comida ordinaria, el elemento indispensable que
+se mezclaba en todas las conversaciones masculinas. Ni unos ni otros
+habían pensado en despojar de su representación en el Congreso a Rojas
+Salcedo. Era amigo de todos y había representado al distrito por espacio
+de diez y ocho años. Sin embargo, cuando llegaron las elecciones
+municipales, escribiéronle cartas los dos bandos, pidiéndole protección.
+Se sabía que los del Saloncillo querían a todo trance separar a don
+Roque de la alcaldía, porque ya más de una vez, en uso de sus funciones,
+se había puesto de parte de los disidentes en perjuicio de sus antiguos
+amigos. _El Faro_ le había zarandeado de lo lindo con este motivo.
+Creció la enemistad. Vengóse don Roque, abusando de su autoridad, para
+mandar a la cárcel a Folgueras. Repitiéronse los ataques del _Faro_ con
+más furia. Don Roque, juzgándose por ellos un tirano de la Edad Media,
+comenzó a temer por su vida y se hizo acompañar de noche y de día por el
+veterano Marcones. Se dijo que en una reunión misteriosa de los del
+Saloncillo, se había decretado su muerte. Al alcalde no le llegaba la
+camisa al cuerpo. Cuando en un paraje retirado alcanzaba a ver a alguno
+del _Faro_, ordenaba prontamente la vuelta.
+
+Rojas Salcedo contestó a los del Camarote que si don Roque salía elegido
+concejal, sería nombrado otra vez alcalde. Pero al mismo tiempo escribía
+con misterio a los del Saloncillo, encargándoles que trabajasen todo lo
+posible para que no saliese. De este modo se libraba de un compromiso.
+En efecto, los partidarios de Belinchón, por su número, por su riqueza y
+por la buena maña que se dieron, lograron triunfar en toda la línea. La
+lucha, últimamente, se había concentrado en el punto por donde se
+presentaba don Roque. Los del Camarote sabían que si éste era elegido,
+la batalla estaba ganada. Sería alcalde y las facultades de éste
+contrarrestaban muy bien las del ayuntamiento. Los del Saloncillo lo
+presentían también. Ambos partidos luchaban con empeño feroz. Por fin,
+el anciano alcalde perdió la elección por un corto número de votos.
+Confuso y abatido, con los ojos terriblemente inyectados y la faz
+amoratada, que daba miedo, se retiró al fin a su casa, después de pasar
+todo el día en la del municipio. Ni un rey a quien despojasen de la
+corona, sentiría golpe tan tremendo. Llegó a su domicilio sin escolta,
+como el más ínfimo particular. Bien había visto a Marcones paseando por
+los corredores, y estaba seguro de que aquél le vió también a él. No se
+atrevió a pedirle que le acompañase. El viejo alguacil estaba hablando
+con agasajo a don Rufo, a un enemigo suyo, y fingió no advertir que su
+jefe pasaba. No era que se volviese al sol que más calentaba. Era
+simplemente que Marcones, imbuído en las doctrinas de los modernos
+estadistas, comprendía que la fuerza pública debe estar siempre al
+servicio del poder constituído.
+
+Y, sin embargo, nunca don Roque tuvo más necesidad de ser acompañado que
+entonces. Además de un frío moral que le helaba el corazón, sentíase
+físicamente indispuesto. Aquellas horas mortales de agonía recibiendo
+noticias contradictorias a cada instante, sin tomar alimento, con sólo
+algunas copas de ginebra en el cuerpo desde la mañana, le habían
+alterado hasta un punto indecible. Las piernas le flaqueaban y la vista
+se le obscurecía. Para llegar a su casa tuvo necesidad varias veces de
+apoyarse en las paredes. Cuando entró, la vieja criada que salió a
+abrirle, retrocedió asustada. La cara de su amo parecía como si unas
+manos invisibles le estuviesen apretando sin piedad la garganta. A pesar
+de hallarse bien avezada a descifrar los caóticos, inextricables
+sonidos, que salían de su boca en todas ocasiones, por esta vez no
+comprendió la orden que le daba. Vió que se retiraba derechamente a su
+cuarto. Procediendo por inducción, le llevó luz y un vaso de agua. Pero
+don Roque se enfureció, tiró el vaso al suelo, gritó como un energúmeno.
+Imposible, no obstante, averiguar qué querían decir aquellos rumores
+huecos, temerosos, infernales, que nacían en su garganta, y antes de
+salir se reflejaban con terrible resonancia cuatro o cinco veces en las
+paredes de su enorme cavidad bocal. Temblorosa, azorada, fué a buscar
+una botella de vino. Aunque un poco menos indignado, tampoco quiso
+recibirla; repitió con mayor énfasis, pero no más claridad, la orden que
+había dado. Al cabo, a fuerza de aguzar el oído, la sirvienta vino a
+entender que su amo pedía un ponche de ron. Don Roque, observando que le
+habían comprendido, se serenó, despojóse del enorme gabán en que yacía
+prisionero, de la levita, del chaleco. Al tratar de sacarse las botas,
+su noble faz municipal tomó el color del vino de Valdepeñas después de
+encabezado, y no pudo llevar la empresa a feliz término. Cuando vino la
+criada con el ponche, concluyó de sacárselas. Después, manifestó que se
+iba a meter en la cama, que cerrasen bien las puertas y no no se le
+turbase bajo ningún pretexto. La criada no entendió una palabra de su
+discurso, pero adivinó bien esta vez la sustancia, y se retiró.
+
+Don Roque se dejó caer, en efecto, sobre el lecho. Se cubrió con la ropa
+hasta la cintura, y reclinando la espalda contra las almohadas, tomó el
+vaso de ponche y lo acercó a los labios. Al instante echó de ver que
+existía deficiencia en una de las bases. Hizo un gesto avinagrado, dejó
+escapar un sonido gutural inadmisible, y levantándose en calzoncillos,
+sacó de su armario la botella del ron, que colocó sobre la mesa de
+noche. Tornó a acostarse. Después, grave y solemnemente, con el vaso en
+una mano y la botella en la otra, fué reparando el yerro de la criada.
+Bebía un sorbo de ponche, y en seguida se apresuraba, a llenar el vacío
+con el líquido de la botella. Así modificada la composición, resultaba
+mucho más adecuada al estado de agitación en que su espíritu se hallaba.
+Porque, bajo aquel aparente sosiego, el cerebro de don Roque desplegaba
+una actividad prodigiosa. Todas las horas de aquel día se le presentaban
+una a una tristes y sombrías; las decepciones que había sufrido, las
+esperanzas fallidas, las disputas acaloradas, hasta el abandono de
+Marcones. Y luego, lo porvenir. Esto era lo más negro. Dejar el bastón
+de alcalde que tantos años había empuñado con gloria, convertirse en un
+simple particular, en un quídam. No tener derecho a entrar en el
+ayuntamiento. Pasar cerca de un guardia municipal, y no poder decirle:
+
+—«Juan, ve a la fuente de la Rabila y no consientas que las criadas
+frieguen allí las herradas.» Ver un picapedrero trabajando en la calle y
+no tener facultades para ordenarle que calque más o menos las piedras,
+que suba o baje la rasante.
+
+Sentía frío intenso a los pies. Se levantó dos o tres veces para echar
+ropa encima, sin lograr calentarlos. La botella pasó al fin toda al
+vaso, y del vaso al estómago. Esto produjo allá dentro un suave calor,
+que se fué esparciendo gratamente por todos los miembros. Don Roque
+sintió que la lengua se le desligaba, y comenzó a hablar solo con
+extremada claridad en su opinión. En realidad, si algún dios o mortal
+pudiese escuchar aquellos bárbaros sonidos, retrocedería horrorizado.
+Sobre todos flotaba sin cesar uno por demás extraño algo así como _all,
+call, mall_. Un filólogo perspicaz, después de estudiar bien aquel
+sonido, teniendo en cuenta la persistencia de la vocal _a_ y de la
+consonante _ll_, acaso deduciría que la palabra expresada por el alcalde
+era canalla. Sin embargo, esto no sería otra cosa que una inducción más
+o menos legítima.
+
+Al cabo calló. Sintió un fuerte calor en la garganta, que le invadió
+instantáneamente el rostro y la cabeza. La lengua no quiso trabajar.
+Experimentaba una impresión de engrandecimiento físico de todo su ser.
+Sobre todo, la cabeza crecía, creía de un modo tan desmesurado, que
+apenas podía con ella. Al mismo tiempo los objetos que le rodeaban, el
+armario, la cama, el lavabo, los bastones arrimados a la esquina, le
+aparecían de un tamaño diminuto. Creyó sentir dentro del cerebro el
+ruido de una maquinaria de reloj en movimiento, un volante que giraba
+con velocidad y un martillo que caía a compás con ruido metálico. El
+martillo cesó, y siguió el volante girando. Allá fuera, en la calle,
+percibió fuerte rumor de gente; luego extraños sonidos que le dejaron
+yerto. El pobre don Roque no sabía que le estaban dando a aquella hora
+sus enemigos una regular cencerrada. Estuvo por llamar a la criada, pero
+temió que tales sonidos fuesen como otras veces imaginarios. Y, en
+efecto, se confirmó en la idea al escuchar una descarga de campanas que
+le ensordecieron. Era un repique horrísono, donde tomaban parte desde la
+mayor de Toledo, hasta la campanilla de su escribanía. ¡Qué vértigo!
+¡Qué fatiga! Afortunadamente cesó de golpe el campaneo. Pero fué al
+instante substituído por un silbido prolongado y tan agudo, que le
+desgarraba el tímpano de los oídos. Instintivamente se llevó las manos a
+ellos. Al terminar el silbido, se le figuró que la cama se levantaba por
+la parte de los pies. La cabeza se le iba hundiendo. Veía sus pies allá
+arriba. Esto le produjo fuerte congoja. Dió un gran suspiro, y los pies
+volvieron a su nivel. Mas en seguida tornaban poco a poco a levantarse y
+la cabeza a hundirse. Era necesario dar grandes suspiros para
+restablecerlos en su sitio.
+
+Ni con aquel fantástico manejo se calentaban los malditos. Eran dos
+pedazos de hielo. En cambio, lo restante de don Roque ardía, se
+abrasaba. Sobre todo la cabeza alcanzaba una temperatura pasmosa, que
+iba cada vez en aumento. Cuando se llevó la mano a la frente creyó
+advertir que brotaba una llama azulada. Y oyó una voz, la voz de su
+mujer muerta hacía veinte años, que le llamaba a gritos: «¡Roque!
+¡Roque! ¡Roqueee!» Los dientes del alcalde chocaron de terror. Dejó de
+ver el armario, las paredes de la alcoba, los objetos que tenía en
+torno, y en su lugar percibió un millón de luces de todos colores que al
+principio estaban inmóviles, después comenzaron a bailar con extremada
+violencia. A fuerza de cruzarse las unas con las otras, llegaron pronto
+a formar círculos concéntricos, uno azul, otro rojo, otro violeta, etc.,
+que giraban sobre sí constituyendo un espectro mucho más rico que el de
+la luz solar. Al fin aquellos círculos, también desaparecieron, quedando
+un solo punto luminoso apenas perceptible. Mas aquel punto fué
+creciendo lentamente. Primero era una estrella, después una luna,
+después un sol enorme que se iba extendiendo y adquiría al mismo tiempo
+un vivo color rojo. Aquel sol crecía, crecía constantemente. Su disco
+inmenso de color de sangre tapaba la mitad de la bóveda; después, cubrió
+las dos terceras partes; por último la llenó toda. Don Roque quedó un
+instante deslumbrado. De repente no vió nada.
+
+Jamás volvió a ver nada el buen alcalde. Por la mañana le hallaron
+muerto, sentado en la cama, con la cabeza doblada hacia atrás. Un caso
+de apoplejía fulminante.
+
+
+
+
+XV
+
+DE LA ENTRADA FAMOSA QUE HIZO EN SARRIÓ EL DUQUE DE TORNOS, CONDE DE
+BUENAVISTA
+
+
+El señor Anselmo, jefe de la banda de música de Sarrió, vino a
+participar al presidente de la Academia que el alcalde le había
+amenazado con suprimir la subvención de la orquesta, si aquella tarde
+iban a la romería de San Antonio.
+
+—¿Cómo es eso?—preguntó don Mateo incorporándose en el lecho en que
+aun yacía, y echando mano a las gafas que tenía sobre la mesa de
+noche..—¿Suprimir? ¿Por qué la han de suprimir?
+
+—No lo sé. Así me lo ha enviado a decir por Próspero.
+
+—¿Pero a él qué le importa que la música vaya a San Antonio?—profirió
+con acento irritado.
+
+—Creo que es porque hoy llega un señor a casa de don Rosendo... y como
+la carretera atraviesa la romería...
+
+—Ah, sí, el duque de Tornos... ¿Pero qué tiene que ver?... ¡Vamos,
+están locos!... Mira, déjame un momento; voy a vestirme, y veré a Maza.
+Creo que lo arreglaremos. Déjame.
+
+Despejó el señor Anselmo la estancia, y, con más premura de lo que
+pudiera esperarse de sus años y achaques, aderezóse don Mateo para
+salir. Su esposa y su hija estaban, como de costumbre, en la iglesia.
+Pidió el desayuno.
+
+—No puedo dárselo, señor. La señora se ha llevado las llaves, y no hay
+chocolate fuera.
+
+—¡Siempre lo mismo!—murmuró el anciano, no tan enojado como
+debiera.—Yo no sé por qué esa mujer no deja fuera al marcharse lo que
+hace falta... Es verdad que, por regla general, me levanto tarde; pero
+puede haber un negocio urgente como ahora...
+
+—¿Quiere que vaya a pedir una onza de chocolate a la vecina?
+
+—No, no hace falta. Estoy seguro de que Matilde se enfadaría. ¿No hay
+por ahí nada que comer?
+
+La criada tardó unos segundos en contestar.
+
+—No, señor, me parece que no hay nada. Ya sabe que la señora...
+
+—Sí, sí, ya sé.
+
+Don Mateo fué al comedor y comenzó a escudriñar los tiradores. Nada; no
+había más que los utensilios de la mesa, cuchillos, tenedores, el
+sacacorchos. Al través de los cristales del armario vió algunas
+pastillas de chocolate y una bandeja de bizcochos.
+
+—¡Caramba, si diera alguna llave!
+
+Y sacando las suyas comenzó a introducirlas en la cerradura. Las pruebas
+no tuvieron buen éxito.
+
+Desesperanzado, al fin, se arregló las gafas con impaciencia, se puso el
+sombrero, cogió su cayado y dijo emprendiendo la marcha:
+
+—Vaya, vaya; nos aguantaremos por hoy.
+
+Pero antes de llegar a la puerta se volvió, y algo acortado preguntó a
+la doméstica:
+
+—¿Hay pan por ahí?
+
+—No ha venido aún la panadera. Si quiere de lo mío...—respondió la
+muchacha sonriendo.
+
+—Bueno; a ver ese pan tuyo.
+
+Se fué a la cocina. La criada levantó la tapa de la masera, y don Mateo
+sacó un medio pan de centeno, bastante negro.
+
+—Este pan moreno en otro tiempo no me disgustaba—dijo cortando un
+pedazo.—¡Viva la gente morena!—añadió paseando por la boca un bocado
+de miga, pues con la corteza hacía años que no se atrevía.
+
+La criada se reía sorprendida de aquel buen humor.
+
+—Es más sabroso que el nuestro. Si no fuera que ya está un poco duro...
+
+Se sacudió las migajas con la mano, volvió a arreglarse las gafas y
+después de beber un trago de agua porque también el vino estaba cerrado,
+se partió en dirección al ayuntamiento. El reloj del edificio señalaba
+las diez. Atravesó el soportal de arcos, subió la vasta escalera de
+piedra y al llegar a los corredores donde había más de un dedo de polvo
+sobre el entarimado, preguntó a Marcones, que le salió al encuentro, por
+don Gabino.
+
+—El señor alcalde está en sesión.
+
+—¿En sesión? ¡Diablo, a qué hora tan rara!
+
+En efecto, por lo rara se había señalado.
+
+Dos años habían transcurrido desde el fallecimiento de don Roque. Los
+del Saloncillo, que habían entrado en el ayuntamiento como triunfadores
+y tuvieron por alcalde a don Rufo, más de año y medio, a la hora
+presente padecían las amarguras de la derrota. Aún tenían mayoría en la
+corporación municipal, aunque escasa. Pero los del Camarote se habían
+arreglado en Madrid de tal manera, que lograron hacer nombrar alcalde a
+Gabino Maza. Decíase que esto se debía al pasteleo repugnante de Rojas
+Salcedo. Advirtiendo éste en las últimas elecciones municipales bastante
+progreso en las fuerzas de los del Camarote, se había inclinado de su
+lado. No hay para qué decir la tempestad de odios y amenazas que contra
+él se levantó por tal motivo entre los partidarios de don Rosendo.
+
+Se había entablado una lucha feroz. Cada sesión del ayuntamiento era un
+escándalo. Los de Maza habían hecho procesar a la corporación saliente,
+por dilapidación de fondos: tenían al juez de primera instancia por
+suyo. Los de Belinchón contaban con que en la Audiencia les harían
+justicia. Mas por aquello que dicen que dijo Dios: _ayúdate y
+ayudaréte_, se ponían en juego poderosas influencias para conseguirlo.
+Cartas iban y venían de Madrid. Los del Camarote no se descuidaban
+tampoco para estorbarlo. Maza deslomaba a sus contrarios con la vara de
+la justicia. Como la mayoría de don Rosendo era sólo de dos votos, urdía
+tramas admirables para arrancárselos. Unas veces convocaba a sesión
+extraordinaria a horas en que a alguno de ellos le fuera imposible
+asistir; otras, mandaba recados fingidos a ciertos concejales,
+anunciándoles que se había suspendido; otras; en el momento de ponerse a
+votación cualquier asunto, lo hacía con palabras ambiguas de acuerdo con
+sus amigos, para que los de don Rosendo se confundiesen y votasen contra
+sí mismos, como sucedió en más de una ocasión. En más de una también,
+dejó cerrados en la secretaría a algunos concejales llevándose la llave.
+Después que los padres del municipio se hartaban de gritar y dar golpes
+a la puerta, venía un alguacil a abrirles; pero ya se había efectuado la
+votación. Gracias a estas y otras tretas, a las arbitrariedades sin
+cuento que cometía, vengábase el bilioso ex marino de sus enemigos, que
+era un primor. Su táctica consistía en atacarlos donde más les dolía;
+esto es, en sus bienes inmuebles. Cuando en alguna calle había una o más
+casas de cualquier socio del Saloncillo y ninguna de sus amigos, hacía
+que el arquitecto municipal variase la rasante, dejándola más baja. De
+esta suerte se descubrían los cimientos de las casas y corrían riesgo de
+venir al suelo, además de la molestia consiguiente de poner escaleras
+para subir al portal. A los pocos meses de ser alcalde, había más de
+veinte casas en Sarrió con los cimientos al aire. Otras veces, hacía
+subir la rasante para que cuando lloviese fuerte, se inundasen. Como es
+natural, tales picardías despertaban fuerte clamoreo en los partidarios
+de Belinchón, rabiosas diatribas por parte del _Faro_, y tumultos sin
+cuento en las sesiones municipales. Pero a Maza se le daba por todo una
+higa. Seguía impasible sus inauditas reformas urbanas, escuchando con
+sonrisa cruel las quejas de sus víctimas, contestando con sarcasmos
+feroces a los discursos de los oradores del bando contrario.
+
+Marcones introdujo a don Mateo en una sala contigua al salón de
+sesiones. La tribuna destinada al público era demasiado asquerosa para
+entrar en ella una persona decente. Además, le interesaban muy poco las
+peleas de aquellos gallos ingleses. En la misma sala estaban sentados
+departiendo amigablemente los dos notarios de la población, don Víctor
+Varela y Sanjurjo. El uno era un viejo, pequeño, de ojos saltones, con
+enorme peluca, tan groseramente fabricada, que parecía de esparto; el
+otro, un hombre de media edad, pálido, con bigote entrecano y cojo de
+nacimiento. Saludóles nuestro anciano como antiguos amigos, a quienes se
+ve todos los días. A nadie en el radio de la villa dejaba de saludar don
+Mateo.
+
+—¿Esperando que termine la sesión, eh?
+
+—Sí, señor—respondió uno con sequedad y reserva que quitó al anciano
+el deseo de entrar en más averiguaciones.
+
+Buscó otra conversación, la que más podía complacer a los depositarios
+de la fe pública; la caza. Los dos eran crueles perseguidores de las
+codornices, peguetas y chochas; pero mucho más terribles y empedernidos
+aún de las liebres. Apenas venían algunos días despejados, estos veloces
+o inocentes animales tenían que sufrir una violenta persecución por
+parte del gremio notarial, activamente secundado por media docena de
+galgos que, para que mejor corriesen, se les dejaba morir de hambre.
+
+Hablar de las liebres, era para don Víctor y Sanjurjo la antesala del
+Cielo. Levantarlas con las varas, metidos en la maleza hasta la cintura,
+el Cielo mismo.
+
+—¡Qué lástima de día!—exclamó don Víctor dando un suspiro y mirando al
+cielo por los cristales del balcón, llenos de polvo.
+
+—Verdad—contestó Sanjurjo, dando otro suspiro.—Sin embargo, la tierra
+de Maribona puede que esté un poco blanda; llovió bastante estos días.
+
+—¡Qué ha de estar!—profirió don Mateo.—Ahora en el verano pronto se
+seca. Además, toda aquella región es caliza y absorbe el agua
+fácilmente.
+
+Los notarios le miraron con enternecimiento.
+
+—Me ha dicho Pepe la Esguila—prosiguió—que los paisanos han visto
+saltar las liebres estos días en Ladreda.
+
+—Ya lo sabemos,—dijo Sanjurjo.—Hoy, si no fuera por un quehacer que
+nos ha salido, hubiéramos ido a allá.
+
+Al mismo tiempo hacía un signo de inteligencia a don Víctor.
+
+—Pues Pepe debió de irse esta mañana con Fermo. Eso me dijeron al menos
+ayer noche.
+
+Los notarios se miraron consternados.
+
+—¡Qué le decía yo a usted, Sanjurjo!—exclamó don Víctor.
+
+—Francamente, me engañó ese tuno... Bueno; alguna dejarán... Mañana
+iremos usted y yo, don Víctor.
+
+Pero la noticia les había puesto tristes. Guardaron silencio obstinado.
+Dentro del salón se oían voces descompasadas, fuertes rumores. Alguna
+vez sonaba el agudo repique de la campanilla presidencial, llamando al
+orden.
+
+Don Mateo, pesaroso de no haber acertado aquella vez a animar la
+conversación, la estableció de nuevo, encarándose con Sanjurjo.
+
+—Hombre, parece mentira que usted con su defecto en la pierna, pueda
+dedicarse a la caza.
+
+—¿Quién? ¿éste? Ahí donde usted le ve, corre como un galgo—exclamó don
+Víctor con cariñoso entusiasmo.—En cuanto se pone sobre la pista de la
+liebre, deja de ser cojo. Yo le digo que eso de la cojera lo ha
+inventado él para llamar la atención. Tan cojo es, como usted y como yo.
+
+—¡Si usted me lo hiciera bueno!—profirió Sanjurjo, sonriendo con
+resignación.
+
+Aquel toque de broma, les puso alegres. Don Víctor contaba las proezas
+de su compañero en diversas ocasiones. Un día, para correr mejor, se
+había puesto en cuatro patas: era una exhalación.—¿Cómo?—preguntaba
+don Mateo asombrado,—¿en cuatro patas?—Lo que usted oye. Sanjurjo se
+reía a carcajadas, afirmando que había aprendido a correr así de niño,
+cuando su cojera era más pronunciada y no podía competir con los
+compañeros. A su vez, ponderaba la poltronería de don Víctor, un tumbón
+que registraba hasta la más pequeña hierba por no ir adelante y
+cansarse. Don Víctor reía también, sosteniendo que no se levantaban
+liebres con las piernas, sino con los ojos. ¡Cuántas veces aquella
+obstinación suya había dado al fin resultado!—¿Se acuerda usted de
+aquel día de San Pedro, hace tres años, cuando me dejó solo cerca de
+Arceanes? ¿Quién levantó la liebre, usted que se fué con viento fresco,
+o yo que me quedé hurga que hurga por las matas?
+
+La conversación se iba calentando con gran satisfacción de don Mateo que
+no podía ver a nadie triste a su lado. Cuando más embebidos se hallaban
+en ella, sin hacer caso bendito de los gritos y campanillazos que
+sonaban detrás de la puerta, ábrese ésta con estrépito y aparece la
+majestuosa figura de don Rosendo Belinchón, en un estado de trastorno
+difícil de pintar, los cabellos revueltos, algunos de ellos pegados a la
+frente por el sudor, las mejillas inflamadas, los ojos vidriosos, el
+nudo de la corbata en el cogote.
+
+—¡Sanjurjo!... ¡Sanjurjo, venga usted!—dijo con voz alterada, sin
+saludar, sin ver siquiera a don Mateo.
+
+El notario se levantó tranquilamente y entró en el salón con él. Don
+Víctor no hizo alusión ninguna a aquella repentina marcha. Quedó
+departiendo amigablemente sobre lo mismo que estaban hablando con don
+Mateo, el cual, aunque un poco sorprendido, no se atrevía a preguntar
+nada. Al cabo de un rato, apareció Sanjurjo, que cerró la puerta tras
+sí, y vino a sentarse con el mismo sosiego al lado de ellos, continuando
+su interrumpida conversación. Pero no se pasaron muchos minutos sin que
+de nuevo se abriese la puerta con ruido, apareciendo esta vez la persona
+rechoncha de don Pedro Miranda en estado igualmente de descomposición.
+
+—¡Don Víctor, don Víctor, entre usted!
+
+Tampoco saludó, ni vió siquiera a don Mateo. El notario se levantó
+gravemente y le siguió.
+
+—¿Qué diablo significa esto?—preguntó don Mateo a Sanjurjo, después
+que se hubo cerrado la puerta.
+
+Este hizo un vago ademán de desprecio levantando los hombros.
+
+—¡Qué tonterías!—gruñó don Mateo.—¡Belinchón y Miranda, que en su
+vida se metieron en estos asuntos del ayuntamiento ni quisieron ser
+alcalde, tomarlo ahora con tanto apuro!
+
+Las cosas habían cambiado mucho, en efecto. La lucha enconadísima que
+uno y otro bando sostenían en todos los terrenos donde podían, era más
+empeñada ahora en la corporación municipal que en ningún sitio. La
+tiranía de Maza irritaba de tal modo los ánimos de los amigos de don
+Rosendo, que apelaban a todos los medios imaginables para
+contrarrestarla. A todo trance querían procesarle por abuso de
+facultades. Para ello Belinchón había tomado a su servicio al notario
+Sanjurjo, que constantemente le acompañaba a las sesiones, levantaba
+actas y más actas de las arbitrariedades del alcalde, que pasaban al
+juzgado y allí se estancaban gracias a la mala voluntad del juez. Los
+del Camarote oponían notario a notario, actas a actas, quejándose de la
+insubordinación de la mayoría, de sus votaciones, en asuntos que no eran
+de su competencia.
+
+Cuando terminó la sesión, don Mateo fué introducido en el despacho del
+alcalde. Estaba tomando una limonada purgante. Cada pocos días
+necesitaba uno de estos brebajes para desalojar la bilis que se le
+acumulaba en el estómago. Aquella lucha diaria desde hacía tres años le
+había echado a perder el estómago. Estaba aún agitado, convulso. Su
+risita sardónica de las sesiones, la calma despreciativa con que
+afectaba escuchar los discursos de sus contrarios, era pura comedia.
+Allá por dentro, la cólera le carcomía las entrañas, se le mezclaba a la
+sangre. ¡Cuánto trabajo le costaba reprimir los ciegos ímpetus de ira
+que a cada paso le acometían!
+
+Dos de sus amigos comentaban la sesión, mientras él, silencioso, lívido,
+con sus eternas ojeras más pronunciadas aún, revolvía el líquido con una
+cucharilla. Don Mateo, como una de las poquísimas personas que
+permanecían neutrales en Sarrió, fué recibido con franqueza y agasajo.
+
+—Siéntese usted, don Mateo. ¿Qué trae de bueno por aquí?
+
+El anciano manifestó que venía a saber si era cierta la amenaza de
+suprimir la subvención de la banda en el caso de que fuese aquella tarde
+a la romería de San Antonio. El rostro de Maza se nubló. Era muy cierto.
+Que no contasen con socorro alguno del ayuntamiento si aquella tarde
+sacaban los instrumentos de la Academia... Don Mateo preguntó: ¿qué
+motivo?... Maza, después de rechinar los dientes como introducción,
+manifestó que no quería contribuir a solemnizar la entrada del personaje
+que iba a llegar por la tarde y se alojaba en casa de Belinchón.
+
+—Sería capaz don Quijote de darse tono haciendo pensar a su huésped que
+la había llevado él para obsequiarle.
+
+—Pero, Gabino, si todos los años ha ido. Nadie puede creer ni pensar
+semejante cosa. Considera que es la romería más importante del pueblo.
+Sería muy triste que las chicas no bailasen y se divirtiesen por una
+pequeñez como ésa.
+
+—Pues nada, por hoy se suprime el baile. Lo siento mucho. Si quieren ir
+que vayan; pero ya saben a qué atenerse.
+
+Fué imposible hacerle variar de resolución. Don Mateo rogó primero, se
+enfureció después, y con el derecho que le daban sus años y las nobles
+intenciones que siempre le animaban, y de las cuales nadie dudaba en la
+villa, dijo cuatro frescas a Maza y a los dos concejales que allí
+estaban presentes. Ni el bilioso alcalde ni éstos se enojaron. Uno llegó
+a decirle:
+
+—Acaso tenga usted razón, don Mateo; pero, ¿qué quiere usted? La lucha
+es lucha. Está interesado nuestro amor propio, y hay que aplastar a esos
+canallas, o que ellos nos aplasten.
+
+El anciano salió de las consistoriales más triste que enojado. En los
+tres años últimos eran incalculables los desaires y desabrimientos de
+este género que había padecido. A nadie encontraba ya propicio para
+secundar sus proyectos de recreo. En vano redoblaba su actividad para
+traer al teatro compañías de verso o zarzuela. Todas quebraban al poco
+tiempo. Porque predominando en las funciones el elemento del Saloncillo,
+ya se sabía que los del Camarote se retiraban, y viceversa. Y como para
+que el teatro se sostuviese era preciso el concurso de todos, el
+resultado era que los cómicos se escapaban siempre muertos de hambre. Lo
+primero que le preguntaban a don Mateo en las casas cuando iba a
+suplicar que se abonasen, era:—¿Se han abonado Fulano, Mengano y
+Zutano?—Si contestaba afirmativamente, ya se sabía lo que le
+decían:—Pues no cuente usted con nosotros.—Nuestro buen señor apelaba
+últimamente al engaño para comprometerlos; mas los enconados vecinos
+olían en seguida el torrezno, y aplazaban su contestación para después
+que se enterasen de «qué gente había». Y si esto pasaba en el arte
+dramático, ¿qué no sucedería con las notabilidades que en aquel lapso de
+tiempo habían posado su vuelo en la villa? Un famoso violinista, otro
+que tocaba un instrumento de madera y paja admirablemente, cuatro
+hermanos campanólogos, un moro que mostraba dos vacas sabias, un doctor
+inglés que traía un microscopio, el célebre gigante chino, una foca
+marina que decía _papá_ y _mamá_, etc. A todos había protegido don
+Mateo. Pero su activa campaña de propaganda no les valió gran cosa.
+Todos los monstruos, tanto españoles como extranjeros, conocían de oídas
+a nuestro retirado coronel, y en cuanto ponían el pie en Sarrió, a su
+casa iban a llamar. El los acompañaba a ver al alcalde, los presentaba
+en el Saloncillo, los recomendaba al propietario del almacén donde
+pensaban exhibirse, y casi siempre encabezaba la suscripción para
+pagarles el viaje. En otro tiempo no se marchaba uno de la villa que no
+fuese contento y gordo. ¡Pero ahora! Ahora no estaba la Magdalena para
+tafetanes, según le respondían algunos.
+
+El lugarteniente de don Mateo en todos los festejos era Severino, el de
+la tienda de quincalla. No había en la provincia quien le aventajase en
+fabricar globos elegantes, vistosos y bien proporcionados para que
+subieran sin dar tumbos. Tampoco en el arte difícil de levantar arcos de
+ramaje con transparentes para la noche, ni en disparar cohetes
+velozmente y a plomo. Pues bien; este ingeniosísimo varón, que tanto
+había regocijado a la villa con sus peregrinas invenciones, hacía ya
+mucho tiempo que permanecía inactivo. Cuando alguna vez le decía don
+Mateo, que pasaba siempre en su tienda algunas horas:
+
+—Severino, ¿vamos a preparar algo para la víspera de San Antonio?
+
+—¡Para qué, don Mateo, para qué!—respondía el tendero con desaliento.
+
+—Una iluminacioncita de doscientos faroles nada más, un globo y algunos
+cohetes.
+
+—¿Quiere usted que nos cueste a nosotros el dinero como la fiesta de
+Santa Engracia?
+
+—Acaso los indianos suelten esta vez algo—murmuraba don Mateo.
+
+—Vaya, no sea inocente. ¡Parece mentira que no los conozca! ¡Soltar!
+¿Qué han de soltar esos guanajos si no...?
+
+Unos y otros eran injustos con los indianos. Estos se mantenían en
+neutralidad absoluta, asombrados de que, hombres acaudalados como
+Belinchón, Miranda y otros, se apurasen tanto por cosas que no atañían a
+sus negocios particulares. Aquel puñado de personas sosegadas, en medio
+de la lucha feroz con que se agitaba la villa, semejaría el coro de las
+tragedias griegas, si no fuese porque éste sentíase conmovido por las
+desgracias o prosperidades de los héroes, se alegraba y se entristecía.
+Los indianos de Sarrió permanecían por entero indiferentes, adormecidos
+por aquella vida holgazana y metódica en que el recuerdo de sus trabajos
+y penalidades de América les llenaba algunas veces de horror, y hacía
+más amable todavía su situación actual. ¡Qué les importaban a ellos las
+votaciones del ayuntamiento, las perrerías que _El Faro_ y _El Joven
+Sarriense_ se lanzaban, ni los chismes que sin cesar traían conmovida a
+la villa! Mientras les dejasen dar vueltas por la mañana en la punta del
+Peón (y no había peligro de que nadie se lo estorbase), jugar al billar
+o al tresillo después de comer, y dar sus famosos paseos en pandilla a
+la tarde por los pintorescos contornos, lo demás no significaba nada.
+Tan sin cuidado les tenía, que sólo por rara casualidad, cuando estaban
+juntos, hablaban de los episodios de la lucha. Lo único que conseguía
+turbarles eran los telegramas noticiando el alza y baja de los fondos
+públicos, donde tenían invertido su capital. Por lo demás, eran
+ciudadanos modelo: no ofendían a nadie; comían lo que era suyo y habían
+trabajado con sus manos. Que no daban dinero para las funciones y
+holgorios. Esto no puede considerarse como un cargo grave. Ellos no
+veían la necesidad de tales fiestas. ¡Qué más se podía apetecer en el
+mundo que vivir en un clima benigno, comer, pasear, dormir
+tranquilamente las horas que a uno se le antojaran! Además, habían hecho
+un beneficio al pueblo, conduciendo al altar a una porción de señoritas
+de veinticinco a treinta, que, sin este inesperado socorro, se hubieran
+ido desecando tristemente. Ahora eran casi todas esposas obesas y
+tranquilas, madres de familia felices, rigiendo una casa bien
+abastecida.
+
+Aunque antipáticos a los dos bandos, los indianos eran los únicos que se
+salvaban en aquel tiroteo incesante de los periódicos. Se contentaban
+con murmurar de ellos, llamarlos asnos cargados de plata; pero no se
+atrevían a aludirlos públicamente. No había razón para ello. Y eso que
+en Sarrió en el transcurso de tres años, se había alcanzado aquel grado
+de perfección con que don Rosendo soñaba; esto es, no existía la vida
+privada. Los actos de los vecinos, aun los de índole más íntima y
+secreta, salían a luz en la prensa, se comentaban, se censuraban, se
+ponían en ridículo. Nadie estaba seguro en el tabernáculo de su hogar.
+Si cruzaba con su mujer algunas palabras malsonantes, si castigaba con
+más o menos severidad a sus hijos, si andaba apurado de dinero, si salía
+por la noche a picos pardos, si se le atragantaban las _ces_ en medio de
+dicción, diciendo _reto y pato_, en vez de recto y pacto, si comía con
+los dedos o se sonaba con ruido. De todos estos interesantes pormenores,
+daban cuenta al público _El Faro_ y _El Joven Sarriense_, unas veces
+directamente, otras por medio de los famosos cuentos orientales ya
+mencionados.
+
+Desde el ayuntamiento, don Mateo se fué al local de la Academia, donde
+le aguardaba el señor Anselmo, y le ordenó prudentemente que no saliese
+con la banda aquella tarde. A fuerza de transacciones y equilibrios,
+había conseguido hasta entonces sostenerla lo mismo que el Liceo. En
+éste, por supuesto, ni había representaciones teatrales ya, ni se
+bailaba sino en días señalados, como el de las Candelas, los de Carnaval
+y el de Santa Engracia. Pero don Mateo, a fuerza de actividad y
+diplomacia, había logrado que la mayoría de los socios siguiesen pagando
+las dos pesetas mensuales de la suscripción. Todas las demás
+instituciones de recreo en que la villa era tan rica, habían
+desaparecido.
+
+Lo que traía preocupados a tirios y troyanos a la sazón era la venida
+del duque de Tornos. El vigilante y prudentísimo don Rosendo había
+averiguado por medio de sus agentes de Madrid, que el duque de Tornos,
+conde de Buenavista, emparentado con la real familia, embajador que
+había sido en Francia, mayordomo mayor de palacio, etc., etc., un
+personaje de mucho bulto en la corte y en la política, estaba decidido a
+pasar el verano en Sarrió para tomar los aires del mar, que le hacían
+mucha falta, con más sosiego que en San Sebastián o Biarritz. Saberlo
+Belinchón y escribirle una carta ofreciéndole su casa, fué todo uno. El
+Duque rehusó, como era natural, dándole gracias muy expresivas. Pero el
+buen don Rosendo que juzgaba un importantísimo triunfo la venida de tal
+personaje a su morada, y contaba con ayuda de él exterminar a sus
+contrarios, tanto insistió, valiéndose de toda clase de recomendaciones
+para conseguirlo, que el Duque concluyó por aceptar el ofrecimiento. Los
+del Camarote, que habían olfateado el asunto y les tenía con gran
+cuidado, obligaron a don Pedro Miranda a ofrecer también su casa,
+prometiendo abonar entre todos, los gastos que aquello le ocasionase.
+Pero el Duque ya estaba comprometido. No pudieron conseguir su
+propósito, aunque pusieron en juego bastantes influencias, lo que les
+llenó de ira y despecho, como acabamos de ver. Hay que advertir que el
+duque de Tornos pertenecía al partido moderado. Aunque en Sarrió ninguno
+de los dos bandos estaba bien definido en política, porque lo que les
+preocupaba era la lucha local, y se inclinaban siempre al partido
+vencedor, no cabía duda que en el Saloncillo predominaban los liberales,
+principiando por su eximio jefe. En el Camarote, los más eran
+retrógrados. La preferencia otorgada a los primeros era, pues,
+doblemente dolorosa.
+
+Don Rosendo el año anterior había levantado un piso más a su casa. Lo
+que le decidió a aquella obra fué el nacimiento de otra nieta. Si el
+matrimonio seguía tan aprovechado, no cabrían pronto en la casa. Gonzalo
+hablaba de tomar otra; le faltaba independencia. Para que no se fuese,
+la aumentó su suegro de aquel modo. El piso entero fué destinado a la
+nueva familia. A fin de que estuviesen más independientes, la escalera
+no pasaba por el cuarto de los padres; pero al mismo tiempo había una
+interior de caracol que facilitaba el servicio de un piso a otro.
+Gonzalo podía entrar y salir de su casa sin necesidad de cruzar por la
+de sus suegros. Comían todos juntos, sin embargo.
+
+Pues cuando se supo la aceptación del duque de Tornos, se le destinó el
+cuarto entero del matrimonio joven. Este bajó de nuevo a ocupar sus
+antiguas habitaciones. Arreglóse aún mejor de lo que estaba, y eso que
+estaba bien, pues Venturita había exagerado el lujo de la decoración.
+Pronto y con poco esfuerzo quedó convertido en una mansión digna del
+personaje que iba a albergar. En el Saloncillo se esperaba con ansia el
+telegrama del prohombre, anunciando su salida. El rostro de todos los
+tertulios expresaba gozo y triunfo, brillaba con la esperanza de que
+pronto podrían dar algunos golpes contundentes a sus adversarios. Estos
+andaban mohinos y recelosos, disimulando, no obstante, lo mejor que
+podían su despecho. Afectaban no conceder importancia a la venida del
+Duque. No faltó quien viniese a avisar en seguida a Belinchón de la
+_zurdada_ del alcalde respecto de la música. Estaba empezando a comer
+cuando recibió la noticia. Con admirable serenidad, que debían envidiar
+sus enemigos, concluyó el plato de sopa que tenía delante, se limpió los
+labios, bebió un trago de vino, volvió a limpiarse los labios, y
+levantándose acto continuo, salió sin decir palabra. Como todos los
+grandes caudillos de que nos habla la historia, don Rosendo no perdía
+jamás el aplomo. En los momentos críticos, como el presente, era cuando
+a él le asaltaban las grandes ideas, las resoluciones salvadoras. Se fué
+al telégrafo y puso un parte al director de la orquesta de Lancia
+pidiéndole que viniese con ella a Sarrió y que señalase precio. El
+director contestó que llegarían a la noche.—«Perfectamente;—se
+dijo,—si la música no va a recibirle, al menos no se quedará sin
+serenata. ¡Y que rabien esos miserables!»
+
+La llegada del duque de Tornos coincidía, como hemos visto, con la
+romería de San Antonio. La tarde estuvo como la mañana serena y alegre,
+sin pizca de calor; porque la brisa del Nordeste en Sarrió, como en
+todos los puertos del Cantábrico, refresca deleitosamente los ardores
+del sol en los meses de estío. Las romerías pertenecían a todas las
+clases sociales, pero muy particularmente a los artesanos. Gracias a
+esto no habían perdido nada de su primitiva alegría y animación. Desde
+por la mañana, bien temprano, grupos numerosos de muchachas salían de
+los arrabales y cruzaban la villa para tomar la carretera de Lancia,
+vestidas todas con la clásica falda de merino, negra o de color, y el
+floreado mantón de Manila atado a la cintura, zapatos descotados,
+pendientes de perlas, y la hermosa cabeza, sencillamente peinada, al
+descubierto. Su charla bulliciosa, sus frescas carcajadas despertaban a
+los vecinos que aún yacían entre las sábanas, les hacían sonreir
+beatamente trayéndoles al recuerdo otros días de San Antonio cuando la
+juventud chispeaba también en sus ojos y en la copa de la vida aún no
+había caído ninguna gota de hiel. ¡Quién no recordaría en Sarrió alguno
+de aquellos viajes a la ermita en una mañana límpida y suave, con las
+piernas ligeras y el corazón mecido dulcemente en la esperanza de ver
+pronto al dueño adorado y pasar el día cerca de él! El rumor de aquellas
+niñas era un soplo de alegría que desde la calle subía a las casas,
+entraba por los balcones invitando a soltar por algunas horas el fardo
+pesado de los quehaceres, de la ambición, de la envidia, de todas las
+ruines pasiones que consumen la mísera existencia humana. Y seguirlas,
+seguirlas a gozar del ambiente puro de la mañana, del verdor de los
+campos, de la rica leche incomparable que se vende en torno de la
+ermita, del juego a las cuatro esquinas y la deleitosa gallina ciega, de
+las habaneras lánguidas, los dulces caramelos y crucetas de la Morana, y
+tal vez que otra, cuando no se tiene una figura despreciable y se
+dispone de largos bigotes retorcidos, de sus besos más dulces y
+regalados aún (habiendo hecho algo por merecerlos, se entiende).
+
+Pablito salió de madrugada acompañado de su fiel Piscis, montados en
+sendos caballos pujantes y amaestrados, trabajando unas veces del
+costado derecho, otras del izquierdo como era lógico. Para ir de esta
+suerte, no solamente había la razón de sus arraigadas inclinaciones,
+sino otra también muy atendible. El joven Belinchón hacía ya más de un
+año que no iba a las romerías y evitaba todo lo posible caminar a pie.
+Salía poco de casa, sobre todo de noche, procurando atravesar por las
+calles más céntricas, sin que por casualidad se le viese jamás solo.
+Tenía enemigos ocultos y encarnizados. Valentina, la blonda y saladísima
+costurera, había jurado por todos los santos del Cielo clavarle un puñal
+en la espalda. La razón no necesitamos decirla. Después de haber tenido
+un hijo con ella, la había abandonado y volaba otra vez, cual libre y
+pintada mariposa, posándose ahora en una, ahora en otra flor. ¡Buen
+trabajo le había costado, o por mejor decir, buen miedo! Cuando supo el
+juramento de su amante, que no le cogió de sorpresa, pues conocía
+demasiado bien su temperamento, para evitar aquella dolorosa muerte
+prematura, mandó repetidos emisarios ofreciéndola grandes cantidades de
+dinero, recoger y educar a su hijo, y mantenerla a ella sin trabajar. La
+feroz costurera había rechazado con indignación todas las ofertas.
+Reiteraba, cada vez que un embajador iba a verla, su horrible y
+sanguinario juramento. Como es natural, al hermoso mancebo no le llegaba
+la camisa al cuerpo. Que se ponga cada cual en su caso. Hubiera dado el
+coche y los caballos por poseer otros dos ojos en el cogote. Los que
+poseía, siempre que salía a la calle a pie, se entregaban, mira a un
+lado, mira otro, a un trabajo abrumador superior a sus fuerzas.
+
+Pero con el tiempo, había ido adquiriendo alguna confianza. Valentina no
+salía apenas de casa. En romerías y bailes, después de su deshonra, no
+la había visto nadie. Pablito, que no la había tropezado todavía en la
+calle, se animó con los consejos de Piscis a ir a San Antonio. Montaron,
+pues, a caballo temprano, y se lanzaron por la anchurosa y empolvada
+carretera de Lancia sombreada un buen trecho a la salida de la villa,
+por grandes olmos. La vía era ascendente, aunque sin gran declive. A un
+lado y a otro, se extendía la risueña campiña de Sarrió, limitada por
+dos o tres términos de suaves colinas. Más lejos, descubríase la negra
+crestería de las montañas de Narcín, que se alzaban sobre el valle de
+Lancia, cubierto aún por la niebla. Volviendo la vista atrás, después de
+caminar un trecho, se señoreaba la hermosa villa que la luz matinal
+hería de soslayo, haciendo brillar aquí y allá alguna blanca fachada.
+Detrás, la vasta llanura del mar, que con los rayos oblicuos del sol
+naciente, ofrecía un color blanco lechoso.
+
+Los caballos de nuestros équites, orgullosos de su estampa elegante, de
+sus lomos relucientes y mórbidos, caracoleaban sin cesar levantando
+nubes de polvo, felices por ostentar su recia musculatura a la luz de la
+mañana. Las jóvenes menestralas, que ascendían lentamente hacia la
+ermita, se impacientaban, chillaban, más por la suciedad del polvo, que
+por temor a los corceles, dirigían chufletas de peor o mejor gusto al
+inflexible Piscis, que éste no escuchaba siquiera, absorto en la
+contemplación de las patas del caballo, cuya alta dirección le estaba
+confiada.
+
+—¡Uf, la carretera es poco para él!—Oye tú, fenómeno, no levantes
+tanto polvo.—A caballo parece algo; y es un perro sentado.—¡Si parece
+un duque!—No, mujer, vizcon...de!
+
+Con Pablito no se metían. El bizarro joven ejercía el mismo dominio
+sobre las artesanas que sobre las damiselas de la villa. No sólo las
+fascinaba por su delicada figura, por su gallardía, por su riqueza, sino
+también, y acaso principalmente, por sus conquistas. La muchedumbre de
+enamoradas que había tenido en todas las clases sociales, formaban en
+torno de su cabeza una aureola de gloria. Se murmuraba mucho de él entre
+las menestralas, con motivo del lance de Valentina, se le llamaba falso,
+traidor, bribón; pero todas ellas, hasta las mismas amigas de la
+víctima, le admiraban, le adoraban en secreto, y hubieran caído a pocos
+embates en sus brazos, por más que juraban y perjuraban que era bien
+tonta la que hacía caso de aquel _miquitrefe_.
+
+Pablito caminaba serio, atento también a regir el brioso cuadrúpedo. De
+vez en cuando, no obstante, se dignaba sonreir ligerísimamente. Y este
+esbozo de sonrisa animaba tanto a las muchachas, que arremetían con más
+brío y gracia contra su compañero fidelísimo, el invicto Piscis.
+
+A la media legua próximamente, había un gran prado llano y hermoso que
+la carretera partía por el medio. Allí se celebraba la romería por la
+tarde, con la gente que venía de la villa y la que regresaba de la
+ermita. Para ir a ésta, era necesario separarse en aquel punto de la
+carretera y tomar por callejuelas estrechas y pendientes, limitadas por
+toscas paredillas de piedra, cubiertas de zarzales. Al cabo de un cuarto
+de legua, se desembocaba en la pequeña planicie de un montecillo, donde
+estaba situada. La vista desde allí era espléndida y regocijada como
+pocas. Descubríase una inmensa extensión de costa, no llana, sino
+ondulante, plantada de maíz en unos sitios, en otros de trigo, en la
+mayor parte de hierba solamente, cortada por la gran vía empolvada de
+Lancia, con su faja obscura de olmos gigantescos, a cuyo extremo parecía
+como una mancha blanca y roja la villa. La inmensa sábana azul del
+Océano, donde brillaban tres o cuatro velas como blancas gaviotas,
+cerraban el panorama.
+
+Alrededor de la ermita, las mujerucas de los contornos, entre las cuales
+había más de una fresca y hermosa aldeana de rojos labios y blancas
+mejillas satinadas, vendían leche en pucheritos de barro negro. Había
+también algunas mesas cubiertas con manteles, donde se exhibían
+bizcochos y otros confites de remota antigüedad. La gracia de aquella
+romería estribaba en tomar leche por la mañana en la ermita, jugar luego
+con los pucheros y romperlos al fin, haciéndolos rodar por el monte
+abajo. Se comía a las doce el fiambre que se llevaba. Después se venía
+hacia el prado de los nogales o Nozaleda, donde todos se reunían.
+Pablito no infringió un ápice el programa. Compró más de una docena de
+pucheros de leche y gran cantidad de bizcochos, con que obsequió a sus
+conocidas. Luego retozó con ellas largamente, haciendo rodar a varias
+por el prado y tirándose él mismo en medio del entusiasmo general. A la
+sazón, estaba «poniendo los puntos» a una morena muy agraciada, hija del
+sereno Maroto, que vendía pescado en la plaza y se llamaba Ramona, la
+misma a quien tal vez recuerde el lector que Periquito había dicho en la
+cazuela del teatro:—«Ramona, te amo»—con gran regocijo de Piscis y
+Pablo. Cuando llegó la hora de venir a la Nozaleda, se empeñó en
+llevarla a caballo delante de él. La moza se resistió un poco, pero al
+fin cedió, ¡no había de ceder! El joven entró con ella por medio de la
+romería entre los aplausos y ¡hurras! de sus amigos y las murmuraciones
+de las jóvenes, que se mostraban escandalizadas, sin perjuicio de
+dejarse arrebatar de aquella gentil manera el día que al bello sultán se
+le antojase.
+
+A las tres, la Nozaleda estaba poblada de romeros. El vasto prado
+parecía una alfombra de fondo verde. Los pañuelos de las mujeres,
+blancos, rojos, amarillos, agitándose continuamente, llameando a la luz
+del sol, formaban sobre aquel fondo un dibujo movible de brillantes
+colores. La carretera mandaba de Sarrió a cada instante nuevos
+pelotones de gente, que se diseminaban por el prado a entrambos lados.
+Escuchábase un rumor confuso como el de las olas del mar a cierta
+distancia, sobre el cual saltaba el agudo son de la gaita, y el
+repiqueteo sordo y monótono del tambor. Algunas tiendas de campaña,
+donde, sobre mesas portátiles de tabla, yacían los hinchados odres, como
+víctimas preparadas al sacrificio, estaban rodeadas por numerosos grupos
+de hombres. En otro más numeroso, de ambos sexos, hacia el medio, se
+bailaba al uso del país, sonando las castañetas con las _mudanzas_
+peculiares de aquella región. Aquel baile duraba cinco o seis horas sin
+reposo alguno. Se sudaba copiosamente, ¡pero cansarse! los hombres
+alguna vez, las mujeres nunca. Los que así bailaban eran aldeanos, los
+habitantes de los contornos que, llegada la noche, se volvían a sus
+casas por los atajos sin pasar por la villa. Las artesanas de Sarrió
+formaban giraldillas, donde se cantaba a grito herido, abriéndose y
+cerrándose sucesivamente, dejando en el medio ora un grupo de hombres,
+ora de mujeres. Los señoritos, en relación con aquellas jóvenes por los
+bailes de las Escuelas, acostumbrados ya al dulce, no querían perder su
+derecho de monopolio ni aun al aire libre; entraban también en ellas,
+bailando sin garbo, con los brazos muy abiertos y las piernas inmóviles.
+Entonces los artesanos se salían y marchaban un poco más lejos a bailar
+con aquellas que, desdeñadas por los caballeros, o de temperamento más
+bravío, los seguían, arrojando miradas torvas de desafío al coro
+principal.
+
+Ni se crea que faltaba tampoco aquella tarde el baile de sociedad. Don
+Mateo, buscando medio de substituir a la orquesta, había dado con un
+arpista y un violín italianos, y los subvencionó, de su bolsillo
+particular, para que tocasen. Y allá, en un extremo del prado, bajo un
+inmenso nogal de la cinta que lo circundaba, una docena de parejas
+estrechamente abrazadas, daban vueltas parsimoniosas al compás de
+dulzona habanera, rodeadas por un espeso círculo de mirones. Las
+señoritas solían presenciar con risita despreciativa aquel baile que
+imitaba toscamente los suyos, doliéndose en su interior de que jóvenes
+tan finos se abrazasen «a aquellas tarascas». Sin embargo, cuando alguno
+las invitaba, después de resistirse un poco, reir a carcajadas,
+ruborizarse y hacer buena porción de monerías para atestiguar que sólo
+se rebajaban a aquello por pura condescendencia, solían agarrarse firme
+al brazo de su bromista amigo y tardaban en soltarlo.
+
+Gonzalo había venido a pie a la romería con Cecilia, la niña mayor y la
+niñera. Y como el camino era largo y pendiente, porque ésta no se
+cansase tanto, había traído a su hija en brazos casi todo el tiempo.
+Ventura odiaba las romerías. Además, su padre había llevado el carruaje
+a esperar al duque de Tornos, y pensar en que anduviese a pie media
+legua, era una monstruosidad. Doña Paula tampoco podía venir. Hacía
+tiempo que estaba delicada. Los médicos creían que su malestar y
+decaimiento procedían de algún trastorno en la circulación, una afección
+cardíaca, que podía con el tiempo ofrecer caracteres graves, aunque por
+entonces no los presentase. Cecilia había querido durante el viaje
+ayudar a su cuñado a soportar el fardo. Este se había reído:
+
+—Calla, Huesitos, calla—así la llamaba familiarmente.—¡Ten cuidado no
+me obligues a llevarte a ti también!
+
+Y así que llegaron, como marido y mujer comenzaron a vagar por el gran
+prado, deteniéndose a cada instante para saludar a los amigos con quien
+tropezaban. Compraron dulces para la niña, estuvieron un rato viendo
+bailar al son de la gaita; después se pararon delante de la giraldilla;
+por último, se fueron a donde sonaba el violín y el arpa, y tuvieron
+ocasión de ver entre las parejas a su hermano Pablo estrechando la
+cintura de la hermosa Ramona. Por cierto que, al advertir su presencia,
+el bizarro joven se inmutó un tanto. Aprovechando una de las vueltas
+para pasar cerca de su hermana, le preguntó por lo bajo:
+
+—¿Está ahí mamá?
+
+Cecilia hizo un signo negativo, y se tranquilizó.
+
+La niña se cansó pronto de aquel espectáculo. Quiso ir de nuevo a ver el
+baile de los aldeanos. Desde allí, saltando otra vez a la carretera,
+entraron en la romería que quedaba del otro lado. Fué gran ventura para
+ellos. Porque a los pocos momentos acaeció en el sitio que habían
+dejado, una escena espeluznante, terrorífica, digna de una tragedia
+romántica.
+
+Hallábase Pablito bailando con su morena, sereno, feliz, procurando
+acortar distancias todo lo posible, y aún más. Sus mejillas, siempre
+sonrosadas, estaban ahora vivamente encendidas, no tanto por el
+movimiento como por el amor que poco a poco, a impulso de las cadencias
+lánguidas de la habanera se había ido apoderando de su ser. Ramona,
+encendida también como una amapola, apoyaba la barba adornada por los
+lados con dos hechiceros hoyuelos, sobre su hombro. Ramona vió de pronto
+con horror un rostro pálido donde brillaban dos ojos airados de loco.
+Pablito escuchó detrás una voz estridente que gritaba:
+
+—¡Toma, bribón!
+
+Y al mismo tiempo sintió un fuerte topetazo en la espalda. Volvióse
+rápidamente. Vió el semblante desencajado, fatídico, de Valentina, la
+cual blandía en la mano derecha un arma.
+
+El joven comprendió que estaba herido de muerte. Se dejó caer al suelo
+con señales cadavéricas en el rostro. Instantáneamente, un golpe de
+gente acudió a levantarle, mientras otro sujetaba a la costurera. Al
+conducirle a la casita próxima de un aldeano, Pablo creyó escuchar
+confusamente los gritos de Valentina, que intentaba desasirse de los que
+la tenían, para rematarle, sin duda.
+
+La noticia se extendió por la romería. Mucha gente acudió corriendo al
+teatro del suceso. Cecilia y Gonzalo, que vieron el movimiento,
+quisieron enterarse. Un amigo, conocedor de la verdad, les dijo que se
+trataba de una reyerta entre aldeanos, y procuró llevarlos más lejos
+todavía.
+
+Mientras tanto, el médico de un concejo inmediato, que allí estaba, fué
+avisado para que viniese a curar al herido. Era un joven recién salido
+de las aulas. Lo primero que hizo fué despojarle de la chaqueta,
+cortándosela por la espalda; después hizo lo mismo con el chaleco y la
+camisa. Cuando la carne quedó al descubierto, no pudo retener una
+carcajada:
+
+—¡Qué herida, ni qué calabazas! Aquí no hay nada.
+
+En efecto, el pequeño cortaplumas, de que la costurera se había valido
+para asesinar a su pérfido amante, atravesó la chaqueta, el chaleco, la
+camisa y la camiseta. En cuanto a la carne aborrecida del seductor,
+había quedado enteramente incólume.
+
+No poco se alegró éste de volver al gremio de los seres vivos. Después
+que el ama de la casa le cosió provisionalmente la camisa, y se cubrió
+con el gabán del médico, mientras Piscis iba a buscar los caballos,
+salió por los prados de atrás para no ser visto, tanto por la vergüenza
+que le daba ir vestido con aquel espantoso sayo, como porque creyó
+escuchar a Valentina, mientras iba con las ansias de la muerte, ciertas
+palabras pesadas. Si mal no recordaba (y podía recordar mal, dado su
+desvanecimiento), la costurera decía gritando cuando le llevaban entre
+cuatro:
+
+—¡Anda, cochino, que si yo no te he matado, no faltará quien te mate!
+
+Pablito hallaba tan feo el ser asesinado por un des-conocido, que no
+quiso detenerse un minuto más en la romería. En cuanto salió a la
+carretera, donde le esperaba Piscis, montó a caballo, y se trasladó en
+un credo a la villa.
+
+El sol se estaba poniendo. Alguna gente comenzaba a dejar la romería,
+cuando ésta fué violentamente conmovida por el escape de seis u ocho
+coches que llegaban de Lancia a la carrera. Era el duque de Tomos con su
+séquito. En una carretela abierta venía él con su secretario y el gran
+patricio don Rosendo. En el coche de éste venían don Rufo, Alvaro Peña
+y dos señores de Lancia. Y acomodados en los otros, don Feliciano, don
+Rudesindo, Navarro, don Jerónimo de la Fuente y algunos varones más de
+los que seguían la bandera del glorioso Belinchón. Al llegar al medio de
+la Nozaleda, el Duque mandó hacer alto sorprendido de ver aquella
+muchedumbre abigarrada ocupando la extensa llanura del prado.
+
+Era un hombre de unos cuarenta y seis años. Las mejillas flácidas, de
+color pálido terroso, el labio inferior un poco caído, expresando desdén
+y cansancio, los ojos de indefinible matiz, fríos y vidriosos como los
+de un besugo muerto, con los párpados ordinariamente caídos, expresando
+igualmente el hastío. En uno de ellos traía un cristal o _monocle_
+hábilmente sujeto, que daba a su fisonomía un aspecto excesivamente
+impertinente y repulsivo. No gastaba barba, sino largo bigote con las
+puntas engomadas. Vestía con elegancia que no se ve jamás en provincia,
+esto es, con cierta originalidad caprichosa de los que no siguen las
+modas, sino que las imponen. Sombrero blanco de alas estrechísimas,
+americana que parecía hecha de tela de jergón, camisa amarilla, guantes
+de color lila, y en vez de corbata un pañuelo blanco en forma de
+chalina, con una gruesa perla clavada.
+
+—¡Precioso, precioso!—dijo al contemplar aquel pintoresco cuadro,
+levantando con trabajo los párpados. La voz era cascada y la
+pronunciación lenta, fatigosa, como si estuviera aplaudiendo en su palco
+del teatro Real los trinos de una prima donna.
+
+Don Rosendo se apresuró a darle noticias de la romería. Le mostró con la
+mano el cerro de la ermita, que se veía a lo lejos. Después le fué
+señalando, para que se fijase en ellos, los distintos grupos donde se
+bailaba: «Vea usted, señor Duque; allí se baila al son de la gaita y el
+tambor. Es el baile característico del país, en el campo, se entiende.
+Aquéllas son las giraldillas, donde bailan cantando las muchachas de la
+villa. Allí se bebe. Aquéllas son las mesas donde se venden confites.
+Debajo de aquel nogal se están bailando habaneras... Mire usted, mire
+usted, señor Duque, la clásica danza de nuestra tierra; los hombres a un
+lado, las mujeres a otro. Con ese vaivén monótono están horas y horas
+cantando las antiguas baladas... Es un baile casto, no lo negará
+usted...
+
+—¡Precioso, precioso!—repetía el Duque con su acento arrastrado,
+enfilando el _monocle_ principalmente a las giraldillas.
+
+El duque de Tornos decía una verdad. Pocos espectáculos tan bellos y
+risueños podían ofrecerse en paraje alguno de la tierra. La romería,
+antes de morir, se agitaba con un frenesí de alegría ruidosa. La gaita
+acentuaba sus notas agudas, chillonas, que hacían vibrar el aire a larga
+distancia, acompañada fiel y sordamente por el tambor. Las mozas
+exaltadas, sudorosas, con las mejillas encendidas y los cabellos
+revueltos, no cantaban ya, gritaban dando vueltas a la giraldilla,
+despidiéndose con rabia de aquel goce, que sólo de tarde en tarde se les
+ofrecía. Cantaban también los borrachos de dos en dos o tres en tres con
+voces ásperas desafinadas, metiéndose el aliento por las narices,
+balanceándose grotescamente, esparrancados sobre el césped. Y los mozos
+y mozas de la danza-prima se desgañitaban, queriendo aguzar cada vez más
+las notas largas, dormilonas, de sus baladas antiquísimas. Hasta el
+violín y arpista italianos habían emprendido con furor una mazurka que
+las parejas bailaban levantando extremadamente los pies, dando furiosas
+patadas en la hierba.
+
+La luz se iba huyendo del cuadro; pero al huirse suavizaba los tonos,
+esparcía sobre él un encanto misterioso, poético, que traía al recuerdo
+los dichosos rincones de la Arcadia antigua. Parecía que aquella gente
+debía vivir y morir así, en perpetua alegría y juventud. ¿Por qué
+marcharse, por qué huir de aquel recinto feliz, para volver a sumergirse
+en las fatigas de la vida cotidiana, en la podredumbre y miseria de los
+negocios humanos? ¡Gozar, gozar! gozar en la inocencia del corazón y los
+sentidos, de la salud, de las sublimes armonías de la luz y del sonido;
+gozar de las dulzuras del amor fecundo engendrador de todas las cosas;
+gozar de la fuerza, que mantiene la cohesión del universo; gozar del
+gorjeo de los pájaros, del murmullo de las fuentes, del aroma de las
+flores, del rocío de los campos, de las espumas de los mares, del cielo
+eternamente azul. Para esto debió ser creado el hombre, no para
+acompañarse en los breves días de su existencia del trabajo abrumador,
+de la airada venganza, de la pálida envidia, de la tristeza roedora. La
+tradición del Paraíso, es la más lógica y venerable de las tradiciones
+humanas.
+
+El sol doraba ya solamente las cimas de los nogales que circundaban el
+prado, extendiendo desmesuradamente sus sombras. Un leve estremecimiento
+frío, melancólico, corrió por todos los ámbitos. En vano lucharon contra
+él aquellos a quienes el baile o el vino había enardecido. Poco tiempo
+después se había apoderado de todos. Escuchábanse las voces de las
+madres llamando a sus hijos, de los hermanos llamando a sus hermanas.
+Formábanse grupos, que permanecían algún tiempo vacilantes, buscando con
+los ojos a alguno que les faltaba, para irse. Lo primero que se deshizo
+fueron las giraldillas. El baile y la danza persistían. Los aldeanos
+estaban más cerca de sus casas y no tenían tanto miedo a caminar de
+noche. En torno de los coches situados en medio de la carretera, se
+había ido aglomerando la gente. El Duque seguía enfilando su _monocle_ a
+todos los rincones, presenciando los preparativos del desfile, con la
+curiosidad atenta de un inteligente en pintura. Al fin, reparando en el
+numeroso pelotón que por todas partes los estrechaba, dió orden de
+marchar, pero lentamente, al paso de los romeros. Quería ver todo
+aquello, no por hermoso, sino por nuevo.
+
+Los coches comenzaron a caminar en medio de la muchedumbre. Rodeábanlos
+amarteladas parejas que marchaban de bracero en íntimo coloquio, viejos
+que llevaban niños de la mano, sujetando en la otra grandes pañuelos
+atestados de confites, grupos de muchachas cambiando sus impresiones en
+voz alta, riendo con sonoras carcajadas. En cuanto se alejaron un poco
+del sitio de la Nozaleda comenzaron los cánticos. Esto es lo que
+caracteriza la vuelta de las romerías en aquella región. Las artesanas
+de Sarrió se precían de tener buena voz, y hacen bien. Generalmente la
+emprenden con alguna canción romántica, una melodía tendida y
+quejumbrosa, buscando armónico acompañamiento por medio de la segunda
+voz en terceras. Otras veces, cuando el grupo es demasiado numeroso, se
+acogen a los pasacalles tradicionales de la villa, que son infinitos y
+deliciosos. Fué lo que hicieron en esta ocasión. El Duque quedó
+sorprendido al escuchar aquel coro de frescas voces repitiendo sin cesar
+coplas inocentes como éstas:
+
+ _En la torre más alta_
+ _del amor me vi;_
+ _falsearon los cimientos_,
+ _pero no caí._
+
+ _Cómo quieres que un pobre_
+ _llame a tu puerta_,
+ _si no le das limosna_,
+ _rica avarienta._
+
+Y los pueriles conceptos que guardaban, adquirían en sus bocas una
+importancia excesiva, parecían sentencias sagradas, fórmulas misteriosas
+y amables que nadie podía tocar sin cometer un sacrilegio. El aire se
+poblaba de aquellas notas suaves, prolongadas. Un enternecimiento
+delicioso íbase apoderando de las cantantes a medida que las dejaban
+escapar de sus gargantas. Cada vez las repetían con más cariño, con más
+unción, exhalando en ellas aquel fondo de romanticismo que palpitaba
+eternamente en sus corazones, transmitiéndose de madres a hijas en la
+pintoresca villa del Cantábrico. Era la melancolía de quien presiente
+el mundo de la belleza, lo ama, lo anhela, y por su condición está
+destinado a vivir y morir lejos de él. Entre copla y copla, mediaba un
+rato de silencio. Escuchábase el ruido acompasado de los pies. El coro
+parecía soñar despierto, atento a los vagos sentimientos de ternura que
+el canto removía en los limbos de su espíritu.
+
+Se venía la noche precipitadamente. Los altos olmos recortaban aún con
+admirable pureza sus ramas en el fondo diáfano de la atmósfera; pero de
+sus copas caía sobre la carretera una sombra cada vez más espesa. La
+campiña había perdido el color, extendía en el horizonte sus lomos
+sombríos donde apenas resaltaban los toques amarillos de alguna heredad
+plantada de trigo. Allá lejos la gran mancha del Océano se obscurecía.
+Su azul brillante del mediodía habíase trocado en un gris triste,
+verdoso, con reflejos metálicos.
+
+El coro sacudió de pronto su melancolía. Una moza inició cierto
+pasacalle vivo y alegre. Las demás la siguieron, de buena voluntad como
+si despertasen de un sueño triste.
+
+ _No te compongas_
+ _que ya no irás_
+ _a San Antonio_
+ _a pasear_,
+ _que está lloviendo_
+ _y te mojarás_
+ _el vestidito_
+ _y no tienes más._
+
+La emprendieron con él a gritos, desaforadamente, con la fe y el ahinco
+con que lo cantaban todo. Una de ellas, a los pocos momentos, improvisó
+una copla alusiva a la situación:
+
+ _A San Antonio_
+ _vente a pasear_,
+ _verás al Duque_
+ _que es muy galán._
+ _Todas las niñas_
+ _que en Sarrió hay_
+ _la bienvenida_
+ _le van a dar._
+
+Y desde entonces, como si aquélla fuese la señal, no cesaron de
+requebrar en sus cánticos al magnate. El cual, dirigiendo el _monocle_
+unas veces a la derecha, otras a la izquierda, y sacudiendo la cabeza
+con benévola sonrisa, repetía por lo bajo:
+
+—¡Precioso, precioso! ¡Un tapiz de Teniers! ¡Un paisaje de Lorrain!
+
+Cuando llegaron a la villa, era noche cerrada.
+
+Subió el Duque con su secretario a las habitaciones que don Rosendo le
+había destinado. El secretario era un joven de veinticuatro a veintiséis
+años, pálido, rubio, en cuyo cerebro abultado de feto no cabían más
+ideas que la de la importancia colosal del Duque, y la necesidad
+imperiosa de llegar a ser un personaje, si no de tanta cuenta, lo
+bastante para tener también secretario. Fuera de esto, el mundo no tenía
+explicación para Cosío, que así se llamaba. Después que hubo descansado
+unos momentos el magnate, bajó a comer en traje de etiqueta. Cosío lo
+mismo. Don Rosendo había cambiado la hora española de comer por la
+francesa. Al verle entrar de aquel modo, la familia se turbó. Sin duda
+Belinchón, su hijo y su yerno habían dado una pifia no poniéndose el
+frac. Venturita se lo hizo notar ásperamente a su marido en voz baja.
+Este se encogió de hombros con supremo desdén, moviendo los labios de un
+modo despreciativo. Estaba de mal humor. Al ver la mesa puesta sin el
+plato de la niña, había preguntado por él. Su mujer le había contestado
+con malos modos:
+
+—¡Pero, hombre, no seas ridículo! ¿Quieres que la niña coma hoy con
+nosotros?
+
+—¿Por qué no?
+
+Venturita se había escandalizado. Después se había reído preguntándole
+si había aprendido aquellos usos en el club de regatas. Esto le había
+irritado, le tenía propenso a no mostrarse con el Duque todo lo
+deferente y respetuoso que debía. En cambio, ella hacía días que se
+preocupaba con los preparativos para recibir al ilustre huésped. Por su
+consejo y dirección se había aumentado la servidumbre, poniendo librea a
+los criados. Viendo a Pachín, uno muy antiguo en la casa, con aquel
+extraño uniforme, Gonzalo se había reído a grandes carcajadas, lo que
+excitó la bilis de su esposa. Habíase encargado una nueva y fina vajilla
+con la cifra de Belinchón; todo el aparato de las comidas modernas,
+cuchillos de hoja de plata para la fruta, tenedores de ostras, tarjetas
+litografiadas para el _menu_ y otros utensilios inusitados hasta
+entonces en las comidas de la casa. El viento del extranjerismo soplaba
+también sobre aquella mesa abundante, sana, patriarcal, que hemos
+conocido al comenzar la presente historia.
+
+Ventura se presentó en el salón con traje azul marino de seda, descotado
+por el pecho, los brazos al aire. Había aprendido, no sabemos dónde, que
+en las comidas de ceremonia las señoras van descotadas. Doña Paula no
+cumplía con este precepto. En cambio, estaba esplendorosamente vestida
+con telas de vivos colores, que formaban triste contraste con su rostro
+marchito, minado por la enfermedad. Los únicos convidados eran Alvaro
+Peña y don Rufo.
+
+Pachín, el buen Pachín, vestido de máscara, abrió la puerta y dijo con
+voz sonora que Ventura le había ensayado:
+
+—La señora está servida.
+
+El Duque ofreció su brazo a doña Paula y se trasladaron todos al
+comedor. Esta ocupó el sitio preferente por indicación previa de su
+hija. El Duque se colocó a su derecha; don Rufo a su izquierda; los
+demás se fueron sentando sin orden: Venturita a la derecha del egregio
+huésped, después Alvaro Peña, Cosío, Pablito, don Rosendo. Gonzalo al
+lado de Cecilia.
+
+Y la comida dió principio, ceremoniosa, fría, con largos intervalos de
+silencio. Todos estaban cohibidos, aplastados por la grandeza del
+personaje que tenían delante. Este ostentaba una calva lustrosa que le
+tomaba casi toda la cabeza. Los pocos cabellos de la parte posterior y
+de los lados eran negros a pesar de sus cuarenta y seis años. Sus
+menores gestos eran observados con atención idolátrica. Las palabras que
+dejaba escapar, acogidas con una sonrisa de afectada complacencia y
+admiración. Las primeras que salieron de sus labios, después de algunas
+de cortesía, fueron para seguir admirándose de los contornos de la
+villa.
+
+—Yo no conocía del Norte más que las Provincias—decía con su
+pronunciación lenta, arrastrada.—Encuentro este país muy superior a
+ellas en lo que se refiere al paisaje. Ofrece mayor variedad, más
+riqueza de color. Hay sitios agrestes allá en el puerto que hemos
+atravesado, comparables a los más decantados paisajes de la Suiza. Y al
+llegar a la costa, se encuentra la misma suavidad de las líneas, la
+misma dulzura en el ambiente, que en el Mediodía de Italia.
+
+—¡Oh, señor Duque, usted nos favorece demasiado!—Pura amabilidad,
+señor Duque.—En el verano puede pasar este país; ¡pero en el invierno!
+
+Don Rosendo, Alvaro Peña y don Rufo, inundados de felicidad y gratitud,
+se ruborizaban, rechazaban aquellos elogios, como si fuesen dirigidos a
+ellos. El Duque siguió hablando como si no hubiese escuchado siquiera
+sus exclamaciones.
+
+—Es más abrupto que el de las Provincias, los tonos más pronunciados.
+He visto desde la carretera de Lancia hacia el Oriente, un término de
+montañas con las cimas nevadas aún, que es verdaderamente delicioso.
+Sólo le faltan al país algunos lagos, para ser digno de presentarse a
+los extranjeros.
+
+—Tenemos un lago en el occidente de la provincia—dijo Peña.
+
+—¿Un lago?—preguntó el Duque, levantando los párpados para fijarse en
+su interruptor.
+
+—Sí, señoj: se llama el lago Nojdón.
+
+El Duque dejó caer sobre el ayudante por algunos segundos su mirada
+vidriosa. Peña concluyó por turbarse. Después siguió, paseándola con
+esfuerzo por los circunstantes:
+
+—En mi galería de Bourges, tengo un paisaje de Backhuysen con un fondo
+muy semejante al de esas montañas. Solamente que en primer término,
+aparece un lago cercado de maleza. A la derecha, hay unos cisnes
+sumergiéndose en el agua; a la izquierda, una barca con dos jóvenes
+campesinos. Lo he comprado por la delicadeza del colorido tan sólo...
+
+—Al señor Duque le gustan por lo visto los buenos cuadros—dijo don
+Rufo plegando la boca hasta las orejas para sonreir.
+
+—¿Y a quién no le gustan?—respondió el magnate clavando en él sus ojos
+muertos de besugo.
+
+—¡Oh, sí, señor!... es verdad... tiene usted mucha razón. A todo el
+mundo le gustan... Pero es un vicio muy caro... Sólo los grandes
+potentados como el señor Duque pueden permitirse...
+
+Don Rufo se confundía, creyendo haber dicho una necedad.
+
+—¿El señor Duque posee muchos cuadros de los mejores pintores, según
+tengo entendido?—dijo a la sazón don Rosendo para salvar a su
+compañero.
+
+—Tengo algunos—respondió el prócer echando agua al mismo tiempo en el
+vaso de Venturita.
+
+Esta se estremeció de gratitud. La sangre se le agolpó al rostro.
+
+—La suya es una de las primeras galerías de Europa—decía, en tanto,
+por lo bajo Cosío a Peña.
+
+—Me gusta la pintura porque es el arte nacional—siguió diciendo el
+magnate.—Es el único en que hemos verdaderamente descollado, el único
+en el cual aún hoy florecemos... Porque yo, aunque he pasado la mayor
+parte de mi vida en el extranjero, amo mucho a mi patria—añadió con un
+amago de sonrisa en tono protector.
+
+La patria, si pudiera escuchar aquellas benévolas palabras, se
+estremecería infaliblemente de gozo, como Venturita.
+
+—La amo, confesando, no obstante, su degradación. La Naturaleza nos ha
+dotado con mano próvida de los más ricos dones. Un país fértil (no tanto
+como vulgarmente se cree, pero, en fin, fértil), admirablemente situado
+a un extremo de la Europa, tendiendo la mano a América al través de los
+mares. Un cielo, ¡oh, el cielo! no hay otro como él. El aire tiene aquí,
+sobre todo en el Mediodía, una transparencia... ¡Oh, una transparencia
+infinita! La desesperación de los pintores. En cambio esta transparencia
+da mayor pureza a la línea. En ninguna parte se destacan los objetos
+como aquí. En Castilla las torres se perciben a muchas leguas de
+distancia, con la misma dureza en los contornos que si estuviéramos a
+algunos pasos. Esto depende, claro está, de la altura a que se encuentra
+sobre el nivel del mar...
+
+—Los países muy elevados sobre el nivel del mar, se ha demostrado que
+son los menos inteligentes—apuntó don Rufo, respirando por su manía
+fisiológica.
+
+El Duque volvió la cabeza para mirarle y siguió como si no hubiese oído:
+
+—Luego el admirable brillo del sol que hace más crudo el contraste
+entre la luz y la sombra y añade la oposición de las masas a la decisión
+de las líneas. Sólo aquí, en el Norte, el vapor acuoso que flota en la
+atmósfera, reblandece y borra un poco los contornos, los esfuma; pero en
+cambio la riqueza de los tonos es mayor. En el Mediodía los tonos de la
+tierra se extinguen por el esplendor preponderante del cielo, por la
+iluminación universal del aire: ¡pero aquí! ¡qué inmensa variedad de
+_nuances_! ¡Oh, hermosa, infinita!... ¡Luego, qué fuerza, qué movilidad!
+En el Mediodía un tono permanece fijo. La luz inmutable del cielo le
+mantiene durante muchas horas, y lo mismo un día que otro. Mas en estos
+países en que la luz cambia a cada instante, varía también el color; el
+modelado es perfecto, las gradaciones del color _fondue_, transforman en
+espeso relieve su tono general...
+
+El Duque, que había comenzado a enumerar las ventajas de que los
+españoles estábamos dotados, no acababa de salir del contorno, de la
+luz, del color, se perdía en disquisiciones pictóricas que los
+comensales escuchaban con los ojos muy abiertos, sin comprender,
+moviendo con pereza las mandíbulas. Pero sin dejar de hablar atendía a
+Venturita. Prevenía sus deseos, echándole agua en el vaso, alargándole
+los entremeses, el pan, todo lo que pudiera serle agradable, haciendo
+seña al criado para que le sirviese vino cuando advertía que sus copas
+estaban vacías, con esa oportunidad desembarazada, elegante, del hombre
+educado en la cumbre de la sociedad. Venturita acogía aquellas
+galanterías confusa, sonriente, con vivos temblores de gratitud, sin
+comprender que en aquel momento no representaba para el magnate más que
+«la dama que estaba a su derecha».
+
+Gonzalo, mal prevenido contra el egregio huésped, se había llegado a
+cansar de aquel monólogo de pintura, y cambiaba frases por lo bajo con
+su cuñada, embromándola, como de costumbre, con lo poco que comía:
+
+—Vamos, Huesitos, otra chuleta, no te dé vergüenza porque este señor
+esté delante. Ya le hemos dicho que no se sorprendiera de verte comer
+tanto. Los temperamentos como el tuyo necesitan reponer la grasa.
+
+Cecilia contestaba sonriendo, con medias palabras, dirigiendo vivas
+ojeadas de respeto al Duque. Este, que había advertido su plática, por
+dos veces levantó los párpados para mirarles de aquel modo frío,
+distraído, que por no expresar nada, ni desdén siquiera, era el colmo
+del orgullo. La segunda vez, sobre todo, en que Cecilia y Gonzalo se
+rieron con gana llevándose la servilleta a la boca para apagar el ruido,
+la mirada del prócer fué más larga, más fría y distraída aún. Venturita,
+indignada, los apuñalaba con los ojos. Pero Gonzalo, o por vengarse de
+sus burlas anteriores, o porque en realidad no sintiese ante el
+personaje el embarazo y respetó que los demás, no amainó en la manía de
+platicar con su cuñada y hacerla reir.
+
+La fraternidad cariñosa de los dos cuñados, no decrecía. Gonzalo y sus
+hijas pertenecían a Cecilia. En todos los momentos de su vida, la
+influencia de ésta se dejaba sentir suave y bienhechora. De las dos
+niñas, la primera, Cecilita, tenía ya dos años y medio; la otra,
+Paulina, contaba ocho meses. Lo mismo una que otra, vivían al calor
+maternal de su tía. Ella las lavaba, ella las vestía, las daba de comer,
+las sacaba a paseo, enseñaba a orar a la primera. La madre, sin dejar de
+quererlas, se cansaba pronto, sus lloros la impacientaban, y cuando
+trataba de hacerlas callar no sabía; concluía por aturdirse y sofocarse.
+De aquí que en sus necesidades, en sus anhelos infantiles no clamasen
+más que por _tiita_. Alguna vez, Ventura, herida por esta preferencia,
+celosa, las forzaba a aceptar sus oficios, las retenía a su pesar al
+lado de ella. Esto sólo daba por resultado mayor despego en las
+criaturas mezclado de miedo. En cuanto a Gonzalo, tenía en Cecilia una
+hermana y una madre atenta siempre a evitarle disgustos, a separarle los
+abrojos del camino. En ella descansaba, a ella acudía como un niño
+grande y mimoso, impacientándose cuando no cumplía al instante sus
+deseos, molestándola más de la cuenta. Pero el lazo que le unía a su
+esposa, continuaba firme, inalterable. El vivo sentimiento de adoración
+y de deseo que le había hecho cometer la primera vileza de su vida, no
+se apagaba. Por mucho que se alejase, por excéntrica que fuese la órbita
+de su vida, Ventura le retenía con los rayos de su belleza, seguía
+fascinando como antes sus sentidos. Lo adivinaba muy bien Cecilia. Por
+eso cuando el joven, herido de algún desdén, de alguna palabra malévola
+de su mujer, se desataba en denuestos contra ella, sonreía con tristeza,
+procuraba calmarle, segura de que su cuñado no tardaría en humillarse,
+en ir contrito y avergonzado a besarle los pies.
+
+Cuando el prócer terminó al fin su monólogo, hubo unos instantes de
+silencio. Después, como si recordase una omisión cometida, principió a
+enterarse con benévola y afectada atención, de los asuntos de sus
+comensales.
+
+El señor don Rufo Pedrosa era médico, ¿verdad? El ejercicio de la
+medicina es penoso, sobre todo en provincias, donde no obtiene por regla
+general la merecida recompensa.—El señor Peña, marino, ¿no es eso? Oh,
+el cuerpo de la armada, siempre ha sido brillante. Lástima que no
+corresponda nuestro material de guerra al valor y a la pericia de los
+oficiales. ¿Corren mucho las escalas? ¿Da mucho que hacer la dirección
+de un puerto? Pensaba presentar en el Senado una moción, pidiendo la
+construcción de dos acorazados.—¿Y Pablito, se divertía mucho en
+Sarrió? ¿Qué recursos ofrecía aquella villa a los jóvenes? ¿Había estado
+en Madrid? Era aficionado a los caballos. ¡Ah! la equitación, un gran
+ejercicio. El Duque comprendía muy bien aquella afición. ¿Los caballos
+que tenía, eran del país o extranjeros?...
+
+Hacía todas aquellas preguntas de un modo distraído, con sonrisa de
+maniquí, apresuradamente, como si estuviese recitando una lección. Era,
+en efecto, la página más penosa del libro de la buena educación, aquella
+en que se advierte que es preciso hacerse agradable a las personas con
+quienes se habla, interesándose por sus negocios. A Gonzalo y Cecilia
+los miró un instante fríamente; pero no les hizo pregunta alguna.
+Cumplida tan ímproba tarea, el magnate volvió a caer en el eterno
+monólogo. Esta vez no fué sobre pintura, sino sobre arqueología. En
+Lancia había visto una capilla bizantina que le llamó mucho la atención
+por su pureza. No había en ella aún síntoma alguno de transformación. La
+catedral mediana. Sólo la torre era notable por su esbeltez. La aguja
+debía de ser, no obstante, primitivamente más alta, más _elancé_. Sin
+duda al restaurarla después de la destrucción causada por un rayo, se
+habían acortado sus dimensiones. Tenía entendido que Sarrió poseía una
+iglesia muy bella, estilo plateresco...
+
+Mientras el Duque arrastraba más que movía su lengua en disertación
+doctísima, infinita (como él diría), don Rosendo manifestaba en sus
+ademanes y en sus ojos una inquietud extraña que procuraba con cuidado
+refrenar, aunque sin resultado. Por tres veces había dado recados en voz
+baja al criado, y otras tantas había recibido de éste respuestas,
+también en voz baja.
+
+Llegó el momento del café. El Duque, terminado el monólogo arqueológico,
+había trabado conversación con Venturita, con ese admirable instinto que
+poseen los orgullosos para comprender a quién fascinan y a quién no. Y
+su plática se fué animando poco a poco. Alguna vez se dignaba sonreir el
+egregio huésped y hacía a su bella interlocutora el honor de levantar
+los caídos párpados para fijar en ella una mirada de curiosidad y
+simpatía. La joven, exaltada por aquella honra, con las mejillas
+encendidas y los ojos brillantes, departía con fácil ingenio y palabra,
+mostrando tanta gracia y finura, que el Duque quedó de ella altamente
+complacido. Al parecer, hablaban de pintura. Cecilia y Gonzalo, que
+charlaban aparte, la oyeron decir:
+
+—¡Oh, Rubens! ¡Qué modo de pintar la carne! Rubens es el Cervantes de
+la pintura.
+
+Gonzalo volvió la cabeza como si le hubieran pinchado. Y una viva
+sorpresa se pintó en su rostro.
+
+—Chica, ¿dónde ha aprendido mi mujer estas cosas?—dijo en seguida a su
+cuñada.
+
+Esta se encogió de hombros. Pero Venturita había observado el movimiento
+de Gonzalo, su sorpresa y las palabras que dirigió a Cecilia. Se puso
+colorada, y bajó la voz. Luego, observando la mirada burlona de su
+marido, le clavó otra, relampagueante y colérica.
+
+Mientras tanto, doña Paula explicaba a don Rufo la marcha de su
+dolencia. Cosío describía con orgullo a Peña y Pablito las grandezas y
+comodidades del castillo de Bourges, donde el Duque tenía su famosa
+galería de pinturas.
+
+Sólo don Rosendo permanecía silencioso, cada vez más inquieto, haciendo
+con los dedos nerviosos bolitas de pan. De pronto, su noble faz se
+extendió con una sonrisa bienaventurada. Todos levantaron al mismo
+tiempo la cabeza al escuchar en la calle un trompeteo horrísono. Era la
+orquesta de Lancia que al fin había llegado.
+
+
+
+
+XVI
+
+DE LO MUCHO Y BUENO QUE HIZO EL DUQUE DE TORNOS EN SARRIÓ
+
+
+_El Faro_ dedicó casi todo su número del jueves a cantar ditirambos al
+duque de Tornos. Publicó su biografía en la primera plana, describió en
+la segunda su entrada triunfal en la romería y el modo gallardo con que
+fué acompañado por las jóvenes más hermosas de la villa en medio de
+cantos y vítores. Insertó cerca de esta descripción unos versos con el
+mismo asunto de uno de los chicos de don Rufo. Por último, en la plana
+tercera, aún podían leerse dos o tres gacetillas referentes al egregio
+huésped. _El Joven Sarriense_ se limitó a dar la noticia de su llegada
+en un gacetilla cortés y fría, titulada _Bien venido_. Pero a renglón
+seguido, y cogiendo la ocasión por los pelos, la emprendió como siempre
+a tajos y mandobles con sus enemigos. Figuraba el gacetillero que don
+Rosendo llevaba al Duque al Saloncillo y le iba presentando uno por uno
+los hombres más notables que allí se reunían. Con tal motivo se hacía
+innoble chacota de don Rudesindo, don Feliciano Gómez, Alvaro Peña, don
+Rufo, Navarro y otras respetabilísimas personas. Indignó la gacetilla en
+alto grado a todos los amigos de Belinchón, e hizo crecer en sus
+corazones el fuego de la venganza. Por lo bien escrita y
+malintencionada, achacábase comúnmente a Sinforoso Suárez.
+
+¿Cómo? ¿Sinforoso no era el redactor principal de _El Faro_, el amigo
+fiel y edecán de don Rosendo? Ya no. Cerca de un año hacía que se
+apartara de sus antiguos amigos para ir a formar en las filas de los
+contrarios. Estos, sospechando la flaqueza de su carácter y las pasiones
+que germinaban en el fondo de su alma, le habían hecho la rosca, como
+vulgarmente se dice. Persuadiéronle, por medio de su padre y otras
+personas, de que unido a los del Saloncillo no haría jamás carrera; que
+atacando las ideas religiosas de la población no sería recibido en las
+casas respetables ni bienquisto de las damas. Al mismo tiempo procuraron
+engolosinarle con la perspectiva de un matrimonio para él muy brillante.
+La hija de un cuñado de Maza, era la joven que se le prometía vagamente.
+Al fin, con sorpresa y estupefacción de la villa, traicionó a sus amigos
+y protectores. De la noche a la mañana dejó la redacción del _Faro_ y
+pasó a escribir en _El Joven Sarriense_. No fué impunemente,
+sin-embargo. La primera vez que tropezó con él Alvaro Peña en la Rúa
+Nueva, a las doce del día, le llenó de denuestos, y lo que es peor, le
+llenó la cara de dedos. La corrección fué tan vergonzosa, tan
+humillante, que Sinforoso, que no pecaba de bravo y altanero, concibió
+contra su verdugo odio feroz y un deseo punzante de venganza. Armándose
+de un palo de hierro que le facilitó su nuevo amigo Delaunay, esperó al
+ayudante en la esquina de la calle de San Florencio, y por detrás le
+arrimó un garrotazo en la cabeza que le hizo caer al suelo sin sentido.
+Transportaron a Peña a su casa y estuvo más de ocho días en la cama.
+Fueron inútiles los esfuerzos de sus amigos para obligarle a que diese
+parte a la justicia. A todo trance, como hombre irascible y arrebatado,
+quería tomársela por la mano, lo cual tenía sumamente medroso al agresor
+y bastante preocupada a la población. Contábase que el ayudante, mirando
+desde la cama por el balcón de su cuarto las tapias del cementerio,
+había dicho con acento de profunda convicción:—«El pobre Sinforoso no
+tajdará muchos días en dojmij allí para siempre.» Tales palabras
+produjeron gran sensación en la villa, porque se le suponía con arrestos
+para llevar a cabo el propósito. El efecto que hicieron en Sinforoso, no
+es para descrito.
+
+En cuanto el ayudante salió a la calle, restablecido ya de su herida, el
+hijo de Perinolo se eclipsó. Nadie volvió a verle en un mes. Se decía
+que sólo salía de noche y con grandes precauciones. Pero, como todo
+decae y pasa en este mundo, su miedo mismo fué al cabo debilitándose,
+pensando tal vez que los sanguinarios pensamientos de Peña se habían
+borrado igualmente con el tiempo. Poco a poco se fué familiarizando con
+el peligro. Se aventuró a salir de día, huyendo, no obstante, de
+aquellos sitios en que pudiese tropezar con su cruel enemigo,
+informándose de todos si le habían visto pasar y hacia qué paraje se
+había dirigido. Con esto, la villa estaba anhelante, y preveía que la
+hora menos pensada iba a suceder una catástrofe.
+
+Cierta tarde, con la seguridad que le dieron de que Peña había ido de
+paseo hacia la Escombrera con don Rosendo, nuestro Sinforoso se arriesgó
+a entrar a beber una botella de cerveza en el café de la Marina. Sentóse
+en una de las primeras mesas y al instante observó que los rostros de
+los parroquianos, muchos de ellos conocidos y amigos, se volvían hacia
+él sonrientes unos, otros con expresión de susto. No se pasaron muchos
+segundos sin que llegase a sus oídos la voz campanuda del ayudante, que
+discutía con sus amigos allá en el fondo del café, en lo más obscuro.
+Oirla nuestro periodista y dejarse caer al suelo en cuatro patas, fué
+todo uno. De esta suerte fué caminando sigilosamente hasta que alcanzó
+de nuevo la puerta, y se salió a toda velocidad. Cuando supuso que
+estaba ya muy lejos, uno de los parroquianos gritó:
+
+—Alvaro, ¿sabes quién acaba de estar aquí?
+
+—¿Quién?
+
+—Sinforoso: ahora mismo se ha ido.
+
+—¡Ah, mala centella que lo mate!—exclamó brincando más que corriendo
+al través de las mesas, saliendo disparado como un cohete.
+
+Pero, ¿dónde estaba ya Sinforoso? Después de correr buen trecho por la
+calle sin saber a dónde iba, el ayudante se vió precisado a dar la
+vuelta y entrar de nuevo en el café con el despecho y la ira pintados en
+el rostro. Tanto tiempo se pasó, no obstante, sin lograr tropezar con
+él, que al cabo concluyó por perdonarle. Satisfizo su agravio con
+arrearle un par de puntapiés en el trasero, cuando después de tres
+meses, le halló paseando en la punta del Peón. El hijo del Perinolo dió
+gracias al Cielo de haber librado tan bien.
+
+El enojo que la indigna gacetilla les produjo, se fué templando con la
+esperanza de aplastar muy pronto a los reptiles que la habían inspirado,
+o por lo menos darles algunos golpes formidables con el ariete del
+Duque. Los amigos de Belinchón andaban, los días que siguieron a la
+llegada de aquél, satisfechos y rozagantes, mirando a sus enemigos con
+ojos provocativos.—«Temblad, petates, temblad»—parecían decirles con
+la mirada.—El mismo don Rosendo, tan magnánimo, tan filósofo, tan
+humanitario, participaba de aquel rencor implacable, deseaba
+ardientemente el exterminio de sus contrarios. Poco a poco, a impulso de
+la lucha mortal en que estaba comprometido, aquellos sentimientos
+románticos de progreso, aquel amor a los adelantos morales y materiales
+de su villa natal, que hemos tenido el placer de admirar en los primeros
+capítulos de esta historia, habían cedido el sitio a un triste deseo de
+destrucción. Sin embargo, esto era puramente accidental. Allá en el
+fondo, su alma quedaba tan pura, tan progresista como había salido de
+las manos del Hacedor.
+
+El partido del Saloncillo formó en torno del Duque una muralla
+impenetrable; «le secuestró», según la expresión del _Joven Sarriense_.
+No salía jamás a la calle sin ir acompañado de cuatro o seis de sus
+miembros más notables. Para mostrarle lo que guardaba la población digno
+de verse, le llevaban materialmente escoltado. Después vinieron las
+jiras a los caseríos y parroquias de las cercanías, a las casas de
+campo de los amigos de Belinchón, los banquetes opíparos, las
+excursiones de pesca y las cacerías. Realmente la vida era grata en
+Sarrió por el verano. El Duque, que había mandado delante un regular
+equipaje, tenía los enseres necesarios para pintar, y aprovechaba los
+ratos en que se le dejaba libre para bosquejar horrendos paisajes dignos
+del fuego eterno. Sus relaciones con la familia de Belinchón eran de
+estricta finura, una cortesía infatigable que mantenía admirablemente
+las distancias. En sus palabras, en su gesto, se traslucía siempre un
+sentimiento afectuoso de protección que suavizaba un poco aquella
+expresión de cansancio y hastío en que constantemente caía su rostro
+cuando le dejaban en libertad.
+
+Tan sólo con Venturita parecían animarse un poco aquellos ojos muertos.
+Cuando se hallaba al lado de ella, el Duque redoblaba su finura hasta
+dar en viva y desenvuelta galantería. Cuando hablaba al corro de la
+familia, su mirada iba dirigida a ella, como si entre los demás no
+hubiera ninguno capaz de comprenderle. Las creaciones de su pincel nadie
+las veía primero que la esposa de Gonzalo, y si de alguien estimaba la
+admiración, era de ella. Le había dado a leer algunas novelas francesas
+que traía, y sobre su argumento y el mérito de los autores departían
+largamente en la mesa escuchados por los otros que apenas sabían de qué
+se trataba. Y al cabo de algunos días le propuso hacer su retrato. Sus
+aficiones le dirigían al paisaje; no había pintado más retratos que el
+de la duquesa de Montmorency y el de una de las infantitas de España;
+pero ahora sentía un vivo deseo, un capricho más bien, de retratar a
+Venturita tal cual la había visto por primera vez, con aquel traje azul
+marino descotado. La joven sintióse profundamente lisonjeada. La primera
+una duquesa, la segunda una infanta, ¡la tercera ella! Luego aquel
+singular deseo de retratarla en el traje de la primera noche, ¿no hacía
+presumir con fundamento que era viva la impresión que había producido en
+el Duque? Comenzaron las sesiones en uno de los gabinetes del piso
+principal. Don Jaime (que así se llamaba el magnate) había pensado
+retratarla reclinada en un diván rojo con algunas plantas y flores a los
+lados. Los tres primeros días asistieron a la sesión doña Paula, Gonzalo
+y Cecilia. Pero se cansaron pronto. En los siguientes los dejaron solos,
+viniendo la madre de vez en cuando a echar una ojeada al retrato y a
+decir dos palabritas de cortesía. En aquellos quince días que la pintura
+del retrato duró, la intimidad entre el Duque y la hermosa joven creció
+extremadamente. El magnate había condescendido hasta contarle mucha
+parte de su historia privada. La pública era bien conocida de todos.
+
+Don Jaime de la Nava y Sandoval se había casado muy joven con una
+egregia dama ligada por vínculos estrechos de parentesco con la
+soberana. No había sido feliz en su matrimonio. El amor frenético de la
+dama (que la había hecho saltar la barrera social que la separaba de su
+esposo), entibióse presto. Surgieron desavenencias. Hubo algún
+escándalo, y concluyeron por separarse. Don Jaime, aunque disfrutaba de
+las preeminencias y honores que correspondían a su elevada posición, no
+hacía, sin embargo, un papel muy airoso. Sobre su frente pesaba un
+estigma fatal, que le había hecho padecer mucho hasta que se fué
+acostumbrando. De esta herida, que dado el temperamento de su esposa, no
+tenía tiempo a cicatrizarse, vengábase lindamente despellejando a la
+aristocracia de Madrid, arrojando puñados de lodo que llegaban, a
+salpicar a las más altas personas. Pasaba el duque de Tornos por una de
+las lenguas más aguzadas y temibles de la capital.
+
+Venturita tuvo ocasión pronto de conocer su temple y su filo. En cuanto
+el magnate adquirió con ella alguna confianza y penetró por su larga
+experiencia, más que por su ingenio, el carácter que tenía, principió a
+dejarse resbalar un tanto en las conversaciones, como si el desenfado
+para tratar los asuntos escabrosos fuese una prueba de «buen tono».
+Habló con gran naturalidad y como cosa corriente, de las relaciones
+ilícitas que sostenía la mayoría de las damas aristocráticas de Madrid.
+«La duquesa de Tal, ahora está enredada con el hijo del banquero Fulano.
+La marquesa de Cual, se fugó a Bruselas con el secretario de la embajada
+de Rusia. A esta señora le gustaban los toreros; a aquélla la habían
+sorprendido con el lacayo. La condesa de Tal se gloriaba de tener tres
+amantes a un tiempo. La baronesa Fulana iba con el suyo en carruaje,
+mientras el marido guiaba afanoso los caballos.» No quedaba dama en la
+corte a quien no le arrancara una tirita de pellejo. No perdonaba
+siquiera a su esposa. Una vez concluyó por decir sonriendo
+cínicamente:—«Y por último, si se quiere saber lo que es la
+aristocracia de Madrid, ahí está la duquesa de Tornos, que es un buen
+resumen de todos sus vicios.»
+
+Ventura quedó aterrada. Sabía vagamente los motivos de rencor que el
+Duque tenía contra su esposa; pero no creía posible que un marido
+pudiese hablar de aquel modo de su mujer en ninguna circunstancia. No
+obstante, se hallaba tan fascinada por la grandeza del personaje, que
+pronto vino a figurarse que aquellas formas, aquel cinismo, eran la
+expresión de la moda y el «buen tono». Luego vinieron las anécdotas
+picantes. El Duque contaba con su voz cascada y aquella sonrisa de
+hastío y superioridad que no se le caía de los labios casi nunca,
+multitud de aventuras galantes, devaneos y obscenidades que hacía pasar,
+diciendo previamente:—«Usted ya está casada y se le pueden contar
+ciertas cosas.» En pocos días desplegó como en un gran telón ante los
+ojos pasmados de la joven, el mundo cortesano que tanto ansiaba ella
+conocer, la vida íntima, secreta, de aquellos jóvenes pálidos, de
+bigotes retorcidos, que veía pasar en la Castellana guiando lujosos
+trenes, de aquellas lindas y orgullosas damas, que ostentaban en su
+carruaje timbre ducal y apenas se dignaban dejar caer sobre ella una
+mirada indiferente y desdeñosa. Fingiendo nada más que complaciente
+atención, Ventura recogía ávidamente aquellos pormenores mundanos. Luego
+los repasaba con febril actividad en su imaginación inquieta, donde
+siempre habían germinado vagos deseos de brillo, caprichos fantásticos,
+aspiraciones imposibles. El duque de Tornos, sin propósito de ello, sólo
+por el placer de dar rienda suelta a su lengua de hombre gastado y
+herido, corrompió más en pocos días el alma de la joven esposa que todas
+cuantas novelas había leído. Al fin y al cabo lo que las novelas decían,
+era mentira, mientras que las anécdotas del Duque acababan de
+efectuarse, los personajes que en ellas habían intervenido vivían y eran
+conocidos de todo el mundo. En fin, todo aquello estaba sangrando, como
+se dice vulgarmente.
+
+El magnate, de alma corrompida y cuerpo gastado, y la bella provinciana,
+ansiosa de volar a esferas más altas, habían nacido, sin duda, para
+comprenderse. Se atrajeron por afinidad electiva como muchos cuerpos de
+la Naturaleza. Venturita agotaba todos los recursos de su imaginación en
+el tocador, y se presentaba cada día más seductora. Cuando el Duque,
+levantando un instante los párpados para mirarla, hacía una ligera señal
+de aprobación, el gozo le subía en forma de carmín a las mejillas. En
+aquel momento despreciaba de buena fe, con todas las veras de su alma,
+al mundo cursi en que la suerte la había hecho nacer y vivir. Aunque no
+abusaba, sabía usar perfectamente de la intimidad que el egregio huésped
+la concedía; se autorizaba con él alguna bromita de buen género, que
+hacía, no obstante, estremecer de susto a don Rosendo. Conocía que era
+la preferida y comenzaba a coquetear. El Duque, por su parte, afectando
+indiferencia absoluta por todas las cosas terrenales y celestiales, se
+preocupaba muchísimo de los _jaquetes_, levitas, camisolas, corbatas y,
+en general, por todo lo referente a la indumentaria. La variedad de
+prendas con que se presentaba, y lo original y aun estrambótico de
+algunas de ellas, llamaba poderosamente la atención del pueblo y
+deslumbraba a Venturita. En realidad, si ella se vestía para el Duque,
+éste se vestía también para ella.
+
+Vagamente primero, con más precisión después, la hija menor de don
+Rosendo pensaba que la amistad del magnate podía aprovecharse, no sólo
+para aumentar la influencia política de su padre en la población, sino
+también para dar lustre y brillo a la familia. Por ejemplo, una gran
+cruz... Los que la lograban tenían tratamiento de Excelencia. Si su
+padre fuese un Excelentísimo Señor, perdería aquel carácter de
+comerciante en bacalao, que a ella le crispaba. ¿Y por qué no se la
+habían de dar? A un personaje de tal magnitud como el Duque no le
+costaba mucho trabajo conseguirla. Hasta había oído decir que con dinero
+e influencia no era difícil llegar a poseer un título de conde o
+marqués... ¡Un título! Venturita, sin considerar que tenía un hermano y
+una hermana de más edad, se estremecía deliciosamente pensando que algún
+día pudiera ser «la señora marquesa» o «la señora condesa». Pero aquel
+marido que tenía era ¡tan obscuro! ¡tan enemigo de mezclarse en
+política, ni darse importancia! ¡Oh, si ella fuese la que llevara los
+pantalones, ya se vería hasta dónde llegaba!
+
+En poco tiempo su amistad y su influencia con el Duque crecieron de tal
+modo, que pudieron ser notadas, no sólo de los habitantes de la casa,
+sino también de muchas personas de fuera. Don Jaime la iba a esperar al
+baño muchos días y la acompañaba hasta casa atravesando la villa por el
+medio, excitando poderosamente la curiosidad pública. La joven se moría
+de placer deslumbrando de este modo, haciendo padecer a sus envidiosas
+conocidas. Porque el Duque no se ocultaba para prodigarle mil atenciones
+galantes, ni ella para ostentar un grado de confianza con él superior al
+de los demás de la familia. Gonzalo había observado, con secreto
+disgusto, aquella intimidad. El Duque «le había caído antipático» y
+notaba perfectamente que había reciprocidad en este sentimiento, por más
+que el personaje, como hombre de mundo, guardase frente a él una actitud
+cortés y hasta benévola, donde sólo un espíritu observador o un hombre
+de corazón y de instinto como Gonzalo podían traslucir la hostilidad.
+Sin embargo, a medida que la amistad y confianza con su esposa crecían,
+la antipatía del Duque parecía desvanecerse. Sus atenciones con el
+esposo eran cada vez mayores, y en apariencia, más sinceras. Como
+supiese que Gonzalo era excesivamente aficionado a la caza, le hizo el
+obsequio de una magnífica escopeta que a él le había regalado el czar de
+Rusia. El joven quedó agradecidísimo, y algo se borró con esta prueba de
+aprecio su antipatía. Después el magnate le invitó varias veces a salir
+de caza. En estas excursiones también se operó un deshielo evidente de
+sus sentimientos hostiles. Pero, desgraciadamente, vino un suceso casual
+a recrudecerlos. Un día, por hallarse Gonzalo en Lancia con una comisión
+de su suegro, salió el Duque a matar liebres acompañado solamente de don
+Feliciano y de Sanjurjo, el notario. Los perros que llevaban eran los de
+casa. Pues sucedió que el que más estimaba Gonzalo se portó inicuamente
+en la caza, tal vez por no asistir a ella su amo. Era un galgo finísimo
+que había encargado a Inglaterra y le había costado una cantidad
+exorbitante. La falta que cometió fué de las más graves que un individuo
+puede cometer en el uso de sus funciones. Nada menos hizo que después de
+cobrar una liebre, cuando el Duque corría hacia él para quitársela de la
+boca, soltarla de pronto en el suelo. El inocente animal, que sólo
+estaba herido en una pierna, corrió a esconderse en la maleza. Tal fué
+la indignación del magnate que, montando la escopeta, hizo fuego sobre
+el perro; mas éste, viendo la actitud agresiva del cazador, se había
+alejado rápidamente y no le tocó un solo perdigón. El Duque,
+encolerizado, furioso, le siguió para matarle, pero no logró darle
+alcance. El culpable se huyó del cazadero, y nadie le vió más aquella
+tarde. Cuando el magnate dió la vuelta a casa le dijeron que había
+llegado a ella el perro. Don Jaime, en quien todavía persistía la
+cólera, dijo al criado:
+
+—Coge ese perro, sácalo al campo, y pégale un tiro.
+
+El servidor se inmutó. Permaneció unos instantes suspenso; pero, ante la
+mirada fija, imperiosa del Duque, bajó la cabeza y se dispuso a
+cumplimentar la orden. Llamó al perro, le ató con una cadena, y tomando
+la carabina, salió de casa. ¡Qué ajeno iba el pobre animal de que le
+llevaban al suplicio! Brincaba con alegría, se retorcía, ladraba
+acariciando con la mirada al fiel servidor, el cual sentía que las
+lágrimas asomaban a sus ojos, maldiciendo del huésped y de la hora en
+que había llegado, pues era mucho lo que amaba a aquel hermoso
+animal.—¡Santo Cristo, qué va a decir el señorito Gonzalo cuando
+llegue, y sepa que le han matado el Polión!
+
+Justamente, al pensar esto, asomaba Gonzalo por la esquina de la misma
+calle. Acababa de llegar de Lancia en la diligencia, y se dirigía a
+casa. Al tropezar con el criado, le preguntó sorprendido:
+
+—¿Adonde vas, Ramón?
+
+El servidor acortado, temeroso, después de vacilar unas instantes, le
+respondió:
+
+—A matar el perro.
+
+La estupefacción del joven fué tan grande, que pareció quedar
+petrificado.
+
+—¡A matar el perro!
+
+—Sí, señor; el señor Duque me dió esa orden, porque soltó una liebre
+después de cobrarla.
+
+Gonzalo se puso lívido.
+
+—¡Y qué tiene que mandar ese sinvergüenza!...—rugió sin poder proferir
+más palabras, arrebatando al mismo tiempo la cadena de manos de Ramón,
+con tal fuerza, que le hizo tambalearse. Y se dirigió a paso largo hacia
+casa, arrastrando al perro, dispuesto a interpelar al Duque de un modo
+violento. Mas antes de llegar, tuvo tiempo a reflexionar que su posición
+era muy delicada. Reñir con el huésped por cosa tan baladí, a los ojos
+de todo el mundo, por más que a los suyos no lo fuese, pasaría
+seguramente por el colmo de la grosería. Contentóse al fin con mandar al
+Polión a la perrera, y saludar al magnate con un poco de frialdad.
+
+La antipatía, sofocada un instante, volvió a despertar con más fuerza.
+La amistad, las atenciones del Duque con su esposa, comenzaron, no ya a
+chocarle como antes, sino a herirle. No se le pasaba por la imaginación
+que tuviesen más carácter que el de finezas o galanterías usadas en la
+alta sociedad. La edad del prócer y la de su esposa parecía alejar todo
+motivo de celos. Sin embargo, «aquellas mojigangas iban picando ya en
+historia». Un día, hallándose a solas con Cecilia, le preguntó de pronto
+bruscamente:
+
+—Vamos a ver, Cecilia, ¿a ti qué te parece de la intimidad que va
+adquiriendo mi mujer con el Duque?
+
+La joven quedó sorprendida.
+
+—¿Qué me ha de parecer?—le contestó mirándole con sus grandes ojos
+serenos.—Que por lo visto Ventura le ha sido más simpática que los
+demás de casa.
+
+—Pero esa preferencia, ¿no te parece que va siendo ridícula para mí?
+
+—¿Por qué?
+
+—Porque sí... porque lo es—replicó con energía.
+
+Después de unos instantes de silencio, añadió con gravedad:
+
+—Tú, Cecilia, no sabes aún lo fácilmente que queda un marido en
+ridículo cuando tiene una mujer tan frívola, tan imprudente como
+Ventura.
+
+—¡Gonzalo!
+
+—Tan imprudente, ¡sí!... ¿Pero tú no observas qué afán tiene de hablar
+aparte con él, el placer que experimenta cuando todo el mundo la ve
+colgada de su brazo?... No me digas nada... Ya sé, ya sé que es pura
+vanidad. Toda su vida ha tenido el mismo carácter orgulloso y
+fantástico. Aunque no quieras convenir en ello, bien lo sabes. Pero aquí
+su vanidad puede traer consecuencias muy desagradables para mí... y para
+todos. Bueno que cada día se ponga un traje distinto, pensando que el
+Duque se va a fijar en ellos. Pase que se recorte las uñas en triángulo,
+y se dé colorete, y se descote, y hable de los cuadros de Meissonier,
+sin haberlos visto, y haga otra porción de cursilerías por el estilo.
+Pero, querida mía, esas sonrisitas delante de gente, esos apartes no son
+tolerables. Si esto dura algunos días más, me parece que voy a
+restablecer el orden de un modo que ella no puede sospechar siquiera.
+
+Cecilia procuró calmarle. Si él mismo convenía en que todo ello dependía
+del carácter romancesco de Venturita, ¿a qué exaltarse de aquel modo?
+Los celos eran ridículos. Nadie en el mundo podría suponer que Venturita
+fuese a considerar al Duque sino como lo que era, un hombre casado, un
+viejo que podía bien ser su abuelo.
+
+—No, si no tengo celos—decía avergonzado el joven.
+
+—Sí los tienes, Gonzalo. Aunque no te des cuenta de ellos, los
+tienes... Ese furor, esa exaltación, ¿qué son en el fondo más que
+celos?... Y mira, chico, perdóname que te diga que es hacerte muy poco
+favor, y hacerle menos aún a tu mujer. Si se te ha pasado por la
+imaginación que Ventura puede preferir un trasto como ése a un marido
+como tú, la supones con bien poco gusto.
+
+Al decir esto se ruborizó. Gonzalo agradeció el piropo con una sonrisa,
+sin darse por vencido. El instinto, que en él era poderoso, más que la
+inteligencia, le decía que sí, que era posible aquella aberración. Sin
+embargo, no quiso discutir, porque le humillaba defender tal supuesto,
+aunque fuese delante de su cuñada.
+
+Deseaba advertir a su esposa que le disgustaban las conferencias con el
+Duque, sus apartes, sus muecas y sonrisas que iban ya tomando carácter
+de verdaderas coqueterías. Pero conocía por experiencia a Venturita, y
+se temía a sí mismo. Cualquier frase punzante de las que ella usaba a
+menudo, cualquier burla inoportuna en aquella circunstancia, podía
+dispararle, y él no sabía a dónde iba a parar cuando se disparaba.
+
+Así estaban las cosas, cuando al día siguiente de aquella conversación
+con Cecilia, fué a dar una vuelta por la mañana al Saloncillo, según
+costumbre. Hojeando los periódicos que había sobre el velador del
+centro, cayó en sus manos el último número de _El Joven Sarriense_. Casi
+nunca lo leía. Por más que estuviese apartado de la lucha feroz de los
+bandos, odiaba a los del Camarote. Luego temía encontrarse con injurias
+a su suegro, que le excitaban la cólera. Pero esta vez paseó la vista
+con indiferencia por él, y la detuvo para leer unos versos de Periquito
+_a un grano de cierta dama_, que le hicieron reir a carcajadas. Debajo
+de estos versos había una gacetilla que llevaba por título: _Un marido
+como hay pocos_. Comenzó a leerla sin gana.
+
+«Viajando un mandarín de la China, llega a alojarse en la casa de cierto
+chino plebeyo que pone a su disposición las mejores habitaciones y
+compra los pescados más caros del mercado para obsequiarle. Este chino
+tenía una mujer muy hermosa, que desde luego llamó la atención del viejo
+mandarín (porque era viejo). El mandarín no mira para los muebles que el
+chino le presenta con orgullo, no repara en los lujosos tapices, en los
+pescados suculentos. Mira tan sólo a la esposa del chino. Este le va
+llevando a casa todos sus amigos, que se deshacen en cortesías y
+genuflexiones, le abruman a sonrisas y lisonjas. Pero el mandarín,
+apenas se digna dirigirles la palabra. Toda su saliva la gasta con la
+esposa del chino. Le hace ver la población, los monumentos más notables,
+los contornos pintorescos. Nada; el mandarín no tiene ojos más que para
+la china. Invítale a grandes y magníficas cacerías, condúcele en rauda
+balandra por el mar azul y tranquilo para que pesque plateados y
+sabrosos peces. Mas el mandarín medita, cuando echa los anzuelos al
+agua, que es mil veces preferible pescar a la linda consorte de su
+huésped. Y mientras todos en la casa y fuera de ella, observan la
+melancolía del mandarín y adivinan sus deseos, sólo el marido permanece
+sosegado, ignorante, persistiendo siempre en alegrarle con opíparos
+banquetes y regocijadas fiestas. Hasta que un amigo le dice al
+oído:—«¿No ves, papanatas, que lo que tu huésped quiere no son
+banquetes, ni pescas, ni cacerías, sino a tu hermosa mujer?» Entonces el
+chino, despertando de pronto de su ignorancia, toma a su mujer de la
+mano, se dirige con ella al mandarín, y le dice:—«Perdóname, señor, yo
+no veía tu tristeza, yo no adivinaba tus deseos. Aquí tienes a mi
+esposa. Si antes supiera que la apetecías, antes te la hubiera ofrecido,
+¡oh mandarín excelso!»
+
+Gonzalo terminó de leer la gacetilla con indiferencia. De pronto, cayó
+como un rayo sobre su mente la idea de que en aquel cuentecillo se
+aludía a él. Una ola de sangre subió a su rostro, y se lo encendió como
+una brasa. Echó una rápida mirada de vergüenza en torno. Estaba solo.
+Con las manos convulsas, tomó de nuevo el periódico que había dejado
+caer, y leyó la gacetilla por segunda vez, por tercera, por cuarta...
+Cuanto más la leía, más penetraba en su cerebro, más se aferraba a su
+espíritu la funesta sospecha. Y sintió un frío extraño que le invadía
+todo el cuerpo menos la cabeza. La primera idea que le acometió después,
+fué ésta:—«Voy ahora mismo a la redacción del _Joven_, y hago pedazos a
+cuantos encuentre dentro». Se puso el sombrero que se había quitado, y
+salió de la estancia. Pero al llegar a la escalera, se le ocurrió otro
+pensamiento; el del gran escándalo, la campanada que iba a dar en la
+villa. Iba a confesarse burlado ante la población entera. Sus enemigos,
+o por mejor decir, los de su suegro, ¡con qué placer le hincarían los
+dientes! Subió de nuevo las escaleras y entró en el Saloncillo para
+reflexionar un momento. Después de dar unas cuantas vueltas, con la
+mirada extática, sin saber él mismo si andaba o permanecía inmóvil,
+revocó su acuerdo. Tomó de la mesa el periódico, lo dobló pausadamente,
+y lo guardó en el bolsillo. Luego bajó la escalera de caracol y se
+dirigió a su casa, el rostro blanco, el paso lento, la mirada fija. El
+exceso de ira y la confianza en su fuerza, le habían devuelto la calma.
+
+—¿Está la señorita en su cuarto?—preguntó al criado que salió a
+abrirle la puerta.
+
+—Me parece que sí señor: preguntaré a la doncella.
+
+—No, no preguntes nada; voy allá yo.
+
+Y enderezó los pasos hacia el gabinete que le servía de habitación,
+desde que el Duque ocupaba el piso segundo. Al pasar por delante del
+corredor, no reparó en doña Paula, que estaba cerca de la puerta, y se
+inmutó al ver la expresión extraña de su fisonomía.
+
+Venturita estaba delante del espejo. Al ver a su marido, sin volver la
+cabeza le preguntó:
+
+—Hola: creí que habías salido ya. ¿Qué traes de nuevo?
+
+Gonzalo sacó del bolsillo el periódico, lo desdobló lentamente, y se lo
+presentó diciendo:
+
+—Esto.
+
+—¿Y qué es esto?—preguntó la joven con sorpresa.
+
+—Un periódico.
+
+—Ya lo veo... ¿Y qué?
+
+—Trae una gacetilla muy interesante. Léela. Aquí, en la tercera plana,
+debajo de estos versos.
+
+En el gabinete había aún tres o cuatro tiestos con plantas de las que
+habían servido para el retrato. Este, fijo ya en un gran marco dorado,
+estaba arrimado a la pared, esperando la hora de ser colgado en el
+salón. Los ojos de Gonzalo, al tropezar con él, se habían obscurecido
+todavía más. Y eso que la imagen de su esposa, más rubia que un canario
+y más colorada que una rosa de Alejandría, miraba al cielo con una
+expresión mística que jamás él la conociera. El Duque hablaba de enviar
+el retrato al Salón de París.
+
+Mientras Ventura leyó la gacetilla, no le quitó ojo, escrutando con
+anhelo inconcebible los rasgos de su fisonomía. Pero ésta permanecía
+inalterable. Sólo al terminar y ofrecerle de nuevo el periódico, la
+encontró ligeramente pálida.
+
+—¿Por qué me mandas leer esto?... No entiendo...
+
+—Voy a explicártelo—repuso Gonzalo con acento de ira concentrada,
+recalcando mucho las sílabas.—Te he mandado leer esto, porque el
+mandarín de que aquí se trata, es el duque de Tornos, la china eres tú,
+y el chino yo... ¿Lo entiendes ahora?
+
+Al decir esto, la miraba con extraña y terrible fijeza, apretando con
+mano crispada una rama de la planta que tenía a su lado.
+
+Ventura recibió aquella mirada sin pestañear, con sorpresa más que con
+susto. Vaciló un instante, moviendo un poco los labios para contestar.
+Por último soltó una gran carcajada.
+
+—¡Ave María, qué barbaridad!
+
+—Seamos serios, Ventura—replicó el joven.—Esto que excita tu risa, es
+una cosa gravísima que puede decidir de tu felicidad y de la mía...
+
+Ventura dió por toda contestación otra carcajada, y después otra.
+Parecía desternillarse de risa. Mas aquellas carcajadas no salían de
+adentro. Gonzalo notaba su afectación perfectamente.
+
+—¡Cuidado, Ventura, cuidado!—exclamó con el rostro demudado.—¡Mira
+que estoy hablando en serio!
+
+—¡Pero, hombre! ¡ja, ja!... ¿Quieres que no me ría, si me dices, ¡ja,
+ja, ja! que tú eres un chino y yo una china? ¡ja, ja, ja!
+
+Sus carcajadas eran cada vez más sonoras y más fingidas.
+
+—Hace ya bastantes días—profirió el joven, después de una pausa, con
+acento sombrío—que debiera haber puesto las cosas en orden... Esa
+intimidad infundada, inconveniente, estúpida, de que haces alarde,
+delante de gente, de tener con el Duque, me cargaba ya hasta los
+pelos... Pero no quería dar mi brazo a torcer. Siempre parecen ridículos
+los hombres celosos. Ahora bien, ¡mira, mira lo que me pasa por ser
+demasiado prudente!
+
+Al decir esto, arrancó la rama que estaba apretando, y la hizo una
+pelota dentro de la mano.
+
+—¿Pero estás celoso de veras?—le preguntó ella, con acento entre
+burlón y cariñoso.
+
+—Si lo estuviese, me callaría, Ventura... me callaría y observaría... Y
+si los celos fuesen fundados, he aprendido lo que se debe hacer antes
+que el cura me leyese la epístola de San Pablo... Pero aquí no se trata
+de celos... Ni la edad, ni la posición del Duque permiten bien que los
+haya, ni yo te hago la ofensa de suponer que le prefieres a mí. Lo que
+hay, es el ridículo que ha caído sobre mí por tus imprudencias. ¿Tú no
+ves, desdichada, que el público nos observa, que tenemos muchísimos
+enemigos, y que éstos se han de aprovechar del más mínimo pretexto para
+zaherirnos?
+
+—Bien, confiesas que esto no es más que un pretexto para
+mortificarte—dijo la joven poniéndose seria.
+
+—Sí, pero fundado en lo que tú has hecho arrastrada de esa vanidad
+necia, que en vano he querido arrancarte del alma.
+
+—Entendámonos, Gonzalo. ¿Qué es lo que yo he hecho?—profirió ella con
+voz irritada.
+
+El joven guardó silencio mirándola fijamente. Después de unos instantes
+dijo con lentitud:
+
+—Demasiado lo sabes. El repetirlo, me humilla.
+
+Hubo otro rato de silencio. Ventura preguntó al fin con impaciencia:
+
+—En resumidas cuentas, ¿qué quieres?
+
+—Voy a decírtelo—contesto el joven, reprimiéndose con trabajo.—Quiero
+que cese esa intimidad ofensiva para mí, como acabas de ver. Quiero no
+pensar más en el duque de Tornos, ni ver su sonrisa protectora, ni sus
+modales de conquistador aburrido. Quiero volver a la calma que todos
+disfrutábamos antes de su llegada. Y como lo quiero a toda costa, estoy
+dispuesto a conseguirlo a toda costa...
+
+Calló un instante y luego añadió con fuerza, con más fuerza de la
+necesaria:
+
+—Hoy mismo, saldrá el Duque de esta casa.
+
+Ventura le miró con estupor. Se puso repentinamente lívida, y con los
+labios temblorosos por la ira, exclamó:
+
+—¿Qué estás diciendo ahí? ¿Será necesario llevarte a Leganés?... Vamos,
+vamos—añadió con acento despreciativo,—hazme el favor de dejarme en
+paz. Ve a refrescarte, porque lo necesitas.
+
+La faz de Gonzalo se contrajo violentamente; su boca se abrió con una
+expresión de feroz sarcasmo, llamearon sus ojos.
+
+—¡Ah!—rugió más que dijo.—Conque la amistad de ese cornudo (porque es
+un cornudo, ¿sabes? toda España está enterada). ¡Conque la amistad de
+ese cornudo, te interesa más que la felicidad de tu marido! ¡Conque te
+figuras que yo por no ser duque y grande de España, no sé hacer respetar
+mi honor! ¡Ahora verás! ¡ahora verás!... Mira por lo pronto lo que yo
+respeto a ese cornudo...
+
+Y al decir esto, dió un puntapié al retrato, que cayó al suelo con
+estrépito. En seguida se puso a brincar sobre él los dientes apretados,
+los ojos inyectados en sangre, con una de esas cóleras fragorosas de los
+hombres fuertes y pacíficos. La tela quedó al instante hecha pedazos.
+Ventura, enteramente demudada, vomitó, más que dijo, con la osadía
+inconcebible de la mujer adorada:
+
+—¡Bruto! ¡bruto!
+
+La entonación de esta injuria era tan feroz, tan rabiosa, que Gonzalo
+levantó la cabeza como si le hubiesen clavado un hierro candente.
+Saltando sobre ella, la agarró por un brazo. La joven lanzó un grito
+penetrante de angustia. La mano de su esposo era una tenaza de acero que
+iba a triturarle el hueso.
+
+—¡Perdónala, Gonzalo, perdónala!—entró gritando en aquel instante doña
+Paula.
+
+El indignado joven volvió la cabeza sin soltar a su esposa. Al ver a su
+madre política, en cuyo rostro la enfermedad había hecho crueles
+estragos, contraído ahora por el terror, con los ojos suplicantes, las
+manos plegadas hacia él con mortal congoja, aflojó la suya y la dejó
+caer sobre el muslo.
+
+No tuvo tiempo a decir nada. Doña Paula, sin mirar a Ventura, le cogió
+de la ropa diciéndole:
+
+—Ven, hijo mío, ven. Yo arreglaré este asunto, y te volveré la calma.
+
+Y Gonzalo se dejó arrastrar como un autómata, lleno de confusión.
+
+Al llegar a su cuarto, la buena señora cerró la puerta.
+
+—Lo he oído todo—le dijo, clavando en él aquellos grandes ojos negros
+y tristes como los de una Dolorosa, único resto de su antigua
+belleza.—Te vi cruzar por el pasillo con una cara tan extraña, que no
+pude menos de seguirte... No sé lo que dice ese periódico que has dado a
+Ventura, pero debe ser algo muy feo y repugnante...
+
+—¡La injuria mayor que se puede hacer a un hombre!—profirió Gonzalo
+con la garganta apretada.
+
+—¡Qué infames! ¡Insultarte a ti que jamás les has hecho daño alguno!
+Tienes razón, la culpa es de Ventura. Sus ligerezas, el gusanillo que
+tiene metido en la cabeza, ha dado lugar a este disgusto, como a todos
+los otros más pequeños que hasta ahora habéis tenido. Pero no vayas a
+figurarte que hace estas cosas por maldad... Ventura es una loca, una
+taravilla; pero en el fondo no es mala. Con el tiempo se irá
+corrigiendo. Yo también he tenido mi cacho de orgullo y he gozado con
+ciertas tonterías que hoy me avergüenzan. ¡Oh, los años, las tristezas,
+las enfermedades, le van arrancando a una todas las ilusiones!... Lo que
+importa ahora, es evitar a todo trance mayores disgustos. Hace tiempo
+que vengo notando las atenciones del Duque con Venturita y la intimidad
+que ha nacido entre ellos. Sé fijamente que esta intimidad no tiene
+importancia alguna. Estoy enteramente segura de mi hija, como tú debes
+estarlo. Pero comprendo muy bien que la conducta de ese señor te
+moleste... Sobre todo, desde que un periódico se ha aprovechado de ella
+para injuriarte, las cosas no pueden continuar así. Es necesario tomar
+una resolución...
+
+—Ya está tomada—dijo sordamente Gonzalo.—Hoy mismo despido al Duque
+de esta casa.
+
+—No, tú no puedes ni debes hacerlo. Tienes el genio violento. Habría
+una escena escandalosa que es necesario evitar.
+
+—¡Pues es lo que yo quiero precisamente! ¡esa escena!
+
+—No seas niño, Gonzalo—repuso la señora.—El arreglo de este asunto me
+corresponde a mí, ya que Rosendo, fuera de su política, ni ve, ni
+entiende, ni oye. Un escándalo ahora, te pondría en ridículo...
+
+—¡Pues aunque así sea!—exclamó el joven con rabia.—Quiero tener el
+gusto de arrojarle de casa.
+
+—Me obligas a decirte, Gonzalo—replicó doña Paula con impaciencia y
+autoridad,—que no tienes ningún derecho a hacerlo. Ni tú le has
+invitado, ni eres el dueño de la casa...
+
+El joven se puso colorado. Observando su confusión, la señora añadió con
+acento cariñoso:
+
+—Tú eres un hijo nuestro, y los hijos no deben intervenir en estos
+asuntos, que corresponden a los padres. Nosotros tenemos el deber de
+velar por vuestra felicidad, sacrificarnos por ella. Yo haré que el
+Duque salga de esta casa, sin escándalo, sin que se entere nadie del
+motivo, sin exponerte a cometer una bajeza, de la cual te
+arrepentirías... No creas que lo hago por él, a quien detesto... Desde
+que llegó me ha sido profundamente repulsivo ese hombre. ¡Ahora que veo
+lo que ha traído a nuestra casa, figúrate cómo le querré! Lo hago
+únicamente por ti, a quien quiero, no diré más que a mi hija, porque los
+hijos... ¡Oh, los hijos!... Tú ya sabes lo que son... pero tanto, por lo
+menos... y a quien estimo mucho más...
+
+Gonzalo, enternecido, se dejó caer en una silla. Comenzó a sollozar como
+un niño, con el rostro entre las manos. La buena señora le puso la suya,
+pálida y descarnada, sobre la cabeza, diciendo con lágrimas también en
+los ojos:
+
+—¡Pobre hijo mío! Aguárdame un instante. Voy a decir a ese señor lo que
+hace al caso.
+
+Subió la señora de Belinchón la escalera de caracol que conducía al piso
+segundo. Arriba tropezó con el ayuda de cámara de su huésped.
+
+—¿Qué hace el señor Duque?—le preguntó.
+
+—Está pintando—respondió el criado mirando con sorpresa y curiosidad
+los ojos llorosos de doña Paula.
+
+—Dile que deseo hablar con él.
+
+Mientras el doméstico fué a avisar a su señor, doña Paula creyó que las
+fuerzas iban a faltarle. Comenzó a sentir los síntomas primeros de una
+de aquellas sofocaciones que de vez en cuando le daban. Pero la firme
+voluntad de devolver la calma a sus hijos venció a la enfermedad en tal
+instante. Encomendóse devotamente a la Virgen de las Mercedes, y penetró
+con resolución en el gabinete-estudio de don Jaime.
+
+El cual, vestido medio a lo oriental con un traje estrambótico que usaba
+por las mañanas dentro de casa, salió a recibirla teniendo aún en las
+manos el pincel y la paleta.
+
+—Señora—dijo inclinándose respetuosamente, quitando el gorro turco que
+le cubría la calva,—mucho siento que usted se haya molestado en subir.
+Bastaba un aviso para que yo me hubiera apresurado a ir a ponerme a sus
+órdenes.
+
+Doña Paula respondió con un gesto de gracias, llevándose la mano al
+corazón que le saltaba dentro del pecho como un potro desbocado.
+
+El Duque la examinó con sorpresa.
+
+—Siéntese usted, señora—la dijo, depositando la paleta y el pincel
+sobre una silla.
+
+Sentóse, en efecto, en una butaca. Don Jaime permaneció en pie.
+
+—Hay que cerrar la puerta—dijo ella tratando de levantarse nuevamente.
+Pero el caballero se apresuró a hacerlo. Después vino a colocarse frente
+a la dama, cuadrando los pies en actitud exageradamente respetuosa,
+esperando a que ella hablase.
+
+Tardó aún algunos momentos. Al fin, elevando hacia él sus ojos
+doloridos, dijo:
+
+—Señor Duque, usted nos ha honrado mucho viniendo a esta casa. Nunca le
+agradeceremos bastante esta prueba de estimación que nos ha concedido...
+
+El Duque se inclinó, levantando al mismo tiempo los pesados párpados
+para dirigir a su interlocutora una mirada, donde se traslucía la
+inquietud y la curiosidad.
+
+—¿Por qué no se sienta usted?—preguntóle doña Paula interrumpiendo su
+discurso.
+
+—Estoy bien, señora; siga usted.
+
+Con aquella interrupción se turbó. No supo proseguir en algunos
+segundos. Al cabo murmuró:
+
+—¡Es una desgracia!... No sabe usted, señor Duque, lo que está pasando
+por mí en este momento. ¡Quisiera morirme!
+
+Y las lágrimas acudieron a sus ojos. Sacó el pañuelo, y ocultó el rostro
+con él.
+
+El Duque, cada vez más inquieto, le dijo:
+
+—Serénese usted, señora. Soy un verdadero amigo de usted y de
+Belinchón. Cualquiera que sea el disgusto que usted tenga, yo lo
+comparto como si fuese mío también, y estoy dispuesto a hacer todo lo
+que esté de mi parte para calmarlo.
+
+—Muchas gracias... muchas gracias—murmuró la señora sin separar el
+pañuelo de los ojos. Al cabo de un rato de silencio, dijo con voz
+temblorosa:
+
+—Puede usted hacerme un favor muy grande... Un favor que le agradecería
+mientras tuviese un soplo de vida... Pero no me atrevo a pedírselo...
+
+—Le repito que estoy a sus órdenes, y que todo lo que pueda hacer en su
+obsequio debe usted darlo por hecho...
+
+—¡Oh, no; es una atrocidad!... Señor Duque, usted está muy lejos de
+sospechar que su venida a esta casa ha producido graves disgustos. Su
+carácter bondadoso y llano, la simpatía que el genio alegre y abierto de
+mi hija Ventura ha conseguido inspirarle, ha dado lugar a habladurías en
+el pueblo...
+
+—¡Oh!—interrumpió el Duque sonriendo, para ocultar cierta emoción de
+vergüenza.
+
+—Sí; habladurías muy ofensivas para todos nosotros, pero principalmente
+para mi hijo político, a quien queremos en casa como si fuese hijo
+verdadero... No le recrimino a usted ni a ella. Creo que en usted no ha
+habido más que exceso de amabilidad, que en un pueblo remoto como éste,
+donde todo choca y se comenta, acaso no ha debido usted tener... En ella
+ha habido la imprudencia y la ligereza que siempre han sido sus
+defectos. Es una chiquilla que tiene la voluntad virgen, como suele
+decirse... Si este pueblo no estuviese dividido, no hubiera esa maldita
+guerra que a todos nos mata, acaso nadie se hubiera fijado... Por
+desgracia, nuestros enemigos buscan el más pequeño pretexto para
+mortificarnos y sacarnos a la vergüenza... Se ha publicado ya una
+gacetilla que hiere de un modo escandaloso a mi yerno... y esto no lo
+puedo consentir.
+
+Doña Paula había ido perdiendo su cortedad a medida que hablaba. Las
+últimas palabras las pronunció con energía. A la faz terrosa del Duque
+había acudido un poco de color. Por la cabeza debieron pasarle ideas
+graves y tristes; pero en realidad no le pasó más que la siguiente:
+«Esta mujer me está dando una lección».
+
+—Siento mucho, señora—dijo con expresión soberbia,—haber ocasionado a
+ustedes un disgusto... Pero estoy tan acostumbrado a que el público se
+fije en mis actos y los comente a su gusto, que esas habladurías y esas
+gacetillas de que usted acaba de hablarme, no me causan la más mínima
+molestia. Los pequeños se vengan de la superioridad de los grandes,
+murmurando de ellos. Es ley eterna que no se debe contrariar.
+
+—Todo eso está muy bien, señor Duque. A un personaje tan alto como
+usted, no pueden llegar las murmuraciones del pueblo... Pero a nosotros
+es muy distinto. No estamos colocados en esa altura y las malas lenguas,
+crea usted que nos hacen muchísimo daño...—respondió doña Paula con
+inocencia que resultaba profundamente irónica.
+
+El Duque algo impaciente, jugando nerviosamente con el gorro que tenía
+en la mano, replicó:
+
+—Repito que lo siento mucho, señora. Si hubiera sabido que mis
+inocentes atenciones con su hija pudieran interpretarse tan
+malignamente, me hubiera guardado bien de prodigárselas... En adelante
+procuraré ser más cauto... Pero, ¡Dios mío!—añadió riendo.—¿Cómo es
+posible figurarse que un hombre de mis años pueda mirar a una niña como
+Ventura, sino con ojos paternales?
+
+Allá en el fondo, sentíase halagado de aquella suposición.
+
+—¡Oh! señor Duque, los hombres de la posición de usted, no son nunca
+viejos. El brillo atrae mucho a las mujeres... Por eso no basta que
+usted se reprima en adelante y sea prudente. Es necesario quitar al
+mundo todo pretexto para murmurarnos...
+
+El Duque se puso repentinamente pálido. Vaciló unos instantes, y dijo al
+cabo:
+
+—Saliendo yo de esta casa, ¿verdad?
+
+—Ese era el favor que venía a pedirle—dijo ella sin levantar los ojos,
+con entonación humilde.
+
+Don Jaime se puso aún más pálido. Dió una vuelta por la estancia
+arrugando con mano crispada el gorro turco, dejó escapar una risita
+sarcástica, y volviendo a plantarse delante de doña Paula, dijo con
+burlona arrogancia:
+
+—¿De modo, señora, que me echa usted de su casa?
+
+—¿Yo, señor Duque?... ¡Qué idea!... Lo que quiero únicamente es
+devolver la calma a mis hijos, y evitar un choque...
+
+—¿Qué choque?—preguntó el Duque, por cuyos amortiguados ojos pasó un
+relámpago siniestro.
+
+Doña Paula adivinó un peligro para su yerno, y se apresuró a enmendar la
+imprudencia.
+
+—El choque de mi hijo político con los canallas que pretenden
+insultarle... Mire usted, Duque; si toma a mal la súplica que acabo de
+hacerle, se equivocará mucho... Nosotros estamos tan honrados con su
+estancia en nuestra casa, que nada nos ha causado tanto orgullo como esa
+preferencia... Mi marido la ha solicitado con empeño, y ha recibido gran
+alegría cuando supo que usted había aceptado su invitación... ¿Cómo
+puede nadie figurarse que yo no me encuentre satisfecha teniendo en mi
+casa a una persona tan elevada, yo que soy una pobre mujer del pueblo,
+hija de un marinero, nieta de un sereno, a quien toda la villa llama la
+Serena, como llamaron a mi madre y a mi abuela?... Verdad que si hubiera
+sido hace algunos años, estaría más orgullosa... Los desengaños, las
+tristezas, van labrando la soberbia... Pero de todos modos estoy muy
+contenta, y sólo el temor a los grandes disgustos que pueden venir a mis
+hijos, me ha obligado a dar este paso... que usted me perdonará...
+
+Don Jaime dió otro paseo por la sala, se detuvo en el medio a meditar
+unos instantes, y concluyó por hacer un gesto de desdén con los labios,
+levantando al mismo tiempo los hombros. Luego vino hacia doña Paula y le
+preguntó:
+
+—¿Su marido tiene conocimiento del paso que usted acaba de dar?
+
+—No, señor..., y me alegraría de que pudiera arreglarse todo sin que él
+se enterase...
+
+—Perfectamente. Hoy mismo quedará usted complacida.
+
+—¡Oh, señor Duque! Mil gracias... Usted sabrá perdonar...—exclamó
+levantándose y extendiendo hacia él las manos.
+
+El magnate se limitó a inclinarse profundamente sin contestar.
+
+—Le suplico que no me guarde rencor...
+
+—Lo que acabamos de hablar quedará secreto entre nosotros. Buscaremos
+medio de que nadie sospeche el motivo de mi marcha. Procure usted
+desempeñar bien su papel. Yo respondo del mío.
+
+Doña Paula salió de la estancia escoltada por el Duque, que la despidió
+a la puerta con una exagerada y silenciosa reverencia.
+
+Al llegar a la escalera la angustiada señora, respiró con libertad.
+Aunque fuese a costa de aquellas penosas emociones, se alegraba
+vivamente de haber arreglado el asunto sin escándalo y sin peligro. Y
+con pie ligero, ella que ordinariamente se arrastraba ya para andar, a
+causa de su dolencia, fué a comunicar a Gonzalo el resultado de la
+visita.
+
+A la hora de almorzar el Duque manifestó que había recibido carta de uno
+de sus hijos en que le noticiaba que vendría a pasar el mes de
+septiembre con él a Sarrió. Probablemente vendría también su hermano el
+marqués del Riego. Con este motivo expresó su resolución de tomar
+habitaciones en la fonda. Al instante fué contrariada con gran calor por
+don Rosendo, con el apoyo de su esposa. Venturita se había puesto
+pálida. Miraba al Duque de un modo particular. Gonzalo, con los ojos
+bajos, el rostro sombrío, comía en silencio mientras se disputaba. A
+pesar de todas las razones que don Rosendo alegó para retenerle,
+haciéndole presente que la casa era capaz para recibir a los nuevos
+huéspedes, el disgusto que a él y toda su familia iba a ocasionarles
+aquella tan inopinada marcha, etc., etc., el Duque se mostró inflexible.
+Respondía con la misma sonrisa protectora a cuanto se le manifestaba, y
+repetía sin cesar frases de agradecimiento y amistad.
+
+Convencido al fin de que era inútil insistir, el insigne cuanto
+atribulado don Rosendo, fué con el mismo Duque y su secretario a ver las
+habitaciones de la fonda de la Estrella, la única decente que había en
+la villa. Alquilaron todo el piso principal. Al día siguiente se
+trasladó el magnate, a pesar de las vivas representaciones de su huésped
+para que se quedase al menos mientras no llegasen los otros.
+
+Sorprendió vivamente a la población aquel traslado. Preguntóse la causa;
+y aunque don Rosendo informó cumplidamente a todo el mundo de lo que
+había acaecido, no pudo evitarse que quedase en el espíritu del público
+alguna duda o sospecha de que las cosas no habían pasado enteramente
+como Belinchón las relataba. Particularmente sus enemigos recibieron
+gran alegría. Se dedicaron con afán a descifrar aquel enigma, pensando,
+no sin razón, que los del Saloncillo ya no podrían utilizar la fuerza
+del Duque para combatirles. En los dos meses y pico que éste llevaba de
+permanencia en Sarrió, los amigos de don Rosendo habían conseguido que
+prosperase en el juzgado una denuncia contra el alcalde, previa la venia
+del gobernador de la provincia; habían logrado «tumbar» al administrador
+de Correos que era del Camarote, y que se resolviese en favor suyo «el
+problema del matadero». Los amigos de Maza, que andaban cabizbajos y
+abatidos, recibieron la noticia como una mosca, próxima a morir en el
+otoño, recibe un tardío rayo de sol. ¡Santo Dios qué calurosos
+comentarios aquella noche en el Camarote! ¡Cuánta conjetura! La alegría
+chispeaba en todos los ojos. Abríanse las narices olfateando la caída de
+los del Saloncillo, y su próxima y definitiva victoria. _El Joven
+Sarriense_ publicó en su primer número la siguiente lacónica, pero
+endemoniada gacetilla: «El lunes se ha trasladado a las habitaciones del
+piso principal de la fonda de la Estrella el Excelentísimo señor duque
+de Tornos, conde de Buenavista, que estaba hospedado en casa de don
+Rosendo Belinchón. Damos al egregio Duque la más cumplida enhorabuena».
+Este indigno comentario tuvo dos días enfermo al nobilísimo Belinchón,
+pasados los cuales mandó sus padrinos a Maza. Pero éste contestó que
+mientras estuviese constituído en autoridad no podía batirse. Cuando
+dejase de estarlo ya vería si le convenía cruzar las armas con
+«semejante mamarracho». Como los padrinos contestasen en mal tono, les
+amenazó con llevarlos a la cárcel, y hubieron de retirarse.
+
+El duque de Tornos siguió visitando de vez en cuando la casa de don
+Rosendo y dejándose acompañar por éste y sus amigos siempre que salía a
+la calle. En la apariencia, la amistad entre ellos seguía inalterable.
+La poca gente imparcial que había en Sarrió iba creyendo que no había
+misterio alguno en su traslación y que todo era imaginaciones ridículas
+de los del Camarote, a quienes cegaba el deseo de vencer a sus
+contrarios. Sin embargo, pasaban los días, había entrado ya septiembre,
+y ni el hijo ni el hermano del magnate acababan de llegar. Este había
+mejorado muchísimo de salud en Sarrió, según decía a cuantos se le
+acercaban. Hizo traer de Madrid coche y caballos y compró una bonita
+balandra para pescar. Parecía disponerse a pasar todavía algunos meses
+en la villa.
+
+En sus relaciones exteriores con la familia Belinchón, esto es, cuando
+se encontraba con ella en público, observaba una conducta delicada y
+afectuosa, como personas a quienes debía muchas atenciones. Con
+Venturita no se autorizaba tantas familiaridades, pero no dejaba de
+hablarla en el teatro o en el paseo de un modo cariñoso. Así hacía
+perder la pista a los que buscaban la causa de su salida de la casa.
+Doña Paula estaba muy satisfecha de esta conducta. El mismo Gonzalo,
+comprendiendo que no se le podía exigir más, se mostraba con él atento y
+cortés. La tranquilidad había vuelto a renacer entre los jóvenes
+esposos. Venturita, después de unos días en que no cambió con su marido
+palabra alguna y aparecía pálida y ceñuda, herida, sin duda, por la
+violencia que éste había desplegado en la escena que hemos descrito,
+volvió a ser lo que antes, alegre y decidora unas veces, colérica y
+caprichosa otras, siempre de palabra aguzada y sarcástica. Notó, sin
+embargo, Gonzalo cierta amabilidad y deferencia inusitadas en ella. Lo
+achacó al deseo de borrar el recuerdo de aquel pasajero, pero muy
+peligroso disgusto que habían tenido.
+
+Y así continuaron deslizándose los días serenos en la casa de don
+Rosendo, sólo turbados por los altibajos que la enfermedad de doña Paula
+sufría. Tan pronto estaba en pie como en la cama. Salía en coche a dar
+largos paseos con Cecilia o con Ventura, y solía llevar a su nieta
+Cecilita, en quien adoraba. Don Rufo hablaba de la necesidad de
+trasladarse a otro clima, a otro país más elevado sobre el nivel del
+mar, donde el aire tuviese menos presión. Y don Rosendo, aunque con
+repugnancia, pues el pensamiento de exterminar a sus contrarios y hacer
+de una vez la felicidad de su villa natal, le perseguía sin cesar, iba
+entrando por la idea y trazando vagamente planes útiles y grandiosos
+como todos los suyos. Flotaba en su imaginación el proyecto feliz de
+trasladar _El Faro de Sarrió_ a Madrid y hacerlo diario con el título de
+_El Faro de las Provincias_. Defender los intereses morales y materiales
+de las provincias, sostener su vida autonómica, independiente, frente a
+la acción y poderío absorbentes de la capital, «foco de inmundicia que
+envenenaba la savia de la nación y secaba todos sus veneros de riqueza».
+¡Qué grande y noble pensamiento!
+
+A fines de octubre, Gonzalo fué a Lancia con una comisión de su suegro.
+Se trataba de persuadir a un banquero de aquella población, para que no
+enajenase las acciones que tenía, en un embarcadero de Sarrió, a cierto
+individuo del Camarote, como se decía. En todo caso, que se las cediese
+por el mismo precio a don Rosendo. Hacía ya dos días que estaba allá. Al
+tercero por la tarde, cerca de la hora del obscurecer, se le ocurrió a
+doña Paula subir a hacer una visita a su hija Ventura, que desde el
+traslado del Duque había vuelto a ocupar el piso segundo. Muy rara vez
+subía ya la buena señora la escalerilla de caracol. Pero aquel día se
+sentía más ágil, más desahogada del pecho. Quiso probar sus fuerzas y
+darse a sí misma una prueba de que estaba mejor.
+
+El móvil inmediato fué llevar a su nieta Cecilita una muñeca, cuyo
+vestido desgarrado le acababa de coser la doncella. Los peldaños se le
+hicieron muy altos. Al llegar a la mitad tuvo que detenerse a tomar
+aliento. Cuando llegó al piso, dijo en la voz más alta que pudo:
+
+—Cecilita, hija mía, ¿dónde estás?
+
+—Aquí, abuelita, aquí—respondió la niña saliendo de la estancia de su
+madre.
+
+Era una criatura que aun no había cumplido los tres años, rubia como el
+oro, tan habladora y espontánea, que ejercía sobre la abuela verdadera
+fascinación.
+
+—¿Qué me taes, abuelita, qué me taes?—preguntó, mirando con avidez a
+doña Paula, después de haberla abrazado por las piernas con tal ímpetu,
+que por poco da con ella en tierra.
+
+—La muñeca, hermosa, que te ha arreglado la chacha.
+
+—Muñeca no... muñeca pa Lalina... yo soy gande... yo quero un chocho.
+
+—No tengo chochos aquí, vida mía—respondió la abuela mirándola
+embelesada.
+
+—Tene mamá chocho... Ven... dame uno.
+
+Y la llevó por el vestido al gabinete de su madre.
+
+Al entrar en él la niña, pareció sorprendida y echó una mirada a todas
+partes. Ventura había salido a recibirlas con la sonrisa en los labios,
+besando a su madre cariñosamente:
+
+—¡Jesús, qué pinitos! ¿Cómo te has decidido?... No sé si te convendrá
+subir escaleras, mamá... ¿Te sientes bien?
+
+—No me he fatigado gran cosa. Yo creo que estoy mejor. Las pildoras de
+Dehaud, me parece que me prueban bien.
+
+—Vaya, me alegro que al fin hayamos dado con una medicina que produzca
+algún efecto... ¿Quieres sentarte?
+
+—Abuelita, dame un chocho—dijo la niña interrumpiéndoles.
+
+—No tengo, hija mía... ¿Tienes algún caramelo, Ventura?
+
+—No.
+
+—Tene Jame que está aquí.
+
+Venturita se puso horriblemente pálida.
+
+—¿Qué Jame, niña?—preguntó doña Paula.
+
+—Nada, nada, cualquier tontería... ¿Conque te han probado bien las
+pildoras?... Si don Rufo, por más que digan, entiende... ¡Vaya si
+entiende!—se apresuró a decir Ventura con voz temblorosa, la faz tan
+descompuesta, que su madre la miró sorprendida.
+
+—Jame está aquí... Tene chocho... Ven, abuelita.
+
+La niña tiró del vestido a la señora. Esta, pálida ya también,
+adivinando vagamente algo terrible, se dejó arrastrar sin saber lo que
+hacía.
+
+—¡Cecilia!—gritó Ventura con una voz extraña que jamás le había oído
+su madre.
+
+Pero la niña no hizo caso. Siguió arrastrando a su abuela hacia la
+alcoba. Antes de llegar a la puerta, se presentó en ella el duque de
+Tornos.
+
+Doña Paula, ante aquella repentina aparición, se quedó un instante
+clavada al suelo, el rostro blanco y aterrado, la mirada atónita.
+Después cayó pesadamente al suelo, arrastrando en la caída a su nieta.
+
+El Duque se apresuró a levantarla. Luego, ante un gesto imperioso de
+Ventura, la dejó sobre el sofá y huyó.
+
+A las voces de la joven, acudieron los criados y luego Cecilia. Se creyó
+que era un síncope producido por la fatiga. Transportósela a su cama,
+donde luego, merced a los cuidados de Cecilia, recobró el conocimiento.
+Pero no la facultad de hablar. La infeliz señora no pudo ya articular
+palabra. Así estuvo dos días, sin que los esfuerzos de don Rufo, ni los
+de otro médico que llegó de Lancia, lograsen poner en movimiento aquella
+lengua, que se había paralizado. Generalmente, estaba con los ojos
+cerrados, exhalando leves gemidos. Sólo cuando Ventura entraba en el
+cuarto los abría para clavarlos en ella con una expresión fija de
+angustia y reconvención. El sacerdote a quien se llamó, se vió obligado
+a confesarla por señas. Dos días después, casi a la misma hora en que
+había acaecido la fatal escena, falleció la infeliz señora, que ni aun
+en la hora de la muerte apartó sus ojos empañados del rostro de
+Ventura.
+
+
+
+
+XVII
+
+QUE GONZALO TOMA UNA GRAVE RESOLUCIÓN Y CECILIA OTRA
+
+
+La familia Belinchón se refugió en Tejada para vivir a solas con su
+dolor, durante algún tiempo. Doña Paula fué llorada como lo merecía, por
+su magnánimo esposo. Dando tregua al espíritu progresivo y reformista
+que le animaba, supo mostrarse tierno y sensible, lo cual en nada
+menoscaba su gloria de publicista. Cecilia no se cansó en mucho tiempo
+de llorar a su buena madre, con quien la ligaba tanto el parentesco de
+la carne como el del alma. De todos sus hijos, era ésta la que más
+semejanza guardaba con ella, aunque no era la preferida. El favorito,
+Pablo, la sintió todo lo profundamente que él podía sentir algo en el
+mundo. Es fama que, algunos días después del suceso, vió al último potro
+que había comprado alcanzarse en el trote, y no le afectó gran cosa.
+Pero en quien hizo sobre todo aquella repentina muerte un efecto extraño
+y terrible, fué en Venturita. Tanto la impresionó, que estuvo algunos
+días en la cama con fuerte calentura. Después que sanó, veíasela pálida
+y triste. Contestaba distraída a lo que le decían: no salía casi nunca
+del cuarto, a pesar de las instancias de su esposo. Este sentimiento tan
+vivo como inesperado fué para él una prueba de lo que Cecilia y doña
+Paula sostenían siempre; esto es, que Venturita era loca, caprichosa y
+altiva, pero buena en el fondo. Algo se mitigó con tal consideración el
+sincero dolor que experimentó por la muerte de su madre política. El
+último y maternal servicio que la buena señora le prestara, había puesto
+el sello al cariño que, con su conducta prudente y afectuosa, había
+sabido inspirarle.
+
+El duque de Tornos se volvió a Madrid, poco después de la desgracia
+sobrevenida a sus amigos. Desde allá se escribía con don Rosendo, a
+quien obligó con más de un servicio en la lucha sin tregua que mantenía
+contra sus enemigos los del Camarote. Estos servicios fueron coronados,
+después de algún tiempo, por una gran cruz de Isabel la Católica. Al
+mismo tiempo que el diploma, le remitía el magnate una placa de
+brillantes, cuyo valor no bajaba de veinte mil reales. Puede cualquiera
+imaginarse la emoción y la gratitud de don Rosendo, al recibir aquella
+honrosísima distinción. Como en Sarrió nadie poseía una gran cruz, se
+vió precisado a ir a Lancia, para que un caballero de la orden llevase a
+cabo la ceremonia de ceñirle la banda. Y así que se vió caballero, él,
+que profesaba cierto desprecio metafísico a las religiones positivas,
+aprovechó una procesión de la parroquia para llevar el farol, con la
+hermosa placa en el pecho y la banda por encima del frac. Los amigos de
+Maza tragaron mucha hiel. Después la vomitaron, no sólo en su tertulia
+del Camarote, sino en el periódico, donde, en serio y en burla, vejaron
+de un modo repugnante al glorioso fundador del _Faro de Sarrió_. En
+algunas cáusticas, feroces gacetillas, se estaba viendo al bilioso
+alcalde con la pluma en la mano. Don Rosendo, por vez primera en su
+vida, leyó aquellas diatribas sin conmoverse, con un desdén sincero. Y
+es que, cuando se ha llegado a la cima de las sociedades humanas, deben
+parecer las amenazas de los pigmeos más curiosas que ofensivas.
+
+Venturita salió, con este motivo, de su letargo sombrío. Habíase
+realizado uno de los sueños que más acariciaba. Tomó parte en la alegría
+y triunfo de su padre, y empezó a dejarse ver algunos días en la villa,
+siempre en carruaje, por supuesto. Creció su orgullo y aquella
+languidez señorial, imponente, que hacía morir de envidia y de rabia a
+las señoras y señoritas de la villa, quienes se vengaban de su desprecio
+llamándola, en sus horas de murmuración, «la princesa del Bacalao». La
+muerte de su madre, a quien todo el mundo había conocido en Sarrió
+artesana, «con pañuelo atado atrás», como allí se decía, contribuyó
+tanto como la gran cruz de su padre a elevar el nivel social de la
+familia, a aristocratizarla, por decirlo así. Ventura, con su desdeñoso
+porte, con sus riquísimos vestidos, con la frialdad despreciativa con
+que trataba a sus conocidas, vengaba lindamente a aquella pobre mujer, a
+quien las señoras de Sarrió tanto habían hecho sufrir en vida.
+
+Se pasó el invierno en Tejada, un invierno crudo, como pocos lo habían
+sido. A temporadas llovió mucho, y esto hacía imposible el salir de
+casa. Otras veces heló cruelmente. El cielo se mantenía sereno, pero los
+campos, por la mañana, aparecían blancos, con una escarcha de medio dedo
+de grueso. En ocasiones también nevó abundantemente. Todos estos
+fenómenos meteorológicos tienen sus encantos en la aldea para el que
+sabe hallarlos. Gonzalo había nacido para vivir feliz en medio de las
+fluctuaciones de la Naturaleza. Si helaba, levantábase de madrugada y
+dejaba atónitos a los de casa saliendo al corredor en mangas de camisa,
+lavándose todo el cuerpo con el agua que se hacía sacar de las pilas de
+mármol, después de roto el hielo. Luego, se vestía con un ligero traje
+de caza, tomaba la escopeta, y emprendía famosas, descomunales correrías
+de seis y ocho leguas, sin que nadie le oyera jamás quejarse de
+cansancio. Si nevaba, se ponía el impermeable, las botas altas y la
+gorra de pelo, y salía a matar palomas torcaces o gachas por las
+cercanías de la posesión. Más de una vez tiene caído en cisternas
+atacadas de nieve, logrando salir, gracias solamente a su vigor
+extraordinario. Cuando llovía no había más remedio que quedarse en casa.
+Pero aun entonces ofrecía la aldea placeres desconocidos en la villa.
+Aquel lavado de los árboles y plantas era grato a los ojos. El verde
+obscuro de las coníferas, después de algunos días de lluvia, adquiría
+tonos claros merced a los retoños que apuntaban en la cima de las ramas;
+en cambio la escarcha los marchitaba instantáneamente. Las hojas de las
+magnolias brillaban como cristales, y en aquella atmósfera acuosa los
+colores, los matices de la naturaleza cambiaban sin cesar, los contornos
+de los árboles y las montañas se desvaían con suavidad exquisita. Y la
+misma monotonía del agua al caer constantemente sobre los árboles con
+triste rumor, engendra una soñolencia feliz, no exenta de voluptuosidad
+para los que nada tienen que hacer fuera de casa, y encuentran en ella
+las comodidades y refinamientos que la civilización proporciona a los
+ricos. Era grato escuchar el _pío, pío_ de los ateridos gorriones,
+guareciéndose por centenares en una washingtonia que había cerca de
+casa, como en una gran pajarera: era grato ir a dar de comer a los
+animalitos exóticos que don Rosendo tenía en su finca, salvando en
+almadreñas la distancia que separaba sus cobertizos de la casa: era
+grato también quedarse adormecido en una butaca al pie de la chimenea
+con el cigarro en la boca y la botellita de ron delante, mientras
+Cecilia leía un cuento interesante o algunos versos sonoros y
+armoniosos.
+
+Don Rosendo y Pablo se iban todos los días invariablemente a Sarrió
+después de almorzar y venían a la hora de comer. El uno se ocupaba en
+encauzar la opinión pública por los derroteros del progreso moral y
+material, con mengua de los «reptiles que se arrastraban por el cieno,
+impotentes para elevarse un instante a la región de las ideas,
+escupiendo su veneno a todo el que sobresale por la inteligencia o por
+la virtud». Excusado es decir quiénes eran estos reptiles a los que don
+Rosendo aludía con frecuencia en sus artículos. El otro, tratando de
+inclinar siempre los ojos y el corazón de cuantas forasteras hermosas
+llegaban a la villa, hacia su adorable persona. Alguna mañana salía con
+su cuñado de caza; pero observando que la intemperie atezaba su rostro,
+dejó casi por completo este ejercicio. Por otra parte, Piscis era
+enemigo nato de él. Para este inteligente centauro holgaba todo en la
+tierra menos los caballos.
+
+En las horas de la tarde, cuando llovía, si Ventura estaba de buen
+humor, jugaba con Cecilia y Gonzalo al tresillo. Si no, jugaban los dos
+últimos al _tute_ mano a mano con las niñas sentadas en sus regazos
+respectivos, las cuales les molestaban a cada momento llevando sus
+manecitas a los naipes. Ambos eran de buena pasta y se contentaban con
+apartárselas suavemente.
+
+—Quieta, Cecilita, quieta, que si le enseñas mis cartas a tu tía, me va
+a ganar.
+
+—No hagas caso, monina, tira por ellas—decía la joven riendo.
+
+Hasta que concluían por entregárselas, quedándose ambos arrobados
+mirándolas hacer castilletes, ayudándolas ellos mismos con grave
+atención, mientras la lluvia azotaba los cristales pintados de las
+ventanas chinescas y los maderos de haya chisporroteaban en la chimenea.
+
+Las niñas comían antes que la familia. Era importante ocupación para
+Cecilia hacerles plato, anudarles la servilleta, servirles agua y
+vigilar «que no hiciesen cochinetas». Gonzalo, cuando estaba en casa,
+presenciaba con deleite la refacción: se mantenía en pie como un magiar
+detrás de las sillas de sus hijas. Después, era preciso llevarlas a la
+cama. Cecilia cogía una en brazos, Gonzalo la otra, y las llevaban al
+cuarto de aquélla, donde ambas dormían. La tarea de desnudarlas era
+complicada y entretenida. Gonzalo, a pesar de su musculatura de toro,
+poseía tanta delicadeza como una mujer para desatar las cintas y mover
+sus cuerpecitos a un lado y a otro sin lastimarlas. A menudo las manos
+de los cuñados se tropezaban. Cecilia retiraba la suya prontamente. Una
+leve nube sombría cruzaba rápidamente por su risueño semblante. Gonzalo
+no advertía nada. Cuando ya estaban acostadas, escuchaban sonriendo las
+inocentes oraciones que _tiita_ hacía repetir a Cecilia. Paulina aun no
+sabía elevar su entendimiento al Ser Supremo, y hasta se rebelaba para
+hacer la señal de la cruz. Mientras se dormían, papá y _tiita_ habían de
+estar bien pegaditos a las camas sin moverse. Si mantenían conversación
+entre sí, las niñas se agitaban y tardaban mucho más en conciliar el
+sueño. Así que procuraban guardar silencio, o cambiar solamente palabras
+sueltas en voz baja. Cecilita no podía dormirse sin tener cogida una
+oreja de su tía. Contra este capricho protestaba a menudo Gonzalo; todos
+los días hablaba de quitárselo; pero su cuñada no hacía caso; ella misma
+se inclinaba sobre la almohada para que la niña lo satisficiese. Gonzalo
+se quedaba algunas veces dormido sobre la de Paulina, sobre todo cuando
+había ido de caza. Al despertar, veía frente a sí el rostro pálido y
+dulce de su cuñada, con los ojos muy abiertos, mirando con fijeza al
+vacío.
+
+—¿En qué piensas, Huesitos?—le preguntaba restregando los suyos.
+
+La joven salía de su éxtasis estremeciéndose, y sonreía bondadosamente.
+
+—No lo sé yo misma... En nada.
+
+—¿No tienes algún quebradero de cabeza?—le dijo una noche levantándose
+y cogiéndola afectuosamente la barba.
+
+—Bah, ¿qué quebraderos de cabeza quieres que tenga en esta
+aldea?—respondió Cecilia poniéndose colorada, y retirando el rostro.
+
+—Puedes tenerlo en Sarrió.
+
+—¿Y había de ser tan ingrato que no viniera a verme en los meses que
+hace que aquí estamos?... Ya te he dicho que yo me quedo para vestir
+santos—añadió sonriendo.
+
+—No puede ser eso—replicó con calor el joven,—¡no puede ser! Sería
+un delito de lesa humanidad que te quedases soltera. Tú has nacido para
+casada... No tienes más aficiones que la de arreglar la casa, cuidar a
+los niños, coser, limpiar... Serás una _perfecta casada_, como la
+describe Fr. Luis de León. No puede tolerarse que pudiendo hacer la
+felicidad de cualquier hombre, te empeñes en ser una solterona... Mira
+que son muy antipáticas...
+
+No sabemos lo que Cecilia pensó en aquel momento; pero bien pudo ser una
+cosa semejante a ésta:—«Sí; he podido hacer la felicidad de todos...
+menos la tuya».
+
+Alargó con un gesto de indiferencia los labios y respondió:
+
+—¡Qué le vamos a hacer! Esas cualidades las tienen todas las mujeres
+que no son bonitas. Las que pueden brillar, se ocupan de sus trajes, y
+tienen razón.
+
+Había en estas palabras una ironía triste, desgarradora, que Gonzalo no
+pudo menos de sentir en el corazón.
+
+—¡Oh, siempre estás con esa tonadilla!... Me parece que te haces la
+modesta para que te regalen el oído... Demasiado sabemos todos que tú
+puedes brillar como la primera... Tienes unos ojos como no hay otros...
+eres esbelta, elegante, distinguida; ¿quiere usted más, mademoiselle
+Huesitos?... Lo que hay, señorita, es que usted tiene más de aquí que de
+aquí...
+
+Y le puso primero el dedo en la frente y después en el sitio del
+corazón.
+
+—Cuando venga alguno que sepa interesarte de verdad, ya se verá cómo
+desaparecen todas esas ideas de celibato.
+
+Cecilia levantó los hombros y volvió a quedarse con los ojos extáticos,
+rehuyendo la conversación.
+
+Ya no salía tantas veces con su cuñado de caza. El cuidado de las niñas
+reclamaba su presencia. Pero casi siempre iba a esperarle por las
+tardes, unas veces sola, otras con las niñas y sus doncellas. Al partir
+no se olvidaba Gonzalo de decirle por cuál camino tomaba:
+
+—«Hoy voy hacia Naves a ver si suelto alguna liebre.—Hoy volveré por
+la carretera de Nieva.—Hoy voy por el camino de Rodillero».
+
+Estas esperas, cuando iba sola, como quiera que se alejaba de la casa,
+no dejaban de ofrecer algunos peligros. Por más que Gonzalo se los
+representaba, nunca quiso hacer caso. Desde niña había mostrado siempre
+una extraña serenidad, nada femenina, para desafiarlos. Jamás había
+creído en apariciones o en duendes, ni la sobresaltaban, hasta el punto
+de turbarle la razón, los ruidos temerosos, ni siquiera los peligros
+ciertos. En más de una ocasión, ante una vaca desmandada o una riña de
+borrachos, cuando sus compañeras huían gritando o se desmayaban, ella
+sola se mantenía firme y sosegada, juzgando con precisión el riesgo, y
+evitándolo sin descomponerse. Tal cualidad había contribuído no poco a
+crearle aquella fama de fría y apática que tenía dentro y fuera de casa.
+
+Llegó el mes de abril y la familia se trasladó de nuevo a Sarrió.
+Efectuáronse elecciones municipales en junio, y Gonzalo salió elegido
+concejal, contra su gusto. Don Rosendo le había impuesto este
+sacrificio. Ventura, desde que entró el verano, parecía más animada.
+Salía con alguna frecuencia de casa, y su aparición en coche
+descubierto, causaba siempre cierta sensación. La verdad es que estaba
+preciosa con sus ricos trajes de luto, llegados de París. Por coquetería
+debiera vestirse de negro, pues era incalculable lo que realzaba este
+color el brillo nacarado de su tez, los reflejos dorados de sus
+cabellos. Cuando iba los domingos a la iglesia para oir la misa de once,
+que era la más concurrida, nunca dejaba de levantar su presencia un
+murmullo reprimido de curiosidad en las mujeres, de admiración en los
+hombres. Aquel aire de princesa que ponía fuera de sí a las señoras, era
+lo que más placer causaba a los caballeros. Todos convenían en que por
+su belleza y elegancia, por sus modales distinguidos, se apartaba mucho
+de las demás jóvenes del pueblo, y haría lucido papel en los salones más
+aristocráticos. También Venturita había convenido en ello hacía mucho
+tiempo. La idea de irse a vivir a Madrid, trabajaba con ahinco en su
+mente. Insinuósela a su marido; pero éste mostró gran repugnancia a
+trasladarse. No era él hombre para la corte. Los deberes sociales que
+allí impone la cortesía, le aburrían. Había nacido para la libertad,
+para el goce que proporciona el aire libre del mar, el ejercicio
+corporal, los trajes cómodos, holgados. Además, presumía muy bien que la
+renta que en Sarrió les permitía vivir como los primeros, en Madrid no
+bastaría a sustentarlos en el mismo pie, sobre todo, dada la inclinación
+de su mujer al boato. Venturita, sin embargo, estaba tan segura de
+vencer esta resistencia, que no hablaba siquiera del asunto, meditando
+la época y la forma en que habían de irse.
+
+Un suceso vino a turbar en cierto modo la vida de la familia Belinchón.
+Gonzalo fué nombrado inopinadamente alcalde de Sarrió, por mediación del
+duque de Tornos. Su primera idea fué rechazar aquel nombramiento,
+presentar alguna excusa; pero cayeron sobre él don Rosendo y todos sus
+amigos, poniendo tanto empeño y calor en que aceptase, que no tuvo más
+remedio que hacerlo. A los del Saloncillo les iba muchísimo en ello.
+Verdad que se vieron defraudados, pues el nuevo alcalde no quiso de
+ningún modo poner al aire los cimientos de las casas de sus enemigos,
+como había hecho Maza, ni cometer otra porción de tropelías que le
+exigían. En el mes de septiembre, cuando terminó la temporada de baños,
+que en la villa era animada, y comenzaba en el campo la de la caza,
+Gonzalo se trasladó con la familia a Tejada. Las niñas se ponían aquí
+muy buenas y él se divertía extremadamente. Por otra parte, no dejaban
+grandes recreos tampoco en Sarrió. Algo le estorbaba su cargo de alcalde
+para este traslado; pero convino con sus compañeros de municipio en
+venir todos los días, o por lo menos con mucha frecuencia. El trayecto
+se recorría en carruaje en menos de media hora. No obstante, don Rosendo
+dejó abierta la casa de Sarrió para que Gonzalo y él pudiesen comer y
+dormir allí siempre que quisieran. Venturita, pensando en marcharse a
+Madrid la próxima primavera, no puso obstáculo a los planes de su
+marido.
+
+Mucho se alegró éste de haber tomado aquella resolución cuando supo que
+el duque de Tornos pensaba venir el próximo mes de octubre, alegando
+que con la vida de Madrid habían vuelto a exacerbarse sus padecimientos,
+casi extintos mientras permaneció en Sarrió. Porque allá, en el fondo
+del alma, y sin querer confesárselo, nuestro joven sentía la mordedura
+de los celos. Cuantas reflexiones se hacía y argumentos poderosos a sí
+mismo se presentaba para tranquilizarse, no bastaban a arrancárselos del
+pecho. Había pensado, mientras el Duque estuvo por allá, que ya nunca
+más se acordaría de aquel rincón. La noticia de su venida fué, pues,
+para él, una contrariedad, si no un disgusto serio. Y, en efecto, hacia
+últimos de octubre, no tuvo más remedio que ir a esperarle a Lancia, en
+compañía de su suegro y de otra porción de señores, todos socios del
+Saloncillo. El nombramiento de alcalde a su favor, había constituído al
+magnate en protector decidido de este partido. Alojóse con su secretario
+en la fonda de la Estrella, y comenzó a hacer la vida de ejercicio que
+tan bien le sentaba, según decía (y así era la verdad). Muchos días
+buenos salía de pesca o de paseo; otros iba de caza o montaba a caballo.
+Esta vez no había traído más que dos, uno de tiro para un tílburi, y
+otro magnífico de silla. El secretario, cuando iba de paseo, montaba en
+uno que don Rosendo había puesto a su disposición.
+
+Con la familia de éste mantenía cordiales relaciones; pero sólo había
+ido a Tejada tres veces en quince días. Como Ventura y Cecilia solían
+venir a Sarrió a menudo, aquí las veía y hablaba, por más que huía de
+acompañarlas públicamente. Gonzalo, desde que llegara, leía asiduamente
+_El Joven Sarriense_, que se publicaba ya tres veces a la semana, lo
+mismo que _El Faro_. Lo leía para apaciguar un poco la inquietud que
+sentía. Porque siempre estaba temiendo alguna gacetilla injuriosa como
+la que tanto le había hecho padecer el verano anterior. En los primeros
+números, después de la llegada del magnate, _El Joven_, francamente
+hostil ya a él, se contentaba con ridiculizarle bajo nombres
+transparentes, como pintor y pescador, y hasta como hombre político,
+insinuando la idea de que el Duque era un personaje desprestigiado de
+Madrid, rechazado por la corte y sin influencia con el Gobierno. Sacó a
+luz algunas anécdotas de su vida, en que no hacía muy honroso papel, y
+hasta la emprendió con sus trajes y corbatas, no perdonando medio para
+hacer reir a su costa. Don Jaime no leía tal papelucho; pero habiéndole
+indicado Peña algo de lo que decía contra él, sonrió malévolamente y
+escribió al gobernador de la provincia pidiéndole que aprovechase el
+primer pretexto para suprimirle. Los del Saloncillo sabían de esta carta
+y esperaban con ansia y fruición el golpe.
+
+Al fin la envenenada flecha que tanto temía Gonzalo, vino a clavársele
+en el corazón. No fué una gacetilla, sino un cuento que figuraba pasar
+en Escocia, donde bajo nombres ingleses, salían a relucir él, su esposa,
+el Duque, don Rosendo y otras personas conocidas, para vejarlas y
+ponerlas atrozmente en ridículo. Entre otras cosas, se decía que
+mientras el _sheriff_ (él, sin duda alguna) cumplía con extremado celo
+los deberes de su cargo, lord Trollope (el Duque) cumplía por él los
+deberes de esposo cerca de su bella mitad. Gonzalo sintió el mismo
+escalofrío de dolor y de ira que la vez pasada. Pero ahora, aleccionado,
+se propuso dominarse, cerciorarse de si aquella maligna insinuación
+tenía algún fundamento, y si por desgracia esto sucediese, tomar una
+venganza cumplida, y que fuese sonada. Gran trabajo le costó disimular
+la emoción que le embargaba. No estaba avezado a ocultar sus
+sentimientos. Mas el vivo deseo de salir de dudas, le ayudó
+poderosamente. Lo único que se notó en su casa fué que andaba un poco
+más triste y distraído. Se dedicó durante algunos días a observar a su
+esposa, no perderla de vista un instante; pero nada encontró que pudiera
+dar pábulo a sus sospechas. Al mismo tiempo, estudiaba si el Duque podía
+avistarse con ella y de qué manera. El resultado de sus investigaciones
+fué que sólo cuando él venía a las sesiones del ayuntamiento, podía
+darse esto caso. De día, sumamente difícil, porque no era el Duque
+persona que pudiera pasar inadvertida. Fijóse, por tanto, en las horas
+de la noche, cuando él se quedaba a dormir en la villa.
+
+Resolvió saber de una vez la verdad. Para ello, anunció con dos días de
+anticipación a la familia, que el viernes debía dormir en Sarrió, a
+causa de una sesión del ayuntamiento, que presumía había de ser
+borrascosa. De nada menos se trataba que del nombramiento de uno de los
+dos médicos del partido, que la corporación municipal pagaba. Los de
+Maza tenían su candidato y los de don Rosendo también. La lucha estaba
+empeñadísima, no por razón de los votos, que estaban perfectamente
+contados de antemano, sino porque los del Camarote, que habían de
+resultar vencidos, tenían preparada una zancadilla parlamentaria, para
+inutilizar al candidato de sus enemigos, por faltarle algunos meses de
+práctica, para llenar el tiempo que el municipio había impuesto como
+condición a los pretendientes.
+
+El día de la gran prueba, Gonzalo estuvo muy agitado. Había tratado de
+inquirir con disimulo, si algún criado de la casa estaba comprometido, o
+por lo menos sabía algo. Nada encontró tampoco que lo hiciera presumir.
+Almorzó sin apetito. En cuanto tomó café mandó enganchar y se fué en
+compañía de su suegro. La sesión del ayuntamiento duró hasta las diez de
+la noche. A esa hora se retiró a casa y don Rosendo también, el cual
+encontraba a su yerno harto distraído y preocupado. Gonzalo se
+disculpaba diciendo que le irritaba mucho la bilis la conducta de los
+amigos de Maza. Fuéronse a dormir. A eso de las once, cuando todo estaba
+en silencio, nuestro joven salió sigilosamente de casa y emprendió a pie
+por el camino de Tejada. La noche estaba nublada, pero no muy obscura.
+La luz de la luna se cernía al través de la capa de nubes, dejando bien
+percibir los objetos a corta distancia. Caminaba con premura, apoyándose
+en un grueso bastón de estoque. Además llevaba en el bolsillo un
+revólver. Sentía una tristeza profunda. Aquella prueba que iba a hacer
+le causaba temor y remordimientos a la vez. Si su mujer era culpable,
+¡qué horrible tragedia la que se preparaba! Y si no lo era, él cometía
+una bajeza sospechando de su honradez. Iba con el mismo recelo que el
+ladrón que va a asaltar una casa, ocultándose detrás de las paredes de
+la carretera en cuanto sentía pasos, estremeciéndose si escuchaba una
+voz, por lejana que fuese. La idea de que algún conocido le viese a
+aquellas horas caminando a pie, le causaba gran vergüenza, dando por
+seguro que había de adivinar su intención. El aire era fresco y le
+penetraba hasta los huesos, aunque rara vez había sentido frío en su
+vida. Los árboles, como negros fantasmas alineados a lo largo de la
+carretera, dejaban salir de sus copas blando rumor melancólico. Debajo
+de uno de ellos creyó percibir un bulto que se movía y saltó a los
+prados, temiendo tropezarse con alguien que le conociese. Miró por
+encima de la paredilla y vió una vaca acostada rumiando tranquilamente.
+Más allá, al pasar por delante de la casa de un labrador, se abrió
+repentinamente una ventana y apareció el bulto de una mujer. Echó a
+correr desaforadamente buscando la sombra de los árboles. A medida que
+avanzaba, el corazón se le oprimía. Mil encontradas ideas batallaban en
+su mente. Tan pronto recordando los deliciosos detalles de sus primeros
+meses de matrimonio, las palabras dulces, las pruebas ostensibles de
+amor que su mujer le diera, su mujer, cuyos defectos eran los de todas
+las niñas demasiado mimadas, se ponía a imaginar que estaba bajo el
+poder de una maldita alucinación, una de las mil infamias que los
+enemigos de su suegro habían inventado para hacerles daño, y estaba a
+punto de volverse a Sarrió y meterse nuevamente en la cama; como
+apreciando y pensando los motivos que tenía para sospechar de ella,
+aquella grave escena que determinó la salida del Duque de la casa de sus
+suegros, su frivolidad y coquetería, la denuncia aunque embozada
+persistente del periódico enemigo, se le encendía la sangre de golpe y
+apretaba vivamente el paso. ¡Oh, desgraciados de ellos si era verdad!
+¡Más les valía no haber nacido! Y apretaba con mano crispada el bastón
+y tiraba del estoque para cerciorarse de que estaba allí pronto a
+obedecerle. No se le ocurrió ni una vez acariciar el revólver.
+Necesitaba a toda costa ver la sangre de los traidores.
+
+Cuando llevaba la mitad del camino andado próximamente, sintió detrás de
+sí el galope de un caballo. Sin saber por qué, le dió un vuelco terrible
+el corazón. Se apresuró a saltar a los prados y aguardó con ansiedad
+mirando sigilosamente por encima de la pared a que el jinete pasase. No
+transcurrieron dos minutos sin que en efecto cruzase por delante de él
+como un relámpago. Pudo reconocer perfectamente el magnífico caballo
+alazán del Duque. A éste no pudo distinguirle porque iba envuelto en un
+capote, con un gran sombrero calado hasta las narices. Pero si los ojos
+no, el corazón lo vió con toda claridad. Quedó yerto, pegado al suelo.
+Sintió un desfallecimiento singular en las piernas como si fuese a caer.
+Mas prontamente la sangre hirvió dentro de su brioso temperamento de
+atleta. Tendiéronse sus músculos acerados y saltó sin tocar con las
+manos la paredilla de seis pies que cerraba la finca. Cayó en medio de
+la carretera. Sin detenerse un punto, emprendió una carrera vertiginosa,
+loca, detrás del caballo, como si tuviese la absurda pretensión de
+alcanzarle. Aunque su aliento era grande, sin embargo, se le concluyó
+mucho antes de llegar a la quinta. Necesitó pararse tres o cuatro veces.
+Por fin llegó a la verja. Entró por la puerta de hierro, que sólo estaba
+llegada. Echó una mirada en torno y vió el caballo del Duque atado a un
+árbol. Siguió precipitadamente, pero cuidando de no hacer ruido, por una
+de las avenidas orladas de coníferas que conducían a la casa. Como
+conocía todas las entradas, no se dirigió a la puerta cuyo llavín
+llevaba consigo. Temía que algún criado le sintiese. Escaló por una
+parra que adornaba el balcón del cuarto de su suegro, que solía quedar
+abierto cuando él no dormía en casa. Por desgracia estaba cerrado.
+Entonces sacó el estoque, y metiéndolo por la rendija de la puerta logró
+levantar el pestillo y entró.
+
+Una persona le había visto: Cecilia. En una de las noches anteriores,
+ésta, cuya habitación estaba próxima a la de sus hermanos, había creído
+sentir ruido por la noche y se había levantado. Miró al través de los
+cristales hacia la huerta y vió a Pachín, el criado, en compañía de otro
+hombre a quien no pudo conocer. Sin embargo, concibió una viva sospecha
+que la aterró. El modo de andar de aquel hombre, de quien no percibía
+más que el bulto, no era de un campesino. Gonzalo dormía aquella noche
+en Sarrió. Además, su cuñado era mucho más alto. Fuertemente
+sobreexcitada por una idea espantosa, se acostó otra vez, pero no logró
+dormir. Todo el día siguiente estuvo triste y preocupada. Al cabo logró
+dominarse y resolvió en su interior vigilar a su hermana y saber de
+cierto si eran quimeras o realidades lo que pensaba. Al efecto, no
+perdió de vista a Pachín. Observó que el día mismo que Gonzalo había de
+dormir en Sarrió, fué a este punto con una comisión de Ventura, aunque
+él no era el encargado de hacer la compra. Cuando llegó quiso ver lo que
+traía. Era una novela francesa que no pudo tener en las manos porque
+Ventura se apoderó de ella al instante y se fué a su cuarto. No le cupo
+duda de que el libro traía entre sus páginas alguna carta. Se propuso
+entonces no dormirse aquella noche y saber de una vez la verdad. Después
+de comer cosió un rato mientras Ventura leía a la luz del quinqué. En
+cuanto sonaron las diez ambas hermanas se retiraron a sus respectivas
+habitaciones. Cecilia se echó una manta por encima de los hombros, apagó
+la luz y se sentó detrás de los cristales del balcón. Esperó una, dos
+horas. A las doce, próximamente, de la noche percibió entre los árboles
+dos sombras. Aunque con dificultad, reconoció a Pachín y al hombre de la
+noche pasada, que esta vez advirtió bien que era el Duque. Las dos
+sombras desaparecieron al instante entre los árboles cercanos a la casa.
+Quedó petrificada. Una ola de indignación, que se formó en su pecho,
+subió a los labios y exclamó:—¡Qué infame! ¡qué infame!—Siguió sentada
+en la silla y con la sien pegada al cristal, aturdida, llena de
+confusión y vergüenza como si ella fuese la culpable. Al cabo de algunos
+minutos, estando con la mirada fija, atónita, en el parque vió correr
+otra sombra con extraña velocidad hacia la casa. No pudo reprimir un
+grito de espanto. Quedó en pie como si la hubieran alzado con un
+resorte. Luego, trompicando en la obscuridad con los muebles y las
+paredes se dirigió al cuarto de su hermana. Se hallaba en tinieblas.
+Vaciló un instante en llamar: mas de repente se le ocurrió seguir
+adelante pensando que Ventura no podía delinquir tan cerca de ella y las
+niñas. A los pocos pasos, al revolver la esquina de un pasillo vió
+claridad. Corrió hacia ella. En el gabinete persa, que era una rotonda
+aislada en cierto modo de la casa, había luz. Dió dos golpecitos a la
+puerta diciendo por el agujero de la cerradura:
+
+—Soy yo, Ventura. ¡Abre! Gonzalo está ahí.
+
+La puerta se abrió, en efecto. Apareció Ventura más pálida que una
+muerta. El duque de Tornos estaba en el otro extremo, y se dirigía a una
+ventana para saltar por ella. Cecilia corrió hacia él y le sujetó por
+los brazos.
+
+—¡No, eso no! No se consigue nada... Ventura, escapa... ¡Hacia la
+cocina!... Gonzalo sube por el cuarto de papá.
+
+La joven hablaba en falsete con tono imperioso, la mirada fulgurante.
+
+Ventura no se lo hizo repetir. Salió con precipitación del gabinete.
+
+Cecilia entonces arrastró al Duque con fuerza hacia uno de los divanes,
+y le dijo:
+
+—Siéntese usted.
+
+El magnate la miró demudado, y preguntó:
+
+—¿Para qué?
+
+—¡Siéntese usted, le digo!—pronunció con rabia la joven, y al mismo
+tiempo, poniéndole las manos sobre los hombros, le empujó hacia abajo.
+
+El Duque se sentó al fin. Acto continuo, Cecilia lo hizo sobre sus
+rodillas; le echó los brazos al cuello; reclinó su cabeza sobre la del
+noble, llegando a poner los labios sobre su rostro.
+
+En aquel momento se oyeron pasos precipitados en el corredor. Se abrió
+la puerta violentamente, y apareció Gonzalo con el estoque desenvainado.
+Cecilia volvió la cabeza y dió un grito. El joven retrocedió asustado al
+reconocer a su cuñada. Soltó el arma que empuñaba, empujó otra vez
+apresuradamente la puerta, y se fué tropezando, lleno de confusión,
+hacia su cuarto matrimonial.
+
+Ventura estaba leyendo tranquilamente a la luz de un quinqué. Al ver a
+su esposo delante, se levantó asustada.
+
+—¿Qué es eso? ¿Cómo estás aquí?
+
+Cualquier actriz le compraría de buena gana aquella actitud y la
+inflexión de la voz.
+
+Gonzalo se detuvo cortado, sin saber qué decir. Salió del compromiso
+exclamando:
+
+—¿No sabes el escándalo que está pasando en nuestra casa?
+
+—¿Qué ocurre?—profirió la joven viniendo hacia él, con la faz tan
+desencajada, que si Gonzalo tuviese un temperamento observador,
+comprendería que no podía ser solamente por su presencia.
+
+Cerró la puerta y le dijo al oído:
+
+—¡Tu hermana está en el gabinete persa con el Duque!... ¿No sabes
+nada?... Di la verdad—añadió cogiéndola por la muñeca.
+
+Ventura se confundió, vaciló, tembló, bajó los ojos admirablemente. Al
+fin dijo:
+
+—¿Cómo quieres que yo lo sepa, Gonzalo?
+
+—¡No mientas, Ventura!—exclamó con ademán furioso. En el fondo sentía
+una alegría inmensa, infinita.
+
+—Te digo la verdad... No lo sabía... Pero sospechaba algo... Por eso me
+asusté... Cuando tú entraste, estaba pensando en ir al cuarto de
+Cecilia, a ver si estaba en él...
+
+—¡Qué atrocidad! ¡Qué escándalo!... ¡Pero ese infame!... Es menester
+tomar una determinación... Debe concluir esto, sin que nadie se
+entere...
+
+—Sí, sí... ¿Pero qué quieres que hagamos?
+
+—Yo no sé... Hablaré a tu padre... No, a tu padre, no... El pobre
+recibiría un golpe mortal... Hablaré al Duque... ¡Ya veremos si se
+resiste!
+
+Justamente en aquel momento oyeron ruido en el cuarto contiguo.
+
+—Cecilia entra en su habitación—dijo Ventura.—Voy ahora mismo a
+hablar con ella. Todo terminará y quedará en secreto... No quiero que tú
+te comprometas, Gonzalo mío—añadió echándole los brazos al cuello.
+
+Gonzalo hizo un gesto de desdén.
+
+—No, no; no quiero. Es mejor que yo hable con Cecilia... Aguárdame un
+instante...
+
+Su marido la detuvo al tiempo de salir, y la dijo en voz baja:
+
+—No digas palabras feas. Procura estar prudente... El infame es él, que
+se ha aprovechado de su estancia en nuestra casa... ¡Qué miserable!
+
+Ventura salió del cuarto y se dirigió al de su hermana temblando de
+susto. La heroica joven, cuando aquélla abrió la puerta, estaba en pie
+en medio de la habitación, con los brazos caídos y la vista fija en el
+suelo. Ventura cerró la puerta cuidadosamente, y se dirigió a abrazarla,
+murmurando con voz trémula:
+
+—¡Oh hermana mía, gracias, gracias!
+
+Pero Cecilia la rechazó brutalmente con un gesto de orgulloso desprecio,
+exclamando:
+
+—¡Lo he hecho por él; no por tí!
+
+
+
+
+XVIII
+
+DONDE TIRA DOÑA BRÍGIDA DE LA MANTA
+
+
+Cecilia no volvería más. Comprendía la fealdad de su conducta.
+Arrepentíase de haber dado ocasión para que los enemigos de Gonzalo le
+injuriasen, dudando de la honradez de su esposa. Daba su palabra y hacía
+juramento solemne de que aquellas escandalosas citas nocturnas no se
+repetirían. Tal fué el recado que aquella noche trajo Ventura a su
+marido.
+
+En los días que siguieron, éste no se mostró irritado, ni aun severo con
+la delincuente. Toda su cólera y malquerencia eran para el Duque. Le
+acusaba de haber abusado inicuamente de la confianza de su suegro para
+despertar en la pobre Cecilia pasiones que siempre habían estado
+dormidas. Tratábala con afabilidad, hasta con mimo, lo mismo que a un
+niño enfermo, queriendo persuadirla a que no había perdido nada de su
+afecto. Mas esta amabilidad era tan humillante para ella, veíase detrás
+un hombre tan satisfecho, tan alegre de su culpabilidad, que la joven la
+rechazaba con aspereza: no lograba, por muchos esfuerzos que hacía,
+aparecer sensible a tal generosidad. Encerrábase en su cuarto sin
+atender como antes al cuidado de las niñas: aparecía tan seria y
+reservada a las horas de comer, que llegó a despertar la atención de don
+Rosendo, con hallarse este gran patricio más que nunca absorto en la
+alta dirección de la batalla del pensamiento que se libraba en Sarrió.
+Y con la perspicacia que le caracterizaba, en seguida comprendió que se
+trataba de «un decaimiento físico y moral, procedente de la vida
+monótona de la aldea. La juventud pide lo suyo, y hay que dárselo».
+
+—Tú estás mal, Cecilia. Te veo pálida y triste. Necesitas salir de aquí
+y vivir con más expansión, en un medio más a propósito para los jóvenes.
+Iremos a pasar un par de meses de primavera a Madrid. En la aldea te
+asfixias, como un pájaro dentro de la campana de una máquina neumática.
+
+Este gran pensador tenía a veces símiles felices, arrancados como el
+presente a las ciencias físico-naturales. En la viveza con que la joven
+aceptó el ofrecimiento, entendió que, como siempre, había dado en el
+clavo.
+
+Ventura aparecía como antes. La terrible escena que había pasado, el
+sacrificio de su hermana y su justo desprecio después, no habían dejado
+huella en su vida. Hacía lo mismo que antes. Se mostraba tan cuidadosa
+de su persona y descuidada de las otras como siempre lo había sido. Sin
+embargo, cuando se encontraba con la mirada clara y penetrante de su
+hermana, bajaba la suya prontamente. Desde la noche del suceso, huía de
+encontrarse a solas con ella. Era bien fácil, porque Cecilia tampoco
+tenía deseo alguno de cruzar la palabra con la infiel.
+
+Gonzalo, enteramente seguro ya de ella, gozaba de esta seguridad con
+deleite. Entre los esposos había habido con tal motivo una
+recrudescencia de cariño. Ventura le había exigido que nunca más
+volvería a dormir fuera de casa. El lo prometió solemnemente. Pensando
+en la falta de su cuñada, se repetía con frecuencia:
+
+—«Del agua mansa me libre Dios, que de la corriente me libraré yo». Y
+desde entonces no sólo perdonaba a su mujer aquella ligereza y
+frivolidad, afición al lujo y carácter altanero que tanto le habían
+disgustado, sino que llegó a ver en estos defectos una garantía de su
+fidelidad. No hay nadie sin defectos, se decía, y es preferible que
+tenga éstos al que yo había imaginado.
+
+Cinco o seis días después del suceso relatado, _El Joven Sarriense_
+insertaba una gacetilla donde pérfidamente se insinuaba la misma idea
+que le había obligado a hacer aquella memorable excursión nocturna a
+Tejada. La leyó sin emoción, con la sonrisa en los labios, burlándose en
+su interior del engaño que sus enemigos padecían. Sin embargo, como al
+fin y al cabo era una injuria la que venía allí escrita, resolvió
+castigar a los insolentes, aunque no de un modo trágico. Por la noche se
+introdujo súbitamente de modo sigiloso en la redacción del _Joven
+Sarriense_. No estaban allí a la sazón más que tres redactores. Uno de
+ellos era el traidor Sinforoso Suárez. Sin decirles una palabra, cayó
+sobre ellos a puñadas y puntapiés, con tal maña y coraje, que no
+pudieron hacer resistencia. Cuando alguno se levantaba del suelo, un
+tremendo revés a mano vuelta le tumbaba de nuevo. No sólo los tumbaba a
+ellos, sino también las mesas y los armarios, haciendo mayor destrozo
+que un terremoto. Cuando se cansó de sacudirles la badana, salió muy
+tranquilo a la calle riendo. Acudía ya a las voces de socorro alguna
+gente; pero él les dijo:
+
+—Nada, señores, que se están pegando ahí arriba los redactores del
+_Joven_... A ver, guardia, suba usted y diga a esa gente que si
+continúan dando escándalo me voy a ver precisado a mandarles a la
+cárcel.
+
+Cuando se supo la verdad del caso, se rió mucho esta salida. Los del
+Camarote se pusieron frenéticos. Pero Gonzalo, no tanto por su cualidad
+de alcalde, como por sus puños terribles, inspiraba tal respeto, que al
+fin se resignaron a quedarse con la justísima paliza que a tres de sus
+colegas les habían administrado.
+
+Pasó el Carnaval sin gran animación. Ya no se formaban en Sarrió
+aquellas celebradas comparsas y cabalgatas, que llamaban la atención de
+toda la provincia, y hacían de esta villa una Venecia en miniatura.
+
+En otro tiempo, todos los vecinos tomaban parte en aquella inmensa,
+desenfrenada alegría. Los ricos no sólo proporcionaban sus coches y
+caballos, sino también abrían suscripciones para encargar trajes
+lujosísimos a Madrid. Estas comparsas iban arrojando anises, almendras y
+caramelos a los balcones, sin darse punto de reposo. Los bailes del
+Liceo, si no tan brillantes, eran tan animados y divertidos como los que
+se celebran en los palacios más opulentos de la corte. ¡Oh, el Carnaval
+de Sarrió! ¡Quién en la provincia septentrional, donde estos sucesos se
+efectúan, dejará de tener recuerdos vivos y gratos de él!
+
+Pero con la lucha política entre güelfos y gibelinos, entre los del
+Saloncillo y los del Camarote, todo se había huído. Cada cual se
+encerraba en su casa. Sólo se veía por la calle tal cual empedernido
+máscara haciendo las delicias de un enjambre de chiquillos que le
+seguían. Los esfuerzos titánicos de don Mateo no habían bastado tampoco
+a prestar animación a los bailes del Liceo. En vano iba conferenciando
+con todas las niñas casaderas de la población, para arrancarles la
+promesa de asistir, lo cual, en verdad, no le costaba gran trabajo. Mas
+en cuanto el papá se enteraba, fruncía el entrecejo y decía gravemente:
+
+—Ya veremos, don Mateo, ya veremos.
+
+Este veremos significaba, las más de las veces, una prudente abstención.
+Podían estar allí Fulano o Mengano, con los cuales, el buen papá, no
+quería compartir ni la atmósfera.
+
+El año anterior, don Mateo había tratado de resucitar el antiguo baile
+de Piñata, de imperecederos recuerdos para todo buen sarriense, que se
+celebraba en el primer domingo de cuaresma. El alcalde, que era a la
+sazón Maza, bajo el pretexto religioso, y tratando de halagar a los
+beatos de la villa, negó el permiso para efectuarlo. Este año, el
+incansable viejo volvió a la carga con más ardor. Gonzalo no tuvo
+inconveniente alguno en permitirlo. Luego se dió tan buena maña para
+alborotar a la población, anunciando extraordinarias sorpresas, que
+habían de salir de un famoso globo encargado a Burdeos, que consiguió
+inspirar vivos deseos en todos de acudir aquella noche al Liceo. Por
+primera vez en Sarrió, después de unos cuantos años, el salón de esta
+sociedad prometía estar muy concurrido. Los días que precedieron a aquel
+domingo, las muchachas y muchachos, o como se decía entonces, las pollas
+y pollos, lograron sofocar con sus pláticas y preparativos el
+desagradable zumbido de la política. Fué como un momento de respiro de
+la aburrida villa. Venturita, en cuanto tuvo noticia de que se preparaba
+un baile de verdad, se apresuró a encargar a la modista un lujosísimo
+vestido, para disfrazarse de Isabel de Inglaterra y otro para Cecilia,
+de dama de Luis XV. Esta se había resistido bastante a ir al baile. Fué
+tanto, no obstante, el empeño que Gonzalo puso en ello, sin duda para
+distraerla un poco de la melancolía en que había caído, que, al fin,
+cedió. Con ir a Sarrió a probarse los trajes y dar instrucciones a la
+modista, se distrajeron algunas tardes.
+
+Llegó el esperado domingo. Gonzalo, que estuviera ocupado toda la
+mañana, almorzó en Sarrió. Cerca ya del obscurecer se volvió a Tejada
+con el objeto de comer con la familia y traer a su mujer y cuñada al
+baile. Cuando llegó, éstas se estaban vistiendo ya en sus respectivas
+habitaciones. Ambas se presentaron en el comedor un poco después de la
+hora acostumbrada, primorosamente ataviadas. Cecilia, como suele
+acontecer a todos los temperamentos serios cuando se animan súbitamente,
+estaba encendida y locuaz. Parecía haber sacudido las ideas negras que
+tanto obscurecían su rostro en los días anteriores. Gonzalo, antes de
+ponerse a la mesa, bromeó graciosamente, tanto con ella como con su
+mujer. Mientras duró la comida no dejó de reirse a su costa con aquella
+ruidosa y cordial alegría que le caracterizaba.
+
+—¿Vuestra majestad no quiere un poco de chorizo?—decía dirigiéndose a
+su esposa. Y luego, regocijado por su frase, soltaba una larga y sonora
+carcajada, como las que debían lanzar los reyes bárbaros en sus
+festines, sacudiendo su enorme tórax con temerosas convulsiones. Su
+alegría de hombre sano y bien equilibrado era comunicativa. Nadie dejaba
+de reirse cuando a él se le ocurría hacerlo. Aquella noche Ventura
+estaba muy amable y daba palmetazos en las espaldas a su marido
+pidiéndole que callase, que no podía comer en paz. Después que
+concluyeron, cuando estaban tomando el café, sea por haberse reído
+demasiado o por cualquier otra causa, la joven esposa se sintió mal del
+estómago. La comida le había hecho daño. Dijo que tenía ganas de
+devolverla. Y en efecto, se fué a su cuarto y al poco rato volvió
+diciendo que había arrojado y le dolía la cabeza. Se le hizo te. Estuvo
+reposando sobre un diván algún tiempo; mas el dolor y la incomodidad no
+desaparecían.
+
+—Mirad; idos vosotros al baile. Yo me voy a meter en la cama—dijo
+levantando la cabeza.
+
+Cecilia, por cuya mente cruzó súbito una sospecha, respondió:
+
+—No; yo me quedo también.
+
+—¡Qué tontería!—exclamó la enferma.—¿Vais a privaros de la única
+diversión que hay en Sarrió hace tiempo, por una cosa tan ligera?
+
+—Sí—replicó Cecilia con la misma gravedad.—Yo me quedo.
+
+—Pero, mujer, ¡si sabes que esta incomodidad la padezco yo a menudo! Es
+un poco de bilis. En cuanto duerma cuatro o cinco horas estoy buena.
+
+—Pues yo me quedo.
+
+—Pues me obligarás a mí a ir enferma y todo—dijo con impaciencia,
+levantándose.
+
+—Tiene razón Ventura, Huesitos—dijo Gonzalo cogiendo a su cuñada por
+los hombros y sacudiéndola cariñosamente.—Esto no es nada; lo ha tenido
+cien veces. ¿Por qué te has de privar tú de ir al baile?... Ea, ea, a
+tomar el abrigo. Ramón ya ha enganchado. Son más de las nueve y
+media—añadió empujándola hacia la puerta.
+
+Cecilia no pudo resistirse. Antes de salir dirigió una penetrante mirada
+a su hermana, que ésta se apresuró a evitar sentándose de nuevo.
+
+Abajo les esperaba ya, en efecto, Ramón, con el familiar enganchado.
+Llevaban el carruaje mayor que tenían. Don Rosendo y Pablito, que se
+habían quedado a comer en Sarrió, volverían probablemente con ellos a la
+madrugada. Durante el trayecto, Gonzalo se mantuvo alegre y hablador,
+dando matraca a su cuñada, la cual estaba taciturna en demasía. El joven
+creía que el recuerdo de la fatal escena que narramos la atormentaba, y
+hacía vivos esfuerzos por distraerla.
+
+La sociedad del Liceo se hallaba establecida en la única ala sana de un
+viejo convento derruído. Primero había sido escuela; mas cuando el
+ayuntamiento edificó el nuevo local, hacía ya algunos años, la sociedad,
+que tenía uno malísimo, se trasladó a éste, previo un arreglo o
+restauración que dirigió don Mateo y costó muy buenos cuartos. Los
+trabajos, sin embargo, se limitaron casi exclusivamente al salón de
+baile y la escalera. La secretaría, el despacho del presidente, la sala
+de ensayos de la orquesta, eran amplias y desnudas cuadras, con el
+pavimento de madera podrido y roto, y las paredes blanqueadas.
+
+La escalera estaba bien iluminada y adornada con macetas de flores, que
+atestiguaban el celo y el gusto de don Mateo. Gonzalo y Cecilia la
+subieron de bracero. Al llegar arriba atravesaron una vasta antesala
+donde gran número de jóvenes se apresuraron a abrirles paso y saludarles
+con la familiaridad que se usa en los pueblos pequeños. En el salón
+había ya bastantes damas, todas disfrazadas, aunque la mayor parte de
+ellas, como Cecilia, sin máscara. Para los sarrienses era aquello una
+sorpresa. En los cinco últimos años, los bailes del Liceo parecían
+visitas de pésame. Media docena de señoritas más o menos jóvenes, con
+los hombros y el pecho al aire, el rostro muy empolvado, departiendo en
+voz baja allá en un ángulo del vasto salón, mientras a su lado las
+mamás sacaban tiras de pellejo a alguna amiga ausente. Otros tantos
+pollos dando vueltas en la antesala, el aire triste, la mirada opaca,
+abrochándose mutuamente los guantes con las horquillas de sus hermanas.
+Generalmente eran los mismos. Cada pollo bailaba dos o tres polkas,
+rigodones o lanceros con las hermanas de sus amigos. A las doce o doce y
+media salían todos en pelotón, remangándose los pantalones y las faldas
+respectivamente, y guareciéndose debajo de los paraguas, charlando en
+voz alta al través de las calles solitarias y húmedas. Los vecinos, a
+quienes el sueño no tenía presos, decían:—«Ahora salen del Liceo». Esto
+era todo. Don Mateo, firme, indomable, conservaba tenazmente, con
+amoroso esmero, este exiguo rescoldo del fuego del placer.
+
+Gracias a su perseverancia, aquella noche se convirtió en viva y animada
+hoguera. La juventud de la villa tuvo fuerzas para arrollar las ruines
+pasiones que agitaban los pechos de sus papás, y entró en aquel
+solitario salón como un torrente desbordado, haciéndolo resonar con sus
+risas y pláticas, con chillidos horrísonos:
+
+—Alvaro, ¿me conoces? ¿me conoces? ¿Por qué no te casas? Mira que ya
+vas caminando para Villavieja.
+
+—Periquito, ¿te gusto?... ¿Que alce la careta?... ¿Para qué lo
+necesitas? Tú no te enamoras de las caras y haces bien. ¡Teniendo de
+aquí... y de aquí! ¿Eh? Adiós, adiós, Periquito.
+
+—Hola, Delaunay... Hola, _monsieur_. ¿Cómo va ese tranvía aéreo? ¡Qué
+cosas se te ocurren! ¡Qué gran cabeza tienes! ¡Lástima que seas tan
+desgraciado! Dicen que no eres hombre práctico. Sin embargo, supiste
+arreglar a la hija del Rato... Adiós, adiós...
+
+—¿Qué tal, Sinforoso? ¿Cuándo te dan la mano de Cipriana?... Bien te
+hacen penar, hombre. ¿Por qué no los amenazas con pasarte otra vez al
+Saloncillo?
+
+Había muchas señoras con dominó negro, que eran las que daban estas
+bromas, demasiado vivas a veces. La mayor parte de ellas eran viejas. A
+las jóvenes, les gustaba mostrar el palmito y la esbeltez de su talle,
+con algún traje histórico. Había damas venecianas, romanas, del bajo
+imperio, hebreas, de la época de Luis XV, del Directorio, de Felipe II,
+y hasta pasiegas de los tiempos más recientes. Había también, algunas
+gitanas, nigrománticas y cautivas. Veíanse trajes caprichosos y
+románticos, que no admitían clasificación; uno de _noche estrellada_,
+otro de tulipán, otro de paloma viajera con una cartita al cuello. Los
+hombres en general no llevaban disfraz: vestían la larga y desairada
+levita, que sólo salía a relucir en ocasiones como ésta. Sin embargo,
+veíanse algunos con dominó, que les servía para acercarse y hablar a sus
+novias, sin peligro de ser interrumpidos por las mamás. Un grupo de
+jóvenes afiliados al Camarote, que venían de este modo, habían tenido la
+feliz ocurrencia de disfrazar a don Jaime Marín de maragato. Cuando le
+tuvieron vestido de esta suerte, le dijeron que mejor que careta,
+convenía que se pintase; a lo cual él se prestó. Tomó un chico el pincel
+y la caja de pinturas, y fingiendo que le embadurnaba con mil colores,
+le paseó el pincel largo rato por la cara, mojado en agua solamente.
+Pidió Marín un espejo para verse. Los maleantes jóvenes tuvieron buen
+cuidado de no proporcionárselo. Todo se volvía gritar:—¡Pero qué bien
+está usted, don Jaime! ¡qué horrorosamente pintado! Ni la madre que le
+parió puede conocerle. Bajo la fe de esta palabra, el buen Marín se dejó
+llevar al Liceo. Sus amiguitos le aconsejaron que no dejase de dar
+bromas a ciertas señoritas; a lo que él contestaba, que serían como
+sinapismos. Y en efecto, así que entró en el salón, comenzó a dirigirse
+a las muchachas gritando con voz de falsete:
+
+—Hola, Rosarito, ¿dónde has dejado a Anselmo? Ya sabemos que todas las
+noches a las diez le tiras una cartita por el balcón.
+
+—¡Pero, don Jaime!—exclamaba la niña mirándole con sorpresa.—¿Usted
+cómo viene así?
+
+—¡Diablo! Ya me ha conocido—decía el buen Marín alejándose.
+
+Dirigíase inmediatamente a otra, y pasaba lo mismo.
+
+—Es particular—concluyó por decirse.—Todas me conocen al instante...
+Será por la voz, porque lo que es pintado, ¡lo estoy de órdago!
+
+Cuando estaba haciéndose esta reflexión, una mano huesuda le agarró por
+detrás.
+
+—Gran burro, bobalicón, zoquete, ¿quién te ha metido aquí de este modo?
+
+Era su amada compañera, la ingeniosa y severa doña Brígida.
+
+—¡Anda, bestia, anda, que siempre has de servir de payaso en todas
+partes!
+
+Y a empujones lo fué sacando del salón. La buena señora, que venía
+disfrazada con dominó y careta, luego que le dejó en la antesala con
+orden expresa y terminante de irse inmediatamente a casa, se volvió a
+meter en el centro del baile, donde tenía un asunto de importancia que
+resolver, como luego veremos.
+
+Rodeado por un grupo de máscaras estaba el simpático don Feliciano
+Gómez. Su gran pirámide de cabeza monda y reluciente, descollaba
+soberbia por encima. Eran mujeres las que formaban círculo en torno
+suyo, armando algarabía insufrible. Las bromas que le prodigaban tocaban
+a menudo en la injuria.
+
+—¡Feliciano, milagro que te han dejado venir al baile tus hermanas! ¿A
+qué hora te han mandado retirarte? Dicen que doña Petra te castiga
+cuando llegas tarde, ¿es verdad? ¡Pobre Feliciano! ¡Qué severas son tus
+hermanas! Ya que no te han permitido casarte, debieran darte un poco más
+de libertad.
+
+El bravo comerciante, sin ofenderse, contestaba con sonrisa bondadosa a
+aquellas arpías. Al fin, cansadas de su paciencia, le dejaron en paz.
+
+El adorable Pablito, vestido correctamente de frac, con una flor blanca
+en el ojal, llevaba a cabo mientras tanto la conquista de cierta hermosa
+hebrea, hija de un comandante de artillería que acababa de llegar. La
+pobrecilla, al ver rendido a sus pies al joven más rico y más apuesto
+de la villa, dejaba escapar por todos los poros de su lindo rostro
+ruborizado, el gozo íntimo que le embargaba. ¡Qué sonrisas, qué gestos
+tan expresivos! Las muchachas de la población la miraban con expresión
+de burla. Aquellas miradas decían:—«Goza, goza un poco, infeliz, que
+pronto vendrá el desengaño».
+
+Pablito, inclinado, sumiso, la vertía al oído frases ardientes e
+ingeniosas como éstas:
+
+—Ayer cuando venía de Tejada, la he visto a usted con su papá, tan
+guapetona como siempre.
+
+—¡Qué guasón! También yo le vi. Venía usted en coche abierto. Guía
+usted muy bien.
+
+—Es favor, Carmencita. Guiar ahora esos caballos no tiene nada de
+particular, lo hace cualquiera. ¡Si los viera usted cuando los compré!
+El cochero de don Agapito los había echado a perder enteramente; sobre
+todo el Gallardo, el de la izquierda, ¿sabe usted? un poco más obscuro
+que el otro... Aquél era una cosa perdida. Si cae en otras manos, a
+estas horas no vale dos pesetas. Hoy es mejor que el otro todavía...
+Cuestión de paciencia, ¿sabe usted?—añadió con fingida modestia.
+
+La linda hebrea protestó:
+
+—Vamos, no se haga usted el pequeño, que ya sabemos que lo hace usted
+muy bien.
+
+—Paciencia y un poco de costumbre—repitió Pablito bañándose en agua de
+rosas.
+
+Después le explicó con toda latitud lo que en su concepto constituía un
+buen cochero. La mano suave y firme al mismo tiempo, el ojo vivo,
+castigar fuerte cuando hace falta, pero sin irritarse; luego un gran
+conocimiento de lo que son los caballos. Sin el estudio atento y
+reflexivo del temperamento de estos animales, imposible guiar
+regularmente. Carmencita le escuchaba embelesada.
+
+A Cecilia se le había acercado, poco después de entrar en el salón, Paco
+Flores, aquel ingeniero que pidió su mano por mediación de Gonzalo.
+Desde que la joven le diera calabazas, él, que, como hemos visto, sólo
+buscaba una mujer modesta, hacendosa y con algún dinero, se había
+enamorado de ella y la perseguía a sol y sombra. En Sarrió, al ver la
+persistencia del ingeniero en festejar a la primogénita de Belinchón, se
+creía que apetecía sólo con ansia la dote. Era un error. Flores se había
+llegado a enamorar de veras. Si Cecilia se quedase pobre repentinamente,
+lo mismo la haría su mujer. La conducta de ésta, también era adecuada
+para encender su ilusión. A todos sus obsequios y galanterías respondía
+siempre con amabilidad y gratitud. No había peligro de que la joven se
+retirase del balcón cuando él pasaba, ni esquivase su conversación
+cuando le encontraba en alguna casa conocida o le diese alguno de esos
+desaires que tanto hacen gozar a la mayoría de las muchachas. Le trataba
+como un buen amigo, guardándole todas las atenciones que se deben a la
+persona que se estima. Pero en cuanto el ingeniero quería pasar
+adelante, pedía un poco de amor, un rayo de esperanza, siquiera para el
+día de mañana, encontraba la misma negativa, suave, firme y constante. Y
+lo peor era que Cecilia, al negar, no lo hacía con placer, sino con
+repugnancia, como si le doliese causar disgusto a un amigo. Este
+sentimiento hería aún más el amor propio del pretendiente.
+
+Después que bailaron un vals, sentáronse fatigados en un ángulo del
+salón. Flores le había cogido el abanico, y la abanicaba
+respetuosamente.
+
+—Así quisiera pasarme la vida—dijo con acento sincero.
+
+—¡Oh! Se cansaría pronto—respondió Cecilia sonriendo.
+
+—¿Quiere usted probarlo?
+
+La joven no contestó.
+
+—No es usted, Cecilia, de las mujeres que hastían pronto. Posee usted
+en su corazón y en su inteligencia recursos para tener siempre a sus
+pies al hombre que la ame. Hace más de dos años que vivo enamorado de
+usted, y, en vez de cansarme, cada vez me siento más ligado a usted,
+cada vez la adoro más perdidamente... hasta el punto de ser la burla de
+la población.
+
+—Eso no se puede decir de antemano—repuso ella, un poco conmovida por
+el fuego y la emoción que Flores había comunicado a sus palabras.—No es
+lo mismo ver a una mujer cortos instantes, y hablarla de Pascuas a
+Ramos, que tenerla a su lado eternamente.
+
+—¡Qué más quisiera yo, Cecilia! Tenerla junto a mí siempre,
+¡siempre!—replicó en voz baja y temblorosa el ingeniero, jugando con el
+abanico y mirando fijamente al suelo.—Consagrar mi vida a servirla, a
+adorarla de rodillas... Yo sé que haría usted feliz a cualquier hombre,
+pero a nadie tanto como a mí que conozco las grandes cualidades de su
+alma, que adivino además en su corazón sentimientos que acaso sean
+enteramente desconocidos para otros... ¡Es terrible! Eso de que usted no
+me haga concebir la más remota esperanza de que algún día, por lejano
+que sea, mi cariño llegue a ablandarla, y me acepte siquiera por
+esclavo...
+
+—Le acepto por amigo, por buen amigo—dijo la joven gravemente.
+
+—Amigo, ¡oh!... Esa amistad, Cecilia, es una muralla de hielo que se
+interpone entre usted y yo... Comprendo que no tengo mérito alguno para
+merecer el amor de usted... que hay cien jóvenes en la villa que
+pudieran con más derecho solicitarlo... Pero lo extraño, lo que me anima
+y desanima a un mismo tiempo, es que usted no se ha fijado en ninguno
+hasta ahora... Su corazón permanece ocioso, indiferente... Digo, a no
+ser que tenga usted algún amor oculto.
+
+Cecilia se estremeció levemente y levantó un poco los ojos hacia el
+sitio donde se escuchaba la voz de Gonzalo. Después respondióle con más
+severidad que de ordinario:
+
+—Deje usted de estudiar tanto mi interior, Flores; primero, porque lo
+más probable es que sea tan vulgar como el de la mayoría de las mujeres,
+y segundo, porque, si hubiera algo de particular en él, no sería fácil
+que usted lo descubriera.
+
+—No se ofenda usted, Cecilia. Este estudio es una prueba nada más de lo
+mucho que usted me interesa.
+
+—No me ofendo—replicó la joven procurando sonreir.—Voy a saludar a
+Rosario. ¿Quiere usted llevarme?
+
+En la antesala, separada sólo por algunas columnas del salón, charlaban
+los padres graves, echando ojeadas satisfechas a éste, donde veían a sus
+hijas divertirse. Alguna vez, se destacaba un máscara del baile, y venía
+a embromarles. Era alguna vieja contemporánea que les hacía reir y toser
+hasta reventar con historias antiguas. Don Rosendo charlaba en un rincón
+con don Melchor de las Cuevas. Explicábale un vasto proyecto de puerto,
+grandioso como todos los suyos. Porque no es posible representarse bien
+lo que había crecido la ciencia, ya grande, de Belinchón en los últimos
+años. Era una ciencia más intuitiva que adquirida a fuerza de estudio,
+como acontece a todos los grandes hombres. Al principio, cuando iba a
+escribir en _El Faro_ sobre un tema que no conocía, mostrábase receloso,
+vacilante, tímido. Mas en cuanto aprendió bien los tópicos del
+periodismo, y tuvo a su disposición una buena cantidad de frases hechas,
+y sobre todo, en cuanto recibió un diccionario enciclopédico en quince
+tomos, que le costó no menos de dos mil reales, ¡aquello sí que fué
+cortar y rajar! No hubo asunto o problema científico, social, económico
+y político en que don Rosendo dejase de meter la cucharada con gran
+lucimiento. Se trataba de la peste que hacía estragos en el ganado: don
+Rosendo buscaba en su diccionario las palabras _ganado, caballo, toro,
+carnero, forrajes, industria pecuaria_, etcétera, y así que leía lo que
+decía sobre ellas, tomaba la pluma, y su genio periodístico se encargaba
+de trazar uno o varios artículos, rebosando de filosofía y erudición.
+Venía, como ahora, la cuestión del puerto, y acudía al diccionario en
+busca de las palabras _puerto, dársena, mareas, dragas, vientos_, etc.
+Siete artículos llevaba escritos y publicados a la sazón, para demostrar
+la necesidad de construir una gran dársena frente a Sarrió, en un punto
+denominado Fonil. Parecía un marino consumado, harto de surcar los
+mares, encanecido en el estudio de los problemas hidráulicos. Sin
+embargo, el señor de las Cuevas, aunque pasmado de aquel modo de barajar
+términos marítimos, alguno de los cuales ni él mismo conocía, torcía el
+gesto a las explicaciones verbales que don Rosendo le daba. Concluyó por
+decirle, poniéndole la mano en el hombro:
+
+—Desengáñese usted, Belinchón: en la dársena de usted, con viento
+entablado del Noroeste, no entran ni las sardinas.
+
+El que más gozaba en esta fiesta, ¿quién lo diría? era un anciano, el
+buen don Mateo, a quien se debía exclusivamente. Para él, aquel baile
+significaba uno de los grandes triunfos de su vida. Más trabajo le había
+costado congregar allí a los enconados vecinos de la villa, que tomar un
+reducto a los carlistas en la acción de Guardamino. No cesaba en toda la
+noche de andar, mejor dicho, de arrastrarse de un lado a otro,
+expidiendo órdenes a los criados, al conserje, a la orquesta.
+
+—Gervasio, ahora las bandejas de dulces... ¡Coged uno de cada lado,
+mastuerzos!—¿Qué quiere usted, señor Anselmo? ¿Piden los muchachos que
+en vez de vals sea rigodón? Pues toque usted rigodón.—A ver, pollos,
+que hay una porción de señoras en el tocador que no tienen pareja para
+salir.—¡Marcelino! ¿dónde se ha metido Marcelino? Baja al portal, que
+un pillo ha tirado una pedrada al farol, y lo ha roto.—¡Pero, don
+Manuel, si no son más que las dos! ¿Se quiere usted llevar ya a las
+niñas, y aún no hemos roto la piñata?
+
+Aquella noche estaba rejuvenecido el buen señor. Gozaba por todos los
+jóvenes, como los místicos gozan en una comunión general. De vez en
+cuando sus ojos opacos se fijaban por encima de las gafas, en el globo
+de madera que colgaba en medio del salón, y lo acariciaba con una
+sonrisa de placer. Aquel primoroso artefacto, venido de Burdeos, estaba
+pintado con rayas azules y blancas. Por debajo de él pendía una multitud
+de cintas de varios colores, todas las cuales, menos una, quedarían en
+las manos de las señoritas, al tirar por ellas. A la que diera con la
+cinta que abría la piñata se le adjudicaba el globo, cargado, sin duda,
+de confites, y, según se decía, de chucherías muy lindas.
+
+Gonzalo, en el medio del salón, mostrábase también alegre, departiendo
+cuándo con una, cuándo con otra dama. Había bailado con su cuñada un
+rigodón, y una polka y un vals con dos amigas de su esposa. Sudaba
+copiosamente. No cesaba de limpiarse la frente con el pañuelo. Su gran
+figura de coloso, descollaba como una torre por encima de todas las
+cabezas.
+
+—¡Qué animado está el señor alcalde!—le decía una dama del bajo
+imperio.
+
+—Hay que aprovecharse de la ausencia de Ventura—respondía el joven
+riendo.—¿Dónde está su marido, Magdalena?
+
+—Por ahí anda.
+
+—Baile usted conmigo esta polka. Vamos a engañar a nuestros cónyuges
+respectivos.
+
+—No puedo. La tengo comprometida con Peña.
+
+Mientras así charlaba con todos los que se le acercaban, una mujer
+rebujada en dominó negro, con máscara del mismo color, no le perdía de
+vista un momento, situada ahora en un punto, ahora en otro; pero siempre
+a corta distancia de él. Por los agujeros de la careta se veían dos ojos
+lucientes y fieros. Era doña Brígida, la ingeniosa compañera del
+rebajado Marín, que acechaba el momento oportuno, como el barítono de
+_Un ballo in maschera_ para dar la puñalada. La víctima allí, era un
+príncipe; aquí, nada más que alcalde. Las razones que la eminente señora
+tenía para meditar tal crimen, no serán tan poderosas como las del
+barítono a los ojos de un hombre; mas de seguro lo parecen a cualquier
+mujer. _El Faro de Sarrió_, en su afán de morder a todos los socios del
+Camarote, a sus parientes y amigos, la había emprendido desde hacía tres
+o cuatro meses, con la esposa de Marín. Salieron a relucir todos los
+secretos domésticos; la vida del matrimonio, la dependencia y
+degradación de Marín fueron puestas en caricatura. Se contaban a este
+propósito, en letras de molde, todas las anécdotas más o menos chistosas
+que corrían por la villa, y algunas más descubiertas o inventadas por
+los maleantes redactores. Y como si esto fuera poco, no había número del
+citado periódico en que de un modo u otro no se hiciese mención de la
+peluca de doña Brígida, que por tal circunstancia había llegado a ser
+popular en Sarrió. La irritación, la rabia, el odio y el deseo de
+venganza que se habían despertado en esta señora, nadie se los puede
+figurar. Baste decir que, cuando veía a cualquier redactor de _El Faro_
+en la calle, empalidecía horriblemente; costaba gran trabajo impedir que
+se le arrojase al cuello, como un gato rabioso. Hasta entonces no había
+podido satisfacer aquella ansia de venganza que la devoraba. Por eso
+ahora, contemplando a Gonzalo, se relamía de gozo, se estremecía de
+anhelo, como el tigre que divisa la presa. Aprovechando un instante en
+que nadie hablaba con él, se fué hacia él muy quedo y por detrás. Y
+poniéndose repentinamente delante, escupió más que dijo estas palabras:
+
+—Gonzalo, ¿cómo eres tan borrico? Estás siendo la burla y la risa de
+todo el mundo. No hay una sola persona en el baile que no sepa que tu
+mujer está durmiendo a estas horas con el duque de Tornos.
+
+El joven quedó como si le hubieran dado con un mazo en la frente. Se
+puso densamente pálido. Trató de agarrar a la infame máscara para
+arrancarle la careta; mas no le fué posible. Doña Brígida se había
+escabullido como una anguila por entre la gente. Como había muchas
+señoras con el mismo disfraz, imposible saber quién era. Entonces se
+apresuró a salir del salón. Las palabras aquellas le sonaban dentro de
+la cabeza como feroces martillazos. Temió caerse. En la antesala
+respondió con sonrisa estúpida a las frases amicales que le dirigían. Su
+tío don Melchor, viéndole tan pálido, vino hacia él:
+
+—Qué tienes, Gonzalillo: ¿te sientes mal?
+
+—Sí... Voy a tomar una taza de te.
+
+—Te acompaño.
+
+—No, no; vuelvo en seguida.
+
+Y corrió, dejándole plantado cerca de la puerta.
+
+Bajó las escaleras. Se encontró en la calle sin darse cuenta de lo que
+hacía. El aire frío de la noche le refrescó la cabeza y le hizo volver
+en su acuerdo. Súbitamente tomó la resolución de partir a Tejada. Buscó
+con la vista el coche y no le vió. Sin duda Ramón estaba en casa aún.
+Miró el reloj. No eran más que las dos y media. Dirigióse a paso largo
+hacia la casa de su suegro, en la Rúa Nueva, mas cuando hubo dado unos
+pasos, advirtió que iba sin sombrero y de frac. Volvióse al Liceo. Al
+primer criado con quien tropezó en la escalera, le pidió que le bajase
+el sombrero y el abrigo.
+
+Cuando llegó a casa, Ramón estaba enganchando ya.
+
+—Ramón, vas a llevarme ahora mismo a Tejada a todo escape.
+
+El cochero le miró con sorpresa.
+
+—¿Se ha puesto peor la señorita?
+
+—Me parece que sí—respondió metiéndose en el coche.—Para antes de
+llegar... en la revuelta del molino, ¿entiendes?
+
+—Teme asustar a la señorita, ¿verdad?—preguntó el cochero con gran
+penetración.
+
+No contestó.
+
+Los caballos partieron a escape, haciendo bailar el coche ásperamente
+por encima del empedrado desigual de la villa. Gonzalo no advirtió
+siquiera aquel movimiento que le sacudía rudamente las visceras, ni el
+tránsito a la carretera al dejar la población. Toda su atención estaba
+fija, concentrada en un punto. ¿Sería verdad, o no? Desgraciadamente,
+sin saber él mismo por qué, la convicción de que su esposa le estaba
+engañando, entraba en su alma y se enseñoreaba de ella. Cuando había
+venido a Tejada a pie, hacía dos meses escasos, esta convicción no
+quería entrar. Por mucho que hacía para convencerse de que la delación
+del periódico era verdad, su mente y su corazón se negaban a darle
+asenso. Ahora sucedía todo lo contrario. Se hacía infinitas reflexiones
+para persuadirse a que la acusación de la encapuchada no era más que vil
+expresión de la envidia y el despecho en algún enemigo oculto, y a pesar
+de ellas no podía menos de darla fe.
+
+Cuando el coche paró, no se dió cuenta del tiempo que hacía que
+caminaba; lo mismo podía ser un día que un minuto. Salió de su sueño y
+brincó del carruaje al suelo.
+
+—Ahora vuélvete por la familia—le dijo a Ramón,—y no digas que me has
+traído. No hay necesidad de asustarles.
+
+Se dirigió lentamente hacia la puerta del parque, que estaba a unos
+doscientos pasos, mientras el coche se alejaba en sentido contrario.
+Cuando llegó, la tocó con mano trémula. Estaba abierta como la otra vez.
+Sintió un frío extraño en el corazón que le obligó a detenerse. Entró al
+fin con cautela, y quiso ver si estaba la llave por dentro para
+cerrarla; pero no la halló. La noche no estaba clara ni obscura; el
+cielo toldado. Llovía un agua menudísima, muy frecuente en el país, que
+impregna al cabo la ropa como la gorda, y aun mejor. No hacía ruido
+alguno al caer sobre los árboles y plantas del parque; pero aquéllos,
+empapados ya, al ser heridos por una ráfaga de viento, dejaban escapar
+multitud de gotas, un verdadero chubasco, que sonaba sobre los caminos
+con suave y fugaz repiqueteo.
+
+Gonzalo se acordó de que no traía arma alguna. Pero alzó los hombros con
+desdén, con una confianza absoluta de que si llegara el caso no iba a
+hacerle falta. Miró a todos lados a ver si descubría el caballo del
+Duque y no lo vió. Lo que sí percibió fué la sombra de un hombre
+deslizándose al través de los árboles. Corrió hacia ella, mas se
+desvaneció al instante. Figurósele que era Pachín, el criado, y le
+acometió la sospecha de que él era el traidor que abría la puerta al
+Duque. Después de la noche aquella en que halló a su cuñada con éste,
+se había dedicado a averiguar quién era el que dentro de casa le
+protegía, sin lograr nada. En quien menos podía sospechar era en un
+criado tan antiguo como Pachín.
+
+Pensó entonces en que podía ir a avisar a los traidores, y tomó otra vez
+la dirección de la casa a la carrera para ganarle por la mano. Subió de
+nuevo por la parra al cuarto de su suegro. Esta vez, el balcón estaba
+llegado nada más. De puntillas, pero velozmente, se dirigió al gabinete
+presa por un movimiento automático, como si, habiendo encontrado allí al
+Duque una vez, fuese de necesidad que estuviese siempre. Grande fué su
+estupor al encontrarlo desierto y obscuro. Quedó un momento clavado al
+suelo. Pero movido súbito por una idea, corrió al cuarto matrimonial,
+donde Ventura dormía. Hallólo cerrado por dentro. Llamó con la mano.
+
+—Ventura, Ventura.
+
+—¿Quién está ahí?—gritó de adentro su esposa con voz extraña,
+indefinible.
+
+—Soy yo... abre, abre pronto.
+
+—Estoy en la cama.
+
+—No importa, abre pronto.
+
+—Déjame vestirme.
+
+—No; abre en seguida o rompo la puerta.
+
+—Voy, voy allá.
+
+El joven aguardó un instante. En vez de la puerta, creyó percibir que se
+abría el balcón del cuarto.
+
+—¡Abre, Ventura!—gritó con furor.
+
+Y no recibiendo contestación, dió un golpe a la puerta con su poderosa
+pierna de cíclope, e hizo saltar el pestillo con estrépito. El cuarto
+estaba en tinieblas.
+
+—¡Ventura, Ventura!—gritó.
+
+Nadie contestó. Sacó con mano trémula una cerilla, y paseó una mirada de
+loco por la habitación. Su esposa estaba en camisa acurrucada en un
+rincón, pálida, desencajada. Gonzalo no detuvo los ojos en ella. Miró a
+todas partes en busca de algo, y, percibiendo el balcón entreabierto, se
+lanzó hacia él. Abrió. Vió correr entre los árboles una cosa blanca, el
+bulto de un hombre en mangas de camisa. No se descolgó. Saltó de un
+brinco al jardín, y corrió hacia él como una saeta. Mas el hombre ya
+llegaba a la puerta de hierro, la abría, desaparecía. Gonzalo le siguió
+poco después, pero al echar una mirada en torno, le vió entre las
+sombras, montado a caballo, lanzándose a la carrera en dirección a
+Nieva. Comprendió en seguida que era inútil perseguirle. Animado, no
+obstante, de una esperanza loca, volvió corriendo a las cuadras, sacó su
+hermoso caballo de silla, y, poniéndole un freno, saltó sobre él en
+pelo, y se lanzó igualmente a escape por la carretera de Nieva. No
+llevaba espuelas ni látigo, mas el bravo animal obedeció a su voz, mejor
+dicho, a sus rugidos, y tomó un escape violentísimo. Los ojos del
+caballo veían el camino. El no percibía delante de sí más que un gran
+agujero negro donde iba a sumirse. Los altos álamos que orlaban la
+carretera, pasaban raudos a su lado como negros fantasmas.
+
+—¡Up, up, up!
+
+El noble bruto volaba como si le clavase el acicate. Así corrió por
+espacio de media hora.
+
+—Es imposible—se dijo.—Su caballo es aún mejor que el mío, y me
+llevaba una delantera de dos tiros de fusil lo menos.
+
+Mas cuando se iba haciendo esta reflexión, y vacilaba en tirar del freno
+al caballo, pasó por delante de otro, que estaba a un lado de la
+carretera, ensillado y sin jinete. Paró en firme al suyo con trabajo.
+Dió la vuelta para ver lo que era aquello. Reconoció en seguido la jaca
+inglesa del Duque.
+
+—¡Oh—rugió,—ya eres mío!
+
+Porque se imaginó en seguida que había caído. Apeóse y reconoció el
+terreno, pero no dió con el jinete. Encendió cerillas, y nada, no
+encontró rastro del Duque.—«Puede ser que oyendo el galope de mi
+caballo, y temiendo que le alcanzase, se haya escondido por aquí
+cerca»—se dijo. Saltó a los prados, reconoció todo lo escrupulosamente
+que pudo a la luz de las cerillas los alrededores, miró detrás de los
+setos, escudriñó la maleza, siguió un buen trecho la orilla de un arroyo
+que había a la izquierda. Pero se agotó la caja de fósforos antes que
+pudiese topar con su enemigo. Dió la vuelta desesperado, bramando de
+rabia.
+
+Si efectivamente el duque de Tornos andaba por allí escondido, ¡qué buen
+rato debió de haber pasado!
+
+
+
+
+XIX
+
+EN QUE DA FIN LA PRESENTE HISTORIA CON ALGUNOS NOTABLES, CUANTO TRISTES
+SUCESOS
+
+
+Ventura, así que vió desaparecer a su esposo por el balcón, se vistió
+apresuradamente. Salió del cuarto en busca de algún criado. Justamente
+llegaba Pachín, con una luz en la mano, con la faz descompuesta.
+
+—El señorito va corriendo detrás del señor Duque por la huerta—dijo,
+con voz apenas perceptible.
+
+—¿Lo alcanzará?—preguntó la infiel esposa, muy pálida, aunque repuesta
+ya bastante del susto.
+
+—No lo creo. El señor Duque tiene el caballo amarrado al lagar de
+Antón. Lleva delantera para poder montar, y entonces imposible seguirle.
+
+—¿Dónde me escondo yo? Si vuelve, me mata.
+
+—Lo mejor sería salir de casa, señorita... Venga conmigo.
+
+La joven le siguió al través de los pasillos. Bajaron la escalera de
+servicio, y salieron por la puerta de la cocina. Pachín quería llevarla
+a casa del párroco, que la tenía no muy lejos de la posesión. Cuando
+salieron al jardín, vieron venir corriendo a Gonzalo hacia la casa. Sólo
+tuvieron el tiempo preciso para esconderse detrás de la washingtonia
+próxima al comedor. Desde allí le vieron entrar en la cuadra, sacar el
+caballo y partir a escape. Ventura creyó morir de miedo.
+
+—No, no, yo no quiero ir a casa del cura. Puede volver pronto, y el
+cura no puede defenderme de él... Es un pobre viejo... Quiero ir a
+Sarrió.
+
+—¿Pero, señorita, a Sarrió a estas horas y lloviendo?
+
+—¿No hay ningún carruaje?
+
+—Hay la berlina; pero faltan los caballos... Aguarde usted un poco, voy
+a ponerle las varas, y engancharemos la jaca del señorito Pablo... No
+respondo de que tire.
+
+—¡De prisa, de prisa!
+
+Todo lo más que pudo, Pachín hizo lo que decía. Ventura se metió en el
+coche, y partieron. Aunque al principio la jaca se rebeló un poco,
+puesta ya en la carretera, con la querencia de la cuadra de Sarrió,
+donde estaba generalmente, anduvo bastante bien. La joven ordenó al
+criado que la llevara a casa de don Rudesindo, con cuya señora mantenía
+bastante relación. Allí se refugió, y estuvo hasta que su padre, dos o
+tres días después del suceso, la llevó a Madrid. De allí a Ocaña, en uno
+de cuyos conventos la encerró, por acuerdo de él y Gonzalo. El gran
+patricio no tenía gran apego, como sabemos, a las religiones positivas;
+pero «mientras la sociedad no dispusiera de otros medios coercitivos
+para ciertas transgresiones de la moral, forzoso era acudir en demanda
+de ellos a las antiguas instituciones sociales, siquiera fuesen tan
+viciadas y deficientes como éstas».
+
+Volvamos ahora a Gonzalo. Pasó todo el día cerrado en Tejada, en un
+estado de agitación próximo a la demencia. La única persona que se
+atrevió a entrar en su cuarto fué don Rosendo. Aunque adornado con
+perífrasis y redundancias periodísticas que acreditaban su temperamento
+de escritor, supo hablarle un lenguaje digno y generoso. Se ponía
+incondicionalmente de parte de él, y maldecía a su hija «cuya conducta
+incalificable, barrenando _(últimamente le había cogido mucha afición
+don Rosendo al verbo barrenar)_, al mismo tiempo, la moral, el derecho y
+las prácticas sociales, la ponía fuera de toda protección legal y
+familiar». El fué quien propuso encerrarla provisionalmente en un
+convento. El pobre Gonzalo, abatido, convulso, no le contestó una
+palabra. Escuchábale paseando por la habitación en sentido diagonal, las
+manos en los bolsillos, la mirada húmeda y siniestra. Tan sólo levantó
+la cabeza para decir con firmeza:
+
+—Llévesela usted donde quiera... ¡Pero que no vea a mis hijas! No
+quiero que sus labios las toquen.
+
+Al obscurecer entró un criado a avisarle que dos señores que habían
+llegado en una carretela, deseaban hablarle con urgencia. En seguida le
+cruzó por el pensamiento lo que aquello significaba, y se apresuró a
+contestar:
+
+—Que entren.
+
+Entraron dos caballeros de Nieva. El uno era el marqués de Soldevilla,
+hombre de media edad, enteramente rasurado, color erisipeloso y dientes
+amarillos, que hablaba muy alto para aparecer campechano: el otro, un
+coronel retirado, llamado Galarza, viejo, canoso, y hombre de pocas
+palabras y amigos. Venían de parte del Duque a arreglar un asunto grave,
+que había acaecido la noche pasada, en el terreno del honor. El duque de
+Tornos no quería dejar al señor de las Cuevas sin la reparación que le
+debía. Huir en aquella ocasión, no entraba en sus costumbres y carácter,
+ni era digno de su jerarquía social. Pero al mismo tiempo, en interés de
+Gonzalo y de él mismo, exigía que todo se llevase a cabo con el mayor
+secreto posible.
+
+Gonzalo dejó hablar al Marqués, que fué prolijo hasta la impertinencia,
+sin pestañear, afectando una tranquilidad que no sentía.
+
+—Está bien—dijo cuando terminó.—Acepto, desde luego, el desafío.
+Estoy pronto a realizarlo como y cuando ustedes gusten... Un poco
+original es—añadió, al cabo, con risita nerviosa, que disfrazaba mal la
+cólera que le dominaba.—Un poco original es que sea el señor Duque
+quien desafía, siendo yo el ofendido. Ese acto, a la verdad, más que en
+la caballerosidad parece inspirado en el miedo.
+
+—Señor de Cuevas—interrumpió agriamente el ex coronel,—nosotros no
+podemos consentir que en nuestra presencia se permita usted esas
+apreciaciones.
+
+Gonzalo le miró con ojos distraídos, como si no hubiese oído, y siguió
+diciendo:
+
+—En realidad, yo podía y hasta debía rechazar este desafío, porque no
+es costumbre que los hombres decentes se batan con los granujas, aunque
+éstos lleven un título del reino.
+
+—Señor de Cuevas—profirió Galarza montando en cólera,—esto es
+insufrible. Yo no tolero que usted hable de ese modo.
+
+—El duque de Tornos es un granuja, ¿sabe usted?—respondió mirándole
+fija y provocativamente a los ojos.
+
+La verdad es que hubiera sido gran temeridad meterse con Gonzalo en
+aquel instante. Galarza se puso pálido, y dijo levantándose:
+
+—Está usted en su casa. Yo me retiro.
+
+—¿Quiere usted que vaya a decírselo fuera?—exclamó impetuosamente,
+levantándose también.
+
+—Señores—gritó con voz cascada el Marqués,—un poco de sosiego.
+Galarza, no tiene usted derecho a irritarse. El género de ofensa que
+nuestro apadrinado ha hecho al señor (y siento tener que referirme a
+ella), le disculpa para extralimitarse en la apreciación de su carácter.
+Creo que en el momento que acepta el duelo, hace bastante y atenúa por
+completo el sentido de sus palabras, hijas de la irritación natural en
+que se encuentra...
+
+Gonzalo estuvo por dejar caer la mesa, que tenía delante, sobre el necio
+conciliador. Permaneció inmóvil y silencioso, no obstante, porque
+deseaba ya ardientemente verse frente a frente con el Duque. El ex
+coronel volvió a sentarse a ruegos de su compañero. Por temor a su
+temperamento irritable o por vengarse, no volvió a pronunciar palabra.
+
+Gonzalo manifestó que nombraría a dos amigos para que se entendieran con
+ellos, los cuales irían al día siguiente por la mañana a Nieva. Por lo
+tanto podían volverse desde luego a este pueblo, a no ser que le
+hiciesen el honor de ser sus huéspedes aquella noche...
+
+Los amigos del Duque dieron las gracias: se dispusieron a marcharse.
+Cuando ya estaban en pie les dijo Gonzalo dirigiéndose, por supuesto,
+solamente al Marqués.
+
+—Deseo que tanto las conferencias que celebren ustedes con motivo de
+este lance, como el lance mismo, se realicen en Nieva... Porque—añadió
+con acento, mitad sarcástico, mitad enternecido,—por más que a ustedes
+les parezca raro, todavía hay en esta casa personas que me aman.
+
+Los padrinos prometieron complacerle, y se retiraron dando la vuelta a
+Nieva.
+
+Cecilia los vió partir y se puso a rondar el cuarto de su cuñado sin
+atreverse a entrar. Este, al salir en busca de Pablito, se la tropezó en
+el pasillo, que estaba medio a obscuras. La joven le cogió
+repentinamente la mano, se la apretó con fuerza, y clavándole una mirada
+anhelante, le dijo:
+
+—No te batas, Gonzalo.
+
+El tuvo fuerzas para disimular, exclamando con desprecio:
+
+—¡Me había de batir yo con ese canalla! ¡Nunca!... Le mataré donde le
+encuentre...
+
+Creyó en sus palabras; pero volvió a decirle con voz conmovida:
+
+—Hazlo por tus inocentes hijas.
+
+—Por mis hijas... y por ti—respondió acariciándole afectuosamente el
+rostro con la mano. Y se apresuró a alejarse, porque la emoción le
+ahogaba.
+
+Cuando halló a Pablo, le dijo reservadamente:
+
+—Contigo puedo hablar con franqueza. Eres un hombre y sabes bien que
+hay en la vida cosas inevitables. Acaban de irse los padrinos del Duque,
+y acabo de engañar a Cecilia prometiéndole no batirme. Como tú
+comprendes, eso es imposible...
+
+—¿Por qué?... No: tú no debes batirte... ¡Yo soy, yo, el que ha de
+matar a ese miserable!—exclamó fogosamente el hermoso mancebo.
+
+—Gracias, Pablo, gracias—respondió Gonzalo gravemente con voz
+temblorosa, apretándole la mano con efusión.—Eso no puede ser. Medita
+un poco sobre el asunto, y verás que te engañan tus buenos deseos y el
+cariño que me tienes.
+
+Costó mucho trabajo convencerle, sin embargo. A todo trance había de ser
+él quien desafiara al Duque primero, y ponía en prensa su no muy repleto
+cerebro, para buscar argumentos que lo hiciesen natural y lógico. Sólo
+después de larga discusión y quedando en que, si Gonzalo sucumbía o
+salía herido, él retaría al Duque, se dejó persuadir de malísima gana.
+
+Había en aquella adhesión y cariño que toda la familia le mostraba, en
+lo franca y resueltamente que se ponían de su parte y rechazaban con
+horror a la extraviada hija y hermana, algo que a Gonzalo le conmovía y
+le sofocaba a un mismo tiempo. Este proceder tan digno, le obligaba a él
+a usar de generosidad, no mentando en la conversación el nombre de la
+infiel, que en sus labios sólo podía ir acompañado de un epíteto
+injurioso. Pablito no se los escatimaba. Pero él comprendía muy bien que
+no debía seguirle.
+
+—Mira, mañana a primera hora, te vas a Sarrió y llevas unas cartas que
+yo te daré, a Alvaro y don Rudesindo. Que se pongan inmediatamente en
+camino para Nieva... procurando no asomarse a las ventanillas cuando
+pasen por aquí. Que arreglen el asunto lo más pronto posible y envíen el
+aviso del día y la hora a Sarrió. Tú lo recibes allí y me lo traes
+inmediatamente... Después ya me arreglaré para salir de aquí sin que tu
+padre y Cecilia lo adviertan.
+
+Cumplió su cometido Pablo, saliendo al amanecer para Sarrió a caballo.
+Cumplieron el suyo también, Peña y don Rudesindo, trasladándose a Nieva
+acto continuo. Gonzalo vió pasar el coche que los transportaba, desde el
+balcón de su cuarto.
+
+El escándalo en Sarrió había sido terrible como debe suponerse. No se
+hablaba de otra cosa. Los amigos de Belinchón andaban mustios. No
+faltaban entre ellos, sin embargo, quienes creían que le estaba bien
+empleado a don Rosendo, por haber criado con tal mimo a su hija menor, y
+haberla consentido tomar aquellas ínfulas y aires de princesa. Los
+enemigos se bañaban en agua de rosas, y procuraban aumentar con mil
+trazas el escándalo. Las pocas personas imparciales que había en la
+villa, se limitaban a compadecer al pobre Gonzalo, y a censurar el
+proceder repugnante de la ingeniosa señora de Marín (pues ya se sabía
+que era ella la que prendiera fuego a la mecha). Muchos curiosos pasaban
+por delante de la casa de don Rudesindo mirando con atención a los
+balcones, preguntando a los criados que salían, husmeando, en fin, lo
+que dentro pasaba. Se decía que Ventura estaba muy tranquila, y poco
+arrepentida de su conducta, que había comido como si tal cosa, y que
+había charlado y reído toda la tarde, con la esposa del fabricante de
+sidra.
+
+A la atención ávida de los curiosos, tampoco pudo ocultarse la marcha de
+éste para Nieva en compañía de Peña. En seguida se sospechó el objeto.
+Corrió por la villa como una chispa, la noticia de que Gonzalo se estaba
+batiendo con el Duque, no se sabía dónde.
+
+Don Melchor de las Cuevas vivía solo con un criado y una criada. La
+noche del baile se había retirado a su casa, pasando antes por la de
+Belinchón. Allí le dijeron que el señorito Gonzalo se había ido a
+Tejada. El anciano sospechó que no sintiéndose bien, se iría a meter en
+la cama. Al día siguiente, él mismo se sintió un poco indispuesto,
+porque no estaba acostumbrado a trasnochar, y se quedó en casa. Mandó,
+sin embargo, al criado a la de Belinchón, a preguntar qué sabían de su
+sobrino. Enteróse el criado inmediatamente de lo acaecido, pero no se
+atrevió a decírselo a su señor. Le trajo el recado de que Gonzalo se
+hallaba en Tejada bueno. Pasó aquel día así. Pero al siguiente, martes,
+oyó el criado la especie de que el señorito se estaba batiendo con el
+Duque, y entonces, por temor de incurrir en responsabilidad o porque
+creyese que su señor podía evitar una desgracia, le dió cuenta de todo,
+aunque con algunas precauciones. Don Melchor, herido en lo más hondo de
+su corazón, se levantó convulso de la butaca y pidió que inmediatamente
+fuesen a buscar un coche que le trasladase a Tejada. En cuanto estuvo a
+la puerta, se metió en él, ordenando al cochero que fuese a todo escape
+a la quinta de Belinchón.
+
+Con quien primero tropezó fué con éste, quien le recibió con alguna
+confusión y vergüenza, como si el pobre tuviese alguna parte en la
+desgracia que pesaba sobre Gonzalo. Don Melchor estuvo un poco frío con
+él, no intencionalmente, sino por el anhelo que tenía de ver a su
+sobrino. Don Rosendo le condujo hasta la puerta de su cuarto, y allí le
+dejó. El señor de las Cuevas llamó con los nudillos.
+
+—¿Quién va?—preguntaron de adentro ásperamente.
+
+Levantó el pestillo sin contestar, y entró. Gonzalo, que estaba en pie
+en medio de la estancia, se puso rojo como una brasa al ver a su tío.
+Este le oprimió fuertemente contra su pecho. Las lágrimas corrieron
+abundantes por las mejillas del joven. Nadie le había visto llorar en
+aquellas críticas circunstancias. Pero aquel anciano era el padre de su
+infancia, y a él podía mostrar sin vergüenza las llagas más recónditas
+de su corazón. Estuvieron largo rato así abrazados. Don Melchor se
+separó al cabo, y dijo empujándole hacia una butaca:
+
+—Siéntate.
+
+Se dejó caer en ella, y ocultó los ojos con la mano.
+
+—El golpe es rudo—dijo el marino con voz ronca después de silencio
+prolongado.—Una racha traidora que te ha metido la borda debajo del
+agua... Pero eres barco de mucha manga—añadió poniéndole las manos
+sobre los hercúleos hombros.—Tienes las cuadernas sólidas... Ya
+achicaremos el agua.
+
+Gonzalo no contestó.
+
+—¿Por qué no te has venido inmediatamente a casa?
+
+—Porque hubiera sido un desaire cruel para esta pobre familia, que está
+profundamente afligida. ¡Se han portado conmigo tan cariñosamente!
+
+—Si es así, has hecho bien... Pero debiste darme aviso... Eso no te lo
+perdono.
+
+—¿Para qué? Cuanto más tarde recibiese usted el disgusto, mejor.
+
+—¡No; eso no! Yo soy tu padre, Gonzalo, y debo padecer contigo...
+Además, mi presencia hacía falta... Me han dicho que vas a batirte con
+ese... ¡con ese pirata! ¿Es verdad?
+
+—No... por ahora no hay nada—respondió el joven con alguna vacilación.
+
+—¡No me engañes, Gonzalo! Ese desafío no puede realizarse. Vengo
+resuelto a impedirlo.
+
+—No hay nada, tío. Sosiéguese usted.
+
+—Es inútil que me engañes. Yo no me separaré de ti un momento. Aquí me
+quedo. Dormiré a tu lado para que no te me escapes, y te daré guardia de
+_prima_, de _media_ y de _alba_.
+
+Gonzalo quedó estupefacto. Comprendió que era necesario confesarlo todo,
+y abordar la cuestión de frente.
+
+—¿Y si fuese verdad, qué, tío? ¿Se atrevería usted a impedir que su
+sobrino fuese a cumplir con lo que el honor exige?
+
+—Sí, señor... ¡Pues no me había de atrever!... Sí, señor, que me
+atrevo—replicó el viejo, ya enfurecido.—¿Quieres que yo consienta que
+expongas tu vida por un pillo, por un ladrón, que se ha introducido en
+tu casa para robarte villanamente la honra? A los ladrones se les mata
+de un tiro, o se les ahorca; no se mide las armas con ellos... Tú estás
+obcecado, Gonzalo... Párate un momento, hombre. Da fondo al escandallo,
+y verás que no hay agua para marear...
+
+—¿Qué quiere usted que haga entonces? ¿Quiere usted que le deje marchar
+tranquilamente para Madrid? ¿Quiere usted que le vaya a despedir, y a
+desearle feliz viaje, dándole las gracias además por el favor que me ha
+hecho?
+
+—¡No, mala centella que lo parta, no!... Mátalo, si quieres, pero no
+expongas tu vida.
+
+—Eso es muy fácil de decir, tío—replicó Gonzalo con
+amargura.—Figúrese usted que voy a Nieva, le busco y le pego un tiro o
+una puñalada y le dejo muerto... Pues desde allí voy a la cárcel, y, por
+bien que me vaya, no me escapo sin unos años de presidio... Aparte de
+que la mayoría de los hombres, aunque disculpasen la acción, no la
+hallarían muy valerosa.
+
+Don Melchor se quedó unos momentos confundido, sin saber qué replicar.
+Aquello no tenía vuelta de hoja. Al cabo, levantó la cabeza con brío,
+los ojos brillantes de alegría:
+
+—¡Ya encontré la solución!
+
+—¿Cuál?
+
+—Tú te estás quieto en casa. Yo me voy ahora mismo a Nieva, le desafío
+y le mato.
+
+—¡Oh, tío, muchas gracias! Eso no puede ser—replicó Gonzalo, sin poder
+reprimir una sonrisa.
+
+—¿De qué te ríes, ciruelo?—exclamó el buen anciano, echando fuego por
+los ojos.—¿Te figuras, por ventura, que tu tío es un trasto arrinconado
+que no puede empuñar un sable o una pistola?... ¡Oh, demonio! ¡Oh,
+diablo!—añadió cada vez más irritado, gesticulando como un loco por la
+habitación.—Yo estoy lo mismo que si tuviera veinte años... Yo subo de
+cuatro en cuatro las escaleras, y no me fatigo... Yo bebo cinco botellas
+de _pale-ale_, y no me tambaleo... Yo derribo un toro de un puñetazo, y
+trinco al marinero más forzudo y le echo al agua... ¿A que no rompes tú
+cinco nueces con los cinco dedos de la mano, y eso que te las echas de
+tan bruto?...
+
+—Si no me reía por eso, tío... Ya sé, ya sé...
+
+—Vamos a ver; trae esa mano... A ver si sé apretar o no sé apretar...
+
+Gonzalo se la alargó, y el viejo marino se la apretó con todas sus
+fuerzas, el semblante rojo y contraído. Aunque no le lastimó gran cosa,
+fingió sentir un dolor agudísimo:
+
+—¡Uy, uy!
+
+—¿Eh, qué tal?—exclamó su tío con aire triunfal.—¿Puedo o no puedo
+todavía librar al mundo de un pillo?
+
+—¡Ya lo creo que puede usted! Tiene usted más fuerza que yo... Pero no
+se trata de eso. Lo que hay que ver es si debe usted hacerlo; si eso
+sería decoroso para mí... ¿No comprende usted, tío, que el ridículo que
+ya por el hecho mismo de ser marido engañado, pesa sobre mí, se
+aumentaría de un modo inconcebible si fuese usted el que se batiese y no
+yo?... Este ridículo ya sé que se borra con sangre; pero ha de ser
+sangre vertida por mi mano.
+
+Don Melchor no quiso convenir en ello: discutió, gritó, se enfureció. Se
+conocía, no obstante, que deseaba aturdirse. Las razones de Gonzalo le
+trabajaban en el alma y se la llenaban de amargura. Últimamente, ya se
+batía en retirada. Pedía tan sólo que se aplazase el lance; que se fuese
+a viajar una temporada, y si a la vuelta persistía en batirse, lo
+hiciese. Duraba aún la disputa, cuando don Rosendo llamó a la puerta
+para preguntarles si deseaban que se les sirviese el almuerzo allí o
+querían venir al comedor. Gonzalo optó por esto último, porque de ningún
+modo quería mostrarse frío con su suegro y cuñada.
+
+El almuerzo fué triste. Por más esfuerzos que todos, hasta el mismo
+Gonzalo, hacían por mostrarse despreocupados, cerníase sobre la mesa una
+nube negra que obscurecía los semblantes. Después que tomaron el café y
+descansaron un rato, Gonzalo dijo:
+
+—Tío, usted ha salido de la cama para venir aquí. No debe usted
+sentirse bien... ¿Quiere que se le arregle un cuarto? Creo que le
+convendría acostarse.
+
+Don Melchor comprendió que su sobrino deseaba quedarse solo.
+
+—No; me vuelvo a Sarrió. Avisa que enganchen.
+
+Despidióse de Belinchón y Cecilia en casa. Gonzalo lo fué acompañando a
+pie hasta la salida del parque. Ambos iban silenciosos y sombríos. El
+anciano, además, sumamente pálido. Antes de meterse en el coche abrazó
+estrechísima y largamente a su sobrino, y le dijo al oído con voz
+conmovida:
+
+—¡Dale un buen barreno en los fondos, hijo mío!
+
+Cuando se separaron, tenía el rostro bañado de lágrimas. Metióse
+rápidamente en la carretela, y se ocultó en un rincón sin decir adiós.
+Gonzalo miró alejarse el coche, y permaneció largo rato inmóvil,
+agarrando con la mano una reja de hierro de la puerta.
+
+Poco después de anochecer, llegó Pablito de la villa. Después de comer,
+aprovechó un momento para decir a su cuñado rápidamente:
+
+—Mañana a las ocho en la quinta de Soldevilla... a pistola. A las seis
+pasarán por aquí Peña y don Rudesindo. Estáte preparado.
+
+Gonzalo durmió aquella noche mejor que la anterior. La satisfacción
+feroz que le daba la seguridad de encontrarse al día siguiente con el
+Duque, tranquilizaba sus nervios. A las cinco de la mañana se despertó
+ágil y fresco sin acordarse de haber soñado. Se vistió y aliñó con el
+menor ruido posible, y salió de puntillas cuándo aún estaba amaneciendo.
+
+—¿Va de caza, señorito?—le preguntó una criada con quien tropezó.
+
+—No; voy a avisar al molinero para que deje en seco la acequia. Quiero
+pescar esta tarde.
+
+Salió a la carretera y siguió la dirección de Nieva esperando que el
+coche de sus padrinos le alcanzaría, como así sucedió a la media hora
+poco más o menos. Peña y don Rudesindo estaban fuertemente alterados.
+Cuando subió al carruaje le apretaron la mano con gran afecto y le
+enteraron de las condiciones del duelo; a veinticinco pasos avanzando y
+disparando cuando quisieran. Aquel negocio era bastante más grave que
+todos los demás en que habían intervenido. Gonzalo los escuchó
+tranquilamente. Sólo indicó que hubiera deseado que fuese a sable:
+tendría gusto en hallarse más cerca de su adversario. No parecía sufrir.
+Y es que, comparada con el tormento de los dos días anteriores, cuando
+la imagen de su esposa en camisa, acurrucada en un rincón, no se
+apartaba un instante de sus ojos, la emoción de ir a verse frente a su
+enemigo, era una felicidad relativa. Por otra parte, Gonzalo, como todos
+los temperamentos excesivamente vigorosos, había nacido para los
+peligros; gozaba con ellos como si tuviera la seguridad de que la vida
+que corría exuberante por sus venas no podía secarse.
+
+No llegaron a la quinta de Soldevilla hasta las ocho y media. El Duque y
+sus padrinos los esperaban hacía rato. El primero no se presentó. Estaba
+dentro de la casa. El Marqués y Galarza llevaron a Peña y don Rudesindo
+adentro también, mientras Gonzalo daba una vuelta por la huerta. La
+posesión de Soldevilla se componía de un caserón medio arruinado con
+pocos y antiquísimos muebles cubiertos de polvo, una huerta bastante
+grande, más cuidada que la casa, y detrás de la huerta una vasta
+pomarada ya vieja. Esta posesión estaba rodeada de prados y tierras que
+también pertenecían al Marqués.
+
+Los padrinos, dentro de casa, echaron a suerte sobre cuáles pistolas
+habían de usarse, las que había traído Peña, o las del Duque. Fueron
+éstas las elegidas. Después redactaron el acta de condiciones. Por
+cierto que hubieron de escribirla con una pluma perversa del mayordomo,
+porque el Marqués escribía una carta cada año. Cargaron las pistolas y
+se salieron a buscar sitio.
+
+—Manuel—dijo el Marqués viendo a un criado que estaba plantando
+cebollín en uno de los cuadros de la huerta.—Retírate.
+
+El criado le miró sorprendido.
+
+—Que te retires, hombre—repitió con más severidad.—Vete a otra parte.
+
+El criado se salió de la huerta, lanzándole miradas de asombro y
+curiosidad.
+
+Eligióse el sitio en uno de los caminos más anchos del medio. Soldevilla
+fué a buscar al Duque.
+
+El día había amanecido despejado. Pero después de salir el sol, negros y
+espesos nubarrones que surgieron del horizonte de tierra, se habían
+acumulado sobre aquel paraje de la costa, amenazando descargar muy
+pronto su pesado fardo de agua. La luz se había mermado
+extraordinariamente. Parecía que estaba amaneciendo entonces.
+
+El Duque se presentó con levita negra y sombrero de copa, un tanto más
+pálido que de ordinario, pero afectando una calma desdeñosa, sin faltar
+a la cortesía. Traía en la boca un cigarro puro, y se envolvía en
+ligeras nubes de humo, mientras caminaba a la par de Soldevilla. Cuando
+llegó al sitio designado, dirigió un frío saludo ceremonioso al grupo de
+Gonzalo y sus padrinos, y no volvió a mirarles. Después de conferenciar
+unos instantes, Peña colocó en su sitio a Gonzalo y le entregó una
+pistola cargada. Soldevilla hizo lo mismo con el Duque. Ambos se habían
+quitado el sombrero. El prócer conservaba el cigarro puro en la mano
+izquierda, al cual seguía dando con impasibilidad un poco teatral,
+largos chupetones. Empezaban a caer del cielo gruesas gotas, anunciando
+un fuerte chaparrón. Peña gritó al fin:
+
+—Señores, preparados... Una, dos, tres...
+
+El Duque inclinó la pistola y apuntó. Gonzalo, apuntando también, avanzó
+pálido, con los ojos inyectados. Su enemigo, le esperó serenamente hasta
+una distancia de quince pasos. Y ya con la seguridad de volcarle, porque
+era un tirador consumado, disparó. La bala rozó la mejilla del joven,
+levantándole la piel y haciéndole sangre. Detúvose un instante, y siguió
+avanzando. Los padrinos empalidecieron terriblemente. El Duque dejó caer
+la pistola y se cruzó de brazos, esperando la muerte, con una bravura
+llena de afectación y soberbia. Gonzalo avanzó precipitadamente, hasta
+ponerse a dos pasos de su adversario. En aquel momento una ola de sangre
+le cegó. Su temperamento de atleta venció repentinamente a las
+sugestiones de la razón. Brillaron sus ojos con los reflejos siniestros
+de una bestia salvaje, temblaron sus labios, contrájose espantosamente
+su rostro, y arrojando lejos de sí la pistola, saltó como un tigre sobre
+el traidor. El Duque no resistió el choque de aquel coloso y cayó
+rodando. Gonzalo se puso a brumarle las costillas con los pies, lanzando
+rugidos. Los padrinos acudieron corriendo a sujetarle. Al bilioso
+Galarza se le ocurrió, para realizarlo, darle un bastonazo en la cabeza.
+Gonzalo no hizo señal de sentirlo. Peña, indignado, alza su bastón y
+¡zas! le arrima otro garrotazo a Galarza. El marqués de Soldevilla,
+¡zas! le da otro a Peña. Y arrebatados de furor unos y otros, comenzaron
+una lucha tan brava como indigna a bastonazos, mientras Gonzalo,
+satisfaciendo ferozmente su cólera acumulada, pateaba con saña el
+cuerpo, inerte ya, del Duque.
+
+El cielo dejaba caer en aquel instante una cantidad fabulosa de agua.
+Tan grande llegó a ser, que el marqués de Soldevilla, abandonando el
+campo, emprendió la carrera hacia su casa para guarecerse. Siguióle
+inmediatamente don Rudesindo, luego Peña y Galarza. La batalla se
+deshizo como por ensalmo. Mas antes de atecharse, a todos se les ocurrió
+volver la cabeza para ver qué había sido de sus apadrinados. Y por un
+simultáneo impulso de compasión, volviéronse presurosos y sujetaron a
+Gonzalo, cuya rabia cruel aún no se había apagado. El contacto de las
+manos de aquellos señores le volvió a la razón. Les echó una larga
+mirada siniestra y extraviada, y sin decir palabra, recogió el sombrero
+y se dirigió a la puerta de la quinta, mientras los padrinos conducían
+al Duque moribundo a casa. El médico que Soldevilla había traído,
+encerrado durante el lance en una sala por no presenciarlo, reconoció
+minuciosamente las fracturas y contusiones del herido. Declaró, desde
+luego, su estado muy grave.
+
+Peña y don Rudesindo, encontraron a Gonzalo dentro del coche llorando
+desesperado.
+
+—¡Soy un bruto!—les dijo.—¡Un bárbaro! ¡Qué pensarán ustedes de mí!
+He cometido una acción bochornosa. Perdónenme ustedes.
+
+Hicieron lo posible por calmarlo. En el fondo, ni a uno ni a otro les
+parecía tan mal aquello. Después de todo, la acción del Duque había sido
+tan villana, que bien estaba que se castigase villanamente. Peña,
+durante el camino, llegó a decir cuchufletas acerca de la soberana
+paliza que el magnate acababa de recibir.
+
+—Chico, no cabe duda que los grandes de la naturaleza pueden más que
+los grandes de España—decía con su voz campanuda que no dejaba perderse
+una sola letra. Gonzalo, pronto, como un gran niño que era, a pasar del
+llanto a la risa, sonrió primero y dejó escapar al fin sonoras y
+formidables carcajadas con los chistes de su amigo.
+
+Pero la vista de la casa de su suegro le sumió nuevamente en la
+tristeza. Había satisfecho su justa venganza. Pero quedaba una herida
+honda, cuyo agudo dolor aún no había podido sentir bien, porque la
+exaltación colérica en que había vivido aquellos dos días, lo sofocaba.
+¡Oh! aquellas grotescas torrecillas y almenares, testigos de su luna de
+miel, le produjeron horrible impresión de melancolía. Parecía que una
+mano cruel le estrujaba el corazón dentro del pecho. Sus amigos,
+comprendiendo que deseaba quedarse solo, siguieron a Sarrió. Pablito le
+esperaba a la puerta de la quinta, y le abrazó con efusión y entusiasmo.
+
+—¿Le has matado?—preguntóle por lo bajo.
+
+—No sé... Creo que sí—respondió el joven más bajo aún.—¿Y tu padre?
+
+—Mi padre... Estaba aquí hace un instante... En cuanto te vió bajar
+sano del coche, ha montado en la berlina que estaba enganchada ahí
+abajo, y se ha ido a Sarrió.
+
+Gonzalo adivinó lo que iba a hacer y se puso más sombrío. Los dos
+cuñados se dirigieron silenciosos a la casa, y fueron derechos al cuarto
+de Gonzalo. Al cabo de unos momentos, éste, que se había dejado caer en
+un sofá y permanecía inmóvil, con la cabeza abatida sobre el pecho, dijo
+a su cuñado:
+
+—Perdóname, Pablo... Deseo quedarme solo... No estoy en este momento
+para hablar.
+
+Pablito se apresuró a retirarse.
+
+Pasó un largo rato. La puerta se abrió de nuevo sin que el joven lo
+sintiese. Una sombra se deslizó hasta él y puso sobre la silla más
+cercana una bandeja con una taza y algunos platos.
+
+—¡Oh! ¿Eres tú, Cecilia?
+
+—Quieras o no, vas a tomar algo... Ya son las dos de la tarde, y estoy
+segura de que no te has desayunado—dijo la joven, arrimando una mesilla
+y poniendo sobre ella el caldo humeante.
+
+—¡Qué buena eres, Cecilia!—exclamó él apoderándose de una de sus
+manos. Aquella exclamación era un grito de afecto, de entusiasmo, y a la
+vez de un vago remordimiento que jamás había podido desechar de
+sí.—¡Qué buena eres! ¡qué buena eres!—repitió con lágrimas en los
+ojos.—Lo que has hecho aquella noche... ¡Oh! eso no lo hace nadie...
+¡Nadie!... Una santa que bajase del cielo no lo haría... Ninguno de los
+que vivimos a tu lado merecemos besar el polvo que pisas...
+
+Y el joven, conmovido con sus propias palabras, sollozando perdidamente,
+cubrió de besos y lágrimas la mano que tenía cogida.
+
+Cecilia se puso fuertemente encarnada primero; después pálida, y dijo en
+tono que resultó un poco seco:
+
+—Deja, deja.
+
+Retirando al mismo tiempo la mano con presteza. Al ver que su cuñado
+quedaba acortado, se apresuró a decir:
+
+—Mira, cuanto menos hablemos de esas cosas, y, si posible fuera, cuanto
+menos pensásemos, sería mejor... Ahora lo que importa es que tomes este
+caldo. Después te traeré unas croquetas y un lenguado... ¿quieres?
+
+—No tengo apetito, Cecilia—respondió haciendo esfuerzos por reprimir
+su emoción.
+
+—Todo es empezar... Verás...
+
+—No, no; de veras, no puedo pasar nada en este momento.
+
+—¿Y si te lo mando yo?—dijo la joven. Después que lo dijo se puso
+colorada.
+
+—Entonces, desde luego lo tomo... A ti no puedo negarte nada—replicó
+él acercando el plato.
+
+Aquella tan galante réplica, produjo una penosa impresión de frío en
+Cecilia. Para no dejarla ver, salió precipitadamente de la estancia.
+
+Tres o cuatro días estuvo el duque de Tornos entre la vida y la muerte.
+Al cabo cedió la calentura, y desapareció la gravedad. Sin embargo, la
+curación debía ser larguísima. Había dos costillas fracturadas, la
+mandíbula inferior también, y sobre esto, terribles magullamientos en
+otros varios parajes del cuerpo. Al cabo de un mes pudo trasladarse a
+Madrid.
+
+Gonzalo no dejó la casa de su suegro, quien al cabo de cinco o seis días
+del desafío, tornó de llevar a Ventura al convento de Ocaña. Pero su vida
+fué triste, sombría por demás. Negábase, a pesar de las instancias de
+Pablo, a salir de caza o paseo. En vano éste y don Rosendo y los amigos
+que solían venir a Tejada, inventaban mil pretextos para hacerle salir
+de excursión. Aunque no se negaba de frente a acompañarles también él
+acudió a los engaños para quedarse siempre en casa, donde descaecía a
+ojos vistas. Su tío don Melchor venía a menudo a verle, y le aconsejaba
+que se fuese a viajar durante una temporada. No se negaba a ello; pero
+lo aplazaba siempre, pretextando no encontrarse bien de salud. Don
+Rosendo, asesorándose del señor de las Cuevas y de otros varios amigos,
+decidió trasladarse a Sarrió, por ver si con la sociedad de sus amigos
+el joven se animaba un poco. Salieron fallidos todos los cálculos.
+Gonzalo se dejó llevar a la villa sin hacer observaciones. Pero puso aún
+más empeño en aislarse, en vivir retirado del trato social. Salía tan
+sólo al amanecer, y daba algunos paseos por la punta del Peón,
+contemplando el mar con ojos extáticos, que alguna vez tomaban una
+expresión de angustia que apenaría seguramente a quien los mirase. En
+cuanto el muelle comenzaba a animarse, y la villa despertaba de su
+sueño, retirábase a toda prisa a casa.
+
+¿Por qué no dejaba a Sarrió, teatro de su desdicha, y se iba a pasar al
+menos una temporada en Madrid, en París o en Londres? Esta era la
+pregunta que se hacían todos los vecinos de la villa. Nadie acertaba a
+contestarla satisfactoriamente. Ni era fácil que eso sucediera. Son muy
+pocos los que saben explicarse el origen secreto, la última raíz de las
+acciones humanas. Unos porque no se paran en psicologías, que juzgan
+inútiles, otros dotados de entendimiento sutil y perspicaz, porque lo
+aprovechan para escudriñar solamente el móvil interesado, casi nadie
+destapa esa mágica caja de sentimientos, y deseos, y esperanzas, y
+contradicciones, que se llama corazón humano. ¡Qué vergüenza sentiría
+Gonzalo si le dijesen que no se iba de Sarrió por no alejarse de la
+atmósfera que envolvía a su esposa, a quien cubría de dicterios en
+secreto, y afectaba despreciar ante el mundo! Y, sin embargo, nada más
+cierto. Quedándose en aquella casa, le parecía que aún no se habían roto
+del todo los lazos que le ligaban a ella. Los seres que le rodeaban eran
+su carne y su sangre: la amaban todavía, aunque culpable: no se podía
+injuriarla en su presencia. Ventura había dejado en las habitaciones, en
+los muebles, una parte de su ser. En el tocador yacían los frascos de
+pomada y esencias que ella usaba, a medio consumir; en las perchas
+colgaban algunos de sus abrigos y sombreros. Su imagen graciosa, su
+blonda cabeza deslumbradora, parecía que iba a parecer detrás de las
+cortinas. El ambiente estaba embalsamado aún con su perfume habitual.
+Aquel marido, tan vilmente ultrajado, sin querer darse cuenta de ello,
+respiraba con delicia el aliento de su esposa, y vivía de la sombra de
+su vida. Todavía más; vivía de la esperanza de perdonarla.
+
+Esto no lo sabía nadie... ni él mismo quizá de un modo cabal... Nadie
+más que Cecilia, cuyos ojos de zahorí enamorada, leían claramente los
+pensamientos más vagos que cruzaban por la mente de su cuñado. Este
+manifestaba por ella una predilección tan afectuosa, tal entusiasmo y
+veneración, que era muy fácil confundir con el amor. Todas las
+compañías, hasta la de su tío, le molestaban menos la de ella. Aunque
+estuviese entregado a una meditación dolorosa, y las lágrimas corriesen
+por sus mejillas escaldándolas, la aparición de Cecilia en su cuarto,
+obraba como un calmante, suavizando su dolor. Cedía a sus consejos con
+respeto, y se dejaba guiar y mimar por ella como un niño enfermo. Cuando
+tardaba en ir por su cuarto, se impacientaba y le daba quejas cariñosas
+lo mismo que un amante rendido y llagado de amor. Cuando entraba, sus
+ojos no la abandonaban ni un instante, cual si estuviesen bajo la
+influencia de un encanto o fascinación. Aquellos ojos expresaban cariño
+profundo, gratitud, admiración, respeto, entusiasmo, lo expresaban
+todo... menos amor. Cecilia bien lo leía. No podía mirarlos sin sentir
+el mismo doloroso pinchazo en el corazón, la misma gota amarga de hiel
+en los labios. Su espíritu, sereno siempre, turbábase por un instante, y
+aparecía fría unas veces, otras irritable y enigmática, con gran
+sorpresa y dolor de Gonzalo que se esforzaba en alegrarla. Pronto lo
+conseguía. El pensamiento aquel, caía en su cerebro como la piedra en un
+lago, revolviendo las aguas. Pocos momentos después, la calma volvía a
+su espíritu. Quedaba puro y tranquilo como el lago.
+
+Un día, al entrar repentinamente en la habitación de su cuñado, le
+encontró examinando un revólver.
+
+Al verla trató de ocultarlo en el cajón de la mesa que tenía abierto y
+se puso colorado.
+
+—¿Qué hacías?
+
+—Nada, al buscar en este cajón unos papeles, me hallé con un revólver
+que ya no me acordaba que tenía, y lo estaba mirando.
+
+Cecilia no creyó palabra. Experimentó desde entonces cierta inquietud
+que la obligaba a vigilarlo más que antes.
+
+Transcurrieron dos meses. El desdichado joven, aunque persistía en la
+misma vida apartada y sombría, mostraba algunas vagas señales de
+reverdecimiento. Una que otra vez salía a caballo. Había hablado a su
+suegro de hacer un viaje por Italia, país que aún no conocía. La fuerza
+que hacía subir la savia de nuevo a su ser marchito, era un pensamiento
+dulce, tan dulce como vergonzoso, que ocultaba con cuidado a todo el
+mundo. Sin embargo, una tarde en que departía cariñosamente con su
+cuñada, después de muchos rodeos, y poniéndose colorado hasta las
+orejas, le preguntó por Ventura. ¿Qué noticias tenía de ella? Cecilia le
+respondió fríamente con las menos palabras posibles. ¡Pobre Gonzalo! ¡Si
+supiese que aquella mujer traidora por quien preguntaba, lejos de estar
+arrepentida, se revolvía con furia contra su familia, cubriéndolos a
+todos de dicterios, amenazándoles con entregarse al primer hombre en
+cuanto saliese de la prisión, escandalizando con su soberbia y lenguaje
+procaz a la superiora del convento!
+
+Desde aquel día, perdida ya la cortedad, preguntaba a menudo por ella;
+gustaba de mentarla en la conversación, sin que le hiciese desistir de
+ello el tono seco con que Cecilia le respondía, y la prisa con que
+cambiaba de tema.
+
+Lo que don Rosendo temía, por las cartas que de Ocaña le enviaban, llegó
+al fin. Un día, la superiora del convento le comunicó que Ventura se
+había huído de aquel asilo, en compañía, según todos los informes, del
+duque de Tornos. «El gran humanitario», como le llamó el _Faro_ en
+cierta ocasión, recibió la nueva con valor estoico. Efectivamente, ¿qué
+significaba aquella pena puramente individual que le afligía, en
+comparación con el dolor universal, con la marcha lenta y segura de la
+humanidad hacia sus destinos? Por aquellos días acababa de leer un
+célebre folleto de autor francés, titulado _El mundo marcha_. Tenía los
+sesos revueltos y deslumbrados con sus grandes síntesis históricas, lo
+cual le ayudó no poco a soportar aquel golpe. Procuró, sin embargo, que
+su yerno no se enterase de la noticia. No tenía la misma confianza en la
+elevación de su espíritu y en la amplitud de sus miras. Algunos días
+estuvo oculta. Al cabo corrió por la población sin saber quién la
+trajera. Gonzalo, que todas las mañanas a primera hora iba por el
+Saloncillo, la leyó en una gacetilla tan infame como hipócrita del
+_Joven Sarriense_. «Circula por la población la especie—decía—de que
+una señora, protagonista de cierto drama amoroso no ha mucho tiempo
+acaecido, se ha fugado en compañía de su amante del asilo donde su
+familia la había recluído. Sentiríamos que este rumor se confirmase por
+afectar directamente a personas muy conocidas y estimadas en la sociedad
+sarriense.»
+
+Gonzalo sintió que algo que aún estaba por desgarrar se le desgarraba
+dentro del pecho. Dejó caer el papel. Sonriendo nerviosamente y con voz
+aguda y extraña, se dirigió a don Feliciano Gómez, que era la única
+persona que allí había:
+
+—Ya sabrá usted que la z... de mi mujer se ha escapado con su chulo,
+¿eh?
+
+Don Feliciano le miró sorprendido. Aunque era hombre que entendía poco
+de sonrisas, al verle sonreir de aquel modo se sintió sobrecogido, y le
+contestó con tristeza:
+
+—Sí, Gonzalito, sí. Ya sabía que todavía no habías pasado lo último...
+A la verdad, después de lo sucedido, este golpe final no debe cogerte de
+sorpresa... Boto el freno, debías suponer dónde había de parar.
+
+—¿Y a mí, qué?—exclamó el infeliz joven con la misma sonrisa,
+mostrando en todo su cuerpo una inquietud exagerada.—Que se escapa...
+¡bueno!... Vaya bendita de Dios... Nada tengo ya que ver con ella...
+¡Ah! ¡si la ley me permitiera casarme!... No se pasaría un mes sin
+hacerlo... ¿Y por qué no, vamos a ver, y por qué no he de poder
+hacerlo?... En fin, si no me caso a perpetuidad, me casaré
+temporalmente... Tomaré por ahí una buena moza, ¿eh, don Feliciano? ¡y
+anda con Dios!... Será al fin y al cabo una p... de profesión, mientras
+mi mujer lo es de afición...
+
+Mientras pronunciaba estas feas palabras, daba vueltas por la estancia,
+se quitaba el sombrero, se encogía de hombros y hacía otros gestos
+extravagantes. Por último soltó una carcajada.
+
+—Mira, Gonzalillo—le dijo don Feliciano.—Acabas de pasar una
+pelona... pero ya vendrán tiempos mejores. Tras de lo malo siempre viene
+lo bueno. Las cosas del mundo hay que tomarlas con cachaza, mi queridín.
+Con disgustarse y criarse hiel en el estómago, ¿qué se consigue?... Aquí
+me tienes a mí. El mes pasado perdí un barco... Todo el mundo venía a
+consolarme creyendo que estaba desesperado. Yo les contestaba: Es verdad
+que perdí el _Juanito_; pero, y si hubiera perdido la _Carmen_, ¿no
+sería mucho peor? Pues lo mismo pude perder uno que otro, porque los dos
+estaban en la mar. Tú has sufrido un disgusto: bueno... pero tienes
+salud. ¿No sería peor que además te pusieras enfermo? Hay que pensarlo
+todo, mi queridín. La salud es lo primero... Tú come bien, echa buenos
+tragos, ¡y anda adelante! que lo demás ya se olvidará...
+
+Gonzalo salió del Saloncillo sin despedirse, dejando al bueno de don
+Feliciano con la palabra en la boca.
+
+En casa se dió por enterado con don Rosendo de la fuga de Ventura.
+Contra lo que todos presumían, no le causó una impresión muy honda. Al
+contrario; desde aquel día señalóse en él una tendencia a animarse, y a
+participar del comercio social, que no dejó de sorprender en la
+población. Comenzó a visitar las casas de los amigos, a presentarse en
+el café, a pasear por las calles, a charlar, a discutir. No volvió a
+hablar de marcharse. Hasta, con gran pasmo de la villa, en uno de los
+bailes que se dieron en el Liceo, bailó toda la noche como un pollastre
+que por primera vez pisase el salón.
+
+No obstante, Cecilia estaba muy inquieta. Aquella animación de su cuñado
+era tan extemporánea, que más parecía un ataque de nervios. Sobre todo,
+la extraña sonrisa, parecida a una mueca, que no se le caía de los
+labios desde que leyera la gacetilla del _Joven Sarriense_, la hacía
+estremecerse en algunos momentos.
+
+Y llegó lo que era natural. Tras de aquella insana excitación, vino, al
+cabo de algunos días, un profundo y sombrío abatimiento. Estuvo tres sin
+salir de su cuarto, sin probar apenas manjar alguno de los que Cecilia
+le llevaba, y, lo que es aún peor, sin lograr conciliar el sueño. Con
+los ojos abiertos y extáticos, se pasaba horas y horas tendido en su
+lecho, mirando a las tinieblas. En la noche tercera, a eso de las tres,
+encendió luz, se vistió y se puso a escribir una larga carta a su tío.
+Después escribió otra con sobre a Cecilia. Cerradas y colocadas sobre la
+mesa en primer término, para que se vieran pronto, sacó un pitillo, lo
+encendió a la luz de la bujía, y comenzó a pasear por la habitación.
+Antes de concluir el cigarro lo arrojó. Abrió el cajón de la mesa, y
+sacó el revólver que allí guardaba. Al acercarlo a la luz vió que estaba
+descargado, lo que no dejó de sorprenderle. Tenía casi la certeza de
+haberlo cargado hacía un mes, poco más o menos. Buscó la cajita de las
+cápsulas y no la halló. ¡Qué cosa tan extraña! No tardó en recordar que
+Cecilia le había visto con él en la mano, y una sonrisa dulce y triste
+se dibujó en sus labios. Fué a echar mano a las escopetas. Las encontró
+igualmente descargadas. Los cartuchos habían desaparecido de su sitio.
+Permaneció inmóvil y pensativo largo rato. Luego, como si despertara de
+un sueño, sacudió la cabeza y dejó escapar un suspiro. Se puso el
+sombrero, abrió la puerta y bajó con gran sigilo las escaleras. Al pasar
+por delante de la puerta del piso principal, pegó el oído a ella. Estuvo
+un momento escuchando, la faz demudada, los cabellos erizados. Había
+oído claramente la voz de su esposa que le llamaba desde adentro. Pasada
+la alucinación, siguió bajando, abrió la puerta exterior con la llave
+que colgaba del pasador, y salió a la calle.
+
+Aun no había amanecido; pero en el Oriente parecía una tenue claridad
+precursora del día. La mañana estaba fresca. Caía del cielo un agua
+menudísima de niebla marina. Sin vacilar se dirigió al muelle. Subió al
+segundo paredón y miró a la mar, cuyo horizonte en aquel momento no era
+muy extenso, a causa de la niebla. Los días anteriores había soplado el
+noroeste, y la había encrespado y revuelto hasta el fondo. Grandes olas
+hinchadas venían de lejos extendiendo sus lomos gigantescos y se
+estrellaban con fragor contra la punta del Peón, escupiendo sus espumas
+a lo alto. Los ojos del joven tropezaron con un patache que trataba de
+entrar en el puerto, y bailaba como un casco de nuez sobre las olas.
+Aquella entrada le interesó desde luego. Siguió todas las peripecias con
+viva atención, como si en ello le fuese algo. Al cabo de un cuarto de
+hora, cuando ya estuvo atracado al muelle, sintió de nuevo la espuela de
+su pensamiento. Dió un suspiro y murmuró: «Vamos». Y siguió adelante,
+rozando con su cintura el pretil del paredón. Al llegar a cierto paraje,
+una ola más fuerte que las demás le bañó enteramente con su espuma.
+Aquel inopinado baño le produjo grata impresión, le refrescó la piel.
+Estuvo esperando en el mismo sitio un rato, por ver si llegaba otra con
+igual fuerza, pero no vino. Y emprendió de nuevo la marcha. Cuando
+estuvo en el extremo del malecón, se echó de bruces sobre el pretil y
+contempló con sombría fijeza las olas que llegaban. Estaba en el mismo
+sitio donde, hacía algunos años, había tenido plática con su tío para
+darle cuenta de que abandonaba a Cecilia y contraía matrimonio con
+Ventura. Las palabras del viejo, severas, irritadas, sonaron de nuevo en
+sus oídos. «Al hombre que falta a su palabra no puede ayudarle Dios...
+El viaje es largo. La mar ancha y brava. Lo que ahora es bonanza, en un
+instante se convierte en marejada de leva.» «¡Qué razón tenía mí
+tío!»—pensó, sin apartar la vista del mar.
+
+—¡Bah!—murmuró al cabo de algunos momentos—si cien veces me viera en
+ese caso, cien veces haría lo mismo. Hay cosas fatales. Llevo a esa
+mujer en la sangre como un veneno, y sólo puede salir con la última
+gota.—Estuvo otro rato pensativo. El agua del mar que le había bañado,
+y la del cielo que sin cesar caía, le enfriaron hasta los huesos. La
+mañana se presentaba sucia, cenicienta. No era, no, aquella hermosa
+noche en que se había quedado también de bruces después de hablar con su
+tío. Entonces, la belleza esplendorosa del cielo, tachonado de
+estrellas, el limpio cristal de las aguas, donde cabrilleaba la luz de
+la luna, la blanda brisa juguetona, le hablaron un lenguaje de muerte,
+sí, pero dulce, recogido, íntimo. Era una voz amiga que le invitaba a
+reposar. Mas ahora lo que oía era un grito de desolación, una amenaza:
+«Vente, vente. La muerte es muy triste; pero la vida es más triste
+todavía.»
+
+—Concluyamos—dijo levantando la cabeza. Avanzó el cuerpo; extendió los
+brazos. En aquel momento pensó que el instinto de conservación le haría
+nadar seguramente, y se detuvo. Miró a todas partes buscando algún peso.
+Sus ojos tropezaron con el áncora de un quechemarín que yacía allá
+abajo, en el primer muelle. Bajó por ella, cortó con la navaja un pedazo
+de maroma de una lancha, se la amarró, la alzó con sus brazos de atleta
+y subió la escalera como un gimnasta que quisiera dar muestra ante el
+público del enorme poder de sus músculos. Una vez arriba, se ató la
+cuerda al cuello. Se puso en pie sobre el pretil, y abrazado al ancla se
+arrojó al agua. Su cuerpo de coloso abrió en ella una grande brecha, que
+se cerró al instante. La mar profunda extinguió aquella chispa de vida,
+como tantas otras, con implacable indiferencia.
+
+Un marinero que le vió de lejos, corrió hacia el sitio gritando:
+
+—¡Hombre al agua!
+
+Otros tres o cuatro de las próximas embarcaciones le siguieron. En pocos
+minutos se formó un grupo de veinte o treinta en la punta del paredón.
+
+—¿Quién era? ¿Le conocías?—preguntaban al que le había visto.
+
+—Me parece que era don Gonzalo.
+
+—¿El alcalde?
+
+—Sí.
+
+—Sería muy bien, sería muy bien... ¡Reterroías mujeres!
+
+La nueva se esparció instantáneamente por la villa. Acudió al muelle una
+muchedumbre de gente. Dos hombres en una lancha recorrieron con un largo
+remo el fondo, sin dar con el cuerpo del desgraciado joven. Al cabo
+tropezaron con él. Se trajo un gancho, y tirando lo sacaron a flote en
+el mismo momento en que don Melchor, demudado, convulso, sin sombrero,
+llegaba al muelle, noticioso del terrible lance.
+
+—¡Hijo de mi alma!—gritó el pobre anciano al ver sobre el agua el
+cadáver de su sobrino. Sus corvas se doblaron, y cayó desvanecido en
+brazos de las personas que le acompañaban.
+
+Extendieron el cuerpo del suicida sobre el muelle mientras llegaba el
+juzgado. Aquel espectáculo tenía profundamente impresionados a todos los
+circunstantes, entre los que se hallaban personas de los dos bandos
+rivales.
+
+Después que llegó el juez y se instruyeron las debidas diligencias,
+colocaron en una camilla el cadáver, y lo transportaron a su casa,
+porque don Rosendo, que sabía la noticia, lo reclamaba. Fué una
+procesión tristísima al través de las calles de la villa. Los vecinos se
+asomaban a los balcones, pálidos, inquietos, con la tristeza en el
+semblante. Gonzalo gozaba de generales simpatías.
+
+Don Rosendo, poseído de vivo dolor, no quiso ver el cadáver de su hijo
+político. Se encerró en su cuarto; pero dispuso que se le colocase en el
+mejor salón de la casa sobre una mesa cubierta de terciopelo, que se
+trajesen de todas partes flores y coronas, y se preparase un entierro
+suntuoso.
+
+Cecilia, por uno de esos esfuerzos heroicos que estaba avezada a hacer
+sobre su alma y su cuerpo, supo encerrar su pena en el fondo del
+corazón. Veíasela lívida, sí, pero tranquila, disponiendo por la casa lo
+necesario para recibir el cuerpo de su cuñado. Cuando llegó, ella misma
+ayudó a colocarlo en el sitio, después que se le hubo amortajado. Lo
+cubrió de flores, encendió los cirios, adornó la habitación con negros
+crespones. Después dispuso que velase el cadáver una hermana de la
+caridad en compañía de ella.
+
+Dejáronlas al fin solas. Rezaron largo rato de rodillas. Cuando
+terminaron su rezo, Cecilia rogó a la monja que fuese a la cocina a dar
+orden para que se le hiciese te, porque estaba desfallecida.
+
+En cuanto la monja salió, alzóse vivamente. Y sacando unas tijeras,
+cortó un mechón de cabellos de la cabeza de su cuñado, que ocultó en el
+seno. Cortó después de los suyos otro, y temblorosa y agitada, lo metió
+entre las manos cruzadas del cadáver. Luego le contempló un instante. Y
+bajando la cabeza, cubrió de besos aquel rostro inanimado. Los primeros
+y los últimos que le daba.
+
+La esposa, la única y verdadera esposa de aquel hombre, no pudo al fin
+resistir tanto dolor y rodó por el suelo sin conocimiento.
+
+FIN
+
+ * * * * *
+
+
+
+
+=OBRAS DE PALACIO VALDÉS=
+
+
+=El señorito Octavio=.—Un tomo.
+
+=Marta y María=.—Un tomo. Traducida al francés, al inglés,
+al sueco, al ruso y al tchèque.
+
+=El idilio de un enfermo=.—Un tomo. Traducida al francés
+y al tchèque.
+
+=Aguas fuertes= (novelas y cuadros).—Un tomo. Traducida
+al francés, al inglés, al alemán, al holandés, al sueco y
+al tchèque. Edición española con notas y vocabulario
+en inglés.
+
+=José=.—Un tomo. Traducida al francés, al inglés, al alemán,
+al holandés, al sueco, al tchèque y al portugués.
+Edición española con notas en inglés para el estudio del
+español en Inglaterra y Estados Unidos de América.
+
+=Riverita=—Un tomo. Traducida al francés.
+
+=Maximina= (segunda parte de _Riverita_).—Un tomo. Traducida
+al inglés.
+
+=El Cuarto Poder=.—Un tomo. Traducida al francés, al inglés
+y al holandés.
+
+=La Hermana San Sulpicio=.—Un tomo. Traducida al francés,
+al inglés, al holandés y al sueco.
+
+=La espuma=.—Un tomo. Traducida al inglés.
+
+=La Fe=. Un tomo.—Traducida al francés, al inglés y al
+alemán.
+
+=El Maestrante=.—Un tomo. Traducida al francés y al
+inglés.
+
+=El origen del pensamiento=.—Un tomo. Traducida al francés
+y al inglés.
+
+=Los majos de Cádiz=.—Un tomo. Traducida al holandés.
+
+=La alegría del capitán Ribot=.—Un Tomo. Traducida al
+francés, al inglés, al holandés y al sueco. Edición española
+con notas y vocabulario en inglés.
+
+=La aldea perdida=.—Un tomo.
+
+=Tristán, o el pesimismo=.—Un tomo. Traducida al inglés.
+
+=Semblanzas literarias= (_Los oradores del Ateneo, Los novelistas
+españoles, Nuevo viaje al Parnaso_).—Un tomo.
+
+=Papeles del doctor Angélico=.—Traducida al alemán.
+
+
+
+
+*** END OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK EL CUARTO PODER ***
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+Foundation” or PGLAF), owns a compilation copyright in the collection
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+works in the collection are in the public domain in the United
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+<div style='display:block; margin-top:1em; margin-bottom:1em; margin-left:2em; text-indent:-2em'>Title: El cuarto poder</div>
+<div style='display:block; margin-top:1em; margin-bottom:1em; margin-left:2em; text-indent:-2em'>Author: Armando Palacio Valdés</div>
+<div style='display:block;margin:1em 0'>Release Date: February 13, 2008 [eBook #24601]<br />
+[Most recently updated: July 1, 2021]</div>
+<div style='display:block;margin:1em 0'>Language: Spanish</div>
+<div style='display:block;margin:1em 0'>Character set encoding: UTF-8</div>
+<div style='display:block; margin-left:2em; text-indent:-2em'>Produced by: Produced by Chuck Greif and the Online Distributed
+Proofreading Team at DP Europe (http://dp.rastko.net)<br />
+Revised by Richard Tonsing.</div>
+<div style='margin-top:2em;margin-bottom:4em'>*** START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK EL CUARTO PODER ***</div>
+
+
+
+
+<hr class="full" />
+<div class="ph2 un">BIBLIOTECA de LA NACIÓN</div>
+
+<div class="ph2 top5">ARMANDO   PALACIO   VALDÉS</div>
+<p class="c">—————</p>
+<h1 style="font-size:60px;">EL   CUARTO   PODER</h1>
+<p class="c top5"><img src="images/001.png" alt="image" /></p>
+<p class="c top5">BUENOS AIRES</p>
+<p class="c">1913</p>
+
+<div class="blockquot top5"><p>El autor de esta obra ha autorizado a
+<span class="smcap">la nación</span> para editarla y
+venderla solamente en las Repúblicas Argentina y Uruguay. Esta
+edición no puede circular fuera de las dos Repúblicas mencionadas.</p></div>
+
+<p class="c top5">Imp. de <span class="smcap">La Nación.</span>—Buenos Aires</p>
+
+
+
+<hr />
+<div class='chapter' /><h2 class="top15">ÍNDICE</h2>
+<table summary="indice" cellspacing="0" cellpadding="1">
+<tr valign="top"><td align="right"><a href="#CAPITULO_PRIMERO">I</a>.</td><td>—</td><td>Se levanta el telón, por esta vez sin metáfora</td></tr>
+<tr valign="top"><td align="right"><a href="#II">II</a>.</td><td>—</td><td>Del feliz arribo de la «Bella-Paula»</td></tr>
+<tr valign="top"><td align="right"><a href="#III">III</a>.</td><td>—</td><td>En que la pareja enamorada comienza a pensar en el nido</td></tr>
+<tr valign="top"><td align="right"><a href="#IV">IV</a>.</td><td>—</td><td>Cómo los particulares de Sarrió se congregaban en un recinto
+nombrado el «Saloncillo», y lo que allí se platicaba</td></tr>
+<tr valign="top"><td align="right"><a href="#V">V</a>.</td><td>—</td><td>¡¡¡Ladrones!!!</td></tr>
+<tr valign="top"><td align="right"><a href="#VI">VI</a>.</td><td>—</td><td>Que trata del equipo de Cecilia</td></tr>
+<tr valign="top"><td align="right"><a href="#VII">VII</a>.</td><td>—</td><td>Que trata de dos traidores</td></tr>
+<tr valign="top"><td align="right"><a href="#VIII">VIII</a>.</td><td>—</td><td>De la reunión que los próceres de Sarrió celebraron en el teatro
+con asistencia del cuarto estado</td></tr>
+<tr valign="top"><td align="right"><a href="#IX">IX</a>.</td><td>—</td><td>Historia de una lágrima</td></tr>
+<tr valign="top"><td align="right"><a href="#X">X</a>.</td><td>—</td><td>De la gloriosa aparición de «El Faro de Sarrió» en el estadio de la
+prensa.—Primeros fuegos de la batalla del pensamiento</td></tr>
+<tr valign="top"><td align="right"><a href="#XI">XI</a>.</td><td>—</td><td>Que Gonzalo se casó.—Graves revueltas entre los socios del
+«Saloncillo»</td></tr>
+<tr valign="top"><td align="right"><a href="#XII">XII</a>.</td><td>—</td><td>Cómo se divertía Pablito</td></tr>
+<tr valign="top"><td align="right"><a href="#XIII">XIII</a>.</td><td>—</td><td>En que se descubren algunos secretos de la vida de Gonzalo</td></tr>
+<tr valign="top"><td align="right"><a href="#XIV">XIV</a>.</td><td>—</td><td>De los galicismos que cometía «El Faro de Sarrió» y otros asuntos
+no menos interesantes.—Primeras bajas de la batalla del pensamiento</td></tr>
+<tr valign="top"><td align="right"><a href="#XV">XV</a>.</td><td>—</td><td>De la entrada famosa que hizo en Sarrió el duque de Tornos, conde
+de Buenavista</td></tr>
+<tr valign="top"><td align="right"><a href="#XVI">XVI</a>.</td><td>—</td><td>De lo mucho y bueno que hizo el duque de Tornos en Sarrió</td></tr>
+<tr valign="top"><td align="right"><a href="#XVII">XVII</a>.</td><td>—</td><td>Que Gonzalo toma una gravo resolución y Cecilia otra</td></tr>
+<tr valign="top"><td align="right"><a href="#XVIII">XVIII</a>.</td><td>—</td><td>Donde tira doña Brígida de la manta</td></tr>
+<tr valign="top"><td align="right"><a href="#XIX">XIX</a>.</td><td>—</td><td>En que da fin la presente historia con algunos notables, cuanto
+tristes sucesos</td></tr>
+<tr><td> </td><td>—</td><td colspan="2"><a href="#OBRAS_DE_PALACIO_VALDES">Obras de Palacio Valdés</a></td></tr>
+</table>
+
+<hr />
+
+
+<div class='chapter' /><h2 class="top15"><a name="CAPITULO_PRIMERO" id="CAPITULO_PRIMERO"></a>CAPITULO PRIMERO</h2>
+
+<p class="c">Se levanta el telón, por esta vez sin metáfora</p>
+
+
+<p>En Sarrió, villa famosa, bañada por el mar Cantábrico, existía hace
+algunos años un teatro no limpio, no claro, no cómodo, pero que servía
+cumplidamente para solazar en las largas noches de invierno a sus
+pacíficos e industriosos moradores. Estaba construído, como casi todos,
+en forma de herradura. Constaba de dos pisos a más del bajo. En el
+primero los palcos, así llamados Dios sabe por qué, pues no eran otra
+cosa que unos bancos rellenos de pelote y forrados de franela encarnada
+colocados en torno del antepecho. Para sentarse en ellos era forzoso
+empujar el respaldo, que tenía bisagras de trecho en trecho, y levantar
+al propio tiempo el asiento. Una vez dentro se dejaba caer otra vez el
+asiento, se volvía el respaldo a su sitio y se acomodaba la persona del
+peor modo que puede estar criatura humana fuera del potro de tormento.
+En el segundo piso bullía, gritaba, coceaba y relinchaba toda la chusma
+del pueblo sin diferencia de clases, lo mismo el marinero de altura que
+el que pescaba muergos en la bahía o el peón de descarga; la señá Amalia
+la revendedora igual que las que acarreaban «el fresco» a la capital.
+Llamábase a aquel recinto «la cazuela». Las butacas eran del mismo
+aborrecible pelote que los palcos y el forro debió ser también del mismo
+color, aunque no podía saberse con certeza. Detrás de ellas había, a la
+antigua usanza, un patio para ciertos menestrales que, por su edad, su
+categoría de maestros u otra circunstancia cualquiera, repugnaban subir
+a la cazuela y juntarse a la turba alborotadora. Del techo pendía una
+araña, cuajada de pedacitos de vidrio en forma prismática, con luces de
+aceite. Más adelante se substituyó éste con petróleo, pero yo no alcancé
+a ver tal reforma. Debajo de la escalera que conducía a los palcos había
+un nicho cerrado con persiana que llamaban «el palco de don Mateo». De
+este don Mateo ya hablaremos más adelante.</p>
+
+<p>Pues ha de saberse que en tal lacería de teatro se representaban los
+mismos dramas y comedias que en el del Príncipe y se cantaban las óperas
+que en la Scala de Milán. ¿Parece mentira, eh? Pues nada más cierto.
+Allí ha oído por vez primera el narrador de esta historia aquellas
+famosas coplas:</p>
+
+<p class="poem">
+<i>Si oyes contar de un náufrago la historia</i>,<br />
+<i>Ya que en la tierra hasta el amor se olvida</i>...<br />
+</p>
+
+<p>Por cierto que le parecían excelentes, y el teatro una maravilla de lujo
+y de buen gusto. Todo en el mundo depende de la imaginación. Ojalá la
+tuviese tan viva y tan fresca como entonces para entretenerles a ustedes
+agradablemente algunas horas. También ha visto el <i>Don Juan Tenorio</i>. Y
+sus difuntos untados de harina de trigo, su comendador filtrándose por
+una puerta atada con cuerdas, su infierno de espíritu de vino y su
+apoteosis de papel de forro de baúles, le impresionaron de tal modo que
+aquella noche no pudo dormir.</p>
+
+<p>En la sala pasaba, poco más o menos, lo mismo que en los más suntuosos
+teatros de la Corte. No obstante, por regla general se atendía más al
+espectáculo que en éstos. Aun no habíamos llegado a ese grado superior
+de perfeccionamiento, mediante el cual las acciones deben formar grato
+contraste con el lugar donde se ejecutan; verbigracia, charlar en los
+teatros, reirse en las iglesias, ir graves, y silenciosos, y patéticos
+en el paseo, como sucede, afortunadamente, en Madrid. Ignoro si en
+Sarrió han subido ya a la hora presente este peldaño de la civilización.</p>
+
+<p>Ni se crea que faltaban por eso algunos espíritus lúcidos que se
+adelantaban a su época y presentían lo que había de ser el teatro
+andando el tiempo. Pablito Belinchón era uno de ellos. Tenía abonado
+siempre, en compañía de otros tres o cuatro amigos, el palco de
+proscenio. Desde allí dirigía la palabra a otros señores de más edad,
+abonados en el palco de enfrente: se decían cuchufletas, se burlaban de
+la tiple o del bajo, y se tiraban caramelos y saetas de papel. Por
+cierto que el público de las butacas, ajeno todavía a estos
+refinamientos de la civilización, solía hacerles callar bárbaramente con
+un enérgico chicheo. Las familias más importantes acostumbraban a entrar
+en aquellos palcos fementidos después de abierto el telón, con la misma
+solemnidad que si penetrasen en una platea del teatro Real, y por de
+contado con mucho más ruido. No es posible figurarse bien el horrísono
+traquido que daba aquel respaldo al ser empujado y aquel asiento al
+dejarlo caer con ánimo de llamar la atención.</p>
+
+<p>Dígalo si no la familia que en este momento hace su entrada triunfal en
+uno de ellos y permanece en pie despojándose de los abrigos, mientras
+los espectadores divierten por un instante la vista de la escena y la
+fijan en ellos, hasta que se sientan. Son los señores de Belinchón. El
+jefe de la familia, don Rosendo, es un caballero alto, enjuto, doblado
+por el espinazo, calvo por la coronilla, de ojos pequeños y hundidos,
+boca grande, que se contraía con sonrisa mefistofélica, dejando ver dos
+filas de dientes largos e iguales, la obra más acabada de cierto
+dentista establecido hacía pocos meses en Sarrió. Gasta patillas cortas
+y bigote, y representa unos sesenta años de edad. Está reputado por el
+primer comerciante de la villa y uno de los primeros importadores de
+bacalao de la costa cantábrica. Durante muchos años monopolizó
+enteramente la venta por mayor de este artículo, no sólo en la villa,
+sino en toda la provincia, y gracias a ello había granjeado una fortuna
+considerable. Su esposa, doña Paula... ¿Pero por qué se despierta tal y
+tan prolongado rumor en el teatro a su aparición? La buena señora, al
+escucharlo, queda temblorosa y confusa, no acierta a desembarazarse del
+abrigo, y su hija Cecilia se ve obligada a quitárselo y a decirle al
+oído:—¡Siéntate, mamá! Se sienta, o por mejor decir, se deja caer sobre
+el banco y pasea una mirada extraviada por el público, mientras sus
+mejillas se tiñen de vivo carmín. En vano se abanica con brío y procura
+serenarse. Nada: cuantos más esfuerzos hace por alejar la sangre
+tumultuosa del rostro, más empeño pone la maldita en ocupar aquel lugar
+visible.</p>
+
+<p>—¡Mamá, qué colorada estás!—le dice Venturita, su hija menor, pugnando
+para no reir.</p>
+
+<p>La madre la mira con expresión de angustia.</p>
+
+<p>—Calla, Ventura, calla.—dice Cecilia.</p>
+
+<p>Doña Paula, animada con estas palabras, murmura:</p>
+
+<p>—Esta chiquilla no goza sino en avergonzarme.</p>
+
+<p>Y estuvo a punto de enternecerse y llorar.</p>
+
+<p>Al fin, el público se cansó de atormentarla con sus miradas, sonrisas y
+murmullos, y fijó de nuevo su atención en la escena. La congoja de doña
+Paula fué cesando poco a poco; pero quedaron restos de ella por toda la
+noche.</p>
+
+<p>La causa de aquel incidente era el abrigo de terciopelo guarnecido de
+pieles que la buena señora se había puesto. Siempre que estrenaba alguna
+prenda de apariencia brillante, sucedía lo mismo. Y esto no por otra
+cosa más que porque doña Paula no era señora de nacimiento. Procedía de
+la clase de cigarreras. Don Rosendo había tenido amores con ella siendo
+casi una niña, de los cuales nació Pablito. Así y todo, don Rosendo
+estuvo cinco o seis años sin casarse ni querer oir hablar de matrimonio;
+pero visitándola en su casa y asistiéndola con dinero. Hasta que al
+fin, vencido más por el amor del hijo que el de la madre, y, más que por
+todo esto, por las amonestaciones de sus amigos, se decidió a entregar
+su mano a Paulina. La población no supo del matrimonio hasta después de
+efectuado: tal sigilo se guardó para llevarlo a cabo. Desde entonces la
+vida de la cigarrera puede dividirse en varias épocas importantes. La
+primera, que dura un año, comprende desde el matrimonio hasta la
+«mantilla de velo». Durante este tiempo, la señora de Belinchón no se
+mostró poco ni mucho en público. Los domingos iba a misa de alba y se
+encerraba otra vez en casa. Cuando se decidió a ponerse la antedicha
+mantilla e ir a misa de once, lo mismo en la iglesia que en las calles
+del tránsito, la acribillaron a miradas, y se habló del suceso por más
+de ocho días. El segundo período, que dura tres años, comprende desde
+«la mantilla de velo» hasta «los guantes». La vista de tal ornamento en
+las manos grandes y coloradas de la ex cigarrera produjo una excitación
+indescriptible en el elemento femenino del vecindario. En las calles, en
+la iglesia, en las visitas, las señoras se saludaban preguntando:—¿Ha
+visto usted?...—Sí, sí, ya he visto.—Y comenzaba el desuello. Viene
+después el tercer período, que dura cuatro años, y termina en «el
+vestido de seda», que dió casi tanto que murmurar como los guantes, y
+produjo general indignación en Sarrió.—Diga usted, doña Dolores, ¿qué
+nos queda ya que ver?—Doña Dolores bajaba los ojos haciendo un gesto de
+resignación. Por último, el cuarto período, el más largo de todos porque
+dura seis años, termina, ¡oh escándalo! «con el sombrero». Nadie puede
+representarse el estremecimiento de asombro que invadió a la villa de
+Sarrió cuando cierta tarde de feria se presentó doña Paula en el paseo
+con sombrero-capota. Fué un verdadero motín. Las mujeres del pueblo se
+santiguaban al verla pasar y pronunciaban comentarios en alta voz para
+que los oyese la interesada.</p>
+
+<p>—¡Mujer, mira por tu vida a la Serena qué gabarra lleva sobre la
+cabeza!</p>
+
+<p>Porque hay que advertir que a la madre de doña Paula la llamaban la
+Serena, y a la abuela y a la bisabuela también.</p>
+
+<p>Excusado es añadir que desde que la cigarrera subió a la categoría de
+señora, ni por casualidad la dieron ya su nombre propio.</p>
+
+<p>Al día siguiente, al tropezarse las señoras de Sarrió en la calle, no
+encontrando palabras con que expresar su horror, se daban por contentas
+con elevar los ojos al cielo, agitar los brazos convulsivamente y pasar
+de largo murmurando: «¡¡¡Sombrero!!!»</p>
+
+<p>Ante aquel golpe de audacia que no tiene pareja sino con los de algunos
+héroes de la antigüedad, Aníbal, César, Gengis-Khan, la villa quedó muda
+y abatida algunos meses. No obstante, cada vez que la buena de doña
+Paula aparecía en público con el abominable sombrero en la cabeza o con
+cualquier otra prenda propia de su alta jerarquía, era saludada siempre
+con un murmullo de reprobación. Y lo original del caso estaba en que
+ella no protestaba ni en público ni en secreto, ni aun en lo sagrado de
+la conciencia, contra este proceder malévolo de su pueblo natal.
+Juzgábalo natural y lógico. No se le ocurría pensar que pudiera ser de
+otro modo. Sus ideas sociológicas no le aconsejaban todavía rebelarse
+contra el fallo de la opinión pública. Creía de buena fe que al ponerse
+los guantes o el abrigo de pieles o el sombrero, cometía un acto
+reprobado por las leyes divinas y humanas. Los murmullos, las miradas
+burlonas, eran el castigo necesario de esta infracción. De aquí sus
+temores y congojas cada vez que iba a presentarse en el teatro o en el
+paseo, y el rubor que la acometía.</p>
+
+<p>¿Por qué entonces, se dirá, doña Paula se vestía de este modo? No serán
+muy conocedores del corazón humano los que tal pregunten. Doña Paula se
+ponía el sombrero y los guantes a sabiendas de que iba a pasar un mal
+rato, como un chico abre el aparador y se atraca de dulce a sabiendas de
+que en seguida le han de azotar. Los que no se hayan criado en un
+pueblo, nunca sabrán cuán apetitosa golosina es el sombrero para una
+artesana.</p>
+
+<p>Era doña Paula alta, seca, desgarbada. Cuando joven había sido buena
+moza; pero los años, la clausura continua, a la que no estaba avezada, y
+sobre todo la lucha que venía sosteniendo con el público para establecer
+su jerarquía, la habían marchitado antes de tiempo. Todavía conservaba
+hermosos ojos negros encajados en un rostro de correctas y agradables
+facciones.</p>
+
+<p>El acto primero tocaba a su fin. Se representaba un melodrama
+fantástico, cuyo nombre no recordamos, donde la compañía había
+desplegado todo el aparato escénico de que podía disponer. La cazuela
+estaba asombrada, y acogía cada cambio de decoración con estrepitosos
+aplausos. Pablito Belinchón, que había pasado en Madrid un mes el año
+anterior, se reía con incontestable superioridad de aquel aparato; hacía
+guiños inteligentes a los del proscenio de enfrente. Y para demostrar
+que todo aquello le aburría, concluyó por volverse de espaldas al
+escenario y mirar con los gemelos a las bellezas locales. Cada vez que
+los preciosos anteojos de piel de Rusia apuntaban a una, la muchacha
+sufría un leve estremecimiento: cambiaba de postura, llevaba la mano un
+poco trémula al pelo para arreglarlo, sonreía a su mamá o a su hermana
+sin razón alguna, se ponía seria de nuevo, y fijaba con insistencia y
+decisión sus ojos en la escena. Pero al instante los levantaba rápida y
+tímidamente hacia aquellos redondos y brillantes cristales que la
+ofuscaban. Al fin concluía por ruborizarse. Pablito, satisfecho,
+apuntaba a otra belleza. Las conocía como si fuesen sus hermanas,
+tuteaba a la mayor parte de ellas y de muchas había sido novio: pero la
+pluma en el aire no era más movible y tornadiza que él en materia de
+amores. Todas habían tenido que sufrir algún doloroso desengaño.
+Últimamente, hastiado de enamorar a sus convecinas, se había dedicado a
+fascinar a cuantas forasteras llegaban a Sarrió, para abandonarlas, por
+supuesto, si cometían la torpeza de permanecer en la villa más de un
+mes o dos.</p>
+
+<p>Había razones poderosas para que Pablito pudiese disponer a su buen
+talante del corazón de todas las jóvenes indígenas y aun de las
+extrañas. Era un apuestísimo mancebo de veinticuatro o veinticinco años,
+de rostro hermoso y varonil, de figura gallarda y elegante. Montaba a
+caballo admirablemente y guiaba un tílburi o un carruaje de cuatro
+caballos, lo cual nadie sabía hacer en Sarrió más que los cocheros.
+Cuando se llevaban los pantalones anchos, los de Pablito parecían sayas;
+si estrechos, era una cigüeña. Venía la moda de los cuellos altos,
+nuestro Pablito iba por la calle a medio ahorcar con la lengua fuera.
+Estilábanse bajos, pues enseñaba hasta el esternón.</p>
+
+<p>Estas y otras facultades eminentes hacíanle, con razón, invencible.
+Quizás algunos no hallen enteramente justificada la dictadura amorosa de
+nuestro mancebo en Sarrió. Estamos no obstante seguros de que las
+jóvenes de provincia que lean la presente historia la juzgarán lógica y
+verosímil.</p>
+
+<p>Cuando bajó el telón, un anciano encorvado, con luenga barba blanca y
+gafas, se acercó arrastrándose más que andando al palco de los de
+Belinchón.</p>
+
+<p>—¡Don Mateo! Imposible que usted faltase—exclamó doña Paula.</p>
+
+<p>—¿Pues qué quiere usted que haga en casa, Paulita?</p>
+
+<p>—Rezar el rosario y acostarse—dijo Venturita.</p>
+
+<p>Don Mateo sonrió con dulzura, y contestó a aquella impertinencia dando a
+la niña una palmadita cariñosa en el rostro.</p>
+
+<p>—Es verdad que debiera hacer eso, hija mía... pero ¿qué quieres? si me
+acuesto temprano no duermo... Y luego no puedo resistir la tentación de
+ver estas caritas tan lindas...</p>
+
+<p>Venturita hizo un mohín desdeñoso donde se traslucía la satisfacción de
+verse requebrada.</p>
+
+<p>—¡Si fuera usted siquiera un pollo guapo!</p>
+
+<p>—Lo he sido.</p>
+
+<p>—¿El año cuántos?...</p>
+
+<p>—¡Qué mala, qué mala es esta chiquilla!—exclamó don Mateo riendo y
+acometiéndole acto continuo un golpe de tos que le embargó la
+respiración por algunos momentos.</p>
+
+<p>Don Mateo, anciano decrépito, no sólo estropeado por los años, sino por
+multitud de achaques adquiridos con una vida harto disipada, era la
+alegría de la villa de Sarrió. Ninguna fiesta, ningún regocijo público o
+privado se efectuaba en el pueblo sin su intervención. Era presidente
+del Liceo, sociedad de baile, desde hacía muchos años, y nadie pensaba
+en substituirlo por otro. Presidía también una academia de música de la
+cual era fundador. Era vocal-tesorero del Casino de artesanos. La
+reedificación del teatro donde nos hallamos a él se debía; y para
+recompensarle de sus molestias y desembolsos, el Ayuntamiento le había
+permitido labrar en el hueco de la escalera el palco cerrado con
+persiana de que ya hemos hablado. Vivía de su retiro de coronel. Estaba
+casado y tenía una hija de treinta y tantos años a quien seguía llamando
+«la niña».</p>
+
+<p>Ni se crea por esto que don Mateo era un viejo verde. Si lo fuese, el
+sexo femenino no le demostraría tanta simpatía, ni le guardaría respeto
+alguno. Su único placer era ver divertidos a los demás, que la alegría
+reinase en torno suyo. Para conseguirlo, hacía esfuerzos increíbles de
+habilidad, y se molestaba lo indecible. Su imaginación, puesta al
+servicio de tal idea, no descansaba un instante. Unas veces era un baile
+campestre el que organizaba; otra vez hacía construir un escenario en el
+salón del Liceo, y ensayaba alguna comedia; otras, contrataba compañías
+de saltimbanquis o de músicos. En cuanto se pasaban ocho días sin que
+los vecinos de Sarrió se recreasen de algún modo, ya estaba nuestro don
+Mateo nervioso y no paraba hasta lograrlo. Gracias a él, podemos
+asegurar que no había pueblo en España, en aquella época, donde la vida
+fuese más fácil y agradable.</p>
+
+<p>Porque los honestos recreos que sin cesar se repetían, engendraban la
+unión y hermandad en el vecindario. Además, don Mateo, elemento
+conciliador por excelencia, formaba gran empeño en destruir todas las
+malquerencias y rencores que en el pueblo existiesen. Al contrario de
+ciertos seres viles que se complacen en transmitir el veneno de la
+murmuración, tenía gusto en ir repitiendo a cada cual lo bueno que de él
+hablasen los demás:—«Pepita, ¿sabe usted lo que acaba de decirme doña
+Rosario del vestido que usted lleva?... que es elegantísimo, muy
+sencillo y de mucho gusto.»—Pepita se esponjaba en su palco, y dirigía
+una mirada de ternura a doña Rosario, a pesar de que nunca le había sido
+simpática.—Buen negocio ha hecho usted en la partida de cacao de la
+viuda e hijos de Villamor, amigo don Eugenio.—Phs; regular.—«En este
+momento me acaba de decir don Rosendo que ese negocio se le ha escapado
+a él de las manos por tonto.» Como don Rosendo pasa por el primer
+comerciante de la villa, don Eugenio no puede menos de sentirse
+lisonjeado por estas palabras.</p>
+
+<p>Después de haber charlado algunos instantes con la familia Belinchón,
+don Mateo se despide para recorrer todos los palcos, como tenía por
+costumbre; pero antes dice, dirigiéndose a Cecilia:</p>
+
+<p>—¿Cuándo llega?</p>
+
+<p>La joven se puso levemente encendida.</p>
+
+<p>—No sé decir a usted, don Mateo...</p>
+
+<p>Doña Paula sonrió con malicia, y vino en auxilio de su hija.</p>
+
+<p>—Debe de llegar en la <i>Bella-Paula</i>, que ha salido ya de Liverpool.</p>
+
+<p>—¡Oh! Entonces aquí lo tenemos mañana o pasado... ¿Habrás rezado mucho
+a la Virgen de las Tormentas, verdad?</p>
+
+<p>—¡Una novena nada menos la ha hecho! Hace días que están seis cirios
+ardiendo delante de la imagen—dijo Venturita.</p>
+
+<p>Cecilia se puso aún más colorada y sonrió. Era una joven de veintidós
+años, no agraciada de rostro ni gallarda de figura. Lo que más
+desconcertaba la armonía de aquél, era la nariz excesivamente aguileña.
+Sin esta tacha quizá no habría sido fea, porque los ojos eran
+extremadamente lindos, tan suaves y expresivos, que pocas bellezas
+podían gloriarse de poseerlos tales. Ni alta ni baja, pero el talle
+desgarbado y los hombros un tanto encogidos. Su hermana Ventura tenía
+diez y seis años, y aparecía como un hermoso pimpollo, lleno de gracia y
+alegría. Su rostro ovalado parecía hecho de rosas y claveles. Apretadita
+de carnes y pequeña de estatura; tan sabiamente proporcionada por la
+Naturaleza, que parecía modelada en cera. Sus manos eran jazmines y sus
+pies de criolla, celebrados en Sarrió como nunca vistos; la suavidad y
+tersura de su cutis, vencían a las del nácar y alabastro. Sobre la
+frente, alta y estrecha como las de las venus griegas, de un blanco
+argentino, caían los bucles de sus cabellos rubios, cuya madeja, tan
+espesa como dócil y brillante, le tapaba enteramente la espalda hasta
+más abajo de la cintura.</p>
+
+<p>—¡Búrlate de tu hermana, picarilla; no tardarás en hacer lo mismo!</p>
+
+<p>—¿Yo rezar por un hombre? Usted chochea, don Mateo.</p>
+
+<p>—Ya me lo dirás dentro de poco—repuso el anciano pasando a otro palco
+a saludar a los señores de Maza.</p>
+
+<p>En esto se acercó Pablito al de sus papás, trayendo en su compañía a un
+fiel amigo que merece especial mención. Era hijo del picador que había
+en el pueblo, y mozo que por su figura podía ser el regocijo de los
+espectadores en un circo de acróbatas. Nada necesitaba añadir a su
+persona, ni polvos de harina, ni bermellón, ni tizne para quedar
+convertido en <i>clown</i>. Era un payaso «al natural». Su nariz vivamente
+coloreada ya por la Naturaleza, sus ojos torcidos, la ausencia de
+pestañas, su boca de lobo, la disparatada anchura de sus hombros, el
+arco de sus piernas y, sobre todo, las muecas grotescas con que se
+acompaña al hablar o gruñir, provocan la risa, sin más pelucas y
+afeites. Bien lo sabía Piscis (que así se llamaba o le llamaban) y de
+ello estaba fuertemente pesaroso y hasta indignado. Para contrarrestar
+estas nativas disposiciones cómicas de su rostro, había determinado no
+reirse jamás, y cumplía su promesa religiosamente. Además, para el mismo
+efecto acostumbraba sabiamente a entreverar sus palabras con las más
+ásperas y temerosas interjecciones del repertorio nacional, y varias de
+su invención particular. Pero esto, en vez de producir el efecto
+apetecido, contribuía a despertar la alegría entre sus conocidos.</p>
+
+<p>El único que hasta cierto punto le tomaba en serio era Pablito. Piscis y
+Pablito habían nacido para amarse y admirarse. El punto de conjunción de
+estos dos astros era el género ecuestre. Piscis, adiestrado por su padre
+desde niño, era el mejor jinete de Sarrió; por consiguiente, para
+Pablito la persona más digna de ser admirada. El hijo de don Rosendo era
+el chico más rico de la población: para Piscis, debía de ser, claro
+está, lo más respetable y digno de veneración que había sobre el
+planeta. Nadie sabía a qué época se remontaba esta amistad. Se había
+visto a Pablito y Piscis eternamente juntos, cuando niños. Ya hombres no
+fué parte a separarlos la diversa posición social que ocupaban. El lugar
+de reunión de estos jóvenes notables era constantemente la cuadra de don
+Rosendo. Desde allí, después de celebrar siempre una larga y erudita
+conferencia, frente a los caballos, con parte teórica y parte práctica,
+salían a pasear su figura y sus profundos conocimientos por la villa,
+unas veces cabalgando en briosos corceles, otras en una linda
+<i>charrette</i>, Pablito guiando, Piscis a su lado fijo y absorto en la
+contemplación amorosa de los traseros de los caballos. Algunas también,
+para dar ejemplo de humildad, caminando sobre las propias piernas.</p>
+
+<p>Pablo se acercó a su familia, retorciéndose de risa.</p>
+
+<p>—¿Qué te ha pasado?—le pregunta doña Paula, sonriendo también.</p>
+
+<p>—Hemos seguido a Periquito a la cazuela y le encontramos mano a mano
+con Ramona—dijo el joven, acercando la boca al oído de su hermana
+Ventura.</p>
+
+<p>—¿Sí?... ¿Qué le decía?—preguntó ésta con gran curiosidad.</p>
+
+<p>—Pues le decía... (una avenida de risa lo interrumpió por algunos
+momentos). Le decía... «Ramona, te amo».</p>
+
+<p>—¡Ave María! ¡A una sardinera!—exclamó la niña riendo también y
+haciéndose cruces.</p>
+
+<p>—¡Si vieras con qué voz temblorosa lo decía, y cómo ponía los ojos en
+blanco!... Aquí está Piscis, que también lo oyó...</p>
+
+<p>Piscis dejó escapar un gruñido corroborante.</p>
+
+<p>En aquel momento, Periquito, que era un muchacho pálido y enteco, de
+ojos azules y poca y rala barba rubia, apareció en las lunetas. Las
+miradas de toda la familia Belinchón se clavaron en él sonrientes y
+burlonas. Sobre todo Pablo y Venturita se mostraban grandemente
+regocijados a su vista. Periquito levantó la cabeza y saludó. La familia
+Belinchón contestó al saludo sin dejar de reir. Tornó a levantar la
+cabeza otras dos o tres veces y viendo aquellas insistentes sonrisas, se
+sintió molesto y salió al pasillo.</p>
+
+<p>Levantóse nuevamente el telón. La decoración representaba unas cavernas
+del infierno, aunque no era imposible que alguien creyese que se trataba
+de la bodega de un barco. El acto comenzaba por un preludio de la
+orquesta, dignamente dirigida por el señor Anselmo, ebanista de la
+villa. Figuraban en ella como bombardinos el señor Matías, el sacristán,
+y el señor Manolo (barbero); como clarinetes don Juan el Salado
+(escribiente del Ayuntamiento) y Próspero (carpintero); como trompas
+<i>Mechacan</i> (zapatero) y el señor Romualdo (enterrador); como cornetines
+Pepe de la Esguila (albañil) y Maroto (sereno); como figle el señor
+Benito el Rato (escribiente de una casa de comercio y figle de la
+iglesia). Había otros cuatro o cinco muchachos aprendices, que
+acompañaban. El señor Anselmo, en vez de batuta, tenía en la mano para
+dirigir una enorme llave reluciente, que era la de su taller.</p>
+
+<p>El preludio era muy triste y temeroso; como que estábamos en el
+infierno. El público guardaba absoluto silencio: esperaba con ansia lo
+que iba a salir de allí, clavados los ojos en las trampas abiertas en el
+suelo del escenario. De pronto, de aquella música suave y misteriosa
+salió un trompetazo desafinado. El señor Anselmo se volvió y dirigió una
+mirada de reprensión al músico, que se puso colorado hasta las orejas.
+Hubo en el público fuerte y prolongado murmullo. De la cazuela salió
+entonces una voz que gritó:</p>
+
+<p>—Fué Pepe de la Esguila.</p>
+
+<p>Las miradas del público se dirigieron hacia este menestral, que se hizo
+el distraído sacando la boquilla del cornetín y sacudiéndola; pero
+estaba cada vez más colorado.</p>
+
+<p>—Si no sabe tocar que se vaya a la cama—gritó la misma voz.</p>
+
+<p>Entonces el corrido y avergonzado Pepe de la Esguila montó en cólera de
+pronto, dejó el instrumento en el suelo, y alzándose del asiento con los
+ojos encendidos y agitando los puños frente a la cazuela, gritó:</p>
+
+<p>—¡Ya te arreglaré en cuanto salgamos, Percebe!</p>
+
+<p>—¡Chis, chis! ¡Silencio, silencio!—exclamó todo el público.</p>
+
+<p>—¡Qué has de arreglar, morral! Anda adelante y toca mejor la trompeta.</p>
+
+<p>—¡Silencio, silencio! ¡Qué escándalo!—volvió a exclamar el público.</p>
+
+<p>Y todos los ojos se volvieron hacia el palco del alcalde.</p>
+
+<p>Era éste un hombre de sesenta, a setenta años, bajo de estatura y muy
+subido de color, el pelo bien conservado y enteramente blanco, las
+mejillas rasuradas, la nariz borbónica, los ojos grandes, redondos y
+saltones. Parecía un cortesano de Luis XV o un cochero de casa grande.</p>
+
+<p>Don Roque, que así se llamaba, se revolvió en el asiento y dió una voz.</p>
+
+<p>—¡Marcones!</p>
+
+<p>Un alguacil octogenario se acercó al respaldo del palco con la gorra
+azul de grande visera charolada en la mano. El alcalde conferenció con
+él algunos momentos. Marcones subió a la cazuela bajando poco después
+con un joven en traje de marinero, agarrado del brazo. Ambos se
+acercaron al palco presidencial.</p>
+
+<p>Don Roque comenzó a increparle procurando apagar la voz y consiguiéndolo
+a medias. Se oía de vez en cuando:—«¡Zopenco!»... «no tenéis pizca de
+educación»... «animal de bellota»... «¿Te figuras que estás en la
+taberna?» El marinero aguantaba la rociada con los ojos en el suelo.</p>
+
+<p>Una voz gritó desde el patio:</p>
+
+<p>—Que lo lleven a la cárcel.</p>
+
+<p>Pero desde la cazuela contestó otra al instante:</p>
+
+<p>—Que lleven también a Pepe de la Esguila.</p>
+
+<p>—¡Silencio! ¡Silencio!</p>
+
+<p>El alcalde, después de haber reprendido y amenazado ásperamente a
+Percebe, le dejó volver otra vez a su sitio, con gran satisfacción de la
+cazuela, que lo recibió con hurras y aplausos.</p>
+
+<p>La orquesta, callada un instante, tornó a su infernal preludio. Antes
+que éste se terminase, comenzaron a salir por las trampas del escenario
+hasta una docena de diablos con sendas y enormes pelucas de estopa, el
+rabo de etiqueta, y teas encendidas en las manos. Así como se hallaron
+sobre el entarimado y cerradas convenientemente las trampas, dieron
+comienzo, como es lógico, a una danza fantástica; pues bien sabido es de
+antiguo que no pueden estar juntos cuatro demonios sin entregarse con
+furor al baile. Los espectadores seguían con extremada curiosidad sus
+vivos y acompasados movimientos. Un chiquillo lloró. El público obligó a
+su madre a que lo sacase.</p>
+
+<p>Mas hete aquí que con tanto ir y venir, pasar y rozarse los ministros de
+Belcebú en aquel no muy amplio recinto, una tea llegó a prender fuego a
+la peluca de uno de ellos. El pobre diablo, sin darse cuenta de ello,
+siguió bailando cada vez con más infernal arrebato. El público reía a
+carcajadas esperando el próximo desenlace de aquel incidente. En efecto,
+cuando sintió caliente la cabeza más de la cuenta el espíritu maligno,
+se apresuró a arrancarse la peluca, y la careta, quedando al descubierto
+el rostro de <i>Levita</i>, donde se pintaba el terror.</p>
+
+<p>—<i>¡Levita!</i>—gritó el público alborozado.</p>
+
+<p>El granuja que tenía este apodo, privado de sus atributos infernales,
+confuso y avergonzado, se retiró de la escena.</p>
+
+<p>Al poco rato empezó a arder otra peluca. Nuevos murmullos y mayor
+ansiedad por ver la metempsícosis de aquel ángel exterminador. No se
+hizo esperar. Al cabo de pocos minutos la peluca y la careta volaban por
+el aire como encendido cometa.</p>
+
+<p>—<i>¡Matalaosa!</i>—gritaron todos. Una inmensa carcajada sonó en el
+teatro.</p>
+
+<p>—<i>Mátala</i>, no te descubras que te vas a constipar—dijo uno desde la
+cazuela.</p>
+
+<p><i>Matalaosa</i> se retiró avergonzado como su compañero <i>Levita</i>.</p>
+
+<p>Todavía ardieron otras dos o tres pelucas, poniendo a la vergüenza a
+otros tantos pillastres de la calle que servían de comparsas en el
+teatro. El baile se terminó al fin sin más incendios.</p>
+
+<p>Una vez sepultados de nuevo en el Averno los demonios que se habían
+salvado de la quema, se presentaron en la escena un gallardo mancebo, de
+oficio pastor, a juzgar por el pellico que le tapaba la espalda, y una
+hermosa doncella de idéntica profesión. Los cuales, en el mismo punto,
+siguiendo el antiguo precepto que obliga a todo pastor a estar enamorado
+y a toda pastora a mostrarse esquiva, comenzaron su diálogo, donde las
+quejas amorosas y los tiernos lamentos de él contrastaban con las
+indiferentes carcajadas de ella. Alegres y regocijados se hallaban
+todos, lo mismo los del patio que los de la cazuela, con las sabrosas
+razones que pasaban en la escena, cuando a la puerta del teatro se oyó
+una gran voz que dijo:</p>
+
+<p>—Don Rosendo, está entrando la <i>Bella-Paula.</i></p>
+
+<p>El efecto que aquel inesperado grito produjo, fué inexplicable. Porque
+no sólo don Rosendo se levanta como impulsado por un resorte y se
+apresura con mano trémula a ponerse el abrigo para salir, sino que por
+todo el concurso se esparció un fuerte rumor acompañado de viva
+agitación que estuvo a punto de interrumpir el diálogo pastoril. Los
+menestrales del patio lanzáronse acto continuo a la calle. De la cazuela
+bajaron con fuerte traqueteo casi todos los marineros que allí había. Y
+de los palcos y butacas salieron también numerosas personas. A los pocos
+minutos no quedaban apenas en el teatro más que las mujeres.</p>
+
+<p>Cecilia se había quedado inmóvil, pálida, con los ojos clavados en la
+escena. Su madre y hermana la miraban en tanto con semblante risueño.</p>
+
+<p>—¿Por qué me miráis de ese modo?—exclamó volviéndose de pronto. Y al
+decir esto se puso fuertemente colorada.</p>
+
+<p>Doña Paula y Venturita soltaron una carcajada.</p>
+
+
+
+<div class='chapter' /><h2 class="top15"><a name="II" id="II"></a>II</h2>
+
+<p class="c">Del feliz arribo de la «Bella-Paula»</p>
+
+
+<p>El pelotón de espectadores corrió por las calles en dirección al muelle.
+Delante, rodeado de seis u ocho marineros, de su hijo Pablo y algunos
+amigos, iba don Rosendo, silencioso, preocupado, escuchando los
+comentarios de sus acompañantes, que los pronunciaban con la voz
+entrecortada por la fatiga.</p>
+
+<p>—Tiene suerte don Domingo; llega con más de media marea—dijo un
+marinero aludiendo al capitán de la <i>Bella-Paula.</i></p>
+
+<p>—¿Qué sabes tú si llega ahora? Bien puede estar fondeado desde la
+tarde—respondió otro.</p>
+
+<p>—¿Dónde?</p>
+
+<p>—¿Dónde ha de ser, mamón? en la concha—replicó el otro enfureciéndose.</p>
+
+<p>—Si hubiera estado se vería, tío Miguel.</p>
+
+<p>—¿Cómo lo habías de ver, papanatas?... ¿Has estado por si acaso en la
+peña Corvera?</p>
+
+<p>—La bandera de la <i>Bella-Paula</i> se ve por encima de la peña, tío
+Miguel.</p>
+
+<p>—¡Qué bandera ni qué mal rayo que te parta!</p>
+
+<p>—¿Qué carga trae, don Rosendo?—preguntóle al armador uno de los que le
+acompañaban.</p>
+
+<p>—Cuatro mil quintales.</p>
+
+<p>—¿Escocia?</p>
+
+<p>—No; todo Noruega.</p>
+
+<p>—¿Viene a bordo el señorito de las Cuevas?</p>
+
+<p>Don Rosendo no contestó. Al cabo de un momento de marcha cada vez más
+precipitada, se volvió diciendo:</p>
+
+<p>—A ver; es necesario avisar a don Melchor que está entrando la
+<i>Bella-Paula</i>.</p>
+
+<p>—Yo iré—respondió un marinero destacándose del pelotón y marchando a
+internarse otra vez en el pueblo.</p>
+
+<p>Llegaron al muelle. La noche estaba fría, sin estrellas: el viento
+acostado: la mar en calma. Dejaron el antiguo y diminuto muelle y se
+dirigieron a la punta del Peón recién construída que avanzaba bastante
+más por el mar. Brillaba en la obscuridad tal cual farolillo de los
+barcos anclados. Apenas se advertía la espesa red de su jarcia. Los
+cascos aparecían como una masa negra informe.</p>
+
+<p>Los recién llegados no vieron un grupo mucho mayor de gente que se
+apiñaba en la punta misma del malecón hasta que dieron sobre él. Todos
+guardaban silencio con los ojos puestos en el mar, esforzándose por
+advertir entre las tinieblas las maniobras del buque. Las olas, que
+rompían blandamente contra las peñas más próximas, blanqueaban de vez
+en cuando en la obscuridad.</p>
+
+<p>—¿Dónde está?—preguntaron varios de los espectadores del teatro
+sacándose los ojos por ver algo.</p>
+
+<p>—Allí.</p>
+
+<p>—¿Dónde?</p>
+
+<p>—¿No ve usted aquí, hacia la izquierda, una lucecita verde?... Siga
+usted mi mano.</p>
+
+<p>—¡Ah, sí, ya la veo!</p>
+
+<p>Don Rosendo subió al segundo cuerpo del paredón, y encontró allí ya a
+don Melchor de las Cuevas. Era éste un caballero alto, muy alto, enjuto,
+afeitado a la usanza de los marinos, esto es, dejando la barba por el
+cuello como una venda. Tenía más razón para ello que la mayoría de los
+vecinos de Sarrió que se afeitaban de este modo, pues pertenecía al
+honroso cuerpo de la Armada, si bien en calidad de retirado. Pero en los
+puertos de mar, particularmente cuando la población es pequeña, como la
+en que nos hallamos, el elemento marítimo predomina y se infiltra de tal
+modo, que todos los habitantes, sin poderlo remediar, sin darse cuenta
+de ello, adoptan ciertos usos, palabras y formas de vestir de los
+marinos.</p>
+
+<p>Habría sido apuesto y galán el señor de las Cuevas en sus tiempos
+juveniles; porque hoy, a los setenta y cuatro años, es un hombre brioso,
+erguido, de vivos y penetrantes ojos, nariz aguileña, noble y
+descubierta frente. Toda su figura anuncia energía y decisión.</p>
+
+<p>Estaba en pie sobre uno de los asientos adheridos al pretil del paredón,
+con unos enormes anteojos de mar dirigidos hacia la lucecita verde que
+brillaba con intermitencias allá a lo lejos. Era con mucho la figura más
+elevada que salía del grupo de espectadores.</p>
+
+<p>—¡Don Melchor, usted aquí ya!... Acabo de enviarle un recado a su casa.</p>
+
+<p>—Hace una hora que he venido—repuso el señor de las Cuevas, separando
+los anteojos de la cara.—He visto la barca desde el mirador poco
+después de puesto el sol.</p>
+
+<p>—Debía suponerlo. ¿Cómo se le había a usted de escapar nada que pase
+por ahí afuera?</p>
+
+<p>—Tengo mejor vista que cuando era un mozo de veinte años—dijo don
+Melchor con firme entonación y en voz alta para que lo oyesen.</p>
+
+<p>—Lo creo, lo creo, don Melchor.</p>
+
+<p>—A quince millas veo virar una lancha bonitera.</p>
+
+<p>—Lo creo, lo creo.</p>
+
+<p>—Y si me apuran un poco—profirió en voz más alta aún,—les cuento las
+portas a las fragatas que cruzan para el Ferrol.</p>
+
+<p>—Arríe, arríe un poco, don Melchor—dijo una voz.</p>
+
+<p>Hubo en la obscuridad carcajadas reprimidas, porque el señor de las
+Cuevas inspiraba respeto profundo a toda la marinería.</p>
+
+<p>El viejo marino volvió airado la cabeza hacia el sitio donde había
+salido la cuchufleta. Esforzóse en penetrar las tinieblas en silencio
+algunos instantes, y al cabo dijo con voz ronca:</p>
+
+<p>—Si supiese quién eres, pronto te arriaba yo en banda a la mar.</p>
+
+<p>Nadie osó decir una palabra, ni hubo el más leve conato de risa. En
+Sarrió se sabía que el señor de las Cuevas era muy capaz de hacerlo como
+lo decía. Había servido en la marina de guerra más de cuarenta años,
+gozando siempre opinión de oficial bravo y pundonoroso, pero al mismo
+tiempo de una severidad que rayaba en barbarie. Cuando ya ningún
+comandante de buque se acordaba de nuestras antiguas ordenanzas
+marítimas, don Melchor se empeñaba en ponerlas en práctica y en todo su
+rigor. Contábase con terror en el pueblo, que había ahogado a un
+marinero por pasarlo tres veces debajo de la quilla, según prescribía la
+ordenanza para ciertas faltas; y a más de ciento había derrengado a
+palos o les había levantado el pellejo con el chicote. Además no había
+en Sarrió piloto o marinero que se las pudiese haber con él en lo
+referente a la mar, lo mismo en el conocimiento del tiempo, que en las
+maniobras de los barcos; en todos los secretos de la navegación.</p>
+
+<p>La lucecita verde se iba acercando con lentitud. Percibíase ya el bulto
+de la <i>Bella-Paula</i> a simple vista, y además otros dos o tres puntitos
+negros cerca de ella, que cambiaban a menudo de sitio. Eran la lancha
+del práctico y los botes auxiliares para tirar del barco cuando fuese
+necesario. Como el viento no soplaba apenas, la corbeta mantenía izadas
+todas las velas. Sin embargo, ya estaba demasiado cerca del paredón para
+que esto no constituyese un peligro. Al menos don Melchor así lo
+entendió, porque comenzó a jurar por lo bajo y a mostrarse inquieto. No
+pudiendo resistir más, a sabiendas de que no le habían de oir, gritó:</p>
+
+<p>—Aferra las gavias, Domingo. ¿Qué aguardas?</p>
+
+<p>Apenas había acabado de pronunciar estas palabras, cuando se vieron
+sobre las cofas los bultos casi imperceptibles de los marineros.</p>
+
+<p>—¡Acabáramos!—exclamó don Melchor.</p>
+
+<p>—¡Sí, que Domingo se chupa el dedo!—dijo por lo bajo el marinero a
+quien el señor de las Cuevas había amenazado.</p>
+
+<p>El casco de la corbeta, pintado de negro con una banda blanca en la obra
+muerta, se destacó al fin con pureza del fondo obscuro. Los ojos de los
+espectadores, habituados ya a las tinieblas, veían perfectamente todo lo
+que pasaba a bordo. Sobre el puente había dos bultos, el del capitán y
+el del práctico. En la proa uno, el del piloto.</p>
+
+<p>—¿Y la escandalosa?—gritó de nuevo don Melchor.</p>
+
+<p>La escandalosa de mesana, como si obedeciese a su voz, cayó. La barca
+siguió acercándose cada vez con más pausa. El viento no conseguía
+henchir las velas bajas: la cangreja pendía del palo lacia y desmayada
+como un vestido de baile usado. Pronto quedaron aferradas aquéllas y
+arriada ésta, y el barco comenzó a caminar con sosiego desesperante
+remolcado por los dos botes. Las figuras de los remadores se levantaron
+acompasadamente sobre los bancos. Y la voz de los patrones
+gritando:—¡Hala avante! ¡hala duro!—rompió con brío el silencio de la
+noche.</p>
+
+<p>Pero los tirones eran tan débiles con relación a la masa, que el buque
+apenas se movía. Cuando al cabo de un cuarto de hora consiguió acercarse
+unas treinta brazas de la punta del Peón, largó un cabo, que uno de los
+botes trajo al malecón para ayudar a virar a la corbeta.</p>
+
+<p>—¡Capitán, capitán!—gritó uno con voz estentórea desde el grupo.</p>
+
+<p>—¿Qué hay?—contestaron del buque.</p>
+
+<p>—¿Viene a bordo el señorito de las Cuevas?</p>
+
+<p>—Sí.</p>
+
+<p>—Pues ojo con el señorito de las Cuevas... Los demás que se ahoguen.</p>
+
+<p>La broma produjo gran algazara en la muchedumbre. Volvió a reinar el
+silencio. La corbeta comenzaba a virar, apoyada en el cabo de tierra,
+que rechinaba con la tensión. La gente del muelle se puso a hablar con
+la de a bordo. Pero ésta se mostraba silenciosa, taciturna, atendiendo a
+las maniobras más que a las preguntas que les dirigían. Entonces el
+temperamento burlón de la marinería en aquella comarca se ostentó de
+nuevo. Los de tierra comenzaron a dar vaya a los de a bordo, sobre todo
+a un cierto sujeto que parecía un montón de pelos, a quien apodaban
+Tanganada, el cual se movía de un lado a otro, con la gracia de un oso,
+manejando los cables, y lanzando gruñidos de desprecio a la muchedumbre.</p>
+
+<p>—Oyes, Tanganada; ya tendrás ganas de comer una cazuela de bacalao,
+¿verdad?</p>
+
+<p>—Alégrate, Tanganada; hay sidra en el lagar de Llandones.</p>
+
+<p>—¿Hacía calor en Noruega?</p>
+
+<p>—¡Allí te quisiera ver yo, ladrón!—gruñó Tanganada, mientras aferraba
+una vela.</p>
+
+<p>Los marineros saludaron la frase con grandes carcajadas.</p>
+
+<p>—¡Larga tierra!—gritó el práctico desde el puente.</p>
+
+<p>—¡Hala a bordo!—contestó el marinero que tenía el socaire soltando el
+chicote. El cable cayó al mar, y comenzó a subir velozmente por el
+costado del buque.</p>
+
+<p>Este se encontraba al abrigo del malecón, pero no había marea bastante
+para atracar al antiguo muelle. El capitán dió una voz al piloto.</p>
+
+<p>—¡Fondo!</p>
+
+<p>El piloto dijo a los marineros que tenía a su lado:</p>
+
+<p>—¡Arría!</p>
+
+<p>El ancla cayó al mar con un ruido estridente de cadenas. La barca se
+dispuso a virar sobre ella.</p>
+
+<p>—¿Vas a amarrarte a tierra, Domingo?—preguntó don Melchor.</p>
+
+<p>—Sí, señor—respondió el capitán.</p>
+
+<p>—No hay necesidad; amárrate en dos. Dentro de una hora podrás
+enmendarte.</p>
+
+<p>—Tanto me cuesta uno como otro—dijo en voz baja el capitán alzando los
+hombros, y luego en voz alta añadió:</p>
+
+<p>—¡Echa la de uso!</p>
+
+<p>Otra ancla cayó al mar con el mismo ruido.</p>
+
+<p>—¿Cómo le va a usted, tío?—dijo una voz dulce y varonil desde a bordo.</p>
+
+<p>—Hola, Gonzalito. ¿Llegas bueno, hijo mío?</p>
+
+<p>—Perfectamente; voy allá ahora mismo.</p>
+
+<p>Y se bajó con gran agilidad por un cable al bote.</p>
+
+<p>—Vamos a esperarle—dijo don Rosendo poniéndose a andar.</p>
+
+<p>Pero la mano del señor de las Cuevas le sujetó como unas tenazas por el
+brazo.</p>
+
+<p>—¿Dónde va usted, hombre de Dios?</p>
+
+<p>—¿Qué es eso?—preguntó el armador asustado.—¡Ah, es cierto! ¡No me
+acordaba de que estábamos en el segundo paredón!... La obscuridad...
+Tanto tiempo aquí... El mareo de estar con la vista fija... en el
+barco... ¡Dios mío! ¿Qué hubiera sido de mí si usted no me sujeta?</p>
+
+<p>—Pues nada, se hubiera usted deshecho los sesos contra las losas de
+abajo.</p>
+
+<p>—¡Virgen Santísima!—exclamó don Rosendo poniéndose horriblemente
+pálido. La frente se le cubrió de un sudor frío, y las piernas le
+flaquearon.</p>
+
+<p>—No tenga usted miedo por lo que ya pasó, amigo. Bajemos a recibir a
+Gonzalito.</p>
+
+<p>Bajaron en efecto al muelle, donde acababa de saltar un joven alto,
+rubio, de gallardo aspecto, vestido con un largo gabán que casi le
+llegaba a los pies.</p>
+
+<p>—¡Tío!</p>
+
+<p>—¡Gonzalo!</p>
+
+<p>Se fueron acercando, hasta que quedaron abrazados los dos gigantes.
+También don Rosendo saludó con efusión al joven; pero estaba tan
+preocupado con el peligro que había corrido su existencia, que al
+instante volvió a ponerse sombrío y melancólico. Apenas pudo contestar a
+las preguntas que el contramaestre le hizo, pidiéndole instrucciones por
+encargo del capitán.</p>
+
+<p>Pusiéronse en marcha luego hacia la casa de don Melchor, situada en lo
+más alto de la villa, señoreando una extensión inmensa de mar. Durante
+el camino, Gonzalo dejó que su tío fuese delante, y un poco acortado
+hizo algunas preguntas a don Rosendo acerca de su familia.</p>
+
+<p>—¿Cómo está doña Paula? ¿Le ha desaparecido la rija del ojo? ¿Y Pablo?
+¿Continúa con la misma afición a los caballos? ¿Y Venturita? Estará
+hecha una mujer ya, ¿verdad?... (Pausa.) ¿Cecilia está buena?—terminó
+preguntando rápidamente.</p>
+
+<p>A todas sus preguntas respondió el señor de Belinchón con monosílabos.</p>
+
+<p>—¿Sabes, Gonzalo—dijo parándose de pronto,—que por un poco me mato
+ahora mismo?</p>
+
+<p>—¡Cómo!</p>
+
+<p>Le contó con prolijidad el percance del muelle. Terminado el relato,
+cayó en una profunda consternación.</p>
+
+<p>—¿Supongo que la familia ya estará en la cama?—preguntó Gonzalo
+después que hubo deplorado bastante (al menos en su concepto) el
+peligro del comerciante.</p>
+
+<p>—No; están en el teatro... No sabe uno dónde la tiene; ¿verdad,
+querido?</p>
+
+<p>—¡Hola! ¿Hay compañía?</p>
+
+<p>—Sí, desde hace unos días. ¿Crees que me hubiera matado, Gonzalo?</p>
+
+<p>—Phs... tal vez se hubiera usted roto una pierna, o las dos... o una
+costilla.</p>
+
+<p>—¡Menos malo!—exclamó el señor de Belinchón dejando escapar un
+suspiro.</p>
+
+<p>En esto se habían internado ya bastante en la población, y al llegar a
+cierta calle, don Rosendo se despidió del tío y del sobrino. Dióle éste
+la mano con visible tristeza.</p>
+
+<p>—Voy al teatro a buscar a la familia. Hasta mañana; que descanses,
+Gonzalo.</p>
+
+<p>—Hasta mañana... Recuerdos.</p>
+
+<p>El señor de las Cuevas y su sobrino se emparejaron caminando lentamente
+la vuelta de la casa del primero. Cayó entonces sobre el viajero un
+chaparrón de preguntas, no relativas a su estancia en Inglaterra, sino
+todas ellas referentes al viaje por mar. «¿Qué tal el viento? de bolina
+siempre, ¿verdad?... ¿No se os cayó alguna vez? El barco no cabecearía
+mucho; viene bien cargado... ¿Y las corrientes? No marearíais siempre
+con toda la tela, ¿eh? ¿A que habéis arrizado a la salida de Liverpool?
+¡Conozco, conozco el paño!</p>
+
+<p>Respondía Gonzalo con distracción a las preguntas, que, por otra parte,
+entendía a duras penas. Iba cabizbajo y melancólico. Observándolo al fin
+su tío, se paró en firme y dijo:</p>
+
+<p>—¿Qué tienes, Gonzalito? Parece que estás triste.</p>
+
+<p>—¿Yo? ¡Ca! No, señor.</p>
+
+<p>—Juraría que sí.</p>
+
+<p>Siguieron otro rato en silencio, y don Melchor, dándose una palmada en
+la frente, exclamó:</p>
+
+<p>—¡Ya sé lo que tienes!</p>
+
+<p>—¿Qué?</p>
+
+<p>—Mal de la tierra. A mí me ha pasado siempre lo mismo. Cuando saltaba
+en tierra después de algún viaje ¡me entraba una desazón, una tristeza,
+un deseo tan grande de volverme a bordo! Duraba dos o tres días hasta
+que me iba acostumbrando. El caso es que tenía afán de llegar al puerto;
+pero, una vez en él, echaba de menos la vida de a bordo. No sé lo que
+tiene el mar que atrae, ¿verdad?... ¡Aquel aire tan puro!... ¡Aquel
+movimiento!... ¡Aquella libertad!... A que sientes ganas de volverte al
+barco, ¿eh?—terminó diciendo con una sonrisa maliciosa que acreditaba
+su extremada perspicacia.</p>
+
+<p>—Malditas... De lo que tengo gana, tío, voy a decírselo en confianza...
+es de ver a mi novia.</p>
+
+<p>Don Melchor quedó asombrado.</p>
+
+<p>—¿De veras?</p>
+
+<p>—Lo que usted oye.</p>
+
+<p>Reflexionó un momento el señor de las Cuevas, y al cabo dijo:</p>
+
+<p>—Bien; si quieres puedes ir al teatro a saludarla... Mientras tanto, yo
+voy a ver cómo se enmienda Domingo.</p>
+
+<p>—¿De qué se ha de enmendar? Es una persona excelente—repuso el joven
+sonriendo.</p>
+
+<p>El tío, sin comprender la ironía, le miró con desprecio.</p>
+
+<p>—Vaya, veo que vienes tan ignorante como has ido... Te aguardo para
+cenar.</p>
+
+<p>—No me aguarde usted, tío—contestó Gonzalo, que ya estaba
+lejos.—Quizá no cene.</p>
+
+<p>Y sin tomar carrera, pero con extraña velocidad, gracias a sus
+descomunales piernas, salvó las calles, alumbradas por algunos raros
+faroles de aceite, en dirección al teatro. Cualquiera que le tropezase
+en aquella hora le diputaría por un inglesote de los muchos que llegan a
+Sarrió mandando barcos unas veces, otras a reconocer cotos mineros o a
+montar alguna industria. Su estatura colosal, su corpulencia, no son los
+signos característicos de la raza española, siquiera nos hallemos en una
+de las provincias del Norte. Luego, aquel gabán tan largo, las botas de
+tres suelas, el sombrero de forma exótica, denunciaban claramente al
+extranjero. Pues mirándole al rostro acababa de completarse la ilusión,
+porque era blanco y terso y adornado con larga barba rubia, los ojos
+azules, o más propiamente garzos, al igual de los que se ven casi sin
+excepción en las razas septentrionales. Aprovechemos los cortos momentos
+que nos quedan antes que llegue al teatro para proporcionar al lector
+algunos datos biográficos acerca de este mancebo.</p>
+
+<p>La familia de las Cuevas a la cual pertenece, venía siendo de gigantes y
+marinos, desde tiempo inmemorial. Marino había sido su padre, marino su
+abuelo, marinos sus tíos, y marinos también los hijos de éstos. Gonzalo
+quedó huérfano de padre y madre cuando no contaba ocho años de edad,
+dueño de una fortuna no despreciable, administrada por su tío y tutor
+don Melchor, en cuyo poder y guarda le dejó el padre al morir. Bien
+quisiera el viejo marino que su pupilo continuase la no interrumpida
+tradición del linaje de las Cuevas en cuanto a la carrera. Para
+despertarle la afición o inclinarle a la marina, le compró una preciosa
+balandra donde ambos se paseaban por las tardes o salían de pesca.</p>
+
+<p>Pero todos los propósitos del buen caballero se estrellaron contra las
+aficiones terrestres de su sobrino. De la mar no le gustaban a éste más
+que los peces; pero aderezados ya y humeando en medio de la mesa.
+Todavía transigía, no obstante, con la caldereta merendada allá en algún
+recodo de la costa, sentado sobre una peña donde manase agua fresca
+potable. A los catorce años era Gonzalo un muchacho espigado y robusto,
+que estudiaba en el colegio privado de Sarrió la segunda enseñanza y se
+examinaba todos los años en la capital, obteniendo ordinariamente la
+calificación de <i>bueno</i> y una que otra vez, muy rara, la de
+<i>notablemente aprovechado</i>. Bien quisto de sus compañeros por su
+condición noble y franca, y respetado también por virtud de sus puños
+formidables. Los caballeros de la villa le agasajaban a causa de su
+posición y la familia a que pertenecía; los marineros y demás gente del
+pueblo le amaban por su carácter llano y comunicativo.</p>
+
+<p>Después de graduado bachiller en Artes, permaneció en Sarrió tres años
+todavía sin hacer nada. Levantábase tarde, se iba al casino y allí
+pasaba la mayor parte del día jugando al billar, en el cual llegó a ser
+extremado. A pesar de ser el niño mimado de la población, visitaba pocas
+casas. Prefería la vida estúpida y depravada del café, a la cual se
+había habituado. No obstante, como no era cerrado de inteligencia y su
+exuberante naturaleza rebosaba de actividad y de fuerza, las empleaba
+una que otra vez en el estudio de algunos ramos de la ciencia.
+Aficionóse a la mineralogía, y muchas tardes, abandonando el casino y el
+billar, se iba por los contornos de la villa en busca de piedras
+minerales y ejemplares de fósiles, llegando a reunir una rica colección.
+A ratos le dió también por ejercitarse en el microscopio: hizo traer uno
+costoso de Alemania y comenzó a examinar diatomeas y a prepararlas
+admirablemente sobre unos cristalitos que él mismo cortaba. Por último,
+habiendo caído en sus manos un libro sobre la fabricación de la cerveza,
+entregóse con ahinco a su estudio, pidió a Inglaterra otros varios y
+comenzó a imaginar que acaso en Sarrió se obtendría un resultado feliz y
+pingües beneficios con esta industria desconocida. Se le ocurrió montar
+una fábrica. Pero habiendo comunicado el proyecto con su tío, este varón
+esforzado creyó oportuno lanzar una serie de gritos inarticulados, fuera
+todos ellos del diapasón normal, terminados los cuales se le oyó
+exclamar:</p>
+
+<p>—¡Cómo! ¡Un Cuevas metido a cervecero! ¡El hijo de un capitán de navío,
+el nieto de un contralmirante de la Armada! Tú estás desarbolado,
+Gonzalo. Bien dice el refrán que la ociosidad es madre de todos los
+vicios. Si hubieses ingresado en la Escuela de Marina como yo te
+aconsejaba, a estas horas serías ya guardia marina de primera, y
+estarías corriendo el mundo sin pensar en tales payasadas.</p>
+
+<p>Gonzalo se calló, pero no dejó de seguir leyendo sus métodos de
+fabricación. Comprendiendo que sin visitar por sí mismo las fábricas
+principales y sin estudiar con seriedad el asunto no alcanzaría
+resultado alguno, se resolvió a seguir la carrera de ingeniero
+industrial en Inglaterra. Cuando se arrojó a decírselo a su tío, no le
+sonó mal al marino el nombre de ingeniero; pero el calificativo de
+industrial volvió a despertar en su espíritu la misma tempestad de odios
+y rencores que le había producido la cerveza.</p>
+
+<p>—¡Industrial, industrial! Hoy cualquier limpiabotas se llama
+industrial. Hazte buenamente ingeniero de caminos, canales y puertos, o
+de minas.</p>
+
+<p>Por este tiempo conoció, o para hablar con más propiedad, trató, pues en
+Sarrió todos se conocían, a su novia actual, la señorita de Belinchón.
+Un día su tío le envió a casa del rico comerciante con encargo de
+preguntarle si podría darle una letra sobre Manila. Don Rosendo no se
+hallaba en su escritorio, que estaba en la planta baja de la casa, y
+como el negocio era urgente, Gonzalo se decidió a subir. La doncella que
+le abrió estaba con prisa.</p>
+
+<p>—Pase usted, don Gonzalo; la señorita Cecilia le dirá dónde está el
+señor.</p>
+
+<p>Penetró en un cuarto desarreglado, con montones de ropa por el suelo y
+una mesa en el centro, donde la hija primera de los señores de Belinchón
+estaba aplanchando una camisa en traje no adecuado a su categoría. Un
+vestidillo raído y un pañuelo atado a la cintura como las artesanas; en
+los pies unas zapatillas bastante usadas. No se ruborizó porque el joven
+la encontrase en aquel arreo ni en tan baja ocupación, ni exclamó como
+otras muchas harían en su caso:</p>
+
+<p>—¡Jesús, de qué forma me encuentra usted!—llevando las manos al pelo o
+a la garganta.</p>
+
+<p>Nada de eso. Suspendió un momento su tarea, sonrió con dulzura y aguardó
+a que el joven hablase.</p>
+
+<p>—Buenas tardes—dijo, poniéndose colorado.</p>
+
+<p>—Buenas tardes, Gonzalo—respondió ella.</p>
+
+<p>—¿Podría ver a su papá?</p>
+
+<p>—No sé si está en casa. Voy a ver—repuso la joven, dejando la plancha
+sobre la mesa y pasando por delante de él.</p>
+
+<p>Cuando ya se había alejado un poco, se volvió para preguntarle:</p>
+
+<p>—¿Su tío está bueno?</p>
+
+<p>—Sí, señora, sí... Digo, no... hace algunos días que no se levanta de
+la cama... Tiene un catarro fuerte.</p>
+
+<p>—¿No será cosa de cuidado?</p>
+
+<p>—Creo que no, señora.</p>
+
+<p>La joven continuó su camino sonriendo. Le hacía gracia que Gonzalo la
+llamase señora no habiendo cumplido los diez y seis años y contando él
+más de veinte. Ambos, sin haberse hablado «de grandes», se conocían como
+si fuesen hermanos. Se encontraban todos los días en la calle, en el
+paseo, en el teatro, en la iglesia. «De pequeños» recordaba Cecilia que
+cierta tarde en la romería de Elorrio bailando la giraldilla con otras
+chicas de su edad, se llegaron unos granujas a estorbarlas, tirándolas
+del pelo desde fuera, empujándolas con fuerza y metiéndose en el corro
+gritando para hacerlas perder el compás. Gonzalo, que era un grandullón
+de trece años, viendo aquella fea tosquedad, acudió en su auxilio, y
+puntapié va, trompada viene, soplamocos a uno y puñada a otro, en un
+instante puso en dispersión a los tres o cuatro descorteses mozuelos.
+Los ojos de las diminutas bailarinas le contemplaron con admiración. En
+aquellos corazones femeninos de cinco a diez años quedó grabado para no
+borrarse jamás un sentimiento de gratitud hacia el heroico mancebo. Otra
+vez, años adelante, un día de San Juan, Gonzalo cedió a ella y su
+familia la balandra para pasearse por el mar, pues los botes y lanchas
+escaseaban en tal ocasión. Mas ninguna de estas circunstancias engendró
+el trato entre ellos. Si los encontraba muy de frente, Gonzalo solía
+llevarse la mano al sombrero; si no, pasaba de largo como si no los
+viese, a pesar del conocimiento, ya que no amistad íntima, que su tío
+mantenía con el señor Belinchón. La vida exclusiva de café, el ningún
+trato con las mujeres, habían hecho de Gonzalo un joven apocado y
+vergonzoso.</p>
+
+<p>—Pase usted, Gonzalo; papá le espera en la sala—dijo la joven cruzando
+de nuevo por delante de él.—Que se alivie su tío.</p>
+
+<p>—Muchas gracias—respondió acortado. Y al alejarse caminando hacia
+atrás, como era tan alto, dió un testarazo con la lámpara de la
+antesala, que por poco la hace venir al suelo.</p>
+
+<p>Miró con angustia hacia arriba, se apresuró a sujetarla y se puso muy
+colorado.</p>
+
+<p>—¿Se ha lastimado usted?—preguntó Cecilia con interés.</p>
+
+<p>—¡Ca! No, señora... al contrario... ¡Caramba, por un poco la rompo!</p>
+
+<p>Y se retiró cada vez más confuso.</p>
+
+<p>Hallábase nuestro mancebo en aquel punto y sazón en que los hombres se
+enamoran de una escoba. La edad del amor se había retrasado para él un
+poco. Esto suele acontecer en todos aquellos en quienes los músculos
+tiranizan a los nervios. Por eso la señorita de Belinchón, aunque nada
+linda, despertó repentinamente en él cierta simpatía que es fácil
+transmutar en pasión. Y como consecuencia de aquella brevísima
+entrevista, Gonzalo pasó desde entonces alguna que otra vez sin
+necesidad por delante de la casa de los señores de Belinchón mirando con
+el rabo del ojo a los balcones; cuidó más del aliño del traje y la
+persona; iba a misa de diez los domingos a San Andrés, donde doña Paula
+y sus hijos la oían. En el teatro solía dirigirle con disimulo vivas
+miradas y alguna que otra vez se aventuraba a soltarle un sombrerazo.
+Pero en cuanto lo hacía se ponía colorado y miraba con susto a todas
+partes, temblando de que aquel naciente sentimiento de su alma fuese
+descubierto.</p>
+
+<p>¡Inocente Gonzalo! Mucho antes de que él se diese cuenta cabal de tal
+inclinación, la villa entera la conocía. Nada se puede ocultar, sobre
+todo en lo que toca a las relaciones de sexo a sexo, a los ojos
+zahoríes de las comadres de un pueblo de escaso vecindario. Y no sólo se
+conoció, pero hasta se daba como cierto el matrimonio en plazo más o
+menos lejano. Pasaban los meses, no obstante, y aquello no avanzaba un
+paso. Los testimonios que Gonzalo daba de su afición seguían siendo los
+mismos. La mayor parta de los días se reducían a pasar después de comer
+por delante de la casa del rico comerciante, para ir al casino. Cecilia
+solía estar cosiendo detrás de los cristales. Mano al sombrero; sonrisa;
+adelante; luego el billar, y hasta otro día. Don Melchor le encargó
+otras dos veces recados para don Rosendo, pero tuvo la buena suerte de
+hallarle siempre en el despacho. Decimos buena suerte, porque Gonzalo
+temblaba ante la idea de subir a la casa y tropezarse con Cecilia.</p>
+
+<p>Había cumplido ya los veinte años. La idea de hacerse ingeniero
+industrial y ocuparse en algo útil, volvía de vez en cuando a su
+espíritu en medio de aquella vida holgazana. El compañero que tornaba de
+alguna academia militar, la conversación con algún ingeniero inglés, la
+frase de desprecio que escuchaba en el casino acerca de los que no
+tenían carrera, despertábanle de pronto el deseo. Al fin, un día le dijo
+a su tío que si le daba permiso se iba a Inglaterra a estudiar algo y
+ver mundo. Como don Melchor nada podía oponer a este justo y laudable
+propósito, pocos días después Gonzalo recorría algunas casas de
+parientes y amigos, donde hacía años que no ponía los pies, para
+despedirse, y una tarde apacible y bella de primavera se embarcaba en el
+bergantín redondo <i>Vigía</i> con rumbo a la Gran Bretaña.</p>
+
+<p>¿Se acordaba de Cecilia? No lo sabemos. En temperamentos como el de
+nuestro mancebo, el fuego de las pasiones tarda mucho tiempo en prender,
+aunque a la postre causa grandes estragos.</p>
+
+<p>Pasaron tres años. Terminó la carrera de ingeniero que es breve y
+práctica en Inglaterra, y se determinó a visitar las principales
+fábricas de este país y de Francia y Alemania. En el tiempo que duraron
+sus estudios el recuerdo de Cecilia asaltábale de vez en cuando, sin
+causarle, por supuesto, emoción muy viva. Allá en la primavera cuando la
+sangre circula con más fuerza por las venas y la madre Naturaleza con el
+verdor de los campos, los vívidos colores de las flores, los juegos de
+la luz, el aire tibio embalsamado, y sobre todo, por medio de sus
+intérpretes más fieles, los pájaros, nos incita para que en modo alguno
+consintamos que la especie humana se extinga, Gonzalo pensaba en el
+matrimonio. Y siempre que tal idea surgía en su mente, presentábasele de
+improviso hecha carne en la niña primera de los señores de
+Belinchón:—«Pase usted, Gonzalo; papá le espera.» «¿Se ha lastimado
+usted?»—Volvían a sonar en sus oídos aquellas palabras y el acento
+cariñoso con que fueron pronunciadas encendía en su corazón virgen una
+chispa de simpatía. La joven no era hermosa, pero sus ojos sí, y sobre
+todo revelábase en ella el atractivo del sexo por el aire modesto y
+sencillo, el timbre de la voz, la delicadeza exquisita, enteramente
+femenina de sus modales. «No me disgustaría casarme con ella» pensaba
+dejando escapar un suspiro; porque juzgaba imposible que se atreviese a
+decir a ésta ni a ninguna señorita palabra alguna de amor. Hasta
+entonces no conocía de tal pasión más que el aspecto material y grosero,
+las relaciones fugaces y tristes de las mujeres que le abocaban por la
+noche en las calles de Londres y París.</p>
+
+<p>Un día escribiendo a cierto amigo íntimo de Sarrió se le ocurrió
+preguntarle si Cecilia Belinchón se había casado. Contestóle que aún
+permanecía soltera y que si era muy cierto que algunos galanes la
+rondaban seducidos quizá por el dinero de Belinchón más que por las
+gracias de su hija, hasta ahora no se sabía que hubiese dado oídos a
+nadie. Al leer esto, se le subió la sangre al rostro al ingeniero
+industrial. Tuvo la fatuidad de pensar (que se le dispense por Dios) que
+Cecilia rechazaba a los pretendientes a su mano... porque a ninguno
+encontraba tan guapo como él. Entonces imaginó declararle su amor por
+medio de una carta. Estando tan lejos no tendría vergüenza. Sin embargo,
+la tuvo, y cuando trató de coger la pluma para hacerlo, antes de trazar
+el primer renglón, volvió a dejarla al representarse la sorpresa que la
+joven recibiría. Pasaron algunos días. La idea no le abandonaba. Por
+medio de mil sutiles razonamientos procuraba persuadirse a escribir la
+epístola amorosa. Si se reía de él, ¿qué? no había de verlo. Con no
+volver más a Sarrió estaba concluído; y si volvía ya procuraría no
+encontrársela de frente. Al fin la escribió. Túvola guardada en el cajón
+de su mesa varios días. La idea de echarla al correo le aterraba. Para
+decidirse a ello, necesitó beberse unas copitas de ron. Cuando estuvo un
+poco mareado sacó la carta del cajón, lanzóse a la calle con brío, y en
+el primer buzón con que tropezaron sus ojos, ¡zas! la encajó.</p>
+
+<p>¡Dios mío, qué he hecho! Disipóse la borrachera. Se puso colorado hasta
+las orejas, como si por el agujero de aquel buzón le estuviesen mirando
+los ojos burlones de todos los vecinos de Sarrió; y se apresuró a meter
+los dedos en él por ver si aún podía atrapar el malhadado sobre. Nada.
+Se lo había engullido con la voracidad de un tiburón, y lo estaba ya
+digiriendo. Ocurriósele entonces presentarse en las oficinas de Correos
+y reclamarlo; pero allí le exigieron tales formalidades, que antes de
+pasar por ellas prefirió dejar correr la suerte.</p>
+
+<p>Pasó ocho días en gran zozobra. A la hora de repartir las cartas en la
+fonda, experimentaba una ansiedad que le sofocaba, esperando ver llegar
+encerradas en un sobrecito las feas y colosales calabazas, castigo justo
+a su demasía y sandez. Transcurrieron, no obstante, los ocho días y aun
+los quince, y la contestación no parecía. Se fué calmando con la
+esperanza vaga de que la carta no hubiese llegado a su destino. Si había
+llegado, forjábase la ilusión de que Cecilia la habría roto sin dar
+cuenta a nadie. Mas he aquí que, cuando ya no la esperaba, se encuentra
+a la hora de almorzar sobre el plato una carta de España, letra
+desconocida de mujer. Es irrepresentable la congoja que le acometió. Se
+puso tan blanco como el mantel. El corazón quería saltársele del pecho.
+Abrióla con mano trémula... ¡Ahaaa! suspiró descansado, después de
+haberla devorado en dos segundos. Llevóse la mano al pecho, limpióse el
+sudor con el pañuelo, y volvió a tomar la carta y a releerla con calma.</p>
+
+<p>Era, en efecto, de Cecilia, y estaba escrita en un tono suavemente
+irónico, que nada tenía, sin embargo, de ofensivo. Manifestábase
+sorprendida de su repentina e inopinada declaración. ¿Qué mosca le había
+picado al cabo de cuatro años de ausencia? Sus padres, que antes que
+ella habían abierto la carta, estaban igualmente sorprendidos: opinaban
+que era un paso irreflexivo, propio de los pocos años, un capricho del
+momento, del cual ya estaría probablemente arrepentido. Ella compartía
+enteramente esta opinión. Sin embargo, la habían permitido, y aun
+aconsejado que contestase, por tratarse de un joven del pueblo, con cuya
+familia mantenían relaciones de amistad.</p>
+
+<p>Esta epístola le puso contentísimo de pronto. No eran las desdeñosas
+calabazas que esperaba. Después se puso triste, y al minuto otra vez
+alegre, leyéndola y releyéndola por ver si daba en la clave. ¿Eran o no
+eran calabazas? Apresuróse a contestar, pidiendo perdón de su
+atrevimiento, y confirmando su declaración anterior con nuevas y
+vehementes frases. Replicó al cabo de algunos días la niña en términos
+más blandos y afectuosos. Tornó a escribir Gonzalo; cruzáronse retratos;
+intervino doña Paula. En suma, al cabo de poco tiempo, se encontraban
+ambos jóvenes en relación formal. Comenzó a hablarse de matrimonio;
+mediaron cartas entre don Melchor y su sobrino; después visitas entre
+aquél y don Rosendo. Finalmente todo quedó arreglado, conviniéndose que
+a la primavera regresaría Gonzalo, y se efectuaría el casamiento.</p>
+
+
+
+<div class='chapter' /><h2 class="top15"><a name="III" id="III"></a>III</h2>
+
+<p class="c">En el que la pareja enamorada comienza a pensar en el nido</p>
+
+
+<p>Salían ya del teatro los que habían quedado. Gonzalo tropezó con la ola
+de gente que vomitaba la puerta, y así como fué reconocido, se
+apresuraron a rodearle y saludarle sus antiguos amigos. El primero que
+le echó los brazos al cuello fué don Mateo, después vino don Pedro
+Miranda y su hijo Periquito, en seguida el alcalde don Roque, después
+don Victoriano y su esposa doña Rosario y sus tres hijas. En un instante
+se formó círculo en torno del joven, quien se apresuraba a contestar con
+efusión a los plácemes, abrazos y apretones de manos que de todos sitios
+le venían. Los marineros, las mujeres del pueblo tomaban parte en
+aquellas manifestaciones de cariño lo mismo que los <i>señores</i>. No se
+oían más que exclamaciones de admiración y alegría.</p>
+
+<p>—Cuánto has engordado, Gonzalito.—¡Vaya un real mozo!—¿Por qué no
+creces como él, Periquito?—Don Gonzalo, les come usted las sopas en la
+cabeza a todos los mozos de Sarrió.—Crecer no ha crecido, lo que ha
+hecho es doblar de cuerpo.—Ven acá, granadero, dame un abrazo apretado.</p>
+
+<p>Un patrón de barco afirmó que se parecía como una gota de agua a otra al
+Príncipe de Gales. Acaso Gonzalo fuese un poco más alto.</p>
+
+<p>El robusto corpachón de éste, alzábase sobre el grupo. Daba la mano por
+encima de las cabezas a los amigos que no podían llegarse a él, y su
+noble y bondadosa fisonomía sonreía a todos.</p>
+
+<p>Don Mateo, alzándose sobre la punta de los pies y tirándole del brazo
+para que se doblase, pudo decirle al oído:</p>
+
+<p>—¡Qué función te has perdido, Gonzalo! Lástima que no hayas llegado por
+la tarde. La tiple cantó como un ángel... ¡Y el baile!... El baile te
+digo, chico, que ni en Bilbao ni en la Coruña lo sacan mejor... Pero no
+te disgustes, que yo haré que se repita antes que se vaya la compañía...
+o poco he de poder.</p>
+
+<p>Pero Gonzalo no atendía. Con los ojos clavados en la puerta, esperaba
+inquieto y afanoso la salida de la familia de Belinchón, que como
+principal y de las más encopetadas, se retrasaba siempre para no
+confundirse con la plebe. Por fin a la luz del farol que ardía sobre el
+marco de la puerta, divisó la fisonomía de doña Paula y en seguida la de
+Cecilia. Abalanzóse trémulo a saludarlas. La hija se puso colorada como
+un pavo (es natural), y la madre también (esto es menos natural). ¿Qué
+le tocaba hacer a él? Ruborizarse igualmente; y esto fué lo que llevó a
+cabo de un modo perfecto. A los tres les temblaba la voz, y después de
+preguntarse por la salud, no supieron qué decirse. Las miradas cargadas,
+de curiosidad de la gente contribuían a embarazarlos. Felizmente llegó
+Pablito con Ventura, que se habían rezagado, y nuestro joven saludó al
+primero afectuosamente y dirigió a la segunda una ceremoniosa cabezada.</p>
+
+<p>Pablo sonrió.</p>
+
+<p>—Qué, ¿no la conoces? Es mi hermana Ventura.</p>
+
+<p>—¡Oh! ¿Cómo había de conocerla? Es una mujer... ¿Cómo está usted,
+Ventura?</p>
+
+<p>La niña le alargó la mano mirándole con expresión maliciosa y burlona
+que acabó de desconcertarle.</p>
+
+<p>Pusiéronse en marcha hacia casa. Venturita echó a correr delante
+arrastrando a su hermano. Detrás marchaban doña Paula, Cecilia y
+Gonzalo. Cerraba la marcha don Rosendo con su buen amigo don Pedro
+Miranda. Las calles estaban obscuras. Sólo ardían a aquellas horas los
+faroles de esquina. La distancia entre los tres grupos se fué haciendo
+cada vez mayor.</p>
+
+<p>Gonzalo comenzó a hacer esfuerzos desesperados por sostener la
+conversación con su futura esposa y suegra; pero aquélla no despegaba
+los labios, dominada, sin duda, por la vergüenza, y doña Paula andaba
+muy lejos de ser una madame Stael. Como tampoco él había colaborado en
+el Diccionario de la Conversación, el resultado era que ésta no
+prosperaba. Por cartas había llegado a tener confianza. Doña Paula ponía
+a menudo postdatas en las de Cecilia. Gonzalo replicaba con alguna
+cuchufleta, mandaba estampitas, caricaturas para Ventura, y se portaba
+en todo como un miembro de la familia. Pero ahora los tres
+experimentaban malestar embarazoso. Nuestro joven en su vida había
+hablado con la señora de Belinchón, y con Cecilia sólo había cruzado las
+palabras que hemos dicho. Luego, allá delante, Venturita reía a
+carcajadas con su hermano, y los novios presumían fundadamente que
+estaban ellos sobre el tapete. No obstante, cuando ya se acercaban a
+casa, la plática fué tomando calor y había algunos síntomas para creer
+que muy pronto iba a reinar la confianza.</p>
+
+<p>Formóse un grupo a la puerta de la morada de los señores de Belinchón,
+que estaba situada en la Rúa Nueva, la calle más principal de Sarrió, y
+era grande y suntuosa para lo que allí se estilaba. Como Gonzalo no
+había cenado aún, don Rosendo le invitó a subir a hacerlo con ellos tan
+de veras, y con palabras tan apremiantes, que el joven, que no deseaba
+otra cosa, concluyó por aceptar. Despidiéronse el señor Miranda y su
+hijo Periquito, y la familia Belinchón, con el nuevo individuo que iba a
+formar parte de ella, subió a la casa. En el recibimiento, las señoras
+se despojaron de los abrigos y las toquillas. La luz volvió a turbarlos.
+Gonzalo pudo ver bien entonces a su novia, y observó que no había ganado
+nada en los años de ausencia. Estaba más alta, pero más delgada también.
+Los amores no ponen gordas a las niñas. La nariz, con esto, se le había
+pronunciado todavía más. Sólo aquellos ojos hermosos, suaves,
+inteligentes, persistían en brillar como dos estrellas. La
+transformación de Venturita, aquella niña que veía cruzar para el
+colegio, colgada del brazo de la doncella dando saltitos para no perder
+el paso, le llamó poderosamente la atención. Era una mujer, una
+verdadera mujer, no tanto por la estatura, como por la redondez y
+amplitud de las formas, como por la firmeza singular de su mirada y
+cierto brillo malicioso que la acompañaba. Examináronse ambos como dos
+extraños de una rápida ojeada. Gonzalo le dijo por lo bajo a doña Paula:</p>
+
+<p>—¡Qué cambio el de Venturita! Es una joven preciosa.</p>
+
+<p>Por bajo que lo dijo la niña lo oyó. Se puso seria con afectación, hizo
+un leve mohín de desdén con los labios, y se fué derecha al comedor,
+ocultando el cosquilleo placentero que aquel requiebro tan espontáneo la
+había causado.</p>
+
+<p>La mesa estaba puesta: una mesa patriarcal de provincia, abundante,
+limpia, sin flores ni los demás refinamientos elegantes que la
+civilización va introduciendo. Y al acercarse a ella, el embarazo de
+Gonzalo había desaparecido. Parecía que ayer había cenado allí también.
+Una ráfaga de alegría sopló sobre todos. Cambiáronse palabras y risas.
+Gonzalo abrazaba a Pablito y le preguntaba por sus caballos. Doña Paula
+arreglaba la distribución de los cubiertos. Venturita, sentada ya, se
+atracaba de aceitunas, tirando los huesos a su hermana y haciéndole
+guiños provocativos, mientras ésta, con las mejillas encendidas y los
+ojos brillantes, se llevaba el dedo a los labios pidiéndole discreción.
+Don Rosendo había ido a ponerse la bata y el gorro, sin los cuales le
+habría hecho daño la cena. Su esposa invitó al joven forastero a
+sentarse en el puesto vecino al de Cecilia. Pero ésta se había pasado al
+otro extremo de la mesa, y allí se disponía a sentarse.</p>
+
+<p>—¿Qué haces, chica? ¿Por qué no vienes a tu sitio?—le preguntó doña
+Paula con sorpresa.</p>
+
+<p>La joven se levantó sin contestar, ruborizada, y vino a sentarse al lado
+de su novio.</p>
+
+<p>La clásica sopa de manteca con huevos humeaba ya en el centro de la
+mesa.</p>
+
+<p>—Mira, haz plato a Gonzalo... Comienza ya a servirle—le dijo después
+sonriendo bondadosamente, como mujer que profesaba ideas semejantes a
+las expresadas por San Pablo en su célebre epístola.</p>
+
+<p>Cecilia se apresuró a obedecer, colmando el plato de su futuro. Este
+poseía ordinariamente un apetito excelente, apropiado a su grande
+humanidad. Ahora, sobreexcitado por el aire del mar y algunas horas de
+ayuno, era voraz. Comió sin dejar migaja, sin cortedad alguna, cuanto le
+ponían delante; y eso que Cecilia, como podrá suponerse, no tenía la
+mano corta en servirle. Cuando empezaba a comer, Gonzalo perdía la
+vergüenza. La necesidad apremiante de su organismo giganteo se imponía.
+En cambio, Cecilia apenas si tocaba en los manjares. Viendo en su plato
+dos pedacitos de jamón del tamaño de dos avellanas, preguntóle el joven:</p>
+
+<p>—¿Para quién hace usted ese plato, para el loro?</p>
+
+<p>—No; es para mí.</p>
+
+<p>—¿Y no tiene usted miedo que se le indigeste?</p>
+
+<p>Era la primera chanza que se autorizaba con su futura. Esta contestó
+sonriendo:</p>
+
+<p>—Nunca como más.</p>
+
+<p>Doña Paula acercó la boca al oído de Venturita, y le dijo:</p>
+
+<p>—¿No reparas con qué ceremonia se tratan?</p>
+
+<p>Venturita se lo dijo al oído a Pablo, y éste a su padre. Todos cuatro
+soltaron a reir, mirando a los novios, mientras éstos, confusos,
+preguntaban con la vista la razón de aquella súbita alegría.</p>
+
+<p>—Mamá, ¿quieres que les diga de qué nos reímos?</p>
+
+<p>—Díselo.</p>
+
+<p>—Pues bien, señores, pensamos todos que podrían ustedes ir apeándose el
+tratamiento.</p>
+
+<p>Los futuros esposos bajaron la cabeza sonriendo.</p>
+
+<p>La alegría de los comensales se expresaba ruidosamente, se charlaba, se
+bromeaba. Pablito asaba a preguntas a su próximo cuñado, acerca de las
+carreras de caballos, <i>skating-ring</i>, y otros asuntos más o menos
+transcendentales, relacionados con el <i>sport</i>. Sólo el gozo de Cecilia
+era concentrado y silencioso. Advertíase en las mejillas teñidas de vivo
+carmín. De vez en cuando ponía el dorso de la mano sobre ellas para
+enfriarlas, aunque sin lograrlo. Cuando creía que no la miraban, pasaba
+largos ratos con los ojos fijos en su novio. Aquel bravo engullir,
+incesante, signo de vida y de fuerza, la sorprendía y la cautivaba a un
+mismo tiempo. Contemplábale arrobada, adorando en él al símbolo del
+poder masculino. Estas largas miradas extáticas no se le escapaban a
+Venturita, quien hacía muecas a Pablo o a su madre, para que las
+observasen. Gonzalo pagaba las atenciones de su novia con un «muchas
+gracias» rápido, sin volver el rostro hacia ella por temor de
+ruborizarse. Al levantarlo para contestar a Pablo, sus ojos tropezaban
+siempre con los de Venturita, cuya mirada risueña, y maliciosa le
+turbaba momentáneamente.</p>
+
+<p>Levantáronse al fin de la mesa y se diseminaron. Don Rosendo y Ventura
+desaparecieron. Pablo, después de charlar algunos instantes, concluyó
+por irse también. Quedaron solamente en el comedor doña Paula y los
+novios. Y todos tres fueron a sentarse en un rincón de la estancia en
+sillas bajas. Al poco rato no se oía más que un cuchicheo discreto, como
+si estuviesen confesando. Unidas las tres sillas, adelantando los
+cuerpos hasta tocarse casi las cabezas, comenzaron a charlar
+animadamente. Doña Paula abordó al instante la magna cuestión.</p>
+
+<p>—Estamos a veintiocho de abril... De aquí al primero de septiembre no
+hay más que cuatro meses—dijo, echándoles una larga mirada entre
+risueña y enternecida.</p>
+
+<p>Si fuese posible que Cecilia se pusiese más colorada, se hubiera puesto.
+El rostro de Gonzalo se contrajo con una sonrisa sin expresión, y bajó
+los ojos.</p>
+
+<p>Después de haberlos mirado otro rato, gozándose en su confusión, siguió
+doña Paula:</p>
+
+<p>—Es necesario ir pensando en el equipo de ropa...</p>
+
+<p>—¡Mamá, por Dios! Es muy pronto—exclamó la joven avergonzada, mientras
+el corazón quería salírsele del pecho.</p>
+
+<p>—No es pronto, Cecilia. Tú no sabes el tiempo que aquí echan las
+bordadoras en cualquier cosa. Un mes ha empleado Nieves para bordar dos
+escudos a la chica de doña Rosario... Y más pesada que ella todavía es
+Martina...</p>
+
+<p>—Nieves borda muy bien.</p>
+
+<p>—No, como bordar no hay en la villa quien le ponga el pie delante a
+Martina... Tiene manos de oro.</p>
+
+<p>—A mí me gustan más los bordados de Nieves.</p>
+
+<p>—Pues si quieres que ella te borde la ropa, por mí...—repuso doña
+Paula mirando a su hija con una condescendencia maliciosa.</p>
+
+<p>—¡No digo eso, mamá!—exclamó ésta toda apurada.—Sólo digo que me
+gusta más el bordado de Nieves que el de Martina.</p>
+
+<p>Al poco rato ya había consentido en discutir la cuestión de la ropa.</p>
+
+<p>Tratáronla en todos sus aspectos con la gravedad y el cuidado que
+merecía. A quién se encargarían los juegos de sábanas de batista, a
+quién los ordinarios, quién haría las camisas, dónde se comprarían los
+manteles, etc., etc. Todo fué tratado, medido y ponderado. Doña Paula
+emitía su opinión. Cecilia aparentaba contradecirla, pero en el fondo
+¿qué le importaba? Lo que embargaba su alma y hacía palpitar su corazón
+era aquella proximidad del matrimonio, reconocida expresamente. Así, que
+su voz salía temblorosa y algunas veces se le anudaba en la garganta sin
+querer salir. Sus ojos soltaban efluvios de dicha; tenían el brillo
+suave y misterioso de los luceros en las noches serenas de invierno.</p>
+
+<p>—¡Qué calor!—exclamaba de vez en cuando, y apoyaba las manos en sus
+mejillas encendidas.</p>
+
+<p>Gonzalo asentía con estúpida sonrisa a cuanto decían, y estiraba a
+menudo sus desmesuradas piernas que, por la escasa altura de la silla,
+se le dormían.</p>
+
+<p>Y cuando se concluyó con la ropa blanca, comenzaron con la de color. Y
+la conversación se enredaba; y Cecilia, sin mirar a su novio le veía; y
+los ojos de doña Paula, posados alternativamente en uno y en otro, se
+iban enterneciendo cada vez más; y los alientos se cruzaban. Los hombros
+de los futuros esposos se tocaban. Aquel suave cuchicheo, la dormida luz
+de la lámpara que apenas los envolvía, el contacto frecuente con el
+brazo de su amado, iban hinchendo el seno de Cecilia de una emoción
+voluptuosa que la desasosegaba. No pudiendo resistirla levantóse dos o
+tres veces para besar con vehemencia a su madre. A la tercera vez ésta
+se hizo cargo de lo que aquello significaba, y exclamó mirándola con
+ojos risueños y compasivos:</p>
+
+<p>—¡Pobrecita! ¡Pobrecita mía!</p>
+
+<p>Cecilia se tapó los suyos con las manos y estuvo así un rato.</p>
+
+<p>—¿Qué tienes?—le dijo al fin doña Paula.</p>
+
+<p>—Nada, nada.</p>
+
+<p>Pero continuó cubriéndose los ojos.</p>
+
+<p>—Vamos, ¿qué tienes, hija mía?</p>
+
+<p>—No tengo nada—contestó destapándose al fin. Su cara sonreía; pero
+tenía los ojos húmedos.</p>
+
+<p>—Ya sé, ya sé—dijo la señora—¿Quieres el éter? ¿Sientes opresión?</p>
+
+<p>—No siento nada. Estoy muy bien.</p>
+
+<p>La plática se enredó de nuevo. Doña Paula expresó la idea de que Gonzalo
+se viniese a vivir con ellos. Este se resistió un poco, porque
+comprendía que esto iba a disgustar a su tío. No obstante, concluyó por
+ceder a los ruegos de ambas. ¡Era tan natural que no quisieran
+separarse!</p>
+
+<p>—Pueden ustedes tener independencia. Yo me encargo de ello. Hay una
+sala grande, la sala amarilla... ya sabes, Cecilia... Tiene una alcoba
+espaciosa... Sólo falta el despacho para Gonzalo; pero ya he pensado en
+eso. Al lado de la sala está el cuarto de la ropa, que aunque da al
+patio, tiene buena luz. Hoy está hecho un asco; pero haciendo obra en él
+puede quedar una habitación muy decente... ¿Quiere usted verlo, Gonzalo?</p>
+
+<p>El joven manifestó que no había necesidad; que pasaba por todo lo que
+ella dijese; que ya lo vería... Sin embargo, la señora insistió y
+tomando una palmatoria los guió al otro extremo de la casa.</p>
+
+<p>—Esta es la sala... Grande, ¿no es verdad? Dos balcones... La alcoba.
+Caben muy bien dos camas... cuanto más una—añadió mirando a su hija,
+que se hizo la distraída cerrando un balcón.—Vamos ahora a ver el
+cuarto de la plancha.</p>
+
+<p>Y salieron de la sala, y salvando un corredor y dando una vuelta,
+entraron en otro cuarto lleno de armarios y otros trastos.</p>
+
+<p>—No se asuste usted por la distancia. Este cuarto está pegado a la
+sala. No hay más que abrir una puerta de comunicación.</p>
+
+<p>Gonzalo se inclinó hacia su novia y le dijo por lo bajo:</p>
+
+<p>—¿Por qué no me tratará mamá de tú, como tu papá? Díselo de mi parte...
+yo no me atrevo.</p>
+
+<p>Cecilia entonces se acercó al oído de su madre y murmuró con voz
+apagada, llena de vergüenza:</p>
+
+<p>—Gonzalo se alegraría de que le tratases de tú.</p>
+
+<p>—¿Qué dices, niña?—preguntó doña Paula, poniendo la mano en la oreja.</p>
+
+<p>Cecilia levantó un poquito la voz, haciendo un terrible esfuerzo.</p>
+
+<p>—Dice Gonzalo que por qué no le tratas de tú como papá.</p>
+
+<p>—Ah... me alegro que haya salido de él. No me atrevía... Bueno, pues en
+cuanto se abra una puerta aquí, en esta pared, ya puedes pasar de la
+sala al despacho sin cruzar el pasillo... ¿Te gusta la habitación? ¿Es
+bastante grande?</p>
+
+<p>—Demasiado. Mis negocios, por ahora, no exigen tanto.</p>
+
+<p>A Cecilia le retozaba en el cuerpo una pregunta. Estaba inquieta. Varias
+veces estuvo por tomar la palabra, pero el temor la retenía. Allá, al
+fin, en una pausa larga, se aventuró a decir:</p>
+
+<p>—Falta una cosa, mamá.</p>
+
+<p>—¿Qué falta?</p>
+
+<p>La joven se detuvo un instante, como para tomar arranque, y dijo al fin
+con voz temblorosa:</p>
+
+<p>—Falta un cuarto para arreglarse Gonzalo.</p>
+
+<p>—Es verdad; no me había hecho cargo... ¿Dónde tendría yo la cabeza?
+Pues ahora no encuentro sitio aquí cerca... Aguarda un poco...
+aguarda... Podríamos bajar la despensa al sótano y quedaba un cuartito,
+que bien arreglado, acaso serviría... Lo que hay es que no comunica con
+estas habitaciones. Tendrías que cruzar el pasillo.</p>
+
+<p>—¡Qué importa eso!</p>
+
+<p>Fueron de nuevo al comedor y se sentaron en el mismo rincón. Poco
+después de hacerlo apareció Venturita con un peinador blanco que dejaba
+ver enteramente la garganta de alabastro y una parte de su hermoso seno
+virginal. Traía sueltos por la espalda los cabellos, y calzaba unos
+lindos pantuflos bordados. Venía a despedirse para ir a la cama.
+Acercóse a su madre y la dió un beso en la mejilla, haciendo, mientras
+tanto, muecas maliciosas a su hermana, que Gonzalo no podía ver.</p>
+
+<p>—Vaya, buenas noches—dijo alargando a éste la mano.</p>
+
+<p>—Buenas noches—repuso él mirándola extático, con cierta especie de
+embelesamiento que no pasó inadvertido para la niña.</p>
+
+<p>Iba a retirarse, pero un sentimiento de coquetería la hizo volver desde
+la puerta y preguntar a Cecilia:</p>
+
+<p>—¿Dónde has colocado el calzador? He tenido que venir con chinelas por
+no hallarlo...</p>
+
+<p>Y al mismo tiempo mostró su lindo pie.</p>
+
+<p>—Pues allá está, en el cajón de la mesa de noche.</p>
+
+<p>—¡Si supierais qué sueño tengo!—dijo avanzando más y colocando una
+mano sobre la cabeza de su hermana.—¿Sabéis con qué se quita
+esto?—añadió sonriendo.</p>
+
+<p>Gonzalo la examinaba con atención. Era realmente una criatura perfecta.
+Cuanto más de cerca se la observase, más se admiraban las singulares
+partes de que estaba dotada. La epidermis era suave y brillante como el
+raso, de un color rosa desvanecido; la boca húmeda y fresca, de labios
+rojos un tanto grandes que descubrían al abrirse dos filas de dientes
+menudos e iguales; los cabellos dorados, sedosos, abundantes. Su única
+imperfección consistía en la estatura. Si tuviera la de su madre nadie
+se atrevería a ponerle un reparo, exceptuando, por supuesto, sus amigas.</p>
+
+<p>Notando que la examinaban, no acababa de marcharse. Daba vueltas en
+redondo para que se la viese bien por todas partes, adoptaba posiciones
+caprichosas, afectadas, dirigía preguntas impertinentes a su hermana,
+reía sin motivo, la cubría de besos y la sobaba sin consideración.</p>
+
+<p>—Déjame, Ventura. ¡Qué retozona estás hoy!—exclamaba aquélla con su
+franca sonrisa bondadosa, procurando desasirse.</p>
+
+<p>—Vaya, vaya, a la cama—decía doña Paula.</p>
+
+<p>—Voy.</p>
+
+<p>Pero en lugar de irse se abrazaba de nuevo a Cecilia; la hacía
+cosquillas aprovechando cualquier movimiento para decirla al oído:</p>
+
+<p>—¡Cómo estás gozando, picarona! No le eches esos ojazos, mujer, que le
+vas a aturdir.—Adiós, adiós, señores—concluyó por decir en voz
+alta...—Y dejar algo para mañana, ¿eh?</p>
+
+<p>—¡Qué tonta!—exclamó Cecilia ruborizándose.</p>
+
+<p>Doña Paula y Gonzalo sonrieron. Este dijo en voz baja:</p>
+
+<p>—¡Qué pelo tan hermoso!</p>
+
+<p>Ventura lo oyó, y dijo sacudiéndolo:</p>
+
+<p>—Es postizo.</p>
+
+<p>Todos se echaron a reir.</p>
+
+<p>—¿No lo cree usted?—preguntó con seriedad y acercándose.—Tire usted.
+Verá cómo se le queda en la mano.</p>
+
+<p>El joven no se atrevió, y continuó sonriendo.</p>
+
+<p>—Tire usted, tire usted—insistió ella volviendo la espalda y
+metiéndole el pelo por la cara.</p>
+
+<p>Gonzalo llevó la mano a él, pero no hizo más que acariciarlo.</p>
+
+<p>—¿Qué, no se le ha quedado? Es que está muy bien sujeto.</p>
+
+<p>Y salió corriendo de la estancia.</p>
+
+<p>Un rato todavía duró el cuchicheo secreto. Se tocaron algunos puntos de
+la vida futura. Cecilia escuchaba a su madre disertar sobre lo que
+debían hacer una vez casados, sintiendo un cosquilleo en el alma que
+apenas era poderosa a ocultar. Le había cogido una mano y se la apretaba
+y acariciaba con intermitencias nerviosas. De vez en cuando la llevaba a
+los labios y se la besaba con fuerza. Doña Paula la miraba con
+enternecimiento y sonreía gozándose en la felicidad que inundaba el
+corazón de su hija.</p>
+
+<p>El reloj del comedor vibró, dando las doce y media. Gonzalo levantóse
+apresuradamente.</p>
+
+<p>—¡Oh, qué tarde! ¿Qué dirá don Rosendo?</p>
+
+<p>—Nunca se acuesta antes de esta hora—repuso Cecilia.</p>
+
+<p>—Sí; pero ya sabes que emplea mucho tiempo en cerrar las
+puertas—replicó doña Paula.</p>
+
+<p>Cecilia calló. Gonzalo les dió la mano con efusión, prometiendo volver
+al día siguiente. Después pasó al despacho del señor de Belinchón para
+despedirse.</p>
+
+<p>La madre y la hija siguieron charlando en el mismo rincón sobre el mismo
+tema, recibiendo la primera un sinnúmero de abrazos y besos
+apretadísimos.</p>
+
+<p>—Esto no es para mí—decía con cierta expresión entre alegre y
+melancólica.</p>
+
+<p>—Sí, mamá, sí—replicaba la joven abrazándola con más fuerza.</p>
+
+
+
+<div class='chapter' /><h2 class="top15"><a name="IV" id="IV"></a>IV</h2>
+
+<p class="c">Cómo los particulares de Sarrió se congregaban en un recinto nombrado el
+«Saloncillo», y lo que allí se platicaba.</p>
+
+
+<p>Don Melchor de las Cuevas se levantó de la mesa, encendió un cigarro, y
+dijo, ofreciendo otro a su sobrino:</p>
+
+<p>—Vámonos a tomar café.</p>
+
+<p>Gonzalo quiso guardarlo en el bolsillo porque jamás hasta entonces se
+había autorizado el fumar delante de su tío; pero éste le retuvo el
+brazo.</p>
+
+<p>—Enciende, chiquito, enciende; ya has dejado de ser grumete.</p>
+
+<p>El joven sacó un fósforo y se puso a dar chupetones al cigarro con
+emoción.</p>
+
+<p>Salieron de la casa emparejados y bajaron lentamente por la calle
+disfrutando del bienestar voluptuoso que sienten las naturalezas
+poderosas después de una comida abundante. Parecían dos cedros gigantes,
+majestuosos, orgullosos de su altura. Y guardaban el mismo silencio que
+ellos cuando no les sopla el viento. Las mujeres que trabajaban a las
+puertas de sus casas los miraban con curiosidad tocada de admiración.</p>
+
+<p>—¿Quién es el señorito que va con don Melchor?</p>
+
+<p>—Mujer, ¿no le conoces? El sobrino; el señorito Gonzalo, que llegó ayer
+en la <i>Bella-Paula</i>.</p>
+
+<p>—¡Vaya un real mozo!</p>
+
+<p>—Como su padre don Marcos, que en paz descanse.</p>
+
+<p>—Y como su abuelo don Benito—añadió una vieja.—¡Qué familia tan noble
+y campechana!</p>
+
+<p>En las bocacalles por donde se descubría un cacho de mar, el señor de
+las Cuevas solía detenerse un momento para echar una ojeada escrutadora.</p>
+
+<p>—Por ahora bonanza. Dentro de poco terral.</p>
+
+<p>—¿Las ves?—dijo con expresión de triunfo al cabo de un instante.</p>
+
+<p>—¿Qué?</p>
+
+<p>—Las lanchas, hombre, las lanchas. ¡Cómo lo han olido!</p>
+
+<p>—No veo nada,—repuso Gonzalo sacándose los ojos por columbrarlas en el
+horizonte.</p>
+
+<p>—Sigues como antes. No ves más que la sopa en el plato—manifestó el
+tío sonriendo con lástima.</p>
+
+<p>El café de la Marina hervía ya de gente. El rumor de las conversaciones
+y disputas, el campaneo de las copas, el choque de las fichas de dominó
+contra el mármol de las mesas, formaba un ruido ensordecedor. Estaba
+situado en una plazoleta que formaba la Rúa Nueva al desembocar en el
+muelle, y una de sus fachadas miraba al mar. Reuníanse en él la mayor
+parte de los capitanes y pilotos que estaban en Sarrió de paso, y casi
+todos los que sin ejercer el oficio habitaban en la villa, con más los
+vecinos que sentían de un modo o de otro inclinaciones marítimas. Al
+atravesar por medio fueron llamados a gritos de diferentes mesas. Don
+Melchor era el hombre más popular, el más querido y respetado que
+entraba en aquel café. Fué necesario acercarse a saludar a unos y a
+otros, y presentarles a Gonzalo. Aquellos lobos se extasiaron mirándole;
+le apretaban la mano hasta descoyuntársela, y le ofrecían con todas las
+veras de su corazón una copa de ron y marrasquino. Cuando la rehusaba
+hablando de subir a tomar café arriba, la tristeza más honda se pintaba
+en sus rostros curtidos.</p>
+
+<p>Don Melchor tenía, en efecto, la costumbre de tomarlo en el Saloncillo.
+Este era un aposento del piso principal de aquella casa, que tenía
+comunicación con el café por medio de una escalerilla de hierro. Por
+ella subieron al cabo tío y sobrino. Ya estaban reunidos los notables
+del pueblo, sentados en un diván corrido, con sendas mesillas japonesas
+delante, donde cada cual tomaba su café. Por una de las puertas, que
+generalmente estaba abierta, se veía la sala de billar donde jugaban
+siempre las mismas personas rodeadas de los mismos mirones.</p>
+
+<p>Cuando don Melchor y su sobrino entraron, se hablaba de un proyecto de
+mercado cubierto para preservar de la intemperie a las pobres mujeres
+que vendían al raso legumbres y leche. Y Gonzalo recordó que en cierta
+ocasión que subió a buscar a su tío antes de irse a Inglaterra, se
+estaba debatiendo el mismo asunto. Los temas variaban poco en aquella
+asamblea. La existencia de la villa se deslizaba tranquila y serena en
+medio del trabajo cotidiano. Los únicos acontecimientos que sacudían de
+vez en cuando su letargo, eran la entrada o salida de cualquier barco
+importante, la muerte de una persona conocida, una letra protestada, el
+empedrado de algunas calles, la avería de algún cargamento, el alijo de
+un contrabando, la limpieza del muelle.</p>
+
+<p>Las mujeres y los muchachos estaban más socorridos de asuntos para
+saciar el humano afán de novedades: la llegada de un forastero guapo y
+elegante (gran sensación entre las niñas casaderas), que Fulanito
+acompañó a Margarita en el paseo por primera vez (¿por lo visto es cosa
+hecha ya?), que Severino el de la tienda de quincalla deslomó a su mujer
+de una paliza (¡bien empleado la está por haberse casado con ese
+burro!...). El traje que Fulanita sacó el día de Nuestra Señora (dicen
+que vino de Madrid... ¡Qué Madrid, mujer, si yo misma se lo he visto
+cortar a Martina!). El baile de confianza que se dará el jueves en el
+Liceo. (No toca baile ese día.—Pagan el gasto los pollos a escote.) Los
+graves varones que se reunían en el Saloncillo desdeñaban estos temas,
+aunque de vez en cuando, por excepción, picaban en ellos.</p>
+
+<p>A algunos, a don Rosendo, a don Mateo, a don Pedro Miranda y al alcalde
+don Roque, ya Gonzalo les había saludado la noche anterior. Pero estaban
+allí además Gabino Maza, don Feliciano Gómez, el ingeniero francés M.
+Delaunay, Alvaro Peña, Marín, don Lorenzo, don Agapito y otros cinco o
+seis señores, que se levantaron para abrazarle.</p>
+
+<p>Don Pedro Miranda, de quien ya hemos hecho mención, era un hombre que
+pasaba bien de los sesenta, bajo de estatura y de color, las mejillas
+rasuradas, la cabeza monda y lironda, los ojos grandes y apagados, los
+ademanes tímidos. Era el propietario territorial más rico de la
+población y el representante genuino de la aristocracia por venir de una
+antigua familia de terratenientes y no haber en la villa persona
+titulada que mejor la representase. No daba, sin embargo, importancia a
+este privilegio. Era hombre afable, modesto, que con todos los vecinos
+alternaba sin atender a su condición social, extremadamente servicial,
+siempre que no se tratase de dinero, y poco amigo de imponer su voluntad
+ni contradecir a nadie. Pero si declinaba enteramente las preeminencias
+del nacimiento, en cambio era celosísimo de sus derechos de propiedad.
+Jamás se había conocido ni se conocerá un propietario más propietario
+que don Pedro Miranda. Las instituciones de derecho vigente, las del
+derecho antiguo, las universidades, el ejército, la marina, la
+constitución política y hasta la religión, no tenían razón de ser a sus
+ojos sino como elementos que de un modo directo o indirecto afianzaban
+aquellos derechos. La máquina asombrosa del Universo estaba formada para
+sustentar sus títulos indiscutibles al dominio pleno de los Praducos,
+caserío situado a media legua de la villa, y al directo que poseía sobre
+el de las Meanas, con un canon anual de ciento quince ducados. Esta
+conciencia clarísima de su derecho engendraba, no obstante, por exceso
+de claridad, algunos conflictos. Venía un colono y le decía:—Señor;
+Joaquín el martinetero, ha cortado ayer las cañas del nogal que colgaban
+sobre su huerta.—¡Pero el nogal era <i>mío</i>!—exclamaba don Pedro
+enrojecido súbito por la cólera y sorpresa.—Sí, señor... pero como
+colgaban sobre su huerta...—¿Cómo se ha atrevido ese pillo a tocar en
+una cosa que es <i>mía, mía?</i>—Inmediatamente entablaba un interdicto, y
+como es natural, lo perdía. De estos interdictos había perdido ya
+algunas docenas en su vida, sin escarmentar jamás.</p>
+
+<p>Don Roque de la Riva, alcalde constitucional de Sarrió, a quien hemos
+tenido el honor de comparar, cuando por primera vez le vimos en el
+teatro, a un cortesano de Luis XV, o a un cochero de casa grande, no se
+distinguía por la pureza de la dicción; antes era ésta tan atropellada y
+confusa, que al interlocutor le costaba gran trabajo entenderle. No
+sabemos si era en la boca o en la garganta o en la región de las fosas
+nasales, donde el señor de la Riva tenía a bien machacar y atormentar
+las palabras; lo cierto es que salían casi siempre transformadas en
+sonidos obscuros, huecos, caóticos, completamente ininteligibles.
+Particularmente después de comer, se hacía imposible conversar con él. Y
+esto, no por otra razón, según decían, sino porque don Roque solía
+encargar a los pilotos amigos un vino del Rivero, tan exquisito, que
+nadie dejaría de beberlo, aun a riesgo de quedarse mudo. El jefe
+superior civil de la villa salía todas las tardes de su casa solo, en la
+apariencia, en realidad gratamente acompañado. Su enorme faz rasurada
+quería echar la sangre por los poros, concentrándose con preferencia en
+el lomo gigantesco de su nariz borbónica. Los ojos, con ramos de sangre
+también, medio velados por no poder sufrir la gran pesadumbre de los
+párpados, se espaciaban lentamente por todo el ancho de la calle,
+expresando un grado envidiable de bienestar físico. El paso grave,
+lento, vacilante, acusaba de igual modo una armonía perfecta entre sus
+facultades psíquicas y corporales. No le faltaba a don Roque para
+alcanzar la bienaventuranza más que tropezar con un alguacil, o
+barrendero, o sereno, o picapedrero, con cualquier empleado, en fin, del
+municipio. Desde lejos lo columbraba, y sus párpados se levantaban
+repentinamente, y las ventanas de la nariz se le abrían al olor de la
+presa. Si ésta, olfateando al tigre, se pasaba a la otra acera, o
+trataba de esconderse, don Roque le llamaba con voz de trueno.</p>
+
+<p>—¡Juan, Juaan, Juaaaan!</p>
+
+<p>La víctima acudía bajando la cabeza.</p>
+
+<p>—¿Has llevado el oficio a don Lorenzo?</p>
+
+<p>—Sí, señor.</p>
+
+<p>—¿Has dicho al secretario que dejase apartado el expediente del
+cementerio?</p>
+
+<p>—Sí, señor.</p>
+
+<p>—¿Has llevado las cédulas al pedáneo de San Martín?</p>
+
+<p>—Sí, señor.</p>
+
+<p>—¿Has ido a avisar a don Manuel que quite los escombros que tiene
+delante de su casa?</p>
+
+<p>En fin, iba preguntando, hasta que el pobre alguacil contestaba
+negativamente.</p>
+
+<p>Entonces, la voz de sochantre del alcalde se dejaba oir en toda la
+calle, y aun en los confines de la villa. Sus ojos se inyectaban, y su
+rostro apoplético llegaba a ponerse morado. Imposible entender lo que
+decía, si no eran los <i>ajos</i> con que salpicaba el discurso, y aun éstos
+los ahuecaba de tal modo, que sólo la jota se percibía con claridad. La
+reprensión nunca duraba menos de quince o veinte minutos, el tiempo
+indispensable para desalojar la inmensa cantidad de <i>ajos</i> que se le
+habían acumulado en el cuerpo desde la noche anterior. Así como hay
+personas que por la mañana se meten los dedos en la boca para provocar
+la bilis, don Roque necesitaba indefectiblemente este desahogo para
+quedar a gusto. No se le había oído jamás otra interjección, pero, en
+cambio, de ésta poseía tal abundancia, que no le bastaba poner una a
+cada palabra; a veces ponía dos o tres.</p>
+
+<p>Los tenderos salían a la puerta a escucharle, pero sonriendo, sin
+sorpresa alguna, como acostumbrados de antiguo a este espectáculo.</p>
+
+<p>—Don Roque hoy ha tirado de firme a los vencejos—le decía uno a otro
+en voz alta.</p>
+
+<p>—Mira qué caso le hace Juan.</p>
+
+<p>En efecto, el alguacil a cada vuelta en redondo que daba el alcalde, se
+llevaba el dedo pulgar a la boca y hacía la seña de empinar.</p>
+
+<p>Don Roque prefería encontrar a un barrendero o picapedrero en el
+ejercicio de sus funciones. Se acercaba a él cautelosamente por detrás,
+y le hincaba sus dedazos en el cuello.</p>
+
+<p>—¡...ajo! so tuno, ¿qué modo de barrer es ése? ¿Te parece ¡...ajo! que
+yo te pago para que me dejes la mitad de la porquería entre las piedras?
+¡...ajo! ¿Es esto gratitud? ¡...ajo! ¿Es esto vergüenza? ¡...ajo!</p>
+
+<p>A veces él mismo en el entusiasmo del discurso empuñaba la escoba y se
+ponía a dar al barrendero una lección de su oficio. Los tenderos, los
+pocos transeuntes que cruzaban por la calle y alguna señora que se
+asomaba al balcón con el ruido, soltaban a reir alegremente. El
+barrendero mismo, a pesar de su crítica situación, no podía reprimir una
+sonrisa viendo a aquel energúmeno con la levita remangada dando furiosos
+y desconcertados limpiones al suelo.</p>
+
+<p>—¡Así se barre!... ¡...ajo! (Golpe terrible de escoba.) ¡Así se
+barre!... ¡...ajo! (Otro golpe.) ¡Así se barre!... ¡...ajo! (Otro
+golpe.) ¡Así se barre!... ¡...ajo!</p>
+
+<p>Hasta que fatigado, sudoroso y a punto de caer a tierra con un derrame,
+le entregaba la escoba y recogía el bastón con borlas.</p>
+
+<p>Desahogado de este modo su noble pecho de la copia de ajos que le
+embargaba, emprendía de nuevo su camino y llegaba al Saloncillo en una
+felicísima disposición de cuerpo y espíritu.</p>
+
+<p>Gabino Maza era hombre de unos cuarenta y cinco años de edad, oficial de
+la Armada, retirado antes de tiempo porque su carácter díscolo no podía
+sufrir la disciplina militar. De rostro moreno aceitunado, ojos pequeños
+y vivos con ojeras constantes que pregonaban su temperamento
+excesivamente bilioso. Alto, seco, musculoso, la barba y el pelo de un
+color negro que daba en azul; los ademanes descompuestos siempre y
+violentos; la voz indefinible, grave unas veces, otras, cuando se
+enfadaba, que era casi siempre que se ponía a hablar, chillona y aguda,
+de un falsete tan estridente que rompía los oídos. Disfrutaba de una
+pequeña renta y de un pequeñísimo retiro, con los cuales podía vivir y
+alimentar a su familia en Sarrió con el respeto de un caballero
+acomodado. En la capital de la provincia le sería ya imposible.
+Disputador eterno, poniendo en cada disputa, por nimia que fuese, una
+cantidad de pasión y de violencia verdaderamente asombrosas; ganoso
+siempre de llevar la contraria a cuanto se decía aunque fuese más claro
+que la luz del mediodía; de un pesimismo feroz y antipático para juzgar
+a los hombres, a tal punto que no se dió el caso jamás de que creyese
+puros los móviles de una acción humana, por noble y honrada que
+apareciese; rencoroso y vengativo hasta la locura. Este hombre, sin
+embargo, no concitaba los odios del vecindario contra sí, como podía
+suponerse. En las aldeas y villas, por el trato íntimo, largo y
+constante de las personas, se penetra más en el alma de cada uno que en
+las grandes poblaciones. Un trato superficial hace, en éstas, simpáticos
+a muchos hombres fríos, egoístas y hasta perversos. Los modales
+corteses, las palabras afables, la sonrisa insinuante, proporcionan en
+seguida opinión de «persona agradable y decente». En provincia no vale
+nada de esto. Al contrario, se desconfía de la amabilidad excesiva y,
+sobre todo, de la sonrisa dulzona; se le buscan a cada hombre los
+pliegues y repliegues del alma con el mismo cuidado y atención con que
+un disecador va palpando y poniendo a la vista con el bisturí todas las
+fibras de la máquina corporal. Por donde son generalmente aborrecidos
+algunos hombres que al forastero le seducen, mientras otros, duros,
+violentos, agresivos, suelen caer en gracia. El disimulo, que es el
+talento de las naturalezas rudas y vulgares, no se perdona jamás en
+provincia, quizá por ser el vicio predominante en todas las relaciones
+sociales. Los genios vivos, los temperamentos exaltados, no causan temor
+como los «toros claros». Hay casi siempre en ellos un espíritu
+justiciero, que aunque exagerado y adulterado por la pasión, no acaba
+de hacerles antipáticos. Además, como la violencia y la exaltación son
+causa constante de sufrimiento, de malestar físico y moral, se juzga con
+razón que los hombres de tal temperamento llevan en sí mismos el castigo
+de sus demasías.</p>
+
+<p>Gabino Maza no era aborrecido ni excesivamente amado. Los que tenían de
+él agravios, le murmuraban y evitaban su encuentro llamándole
+«envidioso» y «mala lengua». Los que no, se reían de sus exageraciones y
+le abocaban con gusto, sin profesarle gran afecto tampoco.</p>
+
+<p>Otro de los personajes allí congregados era don Feliciano Gómez.
+Comerciante en géneros ultramarinos al por menor, poseedor al mismo
+tiempo de tres o cuatro pataches y algunos quechemarines que hacían el
+comercio de cabotaje por la costa cantábrica, aventurándose una que otra
+vez los de más porte a llegar hasta Sevilla. De mediana estatura, la
+cabeza desnuda de cabellos en forma de pirámide, patillas que le
+llegaban hasta la nariz, la voz casi siempre enronquecida. Era hombre
+divertido, bondadoso, optimista. Estaba soltero y vivía con tres
+hermanas de más edad, a quienes había hecho verdaderas señoras a fuerza
+de trabajo y economía. El pago que ellas le daban según pública voz, era
+tenerle dominado y sujeto como un niño, reprenderle agriamente las
+faltas más ligeras, y mortificarle y aburrirle por todos los medios
+imaginables. No obstante, a él nunca se le oyó una queja de ellas.</p>
+
+<p>El ingeniero belga, M. Delaunay, había llegado a Sarrió años atrás, con
+el objeto de beneficiar un coto minero de una poderosa compañía inglesa.
+La explotación no dió resultado. La compañía le retiró su comisión y el
+sueldo. Pero Delaunay, que poseía genio emprendedor y algún dinero, se
+metió sucesivamente en seis u ocho empresas industriales. Primero montó
+una fábrica de papel; después otra de puntas de París; más tarde intentó
+formar un criadero de ostras; después fábrica de quesos y de hielo. Por
+último quiso aprovechar unas grandes marismas que había cerca de
+Sarrió. Todas estas empresas habían fracasado, sin saber nadie por qué.
+Delaunay era inteligente, ilustrado, laborioso. Conocía cada industria
+que iba a ejercitar como el más competente maestro; encargaba los
+aparatos a Inglaterra, los montaba y los hacía funcionar felizmente,
+obteniendo productos muy aceptables. El achacaba sus caídas a la falta
+de vías de comunicación. La última de sus grandes empresas, abortada
+antes de nacer, le desacreditó más que ninguna otra. En una de sus
+excursiones por los alrededores de la villa, había visto próximos a una
+pequeña ría ciertos terrenos incultos que con poco esfuerzo podían
+reducirse a cultivo. Túvolo en cuenta; levantó el plano. Pocos meses
+después, cuando se vió forzado a cerrar la fábrica de hielo y despedir a
+los obreros, acordóse de las marismas y habló de ellas a don Rosendo
+Belinchón, a don Feliciano Gómez y a dos indianos más para que le
+ayudasen en su magna empresa. Replicaron ellos que era necesario verlas,
+y concertóse la excursión. Una mañana montados en sendos caballos
+emprendieron secretamente la marcha hacia la ría de Orleo, distante
+cuatro leguas de Sarrió. Al llegar cerca de ella dejaron los caballos y
+subieron a pie una colina, desde la cual se oteaban las marismas. ¡Cuál
+sería la vergüenza y confusión de Delaunay al ver los terrenos que
+intentaba robar al mar, cubiertos de maíz, verdes y florecientes que
+eran una bendición de Dios! En efecto, hacía más de seis años que
+estaban cultivados. Su equivocación nació de haberlos visto en diciembre
+cuando estaban descansando. Dieron la vuelta para la villa, y el suceso
+produjo en ella la risa que debe suponerse.</p>
+
+<p>Quedó al cabo arruinado. Vióse obligado a vivir miserablemente. Pero,
+lejos de apagarse en su espíritu el furor de las empresas, encendióse en
+la pobreza con más ímpetu. De tal modo que no dejó un solo capitalista
+en Sarrió a quien no tantease con el fin de embarcarle en alguna. Unas
+veces era un tranvía a la capital, otras un puerto de refugio o unos
+muelles de madera, otras una gran fonda. Algunos indianos, pocos por
+cierto, por él seducidos, pagaron con algunos miles de duros su
+inocencia. El caso es que Delaunay era hombre de talento, estudioso,
+enterado muy bien de todos los adelantos de la ciencia y la industria.
+Imposible despreciarle sin cometer una injusticia.</p>
+
+<p>El ayudante de Marina del puerto, Alvaro Peña, joven de treinta años,
+moreno, con grandes ojos negros y bigotes a lo Víctor Manuel, se
+caracterizaba por un odio profundo, implacable, al estado eclesiástico y
+a todo el que lo representase, aunque fuese su mismo hermano. Sin ser
+aficionado en modo alguno a la ciencia o la literatura, poseía una
+biblioteca bastante numerosa, compuesta exclusivamente de libros contra
+la religión y sus ministros. Estaba suscripto a tres o cuatro periódicos
+conocidos por sus opiniones anti-clericales, y se decía que desde hacía
+algunos años venía ocupándose en acumular datos para un libro que
+pensaba publicar con el título de <i>La religión al alcance de todas las
+fortunas</i>, del cual varios vecinos conocían ya algunos fragmentos. Era
+alegre, valiente, aficionado a cuentos y chascarrillos, donde siempre
+jugaba papel principalísimo algún cura o monja. No pronunciaba bien las
+erres.</p>
+
+<p>Don Jaime Marín, propietario de cuatrocientas fanegas de pan, que con la
+contribución equivalían a unas seis mil pesetas, sería un gran calavera,
+un licencioso, un monstruo de corrupción si no tuviese por mujer a doña
+Brígida. Esta eminente señora había conseguido con una saludable energía
+que su marido no arruinase a la familia y los echase a todos por
+puertas. Antes que desbaratase su hacienda logró que se la privase
+judicialmente de la administración de los bienes y se le encomendase a
+ella. No es fácil representarse la firmeza con que doña Brígida empuñó
+las riendas de la casa. Ningún patricio romano tuvo jamás una idea más
+perfecta del <i>sui juris</i>, de los sagrados derechos que «la ciudad» había
+depositado en sus manos. Desde que esto acaeció, don Jaime, a pesar de
+sus cincuenta y pico de años, pasó a ser en sus manos una verdadera
+<i>cosa</i> como previene la Instituta. En su condición de <i>alieni juris</i>
+hubo de sufrir la acción directa y constante de su dueño y señor, y
+sujetarse en un todo a su omnímoda voluntad. ¡Adiós cenas opíparas con
+mariscos y vino de Rueda en el café de la Marina! ¡Adiós caza de la
+liebre con Fermo el carnicero y Marcelino el tallista! ¡Adiós noches
+seductoras de tresillo! ¡Tardes de paz y de dicha en el lagar de
+Sebastián de la Puente, adiós! La inflexible señora depositaba en sus
+manos cada domingo tres pesetas; ni más ni menos. Era todo el caudal de
+que disponía durante la semana para sus vicios, salvo el fumar, que ella
+subvencionaba, comprando los cigarros por sí misma. Cuando necesitaba un
+sombrero, ella se lo compraba; cuando un traje o unas botas, se avisaba
+al sastre o zapatero para que viniese a tomar las medidas. Hasta se le
+impedía ir a la barbería, por temor de que se gastase los dos reales.
+Venía el barbero a afeitarle los sábados. Por cierto que, con poca o
+ninguna consideración, el rapador de barbas llegaba algunas veces a las
+nueve de la mañana, cuando don Jaime estaba durmiendo.</p>
+
+<p>—¿Qué hago?—preguntaba a doña Brígida.</p>
+
+<p>—Aféitele usted—contestaba la severísima señora.</p>
+
+<p>El barbero, obedeciendo la consigna, se acercaba, le embadurnaba la cara
+de jabón y le despojaba bonitamente de las barbas sin que don Jaime se
+despertase más que a medias. Echaba otro sueño, y al despertarse de
+veras solía decir a la criada que le servía el chocolate:</p>
+
+<p>—Hoy es sábado; que llamen al barbero.</p>
+
+<p>—¡Tonto, borricote, incapaz de sacramentos!—contestaba su dulce
+consorte desde el gabinete.—¿No ves que estás afeitado ya?</p>
+
+<p>—¡Pues es verdad!—decía el buen señor palpándose la cara.</p>
+
+<p>En un principio solía pedir a sus amigos o conocidos del café algún
+dinero para jugar al tresillo, y bebía al fiado en el café; pero al poco
+tiempo ni los amigos quisieron darle nada, ni el dueño del
+establecimiento le fiaba ya por valor de dos cuartos. Faltó poco para
+que doña Brígida le echase a rodar por las escaleras cierto día que le
+llevó una cuenta de ciento veinte reales.</p>
+
+<p>Don Jaime quedó, pues, reducido a pasar las horas mirando jugar al
+tresillo y dando a los jugadores consejos que no le agradecían. Los
+gananciosos solían pagarle la copa de ron. Una que otra vez jugaba a las
+damas con don Lorenzo, y como éste se negaba rotundamente a seguir la
+partida sin interés, preciso era que Marín arbitrase alguno que no fuese
+metal precioso. Discurrió exponer uno de los dos cigarros puros que su
+mujer le daba por la mañana. Cuando lo perdía, aquella tarde se quedaba
+sin fumar. A veces buscando el desquite, perdía dos y tres que iba
+entregando uno a uno a su adversario en los días sucesivos. Entonces se
+dedicaba, como sus amigos decían, «a la gramática», esto es, a pedir
+aquí y allí un pitillo para calmar el insufrible prurito de chupar.
+¡Pobre Marín!</p>
+
+<p>Lo que doña Brígida no pudo jamás, fué hacerle acostarse a una hora
+regular. Tantos años de trasnochar hasta las cuatro o las cinco de la
+mañana, habían formado un hábito imposible de vencer. Como reteniéndole
+en casa no se iba de todos modos a la cama hasta que rayaba el alba, y
+pasaba la noche trasteando por las habitaciones, y como el vicio de
+trasnochar por sí solo es de los más baratos que se conocen, la
+ingeniosa señora le dejaba retirarse a la hora que quisiera. Permanecía
+en el café de la Marina con los últimos parroquianos. Después que éstos
+se retiraban, todavía se quedaba mientras los mozos colocaban en su
+sitio la vajilla y el dueño apuntaba las últimas partidas. Cuando
+materialmente le echaban del establecimiento se iba a hacer compañía al
+sereno de la Rúa Nueva, muy su amigo. Charlando con él mataba las horas
+que aún faltaban para el amanecer.</p>
+
+<p>Don Lorenzo, don Agapito, don Pancho, don Aquilino, don Germán y don
+Justo, eran <i>indianos</i>, esto es, gente a quien sus padres habían enviado
+a América de niños a ganarse la vida y habían vuelto entre los
+cincuenta y sesenta años con un capital que variaba de treinta a cien
+mil duros. Había de éstos más de cincuenta en Sarrió. El duro trabajo y
+la sujeción en que habían vivido muchos años, les hacía tener de la
+felicidad una idea muy distinta de la nuestra. Para nosotros la dicha
+consiste en gozar un placer nuevo cada día, agitarse, viajar, gozar con
+el cuerpo y el espíritu de la hermosa variedad de cosas que la
+Naturaleza nos ofrece. Para ellos se cifraba única y exclusivamente en
+no trabajar, pasar un día y otro redimidos de la dura ley impuesta por
+Dios a Adán después del pecado. Y la verdad es que se cebaban ferozmente
+en este goce singular. La mayor parte de ellos tenían su capital en
+papel del Estado, cuya renta, cuando se cobra no origina molestia
+alguna. Levantábanse temprano por el hábito de madrugar, y andaban toda
+la mañana por las calles o por el muelle en pandillas de seis u ocho
+mirando la entrada y salida, la carga y descarga de los barcos. Después
+de comer se iban al entresuelo del café de la Marina o al de la Amistad,
+y pasaban tres o cuatro horas jugando o mirando jugar al billar.</p>
+
+<p>«¡Anda, bolita de hueso, anda, entra en cabaña!—Déjela, déjela, don
+Pancho, que va herida.—Sal, niña, sal de la manigüita.—¡Ah, ah, qué
+bien mete uté, don Lorenso!—No se ponga bravo, don Pancho!»</p>
+
+<p>El juego siempre iba salpicado de estas frases que olían a plátano y
+cocotero. Cuando los días eran largos, veíaseles allá a la tarde por las
+cercanías de la villa paseando también en pandilla o sentados sobre el
+césped a orillas de una fuente. Era la hora de los recuerdos tropicales.</p>
+
+<p>«¿Se acuerda uté, don Agapito, se acuerda uté de aqueya mulatica perra
+que le venía a dar plasé a la tienda?—¡Y qué bien que cantaba las
+guarachas, la sinvergüensa!—Disen que uté alguna vese la sobaba, don
+Agapito, la sobaba duro.—¿Y cómo no, don Pancho, si a lo mejó se me iba
+al baile de la gente de coló con el negro de mi compare don
+Justo?—¡Vaya, hombre, no diga eso, que me enoha! El que se iba al
+baile era uté. ¡Poquita vese que le he visto trabao con eya bailando el
+chiquita abajo, chiquita abajo!»</p>
+
+<p>No había que contar con ellos para subvencionar la orquesta, ni el
+teatro, ni otro recreo público. Los jóvenes indígenas si querían
+divertirse necesitaban apelar al bolsillo de sus papás. Ya sabían que
+era inútil solicitar el auxilio del oro americano. Esto les indignaba.
+Por la espalda, y aun de frente, les llamaban roñosos, aldeanos, burros
+cargados de dinero. Pero los indianos tenían la piel muy dura y
+despreciaban tales desahogos. El que les tenía un odio declarado (¿a
+quién no lo tenía?) era Gabino Maza.—«¿Para qué sirven esos cincuenta
+vagos tirados todo el día por la calle, abriendo la boca y estirándose
+como los perros? ¡Si destinaran siquiera su dinero a alguna industria
+útil a la población!»</p>
+
+<p>Cuando don Melchor de las Cuevas y su sobrino entraron en el Saloncillo,
+el único que se mantenía en pie en medio del corro gesticulando era este
+mismo Gabino Maza. No podía permanecer dos minutos sentado. La continua
+exaltación de su organismo, la vehemencia con que trataba de persuadir a
+sus oyentes, le obligaba a alzarse en seguida del asiento, lanzarse al
+medio del salón y gritar y manotear hasta que se le concluía el aliento
+y las fuerzas. Se hablaba de la compañía del teatro que había anunciado
+su marcha por haber experimentado pérdidas en el primer abono de treinta
+funciones. Maza trataba de convencerles de que no había habido
+semejantes pérdidas, que todo era una superchería.</p>
+
+<p>—¡No es verdad, no es verdad! El que diga que han perdido un céntimo
+¡miente!... (<i>Bajando la voz y dando la mano a Gonzalo.</i>)—¿Cómo estás,
+Gonzalo? Ya sé que has llegado ayer. Vienes bueno: me alegro... ¡Repito
+que miente! ¿A que no se atreven a decírmelo a mí?</p>
+
+<p>—Seis mil reales han perdido en las treinta funciones, según los datos
+que me presentó el barítono—apuntó don Mateo.</p>
+
+<p>Maza rechina los dientes. La indignación no le permite hablar. Al fin
+rompe.</p>
+
+<p>—¿Y usted hace caso de ese borracho, don Mateo?... Vaya, vaya (<i>con
+afectado desdén</i>), a fuerza de tratar con cómicos se le ha olvidado el
+oficio, como al herrero de marras.</p>
+
+<p>—Oye tú, botarate; yo no he dicho que lo creyese. Lo único que digo, es
+que así resulta de los datos que me presentó el barítono.</p>
+
+<p>Maza da una vuelta en redondo, se coloca otra vez en medio del salón,
+arranca violentamente el sombrero de la cabeza con ambas manos, y
+agitándolo vocifera frenético:</p>
+
+<p>—¡Pero, señor! ¡pero, señor! ¡no parece más que aquí nos hemos caído de
+un nido!... ¿Quieren ustedes decirme qué han hecho de veinte mil y pico
+de reales que ha importado el abono, y casi otro tanto que habrá entrado
+en la taquilla?</p>
+
+<p>—Los sueldos son muy crecidos—apuntó el ayudante del puerto.</p>
+
+<p>—¡No seas borrico, por la Virgen Santísima, Alvaro! ¡No seas
+borrico!... Te diré en seguida los sueldos (<i>contando por los dedos</i>).
+El tenor, seis duros; la tiple, otros seis, son doce; el bajo, cuatro,
+son diez y seis; la contralto, tres, son diez y nueve; el barítono,
+cuatro...</p>
+
+<p>—El barítono, cinco—apuntó Peña.</p>
+
+<p>—El barítono, cuatro—insistió furibundo Maza.</p>
+
+<p>—A mí me consta que son cinco.</p>
+
+<p>—El barítono, cuatro—rugió de nuevo Maza.</p>
+
+<p>Alvaro Peña se levanta exaltado a su vez, ardiendo en noble deseo de
+llevar el convencimiento a su adversario, y se entabla una contienda
+furiosa, descomunal, que dura cerca de una hora, en la que toman parte
+todos o casi todos los socios de aquella ilustre reunión de notables.
+Nada más semejante a las famosas reyertas que entre los griegos pasaban
+delante de los muros de Ilion. El mismo fragor y cólera. La misma
+sencillez primitiva en los argumentos. La misma violencia candorosa y
+bárbara en los dictados.</p>
+
+<p>«¡Habrá hombre más pollino!—¡Calla, calla, cabeza de
+alcornoque!—¡Habló el buey, y dijo mú!—Te digo que faltas a la verdad,
+y si lo quieres más claro, te digo que mientes.—¡Jesús, qué
+gansada!—Parece usted una mala mujer.»</p>
+
+<p>Eran muy frecuentes, casi cotidianos, tales altercados en el Saloncillo.
+Como todos los que tomaban parte tenían un modo directo, enteramente
+primitivo de apreciar las cuestiones, parecido, por no decir igual al de
+los héroes de Homero, la argumentación establecida al comienzo de la
+disputa, seguía invariablemente hasta el fin. Había hombre que pasaba
+una hora repitiendo sin cesar: «¡No hay derecho a meterse en la vida
+privada de nadie!» o bien: «Eso sucederá en Alemania, ¡pero como estamos
+en España!»... Alguno era, todavía más breve, y gritaba siempre que le
+dejaban un hueco:—«¡Chiflos de gaita! ¿sabéis? ¡chiflos de gaita!»
+hasta que caía exánime en el diván.</p>
+
+<p>Pero lo que perdían en amplitud los argumentos ganábanlo en intensidad.
+Cada vez eran expresados con mayor y contundente energía, y con más
+descompasadas voces. De tal modo, que raro era el día que no saliese de
+allí alguno ronco; generalmente, eran Alvaro Peña y don Feliciano; los
+más débiles de laringe, no los más voceadores. Que el Ayuntamiento había
+mandado podar los árboles del paseo de Riego: disputa en el Saloncillo.
+Que el dependiente de la casa González Hijos se había escapado con
+catorce mil reales: disputa. Que el cura de la parroquia se negaba a dar
+certificado de buena conducta al piloto Velasco: Alvaro Peña tuvo un
+vómito de sangre a consecuencia de esta disputa.</p>
+
+<p>Ningún desabrimiento quedaba jamás después de ellas, ni había memoria de
+que hubiesen originado cuestión personal alguna. ¿Cómo podía haberla
+cuando todos habían convenido tácitamente en aceptar sin enojarse los
+graciosos epítetos de que hemos hecho mención? El carácter local de los
+temas, era perfecto. La política tenía en Sarrió muy pocos cultivadores.
+Sólo cuando los periódicos noticiaban algún suceso de mucho bulto, se
+preocupaban momentáneamente con ella sus habitantes. Hacía cerca de
+veinte años que la representación del distrito en el Congreso estaba
+encomendada al opulento banquero Rojas Salcedo, el cual sólo una vez en
+su vida había estado en Sarrió a tomar leche de burra. Nadie pensaba en
+disputarle la elección. Generalmente se hacía reuniéndose los
+presidentes y secretarios de los colegios, y apuntando en las actas el
+número de votos que se les antojaba. La razón de esto, era que Sarrió
+siempre había sido una villa comercial donde cada uno podía ganarse la
+subsistencia sin recurrir a los empleos del Estado. La mayoría de los
+jóvenes, después de haber pasado dos o tres años en algún colegio de
+Inglaterra o Bélgica, se empleaban en los escritorios de sus padres y
+eran sus sucesores en ellos. Otros, los menos, seguían alguna carrera
+militar o civil de sueldo fijo, y sólo venían de tarde en tarde a pasar
+unos días con su familia.</p>
+
+<p>Sarrió, hay que confesarlo de una vez, era una población dormida para
+todas las grandes manifestaciones del espíritu, para todas las luchas
+regeneradoras de la sociedad contemporánea. Nadie estudiaba los altos
+problemas de la política. Las terribles batallas que los diversos bandos
+libran en otras partes para conseguir la victoria y el poder no
+apasionaban en modo alguno los ánimos. En una palabra, en Sarrió el año
+de gracia de 1860 no existía la vida pública. Se comía, se dormía, se
+trabajaba, se bailaba, se jugaba, se pagaba la contribución; pero todo
+de un modo absolutamente privado.</p>
+
+<p>Cuando se cansaron de disputar los del Saloncillo y llevaban de vencida
+la digestión, don Mateo les anunció, relamiéndose de gusto, que le tenía
+sin cuidado la marcha de la compañía. Dentro de pocos días preparaba una
+sorpresa a los sarrienses. Después de muchos trabajos, se consiguió que
+desembuchara. Estaba en tratos con el célebre Marabini, frenólogo,
+prestidigitador. Acaso el martes... sí, el martes o el miércoles podrían
+admirar sus habilidades en el teatro. Traía además cuadros disolventes y
+un lobo domesticado.</p>
+
+<p>Gonzalo se había ido a la sala de billar y veía jugar el <i>chapó</i> a media
+docena de indianos, los cuales al dar el tacazo, hacían sonar como un
+repique de campanas todos los dijes de oro que pendían de sus enormes
+cadenas de reloj. Estas cadenas y estos dijes eran el atractivo más
+poderoso, la tentación suprema que presentaban a sus hijos los artesanos
+de Sarrió para decidirles a ir a Cuba.—«¡Tonto, quién te verá venir
+dentro de pocos años con levita de paño fino, gran camisola planchada,
+bota de charol y mucha cadena de relós, como don Pancho!» A este último
+envite casi ningún muchacho resistía.—«¿Que me dé siete vueltas al
+cuello, padre?—Sí, hombre, sí, y con una porción de lapiceros de oro y
+guardapelos colgando.» Y allá se iban de cabeza los pobres chicos en la
+<i>Bella-Paula</i>, en la <i>Carmen</i>, en la <i>Villa de Sarrió</i> o en otro
+barcucho de vela cualquiera, a perecer del vómito negro o del hambre,
+más negra aún, fascinados por el brillo de aquellas joyas cursis que
+representaban los ojos de la terrible Loreley.</p>
+
+<p>Las actitudes de algunos indianos jugando, como gente que no está
+avezada a reprimir sus ademanes y componerlos, eran extrañas y
+graciosas; servían de regocijo a los jóvenes del pueblo, cuya antipatía
+a los americanos se manifestaba siempre por la burla. Quién, como don
+Benito, daba fuertes taconazos en el suelo mientras las bolas corrían;
+quién, como don Lorenzo, se inclinaba a un lado y a otro, se torcía y se
+retorcía como si de sus movimientos dependiese que la bola se inclinase
+a un sitio u otro; quién, por fin, como don Pancho, que era pequeño y
+gordo, casi cuadrado, se subía de un brinco al diván después de haber
+empujado la bola, para mejor ver los estragos que había hecho en los
+palos. De vez en cuando se oía el grito de impaciencia de alguno de
+ellos dirigiéndose al chico:—«¡Apunte, niño, no se distraiga!»</p>
+
+<p>Al lado de Gonzalo vino a sentarse don Feliciano Gómez, que comenzó a
+marearle con su charla bondadosa e insubstancial, dándole a cada
+instante palmaditas afectuosas en el muslo como tenía por costumbre.</p>
+
+<p>—¿Cuándo es el gran día, Gonzalín? ¿Pronto, eh? ¡Vaya, que tengo ya
+ganas de verte con tu señora del brazo yendo a misa de doce!... Bien, mi
+queridín, bien; vas a ser feliz. En casa las nenas (<i>así llamaba a sus
+ancianas hermanas siempre</i>) no me dejan vivir desde ayer: «¿Cuándo se
+casa Gonzalín? no dejes de preguntárselo.» ¡Como te han visto nacer las
+pobres!... No hay nada como el matrimonio para vivir contento y
+tranquilo. Tú me dirás: y siendo así, ¿por qué no se ha casado usted,
+don Feliciano? Oyes, mi queridín, ¿por qué me había de casar si vivo
+feliz soltero? ¿Qué me hace falta a mí? Tengo en casa a las nenas que me
+cuidan a qué quieres boca, que me adoran... (¡Pobre hombre! otra cosa
+muy distinta se decía en el pueblo.) Y para otras cosas... nunca falta
+Dios; ¿verdad, mi queridín?... Además, mientras uno es mozo se padece
+mucho. Todo se vuelve apetecer y rabiar... Hay aquí dentro un fuego que
+no le deja a uno sosiego... Pero cuando vienen los años y cesa el calor
+amante y se queda uno fresco como una lechuga, entonces, ¡en grande, mi
+queridín!... Mira, si me dijesen ahora: «Feliciano, ¿quieres volverte a
+los veinte años?» ¡Ca! a otro perro con ese hueso. La gran edad del
+hombre, los cincuenta años. No lo dudes, Gonzalín. Ahora es cuando se
+sabe lo que es comer y dormir con tranquilidad. ¿Hay ninguna Fulana que
+valga una fuente de sardinas frescas acabadas de freir?... ¿Y una
+langosta con sidra sacada por el espichón? ¿No se te hace la boca agua,
+hijo del alma?... Tú ahora casarte y besitos y «mi vida» para aquí y
+«alma mía» para allá, ¿verdad?... Bien, bien, descuida que todo se
+andará. Esto es bueno, pero aquello es mejor... La muchacha es de buena
+familia... Don Rosendo está rico... Vas bien, vas bien, mi queridín...
+Pero oye, ¿por qué no te casas con la pequeña, con Venturita, que es más
+guapa? Yo no digo que la primera sea fea; pero no hay duda que la
+segunda es más linda; un botón de rosa. ¡Qué ojos tan pícaros! ¡qué
+pelo! ¡qué dentadura! ¡qué garbo! En fin, si estás comprometido con la
+otra no digo nada... ¡Pero lo que es como guapa!... Y la familia, la
+misma...</p>
+
+<p>Estas palabras hicieron una impresión extraña en Gonzalo. El pensamiento
+así expresado era la fórmula brutal, pero exacta y precisa de su vago
+imaginar, de cierto desasosiego que le había quedado desde la noche
+anterior. Efectivamente, ¡qué ojos tan hermosos, tan cándidos y
+maliciosos a la vez! ¡Qué cutis de alabastro! ¡Qué labios, qué dientes,
+qué dorada madeja de cabellos! Cecilia, la pobre, estaba aún más delgada
+que cuando se había ido y más desgarbada. ¿Cómo le había gustado aquella
+chica? Gonzalo se confesó con sencillez que gustar... lo que se llama
+gustar de veras... como ahora Venturita, por ejemplo, nunca le había
+gustado. ¿Entonces por qué?... ¡Vaya usted a saber lo que son estas
+cuestiones! Era un niño, no hablaba con señoritas. La amabilidad de
+aquélla le impresionó... Luego cierta vanidad de tener novia... Después
+la distancia que agranda y mejora los objetos... En fin, todo se había
+combinado para ligarle a aquella muchacha... ¡Pero si él hubiera visto
+antes a Venturita!... Más valía no pensar en ello. El asunto estaba ya
+demasiado adelantado para volverse atrás.</p>
+
+<p>Contra su costumbre, quedóse un buen cuarto de hora pensativo mirando
+rodar las bolas de marfil sin verlas. Don Feliciano se había ido. Al fin
+su robusto temperamento sanguíneo se sobrepuso a aquellas nerviosidades
+insanas que pretendían turbarle. Alzóse del asiento. Los rasgos de su
+fisonomía, contraídos momentáneamente, se dilataron, y se esparció, por
+ella la sonrisa serena que la caracterizaba. Al mismo tiempo se encogió
+de hombros con un supremo desdén. Con aquel gesto parecía decir:—«Me
+caso con la más fea de las chicas de Belinchón... bueno, ¿y qué? De
+todos modos, sea con una o con otra, ¡aunque no me case con ninguna! yo
+he de ser feliz. No necesito que la felicidad me venga de fuera. La
+llevo dentro de mí, en este humor de ángel que Dios me dió, en el dinero
+que mis padres me dejaron, en esta salud inconcebible, en esta fuerza de
+toro...»</p>
+
+<p>Cuando entró de nuevo en el Saloncillo, grandemente perturbados halló a
+sus cotidianos tertulios con la nueva que acababa de traer Severino el
+de la tienda de quincalla:—«¿No saben ustedes lo que pasa,
+señores?»—Todos se levantan y le cercan. El comerciante habla
+visiblemente conmovido.—Esta noche han robado y asesinado a don
+Laureano.—¿Qué don Laureano, el de la quinta?—Sí, el de las Aceñas...
+Dicen que a las dos y media, poco más o menos, entraron nueve hombres
+enmascarados en su casa, molieron a palos al criado, amarraron a la
+señora y a la criada y a don Laureano lo degollaron... Antes creo que le
+hicieron sufrir mucho para obligarle a soltar el dinero... El buen señor
+no tenía más que doce mil reales, y ellos empeñados en que había gato
+escondido... Le amarraron por aquí, salva sea la parte, y tira que tira
+para hacerle cantar...</p>
+
+<p>Un estremecimiento de horror agitó a los notables de Sarrió. Quedáronse
+pálidos como si se les hubiese aparejado ya a todos aquel espantoso
+tormento. La quinta de las Aceñas estaba a una legua de la villa, en la
+soledad de un bosque de pinos; pero nadie tuvo esto en cuenta. Veíanse
+ya asaltados en sus casas de la Rúa Nueva o de Caborana y asesinados
+crudelísimamente. ¡Sobre todo aquellos tirones! ¡Santo Cristo, qué
+atrocidad!</p>
+
+<p>Pasados los primeros momentos de sorpresa, comenzaron los comentarios en
+voz baja. Los ladrones no serían de muy lejos. Sin embargo, no se
+recordaba que en Sarrió ni en sus alrededores hubiera pasado jamás una
+cosa semejante. Marín afirmó que hacía ya días que veía algunos hombres
+sospechosos de noche. Esta noticia produjo en los circunstantes un
+saludable terror que no llegó a manifestarse. Todos se propusieron no
+salir de casa por la noche, sin comunicarse, no obstante, tan acertada
+resolución. El alcalde manifestó que, en su opinión, los ladrones debían
+de haber venido de Castilla.—¿De Castilla?—Sí, señor, de Castilla...
+Oí contar a mi padre (que en gloria esté), que el año de cinco se
+presentaron diez y siete hombres a caballo y armados en Sariego,
+rodearon el pueblo y robaron a don José María Herrero sesenta mil duros
+que tenía escondidos debajo de uno de los ladrillos del hogar.</p>
+
+<p>En cualquiera otra ocasión, los tertulios habrían observado que el que
+hubiera acaecido tal suceso en Sariego el año de cinco, no implicaba
+necesariamente que sucediese lo mismo en las Aceñas el año de sesenta.
+Pero ahora nadie se atrevió a contradecir la aventurada proposición. Y
+siguieron cementando en voz baja el suceso, y parecían estar todos de
+acuerdo en las opiniones más extravagantes y contradictorias. Mas como
+no se había dado jamás el caso de que Gabino Maza asintiese por más de
+diez minutos a lo que en su presencia se hablase, tomó pretexto de una
+sencillísima indicación, hecha por don Feliciano Gómez, con la perfecta
+naturalidad y modestia que caracterizaban los discursos de este
+distinguido comerciante, para caer sobre él de un modo tan violento como
+injustificado.</p>
+
+<p>—¡Ya me extrañaba que no soltases alguna coz! ¿Para qué quieres que se
+registren las casas de los vecinos? Te figuras que te vas a encontrar
+allí muy apiladito el dinero de don Laureano.</p>
+
+<p>—Si no se halla el dinero, se hallará algún indicio...</p>
+
+<p>—¿De qué, cabeza de chorlito, de qué?</p>
+
+<p>Armóse la disputa consabida. Se chilló, se alborotó lo indecible. Al
+fin, nadie pudo entenderse, como siempre. Las voces se oían
+perfectamente en toda la plazoleta de la Marina; pero los transeuntes
+estaban acostumbrados, y no se paraban a escucharlas.</p>
+
+
+
+<div class='chapter' /><h2 class="top15"><a name="V" id="V"></a>V</h2>
+
+<p class="c">¡¡¡Ladrones!!!</p>
+
+
+<p>Y desde entonces los notables de Sarrió, no pusieron el pie en la calle
+de noche, como discretamente se lo habían propuesto. La tertulia del
+Saloncillo de última hora, la de la tienda de Graells, la de la Morana
+misma, quedaron abandonadas. Los cuatro o seis herreros establecidos en
+la villa no daban ni podían dar cumplimiento a los numerosos pedidos de
+cerraduras, pasadores, trancas de hierro y llaves maestras que de todas
+las casas les hacían. Los ladrones de las Aceñas no habían sido habidos.
+Todos preveían, con más o menos fundamento, que andaban rondando la
+población para caer, sobre ella a saco en un plazo perentorio.</p>
+
+<p>No obstante, como el hombre se habitúa a todo, hasta a la enfermedad,
+hasta a las conferencias del Ateneo, los vecinos de Sarrió, al cabo de
+algunos días se habituaron al peligro. Comenzaron a salir de sus casas,
+cerrada ya la noche, si bien con las debidas precauciones. El primero
+que se aventuró fué Marín. Siendo inútiles todos los esfuerzos que doña
+Brígida hizo para que se durmiese a una hora racional, le arrojó de casa
+sin conmiseración. Don Jaime pidió permiso para sacar debajo de la talma
+azul gendarme que usaba por las noches, un viejo fusil de chispa que
+había en el desván. La magnánima señora se lo otorgó a condición de
+llevarlo descargado. Salió después Alvaro Peña. Como autoridad militar
+hasta cierto punto y hombre que gozaba fama de enérgico, estaba obligado
+a mostrar valor en aquellas críticas circunstancias: llevaba dos
+pistolas de arzón en los bolsillos, y bastón de estoque. El alcalde don
+Roque, que desde tiempo inmemorial venía asistiendo a la tienda de la
+Morana en compañía de don Segis el capellán de las monjas Agustinas y
+don Benigno el coadjutor de la parroquia, y se bebía en el transcurso de
+la noche, de cuatro a ocho vasos de vino de Rueda, según las
+circunstancias, no pudo sufrir el hogar doméstico más de tres días y
+salió también a la calle. Le acompañaba el octogenario alguacil Marcones
+con tercerola y sable. El iba armado de revólver y estoque.</p>
+
+<p>Después, y sucesivamente, fueron saliendo y diseminándose por las
+tertulias nocturnas don Melchor, Gabino Maza, don Pedro Miranda,
+Delaunay, don Mateo, y todos los demás. Los indianos tardaron más
+tiempo. Lo mismo la tienda de Graells que la de la Morana y el
+Saloncillo, se transformaban al llegar la noche en verdaderos arsenales.
+Cada uno de los que iban llegando dejaba arrimadas a la pared sus armas
+y pertrechos de guerra. Al salir tornaban a empuñarlas con un valor
+impávido, digno de la sangre cántabra que casi todos llevaban en las
+venas. Allí el antiguo arcabuz de chispa alternaba de igual a igual con
+el moderno rifle americano de doce tiros, el estoque cilíndrico de
+hierro con el espadín pavonado que guardan los nuevos bastones, el
+cachorro tosco de bronce con el revólver nielado. Y esta misma
+diversidad de armas mortíferas contribuía poderosamente a mantener en
+todos los pechos el espíritu bélico tan necesario en aquella ocasión.</p>
+
+<p>Se habían tomado algunas medidas acertadísimas; de gran utilidad. Hasta
+las doce de la noche los serenos tenían orden de no apagar ningún farol.
+A aquéllos se les había provisto de nuevos pitos infinitamente más
+sonoros que los antiguos. Además tenían prevención para vigilar a
+cualquier persona desconocida que transitase por las calles. Entre los
+vecinos se había convenido juiciosamente no dejar la acera a nadie desde
+las diez en adelante como no fuese a un amigo. Sabida es de todos la
+enorme influencia que tiene en la criminalidad esta costumbre de dejar
+la acera. Con tal motivo, encontrándose una noche en la calle de San
+Florencio don Pedro Miranda y don Feliciano Gómez, ambos embozados en
+sus carriks, con los estoques desenvainados, prevenidos para cualquier
+evento, don Feliciano le gritó a don Pedro desde lejos:</p>
+
+<p>—¡Eh, amigo, al arroyo!</p>
+
+<p>—Phs, phs; sepárese usted—contesta don Pedro.</p>
+
+<p>—Quien debe apartarse es usted—replica el comerciante.—¡Al arroyo, al
+arroyo!</p>
+
+<p>—Phs, phs, haga usted el favor de dejar franco el paso—responde el
+señor Miranda.</p>
+
+<p>Ninguno de los dos se movía de su sitio. Habíanse desembozado y
+mostraban ya la punta aguzada de sus floretes.</p>
+
+<p>—Tenga usted la bondad...</p>
+
+<p>—Haga usted el obsequio...</p>
+
+<p>¿Quién sabe la horrible tragedia que hubiera acaecido en Sarrió, si al
+cabo de un rato bastante largo de hallarse estos varones así detenidos
+en su camino, no se hubiesen reconocido?</p>
+
+<p>—¿Sería usted tal vez don Feliciano?...</p>
+
+<p>—¿Sería usted don Pedro?</p>
+
+<p>—¡Don Feliciano!</p>
+
+<p>—¡Don Pedro!</p>
+
+<p>Y se acercaron corriendo y se estrecharon las manos con efusión.</p>
+
+<p>—¡Qué suerte ha tenido usted en que le hubiese reconocido, don
+Feliciano!—exclamó el señor Miranda mostrando su ancho estoque de
+hierro con puño de hueso.</p>
+
+<p>—¡Pues la de usted no ha sido pequeña, don Pedro!—contesta el
+comerciante esgrimiendo en el aire una hoja fina y pavonada de Toledo.</p>
+
+<p>Para entrar en la tienda de la Morana era preciso bajar dos escalones.
+La tienda era una confitería, aunque no lo pareciese; la única
+confitería que había entonces en Sarrió. Hoy, si no me engaño, cuenta ya
+con tres. Y digo que no lo parecía, porque se vendían cirios de
+iglesia, pies y manos y cabezas y troncos de cera para ofertas. Estos
+objetos poco a poco habían ido llenando todo su ámbito, pasando de
+comercio suplementario a principal, en virtud de lo nada golosos que
+eran los vecinos de aquella villa. Y éste es uno de los rasgos
+característicos que reclamo para ella. En España es muy general que los
+habitantes de las villas y ciudades pequeñas sean dados con pasión a los
+confites. No gozando de los placeres de toda laya con que brindan las
+grandes capitales, la sensualidad se escapa por ahí.</p>
+
+<p>Acaso se arguya que en Sarrió las monjas Agustinas también fabricaban
+dulces; pero debemos advertir que esta fabricación estaba limitada
+exclusivamente al rallado de ciruela, membrillo, pera y albaricoque,
+alguna que otra tarta de almendra y borraja, y un dulce especialísimo
+parecido a las escamas de los peces llamado flor de azahar. No hay que
+dudarlo; en Sarrió había pocos golosos. Después de todo, esta virtud
+rara en las villas de lo interior, no lo es tanto en las poblaciones
+marítimas menos sometidas, como es sabido, a la influencia clerical.
+Porque según la observación que puede hacerse viajando por los pueblos
+de lo interior de España, allí se comen más dulces donde el culto y las
+prácticas de la religión absorben más parte de la vida, y la mayor
+energía del sentimiento religioso se traduce en novenas, rosarios
+cantados, cofradías y canónigos. Lo cual demuestra que debe de existir
+cierta misteriosa afinidad entre el misticismo y la confitería.</p>
+
+<p>Esta se hallaba representada en la tienda de la Morana por dos armarios
+de pino pintado de azul con puertas de cristales, situados a entrambos
+lados del mostrador. En estos armarios se guardaba una razonable
+cantidad de caramelos, rosquillas bañadas, suspiros, magdalenas,
+almendrados, y sobre todo, las alabadas crucetas y famosísimas
+<i>tabletas</i> cuyo renombre habrá alcanzado seguramente los oídos de
+nuestros lectores. Todo de la más remota antigüedad. Las tabletas, cuya
+mágica composición nunca hemos podido averiguar, tenían un atractivo
+irresistible, basado, ¡caso extraño! en su extraordinaria dureza. A la
+edad en que se comían las tabletas de la Morana lo importante no era que
+los dulces fuesen delicados, sabrosos, exquisitos, sino que durasen
+mucho. Para lograr que los dientes se hincasen en ellas, era forzoso
+impregnarlas previamente de una cantidad fabulosa de saliva. Una vez
+hincados en su pasta pegajosa en alto grado, el separarlos de nuevo
+llegaba a constituir un verdadero problema. Permítaseme dedicar un
+delicado recuerdo de simpatía y reconocimiento a estas tabletas que
+desde los cuatro hasta los ocho años van unidas a los momentos más
+dichosos de mi existencia. A su azucarado influjo quizá deba el autor de
+este libro la flor de optimismo, que, al decir de los críticos,
+resplandece en sus obras.</p>
+
+<p>La Morana, hija y heredera de otra Morana que ya había muerto, era una
+mujer de cuarenta años, pálida, con parches de gutapercha en las sienes
+para los dolores de cabeza. Estaba casada con un Juan Crisóstomo, que al
+decir de don Segis, el capellán, no era de los Crisóstomos. Sin embargo,
+cuando administraba alguna paliza a su mujer, solía mostrar cierta
+erudición poco común.</p>
+
+<p>—«Yo que amaba a esta mujer—exclamaba con enternecimiento, arrimando
+el garrote a la pared.—¡Yo que amaba a esta mujer como esposa y no como
+sierva, según manda el apóstol San Pablo!... ¿Tú has leído al apóstol
+San Pablo?... ¡Qué habías de leer tú, gran vaca!...»</p>
+
+<p>El vino era muy bueno, casi puede decirse que era lo único bueno en este
+establecimiento, y eso que no paraba mucho en la bodega. Don Roque, don
+Segis, don Benigno, don Juan el Salado y el señor Anselmo el ebanista,
+se encargaban a plazo fijo de hacerlo pasar a la suya. Era un vino
+blanco, fuerte, superior, que se subía a la cabeza con facilidad
+asombrosa. Los tertulios de la tienda, todas las noches, entre once y
+doce, salían dando tumbos para sus casas; pero silenciosos, graves, sin
+dar jamás el menor escándalo. Solían salir los cinco cogidos del brazo,
+apoyándose los unos en los otros. Al llegar a las tapias de la huerta
+del convento de las Agustinas, orinaban. Después proseguían su camino
+sin decirse una palabra, aunque bufando y soplando mucho. El instinto,
+que nunca les abandonaba por completo, les sugería esta prudente
+conducta. Comprendían que si hablaban poco o mucho, podían enredarse en
+alguna disputa. De ahí las voces y el escándalo consiguiente... Nada,
+nada, lo mejor era no chistar. Al llegar a sus casas se soltaban
+murmurando con torpe lengua «buenas noches». El último era don Roque por
+vivir más lejos que ninguno.</p>
+
+<p>De este modo serio, modesto, patriarcal, se emborrachaban aquellos
+venerables ancianos todas las noches del año. Dos de ellos, don Juan el
+Salado, escribiente del Ayuntamiento, y don Segis, experimentaban ya las
+consecuencias de aquella vida. El Salado tenía una nariz que daba miedo
+verla: el día menos pensado se le caía sobre el libro de actas. Don
+Segis había padecido un ataque apoplético, de resultas del cual
+arrastraba la pierna derecha cual si llevase en ella un peso de seis
+arrobas. Verdad que el insaciable capellán no se contentaba con los
+cuarterones de vino de la confitería. Por cada uno que se tragaba era
+preciso que la Morana le sirviese una copa de ginebra, la cual vertía
+cuidadosamente en un frasco que llevaba al efecto en el bolsillo. Si
+eran seis cuarterones, seis copas; si ocho, ocho. Toda esta ginebra
+pasaba delicadamente a su estómago en pequeños sorbos después que se
+había metido en la cama. «¿Pero don Segis, cómo se bebe usted tanta
+ginebra de una vez?—No tengo más remedio—contestaba en un tono
+resignado y humilde que partía el corazón.—¿Si no bebiese una copa por
+cada cuarterón, qué sería de mí, hijo del alma?... ¡Pasaría la noche
+como un caballo!»</p>
+
+<p>Las conversaciones de la tienda de la Morana eran menos interesantes y
+movidas que las del Saloncillo. A los viejos tertulianos les interesaban
+ya poquísimas cosas en el mundo. Los asuntos más graves de la villa,
+los que promovían tempestades en el Saloncillo, se trataban, o por mejor
+decir, se tocaban ligeramente sin apasionamiento alguno. Que los
+González habían despedido al capitán de la <i>Carmen</i> y nombrado en su
+lugar un andaluz.</p>
+
+<p>—Cuando los González lo han hecho—afirmaba uno lenta y
+sordamente,—sus razones tendrían.</p>
+
+<p>—Es verdad—contestaba otro al cabo de un rato, llevándose el vaso a
+los labios.</p>
+
+<p>—Ripalda parecía un buen sujeto—afirmaba un tercero, después de cinco
+minutos, dejando el vaso sobre el mostrador y eructando.</p>
+
+<p>—Sí lo parecía—replicaba otro gravemente.</p>
+
+<p>Transcurrían diez minutos de meditación. Los tertulios daban algunos
+cariñosos besos al vaso, que parecía de topacio. Don Roque rompe el
+silencio:</p>
+
+<p>—De todos modos, no hay duda que don Antonio le abrasó.</p>
+
+<p>—Le abrasó—dice don Juan el Salado.</p>
+
+<p>—Le abrasó—confirma don Benigno.</p>
+
+<p>—Le abrasó—corrobora el señor Anselmo.</p>
+
+<p>—Le abrasó completamente—resume, por fin, don Segis lúgubremente.</p>
+
+<p>Lo que alteraba los ánimos una que otra vez, era la cuestión de
+pichones. El señor Anselmo y don Benigno alimentaban pasión
+inextinguible por estos animalitos. Cada cual tenía su palomar, sus
+castas, sus procedimientos de cría, y sobre tales extremos se enredaban
+a menudo en largas y vivas discusiones. Los demás escuchaban gravemente
+sin atreverse a decidir, subiendo y bajando el vaso del mostrador a los
+labios con religioso silencio. El crimen de las Aceñas les disgustó,
+pero no causó en ellos la profunda desazón que en el resto del
+vecindario. Al cabo de cinco o seis días tornaron a sus patriarcales
+costumbres. Y era tal su valor, que la mayor parte de las noches dejaban
+olvidadas las armas en la tienda.</p>
+
+<p>Serían las doce por filo de una, en que don Roque había rebasado con
+tres cuarterones más la tasa de seis que ordinariamente se imponía,
+cuando las cinco columnas de la confitería de la Morana salieron en
+apretada cadena hacia sus domicilios. Cerraba la marcha Marcones, con el
+fusil al hombro. El primero que se soltó fué don Segis, que vivía en una
+casita de dos balcones, pegada al convento de las Agustinas. Después fué
+don Juan el Salado. Después el coadjutor. Por último, el señor Anselmo,
+sacando la enorme llave lustrosa que le servía de batuta cuando dirigía
+la orquesta, abrió el taller donde dormía.</p>
+
+<p>Quedó el alcalde solo con la fuerza de su mando. Dijo algo; pero la
+fuerza no le entendió. Comenzaron a caminar hacia casa, que ya no estaba
+lejos. Mas antes de llegar a ella, don Roque, que soplaba y bufaba como
+una ballena, e imitaba en lo posible la marcha jadeante y arremolinada
+de este cetáceo, se paró de repente, y pronunció en alta voz un largo
+discurso, del cual no entendió Marcones más que la palabra ladrones,
+repetida bastantes veces. Miró el alguacil con sobresalto a todas partes
+por ver si veía alguno, preparando el fusil al mismo tiempo; pero nada
+observó que le hiciese sospechar la presencia de los forajidos. Tornó
+don Roque a usar de la palabra, si tal nombre merecía la regurgitación
+intermitente de una porción de sonidos extraños, bárbaros, lamentables,
+que infundían tristeza y horror al mismo tiempo, y Marcones pudo colegir
+entonces que su jefe deseaba que hiciesen una batida por la villa, en
+busca de los criminales de las Aceñas.</p>
+
+<p>Marcones meditó que la fuerza era escasa y mal prevenida para aquella
+empresa; pero la disciplina no le permitió hacer objeciones. Además,
+nació en su pecho la esperanza de que los asesinos fuesen poco
+aficionados a tomar el fresco a tales horas. Y después de haber
+examinado cuidadosamente las armas, emprendieron una marcha peligrosa al
+través de todas las calles y callejas de la villa. En honor de la
+verdad, hay que advertir que don Roque marchaba delante como cumple a un
+valeroso caudillo, con su revólver en la mano izquierda y el bastón de
+estoque en la derecha, exponiendo el primero su noble pecho al plomo
+enemigo. Marcones, agobiado bajo el peso del fusil y de los ochenta y
+dos años que tenía marchaba detrás a una distancia de seis pasos
+próximamente.</p>
+
+<p>La noche era de luna, pero negros y grandes nubarrones la ocultaban a
+menudo por largo rato. Y entonces la escasa claridad de los faroles de
+aceite que ardían en las esquinas de las calles no bastaba a deshacer
+las sombras que se amontonaban hacia el medio de ellas. Sarrió consta de
+cinco principales, a saber: la Rúa Nueva, que desemboca en el muelle; la
+de Caborana, la de San Florencio, la de la Herrería y la de Atrás. Estas
+calles son largas, bastante anchas y paralelas entre sí. Los edificios
+en general son bajos y pobres. Otras calles secundarias, en número
+considerable, las cruzan y las comunican. Además, en las afueras le
+salen algunos rabos a la villa, donde han edificado suntuosas casas los
+indianos. Son lo que pudiera llamarse el ensanche de la población.</p>
+
+<p>Al llegar la columna caminando por la calle de Atrás, cerca de la de
+Santa Brígida, oyó gritos y lamentos que la obligó a hacer alto.</p>
+
+<p>—¿Qué es eso, Marcones?—preguntó el alcalde.</p>
+
+<p>El anciano alguacil se encogió de hombros filosóficamente.</p>
+
+<p>—Nada, señor; será en casa de Patina Santa.</p>
+
+<p>—¿Y cómo se atreven esas pendangas?... Vamos allá, Marcones, vamos acto
+continuo.</p>
+
+<p>«Acto continuo» era una frase de la que usaba y abusaba don Roque.
+Simbolizaba para él la energía, la decisión, la rapidez de la autoridad
+para remediar todos los daños.</p>
+
+<p>Patina Santa era el gran sacerdote de uno de los dos templos del placer
+que existían en Sarrió. De vez en cuando salía por las aldeas comarcanas
+y traía las sacerdotisas que le hacían falta, que nunca pasaban de
+cuatro. No había más gabinetes, y eso que dormían de dos en dos. Vestían
+el mismo refajo de bayeta verde o encarnada, el mismo justillo sin
+ballenas, la misma camisa de lienzo gordo, el mismo pañuelo de percal
+que cuando triscaban allá por los prados y los montes con los vaqueros
+vecinos. Patina Santa, como únicos símbolos del nuevo y elevado destino
+a que la suerte les había llamado, colgaba de sus orejas pendientes de
+perlas y aprisionaba sus pies con zapatos descotados de sarga, los
+cuales eran bienes adheridos a la casa y servían para todas las que iban
+llegando. Más adelante Patina, haciéndose cargo de que el mundo marcha y
+que las leyes del progreso son indeclinables, tuvo la audacia de
+introducir en su templo los polvos de arroz. Después compró unos
+medallones de <i>doublé</i> para colgar al cuello con un terciopelito negro.
+Verdad que a todas estas reformas le estimulaba la competencia
+desastrosa que le hacía Poca Ropa, el cual tenía su instituto en la
+calle del Reloj, al otro extremo de la villa.</p>
+
+<p>—¿Qué escándalo es éste?—gritó don Roque con voz estentórea
+acercándose a la inmunda casucha.</p>
+
+<p>Tres o cuatro muchachos que había en la calle huyeron como pajarillos a
+la vista del gavilán. Pero quedaban las palomas. Dos de ellas estaban a
+la puerta en camisa, las otras dos asomadas a las ventanas en el mismo
+traje. Las de la puerta quisieron retirarse a la vista del alcalde, pero
+éste las agarró con sus manazas.</p>
+
+<p>—¿Qué escándalo es éste,...ajo?—repitió.</p>
+
+<p>—Señor alcalde, nos han dado dos piezas falsas...—dijo una de ellas.</p>
+
+<p>—No estáis vosotras malas piezas... ¡A la cárcel!</p>
+
+<p>—¡Pero, señor alcalde!</p>
+
+<p>—¡A la cárcel,...ajo, a la cárcel!—rugió don Roque.—Y vosotras lo
+mismo. Todo el mundo abajo. ¿Dónde está ese maricón de Patina?</p>
+
+<p>¡Santo cielo, qué alboroto se armó allí en un momento!</p>
+
+<p>Las niñas de la ventana no tuvieron más remedio que bajar, y Patina lo
+mismo, todos en camisa, porque don Roque no admitió término dilatorio.
+No se oían más que gemidos y lamentos, y por encima de ellos la voz
+horripilante del alcalde, repitiendo sin cesar:</p>
+
+<p>—¡A la cárcel...ajo! ¡A la cárcel...ajo!</p>
+
+<p>Las infelices pedían por Dios y por la Virgen que las dejasen vestirse;
+pero el alcalde, con la faz arrebatada por la cólera y los ojos
+inyectados, cada vez gritaba con más fuerza, aturdiéndose con su propia
+voz:</p>
+
+<p>—¡A la cárcel...ajo! ¡A la cárcel...ajo!</p>
+
+<p>Y no hubo otro remedio. El sereno, que se había acercado al escuchar los
+primeros ajos, las condujo en aquella disposición a la cárcel municipal,
+en compañía de su digno jefe, mientras los vecinos, entre risueños y
+compasivos, contemplaban la escena por detrás de los cristales de sus
+ventanas.</p>
+
+<p>La autoridad de don Roque cerró por sí misma la puerta del palomar, y
+puso la llave «acto continuo», bajo la custodia de Marcones. Después
+continuaron su marcha peligrosa.</p>
+
+<p>No habían caminado mucho espacio, cuando en una de las calles más
+estrechas y lóbregas, acertaron a ver el bulto de una persona que se
+acercaba cautelosamente a la puerta de una casa y trataba de abrirla.</p>
+
+<p>—¡Alto!—murmuró don Roque al oído de su subordinado.—Ya hemos
+tropezado con uno de los ladrones.</p>
+
+<p>El alguacil no entendió más que la última palabra. Fué bastante para que
+se le cayese el fusil de las manos.</p>
+
+<p>—No tiembles, Marcones, que por ahora no es más que uno—dijo el
+alcalde cogiéndole por el brazo.</p>
+
+<p>Si el venerable Marcones tuviese en aquel momento cabales sus facultades
+de observación, hubiese advertido acaso en la mano de la autoridad
+cierta tendencia muy determinada al movimiento convulsivo.</p>
+
+<p>El ladrón, al sentir los pasos de la patrulla, volvió la cabeza con
+sobresalto y permaneció inmóvil con la ganzúa en la mano. Don Roque y
+Marcones también se estuvieron quietos. La luna, filtrándose con trabajo
+por una nube, comenzó a alumbrar aquella fatídica escena.</p>
+
+<p>—Phs, phs, amigo—dijo el alcalde al cabo de un rato, sin avanzar un
+paso.</p>
+
+<p>Oir el ladrón este amical llamamiento de la autoridad y emprender la
+fuga, fué todo uno.</p>
+
+<p>—¡A él, Marcones! ¡Fuego!—gritó don Roque, dándose a correr con
+denuedo en pos del criminal.</p>
+
+<p>Marcenes quiso obedecer la orden de su jefe, pero no le fué posible; el
+martillo cayó sobre el pistón sin hacer estallar el fulminante.
+Entonces, con decisión marcial, arrojó el arma que no le servía de nada,
+sacó el sable de la vaina de cuero e hizo esfuerzos supremos por
+alcanzar al alcalde, que con valor temerario se le había adelantado lo
+menos veinte pasos en la persecución del ladrón.</p>
+
+<p>Este había desaparecido por la esquina de una calle.</p>
+
+<p>Pero al llegar a ella la columna pudo verle tratando de ganar la otra.</p>
+
+<p>¡Pum!</p>
+
+<p>Don Roque disparó su revólver, gritando al mismo tiempo:</p>
+
+<p>—¡Date, ladrón!</p>
+
+<p>Tornó a desaparecer: tornaron a verle al llegar a la calle de la
+Misericordia.</p>
+
+<p>¡Pum! Otro tiro de don Roque.</p>
+
+<p>—¡Date, ladrón!</p>
+
+<p>Pero el forajido, sin duda como recurso supremo, y para evitar que algún
+sereno le detuviese, comenzó a gritar también:</p>
+
+<p>—¡Ladrones, ladrones!</p>
+
+<p>Se oyó el silbido agudo y prolongado del pito de un sereno, después,
+otro, después otro...</p>
+
+<p>La calle de San Florencio estaba bien iluminada, y pudo verse claramente
+al criminal deslizarse con rapidez asombrosa buscando en vano la sombra
+de las casas.</p>
+
+<p>¡Pum, pum!</p>
+
+<p>—¡Date, ladrón!</p>
+
+<p>—¡Ladrones!—contestó el bandido sin dejar de correr.</p>
+
+<p>Dos serenos se habían agregado a la columna, y corrían blandiendo los
+chuzos al lado del alcalde.</p>
+
+<p>El criminal quería a todo trance ganar la Rúa Nueva con objeto tal vez
+de introducirse en el muelle y esconderse en algún barco o arrojarse al
+agua. Mas antes de llegar a ella tropezó y dió con su cuerpo en el
+suelo. Gracias a este accidente la patrulla le ganó considerable
+distancia; anduvo cerca de alcanzarle. Pero antes que esto sucediese, el
+forajido, alzándose con extremada presteza, huyó más ligero que el
+viento. Don Roque disparó los dos últimos tiros de su revólver, gritando
+siempre:</p>
+
+<p>—¡Date, ladrón!</p>
+
+<p>Desapareció por la esquina de la Rúa Nueva. Al desembocar en ella el
+alcalde y su fuerza cerca de la plaza de la Marina, no vieron rastro de
+criminal por ninguna parte. Siguieron vacilantes hasta llegar a dicha
+plaza. Allí se detuvieron sin saber qué partido tomar.</p>
+
+<p>—Al muelle, al muelle; allí debe de estar—dijo un sereno.</p>
+
+<p>Y ya se disponían todos a emprender la marcha, cuando se abrió con
+estrépito el balcón de una de las casas, apareció un hombre en
+calzoncillos, y se oyeron estas palabras, que resonaron profundamente en
+el silencio de la noche:</p>
+
+<p>—¡El ladrón acaba de entrar en el café de la Marina!</p>
+
+<p>El que las pronunciaba era don Feliciano Gómez. La patrulla, al
+escucharlas, se precipitó hacia la puerta del café, y entró por ella
+tumultuosamente. El salón estaba desierto. Allá en el fondo, al lado del
+mostrador, se veía a tres o cuatro mozos con su delantal blanco,
+rodeando a un hombre que estaba tirado más que sentado sobre una silla.
+El alcalde, el alguacil, los serenos cayeron sobre él, poniéndole al
+pecho los chuzos, el estoque y el sable. Y a un tiempo gritaron todos:</p>
+
+<p>—¡Date, ladrón!</p>
+
+<p>El criminal levantó hacia ellos su faz despavorida, más pálida que la
+cera.</p>
+
+<p>—¡Ay, re... si es don Jaime, así me salve Dios!—exclamó un sereno
+bajando el chuzo.</p>
+
+<p>Todos los demás hicieron lo mismo, mudos de sorpresa. Porque, en efecto,
+el forajido que habían perseguido a tiros, no era otro que Marín
+sorprendido <i>infraganti</i>, en el momento de abrir la puerta de su casa.</p>
+
+<p>Hubo que llevarle a ella en hombros, y sangrarle. Al día siguiente, don
+Roque se presentó a pedirle perdón, y lo obtuvo. Doña Brígida, su
+inflexible esposa, no quiso concedérselo, sin haberle soltado antes una
+buena rociada de adjetivos resquemantes, entre otros el de borracho. Don
+Roque sufrió con resignación el desacato, y no hizo nada de más.</p>
+
+
+
+<div class='chapter' /><h2 class="top15"><a name="VI" id="VI"></a>VI</h2>
+
+<p class="c">Que trata del equipo de Cecilia</p>
+
+
+<p>En la morada de los Belinchón habían comenzado los preparativos de boda.
+Primero, con mucha reserva, doña Paula hizo venir a Nieves la bordadora,
+y celebró con ella una larga conferencia a puertas cerradas. Después se
+pidieron muestras a Madrid. Pocos días más tarde, aquella señora,
+acompañada de Cecilia y Pablito, hizo un viaje a la capital de la
+provincia, en el familiar de la casa. La fisgona de doña Petra, hermana
+de don Feliciano Gómez, que pasaba por la Rúa Nueva al tiempo de apearse
+doña Paula y sus hijos, pudo observar que el criado sacaba del coche una
+porción de paquetes, que se le antojaron piezas de tela. Bastó para que
+todo Sarrió supiese que en casa de don Rosendo se trabajaba ya en el
+equipo de la hija mayor. Doña Paula, con tal motivo, tuvo una
+sofocación. Echó la culpa a Nieves. Esta protestó de que no había salido
+palabra alguna de sus labios. Insistió doña Paula. Lloró la bordadora.
+En fin, un disgusto.</p>
+
+<p>Pues que todo se había descubierto, nada de tapujos, y pelillos a la
+mar. Constituyóse en la sala de atrás, la que daba a la calle de
+Caborana, un taller u oficina de ropa blanca, bajo la alta dirección de
+doña Paula, y la inmediata de Nieves. Se componía de cuatro oficialas,
+las dos doncellas de la casa, cuando los quehaceres domésticos se lo
+permitían, Venturita y la misma Cecilia. Era una juventud bulliciosa, a
+la cual, el trabajo activo no impedía charlar, reir y cantar todo el
+día. La alegría les rebosaba del alma a aquellas muchachas, y se
+desbordaba en risas inmotivadas, que a veces duraban larguísimo rato.
+Que a una se le caían las tijeras: risa. Que otra pedía la madeja del
+hilo teniéndola colgada al cuello: risa. Que se presentaba la cocinera
+con la cara tiznada, pidiendo a la señora dinero para la lechera: gran
+algazara en el costurero.</p>
+
+<p>No solamente eran jóvenes y alegres las que cosían el equipo de Cecilia;
+pero además guapas, comenzando por su directora. Nieves era una rubia
+alta y esbelta, de cutis blanco y transparente, ojos azules claros,
+nariz y boca perfectas. Tenía veintidós años de edad, y un carácter que
+era una bendición del cielo. Imposible estar melancólico a su lado. No
+que fuera decidora o chistosa; nada de eso. La pobrecilla tenía poco más
+ingenio que un pez. Pero su alegría inagotable chispeaba en sus ojos de
+tan gentil manera, sonaba en la garganta con notas tan puras, tan
+frescas y argentinas, que como un contagio adorable se esparcía en torno
+suyo. Era la única riqueza que poseía. Con el trabajo de sus manos
+mantenía a una madre paralítica y a un hermano vicioso y perezoso, que
+la maltrataba inicuamente cuando no podía darle lo que necesitaba para
+emborracharse. Sus padecimientos, que para otra serían insoportables, la
+turbaban sólo momentáneamente. Por encima de ellos rezumaba muy pronto
+la linfa de aquel divino y gozoso manantial que guardaba en su corazón.
+Gozaba también de una salud perfecta. Los únicos dolores que sentía eran
+en el costado izquierdo, después de reirse mucho.</p>
+
+<p>Valentina, bordadora también, y también rubia, no era tan hermosa. Sus
+ojos más pequeños, su cutis menos delicado, la nariz un poco remangada,
+más baja de estatura. En cambio sus cabellos dorados eran rizosos y le
+caían con mucha gracia por la frente; sus manos y sus pies más delicados
+y breves que los de Nieves; y, sobre todo, tenía a menudo, casi
+constantemente, un ceño, cierto fruncimiento del entrecejo que no era de
+enfado y prestaba a su fisonomía un matiz picaresco extremadamente
+simpático. Encarnación era costurera; moza robusta, colorada, mofletuda,
+de fisonomía vulgar. Entre los artesanos de Sarrió pasaba por la mejor
+moza de las cuatro: para el catador inteligente y refinado valía muy
+poco. Teresa, costurera también, era por su rostro una verdadera mora, y
+de las más oscuritas; el cabello negro como el azabache, los ojos
+rasgados y tan negros como el pelo, la nariz y la boca correctas. Pasaba
+por fea en la villa a causa de su color: en realidad era un hermoso tipo
+oriental. De las dos doncellas de la casa, la una, Generosa, nada tenía
+que llamase la atención; la otra, Elvira, era una palidita, de ojos
+grandes y entornados, muy graciosa.</p>
+
+<p>Las artesanas de Sarrió no han entrado jamás por la ridícula imitación
+de las damas, tan extendida hoy, por desgracia, entre las de otros
+pueblos de España. Creían y creen estas insignes sarrienses, y yo me
+adhiero del todo a su opinión, que el traje y las modas adoptadas por
+las señoritas no avaloran poco ni mucho sus naturales gracias; antes las
+menoscaban. Y esto es lógico. En primer lugar no están acostumbradas a
+vestirse con tal sujeción o aprieto como los figurines exigen de sus
+subordinadas. Después, en las villas no hay quien corte con elegancia.
+Por último, el género tiene que ser de peor calidad, más pobre y más
+feo. En cambio, ¿quién sobre el globo terráqueo, y aun sobre los otros
+globos que navegan por el espacio, compite con ellas en ponerse el rico
+mantón de la China floreado, anudándolo a la cintura por detrás? ¿Quién
+deja caer con más gracia, ni siquiera con tanta, los rizos del pelo por
+la frente en estudiado desgaire? ¿Quién se mueve con más garbo dentro de
+la giraldilla ni da con más elegancia un <i>rempujón</i> al señorito que se
+desmanda, diciendo al mismo tiempo entre risueña y
+enojada?—«¿Cristiano, usted es tonto, o se hace? ¡Mire que se va a
+pinchar!» ¿Quién es capaz de cantar con más sentimiento y menos oído a
+la vuelta de una romería aquello de</p>
+
+<p class="poem">
+<i>Aben-Hamet al partir de Granada</i><br />
+<i>el corazón traspasado sintió?</i><br />
+</p>
+
+<p>No hay que dudarlo. Las artesanas de Sarrió, cuyos arraigados principios
+estéticos son la admiración de propios y extraños, hoy sobre todo en que
+van desapareciendo los caracteres, hacen bien en mantener su
+independencia y en levantar la cabeza delante de las señoritas
+encopetadas de la villa. Porque (digámoslo bajo para que éstas no se
+enteren) la verdad es que son mucho más hermosas. Esto, sin ofender a
+nadie en particular; líbreme Dios. No hay viajero peninsular que al
+recordarle a Sarrió no afirme lo mismo con más o menos energía, según la
+índole de su temperamento. No hay inglesote de aquellos que atracan por
+unos días a la punta del Peón que al hablar allá en Cardiff o Bristol a
+sus amigos de este <i>spanish town</i>, no comience por levantar mucho las
+cejas, abrir la boca en forma de círculo perfecto extendiendo hacia
+afuera los labios, y echándose hacia atrás en la silla no
+exclame:—<i>¡Oh, oh, oh! Sarrió the yeung girls very, very, very
+beautiful!</i></p>
+
+<p>Y cuando los ingleses lo dicen, ¡qué no diremos los españoles, y en
+particular aquellos que hemos vivido tanto tiempo bajo su influencia
+bienhechora!</p>
+
+<p>Las cuatro oficialas, y Nieves también, aunque ésta picaba más alto,
+pertenecían, pues, a esta famosísima casta de mujeres por cuya
+conservación y prosperidad hago votos al cielo todos los días y aconsejo
+a todo buen católico que los haga. En los días de trabajo vestían de
+percal, mantoncito de lana atado atrás y pañuelo de seda al cuello,
+dejando al descubierto, por supuesto, la cabeza. Nieves, por excepción,
+traía al diario mantón de la China negro con fleco.</p>
+
+<p>Acaban de ponerse al trabajo después de comer. El sol penetra por los
+dos balcones de la sala al través de los visillos. Para que no les
+moleste, las costureras se agrupan en uno de los rincones. Teresa, la
+más filarmónica de ellas, entona con voz suave y tímida un canto
+romántico de cadencias tristes y prolongadas, a propósito para ser
+acompañado en terceras. Y en efecto, Nieves no tardó en <i>hacerle el
+dúo</i>, como allí se decía. Las demás la siguen cantando, unas en primera
+y otras en segunda voz. De todo lo cual resulta una armonía asaz
+melancólica, de sabor romántico muy marcado. El romanticismo podrá huir
+de las costumbres y ser arrojado de la novela y el teatro; más siempre
+hallará un nido tibio y delicioso donde guarecerse en el corazón de las
+jóvenes artesanas de Sarrió. Aquella armonía dura hasta que Pablito se
+encarga de desbaratarla lanzando repentinamente en medio de ella su
+vozarrón de carnero. Las costureras suspenden el canto y levantan
+asustadas la cabeza. Después se echan a reir.</p>
+
+<p>El bello Pablito, recostado en su butaca allá en otro rincón, se ríe
+también con fuertes carcajadas de su gracia.</p>
+
+<p>Desde que había comenzado a coserse el equipo de su Hermana, Pablito
+manifestaba cierto gusto por la vida sedentaria que hasta entonces jamás
+se había observado en él. ¿Quién le había visto en los días de la vida
+detenerse un minuto en casa después de comer? ¿Quién pudiera imaginar
+que se pasaba la mañana sentado en aquella butaca dando parola a las
+costureras? Nada más cierto, sin embargo. Hacía ya cerca de un mes que
+no salía a caballo ni en coche, y no pasaba en la cuadra más de una hora
+todos los días.</p>
+
+<p>Piscis se hallaba consternado. Venía diariamente a buscarlo, pero en
+vano.</p>
+
+<p>—Mira, Piscis, hoy tengo que limpiar los estribos de plata, no puedo
+salir.—Mira, Piscis, tengo que ir a cobrar una letra por encargo de
+papá.—Mira, Piscis, la Linda está con torozón y no se la puede montar.</p>
+
+<p>—Ya está buena—gruñía Piscis.</p>
+
+<p>—¿Vienes de la cuadra?</p>
+
+<p>—Sí.</p>
+
+<p>—Bien... pues de todos modos hoy no puedo salir... Tengo una rozadura
+aquí... salva sea la parte...</p>
+
+<p>Algunos días Piscis entraba en la sala de costura, y sin decir nada
+aguardaba sentado un rato, no muy largo casi nunca, porque abrigaba
+vehementes sospechas de que las costureras se reían de él, y esto le
+tenía sobresaltado y en brasas. Cuando le parecía llegado el momento
+oportuno, o porque observase síntomas de cansancio en Pablo o por
+cualquier otra circunstancia que no está a nuestro alcance, se levantaba
+del asiento y hacía una seña con la mano a su amigo silbando al mismo
+tiempo. Y esto porque se entendían mucho mejor con silbidos que con
+palabras. Ambos sentían aversión por el sonido articulado, sobre todo
+Piscis, y escatimaban su empleo. Mas a Pablito lo mismo le daban ya
+pitos que flautas.</p>
+
+<p>—Hombre, Piscis... ¡tengo una pereza!... ¿Quieres hacerme el favor de
+ir a la cuadra y decirle a Pepe que le dé otra untura de aceite al
+Romero?</p>
+
+<p>—Yo se la daré—respondía con semblante fosco Piscis.</p>
+
+<p>—Bueno, Piscis, muchas gracias... Adiós... No dejes de venir mañana,
+¿eh?... Puede que salga a caballo.</p>
+
+<p>Decía esto con gran dulzura y amabilidad, para desagraviarle. Piscis
+mascullaba unas «buenas tardes» sin volverse hacia los circunstantes, y
+salía con los ojos torcidos, más feo y endemoniado que nunca. Al día
+siguiente lo mismo. A pesar de la veneración que Pablito le inspiraba
+Piscis llegó a presumir que le gustaba una de las costureras. ¿Cuál? Su
+perspicacia no llegaba a resolverlo.</p>
+
+<p>Comenzaron de nuevo su cántico las jóvenes, pero al llegar a aquello de</p>
+
+<p class="poem">
+<i>Sólo tú, mujer divina</i>,<br />
+<i>rezarás una plegaria</i><br />
+<i>en mi tumba solitaria, etc.</i><br />
+</p>
+
+<p>Pablito soltó otro berrido estridente y atronador. Vuelta a la risa.
+Venturita se puso seria.</p>
+
+<p>—Mira, Pablo, si has de seguir haciendo payasadas, más vale que te
+vayas con Piscis.</p>
+
+<p>A su vez Pablito se pone fosco.</p>
+
+<p>—Me iré cuando se me antoje. ¡Siempre has de ser tú la que todo lo eche
+a perder!</p>
+
+<p>Quería decir con esto el joven Belinchón, que sólo su hermana Ventura se
+empeñaba en desconocer el ingenio con que el cielo le había dotado. Y
+así era la verdad. Todas las demás reían alborozadas, como si en vez de
+un berrido acabasen de escuchar un pasaje de Rabelais. Doña Paula, que
+sentía por su hijo primogénito admiración idolátrica, y al mismo tiempo
+guardaba cierto rencor a su hija por sus contestaciones, aunque se
+hallase grandemente pagada de su hermosura, vino en ayuda de aquél.</p>
+
+<p>—Tiene razón Pablo. ¡Siempre has de aguar todas las fiestas!... ¡Jesús
+qué criatura!... Lo que es el hombre que te lleve, algún pecado gordo
+tiene que purgar.</p>
+
+<p>En aquel momento apareció en la puerta de la estancia Gonzalo, quien se
+dobló como un arco para dar la mano a su futura suegra, a Ventura y a
+Cecilia. Esta se puso seria. Sin volver hacia ellas la cabeza, advertía
+que todas las costureras la miraban con el rabillo del ojo. Veía con el
+pensamiento el esbozo de sonrisa que se formaba en sus rostros.</p>
+
+<p>Todos los días pasaba igual. Antes de llegar Gonzalo, las costureras se
+complacían en dirigir, siempre que venía a cuento, alguna pulla a la
+novia.</p>
+
+<p>—Cecilia, ¿cuál de estas camisas te vas a poner el día de la boda?</p>
+
+<p>Hay que advertir que algunas de ellas la tuteaban por haberse conocido
+de niñas. Es muy frecuente en los pueblos.</p>
+
+<p>—Señorita, en estas sábanas tan finas se va usted a resbalar.</p>
+
+<p>—No será ella sola la que resbale. ¿Verdad, Cecilia?</p>
+
+<p>—¡Anda, picarona, que buen mozo te llevas!</p>
+
+<p>—No lo llevará tan guapo Venturita.</p>
+
+<p>—¡Quién sabe!—replicaba ésta.</p>
+
+<p>Cecilia escuchaba estos dichos con la sonrisa en los labios y
+ruborizada. Desde que habían comenzado los preparativos de boda, sus
+mejillas, antes tan pálidas, estaban casi siempre arreboladas. Esta
+animación y el brillo que la felicidad prestaba a sus ojos, si no
+bonita, la hacían interesante y simpática. No hay muchacha que en
+vísperas de casarse deje de serlo más o menos.</p>
+
+<p>Cecilia era de condición reservada y silenciosa, sin dar por eso en
+taciturna. Ordinariamente no hablaba más que cuando le dirigían la
+palabra; pero sus contestaciones eran suaves, claras, precisas. No era
+la nota distintiva de su carácter la timidez, que suele prestar soberano
+hechizo a las jóvenes. Mas en sustitución de esta cualidad, poseía
+nuestra heroína una serenidad dulce, cierta firmeza simpática en todas
+sus palabras y ademanes que revelaban la perfecta limpidez de su
+espíritu. Esta serenidad pasaba para algunas personas poco observadoras,
+si no por orgullo, que bien claro estaba que Cecilia no lo tenía, por
+frialdad de corazón. Creían, aun los más allegados a la casa, que era
+incapaz de concebir una pasión viva y tierna. Acostumbrados a verla
+impasible cumpliendo los deberes domésticos con la regularidad de un
+reloj, les era forzoso un esfuerzo grande de penetración, que no todos
+pueden llevar a cabo, para adivinar la verdadera fisonomía moral de la
+primogénita de los Belinchón. La mayor parte de estos seres viven y
+mueren desconocidos, porque no poseen una de esas cualidades brillantes
+que seducen y atraen al que se acerca. La inocencia misma, aunque
+parezca raro, pertenece a ese número, y no es la que menos relieve
+presta al carácter de una mujer. Muy contados son los que saben apreciar
+la hermosura que encierran estas almas cristalinas. La mirada se sumerge
+en ellas sin hallar nada que despierte la atención. Pero lo mismo pasa
+con ciertos venenos; igual con ciertos filtros que dan la vida. Porque
+nuestros ojos torpes y limitados no vean los elementos de salud o de
+muerte que hay en suspensión en ellos, ¿hemos de afirmar que no existen?</p>
+
+<p>Difícil era averiguar las emociones tristes o placenteras que cruzaban
+por el alma de Cecilia, aunque no imposible. No sabemos si ponía empeño
+en ocultarlas o era forzada a ello por su misma naturaleza. Lo cierto es
+que en la casa, hasta sus mismos padres las desconocían casi siempre. Se
+trataba, verbigracia, de salir un día a visitas, o de comprarse un
+vestido, doña Paula preguntaba a su hija con solicitud:</p>
+
+<p>—¿Qué te parece, Cecilia?</p>
+
+<p>—Me parece bien—contestaba ésta.</p>
+
+<p>—Te parece bien, ¿de veras?—decía la madre mirándola fijamente a los
+ojos.</p>
+
+<p>—Sí, mamá, me parece bien.</p>
+
+<p>Doña Paula siempre quedaba en duda de si en realidad le placía o le
+disgustaba el vestido o lo que fuese.</p>
+
+<p>Lloraba poquísimas veces, y aun esas, se ocultaba de tal modo para
+hacerlo, que nadie lo sabía. El mayor disgusto que hubiera tenido, sólo
+se denunciaba por una ligera arruguita en la frente; la mayor alegría
+por un poco más de intensidad en la sonrisa delicada, esparcida
+constantemente por su rostro. Cuando Gonzalo le escribió desde el
+extranjero, así que leyó la carta se presentó a su madre y se la
+entregó.</p>
+
+<p>—¿Te gusta el muchacho?—le preguntó ésta después de leerla con más
+emoción que había manifestado su hija al entregársela.</p>
+
+<p>—¿Te gusta a ti?</p>
+
+<p>—A mí sí.</p>
+
+<p>—Pues si te gusta a ti y a papá, a mí también me gusta—replicó la
+joven.</p>
+
+<p>¿Quién pudiera imaginar después de estas frías palabras que Cecilia
+estaba tiempo hacía profundamente enamorada? Sin embargo, como el amor
+es el sentimiento humano más difícil de disimular, y después del
+consentimiento de sus padres no había razón alguna para ocultarlo, lo
+dejó ver con bastante claridad. En los temperamentos como el de nuestra
+heroína, cualquier señal, por leve que sea, tiene una importancia
+decisiva. La felicidad que henchía su corazón, brotaba, pues, a su
+rostro a la vista de todos los que la conocían íntimamente. Pocos seres
+habrán gozado más en la tierra que Cecilia en aquella temporada. Todo
+aquel lienzo extendido por la estancia, aquellos patrones de papel, los
+dibujos, los bastidores, los carretes de hilo, le hablaban un lenguaje
+misterioso y tierno. Las tijeras al cortar <i>chis chis</i>, las agujas al
+coser <i>cruj, cruj</i>, ¡le decían tantas cosas graciosas de lo futuro! Unas
+veces le decían: «—¿Quién te verá, Cecilia, ir a misa los domingos del
+brazo de tu marido? El te llevará el devocionario, te dejará ir al altar
+de Nuestra Señora de los Dolores y se colocará detrás entre los hombres.
+Luego te esperará a la salida, te ofrecerá el agua bendita y volverá a
+cogerte del brazo». Otras veces le decían: «—Por la mañana temprano te
+levantarás muy despacito para que él no se despierte, limpiarás su ropa,
+pondrás los botones a su camisa, y cuando llegue la hora tú misma le
+servirás el chocolate». Otras exclamaban de pronto: «—¡Y cuando tengas
+un niño!» Entonces la novia sentía un vuelco gratísimo en el corazón;
+sus manos temblaban y echaba una rápida mirada a las costureras temiendo
+que hubiesen advertido su emoción.</p>
+
+<p>Cuando las diferentes piezas de ropa estaban terminadas y planchadas,
+Cecilia las iba poniendo cuidadosamente en una cesta. Así que estaba
+llena la subía sobre la cabeza a uno de los cuartos de arriba, donde con
+todo esmero y arte colocaba las camisas, las chambras, cofias y
+peinadores sobre unos mostradores hechos al intento: las cubría
+delicadamente con un lienzo, y luego se salía cerrando la puerta y
+guardando la llave en el bolsillo.</p>
+
+<p>Después que hubo saludado, Gonzalo fué a sentarse cerca de Pablito, y
+pasándole la mano familiarmente por encima del hombro, le dijo al oído:</p>
+
+<p>—¿Cuál es la que más te gusta?</p>
+
+<p>Y al inclinarse hacia su futuro cuñado, clavaba una mirada intensa en
+Venturita, que correspondió a ella con otra muy singular. Después ambos
+las convirtieron a Cecilia. Esta no había levantado la cabeza del
+bastidor.</p>
+
+<p>—Nieves—respondió Pablo sin vacilar, y en el mismo tono de falsete.</p>
+
+<p>—Lo sabía, y te aplaudo el gusto—dijo riendo Gonzalo.—¡Qué cutis de
+raso!... ¡Qué dentadura!</p>
+
+<p>—¡Y qué andares! Pasi-corta, ¿sabes?</p>
+
+<p>Ambos miraban a la bordadora. Esta levantó la cabeza, y comprendiendo
+que se trataba de ella, les hizo una mueca con la lengua.</p>
+
+<p>—Vamos, no vale hablarse al oído—dijo doña Paula con la
+susceptibilidad vidriosa que caracteriza a las mujeres del pueblo.</p>
+
+<p>—Déjelos usted, señora—replicó Nieves.—Están hablando de mí: no hay
+que quitarles el gusto.</p>
+
+<p>—Cierto; Pablo me hacía notar el color rojo de ciertos labios, la
+transparencia de cierto cutis, un pelo dorado a fuego...</p>
+
+<p>—Valentina, entonces hablaban de ti—dijo Nieves ruborizada tocando en
+el muslo a su compañera.</p>
+
+<p>—¡Qué gracia! No te apures, mujer. ¡Si ya sabemos que eres la más
+guapa!—dijo la otra visiblemente picada.</p>
+
+<p>—¡Paz, paz, señoras!—exclamó Gonzalo.—Verdad que Pablo comenzó
+hablándome de las perfecciones de Nieves; pero también es cierto que
+pensaba continuar con las de todas las demás, si no se le hubiese
+interrumpido... ¿No es eso, Pablo?</p>
+
+<p>—Desde luego: contaba seguir con Valentina...</p>
+
+<p>Esta levantó la cabeza y le miró con aquel gracioso ceño burlón que daba
+carácter a su rostro.</p>
+
+<p>—Ten cuidado, Nieves, que estos señoritos se pierden de vista.</p>
+
+<p>Pablo, sin hacer caso de la interrupción, prosiguió:</p>
+
+<p>—Después con Teresa y Encarnación, Elvira y Generosa. Hablaría también
+de Venturita (para ponerla, por supuesto, por los pies de los caballos).
+De Cecilia no, porque está comprometida, y algo diría también de mi
+señora doña Paula, que, sin ofender a nadie, es la más hermosa de todas.</p>
+
+<p>—¡Qué pillastre!—exclamó ésta admirada del donaire de su hijo.</p>
+
+<p>Pablo se había levantado de la butaca, y abrazó a su madre con efusión.</p>
+
+<p>—¡Quita, quita, adulador!—dijo ella riendo.</p>
+
+<p>—Ve aflojando el bolsillo, mamá—dijo Venturita.</p>
+
+<p>—¡Lo ves! La pata de gallo de siempre—exclamó iracundo el joven,
+volviendo la cabeza hacia su hermana, mientras ésta se reía
+maliciosamente sin levantar la suya del bastidor.</p>
+
+<p>—Mucho has trabajado—dijo Gonzalo en voz baja, sentándose al lado de
+su novia.</p>
+
+<p>—Así, así—respondió Cecilia fijando en él sus ojos grandes, llenos de
+luz.</p>
+
+<p>—Mucho, sí; ayer no tenías bordado ese clavel... digo, me parece que es
+clavel...</p>
+
+<p>—Es jazmín.</p>
+
+<p>—Ni esas dos hojas más.</p>
+
+<p>—¡Bah! Eso no es nada.</p>
+
+<p>—¿Y qué es lo que estás bordando?</p>
+
+<p>Cecilia siguió moviendo la aguja sin contestar.</p>
+
+<p>—¿Qué es lo que bordas?—preguntó Gonzalo en voz, más alta, pensando
+que no le había oído.</p>
+
+<p>—Una sábana... ¡calla!—replicó la joven levantando un poco los ojos
+hacia las costureras y volviendo a abatirlos rápidamente.</p>
+
+<p>Al mismo tiempo, los de Gonzalo y Venturita se tropezaron por encima de
+la cabeza de Cecilia, y de ellos brotó una chispa.</p>
+
+<p>—Ya ven ustedes que hay para todas—decía Pablito mirando al mismo
+tiempo fijamente a Nieves, como diciendo: «No hagas caso, esto lo digo
+por cumplir».</p>
+
+<p>—¿Qué es lo que hay para todas, don Pablo?—preguntó Valentina con
+tonillo irónico.</p>
+
+<p>—Flores, criatura.</p>
+
+<p>—Écheselas usted al Santísimo.</p>
+
+<p>—Y a las niñas guapas como tú.</p>
+
+<p>—Si no soy guapa, paso delante de las guapas y no les hago la venia,
+¿sabe usted?</p>
+
+<p>—¡Demonio! No hay que acercarse a esta Valentina; se levanta de
+atrás—exclamó el apuesto mancebo.</p>
+
+<p>El símil, aunque nada culto, y acaso por eso, hizo reir a las
+costureras.</p>
+
+<p>—A Valentina no le gustan los señoritos—manifestó Encarnación.</p>
+
+<p>—Hace bien; de los señoritos no se saca más que parola, tiempo perdido
+y a veces la desgracia para toda la vida—dijo sentenciosamente doña
+Paula sin acordarse de que ella había sacado la felicidad.—Tocante a
+eso, Sarrió está perdido. Apenas hay muchacha que se deje acompañar de
+uno de su igual. El mozo ha de traer por lo menos corbata y hongo, y ha
+de fumar con boquilla... aunque no tenga plato en que comer. Ninguna se
+oculta ya para ir al obscurecer acompañada de algún señorito, y a la
+vuelta de las romerías da grima verlas venir colgadas del brazo de ellos
+cantando al alta la lleva... ¡Pobrecillas! No sabéis lo que os espera.
+Porque el hijo de don Rudesindo se casó con la de Pepe la Esguila y el
+piloto de la <i>Trinidad</i> con la de Mechacan, se os figura que todo el
+monte es orégano. Al freir será el reir... Mirad, mirad a Benita la del
+señor Matías el sacristán. ¿Qué linda está y que compuestita, verdad?</p>
+
+<p>—Benita está escriturada—dijo Encarnación.</p>
+
+<p>—Escriturada, ¿eh? ¡Ya veréis de qué le vale la escritura!</p>
+
+<p>—Señora, el novio no puede dejarla; si la deja, va a presidio por toda
+la vida.</p>
+
+<p>—Calla, calla, bobalicona; ¿quién os ha metido esas bolas por la
+cabeza?</p>
+
+<p>—Eso se sabe... vamos. Benita está consultada.</p>
+
+<p>—Mire, señora—dijo Teresa, la morena sentimental,—la verdad en que
+nosotras corremos peligro; tiene usted razón... ¿Pero qué quiere que
+hagamos? Los artesanos de esta villa ¡están tan echados a perder! El que
+más y el que menos pasa el domingo y el lunes en la taberna, y algún día
+también por la semana. ¿Cuántos son los que traen el jornal a casa y lo
+entregan a su mujer, dígame por su vida? Si es marinero, se le ve una
+vez cada año; trae cuatro cuartos, y hala, otra vez para allá. Los
+cuartos se concluyen, y la infeliz mujer se ve arrastrada, trabajando
+para dar un pedazo de pan a sus hijos... Y luego, ¿qué saben ellos de
+dar estimación ni un poco de gracia a la mujer? Si salen con ella un
+domingo por la tarde, se van parando en todas las tabernas del camino,
+dejándola, si se tercia, a la pobrecilla a la puerta, o llamándola para
+que oiga alguna sandez, que la pone más colorada que una amapola...
+¡Calle, calle, señora, si hay cada mostrenco que, como Dios me ha de
+juzgar, no vale el pan que come!... El otro día encontré a Tomasina...
+ya sabe, la del tío Rufo, que no hace tan siquiera un año que se casó
+con un oficial de Próspero... Pues iba en aquel mismo instante a por dos
+reales en casa de su padre para comprar un pan, porque en todo aquel día
+no había comido un bocado. Su marido se bebe casi todo el jornal, y a
+mitad de semana, ¡claro! tiene la infeliz que apretarse la barriga...
+¡Válgate Dios! Y las más de las noches viene borracho perdido a casa, y
+le da cada sopimpa que la deja por muerta. ¡Cuántas veces se va la
+pobrecilla a la cama sin cenar y harta de palos!... Luego quieren que
+una, viendo estas cosas... ¡Vaya, más vale callar! Lo que yo digo,
+¡caramba! ya que la lleve a una el diablo, que la lleve en coche.</p>
+
+<p>—Oye, tú—saltó Valentina levantando el rostro con su ceño habitual
+algo más pronunciado,—no te pongas tan fanfarrona. Di que te gustan los
+señoritos, bueno... yo no me meto en eso; pero no vengas quitando el
+crédito a los rapaces de tu igual... Se emborrachan, los que se
+emborrachan... Más de un señorito y mas de dos he visto yo venir como
+cabras para su casa... Y pegan a sus mujeres, también los que pegan...
+Si ellas no tuvieran la lengua larga, no las llevarían la mitad de las
+veces... Atiende; y don Ramón el maestro de música cuando llegaba a casa
+por la noche ¿daba bizcochos a su mujer? Tú lo debes de saber... bien
+cerca vivías.</p>
+
+<p>—Mujer, yo no hablo por todos—repuso Teresa amainando por el temor de
+que su díscola compañera le sacase a relucir el acompañamiento nocturno
+de Donato Rojo, el médico de la Sanidad,—sólo digo que los hay muy
+brutos...</p>
+
+<p>—Bueno, pues déjalos en paz y no te acuerdes de ellos, que ellos
+tampoco se acuerdan de ti. Cada una es cada una, y la que más y la que
+menos sabe por dónde corre el agua del molino.</p>
+
+<p>—Oyes, Valentina—dijo Elvira sonriendo maliciosamente,—cuando te
+cases, ¿piensas llevarlas de Cosme?</p>
+
+<p>—Si las merezco las llevaré... Más quiero llevar dos bofetadas de mi
+Cosme que el desprecio de un señorito, ¡alza!</p>
+
+<p>—Así me gusta; ¡aprended, aprended, chiquillas!—dijo Pablito.</p>
+
+<p>Gonzalo, después de un rato de conversación en voz baja con su novia, se
+levantó, dió tres o cuatro vueltas por la sala, y vino a sentarse al
+lado de Venturita, con la cual solía tener jarana. Gustaban ambos de
+embromarse y retozar después que había nacido la confianza. La niña
+estaba dibujando unas letras para bordar.</p>
+
+<p>—No vengas a hacer burla, Gonzalo. Ya sabemos que dibujo mal—dijo
+clavándole una mirada provocativa, relampagueante, que obligó al joven a
+bajar la suya.</p>
+
+<p>—No es cierto eso; no dibujas mal—respondió él en voz baja y levemente
+temblorosa, acercando el rostro al papel que Venturita tenía sobre el
+regazo.</p>
+
+<p>—Pura galantería. Convendrás en que podía estar mejor.</p>
+
+<p>—Mejor... mejor... todo puede estar mejor en el mundo. Está bastante
+bien.</p>
+
+<p>—Te vas haciendo muy adulador. Yo no quiero que te rías de mí, ¿lo
+oyes?</p>
+
+<p>—¡Oh! yo no me río de nadie... pero mucho menos de ti...—repuso él sin
+levantar los ojos del papel, con voz cada vez más baja y visiblemente
+conmovido.</p>
+
+<p>Venturita tenía siempre los ojos fijos en él con una expresión
+maliciosa, donde se leía claramente el triunfo del orgullo satisfecho.</p>
+
+<p>—Vamos, dibújalas tú, señor ingeniero—dijo alargándole con gracioso
+despotismo el papel y el lápiz.</p>
+
+<p>El joven los tomó y osó levantar la vista hacia la niña; pero la bajó en
+seguida como si temiera electrizarse. Plantó el libro, que ella tenía en
+el regazo, sobre sus rodillas, aplicó encima un papel blanco, y se puso
+a dibujar. Mas en vez de las letras, comenzó a trazar con soltura la
+cabeza de una mujer. Primero el pelo partido en dos trenzas, después la
+frente estrecha y bonita, luego una nariz delicada, una boca pequeña, la
+barba admirablemente recortada unida a la garganta por una curva suave y
+elegante... Se parecía prodigiosamente a Venturita. Esta, apoyada sobre
+el hombro de su futuro hermano, seguía los movimientos del lápiz. Poco a
+poco se iba esparciendo por su rostro una sonrisa vanidosa. Después de
+trazar la cabeza, Gonzalo siguió con el busto. Le puso el peinador o
+<i>matinée</i> que la niña vestía, y se entretuvo buen rato a dibujar
+minuciosamente los lazos de seda con que se sujetaba por delante. Cuando
+el retrato estuvo terminado. Venturita le dijo con acento picaresco:</p>
+
+<p>—Ahora, pon debajo quién es.</p>
+
+<p>El joven levantó la cabeza y sus miradas chocaron sonrientes. Luego, con
+viveza y decisión, escribió debajo de la figura: <i>Lo que más quiero en
+el mundo.</i></p>
+
+<p>Venturita tomó el papel entre las manos y lo contempló unos instantes
+con deleite. Después, haciendo una mueca de fingido desdén, se lo alargó
+otra vez diciendo:</p>
+
+<p>—Toma, toma, embustero.</p>
+
+<p>Pero antes de llegar a manos de Gonzalo, Cecilia extendió la suya y se
+lo arrebató riendo.</p>
+
+<p>—¿Qué papelitos son ésos?</p>
+
+<p>Venturita, como si la hubieran pinchado, brincó en el asiento y sujetó
+fuertemente la muñeca de su hermana.</p>
+
+<p>—¡Trae, trae, Cecilia! ¡Deja eso!—exclamó con el rostro echando fuego,
+contraído por forzada sonrisa.</p>
+
+<p>—No; quiero verlo.</p>
+
+<p>—Ya lo verás después; ¡suelta!</p>
+
+<p>—Quiero verlo ahora.</p>
+
+<p>—Vamos, niña, déjaselo ver. ¿Qué te importa?—dijo doña Paula.</p>
+
+<p>—No quiero que me lo quite nadie por fuerza—gritó poniéndose seria.
+Después, comprendiendo la imprudencia de esto, tornó a ponerse risueña.</p>
+
+<p>—Vamos, Cecilia, suelta; no seas mala.</p>
+
+<p>—¡Vaya un empeño! ¡Suelta tú, que me lastimas!</p>
+
+<p>—¿Quién eres tú para quitarme el papel de la mano?—profirió con rabia,
+poniéndose esta vez seria de verdad.—¡Suelta, suelta, fea, narices de
+cotorra, tonta!... ¡Suelta, o te araño!—añadió con los ojos
+centelleantes y la faz descompuesta por la cólera.</p>
+
+<p>Al verla de aquel modo, la risa que agitaba el pecho de Cecilia
+paralizóse súbito, y abriendo sus grandes ojos donde se pintaba la
+sorpresa, exclamó:</p>
+
+<p>—¡Jesús! Pareces loca, niña. Toma, toma, no vaya a darte algo.</p>
+
+<p>Y soltó el papelito que arrugaba en el puño. Venturita, la faz alterada
+aún, lo hizo mil trozos.</p>
+
+<p>—¡En los días de mi vida he visto una criatura más loca!—exclamó doña
+Paulina santiguándose.—¡Ave María! ¡Ave María! ¿De quién has sacado ese
+genio, chiquilla?</p>
+
+<p>—Sería de ti—respondió Venturita enfoscada, sin mirar a nadie.</p>
+
+<p>—¡Desvergonzada!... ¡Si no fuera mirando a que hay gente delante!...
+¿Cómo contestas de ese modo a tu madre, pícara? ¿No sabes los
+mandamientos de la ley de Dios? Mañana mismo te llevo a confesar con don
+Aquilino.</p>
+
+<p>—Bueno, dale memorias a don Aquilino.</p>
+
+<p>—¡Espera, espera, grandísima pícara!—gritó la señora haciendo ademán
+de levantarse para castigar a su hija.</p>
+
+<p>Pero en aquel instante aparecía en la puerta la figura de don Rosendo
+con bata multicolor y gorro de terciopelo con borla de seda.</p>
+
+<p>—¿Qué pasa?—preguntó sorprendido viendo la actitud airada de su
+esposa.</p>
+
+<p>Esta le puso al corriente, sofocada por los sollozos, de la falta de
+respeto de su hija.</p>
+
+<p>Don Rosendo se creyó en el caso de arrugar el entrecejo, y decir con
+tono solemne:</p>
+
+<p>—Eso está mal hecho, Ventura. Ve a pedir perdón a tu mamá.</p>
+
+<p>Se le conocía que estaba distraído, absorto por algún pensamiento, y que
+aquel suceso doméstico no conseguía más que a medias arrancarle de su
+preocupación.</p>
+
+<p>Sin embargo, al ver a la chica inmóvil, en actitud altiva y desdeñosa,
+dijo de nuevo, con más firmeza:</p>
+
+<p>—Vamos, hija, ve a pedirla perdón, ya que la has ofendido.</p>
+
+<p>La niña hizo su peculiar mohín de desprecio con los labios, y murmuró
+muy bajito:</p>
+
+<p>—¡Sí, en eso estoy pensando!</p>
+
+<p>—Vaya, Ventura, ¿qué murmuras ahí? Anda, antes que me enfade.</p>
+
+<p>—Anda, anda, Venturita. Ve allá. No seas así—le dijeron por lo bajo
+las costureras.</p>
+
+<p>—No me da la gana. ¿Queréis dejarme en paz?—les respondió ella en voz
+baja también, mas con acento iracundo.</p>
+
+<p>—¿No quieres ir?—preguntó don Rosendo con afectada severidad.—¿No
+quieres ir?</p>
+
+<p>La niña permaneció inmóvil y silenciosa.</p>
+
+<p>—¡Pues sal de aquí ahora mismo! ¡Quítate de mi vista!</p>
+
+<p>Venturita se levantó de la silla, pasó por el medio del concurso erguida
+y enfurruñada, y salió de la sala dando un gran portazo.</p>
+
+<p>Don Rosendo, después de permanecer un momento inmóvil con los ojos
+puestos en la puerta por donde su hija había salido, volvióse diciendo:</p>
+
+<p>—Siento mucho estar tan fuerte con mis hijas... pero algunas veces no
+hay más remedio.</p>
+
+
+
+<div class='chapter' /><h2 class="top15"><a name="VII" id="VII"></a>VII</h2>
+
+<p class="c">Que trata de dos traidores</p>
+
+
+<p>Borróse súbito de su noble faz pseudomarítima la temerosa expresión que
+la obscurecía, y apareció de nuevo aquella otra distraída, signo de
+constantes meditaciones.</p>
+
+<p>—Gonzalo, si no te molesta, te rogaría que pasases conmigo al
+despacho—manifestó dirigiéndose a su futuro yerno.</p>
+
+<p>Este, que durante la anterior escena había empalidecido y vuelto a su
+ser varias veces, tornó a desconcertarse. Nada menos se le ocurrió que
+don Rosendo se había percatado de la instabilidad de sus sentimientos
+amorosos, y le iba a pedir de ello estrecha cuenta. Fuese, pues, detrás
+de él cabizbajo y receloso, y penetró en el escritorio. Era una estancia
+espaciosa, amueblada con lujo de comerciante rico: gran mesa de caoba
+maciza, armarios de caoba también, donde había más legajos de papeles
+que libros, alfombra de terciopelo, divanes forrados de brocatel, y
+escribanía de plata enorme como un monumento. Cerca de la cuarta parte
+de esta cámara ocupábalo un montón de paquetitos envueltos en papel de
+varios colores, que para cualquiera que por primera vez entrase en ella,
+sería un misterio. No lo era para Gonzalo ni para ninguno de los íntimos
+de la casa. Aquellos paquetes guardaban palillos de dientes.</p>
+
+<p>¿Cómo?—preguntará el lector.—¿Don Rosendo Belinchón, un negociante de
+tanto fuste, comerciaba también en palillos de dientes? No, don Rosendo
+no comerciaba con ellos, los fabricaba. Y esto no con el fin de
+especular, cosa indigna de su categoría, sino por pura y desinteresada
+inclinación de su espíritu. Desde muy joven se le había manifestado. Las
+asiduas ocupaciones del comercio y las vicisitudes por que había pasado
+su existencia, no le habían consentido satisfacer esta pasión sino de
+una manera precaria en los ratos materialmente perdidos. Pero desde que
+pudo dejar el escritorio confiado a algunos fieles dependientes,
+entregóse de lleno con alma y vida a tan útil y honesta distracción. Por
+la mañana en la tienda de Graells, por la tarde en el Saloncillo, por la
+noche en su casa o en la de don Pedro Miranda, siempre trabajando. Su
+criado ocupaba una gran parte del día en cortarle unos tacos de avellano
+seco perfectamente iguales, de donde su mano diestra había de sacar la
+gala de los palillos.</p>
+
+<p>Y como no se daba punto de reposo, ni aun en los días festivos, la
+producción era excesiva. No había bastantes consumidores en la villa, y
+se veía necesitado a remitir paquetes de ellos a los amigos de la
+capital, cuando el montón del despacho llegaba al techo. Gracias a los
+esfuerzos nobilísimos de este claro representante de su comercio,
+podemos decir con orgullo que Sarrió, en tal ramo interesante del
+progreso, se hallaba a la altura de las grandes capitales. Ninguna otra
+villa española o extranjera podría sufrir con ella competencia. En casa
+del rico, como en la del menestral, jamás faltaba un bien abastecido
+palillero, testimonio indiscutible de la refinada cultura de sus
+habitantes.</p>
+
+<p>Señaló don Rosendo un diván a su hijo en ciernes, y éste, asustado,
+dejóse caer en él hundiéndole profundamente. Acercó después el
+comerciante una silla con ademán misterioso, y sentándose frente al
+joven y mirándole entre risueño y avergonzado, dijo, dándole al propio
+tiempo una palmadita en el muslo:</p>
+
+<p>—Vamos a ver, Gonzalito: ¿qué te parece de la cuestión del matadero?</p>
+
+<p>—¿El matadero?—preguntó aquél abriendo unos ojos como puños.</p>
+
+<p>—Sí, el nuevo matadero; ¿crees que debe emplazarse en la Escombrera, o
+en la playa de las Meanas detrás de las casas de don Rudesindo?</p>
+
+<p>Gonzalo vió el cielo abierto, y, sonriendo de placer, respondió:</p>
+
+<p>—Yo creo que en la playa de las Meanas estaría bien... Muy abierto
+aquello... muy ventilado...</p>
+
+<p>Pero notando que la frente de su suegro se fruncía, y en sus ojos se
+apagaba repentinamente la sonrisa, añadió balbuciendo:</p>
+
+<p>—Tampoco me parece que estaría mal en la Escombrera...</p>
+
+<p>—Mucho mejor, Gonzalo... ¡Infinitamente mejor!</p>
+
+<p>—Puede, puede.</p>
+
+<p>—Hombre, tan puede ser, que reservadamente te diré que el emplazarlo en
+la playa lo juzgo (hazme el favor de guardar reserva sobre esta
+opinión), lo juzgo... una verdadera insensatez... u-na ver-da-de-ra
+in-sen-sa-tez—repitió señalando mejor todas las sílabas.</p>
+
+<p>—Y esta opinión mía—añadió—no vayas a figurarte que es de ayer
+mañana, sino de toda la vida. Desde que fuí capaz de entender ciertas
+cosas, comprendí que el matadero no debía estar donde hoy está. En una
+palabra, que debía trasladarse. ¿Dónde? Una voz interior me decía
+siempre que a la Escombrera. Antes de poder dar ninguna razón
+científica, estaba tan convencido como ahora de que allí debía
+emplazarse, y no en otra parte. Hoy que la resolución del problema se
+aproxima, me creo obligado a sostener esta opinión, a comunicar al
+pueblo mi pensamiento y el resultado de mis meditaciones. Si no tienes
+que hacer voy a leerte la carta que dirijo con este motivo al <i>Progreso
+de Lancia.</i></p>
+
+<p>Y en efecto, sin aguardar la contestación de Gonzalo, se dirigió a la
+mesa, tomó unos pliegos de papel que había sobre ella, se puso las
+gafas, y acercándose al balcón dió comienzo, no sin cierta emoción que
+se le traslucía en la voz, a la lectura de la carta.</p>
+
+<p>Estaba escrita en papel comercial, grande y rayado. Todas las que desde
+hacía años dirigía al <i>Progreso de Lancia</i> y a otros periódicos de la
+capital de la provincia, iban escritas en el mismo papel por las dos
+caras. Aún no sabía que para la imprenta debía escribirse por una
+solamente. Pero muy pronto adquirió este precioso conocimiento, como
+hemos de ver.</p>
+
+<p>Casi al mismo tiempo que la de los palillos de dientes había nacido en
+don Rosendo Belinchón la afición a escribir comunicados a los
+periódicos: es decir, que databa de una remota antigüedad. Ardiente
+partidario de los progresos humanos, de las reformas en todos los
+órdenes, de la discusión y de la luz, claro está que la prensa había de
+infundirle respeto y entusiasmo. Los periódicos habían sido siempre un
+elemento indispensable de su existencia. Estaba suscripto a muchos
+nacionales y extranjeros; porque, como educado para el comercio, conocía
+bastante bien el francés y el inglés, y nunca le había faltado, ni aun
+en los días más ocupados, un par de horas que dedicar a su lectura.
+Estas horas se aumentaron considerablemente desde hacía algunos años, no
+sin que se resintiese por ello el bacalao. El goce que nuestro héroe
+experimentaba por las mañanas después de tomar el chocolate tragándose
+los artículos de fondo del <i>Pabellón Nacional</i>, los sueltos de <i>La
+Política</i> y las <i>Nouvelles à la main</i> del <i>Fígaro</i> era tan vivo, que le
+quedaba impreso largo tiempo en el rostro, hasta que por la irradiación
+se iba perdiendo en la atmósfera.</p>
+
+<p>Como todos los hombres de miras amplias y elevadas, no era exclusivista
+en sus gustos periodísticos. Amaba el periódico por el periódico, por
+ser una muestra gentil del progreso de la razón humana, o como él decía
+mejor, «una manifestación levantada de la conciencia pública». Las
+opiniones que cada cual defendía, eran cosa secundaria. Estaba suscripto
+a periódicos de todos colores, y los gozaba por igual. Si alguna
+predilección mostraba, era únicamente por los artículos y sueltos
+<i>intencionados</i>. Porque eso de decir una cosa aparentando expresar la
+contraria y retorcer las frases de modo que una cláusula inocente en la
+apariencia llevase dentro «una saeta envenenada» llenaba de admiración a
+don Rosendo y le volvía loco de alegría. ¡Cuántas veces al leer en <i>La
+España</i> algún párrafo por el estilo:—«Ayer apareció por fin la circular
+del señor Presidente del Supremo a sus subordinados. Felicitamos al
+general O’Donnell, presidente de esta situación liberal, al señor
+Negrete, que en algún rato lúcido ha dado cima a obra tan colosal, y a
+los demócratas protectores de este Gobierno»,—hubo exclamado agitando
+el periódico en las manos:—¡Qué intención! ¡Caracoles! ¡¡Qué
+intención!!</p>
+
+<p>Este afán, mejor dicho, esta pasión por la prensa, no era platónico como
+ya hemos advertido. Allá en sus mocedades había dirigido dos cartas a un
+periódico semanal que se publicaba en Lancia, titulado <i>El Otoño</i>, con
+motivo de las fiestas anuales que en Sarrió se celebran en el mes de
+septiembre. Estas cartas leyéronse con fruición en la villa y le
+valieron no pocos plácemes. Esto le animó para escribir otras tres al
+año siguiente, dando cuenta al público del número asombroso de cohetes
+que se dispararon en Sarrió los días 13, 14 y 15, la lindísima
+iluminación del 16, y el suntuoso baile celebrado en el Liceo la noche
+del 17. Después de haber gustado las dulzuras de la publicidad, don
+Rosendo no podía menos de paladearlas de vez en cuando. El menor
+pretexto le bastaba para dirigir, bien una carta, ora un comunicado a
+los periódicos. Unas veces firmaba con su nombre, otras con cualquier
+gracioso pseudónimo o anagrama. Celebraban los mareantes una fiesta en
+honor de San Telmo: don Rosendo escribía inmediatamente su carta al
+<i>Progreso de Lancia</i> o a <i>La Abeja</i>, describiendo la verbena, los fuegos
+artificiales, la misa, la procesión, etc. Se daba un banquete en el
+nuevo edificio de las escuelas para inaugurarlo: a los tres o cuatro
+días se recibía el periódico de Lancia con la consabida carta publicando
+los brindis y los sonetos improvisados. Se caía un albañil de un
+andamio; comunicado de don Rosendo pidiendo más garantías para los
+albañiles que se ponen en los andamios. Cantaba misa el hijo de don
+Aquilino; carta de don Rosendo describiendo la conmovedora ceremonia, y
+elogiando la voz clara, y sonora y la serenidad del joven presbítero. Si
+las mareas eran altas y fuertes y arrancaban algunas piedras de la punta
+del Peón; carta. Si los buques de Bilbao se negaban a recibir a bordo
+los prácticos de Sarrió; comunicado. Si se perdía la cosecha del maíz
+por la sequía; carta. Si los vientos reinantes eran del Noroeste; carta.
+En fin, no acaecía suceso en el suelo o en la atmósfera de la villa
+digno de mención, que no la recibiese de la diestra y bien tallada pluma
+de nuestro comerciante.</p>
+
+<p>¡Cuánto trabajo se evitarán los futuros historiadores de Sarrió con
+esto, valiosísimos materiales acumulados por uno de sus más claros
+hijos!</p>
+
+<p>Según iba avanzando en años don Rosendo Belinchón, daba a sus cartas un
+carácter menos romántico, por no decir frívolo (sería tan inexacto como
+irrespetuoso tal calificativo aplicado a los escritos de aquel estimable
+caballero). Es decir, que los temas de ellas no eran tan a menudo los
+holgorios y recreos de los habitantes de la villa, como cualquier cosa
+que tendiera directa o indirectamente a fomentar los intereses morales y
+materiales de ella. Los mercados, las escuelas, el salvamento de
+náufragos, la erección de un templo o de una cárcel, etc., etc., eran
+los asuntos en que para gloria suya y bien del pueblo que le vió nacer,
+se ejercitaba con más frecuencia.</p>
+
+<p>Uno de ellos, de «vital interés para Sarrió», como él afirmaba muy bien,
+era el matadero. Hasta entonces jamás había abordado esta cuestión,
+porque sabía que su parecer iba a discrepar algo del de una gran parte
+del vecindario. Mas había llegado, a su entender, la hora de «emitirlo
+sin ambages ni rodeos». El comunicado que leyó era el primero que acerca
+de este asunto dirigía al <i>Progreso de Lancia</i>. Comenzaba así:</p>
+
+<p>«Señor Director de <i>El Progeso de Lancia</i>.</p>
+
+<p>Muy señor mío: La preferencia con que se miran las ciencias
+físico-naturales, y en particular la ciencia de la Higiene, como que de
+ella depende la salud, tanto de los pueblos como de los individuos, en
+vista de su gran utilidad práctica, ha ido poco a poco desterrando la
+timidez de los que, influídos por una educación casi errónea y
+deficiente, condenaban el estudio de estos grandes problemas arrastrados
+por antiguas y torpes preocupaciones que felizmente se van disipando al
+soplo poderoso del siglo XIX, llamado con razón el siglo de las luces.»</p>
+
+<p>Los párrafos de don Rosendo eran siempre nutridos como el anterior.
+Seguía:</p>
+
+<p>«Hoy que la civilización, rotas las cortapisas que detenían las
+conciencias y supeditaban el espíritu, nos abre vasto campo a todos por
+medio de la prensa para expresar nuestro libre pensamiento y emitirlo a
+la faz del mundo, confiado en la amistad con que usted me ha distinguido
+siempre, y en la benevolencia con que el público ha acogido hasta ahora
+los humildes partos de mi pluma, etc., etc.»</p>
+
+<p>Después de otros tres o cuatro párrafos a modo de preámbulo (que el
+director de <i>El Progreso</i> acostumbraba a recortar) entraba don Rosendo
+en la cuestión, estudiando el matadero o macelo público, como él lo
+nombraba, por todas sus fases, para venir a condenar, en términos que no
+daban lugar a dudas, su emplazamiento en la playa de las Meanas. Las
+razones que tenía para oponerse a él, eran «obvias». Por una parte, los
+vientos del Sudoeste, reinantes la mayor parte del año, que arrastraban
+consigo fétidos miasmas, etc., etcétera. Por otra parte, la dificultad
+de hallar terreno firme para la cimentación, lo cual originaría un gasto
+excesivo, etc., etc. Por otra, la necesidad de penetrar en la población
+con las reses, etc., etc. Por otra, la proximidad de las casas, etc. Por
+otra, el perjuicio que a los bañistas se les irrogaba, etc., etc. En
+fin, eran más de veinte las razones que don Rosendo «apuntaba de un modo
+ligero y sucinto», proponiéndose darle «más amplitud y desarrollo» en
+otras cartas sucesivas con que pensaba «molestar la atención de los
+lectores de su ilustrado periódico».</p>
+
+<p>Cuando terminó la lectura, Gonzalo las juzgó incontrovertibles, y don
+Rosendo (con las gafas en la punta de la nariz) declaró que no tenían
+vuelta de hoja. Habiendo llegado a un acuerdo tan perfecto, se separaron
+llenos de alegría, como es natural. Don Rosendo se quedó en el despacho
+poniendo en limpio su carta. Gonzalo se fué de nuevo a la sala de
+costura. No obstante, antes que franquease la puerta, llamóle su futuro
+suegro para decirle:</p>
+
+<p>—De esto, ni una palabra a nadie, ¿eh?</p>
+
+<p>—¡Don Rosendo, por Dios!—respondió el joven alzando la mano en señal
+de protesta.</p>
+
+<p>El comerciante se sintió acometido por un vivo sentimiento de expansión.</p>
+
+<p>—Pronto sabrás—dijo acercándose—otra cosa que te ha de sorprender
+alegremente. Es una idea que se me ha ocurrido hace dos meses y que
+espero realizar, Dios mediante, muy pronto. ¡Oh, es una idea feliz! La
+faz de Sarrió cambiará radicalmente, ¿sabes?</p>
+
+<p>El ademán misterioso, el tono grave y conmovido de la voz, la esperanza
+del triunfo que fulguraba en sus ojos al decir esto, ya sorprendió más
+que medianamente a Gonzalo. No se atrevió, sin embargo, a pedir
+explicaciones. Su futuro suegro le dejó marchar dirigiéndole una mirada
+risueña y abstraída.</p>
+
+<p>La tertulia de la sala continuaba amenizada por la conversación de
+Pablito, que la salpicaba a cada instante con donaires, no de concepto,
+sino de acción, como convenía a su naturaleza plástica. Venturita no
+había vuelto aún. Sentóse de nuevo el sobrino de don Melchor al lado de
+su novia, y comenzó a hablarla mostrando timidez y embarazo. Porque no
+estaba acostumbrado a disimular sus sentimientos y la traición le pesaba
+en el alma. A veces Cecilia levantaba la cabeza para contestarle. Su
+mirada clara, serena, inocente, le encendía las mejillas. Para librarle
+de aquel malestar, creyó lo mejor expresarle, en términos más vivos que
+otras veces, su amor y rendimiento. Como todos los seres flacos de
+espíritu en los casos de apuro, acudía al recurso peor, con tal que le
+dejase respirar por el momento. Cecilia recibió aquellos homenajes con
+sosiego, sin manifestar el gozo que las mujeres suelen sentir al oirse
+requebrar de quien aman.</p>
+
+<p>—Vienes muy adulador hoy, Gonzalo. No me gustan los mimos—le dijo al
+fin sonriendo.</p>
+
+<p>—Es que tengo gusto en expresarte lo que siento—respondió él sofocado.</p>
+
+<p>—Pues es un gusto que no comprendo—replicó ella con dulzura.—Yo
+cuanto más quiero a una persona, menos ganas tengo de decírselo.</p>
+
+<p>—Eso consiste en que no quieres de veras.</p>
+
+<p>—¡Oh!—exclamó ella con entonación tan verdadera y expresiva, que
+nuestro joven se inmutó.</p>
+
+<p>—Sí, sí, consiste en que eres fría por naturaleza. El calor del
+sentimiento, como el calor físico, no puede ocultarse largo tiempo:
+llega siempre un momento en que sale a la superficie como la lava de los
+volcanes... Y el amor es de todos los Sentimientos el que mejor sabe
+romper las trabas de la lengua. Sólo se goza realmente de él cuando se
+le dice al ser amado en todos los tonos y de todas las maneras posibles
+que se le ama... Lo que acabas de decir me parece un absurdo. Al mismo
+tiempo que nace en nuestra alma un sentimiento de simpatía hacia
+cualquier persona, nace el deseo de expresársela; y este deseo
+satisfecho, es el mayor de los placeres...</p>
+
+<p>—¡Sí será! ¡sí será!—respondió ella con acento de profunda
+convicción.—Aunque no lo he experimentado, lo adivino muy bien... lo
+adivino por lo que padezco... Mira, Gonzalo—añadió con voz
+temblorosa,—por Dios te pido que no midas nunca mi cariño por mis
+palabras... Yo no sé... yo no puedo decir nunca lo que pasa dentro de
+mí... Siento como un nudo en la garganta que no deja salir más que
+tonterías, cosas insignificantes, cuando yo quisiera que saliesen
+palabras cariñosas... ¡Oh, es un tormento!... Soy lo mismo que un perro
+sin rabo.</p>
+
+<p>Gonzalo se echó a reir. Ella, que había hablado con más viveza que de
+costumbre, se puso colorada y bajó la cabeza.</p>
+
+<p>—Pero a ti nadie te ha cortado la lengua.</p>
+
+<p>—Para este caso haz cuenta que me la han cortado.</p>
+
+<p>—Bien, entonces me lo dirás por escrito—dijo él riendo. Al mismo
+tiempo levantó vivamente la cabeza hacia la puerta que se había abierto.</p>
+
+<p>Era Piscis. Después de mascullar las buenas tardes se fué a sentar en el
+rincón de costumbre, perseguido por las miradas burlonas de las
+costureras, a quienes por ésta y otras razones, tenía declarado odio
+eterno.</p>
+
+<p>Después de pagarles aquella risueña acogida con otra mirada oblicua y
+feroz, guardó silencio por algunos minutos. Sin embargo, como tenía
+henchida el alma de graves y profundos secretos y Pablito no se
+despegaba de Nieves aunque le echasen agua caliente, después de haberle
+silbado para llamarle la atención, se aventuró a descargar el fardo en
+público, a riesgo de que sus confidencias no fueran bien entendidas y
+apreciadas por el elemento femenino de la tertulia.</p>
+
+<p>—¿Qué hay, Piscis?—preguntó Pablito al oir el silbido.</p>
+
+<p>—¿A que no sabes por dónde da las coces ahora el Romero?</p>
+
+<p>En efecto, las costureras levantaron la cabeza sorprendidas. Valentina
+le dijo a Teresa pugnando por no reir:</p>
+
+<p>—Chica, ¿qué dice <i>ése</i>?</p>
+
+<p>—¿Que por dónde tira las coces un caballo?</p>
+
+<p>—Será por el c...</p>
+
+<p>Aunque hablaba en voz baja, Piscis lo oyó perfectamente. Sin atender a
+Pablo que había tomado muy en serio la pregunta, y quería saber la
+especialidad del Romero, exclamó, dirigiéndose a Valentina:</p>
+
+<p>—¿Quieres callarte... zapalastrona?</p>
+
+<p>Estas palabras enérgicas fueron recibidas con una explosión de alegría
+por las costureras.</p>
+
+<p>—No te enfades, Piscis, déjalas... ¿Has sacado a paseo el Romero?... Me
+alegro.</p>
+
+<p>—Lo enganché en la <i>charrette</i> con la Linda—respondió el centauro,
+haciendo una mueca horrible de disgusto dirigida a la simpática
+Valentina.—¡Si vieras, mal rayo, qué modo de alzarse! Yo ¡zis, zis! con
+la fusta, y él ¡pan, pan! sobre el tablero del pescante. Me volví a la
+cuadra, y le puse al tablero por debajo unos clavillos. Salí otra vez...
+En cuanto se pinchó se estuvo quieto. Pero, ¿qué hizo el gran pillo?...
+¿Ves entre el tirante y la rueda? Por allí comenzó a dar las coces. ¡Mal
+rayo! Por poco me deshace un farol...</p>
+
+<p>—Pues es necesario quitarle esa zuna—manifestó Pablito hondamente
+afectado, levantándose del asiento, y dejando a Nieves para acercarse a
+Piscis.</p>
+
+<p>—Déjame discurrir esta noche—respondió el centauro poniéndose muy
+sombrío.—Ya veremos si mañana hallamos algún medio.</p>
+
+<p>Los dos amigos bajaron la voz, y se enfrascaron en una conversación viva
+y reservada.</p>
+
+<p>Gonzalo estaba inquieto. No hacía más que echar miradas a la puerta,
+esperando a cada instante ver entrar a Venturita. Transcurría, no
+obstante, el tiempo, y nada; la niña no parecía. La distracción
+aumentaba de tal modo, que Cecilia tuvo que repetirle tres veces la
+misma pregunta:</p>
+
+<p>—¿Que tienes? Parece que estás con el pensamiento en otra parte.</p>
+
+<p>—En efecto—dijo él un poco colorado;—me acuerdo de que hoy tengo que
+escribir a Londres para un negocio urgente... Además, ya son cerca de
+las seis.</p>
+
+<p>Despidióse de ella, después de doña Paulina y la tertulia, y se fué.</p>
+
+<p>Una vez en los pasillos, acortó el paso, y comenzó a mirar a todos
+lados, sin lograr ver lo que deseaba. Triste y cabizbajo descendió
+lentamente por las escaleras. Ya se disponía a levantar el pestillo de
+la puerta, cuando creyó advertir que la cuerda con que la abrían desde
+arriba se agitaba. Quedóse un momento inmóvil. Tornó a llevar la mano al
+pestillo, y otra vez percibió la sacudida. Entonces volvió sobre sus
+pasos, y asomó la cabeza a la caja de la escalera. Allá arriba, una
+cabecita hermosa le sonreía.</p>
+
+<p>—¿Eres tú?—preguntó con voz de falsete, rebosando de gozo el
+semblante.</p>
+
+<p>—Sí, soy yo—contestó Venturita en el mismo tono.</p>
+
+<p>—¿Quieres que suba?</p>
+
+<p>—No—respondió la niña de un modo que significaba:—¡Eso no se
+pregunta, hombre!</p>
+
+<p>Gonzalo subió la escalera sobre la punta de los pies.</p>
+
+<p>—Aquí no debemos estar; nos pueden ver. Ven conmigo—dijo Venturita
+tomándole de la mano y conduciéndole al través de los pasillos hasta el
+comedor.</p>
+
+<p>Gonzalo se sentó en una silla sin soltar la mano.</p>
+
+<p>—Creí que no te volvía a ver hoy. ¡Qué geniecillo tienes, chica!—le
+dijo sonriendo.</p>
+
+<p>El semblante de Venturita se obscureció.</p>
+
+<p>—Si no me lo irritasen a cada instante, no lo tendría.</p>
+
+<p>—Pero hazte cargo que es tu mamá la que te ha reprendido—repuso él sin
+dejar de sonreir.</p>
+
+<p>—¿Y qué?—exclamó ella con violencia.—¿Porque es mi madre me ha de
+mortificar a todas horas y en todos los momentos?... ¡Si cree que yo lo
+voy a sufrir, está bien equivocada! ¡Anda, que la sufra ese mastuerzo,
+que para eso le saca los cuartos!... Aquí ya no hay mimos más que para
+él... Mira, Gonzalo, si quieres que seamos amigos, no me toques más esa
+tecla.</p>
+
+<p>Y al decir esto con rabiosa entonación, pintada la ira en los ojos, dió
+una fuerte sacudida a la mano para soltarla. Pero Gonzalo no lo
+consintió, y besándosela varias veces con pasión, le dijo riendo:</p>
+
+<p>—Chica, chica, no te dispares contra mí, que yo no tengo la culpa de
+nada... Si a mí me gustas precisamente por ser tan viva y tan
+rabiosilla. No me hacen gracia las mujeres de pastaflora.</p>
+
+<p>—Es porque tú lo eres—respondió ella aplacándosela varias veces con
+pasión, le dijo riendo:</p>
+
+<p>—No lo creas; no soy de tan buena pasta como te figuras... Cuando me
+enfado, es de veras...</p>
+
+<p>—¡Bah... allá una vez; cada año!</p>
+
+<p>—Además... por lo mismo que yo soy así, debieran gustarme las mujeres
+suaves y tranquilas.</p>
+
+<p>—Estás equivocado; siempre se busca lo contrario. A las rubias les
+gustan los morenos, a los flacos las gordas, a los altos las
+chiquitas... ¿No te gusto yo a ti siendo tan alto y yo tan pequeña?</p>
+
+<p>—No sólo es por eso—dijo él riendo y atrayéndola hacia sí.</p>
+
+<p>—¿Por qué más?—preguntó ella clavándole una mirada provocativa.</p>
+
+<p>—No sé. ¿Quieres que te regale el oído?</p>
+
+<p>—¿Por qué más?—insistió sin dejar de mirarle.</p>
+
+<p>—Por lo feísima que eres.</p>
+
+<p>—Gracias—respondió con el rostro iluminado por la vanidad.</p>
+
+<p>—No la hay más fea que tú en Sarrió ni en el mundo entero.</p>
+
+<p>—Algunas más feas habrás visto por esos países donde has andado.</p>
+
+<p>—Te aseguro que no.</p>
+
+<p>—¡Virgen del Amparo! Debo ser un monstruo—exclamó riendo y aceptando
+la hiperbólica lisonja que iba envuelta en aquellas palabras.</p>
+
+<p>—¡Alguien viene!—dijo Gonzalo quedándose inmóvil y serio.</p>
+
+<p>Venturita avanzó hasta la puerta.</p>
+
+<p>—Es la cocinera que pasa—dijo volviendo en seguida.</p>
+
+<p>—Me parece que estamos mal aquí. Pudiera entrar tu mamá o cualquiera de
+las chicas... o Cecilia (añadió en voz más baja). ¿Y qué disculpa doy?</p>
+
+<p>—Cualquiera; eso es lo de menos... Pero, en fin, si no estás tranquilo,
+podemos ir a otra parte. Vamos al salón.</p>
+
+<p>—Vamos.</p>
+
+<p>—No, tú quédate aquí un momento; yo iré delante.</p>
+
+<p>Pero deteniéndose a la puerta y volviendo sobre sus pasos, le dijo:</p>
+
+<p>—Si me dieses palabra de ser formal, te llevaría a mi cuarto.</p>
+
+<p>—Palabra redonda—respondió el joven alegremente.</p>
+
+<p>—¿Nada de besitos?</p>
+
+<p>—Nada.</p>
+
+<p>—Júralo.</p>
+
+<p>—Lo juro.</p>
+
+<p>—Bien, quédate ahí un instante, y después vienes en puntillas, ¿sabes?
+Hasta ahora.</p>
+
+<p>—Hasta ahora—dijo Gonzalo apoderándose de una de sus manos y
+besándola.</p>
+
+<p>—¿Lo ves?—exclamó ella fingiendo enojo,—antes de ir, ya comienzas a
+faltar...</p>
+
+<p>—Yo creí que las manos no entraban en el juramento.</p>
+
+<p>—¡Entra todo!—dijo ella con severidad en la voz y la sonrisa en los
+ojos.</p>
+
+<p>A los dos minutos el joven la siguió. Halló la puerta del cuarto
+entornada, y entró. La habitación de Venturita, era como su dueña,
+pequeñita y linda, amueblada con lujo. La cama de palo santo con
+pabellón de brocatel de seda, cubierta por una colcha de damasco azul,
+un armarito de ébano con incrustaciones de marfil, que servía de
+escritorio al abrirse, una butaca confidente de raso azul, un tocador
+con espejo, forrado también de raso al igual que las paredes, un armario
+de espejo, de palo santo como la cama, y algunas sillas doradas. La
+habitación exhalaba un perfume penetrante como el camarín de una
+odalisca.</p>
+
+<p>—¡Oh! Esto está mejor que el cuarto de Cecilia.</p>
+
+<p>—¿Cuándo lo has visto?</p>
+
+<p>—Hace pocos días me lo ha enseñado. Las paredes desnudas con unos
+cuadritos bastante malos; la cama sin cortinas; una cómoda vulgar...</p>
+
+<p>—Pues si no lo tiene como yo, es porque no quiere... Verdad que he
+tenido que andar detrás de papá una temporada para que me lo pusiera de
+este modo... Pero mi hermana es así... como Dios la crió... No le
+importa por nada... Todo le gusta a lo aldeano, ¿sabes?</p>
+
+<p>—En este cuartito hay mucho gusto... y mucha coquetería. De esta
+cualidad, no puedes prescindir en ninguna de tus cosas.</p>
+
+<p>—¿De dónde sacas que soy coqueta, tonto?—le preguntó ella volviendo a
+mirarle de aquel modo provocativo de antes.</p>
+
+<p>—Lo eres, y haces bien en serlo. La coquetería, cuando no es excesiva,
+da más atractivo a la hermosura, como las especias dan sabor a los
+alimentos.</p>
+
+<p>—¡Ya salió a relucir el gastrónomo!... Pues mira, aunque la coquetería
+dé atractivo o sabor, o lo que quieras, yo no soy coqueta... Tú menos
+que nadie tienes derecho a decirlo... Digo... ¡me parece!...</p>
+
+<p>—Es verdad; tienes razón, tienes muchísima razón. Yo no puedo llamarte
+coqueta... Pero la coquetería de que yo hablaba es de otra clase.</p>
+
+<p>—Hazme el favor de sentarte, porque ya has crecido bastante, según
+creo... y déjate de sutilezas.</p>
+
+<p>Gonzalo se dejó caer en la butaca que la niña le señalaba, dominado por
+sus ojos brillantes y maliciosos. Desde que había entrado en aquel
+cuarto sentía un gozo íntimo, mitad corporal, mitad espiritual que le
+embargaba a la vez los sentidos y el alma. El perfume que respiraba se
+le subía a la cabeza. La mirada magnética de Venturita había concluído
+por electrizarle.</p>
+
+<p>—Has hecho mal en traerme a tu cuarto—dijo sonriendo mientras se
+pasaba el pañuelo por la frente.</p>
+
+<p>—¿Pues?—preguntó ella abriendo y cerrando varias veces los ojos, como
+esos relámpagos que se advierten a la caída de la tarde en los días muy
+calurosos del verano.</p>
+
+<p>—Porque me siento mal—respondió él con la misma sonrisa.</p>
+
+<p>—¿Te sientes mal, de veras?—replicó la niña abriendo mucho sus ojos
+azules sin conseguir que pareciesen inocentes.</p>
+
+<p>—Un poco.</p>
+
+<p>—¿Quieres que avise?</p>
+
+<p>—No; si lo que me hace daño son tus ojos.</p>
+
+<p>—¡Ah, vamos!—exclamó ella riendo como si cayese entonces en la
+cuenta.—¡Entonces los cerraré!</p>
+
+<p>—¡Oh, no; no los cierres, por Dios! Si los cerrases, me pondría mucho
+peor.</p>
+
+<p>—Entonces me iré—dijo levantándose de la silla.</p>
+
+<p>—¡Eso sería matarme, niña mía! ¿Sabes por qué me pongo enfermo? por no
+poder besar esos ojos que me asesinan.</p>
+
+<p>—¡Jesús!—exclamó Venturita soltando la carcajada.—¡Qué fuerte te da!
+¡Siento no poder curarte!</p>
+
+<p>—¿Permitirás que me muera?</p>
+
+<p>—Si.</p>
+
+<p>—¡Gracias! Déjame besar tus cabellos entonces...</p>
+
+<p>—No.</p>
+
+<p>—Tus manos.</p>
+
+<p>—Tampoco.</p>
+
+<p>—Déjame besar cualquier cosa tuya... ¡Mira que me haces mucho daño!</p>
+
+<p>—Besa ese guante—dijo la niña riendo y tirándole uno que había sobre
+el tocador.</p>
+
+<p>Gonzalo se apoderó de él, y lo besó con frenesí repetidas veces.</p>
+
+<p>Al lector que en su fuero interno haya diputado ya a Gonzalo por hombre
+desleal y pérfido, o por lo menos débil, declarándole quizá «un carácter
+repugnante», como dicen los críticos cuando los personajes de las
+novelas no son todo lo heroicos y talentudos que ellos quisieran,
+pusiérale yo en aquel nido pequeño y perfumado como el cáliz de una
+magnolia, frente a la niña menor de los señores de Belinchón, vestida
+con peinador de cintas azules que dejaban ver una buena parte de su
+garganta amasada con rosas y leche, recibiendo en el rostro los
+relámpagos azulados de sus ojos, y escuchando una voz grave y pastosa
+que removía todas las fibras del alma. Y si la niña le tirase un guante
+diciéndole:</p>
+
+<p>—Bésalo,—quisiera ver en qué forma se negaba a besarlo.</p>
+
+<p>—¿Te vas calmando, Gonzalo?—dijo disparándole una sonrisa capaz de
+volver loco a San Antonio.</p>
+
+<p>—Así, así.</p>
+
+<p>—Bueno, pues ahora hablemos en serio... hablemos de nuestra
+situación...</p>
+
+<p>Gonzalo se puso serio.</p>
+
+<p>—A pesar de lo que me has dicho hace ya tres días, no he sabido, hasta
+ahora, que hayas hablado con mamá o con papá, ni que les hayas
+escrito... Por el contrario, no sólo dejas el tiempo correr, con lo
+cual cada vez empeoran las cosas, sino que te veo más atento y cariñoso
+que nunca con Cecilia...</p>
+
+<p>Gonzalo hizo un gesto negativo.</p>
+
+<p>—¡Si te he visto hace un momento desde el cuarto de Pablo por el
+agujero de la llave!... A mí no se me escapa nada... Eso está muy mal
+hecho si es que no la quieres... Y si la quieres está muy mal hecho lo
+que haces conmigo...</p>
+
+<p>—¿No estás bien segura aún de que tú sola posees mi corazón?—dijo el
+joven levantando sus ojos apasionados hacia ella.</p>
+
+<p>—No.</p>
+
+<p>—¡Pues sí, sí; mil veces sí!... Pero yo no puedo estar al lado de
+Cecilia desabrido o indiferente... Eso es muy feo... Prefiero decírselo
+claramente y concluir de una vez.</p>
+
+<p>—Pues díselo.</p>
+
+<p>—... No me atrevo.</p>
+
+<p>—Pues no se lo digas, y concluyamos tú y yo... Mejor será—replicó la
+niña con impaciencia.</p>
+
+<p>—¡No hables, por Dios, así, Ventura! Se me figura que no me quieres.
+Debes comprender que mi posición es extraña, comprometida, terrible.
+Estar en vísperas de casarse con una joven excelente, y sin mediar
+disgusto alguno, sin antecedentes de ningún género que puedan tenerla
+prevenida, decirle de pronto: «Todo se acabó, ya no me caso contigo
+porque no te quiero ni nunca te he querido», es lo más brutal y más
+odioso que se haya visto jamás... Por otra parte, yo no sé cómo tomarían
+mi conducta tus papás. Lo más probable es que, indignados justamente por
+ella, me recriminasen duramente y me prohibiesen la entrada en esta
+casa...</p>
+
+<p>—Bien, cásate con ella... ¡y en paz!—dijo Venturita poniéndose en pie
+un poco pálida.</p>
+
+<p>—¡Eso nunca! O me caso contigo, o con nadie.</p>
+
+<p>—Entonces, ¿qué hacemos?</p>
+
+<p>—No sé—replicó el joven bajando la cabeza con tristeza.</p>
+
+<p>Ambos guardaron silencio unos instantes.</p>
+
+<p>Al cabo Venturita dijo, dándose con la palma de la mano en la cabeza:</p>
+
+<p>—¡Discurre, hombre, discurre!</p>
+
+<p>—Ya lo hago, pero no sale...</p>
+
+<p>—¡No sirves para nada!... Vamos, vete, y déjalo a mi cargo. Yo hablaré
+a mamá... Pero es necesario que escribas una carta a Cecilia...</p>
+
+<p>—¡Oh, por Dios, Ventura!—exclamó angustiado.</p>
+
+<p>—Entonces, ¿qué quieres, di?—preguntó la niña encolerizada.—¿Crees
+que voy a servir de juguete?</p>
+
+<p>—¡Si pudiéramos pasar sin esa carta!—manifestó Gonzalo con
+humildad.—Tú no puedes figurarte lo violento que es para mí... ¿No
+bastaría que dejase de venir unos cuantos días a esta casa?</p>
+
+<p>—Sí, sí; vete... ¡y no vuelvas!—respondió, dando un paso hacia la
+puerta.</p>
+
+<p>Pero el joven la retuvo por una de las trenzas de sus cabellos.</p>
+
+<p>—Vamos, no te enfades, hermosa. Bien sabes que me tienes dominado,
+fascinado, y que a la postre haré cuanto tú me mandes, incluso arrojarme
+al mar. No hacía más que expresarte una opinión... Si tú no quieres,
+nada de lo dicho... Trataba solamente de evitar a Cecilia un disgusto.</p>
+
+<p>—¡Presuntuoso!—exclamó la niña sin volverse.—¿A que te figuras que
+Cecilia se va morir de pena?</p>
+
+<p>—Si no se disgusta, mejor que mejor; así me evitaré un remordimiento.</p>
+
+<p>—Cecilia es fría; ni quiere mucho, ni odia mucho tampoco. Es muy buena;
+no conoce el egoísmo. Pero siempre la encontrarás igual, ni alegre ni
+triste; incapaz de tomarse un disgusto por nada ni por nadie... Al
+menos, si se los toma, nadie lo conoce... ¿Qué haces?—añadió
+volviéndose rápidamente.</p>
+
+<p>—Estaba desatando los lazos de las trenzas... Quería ver otra vez tus
+cabellos sueltos. No hay espectáculo que me cause más placer.</p>
+
+<p>—¡Si es capricho, yo las desataré!... Aguarda—dijo la niña, que
+estaba orgullosa, y con razón, de su pelo.</p>
+
+<p>—¡Oh, qué hermosura! ¡Esto es un prodigio de la naturaleza!—exclamó
+Gonzalo, introduciendo en él sus dedos.—Déjame, déjame meter la cabeza
+dentro, déjame bañarme en este río de oro.</p>
+
+<p>Y ocultó, al decir esto, su rostro en la cabellera blonda de la niña.</p>
+
+<p>Mas sucedió que, pocos momentos antes, como sonasen en el reloj las
+siete de la tarde, las costureras y bordadoras dejaron su obra, y se
+dispusieron a retirarse. Antes de hacerlo, Valentina fué comisionada por
+doña Paula para ir al cuarto de Venturita, y traer de allá unos patrones
+que debían de estar sobre el armario-escritorio. Llegó, y empujó la
+puerta en el instante crítico en que Gonzalo se estaba bañando de
+aquella original manera. Al sentir el ruido, éste se levantó de un
+brinco y quedó, más pálido que la cera. Valentina se puso encarnada
+hasta las orejas, y dijo balbuceando:</p>
+
+<p>—Mamá quiere los patrones... los del otro día... Deben de estar sobre
+el armario.</p>
+
+<p>—No están sobre el armario, sino dentro—respondió Venturita, sin
+inmutarse poco ni mucho.</p>
+
+<p>Y dirigiéndose a él, y abriendo un tirador, sacó un lío de papeles y se
+lo entregó.</p>
+
+<p>—Aguarda un poco, Valentina—dijo antes que saliese.—Hazme el favor de
+atarme el pelo, que yo no puedo por este dedo malo...</p>
+
+<p>Y enseñó uno, por donde manaba sangre. Al ir por los patrones se lo
+había pinchado.</p>
+
+<p>Valentina, muy turbada todavía, comenzó a atárselo.</p>
+
+<p>—Me tiraba mucho, y, al desatarlo, me pinché con el alfiler que sujeta
+la cinta de arriba... El pobre Gonzalo no se arreglaba muy bien para
+atármelo, ¿verdad?—añadió riendo.</p>
+
+<p>—¡Oh, no!—replicó el joven con forzada sonrisa, pasmado de aquella
+sangre fría.</p>
+
+<p>La disculpa, aunque bien urdida, no coló. Valentina estaba bien segura
+de lo que había visto.</p>
+
+<p>—¿Crees que se habrá tragado lo del pinchazo?—preguntó Gonzalo con
+ansiedad luego que hubo salido.</p>
+
+<p>—Tal vez no; pero no hay cuidado con ella. Es la más reservada de
+todas.</p>
+
+<p>Valentina fué a entregar los patrones a la señora y se despidió hasta el
+día siguiente. Al cruzar por el pasillo oyó claramente el rumor de un
+beso. Miró hacia el cuarto obscuro que allí había, y creyó percibir los
+cuadros blancos y negros del vestido de Nieves.</p>
+
+<p>—¡Alza! ¡Esto está que arde!—murmuró con aquel ceño saladísimo que
+tanto la caracterizaba.</p>
+
+<p>Bajó la escalera y salió a la calle, donde ya la esperaba su Cosme para
+acompañarla hasta casa.</p>
+
+
+
+<div class='chapter' /><h2 class="top15"><a name="VIII" id="VIII"></a>VIII</h2>
+
+<p class="c">De la reunión que los próceres de Sarrió celebraron en el teatro con
+asistencia del cuarto estado</p>
+
+
+<p>El día 9 de junio de 1860, debe señalarse con caracteres de oro en los
+fastos de la villa de Sarrió.</p>
+
+<p>Para ese día, socorrido de Alvaro Peña y de su hijo Pablo, don Rosendo
+Belinchón había rogado por medio de atento B.L.M. a sus convecinos que
+concurriesen por la tarde al local del teatro. Se trataría un asunto de
+«vital (por nada en el mundo se le escaparía a don Rosendo el vital)
+interés para la villa de Sarrió y su concejo». Sólo cuatro o cinco
+personas de las más obligadas al comerciante, conocían el noble y
+patriótico pensamiento que motivaba la convocatoria. Así que,
+arrastrados de la curiosidad, tanto como de la cortesía, acudieron a
+las tres en punto todos los convocados y muchos más a quienes nadie
+había dado vela en aquel entierro. El teatro se llenó de bote en bote.
+La gente principal se apoderó de las butacas y los palcos. La plebe
+subió a la cazuela. En el escenario se había colocado una mesa de
+escribir vieja y sucia. A entrambos lados de ella hasta media docena de
+sillas, no más nuevas ni más limpias, que servían para la decoración de
+«sala pobremente amueblada».</p>
+
+<p>El teatro hervía ya de gente. El escenario permanecía aún desierto.
+Estaban casi en tinieblas. Sólo por un tragaluz de vidrios empolvados
+abierto allá en el fondo de la escena, despojada del telón de foro,
+penetraba escasísima claridad. A fuerza de tiempo, acostumbrados los
+ojos a la obscuridad, podían distinguirse los unos a los otros. El que
+entraba, iba despacio por el pasillo de las butacas para no tropezar,
+palpando los cráneos de los que las ocupaban, por ver si había alguna
+vacante.</p>
+
+<p>—Aquí no, don Rufo.</p>
+
+<p>—¿No hay asiento?—preguntaba sonriendo al vacío como los ciegos.</p>
+
+<p>—No; suba usted arriba, a los palcos.</p>
+
+<p>—Véngase aquí, don Rufo, véngase aquí—gritaba uno que estaba más
+adelante.</p>
+
+<p>—¿Eres tú, Cipriano?</p>
+
+<p>Y empujando y tropezando, llegaba el recién venido a colocarse. Alguno
+más práctico encendía una cerilla, pero al instante salían voces de la
+cazuela:</p>
+
+<p>—¡Eh! ¡eh! ¡Cuidado con las narices, don Juan! Cuando va por las noches
+a casa de la Peonza, el diablo que cerilla enciende.</p>
+
+<p>Don Juan se apresuraba a apagarla para librarse de aquellos insultos que
+hacían prorrumpir en carcajadas al ocioso público.</p>
+
+<p>A medida que el tiempo transcurría, el zumbido de las conversaciones iba
+creciendo hasta hacerse insoportable. Los salvajes de la cazuela
+expresaban su impaciencia con patadas, gritos y baladres. Cambiaban
+unos con otros, por encima de las butacas, bromas y frases, más que
+obscenas, asquerosas. Gracias a que no había señoras.</p>
+
+<p>Al fin aparecieron en el escenario cuatro señores, don Rosendo
+Belinchón, Alvaro Peña, don Feliciano Gómez y don Rudesindo Cepeda,
+propietario y fabricante de sidra espumosa. Los cuatro se despojaron de
+los sombreros al pisar el palco escénico. Prodújose repentinamente el
+silencio. Algunos de los espectadores, los menos, se descubrieron
+también. La mayor parte, prevalidos de la obscuridad y cediendo al
+instinto de grosería, poderoso en aquella región, permanecieron
+cubiertos. Don Rosendo y sus compañeros sonrieron al concurso,
+avergonzados. Para librarse del embarazo y temor que sentían, comenzaron
+a hablar con los espectadores de las primeras filas, a quienes podían
+divisar. Alvaro Peña, algo más atrevido, en razón quizá de su carácter
+militar y de su instrucción antirreligiosa, avanzó hasta la cáscara del
+apuntador, y dando a sus palabras una entonación excesivamente familiar,
+sonriendo sin gana como las bailarinas, dijo:</p>
+
+<p>—Señores, tanto mis compañeros como yo desearíamos ¿eh?, que subiesen a
+este sitio algunas pejsonas de jespeto ¿eh?, que habrá en el público, a
+fin de que nos ayuden con su autoridad ¿eh?, y con su ilustración... a
+fin de que nos ayuden ¿eh? (no encontraba el final) en la empresa que
+vamos a emprendej...</p>
+
+<p>El ayudante de marina pronunciaba las erres con la garganta, produciendo
+un sonido muy semejante a la jota.</p>
+
+<p>Hubo un murmullo en la asamblea de asentimiento y simpatía por la
+modestia que resaltaba en aquella proposición.</p>
+
+<p>—¿No está por ahí don Pedro Miranda?—preguntó Peña, sereno ya,
+volviendo a adquirir la resolución militar que le caracterizaba.</p>
+
+<p>—Aquí está... Aquí—dijeron varias voces.</p>
+
+<p>—Don Pedro, si nos hiciese usted el favoj... Don Pedro se defendía de
+los que le empujaban hacia el escenario, diciendo por lo bajo:</p>
+
+<p>—Pero, señores, ¿yo por qué? ¿A qué asunto?... Hay otras personas...</p>
+
+<p>No hubo más remedio. Poco a poco lo fueron llevando hasta cerca del
+escenario. Una vez allí, como no hubiese tabla ni escalera para subir,
+entre Peña y don Feliciano Gómez, lo auparon por las manos hasta ponerlo
+sobre el tablado.</p>
+
+<p>—A ver, don Rufo, suba usted.</p>
+
+<p>Don Rufo (médico titular de la villa), después de haberse defendido un
+poco, fué subido en vilo también. Y por el mismo sencillo mecanismo
+pasaron al escenario otros cinco o seis señores. Cada ascensión era
+saludada con una salva de aplausos y un murmullo de complacencia por el
+benévolo concurso. El ayudante vió a Gabino Maza sentado en una butaca
+cerca de la pared, y le gritó con alegría:</p>
+
+<p>—¡Gabino, no te había visto!... Vamos, hombre, ven acá.</p>
+
+<p>—Estoy bien aquí—respondió con sequedad el bilioso ex oficial de la
+Armada.</p>
+
+<p>—¿Quieres que baje por ti?</p>
+
+<p>Maza contestó en voz baja:</p>
+
+<p>—No hace falta.</p>
+
+<p>Los que estaban a su lado hicieron lo que con los demás.</p>
+
+<p>—Vaya, don Gabino, arriba. No sea usted perezoso. Hombres como usted
+son los que deben estar allí. ¡No faltaba más que usted no subiese!</p>
+
+<p>Y trataban al mismo tiempo de levantarle. Mas fueron inútiles todas las
+instancias. Maza se empeñó en permanecer en la butaca con una
+insistencia orgullosa que acobardó a los que le excitaban a subir.
+Alvaro Peña bajó entonces por él; pero después de una brega larga tuvo
+que retirarse desairado.</p>
+
+<p>Ya que estuvo casi lleno el escenario, se trajeron más sillas recabadas
+de los chiribitiles de los cómicos. Se acomodaron en ellas los más
+selectos vecinos de Sarrió, y celebraron conciliábulo para resolver
+quién había de presidir la reunión. Por cierto que no acababan de
+entenderse, y el público daba señales claras de impaciencia. La mayor
+parte juzgaba que a don Rosendo correspondía la honra de sentarse detrás
+de la mesa de pino; pero éste la rehusaba con una modestia que le
+honraba muchísimo más. Al fin se sentó al observar que el público se iba
+cansando. Este aplaudió reciamente.</p>
+
+<p>Nueva y fastidiosa dilación antes de resolverse quién había de dirigir
+la palabra al concurso. Alvaro Peña, que era hombre despachado y de
+arranque, se decidió a dar unos pasos hacia la boca del telón, y dijo en
+voz alta:</p>
+
+<p>—Señores.</p>
+
+<p>—¡Chis, chis! ¡Silencio!—gritaron algunos.</p>
+
+<p>Y reinó el silencio.</p>
+
+<p>—Señores: El motivo de celebrajse este <i>meeting (sorpresa y
+extraordinaria complacencia del concurso al escuchar la palabreja
+exótica)</i> no es otro ¿eh?, que el de unirnos todos para fomentaj los
+intereses morales y materiales de Sajió. Hace algunos días me indicaba
+nuestro dignísimo presidente que estos intereses se hallaban
+abandonados, ¿eh?, y que era necesario a todo trance fomentajlos.
+Señores, en Sajió hay varios problemas que jesolvej en este momento
+histórico; el problema del mejcado cubiejto, ¿eh?, el problema del
+cementerio, el problema de la cajetera a Rodillero, el problema del
+matadero y otros. Yo le dije a mi querido amigo, el dignísimo
+presidente: El único medio ¿eh?, de jesolvej estos problemas es celebraj
+un meeting donde todos los sajienses puedan emitij libremente su
+opinión...</p>
+
+<p>—¿Eh?—gritó un socarrón desde la cazuela.</p>
+
+<p>Peña alzó los ojos furibundos hacia allá. Y como era hombre a quien se
+le suponían malas pulgas, y gastaba unos bigotes desmesurados, el
+socarrón tembló por su pellejo y no volvió a chistar.</p>
+
+<p>—Mi buen amigo, cuyo gran corazón y amoj al progreso conocen todos, me
+dijo que hacía tiempo que pensaba sobre lo mismo, y que él además, ¿eh?,
+tenía otro proyecto que no tajdará en comunicaj al ilustrado público. En
+consecuencia de esto hemos convocado a los vecinos de Sajió para una
+jeunión pública, y aquí estamos... porque hemos venido. <i>(Este desenfado
+produce excelente efecto en el auditorio, que ríe con benevolencia)</i>.</p>
+
+<p>—Señores—siguió el ayudante animado por los rumores,—yo creo que lo
+que le hace falta a este pueblo es despertaj del letajgo en que yace,
+¿eh?, vivij de la vida de la razón y del progreso, ¿eh?, ponerse a la
+altura de los adelantos del siglo, ¿eh?, tenej conciencia de sí y de sus
+fuejzas. Hasta ahora, Sajió ha sido un pueblo dominado por la teocracia;
+mucha novena, mucho sermón, mucho rosario, y no pensaj para nada en el
+fomento de sus intereses, ni en aprender nada útil. Es necesario salij
+cuanto más antes de esta situación, ¿eh? Es necesario sacudij el yugo
+teocrático. Un pueblo dominado por los curas, es siempre un pueblo
+atrasado... y sucio. <i>(Risas y aplausos, entre los cuales se oye tal
+cual chicheo.)</i></p>
+
+<p>El ayudante hablaba mejor, y adquiría cierto donaire en cuanto se
+trataba de denigrar al clero.</p>
+
+<p>—Pido la palabra—gritó una voz atiplada desde un palco.</p>
+
+<p>—¿Quién es? ¿Quién es?—se preguntaron unos a otros los espectadores y
+los altos dignatarios del escenario.</p>
+
+<p>—Es el hijo del Perinolo.—¿Quién?—El hijo del Perinolo.—El hijo del
+Perinolo.</p>
+
+<p>Esta frase se fué repitiendo en voz baja por todo el ámbito del teatro.</p>
+
+<p>El hijo del Perinolo era un joven pálido, de ojos negros, que gastaba
+larga melena. No se advertía más en la media luz que reinaba. Era para
+él gran fortuna. A ser entera, se verían perfectamente los lamparones de
+su levita añeja, la grasa de su camisa y las greñas de la melena, dado
+que los agujeros de las botas y los hilachos del pantalón, en modo
+alguno podían ser vistos a causa de la barandilla del palco. Pero todo
+lo sabían de memoria los vecinos de Sarrió, por tropezarle harto a
+menudo en la calle y los cafés. Digamos que, a pesar de esto, era mozo
+de gentil disposición y rostro.</p>
+
+<p>Su padre, el señor José María el Perinolo, antiguo y clásico zapatero de
+la villa, era uno de aquellos viejos artesanos que a mediados del siglo
+gastaban chaqueta y sombrero de copa alta. Carlista fanático, miembro de
+todas las cofradías religiosas. Rezaba el rosario por las tardes al
+toque de oración en la iglesia de San Andrés, acompañado de unas cuantas
+mujerucas; salía en las procesiones de Semana Santa con hábito de
+disciplinante y corona de espinas, y tenía a su cargo y cuidado la
+capilla del Nazareno en la calle de Atrás. Este santo varón «que nunca
+había dado nada que decir» (suprema expresión de la honradez en los
+pueblos pequeños), educó a su hijo Sinforoso y a otros dos más, en el
+santo temor de Dios y del tirapié. Azotes, penitencias de rodillas, días
+a pan y agua, estirones de orejas y bofetadas. La infancia de Sinforoso
+estaba poblada de estos recuerdos poéticos. Cuando llegó a la pubertad,
+como mostrase singular destreza para aprender sus lecciones, el Perinolo
+se persuadió a que no estaba llamado a sustentar la zapatería cuando él
+fuese muerto, sino a ser firme columna de la Iglesia Romana. Faltábanle
+medios para mandarle al seminario de Lancia. Vinieron en socorro suyo
+don Rosendo y don Melchor de las Cuevas, don Rudesindo y el párroco de
+la villa, que espontáneamente le asignaron tres pesetas diarias mientras
+no cantase misa. Mas al cursar el segundo año de Teología, recibieron
+estos señores del seminarista una carta elegantemente escrita. En ella
+les manifestaba que no se sentía llamado por Dios a la carrera
+eclesiástica, y que antes de ser un mal sacerdote prefería aprender el
+oficio de su padre o embarcarse para América. Terminaba suplicándoles
+con palabras fervorosas que le permitiesen cambiar la Teología por el
+Derecho, hacia el cual se creía inclinado, y con esto no daría tan gran
+disgusto a su padre. Accedieron sus bienhechores a la demanda. Y
+Sinforoso se hizo al cabo columna del Estado en vez de la Iglesia, como
+deseaba el Perinolo. Mientras siguió la carrera de leyes con
+sobresalientes y premios al principio, notables después y aprobados al
+fin, emborronó algunos articulejos en los diarios de Lancia. Con esto se
+creyó en el caso de dejar crecer los pelos y ponerse lentes sobre la
+nariz. Así se presentó el nuevo licenciado en Sarrió con la aureola de
+gloria además que rodea a quien ha hecho sus primeras armas, y aun
+reñido batallas en la prensa periódica. Se había afiliado en el partido
+liberal más avanzado renegando así de su prosapia. Con esto, su padre
+estaba fuertemente desabrido. Si le dejó entrar en casa debióse a la
+intercesión de la madre. No le hablaba ni le daba un céntimo para sus
+gastos, limitándose a consentir que durmiese bajo su techo y comiese la
+ración. Al cabo de algunos meses los zapatos se habían despellejado y la
+ropa daba lástima verla. Pero todo lo suplía muy bien el letrado con el
+empaque y gravedad de la fisonomía y lo airoso de su porte. Pasaba la
+mañana leyendo en la cama: las tardes y las noches en el café
+discutiendo a gritos lo que había leído por la mañana. Los vecinos no le
+querían; pero respetaban mucho su ilustración y talento.</p>
+
+<p>—¿Quién ha pedido la palabra?—preguntó don Rosendo.</p>
+
+<p>—Suárez... Sinforoso Suárez—dijo el joven inclinando su busto sobre la
+barandilla.</p>
+
+<p>—Usted la tiene, señor Suárez.</p>
+
+<p>El joven tosió, metió los dedos de entrambas manos por el pelo,
+dejándolo más ahuecado y revuelto, se puso los lentes que traía colgados
+de un cordoncillo y dijo:</p>
+
+<p>—Señores.</p>
+
+<p>La entonación firme y sosegada que dió a esta palabra, y la pausa larga
+que después hizo asegurando los lentes sobre la nariz y paseando una
+mirada de grande hombre por el concurso, impusieron silencio y respeto.</p>
+
+<p>—Después de la brillante oración que acaba de pronunciarnos mi
+queridísimo amigo el ilustrado ayudante de este puerto, señor Peña <i>(el
+ayudante, aunque no ha hablado con Suárez más de tres veces en su vida,
+se inclina agradecido. Los respetables vecinos de Sarrió aprenden que
+hay más oraciones que el Padre Nuestro, la Salve y las demás rezadas por
+la Iglesia)</i>, quedará bien convencida la asamblea del fin generoso y
+patriótico que ha inspirado a los promovedores de este <i>meeting</i>. Nada
+tan grande, nada tan hermoso, nada tan sublime como ver a un pueblo
+reunido para deliberar acerca de los más altos y caros intereses de su
+vida. ¡Ah, señores! al escuchar hace un momento al señor Peña, me
+imaginaba estar en el Agora de Atenas decidiendo, como ciudadano libre,
+entre otros ciudadanos libres también como yo, de los destinos de mi
+patria. Me imaginaba oir la palabra vigorosa y ardiente de alguno de
+aquellos grandes oradores que ilustraron al pueblo heleno... Porque la
+elocuencia de mi queridísimo amigo el señor Peña, tiene mucho de la
+arrebatada pasión que caracterizaba a Demóstenes, el príncipe de los
+oradores y bastante también de la fluidez y elegancia que brillaba en
+los discursos de Pericles. <i>(Pausa: mano a los lentes.)</i> Es viva y
+animada como la de Cleón; es mesurada y prudente como la de Arístides;
+tiene tonalidades graves y precisas como la de Esquines, y notas
+agradables al oído como la de Isócrates. ¡Ah, señores! Yo también, como
+el elocuente orador que me ha precedido en el uso de la palabra, deseaba
+que el pueblo donde he visto por primera vez la luz del día, despertase
+a la vida del progreso, a la vida de la libertad y la justicia...
+¡Sarrió! ¡Cuánto dulce recuerdo, cuánta inefable alegría despierta en mi
+alma este solo nombre! Aquí corrieron los años felices de mi infancia...
+Aquí comenzó a formarse mi espíritu... Aquí hizo el amor palpitar por
+primera vez mi corazón... En otra parte se ha enriquecido mi razón con
+el conocimiento de las ciencias, con las grandes ideas que engendra el
+estudio del Derecho... Aquí se ha nutrido mi alma con las santas y
+dulces emociones del hogar. En otra parte se ha adiestrado mi
+inteligencia en la polémica, en la lucha de las ideas... Aquí he
+cultivado mi sensibilidad con el tierno amor de la familia... Señores,
+lo diré muy alto, suceda lo que suceda: Sarrió está llamado a grandes
+destinos. Tiene derecho a ser una de las primeras poblaciones de la
+costa cantábrica, un emporio de actividad y de riqueza, tanto por la
+excelente situación en que la naturaleza lo ha colocado, como por la
+laboriosidad, la honradez y las grandes dotes de inteligencia de sus
+habitantes. <i>(¡Bravo! ¡Bravo! Unánimes y estrepitosos aplausos.)</i></p>
+
+<p>Roto el hielo que la sorpresa, más que una prevención injusta, había
+formado, los bravos y los aplausos se sucedieron sin interrupción a cada
+párrafo. Jamás los laboriosos, honrados e inteligentes habitantes de
+Sarrió habían oído hablar tan fácil y pulidamente. Aquel discurso fué la
+revelación de la vida parlamentaria moderna, según decía Alvaro Peña al
+disolverse la reunión.</p>
+
+<p>Media hora llevaría en el uso de la palabra en medio del creciente
+entusiasmo del auditorio, cuando a uno de los próceres del escenario se
+le ocurrió que podía tener seca la boca y sería oportuno servirle un
+vaso de agua con azucarillo. Comunicada en voz baja la observación al
+presidente, éste interrumpió al orador, diciéndole:</p>
+
+<p>—Si el señor Suárez está fatigado, puede descansar. Voy a dar orden de
+que le sirvan un vaso de agua.</p>
+
+<p>Estas palabras fueron acogidas con un murmullo de aprobación.</p>
+
+<p>—No estoy fatigado, señor presidente—respondió suavemente el orador.</p>
+
+<p><i>(Sí, sí, que descanse.—Dejarle descansar.—Que se le traiga un vaso de
+agua.—Puede hacerle daño: que le echen unas gotas de anís.)</i></p>
+
+<p>Los espectadores, acometidos súbito de una ardiente simpatía, se
+convertían en madres cariñosas para el hijo del Perinolo.</p>
+
+<p>Este, inflándose más de lo que estaba, sonrió al auditorio, y dijo:</p>
+
+<p>—La fatiga es propia de los soldados bisoños. Los que como yo están
+acostumbrados a las lides de la tribuna (había hablado varias veces en
+la Academia de jurisprudencia de Lancia) no se rinden tan fácilmente...</p>
+
+<p>Digamos ahora que Mechacan, zapatero, vecino y competidor hacía muchos
+años del señor José María el Perinolo, que había visto criarse a
+Sinforoso y le había arreado más de uno y más de dos lampreazos con el
+tirapié cuando al volver de la escuela le llamaba, para vejarle, por el
+apodo, le estuvo escuchando desde la cazuela con las manazas apoyadas
+sobre la barandilla y la cara erizada de púas sobre las manos. En sus
+ojos, sombreados de una selva enmarañada de pestañas, no se advertía la
+chispa de entusiasmo que ardía en los de los demás. Antes se leía el
+asombro, la ira y la envidia. Cuando acertó a oir las palabras
+jactanciosas del hijo de su rival, no pudiendo sufrir tanta farsa, gritó
+con rabia:</p>
+
+<p>—¡Fuera ese piojo, sollo!</p>
+
+<p>Indescriptible indignación en el auditorio. Todos los rostros se vuelven
+airados a la cazuela. Oyense las voces de:</p>
+
+<p>—¿Quién es ese borrico?—¡A la cárcel!—¡Fuera ese cerdo!</p>
+
+<p>El presidente pregunta con terrible severidad:</p>
+
+<p>—¿Estamos en un pueblo culto o entre hotentotes?</p>
+
+<p>Esta pregunta así formulada, produce honda impresión en el público.</p>
+
+<p>Suárez, un poco pálido y con voz alterada, dice al fin:</p>
+
+<p>—Si la Asamblea lo desea, estoy dispuesto a sentarme.</p>
+
+<p><i>(¡No, no!—¡Que siga! Estrepitosos y prolongados aplausos al orador.)</i></p>
+
+<p>La indignación contra el grosero interruptor creció a tal punto con
+estas humildes palabras, que se oyen gritos amenazadores y muchos agitan
+los puños frente al sitio de donde había partido la voz. Alvaro Peña, el
+orador griego, más indignado que nadie, sube por fin a la cazuela y a
+pescozones y coces arroja al desgraciado Mechacan del teatro entre los
+aplausos del público.</p>
+
+<p>Sosegadas ya las olas, el orador continúa. Hace una excursión por el
+campo de la historia para demostrar que los sarrienses, desde la época
+de la dominación romana, cuando la España estaba dividida en Citerior y
+Ulterior y después en Tarraconense, Bética y Lusitania, hasta nuestros
+días, habían demostrado en todas ocasiones un ingenio poderoso muy
+superior al de los habitantes de Nieva. Tales declaraciones fueron
+acogidas con vivas muestras de aprobación. Introdúcese después
+repentinamente en los dominios del Derecho y hace gala de conocimientos
+poco comunes, sobre todo en Sarrió, en la ciencia de Triboniano y
+Papiniano. Al llegar a cierto punto, con una modestia que le honra
+mucho, dice:</p>
+
+<p>—Lo que acabo de exponer, señores, no tiene ningún valor científico. Lo
+sabe cualquier niño que haya saludado las Pandectas...</p>
+
+<p>Don Jerónimo de la Fuente, maestro de primeras letras de la villa, que
+había estudiado por los métodos modernos y sabía algo de Froebel y
+Pestalozzi, hombre ilustrado, que había escrito un prontuario de los
+verbos irregulares y tenía un telescopio en el balcón de su casa siempre
+apuntando al cielo, se levanta de la butaca, y sonriendo con mucha
+lástima dice:</p>
+
+<p>—Las palmetas hace ya bastantes años que se han suprimido de las
+escuelas.</p>
+
+<p>—No he dicho palmetas, he dicho Pan-dec-tas—replica Suárez sonriendo
+con mucha más lástima.</p>
+
+<p>Don Jerónimo enrojece por el paso en falso que acaba de dar.</p>
+
+<p>El orador continúa y termina al fin, deseando, como el elocuente
+ayudante de marina, que Sarrió despierte a la vida del progreso, que
+salga del letargo en que yace, y que de algún modo se manifieste en su
+recinto la lucha de las ideas, fecunda siempre, y luzca en su horizonte
+el sol radiante de la civilización.</p>
+
+<p>«... Si es verdad, como tengo entendido, que merced a la iniciativa
+patriótica y generosa de un respetabilísimo personaje de esta villa, se
+prepara el advenimiento a ella del cuarto poder de los estados modernos.
+Si es verdad que Sarrió estará dotado en breve de un periódico que
+refleje sus legítimas aspiraciones, que sea el palenque donde se
+ejerciten sus inteligencias, el salvaguardia de sus más caros intereses,
+el centinela avanzado de su tranquilidad y reposo, el órgano, en fin,
+por donde se comunique con el mundo espiritual, felicitémonos, señores,
+¡felicitémonos de todo corazón! y felicitemos también al ilustre
+patricio por cuyo esfuerzo va a llegar hasta nosotros un rayo de ese
+astro luminoso del siglo diez y nueve que se llama la prensa.»</p>
+
+<p><i>(¡Bravo, bravo! Todas las miradas se, vuelven ansiosas hacia la
+presidencia. La faz de don Rosendo resplandece llena de majestad y
+dulzura.)</i></p>
+
+<p>Después del hijo del Perinolo, pidió y obtuvo la palabra don Jerónimo de
+la Fuente. El ilustrado profesor de primeras letras, deseaba
+ardientemente levantarse a los ojos del público después de la caída de
+las Pandectas. Comenzó, pues, manifestando que abundaba en las ideas del
+digno orador (obsérvese que no dijo elocuente ni ilustrado, sino digno,
+digno nada más) que le había precedido en el uso de la palabra; que él,
+destinado por su profesión a encender la antorcha de la ciencia en las
+inteligencias infantiles, no podía menos de ser partidario decidido de
+los adelantos modernos y, sobre todo, de la prensa. En corroboración de
+estas palabras, se cree en el caso de manifestar que, tan pronto como la
+creación de un periódico en Sarrió fuese un hecho, tendría el gusto de
+exponer a sus convecinos la resolución de un problema que hasta el día
+de hoy se había creído insoluble, el de la «trisección del ángulo», al
+cual había dedicado muchos esfuerzos y vigilias, coronadas unas y otros
+afortunadamente por el mejor éxito. Habló después con gran oportunidad
+de algunas materias, de Geografía física y Astronomía, explicando
+algunos problemas de la mecánica celeste, en particular la ley de la
+atracción universal, descubierta por Newton, gracias a la cual, los
+planetas se mueven alrededor del sol en órbitas elípticas. A este
+propósito expuso con gran brillantez lo que era una elipse. Por último,
+al hablar de nuestro satélite la luna, hizo observar que el tiempo de su
+revolución alrededor de la tierra iba disminuyendo sensiblemente, lo
+cual indica que su órbita se va estrechando. Esto, en opinión del
+orador, daría por resultado más tarde o más temprano que la luna caería
+sobre la tierra, y ambas se harían pedazos. Don Jerónimo se sentó,
+dejando el auditorio sumamente agitado, bajo el peso de esta profecía
+aterradora.</p>
+
+<p>Avanzó acto continuo hasta las candilejas, don Rufo, el médico de la
+villa, hombre flaco, con barba de cazo, y gafas de oro. A las pocas
+palabras declaró explícitamente que, en su opinión, el pensamiento no es
+más que una función fisiológica del cerebro y el alma un atributo de la
+materia. Pero, ¿en qué parte del cerebro reside el foco de la actividad
+intelectual?—se pregunta el orador.—En su concepto, esta actividad
+tiene su centro en la «sustancia gris, parda o amarilla», y en modo
+alguno en la «sustancia blanca», que no es más que la conductora de tal
+actividad. Habló después de la <i>dura-máter</i>, de los <i>hemisferios</i>, de
+los <i>lóbulos frontal, parietal y occipital</i>, de la <i>hoz del cerebro y</i> de
+la <i>tienda del cerebelo</i>. En este punto tuvo una ocurrencia feliz,
+comparando bellamente las circunvoluciones de la sustancia gris a un
+montón de intestinos arrojados al acaso. Todas las facultades que
+llamamos del alma, no son sino funciones de esta sustancia gris, de este
+montón de intestinos. El cerebro segrega pensamientos como el hígado
+segrega bilis y los riñones orina. El orador termina afirmando que,
+mientras la humanidad no se penetre de estas verdades, no podrá salir
+del estado de barbarie en que yace.</p>
+
+<p>Como nunca quiso ser menos que el médico, pidió la palabra el profesor
+de veterinaria Navarro. Después de dedicar algunas frases a
+congratularse por la celebración de aquel <i>meeting</i> (ninguno de los que
+hablaron dejó de citar la palabreja) expuso algunas ideas muy razonables
+acerca de la angina gangrenosa del cerdo y su tratamiento profiláctico.
+El orador tropezaba, balbuceaba, sudaba para emitir su pensamiento. Pero
+esta deficiencia de expresión, la suplía cumplidamente la novedad y el
+interés que el tema ofrecía. A la sazón estaban falleciendo de anginas,
+en Sarrió, bastantes de aquellos simpáticos animales.</p>
+
+<p>El público, por más que escuchaba con respeto y simpatía estas noticias
+acerca de la enfermedad que aquejaba en aquel momento al ganado de
+cerda, sentía ya impaciencia por oir las declaraciones del presidente.
+Después de la alusión del hijo del Perinolo al asunto del periódico,
+todos ansiaban saber lo que había de cierto. Mientras Navarro disertaba,
+salió una voz de la cazuela gritando:</p>
+
+<p>—Que hable don Rosendo.</p>
+
+<p>Y aunque el público castigó con un enérgico chicheo esta grosera
+interrupción, era unánime la opinión de que Navarro como orador «no
+tenía condiciones».</p>
+
+<p>Por fin el hombre notable de Sarrió, el portaestandarte de todos los
+progresos, el ilustre patricio don Rosendo Belinchón, alzó su busto
+majestuoso por encima de la mesa.</p>
+
+<p><i>(Silencio, ¡chis, chis!—¡Callarse, señores!—¡¡Atención!!—¡Por favor,
+un poco de atención!)</i></p>
+
+<p>Estos fueron los gritos que salieron de la muchedumbre, aunque nadie
+había osado mover un dedo siquiera. Tal era el afán de escuchar la
+palabra presidencial.</p>
+
+<p>Como todos los hombres de espíritu realmente elevado y de ingenio
+penetrante, don Rosendo escribía mejor que hablaba. Sin embargo, su
+palabra reposada tenía un sello de grandeza que en vano se buscaría en
+los oradores que le habían precedido.</p>
+
+<p>—Señores (pausa), doy las gracias a todas las personas (pausa) que han
+acudido esta tarde (pausa) a la reunión que he tenido el honor de
+convocar (pausa mucho más larga durante la cual se suena con ruido).
+Tengo una verdadera satisfacción (pausa) en ver reunidos en este sitio a
+las personas más ilustradas de la villa (pausa) y a todos los que por
+uno o por otro concepto valen y significan algo.</p>
+
+<p><i>(Bravo: muy bien, muy bien.)</i></p>
+
+<p>Después de este exordio tan lisonjeramente acogido, manifestó el orador
+que lo que urgía en aquel momento era «levantar el nivel intelectual de
+Sarrió». Después añadió que su propósito al convocar este <i>meeting</i> no
+había sido otro que levantar este nivel. <i>(Aplausos prolongados.)</i> Para
+llevar a cabo tal empresa se consideraba sin fuerzas y méritos
+suficientes. <i>(Si, si. Aplausos.)</i> Pero contaba, creía contar al menos,
+con el auxilio poderoso de los muchos hombres de corazón y patriotismo,
+de inteligencia y de progreso que Sarrió encerraba. <i>(Muestras de
+aprobación.)</i> El medio que creía más eficaz para elevar a Sarrió a la
+altura que le correspondía, y hacerle rivalizar dignamente con otras
+villas, y aun ciudades marítimas de menos importancia, era la creación
+de un órgano que sostuviese sus intereses políticos, morales y
+materiales...</p>
+
+<p>—Y, señores (pausa), aunque todavía no se hayan orillado todas las
+dificultades (pausa), tengo el gusto de manifestar a esta ilustrada
+Asamblea... <i>(Atención, chis, chis. ¡Silencio!)</i> que tal vez en el
+próximo mes de agosto... (<i>¡Bravo, bravo! Ruidosos, frenéticos aplausos
+que interrumpen al orador por algunos momentos.)</i> Que tal vez en el
+próximo mes de agosto <i>(¡bravo, bravo! ¡silencio!)</i> la villa de Sarrió
+contará con un periódico bisemanal. <i>(Estrepitosos aplausos. Navarro
+arroja su sombrero de copa a la escena. Algunos otros espectadores
+siguen el ejemplo. Alvaro Peña y don Feliciano Gómez se ocupan en
+recogerlos y volverlos a sus dueños. La fisonomía de don Rosendo brilla
+con expresión augusta, y sus labios, al contraerse con una sonrisa
+feliz, dejan ver las dos filas simétricas de sus dientes, testimonio
+elocuente de los progresos odontálgicos.)</i></p>
+
+<p>—A pesar de esas manifestaciones de cariño que agradezco hasta el fondo
+del alma (pausa) el orgullo no me ciega. La escasez de mis fuerzas <i>(No,
+no)</i>, mi falta de ilustración <i>(No, no: aplausos)</i> hará que el órgano
+que funde no corresponda seguramente a las esperanzas del público.
+<i>(Voces de varios sitios: ¡Si corresponderá! Tenemos confianza.
+Aplausos.)</i> Pero si alguna vez (pausa) la falta de inteligencia puede
+ser suplida por la fe y el entusiasmo, será ciertamente ahora. Mi
+humilde pluma y mi modesta fortuna pertenecen al pueblo de Sarrió.
+<i>(Muestras vehementes de aprobación.)</i></p>
+
+<p>El nuevo periódico, según el orador, tenía «una gran misión que
+cumplir». Esta misión consistía en plantear las reformas, los progresos
+que la villa reclamaba. La necesidad de estas reformas y estos progresos
+«estaba en la conciencia de todo el mundo». El mercado cubierto se había
+hecho absolutamente indispensable. La carretera a Rodillero era el
+anhelo constante de ambos pueblos. En cuanto al macelo público don
+Rosendo se preguntaba con sorpresa cómo la villa podía consentir que
+existiese un foco de inmundicia como el actual, que era «un verdadero
+padrón de ignominia».</p>
+
+<p>Gabino Maza había estado escuchando con marcado desdén y disgusto desde
+su butaca, a cuantos habían hecho uso de la palabra. Revolvíase como si
+el asiento tuviese pinchos. Le venían ganas atroces de gritar a los
+oradores: «¡Burros, pollinos!» como acostumbraba a hacer en el
+Saloncillo, o de fulminar contra ellos uno de esos sarcasmos feroces que
+levantan roncha. «Aquellas payasadas» le habían revuelto la bilis. No
+era milagro. Ya conocemos la gran virtud de segregación que el hígado
+del ex marino poseía. Respiraba con fuerza, sonreía sarcásticamente,
+rechinaba los dientes y escupía a menudo, mostrando de este modo su
+desaprobación a todo lo que se había dicho, lo que se estaba diciendo y
+lo que se había de decir. De vez en cuando, dejaba escapar algún ¡bah! o
+algún ¡pouh! o un ¡ta! y otras partículas no menos significativas. Por
+último, en mitad del discurso de don Rosendo, o porque nada pudiese
+oponer a su grave elocuencia, o porque el ruido de los aplausos le
+exacerbase de modo irresistible, es lo cierto que salió de la sala, y
+comenzó a dar paseos por delante de la puerta del teatro en un estado de
+agitación lamentable. A los pocos momentos, volvió a entrar y subió a la
+cazuela. Allí, oyendo a don Rosendo tocar el punto del matadero, pidió
+por favor a la plebe que le dejase paso. Una vez en las primeras filas,
+gritó reciamente:</p>
+
+<p>—¡Aquí no se juega trigo limpio!</p>
+
+<p>Después, se retiró.</p>
+
+<p>No sabemos en qué consiste; pero es lo cierto, que siempre que en una
+reunión se insinúa por alguno la idea más o menos gratuita de que allí
+no se juega trigo limpio, tal afirmación produce efectos desastrosos.
+Esto es tanto más extraordinario, cuanto que por regla general, en las
+asambleas nadie lleva trigo en los bolsillos, ni limpio ni sucio. Y si
+por casualidad alguno lo llevase, es bien seguro que no le pasaría
+siquiera por el pensamiento jugar con él.</p>
+
+<p>Don Rosendo, al oir la frase, quedó repentinamente mudo y pálido. Un
+fuerte murmullo de sorpresa corrió por todo el ámbito del teatro.
+Algunos gritaron:—¡Fuera!—Otros dijeron:—¡Chis, chis!—Las miradas de
+todos, después de escrutar las alturas de la cazuela, se dirigieron a la
+presidencia. Don Rosendo turbado aún, y con voz algo enronquecida, dijo:</p>
+
+<p>—Señores: Si con esas palabras se quiere manifestar que yo, al convocar
+esta reunión, he abrigado algún pensamiento bastardo, mi delicadeza no
+me permite continuar en este sitio, y me retiro...</p>
+
+<p>—¡No, no! ¡Que siga! ¡Viva el presidente!</p>
+
+<p>—Yo estoy seguro, señores—dijo el orador visiblemente conmovido,—de
+que el individuo que ha gritado no es vecino de Sarrió, no ha nacido en
+Sarrió, ¡no puede ser de Sarrió!</p>
+
+<p>Habiendo murmurado uno que el interruptor era de Nieva, se armó en el
+teatro terrible confusión y estruendo. Un grito formidable de:—¡Mueran
+los mazaricos! ¡Viva Sarrió!—se eleva de todas partes. Hay que advertir
+que en Sarrió se llamaba a los habitantes de Nieva <i>mazaricos</i> a causa
+quizá del gran número de pájaros de este nombre que allí suele haber,
+mientras los de Sarrió eran llamados en Nieva <i>pinzones</i>, por la misma
+razón.</p>
+
+<p>Sosegados al fin los ánimos, don Rosendo da las gracias y cede a las
+instancias del público.</p>
+
+<p>—Antes de ocupar otra vez este sitial (el presidente se había retirado
+al fondo del escenario), debo manifestar que si ese papagayo... o
+mazarico (<i>risas</i>) pretende arrancarme una declaración acerca del
+problema del macelo público, no tengo inconveniente en hacerla, porque a
+mí no me duelen prendas. <i>(Viva, curiosidad. No se oye una mosca
+volar.)</i> Yo declaro solemnemente, señores, que el nuevo macelo, en mi
+concepto, no debe emplazarse en otro sitio que en la Escombrera.
+<i>(Inmensa sensación.)</i></p>
+
+<p>El orador termina con pocas palabras más su grandioso discurso, y
+levanta la sesión. Los espectadores salen del teatro medio asfixiados,
+tanto por las múltiples emociones que en poco tiempo habían
+experimentado, como por los treinta y ocho grados centígrados que había
+en el local.</p>
+
+
+
+<div class='chapter' /><h2 class="top15"><a name="IX" id="IX"></a>IX</h2>
+
+<p class="c">Historia de una lágrima</p>
+
+
+<p>Esto pasaba en las altas esferas. En los dominios obscuros de la vida
+privada ocurrían al mismo tiempo algunos sucesos, que aunque no tan
+memorables, no dejaban de tener importancia para las personas que en
+ellos intervinieron.</p>
+
+<p>Al día siguiente de la entrevista de Venturita y Gonzalo, que hemos
+narrado, éste no visitó la casa de su prometida. Permaneció en la suya,
+fingiéndose aquejado por un fuerte dolor de muelas. Tal fué al menos la
+noticia que llegó hasta Cecilia por conducto de Elvira, la doncella, que
+había visto al criado de don Melchor en la plaza. Al otro día, como no
+pareciese tampoco, la familia supuso que aún seguía el dolor. Nadie
+dudaba más que Venturita y Valentina. La bordadora huía de tropezar con
+la mirada de la niña. Quizá temería avergonzarla, quizá ella misma se
+sintiese avergonzada sin saber por qué. Venturita estaba tan risueña
+como siempre. Cecilia, a quien sólo se le conocía el mal humor en que
+hablaba menos, sacó de su cómoda un elixir dentrífico, copió una oración
+a Santa Polonia que le habían dado, y llamando con misterio a Elvira, le
+dijo toda ruborizada:</p>
+
+<p>—Elvira, ¿quieres hacerme el favor de llevar este frasco y este papel
+al señorito Gonzalo?</p>
+
+<p>—¿Ahora mismo?</p>
+
+<p>—Cuando puedas... Si ahora no tienes que hacer... Quisiera que no se
+enterasen...</p>
+
+<p>—Descuide usted, señorita—respondió la morenita pálida sonriendo con
+amabilidad;—nadie sabrá una palabra. Su mamá me va a mandar por
+almidón, y a la vuelta, ¡zas! me encajo allá.</p>
+
+<p>Al recibir Gonzalo el recado, sintióse acometido de punzantes
+remordimientos. Comenzó a pasear agitadamente por su cuarto. Tres o
+cuatro veces estuvo a punto de tomar el sombrero y plantarse en casa de
+Belinchón, y dejar que las cosas siguiesen como habían comenzado. Los
+sentimientos honrados, bondadosos y compasivos que en su corazón
+existían; la voz de la razón que abogaba en defensa de Cecilia; <i>el
+ángel</i>, en una palabra, que todo hombre lleva dentro de sí, le incitaba
+para que lo hiciese. La imagen gentil y graciosa de Venturita, presente
+al recuerdo; el fuego de sus ojos que aún le relampagueaba por el alma;
+el dulce contacto voluptuoso de sus cabellos de oro; <i>el demonio</i>, en
+fin, le retenía. Gonzalo era un hombre sano de cuerpo, de músculos
+poderosos, rico de sangre, pero muy pobre de voluntad. Los diablos temen
+más a los temperamentos exhaustos que a los opulentos como el suyo. La
+batalla que el demonio y el ángel libraron, no duró mucho tiempo. Vino a
+decidirla, en favor del primero un billetito de Ventura que Generosa, la
+otra doncella de la casa, le trajo. Decía así: <i>No te impacientes. Hoy
+hablaré a mamá. Ten confianza en tu—Ventura.</i></p>
+
+<p>La mirada de la doncella al entregárselo, donde creyó advertir a pesar
+de la sonrisa una tácita censura, le turbó un poco. Despidióla con larga
+propina. Al abrir después con mano trémula la carta, percibió el perfume
+de sándalo que Venturita usaba. Ofrecióse súbito a su imaginación la
+imagen hermosa provocativa de la niña, y removió las últimas fibras que
+en su ser aún no habían vibrado. Acercóla a los labios, y embriagado y
+palpitante de deseo, la besó con frenesí repetidas veces.</p>
+
+<p>¡Pobre Cecilia! Tomaba el primer pedazo de papel que le venía a la mano,
+y sin cuidarse de guardarlo entre esencias, escribía a su novio con
+lápiz la mayoría de las veces. ¡Si las mujeres supiesen la importancia
+de estos miserables pormenores!</p>
+
+<p>Venturita había dado vueltas todo el día alrededor de su madre,
+esperando ocasión de hablarla sin testigos. A la hora del crepúsculo,
+cuando las costureras se fueron, madre e hija quedaron al fin solas.
+Cecilia se había retirado a su cuarto dominada por la tristeza que había
+disimulado con trabajo durante el día. Doña Paula estaba sentada en una
+butaca con los ojos clavados en el balcón, recogiendo los últimos rayos
+de la luz moribunda, en actitud melancólica y reflexiva, poco frecuente
+en ella. Parecía presentir el disgusto que se cernía sobre su cabeza.
+Venturita colocaba los bastidores en un rincón y los tapaba con un
+lienzo, arreglaba las sillas y arrastraba la cesta de la costura a un
+lado para que no estorbase.</p>
+
+<p>—Avisa que traigan luz—dijo doña Paula.</p>
+
+<p>—¿Para qué?—respondió la niña sentándose en una silla baja a su
+lado.—Ya está todo arreglado.</p>
+
+<p>Su madre volvió a entornar los ojos hacia el balcón y quedó en la misma
+actitud melancólica. Al cabo de unos momentos de silencio, Venturita
+tomó su mano y la llevó con ternura a los labios. Doña Paula volvió la
+cabeza con sorpresa. Pocas veces, por no decir nunca, su hija menor le
+había dado este beso respetuoso. Sonrió con dulzura y tomándole la barba
+entre los dedos, le dijo:</p>
+
+<p>—¿Estás contenta con el vestido?</p>
+
+<p>—Si, mamá.</p>
+
+<p>—Te hace un cuerpo muy bonito. En cuanto le toquen un poco en el pecho,
+quedará que ni pintado.</p>
+
+<p>La niña calló. Alzando los ojos al cabo de un instante le dijo,
+esforzándose en dar a su voz una inflexión segura:</p>
+
+<p>—Dime, mamá, ¿qué opinas de la retirada de Gonzalo?</p>
+
+<p>—¡La retirada de Gonzalo!—exclamó la señora volviendo con asombro la
+cabeza.—¿Qué quieres decir, criatura?</p>
+
+<p>—Sí, la retirada, porque a mí me consta que no está enfermo. Ayer
+estuvo toda la noche jugando al billar en el café de la Marina.</p>
+
+<p>—¡Bah, bah! ¿Tienes ganas de reir?</p>
+
+<p>—No me río, mamá, hablo en serio.</p>
+
+<p>—¿Y quién te ha dicho a ti eso?</p>
+
+<p>—Lo sé por Nieves, que se lo dijo su hermano.</p>
+
+<p>—Puede que le haya aliviado el dolor por la noche y saliese a
+esparcirse un poco.</p>
+
+<p>—Y entonces, ¿por qué no ha venido hoy?</p>
+
+<p>—Porque le habrá vuelto otra vez.</p>
+
+<p>—No lo creas, mamá... Ten la seguridad de que Gonzalo no quiere a
+Cecilia.</p>
+
+<p>—¿Sabes lo que estás diciendo, necia? Hazme el favor de callarte, antes
+que me enfade.</p>
+
+<p>—Me callaré; pero las pruebas de cariño que está dando no son grandes.</p>
+
+<p>—¡Tendría que ver eso!—dijo la señora volviéndose airada.—Si Gonzalo
+es mucho, Cecilia es más... A mi hija no la desprecia ni Gonzalo ni el
+Príncipe de Asturias, ¿sabes?... Me enteraré de lo que acabas de decir,
+y si resulta cierto, ya tomaré yo mis medidas.</p>
+
+<p>Doña Paula era de natural bondadoso y tierno, amiga de los pobres y
+generosa; pero tenía la altivez irreflexiva y la susceptibilidad
+exagerada de las artesanas de Sarrió.</p>
+
+<p>—No, mamá, no se trata de eso. ¿Quién te ha dicho que Gonzalo desprecia
+a Cecilia?</p>
+
+<p>—Tú misma. ¿Por qué no la quiere entonces?</p>
+
+<p>Venturita se detuvo un instante, y respondió con firmeza:</p>
+
+<p>—Porque me quiere a mí.</p>
+
+<p>—Vamos—dijo la señora sonriendo.—Ya debí comprender desde el
+principio que era todo una broma.</p>
+
+<p>—No es broma, es la pura verdad... Y si quieres convencerte,
+entérate...</p>
+
+<p>Sacó al mismo tiempo del pecho una carta que llevaba a prevención, y se
+la alargó.</p>
+
+<p>Doña Paula se puso en pie vivamente, y gritó:</p>
+
+<p>—¡Pronto!... ¡Una luz, pronto!</p>
+
+<p>Venturita tomó una caja de cerillas que había sobre el costurero, y
+encendió una.</p>
+
+<p>Madre e hija estaban pálidas. Aquélla arrimó la carta a la luz. En
+cuanto leyó unos cuantos renglones, se dejó caer en la butaca, y
+clavando los ojos con expresión dolorosa en su hija, le dijo:</p>
+
+<p>—Ventura, ¿qué has hecho?</p>
+
+<p>—¿Yo? Nada—respondió la niña tirando al suelo la cerilla que tocaba a
+su fin.</p>
+
+<p>—¿Nada te parece, loca, impedir el matrimonio de tu hermana, engañarla
+miserablemente, dar un escándalo en la villa como nunca se habrá visto?</p>
+
+<p>—Yo no he hecho nada de eso. El fué quien se me declaró. ¿Es pecado
+dejarse querer?</p>
+
+<p>—En esta ocasión, sí—replicó con severidad la señora.—A la primera
+señal debiste advertirme. Consentir que te hablase de otro modo que como
+una hermana, era hacer traición a tu hermana y hacerte a ti muy poco
+favor.</p>
+
+<p>—Pues ya está—replicó la niña en tono desdeñoso.</p>
+
+<p>—Pues no estará—replicó doña Paula con enojo y levantándose.—¿Qué te
+has propuesto, vamos, di?... Mejor dicho, ¿qué os habéis propuesto?</p>
+
+<p>—Debes suponerlo.</p>
+
+<p>—Casaros, ¿verdad?—preguntó en tono sarcástico.</p>
+
+<p>—¡Qué equivocada estás!... El matrimonio de tu hermana quedará
+deshecho... Desde ahora mismo lo doy por deshecho... ¡pero lo que es tú,
+bien libre estás de casarte con Gonzalo... ni de que éste ponga siquiera
+los pies más en casa...! En primer lugar, tú eres una mocosa que
+debieras estar jugando con las muñecas y recibiendo azotes... y aunque
+no lo fueras, ni tu padre ni yo podíamos consentir que te casaras con un
+hombre que ha engañado miserablemente a tu hermana y nos ha engañado a
+todos... Lo menos que diría la gente es que estamos muertos por hacerle
+nuestro yerno. ¡Que se te quite, niña!</p>
+
+<p>—Pues que quieras o no quieras—dijo Venturita retrocediendo de
+espalda hacia la puerta,—me casaré.</p>
+
+<p>Doña Paula quiso castigar la insolencia; pero la niña salió
+precipitadamente, sujetó la puerta, y entreabriéndola después, dijo con
+acento rabioso:</p>
+
+<p>—¡Me casaré! ¡me casaré! ¡me casaré!</p>
+
+<p>Al día siguiente, Gonzalo recibió una carta de ella, que decía: «Ayer
+hablé con mamá. Se ha enfadado mucho. Hoy hablaré otra vez, y espero que
+cederá. Ten confianza.»</p>
+
+<p>Y en efecto, aquella misma mañana madre e hija volvían a tener habla en
+el cuarto de la última. Fué larga, y no sabemos lo que en ella pasó.
+Doña Paula salió al cabo de una hora con los ojos enrojecidos de llorar,
+llevándose la mano al corazón, del cual padecía a menudo, en dirección a
+su cuarto, y se acostó. Ventura salió en pos de ella, serena; pero
+pálida. Llamó a Generosa, su confidente, y le dió un recado para
+Gonzalo. Este, a las nueve de la noche, se paseaba por delante de la
+casa de Belinchón. Pocos minutos después, Venturita abría la ventana del
+escritorio, que estaba en la planta baja y tenía rejas.</p>
+
+<p>—Ya está todo arreglado—dijo en voz de falsete luego que el joven se
+hubo acercado.</p>
+
+<p>—¿Cómo? ¿De veras?—preguntó éste con alegría.</p>
+
+<p>—¡Oh, buen trabajo me ha costado! Estaba furiosa.</p>
+
+<p>—¿Y tu papá?</p>
+
+<p>—Papá aún no sabe nada; pero cederá también... ¡Vaya si cederá!... La
+receta no puede ser más eficaz.</p>
+
+<p>—¿Qué receta?</p>
+
+<p>—La que he empleado... La cosa se había puesto tan fea, que ya estaba
+resuelto que tú no volvieras más a casa. A mí me mandaba a Tejada en
+castigo. Ni súplicas ni razones valían de nada. Estaba loca de ira. Te
+llamaba infame y traidor. A mí, ¡figúrate cómo me pondría!... Entonces
+no tuve más remedio que apelar al último recurso... por más que sea un
+poco fuerte—añadió en voz más baja y alterada.</p>
+
+<p>—¿Qué recurso?—preguntó Gonzalo con curiosidad.</p>
+
+<p>Venturita guardó silencio algunos momentos. Al cabo respondió
+avergonzada:</p>
+
+<p>—Le dije... le dije que tú y yo no podíamos menos de casarnos ya.</p>
+
+<p>—¿Pues?</p>
+
+<p>—Pues... pues... adivínalo—dijo la niña con impaciencia.</p>
+
+<p>En efecto, Gonzalo adivinó y experimentó una impresión de repugnancia y
+temor. Calló obstinadamente por algún tiempo. Venturita le preguntó al
+fin:</p>
+
+<p>—¿Te ha parecido mal?</p>
+
+<p>—Sí—respondió secamente.</p>
+
+<p>—Pues dispensa, chico... Mañana le diré que todo ha sido una mentira...
+y hemos concluído.</p>
+
+<p>—Nada se adelanta ya. Lo que me parece mal no es el resultado, como
+debes comprender, sino que haya salido eso de ti.</p>
+
+<p>—Más pierdo yo que tú.</p>
+
+<p>—¡Por lo mismo lo siento!</p>
+
+<p>—Bien, pues dale expresiones—replicó desabridamente levantándose del
+alféizar de la ventana, donde estaba sentada.</p>
+
+<p>Gonzalo alargó la mano por entre las rejas, y la retuvo por el vestido.</p>
+
+<p>—Espera.</p>
+
+<p>La tela crujió.</p>
+
+<p>—Ya me has roto el vestido, ¿lo ves?</p>
+
+<p>—Si no te disparases tan pronto...</p>
+
+<p>Y logrando cogerla por un brazo, la obligó a sentarse.</p>
+
+<p>—¡Qué barbaridad!—exclamó la niña riendo.—Así deben hacerse el amor
+los osos.</p>
+
+<p>—¿Me quieres?—preguntó Gonzalo riendo también.</p>
+
+<p>—No.</p>
+
+<p>—Sí.</p>
+
+<p>—No.</p>
+
+<p>—Dame la mano de amigo.</p>
+
+<p>La niña le alargó su blanca y primorosa mano, y el hercúleo mancebo la
+besó con pasión repetidas veces.</p>
+
+<p>—Hasta mañana. Ya te daré noticias de lo que ocurra—dijo levantándose
+otra vez.</p>
+
+<p>Gonzalo se alejó. A los cuatro pasos se le ocurrió que las noticias
+tenían que ser referentes al modo como Cecilia recibía la de su desleal
+conducta, y su frente se arrugó de nuevo con expresión dolorosa.</p>
+
+<p>A vueltas con esta preocupación cruzó distraído la Rúa Nueva, entró en
+la plaza de la Marina, siguió caminando por el muelle y se alargó hasta
+la punta del Peón. La noche estaba serena y despejada. Las estrellas
+centelleaban en el firmamento cabrilleando en las aguas tranquilas de la
+bahía. La jarcia de los buques surtos en ella se destacaba con bastante
+claridad del fondo azul obscuro. Aún no había sonado el grito de
+«apafogones», y se notaban en ellos algunas luces y algún movimiento.
+Los marineros, recostados sobre la obra muerta, departían antes de
+retirarse al camarote. De vez en cuando, mirando hacia un gran vapor
+inglés anclado en el medio, gritaba uno: «<i>All right</i>» exagerando la
+pronunciación: «<i>all right</i>», contestaban de un patache. El grito se iba
+repitiendo en todas las goletas, pataches y quechemarines. Era la broma
+que gastaban con los ingleses que allí arribaban. Pero el gran vapor se
+mantenía silencioso, cabeceando flemáticamente con ese desprecio tan
+profundo que nadie mejor que un hijo de Albión sabe afectar.</p>
+
+<p>En la punta del Peón se tropezaba con tal cual paseante que tomaba el
+poco fresco que había. Era una de las noches más calurosas de agosto.
+Gonzalo, atormentado por el calor y por la idea de su comprometida
+situación, se paseaba con el sombrero en la mano. Antes de llegar al
+término del malecón, percibió sobre el segundo paredón una figura
+gigantesca.</p>
+
+<p>—Allí está mi tío—se dijo.</p>
+
+<p>El viejo marino pasaba una gran parte de su existencia sobre aquel
+paredón, en íntimo coloquio con el mar, su antiguo amigo y compañero.
+Para él no tenía secretos el terrible Océano, ora durmiese tranquilo en
+su inmenso lecho de arena, ora despertase furioso escupiendo al cielo
+sus espumas. Podía dar nuevas seguras y anticipadas de sus cóleras, de
+sus desmayos, de sus sonrisas, de sus más profundas palpitaciones. El
+monstruo le abría su seno líquido, como a un confidente leal: le decía
+cuánto se aburría en su prisión de granito, y qué ganas le acometían a
+veces, presenciando las infamias de los hombres, de precipitarse sobre
+la tierra, y barrer de una vez este asqueroso hormiguero. Y el buen
+caballero solía responderle, pensando en el crimen que acababa de leer:</p>
+
+<p>—Tienes razón, camarada; yo, en tu caso, es posible que lo hiciera.</p>
+
+<p>Por nada en el mundo dejaría don Melchor de dar sus paseos matutinos,
+vespertinos y nocturnos por la punta del Peón. En vida de su mujer,
+cuando estaba acatarrado, veíase precisado a prescindir de estas
+visitas, y era lo que más le atormentaba. Ahora que, por desgracia, no
+tenía quien le sujetase, acatarrado y todo salía.</p>
+
+<p>—Para los catarros, no hay nada como el aire libre del mar.</p>
+
+<p>Cuando de tarde en tarde se resentía del estómago, bebía un par de vasos
+de salmuera, y quedaba arreglado.</p>
+
+<p>—No hay purga tan natural, tan eficaz e inofensiva como el agua del
+mar.</p>
+
+<p>En cierta ocasión adoleció de una pierna. Dos úlceras le fueron
+corroyendo la carne, hasta dejar descubierto el hueso. Los médicos, no
+sólo daban por perdida la pierna, sino que temían por su vida.
+Desahuciado ya, tuvo la audacia de hacer que le llevasen a la playa y le
+bañasen. A los nueve baños, las úlceras estaban cerradas. Imagínese lo
+que pensaría después de esto, de la virtud curativa del mar.</p>
+
+<p>En cambio, tenía marcada ojeriza a los ríos. El aire del río le ponía
+ronco. La humedad le daba dolores de reuma. Las nieblas le sofocaban y
+le ponían asmático. Eso de que el aire fuese en ellos «encallejonado»,
+le inspiraba una aversión y un desprecio indecibles.</p>
+
+<p>Don Melchor dormía poco. Se levantaba con estrellas, y en cuanto se
+levantaba subía al mirador, escrutaba el cielo y el mar, y después de
+haber trazado en la cabeza un estado meteorológico provisional del día,
+bajaba a fijarlo definitivamente a la punta del Peón. Allí establecía de
+una vez si el viento era <i>entablado</i> o simple <i>vahajillo</i>, si era
+francamente <i>a la estrella</i> o se inclinaba al cuarto cuadrante; si el
+semblante estaba <i>calimoso</i> o <i>cerrado</i>; si la mar estaba <i>picada</i> o <i>de
+leche</i>; cuánto tiempo duraría todo esto; qué viento apuntaría al
+mediodía; si la mar sería gruesa a la tarde o abonanzaría, etc., etc. No
+podría tomar el chocolate si no hubiese hecho tales observaciones.</p>
+
+<p>Y, en verdad, que aunque esto parezca una manía, téngola por menos
+insensata que la de levantarse de la cama para escrutar el rostro del
+vecino, si está limpio o sucio, alegre o aborrascado, si come o si
+ayuna, si duerme o si vela, si huelga o trabaja, cuánto tiempo permanece
+en casa, y qué rumbo toma cuando sale.</p>
+
+<p>Gonzalo subió al segundo paredón con un deseo irresistible de desahogar
+el pecho, y poner a su tío al tanto de lo que ocurría. Y eso que la
+condición brusca y severa de éste no se amoldaba muy bien a las
+confidencias amorosas. Pero la ocasión era crítica y precisa. Don
+Melchor, que con el peso de los años solía doblar un poco el cuerpo
+hacia adelante, al ver acercarse un hombre a él, se irguió. Porque era
+empeño el que tenía en que nadie advirtiese su decadencia y le diputasen
+por varón inexpugnable.</p>
+
+<p>—¿Eres tú, Gonzalillo?</p>
+
+<p>—El mismo, tío.</p>
+
+<p>—¡Milagro! A ti te gusta más ver rodar las bolas de marfil que las
+olas.</p>
+
+<p>—No; hoy no he jugado al billar. Me encuentro triste, preocupado... y
+quisiera hablar con usted de un asunto serio, a ver qué me aconseja.</p>
+
+<p>Don Melchor le miró con sorpresa.</p>
+
+<p>—¿Un asunto serio?</p>
+
+<p>—Sí... Vamos a ver, tío: ¿usted se casaría con una mujer a quien no
+quisiera?</p>
+
+<p>—¡Qué pregunta! El matrimonio a mi edad es un barreno en los fondos,
+querido.</p>
+
+<p>—¿Pero si fuese joven, se casaría?...</p>
+
+<p>—Jamás.</p>
+
+<p>—Pues bien, tío... Yo no quiero a Cecilia.</p>
+
+<p>—¿Que no quieres a Cecilia?—exclamó estupefacto el caballero.</p>
+
+<p>Hay que advertir que don Melchor sentía un cariño ciego, casi adoración
+por la prometida de su sobrino. Para él aquella criatura era sagrada.
+Desde que Gonzalo se fijó en ella y él lo supo, la hizo objeto de una
+observación pertinaz lo mismo que si estuviese reconociendo el casco de
+un buque antes de arbolarlo. La halló buena, callada, inteligente y
+hacendosa, y sintió una intensa alegría amargada tan sólo por la noticia
+de que los novios no se irían a vivir con él. Visitaba poco la casa de
+Belinchón, pero cuando tropezaba a la joven en la calle, nunca dejaba de
+pararla, mostrándose tan galante y expresivo como jamás le había visto
+nadie.</p>
+
+<p>—¿Que no la quieres?—repitió.—¿Y por qué no la quieres, zopenco?</p>
+
+<p>—No lo sé. Hice esfuerzos sobrehumanos por cobrarle amor, y no lo he
+conseguido.</p>
+
+<p>—¿Y ahora te acuerdas de eso? ¿Un mes antes de casarte? Vamos, Gonzalo,
+a ti hay que darte una carena en la cabeza.</p>
+
+<p>—Es una atrocidad... lo comprendo... pero yo no puedo resignarme a ser
+desgraciado toda la vida.</p>
+
+<p>—¡Desgraciado! ¿Y llamas desgracia, grandísimo zarramplín, casarte con
+una joven tan buena y tan hermosa que no hay otra en Sarrió que le
+llegue a la suela de los zapatos?</p>
+
+<p>Gonzalo no pudo menos de sonreir.</p>
+
+<p>—Cecilia es una buena muchacha, digna de casarse con un hombre mejor
+que yo... pero, hermosa, tío...</p>
+
+<p>—¡Hermosa, sí, hermosa, majadero!—exclamó furioso el señor de las
+Cuevas.—¿Serás capaz de poner tachas a un ángel?</p>
+
+<p>El veterano estaba (aunque la afirmación cause asombro) en la edad en
+que mejor se siente la poesía de la mujer, que es la exquisita
+sensibilidad, la resignación, la dulzura, el sacrificio y no la efímera
+disposición de la forma, como juzga la impetuosa y desapoderada
+juventud.</p>
+
+<p>—No riñamos por eso.</p>
+
+<p>—Sí reñiremos... No quiero que vuelvas a hablarme de Cecilia de ese
+modo... ¡Vaya, vaya!</p>
+
+<p>—Bien; pues confieso que Cecilia es una chica muy linda... pero...</p>
+
+<p>—¿Pero qué?</p>
+
+<p>—Pero yo no puedo quererla... porque ya quiero a otra.</p>
+
+<p>—¡Qué mil diablos estás diciendo ahí, muchacho!—profirió don Melchor
+sujetando por el brazo a su sobrino y sacudiéndole.</p>
+
+<p>—No puedo remediarlo, tío. Estoy enamorado hasta el cogote de su
+hermana Ventura.</p>
+
+<p>—¿Estás en tu juicio o entre dos aguas, rapaz?</p>
+
+<p>—Hablo en serio... La quiero, y ella me quiere.</p>
+
+<p>—¿Y crees que con eso está dicho todo?—dijo el anciano cada vez más
+irritado.—¿Crees que así se puede faltar a un compromiso sagrado?
+¿Crees que así se puede dejar a una joven expuesta a la burla de la
+población? ¿Crees que habrá padres que autoricen semejante infamia?</p>
+
+<p>—Tío—respondió Gonzalo suavemente,—antes de atreverme a decirle a
+usted lo que acaba de oir, han ocurrido cosas que me obligaban a dar
+este paso. Mis relaciones con Venturita son formales. Su madre las
+conoce y las ha autorizado, y a estas horas también su padre debe tener
+noticia de ellas.</p>
+
+<p>—¿Y las autorizará?</p>
+
+<p>—Estoy seguro de ello.</p>
+
+<p>Don Melchor dejó el brazo de su sobrino que tenía cogido, y se llevó la
+mano a la frente. Estuvo un rato largo sin hablar.</p>
+
+<p>Al cabo dijo con palabra lenta y acento melancólico:</p>
+
+<p>—Bien está... Yo nada puedo hacer para evitar esa vergüenza... ¡porque
+es una vergüenza!—añadió con energía.—Eres mayor de edad, y aunque no
+lo fueses, en estos asuntos no intenvendría jamás.</p>
+
+<p>—¿Se enfada usted?</p>
+
+<p>—Tampoco cabe aquí el enfadarse. Lo siento únicamente. Lo siento por
+ella, pues he llegado a cobrarla cariño... y lo siento aún más por ti,
+Gonzalo. Al hombre que falta a su palabra, no puede ayudarle Dios...
+Estabas ya a bordo de un barco seguro, de porte, de madera blanca bien
+sangrada, con los fondos forrados, los árboles recios y el aparejo
+limpio y sencillo, y lo dejas para embarcarte en otro más ligero y
+galán... Buen provecho te haga. Pero ten en cuenta, hijo, que el viaje
+es largo, la mar ancha y brava; lo que ahora es bonanza, en un instante
+se convierte en marejada de leva; el viento no siempre fresquito, y
+cuando arrecia, se pone pesado de veras. Entonces no valen primores en
+la arboladura ni pinturas en las bandas, sino madera, mucha madera. Dame
+quillas, y te daré millas. De poco vale salir empavesado del puerto si
+el casco no puede con el aparejo... Ya sabes que Cecilia me gustaba...
+Siento mucho no poder decirte lo mismo de su hermana... Esto no es
+hablar contra ella. Ni la conozco bastante, ni a mí me corresponde
+hacerlo; pero puedo y debo decirte mis sentimientos, aunque no hagas
+caso de ellos...</p>
+
+<p>—¡Oh, tío!...</p>
+
+<p>—Nada, nada, querido: cuando a un muchacho le cae sobre la cabeza un
+suestazo de éstos, es menester arriar de salto las escotas y dejarle
+navegar a bolina desahogada. Tú estás requemado al parecer... bueno,
+pues refréscate... Pero ten en cuenta que ni llevas rumbo seguro, ni
+obras como caballero.</p>
+
+<p>—¡Tío!</p>
+
+<p>—Más claro que yo, el agua, querido. Si has logrado vencer la
+resistencia de los padres, y si has salvado las dificultades, no
+lograrás por eso hacer de lo blanco negro, no convertir una mala acción
+en buena... Pica, pica los cables y larga vela. Yo soy viejo ya, y tengo
+esperanza de no verte correr los temporales que sobre ti han de caer...
+Pero si Dios quisiera darme ese castigo, si algún día, por mis pecados,
+te viese correr a palo seco y bebiendo agua por las bordas... sentiré,
+hijo mío, no tener fuerzas ya para tirarte un cabo.</p>
+
+<p>La voz del anciano se había conmovido al pronunciar estas últimas
+palabras. Gonzalo sintió apretársele el corazón. Guardaron silencio
+obstinado un buen rato. Al cabo don Melchor dijo:</p>
+
+<p>—¿Vienes a cenar, Gonzalito?</p>
+
+<p>—Ahora no tengo apetito, tío; allá iré un poco más tarde.</p>
+
+<p>—Bien, pues hasta ahora—pronunció tristemente el señor de las Cuevas.</p>
+
+<p>Y se alejó lentamente en dirección de tierra, perdiéndose a poco entre
+las sombras.</p>
+
+<p>Gonzalo quedó como estaba, de bruces sobre el pretil del paredón,
+contemplando el mar que lo batía suavemente. Las olas, después de chocar
+en la piedra con leve y hueco estampido, retrocedían corriendo sobre las
+otras, y producían rumor semejante al de una cortina que se despliega.
+De sus espumas brotaba la claridad fosforescente acusando la presencia
+de los millones de millones de seres que allí habitan, con el mismo
+sosiego que nosotros en la tierra, a pesar de su vertiginosa marcha por
+los espacios. El monstruo dormía debajo del manto obscuro de la noche,
+tranquilo y feliz como un niño, a quien no agitan tristes ensueños.
+Apenas se percibía el blando soplo de su respiración en las concavidades
+de las peñas. Hacia el Poniente alzábase la negra silueta del cabo de
+San Lorenzo que avanzaba mar adentro buen trecho, y en su extremidad un
+faro movible desparramaba a intervalos iguales sus luces, ora blancas,
+ora verdes, ora rojizas. En el firmamento brillaban las estrellas con
+fulgor extraordinario. Hasta los innumerables soles de la vía láctea
+dejaban caer como nunca su blanca luz sobre la húmeda llanura. Júpiter
+relampagueaba en el cielo como el dios de la noche, rompiendo la
+obscuridad con sus hermosos rayos anaranjados..</p>
+
+<p>De pronto cambió la decoración. Allá hacia Levante el pálido semicírculo
+de la luna asomó su cuerno superior sobre las aguas dormidas. Una estela
+de luz corrió vivamente sobre ellas inflamándolas. El lucero divino
+recogió sus rayos con galantería, ante la luz serena de la diosa que
+empezó a levantarse lenta y majestuosamente, eclipsando los diamantes de
+todos tamaños que en torno suyo lucían. Alzábase en medio de una
+atmósfera radiante y espléndida, dibujando sobre ella sus graciosos
+contornos y esparciendo por el ambiente balsámico influjo. Y el Océano
+que dócil a él va y viene sin cesar desde el principio del mundo, se
+encendió en pura llama, tembló su vasto seno inflamado, y arrojó sus
+aguas a las peñas de Santa María como enormes capas de mercurio que al
+retirarse se sobreponían a otras y se fundían con ellas.</p>
+
+<p>Reinaba silencio sublime, un recogimiento de suavidad inefable en
+aquella escena tan vieja y tan nueva a la vez. La Naturaleza parecía
+suspender su curso para escuchar la eterna armonía de los cielos.</p>
+
+<p>Las olas se acariciaban blandamente sin osar interrumpir con ruidosos
+juegos la augusta serenidad de la noche.</p>
+
+<p>Gonzalo, a pesar de la viva inquietud en que la conversación con su tío
+le dejara, sintió la fascinación de aquel mar, de aquel cielo, de
+aquella luna, y su <i>agitación</i> se fué transformando en <i>tristeza</i>. Las
+severas palabras del viejo marino habían despertado a latigazos su
+conciencia. Renació con más furia que antes la lucha entre el ángel y el
+demonio. Una vez estuvo aquél a punto de vencer. El joven imaginó
+presentarse al día siguiente en casa de Belinchón, hablar con doña Paula
+y rogarla que no dijese nada a Cecilia y apresurase el matrimonio. Pero
+al instante se le ofreció a la mente la imagen de Venturita, y pensó que
+le sería imposible vivir al lado de ella, sin padecer horribles
+tormentos. Entonces, como acaece casi siempre en estas luchas, vino el
+período de las transacciones.—«Nada, lo mejor—se dijo—es huir,
+marcharse otra vez a Francia o Inglaterra, y no casarse con una ni con
+otra. De este modo no hay traición. La herida que causo a Cecilia se
+cicatrizará pronto. Hallará un marido que valga más qué yo, y cuando
+vuelva al cabo de algunos años, probablemente la encontraré feliz y
+rodeada de hijos...»</p>
+
+<p>Pero... ¡huir de Ventura! ¡Huir de aquella imagen radiante de felicidad!
+¡No escuchar más su voz que causaba en el alma delicias incomprensibles!
+¡No sentir el dulce contacto de su mano fresca y maciza como un botón de
+rosa! ¡Alejarse de sus ojos brillantes y risueños y magnéticos!... ¡Oh,
+no!</p>
+
+<p>Sentía la frente bañada en sudor. Una mortal congoja le acometió
+pensando en esto, como si ya la decisión estuviese tomada, y para salir
+de ella tuvo que decirse:—«Ya veremos, ya veremos... Ahora es muy
+difícil, casi imposible, volverse atrás... La madre ya lo sabe... Don
+Rosendo también... y Cecilia a estas horas acaso...»</p>
+
+<p>El ángel aflojó sus brazos, cansados ya, desprendió las manos y cayó al
+fin rendido. Si no con los del cuerpo, Gonzalo pudo ver con los ojos del
+espíritu su blanca imagen cruzar la atmósfera serena y hundirse en las
+aguas resplandecientes.</p>
+
+<p>Y lloró acometido de extraña tristeza. Esta clase de luchas nunca se
+efectúan en el alma humana sin desgarrarla por algún sitio. Para
+alcanzar la dicha necesitaba pisar el corazón de una inocente joven,
+violar un juramento, ser un traidor. Las palabras de su tío vibraban aún
+en sus oídos:—«Al hombre que falta a su palabra no puede ayudarle
+Dios.» Y, en efecto, él se consideraba indigno de esta ayuda. Un
+presentimiento cruel, indefinido, de desgracia, de muerte, de tristeza,
+le atravesó el pecho, y en intensa y rápida visión observó la fealdad
+de la vida sin virtud ni sosiego, como el caballero de la leyenda que,
+abrazado a una dama joven y hermosa, al oscilar la luz por la fuerza del
+viento la veía transformada en vieja, descarnada y hedionda.</p>
+
+<p>Las aguas batían suavemente el paredón a sus pies. Con los ojos clavados
+en ellas seguía distraído su movimiento ondulante. Las algas, sujetas al
+fondo, se agitaban con el vaivén de las olas semejando la cabellera de
+un muerto. ¡Qué bien se dormiría allí abajo! ¡Qué paz en aquel fondo
+transparente! ¡Qué mágica luz arriba! Gonzalo escuchó por primera vez en
+su vida la voz elocuente de la Naturaleza que invita a reposar en su
+seno maternal, esa voz dulce de irresistible atractivo que los
+desgraciados escuchan hasta en sueños, y que les impulsa tantas veces a
+acercar el frío cañón de una pistola a la sien.</p>
+
+<p>Fué un instante no más. Su feliz temperamento sanguíneo se rebeló contra
+ese llamamiento. La vida, que hervía exuberante en su naturaleza de
+atleta, rechazó con indignación aquel fugaz pensamiento de muerte. Un
+suceso insignificante, la aparición de una lucecita verde en los
+confines del horizonte, bastó para divertir su imaginación de aquellas
+ideas tristes.—«Un barco que quiere entrar—se dijo.—¿Qué hora será?
+(Sacó el reloj.) ¡Las diez y media ya! Si fuese un poco más temprano, me
+quedaría. Vamos a ver si aún está esa gente en el café y quiere jugar
+unos <i>chapós</i>.»</p>
+
+<p>Sacó un magnífico cigarro habano de la petaca, lo encendió, y chupándolo
+voluptuosamente, se fué acercando, poco a poco, al café de la Marina.</p>
+
+<p>Casi a la misma hora pasaba en casa de Belinchón una escena triste. Todo
+aquel día, había estado doña Paula en su lecho, quejándose de una fuerte
+opresión en el lado izquierdo, que le dificultaba mucho el respirar. No
+le gustaba llamar al médico, por esa antipatía invencible y aun terror
+que tiene la plebe a la ciencia. En cambio acostumbraba a propinarse
+cuantos remedios absurdos le aconsejaban las muchas mujerucas que
+acudían diariamente a su casa para sacarle los cuartos con viles e
+hiperbólicas adulaciones. Así, que no cesaron las fricciones de sebo de
+carnero, las tazas de hortelana, la enjundia de gallina, etc., etc. Por
+fin, a despecho de esta formidable terapéutica, la buena señora mejoró
+bastante al obscurecer: hasta quiso levantarse; pero se lo impidieron
+Cecilia y Pablito. Uno y otra la habían acompañado largos ratos sentados
+a la cabecera de la cama. En particular Cecilia apenas se separó más
+instantes que los necesarios para preparar las unturas y tisanas.
+Pablito hacía frecuentes, excursiones a los corredores, donde, por rara
+casualidad, tropezaba casi siempre a Nieves y la hacía pagar derechos de
+peaje. A veces, sus carcajadas reprimidas llegaban hasta el cuarto de la
+enferma, y ésta sonreía con benevolencia diciendo a Cecilia:</p>
+
+<p>—¡Qué locos!</p>
+
+<p>Sin ocurrírsele, por supuesto, que su adorado hijo pudiera hacer otra
+cosa que jugar al escondite.</p>
+
+<p>Según iba quedando libre y desembarazado su pecho, cargábasele la cabeza
+con el cuidado de comunicar a su hija aquella tan triste noticia que la
+había puesto en cama. No hacía más que dirigirle largas y melancólicas
+miradas, suspirando al mismo tiempo con señales de dolor. Varias veces
+había dicho:</p>
+
+<p>—Cecilia, oye.</p>
+
+<p>Y otras tantas, arrepentida, la había ordenado cualquier menudencia.</p>
+
+<p>Había cerrado la noche. Venturita encendió la lámpara veladora, y
+después se fué. Pablo, viendo a su madre mejor, y no teniendo ya ocasión
+de ejercer sus derechos señoriales en los pasillos de la casa, fué a dar
+una vuelta por el café. Quedaron madre e hija en la alcoba; la primera
+en la cama, tranquila ya; la segunda, sentada cerca de ella. Después de
+rato largo de silencio, durante el cual la señora de Belinchón dió mil
+vueltas en su cabeza para hallar una entrada que la llevase naturalmente
+a la confidencia que estaba obligada a hacer.</p>
+
+<p>—¿Han cosido hoy mucho las chicas?—preguntó.</p>
+
+<p>—No sé... Apenas he ido por allá—respondió Cecilia.</p>
+
+<p>—Me figuro que, si seguimos trabajando tanto, vamos a concluir
+demasiado pronto.</p>
+
+<p>—Puede ser.</p>
+
+<p>Doña Paula no supo cómo proseguir, y guardó silencio.</p>
+
+<p>Al cabo de algunos minutos cogió el hilo de nuevo.</p>
+
+<p>—En todo este mes de agosto quedará terminado el equipo... Y yo creo
+que tardaréis aún algunos meses en casaros.</p>
+
+<p>—¿Algunos meses?...</p>
+
+<p>—Me parece... Creo que Gonzalo no desea que la ceremonia sea tan
+pronto—dijo la señora con voz temblorosa.</p>
+
+<p>—¿Te lo ha dicho él?</p>
+
+<p>—Sí; me lo ha dicho... Digo, no, decírmelo, no... pero lo he adivinado
+por ciertas cosas... por algunas palabras indirectas....</p>
+
+<p>Doña Paula estaba aturdida y sofocada. Afortunadamente, Cecilia no podía
+observar bien el color encendido de sus mejillas.</p>
+
+<p>—Desearía saber qué palabras fueron ésas—manifestó la joven con
+firmeza.</p>
+
+<p>—¡No me lo preguntes, hija de mi alma!—exclamó la señora rompiendo a
+sollozar.</p>
+
+<p>Cecilia se puso fuertemente pálida, y dejó que su madre le besase con
+efusión la mano que tenía entre las suyas.</p>
+
+<p>Repuesta del susto, preguntó:</p>
+
+<p>—¿Qué ha pasado, mamá?... Habla.</p>
+
+<p>—Una cosa horrible, alma mía... ¡Una infamia!... Quisiera morirme en
+este momento, para no ver la ruindad, la maldad que se hace con una hija
+mía.</p>
+
+<p>—Tranquilízate, mamá. Estás enferma, y puede hacerte mucho daño esta
+emoción.</p>
+
+<p>—¡Qué importa! Te digo que quisiera morirme... Daría con gusto la vida
+por que no quisieras a Gonzalo... ¿Le quieres, corazón mío, le quieres
+mucho?</p>
+
+<p>Cecilia no contestó.</p>
+
+<p>—¡Dime, por Dios, que no le quieres!</p>
+
+<p>Cecilia siguió callada. Al cabo de algunos instantes dijo, esforzándose
+en vano por dar una inflexión segura a la voz:</p>
+
+<p>—Gonzalo renuncia a casarse conmigo, ¿verdad?</p>
+
+<p>A su vez doña Paula guardó silencio y ocultó su rostro lloroso entre las
+manos.</p>
+
+<p>Transcurrieron algunos instantes.</p>
+
+<p>—¿Tiene alguna queja de mí?</p>
+
+<p>—¡Qué ha de tener! ¿Quién podrá tener queja de ti, mi cordera?</p>
+
+<p>—Entonces, si es que ya no le gusto o no me quiere, ¿qué vamos a
+hacer?... Más vale que me desengañe a tiempo.</p>
+
+<p>—¡Oh!—gritó doña Paula rompiendo de nuevo a sollozar. Bajo la aparente
+resignación de su hija adivinaba un dolor profundo, que hacía esfuerzos
+por ocultarse.</p>
+
+<p>—¡Qué le vamos a hacer, mamá! ¿No vale más que me lo diga ahora que
+después de casados? ¿No comprendes la vida de tormentos que pasaría
+unido a una mujer a quien no quisiera?... La pena que puede causarme en
+este momento, por grande que sea, no puede compararse a la que tendría
+al saber que mi marido no me amaba. La pena entonces sería cada vez
+mayor hasta la muerte, mientras que ahora puede desaparecer o por lo
+menos calmarse... Acaso después que él se vaya, no viéndole en mucho
+tiempo le iré olvidando poco a poco...</p>
+
+<p>—Es... que no se va—profirió confusamente la señora.</p>
+
+<p>—Si no se va, paciencia... Procuraré no salir de casa, y así no le
+veré.</p>
+
+<p>—Es que... ¡hija de mi alma, tu desgracia es aún mucho mayor!...
+Gonzalo está enamorado de tu hermana.</p>
+
+<p>Cecilia se puso aún más pálida, hasta dar en lívida, y guardó silencio.</p>
+
+<p>Su madre le volvió a besar la mano con efusión. Después la trajo hacia
+sí y le cubrió de besos el rostro.</p>
+
+<p>—Perdóname que te esté martirizando de este modo... Por mucho que tú
+sufras, aun sufro yo más... Ayer por la tarde, tu hermana me lo vino a
+decir,.. Figúrate el susto y el dolor que habré recibido... Mi primer
+impulso fué ahogarla, porque es imposible que ella no tenga la mayor
+parte de la culpa... Me dió pruebas de que estaban ya hace tiempo en
+relaciones, me enseñó cartas... Luego, la falta de Gonzalo en estos
+días, lo hacía todo creíble. En cuanto estuve convencida de la traición,
+le dije lo que venía al caso, esto es, que yo no podía consentir que
+nadie hiciese burla de una hija mía, y que Gonzalo no pondría más los
+pies en esta casa en toda su vida; que tan villano y tan infame era él
+como ella... Todo lo que se me vino a la boca. Pero esta mañana... esta
+mañana supe una cosa más horrible todavía... Supe que tu hermana ha
+llegado donde no puedo ni quiero decirte. No hay más remedio que
+casarlos, y cuanto más pronto... Ya sabes por qué me ha dado esta
+opresión que por poco me mata, ¡y más valiera que así fuese!... Lo mismo
+tu padre que yo estamos cogidos, tenemos los brazos atados. Si no fuese
+así, antes que consentir en ese matrimonio, me harían primero pedazos...
+La infamia que contigo ha usado ese hombre, me lo hace aborrecible ya
+para toda la vida... ¡Sí, sí, para toda la vida!—añadió con acento
+iracundo.</p>
+
+<p>Cecilia no respondió. Cruzadas las manos sobre el regazo, y la cabeza
+inclinada sobre el pecho, miraba al suelo con ojos atónitos. Ni el
+discurso entrecortado y vehemente de su madre, ni los sollozos que le
+siguieron, lograron hacerla variar de actitud. Así permaneció un buen
+rato, inmóvil y blanca como una estatua.</p>
+
+<p>En aquellos grandes ojos extáticos, tembló al fin una lágrima, creció,
+vaciló... desprendióse rodando, dejando húmedo surco sobre sus mejillas
+marchitas, y cayó como una gota de fuego sobre su mano, que se dejó
+quemar sin moverse. Poco después, se había evaporado. Un ángel la
+recogió y la llevó a Dios para que pidiese cuenta de ella a quien
+correspondiese.</p>
+
+
+
+<div class='chapter' /><h2 class="top15"><a name="X" id="X"></a>X</h2>
+
+<p class="c">De la gloriosa aparición de «El Faro de Sarrió» en el estadio de la
+prensa.—Primeros fuegos de la batalla del pensamiento.</p>
+
+
+<p>Una nueva y clara luz amanecía sobre Sarrió, después de tantas
+tinieblas. Por la merced y gracia singular de Dios, hallóse la hermosa
+villa provista, cuando menos lo pensaba, de un órgano en la prensa,
+siquiera fuese semanal o «hebdomadario», según decía su ilustre
+fundador. Graves obstáculos, escollos peligrosos se oponían a la
+realización de la empresa. Todos supo vencerlos y evitarlos la
+perseverancia y el genio del hombre extraordinario que la tomara a su
+cargo. La primer dificultad vencida fué la del dinero. Se crearon
+cincuenta acciones de mil reales cada una, para el sostenimiento del
+periódico, de las cuales los amigos de don Rosendo sólo tomaron nueve;
+don Rudesindo cinco, don Feliciano dos y don Pedro Miranda, a pesar de
+su cuantiosa renta, otras dos nada más. En cuanto a los otros, Alvaro
+Peña, don Rufo, Navarro, etc., se disculparon con su falta de recursos,
+y no les faltaba razón. Además, ponían en el negocio su inteligencia,
+que es lo principal. Quedóse con las cuarenta y una restantes, don
+Rosendo. Grandeza singular de ánimo que causó excelente impresión en
+todos.</p>
+
+<p>Despacháronse emisarios a Lancia en busca de imprenta. No habiendo dado
+resultado sus gestiones, el mismo fundador se trasladó a la ciudad. Al
+cabo de algunos días tuvo la fortuna de descubrir a un impresor
+arruinado hacía algunos años, cuyos tórculos rotos y enmohecidos no
+había querido comprar nadie y yacían cubiertos de polvo en un obscuro
+sótano. Cuando don Rosendo fué a examinarlos en compañía de su dueño, no
+pudo menos de sentir respetuosa emoción. Un raudal de graves y profundas
+reflexiones se desprendió acto continuo de su mente al
+contemplarlos:—«He aquí—se dijo—los instrumentos más poderosos del
+progreso humano en vergonzosa holganza, no por culpa suya, sino por el
+abandono de los hombres. ¡Cuánta ilustración, cuánto pan espiritual
+pudieron esparcir en los años que llevan arrinconados y silenciosos!
+Mientras la barbarie y la ignorancia imperan en la mayor parte de
+nuestras comarcas, ellos, que son los únicos que tienen fuerza para
+desterrarlas, permanecían aquí inmóviles, faltos de una mano que los
+empuje y arranque de sus entrañas los secretos de la ciencia y la
+política.»</p>
+
+<p>Poco faltó para que los besara y abrazara tiernamente. El impresor,
+hallándole en tan benévola disposición de ánimo respecto de ellos, no
+quiso ser menos, y se declaró enamorado hasta los huesos de sus
+instrumentos. Por ningún dinero consentiría en desprenderse de aquellos
+antiguos compañeros que le habían ayudado a ganarse el pan (y el vino
+también, según lo que se decía por el pueblo). Cantó sus excelencias con
+tal fuego y entusiasmo, como si fueran sus padres y sus hermanos y a
+ellos debiera el soplo de vida que le animaba, e hizo además la
+importante declaración de que imprimían, si no tan pronto, mejor y mas
+limpio que todas las prensas conocidas hasta el día. De acuerdo con
+estos extremos, don Rosendo se esforzó, no obstante, en convencerle de
+que debía enajenarlos siquiera por que no se perdiesen sus notabilísimas
+cualidades. Pero cuanto más elocuente se mostraba el negociante, más
+tierno y encariñado aparecía el impresor. Por último, se convino en que
+éste no se desprendiese de aquellas prendas, tan caras a su corazón, ya
+que no tenía valor para llevarlo a cabo, y se trasladase con ellas a
+Sarrió, donde se establecerían definitivamente. Llevaría consigo algunos
+cajistas que pudiesen enseñar a otros jóvenes de la villa, y todos los
+enseres necesarios para montar la imprenta. Folgueras, que así se
+llamaba el impresor arruinado, quedaba como dueño y regente de ella.
+Cobraría por la tirada del nuevo periódico un tanto, mayor dos veces,
+según nuestros cálculos, a lo que cobran en las mejores imprentas de
+Madrid. No era mucho si se tiene en cuenta el mérito de los tórculos y
+el acendrado amor que les profesaba.</p>
+
+<p>El título fué uno de los puntos en que mejor se mostró el gallardo
+ingenio e invención de don Rosendo. Intitulólo <i>El Faro de Sarrió</i>,
+nombre altamente expresivo y sonoro, y de alcance singular, por cuanto
+no otra cosa se proponía su fundador que esclarecer a su pueblo y darle
+esplendor. Secretamente encargó a Madrid un grabado para la cabeza del
+periódico. Al llegar pocos días después, causó espasmos de alegría,
+tanto entre los accionistas como entre todos los que tuvieron la fortuna
+de verle. Representaba un puerto de mar, Sarrió al parecer, en las altas
+horas de la noche, a juzgar por las negras tintas del cielo y el mar. A
+la izquierda se elevaba una altísima montaña ideal que lo dominaba
+enteramente, y sobre ella se veía un caballero que guardaba cierto
+parecido lejano con don Rosendo, dirigiendo los fuegos de una inmensa
+linterna sobre la villa. Cerca de él percibíanse las cabezas de otros
+cuantos personajes. Los accionistas creyeron de buena fe que eran sus
+efigies, y quedaron vivamente agradecidos al dibujante.</p>
+
+<p>Fué designado como local para la imprenta un almacén de don Rudesindo,
+pagándole la renta, por supuesto. A la redacción se destinó en el mismo
+local un compartimiento, para lo cual hubo que ejecutar algunas obras.
+Montóse al fin la imprenta, no sin muchos e impensados gastos.
+Folgueras, que decía estar provisto de todo lo necesario, no tenía nada,
+y fué preciso encargar a Madrid fundiciones y piezas que faltaban a la
+prensa, construir galerines, comprar mesas, etc., etc. Al fin todo quedó
+arreglado. Don Rosendo trabajaba como un negro, ocupándose hasta en los
+más ínfimos pormenores. Su talento organizador se reveló en esta ocasión
+mejor que nunca. Se nombró redactor en jefe a Sinforoso Suárez, con un
+sueldo de veinticinco duros mensuales, y administrador al hijo primero
+de don Rufo.</p>
+
+<p>Faltaba el papel. Se había telegrafiado a Madrid pidiendo una remesa, y
+no acababa de llegar. La impaciencia de Belinchón era grande. Telegramas
+iban y venían por los alambres eléctricos. Unas veces se decía que
+estaba detenido en Lancia: telegrama a Lancia reclamándolo. Otras, que
+no había pasado de Valladolid: telegrama a Valladolid. Otras, que no
+había salido de Madrid: telegrama a Madrid. Don Rosendo juró en esta
+ocasión que no encargaría más papel a Madrid, y sí lo haría traer de
+Bélgica. Mas lo que fué motivo de disgusto trocóse en placer intenso,
+como sucede siempre, cuando al cabo se les participó que unos cuantos
+fardos habían llegado a Lancia, y que allí esperaban el carro que había
+de traerlos a su destino. Como el periódico estaba ya compuesto hacía
+días, procedióse inmediatamente a la tirada, que había de ser cuantiosa.
+Don Rosendo pretendía esparcirlo profusamente por la provincia, enviarlo
+a todas las de España, y hasta darlo a conocer en las naciones
+extranjeras. Tanto aquél como sus socios asistieron con interés al acto
+de funcionar la máquina. No se cansaron de admirar su complicado rodaje,
+la singular precisión de sus movimientos, y la pasmosa velocidad con que
+imprimía el periódico, pues no bajaban de doscientos los ejemplares que
+dejaba enteramente concluídos en una hora. Su ilustre fundador, no
+pudiendo reprimir el fuego periodístico que le devoraba, se despojó a
+presencia de todos de la levita, y se puso a dar con energía al manubrio
+de la rueda-volante, hasta que el sudor brotó en abundancia de su
+despejada frente. Ejemplo señalado de entusiasmo y amor a la
+civilización que nos complacemos en referir para enseñanza de las nuevas
+generaciones.</p>
+
+<p>Salió al fin <i>El Faro de Sarrió</i> en gran tamaño, porque su fundador no
+quería que se escatimase papel, y bastante bien impreso. La único que
+apareció borroso fué el grabado de la cabecera, hasta el punto de que la
+mayoría del público quedó convencido de que en el individuo que tenía la
+linterna en la mano, se quería representar un negro en vez de la
+respetable persona que ya hemos indicado. Contenía un artículo de fondo
+impreso en letra grande del doce, titulado <i>Nuestros propósitos</i>. Aunque
+estaba firmado por La Redacción, era debido únicamente a la pluma de don
+Rosendo. Los propósitos del <i>Faro</i> «al aparecer en el estadio de la
+prensa», eran principalmente defender, «alta la adarga y calada la
+visera», los intereses morales y materiales de Sarrió, combatir la
+ignorancia «en todas sus manifestaciones» y en las batallas ardientes de
+la prensa, luchar sin descanso por el triunfo de las reformas que el
+progreso de los tiempos exigía. La redacción del <i>Faro</i> creía que «había
+sonado la hora de romper definitivamente con las doctrinas del pasado».
+Sarrió deseaba con afán emanciparse de la rutina y de las ideas
+mezquinas, «romper los moldes estrechos en que yacía aprisionado» y
+«entrar de lleno en el dominio de su propia conciencia y de sus
+derechos». «Hacemos votos—decía el articulista—por que la aparición de
+nuestro periódico coincida con un período de actividad moral y material,
+y podamos asistir a una de esas transformaciones sociales que forman
+época en los anales de los pueblos. Si nuestra voz consiguiese despertar
+a la villa de Sarrió de su largo sueño y estancamiento, y lográsemos ver
+lucir pronto la alborada de una era de labor y de estudio propia del
+movimiento reformista que aspiramos a iniciar, ése será el mejor
+galardón que recibirán nuestros esfuerzos y sacrificios.»</p>
+
+<p>El lenguaje no podía ser más noble y patriótico. Y, como siempre, la
+modestia corría a las parejas con la autoridad y la elocuencia.</p>
+
+<p>«No abrigamos la pretensión—decía—de ser los caudillos en esta gran
+batalla del pensamiento que no tardará en iniciarse dentro del recinto
+de Sarrió. Sólo aspiramos a luchar como obscuros soldados, y que se nos
+conceda un puesto en la vanguardia. Allí pelearemos como buenos; y si al
+fin caemos vencidos, lo haremos envueltos en la sagrada bandera del
+progreso.»</p>
+
+<p>Esta alegoría militar, causó excelente impresión entre los vecinos, y
+contribuyó no poco a la entusiasta acogida que el periódico obtuvo.
+Finalmente, el artículo era tan elegante en las palabras, tan lleno de
+graves sentencias, el estilo tan concertado, que el público no tuvo a
+quién atribuírselo dignamente, sino a su glorioso director.</p>
+
+<p>Y así era la verdad.</p>
+
+<p>Insertaba después el periódico un largo artículo de Sinforoso, sobre la
+mujer. Eran dos columnas cerradas de prosa poética, engalanada con todas
+las flores de la retórica, en que se cantaba la dulce influencia de esta
+mitad del género humano. Aseguraba en términos calurosos, que la
+civilización no existe sino en el matrimonio. El amor conyugal es su
+única base. Todo es santo, todo es hermoso, todo es feliz en el lazo
+íntimo que une a dos jóvenes esposos. Esta invitación al matrimonio,
+aunque dirigida al bello sexo en general, iba en particular, según la
+opinión pública, a cierta bella estanquera de la calle de Caborana, cuyo
+amor pretendía Sinforoso hacía algunos años sin resultado. El público
+creía también que la joven concluiría por aceptarla, tanto por los
+términos poéticos en que iba expuesta, como por los quinientos reales
+mensuales que había comenzado a devengar el invitador.</p>
+
+<p>Venía después otro del maestro de la villa, don Jerónimo de la Fuente,
+que era una seria y violenta impugnación de las tres famosas leyes de
+Kepler sobre la mecánica celeste.</p>
+
+<p>Gracias al anteojo que tenía en el balcón de su casa, don Jerónimo había
+hecho una serie de prodigiosos descubrimientos, que daban al traste con
+todos los conocimientos existentes en astronomía. No es maravilla que
+el dignísimo profesor de primeras letras, poseído de legítimo orgullo,
+exclamase al final de su artículo: «¡Bajen, pues, del pedestal en que la
+ignorancia de los hombres los ha colocado esos colosos, portaestandartes
+de una falsa ciencia: Kepler, Newton, Laplace, Galileo. Todos sus
+cálculos se han deshecho como el humo, y sus magníficos sistemas son
+hojas secas que, desprendidas del árbol de la ciencia, no tardarán en
+pudrirse!»</p>
+
+<p>Insertábanse también unos versos de Periquito, el hijo de don Pedro
+Miranda, en que le decía a cierta misteriosa G., que «él era un gusano;
+ella una estrella»; «él una rama; el árbol ella»; «ella una rosa; la
+oruga él»; «ella una luz; él una sombra»; «ella la nieve; el fango él,
+etc., etc.»</p>
+
+<p>Había motivos para sospechar que aquella G... era cierta Gumersinda,
+esposa de un comerciante de harinas, mujer notable por la abundancia de
+carnes, que la hacían caminar con dificultad. Periquito amaba a las
+casadas y a las gordas. Cuando estas dos preciosas cualidades se reunían
+dichosamente en un ser, su pasión no tenía límites. Y tal era el caso
+presente. No hay que pensar, sin embargo, que nuestro joven era un
+animal dañino. Los maridos podían dormir tranquilos en Sarrió. Periquito
+pasaba la vida enamorado, cuándo de una, cuándo de otra señora, pero sin
+acercarse jamás ni osar siquiera enviarle un billete amoroso. Tales
+procedimientos no entraban en su método, el cual consistía
+principalmente en fascinarlas por la mirada. Para esto, dondequiera que
+topaba con ellas, fuese en la iglesia o en el teatro, procuraba, lo
+primero, colocarse a conveniente distancia. Una voz tomada la posición,
+dirigía en línea recta los efluvios magnéticos de sus ojos hacia el
+sujeto pasivo del experimento, que de vez en cuando levantaba hacia él
+los suyos con expresión de asombro. Muchas veces las honradas esposas,
+no considerándose dignas de tan singular adoración, se miraban a todas
+partes, y preguntaban a los que estaban a su lado si por casualidad
+tenían algún tizne en la cara, o llevaban enredado en el pelo cualquier
+hilacho. Periquito era incansable, y tomaba estos asuntos con la
+seriedad que merecían. A veces acaecía pasarse una hora y más sin
+apartar un punto la vista del sitio. Y a veces acaecía también que,
+transcurrida esta hora, cuando ya pensaba el enamorado mancebo que su
+alma se había filtrado por los poros de la obesa dama, y se apoderaba de
+todas sus facultades y sentidos, decía ésta por lo bajo a sus
+compañeras:</p>
+
+<p>—¡Jesús, este mico de don Pedro, qué mirón es!</p>
+
+<p>¡Cuán ajeno estaba el poeta de que la estrella de sus sueños le hacía
+descender de un modo tan odioso en la escala zoológica!</p>
+
+<p><i>El Faro de Sarrió</i> fué para nuestro amartelado joven un medio admirable
+de dar forma a las vagas fantasías, inquietudes, ardores y tristezas que
+a la continua lo agitaban, y declararse sucesivamente con acrósticos
+misteriosos e iniciales a todas las beldades más o menos macizas que
+ostentaban sus amables curvas por las calles de la floreciente villa.</p>
+
+<p>Venían por fin las gacetillas con su correspondiente título cada una,
+donde brillaba el ingenio, tanto de Sinforoso, como de todos los que
+colaboraban en <i>El Faro</i>. Una se titulaba: <i>A pasear, sarrienses</i>. El
+gacetillero afirmaba en ella, con estilo sencillo y elegante, que el
+tiempo estaba delicioso, y que nada mejor podían hacer los habitantes de
+Sarrió en las horas de la tarde, que dar un paseo por las amenas y
+frondosas cercanías de la población. Otra: <i>¡Señor Alcalde, por Dios!</i>
+Se excitaba a don Roque para que obligase a poner canalones en algunas
+casas.</p>
+
+<p>Posteriormente, esta sección dejó el título de <i>Gacetilla</i> que llevaba
+por el de <i>Novelas a la mano</i>, que le puso don Rosendo a imitación de
+las célebres <i>Nouvelles a la main</i> del <i>Fígaro</i>.</p>
+
+<p>Cerraba el periódico una charada en verso, que, si no recordarnos mal,
+era la palabra <i>avellana</i>.</p>
+
+<p>El folletín estaba a cargo de don Rufo, que hacía año y medio que
+estudiaba el francés sin maestro, por el método Ollendorf. Se resolvió
+a traducir, para el periódico, <i>Los misterios de París</i>, obra en seis
+tomos. Excusado es decir que <i>El Faro de Sarrió</i>, a pesar de vivir
+algunos años, nunca pudo llegar al tomo tercero. Don Rufo era un
+traductor notable. Si algún defecto podía ponérsele, era el de ajustarse
+demasiadamente al original. Un día se aventuró a decir que «la condesa
+<i>había echado mano al botón de su secretario</i>». Esta declaración levantó
+tan gran polvareda entre la gente ignorante, que don Rufo, justamente
+irritado, dejó la traducción del folletín. Se le encomendó a un piloto
+que había hecho muchos años la carrera de Bayona.</p>
+
+<p>El éxito del número primero, como era de esperar, fué prodigioso. El
+artículo de Sinforoso, la sabia disertación de don Jerónimo de la
+Fuente, las gacetillas y hasta los versos de Periquito, todo fué leído y
+justamente celebrado. Pero lo que preferentemente llamó la atención de
+las personas serias y causó en ellas honda impresión, fué el artículo de
+don Rosendo <i>Nuestros propósitos</i>. Aquel lenguaje periodístico tan
+animado y fogoso, aquellos tan nobles pensamientos, el entusiasmo por
+los intereses de Sarrió, la franqueza y la modestia que en él
+resplandecían, llenó de júbilo los corazones y les hizo presentir una
+era de prosperidad y bienandanza. Por la noche, la orquesta, dirigida
+por el señor Anselmo con su gran llave lustrosa, dió serenata a la
+redacción. Iluminóse la fachada de la imprenta con farolillos
+venecianos. Las bellas y regocijadas artesanas de Sarrió, cogieron, como
+siempre, la ocasión por los pelos para bailar habaneras y mazurcas sobre
+los duros guijarros de la calle. Los dignos individuos que con la lengua
+de metal rendían tributo de admiración y entusiasmo a los redactores del
+<i>Faro</i>, fueron obsequiados por éstos con vino de Rueda y cigarros. La
+alegría rebosaba de todos los pechos y se desbordaba en abrazos tan
+fuertes como espontáneos. Don Rosendo abrazaba a Navarro, Alvaro Peña a
+don Rudesindo, don Rufo a Sinforoso, y don Pedro Miranda al impresor
+Folgueras. Los músicos se abrazaban entre sí, y todos y cada uno a su
+peritísimo director el señor Anselmo. Fuera de la imprenta, y para
+conmemorar también aquel día glorioso, Pablito abrazaba a la blonda
+Nieves, aprovechando la obscuridad de un portal; y varios otros
+mancebos, siguiendo su ejemplo, distribuían igualmente abrazos
+conmemorativos entre las alegres mozas aborígenes.</p>
+
+<p>Lo único que turbó por un instante aquel general contento, fué la
+singular tristeza que se apoderó de Folgueras en cuanto tuvo algunos
+litros de vino en el cuerpo. El recuerdo de Lancia, su pueblo natal, se
+le ofreció súbito al espíritu, dejándole en un estado de tribulación
+difícil de explicar. En el momento en que la algazara y contento
+alcanzaban su grado máximo, llamó aparte a don Rosendo y con lágrimas en
+los ojos, le manifestó que la vida fuera de su patria adorada era para
+él un fardo insoportable. La muerte, antes que perder de vista la
+humilde casa que albergó su cuna, y las calles que tantas veces
+recorrieron sus pies infantiles. Aquella misma semana, si Dios quería,
+contaba dejar a Sarrió y trasladarse de nuevo con sus bártulos a Lancia.</p>
+
+<p>Al recibir de sopetón esta noticia don Rosendo se puso pálido.</p>
+
+<p>—Pero, hombre de Dios, ¿y el número próximo del <i>Faro</i>?</p>
+
+<p>—Don Rosendo, bien puede dispensarme... Usted es un caballero... Un
+caballero sabe apreciar los sentimientos de otro caballero... La patria
+antes que todo... Guzmán el Bueno arrojó el puñal por encima de la
+muralla para matar a su hijo... Demasiado lo sabe usted. ¿Eh?... ¿Qué
+hay de eso?... Riego murió en un cadalso. ¿Eh?... ¿Qué hay de eso? Si yo
+fuera de la Inclusa o no tuviese cariño a la camisa que traigo puesta,
+no necesitaba decirme nada. Toda la vida me tendría usted como un perro
+dándole a la rueda... Pero los sentimientos ahogan al hombre... El
+hombre vive, el hombre trabaja, el hombre tiene algunas veces un rato de
+expansión... Y porque beba un vaso, o dos... ¡o tres! ¿ha de olvidar la
+patria?.... ¿Eh? ¿Qué hay de eso?</p>
+
+<p>Don Rosendo llamó a don Rudesindo en su auxilio. Entre los dos trataron
+de disuadirle con poderosas razones. La más poderosa de todas fué una
+nueva botella de vino de Rueda. Después de haberla introducido en el
+cuerpo, los sentimientos patrióticos de Folgueras se debilitaron
+visiblemente. Acto continuo pidió otra botella, la bebió, vomitó, y se
+durmió.</p>
+
+<p>Pensamientos de gloria, vagos deseos de inmortalidad agitaron la mente
+del ilustre fundador de <i>El Faro de Sarrió</i> al tiempo de meterse en la
+cama. Después de apagar la luz, aún continuaron turbándole, hasta que a
+fuerza de dar vueltas lograron cuajarse o adquirir forma. Don Rosendo
+pensó con emoción en la posibilidad de que a su muerte la villa
+agradecida perpetuase su memoria colocando una lápida con su nombre en
+las Casas Consistoriales. <i>Homenaje de gratitud de la villa de Sarrió a
+su esclarecido hijo don Rosendo Belinchón, infatigable campeón de sus
+adelantos morales y materiales.</i> No era fácil conciliar el sueño rodeado
+de estas brillantes imágenes. Sin embargo, al cabo se durmió con la
+sonrisa en los labios. Un ángel progresista que el Eterno tiene
+aparejado para estos casos, batió las alas toda la noche sobre su
+frente, inspirándole ensueños felices.</p>
+
+<p>A la mañana siguiente se encontró en la mejor disposición de espíritu en
+que hombre alguno puede hallarse después de coronados sus esfuerzos por
+un éxito lisonjero. Vistióse canturreando trozos de zarzuela. Tomó
+chocolate con la familia, dió un vistazo a los periódicos nacionales y
+extranjeros, y sin tallar el paquete de palillos acostumbrado, lanzóse a
+la calle a cerciorarse del efecto real que el primer número del Faro
+había producido. En la tienda de Graells le recibieron con regocijo, le
+felicitaron por su artículo (que él modestamente no quería atribuirse) y
+hablaron largo y tendido del periódico. Lo que más excitaba el
+entusiasmo de los buenos tertulianos, era la consoladora consideración
+de que Nieva aún no había llegado ni llegaría en mucho tiempo a tal
+grado de perfeccionamiento. Y don Rosendo, un poco recalentado por los
+elogios, prometió emprender campañas activas en favor de todo lo que se
+le demandaba. Uno pedía que se hablara del barranco de la calle de
+Atrás, otro pedía que se colocase un farol cerca de su casa, otro que se
+le tirasen algunas píldoras al rematante de las bebidas, otro que los
+serenos no cantasen la hora porque esto le turbaba el sueño, etc. Don
+Rosendo asentía, fruncía las cejas, extendía la mano abierta en signo de
+protección. El, periódico lo arreglaría todo. ¡Ay del que se rebelara
+contra las reclamaciones de la prensa!</p>
+
+<p>En el estanquillo de doña Rafaela, de la calle de San Florencio, donde
+se reunían algunas honradas matronas de la vecindad con las cuales
+gustaba conversar algún rato, entregado a los palillos, también le
+hablaron del <i>Faro</i>. Allí se fijaban preferentemente en el folletín. Don
+Rosendo anunció que el del número próximo era mucho más interesante, y
+se fué. En un corro de marinos que había en el muelle le felicitaron con
+rudo entusiasmo y le insinuaron la idea de que la dársena estaba muy
+sucia y era menester dragarla. Se dragaría: ¡vaya si se dragaría! Don
+Rosendo se alejó gravemente poseído de su omnipotencia. Y al ver rodar a
+lo lejos las olas grandes y encrespadas, se preguntó si no sería
+oportuno dirigirles una excitación por medio de la prensa para que
+moderasen su impertinente agitación.</p>
+
+<p>Como se llegase ya la hora de comer, dió la vuelta hacia casa meditando
+en la grave responsabilidad en que incurriría ante Dios y los hombres
+si, teniendo en sus manos aquel poder soberano, no lo emplease en la
+prosperidad y engrandecimiento de su pueblo natal. Al llegar a la Rúa
+Nueva, se encontró en la acera con Gabino Maza. El bilioso ex oficial le
+saludó muy finamente, le preguntó por toda su familia, y se fué
+enterando con amabilidad de la salud de cada uno de sus miembros.
+Después le habló del tiempo, de la posibilidad de que aquel nordeste
+vivo se trocase pronto en vendaval cerrado, y no pudiesen salir los
+barcos de la carrera de América; se quejó en seguida del polvo que
+había en los caminos, lo cual le impedía pasear; se enteró del precio
+del bacalao y de las noticias que había de la pesca en Terranova. Don
+Rosendo esperaba, como era natural, que le hablase del periódico. Nada:
+Maza no hizo la menor alusión a él. Esto comenzó a desconcertarle y a
+hacer violenta su situación. La conversación giraba de un punto a otro
+sin tocar en nada que se relacionase con la prensa. Al fin don Rosendo,
+algo acortado y enseñando toda la pasta de sus dientes, le dijo:</p>
+
+<p>—¿No ha recibido usted <i>El Faro</i>? Se lo he enviado de los primeros.</p>
+
+<p>—Phs... creo que ayer lo han traído a casa; pero aún no lo he
+abierto—respondió Maza con afectada indiferencia.—Vaya, don Rosendo,
+¿gusta usted de comer conmigo?...—Pues hasta la vista.</p>
+
+<p>Don Rosendo quedó un instante clavado al suelo como si le echasen un
+jarro de agua fría. La sangre se agolpó con furia a su rostro, y
+emprendió de nuevo la marcha, vacilante, hacia casa. Como estaba tan
+desprevenido, aquel desprecio fué una puñalada que le llegó a lo más
+vivo. Después que cesó el aturdimiento, le acometió una ira inconcebible
+contra aquel... (no se contentaba con llamarle menos de malvado y
+miserable). Llegó a casa en un estado de agitación deplorable. Aunque se
+sentó a la mesa, haciendo esfuerzos por calmarse, el estómago,
+repentinamente turbado, no quería admitir los alimentos. Estuvo
+taciturno y silencioso durante la comida. De vez en cuando sus labios se
+contraían con sonrisa sarcástica y murmuraba un ¡villano!</p>
+
+<p>—¿Qué tienes, Rosendo?—se atrevió al fin a preguntarle su esposa, que
+ya estaba inquieta.</p>
+
+<p>—Nada, Paulina; que la envidia produce grandes estragos en el mundo—se
+limitó a contestar con amargura.</p>
+
+<p>Una vez vertida esta profunda sentencia, quedó en un estado de relativo
+reposo. Se tendió en una butaca a pensar, y transcurrida media hora
+salió de casa otra vez en dirección al Saloncillo. Al entrar en el café
+oyó la voz de Gabino Maza que gritaba como siempre allá arriba. Se le
+figuró percibir desde la escalera que hablaba del periódico y que lo
+calificaba de «solemne payasada». El corazón le dió un vuelco y entró en
+la sala agitado y triste. Al verle Maza, que gesticulaba en medio de un
+grupo, se calló, púsose el sombrero con ademán hosco y fué a sentarse en
+el diván. Los que le escuchaban, don Jaime Marín, Delaunay, don Lorenzo
+y don Feliciano Gómez, le saludaron con cierto embarazo y como
+avergonzados, lo cual confirmó su sospecha. Disimuló cuanto pudo, y
+esforzándose en poner cara alegre, comenzó a hablar de las noticias que
+corrían. La conversación tomó el rumbo de todos los días; la confianza
+volvió a reinar. Mas el ingeniero Delaunay, personaje tan listo como
+malévolo, sacó la conversación del periódico, preguntando a su fundador
+con risilla irónica en el español chapurrado que usaba:</p>
+
+<p>—¿Qué trabajitos prepara usted para el próximo número, don Rosendo?</p>
+
+<p>—Ya los verá usted cuando salgan—respondió secamente éste, que adivinó
+la burla escondida detrás de la pregunta.</p>
+
+<p>—Aquí, en don Feliciano—prosiguió el ingeniero con la misma
+sonrisa—tiene usted un defensor acérrimo.</p>
+
+<p>—Si me defiende es que alguien me ha atacado—respondió don Rosendo con
+más sequedad aún.</p>
+
+<p>Nadie pronunció una palabra. El silencio se prolongó bastante tiempo,
+hasta que lo rompió el mismo Belinchón haciendo una pregunta indiferente
+a don Jaime, con lo cual la conversación volvió a animarse. Pero no se
+había conjurado el choque sino momentáneamente. La pelota estaba en el
+tejado y no tardó en caer. Maza tenía vehementes deseos de decir a don
+Rosendo que lo del periódico era «una mamarrachada». Este no las tenía
+menos vivas de decirle a Maza que era un envidioso. Y en efecto, a la
+primera ocasión que se presentó, ambos la cogieron por los pelos para
+comunicarse estas gratas noticias. La disputa duró más de dos horas.
+Maza procuraba reprimirse porque don Rosendo era un caballero de más
+edad y le debía quince mil reales. El fundador del <i>Faro</i>, por razones
+de prudencia, tampoco se atrevía a soltar enteramente la lengua. Sin
+embargo, al cabo, en mejores o peores términos, todo se dijo para
+edificación de los notables, que se dividieron en favor y en pro de los
+contendientes. Hay que confesar que de parte de Maza se pusieron los
+menos. Los indianos, indiferentes como siempre a estas peleas, se
+asomaban de vez en cuando a la puerta del billar con el taco en la mano,
+para escuchar las razones de los contendientes, e ilustrarse. Para ellos
+aquellas discusiones eran muy provechosas. Les enseñaban una porción de
+términos y frases que no conocían, y se ponían al tanto, aunque fuese de
+un modo superficial, de ciertos problemas de la vida, enteramente
+cerrados para ellos... ¡Lástima que la afición al billar les impidiese
+escucharlas siempre!</p>
+
+<p>El estado de agitación y de cólera en que salió don Rosendo del
+Saloncillo, no puede ponderarse. Su gran carácter elevado y magnánimo,
+fué herido de un modo cruel por la ingratitud y la bajeza de aquellos
+falsos amigos. ¡Horrible tormento debe de ser vivir y morir en la
+obscuridad cuando se ha nacido para brillar en la cúspide de la sociedad
+humana, y consumir las fuerzas recibidas del cielo en el vacío y la
+inacción! ¡Más fiero dolor todavía es ver despreciados los más nobles
+trabajos del espíritu, los esfuerzos generosos por el triunfo del bien y
+la verdad! Tal fué el caso de Sócrates, Colón, Galileo, Giordano Bruno,
+y tal también el de nuestro héroe. La primera mordedura de la envidia le
+causó el dolor agudo que debieron sentir estos grandes bienhechores del
+género humano. Su espíritu vaciló. Fué un instante nada más, un desmayo
+pasajero que sirvió para acreditar mejor el temple admirable de su alma.</p>
+
+<p>Sin embargo, aquella noche no pudo cenar. Tardó mucho tiempo en
+conciliar el sueño. ¡A cuántas tristes consideraciones se presta este
+caso! Mientras la turbamulta de los sarrienses desprovistos de ingenio,
+de ilustración y de ánimo, dormía a pierna suelta, aquel hombre
+benemérito se revolcaba en su cama como en lecho de espinas, sin lograr
+las caricias del sueño reparador.</p>
+
+<p>A la mañana siguiente se levantó un poco pálido y ojeroso, pero firme y
+resuelto a proseguir su obra de regeneración, a despecho de todos los
+obstáculos morales y materiales que surgiesen en su camino. Aquella
+noche de insomnio, en vez de enflaquecer su ánimo y despegarle de su
+empresa, le confirmó en ella, le dió alientos para llevarla a feliz
+remate. El fuego consume y hace pavesas la paja; al oro lo acendra.</p>
+
+<p>Ocupóse, pues, con brío en trazar el plan del segundo número que habría
+de aparecer el jueves próximo. Y como siempre acontece, el éxito feliz
+trajo consigo la voluntad de ayudarle. Muchos fueron los trabajos que se
+le ofrecieron para el segundo número; mas la mayor parte no eran de
+paso. La falta de espacio obligóle también a rechazar algunos que lo
+eran. Con esto hubo algunas murmuraciones y desabrimientos. Segundo
+escollo con que tropezó su patriótica empresa.</p>
+
+<p>Pero al publicarse el quinto número surgió otro de mayor cuenta que
+produjo en el pueblo honda sensación y arrastró consigo fuertes
+torbellinos. Sucedió que Alvaro Peña, firmemente convencido, como ya
+sabemos, de que todos los dolores e imperfecciones que padecemos los
+humanos dependen exclusivamente de la preponderancia del clero,
+propúsose aprovechar el arma del periódico para emprender contra él una
+activa campaña. Y para comenzar lanzó, a guisa de guerrilleros, unas
+cuantas gacetillas. Preguntaba por los fondos de cierta cofradía del
+Rosario, que no parecían, hablaba en términos irrespetuosos de las Hijas
+de María, y decía chuscadas a propósito de la novena, de las confesiones
+y de los escapularios con que se adornaban las jóvenes beatas de la
+villa. Pero a quien iban particularmente dirigidos los tiros era a don
+Benigno, el teniente párroco, director de las conciencias femeninas de
+Sarrió, y caudillo de todos aquellos combates librados contra el pecado.
+El párroco era un hombre apático, viejo ya, que pasaba la vida en una
+casita de campo que poseía cerca de la población, dejando de buen grado
+a su teniente el cuidado del rebaño místico. Y don Benigno cumplía su
+cometido como pastor vigilante y celosísimo, rondando el rebaño noche y
+día, para que el lobo no le arrebatase las ovejas, y criando algunas con
+esmero y a la mano para ofrecerlas al esposo bíblico. Nada puede
+igualarse al ardor con que don Benigno procuraba esposas al Altísimo. En
+cuanto una joven se arrodillaba a sus pies para confesarse, se creía en
+el caso de insinuarle que el mundo estaba corrompido, que no había por
+dónde cogerle, el condenarse facilísimo, el amor terrenal una
+inmundicia, los mismos afectos de hija y de hermana despreciables, el
+tiempo para merecer la salvación muy limitado. En su consecuencia lo
+mejor, abandonar este mundo terrenal (don Benigno era muy aficionado a
+este adjetivo), y correr a entregarse a Jesús, penetrar en la gruta
+deleitosa de que habla San Juan de la Cruz, y dejar allí olvidado su
+cuidado. Conocía él un rinconcito feliz, un verdadero pedacito del
+cielo, donde se gozaban anticipadamente las delicias que Dios tiene
+reservadas a sus siervas. El rinconcito era un convento de Carmelitas
+que acababa de fundarse en las afueras de la villa, y del cual era el
+teniente grande y decidido protector. Por cierto que esto tenía un poco
+desabrido a don Segis, el capellán de las Agustinas, aunque no osaba
+manifestarlo, porque no le convenía ponerse mal con su compañero.</p>
+
+<p>La insinuación producía efecto unas veces, otras no. Rara la dejaba caer
+don Benigno en los oídos de una vieja. Quizá porque calculase que a
+Jesús le gustaban más dos de quince que una de treinta, o porque las
+hallase más reacias y desconfiadas que las niñas. De todos modos,
+aquella cacería espiritual tenía episodios interesantes. En cierta
+ocasión el teniente fué víctima de la agresión de un joven a quien había
+arrancado su hermana para el convento. En otra, después de haber
+buscado dote para una muchacha y haberla provisto de ropa, la futura de
+Cristo se escapó de la noche a la mañana con un oficial de sastre. Don
+Benigno acostumbraba a conducir él mismo las esposas a la morada del
+Esposo. Cuando había dificultades que vencer por parte de la familia, se
+portaba con la habilidad y la osadía de un consumado seductor.
+Organizaba y llevaba a cabo el rapto de la virgen con una astucia que
+para sí la quisieran muchos tenorios mundanos.</p>
+
+<p>De esto sacó pretexto Alvaro Peña para hablar en una gacetilla de cierto
+sacerdote aficionado a «cazar palomas». Ahora bien; como ya conocemos la
+afición de don Benigno a la cría de pichones, la gacetilla iba
+directamente a él y con una intención diabólica. Los lectores así lo
+comprendieron. Se comentó y rió no poco el dañino suelto.</p>
+
+<p>Al verse de aquel modo en ridículo, el excusador, que tenía un
+temperamento susceptible y bilioso, como todos los artistas, se
+enfureció terriblemente.</p>
+
+<p>—¿Ha leído usted el <i>papelucho</i> de don Rosendo?—preguntó por la noche
+en casa de la Morana a don Segis. Es de advertir que desde la primera
+gacetilla irreligiosa don Benigno no volvió a llamar de otro modo al
+<i>Faro de Sarrió</i>.</p>
+
+<p>—Sí, lo he leído esta mañana en casa de Graells.</p>
+
+<p>—¿Y qué le parece a usted de aquella indignidad?</p>
+
+<p>—¿Cuál?—preguntó con sosiego el capellán.</p>
+
+<p>—Hombre, ¿no ha leído usted las infamias que dicen de mí?</p>
+
+<p>Don Segis levantó el vaso a la altura de los ojos, examinó detenidamente
+el dorado líquido, lo acercó a los labios y bebió con pausa. Después de
+toser y desgarrar un poco, y limpiarse la boca con un pañuelo de
+hierbas, dijo gravemente:</p>
+
+<p>—Phs... la intención no es buena que digamos... Pero vale más tomar las
+cosas con calma. Nada se adelanta con alterarse.</p>
+
+<p>El teniente, que esperaba que don Segis participase de su indignación,
+recibió un nuevo golpe, y calló, devorando su enojo. En esta ocasión fué
+cuando se manifestó la sorda enemiga del capellán de las Agustinas por
+la injustificada preferencia que don Benigno otorgaba al convento
+naciente. El teniente se volvió entonces hacia el señor Anselmo y don
+Juan el Salado. Estos tuvieron la atención de manifestarse disgustados
+por la gacetilla, aunque sin hacer tampoco extremos. Ya sabemos que esto
+no se acordaba con la naturaleza de aquella templada y patriarcal
+reunión.</p>
+
+<p>Pero al jueves siguiente, Alvaro Peña dejaba descansar a don Benigno y
+«se metía» con el capellán de las monjas, publicando de él una semblanza
+en verso, en que se hacía muy graciosa mención del matrimonio de las
+copas de ginebra con los vasos de vino blanco. Le tocó entonces
+enfurecerse a don Segis, y tomarlo con calma a don Benigno. Mas el
+sosiego de éste era aparente, y sólo para vengarse del de don Segis. En
+realidad, su herida manaba sangre todavía. Así, que no tardó en
+realizarse la conciliación, poniéndose ambos con inusitado ardor a
+quitar el pellejo a todos y a cada uno de los que escribían en el
+«papelucho de don Rosendo», principiando por éste, su ilustre fundador,
+y concluyendo por el dueño de la imprenta. No se les ocultaba que el
+autor de las chufletas era Alvaro Peña. Pero como siempre habían tenido
+a éste por un desalmado <i>masón</i>, capaz de beberse la sangre toda del
+clero de Sarrió, por no repetirse, le dejaron pronto para cebarse
+principalmente en Sinforoso. Las razones que tenían para ello, eran que
+éste había sido seminarista; por consiguiente, un traidor. Luego
+procedía de la misma cepa, porque su padre era carlista y su abuelo lo
+había sido también. Además podía dispensarse hasta cierto punto que don
+Rosendo Belinchón, don Rudesindo, Alvaro Peña y don Rufo, todos hombres
+que significaban algo en la villa, se despachasen a su gusto... ¡pero
+aquel petate!... ¡aquel hambrón!</p>
+
+<p>Excitado por la murmuración, don Benigno bebió algunos vasos más de los
+acostumbrados, y el capellán no quiso quedarse atrás. Cuando los
+tertulios salieron de la tienda formando la clásica cadena, don Segis
+advirtió con satisfacción que la pierna entumecida le pesaba menos, y se
+lo hizo observar a don Benigno, que le dió por ello la enhorabuena.
+Luego, cuando a los pocos pasos se desprendieron todos para desalojar el
+ácido úrico de su cuerpo frente a las tapias de las Agustinas, el mismo
+don Segis manifestó en voz alta que aquella noche no tenía deseos de
+irse a la cama, y les acompañaría. Mas el teniente le dijo al oído que
+deseaba hablar con él en secreto, y ambos se quedaron delante del
+convento.</p>
+
+<p>—Amigo don Segis, ¿qué le parece a usted de ir a limpiar los mocos al
+hijo del Perinolo?</p>
+
+<p>—¡Grave! ¡grave! ¡grave!—murmuró don Segis.</p>
+
+<p>—Si pudiéramos darle una sopimpa, sin escándalo, se entiende...</p>
+
+<p>—¡Grave! ¡grave!</p>
+
+<p>—A las once u once y media sale del café. Podemos esperarle por allí
+cerca y alumbrarle algunos coscorrones.</p>
+
+<p>—¡Grave! ¡grave! ¡grave!</p>
+
+<p>—¿Es usted un hombre o no lo es, don Segis?</p>
+
+<p>La pregunta, aunque inocente, causa honda perturbación en el espíritu
+del capellán, a juzgar por la serie de muecas y ademanes descompuestos a
+que se entrega antes de pronunciar una palabra.</p>
+
+<p>—¿Quién? ¿Yo?... ¡Parece mentira que un amigo y un compañero me diga
+cosa semejante!</p>
+
+<p>Y dió la vuelta muy conmovido y se llevó el pañuelo a los ojos, de donde
+brotaban algunas lágrimas.</p>
+
+<p>—Pues los hombres se portan como hombres. Vamos a castigar la
+insolencia de ese pelgar.</p>
+
+<p>—¡Vamos!—profirió con firmeza el capellán, echando a andar en
+dirección a su casa.</p>
+
+<p>—Por ahí no, don Segis.</p>
+
+<p>—Por donde usted quiera.</p>
+
+<p>Los dos clérigos se cogieron del brazo y empezaron a caminar, no sin
+ciertas vacilaciones explicables, en dirección al café de la Marina. No
+será de más decir que ambos vestían de seglar por las noches, con sendas
+levitas negras de largo faldón y manga apretada, botas de campana y
+enormes sombreros de felpa.</p>
+
+<p>Un buen cuarto de hora invirtieron antes de llegar a las cercanías del
+café. Una vez allí, ofuscados por las luces como cándidas mariposas,
+quisieron caer, y retrocedieron.</p>
+
+<p>—Lo mejor será esperarle hacia su casa. Aquí hay todavía mucha
+gente—dijo don Benigno.</p>
+
+<p>Don Segis se mostró humilde también esta vez, siguiendo el impulso de su
+compañero.</p>
+
+<p>En la calle de Caborana, esquina a la del Azúcar, que la pone en
+comunicación con la Rúa Nueva, se situaron ambos como punto estratégico
+por donde el enemigo había de pasar, dado que su casa estaba situada al
+final de la calle de Caborana. Los dos clérigos tenían la firme voluntad
+de los navarros en el desfiladero de Roncesvalles. Así que soportaron
+con heroica impavidez, durante media hora de espera, la lluvia menuda
+que estaba cayendo, sin que el temor del reumatismo ni otra
+consideración temporal les hiciese moverse una pulgada del puesto que
+ocupaban.</p>
+
+<p>Al fin, descuidado y satisfecho, después de haber sostenido larga y
+acalorada discusión en el café, se retiraba el redactor en jefe del
+<i>Faro</i> hacia su casa, cuando inopinadamente le sale al encuentro el
+irritable teniente, que le dice con su voz chillona:</p>
+
+<p>—Oiga usted, mocito, ¿quiere usted repetirme ahora las insolencias que
+ha dicho en el papelucho de don Rosendo? Tendría mucho gusto en ello.</p>
+
+<p>La sorpresa, el acento sarcástico y amenazador del clérigo, y la vista
+del bulto de don Segis, que permanecía a algunos pasos, inmóvil, como
+fuerza de reserva, infundieron tal pavor en Sinforoso, que en algún
+tiempo no pudo articular palabra. Sólo cuando el teniente avanzó hacia
+él un paso, logró decir:</p>
+
+<p>—Tranquilícese usted, don Benigno. Yo no le he nombrado a usted.</p>
+
+<p>—¡Hola!—exclamó el clérigo con sonrisa feroz,—parece que ya no
+cantas, tan alto... ¿Qué tiene el gallo que no canta? ¿Qué tiene el
+gallo que no canta, guapito?</p>
+
+<p>Don Benigno avanzó un paso, y Sinforoso retrocedió otro.</p>
+
+<p>La reserva de don Segis avanzó también para conservar la distancia
+estratégica.</p>
+
+<p>—¡Tranquilícese usted, don Benigno!—gritó Sinforoso con terror.</p>
+
+<p>—¡Si estoy muy tranquilo, guapo! No deseo más que oir otra vez aquello
+de las palomas, que me ha hecho mucha gracia.</p>
+
+<p>—¡Yo no lo he escrito!—exclamó con angustia el hijo del Perinolo.</p>
+
+<p>—¿De veras no lo has escrito, guapo?... ¡Pues para cuando lo escribas!</p>
+
+<p>Y descargó una bofetada en la pálida mejilla del redactor.</p>
+
+<p>—¡Sosiéguese usted, don Benigno!—exclamó el desdichado retrocediendo,
+y extendiendo hacia adelante las manos.</p>
+
+<p>—No te digo que estoy muy tranquilo, majo. ¡Toma otra palomita!</p>
+
+<p>Y le dió otra bofetada.</p>
+
+<p>—¡Por Dios, don Benigno, sosiéguese usted!</p>
+
+<p>—¡Allá va otra palomita!</p>
+
+<p>Nueva bofetada.</p>
+
+<p>Digamos ahora, antes de pasar adelante, que de las que se dieron en
+Sarrió en los dos años siguientes a la aparición del <i>Faro</i> (y sabe Dios
+que el número es incalculable), lo menos una mitad fueron a parar a las
+mejillas de este joven distinguido.</p>
+
+<p>No pudiendo calmar con sus ruegos al enfurecido excusador, y sospechando
+que el bando de palomas iba a ser numeroso, el redactor en jefe del
+<i>Faro</i> gritó con todas sus fuerzas:</p>
+
+<p>—¡Socorro, que me matan!</p>
+
+<p>Y trató de dar la vuelta para huir; pero los dedos acerados del clérigo
+le retuvieron por un brazo. Al mismo tiempo don Segis, creyendo llegado
+ya el momento de entrar en fuego, le descargó con su bastón de ballena
+un garrotazo en las espaldas.</p>
+
+<p>—¡Socorro!—volvió a gritar el desdichado.</p>
+
+<p>Es el caso que en aquel momento llegaba de la tienda de Graells, donde
+acostumbraba a pasar las noches, el invicto ayudante de marina Alvaro
+Peña, que tenía su domicilio en la calle del Azúcar. Al escuchar los
+gritos de su amigo, echó a correr hacia el sitio, diciendo:</p>
+
+<p>—¿Qué pasa, Sinforoso, qué pasa?</p>
+
+<p>—¡Auxilio, don Alvaro, que me matan!</p>
+
+<p>—Fijme, Sinforoso, ¡que allá va socojo!—le volvió a gritar acercándose
+rápidamente.</p>
+
+<p>Los clérigos, oyendo la voz de aquel odioso y terrible enemigo de la
+Iglesia, soltaron la presa; pero enardecidos por el combate, trataron de
+hacerle frente poniéndose en línea de batalla con los bastones en alto.
+Al divisarlos Peña, se estremeció de ira y de gozo al mismo tiempo.</p>
+
+<p>—¡Son curas!</p>
+
+<p>Vibró el bastón en su mano y el enorme sombrero de don Benigno saltó
+veinte varas lejos. El teniente retrocedió. Don Segis avanzó y trató de
+alcanzar con el palo la cabeza del ayudante; pero antes que pudiera
+hacerlo, un garrotazo le había caído sobre el cogote, dejándole
+malparado.</p>
+
+<p>—¡Debiera suponejlo, caramba! Sólo estas aves nocturnas son capaces de
+esperaj traidoramente a un hombre indefenso, alterando el ojden público
+y tujbando el sueño de los vecinos... Es menestej concluij con esta raza
+de alimañas que chupan la sangre del pueblo, y aspiran a tenejlo sumido
+en la bajbarie... ¡Estos son los ministros de Dios! ¡Los apóstoles de la
+claridad! ¡Los etejnos pejturbadores del ojden social!...</p>
+
+<p>Ni aun en estos críticos instantes podía el ayudante prescindir de
+aquella retórica anticlerical que acostumbraba a usar, y de sus frases
+campanudas. A cada una acompañaba un garrotazo. Los clérigos, no
+pudiendo sostener su rabioso empuje, volvieron grupas, y emprendieron
+desaforadamente la carrera. El teniente pronto se vió fuera del alcance
+del palo, mas el pobre don Segis, con el peso extraordinario de su
+pierna izquierda, se quedó rezagado, y tuvo que sufrir las caricias del
+bastón de Peña buen rato. A lo lejos se oía la voz de éste, gritando con
+chistosa corrección:</p>
+
+<p>—¡Hipócritas! ¡Sepulcros blanqueados! ¿Es esto confojme con el espíritu
+del Evangelio, canallas? ¡Predicáis la paz y el amoj entre los hombre, y
+sois los primeros en barrenaj los textos sagrados! ¡Cuándo sacudiremos
+vuestro yugo, y nos emanciparemos de la esclavitud en que nos tenéis
+desde hace tantos siglos!</p>
+
+<p>Cualquiera imaginaría al escucharle que estaba pronunciando un discurso
+en algún club democrático, y no administrando una soberana paliza.</p>
+
+<p>Así terminó aquella refriega.</p>
+
+<p>A la mañana siguiente el ayudante recibió la visita del párroco de
+Sarrió que venía a suplicarle encarecidamente que no se hablase de aquel
+incidente desagradable en el periódico, prometiendo en cambio todo
+género de satisfacciones por parte del teniente y don Segis, lo mismo a
+él que a Sinforoso. Peña no quiso ceder a su demanda. La ocasión era
+admirable para abrir brecha en los enemigos de la libertad y del
+progreso. En efecto, el primer número del <i>Faro</i> insertó una relación
+circunstanciada escrita en estilo jocoso de todo lo ocurrido.</p>
+
+<p>Con esto los ánimos del clero y de las personas timoratas de la villa
+quedaron grandemente sobreexcitados.</p>
+
+
+
+<div class='chapter' /><h2 class="top15"><a name="XI" id="XI"></a>XI</h2>
+
+<p class="c">Que Gonzalo se casó.—Graves revueltas entre los socios del Saloncillo</p>
+
+
+<p>Los altos y graves negocios que embargaban a don Rosendo, no
+consintieron que dedicase al desagradable suceso que en el mismo tiempo
+turbaba la quietud de su casa, aquella atención preferente que en otra
+sazón le hubiese dedicado. Sin embargo, al tener noticia de la traición
+de Gonzalo y del extravío de su hija menor, sintióse fuertemente
+alterado. Tuvo con su esposa largas y vivas pláticas acerca del asunto.
+Prueba irrecusable de que los grandes hombres, aunque solicitados por
+tantos y tan elevados pensamientos, no desdeñan por eso las cosas que
+tocan a la vida íntima, como vulgarmente se asegura. Su primer impulso
+fué despedir a Gonzalo y encerrar a su hija en un convento. Las súplicas
+de doña Paula y la reflexión, que ejercía sobre su claro espíritu
+imperio absoluto, le hicieron volver sobre tal acuerdo. Al cabo de
+algunos días de dudas (pocos, porque otros cuidados le reclamaban), vino
+en permitir que se casasen los descarriados jóvenes, no sin celebrar
+antes una conferencia con Cecilia y escuchar de sus labios que
+perdonaba, de buena voluntad a su hermana, y deseaba que cuanto más
+pronto se celebrase el matrimonio.</p>
+
+<p>Obtenido el consentimiento, una tarde se presentó Gonzalo en casa de
+Belinchón. Hacía quince días que no había estado en ella. Sentía el
+corazón singularmente agitado, aunque sus deseos tan cumplida y
+brevemente hubieran sido satisfechos. Temía la primera entrevista, y no
+le faltaba razón. Doña Paula le recibió con marcada frialdad, y hasta en
+los criados halló una sombra de hostilidad que le hirió. Por otra parte,
+la idea de encontrarse con Cecilia le hacía temblar. Mas cuando se
+presentó Venturita en la sala, todos los temores y tristezas se
+desvanecieron. Su charla animada, el suave centelleo de sus ojos,
+aquellos ademanes graciosos y desenvueltos iluminaron su alma
+repentinamente y tocaron en ella a gloria. Olvidado de todo y enajenado
+por el timbre adorable de su voz se hallaba, cuando entró en la sala
+Cecilia. La vista de su víctima le produjo una extraña y violenta
+impresión. Levantóse del asiento automáticamente. Su fisonomía cambió de
+color. Cecilia se acercó a él con paso firme y le alargó la mano con la
+misma plácida sonrisa de siempre.</p>
+
+<p>—¿Cómo te va, Gonzalo?</p>
+
+<p>Parecía que le había visto el día anterior, y que nada de particular
+había sucedido. Sólo su tez estaba un poco más pálida.</p>
+
+<p>Tal confusión se apoderó del joven, que no pudo contestar a esta
+sencilla pregunta sin balbucir. La mirada clara y tranquila de Cecilia
+le hizo el mismo efecto que una corriente eléctrica. Volvióse a doña
+Paula, y el rostro de ésta se hallaba fuertemente fruncido con expresión
+severa y dolorosa. Venturita miraba hacia los balcones con afectada
+indiferencia. Al fin se sentó todo convulso. Cecilia, que venía a pedir
+a su madre las llaves de los armarios, salió de la estancia dirigiéndole
+una tranquila sonrisa de despedida.</p>
+
+<p>Comenzaron los preparativos de matrimonio. Doña Paula tuvo la
+delicadeza, rara en una mujer nacida en el pueblo, de no consentir que
+pieza alguna de ropa destinada a Cecilia sirviese para su hermana.
+Hízose, pues, un nuevo equipo apresuradamente. Cecilia trabajó en él,
+con sorpresa profunda de las costureras. Unas lo achacaban a bondad,
+otras a indiferencia. Lo cierto es que su fisonomía, aunque un poco
+marchita, expresaba la misma serena alegría de siempre. Sus manos se
+movían formando las iniciales de su hermana con la misma ligereza que
+cuando bordaba las suyas. Pero las tijeras al cortar, <i>chis, chis</i>, y
+las agujas al coser, <i>cruj, cruj</i>, no le decían ya aquellas cosas tan
+lindas que la hacían temblar de gozo, sino otras muy horribles, ¡ay! muy
+horribles. Quedaban sepultadas en su corazón. El mejor lector no leería
+en sus ojos grandes, hermosos y suaves más que el capítulo risueño de
+siempre.</p>
+
+<p>—¿No te lo decía yo, mujer?—murmuraba Teresa al oído de Valentina
+mirando a nuestra joven.—Si la señorita Cecilia no puede querer a
+nadie.</p>
+
+<p>Gonzalo huía de entrar en la sala de costura. Cuando alguna vez lo
+hacía, se mostraba tan alterado y confuso, que las bordadoras se
+guiñaban el ojo sonriendo. Al verle de aquel modo y a Cecilia tan
+sosegada e indiferente, cualquiera trocara los papeles que ambos habían
+hecho en aquel triste episodio de amor.</p>
+
+<p>Las lenguas, en tanto, allá afuera, en las calles, en las tiendas, en
+las casas y en los paseos, no se daban punto de parada. El
+acontecimiento había causado profunda sensación en la villa. Mientras se
+preparaba el matrimonio con Cecilia, la opinión general era que Gonzalo
+daba pruebas de tener un gusto deplorable. Se despellejaba a la pobre
+muchacha, y se la ponía poco menos que como un monstruo de fealdad.
+Todos se maravillaban de que no hubiese elegido a su hermana, tan linda,
+tan graciosa. En cuanto aprendieron el cambio, las opiniones viraron
+asimismo repentinamente. ¡Qué escándalo! ¡Qué acción tan villana! ¡Qué
+padres los que consienten tal ultraje! ¿Dónde está la vergüenza de los
+hombres? ¡Pobre niña, tan buena, tan esbelta, con unos ojos tan
+hermosos!—Yo la encuentro más bonita que su hermana.—Yo lo mismo...</p>
+
+<p>No dejemos escapar la ocasión de decir que esta constante censura, este
+eterno descontento de los hombres respecto de las acciones de sus
+semejantes, que tanto nos desespera, no supone tanta ruindad de
+intención, maldad o envidia en ellos como nos complacemos en creer
+siempre que somos objeto de crítica. No es otra cosa que un testimonio
+claro de la imperfección de nuestra existencia planetaria y del amor al
+ideal que todo hombre lleva dentro de sí sin verlo jamás realizado.
+Después de habernos así mostrado filósofos y optimistas, prosigamos
+nuestra narración.</p>
+
+<p>Llegó el día del matrimonio. Efectuóse de madrugada dentro de la misma
+casa de Belinchón, con asistencia de algunos parientes y amigos. Después
+de tomar chocolate, partieron los novios para Tejada.</p>
+
+<p>Era ésta un posesión situada a una legua próximamente de la villa, donde
+el genio de don Rosendo, secundado por el dinero, había tenido ocasión
+de desenvolverse libremente y dar prodigiosos frutos. Cuando la
+comprara, hacía más de veinte años, constituíanla unos cuantos prados y
+un bosque donde pastaban las vacas y cantaban los malvises, jilgueros y
+mirlos. Don Rosendo principió por desterrar esta colonia indígena y
+substituirla por otra extranjera. El ganado del país fué proscripto
+trayendo en su lugar otro de Suiza. Con igual severidad fueron
+arrojados, a tiros, de los árboles, los pajaritos antiguos, para colgar
+un sinnúmero de jaulas con aves raras y exóticas, que graznaban
+miserablemente todo el año a la salida del sol. El espíritu emprendedor
+y reformista de don Rosendo, no se detuvo tampoco en el reino animal.
+Con la misma audacia pasó al vegetal, e hizo cambiar por entero la faz
+de aquellos campos. Poco a poco, a impulsos del hacha y de la sierra,
+fueron desapareciendo los copudos y grandes castaños de hojas anchas y
+frescas con sus torsos retorcidos de piel rugosa, los gigantescos robles
+que habían renovado sus hojas picadas más de trescientas veces, los
+nogales que parecen enormes plantas de albahaca, los jugosos pomares,
+cuyas ramas se doblan hasta dejar delicadamente el fruto en el suelo, y
+otros árboles de arraigo y respetabilidad en el país. En su lugar se
+plantaron <i>washingtonias, wellingtonias, araucarias excelsas</i> y otros
+muchos árboles de casta extranjera, perteneciendo en su mayor parte a
+la familia de las coníferas. Esto hacía que la posesión, en concepto del
+vulgo, guardase cierto parecido con un cementerio. Respondía don Rosendo
+a tal observación, que las coníferas tenían la ventaja de conservar la
+hoja por el invierno. Replicaba el vulgo que de este modo parecía un
+cementerio por el invierno y por el verano. Don Rosendo no se dignaba
+contestar a esta sandez, y tenía razón.</p>
+
+<p>Como lo que mucho vale mucho cuesta, aquellos extranjeros de ambos
+reinos, se llevaban una buena parte de la renta de Belinchón. Los
+pajaritos del país se buscaban el alimento y aliñaban sus plumas sin
+necesidad de ayuda de cámara. Los de fuera, encerrados en jaulas y
+enormes pajareras construídas al efecto, exigían algunos servidores para
+procurarles la adecuada alimentación y hacerles la limpieza. Después, la
+nostalgia causaba en ellos grandes claros, que se llenaban encargando a
+París y Londres nuevas y costosas remesas. Lo mismo pasaba con los
+vegetales. Para que uno se lograse a fuerza de cuidados y desvelos,
+perecían treinta o cuarenta. La vigilancia constante de los jardineros
+no bastaba a impedir esta considerable mortandad.</p>
+
+<p>La casa, tampoco era de estilo nacional, ni siquiera europeo. Estaba
+construída según los preceptos de la arquitectura chinesca, llena de
+torrecillas festonadas por todos lados. Qué conexión tenían estas
+diminutas torres de ladrillo con la famosa de Babel, donde los idiomas
+se confundieron, nosotros no lo sabemos; pero debemos manifestar que a
+esta fábrica así guarnecida, la llamaban en el país <i>la Babilonia de don
+Rosendo</i>. Estaba suntuosamente amueblada. No faltaba dentro de ella
+ninguna de las comodidades y refinamientos que la moderna civilización
+proporciona a los ricos. Tenía una famosa habitación decorada al estilo
+persa, cuarto de baño, un espacioso comedor medianamente pintado y
+algunos lindos gabinetes pequeños y tibios, donde la luz entraba cernida
+por cristales de colores.</p>
+
+<p>A este nido vinieron a parar Gonzalo y Ventura dos horas después de
+hallarse unidos para siempre. En el camino se habían hablado con
+desembarazo de cosas indiferentes. El joven había aplicado algunos besos
+en las mejillas de la niña, lo mismo que cuando novios. Mas al llegar a
+la <i>babilonia</i>, y encontrarse solos en la cámara persa, sintióse
+extrañamente confuso y acortado. Buscaba asuntos de conversación, y en
+todos se perdía. Venturita apenas le contestaba mirándole de reojo, con
+una expresión entre burlona y apasionada.</p>
+
+<p>—Mira, ¡calla, calla! Estás diciendo muchas tonterías... Calla, y dame
+un beso—concluyó por decirle riendo, y tapándole la boca con su
+primorosa mano.</p>
+
+<p>Gonzalo se puso colorado, y la abrazó con frenesí.</p>
+
+<p>Su embriaguez en los primeros días rayó en locura. Venturita era, por su
+belleza singular, por la expresión lánguida y voluptuosa de sus ojos,
+por la tendencia invencible al descanso, una verdadera odalisca. Pero no
+como éstas solamente un animal hermoso, sino animada por ingenio
+chispeante, que desbordaba a cada momento en graciosos equívocos y
+felices ocurrencias. Gonzalo se desternillaba de risa, sin comprender
+que es peligroso que los maridos rían demasiado los chistes de sus
+mujeres.</p>
+
+<p>La vida que hacían era harto sedentaria. A Ventura no le gustaba salir
+de casa. El sol le producía dolor de cabeza; el fresco de la tarde le
+irritaba la garganta. Cuidaba del aliño de su persona, y variaba de
+trajes lo mismo que si se hallase en Madrid. En su tocador pasaba una
+gran parte del día. Esto no disgustaba a Gonzalo. Al contrario, cuando
+la veía salir tan linda y gallarda, exhalando, como las flores
+tropicales, un perfume penetrante, sentíase poseído de entusiasmo. Un
+estremecimiento voluptuoso agitaba todo su ser, pensando que aquella
+obra exquisita de la Naturaleza era suya, enteramente suya.</p>
+
+<p>Sin embargo, no lo era tanto como él se figuraba. Algunas veces la joven
+esposa, medio en serio, medio en broma, se encerraba en su cuarto. Allí
+pasaba tres o cuatro horas sin consentir que entrase, a pesar de los
+ruegos cariñosos que le dirigía por el agujero de la llave.</p>
+
+<p>—Te privo de mi vista por algún tiempo—decía después riendo,—para que
+desees más el tenerme junto a ti.</p>
+
+<p>Y, en efecto, por medio de estas coqueterías, el apetito del joven
+crecía extremadamente, y se convertía en delirio.</p>
+
+<p>A las horas que bien le placía a la hermosa, salían a pasear por los
+jardines, sin alejarse mucho. Al llegar a algún sitio umbrío y fresco,
+de los pocos que la mano reformista de don Rosendo había dejado, la niña
+quería sentarse; pero no sobre la hierba ni sobre un banco rústico. Era
+menester que Gonzalo corriese a casa y trajese una butaca.</p>
+
+<p>—Ahora, siéntate aquí a mis pies.</p>
+
+<p>El mancebo se postraba y besaba con entusiasmo las manos que la gentil
+esposa le tendía.</p>
+
+<p>—¡Sansón y Dalila!—exclamaba ella riendo y hundiendo sus manos como
+copos de nieve en la rubia y rizada barba de su marido.</p>
+
+<p>—Tienes razón—respondía él dando un suspiro.—Un Sansón sin cabellos.</p>
+
+<p>—¡Qué no tienes cabellos!... ¿Y esto qué es?—replicaba levantando su
+pelo, y poniéndolo erizado como una escoba.</p>
+
+<p>—Hablo de mis fuerzas.</p>
+
+<p>—¿No tienes fuerzas, eh? A ver: saque usted esos brazos.</p>
+
+<p>El, riendo, se despojaba de la americana, y remangándose la camisa
+mostraba sus brazos enormes de gladiador, donde la musculatura tomaba
+brioso relieve como un espeso tejido de cuerdas.</p>
+
+<p>—¡Qué barbaridad!—exclamaba la niña cogiendo uno con ambas manos, sin
+lograr ni con mucho abarcarlo. Y poseída de repentino entusiasmo y
+admiración, añadía:</p>
+
+<p>—¡Qué fuerte, qué hermoso eres, Gonzalo! Déjame morderte esos brazos.</p>
+
+<p>Y se inclinaba para hincar sus dientes menudísimos en ellos. Pero el
+mancebo tendía sus férreos músculos, y los dientes resbalaban por la
+piel sin penetrarla.</p>
+
+<p>Entonces ella se enfadaba, insistía, quería a todo trance coger carne.
+Al cabo, él aflojaba los músculos diciendo:</p>
+
+<p>—Te dejo morder; pero a condición de que me hagas sangre.</p>
+
+<p>—No, eso no—respondía ella, expresando en la sonrisa anhelante el
+deseo de hacerlo.</p>
+
+<p>—Sí, quiero que me hagas sangre; si no, no te dejo.</p>
+
+<p>La niña empezaba apretando poco a poco la carne de su marido.</p>
+
+<p>—¡Más!—decía éste.</p>
+
+<p>Y apretaba más.</p>
+
+<p>—¡Más!—volvía a decir.</p>
+
+<p>Seguía apretando mientras en sus ojos chispeaba una sonrisa maliciosa.</p>
+
+<p>—¡Más! ¡más!</p>
+
+<p>—Basta—decía ella levantándose.—¿Lo ves? ¡ya te hice sangre! ¡Qué
+atrocidad, ni que fuese un perro!</p>
+
+<p>E inclinándose de nuevo, chupaba con afán voluptuoso la gotita de sangre
+que saltaba en el brazo. Ambos sonreían con pasión reprimida. Después
+miraban al pequeño círculo cárdeno que los dientes de la niña habían
+dejado impreso.</p>
+
+<p>—¿Lo ves?—volvía a decir ella avergonzada.—¡Vaya unos caprichos
+extraños los que tienes!</p>
+
+<p>—Gracias. Quisiera que esta marca quedase, ahí eternamente. Pero no;
+¡bien pronto se borrará, por desgracia!</p>
+
+<p>—Puedo renovarla a diario—replicó maliciosamente.</p>
+
+<p>—Me alegraría mucho.</p>
+
+<p>—Vamos, tú quieres convertir a tu mujer en perrita. Dilo francamente.</p>
+
+<p>Y abrazándole repentinamente, y besándole con frenesí en los ojos, en
+las mejillas, en la boca, en la barba, le repetía sin cesar:</p>
+
+<p>—¡Dilo francamente! ¡Dilo francamente, pedazo de oso!... Esta boca es
+mía, y la beso. Esta barba es mía, y también la beso. Este cuello es
+mío, y lo beso. Estos brazos son míos, ¡míos! y los beso.</p>
+
+<p>—Tómame todo: mi vida es tuya—decía él ebrio de dicha.</p>
+
+<p>—Te quiero, te quiero, Gonzalo, por lo hermoso, por lo fuerte... A ver,
+déjame poner una mano sobre la tuya... Qué disparate, ¡parece una
+hormiga!</p>
+
+<p>—Una hormiga blanca—replicaba él ahogando aquella diminuta mano entre
+las suyas grandes y fibrosas.</p>
+
+<p>—Te quiero, te quiero, Gonzalo. Tómame en brazos. ¿Serás capaz de
+pasear conmigo así?</p>
+
+<p>—¡Oh! ¿no he de ser?</p>
+
+<p>La levantó como una pluma, y poniéndola sobre un brazo como a los niños,
+comenzó a dar brincos por el jardín.</p>
+
+<p>—¡No tanto! Llévame suavemente. Vamos de paseo.</p>
+
+<p>La paseó sin fatigarse por todo el parque. Y desde aquel día aquella
+forma de paseo le agradó tanto a la niña, que en cuanto salían de casa
+se colgaba al cuello de su marido para que la subiese. Los criados al
+verlos movían la cabeza sonriendo.</p>
+
+<p>Pero muy pronto descubrió otro medio de pasarlo aún mejor. Había cerca
+de casa un columpio que el tiempo, más que el uso, había deteriorado.
+Hizo que se arreglase, y en cuanto lo tuvo presto se pasaba las horas
+mecida por Gonzalo.</p>
+
+<p>—Si vieras cómo gozo. Da un poco más fuerte.</p>
+
+<p>Y al empuje vigoroso del joven, el columpio volaba, y la niña cerraba
+los ojos dilatando la nariz con un sentimiento de intenso placer.</p>
+
+<p>Gonzalo gozaba en verla así arrobada.</p>
+
+<p>Transcurrieron veinte días de esta suerte. Durante ellos recibieron dos
+visitas de Pablito y Piscis, una vez en tílburi y otra a caballo. En
+esta última su principal objeto era dar picadero a una jaca que Pablo
+había cambiado por otra más vieja. Y ¡cosa extraña! a pesar del
+enajenamiento amoroso en que nuestro mancebo se hallaba, recibió la
+visita de los équites con inexplicable alegría, les ayudó afanosamente
+en su tarea. Al marcharse sintió una impresión de vacío en su vida.
+Porque era ésta tan reposada y pacífica, que su sangre y sus músculos
+padecían. Un día le habló a su esposa de ir de caza, pues era famoso e
+incansable cazador. Venturita no se opuso, con tal que la llevase
+consigo. Así se convino. Salieron una mañana en busca de un bando de
+perdices, de cuya existencia sabía Gonzalo desde el día en que había
+llegado a Tejada. Pero antes de alejarse dos kilómetros de la casa,
+Venturita se manifestó enteramente rendida. Le era imposible dar un paso
+más. Se vió precisado a traerla en brazos y a renunciar a su favorito
+recreo.</p>
+
+<p>Doña Paula, que había mirado con hostilidad aquel matrimonio, no habló
+de ir a ver a los novios hasta después de pasados muchos días. Quiso que
+Pablito la acompañase, porque temía que a Cecilia le causase algún dolor
+el hacerlo; mas, enterada ésta, expresó su decisión de ir también a
+Tejada. Y una tarde madre e hija emprendieron en carretela descubierta
+el camino que llevaba a la posesión. Pero al acercarse a ella y
+columbrar las famosas torrecillas de ladrillo, Cecilia comenzó a
+empalidecer, sintió el pecho oprimido y la vista turbada. Doña Paula,
+que advirtió su indisposición, ordenó al cochero dar la vuelta.</p>
+
+<p>—¡Pobre hija!—la dijo besándola.—¿Ves cómo no puedes venir?</p>
+
+<p>—Ya podré, mamá, ya podré—respondió tapándose los ojos con una mano.</p>
+
+<p>Al día siguiente, fué doña Paula acompañada de Pablo. Halló a los
+esposos muy propicios a dejar aquel nido escondido y trasladarse a la
+villa; como se efectuó en la misma semana.</p>
+
+<p>Cecilia salió a recibirlos a la puerta de la calle y abrazó y besó a su
+hermana con efusión. A Gonzalo, le tendió la mano, que por un esfuerzo
+soberano de la voluntad, no tembló. El joven la estrechó con fraternal
+afecto, creyéndose perdonado.</p>
+
+<p>Los novios ocuparon las habitaciones que doña Paula había destinado a su
+hija primogénita. La vida comenzó a deslizarse serena en apariencia.
+Gonzalo advertía, no obstante, con pesar, que no les envolvía esa
+atmósfera tibia y afectuosa que hace tan grato el hogar doméstico. Desde
+don Rosendo hasta el último criado, se mostraban con ellos atentos,
+deferentes, no cariñosos. Ventura no lo advertía, y si lo advertía le
+importaba poco.</p>
+
+<p>Volvamos ahora la vista a los asuntos más interesantes de la vida
+pública de Sarrió.</p>
+
+<p>Ganada aquella noble victoria de los clérigos, las cosas del <i>Faro de
+Sarrió</i>, procedían bien y prósperamente. El brioso y denodado ayudante
+de marina, pudo continuar su campaña civilizadora sin peligro de nuevas
+celadas. Sinforoso no se retiraba, sin embargo, a su casa sin ir
+acompañado de él o de otro amigo, perfectamente armados ambos.</p>
+
+<p>Pero Gabino Maza, el eterno disidente, supo aprovechar maliciosamente
+aquella ruptura con la Iglesia, para sobresaltar las conciencias de
+algunos vecinos. No que él fuese católico ferviente, ni le diese una
+higa por que se pusiera a los curas como hoja de perejil. Al contrario,
+toda la vida había profesado ideas bastante heterodoxas y había
+maldecido de los beatos. Mas ahora se mostraba escandalizado: «Al fin y
+al cabo, habíamos sido educados en el respeto de la religión, la cual es
+el único freno para el pueblo. No se pueden ofender tan descaradamente
+las sagradas creencias de nuestras esposas, etc., etc.» Algunos con
+estas pérfidas insinuaciones, dejaron la suscripción del periódico.</p>
+
+<p>Los redactores y su director, que adivinaban de dónde venía el golpe,
+estaban grandemente indignados. Gabino Maza, secundado por el no menos
+díscolo Delaunay, no cejaba en su campaña de murmuración. Mientras
+alguno de los del Faro estaba delante, nada; pero en cuanto se iba,
+esgrimían las lenguas con singular encarnizamiento. Unas veces hablando
+en serio, otras apelando a la burla, se trituraba a todos los que
+intervenían en el periódico, y muy particularmente, como es lógico, al
+que mejor y más altamente lo personificaba, el eximio don Rosendo.
+Decían ¡oh, mengua! que sólo el afán «de verse en letras de molde» había
+impulsado a aquellos beneméritos ciudadanos a encender la antorcha del
+progreso en Sarrió; que don Rufo, el médico, era un farsante; Sinforoso,
+un pobrete a quien arrojaban un mendrugo; Alvaro Peña (aquí bajaban la
+voz y miraban a todos lados), un botarate sin pizca de juicio; don
+Feliciano Gómez, un pobre diablo a quien más importaba ocuparse en sus
+negocios no muy florecientes; don Rudesindo, un gran cazurro, que
+trataba de alquilar su almacén y anunciar su sidra. En cuanto al
+fundador y promovedor de aquella empresa, don Rosendo, decían que toda
+la vida había sido un badulaque, un necio que se creía escritor, sin
+entender de otra cosa que del alza y baja del bacalao...</p>
+
+<p>Sólo el deber imperioso de aparecer como cronistas fieles e imparciales,
+nos obliga a dar cuenta de tales habladurías. Bien sabe Dios que ha sido
+con harto trabajo y disgusto. Porque la misma pluma se estremece en
+nuestras manos y se niega a estampar semejantes abominaciones.</p>
+
+<p>De don Pedro Miranda, absteníanse de murmurar los murmuradores, no por
+otra razón sino por tenerle solicitado para que dejase la participación
+en el periódico, a lo cual le veían inclinarse desde la refriega de los
+clérigos; pues era don Pedro cristiano viejo y muy grande amigo del
+capellán de las Agustinas. Con sus malévolos discursos, habían logrado
+desatar contra el periódico a algunas damas influyentes de la villa,
+entre ellas doña Brígida. Con esto tuvieron por suyo dentro del
+Saloncillo al sandio y degradado Marín. También atrajeron a su bando,
+poco después, al borracho del alcalde. Por una parte el espíritu de
+compañerismo con los tertulios de la tienda de la Morana, y por otra la
+molestia que sentía con las constantes excitaciones de la prensa, a las
+que no estaba acostumbrado, le hicieron renegar pronto de aquel gran
+adelanto. Lo que acabó de ponerle mal con <i>El Faro</i> y sus redactores,
+fué cierta gacetilla en que se censuraba al ayuntamiento y al alcalde
+con alguna dureza, por el lamentable abandono en que tenían los
+servicios de policía urbana, y lo poco que trabajaban por hacer
+agradable la temporada de verano «a los distinguidos escrofulosos que
+acudían a la playa de Sarrió en busca de salud».</p>
+
+<p>Aunque aparentemente se trataban como amigos, existía, pues, entre los
+socios principales del Saloncillo sorda y disimulada enemiga. Iba ésta
+aumentando de día en día merced a los correveidiles que, en ocasiones
+análogas, no cesan de sembrar envidias y rencores. Temíanse ya las
+disputas y se rehuían, porque los desaforados gritos y los baldones que
+antes se lanzaban sin resultado alguno, gracias a la cordial avenencia
+que existía entre todos, eran, al presente, de mucho peligro. Reinaba,
+por tanto, en aquel recinto, más silencio, más cortesía, pero muchísima
+menos franqueza y cordialidad.</p>
+
+<p>Aquella tirantez no podía durar mucho tiempo. Entre personas que todos
+los días se ven y se hablan, y no se quieren bien, es imposible que en
+breve plazo no deje de estallar la discordia. La ocasión fué ésta. Llegó
+al Saloncillo (¡noramala fué!), sin saber quién lo trajera, un ejemplar
+de cierta <i>Ilustración</i> catalana, donde, entre otros grabados, se veía
+uno representando las orillas de un río americano, y en ellas
+solazándose hasta una docena de cocodrilos de diversos tamaños. Tenía el
+ejemplar en la mano Maza, cuando acercándose don Rufo por detrás,
+exclamó en tono jocoso:</p>
+
+<p>—¡Vaya unos cocodrilos escuálidos!</p>
+
+<p>—No son cocodrilos—manifestó Maza en tono seco y desdeñoso, sin
+levantar la cabeza.</p>
+
+<p>—¿Y por qué no han de ser?—preguntó el médico herido por aquel tono.</p>
+
+<p>—Porque no.</p>
+
+<p>—¡Valiente razón!</p>
+
+<p>—Si no te convence, estudia, que yo no estoy aquí para hacer obras de
+misericordia.</p>
+
+<p>—¡Uf! ¡El sabio de la Grecia! ¡Apartarse a un lado, señores!</p>
+
+<p>—No soy un sabio, pero no digo que estos animales son cocodrilos,
+cuando en el río Marañón no se crían cocodrilos.</p>
+
+<p>—¿Qué son entonces?</p>
+
+<p>—Caimanes.</p>
+
+<p>—¡Llámalo hache! Caimanes y cocodrilos vienen a ser lo mismo.</p>
+
+<p>—¡Otra barbaridad! ¿Dónde has aprendido eso?</p>
+
+<p>—Hombre, es de clavo pasado. El caimán y el cocodrilo no se diferencian
+más que en el nombre. Aquí está don Lorenzo que ha viajado, y puede
+decir si no es verdad.</p>
+
+<p>—El caimán es algo más pequeño—expresó don Lorenzo con sonrisa
+conciliadora.</p>
+
+<p>—El tamaño es de poca importancia. La cuestión es saber si tiene o no
+la misma figura.</p>
+
+<p>Don Lorenzo se inclinó en señal de asentimiento. Maza saltó, hecho una
+furia:</p>
+
+<p>—Pero, señores. ¡Pero, señores! ¿Estamos entre personas ilustradas o
+entre aldeanos? ¿De dónde sacan ustedes que caimán es lo mismo que
+cocodrilo? El cocodrilo es un animal del Mundo Viejo y el caimán es del
+Nuevo Mundo.</p>
+
+<p>—Dispénseme usted, amigo Maza; yo he visto cocodrilos en
+Filipinas—manifestó don Rudesindo.</p>
+
+<p>—¿Y qué quiere usted decir con eso?</p>
+
+<p>—Como usted decía que los cocodrilos no se crían en el Nuevo Mundo...</p>
+
+<p>—¡Otra que tal! ¿Las Filipinas son del Nuevo Mundo? Señores, ¡señores!
+hay que abrir los paraguas. Hoy llueven aquí burradas.</p>
+
+<p>—Pues qué, ¿Filipinas querrá usted decirme que no es
+Ultramar?—preguntó don Rudesindo con la faz descompuesta.</p>
+
+<p>—¡Nada, nada, siga el chaparrón!</p>
+
+<p>—La diferencia principal, señores, que existe entre el cocodrilo y el
+caimán—dijo a esta sazón con autoridad don Lorenzo—es que el cocodrilo
+tiene tres carreras de dientes y el caimán sólo tiene dos.</p>
+
+<p>—¡No es eso, hombre, no es eso! Los cocodrilos tienen las mismas
+carreras de dientes que los caimanes.</p>
+
+<p>Don Lorenzo sostuvo con brío su aserto. Le ayudó en la defensa don
+Rudesindo. Maza le atacó con no menos fuego, apoyado por Delaunay.
+Pronto entraron en liza otros cuantos socios generalizándose el combate,
+que fué haciéndose cada vez más vivo. Las voces eran horrendas. Si
+hubieran poseído tres carreras de dientes como los cocodrilos, o aunque
+fuesen dos, no dudo que se devorarían, dada la rabia y el coraje con que
+se enseñaban la única con que la Naturaleza les había dotado. Maza
+estuvo tan procaz, tan insolente, que al fin don Rudesindo, sin ser
+dueño de sí, le descargó un paraguazo en la cabeza. Siguióse a éste una
+granizada de ellos entre los contendientes, con un pavoroso estruendo de
+ballenas y varillas de alambre que daba escalofríos al varón más
+arriscado. Muchos, que no se habían acordado siquiera de emitir su
+opinión sobre la dentadura de los reptiles citados, recibieron su parte
+alícuota de paraguazos, lo mismo que los que más habían esclarecido la
+cuestión con sus discursos. Subieron del café el amo con algunas otras
+personas; suspendieron los indianos del billar su juego; terció don
+Melchor de las Cuevas, de quien así en guerra como en paz se hacía mucho
+caso. Al cabo se logró apaciguar el alboroto ya que no concertar las
+voluntades, hacía algunos meses resfriadas.</p>
+
+<p>El resultado fué que desde aquel día Gabino Maza, Delaunay, don Roque,
+Marín y otros tres o cuatro socios más, se retiraron del Saloncillo. Don
+Pedro Miranda siguió asistiendo con largos intervalos de ausencia. Esto
+hacía presumir a los tertulios restantes y a los redactores del <i>Faro</i>
+que no podía contarse con él, y que no tardaría mucho en caer del lado
+contrario. Como sucedió en efecto. Los disidentes empezaron a reunirse
+en el café de Londres situado en la calle de Caborana. Pero no muchos
+meses después corrió por la villa la noticia de que alquilaban un
+almacén en la calle de San Florencio para establecer sus reuniones. Y
+así fué. Lo entarimaron, lo alfombraron, después pintaron sus paredes y
+su techo, amuebláronlo con algunas sillas y butacas, pusieron mesas de
+tresillo y comenzaron a asistir tarde y noche a aquel sitio tan
+asiduamente como antes al Saloncillo. Por ser bajo de techo y tener
+embutida en la pared una litera que sirvió para dormir la siesta Marín,
+empezó a llamarse a aquel sitio en la población el <i>Camarote</i>, y este
+nombre le quedó. Los del <i>Faro</i>, que habían desdeñado a los desertores
+mientras no tenían techo donde guarecerse, entraron en cuidado. El
+primer síntoma de temor fué una gacetilla o <i>novela a la mano</i> en
+verso-prosa describiendo aquella nueva tertulia y pintando a cada uno de
+sus socios con nombres de animales; Maza la víbora, Delaunay un gallo
+belga, Marín el jumento, don Roque el cerdo, etcétera, etc. Esta
+gacetilla exasperó a los del Camarote de un modo indecible.</p>
+
+<p>Don Rosendo continuaba cada vez más pujante y empeñado en su campaña
+periodística. Introducía en el <i>Faro</i> todas aquellas formas y maneras
+que observaba en la prensa nacional y extranjera, particularmente en la
+francesa. Había comisionado a un escritor de Madrid para que los
+miércoles le remitiese un telegrama de veinte palabras, y le escribiese
+además cartas políticas y literarias; traducía él todas las noticias
+curiosas que hallaba en los periódicos; hacía revistas de modas, de
+tribunales, de teatros (cuando había compañía). Pero donde más se
+distinguía era en las de mercados. No es fácil representarse la destreza
+con que manejaba, traía y llevaba los cereales, los aceites, los caldos
+y los arroces. Para que se vea con qué amenidad y galanura sabía tratar
+un asunto tan prosaico, diremos que en una ocasión escribía: «Las
+mieles, sensibles a estas alteraciones, se pronunciaron en baja y no
+alcanzaron estabilidad y firmeza en sus precios hasta que los cafés,
+los cacaos y demás géneros ultramarinos lograron reprimir sus vivas
+oscilaciones.» Era, en suma, el alma del periódico.</p>
+
+<p>No bastaba, sin embargo, lo que había hecho para ponerlo a la altura de
+su ideal. Belinchón siempre había seguido con vivísimo interés en los
+periódicos de París aquellas polémicas personales que rara vez dejaban
+de terminar con un duelo. Y las peripecias de éste, contadas
+minuciosamente por algún testigo, le placían tan extremadamente, que
+ninguna comida había para él tan sabrosa, ni más grato recreo. Cuando
+pasaban muchos días sin desafío, don Rosendo languidecía. Las
+descripciones de los asaltos de armas entre los célebres tiradores de la
+capital de Francia, excitaban también grandemente su curiosidad. Y
+aunque un poco se le enredaban en el magín aquellas frases técnicas
+<i>engagement de sixte, battement en quarte, contre-riposte, feinte</i>,
+etc., allá las traducía a su modo y se daba por enterado. Decía él que
+en ningún signo se conocía mejor el grado de cultura de un país que en
+la afición a las armas. El manejo de ellas despertaba o avivaba la idea
+del honor y la dignidad humana. Su abandono arrastraba consigo la
+cobardía y la degradación. Conocía mejor que sus parientes la biografía
+de los grandes duelistas y <i>gens des armes</i> de París. Podía describir
+con pelos y señales los desafíos que habían tenido y la gravedad de las
+heridas. En cuanto se anunciaba un asalto entre dos maestros, por
+ejemplo Jacob y Grisier, ya estaba nuestro caballero excitado. Abría con
+precipitación todos los días el <i>Fígaro</i> y apostaba en su interior por
+uno o por otro.</p>
+
+<p>Un día se le ocurrió en la cama (donde le asaltaban siempre las grandes
+ideas) que ser periodista sin conocer las armas o manejarlas, era lo
+mismo que ser bailarín y no tocar las castañuelas. El día menos pensado
+se suscitaba un lance, había que acudir al terreno, y él no sabía
+siquiera ponerse en guardia. Verdad que en todo Sarrió no había quien
+supiese más. Pero nadie tenía tanta obligación de conocer la esgrima
+como él. Además, el altercado podía ser con un periodista de Lancia o de
+Madrid, y entonces era preciso dejarse asesinar. Estas imaginaciones le
+llevaron a adoptar una resolución; la de aprender a toda costa a tirar
+el florete. ¿Cómo? Haciendo venir un maestro a Sarrió, ya que él no
+podía separarse de este punto. Sin comunicar el pensamiento con nadie,
+escribió a un amigo de París, el cual buscó en las salas de armas de
+esta ciudad algún auxiliar o <i>prevot</i> que quisiera expatriarse. Al cabo
+de algún tiempo se halló uno que, mediante la cantidad de dos mil
+francos anuales, y dejándole libertad para dar lecciones, consintió en
+venir a establecerse en la villa del Cantábrico.</p>
+
+<p>Un día, con verdadera estupefacción del vecindario, se dijo que acababa
+de llegar en la goleta <i>Julia</i> un profesor de esgrima, M. Lemaire, con
+el exclusivo objeto de enseñar el manejo de las armas a don Rosendo. Y,
+en efecto, pronto se vió a éste acompañado de un joven delgadito y
+rubio, de traza extranjera. La impresión fué honda. En los pueblos
+pequeños, donde la gente se pega de palos y bofetadas, la frialdad, la
+corrección y la gravedad de los duelos produce asombro y terror. Lo
+primero que se les ocurrió fué que don Rosendo deseaba matar a alguno.
+Sólo después de mucho tiempo comprendieron la razón de aquel
+aprendizaje.</p>
+
+<p>Don Rosendo lo tomó con el ardor y seriedad que merecía. Todos los días
+dedicaba un par de horas por la mañana, y otro por la tarde, a tirarse a
+fondo, que fué lo único que le permitió hacer el profesor en los dos
+primeros meses. El resultado notabilísimo de este ejercicio fué que al
+cabo de algún tiempo no sabía si sus piernas eran verdaderamente suyas o
+de otro bípedo racional como él. Tan agudas y vivas fueron las agujetas
+que le acometieron, que hasta cuando se hallaba durmiendo creía estar
+tirándose a fondo. Despertaba sobresaltado con terribles dolores en las
+articulaciones. ¡Luego aquel M. Lemaire era tan cruel! Nunca se daba por
+satisfecho del trabajo de las extremidades del buen
+caballero:—«<i>¡Plus! ¡plus! ¡Ancor plus saprísti!</i>» Y el mísero don
+Rosendo se abría, se abría de un modo bárbaro, inconcebible, percibiendo
+la grata sensación de si le aserraran el redaño. Terminado tan noble
+ejercicio, el señor Belinchón se veía necesitado a ir cogido a las
+paredes para trasladarse de un sitio a otro, formando un ángulo de
+ochenta grados con el suelo. Desde allí, hasta el fin de sus días, el
+glorioso fundador de <i>El Faro de Sarrió</i> siempre anduvo más o menos
+esparrancado.</p>
+
+<p>Pero este tormento, aunque nada tenía que envidiar a los de los mártires
+del Japón, padecíalo, si no con gusto, con varonil entereza. Pensaba que
+siempre ha costado enormes sacrificios civilizarse y civilizar un país.
+Al cabo de los dos meses comenzó el eterno <i>tic tac</i> de los floretes.
+Pero sin abandonar por eso el tormento de las piernas. Don Rudesindo,
+Alvaro Peña, Sinforoso, Pablito, el impresor Folgueras y algunos otros,
+tomaban lección al mismo tiempo. En la sala, las impresiones bélicas
+subyugaban de tal modo a los tiradores, que guardaban solemne silencio.
+No se oía más que la voz áspera de M. Lemaire repitiendo sin cesar y de
+un modo distraído:—<i>En garde vivement—Contre de quarte.—Ripostez...
+¡Ah bien!—En garde vivement.—Contre de sixte. Ripostez... ¡Ah
+bien!—Parez seconde.—Rispostez ¡Ah bien!</i> Don Rosendo se creía
+trasladado a París, y veía en don Rudesindo, Folgueras y Sinforoso, a
+Grisier, Anatole de la Forge y el barón de Basancourt. <i>El Faro</i> no era
+<i>El Faro</i>, sino <i>Le Gaulois</i> o <i>Le Journal des Debats</i>.</p>
+
+<p>Al cabo de cinco meses, se mantenía bastante bien en guardia, paraba los
+golpes rectos, atacaba con furia y saltaba hacia atrás con maestría.
+Creyó llegado el caso de dar un escándalo. Era necesario que la
+población se persuadiese de que los dos mil francos asignados al
+profesor no eran enteramente perdidos.. Además convenía ir introduciendo
+en ella el gusto por estos refinamientos de las grandes capitales. ¿Pero
+con quién tener <i>affaire</i> en Sarrió? Aunque buenas ganas se le pasaban
+de desafiar a alguno de los del Camarote, comprendía que el único capaz
+de batirse era Gabino Maza. A éste le tenía una migajita de respeto,
+sobre todo desde que había oído decir al profesor que en los duelos era
+preciso tener mucho cuidado con los hombres violentos, aunque no
+supiesen esgrima. Después de largas y profundas meditaciones imaginó que
+lo mejor era provocar un lance con algún periodista de Lancia
+aprovechando la polémica que el <i>Faro</i> venía sosteniendo con el
+<i>Porvenir</i>, acerca de cierto ramal de carretera. Y como lo pensó lo
+hizo. En el primer número se mostró tan agresivo, tan insolente con el
+periódico de la capital, que éste, sorprendido e indignado, contestó que
+ciertas frases del <i>Faro</i> no merecían sino el desprecio. En su
+consecuencia, don Rosendo comisionó a sus amigos Alvaro Peña y Sinforoso
+Suárez «para que fueran a entenderse» con el director del <i>Porvenir</i>. Se
+trasladaron a Lancia y regresaron el mismo día. El señor Belinchón al
+verles llegar deseaba ya ardientemente que el asunto se hubiese
+arreglado sin necesidad de duelo, a pesar de ser él quien lo provocara.
+Nuevo testimonio de su grandeza singular de alma y de la exquisita
+sensibilidad de que estaba dotado. Por desgracia el director del
+<i>Porvenir</i> se había mantenido firme. Los testigos convinieron un duelo a
+sable que debía realizarse al día siguiente, en una posesión de las
+cercanías de Lancia.</p>
+
+<p>Nuestro héroe, al saberlo, sintió que las piernas le flaqueaban, no de
+temor, que esto ninguno osará siquiera imaginarlo, sino por la emoción
+de verse tan próximo a ser objeto de la curiosidad y expectación
+públicas, no sólo en la provincia, sino en España entera. Cuando
+caminaban hacia casa, Peña le dijo con ruda franqueza:</p>
+
+<p>—Los padrinos de Villar querían que se cortasen las puntas a los
+sables; pero yo me opuse. «No, no, dije, conozco bien a don Rosendo, y
+es hombre que aborrece las niñerías. No se puede jugar con él. Cuando se
+mete en un lance de éstos, es menester que vaya todo muy serio. Estoy
+seguro de que si cortásemos las puntas, tendría con él un disgusto...»
+¿No he interpretado bien su deseo?</p>
+
+<p>—Perfectamente. Muchas gracias, Alvaro—respondió el señor de Belinchón
+alargándole una mano que Peña halló demasiadamente fría. Y añadió con
+voz débil:—Aunque se limasen un poquito las puntas, ¿sabe usted? no
+tendría inconveniente en aceptarlo... El asunto, después de todo, no
+exige precisamente que sea a muerte.</p>
+
+<p>—No me atreví siquiera a aceptar eso. Como no conocía la opinión de
+usted, tenía miedo que le disgustase...</p>
+
+<p>—Nada, nada, pues por mí no hay inconveniente en que se limen.</p>
+
+<p>—Ahora ya no puede ser. Están concertadas las condiciones. A menos que
+ellos lo propongan de nuevo, las puntas irán afiladas. A usted le
+conviene mucho porque tira el florete...</p>
+
+<p>—Precisamente por eso. Yo no quisiera llevar ventaja alguna a mi
+adversario.</p>
+
+<p>Peña guiñó el ojo con malicia.</p>
+
+<p>—No sea usted tan escrupuloso, don Rosendo. Si usted puede ensartarlo
+<i>¡fiiit!</i> como un pajarito, no deje de hacerlo.</p>
+
+<p>Estas últimas palabras las acompañó el ayudante con un gesto expresivo,
+traspasando el aire con los dedos de punta, lo mismo que si los
+estuviese introduciendo por un cuerpo humano.</p>
+
+<p>Don Rosendo hizo un gesto de repugnancia, y guardó prolongado silencio.
+Al cabo, manifestó sordamente:</p>
+
+<p>—Lo que sentiré es que estas malditas agujetas no me permitan tirarme a
+fondo.</p>
+
+<p>—¡Ca, hombre, ca! Pierda usted cuidado. Mientras dure el lance, no
+sentirá usted dolor alguno en las piernas. ¿No le ha sucedido dejar de
+sentir el dolor de una muela en el momento de llamar a la puerta del
+dentista para sacarla?</p>
+
+<p>Este símil consolador produjo inmediatamente en el ayudante un acceso
+de risa, que duró buen rato. Belinchón se mantuvo grave y sombrío, como
+deben estarlo los héroes la víspera del combate.</p>
+
+<p>La noticia corrió como una chispa eléctrica por la población. El pasmo
+de los vecinos era indescriptible. A ninguno le cabía en la cabeza que
+una persona, entrada ya en años, con hijos casados, fuese a darse de
+sablazos con otra por cuestión de un ramal de carretera. Sin embargo, el
+partido que Belinchón acaudillaba admiraba la decisión y el valor de su
+jefe. Este, por la noche, tuvo una espantosa pesadilla. Soñó que el
+sable del director del Porvenir le abría por el medio. Una mitad se la
+llevaba el vencedor como trofeo. A Sarrió sólo volvió la otra mitad. Sus
+mismos gritos le despertaron. A doña Paula, que dormía a su lado, la
+aterraron de tal modo, que fué necesario acudir al antiespasmódico.
+Belinchón, con la fortaleza de los temperamentos heroicos, no dijo nada
+a su consorte. Lo que hizo fué beber un trago del antiespasmódico.</p>
+
+<p>Al día siguiente salió en coche para Lancia, acompañado de Peña,
+Sinforoso, don Rufo y dos sables de tiro. A la salida de la villa, en la
+carretera, más de cien personas le despidieron. Ante aquella
+manifestación de cariño, don Rosendo se sintió enternecido.</p>
+
+<p>—¡Buena suerte!—Pongan ustedes telegrama, ¿eh?—No se diga que Sarrió
+queda por debajo de Lancia.</p>
+
+<p>Don Rosendo fué estrechando con emoción las manos de sus partidarios.
+Todos se le ofrecían para acompañarle, y le prometían venganza para el
+caso de perecer en la lucha.</p>
+
+<p>Al fin llegaron a la quinta designada, y se avistaron con el enemigo.
+Los testigos platicaron, midieron los sables, y los pusieron en manos de
+los contendientes. La fisonomía de éstos tenía el color adecuado a
+semejantes solemnidades; esto es, un verde botella, que a intervalos
+tomaba visos anaranjados.</p>
+
+<p>Una vez en guardia, y dada la voz de atacar, comenzaron ambos a tentarse
+los sables metódicamente, primero de un lado, después de otro, con un
+lúgubre sonido que ponía espanto. Al cabo, Villar se arrojó a
+levantarlo para herir en la cabeza a su adversario... Pero ¡ca! don
+Rosendo dió un salto tan prodigioso hacia atrás, que los testigos se
+miraron unos a otros llenos de asombro. Villar, pasmado también, esperó
+a que su contrario se acercase de nuevo. Volvieron al lúgubre <i>tic tac</i>.
+Don Rosendo, al cabo de otro rato, alzó el sable... Villar,
+instantáneamente dió otro brinco verdaderamente sobrenatural, que
+sobrepujó en mucho al primero. Creyeron que salía de la quinta. Los
+testigos se miraron todavía con mayor asombro.</p>
+
+<p>La pelea duró, en esta forma, más de media hora. Durante ella, don
+Rosendo gritó una vez:</p>
+
+<p>—¡Alto!</p>
+
+<p>—¿Qué hay?—preguntaron los testigos acercándose.</p>
+
+<p>—Que me parece que el sable del señor ha perdido la punta.</p>
+
+<p>Se reconoció el sable de Villar, y se vió que no era verdad. Este rasgo
+de caballerosidad, más propio de la Edad Media que de nuestros tiempos,
+elevó a don Rosendo, en el concepto público cuando se supo, a la altura
+de los héroes legendarios, Roldán, Bayardo y Bernardo del Carpio.</p>
+
+<p>El combate terminó cuando el sable de Villar, sin intención ninguna,
+tropezó con la frente de Belinchón. Fué un simple rasguño; pero los
+padrinos dieron por terminado el lance. Don Rufo colocó un gran pedazo
+de tafetán inglés sobre la herida. El herido dió la mano noblemente a su
+contrario. Se envió un telegrama a Lancia, para que lo pusiesen a
+Sarrió. Almorzaron todos juntos alegremente, y durante el almuerzo, los
+campeones se comunicaron con gran expansión los golpes que se tenían
+destinados, y que por falta de oportunidad no habían podido ejecutar.</p>
+
+<p>—Hombre, si no llega usted a romper a tiempo, le parto la cabeza en
+dos. Finta de una dos a la cara, estocada al pecho y cuchillada a la
+cabeza—decía don Rosendo, engullendo un soberbio trozo de merluza.</p>
+
+<p>—Pues no lo hubiera usted pasado mejor si llego a hacer una combinación
+que tenía meditada—contesta Villar.—Amago la faja ¡pin! Ataco en falso
+a la cabeza ¡pin! Usted me contesta al brazo ¡pin! Yo hago una dos a la
+cara ¡pin! Usted contesta a la cabeza ¡ pin! Yo paro y contesto al brazo
+¡pin!...</p>
+
+<p>Aquí el director del <i>Porvenir de Lancia</i>, que mientras describía su
+famoso y complicado golpe no dejaba de engullir trazando a la vez
+círculos en el aire con el tenedor, se atragantó con una espina,
+poniéndose súbito más rojo que una guinda. Hubo que sacarle al fresco.
+Don Rosendo fué quien le dió los puñetazos consabidos en la espalda para
+que arrojase la espina. ¡Espectáculo hermoso y ejemplo de hidalguía que
+no podrá olvidarse jamás!</p>
+
+<p>Terminado el almuerzo, don Rosendo y sus compañeros montaron en el
+carruaje y se restituyeron a Sarrió. Más de media población, prevenida
+ya por el telegrama, les esperaba en las afueras. Un grito de júbilo se
+escapó de todos los pechos al aproximarse el carruaje. Don Rosendo,
+conmovido, sacó la cabeza por la ventanilla y se quitó el sombrero
+ostentando el pedazo de tafetán inglés. A su vista, el público lanzó un
+¡hurra! formidable. El vehículo fué escoltado por la muchedumbre. El
+fundador del <i>Faro</i>, aclamado al entrar en su casa, se vió precisado
+después a asomarse al balcón, donde fué nueva y calurosamente vitoreado.
+Por la noche, sus amigos le obsequiaron con una serenata.</p>
+
+
+
+<div class='chapter' /><h2 class="top15"><a name="XII" id="XII"></a>XII</h2>
+
+<p class="c">Cómo se divertía Pablito</p>
+
+
+<p>—Convendría ponerle una barbada suave—dijo Pablito.</p>
+
+<p>—O un filete—respondió Piscis gravemente.</p>
+
+<p>Ambos guardaron silencio. Pablito exclamó:</p>
+
+<p>—¡Maldita yegua! No he visto en mi vida boca más dulce.</p>
+
+<p>—Una seda—replicó su amigo con acento de inquebrantable convicción.</p>
+
+<p>Otro rato de silencio.</p>
+
+<p>—¿Crees que debemos darle más picadero?</p>
+
+<p>—El picadero no sobra a ningún animal—gruñó Piscis con el mismo
+convencimiento.</p>
+
+<p>—Conviene trabajarla en el trote.</p>
+
+<p>—Conviene mucho.</p>
+
+<p>Mientras así platicaban, dirigíanse los inseparables équites a paso
+lento desde las cocheras de don Rosendo, sitas en un extremo de la
+villa, al otro extremo de ella, atravesándola por el medio. Eran las
+diez de la noche; la temperatura suave, de primavera. Los pocos
+transeuntes que por las calles quedaban, dirigíanse a paso rápido hacia
+su domicilio. Únicamente permanecían abiertas las tiendas donde se hacía
+tertulia, la de Graells, la de la Morana, y tal cual estanquillo. En el
+Camarote había mucha luz y gran animación. Pablito, en quien germinaban
+los rencores de su padre, le dijo a su amigo al pasar frente a la
+aborrecida tertulia:</p>
+
+<p>—Piscis, tira una pedrada a esa puerta, y rómpeles los cristales.</p>
+
+<p>Piscis, siempre terrible, agarró un guijarro de la calle, esperó a que
+su amigo doblase la esquina, y ¡zas! lo encajó dentro del Camarote,
+haciendo polvo los cristales. Luego se dió a correr. Para que no le
+conociesen los que salieran en su persecución, se dejó caer sobre las
+manos, corriendo en cuatro pies con habilidad pasmosa.</p>
+
+<p>En el café de la Marina había también alguna gente. Entraron en él y
+bebieron en silencio sendas copas de <i>chartreuse</i>, sin que por eso los
+cerebros dejasen de trabajar activamente. Al levantarse Pablito, dijo:</p>
+
+<p>—Lo mejor será engancharla con el Romero.</p>
+
+<p>—Eso mismo estaba pensando yo—profirió con fuego Piscis.</p>
+
+<p>Después que hubieron salido, éste preguntó, no con palabras, sino con
+una horrible mueca, a dónde iban.</p>
+
+<p>—Allá.</p>
+
+<p>—Bueno; entonces al pasar por delante de casa recogeré el roten.</p>
+
+<p>Dejaron atrás las calles principales, no sin que Piscis se detuviese en
+su domicilio un instante, para dar cumplimiento a lo que acababa de
+manifestar. Muy pronto alcanzaron las extremidades de la villa, donde
+habitaban, por regla general, los menestrales. Detuviéronse en cierta
+calle, tan solitaria como sucia, frente a una casa de pobre apariencia
+con tosco corredor de madera. Pablito miró a todos lados por precaución,
+y dejó escapar un silbido suave y prolongado con la maestría que le
+caracterizaba en este ramo del saber humano. Después dijo mirando con
+inquietud al farol que ardía unos cincuenta pasos más allá:</p>
+
+<p>—¡Si pudiéramos apagar ese farol!</p>
+
+<p>El terrible Piscis se destacó acto continuo, trepó por la esquina de la
+pared y con su bastón lo apagó al instante, rompiendo, por supuesto, el
+tubo.</p>
+
+<p>Un bulto de mujer apareció en el corredor. Pablito se cogió de un salto
+a las rejas. Luego escaló por ellas y montándose en la baranda, se
+introdujo sin hacer ruido en él. Piscis comenzó a hacer la guardia desde
+la esquina, armado de su formidable garrote.</p>
+
+<p>¿Quién era la mujer que en aquel momento obtenía los favores del sultán
+de Sarrió? La blonda Nieves, responderán a una voz cuantos hayan seguido
+el curso de esta verídica historia. Aunque sintamos ofender la
+perspicacia de nuestros lectores, la verdad nos obliga a declarar que la
+damisela del corredor no era la blonda Nieves, sino la blonda Valentina.</p>
+
+<p>¿Cómo? ¿Aquella arisca costurera tan enemiga de los señoritos y que
+además tenía un novio llamado Cosme?</p>
+
+<p>La misma en cuerpo y alma, con sus rizos dorados sobre la frente, su
+entrecejo saladísimo y nariz un poquito remangada. Pablito era hombre
+para hacer estos y otros mayores milagros. Mientras seguía o aparentaba
+seguir sus amoríos con Nieves, ya «le estaba poniendo los puntos» a
+Valentina. Pero ésta se resistió mucho más que aquélla. Al primer beso
+que le robó sobre la nuca estando bebiendo agua en la cocina, la
+arriscada costurera «le armó un escándalo». Se puso roja como una
+cereza, chispearon sus ojos expresivos con ira, y le gritó:</p>
+
+<p>—¡Cuidadito, que yo no sufro esas cosas!... Vaya usted a hacerlas con
+las que se lo aguanten.</p>
+
+<p>Esto iba sin duda con Nieves. Pablito obró con más cautela en adelante,
+aunque no con menor osadía. Dondequiera que la encontraba requebrábala a
+su manera, bromeaba, sufría con paciencia sus «patas de gallo». Porque
+era Valentina el tipo de la artesana de Sarrió, en quien la falta de
+educación es una gracia más que añadir a las muchas que poseen.
+Concluído el equipo de Ventura, y no teniendo ocasión de verla, Pablito
+aprovechaba los bailes de las Escuelas para seguir festejándola.</p>
+
+<p>Mas no por eso abandonaba a Nieves. El gallardo mancebo adivinaba que el
+amor propio excitado por la competencia, haría más en su favor que las
+mismas ventajas personales de que estaba dotado. Esta perspicacia era
+innata en él. Se había manifestado claramente desde que había enamorado
+a la primera mujer. Lo cual es un argumento más para los que creen en la
+preexistencia del ser humano. Porque sólo habiendo seducido muchas
+costureras en vidas anteriores, pudo nuestro mancebo poseer una noción
+tan exacta del procedimiento adecuado a este fin.</p>
+
+<p>Al fin se había rendido. Principió por abandonar a su novio. Concluyó
+por dar citas de noche como la presente al gallardo Pablito.</p>
+
+<p>—¿Duerme tu padre?—fué la primer pregunta que éste hizo en cuanto se
+vió en el corredor.</p>
+
+<p>—¿Qué te importa?—respondió la resuelta costurera.</p>
+
+<p>—Es que si no duerme... ya ves... ¡Cáspita, la cosa es grave!</p>
+
+<p>—Calla, cobarde; ¡vergüenza había de darte! Voy a hacer ruido por el
+gusto de verte correr.</p>
+
+<p>Pablito la estrechó entre sus brazos y le dió una razonable cantidad de
+besos. La joven sonreía dichosa. Mas de pronto su frente se arrugó; su
+fisonomía expresó una gran severidad.</p>
+
+<p>—¡Quita, quita!—dijo rechazándole.—Tengo que hacerte una pregunta.
+¿Dónde has estado esta mañana?</p>
+
+<p>—¿Esta mañana?... En muchas partes. En casa, en el Saloncillo, en la
+cochera... en la punta del Peón...</p>
+
+<p>—¿No has estado en la calle de San Florencio?</p>
+
+<p>—Sí; he pasado por allí dos o tres veces.</p>
+
+<p>—¿Y a quién has encontrado?</p>
+
+<p>—¡Chica, qué sé yo!... A mucha gente.</p>
+
+<p>—¿No has encontrado a Nieves?—preguntó con reprimida cólera la gentil
+costurera.</p>
+
+<p>—Sí, la he encontrado—respondió él con acento indiferente.</p>
+
+<p>—¿Y no te has parado con ella?</p>
+
+<p>—No; la he dicho simplemente adiós.</p>
+
+<p>—¡Embustero! ¡hipócrita! ¡tío silbante!—exclamó con furia
+Valentina.—¡Toma, por zorro! (arrimándole un terrible pellizco en el
+brazo). ¿Conque le has dicho adiós solamente y te has estado más de una
+hora con ella? ¡Toma, trapacero! ¡toma!</p>
+
+<p>Y le descargó sobre los brazos una granizada de pellizcos. El buen Pablo
+se retorcía de dolor, pero sin gritar, porque respetaba mucho el sueño
+del papá de la feroz muchacha.</p>
+
+<p>—Por Dios, Valentina, si estás equivocada... No fué más que un instante
+para preguntarle si había concluído de bordar mis pañuelos...</p>
+
+<p>—¡No está mal instante! ¡Una hora por el reloj plantado con ella,
+riendo como locos!... Me están dando ganas de ahogarte entre mis manos,
+¡zorro! ¡zorro! ¡más que zorro!</p>
+
+<p>La enojada chica, cada vez más poseída de la ira, echó las manos al
+cuello a su galán, y estuvo a punto de estrangularle.</p>
+
+<p>Daba compasión ver a un tan apuesto y gentil mancebo con la lengua fuera
+y los ojos llenos de espanto. Valentina tuvo, en efecto, lástima de él,
+y le dejó; pero todavía le retorció el pellejo de los brazos unas
+cuantas veces.</p>
+
+<p>—A mí no se me engaña, ¿lo sabes? ¡A mí no se me engaña! Si vuelvo a
+saber que has estado con ella, excusas de venir más por aquí.</p>
+
+<p>—Bueno, te prometo no hablarla más; pero no vayas a hacer caso del
+primer cuento que te traigan.</p>
+
+<p>—¿Cumplirás la palabra?—preguntó la cruel costurera mirándole
+airadamente.</p>
+
+<p>—Pierde cuidado.</p>
+
+<p>—Cuenta conmigo si no la cumples. ¡Alza!</p>
+
+<p>De este modo apacible y tierno, trataba Valentina al tenorio de Sarrió.
+El, cuando daba cuenta de tales tratos a Piscis o a algún otro amigo,
+sonreía como hombre de mundo; afirmaba que estas mujeres irascibles y
+altivas, son las que más deleites proporcionan a los hombres, sobre todo
+a los que como él estaban ya un poco gastados.</p>
+
+<p>Después que hicieron las paces, o por mejor decir, después que Valentina
+otorgó la paz, hubo un cuchicheo que duró no sabemos cuánto. Después no
+se oyó nada, y hasta sería fácil que tampoco se viese gran cosa. El
+corredor estaba como si no hubiese nadie en él. Si no fuese porque es
+muy feo mancillar la honra de una muchacha, podríamos sospechar que la
+amartelada pareja se había metido en lo interior de la casa.</p>
+
+<p>Piscis, en tanto, hacía la centinela paseando a lo largo de la calle. Y
+el caso es, que no era sólo él quien la hacía. Un hombre estaba
+apostado, desde que ellos habían llegado, en el hueco de una puerta
+donde las sombras se espesaban. Inmóvil y protegido por la obscuridad,
+no pudo ser visto de Piscis. Aprovechando un momento en que éste paseaba
+de espaldas a la casa, el hombre salió de su escondite y se acercó
+sigilosamente a ella. Miró hacia el corredor y vaciló unos segundos.
+Esto fué lo que le perdió. Cuando dió el salto para cogerse a las rejas,
+el terrible Piscis se había vuelto ya y le vió. De dos brincos se plantó
+debajo del corredor, antes que el intruso pudiera montar sobre la
+barandilla, y con su famoso roten, le descargó en las espaldas tal
+garrotazo, que el pobre hombre soltó las manos y se dejó caer al suelo.
+Quiso repetir el feroz centauro, pero el hombre se levantó con agilidad
+y se dió a correr de tan prodigiosa manera, que el segundo garrotazo lo
+dió en el suelo, y en cuanto al tercero ni lo intentó siquiera.</p>
+
+<p>—¡Mal rayo!—rugió Piscis.</p>
+
+<p>Este rugido debió de llegar a oídos de su feliz amigo, porque algunos
+segundos después montaba sobre la barandilla y se apeaba bonitamente en
+la calle.</p>
+
+<p>—¿Qué hay?—preguntó, acercándose a su Orestes.</p>
+
+<p>—Un hombre.</p>
+
+<p>—¿Dónde?—volvió a preguntar el seductor ansiosamente, girando dos
+veces en redondo.</p>
+
+<p>—Ya escapó. Le atrapé en el momento de subir al corredor, y le tiré al
+suelo de un palo... Luego echó a correr... ¡Mal rayo! Ni el Romero a
+todo escape lo alcanzaba.</p>
+
+<p>—Ese hombre—profirió Pablito sordamente—debe de ser un novio que
+tenía Valentina hace algún tiempo... ¿Qué trataría de hacer?</p>
+
+<p>—Pues si era el novio, como no fuese para darte una puñalada, no sé a
+qué había de subir.</p>
+
+<p>Pablito echó el brazo por encima del hombro a su amigo, no para
+sostenerse, aunque las corvas un poco se le doblaban, sino para decirle
+con voz apagada:</p>
+
+<p>—¿Crees eso?</p>
+
+<p>—Una... o dos, o tres...</p>
+
+<p>El bello mancebo guardó silencio. Al cabo de un momento le preguntó:</p>
+
+<p>—¿Tú le conoces?</p>
+
+<p>—Yo no, ¿y tú?</p>
+
+<p>—No le he visto nunca: sólo sé que se llama Cosme, y que es barbero.</p>
+
+<p>Alejáronse en silencio de la calle y en silencio llegaron hasta casa de
+Belinchón. Allí, al despedirse, Pablito dijo a su amigo:</p>
+
+<p>—Si vuelvo por allá (que lo dudo), me harás el favor de no perder de
+vista el corredor, ¿verdad?</p>
+
+<p>—A perro puesto—se limitó a contestar el indomable Piscis.</p>
+
+<p>Al día siguiente era domingo y se celebraba en las Escuelas el baile
+acostumbrado de todas las semanas. Se bailaba por la tarde, de tres a
+siete. El salón era espacioso, construído hacía pocos años para escuela
+de niños. Los bancos de éstos se amontonaban en la plataforma destinada
+al maestro. Las paredes estaban tapizadas de carteles. Los adoradores de
+Terpsícore, mientras bailaban la habanera lánguida, podían distraerse
+leyendo en ellos una porción de inestimables consejos encaminados a
+demostrar que la virtud y el trabajo son los verdaderos tesoros del
+niño: <i>El niño estudioso recibirá el premio de su aplicación. La fe y la
+constancia suplen al talento.</i> Y allá en el fondo, sobre la mesa del
+maestro, la imagen de Cristo crucificado, ¡oh vilipendio! tapada con
+una cortina de seda, presidía aquellas habaneras voluptuosas y
+furibundas polkas.</p>
+
+<p>Era el sitio donde sin temor al agua ni al sol, los extranjeros podían
+ver y admirar en seductor ramillete a las <i>yeung girls</i> de Sarrió. Y en
+efecto, allí acudían todos los capitanes y pilotos que hacían escala en
+la villa. Su admiración a veces, rebasando un poco los límites de la
+gravedad británica, les impulsaba a aproximar demasiado las luengas
+barbas rubias al rostro de alguna bella.</p>
+
+<p>—¿Usted es bobo, cristiano?—preguntaba ella poniéndole la mano en el
+pecho y rechazándole con fuerza.</p>
+
+<p>—¡Crijstiano!... ¡crijstiano!—repetía con asombro el inglés.—¿Qué ser
+crijstiano?</p>
+
+<p>—Hombre de Cristo. ¿No sabe la <i>dotrina</i>? ¡Pus depréndala!</p>
+
+<p>Cuando estaban de ver aquellas preciosas damas, era de cinco a seis de
+la tarde, hora en que ya llevaban bailados cuatro o cinco valses y otras
+tantas polkas. La sangre bien batida, teñía de vivo carmín sus mejillas
+frescas. Los rubios o negros cabellos en grato desorden, se
+desparramaban por el espacio o bien caían en adorables bucles por la
+espalda; los ojos brillaban como luceros en aquellos rostros
+celestiales; los labios rojos y húmedos se entreabrían para dejar ver el
+aljófar inmaculado de sus dientes. Y basta, porque no concluiríamos
+nunca. En esto de admirar a las artesanas de Sarrió, no hay inglés que
+nos ponga el pie delante.</p>
+
+<p>En el elemento femenino de los bailes había siempre perfecta
+homogeneidad: todo él se componía de jóvenes situadas en el mismo
+peldaño de la escala social. Pero en lo que toca al masculino, existía
+peligrosa variedad: acudían a aquel sitio los jóvenes artesanos y los
+señoritos de Sarrió. Los primeros creían vulnerados sus derechos por la
+competencia de los señoritos; tanto más, cuanto que ésta era para ellos
+desastrosa, por los repetidos ejemplos de uniones desiguales que se
+efectuaban en la villa. Ya hemos dicho, y si no, lo decimos ahora, que
+los indianos se quedaban con el contingente de señoritas más o menos
+amojamadas, más o menos pobres que existían en la población. Los jóvenes
+de la clase media, vencidos en esta competencia se refugiaban en las
+artesanas, y no lo pasaban mal. Pero los pobres obreros o marineros,
+vencidos por los señoritos, ¿dónde se refugiaban? No les quedaba más
+recurso que la taberna y los palos. De éstos había en cada baile una
+cantidad verdaderamente fantástica. Raro era el domingo en que no salían
+de las Escuelas dos o tres señoritos con la cabeza rota.</p>
+
+<p>Pablito había librado, hasta entonces, bastante bien, gracias a su
+fidelísimo Piscis, que se encargaba de llevar por él los garrotazos que
+se le destinaban. El único contratiempo que padecía en la mayor parte de
+las reyertas, era la pérdida del sombrero. Esto fué tan repetidas veces,
+que vino a averiguarse que le buscaban quimera para que lo perdiese.
+Cuando un artesano necesitaba sombrero, ya sabía dónde buscarlo.</p>
+
+<p>Pero Piscis no pudo librarle de ciertas bofetadas que recibió la tarde
+de aquel domingo; no por falta de voluntad en el centauro, sino porque
+hay cosas que no pueden ser... vamos, que no pueden ser. ¡Cuán ajeno
+estaba el gallardo mozo al retorcerse las guías del bigote frente al
+espejo y aliñarse las mejillas con un jaboncillo que se hacía traer de
+Madrid, que una hora después habían de ser tan fiera y cruelmente
+machacadas!</p>
+
+<p>Paseábase por el medio del salón tan apuesto, tan bizarro, que daba
+gloria verlo. Miraba cuándo a un lado, cuándo a otro, como hacen todos
+los hombres de verdadero ingenio en estos casos. De vez en cuando, al
+cruzar al lado de una damisela, la decía:—«¡Usted tan bonita, Julia!» O
+bien: «Me están matando esos ojos» o «Como Torcuata no la hay en
+Sarrió», u otra frase feliz por el estilo que encendía en puro gozo a la
+doncella. Pero al dejarla escapar, no perdía un punto, de su gravedad.
+Porque sabía que ésta era una de sus cualidades sobresalientes y que le
+hacían más apetecible al bello sexo.</p>
+
+<p>Esperaba hacía rato a Valentina. Pero ya estaba el salón poblado de
+damas, y la fementida orquesta de metal había tocado dos bailables, sin
+que la costurera gentil hubiera hecho su aparición en el baile.
+Volvieron a sonar los acordes de una mazurka. La juventud dorada tornó a
+estrechar los talles esbeltos de las hijas del pueblo. Pero nuestro
+Pablito, fiel a la suya, permanecía inactivo mirando cruzar por delante
+de él las parejas veloces.</p>
+
+<p>Terminada la mazurka le asaltó la idea de que Valentina ya no vendría.
+La tirantez de relaciones que mediaban entre ella y el autor de sus
+días, sobre todo cuando éste tenía algunos vasos de vino en el cuerpo,
+lo hacía muy verosímil. Pocos minutos después, Pablito estaba plenamente
+convencido de ello.</p>
+
+<p>Esta su disposición de espíritu coincidió con la entrada de la blonda
+Nieves en el salón. Sus miradas se encontraron. La pobre muchacha,
+villanamente abandonada no hacía siquiera dos meses, le sonrió con
+dulzura. Esta dulzura había sido precisamente la causa de su desgracia.
+El apuesto Pablito se cansaba pronto de las mujeres dulces. Sin embargo,
+devolvió la sonrisa, y al pasar a su lado, le dijo áticamente:</p>
+
+<p>—Te van a embestir los toros, Nieves.</p>
+
+<p>La bordadora traía un pañuelo rojo atado a la cintura. Esta frase de su
+ex galán le causó un efecto tan vivo, que no supo qué contestar. Sonrió
+de nuevo, y dijo: ¡ah!... ¡sí!... ¡no! y algunas otras partículas que no
+recordamos, y quiso desmayarse de emoción. A la vuelta siguiente le
+preguntó si quería bailar con él la primera polka. La primera, la
+segunda, la tercera, y todas las polkas que se toquen en el universo,
+respondió Nieves con el sí tembloroso que salió de sus labios. Después
+que comprometió la polka, Pablo sintió un gran arrepentimiento:—«¡Qué
+tonto, qué bruto soy! ¿Y si ahora llega Valentina?»</p>
+
+<p>Pero no llegó. La orquesta comenzó a preludiar los primeros compases. El
+joven, sin quitar los ojos de la puerta, abrazó el talle de la
+bordadora, lanzándose con ella en raudo vuelo por la sala. Otros
+jóvenes, no menos raudos, venían del lado opuesto, y ¡claro! un choque
+primero, después otro y después otro. Tales encuentros eran un atractivo
+más en aquellos bailes. Las jóvenes, a quienes apabullaban el peinado u
+obligaban a tambalearse, en vez de sentir enojo, reían a carcajadas con
+placer vivísimo. Pablo y Nieves, que no podían dar cuatro pasos sin
+tropezar con otra pareja, estaban verdaderamente hechizados. Sin
+embargo, el joven, siempre que pasaba por delante de la puerta, sentía
+un leve estremecimiento en las piernas, y se apresuraba a alejarse de
+ella. Cuando la orquesta se calló, llevó a su pareja hacia un ángulo de
+la sala, y allí departieron un momento de pie. Pablito sintió arder
+entre las cenizas de su amor una chispa de simpatía por aquella muchacha
+tan alegre, tan apacible, tan cariñosa.</p>
+
+<p>—Ya tenía deseos de bailar contigo, Nieves—le dijo mientras se
+limpiaba el sudor con el pañuelo.</p>
+
+<p>—Y yo con usted, Pablo.</p>
+
+<p>—¿Usted?</p>
+
+<p>La joven se ruborizó.</p>
+
+<p>—¿Has olvidado el tú ya?</p>
+
+<p>—¡Tanto tiempo se pasó!</p>
+
+<p>—Tienes razón... Pero mira cómo yo no lo he olvidado.</p>
+
+<p>—El miércoles le vi... te vi en la carretera de Nieva... Ibas en un
+caballo blanco...</p>
+
+<p>—Era una yegua.</p>
+
+<p>—Creí que te tiraba.</p>
+
+<p>—¡Tirarme!—exclamó Pablito frunciendo el entrecejo.—¡Afloja un poco,
+chica! A mí no me tira tan fácilmente una jaca.</p>
+
+<p>—¡Es que daba unos brincos tan grandes!... Se ponía así para arriba...
+¡Jesús! Yo estaba asustada.</p>
+
+<p>—Es que la estaba enseñando a levantarse de manos—repuso el joven
+sonriendo con superioridad.—Como no la han trabajado hasta ahora, se
+resiste un poquito. Alguna vez da sus botes de carnero; pero total
+nada... en el fondo es muy noble la Linda... Mira, tú, cuando la compré,
+o, por mejor decir, cuando la cambié por el Negrillo, dando mil
+quinientos reales encima, allá en el mes de octubre, bien te acordarás,
+tenía una porción de zunas. Se me plantaba a lo mejor en medio de la
+carretera, se espantaba con los carros... en fin, un animal perdido. Yo
+me dije: ¿qué hay que hacer con esta jaca?...</p>
+
+<p>Pablito, en cuyo pecho la joven había hecho vibrar la cuerda más
+sensible, disertó larga y luminosamente acerca de aquellos asuntos
+ecuestres. Nieves le escuchaba embelesada, enternecida, figurándose
+acaso que detrás de aquella descripción minuciosa de las zunas de la
+Linda iba a encontrar su amor perdido.</p>
+
+<p>De pronto, el orador ¡paf! recibe un golpe en medio de la cara; el
+auditorio ¡paf! recibe otro. Antes que se hubieran repuesto de la
+sorpresa, reciben otros dos ¡paf, paf!</p>
+
+<p>Era la colérica Valentina el autor de aquel daño. En menos de un minuto
+los llenó a ambos de bofetadas. Pablito no encontró mejor recurso que
+escabullirse bonitamente, y plantarse en la calle. Quedó Nieves como
+inocente paloma en las garras del gavilán. Pero éste, viendo que no
+podía saciarse, porque le sujetaron los brazos, se desprendió
+bravamente, dejó el salón, dónde se había armado el consiguiente jollín,
+y salió a la calle.</p>
+
+<p>Pablito caminaba a paso lento, harto sofocado aún, cuando sintió un
+terrible dolor en el brazo. Conocía tan bien aquel género de tormento,
+que sin volver la cara exclamó:</p>
+
+<p>—¡Valentina!</p>
+
+<p>—¡Yo soy! ¿Creíais que os ibais a reir de mí?</p>
+
+<p>—Lo que acabas de hacer es muy feo—profirió el joven con acento
+irritado, mirando a su querida cara a cara.—Has dado un escándalo, y
+me has puesto en ridículo. Yo no tolero eso, ¿lo oyes?</p>
+
+<p>—¿Que no lo toleras? Pues, mira; como vuelva a verte otra vez con ella,
+no me contento con lo que hoy hice... ¡Os clavo a los dos con una
+navaja!</p>
+
+<p>—Ya te librarás de hacer nada de eso, ni presentarte siquiera delante
+de mí cuando esté hablando con otra mujer—gritó el joven cada vez más
+enfurecido.</p>
+
+<p>—¡En cuanto te vea con esa pendanga! ¡Alza! ¡ya verás! ¡ya verás!</p>
+
+<p>Entonces el hermoso mancebo, justamente indignado, pero olvidando por el
+estado de ofuscación en que se hallaba todos los artículos del código de
+la galantería, descargó una bofetada en el rostro de su querida, y
+después otra, y después otra... en fin, una <i>sopimpa</i> más que regular.
+La graciosa artesana se dejó solfear por su galán pacientemente, sin
+hacer la más leve señal de resistencia, ni siquiera de esquivar los
+golpes. Cuando Pablito cesó, le preguntó con deliciosa naturalidad:</p>
+
+<p>—¿Has concluído ya?</p>
+
+<p>—Por ahora... ¡pero me entran ganas de empezar otra vez!—rugió el
+mancebo ciego de cólera.</p>
+
+<p>—Pues empieza cuando gustes. Yo las he de llevar todas sin moverme.
+Pero te advierto que me pegues o no me pegues, he de hacer lo que te
+dije en cuanto te vea hablando con esa... Ahora llévame otra vez al
+baile.</p>
+
+<p>—No quiero.</p>
+
+<p>—Bueno; pues llévame a cualquier parte donde pueda arreglar el pelo,
+porque me has despeinado.</p>
+
+<p>El joven hubo de transigir llevándola al café de la Estrella, no sin ir
+pensando por el camino que sus conquistas le estaban saliendo un poco
+caras.</p>
+
+<p>Pocos días después tuvo aún mejor motivo para hacerse esta reflexión.
+Fué en la Peluquería Madrileña, donde acostumbraba a afeitarse y
+arreglarse el pelo a menudo. Acompañado de su primer caballerizo, entró
+en ella y se sentó en un diván esperando la vez.</p>
+
+<p>—Cuando usted guste, caballero—le dijo al cabo un muchacho pálido, con
+ligero bigote negro, volviendo el asiento de gutapercha y mirándole de
+través.</p>
+
+<p>Pablito avanzó distraídamente y se dejó caer en la butaca con esa
+languidez elegante que adoptan en las peluquerías aquellos a quienes la
+Providencia señaló con un destello de superioridad. El chico le
+embadurnó la cara con jabón. El joven Belinchón, con la preciosa cabeza
+inclinada hacia atrás, esperó radiante de majestad que se le despojase
+de la sombra negra que manchaba sus mejillas. Tenía los ojos cerrados
+blandamente para mejor percibir los vagos y poéticos pensamientos que
+cruzaban por su cerebro. Siempre que volvía de la cuadra traía la cabeza
+repleta de ideas. Sus piernas se extendían cruzadas debajo de la mesa, y
+sus manos enguantadas pendían de los brazos del sillón con la misma
+elegancia que las piernas.</p>
+
+<p>—Fernando—dijo en voz alta el artista que le iba a afeitar llamando a
+uno de sus compañeros.</p>
+
+<p>—¿Qué quieres, Cosme?</p>
+
+<p>Este nombre hizo estremecer sin saber por qué a Pablito. Abrió los ojos
+y dirigió una larga y ávida mirada al peluquero. No le conocía. Debía de
+ser nuevo en el establecimiento. Esto, en vez de tranquilizarle, le
+obligó a cambiar de postura varias veces, abandonando por el momento su
+habitual majestad y languidez.</p>
+
+<p>—¿Puedes darme la navaja que han vaciado hoy?</p>
+
+<p>—Allá va.</p>
+
+<p>Fernando alargó el brazo y Cosme recogió la navaja. Un vago deseo de
+levantarse nació en el espíritu de Pablito. Mas antes de que pudiera
+adquirir forma, el peluquero le había cogido por la nariz y comenzaba a
+rasparle.</p>
+
+<p>Al cabo de unos instantes en que nuestro joven por debajo de sus largas
+pestañas seguía con mirada inquieta los movimientos de la mano del
+artista, éste le dijo en voz baja, plegados los labios por una sonrisa
+afectada que extendía desmesuradamente su boca:</p>
+
+<p>—Usted es el señorito de Belinchón, ¿verdad?</p>
+
+<p>—Sí—articuló.</p>
+
+<p>—Yo le conozco a usted hace mucho tiempo—manifestó el peluquero con la
+misma voz apagada y sin dejar de sonreir.—¡Oh, sí, hace mucho tiempo!
+Usted no me conocerá... ¡Claro! los señoritos no acostumbran a fijarse
+en nosotros. Le tengo visto muchas veces por ahí a caballo y en coche...
+y también a pie. En los bailes de las Escuelas le veo a menudo. Baila
+usted muy bien, señorito, ¡muy bien!...</p>
+
+<p>—¡Phs!—profirió Pablito, en quien el deseo de levantarse se había
+transformado ya en verdadero anhelo.</p>
+
+<p>—Sí, muy bien... y además tiene gusto para escoger pareja. ¡Caramba qué
+muchachas tan guapas se lleva usted siempre, señorito! Hace algunos
+meses le veía bailar siempre con una rubia... ¡hasta allí! Es hermana de
+un amigo mío... Pero hace ya tiempo que le veo bailar con otra muy
+salada que se llama Valentina, ¿verdad? Es una chica muy graciosa...
+¡Caramba qué buen ojo tiene usted, señorito!... A esta Valentina la
+conozco un poquito... Hemos sido algo amigos en otro tiempo... ¿No le ha
+hablado alguna vez de mí... de un tal Cosme?</p>
+
+<p>—No—articuló el joven, en quien comenzaban los síntomas de una
+abundante transpiración.</p>
+
+<p>—Pues es extraño, porque éramos bastante amigos... ¡Como que hace tres
+meses estábamos para casarnos!... Pero, amigo, vino usted, señorito, y
+todo fué rodando.</p>
+
+<p>Cosme había pronunciado estas últimas palabras con voz temblorosa.
+Pablito sudaba gotas como avellanas sin sentir calor alguno. Tenía el
+mismo temperamento de su glorioso padre, enemigo irreconciliable de las
+traiciones y emboscadas.</p>
+
+<p>—Naturalmente, ¿qué había de pasar?—prosiguió el artista en un tono de
+voz indefinible, pues no se sabía si quería llorar o reir. Al mismo
+tiempo pasaba la navaja con suavidad por la garganta del bizarro mancebo
+para despojarle de algunos pelos importunos.—¡Naturalmente! Un señorito
+tan principal como usted, ¿cómo no había de derrotar a un pelafustán
+como yo? Las chicas, en cuanto uno de ustedes les canta al oído
+cualquier cosita, se vuelven locas, aunque la mayor parte de las veces
+ustedes lo hacen por divertirse, cuando no para otra cosa peor.
+Demasiado se sabe que usted no se ha de casar con Valentina... Usted la
+quiere para pasar el rato por las noches con ella en el corredor y hacer
+sus escapaditas adentro, ¿verdad? Y después ¡ahí queda eso!... La
+verdad, yo quería mucho a esa niña...</p>
+
+<p>La voz del barbero volvió a temblar y la mano también. Pablito no pudo
+siquiera hacer otro tanto. Estaba petrificado.</p>
+
+<p>—Pero ahora—prosiguió Cosme,—ahora, ¿quién es el que se casaría con
+ella a no estar loco?... Los pobres estamos debajo, y tenemos que sufrir
+estas vergüenzas. Si usted hubiera sido un igual mío nos hubiéramos
+visto las caras... Pero si yo me hubiera metido con usted, no faltaría
+quien me rompiese la cabeza, y sobre eso iría a la cárcel... Y sin
+embargo—prosiguió después de un momento de silencio con acento más
+ronco,—si yo ahora me volviese de repente loco, señorito... ¡adiós
+caballos y coches! ¡adiós bailes! ¡adiós Valentina!... Con sólo empujar
+un poco la navaja ¡pif! todo había concluído para siempre...</p>
+
+<p>Pablito, cuyo rostro ya sin jabón estaba tan blanco como cuando lo
+tenía, dejó escapar aquí un jipido tan extraño y doloroso, que Piscis
+que venía observando con ojos recelosos al barbero, saltó repentinamente
+sobre éste y le sujetó los brazos. Pablo se levantó entonces de un
+salto. El dueño y los mancebos y todos los parroquianos gritaron a un
+tiempo:</p>
+
+<p>—¿Qué es eso?</p>
+
+<p>—¡Pillo, asesino!—exclamó Pablito lanzándose sobre Cosme, que estaba
+bien sujeto por atrás y tan pálido como un muerto.</p>
+
+<p>En un instante el gallardo mancebo, que aun sudaba copiosamente, les
+enteró de lo que había pasado. El pobre Cosme fué arrojado de la tienda
+a puntapiés por el patrón, que no quería perder el mejor parroquiano de
+la villa.</p>
+
+
+
+<div class='chapter' /><h2 class="top15"><a name="XIII" id="XIII"></a>XIII</h2>
+
+<p class="c">En que se descubren algunos secretos de la vida de Gonzalo</p>
+
+
+<p>Gonzalo recordó que aún no le habían curado el vejigatorio puesto el día
+anterior. Tiró violentamente del cordón de la campanilla. Estaba tendido
+en el lecho boca arriba, mirando los arabescos del techo. La estancia
+bien esclarecida por los dos balcones que tenía. No se hallaba en su
+alcoba, sino en el despacho, donde le habían puesto una cama el día
+primero que se sintió mal. Ventura había mostrado pesar de dejar la
+alcoba, y prefirió salir él, ya que juntos no podían dormir. El ataque
+había sido tan fuerte como repentino: una erisipela que le inflamó el
+rostro, las manos y las piernas, y estuvo a punto de causarle la muerte.
+Conjurado el ataque cerebral por medio de violentos revulsivos a las
+piernas, el médico le fué aplicando vejigatorios en diversas regiones
+del cuerpo.</p>
+
+<p>—¿Qué se le ofrecía, señorito?—dijo la doncella entreabriendo la
+puerta.</p>
+
+<p>—Haga usted el favor de llamar a la señorita.</p>
+
+<p>Al cabo de un momento, la criada entreabrió de nuevo:</p>
+
+<p>—Que viene al instante.</p>
+
+<p>El joven esperó. Al cabo de diez minutos largos, la linda cabeza rubia
+de su esposa asomó por la puerta.</p>
+
+<p>—¿Qué me querías, pichón mío?—preguntó, sin entrar, en tono distraído,
+que no encajaba bien con lo meloso de la pregunta.</p>
+
+<p>—Entra... Son las once, y aún no me han curado el vejigatorio.</p>
+
+<p>—Yo pensaba que esperarías a que el médico lo hiciese—dijo avanzando
+con vacilación por la estancia. Vestía una magnífica bata de seda azul
+que no podía velar la curva pronunciada de su vientre.</p>
+
+<p>—No ha dicho que vendría él a curármelo... Además me molesta mucho ya.</p>
+
+<p>La joven se acercó a la cama. Después de unos momentos de silencio,
+poniendo la mano sobre la cabeza de su marido, le preguntó:</p>
+
+<p>—¿No sería mejor que el médico te curase?</p>
+
+<p>—No, no—respondió él, malhumorado.—Me está molestando mucho... Busca
+las hilas y la pomada, y trae unas tijeras que corten bien.</p>
+
+<p>Ventura salió sin decir nada. Poco después volvió con aquellos enseres
+en las manos. Se había puesto seria y parecía distraída. El tenía
+impreso en el rostro el hastío y el malestar que causa la cama.</p>
+
+<p>Después que hubo colocado los efectos sobre la mesa de noche y esparcido
+la pomada sobre las hilas con un cuchillo, la joven esposa dijo
+suavemente:</p>
+
+<p>—Vamos.</p>
+
+<p>Gonzalo se incorporó, y desabrochando la camisa expuso al aire su pecho
+de hércules de circo, a cuyo costado derecho estaba adherida una
+cantárida. La joven se inclinó para levantar el parche. Gonzalo
+aprovechó la ocasión para besarla en la frente.</p>
+
+<p>No se dijeron nada. La vejiga era grande y rodeada por un círculo rojo
+de carne inflamada. Ventura se alzó de nuevo y dijo con su habitual
+desenfado:</p>
+
+<p>—Bah, bah, mejor esperamos que venga el médico: no puede tardar... Si
+quieres le pasaremos recado.</p>
+
+<p>—Ya he dicho que no—manifestó el joven frunciendo el entrecejo.—Coge
+las tijeras y corta la vejiga alrededor. Después pones las hilas encima
+de la llaga y se concluyó... ¡Ya ves que es bien fácil!</p>
+
+<p>Ventura no respondió. Tornó las tijeras, se inclinó de nuevo y se puso a
+cortar la piel.</p>
+
+<p>—¿Te duele?</p>
+
+<p>—Nada: sigue adelante.</p>
+
+<p>Pero al quedar la llaga al descubierto la joven no pudo reprimir un
+gesto de repugnancia. Los ojos de su marido, que la espiaban, se
+turbaron. Su frente se arrugó fuertemente.</p>
+
+<p>—Mira, déjalo, déjalo... Esperaremos que venga el médico—dijo
+cogiéndola por la muñeca y apartándola suave, pero firmemente.</p>
+
+<p>Ventura le miró sorprendida.</p>
+
+<p>—¿Por qué?</p>
+
+<p>—Por nada. Déjalo, déjalo—replicó abrochándose de nuevo la camisa y
+tapándose con la ropa.</p>
+
+<p>Venturita se quedó con las tijeras en la mano mirándole fijamente, en
+actitud confusa. El tenía la misma profunda arruga en la frente y miraba
+al techo.</p>
+
+<p>—¿Pero por qué?... ¿Qué te ha dado, chico?...</p>
+
+<p>—Nada, nada. Déjame que voy a descansar.</p>
+
+<p>La joven se quedó todavía unos instantes mirándole. Inflamándose de
+pronto, tiró con rabia las tijeras al suelo y dijo con el acento altivo
+y desdeñoso que tan bien sabía dar a sus palabras cuando quería:</p>
+
+<p>—Me alegro. El espectáculo no era muy agradable; sobre todo poco antes
+de comer.</p>
+
+<p>Al mismo tiempo se volvió dirigiendo sus pasos hacia la puerta. Gonzalo
+exclamó con sonrisa sarcástica:</p>
+
+<p>—Y yo me alegro de haberte dado esa alegría.</p>
+
+<p>Luego, al quedar solo, sus ojos chispearon de furor y sus labios
+temblaron. Apretó la sábana con las manos convulsas, y lanzó una serie
+de interjecciones brutales, entregándose a una de esas cóleras breves y
+terribles de los hombres sanguíneos.</p>
+
+<p>Antes que se hubiese apagado por completo, oyó tocar en la puerta
+suavemente. Figurándose que era su mujer, gritó con furia:</p>
+
+<p>—¿Quién va?</p>
+
+<p>La persona que había llamado, estremecida sin duda por aquella voz,
+tardó un instante en contestar.</p>
+
+<p>—Soy yo, Gonzalo—dijo al cabo con voz débil.</p>
+
+<p>—¡Ah! dispensa, Cecilia. Entra—replicó el joven dulcificándose de
+pronto.</p>
+
+<p>Su cuñada abrió la puerta, entró, y la cerró después con cuidado.</p>
+
+<p>—Venía a saber cómo estabas, y al mismo tiempo a decirte que si quieres
+la limonada ya la tienes hecha.</p>
+
+<p>—Estoy mejor, gracias. Si sigo así, me parece que mañana o pasado a
+todo tirar me levanto.</p>
+
+<p>—¿Te han curado la cantárida?</p>
+
+<p>—Ventura se puso a ello ahora; pero no ha concluído—respondió,
+volviendo a fruncir la frente.</p>
+
+<p>—Sí; acabo de encontrármela en el pasillo, y me ha dicho que te has
+incomodado porque te figurabas que lo hacía con repugnancia—dijo
+Cecilia sonriendo con bondad.</p>
+
+<p>—¡No es eso! ¡No es eso!—repuso el joven en tono de impaciencia y no
+poco avergonzado.</p>
+
+<p>—Debes perdonarla, porque no está acostumbrada a estas cosas. Es una
+chiquilla... Además, el estado en que se encuentra, tal vez influya en
+su estómago.</p>
+
+<p>—¡No es eso, Cecilia!—volvió a exclamar el joven con más impaciencia,
+levantando un poco la cabeza de las almohadas.—Sería muy necio y muy
+egoísta si fuese a incomodarme por una cosa que después de todo no está
+en su mano el evitar. Es cuestión de temperamento, y yo acostumbro a
+respetarlo; mucho más tratándose de mi esposa, que se encuentra en un
+estado excepcional... Pero hay algo más. Lo que me acaba de pasar llueve
+sobre mojado. Hace diez días que estoy en la cama, y no ha entrado en
+esta habitación más de dos o tres veces cada día y casi siempre llamada
+por mí... ¿Te parece que es eso lo que debe hacer una mujer por un
+marido?... Si no hubiera sido por ti y por mamá... sobre todo por ti...
+estaría abandonado en poder de criados como en una fonda.</p>
+
+<p>—¡Oh, no, Gonzalo!</p>
+
+<p>—Sí, sí, Cecilia—replicó con energía y exaltándose.—Abandonado. Mi
+mujer no aparece por aquí sino cuando hay visita... Entonces, sí, viene
+hecha un brazo de mar, oliendo a esencias y demonios colorados... Pero
+traerme las tisanas, apuntar las prescripciones del médico, hacerme un
+poco de compañía hablando o leyéndome algo... ¡De eso, nada!... Ahora le
+ruego que me cure el vejigatorio, y, en cuanto se lo digo, cambia del
+todo su fisonomía... Comienza a buscar salidas para zafarse. Sólo cuando
+yo insisto con empeño, se decide... ¡pero de tan mala gana! con una cara
+tan estirada, que estuve tentado a tirarle a ella todos los chirimbolos.
+No tendría ni pizca de dignidad, ni vergüenza siquiera, si la hubiese
+consentido seguir...</p>
+
+<p>Se había ido exaltando cada vez más, hasta el punto de incorporarse del
+todo en el lecho. Cecilia, en pie, en medio de la habitación, le
+escuchaba inquieta y confusa, sin saber qué replicar. Quería defender a
+su hermana; pero no encontraba argumentos bastante poderosos para
+contrarrestar los de su cuñado.</p>
+
+<p>—Gonzalo—le dijo al fin, con voz firme y semblante sereno, acercándose
+al lecho,—el disgusto que acabas de tener te ha exaltado un poco, y no
+ves las cosas como en realidad son... Es posible que Ventura se haya
+descuidado un poco en el cumplimiento de sus deberes; pero estate seguro
+de que no ha sido por falta de voluntad. La conozco bien. Sé que su
+carácter no se presta a ocuparse en estos pormenores y cuidados que un
+enfermo necesita. No sirve para enfermera. Además, considera que ahora
+se encuentra en un estado en que hay que dispensarle muchas cosas...</p>
+
+<p>—¡Pero si es así en todo, Cecilia! ¡Si es así en todo!—replicó el
+joven con tanta viveza como mal humor.—¡Si es una chiquilla que no
+tiene atadero! Los asuntos de la casa le tienen sin cuidado. Para ella,
+lo único importante en el mundo es ella misma, su hermosura, sus trajes,
+sus joyas... Todo lo demás, padres, hermanos, marido, no significan
+nada... Estoy seguro de que le ha preocupado más el sombrero que ha
+encargado a París que mi enfermedad...</p>
+
+<p>—¡Oh, no digas eso, por Dios! Estás loco.</p>
+
+<p>—No estoy loco. Digo la pura verdad...</p>
+
+<p>Y con palabra rápida, vibrante, tropezando muchas veces por la
+irritación de que estaba poseído, expuso prolijamente sus quejas,
+complaciéndose en hacer sangrar de nuevo los pinchazos que había
+recibido en su vida matrimonial. Ventura tenía un carácter
+diametralmente opuesto al suyo. No era posible estar bien con ella más
+de una hora. Porque si duraba mucho la avenencia, y no se presentaba
+motivo de riña, se encargaba ella de buscarlo, hastiada, sin duda, de
+hallarse en paz con su marido. Si hacía una cosa por proporcionarle un
+goce cualquiera, en vez de agradecérselo, le pagaba generalmente con
+alguna burla o sarcasmo. Todo le parecía poco. Los mayores sacrificios
+los encontraba pequeños. No había posibilidad de hacerla pensar más que
+en sus vestidos, en sus perfumes, en sus cintajos. ¡Qué vida la que le
+había hecho llevar en Madrid los tres meses que allí habían estado! No
+salían de los comercios de sedas, de las joyerías, de casa de la
+modista. Por las noches, infaliblemente al teatro. Aunque estuviese
+cansado o se le partiese la cabeza de dolor, nada, era preciso exhibirse
+en algún palco del Real, del Príncipe o la Zarzuela. El dinero que allí
+habían gastado, sumaba una cantidad imponente. Creía haber llevado
+bastante, y por tres veces tuvo que pedir más a su casa. Luego,
+comprendiendo que dado aquel tren con sus rentas no tendrían bastante,
+sobre todo si Dios le daba muchos hijos, había tratado de montar una
+fábrica de cerveza, para aprovechar siquiera los estudios que había
+hecho. Ventura se había opuesto resueltamente a ello, diciendo que no
+quería ser «la señora de un cervecero...» Estaba convencido de que la
+sangre que se había quemado en Madrid, y la que seguía quemándose en
+Sarrió, era lo que había causado aquel ataque repentino de erisipela.
+¡Claro! El necesitaba una vida de actividad y de trabajo, salir mucho al
+campo, cazar, montar a caballo. Su naturaleza pletórica exigía el
+ejercicio. Aquella vida sedentaria que le gustaba a Ventura, aquel
+eterno teatro, aquellas visitas, aquel trasnochar sin sustancia, le
+mataban; la sangre se le ponía espesa como el aceite... ¡Pero qué le
+importaba a ella todo eso! Lo principal era satisfacer su gusto en todo
+y por todo... En Madrid había aprendido a pintarse; ¡una gran
+barbaridad, porque era blanca como la leche!... Pues aunque él le había
+manifestado repetidas veces que le repugnaba aquella asquerosa manía, no
+había sido posible que le hiciera caso.</p>
+
+<p>Mientras se desahogaba de este modo en un flujo intermitente de
+palabras, el rostro de Gonzalo iba expresando sucesivamente la
+indignación, la tristeza, la cólera, el desprecio, todas las emociones
+que agitaban su alma al recuerdo de sus padecimientos. Su gran torso de
+atleta, se movía convulsivamente sobre el lecho, incorporándose unas
+veces, otras dejándose caer, mientras las manos temblorosas y crispadas
+se ocupaban instintivamente en tirar de la ropa, que a impulso de sus
+bruscas sacudidas se le marchaba.</p>
+
+<p>Cecilia, con la cabeza baja y las manos caídas y cruzadas, le escuchaba
+esperando que después de soltar el fardo de sus disgustos, la cólera del
+joven se aplacase.</p>
+
+<p>Y así fué. Después que ya no tuvo más palabras en el cuerpo, cubriéndose
+con la sábana hasta los ojos dejó escapar una serie interminable de
+resoplidos entremezclados de frases incoherentes. Cecilia comenzó a
+decirle con voz muy suave:</p>
+
+<p>—Yo no sé qué decirte a todo eso, Gonzalo. Meterse en las desavenencias
+que pueda haber en un matrimonio es muy peligroso. Si a alguien
+corresponde intervenir en vuestras cosas no es a mí, sino a mamá... Pero
+siempre he oído decir que en todos los matrimonios hay riñas y
+disgustillos, sobre todo al principio, mientras los caracteres no se
+amolden... Todo eso pasa. Son nubes de verano. Mientras no afecte al
+fondo, mientras los corazones no se desunan, las reyertas matrimoniales
+tienen bien poca importancia... Y aquí no hay miedo a eso, por
+fortuna... Tú quieres a Ventura...</p>
+
+<p>—¡Oh, cada día más!—exclamó él, con rabia de sí mismo.—Estoy
+enamorado como un burro... sí, sí, ¡como un burro!</p>
+
+<p>Una sombra de mortal dolor, veloz como un relámpago, pasó por los claros
+ojos de Cecilia. Pero al instante volvieron a lucir serenos y brillantes
+como siempre.</p>
+
+<p>—Ella también te quiere a ti; no lo dudes. Su genio es vivo, acaso un
+poco caprichoso, por lo mismo que ha sido siempre el mimo de la casa.
+Pero es incapaz de guardar rencor por una ofensa, ni obra jamás con
+premeditación, sino empujada por las impresiones del momento... Además,
+Gonzalo—añadió sonriendo,—considera que ahora le debes muchas más
+atenciones, muchísimo más cariño, si es posible...</p>
+
+<p>La joven, con frases delicadas empapadas de ternura, le habló de su
+futuro hijo; un clavito que remacharía de modo inquebrantable la unión
+de sus almas. Aquel niño para el cual todo el mundo estaba ya trabajando
+en la casa, disiparía con su sonrisa inocente las nubéculas que
+sombrearan por un instante el amor de sus papás. Después que estuviese
+en el mundo ¡bien se acordaría Ventura de coloretes! ¡Anda, anda! pues
+no tendría poco que hacer para tenerle limpio, darle el pecho y
+entretenerle cuando llorase. Y él estaría tan embobado contemplándolo,
+que no tendría tiempo a ocuparse en si su mujer traía tal o cual
+vestido, ni siquiera si estaba de bueno o de mal humor.</p>
+
+<p>La voz de Cecilia, suave, persuasiva, un poco empañada siempre, lo cual
+daba a su acento singular ternura y humildad que llegaba al corazón,
+logró conmover pronto el de su cuñado.</p>
+
+<p>Apaciguóse súbito. Dilatado su rostro por una sonrisa, exclamó antes de
+que concluyese:</p>
+
+<p>—¡Chica, qué gran abogado harías!</p>
+
+<p>—Es que tengo razón—replicó ella riendo.</p>
+
+<p>—Y si no la tuvieses ya te arreglarías para aparecer con ella... ¡Ea,
+ya pasó!... A mí las rabietas me duran poco... Y, sobre todo, en cuanto
+tú empiezas a hablar, pierdo la fuerza. No hay orador que se te iguale
+en eso de acumular los razonamientos en el punto que te convenga; y
+hasta sabes sacar el Cristo... digo, el niño...</p>
+
+<p>Cecilia soltó la carcajada.</p>
+
+<p>—Reconocerás que ha sido con oportunidad.</p>
+
+<p>—No lo niego.</p>
+
+<p>Ambos rieron con alegría, embromándose cariñosamente, mecidos en dulce
+fraternidad que los hacía felices.</p>
+
+<p>Cecilia se retiró al fin. Antes de llegar a la puerta se volvió,
+preguntando con timidez, donde apuntaba un vivo y mal disimulado deseo:</p>
+
+<p>—¿Quieres que te haga yo la cura?... Debes estar molesto...</p>
+
+<p>El joven vaciló un instante. Temía ofender el pudor de su hermana
+política.</p>
+
+<p>—Si tú quieres... No hay necesidad... Acaso te cause repugnancia...</p>
+
+<p>Pero Cecilia ya se había acercado a la cama y recogía las hilas, la
+pomada y las tijeras, poniéndolo todo en orden. Hizo una nueva tableta,
+y extendió con esmero el ungüento sobre ella. Gonzalo la miraba, un poco
+inquieto. Ella guardaba silencio, haciendo esfuerzos heroicos por vencer
+la confusión que se iba apoderando de su alma. Ya estaba arrepentida de
+su proposición. Dejaba transcurrir el tiempo pasando infinitas veces el
+cuchillo sobre las hilas, con los ojos bajos, fingiendo gran atención a
+la tarea que tenía entre manos. Al fin, haciendo un supremo esfuerzo,
+tomó la tableta, y levantando la cabeza hacia su cuñado, le dijo con
+afectada indiferencia:</p>
+
+<p>—Cuando quieras.</p>
+
+<p>Gonzalo, con mano vacilante, bajó la ropa. Se incorporó en el lecho, y
+con lentitud embarazosa principió a desabotonarse la camisa. Al fin
+descubrió su enorme pecho musculoso.</p>
+
+<p>—¡Buen cuadro para antes de comer!—exclamó avergonzado, repitiendo la
+idea expresada por su esposa.</p>
+
+<p>Cecilia no contestó. Se puso a examinar la llaga, cubierta a medias por
+la piel que Ventura no había acabado de cortar. Tomó las tijeras, y con
+mano firme cortó lo que faltaba.</p>
+
+<p>—¿Te hago daño?—preguntó.</p>
+
+<p>—Ninguno.</p>
+
+<p>Descubierta enteramente la llaga, grande como la palma de la mano,
+aplicó con suavidad sobre ella la tableta de hilas, pasó repetidas veces
+la mano por encima para ajustarla, colocó un trapo sobre las hilas, y
+sin dejar de oprimirlo con la mano izquierda, tomó con la derecha una
+venda que había sobre la mesilla, y la aplicó por el medio encima del
+trapo.</p>
+
+<p>—Ahora es necesario que te pases la venda por detrás de la espalda,
+para atarla después aquí encima.</p>
+
+<p>—¿No te atreves tú?—dijo él con sonrisa entre burlona y avergonzada.</p>
+
+<p>Ella no contestó. Quería a fuerza de seriedad dominar la confusión que
+la embargaba. Únicamente se podía advertir su emoción en el temblor
+ligerísimo de sus labios. Los ojos medio cerrados, lucían por detrás de
+sus largas pestañas con íntimo gozo que la expresión indiferente y grave
+de su fisonomía no podía ocultar.</p>
+
+<p>Gonzalo trató de cruzar la venda por detrás, pero le fué imposible.
+Cecilia acudió en su auxilio metiendo la mano con decisión por debajo de
+la camisa. Al sentir el tibio contacto de la carne del joven, aquella
+mano tembló levemente; mas no dejó de seguir con firmeza su tarea.</p>
+
+<p>—¿Buen pecho, eh?—dijo él con afectado desenfado, para ocultar el
+embarazo que a ambos dominaba.</p>
+
+<p>Tampoco respondió Cecilia.</p>
+
+<p>—No creas que es todo natural. Estos brazos y este pecho me los hice
+remando en el Támesis.</p>
+
+<p>—¿Remando?</p>
+
+<p>—Sí, remando. Allí los jóvenes más ricos no se desdeñan de vestir la
+blusa del marinero o la camiseta. Al contrario, es de lo más
+<i>fashionable</i>, como ellos dicen. ¡Cuántos viajes habremos hecho río
+arriba! Luego cada poco tiempo hay regatas. Acude la gente como en
+Madrid a los toros, se cruzan grandes apuestas... ¡Es un recreo
+delicioso! ¡Qué entusiasmo entre nosotros desde muchos días antes!...</p>
+
+<p>Se conmovía al recuerdo de aquellas horas felices de salud y de fuerza,
+cuando ni el amor ni cuidado alguno doméstico turbaban aún su vida de
+estudiante rico y desaplicado. Y viendo la atención que Cecilia le
+prestaba, se extendía en menudencias pueriles, trayendo al recuerdo los
+ínfimos pormenores de aquella existencia consagrada a la gimnasia.
+Refería las regatas que había ganado, las que había perdido y todos los
+incidentes que en ellas habían surgido. Contaba sus impresiones antes y
+después del suceso, la clase de alimentación que usaba para adquirir
+vigor y perder la grasa; describía los trajes que usaban, la forma de
+los botes, los gritos de la muchedumbre que los alentaba desde la
+orilla...</p>
+
+<p>—No habría allí quien tuviese más fuerza que tú—le dijo ella
+comiéndolo con los ojos.</p>
+
+<p>—¡Oh, sí! No era de los más flojos; pero todavía había algunos de más
+fuerza—respondió él con modestia.</p>
+
+<p>Había desaparecido la cortedad de ambos. Tornaba aquella dulce
+fraternidad de antes. Gonzalo descansaba sobre el lecho con los brazos
+fuera. En cuanto se viera fuera de él, y con ánimos, se iba a Tejada.
+Era necesario cambiar de vida, para evitar nuevos ataques. Pensaba
+dedicarse a la caza con ahinco. Montaría además un gimnasio en el sitio
+más adecuado de la casa. En fin, se prometía ser otro hombre así que
+curase del todo.</p>
+
+<p>Cecilia aplaudía aquella decisión; prometía ir con él algunas veces.
+Gozaba mucho más en Tejada que en Sarrió. Había nacido para aldeana. El
+se reía de aquellos propósitos.</p>
+
+<p>—No sabes lo que es ir de caza en este país. A ver si me veo precisado
+a traerte en brazos como a Ventura.</p>
+
+<p>—No tengas cuidado; soy más fuerte de lo que parezco.</p>
+
+<p>Al fin la joven trató de marcharse. Gonzalo le preguntó con timidez:</p>
+
+<p>—¿No me lees hoy un poco?</p>
+
+<p>Cecilia no había pensado en otra cosa desde hacía rato. Pero como había
+oído al joven quejarse con amargura de que su mujer no lo hiciese, temía
+dejarla en peor lugar, ofreciéndose a desempeñar esta tarea.</p>
+
+<p>—¿Qué quieres que te lea?</p>
+
+<p>—Con tal que no sea una de esas novelas terroríficas que le encantan a
+mi mujer, cualquier cosa.</p>
+
+<p>—Bueno; te leeré el Año Cristiano.</p>
+
+<p>—¡No tanto!—exclamó él riendo.</p>
+
+<p>Cecilia tomó de la librería un volumen de versos, y se puso a leer
+sentada cerca de los pies de la cama. Al cuarto de hora Gonzalo dormía
+deliciosamente, con la tranquilidad de un niño. La joven suspendió la
+lectura al observarlo, y le contempló atentamente, mejor dicho, le
+acarició con los ojos larguísimo rato. Al cabo creyó sentir ruido de
+pasos en el corredor, y poniéndose encarnada a la idea de que pudieran
+sorprenderla en aquella actitud, se alzó vivamente de la silla, y salió
+de la estancia sobre la punta de los pies.</p>
+
+<p>Gonzalo, en cuanto estuvo convaleciente, quiso trasladarse a Tejada. Le
+acompañó toda la familia, excepto don Rosendo. Corría el mes de octubre.
+En medio del ropaje amarillo de los campos comarcanos, la posesión de
+don Rosendo, poblada de coníferas, resaltaba como mancha negra, nada
+grata a los ojos. El joven puso en práctica inmediatamente su programa
+de vida higiénica. Levantábase de madrugada, tomaba la carabina, llamaba
+a los perros y lanzábase al través de los campos, llegando la mayor
+parte de los días a la noche, rendido, con algunas perdices en el morral
+y un hambre de caníbal. Cuando las excursiones eran más cortas, Cecilia
+le acompañaba, según le había prometido. Aunque en esta ocasión se
+mataban pocas perdices, Gonzalo apetecía su compañía como la de un
+agradable y simpático camarada. La joven nunca se confesaba fatigada;
+pero él, adivinándolo en su marcha vacilante, daba el alto, la obligaba
+a sentarse, y se hacía el distraído charlando, a fin de que durase más
+el descanso.</p>
+
+<p>Mas ella luchaba entre el placer de estas correrías, y el compromiso que
+había contraído con su hermana de hacerle el canastillo para el niño.
+Cuando llegó la ocasión de pensar en él, al quinto o sexto mes de
+hallarse en cinta, Ventura decidió encargarlo a Madrid; pero Cecilia le
+había dicho:</p>
+
+<p>—Si me traes los modelos, yo respondo de hacértelo igual.</p>
+
+<p>Venturita se había resistido un poco; mas al ver el empeño que su
+hermana ponía, consintió en ello. Cecilia emprendió con tanto afán la
+obra, que le faltaba tiempo para comer y dormir. Algunas veces, cuando
+su cuñado le instaba a salir, le respondía:</p>
+
+<p>—Mira, hoy déjame trabajar. Hace tres días que apenas coso nada.</p>
+
+<p>Y como él insistía haciendo burla de aquellos trabajos, ella se
+resignaba diciendo:</p>
+
+<p>—Bien, lo peor es para ti. A ver con qué vas a vestir a tu hijo cuando
+nazca.</p>
+
+<p>—Descuida, chica—replicaba él riendo.—Tengo bastantes camisas para él
+y para mí... ¡Sobre todo, si le gustan de cuello bajo!...</p>
+
+<p>Al cabo de un mes, la acción del aire y del sol había puesto a Cecilia
+mucho más morena. Parecía un muchacho, un marinerito del muelle, según
+la expresión de Gonzalo. Mientras tanto, Ventura hacía su vida de
+sultana caprichosa, que ahora tenía más razón de ser. Apenas salía de la
+casa. El cuidado exquisito de su persona, le ocupaba mucho tiempo. El
+resto, solía emplearlo en leer novelas de folletín. Cada día estaba más
+hermosa. Aquel culto fervoroso de su cuerpo, contribuía no poco a
+realzar y aumentar sus gracias. Como un artista toca y retoca
+incesantemente su obra, sin que le parezca jamás bastante acabada, así
+la joven esposa cuidaba de sus cabellos, de su cutis, de sus dientes, de
+sus manos, sin cansarse jamás. El matrimonio la había embellecido
+dándole la plenitud amable de la forma femenina, convirtiendo su hermosa
+primavera en dorado y espléndido estío. La misma maternidad, sin
+quitarle frescura ni desfigurar su cuerpo, le prestaba una majestad
+suave y protectora. Luego el soberano gusto, el arte, mejor dicho, con
+que sabía adaptar el color y la forma del vestido al tono de sus carnes
+y a los cambios que en su naturaleza se operaban, daba primor y relieve
+a aquella adorable figura.</p>
+
+<p>Eso sí, toda la casa giraba en torno de ella. Como una diosa adorada y
+temida, movía a su talante todas las figuras humanas que cobijaban las
+torres chinescas. Hasta doña Paula, que la había hecho rostro en los
+primeros meses de matrimonio, había vuelto a caer en su esclavitud. Ella
+no abusaba de aquel dominio. Dejaba que todos cumpliesen su gusto, menos
+cuando directa o indirectamente iba contra el suyo. Así, por ejemplo,
+nadie sabía cuándo tornarían a Sarrió, sino ella. La cocinera no
+arreglaba la comida sin consultarla. El cochero subía a preguntarle
+todos los días si quería salir de paseo. El jardinero no movía un tiesto
+sin pedirle la venia. En cambio no le preocupaba poco ni mucho que su
+marido saliese. Una sola vez, viéndole preparado a salir con Cecilia, le
+dijo sonriendo en presencia de ésta y de otras personas:</p>
+
+<p>—Muy amigos os vais haciendo tú y Cecilia. Mira que voy a celarme.</p>
+
+<p>Y al tiempo de decirlo, clavaba en él una de esas miradas soberanas que
+expresaba convencimiento profundo de su dominio. Gonzalo, por mucho que
+se alejase, no podría romper la cadena; volvería blando y sumiso a sus
+pies, como el cometa que en vertiginosa carrera surca los espacios y a
+una distancia inconmensurable siente el freno del sol y vuelve dócil
+hacia él su frente.</p>
+
+<p>Gonzalo pagó aquella mirada con otra de rendimiento absoluto. Cecilia se
+había puesto levemente pálida y sonreía para disimular su turbación.</p>
+
+<p>—Vamos, ¡idos, idos! No os quiero ver delante—añadió.—Si me la estáis
+pegando, peor para vosotros, porque tomaré una venganza sonada.</p>
+
+<p>La broma no era delicada, teniendo presente lo que había mediado entre
+Cecilia y Gonzalo. Pero no era Venturita mujer que reparase mucho para
+soltarlas.</p>
+
+<p>En los primeros días de diciembre se trasladaron a Sarrió. Un mes
+después Ventura daba a luz una hermosa niña, blanca y rubia como ella.
+Gonzalo estaba tan enamorado de su mujer, que la recibió con alegría,
+sí, mas no con aquel gozo y anhelo con que los hombres suelen acoger a
+su primer hijo. Lo que le interesaba principalmente era la salud de su
+esposa, que no sobreviniese ningún incidente. Todo se volvía entrar y
+salir del cuarto, tomarla el pulso y moler a preguntas a don Rufo. En
+opinión de éste, Ventura podía criar sin inconveniente a su hija. Era
+una muchacha robusta, bien conformada. Tan sólo cuando los niños salen
+muy tragones, la frescura y la belleza de la madre suele marchitarse un
+poco. Ante esta eventualidad, la joven se llenó de miedo y se opuso,
+primero embozadamente, después en términos categóricos, a dar el pecho a
+la niña. Gonzalo se convenció en seguida y hasta halló razonable aquella
+oposición. En cambio doña Paula se indignó grandemente, aunque sólo
+expresaba su desagrado a espaldas de Ventura.</p>
+
+<p>Cecilia se mostró tan solícita, tan vigilante en el cuidado de la
+criatura, que en poco tiempo se apoderó por completo de ella. Colocó en
+su cuarto una cama para la nodriza y la cuna de la niña, con pretexto de
+que Venturita se ponía enferma cuando pasaba una mala noche. Ella
+resistía dos y tres en vela sin alteración alguna. Y en efecto, en
+cuanto la chiquilla lloraba, era la primera que saltaba del lecho para
+entregársela a la nodriza. Si ésta no conseguía acallarla, tomábala en
+brazos, y se paseaba con ella horas y horas, hasta dormirla.</p>
+
+<p>Con esto, los jóvenes esposos, pudieron dormir juntos de nuevo con la
+misma libertad y descuido que en los primeros días de novios. Cuando por
+la mañana presentaban la criatura a su madre, ya Cecilia la había bañado
+en agua tibia y la traía envuelta en limpios pañales. Jugaba con ella un
+rato. Cuando llegaba la hora de entrar en el tocador se la entregaba de
+nuevo a su hermana.</p>
+
+<p>Del mismo modo, aunque con cierta timidez, nacida del deseo de no
+ofender a su hermana y formar contraste con ella, Cecilia intervino en
+el cuidado de la ropa de Gonzalo, y en el arreglo de su despacho. Aquél
+concluyó por darle las llaves de los armarios.—«Cecilia, voy a
+vestirme.» La joven corría al cuarto y a los pocos momentos volvía
+diciendo:—«Ya lo tienes todo». Gonzalo encontraba, en efecto, la ropa
+plegada sobre la cama, la camisa con los botones puestos, las botas
+relucientes, al lado de la mesa de noche.—«Cecilia, se me ha descosido
+un poco el forro del gabán.» Cuando tornaba a ponérselo ya estaba
+cosido. Y ella, que era asaz descuidada en renovar sus vestidos, gustaba
+extremadamente de que su cuñado vistiese a la última moda; no consentía
+por ningún concepto, que anduviese un día siquiera con una bota picada o
+con la corbata sucia. Gozaba en verle salir con algún nuevo traje
+elegante. Desde el balcón, levantando un poquito la cortina, seguíale
+con la vista cuando iba al café con el cigarro en la boca. Y después que
+daba la vuelta a la esquina, todavía contemplaba, hasta que se disipaba
+en el aire, la última bocanada de humo que había soltado.</p>
+
+<p>Un día, Gonzalo, enojado consigo mismo por lo que gastaba sin sustancia,
+le dió la llave del dinero.—«Mira, guarda tú esa llave; ni Ventura ni
+yo tenemos arte para manejar los cuartos. Cuando te pidamos dinero, lo
+apuntas en este cuadernito y nos avisas de lo que llevamos gastado en el
+mes. Tal vez de este modo nos iremos moderando un poco.» Convertida en
+intendente general, pronto observaron los esposos cierta mejoría en sus
+negocios. Gonzalo cuando llegaba alguna cuenta, decía al criado
+sonriendo:—«Pásela usted al administrador». El criado sonreía también y
+se la llevaba a Cecilia.</p>
+
+<p>Aquella intimidad, aquella compenetración singular de los cuñados en
+casi todos los actos de la vida, había engendrado una ilimitada
+confianza entre ellos, sobre todo por parte de Gonzalo. Nada le pasaba a
+éste en la calle, en el café, que no viniese a contar a Cecilia, que le
+prestaba incansable atención. Su esposa en cambio ni atendía ni quería
+oir hablar siquiera de sus cacerías, de sus disputas, de las ocurrencias
+de sus amigos. Todo lo que no fuese modas, bailes, descripciones de las
+<i>soirées</i> madrileñas, bodas de los grandes de España, le interesaba
+poco. Lo que más excitaba su curiosidad era cuanto se refería a los
+reyes y a la real familia. Leía con avidez el relato de las recepciones
+palaciegas, conocía la etiqueta tan bien como un gentilhombre de cámara,
+cómo se saludaba a los reyes, cómo se les besaba la mano, cuándo se
+había de hablar en su presencia, cómo había que retirarse. Sabía los
+nombres y la biografía de cada uno de los miembros de la real familia y
+también los de los nobles más caracterizados de la corte. Las novelas, y
+una señora azafata de la reina que había estado a tomar baños en Sarrió,
+le habían sugerido aspiraciones fantásticas, un anhelo de vivir en
+aquella atmósfera brillante. La majestad de los príncipes la conmovía,
+la embargaba de sumisión, ¡ella que era incapaz de humillarse a nadie! Y
+aquella vida galante de la corte le producía cierto deslumbramiento como
+los fulgores de un sueño feliz. Cuando había estado en Madrid, su
+cualidad de provinciana rica, no le había consentido gozar más que de
+los teatros, de los paseos en coche por la Castellana, de las tiendas y
+las calles. De la corte, de sus saraos y regocijos, había permanecido
+tan distante como en Sarrió. Y sin embargo, ella estaba bien convencida,
+y no le faltaba razón, de que podía brillar en cualquier parte. Su
+hermosura y la viva y graciosa imaginación de que estaba dotada, la
+hubieran hecho notar inmediatamente en la sociedad más distinguida.
+Algunas veces paseando en <i>landau</i> con su marido, había visto fijarse en
+ella con atención y codicia las miradas del duque de S... del marqués de
+C... de encumbrados personajes políticos. En una ocasión había oído a la
+duquesa de Medinaceli al cruzarse los carruajes, decir a su
+compañera:—«¿Estará casada esta niña tan linda?» De aquellos tres meses
+en Madrid, le había quedado una visión poética, un recuerdo confuso de
+sus placeres, y cierto prurito de imitar con los pobres medios de que
+disponía en la villa a las damas encopetadas de la corte, cuyas
+costumbres sólo conocía de oídas.. Así, por ejemplo, cuando salía de
+casa, que era pocas veces, solía hacerlo en carruaje, sobre todo si iba
+al teatro. La costumbre de que el coche viniera a esperarles al
+concluirse la función, había causado en Sarrió alguna sorpresa y no
+pocas murmuraciones. Los trajes con que se presentaba en público eran
+siempre de fantasía, distintos enteramente de los que vestían las otras
+damas de la población. Estas, por regla general, solían andar en sus
+casas con la ropa usada «en cualquier facha» como ellas decían. Ventura
+operó una revolución, vistiéndose desde por la mañana con trajes nuevos
+y adecuados a aquella hora. No se la sorprendía jamás, ni aun en el
+retiro de su gabinete, sin todos los adminículos y adornos propios de la
+ocasión. Sus batas de seda de color siempre apagado, sus cofias de
+encaje nunca vistas hasta entonces, sus babuchas de terciopelo, eran el
+pasmo de la población. Había muchas señoras que iban a visitarla, sólo
+por enterarse de su tocado casero.</p>
+
+<p>Gonzalo, al verla enfrascada en la lectura de las revistas de salones,
+al oir describir, como si lo hubiera visto, un baile en Palacio,
+exclamaba riendo:—«¿Sabes cómo se llama en medicina esa manía tuya?...
+Delirio de grandezas». Ella se enojaba. Como todos los caracteres
+burlones, le hería profundamente el ridículo. Con su cuñada el joven se
+reía unas veces, otras se mostraba irritado de aquellas extravagancias
+de su esposa, que calificaba de estúpidas y cursis. Cecilia procuraba
+calmarle, achacándolo a los pocos años, al carácter tornadizo de
+Ventura:—«Ya verás—le decía;—dentro de algunos meses no se acordará
+de semejantes tonterías».</p>
+
+<p>Cecilia era su paño de lágrimas, su confidente en todos los disgustos
+matrimoniales. Nunca dejaba de recibir de su boca algún útil consejo,
+algunas palabras consoladoras que calmaban sus fuertes y repentinos
+enojos. Se había acostumbrado de tal modo a aquellas confidencias, que
+cuando después de alguna reyerta con Ventura no hallaba a su cuñada en
+casa, se ponía el sombrero y corría a buscarla al paseo, a la iglesia o
+donde estuviese. El mucho tiempo que pasaban juntos convidaba también a
+éstos desahogos. Ventura no quería salir de casa. Y como don Rufo exigía
+que la niña tomase el aire libre, Cecilia se encargaba de acompañar a la
+nodriza. Gonzalo las acompañaba a ambas, la nodriza con la niña delante,
+él con Cecilia detrás. En aquellos largos paseos le confiaba todos sus
+secretos, le explicaba prolijamente sus temores, sus alegrías, sus
+esperanzas. A veces, oyéndola discurrir con tanta perspicacia en
+aquellos asuntos morales, solía exclamar con poca galantería:—«¡Qué
+lástima que Ventura no posea tu carácter juicioso y sensato!»</p>
+
+<p>Ella, en cambio, permanecía impenetrable para él, como para todo el
+mundo. O porque no tuviese secretos que contar, o por su temperamento
+excesivamente reservado, la primogénita de Belinchón huía de hablar de
+sí misma con un cuidado extraordinario. Ni sus alegrías ni sus pesares
+eran conocidos de nadie. Sólo un observador muy fino podría, a fuerza
+de costumbre, averiguar vagamente las emociones que la agitaban. Gonzalo
+no lo era. En su egoísmo infantil de hombre sano y musculoso, había
+llegado a considerar a su cuñada como un ser pasivo, razonable y frío,
+admirable para aconsejar y dirigir a los demás, un ser superior, si se
+quiere, pero incapaz de sentir aquellas cóleras, aquellas alegrías,
+aquellas pasiones insensatas que alteraban a los caracteres débiles como
+el suyo. Sin embargo, alguna vez, en son de broma, había tratado de
+sacarle del cuerpo sus secretillos. Sabía que tres o cuatro mancebos de
+la población aspiraban a su mano. A alguno de ellos le había sorprendido
+más de una vez paseando la calle. En el teatro la flechaban con los
+gemelos. Y aunque Gonzalo advertía con cierto disgusto que debía de
+haber en aquella adoración más deseo de la dote que verdadero amor,
+procuraba lisonjearla hablándola de sus pretendientes. Ella rehuía la
+conversación con silencio obstinado, sonriendo vagamente para no dejar
+traslucir su pensamiento; hasta que al cabo se veía precisado a hablarle
+de otra cosa.</p>
+
+<p>En cierta ocasión, sin embargo, Gonzalo tomó el asunto con más seriedad
+y persistencia. Un amigo de la infancia, ingeniero de caminos, le habló
+de Cecilia, y le pidió su protección para interesarla en su favor. La
+franqueza y sinceridad de su lenguaje agradó mucho al joven.</p>
+
+<p>—Gonzalo—le dijo,—me encuentro ya en edad y en disposición de
+casarme. No he querido hacerlo en Madrid o en Sevilla, donde estuve
+destinado, porque desconfío de las mujeres que no conozco de muy atrás.
+Los hombres deben casarse en su patria con las jóvenes que han visto
+crecer a su lado. Decidido a casarme con una chica de la población, me
+he fijado en tu cuñada, y voy a decirte con toda sinceridad mis
+pensamientos. Cecilia no es bonita ni es fea; es una mujer pasable.
+Siempre he creído que éstas son las más a propósito para esposas. En las
+cuatro o cinco veces que he hablado con ella en casa de las de Saldaña,
+la he encontrado muy simpática y muy razonable, franca y modesta. Sus
+amigas hablan todas bien de ella. Es un dato importantísimo que los
+hombres no tienen en cuenta bastante al casarse. Porque las amigas
+suelen ser implacables las unas para las otras, y se buscan las
+cosquillas que es una bendición... Además, tu cuñada tendrá una buena
+fortuna el día de mañana, y esto, ¿por qué no he de decírtelo? también
+es otro dato que debe tenerse presente. No sé por qué se han de casar
+los hombres por sistema con las mujeres pobres. Las necesidades que el
+hombre se crea al contraer matrimonio, son muchas: los hijos pueden
+aumentar demasiado, y todo debe mirarse. Yo no necesito casarme por
+interés. Tengo una carrera bastante lucrativa. Mis padres me han de
+dejar también alguna hacienda... ¿Quieres preguntarle si le he sido
+antipático en las pocas veces que he hablado con ella, y si consiente
+que me presenten en su casa?</p>
+
+<p>Gonzalo le prometió interponer su influencia; le dejó entrever con
+reticencias más o menos claras, un éxito lisonjero, jactándose del poder
+que sobre ella ejercía. Hasta entonces todas las indicaciones que la
+hiciera, habían sido atendidas.—«Creo que si yo no consigo llevar a
+remate la empresa, ninguna otra persona podrá intentarla»—concluyó por
+decir en un rapto de expansión y de orgullo.</p>
+
+<p>Aquella misma noche aprovechó el momento en que Cecilia vino a
+encenderle el quinqué al despacho, para decirla risueño:</p>
+
+<p>—¿Tienes algo que hacer ahora, Cecilia?... ¿No?... Pues siéntate un
+momento, que voy a confesarte.</p>
+
+<p>La joven le miró con sus grandes ojos claros y suaves, donde se pintaba
+la sorpresa. Gonzalo la obligó a sentarse.</p>
+
+<p>—¿Tienes novio?—la preguntó bruscamente.</p>
+
+<p>—¡Qué pregunta!—exclamó ella con semblante risueño, sin avergonzarse.</p>
+
+<p>—No hablo de novio formal. Si lo tuvieras ya estaría yo enterado.
+Quiero sólo saber si entre los jóvenes que te obsequian hay alguno que
+hubiese logrado interesarte más o menos.</p>
+
+<p>—¿Para qué quieres saber eso?</p>
+
+<p>—Contesta.</p>
+
+<p>Cecilia hizo un gesto negativo.</p>
+
+<p>—Pues entonces voy a tomarme la libertad de hablarte de uno, que me lo
+ha suplicado... Se trata de mi amigo Paco Flores, a quien ya conoces. Me
+ha pedido que le recomendase a ti, preguntándote al mismo tiempo si en
+las pocas veces que contigo ha hablado te había sido antipático.</p>
+
+<p>—¿Antipático?—preguntó con sorpresa.—¿Por qué? A mi no me es nadie
+antipático mientras no cometa alguna grosería.</p>
+
+<p>—Después me ha rogado te pregunte si consientes en que sea presentado
+en esta casa.</p>
+
+<p>—Eso es otra cosa—respondió poniéndose repentinamente seria.—Yo no
+puedo impedir que sea presentado aquí; pero, como mi consentimiento
+podría implicar que tengo gusto en que nos visite, no estoy dispuesta a
+dárselo.</p>
+
+<p>—No se trata de que lo aceptes por novio—se apresuró a decir
+Gonzalo.—Únicamente desea que le permitas tratarte algún tiempo; y si
+al cabo le consideras merecedor de tu mano, se la otorgues, y si no, se
+la niegues.</p>
+
+<p>—Pues negada desde luego, y sin necesidad de trato—replicó con firmeza
+la joven.</p>
+
+<p>—Es muy pronto eso—dijo Gonzalo sonriendo para disimular la irritación
+que aquella brusca respuesta le había producido.</p>
+
+<p>—Me parece que en estos asuntos cuanto más sinceros seamos, mejor para
+todos. ¿Por qué ha de molestarse ese muchacho en visitarme una larga
+temporada para recibir la respuesta que desde ahora mismo le puedo dar?</p>
+
+<p>—Bien, bien; procedamos con calma. Si Paco no te es antipático, como
+confiesas, no puedes asegurar que al cabo de seis u ocho meses o un
+año, no te enamores de él.</p>
+
+<p>—Soy incapaz de enamorarme—dijo ella con sonrisa amarga que su cuñado
+no entendió.</p>
+
+<p>—El amor viene cuando menos se piensa—afirmó éste
+sentenciosamente.—Estamos años y años sin sentirlo, y un día, ¡paf! da
+un vuelco el corazón. Es que hemos hallado nuestra media naranja.</p>
+
+<p>Estas palabras tan cándidas como crueles, removieron las escasas gotas
+de hiel que Cecilia guardaba en su pecho. Con rápida frase y mirando
+duramente a uno de los brazos del sillón donde se hallaba sentada,
+repuso:</p>
+
+<p>—Pues yo estoy segura de que mi corazón no hará ¡paf! ningún día.</p>
+
+<p>—¿Por qué aseguras eso, Cecilia? Las mujeres, más que los hombres,
+están hechas para el amor, para los goces que éste proporciona, para la
+vida de familia. Se puede decir que el único destino de la mujer sobre
+la tierra, es el matrimonio, porque es la encargada de sostener sobre
+ella la vida. Su disposición física, todos los órganos de su cuerpo
+están construídos para la producción de esta vida...</p>
+
+<p>Gonzalo abogaba por su amigo Paco, apelando, como se ve, hasta a la
+fisiología. Cecilia le escuchaba en silencio, el semblante severo, la
+mirada fija en el vacío. Las palabras de su cuñado sonaban en su alma
+como un acento de desolación. Sí; aquello era verdad, ¡por desgracia era
+todo verdad! Cuando terminó de hacer la apología del amor, hizo la de su
+amigo Paco Flores, un joven tan despejado, tan formal, hijo de una buena
+familia, con brillante carrera, etc., etc.</p>
+
+<p>Cecilia se obstinó secamente en rehusar su consentimiento para que
+viniese a casa. Entonces Gonzalo, un poco irritado por la disputa, y
+herido en su amor propio por haberse jactado sin razón delante de Paco
+de su influjo sobre la joven, dejó escapar algunas frases duras: «¿Por
+ventura le parecía poco para ella? Paco no era rico, pero podía aspirar
+a su mano. En Sarrió no hallaría un muchacho mejor que él. Nadie
+tacharía, seguramente, el matrimonio de desproporcionado. ¿O es que
+esperaba un príncipe de la sangre?... Pues que no se descuidara mucho,
+porque la juventud de las mujeres pasa pronto, y se han llevado en estos
+asuntos bastantes chascos...»</p>
+
+<p>La joven escuchó la filípica de su cuñado hasta el fin, sin mover un
+dedo siquiera. Cuando terminó, levantóse vivamente del asiento, el
+rostro pálido, las manos convulsas, y salió con precipitación de la
+estancia. Al cruzar el pasillo para dirigirse a su cuarto, dos gruesas
+lágrimas rodaban por sus mejillas.</p>
+
+
+
+<div class='chapter' /><h2 class="top15"><a name="XIV" id="XIV"></a>XIV</h2>
+
+<p class="c">De los galicismos que cometía «El Faro de Sarrió» y otros asuntos no
+menos interesantes.—Primeras bajas de la batalla del pensamiento.</p>
+
+
+<p>Después de su ruidoso desafío, el esforzado Belinchón supo, aunque otra
+cosa afirmen algunos cronistas, gozar con modestia de la merecida fama y
+aureola que inmediatamente le circundaron. Quizá se fijen aquéllos para
+sustentar la opinión contraria, en haberse descubierto algunas
+provocaciones del insigne caballero a ciertos sujetos de la villa, no
+bastante justificadas. Mas al hacerlo, no tenían en cuenta que tales
+provocaciones vinieron, no a raíz del señalado acontecimiento que hemos
+narrado, sino algún tiempo adelante. En la historia, la cronología es
+siempre de importancia capital. Y en este particular de que tratamos,
+explica satisfactoriamente los actos de nuestro héroe.</p>
+
+<p>Mientras duró en la villa la impresión del suceso, se le tributaron
+aquellas muestras de admiración a que era sin disputa acreedor. Sus
+mismos enemigos al verle pasar, le miraban con respeto, ya que no con
+simpatía. Entonces don Rosendo, en vez de abusar de su reconocida
+superioridad, como hubiera hecho otro hombre de menos esfuerzo y
+modestia, aparecía con un continente grave, sí, pero apacible,
+recorriendo las calles con el mismo sosiego y mesura que antes. Ejemplo
+notable de prudencia, que en vez de agradecérsele, sirvió para que se
+intentasen y perpetrasen contra él algunos desacatos. Por lo pronto, en
+el Camarote comenzó a hacerse chacota de tal desafío. Se ponderaba con
+intención malévola y exagerándolos, los saltos que el fundador del
+<i>Faro</i> había dado hacia atrás en el combate. Estas burlas, de las
+cuales, como puede suponerse, era el iniciador Gabino Maza, no
+permanecieron mucho tiempo en el recinto de la tertulia. Se extendieron
+por toda la población, de tal modo, que al cabo de algunos días una gran
+parte de sus habitantes sonreía irónicamente al oir hablar del famoso
+lance de honor. Don Rosendo traslució algo de esta befa, no sólo por los
+oídos, sino también por los ojos. Advirtió que en vez de las miradas
+respetuosas y de la cortesía que con él se usaba, comenzaban sus vecinos
+a adoptar una actitud grosera, haciéndose los distraídos o volviendo la
+cabeza cuando él pasaba. Al cruzar por delante de algún corrillo, creyó
+percibir risas comprimidas.</p>
+
+<p>¿Qué le tocaba hacer en este caso? Indudablemente dejar la modestia a un
+lado y obligar a sentir a aquellos bellacos el peso de sus conocimientos
+en la esgrima. La primera señal que dió de su indignación y del soberano
+desprecio que sus enemigos le inspiraban, fué el escupir al suelo, con
+ruido, cuando alguno de éstos cruzaba a su lado, como indicando que le
+daba asco. En cuanto comprendieron el motivo de aquella extraordinaria
+secreción, los más tímidos comenzaron a pensar que el rayo podía muy
+bien acompañar a la lluvia, y evitaron con cuidado el tropezarle. Los
+más bravos pasaban a su lado sin hacer caso de aquella tos
+despreciativa; pero sin osar mirarle a la cara. Al cabo de algún tiempo
+unos y otros lo tomaron con calma y se decían riendo:—«Acabo de
+encontrarme con don Rosendo.—Qué tal, ¿te ha tosido?—Ya lo creo;
+¡parecía que reventaba!» Y en el Camarote corrían las bromas y se
+celebraban las burlas más groseras contra nuestro gran patricio. Una de
+ellas fué el desfilar uno en pos de otro a cierta distancia, todos los
+socios de la tertulia por delante de él. Don Rosendo quedó de aquella
+vez sin saliva y con la garganta destrozada. Tan sólo Gabino Maza lo
+tomaba en serio y aseguraba que ya se libraría aquel buey (la palabra es
+dura, pero textual) de escupir cuando él pasase. Y en efecto, don
+Rosendo se había abstenido hasta entonces de hacerlo. Creía que debía
+guardar ciertas consideraciones al jefe del bando contrario. Mas una
+noche en que traía la cabeza un poco exaltada por la lectura de cierto
+desafío de dos <i>yankees</i>, al topar junto al café de la Marina con Maza,
+se le ocurrió escupir en la forma provocativa que usaba. Aquél se volvió
+repentinamente hecho una furia, y sujetándole con fuerza por la muñeca,
+le dijo al oído con acento rabioso:</p>
+
+<p>—Oiga usted, señor majadero: a mí no me tose usted ¡ni en cuarto grado
+de tisis! ¿lo oye usted?</p>
+
+<p>Don Rosendo, como hombre correcto y muy práctico en estos asuntos de
+honor, no dijo nada en aquel momento. Pero al día siguiente no salió de
+casa esperando los padrinos de Maza, los cuales, felizmente para éste,
+no parecieron.</p>
+
+<p>El desafío y la actitud de don Rosendo, tuvieron, sin embargo,
+consecuencias provechosas para la población. Gracias a nuestro héroe
+nació en ella la afición a las armas. Muchos de sus habitantes más
+distinguidos comenzaron con ahinco a cultivar la esgrima. Ya no fueron
+solamente los redactores del <i>Faro</i> y los tertulios del Saloncillo
+quienes se entregaban a este noble ejercicio amaestrados por M. Lemaire.
+También los socios del Camarote, comprendiendo a la postre la
+importancia de este arte, establecieron, en un almacén contiguo, sala de
+armas. Al frente de ella, pusieron a un oficial de reemplazo
+perteneciente al arma de caballería, que había tirado al florete en
+Madrid. El resultado inmediato de este adelanto fué que las reyertas,
+que a cada paso se suscitaban entre los del Saloncillo y los del
+Camarote, eran conducidas con arreglo a todas las fórmulas y ceremonias
+prescritas en el código del honor. No transcurría semana tal vez, sin
+que la villa se estremeciese con las idas y venidas de los padrinos, los
+rumores de las conferencias celebradas en los ángulos de los cafés, las
+actas que inmediatamente se publicaban en el <i>Faro</i> y en los periódicos
+de Lancia. Porque de veinte pendencias las diez y nueve se terminaban
+con un acta para ambas partes honrosa, suscrita y firmada por los
+padrinos. De modo que de aquellos lances de honor, lo único positivo
+eran los bastonazos o puñadas que los contendientes se daban
+previamente, sin perjuicio de que las cosas siguiesen sus trámites
+ordinarios.</p>
+
+<p>Alguna que otra rara vez, cuando los ánimos se enconaban demasiado, se
+iba «al terreno». Delaunay se había dado de sablazos con don Rufo, por
+un comunicado inserto en <i>El Porvenir de Lancia</i>, en el que se decía que
+los médicos no giraban la visita en el hospital a la hora reglamentaria.
+El impresor Folgueras se había batido también con un cuñado de Marín,
+por haber negado el saludo uno de ellos al otro. Afortunadamente, en
+ninguno de los dos encuentros había habido más que planazos y
+verdugones. El desafío más notable fué el de don Rudesindo con don Pedro
+Miranda, que después de vacilar algún tiempo se había decidido por los
+del Camarote. El motivo fué «el problema del matadero». La ocasión, la
+siguiente. Don Pedro había manifestado en una casa que don Rudesindo
+apoyaba el partido de Belinchón sólo porque no se emplazase el matadero
+en la playa de las Meanas, donde sus casas salían perjudicadas. El
+fabricante de sidra tuvo conocimiento de este dicho, habló pestes en el
+Saloncillo de don Pedro, y se mostró vivamente ofendido de tal
+suposición; mucho más ofendido de lo que en realidad estaba. Alvaro
+Peña, que no estaba contento sino cuando tenía un desafío entre manos,
+se apresuró a decirle en voz alta con la arrogancia que le
+caracterizaba:</p>
+
+<p>—Pierda usted cuidado, don Rudesindo. Miranda le dará a usted una
+reparación. ¿Quiere usted dejarlo de mi cuenta?</p>
+
+<p>El bueno del fabricante hubiera deseado comerse las palabras que había
+soltado. ¡Aquel Peña era un hombre tan expeditivo! ¿Por qué diablos
+había dicho que tenía ganas de tropezar a don Pedro para darle dos
+puntapiés, cuando en realidad acababa de verle al salir de casa, y había
+cruzado a su lado sin decirle una palabra? Pero estaban allí más de
+veinte personas, y se vió en la dolorosa necesidad de contestar al
+ayudante, aunque en el tono menos agresivo posible:</p>
+
+<p>—Bueno... si usted cree que merece la pena...</p>
+
+<p>—¡Pues no ha de merecer! Suponer que usted no está a nuestro lado sino
+por móviles mezquinos bastardos es insultarle... A vej, don Feliciano.
+¿Quiere usted escuchaj una palabra?</p>
+
+<p>Don Feliciano y él conferenciaron en un rincón breves momentos. Acto
+continuo salieron a la calle. Don Rudesindo quedó en la apariencia
+tranquilo, en realidad fuertemente alterado y bramando en su interior
+contra Peña, contra el Saloncillo, contra sí mismo y contra la madre que
+le parió. ¿Qué necesidad tenía él de meterse en líos? Un hombre casado,
+con hijos, que en toda su vida no había hecho más que trabajar como un
+esclavo para labrarse un capitalito... Y ahora que lo tenía... por una
+quijotada de ese farfantón... ¡acaso!... El fabricante apenas podía
+pasar los sorbos de cognac que de vez en cuando introducía en la boca.</p>
+
+<p>La cosa se arregló muy pronto. Don Pedro Miranda quedó viendo visiones
+con la visita de Peña y don Feliciano. Dijo que no recordaba... que él
+no tenía agravio alguno de don Rudesindo... al contrario. Pero Peña le
+había atajado, diciéndole:</p>
+
+<p>—Bueno, don Pedro. No podemos escuchar eso. Nombre usted dos personas
+que se entiendan con nosotros.</p>
+
+<p>El atribulado propietario nombró a Gabino Maza y Delaunay por
+representantes. Como de éstos el uno era hombre acalorado y fiero, y el
+otro mal intencionado, no fué posible avenencia. Se negaron en absoluto
+a dar explicaciones. El lance quedó concertado a sable en el cementerio
+antiguo, en las primeras horas de la mañana.</p>
+
+<p>Don Rudesindo al saberlo, maldijo de la hora en que viera la luz del
+día. Su contrario don Pedro se limitó sencillamente a dejarse caer en un
+sofá y pedir una taza de tila. Mas no hubo otro remedio que acudir a
+donde el honor los llamaba. A las seis de la mañana, Peña y don
+Feliciano por una parte, y Maza y Delaunay por la otra, los sacaron de
+sus domicilios para conducirlos al cementerio viejo. ¡Dios mío, al
+cementerio viejo! ¡Qué ideas tan lúgubres revolotearon por el cerebro de
+don Pedro Miranda mientras caminaba hacia allá! No es posible
+compararlas sino con las que asaltaron a don Rudesindo en el mismo
+trayecto. Peña le dijo antes de llegar:</p>
+
+<p>—Es evidente, don Rudesindo, que usted le escabecha. Me lo da el
+corazón... Usted le escabecha. No tira usted mucho, pero tiene un juego
+muy difícil, ¡muy difícil!...</p>
+
+<p>El fabricante hubiera dado en aquel momento toda su hacienda por tenerlo
+no difícil, sino imposible.</p>
+
+<p>—Don Pedro no tiene pierna; es además, corto de brazo... Pero, como ya
+sabe usted que en las ajmas no hay nada seguro y a veces el que menos se
+piensa, lleva el gato al agua, si usted tiene algo que encargarme,
+hágalo antes que lleguemos.</p>
+
+<p>Don Rudesindo se estremeció. Siguió caminando un rato en silencio, y
+por fin, sacando unos papeles del bolsillo, se los entregó diciendo con
+voz sorda:</p>
+
+<p>—Si perezco, déle usted esto al señor Benito.</p>
+
+<p>Dos lágrimas asomaron a sus ojos al mismo tiempo.</p>
+
+<p>—¿El señor Benito el <i>Rato</i>?—preguntó Peña.</p>
+
+<p>Don Rudesindo no le oyó. Se había escapado ya por la carretera adelante
+para ocultar su emoción.</p>
+
+<p>Por qué el nombre de su escribiente le producía en aquel instante tal
+enternecimiento, no podemos explicarlo. Acaso en las grandes crisis de
+la vida, se despierten vivas y súbitas simpatías en el fondo de nuestro
+ser, de las que no teníamos la menor sospecha.</p>
+
+<p>El cementerio viejo, próximo ya a dedicarse al cultivo, era un pequeño
+cercado donde crecía la hierba y la maleza. Las cruces de madera se
+habían podrido. No había más testimonio de que tal recinto era mansión
+de los muertos, que dos calaveras incrustadas en la pared a entrambos
+lados de la puerta. Por cierto que estas calaveras, no produjeron una
+impresión grata en don Rudesindo. En don Pedro no sabemos; pero puede
+sospecharse que no sería más favorable. Tardaron algún tiempo en buscar
+sitio, porque las ortigas y zarzales impedían <i>marchar y romper</i>
+convenientemente a los combatientes. Mientras Peña, en compañía de los
+testigos contrarios, se ocupaba en esta tarea gravísima, el bueno de don
+Feliciano Gómez cometió la <i>incorrección</i> (¡Dios le bendiga por ella!)
+de acercarse a don Pedro Miranda, que descolorido, con la mirada
+atónita, el estómago encharcado por la cantidad fabulosa de tazas de
+tila que había tomado aquella noche, esperaba, arrimado a la tapia, que
+aquellos señores concluyesen, en la actitud de un reo de muerte.</p>
+
+<p>—Hola, don Pedro; frío, ¿eh? ¡Caramba qué mañana!... ¡Mire usted que
+levantarse un hombre de la cama para esto! ¡Válgate Dios! <i>(Silencio
+interrumpido por algunos eructos del infortunado Miranda.)</i> Hubiera dado
+el dedo meñique, ¡el dedo meñique, sí! por no tener que asistir a una
+atrocidad semejante. Pero dicen que es un favor que no se puede negar.
+Bueno: que no se niegue cuando se trata de una ofensa grave... ¿Dónde
+está aquí la ofensa grave? Vamos a ver, que me lo digan, ¿dónde está?
+¡Válgate Dios! ¡Válgate Dios! <i>(Nuevo silencio y nuevos eructos de don
+Pedro, que concluye por doblar la cabeza sobre el pecho, con la misma
+resignación que si la pusiera sobre el tajo.)</i> ¡Cuánto mejor sería estar
+metido entre las sábanas tomando el chocolate! ¿verdad, mi
+queridín?—profirió don Feliciano, poniéndole la mano sobre el hombro
+con gran familiaridad. Miranda dejó escapar un imperceptible sonido
+gutural.</p>
+
+<p>—¡Ya lo creo!—siguió el comerciante.—Por más que me digan, don Pedro,
+yo no puedo creer que usted tenga gana de matar a don Rudesindo... Un
+vecino... que ha sido su amigo hasta hace poco... con quien se ha criado
+y ha ido a la escuela...</p>
+
+<p>—No... yo gana... ninguna—murmuró don Pedro, siempre con la cabeza
+sobre el tajo.</p>
+
+<p>—¡Velo usted ahí!—exclamó don Feliciano dando una gran palmada.—¡Lo
+que yo decía! Pues lo mismo le pasa a don Rudesindo, mi queridín. Y
+entonces, vamos a ver, ¿quién tiene ganas de matarse aquí? ¡A ver, que
+me lo digan!</p>
+
+<p>Y paseó la mirada en torno, buscando contestación. Peña, Maza y Delaunay
+estaban lejos y ocultos por algunos cipreses. Don Rudesindo yacía
+arrimado también a la tapia, a unos cincuenta pasos de distancia.
+Entonces el comerciante, por una súbita y celestial inspiración, le hizo
+seña de que se acercase.</p>
+
+<p>Don Rudesindo avanzó hacia ellos lentamente, con paso tímido y
+vacilante.</p>
+
+<p>—¿Dice usted, mi queridín, que no tiene ninguna gana de matar a don
+Rudesindo?—preguntó el comerciante a Miranda.</p>
+
+<p>—Ninguna—murmuró éste.</p>
+
+<p>—¿Tendría usted, por casualidad, deseos de herirle?</p>
+
+<p>—Tampoco. Yo siempre he estimado a Rudesindo—balbució el propietario.</p>
+
+<p>—¿Eh? ¿Cómo? ¿Qué decía usted?—gritó don Feliciano con triunfal
+exaltación.—Que usted siempre ha estimado mucho a don Rudesindo,
+¿verdad, mi queridín? ¿Ha dicho usted eso?</p>
+
+<p>—Sí, señor.</p>
+
+<p>—Dime, Rudesindo (andando unos cuantos pasos al encuentro del
+fabricante de sidra). ¿Tienes deseos de matar aquí al señor don Pedro...
+un vecino... que ha sido tu amigo hasta hace poco... con quien te has
+criado y has ido a la escuela de don Matías <i>el Churro</i>?</p>
+
+<p>—Yo, ¿por qué?—dijo el fabricante abriendo ansiosamente los ojos.</p>
+
+<p>—¿Tendrías por casualidad deseos de herirle?</p>
+
+<p>—Ni de hacerle el menor daño. Siempre le he tenido por verdadero amigo.</p>
+
+<p>—¿Cómo es eso? ¿Eh? Por un verdadero amigo, ¿verdad?... Entonces, lo
+que corresponde aquí, en mi humilde opinión, es que os deis un abrazo.</p>
+
+<p>Apenas había pronunciado don Feliciano estas palabras, cuando Miranda y
+don Rudesindo, por un movimiento simultáneo, avanzaron con ímpetu feroz
+el uno sobre el otro alzaron briosamente los brazos y se abrazaron con
+tal furia, que por poco se descoyuntan todos los huesos de la cavidad
+torácica. Don Feliciano en el mismo punto se despojó con violencia del
+sombrero, dejando al descubierto su enorme calva en declive, lo agitó
+con frenesí algunos segundos, y gritó: «¡Hurra!» no se sabe a quién; tal
+vez al dios astuto que le había suministrado tan famosa idea.</p>
+
+<p>En aquel momento se acercaban los testigos. Al ver la escena se pararon
+sorprendidos. Mostráronse alegres de tal solución en apariencia, pero
+cada cual se separó por su lado, y aquella tarde en el Saloncillo Peña
+reprendió ásperamente a don Feliciano por su conducta. Llegó a afirmar
+que le había puesto en ridículo y que si no fuese porque se trataba de
+un amigo antiguo y persona de más edad que él, «le exigiría una
+jeparación».</p>
+
+<p>—¡Una reparación!—exclamó el óptimo don Feliciano.—¡Qué más da que la
+exigieras, rapaz!</p>
+
+<p>—¿Se negaría usted a batijse conmigo?—preguntó el ayudante con su voz
+campanuda.</p>
+
+<p>—¿A qué habíamos de batirnos?</p>
+
+<p>—A lo que usted quiera.</p>
+
+<p>—Yo, a bailar un tango o una guaracha, mi queridín—respondió, y
+diciendo y haciendo comenzó a saltar por la sala dando las castañetas
+hasta que se le cayó el sombrero y quedó al aire la piedra de lavar que
+tenía por cabeza. Los socios se tiraban por los divanes, de risa. Peña
+dejó escapar algunas frases de desprecio, y se retiró amoscado y
+desabrido.</p>
+
+<p>Los tertulios del Camarote, hostigados constantemente por las gacetillas
+del <i>Faro</i>, se habían decidido al cabo a fundar otro periódico en el que
+pudieran tomar venganza de las sinrazones que se les hacía.</p>
+
+<p>Enormes sacrificios costaba esto. Muy pocos, de entre ellos, eran ricos.
+El único que pudiera llamarse así era don Pedro Miranda. Este prefería
+que le sacasen una muela a descorrer los cordones de la bolsa. A fuerza
+de cabildeos, de ruegos, allegando recursos de aquí y de allá, haciendo
+sumas y restas en el Camarote, se concluyó por obtener la cantidad
+indispensable para montar una imprenta. En la de Folgueras, ni éste
+quería tirar el periódico, ni ellos se humillarían a demandárselo.
+Cuando estuvo la imprenta, modestísima por cierto, en disposición de
+funcionar, celebraron el indispensable banquete. En él se convino en
+denominar al nuevo órgano <i>El Joven Sarriense</i>. A los postres se brindó
+con entusiasmo por su prosperidad y por la destrucción de sus viles
+enemigos.</p>
+
+<p>La aparición del primer número, que traía la consabida viñeta
+representando un adolescente peinado con la raya por el medio, y rodeado
+de una porción de latas de conservas a modo de libros, en actitud de
+leer, más bien de merendar, una de ellas, causó viva sensación en la
+villa. Lo merecía. Los del Camarote, como hombres que habían tenido que
+devorar durante muchos meses los insultos del <i>Faro</i>, se desahogaban con
+verdadera fruición. ¡Santo Cristo de Rodillero, qué cúmulo de
+insolencias y procacidades! Desde el principio hasta el fin estaba
+consagrado a escarnecer, a herir y ridiculizar a los socios del
+Saloncillo. Parecía que les faltaba tiempo para llamar al uno feo, al
+otro hambrón, al de más allá envidioso, a éste bruto, a aquél farfantón.
+Por supuesto, bajo nombres supuestos, aunque tan transparentes, que
+nadie en la población dejaba de conocerlos. Llamábase Belinchón <i>Don
+Quijote</i> y don Rudesindo <i>Sancho</i>, Sinforoso <i>Marqués del Tirapié</i>, Peña
+<i>El Capitán Cólera</i>, etc., etc. Y escudados con esto los traían y los
+llevaban, los barajaban que era una bendición. No les dejaban hueso
+sano. Por la noche hubo palos (¿cómo no?) en la Rúa Nueva. Folgueras, a
+quien también insultaban en <i>El Joven Sarriense</i>, se había encontrado
+con Gabino Maza, y le descargó un bastonazo sobre la cabeza. Maza lo
+devolvió con creces. Repitió Folgueras. Vino en ayuda de éste un cajista
+que por allí cruzaba, y de aquél su cuñado. En un instante se armó una
+de garrotazos que tocaba Dios a juicio.</p>
+
+<p><i>El Joven Sarriense</i> se publicaba los domingos. Periquito Miranda, que a
+causa de la desavenencia de su padre con los del Saloncillo, padecía una
+peligrosa retención de lirismo, se alivió notablemente insertando en él
+un sinnúmero de sonetos, sáneos, acrósticos y otras diversas
+combinaciones métricas, destinadas a pregonar su adoración platónica a
+la señora del gerente de la fábrica de aceros, una francesota grande y
+pesada como un elefante, que le hubiera metido fácilmente en el
+bolsillo. Ya sabemos que Periquito amaba las obras sólidas de la
+Naturaleza. Para expresar los deseos que atormentaban su espíritu,
+valíase ingeniosamente de la forma de sueños. El joven platónico soñaba
+en verso que se hallaba en fresca gruta deleitosa donde de pronto
+aparecía una ninfa de torneados brazos y turgente seno (la señora del
+gerente) que le instaba a dormir sobre un lecho de rosas y verdes
+pámpanos. Otras veces, se veía sobre la cúspide de una altísima montaña.
+En las nubes amontonadas, en los confines del horizonte, comenzaban a
+dibujarse los contornos de una mujer (la señora del gerente). Las nubes
+se acercaban. La mujer era blanca como el campo de la nieve, mórbida y
+espléndida como la flor de la magnolia. La hermosa aparición llegaba
+hasta él por fin, y le arrebataba entre sus brazos por los espacios
+azules. Otras, navegaba en frágil barquilla por la superficie del
+Océano. La barca se hundía y él iba a parar al fondo del mar donde una
+blonda y hermosísima náyade (siempre la señora del gerente) le llevaba
+de la mano a un prodigioso palacio de cristal, le sentaba a su lado en
+un trono de marfil, y le invitaba a contraer con ella justas nupcias,
+efectuadas las cuales, se retiraban al son de dulce música a un gabinete
+reservado, maravillosamente decorado, donde la náyade enamorada le hacía
+poseedor de sus gracias. Estos ensueños de dicha, versificados con
+facilidad y adornados de cierto naturalismo poético, causaban alguna
+inquietud a los padres de familia. Periquito comía cada día más, y
+estaba cada vez más flaco. <i>El Faro</i>, en el número del jueves, después
+de insultar con rabia a los jefes del Camarote, «se metía» también con
+él llamándole maliciosa y torpemente <i>Pericles</i>.</p>
+
+<p>Colocados así, uno enfrente del otro, en feroz y perpetua rivalidad, <i>El
+Faro</i> y <i>El Joven Sarriense</i> emplearon útilmente sus columnas en
+injuriarse con más o menos descaro, según arreciaba o aflojaba la lucha.
+Raro era el número de cada uno de ellos que no daba lugar a algunos
+bastonazos o bofetadas, cuando no a un desafío formal. Sin embargo, en
+éstos eran más parcos todos. Padrinos sí se nombraban por un quítame
+allá esas pajas; pero darse de sablazos o de tiros, ya era otra cosa. La
+contienda había enardecido los ánimos en la villa. Muchas de las
+personas que habían permanecido indiferentes a las desavenencias de los
+del Saloncillo y los del Camarote, habían concluído por tomar puesto en
+uno u otro bando, unas veces porque tenían metidos en la refriega a sus
+parientes, otras por algún antiguo resentimiento, otras, en fin, sin más
+motivo que el calor y el entusiasmo que el combate despierta en los
+temperamentos belicosos. Al poco tiempo la población estaba
+verdaderamente partida en dos. El bando del cual era dignísimo jefe don
+Rosendo Belinchón, era el más numeroso y contaba con casi todos los
+comerciantes ricos de Sarrió. El de los del Camarote, más exiguo,
+contaba con los terratenientes y las personas timoratas y religiosas a
+quienes <i>El Faro</i> había escandalizado. La lucha se fué acentuando de tal
+modo, que al poco tiempo los que pertenecían a un partido ya no
+saludaban a los del contrario, aunque hubieran sido hasta entonces
+buenos amigos.</p>
+
+<p><i>El Faro</i> y <i>El Joven Sarriense</i> comenzaron a criticarse respectivamente
+el estilo y la gramática. Buscáronse con encarnizamiento por una y otra
+parte las faltas de sintaxis, fijándose lo mismo en los vocablos que en
+el régimen.—«Esa palabra no es castellana»—decía <i>El Joven</i>.—«La
+palabra <i>desilusionar</i>, que los peleles del <i>Joven Sarriense</i> afirman
+que no es castellana—contestaba <i>El Faro</i>,—la hemos visto empleada por
+los más eminentes escritores de Madrid: Pérez, González, Martínez y
+otros. Esta vez, como siempre, al órgano del Camarote le ha salido el
+tiro por la culata.» Replicaba <i>El Joven</i>, contrarreplicaba <i>El Faro</i>,
+citábanse párrafos de la gramática, del diccionario, de los escritores
+distinguidos, y al cabo nadie sabía a qué atenerse. Y las cosas quedaban
+como antes, aunque se hablaba a veces de remitir las cuestiones a la
+resolución de la Academia de la Lengua. Se citaba mucho por los dos
+lados el <i>Don Juan Tenorio</i> de Zorrilla y los artículos del <i>Curioso
+parlante</i>. Esta competencia gramatical traía consigo al menos una
+ventaja; la de hacer que algunas personas que no la habían saludado se
+dedicasen con ahinco a aprenderla. Lo mismo en el Saloncillo que en el
+Camarote había dos o tres ejemplares de la última gramática <i>lata</i> de la
+Academia, que no reposaban nunca.</p>
+
+<p>Contra quien se dispararon los tiros <i>lingüísticos</i> más envenenados, fué
+contra el inspirado don Rosendo, como quiera que era la cabeza y el
+nervio de su partido y convenía, más que a nadie, aniquilar. Belinchón
+no había estudiado la gramática, sino por un diminuto epítome allá en
+la infancia. Pero, como todos los ingenios superiores, si no la sabía,
+la adivinaba. Los contrarios le sacaban a relucir a cada instante mil
+disparates de sus artículos. Mas es tal la confianza que nos inspira su
+genio poderoso, que nunca hemos dado crédito a estas afirmaciones,
+considerándolas como puras calumnias. Si no hubiera gramática,
+Belinchón, con sólo sus luces naturales, sería capaz de inventarla.
+Nadie manejó jamás como él ese lenguaje periodístico, ligero sí, pero
+brillante, lleno de frases consagradas por el uso de cien mil
+escritores, donde hasta los lugares más comunes, expresados con adecuado
+énfasis, resplandecen como profundas y misteriosas sentencias. Merced a
+su estilo prodigioso, don Rosendo escribía con la misma facilidad un
+artículo sobre la libertad de cultos, que redactaba un informe acerca de
+la industria pecuaria. Sus enemigos decían que cometía muchos
+galicismos. ¿Y qué? En el mero hecho de prohijarlos un escritor de tal
+valía, dejaban de serlo, y se convertían en puras y castizas locuciones
+castellanas.</p>
+
+<p>Este prurito de ajustarle los galicismos al <i>Faro</i>, fué una de las
+manías que tuvo <i>El Joven Sarriense</i> o sea el colega local, como le
+llamaba siempre aquél, a fin de evitar el nombrarlo, por no dañar al
+profundo desprecio que ansiaba mostrarle. Aprovechando cierto
+diccionario curioso que uno de los socios del Camarote poseía,
+trituraban sin piedad lo mismo los artículos que las «novelas a la mano»
+del <i>Faro</i>. Si don Rosendo decía en él, verbigracia, que dejaba de tocar
+ciertos asuntos «por no faltar a las conveniencias», al instante se le
+echaba encima <i>El Joven</i>, interpelándole en forma sarcástica. ¿Dónde
+había aprendido el ingenioso hidalgo (así llamaban casi siempre a
+Belinchón) esta acepción de la palabra conveniencia? No sería
+ciertamente en su famosa historia, contada por Cervantes. Si empleaba la
+palabra «gubernamental», o «banal», o la frase «tener lugar», ¡qué
+carcajadas las del <i>Joven Sarriense</i>! ¡qué chacota! ¡qué desprecio! Esto
+duró hasta que los del Saloncillo adquirieron otro diccionario de
+galicismos. Entonces ambos periódicos comenzaron a hilar tan delgado en
+esta materia, que al fin concluyeron por olvidar el purismo y volver a
+su estilo libre, feliz e independiente.</p>
+
+<p>Además, la disputa se había ido exacerbando de tal suerte, que las
+ligaduras clásicas les embarazaban para insultarse. Jugaban ya en todas
+las gacetillas las frases de «reptil venenoso», «entes despreciables»,
+«cerebros obtusos», «revolcándose en el fango», «seres innobles y
+degradados» y otras no menos afectuosas para los del bando contrario.
+Cansados de injuriarse unos a otros, comenzaron pronto a atacarse en sus
+familias. No perdonaron ni a sus modestas esposas ni a sus ancianos
+padres. <i>El Joven Sarriense</i> fué el primero que dió la señal, publicando
+un cuento árabe titulado <i>La esclava Daraja</i> en que bajo este nombre, se
+relataba <i>ce</i> por <i>be</i> la historia de doña Paula y su matrimonio con
+Mahomad Zegrí (don Rosendo) salpicado de chufletas de poco gusto y de
+insinuaciones pérfidas. Belinchón estuvo tentado de mandar los padrinos
+a la redacción. Pero considerando que esto sería dar su brazo a torcer y
+aceptar lo que el artículo contenía de envenenado, prefirió no mostrarse
+aludido y vengarse también en la prensa. Sinforoso, por encargo suyo,
+escribió un cuento indio, donde se narraba la vida y milagros del padre
+de Maza, que había sido capitán negrero y en el tráfico de carne humana
+hiciera su fortuna. Desde entonces, los cuentos orientales como medio
+para decirse toda suerte de picardías, fueron usados por ambos partidos.</p>
+
+<p>El campo más adecuado para la lucha que los del Saloncillo y los del
+Camarote habían emprendido y el de resultados más positivos lo mismo
+para el vencedor que para el vencido, era la política. A él volvieron,
+pues, desde los primeros momentos los ojos unos y otros contendientes.
+No perdonaron medio alguno para derribarse y triunfar. Hasta la división
+del vecindario ya sabemos que la política jugaba poco papel en Sarrió.
+Desde esta fecha, fué la comida ordinaria, el elemento indispensable que
+se mezclaba en todas las conversaciones masculinas. Ni unos ni otros
+habían pensado en despojar de su representación en el Congreso a Rojas
+Salcedo. Era amigo de todos y había representado al distrito por espacio
+de diez y ocho años. Sin embargo, cuando llegaron las elecciones
+municipales, escribiéronle cartas los dos bandos, pidiéndole protección.
+Se sabía que los del Saloncillo querían a todo trance separar a don
+Roque de la alcaldía, porque ya más de una vez, en uso de sus funciones,
+se había puesto de parte de los disidentes en perjuicio de sus antiguos
+amigos. <i>El Faro</i> le había zarandeado de lo lindo con este motivo.
+Creció la enemistad. Vengóse don Roque, abusando de su autoridad, para
+mandar a la cárcel a Folgueras. Repitiéronse los ataques del <i>Faro</i> con
+más furia. Don Roque, juzgándose por ellos un tirano de la Edad Media,
+comenzó a temer por su vida y se hizo acompañar de noche y de día por el
+veterano Marcones. Se dijo que en una reunión misteriosa de los del
+Saloncillo, se había decretado su muerte. Al alcalde no le llegaba la
+camisa al cuerpo. Cuando en un paraje retirado alcanzaba a ver a alguno
+del <i>Faro</i>, ordenaba prontamente la vuelta.</p>
+
+<p>Rojas Salcedo contestó a los del Camarote que si don Roque salía elegido
+concejal, sería nombrado otra vez alcalde. Pero al mismo tiempo escribía
+con misterio a los del Saloncillo, encargándoles que trabajasen todo lo
+posible para que no saliese. De este modo se libraba de un compromiso.
+En efecto, los partidarios de Belinchón, por su número, por su riqueza y
+por la buena maña que se dieron, lograron triunfar en toda la línea. La
+lucha, últimamente, se había concentrado en el punto por donde se
+presentaba don Roque. Los del Camarote sabían que si éste era elegido,
+la batalla estaba ganada. Sería alcalde y las facultades de éste
+contrarrestaban muy bien las del ayuntamiento. Los del Saloncillo lo
+presentían también. Ambos partidos luchaban con empeño feroz. Por fin,
+el anciano alcalde perdió la elección por un corto número de votos.
+Confuso y abatido, con los ojos terriblemente inyectados y la faz
+amoratada, que daba miedo, se retiró al fin a su casa, después de pasar
+todo el día en la del municipio. Ni un rey a quien despojasen de la
+corona, sentiría golpe tan tremendo. Llegó a su domicilio sin escolta,
+como el más ínfimo particular. Bien había visto a Marcones paseando por
+los corredores, y estaba seguro de que aquél le vió también a él. No se
+atrevió a pedirle que le acompañase. El viejo alguacil estaba hablando
+con agasajo a don Rufo, a un enemigo suyo, y fingió no advertir que su
+jefe pasaba. No era que se volviese al sol que más calentaba. Era
+simplemente que Marcones, imbuído en las doctrinas de los modernos
+estadistas, comprendía que la fuerza pública debe estar siempre al
+servicio del poder constituído.</p>
+
+<p>Y, sin embargo, nunca don Roque tuvo más necesidad de ser acompañado que
+entonces. Además de un frío moral que le helaba el corazón, sentíase
+físicamente indispuesto. Aquellas horas mortales de agonía recibiendo
+noticias contradictorias a cada instante, sin tomar alimento, con sólo
+algunas copas de ginebra en el cuerpo desde la mañana, le habían
+alterado hasta un punto indecible. Las piernas le flaqueaban y la vista
+se le obscurecía. Para llegar a su casa tuvo necesidad varias veces de
+apoyarse en las paredes. Cuando entró, la vieja criada que salió a
+abrirle, retrocedió asustada. La cara de su amo parecía como si unas
+manos invisibles le estuviesen apretando sin piedad la garganta. A pesar
+de hallarse bien avezada a descifrar los caóticos, inextricables
+sonidos, que salían de su boca en todas ocasiones, por esta vez no
+comprendió la orden que le daba. Vió que se retiraba derechamente a su
+cuarto. Procediendo por inducción, le llevó luz y un vaso de agua. Pero
+don Roque se enfureció, tiró el vaso al suelo, gritó como un energúmeno.
+Imposible, no obstante, averiguar qué querían decir aquellos rumores
+huecos, temerosos, infernales, que nacían en su garganta, y antes de
+salir se reflejaban con terrible resonancia cuatro o cinco veces en las
+paredes de su enorme cavidad bocal. Temblorosa, azorada, fué a buscar
+una botella de vino. Aunque un poco menos indignado, tampoco quiso
+recibirla; repitió con mayor énfasis, pero no más claridad, la orden que
+había dado. Al cabo, a fuerza de aguzar el oído, la sirvienta vino a
+entender que su amo pedía un ponche de ron. Don Roque, observando que le
+habían comprendido, se serenó, despojóse del enorme gabán en que yacía
+prisionero, de la levita, del chaleco. Al tratar de sacarse las botas,
+su noble faz municipal tomó el color del vino de Valdepeñas después de
+encabezado, y no pudo llevar la empresa a feliz término. Cuando vino la
+criada con el ponche, concluyó de sacárselas. Después, manifestó que se
+iba a meter en la cama, que cerrasen bien las puertas y no no se le
+turbase bajo ningún pretexto. La criada no entendió una palabra de su
+discurso, pero adivinó bien esta vez la sustancia, y se retiró.</p>
+
+<p>Don Roque se dejó caer, en efecto, sobre el lecho. Se cubrió con la ropa
+hasta la cintura, y reclinando la espalda contra las almohadas, tomó el
+vaso de ponche y lo acercó a los labios. Al instante echó de ver que
+existía deficiencia en una de las bases. Hizo un gesto avinagrado, dejó
+escapar un sonido gutural inadmisible, y levantándose en calzoncillos,
+sacó de su armario la botella del ron, que colocó sobre la mesa de
+noche. Tornó a acostarse. Después, grave y solemnemente, con el vaso en
+una mano y la botella en la otra, fué reparando el yerro de la criada.
+Bebía un sorbo de ponche, y en seguida se apresuraba, a llenar el vacío
+con el líquido de la botella. Así modificada la composición, resultaba
+mucho más adecuada al estado de agitación en que su espíritu se hallaba.
+Porque, bajo aquel aparente sosiego, el cerebro de don Roque desplegaba
+una actividad prodigiosa. Todas las horas de aquel día se le presentaban
+una a una tristes y sombrías; las decepciones que había sufrido, las
+esperanzas fallidas, las disputas acaloradas, hasta el abandono de
+Marcones. Y luego, lo porvenir. Esto era lo más negro. Dejar el bastón
+de alcalde que tantos años había empuñado con gloria, convertirse en un
+simple particular, en un quídam. No tener derecho a entrar en el
+ayuntamiento. Pasar cerca de un guardia municipal, y no poder decirle:</p>
+
+<p>—«Juan, ve a la fuente de la Rabila y no consientas que las criadas
+frieguen allí las herradas.» Ver un picapedrero trabajando en la calle y
+no tener facultades para ordenarle que calque más o menos las piedras,
+que suba o baje la rasante.</p>
+
+<p>Sentía frío intenso a los pies. Se levantó dos o tres veces para echar
+ropa encima, sin lograr calentarlos. La botella pasó al fin toda al
+vaso, y del vaso al estómago. Esto produjo allá dentro un suave calor,
+que se fué esparciendo gratamente por todos los miembros. Don Roque
+sintió que la lengua se le desligaba, y comenzó a hablar solo con
+extremada claridad en su opinión. En realidad, si algún dios o mortal
+pudiese escuchar aquellos bárbaros sonidos, retrocedería horrorizado.
+Sobre todos flotaba sin cesar uno por demás extraño algo así como <i>all,
+call, mall</i>. Un filólogo perspicaz, después de estudiar bien aquel
+sonido, teniendo en cuenta la persistencia de la vocal <i>a</i> y de la
+consonante <i>ll</i>, acaso deduciría que la palabra expresada por el alcalde
+era canalla. Sin embargo, esto no sería otra cosa que una inducción más
+o menos legítima.</p>
+
+<p>Al cabo calló. Sintió un fuerte calor en la garganta, que le invadió
+instantáneamente el rostro y la cabeza. La lengua no quiso trabajar.
+Experimentaba una impresión de engrandecimiento físico de todo su ser.
+Sobre todo, la cabeza crecía, creía de un modo tan desmesurado, que
+apenas podía con ella. Al mismo tiempo los objetos que le rodeaban, el
+armario, la cama, el lavabo, los bastones arrimados a la esquina, le
+aparecían de un tamaño diminuto. Creyó sentir dentro del cerebro el
+ruido de una maquinaria de reloj en movimiento, un volante que giraba
+con velocidad y un martillo que caía a compás con ruido metálico. El
+martillo cesó, y siguió el volante girando. Allá fuera, en la calle,
+percibió fuerte rumor de gente; luego extraños sonidos que le dejaron
+yerto. El pobre don Roque no sabía que le estaban dando a aquella hora
+sus enemigos una regular cencerrada. Estuvo por llamar a la criada, pero
+temió que tales sonidos fuesen como otras veces imaginarios. Y, en
+efecto, se confirmó en la idea al escuchar una descarga de campanas que
+le ensordecieron. Era un repique horrísono, donde tomaban parte desde la
+mayor de Toledo, hasta la campanilla de su escribanía. ¡Qué vértigo!
+¡Qué fatiga! Afortunadamente cesó de golpe el campaneo. Pero fué al
+instante substituído por un silbido prolongado y tan agudo, que le
+desgarraba el tímpano de los oídos. Instintivamente se llevó las manos a
+ellos. Al terminar el silbido, se le figuró que la cama se levantaba por
+la parte de los pies. La cabeza se le iba hundiendo. Veía sus pies allá
+arriba. Esto le produjo fuerte congoja. Dió un gran suspiro, y los pies
+volvieron a su nivel. Mas en seguida tornaban poco a poco a levantarse y
+la cabeza a hundirse. Era necesario dar grandes suspiros para
+restablecerlos en su sitio.</p>
+
+<p>Ni con aquel fantástico manejo se calentaban los malditos. Eran dos
+pedazos de hielo. En cambio, lo restante de don Roque ardía, se
+abrasaba. Sobre todo la cabeza alcanzaba una temperatura pasmosa, que
+iba cada vez en aumento. Cuando se llevó la mano a la frente creyó
+advertir que brotaba una llama azulada. Y oyó una voz, la voz de su
+mujer muerta hacía veinte años, que le llamaba a gritos: «¡Roque!
+¡Roque! ¡Roqueee!» Los dientes del alcalde chocaron de terror. Dejó de
+ver el armario, las paredes de la alcoba, los objetos que tenía en
+torno, y en su lugar percibió un millón de luces de todos colores que al
+principio estaban inmóviles, después comenzaron a bailar con extremada
+violencia. A fuerza de cruzarse las unas con las otras, llegaron pronto
+a formar círculos concéntricos, uno azul, otro rojo, otro violeta, etc.,
+que giraban sobre sí constituyendo un espectro mucho más rico que el de
+la luz solar. Al fin aquellos círculos, también desaparecieron, quedando
+un solo punto luminoso apenas perceptible. Mas aquel punto fué
+creciendo lentamente. Primero era una estrella, después una luna,
+después un sol enorme que se iba extendiendo y adquiría al mismo tiempo
+un vivo color rojo. Aquel sol crecía, crecía constantemente. Su disco
+inmenso de color de sangre tapaba la mitad de la bóveda; después, cubrió
+las dos terceras partes; por último la llenó toda. Don Roque quedó un
+instante deslumbrado. De repente no vió nada.</p>
+
+<p>Jamás volvió a ver nada el buen alcalde. Por la mañana le hallaron
+muerto, sentado en la cama, con la cabeza doblada hacia atrás. Un caso
+de apoplejía fulminante.</p>
+
+
+
+<div class='chapter' /><h2 class="top15"><a name="XV" id="XV"></a>XV</h2>
+
+<p class="c">De la entrada famosa que hizo en Sarrió el duque de Tornos, conde de
+Buenavista</p>
+
+
+<p>El señor Anselmo, jefe de la banda de música de Sarrió, vino a
+participar al presidente de la Academia que el alcalde le había
+amenazado con suprimir la subvención de la orquesta, si aquella tarde
+iban a la romería de San Antonio.</p>
+
+<p>—¿Cómo es eso?—preguntó don Mateo incorporándose en el lecho en que
+aun yacía, y echando mano a las gafas que tenía sobre la mesa de
+noche..—¿Suprimir? ¿Por qué la han de suprimir?</p>
+
+<p>—No lo sé. Así me lo ha enviado a decir por Próspero.</p>
+
+<p>—¿Pero a él qué le importa que la música vaya a San Antonio?—profirió
+con acento irritado.</p>
+
+<p>—Creo que es porque hoy llega un señor a casa de don Rosendo... y como
+la carretera atraviesa la romería...</p>
+
+<p>—Ah, sí, el duque de Tornos... ¿Pero qué tiene que ver?... ¡Vamos,
+están locos!... Mira, déjame un momento; voy a vestirme, y veré a Maza.
+Creo que lo arreglaremos. Déjame.</p>
+
+<p>Despejó el señor Anselmo la estancia, y, con más premura de lo que
+pudiera esperarse de sus años y achaques, aderezóse don Mateo para
+salir. Su esposa y su hija estaban, como de costumbre, en la iglesia.
+Pidió el desayuno.</p>
+
+<p>—No puedo dárselo, señor. La señora se ha llevado las llaves, y no hay
+chocolate fuera.</p>
+
+<p>—¡Siempre lo mismo!—murmuró el anciano, no tan enojado como
+debiera.—Yo no sé por qué esa mujer no deja fuera al marcharse lo que
+hace falta... Es verdad que, por regla general, me levanto tarde; pero
+puede haber un negocio urgente como ahora...</p>
+
+<p>—¿Quiere que vaya a pedir una onza de chocolate a la vecina?</p>
+
+<p>—No, no hace falta. Estoy seguro de que Matilde se enfadaría. ¿No hay
+por ahí nada que comer?</p>
+
+<p>La criada tardó unos segundos en contestar.</p>
+
+<p>—No, señor, me parece que no hay nada. Ya sabe que la señora...</p>
+
+<p>—Sí, sí, ya sé.</p>
+
+<p>Don Mateo fué al comedor y comenzó a escudriñar los tiradores. Nada; no
+había más que los utensilios de la mesa, cuchillos, tenedores, el
+sacacorchos. Al través de los cristales del armario vió algunas
+pastillas de chocolate y una bandeja de bizcochos.</p>
+
+<p>—¡Caramba, si diera alguna llave!</p>
+
+<p>Y sacando las suyas comenzó a introducirlas en la cerradura. Las pruebas
+no tuvieron buen éxito.</p>
+
+<p>Desesperanzado, al fin, se arregló las gafas con impaciencia, se puso el
+sombrero, cogió su cayado y dijo emprendiendo la marcha:</p>
+
+<p>—Vaya, vaya; nos aguantaremos por hoy.</p>
+
+<p>Pero antes de llegar a la puerta se volvió, y algo acortado preguntó a
+la doméstica:</p>
+
+<p>—¿Hay pan por ahí?</p>
+
+<p>—No ha venido aún la panadera. Si quiere de lo mío...—respondió la
+muchacha sonriendo.</p>
+
+<p>—Bueno; a ver ese pan tuyo.</p>
+
+<p>Se fué a la cocina. La criada levantó la tapa de la masera, y don Mateo
+sacó un medio pan de centeno, bastante negro.</p>
+
+<p>—Este pan moreno en otro tiempo no me disgustaba—dijo cortando un
+pedazo.—¡Viva la gente morena!—añadió paseando por la boca un bocado
+de miga, pues con la corteza hacía años que no se atrevía.</p>
+
+<p>La criada se reía sorprendida de aquel buen humor.</p>
+
+<p>—Es más sabroso que el nuestro. Si no fuera que ya está un poco duro...</p>
+
+<p>Se sacudió las migajas con la mano, volvió a arreglarse las gafas y
+después de beber un trago de agua porque también el vino estaba cerrado,
+se partió en dirección al ayuntamiento. El reloj del edificio señalaba
+las diez. Atravesó el soportal de arcos, subió la vasta escalera de
+piedra y al llegar a los corredores donde había más de un dedo de polvo
+sobre el entarimado, preguntó a Marcones, que le salió al encuentro, por
+don Gabino.</p>
+
+<p>—El señor alcalde está en sesión.</p>
+
+<p>—¿En sesión? ¡Diablo, a qué hora tan rara!</p>
+
+<p>En efecto, por lo rara se había señalado.</p>
+
+<p>Dos años habían transcurrido desde el fallecimiento de don Roque. Los
+del Saloncillo, que habían entrado en el ayuntamiento como triunfadores
+y tuvieron por alcalde a don Rufo, más de año y medio, a la hora
+presente padecían las amarguras de la derrota. Aún tenían mayoría en la
+corporación municipal, aunque escasa. Pero los del Camarote se habían
+arreglado en Madrid de tal manera, que lograron hacer nombrar alcalde a
+Gabino Maza. Decíase que esto se debía al pasteleo repugnante de Rojas
+Salcedo. Advirtiendo éste en las últimas elecciones municipales bastante
+progreso en las fuerzas de los del Camarote, se había inclinado de su
+lado. No hay para qué decir la tempestad de odios y amenazas que contra
+él se levantó por tal motivo entre los partidarios de don Rosendo.</p>
+
+<p>Se había entablado una lucha feroz. Cada sesión del ayuntamiento era un
+escándalo. Los de Maza habían hecho procesar a la corporación saliente,
+por dilapidación de fondos: tenían al juez de primera instancia por
+suyo. Los de Belinchón contaban con que en la Audiencia les harían
+justicia. Mas por aquello que dicen que dijo Dios: <i>ayúdate y
+ayudaréte</i>, se ponían en juego poderosas influencias para conseguirlo.
+Cartas iban y venían de Madrid. Los del Camarote no se descuidaban
+tampoco para estorbarlo. Maza deslomaba a sus contrarios con la vara de
+la justicia. Como la mayoría de don Rosendo era sólo de dos votos, urdía
+tramas admirables para arrancárselos. Unas veces convocaba a sesión
+extraordinaria a horas en que a alguno de ellos le fuera imposible
+asistir; otras, mandaba recados fingidos a ciertos concejales,
+anunciándoles que se había suspendido; otras; en el momento de ponerse a
+votación cualquier asunto, lo hacía con palabras ambiguas de acuerdo con
+sus amigos, para que los de don Rosendo se confundiesen y votasen contra
+sí mismos, como sucedió en más de una ocasión. En más de una también,
+dejó cerrados en la secretaría a algunos concejales llevándose la llave.
+Después que los padres del municipio se hartaban de gritar y dar golpes
+a la puerta, venía un alguacil a abrirles; pero ya se había efectuado la
+votación. Gracias a estas y otras tretas, a las arbitrariedades sin
+cuento que cometía, vengábase el bilioso ex marino de sus enemigos, que
+era un primor. Su táctica consistía en atacarlos donde más les dolía;
+esto es, en sus bienes inmuebles. Cuando en alguna calle había una o más
+casas de cualquier socio del Saloncillo y ninguna de sus amigos, hacía
+que el arquitecto municipal variase la rasante, dejándola más baja. De
+esta suerte se descubrían los cimientos de las casas y corrían riesgo de
+venir al suelo, además de la molestia consiguiente de poner escaleras
+para subir al portal. A los pocos meses de ser alcalde, había más de
+veinte casas en Sarrió con los cimientos al aire. Otras veces, hacía
+subir la rasante para que cuando lloviese fuerte, se inundasen. Como es
+natural, tales picardías despertaban fuerte clamoreo en los partidarios
+de Belinchón, rabiosas diatribas por parte del <i>Faro</i>, y tumultos sin
+cuento en las sesiones municipales. Pero a Maza se le daba por todo una
+higa. Seguía impasible sus inauditas reformas urbanas, escuchando con
+sonrisa cruel las quejas de sus víctimas, contestando con sarcasmos
+feroces a los discursos de los oradores del bando contrario.</p>
+
+<p>Marcones introdujo a don Mateo en una sala contigua al salón de
+sesiones. La tribuna destinada al público era demasiado asquerosa para
+entrar en ella una persona decente. Además, le interesaban muy poco las
+peleas de aquellos gallos ingleses. En la misma sala estaban sentados
+departiendo amigablemente los dos notarios de la población, don Víctor
+Varela y Sanjurjo. El uno era un viejo, pequeño, de ojos saltones, con
+enorme peluca, tan groseramente fabricada, que parecía de esparto; el
+otro, un hombre de media edad, pálido, con bigote entrecano y cojo de
+nacimiento. Saludóles nuestro anciano como antiguos amigos, a quienes se
+ve todos los días. A nadie en el radio de la villa dejaba de saludar don
+Mateo.</p>
+
+<p>—¿Esperando que termine la sesión, eh?</p>
+
+<p>—Sí, señor—respondió uno con sequedad y reserva que quitó al anciano
+el deseo de entrar en más averiguaciones.</p>
+
+<p>Buscó otra conversación, la que más podía complacer a los depositarios
+de la fe pública; la caza. Los dos eran crueles perseguidores de las
+codornices, peguetas y chochas; pero mucho más terribles y empedernidos
+aún de las liebres. Apenas venían algunos días despejados, estos veloces
+o inocentes animales tenían que sufrir una violenta persecución por
+parte del gremio notarial, activamente secundado por media docena de
+galgos que, para que mejor corriesen, se les dejaba morir de hambre.</p>
+
+<p>Hablar de las liebres, era para don Víctor y Sanjurjo la antesala del
+Cielo. Levantarlas con las varas, metidos en la maleza hasta la cintura,
+el Cielo mismo.</p>
+
+<p>—¡Qué lástima de día!—exclamó don Víctor dando un suspiro y mirando al
+cielo por los cristales del balcón, llenos de polvo.</p>
+
+<p>—Verdad—contestó Sanjurjo, dando otro suspiro.—Sin embargo, la tierra
+de Maribona puede que esté un poco blanda; llovió bastante estos días.</p>
+
+<p>—¡Qué ha de estar!—profirió don Mateo.—Ahora en el verano pronto se
+seca. Además, toda aquella región es caliza y absorbe el agua
+fácilmente.</p>
+
+<p>Los notarios le miraron con enternecimiento.</p>
+
+<p>—Me ha dicho Pepe la Esguila—prosiguió—que los paisanos han visto
+saltar las liebres estos días en Ladreda.</p>
+
+<p>—Ya lo sabemos,—dijo Sanjurjo.—Hoy, si no fuera por un quehacer que
+nos ha salido, hubiéramos ido a allá.</p>
+
+<p>Al mismo tiempo hacía un signo de inteligencia a don Víctor.</p>
+
+<p>—Pues Pepe debió de irse esta mañana con Fermo. Eso me dijeron al menos
+ayer noche.</p>
+
+<p>Los notarios se miraron consternados.</p>
+
+<p>—¡Qué le decía yo a usted, Sanjurjo!—exclamó don Víctor.</p>
+
+<p>—Francamente, me engañó ese tuno... Bueno; alguna dejarán... Mañana
+iremos usted y yo, don Víctor.</p>
+
+<p>Pero la noticia les había puesto tristes. Guardaron silencio obstinado.
+Dentro del salón se oían voces descompasadas, fuertes rumores. Alguna
+vez sonaba el agudo repique de la campanilla presidencial, llamando al
+orden.</p>
+
+<p>Don Mateo, pesaroso de no haber acertado aquella vez a animar la
+conversación, la estableció de nuevo, encarándose con Sanjurjo.</p>
+
+<p>—Hombre, parece mentira que usted con su defecto en la pierna, pueda
+dedicarse a la caza.</p>
+
+<p>—¿Quién? ¿éste? Ahí donde usted le ve, corre como un galgo—exclamó don
+Víctor con cariñoso entusiasmo.—En cuanto se pone sobre la pista de la
+liebre, deja de ser cojo. Yo le digo que eso de la cojera lo ha
+inventado él para llamar la atención. Tan cojo es, como usted y como yo.</p>
+
+<p>—¡Si usted me lo hiciera bueno!—profirió Sanjurjo, sonriendo con
+resignación.</p>
+
+<p>Aquel toque de broma, les puso alegres. Don Víctor contaba las proezas
+de su compañero en diversas ocasiones. Un día, para correr mejor, se
+había puesto en cuatro patas: era una exhalación.—¿Cómo?—preguntaba
+don Mateo asombrado,—¿en cuatro patas?—Lo que usted oye. Sanjurjo se
+reía a carcajadas, afirmando que había aprendido a correr así de niño,
+cuando su cojera era más pronunciada y no podía competir con los
+compañeros. A su vez, ponderaba la poltronería de don Víctor, un tumbón
+que registraba hasta la más pequeña hierba por no ir adelante y
+cansarse. Don Víctor reía también, sosteniendo que no se levantaban
+liebres con las piernas, sino con los ojos. ¡Cuántas veces aquella
+obstinación suya había dado al fin resultado!—¿Se acuerda usted de
+aquel día de San Pedro, hace tres años, cuando me dejó solo cerca de
+Arceanes? ¿Quién levantó la liebre, usted que se fué con viento fresco,
+o yo que me quedé hurga que hurga por las matas?</p>
+
+<p>La conversación se iba calentando con gran satisfacción de don Mateo que
+no podía ver a nadie triste a su lado. Cuando más embebidos se hallaban
+en ella, sin hacer caso bendito de los gritos y campanillazos que
+sonaban detrás de la puerta, ábrese ésta con estrépito y aparece la
+majestuosa figura de don Rosendo Belinchón, en un estado de trastorno
+difícil de pintar, los cabellos revueltos, algunos de ellos pegados a la
+frente por el sudor, las mejillas inflamadas, los ojos vidriosos, el
+nudo de la corbata en el cogote.</p>
+
+<p>—¡Sanjurjo!... ¡Sanjurjo, venga usted!—dijo con voz alterada, sin
+saludar, sin ver siquiera a don Mateo.</p>
+
+<p>El notario se levantó tranquilamente y entró en el salón con él. Don
+Víctor no hizo alusión ninguna a aquella repentina marcha. Quedó
+departiendo amigablemente sobre lo mismo que estaban hablando con don
+Mateo, el cual, aunque un poco sorprendido, no se atrevía a preguntar
+nada. Al cabo de un rato, apareció Sanjurjo, que cerró la puerta tras
+sí, y vino a sentarse con el mismo sosiego al lado de ellos, continuando
+su interrumpida conversación. Pero no se pasaron muchos minutos sin que
+de nuevo se abriese la puerta con ruido, apareciendo esta vez la persona
+rechoncha de don Pedro Miranda en estado igualmente de descomposición.</p>
+
+<p>—¡Don Víctor, don Víctor, entre usted!</p>
+
+<p>Tampoco saludó, ni vió siquiera a don Mateo. El notario se levantó
+gravemente y le siguió.</p>
+
+<p>—¿Qué diablo significa esto?—preguntó don Mateo a Sanjurjo, después
+que se hubo cerrado la puerta.</p>
+
+<p>Este hizo un vago ademán de desprecio levantando los hombros.</p>
+
+<p>—¡Qué tonterías!—gruñó don Mateo.—¡Belinchón y Miranda, que en su
+vida se metieron en estos asuntos del ayuntamiento ni quisieron ser
+alcalde, tomarlo ahora con tanto apuro!</p>
+
+<p>Las cosas habían cambiado mucho, en efecto. La lucha enconadísima que
+uno y otro bando sostenían en todos los terrenos donde podían, era más
+empeñada ahora en la corporación municipal que en ningún sitio. La
+tiranía de Maza irritaba de tal modo los ánimos de los amigos de don
+Rosendo, que apelaban a todos los medios imaginables para
+contrarrestarla. A todo trance querían procesarle por abuso de
+facultades. Para ello Belinchón había tomado a su servicio al notario
+Sanjurjo, que constantemente le acompañaba a las sesiones, levantaba
+actas y más actas de las arbitrariedades del alcalde, que pasaban al
+juzgado y allí se estancaban gracias a la mala voluntad del juez. Los
+del Camarote oponían notario a notario, actas a actas, quejándose de la
+insubordinación de la mayoría, de sus votaciones, en asuntos que no eran
+de su competencia.</p>
+
+<p>Cuando terminó la sesión, don Mateo fué introducido en el despacho del
+alcalde. Estaba tomando una limonada purgante. Cada pocos días
+necesitaba uno de estos brebajes para desalojar la bilis que se le
+acumulaba en el estómago. Aquella lucha diaria desde hacía tres años le
+había echado a perder el estómago. Estaba aún agitado, convulso. Su
+risita sardónica de las sesiones, la calma despreciativa con que
+afectaba escuchar los discursos de sus contrarios, era pura comedia.
+Allá por dentro, la cólera le carcomía las entrañas, se le mezclaba a la
+sangre. ¡Cuánto trabajo le costaba reprimir los ciegos ímpetus de ira
+que a cada paso le acometían!</p>
+
+<p>Dos de sus amigos comentaban la sesión, mientras él, silencioso, lívido,
+con sus eternas ojeras más pronunciadas aún, revolvía el líquido con una
+cucharilla. Don Mateo, como una de las poquísimas personas que
+permanecían neutrales en Sarrió, fué recibido con franqueza y agasajo.</p>
+
+<p>—Siéntese usted, don Mateo. ¿Qué trae de bueno por aquí?</p>
+
+<p>El anciano manifestó que venía a saber si era cierta la amenaza de
+suprimir la subvención de la banda en el caso de que fuese aquella tarde
+a la romería de San Antonio. El rostro de Maza se nubló. Era muy cierto.
+Que no contasen con socorro alguno del ayuntamiento si aquella tarde
+sacaban los instrumentos de la Academia... Don Mateo preguntó: ¿qué
+motivo?... Maza, después de rechinar los dientes como introducción,
+manifestó que no quería contribuir a solemnizar la entrada del personaje
+que iba a llegar por la tarde y se alojaba en casa de Belinchón.</p>
+
+<p>—Sería capaz don Quijote de darse tono haciendo pensar a su huésped que
+la había llevado él para obsequiarle.</p>
+
+<p>—Pero, Gabino, si todos los años ha ido. Nadie puede creer ni pensar
+semejante cosa. Considera que es la romería más importante del pueblo.
+Sería muy triste que las chicas no bailasen y se divirtiesen por una
+pequeñez como ésa.</p>
+
+<p>—Pues nada, por hoy se suprime el baile. Lo siento mucho. Si quieren ir
+que vayan; pero ya saben a qué atenerse.</p>
+
+<p>Fué imposible hacerle variar de resolución. Don Mateo rogó primero, se
+enfureció después, y con el derecho que le daban sus años y las nobles
+intenciones que siempre le animaban, y de las cuales nadie dudaba en la
+villa, dijo cuatro frescas a Maza y a los dos concejales que allí
+estaban presentes. Ni el bilioso alcalde ni éstos se enojaron. Uno llegó
+a decirle:</p>
+
+<p>—Acaso tenga usted razón, don Mateo; pero, ¿qué quiere usted? La lucha
+es lucha. Está interesado nuestro amor propio, y hay que aplastar a esos
+canallas, o que ellos nos aplasten.</p>
+
+<p>El anciano salió de las consistoriales más triste que enojado. En los
+tres años últimos eran incalculables los desaires y desabrimientos de
+este género que había padecido. A nadie encontraba ya propicio para
+secundar sus proyectos de recreo. En vano redoblaba su actividad para
+traer al teatro compañías de verso o zarzuela. Todas quebraban al poco
+tiempo. Porque predominando en las funciones el elemento del Saloncillo,
+ya se sabía que los del Camarote se retiraban, y viceversa. Y como para
+que el teatro se sostuviese era preciso el concurso de todos, el
+resultado era que los cómicos se escapaban siempre muertos de hambre. Lo
+primero que le preguntaban a don Mateo en las casas cuando iba a
+suplicar que se abonasen, era:—¿Se han abonado Fulano, Mengano y
+Zutano?—Si contestaba afirmativamente, ya se sabía lo que le
+decían:—Pues no cuente usted con nosotros.—Nuestro buen señor apelaba
+últimamente al engaño para comprometerlos; mas los enconados vecinos
+olían en seguida el torrezno, y aplazaban su contestación para después
+que se enterasen de «qué gente había». Y si esto pasaba en el arte
+dramático, ¿qué no sucedería con las notabilidades que en aquel lapso de
+tiempo habían posado su vuelo en la villa? Un famoso violinista, otro
+que tocaba un instrumento de madera y paja admirablemente, cuatro
+hermanos campanólogos, un moro que mostraba dos vacas sabias, un doctor
+inglés que traía un microscopio, el célebre gigante chino, una foca
+marina que decía <i>papá</i> y <i>mamá</i>, etc. A todos había protegido don
+Mateo. Pero su activa campaña de propaganda no les valió gran cosa.
+Todos los monstruos, tanto españoles como extranjeros, conocían de oídas
+a nuestro retirado coronel, y en cuanto ponían el pie en Sarrió, a su
+casa iban a llamar. El los acompañaba a ver al alcalde, los presentaba
+en el Saloncillo, los recomendaba al propietario del almacén donde
+pensaban exhibirse, y casi siempre encabezaba la suscripción para
+pagarles el viaje. En otro tiempo no se marchaba uno de la villa que no
+fuese contento y gordo. ¡Pero ahora! Ahora no estaba la Magdalena para
+tafetanes, según le respondían algunos.</p>
+
+<p>El lugarteniente de don Mateo en todos los festejos era Severino, el de
+la tienda de quincalla. No había en la provincia quien le aventajase en
+fabricar globos elegantes, vistosos y bien proporcionados para que
+subieran sin dar tumbos. Tampoco en el arte difícil de levantar arcos de
+ramaje con transparentes para la noche, ni en disparar cohetes
+velozmente y a plomo. Pues bien; este ingeniosísimo varón, que tanto
+había regocijado a la villa con sus peregrinas invenciones, hacía ya
+mucho tiempo que permanecía inactivo. Cuando alguna vez le decía don
+Mateo, que pasaba siempre en su tienda algunas horas:</p>
+
+<p>—Severino, ¿vamos a preparar algo para la víspera de San Antonio?</p>
+
+<p>—¡Para qué, don Mateo, para qué!—respondía el tendero con desaliento.</p>
+
+<p>—Una iluminacioncita de doscientos faroles nada más, un globo y algunos
+cohetes.</p>
+
+<p>—¿Quiere usted que nos cueste a nosotros el dinero como la fiesta de
+Santa Engracia?</p>
+
+<p>—Acaso los indianos suelten esta vez algo—murmuraba don Mateo.</p>
+
+<p>—Vaya, no sea inocente. ¡Parece mentira que no los conozca! ¡Soltar!
+¿Qué han de soltar esos guanajos si no...?</p>
+
+<p>Unos y otros eran injustos con los indianos. Estos se mantenían en
+neutralidad absoluta, asombrados de que, hombres acaudalados como
+Belinchón, Miranda y otros, se apurasen tanto por cosas que no atañían a
+sus negocios particulares. Aquel puñado de personas sosegadas, en medio
+de la lucha feroz con que se agitaba la villa, semejaría el coro de las
+tragedias griegas, si no fuese porque éste sentíase conmovido por las
+desgracias o prosperidades de los héroes, se alegraba y se entristecía.
+Los indianos de Sarrió permanecían por entero indiferentes, adormecidos
+por aquella vida holgazana y metódica en que el recuerdo de sus trabajos
+y penalidades de América les llenaba algunas veces de horror, y hacía
+más amable todavía su situación actual. ¡Qué les importaban a ellos las
+votaciones del ayuntamiento, las perrerías que <i>El Faro</i> y <i>El Joven
+Sarriense</i> se lanzaban, ni los chismes que sin cesar traían conmovida a
+la villa! Mientras les dejasen dar vueltas por la mañana en la punta del
+Peón (y no había peligro de que nadie se lo estorbase), jugar al billar
+o al tresillo después de comer, y dar sus famosos paseos en pandilla a
+la tarde por los pintorescos contornos, lo demás no significaba nada.
+Tan sin cuidado les tenía, que sólo por rara casualidad, cuando estaban
+juntos, hablaban de los episodios de la lucha. Lo único que conseguía
+turbarles eran los telegramas noticiando el alza y baja de los fondos
+públicos, donde tenían invertido su capital. Por lo demás, eran
+ciudadanos modelo: no ofendían a nadie; comían lo que era suyo y habían
+trabajado con sus manos. Que no daban dinero para las funciones y
+holgorios. Esto no puede considerarse como un cargo grave. Ellos no
+veían la necesidad de tales fiestas. ¡Qué más se podía apetecer en el
+mundo que vivir en un clima benigno, comer, pasear, dormir
+tranquilamente las horas que a uno se le antojaran! Además, habían hecho
+un beneficio al pueblo, conduciendo al altar a una porción de señoritas
+de veinticinco a treinta, que, sin este inesperado socorro, se hubieran
+ido desecando tristemente. Ahora eran casi todas esposas obesas y
+tranquilas, madres de familia felices, rigiendo una casa bien
+abastecida.</p>
+
+<p>Aunque antipáticos a los dos bandos, los indianos eran los únicos que se
+salvaban en aquel tiroteo incesante de los periódicos. Se contentaban
+con murmurar de ellos, llamarlos asnos cargados de plata; pero no se
+atrevían a aludirlos públicamente. No había razón para ello. Y eso que
+en Sarrió en el transcurso de tres años, se había alcanzado aquel grado
+de perfección con que don Rosendo soñaba; esto es, no existía la vida
+privada. Los actos de los vecinos, aun los de índole más íntima y
+secreta, salían a luz en la prensa, se comentaban, se censuraban, se
+ponían en ridículo. Nadie estaba seguro en el tabernáculo de su hogar.
+Si cruzaba con su mujer algunas palabras malsonantes, si castigaba con
+más o menos severidad a sus hijos, si andaba apurado de dinero, si salía
+por la noche a picos pardos, si se le atragantaban las <i>ces</i> en medio de
+dicción, diciendo <i>reto y pato</i>, en vez de recto y pacto, si comía con
+los dedos o se sonaba con ruido. De todos estos interesantes pormenores,
+daban cuenta al público <i>El Faro</i> y <i>El Joven Sarriense</i>, unas veces
+directamente, otras por medio de los famosos cuentos orientales ya
+mencionados.</p>
+
+<p>Desde el ayuntamiento, don Mateo se fué al local de la Academia, donde
+le aguardaba el señor Anselmo, y le ordenó prudentemente que no saliese
+con la banda aquella tarde. A fuerza de transacciones y equilibrios,
+había conseguido hasta entonces sostenerla lo mismo que el Liceo. En
+éste, por supuesto, ni había representaciones teatrales ya, ni se
+bailaba sino en días señalados, como el de las Candelas, los de Carnaval
+y el de Santa Engracia. Pero don Mateo, a fuerza de actividad y
+diplomacia, había logrado que la mayoría de los socios siguiesen pagando
+las dos pesetas mensuales de la suscripción. Todas las demás
+instituciones de recreo en que la villa era tan rica, habían
+desaparecido.</p>
+
+<p>Lo que traía preocupados a tirios y troyanos a la sazón era la venida
+del duque de Tornos. El vigilante y prudentísimo don Rosendo había
+averiguado por medio de sus agentes de Madrid, que el duque de Tornos,
+conde de Buenavista, emparentado con la real familia, embajador que
+había sido en Francia, mayordomo mayor de palacio, etc., etc., un
+personaje de mucho bulto en la corte y en la política, estaba decidido a
+pasar el verano en Sarrió para tomar los aires del mar, que le hacían
+mucha falta, con más sosiego que en San Sebastián o Biarritz. Saberlo
+Belinchón y escribirle una carta ofreciéndole su casa, fué todo uno. El
+Duque rehusó, como era natural, dándole gracias muy expresivas. Pero el
+buen don Rosendo que juzgaba un importantísimo triunfo la venida de tal
+personaje a su morada, y contaba con ayuda de él exterminar a sus
+contrarios, tanto insistió, valiéndose de toda clase de recomendaciones
+para conseguirlo, que el Duque concluyó por aceptar el ofrecimiento. Los
+del Camarote, que habían olfateado el asunto y les tenía con gran
+cuidado, obligaron a don Pedro Miranda a ofrecer también su casa,
+prometiendo abonar entre todos, los gastos que aquello le ocasionase.
+Pero el Duque ya estaba comprometido. No pudieron conseguir su
+propósito, aunque pusieron en juego bastantes influencias, lo que les
+llenó de ira y despecho, como acabamos de ver. Hay que advertir que el
+duque de Tornos pertenecía al partido moderado. Aunque en Sarrió ninguno
+de los dos bandos estaba bien definido en política, porque lo que les
+preocupaba era la lucha local, y se inclinaban siempre al partido
+vencedor, no cabía duda que en el Saloncillo predominaban los liberales,
+principiando por su eximio jefe. En el Camarote, los más eran
+retrógrados. La preferencia otorgada a los primeros era, pues,
+doblemente dolorosa.</p>
+
+<p>Don Rosendo el año anterior había levantado un piso más a su casa. Lo
+que le decidió a aquella obra fué el nacimiento de otra nieta. Si el
+matrimonio seguía tan aprovechado, no cabrían pronto en la casa. Gonzalo
+hablaba de tomar otra; le faltaba independencia. Para que no se fuese,
+la aumentó su suegro de aquel modo. El piso entero fué destinado a la
+nueva familia. A fin de que estuviesen más independientes, la escalera
+no pasaba por el cuarto de los padres; pero al mismo tiempo había una
+interior de caracol que facilitaba el servicio de un piso a otro.
+Gonzalo podía entrar y salir de su casa sin necesidad de cruzar por la
+de sus suegros. Comían todos juntos, sin embargo.</p>
+
+<p>Pues cuando se supo la aceptación del duque de Tornos, se le destinó el
+cuarto entero del matrimonio joven. Este bajó de nuevo a ocupar sus
+antiguas habitaciones. Arreglóse aún mejor de lo que estaba, y eso que
+estaba bien, pues Venturita había exagerado el lujo de la decoración.
+Pronto y con poco esfuerzo quedó convertido en una mansión digna del
+personaje que iba a albergar. En el Saloncillo se esperaba con ansia el
+telegrama del prohombre, anunciando su salida. El rostro de todos los
+tertulios expresaba gozo y triunfo, brillaba con la esperanza de que
+pronto podrían dar algunos golpes contundentes a sus adversarios. Estos
+andaban mohinos y recelosos, disimulando, no obstante, lo mejor que
+podían su despecho. Afectaban no conceder importancia a la venida del
+Duque. No faltó quien viniese a avisar en seguida a Belinchón de la
+<i>zurdada</i> del alcalde respecto de la música. Estaba empezando a comer
+cuando recibió la noticia. Con admirable serenidad, que debían envidiar
+sus enemigos, concluyó el plato de sopa que tenía delante, se limpió los
+labios, bebió un trago de vino, volvió a limpiarse los labios, y
+levantándose acto continuo, salió sin decir palabra. Como todos los
+grandes caudillos de que nos habla la historia, don Rosendo no perdía
+jamás el aplomo. En los momentos críticos, como el presente, era cuando
+a él le asaltaban las grandes ideas, las resoluciones salvadoras. Se fué
+al telégrafo y puso un parte al director de la orquesta de Lancia
+pidiéndole que viniese con ella a Sarrió y que señalase precio. El
+director contestó que llegarían a la noche.—«Perfectamente;—se
+dijo,—si la música no va a recibirle, al menos no se quedará sin
+serenata. ¡Y que rabien esos miserables!»</p>
+
+<p>La llegada del duque de Tornos coincidía, como hemos visto, con la
+romería de San Antonio. La tarde estuvo como la mañana serena y alegre,
+sin pizca de calor; porque la brisa del Nordeste en Sarrió, como en
+todos los puertos del Cantábrico, refresca deleitosamente los ardores
+del sol en los meses de estío. Las romerías pertenecían a todas las
+clases sociales, pero muy particularmente a los artesanos. Gracias a
+esto no habían perdido nada de su primitiva alegría y animación. Desde
+por la mañana, bien temprano, grupos numerosos de muchachas salían de
+los arrabales y cruzaban la villa para tomar la carretera de Lancia,
+vestidas todas con la clásica falda de merino, negra o de color, y el
+floreado mantón de Manila atado a la cintura, zapatos descotados,
+pendientes de perlas, y la hermosa cabeza, sencillamente peinada, al
+descubierto. Su charla bulliciosa, sus frescas carcajadas despertaban a
+los vecinos que aún yacían entre las sábanas, les hacían sonreir
+beatamente trayéndoles al recuerdo otros días de San Antonio cuando la
+juventud chispeaba también en sus ojos y en la copa de la vida aún no
+había caído ninguna gota de hiel. ¡Quién no recordaría en Sarrió alguno
+de aquellos viajes a la ermita en una mañana límpida y suave, con las
+piernas ligeras y el corazón mecido dulcemente en la esperanza de ver
+pronto al dueño adorado y pasar el día cerca de él! El rumor de aquellas
+niñas era un soplo de alegría que desde la calle subía a las casas,
+entraba por los balcones invitando a soltar por algunas horas el fardo
+pesado de los quehaceres, de la ambición, de la envidia, de todas las
+ruines pasiones que consumen la mísera existencia humana. Y seguirlas,
+seguirlas a gozar del ambiente puro de la mañana, del verdor de los
+campos, de la rica leche incomparable que se vende en torno de la
+ermita, del juego a las cuatro esquinas y la deleitosa gallina ciega, de
+las habaneras lánguidas, los dulces caramelos y crucetas de la Morana, y
+tal vez que otra, cuando no se tiene una figura despreciable y se
+dispone de largos bigotes retorcidos, de sus besos más dulces y
+regalados aún (habiendo hecho algo por merecerlos, se entiende).</p>
+
+<p>Pablito salió de madrugada acompañado de su fiel Piscis, montados en
+sendos caballos pujantes y amaestrados, trabajando unas veces del
+costado derecho, otras del izquierdo como era lógico. Para ir de esta
+suerte, no solamente había la razón de sus arraigadas inclinaciones,
+sino otra también muy atendible. El joven Belinchón hacía ya más de un
+año que no iba a las romerías y evitaba todo lo posible caminar a pie.
+Salía poco de casa, sobre todo de noche, procurando atravesar por las
+calles más céntricas, sin que por casualidad se le viese jamás solo.
+Tenía enemigos ocultos y encarnizados. Valentina, la blonda y saladísima
+costurera, había jurado por todos los santos del Cielo clavarle un puñal
+en la espalda. La razón no necesitamos decirla. Después de haber tenido
+un hijo con ella, la había abandonado y volaba otra vez, cual libre y
+pintada mariposa, posándose ahora en una, ahora en otra flor. ¡Buen
+trabajo le había costado, o por mejor decir, buen miedo! Cuando supo el
+juramento de su amante, que no le cogió de sorpresa, pues conocía
+demasiado bien su temperamento, para evitar aquella dolorosa muerte
+prematura, mandó repetidos emisarios ofreciéndola grandes cantidades de
+dinero, recoger y educar a su hijo, y mantenerla a ella sin trabajar. La
+feroz costurera había rechazado con indignación todas las ofertas.
+Reiteraba, cada vez que un embajador iba a verla, su horrible y
+sanguinario juramento. Como es natural, al hermoso mancebo no le llegaba
+la camisa al cuerpo. Que se ponga cada cual en su caso. Hubiera dado el
+coche y los caballos por poseer otros dos ojos en el cogote. Los que
+poseía, siempre que salía a la calle a pie, se entregaban, mira a un
+lado, mira otro, a un trabajo abrumador superior a sus fuerzas.</p>
+
+<p>Pero con el tiempo, había ido adquiriendo alguna confianza. Valentina no
+salía apenas de casa. En romerías y bailes, después de su deshonra, no
+la había visto nadie. Pablito, que no la había tropezado todavía en la
+calle, se animó con los consejos de Piscis a ir a San Antonio. Montaron,
+pues, a caballo temprano, y se lanzaron por la anchurosa y empolvada
+carretera de Lancia sombreada un buen trecho a la salida de la villa,
+por grandes olmos. La vía era ascendente, aunque sin gran declive. A un
+lado y a otro, se extendía la risueña campiña de Sarrió, limitada por
+dos o tres términos de suaves colinas. Más lejos, descubríase la negra
+crestería de las montañas de Narcín, que se alzaban sobre el valle de
+Lancia, cubierto aún por la niebla. Volviendo la vista atrás, después de
+caminar un trecho, se señoreaba la hermosa villa que la luz matinal
+hería de soslayo, haciendo brillar aquí y allá alguna blanca fachada.
+Detrás, la vasta llanura del mar, que con los rayos oblicuos del sol
+naciente, ofrecía un color blanco lechoso.</p>
+
+<p>Los caballos de nuestros équites, orgullosos de su estampa elegante, de
+sus lomos relucientes y mórbidos, caracoleaban sin cesar levantando
+nubes de polvo, felices por ostentar su recia musculatura a la luz de la
+mañana. Las jóvenes menestralas, que ascendían lentamente hacia la
+ermita, se impacientaban, chillaban, más por la suciedad del polvo, que
+por temor a los corceles, dirigían chufletas de peor o mejor gusto al
+inflexible Piscis, que éste no escuchaba siquiera, absorto en la
+contemplación de las patas del caballo, cuya alta dirección le estaba
+confiada.</p>
+
+<p>—¡Uf, la carretera es poco para él!—Oye tú, fenómeno, no levantes
+tanto polvo.—A caballo parece algo; y es un perro sentado.—¡Si parece
+un duque!—No, mujer, vizcon...de!</p>
+
+<p>Con Pablito no se metían. El bizarro joven ejercía el mismo dominio
+sobre las artesanas que sobre las damiselas de la villa. No sólo las
+fascinaba por su delicada figura, por su gallardía, por su riqueza, sino
+también, y acaso principalmente, por sus conquistas. La muchedumbre de
+enamoradas que había tenido en todas las clases sociales, formaban en
+torno de su cabeza una aureola de gloria. Se murmuraba mucho de él entre
+las menestralas, con motivo del lance de Valentina, se le llamaba falso,
+traidor, bribón; pero todas ellas, hasta las mismas amigas de la
+víctima, le admiraban, le adoraban en secreto, y hubieran caído a pocos
+embates en sus brazos, por más que juraban y perjuraban que era bien
+tonta la que hacía caso de aquel <i>miquitrefe</i>.</p>
+
+<p>Pablito caminaba serio, atento también a regir el brioso cuadrúpedo. De
+vez en cuando, no obstante, se dignaba sonreir ligerísimamente. Y este
+esbozo de sonrisa animaba tanto a las muchachas, que arremetían con más
+brío y gracia contra su compañero fidelísimo, el invicto Piscis.</p>
+
+<p>A la media legua próximamente, había un gran prado llano y hermoso que
+la carretera partía por el medio. Allí se celebraba la romería por la
+tarde, con la gente que venía de la villa y la que regresaba de la
+ermita. Para ir a ésta, era necesario separarse en aquel punto de la
+carretera y tomar por callejuelas estrechas y pendientes, limitadas por
+toscas paredillas de piedra, cubiertas de zarzales. Al cabo de un cuarto
+de legua, se desembocaba en la pequeña planicie de un montecillo, donde
+estaba situada. La vista desde allí era espléndida y regocijada como
+pocas. Descubríase una inmensa extensión de costa, no llana, sino
+ondulante, plantada de maíz en unos sitios, en otros de trigo, en la
+mayor parte de hierba solamente, cortada por la gran vía empolvada de
+Lancia, con su faja obscura de olmos gigantescos, a cuyo extremo parecía
+como una mancha blanca y roja la villa. La inmensa sábana azul del
+Océano, donde brillaban tres o cuatro velas como blancas gaviotas,
+cerraban el panorama.</p>
+
+<p>Alrededor de la ermita, las mujerucas de los contornos, entre las cuales
+había más de una fresca y hermosa aldeana de rojos labios y blancas
+mejillas satinadas, vendían leche en pucheritos de barro negro. Había
+también algunas mesas cubiertas con manteles, donde se exhibían
+bizcochos y otros confites de remota antigüedad. La gracia de aquella
+romería estribaba en tomar leche por la mañana en la ermita, jugar luego
+con los pucheros y romperlos al fin, haciéndolos rodar por el monte
+abajo. Se comía a las doce el fiambre que se llevaba. Después se venía
+hacia el prado de los nogales o Nozaleda, donde todos se reunían.
+Pablito no infringió un ápice el programa. Compró más de una docena de
+pucheros de leche y gran cantidad de bizcochos, con que obsequió a sus
+conocidas. Luego retozó con ellas largamente, haciendo rodar a varias
+por el prado y tirándose él mismo en medio del entusiasmo general. A la
+sazón, estaba «poniendo los puntos» a una morena muy agraciada, hija del
+sereno Maroto, que vendía pescado en la plaza y se llamaba Ramona, la
+misma a quien tal vez recuerde el lector que Periquito había dicho en la
+cazuela del teatro:—«Ramona, te amo»—con gran regocijo de Piscis y
+Pablo. Cuando llegó la hora de venir a la Nozaleda, se empeñó en
+llevarla a caballo delante de él. La moza se resistió un poco, pero al
+fin cedió, ¡no había de ceder! El joven entró con ella por medio de la
+romería entre los aplausos y ¡hurras! de sus amigos y las murmuraciones
+de las jóvenes, que se mostraban escandalizadas, sin perjuicio de
+dejarse arrebatar de aquella gentil manera el día que al bello sultán se
+le antojase.</p>
+
+<p>A las tres, la Nozaleda estaba poblada de romeros. El vasto prado
+parecía una alfombra de fondo verde. Los pañuelos de las mujeres,
+blancos, rojos, amarillos, agitándose continuamente, llameando a la luz
+del sol, formaban sobre aquel fondo un dibujo movible de brillantes
+colores. La carretera mandaba de Sarrió a cada instante nuevos
+pelotones de gente, que se diseminaban por el prado a entrambos lados.
+Escuchábase un rumor confuso como el de las olas del mar a cierta
+distancia, sobre el cual saltaba el agudo son de la gaita, y el
+repiqueteo sordo y monótono del tambor. Algunas tiendas de campaña,
+donde, sobre mesas portátiles de tabla, yacían los hinchados odres, como
+víctimas preparadas al sacrificio, estaban rodeadas por numerosos grupos
+de hombres. En otro más numeroso, de ambos sexos, hacia el medio, se
+bailaba al uso del país, sonando las castañetas con las <i>mudanzas</i>
+peculiares de aquella región. Aquel baile duraba cinco o seis horas sin
+reposo alguno. Se sudaba copiosamente, ¡pero cansarse! los hombres
+alguna vez, las mujeres nunca. Los que así bailaban eran aldeanos, los
+habitantes de los contornos que, llegada la noche, se volvían a sus
+casas por los atajos sin pasar por la villa. Las artesanas de Sarrió
+formaban giraldillas, donde se cantaba a grito herido, abriéndose y
+cerrándose sucesivamente, dejando en el medio ora un grupo de hombres,
+ora de mujeres. Los señoritos, en relación con aquellas jóvenes por los
+bailes de las Escuelas, acostumbrados ya al dulce, no querían perder su
+derecho de monopolio ni aun al aire libre; entraban también en ellas,
+bailando sin garbo, con los brazos muy abiertos y las piernas inmóviles.
+Entonces los artesanos se salían y marchaban un poco más lejos a bailar
+con aquellas que, desdeñadas por los caballeros, o de temperamento más
+bravío, los seguían, arrojando miradas torvas de desafío al coro
+principal.</p>
+
+<p>Ni se crea que faltaba tampoco aquella tarde el baile de sociedad. Don
+Mateo, buscando medio de substituir a la orquesta, había dado con un
+arpista y un violín italianos, y los subvencionó, de su bolsillo
+particular, para que tocasen. Y allá, en un extremo del prado, bajo un
+inmenso nogal de la cinta que lo circundaba, una docena de parejas
+estrechamente abrazadas, daban vueltas parsimoniosas al compás de
+dulzona habanera, rodeadas por un espeso círculo de mirones. Las
+señoritas solían presenciar con risita despreciativa aquel baile que
+imitaba toscamente los suyos, doliéndose en su interior de que jóvenes
+tan finos se abrazasen «a aquellas tarascas». Sin embargo, cuando alguno
+las invitaba, después de resistirse un poco, reir a carcajadas,
+ruborizarse y hacer buena porción de monerías para atestiguar que sólo
+se rebajaban a aquello por pura condescendencia, solían agarrarse firme
+al brazo de su bromista amigo y tardaban en soltarlo.</p>
+
+<p>Gonzalo había venido a pie a la romería con Cecilia, la niña mayor y la
+niñera. Y como el camino era largo y pendiente, porque ésta no se
+cansase tanto, había traído a su hija en brazos casi todo el tiempo.
+Ventura odiaba las romerías. Además, su padre había llevado el carruaje
+a esperar al duque de Tornos, y pensar en que anduviese a pie media
+legua, era una monstruosidad. Doña Paula tampoco podía venir. Hacía
+tiempo que estaba delicada. Los médicos creían que su malestar y
+decaimiento procedían de algún trastorno en la circulación, una afección
+cardíaca, que podía con el tiempo ofrecer caracteres graves, aunque por
+entonces no los presentase. Cecilia había querido durante el viaje
+ayudar a su cuñado a soportar el fardo. Este se había reído:</p>
+
+<p>—Calla, Huesitos, calla—así la llamaba familiarmente.—¡Ten cuidado no
+me obligues a llevarte a ti también!</p>
+
+<p>Y así que llegaron, como marido y mujer comenzaron a vagar por el gran
+prado, deteniéndose a cada instante para saludar a los amigos con quien
+tropezaban. Compraron dulces para la niña, estuvieron un rato viendo
+bailar al son de la gaita; después se pararon delante de la giraldilla;
+por último, se fueron a donde sonaba el violín y el arpa, y tuvieron
+ocasión de ver entre las parejas a su hermano Pablo estrechando la
+cintura de la hermosa Ramona. Por cierto que, al advertir su presencia,
+el bizarro joven se inmutó un tanto. Aprovechando una de las vueltas
+para pasar cerca de su hermana, le preguntó por lo bajo:</p>
+
+<p>—¿Está ahí mamá?</p>
+
+<p>Cecilia hizo un signo negativo, y se tranquilizó.</p>
+
+<p>La niña se cansó pronto de aquel espectáculo. Quiso ir de nuevo a ver el
+baile de los aldeanos. Desde allí, saltando otra vez a la carretera,
+entraron en la romería que quedaba del otro lado. Fué gran ventura para
+ellos. Porque a los pocos momentos acaeció en el sitio que habían
+dejado, una escena espeluznante, terrorífica, digna de una tragedia
+romántica.</p>
+
+<p>Hallábase Pablito bailando con su morena, sereno, feliz, procurando
+acortar distancias todo lo posible, y aún más. Sus mejillas, siempre
+sonrosadas, estaban ahora vivamente encendidas, no tanto por el
+movimiento como por el amor que poco a poco, a impulso de las cadencias
+lánguidas de la habanera se había ido apoderando de su ser. Ramona,
+encendida también como una amapola, apoyaba la barba adornada por los
+lados con dos hechiceros hoyuelos, sobre su hombro. Ramona vió de pronto
+con horror un rostro pálido donde brillaban dos ojos airados de loco.
+Pablito escuchó detrás una voz estridente que gritaba:</p>
+
+<p>—¡Toma, bribón!</p>
+
+<p>Y al mismo tiempo sintió un fuerte topetazo en la espalda. Volvióse
+rápidamente. Vió el semblante desencajado, fatídico, de Valentina, la
+cual blandía en la mano derecha un arma.</p>
+
+<p>El joven comprendió que estaba herido de muerte. Se dejó caer al suelo
+con señales cadavéricas en el rostro. Instantáneamente, un golpe de
+gente acudió a levantarle, mientras otro sujetaba a la costurera. Al
+conducirle a la casita próxima de un aldeano, Pablo creyó escuchar
+confusamente los gritos de Valentina, que intentaba desasirse de los que
+la tenían, para rematarle, sin duda.</p>
+
+<p>La noticia se extendió por la romería. Mucha gente acudió corriendo al
+teatro del suceso. Cecilia y Gonzalo, que vieron el movimiento,
+quisieron enterarse. Un amigo, conocedor de la verdad, les dijo que se
+trataba de una reyerta entre aldeanos, y procuró llevarlos más lejos
+todavía.</p>
+
+<p>Mientras tanto, el médico de un concejo inmediato, que allí estaba, fué
+avisado para que viniese a curar al herido. Era un joven recién salido
+de las aulas. Lo primero que hizo fué despojarle de la chaqueta,
+cortándosela por la espalda; después hizo lo mismo con el chaleco y la
+camisa. Cuando la carne quedó al descubierto, no pudo retener una
+carcajada:</p>
+
+<p>—¡Qué herida, ni qué calabazas! Aquí no hay nada.</p>
+
+<p>En efecto, el pequeño cortaplumas, de que la costurera se había valido
+para asesinar a su pérfido amante, atravesó la chaqueta, el chaleco, la
+camisa y la camiseta. En cuanto a la carne aborrecida del seductor,
+había quedado enteramente incólume.</p>
+
+<p>No poco se alegró éste de volver al gremio de los seres vivos. Después
+que el ama de la casa le cosió provisionalmente la camisa, y se cubrió
+con el gabán del médico, mientras Piscis iba a buscar los caballos,
+salió por los prados de atrás para no ser visto, tanto por la vergüenza
+que le daba ir vestido con aquel espantoso sayo, como porque creyó
+escuchar a Valentina, mientras iba con las ansias de la muerte, ciertas
+palabras pesadas. Si mal no recordaba (y podía recordar mal, dado su
+desvanecimiento), la costurera decía gritando cuando le llevaban entre
+cuatro:</p>
+
+<p>—¡Anda, cochino, que si yo no te he matado, no faltará quien te mate!</p>
+
+<p>Pablito hallaba tan feo el ser asesinado por un des-conocido, que no
+quiso detenerse un minuto más en la romería. En cuanto salió a la
+carretera, donde le esperaba Piscis, montó a caballo, y se trasladó en
+un credo a la villa.</p>
+
+<p>El sol se estaba poniendo. Alguna gente comenzaba a dejar la romería,
+cuando ésta fué violentamente conmovida por el escape de seis u ocho
+coches que llegaban de Lancia a la carrera. Era el duque de Tomos con su
+séquito. En una carretela abierta venía él con su secretario y el gran
+patricio don Rosendo. En el coche de éste venían don Rufo, Alvaro Peña
+y dos señores de Lancia. Y acomodados en los otros, don Feliciano, don
+Rudesindo, Navarro, don Jerónimo de la Fuente y algunos varones más de
+los que seguían la bandera del glorioso Belinchón. Al llegar al medio de
+la Nozaleda, el Duque mandó hacer alto sorprendido de ver aquella
+muchedumbre abigarrada ocupando la extensa llanura del prado.</p>
+
+<p>Era un hombre de unos cuarenta y seis años. Las mejillas flácidas, de
+color pálido terroso, el labio inferior un poco caído, expresando desdén
+y cansancio, los ojos de indefinible matiz, fríos y vidriosos como los
+de un besugo muerto, con los párpados ordinariamente caídos, expresando
+igualmente el hastío. En uno de ellos traía un cristal o <i>monocle</i>
+hábilmente sujeto, que daba a su fisonomía un aspecto excesivamente
+impertinente y repulsivo. No gastaba barba, sino largo bigote con las
+puntas engomadas. Vestía con elegancia que no se ve jamás en provincia,
+esto es, con cierta originalidad caprichosa de los que no siguen las
+modas, sino que las imponen. Sombrero blanco de alas estrechísimas,
+americana que parecía hecha de tela de jergón, camisa amarilla, guantes
+de color lila, y en vez de corbata un pañuelo blanco en forma de
+chalina, con una gruesa perla clavada.</p>
+
+<p>—¡Precioso, precioso!—dijo al contemplar aquel pintoresco cuadro,
+levantando con trabajo los párpados. La voz era cascada y la
+pronunciación lenta, fatigosa, como si estuviera aplaudiendo en su palco
+del teatro Real los trinos de una prima donna.</p>
+
+<p>Don Rosendo se apresuró a darle noticias de la romería. Le mostró con la
+mano el cerro de la ermita, que se veía a lo lejos. Después le fué
+señalando, para que se fijase en ellos, los distintos grupos donde se
+bailaba: «Vea usted, señor Duque; allí se baila al son de la gaita y el
+tambor. Es el baile característico del país, en el campo, se entiende.
+Aquéllas son las giraldillas, donde bailan cantando las muchachas de la
+villa. Allí se bebe. Aquéllas son las mesas donde se venden confites.
+Debajo de aquel nogal se están bailando habaneras... Mire usted, mire
+usted, señor Duque, la clásica danza de nuestra tierra; los hombres a un
+lado, las mujeres a otro. Con ese vaivén monótono están horas y horas
+cantando las antiguas baladas... Es un baile casto, no lo negará
+usted...</p>
+
+<p>—¡Precioso, precioso!—repetía el Duque con su acento arrastrado,
+enfilando el <i>monocle</i> principalmente a las giraldillas.</p>
+
+<p>El duque de Tornos decía una verdad. Pocos espectáculos tan bellos y
+risueños podían ofrecerse en paraje alguno de la tierra. La romería,
+antes de morir, se agitaba con un frenesí de alegría ruidosa. La gaita
+acentuaba sus notas agudas, chillonas, que hacían vibrar el aire a larga
+distancia, acompañada fiel y sordamente por el tambor. Las mozas
+exaltadas, sudorosas, con las mejillas encendidas y los cabellos
+revueltos, no cantaban ya, gritaban dando vueltas a la giraldilla,
+despidiéndose con rabia de aquel goce, que sólo de tarde en tarde se les
+ofrecía. Cantaban también los borrachos de dos en dos o tres en tres con
+voces ásperas desafinadas, metiéndose el aliento por las narices,
+balanceándose grotescamente, esparrancados sobre el césped. Y los mozos
+y mozas de la danza-prima se desgañitaban, queriendo aguzar cada vez más
+las notas largas, dormilonas, de sus baladas antiquísimas. Hasta el
+violín y arpista italianos habían emprendido con furor una mazurka que
+las parejas bailaban levantando extremadamente los pies, dando furiosas
+patadas en la hierba.</p>
+
+<p>La luz se iba huyendo del cuadro; pero al huirse suavizaba los tonos,
+esparcía sobre él un encanto misterioso, poético, que traía al recuerdo
+los dichosos rincones de la Arcadia antigua. Parecía que aquella gente
+debía vivir y morir así, en perpetua alegría y juventud. ¿Por qué
+marcharse, por qué huir de aquel recinto feliz, para volver a sumergirse
+en las fatigas de la vida cotidiana, en la podredumbre y miseria de los
+negocios humanos? ¡Gozar, gozar! gozar en la inocencia del corazón y los
+sentidos, de la salud, de las sublimes armonías de la luz y del sonido;
+gozar de las dulzuras del amor fecundo engendrador de todas las cosas;
+gozar de la fuerza, que mantiene la cohesión del universo; gozar del
+gorjeo de los pájaros, del murmullo de las fuentes, del aroma de las
+flores, del rocío de los campos, de las espumas de los mares, del cielo
+eternamente azul. Para esto debió ser creado el hombre, no para
+acompañarse en los breves días de su existencia del trabajo abrumador,
+de la airada venganza, de la pálida envidia, de la tristeza roedora. La
+tradición del Paraíso, es la más lógica y venerable de las tradiciones
+humanas.</p>
+
+<p>El sol doraba ya solamente las cimas de los nogales que circundaban el
+prado, extendiendo desmesuradamente sus sombras. Un leve estremecimiento
+frío, melancólico, corrió por todos los ámbitos. En vano lucharon contra
+él aquellos a quienes el baile o el vino había enardecido. Poco tiempo
+después se había apoderado de todos. Escuchábanse las voces de las
+madres llamando a sus hijos, de los hermanos llamando a sus hermanas.
+Formábanse grupos, que permanecían algún tiempo vacilantes, buscando con
+los ojos a alguno que les faltaba, para irse. Lo primero que se deshizo
+fueron las giraldillas. El baile y la danza persistían. Los aldeanos
+estaban más cerca de sus casas y no tenían tanto miedo a caminar de
+noche. En torno de los coches situados en medio de la carretera, se
+había ido aglomerando la gente. El Duque seguía enfilando su <i>monocle</i> a
+todos los rincones, presenciando los preparativos del desfile, con la
+curiosidad atenta de un inteligente en pintura. Al fin, reparando en el
+numeroso pelotón que por todas partes los estrechaba, dió orden de
+marchar, pero lentamente, al paso de los romeros. Quería ver todo
+aquello, no por hermoso, sino por nuevo.</p>
+
+<p>Los coches comenzaron a caminar en medio de la muchedumbre. Rodeábanlos
+amarteladas parejas que marchaban de bracero en íntimo coloquio, viejos
+que llevaban niños de la mano, sujetando en la otra grandes pañuelos
+atestados de confites, grupos de muchachas cambiando sus impresiones en
+voz alta, riendo con sonoras carcajadas. En cuanto se alejaron un poco
+del sitio de la Nozaleda comenzaron los cánticos. Esto es lo que
+caracteriza la vuelta de las romerías en aquella región. Las artesanas
+de Sarrió se precían de tener buena voz, y hacen bien. Generalmente la
+emprenden con alguna canción romántica, una melodía tendida y
+quejumbrosa, buscando armónico acompañamiento por medio de la segunda
+voz en terceras. Otras veces, cuando el grupo es demasiado numeroso, se
+acogen a los pasacalles tradicionales de la villa, que son infinitos y
+deliciosos. Fué lo que hicieron en esta ocasión. El Duque quedó
+sorprendido al escuchar aquel coro de frescas voces repitiendo sin cesar
+coplas inocentes como éstas:</p>
+
+<p class="poem">
+<i>En la torre más alta</i><br />
+<i>del amor me vi;</i><br />
+<i>falsearon los cimientos</i>,<br />
+<i>pero no caí.</i><br /><br />
+<span style="margin-left: 4em;">——</span>
+</p>
+<p class="poem">
+<i>Cómo quieres que un pobre</i><br />
+<i>llame a tu puerta</i>,<br />
+<i>si no le das limosna</i>,<br />
+<i>rica avarienta.</i><br />
+</p>
+
+<p>Y los pueriles conceptos que guardaban, adquirían en sus bocas una
+importancia excesiva, parecían sentencias sagradas, fórmulas misteriosas
+y amables que nadie podía tocar sin cometer un sacrilegio. El aire se
+poblaba de aquellas notas suaves, prolongadas. Un enternecimiento
+delicioso íbase apoderando de las cantantes a medida que las dejaban
+escapar de sus gargantas. Cada vez las repetían con más cariño, con más
+unción, exhalando en ellas aquel fondo de romanticismo que palpitaba
+eternamente en sus corazones, transmitiéndose de madres a hijas en la
+pintoresca villa del Cantábrico. Era la melancolía de quien presiente
+el mundo de la belleza, lo ama, lo anhela, y por su condición está
+destinado a vivir y morir lejos de él. Entre copla y copla, mediaba un
+rato de silencio. Escuchábase el ruido acompasado de los pies. El coro
+parecía soñar despierto, atento a los vagos sentimientos de ternura que
+el canto removía en los limbos de su espíritu.</p>
+
+<p>Se venía la noche precipitadamente. Los altos olmos recortaban aún con
+admirable pureza sus ramas en el fondo diáfano de la atmósfera; pero de
+sus copas caía sobre la carretera una sombra cada vez más espesa. La
+campiña había perdido el color, extendía en el horizonte sus lomos
+sombríos donde apenas resaltaban los toques amarillos de alguna heredad
+plantada de trigo. Allá lejos la gran mancha del Océano se obscurecía.
+Su azul brillante del mediodía habíase trocado en un gris triste,
+verdoso, con reflejos metálicos.</p>
+
+<p>El coro sacudió de pronto su melancolía. Una moza inició cierto
+pasacalle vivo y alegre. Las demás la siguieron, de buena voluntad como
+si despertasen de un sueño triste.</p>
+
+<p class="poem">
+<i>No te compongas</i><br />
+<i>que ya no irás</i><br />
+<i>a San Antonio</i><br />
+<i>a pasear</i>,<br />
+<i>que está lloviendo</i><br />
+<i>y te mojarás</i><br />
+<i>el vestidito</i><br />
+<i>y no tienes más.</i><br />
+</p>
+
+<p>La emprendieron con él a gritos, desaforadamente, con la fe y el ahinco
+con que lo cantaban todo. Una de ellas, a los pocos momentos, improvisó
+una copla alusiva a la situación:</p>
+
+<p class="poem">
+<i>A San Antonio</i><br />
+<i>vente a pasear</i>,<br />
+<i>verás al Duque</i><br />
+<i>que es muy galán.</i><br />
+<i>Todas las niñas</i><br />
+<i>que en Sarrió hay</i><br />
+<i>la bienvenida</i><br />
+<i>le van a dar.</i><br />
+</p>
+
+<p>Y desde entonces, como si aquélla fuese la señal, no cesaron de
+requebrar en sus cánticos al magnate. El cual, dirigiendo el <i>monocle</i>
+unas veces a la derecha, otras a la izquierda, y sacudiendo la cabeza
+con benévola sonrisa, repetía por lo bajo:</p>
+
+<p>—¡Precioso, precioso! ¡Un tapiz de Teniers! ¡Un paisaje de Lorrain!</p>
+
+<p>Cuando llegaron a la villa, era noche cerrada.</p>
+
+<p>Subió el Duque con su secretario a las habitaciones que don Rosendo le
+había destinado. El secretario era un joven de veinticuatro a veintiséis
+años, pálido, rubio, en cuyo cerebro abultado de feto no cabían más
+ideas que la de la importancia colosal del Duque, y la necesidad
+imperiosa de llegar a ser un personaje, si no de tanta cuenta, lo
+bastante para tener también secretario. Fuera de esto, el mundo no tenía
+explicación para Cosío, que así se llamaba. Después que hubo descansado
+unos momentos el magnate, bajó a comer en traje de etiqueta. Cosío lo
+mismo. Don Rosendo había cambiado la hora española de comer por la
+francesa. Al verle entrar de aquel modo, la familia se turbó. Sin duda
+Belinchón, su hijo y su yerno habían dado una pifia no poniéndose el
+frac. Venturita se lo hizo notar ásperamente a su marido en voz baja.
+Este se encogió de hombros con supremo desdén, moviendo los labios de un
+modo despreciativo. Estaba de mal humor. Al ver la mesa puesta sin el
+plato de la niña, había preguntado por él. Su mujer le había contestado
+con malos modos:</p>
+
+<p>—¡Pero, hombre, no seas ridículo! ¿Quieres que la niña coma hoy con
+nosotros?</p>
+
+<p>—¿Por qué no?</p>
+
+<p>Venturita se había escandalizado. Después se había reído preguntándole
+si había aprendido aquellos usos en el club de regatas. Esto le había
+irritado, le tenía propenso a no mostrarse con el Duque todo lo
+deferente y respetuoso que debía. En cambio, ella hacía días que se
+preocupaba con los preparativos para recibir al ilustre huésped. Por su
+consejo y dirección se había aumentado la servidumbre, poniendo librea a
+los criados. Viendo a Pachín, uno muy antiguo en la casa, con aquel
+extraño uniforme, Gonzalo se había reído a grandes carcajadas, lo que
+excitó la bilis de su esposa. Habíase encargado una nueva y fina vajilla
+con la cifra de Belinchón; todo el aparato de las comidas modernas,
+cuchillos de hoja de plata para la fruta, tenedores de ostras, tarjetas
+litografiadas para el <i>menu</i> y otros utensilios inusitados hasta
+entonces en las comidas de la casa. El viento del extranjerismo soplaba
+también sobre aquella mesa abundante, sana, patriarcal, que hemos
+conocido al comenzar la presente historia.</p>
+
+<p>Ventura se presentó en el salón con traje azul marino de seda, descotado
+por el pecho, los brazos al aire. Había aprendido, no sabemos dónde, que
+en las comidas de ceremonia las señoras van descotadas. Doña Paula no
+cumplía con este precepto. En cambio, estaba esplendorosamente vestida
+con telas de vivos colores, que formaban triste contraste con su rostro
+marchito, minado por la enfermedad. Los únicos convidados eran Alvaro
+Peña y don Rufo.</p>
+
+<p>Pachín, el buen Pachín, vestido de máscara, abrió la puerta y dijo con
+voz sonora que Ventura le había ensayado:</p>
+
+<p>—La señora está servida.</p>
+
+<p>El Duque ofreció su brazo a doña Paula y se trasladaron todos al
+comedor. Esta ocupó el sitio preferente por indicación previa de su
+hija. El Duque se colocó a su derecha; don Rufo a su izquierda; los
+demás se fueron sentando sin orden: Venturita a la derecha del egregio
+huésped, después Alvaro Peña, Cosío, Pablito, don Rosendo. Gonzalo al
+lado de Cecilia.</p>
+
+<p>Y la comida dió principio, ceremoniosa, fría, con largos intervalos de
+silencio. Todos estaban cohibidos, aplastados por la grandeza del
+personaje que tenían delante. Este ostentaba una calva lustrosa que le
+tomaba casi toda la cabeza. Los pocos cabellos de la parte posterior y
+de los lados eran negros a pesar de sus cuarenta y seis años. Sus
+menores gestos eran observados con atención idolátrica. Las palabras que
+dejaba escapar, acogidas con una sonrisa de afectada complacencia y
+admiración. Las primeras que salieron de sus labios, después de algunas
+de cortesía, fueron para seguir admirándose de los contornos de la
+villa.</p>
+
+<p>—Yo no conocía del Norte más que las Provincias—decía con su
+pronunciación lenta, arrastrada.—Encuentro este país muy superior a
+ellas en lo que se refiere al paisaje. Ofrece mayor variedad, más
+riqueza de color. Hay sitios agrestes allá en el puerto que hemos
+atravesado, comparables a los más decantados paisajes de la Suiza. Y al
+llegar a la costa, se encuentra la misma suavidad de las líneas, la
+misma dulzura en el ambiente, que en el Mediodía de Italia.</p>
+
+<p>—¡Oh, señor Duque, usted nos favorece demasiado!—Pura amabilidad,
+señor Duque.—En el verano puede pasar este país; ¡pero en el invierno!</p>
+
+<p>Don Rosendo, Alvaro Peña y don Rufo, inundados de felicidad y gratitud,
+se ruborizaban, rechazaban aquellos elogios, como si fuesen dirigidos a
+ellos. El Duque siguió hablando como si no hubiese escuchado siquiera
+sus exclamaciones.</p>
+
+<p>—Es más abrupto que el de las Provincias, los tonos más pronunciados.
+He visto desde la carretera de Lancia hacia el Oriente, un término de
+montañas con las cimas nevadas aún, que es verdaderamente delicioso.
+Sólo le faltan al país algunos lagos, para ser digno de presentarse a
+los extranjeros.</p>
+
+<p>—Tenemos un lago en el occidente de la provincia—dijo Peña.</p>
+
+<p>—¿Un lago?—preguntó el Duque, levantando los párpados para fijarse en
+su interruptor.</p>
+
+<p>—Sí, señoj: se llama el lago Nojdón.</p>
+
+<p>El Duque dejó caer sobre el ayudante por algunos segundos su mirada
+vidriosa. Peña concluyó por turbarse. Después siguió, paseándola con
+esfuerzo por los circunstantes:</p>
+
+<p>—En mi galería de Bourges, tengo un paisaje de Backhuysen con un fondo
+muy semejante al de esas montañas. Solamente que en primer término,
+aparece un lago cercado de maleza. A la derecha, hay unos cisnes
+sumergiéndose en el agua; a la izquierda, una barca con dos jóvenes
+campesinos. Lo he comprado por la delicadeza del colorido tan sólo...</p>
+
+<p>—Al señor Duque le gustan por lo visto los buenos cuadros—dijo don
+Rufo plegando la boca hasta las orejas para sonreir.</p>
+
+<p>—¿Y a quién no le gustan?—respondió el magnate clavando en él sus ojos
+muertos de besugo.</p>
+
+<p>—¡Oh, sí, señor!... es verdad... tiene usted mucha razón. A todo el
+mundo le gustan... Pero es un vicio muy caro... Sólo los grandes
+potentados como el señor Duque pueden permitirse...</p>
+
+<p>Don Rufo se confundía, creyendo haber dicho una necedad.</p>
+
+<p>—¿El señor Duque posee muchos cuadros de los mejores pintores, según
+tengo entendido?—dijo a la sazón don Rosendo para salvar a su
+compañero.</p>
+
+<p>—Tengo algunos—respondió el prócer echando agua al mismo tiempo en el
+vaso de Venturita.</p>
+
+<p>Esta se estremeció de gratitud. La sangre se le agolpó al rostro.</p>
+
+<p>—La suya es una de las primeras galerías de Europa—decía, en tanto,
+por lo bajo Cosío a Peña.</p>
+
+<p>—Me gusta la pintura porque es el arte nacional—siguió diciendo el
+magnate.—Es el único en que hemos verdaderamente descollado, el único
+en el cual aún hoy florecemos... Porque yo, aunque he pasado la mayor
+parte de mi vida en el extranjero, amo mucho a mi patria—añadió con un
+amago de sonrisa en tono protector.</p>
+
+<p>La patria, si pudiera escuchar aquellas benévolas palabras, se
+estremecería infaliblemente de gozo, como Venturita.</p>
+
+<p>—La amo, confesando, no obstante, su degradación. La Naturaleza nos ha
+dotado con mano próvida de los más ricos dones. Un país fértil (no tanto
+como vulgarmente se cree, pero, en fin, fértil), admirablemente situado
+a un extremo de la Europa, tendiendo la mano a América al través de los
+mares. Un cielo, ¡oh, el cielo! no hay otro como él. El aire tiene aquí,
+sobre todo en el Mediodía, una transparencia... ¡Oh, una transparencia
+infinita! La desesperación de los pintores. En cambio esta transparencia
+da mayor pureza a la línea. En ninguna parte se destacan los objetos
+como aquí. En Castilla las torres se perciben a muchas leguas de
+distancia, con la misma dureza en los contornos que si estuviéramos a
+algunos pasos. Esto depende, claro está, de la altura a que se encuentra
+sobre el nivel del mar...</p>
+
+<p>—Los países muy elevados sobre el nivel del mar, se ha demostrado que
+son los menos inteligentes—apuntó don Rufo, respirando por su manía
+fisiológica.</p>
+
+<p>El Duque volvió la cabeza para mirarle y siguió como si no hubiese oído:</p>
+
+<p>—Luego el admirable brillo del sol que hace más crudo el contraste
+entre la luz y la sombra y añade la oposición de las masas a la decisión
+de las líneas. Sólo aquí, en el Norte, el vapor acuoso que flota en la
+atmósfera, reblandece y borra un poco los contornos, los esfuma; pero en
+cambio la riqueza de los tonos es mayor. En el Mediodía los tonos de la
+tierra se extinguen por el esplendor preponderante del cielo, por la
+iluminación universal del aire: ¡pero aquí! ¡qué inmensa variedad de
+<i>nuances</i>! ¡Oh, hermosa, infinita!... ¡Luego, qué fuerza, qué movilidad!
+En el Mediodía un tono permanece fijo. La luz inmutable del cielo le
+mantiene durante muchas horas, y lo mismo un día que otro. Mas en estos
+países en que la luz cambia a cada instante, varía también el color; el
+modelado es perfecto, las gradaciones del color <i>fondue</i>, transforman en
+espeso relieve su tono general...</p>
+
+<p>El Duque, que había comenzado a enumerar las ventajas de que los
+españoles estábamos dotados, no acababa de salir del contorno, de la
+luz, del color, se perdía en disquisiciones pictóricas que los
+comensales escuchaban con los ojos muy abiertos, sin comprender,
+moviendo con pereza las mandíbulas. Pero sin dejar de hablar atendía a
+Venturita. Prevenía sus deseos, echándole agua en el vaso, alargándole
+los entremeses, el pan, todo lo que pudiera serle agradable, haciendo
+seña al criado para que le sirviese vino cuando advertía que sus copas
+estaban vacías, con esa oportunidad desembarazada, elegante, del hombre
+educado en la cumbre de la sociedad. Venturita acogía aquellas
+galanterías confusa, sonriente, con vivos temblores de gratitud, sin
+comprender que en aquel momento no representaba para el magnate más que
+«la dama que estaba a su derecha».</p>
+
+<p>Gonzalo, mal prevenido contra el egregio huésped, se había llegado a
+cansar de aquel monólogo de pintura, y cambiaba frases por lo bajo con
+su cuñada, embromándola, como de costumbre, con lo poco que comía:</p>
+
+<p>—Vamos, Huesitos, otra chuleta, no te dé vergüenza porque este señor
+esté delante. Ya le hemos dicho que no se sorprendiera de verte comer
+tanto. Los temperamentos como el tuyo necesitan reponer la grasa.</p>
+
+<p>Cecilia contestaba sonriendo, con medias palabras, dirigiendo vivas
+ojeadas de respeto al Duque. Este, que había advertido su plática, por
+dos veces levantó los párpados para mirarles de aquel modo frío,
+distraído, que por no expresar nada, ni desdén siquiera, era el colmo
+del orgullo. La segunda vez, sobre todo, en que Cecilia y Gonzalo se
+rieron con gana llevándose la servilleta a la boca para apagar el ruido,
+la mirada del prócer fué más larga, más fría y distraída aún. Venturita,
+indignada, los apuñalaba con los ojos. Pero Gonzalo, o por vengarse de
+sus burlas anteriores, o porque en realidad no sintiese ante el
+personaje el embarazo y respetó que los demás, no amainó en la manía de
+platicar con su cuñada y hacerla reir.</p>
+
+<p>La fraternidad cariñosa de los dos cuñados, no decrecía. Gonzalo y sus
+hijas pertenecían a Cecilia. En todos los momentos de su vida, la
+influencia de ésta se dejaba sentir suave y bienhechora. De las dos
+niñas, la primera, Cecilita, tenía ya dos años y medio; la otra,
+Paulina, contaba ocho meses. Lo mismo una que otra, vivían al calor
+maternal de su tía. Ella las lavaba, ella las vestía, las daba de comer,
+las sacaba a paseo, enseñaba a orar a la primera. La madre, sin dejar de
+quererlas, se cansaba pronto, sus lloros la impacientaban, y cuando
+trataba de hacerlas callar no sabía; concluía por aturdirse y sofocarse.
+De aquí que en sus necesidades, en sus anhelos infantiles no clamasen
+más que por <i>tiita</i>. Alguna vez, Ventura, herida por esta preferencia,
+celosa, las forzaba a aceptar sus oficios, las retenía a su pesar al
+lado de ella. Esto sólo daba por resultado mayor despego en las
+criaturas mezclado de miedo. En cuanto a Gonzalo, tenía en Cecilia una
+hermana y una madre atenta siempre a evitarle disgustos, a separarle los
+abrojos del camino. En ella descansaba, a ella acudía como un niño
+grande y mimoso, impacientándose cuando no cumplía al instante sus
+deseos, molestándola más de la cuenta. Pero el lazo que le unía a su
+esposa, continuaba firme, inalterable. El vivo sentimiento de adoración
+y de deseo que le había hecho cometer la primera vileza de su vida, no
+se apagaba. Por mucho que se alejase, por excéntrica que fuese la órbita
+de su vida, Ventura le retenía con los rayos de su belleza, seguía
+fascinando como antes sus sentidos. Lo adivinaba muy bien Cecilia. Por
+eso cuando el joven, herido de algún desdén, de alguna palabra malévola
+de su mujer, se desataba en denuestos contra ella, sonreía con tristeza,
+procuraba calmarle, segura de que su cuñado no tardaría en humillarse,
+en ir contrito y avergonzado a besarle los pies.</p>
+
+<p>Cuando el prócer terminó al fin su monólogo, hubo unos instantes de
+silencio. Después, como si recordase una omisión cometida, principió a
+enterarse con benévola y afectada atención, de los asuntos de sus
+comensales.</p>
+
+<p>El señor don Rufo Pedrosa era médico, ¿verdad? El ejercicio de la
+medicina es penoso, sobre todo en provincias, donde no obtiene por regla
+general la merecida recompensa.—El señor Peña, marino, ¿no es eso? Oh,
+el cuerpo de la armada, siempre ha sido brillante. Lástima que no
+corresponda nuestro material de guerra al valor y a la pericia de los
+oficiales. ¿Corren mucho las escalas? ¿Da mucho que hacer la dirección
+de un puerto? Pensaba presentar en el Senado una moción, pidiendo la
+construcción de dos acorazados.—¿Y Pablito, se divertía mucho en
+Sarrió? ¿Qué recursos ofrecía aquella villa a los jóvenes? ¿Había estado
+en Madrid? Era aficionado a los caballos. ¡Ah! la equitación, un gran
+ejercicio. El Duque comprendía muy bien aquella afición. ¿Los caballos
+que tenía, eran del país o extranjeros?...</p>
+
+<p>Hacía todas aquellas preguntas de un modo distraído, con sonrisa de
+maniquí, apresuradamente, como si estuviese recitando una lección. Era,
+en efecto, la página más penosa del libro de la buena educación, aquella
+en que se advierte que es preciso hacerse agradable a las personas con
+quienes se habla, interesándose por sus negocios. A Gonzalo y Cecilia
+los miró un instante fríamente; pero no les hizo pregunta alguna.
+Cumplida tan ímproba tarea, el magnate volvió a caer en el eterno
+monólogo. Esta vez no fué sobre pintura, sino sobre arqueología. En
+Lancia había visto una capilla bizantina que le llamó mucho la atención
+por su pureza. No había en ella aún síntoma alguno de transformación. La
+catedral mediana. Sólo la torre era notable por su esbeltez. La aguja
+debía de ser, no obstante, primitivamente más alta, más <i>elancé</i>. Sin
+duda al restaurarla después de la destrucción causada por un rayo, se
+habían acortado sus dimensiones. Tenía entendido que Sarrió poseía una
+iglesia muy bella, estilo plateresco...</p>
+
+<p>Mientras el Duque arrastraba más que movía su lengua en disertación
+doctísima, infinita (como él diría), don Rosendo manifestaba en sus
+ademanes y en sus ojos una inquietud extraña que procuraba con cuidado
+refrenar, aunque sin resultado. Por tres veces había dado recados en voz
+baja al criado, y otras tantas había recibido de éste respuestas,
+también en voz baja.</p>
+
+<p>Llegó el momento del café. El Duque, terminado el monólogo arqueológico,
+había trabado conversación con Venturita, con ese admirable instinto que
+poseen los orgullosos para comprender a quién fascinan y a quién no. Y
+su plática se fué animando poco a poco. Alguna vez se dignaba sonreir el
+egregio huésped y hacía a su bella interlocutora el honor de levantar
+los caídos párpados para fijar en ella una mirada de curiosidad y
+simpatía. La joven, exaltada por aquella honra, con las mejillas
+encendidas y los ojos brillantes, departía con fácil ingenio y palabra,
+mostrando tanta gracia y finura, que el Duque quedó de ella altamente
+complacido. Al parecer, hablaban de pintura. Cecilia y Gonzalo, que
+charlaban aparte, la oyeron decir:</p>
+
+<p>—¡Oh, Rubens! ¡Qué modo de pintar la carne! Rubens es el Cervantes de
+la pintura.</p>
+
+<p>Gonzalo volvió la cabeza como si le hubieran pinchado. Y una viva
+sorpresa se pintó en su rostro.</p>
+
+<p>—Chica, ¿dónde ha aprendido mi mujer estas cosas?—dijo en seguida a su
+cuñada.</p>
+
+<p>Esta se encogió de hombros. Pero Venturita había observado el movimiento
+de Gonzalo, su sorpresa y las palabras que dirigió a Cecilia. Se puso
+colorada, y bajó la voz. Luego, observando la mirada burlona de su
+marido, le clavó otra, relampagueante y colérica.</p>
+
+<p>Mientras tanto, doña Paula explicaba a don Rufo la marcha de su
+dolencia. Cosío describía con orgullo a Peña y Pablito las grandezas y
+comodidades del castillo de Bourges, donde el Duque tenía su famosa
+galería de pinturas.</p>
+
+<p>Sólo don Rosendo permanecía silencioso, cada vez más inquieto, haciendo
+con los dedos nerviosos bolitas de pan. De pronto, su noble faz se
+extendió con una sonrisa bienaventurada. Todos levantaron al mismo
+tiempo la cabeza al escuchar en la calle un trompeteo horrísono. Era la
+orquesta de Lancia que al fin había llegado.</p>
+
+
+
+<div class='chapter' /><h2 class="top15"><a name="XVI" id="XVI"></a>XVI</h2>
+
+<p class="c">De lo mucho y bueno que hizo el duque de Tornos en Sarrió</p>
+
+
+<p><i>El Faro</i> dedicó casi todo su número del jueves a cantar ditirambos al
+duque de Tornos. Publicó su biografía en la primera plana, describió en
+la segunda su entrada triunfal en la romería y el modo gallardo con que
+fué acompañado por las jóvenes más hermosas de la villa en medio de
+cantos y vítores. Insertó cerca de esta descripción unos versos con el
+mismo asunto de uno de los chicos de don Rufo. Por último, en la plana
+tercera, aún podían leerse dos o tres gacetillas referentes al egregio
+huésped. <i>El Joven Sarriense</i> se limitó a dar la noticia de su llegada
+en un gacetilla cortés y fría, titulada <i>Bien venido</i>. Pero a renglón
+seguido, y cogiendo la ocasión por los pelos, la emprendió como siempre
+a tajos y mandobles con sus enemigos. Figuraba el gacetillero que don
+Rosendo llevaba al Duque al Saloncillo y le iba presentando uno por uno
+los hombres más notables que allí se reunían. Con tal motivo se hacía
+innoble chacota de don Rudesindo, don Feliciano Gómez, Alvaro Peña, don
+Rufo, Navarro y otras respetabilísimas personas. Indignó la gacetilla en
+alto grado a todos los amigos de Belinchón, e hizo crecer en sus
+corazones el fuego de la venganza. Por lo bien escrita y
+malintencionada, achacábase comúnmente a Sinforoso Suárez.</p>
+
+<p>¿Cómo? ¿Sinforoso no era el redactor principal de <i>El Faro</i>, el amigo
+fiel y edecán de don Rosendo? Ya no. Cerca de un año hacía que se
+apartara de sus antiguos amigos para ir a formar en las filas de los
+contrarios. Estos, sospechando la flaqueza de su carácter y las pasiones
+que germinaban en el fondo de su alma, le habían hecho la rosca, como
+vulgarmente se dice. Persuadiéronle, por medio de su padre y otras
+personas, de que unido a los del Saloncillo no haría jamás carrera; que
+atacando las ideas religiosas de la población no sería recibido en las
+casas respetables ni bienquisto de las damas. Al mismo tiempo procuraron
+engolosinarle con la perspectiva de un matrimonio para él muy brillante.
+La hija de un cuñado de Maza, era la joven que se le prometía vagamente.
+Al fin, con sorpresa y estupefacción de la villa, traicionó a sus amigos
+y protectores. De la noche a la mañana dejó la redacción del <i>Faro</i> y
+pasó a escribir en <i>El Joven Sarriense</i>. No fué impunemente,
+sin-embargo. La primera vez que tropezó con él Alvaro Peña en la Rúa
+Nueva, a las doce del día, le llenó de denuestos, y lo que es peor, le
+llenó la cara de dedos. La corrección fué tan vergonzosa, tan
+humillante, que Sinforoso, que no pecaba de bravo y altanero, concibió
+contra su verdugo odio feroz y un deseo punzante de venganza. Armándose
+de un palo de hierro que le facilitó su nuevo amigo Delaunay, esperó al
+ayudante en la esquina de la calle de San Florencio, y por detrás le
+arrimó un garrotazo en la cabeza que le hizo caer al suelo sin sentido.
+Transportaron a Peña a su casa y estuvo más de ocho días en la cama.
+Fueron inútiles los esfuerzos de sus amigos para obligarle a que diese
+parte a la justicia. A todo trance, como hombre irascible y arrebatado,
+quería tomársela por la mano, lo cual tenía sumamente medroso al agresor
+y bastante preocupada a la población. Contábase que el ayudante, mirando
+desde la cama por el balcón de su cuarto las tapias del cementerio,
+había dicho con acento de profunda convicción:—«El pobre Sinforoso no
+tajdará muchos días en dojmij allí para siempre.» Tales palabras
+produjeron gran sensación en la villa, porque se le suponía con arrestos
+para llevar a cabo el propósito. El efecto que hicieron en Sinforoso, no
+es para descrito.</p>
+
+<p>En cuanto el ayudante salió a la calle, restablecido ya de su herida, el
+hijo de Perinolo se eclipsó. Nadie volvió a verle en un mes. Se decía
+que sólo salía de noche y con grandes precauciones. Pero, como todo
+decae y pasa en este mundo, su miedo mismo fué al cabo debilitándose,
+pensando tal vez que los sanguinarios pensamientos de Peña se habían
+borrado igualmente con el tiempo. Poco a poco se fué familiarizando con
+el peligro. Se aventuró a salir de día, huyendo, no obstante, de
+aquellos sitios en que pudiese tropezar con su cruel enemigo,
+informándose de todos si le habían visto pasar y hacia qué paraje se
+había dirigido. Con esto, la villa estaba anhelante, y preveía que la
+hora menos pensada iba a suceder una catástrofe.</p>
+
+<p>Cierta tarde, con la seguridad que le dieron de que Peña había ido de
+paseo hacia la Escombrera con don Rosendo, nuestro Sinforoso se arriesgó
+a entrar a beber una botella de cerveza en el café de la Marina. Sentóse
+en una de las primeras mesas y al instante observó que los rostros de
+los parroquianos, muchos de ellos conocidos y amigos, se volvían hacia
+él sonrientes unos, otros con expresión de susto. No se pasaron muchos
+segundos sin que llegase a sus oídos la voz campanuda del ayudante, que
+discutía con sus amigos allá en el fondo del café, en lo más obscuro.
+Oirla nuestro periodista y dejarse caer al suelo en cuatro patas, fué
+todo uno. De esta suerte fué caminando sigilosamente hasta que alcanzó
+de nuevo la puerta, y se salió a toda velocidad. Cuando supuso que
+estaba ya muy lejos, uno de los parroquianos gritó:</p>
+
+<p>—Alvaro, ¿sabes quién acaba de estar aquí?</p>
+
+<p>—¿Quién?</p>
+
+<p>—Sinforoso: ahora mismo se ha ido.</p>
+
+<p>—¡Ah, mala centella que lo mate!—exclamó brincando más que corriendo
+al través de las mesas, saliendo disparado como un cohete.</p>
+
+<p>Pero, ¿dónde estaba ya Sinforoso? Después de correr buen trecho por la
+calle sin saber a dónde iba, el ayudante se vió precisado a dar la
+vuelta y entrar de nuevo en el café con el despecho y la ira pintados en
+el rostro. Tanto tiempo se pasó, no obstante, sin lograr tropezar con
+él, que al cabo concluyó por perdonarle. Satisfizo su agravio con
+arrearle un par de puntapiés en el trasero, cuando después de tres
+meses, le halló paseando en la punta del Peón. El hijo del Perinolo dió
+gracias al Cielo de haber librado tan bien.</p>
+
+<p>El enojo que la indigna gacetilla les produjo, se fué templando con la
+esperanza de aplastar muy pronto a los reptiles que la habían inspirado,
+o por lo menos darles algunos golpes formidables con el ariete del
+Duque. Los amigos de Belinchón andaban, los días que siguieron a la
+llegada de aquél, satisfechos y rozagantes, mirando a sus enemigos con
+ojos provocativos.—«Temblad, petates, temblad»—parecían decirles con
+la mirada.—El mismo don Rosendo, tan magnánimo, tan filósofo, tan
+humanitario, participaba de aquel rencor implacable, deseaba
+ardientemente el exterminio de sus contrarios. Poco a poco, a impulso de
+la lucha mortal en que estaba comprometido, aquellos sentimientos
+románticos de progreso, aquel amor a los adelantos morales y materiales
+de su villa natal, que hemos tenido el placer de admirar en los primeros
+capítulos de esta historia, habían cedido el sitio a un triste deseo de
+destrucción. Sin embargo, esto era puramente accidental. Allá en el
+fondo, su alma quedaba tan pura, tan progresista como había salido de
+las manos del Hacedor.</p>
+
+<p>El partido del Saloncillo formó en torno del Duque una muralla
+impenetrable; «le secuestró», según la expresión del <i>Joven Sarriense</i>.
+No salía jamás a la calle sin ir acompañado de cuatro o seis de sus
+miembros más notables. Para mostrarle lo que guardaba la población digno
+de verse, le llevaban materialmente escoltado. Después vinieron las
+jiras a los caseríos y parroquias de las cercanías, a las casas de
+campo de los amigos de Belinchón, los banquetes opíparos, las
+excursiones de pesca y las cacerías. Realmente la vida era grata en
+Sarrió por el verano. El Duque, que había mandado delante un regular
+equipaje, tenía los enseres necesarios para pintar, y aprovechaba los
+ratos en que se le dejaba libre para bosquejar horrendos paisajes dignos
+del fuego eterno. Sus relaciones con la familia de Belinchón eran de
+estricta finura, una cortesía infatigable que mantenía admirablemente
+las distancias. En sus palabras, en su gesto, se traslucía siempre un
+sentimiento afectuoso de protección que suavizaba un poco aquella
+expresión de cansancio y hastío en que constantemente caía su rostro
+cuando le dejaban en libertad.</p>
+
+<p>Tan sólo con Venturita parecían animarse un poco aquellos ojos muertos.
+Cuando se hallaba al lado de ella, el Duque redoblaba su finura hasta
+dar en viva y desenvuelta galantería. Cuando hablaba al corro de la
+familia, su mirada iba dirigida a ella, como si entre los demás no
+hubiera ninguno capaz de comprenderle. Las creaciones de su pincel nadie
+las veía primero que la esposa de Gonzalo, y si de alguien estimaba la
+admiración, era de ella. Le había dado a leer algunas novelas francesas
+que traía, y sobre su argumento y el mérito de los autores departían
+largamente en la mesa escuchados por los otros que apenas sabían de qué
+se trataba. Y al cabo de algunos días le propuso hacer su retrato. Sus
+aficiones le dirigían al paisaje; no había pintado más retratos que el
+de la duquesa de Montmorency y el de una de las infantitas de España;
+pero ahora sentía un vivo deseo, un capricho más bien, de retratar a
+Venturita tal cual la había visto por primera vez, con aquel traje azul
+marino descotado. La joven sintióse profundamente lisonjeada. La primera
+una duquesa, la segunda una infanta, ¡la tercera ella! Luego aquel
+singular deseo de retratarla en el traje de la primera noche, ¿no hacía
+presumir con fundamento que era viva la impresión que había producido en
+el Duque? Comenzaron las sesiones en uno de los gabinetes del piso
+principal. Don Jaime (que así se llamaba el magnate) había pensado
+retratarla reclinada en un diván rojo con algunas plantas y flores a los
+lados. Los tres primeros días asistieron a la sesión doña Paula, Gonzalo
+y Cecilia. Pero se cansaron pronto. En los siguientes los dejaron solos,
+viniendo la madre de vez en cuando a echar una ojeada al retrato y a
+decir dos palabritas de cortesía. En aquellos quince días que la pintura
+del retrato duró, la intimidad entre el Duque y la hermosa joven creció
+extremadamente. El magnate había condescendido hasta contarle mucha
+parte de su historia privada. La pública era bien conocida de todos.</p>
+
+<p>Don Jaime de la Nava y Sandoval se había casado muy joven con una
+egregia dama ligada por vínculos estrechos de parentesco con la
+soberana. No había sido feliz en su matrimonio. El amor frenético de la
+dama (que la había hecho saltar la barrera social que la separaba de su
+esposo), entibióse presto. Surgieron desavenencias. Hubo algún
+escándalo, y concluyeron por separarse. Don Jaime, aunque disfrutaba de
+las preeminencias y honores que correspondían a su elevada posición, no
+hacía, sin embargo, un papel muy airoso. Sobre su frente pesaba un
+estigma fatal, que le había hecho padecer mucho hasta que se fué
+acostumbrando. De esta herida, que dado el temperamento de su esposa, no
+tenía tiempo a cicatrizarse, vengábase lindamente despellejando a la
+aristocracia de Madrid, arrojando puñados de lodo que llegaban, a
+salpicar a las más altas personas. Pasaba el duque de Tornos por una de
+las lenguas más aguzadas y temibles de la capital.</p>
+
+<p>Venturita tuvo ocasión pronto de conocer su temple y su filo. En cuanto
+el magnate adquirió con ella alguna confianza y penetró por su larga
+experiencia, más que por su ingenio, el carácter que tenía, principió a
+dejarse resbalar un tanto en las conversaciones, como si el desenfado
+para tratar los asuntos escabrosos fuese una prueba de «buen tono».
+Habló con gran naturalidad y como cosa corriente, de las relaciones
+ilícitas que sostenía la mayoría de las damas aristocráticas de Madrid.
+«La duquesa de Tal, ahora está enredada con el hijo del banquero Fulano.
+La marquesa de Cual, se fugó a Bruselas con el secretario de la embajada
+de Rusia. A esta señora le gustaban los toreros; a aquélla la habían
+sorprendido con el lacayo. La condesa de Tal se gloriaba de tener tres
+amantes a un tiempo. La baronesa Fulana iba con el suyo en carruaje,
+mientras el marido guiaba afanoso los caballos.» No quedaba dama en la
+corte a quien no le arrancara una tirita de pellejo. No perdonaba
+siquiera a su esposa. Una vez concluyó por decir sonriendo
+cínicamente:—«Y por último, si se quiere saber lo que es la
+aristocracia de Madrid, ahí está la duquesa de Tornos, que es un buen
+resumen de todos sus vicios.»</p>
+
+<p>Ventura quedó aterrada. Sabía vagamente los motivos de rencor que el
+Duque tenía contra su esposa; pero no creía posible que un marido
+pudiese hablar de aquel modo de su mujer en ninguna circunstancia. No
+obstante, se hallaba tan fascinada por la grandeza del personaje, que
+pronto vino a figurarse que aquellas formas, aquel cinismo, eran la
+expresión de la moda y el «buen tono». Luego vinieron las anécdotas
+picantes. El Duque contaba con su voz cascada y aquella sonrisa de
+hastío y superioridad que no se le caía de los labios casi nunca,
+multitud de aventuras galantes, devaneos y obscenidades que hacía pasar,
+diciendo previamente:—«Usted ya está casada y se le pueden contar
+ciertas cosas.» En pocos días desplegó como en un gran telón ante los
+ojos pasmados de la joven, el mundo cortesano que tanto ansiaba ella
+conocer, la vida íntima, secreta, de aquellos jóvenes pálidos, de
+bigotes retorcidos, que veía pasar en la Castellana guiando lujosos
+trenes, de aquellas lindas y orgullosas damas, que ostentaban en su
+carruaje timbre ducal y apenas se dignaban dejar caer sobre ella una
+mirada indiferente y desdeñosa. Fingiendo nada más que complaciente
+atención, Ventura recogía ávidamente aquellos pormenores mundanos. Luego
+los repasaba con febril actividad en su imaginación inquieta, donde
+siempre habían germinado vagos deseos de brillo, caprichos fantásticos,
+aspiraciones imposibles. El duque de Tornos, sin propósito de ello, sólo
+por el placer de dar rienda suelta a su lengua de hombre gastado y
+herido, corrompió más en pocos días el alma de la joven esposa que todas
+cuantas novelas había leído. Al fin y al cabo lo que las novelas decían,
+era mentira, mientras que las anécdotas del Duque acababan de
+efectuarse, los personajes que en ellas habían intervenido vivían y eran
+conocidos de todo el mundo. En fin, todo aquello estaba sangrando, como
+se dice vulgarmente.</p>
+
+<p>El magnate, de alma corrompida y cuerpo gastado, y la bella provinciana,
+ansiosa de volar a esferas más altas, habían nacido, sin duda, para
+comprenderse. Se atrajeron por afinidad electiva como muchos cuerpos de
+la Naturaleza. Venturita agotaba todos los recursos de su imaginación en
+el tocador, y se presentaba cada día más seductora. Cuando el Duque,
+levantando un instante los párpados para mirarla, hacía una ligera señal
+de aprobación, el gozo le subía en forma de carmín a las mejillas. En
+aquel momento despreciaba de buena fe, con todas las veras de su alma,
+al mundo cursi en que la suerte la había hecho nacer y vivir. Aunque no
+abusaba, sabía usar perfectamente de la intimidad que el egregio huésped
+la concedía; se autorizaba con él alguna bromita de buen género, que
+hacía, no obstante, estremecer de susto a don Rosendo. Conocía que era
+la preferida y comenzaba a coquetear. El Duque, por su parte, afectando
+indiferencia absoluta por todas las cosas terrenales y celestiales, se
+preocupaba muchísimo de los <i>jaquetes</i>, levitas, camisolas, corbatas y,
+en general, por todo lo referente a la indumentaria. La variedad de
+prendas con que se presentaba, y lo original y aun estrambótico de
+algunas de ellas, llamaba poderosamente la atención del pueblo y
+deslumbraba a Venturita. En realidad, si ella se vestía para el Duque,
+éste se vestía también para ella.</p>
+
+<p>Vagamente primero, con más precisión después, la hija menor de don
+Rosendo pensaba que la amistad del magnate podía aprovecharse, no sólo
+para aumentar la influencia política de su padre en la población, sino
+también para dar lustre y brillo a la familia. Por ejemplo, una gran
+cruz... Los que la lograban tenían tratamiento de Excelencia. Si su
+padre fuese un Excelentísimo Señor, perdería aquel carácter de
+comerciante en bacalao, que a ella le crispaba. ¿Y por qué no se la
+habían de dar? A un personaje de tal magnitud como el Duque no le
+costaba mucho trabajo conseguirla. Hasta había oído decir que con dinero
+e influencia no era difícil llegar a poseer un título de conde o
+marqués... ¡Un título! Venturita, sin considerar que tenía un hermano y
+una hermana de más edad, se estremecía deliciosamente pensando que algún
+día pudiera ser «la señora marquesa» o «la señora condesa». Pero aquel
+marido que tenía era ¡tan obscuro! ¡tan enemigo de mezclarse en
+política, ni darse importancia! ¡Oh, si ella fuese la que llevara los
+pantalones, ya se vería hasta dónde llegaba!</p>
+
+<p>En poco tiempo su amistad y su influencia con el Duque crecieron de tal
+modo, que pudieron ser notadas, no sólo de los habitantes de la casa,
+sino también de muchas personas de fuera. Don Jaime la iba a esperar al
+baño muchos días y la acompañaba hasta casa atravesando la villa por el
+medio, excitando poderosamente la curiosidad pública. La joven se moría
+de placer deslumbrando de este modo, haciendo padecer a sus envidiosas
+conocidas. Porque el Duque no se ocultaba para prodigarle mil atenciones
+galantes, ni ella para ostentar un grado de confianza con él superior al
+de los demás de la familia. Gonzalo había observado, con secreto
+disgusto, aquella intimidad. El Duque «le había caído antipático» y
+notaba perfectamente que había reciprocidad en este sentimiento, por más
+que el personaje, como hombre de mundo, guardase frente a él una actitud
+cortés y hasta benévola, donde sólo un espíritu observador o un hombre
+de corazón y de instinto como Gonzalo podían traslucir la hostilidad.
+Sin embargo, a medida que la amistad y confianza con su esposa crecían,
+la antipatía del Duque parecía desvanecerse. Sus atenciones con el
+esposo eran cada vez mayores, y en apariencia, más sinceras. Como
+supiese que Gonzalo era excesivamente aficionado a la caza, le hizo el
+obsequio de una magnífica escopeta que a él le había regalado el czar de
+Rusia. El joven quedó agradecidísimo, y algo se borró con esta prueba de
+aprecio su antipatía. Después el magnate le invitó varias veces a salir
+de caza. En estas excursiones también se operó un deshielo evidente de
+sus sentimientos hostiles. Pero, desgraciadamente, vino un suceso casual
+a recrudecerlos. Un día, por hallarse Gonzalo en Lancia con una comisión
+de su suegro, salió el Duque a matar liebres acompañado solamente de don
+Feliciano y de Sanjurjo, el notario. Los perros que llevaban eran los de
+casa. Pues sucedió que el que más estimaba Gonzalo se portó inicuamente
+en la caza, tal vez por no asistir a ella su amo. Era un galgo finísimo
+que había encargado a Inglaterra y le había costado una cantidad
+exorbitante. La falta que cometió fué de las más graves que un individuo
+puede cometer en el uso de sus funciones. Nada menos hizo que después de
+cobrar una liebre, cuando el Duque corría hacia él para quitársela de la
+boca, soltarla de pronto en el suelo. El inocente animal, que sólo
+estaba herido en una pierna, corrió a esconderse en la maleza. Tal fué
+la indignación del magnate que, montando la escopeta, hizo fuego sobre
+el perro; mas éste, viendo la actitud agresiva del cazador, se había
+alejado rápidamente y no le tocó un solo perdigón. El Duque,
+encolerizado, furioso, le siguió para matarle, pero no logró darle
+alcance. El culpable se huyó del cazadero, y nadie le vió más aquella
+tarde. Cuando el magnate dió la vuelta a casa le dijeron que había
+llegado a ella el perro. Don Jaime, en quien todavía persistía la
+cólera, dijo al criado:</p>
+
+<p>—Coge ese perro, sácalo al campo, y pégale un tiro.</p>
+
+<p>El servidor se inmutó. Permaneció unos instantes suspenso; pero, ante la
+mirada fija, imperiosa del Duque, bajó la cabeza y se dispuso a
+cumplimentar la orden. Llamó al perro, le ató con una cadena, y tomando
+la carabina, salió de casa. ¡Qué ajeno iba el pobre animal de que le
+llevaban al suplicio! Brincaba con alegría, se retorcía, ladraba
+acariciando con la mirada al fiel servidor, el cual sentía que las
+lágrimas asomaban a sus ojos, maldiciendo del huésped y de la hora en
+que había llegado, pues era mucho lo que amaba a aquel hermoso
+animal.—¡Santo Cristo, qué va a decir el señorito Gonzalo cuando
+llegue, y sepa que le han matado el Polión!</p>
+
+<p>Justamente, al pensar esto, asomaba Gonzalo por la esquina de la misma
+calle. Acababa de llegar de Lancia en la diligencia, y se dirigía a
+casa. Al tropezar con el criado, le preguntó sorprendido:</p>
+
+<p>—¿Adonde vas, Ramón?</p>
+
+<p>El servidor acortado, temeroso, después de vacilar unas instantes, le
+respondió:</p>
+
+<p>—A matar el perro.</p>
+
+<p>La estupefacción del joven fué tan grande, que pareció quedar
+petrificado.</p>
+
+<p>—¡A matar el perro!</p>
+
+<p>—Sí, señor; el señor Duque me dió esa orden, porque soltó una liebre
+después de cobrarla.</p>
+
+<p>Gonzalo se puso lívido.</p>
+
+<p>—¡Y qué tiene que mandar ese sinvergüenza!...—rugió sin poder proferir
+más palabras, arrebatando al mismo tiempo la cadena de manos de Ramón,
+con tal fuerza, que le hizo tambalearse. Y se dirigió a paso largo hacia
+casa, arrastrando al perro, dispuesto a interpelar al Duque de un modo
+violento. Mas antes de llegar, tuvo tiempo a reflexionar que su posición
+era muy delicada. Reñir con el huésped por cosa tan baladí, a los ojos
+de todo el mundo, por más que a los suyos no lo fuese, pasaría
+seguramente por el colmo de la grosería. Contentóse al fin con mandar al
+Polión a la perrera, y saludar al magnate con un poco de frialdad.</p>
+
+<p>La antipatía, sofocada un instante, volvió a despertar con más fuerza.
+La amistad, las atenciones del Duque con su esposa, comenzaron, no ya a
+chocarle como antes, sino a herirle. No se le pasaba por la imaginación
+que tuviesen más carácter que el de finezas o galanterías usadas en la
+alta sociedad. La edad del prócer y la de su esposa parecía alejar todo
+motivo de celos. Sin embargo, «aquellas mojigangas iban picando ya en
+historia». Un día, hallándose a solas con Cecilia, le preguntó de pronto
+bruscamente:</p>
+
+<p>—Vamos a ver, Cecilia, ¿a ti qué te parece de la intimidad que va
+adquiriendo mi mujer con el Duque?</p>
+
+<p>La joven quedó sorprendida.</p>
+
+<p>—¿Qué me ha de parecer?—le contestó mirándole con sus grandes ojos
+serenos.—Que por lo visto Ventura le ha sido más simpática que los
+demás de casa.</p>
+
+<p>—Pero esa preferencia, ¿no te parece que va siendo ridícula para mí?</p>
+
+<p>—¿Por qué?</p>
+
+<p>—Porque sí... porque lo es—replicó con energía.</p>
+
+<p>Después de unos instantes de silencio, añadió con gravedad:</p>
+
+<p>—Tú, Cecilia, no sabes aún lo fácilmente que queda un marido en
+ridículo cuando tiene una mujer tan frívola, tan imprudente como
+Ventura.</p>
+
+<p>—¡Gonzalo!</p>
+
+<p>—Tan imprudente, ¡sí!... ¿Pero tú no observas qué afán tiene de hablar
+aparte con él, el placer que experimenta cuando todo el mundo la ve
+colgada de su brazo?... No me digas nada... Ya sé, ya sé que es pura
+vanidad. Toda su vida ha tenido el mismo carácter orgulloso y
+fantástico. Aunque no quieras convenir en ello, bien lo sabes. Pero aquí
+su vanidad puede traer consecuencias muy desagradables para mí... y para
+todos. Bueno que cada día se ponga un traje distinto, pensando que el
+Duque se va a fijar en ellos. Pase que se recorte las uñas en triángulo,
+y se dé colorete, y se descote, y hable de los cuadros de Meissonier,
+sin haberlos visto, y haga otra porción de cursilerías por el estilo.
+Pero, querida mía, esas sonrisitas delante de gente, esos apartes no son
+tolerables. Si esto dura algunos días más, me parece que voy a
+restablecer el orden de un modo que ella no puede sospechar siquiera.</p>
+
+<p>Cecilia procuró calmarle. Si él mismo convenía en que todo ello dependía
+del carácter romancesco de Venturita, ¿a qué exaltarse de aquel modo?
+Los celos eran ridículos. Nadie en el mundo podría suponer que Venturita
+fuese a considerar al Duque sino como lo que era, un hombre casado, un
+viejo que podía bien ser su abuelo.</p>
+
+<p>—No, si no tengo celos—decía avergonzado el joven.</p>
+
+<p>—Sí los tienes, Gonzalo. Aunque no te des cuenta de ellos, los
+tienes... Ese furor, esa exaltación, ¿qué son en el fondo más que
+celos?... Y mira, chico, perdóname que te diga que es hacerte muy poco
+favor, y hacerle menos aún a tu mujer. Si se te ha pasado por la
+imaginación que Ventura puede preferir un trasto como ése a un marido
+como tú, la supones con bien poco gusto.</p>
+
+<p>Al decir esto se ruborizó. Gonzalo agradeció el piropo con una sonrisa,
+sin darse por vencido. El instinto, que en él era poderoso, más que la
+inteligencia, le decía que sí, que era posible aquella aberración. Sin
+embargo, no quiso discutir, porque le humillaba defender tal supuesto,
+aunque fuese delante de su cuñada.</p>
+
+<p>Deseaba advertir a su esposa que le disgustaban las conferencias con el
+Duque, sus apartes, sus muecas y sonrisas que iban ya tomando carácter
+de verdaderas coqueterías. Pero conocía por experiencia a Venturita, y
+se temía a sí mismo. Cualquier frase punzante de las que ella usaba a
+menudo, cualquier burla inoportuna en aquella circunstancia, podía
+dispararle, y él no sabía a dónde iba a parar cuando se disparaba.</p>
+
+<p>Así estaban las cosas, cuando al día siguiente de aquella conversación
+con Cecilia, fué a dar una vuelta por la mañana al Saloncillo, según
+costumbre. Hojeando los periódicos que había sobre el velador del
+centro, cayó en sus manos el último número de <i>El Joven Sarriense</i>. Casi
+nunca lo leía. Por más que estuviese apartado de la lucha feroz de los
+bandos, odiaba a los del Camarote. Luego temía encontrarse con injurias
+a su suegro, que le excitaban la cólera. Pero esta vez paseó la vista
+con indiferencia por él, y la detuvo para leer unos versos de Periquito
+<i>a un grano de cierta dama</i>, que le hicieron reir a carcajadas. Debajo
+de estos versos había una gacetilla que llevaba por título: <i>Un marido
+como hay pocos</i>. Comenzó a leerla sin gana.</p>
+
+<p>«Viajando un mandarín de la China, llega a alojarse en la casa de cierto
+chino plebeyo que pone a su disposición las mejores habitaciones y
+compra los pescados más caros del mercado para obsequiarle. Este chino
+tenía una mujer muy hermosa, que desde luego llamó la atención del viejo
+mandarín (porque era viejo). El mandarín no mira para los muebles que el
+chino le presenta con orgullo, no repara en los lujosos tapices, en los
+pescados suculentos. Mira tan sólo a la esposa del chino. Este le va
+llevando a casa todos sus amigos, que se deshacen en cortesías y
+genuflexiones, le abruman a sonrisas y lisonjas. Pero el mandarín,
+apenas se digna dirigirles la palabra. Toda su saliva la gasta con la
+esposa del chino. Le hace ver la población, los monumentos más notables,
+los contornos pintorescos. Nada; el mandarín no tiene ojos más que para
+la china. Invítale a grandes y magníficas cacerías, condúcele en rauda
+balandra por el mar azul y tranquilo para que pesque plateados y
+sabrosos peces. Mas el mandarín medita, cuando echa los anzuelos al
+agua, que es mil veces preferible pescar a la linda consorte de su
+huésped. Y mientras todos en la casa y fuera de ella, observan la
+melancolía del mandarín y adivinan sus deseos, sólo el marido permanece
+sosegado, ignorante, persistiendo siempre en alegrarle con opíparos
+banquetes y regocijadas fiestas. Hasta que un amigo le dice al
+oído:—«¿No ves, papanatas, que lo que tu huésped quiere no son
+banquetes, ni pescas, ni cacerías, sino a tu hermosa mujer?» Entonces el
+chino, despertando de pronto de su ignorancia, toma a su mujer de la
+mano, se dirige con ella al mandarín, y le dice:—«Perdóname, señor, yo
+no veía tu tristeza, yo no adivinaba tus deseos. Aquí tienes a mi
+esposa. Si antes supiera que la apetecías, antes te la hubiera ofrecido,
+¡oh mandarín excelso!»</p>
+
+<p>Gonzalo terminó de leer la gacetilla con indiferencia. De pronto, cayó
+como un rayo sobre su mente la idea de que en aquel cuentecillo se
+aludía a él. Una ola de sangre subió a su rostro, y se lo encendió como
+una brasa. Echó una rápida mirada de vergüenza en torno. Estaba solo.
+Con las manos convulsas, tomó de nuevo el periódico que había dejado
+caer, y leyó la gacetilla por segunda vez, por tercera, por cuarta...
+Cuanto más la leía, más penetraba en su cerebro, más se aferraba a su
+espíritu la funesta sospecha. Y sintió un frío extraño que le invadía
+todo el cuerpo menos la cabeza. La primera idea que le acometió después,
+fué ésta:—«Voy ahora mismo a la redacción del <i>Joven</i>, y hago pedazos a
+cuantos encuentre dentro». Se puso el sombrero que se había quitado, y
+salió de la estancia. Pero al llegar a la escalera, se le ocurrió otro
+pensamiento; el del gran escándalo, la campanada que iba a dar en la
+villa. Iba a confesarse burlado ante la población entera. Sus enemigos,
+o por mejor decir, los de su suegro, ¡con qué placer le hincarían los
+dientes! Subió de nuevo las escaleras y entró en el Saloncillo para
+reflexionar un momento. Después de dar unas cuantas vueltas, con la
+mirada extática, sin saber él mismo si andaba o permanecía inmóvil,
+revocó su acuerdo. Tomó de la mesa el periódico, lo dobló pausadamente,
+y lo guardó en el bolsillo. Luego bajó la escalera de caracol y se
+dirigió a su casa, el rostro blanco, el paso lento, la mirada fija. El
+exceso de ira y la confianza en su fuerza, le habían devuelto la calma.</p>
+
+<p>—¿Está la señorita en su cuarto?—preguntó al criado que salió a
+abrirle la puerta.</p>
+
+<p>—Me parece que sí señor: preguntaré a la doncella.</p>
+
+<p>—No, no preguntes nada; voy allá yo.</p>
+
+<p>Y enderezó los pasos hacia el gabinete que le servía de habitación,
+desde que el Duque ocupaba el piso segundo. Al pasar por delante del
+corredor, no reparó en doña Paula, que estaba cerca de la puerta, y se
+inmutó al ver la expresión extraña de su fisonomía.</p>
+
+<p>Venturita estaba delante del espejo. Al ver a su marido, sin volver la
+cabeza le preguntó:</p>
+
+<p>—Hola: creí que habías salido ya. ¿Qué traes de nuevo?</p>
+
+<p>Gonzalo sacó del bolsillo el periódico, lo desdobló lentamente, y se lo
+presentó diciendo:</p>
+
+<p>—Esto.</p>
+
+<p>—¿Y qué es esto?—preguntó la joven con sorpresa.</p>
+
+<p>—Un periódico.</p>
+
+<p>—Ya lo veo... ¿Y qué?</p>
+
+<p>—Trae una gacetilla muy interesante. Léela. Aquí, en la tercera plana,
+debajo de estos versos.</p>
+
+<p>En el gabinete había aún tres o cuatro tiestos con plantas de las que
+habían servido para el retrato. Este, fijo ya en un gran marco dorado,
+estaba arrimado a la pared, esperando la hora de ser colgado en el
+salón. Los ojos de Gonzalo, al tropezar con él, se habían obscurecido
+todavía más. Y eso que la imagen de su esposa, más rubia que un canario
+y más colorada que una rosa de Alejandría, miraba al cielo con una
+expresión mística que jamás él la conociera. El Duque hablaba de enviar
+el retrato al Salón de París.</p>
+
+<p>Mientras Ventura leyó la gacetilla, no le quitó ojo, escrutando con
+anhelo inconcebible los rasgos de su fisonomía. Pero ésta permanecía
+inalterable. Sólo al terminar y ofrecerle de nuevo el periódico, la
+encontró ligeramente pálida.</p>
+
+<p>—¿Por qué me mandas leer esto?... No entiendo...</p>
+
+<p>—Voy a explicártelo—repuso Gonzalo con acento de ira concentrada,
+recalcando mucho las sílabas.—Te he mandado leer esto, porque el
+mandarín de que aquí se trata, es el duque de Tornos, la china eres tú,
+y el chino yo... ¿Lo entiendes ahora?</p>
+
+<p>Al decir esto, la miraba con extraña y terrible fijeza, apretando con
+mano crispada una rama de la planta que tenía a su lado.</p>
+
+<p>Ventura recibió aquella mirada sin pestañear, con sorpresa más que con
+susto. Vaciló un instante, moviendo un poco los labios para contestar.
+Por último soltó una gran carcajada.</p>
+
+<p>—¡Ave María, qué barbaridad!</p>
+
+<p>—Seamos serios, Ventura—replicó el joven.—Esto que excita tu risa, es
+una cosa gravísima que puede decidir de tu felicidad y de la mía...</p>
+
+<p>Ventura dió por toda contestación otra carcajada, y después otra.
+Parecía desternillarse de risa. Mas aquellas carcajadas no salían de
+adentro. Gonzalo notaba su afectación perfectamente.</p>
+
+<p>—¡Cuidado, Ventura, cuidado!—exclamó con el rostro demudado.—¡Mira
+que estoy hablando en serio!</p>
+
+<p>—¡Pero, hombre! ¡ja, ja!... ¿Quieres que no me ría, si me dices, ¡ja,
+ja, ja! que tú eres un chino y yo una china? ¡ja, ja, ja!</p>
+
+<p>Sus carcajadas eran cada vez más sonoras y más fingidas.</p>
+
+<p>—Hace ya bastantes días—profirió el joven, después de una pausa, con
+acento sombrío—que debiera haber puesto las cosas en orden... Esa
+intimidad infundada, inconveniente, estúpida, de que haces alarde,
+delante de gente, de tener con el Duque, me cargaba ya hasta los
+pelos... Pero no quería dar mi brazo a torcer. Siempre parecen ridículos
+los hombres celosos. Ahora bien, ¡mira, mira lo que me pasa por ser
+demasiado prudente!</p>
+
+<p>Al decir esto, arrancó la rama que estaba apretando, y la hizo una
+pelota dentro de la mano.</p>
+
+<p>—¿Pero estás celoso de veras?—le preguntó ella, con acento entre
+burlón y cariñoso.</p>
+
+<p>—Si lo estuviese, me callaría, Ventura... me callaría y observaría... Y
+si los celos fuesen fundados, he aprendido lo que se debe hacer antes
+que el cura me leyese la epístola de San Pablo... Pero aquí no se trata
+de celos... Ni la edad, ni la posición del Duque permiten bien que los
+haya, ni yo te hago la ofensa de suponer que le prefieres a mí. Lo que
+hay, es el ridículo que ha caído sobre mí por tus imprudencias. ¿Tú no
+ves, desdichada, que el público nos observa, que tenemos muchísimos
+enemigos, y que éstos se han de aprovechar del más mínimo pretexto para
+zaherirnos?</p>
+
+<p>—Bien, confiesas que esto no es más que un pretexto para
+mortificarte—dijo la joven poniéndose seria.</p>
+
+<p>—Sí, pero fundado en lo que tú has hecho arrastrada de esa vanidad
+necia, que en vano he querido arrancarte del alma.</p>
+
+<p>—Entendámonos, Gonzalo. ¿Qué es lo que yo he hecho?—profirió ella con
+voz irritada.</p>
+
+<p>El joven guardó silencio mirándola fijamente. Después de unos instantes
+dijo con lentitud:</p>
+
+<p>—Demasiado lo sabes. El repetirlo, me humilla.</p>
+
+<p>Hubo otro rato de silencio. Ventura preguntó al fin con impaciencia:</p>
+
+<p>—En resumidas cuentas, ¿qué quieres?</p>
+
+<p>—Voy a decírtelo—contesto el joven, reprimiéndose con trabajo.—Quiero
+que cese esa intimidad ofensiva para mí, como acabas de ver. Quiero no
+pensar más en el duque de Tornos, ni ver su sonrisa protectora, ni sus
+modales de conquistador aburrido. Quiero volver a la calma que todos
+disfrutábamos antes de su llegada. Y como lo quiero a toda costa, estoy
+dispuesto a conseguirlo a toda costa...</p>
+
+<p>Calló un instante y luego añadió con fuerza, con más fuerza de la
+necesaria:</p>
+
+<p>—Hoy mismo, saldrá el Duque de esta casa.</p>
+
+<p>Ventura le miró con estupor. Se puso repentinamente lívida, y con los
+labios temblorosos por la ira, exclamó:</p>
+
+<p>—¿Qué estás diciendo ahí? ¿Será necesario llevarte a Leganés?... Vamos,
+vamos—añadió con acento despreciativo,—hazme el favor de dejarme en
+paz. Ve a refrescarte, porque lo necesitas.</p>
+
+<p>La faz de Gonzalo se contrajo violentamente; su boca se abrió con una
+expresión de feroz sarcasmo, llamearon sus ojos.</p>
+
+<p>—¡Ah!—rugió más que dijo.—Conque la amistad de ese cornudo (porque es
+un cornudo, ¿sabes? toda España está enterada). ¡Conque la amistad de
+ese cornudo, te interesa más que la felicidad de tu marido! ¡Conque te
+figuras que yo por no ser duque y grande de España, no sé hacer respetar
+mi honor! ¡Ahora verás! ¡ahora verás!... Mira por lo pronto lo que yo
+respeto a ese cornudo...</p>
+
+<p>Y al decir esto, dió un puntapié al retrato, que cayó al suelo con
+estrépito. En seguida se puso a brincar sobre él los dientes apretados,
+los ojos inyectados en sangre, con una de esas cóleras fragorosas de los
+hombres fuertes y pacíficos. La tela quedó al instante hecha pedazos.
+Ventura, enteramente demudada, vomitó, más que dijo, con la osadía
+inconcebible de la mujer adorada:</p>
+
+<p>—¡Bruto! ¡bruto!</p>
+
+<p>La entonación de esta injuria era tan feroz, tan rabiosa, que Gonzalo
+levantó la cabeza como si le hubiesen clavado un hierro candente.
+Saltando sobre ella, la agarró por un brazo. La joven lanzó un grito
+penetrante de angustia. La mano de su esposo era una tenaza de acero que
+iba a triturarle el hueso.</p>
+
+<p>—¡Perdónala, Gonzalo, perdónala!—entró gritando en aquel instante doña
+Paula.</p>
+
+<p>El indignado joven volvió la cabeza sin soltar a su esposa. Al ver a su
+madre política, en cuyo rostro la enfermedad había hecho crueles
+estragos, contraído ahora por el terror, con los ojos suplicantes, las
+manos plegadas hacia él con mortal congoja, aflojó la suya y la dejó
+caer sobre el muslo.</p>
+
+<p>No tuvo tiempo a decir nada. Doña Paula, sin mirar a Ventura, le cogió
+de la ropa diciéndole:</p>
+
+<p>—Ven, hijo mío, ven. Yo arreglaré este asunto, y te volveré la calma.</p>
+
+<p>Y Gonzalo se dejó arrastrar como un autómata, lleno de confusión.</p>
+
+<p>Al llegar a su cuarto, la buena señora cerró la puerta.</p>
+
+<p>—Lo he oído todo—le dijo, clavando en él aquellos grandes ojos negros
+y tristes como los de una Dolorosa, único resto de su antigua
+belleza.—Te vi cruzar por el pasillo con una cara tan extraña, que no
+pude menos de seguirte... No sé lo que dice ese periódico que has dado a
+Ventura, pero debe ser algo muy feo y repugnante...</p>
+
+<p>—¡La injuria mayor que se puede hacer a un hombre!—profirió Gonzalo
+con la garganta apretada.</p>
+
+<p>—¡Qué infames! ¡Insultarte a ti que jamás les has hecho daño alguno!
+Tienes razón, la culpa es de Ventura. Sus ligerezas, el gusanillo que
+tiene metido en la cabeza, ha dado lugar a este disgusto, como a todos
+los otros más pequeños que hasta ahora habéis tenido. Pero no vayas a
+figurarte que hace estas cosas por maldad... Ventura es una loca, una
+taravilla; pero en el fondo no es mala. Con el tiempo se irá
+corrigiendo. Yo también he tenido mi cacho de orgullo y he gozado con
+ciertas tonterías que hoy me avergüenzan. ¡Oh, los años, las tristezas,
+las enfermedades, le van arrancando a una todas las ilusiones!... Lo que
+importa ahora, es evitar a todo trance mayores disgustos. Hace tiempo
+que vengo notando las atenciones del Duque con Venturita y la intimidad
+que ha nacido entre ellos. Sé fijamente que esta intimidad no tiene
+importancia alguna. Estoy enteramente segura de mi hija, como tú debes
+estarlo. Pero comprendo muy bien que la conducta de ese señor te
+moleste... Sobre todo, desde que un periódico se ha aprovechado de ella
+para injuriarte, las cosas no pueden continuar así. Es necesario tomar
+una resolución...</p>
+
+<p>—Ya está tomada—dijo sordamente Gonzalo.—Hoy mismo despido al Duque
+de esta casa.</p>
+
+<p>—No, tú no puedes ni debes hacerlo. Tienes el genio violento. Habría
+una escena escandalosa que es necesario evitar.</p>
+
+<p>—¡Pues es lo que yo quiero precisamente! ¡esa escena!</p>
+
+<p>—No seas niño, Gonzalo—repuso la señora.—El arreglo de este asunto me
+corresponde a mí, ya que Rosendo, fuera de su política, ni ve, ni
+entiende, ni oye. Un escándalo ahora, te pondría en ridículo...</p>
+
+<p>—¡Pues aunque así sea!—exclamó el joven con rabia.—Quiero tener el
+gusto de arrojarle de casa.</p>
+
+<p>—Me obligas a decirte, Gonzalo—replicó doña Paula con impaciencia y
+autoridad,—que no tienes ningún derecho a hacerlo. Ni tú le has
+invitado, ni eres el dueño de la casa...</p>
+
+<p>El joven se puso colorado. Observando su confusión, la señora añadió con
+acento cariñoso:</p>
+
+<p>—Tú eres un hijo nuestro, y los hijos no deben intervenir en estos
+asuntos, que corresponden a los padres. Nosotros tenemos el deber de
+velar por vuestra felicidad, sacrificarnos por ella. Yo haré que el
+Duque salga de esta casa, sin escándalo, sin que se entere nadie del
+motivo, sin exponerte a cometer una bajeza, de la cual te
+arrepentirías... No creas que lo hago por él, a quien detesto... Desde
+que llegó me ha sido profundamente repulsivo ese hombre. ¡Ahora que veo
+lo que ha traído a nuestra casa, figúrate cómo le querré! Lo hago
+únicamente por ti, a quien quiero, no diré más que a mi hija, porque los
+hijos... ¡Oh, los hijos!... Tú ya sabes lo que son... pero tanto, por lo
+menos... y a quien estimo mucho más...</p>
+
+<p>Gonzalo, enternecido, se dejó caer en una silla. Comenzó a sollozar como
+un niño, con el rostro entre las manos. La buena señora le puso la suya,
+pálida y descarnada, sobre la cabeza, diciendo con lágrimas también en
+los ojos:</p>
+
+<p>—¡Pobre hijo mío! Aguárdame un instante. Voy a decir a ese señor lo que
+hace al caso.</p>
+
+<p>Subió la señora de Belinchón la escalera de caracol que conducía al piso
+segundo. Arriba tropezó con el ayuda de cámara de su huésped.</p>
+
+<p>—¿Qué hace el señor Duque?—le preguntó.</p>
+
+<p>—Está pintando—respondió el criado mirando con sorpresa y curiosidad
+los ojos llorosos de doña Paula.</p>
+
+<p>—Dile que deseo hablar con él.</p>
+
+<p>Mientras el doméstico fué a avisar a su señor, doña Paula creyó que las
+fuerzas iban a faltarle. Comenzó a sentir los síntomas primeros de una
+de aquellas sofocaciones que de vez en cuando le daban. Pero la firme
+voluntad de devolver la calma a sus hijos venció a la enfermedad en tal
+instante. Encomendóse devotamente a la Virgen de las Mercedes, y penetró
+con resolución en el gabinete-estudio de don Jaime.</p>
+
+<p>El cual, vestido medio a lo oriental con un traje estrambótico que usaba
+por las mañanas dentro de casa, salió a recibirla teniendo aún en las
+manos el pincel y la paleta.</p>
+
+<p>—Señora—dijo inclinándose respetuosamente, quitando el gorro turco que
+le cubría la calva,—mucho siento que usted se haya molestado en subir.
+Bastaba un aviso para que yo me hubiera apresurado a ir a ponerme a sus
+órdenes.</p>
+
+<p>Doña Paula respondió con un gesto de gracias, llevándose la mano al
+corazón que le saltaba dentro del pecho como un potro desbocado.</p>
+
+<p>El Duque la examinó con sorpresa.</p>
+
+<p>—Siéntese usted, señora—la dijo, depositando la paleta y el pincel
+sobre una silla.</p>
+
+<p>Sentóse, en efecto, en una butaca. Don Jaime permaneció en pie.</p>
+
+<p>—Hay que cerrar la puerta—dijo ella tratando de levantarse nuevamente.
+Pero el caballero se apresuró a hacerlo. Después vino a colocarse frente
+a la dama, cuadrando los pies en actitud exageradamente respetuosa,
+esperando a que ella hablase.</p>
+
+<p>Tardó aún algunos momentos. Al fin, elevando hacia él sus ojos
+doloridos, dijo:</p>
+
+<p>—Señor Duque, usted nos ha honrado mucho viniendo a esta casa. Nunca le
+agradeceremos bastante esta prueba de estimación que nos ha concedido...</p>
+
+<p>El Duque se inclinó, levantando al mismo tiempo los pesados párpados
+para dirigir a su interlocutora una mirada, donde se traslucía la
+inquietud y la curiosidad.</p>
+
+<p>—¿Por qué no se sienta usted?—preguntóle doña Paula interrumpiendo su
+discurso.</p>
+
+<p>—Estoy bien, señora; siga usted.</p>
+
+<p>Con aquella interrupción se turbó. No supo proseguir en algunos
+segundos. Al cabo murmuró:</p>
+
+<p>—¡Es una desgracia!... No sabe usted, señor Duque, lo que está pasando
+por mí en este momento. ¡Quisiera morirme!</p>
+
+<p>Y las lágrimas acudieron a sus ojos. Sacó el pañuelo, y ocultó el rostro
+con él.</p>
+
+<p>El Duque, cada vez más inquieto, le dijo:</p>
+
+<p>—Serénese usted, señora. Soy un verdadero amigo de usted y de
+Belinchón. Cualquiera que sea el disgusto que usted tenga, yo lo
+comparto como si fuese mío también, y estoy dispuesto a hacer todo lo
+que esté de mi parte para calmarlo.</p>
+
+<p>—Muchas gracias... muchas gracias—murmuró la señora sin separar el
+pañuelo de los ojos. Al cabo de un rato de silencio, dijo con voz
+temblorosa:</p>
+
+<p>—Puede usted hacerme un favor muy grande... Un favor que le agradecería
+mientras tuviese un soplo de vida... Pero no me atrevo a pedírselo...</p>
+
+<p>—Le repito que estoy a sus órdenes, y que todo lo que pueda hacer en su
+obsequio debe usted darlo por hecho...</p>
+
+<p>—¡Oh, no; es una atrocidad!... Señor Duque, usted está muy lejos de
+sospechar que su venida a esta casa ha producido graves disgustos. Su
+carácter bondadoso y llano, la simpatía que el genio alegre y abierto de
+mi hija Ventura ha conseguido inspirarle, ha dado lugar a habladurías en
+el pueblo...</p>
+
+<p>—¡Oh!—interrumpió el Duque sonriendo, para ocultar cierta emoción de
+vergüenza.</p>
+
+<p>—Sí; habladurías muy ofensivas para todos nosotros, pero principalmente
+para mi hijo político, a quien queremos en casa como si fuese hijo
+verdadero... No le recrimino a usted ni a ella. Creo que en usted no ha
+habido más que exceso de amabilidad, que en un pueblo remoto como éste,
+donde todo choca y se comenta, acaso no ha debido usted tener... En ella
+ha habido la imprudencia y la ligereza que siempre han sido sus
+defectos. Es una chiquilla que tiene la voluntad virgen, como suele
+decirse... Si este pueblo no estuviese dividido, no hubiera esa maldita
+guerra que a todos nos mata, acaso nadie se hubiera fijado... Por
+desgracia, nuestros enemigos buscan el más pequeño pretexto para
+mortificarnos y sacarnos a la vergüenza... Se ha publicado ya una
+gacetilla que hiere de un modo escandaloso a mi yerno... y esto no lo
+puedo consentir.</p>
+
+<p>Doña Paula había ido perdiendo su cortedad a medida que hablaba. Las
+últimas palabras las pronunció con energía. A la faz terrosa del Duque
+había acudido un poco de color. Por la cabeza debieron pasarle ideas
+graves y tristes; pero en realidad no le pasó más que la siguiente:
+«Esta mujer me está dando una lección».</p>
+
+<p>—Siento mucho, señora—dijo con expresión soberbia,—haber ocasionado a
+ustedes un disgusto... Pero estoy tan acostumbrado a que el público se
+fije en mis actos y los comente a su gusto, que esas habladurías y esas
+gacetillas de que usted acaba de hablarme, no me causan la más mínima
+molestia. Los pequeños se vengan de la superioridad de los grandes,
+murmurando de ellos. Es ley eterna que no se debe contrariar.</p>
+
+<p>—Todo eso está muy bien, señor Duque. A un personaje tan alto como
+usted, no pueden llegar las murmuraciones del pueblo... Pero a nosotros
+es muy distinto. No estamos colocados en esa altura y las malas lenguas,
+crea usted que nos hacen muchísimo daño...—respondió doña Paula con
+inocencia que resultaba profundamente irónica.</p>
+
+<p>El Duque algo impaciente, jugando nerviosamente con el gorro que tenía
+en la mano, replicó:</p>
+
+<p>—Repito que lo siento mucho, señora. Si hubiera sabido que mis
+inocentes atenciones con su hija pudieran interpretarse tan
+malignamente, me hubiera guardado bien de prodigárselas... En adelante
+procuraré ser más cauto... Pero, ¡Dios mío!—añadió riendo.—¿Cómo es
+posible figurarse que un hombre de mis años pueda mirar a una niña como
+Ventura, sino con ojos paternales?</p>
+
+<p>Allá en el fondo, sentíase halagado de aquella suposición.</p>
+
+<p>—¡Oh! señor Duque, los hombres de la posición de usted, no son nunca
+viejos. El brillo atrae mucho a las mujeres... Por eso no basta que
+usted se reprima en adelante y sea prudente. Es necesario quitar al
+mundo todo pretexto para murmurarnos...</p>
+
+<p>El Duque se puso repentinamente pálido. Vaciló unos instantes, y dijo al
+cabo:</p>
+
+<p>—Saliendo yo de esta casa, ¿verdad?</p>
+
+<p>—Ese era el favor que venía a pedirle—dijo ella sin levantar los ojos,
+con entonación humilde.</p>
+
+<p>Don Jaime se puso aún más pálido. Dió una vuelta por la estancia
+arrugando con mano crispada el gorro turco, dejó escapar una risita
+sarcástica, y volviendo a plantarse delante de doña Paula, dijo con
+burlona arrogancia:</p>
+
+<p>—¿De modo, señora, que me echa usted de su casa?</p>
+
+<p>—¿Yo, señor Duque?... ¡Qué idea!... Lo que quiero únicamente es
+devolver la calma a mis hijos, y evitar un choque...</p>
+
+<p>—¿Qué choque?—preguntó el Duque, por cuyos amortiguados ojos pasó un
+relámpago siniestro.</p>
+
+<p>Doña Paula adivinó un peligro para su yerno, y se apresuró a enmendar la
+imprudencia.</p>
+
+<p>—El choque de mi hijo político con los canallas que pretenden
+insultarle... Mire usted, Duque; si toma a mal la súplica que acabo de
+hacerle, se equivocará mucho... Nosotros estamos tan honrados con su
+estancia en nuestra casa, que nada nos ha causado tanto orgullo como esa
+preferencia... Mi marido la ha solicitado con empeño, y ha recibido gran
+alegría cuando supo que usted había aceptado su invitación... ¿Cómo
+puede nadie figurarse que yo no me encuentre satisfecha teniendo en mi
+casa a una persona tan elevada, yo que soy una pobre mujer del pueblo,
+hija de un marinero, nieta de un sereno, a quien toda la villa llama la
+Serena, como llamaron a mi madre y a mi abuela?... Verdad que si hubiera
+sido hace algunos años, estaría más orgullosa... Los desengaños, las
+tristezas, van labrando la soberbia... Pero de todos modos estoy muy
+contenta, y sólo el temor a los grandes disgustos que pueden venir a mis
+hijos, me ha obligado a dar este paso... que usted me perdonará...</p>
+
+<p>Don Jaime dió otro paseo por la sala, se detuvo en el medio a meditar
+unos instantes, y concluyó por hacer un gesto de desdén con los labios,
+levantando al mismo tiempo los hombros. Luego vino hacia doña Paula y le
+preguntó:</p>
+
+<p>—¿Su marido tiene conocimiento del paso que usted acaba de dar?</p>
+
+<p>—No, señor..., y me alegraría de que pudiera arreglarse todo sin que él
+se enterase...</p>
+
+<p>—Perfectamente. Hoy mismo quedará usted complacida.</p>
+
+<p>—¡Oh, señor Duque! Mil gracias... Usted sabrá perdonar...—exclamó
+levantándose y extendiendo hacia él las manos.</p>
+
+<p>El magnate se limitó a inclinarse profundamente sin contestar.</p>
+
+<p>—Le suplico que no me guarde rencor...</p>
+
+<p>—Lo que acabamos de hablar quedará secreto entre nosotros. Buscaremos
+medio de que nadie sospeche el motivo de mi marcha. Procure usted
+desempeñar bien su papel. Yo respondo del mío.</p>
+
+<p>Doña Paula salió de la estancia escoltada por el Duque, que la despidió
+a la puerta con una exagerada y silenciosa reverencia.</p>
+
+<p>Al llegar a la escalera la angustiada señora, respiró con libertad.
+Aunque fuese a costa de aquellas penosas emociones, se alegraba
+vivamente de haber arreglado el asunto sin escándalo y sin peligro. Y
+con pie ligero, ella que ordinariamente se arrastraba ya para andar, a
+causa de su dolencia, fué a comunicar a Gonzalo el resultado de la
+visita.</p>
+
+<p>A la hora de almorzar el Duque manifestó que había recibido carta de uno
+de sus hijos en que le noticiaba que vendría a pasar el mes de
+septiembre con él a Sarrió. Probablemente vendría también su hermano el
+marqués del Riego. Con este motivo expresó su resolución de tomar
+habitaciones en la fonda. Al instante fué contrariada con gran calor por
+don Rosendo, con el apoyo de su esposa. Venturita se había puesto
+pálida. Miraba al Duque de un modo particular. Gonzalo, con los ojos
+bajos, el rostro sombrío, comía en silencio mientras se disputaba. A
+pesar de todas las razones que don Rosendo alegó para retenerle,
+haciéndole presente que la casa era capaz para recibir a los nuevos
+huéspedes, el disgusto que a él y toda su familia iba a ocasionarles
+aquella tan inopinada marcha, etc., etc., el Duque se mostró inflexible.
+Respondía con la misma sonrisa protectora a cuanto se le manifestaba, y
+repetía sin cesar frases de agradecimiento y amistad.</p>
+
+<p>Convencido al fin de que era inútil insistir, el insigne cuanto
+atribulado don Rosendo, fué con el mismo Duque y su secretario a ver las
+habitaciones de la fonda de la Estrella, la única decente que había en
+la villa. Alquilaron todo el piso principal. Al día siguiente se
+trasladó el magnate, a pesar de las vivas representaciones de su huésped
+para que se quedase al menos mientras no llegasen los otros.</p>
+
+<p>Sorprendió vivamente a la población aquel traslado. Preguntóse la causa;
+y aunque don Rosendo informó cumplidamente a todo el mundo de lo que
+había acaecido, no pudo evitarse que quedase en el espíritu del público
+alguna duda o sospecha de que las cosas no habían pasado enteramente
+como Belinchón las relataba. Particularmente sus enemigos recibieron
+gran alegría. Se dedicaron con afán a descifrar aquel enigma, pensando,
+no sin razón, que los del Saloncillo ya no podrían utilizar la fuerza
+del Duque para combatirles. En los dos meses y pico que éste llevaba de
+permanencia en Sarrió, los amigos de don Rosendo habían conseguido que
+prosperase en el juzgado una denuncia contra el alcalde, previa la venia
+del gobernador de la provincia; habían logrado «tumbar» al administrador
+de Correos que era del Camarote, y que se resolviese en favor suyo «el
+problema del matadero». Los amigos de Maza, que andaban cabizbajos y
+abatidos, recibieron la noticia como una mosca, próxima a morir en el
+otoño, recibe un tardío rayo de sol. ¡Santo Dios qué calurosos
+comentarios aquella noche en el Camarote! ¡Cuánta conjetura! La alegría
+chispeaba en todos los ojos. Abríanse las narices olfateando la caída de
+los del Saloncillo, y su próxima y definitiva victoria. <i>El Joven
+Sarriense</i> publicó en su primer número la siguiente lacónica, pero
+endemoniada gacetilla: «El lunes se ha trasladado a las habitaciones del
+piso principal de la fonda de la Estrella el Excelentísimo señor duque
+de Tornos, conde de Buenavista, que estaba hospedado en casa de don
+Rosendo Belinchón. Damos al egregio Duque la más cumplida enhorabuena».
+Este indigno comentario tuvo dos días enfermo al nobilísimo Belinchón,
+pasados los cuales mandó sus padrinos a Maza. Pero éste contestó que
+mientras estuviese constituído en autoridad no podía batirse. Cuando
+dejase de estarlo ya vería si le convenía cruzar las armas con
+«semejante mamarracho». Como los padrinos contestasen en mal tono, les
+amenazó con llevarlos a la cárcel, y hubieron de retirarse.</p>
+
+<p>El duque de Tornos siguió visitando de vez en cuando la casa de don
+Rosendo y dejándose acompañar por éste y sus amigos siempre que salía a
+la calle. En la apariencia, la amistad entre ellos seguía inalterable.
+La poca gente imparcial que había en Sarrió iba creyendo que no había
+misterio alguno en su traslación y que todo era imaginaciones ridículas
+de los del Camarote, a quienes cegaba el deseo de vencer a sus
+contrarios. Sin embargo, pasaban los días, había entrado ya septiembre,
+y ni el hijo ni el hermano del magnate acababan de llegar. Este había
+mejorado muchísimo de salud en Sarrió, según decía a cuantos se le
+acercaban. Hizo traer de Madrid coche y caballos y compró una bonita
+balandra para pescar. Parecía disponerse a pasar todavía algunos meses
+en la villa.</p>
+
+<p>En sus relaciones exteriores con la familia Belinchón, esto es, cuando
+se encontraba con ella en público, observaba una conducta delicada y
+afectuosa, como personas a quienes debía muchas atenciones. Con
+Venturita no se autorizaba tantas familiaridades, pero no dejaba de
+hablarla en el teatro o en el paseo de un modo cariñoso. Así hacía
+perder la pista a los que buscaban la causa de su salida de la casa.
+Doña Paula estaba muy satisfecha de esta conducta. El mismo Gonzalo,
+comprendiendo que no se le podía exigir más, se mostraba con él atento y
+cortés. La tranquilidad había vuelto a renacer entre los jóvenes
+esposos. Venturita, después de unos días en que no cambió con su marido
+palabra alguna y aparecía pálida y ceñuda, herida, sin duda, por la
+violencia que éste había desplegado en la escena que hemos descrito,
+volvió a ser lo que antes, alegre y decidora unas veces, colérica y
+caprichosa otras, siempre de palabra aguzada y sarcástica. Notó, sin
+embargo, Gonzalo cierta amabilidad y deferencia inusitadas en ella. Lo
+achacó al deseo de borrar el recuerdo de aquel pasajero, pero muy
+peligroso disgusto que habían tenido.</p>
+
+<p>Y así continuaron deslizándose los días serenos en la casa de don
+Rosendo, sólo turbados por los altibajos que la enfermedad de doña Paula
+sufría. Tan pronto estaba en pie como en la cama. Salía en coche a dar
+largos paseos con Cecilia o con Ventura, y solía llevar a su nieta
+Cecilita, en quien adoraba. Don Rufo hablaba de la necesidad de
+trasladarse a otro clima, a otro país más elevado sobre el nivel del
+mar, donde el aire tuviese menos presión. Y don Rosendo, aunque con
+repugnancia, pues el pensamiento de exterminar a sus contrarios y hacer
+de una vez la felicidad de su villa natal, le perseguía sin cesar, iba
+entrando por la idea y trazando vagamente planes útiles y grandiosos
+como todos los suyos. Flotaba en su imaginación el proyecto feliz de
+trasladar <i>El Faro de Sarrió</i> a Madrid y hacerlo diario con el título de
+<i>El Faro de las Provincias</i>. Defender los intereses morales y materiales
+de las provincias, sostener su vida autonómica, independiente, frente a
+la acción y poderío absorbentes de la capital, «foco de inmundicia que
+envenenaba la savia de la nación y secaba todos sus veneros de riqueza».
+¡Qué grande y noble pensamiento!</p>
+
+<p>A fines de octubre, Gonzalo fué a Lancia con una comisión de su suegro.
+Se trataba de persuadir a un banquero de aquella población, para que no
+enajenase las acciones que tenía, en un embarcadero de Sarrió, a cierto
+individuo del Camarote, como se decía. En todo caso, que se las cediese
+por el mismo precio a don Rosendo. Hacía ya dos días que estaba allá. Al
+tercero por la tarde, cerca de la hora del obscurecer, se le ocurrió a
+doña Paula subir a hacer una visita a su hija Ventura, que desde el
+traslado del Duque había vuelto a ocupar el piso segundo. Muy rara vez
+subía ya la buena señora la escalerilla de caracol. Pero aquel día se
+sentía más ágil, más desahogada del pecho. Quiso probar sus fuerzas y
+darse a sí misma una prueba de que estaba mejor.</p>
+
+<p>El móvil inmediato fué llevar a su nieta Cecilita una muñeca, cuyo
+vestido desgarrado le acababa de coser la doncella. Los peldaños se le
+hicieron muy altos. Al llegar a la mitad tuvo que detenerse a tomar
+aliento. Cuando llegó al piso, dijo en la voz más alta que pudo:</p>
+
+<p>—Cecilita, hija mía, ¿dónde estás?</p>
+
+<p>—Aquí, abuelita, aquí—respondió la niña saliendo de la estancia de su
+madre.</p>
+
+<p>Era una criatura que aun no había cumplido los tres años, rubia como el
+oro, tan habladora y espontánea, que ejercía sobre la abuela verdadera
+fascinación.</p>
+
+<p>—¿Qué me taes, abuelita, qué me taes?—preguntó, mirando con avidez a
+doña Paula, después de haberla abrazado por las piernas con tal ímpetu,
+que por poco da con ella en tierra.</p>
+
+<p>—La muñeca, hermosa, que te ha arreglado la chacha.</p>
+
+<p>—Muñeca no... muñeca pa Lalina... yo soy gande... yo quero un chocho.</p>
+
+<p>—No tengo chochos aquí, vida mía—respondió la abuela mirándola
+embelesada.</p>
+
+<p>—Tene mamá chocho... Ven... dame uno.</p>
+
+<p>Y la llevó por el vestido al gabinete de su madre.</p>
+
+<p>Al entrar en él la niña, pareció sorprendida y echó una mirada a todas
+partes. Ventura había salido a recibirlas con la sonrisa en los labios,
+besando a su madre cariñosamente:</p>
+
+<p>—¡Jesús, qué pinitos! ¿Cómo te has decidido?... No sé si te convendrá
+subir escaleras, mamá... ¿Te sientes bien?</p>
+
+<p>—No me he fatigado gran cosa. Yo creo que estoy mejor. Las pildoras de
+Dehaud, me parece que me prueban bien.</p>
+
+<p>—Vaya, me alegro que al fin hayamos dado con una medicina que produzca
+algún efecto... ¿Quieres sentarte?</p>
+
+<p>—Abuelita, dame un chocho—dijo la niña interrumpiéndoles.</p>
+
+<p>—No tengo, hija mía... ¿Tienes algún caramelo, Ventura?</p>
+
+<p>—No.</p>
+
+<p>—Tene Jame que está aquí.</p>
+
+<p>Venturita se puso horriblemente pálida.</p>
+
+<p>—¿Qué Jame, niña?—preguntó doña Paula.</p>
+
+<p>—Nada, nada, cualquier tontería... ¿Conque te han probado bien las
+pildoras?... Si don Rufo, por más que digan, entiende... ¡Vaya si
+entiende!—se apresuró a decir Ventura con voz temblorosa, la faz tan
+descompuesta, que su madre la miró sorprendida.</p>
+
+<p>—Jame está aquí... Tene chocho... Ven, abuelita.</p>
+
+<p>La niña tiró del vestido a la señora. Esta, pálida ya también,
+adivinando vagamente algo terrible, se dejó arrastrar sin saber lo que
+hacía.</p>
+
+<p>—¡Cecilia!—gritó Ventura con una voz extraña que jamás le había oído
+su madre.</p>
+
+<p>Pero la niña no hizo caso. Siguió arrastrando a su abuela hacia la
+alcoba. Antes de llegar a la puerta, se presentó en ella el duque de
+Tornos.</p>
+
+<p>Doña Paula, ante aquella repentina aparición, se quedó un instante
+clavada al suelo, el rostro blanco y aterrado, la mirada atónita.
+Después cayó pesadamente al suelo, arrastrando en la caída a su nieta.</p>
+
+<p>El Duque se apresuró a levantarla. Luego, ante un gesto imperioso de
+Ventura, la dejó sobre el sofá y huyó.</p>
+
+<p>A las voces de la joven, acudieron los criados y luego Cecilia. Se creyó
+que era un síncope producido por la fatiga. Transportósela a su cama,
+donde luego, merced a los cuidados de Cecilia, recobró el conocimiento.
+Pero no la facultad de hablar. La infeliz señora no pudo ya articular
+palabra. Así estuvo dos días, sin que los esfuerzos de don Rufo, ni los
+de otro médico que llegó de Lancia, lograsen poner en movimiento aquella
+lengua, que se había paralizado. Generalmente, estaba con los ojos
+cerrados, exhalando leves gemidos. Sólo cuando Ventura entraba en el
+cuarto los abría para clavarlos en ella con una expresión fija de
+angustia y reconvención. El sacerdote a quien se llamó, se vió obligado
+a confesarla por señas. Dos días después, casi a la misma hora en que
+había acaecido la fatal escena, falleció la infeliz señora, que ni aun
+en la hora de la muerte apartó sus ojos empañados del rostro de
+Ventura.</p>
+
+
+
+<div class='chapter' /><h2 class="top15"><a name="XVII" id="XVII"></a>XVII</h2>
+
+<p class="c">Que Gonzalo toma una grave resolución y Cecilia otra</p>
+
+
+<p>La familia Belinchón se refugió en Tejada para vivir a solas con su
+dolor, durante algún tiempo. Doña Paula fué llorada como lo merecía, por
+su magnánimo esposo. Dando tregua al espíritu progresivo y reformista
+que le animaba, supo mostrarse tierno y sensible, lo cual en nada
+menoscaba su gloria de publicista. Cecilia no se cansó en mucho tiempo
+de llorar a su buena madre, con quien la ligaba tanto el parentesco de
+la carne como el del alma. De todos sus hijos, era ésta la que más
+semejanza guardaba con ella, aunque no era la preferida. El favorito,
+Pablo, la sintió todo lo profundamente que él podía sentir algo en el
+mundo. Es fama que, algunos días después del suceso, vió al último potro
+que había comprado alcanzarse en el trote, y no le afectó gran cosa.
+Pero en quien hizo sobre todo aquella repentina muerte un efecto extraño
+y terrible, fué en Venturita. Tanto la impresionó, que estuvo algunos
+días en la cama con fuerte calentura. Después que sanó, veíasela pálida
+y triste. Contestaba distraída a lo que le decían: no salía casi nunca
+del cuarto, a pesar de las instancias de su esposo. Este sentimiento tan
+vivo como inesperado fué para él una prueba de lo que Cecilia y doña
+Paula sostenían siempre; esto es, que Venturita era loca, caprichosa y
+altiva, pero buena en el fondo. Algo se mitigó con tal consideración el
+sincero dolor que experimentó por la muerte de su madre política. El
+último y maternal servicio que la buena señora le prestara, había puesto
+el sello al cariño que, con su conducta prudente y afectuosa, había
+sabido inspirarle.</p>
+
+<p>El duque de Tornos se volvió a Madrid, poco después de la desgracia
+sobrevenida a sus amigos. Desde allá se escribía con don Rosendo, a
+quien obligó con más de un servicio en la lucha sin tregua que mantenía
+contra sus enemigos los del Camarote. Estos servicios fueron coronados,
+después de algún tiempo, por una gran cruz de Isabel la Católica. Al
+mismo tiempo que el diploma, le remitía el magnate una placa de
+brillantes, cuyo valor no bajaba de veinte mil reales. Puede cualquiera
+imaginarse la emoción y la gratitud de don Rosendo, al recibir aquella
+honrosísima distinción. Como en Sarrió nadie poseía una gran cruz, se
+vió precisado a ir a Lancia, para que un caballero de la orden llevase a
+cabo la ceremonia de ceñirle la banda. Y así que se vió caballero, él,
+que profesaba cierto desprecio metafísico a las religiones positivas,
+aprovechó una procesión de la parroquia para llevar el farol, con la
+hermosa placa en el pecho y la banda por encima del frac. Los amigos de
+Maza tragaron mucha hiel. Después la vomitaron, no sólo en su tertulia
+del Camarote, sino en el periódico, donde, en serio y en burla, vejaron
+de un modo repugnante al glorioso fundador del <i>Faro de Sarrió</i>. En
+algunas cáusticas, feroces gacetillas, se estaba viendo al bilioso
+alcalde con la pluma en la mano. Don Rosendo, por vez primera en su
+vida, leyó aquellas diatribas sin conmoverse, con un desdén sincero. Y
+es que, cuando se ha llegado a la cima de las sociedades humanas, deben
+parecer las amenazas de los pigmeos más curiosas que ofensivas.</p>
+
+<p>Venturita salió, con este motivo, de su letargo sombrío. Habíase
+realizado uno de los sueños que más acariciaba. Tomó parte en la alegría
+y triunfo de su padre, y empezó a dejarse ver algunos días en la villa,
+siempre en carruaje, por supuesto. Creció su orgullo y aquella
+languidez señorial, imponente, que hacía morir de envidia y de rabia a
+las señoras y señoritas de la villa, quienes se vengaban de su desprecio
+llamándola, en sus horas de murmuración, «la princesa del Bacalao». La
+muerte de su madre, a quien todo el mundo había conocido en Sarrió
+artesana, «con pañuelo atado atrás», como allí se decía, contribuyó
+tanto como la gran cruz de su padre a elevar el nivel social de la
+familia, a aristocratizarla, por decirlo así. Ventura, con su desdeñoso
+porte, con sus riquísimos vestidos, con la frialdad despreciativa con
+que trataba a sus conocidas, vengaba lindamente a aquella pobre mujer, a
+quien las señoras de Sarrió tanto habían hecho sufrir en vida.</p>
+
+<p>Se pasó el invierno en Tejada, un invierno crudo, como pocos lo habían
+sido. A temporadas llovió mucho, y esto hacía imposible el salir de
+casa. Otras veces heló cruelmente. El cielo se mantenía sereno, pero los
+campos, por la mañana, aparecían blancos, con una escarcha de medio dedo
+de grueso. En ocasiones también nevó abundantemente. Todos estos
+fenómenos meteorológicos tienen sus encantos en la aldea para el que
+sabe hallarlos. Gonzalo había nacido para vivir feliz en medio de las
+fluctuaciones de la Naturaleza. Si helaba, levantábase de madrugada y
+dejaba atónitos a los de casa saliendo al corredor en mangas de camisa,
+lavándose todo el cuerpo con el agua que se hacía sacar de las pilas de
+mármol, después de roto el hielo. Luego, se vestía con un ligero traje
+de caza, tomaba la escopeta, y emprendía famosas, descomunales correrías
+de seis y ocho leguas, sin que nadie le oyera jamás quejarse de
+cansancio. Si nevaba, se ponía el impermeable, las botas altas y la
+gorra de pelo, y salía a matar palomas torcaces o gachas por las
+cercanías de la posesión. Más de una vez tiene caído en cisternas
+atacadas de nieve, logrando salir, gracias solamente a su vigor
+extraordinario. Cuando llovía no había más remedio que quedarse en casa.
+Pero aun entonces ofrecía la aldea placeres desconocidos en la villa.
+Aquel lavado de los árboles y plantas era grato a los ojos. El verde
+obscuro de las coníferas, después de algunos días de lluvia, adquiría
+tonos claros merced a los retoños que apuntaban en la cima de las ramas;
+en cambio la escarcha los marchitaba instantáneamente. Las hojas de las
+magnolias brillaban como cristales, y en aquella atmósfera acuosa los
+colores, los matices de la naturaleza cambiaban sin cesar, los contornos
+de los árboles y las montañas se desvaían con suavidad exquisita. Y la
+misma monotonía del agua al caer constantemente sobre los árboles con
+triste rumor, engendra una soñolencia feliz, no exenta de voluptuosidad
+para los que nada tienen que hacer fuera de casa, y encuentran en ella
+las comodidades y refinamientos que la civilización proporciona a los
+ricos. Era grato escuchar el <i>pío, pío</i> de los ateridos gorriones,
+guareciéndose por centenares en una washingtonia que había cerca de
+casa, como en una gran pajarera: era grato ir a dar de comer a los
+animalitos exóticos que don Rosendo tenía en su finca, salvando en
+almadreñas la distancia que separaba sus cobertizos de la casa: era
+grato también quedarse adormecido en una butaca al pie de la chimenea
+con el cigarro en la boca y la botellita de ron delante, mientras
+Cecilia leía un cuento interesante o algunos versos sonoros y
+armoniosos.</p>
+
+<p>Don Rosendo y Pablo se iban todos los días invariablemente a Sarrió
+después de almorzar y venían a la hora de comer. El uno se ocupaba en
+encauzar la opinión pública por los derroteros del progreso moral y
+material, con mengua de los «reptiles que se arrastraban por el cieno,
+impotentes para elevarse un instante a la región de las ideas,
+escupiendo su veneno a todo el que sobresale por la inteligencia o por
+la virtud». Excusado es decir quiénes eran estos reptiles a los que don
+Rosendo aludía con frecuencia en sus artículos. El otro, tratando de
+inclinar siempre los ojos y el corazón de cuantas forasteras hermosas
+llegaban a la villa, hacia su adorable persona. Alguna mañana salía con
+su cuñado de caza; pero observando que la intemperie atezaba su rostro,
+dejó casi por completo este ejercicio. Por otra parte, Piscis era
+enemigo nato de él. Para este inteligente centauro holgaba todo en la
+tierra menos los caballos.</p>
+
+<p>En las horas de la tarde, cuando llovía, si Ventura estaba de buen
+humor, jugaba con Cecilia y Gonzalo al tresillo. Si no, jugaban los dos
+últimos al <i>tute</i> mano a mano con las niñas sentadas en sus regazos
+respectivos, las cuales les molestaban a cada momento llevando sus
+manecitas a los naipes. Ambos eran de buena pasta y se contentaban con
+apartárselas suavemente.</p>
+
+<p>—Quieta, Cecilita, quieta, que si le enseñas mis cartas a tu tía, me va
+a ganar.</p>
+
+<p>—No hagas caso, monina, tira por ellas—decía la joven riendo.</p>
+
+<p>Hasta que concluían por entregárselas, quedándose ambos arrobados
+mirándolas hacer castilletes, ayudándolas ellos mismos con grave
+atención, mientras la lluvia azotaba los cristales pintados de las
+ventanas chinescas y los maderos de haya chisporroteaban en la chimenea.</p>
+
+<p>Las niñas comían antes que la familia. Era importante ocupación para
+Cecilia hacerles plato, anudarles la servilleta, servirles agua y
+vigilar «que no hiciesen cochinetas». Gonzalo, cuando estaba en casa,
+presenciaba con deleite la refacción: se mantenía en pie como un magiar
+detrás de las sillas de sus hijas. Después, era preciso llevarlas a la
+cama. Cecilia cogía una en brazos, Gonzalo la otra, y las llevaban al
+cuarto de aquélla, donde ambas dormían. La tarea de desnudarlas era
+complicada y entretenida. Gonzalo, a pesar de su musculatura de toro,
+poseía tanta delicadeza como una mujer para desatar las cintas y mover
+sus cuerpecitos a un lado y a otro sin lastimarlas. A menudo las manos
+de los cuñados se tropezaban. Cecilia retiraba la suya prontamente. Una
+leve nube sombría cruzaba rápidamente por su risueño semblante. Gonzalo
+no advertía nada. Cuando ya estaban acostadas, escuchaban sonriendo las
+inocentes oraciones que <i>tiita</i> hacía repetir a Cecilia. Paulina aun no
+sabía elevar su entendimiento al Ser Supremo, y hasta se rebelaba para
+hacer la señal de la cruz. Mientras se dormían, papá y <i>tiita</i> habían de
+estar bien pegaditos a las camas sin moverse. Si mantenían conversación
+entre sí, las niñas se agitaban y tardaban mucho más en conciliar el
+sueño. Así que procuraban guardar silencio, o cambiar solamente palabras
+sueltas en voz baja. Cecilita no podía dormirse sin tener cogida una
+oreja de su tía. Contra este capricho protestaba a menudo Gonzalo; todos
+los días hablaba de quitárselo; pero su cuñada no hacía caso; ella misma
+se inclinaba sobre la almohada para que la niña lo satisficiese. Gonzalo
+se quedaba algunas veces dormido sobre la de Paulina, sobre todo cuando
+había ido de caza. Al despertar, veía frente a sí el rostro pálido y
+dulce de su cuñada, con los ojos muy abiertos, mirando con fijeza al
+vacío.</p>
+
+<p>—¿En qué piensas, Huesitos?—le preguntaba restregando los suyos.</p>
+
+<p>La joven salía de su éxtasis estremeciéndose, y sonreía bondadosamente.</p>
+
+<p>—No lo sé yo misma... En nada.</p>
+
+<p>—¿No tienes algún quebradero de cabeza?—le dijo una noche levantándose
+y cogiéndola afectuosamente la barba.</p>
+
+<p>—Bah, ¿qué quebraderos de cabeza quieres que tenga en esta
+aldea?—respondió Cecilia poniéndose colorada, y retirando el rostro.</p>
+
+<p>—Puedes tenerlo en Sarrió.</p>
+
+<p>—¿Y había de ser tan ingrato que no viniera a verme en los meses que
+hace que aquí estamos?... Ya te he dicho que yo me quedo para vestir
+santos—añadió sonriendo.</p>
+
+<p>—No puede ser eso—replicó con calor el joven,—¡no puede ser! Sería
+un delito de lesa humanidad que te quedases soltera. Tú has nacido para
+casada... No tienes más aficiones que la de arreglar la casa, cuidar a
+los niños, coser, limpiar... Serás una <i>perfecta casada</i>, como la
+describe Fr. Luis de León. No puede tolerarse que pudiendo hacer la
+felicidad de cualquier hombre, te empeñes en ser una solterona... Mira
+que son muy antipáticas...</p>
+
+<p>No sabemos lo que Cecilia pensó en aquel momento; pero bien pudo ser una
+cosa semejante a ésta:—«Sí; he podido hacer la felicidad de todos...
+menos la tuya».</p>
+
+<p>Alargó con un gesto de indiferencia los labios y respondió:</p>
+
+<p>—¡Qué le vamos a hacer! Esas cualidades las tienen todas las mujeres
+que no son bonitas. Las que pueden brillar, se ocupan de sus trajes, y
+tienen razón.</p>
+
+<p>Había en estas palabras una ironía triste, desgarradora, que Gonzalo no
+pudo menos de sentir en el corazón.</p>
+
+<p>—¡Oh, siempre estás con esa tonadilla!... Me parece que te haces la
+modesta para que te regalen el oído... Demasiado sabemos todos que tú
+puedes brillar como la primera... Tienes unos ojos como no hay otros...
+eres esbelta, elegante, distinguida; ¿quiere usted más, mademoiselle
+Huesitos?... Lo que hay, señorita, es que usted tiene más de aquí que de
+aquí...</p>
+
+<p>Y le puso primero el dedo en la frente y después en el sitio del
+corazón.</p>
+
+<p>—Cuando venga alguno que sepa interesarte de verdad, ya se verá cómo
+desaparecen todas esas ideas de celibato.</p>
+
+<p>Cecilia levantó los hombros y volvió a quedarse con los ojos extáticos,
+rehuyendo la conversación.</p>
+
+<p>Ya no salía tantas veces con su cuñado de caza. El cuidado de las niñas
+reclamaba su presencia. Pero casi siempre iba a esperarle por las
+tardes, unas veces sola, otras con las niñas y sus doncellas. Al partir
+no se olvidaba Gonzalo de decirle por cuál camino tomaba:</p>
+
+<p>—«Hoy voy hacia Naves a ver si suelto alguna liebre.—Hoy volveré por
+la carretera de Nieva.—Hoy voy por el camino de Rodillero».</p>
+
+<p>Estas esperas, cuando iba sola, como quiera que se alejaba de la casa,
+no dejaban de ofrecer algunos peligros. Por más que Gonzalo se los
+representaba, nunca quiso hacer caso. Desde niña había mostrado siempre
+una extraña serenidad, nada femenina, para desafiarlos. Jamás había
+creído en apariciones o en duendes, ni la sobresaltaban, hasta el punto
+de turbarle la razón, los ruidos temerosos, ni siquiera los peligros
+ciertos. En más de una ocasión, ante una vaca desmandada o una riña de
+borrachos, cuando sus compañeras huían gritando o se desmayaban, ella
+sola se mantenía firme y sosegada, juzgando con precisión el riesgo, y
+evitándolo sin descomponerse. Tal cualidad había contribuído no poco a
+crearle aquella fama de fría y apática que tenía dentro y fuera de casa.</p>
+
+<p>Llegó el mes de abril y la familia se trasladó de nuevo a Sarrió.
+Efectuáronse elecciones municipales en junio, y Gonzalo salió elegido
+concejal, contra su gusto. Don Rosendo le había impuesto este
+sacrificio. Ventura, desde que entró el verano, parecía más animada.
+Salía con alguna frecuencia de casa, y su aparición en coche
+descubierto, causaba siempre cierta sensación. La verdad es que estaba
+preciosa con sus ricos trajes de luto, llegados de París. Por coquetería
+debiera vestirse de negro, pues era incalculable lo que realzaba este
+color el brillo nacarado de su tez, los reflejos dorados de sus
+cabellos. Cuando iba los domingos a la iglesia para oir la misa de once,
+que era la más concurrida, nunca dejaba de levantar su presencia un
+murmullo reprimido de curiosidad en las mujeres, de admiración en los
+hombres. Aquel aire de princesa que ponía fuera de sí a las señoras, era
+lo que más placer causaba a los caballeros. Todos convenían en que por
+su belleza y elegancia, por sus modales distinguidos, se apartaba mucho
+de las demás jóvenes del pueblo, y haría lucido papel en los salones más
+aristocráticos. También Venturita había convenido en ello hacía mucho
+tiempo. La idea de irse a vivir a Madrid, trabajaba con ahinco en su
+mente. Insinuósela a su marido; pero éste mostró gran repugnancia a
+trasladarse. No era él hombre para la corte. Los deberes sociales que
+allí impone la cortesía, le aburrían. Había nacido para la libertad,
+para el goce que proporciona el aire libre del mar, el ejercicio
+corporal, los trajes cómodos, holgados. Además, presumía muy bien que la
+renta que en Sarrió les permitía vivir como los primeros, en Madrid no
+bastaría a sustentarlos en el mismo pie, sobre todo, dada la inclinación
+de su mujer al boato. Venturita, sin embargo, estaba tan segura de
+vencer esta resistencia, que no hablaba siquiera del asunto, meditando
+la época y la forma en que habían de irse.</p>
+
+<p>Un suceso vino a turbar en cierto modo la vida de la familia Belinchón.
+Gonzalo fué nombrado inopinadamente alcalde de Sarrió, por mediación del
+duque de Tornos. Su primera idea fué rechazar aquel nombramiento,
+presentar alguna excusa; pero cayeron sobre él don Rosendo y todos sus
+amigos, poniendo tanto empeño y calor en que aceptase, que no tuvo más
+remedio que hacerlo. A los del Saloncillo les iba muchísimo en ello.
+Verdad que se vieron defraudados, pues el nuevo alcalde no quiso de
+ningún modo poner al aire los cimientos de las casas de sus enemigos,
+como había hecho Maza, ni cometer otra porción de tropelías que le
+exigían. En el mes de septiembre, cuando terminó la temporada de baños,
+que en la villa era animada, y comenzaba en el campo la de la caza,
+Gonzalo se trasladó con la familia a Tejada. Las niñas se ponían aquí
+muy buenas y él se divertía extremadamente. Por otra parte, no dejaban
+grandes recreos tampoco en Sarrió. Algo le estorbaba su cargo de alcalde
+para este traslado; pero convino con sus compañeros de municipio en
+venir todos los días, o por lo menos con mucha frecuencia. El trayecto
+se recorría en carruaje en menos de media hora. No obstante, don Rosendo
+dejó abierta la casa de Sarrió para que Gonzalo y él pudiesen comer y
+dormir allí siempre que quisieran. Venturita, pensando en marcharse a
+Madrid la próxima primavera, no puso obstáculo a los planes de su
+marido.</p>
+
+<p>Mucho se alegró éste de haber tomado aquella resolución cuando supo que
+el duque de Tornos pensaba venir el próximo mes de octubre, alegando
+que con la vida de Madrid habían vuelto a exacerbarse sus padecimientos,
+casi extintos mientras permaneció en Sarrió. Porque allá, en el fondo
+del alma, y sin querer confesárselo, nuestro joven sentía la mordedura
+de los celos. Cuantas reflexiones se hacía y argumentos poderosos a sí
+mismo se presentaba para tranquilizarse, no bastaban a arrancárselos del
+pecho. Había pensado, mientras el Duque estuvo por allá, que ya nunca
+más se acordaría de aquel rincón. La noticia de su venida fué, pues,
+para él, una contrariedad, si no un disgusto serio. Y, en efecto, hacia
+últimos de octubre, no tuvo más remedio que ir a esperarle a Lancia, en
+compañía de su suegro y de otra porción de señores, todos socios del
+Saloncillo. El nombramiento de alcalde a su favor, había constituído al
+magnate en protector decidido de este partido. Alojóse con su secretario
+en la fonda de la Estrella, y comenzó a hacer la vida de ejercicio que
+tan bien le sentaba, según decía (y así era la verdad). Muchos días
+buenos salía de pesca o de paseo; otros iba de caza o montaba a caballo.
+Esta vez no había traído más que dos, uno de tiro para un tílburi, y
+otro magnífico de silla. El secretario, cuando iba de paseo, montaba en
+uno que don Rosendo había puesto a su disposición.</p>
+
+<p>Con la familia de éste mantenía cordiales relaciones; pero sólo había
+ido a Tejada tres veces en quince días. Como Ventura y Cecilia solían
+venir a Sarrió a menudo, aquí las veía y hablaba, por más que huía de
+acompañarlas públicamente. Gonzalo, desde que llegara, leía asiduamente
+<i>El Joven Sarriense</i>, que se publicaba ya tres veces a la semana, lo
+mismo que <i>El Faro</i>. Lo leía para apaciguar un poco la inquietud que
+sentía. Porque siempre estaba temiendo alguna gacetilla injuriosa como
+la que tanto le había hecho padecer el verano anterior. En los primeros
+números, después de la llegada del magnate, <i>El Joven</i>, francamente
+hostil ya a él, se contentaba con ridiculizarle bajo nombres
+transparentes, como pintor y pescador, y hasta como hombre político,
+insinuando la idea de que el Duque era un personaje desprestigiado de
+Madrid, rechazado por la corte y sin influencia con el Gobierno. Sacó a
+luz algunas anécdotas de su vida, en que no hacía muy honroso papel, y
+hasta la emprendió con sus trajes y corbatas, no perdonando medio para
+hacer reir a su costa. Don Jaime no leía tal papelucho; pero habiéndole
+indicado Peña algo de lo que decía contra él, sonrió malévolamente y
+escribió al gobernador de la provincia pidiéndole que aprovechase el
+primer pretexto para suprimirle. Los del Saloncillo sabían de esta carta
+y esperaban con ansia y fruición el golpe.</p>
+
+<p>Al fin la envenenada flecha que tanto temía Gonzalo, vino a clavársele
+en el corazón. No fué una gacetilla, sino un cuento que figuraba pasar
+en Escocia, donde bajo nombres ingleses, salían a relucir él, su esposa,
+el Duque, don Rosendo y otras personas conocidas, para vejarlas y
+ponerlas atrozmente en ridículo. Entre otras cosas, se decía que
+mientras el <i>sheriff</i> (él, sin duda alguna) cumplía con extremado celo
+los deberes de su cargo, lord Trollope (el Duque) cumplía por él los
+deberes de esposo cerca de su bella mitad. Gonzalo sintió el mismo
+escalofrío de dolor y de ira que la vez pasada. Pero ahora, aleccionado,
+se propuso dominarse, cerciorarse de si aquella maligna insinuación
+tenía algún fundamento, y si por desgracia esto sucediese, tomar una
+venganza cumplida, y que fuese sonada. Gran trabajo le costó disimular
+la emoción que le embargaba. No estaba avezado a ocultar sus
+sentimientos. Mas el vivo deseo de salir de dudas, le ayudó
+poderosamente. Lo único que se notó en su casa fué que andaba un poco
+más triste y distraído. Se dedicó durante algunos días a observar a su
+esposa, no perderla de vista un instante; pero nada encontró que pudiera
+dar pábulo a sus sospechas. Al mismo tiempo, estudiaba si el Duque podía
+avistarse con ella y de qué manera. El resultado de sus investigaciones
+fué que sólo cuando él venía a las sesiones del ayuntamiento, podía
+darse esto caso. De día, sumamente difícil, porque no era el Duque
+persona que pudiera pasar inadvertida. Fijóse, por tanto, en las horas
+de la noche, cuando él se quedaba a dormir en la villa.</p>
+
+<p>Resolvió saber de una vez la verdad. Para ello, anunció con dos días de
+anticipación a la familia, que el viernes debía dormir en Sarrió, a
+causa de una sesión del ayuntamiento, que presumía había de ser
+borrascosa. De nada menos se trataba que del nombramiento de uno de los
+dos médicos del partido, que la corporación municipal pagaba. Los de
+Maza tenían su candidato y los de don Rosendo también. La lucha estaba
+empeñadísima, no por razón de los votos, que estaban perfectamente
+contados de antemano, sino porque los del Camarote, que habían de
+resultar vencidos, tenían preparada una zancadilla parlamentaria, para
+inutilizar al candidato de sus enemigos, por faltarle algunos meses de
+práctica, para llenar el tiempo que el municipio había impuesto como
+condición a los pretendientes.</p>
+
+<p>El día de la gran prueba, Gonzalo estuvo muy agitado. Había tratado de
+inquirir con disimulo, si algún criado de la casa estaba comprometido, o
+por lo menos sabía algo. Nada encontró tampoco que lo hiciera presumir.
+Almorzó sin apetito. En cuanto tomó café mandó enganchar y se fué en
+compañía de su suegro. La sesión del ayuntamiento duró hasta las diez de
+la noche. A esa hora se retiró a casa y don Rosendo también, el cual
+encontraba a su yerno harto distraído y preocupado. Gonzalo se
+disculpaba diciendo que le irritaba mucho la bilis la conducta de los
+amigos de Maza. Fuéronse a dormir. A eso de las once, cuando todo estaba
+en silencio, nuestro joven salió sigilosamente de casa y emprendió a pie
+por el camino de Tejada. La noche estaba nublada, pero no muy obscura.
+La luz de la luna se cernía al través de la capa de nubes, dejando bien
+percibir los objetos a corta distancia. Caminaba con premura, apoyándose
+en un grueso bastón de estoque. Además llevaba en el bolsillo un
+revólver. Sentía una tristeza profunda. Aquella prueba que iba a hacer
+le causaba temor y remordimientos a la vez. Si su mujer era culpable,
+¡qué horrible tragedia la que se preparaba! Y si no lo era, él cometía
+una bajeza sospechando de su honradez. Iba con el mismo recelo que el
+ladrón que va a asaltar una casa, ocultándose detrás de las paredes de
+la carretera en cuanto sentía pasos, estremeciéndose si escuchaba una
+voz, por lejana que fuese. La idea de que algún conocido le viese a
+aquellas horas caminando a pie, le causaba gran vergüenza, dando por
+seguro que había de adivinar su intención. El aire era fresco y le
+penetraba hasta los huesos, aunque rara vez había sentido frío en su
+vida. Los árboles, como negros fantasmas alineados a lo largo de la
+carretera, dejaban salir de sus copas blando rumor melancólico. Debajo
+de uno de ellos creyó percibir un bulto que se movía y saltó a los
+prados, temiendo tropezarse con alguien que le conociese. Miró por
+encima de la paredilla y vió una vaca acostada rumiando tranquilamente.
+Más allá, al pasar por delante de la casa de un labrador, se abrió
+repentinamente una ventana y apareció el bulto de una mujer. Echó a
+correr desaforadamente buscando la sombra de los árboles. A medida que
+avanzaba, el corazón se le oprimía. Mil encontradas ideas batallaban en
+su mente. Tan pronto recordando los deliciosos detalles de sus primeros
+meses de matrimonio, las palabras dulces, las pruebas ostensibles de
+amor que su mujer le diera, su mujer, cuyos defectos eran los de todas
+las niñas demasiado mimadas, se ponía a imaginar que estaba bajo el
+poder de una maldita alucinación, una de las mil infamias que los
+enemigos de su suegro habían inventado para hacerles daño, y estaba a
+punto de volverse a Sarrió y meterse nuevamente en la cama; como
+apreciando y pensando los motivos que tenía para sospechar de ella,
+aquella grave escena que determinó la salida del Duque de la casa de sus
+suegros, su frivolidad y coquetería, la denuncia aunque embozada
+persistente del periódico enemigo, se le encendía la sangre de golpe y
+apretaba vivamente el paso. ¡Oh, desgraciados de ellos si era verdad!
+¡Más les valía no haber nacido! Y apretaba con mano crispada el bastón
+y tiraba del estoque para cerciorarse de que estaba allí pronto a
+obedecerle. No se le ocurrió ni una vez acariciar el revólver.
+Necesitaba a toda costa ver la sangre de los traidores.</p>
+
+<p>Cuando llevaba la mitad del camino andado próximamente, sintió detrás de
+sí el galope de un caballo. Sin saber por qué, le dió un vuelco terrible
+el corazón. Se apresuró a saltar a los prados y aguardó con ansiedad
+mirando sigilosamente por encima de la pared a que el jinete pasase. No
+transcurrieron dos minutos sin que en efecto cruzase por delante de él
+como un relámpago. Pudo reconocer perfectamente el magnífico caballo
+alazán del Duque. A éste no pudo distinguirle porque iba envuelto en un
+capote, con un gran sombrero calado hasta las narices. Pero si los ojos
+no, el corazón lo vió con toda claridad. Quedó yerto, pegado al suelo.
+Sintió un desfallecimiento singular en las piernas como si fuese a caer.
+Mas prontamente la sangre hirvió dentro de su brioso temperamento de
+atleta. Tendiéronse sus músculos acerados y saltó sin tocar con las
+manos la paredilla de seis pies que cerraba la finca. Cayó en medio de
+la carretera. Sin detenerse un punto, emprendió una carrera vertiginosa,
+loca, detrás del caballo, como si tuviese la absurda pretensión de
+alcanzarle. Aunque su aliento era grande, sin embargo, se le concluyó
+mucho antes de llegar a la quinta. Necesitó pararse tres o cuatro veces.
+Por fin llegó a la verja. Entró por la puerta de hierro, que sólo estaba
+llegada. Echó una mirada en torno y vió el caballo del Duque atado a un
+árbol. Siguió precipitadamente, pero cuidando de no hacer ruido, por una
+de las avenidas orladas de coníferas que conducían a la casa. Como
+conocía todas las entradas, no se dirigió a la puerta cuyo llavín
+llevaba consigo. Temía que algún criado le sintiese. Escaló por una
+parra que adornaba el balcón del cuarto de su suegro, que solía quedar
+abierto cuando él no dormía en casa. Por desgracia estaba cerrado.
+Entonces sacó el estoque, y metiéndolo por la rendija de la puerta logró
+levantar el pestillo y entró.</p>
+
+<p>Una persona le había visto: Cecilia. En una de las noches anteriores,
+ésta, cuya habitación estaba próxima a la de sus hermanos, había creído
+sentir ruido por la noche y se había levantado. Miró al través de los
+cristales hacia la huerta y vió a Pachín, el criado, en compañía de otro
+hombre a quien no pudo conocer. Sin embargo, concibió una viva sospecha
+que la aterró. El modo de andar de aquel hombre, de quien no percibía
+más que el bulto, no era de un campesino. Gonzalo dormía aquella noche
+en Sarrió. Además, su cuñado era mucho más alto. Fuertemente
+sobreexcitada por una idea espantosa, se acostó otra vez, pero no logró
+dormir. Todo el día siguiente estuvo triste y preocupada. Al cabo logró
+dominarse y resolvió en su interior vigilar a su hermana y saber de
+cierto si eran quimeras o realidades lo que pensaba. Al efecto, no
+perdió de vista a Pachín. Observó que el día mismo que Gonzalo había de
+dormir en Sarrió, fué a este punto con una comisión de Ventura, aunque
+él no era el encargado de hacer la compra. Cuando llegó quiso ver lo que
+traía. Era una novela francesa que no pudo tener en las manos porque
+Ventura se apoderó de ella al instante y se fué a su cuarto. No le cupo
+duda de que el libro traía entre sus páginas alguna carta. Se propuso
+entonces no dormirse aquella noche y saber de una vez la verdad. Después
+de comer cosió un rato mientras Ventura leía a la luz del quinqué. En
+cuanto sonaron las diez ambas hermanas se retiraron a sus respectivas
+habitaciones. Cecilia se echó una manta por encima de los hombros, apagó
+la luz y se sentó detrás de los cristales del balcón. Esperó una, dos
+horas. A las doce, próximamente, de la noche percibió entre los árboles
+dos sombras. Aunque con dificultad, reconoció a Pachín y al hombre de la
+noche pasada, que esta vez advirtió bien que era el Duque. Las dos
+sombras desaparecieron al instante entre los árboles cercanos a la casa.
+Quedó petrificada. Una ola de indignación, que se formó en su pecho,
+subió a los labios y exclamó:—¡Qué infame! ¡qué infame!—Siguió sentada
+en la silla y con la sien pegada al cristal, aturdida, llena de
+confusión y vergüenza como si ella fuese la culpable. Al cabo de algunos
+minutos, estando con la mirada fija, atónita, en el parque vió correr
+otra sombra con extraña velocidad hacia la casa. No pudo reprimir un
+grito de espanto. Quedó en pie como si la hubieran alzado con un
+resorte. Luego, trompicando en la obscuridad con los muebles y las
+paredes se dirigió al cuarto de su hermana. Se hallaba en tinieblas.
+Vaciló un instante en llamar: mas de repente se le ocurrió seguir
+adelante pensando que Ventura no podía delinquir tan cerca de ella y las
+niñas. A los pocos pasos, al revolver la esquina de un pasillo vió
+claridad. Corrió hacia ella. En el gabinete persa, que era una rotonda
+aislada en cierto modo de la casa, había luz. Dió dos golpecitos a la
+puerta diciendo por el agujero de la cerradura:</p>
+
+<p>—Soy yo, Ventura. ¡Abre! Gonzalo está ahí.</p>
+
+<p>La puerta se abrió, en efecto. Apareció Ventura más pálida que una
+muerta. El duque de Tornos estaba en el otro extremo, y se dirigía a una
+ventana para saltar por ella. Cecilia corrió hacia él y le sujetó por
+los brazos.</p>
+
+<p>—¡No, eso no! No se consigue nada... Ventura, escapa... ¡Hacia la
+cocina!... Gonzalo sube por el cuarto de papá.</p>
+
+<p>La joven hablaba en falsete con tono imperioso, la mirada fulgurante.</p>
+
+<p>Ventura no se lo hizo repetir. Salió con precipitación del gabinete.</p>
+
+<p>Cecilia entonces arrastró al Duque con fuerza hacia uno de los divanes,
+y le dijo:</p>
+
+<p>—Siéntese usted.</p>
+
+<p>El magnate la miró demudado, y preguntó:</p>
+
+<p>—¿Para qué?</p>
+
+<p>—¡Siéntese usted, le digo!—pronunció con rabia la joven, y al mismo
+tiempo, poniéndole las manos sobre los hombros, le empujó hacia abajo.</p>
+
+<p>El Duque se sentó al fin. Acto continuo, Cecilia lo hizo sobre sus
+rodillas; le echó los brazos al cuello; reclinó su cabeza sobre la del
+noble, llegando a poner los labios sobre su rostro.</p>
+
+<p>En aquel momento se oyeron pasos precipitados en el corredor. Se abrió
+la puerta violentamente, y apareció Gonzalo con el estoque desenvainado.
+Cecilia volvió la cabeza y dió un grito. El joven retrocedió asustado al
+reconocer a su cuñada. Soltó el arma que empuñaba, empujó otra vez
+apresuradamente la puerta, y se fué tropezando, lleno de confusión,
+hacia su cuarto matrimonial.</p>
+
+<p>Ventura estaba leyendo tranquilamente a la luz de un quinqué. Al ver a
+su esposo delante, se levantó asustada.</p>
+
+<p>—¿Qué es eso? ¿Cómo estás aquí?</p>
+
+<p>Cualquier actriz le compraría de buena gana aquella actitud y la
+inflexión de la voz.</p>
+
+<p>Gonzalo se detuvo cortado, sin saber qué decir. Salió del compromiso
+exclamando:</p>
+
+<p>—¿No sabes el escándalo que está pasando en nuestra casa?</p>
+
+<p>—¿Qué ocurre?—profirió la joven viniendo hacia él, con la faz tan
+desencajada, que si Gonzalo tuviese un temperamento observador,
+comprendería que no podía ser solamente por su presencia.</p>
+
+<p>Cerró la puerta y le dijo al oído:</p>
+
+<p>—¡Tu hermana está en el gabinete persa con el Duque!... ¿No sabes
+nada?... Di la verdad—añadió cogiéndola por la muñeca.</p>
+
+<p>Ventura se confundió, vaciló, tembló, bajó los ojos admirablemente. Al
+fin dijo:</p>
+
+<p>—¿Cómo quieres que yo lo sepa, Gonzalo?</p>
+
+<p>—¡No mientas, Ventura!—exclamó con ademán furioso. En el fondo sentía
+una alegría inmensa, infinita.</p>
+
+<p>—Te digo la verdad... No lo sabía... Pero sospechaba algo... Por eso me
+asusté... Cuando tú entraste, estaba pensando en ir al cuarto de
+Cecilia, a ver si estaba en él...</p>
+
+<p>—¡Qué atrocidad! ¡Qué escándalo!... ¡Pero ese infame!... Es menester
+tomar una determinación... Debe concluir esto, sin que nadie se
+entere...</p>
+
+<p>—Sí, sí... ¿Pero qué quieres que hagamos?</p>
+
+<p>—Yo no sé... Hablaré a tu padre... No, a tu padre, no... El pobre
+recibiría un golpe mortal... Hablaré al Duque... ¡Ya veremos si se
+resiste!</p>
+
+<p>Justamente en aquel momento oyeron ruido en el cuarto contiguo.</p>
+
+<p>—Cecilia entra en su habitación—dijo Ventura.—Voy ahora mismo a
+hablar con ella. Todo terminará y quedará en secreto... No quiero que tú
+te comprometas, Gonzalo mío—añadió echándole los brazos al cuello.</p>
+
+<p>Gonzalo hizo un gesto de desdén.</p>
+
+<p>—No, no; no quiero. Es mejor que yo hable con Cecilia... Aguárdame un
+instante...</p>
+
+<p>Su marido la detuvo al tiempo de salir, y la dijo en voz baja:</p>
+
+<p>—No digas palabras feas. Procura estar prudente... El infame es él, que
+se ha aprovechado de su estancia en nuestra casa... ¡Qué miserable!</p>
+
+<p>Ventura salió del cuarto y se dirigió al de su hermana temblando de
+susto. La heroica joven, cuando aquélla abrió la puerta, estaba en pie
+en medio de la habitación, con los brazos caídos y la vista fija en el
+suelo. Ventura cerró la puerta cuidadosamente, y se dirigió a abrazarla,
+murmurando con voz trémula:</p>
+
+<p>—¡Oh hermana mía, gracias, gracias!</p>
+
+<p>Pero Cecilia la rechazó brutalmente con un gesto de orgulloso desprecio,
+exclamando:</p>
+
+<p>—¡Lo he hecho por él; no por tí!</p>
+
+
+
+<div class='chapter' /><h2 class="top15"><a name="XVIII" id="XVIII"></a>XVIII</h2>
+
+<p class="c">Donde tira Doña Brígida de la manta</p>
+
+
+<p>Cecilia no volvería más. Comprendía la fealdad de su conducta.
+Arrepentíase de haber dado ocasión para que los enemigos de Gonzalo le
+injuriasen, dudando de la honradez de su esposa. Daba su palabra y hacía
+juramento solemne de que aquellas escandalosas citas nocturnas no se
+repetirían. Tal fué el recado que aquella noche trajo Ventura a su
+marido.</p>
+
+<p>En los días que siguieron, éste no se mostró irritado, ni aun severo con
+la delincuente. Toda su cólera y malquerencia eran para el Duque. Le
+acusaba de haber abusado inicuamente de la confianza de su suegro para
+despertar en la pobre Cecilia pasiones que siempre habían estado
+dormidas. Tratábala con afabilidad, hasta con mimo, lo mismo que a un
+niño enfermo, queriendo persuadirla a que no había perdido nada de su
+afecto. Mas esta amabilidad era tan humillante para ella, veíase detrás
+un hombre tan satisfecho, tan alegre de su culpabilidad, que la joven la
+rechazaba con aspereza: no lograba, por muchos esfuerzos que hacía,
+aparecer sensible a tal generosidad. Encerrábase en su cuarto sin
+atender como antes al cuidado de las niñas: aparecía tan seria y
+reservada a las horas de comer, que llegó a despertar la atención de don
+Rosendo, con hallarse este gran patricio más que nunca absorto en la
+alta dirección de la batalla del pensamiento que se libraba en Sarrió.
+Y con la perspicacia que le caracterizaba, en seguida comprendió que se
+trataba de «un decaimiento físico y moral, procedente de la vida
+monótona de la aldea. La juventud pide lo suyo, y hay que dárselo».</p>
+
+<p>—Tú estás mal, Cecilia. Te veo pálida y triste. Necesitas salir de aquí
+y vivir con más expansión, en un medio más a propósito para los jóvenes.
+Iremos a pasar un par de meses de primavera a Madrid. En la aldea te
+asfixias, como un pájaro dentro de la campana de una máquina neumática.</p>
+
+<p>Este gran pensador tenía a veces símiles felices, arrancados como el
+presente a las ciencias físico-naturales. En la viveza con que la joven
+aceptó el ofrecimiento, entendió que, como siempre, había dado en el
+clavo.</p>
+
+<p>Ventura aparecía como antes. La terrible escena que había pasado, el
+sacrificio de su hermana y su justo desprecio después, no habían dejado
+huella en su vida. Hacía lo mismo que antes. Se mostraba tan cuidadosa
+de su persona y descuidada de las otras como siempre lo había sido. Sin
+embargo, cuando se encontraba con la mirada clara y penetrante de su
+hermana, bajaba la suya prontamente. Desde la noche del suceso, huía de
+encontrarse a solas con ella. Era bien fácil, porque Cecilia tampoco
+tenía deseo alguno de cruzar la palabra con la infiel.</p>
+
+<p>Gonzalo, enteramente seguro ya de ella, gozaba de esta seguridad con
+deleite. Entre los esposos había habido con tal motivo una
+recrudescencia de cariño. Ventura le había exigido que nunca más
+volvería a dormir fuera de casa. El lo prometió solemnemente. Pensando
+en la falta de su cuñada, se repetía con frecuencia:</p>
+
+<p>—«Del agua mansa me libre Dios, que de la corriente me libraré yo». Y
+desde entonces no sólo perdonaba a su mujer aquella ligereza y
+frivolidad, afición al lujo y carácter altanero que tanto le habían
+disgustado, sino que llegó a ver en estos defectos una garantía de su
+fidelidad. No hay nadie sin defectos, se decía, y es preferible que
+tenga éstos al que yo había imaginado.</p>
+
+<p>Cinco o seis días después del suceso relatado, <i>El Joven Sarriense</i>
+insertaba una gacetilla donde pérfidamente se insinuaba la misma idea
+que le había obligado a hacer aquella memorable excursión nocturna a
+Tejada. La leyó sin emoción, con la sonrisa en los labios, burlándose en
+su interior del engaño que sus enemigos padecían. Sin embargo, como al
+fin y al cabo era una injuria la que venía allí escrita, resolvió
+castigar a los insolentes, aunque no de un modo trágico. Por la noche se
+introdujo súbitamente de modo sigiloso en la redacción del <i>Joven
+Sarriense</i>. No estaban allí a la sazón más que tres redactores. Uno de
+ellos era el traidor Sinforoso Suárez. Sin decirles una palabra, cayó
+sobre ellos a puñadas y puntapiés, con tal maña y coraje, que no
+pudieron hacer resistencia. Cuando alguno se levantaba del suelo, un
+tremendo revés a mano vuelta le tumbaba de nuevo. No sólo los tumbaba a
+ellos, sino también las mesas y los armarios, haciendo mayor destrozo
+que un terremoto. Cuando se cansó de sacudirles la badana, salió muy
+tranquilo a la calle riendo. Acudía ya a las voces de socorro alguna
+gente; pero él les dijo:</p>
+
+<p>—Nada, señores, que se están pegando ahí arriba los redactores del
+<i>Joven</i>... A ver, guardia, suba usted y diga a esa gente que si
+continúan dando escándalo me voy a ver precisado a mandarles a la
+cárcel.</p>
+
+<p>Cuando se supo la verdad del caso, se rió mucho esta salida. Los del
+Camarote se pusieron frenéticos. Pero Gonzalo, no tanto por su cualidad
+de alcalde, como por sus puños terribles, inspiraba tal respeto, que al
+fin se resignaron a quedarse con la justísima paliza que a tres de sus
+colegas les habían administrado.</p>
+
+<p>Pasó el Carnaval sin gran animación. Ya no se formaban en Sarrió
+aquellas celebradas comparsas y cabalgatas, que llamaban la atención de
+toda la provincia, y hacían de esta villa una Venecia en miniatura.</p>
+
+<p>En otro tiempo, todos los vecinos tomaban parte en aquella inmensa,
+desenfrenada alegría. Los ricos no sólo proporcionaban sus coches y
+caballos, sino también abrían suscripciones para encargar trajes
+lujosísimos a Madrid. Estas comparsas iban arrojando anises, almendras y
+caramelos a los balcones, sin darse punto de reposo. Los bailes del
+Liceo, si no tan brillantes, eran tan animados y divertidos como los que
+se celebran en los palacios más opulentos de la corte. ¡Oh, el Carnaval
+de Sarrió! ¡Quién en la provincia septentrional, donde estos sucesos se
+efectúan, dejará de tener recuerdos vivos y gratos de él!</p>
+
+<p>Pero con la lucha política entre güelfos y gibelinos, entre los del
+Saloncillo y los del Camarote, todo se había huído. Cada cual se
+encerraba en su casa. Sólo se veía por la calle tal cual empedernido
+máscara haciendo las delicias de un enjambre de chiquillos que le
+seguían. Los esfuerzos titánicos de don Mateo no habían bastado tampoco
+a prestar animación a los bailes del Liceo. En vano iba conferenciando
+con todas las niñas casaderas de la población, para arrancarles la
+promesa de asistir, lo cual, en verdad, no le costaba gran trabajo. Mas
+en cuanto el papá se enteraba, fruncía el entrecejo y decía gravemente:</p>
+
+<p>—Ya veremos, don Mateo, ya veremos.</p>
+
+<p>Este veremos significaba, las más de las veces, una prudente abstención.
+Podían estar allí Fulano o Mengano, con los cuales, el buen papá, no
+quería compartir ni la atmósfera.</p>
+
+<p>El año anterior, don Mateo había tratado de resucitar el antiguo baile
+de Piñata, de imperecederos recuerdos para todo buen sarriense, que se
+celebraba en el primer domingo de cuaresma. El alcalde, que era a la
+sazón Maza, bajo el pretexto religioso, y tratando de halagar a los
+beatos de la villa, negó el permiso para efectuarlo. Este año, el
+incansable viejo volvió a la carga con más ardor. Gonzalo no tuvo
+inconveniente alguno en permitirlo. Luego se dió tan buena maña para
+alborotar a la población, anunciando extraordinarias sorpresas, que
+habían de salir de un famoso globo encargado a Burdeos, que consiguió
+inspirar vivos deseos en todos de acudir aquella noche al Liceo. Por
+primera vez en Sarrió, después de unos cuantos años, el salón de esta
+sociedad prometía estar muy concurrido. Los días que precedieron a aquel
+domingo, las muchachas y muchachos, o como se decía entonces, las pollas
+y pollos, lograron sofocar con sus pláticas y preparativos el
+desagradable zumbido de la política. Fué como un momento de respiro de
+la aburrida villa. Venturita, en cuanto tuvo noticia de que se preparaba
+un baile de verdad, se apresuró a encargar a la modista un lujosísimo
+vestido, para disfrazarse de Isabel de Inglaterra y otro para Cecilia,
+de dama de Luis XV. Esta se había resistido bastante a ir al baile. Fué
+tanto, no obstante, el empeño que Gonzalo puso en ello, sin duda para
+distraerla un poco de la melancolía en que había caído, que, al fin,
+cedió. Con ir a Sarrió a probarse los trajes y dar instrucciones a la
+modista, se distrajeron algunas tardes.</p>
+
+<p>Llegó el esperado domingo. Gonzalo, que estuviera ocupado toda la
+mañana, almorzó en Sarrió. Cerca ya del obscurecer se volvió a Tejada
+con el objeto de comer con la familia y traer a su mujer y cuñada al
+baile. Cuando llegó, éstas se estaban vistiendo ya en sus respectivas
+habitaciones. Ambas se presentaron en el comedor un poco después de la
+hora acostumbrada, primorosamente ataviadas. Cecilia, como suele
+acontecer a todos los temperamentos serios cuando se animan súbitamente,
+estaba encendida y locuaz. Parecía haber sacudido las ideas negras que
+tanto obscurecían su rostro en los días anteriores. Gonzalo, antes de
+ponerse a la mesa, bromeó graciosamente, tanto con ella como con su
+mujer. Mientras duró la comida no dejó de reirse a su costa con aquella
+ruidosa y cordial alegría que le caracterizaba.</p>
+
+<p>—¿Vuestra majestad no quiere un poco de chorizo?—decía dirigiéndose a
+su esposa. Y luego, regocijado por su frase, soltaba una larga y sonora
+carcajada, como las que debían lanzar los reyes bárbaros en sus
+festines, sacudiendo su enorme tórax con temerosas convulsiones. Su
+alegría de hombre sano y bien equilibrado era comunicativa. Nadie dejaba
+de reirse cuando a él se le ocurría hacerlo. Aquella noche Ventura
+estaba muy amable y daba palmetazos en las espaldas a su marido
+pidiéndole que callase, que no podía comer en paz. Después que
+concluyeron, cuando estaban tomando el café, sea por haberse reído
+demasiado o por cualquier otra causa, la joven esposa se sintió mal del
+estómago. La comida le había hecho daño. Dijo que tenía ganas de
+devolverla. Y en efecto, se fué a su cuarto y al poco rato volvió
+diciendo que había arrojado y le dolía la cabeza. Se le hizo te. Estuvo
+reposando sobre un diván algún tiempo; mas el dolor y la incomodidad no
+desaparecían.</p>
+
+<p>—Mirad; idos vosotros al baile. Yo me voy a meter en la cama—dijo
+levantando la cabeza.</p>
+
+<p>Cecilia, por cuya mente cruzó súbito una sospecha, respondió:</p>
+
+<p>—No; yo me quedo también.</p>
+
+<p>—¡Qué tontería!—exclamó la enferma.—¿Vais a privaros de la única
+diversión que hay en Sarrió hace tiempo, por una cosa tan ligera?</p>
+
+<p>—Sí—replicó Cecilia con la misma gravedad.—Yo me quedo.</p>
+
+<p>—Pero, mujer, ¡si sabes que esta incomodidad la padezco yo a menudo! Es
+un poco de bilis. En cuanto duerma cuatro o cinco horas estoy buena.</p>
+
+<p>—Pues yo me quedo.</p>
+
+<p>—Pues me obligarás a mí a ir enferma y todo—dijo con impaciencia,
+levantándose.</p>
+
+<p>—Tiene razón Ventura, Huesitos—dijo Gonzalo cogiendo a su cuñada por
+los hombros y sacudiéndola cariñosamente.—Esto no es nada; lo ha tenido
+cien veces. ¿Por qué te has de privar tú de ir al baile?... Ea, ea, a
+tomar el abrigo. Ramón ya ha enganchado. Son más de las nueve y
+media—añadió empujándola hacia la puerta.</p>
+
+<p>Cecilia no pudo resistirse. Antes de salir dirigió una penetrante mirada
+a su hermana, que ésta se apresuró a evitar sentándose de nuevo.</p>
+
+<p>Abajo les esperaba ya, en efecto, Ramón, con el familiar enganchado.
+Llevaban el carruaje mayor que tenían. Don Rosendo y Pablito, que se
+habían quedado a comer en Sarrió, volverían probablemente con ellos a la
+madrugada. Durante el trayecto, Gonzalo se mantuvo alegre y hablador,
+dando matraca a su cuñada, la cual estaba taciturna en demasía. El joven
+creía que el recuerdo de la fatal escena que narramos la atormentaba, y
+hacía vivos esfuerzos por distraerla.</p>
+
+<p>La sociedad del Liceo se hallaba establecida en la única ala sana de un
+viejo convento derruído. Primero había sido escuela; mas cuando el
+ayuntamiento edificó el nuevo local, hacía ya algunos años, la sociedad,
+que tenía uno malísimo, se trasladó a éste, previo un arreglo o
+restauración que dirigió don Mateo y costó muy buenos cuartos. Los
+trabajos, sin embargo, se limitaron casi exclusivamente al salón de
+baile y la escalera. La secretaría, el despacho del presidente, la sala
+de ensayos de la orquesta, eran amplias y desnudas cuadras, con el
+pavimento de madera podrido y roto, y las paredes blanqueadas.</p>
+
+<p>La escalera estaba bien iluminada y adornada con macetas de flores, que
+atestiguaban el celo y el gusto de don Mateo. Gonzalo y Cecilia la
+subieron de bracero. Al llegar arriba atravesaron una vasta antesala
+donde gran número de jóvenes se apresuraron a abrirles paso y saludarles
+con la familiaridad que se usa en los pueblos pequeños. En el salón
+había ya bastantes damas, todas disfrazadas, aunque la mayor parte de
+ellas, como Cecilia, sin máscara. Para los sarrienses era aquello una
+sorpresa. En los cinco últimos años, los bailes del Liceo parecían
+visitas de pésame. Media docena de señoritas más o menos jóvenes, con
+los hombros y el pecho al aire, el rostro muy empolvado, departiendo en
+voz baja allá en un ángulo del vasto salón, mientras a su lado las
+mamás sacaban tiras de pellejo a alguna amiga ausente. Otros tantos
+pollos dando vueltas en la antesala, el aire triste, la mirada opaca,
+abrochándose mutuamente los guantes con las horquillas de sus hermanas.
+Generalmente eran los mismos. Cada pollo bailaba dos o tres polkas,
+rigodones o lanceros con las hermanas de sus amigos. A las doce o doce y
+media salían todos en pelotón, remangándose los pantalones y las faldas
+respectivamente, y guareciéndose debajo de los paraguas, charlando en
+voz alta al través de las calles solitarias y húmedas. Los vecinos, a
+quienes el sueño no tenía presos, decían:—«Ahora salen del Liceo». Esto
+era todo. Don Mateo, firme, indomable, conservaba tenazmente, con
+amoroso esmero, este exiguo rescoldo del fuego del placer.</p>
+
+<p>Gracias a su perseverancia, aquella noche se convirtió en viva y animada
+hoguera. La juventud de la villa tuvo fuerzas para arrollar las ruines
+pasiones que agitaban los pechos de sus papás, y entró en aquel
+solitario salón como un torrente desbordado, haciéndolo resonar con sus
+risas y pláticas, con chillidos horrísonos:</p>
+
+<p>—Alvaro, ¿me conoces? ¿me conoces? ¿Por qué no te casas? Mira que ya
+vas caminando para Villavieja.</p>
+
+<p>—Periquito, ¿te gusto?... ¿Que alce la careta?... ¿Para qué lo
+necesitas? Tú no te enamoras de las caras y haces bien. ¡Teniendo de
+aquí... y de aquí! ¿Eh? Adiós, adiós, Periquito.</p>
+
+<p>—Hola, Delaunay... Hola, <i>monsieur</i>. ¿Cómo va ese tranvía aéreo? ¡Qué
+cosas se te ocurren! ¡Qué gran cabeza tienes! ¡Lástima que seas tan
+desgraciado! Dicen que no eres hombre práctico. Sin embargo, supiste
+arreglar a la hija del Rato... Adiós, adiós...</p>
+
+<p>—¿Qué tal, Sinforoso? ¿Cuándo te dan la mano de Cipriana?... Bien te
+hacen penar, hombre. ¿Por qué no los amenazas con pasarte otra vez al
+Saloncillo?</p>
+
+<p>Había muchas señoras con dominó negro, que eran las que daban estas
+bromas, demasiado vivas a veces. La mayor parte de ellas eran viejas. A
+las jóvenes, les gustaba mostrar el palmito y la esbeltez de su talle,
+con algún traje histórico. Había damas venecianas, romanas, del bajo
+imperio, hebreas, de la época de Luis XV, del Directorio, de Felipe II,
+y hasta pasiegas de los tiempos más recientes. Había también, algunas
+gitanas, nigrománticas y cautivas. Veíanse trajes caprichosos y
+románticos, que no admitían clasificación; uno de <i>noche estrellada</i>,
+otro de tulipán, otro de paloma viajera con una cartita al cuello. Los
+hombres en general no llevaban disfraz: vestían la larga y desairada
+levita, que sólo salía a relucir en ocasiones como ésta. Sin embargo,
+veíanse algunos con dominó, que les servía para acercarse y hablar a sus
+novias, sin peligro de ser interrumpidos por las mamás. Un grupo de
+jóvenes afiliados al Camarote, que venían de este modo, habían tenido la
+feliz ocurrencia de disfrazar a don Jaime Marín de maragato. Cuando le
+tuvieron vestido de esta suerte, le dijeron que mejor que careta,
+convenía que se pintase; a lo cual él se prestó. Tomó un chico el pincel
+y la caja de pinturas, y fingiendo que le embadurnaba con mil colores,
+le paseó el pincel largo rato por la cara, mojado en agua solamente.
+Pidió Marín un espejo para verse. Los maleantes jóvenes tuvieron buen
+cuidado de no proporcionárselo. Todo se volvía gritar:—¡Pero qué bien
+está usted, don Jaime! ¡qué horrorosamente pintado! Ni la madre que le
+parió puede conocerle. Bajo la fe de esta palabra, el buen Marín se dejó
+llevar al Liceo. Sus amiguitos le aconsejaron que no dejase de dar
+bromas a ciertas señoritas; a lo que él contestaba, que serían como
+sinapismos. Y en efecto, así que entró en el salón, comenzó a dirigirse
+a las muchachas gritando con voz de falsete:</p>
+
+<p>—Hola, Rosarito, ¿dónde has dejado a Anselmo? Ya sabemos que todas las
+noches a las diez le tiras una cartita por el balcón.</p>
+
+<p>—¡Pero, don Jaime!—exclamaba la niña mirándole con sorpresa.—¿Usted
+cómo viene así?</p>
+
+<p>—¡Diablo! Ya me ha conocido—decía el buen Marín alejándose.</p>
+
+<p>Dirigíase inmediatamente a otra, y pasaba lo mismo.</p>
+
+<p>—Es particular—concluyó por decirse.—Todas me conocen al instante...
+Será por la voz, porque lo que es pintado, ¡lo estoy de órdago!</p>
+
+<p>Cuando estaba haciéndose esta reflexión, una mano huesuda le agarró por
+detrás.</p>
+
+<p>—Gran burro, bobalicón, zoquete, ¿quién te ha metido aquí de este modo?</p>
+
+<p>Era su amada compañera, la ingeniosa y severa doña Brígida.</p>
+
+<p>—¡Anda, bestia, anda, que siempre has de servir de payaso en todas
+partes!</p>
+
+<p>Y a empujones lo fué sacando del salón. La buena señora, que venía
+disfrazada con dominó y careta, luego que le dejó en la antesala con
+orden expresa y terminante de irse inmediatamente a casa, se volvió a
+meter en el centro del baile, donde tenía un asunto de importancia que
+resolver, como luego veremos.</p>
+
+<p>Rodeado por un grupo de máscaras estaba el simpático don Feliciano
+Gómez. Su gran pirámide de cabeza monda y reluciente, descollaba
+soberbia por encima. Eran mujeres las que formaban círculo en torno
+suyo, armando algarabía insufrible. Las bromas que le prodigaban tocaban
+a menudo en la injuria.</p>
+
+<p>—¡Feliciano, milagro que te han dejado venir al baile tus hermanas! ¿A
+qué hora te han mandado retirarte? Dicen que doña Petra te castiga
+cuando llegas tarde, ¿es verdad? ¡Pobre Feliciano! ¡Qué severas son tus
+hermanas! Ya que no te han permitido casarte, debieran darte un poco más
+de libertad.</p>
+
+<p>El bravo comerciante, sin ofenderse, contestaba con sonrisa bondadosa a
+aquellas arpías. Al fin, cansadas de su paciencia, le dejaron en paz.</p>
+
+<p>El adorable Pablito, vestido correctamente de frac, con una flor blanca
+en el ojal, llevaba a cabo mientras tanto la conquista de cierta hermosa
+hebrea, hija de un comandante de artillería que acababa de llegar. La
+pobrecilla, al ver rendido a sus pies al joven más rico y más apuesto
+de la villa, dejaba escapar por todos los poros de su lindo rostro
+ruborizado, el gozo íntimo que le embargaba. ¡Qué sonrisas, qué gestos
+tan expresivos! Las muchachas de la población la miraban con expresión
+de burla. Aquellas miradas decían:—«Goza, goza un poco, infeliz, que
+pronto vendrá el desengaño».</p>
+
+<p>Pablito, inclinado, sumiso, la vertía al oído frases ardientes e
+ingeniosas como éstas:</p>
+
+<p>—Ayer cuando venía de Tejada, la he visto a usted con su papá, tan
+guapetona como siempre.</p>
+
+<p>—¡Qué guasón! También yo le vi. Venía usted en coche abierto. Guía
+usted muy bien.</p>
+
+<p>—Es favor, Carmencita. Guiar ahora esos caballos no tiene nada de
+particular, lo hace cualquiera. ¡Si los viera usted cuando los compré!
+El cochero de don Agapito los había echado a perder enteramente; sobre
+todo el Gallardo, el de la izquierda, ¿sabe usted? un poco más obscuro
+que el otro... Aquél era una cosa perdida. Si cae en otras manos, a
+estas horas no vale dos pesetas. Hoy es mejor que el otro todavía...
+Cuestión de paciencia, ¿sabe usted?—añadió con fingida modestia.</p>
+
+<p>La linda hebrea protestó:</p>
+
+<p>—Vamos, no se haga usted el pequeño, que ya sabemos que lo hace usted
+muy bien.</p>
+
+<p>—Paciencia y un poco de costumbre—repitió Pablito bañándose en agua de
+rosas.</p>
+
+<p>Después le explicó con toda latitud lo que en su concepto constituía un
+buen cochero. La mano suave y firme al mismo tiempo, el ojo vivo,
+castigar fuerte cuando hace falta, pero sin irritarse; luego un gran
+conocimiento de lo que son los caballos. Sin el estudio atento y
+reflexivo del temperamento de estos animales, imposible guiar
+regularmente. Carmencita le escuchaba embelesada.</p>
+
+<p>A Cecilia se le había acercado, poco después de entrar en el salón, Paco
+Flores, aquel ingeniero que pidió su mano por mediación de Gonzalo.
+Desde que la joven le diera calabazas, él, que, como hemos visto, sólo
+buscaba una mujer modesta, hacendosa y con algún dinero, se había
+enamorado de ella y la perseguía a sol y sombra. En Sarrió, al ver la
+persistencia del ingeniero en festejar a la primogénita de Belinchón, se
+creía que apetecía sólo con ansia la dote. Era un error. Flores se había
+llegado a enamorar de veras. Si Cecilia se quedase pobre repentinamente,
+lo mismo la haría su mujer. La conducta de ésta, también era adecuada
+para encender su ilusión. A todos sus obsequios y galanterías respondía
+siempre con amabilidad y gratitud. No había peligro de que la joven se
+retirase del balcón cuando él pasaba, ni esquivase su conversación
+cuando le encontraba en alguna casa conocida o le diese alguno de esos
+desaires que tanto hacen gozar a la mayoría de las muchachas. Le trataba
+como un buen amigo, guardándole todas las atenciones que se deben a la
+persona que se estima. Pero en cuanto el ingeniero quería pasar
+adelante, pedía un poco de amor, un rayo de esperanza, siquiera para el
+día de mañana, encontraba la misma negativa, suave, firme y constante. Y
+lo peor era que Cecilia, al negar, no lo hacía con placer, sino con
+repugnancia, como si le doliese causar disgusto a un amigo. Este
+sentimiento hería aún más el amor propio del pretendiente.</p>
+
+<p>Después que bailaron un vals, sentáronse fatigados en un ángulo del
+salón. Flores le había cogido el abanico, y la abanicaba
+respetuosamente.</p>
+
+<p>—Así quisiera pasarme la vida—dijo con acento sincero.</p>
+
+<p>—¡Oh! Se cansaría pronto—respondió Cecilia sonriendo.</p>
+
+<p>—¿Quiere usted probarlo?</p>
+
+<p>La joven no contestó.</p>
+
+<p>—No es usted, Cecilia, de las mujeres que hastían pronto. Posee usted
+en su corazón y en su inteligencia recursos para tener siempre a sus
+pies al hombre que la ame. Hace más de dos años que vivo enamorado de
+usted, y, en vez de cansarme, cada vez me siento más ligado a usted,
+cada vez la adoro más perdidamente... hasta el punto de ser la burla de
+la población.</p>
+
+<p>—Eso no se puede decir de antemano—repuso ella, un poco conmovida por
+el fuego y la emoción que Flores había comunicado a sus palabras.—No es
+lo mismo ver a una mujer cortos instantes, y hablarla de Pascuas a
+Ramos, que tenerla a su lado eternamente.</p>
+
+<p>—¡Qué más quisiera yo, Cecilia! Tenerla junto a mí siempre,
+¡siempre!—replicó en voz baja y temblorosa el ingeniero, jugando con el
+abanico y mirando fijamente al suelo.—Consagrar mi vida a servirla, a
+adorarla de rodillas... Yo sé que haría usted feliz a cualquier hombre,
+pero a nadie tanto como a mí que conozco las grandes cualidades de su
+alma, que adivino además en su corazón sentimientos que acaso sean
+enteramente desconocidos para otros... ¡Es terrible! Eso de que usted no
+me haga concebir la más remota esperanza de que algún día, por lejano
+que sea, mi cariño llegue a ablandarla, y me acepte siquiera por
+esclavo...</p>
+
+<p>—Le acepto por amigo, por buen amigo—dijo la joven gravemente.</p>
+
+<p>—Amigo, ¡oh!... Esa amistad, Cecilia, es una muralla de hielo que se
+interpone entre usted y yo... Comprendo que no tengo mérito alguno para
+merecer el amor de usted... que hay cien jóvenes en la villa que
+pudieran con más derecho solicitarlo... Pero lo extraño, lo que me anima
+y desanima a un mismo tiempo, es que usted no se ha fijado en ninguno
+hasta ahora... Su corazón permanece ocioso, indiferente... Digo, a no
+ser que tenga usted algún amor oculto.</p>
+
+<p>Cecilia se estremeció levemente y levantó un poco los ojos hacia el
+sitio donde se escuchaba la voz de Gonzalo. Después respondióle con más
+severidad que de ordinario:</p>
+
+<p>—Deje usted de estudiar tanto mi interior, Flores; primero, porque lo
+más probable es que sea tan vulgar como el de la mayoría de las mujeres,
+y segundo, porque, si hubiera algo de particular en él, no sería fácil
+que usted lo descubriera.</p>
+
+<p>—No se ofenda usted, Cecilia. Este estudio es una prueba nada más de lo
+mucho que usted me interesa.</p>
+
+<p>—No me ofendo—replicó la joven procurando sonreir.—Voy a saludar a
+Rosario. ¿Quiere usted llevarme?</p>
+
+<p>En la antesala, separada sólo por algunas columnas del salón, charlaban
+los padres graves, echando ojeadas satisfechas a éste, donde veían a sus
+hijas divertirse. Alguna vez, se destacaba un máscara del baile, y venía
+a embromarles. Era alguna vieja contemporánea que les hacía reir y toser
+hasta reventar con historias antiguas. Don Rosendo charlaba en un rincón
+con don Melchor de las Cuevas. Explicábale un vasto proyecto de puerto,
+grandioso como todos los suyos. Porque no es posible representarse bien
+lo que había crecido la ciencia, ya grande, de Belinchón en los últimos
+años. Era una ciencia más intuitiva que adquirida a fuerza de estudio,
+como acontece a todos los grandes hombres. Al principio, cuando iba a
+escribir en <i>El Faro</i> sobre un tema que no conocía, mostrábase receloso,
+vacilante, tímido. Mas en cuanto aprendió bien los tópicos del
+periodismo, y tuvo a su disposición una buena cantidad de frases hechas,
+y sobre todo, en cuanto recibió un diccionario enciclopédico en quince
+tomos, que le costó no menos de dos mil reales, ¡aquello sí que fué
+cortar y rajar! No hubo asunto o problema científico, social, económico
+y político en que don Rosendo dejase de meter la cucharada con gran
+lucimiento. Se trataba de la peste que hacía estragos en el ganado: don
+Rosendo buscaba en su diccionario las palabras <i>ganado, caballo, toro,
+carnero, forrajes, industria pecuaria</i>, etcétera, y así que leía lo que
+decía sobre ellas, tomaba la pluma, y su genio periodístico se encargaba
+de trazar uno o varios artículos, rebosando de filosofía y erudición.
+Venía, como ahora, la cuestión del puerto, y acudía al diccionario en
+busca de las palabras <i>puerto, dársena, mareas, dragas, vientos</i>, etc.
+Siete artículos llevaba escritos y publicados a la sazón, para demostrar
+la necesidad de construir una gran dársena frente a Sarrió, en un punto
+denominado Fonil. Parecía un marino consumado, harto de surcar los
+mares, encanecido en el estudio de los problemas hidráulicos. Sin
+embargo, el señor de las Cuevas, aunque pasmado de aquel modo de barajar
+términos marítimos, alguno de los cuales ni él mismo conocía, torcía el
+gesto a las explicaciones verbales que don Rosendo le daba. Concluyó por
+decirle, poniéndole la mano en el hombro:</p>
+
+<p>—Desengáñese usted, Belinchón: en la dársena de usted, con viento
+entablado del Noroeste, no entran ni las sardinas.</p>
+
+<p>El que más gozaba en esta fiesta, ¿quién lo diría? era un anciano, el
+buen don Mateo, a quien se debía exclusivamente. Para él, aquel baile
+significaba uno de los grandes triunfos de su vida. Más trabajo le había
+costado congregar allí a los enconados vecinos de la villa, que tomar un
+reducto a los carlistas en la acción de Guardamino. No cesaba en toda la
+noche de andar, mejor dicho, de arrastrarse de un lado a otro,
+expidiendo órdenes a los criados, al conserje, a la orquesta.</p>
+
+<p>—Gervasio, ahora las bandejas de dulces... ¡Coged uno de cada lado,
+mastuerzos!—¿Qué quiere usted, señor Anselmo? ¿Piden los muchachos que
+en vez de vals sea rigodón? Pues toque usted rigodón.—A ver, pollos,
+que hay una porción de señoras en el tocador que no tienen pareja para
+salir.—¡Marcelino! ¿dónde se ha metido Marcelino? Baja al portal, que
+un pillo ha tirado una pedrada al farol, y lo ha roto.—¡Pero, don
+Manuel, si no son más que las dos! ¿Se quiere usted llevar ya a las
+niñas, y aún no hemos roto la piñata?</p>
+
+<p>Aquella noche estaba rejuvenecido el buen señor. Gozaba por todos los
+jóvenes, como los místicos gozan en una comunión general. De vez en
+cuando sus ojos opacos se fijaban por encima de las gafas, en el globo
+de madera que colgaba en medio del salón, y lo acariciaba con una
+sonrisa de placer. Aquel primoroso artefacto, venido de Burdeos, estaba
+pintado con rayas azules y blancas. Por debajo de él pendía una multitud
+de cintas de varios colores, todas las cuales, menos una, quedarían en
+las manos de las señoritas, al tirar por ellas. A la que diera con la
+cinta que abría la piñata se le adjudicaba el globo, cargado, sin duda,
+de confites, y, según se decía, de chucherías muy lindas.</p>
+
+<p>Gonzalo, en el medio del salón, mostrábase también alegre, departiendo
+cuándo con una, cuándo con otra dama. Había bailado con su cuñada un
+rigodón, y una polka y un vals con dos amigas de su esposa. Sudaba
+copiosamente. No cesaba de limpiarse la frente con el pañuelo. Su gran
+figura de coloso, descollaba como una torre por encima de todas las
+cabezas.</p>
+
+<p>—¡Qué animado está el señor alcalde!—le decía una dama del bajo
+imperio.</p>
+
+<p>—Hay que aprovecharse de la ausencia de Ventura—respondía el joven
+riendo.—¿Dónde está su marido, Magdalena?</p>
+
+<p>—Por ahí anda.</p>
+
+<p>—Baile usted conmigo esta polka. Vamos a engañar a nuestros cónyuges
+respectivos.</p>
+
+<p>—No puedo. La tengo comprometida con Peña.</p>
+
+<p>Mientras así charlaba con todos los que se le acercaban, una mujer
+rebujada en dominó negro, con máscara del mismo color, no le perdía de
+vista un momento, situada ahora en un punto, ahora en otro; pero siempre
+a corta distancia de él. Por los agujeros de la careta se veían dos ojos
+lucientes y fieros. Era doña Brígida, la ingeniosa compañera del
+rebajado Marín, que acechaba el momento oportuno, como el barítono de
+<i>Un ballo in maschera</i> para dar la puñalada. La víctima allí, era un
+príncipe; aquí, nada más que alcalde. Las razones que la eminente señora
+tenía para meditar tal crimen, no serán tan poderosas como las del
+barítono a los ojos de un hombre; mas de seguro lo parecen a cualquier
+mujer. <i>El Faro de Sarrió</i>, en su afán de morder a todos los socios del
+Camarote, a sus parientes y amigos, la había emprendido desde hacía tres
+o cuatro meses, con la esposa de Marín. Salieron a relucir todos los
+secretos domésticos; la vida del matrimonio, la dependencia y
+degradación de Marín fueron puestas en caricatura. Se contaban a este
+propósito, en letras de molde, todas las anécdotas más o menos chistosas
+que corrían por la villa, y algunas más descubiertas o inventadas por
+los maleantes redactores. Y como si esto fuera poco, no había número del
+citado periódico en que de un modo u otro no se hiciese mención de la
+peluca de doña Brígida, que por tal circunstancia había llegado a ser
+popular en Sarrió. La irritación, la rabia, el odio y el deseo de
+venganza que se habían despertado en esta señora, nadie se los puede
+figurar. Baste decir que, cuando veía a cualquier redactor de <i>El Faro</i>
+en la calle, empalidecía horriblemente; costaba gran trabajo impedir que
+se le arrojase al cuello, como un gato rabioso. Hasta entonces no había
+podido satisfacer aquella ansia de venganza que la devoraba. Por eso
+ahora, contemplando a Gonzalo, se relamía de gozo, se estremecía de
+anhelo, como el tigre que divisa la presa. Aprovechando un instante en
+que nadie hablaba con él, se fué hacia él muy quedo y por detrás. Y
+poniéndose repentinamente delante, escupió más que dijo estas palabras:</p>
+
+<p>—Gonzalo, ¿cómo eres tan borrico? Estás siendo la burla y la risa de
+todo el mundo. No hay una sola persona en el baile que no sepa que tu
+mujer está durmiendo a estas horas con el duque de Tornos.</p>
+
+<p>El joven quedó como si le hubieran dado con un mazo en la frente. Se
+puso densamente pálido. Trató de agarrar a la infame máscara para
+arrancarle la careta; mas no le fué posible. Doña Brígida se había
+escabullido como una anguila por entre la gente. Como había muchas
+señoras con el mismo disfraz, imposible saber quién era. Entonces se
+apresuró a salir del salón. Las palabras aquellas le sonaban dentro de
+la cabeza como feroces martillazos. Temió caerse. En la antesala
+respondió con sonrisa estúpida a las frases amicales que le dirigían. Su
+tío don Melchor, viéndole tan pálido, vino hacia él:</p>
+
+<p>—Qué tienes, Gonzalillo: ¿te sientes mal?</p>
+
+<p>—Sí... Voy a tomar una taza de te.</p>
+
+<p>—Te acompaño.</p>
+
+<p>—No, no; vuelvo en seguida.</p>
+
+<p>Y corrió, dejándole plantado cerca de la puerta.</p>
+
+<p>Bajó las escaleras. Se encontró en la calle sin darse cuenta de lo que
+hacía. El aire frío de la noche le refrescó la cabeza y le hizo volver
+en su acuerdo. Súbitamente tomó la resolución de partir a Tejada. Buscó
+con la vista el coche y no le vió. Sin duda Ramón estaba en casa aún.
+Miró el reloj. No eran más que las dos y media. Dirigióse a paso largo
+hacia la casa de su suegro, en la Rúa Nueva, mas cuando hubo dado unos
+pasos, advirtió que iba sin sombrero y de frac. Volvióse al Liceo. Al
+primer criado con quien tropezó en la escalera, le pidió que le bajase
+el sombrero y el abrigo.</p>
+
+<p>Cuando llegó a casa, Ramón estaba enganchando ya.</p>
+
+<p>—Ramón, vas a llevarme ahora mismo a Tejada a todo escape.</p>
+
+<p>El cochero le miró con sorpresa.</p>
+
+<p>—¿Se ha puesto peor la señorita?</p>
+
+<p>—Me parece que sí—respondió metiéndose en el coche.—Para antes de
+llegar... en la revuelta del molino, ¿entiendes?</p>
+
+<p>—Teme asustar a la señorita, ¿verdad?—preguntó el cochero con gran
+penetración.</p>
+
+<p>No contestó.</p>
+
+<p>Los caballos partieron a escape, haciendo bailar el coche ásperamente
+por encima del empedrado desigual de la villa. Gonzalo no advirtió
+siquiera aquel movimiento que le sacudía rudamente las visceras, ni el
+tránsito a la carretera al dejar la población. Toda su atención estaba
+fija, concentrada en un punto. ¿Sería verdad, o no? Desgraciadamente,
+sin saber él mismo por qué, la convicción de que su esposa le estaba
+engañando, entraba en su alma y se enseñoreaba de ella. Cuando había
+venido a Tejada a pie, hacía dos meses escasos, esta convicción no
+quería entrar. Por mucho que hacía para convencerse de que la delación
+del periódico era verdad, su mente y su corazón se negaban a darle
+asenso. Ahora sucedía todo lo contrario. Se hacía infinitas reflexiones
+para persuadirse a que la acusación de la encapuchada no era más que vil
+expresión de la envidia y el despecho en algún enemigo oculto, y a pesar
+de ellas no podía menos de darla fe.</p>
+
+<p>Cuando el coche paró, no se dió cuenta del tiempo que hacía que
+caminaba; lo mismo podía ser un día que un minuto. Salió de su sueño y
+brincó del carruaje al suelo.</p>
+
+<p>—Ahora vuélvete por la familia—le dijo a Ramón,—y no digas que me has
+traído. No hay necesidad de asustarles.</p>
+
+<p>Se dirigió lentamente hacia la puerta del parque, que estaba a unos
+doscientos pasos, mientras el coche se alejaba en sentido contrario.
+Cuando llegó, la tocó con mano trémula. Estaba abierta como la otra vez.
+Sintió un frío extraño en el corazón que le obligó a detenerse. Entró al
+fin con cautela, y quiso ver si estaba la llave por dentro para
+cerrarla; pero no la halló. La noche no estaba clara ni obscura; el
+cielo toldado. Llovía un agua menudísima, muy frecuente en el país, que
+impregna al cabo la ropa como la gorda, y aun mejor. No hacía ruido
+alguno al caer sobre los árboles y plantas del parque; pero aquéllos,
+empapados ya, al ser heridos por una ráfaga de viento, dejaban escapar
+multitud de gotas, un verdadero chubasco, que sonaba sobre los caminos
+con suave y fugaz repiqueteo.</p>
+
+<p>Gonzalo se acordó de que no traía arma alguna. Pero alzó los hombros con
+desdén, con una confianza absoluta de que si llegara el caso no iba a
+hacerle falta. Miró a todos lados a ver si descubría el caballo del
+Duque y no lo vió. Lo que sí percibió fué la sombra de un hombre
+deslizándose al través de los árboles. Corrió hacia ella, mas se
+desvaneció al instante. Figurósele que era Pachín, el criado, y le
+acometió la sospecha de que él era el traidor que abría la puerta al
+Duque. Después de la noche aquella en que halló a su cuñada con éste,
+se había dedicado a averiguar quién era el que dentro de casa le
+protegía, sin lograr nada. En quien menos podía sospechar era en un
+criado tan antiguo como Pachín.</p>
+
+<p>Pensó entonces en que podía ir a avisar a los traidores, y tomó otra vez
+la dirección de la casa a la carrera para ganarle por la mano. Subió de
+nuevo por la parra al cuarto de su suegro. Esta vez, el balcón estaba
+llegado nada más. De puntillas, pero velozmente, se dirigió al gabinete
+presa por un movimiento automático, como si, habiendo encontrado allí al
+Duque una vez, fuese de necesidad que estuviese siempre. Grande fué su
+estupor al encontrarlo desierto y obscuro. Quedó un momento clavado al
+suelo. Pero movido súbito por una idea, corrió al cuarto matrimonial,
+donde Ventura dormía. Hallólo cerrado por dentro. Llamó con la mano.</p>
+
+<p>—Ventura, Ventura.</p>
+
+<p>—¿Quién está ahí?—gritó de adentro su esposa con voz extraña,
+indefinible.</p>
+
+<p>—Soy yo... abre, abre pronto.</p>
+
+<p>—Estoy en la cama.</p>
+
+<p>—No importa, abre pronto.</p>
+
+<p>—Déjame vestirme.</p>
+
+<p>—No; abre en seguida o rompo la puerta.</p>
+
+<p>—Voy, voy allá.</p>
+
+<p>El joven aguardó un instante. En vez de la puerta, creyó percibir que se
+abría el balcón del cuarto.</p>
+
+<p>—¡Abre, Ventura!—gritó con furor.</p>
+
+<p>Y no recibiendo contestación, dió un golpe a la puerta con su poderosa
+pierna de cíclope, e hizo saltar el pestillo con estrépito. El cuarto
+estaba en tinieblas.</p>
+
+<p>—¡Ventura, Ventura!—gritó.</p>
+
+<p>Nadie contestó. Sacó con mano trémula una cerilla, y paseó una mirada de
+loco por la habitación. Su esposa estaba en camisa acurrucada en un
+rincón, pálida, desencajada. Gonzalo no detuvo los ojos en ella. Miró a
+todas partes en busca de algo, y, percibiendo el balcón entreabierto, se
+lanzó hacia él. Abrió. Vió correr entre los árboles una cosa blanca, el
+bulto de un hombre en mangas de camisa. No se descolgó. Saltó de un
+brinco al jardín, y corrió hacia él como una saeta. Mas el hombre ya
+llegaba a la puerta de hierro, la abría, desaparecía. Gonzalo le siguió
+poco después, pero al echar una mirada en torno, le vió entre las
+sombras, montado a caballo, lanzándose a la carrera en dirección a
+Nieva. Comprendió en seguida que era inútil perseguirle. Animado, no
+obstante, de una esperanza loca, volvió corriendo a las cuadras, sacó su
+hermoso caballo de silla, y, poniéndole un freno, saltó sobre él en
+pelo, y se lanzó igualmente a escape por la carretera de Nieva. No
+llevaba espuelas ni látigo, mas el bravo animal obedeció a su voz, mejor
+dicho, a sus rugidos, y tomó un escape violentísimo. Los ojos del
+caballo veían el camino. El no percibía delante de sí más que un gran
+agujero negro donde iba a sumirse. Los altos álamos que orlaban la
+carretera, pasaban raudos a su lado como negros fantasmas.</p>
+
+<p>—¡Up, up, up!</p>
+
+<p>El noble bruto volaba como si le clavase el acicate. Así corrió por
+espacio de media hora.</p>
+
+<p>—Es imposible—se dijo.—Su caballo es aún mejor que el mío, y me
+llevaba una delantera de dos tiros de fusil lo menos.</p>
+
+<p>Mas cuando se iba haciendo esta reflexión, y vacilaba en tirar del freno
+al caballo, pasó por delante de otro, que estaba a un lado de la
+carretera, ensillado y sin jinete. Paró en firme al suyo con trabajo.
+Dió la vuelta para ver lo que era aquello. Reconoció en seguido la jaca
+inglesa del Duque.</p>
+
+<p>—¡Oh—rugió,—ya eres mío!</p>
+
+<p>Porque se imaginó en seguida que había caído. Apeóse y reconoció el
+terreno, pero no dió con el jinete. Encendió cerillas, y nada, no
+encontró rastro del Duque.—«Puede ser que oyendo el galope de mi
+caballo, y temiendo que le alcanzase, se haya escondido por aquí
+cerca»—se dijo. Saltó a los prados, reconoció todo lo escrupulosamente
+que pudo a la luz de las cerillas los alrededores, miró detrás de los
+setos, escudriñó la maleza, siguió un buen trecho la orilla de un arroyo
+que había a la izquierda. Pero se agotó la caja de fósforos antes que
+pudiese topar con su enemigo. Dió la vuelta desesperado, bramando de
+rabia.</p>
+
+<p>Si efectivamente el duque de Tornos andaba por allí escondido, ¡qué buen
+rato debió de haber pasado!</p>
+
+
+
+<div class='chapter' /><h2 class="top15"><a name="XIX" id="XIX"></a>XIX</h2>
+
+<p class="c">En que da fin la presente historia con algunos notables, cuanto tristes
+sucesos</p>
+
+
+<p>Ventura, así que vió desaparecer a su esposo por el balcón, se vistió
+apresuradamente. Salió del cuarto en busca de algún criado. Justamente
+llegaba Pachín, con una luz en la mano, con la faz descompuesta.</p>
+
+<p>—El señorito va corriendo detrás del señor Duque por la huerta—dijo,
+con voz apenas perceptible.</p>
+
+<p>—¿Lo alcanzará?—preguntó la infiel esposa, muy pálida, aunque repuesta
+ya bastante del susto.</p>
+
+<p>—No lo creo. El señor Duque tiene el caballo amarrado al lagar de
+Antón. Lleva delantera para poder montar, y entonces imposible seguirle.</p>
+
+<p>—¿Dónde me escondo yo? Si vuelve, me mata.</p>
+
+<p>—Lo mejor sería salir de casa, señorita... Venga conmigo.</p>
+
+<p>La joven le siguió al través de los pasillos. Bajaron la escalera de
+servicio, y salieron por la puerta de la cocina. Pachín quería llevarla
+a casa del párroco, que la tenía no muy lejos de la posesión. Cuando
+salieron al jardín, vieron venir corriendo a Gonzalo hacia la casa. Sólo
+tuvieron el tiempo preciso para esconderse detrás de la washingtonia
+próxima al comedor. Desde allí le vieron entrar en la cuadra, sacar el
+caballo y partir a escape. Ventura creyó morir de miedo.</p>
+
+<p>—No, no, yo no quiero ir a casa del cura. Puede volver pronto, y el
+cura no puede defenderme de él... Es un pobre viejo... Quiero ir a
+Sarrió.</p>
+
+<p>—¿Pero, señorita, a Sarrió a estas horas y lloviendo?</p>
+
+<p>—¿No hay ningún carruaje?</p>
+
+<p>—Hay la berlina; pero faltan los caballos... Aguarde usted un poco, voy
+a ponerle las varas, y engancharemos la jaca del señorito Pablo... No
+respondo de que tire.</p>
+
+<p>—¡De prisa, de prisa!</p>
+
+<p>Todo lo más que pudo, Pachín hizo lo que decía. Ventura se metió en el
+coche, y partieron. Aunque al principio la jaca se rebeló un poco,
+puesta ya en la carretera, con la querencia de la cuadra de Sarrió,
+donde estaba generalmente, anduvo bastante bien. La joven ordenó al
+criado que la llevara a casa de don Rudesindo, con cuya señora mantenía
+bastante relación. Allí se refugió, y estuvo hasta que su padre, dos o
+tres días después del suceso, la llevó a Madrid. De allí a Ocaña, en uno
+de cuyos conventos la encerró, por acuerdo de él y Gonzalo. El gran
+patricio no tenía gran apego, como sabemos, a las religiones positivas;
+pero «mientras la sociedad no dispusiera de otros medios coercitivos
+para ciertas transgresiones de la moral, forzoso era acudir en demanda
+de ellos a las antiguas instituciones sociales, siquiera fuesen tan
+viciadas y deficientes como éstas».</p>
+
+<p>Volvamos ahora a Gonzalo. Pasó todo el día cerrado en Tejada, en un
+estado de agitación próximo a la demencia. La única persona que se
+atrevió a entrar en su cuarto fué don Rosendo. Aunque adornado con
+perífrasis y redundancias periodísticas que acreditaban su temperamento
+de escritor, supo hablarle un lenguaje digno y generoso. Se ponía
+incondicionalmente de parte de él, y maldecía a su hija «cuya conducta
+incalificable, barrenando <i>(últimamente le había cogido mucha afición
+don Rosendo al verbo barrenar)</i>, al mismo tiempo, la moral, el derecho y
+las prácticas sociales, la ponía fuera de toda protección legal y
+familiar». El fué quien propuso encerrarla provisionalmente en un
+convento. El pobre Gonzalo, abatido, convulso, no le contestó una
+palabra. Escuchábale paseando por la habitación en sentido diagonal, las
+manos en los bolsillos, la mirada húmeda y siniestra. Tan sólo levantó
+la cabeza para decir con firmeza:</p>
+
+<p>—Llévesela usted donde quiera... ¡Pero que no vea a mis hijas! No
+quiero que sus labios las toquen.</p>
+
+<p>Al obscurecer entró un criado a avisarle que dos señores que habían
+llegado en una carretela, deseaban hablarle con urgencia. En seguida le
+cruzó por el pensamiento lo que aquello significaba, y se apresuró a
+contestar:</p>
+
+<p>—Que entren.</p>
+
+<p>Entraron dos caballeros de Nieva. El uno era el marqués de Soldevilla,
+hombre de media edad, enteramente rasurado, color erisipeloso y dientes
+amarillos, que hablaba muy alto para aparecer campechano: el otro, un
+coronel retirado, llamado Galarza, viejo, canoso, y hombre de pocas
+palabras y amigos. Venían de parte del Duque a arreglar un asunto grave,
+que había acaecido la noche pasada, en el terreno del honor. El duque de
+Tornos no quería dejar al señor de las Cuevas sin la reparación que le
+debía. Huir en aquella ocasión, no entraba en sus costumbres y carácter,
+ni era digno de su jerarquía social. Pero al mismo tiempo, en interés de
+Gonzalo y de él mismo, exigía que todo se llevase a cabo con el mayor
+secreto posible.</p>
+
+<p>Gonzalo dejó hablar al Marqués, que fué prolijo hasta la impertinencia,
+sin pestañear, afectando una tranquilidad que no sentía.</p>
+
+<p>—Está bien—dijo cuando terminó.—Acepto, desde luego, el desafío.
+Estoy pronto a realizarlo como y cuando ustedes gusten... Un poco
+original es—añadió, al cabo, con risita nerviosa, que disfrazaba mal la
+cólera que le dominaba.—Un poco original es que sea el señor Duque
+quien desafía, siendo yo el ofendido. Ese acto, a la verdad, más que en
+la caballerosidad parece inspirado en el miedo.</p>
+
+<p>—Señor de Cuevas—interrumpió agriamente el ex coronel,—nosotros no
+podemos consentir que en nuestra presencia se permita usted esas
+apreciaciones.</p>
+
+<p>Gonzalo le miró con ojos distraídos, como si no hubiese oído, y siguió
+diciendo:</p>
+
+<p>—En realidad, yo podía y hasta debía rechazar este desafío, porque no
+es costumbre que los hombres decentes se batan con los granujas, aunque
+éstos lleven un título del reino.</p>
+
+<p>—Señor de Cuevas—profirió Galarza montando en cólera,—esto es
+insufrible. Yo no tolero que usted hable de ese modo.</p>
+
+<p>—El duque de Tornos es un granuja, ¿sabe usted?—respondió mirándole
+fija y provocativamente a los ojos.</p>
+
+<p>La verdad es que hubiera sido gran temeridad meterse con Gonzalo en
+aquel instante. Galarza se puso pálido, y dijo levantándose:</p>
+
+<p>—Está usted en su casa. Yo me retiro.</p>
+
+<p>—¿Quiere usted que vaya a decírselo fuera?—exclamó impetuosamente,
+levantándose también.</p>
+
+<p>—Señores—gritó con voz cascada el Marqués,—un poco de sosiego.
+Galarza, no tiene usted derecho a irritarse. El género de ofensa que
+nuestro apadrinado ha hecho al señor (y siento tener que referirme a
+ella), le disculpa para extralimitarse en la apreciación de su carácter.
+Creo que en el momento que acepta el duelo, hace bastante y atenúa por
+completo el sentido de sus palabras, hijas de la irritación natural en
+que se encuentra...</p>
+
+<p>Gonzalo estuvo por dejar caer la mesa, que tenía delante, sobre el necio
+conciliador. Permaneció inmóvil y silencioso, no obstante, porque
+deseaba ya ardientemente verse frente a frente con el Duque. El ex
+coronel volvió a sentarse a ruegos de su compañero. Por temor a su
+temperamento irritable o por vengarse, no volvió a pronunciar palabra.</p>
+
+<p>Gonzalo manifestó que nombraría a dos amigos para que se entendieran con
+ellos, los cuales irían al día siguiente por la mañana a Nieva. Por lo
+tanto podían volverse desde luego a este pueblo, a no ser que le
+hiciesen el honor de ser sus huéspedes aquella noche...</p>
+
+<p>Los amigos del Duque dieron las gracias: se dispusieron a marcharse.
+Cuando ya estaban en pie les dijo Gonzalo dirigiéndose, por supuesto,
+solamente al Marqués.</p>
+
+<p>—Deseo que tanto las conferencias que celebren ustedes con motivo de
+este lance, como el lance mismo, se realicen en Nieva... Porque—añadió
+con acento, mitad sarcástico, mitad enternecido,—por más que a ustedes
+les parezca raro, todavía hay en esta casa personas que me aman.</p>
+
+<p>Los padrinos prometieron complacerle, y se retiraron dando la vuelta a
+Nieva.</p>
+
+<p>Cecilia los vió partir y se puso a rondar el cuarto de su cuñado sin
+atreverse a entrar. Este, al salir en busca de Pablito, se la tropezó en
+el pasillo, que estaba medio a obscuras. La joven le cogió
+repentinamente la mano, se la apretó con fuerza, y clavándole una mirada
+anhelante, le dijo:</p>
+
+<p>—No te batas, Gonzalo.</p>
+
+<p>El tuvo fuerzas para disimular, exclamando con desprecio:</p>
+
+<p>—¡Me había de batir yo con ese canalla! ¡Nunca!... Le mataré donde le
+encuentre...</p>
+
+<p>Creyó en sus palabras; pero volvió a decirle con voz conmovida:</p>
+
+<p>—Hazlo por tus inocentes hijas.</p>
+
+<p>—Por mis hijas... y por ti—respondió acariciándole afectuosamente el
+rostro con la mano. Y se apresuró a alejarse, porque la emoción le
+ahogaba.</p>
+
+<p>Cuando halló a Pablo, le dijo reservadamente:</p>
+
+<p>—Contigo puedo hablar con franqueza. Eres un hombre y sabes bien que
+hay en la vida cosas inevitables. Acaban de irse los padrinos del Duque,
+y acabo de engañar a Cecilia prometiéndole no batirme. Como tú
+comprendes, eso es imposible...</p>
+
+<p>—¿Por qué?... No: tú no debes batirte... ¡Yo soy, yo, el que ha de
+matar a ese miserable!—exclamó fogosamente el hermoso mancebo.</p>
+
+<p>—Gracias, Pablo, gracias—respondió Gonzalo gravemente con voz
+temblorosa, apretándole la mano con efusión.—Eso no puede ser. Medita
+un poco sobre el asunto, y verás que te engañan tus buenos deseos y el
+cariño que me tienes.</p>
+
+<p>Costó mucho trabajo convencerle, sin embargo. A todo trance había de ser
+él quien desafiara al Duque primero, y ponía en prensa su no muy repleto
+cerebro, para buscar argumentos que lo hiciesen natural y lógico. Sólo
+después de larga discusión y quedando en que, si Gonzalo sucumbía o
+salía herido, él retaría al Duque, se dejó persuadir de malísima gana.</p>
+
+<p>Había en aquella adhesión y cariño que toda la familia le mostraba, en
+lo franca y resueltamente que se ponían de su parte y rechazaban con
+horror a la extraviada hija y hermana, algo que a Gonzalo le conmovía y
+le sofocaba a un mismo tiempo. Este proceder tan digno, le obligaba a él
+a usar de generosidad, no mentando en la conversación el nombre de la
+infiel, que en sus labios sólo podía ir acompañado de un epíteto
+injurioso. Pablito no se los escatimaba. Pero él comprendía muy bien que
+no debía seguirle.</p>
+
+<p>—Mira, mañana a primera hora, te vas a Sarrió y llevas unas cartas que
+yo te daré, a Alvaro y don Rudesindo. Que se pongan inmediatamente en
+camino para Nieva... procurando no asomarse a las ventanillas cuando
+pasen por aquí. Que arreglen el asunto lo más pronto posible y envíen el
+aviso del día y la hora a Sarrió. Tú lo recibes allí y me lo traes
+inmediatamente... Después ya me arreglaré para salir de aquí sin que tu
+padre y Cecilia lo adviertan.</p>
+
+<p>Cumplió su cometido Pablo, saliendo al amanecer para Sarrió a caballo.
+Cumplieron el suyo también, Peña y don Rudesindo, trasladándose a Nieva
+acto continuo. Gonzalo vió pasar el coche que los transportaba, desde el
+balcón de su cuarto.</p>
+
+<p>El escándalo en Sarrió había sido terrible como debe suponerse. No se
+hablaba de otra cosa. Los amigos de Belinchón andaban mustios. No
+faltaban entre ellos, sin embargo, quienes creían que le estaba bien
+empleado a don Rosendo, por haber criado con tal mimo a su hija menor, y
+haberla consentido tomar aquellas ínfulas y aires de princesa. Los
+enemigos se bañaban en agua de rosas, y procuraban aumentar con mil
+trazas el escándalo. Las pocas personas imparciales que había en la
+villa, se limitaban a compadecer al pobre Gonzalo, y a censurar el
+proceder repugnante de la ingeniosa señora de Marín (pues ya se sabía
+que era ella la que prendiera fuego a la mecha). Muchos curiosos pasaban
+por delante de la casa de don Rudesindo mirando con atención a los
+balcones, preguntando a los criados que salían, husmeando, en fin, lo
+que dentro pasaba. Se decía que Ventura estaba muy tranquila, y poco
+arrepentida de su conducta, que había comido como si tal cosa, y que
+había charlado y reído toda la tarde, con la esposa del fabricante de
+sidra.</p>
+
+<p>A la atención ávida de los curiosos, tampoco pudo ocultarse la marcha de
+éste para Nieva en compañía de Peña. En seguida se sospechó el objeto.
+Corrió por la villa como una chispa, la noticia de que Gonzalo se estaba
+batiendo con el Duque, no se sabía dónde.</p>
+
+<p>Don Melchor de las Cuevas vivía solo con un criado y una criada. La
+noche del baile se había retirado a su casa, pasando antes por la de
+Belinchón. Allí le dijeron que el señorito Gonzalo se había ido a
+Tejada. El anciano sospechó que no sintiéndose bien, se iría a meter en
+la cama. Al día siguiente, él mismo se sintió un poco indispuesto,
+porque no estaba acostumbrado a trasnochar, y se quedó en casa. Mandó,
+sin embargo, al criado a la de Belinchón, a preguntar qué sabían de su
+sobrino. Enteróse el criado inmediatamente de lo acaecido, pero no se
+atrevió a decírselo a su señor. Le trajo el recado de que Gonzalo se
+hallaba en Tejada bueno. Pasó aquel día así. Pero al siguiente, martes,
+oyó el criado la especie de que el señorito se estaba batiendo con el
+Duque, y entonces, por temor de incurrir en responsabilidad o porque
+creyese que su señor podía evitar una desgracia, le dió cuenta de todo,
+aunque con algunas precauciones. Don Melchor, herido en lo más hondo de
+su corazón, se levantó convulso de la butaca y pidió que inmediatamente
+fuesen a buscar un coche que le trasladase a Tejada. En cuanto estuvo a
+la puerta, se metió en él, ordenando al cochero que fuese a todo escape
+a la quinta de Belinchón.</p>
+
+<p>Con quien primero tropezó fué con éste, quien le recibió con alguna
+confusión y vergüenza, como si el pobre tuviese alguna parte en la
+desgracia que pesaba sobre Gonzalo. Don Melchor estuvo un poco frío con
+él, no intencionalmente, sino por el anhelo que tenía de ver a su
+sobrino. Don Rosendo le condujo hasta la puerta de su cuarto, y allí le
+dejó. El señor de las Cuevas llamó con los nudillos.</p>
+
+<p>—¿Quién va?—preguntaron de adentro ásperamente.</p>
+
+<p>Levantó el pestillo sin contestar, y entró. Gonzalo, que estaba en pie
+en medio de la estancia, se puso rojo como una brasa al ver a su tío.
+Este le oprimió fuertemente contra su pecho. Las lágrimas corrieron
+abundantes por las mejillas del joven. Nadie le había visto llorar en
+aquellas críticas circunstancias. Pero aquel anciano era el padre de su
+infancia, y a él podía mostrar sin vergüenza las llagas más recónditas
+de su corazón. Estuvieron largo rato así abrazados. Don Melchor se
+separó al cabo, y dijo empujándole hacia una butaca:</p>
+
+<p>—Siéntate.</p>
+
+<p>Se dejó caer en ella, y ocultó los ojos con la mano.</p>
+
+<p>—El golpe es rudo—dijo el marino con voz ronca después de silencio
+prolongado.—Una racha traidora que te ha metido la borda debajo del
+agua... Pero eres barco de mucha manga—añadió poniéndole las manos
+sobre los hercúleos hombros.—Tienes las cuadernas sólidas... Ya
+achicaremos el agua.</p>
+
+<p>Gonzalo no contestó.</p>
+
+<p>—¿Por qué no te has venido inmediatamente a casa?</p>
+
+<p>—Porque hubiera sido un desaire cruel para esta pobre familia, que está
+profundamente afligida. ¡Se han portado conmigo tan cariñosamente!</p>
+
+<p>—Si es así, has hecho bien... Pero debiste darme aviso... Eso no te lo
+perdono.</p>
+
+<p>—¿Para qué? Cuanto más tarde recibiese usted el disgusto, mejor.</p>
+
+<p>—¡No; eso no! Yo soy tu padre, Gonzalo, y debo padecer contigo...
+Además, mi presencia hacía falta... Me han dicho que vas a batirte con
+ese... ¡con ese pirata! ¿Es verdad?</p>
+
+<p>—No... por ahora no hay nada—respondió el joven con alguna vacilación.</p>
+
+<p>—¡No me engañes, Gonzalo! Ese desafío no puede realizarse. Vengo
+resuelto a impedirlo.</p>
+
+<p>—No hay nada, tío. Sosiéguese usted.</p>
+
+<p>—Es inútil que me engañes. Yo no me separaré de ti un momento. Aquí me
+quedo. Dormiré a tu lado para que no te me escapes, y te daré guardia de
+<i>prima</i>, de <i>media</i> y de <i>alba</i>.</p>
+
+<p>Gonzalo quedó estupefacto. Comprendió que era necesario confesarlo todo,
+y abordar la cuestión de frente.</p>
+
+<p>—¿Y si fuese verdad, qué, tío? ¿Se atrevería usted a impedir que su
+sobrino fuese a cumplir con lo que el honor exige?</p>
+
+<p>—Sí, señor... ¡Pues no me había de atrever!... Sí, señor, que me
+atrevo—replicó el viejo, ya enfurecido.—¿Quieres que yo consienta que
+expongas tu vida por un pillo, por un ladrón, que se ha introducido en
+tu casa para robarte villanamente la honra? A los ladrones se les mata
+de un tiro, o se les ahorca; no se mide las armas con ellos... Tú estás
+obcecado, Gonzalo... Párate un momento, hombre. Da fondo al escandallo,
+y verás que no hay agua para marear...</p>
+
+<p>—¿Qué quiere usted que haga entonces? ¿Quiere usted que le deje marchar
+tranquilamente para Madrid? ¿Quiere usted que le vaya a despedir, y a
+desearle feliz viaje, dándole las gracias además por el favor que me ha
+hecho?</p>
+
+<p>—¡No, mala centella que lo parta, no!... Mátalo, si quieres, pero no
+expongas tu vida.</p>
+
+<p>—Eso es muy fácil de decir, tío—replicó Gonzalo con
+amargura.—Figúrese usted que voy a Nieva, le busco y le pego un tiro o
+una puñalada y le dejo muerto... Pues desde allí voy a la cárcel, y, por
+bien que me vaya, no me escapo sin unos años de presidio... Aparte de
+que la mayoría de los hombres, aunque disculpasen la acción, no la
+hallarían muy valerosa.</p>
+
+<p>Don Melchor se quedó unos momentos confundido, sin saber qué replicar.
+Aquello no tenía vuelta de hoja. Al cabo, levantó la cabeza con brío,
+los ojos brillantes de alegría:</p>
+
+<p>—¡Ya encontré la solución!</p>
+
+<p>—¿Cuál?</p>
+
+<p>—Tú te estás quieto en casa. Yo me voy ahora mismo a Nieva, le desafío
+y le mato.</p>
+
+<p>—¡Oh, tío, muchas gracias! Eso no puede ser—replicó Gonzalo, sin poder
+reprimir una sonrisa.</p>
+
+<p>—¿De qué te ríes, ciruelo?—exclamó el buen anciano, echando fuego por
+los ojos.—¿Te figuras, por ventura, que tu tío es un trasto arrinconado
+que no puede empuñar un sable o una pistola?... ¡Oh, demonio! ¡Oh,
+diablo!—añadió cada vez más irritado, gesticulando como un loco por la
+habitación.—Yo estoy lo mismo que si tuviera veinte años... Yo subo de
+cuatro en cuatro las escaleras, y no me fatigo... Yo bebo cinco botellas
+de <i>pale-ale</i>, y no me tambaleo... Yo derribo un toro de un puñetazo, y
+trinco al marinero más forzudo y le echo al agua... ¿A que no rompes tú
+cinco nueces con los cinco dedos de la mano, y eso que te las echas de
+tan bruto?...</p>
+
+<p>—Si no me reía por eso, tío... Ya sé, ya sé...</p>
+
+<p>—Vamos a ver; trae esa mano... A ver si sé apretar o no sé apretar...</p>
+
+<p>Gonzalo se la alargó, y el viejo marino se la apretó con todas sus
+fuerzas, el semblante rojo y contraído. Aunque no le lastimó gran cosa,
+fingió sentir un dolor agudísimo:</p>
+
+<p>—¡Uy, uy!</p>
+
+<p>—¿Eh, qué tal?—exclamó su tío con aire triunfal.—¿Puedo o no puedo
+todavía librar al mundo de un pillo?</p>
+
+<p>—¡Ya lo creo que puede usted! Tiene usted más fuerza que yo... Pero no
+se trata de eso. Lo que hay que ver es si debe usted hacerlo; si eso
+sería decoroso para mí... ¿No comprende usted, tío, que el ridículo que
+ya por el hecho mismo de ser marido engañado, pesa sobre mí, se
+aumentaría de un modo inconcebible si fuese usted el que se batiese y no
+yo?... Este ridículo ya sé que se borra con sangre; pero ha de ser
+sangre vertida por mi mano.</p>
+
+<p>Don Melchor no quiso convenir en ello: discutió, gritó, se enfureció. Se
+conocía, no obstante, que deseaba aturdirse. Las razones de Gonzalo le
+trabajaban en el alma y se la llenaban de amargura. Últimamente, ya se
+batía en retirada. Pedía tan sólo que se aplazase el lance; que se fuese
+a viajar una temporada, y si a la vuelta persistía en batirse, lo
+hiciese. Duraba aún la disputa, cuando don Rosendo llamó a la puerta
+para preguntarles si deseaban que se les sirviese el almuerzo allí o
+querían venir al comedor. Gonzalo optó por esto último, porque de ningún
+modo quería mostrarse frío con su suegro y cuñada.</p>
+
+<p>El almuerzo fué triste. Por más esfuerzos que todos, hasta el mismo
+Gonzalo, hacían por mostrarse despreocupados, cerníase sobre la mesa una
+nube negra que obscurecía los semblantes. Después que tomaron el café y
+descansaron un rato, Gonzalo dijo:</p>
+
+<p>—Tío, usted ha salido de la cama para venir aquí. No debe usted
+sentirse bien... ¿Quiere que se le arregle un cuarto? Creo que le
+convendría acostarse.</p>
+
+<p>Don Melchor comprendió que su sobrino deseaba quedarse solo.</p>
+
+<p>—No; me vuelvo a Sarrió. Avisa que enganchen.</p>
+
+<p>Despidióse de Belinchón y Cecilia en casa. Gonzalo lo fué acompañando a
+pie hasta la salida del parque. Ambos iban silenciosos y sombríos. El
+anciano, además, sumamente pálido. Antes de meterse en el coche abrazó
+estrechísima y largamente a su sobrino, y le dijo al oído con voz
+conmovida:</p>
+
+<p>—¡Dale un buen barreno en los fondos, hijo mío!</p>
+
+<p>Cuando se separaron, tenía el rostro bañado de lágrimas. Metióse
+rápidamente en la carretela, y se ocultó en un rincón sin decir adiós.
+Gonzalo miró alejarse el coche, y permaneció largo rato inmóvil,
+agarrando con la mano una reja de hierro de la puerta.</p>
+
+<p>Poco después de anochecer, llegó Pablito de la villa. Después de comer,
+aprovechó un momento para decir a su cuñado rápidamente:</p>
+
+<p>—Mañana a las ocho en la quinta de Soldevilla... a pistola. A las seis
+pasarán por aquí Peña y don Rudesindo. Estáte preparado.</p>
+
+<p>Gonzalo durmió aquella noche mejor que la anterior. La satisfacción
+feroz que le daba la seguridad de encontrarse al día siguiente con el
+Duque, tranquilizaba sus nervios. A las cinco de la mañana se despertó
+ágil y fresco sin acordarse de haber soñado. Se vistió y aliñó con el
+menor ruido posible, y salió de puntillas cuándo aún estaba amaneciendo.</p>
+
+<p>—¿Va de caza, señorito?—le preguntó una criada con quien tropezó.</p>
+
+<p>—No; voy a avisar al molinero para que deje en seco la acequia. Quiero
+pescar esta tarde.</p>
+
+<p>Salió a la carretera y siguió la dirección de Nieva esperando que el
+coche de sus padrinos le alcanzaría, como así sucedió a la media hora
+poco más o menos. Peña y don Rudesindo estaban fuertemente alterados.
+Cuando subió al carruaje le apretaron la mano con gran afecto y le
+enteraron de las condiciones del duelo; a veinticinco pasos avanzando y
+disparando cuando quisieran. Aquel negocio era bastante más grave que
+todos los demás en que habían intervenido. Gonzalo los escuchó
+tranquilamente. Sólo indicó que hubiera deseado que fuese a sable:
+tendría gusto en hallarse más cerca de su adversario. No parecía sufrir.
+Y es que, comparada con el tormento de los dos días anteriores, cuando
+la imagen de su esposa en camisa, acurrucada en un rincón, no se
+apartaba un instante de sus ojos, la emoción de ir a verse frente a su
+enemigo, era una felicidad relativa. Por otra parte, Gonzalo, como todos
+los temperamentos excesivamente vigorosos, había nacido para los
+peligros; gozaba con ellos como si tuviera la seguridad de que la vida
+que corría exuberante por sus venas no podía secarse.</p>
+
+<p>No llegaron a la quinta de Soldevilla hasta las ocho y media. El Duque y
+sus padrinos los esperaban hacía rato. El primero no se presentó. Estaba
+dentro de la casa. El Marqués y Galarza llevaron a Peña y don Rudesindo
+adentro también, mientras Gonzalo daba una vuelta por la huerta. La
+posesión de Soldevilla se componía de un caserón medio arruinado con
+pocos y antiquísimos muebles cubiertos de polvo, una huerta bastante
+grande, más cuidada que la casa, y detrás de la huerta una vasta
+pomarada ya vieja. Esta posesión estaba rodeada de prados y tierras que
+también pertenecían al Marqués.</p>
+
+<p>Los padrinos, dentro de casa, echaron a suerte sobre cuáles pistolas
+habían de usarse, las que había traído Peña, o las del Duque. Fueron
+éstas las elegidas. Después redactaron el acta de condiciones. Por
+cierto que hubieron de escribirla con una pluma perversa del mayordomo,
+porque el Marqués escribía una carta cada año. Cargaron las pistolas y
+se salieron a buscar sitio.</p>
+
+<p>—Manuel—dijo el Marqués viendo a un criado que estaba plantando
+cebollín en uno de los cuadros de la huerta.—Retírate.</p>
+
+<p>El criado le miró sorprendido.</p>
+
+<p>—Que te retires, hombre—repitió con más severidad.—Vete a otra parte.</p>
+
+<p>El criado se salió de la huerta, lanzándole miradas de asombro y
+curiosidad.</p>
+
+<p>Eligióse el sitio en uno de los caminos más anchos del medio. Soldevilla
+fué a buscar al Duque.</p>
+
+<p>El día había amanecido despejado. Pero después de salir el sol, negros y
+espesos nubarrones que surgieron del horizonte de tierra, se habían
+acumulado sobre aquel paraje de la costa, amenazando descargar muy
+pronto su pesado fardo de agua. La luz se había mermado
+extraordinariamente. Parecía que estaba amaneciendo entonces.</p>
+
+<p>El Duque se presentó con levita negra y sombrero de copa, un tanto más
+pálido que de ordinario, pero afectando una calma desdeñosa, sin faltar
+a la cortesía. Traía en la boca un cigarro puro, y se envolvía en
+ligeras nubes de humo, mientras caminaba a la par de Soldevilla. Cuando
+llegó al sitio designado, dirigió un frío saludo ceremonioso al grupo de
+Gonzalo y sus padrinos, y no volvió a mirarles. Después de conferenciar
+unos instantes, Peña colocó en su sitio a Gonzalo y le entregó una
+pistola cargada. Soldevilla hizo lo mismo con el Duque. Ambos se habían
+quitado el sombrero. El prócer conservaba el cigarro puro en la mano
+izquierda, al cual seguía dando con impasibilidad un poco teatral,
+largos chupetones. Empezaban a caer del cielo gruesas gotas, anunciando
+un fuerte chaparrón. Peña gritó al fin:</p>
+
+<p>—Señores, preparados... Una, dos, tres...</p>
+
+<p>El Duque inclinó la pistola y apuntó. Gonzalo, apuntando también, avanzó
+pálido, con los ojos inyectados. Su enemigo, le esperó serenamente hasta
+una distancia de quince pasos. Y ya con la seguridad de volcarle, porque
+era un tirador consumado, disparó. La bala rozó la mejilla del joven,
+levantándole la piel y haciéndole sangre. Detúvose un instante, y siguió
+avanzando. Los padrinos empalidecieron terriblemente. El Duque dejó caer
+la pistola y se cruzó de brazos, esperando la muerte, con una bravura
+llena de afectación y soberbia. Gonzalo avanzó precipitadamente, hasta
+ponerse a dos pasos de su adversario. En aquel momento una ola de sangre
+le cegó. Su temperamento de atleta venció repentinamente a las
+sugestiones de la razón. Brillaron sus ojos con los reflejos siniestros
+de una bestia salvaje, temblaron sus labios, contrájose espantosamente
+su rostro, y arrojando lejos de sí la pistola, saltó como un tigre sobre
+el traidor. El Duque no resistió el choque de aquel coloso y cayó
+rodando. Gonzalo se puso a brumarle las costillas con los pies, lanzando
+rugidos. Los padrinos acudieron corriendo a sujetarle. Al bilioso
+Galarza se le ocurrió, para realizarlo, darle un bastonazo en la cabeza.
+Gonzalo no hizo señal de sentirlo. Peña, indignado, alza su bastón y
+¡zas! le arrima otro garrotazo a Galarza. El marqués de Soldevilla,
+¡zas! le da otro a Peña. Y arrebatados de furor unos y otros, comenzaron
+una lucha tan brava como indigna a bastonazos, mientras Gonzalo,
+satisfaciendo ferozmente su cólera acumulada, pateaba con saña el
+cuerpo, inerte ya, del Duque.</p>
+
+<p>El cielo dejaba caer en aquel instante una cantidad fabulosa de agua.
+Tan grande llegó a ser, que el marqués de Soldevilla, abandonando el
+campo, emprendió la carrera hacia su casa para guarecerse. Siguióle
+inmediatamente don Rudesindo, luego Peña y Galarza. La batalla se
+deshizo como por ensalmo. Mas antes de atecharse, a todos se les ocurrió
+volver la cabeza para ver qué había sido de sus apadrinados. Y por un
+simultáneo impulso de compasión, volviéronse presurosos y sujetaron a
+Gonzalo, cuya rabia cruel aún no se había apagado. El contacto de las
+manos de aquellos señores le volvió a la razón. Les echó una larga
+mirada siniestra y extraviada, y sin decir palabra, recogió el sombrero
+y se dirigió a la puerta de la quinta, mientras los padrinos conducían
+al Duque moribundo a casa. El médico que Soldevilla había traído,
+encerrado durante el lance en una sala por no presenciarlo, reconoció
+minuciosamente las fracturas y contusiones del herido. Declaró, desde
+luego, su estado muy grave.</p>
+
+<p>Peña y don Rudesindo, encontraron a Gonzalo dentro del coche llorando
+desesperado.</p>
+
+<p>—¡Soy un bruto!—les dijo.—¡Un bárbaro! ¡Qué pensarán ustedes de mí!
+He cometido una acción bochornosa. Perdónenme ustedes.</p>
+
+<p>Hicieron lo posible por calmarlo. En el fondo, ni a uno ni a otro les
+parecía tan mal aquello. Después de todo, la acción del Duque había sido
+tan villana, que bien estaba que se castigase villanamente. Peña,
+durante el camino, llegó a decir cuchufletas acerca de la soberana
+paliza que el magnate acababa de recibir.</p>
+
+<p>—Chico, no cabe duda que los grandes de la naturaleza pueden más que
+los grandes de España—decía con su voz campanuda que no dejaba perderse
+una sola letra. Gonzalo, pronto, como un gran niño que era, a pasar del
+llanto a la risa, sonrió primero y dejó escapar al fin sonoras y
+formidables carcajadas con los chistes de su amigo.</p>
+
+<p>Pero la vista de la casa de su suegro le sumió nuevamente en la
+tristeza. Había satisfecho su justa venganza. Pero quedaba una herida
+honda, cuyo agudo dolor aún no había podido sentir bien, porque la
+exaltación colérica en que había vivido aquellos dos días, lo sofocaba.
+¡Oh! aquellas grotescas torrecillas y almenares, testigos de su luna de
+miel, le produjeron horrible impresión de melancolía. Parecía que una
+mano cruel le estrujaba el corazón dentro del pecho. Sus amigos,
+comprendiendo que deseaba quedarse solo, siguieron a Sarrió. Pablito le
+esperaba a la puerta de la quinta, y le abrazó con efusión y entusiasmo.</p>
+
+<p>—¿Le has matado?—preguntóle por lo bajo.</p>
+
+<p>—No sé... Creo que sí—respondió el joven más bajo aún.—¿Y tu padre?</p>
+
+<p>—Mi padre... Estaba aquí hace un instante... En cuanto te vió bajar
+sano del coche, ha montado en la berlina que estaba enganchada ahí
+abajo, y se ha ido a Sarrió.</p>
+
+<p>Gonzalo adivinó lo que iba a hacer y se puso más sombrío. Los dos
+cuñados se dirigieron silenciosos a la casa, y fueron derechos al cuarto
+de Gonzalo. Al cabo de unos momentos, éste, que se había dejado caer en
+un sofá y permanecía inmóvil, con la cabeza abatida sobre el pecho, dijo
+a su cuñado:</p>
+
+<p>—Perdóname, Pablo... Deseo quedarme solo... No estoy en este momento
+para hablar.</p>
+
+<p>Pablito se apresuró a retirarse.</p>
+
+<p>Pasó un largo rato. La puerta se abrió de nuevo sin que el joven lo
+sintiese. Una sombra se deslizó hasta él y puso sobre la silla más
+cercana una bandeja con una taza y algunos platos.</p>
+
+<p>—¡Oh! ¿Eres tú, Cecilia?</p>
+
+<p>—Quieras o no, vas a tomar algo... Ya son las dos de la tarde, y estoy
+segura de que no te has desayunado—dijo la joven, arrimando una mesilla
+y poniendo sobre ella el caldo humeante.</p>
+
+<p>—¡Qué buena eres, Cecilia!—exclamó él apoderándose de una de sus
+manos. Aquella exclamación era un grito de afecto, de entusiasmo, y a la
+vez de un vago remordimiento que jamás había podido desechar de
+sí.—¡Qué buena eres! ¡qué buena eres!—repitió con lágrimas en los
+ojos.—Lo que has hecho aquella noche... ¡Oh! eso no lo hace nadie...
+¡Nadie!... Una santa que bajase del cielo no lo haría... Ninguno de los
+que vivimos a tu lado merecemos besar el polvo que pisas...</p>
+
+<p>Y el joven, conmovido con sus propias palabras, sollozando perdidamente,
+cubrió de besos y lágrimas la mano que tenía cogida.</p>
+
+<p>Cecilia se puso fuertemente encarnada primero; después pálida, y dijo en
+tono que resultó un poco seco:</p>
+
+<p>—Deja, deja.</p>
+
+<p>Retirando al mismo tiempo la mano con presteza. Al ver que su cuñado
+quedaba acortado, se apresuró a decir:</p>
+
+<p>—Mira, cuanto menos hablemos de esas cosas, y, si posible fuera, cuanto
+menos pensásemos, sería mejor... Ahora lo que importa es que tomes este
+caldo. Después te traeré unas croquetas y un lenguado... ¿quieres?</p>
+
+<p>—No tengo apetito, Cecilia—respondió haciendo esfuerzos por reprimir
+su emoción.</p>
+
+<p>—Todo es empezar... Verás...</p>
+
+<p>—No, no; de veras, no puedo pasar nada en este momento.</p>
+
+<p>—¿Y si te lo mando yo?—dijo la joven. Después que lo dijo se puso
+colorada.</p>
+
+<p>—Entonces, desde luego lo tomo... A ti no puedo negarte nada—replicó
+él acercando el plato.</p>
+
+<p>Aquella tan galante réplica, produjo una penosa impresión de frío en
+Cecilia. Para no dejarla ver, salió precipitadamente de la estancia.</p>
+
+<p>Tres o cuatro días estuvo el duque de Tornos entre la vida y la muerte.
+Al cabo cedió la calentura, y desapareció la gravedad. Sin embargo, la
+curación debía ser larguísima. Había dos costillas fracturadas, la
+mandíbula inferior también, y sobre esto, terribles magullamientos en
+otros varios parajes del cuerpo. Al cabo de un mes pudo trasladarse a
+Madrid.</p>
+
+<p>Gonzalo no dejó la casa de su suegro, quien al cabo de cinco o seis días
+del desafío, tornó de llevar a Ventura al convento de Ocaña. Pero su vida
+fué triste, sombría por demás. Negábase, a pesar de las instancias de
+Pablo, a salir de caza o paseo. En vano éste y don Rosendo y los amigos
+que solían venir a Tejada, inventaban mil pretextos para hacerle salir
+de excursión. Aunque no se negaba de frente a acompañarles también él
+acudió a los engaños para quedarse siempre en casa, donde descaecía a
+ojos vistas. Su tío don Melchor venía a menudo a verle, y le aconsejaba
+que se fuese a viajar durante una temporada. No se negaba a ello; pero
+lo aplazaba siempre, pretextando no encontrarse bien de salud. Don
+Rosendo, asesorándose del señor de las Cuevas y de otros varios amigos,
+decidió trasladarse a Sarrió, por ver si con la sociedad de sus amigos
+el joven se animaba un poco. Salieron fallidos todos los cálculos.
+Gonzalo se dejó llevar a la villa sin hacer observaciones. Pero puso aún
+más empeño en aislarse, en vivir retirado del trato social. Salía tan
+sólo al amanecer, y daba algunos paseos por la punta del Peón,
+contemplando el mar con ojos extáticos, que alguna vez tomaban una
+expresión de angustia que apenaría seguramente a quien los mirase. En
+cuanto el muelle comenzaba a animarse, y la villa despertaba de su
+sueño, retirábase a toda prisa a casa.</p>
+
+<p>¿Por qué no dejaba a Sarrió, teatro de su desdicha, y se iba a pasar al
+menos una temporada en Madrid, en París o en Londres? Esta era la
+pregunta que se hacían todos los vecinos de la villa. Nadie acertaba a
+contestarla satisfactoriamente. Ni era fácil que eso sucediera. Son muy
+pocos los que saben explicarse el origen secreto, la última raíz de las
+acciones humanas. Unos porque no se paran en psicologías, que juzgan
+inútiles, otros dotados de entendimiento sutil y perspicaz, porque lo
+aprovechan para escudriñar solamente el móvil interesado, casi nadie
+destapa esa mágica caja de sentimientos, y deseos, y esperanzas, y
+contradicciones, que se llama corazón humano. ¡Qué vergüenza sentiría
+Gonzalo si le dijesen que no se iba de Sarrió por no alejarse de la
+atmósfera que envolvía a su esposa, a quien cubría de dicterios en
+secreto, y afectaba despreciar ante el mundo! Y, sin embargo, nada más
+cierto. Quedándose en aquella casa, le parecía que aún no se habían roto
+del todo los lazos que le ligaban a ella. Los seres que le rodeaban eran
+su carne y su sangre: la amaban todavía, aunque culpable: no se podía
+injuriarla en su presencia. Ventura había dejado en las habitaciones, en
+los muebles, una parte de su ser. En el tocador yacían los frascos de
+pomada y esencias que ella usaba, a medio consumir; en las perchas
+colgaban algunos de sus abrigos y sombreros. Su imagen graciosa, su
+blonda cabeza deslumbradora, parecía que iba a parecer detrás de las
+cortinas. El ambiente estaba embalsamado aún con su perfume habitual.
+Aquel marido, tan vilmente ultrajado, sin querer darse cuenta de ello,
+respiraba con delicia el aliento de su esposa, y vivía de la sombra de
+su vida. Todavía más; vivía de la esperanza de perdonarla.</p>
+
+<p>Esto no lo sabía nadie... ni él mismo quizá de un modo cabal... Nadie
+más que Cecilia, cuyos ojos de zahorí enamorada, leían claramente los
+pensamientos más vagos que cruzaban por la mente de su cuñado. Este
+manifestaba por ella una predilección tan afectuosa, tal entusiasmo y
+veneración, que era muy fácil confundir con el amor. Todas las
+compañías, hasta la de su tío, le molestaban menos la de ella. Aunque
+estuviese entregado a una meditación dolorosa, y las lágrimas corriesen
+por sus mejillas escaldándolas, la aparición de Cecilia en su cuarto,
+obraba como un calmante, suavizando su dolor. Cedía a sus consejos con
+respeto, y se dejaba guiar y mimar por ella como un niño enfermo. Cuando
+tardaba en ir por su cuarto, se impacientaba y le daba quejas cariñosas
+lo mismo que un amante rendido y llagado de amor. Cuando entraba, sus
+ojos no la abandonaban ni un instante, cual si estuviesen bajo la
+influencia de un encanto o fascinación. Aquellos ojos expresaban cariño
+profundo, gratitud, admiración, respeto, entusiasmo, lo expresaban
+todo... menos amor. Cecilia bien lo leía. No podía mirarlos sin sentir
+el mismo doloroso pinchazo en el corazón, la misma gota amarga de hiel
+en los labios. Su espíritu, sereno siempre, turbábase por un instante, y
+aparecía fría unas veces, otras irritable y enigmática, con gran
+sorpresa y dolor de Gonzalo que se esforzaba en alegrarla. Pronto lo
+conseguía. El pensamiento aquel, caía en su cerebro como la piedra en un
+lago, revolviendo las aguas. Pocos momentos después, la calma volvía a
+su espíritu. Quedaba puro y tranquilo como el lago.</p>
+
+<p>Un día, al entrar repentinamente en la habitación de su cuñado, le
+encontró examinando un revólver.</p>
+
+<p>Al verla trató de ocultarlo en el cajón de la mesa que tenía abierto y
+se puso colorado.</p>
+
+<p>—¿Qué hacías?</p>
+
+<p>—Nada, al buscar en este cajón unos papeles, me hallé con un revólver
+que ya no me acordaba que tenía, y lo estaba mirando.</p>
+
+<p>Cecilia no creyó palabra. Experimentó desde entonces cierta inquietud
+que la obligaba a vigilarlo más que antes.</p>
+
+<p>Transcurrieron dos meses. El desdichado joven, aunque persistía en la
+misma vida apartada y sombría, mostraba algunas vagas señales de
+reverdecimiento. Una que otra vez salía a caballo. Había hablado a su
+suegro de hacer un viaje por Italia, país que aún no conocía. La fuerza
+que hacía subir la savia de nuevo a su ser marchito, era un pensamiento
+dulce, tan dulce como vergonzoso, que ocultaba con cuidado a todo el
+mundo. Sin embargo, una tarde en que departía cariñosamente con su
+cuñada, después de muchos rodeos, y poniéndose colorado hasta las
+orejas, le preguntó por Ventura. ¿Qué noticias tenía de ella? Cecilia le
+respondió fríamente con las menos palabras posibles. ¡Pobre Gonzalo! ¡Si
+supiese que aquella mujer traidora por quien preguntaba, lejos de estar
+arrepentida, se revolvía con furia contra su familia, cubriéndolos a
+todos de dicterios, amenazándoles con entregarse al primer hombre en
+cuanto saliese de la prisión, escandalizando con su soberbia y lenguaje
+procaz a la superiora del convento!</p>
+
+<p>Desde aquel día, perdida ya la cortedad, preguntaba a menudo por ella;
+gustaba de mentarla en la conversación, sin que le hiciese desistir de
+ello el tono seco con que Cecilia le respondía, y la prisa con que
+cambiaba de tema.</p>
+
+<p>Lo que don Rosendo temía, por las cartas que de Ocaña le enviaban, llegó
+al fin. Un día, la superiora del convento le comunicó que Ventura se
+había huído de aquel asilo, en compañía, según todos los informes, del
+duque de Tornos. «El gran humanitario», como le llamó el <i>Faro</i> en
+cierta ocasión, recibió la nueva con valor estoico. Efectivamente, ¿qué
+significaba aquella pena puramente individual que le afligía, en
+comparación con el dolor universal, con la marcha lenta y segura de la
+humanidad hacia sus destinos? Por aquellos días acababa de leer un
+célebre folleto de autor francés, titulado <i>El mundo marcha</i>. Tenía los
+sesos revueltos y deslumbrados con sus grandes síntesis históricas, lo
+cual le ayudó no poco a soportar aquel golpe. Procuró, sin embargo, que
+su yerno no se enterase de la noticia. No tenía la misma confianza en la
+elevación de su espíritu y en la amplitud de sus miras. Algunos días
+estuvo oculta. Al cabo corrió por la población sin saber quién la
+trajera. Gonzalo, que todas las mañanas a primera hora iba por el
+Saloncillo, la leyó en una gacetilla tan infame como hipócrita del
+<i>Joven Sarriense</i>. «Circula por la población la especie—decía—de que
+una señora, protagonista de cierto drama amoroso no ha mucho tiempo
+acaecido, se ha fugado en compañía de su amante del asilo donde su
+familia la había recluído. Sentiríamos que este rumor se confirmase por
+afectar directamente a personas muy conocidas y estimadas en la sociedad
+sarriense.»</p>
+
+<p>Gonzalo sintió que algo que aún estaba por desgarrar se le desgarraba
+dentro del pecho. Dejó caer el papel. Sonriendo nerviosamente y con voz
+aguda y extraña, se dirigió a don Feliciano Gómez, que era la única
+persona que allí había:</p>
+
+<p>—Ya sabrá usted que la z... de mi mujer se ha escapado con su chulo,
+¿eh?</p>
+
+<p>Don Feliciano le miró sorprendido. Aunque era hombre que entendía poco
+de sonrisas, al verle sonreir de aquel modo se sintió sobrecogido, y le
+contestó con tristeza:</p>
+
+<p>—Sí, Gonzalito, sí. Ya sabía que todavía no habías pasado lo último...
+A la verdad, después de lo sucedido, este golpe final no debe cogerte de
+sorpresa... Boto el freno, debías suponer dónde había de parar.</p>
+
+<p>—¿Y a mí, qué?—exclamó el infeliz joven con la misma sonrisa,
+mostrando en todo su cuerpo una inquietud exagerada.—Que se escapa...
+¡bueno!... Vaya bendita de Dios... Nada tengo ya que ver con ella...
+¡Ah! ¡si la ley me permitiera casarme!... No se pasaría un mes sin
+hacerlo... ¿Y por qué no, vamos a ver, y por qué no he de poder
+hacerlo?... En fin, si no me caso a perpetuidad, me casaré
+temporalmente... Tomaré por ahí una buena moza, ¿eh, don Feliciano? ¡y
+anda con Dios!... Será al fin y al cabo una p... de profesión, mientras
+mi mujer lo es de afición...</p>
+
+<p>Mientras pronunciaba estas feas palabras, daba vueltas por la estancia,
+se quitaba el sombrero, se encogía de hombros y hacía otros gestos
+extravagantes. Por último soltó una carcajada.</p>
+
+<p>—Mira, Gonzalillo—le dijo don Feliciano.—Acabas de pasar una
+pelona... pero ya vendrán tiempos mejores. Tras de lo malo siempre viene
+lo bueno. Las cosas del mundo hay que tomarlas con cachaza, mi queridín.
+Con disgustarse y criarse hiel en el estómago, ¿qué se consigue?... Aquí
+me tienes a mí. El mes pasado perdí un barco... Todo el mundo venía a
+consolarme creyendo que estaba desesperado. Yo les contestaba: Es verdad
+que perdí el <i>Juanito</i>; pero, y si hubiera perdido la <i>Carmen</i>, ¿no
+sería mucho peor? Pues lo mismo pude perder uno que otro, porque los dos
+estaban en la mar. Tú has sufrido un disgusto: bueno... pero tienes
+salud. ¿No sería peor que además te pusieras enfermo? Hay que pensarlo
+todo, mi queridín. La salud es lo primero... Tú come bien, echa buenos
+tragos, ¡y anda adelante! que lo demás ya se olvidará...</p>
+
+<p>Gonzalo salió del Saloncillo sin despedirse, dejando al bueno de don
+Feliciano con la palabra en la boca.</p>
+
+<p>En casa se dió por enterado con don Rosendo de la fuga de Ventura.
+Contra lo que todos presumían, no le causó una impresión muy honda. Al
+contrario; desde aquel día señalóse en él una tendencia a animarse, y a
+participar del comercio social, que no dejó de sorprender en la
+población. Comenzó a visitar las casas de los amigos, a presentarse en
+el café, a pasear por las calles, a charlar, a discutir. No volvió a
+hablar de marcharse. Hasta, con gran pasmo de la villa, en uno de los
+bailes que se dieron en el Liceo, bailó toda la noche como un pollastre
+que por primera vez pisase el salón.</p>
+
+<p>No obstante, Cecilia estaba muy inquieta. Aquella animación de su cuñado
+era tan extemporánea, que más parecía un ataque de nervios. Sobre todo,
+la extraña sonrisa, parecida a una mueca, que no se le caía de los
+labios desde que leyera la gacetilla del <i>Joven Sarriense</i>, la hacía
+estremecerse en algunos momentos.</p>
+
+<p>Y llegó lo que era natural. Tras de aquella insana excitación, vino, al
+cabo de algunos días, un profundo y sombrío abatimiento. Estuvo tres sin
+salir de su cuarto, sin probar apenas manjar alguno de los que Cecilia
+le llevaba, y, lo que es aún peor, sin lograr conciliar el sueño. Con
+los ojos abiertos y extáticos, se pasaba horas y horas tendido en su
+lecho, mirando a las tinieblas. En la noche tercera, a eso de las tres,
+encendió luz, se vistió y se puso a escribir una larga carta a su tío.
+Después escribió otra con sobre a Cecilia. Cerradas y colocadas sobre la
+mesa en primer término, para que se vieran pronto, sacó un pitillo, lo
+encendió a la luz de la bujía, y comenzó a pasear por la habitación.
+Antes de concluir el cigarro lo arrojó. Abrió el cajón de la mesa, y
+sacó el revólver que allí guardaba. Al acercarlo a la luz vió que estaba
+descargado, lo que no dejó de sorprenderle. Tenía casi la certeza de
+haberlo cargado hacía un mes, poco más o menos. Buscó la cajita de las
+cápsulas y no la halló. ¡Qué cosa tan extraña! No tardó en recordar que
+Cecilia le había visto con él en la mano, y una sonrisa dulce y triste
+se dibujó en sus labios. Fué a echar mano a las escopetas. Las encontró
+igualmente descargadas. Los cartuchos habían desaparecido de su sitio.
+Permaneció inmóvil y pensativo largo rato. Luego, como si despertara de
+un sueño, sacudió la cabeza y dejó escapar un suspiro. Se puso el
+sombrero, abrió la puerta y bajó con gran sigilo las escaleras. Al pasar
+por delante de la puerta del piso principal, pegó el oído a ella. Estuvo
+un momento escuchando, la faz demudada, los cabellos erizados. Había
+oído claramente la voz de su esposa que le llamaba desde adentro. Pasada
+la alucinación, siguió bajando, abrió la puerta exterior con la llave
+que colgaba del pasador, y salió a la calle.</p>
+
+<p>Aun no había amanecido; pero en el Oriente parecía una tenue claridad
+precursora del día. La mañana estaba fresca. Caía del cielo un agua
+menudísima de niebla marina. Sin vacilar se dirigió al muelle. Subió al
+segundo paredón y miró a la mar, cuyo horizonte en aquel momento no era
+muy extenso, a causa de la niebla. Los días anteriores había soplado el
+noroeste, y la había encrespado y revuelto hasta el fondo. Grandes olas
+hinchadas venían de lejos extendiendo sus lomos gigantescos y se
+estrellaban con fragor contra la punta del Peón, escupiendo sus espumas
+a lo alto. Los ojos del joven tropezaron con un patache que trataba de
+entrar en el puerto, y bailaba como un casco de nuez sobre las olas.
+Aquella entrada le interesó desde luego. Siguió todas las peripecias con
+viva atención, como si en ello le fuese algo. Al cabo de un cuarto de
+hora, cuando ya estuvo atracado al muelle, sintió de nuevo la espuela de
+su pensamiento. Dió un suspiro y murmuró: «Vamos». Y siguió adelante,
+rozando con su cintura el pretil del paredón. Al llegar a cierto paraje,
+una ola más fuerte que las demás le bañó enteramente con su espuma.
+Aquel inopinado baño le produjo grata impresión, le refrescó la piel.
+Estuvo esperando en el mismo sitio un rato, por ver si llegaba otra con
+igual fuerza, pero no vino. Y emprendió de nuevo la marcha. Cuando
+estuvo en el extremo del malecón, se echó de bruces sobre el pretil y
+contempló con sombría fijeza las olas que llegaban. Estaba en el mismo
+sitio donde, hacía algunos años, había tenido plática con su tío para
+darle cuenta de que abandonaba a Cecilia y contraía matrimonio con
+Ventura. Las palabras del viejo, severas, irritadas, sonaron de nuevo en
+sus oídos. «Al hombre que falta a su palabra no puede ayudarle Dios...
+El viaje es largo. La mar ancha y brava. Lo que ahora es bonanza, en un
+instante se convierte en marejada de leva.» «¡Qué razón tenía mí
+tío!»—pensó, sin apartar la vista del mar.</p>
+
+<p>—¡Bah!—murmuró al cabo de algunos momentos—si cien veces me viera en
+ese caso, cien veces haría lo mismo. Hay cosas fatales. Llevo a esa
+mujer en la sangre como un veneno, y sólo puede salir con la última
+gota.—Estuvo otro rato pensativo. El agua del mar que le había bañado,
+y la del cielo que sin cesar caía, le enfriaron hasta los huesos. La
+mañana se presentaba sucia, cenicienta. No era, no, aquella hermosa
+noche en que se había quedado también de bruces después de hablar con su
+tío. Entonces, la belleza esplendorosa del cielo, tachonado de
+estrellas, el limpio cristal de las aguas, donde cabrilleaba la luz de
+la luna, la blanda brisa juguetona, le hablaron un lenguaje de muerte,
+sí, pero dulce, recogido, íntimo. Era una voz amiga que le invitaba a
+reposar. Mas ahora lo que oía era un grito de desolación, una amenaza:
+«Vente, vente. La muerte es muy triste; pero la vida es más triste
+todavía.»</p>
+
+<p>—Concluyamos—dijo levantando la cabeza. Avanzó el cuerpo; extendió los
+brazos. En aquel momento pensó que el instinto de conservación le haría
+nadar seguramente, y se detuvo. Miró a todas partes buscando algún peso.
+Sus ojos tropezaron con el áncora de un quechemarín que yacía allá
+abajo, en el primer muelle. Bajó por ella, cortó con la navaja un pedazo
+de maroma de una lancha, se la amarró, la alzó con sus brazos de atleta
+y subió la escalera como un gimnasta que quisiera dar muestra ante el
+público del enorme poder de sus músculos. Una vez arriba, se ató la
+cuerda al cuello. Se puso en pie sobre el pretil, y abrazado al ancla se
+arrojó al agua. Su cuerpo de coloso abrió en ella una grande brecha, que
+se cerró al instante. La mar profunda extinguió aquella chispa de vida,
+como tantas otras, con implacable indiferencia.</p>
+
+<p>Un marinero que le vió de lejos, corrió hacia el sitio gritando:</p>
+
+<p>—¡Hombre al agua!</p>
+
+<p>Otros tres o cuatro de las próximas embarcaciones le siguieron. En pocos
+minutos se formó un grupo de veinte o treinta en la punta del paredón.</p>
+
+<p>—¿Quién era? ¿Le conocías?—preguntaban al que le había visto.</p>
+
+<p>—Me parece que era don Gonzalo.</p>
+
+<p>—¿El alcalde?</p>
+
+<p>—Sí.</p>
+
+<p>—Sería muy bien, sería muy bien... ¡Reterroías mujeres!</p>
+
+<p>La nueva se esparció instantáneamente por la villa. Acudió al muelle una
+muchedumbre de gente. Dos hombres en una lancha recorrieron con un largo
+remo el fondo, sin dar con el cuerpo del desgraciado joven. Al cabo
+tropezaron con él. Se trajo un gancho, y tirando lo sacaron a flote en
+el mismo momento en que don Melchor, demudado, convulso, sin sombrero,
+llegaba al muelle, noticioso del terrible lance.</p>
+
+<p>—¡Hijo de mi alma!—gritó el pobre anciano al ver sobre el agua el
+cadáver de su sobrino. Sus corvas se doblaron, y cayó desvanecido en
+brazos de las personas que le acompañaban.</p>
+
+<p>Extendieron el cuerpo del suicida sobre el muelle mientras llegaba el
+juzgado. Aquel espectáculo tenía profundamente impresionados a todos los
+circunstantes, entre los que se hallaban personas de los dos bandos
+rivales.</p>
+
+<p>Después que llegó el juez y se instruyeron las debidas diligencias,
+colocaron en una camilla el cadáver, y lo transportaron a su casa,
+porque don Rosendo, que sabía la noticia, lo reclamaba. Fué una
+procesión tristísima al través de las calles de la villa. Los vecinos se
+asomaban a los balcones, pálidos, inquietos, con la tristeza en el
+semblante. Gonzalo gozaba de generales simpatías.</p>
+
+<p>Don Rosendo, poseído de vivo dolor, no quiso ver el cadáver de su hijo
+político. Se encerró en su cuarto; pero dispuso que se le colocase en el
+mejor salón de la casa sobre una mesa cubierta de terciopelo, que se
+trajesen de todas partes flores y coronas, y se preparase un entierro
+suntuoso.</p>
+
+<p>Cecilia, por uno de esos esfuerzos heroicos que estaba avezada a hacer
+sobre su alma y su cuerpo, supo encerrar su pena en el fondo del
+corazón. Veíasela lívida, sí, pero tranquila, disponiendo por la casa lo
+necesario para recibir el cuerpo de su cuñado. Cuando llegó, ella misma
+ayudó a colocarlo en el sitio, después que se le hubo amortajado. Lo
+cubrió de flores, encendió los cirios, adornó la habitación con negros
+crespones. Después dispuso que velase el cadáver una hermana de la
+caridad en compañía de ella.</p>
+
+<p>Dejáronlas al fin solas. Rezaron largo rato de rodillas. Cuando
+terminaron su rezo, Cecilia rogó a la monja que fuese a la cocina a dar
+orden para que se le hiciese te, porque estaba desfallecida.</p>
+
+<p>En cuanto la monja salió, alzóse vivamente. Y sacando unas tijeras,
+cortó un mechón de cabellos de la cabeza de su cuñado, que ocultó en el
+seno. Cortó después de los suyos otro, y temblorosa y agitada, lo metió
+entre las manos cruzadas del cadáver. Luego le contempló un instante. Y
+bajando la cabeza, cubrió de besos aquel rostro inanimado. Los primeros
+y los últimos que le daba.</p>
+
+<p>La esposa, la única y verdadera esposa de aquel hombre, no pudo al fin
+resistir tanto dolor y rodó por el suelo sin conocimiento.</p>
+
+<p class="c top15">FIN</p>
+
+
+<hr />
+
+
+<div class="ph2 top15"><a name="OBRAS_DE_PALACIO_VALDES" id="OBRAS_DE_PALACIO_VALDES"></a><b>OBRAS DE PALACIO VALDÉS</b></div>
+
+<ul>
+<li><b>El señorito Octavio</b>.—Un tomo.</li>
+<li><b>Marta y María</b>.—Un tomo. Traducida al francés, al inglés,
+al sueco, al ruso y al tchèque.</li>
+<li><b>El idilio de un enfermo</b>.—Un tomo. Traducida al francés
+y al tchèque.</li>
+<li><b>Aguas fuertes</b> (novelas y cuadros).—Un tomo. Traducida
+al francés, al inglés, al alemán, al holandés, al sueco y
+al tchèque. Edición española con notas y vocabulario
+en inglés.</li>
+<li><b>José</b>.—Un tomo. Traducida al francés, al inglés, al alemán,
+al holandés, al sueco, al tchèque y al portugués.
+Edición española con notas en inglés para el estudio del
+español en Inglaterra y Estados Unidos de América.</li>
+<li><b>Riverita</b>—Un tomo. Traducida al francés.</li>
+<li><b>Maximina</b> (segunda parte de <i>Riverita</i>).—Un tomo. Traducida
+al inglés.</li>
+<li><b>El Cuarto Poder</b>.—Un tomo. Traducida al francés, al inglés
+y al holandés.</li>
+<li><b>La Hermana San Sulpicio</b>.—Un tomo. Traducida al francés,
+al inglés, al holandés y al sueco.</li>
+<li><b>La espuma</b>.—Un tomo. Traducida al inglés.</li>
+<li><b>La Fe</b>. Un tomo.—Traducida al francés, al inglés y al
+alemán.</li>
+<li><b>El Maestrante</b>.—Un tomo. Traducida al francés y al
+inglés.</li>
+<li><b>El origen del pensamiento</b>.—Un tomo. Traducida al francés
+y al inglés.</li>
+<li><b>Los majos de Cádiz</b>.—Un tomo. Traducida al holandés.</li>
+<li><b>La alegría del capitán Ribot</b>.—Un Tomo. Traducida al
+francés, al inglés, al holandés y al sueco. Edición española
+con notas y vocabulario en inglés.</li>
+<li><b>La aldea perdida</b>.—Un tomo.</li>
+<li><b>Tristán, o el pesimismo</b>.—Un tomo. Traducida al inglés.</li>
+<li><b>Semblanzas literarias</b> (<i>Los oradores del Ateneo, Los novelistas
+españoles, Nuevo viaje al Parnaso</i>).—Un tomo.</li>
+<li><b>Papeles del doctor Angélico</b>.—Traducida al alemán.</li>
+</ul>
+
+<hr class="full" />
+
+
+
+
+<div lang='en'>
+<div style='display:block;margin-top:4em'>*** END OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK EL CUARTO PODER ***</div>
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+<div style='display:block; margin:1em 0'>
+Updated editions will replace the previous one&#8212;the old editions will
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+</div>
+
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+</div>
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+or any Project Gutenberg&#8482; work, (b) alteration, modification, or
+additions or deletions to any Project Gutenberg&#8482; work, and (c) any
+Defect you cause.
+</div>
+
+<div style='display:block; font-size:1.1em; margin:1em 0; font-weight:bold'>
+Section 2. Information about the Mission of Project Gutenberg&#8482;
+</div>
+
+<div style='display:block; margin:1em 0'>
+Project Gutenberg&#8482; is synonymous with the free distribution of
+electronic works in formats readable by the widest variety of
+computers including obsolete, old, middle-aged and new computers. It
+exists because of the efforts of hundreds of volunteers and donations
+from people in all walks of life.
+</div>
+
+<div style='display:block; margin:1em 0'>
+Volunteers and financial support to provide volunteers with the
+assistance they need are critical to reaching Project Gutenberg&#8482;&#8217;s
+goals and ensuring that the Project Gutenberg&#8482; collection will
+remain freely available for generations to come. In 2001, the Project
+Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure
+and permanent future for Project Gutenberg&#8482; and future
+generations. To learn more about the Project Gutenberg Literary
+Archive Foundation and how your efforts and donations can help, see
+Sections 3 and 4 and the Foundation information page at www.gutenberg.org.
+</div>
+
+<div style='display:block; font-size:1.1em; margin:1em 0; font-weight:bold'>
+Section 3. Information about the Project Gutenberg Literary Archive Foundation
+</div>
+
+<div style='display:block; margin:1em 0'>
+The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non-profit
+501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the
+state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal
+Revenue Service. The Foundation&#8217;s EIN or federal tax identification
+number is 64-6221541. Contributions to the Project Gutenberg Literary
+Archive Foundation are tax deductible to the full extent permitted by
+U.S. federal laws and your state&#8217;s laws.
+</div>
+
+<div style='display:block; margin:1em 0'>
+The Foundation&#8217;s business office is located at 809 North 1500 West,
+Salt Lake City, UT 84116, (801) 596-1887. Email contact links and up
+to date contact information can be found at the Foundation&#8217;s website
+and official page at www.gutenberg.org/contact
+</div>
+
+<div style='display:block; font-size:1.1em; margin:1em 0; font-weight:bold'>
+Section 4. Information about Donations to the Project Gutenberg Literary Archive Foundation
+</div>
+
+<div style='display:block; margin:1em 0'>
+Project Gutenberg&#8482; depends upon and cannot survive without widespread
+public support and donations to carry out its mission of
+increasing the number of public domain and licensed works that can be
+freely distributed in machine-readable form accessible by the widest
+array of equipment including outdated equipment. Many small donations
+($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax exempt
+status with the IRS.
+</div>
+
+<div style='display:block; margin:1em 0'>
+The Foundation is committed to complying with the laws regulating
+charities and charitable donations in all 50 states of the United
+States. Compliance requirements are not uniform and it takes a
+considerable effort, much paperwork and many fees to meet and keep up
+with these requirements. We do not solicit donations in locations
+where we have not received written confirmation of compliance. To SEND
+DONATIONS or determine the status of compliance for any particular state
+visit <a href="https://www.gutenberg.org/donate/">www.gutenberg.org/donate</a>.
+</div>
+
+<div style='display:block; margin:1em 0'>
+While we cannot and do not solicit contributions from states where we
+have not met the solicitation requirements, we know of no prohibition
+against accepting unsolicited donations from donors in such states who
+approach us with offers to donate.
+</div>
+
+<div style='display:block; margin:1em 0'>
+International donations are gratefully accepted, but we cannot make
+any statements concerning tax treatment of donations received from
+outside the United States. U.S. laws alone swamp our small staff.
+</div>
+
+<div style='display:block; margin:1em 0'>
+Please check the Project Gutenberg web pages for current donation
+methods and addresses. Donations are accepted in a number of other
+ways including checks, online payments and credit card donations. To
+donate, please visit: www.gutenberg.org/donate
+</div>
+
+<div style='display:block; font-size:1.1em; margin:1em 0; font-weight:bold'>
+Section 5. General Information About Project Gutenberg&#8482; electronic works
+</div>
+
+<div style='display:block; margin:1em 0'>
+Professor Michael S. Hart was the originator of the Project
+Gutenberg&#8482; concept of a library of electronic works that could be
+freely shared with anyone. For forty years, he produced and
+distributed Project Gutenberg&#8482; eBooks with only a loose network of
+volunteer support.
+</div>
+
+<div style='display:block; margin:1em 0'>
+Project Gutenberg&#8482; eBooks are often created from several printed
+editions, all of which are confirmed as not protected by copyright in
+the U.S. unless a copyright notice is included. Thus, we do not
+necessarily keep eBooks in compliance with any particular paper
+edition.
+</div>
+
+<div style='display:block; margin:1em 0'>
+Most people start at our website which has the main PG search
+facility: <a href="https://www.gutenberg.org">www.gutenberg.org</a>.
+</div>
+
+<div style='display:block; margin:1em 0'>
+This website includes information about Project Gutenberg&#8482;,
+including how to make donations to the Project Gutenberg Literary
+Archive Foundation, how to help produce our new eBooks, and how to
+subscribe to our email newsletter to hear about new eBooks.
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+</div>
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+This eBook, including all associated images, markup, improvements,
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+the "Copyright How-To" at https://www.gutenberg.org.
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+No investigation has been made concerning possible copyrights in
+jurisdictions other than the United States. Anyone seeking to utilize
+this eBook outside of the United States should confirm copyright
+status under the laws that apply to them.
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+Project Gutenberg (https://www.gutenberg.org) public repository for
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+The Project Gutenberg EBook of El cuarto poder, by Armando Palacio Valds
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+This eBook is for the use of anyone anywhere at no cost and with
+almost no restrictions whatsoever. You may copy it, give it away or
+re-use it under the terms of the Project Gutenberg License included
+with this eBook or online at www.gutenberg.org
+
+
+Title: El cuarto poder
+
+Author: Armando Palacio Valds
+
+Release Date: February 13, 2008 [EBook #24601]
+
+Language: Spanish
+
+Character set encoding: ISO-8859-1
+
+*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK EL CUARTO PODER ***
+
+
+
+
+Produced by Chuck Greif and the Online Distributed
+Proofreading Team at DP Europe (http://dp.rastko.net)
+
+
+
+
+
+
+
+
+
+BIBLIOTECA de LA NACIN
+
+ARMANDO PALACIO VALDS
+
+EL CUARTO PODER
+
+BUENOS AIRES
+
+1913
+
+El autor de esta obra ha autorizado a LA NACIN para editarla y
+venderla solamente en las Repblicas Argentina y Uruguay. Esta
+edicin no puede circular fuera de las dos Repblicas mencionadas.
+
+Imp. de LA NACIN.--Buenos Aires
+
+
+
+NDICE
+
+I.--Se levanta el teln, por esta vez sin metfora
+
+II.--Del feliz arribo de la Bella-Paula
+
+III.--En que la pareja enamorada comienza a pensar en el nido
+
+IV.--Cmo los particulares de Sarri se congregaban en un recinto
+nombrado el Saloncillo, y lo que all se platicaba
+
+V.--Ladrones!!!
+
+VI.--Que trata del equipo de Cecilia
+
+VII.--Que trata de dos traidores
+
+VIII.--De la reunin que los prceres de Sarri celebraron en el teatro
+con asistencia del cuarto estado
+
+IX.--Historia de una lgrima
+
+X.--De la gloriosa aparicin de El Faro de Sarri en el estadio de la
+prensa.--Primeros fuegos de la batalla del pensamiento
+
+XI.--Que Gonzalo se cas.--Graves revueltas entre los socios del
+Saloncillo
+
+XII.--Cmo se diverta Pablito
+
+XIII.--En que se descubren algunos secretos de la vida de Gonzalo
+
+XIV.--De los galicismos que cometa El Faro de Sarri y otros asuntos
+no menos interesantes.--Primeras bajas de la batalla del pensamiento
+
+XV.--De la entrada famosa que hizo en Sarri el duque de Tornos, conde
+de Buenavista
+
+XVI.--De lo mucho y bueno que hizo el duque de Tornos en Sarri
+
+XVII.--Que Gonzalo toma una gravo resolucin y Cecilia otra
+
+XVIII.--Donde tira doa Brgida de la manta
+
+XIX.--En que da fin la presente historia con algunos notables, cuanto
+tristes sucesos
+
+
+
+
+CAPITULO PRIMERO
+
+SE LEVANTA EL TELN, POR ESTA VEZ SIN METFORA
+
+
+En Sarri, villa famosa, baada por el mar Cantbrico, exista hace
+algunos aos un teatro no limpio, no claro, no cmodo, pero que serva
+cumplidamente para solazar en las largas noches de invierno a sus
+pacficos e industriosos moradores. Estaba construdo, como casi todos,
+en forma de herradura. Constaba de dos pisos a ms del bajo. En el
+primero los palcos, as llamados Dios sabe por qu, pues no eran otra
+cosa que unos bancos rellenos de pelote y forrados de franela encarnada
+colocados en torno del antepecho. Para sentarse en ellos era forzoso
+empujar el respaldo, que tena bisagras de trecho en trecho, y levantar
+al propio tiempo el asiento. Una vez dentro se dejaba caer otra vez el
+asiento, se volva el respaldo a su sitio y se acomodaba la persona del
+peor modo que puede estar criatura humana fuera del potro de tormento.
+En el segundo piso bulla, gritaba, coceaba y relinchaba toda la chusma
+del pueblo sin diferencia de clases, lo mismo el marinero de altura que
+el que pescaba muergos en la baha o el pen de descarga; la se Amalia
+la revendedora igual que las que acarreaban el fresco a la capital.
+Llambase a aquel recinto la cazuela. Las butacas eran del mismo
+aborrecible pelote que los palcos y el forro debi ser tambin del mismo
+color, aunque no poda saberse con certeza. Detrs de ellas haba, a la
+antigua usanza, un patio para ciertos menestrales que, por su edad, su
+categora de maestros u otra circunstancia cualquiera, repugnaban subir
+a la cazuela y juntarse a la turba alborotadora. Del techo penda una
+araa, cuajada de pedacitos de vidrio en forma prismtica, con luces de
+aceite. Ms adelante se substituy ste con petrleo, pero yo no alcanc
+a ver tal reforma. Debajo de la escalera que conduca a los palcos haba
+un nicho cerrado con persiana que llamaban el palco de don Mateo. De
+este don Mateo ya hablaremos ms adelante.
+
+Pues ha de saberse que en tal lacera de teatro se representaban los
+mismos dramas y comedias que en el del Prncipe y se cantaban las peras
+que en la Scala de Miln. Parece mentira, eh? Pues nada ms cierto.
+All ha odo por vez primera el narrador de esta historia aquellas
+famosas coplas:
+
+ _Si oyes contar de un nufrago la historia,_
+ _Ya que en la tierra hasta el amor se olvida_...
+
+Por cierto que le parecan excelentes, y el teatro una maravilla de lujo
+y de buen gusto. Todo en el mundo depende de la imaginacin. Ojal la
+tuviese tan viva y tan fresca como entonces para entretenerles a ustedes
+agradablemente algunas horas. Tambin ha visto el _Don Juan Tenorio_. Y
+sus difuntos untados de harina de trigo, su comendador filtrndose por
+una puerta atada con cuerdas, su infierno de espritu de vino y su
+apoteosis de papel de forro de bales, le impresionaron de tal modo que
+aquella noche no pudo dormir.
+
+En la sala pasaba, poco ms o menos, lo mismo que en los ms suntuosos
+teatros de la Corte. No obstante, por regla general se atenda ms al
+espectculo que en stos. Aun no habamos llegado a ese grado superior
+de perfeccionamiento, mediante el cual las acciones deben formar grato
+contraste con el lugar donde se ejecutan; verbi-gracia, charlar en los
+teatros, reirse en las iglesias, ir graves, y silenciosos, y patticos
+en el paseo, como sucede, afortunadamente, en Madrid. Ignoro si en
+Sarri han subido ya a la hora presente este peldao de la civilizacin.
+
+Ni se crea que faltaban por eso algunos espritus lcidos que se
+adelantaban a su poca y presentan lo que haba de ser el teatro
+andando el tiempo. Pablito Belinchn era uno de ellos. Tena abonado
+siempre, en compaa de otros tres o cuatro amigos, el palco de
+proscenio. Desde all diriga la palabra a otros seores de ms edad,
+abonados en el palco de enfrente: se decan cuchufletas, se burlaban de
+la tiple o del bajo, y se tiraban caramelos y saetas de papel. Por
+cierto que el pblico de las butacas, ajeno todava a estos
+refinamientos de la civilizacin, sola hacerles callar brbaramente con
+un enrgico chicheo. Las familias ms importantes acostumbraban a entrar
+en aquellos palcos fementidos despus de abierto el teln, con la misma
+solemnidad que si penetrasen en una platea del teatro Real, y por de
+contado con mucho ms ruido. No es posible figurarse bien el horrsono
+traquido que daba aquel respaldo al ser empujado y aquel asiento al
+dejarlo caer con nimo de llamar la atencin.
+
+Dgalo si no la familia que en este momento hace su entrada triunfal en
+uno de ellos y permanece en pie despojndose de los abrigos, mientras
+los espectadores divierten por un instante la vista de la escena y la
+fijan en ellos, hasta que se sientan. Son los seores de Belinchn. El
+jefe de la familia, don Rosendo, es un caballero alto, enjuto, doblado
+por el espinazo, calvo por la coronilla, de ojos pequeos y hundidos,
+boca grande, que se contraa con sonrisa mefistoflica, dejando ver dos
+filas de dientes largos e iguales, la obra ms acabada de cierto
+dentista establecido haca pocos meses en Sarri. Gasta patillas cortas
+y bigote, y representa unos sesenta aos de edad. Est reputado por el
+primer comerciante de la villa y uno de los primeros importadores de
+bacalao de la costa cantbrica. Durante muchos aos monopoliz
+enteramente la venta por mayor de este artculo, no slo en la villa,
+sino en toda la provincia, y gracias a ello haba granjeado una fortuna
+considerable. Su esposa, doa Paula... Pero por qu se despierta tal y
+tan prolongado rumor en el teatro a su aparicin? La buena seora, al
+escucharlo, queda temblorosa y confusa, no acierta a desembarazarse del
+abrigo, y su hija Cecilia se ve obligada a quitrselo y a decirle al
+odo:--Sintate, mam! Se sienta, o por mejor decir, se deja caer sobre
+el banco y pasea una mirada extraviada por el pblico, mientras sus
+mejillas se tien de vivo carmn. En vano se abanica con bro y procura
+serenarse. Nada: cuantos ms esfuerzos hace por alejar la sangre
+tumultuosa del rostro, ms empeo pone la maldita en ocupar aquel lugar
+visible.
+
+--Mam, qu colorada ests!--le dice Venturita, su hija menor, pugnando
+para no reir.
+
+La madre la mira con expresin de angustia.
+
+--Calla, Ventura, calla.--dice Cecilia.
+
+Doa Paula, animada con estas palabras, murmura:
+
+--Esta chiquilla no goza sino en avergonzarme.
+
+Y estuvo a punto de enternecerse y llorar.
+
+Al fin, el pblico se cans de atormentarla con sus miradas, sonrisas y
+murmullos, y fij de nuevo su atencin en la escena. La congoja de doa
+Paula fu cesando poco a poco; pero quedaron restos de ella por toda la
+noche.
+
+La causa de aquel incidente era el abrigo de terciopelo guarnecido de
+pieles que la buena seora se haba puesto. Siempre que estrenaba alguna
+prenda de apariencia brillante, suceda lo mismo. Y esto no por otra
+cosa ms que porque doa Paula no era seora de nacimiento. Proceda de
+la clase de cigarreras. Don Rosendo haba tenido amores con ella siendo
+casi una nia, de los cuales naci Pablito. As y todo, don Rosendo
+estuvo cinco o seis aos sin casarse ni querer oir hablar de matrimonio;
+pero visitndola en su casa y asistindola con dinero. Hasta que al
+fin, vencido ms por el amor del hijo que el de la madre, y, ms que por
+todo esto, por las amonestaciones de sus amigos, se decidi a entregar
+su mano a Paulina. La poblacin no supo del matrimonio hasta despus de
+efectuado: tal sigilo se guard para llevarlo a cabo. Desde entonces la
+vida de la cigarrera puede dividirse en varias pocas importantes. La
+primera, que dura un ao, comprende desde el matrimonio hasta la
+mantilla de velo. Durante este tiempo, la seora de Belinchn no se
+mostr poco ni mucho en pblico. Los domingos iba a misa de alba y se
+encerraba otra vez en casa. Cuando se decidi a ponerse la antedicha
+mantilla e ir a misa de once, lo mismo en la iglesia que en las calles
+del trnsito, la acribillaron a miradas, y se habl del suceso por ms
+de ocho das. El segundo perodo, que dura tres aos, comprende desde
+la mantilla de velo hasta los guantes. La vista de tal ornamento en
+las manos grandes y coloradas de la ex cigarrera produjo una excitacin
+indescriptible en el elemento femenino del vecindario. En las calles, en
+la iglesia, en las visitas, las seoras se saludaban preguntando:--Ha
+visto usted?...--S, s, ya he visto.--Y comenzaba el desuello. Viene
+despus el tercer perodo, que dura cuatro aos, y termina en el
+vestido de seda, que di casi tanto que murmurar como los guantes, y
+produjo general indignacin en Sarri.--Diga usted, doa Dolores, qu
+nos queda ya que ver?--Doa Dolores bajaba los ojos haciendo un gesto de
+resignacin. Por ltimo, el cuarto perodo, el ms largo de todos porque
+dura seis aos, termina, oh escndalo! con el sombrero. Nadie puede
+representarse el estremecimiento de asombro que invadi a la villa de
+Sarri cuando cierta tarde de feria se present doa Paula en el paseo
+con sombrero-capota. Fu un verdadero motn. Las mujeres del pueblo se
+santiguaban al verla pasar y pronunciaban comentarios en alta voz para
+que los oyese la interesada.
+
+--Mujer, mira por tu vida a la Serena qu gabarra lleva sobre la
+cabeza!
+
+Porque hay que advertir que a la madre de doa Paula la llamaban la
+Serena, y a la abuela y a la bisabuela tambin.
+
+Excusado es aadir que desde que la cigarrera subi a la categora de
+seora, ni por casualidad la dieron ya su nombre propio.
+
+Al da siguiente, al tropezarse las seoras de Sarri en la calle, no
+encontrando palabras con que expresar su horror, se daban por contentas
+con elevar los ojos al cielo, agitar los brazos convulsivamente y pasar
+de largo murmurando: Sombrero!!!
+
+Ante aquel golpe de audacia que no tiene pareja sino con los de algunos
+hroes de la antigedad, Anbal, Csar, Gengis-Khan, la villa qued muda
+y abatida algunos meses. No obstante, cada vez que la buena de doa
+Paula apareca en pblico con el abominable sombrero en la cabeza o con
+cualquier otra prenda propia de su alta jerarqua, era saludada siempre
+con un murmullo de reprobacin. Y lo original del caso estaba en que
+ella no protestaba ni en pblico ni en secreto, ni aun en lo sagrado de
+la conciencia, contra este proceder malvolo de su pueblo natal.
+Juzgbalo natural y lgico. No se le ocurra pensar que pudiera ser de
+otro modo. Sus ideas sociolgicas no le aconsejaban todava rebelarse
+contra el fallo de la opinin pblica. Crea de buena fe que al ponerse
+los guantes o el abrigo de pieles o el sombrero, cometa un acto
+reprobado por las leyes divinas y humanas. Los murmullos, las miradas
+burlonas, eran el castigo necesario de esta infraccin. De aqu sus
+temores y congojas cada vez que iba a presentarse en el teatro o en el
+paseo, y el rubor que la acometa.
+
+Por qu entonces, se dir, doa Paula se vesta de este modo? No sern
+muy conocedores del corazn humano los que tal pregunten. Doa Paula se
+pona el sombrero y los guantes a sabiendas de que iba a pasar un mal
+rato, como un chico abre el aparador y se atraca de dulce a sabiendas de
+que en seguida le han de azotar. Los que no se hayan criado en un
+pueblo, nunca sabrn cun apetitosa golosina es el sombrero para una
+artesana.
+
+Era doa Paula alta, seca, desgarbada. Cuando joven haba sido buena
+moza; pero los aos, la clausura continua, a la que no estaba avezada, y
+sobre todo la lucha que vena sosteniendo con el pblico para establecer
+su jerarqua, la haban marchitado antes de tiempo. Todava conservaba
+hermosos ojos negros encajados en un rostro de correctas y agradables
+facciones.
+
+El acto primero tocaba a su fin. Se representaba un melodrama
+fantstico, cuyo nombre no recordamos, donde la compaa haba
+desplegado todo el aparato escnico de que poda disponer. La cazuela
+estaba asombrada, y acoga cada cambio de decoracin con estrepitosos
+aplausos. Pablito Belinchn, que haba pasado en Madrid un mes el ao
+anterior, se rea con incontestable superioridad de aquel aparato; haca
+guios inteligentes a los del proscenio de enfrente. Y para demostrar
+que todo aquello le aburra, concluy por volverse de espaldas al
+escenario y mirar con los gemelos a las bellezas locales. Cada vez que
+los preciosos anteojos de piel de Rusia apuntaban a una, la muchacha
+sufra un leve estremecimiento: cambiaba de postura, llevaba la mano un
+poco trmula al pelo para arreglarlo, sonrea a su mam o a su hermana
+sin razn alguna, se pona seria de nuevo, y fijaba con insistencia y
+decisin sus ojos en la escena. Pero al instante los levantaba rpida y
+tmidamente hacia aquellos redondos y brillantes cristales que la
+ofuscaban. Al fin conclua por ruborizarse. Pablito, satisfecho,
+apuntaba a otra belleza. Las conoca como si fuesen sus hermanas,
+tuteaba a la mayor parte de ellas y de muchas haba sido novio: pero la
+pluma en el aire no era ms movible y tornadiza que l en materia de
+amores. Todas haban tenido que sufrir algn doloroso desengao.
+ltimamente, hastiado de enamorar a sus convecinas, se haba dedicado a
+fascinar a cuantas forasteras llegaban a Sarri, para abandonarlas, por
+supuesto, si cometan la torpeza de permanecer en la villa ms de un
+mes o dos.
+
+Haba razones poderosas para que Pablito pudiese disponer a su buen
+talante del corazn de todas las jvenes indgenas y aun de las
+extraas. Era un apuestsimo mancebo de veinticuatro o veinticinco aos,
+de rostro hermoso y varonil, de figura gallarda y elegante. Montaba a
+caballo admirablemente y guiaba un tlburi o un carruaje de cuatro
+caballos, lo cual nadie saba hacer en Sarri ms que los cocheros.
+Cuando se llevaban los pantalones anchos, los de Pablito parecan sayas;
+si estrechos, era una cigea. Vena la moda de los cuellos altos,
+nuestro Pablito iba por la calle a medio ahorcar con la lengua fuera.
+Estilbanse bajos, pues enseaba hasta el esternn.
+
+Estas y otras facultades eminentes hacanle, con razn, invencible.
+Quizs algunos no hallen enteramente justificada la dictadura amorosa de
+nuestro mancebo en Sarri. Estamos no obstante seguros de que las
+jvenes de provincia que lean la presente historia la juzgarn lgica y
+verosmil.
+
+Cuando baj el teln, un anciano encorvado, con luenga barba blanca y
+gafas, se acerc arrastrndose ms que andando al palco de los de
+Belinchn.
+
+--Don Mateo! Imposible que usted faltase--exclam doa Paula.
+
+--Pues qu quiere usted que haga en casa, Paulita?
+
+--Rezar el rosario y acostarse--dijo Venturita.
+
+Don Mateo sonri con dulzura, y contest a aquella impertinencia dando a
+la nia una palmadita cariosa en el rostro.
+
+--Es verdad que debiera hacer eso, hija ma... pero qu quieres? si me
+acuesto temprano no duermo... Y luego no puedo resistir la tentacin de
+ver estas caritas tan lindas...
+
+Venturita hizo un mohn desdeoso donde se trasluca la satisfaccin de
+verse requebrada.
+
+--Si fuera usted siquiera un pollo guapo!
+
+--Lo he sido.
+
+--El ao cuntos?...
+
+--Qu mala, qu mala es esta chiquilla!--exclam don Mateo riendo y
+acometindole acto continuo un golpe de tos que le embarg la
+respiracin por algunos momentos.
+
+Don Mateo, anciano decrpito, no slo estropeado por los aos, sino por
+multitud de achaques adquiridos con una vida harto disipada, era la
+alegra de la villa de Sarri. Ninguna fiesta, ningn regocijo pblico o
+privado se efectuaba en el pueblo sin su intervencin. Era presidente
+del Liceo, sociedad de baile, desde haca muchos aos, y nadie pensaba
+en substituirlo por otro. Presida tambin una academia de msica de la
+cual era fundador. Era vocal-tesorero del Casino de artesanos. La
+reedificacin del teatro donde nos hallamos a l se deba; y para
+recompensarle de sus molestias y desembolsos, el Ayuntamiento le haba
+permitido labrar en el hueco de la escalera el palco cerrado con
+persiana de que ya hemos hablado. Viva de su retiro de coronel. Estaba
+casado y tena una hija de treinta y tantos aos a quien segua llamando
+la nia.
+
+Ni se crea por esto que don Mateo era un viejo verde. Si lo fuese, el
+sexo femenino no le demostrara tanta simpata, ni le guardara respeto
+alguno. Su nico placer era ver divertidos a los dems, que la alegra
+reinase en torno suyo. Para conseguirlo, haca esfuerzos increbles de
+habilidad, y se molestaba lo indecible. Su imaginacin, puesta al
+servicio de tal idea, no descansaba un instante. Unas veces era un baile
+campestre el que organizaba; otra vez haca construir un escenario en el
+saln del Liceo, y ensayaba alguna comedia; otras, contrataba compaas
+de saltimbanquis o de msicos. En cuanto se pasaban ocho das sin que
+los vecinos de Sarri se recreasen de algn modo, ya estaba nuestro don
+Mateo nervioso y no paraba hasta lograrlo. Gracias a l, podemos
+asegurar que no haba pueblo en Espaa, en aquella poca, donde la vida
+fuese ms fcil y agradable.
+
+Porque los honestos recreos que sin cesar se repetan, engendraban la
+unin y hermandad en el vecindario. Adems, don Mateo, elemento
+conciliador por excelencia, formaba gran empeo en destruir todas las
+malquerencias y rencores que en el pueblo existiesen. Al contrario de
+ciertos seres viles que se complacen en transmitir el veneno de la
+murmuracin, tena gusto en ir repitiendo a cada cual lo bueno que de l
+hablasen los dems:--Pepita, sabe usted lo que acaba de decirme doa
+Rosario del vestido que usted lleva?... que es elegantsimo, muy
+sencillo y de mucho gusto.--Pepita se esponjaba en su palco, y diriga
+una mirada de ternura a doa Rosario, a pesar de que nunca le haba sido
+simptica.--Buen negocio ha hecho usted en la partida de cacao de la
+viuda e hijos de Villamor, amigo don Eugenio.--Phs; regular.--En este
+momento me acaba de decir don Rosendo que ese negocio se le ha escapado
+a l de las manos por tonto. Como don Rosendo pasa por el primer
+comerciante de la villa, don Eugenio no puede menos de sentirse
+lisonjeado por estas palabras.
+
+Despus de haber charlado algunos instantes con la familia Belinchn,
+don Mateo se despide para recorrer todos los palcos, como tena por
+costumbre; pero antes dice, dirigindose a Cecilia:
+
+--Cundo llega?
+
+La joven se puso levemente encendida.
+
+--No s decir a usted, don Mateo...
+
+Doa Paula sonri con malicia, y vino en auxilio de su hija.
+
+--Debe de llegar en la _Bella-Paula_, que ha salido ya de Liverpool.
+
+--Oh! Entonces aqu lo tenemos maana o pasado... Habrs rezado mucho
+a la Virgen de las Tormentas, verdad?
+
+--Una novena nada menos la ha hecho! Hace das que estn seis cirios
+ardiendo delante de la imagen--dijo Venturita.
+
+Cecilia se puso an ms colorada y sonri. Era una joven de veintids
+aos, no agraciada de rostro ni gallarda de figura. Lo que ms
+desconcertaba la armona de aqul, era la nariz excesivamente aguilea.
+Sin esta tacha quiz no habra sido fea, porque los ojos eran
+extremadamente lindos, tan suaves y expresivos, que pocas bellezas
+podan gloriarse de poseerlos tales. Ni alta ni baja, pero el talle
+desgarbado y los hombros un tanto encogidos. Su hermana Ventura tena
+diez y seis aos, y apareca como un hermoso pimpollo, lleno de gracia y
+alegra. Su rostro ovalado pareca hecho de rosas y claveles. Apretadita
+de carnes y pequea de estatura; tan sabiamente proporcionada por la
+Naturaleza, que pareca modelada en cera. Sus manos eran jazmines y sus
+pies de criolla, celebrados en Sarri como nunca vistos; la suavidad y
+tersura de su cutis, vencan a las del ncar y alabastro. Sobre la
+frente, alta y estrecha como las de las venus griegas, de un blanco
+argentino, caan los bucles de sus cabellos rubios, cuya madeja, tan
+espesa como dcil y brillante, le tapaba enteramente la espalda hasta
+ms abajo de la cintura.
+
+--Brlate de tu hermana, picarilla; no tardars en hacer lo mismo!
+
+--Yo rezar por un hombre? Usted chochea, don Mateo.
+
+--Ya me lo dirs dentro de poco--repuso el anciano pasando a otro palco
+a saludar a los seores de Maza.
+
+En esto se acerc Pablito al de sus paps, trayendo en su compaa a un
+fiel amigo que merece especial mencin. Era hijo del picador que haba
+en el pueblo, y mozo que por su figura poda ser el regocijo de los
+espectadores en un circo de acrbatas. Nada necesitaba aadir a su
+persona, ni polvos de harina, ni bermelln, ni tizne para quedar
+convertido en _clown_. Era un payaso al natural. Su nariz vivamente
+coloreada ya por la Naturaleza, sus ojos torcidos, la ausencia de
+pestaas, su boca de lobo, la disparatada anchura de sus hombros, el
+arco de sus piernas y, sobre todo, las muecas grotescas con que se
+acompaa al hablar o gruir, provocan la risa, sin ms pelucas y
+afeites. Bien lo saba Piscis (que as se llamaba o le llamaban) y de
+ello estaba fuertemente pesaroso y hasta indignado. Para contrarrestar
+estas nativas disposiciones cmicas de su rostro, haba determinado no
+reirse jams, y cumpla su promesa religiosamente. Adems, para el mismo
+efecto acostumbraba sabiamente a entreverar sus palabras con las ms
+speras y temerosas interjecciones del repertorio nacional, y varias de
+su invencin particular. Pero esto, en vez de producir el efecto
+apetecido, contribua a despertar la alegra entre sus conocidos.
+
+El nico que hasta cierto punto le tomaba en serio era Pablito. Piscis y
+Pablito haban nacido para amarse y admirarse. El punto de conjuncin de
+estos dos astros era el gnero ecuestre. Piscis, adiestrado por su padre
+desde nio, era el mejor jinete de Sarri; por consiguiente, para
+Pablito la persona ms digna de ser admirada. El hijo de don Rosendo era
+el chico ms rico de la poblacin: para Piscis, deba de ser, claro
+est, lo ms respetable y digno de veneracin que haba sobre el
+planeta. Nadie saba a qu poca se remontaba esta amistad. Se haba
+visto a Pablito y Piscis eternamente juntos, cuando nios. Ya hombres no
+fu parte a separarlos la diversa posicin social que ocupaban. El lugar
+de reunin de estos jvenes notables era constantemente la cuadra de don
+Rosendo. Desde all, despus de celebrar siempre una larga y erudita
+conferencia, frente a los caballos, con parte terica y parte prctica,
+salan a pasear su figura y sus profundos conocimientos por la villa,
+unas veces cabalgando en briosos corceles, otras en una linda
+_charrette_, Pablito guiando, Piscis a su lado fijo y absorto en la
+contemplacin amorosa de los traseros de los caballos. Algunas tambin,
+para dar ejemplo de humildad, caminando sobre las propias piernas.
+
+Pablo se acerc a su familia, retorcindose de risa.
+
+--Qu te ha pasado?--le pregunta doa Paula, sonriendo tambin.
+
+--Hemos seguido a Periquito a la cazuela y le encontramos mano a mano
+con Ramona--dijo el joven, acercando la boca al odo de su hermana
+Ventura.
+
+--S?... Qu le deca?--pregunt sta con gran curiosidad.
+
+--Pues le deca... (una avenida de risa lo interrumpi por algunos
+momentos). Le deca... Ramona, te amo.
+
+--Ave Mara! A una sardinera!--exclam la nia riendo tambin y
+hacindose cruces.
+
+--Si vieras con qu voz temblorosa lo deca, y cmo pona los ojos en
+blanco!... Aqu est Piscis, que tambin lo oy...
+
+Piscis dej escapar un gruido corroborante.
+
+En aquel momento, Periquito, que era un muchacho plido y enteco, de
+ojos azules y poca y rala barba rubia, apareci en las lunetas. Las
+miradas de toda la familia Belinchn se clavaron en l sonrientes y
+burlonas. Sobre todo Pablo y Venturita se mostraban grandemente
+regocijados a su vista. Periquito levant la cabeza y salud. La familia
+Belinchn contest al saludo sin dejar de reir. Torn a levantar la
+cabeza otras dos o tres veces y viendo aquellas insistentes sonrisas, se
+sinti molesto y sali al pasillo.
+
+Levantse nuevamente el teln. La decoracin representaba unas cavernas
+del infierno, aunque no era imposible que alguien creyese que se trataba
+de la bodega de un barco. El acto comenzaba por un preludio de la
+orquesta, dignamente dirigida por el seor Anselmo, ebanista de la
+villa. Figuraban en ella como bombardinos el seor Matas, el sacristn,
+y el seor Manolo (barbero); como clarinetes don Juan el Salado
+(escribiente del Ayuntamiento) y Prspero (carpintero); como trompas
+_Mechacan_ (zapatero) y el seor Romualdo (enterrador); como cornetines
+Pepe de la Esguila (albail) y Maroto (sereno); como figle el seor
+Benito el Rato (escribiente de una casa de comercio y figle de la
+iglesia). Haba otros cuatro o cinco muchachos aprendices, que
+acompaaban. El seor Anselmo, en vez de batuta, tena en la mano para
+dirigir una enorme llave reluciente, que era la de su taller.
+
+El preludio era muy triste y temeroso; como que estbamos en el
+infierno. El pblico guardaba absoluto silencio: esperaba con ansia lo
+que iba a salir de all, clavados los ojos en las trampas abiertas en el
+suelo del escenario. De pronto, de aquella msica suave y misteriosa
+sali un trompetazo desafinado. El seor Anselmo se volvi y dirigi una
+mirada de reprensin al msico, que se puso colorado hasta las orejas.
+Hubo en el pblico fuerte y prolongado murmullo. De la cazuela sali
+entonces una voz que grit:
+
+--Fu Pepe de la Esguila.
+
+Las miradas del pblico se dirigieron hacia este menestral, que se hizo
+el distrado sacando la boquilla del cornetn y sacudindola; pero
+estaba cada vez ms colorado.
+
+--Si no sabe tocar que se vaya a la cama--grit la misma voz.
+
+Entonces el corrido y avergonzado Pepe de la Esguila mont en clera de
+pronto, dej el instrumento en el suelo, y alzndose del asiento con los
+ojos encendidos y agitando los puos frente a la cazuela, grit:
+
+--Ya te arreglar en cuanto salgamos, Percebe!
+
+--Chis, chis! Silencio, silencio!--exclam todo el pblico.
+
+--Qu has de arreglar, morral! Anda adelante y toca mejor la trompeta.
+
+--Silencio, silencio! Qu escndalo!--volvi a exclamar el pblico.
+
+Y todos los ojos se volvieron hacia el palco del alcalde.
+
+Era ste un hombre de sesenta, a setenta aos, bajo de estatura y muy
+subido de color, el pelo bien conservado y enteramente blanco, las
+mejillas rasuradas, la nariz borbnica, los ojos grandes, redondos y
+saltones. Pareca un cortesano de Luis XV o un cochero de casa grande.
+
+Don Roque, que as se llamaba, se revolvi en el asiento y di una voz.
+
+--Marcones!
+
+Un alguacil octogenario se acerc al respaldo del palco con la gorra
+azul de grande visera charolada en la mano. El alcalde conferenci con
+l algunos momentos. Marcones subi a la cazuela bajando poco despus
+con un joven en traje de marinero, agarrado del brazo. Ambos se
+acercaron al palco presidencial.
+
+Don Roque comenz a increparle procurando apagar la voz y consiguindolo
+a medias. Se oa de vez en cuando:--Zopenco!... no tenis pizca de
+educacin... animal de bellota... Te figuras que ests en la
+taberna? El marinero aguantaba la rociada con los ojos en el suelo.
+
+Una voz grit desde el patio:
+
+--Que lo lleven a la crcel.
+
+Pero desde la cazuela contest otra al instante:
+
+--Que lleven tambin a Pepe de la Esguila.
+
+--Silencio! Silencio!
+
+El alcalde, despus de haber reprendido y amenazado speramente a
+Percebe, le dej volver otra vez a su sitio, con gran satisfaccin de la
+cazuela, que lo recibi con hurras y aplausos.
+
+La orquesta, callada un instante, torn a su infernal preludio. Antes
+que ste se terminase, comenzaron a salir por las trampas del escenario
+hasta una docena de diablos con sendas y enormes pelucas de estopa, el
+rabo de etiqueta, y teas encendidas, en las manos. As como se hallaron
+sobre el entarimado y cerradas convenientemente las trampas, dieron
+comienzo, como es lgico, a una danza fantstica; pues bien sabido es de
+antiguo que no pueden estar juntos cuatro demonios sin entregarse con
+furor al baile. Los espectadores seguan con extremada curiosidad sus
+vivos y acompasados movimientos. Un chiquillo llor. El pblico oblig a
+su madre a que lo sacase.
+
+Mas hete aqu que con tanto ir y venir, pasar y rozarse los ministros de
+Belceb en aquel no muy amplio recinto, una tea lleg a prender fuego a
+la peluca de uno de ellos. El pobre diablo, sin darse cuenta de ello,
+sigui bailando cada vez con ms infernal arrebato. El pblico rea a
+carcajadas esperando el prximo desenlace de aquel incidente. En efecto,
+cuando sinti caliente la cabeza ms de la cuenta el espritu maligno,
+se apresur a arrancarse la peluca, y la careta, quedando al descubierto
+el rostro de _Levita_, donde se pintaba el terror.
+
+--_Levita!_--grit el pblico alborozado.
+
+El granuja que tena este apodo, privado de sus atributos infernales,
+confuso y avergonzado, se retir de la escena.
+
+Al poco rato empez a arder otra peluca. Nuevos murmullos y mayor
+ansiedad por ver la metempscosis de aquel ngel exterminador. No se
+hizo esperar. Al cabo de pocos minutos la peluca y la careta volaban por
+el aire como encendido cometa.
+
+--_Matalaosa!_--gritaron todos. Una inmensa carcajada son en el
+teatro.
+
+--_Mtala_, no te descubras que te vas a constipar--dijo uno desde la
+cazuela.
+
+_Matalaosa_ se retir avergonzado como su compaero _Levita_.
+
+Todava ardieron otras dos o tres pelucas, poniendo a la vergenza a
+otros tantos pillastres de la calle que servan de comparsas en el
+teatro. El baile se termin al fin sin ms incendios.
+
+Una vez sepultados de nuevo en el Averno los demonios que se haban
+salvado de la quema, se presentaron en la escena un gallardo mancebo, de
+oficio pastor, a juzgar por el pellico que le tapaba la espalda, y una
+hermosa doncella de idntica profesin. Los cuales, en el mismo punto,
+siguiendo el antiguo precepto que obliga a todo pastor a estar enamorado
+y a toda pastora a mostrarse esquiva, comenzaron su dilogo, donde las
+quejas amorosas y los tiernos lamentos de l contrastaban con las
+indiferentes carcajadas de ella. Alegres y regocijados se hallaban
+todos, lo mismo los del patio que los de la cazuela, con las sabrosas
+razones que pasaban en la escena, cuando a la puerta del teatro se oy
+una gran voz que dijo:
+
+--Don Rosendo, est entrando la _Bella-Paula._
+
+El efecto que aquel inesperado grito produjo, fu inexplicable. Porque
+no slo don Rosendo se levanta como impulsado por un resorte y se
+apresura con mano trmula a ponerse el abrigo para salir, sino que por
+todo el concurso se esparci un fuerte rumor acompaado de viva
+agitacin que estuvo a punto de interrumpir el dilogo pastoril. Los
+menestrales del patio lanzronse acto continuo a la calle. De la cazuela
+bajaron con fuerte traqueteo casi todos los marineros que all haba. Y
+de los palcos y butacas salieron tambin numerosas personas. A los pocos
+minutos no quedaban apenas en el teatro ms que las mujeres.
+
+Cecilia se haba quedado inmvil, plida, con los ojos clavados en la
+escena. Su madre y hermana la miraban en tanto con semblante risueo.
+
+--Por qu me miris de ese modo?--exclam volvindose de pronto. Y al
+decir esto se puso fuertemente colorada.
+
+Doa Paula y Venturita soltaron una carcajada.
+
+
+
+
+II
+
+DEL FELIZ ARRIBO DE LA BELLA-PAULA
+
+
+El pelotn de espectadores corri por las calles en direccin al muelle.
+Delante, rodeado de seis u ocho marineros, de su hijo Pablo y algunos
+amigos, iba don Rosendo, silencioso, preocupado, escuchando los
+comentarios de sus acompaantes, que los pronunciaban con la voz
+entrecortada por la fatiga.
+
+--Tiene suerte don Domingo; llega con ms de media marea--dijo un
+marinero aludiendo al capitn de la _Bella-Paula._
+
+--Qu sabes t si llega ahora? Bien puede estar fondeado desde la
+tarde--respondi otro.
+
+--Dnde?
+
+--Dnde ha de ser, mamn? en la concha--replic el otro enfurecindose.
+
+--Si hubiera estado se vera, to Miguel.
+
+--Cmo lo habas de ver, papanatas?... Has estado por si acaso en la
+pea Corvera?
+
+--La bandera de la _Bella-Paula_ se ve por encima de la pea, to
+Miguel.
+
+--Qu bandera ni qu mal rayo que te parta!
+
+--Qu carga trae, don Rosendo?--preguntle al armador uno de los que le
+acompaaban.
+
+--Cuatro mil quintales.
+
+--Escocia?
+
+--No; todo Noruega.
+
+--Viene a bordo el seorito de las Cuevas?
+
+Don Rosendo no contest. Al cabo de un momento de marcha cada vez ms
+precipitada, se volvi diciendo:
+
+--A ver; es necesario avisar a don Melchor que est entrando la
+_Bella-Paula_.
+
+--Yo ir--respondi un marinero destacndose del pelotn y marchando a
+internarse otra vez en el pueblo.
+
+Llegaron al muelle. La noche estaba fra, sin estrellas: el viento
+acostado: la mar en calma. Dejaron el antiguo y diminuto muelle y se
+dirigieron a la punta del Pen recin construda que avanzaba bastante
+ms por el mar. Brillaba en la obscuridad tal cual farolillo de los
+barcos anclados. Apenas se adverta la espesa red de su jarcia. Los
+cascos aparecan como una masa negra informe.
+
+Los recin llegados no vieron un grupo mucho mayor de gente que se
+apiaba en la punta misma del malecn hasta que dieron sobre l. Todos
+guardaban silencio con los ojos puestos en el mar, esforzndose por
+advertir entre las tinieblas las maniobras del buque. Las olas, que
+rompan blandamente contra las peas ms prximas, blanqueaban de vez
+en cuando en la obscuridad.
+
+--Dnde est?--preguntaron varios de los espectadores del teatro
+sacndose los ojos por ver algo.
+
+--All.
+
+--Dnde?
+
+--No ve usted aqu, hacia la izquierda, una lucecita verde?... Siga
+usted mi mano.
+
+--Ah, s, ya la veo!
+
+Don Rosendo subi al segundo cuerpo del paredn, y encontr all ya a
+don Melchor de las Cuevas. Era ste un caballero alto, muy alto, enjuto,
+afeitado a la usanza de los marinos, esto es, dejando la barba por el
+cuello como una venda. Tena ms razn para ello que la mayora de los
+vecinos de Sarri que se afeitaban de este modo, pues perteneca al
+honroso cuerpo de la Armada, si bien en calidad de retirado. Pero en los
+puertos de mar, particularmente cuando la poblacin es pequea, como la
+en que nos hallamos, el elemento martimo predomina y se infiltra de tal
+modo, que todos los habitantes, sin poderlo remediar, sin darse cuenta
+de ello, adoptan ciertos usos, palabras y formas de vestir de los
+marinos.
+
+Habra sido apuesto y galn el seor de las Cuevas en sus tiempos
+juveniles; porque hoy, a los setenta y cuatro aos, es un hombre brioso,
+erguido, de vivos y penetrantes ojos, nariz aguilea, noble y
+descubierta frente. Toda su figura anuncia energa y decisin.
+
+Estaba en pie sobre uno de los asientos adheridos al pretil del paredn,
+con unos enormes anteojos de mar dirigidos hacia la lucecita verde que
+brillaba con intermitencias all a lo lejos. Era con mucho la figura ms
+elevada que sala del grupo de espectadores.
+
+--Don Melchor, usted aqu ya!... Acabo de enviarle un recado a su casa.
+
+--Hace una hora que he venido--repuso el seor de las Cuevas, separando
+los anteojos de la cara.--He visto la barca desde el mirador poco
+despus de puesto el sol.
+
+--Deba suponerlo. Cmo se le haba a usted de escapar nada que pase
+por ah afuera?
+
+--Tengo mejor vista que cuando era un mozo de veinte aos--dijo don
+Melchor con firme entonacin y en voz alta para que lo oyesen.
+
+--Lo creo, lo creo, don Melchor.
+
+--A quince millas veo virar una lancha bonitera.
+
+--Lo creo, lo creo.
+
+--Y si me apuran un poco--profiri en voz ms alta an,--les cuento las
+portas a las fragatas que cruzan para el Ferrol.
+
+--Arre, arre un poco, don Melchor--dijo una voz.
+
+Hubo en la obscuridad carcajadas reprimidas, porque el seor de las
+Cuevas inspiraba respeto profundo a toda la marinera.
+
+El viejo marino volvi airado la cabeza hacia el sitio donde haba
+salido la cuchufleta. Esforzse en penetrar las tinieblas en silencio
+algunos instantes, y al cabo dijo con voz ronca:
+
+--Si supiese quin eres, pronto te arriaba yo en banda a la mar.
+
+Nadie os decir una palabra, ni hubo el ms leve conato de risa. En
+Sarri se saba que el seor de las Cuevas era muy capaz de hacerlo como
+lo deca. Haba servido en la marina de guerra ms de cuarenta aos,
+gozando siempre opinin de oficial bravo y pundonoroso, pero al mismo
+tiempo de una severidad que rayaba en barbarie. Cuando ya ningn
+comandante de buque se acordaba de nuestras antiguas ordenanzas
+martimas, don Melchor se empeaba en ponerlas en prctica y en todo su
+rigor. Contbase con terror en el pueblo, que haba ahogado a un
+marinero por pasarlo tres veces debajo de la quilla, segn prescriba la
+ordenanza para ciertas faltas; y a ms de ciento haba derrengado a
+palos o les haba levantado el pellejo con el chicote. Adems no haba
+en Sarri piloto o marinero que se las pudiese haber con l en lo
+referente a la mar, lo mismo en el conocimiento del tiempo, que en las
+maniobras de los barcos; en todos los secretos de la navegacin.
+
+La lucecita verde se iba acercando con lentitud. Percibase ya el bulto
+de la _Bella-Paula_ a simple vista, y adems otros dos o tres puntitos
+negros cerca de ella, que cambiaban a menudo de sitio. Eran la lancha
+del prctico y los botes auxiliares para tirar del barco cuando fuese
+necesario. Como el viento no soplaba apenas, la corbeta mantena izadas
+todas las velas. Sin embargo, ya estaba demasiado cerca del paredn para
+que esto no constituyese un peligro. Al menos don Melchor as lo
+entendi, porque comenz a jurar por lo bajo y a mostrarse inquieto. No
+pudiendo resistir ms, a sabiendas de que no le haban de oir, grit:
+
+--Aferra las gavias, Domingo. Qu aguardas?
+
+Apenas haba acabado de pronunciar estas palabras, cuando se vieron
+sobre las cofas los bultos casi imperceptibles de los marineros.
+
+--Acabramos!--exclam don Melchor.
+
+--S, que Domingo se chupa el dedo!--dijo por lo bajo el marinero a
+quien el seor de las Cuevas haba amenazado.
+
+El casco de la corbeta, pintado de negro con una banda blanca en la obra
+muerta, se destac al fin con pureza del fondo obscuro. Los ojos de los
+espectadores, habituados ya a las tinieblas, vean perfectamente todo lo
+que pasaba a bordo. Sobre el puente haba dos bultos, el del capitn y
+el del prctico. En la proa uno, el del piloto.
+
+--Y la escandalosa?--grit de nuevo don Melchor.
+
+La escandalosa de mesana, como si obedeciese a su voz, cay. La barca
+sigui acercndose cada vez con ms pausa. El viento no consegua
+henchir las velas bajas: la cangreja penda del palo lacia y desmayada
+como un vestido de baile usado. Pronto quedaron aferradas aqullas y
+arriada sta, y el barco comenz a caminar con sosiego desesperante
+remolcado por los dos botes. Las figuras de los remadores se levantaron
+acompasadamente sobre los bancos. Y la voz de los patrones
+gritando:--Hala avante! hala duro!--rompi con bro el silencio de la
+noche.
+
+Pero los tirones eran tan dbiles con relacin a la masa, que el buque
+apenas se mova. Cuando al cabo de un cuarto de hora consigui acercarse
+unas treinta brazas de la punta del Pen, larg un cabo, que uno de los
+botes trajo al malecn para ayudar a virar a la corbeta.
+
+--Capitn, capitn!--grit uno con voz estentrea desde el grupo.
+
+--Qu hay?--contestaron del buque.
+
+--Viene a bordo el seorito de las Cuevas?
+
+--S.
+
+--Pues ojo con el seorito de las Cuevas... Los dems que se ahoguen.
+
+La broma produjo gran algazara en la muchedumbre. Volvi a reinar el
+silencio. La corbeta comenzaba a virar, apoyada en el cabo de tierra,
+que rechinaba con la tensin. La gente del muelle se puso a hablar con
+la de a bordo. Pero sta se mostraba silenciosa, taciturna, atendiendo a
+las maniobras ms que a las preguntas que les dirigan. Entonces el
+temperamento burln de la marinera en aquella comarca se ostent de
+nuevo. Los de tierra comenzaron a dar vaya a los de a bordo, sobre todo
+a un cierto sujeto que pareca un montn de pelos, a quien apodaban
+Tanganada, el cual se mova de un lado a otro, con la gracia de un oso,
+manejando los cables, y lanzando gruidos de desprecio a la muchedumbre.
+
+--Oyes, Tanganada; ya tendrs ganas de comer una cazuela de bacalao,
+verdad?
+
+--Algrate, Tanganada; hay sidra en el lagar de Llandones.
+
+--Haca calor en Noruega?
+
+--All te quisiera ver yo, ladrn!--gru Tanganada, mientras aferraba
+una vela.
+
+Los marineros saludaron la frase con grandes carcajadas.
+
+--Larga tierra!--grit el prctico desde el puente.
+
+--Hala a bordo!--contest el marinero que tena el socaire soltando el
+chicote. El cable cay al mar, y comenz a subir velozmente por el
+costado del buque.
+
+Este se encontraba al abrigo del malecn, pero no haba marea bastante
+para atracar al antiguo muelle. El capitn di una voz al piloto.
+
+--Fondo!
+
+El piloto dijo a los marineros que tena a su lado:
+
+--Arra!
+
+El ancla cay al mar con un ruido estridente de cadenas. La barca se
+dispuso a virar sobre ella.
+
+--Vas a amarrarte a tierra, Domingo?--pregunt don Melchor.
+
+--S, seor--respondi el capitn.
+
+--No hay necesidad; amrrate en dos. Dentro de una hora podrs
+enmendarte.
+
+--Tanto me cuesta uno como otro--dijo en voz baja el capitn alzando los
+hombros, y luego en voz alta aadi:
+
+--Echa la de uso!
+
+Otra ancla cay al mar con el mismo ruido.
+
+--Cmo le va a usted, to?--dijo una voz dulce y varonil desde a bordo.
+
+--Hola, Gonzalito. Llegas bueno, hijo mo?
+
+--Perfectamente; voy all ahora mismo.
+
+Y se baj con gran agilidad por un cable al bote.
+
+--Vamos a esperarle--dijo don Rosendo ponindose a andar.
+
+Pero la mano del seor de las Cuevas le sujet como unas tenazas por el
+brazo.
+
+--Dnde va usted, hombre de Dios?
+
+--Qu es eso?--pregunt el armador asustado.--Ah, es cierto! No me
+acordaba de que estbamos en el segundo paredn!... La obscuridad...
+Tanto tiempo aqu... El mareo de estar con la vista fija... en el
+barco... Dios mo! Qu hubiera sido de m si usted no me sujeta?
+
+--Pues nada, se hubiera usted deshecho los sesos contra las losas de
+abajo.
+
+--Virgen Santsima!--exclam don Rosendo ponindose horriblemente
+plido. La frente se le cubri de un sudor fro, y las piernas le
+flaquearon.
+
+--No tenga usted miedo por lo que ya pas, amigo. Bajemos a recibir a
+Gonzalito.
+
+Bajaron en efecto al muelle, donde acababa de saltar un joven alto,
+rubio, de gallardo aspecto, vestido con un largo gabn que casi le
+llegaba a los pies.
+
+--To!
+
+--Gonzalo!
+
+Se fueron acercando, hasta que quedaron abrazados los dos gigantes.
+Tambin don Rosendo salud con efusin al joven; pero estaba tan
+preocupado con el peligro que haba corrido su existencia, que al
+instante volvi a ponerse sombro y melanclico. Apenas pudo contestar a
+las preguntas que el contramaestre le hizo, pidindole instrucciones por
+encargo del capitn.
+
+Pusironse en marcha luego hacia la casa de don Melchor, situada en lo
+ms alto de la villa, seoreando una extensin inmensa de mar. Durante
+el camino, Gonzalo dej que su to fuese delante, y un poco acortado
+hizo algunas preguntas a don Rosendo acerca de su familia.
+
+--Cmo est doa Paula? Le ha desaparecido la rija del ojo? Y Pablo?
+Contina con la misma aficin a los caballos? Y Venturita? Estar
+hecha una mujer ya, verdad?... (Pausa.) Cecilia est buena?--termin
+preguntando rpidamente.
+
+A todas sus preguntas respondi el seor de Belinchn con monoslabos.
+
+--Sabes, Gonzalo--dijo parndose de pronto,--que por un poco me mato
+ahora mismo?
+
+--Cmo!
+
+Le cont con prolijidad el percance del muelle. Terminado el relato,
+cay en una profunda consternacin.
+
+--Supongo que la familia ya estar en la cama?--pregunt Gonzalo
+despus que hubo deplorado bastante (al menos en su concepto) el
+peligro del comerciante.
+
+--No; estn en el teatro... No sabe uno dnde la tiene; verdad,
+querido?
+
+--Hola! Hay compaa?
+
+--S, desde hace unos das. Crees que me hubiera matado, Gonzalo?
+
+--Phs... tal vez se hubiera usted roto una pierna, o las dos... o una
+costilla.
+
+--Menos malo!--exclam el seor de Belinchn dejando escapar un
+suspiro.
+
+En esto se haban internado ya bastante en la poblacin, y al llegar a
+cierta calle, don Rosendo se despidi del to y del sobrino. Dile ste
+la mano con visible tristeza.
+
+--Voy al teatro a buscar a la familia. Hasta maana; que descanses,
+Gonzalo.
+
+--Hasta maana... Recuerdos.
+
+El seor de las Cuevas y su sobrino se emparejaron caminando lentamente
+la vuelta de la casa del primero. Cay entonces sobre el viajero un
+chaparrn de preguntas, no relativas a su estancia en Inglaterra, sino
+todas ellas referentes al viaje por mar. Qu tal el viento? de bolina
+siempre, verdad?... No se os cay alguna vez? El barco no cabeceara
+mucho; viene bien cargado... Y las corrientes? No marearais siempre
+con toda la tela, eh? A que habis arrizado a la salida de Liverpool?
+Conozco, conozco el pao!
+
+Responda Gonzalo con distraccin a las preguntas, que, por otra parte,
+entenda a duras penas. Iba cabizbajo y melanclico. Observndolo al fin
+su to, se par en firme y dijo:
+
+--Qu tienes, Gonzalito? Parece que ests triste.
+
+--Yo? Ca! No, seor.
+
+--Jurara que s.
+
+Siguieron otro rato en silencio, y don Melchor, dndose una palmada en
+la frente, exclam:
+
+--Ya s lo que tienes!
+
+--Qu?
+
+--Mal de la tierra. A m me ha pasado siempre lo mismo. Cuando saltaba
+en tierra despus de algn viaje me entraba una desazn, una tristeza,
+un deseo tan grande de volverme a bordo! Duraba dos o tres das hasta
+que me iba acostumbrando. El caso es que tena afn de llegar al puerto;
+pero, una vez en l, echaba de menos la vida de a bordo. No s lo que
+tiene el mar que atrae, verdad?... Aquel aire tan puro!... Aquel
+movimiento!... Aquella libertad!... A que sientes ganas de volverte al
+barco, eh?--termin diciendo con una sonrisa maliciosa que acreditaba
+su extremada perspicacia.
+
+--Malditas... De lo que tengo gana, to, voy a decrselo en confianza...
+es de ver a mi novia.
+
+Don Melchor qued asombrado.
+
+--De veras?
+
+--Lo que usted oye.
+
+Reflexion un momento el seor de las Cuevas, y al cabo dijo:
+
+--Bien; si quieres puedes ir al teatro a saludarla... Mientras tanto, yo
+voy a ver cmo se enmienda Domingo.
+
+--De qu se ha de enmendar? Es una persona excelente--repuso el joven
+sonriendo.
+
+El to, sin comprender la irona, le mir con desprecio.
+
+--Vaya, veo que vienes tan ignorante como has ido... Te aguardo para
+cenar.
+
+--No me aguarde usted, to--contest Gonzalo, que ya estaba
+lejos.--Quiz no cene.
+
+Y sin tomar carrera, pero con extraa velocidad, gracias a sus
+descomunales piernas, salv las calles, alumbradas por algunos raros
+faroles de aceite, en direccin al teatro. Cualquiera que le tropezase
+en aquella hora le diputara por un inglesote de los muchos que llegan a
+Sarri mandando barcos unas veces, otras a reconocer cotos mineros o a
+montar alguna industria. Su estatura colosal, su corpulencia, no son los
+signos caractersticos de la raza espaola, siquiera nos hallemos en una
+de las provincias del Norte. Luego, aquel gabn tan largo, las botas de
+tres suelas, el sombrero de forma extica, denunciaban claramente al
+extranjero. Pues mirndole al rostro acababa de completarse la ilusin,
+porque era blanco y terso y adornado con larga barba rubia, los ojos
+azules, o ms propiamente garzos, al igual de los que se ven casi sin
+excepcin en las razas septentrionales. Aprovechemos los cortos momentos
+que nos quedan antes que llegue al teatro para proporcionar al lector
+algunos datos biogrficos acerca de este mancebo.
+
+La familia de las Cuevas a la cual pertenece, vena siendo de gigantes y
+marinos, desde tiempo inmemorial. Marino haba sido su padre, marino su
+abuelo, marinos sus tos, y marinos tambin los hijos de stos. Gonzalo
+qued hurfano de padre y madre cuando no contaba ocho aos de edad,
+dueo de una fortuna no despreciable, administrada por su to y tutor
+don Melchor, en cuyo poder y guarda le dej el padre al morir. Bien
+quisiera el viejo marino que su pupilo continuase la no interrumpida
+tradicin del linaje de las Cuevas en cuanto a la carrera. Para
+despertarle la aficin o inclinarle a la marina, le compr una preciosa
+balandra donde ambos se paseaban por las tardes o salan de pesca.
+
+Pero todos los propsitos del buen caballero se estrellaron contra las
+aficiones terrestres de su sobrino. De la mar no le gustaban a ste ms
+que los peces; pero aderezados ya y humeando en medio de la mesa.
+Todava transiga, no obstante, con la caldereta merendada all en algn
+recodo de la costa, sentado sobre una pea donde manase agua fresca
+potable. A los catorce aos era Gonzalo un muchacho espigado y robusto,
+que estudiaba en el colegio privado de Sarri la segunda enseanza y se
+examinaba todos los aos en la capital, obteniendo ordinariamente la
+calificacin de _bueno_ y una que otra vez, muy rara, la de
+_notablemente aprovechado_. Bien quisto de sus compaeros por su
+condicin noble y franca, y respetado tambin por virtud de sus puos
+formidables. Los caballeros de la villa le agasajaban a causa de su
+posicin y la familia a que perteneca; los marineros y dems gente del
+pueblo le amaban por su carcter llano y comunicativo.
+
+Despus de graduado bachiller en Artes, permaneci en Sarri tres aos
+todava sin hacer nada. Levantbase tarde, se iba al casino y all
+pasaba la mayor parte del da jugando al billar, en el cual lleg a ser
+extremado. A pesar de ser el nio mimado de la poblacin, visitaba pocas
+casas. Prefera la vida estpida y depravada del caf, a la cual se
+haba habituado. No obstante, como no era cerrado de inteligencia y su
+exuberante naturaleza rebosaba de actividad y de fuerza, las empleaba
+una que otra vez en el estudio de algunos ramos de la ciencia.
+Aficionse a la mineraloga, y muchas tardes, abandonando el casino y el
+billar, se iba por los contornos de la villa en busca de piedras
+minerales y ejemplares de fsiles, llegando a reunir una rica coleccin.
+A ratos le di tambin por ejercitarse en el microscopio: hizo traer uno
+costoso de Alemania y comenz a examinar diatomeas y a prepararlas
+admirablemente sobre unos cristalitos que l mismo cortaba. Por ltimo,
+habiendo cado en sus manos un libro sobre la fabricacin de la cerveza,
+entregse con ahinco a su estudio, pidi a Inglaterra otros varios y
+comenz a imaginar que acaso en Sarri se obtendra un resultado feliz y
+pinges beneficios con esta industria desconocida. Se le ocurri montar
+una fbrica. Pero habiendo comunicado el proyecto con su to, este varn
+esforzado crey oportuno lanzar una serie de gritos inarticulados, fuera
+todos ellos del diapasn normal, terminados los cuales se le oy
+exclamar:
+
+--Cmo! Un Cuevas metido a cervecero! El hijo de un capitn de navo,
+el nieto de un contralmirante de la Armada! T ests desarbolado,
+Gonzalo. Bien dice el refrn que la ociosidad es madre de todos los
+vicios. Si hubieses ingresado en la Escuela de Marina como yo te
+aconsejaba, a estas horas seras ya guardia marina de primera, y
+estaras corriendo el mundo sin pensar en tales payasadas.
+
+Gonzalo se call, pero no dej de seguir leyendo sus mtodos de
+fabricacin. Comprendiendo que sin visitar por s mismo las fbricas
+principales y sin estudiar con seriedad el asunto no alcanzara
+resultado alguno, se resolvi a seguir la carrera de ingeniero
+industrial en Inglaterra. Cuando se arroj a decrselo a su to, no le
+son mal al marino el nombre de ingeniero; pero el calificativo de
+industrial volvi a despertar en su espritu la misma tempestad de odios
+y rencores que le haba producido la cerveza.
+
+--Industrial, industrial! Hoy cualquier limpiabotas se llama
+industrial. Hazte buenamente ingeniero de caminos, canales y puertos, o
+de minas.
+
+Por este tiempo conoci, o para hablar con ms propiedad, trat, pues en
+Sarri todos se conocan, a su novia actual, la seorita de Belinchn.
+Un da su to le envi a casa del rico comerciante con encargo de
+preguntarle si podra darle una letra sobre Manila. Don Rosendo no se
+hallaba en su escritorio, que estaba en la planta baja de la casa, y
+como el negocio era urgente, Gonzalo se decidi a subir. La doncella que
+le abri estaba con prisa.
+
+--Pase usted, don Gonzalo; la seorita Cecilia le dir dnde est el
+seor.
+
+Penetr en un cuarto desarreglado, con montones de ropa por el suelo y
+una mesa en el centro, donde la hija primera de los seores de Belinchn
+estaba aplanchando una camisa en traje no adecuado a su categora. Un
+vestidillo rado y un pauelo atado a la cintura como las artesanas; en
+los pies unas zapatillas bastante usadas. No se ruboriz porque el joven
+la encontrase en aquel arreo ni en tan baja ocupacin, ni exclam como
+otras muchas haran en su caso:
+
+--Jess, de qu forma me encuentra usted!--llevando las manos al pelo o
+a la garganta.
+
+Nada de eso. Suspendi un momento su tarea, sonri con dulzura y aguard
+a que el joven hablase.
+
+--Buenas tardes--dijo, ponindose colorado.
+
+--Buenas tardes, Gonzalo--respondi ella.
+
+--Podra ver a su pap?
+
+--No s si est en casa. Voy a ver--repuso la joven, dejando la plancha
+sobre la mesa y pasando por delante de l.
+
+Cuando ya se haba alejado un poco, se volvi para preguntarle:
+
+--Su to est bueno?
+
+--S, seora, s... Digo, no... hace algunos das que no se levanta de
+la cama... Tiene un catarro fuerte.
+
+--No ser cosa de cuidado?
+
+--Creo que no, seora.
+
+La joven continu su camino sonriendo. Le haca gracia que Gonzalo la
+llamase seora no habiendo cumplido los diez y seis aos y contando l
+ms de veinte. Ambos, sin haberse hablado de grandes, se conocan como
+si fuesen hermanos. Se encontraban todos los das en la calle, en el
+paseo, en el teatro, en la iglesia. De pequeos recordaba Cecilia que
+cierta tarde en la romera de Elorrio bailando la giraldilla con otras
+chicas de su edad, se llegaron unos granujas a estorbarlas, tirndolas
+del pelo desde fuera, empujndolas con fuerza y metindose en el corro
+gritando para hacerlas perder el comps. Gonzalo, que era un grandulln
+de trece aos, viendo aquella fea tosquedad, acudi en su auxilio, y
+puntapi va, trompada viene, soplamocos a uno y puada a otro, en un
+instante puso en dispersin a los tres o cuatro descorteses mozuelos.
+Los ojos de las diminutas bailarinas le contemplaron con admiracin. En
+aquellos corazones femeninos de cinco a diez aos qued grabado para no
+borrarse jams un sentimiento de gratitud hacia el heroico mancebo. Otra
+vez, aos adelante, un da de San Juan, Gonzalo cedi a ella y su
+familia la balandra para pasearse por el mar, pues los botes y lanchas
+escaseaban en tal ocasin. Mas ninguna de estas circunstancias engendr
+el trato entre ellos. Si los encontraba muy de frente, Gonzalo sola
+llevarse la mano al sombrero; si no, pasaba de largo como si no los
+viese, a pesar del conocimiento, ya que no amistad ntima, que su to
+mantena con el seor Belinchn. La vida exclusiva de caf, el ningn
+trato con las mujeres, haban hecho de Gonzalo un joven apocado y
+vergonzoso.
+
+--Pase usted, Gonzalo; pap le espera en la sala--dijo la joven cruzando
+de nuevo por delante de l.--Que se alivie su to.
+
+--Muchas gracias--respondi acortado. Y al alejarse caminando hacia
+atrs, como era tan alto, di un testarazo con la lmpara de la
+antesala, que por poco la hace venir al suelo.
+
+Mir con angustia hacia arriba, se apresur a sujetarla y se puso muy
+colorado.
+
+--Se ha lastimado usted?--pregunt Cecilia con inters.
+
+--Ca! No, seora... al contrario... Caramba, por un poco la rompo!
+
+Y se retir cada vez ms confuso.
+
+Hallbase nuestro mancebo en aquel punto y sazn en que los hombres se
+enamoran de una escoba. La edad del amor se haba retrasado para l un
+poco. Esto suele acontecer en todos aquellos en quienes los msculos
+tiranizan a los nervios. Por eso la seorita de Belinchn, aunque nada
+linda, despert repentinamente en l cierta simpata que es fcil
+transmutar en pasin. Y como consecuencia de aquella brevsima
+entrevista, Gonzalo pas desde entonces alguna que otra vez sin
+necesidad por delante de la casa de los seores de Belinchn mirando con
+el rabo del ojo a los balcones; cuid ms del alio del traje y la
+persona; iba a misa de diez los domingos a San Andrs, donde doa Paula
+y sus hijos la oan. En el teatro sola dirigirle con disimulo vivas
+miradas y alguna que otra vez se aventuraba a soltarle un sombrerazo.
+Pero en cuanto lo haca se pona colorado y miraba con susto a todas
+partes, temblando de que aquel naciente sentimiento de su alma fuese
+descubierto.
+
+Inocente Gonzalo! Mucho antes de que l se diese cuenta cabal de tal
+inclinacin, la villa entera la conoca. Nada se puede ocultar, sobre
+todo en lo que toca a las relaciones de sexo a sexo, a los ojos
+zahores de las comadres de un pueblo de escaso vecindario. Y no slo se
+conoci, pero hasta se daba como cierto el matrimonio en plazo ms o
+menos lejano. Pasaban los meses, no obstante, y aquello no avanzaba un
+paso. Los testimonios que Gonzalo daba de su aficin seguan siendo los
+mismos. La mayor parta de los das se reducan a pasar despus de comer
+por delante de la casa del rico comerciante, para ir al casino. Cecilia
+sola estar cosiendo detrs de los cristales. Mano al sombrero; sonrisa;
+adelante; luego el billar, y hasta otro da. Don Melchor le encarg
+otras dos veces recados para don Rosendo, pero tuvo la buena suerte de
+hallarle siempre en el despacho. Decimos buena suerte, porque Gonzalo
+temblaba ante la idea de subir a la casa y tropezarse con Cecilia.
+
+Haba cumplido ya los veinte aos. La idea de hacerse ingeniero
+industrial y ocuparse en algo til, volva de vez en cuando a su
+espritu en medio de aquella vida holgazana. El compaero que tornaba de
+alguna academia militar, la conversacin con algn ingeniero ingls, la
+frase de desprecio que escuchaba en el casino acerca de los que no
+tenan carrera, despertbanle de pronto el deseo. Al fin, un da le dijo
+a su to que si le daba permiso se iba a Inglaterra a estudiar algo y
+ver mundo. Como don Melchor nada poda oponer a este justo y laudable
+propsito, pocos das despus Gonzalo recorra algunas casas de
+parientes y amigos, donde haca aos que no pona los pies, para
+despedirse, y una tarde apacible y bella de primavera se embarcaba en el
+bergantn redondo _Viga_ con rumbo a la Gran Bretaa.
+
+Se acordaba de Cecilia? No lo sabemos. En temperamentos como el de
+nuestro mancebo, el fuego de las pasiones tarda mucho tiempo en prender,
+aunque a la postre causa grandes estragos.
+
+Pasaron tres aos. Termin la carrera de ingeniero que es breve y
+prctica en Inglaterra, y se determin a visitar las principales
+fbricas de este pas y de Francia y Alemania. En el tiempo que duraron
+sus estudios el recuerdo de Cecilia asaltbale de vez en cuando, sin
+causarle, por supuesto, emocin muy viva. All en la primavera cuando la
+sangre circula con ms fuerza por las venas y la madre Naturaleza con el
+verdor de los campos, los vvidos colores de las flores, los juegos de
+la luz, el aire tibio embalsamado, y sobre todo, por medio de sus
+intrpretes ms fieles, los pjaros, nos incita para que en modo alguno
+consintamos que la especie humana se extinga, Gonzalo pensaba en el
+matrimonio. Y siempre que tal idea surga en su mente, presentbasele de
+improviso hecha carne en la nia primera de los seores de
+Belinchn:--Pase usted, Gonzalo; pap le espera. Se ha lastimado
+usted?--Volvan a sonar en sus odos aquellas palabras y el acento
+carioso con que fueron pronunciadas encenda en su corazn virgen una
+chispa de simpata. La joven no era hermosa, pero sus ojos s, y sobre
+todo revelbase en ella el atractivo del sexo por el aire modesto y
+sencillo, el timbre de la voz, la delicadeza exquisita, enteramente
+femenina de sus modales. No me disgustara casarme con ella pensaba
+dejando escapar un suspiro; porque juzgaba imposible que se atreviese a
+decir a sta ni a ninguna seorita palabra alguna de amor. Hasta
+entonces no conoca de tal pasin ms que el aspecto material y grosero,
+las relaciones fugaces y tristes de las mujeres que le abocaban por la
+noche en las calles de Londres y Pars.
+
+Un da escribiendo a cierto amigo ntimo de Sarri se le ocurri
+preguntarle si Cecilia Belinchn se haba casado. Contestle que an
+permaneca soltera y que si era muy cierto que algunos galanes la
+rondaban seducidos quiz por el dinero de Belinchn ms que por las
+gracias de su hija, hasta ahora no se saba que hubiese dado odos a
+nadie. Al leer esto, se le subi la sangre al rostro al ingeniero
+industrial. Tuvo la fatuidad de pensar (que se le dispense por Dios) que
+Cecilia rechazaba a los pretendientes a su mano... porque a ninguno
+encontraba tan guapo como l. Entonces imagin declararle su amor por
+medio de una carta. Estando tan lejos no tendra vergenza. Sin embargo,
+la tuvo, y cuando trat de coger la pluma para hacerlo, antes de trazar
+el primer rengln, volvi a dejarla al representarse la sorpresa que la
+joven recibira. Pasaron algunos das. La idea no le abandonaba. Por
+medio de mil sutiles razonamientos procuraba persuadirse a escribir la
+epstola amorosa. Si se rea de l, qu? no haba de verlo. Con no
+volver ms a Sarri estaba concludo; y si volva ya procurara no
+encontrrsela de frente. Al fin la escribi. Tvola guardada en el cajn
+de su mesa varios das. La idea de echarla al correo le aterraba. Para
+decidirse a ello, necesit beberse unas copitas de ron. Cuando estuvo un
+poco mareado sac la carta del cajn, lanzse a la calle con bro, y en
+el primer buzn con que tropezaron sus ojos, zas! la encaj.
+
+Dios mo, qu he hecho! Disipse la borrachera. Se puso colorado hasta
+las orejas, como si por el agujero de aquel buzn le estuviesen mirando
+los ojos burlones de todos los vecinos de Sarri; y se apresur a meter
+los dedos en l por ver si an poda atrapar el malhadado sobre. Nada.
+Se lo haba engullido con la voracidad de un tiburn, y lo estaba ya
+digiriendo. Ocurrisele entonces presentarse en las oficinas de Correos
+y reclamarlo; pero all le exigieron tales formalidades, que antes de
+pasar por ellas prefiri dejar correr la suerte.
+
+Pas ocho das en gran zozobra. A la hora de repartir las cartas en la
+fonda, experimentaba una ansiedad que le sofocaba, esperando ver llegar
+encerradas en un sobrecito las feas y colosales calabazas, castigo justo
+a su demasa y sandez. Transcurrieron, no obstante, los ocho das y aun
+los quince, y la contestacin no pareca. Se fu calmando con la
+esperanza vaga de que la carta no hubiese llegado a su destino. Si haba
+llegado, forjbase la ilusin de que Cecilia la habra roto sin dar
+cuenta a nadie. Mas he aqu que, cuando ya no la esperaba, se encuentra
+a la hora de almorzar sobre el plato una carta de Espaa, letra
+desconocida de mujer. Es irrepresentable la congoja que le acometi. Se
+puso tan blanco como el mantel. El corazn quera saltrsele del pecho.
+Abrila con mano trmula... Ahaaa! suspir descansado, despus de
+haberla devorado en dos segundos. Llevse la mano al pecho, limpise el
+sudor con el pauelo, y volvi a tomar la carta y a releerla con calma.
+
+Era, en efecto, de Cecilia, y estaba escrita en un tono suavemente
+irnico, que nada tena, sin embargo, de ofensivo. Manifestbase
+sorprendida de su repentina e inopinada declaracin. Qu mosca le haba
+picado al cabo de cuatro aos de ausencia? Sus padres, que antes que
+ella haban abierto la carta, estaban igualmente sorprendidos: opinaban
+que era un paso irreflexivo, propio de los pocos aos, un capricho del
+momento, del cual ya estara probablemente arrepentido. Ella comparta
+enteramente esta opinin. Sin embargo, la haban permitido, y aun
+aconsejado que contestase, por tratarse de un joven del pueblo, con cuya
+familia mantenan relaciones de amistad.
+
+Esta epstola le puso contentsimo de pronto. No eran las desdeosas
+calabazas que esperaba. Despus se puso triste, y al minuto otra vez
+alegre, leyndola y releyndola por ver si daba en la clave. Eran o no
+eran calabazas? Apresurse a contestar, pidiendo perdn de su
+atrevimiento, y confirmando su declaracin anterior con nuevas y
+vehementes frases. Replic al cabo de algunos das la nia en trminos
+ms blandos y afectuosos. Torn a escribir Gonzalo; cruzronse retratos;
+intervino doa Paula. En suma, al cabo de poco tiempo, se encontraban
+ambos jvenes en relacin formal. Comenz a hablarse de matrimonio;
+mediaron cartas entre don Melchor y su sobrino; despus visitas entre
+aqul y don Rosendo. Finalmente todo qued arreglado, convinindose que
+a la primavera regresara Gonzalo, y se efectuara el casamiento.
+
+
+
+
+III
+
+EN EL QUE LA PAREJA ENAMORADA COMIENZA A PENSAR EN EL NIDO
+
+
+Salan ya del teatro los que haban quedado. Gonzalo tropez con la ola
+de gente que vomitaba la puerta, y as como fu reconocido, se
+apresuraron a rodearle y saludarle sus antiguos amigos. El primero que
+le ech los brazos al cuello fu don Mateo, despus vino don Pedro
+Miranda y su hijo Periquito, en seguida el alcalde don Roque, despus
+don Victoriano y su esposa doa Rosario y sus tres hijas. En un instante
+se form crculo en torno del joven, quien se apresuraba a contestar con
+efusin a los plcemes, abrazos y apretones de manos que de todos sitios
+le venan. Los marineros, las mujeres del pueblo tomaban parte en
+aquellas manifestaciones de cario lo mismo que los _seores_. No se
+oan ms que exclamaciones de admiracin y alegra.
+
+--Cunto has engordado, Gonzalito.--Vaya un real mozo!--Por qu no
+creces como l, Periquito?--Don Gonzalo, les come usted las sopas en la
+cabeza a todos los mozos de Sarri.--Crecer no ha crecido, lo que ha
+hecho es doblar de cuerpo.--Ven ac, granadero, dame un abrazo apretado.
+
+Un patrn de barco afirm que se pareca como una gota de agua a otra al
+Prncipe de Gales. Acaso Gonzalo fuese un poco ms alto.
+
+El robusto corpachn de ste, alzbase sobre el grupo. Daba la mano por
+encima de las cabezas a los amigos que no podan llegarse a l, y su
+noble y bondadosa fisonoma sonrea a todos.
+
+Don Mateo, alzndose sobre la punta de los pies y tirndole del brazo
+para que se doblase, pudo decirle al odo:
+
+--Qu funcin te has perdido, Gonzalo! Lstima que no hayas llegado por
+la tarde. La tiple cant como un ngel... Y el baile!... El baile te
+digo, chico, que ni en Bilbao ni en la Corua lo sacan mejor... Pero no
+te disgustes, que yo har que se repita antes que se vaya la compaa...
+o poco he de poder.
+
+Pero Gonzalo no atenda. Con los ojos clavados en la puerta, esperaba
+inquieto y afanoso la salida de la familia de Belinchn, que como
+principal y de las ms encopetadas, se retrasaba siempre para no
+confundirse con la plebe. Por fin a la luz del farol que arda sobre el
+marco de la puerta, divis la fisonoma de doa Paula y en seguida la de
+Cecilia. Abalanzse trmulo a saludarlas. La hija se puso colorada como
+un pavo (es natural), y la madre tambin (esto es menos natural). Qu
+le tocaba hacer a l? Ruborizarse igualmente; y esto fu lo que llev a
+cabo de un modo perfecto. A los tres les temblaba la voz, y despus de
+preguntarse por la salud, no supieron qu decirse. Las miradas cargadas,
+de curiosidad de la gente contribuan a embarazarlos. Felizmente lleg
+Pablito con Ventura, que se haban rezagado, y nuestro joven salud al
+primero afectuosamente y dirigi a la segunda una ceremoniosa cabezada.
+
+Pablo sonri.
+
+--Qu, no la conoces? Es mi hermana Ventura.
+
+--Oh! Cmo haba de conocerla? Es una mujer... Cmo est usted,
+Ventura?
+
+La nia le alarg la mano mirndole con expresin maliciosa y burlona
+que acab de desconcertarle.
+
+Pusironse en marcha hacia casa. Venturita ech a correr delante
+arrastrando a su hermano. Detrs marchaban doa Paula, Cecilia y
+Gonzalo. Cerraba la marcha don Rosendo con su buen amigo don Pedro
+Miranda. Las calles estaban obscuras. Slo ardan a aquellas horas los
+faroles de esquina. La distancia entre los tres grupos se fu haciendo
+cada vez mayor.
+
+Gonzalo comenz a hacer esfuerzos desesperados por sostener la
+conversacin con su futura, esposa y suegra; pero aqulla no despegaba
+los labios, dominada, sin duda, por la vergenza, y doa Paula andaba
+muy lejos de ser una madame Stael. Como tampoco l haba colaborado en
+el Diccionario de la Conversacin, el resultado era que sta no
+prosperaba. Por cartas haba llegado a tener confianza. Doa Paula pona
+a menudo postdatas en las de Cecilia. Gonzalo replicaba con alguna
+cuchufleta, mandaba estampitas, caricaturas para Ventura, y se portaba
+en todo como un miembro de la familia. Pero ahora los tres
+experimentaban malestar embarazoso. Nuestro joven en su vida haba
+hablado con la seora de Belinchn, y con Cecilia slo haba cruzado las
+palabras que hemos dicho. Luego, all delante, Venturita rea a
+carcajadas con su hermano, y los novios presuman fundadamente que
+estaban ellos sobre el tapete. No obstante, cuando ya se acercaban, a
+casa, la pltica fu tomando calor y haba algunos sntomas para creer
+que muy pronto iba a reinar la confianza.
+
+Formse un grupo a la puerta de la morada de los seores de Belinchn,
+que estaba situada en la Ra Nueva, la calle ms principal de Sarri, y
+era grande y suntuosa para lo que all se estilaba. Como Gonzalo no
+haba cenado an, don Rosendo le invit a subir a hacerlo con ellos tan
+de veras, y con palabras tan apremiantes, que el joven, que no deseaba
+otra cosa, concluy por aceptar. Despidironse el seor Miranda y su
+hijo Periquito, y la familia Belinchn, con el nuevo individuo que iba a
+formar parte de ella, subi a la casa. En el recibimiento, las seoras
+se despojaron de los abrigos y las toquillas. La luz volvi a turbarlos.
+Gonzalo pudo ver bien entonces a su novia, y observ que no haba ganado
+nada en los aos de ausencia. Estaba ms alta, pero ms delgada tambin.
+Los amores no ponen gordas a las nias. La nariz, con esto, se le haba
+pronunciado todava ms. Slo aquellos ojos hermosos, suaves,
+inteligentes, persistan en brillar como dos estrellas. La
+transformacin de Venturita, aquella nia que vea cruzar para el
+colegio, colgada del brazo de la doncella dando saltitos para no perder
+el paso, le llam poderosamente la atencin. Era una mujer, una
+verdadera mujer, no tanto por la estatura, como por la redondez y
+amplitud de las formas, como por la firmeza singular de su mirada y
+cierto brillo malicioso que la acompaaba. Examinronse ambos como dos
+extraos de una rpida ojeada. Gonzalo le dijo por lo bajo a doa Paula:
+
+--Qu cambio el de Venturita! Es una joven preciosa.
+
+Por bajo que lo dijo la nia lo oy. Se puso seria con afectacin, hizo
+un leve mohn de desdn con los labios, y se fu derecha al comedor,
+ocultando el cosquilleo placentero que aquel requiebro tan espontneo la
+haba causado.
+
+La mesa estaba puesta: una mesa patriarcal de provincia, abundante,
+limpia, sin flores ni los dems refinamientos elegantes que la
+civilizacin va introduciendo. Y al acercarse a ella, el embarazo de
+Gonzalo haba desaparecido. Pareca que ayer haba cenado all tambin.
+Una rfaga de alegra sopl sobre todos. Cambironse palabras y risas.
+Gonzalo abrazaba a Pablito y le preguntaba por sus caballos. Doa Paula
+arreglaba la distribucin de los cubiertos. Venturita, sentada ya, se
+atracaba de aceitunas, tirando los huesos a su hermana y hacindole
+guios provocativos, mientras sta, con las mejillas encendidas y los
+ojos brillantes, se llevaba el dedo a los labios pidindole discrecin.
+Don Rosendo haba ido a ponerse la bata y el gorro, sin los cuales le
+habra hecho dao la cena. Su esposa invit al joven forastero a
+sentarse en el puesto vecino al de Cecilia. Pero sta se haba pasado al
+otro extremo de la mesa, y all se dispona a sentarse.
+
+--Qu haces, chica? Por qu no vienes a tu sitio?--le pregunt doa
+Paula con sorpresa.
+
+La joven se levant sin contestar, ruborizada, y vino a sentarse al lado
+de su novio.
+
+La clsica sopa de manteca con huevos humeaba ya en el centro de la
+mesa.
+
+--Mira, haz plato a Gonzalo... Comienza ya a servirle--le dijo despus
+sonriendo bondadosamente, como mujer que profesaba ideas semejantes a
+las expresadas por San Pablo en su clebre epstola.
+
+Cecilia se apresur a obedecer, colmando el plato de su futuro. Este
+posea ordinariamente un apetito excelente, apropiado a su grande
+humanidad. Ahora, sobreexcitado por el aire del mar y algunas horas de
+ayuno, era voraz. Comi sin dejar migaja, sin cortedad alguna, cuanto le
+ponan delante; y eso que Cecilia, como podr suponerse, no tena la
+mano corta en servirle. Cuando empezaba a comer, Gonzalo perda la
+vergenza. La necesidad apremiante de su organismo giganteo se impona.
+En cambio, Cecilia apenas si tocaba en los manjares. Viendo en su plato
+dos pedacitos de jamn del tamao de dos avellanas, preguntle el joven:
+
+--Para quin hace usted ese plato, para el loro?
+
+--No; es para m.
+
+--Y no tiene usted miedo que se le indigeste?
+
+Era la primera chanza que se autorizaba con su futura. Esta contest
+sonriendo:
+
+--Nunca como ms.
+
+Doa Paula acerc la boca al odo de Venturita, y le dijo:
+
+--No reparas con qu ceremonia se tratan?
+
+Venturita se lo dijo al odo a Pablo, y ste a su padre. Todos cuatro
+soltaron a reir, mirando a los novios, mientras stos, confusos,
+preguntaban con la vista la razn de aquella sbita alegra.
+
+--Mam, quieres que les diga de qu nos remos?
+
+--Dselo.
+
+--Pues bien, seores, pensamos todos que podran ustedes ir apendose el
+tratamiento.
+
+Los futuros esposos bajaron la cabeza sonriendo.
+
+La alegra de los comensales se expresaba ruidosamente, se charlaba, se
+bromeaba. Pablito asaba a preguntas a su prximo cuado, acerca de las
+carreras de caballos, _skating-ring_, y otros asuntos ms o menos
+transcendentales, relacionados con el _sport_. Slo el gozo de Cecilia
+era concentrado y silencioso. Advertase en las mejillas teidas de vivo
+carmn. De vez en cuando pona el dorso de la mano sobre ellas para
+enfriarlas, aunque sin lograrlo. Cuando crea que no la miraban, pasaba
+largos ratos con los ojos fijos en su novio. Aquel bravo engullir,
+incesante, signo de vida y de fuerza, la sorprenda y la cautivaba a un
+mismo tiempo. Contemplbale arrobada, adorando en l al smbolo del
+poder masculino. Estas largas miradas extticas no se le escapaban a
+Venturita, quien haca muecas a Pablo o a su madre, para que las
+observasen. Gonzalo pagaba las atenciones de su novia con un muchas
+gracias rpido, sin volver el rostro hacia ella por temor de
+ruborizarse. Al levantarlo para contestar a Pablo, sus ojos tropezaban
+siempre con los de Venturita, cuya mirada risuea, y maliciosa le
+turbaba momentneamente.
+
+Levantronse al fin de la mesa y se diseminaron. Don Rosendo y Ventura
+desaparecieron. Pablo, despus de charlar algunos instantes, concluy
+por irse tambin. Quedaron solamente en el comedor doa Paula y los
+novios. Y todos tres fueron a sentarse en un rincn de la estancia en
+sillas bajas. Al poco rato no se oa ms que un cuchicheo discreto, como
+si estuviesen confesando. Unidas las tres sillas, adelantando los
+cuerpos hasta tocarse casi las cabezas, comenzaron a charlar
+animadamente. Doa Paula abord al instante la magna cuestin.
+
+--Estamos a veintiocho de abril... De aqu al primero de septiembre no
+hay ms que cuatro meses--dijo, echndoles una larga mirada entre
+risuea y enternecida.
+
+Si fuese posible que Cecilia se pusiese ms colorada, se hubiera puesto.
+El rostro de Gonzalo se contrajo con una sonrisa sin expresin, y baj
+los ojos.
+
+Despus de haberlos mirado otro rato, gozndose en su confusin, sigui
+doa Paula:
+
+--Es necesario ir pensando en el equipo de ropa...
+
+--Mam, por Dios! Es muy pronto--exclam la joven avergonzada, mientras
+el corazn quera salrsele del pecho.
+
+--No es pronto, Cecilia. T no sabes el tiempo que aqu echan las
+bordadoras en cualquier cosa. Un mes ha empleado Nieves para bordar dos
+escudos a la chica de doa Rosario... Y ms pesada que ella todava es
+Martina...
+
+--Nieves borda muy bien.
+
+--No, como bordar no hay en la villa quien le ponga el pie delante a
+Martina... Tiene manos de oro.
+
+--A m me gustan ms los bordados de Nieves.
+
+--Pues si quieres que ella te borde la ropa, por m...--repuso doa
+Paula mirando a su hija con una condescendencia maliciosa.
+
+--No digo eso, mam!--exclam sta toda apurada.--Slo digo que me
+gusta ms el bordado de Nieves que el de Martina.
+
+Al poco rato ya haba consentido en discutir la cuestin de la ropa.
+
+Tratronla en todos sus aspectos con la gravedad y el cuidado que
+mereca. A quin se encargaran los juegos de sbanas de batista, a
+quin los ordinarios, quin hara las camisas, dnde se compraran los
+manteles, etc., etc. Todo fu tratado, medido y ponderado. Doa Paula
+emita su opinin. Cecilia aparentaba contradecirla, pero en el fondo
+qu le importaba? Lo que embargaba su alma y haca palpitar su corazn
+era aquella proximidad del matrimonio, reconocida expresamente. As, que
+su voz sala temblorosa y algunas veces se le anudaba en la garganta sin
+querer salir. Sus ojos soltaban efluvios de dicha; tenan el brillo
+suave y misterioso de los luceros en las noches serenas de invierno.
+
+--Qu calor!--exclamaba de vez en cuando, y apoyaba las manos en sus
+mejillas encendidas.
+
+Gonzalo asenta con estpida sonrisa a cuanto decan, y estiraba a
+menudo sus desmesuradas piernas que, por la escasa altura de la silla,
+se le dorman.
+
+Y cuando se concluy con la ropa blanca, comenzaron con la de color. Y
+la conversacin se enredaba; y Cecilia, sin mirar a su novio le vea; y
+los ojos de doa Paula, posados alternativamente en uno y en otro, se
+iban enterneciendo cada vez ms; y los alientos se cruzaban. Los hombros
+de los futuros esposos se tocaban. Aquel suave cuchicheo, la dormida luz
+de la lmpara que apenas los envolva, el contacto frecuente con el
+brazo de su amado, iban hinchendo el seno de Cecilia de una emocin
+voluptuosa que la desasosegaba. No pudiendo resistirla levantse dos o
+tres veces para besar con vehemencia a su madre. A la tercera vez sta
+se hizo cargo de lo que aquello significaba, y exclam mirndola con
+ojos risueos y compasivos:
+
+--Pobrecita! Pobrecita ma!
+
+Cecilia se tap los suyos con las manos y estuvo as un rato.
+
+--Qu tienes?--le dijo al fin doa Paula.
+
+--Nada, nada.
+
+Pero continu cubrindose los ojos.
+
+--Vamos, qu tienes, hija ma?
+
+--No tengo nada--contest destapndose al fin. Su cara sonrea; pero
+tena los ojos hmedos.
+
+--Ya s, ya s--dijo la seora--Quieres el ter? Sientes opresin?
+
+--No siento nada. Estoy muy bien.
+
+La pltica se enred de nuevo. Doa Paula expres la idea de que Gonzalo
+se viniese a vivir con ellos. Este se resisti un poco, porque
+comprenda que esto iba a disgustar a su to. No obstante, concluy por
+ceder a los ruegos de ambas. Era tan natural que no quisieran
+separarse!
+
+--Pueden ustedes tener independencia. Yo me encargo de ello. Hay una
+sala grande, la sala amarilla... ya sabes, Cecilia... Tiene una alcoba
+espaciosa... Slo falta el despacho para Gonzalo; pero ya he pensado en
+eso. Al lado de la sala est el cuarto de la ropa, que aunque da al
+patio, tiene buena luz. Hoy est hecho un asco; pero haciendo obra en l
+puede quedar una habitacin muy decente... Quiere usted verlo, Gonzalo?
+
+El joven manifest que no haba necesidad; que pasaba por todo lo que
+ella dijese; que ya lo vera... Sin embargo, la seora insisti y
+tomando una palmatoria los gui al otro extremo de la casa.
+
+--Esta es la sala... Grande, no es verdad? Dos balcones... La alcoba.
+Caben muy bien dos camas... cuanto ms una--aadi mirando a su hija,
+que se hizo la distrada cerrando un balcn.--Vamos ahora a ver el
+cuarto de la plancha.
+
+Y salieron de la sala, y salvando un corredor y dando una vuelta,
+entraron en otro cuarto lleno de armarios y otros trastos.
+
+--No se asuste usted por la distancia. Este cuarto est pegado a la
+sala. No hay ms que abrir una puerta de comunicacin.
+
+Gonzalo se inclin hacia su novia y le dijo por lo bajo:
+
+--Por qu no me tratar mam de t, como tu pap? Dselo de mi parte...
+yo no me atrevo.
+
+Cecilia entonces se acerc al odo de su madre y murmur con voz
+apagada, llena de vergenza:
+
+--Gonzalo se alegrara de que le tratases de t.
+
+--Qu dices, nia?--pregunt doa Paula, poniendo la mano en la oreja.
+
+Cecilia levant un poquito la voz, haciendo un terrible esfuerzo.
+
+--Dice Gonzalo que por qu no le tratas de t como pap.
+
+--Ah... me alegro que haya salido de l. No me atreva... Bueno, pues en
+cuanto se abra una puerta aqu, en esta pared, ya puedes pasar de la
+sala al despacho sin cruzar el pasillo... Te gusta la habitacin? Es
+bastante grande?
+
+--Demasiado. Mis negocios, por ahora, no exigen tanto.
+
+A Cecilia le retozaba en el cuerpo una pregunta. Estaba inquieta. Varias
+veces estuvo por tomar la palabra, pero el temor la retena. All, al
+fin, en una pausa larga, se aventur a decir:
+
+--Falta una cosa, mam.
+
+--Qu falta?
+
+La joven se detuvo un instante, como para tomar arranque, y dijo al fin
+con voz temblorosa:
+
+--Falta un cuarto para arreglarse Gonzalo.
+
+--Es verdad; no me haba hecho cargo... Dnde tendra yo la cabeza?
+Pues ahora no encuentro sitio aqu cerca... Aguarda un poco...
+aguarda... Podramos bajar la despensa al stano y quedaba un cuartito,
+que bien arreglado, acaso servira... Lo que hay es que no comunica con
+estas habitaciones. Tendras que cruzar el pasillo.
+
+--Qu importa eso!
+
+Fueron de nuevo al comedor y se sentaron en el mismo rincn. Poco
+despus de hacerlo apareci Venturita con un peinador blanco que dejaba
+ver enteramente la garganta de alabastro y una parte de su hermoso seno
+virginal. Traa sueltos por la espalda los cabellos, y calzaba unos
+lindos pantuflos bordados. Vena a despedirse para ir a la cama.
+Acercse a su madre y la di un beso en la mejilla, haciendo, mientras
+tanto, muecas maliciosas a su hermana, que Gonzalo no poda ver.
+
+--Vaya, buenas noches--dijo alargando a ste la mano.
+
+--Buenas noches--repuso l mirndola exttico, con cierta especie de
+embelesamiento que no pas inadvertido para la nia.
+
+Iba a retirarse, pero un sentimiento de coquetera la hizo volver desde
+la puerta y preguntar a Cecilia:
+
+--Dnde has colocado el calzador? He tenido que venir con chinelas por
+no hallarlo...
+
+Y al mismo tiempo mostr su lindo pie.
+
+--Pues all est, en el cajn de la mesa de noche.
+
+--Si supierais qu sueo tengo!--dijo avanzando ms y colocando una
+mano sobre la cabeza de su hermana.--Sabis con qu se quita
+esto?--aadi sonriendo.
+
+Gonzalo la examinaba con atencin. Era realmente una criatura perfecta.
+Cuanto ms de cerca se la observase, ms se admiraban las singulares
+partes de que estaba, dotada. La epidermis era suave y brillante como el
+raso, de un color rosa desvanecido; la boca hmeda y fresca, de labios
+rojos un tanto grandes que descubran al abrirse dos filas de dientes
+menudos e iguales; los cabellos dorados, sedosos, abundantes. Su nica
+imperfeccin consista en la estatura. Si tuviera la de su madre nadie
+se atrevera a ponerle un reparo, exceptuando, por supuesto, sus amigas.
+
+Notando que la examinaban, no acababa de marcharse. Daba vueltas en
+redondo para que se la viese bien por todas partes, adoptaba posiciones
+caprichosas, afectadas, diriga preguntas impertinentes a su hermana,
+rea sin motivo, la cubra de besos y la sobaba sin consideracin.
+
+--Djame, Ventura. Qu retozona ests hoy!--exclamaba aqulla con su
+franca sonrisa bondadosa, procurando desasirse.
+
+--Vaya, vaya, a la cama--deca doa Paula.
+
+--Voy.
+
+Pero en lugar de irse se abrazaba de nuevo a Cecilia; la haca
+cosquillas aprovechando cualquier movimiento para decirla al odo:
+
+--Cmo ests gozando, picarona! No le eches esos ojazos, mujer, que le
+vas a aturdir.--Adis, adis, seores--concluy por decir en voz
+alta...--Y dejar algo para maana, eh?
+
+--Qu tonta!--exclam Cecilia ruborizndose.
+
+Doa Paula y Gonzalo sonrieron. Este dijo en voz baja:
+
+--Qu pelo tan hermoso!
+
+Ventura lo oy, y dijo sacudindolo:
+
+--Es postizo.
+
+Todos se echaron a reir.
+
+--No lo cree usted?--pregunt con seriedad y acercndose.--Tire usted.
+Ver cmo se le queda en la mano.
+
+El joven no se atrevi, y continu sonriendo.
+
+--Tire usted, tire usted--insisti ella volviendo la espalda y
+metindole el pelo por la cara.
+
+Gonzalo llev la mano a l, pero no hizo ms que acariciarlo.
+
+--Qu, no se le ha quedado? Es que est muy bien sujeto.
+
+Y sali corriendo de la estancia.
+
+Un rato todava dur el cuchicheo secreto. Se tocaron algunos puntos de
+la vida futura. Cecilia escuchaba a su madre disertar sobre lo que
+deban hacer una vez casados, sintiendo un cosquilleo en el alma que
+apenas era poderosa a ocultar. Le haba cogido una mano y se la apretaba
+y acariciaba con intermitencias nerviosas. De vez en cuando la llevaba a
+los labios y se la besaba con fuerza. Doa Paula la miraba con
+enternecimiento y sonrea gozndose en la felicidad que inundaba el
+corazn de su hija.
+
+El reloj del comedor vibr, dando las doce y media. Gonzalo levantse
+apresuradamente.
+
+--Oh, qu tarde! Qu dir don Rosendo?
+
+--Nunca se acuesta antes de esta hora--repuso Cecilia.
+
+--S; pero ya sabes que emplea mucho tiempo en cerrar las
+puertas--replic doa Paula.
+
+Cecilia call. Gonzalo les di la mano con efusin, prometiendo volver
+al da siguiente. Despus pas al despacho del seor de Belinchn para
+despedirse.
+
+La madre y la hija siguieron charlando en el mismo rincn sobre el mismo
+tema, recibiendo la primera un sinnmero de abrazos y besos
+apretadsimos.
+
+--Esto no es para m--deca con cierta expresin entre alegre y
+melanclica.
+
+--S, mam, s--replicaba la joven abrazndola con ms fuerza.
+
+
+
+
+IV
+
+CMO LOS PARTICULARES DE SARRI SE CONGREGABAN EN UN RECINTO NOMBRADO EL
+SALONCILLO, Y LO QUE ALL SE PLATICABA.
+
+
+Don Melchor de las Cuevas se levant de la mesa, encendi un cigarro, y
+dijo, ofreciendo otro a su sobrino:
+
+--Vmonos a tomar caf.
+
+Gonzalo quiso guardarlo en el bolsillo porque jams hasta entonces se
+haba autorizado el fumar delante de su to; pero ste le retuvo el
+brazo.
+
+--Enciende, chiquito, enciende; ya has dejado de ser grumete.
+
+El joven sac un fsforo y se puso a dar chupetones al cigarro con
+emocin.
+
+Salieron de la casa emparejados y bajaron lentamente por la calle
+disfrutando del bienestar voluptuoso que sienten las naturalezas
+poderosas despus de una comida abundante. Parecan dos cedros gigantes,
+majestuosos, orgullosos de su altura. Y guardaban el mismo silencio que
+ellos cuando no les sopla el viento. Las mujeres que trabajaban a las
+puertas de sus casas los miraban con curiosidad tocada de admiracin.
+
+--Quin es el seorito que va con don Melchor?
+
+--Mujer, no le conoces? El sobrino; el seorito Gonzalo, que lleg ayer
+en la _Bella-Paula_.
+
+--Vaya un real mozo!
+
+--Como su padre don Marcos, que en paz descanse.
+
+--Y como su abuelo don Benito--aadi una vieja.--Qu familia tan noble
+y campechana!
+
+En las bocacalles por donde se descubra un cacho de mar, el seor de
+las Cuevas sola detenerse un momento para echar una ojeada escrutadora.
+
+--Por ahora bonanza. Dentro de poco terral.
+
+--Las ves?--dijo con expresin de triunfo al cabo de un instante.
+
+--Qu?
+
+--Las lanchas, hombre, las lanchas. Cmo lo han olido!
+
+--No veo nada,--repuso Gonzalo sacndose los ojos por columbrarlas en el
+horizonte.
+
+--Sigues como antes. No ves ms que la sopa en el plato--manifest el
+to sonriendo con lstima.
+
+El caf de la Marina herva ya de gente. El rumor de las conversaciones
+y disputas, el campaneo de las copas, el choque de las fichas de domin
+contra el mrmol de las mesas, formaba un ruido ensordecedor. Estaba
+situado en una plazoleta que formaba la Ra Nueva al desembocar en el
+muelle, y una de sus fachadas miraba al mar. Reunanse en l la mayor
+parte de los capitanes y pilotos que estaban en Sarri de paso, y casi
+todos los que sin ejercer el oficio habitaban en la villa, con ms los
+vecinos que sentan de un modo o de otro inclinaciones martimas. Al
+atravesar por medio fueron llamados a gritos de diferentes mesas. Don
+Melchor era el hombre ms popular, el ms querido y respetado que
+entraba en aquel caf. Fu necesario acercarse a saludar a unos y a
+otros, y presentarles a Gonzalo. Aquellos lobos se extasiaron mirndole;
+le apretaban la mano hasta descoyuntrsela, y le ofrecan con todas las
+veras de su corazn una copa de ron y marrasquino. Cuando la rehusaba
+hablando de subir a tomar caf arriba, la tristeza ms honda se pintaba
+en sus rostros curtidos.
+
+Don Melchor tena, en efecto, la costumbre de tomarlo en el Saloncillo.
+Este era un aposento del piso principal de aquella casa, que tena
+comunicacin con el caf por medio de una escalerilla de hierro. Por
+ella subieron al cabo to y sobrino. Ya estaban reunidos los notables
+del pueblo, sentados en un divn corrido, con sendas mesillas japonesas
+delante, donde cada cual tomaba su caf. Por una de las puertas, que
+generalmente estaba abierta, se vea la sala de billar donde jugaban
+siempre las mismas personas rodeadas de los mismos mirones.
+
+Cuando don Melchor y su sobrino entraron, se hablaba de un proyecto de
+mercado cubierto para preservar de la intemperie a las pobres mujeres
+que vendan al raso legumbres y leche. Y Gonzalo record que en cierta
+ocasin que subi a buscar a su to antes de irse a Inglaterra, se
+estaba debatiendo el mismo asunto. Los temas variaban poco en aquella
+asamblea. La existencia de la villa se deslizaba tranquila y serena en
+medio del trabajo cotidiano. Los nicos acontecimientos que sacudan de
+vez en cuando su letargo, eran la entrada o salida de cualquier barco
+importante, la muerte de una persona conocida, una letra protestada, el
+empedrado de algunas calles, la avera de algn cargamento, el alijo de
+un contrabando, la limpieza del muelle.
+
+Las mujeres y los muchachos estaban ms socorridos de asuntos para
+saciar el humano afn de novedades: la llegada de un forastero guapo y
+elegante (gran sensacin entre las nias casaderas), que Fulanito
+acompa a Margarita en el paseo por primera vez (por lo visto es cosa
+hecha ya?), que Severino el de la tienda de quincalla deslom a su mujer
+de una paliza (bien empleado la est por haberse casado con ese
+burro!...). El traje que Fulanita sac el da de Nuestra Seora (dicen
+que vino de Madrid... Qu Madrid, mujer, si yo misma se lo he visto
+cortar a Martina!). El baile de confianza que se dar el jueves en el
+Liceo. (No toca baile ese da.--Pagan el gasto los pollos a escote.) Los
+graves varones que se reunan en el Saloncillo desdeaban estos temas,
+aunque de vez en cuando, por excepcin, picaban en ellos.
+
+A algunos, a don Rosendo, a don Mateo, a don Pedro Miranda y al alcalde
+don Roque, ya Gonzalo les haba saludado la noche anterior. Pero estaban
+all adems Gabino Maza, don Feliciano Gmez, el ingeniero francs M.
+Delaunay, Alvaro Pea, Marn, don Lorenzo, don Agapito y otros cinco o
+seis seores, que se levantaron para abrazarle.
+
+Don Pedro Miranda, de quien ya hemos hecho mencin, era un hombre que
+pasaba bien de los sesenta, bajo de estatura y de color, las mejillas
+rasuradas, la cabeza monda y lironda, los ojos grandes y apagados, los
+ademanes tmidos. Era el propietario territorial ms rico de la
+poblacin y el representante genuino de la aristocracia por venir de una
+antigua familia de terratenientes y no haber en la villa persona
+titulada que mejor la representase. No daba, sin embargo, importancia a
+este privilegio. Era hombre afable, modesto, que con todos los vecinos
+alternaba sin atender a su condicin social, extremadamente servicial,
+siempre que no se tratase de dinero, y poco amigo de imponer su voluntad
+ni contradecir a nadie. Pero si declinaba enteramente las preeminencias
+del nacimiento, en cambio era celossimo de sus derechos de propiedad.
+Jams se haba conocido ni se conocer un propietario ms propietario
+que don Pedro Miranda. Las instituciones de derecho vigente, las del
+derecho antiguo, las universidades, el ejrcito, la marina, la
+constitucin poltica y hasta la religin, no tenan razn de ser a sus
+ojos sino como elementos que de un modo directo o indirecto afianzaban
+aquellos derechos. La mquina asombrosa del Universo estaba formada para
+sustentar sus ttulos indiscutibles al dominio pleno de los Praducos,
+casero situado a media legua de la villa, y al directo que posea sobre
+el de las Meanas, con un canon anual de ciento quince ducados. Esta
+conciencia clarsima de su derecho engendraba, no obstante, por exceso
+de claridad, algunos conflictos. Vena un colono y le deca:--Seor;
+Joaqun el martinetero, ha cortado ayer las caas del nogal que colgaban
+sobre su huerta.--Pero el nogal era _mo_!--exclamaba don Pedro
+enrojecido sbito por la clera y sorpresa.--S, seor... pero como
+colgaban sobre su huerta...--Cmo se ha atrevido ese pillo a tocar en
+una cosa que es _ma, ma?_--Inmediatamente entablaba un interdicto, y
+como es natural, lo perda. De estos interdictos haba perdido ya
+algunas docenas en su vida, sin escarmentar jams.
+
+Don Roque de la Riva, alcalde constitucional de Sarri, a quien hemos
+tenido el honor de comparar, cuando por primera vez le vimos en el
+teatro, a un cortesano de Luis XV, o a un cochero de casa grande, no se
+distingua por la pureza de la diccin; antes era sta tan atropellada y
+confusa, que al interlocutor le costaba gran trabajo entenderle. No
+sabemos si era en la boca o en la garganta o en la regin de las fosas
+nasales, donde el seor de la Riva tena a bien machacar y atormentar
+las palabras; lo cierto es que salan casi siempre transformadas en
+sonidos obscuros, huecos, caticos, completamente ininteligibles.
+Particularmente despus de comer, se haca imposible conversar con l. Y
+esto, no por otra razn, segn decan, sino porque don Roque sola
+encargar a los pilotos amigos un vino del Rivero, tan exquisito, que
+nadie dejara de beberlo, aun a riesgo de quedarse mudo. El jefe
+superior civil de la villa sala todas las tardes de su casa solo, en la
+apariencia, en realidad gratamente acompaado. Su enorme faz rasurada
+quera echar la sangre por los poros, concentrndose con preferencia en
+el lomo gigantesco de su nariz borbnica. Los ojos, con ramos de sangre
+tambin, medio velados por no poder sufrir la gran pesadumbre de los
+prpados, se espaciaban lentamente por todo el ancho de la calle,
+expresando un grado envidiable de bienestar fsico. El paso grave,
+lento, vacilante, acusaba de igual modo una armona perfecta entre sus
+facultades psquicas y corporales. No le faltaba a don Roque para
+alcanzar la bienaventuranza ms que tropezar con un alguacil, o
+barrendero, o sereno, o picapedrero, con cualquier empleado, en fin, del
+municipio. Desde lejos lo columbraba, y sus prpados se levantaban
+repentinamente, y las ventanas de la nariz se le abran al olor de la
+presa. Si sta, olfateando al tigre, se pasaba a la otra acera, o
+trataba de esconderse, don Roque le llamaba con voz de trueno.
+
+--Juan, Juaan, Juaaaan!
+
+La vctima acuda bajando la cabeza.
+
+--Has llevado el oficio a don Lorenzo?
+
+--S, seor.
+
+--Has dicho al secretario que dejase apartado el expediente del
+cementerio?
+
+--S, seor.
+
+--Has llevado las cdulas al pedneo de San Martn?
+
+--S, seor.
+
+--Has ido a avisar a don Manuel que quite los escombros que tiene
+delante de su casa?
+
+En fin, iba preguntando, hasta que el pobre alguacil contestaba
+negativamente.
+
+Entonces, la voz de sochantre del alcalde se dejaba oir en toda la
+calle, y aun en los confines de la villa. Sus ojos se inyectaban, y su
+rostro apopltico llegaba a ponerse morado. Imposible entender lo que
+deca, si no eran los _ajos_ con que salpicaba el discurso, y aun stos
+los ahuecaba de tal modo, que slo la jota se perciba con claridad. La
+reprensin nunca duraba menos de quince o veinte minutos, el tiempo
+indispensable para desalojar la inmensa cantidad de _ajos_ que se le
+haban acumulado en el cuerpo desde la noche anterior. As como hay
+personas que por la maana se meten los dedos en la boca para provocar
+la bilis, don Roque necesitaba indefectiblemente este desahogo para
+quedar a gusto. No se le haba odo jams otra interjeccin, pero, en
+cambio, de sta posea tal abundancia, que no le bastaba poner una a
+cada palabra; a veces pona dos o tres.
+
+Los tenderos salan a la puerta a escucharle, pero sonriendo, sin
+sorpresa alguna, como acostumbrados de antiguo a este espectculo.
+
+--Don Roque hoy ha tirado de firme a los vencejos--le deca uno a otro
+en voz alta.
+
+--Mira qu caso le hace Juan.
+
+En efecto, el alguacil a cada vuelta en redondo que daba el alcalde, se
+llevaba el dedo pulgar a la boca y haca la sea de empinar.
+
+Don Roque prefera encontrar a un barrendero o picapedrero en el
+ejercicio de sus funciones. Se acercaba a l cautelosamente por detrs,
+y le hincaba sus dedazos en el cuello.
+
+--...ajo! so tuno, qu modo de barrer es se? Te parece ...ajo! que
+yo te pago para que me dejes la mitad de la porquera entre las piedras?
+...ajo! Es esto gratitud? ...ajo! Es esto vergenza? ...ajo!
+
+A veces l mismo en el entusiasmo del discurso empuaba la escoba y se
+pona a dar al barrendero una leccin de su oficio. Los tenderos, los
+pocos transeuntes que cruzaban por la calle y alguna seora que se
+asomaba al balcn con el ruido, soltaban a reir alegremente. El
+barrendero mismo, a pesar de su crtica situacin, no poda reprimir una
+sonrisa viendo a aquel energmeno con la levita remangada dando furiosos
+y desconcertados limpiones al suelo.
+
+--As se barre!... ...ajo! (Golpe terrible de escoba.) As se
+barre!... ...ajo! (Otro golpe.) As se barre!... ...ajo! (Otro
+golpe.) As se barre!... ...ajo!
+
+Hasta que fatigado, sudoroso y a punto de caer a tierra con un derrame,
+le entregaba la escoba y recoga el bastn con borlas.
+
+Desahogado de este modo su noble pecho de la copia de ajos que le
+embargaba, emprenda de nuevo su camino y llegaba al Saloncillo en una
+felicsima disposicin de cuerpo y espritu.
+
+Gabino Maza era hombre de unos cuarenta y cinco aos de edad, oficial de
+la Armada, retirado antes de tiempo porque su carcter dscolo no poda
+sufrir la disciplina militar. De rostro moreno aceitunado, ojos pequeos
+y vivos con ojeras constantes que pregonaban su temperamento
+excesivamente bilioso. Alto, seco, musculoso, la barba y el pelo de un
+color negro que daba en azul; los ademanes descompuestos siempre y
+violentos; la voz indefinible, grave unas veces, otras, cuando se
+enfadaba, que era casi siempre que se pona a hablar, chillona y aguda,
+de un falsete tan estridente que rompa los odos. Disfrutaba de una
+pequea renta y de un pequesimo retiro, con los cuales poda vivir y
+alimentar a su familia en Sarri con el respeto de un caballero
+acomodado. En la capital de la provincia le sera ya imposible.
+Disputador eterno, poniendo en cada disputa, por nimia que fuese, una
+cantidad de pasin y de violencia verdaderamente asombrosas; ganoso
+siempre de llevar la contraria a cuanto se deca aunque fuese ms claro
+que la luz del medioda; de un pesimismo feroz y antiptico para juzgar
+a los hombres, a tal punto que no se di el caso jams de que creyese
+puros los mviles de una accin humana, por noble y honrada que
+apareciese; rencoroso y vengativo hasta la locura. Este hombre, sin
+embargo, no concitaba los odios del vecindario contra s, como poda
+suponerse. En las aldeas y villas, por el trato ntimo, largo y
+constante de las personas, se penetra ms en el alma de cada uno que en
+las grandes poblaciones. Un trato superficial hace, en stas, simpticos
+a muchos hombres fros, egostas y hasta perversos. Los modales
+corteses, las palabras afables, la sonrisa insinuante, proporcionan en
+seguida opinin de persona agradable y decente. En provincia no vale
+nada de esto. Al contrario, se desconfa de la amabilidad excesiva y,
+sobre todo, de la sonrisa dulzona; se le buscan a cada hombre los
+pliegues y repliegues del alma con el mismo cuidado y atencin con que
+un disecador va palpando y poniendo a la vista con el bistur todas las
+fibras de la mquina corporal. Por donde son generalmente aborrecidos
+algunos hombres que al forastero le seducen, mientras otros, duros,
+violentos, agresivos, suelen caer en gracia. El disimulo, que es el
+talento de las naturalezas rudas y vulgares, no se perdona jams en
+provincia, quiz por ser el vicio predominante en todas las relaciones
+sociales. Los genios vivos, los temperamentos exaltados, no causan temor
+como los toros claros. Hay casi siempre en ellos un espritu
+justiciero, que aunque exagerado y adulterado por la pasin, no acaba
+de hacerles antipticos. Adems, como la violencia y la exaltacin son
+causa constante de sufrimiento, de malestar fsico y moral, se juzga con
+razn que los hombres de tal temperamento llevan en s mismos el castigo
+de sus demasas.
+
+Gabino Maza no era aborrecido ni excesivamente amado. Los que tenan de
+l agravios, le murmuraban y evitaban su encuentro llamndole
+envidioso y mala lengua. Los que no, se rean de sus exageraciones y
+le abocaban con gusto, sin profesarle gran afecto tampoco.
+
+Otro de los personajes all congregados era don Feliciano Gmez.
+Comerciante en gneros ultramarinos al por menor, poseedor al mismo
+tiempo de tres o cuatro pataches y algunos quechemarines que hacan el
+comercio de cabotaje por la costa cantbrica, aventurndose una que otra
+vez los de ms porte a llegar hasta Sevilla. De mediana estatura, la
+cabeza desnuda de cabellos en forma de pirmide, patillas que le
+llegaban hasta la nariz, la voz casi siempre enronquecida. Era hombre
+divertido, bondadoso, optimista. Estaba soltero y viva con tres
+hermanas de ms edad, a quienes haba hecho verdaderas seoras a fuerza
+de trabajo y economa. El pago que ellas le daban segn pblica voz, era
+tenerle dominado y sujeto como un nio, reprenderle agriamente las
+faltas ms ligeras, y mortificarle y aburrirle por todos los medios
+imaginables. No obstante, a l nunca se le oy una queja de ellas.
+
+El ingeniero belga, M. Delaunay, haba llegado a Sarri aos atrs, con
+el objeto de beneficiar un coto minero de una poderosa compaa inglesa.
+La explotacin no di resultado. La compaa le retir su comisin y el
+sueldo. Pero Delaunay, que posea genio emprendedor y algn dinero, se
+meti sucesivamente en seis u ocho empresas industriales. Primero mont
+una fbrica de papel; despus otra de puntas de Pars; ms tarde intent
+formar un criadero de ostras; despus fbrica de quesos y de hielo. Por
+ltimo quiso aprovechar unas grandes marismas que haba cerca de
+Sarri. Todas estas empresas haban fracasado, sin saber nadie por qu.
+Delaunay era inteligente, ilustrado, laborioso. Conoca cada industria
+que iba a ejercitar como el ms competente maestro; encargaba los
+aparatos a Inglaterra, los montaba y los haca funcionar felizmente,
+obteniendo productos muy aceptables. El achacaba sus cadas a la falta
+de vas de comunicacin. La ltima de sus grandes empresas, abortada
+antes de nacer, le desacredit ms que ninguna otra. En una de sus
+excursiones por los alrededores de la villa, haba visto prximos a una
+pequea ra ciertos terrenos incultos que con poco esfuerzo podan
+reducirse a cultivo. Tvolo en cuenta; levant el plano. Pocos meses
+despus, cuando se vi forzado a cerrar la fbrica de hielo y despedir a
+los obreros, acordse de las marismas y habl de ellas a don Rosendo
+Belinchn, a don Feliciano Gmez y a dos indianos ms para que le
+ayudasen en su magna empresa. Replicaron ellos que era necesario verlas,
+y concertse la excursin. Una maana montados en sendos caballos
+emprendieron secretamente la marcha hacia la ra de Orleo, distante
+cuatro leguas de Sarri. Al llegar cerca de ella dejaron los caballos y
+subieron a pie una colina, desde la cual se oteaban las marismas. Cul
+sera la vergenza y confusin de Delaunay al ver los terrenos que
+intentaba robar al mar, cubiertos de maz, verdes y florecientes que
+eran una bendicin de Dios! En efecto, haca ms de seis aos que
+estaban cultivados. Su equivocacin naci de haberlos visto en diciembre
+cuando estaban descansando. Dieron la vuelta para la villa, y el suceso
+produjo en ella la risa que debe suponerse.
+
+Qued al cabo arruinado. Vise obligado a vivir miserablemente. Pero,
+lejos de apagarse en su espritu el furor de las empresas, encendise en
+la pobreza con ms mpetu. De tal modo que no dej un solo capitalista
+en Sarri a quien no tantease con el fin de embarcarle en alguna. Unas
+veces era un tranva a la capital, otras un puerto de refugio o unos
+muelles de madera, otras una gran fonda. Algunos indianos, pocos por
+cierto, por l seducidos, pagaron con algunos miles de duros su
+inocencia. El caso es que Delaunay era hombre de talento, estudioso,
+enterado muy bien de todos los adelantos de la ciencia y la industria.
+Imposible despreciarle sin cometer una injusticia.
+
+El ayudante de Marina del puerto, Alvaro Pea, joven de treinta aos,
+moreno, con grandes ojos negros y bigotes a lo Vctor Manuel, se
+caracterizaba por un odio profundo, implacable, al estado eclesistico y
+a todo el que lo representase, aunque fuese su mismo hermano. Sin ser
+aficionado en modo alguno a la ciencia o la literatura, posea una
+biblioteca bastante numerosa, compuesta exclusivamente de libros contra
+la religin y sus ministros. Estaba suscripto a tres o cuatro peridicos
+conocidos por sus opiniones anti-clericales, y se deca que desde haca
+algunos aos vena ocupndose en acumular datos para un libro que
+pensaba publicar con el ttulo de _La religin al alcance de todas las
+fortunas_, del cual varios vecinos conocan ya algunos fragmentos. Era
+alegre, valiente, aficionado a cuentos y chascarrillos, donde siempre
+jugaba papel principalsimo algn cura o monja. No pronunciaba bien las
+erres.
+
+Don Jaime Marn, propietario de cuatrocientas fanegas de pan, que con la
+contribucin equivalan a unas seis mil pesetas, sera un gran calavera,
+un licencioso, un monstruo de corrupcin si no tuviese por mujer a doa
+Brgida. Esta eminente seora haba conseguido con una saludable energa
+que su marido no arruinase a la familia y los echase a todos por
+puertas. Antes que desbaratase su hacienda logr que se le privase
+judicialmente de la administracin de los bienes y se le encomendase a
+ella. No es fcil representarse la firmeza con que doa Brgida empu
+las riendas de la casa. Ningn patricio romano tuvo jams una idea ms
+perfecta del _sui juris_, de los sagrados derechos que la ciudad haba
+depositado en sus manos. Desde que esto acaeci, don Jaime, a pesar de
+sus cincuenta y pico de aos, pas a ser en sus manos una verdadera
+_cosa_ como previene la Instituta. En su condicin de _alieni juris_
+hubo de sufrir la accin directa y constante de su dueo y seor, y
+sujetarse en un todo a su omnmoda voluntad. Adis cenas opparas con
+mariscos y vino de Rueda en el caf de la Marina! Adis caza de la
+liebre con Fermo el carnicero y Marcelino el tallista! Adis noches
+seductoras de tresillo! Tardes de paz y de dicha en el lagar de
+Sebastin de la Puente, adis! La inflexible seora depositaba en sus
+manos cada domingo tres pesetas; ni ms ni menos. Era todo el caudal de
+que dispona durante la semana para sus vicios, salvo el fumar, que ella
+subvencionaba, comprando los cigarros por s misma. Cuando necesitaba un
+sombrero, ella se lo compraba; cuando un traje o unas botas, se avisaba
+al sastre o zapatero para que viniese a tomar las medidas. Hasta se le
+impeda ir a la barbera, por temor de que se gastase los dos reales.
+Vena el barbero a afeitarle los sbados. Por cierto que, con poca o
+ninguna consideracin, el rapador de barbas llegaba algunas veces a las
+nueve de la maana, cuando don Jaime estaba durmiendo.
+
+--Qu hago?--preguntaba a doa Brgida.
+
+--Afitele usted--contestaba la seversima seora.
+
+El barbero, obedeciendo la consigna, se acercaba, le embadurnaba la cara
+de jabn y le despojaba bonitamente de las barbas sin que don Jaime se
+despertase ms que a medias. Echaba otro sueo, y al despertarse de
+veras sola decir a la criada que le serva el chocolate:
+
+--Hoy es sbado; que llamen, al barbero.
+
+--Tonto, borricote, incapaz de sacramentos!--contestaba su dulce
+consorte desde el gabinete.--No ves que ests afeitado ya?
+
+--Pues es verdad!--deca el buen seor palpndose la cara.
+
+En un principio sola pedir a sus amigos o conocidos del caf algn
+dinero para jugar al tresillo, y beba al fiado en el caf; pero al poco
+tiempo ni los amigos quisieron darle nada, ni el dueo del
+establecimiento le fiaba ya por valor de dos cuartos. Falt poco para
+que doa Brgida le echase a rodar por las escaleras cierto da que le
+llev una cuenta de ciento veinte reales.
+
+Don Jaime qued, pues, reducido a pasar las horas mirando jugar al
+tresillo y dando a los jugadores consejos que no le agradecan. Los
+gananciosos solan pagarle la copa de ron. Una que otra vez jugaba a las
+damas con don Lorenzo, y como ste se negaba rotundamente a seguir la
+partida sin inters, preciso era que Marn arbitrase alguno que no fuese
+metal precioso. Discurri exponer uno de los dos cigarros puros que su
+mujer le daba por la maana. Cuando lo perda, aquella tarde se quedaba
+sin fumar. A veces buscando el desquite, perda dos y tres que iba
+entregando uno a uno a su adversario en los das sucesivos. Entonces se
+dedicaba, como sus amigos decan, a la gramtica, esto es, a pedir
+aqu y all un pitillo para calmar el insufrible prurito de chupar.
+Pobre Marn!
+
+Lo que doa Brgida no pudo jams, fu hacerle acostarse a una hora
+regular. Tantos aos de trasnochar hasta las cuatro o las cinco de la
+maana, haban formado un hbito imposible de vencer. Como retenindole
+en casa no se iba de todos modos a la cama hasta que rayaba el alba, y
+pasaba la noche trasteando por las habitaciones, y como el vicio de
+trasnochar por s solo es de los ms baratos que se conocen, la
+ingeniosa seora le dejaba retirarse a la hora que quisiera. Permaneca
+en el caf de la Marina con los ltimos parroquianos. Despus que stos
+se retiraban, todava se quedaba mientras los mozos colocaban en su
+sitio la vajilla y el dueo apuntaba las ltimas partidas. Cuando
+materialmente le echaban del establecimiento se iba a hacer compaa al
+sereno de la Ra Nueva, muy su amigo. Charlando con l mataba las horas
+que aun faltaban para el amanecer.
+
+Don Lorenzo, don Agapito, don Pancho, don Aquilino, don Germn y don
+Justo, eran _indianos_, esto es, gente a quien sus padres haban enviado
+a Amrica de nios a ganarse la vida y haban vuelto entre los
+cincuenta y sesenta aos con un capital que variaba de treinta a cien
+mil duros. Haba de stos ms de cincuenta en Sarri. El duro trabajo y
+la sujecin en que haban vivido muchos aos, les haca tener de la
+felicidad una idea muy distinta de la nuestra. Para nosotros la dicha
+consiste en gozar un placer nuevo cada da, agitarse, viajar, gozar con
+el cuerpo y el espritu de la hermosa variedad de cosas que la
+Naturaleza nos ofrece. Para ellos se cifraba nica y exclusivamente en
+no trabajar, pasar un da y otro redimidos de la dura ley impuesta por
+Dios a Adn despus del pecado. Y la verdad es que se cebaban ferozmente
+en este goce singular. La mayor parte de ellos tenan su capital en
+papel del Estado, cuya renta, cuando se cobra no origina molestia
+alguna. Levantbanse temprano por el hbito de madrugar, y andaban toda
+la maana por las calles o por el muelle en pandillas de seis u ocho
+mirando la entrada y salida, la carga y descarga de los barcos. Despus
+de comer se iban al entresuelo del caf de la Marina o al de la Amistad,
+y pasaban tres o cuatro horas jugando o mirando jugar al billar.
+
+Anda, bolita de hueso, anda, entra en cabaa!--Djela, djela, don
+Pancho, que va herida.--Sal, nia, sal de la manigita.--Ah, ah, qu
+bien mete ut, don Lorenso!--No se ponga bravo, don Pancho!
+
+El juego siempre iba salpicado de estas frases que olan a pltano y
+cocotero. Cuando los das eran largos, veaseles all a la tarde por las
+cercanas de la villa paseando tambin en pandilla o sentados sobre el
+csped a orillas de una fuente. Era la hora de los recuerdos tropicales.
+
+Se acuerda ut, don Agapito, se acuerda ut de aqueya mulatica perra
+que le vena a dar plas a la tienda?--Y qu bien que cantaba las
+guarachas, la sinvergensa!--Disen que ut alguna vese la sobaba, don
+Agapito, la sobaba duro.--Y cmo no, don Pancho, si a lo mej se me iba
+al baile de la gente de col con el negro de mi compare don
+Justo?--Vaya, hombre, no diga eso, que me enoha! El que se iba al
+baile era ut. Poquita vese que le he visto trabao con eya bailando el
+chiquita abajo, chiquita abajo!
+
+No haba que contar con ellos para subvencionar la orquesta, ni el
+teatro, ni otro recreo pblico. Los jvenes indgenas si queran
+divertirse necesitaban apelar al bolsillo de sus paps. Ya saban que
+era intil solicitar el auxilio del oro americano. Esto les indignaba.
+Por la espalda, y aun de frente, les llamaban roosos, aldeanos, burros
+cargados de dinero. Pero los indianos tenan la piel muy dura y
+despreciaban tales desahogos. El que les tena un odio declarado (a
+quin no lo tena?) era Gabino Maza.--Para qu sirven esos cincuenta
+vagos tirados todo el da por la calle, abriendo la boca y estirndose
+como los perros? Si destinaran siquiera su dinero a alguna industria
+til a la poblacin!
+
+Cuando don Melchor de las Cuevas y su sobrino entraron en el Saloncillo,
+el nico que se mantena en pie en medio del corro gesticulando era este
+mismo Gabino Maza. No poda permanecer dos minutos sentado. La continua
+exaltacin de su organismo, la vehemencia con que trataba de persuadir a
+sus oyentes, le obligaba a alzarse en seguida del asiento, lanzarse al
+medio del saln y gritar y manotear hasta que se le conclua el aliento
+y los fuerzas. Se hablaba de la compaa del teatro que haba anunciado
+su marcha por haber experimentado prdidas en el primer abono de treinta
+funciones. Maza trataba de convencerles de que no haba habido
+semejantes prdidas, que todo era una superchera.
+
+--No es verdad, no es verdad! El que diga que han perdido un cntimo
+miente!... (_Bajando la voz y dando la mano a Gonzalo._)--Cmo ests,
+Gonzalo? Ya s que has llegado ayer. Vienes bueno: me alegro... Repito
+que miente! A que no se atreven a decrmelo a m?
+
+--Seis mil reales han perdido en las treinta funciones, segn los datos
+que me present el bartono--apunt don Mateo.
+
+Maza rechina los dientes. La indignacin no le permite hablar. Al fin
+rompe.
+
+--Y usted hace caso de ese borracho, don Mateo?... Vaya, vaya (_con
+afectado desdn_), a fuerza de tratar con cmicos se le ha olvidado el
+oficio, como al herrero de marras.
+
+--Oye t, botarate; yo no he dicho que lo creyese. Lo nico que digo, es
+que as resulta de los datos que me present el bartono.
+
+Maza da una vuelta en redondo, se coloca otra vez en medio del saln,
+arranca violentamente el sombrero de la cabeza con ambas manos, y
+agitndolo vocifera frentico:
+
+--Pero, seor! pero, seor! no parece ms que aqu nos hemos cado de
+un nido!... Quieren ustedes decirme qu han hecho de veinte mil y pico
+de reales que ha importado el abono, y casi otro tanto que habr entrado
+en la taquilla?
+
+--Los sueldos son muy crecidos--apunt el ayudante del puerto.
+
+--No seas borrico, por la Virgen Santsima, Alvaro! No seas
+borrico!... Te dir en seguida los sueldos (_contando por los dedos_).
+El tenor, seis duros; la tiple, otros seis, son doce; el bajo, cuatro,
+son diez y seis; la contralto, tres, son diez y nueve; el bartono,
+cuatro...
+
+--El bartono, cinco--apunt Pea.
+
+--El bartono, cuatro--insisti furibundo Maza.
+
+--A m me consta que son cinco.
+
+--El bartono, cuatro--rugi de nuevo Maza.
+
+Alvaro Pea se levanta exaltado a su vez, ardiendo en noble deseo de
+llevar el convencimiento a su adversario, y se entabla una contienda
+furiosa, descomunal, que dura cerca de una hora, en la que toman parte
+todos o casi todos los socios de aquella ilustre reunin de notables.
+Nada ms semejante a las famosas reyertas que entre los griegos pasaban
+delante de los muros de Ilion. El mismo fragor y clera. La misma
+sencillez primitiva en los argumentos. La misma violencia candorosa y
+brbara en los dictados.
+
+Habr hombre ms pollino!--Calla, calla, cabeza de
+alcornoque!--Habl el buey, y dijo m!--Te digo que faltas a la verdad,
+y si lo quieres ms claro, te digo que mientes.--Jess, qu
+gansada!--Parece usted una mala mujer.
+
+Eran muy frecuentes, casi cotidianos, tales altercados en el Saloncillo.
+Como todos los que tomaban parte tenan un modo directo, enteramente
+primitivo de apreciar las cuestiones, parecido, por no decir igual al de
+los hroes de Homero, la argumentacin establecida al comienzo de la
+disputa, segua invariablemente hasta el fin. Haba hombre que pasaba
+una hora repitiendo sin cesar: No hay derecho a meterse en la vida
+privada de nadie! o bien: Eso suceder en Alemania, pero como estamos
+en Espaa!... Alguno era, todava ms breve, y gritaba siempre que le
+dejaban un hueco:--Chiflos de gaita! sabis? chiflos de gaita!
+hasta que caa exnime en el divn.
+
+Pero lo que perdan en amplitud los argumentos ganbanlo en intensidad.
+Cada vez eran expresados con mayor y contundente energa, y con ms
+descompasadas voces. De tal modo, que raro era el da que no saliese de
+all alguno ronco; generalmente, eran Alvaro Pea y don Feliciano; los
+ms dbiles de laringe, no los ms voceadores. Que el Ayuntamiento haba
+mandado podar los rboles del paseo de Riego: disputa en el Saloncillo.
+Que el dependiente de la casa Gonzlez Hijos se haba escapado con
+catorce mil reales: disputa. Que el cura de la parroquia se negaba a dar
+certificado de buena conducta al piloto Velasco: Alvaro Pea tuvo un
+vmito de sangre a consecuencia de esta disputa.
+
+Ningn desabrimiento quedaba jams despus de ellas, ni haba memoria de
+que hubiesen originado cuestin personal alguna. Cmo poda haberla
+cuando todos haban convenido tcitamente en aceptar sin enojarse los
+graciosos eptetos de que hemos hecho mencin? El carcter local de los
+temas, era perfecto. La poltica tena en Sarri muy pocos cultivadores.
+Slo cuando los peridicos noticiaban algn suceso de mucho bulto, se
+preocupaban momentneamente con ella sus habitantes. Haca cerca de
+veinte aos que la representacin del distrito en el Congreso estaba
+encomendada al opulento banquero Rojas Salcedo, el cual slo una vez en
+su vida haba estado en Sarri a tomar leche de burra. Nadie pensaba en
+disputarle la eleccin. Generalmente se haca reunindose los
+presidentes y secretarios de los colegios, y apuntando en las actas el
+nmero de votos que se les antojaba. La razn de esto, era que Sarri
+siempre haba sido una villa comercial donde cada uno poda ganarse la
+subsistencia sin recurrir a los empleos del Estado. La mayora de los
+jvenes, despus de haber, pasado dos o tres aos en algn colegio de
+Inglaterra o Blgica, se empleaban en los escritorios de sus padres y
+eran sus sucesores en ellos. Otros, los menos, seguan alguna carrera
+militar o civil de sueldo fijo, y slo venan de tarde en tarde a pasar
+unos das con su familia.
+
+Sarri, hay que confesarlo de una vez, era una poblacin dormida para
+todas las grandes manifestaciones del espritu, para todas las luchas
+regeneradoras de la sociedad contempornea. Nadie estudiaba los altos
+problemas de la poltica. Las terribles batallas que los diversos bandos
+libran en otras partes para conseguir la victoria y el poder no
+apasionaban en modo alguno los nimos. En una palabra, en Sarri el ao
+de gracia de 1860 no exista la vida pblica. Se coma, se dorma, se
+trabajaba, se bailaba, se jugaba, se pagaba la contribucin; pero todo
+de un modo absolutamente privado.
+
+Cuando se cansaron de disputar los del Saloncillo y llevaban de vencida
+la digestin, don Mateo les anunci, relamindose de gusto, que le tena
+sin cuidado la marcha de la compaa. Dentro de pocos das preparaba una
+sorpresa a los sarrienses. Despus de muchos trabajos, se consigui que
+desembuchara. Estaba en tratos con el clebre Marabini, frenlogo,
+prestidigitador. Acaso el martes... s, el martes o el mircoles podran
+admirar sus habilidades en el teatro. Traa adems cuadros disolventes y
+un lobo domesticado.
+
+Gonzalo se haba ido a la sala de billar y vea jugar el _chap_ a media
+docena de indianos, los cuales al dar el tacazo, hacan sonar como un
+repique de campanas todos los dijes de oro que pendan de sus enormes
+cadenas de reloj. Estas cadenas y estos dijes eran el atractivo ms
+poderoso, la tentacin suprema que presentaban a sus hijos los artesanos
+de Sarri para decidirles a ir a Cuba.--Tonto, quin te ver venir
+dentro de pocos aos con levita de pao fino, gran camisola planchada,
+bota de charol y mucha cadena de rels, como don Pancho! A este ltimo
+envite casi ningn muchacho resista.--Que me d siete vueltas al
+cuello, padre?--S, hombre, s, y con una porcin de lapiceros de oro y
+guardapelos colgando. Y all se iban de cabeza los pobres chicos en la
+_Bella-Paula_, en la _Carmen_, en la _Villa de Sarri_ o en otro
+barcucho de vela cualquiera, a perecer del vmito negro o del hambre,
+ms negra an, fascinados por el brillo de aquellas joyas cursis que
+representaban los ojos de la terrible Loreley.
+
+Las actitudes de algunos indianos jugando, como gente que no est
+avezada a reprimir sus ademanes y componerlos, eran extraas y
+graciosas; servan de regocijo a los jvenes del pueblo, cuya antipata
+a los americanos se manifestaba siempre por la burla. Quin, como don
+Benito, daba fuertes taconazos en el suelo mientras las bolas corran;
+quin, como don Lorenzo, se inclinaba a un lado y a otro, se torca y se
+retorca como si de sus movimientos dependiese que la bola se inclinase
+a un sitio u otro; quin, por fin, como don Pancho, que era pequeo y
+gordo, casi cuadrado, se suba de un brinco al divn despus de haber
+empujado la bola, para mejor ver los estragos que haba hecho en los
+palos. De vez en cuando se oa el grito de impaciencia de alguno de
+ellos dirigindose al chico:--Apunte, nio, no se distraiga!
+
+Al lado de Gonzalo vino a sentarse don Feliciano Gmez, que comenz a
+marearle con su charla bondadosa e insubstancial, dndole a cada
+instante palmaditas afectuosas en el muslo como tena por costumbre.
+
+--Cundo es el gran da, Gonzaln? Pronto, eh? Vaya, que tengo ya
+ganas de verte con tu seora del brazo yendo a misa de doce!... Bien, mi
+queridn, bien; vas a ser feliz. En casa las nenas (_as llamaba a sus
+ancianas hermanas siempre_) no me dejan vivir desde ayer: Cundo se
+casa Gonzaln? no dejes de preguntrselo. Como te han visto nacer las
+pobres!... No hay nada como el matrimonio para vivir contento y
+tranquilo. T me dirs: y siendo as, por qu no se ha casado usted,
+don Feliciano? Oyes, mi queridn, por qu me haba de casar si vivo
+feliz soltero? Qu me hace falta a m? Tengo en casa a las nenas que me
+cuidan a qu quieres boca, que me adoran... (Pobre hombre! otra cosa
+muy distinta se deca en el pueblo.) Y para otras cosas... nunca falta
+Dios; verdad, mi queridn?... Adems, mientras uno es mozo se padece
+mucho. Todo se vuelve apetecer y rabiar... Hay aqu dentro un fuego que
+no le deja a uno sosiego... Pero cuando vienen los aos y cesa el calor
+amante y se queda uno fresco como una lechuga, entonces, en grande, mi
+queridn!... Mira, si me dijesen ahora: Feliciano, quieres volverte a
+los veinte aos? Ca! a otro perro con ese hueso. La gran edad del
+hombre, los cincuenta aos. No lo dudes, Gonzaln. Ahora es cuando se
+sabe lo que es comer y dormir con tranquilidad. Hay ninguna Fulana que
+valga una fuente de sardinas frescas acabadas de freir?... Y una
+langosta con sidra sacada por el espichn? No se te hace la boca agua,
+hijo del alma?... T ahora casarte y besitos y mi vida para aqu y
+alma ma para all, verdad?... Bien, bien, descuida que todo se
+andar. Esto es bueno, pero aquello es mejor... La muchacha es de buena
+familia... Don Rosendo est rico... Vas bien, vas bien, mi queridn...
+Pero oye, por qu no te casas con la pequea, con Venturita, que es ms
+guapa? Yo no digo que la primera sea fea; pero no hay duda que la
+segunda es ms linda; un botn de rosa. Qu ojos tan pcaros! qu
+pelo! qu dentadura! qu garbo! En fin, si ests comprometido con la
+otra no digo nada... Pero lo que es como guapa!... Y la familia, la
+misma...
+
+Estas palabras hicieron una impresin extraa en Gonzalo. El pensamiento
+as expresado era la frmula brutal, pero exacta y precisa de su vago
+imaginar, de cierto desasosiego que le haba quedado desde la noche
+anterior. Efectivamente, qu ojos tan hermosos, tan cndidos y
+maliciosos a la vez! Qu cutis de alabastro! Qu labios, qu dientes,
+qu dorada madeja de cabellos! Cecilia, la pobre, estaba an ms delgada
+que cuando se haba ido y ms desgarbada. Cmo le haba gustado aquella
+chica? Gonzalo se confes con sencillez que gustar... lo que se llama
+gustar de veras... como ahora Venturita, por ejemplo, nunca le haba
+gustado. Entonces por qu?... Vaya usted a saber lo que son estas
+cuestiones! Era un nio, no hablaba con seoritas. La amabilidad de
+aqulla le impresion... Luego cierta vanidad de tener novia... Despus
+la distancia que agranda y mejora los objetos... En fin, todo se haba
+combinado para ligarle a aquella muchacha... Pero si l hubiera visto
+antes a Venturita!... Ms vala no pensar en ello. El asunto estaba ya
+demasiado adelantado para volverse atrs.
+
+Contra su costumbre, quedse un buen cuarto de hora pensativo mirando
+rodar las bolas de marfil sin verlas. Don Feliciano se haba ido. Al fin
+su robusto temperamento sanguneo se sobrepuso a aquellas nerviosidades
+insanas que pretendan turbarle. Alzse del asiento. Los rasgos de su
+fisonoma, contrados momentneamente, se dilataron, y se esparci, por
+ella la sonrisa serena que la caracterizaba. Al mismo tiempo se encogi
+de hombros con un supremo desdn. Con aquel gesto pareca decir:--Me
+caso con la ms fea de las chicas de Belinchn... bueno, y qu? De
+todos modos, sea con una o con otra, aunque no me case con ninguna! yo
+he de ser feliz. No necesito que la felicidad me venga de fuera. La
+llevo dentro de m, en este humor de ngel que Dios me di, en el dinero
+que mis padres me dejaron, en esta salud inconcebible, en esta fuerza de
+toro...
+
+Cuando entr de nuevo en el Saloncillo, grandemente perturbados hall a
+sus cotidianos tertulios con la nueva que acababa de traer Severino el
+de la tienda de quincalla:--No saben ustedes lo que pasa,
+seores?--Todos se levantan y le cercan. El comerciante habla
+visiblemente conmovido.--Esta noche han robado y asesinado a don
+Laureano.--Qu don Laureano, el de la quinta?--S, el de las Aceas...
+Dicen que a las dos y media, poco ms o menos, entraron nueve hombres
+enmascarados en su casa, molieron a palos al criado, amarraron a la
+seora y a la criada y a don Laureano lo degollaron... Antes creo que le
+hicieron sufrir mucho para obligarle a soltar el dinero... El buen seor
+no tena ms que doce mil reales, y ellos empeados en que haba gato
+escondido... Le amarraron por aqu, salva sea la parte, y tira que tira
+para hacerle cantar...
+
+Un estremecimiento de horror agit a los notables de Sarri. Quedronse
+plidos como si se les hubiese aparejado ya a todos aquel espantoso
+tormento. La quinta de las Aceas estaba a una legua de la villa, en la
+soledad de un bosque de pinos; pero nadie tuvo esto en cuenta. Veanse
+ya asaltados en sus casas de la Ra Nueva o de Caborana y asesinados
+crudelsimamente. Sobre todo aquellos tirones! Santo Cristo, qu
+atrocidad!
+
+Pasados los primeros momentos de sorpresa, comenzaron los comentarios en
+voz baja. Los ladrones no seran de muy lejos. Sin embargo, no se
+recordaba que en Sarri ni en sus alrededores hubiera pasado jams una
+cosa semejante. Marn afirm que haca ya das que vea algunos hombres
+sospechosos de noche. Esta noticia produjo en los circunstantes un
+saludable terror que no lleg a manifestarse. Todos se propusieron no
+salir de casa por la noche, sin comunicarse, no obstante, tan acertada
+resolucin. El alcalde manifest que, en su opinin, los ladrones deban
+de haber venido de Castilla.--De Castilla?--S, seor, de Castilla...
+O contar a mi padre (que en gloria est), que el ao de cinco se
+presentaron diez y siete hombres a caballo y armados en Sariego,
+rodearon el pueblo y robaron a don Jos Mara Herrero sesenta mil duros
+que tena escondidos debajo de uno de los ladrillos del hogar.
+
+En cualquiera otra ocasin, los tertulios habran observado que el que
+hubiera acaecido tal suceso en Sariego el ao de cinco, no implicaba
+necesariamente que sucediese lo mismo en las Aceas el ao de sesenta.
+Pero ahora nadie se atrevi a contradecir la aventurada proposicin. Y
+siguieron cementando en voz baja el suceso, y parecan estar todos de
+acuerdo en las opiniones ms extravagantes y contradictorias. Mas como
+no se haba dado jams el caso de que Gabino Maza asintiese por ms de
+diez minutos a lo que en su presencia se hablase, tom pretexto de una
+sencillsima indicacin, hecha por don Feliciano Gmez, con la perfecta
+naturalidad y modestia que caracterizaban los discursos de este
+distinguido comerciante, para caer sobre l de un modo tan violento como
+injustificado.
+
+--Ya me extraaba que no soltases alguna coz! Para qu quieres que se
+registren las casas de los vecinos? Te figuras que te vas a encontrar
+all muy apiladito el dinero de don Laureano.
+
+--Si no se halla el dinero, se hallar algn indicio...
+
+--De qu, cabeza de chorlito, de qu?
+
+Armse la disputa consabida. Se chill, se alborot lo indecible. Al
+fin, nadie pudo entenderse, como siempre. Las voces se oan
+perfectamente en toda la plazoleta de la Marina; pero los transeuntes
+estaban acostumbrados, y no se paraban a escucharlas.
+
+
+
+
+V
+
+LADRONES!!!
+
+
+Y desde entonces los notables de Sarri, no pusieron el pie en la calle
+de noche, como discretamente se lo haban propuesto. La tertulia del
+Saloncillo de ltima hora, la de la tienda de Graells, la de la Morana
+misma, quedaron abandonadas. Los cuatro o seis herreros establecidos en
+la villa no daban ni podan dar cumplimiento a los numerosos pedidos de
+cerraduras, pasadores, trancas de hierro y llaves maestras que de todas
+las casas les hacan. Los ladrones de las Aceas no haban sido habidos.
+Todos prevean, con ms o menos fundamento, que andaban rondando la
+poblacin para caer, sobre ella a saco en un plazo perentorio.
+
+No obstante, como el hombre se habita a todo, hasta a la enfermedad,
+hasta a las conferencias del Ateneo, los vecinos de Sarri, al cabo de
+algunos das se habituaron al peligro. Comenzaron a salir de sus casas,
+cerrada ya la noche, si bien con las debidas precauciones. El primero
+que se aventur fu Marn. Siendo intiles todos los esfuerzos que doa
+Brgida hizo para que se durmiese a una hora racional, le arroj de casa
+sin conmiseracin. Don Jaime pidi permiso para sacar debajo de la talma
+azul gendarme que usaba por las noches, un viejo fusil de chispa que
+haba en el desvn. La magnnima seora se lo otorg a condicin de
+llevarlo descargado. Sali despus Alvaro Pea. Como autoridad militar
+hasta cierto punto y hombre que gozaba fama de enrgico, estaba obligado
+a mostrar valor en aquellas crticas circunstancias: llevaba dos
+pistolas de arzn en los bolsillos, y bastn de estoque. El alcalde don
+Roque, que desde tiempo inmemorial vena asistiendo a la tienda de la
+Morana en compaa de don Segis el capelln de las monjas Agustinas y
+don Benigno el coadjutor de la parroquia, y se beba en el transcurso de
+la noche, de cuatro a ocho vasos de vino de Rueda, segn las
+circunstancias, no pudo sufrir el hogar domstico ms de tres das y
+sali tambin a la calle. Le acompaaba el octogenario alguacil Marcones
+con tercerola y sable. El iba armado de revlver y estoque.
+
+Despus, y sucesivamente, fueron saliendo y diseminndose por las
+tertulias nocturnas don Melchor, Gabino Maza, don Pedro Miranda,
+Delaunay, don Mateo, y todos los dems. Los indianos tardaron ms
+tiempo. Lo mismo la tienda de Graells que la de la Morana y el
+Saloncillo, se transformaban al llegar la noche en verdaderos arsenales.
+Cada uno de los que iban llegando dejaba arrimadas a la pared sus armas
+y pertrechos de guerra. Al salir tornaban a empuarlas con un valor
+impvido, digno de la sangre cntabra que casi todos llevaban en las
+venas. All el antiguo arcabuz de chispa alternaba de igual a igual con
+el moderno rifle americano de doce tiros, el estoque cilndrico de
+hierro con el espadn pavonado que guardan los nuevos bastones, el
+cachorro tosco de bronce con el revlver nielado. Y esta misma
+diversidad de armas mortferas contribua poderosamente a mantener en
+todos los pechos el espritu blico tan necesario en aquella ocasin.
+
+Se haban tomado algunas medidas acertadsimas; de gran utilidad. Hasta
+las doce de la noche los serenos tenan orden de no apagar ningn farol.
+A aqullos se les haba provisto de nuevos pitos infinitamente ms
+sonoros que los antiguos. Adems tenan prevencin para vigilar a
+cualquier persona desconocida que transitase por las calles. Entre los
+vecinos se haba convenido juiciosamente no dejar la acera a nadie desde
+las diez en adelante como no fuese a un amigo. Sabida es de todos la
+enorme influencia que tiene en la criminalidad esta costumbre de dejar
+la acera. Con tal motivo, encontrndose una noche en la calle de San
+Florencio don Pedro Miranda y don Feliciano Gmez, ambos embozados en
+sus carriks, con los estoques desenvainados, prevenidos para cualquier
+evento, don Feliciano le grit a don Pedro desde lejos:
+
+--Eh, amigo, al arroyo!
+
+--Phs, phs; seprese usted--contesta don Pedro.
+
+--Quien debe apartarse es usted--replica el comerciante.--Al arroyo, al
+arroyo!
+
+--Phs, phs, haga usted el favor de dejar franco el paso--responde el
+seor Miranda.
+
+Ninguno de los dos se mova de su sitio. Habanse desembozado y
+mostraban ya la punta aguzada de sus floretes.
+
+--Tenga usted la bondad...
+
+--Haga usted el obsequio...
+
+Quin sabe la horrible tragedia que hubiera acaecido en Sarri, si al
+cabo de un rato bastante largo de hallarse estos varones as detenidos
+en su camino, no se hubiesen reconocido?
+
+--Sera usted tal vez don Feliciano?...
+
+--Sera usted don Pedro?
+
+--Don Feliciano!
+
+--Don Pedro!
+
+Y se acercaron corriendo y se estrecharon las manos con efusin.
+
+--Qu suerte ha tenido usted en que le hubiese reconocido, don
+Feliciano!--exclam el seor Miranda mostrando su ancho estoque de
+hierro con puo de hueso.
+
+--Pues la de usted no ha sido pequea, don Pedro!--contesta el
+comerciante esgrimiendo en el aire una hoja fina y pavonada de Toledo.
+
+Para entrar en la tienda de la Morana era preciso bajar dos escalones.
+La tienda era una confitera, aunque no lo pareciese; la nica
+confitera que haba entonces en Sarri. Hoy, si no me engao, cuenta ya
+con tres. Y digo que no lo pareca, porque se vendan cirios de
+iglesia, pies y manos y cabezas y troncos de cera para ofertas. Estos
+objetos poco a poco haban ido llenando todo su mbito, pasando de
+comercio suplementario a principal, en virtud de lo nada golosos que
+eran los vecinos de aquella villa. Y ste es uno de los rasgos
+caractersticos que reclamo para ella. En Espaa es muy general que los
+habitantes de las villas y ciudades pequeas sean dados con pasin a los
+confites. No gozando de los placeres de toda laya con que brindan las
+grandes capitales, la sensualidad se escapa por ah.
+
+Acaso se arguya que en Sarri las monjas Agustinas tambin fabricaban
+dulces; pero debemos advertir que esta fabricacin estaba limitada
+exclusivamente al rallado de ciruela, membrillo, pera y albaricoque,
+alguna que otra tarta de almendra y borraja, y un dulce especialsimo
+parecido a las escamas de los peces llamado flor de azahar. No hay que
+dudarlo; en Sarri haba pocos golosos. Despus de todo, esta virtud
+rara en las villas de lo interior, no lo es tanto en las poblaciones
+martimas menos sometidas, como es sabido, a la influencia clerical.
+Porque segn la observacin que puede hacerse viajando por los pueblos
+de lo interior de Espaa, all se comen ms dulces donde el culto y las
+prcticas de la religin absorben ms parte de la vida, y la mayor
+energa del sentimiento religioso se traduce en novenas, rosarios
+cantados, cofradas y cannigos. Lo cual demuestra que debe de existir
+cierta misteriosa afinidad entre el misticismo y la confitera.
+
+Esta se hallaba representada en la tienda de la Morana por dos armarios
+de pino pintado de azul con puertas de cristales, situados a entrambos
+lados del mostrador. En estos armarios se guardaba una razonable
+cantidad de caramelos, rosquillas baadas, suspiros, magdalenas,
+almendrados, y sobre todo, las alabadas crucetas y famossimas
+_tabletas_ cuyo renombre habr alcanzado seguramente los odos de
+nuestros lectores. Todo de la ms remota antigedad. Las tabletas, cuya
+mgica composicin nunca hemos podido averiguar, tenan un atractivo
+irresistible, basado, caso extrao! en su extraordinaria dureza. A la
+edad en que se coman las tabletas de la Morana lo importante no era que
+los dulces fuesen delicados, sabrosos, exquisitos, sino que durasen
+mucho. Para lograr que los dientes se hincasen en ellas, era forzoso
+impregnarlas previamente de una cantidad fabulosa de saliva. Una vez
+hincados en su pasta pegajosa en alto grado, el separarlos de nuevo
+llegaba a constituir un verdadero problema. Permtaseme dedicar un
+delicado recuerdo de simpata y reconocimiento a estas tabletas que
+desde los cuatro hasta los ocho aos van unidas a los momentos ms
+dichosos de mi existencia. A su azucarado influjo quiz deba el autor de
+este libro la flor de optimismo, que, al decir de los crticos,
+resplandece en sus obras.
+
+La Morana, hija y heredera de otra Morana que ya haba muerto, era una
+mujer de cuarenta aos, plida, con parches de gutapercha en las sienes
+para los dolores de cabeza. Estaba casada con un Juan Crisstomo, que al
+decir de don Segis, el capelln, no era de los Crisstomos. Sin embargo,
+cuando administraba alguna paliza a su mujer, sola mostrar cierta
+erudicin poco comn.
+
+--Yo que amaba a esta mujer--exclamaba con enternecimiento, arrimando
+el garrote a la pared.--Yo que amaba a esta mujer como esposa y no como
+sierva, segn manda el apstol San Pablo!... T has ledo al apstol
+San Pablo?... Qu habas de leer t, gran vaca!...
+
+El vino era muy bueno, casi puede decirse que era lo nico bueno en este
+establecimiento, y eso que no paraba mucho en la bodega. Don Roque, don
+Segis, don Benigno, don Juan el Salado y el seor Anselmo el ebanista,
+se encargaban a plazo fijo de hacerlo pasar a la suya. Era un vino
+blanco, fuerte, superior, que se suba a la cabeza con facilidad
+asombrosa. Los tertulios de la tienda, todas las noches, entre once y
+doce, salan dando tumbos para sus casas; pero silenciosos, graves, sin
+dar jams el menor escndalo. Solan salir los cinco cogidos del brazo,
+apoyndose los unos en los otros. Al llegar a las tapias de la huerta
+del convento de las Agustinas, orinaban. Despus proseguan su camino
+sin decirse una palabra, aunque bufando y soplando mucho. El instinto,
+que nunca les abandonaba por completo, les sugera esta prudente
+conducta. Comprendan que si hablaban poco o mucho, podan enredarse en
+alguna disputa. De ah las voces y el escndalo consiguiente... Nada,
+nada, lo mejor era no chistar. Al llegar a sus casas se soltaban
+murmurando con torpe lengua buenas noches. El ltimo era don Roque por
+vivir ms lejos que ninguno.
+
+De este modo serio, modesto, patriarcal, se emborachaban aquellos
+venerables ancianos todas las noches del ao. Dos de ellos, don Juan el
+Salado, escribiente del Ayuntamiento, y don Segis, experimentaban ya las
+consecuencias de aquella vida. El Salado tena una nariz que daba miedo
+verla: el da menos pensado se le caa sobre el libro de actas. Don
+Segis haba padecido un ataque apopltico, de resultas del cual
+arrastraba la pierna derecha cual si llevase en ella un peso de seis
+arrobas. Verdad que el insaciable capelln no se contentaba con los
+cuarterones de vino de la confitera. Por cada uno que se tragaba era
+preciso que la Morana le sirviese una copa de ginebra, la cual verta
+cuidadosamente en un frasco que llevaba al efecto en el bolsillo. Si
+eran seis cuarterones, seis copas; si ocho, ocho. Toda esta ginebra
+pasaba delicadamente a su estmago en pequeos sorbos despus que se
+haba metido en la cama. Pero don Segis, cmo se bebe usted tanta
+ginebra de una vez?--No tengo ms remedio--contestaba en un tono
+resignado y humilde que parta el corazn.--Si no bebiese una copa por
+cada cuartern, qu sera de m, hijo del alma?... Pasara la noche
+como un caballo!
+
+Las conversaciones de la tienda de la Morana eran menos interesantes y
+movidas que las del Saloncillo. A los viejos tertulianos les interesaban
+ya poqusimas cosas en el mundo. Los asuntos ms graves de la villa,
+los que promovan tempestades en el Saloncillo, se trataban, o por mejor
+decir, se tocaban ligeramente sin apasionamiento alguno. Que los
+Gonzlez haban despedido al capitn de la _Carmen_ y nombrado en su
+lugar un andaluz.
+
+--Cuando los Gonzlez lo han hecho--afirmaba uno lenta y
+sordamente,--sus razones tendran.
+
+--Es verdad--contestaba otro al cabo de un rato, llevndose el vaso a
+los labios.
+
+--Ripalda pareca un buen sujeto--afirmaba un tercero, despus de cinco
+minutos, dejando el vaso sobre el mostrador y eructando.
+
+--S lo pareca--replicaba otro gravemente.
+
+Transcurran diez minutos de meditacin. Los tertulios daban algunos
+cariosos besos al vaso, que pareca de topacio. Don Roque rompe el
+silencio:
+
+--De todos modos, no hay duda que don Antonio le abras.
+
+--Le abras--dice don Juan el Salado.
+
+--Le abras--confirma don Benigno.
+
+--Le abras--corrobora el seor Anselmo.
+
+--Le abras completamente--resume, por fin, don Segis lgubremente.
+
+Lo que alteraba los nimos una que otra vez, era la cuestin de
+pichones. El seor Anselmo y don Benigno alimentaban pasin
+inextinguible por estos animalitos. Cada cual tena su palomar, sus
+castas, sus procedimientos de cra, y sobre tales extremos se enredaban
+a menudo en largas y vivas discusiones. Los dems escuchaban gravemente
+sin atreverse a decidir, subiendo y bajando el vaso del mostrador a los
+labios con religioso silencio. El crimen de las Aceas les disgust,
+pero no caus en ellos la profunda desazn que en el resto del
+vecindario. Al cabo de cinco o seis das tornaron a sus patriarcales
+costumbres. Y era tal su valor, que la mayor parte de las noches dejaban
+olvidadas las armas en la tienda.
+
+Seran las doce por filo de una, en que don Roque haba rebasado con
+tres cuarterones ms la tasa de seis que ordinariamente se impona,
+cuando las cinco columnas de la confitera de la Morana salieron en
+apretada cadena hacia sus domicilios. Cerraba la marcha Marcones, con el
+fusil al hombro. El primero que se solt fu don Segis, que viva en una
+casita de dos balcones, pegada al convento de las Agustinas. Despus fu
+don Juan el Salado. Despus el coadjutor. Por ltimo, el seor Anselmo,
+sacando la enorme llave lustrosa que le serva de batuta cuando diriga
+la orquesta, abri el taller donde dorma.
+
+Qued el alcalde solo con la fuerza de su mando. Dijo algo; pero la
+fuerza no le entendi. Comenzaron a caminar hacia casa, que ya no estaba
+lejos. Mas antes de llegar a ella, don Roque, que soplaba y bufaba como
+una ballena, e imitaba en lo posible la marcha jadeante y arremolinada
+de este cetceo, se par de repente, y pronunci en alta voz un largo
+discurso, del cual no entendi Marcones ms que la palabra ladrones,
+repetida bastantes veces. Mir el alguacil con sobresalto a todas partes
+por ver si vea alguno, preparando el fusil al mismo tiempo; pero nada
+observ que le hiciese sospechar la presencia de los forajidos. Torn
+don Roque a usar de la palabra, si tal nombre mereca la regurgitacin
+intermitente de una porcin de sonidos extraos, brbaros, lamentables,
+que infundan tristeza y horror al mismo tiempo, y Marcones pudo colegir
+entonces que su jefe deseaba que hiciesen una batida por la villa, en
+busca de los criminales de las Aceas.
+
+Marcones medit que la fuerza era escasa y mal prevenida para aquella
+empresa; pero la disciplina no le permiti hacer objeciones. Adems,
+naci en su pecho la esperanza de que los asesinos fuesen poco
+aficionados a tomar el fresco a tales horas. Y despus de haber
+examinado cuidadosamente las armas, emprendieron una marcha peligrosa al
+travs de todas las calles y callejas de la villa. En honor de la
+verdad, hay que advertir que don Roque marchaba delante como cumple a un
+valeroso caudillo, con su revlver en la mano izquierda y el bastn de
+estoque en la derecha, exponiendo el primero su noble pecho al plomo
+enemigo. Marcones, agobiado bajo el peso del fusil y de los ochenta y
+dos aos que tena marchaba detrs a una distancia de seis pasos
+prximamente.
+
+La noche era de luna, pero negros y grandes nubarrones la ocultaban a
+menudo por largo rato. Y entonces la escasa claridad de los faroles de
+aceite que ardan en las esquinas de las calles no bastaba a deshacer
+las sombras que se amontonaban hacia el medio de ellas. Sarri consta de
+cinco principales, a saber: la Ra Nueva, que desemboca en el muelle; la
+de Caborana, la de San Florencio, la de la Herrera y la de Atrs. Estas
+calles son largas, bastante anchas y paralelas entre s. Los edificios
+en general son bajos y pobres. Otras calles secundarias, en nmero
+considerable, las cruzan y las comunican. Adems, en las afueras le
+salen algunos rabos a la villa, donde han edificado suntuosas casas los
+indianos. Son lo que pudiera llamarse el ensanche de la poblacin.
+
+Al llegar la columna caminando por la calle de Atrs, cerca de la de
+Santa Brgida, oy gritos y lamentos que la oblig a hacer alto.
+
+--Qu es eso, Marcones?--pregunt el alcalde.
+
+El anciano alguacil se encogi de hombros filosficamente.
+
+--Nada, seor; ser en casa de Patina Santa.
+
+--Y cmo se atreven esas pendangas?... Vamos all, Marcones, vamos acto
+continuo.
+
+Acto continuo era una frase de la que usaba y abusaba don Roque.
+Simbolizaba para l la energa, la decisin, la rapidez de la autoridad
+para remediar todos los daos.
+
+Patina Santa era el gran sacerdote de uno de los dos templos del placer
+que existan en Sarri. De vez en cuando sala por las aldeas comarcanas
+y traa las sacerdotisas que le hacan falta, que nunca pasaban de
+cuatro. No haba ms gabinetes, y eso que dorman de dos en dos. Vestan
+el mismo refajo de bayeta verde o encarnada, el mismo justillo sin
+ballenas, la misma camisa de lienzo gordo, el mismo pauelo de percal
+que cuando triscaban all por los prados y los montes con los vaqueros
+vecinos. Patina Santa, como nicos smbolos del nuevo y elevado destino
+a que la suerte les haba llamado, colgaba de sus orejas pendientes de
+perlas y aprisionaba sus pies con zapatos descotados de sarga, los
+cuales eran bienes adheridos a la casa y servan para todas las que iban
+llegando. Ms adelante Patina, hacindose cargo de que el mundo marcha y
+que las leyes del progreso son indeclinables, tuvo la audacia de
+introducir en su templo los polvos de arroz. Despus compr unos
+medallones de _doubl_ para colgar al cuello con un terciopelito negro.
+Verdad que a todas estas reformas le estimulaba la competencia
+desastrosa que le haca Poca Ropa, el cual tena su instituto en la
+calle del Reloj, al otro extremo de la villa.
+
+--Qu escndalo es ste?--grit don Roque con voz estentrea
+acercndose a la inmunda casucha.
+
+Tres o cuatro muchachos que haba en la calle huyeron como pajarillos a
+la vista del gaviln. Pero quedaban las palomas. Dos de ellas estaban a
+la puerta en camisa, las otras dos asomadas a las ventanas en el mismo
+traje. Las de la puerta quisieron retirarse a la vista del alcalde, pero
+ste las agarr con sus manazas.
+
+--Qu escndalo es ste,...ajo?--repiti.
+
+--Seor alcalde, nos han dado dos piezas falsas...--dijo una de ellas.
+
+--No estis vosotras malas piezas... A la crcel!
+
+--Pero, seor alcalde!
+
+--A la crcel,...ajo, a la crcel!--rugi don Roque.--Y vosotras lo
+mismo. Todo el mundo abajo. Dnde est ese maricn de Patina?
+
+Santo cielo, qu alboroto se arm all en un momento!
+
+Las nias de la ventana no tuvieron ms remedio que bajar, y Patina lo
+mismo, todos en camisa, porque don Roque no admiti trmino dilatorio.
+No se oan ms que gemidos y lamentos, y por encima de ellos la voz
+horripilante del alcalde, repitiendo sin cesar:
+
+--A la crcel...ajo! A la crcel...ajo!
+
+Las infelices pedan por Dios y por la Virgen que las dejasen vestirse;
+pero el alcalde, con la faz arrebatada por la clera y los ojos
+inyectados, cada vez gritaba con ms fuerza, aturdindose con su propia
+voz:
+
+--A la crcel...ajo!.,A la crcel...ajo!
+
+Y no hubo otro remedio. El sereno, que se haba acercado al escuchar los
+primeros ajos, las condujo en aquella disposicin a la crcel municipal,
+en compaa de su digno jefe, mientras los vecinos, entre risueos y
+compasivos, contemplaban la escena por detrs de los cristales de sus
+ventanas.
+
+La autoridad de don Roque cerr por s misma la puerta del palomar, y
+puso la llave acto continuo, bajo la custodia de Marcones. Despus
+continuaron su marcha peligrosa.
+
+No haban caminado mucho espacio, cuando en una de las calles ms
+estrechas y lbregas, acertaron a ver el bulto de una persona que se
+acercaba cautelosamente a la puerta de una casa y trataba de abrirla.
+
+--Alto!--murmur don Roque al odo de su subordinado.--Ya hemos
+tropezado con uno de los ladrones.
+
+El alguacil no entendi ms que la ltima palabra. Fu bastante para que
+se le cayese el fusil de las manos.
+
+--No tiembles, Marcones, que por ahora no es ms que uno--dijo el
+alcalde cogindole por el brazo.
+
+Si el venerable Marcones tuviese en aquel momento cabales sus facultades
+de observacin, hubiese advertido acaso en la mano de la autoridad
+cierta tendencia muy determinada al movimiento convulsivo.
+
+El ladrn, al sentir los pasos de la patrulla, volvi la cabeza con
+sobresalto y permaneci inmvil con la ganza en la mano. Don Roque y
+Marcones tambin se estuvieron quietos. La luna, filtrndose con trabajo
+por una nube, comenz a alumbrar aquella fatdica escena.
+
+--Phs, phs, amigo--dijo el alcalde al cabo de un rato, sin avanzar un
+paso.
+
+Oir el ladrn este amical llamamiento de la autoridad y emprender la
+fuga, fu todo uno.
+
+--A l, Marcones! Fuego!--grit don Roque, dndose a correr con
+denuedo en pos del criminal.
+
+Marcenes quiso obedecer la orden de su jefe, pero no le fu posible; el
+martillo cay sobre el pistn sin hacer estallar el fulminante.
+Entonces, con decisin marcial, arroj el arma que no le serva de nada,
+sac el sable de la vaina de cuero e hizo esfuerzos supremos por
+alcanzar al alcalde, que con valor temerario se le haba adelantado lo
+menos veinte pasos en la persecucin del ladrn.
+
+Este haba desaparecido por la esquina de una calle.
+
+Pero al llegar a ella la columna pudo verle tratando de ganar la otra.
+
+Pum!
+
+Don Roque dispar su revlver, gritando al mismo tiempo:
+
+--Date, ladrn!
+
+Torn a desaparecer: tornaron a verle al llegar a la calle de la
+Misericordia.
+
+Pum! Otro tiro de don Roque.
+
+--Date, ladrn!
+
+Pero el forajido, sin duda como recurso supremo, y para evitar que algn
+sereno le detuviese, comenz a gritar tambin:
+
+--Ladrones, ladrones!
+
+Se oy el silbido agudo y prolongado del pito de un sereno, despus,
+otro, despus otro...
+
+La calle de San Florencio estaba bien iluminada, y pudo verse claramente
+al criminal deslizarse con rapidez asombrosa buscando en vano la sombra
+de las casas.
+
+Pum, pum!
+
+--Date, ladrn!
+
+--Ladrones!--contest el bandido sin dejar de correr.
+
+Dos serenos se haban agregado a la columna, y corran blandiendo los
+chuzos al lado del alcalde.
+
+El criminal quera a todo trance ganar la Ra Nueva con objeto tal vez
+de introducirse en el muelle y esconderse en algn barco o arrojarse al
+agua. Mas antes de llegar a ella tropez y di con su cuerpo en el
+suelo. Gracias a este accidente la patrulla le gan considerable
+distancia; anduvo cerca de alcanzarle. Pero antes que esto sucediese, el
+forajido, alzndose con extremada presteza, huy ms ligero que el
+viento. Don Roque dispar los dos ltimos tiros de su revlver, gritando
+siempre:
+
+--Date, ladrn!
+
+Desapareci por la esquina de la Ra Nueva. Al desembocar en ella el
+alcalde y su fuerza cerca de la plaza de la Marina, no vieron rastro de
+criminal por ninguna parte. Siguieron vacilantes hasta llegar a dicha
+plaza. All se detuvieron sin saber qu partido tomar.
+
+--Al muelle, al muelle; all debe de estar--dijo un sereno.
+
+Y ya se disponan todos a emprender la marcha, cuando se abri con
+estrpito el balcn de una de las casas, apareci un hombre en
+calzoncillos, y se oyeron estas palabras, que resonaron profundamente en
+el silencio de la noche:
+
+--El ladrn acaba de entrar en el caf de la Marina!
+
+El que las pronunciaba era don Feliciano Gmez. La patrulla, al
+escucharlas, se precipit hacia la puerta del caf, y entr por ella
+tumultuosamente. El saln estaba desierto. All en el fondo, al lado del
+mostrador, se vela a tres o cuatro mozos con su delantal blanco,
+rodeando a un hombre que estaba tirado ms que sentado sobre una silla.
+El alcalde, el alguacil, los serenos cayeron sobre l, ponindole al
+pecho los chuzos, el estoque y el sable. Y a un tiempo gritaron todos:
+
+--Date, ladrn!
+
+El criminal levant hacia ellos su faz despavorida, ms plida que la
+cera.
+
+--Ay, re... si es don Jaime, as me salve Dios!--exclam un sereno
+bajando el chuzo.
+
+Todos los dems hicieron lo mismo, mudos de sorpresa. Porque, en efecto,
+el forajido que haban perseguido a tiros, no era otro que Marn
+sorprendido _infraganti_, en el momento de abrir la puerta de su casa.
+
+Hubo que llevarle a ella en hombros, y sangrarle. Al da siguiente, don
+Roque se present a pedirle perdn, y lo obtuvo. Doa Brgida, su
+inflexible esposa, no quiso concedrselo, sin haberle soltado antes una
+buena rociada de adjetivos resquemantes, entre otros el de borracho. Don
+Roque sufri con resignacin el desacato, y no hizo nada de ms.
+
+
+
+
+VI
+
+QUE TRATA DEL EQUIPO DE CECILIA
+
+
+En la morada de los Belinchn haban comenzado los preparativos de boda.
+Primero, con mucha reserva, doa Paula hizo venir a Nieves la bordadora,
+y celebr con ella una larga conferencia a puertas cerradas. Despus se
+pidieron muestras a Madrid. Pocos das ms tarde, aquella seora,
+acompaada de Cecilia y Pablito, hizo un viaje a la capital de la
+provincia, en el familiar de la casa. La fisgona de doa Petra, hermana
+de don Feliciano Gmez, que pasaba por la Ra Nueva al tiempo de apearse
+doa Paula y sus hijos, pudo observar que el criado sacaba del coche una
+porcin de paquetes, que se le antojaron piezas de tela. Bast para que
+todo Sarri supiese que en casa de don Rosendo se trabajaba ya en el
+equipo de la hija mayor. Doa Paula, con tal motivo, tuvo una
+sofocacin. Ech la culpa a Nieves. Esta protest de que no haba salido
+palabra alguna de sus labios. Insisti doa Paula. Llor la bordadora.
+En fin, un disgusto.
+
+Pues que todo se haba descubierto, nada de tapujos, y pelillos a la
+mar. Constituyse en la sala de atrs, la que daba a la calle de
+Caborana, un taller u oficina de ropa blanca, bajo la alta direccin de
+doa Paula, y la inmediata de Nieves. Se compona de cuatro oficialas,
+las dos doncellas de la casa, cuando los quehaceres domsticos se lo
+permitan, Venturita y la misma Cecilia. Era una juventud bulliciosa, a
+la cual, el trabajo activo no impeda charlar, reir y cantar todo el
+da. La alegra les rebosaba del alma a aquellas muchachas, y se
+desbordaba en risas inmotivadas, que a veces duraban largusimo rato.
+Que a una se le caan las tijeras: risa. Que otra peda la madeja del
+hilo tenindola colgada al cuello: risa. Que se presentaba la cocinera
+con la cara tiznada, pidiendo a la seora dinero para la lechera: gran
+algazara en el costurero.
+
+No solamente eran jvenes y alegres las que cosan el equipo de Cecilia;
+pero adems guapas, comenzando por su directora. Nieves era una rubia
+alta y esbelta, de cutis blanco y transparente, ojos azules claros,
+nariz y boca perfectas. Tena veintids aos de edad, y un carcter que
+era una bendicin del cielo. Imposible estar melanclico a su lado. No
+que fuera decidora o chistosa; nada de eso. La pobrecilla tena poco ms
+ingenio que un pez. Pero su alegra inagotable chispeaba en sus ojos de
+tan gentil manera, sonaba en la garganta con notas tan puras, tan
+frescas y argentinas, que como un contagio adorable se esparca en torno
+suyo. Era la nica riqueza que posea. Con el trabajo de sus manos
+mantena a una madre paraltica y a un hermano vicioso y perezoso, que
+la maltrataba inicuamente cuando no poda darle lo que necesitaba para
+emborracharse. Sus padecimientos, que para otra seran insoportables, la
+turbaban slo momentneamente. Por encima de ellos rezumaba muy pronto
+la linfa de aquel divino y gozoso manantial que guardaba en su corazn.
+Gozaba tambin de una salud perfecta. Los nicos dolores que senta eran
+en el costado izquierdo, despus de reirse mucho.
+
+Valentina, bordadora tambin, y tambin rubia, no era tan hermosa. Sus
+ojos ms pequeos, su cutis menos delicado, la nariz un poco remangada,
+ms baja de estatura. En cambio sus cabellos dorados eran rizosos y le
+caan con mucha gracia por la frente; sus manos y sus pies ms delicados
+y breves que los de Nieves; y, sobre todo, tena a menudo, casi
+constantemente, un ceo, cierto fruncimiento del entrecejo que no era de
+enfado y prestaba a su fisonoma un matiz picaresco extremadamente
+simptico. Encarnacin era costurera; moza robusta, colorada, mofletuda,
+de fisonoma vulgar. Entre los artesanos de Sarri pasaba por la mejor
+moza de las cuatro: para el catador inteligente y refinado vala muy
+poco. Teresa, costurera tambin, era por su rostro una verdadera mora, y
+de las ms oscuritas; el cabello negro como el azabache, los ojos
+rasgados y tan negros como el pelo, la nariz y la boca correctas. Pasaba
+por fea en la villa a causa de su color: en realidad era un hermoso tipo
+oriental. De las dos doncellas de la casa, la una, Generosa, nada tena
+que llamase la atencin; la otra, Elvira, era una palidita, de ojos
+grandes y entornados, muy graciosa.
+
+Las artesanas de Sarri no han entrado jams por la ridcula imitacin
+de las damas, tan extendida hoy, por desgracia, entre las de otros
+pueblos de Espaa. Crean y creen estas insignes sarrienses, y yo me
+adhiero del todo a su opinin, que el traje y las modas adoptadas por
+las seoritas no avaloran poco ni mucho sus naturales gracias; antes las
+menoscaban. Y esto es lgico. En primer lugar no estn acostumbradas a
+vestirse con tal sujecin o aprieto como los figurines exigen de sus
+subordinadas. Despus, en las villas no hay quien corte con elegancia.
+Por ltimo, el gnero tiene que ser de peor calidad, ms pobre y ms
+feo. En cambio, quin sobre el globo terrqueo, y aun sobre los otros
+globos que navegan por el espacio, compite con ellas en ponerse el rico
+mantn de la China floreado, anudndolo a la cintura por detrs? Quin
+deja caer con ms gracia, ni siquiera con tanta, los rizos del pelo por
+la frente en estudiado desgaire? Quin se mueve con ms garbo dentro de
+la giraldilla ni da con ms elegancia un _rempujn_ al seorito que se
+desmanda, diciendo al mismo tiempo entre risuea y
+enojada?--Cristiano, usted es tonto, o se hace? Mire que se va a
+pinchar! Quin es capaz de cantar con ms sentimiento y menos odo a
+la vuelta de una romera aquello de
+
+ _Aben-Hamet al partir de Granada_
+ _el corazn traspasado sinti?_
+
+No hay que dudarlo. Las artesanas de Sarri, cuyos arraigados principios
+estticos son la admiracin de propios y extraos, hoy sobre todo en que
+van desapareciendo los caracteres, hacen bien en mantener su
+independencia y en levantar la cabeza delante de las seoritas
+encopetadas de la villa. Porque (digmoslo bajo para que stas no se
+enteren) la verdad es que son mucho ms hermosas. Esto, sin ofender a
+nadie en particular; lbreme Dios. No hay viajero peninsular que al
+recordarle a Sarri no afirme lo mismo con ms o menos energa, segn la
+ndole de su temperamento. No hay inglesote de aquellos que atracan por
+unos das a la punta del Pen que al hablar all en Cardiff o Bristol a
+sus amigos de este _spanish town_, no comience por levantar mucho las
+cejas, abrir la boca en forma de crculo perfecto extendiendo hacia
+afuera los labios, y echndose hacia atrs en la silla no
+exclame:--_Oh, oh, oh! Sarri the yeung girls very, very, very
+beautiful!_
+
+Y cuando los ingleses lo dicen, qu no diremos los espaoles, y en
+particular aquellos que hemos vivido tanto tiempo bajo su influencia
+bienhechora!
+
+Las cuatro oficialas, y Nieves tambin, aunque sta picaba ms alto,
+pertenecan, pues, a esta famossima casta de mujeres por cuya
+conservacin y prosperidad hago votos al cielo todos los das y aconsejo
+a todo buen catlico que los haga. En los das de trabajo vestan de
+percal, mantoncito de lana atado atrs y pauelo de seda al cuello,
+dejando al descubierto, por supuesto, la cabeza. Nieves, por excepcin,
+traa al diario mantn de la China negro con fleco.
+
+Acaban de ponerse al trabajo despus de comer. El sol penetra por los
+dos balcones de la sala al travs de los visillos. Para que no les
+moleste, las costureras se agrupan en uno de los rincones. Teresa, la
+ms filarmnica de ellas, entona con voz suave y tmida un canto
+romntico de cadencias tristes y prolongadas, a propsito para ser
+acompaado en terceras. Y en efecto, Nieves no tard en _hacerle el
+do_, como all se deca. Las dems la siguen cantando, unas en primera
+y otras en segunda voz. De todo lo cual resulta una armona asaz
+melanclica, de sabor romntico muy marcado. El romanticismo podr huir
+de las costumbres y ser arrojado de la novela y el teatro; ms siempre
+hallar un nido tibio y delicioso donde guarecerse en el corazn de las
+jvenes artesanas de Sarri. Aquella armona dura hasta que Pablito se
+encarga de desbaratarla lanzando repentinamente en medio de ella su
+vozarrn de carnero. Las costureras suspenden el canto y levantan
+asustadas la cabeza. Despus se echan a reir.
+
+El bello Pablito, recostado en su butaca all en otro rincn, se re
+tambin con fuertes carcajadas de su gracia.
+
+Desde que haba comenzado a coserse el equipo de su Hermana, Pablito
+manifestaba cierto gusto por la vida sedentaria que hasta entonces jams
+se haba observado en l. Quin le haba visto en los das de la vida
+detenerse un minuto en casa despus de comer? Quin pudiera imaginar
+que se pasaba la maana sentado en aquella butaca dando parola a las
+costureras? Nada ms cierto, sin embargo. Haca ya cerca de un mes que
+no sala a caballo ni en coche, y no pasaba en la cuadra ms de una hora
+todos los das.
+
+Piscis se hallaba consternado. Vena diariamente a buscarlo, pero en
+vano.
+
+--Mira, Piscis, hoy tengo que limpiar los estribos de plata, no puedo
+salir.--Mira, Piscis, tengo que ir a cobrar una letra por encargo de
+pap.--Mira, Piscis, la Linda est con torozn y no se la puede montar.
+
+--Ya est buena--grua Piscis.
+
+--Vienes de la cuadra?
+
+--S.
+
+--Bien... pues de todos modos hoy no puedo salir... Tengo una rozadura
+aqu... salva sea la parte...
+
+Algunos das Piscis entraba en la sala de costura, y sin decir nada
+aguardaba sentado un rato, no muy largo casi nunca, porque abrigaba
+vehementes sospechas de que las costureras se rean de l, y esto le
+tena sobresaltado y en brasas. Cuando le pareca llegado el momento
+oportuno, o porque observase sntomas de cansancio en Pablo o por
+cualquier otra circunstancia que no est a nuestro alcance, se levantaba
+del asiento y haca una sea con la mano a su amigo silbando al mismo
+tiempo. Y esto porque se entendan mucho mejor con silbidos que con
+palabras. Ambos sentan aversin por el sonido articulado, sobre todo
+Piscis, y escatimaban su empleo. Mas a Pablito lo mismo le daban ya
+pitos que flautas.
+
+--Hombre, Piscis... tengo una pereza!... Quieres hacerme el favor de
+ir a la cuadra y decirle a Pepe que le d otra untura de aceite al
+Romero?
+
+--Yo se la dar--responda con semblante fosco Piscis.
+
+--Bueno, Piscis, muchas gracias... Adis... No dejes de venir maana,
+eh?... Puede que salga a caballo.
+
+Deca esto con gran dulzura y amabilidad, para desagraviarle. Piscis
+mascullaba unas buenas tardes sin volverse hacia los circunstantes, y
+sala con los ojos torcidos, ms feo y endemoniado que nunca. Al da
+siguiente lo mismo. A pesar de la veneracin que Pablito le inspiraba
+Piscis lleg a presumir que le gustaba una de las costureras. Cul? Su
+perspicacia no llegaba a resolverlo.
+
+Comenzaron de nuevo su cntico las jvenes, pero al llegar a aquello de
+
+ _Slo t, mujer divina,_
+ _rezars una plegaria_
+ _en mi tumba solitaria, etc._
+
+Pablito solt otro berrido estridente y atronador. Vuelta a la risa.
+Venturita se puso seria.
+
+--Mira, Pablo, si has de seguir haciendo payasadas, ms vale que te
+vayas con Piscis.
+
+A su vez Pablito se pone fosco.
+
+--Me ir cuando se me antoje. Siempre has de ser t la que todo lo eche
+a perder!
+
+Quera decir con esto el joven Belinchn, que slo su hermana Ventura se
+empeaba en desconocer el ingenio con que el cielo le haba dotado. Y
+as era la verdad. Todas las dems rean alborozadas, como si en vez de
+un berrido acabasen de escuchar un pasaje de Rabelais. Doa Paula, que
+senta por su hijo primognito admiracin idoltrica, y al mismo tiempo
+guardaba cierto rencor a su hija por sus contestaciones, aunque se
+hallase grandemente pagada de su hermosura, vino en ayuda de aqul.
+
+--Tiene razn Pablo. Siempre has de aguar todas las fiestas!... Jess
+qu criatura!... Lo que es el hombre que te lleve, algn pecado gordo
+tiene que purgar.
+
+En aquel momento apareci en la puerta de la estancia Gonzalo, quien se
+dobl como un arco para dar la mano a su futura suegra, a Ventura y a
+Cecilia. Esta se puso seria. Sin volver hacia ellas la cabeza, adverta
+que todas las costureras la miraban con el rabillo del ojo. Vea con el
+pensamiento el esbozo de sonrisa que se formaba en sus rostros.
+
+Todos los das pasaba igual. Antes de llegar Gonzalo, las costureras se
+complacan en dirigir, siempre que vena a cuento, alguna pulla a la
+novia.
+
+--Cecilia, cul de estas camisas te vas a poner el da de la boda?
+
+Hay que advertir que algunas de ellas la tuteaban por haberse conocido
+de nias. Es muy frecuente en los pueblos.
+
+--Seorita, en estas sbanas tan finas se va usted a resbalar.
+
+--No ser ella sola la que resbale. Verdad, Cecilia?
+
+--Anda, picarona, que buen mozo te llevas!
+
+--No lo llevar tan guapo Venturita.
+
+--Quin sabe!--replicaba sta.
+
+Cecilia escuchaba estos dichos con la sonrisa, en los labios y
+ruborizada. Desde que haban comenzado los preparativos de boda, sus
+mejillas, antes tan plidas, estaban casi siempre arreboladas. Esta
+animacin y el brillo que la felicidad prestaba a sus ojos, si no
+bonita, la hacan interesante y simptica. No hay muchacha que en
+vsperas de casarse deje de serlo ms o menos.
+
+Cecilia era de condicin reservada y silenciosa, sin dar por eso en
+taciturna. Ordinariamente no hablaba ms que cuando le dirigan la
+palabra; pero sus contestaciones eran suaves, claras, precisas. No era
+la nota distintiva de su carcter la timidez, que suele prestar soberano
+hechizo a las jvenes. Mas en sustitucin de esta cualidad, posea
+nuestra herona una serenidad dulce, cierta firmeza simptica en todas
+sus palabras y ademanes que revelaban la perfecta limpidez de su
+espritu. Esta serenidad pasaba para algunas personas poco observadoras,
+si no por orgullo, que bien claro estaba que Cecilia no lo tena, por
+frialdad de corazn. Crean, aun los ms allegados a la casa, que era
+incapaz de concebir una pasin viva y tierna. Acostumbrados a verla
+impasible cumpliendo los deberes domsticos con la regularidad de un
+reloj, les era forzoso un esfuerzo grande de penetracin, que no todos
+pueden llevar a cabo, para adivinar la verdadera fisonoma moral de la
+primognita de los Belinchn. La mayor parte de estos seres viven y
+mueren desconocidos, porque no poseen una de esas cualidades brillantes
+que seducen y atraen al que se acerca. La inocencia misma, aunque
+parezca raro, pertenece a ese nmero, y no es la que menos relieve
+presta al carcter de una mujer. Muy contados son los que saben apreciar
+la hermosura que encierran estas almas cristalinas. La mirada se sumerge
+en ellas sin hallar nada que despierte la atencin. Pero lo mismo pasa
+con ciertos venenos; igual con ciertos filtros que dan la vida. Porque
+nuestros ojos torpes y limitados no vean los elementos de salud o de
+muerte que hay en suspensin en ellos, hemos de afirmar que no existen?
+
+Difcil era averiguar las emociones tristes o placenteras que cruzaban
+por el alma de Cecilia, aunque no imposible. No sabemos si pona empeo
+en ocultarlas o era forzada a ello por su misma naturaleza. Lo cierto es
+que en la casa, hasta sus mismos padres las desconocan casi siempre. Se
+trataba, verbigracia, de salir un da a visitas, o de comprarse un
+vestido, doa Paula preguntaba a su hija con solicitud:
+
+--Qu te parece, Cecilia?
+
+--Me parece bien--contestaba sta.
+
+--Te parece bien, de veras?--deca la madre mirndola fijamente a los
+ojos.
+
+--S, mam, me parece bien.
+
+Doa Paula siempre quedaba en duda de si en realidad le placa o le
+disgustaba el vestido o lo que fuese.
+
+Lloraba poqusimas veces, y aun esas, se ocultaba de tal modo para
+hacerlo, que nadie lo saba. El mayor disgusto que hubiera tenido, slo
+se denunciaba por una ligera arruguita en la frente; la mayor alegra
+por un poco ms de intensidad en la sonrisa delicada, esparcida
+constantemente por su rostro. Cuando Gonzalo le escribi desde el
+extranjero, as que ley la carta se present a su madre y se la
+entreg.
+
+--Te gusta el muchacho?--le pregunt sta despus de leerla con ms
+emocin que haba manifestado su hija al entregrsela.
+
+--Te gusta a ti?
+
+--A m s.
+
+--Pues si te gusta a ti y a pap, a m tambin me gusta--replic la
+joven.
+
+Quin pudiera imaginar despus de estas fras palabras que Cecilia
+estaba tiempo haca profundamente enamorada? Sin embargo, como el amor
+es el sentimiento humano ms difcil de disimular, y despus del
+consentimiento de sus padres no haba razn alguna para ocultarlo, lo
+dej ver con bastante claridad. En los temperamentos como el de nuestra
+herona, cualquier seal, por leve que sea, tiene una importancia
+decisiva. La felicidad que hencha su corazn, brotaba, pues, a su
+rostro a la vista de todos los que la conocan ntimamente. Pocos seres
+habrn gozado ms en la tierra que Cecilia en aquella temporada. Todo
+aquel lienzo extendido por la estancia, aquellos patrones de papel, los
+dibujos, los bastidores, los carretes de hilo, le hablaban un lenguaje
+misterioso y tierno. Las tijeras al cortar _chis chis_, las agujas al
+coser _cruj, cruj,_ le decan tantas cosas graciosas de lo futuro! Unas
+veces le decan: --Quin te ver, Cecilia, ir a misa los domingos del
+brazo de tu marido? El te llevar el devocionario, te dejar ir al altar
+de Nuestra Seora de los Dolores y se colocar detrs entre los hombres.
+Luego te esperar a la salida, te ofrecer el agua bendita y volver a
+cogerte del brazo. Otras veces le decan: --Por la maana temprano te
+levantars muy despacito para que l no se despierte, limpiars su ropa,
+pondrs los botones a su camisa, y cuando llegue la hora t misma le
+servirs el chocolate. Otras exclamaban de pronto: --Y cuando tengas
+un nio! Entonces la novia senta un vuelco gratsimo en el corazn;
+sus manos temblaban y echaba una rpida mirada a las costureras temiendo
+que hubiesen advertido su emocin.
+
+Cuando las diferentes piezas de ropa estaban terminadas y planchadas,
+Cecilia las iba poniendo cuidadosamente en una cesta. As que estaba
+llena la suba sobre la cabeza a uno de los cuartos de arriba, donde con
+todo esmero y arte colocaba las camisas, las chambras, cofias y
+peinadores sobre unos mostradores hechos al intento: las cubra
+delicadamente con un lienzo, y luego se sala cerrando la puerta y
+guardando la llave en el bolsillo.
+
+Despus que hubo saludado, Gonzalo fu a sentarse cerca de Pablito, y
+pasndole la mano familiarmente por encima del hombro, le dijo al odo:
+
+--Cul es la que ms te gusta?
+
+Y al inclinarse hacia su futuro cuado, clavaba una mirada intensa en
+Venturita, que correspondi a ella con otra muy singular. Despus ambos
+las convirtieron a Cecilia. Esta no haba levantado la cabeza del
+bastidor.
+
+--Nieves--respondi Pablo sin vacilar, y en el mismo tono de falsete.
+
+--Lo saba, y te aplaudo el gusto--dijo riendo Gonzalo.--Qu cutis de
+raso!... Qu dentadura!
+
+--Y qu andares! Pasi-corta, sabes?
+
+Ambos miraban a la bordadora. Esta levant la cabeza, y comprendiendo
+que se trataba de ella, les hizo una mueca con la lengua.
+
+--Vamos, no vale hablarse al odo--dijo doa Paula con la
+susceptibilidad vidriosa que caracteriza a las mujeres del pueblo.
+
+--Djelos usted, seora--replic Nieves.--Estn hablando de m: no hay
+que quitarles el gusto.
+
+--Cierto; Pablo me haca notar el color rojo de ciertos labios, la
+transparencia de cierto cutis, un pelo dorado a fuego...
+
+--Valentina, entonces hablaban de ti--dijo Nieves ruborizada tocando en
+el muslo a su compaera.
+
+--Qu gracia! No te apures, mujer. Si ya sabemos que eres la ms
+guapa!--dijo la otra visiblemente picada.
+
+--Paz, paz, seoras!--exclam Gonzalo.--Verdad que Pablo comenz
+hablndome de las perfecciones de Nieves; pero tambin es cierto que
+pensaba continuar con las de todas las dems, si no se le hubiese
+interrumpido... No es eso, Pablo?
+
+--Desde luego: contaba seguir con Valentina...
+
+Esta levant la cabeza y le mir con aquel gracioso ceo burln que daba
+carcter a su rostro.
+
+--Ten cuidado, Nieves, que estos seoritos se pierden de vista.
+
+Pablo, sin hacer caso de la interrupcin, prosigui:
+
+--Despus con Teresa y Encarnacin, Elvira y Generosa. Hablara tambin
+de Venturita (para ponerla, por supuesto, por los pies de los caballos).
+De Cecilia no, porque est comprometida, y algo dira tambin de mi
+seora doa Paula, que, sin ofender a nadie, es la ms hermosa de todas.
+
+--Qu pillastre!--exclam sta admirada del donaire de su hijo.
+
+Pablo se haba levantado de la butaca, y abraz a su madre con efusin.
+
+--Quita, quita, adulador!--dijo ella riendo.
+
+--Ve aflojando el bolsillo, mam--dijo Venturita.
+
+--Lo ves! La pata de gallo de siempre--exclam iracundo el joven,
+volviendo la cabeza hacia su hermana, mientras sta se rea
+maliciosamente sin levantar la suya del bastidor.
+
+--Mucho has trabajado--dijo Gonzalo en voz baja, sentndose al lado de
+su novia.
+
+--As, as--respondi Cecilia fijando en l sus ojos grandes, llenos de
+luz.
+
+--Mucho, s; ayer no tenas bordado ese clavel... digo, me parece que es
+clavel...
+
+--Es jazmn.
+
+--Ni esas dos hojas ms.
+
+--Bah! Eso no es nada.
+
+--Y qu es lo que ests bordando?
+
+Cecilia sigui moviendo la aguja sin contestar.
+
+--Qu es lo que bordas?--pregunt Gonzalo en voz, ms alta, pensando
+que no le haba odo.
+
+--Una sbana... calla!--replic la joven levantando un poco los ojos
+hacia las costureras y volviendo a abatirlos rpidamente.
+
+Al mismo tiempo, los de Gonzalo y Venturita se tropezaron por encima de
+la cabeza de Cecilia, y de ellos brot una chispa.
+
+--Ya ven ustedes que hay para todas--deca Pablito mirando al mismo
+tiempo fijamente a Nieves, como diciendo: No hagas caso, esto lo digo
+por cumplir.
+
+--Qu es lo que hay para todas, don Pablo?--pregunt Valentina con
+tonillo irnico.
+
+--Flores, criatura.
+
+--cheselas usted al Santsimo.
+
+--Y a las nias guapas como t.
+
+--Si no soy guapa, paso delante de las guapas y no les hago la venia,
+sabe usted?
+
+--Demonio! No hay que acercarse a esta Valentina; se levanta de
+atrs--exclam el apuesto mancebo.
+
+El smil, aunque nada culto, y acaso por eso, hizo reir a las
+costureras.
+
+--A Valentina no le gustan los seoritos--manifest Encarnacin.
+
+--Hace bien; de los seoritos no se saca ms que parola, tiempo perdido
+y a veces la desgracia para toda la vida--dijo sentenciosamente doa
+Paula sin acordarse de que ella haba sacado la felicidad.--Tocante a
+eso, Sarri est perdido. Apenas hay muchacha que se deje acompaar de
+uno de su igual. El mozo ha de traer por lo menos corbata y hongo, y ha
+de fumar con boquilla... aunque no tenga plato en que comer. Ninguna se
+oculta ya para ir al obscurecer acompaada de algn seorito, y a la
+vuelta de las romeras da grima verlas venir colgadas del brazo de ellos
+cantando al alta la lleva... Pobrecillas! No sabis lo que os espera.
+Porque el hijo de don Rudesindo se cas con la de Pepe la Esguila y el
+piloto de la _Trinidad_ con la de Mechacan, se os figura que todo el
+monte es organo. Al freir ser el reir... Mirad, mirad a Benita la del
+seor Matas el sacristn. Qu linda est y que compuestita, verdad?
+
+--Benita est escriturada--dijo Encarnacin.
+
+--Escriturada, eh? Ya veris de qu le vale la escritura!
+
+--Seora, el novio no puede dejarla; si la deja, va a presidio por toda
+la vida.
+
+--Calla, calla, bobalicona; quin os ha metido esas bolas por la
+cabeza?
+
+--Eso se sabe... vamos. Benita est consultada.
+
+--Mire, seora--dijo Teresa, la morena sentimental,--la verdad en que
+nosotras corremos peligro; tiene usted razn... Pero qu quiere que
+hagamos? Los artesanos de esta villa estn tan echados a perder! El que
+ms y el que menos pasa el domingo y el lunes en la taberna, y algn da
+tambin por la semana. Cuntos son los que traen el jornal a casa y lo
+entregan a su mujer, dgame por su vida? Si es marinero, se le ve una
+vez cada ao; trae cuatro cuartos, y hala, otra vez para all. Los
+cuartos se concluyen, y la infeliz mujer se ve arrastrada, trabajando
+para dar un pedazo de pan a sus hijos... Y luego, qu saben ellos de
+dar estimacin ni un poco de gracia a la mujer? Si salen con ella un
+domingo por la tarde, se van parando en todas las tabernas del camino,
+dejndola, si se tercia, a la pobrecilla a la puerta, o llamndola para
+que oiga alguna sandez, que la pone ms colorada que una amapola...
+Calle, calle, seora, si hay cada mostrenco que, como Dios me ha de
+juzgar, no vale el pan que come!... El otro da encontr a Tomasina...
+ya sabe, la del to Rufo, que no hace tan siquiera un ao que se cas
+con un oficial de Prspero... Pues iba en aquel mismo instante a por dos
+reales en casa de su padre para comprar un pan, porque en todo aquel da
+no haba comido un bocado. Su marido se bebe casi todo el jornal, y a
+mitad de semana, claro! tiene la infeliz que apretarse la barriga...
+Vlgate Dios! Y las ms de las noches viene borracho perdido a casa, y
+le da cada sopimpa que la deja por muerta. Cuntas veces se va la
+pobrecilla a la cama sin cenar y harta de palos!... Luego quieren que
+una, viendo estas cosas... Vaya, ms vale callar! Lo que yo digo,
+caramba! ya que la lleve a una el diablo, que la lleve en coche.
+
+--Oye, t--salt Valentina levantando el rostro con su ceo habitual
+algo ms pronunciado,--no te pongas tan fanfarrona. Di que te gustan los
+seoritos, bueno... yo no me meto en eso; pero no vengas quitando el
+crdito a los rapaces de tu igual... Se emborrachan, los que se
+emborrachan... Ms de un seorito y mas de dos he visto yo venir como
+cabras para su casa... Y pegan a sus mujeres, tambin los que pegan...
+Si ellas no tuvieran la lengua larga, no las llevaran la mitad de las
+veces... Atiende; y don Ramn el maestro de msica cuando llegaba a casa
+por la noche daba bizcochos a su mujer? T lo debes de saber... bien
+cerca vivas.
+
+--Mujer, yo no hablo por todos--repuso Teresa amainando por el temor de
+que su dscola compaera le sacase a relucir el acompaamiento nocturno
+de Donato Rojo, el mdico de la Sanidad,--slo digo que los hay muy
+brutos...
+
+--Bueno, pues djalos en paz y no te acuerdes de ellos, que ellos
+tampoco se acuerdan de ti. Cada una es cada una, y la que ms y la que
+menos sabe por dnde corre el agua del molino.
+
+--Oyes, Valentina--dijo Elvira sonriendo maliciosamente,--cuando te
+cases, piensas llevarlas de Cosme?
+
+--Si las merezco las llevar... Ms quiero llevar dos bofetadas de mi
+Cosme que el desprecio de un seorito, alza!
+
+--As me gusta; aprended, aprended, chiquillas!--dijo Pablito.
+
+Gonzalo, despus de un rato de conversacin en voz baja con su novia, se
+levant, di tres o cuatro vueltas por la sala, y vino a sentarse al
+lado de Venturita, con la cual sola tener jarana. Gustaban ambos de
+embromarse y retozar despus que haba nacido la confianza. La nia
+estaba dibujando unas letras para bordar.
+
+--No vengas a hacer burla, Gonzalo. Ya sabemos que dibujo mal--dijo
+clavndole una mirada provocativa, relampagueante, que oblig al joven a
+bajar la suya.
+
+--No es cierto eso; no dibujas mal--respondi l en voz baja y levemente
+temblorosa, acercando el rostro al papel que Venturita tena sobre el
+regazo.
+
+--Pura galantera. Convendrs en que poda estar mejor.
+
+--Mejor... mejor... todo puede estar mejor en el mundo. Est bastante
+bien.
+
+--Te vas haciendo muy adulador. Yo no quiero que te ras de m, lo
+oyes?
+
+--Oh! yo no me ro de nadie... pero mucho menos de ti...--repuso l sin
+levantar los ojos del papel, con voz cada vez ms baja y visiblemente
+conmovido.
+
+Venturita tena siempre los ojos fijos en l con una expresin
+maliciosa, donde se lea claramente el triunfo del orgullo satisfecho.
+
+--Vamos, dibjalas t, seor ingeniero--dijo alargndole con gracioso
+despotismo el papel y el lpiz.
+
+El joven los tom y os levantar la vista hacia la nia; pero la baj en
+seguida como si temiera electrizarse. Plant el libro, que ella tena en
+el regazo, sobre sus rodillas, aplic encima un papel blanco, y se puso
+a dibujar. Mas en vez de las letras, comenz a trazar con soltura la
+cabeza de una mujer. Primero el pelo partido en dos trenzas, despus la
+frente estrecha y bonita, luego una nariz delicada, una boca pequea, la
+barba admirablemente recortada unida a la garganta por una curva suave y
+elegante... Se pareca prodigiosamente a Venturita. Esta, apoyada sobre
+el hombro de su futuro hermano, segua los movimientos del lpiz. Poco a
+poco se iba esparciendo por su rostro una sonrisa vanidosa. Despus de
+trazar la cabeza, Gonzalo sigui con el busto. Le puso el peinador o
+_matine_ que la nia vesta, y se entretuvo buen rato a dibujar
+minuciosamente los lazos de seda con que se sujetaba por delante. Cuando
+el retrato estuvo terminado. Venturita le dijo con acento picaresco:
+
+--Ahora, pon debajo quin es.
+
+El joven levant la cabeza y sus miradas chocaron sonrientes. Luego, con
+viveza y decisin, escribi debajo de la figura: _Lo que ms quiero en
+el mundo._
+
+Venturita tom el papel entre las manos y lo contempl unos instantes
+con deleite. Despus, haciendo una mueca de fingido desdn, se lo alarg
+otra vez diciendo:
+
+--Toma, toma, embustero.
+
+Pero antes de llegar a manos de Gonzalo, Cecilia extendi la suya y se
+lo arrebat riendo.
+
+--Qu papelitos son sos?
+
+Venturita, como si la hubieran pinchado, brinc en el asiento y sujet
+fuertemente la mueca de su hermana.
+
+--Trae, trae, Cecilia! Deja eso!--exclam con el rostro echando fuego,
+contrado por forzada sonrisa.
+
+--No; quiero verlo.
+
+--Ya lo vers despus; suelta!
+
+--Quiero verlo ahora.
+
+--Vamos, nia, djaselo ver. Qu te importa?--dijo doa Paula.
+
+--No quiero que me lo quite nadie por fuerza--grit ponindose seria.
+Despus, comprendiendo la imprudencia de esto, torn a ponerse risuea.
+
+--Vamos, Cecilia, suelta; no seas mala.
+
+--Vaya un empeo! Suelta t, que me lastimas!
+
+--Quin eres t para quitarme el papel de la mano?--profiri con rabia,
+ponindose esta vez seria de verdad.--Suelta, suelta, fea, narices de
+cotorra, tonta!... Suelta, o te arao!--aadi con los ojos
+centelleantes y la faz descompuesta por la clera.
+
+Al verla de aquel modo, la risa que agitaba el pecho de Cecilia
+paralizse sbito, y abriendo sus grandes ojos donde se pintaba la
+sorpresa, exclam:
+
+--Jess! Pareces loca, nia. Toma, toma, no vaya a darte algo.
+
+Y solt el papelito que arrugaba en el puo. Venturita, la faz alterada
+an, lo hizo mil trozos.
+
+--En los das de mi vida he visto una criatura ms loca!--exclam doa
+Paulina santigundose.--Ave Mara! Ave Mara! De quin has sacado ese
+genio, chiquilla?
+
+--Sera de ti--respondi Venturita enfoscada, sin mirar a nadie.
+
+--Desvergonzada!... Si no fuera mirando a que hay gente delante!...
+Cmo contestas de ese modo a tu madre, picara? No sabes los
+mandamientos de la ley de Dios? Maana mismo te llevo a confesar con don
+Aquilino.
+
+--Bueno, dale memorias a don Aquilino.
+
+--Espera, espera, grandsima picara!--grit la seora haciendo ademn
+de levantarse para castigar a su hija.
+
+Pero en aquel instante apareca en la puerta la figura de don Rosendo
+con bata multicolor y gorro de terciopelo con borla de seda.
+
+--Qu pasa?--pregunt sorprendido viendo la actitud airada de su
+esposa.
+
+Esta le puso al corriente, sofocada por los sollozos, de la falta de
+respeto de su hija.
+
+Don Rosendo se crey en el caso de arrugar el entrecejo, y decir con
+tono solemne:
+
+--Eso est mal hecho, Ventura. Ve a pedir perdn a tu mam.
+
+Se le conoca que estaba distrado, absorto por algn pensamiento, y que
+aquel suceso domstico no consegua ms que a medias arrancarle de su
+preocupacin.
+
+Sin embargo, al ver a la chica inmvil, en actitud altiva y desdeosa,
+dijo de nuevo, con ms firmeza:
+
+--Vamos, hija, ve a pedirla perdn, ya que la has ofendido.
+
+La nia hizo su peculiar mohn de desprecio con los labios, y murmur
+muy bajito:
+
+--S, en eso estoy pensando!
+
+--Vaya, Ventura, qu murmuras ah? Anda, antes que me enfade.
+
+--Anda, anda, Venturita. Ve all. No seas as--le dijeron por lo bajo
+las costureras.
+
+--No me da la gana. Queris dejarme en paz?--les respondi ella en voz
+baja tambin, mas con acento iracundo.
+
+--No quieres ir?--pregunt don Rosendo con afectada severidad.--No
+quieres ir?
+
+La nia permaneci inmvil y silenciosa.
+
+--Pues sal de aqu ahora mismo! Qutate de mi vista!
+
+Venturita se levant de la silla, pas por el medio del concurso erguida
+y enfurruada, y sali de la sala dando un gran portazo.
+
+Don Rosendo, despus de permanecer un momento inmvil con los ojos
+puestos en la puerta por donde su hija haba salido, volvise diciendo:
+
+--Siento mucho estar tan fuerte con mis hijas... pero algunas veces no
+hay ms remedio.
+
+
+
+
+VII
+
+QUE TRATA DE DOS TRAIDORES
+
+
+Borrse sbito de su noble faz pseudomartima la temerosa expresin que
+la obscureca, y apareci de nuevo aquella otra distrada, signo de
+constantes meditaciones.
+
+--Gonzalo, si no te molesta, te rogara que pasases conmigo al
+despacho--manifest dirigindose a su futuro yerno.
+
+Este, que durante la anterior escena haba empalidecido y vuelto a su
+ser varias veces, torn a desconcertarse. Nada menos se le ocurri que
+don Rosendo se haba percatado de la instabilidad de sus sentimientos
+amorosos, y le iba a pedir de ello estrecha cuenta. Fuese, pues, detrs
+de l cabizbajo y receloso, y penetr en el escritorio. Era una estancia
+espaciosa, amueblada con lujo de comerciante rico: gran mesa de caoba
+maciza, armarios de caoba tambin, donde haba ms legajos de papeles
+que libros, alfombra de terciopelo, divanes forrados de brocatel, y
+escribana de plata enorme como un monumento. Cerca de la cuarta parte
+de esta cmara ocupbalo un montn de paquetitos envueltos en papel de
+varios colores, que para cualquiera que por primera vez entrase en ella,
+sera un misterio. No lo era para Gonzalo ni para ninguno de los ntimos
+de la casa. Aquellos paquetes guardaban palillos de dientes.
+
+Cmo?--preguntar el lector.--Don Rosendo Belinchn, un negociante de
+tanto fuste, comerciaba tambin en palillos de dientes? No, don Rosendo
+no comerciaba con ellos, los fabricaba. Y esto no con el fin de
+especular, cosa indigna de su categora, sino por pura y desinteresada
+inclinacin de su espritu. Desde muy joven se le haba manifestado. Las
+asiduas ocupaciones del comercio y las vicisitudes por que haba pasado
+su existencia, no le haban consentido satisfacer esta pasin sino de
+una manera precaria en los ratos materialmente perdidos. Pero desde que
+pudo dejar el escritorio confiado a algunos fieles dependientes,
+entregse de lleno con alma y vida a tan til y honesta distraccin. Por
+la maana en la tienda de Graells, por la tarde en el Saloncillo, por la
+noche en su casa o en la de don Pedro Miranda, siempre trabajando. Su
+criado ocupaba una gran parte del da en cortarle unos tacos de avellano
+seco perfectamente iguales, de donde su mano diestra haba de sacar la
+gala de los palillos.
+
+Y como no se daba punto de reposo, ni aun en los das festivos, la
+produccin era excesiva. No haba bastantes consumidores en la villa, y
+se vea necesitado a remitir paquetes de ellos a los amigos de la
+capital, cuando el montn del despacho llegaba al techo. Gracias a los
+esfuerzos nobilsimos de este claro representante de su comercio,
+podemos decir con orgullo que Sarri, en tal ramo interesante del
+progreso, se hallaba a la altura de las grandes capitales. Ninguna otra
+villa espaola o extranjera podra sufrir con ella competencia. En casa
+del rico, como en la del menestral, jams faltaba un bien abastecido
+palillero, testimonio indiscutible de la refinada cultura de sus
+habitantes.
+
+Seal don Rosendo un divn a su hijo en ciernes, y ste, asustado,
+dejse caer en l hundindole profundamente. Acerc despus el
+comerciante una silla con ademn misterioso, y sentndose frente al
+joven y mirndole entre risueo y avergonzado, dijo, dndole al propio
+tiempo una palmadita en el muslo:
+
+--Vamos a ver, Gonzalito: qu te parece de la cuestin del matadero?
+
+--El matadero?--pregunt aqul abriendo unos ojos como puos.
+
+--S, el nuevo matadero; crees que debe emplazarse en la Escombrera, o
+en la playa de las Meanas detrs de las casas de don Rudesindo?
+
+Gonzalo vi el cielo abierto, y, sonriendo de placer, respondi:
+
+--Yo creo que en la playa de las Meanas estara bien... Muy abierto
+aquello... muy ventilado...
+
+Pero notando que la frente de su suegro se frunca, y en sus ojos se
+apagaba repentinamente la sonrisa, aadi balbuciendo:
+
+--Tampoco me parece que estara mal en la Escombrera...
+
+--Mucho mejor, Gonzalo... Infinitamente mejor!
+
+--Puede, puede.
+
+--Hombre, tan puede ser, que reservadamente te dir que el emplazarlo en
+la playa lo juzgo (hazme el favor de guardar reserva sobre esta
+opinin), lo juzgo... una verdadera insensatez... u-na ver-da-de-ra
+in-sen-sa-tez--repiti sealando mejor todas las slabas.
+
+--Y esta opinin ma--aadi--no vayas a figurarte que es de ayer
+maana, sino de toda la vida. Desde que fu capaz de entender ciertas
+cosas, comprend que el matadero no deba estar donde hoy est. En una
+palabra, que deba trasladarse. Dnde? Una voz interior me deca
+siempre que a la Escombrera. Antes de poder dar ninguna razn
+cientfica, estaba tan convencido como ahora de que all deba
+emplazarse, y no en otra parte. Hoy que la resolucin del problema se
+aproxima, me creo obligado a sostener esta opinin, a comunicar al
+pueblo mi pensamiento y el resultado de mis meditaciones. Si no tienes
+que hacer voy a leerte la carta que dirijo con este motivo al _Progreso
+de Lancia._
+
+Y en efecto, sin aguardar la contestacin de Gonzalo, se dirigi a la
+mesa, tom unos pliegos de papel que haba sobre ella, se puso las
+gafas, y acercndose al balcn di comienzo, no sin cierta emocin que
+se le trasluca en la voz, a la lectura de la carta.
+
+Estaba escrita en papel comercial, grande y rayado. Todas las que desde
+haca aos diriga al _Progreso de Lancia_ y a otros peridicos de la
+capital de la provincia, iban escritas en el mismo papel por las dos
+caras. Aun no saba que para la imprenta deba escribirse por una
+solamente. Pero muy pronto adquiri este precioso conocimiento, como
+hemos de ver.
+
+Casi al mismo tiempo que la de los palillos de dientes haba nacido en
+don Rosendo Belinchn la aficin a escribir comunicados a los
+peridicos: es decir, que databa de una remota antigedad. Ardiente
+partidario de los progresos humanos, de las reformas en todos los
+rdenes, de la discusin y de la luz, claro est que la prensa haba de
+infundirle respeto y entusiasmo. Los peridicos haban sido siempre un
+elemento indispensable de su existencia. Estaba suscripto a muchos
+nacionales y extranjeros; porque, como educado para el comercio, conoca
+bastante bien el francs y el ingls, y nunca le haba faltado, ni aun
+en los das ms ocupados, un par de horas que dedicar a su lectura.
+Estas horas se aumentaron considerablemente desde haca algunos aos, no
+sin que se resintiese por ello el bacalao. El goce que nuestro hroe
+experimentaba por las maanas despus de tomar el chocolate tragndose
+los artculos de fondo del _Pabelln Nacional_, los sueltos de _La
+Poltica_ y las _Nouvelles la main_ del _Fgaro_ era tan vivo, que le
+quedaba impreso largo tiempo en el rostro, hasta que por la irradiacin
+se iba perdiendo en la atmsfera.
+
+Como todos los hombres de miras amplias y elevadas, no era exclusivista
+en sus gustos periodsticos. Amaba el peridico por el peridico, por
+ser una muestra gentil del progreso de la razn humana, o como l deca
+mejor, una manifestacin levantada de la conciencia pblica. Las
+opiniones que cada cual defenda, eran cosa secundaria. Estaba suscripto
+a peridicos de todos colores, y los gozaba por igual. Si alguna
+predileccin mostraba, era nicamente por los artculos y sueltos
+_intencionados_. Porque eso de decir una cosa aparentando expresar la
+contraria y retorcer las frases de modo que una clusula inocente en la
+apariencia llevase dentro una saeta envenenada llenaba de admiracin a
+don Rosendo y le volva loco de alegra. Cuntas veces al leer en _La
+Espaa_ algn prrafo por el estilo:--Ayer apareci por fin la circular
+del seor Presidente del Supremo a sus subordinados. Felicitamos al
+general O'Donnell, presidente de esta situacin liberal, al seor
+Negrete, que en algn rato lcido ha dado cima a obra tan colosal, y a
+los demcratas protectores de este Gobierno,--hubo exclamado agitando
+el peridico en las manos:--Qu intencin! Caracoles! Qu
+intencin!!
+
+Este afn, mejor dicho, esta pasin por la prensa, no era platnico como
+ya hemos advertido. All en sus mocedades haba dirigido dos cartas a un
+peridico semanal que se publicaba en Lancia, titulado _El Otoo_, con
+motivo de las fiestas anuales que en Sarri se celebran en el mes de
+septiembre. Estas cartas leyronse con fruicin en la villa y le
+valieron no pocos plcemes. Esto le anim para escribir otras tres al
+ao siguiente, dando cuenta al pblico del nmero asombroso de cohetes
+que se dispararon en Sarri los das 13, 14 y 15, la lindsima
+iluminacin del 16, y el suntuoso baile celebrado en el Liceo la noche
+del 17. Despus de haber gustado las dulzuras de la publicidad, don
+Rosendo no poda menos de paladearlas de vez en cuando. El menor
+pretexto le bastaba para dirigir, bien una carta, ora un comunicado a
+los peridicos. Unas veces firmaba con su nombre, otras con cualquier
+gracioso pseudnimo o anagrama. Celebraban los mareantes una fiesta en
+honor de San Telmo: don Rosendo escriba inmediatamente su carta al
+_Progreso de Lancia_ o a _La Abeja_, describiendo la verbena, los fuegos
+artificiales, la misa, la procesin, etc. Se daba un banquete en el
+nuevo edificio de las escuelas para inaugurarlo: a los tres o cuatro
+das se reciba el peridico de Lancia con la consabida carta publicando
+los brindis y los sonetos improvisados. Se caa un albail de un
+andamio; comunicado de don Rosendo pidiendo ms garantas para los
+albailes que se ponen en los andamios. Cantaba misa el hijo de don
+Aquilino; carta de don Rosendo describiendo la conmovedora ceremonia, y
+elogiando la voz clara, y sonora y la serenidad del joven presbtero. Si
+las mareas eran altas y fuertes y arrancaban algunas piedras de la punta
+del Pen; carta. Si los buques de Bilbao se negaban a recibir a bordo
+los prcticos de Sarri; comunicado. Si se perda la cosecha del maz
+por la sequa; carta. Si los vientos reinantes eran del Noroeste; carta.
+En fin, no acaeca suceso en el suelo o en la atmsfera de la villa
+digno de mencin, que no la recibiese de la diestra y bien tallada pluma
+de nuestro comerciante.
+
+Cunto trabajo se evitarn los futuros historiadores de Sarri con
+esto, valiossimos materiales acumulados por uno de sus ms claros
+hijos!
+
+Segn iba avanzando en aos don Rosendo Belinchn, daba a sus cartas un
+carcter menos romntico, por no decir frvolo (sera tan inexacto como
+irrespetuoso tal calificativo aplicado a los escritos de aquel estimable
+caballero). Es decir, que los temas de ellas no eran tan a menudo los
+holgorios y recreos de los habitantes de la villa, como cualquier cosa
+que tendiera directa o indirectamente a fomentar los intereses morales y
+materiales de ella. Los mercados, las escuelas, el salvamento de
+nufragos, la ereccin de un templo o de una crcel, etc., etc., eran
+los asuntos en que para gloria suya y bien del pueblo que le vi nacer,
+se ejercitaba con ms frecuencia.
+
+Uno de ellos, de vital inters para Sarri, como l afirmaba muy bien,
+era el matadero. Hasta entonces jams haba abordado esta cuestin,
+porque saba que su parecer iba a discrepar algo del de una gran parte
+del vecindario. Mas haba llegado, a su entender, la hora de emitirlo
+sin ambages ni rodeos. El comunicado que ley era el primero que acerca
+de este asunto diriga al _Progreso de Lancia_. Comenzaba as:
+
+Seor Director de _El Progeso de Lancia_.
+
+Muy seor mo: La preferencia con que se miran las ciencias
+fsico-naturales, y en particular la ciencia de la Higiene, como que de
+ella depende la salud, tanto de los pueblos como de los individuos, en
+vista de su gran utilidad prctica, ha ido poco a poco desterrando la
+timidez de los que, infludos por una educacin casi errnea y
+deficiente, condenaban el estudio de estos grandes problemas arrastrados
+por antiguas y torpes preocupaciones que felizmente se van disipando al
+soplo poderoso del siglo XIX, llamado con razn el siglo de las luces.
+
+Los prrafos de don Rosendo eran siempre nutridos como el anterior.
+Segua:
+
+Hoy que la civilizacin, rotas las cortapisas que detenan las
+conciencias y supeditaban el espritu, nos abre vasto campo a todos por
+medio de la prensa para expresar nuestro libre pensamiento y emitirlo a
+la faz del mundo, confiado en la amistad con que usted me ha distinguido
+siempre, y en la benevolencia con que el pblico ha acogido hasta ahora
+los humildes partos de mi pluma, etc., etc.
+
+Despus de otros tres o cuatro prrafos a modo de prembulo (que el
+director de _El Progreso_ acostumbraba a recortar) entraba don Rosendo
+en la cuestin, estudiando el matadero o macelo pblico, como l lo
+nombraba, por todas sus fases, para venir a condenar, en trminos que no
+daban lugar a dudas, su emplazamiento en la playa de las Meanas. Las
+razones que tena para oponerse a l, eran obvias. Por una parte, los
+vientos del Sudoeste, reinantes la mayor parte del ao, que arrastraban
+consigo ftidos miasmas, etc., etctera. Por otra parte, la dificultad
+de hallar terreno firme para la cimentacin, lo cual originara un gasto
+excesivo, etc., etc. Por otra, la necesidad de penetrar en la poblacin
+con las reses, etc., etc. Por otra, la proximidad de las casas, etc. Por
+otra, el perjuicio que a los baistas se les irrogaba, etc., etc. En
+fin, eran ms de veinte las razones que don Rosendo apuntaba de un modo
+ligero y sucinto, proponindose darle ms amplitud y desarrollo en
+otras cartas sucesivas con que pensaba molestar la atencin de los
+lectores de su ilustrado peridico.
+
+Cuando termin la lectura, Gonzalo las juzg incontrovertibles, y don
+Rosendo (con las gafas en la punta de la nariz) declar que no tenan
+vuelta de hoja. Habiendo llegado a un acuerdo tan perfecto, se separaron
+llenos de alegra, como es natural. Don Rosendo se qued en el despacho
+poniendo en limpio su carta. Gonzalo se fu de nuevo a la sala de
+costura. No obstante, antes que franquease la puerta, llamle su futuro
+suegro para decirle:
+
+--De esto, ni una palabra a nadie, eh?
+
+--Don Rosendo, por Dios!--respondi el joven alzando la mano en seal
+de protesta.
+
+El comerciante se sinti acometido por un vivo sentimiento de expansin.
+
+--Pronto sabrs--dijo acercndose--otra cosa que te ha de sorprender
+alegremente. Es una idea que se me ha ocurrido hace dos meses y que
+espero realizar, Dios mediante, muy pronto. Oh, es una idea feliz! La
+faz de Sarri cambiar radicalmente, sabes?
+
+El ademn misterioso, el tono grave y conmovido de la voz, la esperanza
+del triunfo que fulguraba en sus ojos al decir esto, ya sorprendi ms
+que medianamente a Gonzalo. No se atrevi, sin embargo, a pedir
+explicaciones. Su futuro suegro le dej marchar dirigindole una mirada
+risuea y abstrada.
+
+La tertulia de la sala continuaba amenizada por la conversacin de
+Pablito, que la salpicaba a cada instante con donaires, no de concepto,
+sino de accin, como convena a su naturaleza plstica. Venturita no
+haba vuelto an. Sentse de nuevo el sobrino de don Melchor al lado de
+su novia, y comenz a hablarla mostrando timidez y embarazo. Porque no
+estaba acostumbrado a disimular sus sentimientos y la traicin le pesaba
+en el alma. A veces Cecilia levantaba la cabeza para contestarle. Su
+mirada clara, serena, inocente, le encenda las mejillas. Para librarle
+de aquel malestar, crey lo mejor expresarle, en trminos ms vivos que
+otras veces, su amor y rendimiento. Como todos los seres flacos de
+espritu en los casos de apuro, acuda al recurso peor, con tal que le
+dejase respirar por el momento. Cecilia recibi aquellos homenajes con
+sosiego, sin manifestar el gozo que las mujeres suelen sentir al oirse
+requebrar de quien aman.
+
+--Vienes muy adulador hoy, Gonzalo. No me gustan los mimos--le dijo al
+fin sonriendo.
+
+--Es que tengo gusto en expresarte lo que siento--respondi l sofocado.
+
+--Pues es un gusto que no comprendo--replic ella con dulzura.--Yo
+cuanto ms quiero a una persona, menos ganas tengo de decrselo.
+
+--Eso consiste en que no quieres de veras.
+
+--Oh!--exclam ella con entonacin tan verdadera y expresiva, que
+nuestro joven se inmut.
+
+--S, s, consiste en que eres fra por naturaleza. El calor del
+sentimiento, como el calor fsico, no puede ocultarse largo tiempo:
+llega siempre un momento en que sale a la superficie como la lava de los
+volcanes... Y el amor es de todos los Sentimientos el que mejor sabe
+romper las trabas de la lengua. Slo se goza realmente de l cuando se
+le dice al ser amado en todos los tonos y de todas las maneras posibles
+que se le ama... Lo que acabas de decir me parece un absurdo. Al mismo
+tiempo que nace en nuestra alma un sentimiento de simpata hacia
+cualquier persona, nace el deseo de expresrsela; y este deseo
+satisfecho, es el mayor de los placeres...
+
+--S ser! s ser!--respondi ella con acento de profunda
+conviccin.--Aunque no lo he experimentado, lo adivino muy bien... lo
+adivino por lo que padezco... Mira, Gonzalo--aadi con voz
+temblorosa,--por Dios te pido que no midas nunca mi cario por mis
+palabras... Yo no s... yo no puedo decir nunca lo que pasa dentro de
+m... Siento como un nudo en la garganta que no deja salir ms que
+tonteras, cosas insignificantes, cuando yo quisiera que saliesen
+palabras cariosas... Oh, es un tormento!... Soy lo mismo que un perro
+sin rabo.
+
+Gonzalo se ech a reir. Ella, que haba hablado con ms viveza que de
+costumbre, se puso colorada y baj la cabeza.
+
+--Pero a ti nadie te ha cortado la lengua.
+
+--Para este caso haz cuenta que me la han cortado.
+
+--Bien, entonces me lo dirs por escrito--dijo l riendo. Al mismo
+tiempo levant vivamente la cabeza hacia la puerta que se haba abierto.
+
+Era Piscis. Despus de mascullar las buenas tardes se fu a sentar en el
+rincn de costumbre, perseguido por las miradas burlonas de las
+costureras, a quienes por sta y otras razones, tena declarado odio
+eterno.
+
+Despus de pagarles aquella risuea acogida con otra mirada oblicua y
+feroz, guard silencio por algunos minutos. Sin embargo, como tena
+henchida el alma de graves y profundos secretos y Pablito no se
+despegaba de Nieves aunque le echasen agua caliente, despus de haberle
+silbado para llamarle la atencin, se aventur a descargar el fardo en
+pblico, a riesgo de que sus confidencias no fueran bien entendidas y
+apreciadas por el elemento femenino de la tertulia.
+
+--Qu hay, Piscis?--pregunt Pablito al oir el silbido.
+
+--A que no sabes por dnde da las coces ahora el Romero?
+
+En efecto, las costureras levantaron la cabeza sorprendidas. Valentina
+le dijo a Teresa pugnando por no reir:
+
+--Chica, qu dice _se_?
+
+--Que por dnde tira las coces un caballo?
+
+--Ser por el c...
+
+Aunque hablaba en voz baja, Piscis lo oy perfectamente. Sin atender a
+Pablo que haba tomado muy en serio la pregunta, y quera saber la
+especialidad del Romero, exclam, dirigindose a Valentina:
+
+--Quieres callarte... zapalastrona?
+
+Estas palabras enrgicas fueron recibidas con una explosin de alegra
+por las costureras.
+
+--No te enfades, Piscis, djalas... Has sacado a paseo el Romero?... Me
+alegro.
+
+--Lo enganch en la _charrette_ con la Linda--respondi el centauro,
+haciendo una mueca horrible de disgusto dirigida a la simptica
+Valentina.--Si vieras, mal rayo, qu modo de alzarse! Yo zis, zis! con
+la fusta, y l pan, pan! sobre el tablero del pescante. Me volv a la
+cuadra, y le puse al tablero por debajo unos clavillos. Sal otra vez...
+En cuanto se pinch se estuvo quieto. Pero, qu hizo el gran pillo?...
+Ves entre el tirante y la rueda? Por all comenz a dar las coces. Mal
+rayo! Por poco me deshace un farol...
+
+--Pues es necesario quitarle esa zuna--manifest Pablito hondamente
+afectado, levantndose del asiento, y dejando a Nieves para acercarse a
+Piscis.
+
+--Djame discurrir esta noche--respondi el centauro ponindose muy
+sombro.--Ya veremos si maana hallamos algn medio.
+
+Los dos amigos bajaron la voz, y se enfrascaron en una conversacin viva
+y reservada.
+
+Gonzalo estaba inquieto. No haca ms que echar miradas a la puerta,
+esperando a cada instante ver entrar a Venturita. Transcurra, no
+obstante, el tiempo, y nada; la nia no pareca. La distraccin
+aumentaba de tal modo, que Cecilia tuvo que repetirle tres veces la
+misma pregunta:
+
+--Que tienes? Parece que ests con el pensamiento en otra parte.
+
+--En efecto--dijo l un poco colorado;--me acuerdo de que hoy tengo que
+escribir a Londres para un negocio urgente... Adems, ya son cerca de
+las seis.
+
+Despidise de ella, despus de doa Paulina y la tertulia, y se fu.
+
+Una vez en los pasillos, acort el paso, y comenz a mirar a todos
+lados, sin lograr ver lo que deseaba. Triste y cabizbajo descendi
+lentamente por las escaleras. Ya se dispona a levantar el pestillo de
+la puerta, cuando crey advertir que la cuerda con que la abran desde
+arriba se agitaba. Quedse un momento inmvil. Torn a llevar la mano al
+pestillo, y otra vez percibi la sacudida. Entonces volvi sobre sus
+pasos, y asom la cabeza a la caja de la escalera. All arriba, una
+cabecita hermosa le sonrea.
+
+--Eres t?--pregunt con voz de falsete, rebosando de gozo el
+semblante.
+
+--S, soy yo--contest Venturita en el mismo tono.
+
+--Quieres que suba?
+
+--No--respondi la nia de un modo que significaba:--Eso no se
+pregunta, hombre!
+
+Gonzalo subi la escalera sobre la punta de los pies.
+
+--Aqu no debemos estar; nos pueden ver. Ven conmigo--dijo Venturita
+tomndole de la mano y conducindole al travs de los pasillos hasta el
+comedor.
+
+Gonzalo se sent en una silla sin soltar la mano.
+
+--Cre que no te volva a ver hoy. Qu geniecillo tienes, chica!--le
+dijo sonriendo.
+
+El semblante de Venturita se obscureci.
+
+--Si no me lo irritasen a cada instante, no lo tendra.
+
+--Pero hazte cargo que es tu mam la que te ha reprendido--repuso l sin
+dejar de sonreir.
+
+--Y qu?--exclam ella con violencia.--Porque es mi madre me ha de
+mortificar a todas horas y en todos los momentos?... Si cree que yo lo
+voy a sufrir, est bien equivocada! Anda, que la sufra ese mastuerzo,
+que para eso le saca los cuartos!... Aqu ya no hay mimos ms que para
+l... Mira, Gonzalo, si quieres que seamos amigos, no me toques ms esa
+tecla.
+
+Y al decir esto con rabiosa entonacin, pintada la ira en los ojos, di
+una fuerte sacudida a la mano para soltarla. Pero Gonzalo no lo
+consinti, y besndosela varias veces con pasin, le dijo riendo:
+
+--Chica, chica, no te dispares contra m, que yo no tengo la culpa de
+nada... Si a m me gustas precisamente por ser tan viva y tan
+rabiosilla. No me hacen gracia las mujeres de pastaflora.
+
+--Es porque t lo eres--respondi ella aplacndosela varias veces con
+pasin, le dijo riendo:
+
+--No lo creas; no soy de tan buena pasta como te figuras... Cuando me
+enfado, es de veras...
+
+--Bah... all una vez; cada ao!
+
+--Adems... por lo mismo que yo soy as, debieran gustarme las mujeres
+suaves y tranquilas.
+
+--Ests equivocado; siempre se busca lo contrario. A las rubias les
+gustan los morenos, a los flacos las gordas, a los altos las
+chiquitas... No te gusto yo a ti siendo tan alto y yo tan pequea?
+
+--No slo es por eso--dijo l riendo y atrayndola hacia s.
+
+--Por qu ms?--pregunt ella clavndole una mirada provocativa.
+
+--No s. Quieres que te regale el odo?
+
+--Por qu ms?--insisti sin dejar de mirarle.
+
+--Por lo fesima que eres.
+
+--Gracias--respondi con el rostro iluminado por la vanidad.
+
+--No la hay ms fea que t en Sarri ni en el mundo entero.
+
+--Algunas ms feas habrs visto por esos pases donde has andado.
+
+--Te aseguro que no.
+
+--Virgen del Amparo! Debo ser un monstruo--exclam riendo y aceptando
+la hiperblica lisonja que iba envuelta en aquellas palabras.
+
+--Alguien viene!--dijo Gonzalo quedndose inmvil y serio.
+
+Venturita avanz hasta la puerta.
+
+--Es la cocinera que pasa--dijo volviendo en seguida.
+
+--Me parece que estamos mal aqu. Pudiera entrar tu mam o cualquiera de
+las chicas... o Cecilia (aadi en voz ms baja). Y qu disculpa doy?
+
+--Cualquiera; eso es lo de menos... Pero, en fin, si no ests tranquilo,
+podemos ir a otra parte. Vamos al saln.
+
+--Vamos.
+
+--No, t qudate aqu un momento; yo ir delante.
+
+Pero detenindose a la puerta y volviendo sobre sus pasos, le dijo:
+
+--Si me dieses palabra de ser formal, te llevara a mi cuarto.
+
+--Palabra redonda--respondi el joven alegremente.
+
+--Nada de besitos?
+
+--Nada.
+
+--Jralo.
+
+--Lo juro.
+
+--Bien, qudate ah un instante, y despus vienes en puntillas, sabes?
+Hasta ahora.
+
+--Hasta ahora--dijo Gonzalo apoderndose de una de sus manos y
+besndola.
+
+--Lo ves?--exclam ella fingiendo enojo,--antes de ir, ya comienzas a
+faltar...
+
+--Yo cre que las manos no entraban en el juramento.
+
+--Entra todo!--dijo ella con severidad en la voz y la sonrisa en los
+ojos.
+
+A los dos minutos el joven la sigui. Hall la puerta del cuarto
+entornada, y entr. La habitacin de Venturita, era como su duea,
+pequeita y linda, amueblada con lujo. La cama de palo santo con
+pabelln de brocatel de seda, cubierta por una colcha de damasco azul,
+un armarito de bano con incrustaciones de marfil, que serva de
+escritorio al abrirse, una butaca confidente de raso azul, un tocador
+con espejo, forrado tambin de raso al igual que las paredes, un armario
+de espejo, de palo santo como la cama, y algunas sillas doradas. La
+habitacin exhalaba un perfume penetrante como el camarn de una
+odalisca.
+
+--Oh! Esto est mejor que el cuarto de Cecilia.
+
+--Cundo lo has visto?
+
+--Hace pocos das me lo ha enseado. Las paredes desnudas con unos
+cuadritos bastante malos; la cama sin cortinas; una cmoda vulgar...
+
+--Pues si no lo tiene como yo, es porque no quiere... Verdad que he
+tenido que andar detrs de pap una temporada para que me lo pusiera de
+este modo... Pero mi hermana es as... como Dios la cri... No le
+importa por nada... Todo le gusta a lo aldeano, sabes?
+
+--En este cuartito hay mucho gusto... y mucha coquetera. De esta
+cualidad, no puedes prescindir en ninguna de tus cosas.
+
+--De dnde sacas que soy coqueta, tonto?--le pregunt ella volviendo a
+mirarle de aquel modo provocativo de antes.
+
+--Lo eres, y haces bien en serlo. La coquetera, cuando no es excesiva,
+da ms atractivo a la hermosura, como las especias dan sabor a los
+alimentos.
+
+--Ya sali a relucir el gastrnomo!... Pues mira, aunque la coquetera
+d atractivo o sabor, o lo que quieras, yo no soy coqueta... T menos
+que nadie tienes derecho a decirlo... Digo... me parece!...
+
+--Es verdad; tienes razn, tienes muchsima razn. Yo no puedo llamarte
+coqueta... Pero la coquetera de que yo hablaba es de otra clase.
+
+--Hazme el favor de sentarte, porque ya has crecido bastante, segn
+creo... y djate de sutilezas.
+
+Gonzalo se dej caer en la butaca que la nia le sealaba, dominado por
+sus ojos brillantes y maliciosos. Desde que haba entrado en aquel
+cuarto senta un gozo ntimo, mitad corporal, mitad espiritual que le
+embargaba a la vez los sentidos y el alma. El perfume que respiraba se
+le suba a la cabeza. La mirada magntica de Venturita haba concludo
+por electrizarle.
+
+--Has hecho mal en traerme a tu cuarto--dijo sonriendo mientras se
+pasaba el pauelo por la frente.
+
+--Pues?--pregunt ella abriendo y cerrando varias veces los ojos, como
+esos relmpagos que se advierten a la cada de la tarde en los das muy
+calurosos del verano.
+
+--Porque me siento mal--respondi l con la misma sonrisa.
+
+--Te sientes mal, de veras?--replic la nia abriendo mucho sus ojos
+azules sin conseguir que pareciesen inocentes.
+
+--Un poco.
+
+--Quieres que avise?
+
+--No; si lo que me hace dao son tus ojos.
+
+--Ah, vamos!--exclam ella riendo como si cayese entonces en la
+cuenta.--Entonces los cerrar!
+
+--Oh, no; no los cierres, por Dios! Si los cerrases, me pondra mucho
+peor.
+
+--Entonces me ir--dijo levantndose de la silla.
+
+--Eso sera matarme, nia ma! Sabes por qu me pongo enfermo? por no
+poder besar esos ojos que me asesinan.
+
+--Jess!--exclam Venturita soltando la carcajada.--Qu fuerte te da!
+Siento no poder curarte!
+
+--Permitirs que me muera?
+
+--Si.
+
+--Gracias! Djame besar tus cabellos entonces...
+
+--No.
+
+--Tus manos.
+
+--Tampoco.
+
+--Djame besar cualquier cosa tuya... Mira que me haces mucho dao!
+
+--Besa ese guante--dijo la nia riendo y tirndole uno que haba sobre
+el tocador.
+
+Gonzalo se apoder de l, y lo bes con frenes repetidas veces.
+
+Al lector que en su fuero interno haya diputado ya a Gonzalo por hombre
+desleal y prfido, o por lo menos dbil, declarndole quiz un carcter
+repugnante, como dicen los crticos cuando los personajes de las
+novelas no son todo lo heroicos y talentudos que ellos quisieran,
+pusirale yo en aquel nido pequeo y perfumado como el cliz de una
+magnolia, frente a la nia menor de los seores de Belinchn, vestida
+con peinador de cintas azules que dejaban ver una buena parte de su
+garganta amasada con rosas y leche, recibiendo en el rostro los
+relmpagos azulados de sus ojos, y escuchando una voz grave y pastosa
+que remova todas las fibras del alma. Y si la nia le tirase un guante
+dicindole:
+
+--Bsalo,--quisiera ver en qu forma se negaba a besarlo.
+
+--Te vas calmando, Gonzalo?--dijo disparndole una sonrisa capaz de
+volver loco a San Antonio.
+
+--As, as.
+
+--Bueno, pues ahora hablemos en serio... hablemos de nuestra
+situacin...
+
+Gonzalo se puso serio.
+
+--A pesar de lo que me has dicho hace ya tres das, no he sabido, hasta
+ahora, que hayas hablado con mam o con pap, ni que les hayas
+escrito... Por el contrario, no slo dejas el tiempo correr, con lo
+cual cada vez empeoran las cosas, sino que te veo ms atento y carioso
+que nunca con Cecilia...
+
+Gonzalo hizo un gesto negativo.
+
+--Si te he visto hace un momento desde el cuarto de Pablo por el
+agujero de la llave!... A m no se me escapa nada... Eso est muy mal
+hecho si es que no la quieres... Y si la quieres est muy mal hecho lo
+que haces conmigo...
+
+--No ests bien segura an de que t sola posees mi corazn?--dijo el
+joven levantando sus ojos apasionados hacia ella.
+
+--No.
+
+--Pues s, s; mil veces s!... Pero yo no puedo estar al lado de
+Cecilia desabrido o indiferente... Eso es muy feo... Prefiero decrselo
+claramente y concluir de una vez.
+
+--Pues dselo.
+
+--... No me atrevo.
+
+--Pues no se lo digas, y concluyamos t y yo... Mejor ser--replic la
+nia con impaciencia.
+
+--No hables, por Dios, as, Ventura! Se me figura que no me quieres.
+Debes comprender que mi posicin es extraa, comprometida, terrible.
+Estar en vsperas de casarse con una joven excelente, y sin mediar
+disgusto alguno, sin antecedentes de ningn gnero que puedan tenerla
+prevenida, decirle de pronto: Todo se acab, ya no me caso contigo
+porque no te quiero ni nunca te he querido, es lo ms brutal y ms
+odioso que se haya visto jams... Por otra parte, yo no s cmo tomaran
+mi conducta tus papas. Lo ms probable es que, indignados justamente por
+ella, me recriminasen duramente y me prohibiesen la entrada en esta
+casa...
+
+--Bien, csate con ella... y en paz!--dijo Venturita ponindose en pie
+un poco plida.
+
+--Eso nunca! O me caso contigo, o con nadie.
+
+--Entonces, qu hacemos?
+
+--No s--replic el joven bajando la cabeza con tristeza.
+
+Ambos guardaron silencio unos instantes.
+
+Al cabo Venturita dijo, dndose con la palma de la mano en la cabeza:
+
+--Discurre, hombre, discurre!
+
+--Ya lo hago, pero no sale...
+
+--No sirves para nada!... Vamos, vete, y djalo a mi cargo. Yo hablar
+a mam... Pero es necesario que escribas una carta a Cecilia...
+
+--Oh, por Dios, Ventura!--exclam angustiado.
+
+--Entonces, qu quieres, di?--pregunt la nia encolerizada.--Crees
+que voy a servir de juguete?
+
+--Si pudiramos pasar sin esa carta!--manifest Gonzalo con
+humildad.--T no puedes figurarte lo violento que es para m... No
+bastara que dejase de venir unos cuantos das a esta casa?
+
+--S, s; vete... y no vuelvas!--respondi, dando un paso hacia la
+puerta.
+
+Pero el joven la retuvo por una de las trenzas de sus cabellos.
+
+--Vamos, no te enfades, hermosa. Bien sabes que me tienes dominado,
+fascinado, y que a la postre har cuanto t me mandes, incluso arrojarme
+al mar. No haca ms que expresarte una opinin... Si t no quieres,
+nada de lo dicho... Trataba solamente de evitar a Cecilia un disgusto.
+
+--Presuntuoso!--exclam la nia sin volverse.--A que te figuras que
+Cecilia se va morir de pena?
+
+--Si no se disgusta, mejor que mejor; as me evitar un remordimiento.
+
+--Cecilia es fra; ni quiere mucho, ni odia mucho tampoco. Es muy buena;
+no conoce el egosmo. Pero siempre la encontrars igual, ni alegre ni
+triste; incapaz de tomarse un disgusto por nada ni por nadie... Al
+menos, si se los toma, nadie lo conoce... Qu haces?--aadi
+volvindose rpidamente.
+
+--Estaba desatando los lazos de las trenzas... Quera ver otra vez tus
+cabellos sueltos. No hay espectculo que me cause ms placer.
+
+--Si es capricho, yo las desatar!... Aguarda--dijo la nia, que
+estaba orgullosa, y con razn, de su pelo.
+
+--Oh, qu hermosura! Esto es un prodigio de la naturaleza!--exclam
+Gonzalo, introduciendo en l sus dedos.--Djame, djame meter la cabeza
+dentro, djame baarme en este ro de oro.
+
+Y ocult, al decir esto, su rostro en la cabellera blonda de la nia.
+
+Mas sucedi que, pocos momentos antes, como sonasen en el reloj las
+siete de la tarde, las costureras y bordadoras dejaron su obra, y se
+dispusieron a retirarse. Antes de hacerlo, Valentina fu comisionada por
+doa Paula para ir al cuarto de Venturita, y traer de all unos patrones
+que deban de estar sobre el armario-escritorio. Lleg, y empuj la
+puerta en el instante crtico en que Gonzalo se estaba baando de
+aquella original manera. Al sentir el ruido, ste se levant de un
+brinco y qued, ms plido que la cera. Valentina se puso encarnada
+hasta las orejas, y dijo balbuceando:
+
+--Mam quiere los patrones... los del otro da... Deben de estar sobre
+el armario.
+
+--No estn sobre el armario, sino dentro--respondi Venturita, sin
+inmutarse poco ni mucho.
+
+Y dirigindose a l, y abriendo un tirador, sac un lo de papeles y se
+lo entreg.
+
+--Aguarda un poco, Valentina--dijo antes que saliese.--Hazme el favor de
+atarme el pelo, que yo no puedo por este dedo malo...
+
+Y ense uno, por donde manaba sangre. Al ir por los patrones se lo
+haba pinchado.
+
+Valentina, muy turbada todava, comenz a atrselo.
+
+--Me tiraba mucho, y, al desatarlo, me pinch con el alfiler que sujeta
+la cinta de arriba... El pobre Gonzalo no se arreglaba muy bien para
+atrmelo, verdad?--aadi riendo.
+
+--Oh, no!--replic el joven con forzada sonrisa, pasmado de aquella
+sangre fra.
+
+La disculpa, aunque bien urdida, no col. Valentina estaba bien segura
+de lo que haba visto.
+
+--Crees que se habr tragado lo del pinchazo?--pregunt Gonzalo con
+ansiedad luego que hubo salido.
+
+--Tal vez no; pero no hay cuidado con ella. Es la ms reservada de
+todas.
+
+Valentina fu a entregar los patrones a la seora y se despidi hasta el
+da siguiente. Al cruzar por el pasillo oy claramente el rumor de un
+beso. Mir hacia el cuarto obscuro que all haba, y crey percibir los
+cuadros blancos y negros del vestido de Nieves.
+
+--Alza! Esto est que arde!--murmur con aquel ceo saladsimo que
+tanto la caracterizaba.
+
+Baj la escalera y sali a la calle, donde ya la esperaba su Cosme para
+acompaarla hasta casa.
+
+
+
+
+VIII
+
+DE LA REUNIN QUE LOS PROCERES DE SARRI CELEBRARON EN EL TEATRO CON
+ASISTENCIA DEL CUARTO ESTADO
+
+
+El da 9 de junio de 1860, debe sealarse con caracteres de oro en los
+fastos de la villa de Sarri.
+
+Para ese da, socorrido de Alvaro Pea y de su hijo Pablo, don Rosendo
+Belinchn haba rogado por medio de atento B.L.M. a sus convecinos que
+concurriesen por la tarde al local del teatro. Se tratara un asunto de
+vital (por nada en el mundo se le escapara a don Rosendo el vital)
+inters para la villa de Sarri y su concejo. Slo cuatro o cinco
+personas de las ms obligadas al comerciante, conocan el noble y
+patritico pensamiento que motivaba la convocatoria. As que,
+arrastrados de la curiosidad, tanto como de la cortesa, acudieron a
+las tres en punto todos los convocados y muchos ms a quienes nadie
+haba dado vela en aquel entierro. El teatro se llen de bote en bote.
+La gente principal se apoder de las butacas y los palcos. La plebe
+subi a la cazuela. En el escenario se haba colocado una mesa de
+escribir vieja y sucia. A entrambos lados de ella hasta media docena de
+sillas, no ms nuevas ni ms limpias, que servan para la decoracin de
+sala probremente amueblada.
+
+El teatro herva ya de gente. El escenario permaneca an desierto.
+Estaban casi en tinieblas. Slo por un tragaluz de vidrios empolvados
+abierto all en el fondo de la escena, despojada del teln de foro,
+penetraba escassima claridad. A fuerza de tiempo, acostumbrados los
+ojos a la obscuridad, podan distinguirse los unos a los otros. El que
+entraba, iba despacio por el pasillo de las butacas para no tropezar,
+palpando los crneos de los que las ocupaban, por ver si haba alguna
+vacante.
+
+--Aqu no, don Rufo.
+
+--No hay asiento?--preguntaba sonriendo al vaco como los ciegos.
+
+--No; suba usted arriba, a los palcos.
+
+--Vngase aqu, don Rufo, vngase aqu--gritaba uno que estaba ms
+adelante.
+
+--Eres t, Cipriano?
+
+Y empujando y tropezando, llegaba el recin venido a colocarse. Alguno
+ms prctico encenda una cerilla, pero al instante salan voces de la
+cazuela:
+
+--Eh! eh! Cuidado con las narices, don Juan! Cuando va por las noches
+a casa de la Peonza, el diablo que cerilla enciende.
+
+Don Juan se apresuraba a apagarla para librarse de aquellos insultos que
+hacan prorrumpir en carcajadas al ocioso pblico.
+
+A medida que el tiempo transcurra, el zumbido de las conversaciones iba
+creciendo hasta hacerse insoportable. Los salvajes de la cazuela
+expresaban su impaciencia con patadas, gritos y baladres. Cambiaban
+unos con otros, por encima de las butacas, bromas y frases, ms que
+obscenas, asquerosas. Gracias a que no haba seoras.
+
+Al fin aparecieron en el escenario cuatro seores, don Rosendo
+Belinchn, Alvaro Pea, don Feliciano Gmez y don Rudesindo Cepeda,
+propietario y fabricante de sidra espumosa. Los cuatro se despojaron de
+los sombreros al pisar el palco escnico. Prodjose repentinamente el
+silencio. Algunos de los espectadores, los menos, se descubrieron
+tambin. La mayor parte, prevalidos de la obscuridad y cediendo al
+instinto de grosera, poderoso en aquella regin, permanecieron
+cubiertos. Don Rosendo y sus compaeros sonrieron al concurso,
+avergonzados. Para librarse del embarazo y temor que sentan, comenzaron
+a hablar con los espectadores de las primeras filas, a quienes podan
+divisar. Alvaro Pea, algo ms atrevido, en razn quiz de su carcter
+militar y de su instruccin antirreligiosa, avanz hasta la cscara del
+apuntador, y dando a sus palabras una entonacin excesivamente familiar,
+sonriendo sin gana como las bailarinas, dijo:
+
+--Seores, tanto mis compaeros como yo desearamos eh?, que subiesen a
+este sitio algunas pejsonas de jespeto eh?, que habr en el pblico, a
+fin de que nos ayuden con su autoridad eh?, y con su ilustracin... a
+fin de que nos ayuden eh? (no encontraba el final) en la empresa que
+vamos a emprendej...
+
+El ayudante de marina pronunciaba las erres con la garganta, produciendo
+un sonido muy semejante a la jota.
+
+Hubo un murmullo en la asamblea de asentimiento y simpata por la
+modestia que resaltaba en aquella proposicin.
+
+--No est por ah don Pedro Miranda?--pregunt Pea, sereno ya,
+volviendo a adquirir la resolucin militar que le caracterizaba.
+
+--Aqu est... Aqu--dijeron varias voces.
+
+--Don Pedro, si nos hiciese usted el favoj... Don Pedro se defenda de
+los que le empujaban hacia el escenario, diciendo por lo bajo:
+
+--Pero, seores, yo por qu? A qu asunto?... Hay otras personas...
+
+No hubo ms remedio. Poco a poco lo fueron llevando hasta cerca del
+escenario. Una vez all, como no hubiese tabla ni escalera para subir,
+entre Pea y don Feliciano Gmez, lo auparon por las manos hasta ponerlo
+sobre el tablado.
+
+--A ver, don Rufo, suba usted.
+
+Don Rufo (mdico titular de la villa), despus de haberse defendido un
+poco, fu subido en vilo tambin. Y por el mismo sencillo mecanismo
+pasaron al escenario otros cinco o seis seores. Cada ascensin era
+saludada con una salva de aplausos y un murmullo de complacencia por el
+benvolo concurso. El ayudante vi a Gabino Maza sentado en una butaca
+cerca de la pared, y le grit con alegra:
+
+--Gabino, no te haba visto!... Vamos, hombre, ven ac.
+
+--Estoy bien aqu--respondi con sequedad el bilioso ex oficial de la
+Armada.
+
+--Quieres que baje por ti?
+
+Maza contest en voz baja:
+
+--No hace falta.
+
+Los que estaban a su lado hicieron lo que con los dems.
+
+--Vaya, don Gabino, arriba. No sea usted perezoso. Hombres como usted
+son los que deben estar all. No faltaba ms que usted no subiese!
+
+Y trataban al mismo tiempo de levantarle. Mas fueron intiles todas las
+instancias. Maza se empe en permanecer en la butaca con una
+insistencia orgullosa que acobard a los que le excitaban a subir.
+Alvaro Pea baj entonces por l; pero despus de una brega larga tuvo
+que retirarse desairado.
+
+Ya que estuvo casi lleno el escenario, se trajeron ms sillas recabadas
+de los chiribitiles de los cmicos. Se acomodaron en ellas los ms
+selectos vecinos de Sarri, y celebraron concilibulo para resolver
+quin haba de presidir la reunin. Por cierto que no acababan de
+entenderse, y el pblico daba seales claras de impaciencia. La mayor
+parte juzgaba que a don Rosendo corresponda la honra de sentarse detrs
+de la mesa de pino; pero ste la rehusaba con una modestia que le
+honraba muchsimo ms. Al fin se sent al observar que el pblico se iba
+cansando. Este aplaudi reciamente.
+
+Nueva y fastidiosa dilacin antes de resolverse quin haba de dirigir
+la palabra al concurso. Alvaro Pea, que era hombre despachado y de
+arranque, se decidi a dar unos pasos hacia la boca del teln, y dijo en
+voz alta:
+
+--Seores.
+
+--Chis, chis! Silencio!--gritaron algunos.
+
+Y rein el silencio.
+
+--Seores: El motivo de celebrajse este _meeting (sorpresa y
+extraordinaria complacencia del concurso al escuchar la palabreja
+extica)_ no es otro eh?, que el de unirnos todos para fomentaj los
+intereses morales y materiales de Saji. Hace algunos das me indicaba
+nuestro dignsimo presidente que estos intereses se hallaban
+abandonados, eh?, y que era necesario a todo trance fomentajlos.
+Seores, en Saji hay varios problemas que jesolvej en este momento
+histrico; el problema del mejcado cubiejto, eh?, el problema del
+cementerio, el problema de la cajetera a Rodillero, el problema del
+matadero y otros. Yo le dije a mi querido amigo, el dignsimo
+presidente: El nico medio eh?, de jesolvej estos problemas es celebraj
+un meeting donde todos los sajienses puedan emitij libremente su
+opinin...
+
+--Eh?--grit un socarrn desde la cazuela.
+
+Pea alz los ojos furibundos hacia all. Y como era hombre a quien se
+le suponan malas pulgas, y gastaba unos bigotes desmesurados, el
+socarrn tembl por su pellejo y no volvi a chistar.
+
+--Mi buen amigo, cuyo gran corazn y amoj al progreso conocen todos, me
+dijo que haca tiempo que pensaba sobre lo mismo, y que l adems, eh?,
+tena otro proyecto que no tajdar en comunicaj al ilustrado pblico. En
+consecuencia de esto hemos convocado a los vecinos de Saji para una
+jeunin pblica, y aqu estamos... porque hemos venido. _(Este desenfado
+produce excelente efecto en el auditorio, que re con benevolencia)_.
+
+--Seores--sigui el ayudante animado por los rumores,--yo creo que lo
+que le hace falta a este pueblo es despertaj del letajgo en que yace,
+eh?, vivij de la vida de la razn y del progreso, eh?, ponerse a la
+altura de los adelantos del siglo, eh?, tenej conciencia de s y de sus
+fuejzas. Hasta ahora, Saji ha sido un pueblo dominado por la teocracia;
+mucha novena, mucho sermn, mucho rosario, y no pensaj para nada en el
+fomento de sus intereses, ni en aprender nada til. Es necesario salij
+cuanto ms antes de esta situacin, eh? Es necesario sacudij el yugo
+teocrtico. Un pueblo dominado por los curas, es siempre un pueblo
+atrasado... y sucio. _(Risas y aplausos, entre los cuales se oye tal
+cual chicheo.)_
+
+El ayudante hablaba mejor, y adquira cierto donaire en cuanto se
+trataba de denigrar al clero.
+
+--Pido la palabra--grit una voz atiplada desde un palco.
+
+--Quin es? Quin es?--se preguntaron unos a otros los espectadores y
+los altos dignatarios del escenario.
+
+--Es el hijo del Perinolo.--Quin?--El hijo del Perinolo.--El hijo del
+Perinolo.
+
+Esta frase se fu repitiendo en voz baja por todo el mbito del teatro.
+
+El hijo del Perinolo era un joven plido, de ojos negros, que gastaba
+larga melena. No se adverta ms en la media luz que reinaba. Era para
+l gran fortuna. A ser entera, se veran perfectamente los lamparones de
+su levita aeja, la grasa de su camisa y las greas de la melena, dado
+que los agujeros de las botas y los hilachos del pantaln, en modo
+alguno podan ser vistos a causa de la barandilla del palco. Pero todo
+lo saban de memoria los vecinos de Sarri, por tropezarle harto a
+menudo en la calle y los cafs. Digamos que, a pesar de esto, era mozo
+de gentil disposicin y rostro.
+
+Su padre, el seor Jos Mara el Perinolo, antiguo y clsico zapatero de
+la villa, era uno de aquellos viejos artesanos que a mediados del siglo
+gastaban chaqueta y sombrero de copa alta. Carlista fantico, miembro de
+todas las cofradas religiosas. Rezaba el rosario por las tardes al
+toque de oracin en la iglesia de San Andrs, acompaado de unas cuantas
+mujerucas; sala en las procesiones de Semana Santa con hbito de
+disciplinante y corona de espinas, y tena a su cargo y cuidado la
+capilla del Nazareno en la calle de Atrs. Este santo varn que nunca
+haba dado nada que decir (suprema expresin de la honradez en los
+pueblos pequeos), educ a su hijo Sinforoso y a otros dos ms, en el
+santo temor de Dios y del tirapi. Azotes, penitencias de rodillas, das
+a pan y agua, estirones de orejas y bofetadas. La infancia de Sinforoso
+estaba poblada de estos recuerdos poticos. Cuando lleg a la pubertad,
+como mostrase singular destreza para aprender sus lecciones, el Perinolo
+se persuadi a que no estaba llamado a sustentar la zapatera cuando l
+fuese muerto, sino a ser firme columna de la Iglesia Romana. Faltbanle
+medios para mandarle al seminario de Lancia. Vinieron en socorro suyo
+don Rosendo y don Melchor de las Cuevas, don Rudesindo y el prroco de
+la villa, que espontneamente le asignaron tres pesetas diarias mientras
+no cantase misa. Mas al cursar el segundo ao de Teologa, recibieron
+estos seores del seminarista una carta elegantemente escrita. En ella
+les manifestaba que no se senta llamado por Dios a la carrera
+eclesistica, y que antes de ser un mal sacerdote prefera aprender el
+oficio de su padre o embarcarse para Amrica. Terminaba suplicndoles
+con palabras fervorosas que le permitiesen cambiar la Teologa por el
+Derecho, hacia el cual se crea inclinado, y con esto no dara tan gran
+disgusto a su padre. Accedieron sus bienhechores a la demanda. Y
+Sinforoso se hizo al cabo columna del Estado en vez de la Iglesia, como
+deseaba el Perinolo. Mientras sigui la carrera de leyes con
+sobresalientes y premios al principio, notables despus y aprobados al
+fin, emborron algunos articulejos en los diarios de Lancia. Con esto se
+crey en el caso de dejar crecer los pelos y ponerse lentes sobre la
+nariz. As se present el nuevo licenciado en Sarri con la aureola de
+gloria adems que rodea a quien ha hecho sus primeras armas, y aun
+reido batallas en la prensa peridica. Se haba afiliado en el partido
+liberal ms avanzado renegando as de su prosapia. Con esto, su padre
+estaba fuertemente desabrido. Si le dej entrar en casa debise a la
+intercesin de la madre. No le hablaba ni le daba un cntimo para sus
+gastos, limitndose a consentir que durmiese bajo su techo y comiese la
+racin. Al cabo de algunos meses los zapatos se haban despellejado y la
+ropa daba lstima verla. Pero todo lo supla muy bien el letrado con el
+empaque y gravedad de la fisonoma y lo airoso de su porte. Pasaba la
+maana leyendo en la cama: las tardes y las noches en el caf
+discutiendo a gritos lo que haba ledo por la maana. Los vecinos no le
+queran; pero respetaban mucho su ilustracin y talento.
+
+--Quin ha pedido la palabra?--pregunt don Rosendo.
+
+--Surez... Sinforoso Surez--dijo el joven inclinando su busto sobre la
+barandilla.
+
+--Usted la tiene, seor Surez.
+
+El joven tosi, meti los dedos de entrambas manos por el pelo,
+dejndolo ms ahuecado y revuelto, se puso los lentes que traa colgados
+de un cordoncillo y dijo:
+
+--Seores.
+
+La entonacin firme y sosegada que di a esta palabra, y la pausa larga
+que despus hizo asegurando los lentes sobre la nariz y paseando una
+mirada de grande hombre por el concurso, impusieron silencio y respeto.
+
+--Despus de la brillante oracin que acaba de pronunciarnos mi
+queridsimo amigo el ilustrado ayudante de este puerto, seor Pea _(el
+ayudante, aunque no ha hablado con Surez ms de tres veces en su vida,
+se inclina agradecido. Los respetables vecinos de Sarri aprenden que
+hay ms oraciones que el Padre Nuestro, la Salve y las dems rezadas por
+la Iglesia)_, quedar bien convencida la asamblea del fin generoso y
+patritico que ha inspirado a los promovedores de este _meeting_. Nada
+tan grande, nada tan hermoso, nada tan sublime como ver a un pueblo
+reunido para deliberar acerca de los ms altos y caros intereses de su
+vida. Ah, seores! al escuchar hace un momento al seor Pea, me
+imaginaba estar en el Agora de Atenas decidiendo, como ciudadano libre,
+entre otros ciudadanos libres tambin como yo, de los destinos de mi
+patria. Me imaginaba oir la palabra vigorosa y ardiente de alguno de
+aquellos grandes oradores que ilustraron al pueblo heleno... Porque la
+elocuencia de mi queridsimo amigo el seor Pea, tiene mucho de la
+arrebatada pasin que caracterizaba a Dmostenes, el prncipe de los
+oradores y bastante tambin de la fluidez y elegancia que brillaba en
+los discursos de Pericles. _(Pausa: mano a los lentes.)_ Es viva y
+animada como la de Clen; es mesurada y prudente como la de Arstides;
+tiene tonalidades graves y precisas como la de Esquines, y notas
+agradables al odo como la de Iscrates. Ah, seores! Yo tambin, como
+el elocuente orador que me ha precedido en el uso de la palabra, deseaba
+que el pueblo donde he visto por primera vez la luz del da, despertase
+a la vida del progreso, a la vida de la libertad y la justicia...
+Sarri! Cunto dulce recuerdo, cunta inefable alegra despierta en mi
+alma este solo nombre! Aqu corrieron los aos felices de mi infancia...
+Aqu comenz a formarse mi espritu... Aqu hizo el amor palpitar por
+primera vez mi corazn... En otra parte se ha enriquecido mi razn con
+el conocimiento de las ciencias, con las grandes ideas que engendra el
+estudio del Derecho... Aqu se ha nutrido mi alma con las santas y
+dulces emociones del hogar. En otra parte se ha adiestrado mi
+inteligencia en la polmica, en la lucha de las ideas... Aqu he
+cultivado mi sensibilidad con el tierno amor de la familia... Seores,
+lo dir muy alto, suceda lo que suceda: Sarri est llamado a grandes
+destinos. Tiene derecho a ser una de las primeras poblaciones de la
+costa cantbrica, un emporio de actividad y de riqueza, tanto por la
+excelente situacin en que la naturaleza lo ha colocado, como por la
+laboriosidad, la honradez y las grandes dotes de inteligencia de sus
+habitantes. _(Bravo! Bravo! Unnimes y estrepitosos aplausos.)_
+
+Roto el hielo que la sorpresa, ms que una prevencin injusta, haba
+formado, los bravos y los aplausos se sucedieron sin interrupcin a cada
+prrafo. Jams los laboriosos, honrados e inteligentes habitantes de
+Sarri haban odo hablar tan fcil y pulidamente. Aquel discurso fu la
+revelacin de la vida parlamentaria moderna, segn deca Alvaro Pea al
+disolverse la reunin.
+
+Media hora llevara en el uso de la palabra en medio del creciente
+entusiasmo del auditorio, cuando a uno de los prceres del escenario se
+le ocurri que poda tener seca la boca y sera oportuno servirle un
+vaso de agua con azucarillo. Comunicada en voz baja la observacin al
+presidente, ste interrumpi al orador, dicindole:
+
+--Si el seor Surez est fatigado, puede descansar. Voy a dar orden de
+que le sirvan un vaso de agua.
+
+Estas palabras fueron acogidas con un murmullo de aprobacin.
+
+--No estoy fatigado, seor presidente--respondi suavemente el orador.
+
+_(S, s, que descanse.--Dejarle descansar.--Que se le traiga un vaso de
+agua.--Puede hacerle dao: que le echen unas gotas de ans.)_
+
+Los espectadores, acometidos sbito de una ardiente simpata, se
+convertan en madres cariosas para el hijo del Perinolo.
+
+Este, inflndose ms de lo que estaba, sonri al auditorio, y dijo:
+
+--La fatiga es propia de los soldados bisoos. Los que como yo estn
+acostumbrados a las lides de la tribuna (haba hablado varias veces en
+la Academia de jurisprudencia de Lancia) no se rinden tan fcilmente...
+
+Digamos ahora que Mechacan, zapatero, vecino y competidor haca muchos
+aos del seor Jos Mara el Perinolo, que haba visto criarse a
+Sinforoso y le haba arreado ms de uno y ms de dos lampreazos con el
+tirapi cuando al volver de la escuela le llamaba, para vejarle, por el
+apodo, le estuvo escuchando desde la cazuela con las manazas apoyadas
+sobre la barandilla y la cara erizada de pas sobre las manos. En sus
+ojos, sombreados de una selva enmaraada de pestaas, no se adverta la
+chispa de entusiasmo que arda en los de los dems. Antes se lea el
+asombro, la ira y la envidia. Cuando acert a oir las palabras
+jactanciosas del hijo de su rival, no pudiendo sufrir tanta farsa, grit
+con rabia:
+
+--Fuera ese piojo, sollo!
+
+Indescriptible indignacin en el auditorio. Todos los rostros se vuelven
+airados a la cazuela. Oyense las voces de:
+
+--Quin es ese borrico?--A la crcel!--Fuera ese cerdo!
+
+El presidente pregunta con terrible severidad:
+
+--Estamos en un pueblo culto o entre hotentotes?
+
+Esta pregunta as formulada, produce honda impresin en el pblico.
+
+Surez, un poco plido y con voz alterada, dice al fin:
+
+--Si la Asamblea lo desea, estoy dispuesto a sentarme.
+
+_(No, no!--Que siga! Estrepitosos y prolongados aplausos al orador.)_
+
+La indignacin contra el grosero interruptor creci a tal punto con
+estas humildes palabras, que se oyen gritos amenazadores y muchos agitan
+los puos frente al sitio de donde haba partido la voz. Alvaro Pea, el
+orador griego, ms indignado que nadie, sube por fin a la cazuela y a
+pescozones y coces arroja al desgraciado Mechacan del teatro entre los
+aplausos del pblico.
+
+Sosegadas ya las olas, el orador contina. Hace una excursin por el
+campo de la historia para demostrar que los sarrienses, desde la poca
+de la dominacin romana, cuando la Espaa estaba dividida en Citerior y
+Ulterior y despus en Tarraconense, Btica y Lusitania, hasta nuestros
+das, haban demostrado en todas ocasiones un ingenio poderoso muy
+superior al de los habitantes de Nieva. Tales declaraciones fueron
+acogidas con vivas muestras de aprobacin. Introdcese despus
+repentinamente en los dominios del Derecho y hace gala de conocimientos
+poco comunes, sobre todo en Sarri, en la ciencia de Triboniano y
+Papiniano. Al llegar a cierto punto, con una modestia que le honra
+mucho, dice:
+
+--Lo que acabo de exponer, seores, no tiene ningn valor cientfico. Lo
+sabe cualquier nio que haya saludado las Pandectas...
+
+Don Jernimo de la Fuente, maestro de primeras letras de la villa, que
+haba estudiado por los mtodos modernos y saba algo de Froebel y
+Pestalozzi, hombre ilustrado, que haba escrito un prontuario de los
+verbos irregulares y tena un telescopio en el balcn de su casa siempre
+apuntando al cielo, se levanta de la butaca, y sonriendo con mucha
+lstima dice:
+
+--Las palmetas hace ya bastantes aos que se han suprimido de las
+escuelas.
+
+--No he dicho palmetas, he dicho Pan-dec-tas--replica Surez sonriendo
+con mucha ms lstima.
+
+Don Jernimo enrojece por el paso en falso que acaba de dar.
+
+El orador contina y termina al fin, deseando, como el elocuente
+ayudante de marina, que Sarri despierte a la vida del progreso, que
+salga del letargo en que yace, y que de algn modo se manifieste en su
+recinto la lucha de las ideas, fecunda siempre, y luzca en su horizonte
+el sol radiante de la civilizacin.
+
+... Si es verdad, como tengo entendido, que merced a la iniciativa
+patritica y generosa de un respetabilsimo personaje de esta villa, se
+prepara el advenimiento a ella del cuarto poder de los estados modernos.
+Si es verdad que Sarri estar dotado en breve de un peridico que
+refleje sus legtimas aspiraciones, que sea el palenque donde se
+ejerciten sus inteligencias, el salvaguardia de sus ms caros intereses,
+el centinela avanzado de su tranquilidad y reposo, el rgano, en fin,
+por donde se comunique con el mundo espiritual, felicitmonos, seores,
+felicitmonos de todo corazn! y felicitemos tambin al ilustre
+patricio por cuyo esfuerzo va a llegar hasta nosotros un rayo de ese
+astro luminoso del siglo diez y nueve que se llama la prensa.
+
+_(Bravo, bravo! Todas las miradas se, vuelven ansiosas hacia la
+presidencia. La faz de don Rosendo resplandece llena de majestad y
+dulzura.)_
+
+Despus del hijo del Perinolo, pidi y obtuvo la palabra don Jernimo de
+la Fuente. El ilustrado profesor de primeras letras, deseaba
+ardientemente levantarse a los ojos del pblico despus de la cada de
+las Pandectas. Comenz, pues, manifestando que abundaba en las ideas del
+digno orador (obsrvese que no dijo elocuente ni ilustrado, sino digno,
+digno nada ms) que le haba precedido en el uso de la palabra; que l,
+destinado por su profesin a encender la antorcha de la ciencia en las
+inteligencias infantiles, no poda menos de ser partidario decidido de
+los adelantos modernos y, sobre todo, de la prensa. En corroboracin de
+estas palabras, se cree en el caso de manifestar que, tan pronto como la
+creacin de un peridico en Sarri fuese un hecho, tendra el gusto de
+exponer a sus convecinos la resolucin de un problema que hasta el da
+de hoy se haba credo insoluble, el de la triseccin del ngulo, al
+cual haba dedicado muchos esfuerzos y vigilias, coronadas unas y otros
+afortunadamente por el mejor xito. Habl despus con gran oportunidad
+de algunas materias, de Geografa fsica y Astronoma, explicando
+algunos problemas de la mecnica celeste, en particular la ley de la
+atraccin universal, descubierta por Newton, gracias a la cual, los
+planetas se mueven alrededor del sol en rbitas elpticas. A este
+propsito expuso con gran brillantez lo que era una elipse. Por ltimo,
+al hablar de nuestro satlite la luna, hizo observar que el tiempo de su
+revolucin alrededor de la tierra iba disminuyendo sensiblemente, lo
+cual indica que su rbita se va estrechando. Esto, en opinin del
+orador, dara por resultado ms tarde o ms temprano que la luna caera
+sobre la tierra, y ambas se haran pedazos. Don Jernimo se sent,
+dejando el auditorio sumamente agitado, bajo el peso de esta profeca
+aterradora.
+
+Avanz acto continuo hasta las candilejas, don Rufo, el mdico de la
+villa, hombre flaco, con barba de cazo, y gafas de oro. A las pocas
+palabras declar explcitamente que, en su opinin, el pensamiento no es
+ms que una funcin fisiolgica del cerebro y el alma un atributo de la
+materia. Pero, en qu parte del cerebro reside el foco de la actividad
+intelectual?--se pregunta el orador.--En su concepto, esta actividad
+tiene su centro en la sustancia gris, parda o amarilla, y en modo
+alguno en la sustancia blanca, que no es ms que la conductora de tal
+actividad. Habl despus de la _dura-mter_, de los _hemisferios_, de
+los _lbulos frontal, parietal y occipital, de la hoz del cerebro y de
+la tienda del cerebelo_. En este punto tuvo una ocurrencia feliz,
+comparando bellamente las circunvoluciones de la sustancia gris a un
+montn de intestinos arrojados al acaso. Todas las facultades que
+llamamos del alma, no son sino funciones de esta sustancia gris, de este
+montn de intestinos. El cerebro segrega pensamientos como el hgado
+segrega bilis y los riones orina. El orador termina afirmando que,
+mientras la humanidad no se penetre de estas verdades, no podr salir
+del estado de barbarie en que yace.
+
+Como nunca quiso ser menos que el mdico, pidi la palabra el profesor
+de veterinaria Navarro. Despus de dedicar algunas frases a
+congratularse por la celebracin de aquel _meeting_ (ninguno de los que
+hablaron dej de citar la palabreja) expuso algunas ideas muy razonables
+acerca de la angina gangrenosa del cerdo y su tratamiento profilctico.
+El orador tropezaba, balbuceaba, sudaba para emitir su pensamiento. Pero
+esta deficiencia de expresin, la supla cumplidamente la novedad y el
+inters que el tema ofreca. A la sazn estaban falleciendo de anginas,
+en Sarri, bastantes de aquellos simpticos animales.
+
+El pblico, por ms que escuchaba con respeto y simpata estas noticias
+acerca de la enfermedad que aquejaba en aquel momento al ganado de
+cerda, senta ya impaciencia por oir las declaraciones del presidente.
+Despus de la alusin del hijo del Perinolo al asunto del peridico,
+todos ansiaban saber lo que haba de cierto. Mientras Navarro disertaba,
+sali una voz de la cazuela gritando:
+
+--Que hable don Rosendo.
+
+Y aunque el pblico castig con un enrgico chicheo esta grosera
+interrupcin, era unnime la opinin de que Navarro como orador no
+tena condiciones.
+
+Por fin el hombre notable de Sarri, el portaestandarte de todos los
+progresos, el ilustre patricio don Rosendo Belinchn, alz su busto
+majestuoso por encima de la mesa.
+
+_(Silencio, chis, chis!--Callarse, seores!--Atencin!!--Por favor,
+un poco de atencin!)_
+
+Estos fueron los gritos que salieron de la muchedumbre, aunque nadie
+haba osado mover un dedo siquiera. Tal era el afn de escuchar la
+palabra presidencial.
+
+Como todos los hombres de espritu realmente elevado y de ingenio
+penetrante, don Rosendo escriba mejor que hablaba. Sin embargo, su
+palabra reposada tena un sello de grandeza que en vano se buscara en
+los oradores que le haban precedido.
+
+--Seores (pausa), doy las gracias a todas las personas (pausa) que han
+acudido esta tarde (pausa) a la reunin que he tenido el honor de
+convocar (pausa mucho ms larga durante la cual se suena con ruido).
+Tengo una verdadera satisfaccin (pausa) en ver reunidos en este sitio a
+las personas ms ilustradas de la villa (pausa) y a todos los que por
+uno o por otro concepto valen y significan algo.
+
+_(Bravo: muy bien, muy bien.)_
+
+Despus de este exordio tan lisonjeramente acogido, manifest el orador
+que lo que urga en aquel momento era levantar el nivel intelectual de
+Sarri. Despus aadi que su propsito al convocar este _meeting_ no
+haba sido otro que levantar este nivel. _(Aplausos prolongados.)_ Para
+llevar a cabo tal empresa se consideraba sin fuerzas y mritos
+suficientes. _(Si, si. Aplausos.)_ Pero contaba, crea contar al menos,
+con el auxilio poderoso de los muchos hombres de corazn y patriotismo,
+de inteligencia y de progreso que Sarri encerraba. _(Muestras de
+aprobacin.)_ El medio que crea ms eficaz para elevar a Sarri a la
+altura que le corresponda, y hacerle rivalizar dignamente con otras
+villas, y aun ciudades martimas de menos importancia, era la creacin
+de un rgano que sostuviese sus intereses polticos, morales y
+materiales...
+
+--Y, seores (pausa), aunque todava no se hayan orillado todas las
+dificultades (pausa), tengo el gusto de manifestar a esta ilustrada
+Asamblea... _(Atencin, chis, chis. Silencio!)_ que tal vez en el
+prximo mes de agosto... (_Bravo, bravo! Ruidosos, frenticos aplausos
+que interrumpen al orador por algunos momentos.)_ Que tal vez en el
+prximo mes de agosto _(bravo, bravo! silencio!)_ la villa de Sarri
+contar con un peridico bisemanal. _(Estrepitosos aplausos. Navarro
+arroja su sombrero de copa a la escena. Algunos otros espectadores
+siguen el ejemplo. Alvaro Pea y don Feliciano Gmez se ocupan en
+recogerlos y volverlos a sus dueos. La fisonoma de don Rosendo brilla
+con expresin augusta, y sus labios, al contraerse con una sonrisa
+feliz, dejan ver las dos filas simtricas de sus dientes, testimonio
+elocuente de los progresos odontlgicos.)_
+
+--A pesar de esas manifestaciones de cario que agradezco hasta el fondo
+del alma (pausa) el orgullo no me ciega. La escasez de mis fuerzas _(No,
+no)_, mi falta de ilustracin _(No, no: aplausos)_ har que el rgano
+que funde no corresponda seguramente a las esperanzas del pblico.
+_(Voces de varios sitios: Si corresponder! Tenemos confianza.
+Aplausos.)_ Pero si alguna vez (pausa) la falta de inteligencia puede
+ser suplida por la fe y el entusiasmo, ser ciertamente ahora. Mi
+humilde pluma y mi modesta fortuna pertenecen al pueblo de Sarri.
+_(Muestras vehementes de aprobacin.)_
+
+El nuevo peridico, segn el orador, tena una gran misin que
+cumplir. Esta misin consista en plantear las reformas, los progresos
+que la villa reclamaba. La necesidad de estas reformas y estos progresos
+estaba en la conciencia de todo el mundo. El mercado cubierto se haba
+hecho absolutamente indispensable. La carretera a Rodillero era el
+anhelo constante de ambos pueblos. En cuanto al macelo pblico don
+Rosendo se preguntaba con sorpresa cmo la villa poda consentir que
+existiese un foco de inmundicia como el actual, que era un verdadero
+padrn de ignominia.
+
+Gabino Maza haba estado escuchando con marcado desdn y disgusto desde
+su butaca, a cuantos haban hecho uso de la palabra. Revolvase como si
+el asiento tuviese pinchos. Le venan ganas atroces de gritar a los
+oradores: Burros, pollinos! como acostumbraba a hacer en el
+Saloncillo, o de fulminar contra ellos uno de esos sarcasmos feroces que
+levantan roncha. Aquellas payasadas le haban revuelto la bilis. No
+era milagro. Ya conocemos la gran virtud de segregacin que el hgado
+del ex marino posea. Respiraba con fuerza, sonrea sarcsticamente,
+rechinaba los dientes y escupa a menudo, mostrando de este modo su
+desaprobacin a todo lo que se haba dicho, lo que se estaba diciendo y
+lo que se haba de decir. De vez en cuando, dejaba escapar algn bah! o
+algn pouh! o un ta! y otras partculas no menos significativas. Por
+ltimo, en mitad del discurso de don Rosendo, o porque nada pudiese
+oponer a su grave elocuencia, o porque el ruido de los aplausos le
+exacerbase de modo irresistible, es lo cierto que sali de la sala, y
+comenz a dar paseos por delante de la puerta del teatro en un estado de
+agitacin lamentable. A los pocos momentos, volvi a entrar y subi a la
+cazuela. All, oyendo a don Rosendo tocar el punto del matadero, pidi
+por favor a la plebe que le dejase paso. Una vez en las primeras filas,
+grit reciamente:
+
+--Aqu no se juega trigo limpio!
+
+Despus, se retir.
+
+No sabemos en qu consiste; pero es lo cierto, que siempre que en una
+reunin se insina por alguno la idea ms o menos gratuita de que all
+no se juega trigo limpio, tal afirmacin produce efectos desastrosos.
+Esto es tanto ms extraordinario, cuanto que por regla general, en las
+asambleas nadie lleva trigo en los bolsillos, ni limpio ni sucio. Y si
+por casualidad alguno lo llevase, es bien seguro que no le pasara
+siquiera por el pensamiento jugar con l.
+
+Don Rosendo, al oir la frase, qued repentinamente mudo y plido. Un
+fuerte murmullo de sorpresa corri por todo el mbito del teatro.
+Algunos gritaron:--Fuera!--Otros dijeron:--Chis, chis!--Las miradas de
+todos, despus de escrutar las alturas de la cazuela, se dirigieron a la
+presidencia. Don Rosendo turbado an, y con voz algo enronquecida, dijo:
+
+--Seores: Si con esas palabras se quiere manifestar que yo, al convocar
+esta reunin, he abrigado algn pensamiento bastardo, mi delicadeza no
+me permite continuar en este sitio, y me retiro...
+
+--No, no! Que siga! Viva el presidente!
+
+--Yo estoy seguro, seores--dijo el orador visiblemente conmovido,--de
+que el individuo que ha gritado no es vecino de Sarri, no ha nacido en
+Sarri, no puede ser de Sarri!
+
+Habiendo murmurado uno que el interruptor era de Nieva, se arm en el
+teatro terrible confusin y estruendo. Un grito formidable de:--Mueran
+los mazaricos! Viva Sarri!--se eleva de todas partes. Hay que advertir
+que en Sarri se llamaba a los habitantes de Nieva _mazaricos_ a causa
+quiz del gran nmero de pjaros de este nombre que all suele haber,
+mientras los de Sarri eran llamados en Nieva _pinzones_, por la misma
+razn.
+
+Sosegados al fin los nimos, don Rosendo da las gracias y cede a las
+instancias del pblico.
+
+--Antes de ocupar otra vez este sitial (el presidente se haba retirado
+al fondo del escenario), debo manifestar que si ese papagayo... o
+mazarico (_risas_) pretende arrancarme una declaracin acerca del
+problema del macelo pblico, no tengo inconveniente en hacerla, porque a
+m no me duelen prendas. _(Viva, curiosidad. No se oye una mosca
+volar.)_ Yo declaro solemnemente, seores, que el nuevo macelo, en mi
+concepto, no debe emplazarse en otro sitio que en la Escombrera.
+_(Inmensa sensacin.)_
+
+El orador termina con pocas palabras ms su grandioso discurso, y
+levanta la sesin. Los espectadores salen del teatro medio asfixiados,
+tanto por las mltiples emociones que en poco tiempo haban
+experimentado, como por los treinta y ocho grados centgrados que haba
+en el local.
+
+
+
+
+IX
+
+HISTORIA DE UNA LGRIMA
+
+
+Esto pasaba en las altas esferas. En los dominios obscuros de la vida
+privada ocurran al mismo tiempo algunos sucesos, que aunque no tan
+memorables, no dejaban de tener importancia para las personas que en
+ellos intervinieron.
+
+Al da siguiente de la entrevista de Venturita y Gonzalo, que hemos
+narrado, ste no visit la casa de su prometida. Permaneci en la suya,
+fingindose aquejado por un fuerte dolor de muelas. Tal fu al menos la
+noticia que lleg hasta Cecilia por conducto de Elvira, la doncella, que
+haba visto al criado de don Melchor en la plaza. Al otro da, como no
+pareciese tampoco, la familia supuso que aun segua el dolor. Nadie
+dudaba ms que Venturita y Valentina. La bordadora hua de tropezar con
+la mirada de la nia. Quiz temera avergonzarla, quiz ella misma se
+sintiese avergonzada sin saber por qu. Venturita estaba tan risuea
+como siempre. Cecilia, a quien slo se le conoca el mal humor en que
+hablaba menos, sac de su cmoda un elixir dentrfico, copi una oracin
+a Santa Polonia que le haban dado, y llamando con misterio a Elvira, le
+dijo toda ruborizada:
+
+--Elvira, quieres hacerme el favor de llevar este frasco y este papel
+al seorito Gonzalo?
+
+--Ahora mismo?
+
+--Cuando puedas... Si ahora no tienes que hacer... Quisiera que no se
+enterasen...
+
+--Descuide usted, seorita--respondi la morenita plida sonriendo con
+amabilidad;--nadie sabr una palabra. Su mam me va a mandar por
+almidn, y a la vuelta, zas! me encajo all.
+
+Al recibir Gonzalo el recado, sintise acometido de punzantes
+remordimientos. Comenz a pasear agitadamente por su cuarto. Tres o
+cuatro veces estuvo a punto de tomar el sombrero y plantarse en casa de
+Belinchn, y dejar que las cosas siguiesen como haban comenzado. Los
+sentimientos honrados, bondadosos y compasivos que en su corazn
+existan; la voz de la razn que abogaba en defensa de Cecilia; _el
+ngel_, en una palabra, que todo hombre lleva dentro de s, le incitaba
+para que lo hiciese. La imagen gentil y graciosa de Venturita, presente
+al recuerdo; el fuego de sus ojos que aun le relampagueaba por el alma;
+el dulce contacto voluptuoso de sus cabellos de oro; _el demonio_, en
+fin, le retena. Gonzalo era un hombre sano de cuerpo, de msculos
+poderosos, rico de sangre, pero muy pobre de voluntad. Los diablos temen
+ms a los temperamentos exhaustos que a los opulentos como el suyo. La
+batalla que el demonio y el ngel libraron, no dur mucho tiempo. Vino a
+decidirla, en favor del primero un billetito de Ventura que Generosa, la
+otra doncella de la casa, le trajo. Deca as: _No te impacientes. Hoy
+hablar a mam. Ten confianza en tu--Ventura._
+
+La mirada de la doncella al entregrselo, donde crey advertir a pesar
+de la sonrisa una tcita censura, le turb un poco. Despidila con larga
+propina. Al abrir despus con mano trmula la carta, percibi el perfume
+de sndalo que Venturita usaba. Ofrecise sbito a su imaginacin la
+imagen hermosa provocativa de la nia, y removi las ltimas fibras que
+en su ser aun no haban vibrado. Acercla a los labios, y embriagado y
+palpitante de deseo, la bes con frenes repetidas veces.
+
+Pobre Cecilia! Tomaba el primer pedazo de papel que le vena a la mano,
+y sin cuidarse de guardarlo entre esencias, escriba a su novio con
+lpiz la mayora de las veces. Si las mujeres supiesen la importancia
+de estos miserables pormenores!
+
+Venturita haba dado vueltas todo el da alrededor de su madre,
+esperando ocasin de hablarla sin testigos. A la hora del crepsculo,
+cuando las costureras se fueron, madre e hija quedaron al fin solas.
+Cecilia se haba retirado a su cuarto dominada por la tristeza que haba
+disimulado con trabajo durante el da. Doa Paula estaba sentada en una
+butaca con los ojos clavados en el balcn, recogiendo los ltimos rayos
+de la luz moribunda, en actitud melanclica y reflexiva, poco frecuente
+en ella. Pareca presentir el disgusto que se cerna sobre su cabeza.
+Venturita colocaba los bastidores en un rincn y los tapaba con un
+lienzo, arreglaba las sillas y arrastraba la cesta de la costura a un
+lado para que no estorbase.
+
+--Avisa que traigan luz--dijo doa Paula.
+
+--Para qu?--respondi la nia sentndose en una silla baja a su
+lado.--Ya est todo arreglado.
+
+Su madre volvi a entornar los ojos hacia el balcn y qued en la misma
+actitud melanclica. Al cabo de unos momentos de silencio, Venturita
+tom su mano y la llev con ternura a los labios. Doa Paula volvi la
+cabeza con sorpresa. Pocas veces, por no decir nunca, su hija menor le
+haba dado este beso respetuoso. Sonri con dulzura y tomndole la barba
+entre los dedos, le dijo:
+
+--Ests contenta con el vestido?
+
+--Si, mam.
+
+--Te hace un cuerpo muy bonito. En cuanto le toquen un poco en el pecho,
+quedar que ni pintado.
+
+La nia call. Alzando los ojos al cabo de un instante le dijo,
+esforzndose en dar a su voz una inflexin segura:
+
+--Dime, mam, qu opinas de la retirada de Gonzalo?
+
+--La retirada de Gonzalo!--exclam la seora volviendo con asombro la
+cabeza.--Qu quieres decir, criatura?
+
+--S, la retirada, porque a m me consta que no est enfermo. Ayer
+estuvo toda la noche jugando al billar en el caf de la Marina.
+
+--Bah, bah! Tienes ganas de reir?
+
+--No me ro, mam, hablo en serio.
+
+--Y quin te ha dicho a ti eso?
+
+--Lo s por Nieves, que se lo dijo su hermano.
+
+--Puede que le haya aliviado el dolor por la noche y saliese a
+esparcirse un poco.
+
+--Y entonces, por qu no ha venido hoy?
+
+--Porque le habr vuelto otra vez.
+
+--No lo creas, mam... Ten la seguridad de que Gonzalo no quiere a
+Cecilia.
+
+--Sabes lo que ests diciendo, necia? Hazme el favor de callarte, antes
+que me enfade.
+
+--Me callar; pero las pruebas de cario que est dando no son grandes.
+
+--Tendra que ver eso!--dijo la seora volvindose airada.--Si Gonzalo
+es mucho, Cecilia es ms... A mi hija no la desprecia ni Gonzalo ni el
+Prncipe de Asturias, sabes?... Me enterar de lo que acabas de decir,
+y si resulta cierto, ya tomar yo mis medidas.
+
+Doa Paula era de natural bondadoso y tierno, amiga de los pobres y
+generosa; pero tena la altivez irreflexiva y la susceptibilidad
+exagerada de las artesanas de Sarri.
+
+--No, mam, no se trata de eso. Quin te ha dicho que Gonzalo desprecia
+a Cecilia?
+
+--T misma. Por qu no la quiere entonces?
+
+Venturita se detuvo un instante, y respondi con firmeza:
+
+--Porque me quiere a m.
+
+--Vamos--dijo la seora sonriendo.--Ya deb comprender desde el
+principio que era todo una broma.
+
+--No es broma, es la pura verdad... Y si quieres convencerte,
+entrate...
+
+Sac al mismo tiempo del pecho una carta que llevaba a prevencin, y se
+la alarg.
+
+Doa Paula se puso en pie vivamente, y grit:
+
+--Pronto!... Una luz, pronto!
+
+Venturita tom una caja de cerillas que haba sobre el costurero, y
+encendi una.
+
+Madre e hija estaban plidas. Aqulla arrim la carta a la luz. En
+cuanto ley unos cuantos renglones, se dej caer en la butaca, y
+clavando los ojos con expresin dolorosa en su hija, le dijo:
+
+--Ventura, qu has hecho?
+
+--Yo? Nada--respondi la nia tirando al suelo la cerilla que tocaba a
+su fin.
+
+--Nada te parece, loca, impedir el matrimonio de tu hermana, engaarla
+miserablemente, dar un escndalo en la villa como nunca se habr visto?
+
+--Yo no he hecho nada de eso. El fu quien se me declar. Es pecado
+dejarse querer?
+
+--En esta ocasin, s--replic con severidad la seora.--A la primera
+seal debiste advertirme. Consentir que te hablase de otro modo que como
+una hermana, era hacer traicin a tu hermana y hacerte a ti muy poco
+favor.
+
+--Pues ya est--replic la nia en tono desdeoso.
+
+--Pues no estar--replic doa Paula con enojo y levantndose.--Qu te
+has propuesto, vamos, di?... Mejor dicho, qu os habis propuesto?
+
+--Debes suponerlo.
+
+--Casaros, verdad?--pregunt en tono sarcstico.
+
+--Qu equivocada ests!... El matrimonio de tu hermana quedar
+deshecho... Desde ahora mismo lo doy por deshecho... pero lo que es t,
+bien libre ests de casarte con Gonzalo... ni de que ste ponga siquiera
+los pies ms en casa...! En primer lugar, t eres una mocosa que
+debieras estar jugando con las muecas y recibiendo azotes... y aunque
+no lo fueras, ni tu padre ni yo podamos consentir que te casaras con un
+hombre que ha engaado miserablemente a tu hermana y nos ha engaado a
+todos... Lo menos que dira la gente es que estamos muertos por hacerle
+nuestro yerno. Que se te quite, nia!
+
+--Pues que quieras o no quieras--dijo Venturita retrocediendo de
+espalda hacia la puerta,--me casar.
+
+Doa Paula quiso castigar la insolencia; pero la nia sali
+precipitadamente, sujet la puerta, y entreabrindola despus, dijo con
+acento rabioso:
+
+--Me casar! me casar! me casar!
+
+Al da siguiente, Gonzalo recibi una carta de ella, que deca: Ayer
+habl con mam. Se ha enfadado mucho. Hoy hablar otra vez, y espero que
+ceder. Ten confianza.
+
+Y en efecto, aquella misma maana madre e hija volvan a tener habla en
+el cuarto de la ltima. Fu larga, y no sabemos lo que en ella pas.
+Doa Paula sali al cabo de una hora con los ojos enrojecidos de llorar,
+llevndose la mano al corazn, del cual padeca a menudo, en direccin a
+su cuarto, y se acost. Ventura sali en pos de ella, serena; pero
+plida. Llam a Generosa, su confidente, y le di un recado para
+Gonzalo. Este, a las nueve de la noche, se paseaba por delante de la
+casa de Belinchn. Pocos minutos despus, Venturita abra la ventana del
+escritorio, que estaba en la planta baja y tena rejas.
+
+--Ya est todo arreglado--dijo en voz de falsete luego que el joven se
+hubo acercado.
+
+--Cmo? De veras?--pregunt ste con alegra.
+
+--Oh, buen trabajo me ha costado! Estaba furiosa.
+
+--Y tu pap?
+
+--Pap an no sabe nada; pero ceder tambin... Vaya si ceder!... La
+receta no puede ser ms eficaz.
+
+--Qu receta?
+
+--La que he empleado... La cosa se haba puesto tan fea, que ya estaba
+resuelto que t no volvieras ms a casa. A m me mandaba a Tejada en
+castigo. Ni splicas ni razones valan de nada. Estaba loca de ira. Te
+llamaba infame y traidor. A m, figrate cmo me pondra!... Entonces
+no tuve ms remedio que apelar al ltimo recurso... por ms que sea un
+poco fuerte--aadi en voz ms baja y alterada.
+
+--Qu recurso?--pregunt Gonzalo con curiosidad.
+
+Venturita guard silencio algunos momentos. Al cabo respondi
+avergonzada:
+
+--Le dije... le dije que t y yo no podamos menos de casarnos ya.
+
+--Pues?
+
+--Pues... pues... adivnalo--dijo la nia con impaciencia.
+
+En efecto, Gonzalo adivin y experiment una impresin de repugnancia y
+temor. Call obstinadamente por algn tiempo. Venturita le pregunt al
+fin:
+
+--Te ha parecido mal?
+
+--S--respondi secamente.
+
+--Pues dispensa, chico... Maana le dir que todo ha sido una mentira...
+y hemos concludo.
+
+--Nada se adelanta ya. Lo que me parece mal no es el resultado, como
+debes comprender, sino que haya salido eso de ti.
+
+--Ms pierdo yo que t.
+
+--Por lo mismo lo siento!
+
+--Bien, pues dale expresiones--replic desabridamente levantndose del
+alfizar de la ventana, donde estaba sentada.
+
+Gonzalo alarg la mano por entre las rejas, y la retuvo por el vestido.
+
+--Espera.
+
+La tela cruji.
+
+--Ya me has roto el vestido, lo ves?
+
+--Si no te disparases tan pronto...
+
+Y logrando cogerla por un brazo, la oblig a sentarse.
+
+--Qu barbaridad!--exclam la nia riendo.--As deben hacerse el amor
+los osos.
+
+--Me quieres?--pregunt Gonzalo riendo tambin.
+
+--No.
+
+--S.
+
+--No.
+
+--Dame la mano de amigo.
+
+La nia le alarg su blanca y primorosa mano, y el hercleo mancebo la
+bes con pasin repetidas veces.
+
+--Hasta maana. Ya te dar noticias de lo que ocurra--dijo levantndose
+otra vez.
+
+Gonzalo se alej. A los cuatro pasos se le ocurri que las noticias
+tenan que ser referentes al modo como Cecilia reciba la de su desleal
+conducta, y su frente se arrug de nuevo con expresin dolorosa.
+
+A vueltas con esta preocupacin cruz distrado la Ra Nueva, entr en
+la plaza de la Marina, sigui caminando por el muelle y se alarg hasta
+la punta del Pen. La noche estaba serena y despejada. Las estrellas
+centelleaban en el firmamento cabrilleando en las aguas tranquilas de la
+baha. La jarcia de los buques surtos en ella se destacaba con bastante
+claridad del fondo azul obscuro. An no haba sonado el grito de
+apafogones, y se notaban en ellos algunas luces y algn movimiento.
+Los marineros, recostados sobre la obra muerta, departan antes de
+retirarse al camarote. De vez en cuando, mirando hacia un gran vapor
+ingls anclado en el medio, gritaba uno: _All right_ exagerando la
+pronunciacin: _all right_, contestaban de un patache. El grito se iba
+repitiendo en todas las goletas, pataches y quechemarines. Era la broma
+que gastaban con los ingleses que all arribaban. Pero el gran vapor se
+mantena silencioso, cabeceando flemticamente con ese desprecio tan
+profundo que nadie mejor que un hijo de Albin sabe afectar.
+
+En la punta del Pen se tropezaba con tal cual paseante que tomaba el
+poco fresco que haba. Era una de las noches ms calurosas de agosto.
+Gonzalo, atormentado por el calor y por la idea de su comprometida
+situacin, se paseaba con el sombrero en la mano. Antes de llegar al
+trmino del malecn, percibi sobre el segundo paredn una figura
+gigantesca.
+
+--All est mi to--se dijo.
+
+El viejo marino pasaba una gran parte de su existencia sobre aquel
+paredn, en ntimo coloquio con el mar, su antiguo amigo y compaero.
+Para l no tena secretos el terrible Ocano, ora durmiese tranquilo en
+su inmenso lecho de arena, ora despertase furioso escupiendo al cielo
+sus espumas. Poda dar nuevas seguras y anticipadas de sus cleras, de
+sus desmayos, de sus sonrisas, de sus ms profundas palpitaciones. El
+monstruo le abra su seno lquido, como a un confidente leal: le deca
+cunto se aburra en su prisin de granito, y qu ganas le acometan a
+veces, presenciando las infamias de los hombres, de precipitarse sobre
+la tierra, y barrer de una vez este asqueroso hormiguero. Y el buen
+caballero sola responderle, pensando en el crimen que acababa de leer:
+
+--Tienes razn, camarada; yo, en tu caso, es posible que lo hiciera.
+
+Por nada en el mundo dejara don Melchor de dar sus paseos matutinos,
+vespertinos y nocturnos por la punta del Pen. En vida de su mujer,
+cuando estaba acatarrado, vease precisado a prescindir de estas
+visitas, y era lo que ms le atormentaba. Ahora que, por desgracia, no
+tena quien le sujetase, acatarrado y todo sala.
+
+--Para los catarros, no hay nada como el aire libre del mar.
+
+Cuando de tarde en tarde se resenta del estmago, beba un par de vasos
+de salmuera, y quedaba arreglado.
+
+--No hay purga tan natural, tan eficaz e inofensiva como el agua del
+mar.
+
+En cierta ocasin adoleci de una pierna. Dos lceras le fueron
+corroyendo la carne, hasta dejar descubierto el hueso. Los mdicos, no
+slo daban por perdida la pierna, sino que teman por su vida.
+Desahuciado ya, tuvo la audacia de hacer que le llevasen a la playa y le
+baasen. A los nueve baos, las lceras estaban cerradas. Imagnese lo
+que pensara despus de esto, de la virtud curativa del mar.
+
+En cambio, tena marcada ojeriza a los ros. El aire del ro le pona
+ronco. La humedad le daba dolores de reuma. Las nieblas le sofocaban y
+le ponan asmtico. Eso de que el aire fuese en ellos encallejonado,
+le inspiraba una aversin y un desprecio indecibles.
+
+Don Melchor dorma poco. Se levantaba con estrellas, y en cuanto se
+levantaba suba al mirador, escrutaba el cielo y el mar, y despus de
+haber trazado en la cabeza un estado meteorolgico provisional del da,
+bajaba a fijarlo definitivamente a la punta del Pen. All estableca de
+una vez si el viento era _entablado_ o simple _vahajillo_, si era
+francamente _a la estrella_ o se inclinaba al cuarto cuadrante; si el
+semblante estaba _calimoso_ o _cerrado_; si la mar estaba _picada_ o _de
+leche_; cunto tiempo durara todo esto; qu viento apuntara al
+medioda; si la mar sera gruesa a la tarde o abonanzara, etc., etc. No
+podra tomar el chocolate si no hubiese hecho tales observaciones.
+
+Y, en verdad, que aunque esto parezca una mana, tngola por menos
+insensata que la de levantarse de la cama para escrutar el rostro del
+vecino, si est limpio o sucio, alegre o aborrascado, si come o si
+ayuna, si duerme o si vela, si huelga o trabaja, cunto tiempo permanece
+en casa, y qu rumbo toma cuando sale.
+
+Gonzalo subi al segundo paredn con un deseo irresistible de desahogar
+el pecho, y poner a su to al tanto de lo que ocurra. Y eso que la
+condicin brusca y severa de ste no se amoldaba muy bien a las
+confidencias amorosas. Pero la ocasin era crtica y precisa. Don
+Melchor, que con el peso de los aos sola doblar un poco el cuerpo
+hacia adelante, al ver acercarse un hombre a l, se irgui. Porque era
+empeo el que tena en que nadie advirtiese su decadencia y le diputasen
+por varn inexpugnable.
+
+--Eres t, Gonzalillo?
+
+--El mismo, to.
+
+--Milagro! A ti te gusta ms ver rodar las bolas de marfil que las
+olas.
+
+--No; hoy no he jugado al billar. Me encuentro triste, preocupado... y
+quisiera hablar con usted de un asunto serio, a ver qu me aconseja.
+
+Don Melchor le mir con sorpresa.
+
+--Un asunto serio?
+
+--S... Vamos a ver, to: usted se casara con una mujer a quien no
+quisiera?
+
+--Qu pregunta! El matrimonio a mi edad es un barreno en los fondos,
+querido.
+
+--Pero si fuese joven, se casara?...
+
+--Jams.
+
+--Pues bien, to... Yo no quiero a Cecilia.
+
+--Que no quieres a Cecilia?--exclam estupefacto el caballero.
+
+Hay que advertir que don Melchor senta un cario ciego, casi adoracin
+por la prometida de su sobrino. Para l aquella criatura era sagrada.
+Desde que Gonzalo se fij en ella y l lo supo, la hizo objeto de una
+observacin pertinaz lo mismo que si estuviese reconociendo el casco de
+un buque antes de arbolarlo. La hall buena, callada, inteligente y
+hacendosa, y sinti una intensa alegra amargada tan slo por la noticia
+de que los novios no se iran a vivir con l. Visitaba poco la casa de
+Belinchn, pero cuando tropezaba a la joven en la calle, nunca dejaba de
+pararla, mostrndose tan galante y expresivo como jams le haba visto
+nadie.
+
+--Que no la quieres?--repiti.--Y por qu no la quieres, zopenco?
+
+--No lo s. Hice esfuerzos sobrehumanos por cobrarle amor, y no lo he
+conseguido.
+
+--Y ahora te acuerdas de eso? Un mes antes de casarte? Vamos, Gonzalo,
+a ti hay que darte una carena en la cabeza.
+
+--Es una atrocidad... lo comprendo... pero yo no puedo resignarme a ser
+desgraciado toda la vida.
+
+--Desgraciado! Y llamas desgracia, grandsimo zarrampln, casarte con
+una joven tan buena y tan hermosa que no hay otra en Sarri que le
+llegue a la suela de los zapatos?
+
+Gonzalo no pudo menos de sonreir.
+
+--Cecilia es una buena muchacha, digna de casarse con un hombre mejor
+que yo... pero, hermosa, to...
+
+--Hermosa, s, hermosa, majadero!--exclam furioso el seor de las
+Cuevas.--Sers capaz de poner tachas a un ngel?
+
+El veterano estaba (aunque la afirmacin cause asombro) en la edad en
+que mejor se siente la poesa de la mujer, que es la exquisita
+sensibilidad, la resignacin, la dulzura, el sacrificio y no la efmera
+disposicin de la forma, como juzga la impetuosa y desapoderada
+juventud.
+
+--No riamos por eso.
+
+--S reiremos... No quiero que vuelvas a hablarme de Cecilia de ese
+modo... Vaya, vaya!
+
+--Bien; pues confieso que Cecilia es una chica muy linda... pero...
+
+--Pero qu?
+
+--Pero yo no puedo quererla... porque ya quiero a otra.
+
+--Qu mil diablos ests diciendo ah, muchacho!--profiri don Melchor
+sujetando por el brazo a su sobrino y sacudindole.
+
+--No puedo remediarlo, to. Estoy enamorado hasta el cogote de su
+hermana Ventura.
+
+--Ests en tu juicio o entre dos aguas, rapaz?
+
+--Hablo en serio... La quiero, y ella me quiere.
+
+--Y crees que con eso est dicho todo?--dijo el anciano cada vez ms
+irritado.--Crees que as se puede faltar a un compromiso sagrado?
+Crees que as se puede dejar a una joven expuesta a la burla de la
+poblacin? Crees que habr padres que autoricen semejante infamia?
+
+--To--respondi Gonzalo suavemente,--antes de atreverme a decirle a
+usted lo que acaba de oir, han ocurrido cosas que me obligaban a dar
+este paso. Mis relaciones con Venturita son formales. Su madre las
+conoce y las ha autorizado, y a estas horas tambin su padre debe tener
+noticia de ellas.
+
+--Y las autorizar?
+
+--Estoy seguro de ello.
+
+Don Melchor dej el brazo de su sobrino que tena cogido, y se llev la
+mano a la frente. Estuvo un rato largo sin hablar.
+
+Al cabo dijo con palabra lenta y acento melanclico:
+
+--Bien est... Yo nada puedo hacer para evitar esa vergenza... porque
+es una vergenza!--aadi con energa.--Eres mayor de edad, y aunque no
+lo fueses, en estos asuntos no intenvendra jams.
+
+--Se enfada usted?
+
+--Tampoco cabe aqu el enfadarse. Lo siento nicamente. Lo siento por
+ella, pues he llegado a cobrarla cario... y lo siento an ms por ti,
+Gonzalo. Al hombre que falta a su palabra, no puede ayudarle Dios...
+Estabas ya a bordo de un barco seguro, de porte, de madera blanca bien
+sangrada, con los fondos forrados, los rboles recios y el aparejo
+limpio y sencillo, y lo dejas para embarcarte en otro ms ligero y
+galn... Buen provecho te haga. Pero ten en cuenta, hijo, que el viaje
+es largo, la mar ancha y brava; lo que ahora es bonanza, en un instante
+se convierte en marejada de leva; el viento no siempre fresquito, y
+cuando arrecia, se pone pesado de veras. Entonces no valen primores en
+la arboladura ni pinturas en las bandas, sino madera, mucha madera. Dame
+quillas, y te dar millas. De poco vale salir empavesado del puerto si
+el casco no puede con el aparejo... Ya sabes que Cecilia me gustaba...
+Siento mucho no poder decirte lo mismo de su hermana... Esto no es
+hablar contra ella. Ni la conozco bastante, ni a m me corresponde
+hacerlo; pero puedo y debo decirte mis sentimientos, aunque no hagas
+caso de ellos...
+
+--Oh, to!...
+
+--Nada, nada, querido: cuando a un muchacho le cae sobre la cabeza un
+suestazo de stos, es menester arriar de salto las escotas y dejarle
+navegar a bolina desahogada. T ests requemado al parecer... bueno,
+pues refrscate... Pero ten en cuenta que ni llevas rumbo seguro, ni
+obras como caballero.
+
+--To!
+
+--Ms claro que yo, el agua, querido. Si has logrado vencer la
+resistencia de los padres, y si has salvado las dificultades, no
+logrars por eso hacer de lo blanco negro, no convertir una mala accin
+en buena... Pica, pica los cables y larga vela. Yo soy viejo ya, y tengo
+esperanza de no verte correr los temporales que sobre ti han de caer...
+Pero si Dios quisiera darme ese castigo, si algn da, por mis pecados,
+te viese correr a palo seco y bebiendo agua por las bordas... sentir,
+hijo mo, no tener fuerzas ya para tirarte un cabo.
+
+La voz del anciano se haba conmovido al pronunciar estas ltimas
+palabras. Gonzalo sinti apretrsele el corazn. Guardaron silencio
+obstinado un buen rato. Al cabo don Melchor dijo:
+
+--Vienes a cenar, Gonzalito?
+
+--Ahora no tengo apetito, to; all ir un poco ms tarde.
+
+--Bien, pues hasta ahora--pronunci tristemente el seor de las Cuevas.
+
+Y se alej lentamente en direccin de tierra, perdindose a poco entre
+las sombras.
+
+Gonzalo qued como estaba, de bruces sobre el pretil del paredn,
+contemplando el mar que lo bata suavemente. Las olas, despus de chocar
+en la piedra con leve y hueco estampido, retrocedan corriendo sobre las
+otras, y producan rumor semejante al de una cortina que se despliega.
+De sus espumas brotaba la claridad fosforescente acusando la presencia
+de los millones de millones de seres que all habitan, con el mismo
+sosiego que nosotros en la tierra, a pesar de su vertiginosa marcha por
+los espacios. El monstruo dorma debajo del manto obscuro de la noche,
+tranquilo y feliz como un nio, a quien no agitan tristes ensueos.
+Apenas se perciba el blando soplo de su respiracin en las concavidades
+de las peas. Hacia el Poniente alzbase la negra silueta del cabo de
+San Lorenzo que avanzaba mar adentro buen trecho, y en su extremidad un
+faro movible desparramaba a intervalos iguales sus luces, ora blancas,
+ora verdes, ora rojizas. En el firmamento brillaban las estrellas con
+fulgor extraordinario. Hasta los innumerables soles de la va lctea
+dejaban caer como nunca su blanca luz sobre la hmeda llanura. Jpiter
+relampagueaba en el cielo como el dios de la noche, rompiendo la
+obscuridad con sus hermosos rayos anaranjados..
+
+De pronto cambi la decoracin. All hacia Levante el plido semicrculo
+de la luna asom su cuerno superior sobre las aguas dormidas. Una estela
+de luz corri vivamente sobre ellas inflamndolas. El lucero divino
+recogi sus rayos con galantera, ante la luz serena de la diosa que
+empez a levantarse lenta y majestuosamente, eclipsando los diamantes de
+todos tamaos que en torno suyo lucan. Alzbase en medio de una
+atmsfera radiante y esplndida, dibujando sobre ella sus graciosos
+contornos y esparciendo por el ambiente balsmico influjo. Y el Ocano
+que dcil a l va y viene sin cesar desde el principio del mundo, se
+encendi en pura llama, tembl su vasto seno inflamado, y arroj sus
+aguas a las peas de Santa Mara como enormes capas de mercurio que al
+retirarse se sobreponan a otras y se fundan con ellas.
+
+Reinaba silencio sublime, un recogimiento de suavidad inefable en
+aquella escena tan vieja y tan nueva a la vez. La Naturaleza pareca
+suspender su curso para escuchar la eterna armona de los cielos.
+
+Las olas se acariciaban blandamente sin osar interrumpir con ruidosos
+juegos la augusta serenidad de la noche.
+
+Gonzalo, a pesar de la viva inquietud en que la conversacin con su to
+le dejara, sinti la fascinacin de aquel mar, de aquel cielo, de
+aquella luna, y su _agitacin_ se fu transformando en _tristeza_. Las
+severas palabras del viejo marino haban despertado a latigazos su
+conciencia. Renaci con ms furia que antes la lucha entre el ngel y el
+demonio. Una vez estuvo aqul a punto de vencer. El joven imagin
+presentarse al da siguiente en casa de Belinchn, hablar con doa Paula
+y rogarla que no dijese nada a Cecilia y apresurase el matrimonio. Pero
+al instante se le ofreci a la mente la imagen de Venturita, y pens que
+le sera imposible vivir al lado de ella, sin padecer horribles
+tormentos. Entonces, como acaece casi siempre en estas luchas, vino el
+perodo de las transacciones.--Nada, lo mejor--se dijo--es huir,
+marcharse otra vez a Francia o Inglaterra, y no casarse con una ni con
+otra. De este modo no hay traicin. La herida que causo a Cecilia se
+cicatrizar pronto. Hallar un marido que valga ms qu yo, y cuando
+vuelva al cabo de algunos aos, probablemente la encontrar feliz y
+rodeada de hijos...
+
+Pero... huir de Ventura! Huir de aquella imagen radiante de felicidad!
+No escuchar ms su voz que causaba en el alma delicias incomprensibles!
+No sentir el dulce contacto de su mano fresca y maciza como un botn de
+rosa! Alejarse de sus ojos brillantes y risueos y magnticos!... Oh,
+no!
+
+Senta la frente baada en sudor. Una mortal congoja le acometi
+pensando en esto, como si ya la decisin estuviese tomada, y para salir
+de ella tuvo que decirse:--Ya veremos, ya veremos... Ahora es muy
+difcil, casi imposible, volverse atrs... La madre ya lo sabe... Don
+Rosendo tambin... y Cecilia a estas horas acaso...
+
+El ngel afloj sus brazos, cansados ya, desprendi las manos y cay al
+fin rendido. Si no con los del cuerpo, Gonzalo pudo ver con los ojos del
+espritu su blanca imagen cruzar la atmsfera serena y hundirse en las
+aguas resplandecientes.
+
+Y llor acometido de extraa tristeza. Esta clase de luchas nunca se
+efectan en el alma humana sin desgarrarla por algn sitio. Para
+alcanzar la dicha necesitaba pisar el corazn de una inocente joven,
+violar un juramento, ser un traidor. Las palabras de su to vibraban an
+en sus odos:--Al hombre que falta a su palabra no puede ayudarle
+Dios. Y, en efecto, l se consideraba indigno de esta ayuda. Un
+presentimiento cruel, indefinido, de desgracia, de muerte, de tristeza,
+le atraves el pecho, y en intensa y rpida visin observ la fealdad
+de la vida sin virtud ni sosiego, como el caballero de la leyenda que,
+abrazado a una dama joven y hermosa, al oscilar la luz por la fuerza del
+viento la vea transformada en vieja, descarnada y hedionda.
+
+Las aguas batan suavemente el paredn a sus pies. Con los ojos clavados
+en ellas segua distrado su movimiento ondulante. Las algas, sujetas al
+fondo, se agitaban con el vaivn de las olas semejando la cabellera de
+un muerto. Qu bien se dormira all abajo! Qu paz en aquel fondo
+transparente! Qu mgica luz arriba! Gonzalo escuch por primera vez en
+su vida la voz elocuente de la Naturaleza que invita a reposar en su
+seno maternal, esa voz dulce de irresistible atractivo que los
+desgraciados escuchan hasta en sueos, y que les impulsa tantas veces a
+acercar el fro can de una pistola a la sien.
+
+Fu un instante no ms. Su feliz temperamento sanguneo se rebel contra
+ese llamamiento. La vida, que herva exuberante en su naturaleza de
+atleta, rechaz con indignacin aquel fugaz pensamiento de muerte. Un
+suceso insignificante, la aparicin de una lucecita verde en los
+confines del horizonte, bast para divertir su imaginacin de aquellas
+ideas tristes.--Un barco que quiere entrar--se dijo.--Qu hora ser?
+(Sac el reloj.) Las diez y media ya! Si fuese un poco ms temprano, me
+quedara. Vamos a ver si an est esa gente en el caf y quiere jugar
+unos _chaps_.
+
+Sac un magnfico cigarro habano de la petaca, lo encendi, y chupndolo
+voluptuosamente, se fu acercando, poco a poco, al caf de la Marina.
+
+Casi a la misma hora pasaba en casa de Belinchn una escena triste. Todo
+aquel da, haba estado doa Paula en su lecho, quejndose de una fuerte
+opresin en el lado izquierdo, que le dificultaba mucho el respirar. No
+le gustaba llamar al mdico, por esa antipata invencible y aun terror
+que tiene la plebe a la ciencia. En cambio acostumbraba a propinarse
+cuantos remedios absurdos le aconsejaban las muchas mujerucas que
+acudan diariamente a su casa para sacarle los cuartos con viles e
+hiperblicas adulaciones. As, que no cesaron las fricciones de sebo de
+carnero, las tazas de hortelana, la enjundia de gallina, etc., etc. Por
+fin, a despecho de esta formidable teraputica, la buena seora mejor
+bastante al obscurecer: hasta quiso levantarse; pero se lo impidieron
+Cecilia y Pablito. Uno y otra la haban acompaado largos ratos sentados
+a la cabecera de la cama. En particular Cecilia apenas se separ ms
+instantes que los necesarios para preparar las unturas y tisanas.
+Pablito haca frecuentes, excursiones a los corredores, donde, por rara
+casualidad, tropezaba casi siempre a Nieves y la haca pagar derechos de
+peaje. A veces, sus carcajadas reprimidas llegaban hasta el cuarto de la
+enferma, y sta sonrea con benevolencia diciendo a Cecilia:
+
+--Qu locos!
+
+Sin ocurrrsele, por supuesto, que su adorado hijo pudiera hacer otra
+cosa que jugar al escondite.
+
+Segn iba quedando libre y desembarazado su pecho, cargbasele la cabeza
+con el cuidado de comunicar a su hija aquella tan triste noticia que la
+haba puesto en cama. No haca ms que dirigirle largas y melanclicas
+miradas, suspirando al mismo tiempo con seales de dolor. Varias veces
+haba dicho:
+
+--Cecilia, oye.
+
+Y otras tantas, arrepentida, la haba ordenado cualquier menudencia.
+
+Haba cerrado la noche. Venturita encendi la lmpara veladora, y
+despus se fu. Pablo, viendo a su madre mejor, y no teniendo ya ocasin
+de ejercer sus derechos seoriales en los pasillos de la casa, fu a dar
+una vuelta por el caf. Quedaron madre e hija en la alcoba; la primera
+en la cama, tranquila ya; la segunda, sentada cerca de ella. Despus de
+rato largo de silencio, durante el cual la seora de Belinchn di mil
+vueltas en su cabeza para hallar una entrada que la llevase naturalmente
+a la confidencia que estaba obligada a hacer.
+
+--Han cosido hoy mucho las chicas?--pregunt.
+
+--No s... Apenas he ido por all--respondi Cecilia.
+
+--Me figuro que, si seguimos trabajando tanto, vamos a concluir
+demasiado pronto.
+
+--Puede ser.
+
+Doa Paula no supo cmo proseguir, y guard silencio.
+
+Al cabo de algunos minutos cogi el hilo de nuevo.
+
+--En todo este mes de agosto quedar terminado el equipo... Y yo creo
+que tardaris an algunos meses en casaros.
+
+--Algunos meses?...
+
+--Me parece... Creo que Gonzalo no desea que la ceremonia sea tan
+pronto--dijo la seora con voz temblorosa.
+
+--Te lo ha dicho l?
+
+--S; me lo ha dicho... Digo, no, decrmelo, no... pero lo he adivinado
+por ciertas cosas... por algunas palabras indirectas....
+
+Doa Paula estaba aturdida y sofocada. Afortunadamente, Cecilia no poda
+observar bien el color encendido de sus mejillas.
+
+--Deseara saber qu palabras fueron sas--manifest la joven con
+firmeza.
+
+--No me lo preguntes, hija de mi alma!--exclam la seora rompiendo a
+sollozar.
+
+Cecilia se puso fuertemente plida, y dej que su madre le besase con
+efusin la mano que tena entre las suyas.
+
+Repuesta del susto, pregunt:
+
+--Qu ha pasado, mam?... Habla.
+
+--Una cosa horrible, alma ma... Una infamia!... Quisiera morirme en
+este momento, para no ver la ruindad, la maldad que se hace con una hija
+ma.
+
+--Tranquilzate, mam. Ests enferma, y puede hacerte mucho dao esta
+emocin.
+
+--Qu importa! Te digo que quisiera morirme... Dara con gusto la vida
+por que no quisieras a Gonzalo... Le quieres, corazn mo, le quieres
+mucho?
+
+Cecilia no contest.
+
+--Dime, por Dios, que no le quieres!
+
+Cecilia sigui callada. Al cabo de algunos instantes dijo, esforzndose
+en vano por dar una inflexin segura a la voz:
+
+--Gonzalo renuncia a casarse conmigo, verdad?
+
+A su vez doa Paula guard silencio y ocult su rostro lloroso entre las
+manos.
+
+Transcurrieron algunos instantes.
+
+--Tiene alguna queja de m?
+
+--Qu ha de tener! Quin podr tener queja de ti, mi cordera?
+
+--Entonces, si es que ya no le gusto o no me quiere, qu vamos a
+hacer?... Ms vale que me desengae a tiempo.
+
+--Oh!--grit doa Paula rompiendo de nuevo a sollozar. Bajo la aparente
+resignacin de su hija adivinaba un dolor profundo, que haca esfuerzos
+por ocultarse.
+
+--Qu le vamos a hacer, mam! No vale ms que me lo diga ahora que
+despus de casados? No comprendes la vida de tormentos que pasara
+unido a una mujer a quien no quisiera?... La pena que puede causarme en
+este momento, por grande que sea, no puede compararse a la que tendra
+al saber que mi marido no me amaba. La pena entonces sera cada vez
+mayor hasta la muerte, mientras que ahora puede desaparecer o por lo
+menos calmarse... Acaso despus que l se vaya, no vindole en mucho
+tiempo le ir olvidando poco a poco...
+
+--Es... que no se va--profiri confusamente la seora.
+
+--Si no se va, paciencia... Procurar no salir de casa, y as no le
+ver.
+
+--Es que... hija de mi alma, tu desgracia es an mucho mayor!...
+Gonzalo est enamorado de tu hermana.
+
+Cecilia se puso an ms plida, hasta dar en lvida, y guard silencio.
+
+Su madre le volvi a besar la mano con efusin. Despus la trajo hacia
+s y le cubri de besos el rostro.
+
+--Perdname que te est martirizando de este modo... Por mucho que t
+sufras, aun sufro yo ms... Ayer por la tarde, tu hermana me lo vino a
+decir,.. Figrate el susto y el dolor que habr recibido... Mi primer
+impulso fu ahogarla, porque es imposible que ella no tenga la mayor
+parte de la culpa... Me di pruebas de que estaban ya hace tiempo en
+relaciones, me ense cartas... Luego, la falta de Gonzalo en estos
+das, lo haca todo creble. En cuanto estuve convencida de la traicin,
+le dije lo que vena al caso, esto es, que yo no poda consentir que
+nadie hiciese burla de una hija ma, y que Gonzalo no pondra ms los
+pies en esta casa en toda su vida; que tan villano y tan infame era l
+como ella... Todo lo que se me vino a la boca. Pero esta maana... esta
+maana supe una cosa ms horrible todava... Supe que tu hermana ha
+llegado donde no puedo ni quiero decirte. No hay ms remedio que
+casarlos, y cuanto ms pronto... Ya sabes por qu me ha dado esta
+opresin que por poco me mata, y ms valiera que as fuese!... Lo mismo
+tu padre que yo estamos cogidos, tenemos los brazos atados. Si no fuese
+as, antes que consentir en ese matrimonio, me haran primero pedazos...
+La infamia que contigo ha usado ese hombre, me lo hace aborrecible ya
+para toda la vida... S, s, para toda la vida!--aadi con acento
+iracundo.
+
+Cecilia no respondi. Cruzadas las manos sobre el regazo, y la cabeza
+inclinada sobre el pecho, miraba al suelo con ojos atnitos. Ni el
+discurso entrecortado y vehemente de su madre, ni los sollozos que le
+siguieron, lograron hacerla variar de actitud. As permaneci un buen
+rato, inmvil y blanca como una estatua.
+
+En aquellos grandes ojos extticos, tembl al fin una lgrima, creci,
+vacil... desprendise rodando, dejando hmedo surco sobre sus mejillas
+marchitas, y cay como una gota de fuego sobre su mano, que se dej
+quemar sin moverse. Poco despus, se haba evaporado. Un ngel la
+recogi y la llev a Dios para que pidiese cuenta de ella a quien
+correspondiese.
+
+
+
+
+X
+
+DE LA GLORIOSA APARICIN DE EL FARO DE SARRIӻ EN EL ESTADIO DE LA
+PRENSA.--PRIMEROS FUEGOS DE LA BATALLA DEL PENSAMIENTO.
+
+
+Una nueva y clara luz amaneca sobre Sarri, despus de tantas
+tinieblas. Por la merced y gracia singular de Dios, hallse la hermosa
+villa provista, cuando menos lo pensaba, de un rgano en la prensa,
+siquiera fuese semanal o hebdomadario, segn deca su ilustre
+fundador. Graves obstculos, escollos peligrosos se oponan a la
+realizacin de la empresa. Todos supo vencerlos y evitarlos la
+perseverancia y el genio del hombre extraordinario que la tomara a su
+cargo. La primer dificultad vencida fu la del dinero. Se crearon
+cincuenta acciones de mil reales cada una, para el sostenimiento del
+peridico, de las cuales los amigos de don Rosendo slo tomaron nueve;
+don Rudesindo cinco, don Feliciano dos y don Pedro Miranda, a pesar de
+su cuantiosa renta, otras dos nada ms. En cuanto a los otros, Alvaro
+Pea, don Rufo, Navarro, etc., se disculparon con su falta de recursos,
+y no les faltaba razn. Adems, ponan en el negocio su inteligencia,
+que es lo principal. Quedse con las cuarenta y una restantes, don
+Rosendo. Grandeza singular de nimo que caus excelente impresin en
+todos.
+
+Despachronse emisarios a Lancia en busca de imprenta. No habiendo dado
+resultado sus gestiones, el mismo fundador se traslad a la ciudad. Al
+cabo de algunos das tuvo la fortuna de descubrir a un impresor
+arruinado haca algunos aos, cuyos trculos rotos y enmohecidos no
+haba querido comprar nadie y yacan cubiertos de polvo en un obscuro
+stano. Cuando don Rosendo fu a examinarlos en compaa de su dueo, no
+pudo menos de sentir respetuosa emocin. Un raudal de graves y profundas
+reflexiones se desprendi acto continuo de su mente al
+contemplarlos:--He aqu--se dijo--los instrumentos ms poderosos del
+progreso humano en vergonzosa holganza, no por culpa suya, sino por el
+abandono de los hombres. Cunta ilustracin, cunto pan espiritual
+pudieron esparcir en los aos que llevan arrinconados y silenciosos!
+Mientras la barbarie y la ignorancia imperan en la mayor parte de
+nuestras comarcas, ellos, que son los nicos que tienen fuerza para
+desterrarlas, permanecan aqu inmviles, faltos de una mano que los
+empuje y arranque de sus entraas los secretos de la ciencia y la
+poltica.
+
+Poco falt para que los besara y abrazara tiernamente. El impresor,
+hallndole en tan benvola disposicin de nimo respecto de ellos, no
+quiso ser menos, y se declar enamorado hasta los huesos de sus
+instrumentos. Por ningn dinero consentira en desprenderse de aquellos
+antiguos compaeros que le haban ayudado a ganarse el pan (y el vino
+tambin, segn lo que se deca por el pueblo). Cant sus excelencias con
+tal fuego y entusiasmo, como si fueran sus padres y sus hermanos y a
+ellos debiera el soplo de vida que le animaba, e hizo adems la
+importante declaracin de que impriman, si no tan pronto, mejor y mas
+limpio que todas las prensas conocidas hasta el da. De acuerdo con
+estos extremos, don Rosendo se esforz, no obstante, en convencerle de
+que deba enajenarlos siquiera por que no se perdiesen sus notabilsimas
+cualidades. Pero cuanto ms elocuente se mostraba el negociante, ms
+tierno y encariado apareca el impresor. Por ltimo, se convino en que
+ste no se desprendiese de aquellas prendas, tan caras a su corazn, ya
+que no tena valor para llevarlo a cabo, y se trasladase con ellas a
+Sarri, donde se estableceran definitivamente. Llevara consigo algunos
+cajistas que pudiesen ensear a otros jvenes de la villa, y todos los
+enseres necesarios para montar la imprenta. Folgueras, que as se
+llamaba el impresor arruinado, quedaba como dueo y regente de ella.
+Cobrara por la tirada del nuevo peridico un tanto, mayor dos veces,
+segn nuestros clculos, a lo que cobran en las mejores imprentas de
+Madrid. No era mucho si se tiene en cuenta el mrito de los trculos y
+el acendrado amor que les profesaba.
+
+El ttulo fu uno de los puntos en que mejor se mostr el gallardo
+ingenio e invencin de don Rosendo. Intitullo _El Faro de Sarri_,
+nombre altamente expresivo y sonoro, y de alcance singular, por cuanto
+no otra cosa se propona su fundador que esclarecer a su pueblo y darle
+esplendor. Secretamente encarg a Madrid un grabado para la cabeza del
+peridico. Al llegar pocos das despus, caus espasmos de alegra,
+tanto entre los accionistas como entre todos los que tuvieron la fortuna
+de verle. Representaba un puerto de mar, Sarri al parecer, en las altas
+horas de la noche, a juzgar por las negras tintas del cielo y el mar. A
+la izquierda se elevaba una altsima montaa ideal que lo dominaba
+enteramente, y sobre ella se vea un caballero que guardaba cierto
+parecido lejano con don Rosendo, dirigiendo los fuegos de una inmensa
+linterna sobre la villa. Cerca de l percibanse las cabezas de otros
+cuantos personajes. Los accionistas creyeron de buena fe que eran sus
+efigies, y quedaron vivamente agradecidos al dibujante.
+
+Fu designado como local para la imprenta un almacn de don Rudesindo,
+pagndole la renta, por supuesto. A la redaccin se destin en el mismo
+local un compartimiento, para lo cual hubo que ejecutar algunas obras.
+Montse al fin la imprenta, no sin muchos e impensados gastos.
+Folgueras, que deca estar provisto de todo lo necesario, no tena nada,
+y fu preciso encargar a Madrid fundiciones y piezas que faltaban a la
+prensa, construir galerines, comprar mesas, etc., etc. Al fin todo qued
+arreglado. Don Rosendo trabajaba, como un negro, ocupndose hasta en los
+ms nfimos pormenores. Su talento organizador se revel en esta ocasin
+mejor que nunca. Se nombr redactor en jefe a Sinforoso Surez, con un
+sueldo de veinticinco duros mensuales, y administrador al hijo primero
+de don Rufo.
+
+Faltaba el papel. Se haba telegrafiado a Madrid pidiendo una remesa, y
+no acababa de llegar. La impaciencia de Belinchn era grande. Telegramas
+iban y venan por los alambres elctricos. Unas, veces se deca que
+estaba detenido en Lancia: telegrama a Lancia reclamndolo. Otras, que
+no haba pasado de Valladolid: telegrama a Valladolid. Otras, que no
+haba salido de Madrid: telegrama a Madrid. Don Rosendo jur en esta
+ocasin que no encargara ms papel a Madrid, y s lo hara traer de
+Blgica. Mas lo que fu motivo de disgusto trocse en placer intenso,
+como sucede siempre, cuando al cabo se les particip que unos cuantos
+fardos haban llegado a Lancia, y que all esperaban el carro que haba
+de traerlos a su destino. Como el peridico estaba ya compuesto haca
+das, procedise inmediatamente a la tirada, que haba de ser cuantiosa.
+Don Rosendo pretenda esparcirlo profusamente por la provincia, enviarlo
+a todas las de Espaa, y hasta darlo a conocer en las naciones
+extranjeras. Tanto aqul como sus socios asistieron con inters al acto
+de funcionar la mquina. No se cansaron de admirar su complicado rodaje,
+la singular precisin de sus movimientos, y la pasmosa velocidad con que
+imprima el peridico, pues no bajaban de doscientos los ejemplares que
+dejaba enteramente concludos en una hora. Su ilustre fundador, no
+pudiendo reprimir el fuego periodstico que le devoraba, se despoj a
+presencia de todos de la levita, y se puso a dar con energa al manubrio
+de la rueda-volante, hasta que el sudor brot en abundancia de su
+despejada frente. Ejemplo sealado de entusiasmo y amor a la
+civilizacin que nos complacemos en referir para enseanza de las nuevas
+generaciones.
+
+Sali al fin _El Faro de Sarri_ en gran tamao, porque su fundador no
+quera que se escatimase papel, y bastante bien impreso. La nico que
+apareci borroso fu el grabado de la cabecera, hasta el punto de que la
+mayora del pblico qued convencido de que en el individuo que tena la
+linterna en la mano, se quera representar un negro en vez de la
+respetable persona que ya hemos indicado. Contena un artculo de fondo
+impreso en letra grande del doce, titulado _Nuestros propsitos_. Aunque
+estaba firmado por La Redaccin, era debido nicamente a la pluma de don
+Rosendo. Los propsitos del _Faro_ al aparecer en el estadio de la
+prensa, eran principalmente defender, alta la adarga y calada la
+visera, los intereses morales y materiales de Sarri, combatir la
+ignorancia en todas sus manifestaciones y en las batallas ardientes de
+la prensa, luchar sin descanso por el triunfo de las reformas que el
+progreso de los tiempos exiga. La redaccin del _Faro_ crea que haba
+sonado la hora de romper definitivamente con las doctrinas del pasado.
+Sarri deseaba con afn emanciparse de la rutina y de las ideas
+mezquinas, romper los moldes estrechos en que yaca aprisionado y
+entrar de lleno en el dominio de su propia conciencia y de sus
+derechos. Hacemos votos--deca el articulista--por que la aparicin de
+nuestro peridico coincida con un perodo de actividad moral y material,
+y podamos asistir a una de esas transformaciones sociales que forman
+poca en los anales de los pueblos. Si nuestra voz consiguiese despertar
+a la villa de Sarri de su largo sueo y estancamiento, y logrsemos ver
+lucir pronto la alborada de una era de labor y de estudio propia del
+movimiento reformista que aspiramos a iniciar, se ser el mejor
+galardn que recibirn nuestros esfuerzos y sacrificios.
+
+El lenguaje no poda ser ms noble y patritico. Y, como siempre, la
+modestia corra a las parejas con la autoridad y la elocuencia.
+
+No abrigamos la pretensin--deca--de ser los caudillos en esta gran
+batalla del pensamiento que no tardar en iniciarse dentro del recinto
+de Sarri. Slo aspiramos a luchar como obscuros soldados, y que se nos
+conceda un puesto en la vanguardia. All pelearemos como buenos; y si al
+fin caemos vencidos, lo haremos envueltos en la sagrada bandera del
+progreso.
+
+Esta alegora militar, caus excelente impresin entre los vecinos, y
+contribuy no poco a la entusiasta acogida que el peridico obtuvo.
+Finalmente, el artculo era tan elegante en las palabras, tan lleno de
+graves sentencias, el estilo tan concertado, que el pblico no tuvo a
+quin atriburselo dignamente, sino a su glorioso director.
+
+Y as era la verdad.
+
+Insertaba despus el peridico un largo artculo de Sinforoso, sobre la
+mujer. Eran dos columnas cerradas de prosa potica, engalanada con todas
+las flores de la retrica, en que se cantaba la dulce influencia de esta
+mitad del gnero humano. Aseguraba en trminos calurosos, que la
+civilizacin no existe sino en el matrimonio. El amor conyugal es su
+nica base. Todo es santo, todo es hermoso, todo es feliz en el lazo
+ntimo que une a dos jvenes esposos. Esta invitacin al matrimonio,
+aunque dirigida al bello sexo en general, iba en particular, segn la
+opinin pblica, a cierta bella estanquera de la calle de Caborana, cuya
+amor pretenda Sinforoso haca algunos aos sin resultado. El pblico
+crea tambin que la joven concluira por aceptarla, tanto por los
+trminos poticos en que iba expuesta, como por los quinientos reales
+mensuales que haba comenzado a devengar el invitador.
+
+Vena despus otro del maestro de la villa, don Jernimo de la Fuente,
+que era una seria y violenta impugnacin de las tres famosas leyes de
+Kepler sobre la mecnica celeste.
+
+Gracias al anteojo que tena en el balcn de su casa, don Jernimo haba
+hecho una serie de prodigiosos descubrimientos, que daban al traste con
+todos los conocimientos existentes en astronoma. No es maravilla que
+el dignsimo profesor de primeras letras, posedo de legtimo orgullo,
+exclamase al final de su artculo: Bajen, pues, del pedestal en que la
+ignorancia de los hombres los ha colocado esos colosos, portaestandartes
+de una falsa ciencia: Kepler, Newton, Laplace, Galileo. Todos sus
+clculos se han deshecho como el humo, y sus magnficos sistemas son
+hojas secas que, desprendidas del rbol de la ciencia, no tardarn en
+pudrirse!
+
+Insertbanse tambin unos versos de Periquito, el hijo de don Pedro
+Miranda, en que le deca a cierta misteriosa G., que l era un gusano;
+ella una estrella; l una rama; el rbol ella; ella una rosa; la
+oruga l; ella una luz; l una sombra; ella la nieve; el fango l,
+etc., etc.
+
+Haba motivos para sospechar que aquella G... era cierta Gumersinda,
+esposa de un comerciante de harinas, mujer notable por la abundancia de
+carnes, que la hacan caminar con dificultad. Periquito amaba a las
+casadas y a las gordas. Cuando estas dos preciosas cualidades se reunan
+dichosamente en un ser, su pasin no tena lmites. Y tal era el caso
+presente. No hay que pensar, sin embargo, que nuestro joven era un
+animal daino. Los maridos podan dormir tranquilos en Sarri. Periquito
+pasaba la vida enamorado, cundo de una, cundo de otra seora, pero sin
+acercarse jams ni osar siquiera enviarle un billete amoroso. Tales
+procedimientos no entraban en su mtodo, el cual consista
+principalmente en fascinarlas por la mirada. Para esto, dondequiera que
+topaba con ellas, fuese en la iglesia o en el teatro, procuraba, lo
+primero, colocarse a conveniente distancia. Una voz tomada la posicin,
+diriga en lnea recta los efluvios magnticos de sus ojos hacia el
+sujeto pasivo del experimento, que de vez en cuando levantaba hacia l
+los suyos con expresin de asombro. Muchas veces las honradas esposas,
+no considerndose dignas de tan singular adoracin, se miraban a todas
+partes, y preguntaban a los que estaban a su lado si por casualidad
+tenan algn tizne en la cara, o llevaban enredado en el pelo cualquier
+hilacho. Periquito era incansable, y tomaba estos asuntos con la
+seriedad que merecan. A veces acaeca pasarse una hora y ms sin
+apartar un punto la vista del sitio. Y a veces acaeca tambin que,
+transcurrida esta hora, cuando ya pensaba el enamorado mancebo que su
+alma se haba filtrado por los poros de la obesa dama, y se apoderaba de
+todas sus facultades y sentidos, deca sta por lo bajo a sus
+compaeras:
+
+--Jess, este mico de don Pedro, qu mirn es!
+
+Cun ajeno estaba el poeta de que la estrella de sus sueos le haca
+descender de un modo tan odioso en la escala zoolgica!
+
+_El Faro de Sarri_ fu para nuestro amartelado joven un medio admirable
+de dar forma a las vagas fantasas, inquietudes, ardores y tristezas que
+a la continua lo agitaban, y declararse sucesivamente con acrsticos
+misteriosos e iniciales a todas las beldades ms o menos macizas que
+ostentaban sus amables curvas por las calles de la floreciente villa.
+
+Venan por fin las gacetillas con su correspondiente ttulo cada una,
+donde brillaba el ingenio, tanto de Sinforoso, como de todos los que
+colaboraban en _El Faro_. Una se titulaba: _A pasear, sarrienses_. El
+gacetillero afirmaba en ella, con estilo sencillo y elegante, que el
+tiempo estaba delicioso, y que nada mejor podan hacer los habitantes de
+Sarri en las horas de la tarde, que dar un paseo por las amenas y
+frondosas cercanas de la poblacin. Otra: _Seor Alcalde, por Dios!_
+Se excitaba a don Roque para que obligase a poner canalones en algunas
+casas.
+
+Posteriormente, esta seccin dej el ttulo de _Gacetilla_ que llevaba
+por el de _Novelas a la mano_, que le puso don Rosendo a imitacin de
+las clebres _Nouvelles a la main_ del _Fgaro_.
+
+Cerraba el peridico una charada en verso, que, si no recordarnos mal,
+era la palabra _avellana_.
+
+El folletn estaba a cargo de don Rufo, que haca ao y medio que
+estudiaba el francs sin maestro, por el mtodo Ollendorf. Se resolvi
+a traducir, para el peridico, _Los misterios de Pars_, obra en seis
+tomos. Excusado es decir que _El Faro de Sarri_, a pesar de vivir
+algunos aos, nunca pudo llegar al tomo tercero. Don Rufo era un
+traductor notable. Si algn defecto poda ponrsele, era el de ajustarse
+demasiadamente al original. Un da se aventur a decir que la condesa
+_haba echado mano al botn de su secretario_. Esta declaracin levant
+tan gran polvareda entre la gente ignorante, que don Rufo, justamente
+irritado, dej la traduccin del folletn. Se le encomend a un piloto
+que haba hecho muchos aos la carrera de Bayona.
+
+El xito del nmero primero, como era de esperar, fu prodigioso. El
+artculo de Sinforoso, la sabia disertacin de don Jernimo de la
+Fuente, las gacetillas y hasta los versos de Periquito, todo fu ledo y
+justamente celebrado. Pero lo que preferentemente llam la atencin de
+las personas serias y caus en ellas honda impresin, fu el artculo de
+don Rosendo _Nuestros propsitos_. Aquel lenguaje periodstico tan
+animado y fogoso, aquellos tan nobles pensamientos, el entusiasmo por
+los intereses de Sarri, la franqueza y la modestia que en l
+resplandecan, llen de jbilo los corazones y les hizo presentir una
+era de prosperidad y bienandanza. Por la noche, la orquesta, dirigida
+por el seor Anselmo con su gran llave lustrosa, di serenata a la
+redaccin. Iluminse la fachada de la imprenta con farolillos
+venecianos. Las bellas y regocijadas artesanas de Sarri, cogieron, como
+siempre, la ocasin por los pelos para bailar habaneras y mazurcas sobre
+los duros guijarros de la calle. Los dignos individuos que con la lengua
+de metal rendan tributo de admiracin y entusiasmo a los redactores del
+_Faro_, fueron obsequiados por stos con vino de Rueda y cigarros. La
+alegra rebosaba de todos los pechos y se desbordaba en abrazos tan
+fuertes como espontneos. Don Rosendo abrazaba a Navarro, Alvaro Pea a
+don Rudesindo, don Rufo a Sinforoso, y don Pedro Miranda al impresor
+Folgueras. Los msicos se abrazaban entre s, y todos y cada uno a su
+peritsimo director el seor Anselmo. Fuera de la imprenta, y para
+conmemorar tambin aquel da glorioso, Pablito abrazaba a la blonda
+Nieves, aprovechando la obscuridad de un portal; y varios otros
+mancebos, siguiendo su ejemplo, distribuan igualmente abrazos
+conmemorativos entre las alegres mozas aborgenes.
+
+Lo nico que turb por un instante aquel general contento, fu la
+singular tristeza que se apoder de Folgueras en cuanto tuvo algunos
+litros de vino en el cuerpo. El recuerdo de Lancia, su pueblo natal, se
+le ofreci sbito al espritu, dejndole en un estado de tribulacin
+difcil de explicar. En el momento en que la algazara y contento
+alcanzaban su grado mximo, llam aparte a don Rosendo y con lgrimas en
+los ojos, le manifest que la vida fuera de su patria adorada era para
+l un fardo insoportable. La muerte, antes que perder de vista la
+humilde casa que alberg su cuna, y las calles que tantas veces
+recorrieron sus pies infantiles. Aquella misma semana, si Dios quera,
+contaba dejar a Sarri y trasladarse de nuevo con sus brtulos a Lancia.
+
+Al recibir de sopetn esta noticia don Rosendo se puso plido.
+
+--Pero, hombre de Dios, y el nmero prximo del _Faro_?
+
+--Don Rosendo, bien puede dispensarme... Usted es un caballero... Un
+caballero sabe apreciar los sentimientos de otro caballero... La patria
+antes que todo... Guzmn el Bueno arroj el pual por encima de la
+muralla para matar a su hijo... Demasiado lo sabe usted. Eh?... Qu
+hay de eso?... Riego muri en un cadalso. Eh?... Qu hay de eso? Si yo
+fuera de la Inclusa o no tuviese cario a la camisa que traigo puesta,
+no necesitaba decirme nada. Toda la vida me tendra usted como un perro
+dndole a la rueda... Pero los sentimientos ahogan al hombre... El
+hombre vive, el hombre trabaja, el hombre tiene algunas veces un rato de
+expansin... Y porque beba un vaso, o dos... o tres! ha de olvidar la
+patria?.... Eh? Qu hay de eso?
+
+Don Rosendo llam a don Rudesindo en su auxilio. Entro los dos trataron
+de disuadirle con poderosas razones. La ms poderosa de todas fu una
+nueva botella de vino de Rueda. Despus de haberla introducido en el
+cuerpo, los sentimientos patriticos de Folgueras se debilitaron
+visiblemente. Acto continuo pidi otra botella, la bebi, vomit, y se
+durmi.
+
+Pensamientos de gloria, vagos deseos de inmortalidad agitaron la mente
+del ilustre fundador de _El Faro de Sarri_ al tiempo de meterse en la
+cama. Despus de apagar la luz, aun continuaron turbndole, hasta que a
+fuerza de dar vueltas lograron cuajarse o adquirir forma. Don Rosendo
+pens con emocin en la posibilidad de que a su muerte la villa,
+agradecida perpetuase su memoria colocando una lpida con su nombre en
+las Casas Consistoriales. _Homenaje de gratitud de la villa de Sarri a
+su esclarecido hijo don Rosendo Belinchn, infatigable campen de sus
+adelantos morales y materiales._ No era fcil conciliar el sueo rodeado
+de estas brillantes imgenes. Sin embargo, al cabo se durmi con la
+sonrisa en los labios. Un ngel progresista que el Eterno tiene
+aparejado para estos casos, bati las alas toda la noche sobre su
+frente, inspirndole ensueos felices.
+
+A la maana siguiente se encontr en la mejor disposicin de espritu en
+que hombre alguno puede hallarse despus de coronados sus esfuerzos por
+un xito lisonjero. Vistise canturreando trozos de zarzuela. Tom
+chocolate con la familia, di un vistazo a los peridicos nacionales y
+extranjeros, y sin tallar el paquete de palillos acostumbrado, lanzse a
+la calle a cerciorarse del efecto real que el primer nmero del Faro
+haba producido. En la tienda de Graells le recibieron con regocijo, le
+felicitaron por su artculo (que l modestamente no quera atribuirse) y
+hablaron largo y tendido del peridico. Lo que ms excitaba el
+entusiasmo de los buenos tertulianos, era la consoladora consideracin
+de que Nieva aun no haba llegado ni llegara en mucho tiempo a tal
+grado de perfeccionamiento. Y don Rosendo, un poco recalentado por los
+elogios, prometi emprender campaas activas en favor de todo lo que se
+le demandaba. Uno peda que se hablara del barranco de la calle de
+Atrs, otro peda que se colocase un farol cerca de su casa, otro que se
+le tirasen algunas pildoras al rematante de las bebidas, otro que los
+serenos no cantasen la hora porque esto le turbaba el sueo, etc. Don
+Rosendo asenta, frunca las cejas, extenda la mano abierta en signo de
+proteccin. El, peridico lo arreglara todo. Ay del que se rebelara
+contra las reclamaciones de la prensa!
+
+En el estanquillo de doa Rafaela, de la calle de San Florencio, donde
+se reunan algunas honradas matronas de la vecindad con las cuales
+gustaba conversar algn rato, entregado a los palillos, tambin le
+hablaron del _Faro_. All se fijaban preferentemente en el folletn. Don
+Rosendo anunci que el del nmero prximo era mucho ms interesante, y
+se fu. En un corro de marinos que haba en el muelle le felicitaron con
+rudo entusiasmo y le insinuaron la idea de que la drsena estaba muy
+sucia y era menester dragarla. Se dragara: vaya si se dragara! Don
+Rosendo se alej gravemente posedo de su omnipotencia. Y al ver rodar a
+lo lejos las olas grandes y encrespadas, se pregunt si no sera
+oportuno dirigirles una excitacin por medio de la prensa para que
+moderasen su impertinente agitacin.
+
+Como se llegase ya la hora de comer, di la vuelta hacia casa meditando
+en la grave responsabilidad en que incurrira ante Dios y los hombres
+si, teniendo en sus manos aquel poder soberano, no lo emplease en la
+prosperidad y engrandecimiento de su pueblo natal. Al llegar a la Ra
+Nueva, se encontr en la acera con Gabino Maza. El bilioso ex oficial le
+salud muy finamente, le pregunt por toda su familia, y se fu
+enterando con amabilidad de la salud de cada uno de sus miembros.
+Despus le habl del tiempo, de la posibilidad de que aquel nordeste
+vivo se trocase pronto en vendaval cerrado, y no pudiesen salir los
+barcos de la carrera de Amrica; se quej en seguida del polvo que
+haba en los caminos, lo cual le impeda pasear; se enter del precio
+del bacalao y de las noticias que haba de la pesca en Terranova. Don
+Rosendo esperaba, como era natural, que le hablase del peridico. Nada:
+Maza no hizo la menor alusin a l. Esto comenz a desconcertarle y a
+hacer violenta su situacin. La conversacin giraba de un punto a otro
+sin tocar en nada que se relacionase con la prensa. Al fin don Rosendo,
+algo acortado y enseando toda la pasta de sus dientes, le dijo:
+
+--No ha recibido usted _El Faro_? Se lo he enviado de los primeros.
+
+--Phs... creo que ayer lo han trado a casa; pero an no lo he
+abierto--respondi Maza con afectada indiferencia.--Vaya, don Rosendo,
+gusta usted de comer conmigo?...-Pues hasta la vista.
+
+Don Rosendo qued un instante clavado al suelo como si le echasen un
+jarro de agua fra. La sangre se agolp con furia a su rostro, y
+emprendi de nuevo la marcha, vacilante, hacia casa. Como estaba tan
+desprevenido, aquel desprecio fu una pualada que le lleg a lo ms
+vivo. Despus que ces el aturdimiento, le acometi una ira inconcebible
+contra aquel... (no se contentaba con llamarle menos de malvado y
+miserable). Lleg a casa en un estado de agitacin deplorable. Aunque se
+sent a la mesa, haciendo esfuerzos por calmarse, el estmago,
+repentinamente turbado, no quera admitir los alimentos. Estuvo
+taciturno y silencioso durante la comida. De vez en cuando sus labios se
+contraan con sonrisa sarcstica y murmuraba un villano!
+
+--Qu tienes, Rosendo?--se atrevi al fin a preguntarle su esposa, que
+ya estaba inquieta.
+
+--Nada, Paulina; que la envidia produce grandes estragos en el mundo--se
+limit a contestar con amargura.
+
+Una vez vertida esta profunda sentencia, qued en un estado de relativo
+reposo. Se tendi en una butaca a pensar, y transcurrida media hora
+sali de casa otra vez en direccin al Saloncillo. Al entrar en el caf
+oy la voz de Gabino Maza que gritaba como siempre all arriba. Se le
+figur percibir desde la escalera que hablaba del peridico y que lo
+calificaba de solemne payasada. El corazn le di un vuelco y entr en
+la sala agitado y triste. Al verle Maza, que gesticulaba en medio de un
+grupo, se call, psose el sombrero con ademn hosco y fu a sentarse en
+el divn. Los que le escuchaban, don Jaime Marn, Delaunay, don Lorenzo
+y don Feliciano Gmez, le saludaron con cierto embarazo y como
+avergonzados, lo cual confirm su sospecha. Disimul cuanto pudo, y
+esforzndose en poner cara alegre, comenz a hablar de las noticias que
+corran. La conversacin tom el rumbo de todos los das; la confianza,
+volvi a reinar. Mas el ingeniero Delaunay, personaje tan listo como
+malvolo, sac la conversacin del peridico, preguntando a su fundador
+con risilla irnica en el espaol chapurrado que usaba:
+
+--Qu trabajitos prepara usted para el prximo nmero, don Rosendo?
+
+--Ya los ver usted cuando salgan--respondi secamente ste, que adivin
+la burla escondida detrs de la pregunta.
+
+--Aqu, en don Feliciano--prosigui el ingeniero con la misma
+sonrisa--tiene usted un defensor acrrimo.
+
+--Si me defiende es que alguien me ha atacado--respondi don Rosendo con
+ms sequedad an.
+
+Nadie pronunci una palabra. El silencio se prolong bastante tiempo,
+hasta que lo rompi el mismo Belinchn haciendo una pregunta indiferente
+a don Jaime, con lo cual la conversacin volvi a animarse. Pero no se
+haba conjurado el choque sino momentneamente. La pelota estaba en el
+tejado y no tard en caer. Maza tena vehementes deseos de decir a don
+Rosendo que lo del peridico era una mamarrachada. Este no las tena
+menos vivas de decirle a Maza que era un envidioso. Y en efecto, a la
+primera ocasin que se present, ambos la cogieron por los pelos para
+comunicarse estas gratas noticias. La disputa dur ms de dos horas.
+Maza procuraba reprimirse porque don Rosendo era un caballero de ms
+edad y le deba quince mil reales. El fundador del _Faro_, por razones
+de prudencia, tampoco se atreva a soltar enteramente la lengua. Sin
+embargo, al cabo, en mejores o peores trminos, todo se dijo para
+edificacin de los notables, que se dividieron en favor y en pro de los
+contendientes. Hay que confesar que de parte de Maza se pusieron los
+menos. Los indianos, indiferentes como siempre a estas peleas, se
+asomaban de vez en cuando a la puerta del billar con el taco en la mano,
+para escuchar las razones de los contendientes, e ilustrarse. Para ellos
+aquellas discusiones eran muy provechosas. Les enseaban una porcin de
+trminos y frases que no conocan, y se ponan al tanto, aunque fuese de
+un modo superficial, de ciertos problemas de la vida, enteramente
+cerrados para ellos... Lstima que la aficin al billar les impidiese
+escucharlas siempre!
+
+El estado de agitacin y de clera en que sali don Rosendo del
+Saloncillo, no puede ponderarse. Su gran carcter elevado y magnnimo,
+fu herido de un modo cruel por la ingratitud y la bajeza de aquellos
+falsos amigos. Horrible tormento debe de ser vivir y morir en la
+obscuridad cuando se ha nacido para brillar en la cspide de la sociedad
+humana, y consumir las fuerzas recibidas del cielo en el vaco y la
+inaccin! Ms fiero dolor todava es ver despreciados los ms nobles
+trabajos del espritu, los esfuerzos generosos por el triunfo del bien y
+la verdad! Tal fu el caso de Scrates, Coln, Galileo, Giordano Bruno,
+y tal tambin el de nuestro hroe. La primera mordedura de la envidia le
+caus el dolor agudo que debieron sentir estos grandes bienhechores del
+gnero humano. Su espritu vacil. Fu un instante nada ms, un desmayo
+pasajero que sirvi para acreditar mejor el temple admirable de su alma.
+
+Sin embargo, aquella noche no pudo cenar. Tard mucho tiempo en
+conciliar el sueo. A cuntas tristes consideraciones se presta este
+caso! Mientras la turbamulta de los sarrienses desprovistos de ingenio,
+de ilustracin y de nimo, dorma a pierna suelta, aquel hombre
+benemrito se revolcaba en su cama como en lecho de espinas, sin lograr
+las caricias del sueo reparador.
+
+A la maana siguiente se levant un poco plido y ojeroso, pero firme y
+resuelto a proseguir su obra de regeneracin, a despecho de todos los
+obstculos morales y materiales que surgiesen en su camino. Aquella
+noche de insomnio, en vez de enflaquecer su nimo y despegarle de su
+empresa, le confirm en ella, le di alientos para llevarla a feliz
+remate. El fuego consume y hace pavesas la paja; al oro lo acendra.
+
+Ocupse, pues, con bro en trazar el plan del segundo nmero que habra
+de aparecer el jueves prximo. Y como siempre acontece, el xito feliz
+trajo consigo la voluntad de ayudarle. Muchos fueron los trabajos que se
+le ofrecieron para el segundo nmero; mas la mayor parte no eran de
+paso. La falta de espacio obligle tambin a rechazar algunos que lo
+eran. Con esto hubo algunas murmuraciones y desabrimientos. Segundo
+escollo con que tropez su patritica empresa.
+
+Pero al publicarse el quinto nmero surgi otro de mayor cuenta que
+produjo en el pueblo honda sensacin y arrastr consigo fuertes
+torbellinos. Sucedi que Alvaro Pea, firmemente convencido, como ya
+sabemos, de que todos los dolores e imperfecciones que padecemos los
+humanos dependen exclusivamente de la preponderancia del clero,
+propsose aprovechar el arma del peridico para emprender contra l una
+activa campaa. Y para comenzar lanz, a guisa de guerrilleros, unas
+cuantas gacetillas. Preguntaba por los fondos de cierta cofrada del
+Rosario, que no parecan, hablaba en trminos irrespetuosos de las Hijas
+de Mara, y deca chuscadas a propsito de la novena, de las confesiones
+y de los escapularios con que se adornaban las jvenes beatas de la
+villa. Pero a quien iban particularmente dirigidos los tiros era a don
+Benigno, el teniente prroco, director de las conciencias femeninas de
+Sarri, y caudillo de todos aquellos combates librados contra el pecado.
+El prroco era un hombre aptico, viejo ya, que pasaba la vida en una
+casita de campo que posea cerca de la poblacin, dejando de buen grado
+a su teniente el cuidado del rebao mstico. Y don Benigno cumpla su
+cometido como pastor vigilante y celossimo, rondando el rebao noche y
+da, para que el lobo no le arrebatase las ovejas, y criando algunas con
+esmero y a la mano para ofrecerlas al esposo bblico. Nada puede
+igualarse al ardor con que don Benigno procuraba esposas al Altsimo. En
+cuanto una joven se arrodillaba a sus pies para confesarse, se crea en
+el caso de insinuarle que el mundo estaba corrompido, que no haba por
+dnde cogerle, el condenarse facilsimo, el amor terrenal una
+inmundicia, los mismos afectos de hija y de hermana despreciables, el
+tiempo para merecer la salvacin muy limitado. En su consecuencia lo
+mejor, abandonar este mundo terrenal (don Benigno era muy aficionado a
+este adjetivo), y correr a entregarse a Jess, penetrar en la gruta
+deleitosa de que habla San Juan de la Cruz, y dejar all olvidado su
+cuidado. Conoca l un rinconcito feliz, un verdadero pedacito del
+cielo, donde se gozaban anticipadamente las delicias que Dios tiene
+reservadas a sus siervas. El rinconcito era un convento de Carmelitas
+que acababa de fundarse en las afueras de la villa, y del cual era el
+teniente grande y decidido protector. Por cierto que esto tena un poco
+desabrido a don Segis, el capelln de las Agustinas, aunque no osaba
+manifestarlo, porque no le convena ponerse mal con su compaero.
+
+La insinuacin produca efecto unas veces, otras no. Rara la dejaba caer
+don Benigno en los odos de una vieja. Quiz porque calculase que a
+Jess le gustaban ms dos de quince que una de treinta, o porque las
+hallase ms reacias y desconfiadas que las nias. De todos modos,
+aquella cacera espiritual tena episodios interesantes. En cierta
+ocasin el teniente fu vctima de la agresin de un joven a quien haba
+arrancado su hermana para el convento. En otra, despus de haber
+buscado dote para una muchacha y haberla provisto de ropa, la futura de
+Cristo se escap de la noche a la maana con un oficial de sastre. Don
+Benigno acostumbraba a conducir l mismo las esposas a la morada del
+Esposo. Cuando haba dificultades que vencer por parte de la familia, se
+portaba con la habilidad y la osada de un consumado seductor.
+Organizaba y llevaba a cabo el rapto de la virgen con una astucia que
+para s la quisieran muchos tenorios mundanos.
+
+De esto sac pretexto Alvaro Pea para hablar en una gacetilla de cierto
+sacerdote aficionado a cazar palomas. Ahora bien; como ya conocemos la
+aficin de don Benigno a la cra de pichones, la gacetilla iba
+directamente a l y con una intencin diablica. Los lectores as lo
+comprendieron. Se coment y ri no poco el daino suelto.
+
+Al verse de aquel modo en ridculo, el excusador, que tena un
+temperamento susceptible y bilioso, como todos los artistas, se
+enfureci terriblemente.
+
+--Ha ledo usted el _papelucho_ de don Rosendo?--pregunt por la noche
+en casa de la Morana a don Segis. Es de advertir que desde la primera
+gacetilla irreligiosa don Benigno no volvi a llamar de otro modo al
+_Faro de Sarri_.
+
+--S, lo he ledo esta maana en casa de Graells.
+
+--Y qu le parece a usted de aquella indignidad?
+
+--Cul?--pregunt con sosiego el capelln.
+
+--Hombre, no ha ledo usted las infamias que dicen de m?
+
+Don Segis levant el vaso a la altura de los ojos, examin detenidamente
+el dorado lquido, lo acerc a los labios y bebi con pausa. Despus de
+toser y desgarrar un poco, y limpiarse la boca con un pauelo de
+hierbas, dijo gravemente:
+
+--Phs... la intencin no es buena que digamos... Pero vale ms tomar las
+cosas con calma. Nada se adelanta con alterarse.
+
+El teniente, que esperaba que don Segis participase de su indignacin,
+recibi un nuevo golpe, y call, devorando su enojo. En esta ocasin fu
+cuando se manifest la sorda enemiga del capelln de las Agustinas por
+la injustificada preferencia que don Benigno otorgaba al convento
+naciente. El teniente se volvi entonces hacia el seor Anselmo y don
+Juan el Salado. Estos tuvieron la atencin de manifestarse disgustados
+por la gacetilla, aunque sin hacer tampoco extremos. Ya sabemos que esto
+no se acordaba con la naturaleza de aquella templada y patriarcal
+reunin.
+
+Pero al jueves siguiente, Alvaro Pea dejaba descansar a don Benigno y
+se meta con el capelln de las monjas, publicando de l una semblanza
+en verso, en que se haca muy graciosa mencin del matrimonio de las
+copas de ginebra con los vasos de vino blanco. Le toc entonces
+enfurecerse a don Segis, y tomarlo con calma a don Benigno. Mas el
+sosiego de ste era aparente, y slo para vengarse del de don Segis. En
+realidad, su herida manaba sangre todava. As, que no tard en
+realizarse la conciliacin, ponindose ambos con inusitado ardor a
+quitar el pellejo a todos y a cada uno de los que escriban en el
+papelucho de don Rosendo, principiando por ste, su ilustre fundador,
+y concluyendo por el dueo de la imprenta. No se les ocultaba que el
+autor de las chufletas era Alvaro Pea. Pero como siempre haban tenido
+a ste por un desalmado _masn_, capaz de beberse la sangre toda del
+clero de Sarri, por no repetirse, le dejaron pronto para cebarse
+principalmente en Sinforoso. Las razones que tenan para ello, eran que
+ste haba sido seminarista; por consiguiente, un traidor. Luego
+proceda de la misma cepa, porque su padre era carlista y su abuelo lo
+haba sido tambin. Adems poda dispensarse hasta cierto punto que don
+Rosendo Belinchn, don Rudesindo, Alvaro Pea y don Rufo, todos hombres
+que significaban algo en la villa, se despachasen a su gusto... pero
+aquel petate!... aquel hambrn!
+
+Excitado por la murmuracin, don Benigno bebi algunos vasos ms de los
+acostumbrados, y el capelln no quiso quedarse atrs. Cuando los
+tertulios salieron de la tienda formando la clsica cadena, don Segis
+advirti con satisfaccin que la pierna entumecida le pesaba menos, y se
+lo hizo observar a don Benigno, que le di por ello la enhorabuena.
+Luego, cuando a los pocos pasos se desprendieron todos para desalojar el
+cido rico de su cuerpo frente a las tapias de las Agustinas, el mismo
+don Segis manifest en voz alta que aquella noche no tena deseos de
+irse a la cama, y les acompaara. Mas el teniente le dijo al odo que
+deseaba hablar con l en secreto, y ambos se quedaron delante del
+convento.
+
+--Amigo don Segis, qu le parece a usted de ir a limpiar los mocos al
+hijo del Perinolo?
+
+--Grave! grave! grave!--murmur don Segis.
+
+--Si pudiramos darle una sopimpa, sin escndalo, se entiende...
+
+--Grave! grave!
+
+--A las once u once y media sale del caf. Podemos esperarle por all
+cerca y alumbrarle algunos coscorrones.
+
+--Grave! grave! grave!
+
+--Es usted un hombre o no lo es, don Segis?
+
+La pregunta, aunque inocente, causa honda perturbacin en el espritu
+del capelln, a juzgar por la serie de muecas y ademanes descompuestos a
+que se entrega antes de pronunciar una palabra.
+
+--Quin? Yo?... Parece mentira que un amigo y un compaero me diga
+cosa semejante!
+
+Y di la vuelta muy conmovido y se llev el pauelo a los ojos, de donde
+brotaban algunas lgrimas.
+
+--Pues los hombres se portan como hombres. Vamos a castigar la
+insolencia de ese pelgar.
+
+--Vamos!--profiri con firmeza el capelln, echando a andar en
+direccin a su casa.
+
+--Por ah no, don Segis.
+
+--Por donde usted quiera.
+
+Los dos clrigos se cogieron del brazo y empezaron a caminar, no sin
+ciertas vacilaciones explicables, en direccin al caf de la Marina. No
+ser de ms decir que ambos vestan de seglar por las noches, con sendas
+levitas negras de largo faldn y manga apretada, botas de campana y
+enormes sombreros de felpa.
+
+Un buen cuarto de hora invirtieron antes de llegar a las cercanas del
+caf. Una vez all, ofuscados por las luces como cndidas mariposas,
+quisieron caer, y retrocedieron.
+
+--Lo mejor ser esperarle hacia su casa. Aqu hay todava mucha
+gente--dijo don Benigno.
+
+Don Segis se mostr humilde tambin esta vez, siguiendo el impulso de su
+compaero.
+
+En la calle de Caborana, esquina a la del Azcar, que la pone en
+comunicacin con la Ra Nueva, se situaron ambos como punto estratgico
+por donde el enemigo haba de pasar, dado que su casa estaba situada al
+final de la calle de Caborana. Los dos clrigos tenan la firme voluntad
+de los navarros en el desfiladero de Roncesvalles. As que soportaron
+con heroica impavidez, durante media hora de espera, la lluvia menuda
+que estaba cayendo, sin que el temor del reumatismo ni otra
+consideracin temporal les hiciese moverse una pulgada del puesto que
+ocupaban.
+
+Al fin, descuidado y satisfecho, despus de haber sostenido larga y
+acalorada discusin en el caf, se retiraba el redactor en jefe del
+_Faro_ hacia su casa, cuando inopinadamente le sale al encuentro el
+irritable teniente, que le dice con su voz chillona:
+
+--Oiga usted, mocito, quiere usted repetirme ahora las insolencias que
+ha dicho en el papelucho de don Rosendo? Tendra mucho gusto en ello.
+
+La sorpresa, el acento sarcstico y amenazador del clrigo, y la vista
+del bulto de don Segis, que permaneca a algunos pasos, inmvil, como
+fuerza de reserva, infundieron tal pavor en Sinforoso, que en algn
+tiempo no pudo articular palabra. Slo cuando el teniente avanz hacia
+l un paso, logr decir:
+
+--Tranquilcese usted, don Benigno. Yo no le he nombrado a usted.
+
+--Hola!--exclam el clrigo con sonrisa feroz,--parece que ya no
+cantas, tan alto... Qu tiene el gallo que no canta? Qu tiene el
+gallo que no canta, guapito?
+
+Don Benigno avanz un paso, y Sinforoso retrocedi otro.
+
+La reserva de don Segis avanz tambin para conservar la distancia
+estratgica.
+
+--Tranquilcese usted, don Benigno!--grit Sinforoso con terror.
+
+--Si estoy muy tranquilo, guapo! No deseo ms que oir otra vez aquello
+de las palomas, que me ha hecho mucha gracia.
+
+--Yo no lo he escrito!--exclam con angustia el hijo del Perinolo.
+
+--De veras no lo has escrito, guapo?... Pues para cuando lo escribas!
+
+Y descarg una bofetada en la plida mejilla del redactor.
+
+--Sosiguese usted, don Benigno!--exclam el desdichado retrocediendo,
+y extendiendo hacia adelante las manos.
+
+--No te digo que estoy muy tranquilo, majo. Toma otra palomita!
+
+Y le di otra bofetada.
+
+--Por Dios, don Benigno, sosiguese usted!
+
+--All va otra palomita!
+
+Nueva bofetada.
+
+Digamos ahora, antes de pasar adelante, que de las que se dieron en
+Sarri en los dos aos siguientes a la aparicin del _Faro_ (y sabe Dios
+que el nmero es incalculable), lo menos una mitad fueron a parar a las
+mejillas de este joven distinguido.
+
+No pudiendo calmar con sus ruegos al enfurecido excusador, y sospechando
+que el bando de palomas iba a ser numeroso, el redactor en jefe del
+_Faro_ grit con todas sus fuerzas:
+
+--Socorro, que me matan!
+
+Y trat de dar la vuelta para huir; pero los dedos acerados del clrigo
+le retuvieron por un brazo. Al mismo tiempo don Segis, creyendo llegado
+ya el momento de entrar en fuego, le descarg con su bastn de ballena
+un garrotazo en las espaldas.
+
+--Socorro!--volvi a gritar el desdichado.
+
+Es el caso que en aquel momento llegaba de la tienda de Graells, donde
+acostumbraba a pasar las noches, el invicto ayudante de marina Alvaro
+Pea, que tena su domicilio en la calle del Azcar. Al escuchar los
+gritos de su amigo, ech a correr hacia el sitio, diciendo:
+
+--Qu pasa, Sinforoso, qu pasa?
+
+--Auxilio, don Alvaro, que me matan!
+
+--Fijme, Sinforoso, que all va socojo!--le volvi a gritar acercndose
+rpidamente.
+
+Los clrigos, oyendo la voz de aquel odioso y terrible enemigo de la
+Iglesia, soltaron la presa; pero enardecidos por el combate, trataron de
+hacerle frente ponindose en lnea de batalla con los bastones en alto.
+Al divisarlos Pea, se estremeci de ira y de gozo al mismo tiempo.
+
+--Son curas!
+
+Vibr el bastn en su mano y el enorme sombrero de don Benigno salt
+veinte varas lejos. El teniente retrocedi. Don Segis avanz y trat de
+alcanzar con el palo la cabeza del ayudante; pero antes que pudiera
+hacerlo, un garrotazo le haba cado sobre el cogote, dejndole
+malparado.
+
+--Debiera suponejlo, caramba! Slo estas aves nocturnas son capaces de
+esperaj traidoramente a un hombre indefenso, alterando el ojden pblico
+y tujbando el sueo de los vecinos... Es menestej concluij con esta raza
+de alimaas que chupan la sangre del pueblo, y aspiran a tenejlo sumido
+en la bajbarie... Estos son los ministros de Dios! Los apstoles de la
+claridad! Los etejnos pejturbadores del ojden social!...
+
+Ni aun en estos crticos instantes poda el ayudante prescindir de
+aquella retrica anticlerical que acostumbraba a usar, y de sus frases
+campanudas. A cada una acompaaba un garrotazo. Los clrigos, no
+pudiendo sostener su rabioso empuje, volvieron grupas, y emprendieron
+desaforadamente la carrera. El teniente pronto se vi fuera del alcance
+del palo, mas el pobre don Segis, con el peso extraordinario de su
+pierna izquierda, se qued rezagado, y tuvo que sufrir las caricias del
+bastn de Pea buen rato. A lo lejos se oa la voz de ste, gritando con
+chistosa correccin:
+
+--Hipcritas! Sepulcros blanqueados! Es esto confojme con el espritu
+del Evangelio, canallas? Predicis la paz y el amoj entre los hombre, y
+sois los primeros en barrenaj los textos sagrados! Cundo sacudiremos
+vuestro yugo, y nos emanciparemos de la esclavitud en que nos tenis
+desde hace tantos siglos!
+
+Cualquiera imaginara al escucharle que estaba pronunciando un discurso
+en algn club democrtico, y no administrando una soberana paliza.
+
+As termin aquella refriega.
+
+A la maana siguiente el ayudante recibi la visita del prroco de
+Sarri que vena a suplicarle encarecidamente que no se hablase de aquel
+incidente desagradable en el peridico, prometiendo en cambio todo
+gnero de satisfacciones por parte del teniente y don Segis, lo mismo a
+l que a Sinforoso. Pea no quiso ceder a su demanda. La ocasin era
+admirable para abrir brecha en los enemigos de la libertad y del
+progreso. En efecto, el primer nmero del _Faro_ insert una relacin
+circunstanciada escrita en estilo jocoso de todo lo ocurrido.
+
+Con esto los nimos del clero y de las personas timoratas de la villa
+quedaron grandemente sobreexcitados.
+
+
+
+
+XI
+
+QUE GONZALO SE CAS.--GRAVES REVUELTAS ENTRE LOS SOCIOS DEL SALONCILLO
+
+
+Los altos y graves negocios que embargaban a don Rosendo, no
+consintieron que dedicase al desagradable suceso que en el mismo tiempo
+turbaba la quietud de su casa, aquella atencin preferente que en otra
+sazn le hubiese dedicado. Sin embargo, al tener noticia de la traicin
+de Gonzalo y del extravo de su hija menor, sintise fuertemente
+alterado. Tuvo con su esposa largas y vivas plticas acerca del asunto.
+Prueba irrecusable de que los grandes hombres, aunque solicitados por
+tantos y tan elevados pensamientos, no desdean por eso las cosas que
+tocan a la vida ntima, como vulgarmente se asegura. Su primer impulso
+fu despedir a Gonzalo y encerrar a su hija en un convento. Las splicas
+de doa Paula y la reflexin, que ejerca sobre su claro espritu
+imperio absoluto, le hicieron volver sobre tal acuerdo. Al cabo de
+algunos das de dudas (pocos, porque otros cuidados le reclamaban), vino
+en permitir que se casasen los descarriados jvenes, no sin celebrar
+antes una conferencia con Cecilia y escuchar de sus labios que
+perdonaba, de buena voluntad a su hermana, y deseaba que cuanto ms
+pronto se celebrase el matrimonio.
+
+Obtenido el consentimiento, una tarde se present Gonzalo en casa de
+Belinchn. Haca quince das que no haba estado en ella. Senta el
+corazn singularmente agitado, aunque sus deseos tan cumplida y
+brevemente hubieran sido satisfechos. Tema la primera entrevista, y no
+le faltaba razn. Doa Paula le recibi con marcada frialdad, y hasta en
+los criados hall una sombra de hostilidad que le hiri. Por otra parte,
+la idea de encontrarse con Cecilia le haca temblar. Mas cuando se
+present Venturita en la sala, todos los temores y tristezas se
+desvanecieron. Su charla animada, el suave centelleo de sus ojos,
+aquellos ademanes graciosos y desenvueltos iluminaron su alma
+repentinamente y tocaron en ella a gloria. Olvidado de todo y enajenado
+por el timbre adorable de su voz se hallaba, cuando entr en la sala
+Cecilia. La vista de su vctima le produjo una extraa y violenta
+impresin. Levantse del asiento automticamente. Su fisonoma cambi de
+color. Cecilia se acerc a l con paso firme y le alarg la mano con la
+misma plcida sonrisa de siempre.
+
+--Cmo te va, Gonzalo?
+
+Pareca que le haba visto el da anterior, y que nada de particular
+haba sucedido. Slo su tez estaba un poco ms plida.
+
+Tal confusin se apoder del joven, que no pudo contestar a esta
+sencilla pregunta sin balbucir. La mirada clara y tranquila de Cecilia
+le hizo el mismo efecto que una corriente elctrica. Volvise a doa
+Paula, y el rostro de sta se hallaba fuertemente fruncido con expresin
+severa y dolorosa. Venturita miraba hacia los balcones con afectada
+indiferencia. Al fin se sent todo convulso. Cecilia, que vena a pedir
+a su madre las llaves de los armarios, sali de la estancia dirigindole
+una tranquila sonrisa de despedida.
+
+Comenzaron los preparativos de matrimonio. Doa Paula tuvo la
+delicadeza, rara en una mujer nacida en el pueblo, de no consentir que
+pieza alguna de ropa destinada a Cecilia sirviese para su hermana.
+Hzose, pues, un nuevo equipo apresuradamente. Cecilia trabaj en l,
+con sorpresa profunda de las costureras. Unas lo achacaban a bondad,
+otras a indiferencia. Lo cierto es que su fisonoma, aunque un poco
+marchita, expresaba la misma serena alegra de siempre. Sus manos se
+movan formando las iniciales de su hermana con la misma ligereza que
+cuando bordaba las suyas. Pero las tijeras al cortar, _chis, chis_, y
+las agujas al coser, _cruj, cruj_, no le decan ya aquellas cosas tan
+lindas que la hacan temblar de gozo, sino otras muy horribles, ay! muy
+horribles. Quedaban sepultadas en su corazn. El mejor lector no leera
+en sus ojos grandes, hermosos y suaves ms que el captulo risueo de
+siempre.
+
+--No te lo deca yo, mujer?--murmuraba Teresa al odo de Valentina
+mirando a nuestra joven.--Si la seorita Cecilia no puede querer a
+nadie.
+
+Gonzalo hua de entrar en la sala de costura. Cuando alguna vez lo
+haca, se mostraba tan alterado y confuso, que las bordadoras se
+guiaban el ojo sonriendo. Al verle de aquel modo y a Cecilia tan
+sosegada e indiferente, cualquiera trocara los papeles que ambos haban
+hecho en aquel triste episodio de amor.
+
+Las lenguas, en tanto, all afuera, en las calles, en las tiendas, en
+las casas y en los paseos, no se daban punto de parada. El
+acontecimiento haba causado profunda sensacin en la villa. Mientras se
+preparaba el matrimonio con Cecilia, la opinin general era que Gonzalo
+daba pruebas de tener un gusto deplorable. Se despellejaba a la pobre
+muchacha, y se la pona poco menos que como un monstruo de fealdad.
+Todos se maravillaban de que no hubiese elegido a su hermana, tan linda,
+tan graciosa. En cuanto aprendieron el cambio, las opiniones viraron
+asimismo repentinamente. Qu escndalo! Qu accin tan villana! Qu
+padres los que consienten tal ultraje! Dnde est la vergenza de los
+hombres? Pobre nia, tan buena, tan esbelta, con unos ojos tan
+hermosos!--Yo la encuentro ms bonita que su hermana.--Yo lo mismo...
+
+No dejemos escapar la ocasin de decir que esta constante censura, este
+eterno descontento de los hombres respecto de las acciones de sus
+semejantes, que tanto nos desespera, no supone tanta ruindad de
+intencin, maldad o envidia en ellos como nos complacemos en creer
+siempre que somos objeto de crtica. No es otra cosa que un testimonio
+claro de la imperfeccin de nuestra existencia planetaria y del amor al
+ideal que todo hombre lleva dentro de s sin verlo jams realizado.
+Despus de habernos as mostrado filsofos y optimistas, prosigamos
+nuestra narracin.
+
+Lleg el da del matrimonio. Efectuse de madrugada dentro de la misma
+casa de Belinchn, con asistencia de algunos parientes y amigos. Despus
+de tomar chocolate, partieron los novios para Tejada.
+
+Era sta un posesin situada a una legua prximamente de la villa, donde
+el genio de don Rosendo, secundado por el dinero, haba tenido ocasin
+de desenvolverse libremente y dar prodigiosos frutos. Cuando la
+comprara, haca ms de veinte aos, constituanla unos cuantos prados y
+un bosque donde pastaban las vacas y cantaban los malvises, jilgueros y
+mirlos. Don Rosendo principi por desterrar esta colonia indgena y
+substituirla por otra extranjera. El ganado del pas fu proscripto
+trayendo en su lugar otro de Suiza. Con igual severidad fueron
+arrojados, a tiros, de los rboles, los pajaritos antiguos, para colgar
+un sinnmero de jaulas con aves raras y exticas, que graznaban
+miserablemente todo el ao a la salida del sol. El espritu emprendedor
+y reformista de don Rosendo, no se detuvo tampoco en el reino animal.
+Con la misma audacia pas al vegetal, e hizo cambiar por entero la faz
+de aquellos campos. Poco a poco, a impulsos del hacha y de la sierra,
+fueron desapareciendo los copudos y grandes castaos de hojas anchas y
+frescas con sus torsos retorcidos de piel rugosa, los gigantescos robles
+que haban renovado sus hojas picadas ms de trescientas veces, los
+nogales que parecen enormes plantas de albahaca, los jugosos pomares,
+cuyas ramas se doblan hasta dejar delicadamente el fruto en el suelo, y
+otros rboles de arraigo y respetabilidad en el pas. En su lugar se
+plantaron _washingtonias, wellingtonias, araucarias excelsas_ y otros
+muchos rboles de casta extranjera, perteneciendo en su mayor parte a
+la familia de las conferas. Esto haca que la posesin, en concepto del
+vulgo, guardase cierto parecido con un cementerio. Responda don Rosendo
+a tal observacin, que las conferas tenan la ventaja de conservar la
+hoja por el invierno. Replicaba el vulgo que de este modo pareca un
+cementerio por el invierno y por el verano. Don Rosendo no se dignaba
+contestar a esta sandez, y tena razn.
+
+Como lo que mucho vale mucho cuesta, aquellos extranjeros de ambos
+reinos, se llevaban una buena parte de la renta de Belinchn. Los
+pajaritos del pas se buscaban el alimento y aliaban sus plumas sin
+necesidad de ayuda de cmara. Los de fuera, encerrados en jaulas y
+enormes pajareras construdas al efecto, exigan algunos servidores para
+procurarles la adecuada alimentacin y hacerles la limpieza. Despus, la
+nostalgia causaba en ellos grandes claros, que se llenaban encargando a
+Pars y Londres nuevas y costosas remesas. Lo mismo pasaba con los
+vegetales. Para que uno se lograse a fuerza de cuidados y desvelos,
+perecan treinta o cuarenta. La vigilancia constante de los jardineros
+no bastaba a impedir esta considerable mortandad.
+
+La casa, tampoco era de estilo nacional, ni siquiera europeo. Estaba
+construda segn los preceptos de la arquitectura chinesca, llena de
+torrecillas festonadas por todos lados. Qu conexin tenan estas
+diminutas torres de ladrillo con la famosa de Babel, donde los idiomas
+se confundieron, nosotros no lo sabemos; pero debemos manifestar que a
+esta fbrica as guarnecida, la llamaban en el pas _la Babilonia de don
+Rosendo_. Estaba suntuosamente amueblada. No faltaba dentro de ella
+ninguna de las comodidades y refinamientos que la moderna civilizacin
+proporciona a los ricos. Tena una famosa habitacin decorada al estilo
+persa, cuarto de bao, un espacioso comedor medianamente pintado y
+algunos lindos gabinetes pequeos y tibios, donde la luz entraba cernida
+por cristales de colores.
+
+A este nido vinieron a parar Gonzalo y Ventura dos horas despus de
+hallarse unidos para siempre. En el camino se haban hablado con
+desembarazo de cosas indiferentes. El joven haba aplicado algunos besos
+en las mejillas de la nia, lo mismo que cuando novios. Mas al llegar a
+la _babilonia_, y encontrarse solos en la cmara persa, sintise
+extraamente confuso y acortado. Buscaba asuntos de conversacin, y en
+todos se perda. Venturita apenas le contestaba mirndole de reojo, con
+una expresin entre burlona y apasionada.
+
+--Mira, calla, calla! Ests diciendo muchas tonteras... Calla, y dame
+un beso--concluy por decirle riendo, y tapndole la boca con su
+primorosa mano.
+
+Gonzalo se puso colorado, y la abraz con frenes.
+
+Su embriaguez en los primeros das ray en locura. Venturita era, por su
+belleza singular, por la expresin lnguida y voluptuosa de sus ojos,
+por la tendencia invencible al descanso, una verdadera odalisca. Pero no
+como stas solamente un animal hermoso, sino animada por ingenio
+chispeante, que desbordaba a cada momento en graciosos equvocos y
+felices ocurrencias. Gonzalo se desternillaba de risa, sin comprender
+que es peligroso que los maridos ran demasiado los chistes de sus
+mujeres.
+
+La vida que hacan era harto sedentaria. A Ventura no le gustaba salir
+de casa. El sol le produca dolor de cabeza; el fresco de la tarde le
+irritaba la garganta. Cuidaba del alio de su persona, y variaba de
+trajes lo mismo que si se hallase en Madrid. En su tocador pasaba una
+gran parte del da. Esto no disgustaba a Gonzalo. Al contrario, cuando
+la vea salir tan linda y gallarda, exhalando, como las flores
+tropicales, un perfume penetrante, sentase posedo de entusiasmo. Un
+estremecimiento voluptuoso agitaba todo su ser, pensando que aquella
+obra exquisita de la Naturaleza era suya, enteramente suya.
+
+Sin embargo, no lo era tanto como l se figuraba. Algunas veces la joven
+esposa, medio en serio, medio en broma, se encerraba en su cuarto. All
+pasaba tres o cuatro horas sin consentir que entrase, a pesar de los
+ruegos cariosos que le diriga por el agujero de la llave.
+
+--Te privo de mi vista por algn tiempo--deca despus riendo,--para que
+desees ms el tenerme junto a ti.
+
+Y, en efecto, por medio de estas coqueteras, el apetito del joven
+creca extremadamente, y se converta en delirio.
+
+A las horas que bien le placa a la hermosa, salan a pasear por los
+jardines, sin alejarse mucho. Al llegar a algn sitio umbro y fresco,
+de los pocos que la mano reformista de don Rosendo haba dejado, la nia
+quera sentarse; pero no sobre la hierba ni sobre un banco rstico. Era
+menester que Gonzalo corriese a casa y trajese una butaca.
+
+--Ahora, sintate aqu a mis pies.
+
+El mancebo se postraba y besaba con entusiasmo los manos que la gentil
+esposa le tenda.
+
+--Sansn y Dalila!--exclamaba ella riendo y hundiendo sus manos como
+copos de nieve en la rubia y rizada barba de su marido.
+
+--Tienes razn--responda l dando un suspiro.--Un Sansn sin cabellos.
+
+--Qu no tienes cabellos!... Y esto qu es?--replicaba levantando su
+pelo, y ponindolo erizado como una escoba.
+
+--Hablo de mis fuerzas.
+
+--No tienes fuerzas, eh? A ver: saque usted esos brazos.
+
+El, riendo, se despojaba de la americana, y remangndose la camisa
+mostraba sus brazos enormes de gladiador, donde la musculatura tomaba
+brioso relieve como un espeso tejido de cuerdas.
+
+--Qu barbaridad!--exclamaba la nia cogiendo uno con ambas manos, sin
+lograr ni con mucho abarcarlo. Y poseda de repentino entusiasmo y
+admiracin, aada:
+
+--Qu fuerte, qu hermoso eres, Gonzalo! Djame morderte esos brazos.
+
+Y se inclinaba para hincar sus dientes menudsimos en ellos. Pero el
+mancebo tenda sus frreos msculos, y los dientes resbalaban por la
+piel sin penetrarla.
+
+Entonces ella se enfadaba, insista, quera a todo trance coger carne.
+Al cabo, l aflojaba los msculos diciendo:
+
+--Te dejo morder; pero a condicin de que me hagas sangre.
+
+--No, eso no--responda ella, expresando en la sonrisa anhelante el
+deseo de hacerlo.
+
+-S, quiero que me hagas sangre; si no, no te dejo.
+
+La nia empezaba apretando poco a poco la carne de su marido.
+
+--Ms!--deca ste.
+
+Y apretaba ms.
+
+--Ms!--volva a decir.
+
+Segua apretando mientras en sus ojos chispeaba una sonrisa maliciosa.
+
+--Ms! ms!
+
+--Basta--deca ella levantndose.--Lo ves? ya te hice sangre! Qu
+atrocidad, ni que fuese un perro!
+
+E inclinndose de nuevo, chupaba con afn voluptuoso la gotita de sangre
+que saltaba en el brazo. Ambos sonrean con pasin reprimida. Despus
+miraban al pequeo crculo crdeno que los dientes de la nia haban
+dejado impreso.
+
+--Lo ves?--volva a decir ella avergonzada.--Vaya unos caprichos
+extraos los que tienes!
+
+--Gracias. Quisiera que esta marca quedase, ah eternamente. Pero no;
+bien pronto se borrar, por desgracia!
+
+--Puedo renovarla a diario--replic maliciosamente.
+
+--Me alegrara mucho.
+
+--Vamos, t quieres convertir a tu mujer en perrita. Dilo francamente.
+
+Y abrazndole repentinamente, y besndole con frenes en los ojos, en
+las mejillas, en la boca, en la barba, le repeta sin cesar:
+
+--Dilo francamente! Dilo francamente, pedazo de oso!... Esta boca es
+ma, y la beso. Esta barba es ma, y tambin la beso. Este cuello es
+mo, y lo beso. Estos brazos son mos, mos! y los beso.
+
+--Tmame todo: mi vida es tuya--deca l ebrio de dicha.
+
+--Te quiero, te quiero, Gonzalo, por lo hermoso, por lo fuerte... A ver,
+djame poner una mano sobre la tuya... Qu disparate, parece una
+hormiga!
+
+--Una hormiga blanca--replicaba l ahogando aquella diminuta mano entre
+las suyas grandes y fibrosas.
+
+--Te quiero, te quiero, Gonzalo. Tmame en brazos. Sers capaz de
+pasear conmigo as?
+
+--Oh! no he de ser?
+
+La levant como una pluma, y ponindola sobre un brazo como a los nios,
+comenz a dar brincos por el jardn.
+
+--No tanto! Llvame suavemente. Vamos de paseo.
+
+La pase sin fatigarse por todo el parque. Y desde aquel da aquella
+forma de paseo le agrad tanto a la nia, que en cuanto salan de casa
+se colgaba al cuello de su marido para que la subiese. Los criados al
+verlos movan la cabeza sonriendo.
+
+Pero muy pronto descubri otro medio de pasarlo an mejor. Haba cerca
+de casa un columpio que el tiempo, ms que el uso, haba deteriorado.
+Hizo que se arreglase, y en cuanto lo tuvo presto se pasaba las horas
+mecida por Gonzalo.
+
+--Si vieras cmo gozo. Da un poco ms fuerte.
+
+Y al empuje vigoroso del joven, el columpio volaba, y la nia cerraba
+los ojos dilatando la nariz con un sentimiento de intenso placer.
+
+Gonzalo gozaba en verla as arrobada.
+
+Transcurrieron veinte das de esta suerte. Durante ellos recibieron dos
+visitas de Pablito y Piscis, una vez en tlburi y otra a caballo. En
+esta ltima su principal objeto era dar picadero a una jaca que Pablo
+haba cambiado por otra ms vieja. Y cosa extraa! a pesar del
+enajenamiento amoroso en que nuestro mancebo se hallaba, recibi la
+visita de los quites con inexplicable alegra, les ayud afanosamente
+en su tarea. Al marcharse sinti una impresin de vaco en su vida.
+Porque era sta tan reposada y pacfica, que su sangre y sus msculos
+padecan. Un da le habl a su esposa de ir de caza, pues era famoso e
+incansable cazador. Venturita no se opuso, con tal que la llevase
+consigo. As se convino. Salieron una maana en busca de un bando de
+perdices, de cuya existencia saba Gonzalo desde el da en que haba
+llegado a Tejada. Pero antes de alejarse dos kilmetros de la casa,
+Venturita se manifest enteramente rendida. Le era imposible dar un paso
+ms. Se vi precisado a traerla en brazos y a renunciar a su favorito
+recreo.
+
+Doa Paula, que haba mirado con hostilidad aquel matrimonio, no habl
+de ir a ver a los novios hasta despus de pasados muchos das. Quiso que
+Pablito la acompaase, porque tema que a Cecilia le causase algn dolor
+el hacerlo; mas, enterada sta, expres su decisin de ir tambin a
+Tejada. Y una tarde madre e hija emprendieron en carretela descubierta
+el camino que llevaba a la posesin. Pero al acercarse a ella y
+columbrar las famosas torrecillas de ladrillo, Cecilia comenz a
+empalidecer, sinti el pecho oprimido y la vista turbada. Doa Paula,
+que advirti su indisposicin, orden al cochero dar la vuelta.
+
+--Pobre hija!--la dijo besndola.--Ves cmo no puedes venir?
+
+--Ya podr, mam, ya podr--respondi tapndose los ojos con una mano.
+
+Al da siguiente, fu doa Paula acompaada de Pablo. Hall a los
+esposos muy propicios a dejar aquel nido escondido y trasladarse a la
+villa; como se efectu en la misma semana.
+
+Cecilia sali a recibirlos a la puerta de la calle y abraz y bes a su
+hermana con efusin. A Gonzalo, le tendi la mano, que por un esfuerzo
+soberano de la voluntad, no tembl. El joven la estrech con fraternal
+afecto, creyndose perdonado.
+
+Los novios ocuparon las habitaciones que doa Paula haba destinado a su
+hija primognita. La vida comenz a deslizarse serena en apariencia.
+Gonzalo adverta, no obstante, con pesar, que no les envolva esa
+atmsfera tibia y afectuosa que hace tan grato el hogar domstico. Desde
+don Rosendo hasta el ltimo criado, se mostraban con ellos atentos,
+deferentes, no cariosos. Ventura no lo adverta, y si lo adverta le
+importaba poco.
+
+Volvamos ahora la vista a los asuntos ms interesantes de la vida
+pblica de Sarri.
+
+Ganada aquella noble victoria de los clrigos, las cosas del _Faro de
+Sarri_, procedan bien y prsperamente. El brioso y denodado ayudante
+de marina, pudo continuar su campaa civilizadora sin peligro de nuevas
+celadas. Sinforoso no se retiraba, sin embargo, a su casa sin ir
+acompaado de l o de otro amigo, perfectamente armados ambos.
+
+Pero Gabino Maza, el eterno disidente, supo aprovechar maliciosamente
+aquella ruptura con la Iglesia, para sobresaltar las conciencias de
+algunos vecinos. No que l fuese catlico ferviente, ni le diese una
+higa por que se pusiera a los curas como hoja de perejil. Al contrario,
+toda la vida haba profesado ideas bastante heterodoxas y haba
+maldecido de los beatos. Mas ahora se mostraba escandalizado: Al fin y
+al cabo, habamos sido educados en el respeto de la religin, la cual es
+el nico freno para el pueblo. No se pueden ofender tan descaradamente
+las sagradas creencias de nuestras esposas, etc., etc. Algunos con
+estas prfidas insinuaciones, dejaron la suscripcin del peridico.
+
+Los redactores y su director, que adivinaban de dnde vena el golpe,
+estaban grandemente indignados. Gabino Maza, secundado por el no menos
+dscolo Delaunay, no cejaba en su campaa de murmuracin. Mientras
+alguno de los del Faro estaba delante, nada; pero en cuanto se iba,
+esgriman las lenguas con singular encarnizamiento. Unas veces hablando
+en serio, otras apelando a la burla, se trituraba a todos los que
+intervenan en el peridico, y muy particularmente, como es lgico, al
+que mejor y ms altamente lo personificaba, el eximio don Rosendo.
+Decan oh, mengua! que slo el afn de verse en letras de molde haba
+impulsado a aquellos benemritos ciudadanos a encender la antorcha del
+progreso en Sarri; que don Rufo, el mdico, era un farsante; Sinforoso,
+un pobrete a quien arrojaban un mendrugo; Alvaro Pea (aqu bajaban la
+voz y miraban a todos lados), un botarate sin pizca de juicio; don
+Feliciano Gmez, un pobre diablo a quien ms importaba ocuparse en sus
+negocios no muy florecientes; don Rudesindo, un gran cazurro, que
+trataba de alquilar su almacn y anunciar su sidra. En cuanto al
+fundador y promovedor de aquella empresa, don Rosendo, decan que toda
+la vida haba sido un badulaque, un necio que se crea escritor, sin
+entender de otra cosa que del alza y baja del bacalao...
+
+Slo el deber imperioso de aparecer como cronistas fieles e imparciales,
+nos obliga a dar cuenta de tales habladuras. Bien sabe Dios que ha sido
+con harto trabajo y disgusto. Porque la misma pluma se estremece en
+nuestras manos y se niega a estampar semejantes abominaciones.
+
+De don Pedro Miranda, abstenanse de murmurar los murmuradores, no por
+otra razn sino por tenerle solicitado para que dejase la participacin
+en el peridico, a lo cual le vean inclinarse desde la refriega de los
+clrigos; pues era don Pedro cristiano viejo y muy grande amigo del
+capelln de las Agustinas. Con sus malvolos discursos, haban logrado
+desatar contra el peridico a algunas damas influyentes de la villa,
+entre ellas doa Brgida. Con esto tuvieron por suyo dentro del
+Saloncillo al sandio y degradado Marn. Tambin atrajeron a su bando,
+poco despus, al borracho del alcalde. Por una parte el espritu de
+compaerismo con los tertulios de la tienda de la Morana, y por otra la
+molestia que senta con las constantes excitaciones de la prensa, a las
+que no estaba acostumbrado, le hicieron renegar pronto de aquel gran
+adelanto. Lo que acab de ponerle mal con _El Faro_ y sus redactores,
+fu cierta gacetilla en que se censuraba al ayuntamiento y al alcalde
+con alguna dureza, por el lamentable abandono en que tenan los
+servicios de polica urbana, y lo poco que trabajaban por hacer
+agradable la temporada de verano a los distinguidos escrofulosos que
+acudan a la playa de Sarri en busca de salud.
+
+Aunque aparentemente se trataban como amigos, exista, pues, entre los
+socios principales del Saloncillo sorda y disimulada enemiga. Iba sta
+aumentando de da en da merced a los correveidiles que, en ocasiones
+anlogas, no cesan de sembrar envidias y rencores. Temanse ya las
+disputas y se rehuan, porque los desaforados gritos y los baldones que
+antes se lanzaban sin resultado alguno, gracias a la cordial avenencia
+que exista entre todos, eran, al presente, de mucho peligro. Reinaba,
+por tanto, en aquel recinto, ms silencio, ms cortesa, pero muchsima
+menos franqueza y cordialidad.
+
+Aquella tirantez no poda durar mucho tiempo. Entre personas que todos
+los das se ven y se hablan, y no se quieren bien, es imposible que en
+breve plazo no deje de estallar la discordia. La ocasin fu sta. Lleg
+al Saloncillo (noramala fu!), sin saber quin lo trajera, un ejemplar
+de cierta _Ilustracin_ catalana, donde, entre otros grabados, se vea
+uno representando las orillas de un ro americano, y en ellas
+solazndose hasta una docena de cocodrilos de diversos tamaos. Tena el
+ejemplar en la mano Maza, cuando acercndose don Rufo por detrs,
+exclam en tono jocoso:
+
+--Vaya unos cocodrilos esculidos!
+
+--No son cocodrilos--manifest Maza en tono seco y desdeoso, sin
+levantar la cabeza.
+
+--Y por qu no han de ser?--pregunt el mdico herido por aquel tono.
+
+--Porque no.
+
+--Valiente razn!
+
+--Si no te convence, estudia, que yo no estoy aqu para hacer obras de
+misericordia.
+
+--Uf! El sabio de la Grecia! Apartarse a un lado, seores!
+
+--No soy un sabio, pero no digo que estos animales son cocodrilos,
+cuando en el ro Maran no se cran cocodrilos.
+
+--Qu son entonces?
+
+--Caimanes.
+
+--Llmalo hache! Caimanes y cocodrilos vienen a ser lo mismo.
+
+--Otra barbaridad! Dnde has aprendido eso?
+
+--Hombre, es de clavo pasado. El caimn y el cocodrilo no se diferencian
+ms que en el nombre. Aqu est don Lorenzo que ha viajado, y puede
+decir si no es verdad.
+
+--El caimn es algo ms pequeo--expres don Lorenzo con sonrisa
+conciliadora.
+
+--El tamao es de poca importancia. La cuestin es saber si tiene o no
+la misma figura.
+
+Don Lorenzo se inclin en seal de asentimiento. Maza salt, hecho una
+furia:
+
+--Pero, seores. Pero, seores! Estamos entre personas ilustradas o
+entre aldeanos? De dnde sacan ustedes que caimn es lo mismo que
+cocodrilo? El cocodrilo es un animal del Mundo Viejo y el caimn es del
+Nuevo Mundo.
+
+--Dispnseme usted, amigo Maza; yo he visto cocodrilos en
+Filipinas--manifest don Rudesindo.
+
+--Y qu quiere usted decir con eso?
+
+--Como usted deca que los cocodrilos no se cran en el Nuevo Mundo...
+
+--Otra que tal! Las Filipinas son del Nuevo Mundo? Seores, seores!
+hay que abrir los paraguas. Hoy llueven aqu burradas.
+
+--Pues qu, Filipinas querr usted decirme que no es
+Ultramar?--pregunt don Rudesindo con la faz descompuesta.
+
+--Nada, nada, siga el chaparrn!
+
+--La diferencia principal, seores, que existe entre el cocodrilo y el
+caimn--dijo a esta sazn con autoridad don Lorenzo--es que el cocodrilo
+tiene tres carreras de dientes y el caimn slo tiene dos.
+
+--No es eso, hombre, no es eso! Los cocodrilos tienen las mismas
+carreras de dientes que los caimanes.
+
+Don Lorenzo sostuvo con bro su aserto. Le ayud en la defensa don
+Rudesindo. Maza le atac con no menos fuego, apoyado por Delaunay.
+Pronto entraron en liza otros cuantos socios generalizndose el combate,
+que fu hacindose cada vez ms vivo. Las voces eran horrendas. Si
+hubieran posedo tres carreras de dientes como los cocodrilos, o aunque
+fuesen dos, no dudo que se devoraran, dada la rabia y el coraje con que
+se enseaban la nica con que la Naturaleza les haba dotado. Maza
+estuvo tan procaz, tan insolente, que al fin don Rudesindo, sin ser
+dueo de s, le descarg un paraguazo en la cabeza. Siguise a ste una
+granizada de ellos entre los contendientes, con un pavoroso estruendo de
+ballenas y varillas de alambre que daba escalofros al varn ms
+arriscado. Muchos, que no se haban acordado siquiera de emitir su
+opinin sobre la dentadura de los reptiles citados, recibieron su parte
+alcuota de paraguazos, lo mismo que los que ms haban esclarecido la
+cuestin con sus discursos. Subieron del caf el amo con algunas otras
+personas; suspendieron los indianos del billar su juego; terci don
+Melchor de las Cuevas, de quien as en guerra como en paz se haca mucho
+caso. Al cabo se logr apaciguar el alboroto ya que no concertar las
+voluntades, haca algunos meses resfriadas.
+
+El resultado fu que desde aquel da Gabino Maza, Delaunay, don Roque,
+Marn y otros tres o cuatro socios ms, se retiraron del Saloncillo. Don
+Pedro Miranda sigui asistiendo con largos intervalos de ausencia. Esto
+haca presumir a los tertulios restantes y a los redactores del _Faro_
+que no poda contarse con l, y que no tardara mucho en caer del lado
+contrario. Como sucedi en efecto. Los disidentes empezaron a reunirse
+en el caf de Londres situado en la calle de Caborana. Pero no muchos
+meses despus corri por la villa la noticia de que alquilaban un
+almacn en la calle de San Florencio para establecer sus reuniones. Y
+as fu. Lo entarimaron, lo alfombraron, despus pintaron sus paredes y
+su techo, amueblronlo con algunas sillas y butacas, pusieron mesas de
+tresillo y comenzaron a asistir tarde y noche a aquel sitio tan
+asiduamente como antes al Saloncillo. Por ser bajo de techo y tener
+embutida en la pared una litera que sirvi para dormir la siesta Marn,
+empez a llamarse a aquel sitio en la poblacin el _Camarote_, y este
+nombre le qued. Los del _Faro_, que haban desdeado a los desertores
+mientras no tenan techo donde guarecerse, entraron en cuidado. El
+primer sntoma de temor fu una gacetilla o _novela a la mano_ en
+verso-prosa describiendo aquella nueva tertulia y pintando a cada uno de
+sus socios con nombres de animales; Maza la vbora, Delaunay un gallo
+belga, Marn el jumento, don Roque el cerdo, etctera, etc. Esta
+gacetilla exasper a los del Camarote de un modo indecible.
+
+Don Rosendo continuaba cada vez ms pujante y empeado en su campaa
+periodstica. Introduca en el _Faro_ todas aquellas formas y maneras
+que observaba en la prensa nacional y extranjera, particularmente en la
+francesa. Haba comisionado a un escritor de Madrid para que los
+mircoles le remitiese un telegrama de veinte palabras, y le escribiese
+adems cartas polticas y literarias; traduca l todas las noticias
+curiosas que hallaba en los peridicos; haca revistas de modas, de
+tribunales, de teatros (cuando haba compaa). Pero donde ms se
+distingua era en las de mercados. No es fcil representarse la destreza
+con que manejaba, traa y llevaba los cereales, los aceites, los caldos
+y los arroces. Para que se vea con qu amenidad y galanura saba tratar
+un asunto tan prosaico, diremos que en una ocasin escriba: Las
+mieles, sensibles a estas alteraciones, se pronunciaron en baja y no
+alcanzaron estabilidad y firmeza en sus precios hasta que los cafs,
+los cacaos y dems gneros ultramarinos lograron reprimir sus vivas
+oscilaciones. Era, en suma, el alma del peridico.
+
+No bastaba, sin embargo, lo que haba hecho para ponerlo a la altura de
+su ideal. Belinchn siempre haba seguido con vivsimo inters en los
+peridicos de Pars aquellas polmicas personales que rara vez dejaban
+de terminar con un duelo. Y las peripecias de ste, contadas
+minuciosamente por algn testigo, le placan tan extremadamente, que
+ninguna comida haba para l tan sabrosa, ni ms grato recreo. Cuando
+pasaban muchos das sin desafo, don Rosendo languideca. Las
+descripciones de los asaltos de armas entre los clebres tiradores de la
+capital de Francia, excitaban tambin grandemente su curiosidad. Y
+aunque un poco se le enredaban en el magn aquellas frases tcnicas
+_engagement de sixte, battement en quarte, contre-riposte, feinte_,
+etc., all las traduca a su modo y se daba por enterado. Deca l que
+en ningn signo se conoca mejor el grado de cultura de un pas que en
+la aficin a las armas. El manejo de ellas despertaba o avivaba la idea
+del honor y la dignidad humana. Su abandono arrastraba consigo la
+cobarda y la degradacin. Conoca mejor que sus parientes la biografa
+de los grandes duelistas y _gens des armes_ de Pars. Poda describir
+con pelos y seales los desafos que haban tenido y la gravedad de las
+heridas. En cuanto se anunciaba un asalto entre dos maestros, por
+ejemplo Jacob y Grisier, ya estaba nuestro caballero excitado. Abra con
+precipitacin todos los das el _Fgaro_ y apostaba en su interior por
+uno o por otro.
+
+Un da se le ocurri en la cama (donde le asaltaban siempre las grandes
+ideas) que ser periodista sin conocer las armas o manejarlas, era lo
+mismo que ser bailarn y no tocar las castauelas. El da menos pensado
+se suscitaba un lance, haba que acudir al terreno, y l no saba
+siquiera ponerse en guardia. Verdad que en todo Sarri no haba quien
+supiese ms. Pero nadie tena tanta obligacin de conocer la esgrima
+como l. Adems, el altercado poda ser con un periodista de Lancia o de
+Madrid, y entonces era preciso dejarse asesinar. Estas imaginaciones le
+llevaron a adoptar una resolucin; la de aprender a toda costa a tirar
+el florete. Cmo? Haciendo venir un maestro a Sarri, ya que l no
+poda separarse de este punto. Sin comunicar el pensamiento con nadie,
+escribi a un amigo de Pars, el cual busc en las salas de armas de
+esta ciudad algn auxiliar o _prevot_ que quisiera expatriarse. Al cabo
+de algn tiempo se hall uno que, mediante la cantidad de dos mil
+francos anuales, y dejndole libertad para dar lecciones, consinti en
+venir a establecerse en la villa del Cantbrico.
+
+Un da, con verdadera estupefaccin del vecindario, se dijo que acababa
+de llegar en la goleta _Julia_ un profesor de esgrima, M. Lemaire, con
+el exclusivo objeto de ensear el manejo de las armas a don Rosendo. Y,
+en efecto, pronto se vi a ste acompaado de un joven delgadito y
+rubio, de traza extranjera. La impresin fu honda. En los pueblos
+pequeos, donde la gente se pega de palos y bofetadas, la frialdad, la
+correccin y la gravedad de los duelos produce asombro y terror. Lo
+primero que se les ocurri fu que don Rosendo deseaba matar a alguno.
+Slo despus de mucho tiempo comprendieron la razn de aquel
+aprendizaje.
+
+Don Rosendo lo tom con el ardor y seriedad que mereca. Todos los das
+dedicaba un par de horas por la maana, y otro por la tarde, a tirarse a
+fondo, que fu lo nico que le permiti hacer el profesor en los dos
+primeros meses. El resultado notabilsimo de este ejercicio fu que al
+cabo de algn tiempo no saba si sus piernas eran verdaderamente suyas o
+de otro bpedo racional como l. Tan agudas y vivas fueron las agujetas
+que le acometieron, que hasta, cuando se hallaba durmiendo crea estar
+tirndose a fondo. Despertaba sobresaltado con terribles dolores en las
+articulaciones. Luego aquel M. Lemaire era tan cruel! Nunca se daba por
+satisfecho del trabajo de las extremidades del buen
+caballero:--_Plus! plus! Ancor plus saprsti!_ Y el msero don
+Rosendo se abra, se abra de un modo brbaro, inconcebible, percibiendo
+la grata sensacin de si le aserraran el redao. Terminado tan noble
+ejercicio, el seor Belinchn se vea necesitado a ir cogido a las
+paredes para trasladarse de un sitio a otro, formando un ngulo de
+ochenta grados con el suelo. Desde all, hasta el fin de sus das, el
+glorioso fundador de _El Faro de Sarri_ siempre anduvo ms o menos
+esparrancado.
+
+Pero este tormento, aunque nada tena que envidiar a los de los mrtires
+del Japn, padecalo, si no con gusto, con varonil entereza. Pensaba que
+siempre ha costado enormes sacrificios civilizarse y civilizar un pas.
+Al cabo de los dos meses comenz el eterno _tic tac_ de los floretes.
+Pero sin abandonar por eso el tormento de las piernas. Don Rudesindo,
+Alvaro Pea, Sinforoso, Pablito, el impresor Folgueras y algunos otros,
+tomaban leccin al mismo tiempo. En la sala, las impresiones blicas
+subyugaban de tal modo a los tiradores, que guardaban solemne silencio.
+No se oa ms que la voz spera de M. Lemaire repitiendo sin cesar y de
+un modo distrado:--_En garde vivement--Contre de quarte.--Ripostez...
+Ah bien!--En garde vivement.--Contre de sixte. Ripostez... Ah
+bien!--Parez seconde.--Rispostez Ah bien!_ Don Rosendo se crea
+trasladado a Pars, y vea en don Rudesindo, Folgueras y Sinforoso, a
+Grisier, Anatole de la Forge y el barn de Basancourt. _El Faro_ no era
+_El Faro_, sino _Le Gaulois_ o _Le Journal des Debats_.
+
+Al cabo de cinco meses, se mantena bastante bien en guardia, paraba los
+golpes rectos, atacaba con furia y saltaba hacia atrs con maestra.
+Crey llegado el caso de dar un escndalo. Era necesario que la
+poblacin se persuadiese de que los dos mil francos asignados al
+profesor no eran enteramente perdidos.. Adems convena ir introduciendo
+en ella el gusto por estos refinamientos de las grandes capitales. Pero
+con quin tener _affaire_ en Sarri? Aunque buenas ganas se le pasaban
+de desafiar a alguno de los del Camarote, comprenda que el nico capaz
+de batirse era Gabino Maza. A ste le tena una migajita de respeto,
+sobre todo desde que haba odo decir al profesor que en los duelos era
+preciso tener mucho cuidado con los hombres violentos, aunque no
+supiesen esgrima. Despus de largas y profundas meditaciones imagin que
+lo mejor era provocar un lance con algn periodista de Lancia
+aprovechando la polmica que el _Faro_ vena sosteniendo con el
+_Porvenir_, acerca de cierto ramal de carretera. Y como lo pens lo
+hizo. En el primer nmero se mostr tan agresivo, tan insolente con el
+peridico de la capital, que ste, sorprendido e indignado, contest que
+ciertas frases del _Faro_ no merecan sino el desprecio. En su
+consecuencia, don Rosendo comision a sus amigos Alvaro Pea y Sinforoso
+Surez para que fueran a entenderse con el director del _Porvenir_. Se
+trasladaron a Lancia y regresaron el mismo da. El seor Belinchn al
+verles llegar deseaba ya ardientemente que el asunto se hubiese
+arreglado sin necesidad de duelo, a pesar de ser l quien lo provocara.
+Nuevo testimonio de su grandeza singular de alma y de la exquisita
+sensibilidad de que estaba dotado. Por desgracia el director del
+_Porvenir_ se haba mantenido firme. Los testigos convinieron un duelo a
+sable que deba realizarse al da siguiente, en una posesin de las
+cercanas de Lancia.
+
+Nuestro hroe, al saberlo, sinti que las piernas le flaqueaban, no de
+temor, que esto ninguno osar siquiera imaginarlo, sino por la emocin
+de verse tan prximo a ser objeto de la curiosidad y expectacin
+pblicas, no slo en la provincia, sino en Espaa entera. Cuando
+caminaban hacia casa, Pea le dijo con ruda franqueza:
+
+--Los padrinos de Villar queran que se cortasen las puntas a los
+sables; pero yo me opuse. No, no, dije, conozco bien a don Rosendo, y
+es hombre que aborrece las nieras. No se puede jugar con l. Cuando se
+mete en un lance de stos, es menester que vaya todo muy serio. Estoy
+seguro de que si cortsemos las puntas, tendra con l un disgusto...
+No he interpretado bien su deseo?
+
+--Perfectamente. Muchas gracias, Alvaro--respondi el seor de Belinchn
+alargndole una mano que Pea hall demasiadamente fra. Y aadi con
+voz dbil:--Aunque se limasen un poquito las puntas, sabe usted? no
+tendra inconveniente en aceptarlo... El asunto, despus de todo, no
+exige precisamente que sea a muerte.
+
+--No me atrev siquiera a aceptar eso. Como no conoca la opinin de
+usted, tena miedo que le disgustase...
+
+--Nada, nada, pues por m no hay inconveniente en que se limen.
+
+--Ahora ya no puede ser. Estn concertadas las condiciones. A menos que
+ellos lo propongan de nuevo, las puntas irn afiladas. A usted le
+conviene mucho porque tira el florete...
+
+--Precisamente por eso. Yo no quisiera llevar ventaja alguna a mi
+adversario.
+
+Pea gui el ojo con malicia.
+
+--No sea usted tan escrupuloso, don Rosendo. S usted puede ensartarlo
+_fiiit!_ como un pajarito, no deje de hacerlo.
+
+Estas ltimas palabras las acompa el ayudante con un gesto expresivo,
+traspasando el aire con los dedos de punta, lo mismo que si los
+estuviese introduciendo por un cuerpo humano.
+
+Don Rosendo hizo un gesto de repugnancia, y guard prolongado silencio.
+Al cabo, manifest sordamente:
+
+--Lo que sentir es que estas malditas agujetas no me permitan tirarme a
+fondo.
+
+--Ca, hombre, ca! Pierda usted cuidado. Mientras dure el lance, no
+sentir usted dolor alguno en las piernas. No le ha sucedido dejar de
+sentir el dolor de una muela en el momento de llamar a la puerta del
+dentista para sacarla?
+
+Este smil consolador produjo inmediatamente en el ayudante un acceso
+de risa, que dur buen rato. Belinchn se mantuvo grave y sombro, como
+deben estarlo los hroes la vspera del combate.
+
+La noticia corri como una chispa elctrica por la poblacin. El pasmo
+de los vecinos era indescriptible. A ninguno le caba en la cabeza que
+una persona, entrada ya en aos, con hijos casados, fuese a darse de
+sablazos con otra por cuestin de un ramal de carretera. Sin embargo, el
+partido que Belinchn acaudillaba admiraba la decisin y el valor de su
+jefe. Este, por la noche, tuvo una espantosa pesadilla. So que el
+sable del director del Porvenir le abra por el medio. Una mitad se la
+llevaba el vencedor como trofeo. A Sarri slo volvi la otra mitad. Sus
+mismos gritos le despertaron. A doa Paula, que dorma a su lado, la
+aterraron de tal modo, que fu necesario acudir al antiespasmdico.
+Belinchn, con la fortaleza de los temperamentos heroicos, no dijo nada
+a su consorte. Lo que hizo fu beber un trago del antiespasmdico.
+
+Al da siguiente sali en coche para Lancia, acompaado de Pea,
+Sinforoso, don Rufo y dos sables de tiro. A la salida de la villa, en la
+carretera, ms de cien personas le despidieron. Ante aquella
+manifestacin de cario, don Rosendo se sinti enternecido.
+
+--Buena suerte!--Pongan ustedes telegrama, eh?--No se diga que Sarri
+queda por debajo de Lancia.
+
+Don Rosendo fu estrechando con emocin las manos de sus partidarios.
+Todos se le ofrecan para acompaarle, y le prometan venganza para el
+caso de perecer en la lucha.
+
+Al fin llegaron a la quinta designada, y se avistaron con el enemigo.
+Los testigos platicaron, midieron los sables, y los pusieron en manos de
+los contendientes. La fisonoma de stos tena el color adecuado a
+semejantes solemnidades; esto es, un verde botella, que a intervalos
+tomaba visos anaranjados.
+
+Una vez en guardia, y dada la voz de atacar, comenzaron ambos a tentarse
+los sables metdicamente, primero de un lado, despus de otro, con un
+lgubre sonido que pona espanto. Al cabo, Villar se arroj a
+levantarlo para herir en la cabeza a su adversario... Pero ca! don
+Rosendo di un salto tan prodigioso hacia atrs, que los testigos se
+miraron unos a otros llenos de asombro. Villar, pasmado tambin, esper
+a que su contrario se acercase de nuevo. Volvieron al lgubre _tic tac_.
+Don Rosendo, al cabo de otro rato, alz el sable... Villar,
+instantneamente di otro brinco verdaderamente sobrenatural, que
+sobrepuj en mucho al primero. Creyeron que sala de la quinta. Los
+testigos se miraron todava con mayor asombro.
+
+La pelea dur, en esta forma, ms de media hora. Durante ella, don
+Rosendo grit una vez:
+
+--Alto!
+
+--Qu hay?--preguntaron los testigos acercndose.
+
+--Que me parece que el sable del seor ha perdido la punta.
+
+Se reconoci el sable de Villar, y se vi que no era verdad. Este rasgo
+de caballerosidad, ms propio de la Edad Media que de nuestros tiempos,
+elev a don Rosendo, en el concepto pblico cuando se supo, a la altura
+de los hroes legendarios, Roldn, Bayardo y Bernardo del Carpio.
+
+El combate termin cuando el sable de Villar, sin intencin ninguna,
+tropez con la frente de Belinchn. Fu un simple rasguo; pero los
+padrinos dieron por terminado el lance. Don Rufo coloc un gran pedazo
+de tafetn ingls sobre la herida. El herido di la mano noblemente a su
+contrario. Se envi un telegrama a Lancia, para que lo pusiesen a
+Sarri. Almorzaron todos juntos alegremente, y durante el almuerzo, los
+campeones se comunicaron con gran expansin los golpes que se tenan
+destinados, y que por falta de oportunidad no haban podido ejecutar.
+
+--Hombre, si no llega usted a romper a tiempo, le parto la cabeza en
+dos. Finta de una dos a la cara, estocada al pecho y cuchillada a la
+cabeza--deca don Rosendo, engullendo un soberbio trozo de merluza.
+
+--Pues no lo hubiera usted pasado mejor si llego a hacer una combinacin
+que tena meditada--contesta Villar.--Amago la faja pin! Ataco en falso
+a la cabeza pin! Usted me contesta al brazo pin! Yo hago una dos a la
+cara pin! Usted contesta a la cabeza pin! Yo paro y contesto al brazo
+pin!...
+
+Aqu el director del _Porvenir de Lancia_, que mientras describa su
+famoso y complicado golpe no dejaba de engullir trazando a la vez
+crculos en el aire con el tenedor, se atragant con una espina,
+ponindose sbito ms rojo que una guinda. Hubo que sacarle al fresco.
+Don Rosendo fu quien le di los puetazos consabidos en la espalda para
+que arrojase la espina. Espectculo hermoso y ejemplo de hidalgua que
+no podr olvidarse jams!
+
+Terminado el almuerzo, don Rosendo y sus compaeros montaron en el
+carruaje y se restituyeron a Sarri. Ms de media poblacin, prevenida
+ya por el telegrama, les esperaba en las afueras. Un grito de jbilo se
+escap de todos los pechos al aproximarse el carruaje. Don Rosendo,
+conmovido, sac la cabeza, por la ventanilla y se quit el sombrero
+ostentando el pedazo de tafetn ingls. A su vista, el pblico lanz un
+hurra! formidable. El vehculo fu escoltado por la muchedumbre. El
+fundador del _Faro_, aclamado al entrar en su casa, se vi precisado
+despus a asomarse al balcn, donde fu nueva y calurosamente vitoreado.
+Por la noche, sus amigos le obsequiaron con una serenata.
+
+
+
+
+XII
+
+CMO SE DIVERTA PABLITO
+
+
+--Convendra ponerle una barbada suave--dijo Pablito.
+
+--O un filete--respondi Piscis gravemente.
+
+Ambos guardaron silencio. Pablito exclam:
+
+--Maldita yegua! No he visto en mi vida boca ms dulce.
+
+--Una seda--replic su amigo con acento de inquebrantable conviccin.
+
+Otro rato de silencio.
+
+--Crees que debemos darle ms picadero?
+
+--El picadero no sobra a ningn animal--gru Piscis con el mismo
+convencimiento.
+
+--Conviene trabajarla en el trote.
+
+--Conviene mucho.
+
+Mientras as platicaban, diriganse los inseparables quites a paso
+lento desde las cocheras de don Rosendo, sitas en un extremo de la
+villa, al otro extremo de ella, atravesndola por el medio. Eran las
+diez de la noche; la temperatura suave, de primavera. Los pocos
+transeuntes que por las calles quedaban, diriganse a paso rpido hacia
+su domicilio. nicamente permanecan abiertas las tiendas donde se haca
+tertulia, la de Graells, la de la Morana, y tal cual estanquillo. En el
+Camarote haba mucha luz y gran animacin. Pablito, en quien germinaban
+los rencores de su padre, le dijo a su amigo al pasar frente a la
+aborrecida tertulia:
+
+--Piscis, tira una pedrada a esa puerta, y rmpeles los cristales.
+
+Piscis, siempre terrible, agarr un guijarro de la calle, esper a que
+su amigo doblase la esquina, y zas! lo encaj dentro del Camarote,
+haciendo polvo los cristales. Luego se di a correr. Para que no le
+conociesen los que salieran en su persecucin, se dej caer sobre las
+manos, corriendo en cuatro pies con habilidad pasmosa.
+
+En el caf de la Marina haba tambin alguna gente. Entraron en l y
+bebieron en silencio sendas copas de _chartreuse_, sin que por eso los
+cerebros dejasen de trabajar activamente. Al levantarse Pablito, dijo:
+
+--Lo mejor ser engancharla con el Romero.
+
+--Eso mismo estaba pensando yo--profiri con fuego Piscis.
+
+Despus que hubieron salido, ste pregunt, no con palabras, sino con
+una horrible mueca, a dnde iban.
+
+--All.
+
+--Bueno; entonces al pasar por delante de casa recoger el roten.
+
+Dejaron atrs las calles principales, no sin que Piscis se detuviese en
+su domicilio un instante, para dar cumplimiento a lo que acababa de
+manifestar. Muy pronto alcanzaron las extremidades de la villa, donde
+habitaban, por regla general, los menestrales. Detuvironse en cierta
+calle, tan solitaria como sucia, frente a una casa de pobre apariencia
+con tosco corredor de madera. Pablito mir a todos lados por precaucin,
+y dej escapar un silbido suave y prolongado con la maestra que le
+caracterizaba en este ramo del saber humano. Despus dijo mirando con
+inquietud al farol que arda unos cincuenta pasos ms all:
+
+--Si pudiramos apagar ese farol!
+
+El terrible Piscis se destac acto continuo, trep por la esquina de la
+pared y con su bastn lo apag al instante, rompiendo, por supuesto, el
+tubo.
+
+Un bulto de mujer apareci en el corredor. Pablito se cogi de un salto
+a las rejas. Luego escal por ellas y montndose en la baranda, se
+introdujo sin hacer ruido en l. Piscis comenz a hacer la guardia desde
+la esquina, armado de su formidable garrote.
+
+Quin era la mujer que en aquel momento obtena los favores del sultn
+de Sarri? La blonda Nieves, respondern a una voz cuantos hayan seguido
+el curso de esta verdica historia. Aunque sintamos ofender la
+perspicacia de nuestros lectores, la verdad nos obliga a declarar que la
+damisela del corredor no era la blonda Nieves, sino la blonda Valentina.
+
+Cmo? Aquella arisca costurera tan enemiga de los seoritos y que
+adems tena un novio llamado Cosme?
+
+La misma en cuerpo y alma, con sus rizos dorados sobre la frente, su
+entrecejo saladsimo y nariz un poquito remangada. Pablito era hombre
+para hacer estos y otros mayores milagros. Mientras segua o aparentaba
+seguir sus amoros con Nieves, ya le estaba poniendo los puntos a
+Valentina. Pero sta se resisti mucho ms que aqulla. Al primer beso
+que le rob sobre la nuca estando bebiendo agua en la cocina, la
+arriscada costurera le arm un escndalo. Se puso roja como una
+cereza, chispearon sus ojos expresivos con ira, y le grit:
+
+--Cuidadito, que yo no sufro esas cosas!... Vaya usted a hacerlas con
+las que se lo aguanten.
+
+Esto iba sin duda con Nieves. Pablito obr con ms cautela en adelante,
+aunque no con menor osada. Dondequiera que la encontraba requebrbala a
+su manera, bromeaba, sufra con paciencia sus patas de gallo. Porque
+era Valentina el tipo de la artesana de Sarri, en quien la falta de
+educacin es una gracia ms que aadir a las muchas que poseen.
+Concludo el equipo de Ventura, y no teniendo ocasin de verla, Pablito
+aprovechaba los bailes de las Escuelas para seguir festejndola.
+
+Mas no por eso abandonaba a Nieves. El gallardo mancebo adivinaba que el
+amor propio excitado por la competencia, hara ms en su favor que las
+mismas ventajas personales de que estaba dotado. Esta perspicacia era
+innata en l. Se haba manifestado claramente desde que haba enamorado
+a la primera mujer. Lo cual es un argumento ms para los que creen en la
+preexistencia del ser humano. Porque slo habiendo seducido muchas
+costureras en vidas anteriores, pudo nuestro mancebo poseer una nocin
+tan exacta del procedimiento adecuado a este fin.
+
+Al fin se haba rendido. Principi por abandonar a su novio. Concluy
+por dar citas de noche como la presente al gallardo Pablito.
+
+--Duerme tu padre?--fu la primer pregunta que ste hizo en cuanto se
+vi en el corredor.
+
+--Qu te importa?--respondi la resuelta costurera.
+
+--Es que si no duerme... ya ves... Cspita, la cosa es grave!
+
+--Calla, cobarde; vergenza haba de darte! Voy a hacer ruido por el
+gusto de verte correr.
+
+Pablito la estrech entre sus brazos y le di una razonable cantidad de
+besos. La joven sonrea dichosa. Mas de pronto su frente se arrug; su
+fisonoma expres una gran severidad.
+
+--Quita, quita!--dijo rechazndole.--Tengo que hacerte una pregunta.
+Dnde has estado esta maana?
+
+--Esta maana?... En muchas partes. En casa, en el Saloncillo, en la
+cochera... en la punta del Pen...
+
+--No has estado en la calle de San Florencio?
+
+--S; he pasado por all dos o tres veces.
+
+--Y a quin has encontrado?
+
+--Chica, qu s yo!... A mucha gente.
+
+--No has encontrado a Nieves?--pregunt con reprimida clera la gentil
+costurera.
+
+--S, la he encontrado--respondi l con acento indiferente.
+
+--Y no te has parado con ella?
+
+--No; la he dicho simplemente adis.
+
+--Embustero! hipcrita! to silbante!--exclam con furia
+Valentina.--Toma, por zorro! (arrimndole un terrible pellizco en el
+brazo). Conque le has dicho adis solamente y te has estado ms de una
+hora con ella? Toma, trapacero! toma!
+
+Y le descarg sobre los brazos una granizada de pellizcos. El buen Pablo
+se retorca de dolor, pero sin gritar, porque respetaba mucho el sueo
+del pap de la feroz muchacha.
+
+--Por Dios, Valentina, si ests equivocada... No fu ms que un instante
+para preguntarle si haba concludo de bordar mis pauelos...
+
+--No est mal instante! Una hora por el reloj plantado con ella,
+riendo como locos!... Me estn dando ganas de ahogarte entre mis manos,
+zorro! zorro! ms que zorro!
+
+La enojada chica, cada vez ms poseda de la ira, ech las manos al
+cuello a su galn, y estuvo a punto de estrangularle.
+
+Daba compasin ver a un tan apuesto y gentil mancebo con la lengua fuera
+y los ojos llenos de espanto. Valentina tuvo, en efecto, lstima de l,
+y le dej; pero todava le retorci el pellejo de los brazos unas
+cuantas veces.
+
+--A m no se me engaa, lo sabes? A m no se me engaa! Si vuelvo a
+saber que has estado con ella, excusas de venir ms por aqu.
+
+--Bueno, te prometo no hablarla ms; pero no vayas a hacer caso del
+primer cuento que te traigan.
+
+--Cumplirs la palabra?--pregunt la cruel costurera mirndole
+airadamente.
+
+--Pierde cuidado.
+
+--Cuenta conmigo si no la cumples. Alza!
+
+De este modo apacible y tierno, trataba Valentina al tenorio de Sarri.
+El, cuando daba cuenta de tales tratos a Piscis o a algn otro amigo,
+sonrea como hombre de mundo; afirmaba que estas mujeres irascibles y
+altivas, son las que ms deleites proporcionan a los hombres, sobre todo
+a los que como l estaban ya un poco gastados.
+
+Despus que hicieron las paces, o por mejor decir, despus que Valentina
+otorg la paz, hubo un cuchicheo que dur no sabemos cunto. Despus no
+se oy nada, y hasta sera fcil que tampoco se viese gran cosa. El
+corredor estaba como si no hubiese nadie en l. Si no fuese porque es
+muy feo mancillar la honra de una muchacha, podramos sospechar que la
+amartelada pareja se haba metido en lo interior de la casa.
+
+Piscis, en tanto, haca la centinela paseando a lo largo de la calle. Y
+el caso es, que no era slo l quien la haca. Un hombre estaba
+apostado, desde que ellos haban llegado, en el hueco de una puerta
+donde las sombras se espesaban. Inmvil y protegido por la obscuridad,
+no pudo ser visto de Piscis. Aprovechando un momento en que ste paseaba
+de espaldas a la casa, el hombre sali de su escondite y se acerc
+sigilosamente a ella. Mir hacia el corredor y vacil unos segundos.
+Esto fu lo que le perdi. Cuando di el salto para cogerse a las rejas,
+el terrible Piscis se haba vuelto ya y le vi. De dos brincos se plant
+debajo del corredor, antes que el intruso pudiera montar sobre la
+barandilla, y con su famoso roten, le descarg en las espaldas tal
+garrotazo, que el pobre hombre solt las manos y se dej caer al suelo.
+Quiso repetir el feroz centauro, pero el hombre se levant con agilidad
+y se di a correr de tan prodigiosa manera, que el segundo garrotazo lo
+di en el suelo, y en cuanto al tercero ni lo intent siquiera.
+
+--Mal rayo!--rugi Piscis.
+
+Este rugido debi de llegar a odos de su feliz amigo, porque algunos
+segundos despus montaba sobre la barandilla y se apeaba bonitamente en
+la calle.
+
+--Qu hay?--pregunt, acercndose a su Orestes.
+
+--Un hombre.
+
+--Dnde?--volvi a preguntar el seductor ansiosamente, girando dos
+veces en redondo.
+
+--Ya escap. Le atrap en el momento de subir al corredor, y le tir al
+suelo de un palo... Luego ech a correr... Mal rayo! Ni el Romero a
+todo escape lo alcanzaba.
+
+--Ese hombre--profiri Pablito sordamente--debe de ser un novio que
+tena Valentina hace algn tiempo... Qu tratara de hacer?
+
+--Pues si era el novio, como no fuese para darte una pualada, no s a
+qu haba de subir.
+
+Pablito ech el brazo por encima del hombro a su amigo, no para
+sostenerse, aunque las corvas un poco se le doblaban, sino para decirle
+con voz apagada:
+
+--Crees eso?
+
+--Una... o dos, o tres...
+
+El bello mancebo guard silencio. Al cabo de un momento le pregunt:
+
+--T le conoces?
+
+--Yo no, y t?
+
+--No le he visto nunca: slo s que se llama Cosme, y que es barbero.
+
+Alejronse en silencio de la calle y en silencio llegaron hasta casa de
+Belinchn. All, al despedirse, Pablito dijo a su amigo:
+
+--Si vuelvo por all (que lo dudo), me hars el favor de no perder de
+vista el corredor, verdad?
+
+--A perro puesto--se limit a contestar el indomable Piscis.
+
+Al da siguiente era domingo y se celebraba en las Escuelas el baile
+acostumbrado de todas las semanas. Se bailaba por la tarde, de tres a
+siete. El saln era espacioso, construdo haca pocos aos para escuela
+de nios. Los bancos de stos se amontonaban en la plataforma destinada
+al maestro. Las paredes estaban tapizadas de carteles. Los adoradores de
+Terpscore, mientras bailaban la habanera lnguida, podan distraerse
+leyendo en ellos una porcin de inestimables consejos encaminados a
+demostrar que la virtud y el trabajo son los verdaderos tesoros del
+nio: _El nio estudioso recibir el premio de su aplicacin. La fe y la
+constancia suplen al talento._ Y all en el fondo, sobre la mesa del
+maestro, la imagen de Cristo crucificado, oh vilipendio! tapada con
+una cortina de seda, presida aquellas habaneras voluptuosas y
+furibundas polkas.
+
+Era el sitio donde sin temor al agua ni al sol, los extranjeros podan
+ver y admirar en seductor ramillete a las _yeung girls_ de Sarri. Y en
+efecto, all acudan todos los capitanes y pilotos que hacan escala en
+la villa. Su admiracin a veces, rebasando un poco los lmites de la
+gravedad britnica, les impulsaba a aproximar demasiado las luengas
+barbas rubias al rostro de alguna bella.
+
+--Usted es bobo, cristiano?--preguntaba ella ponindole la mano en el
+pecho y rechazndole con fuerza.
+
+--Crijstiano!... crijstiano!--repeta con asombro el ingls.--Qu ser
+crijstiano?
+
+--Hombre de Cristo. No sabe la _dotrina_? Pus deprndala!
+
+Cuando estaban de ver aquellas preciosas damas, era de cinco a seis de
+la tarde, hora en que ya llevaban bailados cuatro o cinco valses y otras
+tantas polkas. La sangre bien batida, tea de vivo carmn sus mejillas
+frescas. Los rubios o negros cabellos en grato desorden, se
+desparramaban por el espacio o bien caan en adorables bucles por la
+espalda; los ojos brillaban como luceros en aquellos rostros
+celestiales; los labios rojos y hmedos se entreabran para dejar ver el
+aljfar inmaculado de sus dientes. Y basta, porque no concluiramos
+nunca. En esto de admirar a las artesanas de Sarri, no hay ingls que
+nos ponga el pie delante.
+
+En el elemento femenino de los bailes haba siempre perfecta
+homogeneidad: todo l se compona de jvenes situadas en el mismo
+peldao de la escala social. Pero en lo que toca al masculino, exista
+peligrosa variedad: acudan a aquel sitio los jvenes artesanos y los
+seoritos de Sarri. Los primeros crean vulnerados sus derechos por la
+competencia de los seoritos; tanto ms, cuanto que sta era para ellos
+desastrosa, por los repetidos ejemplos de uniones desiguales que se
+efectuaban en la villa. Ya hemos dicho, y si no, lo decimos ahora, que
+los indianos se quedaban con el contingente de seoritas ms o menos
+amojamadas, ms o menos pobres que existan en la poblacin. Los jvenes
+de la clase media, vencidos en esta competencia se refugiaban en las
+artesanas, y no lo pasaban mal. Pero los pobres obreros o marineros,
+vencidos por los seoritos, dnde se refugiaban? No les quedaba ms
+recurso que la taberna y los palos. De stos haba en cada baile una
+cantidad verdaderamente fantstica. Raro era el domingo en que no salan
+de las Escuelas dos o tres seoritos con la cabeza rota.
+
+Pablito haba librado, hasta entonces, bastante bien, gracias a su
+fidelsimo Piscis, que se encargaba de llevar por l los garrotazos que
+se le destinaban. El nico contratiempo que padeca en la mayor parte de
+las reyertas, era la prdida del sombrero. Esto fu tan repetidas veces,
+que vino a averiguarse que le buscaban quimera para que lo perdiese.
+Cuando un artesano necesitaba sombrero, ya saba dnde buscarlo.
+
+Pero Piscis no pudo librarle de ciertas bofetadas que recibi la tarde
+de aquel domingo; no por falta de voluntad en el centauro, sino porque
+hay cosas que no pueden ser... vamos, que no pueden ser. Cun ajeno
+estaba el gallardo mozo al retorcerse las guas del bigote frente al
+espejo y aliarse las mejillas con un jaboncillo que se haca traer de
+Madrid, que una hora despus haban de ser tan fiera y cruelmente
+machacadas!
+
+Pasebase por el medio del saln tan apuesto, tan bizarro, que daba
+gloria verlo. Miraba cundo a un lado, cundo a otro, como hacen todos
+los hombres de verdadero ingenio en estos casos. De vez en cuando, al
+cruzar al lado de una damisela, la deca:--Usted tan bonita, Julia! O
+bien: Me estn matando esos ojos o Como Torcuata no la hay en
+Sarri, u otra frase feliz por el estilo que encenda en puro gozo a la
+doncella. Pero al dejarla escapar, no perda un punto, de su gravedad.
+Porque saba que sta era una de sus cualidades sobresalientes y que le
+hacan ms apetecible al bello sexo.
+
+Esperaba haca rato a Valentina. Pero ya estaba el saln poblado de
+damas, y la fementida orquesta de metal haba tocado dos bailables, sin
+que la costurera gentil hubiera hecho su aparicin en el baile.
+Volvieron a sonar los acordes de una mazurka. La juventud dorada torn a
+estrechar los talles esbeltos de las hijas del pueblo. Pero nuestro
+Pablito, fiel a la suya, permaneca inactivo mirando cruzar por delante
+de l las parejas veloces.
+
+Terminada la mazurka le asalt la idea de que Valentina ya no vendra.
+La tirantez de relaciones que mediaban entre ella y el autor de sus
+das, sobre todo cuando ste tena algunos vasos de vino en el cuerpo,
+lo haca muy verosmil. Pocos minutos despus, Pablito estaba plenamente
+convencido de ello.
+
+Esta su disposicin de espritu coincidi con la entrada de la blonda
+Nieves en el saln. Sus miradas se encontraron. La pobre muchacha,
+villanamente abandonada no haca siquiera dos meses, le sonri con
+dulzura. Esta dulzura haba sido precisamente la causa de su desgracia.
+El apuesto Pablito se cansaba pronto de las mujeres dulces. Sin embargo,
+devolvi la sonrisa, y al pasar a su lado, le dijo ticamente:
+
+--Te van a embestir los toros, Nieves.
+
+La bordadora traa un pauelo rojo atado a la cintura. Esta frase de su
+ex galn le caus un efecto tan vivo, que no supo qu contestar. Sonri
+de nuevo, y dijo: ah!... s!... no! y algunas otras partculas que no
+recordamos, y quiso desmayarse de emocin. A la vuelta siguiente le
+pregunt si quera bailar con l la primera polka. La primera, la
+segunda, la tercera, y todas las polkas que se toquen en el universo,
+respondi Nieves con el s tembloroso que sali de sus labios. Despus
+que comprometi la polka, Pablo sinti un gran arrepentimiento:--Qu
+tonto, qu bruto soy! Y si ahora llega Valentina?
+
+Pero no lleg. La orquesta comenz a preludiar los primeros compases. El
+joven, sin quitar los ojos de la puerta, abraz el talle de la
+bordadora, lanzndose con ella en raudo vuelo por la sala. Otros
+jvenes, no menos raudos, venan del lado opuesto, y claro! un choque
+primero, despus otro y despus otro. Tales encuentros eran un atractivo
+ms en aquellos bailes. Las jvenes, a quienes apabullaban el peinado u
+obligaban a tambalearse, en vez de sentir enojo, rean a carcajadas con
+placer vivsimo. Pablo y Nieves, que no podan dar cuatro pasos sin
+tropezar con otra pareja, estaban verdaderamente hechizados. Sin
+embargo, el joven, siempre que pasaba por delante de la puerta, senta
+un leve estremecimiento en las piernas, y se apresuraba a alejarse de
+ella. Cuando la orquesta se call, llev a su pareja hacia un ngulo de
+la sala, y all departieron un momento de pie. Pablito sinti arder
+entre las cenizas de su amor una chispa de simpata por aquella muchacha
+tan alegre, tan apacible, tan cariosa.
+
+--Ya tena deseos de bailar contigo, Nieves--le dijo mientras se
+limpiaba el sudor con el pauelo.
+
+--Y yo con usted, Pablo.
+
+--Usted?
+
+La joven se ruboriz.
+
+--Has olvidado el t ya?
+
+--Tanto tiempo se pas!
+
+--Tienes razn... Pero mira cmo yo no lo he olvidado.
+
+--El mircoles le vi... te vi en la carretera de Nieva... Ibas en un
+caballo blanco...
+
+--Era una yegua.
+
+--Cre que te tiraba.
+
+--Tirarme!--exclam Pablito frunciendo el entrecejo.--Afloja un poco,
+chica! A m no me tira tan fcilmente una jaca.
+
+--Es que daba unos brincos tan grandes!... Se pona as para arriba...
+Jess! Yo estaba asustada.
+
+--Es que la estaba enseando a levantarse de manos--repuso el joven
+sonriendo con superioridad.--Como no la han trabajado hasta ahora, se
+resiste un poquito. Alguna vez da sus botes de carnero; pero total
+nada... en el fondo es muy noble la Linda... Mira, t, cuando la compr,
+o, por mejor decir, cuando la cambi por el Negrillo, dando mil
+quinientos reales encima, all en el mes de octubre, bien te acordars,
+tena una porcin de zunas. Se me plantaba a lo mejor en medio de la
+carretera, se espantaba con los carros... en fin, un animal perdido. Yo
+me dije: qu hay que hacer con esta jaca?...
+
+Pablito, en cuyo pecho la joven haba hecho vibrar la cuerda ms
+sensible, disert larga y luminosamente acerca de aquellos asuntos
+ecuestres. Nieves le escuchaba embelesada, enternecida, figurndose
+acaso que detrs de aquella descripcin minuciosa de las zunas de la
+Linda iba a encontrar su amor perdido.
+
+De pronto, el orador paf! recibe un golpe en medio de la cara; el
+auditorio paf! recibe otro. Antes que se hubieran repuesto de la
+sorpresa, reciben otros dos paf, paf!
+
+Era la colrica Valentina el autor de aquel dao. En menos de un minuto
+los llen a ambos de bofetadas. Pablito no encontr mejor recurso que
+escabullirse bonitamente, y plantarse en la calle. Qued Nieves como
+inocente paloma en las garras del gaviln. Pero ste, viendo que no
+poda saciarse, porque le sujetaron los brazos, se desprendi
+bravamente, dej el saln, dnde se haba armado el consiguiente jolln,
+y sali a la calle.
+
+Pablito caminaba a paso lento, harto sofocado an, cuando sinti un
+terrible dolor en el brazo. Conoca tan bien aquel gnero de tormento,
+que sin volver la cara exclam:
+
+--Valentina!
+
+--Yo soy! Creais que os ibais a reir de m?
+
+--Lo que acabas de hacer es muy feo--profiri el joven con acento
+irritado, mirando a su querida cara a cara.--Has dado un escndalo, y
+me has puesto en ridculo. Yo no tolero eso, lo oyes?
+
+--Que no lo toleras? Pues, mira; como vuelva a verte otra vez con ella,
+no me contento con lo que hoy hice... Os clavo a los dos con una
+navaja!
+
+--Ya te librars de hacer nada de eso, ni presentarte siquiera delante
+de m cuando est hablando con otra mujer--grit el joven cada vez ms
+enfurecido.
+
+--En cuanto te vea con esa pendanga! Alza! ya vers! ya vers!
+
+Entonces el hermoso mancebo, justamente indignado, pero olvidando por el
+estado de ofuscacin en que se hallaba todos los artculos del cdigo de
+la galantera, descarg una bofetada en el rostro de su querida, y
+despus otra, y despus otra... en fin, una _sopimpa_ ms que regular.
+La graciosa artesana se dej solfear por su galn pacientemente, sin
+hacer la ms leve seal de resistencia, ni siquiera de esquivar los
+golpes. Cuando Pablito ces, le pregunt con deliciosa naturalidad:
+
+--Has concludo ya?
+
+--Por ahora... pero me entran ganas de empezar otra vez!--rugi el
+mancebo ciego de clera.
+
+--Pues empieza cuando gustes. Yo las he de llevar todas sin moverme.
+Pero te advierto que me pegues o no me pegues, he de hacer lo que te
+dije en cuanto te vea hablando con esa... Ahora llvame otra vez al
+baile.
+
+--No quiero.
+
+--Bueno; pues llvame a cualquier parte donde pueda arreglar el pelo,
+porque me has despeinado.
+
+El joven hubo de transigir llevndola al caf de la Estrella, no sin ir
+pensando por el camino que sus conquistas le estaban saliendo un poco
+caras.
+
+Pocos das despus tuvo an mejor motivo para hacerse esta reflexin.
+Fu en la Peluquera Madrilea, donde acostumbraba a afeitarse y
+arreglarse el pelo a menudo. Acompaado de su primer caballerizo, entr
+en ella y se sent en un divn esperando la vez.
+
+--Cuando usted guste, caballero--le dijo al cabo un muchacho plido, con
+ligero bigote negro, volviendo el asiento de gutapercha y mirndole de
+travs.
+
+Pablito avanz distradamente y se dej caer en la butaca con esa
+languidez elegante que adoptan en las peluqueras aquellos a quienes la
+Providencia seal con un destello de superioridad. El chico le
+embadurn la cara con jabn. El joven Belinchn, con la preciosa cabeza
+inclinada hacia atrs, esper radiante de majestad que se le despojase
+de la sombra negra que manchaba sus mejillas. Tena los ojos cerrados
+blandamente para mejor percibir los vagos y poticos pensamientos que
+cruzaban por su cerebro. Siempre que volva de la cuadra traa la cabeza
+repleta de ideas. Sus piernas se extendan cruzadas debajo de la mesa, y
+sus manos enguantadas pendan de los brazos del silln con la misma
+elegancia que las piernas.
+
+--Fernando--dijo en voz alta el artista que le iba a afeitar llamando a
+uno de sus compaeros.
+
+--Qu quieres, Cosme?
+
+Este nombre hizo estremecer sin saber por qu a Pablito. Abri los ojos
+y dirigi una larga y vida mirada al peluquero. No le conoca. Deba de
+ser nuevo en el establecimiento. Esto, en vez de tranquilizarle, le
+oblig a cambiar de postura varias veces, abandonando por el momento su
+habitual majestad y languidez.
+
+--Puedes darme la navaja que han vaciado hoy?
+
+--All va.
+
+Fernando alarg el brazo y Cosme recogi la navaja. Un vago deseo de
+levantarse naci en el espritu de Pablito. Mas antes de que pudiera
+adquirir forma, el peluquero le haba cogido por la nariz y comenzaba a
+rasparle.
+
+Al cabo de unos instantes en que nuestro joven por debajo de sus largas
+pestaas segua con mirada inquieta los movimientos de la mano del
+artista, ste le dijo en voz baja, plegados los labios por una sonrisa
+afectada que extenda desmesuradamente su boca:
+
+--Usted es el seorito de Belinchn, verdad?
+
+--S--articul.
+
+--Yo le conozco a usted hace mucho tiempo--manifest el peluquero con la
+misma voz apagada y sin dejar de sonreir.--Oh, s, hace mucho tiempo!
+Usted no me conocer... Claro! los seoritos no acostumbran a fijarse
+en nosotros. Le tengo visto muchas veces por ah a caballo y en coche...
+y tambin a pie. En los bailes de las Escuelas le veo a menudo. Baila
+usted muy bien, seorito, muy bien!...
+
+--Phs!--profiri Pablito, en quien el deseo de levantarse se haba
+transformado ya en verdadero anhelo.
+
+--S, muy bien... y adems tiene gusto para escoger pareja. Caramba qu
+muchachas tan guapas se lleva usted siempre, seorito! Hace algunos
+meses le vea bailar siempre con una rubia... hasta all! Es hermana de
+un amigo mo... Pero hace ya tiempo que le veo bailar con otra muy
+salada que se llama Valentina, verdad? Es una chica muy graciosa...
+Caramba qu buen ojo tiene usted, seorito!... A esta Valentina la
+conozco un poquito... Hemos sido algo amigos en otro tiempo... No le ha
+hablado alguna vez de m... de un tal Cosme?
+
+--No--articul el joven, en quien comenzaban los sntomas de una
+abundante transpiracin.
+
+--Pues es extrao, porque ramos bastante amigos... Como que hace tres
+meses estbamos para casarnos!... Pero, amigo, vino usted, seorito, y
+todo fu rodando.
+
+Cosme haba pronunciado estas ltimas palabras con voz temblorosa.
+Pablito sudaba gotas como avellanas sin sentir calor alguno. Tena el
+mismo temperamento de su glorioso padre, enemigo irreconciliable de las
+traiciones y emboscadas.
+
+--Naturalmente, qu haba de pasar?--prosigui el artista en un tono de
+voz indefinible, pues no se saba si quera llorar o reir. Al mismo
+tiempo pasaba la navaja con suavidad por la garganta del bizarro mancebo
+para despojarle de algunos pelos importunos.--Naturalmente! Un seorito
+tan principal como usted, cmo no haba de derrotar a un pelafustn
+como yo? Las chicas, en cuanto uno de ustedes les canta al odo
+cualquier cosita, se vuelven locas, aunque la mayor parte de las veces
+ustedes lo hacen por divertirse, cuando no para otra cosa peor.
+Demasiado se sabe que usted no se ha de casar con Valentina... Usted la
+quiere para pasar el rato por las noches con ella en el corredor y hacer
+sus escapaditas adentro, verdad? Y despus ah queda eso!... La
+verdad, yo quera mucho a esa nia...
+
+La voz del barbero volvi a temblar y la mano tambin. Pablito no pudo
+siquiera hacer otro tanto. Estaba petrificado.
+
+--Pero ahora--prosigui Cosme,--ahora, quin es el que se casara con
+ella a no estar loco?... Los pobres estamos debajo, y tenemos que sufrir
+estas vergenzas. Si usted hubiera sido un igual mo nos hubiramos
+visto las caras... Pero si yo me hubiera metido con usted, no faltara
+quien me rompiese la cabeza, y sobre eso ira a la crcel... Y sin
+embargo--prosigui despus de un momento de silencio con acento ms
+ronco,--si yo ahora me volviese de repente loco, seorito... adis
+caballos y coches! adis bailes! adis Valentina!... Con slo empujar
+un poco la navaja pif! todo haba concludo para siempre...
+
+Pablito, cuyo rostro ya sin jabn estaba tan blanco como cuando lo
+tena, dej escapar aqu un jipido tan extrao y doloroso, que Piscis
+que vena observando con ojos recelosos al barbero, salt repentinamente
+sobre ste y le sujet los brazos. Pablo se levant entonces de un
+salto. El dueo y los mancebos y todos los parroquianos gritaron a un
+tiempo:
+
+--Qu es eso?
+
+--Pillo, asesino!--exclam Pablito lanzndose sobre Cosme, que estaba
+bien sujeto por atrs y tan plido como un muerto.
+
+En un instante el gallardo mancebo, que aun sudaba copiosamente, les
+enter de lo que haba pasado. El pobre Cosme fu arrojado de la tienda
+a puntapis por el patrn, que no quera perder el mejor parroquiano de
+la villa.
+
+
+
+
+XIII
+
+EN QUE SE DESCUBREN ALGUNOS SECRETOS DE LA VIDA DE GONZALO
+
+
+Gonzalo record que aun no le haban curado el vejigatorio puesto el da
+anterior. Tir violentamente del cordn de la campanilla. Estaba tendido
+en el lecho boca arriba, mirando los arabescos del techo. La estancia
+bien esclarecida por los dos balcones que tena. No se hallaba en su
+alcoba, sino en el despacho, donde le haban puesto una cama el da
+primero que se sinti mal. Ventura haba mostrado pesar de dejar la
+alcoba, y prefiri salir l, ya que juntos no podan dormir. El ataque
+haba sido tan fuerte como repentino: una erisipela que le inflam el
+rostro, las manos y las piernas, y estuvo a punto de causarle la muerte.
+Conjurado el ataque cerebral por medio de violentos revulsivos a las
+piernas, el mdico le fu aplicando vejigatorios en diversas regiones
+del cuerpo.
+
+--Qu se le ofreca, seorito?--dijo la doncella entreabriendo la
+puerta.
+
+--Haga usted el favor de llamar a la seorita.
+
+Al cabo de un momento, la criada entreabri de nuevo:
+
+--Que viene al instante.
+
+El joven esper. Al cabo de diez minutos largos, la linda cabeza rubia
+de su esposa asom por la puerta.
+
+--Qu me queras, pichn mo?--pregunt, sin entrar, en tono distrado,
+que no encajaba bien con lo meloso de la pregunta.
+
+--Entra... Son las once, y an no me han curado el vejigatorio.
+
+--Yo pensaba que esperaras a que el mdico lo hiciese--dijo avanzando
+con vacilacin por la estancia. Vesta una magnfica bata de seda azul
+que no poda velar la curva pronunciada de su vientre.
+
+--No ha dicho que vendra l a currmelo... Adems me molesta mucho ya.
+
+La joven se acerc a la cama. Despus de unos momentos de silencio,
+poniendo la mano sobre la cabeza de su marido, le pregunt:
+
+--No sera mejor que el mdico te curase?
+
+--No, no--respondi l, malhumorado.--Me est molestando mucho... Busca
+las hilas y la pomada, y trae unas tijeras que corten bien.
+
+Ventura sali sin decir nada. Poco despus volvi con aquellos enseres
+en las manos. Se haba puesto seria y pareca distrada. El tena
+impreso en el rostro el hasto y el malestar que causa la cama.
+
+Despus que hubo colocado los efectos sobre la mesa de noche y esparcido
+la pomada sobre las hilas con un cuchillo, la joven esposa dijo
+suavemente:
+
+--Vamos.
+
+Gonzalo se incorpor, y desabrochando la camisa expuso al aire su pecho
+de hrcules de circo, a cuyo costado derecho estaba adherida una
+cantrida. La joven se inclin para levantar el parche. Gonzalo
+aprovech la ocasin para besarla en la frente.
+
+No se dijeron nada. La vejiga era grande y rodeada por un crculo rojo
+de carne inflamada. Ventura se alz de nuevo y dijo con su habitual
+desenfado:
+
+--Bah, bah, mejor esperamos que venga el mdico: no puede tardar... Si
+quieres le pasaremos recado.
+
+--Ya he dicho que no--manifest el joven frunciendo el entrecejo.--Coge
+las tijeras y corta la vejiga alrededor. Despus pones las hilas encima
+de la llaga y se concluy... Ya ves que es bien fcil!
+
+Ventura no respondi. Torn las tijeras, se inclin de nuevo y se puso a
+cortar la piel.
+
+--Te duele?
+
+--Nada: sigue adelante.
+
+Pero al quedar la llaga al descubierto la joven no pudo reprimir un
+gesto de repugnancia. Los ojos de su marido, que la espiaban, se
+turbaron. Su frente se arrug fuertemente.
+
+--Mira, djalo, djalo... Esperaremos que venga el mdico--dijo
+cogindola por la mueca y apartndola suave, pero firmemente.
+
+Ventura le mir sorprendida.
+
+--Por qu?
+
+--Por nada. Djalo, djalo--replic abrochndose de nuevo la camisa y
+tapndose con la ropa.
+
+Venturita se qued con las tijeras en la mano mirndole fijamente, en
+actitud confusa. El tena la misma profunda arruga en la frente y miraba
+al techo.
+
+--Pero por qu?... Qu te ha dado, chico?...
+
+--Nada, nada. Djame que voy a descansar.
+
+La joven se qued todava unos instantes mirndole. Inflamndose de
+pronto, tir con rabia las tijeras al suelo y dijo con el acento altivo
+y desdeoso que tan bien saba dar a sus palabras cuando quera:
+
+--Me alegro. El espectculo no era muy agradable; sobre todo poco antes
+de comer.
+
+Al mismo tiempo se volvi dirigiendo sus pasos hacia la puerta. Gonzalo
+exclam con sonrisa sarcstica:
+
+--Y yo me alegro de haberte dado esa alegra.
+
+Luego, al quedar solo, sus ojos chispearon de furor y sus labios
+temblaron. Apret la sbana con las manos convulsas, y lanz una serie
+de interjecciones brutales, entregndose a una de esas cleras breves y
+terribles de los hombres sanguneos.
+
+Antes que se hubiese apagado por completo, oy tocar en la puerta
+suavemente. Figurndose que era su mujer, grit con furia:
+
+--Quin va?
+
+La persona que haba llamado, estremecida sin duda por aquella voz,
+tard un instante en contestar.
+
+--Soy yo, Gonzalo--dijo al cabo con voz dbil.
+
+--Ah! dispensa, Cecilia. Entra--replic el joven dulcificndose de
+pronto.
+
+Su cuada abri la puerta, entr, y la cerr despus con cuidado.
+
+--Vena a saber cmo estabas, y al mismo tiempo a decirte que si quieres
+la limonada ya la tienes hecha.
+
+--Estoy mejor, gracias. Si sigo as, me parece que maana o pasado a
+todo tirar me levanto.
+
+--Te han curado la cantrida?
+
+--Ventura se puso a ello ahora; pero no ha concludo--respondi,
+volviendo a fruncir la frente.
+
+--S; acabo de encontrrmela en el pasillo, y me ha dicho que te has
+incomodado porque te figurabas que lo haca con repugnancia--dijo
+Cecilia sonriendo con bondad.
+
+--No es eso! No es eso!--repuso el joven en tono de impaciencia y no
+poco avergonzado.
+
+--Debes perdonarla, porque no est acostumbrada a estas cosas. Es una
+chiquilla... Adems, el estado en que se encuentra, tal vez influya en
+su estmago.
+
+--No es eso, Cecilia!--volvi a exclamar el joven con ms impaciencia,
+levantando un poco la cabeza de las almohadas.--Sera muy necio y muy
+egosta si fuese a incomodarme por una cosa que despus de todo no est
+en su mano el evitar. Es cuestin de temperamento, y yo acostumbro a
+respetarlo; mucho ms tratndose de mi esposa, que se encuentra en un
+estado excepcional... Pero hay algo ms. Lo que me acaba de pasar llueve
+sobre mojado. Hace diez das que estoy en la cama, y no ha entrado en
+esta habitacin ms de dos o tres veces cada da y casi siempre llamada
+por m... Te parece que es eso lo que debe hacer una mujer por un
+marido?... Si no hubiera sido por ti y por mam... sobre todo por ti...
+estara abandonado en poder de criados como en una fonda.
+
+--Oh, no, Gonzalo!
+
+--S, s, Cecilia--replic con energa y exaltndose.--Abandonado. Mi
+mujer no aparece por aqu sino cuando hay visita... Entonces, s, viene
+hecha un brazo de mar, oliendo a esencias y demonios colorados... Pero
+traerme las tisanas, apuntar las prescripciones del mdico, hacerme un
+poco de compaa hablando o leyndome algo... De eso, nada!... Ahora le
+ruego que me cure el vejigatorio, y, en cuanto se lo digo, cambia del
+todo su fisonoma... Comienza a buscar salidas para zafarse. Slo cuando
+yo insisto con empeo, se decide... pero de tan mala gana! con una cara
+tan estirada, que estuve tentado a tirarle a ella todos los chirimbolos.
+No tendra ni pizca de dignidad, ni vergenza siquiera, si la hubiese
+consentido seguir...
+
+Se haba ido exaltando cada vez ms, hasta el punto de incorporarse del
+todo en el lecho. Cecilia, en pie, en medio de la habitacin, le
+escuchaba inquieta y confusa, sin saber qu replicar. Quera defender a
+su hermana; pero no encontraba argumentos bastante poderosos para
+contrarrestar los de su cuado.
+
+--Gonzalo--le dijo al fin, con voz firme y semblante sereno, acercndose
+al lecho,--el disgusto que acabas de tener te ha exaltado un poco, y no
+ves las cosas como en realidad son... Es posible que Ventura se haya
+descuidado un poco en el cumplimiento de sus deberes; pero estate seguro
+de que no ha sido por falta de voluntad. La conozco bien. S que su
+carcter no se presta a ocuparse en estos pormenores y cuidados que un
+enfermo necesita. No sirve para enfermera. Adems, considera que ahora
+se encuentra en un estado en que hay que dispensarle muchas cosas...
+
+--Pero si es as en todo, Cecilia! Si es as en todo!--replic el
+joven con tanta viveza como mal humor.--Si es una chiquilla que no
+tiene atadero! Los asuntos de la casa le tienen sin cuidado. Para ella,
+lo nico importante en el mundo es ella misma, su hermosura, sus trajes,
+sus joyas... Todo lo dems, padres, hermanos, marido, no significan
+nada... Estoy seguro de que le ha preocupado ms el sombrero que ha
+encargado a Pars que mi enfermedad...
+
+--Oh, no digas eso, por Dios! Ests loco.
+
+--No estoy loco. Digo la pura verdad...
+
+Y con palabra rpida, vibrante, tropezando muchas veces por la
+irritacin de que estaba posedo, expuso prolijamente sus quejas,
+complacindose en hacer sangrar de nuevo los pinchazos que haba
+recibido en su vida matrimonial. Ventura tena un carcter
+diametralmente opuesto al suyo. No era posible estar bien con ella ms
+de una hora. Porque si duraba mucho la avenencia, y no se presentaba
+motivo de ria, se encargaba ella de buscarlo, hastiada, sin duda, de
+hallarse en paz con su marido. Si haca una cosa por proporcionarle un
+goce cualquiera, en vez de agradecrselo, le pagaba generalmente con
+alguna burla o sarcasmo. Todo le pareca poco. Los mayores sacrificios
+los encontraba pequeos. No haba posibilidad de hacerla pensar ms que
+en sus vestidos, en sus perfumes, en sus cintajos. Qu vida la que le
+haba hecho llevar en Madrid los tres meses que all haban estado! No
+salan de los comercios de sedas, de las joyeras, de casa de la
+modista. Por las noches, infaliblemente al teatro. Aunque estuviese
+cansado o se le partiese la cabeza de dolor, nada, era preciso exhibirse
+en algn palco del Real, del Prncipe o la Zarzuela. El dinero que all
+haban gastado, sumaba una cantidad imponente. Crea haber llevado
+bastante, y por tres veces tuvo que pedir ms a su casa. Luego,
+comprendiendo que dado aquel tren con sus rentas no tendran bastante,
+sobre todo si Dios le daba muchos hijos, haba tratado de montar una
+fbrica de cerveza, para aprovechar siquiera los estudios que haba
+hecho. Ventura se haba opuesto resueltamente a ello, diciendo que no
+quera ser la seora de un cervecero... Estaba convencido de que la
+sangre que se haba quemado en Madrid, y la que segua quemndose en
+Sarri, era lo que haba causado aquel ataque repentino de erisipela.
+Claro! El necesitaba una vida de actividad y de trabajo, salir mucho al
+campo, cazar, montar a caballo. Su naturaleza pletrica exiga el
+ejercicio. Aquella vida sedentaria que le gustaba a Ventura, aquel
+eterno teatro, aquellas visitas, aquel trasnochar sin sustancia, le
+mataban; la sangre se le pona espesa como el aceite... Pero qu le
+importaba a ella todo eso! Lo principal era satisfacer su gusto en todo
+y por todo... En Madrid haba aprendido a pintarse; una gran
+barbaridad, porque era blanca como la leche!... Pues aunque l le haba
+manifestado repetidas veces que le repugnaba aquella asquerosa mana, no
+haba sido posible que le hiciera caso.
+
+Mientras se desahogaba de este modo en un flujo intermitente de
+palabras, el rostro de Gonzalo iba expresando sucesivamente la
+indignacin, la tristeza, la clera, el desprecio, todas las emociones
+que agitaban su alma al recuerdo de sus padecimientos. Su gran torso de
+atleta, se mova convulsivamente sobre el lecho, incorporndose unas
+veces, otras dejndose caer, mientras las manos temblorosas y crispadas
+se ocupaban instintivamente en tirar de la ropa, que a impulso de sus
+bruscas sacudidas se le marchaba.
+
+Cecilia, con la cabeza baja y las manos cadas y cruzadas, le escuchaba
+esperando que despus de soltar el fardo de sus disgustos, la clera del
+joven se aplacase.
+
+Y as fu. Despus que ya no tuvo ms palabras en el cuerpo, cubrindose
+con la sbana hasta los ojos dej escapar una serie interminable de
+resoplidos entremezclados de frases incoherentes. Cecilia comenz a
+decirle con voz muy suave:
+
+--Yo no s qu decirte a todo eso, Gonzalo. Meterse en las desavenencias
+que pueda haber en un matrimonio es muy peligroso. Si a alguien
+corresponde intervenir en vuestras cosas no es a m, sino a mam... Pero
+siempre he odo decir que en todos los matrimonios hay rias y
+disgustillos, sobre todo al principio, mientras los caracteres no se
+amolden... Todo eso pasa. Son nubes de verano. Mientras no afecte al
+fondo, mientras los corazones no se desunan, las reyertas matrimoniales
+tienen bien poca importancia... Y aqu no hay miedo a eso, por
+fortuna... T quieres a Ventura...
+
+--Oh, cada da ms!--exclam l, con rabia de s mismo.--Estoy
+enamorado como un burro... s, s, como un burro!
+
+Una sombra de mortal dolor, veloz como un relmpago, pas por los claros
+ojos de Cecilia. Pero al instante volvieron a lucir serenos y brillantes
+como siempre.
+
+--Ella tambin te quiere a ti; no lo dudes. Su genio es vivo, acaso un
+poco caprichoso, por lo mismo que ha sido siempre el mimo de la casa.
+Pero es incapaz de guardar rencor por una ofensa, ni obra jams con
+premeditacin, sino empujada por las impresiones del momento... Adems,
+Gonzalo--aadi sonriendo,--considera que ahora le debes muchas ms
+atenciones, muchsimo ms cario, si es posible...
+
+La joven, con frases delicadas empapadas de ternura, le habl de su
+futuro hijo; un clavito que remachara de modo inquebrantable la unin
+de sus almas. Aquel nio para el cual todo el mundo estaba ya trabajando
+en la casa, disipara con su sonrisa inocente las nubculas que
+sombrearan por un instante el amor de sus papas. Despus que estuviese
+en el mundo bien se acordara Ventura de coloretes! Anda, anda! pues
+no tendra poco que hacer para tenerle limpio, darle el pecho y
+entretenerle cuando llorase. Y l estara tan embobado contemplndolo,
+que no tendra tiempo a ocuparse en si su mujer traa tal o cual
+vestido, ni siquiera si estaba de bueno o de mal humor.
+
+La voz de Cecilia, suave, persuasiva, un poco empaada siempre, lo cual
+daba a su acento singular ternura y humildad que llegaba al corazn,
+logr conmover pronto el de su cuado.
+
+Apaciguse sbito. Dilatado su rostro por una sonrisa, exclam antes de
+que concluyese:
+
+--Chica, qu gran abogado haras!
+
+--Es que tengo razn--replic ella riendo.
+
+--Y si no la tuvieses ya te arreglaras para aparecer con ella... Ea,
+ya pas!... A m las rabietas me duran poco... Y, sobre todo, en cuanto
+t empiezas a hablar, pierdo la fuerza. No hay orador que se te iguale
+en eso de acumular los razonamientos en el punto que te convenga; y
+hasta sabes sacar el Cristo... digo, el nio...
+
+Cecilia solt la carcajada.
+
+--Reconocers que ha sido con oportunidad.
+
+--No lo niego.
+
+Ambos rieron con alegra, embromndose cariosamente, mecidos en dulce
+fraternidad que los haca felices.
+
+Cecilia se retir al fin. Antes de llegar a la puerta se volvi,
+preguntando con timidez, donde apuntaba un vivo y mal disimulado deseo:
+
+--Quieres que te haga yo la cura?... Debes estar molesto...
+
+El joven vacil un instante. Tema ofender el pudor de su hermana
+poltica.
+
+--Si t quieres... No hay necesidad... Acaso te cause repugnancia...
+
+Pero Cecilia ya se haba acercado a la cama y recoga las hilas, la
+pomada y las tijeras, ponindolo todo en orden. Hizo una nueva tableta,
+y extendi con esmero el ungento sobre ella. Gonzalo la miraba, un poco
+inquieto. Ella guardaba silencio, haciendo esfuerzos heroicos por vencer
+la confusin que se iba apoderando de su alma. Ya estaba arrepentida de
+su proposicin. Dejaba transcurrir el tiempo pasando infinitas veces el
+cuchillo sobre las hilas, con los ojos bajos, fingiendo gran atencin a
+la tarea que tena entre manos. Al fin, haciendo un supremo esfuerzo,
+tom la tableta, y levantando la cabeza hacia su cuado, le dijo con
+afectada indiferencia:
+
+--Cuando quieras.
+
+Gonzalo, con mano vacilante, baj la ropa. Se incorpor en el lecho, y
+con lentitud embarazosa principi a desabotonarse la camisa. Al fin
+descubri su enorme pecho musculoso.
+
+--Buen cuadro para antes de comer!--exclam avergonzado, repitiendo la
+idea expresada por su esposa.
+
+Cecilia no contest. Se puso a examinar la llaga, cubierta a medias por
+la piel que Ventura no haba acabado de cortar. Tom las tijeras, y con
+mano firme cort lo que faltaba.
+
+--Te hago dao?--pregunt.
+
+--Ninguno.
+
+Descubierta enteramente la llaga, grande como la palma de la mano,
+aplic con suavidad sobre ella la tableta de hilas, pas repetidas veces
+la mano por encima para ajustarla, coloc un trapo sobre las hilas, y
+sin dejar de oprimirlo con la mano izquierda, tom con la derecha una
+venda que haba sobre la mesilla, y la aplic por el medio encima del
+trapo.
+
+--Ahora es necesario que te pases la venda por detrs de la espalda,
+para atarla despus aqu encima.
+
+--No te atreves t?--dijo l con sonrisa entre burlona y avergonzada.
+
+Ella no contest. Quera a fuerza de seriedad dominar la confusin que
+la embargaba. nicamente se poda advertir su emocin en el temblor
+ligersimo de sus labios. Los ojos medio cerrados, lucan por detrs de
+sus largas pestaas con ntimo gozo que la expresin indiferente y grave
+de su fisonoma no poda ocultar.
+
+Gonzalo trat de cruzar la venda por detrs, pero le fu imposible.
+Cecilia acudi en su auxilio metiendo la mano con decisin por debajo de
+la camisa. Al sentir el tibio contacto de la carne del joven, aquella
+mano tembl levemente; mas no dej de seguir con firmeza su tarea.
+
+--Buen pecho, eh?--dijo l con afectado desenfado, para ocultar el
+embarazo que a ambos dominaba.
+
+Tampoco respondi Cecilia.
+
+--No creas que es todo natural. Estos brazos y este pecho me los hice
+remando en el Tmesis.
+
+--Remando?
+
+--S, remando. All los jvenes ms ricos no se desdean de vestir la
+blusa del marinero o la camiseta. Al contrario, es de lo ms
+_fashionable_, como ellos dicen. Cuntos viajes habremos hecho ro
+arriba! Luego cada poco tiempo hay regatas. Acude la gente como en
+Madrid a los toros, se cruzan grandes apuestas... Es un recreo
+delicioso! Qu entusiasmo entre nosotros desde muchos das antes!...
+
+Se conmova al recuerdo de aquellas horas felices de salud y de fuerza,
+cuando ni el amor ni cuidado alguno domstico turbaban an su vida de
+estudiante rico y desaplicado. Y viendo la atencin que Cecilia le
+prestaba, se extenda en menudencias pueriles, trayendo al recuerdo los
+nfimos pormenores de aquella existencia consagrada a la gimnasia.
+Refera las regatas que haba ganado, las que haba perdido y todos los
+incidentes que en ellas haban surgido. Contaba sus impresiones antes y
+despus del suceso, la clase de alimentacin que usaba para adquirir
+vigor y perder la grasa; describa los trajes que usaban, la forma de
+los botes, los gritos de la muchedumbre que los alentaba desde la
+orilla...
+
+--No habra all quien tuviese ms fuerza que t--le dijo ella
+comindolo con los ojos.
+
+--Oh, s! No era de los ms flojos; pero todava haba algunos de ms
+fuerza--respondi l con modestia.
+
+Haba desaparecido la cortedad de ambos. Tornaba aquella dulce
+fraternidad de antes. Gonzalo descansaba sobre el lecho con los brazos
+fuera. En cuanto se viera fuera de l, y con nimos, se iba a Tejada.
+Era necesario cambiar de vida, para evitar nuevos ataques. Pensaba
+dedicarse a la caza con ahinco. Montara adems un gimnasio en el sitio
+ms adecuado de la casa. En fin, se prometa ser otro hombre as que
+curase del todo.
+
+Cecilia aplauda aquella decisin; prometa ir con l algunas veces.
+Gozaba mucho ms en Tejada que en Sarri. Haba nacido para aldeana. El
+se rea de aquellos propsitos.
+
+--No sabes lo que es ir de caza en este pas. A ver si me veo precisado
+a traerte en brazos como a Ventura.
+
+--No tengas cuidado; soy ms fuerte de lo que parezco.
+
+Al fin la joven, trat de marcharse. Gonzalo le pregunt con timidez:
+
+--No me lees hoy un poco?
+
+Cecilia no haba pensado en otra cosa desde haca rato. Pero como haba
+odo al joven quejarse con amargura de que su mujer no lo hiciese, tema
+dejarla en peor lugar, ofrecindose a desempear esta tarea.
+
+--Qu quieres que te lea?
+
+--Con tal que no sea una de esas novelas terrorficas que le encantan a
+mi mujer, cualquier cosa.
+
+--Bueno; te leer el Ao Cristiano.
+
+--No tanto!--exclam l riendo.
+
+Cecilia tom de la librera un volumen de versos, y se puso a leer
+sentada cerca de los pies de la cama. Al cuarto de hora Gonzalo dorma
+deliciosamente, con la tranquilidad de un nio. La joven suspendi la
+lectura al observarlo, y le contempl atentamente, mejor dicho, le
+acarici con los ojos largusimo rato. Al cabo crey sentir ruido de
+pasos en el corredor, y ponindose encarnada a la idea de que pudieran
+sorprenderla en aquella actitud, se alz vivamente de la silla, y sali
+de la estancia sobre la punta de los pies.
+
+Gonzalo, en cuanto estuvo convaleciente, quiso trasladarse a Tejada. Le
+acompa toda la familia, excepto don Rosendo. Corra el mes de octubre.
+En medio del ropaje amarillo de los campos comarcanos, la posesin de
+don Rosendo, poblada de coniferas, resaltaba como mancha negra, nada
+grata a los ojos. El joven puso en prctica inmediatamente su programa
+de vida higinica. Levantbase de madrugada, tomaba la carabina, llamaba
+a los perros y lanzbase al travs de los campos, llegando la mayor
+parte de los das a la noche, rendido, con algunas perdices en el morral
+y un hambre de canbal. Cuando las excursiones eran ms cortas, Cecilia
+le acompaaba, segn le haba prometido. Aunque en esta ocasin se
+mataban pocas perdices, Gonzalo apeteca su compaa como la de un
+agradable y simptico camarada. La joven nunca se confesaba fatigada;
+pero l, adivinndolo en su marcha vacilante, daba el alto, la obligaba
+a sentarse, y se haca el distrado charlando, a fin de que durase ms
+el descanso.
+
+Mas ella luchaba entre el placer de estas correras, y el compromiso que
+haba contrado con su hermana de hacerle el canastillo para el nio.
+Cuando lleg la ocasin de pensar en l, al quinto o sexto mes de
+hallarse en cinta, Ventura decidi encargarlo a Madrid; pero Cecilia le
+haba dicho:
+
+--Si me traes los modelos, yo respondo de hacrtelo igual.
+
+Venturita se haba resistido un poco; mas al ver el empeo que su
+hermana pona, consinti en ello. Cecilia emprendi con tanto afn la
+obra, que le faltaba tiempo para comer y dormir. Algunas veces, cuando
+su cuado le instaba a salir, le responda:
+
+--Mira, hoy djame trabajar. Hace tres das que apenas coso nada.
+
+Y como l insista haciendo burla de aquellos trabajos, ella se
+resignaba diciendo:
+
+--Bien, lo peor es para ti. A ver con qu vas a vestir a tu hijo cuando
+nazca.
+
+--Descuida, chica--replicaba l riendo.--Tengo bastantes camisas para l
+y para m... Sobre todo, si le gustan de cuello bajo!...
+
+Al cabo de un mes, la accin del aire y del sol haba puesto a Cecilia
+mucho ms morena. Pareca un muchacho, un marinerito del muelle, segn
+la expresin de Gonzalo. Mientras tanto, Ventura haca su vida de
+sultana caprichosa, que ahora tena ms razn de ser. Apenas sala de la
+casa. El cuidado exquisito de su persona, le ocupaba mucho tiempo. El
+resto, sola emplearlo en leer novelas de folletn. Cada da estaba ms
+hermosa. Aquel culto fervoroso de su cuerpo, contribua no poco a
+realzar y aumentar sus gracias. Como un artista toca y retoca
+incesantemente su obra, sin que le parezca jams bastante acabada, as
+la joven esposa cuidaba de sus cabellos, de su cutis, de sus dientes, de
+sus manos, sin cansarse jams. El matrimonio la haba embellecido
+dndole la plenitud amable de la forma femenina, convirtiendo su hermosa
+primavera en dorado y esplndido esto. La misma maternidad, sin
+quitarle frescura ni desfigurar su cuerpo, le prestaba una majestad
+suave y protectora. Luego el soberano gusto, el arte, mejor dicho, con
+que saba adaptar el color y la forma del vestido al tono de sus carnes
+y a los cambios que en su naturaleza se operaban, daba primor y relieve
+a aquella adorable figura.
+
+Eso s, toda la casa giraba en torno de ella. Como una diosa adorada y
+temida, mova a su talante todas las figuras humanas que cobijaban las
+torres chinescas. Hasta doa Paula, que la haba hecho rostro en los
+primeros meses de matrimonio, haba vuelto a caer en su esclavitud. Ella
+no abusaba de aquel dominio. Dejaba que todos cumpliesen su gusto, menos
+cuando directa o indirectamente iba contra el suyo. As, por ejemplo,
+nadie saba cundo tornaran a Sarri, sino ella. La cocinera no
+arreglaba la comida sin consultarla. El cochero suba a preguntarle
+todos los das si quera salir de paseo. El jardinero no mova un tiesto
+sin pedirle la venia. En cambio no le preocupaba poco ni mucho que su
+marido saliese. Una sola vez, vindole preparado a salir con Cecilia, le
+dijo sonriendo en presencia de sta y de otras personas:
+
+--Muy amigos os vais haciendo t y Cecilia. Mira que voy a celarme.
+
+Y al tiempo de decirlo, clavaba en l una de esas miradas soberanas que
+expresaba convencimiento profundo de su dominio. Gonzalo, por mucho que
+se alejase, no podra romper la cadena; volvera blando y sumiso a sus
+pies, como el cometa que en vertiginosa carrera surca los espacios y a
+una distancia inconmensurable siente el freno del sol y vuelve dcil
+hacia l su frente.
+
+Gonzalo pag aquella mirada con otra de rendimiento absoluto. Cecilia se
+haba puesto levemente plida y sonrea para disimular su turbacin.
+
+--Vamos, idos, idos! No os quiero ver delante--aadi.--Si me la estis
+pegando, peor para vosotros, porque tomar una venganza sonada.
+
+La broma no era delicada, teniendo presente lo que haba mediado entre
+Cecilia y Gonzalo. Pero no era Venturita mujer que reparase mucho para
+soltarlas.
+
+En los primeros das de diciembre se trasladaron a Sarri. Un mes
+despus Ventura daba a luz una hermosa nia, blanca y rubia como ella.
+Gonzalo estaba tan enamorado de su mujer, que la recibi con alegra,
+s, mas no con aquel gozo y anhelo con que los hombres suelen acoger a
+su primer hijo. Lo que le interesaba principalmente era la salud de su
+esposa, que no sobreviniese ningn incidente. Todo se volva entrar y
+salir del cuarto, tomarla el pulso y moler a preguntas a don Rufo. En
+opinin de ste, Ventura poda criar sin inconveniente a su hija. Era
+una muchacha robusta, bien conformada. Tan slo cuando los nios salen
+muy tragones, la frescura y la belleza de la madre suele marchitarse un
+poco. Ante esta eventualidad, la joven se llen de miedo y se opuso,
+primero embozadamente, despus en trminos categricos, a dar el pecho a
+la nia. Gonzalo se convenci en seguida y hasta hall razonable aquella
+oposicin. En cambio doa Paula se indign grandemente, aunque slo
+expresaba su desagrado a espaldas de Ventura.
+
+Cecilia se mostr tan solcita, tan vigilante en el cuidado de la
+criatura, que en poco tiempo se apoder por completo de ella. Coloc en
+su cuarto una cama para la nodriza y la cuna de la nia, con pretexto de
+que Venturita se pona enferma cuando pasaba una mala noche. Ella
+resista dos y tres en vela sin alteracin alguna. Y en efecto, en
+cuanto la chiquilla lloraba, era la primera que saltaba del lecho para
+entregrsela a la nodriza. Si sta no consegua acallarla, tombala en
+brazos, y se paseaba con ella horas y horas, hasta dormirla.
+
+Con esto, los jvenes esposos, pudieron dormir juntos de nuevo con la
+misma libertad y descuido que en los primeros das de novios. Cuando por
+la maana presentaban la criatura a su madre, ya Cecilia la haba baado
+en agua tibia y la traa envuelta en limpios paales. Jugaba con ella un
+rato. Cuando llegaba la hora de entrar en el tocador se la entregaba de
+nuevo a su hermana.
+
+Del mismo modo, aunque con cierta timidez, nacida del deseo de no
+ofender a su hermana y formar contraste con ella, Cecilia intervino en
+el cuidado de la ropa de Gonzalo, y en el arreglo de su despacho. Aqul
+concluy por darle las llaves de los armarios.--Cecilia, voy a
+vestirme. La joven corra al cuarto y a los pocos momentos volva
+diciendo:--Ya lo tienes todo. Gonzalo encontraba, en efecto, la ropa
+plegada sobre la cama, la camisa con los botones puestos, las botas
+relucientes, al lado de la mesa de noche.--Cecilia, se me ha descosido
+un poco el forro del gabn. Cuando tornaba a ponrselo ya estaba
+cosido. Y ella, que era asaz descuidada en renovar sus vestidos, gustaba
+extremadamente de que su cuado vistiese a la ltima moda; no consenta
+por ningn concepto, que anduviese un da siquiera con una bota picada o
+con la corbata sucia. Gozaba en verle salir con algn nuevo traje
+elegante. Desde el balcn, levantando un poquito la cortina, seguale
+con la vista cuando iba al caf con el cigarro en la boca. Y despus que
+daba la vuelta a la esquina, todava contemplaba, hasta que se disipaba
+en el aire, la ltima bocanada de humo que haba soltado.
+
+Un da, Gonzalo, enojado consigo mismo por lo que gastaba sin sustancia,
+le di la llave del dinero.--Mira, guarda t esa llave; ni Ventura ni
+yo tenemos arte para manejar los cuartos. Cuando te pidamos dinero, lo
+apuntas en este cuadernito y nos avisas de lo que llevamos gastado en el
+mes. Tal vez de este modo nos iremos moderando un poco. Convertida en
+intendente general, pronto observaron los esposos cierta mejora en sus
+negocios. Gonzalo cuando llegaba alguna cuenta, deca al criado
+sonriendo:--Psela usted al administrador. El criado sonrea tambin y
+se la llevaba a Cecilia.
+
+Aquella intimidad, aquella compenetracin singular de los cuados en
+casi todos los actos de la vida, haba engendrado una ilimitada
+confianza entre ellos, sobre todo por parte de Gonzalo. Nada le pasaba a
+ste en la calle, en el caf, que no viniese a contar a Cecilia, que le
+prestaba incansable atencin. Su esposa en cambio ni atenda ni quera
+oir hablar siquiera de sus caceras, de sus disputas, de las ocurrencias
+de sus amigos. Todo lo que no fuese modas, bailes, descripciones de las
+_soires_ madrileas, bodas de los grandes de Espaa, le interesaba
+poco. Lo que ms excitaba su curiosidad era cuanto se refera a los
+reyes y a la real familia. Lea con avidez el relato de las recepciones
+palaciegas, conoca la etiqueta tan bien como un gentilhombre de cmara,
+cmo se saludaba a los reyes, cmo se les besaba la mano, cundo se
+haba de hablar en su presencia, cmo haba que retirarse. Saba los
+nombres y la biografa de cada uno de los miembros de la real familia y
+tambin los de los nobles ms caracterizados de la corte. Las novelas, y
+una seora azafata de la reina que haba estado a tomar baos en Sarri,
+le haban sugerido aspiraciones fantsticas, un anhelo de vivir en
+aquella atmsfera brillante. La majestad de los prncipes la conmova,
+la embargaba de sumisin, ella que era incapaz de humillarse a nadie! Y
+aquella vida galante de la corte le produca cierto deslumbramiento como
+los fulgores de un sueo feliz. Cuando haba estado en Madrid, su
+cualidad de provinciana rica, no le haba consentido gozar ms que de
+los teatros, de los paseos en coche por la Castellana, de las tiendas y
+las calles. De la corte, de sus saraos y regocijos, haba permanecido
+tan distante como en Sarri. Y sin embargo, ella estaba bien convencida,
+y no le faltaba razn, de que poda brillar en cualquier parte. Su
+hermosura y la viva y graciosa imaginacin de que estaba dotada, la
+hubieran hecho notar inmediatamente en la sociedad ms distinguida.
+Algunas veces paseando en _landau_ con su marido, haba visto fijarse en
+ella con atencin y codicia las miradas del duque de S... del marqus de
+C... de encumbrados personajes polticos. En una ocasin haba odo a la
+duquesa de Medinaceli al cruzarse los carruajes, decir a su
+compaera:--Estar casada esta nia tan linda? De aquellos tres meses
+en Madrid, le haba quedado una visin potica, un recuerdo confuso de
+sus placeres, y cierto prurito de imitar con los pobres medios de que
+dispona en la villa a las damas encopetadas de la corte, cuyas
+costumbres slo conoca de odas.. As, por ejemplo, cuando sala de
+casa, que era pocas veces, sola hacerlo en carruaje, sobre todo si iba
+al teatro. La costumbre de que el coche viniera a esperarles al
+concluirse la funcin, haba causado en Sarri alguna sorpresa y no
+pocas murmuraciones. Los trajes con que se presentaba en pblico eran
+siempre de fantasa, distintos enteramente de los que vestan las otras
+damas de la poblacin. Estas, por regla general, solan andar en sus
+casas con la ropa usada en cualquier facha como ellas decan. Ventura
+oper una revolucin, vistindose desde por la maana con trajes nuevos
+y adecuados a aquella hora. No se la sorprenda jams, ni aun en el
+retiro de su gabinete, sin todos los adminculos y adornos propios de la
+ocasin. Sus batas de seda de color siempre apagado, sus cofias de
+encaje nunca vistas hasta entonces, sus babuchas de terciopelo, eran el
+pasmo de la poblacin. Haba muchas seoras que iban a visitarla, slo
+por enterarse de su tocado casero.
+
+Gonzalo, al verla enfrascada en la lectura de las revistas de salones,
+al oir describir, como si lo hubiera visto, un baile en Palacio,
+exclamaba riendo:--Sabes cmo se llama en medicina esa mana tuya?...
+Delirio de grandezas. Ella se enojaba. Como todos los caracteres
+burlones, le hera profundamente el ridculo. Con su cuada el joven se
+rea unas veces, otras se mostraba irritado de aquellas extravagancias
+de su esposa, que calificaba de estpidas y cursis. Cecilia procuraba
+calmarle, achacndolo a los pocos aos, al carcter tornadizo de
+Ventura:--Ya vers--le deca;--dentro de algunos meses no se acordar
+de semejantes tonteras.
+
+Cecilia era su pao de lgrimas, su confidente en todos los disgustos
+matrimoniales. Nunca dejaba de recibir de su boca algn til consejo,
+algunas palabras consoladoras que calmaban sus fuertes y repentinos
+enojos. Se haba acostumbrado de tal modo a aquellas confidencias, que
+cuando despus de alguna reyerta con Ventura no hallaba a su cuada en
+casa, se pona el sombrero y corra a buscarla al paseo, a la iglesia o
+donde estuviese. El mucho tiempo que pasaban juntos convidaba tambin a
+stos desahogos. Ventura no quera salir de casa. Y como don Rufo exiga
+que la nia tomase el aire libre, Cecilia se encargaba de acompaar a la
+nodriza. Gonzalo las acompaaba a ambas, la nodriza con la nia delante,
+l con Cecilia detrs. En aquellos largos paseos le confiaba todos sus
+secretos, le explicaba prolijamente sus temores, sus alegras, sus
+esperanzas. A veces, oyndola discurrir con tanta perspicacia en
+aquellos asuntos morales, sola exclamar con poca galantera:--Qu
+lstima que Ventura no posea tu carcter juicioso y sensato!
+
+Ella, en cambio, permaneca impenetrable para l, como para todo el
+mundo. O porque no tuviese secretos que contar, o por su temperamento
+excesivamente reservado, la primognita de Belinchn hua de hablar de
+s misma con un cuidado extraordinario. Ni sus alegras ni sus pesares
+eran conocidos de nadie. Slo un observador muy fino podra, a fuerza
+de costumbre, averiguar vagamente las emociones que la agitaban. Gonzalo
+no lo era. En su egosmo infantil de hombre sano y musculoso, haba
+llegado a considerar a su cuada como un ser pasivo, razonable y fro,
+admirable para aconsejar y dirigir a los dems, un ser superior, si se
+quiere, pero incapaz de sentir aquellas cleras, aquellas alegras,
+aquellas pasiones insensatas que alteraban a los caracteres dbiles como
+el suyo. Sin embargo, alguna vez, en son de broma, haba tratado de
+sacarle del cuerpo sus secretillos. Saba que tres o cuatro mancebos de
+la poblacin aspiraban a su mano. A alguno de ellos le haba sorprendido
+ms de una vez paseando la calle. En el teatro la flechaban con los
+gemelos. Y aunque Gonzalo adverta con cierto disgusto que deba de
+haber en aquella adoracin ms deseo de la dote que verdadero amor,
+procuraba lisonjearla hablndola de sus pretendientes. Ella rehua la
+conversacin con silencio obstinado, sonriendo vagamente para no dejar
+traslucir su pensamiento; hasta que al cabo se vea precisado a hablarle
+de otra cosa.
+
+En cierta ocasin, sin embargo, Gonzalo tom el asunto con ms seriedad
+y persistencia. Un amigo de la infancia, ingeniero de caminos, le habl
+de Cecilia, y le pidi su proteccin para interesarla en su favor. La
+franqueza y sinceridad de su lenguaje agrad mucho al joven.
+
+--Gonzalo--le dijo,--me encuentro ya en edad y en disposicin de
+casarme. No he querido hacerlo en Madrid o en Sevilla, donde estuve
+destinado, porque desconfo de las mujeres que no conozco de muy atrs.
+Los hombres deben casarse en su patria con las jvenes que han visto
+crecer a su lado. Decidido a casarme con una chica de la poblacin, me
+he fijado en tu cuada, y voy a decirte con toda sinceridad mis
+pensamientos. Cecilia no es bonita ni es fea; es una mujer pasable.
+Siempre he credo que stas son las ms a propsito para esposas. En las
+cuatro o cinco veces que he hablado con ella en casa de las de Saldaa,
+la he encontrado muy simptica y muy razonable, franca y modesta. Sus
+amigas hablan todas bien de ella. Es un dato importantsimo que los
+hombres no tienen en cuenta bastante al casarse. Porque las amigas
+suelen ser implacables las unas para las otras, y se buscan las
+cosquillas que es una bendicin... Adems, tu cuada tendr una buena
+fortuna el da de maana, y esto, por qu no he de decrtelo? tambin
+es otro dato que debe tenerse presente. No s por qu se han de casar
+los hombres por sistema con las mujeres pobres. Las necesidades que el
+hombre se crea al contraer matrimonio, son muchas: los hijos pueden
+aumentar demasiado, y todo debe mirarse. Yo no necesito casarme por
+inters. Tengo una carrera bastante lucrativa. Mis padres me han de
+dejar tambin alguna hacienda... Quieres preguntarle si le he sido
+antiptico en las pocas veces que he hablado con ella, y si consiente
+que me presenten en su casa?
+
+Gonzalo le prometi interponer su influencia; le dej entrever con
+reticencias ms o menos claras, un xito lisonjero, jactndose del poder
+que sobre ella ejerca. Hasta entonces todas las indicaciones que la
+hiciera, haban sido atendidas.--Creo que si yo no consigo llevar a
+remate la empresa, ninguna otra persona podr intentarla--concluy por
+decir en un rapto de expansin y de orgullo.
+
+Aquella misma noche aprovech el momento en que Cecilia vino a
+encenderle el quinqu al despacho, para decirla risueo:
+
+--Tienes algo que hacer ahora, Cecilia?... No?... Pues sintate un
+momento, que voy a confesarte.
+
+La joven le mir con sus grandes ojos claros y suaves, donde se pintaba
+la sorpresa. Gonzalo la oblig a sentarse.
+
+--Tienes novio?--la pregunt bruscamente.
+
+--Qu pregunta!--exclam ella con semblante risueo, sin avergonzarse.
+
+--No hablo de novio formal. Si lo tuvieras ya estara yo enterado.
+Quiero slo saber si entre los jvenes que te obsequian hay alguno que
+hubiese logrado interesarte ms o menos.
+
+--Para qu quieres saber eso?
+
+--Contesta.
+
+Cecilia hizo un gesto negativo.
+
+--Pues entonces voy a tomarme la libertad de hablarte de uno, que me lo
+ha suplicado... Se trata de mi amigo Paco Flores, a quien ya conoces. Me
+ha pedido que le recomendase a ti, preguntndote al mismo tiempo si en
+las pocas veces que contigo ha hablado te haba sido antiptico.
+
+--Antiptico?--pregunt con sorpresa.--Por qu? A mi no me es nadie
+antiptico mientras no cometa alguna grosera.
+
+--Despus me ha rogado te pregunte si consientes en que sea presentado
+en esta casa.
+
+--Eso es otra cosa--respondi ponindose repentinamente seria.--Yo no
+puedo impedir que sea presentado aqu; pero, como mi consentimiento
+podra implicar que tengo gusto en que nos visite, no estoy dispuesta a
+drselo.
+
+--No se trata de que lo aceptes por novio--se apresur a decir
+Gonzalo.--nicamente desea que le permitas tratarte algn tiempo; y si
+al cabo le consideras merecedor de tu mano, se la otorgues, y si no, se
+la niegues.
+
+--Pues negada desde luego, y sin necesidad de trato--replic con firmeza
+la joven.
+
+--Es muy pronto eso--dijo Gonzalo sonriendo para disimular la irritacin
+que aquella brusca respuesta le haba producido.
+
+--Me parece que en estos asuntos cuanto ms sinceros seamos, mejor para
+todos. Por qu ha de molestarse ese muchacho en visitarme una larga
+temporada para recibir la respuesta que desde ahora mismo le puedo dar?
+
+--Bien, bien; procedamos con calma. Si Paco no te es antiptico, como
+confiesas, no puedes asegurar que al cabo de seis u ocho meses o un
+ao, no te enamores de l.
+
+--Soy incapaz de enamorarme--dijo ella con sonrisa amarga que su cuado
+no entendi.
+
+--El amor viene cuando menos se piensa--afirm ste
+sentenciosamente.--Estamos aos y aos sin sentirlo, y un da, paf! da
+un vuelco el corazn. Es que hemos hallado nuestra media naranja.
+
+Estas palabras tan cndidas como crueles, removieron las escasas gotas
+de hiel que Cecilia guardaba en su pecho. Con rpida frase y mirando
+duramente a uno de los brazos del silln donde se hallaba sentada,
+repuso:
+
+--Pues yo estoy segura de que mi corazn no har paf! ningn da.
+
+--Por qu aseguras eso, Cecilia? Las mujeres, ms que los hombres,
+estn hechas para el amor, para los goces que ste proporciona, para la
+vida de familia. Se puede decir que el nico destino de la mujer sobre
+la tierra, es el matrimonio, porque es la encargada de sostener sobre
+ella la vida. Su disposicin fsica, todos los rganos de su cuerpo
+estn construdos para la produccin de esta vida...
+
+Gonzalo abogaba por su amigo Paco, apelando, como se ve, hasta a la
+fisiologa. Cecilia le escuchaba en silencio, el semblante severo, la
+mirada fija en el vaco. Las palabras de su cuado sonaban en su alma
+como un acento de desolacin. S; aquello era verdad, por desgracia era
+todo verdad! Cuando termin de hacer la apologa del amor, hizo la de su
+amigo Paco Flores, un joven tan despejado, tan formal, hijo de una buena
+familia, con brillante carrera, etc., etc.
+
+Cecilia se obstin secamente en rehusar su consentimiento para que
+viniese a casa. Entonces Gonzalo, un poco irritado por la disputa, y
+herido en su amor propio por haberse jactado sin razn delante de Paco
+de su influjo sobre la joven, dej escapar algunas frases duras: Por
+ventura le pareca poco para ella? Paco no era rico, pero poda aspirar
+a su mano. En Sarri no hallara un muchacho mejor que l. Nadie
+tachara, seguramente, el matrimonio de desproporcionado. O es que
+esperaba un prncipe de la sangre?... Pues que no se descuidara mucho,
+porque la juventud de las mujeres pasa pronto, y se han llevado en estos
+asuntos bastantes chascos...
+
+La joven escuch la filpica de su cuado hasta el fin, sin mover un
+dedo siquiera. Cuando termin, levantse vivamente del asiento, el
+rostro plido, las manos convulsas, y sali con precipitacin de la
+estancia. Al cruzar el pasillo para dirigirse a su cuarto, dos gruesas
+lgrimas rodaban por sus mejillas.
+
+
+
+
+XIV
+
+DE LOS GALICISMOS QUE COMETA EL FARO DE SARRIӻ Y OTROS ASUNTOS NO
+MENOS INTERESANTES.-PRIMERAS BAJAS DE LA BATALLA DEL PENSAMIENTO.
+
+
+Despus de su ruidoso desafo, el esforzado Belinchn supo, aunque otra
+cosa afirmen algunos cronistas, gozar con modestia de la merecida fama y
+aureola que inmediatamente le circundaron. Quiz se fijen aqullos para
+sustentar la opinin contraria, en haberse descubierto algunas
+provocaciones del insigne caballero a ciertos sujetos de la villa, no
+bastante justificadas. Mas al hacerlo, no tenan en cuenta que tales
+provocaciones vinieron, no a raz del sealado acontecimiento que hemos
+narrado, sino algn tiempo adelante. En la historia, la cronologa es
+siempre de importancia capital. Y en este particular de que tratamos,
+explica satisfactoriamente los actos de nuestro hroe.
+
+Mientras dur en la villa la impresin del suceso, se le tributaron
+aquellas muestras de admiracin a que era sin disputa acreedor. Sus
+mismos enemigos al verle pasar, le miraban con respeto, ya que no con
+simpata. Entonces don Rosendo, en vez de abusar de su reconocida
+superioridad, como hubiera hecho otro hombre de menos esfuerzo y
+modestia, apareca con un continente grave, s, pero apacible,
+recorriendo las calles con el mismo sosiego y mesura que antes. Ejemplo
+notable de prudencia, que en vez de agradecrsele, sirvi para que se
+intentasen y perpetrasen contra l algunos desacatos. Por lo pronto, en
+el Camarote comenz a hacerse chacota de tal desafo. Se ponderaba con
+intencin malvola y exagerndolos, los saltos que el fundador del
+_Faro_ haba dado hacia atrs en el combate. Estas burlas, de las
+cuales, como puede suponerse, era el iniciador Gabino Maza, no
+permanecieron mucho tiempo en el recinto de la tertulia. Se extendieron
+por toda la poblacin, de tal modo, que al cabo de algunos das una gran
+parte de sus habitantes sonrea irnicamente al oir hablar del famoso
+lance de honor. Don Rosendo trasluci algo de esta befa, no slo por los
+odos, sino tambin por los ojos. Advirti que en vez de las miradas
+respetuosas y de la cortesa que con l se usaba, comenzaban sus vecinos
+a adoptar una actitud grosera, hacindose los distrados o volviendo la
+cabeza cuando l pasaba. Al cruzar por delante de algn corrillo, crey
+percibir risas comprimidas.
+
+Qu le tocaba hacer en este caso? Indudablemente dejar la modestia a un
+lado y obligar a sentir a aquellos bellacos el peso de sus conocimientos
+en la esgrima. La primera seal que di de su indignacin y del soberano
+desprecio que sus enemigos le inspiraban, fu el escupir al suelo, con
+ruido, cuando alguno de stos cruzaba a su lado, como indicando que le
+daba asco. En cuanto comprendieron el motivo de aquella extraordinaria
+secrecin, los ms tmidos comenzaron a pensar que el rayo poda muy
+bien acompaar a la lluvia, y evitaron con cuidado el tropezarle. Los
+ms bravos pasaban a su lado sin hacer caso de aquella tos
+despreciativa; pero sin osar mirarle a la cara. Al cabo de algn tiempo
+unos y otros lo tornaron con calma y se decan riendo:--Acabo de
+encontrarme con don Rosendo.--Qu tal, te ha tosido?--Ya lo creo;
+pareca que reventaba! Y en el Camarote corran las bromas y se
+celebraban las burlas ms groseras contra nuestro gran patricio. Una de
+ellas fu el desfilar uno en pos de otro a cierta distancia, todos los
+socios de la tertulia por delante de l. Don Rosendo qued de aquella
+vez sin saliva y con la garganta destrozada. Tan slo Gabino Maza lo
+tomaba en serio y aseguraba que ya se librara aquel buey (la palabra es
+dura, pero textual) de escupir cuando l pasase. Y en efecto, don
+Rosendo se haba abstenido hasta entonces de hacerlo. Crea que deba
+guardar ciertas consideraciones al jefe del bando contrario. Mas una
+noche en que traa la cabeza un poco exaltada por la lectura de cierto
+desafo de dos _yankees_, al topar junto al caf de la Marina con Maza,
+se le ocurri escupir en la forma provocativa que usaba. Aqul se volvi
+repentinamente hecho una furia, y sujetndole con fuerza por la mueca,
+le dijo al odo con acento rabioso:
+
+--Oiga usted, seor majadero: a m no me tose usted ni en cuarto grado
+de tisis! lo oye usted?
+
+Don Rosendo, como hombre correcto y muy prctico en estos asuntos de
+honor, no dijo nada en aquel momento. Pero al da siguiente no sali de
+casa esperando los padrinos de Maza, los cuales, felizmente para ste,
+no parecieron.
+
+El desafo y la actitud de don Rosendo, tuvieron, sin embargo,
+consecuencias provechosas para la poblacin. Gracias a nuestro hroe
+naci en ella la aficin a las armas. Muchos de sus habitantes ms
+distinguidos comenzaron con ahinco a cultivar la esgrima. Ya no fueron
+solamente los redactores del _Faro_ y los tertulios del Saloncillo
+quienes se entregaban a este noble ejercicio amaestrados por M. Lemaire.
+Tambin los socios del Camarote, comprendiendo a la postre la
+importancia de este arte, establecieron, en un almacn contiguo, sala de
+armas. Al frente de ella, pusieron a un oficial de reemplazo
+perteneciente al arma de caballera, que haba tirado al florete en
+Madrid. El resultado inmediato de este adelanto fu que las reyertas,
+que a cada paso se suscitaban entre los del Saloncillo y los del
+Camarote, eran conducidas con arreglo a todas las frmulas y ceremonias
+prescritas en el cdigo del honor. No transcurra semana tal vez, sin
+que la villa se estremeciese con las idas y venidas de los padrinos, los
+rumores de las conferencias celebradas en los ngulos de los cafs, las
+actas que inmediatamente se publicaban en el _Faro_ y en los peridicos
+de Lancia. Porque de veinte pendencias las diez y nueve se terminaban
+con un acta para ambas partes honrosa, suscrita y firmada por los
+padrinos. De modo que de aquellos lances de honor, lo nico positivo
+eran los bastonazos o puadas que los contendientes se daban
+previamente, sin perjuicio de que las cosas siguiesen sus trmites
+ordinarios.
+
+Alguna que otra rara vez, cuando los nimos se enconaban demasiado, se
+iba al terreno. Delaunay se haba dado de sablazos con don Rufo, por
+un comunicado inserto en _El Porvenir de Lancia_, en el que se deca que
+los mdicos no giraban la visita en el hospital a la hora reglamentaria.
+El impresor Folgueras se haba batido tambin con un cuado de Marn,
+por haber negado el saludo uno de ellos al otro. Afortunadamente, en
+ninguno de los dos encuentros haba habido ms que planazos y
+verdugones. El desafo ms notable fu el de don Rudesindo con don Pedro
+Miranda, que despus de vacilar algn tiempo se haba decidido por los
+del Camarote. El motivo fu el problema del matadero. La ocasin, la
+siguiente. Don Pedro haba manifestado en una casa que don Rudesindo
+apoyaba el partido de Belinchn slo porque no se emplazase el matadero
+en la playa de las Meanas, donde sus casas salan perjudicadas. El
+fabricante de sidra tuvo conocimiento de este dicho, habl pestes en el
+Saloncillo de don Pedro, y se mostr vivamente ofendido de tal
+suposicin; mucho ms ofendido de lo que en realidad estaba. Alvaro
+Pea, que no estaba contento sino cuando tena un desafo entre manos,
+se apresur a decirle en voz alta con la arrogancia que le
+caracterizaba:
+
+--Pierda usted cuidado, don Rudesindo. Miranda le dar a usted una
+reparacin. Quiere usted dejarlo de mi cuenta?
+
+El bueno del fabricante hubiera deseado comerse las palabras que haba
+soltado. Aquel Pea era un hombre tan expeditivo! Por qu diablos
+haba dicho que tena ganas de tropezar a don Pedro para darle dos
+puntapis, cuando en realidad acababa de verle al salir de casa, y haba
+cruzado a su lado sin decirle una palabra? Pero estaban all ms de
+veinte personas, y se vi en la dolorosa necesidad de contestar al
+ayudante, aunque en el tono menos agresivo posible:
+
+--Bueno... si usted cree que merece la pena...
+
+--Pues no ha de merecer! Suponer que usted no est a nuestro lado sino
+por mviles mezquinos bastardos es insultarle... A vej, don Feliciano.
+Quiere usted escuchaj una palabra?
+
+Don Feliciano y l conferenciaron en un rincn breves momentos. Acto
+continuo salieron a la calle. Don Rudesindo qued en la apariencia
+tranquilo, en realidad fuertemente alterado y bramando en su interior
+contra Pea, contra el Saloncillo, contra s mismo y contra la madre que
+le pari. Qu necesidad tena l de meterse en los? Un hombre casado,
+con hijos, que en toda su vida no haba hecho ms que trabajar como un
+esclavo para labrarse un capitalito... Y ahora que lo tena... por una
+quijotada de ese farfantn... acaso!... El fabricante apenas poda
+pasar los sorbos de cognac que de vez en cuando introduca en la boca.
+
+La cosa se arregl muy pronto. Don Pedro Miranda qued viendo visiones
+con la visita de Pea y don Feliciano. Dijo que no recordaba... que l
+no tena agravio alguno de don Rudesindo... al contrario. Pero Pea le
+haba atajado, dicindole:
+
+--Bueno, don Pedro. No podemos escuchar eso. Nombre usted dos personas
+que se entiendan con nosotros.
+
+El atribulado propietario nombr a Gabino Maza y Delaunay por
+representantes. Como de stos el uno era hombre acalorado y fiero, y el
+otro mal intencionado, no fu posible avenencia. Se negaron en absoluto
+a dar explicaciones. El lance qued concertado a sable en el cementerio
+antiguo, en las primeras horas de la maana.
+
+Don Rudesindo al saberlo, maldijo de la hora en que viera la luz del
+da. Su contrario don Pedro se limit sencillamente a dejarse caer en un
+sof y pedir una taza de tila. Mas no hubo otro remedio que acudir a
+donde el honor los llamaba. A las seis de la maana, Pea y don
+Feliciano por una parte, y Maza y Delaunay por la otra, los sacaron de
+sus domicilios para conducirlos al cementerio viejo. Dios mo, al
+cementerio viejo! Qu ideas tan lgubres revolotearon por el cerebro de
+don Pedro Miranda mientras caminaba hacia all! No es posible
+compararlas sino con las que asaltaron a don Rudesindo en el mismo
+trayecto. Pea le dijo antes de llegar:
+
+--Es evidente, don Rudesindo, que usted le escabecha. Me lo da el
+corazn... Usted le escabecha. No tira usted mucho, pero tiene un juego
+muy difcil, muy difcil!...
+
+El fabricante hubiera dado en aquel momento toda su hacienda por tenerlo
+no difcil, sino imposible.
+
+--Don Pedro no tiene pierna; es adems, corto de brazo... Pero, como ya
+sabe usted que en las ajmas no hay nada seguro y a veces el que menos se
+piensa, lleva el gato al agua, si usted tiene algo que encargarme,
+hgalo antes que lleguemos.
+
+Don Rudesindo se estremeci. Sigui caminando un rato en silencio, y
+por fin, sacando unos papeles del bolsillo, se los entreg diciendo con
+voz sorda:
+
+--Si perezco, dle usted esto al seor Benito.
+
+Dos lgrimas asomaron a sus ojos al mismo tiempo.
+
+--El seor Benito el _Rato_?--pregunt Pea.
+
+Don Rudesindo no le oy. Se haba escapado ya por la carretera adelante
+para ocultar su emocin.
+
+Por qu el nombre de su escribiente le produca en aquel instante tal
+enternecimiento, no podemos explicarlo. Acaso en las grandes crisis de
+la vida, se despierten vivas y sbitas simpatas en el fondo de nuestro
+ser, de las que no tenamos la menor sospecha.
+
+El cementerio viejo, prximo ya a dedicarse al cultivo, era un pequeo
+cercado donde creca la hierba y la maleza. Las cruces de madera se
+haban podrido. No haba ms testimonio de que tal recinto era mansin
+de los muertos, que dos calaveras incrustadas en la pared a entrambos
+lados de la puerta. Por cierto que estas calaveras, no produjeron una
+impresin grata en don Rudesindo. En don Pedro no sabemos; pero puede
+sospecharse que no sera ms favorable. Tardaron algn tiempo en buscar
+sitio, porque las ortigas y zarzales impedan _marchar y romper_
+convenientemente a los combatientes. Mientras Pea, en compaa de los
+testigos contrarios, se ocupaba en esta tarea gravsima, el bueno de don
+Feliciano Gmez cometi la _incorreccin_ (Dios le bendiga por ella!)
+de acercarse a don Pedro Miranda, que descolorido, con la mirada
+atnita, el estmago encharcado por la cantidad fabulosa de tazas de
+tila que haba tornado aquella noche, esperaba, arrimado a la tapia, que
+aquellos seores concluyesen, en la actitud de un reo de muerte.
+
+--Hola, don Pedro; fro, eh? Caramba qu maana!... Mire usted que
+levantarse un hombre de la cama para esto! Vlgate Dios! _(Silencio
+interrumpido por algunos eructos del infortunado Miranda.)_ Hubiera dado
+el dedo meique, el dedo meique, s! por no tener que asistir a una
+atrocidad semejante. Pero dicen que es un favor que no se puede negar.
+Bueno: que no se niegue cuando se trata de una ofensa grave... Dnde
+est aqu la ofensa grave? Vamos a ver, que me lo digan, dnde est?
+Vlgate Dios! Vlgate Dios! _(Nuevo silencio y nuevos eructos de don
+Pedro, que concluye por doblar la cabeza sobre el pecho, con la misma
+resignacin que si la pusiera sobre el tajo.)_ Cunto mejor sera estar
+metido entre las sbanas tomando el chocolate! verdad, mi
+queridn?--profiri don Feliciano, ponindole la mano sobre el hombro
+con gran familiaridad. Miranda dej escapar un imperceptible sonido
+gutural.
+
+--Ya lo creo!--sigui el comerciante.--Por ms que me digan, don Pedro,
+yo no puedo creer que usted tenga gana de matar a don Rudesindo... Un
+vecino... que ha sido su amigo hasta hace poco... con quien se ha criado
+y ha ido a la escuela...
+
+--No... yo gana... ninguna--murmur don Pedro, siempre con la cabeza
+sobre el tajo.
+
+--Velo usted ah!--exclam don Feliciano dando una gran palmada.--Lo
+que yo deca! Pues lo mismo le pasa a don Rudesindo, mi queridn. Y
+entonces, vamos a ver, quin tiene ganas de matarse aqu? A ver, que
+me lo digan!
+
+Y pase la mirada en torno, buscando contestacin. Pea, Maza y Delaunay
+estaban lejos y ocultos por algunos cipreses. Don Rudesindo yaca
+arrimado tambin a la tapia, a unos cincuenta pasos de distancia.
+Entonces el comerciante, por una sbita y celestial inspiracin, le hizo
+sea de que se acercase.
+
+Don Rudesindo avanz hacia ellos lentamente, con paso tmido y
+vacilante.
+
+--Dice usted, mi queridn, que no tiene ninguna gana de matar a don
+Rudesindo?--pregunt el comerciante a Miranda.
+
+--Ninguna--murmur ste.
+
+--Tendra usted, por casualidad, deseos de herirle?
+
+--Tampoco. Yo siempre he estimado a Rudesindo--balbuci el propietario.
+
+--Eh? Cmo? Qu deca usted?--grit don Feliciano con triunfal
+exaltacin.--Que usted siempre ha estimado mucho a don Rudesindo,
+verdad, mi queridn? Ha dicho usted eso?
+
+--S, seor.
+
+--Dime, Rudesindo (andando unos cuantos pasos al encuentro del
+fabricante de sidra). Tienes deseos de matar aqu al seor don Pedro...
+un vecino... que ha sido tu amigo hasta hace poco... con quien te has
+criado y has ido a la escuela de don Matas _el Churro_?
+
+--Yo, por qu?--dijo el fabricante abriendo ansiosamente los ojos.
+
+--Tendras por casualidad deseos de herirle?
+
+--Ni de hacerle el menor dao. Siempre le he tenido por verdadero amigo.
+
+--Cmo es eso? Eh? Por un verdadero amigo, verdad?... Entonces, lo
+que corresponde aqu, en mi humilde opinin, es que os deis un abrazo.
+
+Apenas haba pronunciado don Feliciano estas palabras, cuando Miranda y
+don Rudesindo, por un movimiento simultneo, avanzaron con mpetu feroz
+el uno sobre el otro alzaron briosamente los brazos y se abrazaron con
+tal furia, que por poco se descoyuntan todos los huesos de la cavidad
+torcica. Don Feliciano en el mismo punto se despoj con violencia del
+sombrero, dejando al descubierto su enorme calva en declive, lo agit
+con frenes algunos segundos, y grit: Hurra! no se sabe a quin; tal
+vez al dios astuto que le haba suministrado tan famosa idea.
+
+En aquel momento se acercaban los testigos. Al ver la escena se pararon
+sorprendidos. Mostrronse alegres de tal solucin en apariencia, pero
+cada cual se separ por su lado, y aquella tarde en el Saloncillo Pea
+reprendi speramente a don Feliciano por su conducta. Lleg a afirmar
+que le haba puesto en ridculo y que si no fuese porque se trataba de
+un amigo antiguo y persona de ms edad que l, le exigira una
+jeparacin.
+
+--Una reparacin!--exclam el ptimo don Feliciano.--Qu ms da que la
+exigieras, rapaz!
+
+--Se negara usted a batijse conmigo?--pregunt el ayudante con su voz
+campanuda.
+
+--A qu habamos de batirnos?
+
+--A lo que usted quiera.
+
+--Yo, a bailar un tango o una-guaracha, mi queridn--respondi, y
+diciendo y haciendo comenz a saltar por la sala dando las castaetas
+hasta que se le cay el sombrero y qued al aire la piedra de lavar que
+tena por cabeza. Los socios se tiraban por los divanes, de risa. Pea
+dej escapar algunas frases de desprecio, y se retir amoscado y
+desabrido.
+
+Los tertulios del Camarote, hostigados constantemente por las gacetillas
+del _Faro_, se haban decidido al cabo a fundar otro peridico en el que
+pudieran tomar venganza de las sinrazones que se les haca.
+
+Enormes sacrificios costaba esto. Muy pocos, de entre ellos, eran ricos.
+El nico que pudiera llamarse as era don Pedro Miranda. Este prefera
+que le sacasen una muela a descorrer los cordones de la bolsa. A fuerza
+de cabildeos, de ruegos, allegando recursos de aqu y de all, haciendo
+sumas y restas en el Camarote, se concluy por obtener la cantidad
+indispensable para montar una imprenta. En la de Folgueras, ni ste
+quera tirar el peridico, ni ellos se humillaran a demandrselo.
+Cuando estuvo la imprenta, modestsima por cierto, en disposicin de
+funcionar, celebraron el indispensable banquete. En l se convino en
+denominar al nuevo rgano _El Joven Sarriense_. A los postres se brind
+con entusiasmo por su prosperidad y por la destruccin de sus viles
+enemigos.
+
+La aparicin del primer nmero, que traa la consabida vieta
+representando un adolescente peinado con la raya por el medio, y rodeado
+de una porcin de latas de conservas a modo de libros, en actitud de
+leer, ms bien de merendar, una de ellas, caus viva sensacin en la
+villa. Lo mereca. Los del Camarote, como hombres que haban tenido que
+devorar durante muchos meses los insultos del _Faro_, se desahogaban con
+verdadera fruicin. Santo Cristo de Rodillero, qu cmulo de
+insolencias y procacidades! Desde el principio hasta el fin estaba
+consagrado a escarnecer, a herir y ridiculizar a los socios del
+Saloncillo. Pareca que les faltaba tiempo para llamar al uno feo, al
+otro hambrn, al de ms all envidioso, a ste bruto, a aqul farfantn.
+Por supuesto, bajo nombres supuestos, aunque tan transparentes, que
+nadie en la poblacin dejaba de conocerlos. Llambase Belinchn _Don
+Quijote_ y don Rudesindo _Sancho_, Sinforoso _Marqus del Tirapi_, Pea
+_El Capitn Clera_, etc., etc. Y escudados con esto los traan y los
+llevaban, los barajaban que era una bendicin. No les dejaban hueso
+sano. Por la noche hubo palos (cmo no?) en la Ra Nueva. Folgueras, a
+quien tambin insultaban en _El Joven Sarriense_, se haba encontrado
+con Gabino Maza, y le descarg un bastonazo sobre la cabeza. Maza lo
+devolvi con creces. Repiti Folgueras. Vino en ayuda de ste un cajista
+que por all cruzaba, y de aqul su cuado. En un instante se arm una
+de garrotazos que tocaba Dios a juicio.
+
+_El Joven Sarriense_ se publicaba los domingos. Periquito Miranda, que a
+causa de la desavenencia de su padre con los del Saloncillo, padeca una
+peligrosa retencin de lirismo, se alivi notablemente insertando en l
+un sinnmero de sonetos, sneos, acrsticos y otras diversas
+combinaciones mtricas, destinadas a pregonar su adoracin platnica a
+la seora del gerente de la fbrica de aceros, una francesota grande y
+pesada como un elefante, que le hubiera metido fcilmente en el
+bolsillo. Ya sabemos que Periquito amaba las obras slidas de la
+Naturaleza. Para expresar los deseos que atormentaban su espritu,
+valase ingeniosamente de la forma de sueos. El joven platnico soaba
+en verso que se hallaba en fresca gruta deleitosa donde de pronto
+apareca una ninfa de torneados brazos y turgente seno (la seora del
+gerente) que le instaba a dormir sobre un lecho de rosas y verdes
+pmpanos. Otras veces, se vea sobre la cspide de una altsima montaa.
+En las nubes amontonadas, en los confines del horizonte, comenzaban a
+dibujarse los contornos de una mujer (la seora del gerente). Las nubes
+se acercaban. La mujer era blanca como el campo de la nieve, mrbida y
+esplndida como la flor de la magnolia. La hermosa aparicin llegaba
+hasta l por fin, y le arrebataba entre sus brazos por los espacios
+azules. Otras, navegaba en frgil barquilla por la superficie del
+Ocano. La barca se hunda y l iba a parar al fondo del mar donde una
+blonda y hermossima nyade (siempre la seora del gerente) le llevaba
+de la mano a un prodigioso palacio de cristal, le sentaba a su lado en
+un trono de marfil, y le invitaba a contraer con ella justas nupcias,
+efectuadas las cuales, se retiraban al son de dulce msica a un gabinete
+reservado, maravillosamente decorado, donde la nyade enamorada le haca
+poseedor de sus gracias. Estos ensueos de dicha, versificados con
+facilidad y adornados de cierto naturalismo potico, causaban alguna
+inquietud a los padres de familia. Periquito coma cada da ms, y
+estaba cada vez ms flaco. _El Faro_, en el nmero del jueves, despus
+de insultar con rabia a los jefes del Camarote, se meta tambin con
+l llamndole maliciosa y torpemente _Pericles_.
+
+Colocados as, uno enfrente del otro, en feroz y perpetua rivalidad, _El
+Faro_ y _El Joven Sarriense_ emplearon tilmente sus columnas en
+injuriarse con ms o menos descaro, segn arreciaba o aflojaba la lucha.
+Raro era el nmero de cada uno de ellos que no daba lugar a algunos
+bastonazos o bofetadas, cuando no a un desafo formal. Sin embargo, en
+stos eran ms parcos todos. Padrinos s se nombraban por un qutame
+all esas pajas; pero darse de sablazos o de tiros, ya era otra cosa. La
+contienda haba enardecido los nimos en la villa. Muchas de las
+personas que haban permanecido indiferentes a las desavenencias de los
+del Saloncillo y los del Camarote, haban concludo por tomar puesto en
+uno u otro bando, unas veces porque tenan metidos en la refriega a sus
+parientes, otras por algn antiguo resentimiento, otras, en fin, sin ms
+motivo que el calor y el entusiasmo que el combate despierta en los
+temperamentos belicosos. Al poco tiempo la poblacin estaba
+verdaderamente partida en dos. El bando del cual era dignsimo jefe don
+Rosendo Belinchn, era el ms numeroso y contaba con casi todos los
+comerciantes ricos de Sarri. El de los del Camarote, ms exiguo,
+contaba con los terratenientes y las personas timoratas y religiosas a
+quienes _El Faro_ haba escandalizado. La lucha se fu acentuando de tal
+modo, que al poco tiempo los que pertenecan a un partido ya no
+saludaban a los del contrario, aunque hubieran, sido hasta entonces
+buenos amigos.
+
+_El Faro_ y _El Joven Sarriense_ comenzaron a criticarse respectivamente
+el estilo y la gramtica. Buscronse con encarnizamiento por una y otra
+parte las faltas de sintaxis, fijndose lo mismo en los vocablos que en
+el rgimen.--Esa palabra no es castellana--deca _El Joven_.--La
+palabra _desilusionar_, que los peleles del _Joven Sarriense_ afirman
+que no es castellana--contestaba _El Faro_,--la hemos visto empleada por
+los ms eminente escritores de Madrid: Prez, Gonzlez, Martnez y
+otros. Esta vez, como siempre, al rgano del Camarote le ha salido el
+tiro por la culata. Replicaba _El Joven_, contrarreplicaba _El Faro_,
+citbanse prrafos de la gramtica, del diccionario, de los escritores
+distinguidos, y al cabo nadie saba a qu atenerse. Y las cosas quedaban
+como antes, aunque se hablaba a veces de remitir las cuestiones a la
+resolucin de la Academia de la Lengua. Se citaba mucho por los dos
+lados el _Don Juan Tenorio_ de Zorrilla y los artculos del _Curioso
+parlante_. Esta competencia gramatical traa consigo al menos una
+ventaja; la de hacer que algunas personas que no la haban saludado se
+dedicasen con ahinco a aprenderla. Lo mismo en el Saloncillo que en el
+Camarote haba dos o tres ejemplares de la ltima gramtica _lata_ de la
+Academia, que no reposaban nunca.
+
+Contra quien se dispararon los tiros _lingsticos_ ms envenenados, fu
+contra el inspirado don Rosendo, como quiera que era la cabeza y el
+nervio de su partido y convena, ms que a nadie, aniquilar. Belinchn
+no haba estudiado la gramtica, sino por un diminuto eptome all en
+la infancia. Pero, como todos los ingenios superiores, si no la saba,
+la adivinaba. Los contrarios le sacaban a relucir a cada instante mil
+disparates de sus artculos. Mas es tal la confianza que nos inspira su
+genio poderoso, que nunca hemos dado crdito a estas afirmaciones,
+considerndolas como puras calumnias. Si no hubiera gramtica,
+Belinchn, con slo sus luces naturales, sera capaz de inventarla.
+Nadie manej jams como l ese lenguaje periodstico, ligero s, pero
+brillante, lleno de frases consagradas por el uso de cien mil
+escritores, donde hasta los lugares ms comunes, expresados con adecuado
+nfasis, resplandecen como profundas y misteriosas sentencias. Merced a
+su estilo prodigioso, don Rosendo escriba con la misma facilidad un
+artculo sobre la libertad de cultos, que redactaba un informe acerca de
+la industria pecuaria. Sus enemigos decan que cometa muchos
+galicismos. Y qu? En el mero hecho de prohijarlos un escritor de tal
+vala, dejaban de serlo, y se convertan en puras y castizas locuciones
+castellanas.
+
+Este prurito de ajustarle los galicismos al _Faro_, fu una de las
+manas que tuvo _El Joven Sarriense_ o sea el colega local, como le
+llamaba siempre aqul, a fin de evitar el nombrarlo, por no daar al
+profundo desprecio que ansiaba mostrarle. Aprovechando cierto
+diccionario curioso que uno de los socios del Camarote posea,
+trituraban sin piedad lo mismo los artculos que las novelas a la mano
+del _Faro_. Si don Rosendo deca en l, verbigracia, que dejaba de tocar
+ciertos asuntos por no faltar a las conveniencias, al instante se le
+echaba encima _El Joven_, interpelndole en forma sarcstica. Dnde
+haba aprendido el ingenioso hidalgo (as llamaban casi siempre a
+Belinchn) esta acepcin de la palabra conveniencia? No sera
+ciertamente en su famosa historia, contada por Cervantes. Si empleaba la
+palabra gubernamental, o banal, o la frase tener lugar, qu
+carcajadas las del _Joven Sarriense_! qu chacota! qu desprecio! Esto
+dur hasta que los del Saloncillo adquirieron otro diccionario de
+galicismos. Entonces ambos peridicos comenzaron a hilar tan delgado en
+esta materia, que al fin concluyeron por olvidar el purismo y volver a
+su estilo libre, feliz e independiente.
+
+Adems, la disputa se haba ido exacerbando de tal suerte, que las
+ligaduras clsicas les embarazaban para insultarse. Jugaban ya en todas
+las gacetillas las frases de reptil venenoso, entes despreciables,
+cerebros obtusos, revolcndose en el fango, seres innobles y
+degradados y otras no menos afectuosas para los del bando contrario.
+Cansados de injuriarse unos a otros, comenzaron pronto a atacarse en sus
+familias. No perdonaron ni a sus modestas esposas ni a sus ancianos
+padres. _El Joven Sarriense_ fu el primero que di la seal, publicando
+un cuento rabe titulado _La esclava Daraja_ en que bajo este nombre, se
+relataba _ce_ por _be_ la historia de doa Paula y su matrimonio con
+Mahomad Zegr (don Rosendo) salpicado de chufletas de poco gusto y de
+insinuaciones prfidas. Belinchn estuvo tentado de mandar los padrinos
+a la redaccin. Pero considerando que esto sera dar su brazo a torcer y
+aceptar lo que el artculo contena de envenenado, prefiri no mostrarse
+aludido y vengarse tambin en la prensa. Sinforoso, por encargo suyo,
+escribi un cuento indio, donde se narraba la vida y milagros del padre
+de Maza, que haba sido capitn negrero y en el trfico de carne humana
+hiciera su fortuna. Desde entonces, los cuentos orientales como medio
+para decirse toda suerte de picardas, fueron usados por ambos partidos.
+
+El campo ms adecuado para la lucha que los del Saloncillo y los del
+Camarote haban emprendido y el de resultados ms positivos lo mismo
+para el vencedor que para el vencido, era la poltica. A l volvieron,
+pues, desde los primeros momentos los ojos unos y otros contendientes.
+No perdonaron medio alguno para derribarse y triunfar. Hasta la divisin
+del vecindario ya sabemos que la poltica jugaba poco papel en Sarri.
+Desde esta fecha, fu la comida ordinaria, el elemento indispensable que
+se mezclaba en todas las conversaciones masculinas. Ni unos ni otros
+haban pensado en despojar de su representacin en el Congreso a Rojas
+Salcedo. Era amigo de todos y haba representado al distrito por espacio
+de diez y ocho aos. Sin embargo, cuando llegaron las elecciones
+municipales, escribironle cartas los dos bandos, pidindole proteccin.
+Se saba que los del Saloncillo queran a todo trance separar a don
+Roque de la alcalda, porque ya ms de una vez, en uso de sus funciones,
+se haba puesto de parte de los disidentes en perjuicio de sus antiguos
+amigos. _El Faro_ le haba zarandeado de lo lindo con este motivo.
+Creci la enemistad. Vengse don Roque, abusando de su autoridad, para
+mandar a la crcel a Folgueras. Repitironse los ataques del _Faro_ con
+ms furia. Don Roque, juzgndose por ellos un tirano de la Edad Media,
+comenz a temer por su vida y se hizo acompaar de noche y de da por el
+veterano Marcones. Se dijo que en una reunin misteriosa de los del
+Saloncillo, se haba decretado su muerte. Al alcalde no le llegaba la
+camisa al cuerpo. Cuando en un paraje retirado alcanzaba a ver a alguno
+del _Faro_, ordenaba prontamente la vuelta.
+
+Rojas Salcedo contest a los del Camarote que si don Roque sala elegido
+concejal, sera nombrado otra vez alcalde. Pero al mismo tiempo escriba
+con misterio a los del Saloncillo, encargndoles que trabajasen todo lo
+posible para que no saliese. De este modo se libraba de un compromiso.
+En efecto, los partidarios de Belinchn, por su nmero, por su riqueza y
+por la buena maa que se dieron, lograron triunfar en toda la lnea. La
+lucha, ltimamente, se haba concentrado en el punto por donde se
+presentaba don Roque. Los del Camarote saban que si ste era elegido,
+la batalla estaba ganada. Sera alcalde y las facultades de ste
+contrarrestaban muy bien las del ayuntamiento. Los del Saloncillo lo
+presentan tambin. Ambos partidos luchaban con empeo feroz. Por fin,
+el anciano alcalde perdi la eleccin por un corto nmero de votos.
+Confuso y abatido, con los ojos terriblemente inyectados y la faz
+amoratada, que daba miedo, se retir al fin a su casa, despus de pasar
+todo el da en la del municipio. Ni un rey a quien despojasen de la
+corona, sentira golpe tan tremendo. Lleg a su domicilio sin escolta,
+como el ms nfimo particular. Bien haba visto a Marcones paseando por
+los corredores, y estaba seguro de que aqul le vi tambin a l. No se
+atrevi a pedirle que le acompaase. El viejo alguacil estaba hablando
+con agasajo a don Rufo, a un enemigo suyo, y fingi no advertir que su
+jefe pasaba. No era que se volviese al sol que ms calentaba. Era
+simplemente que Marcones, imbudo en las doctrinas de los modernos
+estadistas, comprenda que la fuerza pblica debe estar siempre al
+servicio del poder constitudo.
+
+Y, sin embargo, nunca don Roque tuvo ms necesidad de ser acompaado que
+entonces. Adems de un fro moral que le helaba el corazn, sentase
+fsicamente indispuesto. Aquellas horas mortales de agona recibiendo
+noticias contradictorias a cada instante, sin tomar alimento, con slo
+algunas copas de ginebra en el cuerpo desde la maana, le haban
+alterado hasta un punto indecible. Las piernas le flaqueaban y la vista
+se le obscureca. Para llegar a su casa tuvo necesidad varias veces de
+apoyarse en las paredes. Cuando entr, la vieja criada que sali a
+abrirle, retrocedi asustada. La cara de su amo pareca como si unas
+manos invisibles le estuviesen apretando sin piedad la garganta. A pesar
+de hallarse bien avezada a descifrar los caticos, inextricables
+sonidos, que salan de su boca en todas ocasiones, por esta vez no
+comprendi la orden que le daba. Vi que se retiraba derechamente a su
+cuarto. Procediendo por induccin, le llev luz y un vaso de agua. Pero
+don Roque se enfureci, tir el vaso al suelo, grit como un energmeno.
+Imposible, no obstante, averiguar qu queran decir aquellos rumores
+huecos, temerosos, infernales, que nacan en su garganta, y antes de
+salir se reflejaban con terrible resonancia cuatro o cinco veces en las
+paredes de su enorme cavidad bocal. Temblorosa, azorada, fu a buscar
+una botella de vino. Aunque un poco menos indignado, tampoco quiso
+recibirla; repiti con mayor nfasis, pero no ms claridad, la orden que
+haba dado. Al cabo, a fuerza de aguzar el odo, la sirvienta vino a
+entender que su amo peda un ponche de ron. Don Roque, observando que le
+haban comprendido, se seren, despojse del enorme gabn en que yaca
+prisionero, de la levita, del chaleco. Al tratar de sacarse las botas,
+su noble faz municipal tom el color del vino de Valdepeas despus de
+encabezado, y no pudo llevar la empresa a feliz trmino. Cuando vino la
+criada con el ponche, concluy de sacrselas. Despus, manifest que se
+iba a meter en la cama, que cerrasen bien las puertas y no no se le
+turbase bajo ningn pretexto. La criada no entendi una palabra de su
+discurso, pero adivin bien esta vez la sustancia, y se retir.
+
+Don Roque se dej caer, en efecto, sobre el lecho. Se cubri con la ropa
+hasta la cintura, y reclinando la espalda contra las almohadas, tom el
+vaso de ponche y lo acerc a los labios. Al instante ech de ver que
+exista deficiencia en una de las bases. Hizo un gesto avinagrado, dej
+escapar un sonido gutural inadmisible, y levantndose en calzoncillos,
+sac de su armario la botella del ron, que coloc sobre la mesa de
+noche. Torn a acostarse. Despus, grave y solemnemente, con el vaso en
+una mano y la botella en la otra, fu reparando el yerro de la criada.
+Beba un sorbo de ponche, y en seguida se apresuraba, a llenar el vaco
+con el lquido de la botella. As modificada la composicin, resultaba
+mucho ms adecuada al estado de agitacin en que su espritu se hallaba.
+Porque, bajo aquel aparente sosiego, el cerebro de don Roque desplegaba
+una actividad prodigiosa. Todas las horas de aquel da se le presentaban
+una a una tristes y sombras; las decepciones que haba sufrido, las
+esperanzas fallidas, las disputas acaloradas, hasta el abandono de
+Marcones. Y luego, lo porvenir. Esto era lo ms negro. Dejar el bastn
+de alcalde que tantos aos haba empuado con gloria, convertirse en un
+simple particular, en un qudam. No tener derecho a entrar en el
+ayuntamiento. Pasar cerca de un guardia municipal, y no poder decirle:
+
+--Juan, ve a la fuente de la Rabila y no consientas que las criadas
+frieguen all las herradas. Ver un picapedrero trabajando en la calle y
+no tener facultades para ordenarle que calque ms o menos las piedras,
+que suba o baje la rasante.
+
+Senta fro intenso a los pies. Se levant dos o tres veces para echar
+ropa encima, sin lograr calentarlos. La botella pas al fin toda al
+vaso, y del vaso al estmago. Esto produjo all dentro un suave calor,
+que se fu esparciendo gratamente por todos los miembros. Don Roque
+sinti que la lengua se le desligaba, y comenz a hablar solo con
+extremada claridad en su opinin. En realidad, si algn dios o mortal
+pudiese escuchar aquellos brbaros sonidos, retrocedera horrorizado.
+Sobre todos flotaba sin cesar uno por dems extrao algo as como _all,
+call, mall_. Un fillogo perspicaz, despus de estudiar bien aquel
+sonido, teniendo en cuenta la persistencia de la vocal _a_ y de la
+consonante _ll_, acaso deducira que la palabra expresada por el alcalde
+era canalla. Sin embargo, esto no sera otra cosa que una induccin ms
+o menos legtima.
+
+Al cabo call. Sinti un fuerte calor en la garganta, que le invadi
+instantneamente el rostro y la cabeza. La lengua no quiso trabajar.
+Experimentaba una impresin de engrandecimiento fsico de todo su ser.
+Sobre todo, la cabeza creca, crea de un modo tan desmesurado, que
+apenas poda con ella. Al mismo tiempo los objetos que le rodeaban, el
+armario, la cama, el lavabo, los bastones arrimados a la esquina, le
+aparecan de un tamao diminuto. Crey sentir dentro del cerebro el
+ruido de una maquinaria de reloj en movimiento, un volante que giraba
+con velocidad y un martillo que caa a comps con ruido metlico. El
+martillo ces, y sigui el volante girando. All fuera, en la calle,
+percibi fuerte rumor de gente; luego extraos sonidos que le dejaron
+yerto. El pobre don Roque no saba que le estaban dando a aquella hora
+sus enemigos una regular cencerrada. Estuvo por llamar a la criada, pero
+temi que tales sonidos fuesen como otras veces imaginarios. Y, en
+efecto, se confirm en la idea al escuchar una descarga de campanas que
+le ensordecieron. Era un repique horrsono, donde tomaban parte desde la
+mayor de Toledo, hasta la campanilla de su escribana. Qu vrtigo!
+Qu fatiga! Afortunadamente ces de golpe el campaneo. Pero fu al
+instante substitudo por un silbido prolongado y tan agudo, que le
+desgarraba el tmpano de los odos. Instintivamente se llev las manos a
+ellos. Al terminar el silbido, se le figur que la cama se levantaba por
+la parte de los pies. La cabeza se le iba hundiendo. Vea sus pies all
+arriba. Esto le produjo fuerte congoja. Di un gran suspiro, y los pies
+volvieron a su nivel. Mas en seguida tornaban poco a poco a levantarse y
+la cabeza a hundirse. Era necesario dar grandes suspiros para
+restablecerlos en su sitio.
+
+Ni con aquel fantstico manejo se calentaban los malditos. Eran dos
+pedazos de hielo. En cambio, lo restante de don Roque arda, se
+abrasaba. Sobre todo la cabeza alcanzaba una temperatura pasmosa, que
+iba cada vez en aumento. Cuando se llev la mano a la frente crey
+advertir que brotaba una llama azulada. Y oy una voz, la voz de su
+mujer muerta haca veinte aos, que le llamaba a gritos: Roque!
+Roque! Roqueee! Los dientes del alcalde chocaron de terror. Dej de
+ver el armario, las paredes de la alcoba, los objetos que tena en
+torno, y en su lugar percibi un milln de luces de todos colores que al
+principio estaban inmviles, despus comenzaron a bailar con extremada
+violencia. A fuerza de cruzarse las unas con las otras, llegaron pronto
+a formar crculos concntricos, uno azul, otro rojo, otro violeta, etc.,
+que giraban sobre s constituyendo un espectro mucho ms rico que el de
+la luz solar. Al fin aquellos crculos, tambin desaparecieron, quedando
+un solo punto luminoso apenas perceptible. Mas aquel punto fu
+creciendo lentamente. Primero era una estrella, despus una luna,
+despus un sol enorme que se iba extendiendo y adquira al mismo tiempo
+un vivo color rojo. Aquel sol creca, creca constantemente. Su disco
+inmenso de color de sangre tapaba la mitad de la bveda; despus, cubri
+las dos terceras partes; por ltimo la llen toda. Don Roque qued un
+instante deslumbrado. De repente no vi nada.
+
+Jams volvi a ver nada el buen alcalde. Por la maana le hallaron
+muerto, sentado en la cama, con la cabeza doblada hacia atrs. Un caso
+de apopleja fulminante.
+
+
+
+
+XV
+
+DE LA ENTRADA FAMOSA QUE HIZO EN SARRI EL DUQUE DE TORNOS, CONDE DE
+BUENAVISTA
+
+
+El seor Anselmo, jefe de la banda de msica de Sarri, vino a
+participar al presidente de la Academia que el alcalde le haba
+amenazado con suprimir la subvencin de la orquesta, si aquella tarde
+iban a la romera de San Antonio.
+
+--Cmo es eso?--pregunt don Mateo incorporndose en el lecho en que
+aun yaca, y echando mano a las gafas que tena sobre la mesa de
+noche..--Suprimir? Por qu la han de suprimir?
+
+--No lo s. As me lo ha enviado a decir por Prspero.
+
+--Pero a l qu le importa que la msica vaya a San Antonio?--profiri
+con acento irritado.
+
+--Creo que es porque hoy llega un seor a casa de don Rosendo... y como
+la carretera atraviesa la romera...
+
+--Ah, s, el duque de Tornos... Pero qu tiene que ver?... Vamos,
+estn locos!... Mira, djame un momento; voy a vestirme, y ver a Maza.
+Creo que lo arreglaremos. Djame.
+
+Despej el seor Anselmo la estancia, y, con ms premura de lo que
+pudiera esperarse de sus aos y achaques, aderezse don Mateo para
+salir. Su esposa y su hija estaban, como de costumbre, en la iglesia.
+Pidi el desayuno.
+
+--No puedo drselo, seor. La seora, se ha llevado las llaves, y no hay
+chocolate fuera.
+
+--Siempre lo mismo!--murmur el anciano, no tan enojado como
+debiera.--Yo no s por qu esa mujer no deja fuera al marcharse lo que
+hace falta... Es verdad que, por regla general, me levanto tarde; pero
+puede haber un negocio urgente como ahora...
+
+--Quiere que vaya a pedir una onza de chocolate a la vecina?
+
+--No, no hace falta. Estoy seguro de que Matilde se enfadara. No hay
+por ah nada que comer?
+
+La criada tard unos segundos en contestar.
+
+--No, seor, me parece que no hay nada. Ya sabe que la seora...
+
+--S, s, ya s.
+
+Don Mateo fu al comedor y comenz a escudriar los tiradores. Nada; no
+haba ms que los utensilios de la mesa, cuchillos, tenedores, el
+sacacorchos. Al travs de los cristales del armario vi algunas
+pastillas de chocolate y una bandeja de bizcochos.
+
+--Caramba, si diera alguna llave!
+
+Y sacando las suyas comenz a introducirlas en la cerradura. Las pruebas
+no tuvieron buen xito.
+
+Desesperanzado, al fin, se arregl las gafas con impaciencia, se puso el
+sombrero, cogi su cayado y dijo emprendiendo la marcha:
+
+--Vaya, vaya; nos aguantaremos por hoy.
+
+Pero antes de llegar a la puerta se volvi, y algo acortado pregunt a
+la domstica:
+
+--Hay pan por ah?
+
+--No ha venido an la panadera. Si quiere de lo mo...--respondi la
+muchacha sonriendo.
+
+--Bueno; a ver ese pan tuyo.
+
+Se fu a la cocina. La criada levant la tapa de la masera, y don Mateo
+sac un medio pan de centeno, bastante negro.
+
+--Este pan moreno en otro tiempo no me disgustaba--dijo cortando un
+pedazo.--Viva la gente morena!--aadi paseando por la boca un bocado
+de miga, pues con la corteza haca aos que no se atreva.
+
+La criada se rea sorprendida de aquel buen humor.
+
+--Es ms sabroso que el nuestro. Si no fuera que ya est un poco duro...
+
+Se sacudi las migajas con la mano, volvi a arreglarse las gafas y
+despus de beber un trago de agua porque tambin el vino estaba cerrado,
+se parti en direccin al ayuntamiento. El reloj del edificio sealaba
+las diez. Atraves el soportal de arcos, subi la vasta escalera de
+piedra y al llegar a los corredores donde haba ms de un dedo de polvo
+sobre el entarimado, pregunt a Marcones, que le sali al encuentro, por
+don Gabino.
+
+--El seor alcalde est en sesin.
+
+--En sesin? Diablo, a qu hora tan rara!
+
+En efecto, por lo rara se haba sealado.
+
+Dos aos haban transcurrido desde el fallecimiento de don Roque. Los
+del Saloncillo, que haban entrado en el ayuntamiento como triunfadores
+y tuvieron por alcalde a don Rufo, ms de ao y medio, a la hora
+presente padecan las amarguras de la derrota. Aun tenan mayora en la
+corporacin municipal, aunque escasa. Pero los del Camarote se haban
+arreglado en Madrid de tal manera, que lograron hacer nombrar alcalde a
+Gabino Maza. Decase que esto se deba al pasteleo repugnante de Rojas
+Salcedo. Advirtiendo ste en las ltimas elecciones municipales bastante
+progreso en las fuerzas de los del Camarote, se haba inclinado de su
+lado. No hay para qu decir la tempestad de odios y amenazas que contra
+l se levant por tal motivo entre los partidarios de don Rosendo.
+
+Se haba entablado una lucha feroz. Cada sesin del ayuntamiento era un
+escndalo. Los de Maza haban hecho procesar a la corporacin saliente,
+por dilapidacin de fondos: tenan al juez de primera instancia por
+suyo. Los de Belinchn contaban con que en la Audiencia les haran
+justicia. Mas por aquello que dicen que dijo Dios: _aydate y
+ayudarte_, se ponan en juego poderosas influencias para conseguirlo.
+Cartas iban y venan de Madrid. Los del Camarote no se descuidaban
+tampoco para estorbarlo. Maza deslomaba a sus contrarios con la vara de
+la justicia. Como la mayora de don Rosendo era slo de dos votos, urda
+tramas admirables para arrancrselos. Unas veces convocaba a sesin
+extraordinaria a horas en que a alguno de ellos le fuera imposible
+asistir; otras, mandaba recados fingidos a ciertos concejales,
+anuncindoles que se haba suspendido; otras; en el momento de ponerse a
+votacin cualquier asunto, lo haca con palabras ambiguas de acuerdo con
+sus amigos, para que los de don Rosendo se confundiesen y votasen contra
+s mismos, como sucedi en ms de una ocasin. En ms de una tambin,
+dej cerrados en la secretara a algunos concejales llevndose la llave.
+Despus que los padres del municipio se hartaban de gritar y dar golpes
+a la puerta, vena un alguacil a abrirles; pero ya se haba efectuado la
+votacin. Gracias a estas y otras tretas, a las arbitrariedades sin
+cuento que cometa, vengbase el bilioso ex marino de sus enemigos, que
+era un primor. Su tctica consista en atacarlos donde ms les dola;
+esto es, en sus bienes inmuebles. Cuando en alguna calle haba una o ms
+casas de cualquier socio del Saloncillo y ninguna de sus amigos, haca
+que el arquitecto municipal variase la rasante, dejndola ms baja. De
+esta suerte se descubran los cimientos de las casas y corran riesgo de
+venir al suelo, adems de la molestia consiguiente de poner escaleras
+para subir al portal. A los pocos meses de ser alcalde, haba ms de
+veinte casas en Sarri con los cimientos al aire. Otras veces, haca
+subir la rasante para que cuando lloviese fuerte, se inundasen. Como es
+natural, tales picardas despertaban fuerte clamoreo en los partidarios
+de Belinchn, rabiosas diatribas por parte del _Faro_, y tumultos sin
+cuento en las sesiones municipales.. Pero a Maza se le daba por todo una
+higa. Segua impasible sus inauditas reformas urbanas, escuchando con
+sonrisa cruel las quejas de sus vctimas, contestando con sarcasmos
+feroces a los discursos de los oradores del bando contrario.
+
+Marcones introdujo a don Mateo en una sala contigua al saln de
+sesiones. La tribuna destinada al pblico era demasiado asquerosa para
+entrar en ella una persona decente. Adems, le interesaban muy poco las
+peleas de aquellos gallos ingleses. En la misma sala estaban sentados
+departiendo amigablemente los dos notarios de la poblacin, don Vctor
+Varela y Sanjurjo. El uno era un viejo, pequeo, de ojos saltones, con
+enorme peluca, tan groseramente fabricada, que pareca de esparto; el
+otro, un hombre de media edad, plido, con bigote entrecano y cojo de
+nacimiento. Saludles nuestro anciano como antiguos amigos, a quienes se
+ve todos los das. A nadie en el radio de la villa dejaba de saludar don
+Mateo.
+
+--Esperando que termine la sesin, eh?
+
+--S, seor--respondi uno con sequedad y reserva que quit al anciano
+el deseo de entrar en ms averiguaciones.
+
+Busc otra conversacin, la que ms poda complacer a los depositarios
+de la fe pblica; la caza. Los dos eran crueles perseguidores de las
+codornices, peguetas y chochas; pero mucho ms terribles y empedernidos
+an de las liebres. Apenas venan algunos das despejados, estos veloces
+o inocentes animales tenan que sufrir una violenta persecucin por
+parte del gremio notarial, activamente secundado por media docena de
+galgos que, para que mejor corriesen, se les dejaba morir de hambre.
+
+Hablar de las liebres, era para don Vctor y Sanjurjo la antesala del
+Cielo. Levantarlas con las varas, metidos en la maleza hasta la cintura,
+el Cielo mismo.
+
+--Qu lstima de da!--exclam don Vctor dando un suspiro y mirando al
+cielo por los cristales del balcn, llenos de polvo.
+
+--Verdad--contest Sanjurjo, dando otro suspiro.--Sin embargo, la tierra
+de Maribona puede que est un poco blanda; llovi bastante estos das.
+
+--Qu ha de estar!--profiri don Mateo.--Ahora en el verano pronto se
+seca. Adems, toda aquella regin es caliza y absorbe el agua
+fcilmente.
+
+Los notarios le miraron con enternecimiento.
+
+--Me ha dicho Pepe la Esguila--prosigui--que los paisanos han visto
+saltar las liebres estos das en Ladreda.
+
+--Ya lo sabemos,--dijo Sanjurjo.--Hoy, si no fuera por un quehacer que
+nos ha salido, hubiramos ido a all.
+
+Al mismo tiempo haca un signo de inteligencia a don Vctor.
+
+--Pues Pepe debi de irse esta maana con Fermo. Eso me dijeron al menos
+ayer noche.
+
+Los notarios se miraron consternados.
+
+--Qu le deca yo a usted, Sanjurjo!--exclam don Vctor.
+
+--Francamente, me enga ese tuno... Bueno; alguna dejarn... Maana
+iremos usted y yo, don Vctor.
+
+Pero la noticia les haba puesto tristes. Guardaron silencio obstinado.
+Dentro del saln se oan voces descompasadas, fuertes rumores. Alguna
+vez sonaba el agudo repique de la campanilla presidencial, llamando al
+orden.
+
+Don Mateo, pesaroso de no haber acertado aquella vez a animar la
+conversacin, la estableci de nuevo, encarndose con Sanjurjo.
+
+--Hombre, parece mentira que usted con su defecto en la pierna, pueda
+dedicarse a la caza.
+
+--Quin? ste? Ah donde usted le ve, corre como un galgo--exclam don
+Vctor con carioso entusiasmo.--En cuanto se pone sobre la pista de la
+liebre, deja de ser cojo. Yo le digo que eso de la cojera lo ha
+inventado l para llamar la atencin. Tan cojo es, como usted y como yo.
+
+--Si usted me lo hiciera bueno!--profiri Sanjurjo, sonriendo con
+resignacin.
+
+Aquel toque de broma, les puso alegres. Don Vctor contaba las proezas
+de su compaero en diversas ocasiones. Un da, para correr mejor, se
+haba puesto en cuatro patas: era una exhalacin.--Cmo?--preguntaba
+don Mateo asombrado,--en cuatro patas?--Lo que usted oye. Sanjurjo se
+rea a carcajadas, afirmando que haba aprendido a correr as de nio,
+cuando su cojera era ms pronunciada y no poda competir con los
+compaeros. A su vez, ponderaba la poltronera de don Vctor, un tumbn
+que registraba hasta la ms pequea hierba por no ir adelante y
+cansarse. Don Vctor rea tambin, sosteniendo que no se levantaban
+liebres con las piernas, sino con los ojos. Cuntas veces aquella
+obstinacin suya haba dado al fin resultado!--Se acuerda usted de
+aquel da de San Pedro, hace tres aos, cuando me dej solo cerca de
+Arceanes? Quin levant la liebre, usted que se fu con viento fresco,
+o yo que me qued hurga que hurga por las matas?
+
+La conversacin se iba calentando con gran satisfaccin de don Mateo que
+no poda ver a nadie triste a su lado. Cuando ms embebidos se hallaban
+en ella, sin hacer caso bendito de los gritos y campanillazos que
+sonaban detrs de la puerta, brese sta con estrpito y aparece la
+majestuosa figura de don Rosendo Belinchn, en un estado de trastorno
+difcil de pintar, los cabellos revueltos, algunos de ellos pegados a la
+frente por el sudor, las mejillas inflamadas, los ojos vidriosos, el
+nudo de la corbata en el cogote.
+
+--Sanjurjo!... Sanjurjo, venga usted!--dijo con voz alterada, sin
+saludar, sin ver siquiera a don Mateo.
+
+El notario se levant tranquilamente y entr en el saln con l. Don
+Vctor no hizo alusin ninguna a aquella repentina marcha. Qued
+departiendo amigablemente sobre lo mismo que estaban hablando con don
+Mateo, el cual, aunque un poco sorprendido, no se atreva a preguntar
+nada. Al cabo de un rato, apareci Sanjurjo, que cerr la puerta tras
+s, y vino a sentarse con el mismo sosiego al lado de ellos, continuando
+su interrumpida conversacin. Pero no se pasaron muchos minutos sin que
+de nuevo se abriese la puerta con ruido, apareciendo esta vez la persona
+rechoncha de don Pedro Miranda en estado igualmente de descomposicin.
+
+--Don Vctor, don Vctor, entre usted!
+
+Tampoco salud, ni vi siquiera a don Mateo. El notario se levant
+gravemente y le sigui.
+
+--Qu diablo significa esto?--pregunt don Mateo a Sanjurjo, despus
+que se hubo cerrado la puerta.
+
+Este hizo un vago ademn de desprecio levantando los hombros.
+
+--Qu tonteras!--gru don Mateo.--Belinchn y Miranda, que en su
+vida se metieron en estos asuntos del ayuntamiento ni quisieron ser
+alcalde, tomarlo ahora con tanto apuro!
+
+Las cosas haban cambiado mucho, en efecto. La lucha enconadsima que
+uno y otro bando sostenan en todos los terrenos donde podan, era ms
+empeada ahora en la corporacin municipal que en ningn sitio. La
+tirana de Maza irritaba de tal modo los nimos de los amigos de don
+Rosendo, que apelaban a todos los medios imaginables para
+contrarrestarla. A todo trance queran procesarle por abuso de
+facultades. Para ello Belinchn haba tomado a su servicio al notario
+Sanjurjo, que constantemente le acompaaba a las sesiones, levantaba
+actas y ms actas de las arbitrariedades del alcalde, que pasaban al
+juzgado y all se estancaban gracias a la mala voluntad del juez. Los
+del Camarote oponan notario a notario, actas a actas, quejndose de la
+insubordinacin de la mayora, de sus votaciones, en asuntos que no eran
+de su competencia.
+
+Cuando termin la sesin, don Mateo fu introducido en el despacho del
+alcalde. Estaba tomando una limonada purgante. Cada pocos das
+necesitaba uno de estos brebajes para desalojar la bilis que se le
+acumulaba en el estmago. Aquella lucha diaria desde haca tres aos le
+haba echado a perder el estmago. Estaba an agitado, convulso. Su
+risita sardnica de las sesiones, la calma despreciativa con que
+afectaba escuchar los discursos de sus contrarios, era pura comedia.
+All por dentro, la clera le carcoma las entraas, se le mezclaba a la
+sangre. Cunto trabajo le costaba reprimir los ciegos mpetus de ira
+que a cada paso le acometan!
+
+Dos de sus amigos comentaban la sesin, mientras l, silencioso, lvido,
+con sus eternas ojeras ms pronunciadas an, revolva el lquido con una
+cucharilla. Don Mateo, como una de las poqusimas personas que
+permanecan neutrales en Sarri, fu recibido con franqueza y agasajo.
+
+--Sintese usted, don Mateo. Qu trae de bueno por aqu?
+
+El anciano manifest que vena a saber si era cierta la amenaza de
+suprimir la subvencin de la banda en el caso de que fuese aquella tarde
+a la romera de San Antonio. El rostro de Maza se nubl. Era muy cierto.
+Que no contasen con socorro alguno del ayuntamiento si aquella tarde
+sacaban los instrumentos de la Academia... Don Mateo pregunt: qu
+motivo?... Maza, despus de rechinar los dientes como introduccin,
+manifest que no quera contribuir a solemnizar la entrada del personaje
+que iba a llegar por la tarde y se alojaba en casa de Belinchn.
+
+--Sera capaz don Quijote de darse tono haciendo pensar a su husped que
+la haba llevado l para obsequiarle.
+
+--Pero, Gabino, si todos los aos ha ido. Nadie puede creer ni pensar
+semejante cosa. Considera que es la romera ms importante del pueblo.
+Sera muy triste que las chicas no bailasen y se divirtiesen por una
+pequeez como sa.
+
+--Pues nada, por hoy se suprime el baile. Lo siento mucho. Si quieren ir
+que vayan; pero ya saben a qu atenerse.
+
+Fu imposible hacerle variar de resolucin. Don Mateo rog primero, se
+enfureci despus, y con el derecho que le daban sus aos y las nobles
+intenciones que siempre le animaban, y de las cuales nadie dudaba en la
+villa, dijo cuatro frescas a Maza y a los dos concejales que all
+estaban presentes. Ni el bilioso alcalde ni stos se enojaron. Uno lleg
+a decirle:
+
+--Acaso tenga usted razn, don Mateo; pero, qu quiere usted? La lucha
+es lucha. Est interesado nuestro amor propio, y hay que aplastar a esos
+canallas, o que ellos nos aplasten.
+
+El anciano sali de las consistoriales ms triste que enojado. En los
+tres aos ltimos eran incalculables los desaires y desabrimientos de
+este gnero que haba padecido. A nadie encontraba ya propicio para
+secundar sus proyectos de recreo. En vano redoblaba su actividad para
+traer al teatro compaas de verso o zarzuela. Todas quebraban al poco
+tiempo. Porque predominando en las funciones el elemento del Saloncillo,
+ya se saba que los del Camarote se retiraban, y viceversa. Y como para
+que el teatro se sostuviese era preciso el concurso de todos, el
+resultado era que los cmicos se escapaban siempre muertos de hambre. Lo
+primero que le preguntaban a don Mateo en las casas cuando iba a
+suplicar que se abonasen, era:--Se han abonado Fulano, Mengano y
+Zutano?--Si contestaba afirmativamente, ya se saba lo que le
+decan:--Pues no cuente usted con nosotros.--Nuestro buen seor apelaba
+ltimamente al engao para comprometerlos; mas los enconados vecinos
+olan en seguida el torrezno, y aplazaban su contestacin para despus
+que se enterasen de qu gente haba. Y si esto pasaba en el arte
+dramtico, qu no sucedera con las notabilidades que en aquel lapso de
+tiempo haban posado su vuelo en la villa? Un famoso violinista, otro
+que tocaba un instrumento de madera y paja admirablemente, cuatro
+hermanos campanlogos, un moro que mostraba dos vacas sabias, un doctor
+ingls que traa un microscopio, el clebre gigante chino, una foca
+marina que deca _pap_ y _mam_, etc. A todos haba protegido don
+Mateo. Pero su activa campaa de propaganda no les vali gran cosa.
+Todos los monstruos, tanto espaoles como extranjeros, conocan de odas
+a nuestro retirado coronel, y en cuanto ponan el pie en Sarri, a su
+casa iban a llamar. El los acompaaba a ver al alcalde, los presentaba
+en el Saloncillo, los recomendaba al propietario del almacn donde
+pensaban exhibirse, y casi siempre encabezaba la suscripcin para
+pagarles el viaje. En otro tiempo no se marchaba uno de la villa que no
+fuese contento y gordo. Pero ahora! Ahora no estaba la Magdalena para
+tafetanes, segn le respondan algunos.
+
+El lugarteniente de don Mateo en todos los festejos era Severino, el de
+la tienda de quincalla. No haba en la provincia quien le aventajase en
+fabricar globos elegantes, vistosos y bien proporcionados para que
+subieran sin dar tumbos. Tampoco en el arte difcil de levantar arcos de
+ramaje con transparentes para la noche, ni en disparar cohetes
+velozmente y a plomo. Pues bien; este ingeniossimo varn, que tanto
+haba regocijado a la villa con sus peregrinas invenciones, haca ya
+mucho tiempo que permaneca inactivo. Cuando alguna vez le deca don
+Mateo, que pasaba siempre en su tienda algunas horas:
+
+--Severino, vamos a preparar algo para la vspera de San Antonio?
+
+--Para qu, don Mateo, para qu!--responda el tendero con desaliento.
+
+--Una iluminacioncita de doscientos faroles nada ms, un globo y algunos
+cohetes.
+
+--Quiere usted que nos cueste a nosotros el dinero como la fiesta de
+Santa Engracia?
+
+--Acaso los indianos suelten esta vez algo--murmuraba don Mateo.
+
+--Vaya, no sea inocente. Parece mentira que no los conozca! Soltar!
+Qu han de soltar esos guanajos si no...?
+
+Unos y otros eran injustos con los indianos. Estos se mantenan en
+neutralidad absoluta, asombrados de que, hombres acaudalados como
+Belinchn, Miranda y otros, se apurasen tanto por cosas que no ataan a
+sus negocios particulares. Aquel puado de personas sosegadas, en medio
+de la lucha feroz con que se agitaba la villa, semejara el coro de las
+tragedias griegas, si no fuese porque ste sentase conmovido por las
+desgracias o prosperidades de los hroes, se alegraba y se entristeca.
+Los indianos de Sarri permanecan por entero indiferentes, adormecidos
+por aquella vida holgazana y metdica en que el recuerdo de sus trabajos
+y penalidades de Amrica les llenaba algunas veces de horror, y haca
+ms amable todava su situacin actual. Qu les importaban a ellos las
+votaciones del ayuntamiento, las perreras que _El Faro_ y _El Joven
+Sarriense_ se lanzaban, ni los chismes que sin cesar traan conmovida a
+la villa! Mientras les dejasen dar vueltas por la maana en la punta del
+Pen (y no haba peligro de que nadie se lo estorbase), jugar al billar
+o al tresillo despus de comer, y dar sus famosos paseos en pandilla a
+la tarde por los pintorescos contornos, lo dems no significaba nada.
+Tan sin cuidado les tena, que slo por rara casualidad, cuando estaban
+juntos, hablaban de los episodios de la lucha. Lo nico que consegua
+turbarles eran los telegramas noticiando el alza y baja de los fondos
+pblicos, donde tenan invertido su capital. Por lo dems, eran
+ciudadanos modelo: no ofendan a nadie; coman lo que era suyo y haban
+trabajado con sus manos. Que no daban dinero para las funciones y
+holgorios. Esto no puede considerarse como un cargo grave. Ellos no
+vean la necesidad de tales fiestas. Qu ms se poda apetecer en el
+mundo que vivir en un clima benigno, comer, pasear, dormir
+tranquilamente las horas que a uno se le antojaran! Adems, haban hecho
+un beneficio al pueblo, conduciendo al altar a una porcin de seoritas
+de veinticinco a treinta, que, sin este inesperado socorro, se hubieran
+ido desecando tristemente. Ahora eran casi todas esposas obesas y
+tranquilas, madres de familia felices, rigiendo una casa bien
+abastecida.
+
+Aunque antipticos a los dos bandos, los indianos eran los nicos que se
+salvaban en aquel tiroteo incesante de los peridicos. Se contentaban
+con murmurar de ellos, llamarlos asnos cargados de plata; pero no se
+atrevan a aludirlos pblicamente. No haba razn para ello. Y eso que
+en Sarri en el transcurso de tres aos, se haba alcanzado aquel grado
+de perfeccin con que don Rosendo soaba; esto es, no exista la vida
+privada. Los actos de los vecinos, aun los de ndole ms ntima y
+secreta, salan a luz en la prensa, se comentaban, se censuraban, se
+ponan en ridculo. Nadie estaba seguro en el tabernculo de su hogar.
+Si cruzaba con su mujer algunas palabras malsonantes, si castigaba con
+ms o menos severidad a sus hijos, si andaba apurado de dinero, si sala
+por la noche a picos pardos, si se le atragantaban las _ces_ en medio de
+diccin, diciendo _reto y pato_, en vez de recto y pacto, si coma con
+los dedos o se sonaba con ruido. De todos estos interesantes pormenores,
+daban cuenta al pblico _El Faro_ y _El Joven Sarriense_, unas veces
+directamente, otras por medio de los famosos cuentos orientales ya
+mencionados.
+
+Desde el ayuntamiento, don Mateo se fu al local de la Academia, donde
+le aguardaba el seor Anselmo, y le orden prudentemente que no saliese
+con la banda aquella tarde. A fuerza de transacciones y equilibrios,
+haba conseguido hasta entonces sostenerla lo mismo que el Liceo. En
+ste, por supuesto, ni haba representaciones teatrales ya, ni se
+bailaba sino en das sealados, como el de las Candelas, los de Carnaval
+y el de Santa Engracia. Pero don Mateo, a fuerza de actividad y
+diplomacia, haba logrado que la mayora de los socios siguiesen pagando
+las dos pesetas mensuales de la suscripcin. Todas las dems
+instituciones de recreo en que la villa era tan rica, haban
+desaparecido.
+
+Lo que traa preocupados a tirios y troyanos a la sazn era la venida
+del duque de Tornos. El vigilante y prudentsimo don Rosendo haba
+averiguado por medio de sus agentes de Madrid, que el duque de Tornos,
+conde de Buenavista, emparentado con la real familia, embajador que
+haba sido en Francia, mayordomo mayor de palacio, etc., etc., un
+personaje de mucho bulto en la corte y en la poltica, estaba decidido a
+pasar el verano en Sarri para tomar los aires del mar, que le hacan
+mucha falta, con ms sosiego que en San Sebastin o Biarritz. Saberlo
+Belinchn y escribirle una carta ofrecindole su casa, fu todo uno. El
+Duque rehus, como era natural, dndole gracias muy expresivas. Pero el
+buen don Rosendo que juzgaba un importantsimo triunfo la venida de tal
+personaje a su morada, y contaba con ayuda de l exterminar a sus
+contrarios, tanto insisti, valindose de toda clase de recomendaciones
+para conseguirlo, que el Duque concluy por aceptar el ofrecimiento. Los
+del Camarote, que haban olfateado el asunto y les tena con gran
+cuidado, obligaron a don Pedro Miranda a ofrecer tambin su casa,
+prometiendo abonar entre todos, los gastos que aquello le ocasionase.
+Pero el Duque ya estaba comprometido. No pudieron conseguir su
+propsito, aunque pusieron en juego bastantes influencias, lo que les
+llen de ira y despecho, como acabamos de ver. Hay que advertir que el
+duque de Tornos perteneca al partido moderado. Aunque en Sarri ninguno
+de los dos bandos estaba bien definido en poltica, porque lo que les
+preocupaba era la lucha local, y se inclinaban siempre al partido
+vencedor, no caba duda que en el Saloncillo predominaban los liberales,
+principiando por su eximio jefe. En el Camarote, los ms eran
+retrgrados. La preferencia otorgada a los primeros era, pues,
+doblemente dolorosa.
+
+Don Rosendo el ao anterior haba levantado un piso ms a su casa. Lo
+que le decidi a aquella obra fu el nacimiento de otra nieta. Si el
+matrimonio segua tan aprovechado, no cabran pronto en la casa. Gonzalo
+hablaba de tomar otra; le faltaba independencia. Para que no se fuese,
+la aument su suegro de aquel modo. El piso entero fu destinado a la
+nueva familia. A fin de que estuviesen ms independientes, la escalera
+no pasaba por el cuarto de los padres; pero al mismo tiempo haba una
+interior de caracol que facilitaba el servicio de un piso a otro.
+Gonzalo poda entrar y salir de su casa sin necesidad de cruzar por la
+de sus suegros. Coman todos juntos, sin embargo.
+
+Pues cuando se supo la aceptacin del duque de Tornos, se le destin el
+cuarto entero del matrimonio joven. Este baj de nuevo a ocupar sus
+antiguas habitaciones. Arreglse an mejor de lo que estaba, y eso que
+estaba bien, pues Venturita haba exagerado el lujo de la decoracin.
+Pronto y con poco esfuerzo qued convertido en una mansin digna del
+personaje que iba a albergar. En el Saloncillo se esperaba con ansia el
+telegrama del prohombre, anunciando su salida. El rostro de todos los
+tertulios expresaba gozo y triunfo, brillaba con la esperanza de que
+pronto podran dar algunos golpes contundentes a sus adversarios. Estos
+andaban mohinos y recelosos, disimulando, no obstante, lo mejor que
+podan su despecho. Afectaban no conceder importancia a la venida del
+Duque. No falt quien viniese a avisar en seguida a Belinchn de la
+_zurdada_ del alcalde respecto de la msica. Estaba empezando a comer
+cuando recibi la noticia. Con admirable serenidad, que deban envidiar
+sus enemigos, concluy el plato de sopa que tena delante, se limpi los
+labios, bebi un trago de vino, volvi a limpiarse los labios, y
+levantndose acto continuo, sali sin decir palabra. Como todos los
+grandes caudillos de que nos habla la historia, don Rosendo no perda
+jams el aplomo. En los momentos crticos, como el presente, era cuando
+a l le asaltaban las grandes ideas, las resoluciones salvadoras. Se fu
+al telgrafo y puso un parte al director de la orquesta de Lancia
+pidindole que viniese con ella a Sarri y que sealase precio. El
+director contest que llegaran a la noche.--Perfectamente;--se
+dijo,--si la msica no va a recibirle, al menos no se quedar sin
+serenata. Y que rabien esos miserables!
+
+La llegada del duque de Tornos coincida, como hemos visto, con la
+romera de San Antonio. La tarde estuvo como la maana serena y alegre,
+sin pizca de calor; porque la brisa del Nordeste en Sarri, como en
+todos los puertos del Cantbrico, refresca deleitosamente los ardores
+del sol en los meses de esto. Las romeras pertenecan a todas las
+clases sociales, pero muy particularmente a los artesanos. Gracias a
+esto no haban perdido nada de su primitiva alegra y animacin. Desde
+por la maana, bien temprano, grupos numerosos de muchachas salan de
+los arrabales y cruzaban la villa para tomar la carretera de Lancia,
+vestidas todas con la clsica falda de merino, negra o de color, y el
+floreado mantn de Manila atado a la cintura, zapatos descotados,
+pendientes de perlas, y la hermosa cabeza, sencillamente peinada, al
+descubierto. Su charla bulliciosa, sus frescas carcajadas despertaban a
+los vecinos que an yacan entre las sbanas, les hacan sonreir
+beatamente trayndoles al recuerdo otros das de San Antonio cuando la
+juventud chispeaba tambin en sus ojos y en la copa de la vida an no
+haba cado ninguna gota de hiel. Quin no recordara en Sarri alguno
+de aquellos viajes a la ermita en una maana lmpida y suave, con las
+piernas ligeras y el corazn mecido dulcemente en la esperanza de ver
+pronto al dueo adorado y pasar el da cerca de l! El rumor de aquellas
+nias era un soplo de alegra que desde la calle suba a las casas,
+entraba por los balcones invitando a soltar por algunas horas el fardo
+pesado de los quehaceres, de la ambicin, de la envidia, de todas las
+ruines pasiones que consumen la msera existencia humana. Y seguirlas,
+seguirlas a gozar del ambiente puro de la maana, del verdor de los
+campos, de la rica leche incomparable que se vende en torno de la
+ermita, del juego a las cuatro esquinas y la deleitosa gallina ciega, de
+las habaneras lnguidas, los dulces caramelos y crucetas de la Morana, y
+tal vez que otra, cuando no se tiene una figura despreciable y se
+dispone de largos bigotes retorcidos, de sus besos ms dulces y
+regalados an (habiendo hecho algo por merecerlos, se entiende).
+
+Pablito sali de madrugada acompaado de su fiel Piscis, montados en
+sendos caballos pujantes y amaestrados, trabajando unas veces del
+costado derecho, otras del izquierdo como era lgico. Para ir de esta
+suerte, no solamente haba la razn de sus arraigadas inclinaciones,
+sino otra tambin muy atendible. El joven Belinchn haca ya ms de un
+ao que no iba a las romeras y evitaba todo lo posible caminar a pie.
+Sala poco de casa, sobre todo de noche, procurando atravesar por las
+calles ms cntricas, sin que por casualidad se le viese jams solo.
+Tena enemigos ocultos y encarnizados. Valentina, la blonda y saladsima
+costurera, haba jurado por todos los santos del Cielo clavarle un pual
+en la espalda. La razn no necesitamos decirla. Despus de haber tenido
+un hijo con ella, la haba abandonado y volaba otra vez, cual libre y
+pintada mariposa, posndose ahora en una, ahora en otra flor. Buen
+trabajo le haba costado, o por mejor decir, buen miedo! Cuando supo el
+juramento de su amante, que no le cogi de sorpresa, pues conoca
+demasiado bien su temperamento, para evitar aquella dolorosa muerte
+prematura, mand repetidos emisarios ofrecindola grandes cantidades de
+dinero, recoger y educar a su hijo, y mantenerla a ella sin trabajar. La
+feroz costurera haba rechazado con indignacin todas las ofertas.
+Reiteraba, cada vez que un embajador iba a verla, su horrible y
+sanguinario juramento. Como es natural, al hermoso mancebo no le llegaba
+la camisa al cuerpo. Que se ponga cada cual en su caso. Hubiera dado el
+coche y los caballos por poseer otros dos ojos en el cogote. Los que
+posea, siempre que sala a la calle a pie, se entregaban, mira a un
+lado, mira otro, a un trabajo abrumador superior a sus fuerzas.
+
+Pero con el tiempo, haba ido adquiriendo alguna confianza. Valentina no
+sala apenas de casa. En romeras y bailes, despus de su deshonra, no
+la haba visto nadie. Pablito, que no la haba tropezado todava en la
+calle, se anim con los consejos de Piscis a ir a San Antonio. Montaron,
+pues, a caballo temprano, y se lanzaron por la anchurosa y empolvada
+carretera de Lancia sombreada un buen trecho a la salida de la villa,
+por grandes olmos. La va era ascendente, aunque sin gran declive. A un
+lado y a otro, se extenda la risuea campia de Sarri, limitada por
+dos o tres trminos de suaves colinas. Ms lejos, descubrase la negra
+crestera de las montaas de Narcn, que se alzaban sobre el valle de
+Lancia, cubierto an por la niebla. Volviendo la vista atrs, despus de
+caminar un trecho, se seoreaba la hermosa villa que la luz matinal
+hera de soslayo, haciendo brillar aqu y all alguna blanca fachada.
+Detrs, la vasta llanura del mar, que con los rayos oblicuos del sol
+naciente, ofreca un color blanco lechoso.
+
+Los caballos de nuestros quites, orgullosos de su estampa elegante, de
+sus lomos relucientes y mrbidos, caracoleaban sin cesar levantando
+nubes de polvo, felices por ostentar su recia musculatura a la luz de la
+maana. Las jvenes menestralas, que ascendan lentamente hacia la
+ermita, se impacientaban, chillaban, ms por la suciedad del polvo, que
+por temor a los corceles, dirigan chufletas de peor o mejor gusto al
+inflexible Piscis, que ste no escuchaba siquiera, absorto en la
+contemplacin de las patas del caballo, cuya alta direccin le estaba
+confiada.
+
+--Uf, la carretera es poco para l!--Oye t, fenmeno, no levantes
+tanto polvo.--A caballo parece algo; y es un perro sentado.--Si parece
+un duque!--No, mujer, vizcon...de!
+
+Con Pablito no se metan. El bizarro joven ejerca el mismo dominio
+sobre las artesanas que sobre las damiselas de la villa. No slo las
+fascinaba por su delicada figura, por su gallarda, por su riqueza, sino
+tambin, y acaso principalmente, por sus conquistas. La muchedumbre de
+enamoradas que haba tenido en todas las clases sociales, formaban en
+torno de su cabeza una aureola de gloria. Se murmuraba mucho de l entre
+las menestralas, con motivo del lance de Valentina, se le llamaba falso,
+traidor, bribn; pero todas ellas, hasta las mismas amigas de la
+vctima, le admiraban, le adoraban en secreto, y hubieran cado a pocos
+embates en sus brazos, por ms que juraban y perjuraban que era bien
+tonta la que haca caso de aquel _miquitrefe_.
+
+Pablito caminaba serio, atento tambin a regir el brioso cuadrpedo. De
+vez en cuando, no obstante, se dignaba sonreir ligersimamente. Y este
+esbozo de sonrisa animaba tanto a las muchachas, que arremetan con ms
+bro y gracia contra su compaero fidelsimo, el invicto Piscis.
+
+A la media legua prximamente, haba un gran prado llano y hermoso que
+la carretera parta por el medio. All se celebraba la romera por la
+tarde, con la gente que vena de la villa y la que regresaba de la
+ermita. Para ir a sta, era necesario separarse en aquel punto de la
+carretera y tomar por callejuelas estrechas y pendientes, limitadas por
+toscas paredillas de piedra, cubiertas de zarzales. Al cabo de un cuarto
+de legua, se desembocaba en la pequea planicie de un montecillo, donde
+estaba situada. La vista desde all era esplndida y regocijada como
+pocas. Descubrase una inmensa extensin de costa, no llana, sino
+ondulante, plantada de maz en unos sitios, en otros de trigo, en la
+mayor parte de hierba solamente, cortada por la gran va empolvada de
+Lancia, con su faja obscura de olmos gigantescos, a cuyo extremo pareca
+como una mancha blanca y roja la villa. La inmensa sbana azul del
+Ocano, donde brillaban tres o cuatro velas como blancas gaviotas,
+cerraban el panorama.
+
+Alrededor de la ermita, las mujerucas de los contornos, entre las cuales
+haba ms de una fresca y hermosa aldeana de rojos labios y blancas
+mejillas satinadas, vendan leche en pucheritos de barro negro. Haba
+tambin algunas mesas cubiertas con manteles, donde se exhiban
+bizcochos y otros confites de remota antigedad. La gracia de aquella
+romera estribaba en tomar leche por la maana en la ermita, jugar luego
+con los pucheros y romperlos al fin, hacindolos rodar por el monte
+abajo. Se coma a las doce el fiambre que se llevaba. Despus se vena
+hacia el prado de los nogales o Nozaleda, donde todos se reunan.
+Pablito no infringi un pice el programa. Compr ms de una docena de
+pucheros de leche y gran cantidad de bizcochos, con que obsequi a sus
+conocidas. Luego retoz con ellas largamente, haciendo rodar a varias
+por el prado y tirndose l mismo en medio del entusiasmo general. A la
+sazn, estaba poniendo los puntos a una morena muy agraciada, hija del
+sereno Maroto, que venda pescado en la plaza y se llamaba Ramona, la
+misma a quien tal vez recuerde el lector que Periquito haba dicho en la
+cazuela del teatro:--Ramona, te amo--con gran regocijo de Piscis y
+Pablo. Cuando lleg la hora de venir a la Nozaleda, se empe en
+llevarla a caballo delante de l. La moza se resisti un poco, pero al
+fin cedi, no haba de ceder! El joven entr con ella por medio de la
+romera entre los aplausos y hurras! de sus amigos y las murmuraciones
+de las jvenes, que se mostraban escandalizadas, sin perjuicio de
+dejarse arrebatar de aquella gentil manera el da que al bello sultn se
+le antojase.
+
+A las tres, la Nozaleda estaba poblada de romeros. El vasto prado
+pareca una alfombra de fondo verde. Los pauelos de las mujeres,
+blancos, rojos, amarillos, agitndose continuamente, llameando a la luz
+del sol, formaban sobre aquel fondo un dibujo movible de brillantes
+colores. La carretera mandaba de Sarri a cada instante nuevos
+pelotones de gente, que se diseminaban por el prado a entrambos lados.
+Escuchbase un rumor confuso como el de las olas del mar a cierta
+distancia, sobre el cual saltaba el agudo son de la gaita, y el
+repiqueteo sordo y montono del tambor. Algunas tiendas de campaa,
+donde, sobre mesas porttiles de tabla, yacan los hinchados odres, como
+vctimas preparadas al sacrificio, estaban rodeadas por numerosos grupos
+de hombres. En otro ms numeroso, de ambos sexos, hacia el medio, se
+bailaba al uso del pas, sonando las castaetas con las _mudanzas_
+peculiares de aquella regin. Aquel baile duraba cinco o seis horas sin
+reposo alguno. Se sudaba copiosamente, pero cansarse! los hombres
+alguna vez, las mujeres nunca. Los que as bailaban eran aldeanos, los
+habitantes de los contornos que, llegada la noche, se volvan a sus
+casas por los atajos sin pasar por la villa. Las artesanas de Sarri
+formaban giraldillas, donde se cantaba a grito herido, abrindose y
+cerrndose sucesivamente, dejando en el medio ora un grupo de hombres,
+ora de mujeres. Los seoritos, en relacin con aquellas jvenes por los
+bailes de las Escuelas, acostumbrados ya al dulce, no queran perder su
+derecho de monopolio ni aun al aire libre; entraban tambin en ellas,
+bailando sin garbo, con los brazos muy abiertos y las piernas inmviles.
+Entonces los artesanos se salan y marchaban un poco ms lejos a bailar
+con aquellas que, desdeadas por los caballeros, o de temperamento ms
+bravio, los seguan, arrojando miradas torvas de desafo al coro
+principal.
+
+Ni se crea que faltaba tampoco aquella tarde el baile de sociedad. Don
+Mateo, buscando medio de substituir a la orquesta, haba dado con un
+arpista y un violn italianos, y los subvencion, de su bolsillo
+particular, para que tocasen. Y all, en un extremo del prado, bajo un
+inmenso nogal de la cinta que lo circundaba, una docena de parejas
+estrechamente abrazadas, daban vueltas parsimoniosas al comps de
+dulzona habanera, rodeadas por un espeso crculo de mirones. Las
+seoritas solan presenciar con risita despreciativa aquel baile que
+imitaba toscamente los suyos, dolindose en su interior de que jvenes
+tan finos se abrazasen a aquellas tarascas. Sin embargo, cuando alguno
+las invitaba, despus de resistirse un poco, reir a carcajadas,
+ruborizarse y hacer buena porcin de moneras para atestiguar que slo
+se rebajaban a aquello por pura condescendencia, solan agarrarse firme
+al brazo de su bromista amigo y tardaban en soltarlo.
+
+Gonzalo haba venido a pie a la romera con Cecilia, la nia mayor y la
+niera. Y como el camino era largo y pendiente, porque sta no se
+cansase tanto, haba trado a su hija en brazos casi todo el tiempo.
+Ventura odiaba las romeras. Adems, su padre haba llevado el carruaje
+a esperar al duque de Tornos, y pensar en que anduviese a pie media
+legua, era una monstruosidad. Doa Paula tampoco poda venir. Haca
+tiempo que estaba delicada. Los mdicos crean que su malestar y
+decaimiento procedan de algn trastorno en la circulacin, una afeccin
+cardaca, que poda con el tiempo ofrecer caracteres graves, aunque por
+entonces no los presentase. Cecilia haba querido durante el viaje
+ayudar a su cuado a soportar el fardo. Este se haba, redo:
+
+--Calla, Huesitos, calla--as la llamaba familiarmente.--Ten cuidado no
+me obligues a llevarte a ti tambin!
+
+Y as que llegaron, como marido y mujer comenzaron a vagar por el gran
+prado, detenindose a cada instante para saludar a los amigos con quien
+tropezaban. Compraron dulces para la nia, estuvieron un rato viendo
+bailar al son de la gaita; despus se pararon delante de la giraldilla;
+por ltimo, se fueron a donde sonaba el violn y el arpa, y tuvieron
+ocasin de ver entre las parejas a su hermano Pablo estrechando la
+cintura de la hermosa Ramona. Por cierto que, al advertir su presencia,
+el bizarro joven se inmut un tanto. Aprovechando una de las vueltas
+para pasar cerca de su hermana, le pregunt por lo bajo:
+
+--Est ah mam?
+
+Cecilia hizo un signo negativo, y se tranquiliz.
+
+La nia se cans pronto de aquel espectculo. Quiso ir de nuevo a ver el
+baile de los aldeanos. Desde all, saltando otra vez a la carretera,
+entraron en la romera que quedaba del otro lado. Fu gran ventura para
+ellos. Porque a los pocos momentos acaeci en el sitio que haban
+dejado, una escena espeluznante, terrorfica, digna de una tragedia
+romntica.
+
+Hallbase Pablito bailando con su morena, sereno, feliz, procurando
+acortar distancias todo lo posible, y an ms. Sus mejillas, siempre
+sonrosadas, estaban ahora vivamente encendidas, no tanto por el
+movimiento como por el amor que poco a poco, a impulso de las cadencias
+lnguidas de la habanera se haba ido apoderando de su ser. Ramona,
+encendida tambin como una amapola, apoyaba la barba adornada por los
+lados con dos hechiceros hoyuelos, sobre su hombro. Ramona vi de pronto
+con horror un rostro plido donde brillaban dos ojos airados de loco.
+Pablito escuch detrs una voz estridente que gritaba:
+
+--Toma, bribn!
+
+Y al mismo tiempo sinti un fuerte topetazo en la espalda. Volvise
+rpidamente. Vi el semblante desencajado, fatdico, de Valentina, la
+cual blanda en la mano derecha un arma.
+
+El joven comprendi que estaba herido de muerte. Se dej caer al suelo
+con seales cadavricas en el rostro. Instantneamente, un golpe de
+gente acudi a levantarle, mientras otro sujetaba a la costurera. Al
+conducirle a la casita prxima de un aldeano, Pablo crey escuchar
+confusamente los gritos de Valentina, que intentaba desasirse de los que
+la tenan, para rematarle, sin duda.
+
+La noticia se extendi por la romera. Mucha gente acudi corriendo al
+teatro del suceso. Cecilia y Gonzalo, que vieron el movimiento,
+quisieron enterarse. Un amigo, conocedor de la verdad, les dijo que se
+trataba de una reyerta entre aldeanos, y procur llevarlos ms lejos
+todava.
+
+Mientras tanto, el mdico de un concejo inmediato, que all estaba, fu
+avisado para que viniese a curar al herido. Era un joven recin salido
+de las aulas. Lo primero que hizo fu despojarle de la chaqueta,
+cortndosela por la espalda; despus hizo lo mismo con el chaleco y la
+camisa. Cuando la carne qued al descubierto, no pudo retener una
+carcajada:
+
+--Qu herida, ni qu calabazas! Aqu no hay nada.
+
+En efecto, el pequeo cortaplumas, de que la costurera se haba valido
+para asesinar a su prfido amante, atraves la chaqueta, el chaleco, la
+camisa y la camiseta. En cuanto a la carne aborrecida del seductor,
+haba quedado enteramente inclume.
+
+No poco se alegr ste de volver al gremio de los seres vivos. Despus
+que el ama de la casa le cosi provisionalmente la camisa, y se cubri
+con el gabn del mdico, mientras Piscis iba a buscar los caballos,
+sali por los prados de atrae para no ser visto, tanto por la vergenza
+que le daba ir vestido con aquel espantoso sayo, como porque crey
+escuchar a Valentina, mientras iba con las ansias de la muerte, ciertas
+palabras pesadas. Si mal no recordaba (y poda recordar mal, dado su
+desvanecimiento), la costurera deca gritando cuando le llevaban entre
+cuatro:
+
+--Anda, cochino, que si yo no te he matado, no faltar quien te mate!
+
+Pablito hallaba tan feo el ser asesinado por un des-conocido, que no
+quiso detenerse un minuto ms en la romera. En cuanto sali a la
+carretera, donde le esperaba Piscis, mont a caballo, y se traslad en
+un credo a la villa.
+
+El sol se estaba poniendo. Alguna gente comenzaba a dejar la romera,
+cuando sta fu violentamente conmovida por el escape de seis u ocho
+coches que llegaban de Lancia a la carrera. Era el duque de Tomos con su
+squito. En una carretela abierta vena l con su secretario y el gran
+patricio don Rosendo. En el coche de ste venan don Rufo, Alvaro Pea
+y dos seores de Lancia. Y acomodados en los otros, don Feliciano, don
+Rudesindo, Navarro, don Jernimo de la Fuente y algunos varones ms de
+los que seguan la bandera del glorioso Belinchn. Al llegar al medio de
+la Nozaleda, el Duque mand hacer alto sorprendido de ver aquella
+muchedumbre abigarrada ocupando la extensa llanura del prado.
+
+Era un hombre de unos cuarenta y seis aos. Las mejillas flcidas, de
+color plido terroso, el labio inferior un poco cado, expresando desdn
+y cansancio, los ojos de indefinible matiz, fros y vidriosos como los
+de un besugo muerto, con los prpados ordinariamente cados, expresando
+igualmente el hasto. En uno de ellos traa un cristal o _monocle_
+hbilmente sujeto, que daba a su fisonoma un aspecto excesivamente
+impertinente y repulsivo. No gastaba barba, sino largo bigote con las
+puntas engomadas. Vesta con elegancia que no se ve jams en provincia,
+esto es, con cierta originalidad caprichosa de los que no siguen las
+modas, sino que las imponen. Sombrero blanco de alas estrechsimas,
+americana que pareca hecha de tela de jergn, camisa amarilla, guantes
+de color lila, y en vez de corbata un pauelo blanco en forma de
+chalina, con una gruesa perla clavada.
+
+--Precioso, precioso!--dijo al contemplar aquel pintoresco cuadro,
+levantando con trabajo los prpados. La voz era, cascada y la
+pronunciacin lenta, fatigosa, como si estuviera aplaudiendo en su palco
+del teatro Real los trinos de una prima donna.
+
+Don Rosendo se apresur a darle noticias de la romera. Le mostr con la
+mano el cerro de la ermita, que se vea a lo lejos. Despus le fu
+sealando, para que se fijase en ellos, los distintos grupos donde se
+bailaba: Vea usted, seor Duque; all se baila al son de la gaita y el
+tambor. Es el baile caracterstico del pas, en el campo, se entiende.
+Aqullas son las giraldillas, donde bailan cantando las muchachas de la
+villa. All se bebe. Aqullas son las mesas donde se venden confites.
+Debajo de aquel nogal se estn bailando habaneras... Mire usted, mire
+usted, seor Duque, la clsica danza de nuestra tierra; los hombres a un
+lado, las mujeres a otro. Con ese vaivn montono estn horas y horas
+cantando las antiguas baladas... Es un baile casto, no lo negar
+usted...
+
+--Precioso, precioso!--repeta el Duque con su acento arrastrado,
+enfilando el _monocle_ principalmente a las giraldillas.
+
+El duque de Tornos deca una verdad. Pocos espectculos tan bellos y
+risueos podan ofrecerse en paraje alguno de la tierra. La romera,
+antes de morir, se agitaba con un frenes de alegra ruidosa. La gaita
+acentuaba sus notas agudas, chillonas, que hacan vibrar el aire a larga
+distancia, acompaada fiel y sordamente por el tambor. Las mozas
+exaltadas, sudorosas, con las mejillas encendidas y los cabellos
+revueltos, no cantaban ya, gritaban dando vueltas a la giraldilla,
+despidindose con rabia de aquel goce, que slo de tarde en tarde se les
+ofreca. Cantaban tambin los borrachos de dos en dos o tres en tres con
+voces speras desafinadas, metindose el aliento por las narices,
+balancendose grotescamente, esparrancados sobre el csped. Y los mozos
+y mozas de la danza-prima se desgaitaban, queriendo aguzar cada vez ms
+las notas largas, dormilonas, de sus baladas antiqusimas. Hasta el
+violn y arpista italianos haban emprendido con furor una mazurka que
+las parejas bailaban levantando extremadamente los pies, dando furiosas
+patadas en la hierba.
+
+La luz se iba huyendo del cuadro; pero al huirse suavizaba los tonos,
+esparca sobre l un encanto misterioso, potico, que traa al recuerdo
+los dichosos rincones de la Arcadia antigua. Pareca que aquella gente
+deba vivir y morir as, en perpetua alegra y juventud. Por qu
+marcharse, por qu huir de aquel recinto feliz, para volver a sumergirse
+en las fatigas de la vida cotidiana, en la podredumbre y miseria de los
+negocios humanos? Gozar, gozar! gozar en la inocencia del corazn y los
+sentidos, de la salud, de las sublimes armonas de la luz y del sonido;
+gozar de las dulzuras del amor fecundo engendrador de todas las cosas;
+gozar de la fuerza, que mantiene la cohesin del universo; gozar del
+gorjeo de los pjaros, del murmullo de las fuentes, del aroma de las
+flores, del roco de los campos, de las espumas de los mares, del cielo
+eternamente azul. Para esto debi ser creado el hombre, no para
+acompaarse en los breves das de su existencia del trabajo abrumador,
+de la airada venganza, de la plida envidia, de la tristeza roedora. La
+tradicin del Paraso, es la ms lgica y venerable de las tradiciones
+humanas.
+
+El sol doraba ya solamente las cimas de los nogales que circundaban el
+prado, extendiendo desmesuradamente sus sombras. Un leve estremecimiento
+fro, melanclico, corri por todos los mbitos. En vano lucharon contra
+l aquellos a quienes el baile o el vino haba enardecido. Poco tiempo
+despus se haba apoderado de todos. Escuchbanse las voces de las
+madres llamando a sus hijos, de los hermanos llamando a sus hermanas.
+Formbanse grupos, que permanecan algn tiempo vacilantes, buscando con
+los ojos a alguno que les faltaba, para irse. Lo primero que se deshizo
+fueron las giraldillas. El baile y la danza persistan. Los aldeanos
+estaban ms cerca de sus casas y no tenan tanto miedo a caminar de
+noche. En torno de los coches situados en medio de la carretera, se
+haba ido aglomerando la gente. El Duque segua enfilando su _monocle_ a
+todos los rincones, presenciando los preparativos del desfile, con la
+curiosidad atenta de un inteligente en pintura. Al fin, reparando en el
+numeroso pelotn que por todas partes los estrechaba, di orden de
+marchar, pero lentamente, al paso de los romeros. Quera ver todo
+aquello, no por hermoso, sino por nuevo.
+
+Los coches comenzaron a caminar en medio de la muchedumbre. Rodebanlos
+amarteladas parejas que marchaban de bracero en ntimo coloquio, viejos
+que llevaban nios de la mano, sujetando en la otra grandes pauelos
+atestados de confites, grupos de muchachas cambiando sus impresiones en
+voz alta, riendo con sonoras carcajadas. En cuanto se alejaron un poco
+del sitio de la Nozaleda comenzaron los cnticos. Esto es lo que
+caracteriza la vuelta de las romeras en aquella regin. Las artesanas
+de Sarri se precan de tener buena voz, y hacen bien. Generalmente la
+emprenden con alguna cancin romntica, una meloda tendida y
+quejumbrosa, buscando armnico acompaamiento por medio de la segunda
+voz en terceras. Otras veces, cuando el grupo es demasiado numeroso, se
+acogen a los pasacalles tradicionales de la villa, que son infinitos y
+deliciosos. Fu lo que hicieron en esta ocasin. El Duque qued
+sorprendido al escuchar aquel coro de frescas voces repitiendo sin cesar
+coplas inocentes como stas:
+
+ _En la torre ms alta_
+ _del amor me vi;_
+ _falsearon los cimientos,_
+ _pero no ca._
+
+ _Cmo quieres que un pobre_
+ _llame a tu puerta,_
+ _si no le das limosna,_
+ _rica avarienta._
+
+Y los pueriles conceptos que guardaban, adquiran en sus bocas una
+importancia excesiva, parecan sentencias sagradas, frmulas misteriosas
+y amables que nadie poda tocar sin cometer un sacrilegio. El aire se
+poblaba de aquellas notas suaves, prolongadas. Un enternecimiento
+delicioso base apoderando de las cantantes a medida que las dejaban
+escapar de sus gargantas. Cada vez las repetan con ms cario, con ms
+uncin, exhalando en ellas aquel fondo de romanticismo que palpitaba
+eternamente en sus corazones, transmitindose de madres a hijas en la
+pintoresca villa del Cantbrico. Era la melancola de quien presiente
+el mundo de la belleza, lo ama, lo anhela, y por su condicin est
+destinado a vivir y morir lejos de l. Entre copla y copla, mediaba un
+rato de silencio. Escuchbase el ruido acompasado de los pies. El coro
+pareca soar despierto, atento a los vagos sentimientos de ternura que
+el canto remova en los limbos de su espritu.
+
+Se vena la noche precipitadamente. Los altos olmos recortaban an con
+admirable pureza sus ramas en el fondo difano de la atmsfera; pero de
+sus copas caa sobre la carretera una sombra cada vez ms espesa. La
+campia haba perdido el color, extenda en el horizonte sus lomos
+sombros donde apenas resaltaban los toques amarillos de alguna heredad
+plantada de trigo. All lejos la gran mancha del Ocano se obscureca.
+Su azul brillante del medioda habase trocado en un gris triste,
+verdoso, con reflejos metlicos.
+
+El coro sacudi de pronto su melancola. Una moza inici cierto
+pasacalle vivo y alegre. Las dems la siguieron, de buena voluntad como
+si despertasen de un sueo triste.
+
+ _No te compongas_
+ _que ya no irs_
+ _a San Antonio_
+ _a pasear,_
+ _que est lloviendo_
+ _y te mojars_
+ _el vestidito_
+ _y no tienes ms._
+
+La emprendieron con l a gritos, desaforadamente, con la fe y el ahinco
+con que lo cantaban todo. Una de ellas, a los pocos momentos, improvis
+una copla alusiva a la situacin:
+
+ _A San Antonio_
+ _vente a pasear,_
+ _vers al Duque_
+ _que es muy galn._
+ _Todas las nias_
+ _que en Sarri hay_
+ _la bienvenida_
+ _le van a dar._
+
+Y desde entonces, como si aqulla fuese la seal, no cesaron de
+requebrar en sus cnticos al magnate. El cual, dirigiendo el _monocle_
+unas veces a la derecha, otras a la izquierda, y sacudiendo la cabeza
+con benvola sonrisa, repeta por lo bajo:
+
+--Precioso, precioso! Un tapiz de Teniers! Un paisaje de Lorrain!
+
+Cuando llegaron a la villa, era noche cerrada.
+
+Subi el Duque con su secretario a las habitaciones que don Rosendo le
+haba destinado. El secretario era un joven de veinticuatro a veintisis
+aos, plido, rubio, en cuyo cerebro abultado de feto no caban ms
+ideas que la de la importancia colosal del Duque, y la necesidad
+imperiosa de llegar a ser un personaje, si no de tanta cuenta, lo
+bastante para tener tambin secretario. Fuera de esto, el mundo no tena
+explicacin para Coso, que as se llamaba. Despus que hubo descansado
+unos momentos el magnate, baj a comer en traje de tiqueta. Coso lo
+mismo. Don Rosendo haba cambiado la hora espaola de comer por la
+francesa. Al verle entrar de aquel modo, la familia se turb. Sin duda
+Belinchn, su hijo y su yerno haban dado una pifia no ponindose el
+frac. Venturita se lo hizo notar speramente a su marido en voz baja.
+Este se encogi de hombros con supremo desdn, moviendo los labios de un
+modo despreciativo. Estaba de mal humor. Al ver la mesa puesta sin el
+plato de la nia, haba preguntado por l. Su mujer le haba contestado
+con malos modos:
+
+--Pero, hombre, no seas ridculo! Quieres que la nia coma hoy con
+nosotros?
+
+--Por qu no?
+
+Venturita se haba escandalizado. Despus se haba redo preguntndole
+si haba aprendido aquellos usos en el club de regatas. Esto le haba
+irritado, le tena propenso a no mostrarse con el Duque todo lo
+deferente y respetuoso que deba. En cambio, ella haca das que se
+preocupaba con los preparativos para recibir al ilustre husped. Por su
+consejo y direccin se haba aumentado la servidumbre, poniendo librea a
+los criados. Viendo a Pachn, uno muy antiguo en la casa, con aquel
+extrao uniforme, Gonzalo se haba redo a grandes carcajadas, lo que
+excit la bilis de su esposa. Habase encargado una nueva y fina vajilla
+con la cifra de Belinchn; todo el aparato de las comidas modernas,
+cuchillos de hoja de plata, para la fruta, tenedores de ostras, tarjetas
+litografiadas para el _menu_ y otros utensilios inusitados hasta
+entonces en las comidas de la casa. El viento del extranjerismo soplaba
+tambin sobre aquella mesa abundante, sana, patriarcal, que hemos
+conocido al comenzar la presente historia.
+
+Ventura se present en el saln con traje azul marino de seda, descotado
+por el pecho, los brazos al aire. Haba aprendido, no sabemos dnde, que
+en las comidas de ceremonia las seoras van descotadas. Doa Paula no
+cumpla con este precepto. En cambio, estaba esplendorosamente vestida
+con telas de vivos colores, que formaban triste contraste con su rostro
+marchito, minado por la enfermedad. Los nicos convidados eran Alvaro
+Pea y don Rufo.
+
+Pachn, el buen Pachn, vestido de mscara, abri la puerta y dijo con
+voz sonora que Ventura le haba ensayado:
+
+--La seora est servida.
+
+El Duque ofreci su brazo a doa Paula y se trasladaron todos al
+comedor. Esta ocup el sitio preferente por indicacin previa de su
+hija. El Duque se coloc a su derecha; don Rufo a su izquierda; los
+dems se fueron sentando sin orden: Venturita a la derecha del egregio
+husped, despus Alvaro Pea, Coso, Pablito, don Rosendo. Gonzalo al
+lado de Cecilia.
+
+Y la comida di principio, ceremoniosa, fra, con largos intervalos de
+silencio. Todos estaban cohibidos, aplastados por la grandeza del
+personaje que tenan delante. Este ostentaba una calva lustrosa que le
+tomaba casi toda la cabeza. Los pocos cabellos de la parte posterior y
+de los lados eran negros a pesar de sus cuarenta y seis aos. Sus
+menores gestos eran observados con atencin idoltrica. Las palabras que
+dejaba escapar, acogidas con una sonrisa de afectada complacencia y
+admiracin. Las primeras que salieron de sus labios, despus de algunas
+de cortesa, fueron para seguir admirndose de los contornos de la
+villa.
+
+--Yo no conoca del Norte ms que las Provincias--deca con su
+pronunciacin lenta, arrastrada.--Encuentro este pas muy superior a
+ellas en lo que se refiere al paisaje. Ofrece mayor variedad, ms
+riqueza de color. Hay sitios agrestes all en el puerto que hemos
+atravesado, comparables a los ms decantados paisajes de la Suiza. Y al
+llegar a la costa, se encuentra la misma suavidad de las lneas, la
+misma dulzura en el ambiente, que en el Medioda de Italia.
+
+--Oh, seor Duque, usted nos favorece demasiado!--Pura amabilidad,
+seor Duque.--En el verano puede pasar este pas; pero en el invierno!
+
+Don Rosendo, Alvaro Pea y don Rufo, inundados de felicidad y gratitud,
+se ruborizaban, rechazaban aquellos elogios, como si fuesen dirigidos a
+ellos. El Duque sigui hablando como si no hubiese escuchado siquiera
+sus exclamaciones.
+
+--Es ms abrupto que el de las Provincias, los tonos ms pronunciados.
+He visto desde la carretera de Lancia hacia el Oriente, un trmino de
+montaas con las cimas nevadas an, que es verdaderamente delicioso.
+Slo le faltan al pas algunos lagos, para ser digno de presentarse a
+los extranjeros.
+
+--Tenemos un lago en el occidente de la provincia--dijo Pea.
+
+--Un lago?--pregunt el Duque, levantando los prpados para fijarse en
+su interruptor.
+
+--S, seoj: se llama el lago Nojdn.
+
+El Duque dej caer sobre el ayudante por algunos segundos su mirada
+vidriosa. Pea concluy por turbarse. Despus sigui, pasendola con
+esfuerzo por los circunstantes:
+
+--En mi galera de Bourges, tengo un paisaje de Backhuysen con un fondo
+muy semejante al de esas montaas. Solamente que en primer trmino,
+aparece un lago cercado de maleza. A la derecha, hay unos cisnes
+sumergindose en el agua; a la izquierda, una barca con dos jvenes
+campesinos. Lo he comprado por la delicadeza del colorido tan slo...
+
+--Al seor Duque le gustan por lo visto los buenos cuadros--dijo don
+Rufo plegando la boca hasta las orejas para sonreir.
+
+--Y a quin no le gustan?--respondi el magnate clavando en l sus ojos
+muertos de besugo.
+
+--Oh, s, seor!... es verdad... tiene usted mucha razn. A todo el
+mundo le gustan... Pero es un vicio muy caro... Slo los grandes
+potentados como el seor Duque pueden permitirse...
+
+Don Rufo se confunda, creyendo haber dicho una necedad.
+
+--El seor Duque posee muchos cuadros de los mejores pintores, segn
+tengo entendido?--dijo a la sazn don Rosendo para salvar a su
+compaero.
+
+--Tengo algunos--respondi el prcer echando agua al mismo tiempo en el
+vaso de Venturita.
+
+Esta se estremeci de gratitud. La sangre se le agolp al rostro.
+
+--La suya es una de las primeras galeras de Europa--deca, en tanto,
+por lo bajo Coso a Pea.
+
+--Me gusta la pintura porque es el arte nacional--sigui diciendo el
+magnate.--Es el nico en que hemos verdaderamente descollado, el nico
+en el cual an hoy florecemos... Porque yo, aunque he pasado la mayor
+parte de mi vida en el extranjero, amo mucho a mi patria--aadi con un
+amago de sonrisa en tono protector.
+
+La patria, si pudiera escuchar aquellas benvolas palabras, se
+estremecera infaliblemente de gozo, como Venturita.
+
+--La amo, confesando, no obstante, su degradacin. La Naturaleza nos ha
+dotado con mano prvida de los ms ricos dones. Un pas frtil (no tanto
+como vulgarmente se cree, pero, en fin, frtil), admirablemente situado
+a un extremo de la Europa, tendiendo la mano a Amrica al travs de los
+mares. Un cielo, oh, el cielo! no hay otro como l. El aire tiene aqu,
+sobre todo en el Medioda, una transparencia... Oh, una transparencia
+infinita! La desesperacin de los pintores. En cambio esta transparencia
+da mayor pureza a la lnea. En ninguna parte se destacan los objetos
+como aqu. En Castilla las torres se perciben a muchas leguas de
+distancia, con la misma dureza en los contornos que si estuviramos a
+algunos pasos. Esto depende, claro est, de la altura a que se encuentra
+sobre el nivel del mar...
+
+--Los pases muy elevados sobre el nivel del mar, se ha demostrado que
+son los menos inteligentes--apunt don Rufo, respirando por su mana
+fisiolgica.
+
+El Duque volvi la cabeza para mirarle y sigui como si no hubiese odo:
+
+--Luego el admirable brillo del sol que hace ms crudo el contraste
+entre la luz y la sombra y aade la oposicin de las masas a la decisin
+de las lneas. Slo aqu, en el Norte, el vapor acuoso que flota en la
+atmsfera, reblandece y borra un poco los contornos, los esfuma; pero en
+cambio la riqueza de los tonos es mayor. En el Medioda los tonos de la
+tierra se extinguen por el esplendor preponderante del cielo, por la
+iluminacin universal del aire: pero aqu! qu inmensa variedad de
+_nuances_! Oh, hermosa, infinita!... Luego, qu fuerza, qu movilidad!
+En el Medioda un tono permanece fijo. La luz inmutable del cielo le
+mantiene durante muchas horas, y lo mismo un da que otro. Mas en estos
+pases en que la luz cambia a cada instante, vara tambin el color; el
+modelado es perfecto, las gradaciones del color _fondue_, transforman en
+espeso relieve su tono general...
+
+El Duque, que haba comenzado a enumerar las ventajas de que los
+espaoles estbamos dotados, no acababa de salir del contorno, de la
+luz, del color, se perda en disquisiciones pictricas que los
+comensales escuchaban con los ojos muy abiertos, sin comprender,
+moviendo con pereza las mandbulas. Pero sin dejar de hablar atenda a
+Venturita. Prevena sus deseos, echndole agua en el vaso, alargndole
+los entremeses, el pan, todo lo que pudiera serle agradable, haciendo
+sea al criado para que le sirviese vino cuando adverta que sus copas
+estaban vacas, con esa oportunidad desembarazada, elegante, del hombre
+educado en la cumbre de la sociedad. Venturita acoga aquellas
+galanteras confusa, sonriente, con vivos temblores de gratitud, sin
+comprender que en aquel momento no representaba para el magnate ms que
+la dama que estaba a su derecha.
+
+Gonzalo, mal prevenido contra el egregio husped, se haba llegado a
+cansar de aquel monlogo de pintura, y cambiaba frases por lo bajo con
+su cuada, embromndola, como de costumbre, con lo poco que coma:
+
+--Vamos, Huesitos, otra chuleta, no te d vergenza porque este seor
+est delante. Ya le hemos dicho que no se sorprendiera de verte comer
+tanto. Los temperamentos como el tuyo necesitan reponer la grasa.
+
+Cecilia contestaba sonriendo, con medias palabras, dirigiendo vivas
+ojeadas de respeto al Duque. Este, que haba advertido su pltica, por
+dos veces levant los prpados para mirarles de aquel modo fro,
+distrado, que por no expresar nada, ni desdn siquiera, era el colmo
+del orgullo. La segunda vez, sobre todo, en que Cecilia y Gonzalo se
+rieron con gana llevndose la servilleta a la boca para apagar el ruido,
+la mirada del prcer fu ms larga, ms fra y distrada an. Venturita,
+indignada, los apualaba con los ojos. Pero Gonzalo, o por vengarse de
+sus burlas anteriores, o porque en realidad no sintiese ante el
+personaje el embarazo y respet que los dems, no amain en la mana de
+platicar con su cuada y hacerla reir.
+
+La fraternidad cariosa de los dos cuados, no decreca. Gonzalo y sus
+hijas pertenecan a Cecilia. En todos los momentos de su vida, la
+influencia de sta se dejaba sentir suave y bienhechora. De las dos
+nias, la primera, Cecilita, tena ya dos aos y medio; la otra,
+Paulina, contaba ocho meses. Lo mismo una que otra, vivan al calor
+maternal de su ta. Ella las lavaba, ella las vesta, las daba de comer,
+las sacaba a paseo, enseaba a orar a la primera. La madre, sin dejar de
+quererlas, se cansaba pronto, sus lloros la impacientaban, y cuando
+trataba de hacerlas callar no saba; conclua por aturdirse y sofocarse.
+De aqu que en sus necesidades, en sus anhelos infantiles no clamasen
+ms que por _titta_. Alguna vez, Ventura, herida por esta preferencia,
+celosa, las forzaba a aceptar sus oficios, las retena a su pesar al
+lado de ella. Esto slo daba por resultado mayor despego en las
+criaturas mezclado de miedo. En cuanto a Gonzalo, tena en Cecilia una
+hermana y una madre atenta siempre a evitarle disgustos, a separarle los
+abrojos del camino. En ella descansaba, a ella acuda como un nio
+grande y mimoso, impacientndose cuando no cumpla al instante sus
+deseos, molestndola ms de la cuenta. Pero el lazo que le una a su
+esposa, continuaba firme, inalterable. El vivo sentimiento de adoracin
+y de deseo que le haba hecho cometer la primera vileza de su vida, no
+se apagaba. Por mucho que se alejase, por excntrica que fuese la rbita
+de su vida, Ventura le retena con los rayos de su belleza, segua
+fascinando como antes sus sentidos. Lo adivinaba muy bien Cecilia. Por
+eso cuando el joven, herido de algn desdn, de alguna palabra malvola
+de su mujer, se desataba en denuestos contra ella, sonrea con tristeza,
+procuraba calmarle, segura de que su cuado no tardara en humillarse,
+en ir contrito y avergonzado a besarle los pies.
+
+Cuando el prcer termin al fin su monlogo, hubo unos instantes de
+silencio. Despus, como si recordase una omisin cometida, principi a
+enterarse con benvola y afectada atencin, de los asuntos de sus
+comensales.
+
+El seor don Rufo Pedrosa era mdico, verdad? El ejercicio de la
+medicina es penoso, sobre todo en provincias, donde no obtiene por regla
+general la merecida recompensa.--El seor Pea, marino, no es eso? Oh,
+el cuerpo de la armada, siempre ha sido brillante. Lstima que no
+corresponda nuestro material de guerra al valor y a la pericia de los
+oficiales. Corren mucho las escalas? Da mucho que hacer la direccin
+de un puerto? Pensaba presentar en el Senado una mocin, pidiendo la
+construccin de dos acorazados.--Y Pablito, se diverta mucho en
+Sarri? Qu recursos ofreca aquella villa a los jvenes? Haba estado
+en Madrid? Era aficionado a los caballos. Ah! la equitacin, un gran
+ejercicio. El Duque comprenda muy bien aquella aficin. Los caballos
+que tena, eran del pas o extranjeros?...
+
+Haca todas aquellas preguntas de un modo distrado, con sonrisa de
+maniqu, apresuradamente, como si estuviese recitando una leccin. Era,
+en efecto, la pgina ms penosa del libro de la buena educacin, aquella
+en que se advierte que es preciso hacerse agradable a las personas con
+quienes se habla, interesndose por sus negocios. A Gonzalo y Cecilia
+los mir un instante framente; pero no les hizo pregunta alguna.
+Cumplida tan mproba tarea, el magnate volvi a caer en el eterno
+monlogo. Esta vez no fu sobre pintura, sino sobre arqueologa. En
+Lancia haba visto una capilla bizantina que le llam mucho la atencin
+por su pureza. No haba en ella an sntoma alguno de transformacin. La
+catedral mediana. Slo la torre era notable por su esbeltez. La aguja
+deba de ser, no obstante, primitivamente ms alta, ms _elanc_. Sin
+duda al restaurarla despus de la destruccin causada por un rayo, se
+haban acortado sus dimensiones. Tena entendido que Sarri posea una
+iglesia muy bella, estilo plateresco...
+
+Mientras el Duque arrastraba ms que mova su lengua en disertacin
+doctsima, infinita (como l dira), don Rosendo manifestaba en sus
+ademanes y en sus ojos una inquietud extraa que procuraba con cuidado
+refrenar, aunque sin resultado. Por tres veces haba dado recados en voz
+baja al criado, y otras tantas haba recibido de ste respuestas,
+tambin en voz baja.
+
+Lleg el momento del caf. El Duque, terminado el monlogo arqueolgico,
+haba trabado conversacin con Venturita, con ese admirable instinto que
+poseen los orgullosos para comprender a quin fascinan y a quin no. Y
+su pltica se fu animando poco a poco. Alguna vez se dignaba sonreir el
+egregio husped y haca a su bella interlocutora el honor de levantar
+los cados prpados para fijar en ella una mirada de curiosidad y
+simpata. La joven, exaltada por aquella honra, con las mejillas
+encendidas y los ojos brillantes, departa con fcil ingenio y palabra,
+mostrando tanta gracia y finura, que el Duque qued de ella altamente
+complacido. Al parecer, hablaban de pintura. Cecilia y Gonzalo, que
+charlaban aparte, la oyeron decir:
+
+--Oh, Rubens! Qu modo de pintar la carne! Rubens es el Cervantes de
+la pintura.
+
+Gonzalo volvi la cabeza como si le hubieran pinchado. Y una viva
+sorpresa se pint en su rostro.
+
+--Chica, dnde ha aprendido mi mujer estas cosas?--dijo en seguida a su
+cuada.
+
+Esta se encogi de hombros. Pero Venturita haba observado el movimiento
+de Gonzalo, su sorpresa y las palabras que dirigi a Cecilia. Se puso
+colorada, y baj la voz. Luego, observando la mirada burlona de su
+marido, le clav otra, relampagueante y colrica.
+
+Mientras tanto, doa Paula explicaba a don Rufo la marcha de su
+dolencia. Coso describa con orgullo a Pea y Pablito las grandezas y
+comodidades del castillo de Bourges, donde el Duque tena su famosa
+galera de pinturas.
+
+Slo don Rosendo permaneca silencioso, cada vez ms inquieto, haciendo
+con los dedos nerviosos bolitas de pan. De pronto, su noble faz se
+extendi con una sonrisa bienaventurada. Todos levantaron al mismo
+tiempo la cabeza al escuchar en la calle un trompeteo horrsono. Era la
+orquesta de Lancia que al fin haba llegado.
+
+
+
+
+XVI
+
+DE LO MUCHO Y BUENO QUE HIZO EL DUQUE DE TORNOS EN SARRI
+
+
+_El Faro_ dedic casi todo su nmero del jueves a cantar ditirambos al
+duque de Tornos. Public su biografa en la primera plana, describi en
+la segunda su entrada triunfal en la romera y el modo gallardo con que
+fu acompaado por las jvenes ms hermosas de la villa en medio de
+cantos y vtores. Insert cerca de esta descripcin unos versos con el
+mismo asunto de uno de los chicos de don Rufo. Por ltimo, en la plana
+tercera, an podan leerse dos o tres gacetillas referentes al egregio
+husped. _El Joven Sarriense_ se limit a dar la noticia de su llegada
+en un gacetilla corts y fra, titulada _Bien venido_. Pero a rengln
+seguido, y cogiendo la ocasin por los pelos, la emprendi como siempre
+a tajos y mandobles con sus enemigos. Figuraba el gacetillero que don
+Rosendo llevaba al Duque al Saloncillo y le iba presentando uno por uno
+los hombres ms notables que all se reunan. Con tal motivo se haca
+innoble chacota de don Rudesindo, don Feliciano Gmez, Alvaro Pea, don
+Rufo, Navarro y otras respetabilsimas personas. Indign la gacetilla en
+alto grado a todos los amigos de Belinchn, e hizo crecer en sus
+corazones el fuego de la venganza. Por lo bien escrita y
+malintencionada, achacbase comnmente a Sinforoso Surez.
+
+Cmo? Sinforoso no era el redactor principal de _El Faro_, el amigo
+fiel y edecn de don Rosendo? Ya no. Cerca de un ao haca que se
+apartara de sus antiguos amigos para ir a formar en las filas de los
+contrarios. Estos, sospechando la flaqueza de su carcter y las pasiones
+que germinaban en el fondo de su alma, le haban hecho la rosca, como
+vulgarmente se dice. Persuadironle, por medio de su padre y otras
+personas, de que unido a los del Saloncillo no hara jams carrera; que
+atacando las ideas religiosas de la poblacin no sera recibido en las
+casas respetables ni bienquisto de las damas. Al mismo tiempo procuraron
+engolosinarle con la perspectiva de un matrimonio para l muy brillante.
+La hija de un cuado de Maza, era la joven que se le prometa vagamente.
+Al fin, con sorpresa y estupefaccin de la villa, traicion a sus amigos
+y protectores. De la noche a la maana dej la redaccin del _Faro_ y
+pas a escribir en _El Joven Sarriense_. No fu impunemente,
+sin-embargo. La primera vez que tropez con l Alvaro Pea en la Ra
+Nueva, a las doce del da, le llen de denuestos, y lo que es peor, le
+llen la cara de dedos. La correccin fu tan vergonzosa, tan
+humillante, que Sinforoso, que no pecaba de bravo y altanero, concibi
+contra su verdugo odio feroz y un deseo punzante de venganza. Armndose
+de un palo de hierro que le facilit su nuevo amigo Delaunay, esper al
+ayudante en la esquina de la calle de San Florencio, y por detrs le
+arrim un garrotazo en la cabeza que le hizo caer al suelo sin sentido.
+Transportaron a Pea a su casa y estuvo ms de ocho das en la cama.
+Fueron intiles los esfuerzos de sus amigos para obligarle a que diese
+parte a la justicia. A todo trance, como hombre irascible y arrebatado,
+quera tomrsela por la mano, lo cual tena sumamente medroso al agresor
+y bastante preocupada a la poblacin. Contbase que el ayudante, mirando
+desde la cama por el balcn de su cuarto las tapias del cementerio,
+haba dicho con acento de profunda conviccin:--El pobre Sinforoso no
+tajdar muchos das en dojmij all para siempre. Tales palabras
+produjeron gran sensacin en la villa, porque se le supona con arrestos
+para llevar a cabo el propsito. El efecto que hicieron en Sinforoso, no
+es para descrito.
+
+En cuanto el ayudante sali a la calle, restablecido ya de su herida, el
+hijo de Perinolo se eclips. Nadie volvi a verle en un mes. Se deca
+que slo sala de noche y con grandes precauciones. Pero, como todo
+decae y pasa en este mundo, su miedo mismo fu al cabo debilitndose,
+pensando tal vez que los sanguinarios pensamientos de Pea se haban
+borrado igualmente con el tiempo. Poco a poco se fu familiarizando con
+el peligro. Se aventur a salir de da, huyendo, no obstante, de
+aquellos sitios en que pudiese tropezar con su cruel enemigo,
+informndose de todos si le haban visto pasar y hacia qu paraje se
+haba dirigido. Con esto, la villa estaba anhelante, y prevea que la
+hora menos pensada iba a suceder una catstrofe.
+
+Cierta tarde, con la seguridad que le dieron de que Pea haba ido de
+paseo hacia la Escombrera con don Rosendo, nuestro Sinforoso se arriesg
+a entrar a beber una botella de cerveza en el caf de la Marina. Sentse
+en una de las primeras mesas y al instante observ que los rostros de
+los parroquianos, muchos de ellos conocidos y amigos, se volvan hacia
+l sonrientes unos, otros con expresin de susto. No se pasaron muchos
+segundos sin que llegase a sus odos la voz campanuda del ayudante, que
+discuta con sus amigos all en el fondo del caf, en lo ms obscuro.
+Oirla nuestro periodista y dejarse caer al suelo en cuatro patas, fu
+todo uno. De esta suerte fu caminando sigilosamente hasta que alcanz
+de nuevo la puerta, y se sali a toda velocidad. Cuando supuso que
+estaba ya muy lejos, uno de los parroquianos grit:
+
+--Alvaro, sabes quin acaba de estar aqu?
+
+--Quin?
+
+--Sinforoso: ahora mismo se ha ido.
+
+--Ah, mala centella que lo mate!--exclam brincando ms que corriendo
+al travs de las mesas, saliendo disparado como un cohete.
+
+Pero, dnde estaba ya Sinforoso? Despus de correr buen trecho por la
+calle sin saber a dnde iba, el ayudante se vi precisado a dar la
+vuelta y entrar de nuevo en el caf con el despecho y la ira pintados en
+el rostro. Tanto tiempo se pas, no obstante, sin lograr tropezar con
+l, que al cabo concluy por perdonarle. Satisfizo su agravio con
+arrearle un par de puntapis en el trasero, cuando despus de tres
+meses, le hall paseando en la punta del Pen. El hijo del Perinolo di
+gracias al Cielo de haber librado tan bien.
+
+El enojo que la indigna gacetilla les produjo, se fu templando con la
+esperanza de aplastar muy pronto a los reptiles que la haban inspirado,
+o por lo menos darles algunos golpes formidables con el ariete del
+Duque. Los amigos de Belinchn andaban, los das que siguieron a la
+llegada de aqul, satisfechos y rozagantes, mirando a sus enemigos con
+ojos provocativos.--Temblad, petates, temblad--parecan decirles con
+la mirada.--El mismo don Rosendo, tan magnnimo, tan filsofo, tan
+humanitario, participaba de aquel rencor implacable, deseaba
+ardientemente el exterminio de sus contrarios. Poco a poco, a impulso de
+la lucha mortal en que estaba comprometido, aquellos sentimientos
+romnticos de progreso, aquel amor a los adelantos morales y materiales
+de su villa natal, que hemos tenido el placer de admirar en los primeros
+captulos de esta historia, haban cedido el sitio a un triste deseo de
+destruccin. Sin embargo, esto era puramente accidental. All en el
+fondo, su alma quedaba tan pura, tan progresista como haba salido de
+las manos del Hacedor.
+
+El partido del Saloncillo form en torno del Duque una muralla
+impenetrable; le secuestr, segn la expresin del _Joven Sarriense_.
+No sala jams a la calle sin ir acompaado de cuatro o seis de sus
+miembros ms notables. Para mostrarle lo que guardaba la poblacin digno
+de verse, le llevaban materialmente escoltado. Despus vinieron las
+jiras a los caseros y parroquias de las cercanas, a las casas de
+campo de los amigos de Belinchn, los banquetes opparos, las
+excursiones de pesca y las caceras. Realmente la vida era grata en
+Sarri por el verano. El Duque, que haba mandado delante un regular
+equipaje, tena los enseres necesarios para pintar, y aprovechaba los
+ratos en que se le dejaba libre para bosquejar horrendos paisajes dignos
+del fuego eterno. Sus relaciones con la familia de Belinchn eran de
+estricta finura, una cortesa infatigable que mantena admirablemente
+las distancias. En sus palabras, en su gesto, se trasluca siempre un
+sentimiento afectuoso de proteccin que suavizaba un poco aquella
+expresin de cansancio y hasto en que constantemente caa su rostro
+cuando le dejaban en libertad.
+
+Tan slo con Venturita parecan animarse un poco aquellos ojos muertos.
+Cuando se hallaba al lado de ella, el Duque redoblaba su finura hasta
+dar en viva y desenvuelta galantera. Cuando hablaba al corro de la
+familia, su mirada iba dirigida a ella, como si entre los dems no
+hubiera ninguno capaz de comprenderle. Las creaciones de su pincel nadie
+las vea primero que la esposa de Gonzalo, y si de alguien estimaba la
+admiracin, era de ella. Le haba dado a leer algunas novelas francesas
+que traa, y sobre su argumento y el mrito de los autores departan
+largamente en la mesa escuchados por los otros que apenas saban de qu
+se trataba. Y al cabo de algunos das le propuso hacer su retrato. Sus
+aficiones le dirigan al paisaje; no haba pintado ms retratos que el
+de la duquesa de Montmorency y el de una de las infantitas de Espaa;
+pero ahora senta un vivo deseo, un capricho ms bien, de retratar a
+Venturita tal cual la haba visto por primera vez, con aquel traje azul
+marino descotado. La joven sintise profundamente lisonjeada. La primera
+una duquesa, la segunda una infanta, la tercera ella! Luego aquel
+singular deseo de retratarla en el traje de la primera noche, no haca
+presumir con fundamento que era viva la impresin que haba producido en
+el Duque? Comenzaron las sesiones en uno de los gabinetes del piso
+principal. Don Jaime (que as se llamaba el magnate) haba pensado
+retratarla reclinada en un divn rojo con algunas plantas y flores a los
+lados. Los tres primeros das asistieron a la sesin doa Paula, Gonzalo
+y Cecilia. Pero se cansaron pronto. En los siguientes los dejaron solos,
+viniendo la madre de vez en cuando a echar una ojeada al retrato y a
+decir dos palabritas de cortesa. En aquellos quince das que la pintura
+del retrato dur, la intimidad entre el Duque y la hermosa joven creci
+extremadamente. El magnate haba condescendido hasta contarle mucha
+parte de su historia privada. La pblica era bien conocida de todos.
+
+Don Jaime de la Nava y Sandoval se haba casado muy joven con una
+egregia dama ligada por vnculos estrechos de parentesco con la
+soberana. No haba sido feliz en su matrimonio. El amor frentico de la
+dama (que la haba hecho saltar la barrera social que la separaba de su
+esposo), entibise presto. Surgieron desavenencias. Hubo algn
+escndalo, y concluyeron por separarse. Don Jaime, aunque disfrutaba de
+las preeminencias y honores que correspondan a su elevada posicin, no
+haca, sin embargo, un papel muy airoso. Sobre su frente pesaba un
+estigma fatal, que le haba hecho padecer mucho hasta que se fu
+acostumbrando. De esta herida, que dado el temperamento de su esposa, no
+tena tiempo a cicatrizarse, vengbase lindamente despellejando a la
+aristocracia de Madrid, arrojando puados de lodo que llegaban, a
+salpicar a las ms altas personas. Pasaba el duque de Tornos por una de
+las lenguas ms aguzadas y temibles de la capital.
+
+Venturita tuvo ocasin pronto de conocer su temple y su filo. En cuanto
+el magnate adquiri con ella alguna confianza y penetr por su larga
+experiencia, ms que por su ingenio, el carcter que tena, principi a
+dejarse resbalar un tanto en las conversaciones, como si el desenfado
+para tratar los asuntos escabrosos fuese una prueba de buen tono.
+Habl con gran naturalidad y como cosa corriente, de las relaciones
+ilcitas que sostena la mayora de las damas aristocrticas de Madrid.
+La duquesa de Tal, ahora est enredada con el hijo del banquero Fulano.
+La marquesa de Cual, se fug a Bruselas con el secretario de la embajada
+de Rusia. A esta seora le gustaban los toreros; a aqulla la haban
+sorprendido con el lacayo. La condesa de Tal se gloriaba de tener tres
+amantes a un tiempo. La baronesa Fulana iba con el suyo en carruaje,
+mientras el marido guiaba afanoso los caballos. No quedaba dama en la
+corte a quien no le arrancara una tirita de pellejo. No perdonaba
+siquiera a su esposa. Una vez concluy por decir sonriendo
+cnicamente:--Y por ltimo, si se quiere saber lo que es la
+aristocracia de Madrid, ah est la duquesa de Tornos, que es un buen
+resumen de todos sus vicios.
+
+Ventura qued aterrada. Saba vagamente los motivos de rencor que el
+Duque tena contra su esposa; pero no crea posible que un marido
+pudiese hablar de aquel modo de su mujer en ninguna circunstancia. No
+obstante, se hallaba tan fascinada por la grandeza del personaje, que
+pronto vino a figurarse que aquellas formas, aquel cinismo, eran la
+expresin de la moda y el buen tono. Luego vinieron las ancdotas
+picantes. El Duque contaba con su voz cascada y aquella sonrisa de
+hasto y superioridad que no se le caa de los labios casi nunca,
+multitud de aventuras galantes, devaneos y obscenidades que haca pasar,
+diciendo previamente:--Usted ya est casada y se le pueden contar
+ciertas cosas. En pocos das despleg como en un gran teln ante los
+ojos pasmados de la joven, el mundo cortesano que tanto ansiaba ella
+conocer, la vida ntima, secreta, de aquellos jvenes plidos, de
+bigotes retorcidos, que vea pasar en la Castellana guiando lujosos
+trenes, de aquellas lindas y orgullosas damas, que ostentaban en su
+carruaje timbre ducal y apenas se dignaban dejar caer sobre ella una
+mirada indiferente y desdeosa. Fingiendo nada ms que complaciente
+atencin, Ventura recoga vidamente aquellos pormenores mundanos. Luego
+los repasaba con febril actividad en su imaginacin inquieta, donde
+siempre haban germinado vagos deseos de brillo, caprichos fantsticos,
+aspiraciones imposibles. El duque de Tornos, sin propsito de ello, slo
+por el placer de dar rienda suelta a su lengua de hombre gastado y
+herido, corrompi ms en pocos das el alma de la joven esposa que todas
+cuantas novelas haba ledo. Al fin y al cabo lo que las novelas decan,
+era mentira, mientras que las ancdotas del Duque acababan de
+efectuarse, los personajes que en ellas haban intervenido vivan y eran
+conocidos de todo el mundo. En fin, todo aquello estaba sangrando, como
+se dice vulgarmente.
+
+El magnate, de alma corrompida y cuerpo gastado, y la bella provinciana,
+ansiosa de volar a esferas ms altas, haban nacido, sin duda, para
+comprenderse. Se atrajeron por afinidad electiva como muchos cuerpos de
+la Naturaleza. Venturita agotaba todos los recursos de su imaginacin en
+el tocador, y se presentaba cada da ms seductora. Cuando el Duque,
+levantando un instante los prpados para mirarla, haca una ligera seal
+de aprobacin, el gozo le suba en forma de carmn a las mejillas. En
+aquel momento despreciaba de buena fe, con todas las veras de su alma,
+al mundo cursi en que la suerte la haba hecho nacer y vivir. Aunque no
+abusaba, saba usar perfectamente de la intimidad que el egregio husped
+la conceda; se autorizaba con l alguna bromita de buen gnero, que
+haca, no obstante, estremecer de susto a don Rosendo. Conoca que era
+la preferida y comenzaba a coquetear. El Duque, por su parte, afectando
+indiferencia absoluta por todas las cosas terrenales y celestiales, se
+preocupaba muchsimo de los _jaquetes_, levitas, camisolas, corbatas y,
+en general, por todo lo referente a la indumentaria. La variedad de
+prendas con que se presentaba, y lo original y aun estrambtico de
+algunas de ellas, llamaba poderosamente la atencin del pueblo y
+deslumbraba a Venturita. En realidad, si ella se vesta para el Duque,
+ste se vesta tambin para ella.
+
+Vagamente primero, con ms precisin despus, la hija menor de don
+Rosendo pensaba que la amistad del magnate poda aprovecharse, no slo
+para aumentar la influencia poltica de su padre en la poblacin, sino
+tambin para dar lustre y brillo a la familia. Por ejemplo, una gran
+cruz... Los que la lograban tenan tratamiento de Excelencia. Si su
+padre fuese un Excelentsimo Seor, perdera aquel carcter de
+comerciante en bacalao, que a ella le crispaba. Y por qu no se la
+haban de dar? A un personaje de tal magnitud como el Duque no le
+costaba mucho trabajo conseguirla. Hasta haba odo decir que con dinero
+e influencia no era difcil llegar a poseer un ttulo de conde o
+marqus... Un ttulo! Venturita, sin considerar que tena un hermano y
+una hermana de ms edad, se estremeca deliciosamente pensando que algn
+da pudiera ser la seora marquesa o la seora condesa. Pero aquel
+marido que tena era tan obscuro! tan enemigo de mezclarse en
+poltica, ni darse importancia! Oh, si ella fuese la que llevara los
+pantalones, ya se vera hasta dnde llegaba!
+
+En poco tiempo su amistad y su influencia con el Duque crecieron de tal
+modo, que pudieron ser notadas, no slo de los habitantes de la casa,
+sino tambin de muchas personas de fuera. Don Jaime la iba a esperar al
+bao muchos das y la acompaaba hasta casa atravesando la villa por el
+medio, excitando poderosamente la curiosidad pblica. La joven se mora
+de placer deslumbrando de este modo, haciendo padecer a sus envidiosas
+conocidas. Porque el Duque no se ocultaba para prodigarle mil atenciones
+galantes, ni ella para ostentar un grado de confianza con l superior al
+de los dems de la familia. Gonzalo haba observado, con secreto
+disgusto, aquella intimidad. El Duque le haba cado antiptico y
+notaba perfectamente que haba reciprocidad en este sentimiento, por ms
+que el personaje, como hombre de mundo, guardase frente a l una actitud
+corts y hasta benvola, donde slo un espritu observador o un hombre
+de corazn y de instinto como Gonzalo podan traslucir la hostilidad.
+Sin embargo, a medida que la amistad y confianza con su esposa crecan,
+la antipata del Duque pareca desvanecerse. Sus atenciones con el
+esposo eran cada vez mayores, y en apariencia, ms sinceras. Como
+supiese que Gonzalo era excesivamente aficionado a la caza, le hizo el
+obsequio de una magnfica escopeta que a l le haba regalado el czar de
+Rusia. El joven qued agradecidsimo, y algo se borr con esta prueba de
+aprecio su antipata. Despus el magnate le invit varias veces a salir
+de caza. En estas excursiones tambin se oper un deshielo evidente de
+sus sentimientos hostiles. Pero, desgraciadamente, vino un suceso casual
+a recrudecerlos. Un da, por hallarse Gonzalo en Lancia con una comisin
+de su suegro, sali el Duque a matar liebres acompaado solamente de don
+Feliciano y de Sanjurjo, el notario. Los perros que llevaban eran los de
+casa. Pues sucedi que el que ms estimaba Gonzalo se port inicuamente
+en la caza, tal vez por no asistir a ella su amo. Era un galgo finsimo
+que haba encargado a Inglaterra y le haba costado una cantidad
+exorbitante. La falta que cometi fu de las ms graves que un individuo
+puede cometer en el uso de sus funciones. Nada menos hizo que despus de
+cobrar una liebre, cuando el Duque corra hacia l para quitrsela de la
+boca, soltarla de pronto en el suelo. El inocente animal, que slo
+estaba herido en una pierna, corri a esconderse en la maleza. Tal fu
+la indignacin del magnate que, montando la escopeta, hizo fuego sobre
+el perro; mas ste, viendo la actitud agresiva del cazador, se haba
+alejado rpidamente y no le toc un solo perdign. El Duque,
+encolerizado, furioso, le sigui para matarle, pero no logr darle
+alcance. El culpable se huy del cazadero, y nadie le vi ms aquella
+tarde. Cuando el magnate di la vuelta a casa le dijeron que haba
+llegado a ella el perro. Don Jaime, en quien todava persista la
+clera, dijo al criado:
+
+--Coge ese perro, scalo al campo, y pgale un tiro.
+
+El servidor se inmut. Permaneci unos instantes suspenso; pero, ante la
+mirada fija, imperiosa del Duque, baj la cabeza y se dispuso a
+cumplimentar la orden. Llam al perro, le at con una cadena, y tomando
+la carabina, sali de casa. Qu ajeno iba el pobre animal de que le
+llevaban al suplicio! Brincaba con alegra, se retorca, ladraba
+acariciando con la mirada al fiel servidor, el cual senta que las
+lgrimas asomaban a sus ojos, maldiciendo del husped y de la hora en
+que haba llegado, pues era mucho lo que amaba a aquel hermoso
+animal.--Santo Cristo, qu va a decir el seorito Gonzalo cuando
+llegue, y sepa que le han matado el Polin!
+
+Justamente, al pensar esto, asomaba Gonzalo por la esquina de la misma
+calle. Acababa de llegar de Lancia en la diligencia, y se diriga a
+casa. Al tropezar con el criado, le pregunt sorprendido:
+
+--Adonde vas, Ramn?
+
+El servidor acortado, temeroso, despus de vacilar unas instantes, le
+respondi:
+
+--A matar el perro.
+
+La estupefaccin del joven fu tan grande, que pareci quedar
+petrificado.
+
+--A matar el perro!
+
+--S, seor; el seor Duque me di esa orden, porque solt una liebre
+despus de cobrarla.
+
+Gonzalo se puso lvido.
+
+--Y qu tiene que mandar ese sinvergenza!...--rugi sin poder proferir
+ms palabras, arrebatando al mismo tiempo la cadena de manos de Ramn,
+con tal fuerza, que le hizo tambalearse. Y se dirigi a paso largo hacia
+casa, arrastrando al perro, dispuesto a interpelar al Duque de un modo
+violento. Mas antes de llegar, tuvo tiempo a reflexionar que su posicin
+era muy delicada. Reir con el husped por cosa tan balad, a los ojos
+de todo el mundo, por ms que a los suyos no lo fuese, pasara
+seguramente por el colmo de la grosera. Contentse al fin con mandar al
+Polin a la perrera, y saludar al magnate con un poco de frialdad.
+
+La antipata, sofocada un instante, volvi a despertar con ms fuerza.
+La amistad, las atenciones del Duque con su esposa, comenzaron, no ya a
+chocarle como antes, sino a herirle. No se le pasaba por la imaginacin
+que tuviesen ms carcter que el de finezas o galanteras usadas en la
+alta sociedad. La edad del prcer y la de su esposa pareca alejar todo
+motivo de celos. Sin embargo, aquellas mojigangas iban picando ya en
+historia. Un da, hallndose a solas con Cecilia, le pregunt de pronto
+bruscamente:
+
+--Vamos a ver, Cecilia, a ti qu te parece de la intimidad que va
+adquiriendo mi mujer con el Duque?
+
+La joven qued sorprendida.
+
+--Qu me ha de parecer?--le contest mirndole con sus grandes ojos
+serenos.--Que por lo visto Ventura le ha sido ms simptica que los
+dems de casa.
+
+--Pero esa preferencia, no te parece que va siendo ridcula para m?
+
+--Por qu?
+
+--Porque s... porque lo es--replic con energa.
+
+Despus de unos instantes de silencio, aadi con gravedad:
+
+--T, Cecilia, no sabes an lo fcilmente que queda un marido en
+ridculo cuando tiene una mujer tan frvola, tan imprudente como
+Ventura.
+
+--Gonzalo!
+
+--Tan imprudente, s!... Pero t no observas qu afn tiene de hablar
+aparte con l, el placer que experimenta cuando todo el mundo la ve
+colgada de su brazo?... No me digas nada... Ya s, ya s que es pura
+vanidad. Toda su vida ha tenido el mismo carcter orgulloso y
+fantstico. Aunque no quieras convenir en ello, bien lo sabes. Pero aqu
+su vanidad puede traer consecuencias muy desagradables para m... y para
+todos. Bueno que cada da se ponga un traje distinto, pensando que el
+Duque se va a fijar en ellos. Pase que se recorte las uas en tringulo,
+y se d colorete, y se descote, y hable de los cuadros de Meissonier,
+sin haberlos visto, y haga otra porcin de cursileras por el estilo.
+Pero, querida ma, esas sonrisitas delante de gente, esos apartes no son
+tolerables. Si esto dura algunos das ms, me parece que voy a
+restablecer el orden de un modo que ella no puede sospechar siquiera.
+
+Cecilia procur calmarle. Si l mismo convena en que todo ello dependa
+del carcter romancesco de Venturita, a qu exaltarse de aquel modo?
+Los celos eran ridculos. Nadie en el mundo podra suponer que Venturita
+fuese a considerar al Duque sino como lo que era, un hombre casado, un
+viejo que poda bien ser su abuelo.
+
+--No, si no tengo celos--deca avergonzado el joven.
+
+--S los tienes, Gonzalo. Aunque no te des cuenta de ellos, los
+tienes... Ese furor, esa exaltacin, qu son en el fondo ms que
+celos?... Y mira, chico, perdname que te diga que es hacerte muy poco
+favor, y hacerle menos an a tu mujer. Si se te ha pasado por la
+imaginacin que Ventura puede preferir un trasto como se a un marido
+como t, la supones con bien poco gusto.
+
+Al decir esto se ruboriz. Gonzalo agradeci el piropo con una sonrisa,
+sin darse por vencido. El instinto, que en l era poderoso, ms que la
+inteligencia, le deca que s, que era posible aquella aberracin. Sin
+embargo, no quiso discutir, porque le humillaba defender tal supuesto,
+aunque fuese delante de su cuada.
+
+Deseaba advertir a su esposa que le disgustaban las conferencias con el
+Duque, sus apartes, sus muecas y sonrisas que iban ya tomando carcter
+de verdaderas coqueteras. Pero conoca por experiencia a Venturita, y
+se tema a s mismo. Cualquier frase punzante de las que ella usaba a
+menudo, cualquier burla inoportuna en aquella circunstancia, poda
+dispararle, y l no saba a dnde iba a parar cuando se disparaba.
+
+As estaban las cosas, cuando al da siguiente de aquella conversacin
+con Cecilia, fu a dar una vuelta por la maana al Saloncillo, segn
+costumbre. Hojeando los peridicos que haba sobre el velador del
+centro, cay en sus manos el ltimo nmero de _El Joven Sarriense_. Casi
+nunca lo lea. Por ms que estuviese apartado de la lucha feroz de los
+bandos, odiaba a los del Camarote. Luego tema encontrarse con injurias
+a su suegro, que le excitaban la clera. Pero esta vez pase la vista
+con indiferencia por l, y la detuvo para leer unos versos de Periquito
+_a un grano de cierta dama_, que le hicieron reir a carcajadas. Debajo
+de estos versos haba una gacetilla que llevaba por ttulo: _Un marido
+como hay pocos_. Comenz a leerla sin gana.
+
+Viajando un mandarn de la China, llega a alojarse en la casa de cierto
+chino plebeyo que pone a su disposicin las mejores habitaciones y
+compra los pescados ms caros del mercado para obsequiarle. Este chino
+tena una mujer muy hermosa, que desde luego llam la atencin del viejo
+mandarn (porque era viejo). El mandarn no mira para los muebles que el
+chino le presenta con orgullo, no repara en los lujosos tapices, en los
+pescados suculentos. Mira tan slo a la esposa del chino. Este le va
+llevando a casa todos sus amigos, que se deshacen en cortesas y
+genuflexiones, le abruman a sonrisas y lisonjas. Pero el mandarn,
+apenas se digna dirigirles la palabra. Toda su saliva la gasta con la
+esposa del chino. Le hace ver la poblacin, los monumentos ms notables,
+los contornos pintorescos. Nada; el mandarn no tiene ojos ms que para
+la china. Invtale a grandes y magnficas caceras, condcele en rauda
+balandra por el mar azul y tranquilo para que pesque plateados y
+sabrosos peces. Mas el mandarn medita, cuando echa los anzuelos al
+agua, que es mil veces preferible pescar a la linda consorte de su
+husped. Y mientras todos en la casa y fuera de ella, observan, la
+melancola del mandarn y adivinan sus deseos, slo el marido permanece
+sosegado, ignorante, persistiendo siempre en alegrarle con opparos
+banquetes y regocijadas fiestas. Hasta que un amigo le dice al
+odo:--No ves, papanatas, que lo que tu husped quiere no son
+banquetes, ni pescas, ni caceras, sino a tu hermosa mujer? Entonces el
+chino, despertando de pronto de su ignorancia, toma a su mujer de la
+mano, se dirige con ella al mandarn, y le dice:--Perdname, seor, yo
+no vea tu tristeza, yo no adivinaba tus deseos. Aqu tienes a mi
+esposa. Si antes supiera que la apetecas, antes te la hubiera ofrecido,
+oh mandarn excelso!
+
+Gonzalo termin de leer la gacetilla con indiferencia. De pronto, cay
+como un rayo sobre su mente la idea de que en aquel cuentecillo se
+aluda a l. Una ola de sangre subi a su rostro, y se lo encendi como
+una brasa. Ech una rpida mirada de vergenza en torno. Estaba solo.
+Con las manos convulsas, tom de nuevo el peridico que haba dejado
+caer, y ley la gacetilla por segunda vez, por tercera, por cuarta...
+Cuanto ms la lea, ms penetraba en su cerebro, ms se aferraba a su
+espritu la funesta sospecha. Y sinti un fro extrao que le invada
+todo el cuerpo menos la cabeza. La primera idea que le acometi despus,
+fu sta:--Voy ahora mismo a la redaccin del _Joven_, y hago pedazos a
+cuantos encuentre dentro. Se puso el sombrero que se haba quitado, y
+sali de la estancia. Pero al llegar a la escalera, se le ocurri otro
+pensamiento; el del gran escndalo, la campanada que iba a dar en la
+villa. Iba a confesarse burlado ante la poblacin entera. Sus enemigos,
+o por mejor decir, los de su suegro, con qu placer le hincaran los
+dientes! Subi de nuevo las escaleras y entr en el Saloncillo para
+reflexionar un momento. Despus de dar unas cuantas vueltas, con la
+mirada exttica, sin saber l mismo si andaba o permaneca inmvil,
+revoc su acuerdo. Tom de la mesa el peridico, lo dobl pausadamente,
+y lo guard en el bolsillo. Luego baj la escalera de caracol y se
+dirigi a su casa, el rostro blanco, el paso lento, la mirada fija. El
+exceso de ira y la confianza en su fuerza, le haban devuelto la calma.
+
+--Est la seorita en su cuarto?--pregunt al criado que sali a
+abrirle la puerta.
+
+--Me parece que s seor: preguntar a la doncella.
+
+--No, no preguntes nada; voy all yo.
+
+Y enderez los pasos hacia el gabinete que le serva de habitacin,
+desde que el Duque ocupaba el piso segundo. Al pasar por delante del
+corredor, no repar en doa Paula, que estaba cerca de la puerta, y se
+inmut al ver la expresin extraa de su fisonoma.
+
+Venturita estaba delante del espejo. Al ver a su marido, sin volver la
+cabeza le pregunt:
+
+--Hola: cre que habas salido ya. Qu traes de nuevo?
+
+Gonzalo sac del bolsillo el peridico, lo desdobl lentamente, y se lo
+present diciendo:
+
+--Esto.
+
+--Y qu es esto?--pregunt la joven con sorpresa.
+
+--Un peridico.
+
+--Ya lo veo... Y qu?
+
+--Trae una gacetilla muy interesante. Lela. Aqu, en la tercera plana,
+debajo de estos versos.
+
+En el gabinete haba an tres o cuatro tiestos con plantas de las que
+haban servido para el retrato. Este, fijo ya en un gran marco dorado,
+estaba arrimado a la pared, esperando la hora de ser colgado en el
+saln. Los ojos de Gonzalo, al tropezar con l, se haban obscurecido
+todava ms. Y eso que la imagen de su esposa, ms rubia que un canario
+y ms colorada que una rosa de Alejandra, miraba al cielo con una
+expresin mstica que jams l la conociera. El Duque hablaba de enviar
+el retrato al Saln de Pars.
+
+Mientras Ventura ley la gacetilla, no le quit ojo, escrutando con
+anhelo inconcebible los rasgos de su fisonoma. Pero sta permaneca
+inalterable. Slo al terminar y ofrecerle de nuevo el peridico, la
+encontr ligeramente plida.
+
+--Por qu me mandas leer esto?... No entiendo...
+
+--Voy a explicrtelo--repuso Gonzalo con acento de ira concentrada,
+recalcando mucho las slabas.--Te he mandado leer esto, porque el
+mandarn de que aqu se trata, es el duque de Tornos, la china eres t,
+y el chino yo... Lo entiendes ahora?
+
+Al decir esto, la miraba con extraa y terrible fijeza, apretando con
+mano crispada una rama de la planta que tena a su lado.
+
+Ventura recibi aquella mirada sin pestaear, con sorpresa ms que con
+susto. Vacil un instante, moviendo un poco los labios para contestar.
+Por ltimo solt una gran carcajada.
+
+--Ave Mara, qu barbaridad!
+
+--Seamos serios, Ventura--replic el joven.--Esto que excita tu risa, es
+una cosa gravsima que puede decidir de tu felicidad y de la ma...
+
+Ventura di por toda contestacin otra carcajada, y despus otra.
+Pareca desternillarse de risa. Mas aquellas carcajadas no salan de
+adentro. Gonzalo notaba su afectacin perfectamente.
+
+--Cuidado, Ventura, cuidado!--exclam con el rostro demudado.--Mira
+que estoy hablando en serio!
+
+--Pero, hombre! ja, ja!... Quieres que no me ra, si me dices, ja,
+ja, ja! que t eres un chino y yo una china? ja, ja, ja!
+
+Sus carcajadas eran cada vez ms sonoras y ms fingidas.
+
+--Hace ya bastantes das--profiri el joven, despus de una pausa, con
+acento sombro--que debiera haber puesto las cosas en orden... Esa
+intimidad infundada, inconveniente, estpida, de que haces alarde,
+delante de gente, de tener con el Duque, me cargaba ya hasta los
+pelos... Pero no quera dar mi brazo a torcer. Siempre parecen ridculos
+los hombres celosos. Ahora bien, mira, mira lo que me pasa por ser
+demasiado prudente!
+
+Al decir esto, arranc la rama que estaba apretando, y la hizo una
+pelota dentro de la mano.
+
+--Pero ests celoso de veras?--le pregunt ella, con acento entre
+burln y carioso.
+
+--Si lo estuviese, me callara, Ventura... me callara y observara... Y
+si los celos fuesen fundados, he aprendido lo que se debe hacer antes
+que el cura me leyese la epstola de San Pablo... Pero aqu no se trata
+de celos... Ni la edad, ni la posicin del Duque permiten bien que los
+haya, ni yo te hago la ofensa de suponer que le prefieres a m. Lo que
+hay, es el ridculo que ha cado sobre m por tus imprudencias. T no
+ves, desdichada, que el pblico nos observa, que tenemos muchsimos
+enemigos, y que stos se han de aprovechar del ms mnimo pretexto para
+zaherirnos?
+
+--Bien, confiesas que esto no es ms que un pretexto para
+mortificarte--dijo la joven ponindose seria.
+
+--S, pero fundado en lo que t has hecho arrastrada de esa vanidad
+necia, que en vano he querido arrancarte del alma.
+
+--Entendmonos, Gonzalo. Qu es lo que yo he hecho?--profiri ella con
+voz irritada.
+
+El joven guard silencio mirndola fijamente. Despus de unos instantes
+dijo con lentitud:
+
+--Demasiado lo sabes. El repetirlo, me humilla.
+
+Hubo otro rato de silencio. Ventura pregunt al fin con impaciencia:
+
+--En resumidas cuentas, qu quieres?
+
+--Voy a decrtelo--contesto el joven, reprimindose con trabajo.--Quiero
+que cese esa intimidad ofensiva para m, como acabas de ver. Quiero no
+pensar ms en el duque de Tornos, ni ver su sonrisa protectora, ni sus
+modales de conquistador aburrido. Quiero volver a la calma que todos
+disfrutbamos antes de su llegada. Y como lo quiero a toda costa, estoy
+dispuesto a conseguirlo a toda costa...
+
+Call un instante y luego aadi con fuerza, con ms fuerza de la
+necesaria:
+
+--Hoy mismo, saldr el Duque de esta casa.
+
+Ventura le mir con estupor. Se puso repentinamente lvida, y con los
+labios temblorosos por la ira, exclam:
+
+--Qu ests diciendo ah? Ser necesario llevarte a Legans?... Vamos,
+vamos--aadi con acento despreciativo,--hazme el favor de dejarme en
+paz. Ve a refrescarte, porque lo necesitas.
+
+La faz de Gonzalo se contrajo violentamente; su boca se abri con una
+expresin de feroz sarcasmo, llamearon sus ojos.
+
+--Ah!--rugi ms que dijo.--Conque la amistad de ese cornudo (porque es
+un cornudo, sabes? toda Espaa est enterada). Conque la amistad de
+ese cornudo, te interesa ms que la felicidad de tu marido! Conque te
+figuras que yo por no ser duque y grande de Espaa, no s hacer respetar
+mi honor! Ahora vers! ahora vers!... Mira por lo pronto lo que yo
+respeto a ese cornudo...
+
+Y al decir esto, di un puntapi al retrato, que cay al suelo con
+estrpito. En seguida se puso a brincar sobre l los dientes apretados,
+los ojos inyectados en sangre, con una de esas cleras fragorosas de los
+hombres fuertes y pacficos. La tela qued al instante hecha pedazos.
+Ventura, enteramente demudada, vomit, ms que dijo, con la osada
+inconcebible de la mujer adorada:
+
+--Bruto! bruto!
+
+La entonacin de esta injuria era tan feroz, tan rabiosa, que Gonzalo
+levant la cabeza como si le hubiesen clavado un hierro candente.
+Saltando sobre ella, la agarr por un brazo. La joven lanz un grito
+penetrante de angustia. La mano de su esposo era una tenaza de acero que
+iba a triturarle el hueso.
+
+--Perdnala, Gonzalo, perdnala!--entr gritando en aquel instante doa
+Paula.
+
+El indignado joven volvi la cabeza sin soltar a su esposa. Al ver a su
+madre poltica, en cuyo rostro la enfermedad haba hecho crueles
+estragos, contrado ahora por el terror, con los ojos suplicantes, las
+manos plegadas hacia l con mortal congoja, afloj la suya y la dej
+caer sobre el muslo.
+
+No tuvo tiempo a decir nada. Doa Paula, sin mirar a Ventura, le cogi
+de la ropa dicindole:
+
+--Ven, hijo mo, ven. Yo arreglar este asunto, y te volver la calma.
+
+Y Gonzalo se dej arrastrar como un autmata, lleno de confusin.
+
+Al llegar a su cuarto, la buena seora cerr la puerta.
+
+--Lo he odo todo--le dijo, clavando en l aquellos grandes ojos negros
+y tristes como los de una Dolorosa, nico resto de su antigua
+belleza.--Te vi cruzar por el pasillo con una cara tan extraa, que no
+pude menos de seguirte... No s lo que dice ese peridico que has dado a
+Ventura, pero debe ser algo muy feo y repugnante...
+
+--La injuria mayor que se puede hacer a un hombre!--profiri Gonzalo
+con la garganta apretada.
+
+--Qu infames! Insultarte a ti que jams les has hecho dao alguno!
+Tienes razn, la culpa es de Ventura. Sus ligerezas, el gusanillo que
+tiene metido en la cabeza, ha dado lugar a este disgusto, como a todos
+los otros ms pequeos que hasta ahora habis tenido. Pero no vayas a
+figurarte que hace estas cosas por maldad... Ventura es una loca, una
+taravilla; pero en el fondo no es mala. Con el tiempo se ir
+corrigiendo. Yo tambin he tenido mi cacho de orgullo y he gozado con
+ciertas tonteras que hoy me avergenzan. Oh, los aos, las tristezas,
+las enfermedades, le van arrancando a una todas las ilusiones!... Lo que
+importa ahora, es evitar a todo trance mayores disgustos. Hace tiempo
+que vengo notando las atenciones del Duque con Venturita y la intimidad
+que ha nacido entre ellos. S fijamente que esta intimidad no tiene
+importancia alguna. Estoy enteramente segura de mi hija, como t debes
+estarlo. Pero comprendo muy bien que la conducta de ese seor te
+moleste... Sobre todo, desde que un peridico se ha aprovechado de ella
+para injuriarte, las cosas no pueden continuar as. Es necesario tomar
+una resolucin...
+
+--Ya est tomada--dijo sordamente Gonzalo.--Hoy mismo despido al Duque
+de esta casa.
+
+--No, t no puedes ni debes hacerlo. Tienes el genio violento. Habra
+una escena escandalosa que es necesario evitar.
+
+--Pues es lo que yo quiero precisamente! esa escena!
+
+--No seas nio, Gonzalo--repuso la seora.--El arreglo de este asunto me
+corresponde a m, ya que Rosendo, fuera de su poltica, ni ve, ni
+entiende, ni oye. Un escndalo ahora, te pondra en ridculo...
+
+--Pues aunque as sea!--exclam el joven con rabia.--Quiero tener el
+gusto de arrojarle de casa.
+
+--Me obligas a decirte, Gonzalo--replic doa Paula con impaciencia y
+autoridad,--que no tienes ningn derecho a hacerlo. Ni t le has
+invitado, ni eres el dueo de la casa...
+
+El joven se puso colorado. Observando su confusin, la seora aadi con
+acento carioso:
+
+--T eres un hijo nuestro, y los hijos no deben intervenir en estos
+asuntos, que corresponden a los padres. Nosotros tenemos el deber de
+velar por vuestra felicidad, sacrificarnos por ella. Yo har que el
+Duque salga de esta casa, sin escndalo, sin que se entere nadie del
+motivo, sin exponerte a cometer una bajeza, de la cual te
+arrepentiras... No creas que lo hago por l, a quien detesto... Desde
+que lleg me ha sido profundamente repulsivo ese hombre. Ahora que veo
+lo que ha trado a nuestra casa, figrate cmo le querr! Lo hago
+nicamente por ti, a quien quiero, no dir ms que a mi hija, porque los
+hijos... Oh, los hijos!... T ya sabes lo que son... pero tanto, por lo
+menos... y a quien estimo mucho ms...
+
+Gonzalo, enternecido, se dej caer en una silla. Comenz a sollozar como
+un nio, con el rostro entre las manos. La buena seora le puso la suya,
+plida y descarnada, sobre la cabeza, diciendo con lgrimas tambin en
+los ojos:
+
+--Pobre hijo mo! Agurdame un instante. Voy a decir a ese seor lo que
+hace al caso.
+
+Subi la seora de Belinchn la escalera de caracol que conduca al piso
+segundo. Arriba tropez con el ayuda de cmara de su husped.
+
+--Qu hace el seor Duque?--le pregunt.
+
+--Est pintando--respondi el criado mirando con sorpresa y curiosidad
+los ojos llorosos de doa Paula.
+
+--Dile que deseo hablar con l.
+
+Mientras el domstico fu a avisar a su seor, doa Paula crey que las
+fuerzas iban a faltarle. Comenz a sentir los sntomas primeros de una
+de aquellas sofocaciones que de vez en cuando le daban. Pero la firme
+voluntad de devolver la calma a sus hijos venci a la enfermedad en tal
+instante. Encomendse devotamente a la Virgen de las Mercedes, y penetr
+con resolucin en el gabinete-estudio de don Jaime.
+
+El cual, vestido medio a lo oriental con un traje estrambtico que usaba
+por las maanas dentro de casa, sali a recibirla teniendo an en las
+manos el pincel y la paleta.
+
+--Seora--dijo inclinndose respetuosamente, quitando el gorro turco que
+le cubra la calva,--mucho siento que usted se haya molestado en subir.
+Bastaba un aviso para que yo me hubiera apresurado a ir a ponerme a sus
+rdenes.
+
+Doa Paula respondi con un gesto de gracias, llevndose la mano al
+corazn que le saltaba dentro del pecho como un potro desbocado.
+
+El Duque la examin con sorpresa.
+
+--Sintese usted, seora--la dijo, depositando la paleta y el pincel
+sobre una silla.
+
+Sentse, en efecto, en una butaca. Don Jaime permaneci en pie.
+
+--Hay que cerrar la puerta--dijo ella tratando de levantarse nuevamente.
+Pero el caballero se apresur a hacerlo. Despus vino a colocarse frente
+a la dama, cuadrando los pies en actitud exageradamente respetuosa,
+esperando a que ella hablase.
+
+Tard an algunos momentos. Al fin, elevando hacia l sus ojos
+doloridos, dijo:
+
+--Seor Duque, usted nos ha honrado mucho viniendo a esta casa. Nunca le
+agradeceremos bastante esta prueba de estimacin que nos ha concedido...
+
+El Duque se inclin, levantando al mismo tiempo los pesados prpados
+para dirigir a su interlocutora una mirada, donde se trasluca la
+inquietud y la curiosidad.
+
+--Por qu no se sienta usted?--preguntle doa Paula interrumpiendo su
+discurso.
+
+--Estoy bien, seora; siga usted.
+
+Con aquella interrupcin se turb. No supo proseguir en algunos
+segundos. Al cabo murmur:
+
+--Es una desgracia!... No sabe usted, seor Duque, lo que est pasando
+por m en este momento. Quisiera morirme!
+
+Y las lgrimas acudieron a sus ojos. Sac el pauelo, y ocult el rostro
+con l.
+
+El Duque, cada vez ms inquieto, le dijo:
+
+--Sernese usted, seora. Soy un verdadero amigo de usted y de
+Belinchn. Cualquiera que sea el disgusto que usted tenga, yo lo
+comparto como si fuese mo tambin, y estoy dispuesto a hacer todo lo
+que est de mi parte para calmarlo.
+
+--Muchas gracias... muchas gracias--murmur la seora sin separar el
+pauelo de los ojos. Al cabo de un rato de silencio, dijo con voz
+temblorosa:
+
+--Puede usted hacerme un favor muy grande... Un favor que le agradecera
+mientras tuviese un soplo de vida... Pero no me atrevo a pedrselo...
+
+--Le repito que estoy a sus rdenes, y que todo lo que pueda hacer en su
+obsequio debe usted darlo por hecho...
+
+--Oh, no; es una atrocidad!... Seor Duque, usted est muy lejos de
+sospechar que su venida a esta casa ha producido graves disgustos. Su
+carcter bondadoso y llano, la simpata que el genio alegre y abierto de
+mi hija Ventura ha conseguido inspirarle, ha dado lugar a habladuras en
+el pueblo...
+
+--Oh!--interrumpi el Duque sonriendo, para ocultar cierta emocin de
+vergenza.
+
+--S; habladuras muy ofensivas para todos nosotros, pero principalmente
+para mi hijo poltico, a quien queremos en casa como si fuese hijo
+verdadero... No le recrimino a usted ni a ella. Creo que en usted no ha
+habido ms que exceso de amabilidad, que en un pueblo remoto como ste,
+donde todo choca y se comenta, acaso no ha debido usted tener... En ella
+ha habido la imprudencia y la ligereza que siempre han sido sus
+defectos. Es una chiquilla que tiene la voluntad virgen, como suele
+decirse... Si este pueblo no estuviese dividido, no hubiera esa maldita
+guerra que a todos nos mata, acaso nadie se hubiera fijado... Por
+desgracia, nuestros enemigos buscan el ms pequeo pretexto para
+mortificarnos y sacamos a la vergenza... Se ha publicado ya una
+gacetilla que hiere de un modo escandaloso a mi yerno... y esto no lo
+puedo consentir.
+
+Doa Paula haba ido perdiendo su cortedad a medida que hablaba. Las
+ltimas palabras las pronunci con energa. A la faz terrosa del Duque
+haba acudido un poco de color. Por la cabeza debieron pasarle ideas
+graves y tristes; pero en realidad no le pas ms que la siguiente:
+Esta mujer me est dando una leccin.
+
+--Siento mucho, seora--dijo con expresin soberbia,--haber ocasionado a
+ustedes un disgusto... Pero estoy tan acostumbrado a que el pblico se
+fije en mis actos y los comente a su gusto, que esas habladuras y esas
+gacetillas de que usted acaba de hablarme, no me causan la ms mnima
+molestia. Los pequeos se vengan de la superioridad de los grandes,
+murmurando de ellos. Es ley eterna que no se debe contrariar.
+
+--Todo eso est muy bien, seor Duque. A un personaje tan alto como
+usted, no pueden llegar las murmuraciones del pueblo... Pero a nosotros
+es muy distinto. No estamos colocados en esa altura y las malas lenguas,
+crea usted que nos hacen muchsimo dao...--respondi doa Paula con
+inocencia que resultaba profundamente irnica.
+
+El Duque algo impaciente, jugando nerviosamente con el gorro que tena
+en la mano, replic:
+
+--Repito que lo siento mucho, seora. Si hubiera sabido que mis
+inocentes atenciones con su hija pudieran interpretarse tan
+malignamente, me hubiera guardado bien de prodigrselas... En adelante
+procurar ser ms cauto... Pero, Dios mo!--aadi riendo.--Cmo es
+posible figurarse que un hombre de mis aos pueda mirar a una nia como
+Ventura, sino con ojos paternales?
+
+All en el fondo, sentase halagado de aquella suposicin.
+
+--Oh! seor Duque, los hombres de la posicin de usted, no son nunca
+viejos. El brillo atrae mucho a las mujeres... Por eso no basta que
+usted se reprima en adelante y sea prudente. Es necesario quitar al
+mundo todo pretexto para murmurarnos...
+
+El Duque se puso repentinamente plido. Vacil unos instantes, y dijo al
+cabo:
+
+--Saliendo yo de esta casa, verdad?
+
+--Ese era el favor que vena a pedirle--dijo ella sin levantar los ojos,
+con entonacin humilde.
+
+Don Jaime se puso an ms plido. Di una vuelta por la estancia
+arrugando con mano crispada el gorro turco, dej escapar una risita
+sarcstica, y volviendo a plantarse delante de doa Paula, dijo con
+burlona arrogancia:
+
+--De modo, seora, que me echa usted de su casa?
+
+--Yo, seor Duque?... Qu idea!... Lo que quiero nicamente es
+devolver la calma a mis hijos, y evitar un choque...
+
+--Qu choque?--pregunt el Duque, por cuyos amortiguados ojos pas un
+relmpago siniestro.
+
+Doa Paula adivin un peligro para su yerno, y se apresur a enmendar la
+imprudencia.
+
+--El choque de mi hijo poltico con los canallas que pretenden
+insultarle... Mire usted, Duque; si toma a mal la splica que acabo de
+hacerle, se equivocar mucho... Nosotros estamos tan honrados con su
+estancia en nuestra casa, que nada nos ha causado tanto orgullo como esa
+preferencia... Mi marido la ha solicitado con empeo, y ha recibido gran
+alegra cuando supo que usted haba aceptado su invitacin... Cmo
+puede nadie figurarse que yo no me encuentre satisfecha teniendo en mi
+casa a una persona tan elevada, yo que soy una pobre mujer del pueblo,
+hija de un marinero, nieta de un sereno, a quien toda la villa llama la
+Serena, como llamaron a mi madre y a mi abuela?... Verdad que si hubiera
+sido hace algunos aos, estara ms orgullosa... Los desengaos, las
+tristezas, van labrando la soberbia... Pero de todos modos estoy muy
+contenta, y slo el temor a los grandes disgustos que pueden venir a mis
+hijos, me ha obligado a dar este paso... que usted me perdonar...
+
+Don Jaime di otro paseo por la sala, se detuvo en el medio a meditar
+unos instantes, y concluy por hacer un gesto de desdn con los labios,
+levantando al mismo tiempo los hombros. Luego vino hacia doa Paula y le
+pregunt:
+
+--Su marido tiene conocimiento del paso que usted acaba de dar?
+
+--No, seor..., y me alegrara de que pudiera arreglarse todo sin que l
+se enterase...
+
+--Perfectamente. Hoy mismo quedar usted complacida.
+
+--Oh, seor Duque! Mil gracias... Usted sabr perdonar...--exclam
+levantndose y extendiendo hacia l las manos.
+
+El magnate se limit a inclinarse profundamente sin contestar.
+
+--Le suplico que no me guarde rencor...
+
+--Lo que acabamos de hablar quedar secreto entre nosotros. Buscaremos
+medio de que nadie sospeche el motivo de mi marcha. Procure usted
+desempear bien su papel. Yo respondo del mo.
+
+Doa Paula sali de la estancia escoltada por el Duque, que la despidi
+a la puerta con una exagerada y silenciosa reverencia.
+
+Al llegar a la escalera la angustiada seora, respir con libertad.
+Aunque fuese a costa de, aquellas penosas emociones, se alegraba
+vivamente de haber arreglado el asunto sin escndalo y sin peligro. Y
+con pie ligero, ella que ordinariamente se arrastraba ya para andar, a
+causa de su dolencia, fu a comunicar a Gonzalo el resultado de la
+visita.
+
+A la hora de almorzar el Duque manifest que haba recibido carta de uno
+de sus hijos en que le noticiaba que vendra a pasar el mes de
+septiembre con l a Sarri. Probablemente vendra tambin su hermano el
+marqus del Riego. Con este motivo expres su resolucin de tomar
+habitaciones en la fonda. Al instante fu contrariada con gran calor por
+don Rosendo, con el apoyo de su esposa. Venturita se haba puesto
+plida. Miraba al Duque de un modo particular. Gonzalo, con los ojos
+bajos, el rostro sombro, coma en silencio mientras se disputaba. A
+pesar de todas las razones que don Rosendo aleg para retenerle,
+hacindole presente que la casa era capaz para recibir a los nuevos
+huspedes, el disgusto que a l y toda su familia iba a ocasionarles
+aquella tan inopinada marcha, etc., etc., el Duque se mostr inflexible.
+Responda con la misma sonrisa protectora a cuanto se le manifestaba, y
+repeta sin cesar frases de agradecimiento y amistad.
+
+Convencido al fin de que era intil insistir, el insigne cuanto
+atribulado don Rosendo, fu con el mismo Duque y su secretario a ver las
+habitaciones de la fonda de la Estrella, la nica decente que haba en
+la villa. Alquilaron todo el piso principal. Al da siguiente se
+traslad el magnate, a pesar de las vivas representaciones de su husped
+para que se quedase al menos mientras no llegasen los otros.
+
+Sorprendi vivamente a la poblacin aquel traslado. Preguntse la causa;
+y aunque don Rosendo inform cumplidamente a todo el mundo de lo que
+haba acaecido, no pudo evitarse que quedase en el espritu del pblico
+alguna duda o sospecha de que las cosas no haban pasado enteramente
+como Belinchn las relataba. Particularmente sus enemigos recibieron
+gran alegra. Se dedicaron con afn a descifrar aquel enigma, pensando,
+no sin razn, que los del Saloncillo ya no podran utilizar la fuerza
+del Duque para combatirles. En los dos meses y pico que ste llevaba de
+permanencia en Sarri, los amigos de don Rosendo haban conseguido que
+prosperase en el juzgado una denuncia contra el alcalde, previa la venia
+del gobernador de la provincia; haban logrado tumbar al administrador
+de Correos que era del Camarote, y que se resolviese en favor suyo el
+problema del matadero. Los amigos de Maza, que andaban cabizbajos y
+abatidos, recibieron la noticia como una mosca, prxima a morir en el
+otoo, recibe un tardo rayo de sol. Santo Dios qu calurosos
+comentarios aquella noche en el Camarote! Cunta conjetura! La alegra
+chispeaba en todos los ojos. Abranse las narices olfateando la cada de
+los del Saloncillo, y su prxima y definitiva victoria. _El Joven
+Sarriense_ public en su primer nmero la siguiente lacnica, pero
+endemoniada gacetilla: El lunes se ha trasladado a las habitaciones del
+piso principal de la fonda de la Estrella el Excelentsimo seor duque
+de Tornos, conde de Buenavista, que estaba hospedado en casa de don
+Rosendo Belinchn. Damos al egregio Duque la ms cumplida enhorabuena.
+Este indigno comentario tuvo dos das enfermo al nobilsimo Belinchn,
+pasados los cuales mand sus padrinos a Maza. Pero ste contest que
+mientras estuviese constitudo en autoridad no poda batirse. Cuando
+dejase de estarlo ya vera si le convena cruzar las armas con
+semejante mamarracho. Como los padrinos contestasen en mal tono, les
+amenaz con llevarlos a la crcel, y hubieron de retirarse.
+
+El duque de Tornos sigui visitando de vez en cuando la casa de don
+Rosendo y dejndose acompaar por ste y sus amigos siempre que sala a
+la calle. En la apariencia, la amistad entre ellos segua inalterable.
+La poca gente imparcial que haba en Sarri iba creyendo que no haba
+misterio alguno en su traslacin y que todo era imaginaciones ridculas
+de los del Camarote, a quienes cegaba el deseo de vencer a sus
+contrarios. Sin embargo, pasaban los das, haba entrado ya septiembre,
+y ni el hijo ni el hermano del magnate acababan de llegar. Este haba
+mejorado muchsimo de salud en Sarri, segn deca a cuantos se le
+acercaban. Hizo traer de Madrid coche y caballos y compr una bonita
+balandra para pescar. Pareca disponerse a pasar todava algunos meses
+en la villa.
+
+En sus relaciones exteriores con la familia Belinchn, esto es, cuando
+se encontraba con ella en pblico, observaba una conducta delicada y
+afectuosa, como personas a quienes deba muchas atenciones. Con
+Venturita no se autorizaba tantas familiaridades, pero no dejaba de
+hablarla en el teatro o en el paseo de un modo carioso. As haca
+perder la pista a los que buscaban la causa de su salida de la casa.
+Doa Paula estaba muy satisfecha de esta conducta. El mismo Gonzalo,
+comprendiendo que no se le poda exigir ms, se mostraba con l atento y
+corts. La tranquilidad haba vuelto a renacer entre los jvenes
+esposos. Venturita, despus de unos das en que no cambi con su marido
+palabra alguna y apareca plida y ceuda, herida, sin duda, por la
+violencia que ste haba desplegado en la escena que hemos descrito,
+volvi a ser lo que antes, alegre y decidora unas veces, colrica y
+caprichosa otras, siempre de palabra aguzada y sarcstica. Not, sin
+embargo, Gonzalo cierta amabilidad y deferencia inusitadas en ella. Lo
+achac al deseo de borrar el recuerdo de aquel pasajero, pero muy
+peligroso disgusto que haban tenido.
+
+Y as continuaron deslizndose los das serenos en la casa de don
+Rosendo, slo turbados por los altibajos que la enfermedad de doa Paula
+sufra. Tan pronto estaba en pie como en la cama. Sala en coche a dar
+largos paseos con Cecilia o con Ventura, y sola llevar a su nieta
+Cecilita, en quien adoraba. Don Rufo hablaba de la necesidad de
+trasladarse a otro clima, a otro pas ms elevado sobre el nivel del
+mar, donde el aire tuviese menos presin. Y don Rosendo, aunque con
+repugnancia, pues el pensamiento de exterminar a sus contrarios y hacer
+de una vez la felicidad de su villa natal, le persegua sin cesar, iba
+entrando por la idea y trazando vagamente planes tiles y grandiosos
+como todos los suyos. Flotaba en su imaginacin el proyecto feliz de
+trasladar _El Faro de Sarri_ a Madrid y hacerlo diario con el ttulo de
+_El Faro de las Provincias_. Defender los intereses morales y materiales
+de las provincias, sostener su vida autonmica, independiente, frente a
+la accin y podero absorbentes de la capital, foco de inmundicia que
+envenenaba la savia de la nacin y secaba todos sus veneros de riqueza.
+Qu grande y noble pensamiento!
+
+A fines de octubre, Gonzalo fu a Lancia con una comisin de su suegro.
+Se trataba de persuadir a un banquero de aquella poblacin, para que no
+enajenase las acciones que tena, en un embarcadero de Sarri, a cierto
+individuo del Camarote, como se deca. En todo caso, que se las cediese
+por el mismo precio a don Rosendo. Haca ya dos das que estaba all. Al
+tercero por la tarde, cerca de la hora del obscurecer, se le ocurri a
+doa Paula subir a hacer una visita a su hija Ventura, que desde el
+traslado del Duque haba vuelto a ocupar el piso segundo. Muy rara vez
+suba ya la buena seora la escalerilla de caracol. Pero aquel da se
+senta ms gil, ms desahogada del pecho. Quiso probar sus fuerzas y
+darse a s misma una prueba de que estaba mejor.
+
+El mvil inmediato fu llevar a su nieta Cecilita una mueca, cuyo
+vestido desgarrado le acababa de coser la doncella. Los peldaos se le
+hicieron muy altos. Al llegar a la mitad tuvo que detenerse a tomar
+aliento. Cuando lleg al piso, dijo en la voz ms alta que pudo:
+
+--Cecilita, hija ma, dnde ests?
+
+--Aqu, abuelita, aqu--respondi la nia saliendo de la estancia de su
+madre.
+
+Era una criatura que aun no haba cumplido los tres aos, rubia como el
+oro, tan habladora y espontnea, que ejerca sobre la abuela verdadera
+fascinacin.
+
+--Qu me taes, abuelita, qu me taes?--pregunt, mirando con avidez a
+doa Paula, despus de haberla abrazado por las piernas con tal mpetu,
+que por poco da con ella en tierra.
+
+--La mueca, hermosa, que te ha arreglado la chacha.
+
+--Mueca no... mueca pa Lalina... yo soy gande... yo quero un chocho.
+
+--No tengo chochos aqu, vida ma--respondi la abuela mirndola
+embelesada.
+
+--Tene mam chocho... Ven... dame uno.
+
+Y la llev por el vestido al gabinete de su madre.
+
+Al entrar en l la nia, pareci sorprendida y ech una mirada a todas
+partes. Ventura haba salido a recibirlas con la sonrisa en los labios,
+besando a su madre cariosamente:
+
+--Jess, qu pinitos! Cmo te has decidido?... No s si te convendr
+subir escaleras, mam... Te sientes bien?
+
+--No me he fatigado gran cosa. Yo creo que estoy mejor. Las pildoras de
+Dehaud, me parece que me prueban bien.
+
+--Vaya, me alegro que al fin hayamos dado con una medicina que produzca
+algn efecto... Quieres sentarte?
+
+--Abuelita, dame un chocho--dijo la nia interrumpindoles.
+
+--No tengo, hija ma... Tienes algn caramelo, Ventura?
+
+--No.
+
+--Tene Jame que est aqu.
+
+Venturita se puso horriblemente plida.
+
+--Qu Jame, nia?--pregunt doa Paula.
+
+--Nada, nada, cualquier tontera... Conque te han probado bien las
+pildoras?... Si don Rufo, por ms que digan, entiende... Vaya si
+entiende!--se apresur a decir Ventura con voz temblorosa, la faz tan
+descompuesta, que su madre la mir sorprendida.
+
+--Jame est aqu... Tene chocho... Ven, abuelita.
+
+La nia tir del vestido a la seora. Esta, plida ya tambin,
+adivinando vagamente algo terrible, se dej arrastrar sin saber lo que
+haca.
+
+--Cecilia!--grit Ventura con una voz extraa que jams le haba odo
+su madre.
+
+Pero la nia no hizo caso. Sigui arrastrando a su abuela hacia la
+alcoba. Antes de llegar a la puerta, se present en ella el duque de
+Tornos.
+
+Doa Paula, ante aquella repentina aparicin, se qued un instante
+clavada al suelo, el rostro blanco y aterrado, la mirada atnita.
+Despus cay pesadamente al suelo, arrastrando en la cada a su nieta.
+
+El Duque se apresur a levantarla. Luego, ante un gesto imperioso de
+Ventura, la dej sobre el sof y huy.
+
+A las voces de la joven, acudieron los criados y luego Cecilia. Se crey
+que era un sncope producido por la fatiga. Transportsela a su cama,
+donde luego, merced a los cuidados de Cecilia, recobr el conocimiento.
+Pero no la facultad de hablar. La infeliz seora no pudo ya articular
+palabra. As estuvo dos das, sin que los esfuerzos de don Rufo, ni los
+de otro mdico que lleg de Lancia, lograsen poner en movimiento aquella
+lengua, que se haba paralizado. Generalmente, estaba con los ojos
+cerrados, exhalando leves gemidos. Slo cuando Ventura entraba en el
+cuarto los abra para clavarlos en ella con una expresin fija de
+angustia y reconvencin. El sacerdote a quien se llam, se vi obligado
+a confesarla por seas. Dos das despus, casi a la misma hora en que
+haba acaecido la fatal escena, falleci la infeliz seora, que ni aun
+en la hora de la muerte apart sus ojos empaados del rostro de
+Ventura.
+
+
+
+
+XVII
+
+QUE GONZALO TOMA UNA GRAVE RESOLUCIN Y CECILIA OTRA
+
+
+La familia Belinchn se refugi en Tejada para vivir a solas con su
+dolor, durante algn tiempo. Doa Paula fu llorada como lo mereca, por
+su magnnimo esposo. Dando tregua al espritu progresivo y reformista
+que le animaba, supo mostrarse tierno y sensible, lo cual en nada
+menoscaba su gloria de publicista. Cecilia no se cans en mucho tiempo
+de llorar a su buena madre, con quien la ligaba tanto el parentesco de
+la carne como el del alma. De todos sus hijos, era sta la que ms
+semejanza guardaba con ella, aunque no era la preferida. El favorito,
+Pablo, la sinti todo lo profundamente que l poda sentir algo en el
+mundo. Es fama que, algunos das despus del suceso, vi al ltimo potro
+que haba comprado alcanzarse en el trote, y no le afect gran cosa.
+Pero en quien hizo sobre todo aquella repentina muerte un efecto extrao
+y terrible, fu en Venturita. Tanto la impresion, que estuvo algunos
+das en la cama con fuerte calentura. Despus que san, veasela plida
+y triste. Contestaba distrada a lo que le decan: no sala casi nunca
+del cuarto, a pesar de las instancias de su esposo. Este sentimiento tan
+vivo como inesperado fu para l una prueba de lo que Cecilia y doa
+Paula sostenan siempre; esto es, que Venturita era loca, caprichosa y
+altiva, pero buena en el fondo. Algo se mitig con tal consideracin el
+sincero dolor que experiment por la muerte de su madre poltica. El
+ltimo y maternal servicio que la buena seora le prestara, haba puesto
+el sello al cario que, con su conducta prudente y afectuosa, haba
+sabido inspirarle.
+
+El duque de Tornos se volvi a Madrid, poco despus de la desgracia
+sobrevenida a sus amigos. Desde all se escriba con don Rosendo, a
+quien oblig con ms de un servicio en la lucha sin tregua que mantena
+contra sus enemigos los del Camarote. Estos servicios fueron coronados,
+despus de algn tiempo, por una gran cruz de Isabel la Catlica. Al
+mismo tiempo que el diploma, le remita el magnate una placa de
+brillantes, cuyo valor no bajaba de veinte mil reales. Puede cualquiera
+imaginarse la emocin y la gratitud de don Rosendo, al recibir aquella
+honrossima distincin. Como en Sarri nadie posea una gran cruz, se
+vi precisado a ir a Lancia, para que un caballero de la orden llevase a
+cabo la ceremonia de ceirle la banda. Y as que se vi caballero, l,
+que profesaba cierto desprecio metafsico a las religiones positivas,
+aprovech una procesin de la parroquia para llevar el farol, con la
+hermosa placa en el pecho y la banda por encima del frac. Los amigos de
+Maza tragaron mucha hiel. Despus la vomitaron, no slo en su tertulia
+del Camarote, sino en el peridico, donde, en serio y en burla, vejaron
+de un modo repugnante al glorioso fundador del _Faro de Sarri_. En
+algunas custicas, feroces gacetillas, se estaba viendo al bilioso
+alcalde con la pluma en la mano. Don Rosendo, por vez primera en su
+vida, ley aquellas diatribas sin conmoverse, con un desdn sincero. Y
+es que, cuando se ha llegado a la cima de las sociedades humanas, deben
+parecer las amenazas de los pigmeos ms curiosas que ofensivas.
+
+Venturita sali, con este motivo, de su letargo sombro. Habase
+realizado uno de los sueos que ms acariciaba. Tom parte en la alegra
+y triunfo de su padre, y empez a dejarse ver algunos das en la villa,
+siempre en carruaje, por supuesto. Creci su orgullo y aquella
+languidez seorial, imponente, que haca morir de envidia y de rabia a
+las seoras y seoritas de la villa, quienes se vengaban de su desprecio
+llamndola, en sus horas de murmuracin, la princesa del Bacalao. La
+muerte de su madre, a quien todo el mundo haba conocido en Sarri
+artesana, con pauelo atado atrs, como all se deca, contribuy
+tanto como la gran cruz de su padre a elevar el nivel social de la
+familia, a aristocratizarla, por decirlo as. Ventura, con su desdeoso
+porte, con sus riqusimos vestidos, con la frialdad despreciativa con
+que trataba a sus conocidas, vengaba lindamente a aquella pobre mujer, a
+quien las seoras de Sarri tanto haban hecho sufrir en vida.
+
+Se pas el invierno en Tejada, un invierno crudo, como pocos lo haban
+sido. A temporadas llovi mucho, y esto haca imposible el salir de
+casa. Otras veces hel cruelmente. El cielo se mantena sereno, pero los
+campos, por la maana, aparecan blancos, con una escarcha de medio dedo
+de grueso. En ocasiones tambin nev abundantemente. Todos estos
+fenmenos meteorolgicos tienen sus encantos en la aldea para el que
+sabe hallarlos. Gonzalo haba nacido para vivir feliz en medio de las
+fluctuaciones de la Naturaleza. Si helaba, levantbase de madrugada y
+dejaba atnitos a los de casa saliendo al corredor en mangas de camisa,
+lavndose todo el cuerpo con el agua que se haca sacar de las pilas de
+mrmol, despus de roto el hielo. Luego, se vesta con un ligero traje
+de caza, tomaba la escopeta, y emprenda famosas, descomunales correras
+de seis y ocho leguas, sin que nadie le oyera, jams quejarse de
+cansancio. Si nevaba, se pona el impermeable, las botas altas y la
+gorra de pelo, y sala a matar palomas torcaces o gachas por las
+cercanas de la posesin. Ms de una vez tiene cado en cisternas
+atacadas de nieve, logrando salir, gracias solamente a su vigor
+extraordinario. Cuando llova no haba ms remedio que quedarse en casa.
+Pero aun entonces ofreca la aldea placeres desconocidos en la villa.
+Aquel lavado de los rboles y plantas era grato a los ojos. El verde
+obscuro de las coniferas, despus de algunos das de lluvia, adquira
+tonos claros merced a los retoos que apuntaban en la cima de las ramas;
+en cambio la escarcha los marchitaba instantneamente. Las hojas de las
+magnolias brillaban como cristales, y en aquella atmsfera acuosa los
+colores, los matices de la naturaleza cambiaban sin cesar, los contornos
+de los rboles y las montaas se desvahaan con suavidad exquisita. Y la
+misma monotona del agua al caer constantemente sobre los rboles con
+triste rumor, engendra una soolencia feliz, no exenta de voluptuosidad
+para los que nada tienen que hacer fuera de casa, y encuentran en ella
+las comodidades y refinamientos que la civilizacin proporciona a los
+ricos. Era grato escuchar el _po, po_ de los ateridos gorriones,
+guarecindose por centenares en una washingtonia que haba cerca de
+casa, como en una gran pajarera: era grato ir a dar de comer a los
+animalitos exticos que don Rosendo tena en su finca, salvando en
+almadreas la distancia que separaba sus cobertizos de la casa: era
+grato tambin quedarse adormecido en una butaca al pie de la chimenea
+con el cigarro en la boca y la botellita de ron delante, mientras
+Cecilia lea un cuento interesante o algunos versos sonoros y
+armoniosos.
+
+Don Rosendo y Pablo se iban todos los das invariablemente a Sarri
+despus de almorzar y venan a la hora de comer. El uno se ocupaba en
+encauzar la opinin pblica por los derroteros del progreso moral y
+material, con mengua de los reptiles que se arrastraban por el cieno,
+impotentes para elevarse un instante a la regin de las ideas,
+escupiendo su veneno a todo el que sobresale por la inteligencia o por
+la virtud. Excusado es decir quines eran estos reptiles a los que don
+Rosendo aluda con frecuencia en sus artculos. El otro, tratando de
+inclinar siempre los ojos y el corazn de cuantas forasteras hermosas
+llegaban a la villa, hacia su adorable persona. Alguna maana sala con
+su cuado de caza; pero observando que la intemperie atezaba su rostro,
+dej casi por completo este ejercicio. Por otra parte, Piscis era
+enemigo nato de l. Para este inteligente centauro holgaba todo en la
+tierra menos los caballos.
+
+En las horas de la tarde, cuando llova, si Ventura estaba de buen
+humor, jugaba con Cecilia y Gonzalo al tresillo. Si no, jugaban los dos
+ltimos al _tute_ mano a mano con las nias sentadas en sus regazos
+respectivos, las cuales les molestaban a cada momento llevando sus
+manecitas a los naipes. Ambos eran de buena pasta y se contentaban con
+apartrselas suavemente.
+
+--Quieta, Cecilita, quieta, que si le enseas mis cartas a tu ta, me va
+a ganar.
+
+--No hagas caso, monina, tira por ellas--deca la joven riendo.
+
+Hasta que concluan por entregrselas, quedndose ambos arrobados
+mirndolas hacer castilletes, ayudndolas ellos mismos con grave
+atencin, mientras la lluvia azotaba los cristales pintados de las
+ventanas chinescas y los maderos de haya chisporroteaban en la chimenea.
+
+Las nias coman antes que la familia. Era importante ocupacin para
+Cecilia hacerles plato, anudarles la servilleta, servirles agua y
+vigilar que no hiciesen cochinetas. Gonzalo, cuando estaba en casa,
+presenciaba con deleite la refaccin: se mantena en pie como un magiar
+detrs de las sillas de sus hijas. Despus, era preciso llevarlas a la
+cama. Cecilia coga una en brazos, Gonzalo la otra, y las llevaban al
+cuarto de aqulla, donde ambas dorman. La tarea de desnudarlas era
+complicada y entretenida. Gonzalo, a pesar de su musculatura de toro,
+posea tanta delicadeza como una mujer para desatar las cintas y mover
+sus cuerpecitos a un lado y a otro sin lastimarlas. A menudo las manos
+de los cuados se tropezaban. Cecilia retiraba la suya prontamente. Una
+leve nube sombra cruzaba rpidamente por su risueo semblante. Gonzalo
+no adverta nada. Cuando ya estaban acostadas, escuchaban sonriendo las
+inocentes oraciones que _tiita_ haca repetir a Cecilia. Paulina aun no
+saba elevar su entendimiento al Ser Supremo, y hasta se rebelaba para
+hacer la seal de la cruz. Mientras se dorman, pap y _tiita_ haban de
+estar bien pegaditos a las camas sin moverse. Si mantenan conversacin
+entre s, las nias se agitaban y tardaban mucho ms en conciliar el
+sueo. As que procuraban guardar silencio, o cambiar solamente palabras
+sueltas en voz baja. Cecilita no poda dormirse sin tener cogida una
+oreja de su ta. Contra este capricho protestaba a menudo Gonzalo; todos
+los das hablaba de quitrselo; pero su cuada no haca caso; ella misma
+se inclinaba sobre la almohada para que la nia lo satisficiese. Gonzalo
+se quedaba algunas veces dormido sobre la de Paulina, sobre todo cuando
+haba ido de caza. Al despertar, vea frente a s el rostro plido y
+dulce de su cuada, con los ojos muy abiertos, mirando con fijeza al
+vaco.
+
+--En qu piensas, Huesitos?--le preguntaba restregando los suyos.
+
+La joven sala de su xtasis estremecindose, y sonrea bondadosamente.
+
+--No lo s yo misma... En nada.
+
+--No tienes algn quebradero de cabeza?--le dijo una noche levantndose
+y cogindola afectuosamente la barba.
+
+--Bah, qu quebraderos de cabeza quieres que tenga en esta
+aldea?--respondi Cecilia ponindose colorada, y retirando el rostro.
+
+--Puedes tenerlo en Sarri.
+
+--Y haba de ser tan ingrato que no viniera a verme en los meses que
+hace que aqu estamos?... Ya te he dicho que yo me quedo para vestir
+santos--aadi sonriendo.
+
+--No puede ser eso--replic con calor el joven,--- no puede ser! Sera
+un delito de lesa humanidad que te quedases soltera. T has nacido para
+casada... No tienes ms aficiones que la de arreglar la casa, cuidar a
+los nios, coser, limpiar... Sers una _perfecta casada_, como la
+describe Fr. Luis de Len. No puede tolerarse que pudiendo hacer la
+felicidad de cualquier hombre, te empees en ser una solterona... Mira
+que son muy antipticas...
+
+No sabemos lo que Cecilia pens en aquel momento; pero bien pudo ser una
+cosa semejante a sta:--S; he podido hacer la felicidad de todos...
+menos la tuya.
+
+Alarg con un gesto de indiferencia los labios y respondi:
+
+--Qu le vamos a hacer! Esas cualidades las tienen todas las mujeres
+que no son bonitas. Las que pueden brillar, se ocupan de sus trajes, y
+tienen razn.
+
+Haba en estas palabras una irona triste, desgarradora, que Gonzalo no
+pudo menos de sentir en el corazn.
+
+--Oh, siempre ests con esa tonadilla!... Me parece que te haces la
+modesta para que te regalen el odo... Demasiado sabemos todos que t
+puedes brillar como la primera... Tienes unos ojos como no hay otros...
+eres esbelta, elegante, distinguida; quiere usted ms, mademoiselle
+Huesitos?... Lo que hay, seorita, es que usted tiene ms de aqu que de
+aqu...
+
+Y le puso primero el dedo en la frente y despus en el sitio del
+corazn.
+
+--Cuando venga alguno que sepa interesarte de verdad, ya se ver cmo
+desaparecen todas esas ideas de celibato.
+
+Cecilia levant los hombros y volvi a quedarse con los ojos extticos,
+rehuyendo la conversacin.
+
+Ya no sala tantas veces con su cuado de caza. El cuidado de las nias
+reclamaba su presencia. Pero casi siempre iba a esperarle por las
+tardes, unas veces sola, otras con las nias y sus doncellas. Al partir
+no se olvidaba Gonzalo de decirle por cul camino tomaba:
+
+--Hoy voy hacia Naves a ver si suelto alguna liebre.--Hoy volver por
+la carretera de Nieva.--Hoy voy por el camino de Rodillero.
+
+Estas esperas, cuando iba sola, como quiera que se alejaba de la casa,
+no dejaban de ofrecer algunos peligros. Por ms que Gonzalo se los
+representaba, nunca quiso hacer caso. Desde nia haba mostrado siempre
+una extraa serenidad, nada femenina, para desafiarlos. Jams haba
+credo en apariciones o en duendes, ni la sobresaltaban, hasta el punto
+de turbarle la razn, los ruidos temerosos, ni siquiera los peligros
+ciertos. En ms de una ocasin, ante una vaca desmandada o una ria de
+borrachos, cuando sus compaeras huan gritando o se desmayaban, ella
+sola se mantena firme y sosegada, juzgando con precisin el riesgo, y
+evitndolo sin descomponerse. Tal cualidad haba contribuido no poco a
+crearle aquella fama de fra y aptica que tena dentro y fuera de casa.
+
+Lleg el mes de abril y la familia se traslad de nuevo a Sarri.
+Efecturonse elecciones municipales en junio, y Gonzalo sali elegido
+concejal, contra su gusto. Don Rosendo le haba impuesto este
+sacrificio. Ventura, desde que entr el verano, pareca ms animada.
+Sala con alguna frecuencia de casa, y su aparicin en coche
+descubierto, causaba siempre cierta sensacin. La verdad es que estaba
+preciosa con sus ricos trajes de luto, llegados de Pars. Por coquetera
+debiera vestirse de negro, pues era incalculable lo que realzaba este
+color el brillo nacarado de su tez, los reflejos dorados de sus
+cabellos. Cuando iba los domingos a la iglesia para oir la misa de once,
+que era la ms concurrida, nunca dejaba de levantar su presencia un
+murmullo reprimido de curiosidad en las mujeres, de admiracin en los
+hombres. Aquel aire de princesa que pona fuera de s a las seoras, era
+lo que ms placer causaba a los caballeros. Todos convenan en que por
+su belleza y elegancia, por sus modales distinguidos, se apartaba mucho
+de las dems jvenes del pueblo, y hara lucido papel en los salones ms
+aristocrticos. Tambin Venturita haba convenido en ello haca mucho
+tiempo. La idea de irse a vivir a Madrid, trabajaba con ahinco en su
+mente. Insinusela a su marido; pero ste mostr gran repugnancia a
+trasladarse. No era l hombre para la corte. Los deberes sociales que
+all impone la cortesa, le aburran. Haba nacido para la libertad,
+para el goce que proporciona el aire libre del mar, el ejercicio
+corporal, los trajes cmodos, holgados. Adems, presuma muy bien que la
+renta que en Sarri les permita vivir como los primeros, en Madrid no
+bastara a sustentarlos en el mismo pie, sobre todo, dada la inclinacin
+de su mujer al boato. Venturita, sin embargo, estaba tan segura de
+vencer esta resistencia, que no hablaba siquiera del asunto, meditando
+la poca y la forma en que haban de irse.
+
+Un suceso vino a turbar en cierto modo la vida de la familia Belinchn.
+Gonzalo fu nombrado inopinadamente alcalde de Sarri, por mediacin del
+duque de Tornos. Su primera idea fu rechazar aquel nombramiento,
+presentar alguna excusa; pero cayeron sobre l don Rosendo y todos sus
+amigos, poniendo tanto empeo y calor en que aceptase, que no tuvo ms
+remedio que hacerlo. A los del Saloncillo les iba muchsimo en ello.
+Verdad que se vieron defraudados, pues el nuevo alcalde no quiso de
+ningn modo poner al aire los cimientos de las casas de sus enemigos,
+como haba hecho Maza, ni cometer otra porcin de tropelas que le
+exigan. En el mes de septiembre, cuando termin la temporada de baos,
+que en la villa era animada, y comenzaba en el campo la de la caza,
+Gonzalo se traslad con la familia a Tejada. Las nias se ponan aqu
+muy buenas y l se diverta extremadamente. Por otra parte, no dejaban
+grandes recreos tampoco en Sarri. Algo le estorbaba su cargo de alcalde
+para este traslado; pero convino con sus compaeros de municipio en
+venir todos los das, o por lo menos con mucha frecuencia. El trayecto
+se recorra en carruaje en menos de media hora. No obstante, don Rosendo
+dej abierta la casa de Sarri para que Gonzalo y l pudiesen comer y
+dormir all siempre que quisieran. Venturita, pensando en marcharse a
+Madrid la prxima primavera, no puso obstculo a los planes de su
+marido.
+
+Mucho se alegr ste de haber tomado aquella resolucin cuando supo que
+el duque de Tornos pensaba venir el prximo mes de octubre, alegando
+que con la vida de Madrid haban vuelto a exacerbarse sus padecimientos,
+casi extintos mientras permaneci en Sarri. Porque all, en el fondo
+del alma, y sin querer confesrselo, nuestro joven senta la mordedura
+de los celos. Cuantas reflexiones se haca y argumentos poderosos a s
+mismo se presentaba para tranquilizarse, no bastaban a arrancrselos del
+pecho. Haba pensado, mientras el Duque estuvo por all, que ya nunca
+ms se acordara de aquel rincn. La noticia de su venida fu, pues,
+para l, una contrariedad, si no un disgusto serio. Y, en efecto, hacia
+ltimos de octubre, no tuvo ms remedio que ir a esperarle a Lancia, en
+compaa de su suegro y de otra porcin de seores, todos socios del
+Saloncillo. El nombramiento de alcalde a su favor, haba constitudo al
+magnate en protector decidido de este partido. Alojse con su secretario
+en la fonda de la Estrella, y comenz a hacer la vida de ejercicio que
+tan bien le sentaba, segn deca (y as era la verdad). Muchos das
+buenos sala de pesca o de paseo; otros iba de caza o montaba a caballo.
+Esta vez no haba trado ms que dos, uno de tiro para un tlburi, y
+otro magnfico de silla. El secretario, cuando iba de paseo, montaba en
+uno que don Rosendo haba puesto a su disposicin.
+
+Con la familia de ste mantena cordiales relaciones; pero slo haba
+ido a Tejada tres veces en quince das. Como Ventura y Cecilia solan
+venir a Sarri a menudo, aqu las vea y hablaba, por ms que hua de
+acompaarlas pblicamente. Gonzalo, desde que llegara, lea asiduamente
+_El Joven Sarriense_, que se publicaba ya tres veces a la semana, lo
+mismo que _El Faro_. Lo lea para apaciguar un poco la inquietud que
+senta. Porque siempre estaba temiendo alguna gacetilla injuriosa como
+la que tanto le haba hecho padecer el verano anterior. En los primeros
+nmeros, despus de la llegada del magnate, _El Joven_, francamente
+hostil ya a l, se contentaba con ridiculizarle bajo nombres
+transparentes, como pintor y pescador, y hasta como hombre poltico,
+insinuando la idea de que el Duque era un personaje desprestigiado de
+Madrid, rechazado por la corte y sin influencia con el Gobierno. Sac a
+luz algunas ancdotas de su vida, en que no haca muy honroso papel, y
+hasta la emprendi con sus trajes y corbatas, no perdonando medio para
+hacer reir a su costa. Don Jaime no lea tal papelucho; pero habindole
+indicado Pea algo de lo que deca contra l, sonri malvolamente y
+escribi al gobernador de la provincia pidindole que aprovechase el
+primer pretexto para suprimirle. Los del Saloncillo saban de esta carta
+y esperaban con ansia y fruicin el golpe.
+
+Al fin la envenenada flecha que tanto tema Gonzalo, vino a clavrsele
+en el corazn. No fu una gacetilla, sino un cuento que figuraba pasar
+en Escocia, donde bajo nombres ingleses, salan a relucir l, su esposa,
+el Duque, don Rosendo y otras personas conocidas, para vejarlas y
+ponerlas atrozmente en ridculo. Entre otras cosas, se deca que
+mientras el _sheriff_ (l, sin duda alguna) cumpla con extremado celo
+los deberes de su cargo, lord Trollope (el Duque) cumpla por l los
+deberes de esposo cerca de su bella mitad. Gonzalo sinti el mismo
+escalofro de dolor y de ira que la vez pasada. Pero ahora, aleccionado,
+se propuso dominarse, cerciorarse de si aquella maligna insinuacin
+tena algn fundamento, y si por desgracia esto sucediese, tomar una
+venganza cumplida, y que fuese sonada. Gran trabajo le cost disimular
+la emocin que le embargaba. No estaba avezado a ocultar sus
+sentimientos. Mas el vivo deseo de salir de dudas, le ayud
+poderosamente. Lo nico que se not en su casa fu que andaba un poco
+ms triste y distrado. Se dedic durante algunos das a observar a su
+esposa, no perderla de vista un instante; pero nada encontr que pudiera
+dar pbulo a sus sospechas. Al mismo tiempo, estudiaba si el Duque poda
+avistarse con ella y de qu manera. El resultado de sus investigaciones
+fu que slo cuando l vena a las sesiones del ayuntamiento, poda
+darse esto caso. De da, sumamente difcil, porque no era el Duque
+persona que pudiera pasar inadvertida. Fijse, por tanto, en las horas
+de la noche, cuando l se quedaba a dormir en la villa.
+
+Resolvi saber de una vez la verdad. Para ello, anunci con dos das de
+anticipacin a la familia, que el viernes deba dormir en Sarri, a
+causa de una sesin del ayuntamiento, que presuma haba de ser
+borrascosa. De nada menos se trataba que del nombramiento de uno de los
+dos mdicos del partido, que la corporacin municipal pagaba. Los de
+Maza tenan su candidato y los de don Rosendo tambin. La lucha estaba
+empeadsima, no por razn de los votos, que estaban perfectamente
+contados de antemano, sino porque los del Camarote, que haban de
+resultar vencidos, tenan preparada una zancadilla parlamentaria, para
+inutilizar al candidato de sus enemigos, por faltarle algunos meses de
+prctica, para llenar el tiempo que el municipio haba impuesto como
+condicin a los pretendientes.
+
+El da de la gran prueba, Gonzalo estuvo muy agitado. Haba tratado de
+inquirir con disimulo, si algn criado de la casa estaba comprometido, o
+por lo menos saba algo. Nada encontr tampoco que lo hiciera presumir.
+Almorz sin apetito. En cuanto tom caf mand enganchar y se fu en
+compaa de su suegro. La sesin del ayuntamiento dur hasta las diez de
+la noche. A esa hora se retir a casa y don Rosendo tambin, el cual
+encontraba a su yerno harto distrado y preocupado. Gonzalo se
+disculpaba diciendo que le irritaba mucho la bilis la conducta de los
+amigos de Maza. Furonse a dormir. A eso de las once, cuando todo estaba
+en silencio, nuestro joven sali sigilosamente de casa y emprendi a pie
+por el camino de Tejada. La noche estaba nublada, pero no muy obscura.
+La luz de la luna se cerna al travs de la capa de nubes, dejando bien
+percibir los objetos a corta distancia. Caminaba con premura, apoyndose
+en un grueso bastn de estoque. Adems llevaba en el bolsillo un
+revlver. Senta una tristeza profunda. Aquella prueba que iba a hacer
+le causaba temor y remordimientos a la vez. Si su mujer era culpable,
+qu horrible tragedia la que se preparaba! Y si no lo era, l cometa
+una bajeza sospechando de su honradez. Iba con el mismo recelo que el
+ladrn que va a asaltar una casa, ocultndose detrs de las paredes de
+la carretera en cuanto senta pasos, estremecindose si escuchaba una
+voz, por lejana que fuese. La idea de que algn conocido le viese a
+aquellas horas caminando a pie, le causaba gran vergenza, dando por
+seguro que haba de adivinar su intencin. El aire era fresco y le
+penetraba hasta los huesos, aunque rara vez haba sentido fro en su
+vida. Los rboles, como negros fantasmas alineados a lo largo de la
+carretera, dejaban salir de sus copas blando rumor melanclico. Debajo
+de uno de ellos crey percibir un bulto que se mova y salt a los
+prados, temiendo tropezarse con alguien que le conociese. Mir por
+encima de la paredilla y vi una vaca acostada rumiando tranquilamente.
+Ms all, al pasar por delante de la casa de un labrador, se abri
+repentinamente una ventana y apareci el bulto de una mujer. Ech a
+correr desaforadamente buscando la sombra de los rboles. A medida que
+avanzaba, el corazn se le oprima. Mil encontradas ideas batallaban en
+su mente. Tan pronto recordando los deliciosos detalles de sus primeros
+meses de matrimonio, las palabras dulces, las pruebas ostensibles de
+amor que su mujer le diera, su mujer, cuyos defectos eran los de todas
+las nias demasiado mimadas, se pona a imaginar que estaba bajo el
+poder de una maldita alucinacin, una de las mil infamias que los
+enemigos de su suegro haban inventado para hacerles dao, y estaba a
+punto de volverse a Sarri y meterse nuevamente en la cama; como
+apreciando y pensando los motivos que tena para sospechar de ella,
+aquella grave escena que determin la salida del Duque de la casa de sus
+suegros, su frivolidad y coquetera, la denuncia aunque embozada
+persistente del peridico enemigo, se le encenda la sangre de golpe y
+apretaba vivamente el paso. Oh, desgraciados de ellos si era verdad!
+Ms les vala no haber nacido! Y apretaba con mano crispada el bastn
+y tiraba del estoque para cerciorarse de que estaba all pronto a
+obedecerle. No se le ocurri ni una vez acariciar el revlver.
+Necesitaba a toda costa ver la sangre de los traidores.
+
+Cuando llevaba la mitad del camino andado prximamente, sinti detrs de
+s el galope de un caballo. Sin saber por qu, le di un vuelco terrible
+el corazn. Se apresur a saltar a los prados y aguard con ansiedad
+mirando sigilosamente por encima de la pared a que el jinete pasase. No
+transcurrieron dos minutos sin que en efecto cruzase por delante de l
+como un relmpago. Pudo reconocer perfectamente el magnfico caballo
+alazn del Duque. A ste no pudo distinguirle porque iba envuelto en un
+capote, con un gran sombrero calado hasta las narices. Pero si los ojos
+no, el corazn lo vi con toda claridad. Qued yerto, pegado al suelo.
+Sinti un desfallecimiento singular en las piernas como si fuese a caer.
+Mas prontamente la sangre hirvi dentro de su brioso temperamento de
+atleta. Tendironse sus msculos acerados y salt sin tocar con las
+manos la paredilla de seis pies que cerraba la finca. Cay en medio de
+la carretera. Sin detenerse un punto, emprendi una carrera vertiginosa,
+loca, detrs del caballo, como si tuviese la absurda pretensin de
+alcanzarle. Aunque su aliento era grande, sin embargo, se le concluy
+mucho antes de llegar a la quinta. Necesit pararse tres o cuatro veces.
+Por fin lleg a la verja. Entr por la puerta de hierro, que slo estaba
+llegada. Ech una mirada en torno y vi el caballo del Duque atado a un
+rbol. Sigui precipitadamente, pero cuidando de no hacer ruido, por una
+de las avenidas orladas de conferas que conducan a la casa. Como
+conoca todas las entradas, no se dirigi a la puerta cuyo llavn
+llevaba consigo. Tema que algn criado le sintiese. Escal por una
+parra que adornaba el balcn del cuarto de su suegro, que sola quedar
+abierto cuando l no dorma en casa. Por desgracia estaba cerrado.
+Entonces sac el estoque, y metindolo por la rendija de la puerta logr
+levantar el pestillo y entr.
+
+Una persona le haba visto: Cecilia. En una de las noches anteriores,
+sta, cuya habitacin estaba prxima a la de sus hermanos, haba credo
+sentir ruido por la noche y se haba levantado. Mir al travs de los
+cristales hacia la huerta y vi a Pachn, el criado, en compaa de otro
+hombre a quien no pudo conocer. Sin embargo, concibi una viva sospecha
+que la aterr. El modo de andar de aquel hombre, de quien no perciba
+ms que el bulto, no era de un campesino. Gonzalo dorma aquella noche
+en Sarri. Adems, su cuado era mucho ms alto. Fuertemente
+sobreexcitada por una idea espantosa, se acost otra vez, pero no logr
+dormir. Todo el da siguiente estuvo triste y preocupada. Al cabo logr
+dominarse y resolvi en su interior vigilar a su hermana y saber de
+cierto si eran quimeras o realidades lo que pensaba. Al efecto, no
+perdi de vista a Pachn. Observ que el da mismo que Gonzalo haba de
+dormir en Sarri, fu a este punto con una comisin de Ventura, aunque
+l no era el encargado de hacer la compra. Cuando lleg quiso ver lo que
+traa. Era una novela francesa que no pudo tener en las manos porque
+Ventura se apoder de ella al instante y se fu a su cuarto. No le cupo
+duda de que el libro traa entre sus pginas alguna carta. Se propuso
+entonces no dormirse aquella noche y saber de una vez la verdad. Despus
+de comer cosi un rato mientras Ventura lea a la luz del quinqu. En
+cuanto sonaron las diez ambas hermanas se retiraron a sus respectivas
+habitaciones. Cecilia se ech una manta por encima de los hombros, apag
+la luz y se sent detrs de los cristales del balcn. Esper una, dos
+horas. A las doce, prximamente, de la noche percibi entre los rboles
+dos sombras. Aunque con dificultad, reconoci a Pachn y al hombre de la
+noche pasada, que esta vez advirti bien que era el Duque. Las dos
+sombras desaparecieron al instante entre los rboles cercanos a la casa.
+Qued petrificada. Una ola de indignacin, que se form en su pecho,
+subi a los labios y exclam:--Qu infame! qu infame!--Sigui sentada
+en la silla y con la sien pegada al cristal, aturdida, llena de
+confusin y vergenza como si ella fuese la culpable. Al cabo de algunos
+minutos, estando con la mirada fija, atnita, en el parque vi correr
+otra sombra con extraa velocidad hacia la casa. No pudo reprimir un
+grito de espanto. Qued en pie como si la hubieran alzado con un
+resorte. Luego, trompicando en la obscuridad con los muebles y las
+paredes se dirigi al cuarto de su hermana. Se hallaba en tinieblas.
+Vacil un instante en llamar: mas de repente se le ocurri seguir
+adelante pensando que Ventura no poda delinquir tan cerca de ella y las
+nias. A los pocos pasos, al revolver la esquina de un pasillo vi
+claridad. Corri hacia ella. En el gabinete persa, que era una rotonda
+aislada en cierto modo de la casa, haba luz. Di dos golpecitos a la
+puerta diciendo por el agujero de la cerradura:
+
+--Soy yo, Ventura. Abre! Gonzalo est ah.
+
+La puerta se abri, en efecto. Apareci Ventura ms plida que una
+muerta. El duque de Tornos estaba en el otro extremo, y se diriga a una
+ventana para saltar por ella. Cecilia corri hacia l y le sujet por
+los brazos.
+
+--No, eso no! No se consigue nada... Ventura, escapa... Hacia la
+cocina!... Gonzalo sube por el cuarto de pap.
+
+La joven hablaba en falsete con tono imperioso, la mirada fulgurante.
+
+Ventura no se lo hizo repetir. Sali con precipitacin del gabinete.
+
+Cecilia entonces arrastr al Duque con fuerza hacia uno de los divanes,
+y le dijo:
+
+--Sintese usted.
+
+El magnate la mir demudado, y pregunt:
+
+--Para qu?
+
+--Sintese usted, le digo!--pronunci con rabia la joven, y al mismo
+tiempo, ponindole las manos sobre los hombros, le empuj hacia abajo.
+
+El Duque se sent al fin. Acto continuo, Cecilia lo hizo sobre sus
+rodillas; le ech los brazos al cuello; reclin su cabeza sobre la del
+noble, llegando a poner los labios sobre su rostro.
+
+En aquel momento se oyeron pasos precipitados en el corredor. Se abri
+la puerta violentamente, y apareci Gonzalo con el estoque desenvainado.
+Cecilia volvi la cabeza y di un grito. El joven retrocedi asustado al
+reconocer a su cuada. Solt el arma que empuaba, empuj otra vez
+apresuradamente la puerta, y se fu tropezando, lleno de confusin,
+hacia su cuarto matrimonial.
+
+Ventura estaba leyendo tranquilamente a la luz de un quinqu. Al ver a
+su esposo delante, se levant asustada.
+
+--Qu es eso? Cmo ests aqu?
+
+Cualquier actriz le comprara de buena gana aquella actitud y la
+inflexin de la voz.
+
+Gonzalo se detuvo cortado, sin saber qu decir. Sali del compromiso
+exclamando:
+
+--No sabes el escndalo que est pasando en nuestra casa?
+
+--Qu ocurre?--profiri la joven viniendo hacia l, con la faz tan
+desencajada, que si Gonzalo tuviese un temperamento observador,
+comprendera que no poda ser solamente por su presencia.
+
+Cerr la puerta y le dijo al odo:
+
+--Tu hermana est en el gabinete persa con el Duque!... No sabes
+nada?... Di la verdad--aadi cogindola por la mueca.
+
+Ventura se confundi, vacil, tembl, baj los ojos admirablemente. Al
+fin dijo:
+
+--Cmo quieres que yo lo sepa, Gonzalo?
+
+--No mientas, Ventura!--exclam con ademn furioso. En el fondo senta
+una alegra inmensa, infinita.
+
+--Te digo la verdad... No lo saba... Pero sospechaba algo... Por eso me
+asust... Cuando t entraste, estaba pensando en ir al cuarto de
+Cecilia, a ver si estaba en l...
+
+--Qu atrocidad! Qu escndalo!... Pero ese infame!... Es menester
+tomar una determinacin... Debe concluir esto, sin que nadie se
+entere...
+
+--S, s... Pero qu quieres que hagamos?
+
+--Yo no s... Hablar a tu padre... No, a tu padre, no... El pobre
+recibira un golpe mortal... Hablar al Duque... Ya veremos si se
+resiste!
+
+Justamente en aquel momento oyeron ruido en el cuarto contiguo.
+
+--Cecilia entra en su habitacin--dijo Ventura.--Voy ahora mismo a
+hablar con ella. Todo terminar y quedar en secreto... No quiero que t
+te comprometas, Gonzalo mo--aadi echndole los brazos al cuello.
+
+Gonzalo hizo un gesto de desdn.
+
+--No, no; no quiero. Es mejor que yo hable con Cecilia... Agurdame un
+instante...
+
+Su marido la detuvo al tiempo de salir, y la dijo en voz baja:
+
+--No digas palabras feas. Procura estar prudente... El infame es l, que
+se ha aprovechado de su estancia en nuestra casa... Qu miserable!
+
+Ventura sali del cuarto y se dirigi al de su hermana temblando de
+susto. La heroica joven, cuando aqulla abri la puerta, estaba en pie
+en medio de la habitacin, con los brazos cados y la vista fija en el
+suelo. Ventura cerr la puerta cuidadosamente, y se dirigi a abrazarla,
+murmurando con voz trmula:
+
+--Oh hermana ma, gracias, gracias!
+
+Pero Cecilia la rechaz brutalmente con un gesto de orgulloso desprecio,
+exclamando:
+
+--Lo he hecho por l; no por t!
+
+
+
+
+XVIII
+
+DONDE TIRA DOA BRGIDA DE LA MANTA
+
+
+Cecilia no volvera ms. Comprenda la fealdad de su conducta.
+Arrepentase de haber dado ocasin para que los enemigos de Gonzalo le
+injuriasen, dudando de la honradez de su esposa. Daba su palabra y haca
+juramento solemne de que aquellas escandalosas citas nocturnas no se
+repetiran. Tal fu el recado que aquella noche trajo Ventura a su
+marido.
+
+En los das que siguieron, ste no se mostr irritado, ni aun severo con
+la delincuente. Toda su clera y malquerencia eran para el Duque. Le
+acusaba de haber abusado inicuamente de la confianza de su suegro para
+despertar en la pobre Cecilia pasiones que siempre haban estado
+dormidas. Tratbala con afabilidad, hasta con mimo, lo mismo que a un
+nio enfermo, queriendo persuadirla a que no haba perdido nada de su
+afecto. Mas esta amabilidad era tan humillante para ella, vease detrs
+un hombre tan satisfecho, tan alegre de su culpabilidad, que la joven la
+rechazaba con aspereza: no lograba, por muchos esfuerzos que haca,
+aparecer sensible a tal generosidad. Encerrbase en su cuarto sin
+atender como antes al cuidado de las nias: apareca tan seria y
+reservada a las horas de comer, que lleg a despertar la atencin de don
+Rosendo, con hallarse este gran patricio ms que nunca absorto en la
+alta direccin de la batalla del pensamiento que se libraba en Sarri.
+Y con la perspicacia que le caracterizaba, en seguida comprendi que se
+trataba de un decaimiento fsico y moral, procedente de la vida
+montona de la aldea. La juventud pide lo suyo, y hay que drselo.
+
+--T ests mal, Cecilia. Te veo plida y triste. Necesitas salir de aqu
+y vivir con ms expansin, en un medio ms a propsito para los jvenes.
+Iremos a pasar un par de meses de primavera a Madrid. En la aldea te
+asfixias, como un pjaro dentro de la campana de una mquina neumtica.
+
+Este gran pensador tena a veces smiles felices, arrancados como el
+presente a las ciencias fsico-naturales. En la viveza con que la joven
+acept el ofrecimiento, entendi que, como siempre, haba dado en el
+clavo.
+
+Ventura apareca como antes. La terrible escena que haba pasado, el
+sacrificio de su hermana y su justo desprecio despus, no haban dejado
+huella en su vida. Haca lo mismo que antes. Se mostraba tan cuidadosa
+de su persona y descuidada de las otras como siempre lo haba sido. Sin
+embargo, cuando se encontraba con la mirada clara y penetrante de su
+hermana, bajaba la suya prontamente. Desde la noche del suceso, hua de
+encontrarse a solas con ella. Era bien fcil, porque Cecilia tampoco
+tena deseo alguno de cruzar la palabra con la infiel.
+
+Gonzalo, enteramente seguro ya de ella, gozaba de esta seguridad con
+deleite. Entre los esposos haba habido con tal motivo una
+recrudescencia de cario. Ventura le haba exigido que nunca ms
+volvera a dormir fuera de casa. El lo prometi solemnemente. Pensando
+en la falta de su cuada, se repeta con frecuencia:
+
+--Del agua mansa me libre Dios, que de la corriente me librar yo. Y
+desde entonces no slo perdonaba a su mujer aquella ligereza y
+frivolidad, aficin al lujo y carcter altanero que tanto le haban
+disgustado, sino que lleg a ver en estos defectos una garanta de su
+fidelidad. No hay nadie sin defectos, se deca, y es preferible que
+tenga stos al que yo haba imaginado.
+
+Cinco o seis das despus del suceso relatado, _El Joven Sarriense_
+insertaba una gacetilla donde prfidamente se insinuaba la misma idea
+que le haba obligado a hacer aquella memorable excursin nocturna a
+Tejada. La ley sin emocin, con la sonrisa en los labios, burlndose en
+su interior del engao que sus enemigos padecan. Sin embargo, como al
+fin y al cabo era una injuria la que vena all escrita, resolvi
+castigar a los insolentes, aunque no de un modo trgico. Por la noche se
+introdujo sbitamente de modo sigiloso en la redaccin del _Joven
+Sarriense_. No estaban all a la sazn ms que tres redactores. Uno de
+ellos era el traidor Sinforoso Surez. Sin decirles una palabra, cay
+sobre ellos a puadas y puntapis, con tal maa y coraje, que no
+pudieron hacer resistencia. Cuando alguno se levantaba del suelo, un
+tremendo revs a mano vuelta le tumbaba de nuevo. No slo los tumbaba a
+ellos, sino tambin las mesas y los armarios, haciendo mayor destrozo
+que un terremoto. Cuando se cans de sacudirles la badana, sali muy
+tranquilo a la calle riendo. Acuda ya a las voces de socorro alguna
+gente; pero l les dijo:
+
+--Nada, seores, que se estn pegando ah arriba los redactores del
+_Joven_... A ver, guardia, suba usted y diga a esa gente que si
+continan dando escndalo me voy a ver precisado a mandarles a la
+crcel.
+
+Cuando se supo la verdad del caso, se ri mucho esta salida. Los del
+Camarote se pusieron frenticos. Pero Gonzalo, no tanto por su cualidad
+de alcalde, como por sus puos terribles, inspiraba tal respeto, que al
+fin se resignaron a quedarse con la justsima paliza que a tres de sus
+colegas les haban administrado.
+
+Pas el Carnaval sin gran animacin. Ya no se formaban en Sarri
+aquellas celebradas comparsas y cabalgatas, que llamaban la atencin de
+toda la provincia, y hacan de esta villa una Venecia en miniatura.
+
+En otro tiempo, todos los vecinos tomaban parte en aquella inmensa,
+desenfrenada alegra. Los ricos no slo proporcionaban sus coches y
+caballos, sino tambin abran suscripciones para encargar trajes
+lujossimos a Madrid. Estas comparsas iban arrojando anises, almendras y
+caramelos a los balcones, sin darse punto de reposo. Los bailes del
+Liceo, si no tan brillantes, eran tan animados y divertidos como los que
+se celebran en los palacios ms opulentos de la corte. Oh, el Carnaval
+de Sarri! Quin en la provincia septentrional, donde estos sucesos se
+efectan, dejar de tener recuerdos vivos y gratos de l!
+
+Pero con la lucha poltica entre gelfos y gibelinos, entre los del
+Saloncillo y los del Camarote, todo se haba hudo. Cada cual se
+encerraba en su casa. Slo se vea por la calle tal cual empedernido
+mscara haciendo las delicias de un enjambre de chiquillos que le
+seguan. Los esfuerzos titnicos de don Mateo no haban bastado tampoco
+a prestar animacin a los bailes del Liceo. En vano iba conferenciando
+con todas las nias casaderas de la poblacin, para arrancarles la
+promesa de asistir, lo cual, en verdad, no le costaba gran trabajo. Mas
+en cuanto el pap se enteraba, frunca el entrecejo y deca gravemente:
+
+--Ya veremos, don Mateo, ya veremos.
+
+Este veremos significaba, las ms de las veces, una prudente abstencin.
+Podan estar all Fulano o Mengano, con los cuales, el buen pap, no
+quera compartir ni la atmsfera.
+
+El ao anterior, don Mateo haba tratado de resucitar el antiguo baile
+de Piata, de imperecederos recuerdos para todo buen sarriense, que se
+celebraba en el primer domingo de cuaresma. El alcalde, que era a la
+sazn Maza, bajo el pretexto religioso, y tratando de halagar a los
+beatos de la villa, neg el permiso para efectuarlo. Este ao, el
+incansable viejo volvi a la carga con ms ardor. Gonzalo no tuvo
+inconveniente alguno en permitirlo. Luego se di tan buena maa para
+alborotar a la poblacin, anunciando extraordinarias sorpresas, que
+haban de salir de un famoso globo encargado a Burdeos, que consigui
+inspirar vivos deseos en todos de acudir aquella noche al Liceo. Por
+primera vez en Sarri, despus de unos cuantos aos, el saln de esta
+sociedad prometa estar muy concurrido. Los das que precedieron a aquel
+domingo, las muchachas y muchachos, o como se deca entonces, las pollas
+y pollos, lograron sofocar con sus plticas y preparativos el
+desagradable zumbido de la poltica. Fu como un momento de respiro de
+la aburrida villa. Venturita, en cuanto tuvo noticia de que se preparaba
+un baile de verdad, se apresur a encargar a la modista un lujossimo
+vestido, para disfrazarse de Isabel de Inglaterra y otro para Cecilia,
+de dama de Luis XV. Esta se haba resistido bastante a ir al baile. Fu
+tanto, no obstante, el empeo que Gonzalo puso en ello, sin duda para
+distraerla un poco de la melancola en que haba cado, que, al fin,
+cedi. Con ir a Sarri a probarse los trajes y dar instrucciones a la
+modista, se distrajeron algunas tardes.
+
+Lleg el esperado domingo. Gonzalo, que estuviera ocupado toda la
+maana, almorz en Sarri. Cerca ya del obscurecer se volvi a Tejada
+con el objeto de comer con la familia y traer a su mujer y cuada al
+baile. Cuando lleg, stas se estaban vistiendo ya en sus respectivas
+habitaciones. Ambas se presentaron en el comedor un poco despus de la
+hora acostumbrada, primorosamente ataviadas. Cecilia, como suele
+acontecer a todos los temperamentos serios cuando se animan sbitamente,
+estaba encendida y locuaz. Pareca haber sacudido las ideas negras que
+tanto obscurecan su rostro en los das anteriores. Gonzalo, antes de
+ponerse a la mesa, brome graciosamente, tanto con ella como con su
+mujer. Mientras dur la comida no dej de reirse a su costa con aquella
+ruidosa y cordial alegra que le caracterizaba.
+
+--Vuestra majestad no quiere un poco de chorizo?--deca dirigindose a
+su esposa. Y luego, regocijado por su frase, soltaba una larga y sonora
+carcajada, como las que deban lanzar los reyes brbaros en sus
+festines, sacudiendo su enorme trax con temerosas convulsiones. Su
+alegra de hombre sano y bien equilibrado era comunicativa. Nadie dejaba
+de reirse cuando a l se le ocurra hacerlo. Aquella noche Ventura
+estaba muy amable y daba palmetazos en las espaldas a su marido
+pidindole que callase, que no poda comer en paz. Despus que
+concluyeron, cuando estaban tomando el caf, sea por haberse redo
+demasiado o por cualquier otra causa, la joven esposa se sinti mal del
+estmago. La comida le haba hecho dao. Dijo que tena ganas de
+devolverla. Y en efecto, se fu a su cuarto y al poco rato volvi
+diciendo que haba arrojado y le dola la cabeza. Se le hizo te. Estuvo
+reposando sobre un divn algn tiempo; mas el dolor y la incomodidad no
+desaparecan.
+
+--Mirad; idos vosotros al baile. Yo me voy a meter en la cama--dijo
+levantando la cabeza.
+
+Cecilia, por cuya mente cruz sbito una sospecha, respondi:
+
+--No; yo me quedo tambin.
+
+--Qu tontera!--exclam la enferma.--Vais a privaros de la nica
+diversin que hay en Sarri hace tiempo, por una cosa tan ligera?
+
+--S--replic Cecilia con la misma gravedad.--Yo me quedo.
+
+--Pero, mujer, si sabes que esta incomodidad la padezco yo a menudo! Es
+un poco de bilis. En cuanto duerma cuatro o cinco horas estoy buena.
+
+--Pues yo me quedo.
+
+--Pues me obligars a m a ir enferma y todo--dijo con impaciencia,
+levantndose.
+
+--Tiene razn Ventura, Huesitos--dijo Gonzalo cogiendo a su cuada por
+los hombros y sacudindola cariosamente.--Esto no es nada; lo ha tenido
+cien veces. Por qu te has de privar t de ir al baile?... Ea, ea, a
+tomar el abrigo. Ramn ya ha enganchado. Son ms de las nueve y
+media--aadi empujndola hacia la puerta.
+
+Cecilia no pudo resistirse. Antes de salir dirigi una penetrante mirada
+a su hermana, que sta se apresur a evitar sentndose de nuevo.
+
+Abajo les esperaba ya, en efecto, Ramn, con el familiar enganchado.
+Llevaban el carruaje mayor que tenan. Don Rosendo y Pablito, que se
+haban quedado a comer en Sarri, volveran probablemente con ellos a la
+madrugada. Durante el trayecto, Gonzalo se mantuvo alegre y hablador,
+dando matraca a su cuada, la cual estaba taciturna en demasa. El joven
+crea que el recuerdo de la fatal escena que narramos la atormentaba, y
+haca vivos esfuerzos por distraerla.
+
+La sociedad del Liceo se hallaba establecida en la nica ala sana de un
+viejo convento derrudo. Primero haba sido escuela; mas cuando el
+ayuntamiento edific el nuevo local, haca ya algunos aos, la sociedad,
+que tena uno malsimo, se traslad a ste, previo un arreglo o
+restauracin que dirigi don Mateo y cost muy buenos cuartos. Los
+trabajos, sin embargo, se limitaron casi exclusivamente al saln de
+baile y la escalera. La secretara, el despacho del presidente, la sala
+de ensayos de la orquesta, eran amplias y desnudas cuadras, con el
+pavimento de madera podrido y roto, y las paredes blanqueadas.
+
+La escalera estaba bien iluminada y adornada con macetas de flores, que
+atestiguaban el celo y el gusto de don Mateo. Gonzalo y Cecilia la
+subieron de bracero. Al llegar arriba atravesaron una vasta antesala
+donde gran nmero de jvenes se apresuraron a abrirles paso y saludarles
+con la familiaridad que se usa en los pueblos pequeos. En el saln
+haba ya bastantes damas, todas disfrazadas, aunque la mayor parte de
+ellas, como Cecilia, sin mscara. Para los sarrienses era aquello una
+sorpresa. En los cinco ltimos aos, los bailes del Liceo parecan
+visitas de psame. Media docena de seoritas ms o menos jvenes, con
+los hombros y el pecho al aire, el rostro muy empolvado, departiendo en
+voz baja all en un ngulo del vasto saln, mientras a su lado las
+mams sacaban tiras de pellejo a alguna amiga ausente. Otros tantos
+pollos dando vueltas en la antesala, el aire triste, la mirada opaca,
+abrochndose mutuamente los guantes con las horquillas de sus hermanas.
+Generalmente eran los mismos. Cada pollo bailaba dos o tres polkas,
+rigodones o lanceros con las hermanas de sus amigos. A las doce o doce y
+media salan todos en pelotn, remangndose los pantalones y las faldas
+respectivamente, y guarecindose debajo de los paraguas, charlando en
+voz alta al travs de las calles solitarias y hmedas. Los vecinos, a
+quienes el sueo no tena presos, decan:--Ahora salen del Liceo. Esto
+era todo. Don Mateo, firme, indomable, conservaba tenazmente, con
+amoroso esmero, este exiguo rescoldo del fuego del placer.
+
+Gracias a su perseverancia, aquella noche se convirti en viva y animada
+hoguera. La juventud de la villa tuvo fuerzas para arrollar las ruines
+pasiones que agitaban los pechos de sus paps, y entr en aquel
+solitario saln como un torrente desbordado, hacindolo resonar con sus
+risas y plticas, con chillidos horrsonos:
+
+--Alvaro, me conoces? me conoces? Por qu no te casas? Mira que ya
+vas caminando para Villavieja.
+
+--Periquito, te gusto?... Que alce la careta?... Para qu lo
+necesitas? T no te enamoras de las caras y haces bien. Teniendo de
+aqu... y de aqu! Eh? Adis, adis, Periquito.
+
+--Hola, Delaunay... Hola, _monsieur_. Cmo va ese tranva areo? Qu
+cosas se te ocurren! Qu gran cabeza tienes! Lstima que seas tan
+desgraciado! Dicen que no eres hombre prctico. Sin embargo, supiste
+arreglar a la hija del Rato... Adis, adis...
+
+--Qu tal, Sinforoso? Cundo te dan la mano de Cipriana?... Bien te
+hacen penar, hombre. Por qu no los amenazas con pasarte otra vez al
+Saloncillo?
+
+Haba muchas seoras con domin negro, que eran las que daban estas
+bromas, demasiado vivas a veces. La mayor parte de ellas eran viejas. A
+las jvenes, les gustaba mostrar el palmito y la esbeltez de su talle,
+con algn traje histrico. Haba damas venecianas, romanas, del bajo
+imperio, hebreas, de la poca de Luis XV, del Directorio, de Felipe II,
+y hasta pasiegas de los tiempos ms recientes. Haba tambin, algunas
+gitanas, nigromnticas y cautivas. Veanse trajes caprichosos y
+romnticos, que no admitan clasificacin; uno de _noche estrellada_,
+otro de tulipn, otro de paloma viajera con una cartita al cuello. Los
+hombres en general no llevaban disfraz: vestan la larga y desairada
+levita, que slo sala a relucir en ocasiones como sta. Sin embargo,
+veanse algunos con domin, que les serva para acercarse y hablar a sus
+novias, sin peligro de ser interrumpidos por las mams. Un grupo de
+jvenes afiliados al Camarote, que venan de este modo, haban tenido la
+feliz ocurrencia de disfrazar a don Jaime Marn de maragato. Cuando le
+tuvieron vestido de esta suerte, le dijeron que mejor que careta,
+convena que se pintase; a lo cual l se prest. Tom un chico el pincel
+y la caja de pinturas, y fingiendo que le embadurnaba con mil colores,
+le pase el pincel largo rato por la cara, mojado en agua solamente.
+Pidi Marn un espejo para verse. Los maleantes jvenes tuvieron buen
+cuidado de no proporcionrselo. Todo se volva gritar:--Pero qu bien
+est usted, don Jaime! qu horrorosamente pintado! Ni la madre que le
+pari puede conocerle. Bajo la fe de esta palabra, el buen Marn se dej
+llevar al Liceo. Sus amiguitos le aconsejaron que no dejase de dar
+bromas a ciertas seoritas; a lo que l contestaba, que seran como
+sinapismos. Y en efecto, as que entr en el saln, comenz a dirigirse
+a las muchachas gritando con voz de falsete:
+
+--Hola, Rosarito, dnde has dejado a Anselmo? Ya sabemos que todas las
+noches a las diez le tiras una cartita por el balcn.
+
+--Pero, don Jaime!--exclamaba la nia mirndole con sorpresa.--Usted
+cmo viene as?
+
+--Diablo! Ya me ha conocido--deca el buen Marn alejndose.
+
+Dirigase inmediatamente a otra, y pasaba lo mismo.
+
+--Es particular--concluy por decirse.--Todas me conocen al instante...
+Ser por la voz, porque lo que es pintado, lo estoy de rdago!
+
+Cuando estaba hacindose esta reflexin, una mano huesuda le agarr por
+detrs.
+
+--Gran burro, bobalicn, zoquete, quin te ha metido aqu de este modo?
+
+Era su amada compaera, la ingeniosa y severa doa Brgida.
+
+--Anda, bestia, anda, que siempre has de servir de payaso en todas
+partes!
+
+Y a empujones lo fu sacando del saln. La buena seora, que vena
+disfrazada con domin y careta, luego que le dej en la antesala con
+orden expresa y terminante de irse inmediatamente a casa, se volvi a
+meter en el centro del baile, donde tena un asunto de importancia que
+resolver, como luego veremos.
+
+Rodeado por un grupo de mscaras estaba el simptico don Feliciano
+Gmez. Su gran pirmide de cabeza monda y reluciente, descollaba
+soberbia por encima. Eran mujeres las que formaban crculo en torno
+suyo, armando algaraba insufrible. Las bromas que le prodigaban tocaban
+a menudo en la injuria.
+
+--Feliciano, milagro que te han dejado venir al baile tus hermanas! A
+qu hora te han mandado retirarte? Dicen que doa Petra te castiga
+cuando llegas tarde, es verdad? Pobre Feliciano! Qu severas son tus
+hermanas! Ya que no te han permitido casarte, debieran darte un poco ms
+de libertad.
+
+El bravo comerciante, sin ofenderse, contestaba con sonrisa bondadosa a
+aquellas arpas. Al fin, cansadas de su paciencia, le dejaron en paz.
+
+El adorable Pablito, vestido correctamente de frac, con una flor blanca
+en el ojal, llevaba a cabo mientras tanto la conquista de cierta hermosa
+hebrea, hija de un comandante de artillera que acababa de llegar. La
+pobrecilla, al ver rendido a sus pies al joven ms rico y ms apuesto
+de la villa, dejaba escapar por todos los poros de su lindo rostro
+ruborizado, el gozo ntimo que le embargaba. Qu sonrisas, qu gestos
+tan expresivos! Las muchachas de la poblacin la miraban con expresin
+de burla. Aquellas miradas decan:--Goza, goza un poco, infeliz, que
+pronto vendr el desengao.
+
+Pablito, inclinado, sumiso, la verta al odo frases ardientes e
+ingeniosas como stas:
+
+--Ayer cuando vena de Tejada, la he visto a usted con su pap, tan
+guapetona como siempre.
+
+--Qu guasn! Tambin yo le vi. Vena usted en coche abierto. Gua
+usted muy bien.
+
+--Es favor, Carmencita. Guiar ahora esos caballos no tiene nada de
+particular, lo hace cualquiera. Si los viera usted cuando los compr!
+El cochero de don Agapito los haba echado a perder enteramente; sobre
+todo el Gallardo, el de la izquierda, sabe usted? un poco ms obscuro
+que el otro... Aqul era una cosa perdida. Si cae en otras manos, a
+estas horas no vale dos pesetas. Hoy es mejor que el otro todava...
+Cuestin de paciencia, sabe usted?--aadi con fingida modestia.
+
+La linda hebrea protest:
+
+--Vamos, no se haga usted el pequeo, que ya sabemos que lo hace usted
+muy bien.
+
+--Paciencia y un poco de costumbre--repiti Pablito bandose en agua de
+rosas.
+
+Despus le explic con toda latitud lo que en su concepto constitua un
+buen cochero. La mano suave y firme al mismo tiempo, el ojo vivo,
+castigar fuerte cuando hace falta, pero sin irritarse; luego un gran
+conocimiento de lo que son los caballos. Sin el estudio atento y
+reflexivo del temperamento de estos animales, imposible guiar
+regularmente. Carmencita le escuchaba embelesada.
+
+A Cecilia se le haba acercado, poco despus de entrar en el saln, Paco
+Flores, aquel ingeniero que pidi su mano por mediacin de Gonzalo.
+Desde que la joven le diera calabazas, l, que, como hemos visto, slo
+buscaba una mujer modesta, hacendosa y con algn dinero, se haba
+enamorado de ella y la persegua a sol y sombra. En Sarri, al ver la
+persistencia del ingeniero en festejar a la primognita de Belinchn, se
+crea que apeteca slo con ansia la dote. Era un error. Flores se haba
+llegado a enamorar de veras. Si Cecilia se quedase pobre repentinamente,
+lo mismo la hara su mujer. La conducta de sta, tambin era adecuada
+para encender su ilusin. A todos sus obsequios y galanteras responda
+siempre con amabilidad y gratitud. No haba peligro de que la joven se
+retirase del balcn cuando l pasaba, ni esquivase su conversacin
+cuando le encontraba en alguna casa conocida o le diese alguno de esos
+desaires que tanto hacen gozar a la mayora de las muchachas. Le trataba
+como un buen amigo, guardndole todas las atenciones que se deben a la
+persona que se estima. Pero en cuanto el ingeniero quera pasar
+adelante, peda un poco de amor, un rayo de esperanza, siquiera para el
+da de maana, encontraba la misma negativa, suave, firme y constante. Y
+lo peor era que Cecilia, al negar, no lo haca con placer, sino con
+repugnancia, como si le doliese causar disgusto a un amigo. Este
+sentimiento hera an ms el amor propio del pretendiente.
+
+Despus que bailaron un vals, sentronse fatigados en un ngulo del
+saln. Flores le haba cogido el abanico, y la abanicaba
+respetuosamente.
+
+--As quisiera pasarme la vida--dijo con acento sincero.
+
+--Oh! Se cansara pronto--respondi Cecilia sonriendo.
+
+--Quiere usted probarlo?
+
+La joven no contest.
+
+--No es usted, Cecilia, de las mujeres que hastan pronto. Posee usted
+en su corazn y en su inteligencia recursos para tener siempre a sus
+pies al hombre que la ame. Hace ms de dos aos que vivo enamorado de
+usted, y, en vez de cansarme, cada vez me siento ms ligado a usted,
+cada vez la adoro ms perdidamente... hasta el punto de ser la burla de
+la poblacin.
+
+--Eso no se puede decir de antemano--repuso ella, un poco conmovida por
+el fuego y la emocin que Flores haba comunicado a sus palabras.--No es
+lo mismo ver a una mujer cortos instantes, y hablarla de Pascuas a
+Ramos, que tenerla a su lado eternamente.
+
+--Qu ms quisiera yo, Cecilia! Tenerla junto a m siempre,
+siempre!--replic en voz baja y temblorosa el ingeniero, jugando con el
+abanico y mirando fijamente al suelo.--Consagrar mi vida a servirla, a
+adorarla de rodillas... Yo s que hara usted feliz a cualquier hombre,
+pero a nadie tanto como a m que conozco las grandes cualidades de su
+alma, que adivino adems en su corazn sentimientos que acaso sean
+enteramente desconocidos para otros... Es terrible! Eso de que usted no
+me haga concebir la ms remota esperanza de que algn da, por lejano
+que sea, mi cario llegue a ablandarla, y me acepte siquiera por
+esclavo...
+
+--Le acepto por amigo, por buen amigo--dijo la joven gravemente.
+
+--Amigo, oh!... Esa amistad, Cecilia, es una muralla de hielo que se
+interpone entre usted y yo... Comprendo que no tengo mrito alguno para
+merecer el amor de usted... que hay cien jvenes en la villa que
+pudieran con ms derecho solicitarlo... Pero lo extrao, lo que me anima
+y desanima a un mismo tiempo, es que usted no se ha fijado en ninguno
+hasta ahora... Su corazn permanece ocioso, indiferente... Digo, a no
+ser que tenga usted algn amor oculto.
+
+Cecilia se estremeci levemente y levant un poco los ojos hacia el
+sitio donde se escuchaba la voz de Gonzalo. Despus respondile con ms
+severidad que de ordinario:
+
+--Deje usted de estudiar tanto mi interior, Flores; primero, porque lo
+ms probable es que sea tan vulgar como el de la mayora de las mujeres,
+y segundo, porque, si hubiera algo de particular en l, no sera fcil
+que usted lo descubriera.
+
+--No se ofenda usted, Cecilia. Este estudio es una prueba nada ms de lo
+mucho que usted me interesa.
+
+--No me ofendo--replic la joven procurando sonreir.--Voy a saludar a
+Rosario. Quiere usted llevarme?
+
+En la antesala, separada slo por algunas columnas del saln, charlaban
+los padres graves, echando ojeadas satisfechas a ste, donde vean a sus
+hijas divertirse. Alguna vez, se destacaba un mscara del baile, y vena
+a embromarles. Era alguna vieja contempornea que les haca reir y toser
+hasta reventar con historias antiguas. Don Rosendo charlaba en un rincn
+con don Melchor de las Cuevas. Explicbale un vasto proyecto de puerto,
+grandioso como todos los suyos. Porque no es posible representarse bien
+lo que haba crecido la ciencia, ya grande, de Belinchn en los ltimos
+aos. Era una ciencia ms intuitiva que adquirida a fuerza de estudio,
+como acontece a todos los grandes hombres. Al principio, cuando iba a
+escribir en _El Faro_ sobre un tema que no conoca, mostrbase receloso,
+vacilante, tmido. Mas en cuanto aprendi bien los tpicos del
+periodismo, y tuvo a su disposicin una buena cantidad de frases hechas,
+y sobre todo, en cuanto recibi un diccionario enciclopdico en quince
+tomos, que le cost no menos de dos mil reales, aquello s que fu
+cortar y rajar! No hubo asunto o problema cientfico, social, econmico
+y poltico en que don Rosendo dejase de meter la cucharada con gran
+lucimiento. Se trataba de la peste que haca estragos en el ganado: don
+Rosendo buscaba en su diccionario las palabras _ganado, caballo, toro,
+carnero, forrajes, industria pecuaria_, etctera, y as que lea lo que
+deca sobre ellas, tomaba la pluma, y su genio periodstico se encargaba
+de trazar uno o varios artculos, rebosando de filosofa y erudicin.
+Vena, como ahora, la cuestin del puerto, y acuda al diccionario en
+busca de las palabras _puerto, drsena, mareas, dragas, vientos_, etc.
+Siete artculos llevaba escritos y publicados a la sazn, para demostrar
+la necesidad de construir una gran drsena frente a Sarri, en un punto
+denominado Fonil. Pareca un marino consumado, harto de surcar los
+mares, encanecido en el estudio de los problemas hidrulicos. Sin
+embargo, el seor de las Cuevas, aunque pasmado de aquel modo de barajar
+trminos martimos, alguno de los cuales ni l mismo conoca, torca el
+gesto a las explicaciones verbales que don Rosendo le daba. Concluy por
+decirle, ponindole la mano en el hombro:
+
+--Desengese usted, Belinchn: en la drsena de usted, con viento
+entablado del Noroeste, no entran ni las sardinas.
+
+El que ms gozaba en esta fiesta, quin lo dira? era un anciano, el
+buen don Mateo, a quien se deba exclusivamente. Para l, aquel baile
+significaba uno de los grandes triunfos de su vida. Ms trabajo le haba
+costado congregar all a los enconados vecinos de la villa, que tomar un
+reducto a los carlistas en la accin de Guardamino. No cesaba en toda la
+noche de andar, mejor dicho, de arrastrarse de un lado a otro,
+expidiendo rdenes a los criados, al conserje, a la orquesta.
+
+--Gervasio, ahora las bandejas de dulces... Coged uno de cada lado,
+mastuerzos!--Qu quiere usted, seor Anselmo? Piden los muchachos que
+en vez de vals sea rigodn? Pues toque usted rigodn.--A ver, pollos,
+que hay una porcin de seoras en el tocador que no tienen pareja para
+salir.--Marcelino! dnde se ha metido Marcelino? Baja al portal, que
+un pillo ha tirado una pedrada al farol, y lo ha roto.--Pero, don
+Manuel, si no son ms que las dos! Se quiere usted llevar ya a las
+nias, y aun no hemos roto la piata?
+
+Aquella noche estaba rejuvenecido el buen seor. Gozaba por todos los
+jvenes, como los msticos gozan en una comunin general. De vez en
+cuando sus ojos opacos se fijaban por encima de las gafas, en el globo
+de madera que colgaba en medio del saln, y lo acariciaba con una
+sonrisa de placer. Aquel primoroso artefacto, venido de Burdeos, estaba
+pintado con rayas azules y blancas. Por debajo de l penda una multitud
+de cintas de varios colores, todas las cuales, menos una, quedaran en
+las manos de las seoritas, al tirar por ellas. A la que diera con la
+cinta que abra la piata se le adjudicaba el globo, cargado, sin duda,
+de confites, y, segn se deca, de chucheras muy lindas.
+
+Gonzalo, en el medio del saln, mostrbase tambin alegre, departiendo
+cundo con una, cundo con otra dama. Haba bailado con su cuada un
+rigodn, y una polka y un vals con dos amigas de su esposa. Sudaba
+copiosamente. No cesaba de limpiarse la frente con el pauelo. Su gran
+figura de coloso, descollaba como una torre por encima de todas las
+cabezas.
+
+--Qu animado est el seor alcalde!--le deca una dama del bajo
+imperio.
+
+--Hay que aprovecharse de la ausencia de Ventura--responda el joven
+riendo.--Dnde est su marido, Magdalena?
+
+--Por ah anda.
+
+--Baile usted conmigo esta polka. Vamos a engaar a nuestros cnyuges
+respectivos.
+
+--No puedo. La tengo comprometida con Pea.
+
+Mientras as charlaba con todos los que se le acercaban, una mujer
+rebujada en domin negro, con mscara del mismo color, no le perda de
+vista un momento, situada ahora en un punto, ahora en otro; pero siempre
+a corta distancia de l. Por los agujeros de la careta se vean dos ojos
+lucientes y fieros. Era doa Brgida, la ingeniosa compaera del
+rebajado Marn, que acechaba el momento oportuno, como el bartono de
+_Un ballo in maschera_ para dar la pualada. La vctima all, era un
+prncipe; aqu, nada ms que alcalde. Las razones que la eminente seora
+tena para meditar tal crimen, no sern tan poderosas como las del
+bartono a los ojos de un hombre; mas de seguro lo parecen a cualquier
+mujer. _El Faro de Sarri_, en su afn de morder a todos los socios del
+Camarote, a sus parientes y amigos, la haba emprendido desde haca tres
+o cuatro meses, con la esposa de Marn. Salieron a relucir todos los
+secretos domsticos; la vida del matrimonio, la dependencia y
+degradacin de Marn fueron puestas en caricatura. Se contaban a este
+propsito, en letras de molde, todas las ancdotas ms o menos chistosas
+que corran por la villa, y algunas ms descubiertas o inventadas por
+los maleantes redactores. Y como si esto fuera poco, no haba nmero del
+citado peridico en que de un modo u otro no se hiciese mencin de la
+peluca de doa Brgida, que por tal circunstancia haba llegado a ser
+popular en Sarri. La irritacin, la rabia, el odio y el deseo de
+venganza que se haban despertado en esta seora, nadie se los puede
+figurar. Baste decir que, cuando vea a cualquier redactor de _El Faro_
+en la calle, empalideca horriblemente; costaba gran trabajo impedir que
+se le arrojase al cuello, como un gato rabioso. Hasta entonces no haba
+podido satisfacer aquella ansia de venganza que la devoraba. Por eso
+ahora, contemplando a Gonzalo, se relama de gozo, se estremeca de
+anhelo, como el tigre que divisa la presa. Aprovechando un instante en
+que nadie hablaba con l, se fu hacia l muy quedo y por detrs. Y
+ponindose repentinamente delante, escupi ms que dijo estas palabras:
+
+--Gonzalo, cmo eres tan borrico? Ests siendo la burla y la risa de
+todo el mundo. No hay una sola persona en el baile que no sepa que tu
+mujer est durmiendo a estas horas con el duque de Tornos.
+
+El joven qued como si le hubieran dado con un mazo en la frente. Se
+puso densamente plido. Trat de agarrar a la infame mscara para
+arrancarle la careta; mas no le fu posible. Doa Brgida se haba
+escabullido como una anguila por entre la gente. Como haba muchas
+seoras con el mismo disfraz, imposible saber quin era. Entonces se
+apresur a salir del saln. Las palabras aquellas le sonaban dentro de
+la cabeza como feroces martillazos. Temi caerse. En la antesala
+respondi con sonrisa estpida a las frases amicales que le dirigan. Su
+to don Melchor, vindole tan plido, vino hacia l:
+
+--Qu tienes, Gonzalillo: te sientes mal?
+
+--S... Voy a tomar una taza de te.
+
+--Te acompao.
+
+--No, no; vuelvo en seguida.
+
+Y corri, dejndole plantado cerca de la puerta.
+
+Baj las escaleras. Se encontr en la calle sin darse cuenta de lo que
+haca. El aire fro de la noche le refresc la cabeza y le hizo volver
+en su acuerdo. Sbitamente tom la resolucin de partir a Tejada. Busc
+con la vista el coche y no le vi. Sin duda Ramn estaba en casa an.
+Mir el reloj. No eran ms que las dos y media. Dirigise a paso largo
+hacia la casa de su suegro, en la Ra Nueva, mas cuando hubo dado unos
+pasos, advirti que iba sin sombrero y de frac. Volvise al Liceo. Al
+primer criado con quien tropez en la escalera, le pidi que le bajase
+el sombrero y el abrigo.
+
+Cuando lleg a casa, Ramn estaba enganchando ya.
+
+--Ramn, vas a llevarme ahora mismo a Tejada a todo escape.
+
+El cochero le mir con sorpresa.
+
+--Se ha puesto peor la seorita?
+
+--Me parece que s--respondi metindose en el coche.--Para antes de
+llegar... en la revuelta del molino, entiendes?
+
+--Teme asustar a la seorita, verdad?--pregunt el cochero con gran
+penetracin.
+
+No contest.
+
+Los caballos partieron a escape, haciendo bailar el coche speramente
+por encima del empedrado desigual de la villa. Gonzalo no advirti
+siquiera aquel movimiento que le sacuda rudamente las visceras, ni el
+trnsito a la carretera al dejar la poblacin. Toda su atencin estaba
+fija, concentrada en un punto. Sera verdad, o no? Desgraciadamente,
+sin saber l mismo por qu, la conviccin de que su esposa le estaba
+engaando, entraba en su alma y se enseoreaba de ella. Cuando haba
+venido a Tejada a pie, haca dos meses escasos, esta conviccin no
+quera entrar. Por mucho que haca para convencerse de que la delacin
+del peridico era verdad, su mente y su corazn se negaban a darle
+asenso. Ahora suceda todo lo contrario. Se haca infinitas reflexiones
+para persuadirse a que la acusacin de la encapuchada no era ms que vil
+expresin de la envidia y el despecho en algn enemigo oculto, y a pesar
+de ellas no poda menos de darla fe.
+
+Cuando el coche par, no se di cuenta del tiempo que haca que
+caminaba; lo mismo poda ser un da que un minuto. Sali de su sueo y
+brinc del carruaje al suelo.
+
+--Ahora vulvete por la familia--le dijo a Ramn,--y no digas que me has
+trado. No hay necesidad de asustarles.
+
+Se dirigi lentamente hacia la puerta del parque, que estaba a unos
+doscientos pasos, mientras el coche se alejaba en sentido contrario.
+Cuando lleg, la toc con mano trmula. Estaba abierta como la otra vez.
+Sinti un fro extrao en el corazn que le oblig a detenerse. Entr al
+fin con cautela, y quiso ver si estaba la llave por dentro para
+cerrarla; pero no la hall. La noche no estaba clara ni obscura; el
+cielo toldado. Llova un agua menudsima, muy frecuente en el pas, que
+impregna al cabo la ropa como la gorda, y aun mejor. No haca ruido
+alguno al caer sobre los rboles y plantas del parque; pero aqullos,
+empapados ya, al ser heridos por una rfaga de viento, dejaban escapar
+multitud de gotas, un verdadero chubasco, que sonaba sobre los caminos
+con suave y fugaz repiqueteo.
+
+Gonzalo se acord de que no traa arma alguna. Pero alz los hombros con
+desdn, con una confianza absoluta de que si llegara el caso no iba a
+hacerle falta. Mir a todos lados a ver si descubra el caballo del
+Duque y no lo vi. Lo que s percibi fu la sombra de un hombre
+deslizndose al travs de los rboles. Corri hacia ella, mas se
+desvaneci al instante. Figresele que era Pachn, el criado, y le
+acometi la sospecha de que l era el traidor que abra la puerta al
+Duque. Despus de la noche aquella en que hall a su cuada con ste,
+se haba dedicado a averiguar quin era el que dentro de casa le
+protega, sin lograr nada. En quien menos poda sospechar era en un
+criado tan antiguo como Pachn.
+
+Pens entonces en que poda ir a avisar a los traidores, y tom otra vez
+la direccin de la casa a la carrera para ganarle por la mano. Subi de
+nuevo por la parra al cuarto de su suegro. Esta vez, el balcn estaba
+llegado nada ms. De puntillas, pero velozmente, se dirigi al gabinete
+presa por un movimiento automtico, como si, habiendo encontrado all al
+Duque una vez, fuese de necesidad que estuviese siempre. Grande fu su
+estupor al encontrarlo desierto y obscuro. Qued un momento clavado al
+suelo. Pero movido sbito por una idea, corri al cuarto matrimonial,
+donde Ventura dorma. Halllo cerrado por dentro. Llam con la mano.
+
+--Ventura, Ventura.
+
+--Quin est ah?--grit de adentro su esposa con voz extraa,
+indefinible.
+
+--Soy yo... abre, abre pronto.
+
+--Estoy en la cama.
+
+--No importa, abre pronto.
+
+--Djame vestirme.
+
+--No; abre en seguida o rompo la puerta.
+
+--Voy, voy all.
+
+El joven aguard un instante. En vez de la puerta, crey percibir que se
+abra el balcn del cuarto.
+
+--Abre, Ventura!--grit con furor.
+
+Y no recibiendo contestacin, di un golpe a la puerta con su poderosa
+pierna de cclope, e hizo saltar el pestillo con estrpito. El cuarto
+estaba en tinieblas.
+
+--Ventura, Ventura!--grit.
+
+Nadie contest. Sac con mano trmula una cerilla, y pase una mirada de
+loco por la habitacin. Su esposa estaba en camisa acurrucada en un
+rincn, plida, desencajada. Gonzalo no detuvo los ojos en ella. Mir a
+todas partes en busca de algo, y, percibiendo el balcn entreabierto, se
+lanz hacia l. Abri. Vi correr entre los rboles una cosa blanca, el
+bulto de un hombre en mangas de camisa. No se descolg. Salt de un
+brinco al jardn, y corri hacia l como una saeta. Mas el hombre ya
+llegaba a la puerta de hierro, la abra, desapareca. Gonzalo le sigui
+poco despus, pero al echar una mirada en torno, le vi entre las
+sombras, montado a caballo, lanzndose a la carrera en direccin a
+Nieva. Comprendi en seguida que era intil perseguirle. Animado, no
+obstante, de una esperanza loca, volvi corriendo a las cuadras, sac su
+hermoso caballo de silla, y, ponindole un freno, salt sobre l en
+pelo, y se lanz igualmente a escape por la carretera de Nieva. No
+llevaba espuelas ni ltigo, mas el bravo animal obedeci a su voz, mejor
+dicho, a sus rugidos, y tom un escape violentsimo. Los ojos del
+caballo vean el camino. El no perciba delante de s ms que un gran
+agujero negro donde iba a sumirse. Los altos lamos que orlaban la
+carretera, pasaban raudos a su lado como negros fantasmas.
+
+--Up, up, up!
+
+El noble bruto volaba como si le clavase el acicate. As corri por
+espacio de media hora.
+
+--Es imposible--se dijo.--Su caballo es an mejor que el mo, y me
+llevaba una delantera de dos tiros de fusil lo menos.
+
+Mas cuando se iba haciendo esta reflexin, y vacilaba en tirar del freno
+al caballo, pas por delante de otro, que estaba a un lado de la
+carretera, ensillado y sin jinete. Par en firme al suyo con trabajo.
+Di la vuelta para ver lo que era aquello. Reconoci en seguido la jaca
+inglesa del Duque.
+
+--Oh--rugi,--ya eres mo!
+
+Porque se imagin en seguida que haba cado. Apese y reconoci el
+terreno, pero no di con el jinete. Encendi cerillas, y nada, no
+encontr rastro del Duque.--Puede ser que oyendo el galope de mi
+caballo, y temiendo que le alcanzase, se haya escondido por aqu
+cerca--se dijo. Salt a los prados, reconoci todo lo escrupulosamente
+que pudo a la luz de las cerillas los alrededores, mir detrs de los
+setos, escudri la maleza, sigui un buen trecho la orilla de un arroyo
+que haba a la izquierda. Pero se agot la caja de fsforos antes que
+pudiese topar con su enemigo. Di la vuelta desesperado, bramando de
+rabia.
+
+Si efectivamente el duque de Tornos andaba por all escondido, qu buen
+rato debi de haber pasado!
+
+
+
+
+XIX
+
+EN QUE DA FIN LA PRESENTE HISTORIA CON ALGUNOS NOTABLES, CUANTO TRISTES
+SUCESOS
+
+
+Ventura, as que vi desaparecer a su esposo por el balcn, se visti
+apresuradamente. Sali del cuarto en busca de algn criado. Justamente
+llegaba Pachn, con una luz en la mano, con la faz descompuesta.
+
+--El seorito va corriendo detrs del seor Duque por la huerta--dijo,
+con voz apenas perceptible.
+
+--Lo alcanzar?--pregunt la infiel esposa, muy plida, aunque repuesta
+ya bastante del susto.
+
+--No lo creo. El seor Duque tiene el caballo amarrado al lagar de
+Antn. Lleva delantera para poder montar, y entonces imposible seguirle.
+
+--Dnde me escondo yo? Si vuelve, me mata.
+
+--Lo mejor sera salir de casa, seorita... Venga conmigo.
+
+La joven le sigui al travs de los pasillos. Bajaron la escalera de
+servicio, y salieron por la puerta de la cocina. Pachn quera llevarla
+a casa del prroco, que la tena no muy lejos de la posesin. Cuando
+salieron al jardn, vieron venir corriendo a Gonzalo hacia la casa. Slo
+tuvieron el tiempo preciso para esconderse detrs de la washingtonia
+prxima al comedor. Desde all le vieron entrar en la cuadra, sacar el
+caballo y partir a escape. Ventura crey morir de miedo.
+
+--No, no, yo no quiero ir a casa del cura. Puede volver pronto, y el
+cura no puede defenderme de l... Es un pobre viejo... Quiero ir a
+Sarri.
+
+--Pero, seorita, a Sarri a estas horas y lloviendo?
+
+--No hay ningn carruaje?
+
+--Hay la berlina; pero faltan los caballos... Aguarde usted un poco, voy
+a ponerle las varas, y engancharemos la jaca del seorito Pablo... No
+respondo de que tire.
+
+--De prisa, de prisa!
+
+Todo lo ms que pudo, Pachn hizo lo que deca. Ventura se meti en el
+coche, y partieron. Aunque al principio la jaca se rebel un poco,
+puesta ya en la carretera, con la querencia de la cuadra de Sarri,
+donde estaba generalmente, anduvo bastante bien. La joven orden al
+criado que la llevara a casa de don Rudesindo, con cuya seora mantena
+bastante relacin. All se refugi, y estuvo hasta que su padre, dos o
+tres das despus del suceso, la llev a Madrid. De all a Ocaa, en uno
+de cuyos conventos la encerr, por acuerdo de l y Gonzalo. El gran
+patricio no tena gran apego, como sabemos, a las religiones positivas;
+pero mientras la sociedad no dispusiera de otros medios coercitivos
+para ciertas transgresiones de la moral, forzoso era acudir en demanda
+de ellos a las antiguas instituciones sociales, siquiera fuesen tan
+viciadas y deficientes como stas.
+
+Volvamos ahora a Gonzalo. Pas todo el da cerrado en Tejada, en un
+estado de agitacin prximo a la demencia. La nica persona que se
+atrevi a entrar en su cuarto fu don Rosendo. Aunque adornado con
+perfrasis y redundancias periodsticas que acreditaban su temperamento
+de escritor, supo hablarle un lenguaje digno y generoso. Se pona
+incondicionalmente de parte de l, y maldeca a su hija cuya conducta
+incalificable, barrenando _(ltimamente le haba cogido mucha aficin
+don Rosendo al verbo barrenar)_, al mismo tiempo, la moral, el derecho y
+las prcticas sociales, la pona fuera de toda proteccin legal y
+familiar. El fu quien propuso encerrarla provisionalmente en un
+convento. El pobre Gonzalo, abatido, convulso, no le contest una
+palabra. Escuchbale paseando por la habitacin en sentido diagonal, las
+manos en los bolsillos, la mirada hmeda y siniestra. Tan slo levant
+la cabeza para decir con firmeza:
+
+--Llvesela usted donde quiera... Pero que no vea a mis hijas! No
+quiero que sus labios las toquen.
+
+Al obscurecer entr un criado a avisarle que dos seores que haban
+llegado en una carretela, deseaban hablarle con urgencia. En seguida le
+cruz por el pensamiento lo que aquello significaba, y se apresur a
+contestar:
+
+--Que entren.
+
+Entraron dos caballeros de Nieva. El uno era el marqus de Soldevilla,
+hombre de media edad, enteramente rasurado, color erisipeloso y dientes
+amarillos, que hablaba muy alto para aparecer campechano: el otro, un
+coronel retirado, llamado Galarza, viejo, canoso, y hombre de pocas
+palabras y amigos. Venan de parte del Duque a arreglar un asunto grave,
+que haba acaecido la noche pasada, en el terreno del honor. El duque de
+Tornos no quera dejar al seor de las Cuevas sin la reparacin que le
+deba. Huir en aquella ocasin, no entraba en sus costumbres y carcter,
+ni era digno de su jerarqua social. Pero al mismo tiempo, en inters de
+Gonzalo y de l mismo, exiga que todo se llevase a cabo con el mayor
+secreto posible.
+
+Gonzalo dej hablar al Marqus, que fu prolijo hasta la impertinencia,
+sin pestaear, afectando una tranquilidad que no senta.
+
+--Est bien--dijo cuando termin.--Acepto, desde luego, el desafo.
+Estoy pronto a realizarlo como y cuando ustedes gusten... Un poco
+original es--aadi, al cabo, con risita nerviosa, que disfrazaba mal la
+clera que le dominaba.--Un poco original es que sea el seor Duque
+quien desafa, siendo yo el ofendido. Ese acto, a la verdad, ms que en
+la caballerosidad parece inspirado en el miedo.
+
+--Seor de Cuevas--interrumpi agriamente el ex coronel,--nosotros no
+podemos consentir que en nuestra presencia se permita usted esas
+apreciaciones.
+
+Gonzalo le mir con ojos distrados, como si no hubiese odo, y sigui
+diciendo:
+
+--En realidad, yo poda y hasta deba rechazar este desafo, porque no
+es costumbre que los hombres decentes se batan con los granujas, aunque
+stos lleven un ttulo del reino.
+
+--Seor de Cuevas--profiri Galarza montando en clera,--esto es
+insufrible. Yo no tolero que usted hable de ese modo.
+
+--El duque de Tornos es un ganuja, sabe usted?--respondi mirndole
+fija y provocativamente a los ojos.
+
+La verdad es que hubiera sido gran temeridad meterse con Gonzalo en
+aquel instante. Galarza se puso plido, y dijo levantndose:
+
+--Est usted en su casa. Yo me retiro.
+
+--Quiere usted que vaya a decrselo fuera?--exclam impetuosamente,
+levantndose tambin.
+
+--Seores--grit con voz cascada el Marqus,--un poco de sosiego.
+Galarza, no tiene usted derecho a irritarse. El gnero de ofensa que
+nuestro apadrinado ha hecho al seor (y siento tener que referirme a
+ella), le disculpa para extralimitarse en la apreciacin de su carcter.
+Creo que en el momento que acepta el duelo, hace bastante y atena por
+completo el sentido de sus palabras, hijas de la irritacin natural en
+que se encuentra...
+
+Gonzalo estuvo por dejar caer la mesa, que tena delante, sobre el necio
+conciliador. Permaneci inmvil y silencioso, no obstante, porque
+deseaba ya ardientemente verse frente a frente con el Duque. El ex
+coronel volvi a sentarse a ruegos de su compaero. Por temor a su
+temperamento irritable o por vengarse, no volvi a pronunciar palabra.
+
+Gonzalo manifest que nombrara a dos amigos para que se entendieran con
+ellos, los cuales iran al da siguiente por la maana a Nieva. Por lo
+tanto podan volverse desde luego a este pueblo, a no ser que le
+hiciesen el honor de ser sus huspedes aquella noche...
+
+Los amigos del Duque dieron las gracias: se dispusieron a marcharse.
+Cuando ya estaban en pie les dijo Gonzalo dirigindose, por supuesto,
+solamente al Marqus.
+
+--Deseo que tanto las conferencias que celebren ustedes con motivo de
+este lance, como el lance mismo, se realicen en Nieva... Porque--aadi
+con acento, mitad sarcstico, mitad enternecido,--por ms que a ustedes
+les parezca raro, todava hay en esta casa personas que me aman.
+
+Los padrinos prometieron complacerle, y se retiraron dando la vuelta a
+Nieva.
+
+Cecilia los vi partir y se puso a rondar el cuarto de su cuado sin
+atreverse a entrar. Este, al salir en busca de Pablito, se la tropez en
+el pasillo, que estaba medio a obscuras. La joven le cogi
+repentinamente la mano, se la apret con fuerza, y clavndole una mirada
+anhelante, le dijo:
+
+--No te batas, Gonzalo.
+
+El tuvo fuerzas para disimular, exclamando con desprecio:
+
+--Me haba de batir yo con ese canalla! Nunca!... Le matar donde le
+encuentre...
+
+Crey en sus palabras; pero volvi a decirle con voz conmovida:
+
+--Hazlo por tus inocentes hijas.
+
+--Por mis hijas... y por ti--respondi acaricindole afectuosamente el
+rostro con la mano. Y se apresur a alejarse, porque la emocin le
+ahogaba.
+
+Cuando hall a Pablo, le dijo reservadamente:
+
+--Contigo puedo hablar con franqueza. Eres un hombre y sabes bien que
+hay en la vida cosas inevitables. Acaban de irse los padrinos del Duque,
+y acabo de engaar a Cecilia prometindole no batirme. Como t
+comprendes, eso es imposible...
+
+--Por qu?... No: t no debes batirte... Yo soy, yo, el que ha de
+matar a ese miserable!--exclam fogosamente el hermoso mancebo.
+
+--Gracias, Pablo, gracias--respondi Gonzalo gravemente con voz
+temblorosa, apretndole la mano con efusin.--Eso no puede ser. Medita
+un poco sobre el asunto, y vers que te engaan tus buenos deseos y el
+cario que me tienes.
+
+Cost mucho trabajo convencerle, sin embargo. A todo trance haba de ser
+l quien desafiara al Duque primero, y pona en prensa su no muy repleto
+cerebro, para buscar argumentos que lo hiciesen natural y lgico. Slo
+despus de larga discusin y quedando en que, si Gonzalo sucumba o
+sala herido, l retara al Duque, se dej persuadir de malsima gana.
+
+Haba en aquella adhesin y cario que toda la familia le mostraba, en
+lo franca y resueltamente que se ponan de su parte y rechazaban con
+horror a la extraviada hija y hermana, algo que a Gonzalo le conmova y
+le sofocaba a un mismo tiempo. Este proceder tan digno, le obligaba a l
+a usar de generosidad, no mentando en la conversacin el nombre de la
+infiel, que en sus labios slo poda ir acompaado de un epteto
+injurioso. Pablito no se los escatimaba. Pero l comprenda muy bien que
+no deba seguirle.
+
+--Mira, maana a primera hora, te vas a Sarri y llevas unas cartas que
+yo te dar, a Alvaro y don Rudesindo. Que se pongan inmediatamente en
+camino para Nieva... procurando no asomarse a las ventanillas cuando
+pasen por aqu. Que arreglen el asunto lo ms pronto posible y enven el
+aviso del da y la hora a Sarri. T lo recibes all y me lo traes
+inmediatamente... Despus ya me arreglar para salir de aqu sin que tu
+padre y Cecilia lo adviertan.
+
+Cumpli su cometido Pablo, saliendo al amanecer para Sarri a caballo.
+Cumplieron el suyo tambin, Pea y don Budesindo, trasladndose a Nieva
+acto continuo. Gonzalo vi pasar el coche que los transportaba, desde el
+balcn de su cuarto.
+
+El escndalo en Sarri haba sido terrible como debe suponerse. No se
+hablaba de otra cosa. Los amigos de Belinchn andaban mustios. No
+faltaban entre ellos, sin embargo, quienes crean que le estaba bien
+empleado a don Rosendo, por haber criado con tal mimo a su hija menor, y
+haberla consentido tomar aquellas nfulas y aires de princesa. Los
+enemigos se baaban en agua de rosas, y procuraban aumentar con mil
+trazas el escndalo. Las pocas personas imparciales que haba en la
+villa, se limitaban a compadecer al pobre Gonzalo, y a censurar el
+proceder repugnante de la ingeniosa seora de Marn (pues ya se saba
+que era ella la que prendiera fuego a la mecha). Muchos curiosos pasaban
+por delante de la casa de don Rudesindo mirando con atencin a los
+balcones, preguntando a los criados que salan, husmeando, en fin, lo
+que dentro pasaba. Se deca que Ventura estaba muy tranquila, y poco
+arrepentida de su conducta, que haba comido como si tal cosa, y que
+haba charlado y redo toda la tarde, con la esposa del fabricante de
+sidra.
+
+A la atencin vida de los curiosos, tampoco pudo ocultarse la marcha de
+ste para Nieva en compaa de Pea. En seguida se sospech el objeto.
+Corri por la villa como una chispa, la noticia de que Gonzalo se estaba
+batiendo con el Duque, no se saba dnde.
+
+Don Melchor de las Cuevas viva solo con un criado y una criada. La
+noche del baile se haba retirado a su casa, pasando antes por la de
+Belinchn. All le dijeron que el seorito Gonzalo se haba ido a
+Tejada. El anciano sospech que no sintindose bien, se ira a meter en
+la cama. Al da siguiente, l mismo se sinti un poco indispuesto,
+porque no estaba acostumbrado a trasnochar, y se qued en casa. Mand,
+sin embargo, al criado a la de Belinchn, a preguntar qu saban de su
+sobrino. Enterse el criado inmediatamente de lo acaecido, pero no se
+atrevi a decrselo a su seor. Le trajo el recado de que Gonzalo se
+hallaba en Tejada bueno. Pas aquel da as. Pero al siguiente, martes,
+oy el criado la especie de que el seorito se estaba batiendo con el
+Duque, y entonces, por temor de incurrir en responsabilidad o porque
+creyese que su seor poda evitar una desgracia, le di cuenta de todo,
+aunque con algunas precauciones. Don Melchor, herido en lo ms hondo de
+su corazn, se levant convulso de la butaca y pidi que inmediatamente
+fuesen a buscar un coche que le trasladase a Tejada. En cuanto estuvo a
+la puerta, se meti en l, ordenando al cochero que fuese a todo escape
+a la quinta de Belinchn.
+
+Con quien primero tropez fu con ste, quien le recibi con alguna
+confusin y vergenza, como si el pobre tuviese alguna parte en la
+desgracia que pesaba sobre Gonzalo. Don Melchor estuvo un poco fro con
+l, no intencionalmente, sino por el anhelo que tena de ver a su
+sobrino. Don Rosendo le condujo hasta la puerta de su cuarto, y all le
+dej. El seor de las Cuevas llam con los nudillos.
+
+--Quin va?--preguntaron de adentro speramente.
+
+Levant el pestillo sin contestar, y entr. Gonzalo, que estaba en pie
+en medio de la estancia, se puso rojo como una brasa al ver a su to.
+Este le oprimi fuertemente contra su pecho. Las lgrimas corrieron
+abundantes por las mejillas del joven. Nadie le haba visto llorar en
+aquellas crticas circunstancias. Pero aquel anciano era el padre de su
+infancia, y a l poda mostrar sin vergenza las llagas ms recnditas
+de su corazn. Estuvieron largo rato as abrazados. Don Melchor se
+separ al cabo, y dijo empujndole hacia una butaca:
+
+--Sintate.
+
+Se dej caer en ella, y ocult los ojos con la mano.
+
+--El golpe es rudo--dijo el marino con voz ronca despus de silencio
+prolongado.--Una racha traidora que te ha metido la borda debajo del
+agua... Pero eres barco de mucha manga--aadi ponindole las manos
+sobre los hercleos hombros.--Tienes las cuadernas slidas... Ya
+achicaremos el agua.
+
+Gonzalo no contest.
+
+--Por qu no te has venido inmediatamente a casa?
+
+--Porque hubiera sido un desaire cruel para esta pobre familia, que est
+profundamente afligida. Se han portado conmigo tan cariosamente!
+
+--Si es as, has hecho bien... Pero debiste darme aviso... Eso no te lo
+perdono.
+
+--Para qu? Cuanto ms tarde recibiese usted el disgusto, mejor.
+
+--No; eso no! Yo soy tu padre, Gonzalo, y debo padecer contigo...
+Adems, mi presencia haca falta... Me han dicho que vas a batirte con
+ese... con ese pirata! Es verdad?
+
+--No... por ahora no hay nada--respondi el joven con alguna vacilacin.
+
+--No me engaes, Gonzalo! Ese desafo no puede realizarse. Vengo
+resuelto a impedirlo.
+
+--No hay nada, to. Sosiguese usted.
+
+--Es intil que me engaes. Yo no me separar de ti un momento. Aqu me
+quedo. Dormir a tu lado para que no te me escapes, y te dar guardia de
+_prima_, de _media_ y de _alba_.
+
+Gonzalo qued estupefacto. Comprendi que era necesario confesarlo todo,
+y abordar la cuestin de frente.
+
+--Y si fuese verdad, qu, to? Se atrevera usted a impedir que su
+sobrino fuese a cumplir con lo que el honor exige?
+
+--S, seor... Pues no me haba de atrever!... S, seor, que me
+atrevo--replic el viejo, ya enfurecido.--Quieres que yo consienta que
+expongas tu vida por un pillo, por un ladrn, que se ha introducido en
+tu casa para robarte villanamente la honra? A los ladrones se les mata
+de un tiro, o se les ahorca; no se mide las armas con ellos... T ests
+obcecado, Gonzalo... Prate un momento, hombre. Da fondo al escandallo,
+y vers que no hay agua para marear...
+
+--Qu quiere usted que haga entonces? Quiere usted que le deje marchar
+tranquilamente para Madrid? Quiere usted que le vaya a despedir, y a
+desearle feliz viaje, dndole las gracias adems por el favor que me ha
+hecho?
+
+--No, mala centella que lo parta, no!... Mtalo, si quieres, pero no
+expongas tu vida.
+
+--Eso es muy fcil de decir, to--replic Gonzalo con
+amargura.--Figrese usted que voy a Nieva, le busco y le pego un tiro o
+una pualada y le dejo muerto... Pues desde all voy a la crcel, y, por
+bien que me vaya, no me escapo sin unos aos de presidio... Aparte de
+que la mayora de los hombres, aunque disculpasen la accin, no la
+hallaran muy valerosa.
+
+Don Melchor se qued unos momentos confundido, sin saber qu replicar.
+Aquello no tena vuelta de hoja. Al cabo, levant la cabeza con bro,
+los ojos brillantes de alegra:
+
+--Ya encontr la solucin!
+
+--Cul?
+
+--T te ests quieto en casa. Yo me voy ahora mismo a Nieva, le desafo
+y le mato.
+
+--Oh, to, muchas gracias! Eso no puede ser--replic Gonzalo, sin poder
+reprimir una sonrisa.
+
+--De qu te res, ciruelo?--exclam el buen anciano, echando fuego por
+los ojos.--Te figuras, por ventura, que tu to es un trasto arrinconado
+que no puede empuar un sable o una pistola?... Oh, demonio! Oh,
+diablo!--aadi cada vez ms irritado, gesticulando como un loco por la
+habitacin.--Yo estoy lo mismo que si tuviera veinte aos... Yo subo de
+cuatro en cuatro las escaleras, y no me fatigo... Yo bebo cinco botellas
+de _pale-ale_, y no me tambaleo... Yo derribo un toro de un puetazo, y
+trinco al marinero ms forzudo y le echo al agua... A que no rompes t
+cinco nueces con los cinco dedos de la mano, y eso que te las echas de
+tan bruto?...
+
+--Si no me rea por eso, to... Ya s, ya s...
+
+--Vamos a ver; trae esa mano... A ver si s apretar o no s apretar...
+
+Gonzalo se la alarg, y el viejo marino se la apret con todas sus
+fuerzas, el semblante rojo y contrado. Aunque no le lastim gran cosa,
+fingi sentir un dolor agudsimo:
+
+--Uy, uy!
+
+--Eh, qu tal?--exclam su to con aire triunfal.--Puedo o no puedo
+todava librar al mundo de un pillo?
+
+--Ya lo creo que puede usted! Tiene usted ms fuerza que yo... Pero no
+se trata de eso. Lo que hay que ver es si debe usted hacerlo; si eso
+seria decoroso para m... No comprende usted, to, que el ridculo que
+ya por el hecho mismo de ser marido engaado, pesa sobre m, se
+aumentara de un modo inconcebible si fuese usted el que se batiese y no
+yo?... Este ridculo ya s que se borra con sangre; pero ha de ser
+sangre vertida por mi mano.
+
+Don Melchor no quiso convenir en ello: discuti, grit, se enfureci. Se
+conoca, no obstante, que deseaba aturdirse. Las razones de Gonzalo le
+trabajaban en el alma y se la llenaban de amargura. ltimamente, ya se
+bata en retirada. Peda tan slo que se aplazase el lance; que se fuese
+a viajar una temporada, y si a la vuelta persista en batirse, lo
+hiciese. Duraba an la disputa, cuando don Rosendo llam a la puerta
+para preguntarles si deseaban que se les sirviese el almuerzo all o
+queran venir al comedor. Gonzalo opt por esto ltimo, porque de ningn
+modo quera mostrarse fro con su suegro y cuada.
+
+El almuerzo fu triste. Por ms esfuerzos que todos, hasta el mismo
+Gonzalo, hacan por mostrarse despreocupados, cernase sobre la mesa una
+nube negra que obscureca los semblantes. Despus que tomaron el caf y
+descansaron un rato, Gonzalo dijo:.
+
+--To, usted ha salido de la cama para venir aqu. No debe usted
+sentirse bien... Quiere que se le arregle un cuarto? Creo que le
+convendra acostarse.
+
+Don Melchor comprendi que su sobrino deseaba quedarse solo.
+
+--No; me vuelvo a Sarri. Avisa que enganchen.
+
+Despidise de Belinchn y Cecilia en casa. Gonzalo lo fu acompaando a
+pie hasta la salida del parque. Ambos iban silenciosos y sombros. El
+anciano, adems, sumamente plido. Antes de meterse en el coche abraz
+estrechsima y largamente a su sobrino, y le dijo al odo con voz
+conmovida:
+
+--Dale un buen barreno en los fondos, hijo mo!
+
+Cuando se separaron, tena el rostro baado de lgrimas. Metise
+rpidamente en la carretela, y se ocult en un rincn sin decir adis.
+Gonzalo mir alejarse el coche, y permaneci largo rato inmvil,
+agarrando con la mano una reja de hierro de la puerta.
+
+Poco despus de anochecer, lleg Pablito de la villa. Despus de comer,
+aprovech un momento para decir a su cuado rpidamente:
+
+--Maana a las ocho en la quinta de Soldevilla... a pistola. A las seis
+pasarn por aqu Pea y don Rudesindo. Estte preparado.
+
+Gonzalo durmi aquella noche mejor que la anterior. La satisfaccin
+feroz que le daba la seguridad de encontrarse al da siguiente con el
+Duque, tranquilizaba sus nervios. A las cinco de la maana se despert
+gil y fresco sin acordarse de haber soado. Se visti y ali con el
+menor ruido posible, y sali de puntillas cundo aun estaba amaneciendo.
+
+--Va de caza, seorito?--le pregunt una criada con quien tropez.
+
+--No; voy a avisar al molinero para que deje en seco la acequia. Quiero
+pescar esta tarde.
+
+Sali a la carretera y sigui la direccin de Nieva esperando que el
+coche de sus padrinos le alcanzara, como as sucedi a la media hora
+poco ms o menos. Pea y don Rudesindo estaban fuertemente alterados.
+Cuando subi al carruaje le apretaron la mano con gran afecto y le
+enteraron de las condiciones del duelo; a veinticinco pasos avanzando y
+disparando cuando quisieran. Aquel negocio era bastante ms grave que
+todos los dems en que haban intervenido. Gonzalo los escuch
+tranquilamente. Slo indic que hubiera deseado que fuese a sable:
+tendra gusto en hallarse ms cerca de su adversario. No pareca sufrir.
+Y es que, comparada con el tormento de los dos das anteriores, cuando
+la imagen de su esposa en camisa, acurrucada en un rincn, no se
+apartaba un instante de sus ojos, la emocin de ir a verse frente a su
+enemigo, era una felicidad relativa. Por otra parte, Gonzalo, como todos
+los temperamentos excesivamente vigorosos, haba nacido para los
+peligros; gozaba con ellos como si tuviera la seguridad de que la vida
+que corra exuberante por sus venas no poda secarse.
+
+No llegaron a la quinta de Soldevilla hasta las ocho y media. El Duque y
+sus padrinos los esperaban haca rato. El primero no se present. Estaba
+dentro de la casa. El Marqus y Galarza llevaron a Pea y don Rudesindo
+adentro tambin, mientras Gonzalo daba una vuelta por la huerta. La
+posesin de Soldevilla se compona de un casern medio arruinado con
+pocos y antiqusimos muebles cubiertos de polvo, una huerta bastante
+grande, ms cuidada que la casa, y detrs de la huerta una vasta
+pomarada ya vieja. Esta posesin estaba rodeada de prados y tierras que
+tambin pertenecan al Marqus.
+
+Los padrinos, dentro de casa, echaron a suerte sobre cules pistolas
+haban de usarse, las que haba trado Pea, o las del Duque. Fueron
+stas las elegidas. Despus redactaron el acta de condiciones. Por
+cierto que hubieron de escribirla con una pluma perversa del mayordomo,
+porque el Marqus escriba una carta cada ao. Cargaron las pistolas y
+se salieron a buscar sitio.
+
+--Manuel--dijo el Marqus viendo a un criado que estaba plantando
+cebolln en uno de los cuadros de la huerta.--Retrate.
+
+El criado le mir sorprendido.
+
+--Que te retires, hombre--repiti con ms severidad.--Vete a otra parte.
+
+El criado se sali de la huerta, lanzndole miradas de asombro y
+curiosidad.
+
+Eligise el sitio en uno de los caminos ms anchos del medio. Soldevilla
+fu a buscar al Duque.
+
+El da haba amanecido despejado. Pero despus de salir el sol, negros y
+espesos nubarrones que surgieron del horizonte de tierra, se haban
+acumulado sobre aquel paraje de la costa, amenazando descargar muy
+pronto su pesado fardo de agua. La luz se haba mermado
+extraordinariamente. Pareca que estaba amaneciendo entonces.
+
+El Duque se present con levita negra y sombrero de copa, un tanto ms
+plido que de ordinario, pero afectando una calma desdeosa, sin faltar
+a la cortesa. Traa en la boca un cigarro puro, y se envolva en
+ligeras nubes de humo, mientras caminaba a la par de Soldevilla. Cuando
+lleg al sitio designado, dirigi un fro saludo ceremonioso al grupo de
+Gonzalo y sus padrinos, y no volvi a mirarles. Despus de conferenciar
+unos instantes, Pea coloc en su sitio a Gonzalo y le entreg una
+pistola cargada. Soldevilla hizo lo mismo con el Duque. Ambos se haban
+quitado el sombrero. El prcer conservaba el cigarro puro en la mano
+izquierda, al cual segua dando con impasibilidad un poco teatral,
+largos chupetones. Empezaban a caer del cielo gruesas gotas, anunciando
+un fuerte chaparrn. Pea grit al fin:
+
+--Seores, preparados... Una, dos, tres...
+
+El Duque inclin la pistola y apunt. Gonzalo, apuntando tambin, avanz
+plido, con los ojos inyectados. Su enemigo, le esper serenamente hasta
+una distancia de quince pasos. Y ya con la seguridad de volcarle, porque
+era un tirador consumado, dispar. La bala roz la mejilla del joven,
+levantndole la piel y hacindole sangre. Detvose un instante, y sigui
+avanzando. Los padrinos empalidecieron terriblemente. El Duque dej caer
+la pistola y se cruz de brazos, esperando la muerte, con una bravura
+llena de afectacin y soberbia. Gonzalo avanz precipitadamente, hasta
+ponerse a dos pasos de su adversario. En aquel momento una ola de sangre
+le ceg. Su temperamento de atleta venci repentinamente a las
+sugestiones de la razn. Brillaron sus ojos con los reflejos siniestros
+de una bestia salvaje, temblaron sus labios, contrajese espantosamente
+su rostro, y arrojando lejos de s la pistola, salt como un tigre sobre
+el traidor. El Duque no resisti el choque de aquel coloso y cay
+rodando. Gonzalo se puso a brumarle las costillas con los pies, lanzando
+rugidos. Los padrinos acudieron corriendo a sujetarle. Al bilioso
+Galarza se le ocurri, para realizarlo, darle un bastonazo en la cabeza.
+Gonzalo no hizo seal de sentirlo. Pea, indignado, alza su bastn y
+zas! le arrima otro garrotazo a Galarza. El marqus de Soldevilla,
+zas! le da otro a Pea. Y arrebatados de furor unos y otros, comenzaron
+una lucha tan brava como indigna a bastonazos, mientras Gonzalo,
+satisfaciendo ferozmente su clera acumulada, pateaba con saa el
+cuerpo, inerte ya, del Duque.
+
+El cielo dejaba caer en aquel instante una cantidad fabulosa de agua.
+Tan grande lleg a ser, que el marqus de Soldevilla, abandonando el
+campo, emprendi la carrera hacia su casa para guarecerse. Siguile
+inmediatamente don Rudesindo, luego Pea y Galarza. La batalla se
+deshizo como por ensalmo. Mas antes de atecharse, a todos se les ocurri
+volver la cabeza para ver qu haba sido de sus apadrinados. Y por un
+simultneo impulso de compasin, volvironse presurosos y sujetaron a
+Gonzalo, cuya rabia cruel aun no se haba apagado. El contacto de las
+manos de aquellos seores le volvi a la razn. Les ech una larga
+mirada siniestra y extraviada, y sin decir palabra, recogi el sombrero
+y se dirigi a la puerta de la quinta, mientras los padrinos conducan
+al Duque moribundo a casa. El mdico que Soldevilla haba trado,
+encerrado durante el lance en una sala por no presenciarlo, reconoci
+minuciosamente las fracturas y contusiones del herido. Declar, desde
+luego, su estado muy grave.
+
+Pea y don Rudesindo, encontraron a Gonzalo dentro del coche llorando
+desesperado.
+
+--Soy un bruto!--les dijo.--Un brbaro! Qu pensarn ustedes de m!
+He cometido una accin bochornosa. Perdnenme ustedes.
+
+Hicieron lo posible por calmarlo. En el fondo, ni a uno ni a otro les
+pareca tan mal aquello. Despus de todo, la accin del Duque haba sido
+tan villana, que bien estaba que se castigase villanamente. Pea,
+durante el camino, lleg a decir cuchufletas acerca de la soberana
+paliza que el magnate acababa de recibir.
+
+--Chico, no cabe duda que los grandes de la naturaleza pueden ms que
+los grandes de Espaa--deca con su voz campanuda que no dejaba perderse
+una sola letra. Gonzalo, pronto, como un gran nio que era, a pasar del
+llanto a la risa, sonri primero y dej escapar al fin sonoras y
+formidables carcajadas con los chistes de su amigo.
+
+Pero la vista de la casa de su suegro le sumi nuevamente en la
+tristeza. Haba satisfecho su justa venganza. Pero quedaba una herida
+honda, cuyo agudo dolor aun no haba podido sentir bien, porque la
+exaltacin colrica en que haba vivido aquellos dos das, lo sofocaba.
+Oh! aquellas grotescas torrecillas y almenares, testigos de su luna de
+miel, le produjeron horrible impresin de melancola. Pareca que una
+mano cruel le estrujaba el corazn dentro del pecho. Sus amigos,
+comprendiendo que deseaba quedarse solo, siguieron a Sarri. Pablito le
+esperaba a la puerta de la quinta, y le abraz con efusin y entusiasmo.
+
+--Le has matado?--preguntle por lo, bajo.
+
+--No s... Creo que s--respondi el joven ms bajo an.--Y tu padre?
+
+--Mi padre... Estaba aqu hace un instante... En cuanto te vi bajar
+sano del coche, ha montado en la berlina que estaba enganchada ah
+abajo, y se ha ido a Sarri.
+
+Gonzalo adivin lo que iba a hacer y se puso ms sombro. Los dos
+cuados se dirigieron silenciosos a la casa, y fueron derechos al cuarto
+de Gonzalo. Al cabo de unos momentos, ste, que se haba dejado caer en
+un sof y permaneca inmvil, con la cabeza abatida sobre el pecho, dijo
+a su cuado:
+
+--Perdname, Pablo... Deseo quedarme solo... No estoy en este momento
+para hablar.
+
+Pablito se apresur a retirarse.
+
+Pas un largo rato. La puerta se abri de nuevo sin que el joven lo
+sintiese. Una sombra se desliz hasta l y puso sobre la silla ms
+cercana una bandeja con una taza y algunos platos.
+
+--Oh! Eres t, Cecilia?
+
+--Quieras o no, vas a tomar algo... Ya son las dos de la tarde, y estoy
+segura de que no te has desayunado--dijo la joven, arrimando una mesilla
+y poniendo sobre ella el caldo humeante.
+
+--Qu buena eres, Cecilia!--exclam l apoderndose de una de sus
+manos. Aquella exclamacin era un grito de afecto, de entusiasmo, y a la
+vez de un vago remordimiento que jams haba podido desechar de
+s.--Qu buena eres! qu buena eres!--repiti con lgrimas en los
+ojos.--Lo que has hecho aquella noche... Oh! eso no lo hace nadie...
+Nadie!... Una santa que bajase del cielo no lo hara... Ninguno de los
+que vivimos a tu lado merecemos besar el polvo que pisas...
+
+Y el joven, conmovido con sus propias palabras, sollozando perdidamente,
+cubri de besos y lgrimas la mano que tena cogida.
+
+Cecilia se puso fuertemente encarnada primero; despus plida, y dijo en
+tono que result un poco seco:
+
+--Deja, deja.
+
+Retirando al mismo tiempo la mano con presteza. Al ver que su cuado
+quedaba acortado, se apresur a decir:
+
+--Mira, cuanto menos hablemos de esas cosas, y, si posible fuera, cuanto
+menos penssemos, sera mejor... Ahora lo que importa es que tomes este
+caldo. Despus te traer unas croquetas y un lenguado... quieres?
+
+--No tengo apetito, Cecilia--respondi haciendo esfuerzos por reprimir
+su emocin.
+
+--Todo es empezar... Vers...
+
+--No, no; de veras, no puedo pasar nada en este momento.
+
+--Y si te lo mando yo?--dijo la joven. Despus que lo dijo se puso
+colorada.
+
+--Entonces, desde luego lo tomo... A ti no puedo negarte nada--replic
+l acercando el plato.
+
+Aquella tan galante rplica, produjo una penosa impresin de fro en
+Cecilia. Para no dejarla ver, sali precipitadamente de la estancia.
+
+Tres o cuatro das estuvo el duque de Tornos entre la vida y la muerte.
+Al cabo cedi la calentura, y desapareci la gravedad. Sin embargo, la
+curacin deba ser largusima. Haba dos costillas fracturadas, la
+mandbula inferior tambin, y sobre esto, terribles magullamientos en
+otros varios parajes del cuerpo. Al cabo de un mes pudo trasladarse a
+Madrid.
+
+Gonzalo no dej la casa de su suegro, quien al cabo de cinco o seis das
+del desafo, tom de llevar a Ventura al convento de Ocaa. Pero su vida
+fu triste, sombra por dems. Negbase, a pesar de las instancias de
+Pablo, a salir de caza o paseo. En vano ste y don Rosendo y los amigos
+que solan venir a Tejada, inventaban mil pretextos para hacerle salir
+de excursin. Aunque no se negaba de frente a acompaares tambin l
+acudi a los engaos para quedarse siempre en casa, donde descaeca a
+ojos vistas. Su to don Melchor vena a menudo a verle, y le aconsejaba
+que se fuese a viajar durante una temporada. No se negaba a ello; pero
+lo aplazaba siempre, pretextando no encontrarse bien de salud. Don
+Rosendo, asesorndose del seor de las Cuevas y de otros varios amigos,
+decidi trasladarse a Sarri, por ver si con la sociedad de sus amigos
+el joven se animaba un poco. Salieron fallidos todos los clculos.
+Gonzalo se dej llevar a la villa sin hacer observaciones. Pero puso an
+ms empeo en aislarse, en vivir retirado del trato social. Sala tan
+slo al amanecer, y daba algunos paseos por la punta del Pen,
+contemplando el mar con ojos extticos, que alguna vez tomaban una
+expresin de angustia que apenara seguramente a quien los mirase. En
+cuanto el muelle comenzaba a animarse, y la villa despertaba de su
+sueo, retirbase a toda prisa a casa.
+
+Por qu no dejaba a Sarri, teatro de su desdicha, y se iba a pasar al
+menos una temporada en Madrid, en Pars o en Londres? Esta era la
+pregunta que se hacan todos los vecinos de la villa. Nadie acertaba a
+contestarla satisfactoriamente. Ni era fcil que eso sucediera. Son muy
+pocos los que saben explicarse el origen secreto, la ltima raz de las
+acciones humanas. Unos porque no se paran en psicologas, que juzgan
+intiles, otros dotados de entendimiento sutil y perspicaz, porque lo
+aprovechan para escudriar solamente el mvil interesado, casi nadie
+destapa esa mgica caja de sentimientos, y deseos, y esperanzas, y
+contradicciones, que se llama corazn humano. Qu vergenza sentira
+Gonzalo si le dijesen que no se iba de Sarri por no alejarse de la
+atmsfera que envolva a su esposa, a quien cubra de dicterios en
+secreto, y afectaba despreciar ante el mundo! Y, sin embargo, nada ms
+cierto. Quedndose en aquella casa, le pareca que aun no se haban roto
+del todo los lazos que le ligaban a ella. Los seres que le rodeaban eran
+su carne y su sangre: la amaban todava, aunque culpable: no se poda
+injuriarla en su presencia. Ventura haba dejado en las habitaciones, en
+los muebles, una parte de su ser. En el tocador yacan los frascos de
+pomada y esencias que ella usaba, a medio consumir; en las perchas
+colgaban algunos de sus abrigos y sombreros. Su imagen graciosa, su
+blonda cabeza deslumbradora, pareca que iba a parecer detrs de las
+cortinas. El ambiente estaba embalsamado an con su perfume habitual.
+Aquel marido, tan vilmente ultrajado, sin querer darse cuenta de ello,
+respiraba con delicia el aliento de su esposa, y viva de la sombra de
+su vida. Todava ms; viva de la esperanza de perdonarla.
+
+Esto no lo saba nadie... ni l mismo quiz de un modo cabal... Nadie
+ms que Cecilia, cuyos ojos de zahor enamorada, lean claramente los
+pensamientos ms vagos que cruzaban por la mente de su cuado. Este
+manifestaba por ella una predileccin tan afectuosa, tal entusiasmo y
+veneracin, que era muy fcil confundir con el amor. Todas las
+compaas, hasta la de su to, le molestaban menos la de ella. Aunque
+estuviese entregado a una meditacin dolorosa, y las lgrimas corriesen
+por sus mejillas escaldndolas, la aparicin de Cecilia en su cuarto,
+obraba como un calmante, suavizando su dolor. Ceda a sus consejos con
+respeto, y se dejaba guiar y mimar por ella como un nio enfermo. Cuando
+tardaba en ir por su cuarto, se impacientaba y le daba quejas cariosas
+lo mismo que un amante rendido y llagado de amor. Cuando entraba, sus
+ojos no la abandonaban ni un instante, cual si estuviesen bajo la
+influencia de un encanto o fascinacin. Aquellos ojos expresaban cario
+profundo, gratitud, admiracin, respeto, entusiasmo, lo expresaban
+todo... menos amor. Cecilia bien lo lea. No poda mirarlos sin sentir
+el mismo doloroso pinchazo en el corazn, la misma gota amarga de hiel
+en los labios. Su espritu, sereno siempre, turbbase por un instante, y
+apareca fra unas veces, otras irritable y enigmtica, con gran
+sorpresa y dolor de Gonzalo que se esforzaba en alegrarla. Pronto lo
+consegua. El pensamiento aquel, caa en su cerebro como la piedra en un
+lago, revolviendo las aguas. Pocos momentos despus, la calma volva a
+su espritu. Quedaba puro y tranquilo como el lago.
+
+Un da, al entrar repentinamente en la habitacin de su cuado, le
+encontr examinando un revlver.
+
+Al verla trat de ocultarlo en el cajn de la mesa que tena abierto y
+se puso colorado.
+
+--Qu hacas?
+
+--Nada, al buscar en este cajn unos papeles, me hall con un revlver
+que ya no me acordaba que tena, y lo estaba mirando.
+
+Cecilia no crey palabra. Experiment desde entonces cierta inquietud
+que la obligaba a vigilarlo ms que antes.
+
+Transcurrieron dos meses. El desdichado joven, aunque persista en la
+misma vida apartada y sombra, mostraba algunas vagas seales de
+reverdecimiento. Una que otra vez sala a caballo. Haba hablado a su
+suegro de hacer un viaje por Italia, pas que aun no conoca. La fuerza
+que haca subir la savia de nuevo a su ser marchito, era un pensamiento
+dulce, tan dulce como vergonzoso, que ocultaba con cuidado a todo el
+mundo. Sin embargo, una tarde en que departa cariosamente con su
+cuada, despus de muchos rodeos, y ponindose colorado hasta las
+orejas, le pregunt por Ventura. Qu noticias tena de ella? Cecilia le
+respondi framente con las menos palabras posibles. Pobre Gonzalo! Si
+supiese que aquella mujer traidora por quien preguntaba, lejos de estar
+arrepentida, se revolva con furia contra su familia, cubrindolos a
+todos de dicterios, amenazndoles con entregarse al primer hombre en
+cuanto saliese de la prisin, escandalizando con su soberbia y lenguaje
+procaz a la superiora del convento!
+
+Desde aquel da, perdida ya la cortedad, preguntaba a menudo por ella;
+gustaba de mentarla en la conversacin, sin que le hiciese desistir de
+ello el tono seco con que Cecilia le responda, y la prisa con que
+cambiaba de tema.
+
+Lo que don Rosendo tema, por las cartas que de Ocaa le enviaban, lleg
+al fin. Un da, la superiora del convento le comunic que Ventura se
+haba hudo de aquel asilo, en compaa, segn todos los informes, del
+duque de Tornos. El gran humanitario, como le llam el _Faro_ en
+cierta ocasin, recibi la nueva con valor estoico. Efectivamente, qu
+significaba aquella pena puramente individual que le afliga, en
+comparacin con el dolor universal, con la marcha lenta y segura de la
+humanidad hacia sus destinos? Por aquellos das acababa de leer un
+clebre folleto de autor francs, titulado _El mundo marcha_. Tena los
+sesos revueltos y deslumbrados con sus grandes sntesis histricas, lo
+cual le ayud no poco a soportar aquel golpe. Procur, sin embargo, que
+su yerno no se enterase de la noticia. No tena la misma confianza en la
+elevacin de su espritu y en la amplitud de sus miras. Algunos das
+estuvo oculta. Al cabo corri por la poblacin sin saber quin la
+trajera. Gonzalo, que todas las maanas a primera hora iba por el
+Saloncillo, la ley en una gacetilla tan infame como hipcrita del
+_Joven Sarriense_. Circula por la poblacin la especie--deca--de que
+una seora, protagonista de cierto drama amoroso no ha mucho tiempo
+acaecido, se ha fugado en compaa de su amante del asilo donde su
+familia la haba recludo. Sentiramos que este rumor se confirmase por
+afectar directamente a personas muy conocidas y estimadas en la sociedad
+sarriense.
+
+Gonzalo sinti que algo que aun estaba por desgarrar se le desgarraba
+dentro del pecho. Dej caer el papel. Sonriendo nerviosamente y con voz
+aguda y extraa, se dirigi a don Feliciano Gmez, que era la nica
+persona que all haba:
+
+--Ya sabr usted que la z... de mi mujer se ha escapado con su chulo,
+eh?
+
+Don Feliciano le mir sorprendido. Aunque era hombre que entenda poco
+de sonrisas, al verle sonreir de aquel modo se sinti sobrecogido, y le
+contest con tristeza:
+
+--S, Gonzalito, s. Ya saba que todava no habas pasado lo ltimo...
+A la verdad, despus de lo sucedido, este golpe final no debe cogerte de
+sorpresa... Boto el freno, debas suponer dnde haba de parar.
+
+--Y a m, qu?--exclam el infeliz joven con la misma sonrisa,
+mostrando en todo su cuerpo una inquietud exagerada.--Que se escapa...
+bueno!... Vaya bendita de Dios... Nada tengo ya que ver con ella...
+Ah! si la ley me permitiera casarme!... No se pasara un mes sin
+hacerlo... Y por qu no, vamos a ver, y por qu no he de poder
+hacerlo?... En fin, si no me caso a perpetuidad, me casar
+temporalmente... Tomar por ah una buena moza, eh, don Feliciano? y
+anda con Dios!... Ser al fin y al cabo una p... de profesin, mientras
+mi mujer lo es de aficin...
+
+Mientras pronunciaba estas feas palabras, daba vueltas por la estancia,
+se quitaba el sombrero, se encoga de hombros y haca otros gestos
+extravagantes. Por ltimo solt una carcajada.
+
+--Mira, Gonzalillo--le dijo don Feliciano.--Acabas de pasar una
+pelona... pero ya vendrn tiempos mejores. Tras de lo malo siempre viene
+lo bueno. Las cosas del mundo hay que tomarlas con cachaza, mi queridn.
+Con disgustarse y criarse hiel en el estmago, qu se consigue?... Aqu
+me tienes a m. El mes pasado perd un barco... Todo el mundo vena a
+consolarme creyendo que estaba desesperado. Yo les contestaba: Es verdad
+que perd el _Juanito_; pero, y si hubiera perdido la _Carmen_, no
+sera mucho peor? Pues lo mismo pude perder uno que otro, porque los dos
+estaban en la mar. T has sufrido un disgusto: bueno... pero tienes
+salud. No sera peor que adems te pusieras enfermo? Hay que pensarlo
+todo, mi queridn. La salud es lo primero... T come bien, echa buenos
+tragos, y anda adelante! que lo dems ya se olvidar...
+
+Gonzalo sali del Saloncillo sin despedirse, dejando al bueno de don
+Feliciano con la palabra en la boca.
+
+En casa se di por enterado con don Rosendo de la fuga de Ventura.
+Contra lo que todos presuman, no le caus una impresin muy honda. Al
+contrario; desde aquel da sealse en l una tendencia a animarse, y a
+participar del comercio social, que no dej de sorprender en la
+poblacin. Comenz a visitar las casas de los amigos, a presentarse en
+el caf, a pasear por las calles, a charlar, a discutir. No volvi a
+hablar de marcharse. Hasta, con gran pasmo de la villa, en uno de los
+bailes que se dieron en el Liceo, bail toda la noche como un pollastre
+que por primera vez pisase el saln.
+
+No obstante, Cecilia estaba muy inquieta. Aquella animacin de su cuado
+era tan extempornea, que ms pareca un ataque de nervios. Sobre todo,
+la extraa sonrisa, parecida a una mueca, que no se le caa de los
+labios desde que leyera la gacetilla del _Joven Sarriense_, la haca
+estremecerse en algunos momentos.
+
+Y lleg lo que era natural. Tras de aquella insana excitacin, vino, al
+cabo de algunos das, un profundo y sombro abatimiento. Estuvo tres sin
+salir de su cuarto, sin probar apenas manjar alguno de los que Cecilia
+le llevaba, y, lo que es an peor, sin lograr conciliar el sueo. Con
+los ojos abiertos y extticos, se pasaba horas y horas tendido en su
+lecho, mirando a las tinieblas. En la noche tercera, a eso de las tres,
+encendi luz, se visti y se puso a escribir una larga carta a su to.
+Despus escribi otra con sobre a Cecilia. Cerradas y colocadas sobre la
+mesa en primer trmino, para que se vieran pronto, sac un pitillo, lo
+encendi a la luz de la buja, y comenz a pasear por la habitacin.
+Antes de concluir el cigarro lo arroj. Abri el cajn de la mesa, y
+sac el revlver que all guardaba. Al acercarlo a la luz vi que estaba
+descargado, lo que no dej de sorprenderle. Tena casi la certeza de
+haberlo cargado haca un mes, poco ms o menos. Busc la cajita de las
+cpsulas y no la hall. Qu cosa tan extraa! No tard en recordar que
+Cecilia le haba visto con l en la mano, y una sonrisa dulce y triste
+se dibuj en sus labios. Fu a echar mano a las escopetas. Las encontr
+igualmente descargadas. Los cartuchos haban desaparecido de su sitio.
+Permaneci inmvil y pensativo largo rato. Luego, como si despertara de
+un sueo, sacudi la cabeza y dej escapar un suspiro. Se puso el
+sombrero, abri la puerta y baj con gran sigilo las escaleras. Al pasar
+por delante de la puerta del piso principal, peg el odo a ella. Estuvo
+un momento escuchando, la faz demudada, los cabellos erizados. Haba
+odo claramente la voz de su esposa que le llamaba desde adentro. Pasada
+la alucinacin, sigui bajando, abri la puerta exterior con la llave
+que colgaba del pasador, y sali a la calle.
+
+Aun no haba amanecido; pero en el Oriente pareca una tenue claridad
+precursora del da. La maana estaba fresca. Caa del cielo un agua
+menudsima de niebla marina. Sin vacilar se dirigi al muelle. Subi al
+segundo paredn y mir a la mar, cuyo horizonte en aquel momento no era
+muy extenso, a causa de la niebla. Los das anteriores haba soplado el
+noroeste, y la haba encrespado y revuelto hasta el fondo. Grandes olas
+hinchadas venan de lejos extendiendo sus lomos gigantescos y se
+estrellaban con fragor contra la punta del Pen, escupiendo sus espumas
+a lo alto. Los ojos del joven tropezaron con un patache que trataba de
+entrar en el puerto, y bailaba como un casco de nuez sobre las olas.
+Aquella entrada le interes desde luego. Sigui todas las peripecias con
+viva atencin, como si en ello le fuese algo. Al cabo de un cuarto de
+hora, cuando ya estuvo atracado al muelle, sinti de nuevo la espuela de
+su pensamiento. Di un suspiro y murmur: Vamos. Y sigui adelante,
+rozando con su cintura el pretil del paredn. Al llegar a cierto paraje,
+una ola ms fuerte que las dems le ba enteramente con su espuma.
+Aquel inopinado bao le produjo grata impresin, le refresc la piel.
+Estuvo esperando en el mismo sitio un rato, por ver si llegaba otra con
+igual fuerza, pero no vino. Y emprendi de nuevo la marcha. Cuando
+estuvo en el extremo del malecn, se ech de bruces sobre el pretil y
+contempl con sombra fijeza las olas que llegaban. Estaba en el mismo
+sitio donde, haca algunos aos, haba tenido pltica con su to para
+darle cuenta de que abandonaba a Cecilia y contraa matrimonio con
+Ventura. Las palabras del viejo, severas, irritadas, sonaron de nuevo en
+sus odos. Al hombre que falta a su palabra no puede ayudarle Dios...
+El viaje es largo. La mar ancha y brava. Lo que ahora es bonanza, en un
+instante se convierte en marejada de leva. Qu razn tena m
+to!--pens, sin apartar la vista del mar.
+
+--Bah!--murmur al cabo de algunos momentos--si cien veces me viera en
+ese caso, cien veces hara lo mismo. Hay cosas fatales. Llevo a esa
+mujer en la sangre como un veneno, y slo puede salir con la ltima
+gota.--Estuvo otro rato pensativo. El agua del mar que le haba baado,
+y la del cielo que sin cesar caa, le enfriaron hasta los huesos. La
+maana se presentaba sucia, cenicienta. No era, no, aquella hermosa
+noche en que se haba quedado tambin de bruces despus de hablar con su
+to. Entonces, la belleza esplendorosa del cielo, tachonado de
+estrellas, el limpio cristal de las aguas, donde cabrilleaba la luz de
+la luna, la blanda brisa juguetona, le hablaron un lenguaje de muerte,
+s, pero dulce, recogido, ntimo. Era una voz amiga que le invitaba a
+reposar. Mas ahora lo que oa era un grito de desolacin, una amenaza:
+Vente, vente. La muerte es muy triste; pero la vida es ms triste
+todava.
+
+--Concluyamos--dijo levantando la cabeza. Avanz el cuerpo; extendi los
+brazos. En aquel momento pens que el instinto de conservacin le hara
+nadar seguramente, y se detuvo. Mir a todas partes buscando algn peso.
+Sus ojos tropezaron con el ncora de un quechemarn que yaca all
+abajo, en el primer muelle. Baj por ella, cort con la navaja un pedazo
+de maroma de una lancha, se la amarr, la alz con sus brazos de atleta
+y subi la escalera como un gimnasta que quisiera dar muestra ante el
+pblico del enorme poder de sus msculos. Una vez arriba, se at la
+cuerda al cuello. Se puso en pie sobre el pretil, y abrazado al ancla se
+arroj al agua. Su cuerpo de coloso abri en ella una grande brecha, que
+se cerr al instante. La mar profunda extingui aquella chispa de vida,
+como tantas otras, con implacable indiferencia.
+
+Un marinero que le vi de lejos, corri hacia el sitio gritando:
+
+--Hombre al agua!
+
+Otros tres o cuatro de las prximas embarcaciones le siguieron. En pocos
+minutos se form un grupo de veinte o treinta en la punta del paredn.
+
+--Quin era? Le conocas?--preguntaban al que le haba visto.
+
+--Me parece que era don Gonzalo.
+
+--El alcalde?
+
+--S.
+
+--Sera muy bien, sera muy bien... Reterroas mujeres!
+
+La nueva se esparci instantneamente por la villa. Acudi al muelle una
+muchedumbre de gente. Dos hombres en una lancha recorrieron con un largo
+remo el fondo, sin dar con el cuerpo del desgraciado joven. Al cabo
+tropezaron con l. Se trajo un gancho, y tirando lo sacaron a flote en
+el mismo momento en que don Melchor, demudado, convulso, sin sombrero,
+llegaba al muelle, noticioso del terrible lance.
+
+--Hijo de mi alma!--grit el pobre anciano al ver sobre el agua el
+cadver de su sobrino. Sus corvas se doblaron, y cay desvanecido en
+brazos de las personas que le acompaaban.
+
+Extendieron el cuerpo del suicida sobre el muelle mientras llegaba el
+juzgado. Aquel espectculo tena profundamente impresionados a todos los
+circunstantes, entre los que se hallaban personas de los dos bandos
+rivales.
+
+Despus que lleg el juez y se instruyeron las debidas diligencias,
+colocaron en una camilla el cadver, y lo transportaron a su casa,
+porque don Rosendo, que saba la noticia, lo reclamaba. Fu una
+procesin tristsima al travs de las calles de la villa. Los vecinos se
+asomaban a los balcones, plidos, inquietos, con la tristeza en el
+semblante. Gonzalo gozaba de generales simpatas.
+
+Don Rosendo, posedo de vivo dolor, no quiso ver el cadver de su hijo
+poltico. Se encerr en su cuarto; pero dispuso que se le colocase en el
+mejor saln de la casa sobre una mesa cubierta de terciopelo, que se
+trajesen de todas partes flores y coronas, y se preparase un entierro
+suntuoso.
+
+Cecilia, por uno de esos esfuerzos heroicos que estaba avezada a hacer
+sobre su alma y su cuerpo, supo encerrar su pena en el fondo del
+corazn. Veasela lvida, s, pero tranquila, disponiendo por la casa lo
+necesario para recibir el cuerpo de su cuado. Cuando lleg, ella misma
+ayud a colocarlo en el sitio, despus que se le hubo amortajado. Lo
+cubri de flores, encendi los cirios, adorn la habitacin con negros
+crespones. Despus dispuso que velase el cadver una hermana de la
+caridad en compaa de ella.
+
+Dejronlas al fin solas. Rezaron largo rato de rodillas. Cuando
+terminaron su rezo, Cecilia rog a la monja que fuese a la cocina a dar
+orden para que se le hiciese te, porque estaba desfallecida.
+
+En cuanto la monja sali, alzse vivamente. Y sacando unas tijeras,
+cort un mechn de cabellos de la cabeza de su cuado, que ocult en el
+seno. Cort despus de los suyos otro, y temblorosa y agitada, lo meti
+entre las manos cruzadas del cadver. Luego le contempl un instante. Y
+bajando la cabeza, cubri de besos aquel rostro inanimado. Los primeros
+y los ltimos que le daba.
+
+La esposa, la nica y verdadera esposa de aquel hombre, no pudo al fin
+resistir tanto dolor y rod por el suelo sin conocimiento.
+
+FIN
+
+ * * * * *
+
+
+
+
+=OBRAS DE PALACIO VALDS=
+
+=El seorito Octavio=.--Un tomo.
+
+=Marta y Mara=.--Un tomo. Traducida al francs, al ingls,
+al sueco, al ruso y al tchque.
+
+=El idilio de un enfermo=.--Un tomo. Traducida al francs
+y al tchque.
+
+=Aguas fuertes= (novelas y cuadros).--Un tomo. Traducida
+al francs, al ingls, al alemn, al holands, al sueco y
+al tchque. Edicin espaola con notas y vocabulario
+en ingls.
+
+=Jos=.--Un tomo. Traducida al francs, al ingls, al alemn,
+al holands, al sueco, al tchque y al portugus.
+Edicin espaola con notas en ingls para el estudio del
+espaol en Inglaterra y Estados Unidos de Amrica.
+
+=Riverita=--Un tomo. Traducida al francs.
+
+=Maximina= (segunda parte de _Riverita_).--Un tomo. Traducida
+al ingls.
+
+=El Cuarto Poder=.--Un tomo. Traducida al francs, al ingls
+y al holands.
+
+=La Hermana San Sulpicio=.--Un tomo. Traducida al francs,
+al ingls, al holands y al sueco.
+
+=La espuma=.--Un tomo. Traducida al ingls.
+
+=La Fe=. Un tomo.--Traducida al francs, al ingls y al
+alemn.
+
+=El Maestrante=.--Un tomo. Traducida al francs y al
+ingls.
+
+=El origen del pensamiento=.--Un tomo. Traducida al francs
+y al ingls.
+
+=Los majos de Cdiz=.--Un tomo. Traducida al holands.
+
+=La alegra del capitn Ribot=.--Un Tomo. Traducida al
+francs, al ingls, al holands y al sueco. Edicin espaola
+con notas y vocabulario en ingls.
+
+=La aldea perdida=.--Un tomo.
+
+=Tristn, o el pesimismo=.--Un tomo. Traducida al ingls.
+
+=Semblanzas literarias= (_Los oradores del Ateneo, Los novelistas
+espaoles, Nuevo viaje al Parnaso_).--Un tomo.
+
+=Papeles del doctor Anglico=.--Traducida al alemn.
+
+
+
+
+
+
+End of Project Gutenberg's El cuarto poder, by Armando Palacio Valds
+
+*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK EL CUARTO PODER ***
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+will be renamed.
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+one owns a United States copyright in these works, so the Foundation
+(and you!) can copy and distribute it in the United States without
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+set forth in the General Terms of Use part of this license, apply to
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+Gutenberg is a registered trademark, and may not be used if you
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+such as creation of derivative works, reports, performances and
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+practically ANYTHING with public domain eBooks. Redistribution is
+subject to the trademark license, especially commercial
+redistribution.
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+works. See paragraph 1.E below.
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+or PGLAF), owns a compilation copyright in the collection of Project
+Gutenberg-tm electronic works. Nearly all the individual works in the
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+electronic work or group of works on different terms than are set
+forth in this agreement, you must obtain permission in writing from
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+Hart, the owner of the Project Gutenberg-tm trademark. Contact the
+Foundation as set forth in Section 3 below.
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+collection. Despite these efforts, Project Gutenberg-tm electronic
+works, and the medium on which they may be stored, may contain
+"Defects," such as, but not limited to, incomplete, inaccurate or
+corrupt data, transcription errors, a copyright or other intellectual
+property infringement, a defective or damaged disk or other medium, a
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+in paragraph 1.F.3, this work is provided to you 'AS-IS' WITH NO OTHER
+WARRANTIES OF ANY KIND, EXPRESS OR IMPLIED, INCLUDING BUT NOT LIMITED TO
+WARRANTIES OF MERCHANTIBILITY OR FITNESS FOR ANY PURPOSE.
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+law of the state applicable to this agreement, the agreement shall be
+interpreted to make the maximum disclaimer or limitation permitted by
+the applicable state law. The invalidity or unenforceability of any
+provision of this agreement shall not void the remaining provisions.
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+trademark owner, any agent or employee of the Foundation, anyone
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+promotion and distribution of Project Gutenberg-tm electronic works,
+harmless from all liability, costs and expenses, including legal fees,
+that arise directly or indirectly from any of the following which you do
+or cause to occur: (a) distribution of this or any Project Gutenberg-tm
+work, (b) alteration, modification, or additions or deletions to any
+Project Gutenberg-tm work, and (c) any Defect you cause.
+
+
+Section 2. Information about the Mission of Project Gutenberg-tm
+
+Project Gutenberg-tm is synonymous with the free distribution of
+electronic works in formats readable by the widest variety of computers
+including obsolete, old, middle-aged and new computers. It exists
+because of the efforts of hundreds of volunteers and donations from
+people in all walks of life.
+
+Volunteers and financial support to provide volunteers with the
+assistance they need, is critical to reaching Project Gutenberg-tm's
+goals and ensuring that the Project Gutenberg-tm collection will
+remain freely available for generations to come. In 2001, the Project
+Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure
+and permanent future for Project Gutenberg-tm and future generations.
+To learn more about the Project Gutenberg Literary Archive Foundation
+and how your efforts and donations can help, see Sections 3 and 4
+and the Foundation web page at http://www.pglaf.org.
+
+
+Section 3. Information about the Project Gutenberg Literary Archive
+Foundation
+
+The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non profit
+501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the
+state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal
+Revenue Service. The Foundation's EIN or federal tax identification
+number is 64-6221541. Its 501(c)(3) letter is posted at
+http://pglaf.org/fundraising. Contributions to the Project Gutenberg
+Literary Archive Foundation are tax deductible to the full extent
+permitted by U.S. federal laws and your state's laws.
+
+The Foundation's principal office is located at 4557 Melan Dr. S.
+Fairbanks, AK, 99712., but its volunteers and employees are scattered
+throughout numerous locations. Its business office is located at
+809 North 1500 West, Salt Lake City, UT 84116, (801) 596-1887, email
+business@pglaf.org. Email contact links and up to date contact
+information can be found at the Foundation's web site and official
+page at http://pglaf.org
+
+For additional contact information:
+ Dr. Gregory B. Newby
+ Chief Executive and Director
+ gbnewby@pglaf.org
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+
+Section 4. Information about Donations to the Project Gutenberg
+Literary Archive Foundation
+
+Project Gutenberg-tm depends upon and cannot survive without wide
+spread public support and donations to carry out its mission of
+increasing the number of public domain and licensed works that can be
+freely distributed in machine readable form accessible by the widest
+array of equipment including outdated equipment. Many small donations
+($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax exempt
+status with the IRS.
+
+The Foundation is committed to complying with the laws regulating
+charities and charitable donations in all 50 states of the United
+States. Compliance requirements are not uniform and it takes a
+considerable effort, much paperwork and many fees to meet and keep up
+with these requirements. We do not solicit donations in locations
+where we have not received written confirmation of compliance. To
+SEND DONATIONS or determine the status of compliance for any
+particular state visit http://pglaf.org
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+While we cannot and do not solicit contributions from states where we
+have not met the solicitation requirements, we know of no prohibition
+against accepting unsolicited donations from donors in such states who
+approach us with offers to donate.
+
+International donations are gratefully accepted, but we cannot make
+any statements concerning tax treatment of donations received from
+outside the United States. U.S. laws alone swamp our small staff.
+
+Please check the Project Gutenberg Web pages for current donation
+methods and addresses. Donations are accepted in a number of other
+ways including checks, online payments and credit card donations.
+To donate, please visit: http://pglaf.org/donate
+
+
+Section 5. General Information About Project Gutenberg-tm electronic
+works.
+
+Professor Michael S. Hart is the originator of the Project Gutenberg-tm
+concept of a library of electronic works that could be freely shared
+with anyone. For thirty years, he produced and distributed Project
+Gutenberg-tm eBooks with only a loose network of volunteer support.
+
+
+Project Gutenberg-tm eBooks are often created from several printed
+editions, all of which are confirmed as Public Domain in the U.S.
+unless a copyright notice is included. Thus, we do not necessarily
+keep eBooks in compliance with any particular paper edition.
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+Most people start at our Web site which has the main PG search facility:
+
+ http://www.gutenberg.org
+
+This Web site includes information about Project Gutenberg-tm,
+including how to make donations to the Project Gutenberg Literary
+Archive Foundation, how to help produce our new eBooks, and how to
+subscribe to our email newsletter to hear about new eBooks.
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+The Project Gutenberg EBook of El cuarto poder, by Armando Palacio Valds
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+with this eBook or online at www.gutenberg.org
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+Title: El cuarto poder
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+Author: Armando Palacio Valds
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+Release Date: February 13, 2008 [EBook #24601]
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+<h3 class="top5">ARMANDO&nbsp; &nbsp;PALACIO&nbsp; &nbsp;VALD&Eacute;S</h3>
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+<h1 style="font-size:60px;">EL&nbsp; &nbsp;CUARTO&nbsp; &nbsp;PODER</h1>
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+<p class="c top5">BUENOS AIRES</p>
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+
+<div class="blockquot top5"><p>El autor de esta obra ha autorizado a
+<span class="smcap">la naci&oacute;n</span> para editarla y
+venderla solamente en las Rep&uacute;blicas Argentina y Uruguay. Esta
+edici&oacute;n no puede circular fuera de las dos Rep&uacute;blicas mencionadas.</p></div>
+
+<p class="c top5">Imp. de <span class="smcap">La Naci&oacute;n.</span>&mdash;Buenos Aires</p>
+
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+<hr />
+<h2 class="top15"><a name="INDICE" id="INDICE"></a>&Iacute;NDICE</h2>
+<table summary="indice" cellspacing="0" cellpadding="1">
+<tr valign="top"><td align="right"><a href="#CAPITULO_PRIMERO">I</a>.</td><td>&mdash;</td><td>Se levanta el tel&oacute;n, por esta vez sin met&aacute;fora</td></tr>
+<tr valign="top"><td align="right"><a href="#II">II</a>.</td><td>&mdash;</td><td>Del feliz arribo de la &laquo;Bella-Paula&raquo;</td></tr>
+<tr valign="top"><td align="right"><a href="#III">III</a>.</td><td>&mdash;</td><td>En que la pareja enamorada comienza a pensar en el nido</td></tr>
+<tr valign="top"><td align="right"><a href="#IV">IV</a>.</td><td>&mdash;</td><td>C&oacute;mo los particulares de Sarri&oacute; se congregaban en un recinto
+nombrado el &laquo;Saloncillo&raquo;, y lo que all&iacute; se platicaba</td></tr>
+<tr valign="top"><td align="right"><a href="#V">V</a>.</td><td>&mdash;</td><td>&iexcl;&iexcl;&iexcl;Ladrones!!!</td></tr>
+<tr valign="top"><td align="right"><a href="#VI">VI</a>.</td><td>&mdash;</td><td>Que trata del equipo de Cecilia</td></tr>
+<tr valign="top"><td align="right"><a href="#VII">VII</a>.</td><td>&mdash;</td><td>Que trata de dos traidores</td></tr>
+<tr valign="top"><td align="right"><a href="#VII">VIII</a>.</td><td>&mdash;</td><td>De la reuni&oacute;n que los pr&oacute;ceres de Sarri&oacute; celebraron en el teatro
+con asistencia del cuarto estado</td></tr>
+<tr valign="top"><td align="right"><a href="#IX">IX</a>.</td><td>&mdash;</td><td>Historia de una l&aacute;grima</td></tr>
+<tr valign="top"><td align="right"><a href="#X">X</a>.</td><td>&mdash;</td><td>De la gloriosa aparici&oacute;n de &laquo;El Faro de Sarri&oacute;&raquo; en el estadio de la
+prensa.&mdash;Primeros fuegos de la batalla del pensamiento</td></tr>
+<tr valign="top"><td align="right"><a href="#XI">XI</a>.</td><td>&mdash;</td><td>Que Gonzalo se cas&oacute;.&mdash;Graves revueltas entre los socios del
+&laquo;Saloncillo&raquo;</td></tr>
+<tr valign="top"><td align="right"><a href="#XII">XII</a>.</td><td>&mdash;</td><td>C&oacute;mo se divert&iacute;a Pablito</td></tr>
+<tr valign="top"><td align="right"><a href="#XIII">XIII</a>.</td><td>&mdash;</td><td>En que se descubren algunos secretos de la vida de Gonzalo</td></tr>
+<tr valign="top"><td align="right"><a href="#XIV">XIV</a>.</td><td>&mdash;</td><td>De los galicismos que comet&iacute;a &laquo;El Faro de Sarri&oacute;&raquo; y otros asuntos
+no menos interesantes.&mdash;Primeras bajas de la batalla del pensamiento</td></tr>
+<tr valign="top"><td align="right"><a href="#XV">XV</a>.</td><td>&mdash;</td><td>De la entrada famosa que hizo en Sarri&oacute; el duque de Tornos, conde
+de Buenavista</td></tr>
+<tr valign="top"><td align="right"><a href="#XVI">XVI</a>.</td><td>&mdash;</td><td>De lo mucho y bueno que hizo el duque de Tornos en Sarri&oacute;</td></tr>
+<tr valign="top"><td align="right"><a href="#XVII">XVII</a>.</td><td>&mdash;</td><td>Que Gonzalo toma una gravo resoluci&oacute;n y Cecilia otra</td></tr>
+<tr valign="top"><td align="right"><a href="#XVIII">XVIII</a>.</td><td>&mdash;</td><td>Donde tira do&ntilde;a Br&iacute;gida de la manta</td></tr>
+<tr valign="top"><td align="right"><a href="#XIX">XIX</a>.</td><td>&mdash;</td><td>En que da fin la presente historia con algunos notables, cuanto
+tristes sucesos</td></tr>
+<tr><td>&nbsp;</td><td>&mdash;</td><td colspan="2"><a href="#OBRAS_DE_PALACIO_VALDES">Obras de Palacio Vald&eacute;s</a></td></tr>
+</table>
+
+<hr />
+
+
+<h3 class="top15"><a name="CAPITULO_PRIMERO" id="CAPITULO_PRIMERO"></a>CAPITULO PRIMERO</h3>
+
+<p class="c smcap">se levanta el tel&oacute;n, por esta vez sin met&aacute;fora</p>
+
+
+<p>En Sarri&oacute;, villa famosa, ba&ntilde;ada por el mar Cant&aacute;brico, exist&iacute;a hace
+algunos a&ntilde;os un teatro no limpio, no claro, no c&oacute;modo, pero que serv&iacute;a
+cumplidamente para solazar en las largas noches de invierno a sus
+pac&iacute;ficos e industriosos moradores. Estaba constru&iacute;do, como casi todos,
+en forma de herradura. Constaba de dos pisos a m&aacute;s del bajo. En el
+primero los palcos, as&iacute; llamados Dios sabe por qu&eacute;, pues no eran otra
+cosa que unos bancos rellenos de pelote y forrados de franela encarnada
+colocados en torno del antepecho. Para sentarse en ellos era forzoso
+empujar el respaldo, que ten&iacute;a bisagras de trecho en trecho, y levantar
+al propio tiempo el asiento. Una vez dentro se dejaba caer otra vez el
+asiento, se volv&iacute;a el respaldo a su sitio y se acomodaba la persona del
+peor modo que puede estar criatura humana fuera del potro de tormento.
+En el segundo piso bull&iacute;a, gritaba, coceaba y relinchaba toda la chusma
+del pueblo sin diferencia de clases, lo mismo el marinero de altura que
+el que pescaba muergos en la bah&iacute;a o el pe&oacute;n de descarga; la se&ntilde;&aacute; Amalia
+la revendedora igual que las que acarreaban &laquo;el fresco&raquo; a la capital.
+Llam&aacute;base a aquel recinto &laquo;la cazuela&raquo;. Las butacas eran del mismo
+aborrecible pelote que los palcos y el forro debi&oacute; ser tambi&eacute;n del mismo
+color, aunque no pod&iacute;a saberse con certeza. Detr&aacute;s de ellas hab&iacute;a, a la
+antigua usanza, un patio para ciertos menestrales que, por su edad, su
+categor&iacute;a de maestros u otra circunstancia cualquiera, repugnaban subir
+a la cazuela y juntarse a la turba alborotadora. Del techo pend&iacute;a una
+ara&ntilde;a, cuajada de pedacitos de vidrio en forma prism&aacute;tica, con luces de
+aceite. M&aacute;s adelante se substituy&oacute; &eacute;ste con petr&oacute;leo, pero yo no alcanc&eacute;
+a ver tal reforma. Debajo de la escalera que conduc&iacute;a a los palcos hab&iacute;a
+un nicho cerrado con persiana que llamaban &laquo;el palco de don Mateo&raquo;. De
+este don Mateo ya hablaremos m&aacute;s adelante.</p>
+
+<p>Pues ha de saberse que en tal lacer&iacute;a de teatro se representaban los
+mismos dramas y comedias que en el del Pr&iacute;ncipe y se cantaban las &oacute;peras
+que en la Scala de Mil&aacute;n. &iquest;Parece mentira, eh? Pues nada m&aacute;s cierto.
+All&iacute; ha o&iacute;do por vez primera el narrador de esta historia aquellas
+famosas coplas:</p>
+
+<p class="poem">
+<i>Si oyes contar de un n&aacute;ufrago la historia,</i><br />
+<i>Ya que en la tierra hasta el amor se olvida</i>...<br />
+</p>
+
+<p>Por cierto que le parec&iacute;an excelentes, y el teatro una maravilla de lujo
+y de buen gusto. Todo en el mundo depende de la imaginaci&oacute;n. Ojal&aacute; la
+tuviese tan viva y tan fresca como entonces para entretenerles a ustedes
+agradablemente algunas horas. Tambi&eacute;n ha visto el <i>Don Juan Tenorio</i>. Y
+sus difuntos untados de harina de trigo, su comendador filtr&aacute;ndose por
+una puerta atada con cuerdas, su infierno de esp&iacute;ritu de vino y su
+apoteosis de papel de forro de ba&uacute;les, le impresionaron de tal modo que
+aquella noche no pudo dormir.</p>
+
+<p>En la sala pasaba, poco m&aacute;s o menos, lo mismo que en los m&aacute;s suntuosos
+teatros de la Corte. No obstante, por regla general se atend&iacute;a m&aacute;s al
+espect&aacute;culo que en &eacute;stos. Aun no hab&iacute;amos llegado a ese grado superior
+de perfeccionamiento, mediante el cual las acciones deben formar grato
+contraste con el lugar donde se ejecutan; verbi-gracia, charlar en los
+teatros, reirse en las iglesias, ir graves, y silenciosos, y pat&eacute;ticos
+en el paseo, como sucede, afortunadamente, en Madrid. Ignoro si en
+Sarri&oacute; han subido ya a la hora presente este pelda&ntilde;o de la civilizaci&oacute;n.</p>
+
+<p>Ni se crea que faltaban por eso algunos esp&iacute;ritus l&uacute;cidos que se
+adelantaban a su &eacute;poca y present&iacute;an lo que hab&iacute;a de ser el teatro
+andando el tiempo. Pablito Belinch&oacute;n era uno de ellos. Ten&iacute;a abonado
+siempre, en compa&ntilde;&iacute;a de otros tres o cuatro amigos, el palco de
+proscenio. Desde all&iacute; dirig&iacute;a la palabra a otros se&ntilde;ores de m&aacute;s edad,
+abonados en el palco de enfrente: se dec&iacute;an cuchufletas, se burlaban de
+la tiple o del bajo, y se tiraban caramelos y saetas de papel. Por
+cierto que el p&uacute;blico de las butacas, ajeno todav&iacute;a a estos
+refinamientos de la civilizaci&oacute;n, sol&iacute;a hacerles callar b&aacute;rbaramente con
+un en&eacute;rgico chicheo. Las familias m&aacute;s importantes acostumbraban a entrar
+en aquellos palcos fementidos despu&eacute;s de abierto el tel&oacute;n, con la misma
+solemnidad que si penetrasen en una platea del teatro Real, y por de
+contado con mucho m&aacute;s ruido. No es posible figurarse bien el horr&iacute;sono
+traquido que daba aquel respaldo al ser empujado y aquel asiento al
+dejarlo caer con &aacute;nimo de llamar la atenci&oacute;n.</p>
+
+<p>D&iacute;galo si no la familia que en este momento hace su entrada triunfal en
+uno de ellos y permanece en pie despoj&aacute;ndose de los abrigos, mientras
+los espectadores divierten por un instante la vista de la escena y la
+fijan en ellos, hasta que se sientan. Son los se&ntilde;ores de Belinch&oacute;n. El
+jefe de la familia, don Rosendo, es un caballero alto, enjuto, doblado
+por el espinazo, calvo por la coronilla, de ojos peque&ntilde;os y hundidos,
+boca grande, que se contra&iacute;a con sonrisa mefistof&eacute;lica, dejando ver dos
+filas de dientes largos e iguales, la obra m&aacute;s acabada de cierto
+dentista establecido hac&iacute;a pocos meses en Sarri&oacute;. Gasta patillas cortas
+y bigote, y representa unos sesenta a&ntilde;os de edad. Est&aacute; reputado por el
+primer comerciante de la villa y uno de los primeros importadores de
+bacalao de la costa cant&aacute;brica. Durante muchos a&ntilde;os monopoliz&oacute;
+enteramente la venta por mayor de este art&iacute;culo, no s&oacute;lo en la villa,
+sino en toda la provincia, y gracias a ello hab&iacute;a granjeado una fortuna
+considerable. Su esposa, do&ntilde;a Paula... &iquest;Pero por qu&eacute; se despierta tal y
+tan prolongado rumor en el teatro a su aparici&oacute;n? La buena se&ntilde;ora, al
+escucharlo, queda temblorosa y confusa, no acierta a desembarazarse del
+abrigo, y su hija Cecilia se ve obligada a quit&aacute;rselo y a decirle al
+o&iacute;do:&mdash;&iexcl;Si&eacute;ntate, mam&aacute;! Se sienta, o por mejor decir, se deja caer sobre
+el banco y pasea una mirada extraviada por el p&uacute;blico, mientras sus
+mejillas se ti&ntilde;en de vivo carm&iacute;n. En vano se abanica con br&iacute;o y procura
+serenarse. Nada: cuantos m&aacute;s esfuerzos hace por alejar la sangre
+tumultuosa del rostro, m&aacute;s empe&ntilde;o pone la maldita en ocupar aquel lugar
+visible.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Mam&aacute;, qu&eacute; colorada est&aacute;s!&mdash;le dice Venturita, su hija menor, pugnando
+para no reir.</p>
+
+<p>La madre la mira con expresi&oacute;n de angustia.</p>
+
+<p>&mdash;Calla, Ventura, calla.&mdash;dice Cecilia.</p>
+
+<p>Do&ntilde;a Paula, animada con estas palabras, murmura:</p>
+
+<p>&mdash;Esta chiquilla no goza sino en avergonzarme.</p>
+
+<p>Y estuvo a punto de enternecerse y llorar.</p>
+
+<p>Al fin, el p&uacute;blico se cans&oacute; de atormentarla con sus miradas, sonrisas y
+murmullos, y fij&oacute; de nuevo su atenci&oacute;n en la escena. La congoja de do&ntilde;a
+Paula fu&eacute; cesando poco a poco; pero quedaron restos de ella por toda la
+noche.</p>
+
+<p>La causa de aquel incidente era el abrigo de terciopelo guarnecido de
+pieles que la buena se&ntilde;ora se hab&iacute;a puesto. Siempre que estrenaba alguna
+prenda de apariencia brillante, suced&iacute;a lo mismo. Y esto no por otra
+cosa m&aacute;s que porque do&ntilde;a Paula no era se&ntilde;ora de nacimiento. Proced&iacute;a de
+la clase de cigarreras. Don Rosendo hab&iacute;a tenido amores con ella siendo
+casi una ni&ntilde;a, de los cuales naci&oacute; Pablito. As&iacute; y todo, don Rosendo
+estuvo cinco o seis a&ntilde;os sin casarse ni querer oir hablar de matrimonio;
+pero visit&aacute;ndola en su casa y asisti&eacute;ndola con dinero. Hasta que al
+fin, vencido m&aacute;s por el amor del hijo que el de la madre, y, m&aacute;s que por
+todo esto, por las amonestaciones de sus amigos, se decidi&oacute; a entregar
+su mano a Paulina. La poblaci&oacute;n no supo del matrimonio hasta despu&eacute;s de
+efectuado: tal sigilo se guard&oacute; para llevarlo a cabo. Desde entonces la
+vida de la cigarrera puede dividirse en varias &eacute;pocas importantes. La
+primera, que dura un a&ntilde;o, comprende desde el matrimonio hasta la
+&laquo;mantilla de velo&raquo;. Durante este tiempo, la se&ntilde;ora de Belinch&oacute;n no se
+mostr&oacute; poco ni mucho en p&uacute;blico. Los domingos iba a misa de alba y se
+encerraba otra vez en casa. Cuando se decidi&oacute; a ponerse la antedicha
+mantilla e ir a misa de once, lo mismo en la iglesia que en las calles
+del tr&aacute;nsito, la acribillaron a miradas, y se habl&oacute; del suceso por m&aacute;s
+de ocho d&iacute;as. El segundo per&iacute;odo, que dura tres a&ntilde;os, comprende desde
+&laquo;la mantilla de velo&raquo; hasta &laquo;los guantes&raquo;. La vista de tal ornamento en
+las manos grandes y coloradas de la ex cigarrera produjo una excitaci&oacute;n
+indescriptible en el elemento femenino del vecindario. En las calles, en
+la iglesia, en las visitas, las se&ntilde;oras se saludaban preguntando:&mdash;&iquest;Ha
+visto usted?...&mdash;S&iacute;, s&iacute;, ya he visto.&mdash;Y comenzaba el desuello. Viene
+despu&eacute;s el tercer per&iacute;odo, que dura cuatro a&ntilde;os, y termina en &laquo;el
+vestido de seda&raquo;, que di&oacute; casi tanto que murmurar como los guantes, y
+produjo general indignaci&oacute;n en Sarri&oacute;.&mdash;Diga usted, do&ntilde;a Dolores, &iquest;qu&eacute;
+nos queda ya que ver?&mdash;Do&ntilde;a Dolores bajaba los ojos haciendo un gesto de
+resignaci&oacute;n. Por &uacute;ltimo, el cuarto per&iacute;odo, el m&aacute;s largo de todos porque
+dura seis a&ntilde;os, termina, &iexcl;oh esc&aacute;ndalo! &laquo;con el sombrero&raquo;. Nadie puede
+representarse el estremecimiento de asombro que invadi&oacute; a la villa de
+Sarri&oacute; cuando cierta tarde de feria se present&oacute; do&ntilde;a Paula en el paseo
+con sombrero-capota. Fu&eacute; un verdadero mot&iacute;n. Las mujeres del pueblo se
+santiguaban al verla pasar y pronunciaban comentarios en alta voz para
+que los oyese la interesada.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Mujer, mira por tu vida a la Serena qu&eacute; gabarra lleva sobre la
+cabeza!</p>
+
+<p>Porque hay que advertir que a la madre de do&ntilde;a Paula la llamaban la
+Serena, y a la abuela y a la bisabuela tambi&eacute;n.</p>
+
+<p>Excusado es a&ntilde;adir que desde que la cigarrera subi&oacute; a la categor&iacute;a de
+se&ntilde;ora, ni por casualidad la dieron ya su nombre propio.</p>
+
+<p>Al d&iacute;a siguiente, al tropezarse las se&ntilde;oras de Sarri&oacute; en la calle, no
+encontrando palabras con que expresar su horror, se daban por contentas
+con elevar los ojos al cielo, agitar los brazos convulsivamente y pasar
+de largo murmurando: &laquo;&iexcl;&iexcl;&iexcl;Sombrero!!!&raquo;</p>
+
+<p>Ante aquel golpe de audacia que no tiene pareja sino con los de algunos
+h&eacute;roes de la antig&uuml;edad, An&iacute;bal, C&eacute;sar, Gengis-Khan, la villa qued&oacute; muda
+y abatida algunos meses. No obstante, cada vez que la buena de do&ntilde;a
+Paula aparec&iacute;a en p&uacute;blico con el abominable sombrero en la cabeza o con
+cualquier otra prenda propia de su alta jerarqu&iacute;a, era saludada siempre
+con un murmullo de reprobaci&oacute;n. Y lo original del caso estaba en que
+ella no protestaba ni en p&uacute;blico ni en secreto, ni aun en lo sagrado de
+la conciencia, contra este proceder mal&eacute;volo de su pueblo natal.
+Juzg&aacute;balo natural y l&oacute;gico. No se le ocurr&iacute;a pensar que pudiera ser de
+otro modo. Sus ideas sociol&oacute;gicas no le aconsejaban todav&iacute;a rebelarse
+contra el fallo de la opini&oacute;n p&uacute;blica. Cre&iacute;a de buena fe que al ponerse
+los guantes o el abrigo de pieles o el sombrero, comet&iacute;a un acto
+reprobado por las leyes divinas y humanas. Los murmullos, las miradas
+burlonas, eran el castigo necesario de esta infracci&oacute;n. De aqu&iacute; sus
+temores y congojas cada vez que iba a presentarse en el teatro o en el
+paseo, y el rubor que la acomet&iacute;a.</p>
+
+<p>&iquest;Por qu&eacute; entonces, se dir&aacute;, do&ntilde;a Paula se vest&iacute;a de este modo? No ser&aacute;n
+muy conocedores del coraz&oacute;n humano los que tal pregunten. Do&ntilde;a Paula se
+pon&iacute;a el sombrero y los guantes a sabiendas de que iba a pasar un mal
+rato, como un chico abre el aparador y se atraca de dulce a sabiendas de
+que en seguida le han de azotar. Los que no se hayan criado en un
+pueblo, nunca sabr&aacute;n cu&aacute;n apetitosa golosina es el sombrero para una
+artesana.</p>
+
+<p>Era do&ntilde;a Paula alta, seca, desgarbada. Cuando joven hab&iacute;a sido buena
+moza; pero los a&ntilde;os, la clausura continua, a la que no estaba avezada, y
+sobre todo la lucha que ven&iacute;a sosteniendo con el p&uacute;blico para establecer
+su jerarqu&iacute;a, la hab&iacute;an marchitado antes de tiempo. Todav&iacute;a conservaba
+hermosos ojos negros encajados en un rostro de correctas y agradables
+facciones.</p>
+
+<p>El acto primero tocaba a su fin. Se representaba un melodrama
+fant&aacute;stico, cuyo nombre no recordamos, donde la compa&ntilde;&iacute;a hab&iacute;a
+desplegado todo el aparato esc&eacute;nico de que pod&iacute;a disponer. La cazuela
+estaba asombrada, y acog&iacute;a cada cambio de decoraci&oacute;n con estrepitosos
+aplausos. Pablito Belinch&oacute;n, que hab&iacute;a pasado en Madrid un mes el a&ntilde;o
+anterior, se re&iacute;a con incontestable superioridad de aquel aparato; hac&iacute;a
+gui&ntilde;os inteligentes a los del proscenio de enfrente. Y para demostrar
+que todo aquello le aburr&iacute;a, concluy&oacute; por volverse de espaldas al
+escenario y mirar con los gemelos a las bellezas locales. Cada vez que
+los preciosos anteojos de piel de Rusia apuntaban a una, la muchacha
+sufr&iacute;a un leve estremecimiento: cambiaba de postura, llevaba la mano un
+poco tr&eacute;mula al pelo para arreglarlo, sonre&iacute;a a su mam&aacute; o a su hermana
+sin raz&oacute;n alguna, se pon&iacute;a seria de nuevo, y fijaba con insistencia y
+decisi&oacute;n sus ojos en la escena. Pero al instante los levantaba r&aacute;pida y
+t&iacute;midamente hacia aquellos redondos y brillantes cristales que la
+ofuscaban. Al fin conclu&iacute;a por ruborizarse. Pablito, satisfecho,
+apuntaba a otra belleza. Las conoc&iacute;a como si fuesen sus hermanas,
+tuteaba a la mayor parte de ellas y de muchas hab&iacute;a sido novio: pero la
+pluma en el aire no era m&aacute;s movible y tornadiza que &eacute;l en materia de
+amores. Todas hab&iacute;an tenido que sufrir alg&uacute;n doloroso desenga&ntilde;o.
+&Uacute;ltimamente, hastiado de enamorar a sus convecinas, se hab&iacute;a dedicado a
+fascinar a cuantas forasteras llegaban a Sarri&oacute;, para abandonarlas, por
+supuesto, si comet&iacute;an la torpeza de permanecer en la villa m&aacute;s de un
+mes o dos.</p>
+
+<p>Hab&iacute;a razones poderosas para que Pablito pudiese disponer a su buen
+talante del coraz&oacute;n de todas las j&oacute;venes ind&iacute;genas y aun de las
+extra&ntilde;as. Era un apuest&iacute;simo mancebo de veinticuatro o veinticinco a&ntilde;os,
+de rostro hermoso y varonil, de figura gallarda y elegante. Montaba a
+caballo admirablemente y guiaba un t&iacute;lburi o un carruaje de cuatro
+caballos, lo cual nadie sab&iacute;a hacer en Sarri&oacute; m&aacute;s que los cocheros.
+Cuando se llevaban los pantalones anchos, los de Pablito parec&iacute;an sayas;
+si estrechos, era una cig&uuml;e&ntilde;a. Ven&iacute;a la moda de los cuellos altos,
+nuestro Pablito iba por la calle a medio ahorcar con la lengua fuera.
+Estil&aacute;banse bajos, pues ense&ntilde;aba hasta el estern&oacute;n.</p>
+
+<p>Estas y otras facultades eminentes hac&iacute;anle, con raz&oacute;n, invencible.
+Quiz&aacute;s algunos no hallen enteramente justificada la dictadura amorosa de
+nuestro mancebo en Sarri&oacute;. Estamos no obstante seguros de que las
+j&oacute;venes de provincia que lean la presente historia la juzgar&aacute;n l&oacute;gica y
+veros&iacute;mil.</p>
+
+<p>Cuando baj&oacute; el tel&oacute;n, un anciano encorvado, con luenga barba blanca y
+gafas, se acerc&oacute; arrastr&aacute;ndose m&aacute;s que andando al palco de los de
+Belinch&oacute;n.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Don Mateo! Imposible que usted faltase&mdash;exclam&oacute; do&ntilde;a Paula.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Pues qu&eacute; quiere usted que haga en casa, Paulita?</p>
+
+<p>&mdash;Rezar el rosario y acostarse&mdash;dijo Venturita.</p>
+
+<p>Don Mateo sonri&oacute; con dulzura, y contest&oacute; a aquella impertinencia dando a
+la ni&ntilde;a una palmadita cari&ntilde;osa en el rostro.</p>
+
+<p>&mdash;Es verdad que debiera hacer eso, hija m&iacute;a... pero &iquest;qu&eacute; quieres? si me
+acuesto temprano no duermo... Y luego no puedo resistir la tentaci&oacute;n de
+ver estas caritas tan lindas...</p>
+
+<p>Venturita hizo un moh&iacute;n desde&ntilde;oso donde se trasluc&iacute;a la satisfacci&oacute;n de
+verse requebrada.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Si fuera usted siquiera un pollo guapo!</p>
+
+<p>&mdash;Lo he sido.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;El a&ntilde;o cu&aacute;ntos?...</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Qu&eacute; mala, qu&eacute; mala es esta chiquilla!&mdash;exclam&oacute; don Mateo riendo y
+acometi&eacute;ndole acto continuo un golpe de tos que le embarg&oacute; la
+respiraci&oacute;n por algunos momentos.</p>
+
+<p>Don Mateo, anciano decr&eacute;pito, no s&oacute;lo estropeado por los a&ntilde;os, sino por
+multitud de achaques adquiridos con una vida harto disipada, era la
+alegr&iacute;a de la villa de Sarri&oacute;. Ninguna fiesta, ning&uacute;n regocijo p&uacute;blico o
+privado se efectuaba en el pueblo sin su intervenci&oacute;n. Era presidente
+del Liceo, sociedad de baile, desde hac&iacute;a muchos a&ntilde;os, y nadie pensaba
+en substituirlo por otro. Presid&iacute;a tambi&eacute;n una academia de m&uacute;sica de la
+cual era fundador. Era vocal-tesorero del Casino de artesanos. La
+reedificaci&oacute;n del teatro donde nos hallamos a &eacute;l se deb&iacute;a; y para
+recompensarle de sus molestias y desembolsos, el Ayuntamiento le hab&iacute;a
+permitido labrar en el hueco de la escalera el palco cerrado con
+persiana de que ya hemos hablado. Viv&iacute;a de su retiro de coronel. Estaba
+casado y ten&iacute;a una hija de treinta y tantos a&ntilde;os a quien segu&iacute;a llamando
+&laquo;la ni&ntilde;a&raquo;.</p>
+
+<p>Ni se crea por esto que don Mateo era un viejo verde. Si lo fuese, el
+sexo femenino no le demostrar&iacute;a tanta simpat&iacute;a, ni le guardar&iacute;a respeto
+alguno. Su &uacute;nico placer era ver divertidos a los dem&aacute;s, que la alegr&iacute;a
+reinase en torno suyo. Para conseguirlo, hac&iacute;a esfuerzos incre&iacute;bles de
+habilidad, y se molestaba lo indecible. Su imaginaci&oacute;n, puesta al
+servicio de tal idea, no descansaba un instante. Unas veces era un baile
+campestre el que organizaba; otra vez hac&iacute;a construir un escenario en el
+sal&oacute;n del Liceo, y ensayaba alguna comedia; otras, contrataba compa&ntilde;&iacute;as
+de saltimbanquis o de m&uacute;sicos. En cuanto se pasaban ocho d&iacute;as sin que
+los vecinos de Sarri&oacute; se recreasen de alg&uacute;n modo, ya estaba nuestro don
+Mateo nervioso y no paraba hasta lograrlo. Gracias a &eacute;l, podemos
+asegurar que no hab&iacute;a pueblo en Espa&ntilde;a, en aquella &eacute;poca, donde la vida
+fuese m&aacute;s f&aacute;cil y agradable.</p>
+
+<p>Porque los honestos recreos que sin cesar se repet&iacute;an, engendraban la
+uni&oacute;n y hermandad en el vecindario. Adem&aacute;s, don Mateo, elemento
+conciliador por excelencia, formaba gran empe&ntilde;o en destruir todas las
+malquerencias y rencores que en el pueblo existiesen. Al contrario de
+ciertos seres viles que se complacen en transmitir el veneno de la
+murmuraci&oacute;n, ten&iacute;a gusto en ir repitiendo a cada cual lo bueno que de &eacute;l
+hablasen los dem&aacute;s:&mdash;&laquo;Pepita, &iquest;sabe usted lo que acaba de decirme do&ntilde;a
+Rosario del vestido que usted lleva?... que es elegant&iacute;simo, muy
+sencillo y de mucho gusto.&raquo;&mdash;Pepita se esponjaba en su palco, y dirig&iacute;a
+una mirada de ternura a do&ntilde;a Rosario, a pesar de que nunca le hab&iacute;a sido
+simp&aacute;tica.&mdash;Buen negocio ha hecho usted en la partida de cacao de la
+viuda e hijos de Villamor, amigo don Eugenio.&mdash;Phs; regular.&mdash;&laquo;En este
+momento me acaba de decir don Rosendo que ese negocio se le ha escapado
+a &eacute;l de las manos por tonto.&raquo; Como don Rosendo pasa por el primer
+comerciante de la villa, don Eugenio no puede menos de sentirse
+lisonjeado por estas palabras.</p>
+
+<p>Despu&eacute;s de haber charlado algunos instantes con la familia Belinch&oacute;n,
+don Mateo se despide para recorrer todos los palcos, como ten&iacute;a por
+costumbre; pero antes dice, dirigi&eacute;ndose a Cecilia:</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Cu&aacute;ndo llega?</p>
+
+<p>La joven se puso levemente encendida.</p>
+
+<p>&mdash;No s&eacute; decir a usted, don Mateo...</p>
+
+<p>Do&ntilde;a Paula sonri&oacute; con malicia, y vino en auxilio de su hija.</p>
+
+<p>&mdash;Debe de llegar en la <i>Bella-Paula</i>, que ha salido ya de Liverpool.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Oh! Entonces aqu&iacute; lo tenemos ma&ntilde;ana o pasado... &iquest;Habr&aacute;s rezado mucho
+a la Virgen de las Tormentas, verdad?</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Una novena nada menos la ha hecho! Hace d&iacute;as que est&aacute;n seis cirios
+ardiendo delante de la imagen&mdash;dijo Venturita.</p>
+
+<p>Cecilia se puso a&uacute;n m&aacute;s colorada y sonri&oacute;. Era una joven de veintid&oacute;s
+a&ntilde;os, no agraciada de rostro ni gallarda de figura. Lo que m&aacute;s
+desconcertaba la armon&iacute;a de aqu&eacute;l, era la nariz excesivamente aguile&ntilde;a.
+Sin esta tacha quiz&aacute; no habr&iacute;a sido fea, porque los ojos eran
+extremadamente lindos, tan suaves y expresivos, que pocas bellezas
+pod&iacute;an gloriarse de poseerlos tales. Ni alta ni baja, pero el talle
+desgarbado y los hombros un tanto encogidos. Su hermana Ventura ten&iacute;a
+diez y seis a&ntilde;os, y aparec&iacute;a como un hermoso pimpollo, lleno de gracia y
+alegr&iacute;a. Su rostro ovalado parec&iacute;a hecho de rosas y claveles. Apretadita
+de carnes y peque&ntilde;a de estatura; tan sabiamente proporcionada por la
+Naturaleza, que parec&iacute;a modelada en cera. Sus manos eran jazmines y sus
+pies de criolla, celebrados en Sarri&oacute; como nunca vistos; la suavidad y
+tersura de su cutis, venc&iacute;an a las del n&aacute;car y alabastro. Sobre la
+frente, alta y estrecha como las de las venus griegas, de un blanco
+argentino, ca&iacute;an los bucles de sus cabellos rubios, cuya madeja, tan
+espesa como d&oacute;cil y brillante, le tapaba enteramente la espalda hasta
+m&aacute;s abajo de la cintura.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;B&uacute;rlate de tu hermana, picarilla; no tardar&aacute;s en hacer lo mismo!</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Yo rezar por un hombre? Usted chochea, don Mateo.</p>
+
+<p>&mdash;Ya me lo dir&aacute;s dentro de poco&mdash;repuso el anciano pasando a otro palco
+a saludar a los se&ntilde;ores de Maza.</p>
+
+<p>En esto se acerc&oacute; Pablito al de sus pap&aacute;s, trayendo en su compa&ntilde;&iacute;a a un
+fiel amigo que merece especial menci&oacute;n. Era hijo del picador que hab&iacute;a
+en el pueblo, y mozo que por su figura pod&iacute;a ser el regocijo de los
+espectadores en un circo de acr&oacute;batas. Nada necesitaba a&ntilde;adir a su
+persona, ni polvos de harina, ni bermell&oacute;n, ni tizne para quedar
+convertido en <i>clown</i>. Era un payaso &laquo;al natural&raquo;. Su nariz vivamente
+coloreada ya por la Naturaleza, sus ojos torcidos, la ausencia de
+pesta&ntilde;as, su boca de lobo, la disparatada anchura de sus hombros, el
+arco de sus piernas y, sobre todo, las muecas grotescas con que se
+acompa&ntilde;a al hablar o gru&ntilde;ir, provocan la risa, sin m&aacute;s pelucas y
+afeites. Bien lo sab&iacute;a Piscis (que as&iacute; se llamaba o le llamaban) y de
+ello estaba fuertemente pesaroso y hasta indignado. Para contrarrestar
+estas nativas disposiciones c&oacute;micas de su rostro, hab&iacute;a determinado no
+reirse jam&aacute;s, y cumpl&iacute;a su promesa religiosamente. Adem&aacute;s, para el mismo
+efecto acostumbraba sabiamente a entreverar sus palabras con las m&aacute;s
+&aacute;speras y temerosas interjecciones del repertorio nacional, y varias de
+su invenci&oacute;n particular. Pero esto, en vez de producir el efecto
+apetecido, contribu&iacute;a a despertar la alegr&iacute;a entre sus conocidos.</p>
+
+<p>El &uacute;nico que hasta cierto punto le tomaba en serio era Pablito. Piscis y
+Pablito hab&iacute;an nacido para amarse y admirarse. El punto de conjunci&oacute;n de
+estos dos astros era el g&eacute;nero ecuestre. Piscis, adiestrado por su padre
+desde ni&ntilde;o, era el mejor jinete de Sarri&oacute;; por consiguiente, para
+Pablito la persona m&aacute;s digna de ser admirada. El hijo de don Rosendo era
+el chico m&aacute;s rico de la poblaci&oacute;n: para Piscis, deb&iacute;a de ser, claro
+est&aacute;, lo m&aacute;s respetable y digno de veneraci&oacute;n que hab&iacute;a sobre el
+planeta. Nadie sab&iacute;a a qu&eacute; &eacute;poca se remontaba esta amistad. Se hab&iacute;a
+visto a Pablito y Piscis eternamente juntos, cuando ni&ntilde;os. Ya hombres no
+fu&eacute; parte a separarlos la diversa posici&oacute;n social que ocupaban. El lugar
+de reuni&oacute;n de estos j&oacute;venes notables era constantemente la cuadra de don
+Rosendo. Desde all&iacute;, despu&eacute;s de celebrar siempre una larga y erudita
+conferencia, frente a los caballos, con parte te&oacute;rica y parte pr&aacute;ctica,
+sal&iacute;an a pasear su figura y sus profundos conocimientos por la villa,
+unas veces cabalgando en briosos corceles, otras en una linda
+<i>charrette</i>, Pablito guiando, Piscis a su lado fijo y absorto en la
+contemplaci&oacute;n amorosa de los traseros de los caballos. Algunas tambi&eacute;n,
+para dar ejemplo de humildad, caminando sobre las propias piernas.</p>
+
+<p>Pablo se acerc&oacute; a su familia, retorci&eacute;ndose de risa.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Qu&eacute; te ha pasado?&mdash;le pregunta do&ntilde;a Paula, sonriendo tambi&eacute;n.</p>
+
+<p>&mdash;Hemos seguido a Periquito a la cazuela y le encontramos mano a mano
+con Ramona&mdash;dijo el joven, acercando la boca al o&iacute;do de su hermana
+Ventura.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;S&iacute;?... &iquest;Qu&eacute; le dec&iacute;a?&mdash;pregunt&oacute; &eacute;sta con gran curiosidad.</p>
+
+<p>&mdash;Pues le dec&iacute;a... (una avenida de risa lo interrumpi&oacute; por algunos
+momentos). Le dec&iacute;a... &laquo;Ramona, te amo&raquo;.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Ave Mar&iacute;a! &iexcl;A una sardinera!&mdash;exclam&oacute; la ni&ntilde;a riendo tambi&eacute;n y
+haci&eacute;ndose cruces.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Si vieras con qu&eacute; voz temblorosa lo dec&iacute;a, y c&oacute;mo pon&iacute;a los ojos en
+blanco!... Aqu&iacute; est&aacute; Piscis, que tambi&eacute;n lo oy&oacute;...</p>
+
+<p>Piscis dej&oacute; escapar un gru&ntilde;ido corroborante.</p>
+
+<p>En aquel momento, Periquito, que era un muchacho p&aacute;lido y enteco, de
+ojos azules y poca y rala barba rubia, apareci&oacute; en las lunetas. Las
+miradas de toda la familia Belinch&oacute;n se clavaron en &eacute;l sonrientes y
+burlonas. Sobre todo Pablo y Venturita se mostraban grandemente
+regocijados a su vista. Periquito levant&oacute; la cabeza y salud&oacute;. La familia
+Belinch&oacute;n contest&oacute; al saludo sin dejar de reir. Torn&oacute; a levantar la
+cabeza otras dos o tres veces y viendo aquellas insistentes sonrisas, se
+sinti&oacute; molesto y sali&oacute; al pasillo.</p>
+
+<p>Levant&oacute;se nuevamente el tel&oacute;n. La decoraci&oacute;n representaba unas cavernas
+del infierno, aunque no era imposible que alguien creyese que se trataba
+de la bodega de un barco. El acto comenzaba por un preludio de la
+orquesta, dignamente dirigida por el se&ntilde;or Anselmo, ebanista de la
+villa. Figuraban en ella como bombardinos el se&ntilde;or Mat&iacute;as, el sacrist&aacute;n,
+y el se&ntilde;or Manolo (barbero); como clarinetes don Juan el Salado
+(escribiente del Ayuntamiento) y Pr&oacute;spero (carpintero); como trompas
+<i>Mechacan</i> (zapatero) y el se&ntilde;or Romualdo (enterrador); como cornetines
+Pepe de la Esguila (alba&ntilde;il) y Maroto (sereno); como figle el se&ntilde;or
+Benito el Rato (escribiente de una casa de comercio y figle de la
+iglesia). Hab&iacute;a otros cuatro o cinco muchachos aprendices, que
+acompa&ntilde;aban. El se&ntilde;or Anselmo, en vez de batuta, ten&iacute;a en la mano para
+dirigir una enorme llave reluciente, que era la de su taller.</p>
+
+<p>El preludio era muy triste y temeroso; como que est&aacute;bamos en el
+infierno. El p&uacute;blico guardaba absoluto silencio: esperaba con ansia lo
+que iba a salir de all&iacute;, clavados los ojos en las trampas abiertas en el
+suelo del escenario. De pronto, de aquella m&uacute;sica suave y misteriosa
+sali&oacute; un trompetazo desafinado. El se&ntilde;or Anselmo se volvi&oacute; y dirigi&oacute; una
+mirada de reprensi&oacute;n al m&uacute;sico, que se puso colorado hasta las orejas.
+Hubo en el p&uacute;blico fuerte y prolongado murmullo. De la cazuela sali&oacute;
+entonces una voz que grit&oacute;:</p>
+
+<p>&mdash;Fu&eacute; Pepe de la Esguila.</p>
+
+<p>Las miradas del p&uacute;blico se dirigieron hacia este menestral, que se hizo
+el distra&iacute;do sacando la boquilla del cornet&iacute;n y sacudi&eacute;ndola; pero
+estaba cada vez m&aacute;s colorado.</p>
+
+<p>&mdash;Si no sabe tocar que se vaya a la cama&mdash;grit&oacute; la misma voz.</p>
+
+<p>Entonces el corrido y avergonzado Pepe de la Esguila mont&oacute; en c&oacute;lera de
+pronto, dej&oacute; el instrumento en el suelo, y alz&aacute;ndose del asiento con los
+ojos encendidos y agitando los pu&ntilde;os frente a la cazuela, grit&oacute;:</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Ya te arreglar&eacute; en cuanto salgamos, Percebe!</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Chis, chis! &iexcl;Silencio, silencio!&mdash;exclam&oacute; todo el p&uacute;blico.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Qu&eacute; has de arreglar, morral! Anda adelante y toca mejor la trompeta.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Silencio, silencio! &iexcl;Qu&eacute; esc&aacute;ndalo!&mdash;volvi&oacute; a exclamar el p&uacute;blico.</p>
+
+<p>Y todos los ojos se volvieron hacia el palco del alcalde.</p>
+
+<p>Era &eacute;ste un hombre de sesenta, a setenta a&ntilde;os, bajo de estatura y muy
+subido de color, el pelo bien conservado y enteramente blanco, las
+mejillas rasuradas, la nariz borb&oacute;nica, los ojos grandes, redondos y
+saltones. Parec&iacute;a un cortesano de Luis XV o un cochero de casa grande.</p>
+
+<p>Don Roque, que as&iacute; se llamaba, se revolvi&oacute; en el asiento y di&oacute; una voz.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Marcones!</p>
+
+<p>Un alguacil octogenario se acerc&oacute; al respaldo del palco con la gorra
+azul de grande visera charolada en la mano. El alcalde conferenci&oacute; con
+&eacute;l algunos momentos. Marcones subi&oacute; a la cazuela bajando poco despu&eacute;s
+con un joven en traje de marinero, agarrado del brazo. Ambos se
+acercaron al palco presidencial.</p>
+
+<p>Don Roque comenz&oacute; a increparle procurando apagar la voz y consigui&eacute;ndolo
+a medias. Se o&iacute;a de vez en cuando:&mdash;&laquo;&iexcl;Zopenco!&raquo;... &laquo;no ten&eacute;is pizca de
+educaci&oacute;n&raquo;... &laquo;animal de bellota&raquo;... &laquo;&iquest;Te figuras que est&aacute;s en la
+taberna?&raquo; El marinero aguantaba la rociada con los ojos en el suelo.</p>
+
+<p>Una voz grit&oacute; desde el patio:</p>
+
+<p>&mdash;Que lo lleven a la c&aacute;rcel.</p>
+
+<p>Pero desde la cazuela contest&oacute; otra al instante:</p>
+
+<p>&mdash;Que lleven tambi&eacute;n a Pepe de la Esguila.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Silencio! &iexcl;Silencio!</p>
+
+<p>El alcalde, despu&eacute;s de haber reprendido y amenazado &aacute;speramente a
+Percebe, le dej&oacute; volver otra vez a su sitio, con gran satisfacci&oacute;n de la
+cazuela, que lo recibi&oacute; con hurras y aplausos.</p>
+
+<p>La orquesta, callada un instante, torn&oacute; a su infernal preludio. Antes
+que &eacute;ste se terminase, comenzaron a salir por las trampas del escenario
+hasta una docena de diablos con sendas y enormes pelucas de estopa, el
+rabo de etiqueta, y teas encendidas, en las manos. As&iacute; como se hallaron
+sobre el entarimado y cerradas convenientemente las trampas, dieron
+comienzo, como es l&oacute;gico, a una danza fant&aacute;stica; pues bien sabido es de
+antiguo que no pueden estar juntos cuatro demonios sin entregarse con
+furor al baile. Los espectadores segu&iacute;an con extremada curiosidad sus
+vivos y acompasados movimientos. Un chiquillo llor&oacute;. El p&uacute;blico oblig&oacute; a
+su madre a que lo sacase.</p>
+
+<p>Mas hete aqu&iacute; que con tanto ir y venir, pasar y rozarse los ministros de
+Belceb&uacute; en aquel no muy amplio recinto, una tea lleg&oacute; a prender fuego a
+la peluca de uno de ellos. El pobre diablo, sin darse cuenta de ello,
+sigui&oacute; bailando cada vez con m&aacute;s infernal arrebato. El p&uacute;blico re&iacute;a a
+carcajadas esperando el pr&oacute;ximo desenlace de aquel incidente. En efecto,
+cuando sinti&oacute; caliente la cabeza m&aacute;s de la cuenta el esp&iacute;ritu maligno,
+se apresur&oacute; a arrancarse la peluca, y la careta, quedando al descubierto
+el rostro de <i>Levita</i>, donde se pintaba el terror.</p>
+
+<p>&mdash;<i>&iexcl;Levita!</i>&mdash;grit&oacute; el p&uacute;blico alborozado.</p>
+
+<p>El granuja que ten&iacute;a este apodo, privado de sus atributos infernales,
+confuso y avergonzado, se retir&oacute; de la escena.</p>
+
+<p>Al poco rato empez&oacute; a arder otra peluca. Nuevos murmullos y mayor
+ansiedad por ver la metemps&iacute;cosis de aquel &aacute;ngel exterminador. No se
+hizo esperar. Al cabo de pocos minutos la peluca y la careta volaban por
+el aire como encendido cometa.</p>
+
+<p>&mdash;<i>&iexcl;Matalaosa!</i>&mdash;gritaron todos. Una inmensa carcajada son&oacute; en el
+teatro.</p>
+
+<p>&mdash;<i>M&aacute;tala</i>, no te descubras que te vas a constipar&mdash;dijo uno desde la
+cazuela.</p>
+
+<p><i>Matalaosa</i> se retir&oacute; avergonzado como su compa&ntilde;ero <i>Levita</i>.</p>
+
+<p>Todav&iacute;a ardieron otras dos o tres pelucas, poniendo a la verg&uuml;enza a
+otros tantos pillastres de la calle que serv&iacute;an de comparsas en el
+teatro. El baile se termin&oacute; al fin sin m&aacute;s incendios.</p>
+
+<p>Una vez sepultados de nuevo en el Averno los demonios que se hab&iacute;an
+salvado de la quema, se presentaron en la escena un gallardo mancebo, de
+oficio pastor, a juzgar por el pellico que le tapaba la espalda, y una
+hermosa doncella de id&eacute;ntica profesi&oacute;n. Los cuales, en el mismo punto,
+siguiendo el antiguo precepto que obliga a todo pastor a estar enamorado
+y a toda pastora a mostrarse esquiva, comenzaron su di&aacute;logo, donde las
+quejas amorosas y los tiernos lamentos de &eacute;l contrastaban con las
+indiferentes carcajadas de ella. Alegres y regocijados se hallaban
+todos, lo mismo los del patio que los de la cazuela, con las sabrosas
+razones que pasaban en la escena, cuando a la puerta del teatro se oy&oacute;
+una gran voz que dijo:</p>
+
+<p>&mdash;Don Rosendo, est&aacute; entrando la <i>Bella-Paula.</i></p>
+
+<p>El efecto que aquel inesperado grito produjo, fu&eacute; inexplicable. Porque
+no s&oacute;lo don Rosendo se levanta como impulsado por un resorte y se
+apresura con mano tr&eacute;mula a ponerse el abrigo para salir, sino que por
+todo el concurso se esparci&oacute; un fuerte rumor acompa&ntilde;ado de viva
+agitaci&oacute;n que estuvo a punto de interrumpir el di&aacute;logo pastoril. Los
+menestrales del patio lanz&aacute;ronse acto continuo a la calle. De la cazuela
+bajaron con fuerte traqueteo casi todos los marineros que all&iacute; hab&iacute;a. Y
+de los palcos y butacas salieron tambi&eacute;n numerosas personas. A los pocos
+minutos no quedaban apenas en el teatro m&aacute;s que las mujeres.</p>
+
+<p>Cecilia se hab&iacute;a quedado inm&oacute;vil, p&aacute;lida, con los ojos clavados en la
+escena. Su madre y hermana la miraban en tanto con semblante risue&ntilde;o.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Por qu&eacute; me mir&aacute;is de ese modo?&mdash;exclam&oacute; volvi&eacute;ndose de pronto. Y al
+decir esto se puso fuertemente colorada.</p>
+
+<p>Do&ntilde;a Paula y Venturita soltaron una carcajada.</p>
+
+
+
+<h3 class="top15"><a name="II" id="II"></a>II</h3>
+
+<p class="c smcap">del feliz arribo de la &laquo;bella-paula&raquo;</p>
+
+
+<p>El pelot&oacute;n de espectadores corri&oacute; por las calles en direcci&oacute;n al muelle.
+Delante, rodeado de seis u ocho marineros, de su hijo Pablo y algunos
+amigos, iba don Rosendo, silencioso, preocupado, escuchando los
+comentarios de sus acompa&ntilde;antes, que los pronunciaban con la voz
+entrecortada por la fatiga.</p>
+
+<p>&mdash;Tiene suerte don Domingo; llega con m&aacute;s de media marea&mdash;dijo un
+marinero aludiendo al capit&aacute;n de la <i>Bella-Paula.</i></p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Qu&eacute; sabes t&uacute; si llega ahora? Bien puede estar fondeado desde la
+tarde&mdash;respondi&oacute; otro.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;D&oacute;nde?</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;D&oacute;nde ha de ser, mam&oacute;n? en la concha&mdash;replic&oacute; el otro enfureci&eacute;ndose.</p>
+
+<p>&mdash;Si hubiera estado se ver&iacute;a, t&iacute;o Miguel.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;C&oacute;mo lo hab&iacute;as de ver, papanatas?... &iquest;Has estado por si acaso en la
+pe&ntilde;a Corvera?</p>
+
+<p>&mdash;La bandera de la <i>Bella-Paula</i> se ve por encima de la pe&ntilde;a, t&iacute;o
+Miguel.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Qu&eacute; bandera ni qu&eacute; mal rayo que te parta!</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Qu&eacute; carga trae, don Rosendo?&mdash;pregunt&oacute;le al armador uno de los que le
+acompa&ntilde;aban.</p>
+
+<p>&mdash;Cuatro mil quintales.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Escocia?</p>
+
+<p>&mdash;No; todo Noruega.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Viene a bordo el se&ntilde;orito de las Cuevas?</p>
+
+<p>Don Rosendo no contest&oacute;. Al cabo de un momento de marcha cada vez m&aacute;s
+precipitada, se volvi&oacute; diciendo:</p>
+
+<p>&mdash;A ver; es necesario avisar a don Melchor que est&aacute; entrando la
+<i>Bella-Paula</i>.</p>
+
+<p>&mdash;Yo ir&eacute;&mdash;respondi&oacute; un marinero destac&aacute;ndose del pelot&oacute;n y marchando a
+internarse otra vez en el pueblo.</p>
+
+<p>Llegaron al muelle. La noche estaba fr&iacute;a, sin estrellas: el viento
+acostado: la mar en calma. Dejaron el antiguo y diminuto muelle y se
+dirigieron a la punta del Pe&oacute;n reci&eacute;n constru&iacute;da que avanzaba bastante
+m&aacute;s por el mar. Brillaba en la obscuridad tal cual farolillo de los
+barcos anclados. Apenas se advert&iacute;a la espesa red de su jarcia. Los
+cascos aparec&iacute;an como una masa negra informe.</p>
+
+<p>Los reci&eacute;n llegados no vieron un grupo mucho mayor de gente que se
+api&ntilde;aba en la punta misma del malec&oacute;n hasta que dieron sobre &eacute;l. Todos
+guardaban silencio con los ojos puestos en el mar, esforz&aacute;ndose por
+advertir entre las tinieblas las maniobras del buque. Las olas, que
+romp&iacute;an blandamente contra las pe&ntilde;as m&aacute;s pr&oacute;ximas, blanqueaban de vez
+en cuando en la obscuridad.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;D&oacute;nde est&aacute;?&mdash;preguntaron varios de los espectadores del teatro
+sac&aacute;ndose los ojos por ver algo.</p>
+
+<p>&mdash;All&iacute;.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;D&oacute;nde?</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;No ve usted aqu&iacute;, hacia la izquierda, una lucecita verde?... Siga
+usted mi mano.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Ah, s&iacute;, ya la veo!</p>
+
+<p>Don Rosendo subi&oacute; al segundo cuerpo del pared&oacute;n, y encontr&oacute; all&iacute; ya a
+don Melchor de las Cuevas. Era &eacute;ste un caballero alto, muy alto, enjuto,
+afeitado a la usanza de los marinos, esto es, dejando la barba por el
+cuello como una venda. Ten&iacute;a m&aacute;s raz&oacute;n para ello que la mayor&iacute;a de los
+vecinos de Sarri&oacute; que se afeitaban de este modo, pues pertenec&iacute;a al
+honroso cuerpo de la Armada, si bien en calidad de retirado. Pero en los
+puertos de mar, particularmente cuando la poblaci&oacute;n es peque&ntilde;a, como la
+en que nos hallamos, el elemento mar&iacute;timo predomina y se infiltra de tal
+modo, que todos los habitantes, sin poderlo remediar, sin darse cuenta
+de ello, adoptan ciertos usos, palabras y formas de vestir de los
+marinos.</p>
+
+<p>Habr&iacute;a sido apuesto y gal&aacute;n el se&ntilde;or de las Cuevas en sus tiempos
+juveniles; porque hoy, a los setenta y cuatro a&ntilde;os, es un hombre brioso,
+erguido, de vivos y penetrantes ojos, nariz aguile&ntilde;a, noble y
+descubierta frente. Toda su figura anuncia energ&iacute;a y decisi&oacute;n.</p>
+
+<p>Estaba en pie sobre uno de los asientos adheridos al pretil del pared&oacute;n,
+con unos enormes anteojos de mar dirigidos hacia la lucecita verde que
+brillaba con intermitencias all&aacute; a lo lejos. Era con mucho la figura m&aacute;s
+elevada que sal&iacute;a del grupo de espectadores.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Don Melchor, usted aqu&iacute; ya!... Acabo de enviarle un recado a su casa.</p>
+
+<p>&mdash;Hace una hora que he venido&mdash;repuso el se&ntilde;or de las Cuevas, separando
+los anteojos de la cara.&mdash;He visto la barca desde el mirador poco
+despu&eacute;s de puesto el sol.</p>
+
+<p>&mdash;Deb&iacute;a suponerlo. &iquest;C&oacute;mo se le hab&iacute;a a usted de escapar nada que pase
+por ah&iacute; afuera?</p>
+
+<p>&mdash;Tengo mejor vista que cuando era un mozo de veinte a&ntilde;os&mdash;dijo don
+Melchor con firme entonaci&oacute;n y en voz alta para que lo oyesen.</p>
+
+<p>&mdash;Lo creo, lo creo, don Melchor.</p>
+
+<p>&mdash;A quince millas veo virar una lancha bonitera.</p>
+
+<p>&mdash;Lo creo, lo creo.</p>
+
+<p>&mdash;Y si me apuran un poco&mdash;profiri&oacute; en voz m&aacute;s alta a&uacute;n,&mdash;les cuento las
+portas a las fragatas que cruzan para el Ferrol.</p>
+
+<p>&mdash;Arr&iacute;e, arr&iacute;e un poco, don Melchor&mdash;dijo una voz.</p>
+
+<p>Hubo en la obscuridad carcajadas reprimidas, porque el se&ntilde;or de las
+Cuevas inspiraba respeto profundo a toda la mariner&iacute;a.</p>
+
+<p>El viejo marino volvi&oacute; airado la cabeza hacia el sitio donde hab&iacute;a
+salido la cuchufleta. Esforz&oacute;se en penetrar las tinieblas en silencio
+algunos instantes, y al cabo dijo con voz ronca:</p>
+
+<p>&mdash;Si supiese qui&eacute;n eres, pronto te arriaba yo en banda a la mar.</p>
+
+<p>Nadie os&oacute; decir una palabra, ni hubo el m&aacute;s leve conato de risa. En
+Sarri&oacute; se sab&iacute;a que el se&ntilde;or de las Cuevas era muy capaz de hacerlo como
+lo dec&iacute;a. Hab&iacute;a servido en la marina de guerra m&aacute;s de cuarenta a&ntilde;os,
+gozando siempre opini&oacute;n de oficial bravo y pundonoroso, pero al mismo
+tiempo de una severidad que rayaba en barbarie. Cuando ya ning&uacute;n
+comandante de buque se acordaba de nuestras antiguas ordenanzas
+mar&iacute;timas, don Melchor se empe&ntilde;aba en ponerlas en pr&aacute;ctica y en todo su
+rigor. Cont&aacute;base con terror en el pueblo, que hab&iacute;a ahogado a un
+marinero por pasarlo tres veces debajo de la quilla, seg&uacute;n prescrib&iacute;a la
+ordenanza para ciertas faltas; y a m&aacute;s de ciento hab&iacute;a derrengado a
+palos o les hab&iacute;a levantado el pellejo con el chicote. Adem&aacute;s no hab&iacute;a
+en Sarri&oacute; piloto o marinero que se las pudiese haber con &eacute;l en lo
+referente a la mar, lo mismo en el conocimiento del tiempo, que en las
+maniobras de los barcos; en todos los secretos de la navegaci&oacute;n.</p>
+
+<p>La lucecita verde se iba acercando con lentitud. Percib&iacute;ase ya el bulto
+de la <i>Bella-Paula</i> a simple vista, y adem&aacute;s otros dos o tres puntitos
+negros cerca de ella, que cambiaban a menudo de sitio. Eran la lancha
+del pr&aacute;ctico y los botes auxiliares para tirar del barco cuando fuese
+necesario. Como el viento no soplaba apenas, la corbeta manten&iacute;a izadas
+todas las velas. Sin embargo, ya estaba demasiado cerca del pared&oacute;n para
+que esto no constituyese un peligro. Al menos don Melchor as&iacute; lo
+entendi&oacute;, porque comenz&oacute; a jurar por lo bajo y a mostrarse inquieto. No
+pudiendo resistir m&aacute;s, a sabiendas de que no le hab&iacute;an de oir, grit&oacute;:</p>
+
+<p>&mdash;Aferra las gavias, Domingo. &iquest;Qu&eacute; aguardas?</p>
+
+<p>Apenas hab&iacute;a acabado de pronunciar estas palabras, cuando se vieron
+sobre las cofas los bultos casi imperceptibles de los marineros.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Acab&aacute;ramos!&mdash;exclam&oacute; don Melchor.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;S&iacute;, que Domingo se chupa el dedo!&mdash;dijo por lo bajo el marinero a
+quien el se&ntilde;or de las Cuevas hab&iacute;a amenazado.</p>
+
+<p>El casco de la corbeta, pintado de negro con una banda blanca en la obra
+muerta, se destac&oacute; al fin con pureza del fondo obscuro. Los ojos de los
+espectadores, habituados ya a las tinieblas, ve&iacute;an perfectamente todo lo
+que pasaba a bordo. Sobre el puente hab&iacute;a dos bultos, el del capit&aacute;n y
+el del pr&aacute;ctico. En la proa uno, el del piloto.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Y la escandalosa?&mdash;grit&oacute; de nuevo don Melchor.</p>
+
+<p>La escandalosa de mesana, como si obedeciese a su voz, cay&oacute;. La barca
+sigui&oacute; acerc&aacute;ndose cada vez con m&aacute;s pausa. El viento no consegu&iacute;a
+henchir las velas bajas: la cangreja pend&iacute;a del palo lacia y desmayada
+como un vestido de baile usado. Pronto quedaron aferradas aqu&eacute;llas y
+arriada &eacute;sta, y el barco comenz&oacute; a caminar con sosiego desesperante
+remolcado por los dos botes. Las figuras de los remadores se levantaron
+acompasadamente sobre los bancos. Y la voz de los patrones
+gritando:&mdash;&iexcl;Hala avante! &iexcl;hala duro!&mdash;rompi&oacute; con br&iacute;o el silencio de la
+noche.</p>
+
+<p>Pero los tirones eran tan d&eacute;biles con relaci&oacute;n a la masa, que el buque
+apenas se mov&iacute;a. Cuando al cabo de un cuarto de hora consigui&oacute; acercarse
+unas treinta brazas de la punta del Pe&oacute;n, larg&oacute; un cabo, que uno de los
+botes trajo al malec&oacute;n para ayudar a virar a la corbeta.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Capit&aacute;n, capit&aacute;n!&mdash;grit&oacute; uno con voz estent&oacute;rea desde el grupo.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Qu&eacute; hay?&mdash;contestaron del buque.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Viene a bordo el se&ntilde;orito de las Cuevas?</p>
+
+<p>&mdash;S&iacute;.</p>
+
+<p>&mdash;Pues ojo con el se&ntilde;orito de las Cuevas... Los dem&aacute;s que se ahoguen.</p>
+
+<p>La broma produjo gran algazara en la muchedumbre. Volvi&oacute; a reinar el
+silencio. La corbeta comenzaba a virar, apoyada en el cabo de tierra,
+que rechinaba con la tensi&oacute;n. La gente del muelle se puso a hablar con
+la de a bordo. Pero &eacute;sta se mostraba silenciosa, taciturna, atendiendo a
+las maniobras m&aacute;s que a las preguntas que les dirig&iacute;an. Entonces el
+temperamento burl&oacute;n de la mariner&iacute;a en aquella comarca se ostent&oacute; de
+nuevo. Los de tierra comenzaron a dar vaya a los de a bordo, sobre todo
+a un cierto sujeto que parec&iacute;a un mont&oacute;n de pelos, a quien apodaban
+Tanganada, el cual se mov&iacute;a de un lado a otro, con la gracia de un oso,
+manejando los cables, y lanzando gru&ntilde;idos de desprecio a la muchedumbre.</p>
+
+<p>&mdash;Oyes, Tanganada; ya tendr&aacute;s ganas de comer una cazuela de bacalao,
+&iquest;verdad?</p>
+
+<p>&mdash;Al&eacute;grate, Tanganada; hay sidra en el lagar de Llandones.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Hac&iacute;a calor en Noruega?</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;All&iacute; te quisiera ver yo, ladr&oacute;n!&mdash;gru&ntilde;&oacute; Tanganada, mientras aferraba
+una vela.</p>
+
+<p>Los marineros saludaron la frase con grandes carcajadas.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Larga tierra!&mdash;grit&oacute; el pr&aacute;ctico desde el puente.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Hala a bordo!&mdash;contest&oacute; el marinero que ten&iacute;a el socaire soltando el
+chicote. El cable cay&oacute; al mar, y comenz&oacute; a subir velozmente por el
+costado del buque.</p>
+
+<p>Este se encontraba al abrigo del malec&oacute;n, pero no hab&iacute;a marea bastante
+para atracar al antiguo muelle. El capit&aacute;n di&oacute; una voz al piloto.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Fondo!</p>
+
+<p>El piloto dijo a los marineros que ten&iacute;a a su lado:</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Arr&iacute;a!</p>
+
+<p>El ancla cay&oacute; al mar con un ruido estridente de cadenas. La barca se
+dispuso a virar sobre ella.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Vas a amarrarte a tierra, Domingo?&mdash;pregunt&oacute; don Melchor.</p>
+
+<p>&mdash;S&iacute;, se&ntilde;or&mdash;respondi&oacute; el capit&aacute;n.</p>
+
+<p>&mdash;No hay necesidad; am&aacute;rrate en dos. Dentro de una hora podr&aacute;s
+enmendarte.</p>
+
+<p>&mdash;Tanto me cuesta uno como otro&mdash;dijo en voz baja el capit&aacute;n alzando los
+hombros, y luego en voz alta a&ntilde;adi&oacute;:</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Echa la de uso!</p>
+
+<p>Otra ancla cay&oacute; al mar con el mismo ruido.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;C&oacute;mo le va a usted, t&iacute;o?&mdash;dijo una voz dulce y varonil desde a bordo.</p>
+
+<p>&mdash;Hola, Gonzalito. &iquest;Llegas bueno, hijo m&iacute;o?</p>
+
+<p>&mdash;Perfectamente; voy all&aacute; ahora mismo.</p>
+
+<p>Y se baj&oacute; con gran agilidad por un cable al bote.</p>
+
+<p>&mdash;Vamos a esperarle&mdash;dijo don Rosendo poni&eacute;ndose a andar.</p>
+
+<p>Pero la mano del se&ntilde;or de las Cuevas le sujet&oacute; como unas tenazas por el
+brazo.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;D&oacute;nde va usted, hombre de Dios?</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Qu&eacute; es eso?&mdash;pregunt&oacute; el armador asustado.&mdash;&iexcl;Ah, es cierto! &iexcl;No me
+acordaba de que est&aacute;bamos en el segundo pared&oacute;n!... La obscuridad...
+Tanto tiempo aqu&iacute;... El mareo de estar con la vista fija... en el
+barco... &iexcl;Dios m&iacute;o! &iquest;Qu&eacute; hubiera sido de m&iacute; si usted no me sujeta?</p>
+
+<p>&mdash;Pues nada, se hubiera usted deshecho los sesos contra las losas de
+abajo.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Virgen Sant&iacute;sima!&mdash;exclam&oacute; don Rosendo poni&eacute;ndose horriblemente
+p&aacute;lido. La frente se le cubri&oacute; de un sudor fr&iacute;o, y las piernas le
+flaquearon.</p>
+
+<p>&mdash;No tenga usted miedo por lo que ya pas&oacute;, amigo. Bajemos a recibir a
+Gonzalito.</p>
+
+<p>Bajaron en efecto al muelle, donde acababa de saltar un joven alto,
+rubio, de gallardo aspecto, vestido con un largo gab&aacute;n que casi le
+llegaba a los pies.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;T&iacute;o!</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Gonzalo!</p>
+
+<p>Se fueron acercando, hasta que quedaron abrazados los dos gigantes.
+Tambi&eacute;n don Rosendo salud&oacute; con efusi&oacute;n al joven; pero estaba tan
+preocupado con el peligro que hab&iacute;a corrido su existencia, que al
+instante volvi&oacute; a ponerse sombr&iacute;o y melanc&oacute;lico. Apenas pudo contestar a
+las preguntas que el contramaestre le hizo, pidi&eacute;ndole instrucciones por
+encargo del capit&aacute;n.</p>
+
+<p>Pusi&eacute;ronse en marcha luego hacia la casa de don Melchor, situada en lo
+m&aacute;s alto de la villa, se&ntilde;oreando una extensi&oacute;n inmensa de mar. Durante
+el camino, Gonzalo dej&oacute; que su t&iacute;o fuese delante, y un poco acortado
+hizo algunas preguntas a don Rosendo acerca de su familia.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;C&oacute;mo est&aacute; do&ntilde;a Paula? &iquest;Le ha desaparecido la rija del ojo? &iquest;Y Pablo?
+&iquest;Contin&uacute;a con la misma afici&oacute;n a los caballos? &iquest;Y Venturita? Estar&aacute;
+hecha una mujer ya, &iquest;verdad?... (Pausa.) &iquest;Cecilia est&aacute; buena?&mdash;termin&oacute;
+preguntando r&aacute;pidamente.</p>
+
+<p>A todas sus preguntas respondi&oacute; el se&ntilde;or de Belinch&oacute;n con monos&iacute;labos.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Sabes, Gonzalo&mdash;dijo par&aacute;ndose de pronto,&mdash;que por un poco me mato
+ahora mismo?</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;C&oacute;mo!</p>
+
+<p>Le cont&oacute; con prolijidad el percance del muelle. Terminado el relato,
+cay&oacute; en una profunda consternaci&oacute;n.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Supongo que la familia ya estar&aacute; en la cama?&mdash;pregunt&oacute; Gonzalo
+despu&eacute;s que hubo deplorado bastante (al menos en su concepto) el
+peligro del comerciante.</p>
+
+<p>&mdash;No; est&aacute;n en el teatro... No sabe uno d&oacute;nde la tiene; &iquest;verdad,
+querido?</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Hola! &iquest;Hay compa&ntilde;&iacute;a?</p>
+
+<p>&mdash;S&iacute;, desde hace unos d&iacute;as. &iquest;Crees que me hubiera matado, Gonzalo?</p>
+
+<p>&mdash;Phs... tal vez se hubiera usted roto una pierna, o las dos... o una
+costilla.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Menos malo!&mdash;exclam&oacute; el se&ntilde;or de Belinch&oacute;n dejando escapar un
+suspiro.</p>
+
+<p>En esto se hab&iacute;an internado ya bastante en la poblaci&oacute;n, y al llegar a
+cierta calle, don Rosendo se despidi&oacute; del t&iacute;o y del sobrino. Di&oacute;le &eacute;ste
+la mano con visible tristeza.</p>
+
+<p>&mdash;Voy al teatro a buscar a la familia. Hasta ma&ntilde;ana; que descanses,
+Gonzalo.</p>
+
+<p>&mdash;Hasta ma&ntilde;ana... Recuerdos.</p>
+
+<p>El se&ntilde;or de las Cuevas y su sobrino se emparejaron caminando lentamente
+la vuelta de la casa del primero. Cay&oacute; entonces sobre el viajero un
+chaparr&oacute;n de preguntas, no relativas a su estancia en Inglaterra, sino
+todas ellas referentes al viaje por mar. &laquo;&iquest;Qu&eacute; tal el viento? de bolina
+siempre, &iquest;verdad?... &iquest;No se os cay&oacute; alguna vez? El barco no cabecear&iacute;a
+mucho; viene bien cargado... &iquest;Y las corrientes? No marear&iacute;ais siempre
+con toda la tela, &iquest;eh? &iquest;A que hab&eacute;is arrizado a la salida de Liverpool?
+&iexcl;Conozco, conozco el pa&ntilde;o!</p>
+
+<p>Respond&iacute;a Gonzalo con distracci&oacute;n a las preguntas, que, por otra parte,
+entend&iacute;a a duras penas. Iba cabizbajo y melanc&oacute;lico. Observ&aacute;ndolo al fin
+su t&iacute;o, se par&oacute; en firme y dijo:</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Qu&eacute; tienes, Gonzalito? Parece que est&aacute;s triste.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Yo? &iexcl;Ca! No, se&ntilde;or.</p>
+
+<p>&mdash;Jurar&iacute;a que s&iacute;.</p>
+
+<p>Siguieron otro rato en silencio, y don Melchor, d&aacute;ndose una palmada en
+la frente, exclam&oacute;:</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Ya s&eacute; lo que tienes!</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Qu&eacute;?</p>
+
+<p>&mdash;Mal de la tierra. A m&iacute; me ha pasado siempre lo mismo. Cuando saltaba
+en tierra despu&eacute;s de alg&uacute;n viaje &iexcl;me entraba una desaz&oacute;n, una tristeza,
+un deseo tan grande de volverme a bordo! Duraba dos o tres d&iacute;as hasta
+que me iba acostumbrando. El caso es que ten&iacute;a af&aacute;n de llegar al puerto;
+pero, una vez en &eacute;l, echaba de menos la vida de a bordo. No s&eacute; lo que
+tiene el mar que atrae, &iquest;verdad?... &iexcl;Aquel aire tan puro!... &iexcl;Aquel
+movimiento!... &iexcl;Aquella libertad!... A que sientes ganas de volverte al
+barco, &iquest;eh?&mdash;termin&oacute; diciendo con una sonrisa maliciosa que acreditaba
+su extremada perspicacia.</p>
+
+<p>&mdash;Malditas... De lo que tengo gana, t&iacute;o, voy a dec&iacute;rselo en confianza...
+es de ver a mi novia.</p>
+
+<p>Don Melchor qued&oacute; asombrado.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;De veras?</p>
+
+<p>&mdash;Lo que usted oye.</p>
+
+<p>Reflexion&oacute; un momento el se&ntilde;or de las Cuevas, y al cabo dijo:</p>
+
+<p>&mdash;Bien; si quieres puedes ir al teatro a saludarla... Mientras tanto, yo
+voy a ver c&oacute;mo se enmienda Domingo.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;De qu&eacute; se ha de enmendar? Es una persona excelente&mdash;repuso el joven
+sonriendo.</p>
+
+<p>El t&iacute;o, sin comprender la iron&iacute;a, le mir&oacute; con desprecio.</p>
+
+<p>&mdash;Vaya, veo que vienes tan ignorante como has ido... Te aguardo para
+cenar.</p>
+
+<p>&mdash;No me aguarde usted, t&iacute;o&mdash;contest&oacute; Gonzalo, que ya estaba
+lejos.&mdash;Quiz&aacute; no cene.</p>
+
+<p>Y sin tomar carrera, pero con extra&ntilde;a velocidad, gracias a sus
+descomunales piernas, salv&oacute; las calles, alumbradas por algunos raros
+faroles de aceite, en direcci&oacute;n al teatro. Cualquiera que le tropezase
+en aquella hora le diputar&iacute;a por un inglesote de los muchos que llegan a
+Sarri&oacute; mandando barcos unas veces, otras a reconocer cotos mineros o a
+montar alguna industria. Su estatura colosal, su corpulencia, no son los
+signos caracter&iacute;sticos de la raza espa&ntilde;ola, siquiera nos hallemos en una
+de las provincias del Norte. Luego, aquel gab&aacute;n tan largo, las botas de
+tres suelas, el sombrero de forma ex&oacute;tica, denunciaban claramente al
+extranjero. Pues mir&aacute;ndole al rostro acababa de completarse la ilusi&oacute;n,
+porque era blanco y terso y adornado con larga barba rubia, los ojos
+azules, o m&aacute;s propiamente garzos, al igual de los que se ven casi sin
+excepci&oacute;n en las razas septentrionales. Aprovechemos los cortos momentos
+que nos quedan antes que llegue al teatro para proporcionar al lector
+algunos datos biogr&aacute;ficos acerca de este mancebo.</p>
+
+<p>La familia de las Cuevas a la cual pertenece, ven&iacute;a siendo de gigantes y
+marinos, desde tiempo inmemorial. Marino hab&iacute;a sido su padre, marino su
+abuelo, marinos sus t&iacute;os, y marinos tambi&eacute;n los hijos de &eacute;stos. Gonzalo
+qued&oacute; hu&eacute;rfano de padre y madre cuando no contaba ocho a&ntilde;os de edad,
+due&ntilde;o de una fortuna no despreciable, administrada por su t&iacute;o y tutor
+don Melchor, en cuyo poder y guarda le dej&oacute; el padre al morir. Bien
+quisiera el viejo marino que su pupilo continuase la no interrumpida
+tradici&oacute;n del linaje de las Cuevas en cuanto a la carrera. Para
+despertarle la afici&oacute;n o inclinarle a la marina, le compr&oacute; una preciosa
+balandra donde ambos se paseaban por las tardes o sal&iacute;an de pesca.</p>
+
+<p>Pero todos los prop&oacute;sitos del buen caballero se estrellaron contra las
+aficiones terrestres de su sobrino. De la mar no le gustaban a &eacute;ste m&aacute;s
+que los peces; pero aderezados ya y humeando en medio de la mesa.
+Todav&iacute;a transig&iacute;a, no obstante, con la caldereta merendada all&aacute; en alg&uacute;n
+recodo de la costa, sentado sobre una pe&ntilde;a donde manase agua fresca
+potable. A los catorce a&ntilde;os era Gonzalo un muchacho espigado y robusto,
+que estudiaba en el colegio privado de Sarri&oacute; la segunda ense&ntilde;anza y se
+examinaba todos los a&ntilde;os en la capital, obteniendo ordinariamente la
+calificaci&oacute;n de <i>bueno</i> y una que otra vez, muy rara, la de
+<i>notablemente aprovechado</i>. Bien quisto de sus compa&ntilde;eros por su
+condici&oacute;n noble y franca, y respetado tambi&eacute;n por virtud de sus pu&ntilde;os
+formidables. Los caballeros de la villa le agasajaban a causa de su
+posici&oacute;n y la familia a que pertenec&iacute;a; los marineros y dem&aacute;s gente del
+pueblo le amaban por su car&aacute;cter llano y comunicativo.</p>
+
+<p>Despu&eacute;s de graduado bachiller en Artes, permaneci&oacute; en Sarri&oacute; tres a&ntilde;os
+todav&iacute;a sin hacer nada. Levant&aacute;base tarde, se iba al casino y all&iacute;
+pasaba la mayor parte del d&iacute;a jugando al billar, en el cual lleg&oacute; a ser
+extremado. A pesar de ser el ni&ntilde;o mimado de la poblaci&oacute;n, visitaba pocas
+casas. Prefer&iacute;a la vida est&uacute;pida y depravada del caf&eacute;, a la cual se
+hab&iacute;a habituado. No obstante, como no era cerrado de inteligencia y su
+exuberante naturaleza rebosaba de actividad y de fuerza, las empleaba
+una que otra vez en el estudio de algunos ramos de la ciencia.
+Aficion&oacute;se a la mineralog&iacute;a, y muchas tardes, abandonando el casino y el
+billar, se iba por los contornos de la villa en busca de piedras
+minerales y ejemplares de f&oacute;siles, llegando a reunir una rica colecci&oacute;n.
+A ratos le di&oacute; tambi&eacute;n por ejercitarse en el microscopio: hizo traer uno
+costoso de Alemania y comenz&oacute; a examinar diatomeas y a prepararlas
+admirablemente sobre unos cristalitos que &eacute;l mismo cortaba. Por &uacute;ltimo,
+habiendo ca&iacute;do en sus manos un libro sobre la fabricaci&oacute;n de la cerveza,
+entreg&oacute;se con ahinco a su estudio, pidi&oacute; a Inglaterra otros varios y
+comenz&oacute; a imaginar que acaso en Sarri&oacute; se obtendr&iacute;a un resultado feliz y
+ping&uuml;es beneficios con esta industria desconocida. Se le ocurri&oacute; montar
+una f&aacute;brica. Pero habiendo comunicado el proyecto con su t&iacute;o, este var&oacute;n
+esforzado crey&oacute; oportuno lanzar una serie de gritos inarticulados, fuera
+todos ellos del diapas&oacute;n normal, terminados los cuales se le oy&oacute;
+exclamar:</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;C&oacute;mo! &iexcl;Un Cuevas metido a cervecero! &iexcl;El hijo de un capit&aacute;n de nav&iacute;o,
+el nieto de un contralmirante de la Armada! T&uacute; est&aacute;s desarbolado,
+Gonzalo. Bien dice el refr&aacute;n que la ociosidad es madre de todos los
+vicios. Si hubieses ingresado en la Escuela de Marina como yo te
+aconsejaba, a estas horas ser&iacute;as ya guardia marina de primera, y
+estar&iacute;as corriendo el mundo sin pensar en tales payasadas.</p>
+
+<p>Gonzalo se call&oacute;, pero no dej&oacute; de seguir leyendo sus m&eacute;todos de
+fabricaci&oacute;n. Comprendiendo que sin visitar por s&iacute; mismo las f&aacute;bricas
+principales y sin estudiar con seriedad el asunto no alcanzar&iacute;a
+resultado alguno, se resolvi&oacute; a seguir la carrera de ingeniero
+industrial en Inglaterra. Cuando se arroj&oacute; a dec&iacute;rselo a su t&iacute;o, no le
+son&oacute; mal al marino el nombre de ingeniero; pero el calificativo de
+industrial volvi&oacute; a despertar en su esp&iacute;ritu la misma tempestad de odios
+y rencores que le hab&iacute;a producido la cerveza.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Industrial, industrial! Hoy cualquier limpiabotas se llama
+industrial. Hazte buenamente ingeniero de caminos, canales y puertos, o
+de minas.</p>
+
+<p>Por este tiempo conoci&oacute;, o para hablar con m&aacute;s propiedad, trat&oacute;, pues en
+Sarri&oacute; todos se conoc&iacute;an, a su novia actual, la se&ntilde;orita de Belinch&oacute;n.
+Un d&iacute;a su t&iacute;o le envi&oacute; a casa del rico comerciante con encargo de
+preguntarle si podr&iacute;a darle una letra sobre Manila. Don Rosendo no se
+hallaba en su escritorio, que estaba en la planta baja de la casa, y
+como el negocio era urgente, Gonzalo se decidi&oacute; a subir. La doncella que
+le abri&oacute; estaba con prisa.</p>
+
+<p>&mdash;Pase usted, don Gonzalo; la se&ntilde;orita Cecilia le dir&aacute; d&oacute;nde est&aacute; el
+se&ntilde;or.</p>
+
+<p>Penetr&oacute; en un cuarto desarreglado, con montones de ropa por el suelo y
+una mesa en el centro, donde la hija primera de los se&ntilde;ores de Belinch&oacute;n
+estaba aplanchando una camisa en traje no adecuado a su categor&iacute;a. Un
+vestidillo ra&iacute;do y un pa&ntilde;uelo atado a la cintura como las artesanas; en
+los pies unas zapatillas bastante usadas. No se ruboriz&oacute; porque el joven
+la encontrase en aquel arreo ni en tan baja ocupaci&oacute;n, ni exclam&oacute; como
+otras muchas har&iacute;an en su caso:</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Jes&uacute;s, de qu&eacute; forma me encuentra usted!&mdash;llevando las manos al pelo o
+a la garganta.</p>
+
+<p>Nada de eso. Suspendi&oacute; un momento su tarea, sonri&oacute; con dulzura y aguard&oacute;
+a que el joven hablase.</p>
+
+<p>&mdash;Buenas tardes&mdash;dijo, poni&eacute;ndose colorado.</p>
+
+<p>&mdash;Buenas tardes, Gonzalo&mdash;respondi&oacute; ella.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Podr&iacute;a ver a su pap&aacute;?</p>
+
+<p>&mdash;No s&eacute; si est&aacute; en casa. Voy a ver&mdash;repuso la joven, dejando la plancha
+sobre la mesa y pasando por delante de &eacute;l.</p>
+
+<p>Cuando ya se hab&iacute;a alejado un poco, se volvi&oacute; para preguntarle:</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Su t&iacute;o est&aacute; bueno?</p>
+
+<p>&mdash;S&iacute;, se&ntilde;ora, s&iacute;... Digo, no... hace algunos d&iacute;as que no se levanta de
+la cama... Tiene un catarro fuerte.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;No ser&aacute; cosa de cuidado?</p>
+
+<p>&mdash;Creo que no, se&ntilde;ora.</p>
+
+<p>La joven continu&oacute; su camino sonriendo. Le hac&iacute;a gracia que Gonzalo la
+llamase se&ntilde;ora no habiendo cumplido los diez y seis a&ntilde;os y contando &eacute;l
+m&aacute;s de veinte. Ambos, sin haberse hablado &laquo;de grandes&raquo;, se conoc&iacute;an como
+si fuesen hermanos. Se encontraban todos los d&iacute;as en la calle, en el
+paseo, en el teatro, en la iglesia. &laquo;De peque&ntilde;os&raquo; recordaba Cecilia que
+cierta tarde en la romer&iacute;a de Elorrio bailando la giraldilla con otras
+chicas de su edad, se llegaron unos granujas a estorbarlas, tir&aacute;ndolas
+del pelo desde fuera, empuj&aacute;ndolas con fuerza y meti&eacute;ndose en el corro
+gritando para hacerlas perder el comp&aacute;s. Gonzalo, que era un grandull&oacute;n
+de trece a&ntilde;os, viendo aquella fea tosquedad, acudi&oacute; en su auxilio, y
+puntapi&eacute; va, trompada viene, soplamocos a uno y pu&ntilde;ada a otro, en un
+instante puso en dispersi&oacute;n a los tres o cuatro descorteses mozuelos.
+Los ojos de las diminutas bailarinas le contemplaron con admiraci&oacute;n. En
+aquellos corazones femeninos de cinco a diez a&ntilde;os qued&oacute; grabado para no
+borrarse jam&aacute;s un sentimiento de gratitud hacia el heroico mancebo. Otra
+vez, a&ntilde;os adelante, un d&iacute;a de San Juan, Gonzalo cedi&oacute; a ella y su
+familia la balandra para pasearse por el mar, pues los botes y lanchas
+escaseaban en tal ocasi&oacute;n. Mas ninguna de estas circunstancias engendr&oacute;
+el trato entre ellos. Si los encontraba muy de frente, Gonzalo sol&iacute;a
+llevarse la mano al sombrero; si no, pasaba de largo como si no los
+viese, a pesar del conocimiento, ya que no amistad &iacute;ntima, que su t&iacute;o
+manten&iacute;a con el se&ntilde;or Belinch&oacute;n. La vida exclusiva de caf&eacute;, el ning&uacute;n
+trato con las mujeres, hab&iacute;an hecho de Gonzalo un joven apocado y
+vergonzoso.</p>
+
+<p>&mdash;Pase usted, Gonzalo; pap&aacute; le espera en la sala&mdash;dijo la joven cruzando
+de nuevo por delante de &eacute;l.&mdash;Que se alivie su t&iacute;o.</p>
+
+<p>&mdash;Muchas gracias&mdash;respondi&oacute; acortado. Y al alejarse caminando hacia
+atr&aacute;s, como era tan alto, di&oacute; un testarazo con la l&aacute;mpara de la
+antesala, que por poco la hace venir al suelo.</p>
+
+<p>Mir&oacute; con angustia hacia arriba, se apresur&oacute; a sujetarla y se puso muy
+colorado.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Se ha lastimado usted?&mdash;pregunt&oacute; Cecilia con inter&eacute;s.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Ca! No, se&ntilde;ora... al contrario... &iexcl;Caramba, por un poco la rompo!</p>
+
+<p>Y se retir&oacute; cada vez m&aacute;s confuso.</p>
+
+<p>Hall&aacute;base nuestro mancebo en aquel punto y saz&oacute;n en que los hombres se
+enamoran de una escoba. La edad del amor se hab&iacute;a retrasado para &eacute;l un
+poco. Esto suele acontecer en todos aquellos en quienes los m&uacute;sculos
+tiranizan a los nervios. Por eso la se&ntilde;orita de Belinch&oacute;n, aunque nada
+linda, despert&oacute; repentinamente en &eacute;l cierta simpat&iacute;a que es f&aacute;cil
+transmutar en pasi&oacute;n. Y como consecuencia de aquella brev&iacute;sima
+entrevista, Gonzalo pas&oacute; desde entonces alguna que otra vez sin
+necesidad por delante de la casa de los se&ntilde;ores de Belinch&oacute;n mirando con
+el rabo del ojo a los balcones; cuid&oacute; m&aacute;s del ali&ntilde;o del traje y la
+persona; iba a misa de diez los domingos a San Andr&eacute;s, donde do&ntilde;a Paula
+y sus hijos la o&iacute;an. En el teatro sol&iacute;a dirigirle con disimulo vivas
+miradas y alguna que otra vez se aventuraba a soltarle un sombrerazo.
+Pero en cuanto lo hac&iacute;a se pon&iacute;a colorado y miraba con susto a todas
+partes, temblando de que aquel naciente sentimiento de su alma fuese
+descubierto.</p>
+
+<p>&iexcl;Inocente Gonzalo! Mucho antes de que &eacute;l se diese cuenta cabal de tal
+inclinaci&oacute;n, la villa entera la conoc&iacute;a. Nada se puede ocultar, sobre
+todo en lo que toca a las relaciones de sexo a sexo, a los ojos
+zahor&iacute;es de las comadres de un pueblo de escaso vecindario. Y no s&oacute;lo se
+conoci&oacute;, pero hasta se daba como cierto el matrimonio en plazo m&aacute;s o
+menos lejano. Pasaban los meses, no obstante, y aquello no avanzaba un
+paso. Los testimonios que Gonzalo daba de su afici&oacute;n segu&iacute;an siendo los
+mismos. La mayor parta de los d&iacute;as se reduc&iacute;an a pasar despu&eacute;s de comer
+por delante de la casa del rico comerciante, para ir al casino. Cecilia
+sol&iacute;a estar cosiendo detr&aacute;s de los cristales. Mano al sombrero; sonrisa;
+adelante; luego el billar, y hasta otro d&iacute;a. Don Melchor le encarg&oacute;
+otras dos veces recados para don Rosendo, pero tuvo la buena suerte de
+hallarle siempre en el despacho. Decimos buena suerte, porque Gonzalo
+temblaba ante la idea de subir a la casa y tropezarse con Cecilia.</p>
+
+<p>Hab&iacute;a cumplido ya los veinte a&ntilde;os. La idea de hacerse ingeniero
+industrial y ocuparse en algo &uacute;til, volv&iacute;a de vez en cuando a su
+esp&iacute;ritu en medio de aquella vida holgazana. El compa&ntilde;ero que tornaba de
+alguna academia militar, la conversaci&oacute;n con alg&uacute;n ingeniero ingl&eacute;s, la
+frase de desprecio que escuchaba en el casino acerca de los que no
+ten&iacute;an carrera, despert&aacute;banle de pronto el deseo. Al fin, un d&iacute;a le dijo
+a su t&iacute;o que si le daba permiso se iba a Inglaterra a estudiar algo y
+ver mundo. Como don Melchor nada pod&iacute;a oponer a este justo y laudable
+prop&oacute;sito, pocos d&iacute;as despu&eacute;s Gonzalo recorr&iacute;a algunas casas de
+parientes y amigos, donde hac&iacute;a a&ntilde;os que no pon&iacute;a los pies, para
+despedirse, y una tarde apacible y bella de primavera se embarcaba en el
+bergant&iacute;n redondo <i>Vig&iacute;a</i> con rumbo a la Gran Breta&ntilde;a.</p>
+
+<p>&iquest;Se acordaba de Cecilia? No lo sabemos. En temperamentos como el de
+nuestro mancebo, el fuego de las pasiones tarda mucho tiempo en prender,
+aunque a la postre causa grandes estragos.</p>
+
+<p>Pasaron tres a&ntilde;os. Termin&oacute; la carrera de ingeniero que es breve y
+pr&aacute;ctica en Inglaterra, y se determin&oacute; a visitar las principales
+f&aacute;bricas de este pa&iacute;s y de Francia y Alemania. En el tiempo que duraron
+sus estudios el recuerdo de Cecilia asalt&aacute;bale de vez en cuando, sin
+causarle, por supuesto, emoci&oacute;n muy viva. All&aacute; en la primavera cuando la
+sangre circula con m&aacute;s fuerza por las venas y la madre Naturaleza con el
+verdor de los campos, los v&iacute;vidos colores de las flores, los juegos de
+la luz, el aire tibio embalsamado, y sobre todo, por medio de sus
+int&eacute;rpretes m&aacute;s fieles, los p&aacute;jaros, nos incita para que en modo alguno
+consintamos que la especie humana se extinga, Gonzalo pensaba en el
+matrimonio. Y siempre que tal idea surg&iacute;a en su mente, present&aacute;basele de
+improviso hecha carne en la ni&ntilde;a primera de los se&ntilde;ores de
+Belinch&oacute;n:&mdash;&laquo;Pase usted, Gonzalo; pap&aacute; le espera.&raquo; &laquo;&iquest;Se ha lastimado
+usted?&raquo;&mdash;Volv&iacute;an a sonar en sus o&iacute;dos aquellas palabras y el acento
+cari&ntilde;oso con que fueron pronunciadas encend&iacute;a en su coraz&oacute;n virgen una
+chispa de simpat&iacute;a. La joven no era hermosa, pero sus ojos s&iacute;, y sobre
+todo revel&aacute;base en ella el atractivo del sexo por el aire modesto y
+sencillo, el timbre de la voz, la delicadeza exquisita, enteramente
+femenina de sus modales. &laquo;No me disgustar&iacute;a casarme con ella&raquo; pensaba
+dejando escapar un suspiro; porque juzgaba imposible que se atreviese a
+decir a &eacute;sta ni a ninguna se&ntilde;orita palabra alguna de amor. Hasta
+entonces no conoc&iacute;a de tal pasi&oacute;n m&aacute;s que el aspecto material y grosero,
+las relaciones fugaces y tristes de las mujeres que le abocaban por la
+noche en las calles de Londres y Par&iacute;s.</p>
+
+<p>Un d&iacute;a escribiendo a cierto amigo &iacute;ntimo de Sarri&oacute; se le ocurri&oacute;
+preguntarle si Cecilia Belinch&oacute;n se hab&iacute;a casado. Contest&oacute;le que a&uacute;n
+permanec&iacute;a soltera y que si era muy cierto que algunos galanes la
+rondaban seducidos quiz&aacute; por el dinero de Belinch&oacute;n m&aacute;s que por las
+gracias de su hija, hasta ahora no se sab&iacute;a que hubiese dado o&iacute;dos a
+nadie. Al leer esto, se le subi&oacute; la sangre al rostro al ingeniero
+industrial. Tuvo la fatuidad de pensar (que se le dispense por Dios) que
+Cecilia rechazaba a los pretendientes a su mano... porque a ninguno
+encontraba tan guapo como &eacute;l. Entonces imagin&oacute; declararle su amor por
+medio de una carta. Estando tan lejos no tendr&iacute;a verg&uuml;enza. Sin embargo,
+la tuvo, y cuando trat&oacute; de coger la pluma para hacerlo, antes de trazar
+el primer rengl&oacute;n, volvi&oacute; a dejarla al representarse la sorpresa que la
+joven recibir&iacute;a. Pasaron algunos d&iacute;as. La idea no le abandonaba. Por
+medio de mil sutiles razonamientos procuraba persuadirse a escribir la
+ep&iacute;stola amorosa. Si se re&iacute;a de &eacute;l, &iquest;qu&eacute;? no hab&iacute;a de verlo. Con no
+volver m&aacute;s a Sarri&oacute; estaba conclu&iacute;do; y si volv&iacute;a ya procurar&iacute;a no
+encontr&aacute;rsela de frente. Al fin la escribi&oacute;. T&uacute;vola guardada en el caj&oacute;n
+de su mesa varios d&iacute;as. La idea de echarla al correo le aterraba. Para
+decidirse a ello, necesit&oacute; beberse unas copitas de ron. Cuando estuvo un
+poco mareado sac&oacute; la carta del caj&oacute;n, lanz&oacute;se a la calle con br&iacute;o, y en
+el primer buz&oacute;n con que tropezaron sus ojos, &iexcl;zas! la encaj&oacute;.</p>
+
+<p>&iexcl;Dios m&iacute;o, qu&eacute; he hecho! Disip&oacute;se la borrachera. Se puso colorado hasta
+las orejas, como si por el agujero de aquel buz&oacute;n le estuviesen mirando
+los ojos burlones de todos los vecinos de Sarri&oacute;; y se apresur&oacute; a meter
+los dedos en &eacute;l por ver si a&uacute;n pod&iacute;a atrapar el malhadado sobre. Nada.
+Se lo hab&iacute;a engullido con la voracidad de un tibur&oacute;n, y lo estaba ya
+digiriendo. Ocurri&oacute;sele entonces presentarse en las oficinas de Correos
+y reclamarlo; pero all&iacute; le exigieron tales formalidades, que antes de
+pasar por ellas prefiri&oacute; dejar correr la suerte.</p>
+
+<p>Pas&oacute; ocho d&iacute;as en gran zozobra. A la hora de repartir las cartas en la
+fonda, experimentaba una ansiedad que le sofocaba, esperando ver llegar
+encerradas en un sobrecito las feas y colosales calabazas, castigo justo
+a su demas&iacute;a y sandez. Transcurrieron, no obstante, los ocho d&iacute;as y aun
+los quince, y la contestaci&oacute;n no parec&iacute;a. Se fu&eacute; calmando con la
+esperanza vaga de que la carta no hubiese llegado a su destino. Si hab&iacute;a
+llegado, forj&aacute;base la ilusi&oacute;n de que Cecilia la habr&iacute;a roto sin dar
+cuenta a nadie. Mas he aqu&iacute; que, cuando ya no la esperaba, se encuentra
+a la hora de almorzar sobre el plato una carta de Espa&ntilde;a, letra
+desconocida de mujer. Es irrepresentable la congoja que le acometi&oacute;. Se
+puso tan blanco como el mantel. El coraz&oacute;n quer&iacute;a salt&aacute;rsele del pecho.
+Abri&oacute;la con mano tr&eacute;mula... &iexcl;Ahaaa! suspir&oacute; descansado, despu&eacute;s de
+haberla devorado en dos segundos. Llev&oacute;se la mano al pecho, limpi&oacute;se el
+sudor con el pa&ntilde;uelo, y volvi&oacute; a tomar la carta y a releerla con calma.</p>
+
+<p>Era, en efecto, de Cecilia, y estaba escrita en un tono suavemente
+ir&oacute;nico, que nada ten&iacute;a, sin embargo, de ofensivo. Manifest&aacute;base
+sorprendida de su repentina e inopinada declaraci&oacute;n. &iquest;Qu&eacute; mosca le hab&iacute;a
+picado al cabo de cuatro a&ntilde;os de ausencia? Sus padres, que antes que
+ella hab&iacute;an abierto la carta, estaban igualmente sorprendidos: opinaban
+que era un paso irreflexivo, propio de los pocos a&ntilde;os, un capricho del
+momento, del cual ya estar&iacute;a probablemente arrepentido. Ella compart&iacute;a
+enteramente esta opini&oacute;n. Sin embargo, la hab&iacute;an permitido, y aun
+aconsejado que contestase, por tratarse de un joven del pueblo, con cuya
+familia manten&iacute;an relaciones de amistad.</p>
+
+<p>Esta ep&iacute;stola le puso content&iacute;simo de pronto. No eran las desde&ntilde;osas
+calabazas que esperaba. Despu&eacute;s se puso triste, y al minuto otra vez
+alegre, ley&eacute;ndola y reley&eacute;ndola por ver si daba en la clave. &iquest;Eran o no
+eran calabazas? Apresur&oacute;se a contestar, pidiendo perd&oacute;n de su
+atrevimiento, y confirmando su declaraci&oacute;n anterior con nuevas y
+vehementes frases. Replic&oacute; al cabo de algunos d&iacute;as la ni&ntilde;a en t&eacute;rminos
+m&aacute;s blandos y afectuosos. Torn&oacute; a escribir Gonzalo; cruz&aacute;ronse retratos;
+intervino do&ntilde;a Paula. En suma, al cabo de poco tiempo, se encontraban
+ambos j&oacute;venes en relaci&oacute;n formal. Comenz&oacute; a hablarse de matrimonio;
+mediaron cartas entre don Melchor y su sobrino; despu&eacute;s visitas entre
+aqu&eacute;l y don Rosendo. Finalmente todo qued&oacute; arreglado, convini&eacute;ndose que
+a la primavera regresar&iacute;a Gonzalo, y se efectuar&iacute;a el casamiento.</p>
+
+
+
+<h3 class="top15"><a name="III" id="III"></a>III</h3>
+
+<p class="c smcap">en el que la pareja enamorada comienza a pensar en el nido</p>
+
+
+<p>Sal&iacute;an ya del teatro los que hab&iacute;an quedado. Gonzalo tropez&oacute; con la ola
+de gente que vomitaba la puerta, y as&iacute; como fu&eacute; reconocido, se
+apresuraron a rodearle y saludarle sus antiguos amigos. El primero que
+le ech&oacute; los brazos al cuello fu&eacute; don Mateo, despu&eacute;s vino don Pedro
+Miranda y su hijo Periquito, en seguida el alcalde don Roque, despu&eacute;s
+don Victoriano y su esposa do&ntilde;a Rosario y sus tres hijas. En un instante
+se form&oacute; c&iacute;rculo en torno del joven, quien se apresuraba a contestar con
+efusi&oacute;n a los pl&aacute;cemes, abrazos y apretones de manos que de todos sitios
+le ven&iacute;an. Los marineros, las mujeres del pueblo tomaban parte en
+aquellas manifestaciones de cari&ntilde;o lo mismo que los <i>se&ntilde;ores</i>. No se
+o&iacute;an m&aacute;s que exclamaciones de admiraci&oacute;n y alegr&iacute;a.</p>
+
+<p>&mdash;Cu&aacute;nto has engordado, Gonzalito.&mdash;&iexcl;Vaya un real mozo!&mdash;&iquest;Por qu&eacute; no
+creces como &eacute;l, Periquito?&mdash;Don Gonzalo, les come usted las sopas en la
+cabeza a todos los mozos de Sarri&oacute;.&mdash;Crecer no ha crecido, lo que ha
+hecho es doblar de cuerpo.&mdash;Ven ac&aacute;, granadero, dame un abrazo apretado.</p>
+
+<p>Un patr&oacute;n de barco afirm&oacute; que se parec&iacute;a como una gota de agua a otra al
+Pr&iacute;ncipe de Gales. Acaso Gonzalo fuese un poco m&aacute;s alto.</p>
+
+<p>El robusto corpach&oacute;n de &eacute;ste, alz&aacute;base sobre el grupo. Daba la mano por
+encima de las cabezas a los amigos que no pod&iacute;an llegarse a &eacute;l, y su
+noble y bondadosa fisonom&iacute;a sonre&iacute;a a todos.</p>
+
+<p>Don Mateo, alz&aacute;ndose sobre la punta de los pies y tir&aacute;ndole del brazo
+para que se doblase, pudo decirle al o&iacute;do:</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Qu&eacute; funci&oacute;n te has perdido, Gonzalo! L&aacute;stima que no hayas llegado por
+la tarde. La tiple cant&oacute; como un &aacute;ngel... &iexcl;Y el baile!... El baile te
+digo, chico, que ni en Bilbao ni en la Coru&ntilde;a lo sacan mejor... Pero no
+te disgustes, que yo har&eacute; que se repita antes que se vaya la compa&ntilde;&iacute;a...
+o poco he de poder.</p>
+
+<p>Pero Gonzalo no atend&iacute;a. Con los ojos clavados en la puerta, esperaba
+inquieto y afanoso la salida de la familia de Belinch&oacute;n, que como
+principal y de las m&aacute;s encopetadas, se retrasaba siempre para no
+confundirse con la plebe. Por fin a la luz del farol que ard&iacute;a sobre el
+marco de la puerta, divis&oacute; la fisonom&iacute;a de do&ntilde;a Paula y en seguida la de
+Cecilia. Abalanz&oacute;se tr&eacute;mulo a saludarlas. La hija se puso colorada como
+un pavo (es natural), y la madre tambi&eacute;n (esto es menos natural). &iquest;Qu&eacute;
+le tocaba hacer a &eacute;l? Ruborizarse igualmente; y esto fu&eacute; lo que llev&oacute; a
+cabo de un modo perfecto. A los tres les temblaba la voz, y despu&eacute;s de
+preguntarse por la salud, no supieron qu&eacute; decirse. Las miradas cargadas,
+de curiosidad de la gente contribu&iacute;an a embarazarlos. Felizmente lleg&oacute;
+Pablito con Ventura, que se hab&iacute;an rezagado, y nuestro joven salud&oacute; al
+primero afectuosamente y dirigi&oacute; a la segunda una ceremoniosa cabezada.</p>
+
+<p>Pablo sonri&oacute;.</p>
+
+<p>&mdash;Qu&eacute;, &iquest;no la conoces? Es mi hermana Ventura.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Oh! &iquest;C&oacute;mo hab&iacute;a de conocerla? Es una mujer... &iquest;C&oacute;mo est&aacute; usted,
+Ventura?</p>
+
+<p>La ni&ntilde;a le alarg&oacute; la mano mir&aacute;ndole con expresi&oacute;n maliciosa y burlona
+que acab&oacute; de desconcertarle.</p>
+
+<p>Pusi&eacute;ronse en marcha hacia casa. Venturita ech&oacute; a correr delante
+arrastrando a su hermano. Detr&aacute;s marchaban do&ntilde;a Paula, Cecilia y
+Gonzalo. Cerraba la marcha don Rosendo con su buen amigo don Pedro
+Miranda. Las calles estaban obscuras. S&oacute;lo ard&iacute;an a aquellas horas los
+faroles de esquina. La distancia entre los tres grupos se fu&eacute; haciendo
+cada vez mayor.</p>
+
+<p>Gonzalo comenz&oacute; a hacer esfuerzos desesperados por sostener la
+conversaci&oacute;n con su futura, esposa y suegra; pero aqu&eacute;lla no despegaba
+los labios, dominada, sin duda, por la verg&uuml;enza, y do&ntilde;a Paula andaba
+muy lejos de ser una madame Stael. Como tampoco &eacute;l hab&iacute;a colaborado en
+el Diccionario de la Conversaci&oacute;n, el resultado era que &eacute;sta no
+prosperaba. Por cartas hab&iacute;a llegado a tener confianza. Do&ntilde;a Paula pon&iacute;a
+a menudo postdatas en las de Cecilia. Gonzalo replicaba con alguna
+cuchufleta, mandaba estampitas, caricaturas para Ventura, y se portaba
+en todo como un miembro de la familia. Pero ahora los tres
+experimentaban malestar embarazoso. Nuestro joven en su vida hab&iacute;a
+hablado con la se&ntilde;ora de Belinch&oacute;n, y con Cecilia s&oacute;lo hab&iacute;a cruzado las
+palabras que hemos dicho. Luego, all&aacute; delante, Venturita re&iacute;a a
+carcajadas con su hermano, y los novios presum&iacute;an fundadamente que
+estaban ellos sobre el tapete. No obstante, cuando ya se acercaban, a
+casa, la pl&aacute;tica fu&eacute; tomando calor y hab&iacute;a algunos s&iacute;ntomas para creer
+que muy pronto iba a reinar la confianza.</p>
+
+<p>Form&oacute;se un grupo a la puerta de la morada de los se&ntilde;ores de Belinch&oacute;n,
+que estaba situada en la R&uacute;a Nueva, la calle m&aacute;s principal de Sarri&oacute;, y
+era grande y suntuosa para lo que all&iacute; se estilaba. Como Gonzalo no
+hab&iacute;a cenado a&uacute;n, don Rosendo le invit&oacute; a subir a hacerlo con ellos tan
+de veras, y con palabras tan apremiantes, que el joven, que no deseaba
+otra cosa, concluy&oacute; por aceptar. Despidi&eacute;ronse el se&ntilde;or Miranda y su
+hijo Periquito, y la familia Belinch&oacute;n, con el nuevo individuo que iba a
+formar parte de ella, subi&oacute; a la casa. En el recibimiento, las se&ntilde;oras
+se despojaron de los abrigos y las toquillas. La luz volvi&oacute; a turbarlos.
+Gonzalo pudo ver bien entonces a su novia, y observ&oacute; que no hab&iacute;a ganado
+nada en los a&ntilde;os de ausencia. Estaba m&aacute;s alta, pero m&aacute;s delgada tambi&eacute;n.
+Los amores no ponen gordas a las ni&ntilde;as. La nariz, con esto, se le hab&iacute;a
+pronunciado todav&iacute;a m&aacute;s. S&oacute;lo aquellos ojos hermosos, suaves,
+inteligentes, persist&iacute;an en brillar como dos estrellas. La
+transformaci&oacute;n de Venturita, aquella ni&ntilde;a que ve&iacute;a cruzar para el
+colegio, colgada del brazo de la doncella dando saltitos para no perder
+el paso, le llam&oacute; poderosamente la atenci&oacute;n. Era una mujer, una
+verdadera mujer, no tanto por la estatura, como por la redondez y
+amplitud de las formas, como por la firmeza singular de su mirada y
+cierto brillo malicioso que la acompa&ntilde;aba. Examin&aacute;ronse ambos como dos
+extra&ntilde;os de una r&aacute;pida ojeada. Gonzalo le dijo por lo bajo a do&ntilde;a Paula:</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Qu&eacute; cambio el de Venturita! Es una joven preciosa.</p>
+
+<p>Por bajo que lo dijo la ni&ntilde;a lo oy&oacute;. Se puso seria con afectaci&oacute;n, hizo
+un leve moh&iacute;n de desd&eacute;n con los labios, y se fu&eacute; derecha al comedor,
+ocultando el cosquilleo placentero que aquel requiebro tan espont&aacute;neo la
+hab&iacute;a causado.</p>
+
+<p>La mesa estaba puesta: una mesa patriarcal de provincia, abundante,
+limpia, sin flores ni los dem&aacute;s refinamientos elegantes que la
+civilizaci&oacute;n va introduciendo. Y al acercarse a ella, el embarazo de
+Gonzalo hab&iacute;a desaparecido. Parec&iacute;a que ayer hab&iacute;a cenado all&iacute; tambi&eacute;n.
+Una r&aacute;faga de alegr&iacute;a sopl&oacute; sobre todos. Cambi&aacute;ronse palabras y risas.
+Gonzalo abrazaba a Pablito y le preguntaba por sus caballos. Do&ntilde;a Paula
+arreglaba la distribuci&oacute;n de los cubiertos. Venturita, sentada ya, se
+atracaba de aceitunas, tirando los huesos a su hermana y haci&eacute;ndole
+gui&ntilde;os provocativos, mientras &eacute;sta, con las mejillas encendidas y los
+ojos brillantes, se llevaba el dedo a los labios pidi&eacute;ndole discreci&oacute;n.
+Don Rosendo hab&iacute;a ido a ponerse la bata y el gorro, sin los cuales le
+habr&iacute;a hecho da&ntilde;o la cena. Su esposa invit&oacute; al joven forastero a
+sentarse en el puesto vecino al de Cecilia. Pero &eacute;sta se hab&iacute;a pasado al
+otro extremo de la mesa, y all&iacute; se dispon&iacute;a a sentarse.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Qu&eacute; haces, chica? &iquest;Por qu&eacute; no vienes a tu sitio?&mdash;le pregunt&oacute; do&ntilde;a
+Paula con sorpresa.</p>
+
+<p>La joven se levant&oacute; sin contestar, ruborizada, y vino a sentarse al lado
+de su novio.</p>
+
+<p>La cl&aacute;sica sopa de manteca con huevos humeaba ya en el centro de la
+mesa.</p>
+
+<p>&mdash;Mira, haz plato a Gonzalo... Comienza ya a servirle&mdash;le dijo despu&eacute;s
+sonriendo bondadosamente, como mujer que profesaba ideas semejantes a
+las expresadas por San Pablo en su c&eacute;lebre ep&iacute;stola.</p>
+
+<p>Cecilia se apresur&oacute; a obedecer, colmando el plato de su futuro. Este
+pose&iacute;a ordinariamente un apetito excelente, apropiado a su grande
+humanidad. Ahora, sobreexcitado por el aire del mar y algunas horas de
+ayuno, era voraz. Comi&oacute; sin dejar migaja, sin cortedad alguna, cuanto le
+pon&iacute;an delante; y eso que Cecilia, como podr&aacute; suponerse, no ten&iacute;a la
+mano corta en servirle. Cuando empezaba a comer, Gonzalo perd&iacute;a la
+verg&uuml;enza. La necesidad apremiante de su organismo giganteo se impon&iacute;a.
+En cambio, Cecilia apenas si tocaba en los manjares. Viendo en su plato
+dos pedacitos de jam&oacute;n del tama&ntilde;o de dos avellanas, pregunt&oacute;le el joven:</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Para qui&eacute;n hace usted ese plato, para el loro?</p>
+
+<p>&mdash;No; es para m&iacute;.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Y no tiene usted miedo que se le indigeste?</p>
+
+<p>Era la primera chanza que se autorizaba con su futura. Esta contest&oacute;
+sonriendo:</p>
+
+<p>&mdash;Nunca como m&aacute;s.</p>
+
+<p>Do&ntilde;a Paula acerc&oacute; la boca al o&iacute;do de Venturita, y le dijo:</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;No reparas con qu&eacute; ceremonia se tratan?</p>
+
+<p>Venturita se lo dijo al o&iacute;do a Pablo, y &eacute;ste a su padre. Todos cuatro
+soltaron a reir, mirando a los novios, mientras &eacute;stos, confusos,
+preguntaban con la vista la raz&oacute;n de aquella s&uacute;bita alegr&iacute;a.</p>
+
+<p>&mdash;Mam&aacute;, &iquest;quieres que les diga de qu&eacute; nos re&iacute;mos?</p>
+
+<p>&mdash;D&iacute;selo.</p>
+
+<p>&mdash;Pues bien, se&ntilde;ores, pensamos todos que podr&iacute;an ustedes ir ape&aacute;ndose el
+tratamiento.</p>
+
+<p>Los futuros esposos bajaron la cabeza sonriendo.</p>
+
+<p>La alegr&iacute;a de los comensales se expresaba ruidosamente, se charlaba, se
+bromeaba. Pablito asaba a preguntas a su pr&oacute;ximo cu&ntilde;ado, acerca de las
+carreras de caballos, <i>skating-ring</i>, y otros asuntos m&aacute;s o menos
+transcendentales, relacionados con el <i>sport</i>. S&oacute;lo el gozo de Cecilia
+era concentrado y silencioso. Advert&iacute;ase en las mejillas te&ntilde;idas de vivo
+carm&iacute;n. De vez en cuando pon&iacute;a el dorso de la mano sobre ellas para
+enfriarlas, aunque sin lograrlo. Cuando cre&iacute;a que no la miraban, pasaba
+largos ratos con los ojos fijos en su novio. Aquel bravo engullir,
+incesante, signo de vida y de fuerza, la sorprend&iacute;a y la cautivaba a un
+mismo tiempo. Contempl&aacute;bale arrobada, adorando en &eacute;l al s&iacute;mbolo del
+poder masculino. Estas largas miradas ext&aacute;ticas no se le escapaban a
+Venturita, quien hac&iacute;a muecas a Pablo o a su madre, para que las
+observasen. Gonzalo pagaba las atenciones de su novia con un &laquo;muchas
+gracias&raquo; r&aacute;pido, sin volver el rostro hacia ella por temor de
+ruborizarse. Al levantarlo para contestar a Pablo, sus ojos tropezaban
+siempre con los de Venturita, cuya mirada risue&ntilde;a, y maliciosa le
+turbaba moment&aacute;neamente.</p>
+
+<p>Levant&aacute;ronse al fin de la mesa y se diseminaron. Don Rosendo y Ventura
+desaparecieron. Pablo, despu&eacute;s de charlar algunos instantes, concluy&oacute;
+por irse tambi&eacute;n. Quedaron solamente en el comedor do&ntilde;a Paula y los
+novios. Y todos tres fueron a sentarse en un rinc&oacute;n de la estancia en
+sillas bajas. Al poco rato no se o&iacute;a m&aacute;s que un cuchicheo discreto, como
+si estuviesen confesando. Unidas las tres sillas, adelantando los
+cuerpos hasta tocarse casi las cabezas, comenzaron a charlar
+animadamente. Do&ntilde;a Paula abord&oacute; al instante la magna cuesti&oacute;n.</p>
+
+<p>&mdash;Estamos a veintiocho de abril... De aqu&iacute; al primero de septiembre no
+hay m&aacute;s que cuatro meses&mdash;dijo, ech&aacute;ndoles una larga mirada entre
+risue&ntilde;a y enternecida.</p>
+
+<p>Si fuese posible que Cecilia se pusiese m&aacute;s colorada, se hubiera puesto.
+El rostro de Gonzalo se contrajo con una sonrisa sin expresi&oacute;n, y baj&oacute;
+los ojos.</p>
+
+<p>Despu&eacute;s de haberlos mirado otro rato, goz&aacute;ndose en su confusi&oacute;n, sigui&oacute;
+do&ntilde;a Paula:</p>
+
+<p>&mdash;Es necesario ir pensando en el equipo de ropa...</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Mam&aacute;, por Dios! Es muy pronto&mdash;exclam&oacute; la joven avergonzada, mientras
+el coraz&oacute;n quer&iacute;a sal&iacute;rsele del pecho.</p>
+
+<p>&mdash;No es pronto, Cecilia. T&uacute; no sabes el tiempo que aqu&iacute; echan las
+bordadoras en cualquier cosa. Un mes ha empleado Nieves para bordar dos
+escudos a la chica de do&ntilde;a Rosario... Y m&aacute;s pesada que ella todav&iacute;a es
+Martina...</p>
+
+<p>&mdash;Nieves borda muy bien.</p>
+
+<p>&mdash;No, como bordar no hay en la villa quien le ponga el pie delante a
+Martina... Tiene manos de oro.</p>
+
+<p>&mdash;A m&iacute; me gustan m&aacute;s los bordados de Nieves.</p>
+
+<p>&mdash;Pues si quieres que ella te borde la ropa, por m&iacute;...&mdash;repuso do&ntilde;a
+Paula mirando a su hija con una condescendencia maliciosa.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;No digo eso, mam&aacute;!&mdash;exclam&oacute; &eacute;sta toda apurada.&mdash;S&oacute;lo digo que me
+gusta m&aacute;s el bordado de Nieves que el de Martina.</p>
+
+<p>Al poco rato ya hab&iacute;a consentido en discutir la cuesti&oacute;n de la ropa.</p>
+
+<p>Trat&aacute;ronla en todos sus aspectos con la gravedad y el cuidado que
+merec&iacute;a. A qui&eacute;n se encargar&iacute;an los juegos de s&aacute;banas de batista, a
+qui&eacute;n los ordinarios, qui&eacute;n har&iacute;a las camisas, d&oacute;nde se comprar&iacute;an los
+manteles, etc., etc. Todo fu&eacute; tratado, medido y ponderado. Do&ntilde;a Paula
+emit&iacute;a su opini&oacute;n. Cecilia aparentaba contradecirla, pero en el fondo
+&iquest;qu&eacute; le importaba? Lo que embargaba su alma y hac&iacute;a palpitar su coraz&oacute;n
+era aquella proximidad del matrimonio, reconocida expresamente. As&iacute;, que
+su voz sal&iacute;a temblorosa y algunas veces se le anudaba en la garganta sin
+querer salir. Sus ojos soltaban efluvios de dicha; ten&iacute;an el brillo
+suave y misterioso de los luceros en las noches serenas de invierno.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Qu&eacute; calor!&mdash;exclamaba de vez en cuando, y apoyaba las manos en sus
+mejillas encendidas.</p>
+
+<p>Gonzalo asent&iacute;a con est&uacute;pida sonrisa a cuanto dec&iacute;an, y estiraba a
+menudo sus desmesuradas piernas que, por la escasa altura de la silla,
+se le dorm&iacute;an.</p>
+
+<p>Y cuando se concluy&oacute; con la ropa blanca, comenzaron con la de color. Y
+la conversaci&oacute;n se enredaba; y Cecilia, sin mirar a su novio le ve&iacute;a; y
+los ojos de do&ntilde;a Paula, posados alternativamente en uno y en otro, se
+iban enterneciendo cada vez m&aacute;s; y los alientos se cruzaban. Los hombros
+de los futuros esposos se tocaban. Aquel suave cuchicheo, la dormida luz
+de la l&aacute;mpara que apenas los envolv&iacute;a, el contacto frecuente con el
+brazo de su amado, iban hinchendo el seno de Cecilia de una emoci&oacute;n
+voluptuosa que la desasosegaba. No pudiendo resistirla levant&oacute;se dos o
+tres veces para besar con vehemencia a su madre. A la tercera vez &eacute;sta
+se hizo cargo de lo que aquello significaba, y exclam&oacute; mir&aacute;ndola con
+ojos risue&ntilde;os y compasivos:</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Pobrecita! &iexcl;Pobrecita m&iacute;a!</p>
+
+<p>Cecilia se tap&oacute; los suyos con las manos y estuvo as&iacute; un rato.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Qu&eacute; tienes?&mdash;le dijo al fin do&ntilde;a Paula.</p>
+
+<p>&mdash;Nada, nada.</p>
+
+<p>Pero continu&oacute; cubri&eacute;ndose los ojos.</p>
+
+<p>&mdash;Vamos, &iquest;qu&eacute; tienes, hija m&iacute;a?</p>
+
+<p>&mdash;No tengo nada&mdash;contest&oacute; destap&aacute;ndose al fin. Su cara sonre&iacute;a; pero
+ten&iacute;a los ojos h&uacute;medos.</p>
+
+<p>&mdash;Ya s&eacute;, ya s&eacute;&mdash;dijo la se&ntilde;ora&mdash;&iquest;Quieres el &eacute;ter? &iquest;Sientes opresi&oacute;n?</p>
+
+<p>&mdash;No siento nada. Estoy muy bien.</p>
+
+<p>La pl&aacute;tica se enred&oacute; de nuevo. Do&ntilde;a Paula expres&oacute; la idea de que Gonzalo
+se viniese a vivir con ellos. Este se resisti&oacute; un poco, porque
+comprend&iacute;a que esto iba a disgustar a su t&iacute;o. No obstante, concluy&oacute; por
+ceder a los ruegos de ambas. &iexcl;Era tan natural que no quisieran
+separarse!</p>
+
+<p>&mdash;Pueden ustedes tener independencia. Yo me encargo de ello. Hay una
+sala grande, la sala amarilla... ya sabes, Cecilia... Tiene una alcoba
+espaciosa... S&oacute;lo falta el despacho para Gonzalo; pero ya he pensado en
+eso. Al lado de la sala est&aacute; el cuarto de la ropa, que aunque da al
+patio, tiene buena luz. Hoy est&aacute; hecho un asco; pero haciendo obra en &eacute;l
+puede quedar una habitaci&oacute;n muy decente... &iquest;Quiere usted verlo, Gonzalo?</p>
+
+<p>El joven manifest&oacute; que no hab&iacute;a necesidad; que pasaba por todo lo que
+ella dijese; que ya lo ver&iacute;a... Sin embargo, la se&ntilde;ora insisti&oacute; y
+tomando una palmatoria los gui&oacute; al otro extremo de la casa.</p>
+
+<p>&mdash;Esta es la sala... Grande, &iquest;no es verdad? Dos balcones... La alcoba.
+Caben muy bien dos camas... cuanto m&aacute;s una&mdash;a&ntilde;adi&oacute; mirando a su hija,
+que se hizo la distra&iacute;da cerrando un balc&oacute;n.&mdash;Vamos ahora a ver el
+cuarto de la plancha.</p>
+
+<p>Y salieron de la sala, y salvando un corredor y dando una vuelta,
+entraron en otro cuarto lleno de armarios y otros trastos.</p>
+
+<p>&mdash;No se asuste usted por la distancia. Este cuarto est&aacute; pegado a la
+sala. No hay m&aacute;s que abrir una puerta de comunicaci&oacute;n.</p>
+
+<p>Gonzalo se inclin&oacute; hacia su novia y le dijo por lo bajo:</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Por qu&eacute; no me tratar&aacute; mam&aacute; de t&uacute;, como tu pap&aacute;? D&iacute;selo de mi parte...
+yo no me atrevo.</p>
+
+<p>Cecilia entonces se acerc&oacute; al o&iacute;do de su madre y murmur&oacute; con voz
+apagada, llena de verg&uuml;enza:</p>
+
+<p>&mdash;Gonzalo se alegrar&iacute;a de que le tratases de t&uacute;.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Qu&eacute; dices, ni&ntilde;a?&mdash;pregunt&oacute; do&ntilde;a Paula, poniendo la mano en la oreja.</p>
+
+<p>Cecilia levant&oacute; un poquito la voz, haciendo un terrible esfuerzo.</p>
+
+<p>&mdash;Dice Gonzalo que por qu&eacute; no le tratas de t&uacute; como pap&aacute;.</p>
+
+<p>&mdash;Ah... me alegro que haya salido de &eacute;l. No me atrev&iacute;a... Bueno, pues en
+cuanto se abra una puerta aqu&iacute;, en esta pared, ya puedes pasar de la
+sala al despacho sin cruzar el pasillo... &iquest;Te gusta la habitaci&oacute;n? &iquest;Es
+bastante grande?</p>
+
+<p>&mdash;Demasiado. Mis negocios, por ahora, no exigen tanto.</p>
+
+<p>A Cecilia le retozaba en el cuerpo una pregunta. Estaba inquieta. Varias
+veces estuvo por tomar la palabra, pero el temor la reten&iacute;a. All&aacute;, al
+fin, en una pausa larga, se aventur&oacute; a decir:</p>
+
+<p>&mdash;Falta una cosa, mam&aacute;.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Qu&eacute; falta?</p>
+
+<p>La joven se detuvo un instante, como para tomar arranque, y dijo al fin
+con voz temblorosa:</p>
+
+<p>&mdash;Falta un cuarto para arreglarse Gonzalo.</p>
+
+<p>&mdash;Es verdad; no me hab&iacute;a hecho cargo... &iquest;D&oacute;nde tendr&iacute;a yo la cabeza?
+Pues ahora no encuentro sitio aqu&iacute; cerca... Aguarda un poco...
+aguarda... Podr&iacute;amos bajar la despensa al s&oacute;tano y quedaba un cuartito,
+que bien arreglado, acaso servir&iacute;a... Lo que hay es que no comunica con
+estas habitaciones. Tendr&iacute;as que cruzar el pasillo.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Qu&eacute; importa eso!</p>
+
+<p>Fueron de nuevo al comedor y se sentaron en el mismo rinc&oacute;n. Poco
+despu&eacute;s de hacerlo apareci&oacute; Venturita con un peinador blanco que dejaba
+ver enteramente la garganta de alabastro y una parte de su hermoso seno
+virginal. Tra&iacute;a sueltos por la espalda los cabellos, y calzaba unos
+lindos pantuflos bordados. Ven&iacute;a a despedirse para ir a la cama.
+Acerc&oacute;se a su madre y la di&oacute; un beso en la mejilla, haciendo, mientras
+tanto, muecas maliciosas a su hermana, que Gonzalo no pod&iacute;a ver.</p>
+
+<p>&mdash;Vaya, buenas noches&mdash;dijo alargando a &eacute;ste la mano.</p>
+
+<p>&mdash;Buenas noches&mdash;repuso &eacute;l mir&aacute;ndola ext&aacute;tico, con cierta especie de
+embelesamiento que no pas&oacute; inadvertido para la ni&ntilde;a.</p>
+
+<p>Iba a retirarse, pero un sentimiento de coqueter&iacute;a la hizo volver desde
+la puerta y preguntar a Cecilia:</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;D&oacute;nde has colocado el calzador? He tenido que venir con chinelas por
+no hallarlo...</p>
+
+<p>Y al mismo tiempo mostr&oacute; su lindo pie.</p>
+
+<p>&mdash;Pues all&aacute; est&aacute;, en el caj&oacute;n de la mesa de noche.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Si supierais qu&eacute; sue&ntilde;o tengo!&mdash;dijo avanzando m&aacute;s y colocando una
+mano sobre la cabeza de su hermana.&mdash;&iquest;Sab&eacute;is con qu&eacute; se quita
+esto?&mdash;a&ntilde;adi&oacute; sonriendo.</p>
+
+<p>Gonzalo la examinaba con atenci&oacute;n. Era realmente una criatura perfecta.
+Cuanto m&aacute;s de cerca se la observase, m&aacute;s se admiraban las singulares
+partes de que estaba, dotada. La epidermis era suave y brillante como el
+raso, de un color rosa desvanecido; la boca h&uacute;meda y fresca, de labios
+rojos un tanto grandes que descubr&iacute;an al abrirse dos filas de dientes
+menudos e iguales; los cabellos dorados, sedosos, abundantes. Su &uacute;nica
+imperfecci&oacute;n consist&iacute;a en la estatura. Si tuviera la de su madre nadie
+se atrever&iacute;a a ponerle un reparo, exceptuando, por supuesto, sus amigas.</p>
+
+<p>Notando que la examinaban, no acababa de marcharse. Daba vueltas en
+redondo para que se la viese bien por todas partes, adoptaba posiciones
+caprichosas, afectadas, dirig&iacute;a preguntas impertinentes a su hermana,
+re&iacute;a sin motivo, la cubr&iacute;a de besos y la sobaba sin consideraci&oacute;n.</p>
+
+<p>&mdash;D&eacute;jame, Ventura. &iexcl;Qu&eacute; retozona est&aacute;s hoy!&mdash;exclamaba aqu&eacute;lla con su
+franca sonrisa bondadosa, procurando desasirse.</p>
+
+<p>&mdash;Vaya, vaya, a la cama&mdash;dec&iacute;a do&ntilde;a Paula.</p>
+
+<p>&mdash;Voy.</p>
+
+<p>Pero en lugar de irse se abrazaba de nuevo a Cecilia; la hac&iacute;a
+cosquillas aprovechando cualquier movimiento para decirla al o&iacute;do:</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;C&oacute;mo est&aacute;s gozando, picarona! No le eches esos ojazos, mujer, que le
+vas a aturdir.&mdash;Adi&oacute;s, adi&oacute;s, se&ntilde;ores&mdash;concluy&oacute; por decir en voz
+alta...&mdash;Y dejar algo para ma&ntilde;ana, &iquest;eh?</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Qu&eacute; tonta!&mdash;exclam&oacute; Cecilia ruboriz&aacute;ndose.</p>
+
+<p>Do&ntilde;a Paula y Gonzalo sonrieron. Este dijo en voz baja:</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Qu&eacute; pelo tan hermoso!</p>
+
+<p>Ventura lo oy&oacute;, y dijo sacudi&eacute;ndolo:</p>
+
+<p>&mdash;Es postizo.</p>
+
+<p>Todos se echaron a reir.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;No lo cree usted?&mdash;pregunt&oacute; con seriedad y acerc&aacute;ndose.&mdash;Tire usted.
+Ver&aacute; c&oacute;mo se le queda en la mano.</p>
+
+<p>El joven no se atrevi&oacute;, y continu&oacute; sonriendo.</p>
+
+<p>&mdash;Tire usted, tire usted&mdash;insisti&oacute; ella volviendo la espalda y
+meti&eacute;ndole el pelo por la cara.</p>
+
+<p>Gonzalo llev&oacute; la mano a &eacute;l, pero no hizo m&aacute;s que acariciarlo.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Qu&eacute;, no se le ha quedado? Es que est&aacute; muy bien sujeto.</p>
+
+<p>Y sali&oacute; corriendo de la estancia.</p>
+
+<p>Un rato todav&iacute;a dur&oacute; el cuchicheo secreto. Se tocaron algunos puntos de
+la vida futura. Cecilia escuchaba a su madre disertar sobre lo que
+deb&iacute;an hacer una vez casados, sintiendo un cosquilleo en el alma que
+apenas era poderosa a ocultar. Le hab&iacute;a cogido una mano y se la apretaba
+y acariciaba con intermitencias nerviosas. De vez en cuando la llevaba a
+los labios y se la besaba con fuerza. Do&ntilde;a Paula la miraba con
+enternecimiento y sonre&iacute;a goz&aacute;ndose en la felicidad que inundaba el
+coraz&oacute;n de su hija.</p>
+
+<p>El reloj del comedor vibr&oacute;, dando las doce y media. Gonzalo levant&oacute;se
+apresuradamente.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Oh, qu&eacute; tarde! &iquest;Qu&eacute; dir&aacute; don Rosendo?</p>
+
+<p>&mdash;Nunca se acuesta antes de esta hora&mdash;repuso Cecilia.</p>
+
+<p>&mdash;S&iacute;; pero ya sabes que emplea mucho tiempo en cerrar las
+puertas&mdash;replic&oacute; do&ntilde;a Paula.</p>
+
+<p>Cecilia call&oacute;. Gonzalo les di&oacute; la mano con efusi&oacute;n, prometiendo volver
+al d&iacute;a siguiente. Despu&eacute;s pas&oacute; al despacho del se&ntilde;or de Belinch&oacute;n para
+despedirse.</p>
+
+<p>La madre y la hija siguieron charlando en el mismo rinc&oacute;n sobre el mismo
+tema, recibiendo la primera un sinn&uacute;mero de abrazos y besos
+apretad&iacute;simos.</p>
+
+<p>&mdash;Esto no es para m&iacute;&mdash;dec&iacute;a con cierta expresi&oacute;n entre alegre y
+melanc&oacute;lica.</p>
+
+<p>&mdash;S&iacute;, mam&aacute;, s&iacute;&mdash;replicaba la joven abraz&aacute;ndola con m&aacute;s fuerza.</p>
+
+
+
+<h3 class="top15"><a name="IV" id="IV"></a>IV</h3>
+
+<p class="c smcap">c&oacute;mo los particulares de sarri&oacute; se congregaban en un recinto nombrado el
+&laquo;saloncillo&raquo;, y lo que all&iacute; se platicaba.</p>
+
+
+<p>Don Melchor de las Cuevas se levant&oacute; de la mesa, encendi&oacute; un cigarro, y
+dijo, ofreciendo otro a su sobrino:</p>
+
+<p>&mdash;V&aacute;monos a tomar caf&eacute;.</p>
+
+<p>Gonzalo quiso guardarlo en el bolsillo porque jam&aacute;s hasta entonces se
+hab&iacute;a autorizado el fumar delante de su t&iacute;o; pero &eacute;ste le retuvo el
+brazo.</p>
+
+<p>&mdash;Enciende, chiquito, enciende; ya has dejado de ser grumete.</p>
+
+<p>El joven sac&oacute; un f&oacute;sforo y se puso a dar chupetones al cigarro con
+emoci&oacute;n.</p>
+
+<p>Salieron de la casa emparejados y bajaron lentamente por la calle
+disfrutando del bienestar voluptuoso que sienten las naturalezas
+poderosas despu&eacute;s de una comida abundante. Parec&iacute;an dos cedros gigantes,
+majestuosos, orgullosos de su altura. Y guardaban el mismo silencio que
+ellos cuando no les sopla el viento. Las mujeres que trabajaban a las
+puertas de sus casas los miraban con curiosidad tocada de admiraci&oacute;n.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Qui&eacute;n es el se&ntilde;orito que va con don Melchor?</p>
+
+<p>&mdash;Mujer, &iquest;no le conoces? El sobrino; el se&ntilde;orito Gonzalo, que lleg&oacute; ayer
+en la <i>Bella-Paula</i>.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Vaya un real mozo!</p>
+
+<p>&mdash;Como su padre don Marcos, que en paz descanse.</p>
+
+<p>&mdash;Y como su abuelo don Benito&mdash;a&ntilde;adi&oacute; una vieja.&mdash;&iexcl;Qu&eacute; familia tan noble
+y campechana!</p>
+
+<p>En las bocacalles por donde se descubr&iacute;a un cacho de mar, el se&ntilde;or de
+las Cuevas sol&iacute;a detenerse un momento para echar una ojeada escrutadora.</p>
+
+<p>&mdash;Por ahora bonanza. Dentro de poco terral.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Las ves?&mdash;dijo con expresi&oacute;n de triunfo al cabo de un instante.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Qu&eacute;?</p>
+
+<p>&mdash;Las lanchas, hombre, las lanchas. &iexcl;C&oacute;mo lo han olido!</p>
+
+<p>&mdash;No veo nada,&mdash;repuso Gonzalo sac&aacute;ndose los ojos por columbrarlas en el
+horizonte.</p>
+
+<p>&mdash;Sigues como antes. No ves m&aacute;s que la sopa en el plato&mdash;manifest&oacute; el
+t&iacute;o sonriendo con l&aacute;stima.</p>
+
+<p>El caf&eacute; de la Marina herv&iacute;a ya de gente. El rumor de las conversaciones
+y disputas, el campaneo de las copas, el choque de las fichas de domin&oacute;
+contra el m&aacute;rmol de las mesas, formaba un ruido ensordecedor. Estaba
+situado en una plazoleta que formaba la R&uacute;a Nueva al desembocar en el
+muelle, y una de sus fachadas miraba al mar. Reun&iacute;anse en &eacute;l la mayor
+parte de los capitanes y pilotos que estaban en Sarri&oacute; de paso, y casi
+todos los que sin ejercer el oficio habitaban en la villa, con m&aacute;s los
+vecinos que sent&iacute;an de un modo o de otro inclinaciones mar&iacute;timas. Al
+atravesar por medio fueron llamados a gritos de diferentes mesas. Don
+Melchor era el hombre m&aacute;s popular, el m&aacute;s querido y respetado que
+entraba en aquel caf&eacute;. Fu&eacute; necesario acercarse a saludar a unos y a
+otros, y presentarles a Gonzalo. Aquellos lobos se extasiaron mir&aacute;ndole;
+le apretaban la mano hasta descoyunt&aacute;rsela, y le ofrec&iacute;an con todas las
+veras de su coraz&oacute;n una copa de ron y marrasquino. Cuando la rehusaba
+hablando de subir a tomar caf&eacute; arriba, la tristeza m&aacute;s honda se pintaba
+en sus rostros curtidos.</p>
+
+<p>Don Melchor ten&iacute;a, en efecto, la costumbre de tomarlo en el Saloncillo.
+Este era un aposento del piso principal de aquella casa, que ten&iacute;a
+comunicaci&oacute;n con el caf&eacute; por medio de una escalerilla de hierro. Por
+ella subieron al cabo t&iacute;o y sobrino. Ya estaban reunidos los notables
+del pueblo, sentados en un div&aacute;n corrido, con sendas mesillas japonesas
+delante, donde cada cual tomaba su caf&eacute;. Por una de las puertas, que
+generalmente estaba abierta, se ve&iacute;a la sala de billar donde jugaban
+siempre las mismas personas rodeadas de los mismos mirones.</p>
+
+<p>Cuando don Melchor y su sobrino entraron, se hablaba de un proyecto de
+mercado cubierto para preservar de la intemperie a las pobres mujeres
+que vend&iacute;an al raso legumbres y leche. Y Gonzalo record&oacute; que en cierta
+ocasi&oacute;n que subi&oacute; a buscar a su t&iacute;o antes de irse a Inglaterra, se
+estaba debatiendo el mismo asunto. Los temas variaban poco en aquella
+asamblea. La existencia de la villa se deslizaba tranquila y serena en
+medio del trabajo cotidiano. Los &uacute;nicos acontecimientos que sacud&iacute;an de
+vez en cuando su letargo, eran la entrada o salida de cualquier barco
+importante, la muerte de una persona conocida, una letra protestada, el
+empedrado de algunas calles, la aver&iacute;a de alg&uacute;n cargamento, el alijo de
+un contrabando, la limpieza del muelle.</p>
+
+<p>Las mujeres y los muchachos estaban m&aacute;s socorridos de asuntos para
+saciar el humano af&aacute;n de novedades: la llegada de un forastero guapo y
+elegante (gran sensaci&oacute;n entre las ni&ntilde;as casaderas), que Fulanito
+acompa&ntilde;&oacute; a Margarita en el paseo por primera vez (&iquest;por lo visto es cosa
+hecha ya?), que Severino el de la tienda de quincalla deslom&oacute; a su mujer
+de una paliza (&iexcl;bien empleado la est&aacute; por haberse casado con ese
+burro!...). El traje que Fulanita sac&oacute; el d&iacute;a de Nuestra Se&ntilde;ora (dicen
+que vino de Madrid... &iexcl;Qu&eacute; Madrid, mujer, si yo misma se lo he visto
+cortar a Martina!). El baile de confianza que se dar&aacute; el jueves en el
+Liceo. (No toca baile ese d&iacute;a.&mdash;Pagan el gasto los pollos a escote.) Los
+graves varones que se reun&iacute;an en el Saloncillo desde&ntilde;aban estos temas,
+aunque de vez en cuando, por excepci&oacute;n, picaban en ellos.</p>
+
+<p>A algunos, a don Rosendo, a don Mateo, a don Pedro Miranda y al alcalde
+don Roque, ya Gonzalo les hab&iacute;a saludado la noche anterior. Pero estaban
+all&iacute; adem&aacute;s Gabino Maza, don Feliciano G&oacute;mez, el ingeniero franc&eacute;s M.
+Delaunay, Alvaro Pe&ntilde;a, Mar&iacute;n, don Lorenzo, don Agapito y otros cinco o
+seis se&ntilde;ores, que se levantaron para abrazarle.</p>
+
+<p>Don Pedro Miranda, de quien ya hemos hecho menci&oacute;n, era un hombre que
+pasaba bien de los sesenta, bajo de estatura y de color, las mejillas
+rasuradas, la cabeza monda y lironda, los ojos grandes y apagados, los
+ademanes t&iacute;midos. Era el propietario territorial m&aacute;s rico de la
+poblaci&oacute;n y el representante genuino de la aristocracia por venir de una
+antigua familia de terratenientes y no haber en la villa persona
+titulada que mejor la representase. No daba, sin embargo, importancia a
+este privilegio. Era hombre afable, modesto, que con todos los vecinos
+alternaba sin atender a su condici&oacute;n social, extremadamente servicial,
+siempre que no se tratase de dinero, y poco amigo de imponer su voluntad
+ni contradecir a nadie. Pero si declinaba enteramente las preeminencias
+del nacimiento, en cambio era celos&iacute;simo de sus derechos de propiedad.
+Jam&aacute;s se hab&iacute;a conocido ni se conocer&aacute; un propietario m&aacute;s propietario
+que don Pedro Miranda. Las instituciones de derecho vigente, las del
+derecho antiguo, las universidades, el ej&eacute;rcito, la marina, la
+constituci&oacute;n pol&iacute;tica y hasta la religi&oacute;n, no ten&iacute;an raz&oacute;n de ser a sus
+ojos sino como elementos que de un modo directo o indirecto afianzaban
+aquellos derechos. La m&aacute;quina asombrosa del Universo estaba formada para
+sustentar sus t&iacute;tulos indiscutibles al dominio pleno de los Praducos,
+caser&iacute;o situado a media legua de la villa, y al directo que pose&iacute;a sobre
+el de las Meanas, con un canon anual de ciento quince ducados. Esta
+conciencia clar&iacute;sima de su derecho engendraba, no obstante, por exceso
+de claridad, algunos conflictos. Ven&iacute;a un colono y le dec&iacute;a:&mdash;Se&ntilde;or;
+Joaqu&iacute;n el martinetero, ha cortado ayer las ca&ntilde;as del nogal que colgaban
+sobre su huerta.&mdash;&iexcl;Pero el nogal era <i>m&iacute;o</i>!&mdash;exclamaba don Pedro
+enrojecido s&uacute;bito por la c&oacute;lera y sorpresa.&mdash;S&iacute;, se&ntilde;or... pero como
+colgaban sobre su huerta...&mdash;&iquest;C&oacute;mo se ha atrevido ese pillo a tocar en
+una cosa que es <i>m&iacute;a, m&iacute;a?</i>&mdash;Inmediatamente entablaba un interdicto, y
+como es natural, lo perd&iacute;a. De estos interdictos hab&iacute;a perdido ya
+algunas docenas en su vida, sin escarmentar jam&aacute;s.</p>
+
+<p>Don Roque de la Riva, alcalde constitucional de Sarri&oacute;, a quien hemos
+tenido el honor de comparar, cuando por primera vez le vimos en el
+teatro, a un cortesano de Luis XV, o a un cochero de casa grande, no se
+distingu&iacute;a por la pureza de la dicci&oacute;n; antes era &eacute;sta tan atropellada y
+confusa, que al interlocutor le costaba gran trabajo entenderle. No
+sabemos si era en la boca o en la garganta o en la regi&oacute;n de las fosas
+nasales, donde el se&ntilde;or de la Riva ten&iacute;a a bien machacar y atormentar
+las palabras; lo cierto es que sal&iacute;an casi siempre transformadas en
+sonidos obscuros, huecos, ca&oacute;ticos, completamente ininteligibles.
+Particularmente despu&eacute;s de comer, se hac&iacute;a imposible conversar con &eacute;l. Y
+esto, no por otra raz&oacute;n, seg&uacute;n dec&iacute;an, sino porque don Roque sol&iacute;a
+encargar a los pilotos amigos un vino del Rivero, tan exquisito, que
+nadie dejar&iacute;a de beberlo, aun a riesgo de quedarse mudo. El jefe
+superior civil de la villa sal&iacute;a todas las tardes de su casa solo, en la
+apariencia, en realidad gratamente acompa&ntilde;ado. Su enorme faz rasurada
+quer&iacute;a echar la sangre por los poros, concentr&aacute;ndose con preferencia en
+el lomo gigantesco de su nariz borb&oacute;nica. Los ojos, con ramos de sangre
+tambi&eacute;n, medio velados por no poder sufrir la gran pesadumbre de los
+p&aacute;rpados, se espaciaban lentamente por todo el ancho de la calle,
+expresando un grado envidiable de bienestar f&iacute;sico. El paso grave,
+lento, vacilante, acusaba de igual modo una armon&iacute;a perfecta entre sus
+facultades ps&iacute;quicas y corporales. No le faltaba a don Roque para
+alcanzar la bienaventuranza m&aacute;s que tropezar con un alguacil, o
+barrendero, o sereno, o picapedrero, con cualquier empleado, en fin, del
+municipio. Desde lejos lo columbraba, y sus p&aacute;rpados se levantaban
+repentinamente, y las ventanas de la nariz se le abr&iacute;an al olor de la
+presa. Si &eacute;sta, olfateando al tigre, se pasaba a la otra acera, o
+trataba de esconderse, don Roque le llamaba con voz de trueno.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Juan, Juaan, Juaaaan!</p>
+
+<p>La v&iacute;ctima acud&iacute;a bajando la cabeza.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Has llevado el oficio a don Lorenzo?</p>
+
+<p>&mdash;S&iacute;, se&ntilde;or.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Has dicho al secretario que dejase apartado el expediente del
+cementerio?</p>
+
+<p>&mdash;S&iacute;, se&ntilde;or.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Has llevado las c&eacute;dulas al ped&aacute;neo de San Mart&iacute;n?</p>
+
+<p>&mdash;S&iacute;, se&ntilde;or.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Has ido a avisar a don Manuel que quite los escombros que tiene
+delante de su casa?</p>
+
+<p>En fin, iba preguntando, hasta que el pobre alguacil contestaba
+negativamente.</p>
+
+<p>Entonces, la voz de sochantre del alcalde se dejaba oir en toda la
+calle, y aun en los confines de la villa. Sus ojos se inyectaban, y su
+rostro apopl&eacute;tico llegaba a ponerse morado. Imposible entender lo que
+dec&iacute;a, si no eran los <i>ajos</i> con que salpicaba el discurso, y aun &eacute;stos
+los ahuecaba de tal modo, que s&oacute;lo la jota se percib&iacute;a con claridad. La
+reprensi&oacute;n nunca duraba menos de quince o veinte minutos, el tiempo
+indispensable para desalojar la inmensa cantidad de <i>ajos</i> que se le
+hab&iacute;an acumulado en el cuerpo desde la noche anterior. As&iacute; como hay
+personas que por la ma&ntilde;ana se meten los dedos en la boca para provocar
+la bilis, don Roque necesitaba indefectiblemente este desahogo para
+quedar a gusto. No se le hab&iacute;a o&iacute;do jam&aacute;s otra interjecci&oacute;n, pero, en
+cambio, de &eacute;sta pose&iacute;a tal abundancia, que no le bastaba poner una a
+cada palabra; a veces pon&iacute;a dos o tres.</p>
+
+<p>Los tenderos sal&iacute;an a la puerta a escucharle, pero sonriendo, sin
+sorpresa alguna, como acostumbrados de antiguo a este espect&aacute;culo.</p>
+
+<p>&mdash;Don Roque hoy ha tirado de firme a los vencejos&mdash;le dec&iacute;a uno a otro
+en voz alta.</p>
+
+<p>&mdash;Mira qu&eacute; caso le hace Juan.</p>
+
+<p>En efecto, el alguacil a cada vuelta en redondo que daba el alcalde, se
+llevaba el dedo pulgar a la boca y hac&iacute;a la se&ntilde;a de empinar.</p>
+
+<p>Don Roque prefer&iacute;a encontrar a un barrendero o picapedrero en el
+ejercicio de sus funciones. Se acercaba a &eacute;l cautelosamente por detr&aacute;s,
+y le hincaba sus dedazos en el cuello.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;...ajo! so tuno, &iquest;qu&eacute; modo de barrer es &eacute;se? &iquest;Te parece &iexcl;...ajo! que
+yo te pago para que me dejes la mitad de la porquer&iacute;a entre las piedras?
+&iexcl;...ajo! &iquest;Es esto gratitud? &iexcl;...ajo! &iquest;Es esto verg&uuml;enza? &iexcl;...ajo!</p>
+
+<p>A veces &eacute;l mismo en el entusiasmo del discurso empu&ntilde;aba la escoba y se
+pon&iacute;a a dar al barrendero una lecci&oacute;n de su oficio. Los tenderos, los
+pocos transeuntes que cruzaban por la calle y alguna se&ntilde;ora que se
+asomaba al balc&oacute;n con el ruido, soltaban a reir alegremente. El
+barrendero mismo, a pesar de su cr&iacute;tica situaci&oacute;n, no pod&iacute;a reprimir una
+sonrisa viendo a aquel energ&uacute;meno con la levita remangada dando furiosos
+y desconcertados limpiones al suelo.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;As&iacute; se barre!... &iexcl;...ajo! (Golpe terrible de escoba.) &iexcl;As&iacute; se
+barre!... &iexcl;...ajo! (Otro golpe.) &iexcl;As&iacute; se barre!... &iexcl;...ajo! (Otro
+golpe.) &iexcl;As&iacute; se barre!... &iexcl;...ajo!</p>
+
+<p>Hasta que fatigado, sudoroso y a punto de caer a tierra con un derrame,
+le entregaba la escoba y recog&iacute;a el bast&oacute;n con borlas.</p>
+
+<p>Desahogado de este modo su noble pecho de la copia de ajos que le
+embargaba, emprend&iacute;a de nuevo su camino y llegaba al Saloncillo en una
+felic&iacute;sima disposici&oacute;n de cuerpo y esp&iacute;ritu.</p>
+
+<p>Gabino Maza era hombre de unos cuarenta y cinco a&ntilde;os de edad, oficial de
+la Armada, retirado antes de tiempo porque su car&aacute;cter d&iacute;scolo no pod&iacute;a
+sufrir la disciplina militar. De rostro moreno aceitunado, ojos peque&ntilde;os
+y vivos con ojeras constantes que pregonaban su temperamento
+excesivamente bilioso. Alto, seco, musculoso, la barba y el pelo de un
+color negro que daba en azul; los ademanes descompuestos siempre y
+violentos; la voz indefinible, grave unas veces, otras, cuando se
+enfadaba, que era casi siempre que se pon&iacute;a a hablar, chillona y aguda,
+de un falsete tan estridente que romp&iacute;a los o&iacute;dos. Disfrutaba de una
+peque&ntilde;a renta y de un peque&ntilde;&iacute;simo retiro, con los cuales pod&iacute;a vivir y
+alimentar a su familia en Sarri&oacute; con el respeto de un caballero
+acomodado. En la capital de la provincia le ser&iacute;a ya imposible.
+Disputador eterno, poniendo en cada disputa, por nimia que fuese, una
+cantidad de pasi&oacute;n y de violencia verdaderamente asombrosas; ganoso
+siempre de llevar la contraria a cuanto se dec&iacute;a aunque fuese m&aacute;s claro
+que la luz del mediod&iacute;a; de un pesimismo feroz y antip&aacute;tico para juzgar
+a los hombres, a tal punto que no se di&oacute; el caso jam&aacute;s de que creyese
+puros los m&oacute;viles de una acci&oacute;n humana, por noble y honrada que
+apareciese; rencoroso y vengativo hasta la locura. Este hombre, sin
+embargo, no concitaba los odios del vecindario contra s&iacute;, como pod&iacute;a
+suponerse. En las aldeas y villas, por el trato &iacute;ntimo, largo y
+constante de las personas, se penetra m&aacute;s en el alma de cada uno que en
+las grandes poblaciones. Un trato superficial hace, en &eacute;stas, simp&aacute;ticos
+a muchos hombres fr&iacute;os, ego&iacute;stas y hasta perversos. Los modales
+corteses, las palabras afables, la sonrisa insinuante, proporcionan en
+seguida opini&oacute;n de &laquo;persona agradable y decente&raquo;. En provincia no vale
+nada de esto. Al contrario, se desconf&iacute;a de la amabilidad excesiva y,
+sobre todo, de la sonrisa dulzona; se le buscan a cada hombre los
+pliegues y repliegues del alma con el mismo cuidado y atenci&oacute;n con que
+un disecador va palpando y poniendo a la vista con el bistur&iacute; todas las
+fibras de la m&aacute;quina corporal. Por donde son generalmente aborrecidos
+algunos hombres que al forastero le seducen, mientras otros, duros,
+violentos, agresivos, suelen caer en gracia. El disimulo, que es el
+talento de las naturalezas rudas y vulgares, no se perdona jam&aacute;s en
+provincia, quiz&aacute; por ser el vicio predominante en todas las relaciones
+sociales. Los genios vivos, los temperamentos exaltados, no causan temor
+como los &laquo;toros claros&raquo;. Hay casi siempre en ellos un esp&iacute;ritu
+justiciero, que aunque exagerado y adulterado por la pasi&oacute;n, no acaba
+de hacerles antip&aacute;ticos. Adem&aacute;s, como la violencia y la exaltaci&oacute;n son
+causa constante de sufrimiento, de malestar f&iacute;sico y moral, se juzga con
+raz&oacute;n que los hombres de tal temperamento llevan en s&iacute; mismos el castigo
+de sus demas&iacute;as.</p>
+
+<p>Gabino Maza no era aborrecido ni excesivamente amado. Los que ten&iacute;an de
+&eacute;l agravios, le murmuraban y evitaban su encuentro llam&aacute;ndole
+&laquo;envidioso&raquo; y &laquo;mala lengua&raquo;. Los que no, se re&iacute;an de sus exageraciones y
+le abocaban con gusto, sin profesarle gran afecto tampoco.</p>
+
+<p>Otro de los personajes all&iacute; congregados era don Feliciano G&oacute;mez.
+Comerciante en g&eacute;neros ultramarinos al por menor, poseedor al mismo
+tiempo de tres o cuatro pataches y algunos quechemarines que hac&iacute;an el
+comercio de cabotaje por la costa cant&aacute;brica, aventur&aacute;ndose una que otra
+vez los de m&aacute;s porte a llegar hasta Sevilla. De mediana estatura, la
+cabeza desnuda de cabellos en forma de pir&aacute;mide, patillas que le
+llegaban hasta la nariz, la voz casi siempre enronquecida. Era hombre
+divertido, bondadoso, optimista. Estaba soltero y viv&iacute;a con tres
+hermanas de m&aacute;s edad, a quienes hab&iacute;a hecho verdaderas se&ntilde;oras a fuerza
+de trabajo y econom&iacute;a. El pago que ellas le daban seg&uacute;n p&uacute;blica voz, era
+tenerle dominado y sujeto como un ni&ntilde;o, reprenderle agriamente las
+faltas m&aacute;s ligeras, y mortificarle y aburrirle por todos los medios
+imaginables. No obstante, a &eacute;l nunca se le oy&oacute; una queja de ellas.</p>
+
+<p>El ingeniero belga, M. Delaunay, hab&iacute;a llegado a Sarri&oacute; a&ntilde;os atr&aacute;s, con
+el objeto de beneficiar un coto minero de una poderosa compa&ntilde;&iacute;a inglesa.
+La explotaci&oacute;n no di&oacute; resultado. La compa&ntilde;&iacute;a le retir&oacute; su comisi&oacute;n y el
+sueldo. Pero Delaunay, que pose&iacute;a genio emprendedor y alg&uacute;n dinero, se
+meti&oacute; sucesivamente en seis u ocho empresas industriales. Primero mont&oacute;
+una f&aacute;brica de papel; despu&eacute;s otra de puntas de Par&iacute;s; m&aacute;s tarde intent&oacute;
+formar un criadero de ostras; despu&eacute;s f&aacute;brica de quesos y de hielo. Por
+&uacute;ltimo quiso aprovechar unas grandes marismas que hab&iacute;a cerca de
+Sarri&oacute;. Todas estas empresas hab&iacute;an fracasado, sin saber nadie por qu&eacute;.
+Delaunay era inteligente, ilustrado, laborioso. Conoc&iacute;a cada industria
+que iba a ejercitar como el m&aacute;s competente maestro; encargaba los
+aparatos a Inglaterra, los montaba y los hac&iacute;a funcionar felizmente,
+obteniendo productos muy aceptables. El achacaba sus ca&iacute;das a la falta
+de v&iacute;as de comunicaci&oacute;n. La &uacute;ltima de sus grandes empresas, abortada
+antes de nacer, le desacredit&oacute; m&aacute;s que ninguna otra. En una de sus
+excursiones por los alrededores de la villa, hab&iacute;a visto pr&oacute;ximos a una
+peque&ntilde;a r&iacute;a ciertos terrenos incultos que con poco esfuerzo pod&iacute;an
+reducirse a cultivo. T&uacute;volo en cuenta; levant&oacute; el plano. Pocos meses
+despu&eacute;s, cuando se vi&oacute; forzado a cerrar la f&aacute;brica de hielo y despedir a
+los obreros, acord&oacute;se de las marismas y habl&oacute; de ellas a don Rosendo
+Belinch&oacute;n, a don Feliciano G&oacute;mez y a dos indianos m&aacute;s para que le
+ayudasen en su magna empresa. Replicaron ellos que era necesario verlas,
+y concert&oacute;se la excursi&oacute;n. Una ma&ntilde;ana montados en sendos caballos
+emprendieron secretamente la marcha hacia la r&iacute;a de Orleo, distante
+cuatro leguas de Sarri&oacute;. Al llegar cerca de ella dejaron los caballos y
+subieron a pie una colina, desde la cual se oteaban las marismas. &iexcl;Cu&aacute;l
+ser&iacute;a la verg&uuml;enza y confusi&oacute;n de Delaunay al ver los terrenos que
+intentaba robar al mar, cubiertos de ma&iacute;z, verdes y florecientes que
+eran una bendici&oacute;n de Dios! En efecto, hac&iacute;a m&aacute;s de seis a&ntilde;os que
+estaban cultivados. Su equivocaci&oacute;n naci&oacute; de haberlos visto en diciembre
+cuando estaban descansando. Dieron la vuelta para la villa, y el suceso
+produjo en ella la risa que debe suponerse.</p>
+
+<p>Qued&oacute; al cabo arruinado. Vi&oacute;se obligado a vivir miserablemente. Pero,
+lejos de apagarse en su esp&iacute;ritu el furor de las empresas, encendi&oacute;se en
+la pobreza con m&aacute;s &iacute;mpetu. De tal modo que no dej&oacute; un solo capitalista
+en Sarri&oacute; a quien no tantease con el fin de embarcarle en alguna. Unas
+veces era un tranv&iacute;a a la capital, otras un puerto de refugio o unos
+muelles de madera, otras una gran fonda. Algunos indianos, pocos por
+cierto, por &eacute;l seducidos, pagaron con algunos miles de duros su
+inocencia. El caso es que Delaunay era hombre de talento, estudioso,
+enterado muy bien de todos los adelantos de la ciencia y la industria.
+Imposible despreciarle sin cometer una injusticia.</p>
+
+<p>El ayudante de Marina del puerto, Alvaro Pe&ntilde;a, joven de treinta a&ntilde;os,
+moreno, con grandes ojos negros y bigotes a lo V&iacute;ctor Manuel, se
+caracterizaba por un odio profundo, implacable, al estado eclesi&aacute;stico y
+a todo el que lo representase, aunque fuese su mismo hermano. Sin ser
+aficionado en modo alguno a la ciencia o la literatura, pose&iacute;a una
+biblioteca bastante numerosa, compuesta exclusivamente de libros contra
+la religi&oacute;n y sus ministros. Estaba suscripto a tres o cuatro peri&oacute;dicos
+conocidos por sus opiniones anti-clericales, y se dec&iacute;a que desde hac&iacute;a
+algunos a&ntilde;os ven&iacute;a ocup&aacute;ndose en acumular datos para un libro que
+pensaba publicar con el t&iacute;tulo de <i>La religi&oacute;n al alcance de todas las
+fortunas</i>, del cual varios vecinos conoc&iacute;an ya algunos fragmentos. Era
+alegre, valiente, aficionado a cuentos y chascarrillos, donde siempre
+jugaba papel principal&iacute;simo alg&uacute;n cura o monja. No pronunciaba bien las
+erres.</p>
+
+<p>Don Jaime Mar&iacute;n, propietario de cuatrocientas fanegas de pan, que con la
+contribuci&oacute;n equival&iacute;an a unas seis mil pesetas, ser&iacute;a un gran calavera,
+un licencioso, un monstruo de corrupci&oacute;n si no tuviese por mujer a do&ntilde;a
+Br&iacute;gida. Esta eminente se&ntilde;ora hab&iacute;a conseguido con una saludable energ&iacute;a
+que su marido no arruinase a la familia y los echase a todos por
+puertas. Antes que desbaratase su hacienda logr&oacute; que se le privase
+judicialmente de la administraci&oacute;n de los bienes y se le encomendase a
+ella. No es f&aacute;cil representarse la firmeza con que do&ntilde;a Br&iacute;gida empu&ntilde;&oacute;
+las riendas de la casa. Ning&uacute;n patricio romano tuvo jam&aacute;s una idea m&aacute;s
+perfecta del <i>sui juris</i>, de los sagrados derechos que &laquo;la ciudad&raquo; hab&iacute;a
+depositado en sus manos. Desde que esto acaeci&oacute;, don Jaime, a pesar de
+sus cincuenta y pico de a&ntilde;os, pas&oacute; a ser en sus manos una verdadera
+<i>cosa</i> como previene la Instituta. En su condici&oacute;n de <i>alieni juris</i>
+hubo de sufrir la acci&oacute;n directa y constante de su due&ntilde;o y se&ntilde;or, y
+sujetarse en un todo a su omn&iacute;moda voluntad. &iexcl;Adi&oacute;s cenas op&iacute;paras con
+mariscos y vino de Rueda en el caf&eacute; de la Marina! &iexcl;Adi&oacute;s caza de la
+liebre con Fermo el carnicero y Marcelino el tallista! &iexcl;Adi&oacute;s noches
+seductoras de tresillo! &iexcl;Tardes de paz y de dicha en el lagar de
+Sebasti&aacute;n de la Puente, adi&oacute;s! La inflexible se&ntilde;ora depositaba en sus
+manos cada domingo tres pesetas; ni m&aacute;s ni menos. Era todo el caudal de
+que dispon&iacute;a durante la semana para sus vicios, salvo el fumar, que ella
+subvencionaba, comprando los cigarros por s&iacute; misma. Cuando necesitaba un
+sombrero, ella se lo compraba; cuando un traje o unas botas, se avisaba
+al sastre o zapatero para que viniese a tomar las medidas. Hasta se le
+imped&iacute;a ir a la barber&iacute;a, por temor de que se gastase los dos reales.
+Ven&iacute;a el barbero a afeitarle los s&aacute;bados. Por cierto que, con poca o
+ninguna consideraci&oacute;n, el rapador de barbas llegaba algunas veces a las
+nueve de la ma&ntilde;ana, cuando don Jaime estaba durmiendo.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Qu&eacute; hago?&mdash;preguntaba a do&ntilde;a Br&iacute;gida.</p>
+
+<p>&mdash;Af&eacute;itele usted&mdash;contestaba la sever&iacute;sima se&ntilde;ora.</p>
+
+<p>El barbero, obedeciendo la consigna, se acercaba, le embadurnaba la cara
+de jab&oacute;n y le despojaba bonitamente de las barbas sin que don Jaime se
+despertase m&aacute;s que a medias. Echaba otro sue&ntilde;o, y al despertarse de
+veras sol&iacute;a decir a la criada que le serv&iacute;a el chocolate:</p>
+
+<p>&mdash;Hoy es s&aacute;bado; que llamen, al barbero.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Tonto, borricote, incapaz de sacramentos!&mdash;contestaba su dulce
+consorte desde el gabinete.&mdash;&iquest;No ves que est&aacute;s afeitado ya?</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Pues es verdad!&mdash;dec&iacute;a el buen se&ntilde;or palp&aacute;ndose la cara.</p>
+
+<p>En un principio sol&iacute;a pedir a sus amigos o conocidos del caf&eacute; alg&uacute;n
+dinero para jugar al tresillo, y beb&iacute;a al fiado en el caf&eacute;; pero al poco
+tiempo ni los amigos quisieron darle nada, ni el due&ntilde;o del
+establecimiento le fiaba ya por valor de dos cuartos. Falt&oacute; poco para
+que do&ntilde;a Br&iacute;gida le echase a rodar por las escaleras cierto d&iacute;a que le
+llev&oacute; una cuenta de ciento veinte reales.</p>
+
+<p>Don Jaime qued&oacute;, pues, reducido a pasar las horas mirando jugar al
+tresillo y dando a los jugadores consejos que no le agradec&iacute;an. Los
+gananciosos sol&iacute;an pagarle la copa de ron. Una que otra vez jugaba a las
+damas con don Lorenzo, y como &eacute;ste se negaba rotundamente a seguir la
+partida sin inter&eacute;s, preciso era que Mar&iacute;n arbitrase alguno que no fuese
+metal precioso. Discurri&oacute; exponer uno de los dos cigarros puros que su
+mujer le daba por la ma&ntilde;ana. Cuando lo perd&iacute;a, aquella tarde se quedaba
+sin fumar. A veces buscando el desquite, perd&iacute;a dos y tres que iba
+entregando uno a uno a su adversario en los d&iacute;as sucesivos. Entonces se
+dedicaba, como sus amigos dec&iacute;an, &laquo;a la gram&aacute;tica&raquo;, esto es, a pedir
+aqu&iacute; y all&iacute; un pitillo para calmar el insufrible prurito de chupar.
+&iexcl;Pobre Mar&iacute;n!</p>
+
+<p>Lo que do&ntilde;a Br&iacute;gida no pudo jam&aacute;s, fu&eacute; hacerle acostarse a una hora
+regular. Tantos a&ntilde;os de trasnochar hasta las cuatro o las cinco de la
+ma&ntilde;ana, hab&iacute;an formado un h&aacute;bito imposible de vencer. Como reteni&eacute;ndole
+en casa no se iba de todos modos a la cama hasta que rayaba el alba, y
+pasaba la noche trasteando por las habitaciones, y como el vicio de
+trasnochar por s&iacute; solo es de los m&aacute;s baratos que se conocen, la
+ingeniosa se&ntilde;ora le dejaba retirarse a la hora que quisiera. Permanec&iacute;a
+en el caf&eacute; de la Marina con los &uacute;ltimos parroquianos. Despu&eacute;s que &eacute;stos
+se retiraban, todav&iacute;a se quedaba mientras los mozos colocaban en su
+sitio la vajilla y el due&ntilde;o apuntaba las &uacute;ltimas partidas. Cuando
+materialmente le echaban del establecimiento se iba a hacer compa&ntilde;&iacute;a al
+sereno de la R&uacute;a Nueva, muy su amigo. Charlando con &eacute;l mataba las horas
+que aun faltaban para el amanecer.</p>
+
+<p>Don Lorenzo, don Agapito, don Pancho, don Aquilino, don Germ&aacute;n y don
+Justo, eran <i>indianos</i>, esto es, gente a quien sus padres hab&iacute;an enviado
+a Am&eacute;rica de ni&ntilde;os a ganarse la vida y hab&iacute;an vuelto entre los
+cincuenta y sesenta a&ntilde;os con un capital que variaba de treinta a cien
+mil duros. Hab&iacute;a de &eacute;stos m&aacute;s de cincuenta en Sarri&oacute;. El duro trabajo y
+la sujeci&oacute;n en que hab&iacute;an vivido muchos a&ntilde;os, les hac&iacute;a tener de la
+felicidad una idea muy distinta de la nuestra. Para nosotros la dicha
+consiste en gozar un placer nuevo cada d&iacute;a, agitarse, viajar, gozar con
+el cuerpo y el esp&iacute;ritu de la hermosa variedad de cosas que la
+Naturaleza nos ofrece. Para ellos se cifraba &uacute;nica y exclusivamente en
+no trabajar, pasar un d&iacute;a y otro redimidos de la dura ley impuesta por
+Dios a Ad&aacute;n despu&eacute;s del pecado. Y la verdad es que se cebaban ferozmente
+en este goce singular. La mayor parte de ellos ten&iacute;an su capital en
+papel del Estado, cuya renta, cuando se cobra no origina molestia
+alguna. Levant&aacute;banse temprano por el h&aacute;bito de madrugar, y andaban toda
+la ma&ntilde;ana por las calles o por el muelle en pandillas de seis u ocho
+mirando la entrada y salida, la carga y descarga de los barcos. Despu&eacute;s
+de comer se iban al entresuelo del caf&eacute; de la Marina o al de la Amistad,
+y pasaban tres o cuatro horas jugando o mirando jugar al billar.</p>
+
+<p>&laquo;&iexcl;Anda, bolita de hueso, anda, entra en caba&ntilde;a!&mdash;D&eacute;jela, d&eacute;jela, don
+Pancho, que va herida.&mdash;Sal, ni&ntilde;a, sal de la manig&uuml;ita.&mdash;&iexcl;Ah, ah, qu&eacute;
+bien mete ut&eacute;, don Lorenso!&mdash;No se ponga bravo, don Pancho!&raquo;</p>
+
+<p>El juego siempre iba salpicado de estas frases que ol&iacute;an a pl&aacute;tano y
+cocotero. Cuando los d&iacute;as eran largos, ve&iacute;aseles all&aacute; a la tarde por las
+cercan&iacute;as de la villa paseando tambi&eacute;n en pandilla o sentados sobre el
+c&eacute;sped a orillas de una fuente. Era la hora de los recuerdos tropicales.</p>
+
+<p>&laquo;&iquest;Se acuerda ut&eacute;, don Agapito, se acuerda ut&eacute; de aqueya mulatica perra
+que le ven&iacute;a a dar plas&eacute; a la tienda?&mdash;&iexcl;Y qu&eacute; bien que cantaba las
+guarachas, la sinverg&uuml;ensa!&mdash;Disen que ut&eacute; alguna vese la sobaba, don
+Agapito, la sobaba duro.&mdash;&iquest;Y c&oacute;mo no, don Pancho, si a lo mej&oacute; se me iba
+al baile de la gente de col&oacute; con el negro de mi compare don
+Justo?&mdash;&iexcl;Vaya, hombre, no diga eso, que me enoha! El que se iba al
+baile era ut&eacute;. &iexcl;Poquita vese que le he visto trabao con eya bailando el
+chiquita abajo, chiquita abajo!&raquo;</p>
+
+<p>No hab&iacute;a que contar con ellos para subvencionar la orquesta, ni el
+teatro, ni otro recreo p&uacute;blico. Los j&oacute;venes ind&iacute;genas si quer&iacute;an
+divertirse necesitaban apelar al bolsillo de sus pap&aacute;s. Ya sab&iacute;an que
+era in&uacute;til solicitar el auxilio del oro americano. Esto les indignaba.
+Por la espalda, y aun de frente, les llamaban ro&ntilde;osos, aldeanos, burros
+cargados de dinero. Pero los indianos ten&iacute;an la piel muy dura y
+despreciaban tales desahogos. El que les ten&iacute;a un odio declarado (&iquest;a
+qui&eacute;n no lo ten&iacute;a?) era Gabino Maza.&mdash;&laquo;&iquest;Para qu&eacute; sirven esos cincuenta
+vagos tirados todo el d&iacute;a por la calle, abriendo la boca y estir&aacute;ndose
+como los perros? &iexcl;Si destinaran siquiera su dinero a alguna industria
+&uacute;til a la poblaci&oacute;n!&raquo;</p>
+
+<p>Cuando don Melchor de las Cuevas y su sobrino entraron en el Saloncillo,
+el &uacute;nico que se manten&iacute;a en pie en medio del corro gesticulando era este
+mismo Gabino Maza. No pod&iacute;a permanecer dos minutos sentado. La continua
+exaltaci&oacute;n de su organismo, la vehemencia con que trataba de persuadir a
+sus oyentes, le obligaba a alzarse en seguida del asiento, lanzarse al
+medio del sal&oacute;n y gritar y manotear hasta que se le conclu&iacute;a el aliento
+y los fuerzas. Se hablaba de la compa&ntilde;&iacute;a del teatro que hab&iacute;a anunciado
+su marcha por haber experimentado p&eacute;rdidas en el primer abono de treinta
+funciones. Maza trataba de convencerles de que no hab&iacute;a habido
+semejantes p&eacute;rdidas, que todo era una supercher&iacute;a.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;No es verdad, no es verdad! El que diga que han perdido un c&eacute;ntimo
+&iexcl;miente!... (<i>Bajando la voz y dando la mano a Gonzalo.</i>)&mdash;&iquest;C&oacute;mo est&aacute;s,
+Gonzalo? Ya s&eacute; que has llegado ayer. Vienes bueno: me alegro... &iexcl;Repito
+que miente! &iquest;A que no se atreven a dec&iacute;rmelo a m&iacute;?</p>
+
+<p>&mdash;Seis mil reales han perdido en las treinta funciones, seg&uacute;n los datos
+que me present&oacute; el bar&iacute;tono&mdash;apunt&oacute; don Mateo.</p>
+
+<p>Maza rechina los dientes. La indignaci&oacute;n no le permite hablar. Al fin
+rompe.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Y usted hace caso de ese borracho, don Mateo?... Vaya, vaya (<i>con
+afectado desd&eacute;n</i>), a fuerza de tratar con c&oacute;micos se le ha olvidado el
+oficio, como al herrero de marras.</p>
+
+<p>&mdash;Oye t&uacute;, botarate; yo no he dicho que lo creyese. Lo &uacute;nico que digo, es
+que as&iacute; resulta de los datos que me present&oacute; el bar&iacute;tono.</p>
+
+<p>Maza da una vuelta en redondo, se coloca otra vez en medio del sal&oacute;n,
+arranca violentamente el sombrero de la cabeza con ambas manos, y
+agit&aacute;ndolo vocifera fren&eacute;tico:</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Pero, se&ntilde;or! &iexcl;pero, se&ntilde;or! &iexcl;no parece m&aacute;s que aqu&iacute; nos hemos ca&iacute;do de
+un nido!... &iquest;Quieren ustedes decirme qu&eacute; han hecho de veinte mil y pico
+de reales que ha importado el abono, y casi otro tanto que habr&aacute; entrado
+en la taquilla?</p>
+
+<p>&mdash;Los sueldos son muy crecidos&mdash;apunt&oacute; el ayudante del puerto.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;No seas borrico, por la Virgen Sant&iacute;sima, Alvaro! &iexcl;No seas
+borrico!... Te dir&eacute; en seguida los sueldos (<i>contando por los dedos</i>).
+El tenor, seis duros; la tiple, otros seis, son doce; el bajo, cuatro,
+son diez y seis; la contralto, tres, son diez y nueve; el bar&iacute;tono,
+cuatro...</p>
+
+<p>&mdash;El bar&iacute;tono, cinco&mdash;apunt&oacute; Pe&ntilde;a.</p>
+
+<p>&mdash;El bar&iacute;tono, cuatro&mdash;insisti&oacute; furibundo Maza.</p>
+
+<p>&mdash;A m&iacute; me consta que son cinco.</p>
+
+<p>&mdash;El bar&iacute;tono, cuatro&mdash;rugi&oacute; de nuevo Maza.</p>
+
+<p>Alvaro Pe&ntilde;a se levanta exaltado a su vez, ardiendo en noble deseo de
+llevar el convencimiento a su adversario, y se entabla una contienda
+furiosa, descomunal, que dura cerca de una hora, en la que toman parte
+todos o casi todos los socios de aquella ilustre reuni&oacute;n de notables.
+Nada m&aacute;s semejante a las famosas reyertas que entre los griegos pasaban
+delante de los muros de Ilion. El mismo fragor y c&oacute;lera. La misma
+sencillez primitiva en los argumentos. La misma violencia candorosa y
+b&aacute;rbara en los dictados.</p>
+
+<p>&laquo;&iexcl;Habr&aacute; hombre m&aacute;s pollino!&mdash;&iexcl;Calla, calla, cabeza de
+alcornoque!&mdash;&iexcl;Habl&oacute; el buey, y dijo m&uacute;!&mdash;Te digo que faltas a la verdad,
+y si lo quieres m&aacute;s claro, te digo que mientes.&mdash;&iexcl;Jes&uacute;s, qu&eacute;
+gansada!&mdash;Parece usted una mala mujer.&raquo;</p>
+
+<p>Eran muy frecuentes, casi cotidianos, tales altercados en el Saloncillo.
+Como todos los que tomaban parte ten&iacute;an un modo directo, enteramente
+primitivo de apreciar las cuestiones, parecido, por no decir igual al de
+los h&eacute;roes de Homero, la argumentaci&oacute;n establecida al comienzo de la
+disputa, segu&iacute;a invariablemente hasta el fin. Hab&iacute;a hombre que pasaba
+una hora repitiendo sin cesar: &laquo;&iexcl;No hay derecho a meterse en la vida
+privada de nadie!&raquo; o bien: &laquo;Eso suceder&aacute; en Alemania, &iexcl;pero como estamos
+en Espa&ntilde;a!&raquo;... Alguno era, todav&iacute;a m&aacute;s breve, y gritaba siempre que le
+dejaban un hueco:&mdash;&laquo;&iexcl;Chiflos de gaita! &iquest;sab&eacute;is? &iexcl;chiflos de gaita!&raquo;
+hasta que ca&iacute;a ex&aacute;nime en el div&aacute;n.</p>
+
+<p>Pero lo que perd&iacute;an en amplitud los argumentos gan&aacute;banlo en intensidad.
+Cada vez eran expresados con mayor y contundente energ&iacute;a, y con m&aacute;s
+descompasadas voces. De tal modo, que raro era el d&iacute;a que no saliese de
+all&iacute; alguno ronco; generalmente, eran Alvaro Pe&ntilde;a y don Feliciano; los
+m&aacute;s d&eacute;biles de laringe, no los m&aacute;s voceadores. Que el Ayuntamiento hab&iacute;a
+mandado podar los &aacute;rboles del paseo de Riego: disputa en el Saloncillo.
+Que el dependiente de la casa Gonz&aacute;lez Hijos se hab&iacute;a escapado con
+catorce mil reales: disputa. Que el cura de la parroquia se negaba a dar
+certificado de buena conducta al piloto Velasco: Alvaro Pe&ntilde;a tuvo un
+v&oacute;mito de sangre a consecuencia de esta disputa.</p>
+
+<p>Ning&uacute;n desabrimiento quedaba jam&aacute;s despu&eacute;s de ellas, ni hab&iacute;a memoria de
+que hubiesen originado cuesti&oacute;n personal alguna. &iquest;C&oacute;mo pod&iacute;a haberla
+cuando todos hab&iacute;an convenido t&aacute;citamente en aceptar sin enojarse los
+graciosos ep&iacute;tetos de que hemos hecho menci&oacute;n? El car&aacute;cter local de los
+temas, era perfecto. La pol&iacute;tica ten&iacute;a en Sarri&oacute; muy pocos cultivadores.
+S&oacute;lo cuando los peri&oacute;dicos noticiaban alg&uacute;n suceso de mucho bulto, se
+preocupaban moment&aacute;neamente con ella sus habitantes. Hac&iacute;a cerca de
+veinte a&ntilde;os que la representaci&oacute;n del distrito en el Congreso estaba
+encomendada al opulento banquero Rojas Salcedo, el cual s&oacute;lo una vez en
+su vida hab&iacute;a estado en Sarri&oacute; a tomar leche de burra. Nadie pensaba en
+disputarle la elecci&oacute;n. Generalmente se hac&iacute;a reuni&eacute;ndose los
+presidentes y secretarios de los colegios, y apuntando en las actas el
+n&uacute;mero de votos que se les antojaba. La raz&oacute;n de esto, era que Sarri&oacute;
+siempre hab&iacute;a sido una villa comercial donde cada uno pod&iacute;a ganarse la
+subsistencia sin recurrir a los empleos del Estado. La mayor&iacute;a de los
+j&oacute;venes, despu&eacute;s de haber, pasado dos o tres a&ntilde;os en alg&uacute;n colegio de
+Inglaterra o B&eacute;lgica, se empleaban en los escritorios de sus padres y
+eran sus sucesores en ellos. Otros, los menos, segu&iacute;an alguna carrera
+militar o civil de sueldo fijo, y s&oacute;lo ven&iacute;an de tarde en tarde a pasar
+unos d&iacute;as con su familia.</p>
+
+<p>Sarri&oacute;, hay que confesarlo de una vez, era una poblaci&oacute;n dormida para
+todas las grandes manifestaciones del esp&iacute;ritu, para todas las luchas
+regeneradoras de la sociedad contempor&aacute;nea. Nadie estudiaba los altos
+problemas de la pol&iacute;tica. Las terribles batallas que los diversos bandos
+libran en otras partes para conseguir la victoria y el poder no
+apasionaban en modo alguno los &aacute;nimos. En una palabra, en Sarri&oacute; el a&ntilde;o
+de gracia de 1860 no exist&iacute;a la vida p&uacute;blica. Se com&iacute;a, se dorm&iacute;a, se
+trabajaba, se bailaba, se jugaba, se pagaba la contribuci&oacute;n; pero todo
+de un modo absolutamente privado.</p>
+
+<p>Cuando se cansaron de disputar los del Saloncillo y llevaban de vencida
+la digesti&oacute;n, don Mateo les anunci&oacute;, relami&eacute;ndose de gusto, que le ten&iacute;a
+sin cuidado la marcha de la compa&ntilde;&iacute;a. Dentro de pocos d&iacute;as preparaba una
+sorpresa a los sarrienses. Despu&eacute;s de muchos trabajos, se consigui&oacute; que
+desembuchara. Estaba en tratos con el c&eacute;lebre Marabini, fren&oacute;logo,
+prestidigitador. Acaso el martes... s&iacute;, el martes o el mi&eacute;rcoles podr&iacute;an
+admirar sus habilidades en el teatro. Tra&iacute;a adem&aacute;s cuadros disolventes y
+un lobo domesticado.</p>
+
+<p>Gonzalo se hab&iacute;a ido a la sala de billar y ve&iacute;a jugar el <i>chap&oacute;</i> a media
+docena de indianos, los cuales al dar el tacazo, hac&iacute;an sonar como un
+repique de campanas todos los dijes de oro que pend&iacute;an de sus enormes
+cadenas de reloj. Estas cadenas y estos dijes eran el atractivo m&aacute;s
+poderoso, la tentaci&oacute;n suprema que presentaban a sus hijos los artesanos
+de Sarri&oacute; para decidirles a ir a Cuba.&mdash;&laquo;&iexcl;Tonto, qui&eacute;n te ver&aacute; venir
+dentro de pocos a&ntilde;os con levita de pa&ntilde;o fino, gran camisola planchada,
+bota de charol y mucha cadena de rel&oacute;s, como don Pancho!&raquo; A este &uacute;ltimo
+envite casi ning&uacute;n muchacho resist&iacute;a.&mdash;&laquo;&iquest;Que me d&eacute; siete vueltas al
+cuello, padre?&mdash;S&iacute;, hombre, s&iacute;, y con una porci&oacute;n de lapiceros de oro y
+guardapelos colgando.&raquo; Y all&aacute; se iban de cabeza los pobres chicos en la
+<i>Bella-Paula</i>, en la <i>Carmen</i>, en la <i>Villa de Sarri&oacute;</i> o en otro
+barcucho de vela cualquiera, a perecer del v&oacute;mito negro o del hambre,
+m&aacute;s negra a&uacute;n, fascinados por el brillo de aquellas joyas cursis que
+representaban los ojos de la terrible Loreley.</p>
+
+<p>Las actitudes de algunos indianos jugando, como gente que no est&aacute;
+avezada a reprimir sus ademanes y componerlos, eran extra&ntilde;as y
+graciosas; serv&iacute;an de regocijo a los j&oacute;venes del pueblo, cuya antipat&iacute;a
+a los americanos se manifestaba siempre por la burla. Qui&eacute;n, como don
+Benito, daba fuertes taconazos en el suelo mientras las bolas corr&iacute;an;
+qui&eacute;n, como don Lorenzo, se inclinaba a un lado y a otro, se torc&iacute;a y se
+retorc&iacute;a como si de sus movimientos dependiese que la bola se inclinase
+a un sitio u otro; qui&eacute;n, por fin, como don Pancho, que era peque&ntilde;o y
+gordo, casi cuadrado, se sub&iacute;a de un brinco al div&aacute;n despu&eacute;s de haber
+empujado la bola, para mejor ver los estragos que hab&iacute;a hecho en los
+palos. De vez en cuando se o&iacute;a el grito de impaciencia de alguno de
+ellos dirigi&eacute;ndose al chico:&mdash;&laquo;&iexcl;Apunte, ni&ntilde;o, no se distraiga!&raquo;</p>
+
+<p>Al lado de Gonzalo vino a sentarse don Feliciano G&oacute;mez, que comenz&oacute; a
+marearle con su charla bondadosa e insubstancial, d&aacute;ndole a cada
+instante palmaditas afectuosas en el muslo como ten&iacute;a por costumbre.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Cu&aacute;ndo es el gran d&iacute;a, Gonzal&iacute;n? &iquest;Pronto, eh? &iexcl;Vaya, que tengo ya
+ganas de verte con tu se&ntilde;ora del brazo yendo a misa de doce!... Bien, mi
+querid&iacute;n, bien; vas a ser feliz. En casa las nenas (<i>as&iacute; llamaba a sus
+ancianas hermanas siempre</i>) no me dejan vivir desde ayer: &laquo;&iquest;Cu&aacute;ndo se
+casa Gonzal&iacute;n? no dejes de pregunt&aacute;rselo.&raquo; &iexcl;Como te han visto nacer las
+pobres!... No hay nada como el matrimonio para vivir contento y
+tranquilo. T&uacute; me dir&aacute;s: y siendo as&iacute;, &iquest;por qu&eacute; no se ha casado usted,
+don Feliciano? Oyes, mi querid&iacute;n, &iquest;por qu&eacute; me hab&iacute;a de casar si vivo
+feliz soltero? &iquest;Qu&eacute; me hace falta a m&iacute;? Tengo en casa a las nenas que me
+cuidan a qu&eacute; quieres boca, que me adoran... (&iexcl;Pobre hombre! otra cosa
+muy distinta se dec&iacute;a en el pueblo.) Y para otras cosas... nunca falta
+Dios; &iquest;verdad, mi querid&iacute;n?... Adem&aacute;s, mientras uno es mozo se padece
+mucho. Todo se vuelve apetecer y rabiar... Hay aqu&iacute; dentro un fuego que
+no le deja a uno sosiego... Pero cuando vienen los a&ntilde;os y cesa el calor
+amante y se queda uno fresco como una lechuga, entonces, &iexcl;en grande, mi
+querid&iacute;n!... Mira, si me dijesen ahora: &laquo;Feliciano, &iquest;quieres volverte a
+los veinte a&ntilde;os?&raquo; &iexcl;Ca! a otro perro con ese hueso. La gran edad del
+hombre, los cincuenta a&ntilde;os. No lo dudes, Gonzal&iacute;n. Ahora es cuando se
+sabe lo que es comer y dormir con tranquilidad. &iquest;Hay ninguna Fulana que
+valga una fuente de sardinas frescas acabadas de freir?... &iquest;Y una
+langosta con sidra sacada por el espich&oacute;n? &iquest;No se te hace la boca agua,
+hijo del alma?... T&uacute; ahora casarte y besitos y &laquo;mi vida&raquo; para aqu&iacute; y
+&laquo;alma m&iacute;a&raquo; para all&aacute;, &iquest;verdad?... Bien, bien, descuida que todo se
+andar&aacute;. Esto es bueno, pero aquello es mejor... La muchacha es de buena
+familia... Don Rosendo est&aacute; rico... Vas bien, vas bien, mi querid&iacute;n...
+Pero oye, &iquest;por qu&eacute; no te casas con la peque&ntilde;a, con Venturita, que es m&aacute;s
+guapa? Yo no digo que la primera sea fea; pero no hay duda que la
+segunda es m&aacute;s linda; un bot&oacute;n de rosa. &iexcl;Qu&eacute; ojos tan p&iacute;caros! &iexcl;qu&eacute;
+pelo! &iexcl;qu&eacute; dentadura! &iexcl;qu&eacute; garbo! En fin, si est&aacute;s comprometido con la
+otra no digo nada... &iexcl;Pero lo que es como guapa!... Y la familia, la
+misma...</p>
+
+<p>Estas palabras hicieron una impresi&oacute;n extra&ntilde;a en Gonzalo. El pensamiento
+as&iacute; expresado era la f&oacute;rmula brutal, pero exacta y precisa de su vago
+imaginar, de cierto desasosiego que le hab&iacute;a quedado desde la noche
+anterior. Efectivamente, &iexcl;qu&eacute; ojos tan hermosos, tan c&aacute;ndidos y
+maliciosos a la vez! &iexcl;Qu&eacute; cutis de alabastro! &iexcl;Qu&eacute; labios, qu&eacute; dientes,
+qu&eacute; dorada madeja de cabellos! Cecilia, la pobre, estaba a&uacute;n m&aacute;s delgada
+que cuando se hab&iacute;a ido y m&aacute;s desgarbada. &iquest;C&oacute;mo le hab&iacute;a gustado aquella
+chica? Gonzalo se confes&oacute; con sencillez que gustar... lo que se llama
+gustar de veras... como ahora Venturita, por ejemplo, nunca le hab&iacute;a
+gustado. &iquest;Entonces por qu&eacute;?... &iexcl;Vaya usted a saber lo que son estas
+cuestiones! Era un ni&ntilde;o, no hablaba con se&ntilde;oritas. La amabilidad de
+aqu&eacute;lla le impresion&oacute;... Luego cierta vanidad de tener novia... Despu&eacute;s
+la distancia que agranda y mejora los objetos... En fin, todo se hab&iacute;a
+combinado para ligarle a aquella muchacha... &iexcl;Pero si &eacute;l hubiera visto
+antes a Venturita!... M&aacute;s val&iacute;a no pensar en ello. El asunto estaba ya
+demasiado adelantado para volverse atr&aacute;s.</p>
+
+<p>Contra su costumbre, qued&oacute;se un buen cuarto de hora pensativo mirando
+rodar las bolas de marfil sin verlas. Don Feliciano se hab&iacute;a ido. Al fin
+su robusto temperamento sangu&iacute;neo se sobrepuso a aquellas nerviosidades
+insanas que pretend&iacute;an turbarle. Alz&oacute;se del asiento. Los rasgos de su
+fisonom&iacute;a, contra&iacute;dos moment&aacute;neamente, se dilataron, y se esparci&oacute;, por
+ella la sonrisa serena que la caracterizaba. Al mismo tiempo se encogi&oacute;
+de hombros con un supremo desd&eacute;n. Con aquel gesto parec&iacute;a decir:&mdash;&laquo;Me
+caso con la m&aacute;s fea de las chicas de Belinch&oacute;n... bueno, &iquest;y qu&eacute;? De
+todos modos, sea con una o con otra, &iexcl;aunque no me case con ninguna! yo
+he de ser feliz. No necesito que la felicidad me venga de fuera. La
+llevo dentro de m&iacute;, en este humor de &aacute;ngel que Dios me di&oacute;, en el dinero
+que mis padres me dejaron, en esta salud inconcebible, en esta fuerza de
+toro...&raquo;</p>
+
+<p>Cuando entr&oacute; de nuevo en el Saloncillo, grandemente perturbados hall&oacute; a
+sus cotidianos tertulios con la nueva que acababa de traer Severino el
+de la tienda de quincalla:&mdash;&laquo;&iquest;No saben ustedes lo que pasa,
+se&ntilde;ores?&raquo;&mdash;Todos se levantan y le cercan. El comerciante habla
+visiblemente conmovido.&mdash;Esta noche han robado y asesinado a don
+Laureano.&mdash;&iquest;Qu&eacute; don Laureano, el de la quinta?&mdash;S&iacute;, el de las Ace&ntilde;as...
+Dicen que a las dos y media, poco m&aacute;s o menos, entraron nueve hombres
+enmascarados en su casa, molieron a palos al criado, amarraron a la
+se&ntilde;ora y a la criada y a don Laureano lo degollaron... Antes creo que le
+hicieron sufrir mucho para obligarle a soltar el dinero... El buen se&ntilde;or
+no ten&iacute;a m&aacute;s que doce mil reales, y ellos empe&ntilde;ados en que hab&iacute;a gato
+escondido... Le amarraron por aqu&iacute;, salva sea la parte, y tira que tira
+para hacerle cantar...</p>
+
+<p>Un estremecimiento de horror agit&oacute; a los notables de Sarri&oacute;. Qued&aacute;ronse
+p&aacute;lidos como si se les hubiese aparejado ya a todos aquel espantoso
+tormento. La quinta de las Ace&ntilde;as estaba a una legua de la villa, en la
+soledad de un bosque de pinos; pero nadie tuvo esto en cuenta. Ve&iacute;anse
+ya asaltados en sus casas de la R&uacute;a Nueva o de Caborana y asesinados
+crudel&iacute;simamente. &iexcl;Sobre todo aquellos tirones! &iexcl;Santo Cristo, qu&eacute;
+atrocidad!</p>
+
+<p>Pasados los primeros momentos de sorpresa, comenzaron los comentarios en
+voz baja. Los ladrones no ser&iacute;an de muy lejos. Sin embargo, no se
+recordaba que en Sarri&oacute; ni en sus alrededores hubiera pasado jam&aacute;s una
+cosa semejante. Mar&iacute;n afirm&oacute; que hac&iacute;a ya d&iacute;as que ve&iacute;a algunos hombres
+sospechosos de noche. Esta noticia produjo en los circunstantes un
+saludable terror que no lleg&oacute; a manifestarse. Todos se propusieron no
+salir de casa por la noche, sin comunicarse, no obstante, tan acertada
+resoluci&oacute;n. El alcalde manifest&oacute; que, en su opini&oacute;n, los ladrones deb&iacute;an
+de haber venido de Castilla.&mdash;&iquest;De Castilla?&mdash;S&iacute;, se&ntilde;or, de Castilla...
+O&iacute; contar a mi padre (que en gloria est&eacute;), que el a&ntilde;o de cinco se
+presentaron diez y siete hombres a caballo y armados en Sariego,
+rodearon el pueblo y robaron a don Jos&eacute; Mar&iacute;a Herrero sesenta mil duros
+que ten&iacute;a escondidos debajo de uno de los ladrillos del hogar.</p>
+
+<p>En cualquiera otra ocasi&oacute;n, los tertulios habr&iacute;an observado que el que
+hubiera acaecido tal suceso en Sariego el a&ntilde;o de cinco, no implicaba
+necesariamente que sucediese lo mismo en las Ace&ntilde;as el a&ntilde;o de sesenta.
+Pero ahora nadie se atrevi&oacute; a contradecir la aventurada proposici&oacute;n. Y
+siguieron cementando en voz baja el suceso, y parec&iacute;an estar todos de
+acuerdo en las opiniones m&aacute;s extravagantes y contradictorias. Mas como
+no se hab&iacute;a dado jam&aacute;s el caso de que Gabino Maza asintiese por m&aacute;s de
+diez minutos a lo que en su presencia se hablase, tom&oacute; pretexto de una
+sencill&iacute;sima indicaci&oacute;n, hecha por don Feliciano G&oacute;mez, con la perfecta
+naturalidad y modestia que caracterizaban los discursos de este
+distinguido comerciante, para caer sobre &eacute;l de un modo tan violento como
+injustificado.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Ya me extra&ntilde;aba que no soltases alguna coz! &iquest;Para qu&eacute; quieres que se
+registren las casas de los vecinos? Te figuras que te vas a encontrar
+all&iacute; muy apiladito el dinero de don Laureano.</p>
+
+<p>&mdash;Si no se halla el dinero, se hallar&aacute; alg&uacute;n indicio...</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;De qu&eacute;, cabeza de chorlito, de qu&eacute;?</p>
+
+<p>Arm&oacute;se la disputa consabida. Se chill&oacute;, se alborot&oacute; lo indecible. Al
+fin, nadie pudo entenderse, como siempre. Las voces se o&iacute;an
+perfectamente en toda la plazoleta de la Marina; pero los transeuntes
+estaban acostumbrados, y no se paraban a escucharlas.</p>
+
+
+
+<h3 class="top15"><a name="V" id="V"></a>V</h3>
+
+<p class="c smcap">&iexcl;&iexcl;&iexcl;ladrones!!!</p>
+
+
+<p>Y desde entonces los notables de Sarri&oacute;, no pusieron el pie en la calle
+de noche, como discretamente se lo hab&iacute;an propuesto. La tertulia del
+Saloncillo de &uacute;ltima hora, la de la tienda de Graells, la de la Morana
+misma, quedaron abandonadas. Los cuatro o seis herreros establecidos en
+la villa no daban ni pod&iacute;an dar cumplimiento a los numerosos pedidos de
+cerraduras, pasadores, trancas de hierro y llaves maestras que de todas
+las casas les hac&iacute;an. Los ladrones de las Ace&ntilde;as no hab&iacute;an sido habidos.
+Todos preve&iacute;an, con m&aacute;s o menos fundamento, que andaban rondando la
+poblaci&oacute;n para caer, sobre ella a saco en un plazo perentorio.</p>
+
+<p>No obstante, como el hombre se habit&uacute;a a todo, hasta a la enfermedad,
+hasta a las conferencias del Ateneo, los vecinos de Sarri&oacute;, al cabo de
+algunos d&iacute;as se habituaron al peligro. Comenzaron a salir de sus casas,
+cerrada ya la noche, si bien con las debidas precauciones. El primero
+que se aventur&oacute; fu&eacute; Mar&iacute;n. Siendo in&uacute;tiles todos los esfuerzos que do&ntilde;a
+Br&iacute;gida hizo para que se durmiese a una hora racional, le arroj&oacute; de casa
+sin conmiseraci&oacute;n. Don Jaime pidi&oacute; permiso para sacar debajo de la talma
+azul gendarme que usaba por las noches, un viejo fusil de chispa que
+hab&iacute;a en el desv&aacute;n. La magn&aacute;nima se&ntilde;ora se lo otorg&oacute; a condici&oacute;n de
+llevarlo descargado. Sali&oacute; despu&eacute;s Alvaro Pe&ntilde;a. Como autoridad militar
+hasta cierto punto y hombre que gozaba fama de en&eacute;rgico, estaba obligado
+a mostrar valor en aquellas cr&iacute;ticas circunstancias: llevaba dos
+pistolas de arz&oacute;n en los bolsillos, y bast&oacute;n de estoque. El alcalde don
+Roque, que desde tiempo inmemorial ven&iacute;a asistiendo a la tienda de la
+Morana en compa&ntilde;&iacute;a de don Segis el capell&aacute;n de las monjas Agustinas y
+don Benigno el coadjutor de la parroquia, y se beb&iacute;a en el transcurso de
+la noche, de cuatro a ocho vasos de vino de Rueda, seg&uacute;n las
+circunstancias, no pudo sufrir el hogar dom&eacute;stico m&aacute;s de tres d&iacute;as y
+sali&oacute; tambi&eacute;n a la calle. Le acompa&ntilde;aba el octogenario alguacil Marcones
+con tercerola y sable. El iba armado de rev&oacute;lver y estoque.</p>
+
+<p>Despu&eacute;s, y sucesivamente, fueron saliendo y disemin&aacute;ndose por las
+tertulias nocturnas don Melchor, Gabino Maza, don Pedro Miranda,
+Delaunay, don Mateo, y todos los dem&aacute;s. Los indianos tardaron m&aacute;s
+tiempo. Lo mismo la tienda de Graells que la de la Morana y el
+Saloncillo, se transformaban al llegar la noche en verdaderos arsenales.
+Cada uno de los que iban llegando dejaba arrimadas a la pared sus armas
+y pertrechos de guerra. Al salir tornaban a empu&ntilde;arlas con un valor
+imp&aacute;vido, digno de la sangre c&aacute;ntabra que casi todos llevaban en las
+venas. All&iacute; el antiguo arcabuz de chispa alternaba de igual a igual con
+el moderno rifle americano de doce tiros, el estoque cil&iacute;ndrico de
+hierro con el espad&iacute;n pavonado que guardan los nuevos bastones, el
+cachorro tosco de bronce con el rev&oacute;lver nielado. Y esta misma
+diversidad de armas mort&iacute;feras contribu&iacute;a poderosamente a mantener en
+todos los pechos el esp&iacute;ritu b&eacute;lico tan necesario en aquella ocasi&oacute;n.</p>
+
+<p>Se hab&iacute;an tomado algunas medidas acertad&iacute;simas; de gran utilidad. Hasta
+las doce de la noche los serenos ten&iacute;an orden de no apagar ning&uacute;n farol.
+A aqu&eacute;llos se les hab&iacute;a provisto de nuevos pitos infinitamente m&aacute;s
+sonoros que los antiguos. Adem&aacute;s ten&iacute;an prevenci&oacute;n para vigilar a
+cualquier persona desconocida que transitase por las calles. Entre los
+vecinos se hab&iacute;a convenido juiciosamente no dejar la acera a nadie desde
+las diez en adelante como no fuese a un amigo. Sabida es de todos la
+enorme influencia que tiene en la criminalidad esta costumbre de dejar
+la acera. Con tal motivo, encontr&aacute;ndose una noche en la calle de San
+Florencio don Pedro Miranda y don Feliciano G&oacute;mez, ambos embozados en
+sus carriks, con los estoques desenvainados, prevenidos para cualquier
+evento, don Feliciano le grit&oacute; a don Pedro desde lejos:</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Eh, amigo, al arroyo!</p>
+
+<p>&mdash;Phs, phs; sep&aacute;rese usted&mdash;contesta don Pedro.</p>
+
+<p>&mdash;Quien debe apartarse es usted&mdash;replica el comerciante.&mdash;&iexcl;Al arroyo, al
+arroyo!</p>
+
+<p>&mdash;Phs, phs, haga usted el favor de dejar franco el paso&mdash;responde el
+se&ntilde;or Miranda.</p>
+
+<p>Ninguno de los dos se mov&iacute;a de su sitio. Hab&iacute;anse desembozado y
+mostraban ya la punta aguzada de sus floretes.</p>
+
+<p>&mdash;Tenga usted la bondad...</p>
+
+<p>&mdash;Haga usted el obsequio...</p>
+
+<p>&iquest;Qui&eacute;n sabe la horrible tragedia que hubiera acaecido en Sarri&oacute;, si al
+cabo de un rato bastante largo de hallarse estos varones as&iacute; detenidos
+en su camino, no se hubiesen reconocido?</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Ser&iacute;a usted tal vez don Feliciano?...</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Ser&iacute;a usted don Pedro?</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Don Feliciano!</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Don Pedro!</p>
+
+<p>Y se acercaron corriendo y se estrecharon las manos con efusi&oacute;n.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Qu&eacute; suerte ha tenido usted en que le hubiese reconocido, don
+Feliciano!&mdash;exclam&oacute; el se&ntilde;or Miranda mostrando su ancho estoque de
+hierro con pu&ntilde;o de hueso.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Pues la de usted no ha sido peque&ntilde;a, don Pedro!&mdash;contesta el
+comerciante esgrimiendo en el aire una hoja fina y pavonada de Toledo.</p>
+
+<p>Para entrar en la tienda de la Morana era preciso bajar dos escalones.
+La tienda era una confiter&iacute;a, aunque no lo pareciese; la &uacute;nica
+confiter&iacute;a que hab&iacute;a entonces en Sarri&oacute;. Hoy, si no me enga&ntilde;o, cuenta ya
+con tres. Y digo que no lo parec&iacute;a, porque se vend&iacute;an cirios de
+iglesia, pies y manos y cabezas y troncos de cera para ofertas. Estos
+objetos poco a poco hab&iacute;an ido llenando todo su &aacute;mbito, pasando de
+comercio suplementario a principal, en virtud de lo nada golosos que
+eran los vecinos de aquella villa. Y &eacute;ste es uno de los rasgos
+caracter&iacute;sticos que reclamo para ella. En Espa&ntilde;a es muy general que los
+habitantes de las villas y ciudades peque&ntilde;as sean dados con pasi&oacute;n a los
+confites. No gozando de los placeres de toda laya con que brindan las
+grandes capitales, la sensualidad se escapa por ah&iacute;.</p>
+
+<p>Acaso se arguya que en Sarri&oacute; las monjas Agustinas tambi&eacute;n fabricaban
+dulces; pero debemos advertir que esta fabricaci&oacute;n estaba limitada
+exclusivamente al rallado de ciruela, membrillo, pera y albaricoque,
+alguna que otra tarta de almendra y borraja, y un dulce especial&iacute;simo
+parecido a las escamas de los peces llamado flor de azahar. No hay que
+dudarlo; en Sarri&oacute; hab&iacute;a pocos golosos. Despu&eacute;s de todo, esta virtud
+rara en las villas de lo interior, no lo es tanto en las poblaciones
+mar&iacute;timas menos sometidas, como es sabido, a la influencia clerical.
+Porque seg&uacute;n la observaci&oacute;n que puede hacerse viajando por los pueblos
+de lo interior de Espa&ntilde;a, all&iacute; se comen m&aacute;s dulces donde el culto y las
+pr&aacute;cticas de la religi&oacute;n absorben m&aacute;s parte de la vida, y la mayor
+energ&iacute;a del sentimiento religioso se traduce en novenas, rosarios
+cantados, cofrad&iacute;as y can&oacute;nigos. Lo cual demuestra que debe de existir
+cierta misteriosa afinidad entre el misticismo y la confiter&iacute;a.</p>
+
+<p>Esta se hallaba representada en la tienda de la Morana por dos armarios
+de pino pintado de azul con puertas de cristales, situados a entrambos
+lados del mostrador. En estos armarios se guardaba una razonable
+cantidad de caramelos, rosquillas ba&ntilde;adas, suspiros, magdalenas,
+almendrados, y sobre todo, las alabadas crucetas y famos&iacute;simas
+<i>tabletas</i> cuyo renombre habr&aacute; alcanzado seguramente los o&iacute;dos de
+nuestros lectores. Todo de la m&aacute;s remota antig&uuml;edad. Las tabletas, cuya
+m&aacute;gica composici&oacute;n nunca hemos podido averiguar, ten&iacute;an un atractivo
+irresistible, basado, &iexcl;caso extra&ntilde;o! en su extraordinaria dureza. A la
+edad en que se com&iacute;an las tabletas de la Morana lo importante no era que
+los dulces fuesen delicados, sabrosos, exquisitos, sino que durasen
+mucho. Para lograr que los dientes se hincasen en ellas, era forzoso
+impregnarlas previamente de una cantidad fabulosa de saliva. Una vez
+hincados en su pasta pegajosa en alto grado, el separarlos de nuevo
+llegaba a constituir un verdadero problema. Perm&iacute;taseme dedicar un
+delicado recuerdo de simpat&iacute;a y reconocimiento a estas tabletas que
+desde los cuatro hasta los ocho a&ntilde;os van unidas a los momentos m&aacute;s
+dichosos de mi existencia. A su azucarado influjo quiz&aacute; deba el autor de
+este libro la flor de optimismo, que, al decir de los cr&iacute;ticos,
+resplandece en sus obras.</p>
+
+<p>La Morana, hija y heredera de otra Morana que ya hab&iacute;a muerto, era una
+mujer de cuarenta a&ntilde;os, p&aacute;lida, con parches de gutapercha en las sienes
+para los dolores de cabeza. Estaba casada con un Juan Cris&oacute;stomo, que al
+decir de don Segis, el capell&aacute;n, no era de los Cris&oacute;stomos. Sin embargo,
+cuando administraba alguna paliza a su mujer, sol&iacute;a mostrar cierta
+erudici&oacute;n poco com&uacute;n.</p>
+
+<p>&mdash;&laquo;Yo que amaba a esta mujer&mdash;exclamaba con enternecimiento, arrimando
+el garrote a la pared.&mdash;&iexcl;Yo que amaba a esta mujer como esposa y no como
+sierva, seg&uacute;n manda el ap&oacute;stol San Pablo!... &iquest;T&uacute; has le&iacute;do al ap&oacute;stol
+San Pablo?... &iexcl;Qu&eacute; hab&iacute;as de leer t&uacute;, gran vaca!...&raquo;</p>
+
+<p>El vino era muy bueno, casi puede decirse que era lo &uacute;nico bueno en este
+establecimiento, y eso que no paraba mucho en la bodega. Don Roque, don
+Segis, don Benigno, don Juan el Salado y el se&ntilde;or Anselmo el ebanista,
+se encargaban a plazo fijo de hacerlo pasar a la suya. Era un vino
+blanco, fuerte, superior, que se sub&iacute;a a la cabeza con facilidad
+asombrosa. Los tertulios de la tienda, todas las noches, entre once y
+doce, sal&iacute;an dando tumbos para sus casas; pero silenciosos, graves, sin
+dar jam&aacute;s el menor esc&aacute;ndalo. Sol&iacute;an salir los cinco cogidos del brazo,
+apoy&aacute;ndose los unos en los otros. Al llegar a las tapias de la huerta
+del convento de las Agustinas, orinaban. Despu&eacute;s prosegu&iacute;an su camino
+sin decirse una palabra, aunque bufando y soplando mucho. El instinto,
+que nunca les abandonaba por completo, les suger&iacute;a esta prudente
+conducta. Comprend&iacute;an que si hablaban poco o mucho, pod&iacute;an enredarse en
+alguna disputa. De ah&iacute; las voces y el esc&aacute;ndalo consiguiente... Nada,
+nada, lo mejor era no chistar. Al llegar a sus casas se soltaban
+murmurando con torpe lengua &laquo;buenas noches&raquo;. El &uacute;ltimo era don Roque por
+vivir m&aacute;s lejos que ninguno.</p>
+
+<p>De este modo serio, modesto, patriarcal, se emborachaban aquellos
+venerables ancianos todas las noches del a&ntilde;o. Dos de ellos, don Juan el
+Salado, escribiente del Ayuntamiento, y don Segis, experimentaban ya las
+consecuencias de aquella vida. El Salado ten&iacute;a una nariz que daba miedo
+verla: el d&iacute;a menos pensado se le ca&iacute;a sobre el libro de actas. Don
+Segis hab&iacute;a padecido un ataque apopl&eacute;tico, de resultas del cual
+arrastraba la pierna derecha cual si llevase en ella un peso de seis
+arrobas. Verdad que el insaciable capell&aacute;n no se contentaba con los
+cuarterones de vino de la confiter&iacute;a. Por cada uno que se tragaba era
+preciso que la Morana le sirviese una copa de ginebra, la cual vert&iacute;a
+cuidadosamente en un frasco que llevaba al efecto en el bolsillo. Si
+eran seis cuarterones, seis copas; si ocho, ocho. Toda esta ginebra
+pasaba delicadamente a su est&oacute;mago en peque&ntilde;os sorbos despu&eacute;s que se
+hab&iacute;a metido en la cama. &laquo;&iquest;Pero don Segis, c&oacute;mo se bebe usted tanta
+ginebra de una vez?&mdash;No tengo m&aacute;s remedio&mdash;contestaba en un tono
+resignado y humilde que part&iacute;a el coraz&oacute;n.&mdash;&iquest;Si no bebiese una copa por
+cada cuarter&oacute;n, qu&eacute; ser&iacute;a de m&iacute;, hijo del alma?... &iexcl;Pasar&iacute;a la noche
+como un caballo!&raquo;</p>
+
+<p>Las conversaciones de la tienda de la Morana eran menos interesantes y
+movidas que las del Saloncillo. A los viejos tertulianos les interesaban
+ya poqu&iacute;simas cosas en el mundo. Los asuntos m&aacute;s graves de la villa,
+los que promov&iacute;an tempestades en el Saloncillo, se trataban, o por mejor
+decir, se tocaban ligeramente sin apasionamiento alguno. Que los
+Gonz&aacute;lez hab&iacute;an despedido al capit&aacute;n de la <i>Carmen</i> y nombrado en su
+lugar un andaluz.</p>
+
+<p>&mdash;Cuando los Gonz&aacute;lez lo han hecho&mdash;afirmaba uno lenta y
+sordamente,&mdash;sus razones tendr&iacute;an.</p>
+
+<p>&mdash;Es verdad&mdash;contestaba otro al cabo de un rato, llev&aacute;ndose el vaso a
+los labios.</p>
+
+<p>&mdash;Ripalda parec&iacute;a un buen sujeto&mdash;afirmaba un tercero, despu&eacute;s de cinco
+minutos, dejando el vaso sobre el mostrador y eructando.</p>
+
+<p>&mdash;S&iacute; lo parec&iacute;a&mdash;replicaba otro gravemente.</p>
+
+<p>Transcurr&iacute;an diez minutos de meditaci&oacute;n. Los tertulios daban algunos
+cari&ntilde;osos besos al vaso, que parec&iacute;a de topacio. Don Roque rompe el
+silencio:</p>
+
+<p>&mdash;De todos modos, no hay duda que don Antonio le abras&oacute;.</p>
+
+<p>&mdash;Le abras&oacute;&mdash;dice don Juan el Salado.</p>
+
+<p>&mdash;Le abras&oacute;&mdash;confirma don Benigno.</p>
+
+<p>&mdash;Le abras&oacute;&mdash;corrobora el se&ntilde;or Anselmo.</p>
+
+<p>&mdash;Le abras&oacute; completamente&mdash;resume, por fin, don Segis l&uacute;gubremente.</p>
+
+<p>Lo que alteraba los &aacute;nimos una que otra vez, era la cuesti&oacute;n de
+pichones. El se&ntilde;or Anselmo y don Benigno alimentaban pasi&oacute;n
+inextinguible por estos animalitos. Cada cual ten&iacute;a su palomar, sus
+castas, sus procedimientos de cr&iacute;a, y sobre tales extremos se enredaban
+a menudo en largas y vivas discusiones. Los dem&aacute;s escuchaban gravemente
+sin atreverse a decidir, subiendo y bajando el vaso del mostrador a los
+labios con religioso silencio. El crimen de las Ace&ntilde;as les disgust&oacute;,
+pero no caus&oacute; en ellos la profunda desaz&oacute;n que en el resto del
+vecindario. Al cabo de cinco o seis d&iacute;as tornaron a sus patriarcales
+costumbres. Y era tal su valor, que la mayor parte de las noches dejaban
+olvidadas las armas en la tienda.</p>
+
+<p>Ser&iacute;an las doce por filo de una, en que don Roque hab&iacute;a rebasado con
+tres cuarterones m&aacute;s la tasa de seis que ordinariamente se impon&iacute;a,
+cuando las cinco columnas de la confiter&iacute;a de la Morana salieron en
+apretada cadena hacia sus domicilios. Cerraba la marcha Marcones, con el
+fusil al hombro. El primero que se solt&oacute; fu&eacute; don Segis, que viv&iacute;a en una
+casita de dos balcones, pegada al convento de las Agustinas. Despu&eacute;s fu&eacute;
+don Juan el Salado. Despu&eacute;s el coadjutor. Por &uacute;ltimo, el se&ntilde;or Anselmo,
+sacando la enorme llave lustrosa que le serv&iacute;a de batuta cuando dirig&iacute;a
+la orquesta, abri&oacute; el taller donde dorm&iacute;a.</p>
+
+<p>Qued&oacute; el alcalde solo con la fuerza de su mando. Dijo algo; pero la
+fuerza no le entendi&oacute;. Comenzaron a caminar hacia casa, que ya no estaba
+lejos. Mas antes de llegar a ella, don Roque, que soplaba y bufaba como
+una ballena, e imitaba en lo posible la marcha jadeante y arremolinada
+de este cet&aacute;ceo, se par&oacute; de repente, y pronunci&oacute; en alta voz un largo
+discurso, del cual no entendi&oacute; Marcones m&aacute;s que la palabra ladrones,
+repetida bastantes veces. Mir&oacute; el alguacil con sobresalto a todas partes
+por ver si ve&iacute;a alguno, preparando el fusil al mismo tiempo; pero nada
+observ&oacute; que le hiciese sospechar la presencia de los forajidos. Torn&oacute;
+don Roque a usar de la palabra, si tal nombre merec&iacute;a la regurgitaci&oacute;n
+intermitente de una porci&oacute;n de sonidos extra&ntilde;os, b&aacute;rbaros, lamentables,
+que infund&iacute;an tristeza y horror al mismo tiempo, y Marcones pudo colegir
+entonces que su jefe deseaba que hiciesen una batida por la villa, en
+busca de los criminales de las Ace&ntilde;as.</p>
+
+<p>Marcones medit&oacute; que la fuerza era escasa y mal prevenida para aquella
+empresa; pero la disciplina no le permiti&oacute; hacer objeciones. Adem&aacute;s,
+naci&oacute; en su pecho la esperanza de que los asesinos fuesen poco
+aficionados a tomar el fresco a tales horas. Y despu&eacute;s de haber
+examinado cuidadosamente las armas, emprendieron una marcha peligrosa al
+trav&eacute;s de todas las calles y callejas de la villa. En honor de la
+verdad, hay que advertir que don Roque marchaba delante como cumple a un
+valeroso caudillo, con su rev&oacute;lver en la mano izquierda y el bast&oacute;n de
+estoque en la derecha, exponiendo el primero su noble pecho al plomo
+enemigo. Marcones, agobiado bajo el peso del fusil y de los ochenta y
+dos a&ntilde;os que ten&iacute;a marchaba detr&aacute;s a una distancia de seis pasos
+pr&oacute;ximamente.</p>
+
+<p>La noche era de luna, pero negros y grandes nubarrones la ocultaban a
+menudo por largo rato. Y entonces la escasa claridad de los faroles de
+aceite que ard&iacute;an en las esquinas de las calles no bastaba a deshacer
+las sombras que se amontonaban hacia el medio de ellas. Sarri&oacute; consta de
+cinco principales, a saber: la R&uacute;a Nueva, que desemboca en el muelle; la
+de Caborana, la de San Florencio, la de la Herrer&iacute;a y la de Atr&aacute;s. Estas
+calles son largas, bastante anchas y paralelas entre s&iacute;. Los edificios
+en general son bajos y pobres. Otras calles secundarias, en n&uacute;mero
+considerable, las cruzan y las comunican. Adem&aacute;s, en las afueras le
+salen algunos rabos a la villa, donde han edificado suntuosas casas los
+indianos. Son lo que pudiera llamarse el ensanche de la poblaci&oacute;n.</p>
+
+<p>Al llegar la columna caminando por la calle de Atr&aacute;s, cerca de la de
+Santa Br&iacute;gida, oy&oacute; gritos y lamentos que la oblig&oacute; a hacer alto.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Qu&eacute; es eso, Marcones?&mdash;pregunt&oacute; el alcalde.</p>
+
+<p>El anciano alguacil se encogi&oacute; de hombros filos&oacute;ficamente.</p>
+
+<p>&mdash;Nada, se&ntilde;or; ser&aacute; en casa de Patina Santa.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Y c&oacute;mo se atreven esas pendangas?... Vamos all&aacute;, Marcones, vamos acto
+continuo.</p>
+
+<p>&laquo;Acto continuo&raquo; era una frase de la que usaba y abusaba don Roque.
+Simbolizaba para &eacute;l la energ&iacute;a, la decisi&oacute;n, la rapidez de la autoridad
+para remediar todos los da&ntilde;os.</p>
+
+<p>Patina Santa era el gran sacerdote de uno de los dos templos del placer
+que exist&iacute;an en Sarri&oacute;. De vez en cuando sal&iacute;a por las aldeas comarcanas
+y tra&iacute;a las sacerdotisas que le hac&iacute;an falta, que nunca pasaban de
+cuatro. No hab&iacute;a m&aacute;s gabinetes, y eso que dorm&iacute;an de dos en dos. Vest&iacute;an
+el mismo refajo de bayeta verde o encarnada, el mismo justillo sin
+ballenas, la misma camisa de lienzo gordo, el mismo pa&ntilde;uelo de percal
+que cuando triscaban all&aacute; por los prados y los montes con los vaqueros
+vecinos. Patina Santa, como &uacute;nicos s&iacute;mbolos del nuevo y elevado destino
+a que la suerte les hab&iacute;a llamado, colgaba de sus orejas pendientes de
+perlas y aprisionaba sus pies con zapatos descotados de sarga, los
+cuales eran bienes adheridos a la casa y serv&iacute;an para todas las que iban
+llegando. M&aacute;s adelante Patina, haci&eacute;ndose cargo de que el mundo marcha y
+que las leyes del progreso son indeclinables, tuvo la audacia de
+introducir en su templo los polvos de arroz. Despu&eacute;s compr&oacute; unos
+medallones de <i>doubl&eacute;</i> para colgar al cuello con un terciopelito negro.
+Verdad que a todas estas reformas le estimulaba la competencia
+desastrosa que le hac&iacute;a Poca Ropa, el cual ten&iacute;a su instituto en la
+calle del Reloj, al otro extremo de la villa.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Qu&eacute; esc&aacute;ndalo es &eacute;ste?&mdash;grit&oacute; don Roque con voz estent&oacute;rea
+acerc&aacute;ndose a la inmunda casucha.</p>
+
+<p>Tres o cuatro muchachos que hab&iacute;a en la calle huyeron como pajarillos a
+la vista del gavil&aacute;n. Pero quedaban las palomas. Dos de ellas estaban a
+la puerta en camisa, las otras dos asomadas a las ventanas en el mismo
+traje. Las de la puerta quisieron retirarse a la vista del alcalde, pero
+&eacute;ste las agarr&oacute; con sus manazas.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Qu&eacute; esc&aacute;ndalo es &eacute;ste,...ajo?&mdash;repiti&oacute;.</p>
+
+<p>&mdash;Se&ntilde;or alcalde, nos han dado dos piezas falsas...&mdash;dijo una de ellas.</p>
+
+<p>&mdash;No est&aacute;is vosotras malas piezas... &iexcl;A la c&aacute;rcel!</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Pero, se&ntilde;or alcalde!</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;A la c&aacute;rcel,...ajo, a la c&aacute;rcel!&mdash;rugi&oacute; don Roque.&mdash;Y vosotras lo
+mismo. Todo el mundo abajo. &iquest;D&oacute;nde est&aacute; ese maric&oacute;n de Patina?</p>
+
+<p>&iexcl;Santo cielo, qu&eacute; alboroto se arm&oacute; all&iacute; en un momento!</p>
+
+<p>Las ni&ntilde;as de la ventana no tuvieron m&aacute;s remedio que bajar, y Patina lo
+mismo, todos en camisa, porque don Roque no admiti&oacute; t&eacute;rmino dilatorio.
+No se o&iacute;an m&aacute;s que gemidos y lamentos, y por encima de ellos la voz
+horripilante del alcalde, repitiendo sin cesar:</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;A la c&aacute;rcel...ajo! &iexcl;A la c&aacute;rcel...ajo!</p>
+
+<p>Las infelices ped&iacute;an por Dios y por la Virgen que las dejasen vestirse;
+pero el alcalde, con la faz arrebatada por la c&oacute;lera y los ojos
+inyectados, cada vez gritaba con m&aacute;s fuerza, aturdi&eacute;ndose con su propia
+voz:</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;A la c&aacute;rcel...ajo!.,&iexcl;A la c&aacute;rcel...ajo!</p>
+
+<p>Y no hubo otro remedio. El sereno, que se hab&iacute;a acercado al escuchar los
+primeros ajos, las condujo en aquella disposici&oacute;n a la c&aacute;rcel municipal,
+en compa&ntilde;&iacute;a de su digno jefe, mientras los vecinos, entre risue&ntilde;os y
+compasivos, contemplaban la escena por detr&aacute;s de los cristales de sus
+ventanas.</p>
+
+<p>La autoridad de don Roque cerr&oacute; por s&iacute; misma la puerta del palomar, y
+puso la llave &laquo;acto continuo&raquo;, bajo la custodia de Marcones. Despu&eacute;s
+continuaron su marcha peligrosa.</p>
+
+<p>No hab&iacute;an caminado mucho espacio, cuando en una de las calles m&aacute;s
+estrechas y l&oacute;bregas, acertaron a ver el bulto de una persona que se
+acercaba cautelosamente a la puerta de una casa y trataba de abrirla.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Alto!&mdash;murmur&oacute; don Roque al o&iacute;do de su subordinado.&mdash;Ya hemos
+tropezado con uno de los ladrones.</p>
+
+<p>El alguacil no entendi&oacute; m&aacute;s que la &uacute;ltima palabra. Fu&eacute; bastante para que
+se le cayese el fusil de las manos.</p>
+
+<p>&mdash;No tiembles, Marcones, que por ahora no es m&aacute;s que uno&mdash;dijo el
+alcalde cogi&eacute;ndole por el brazo.</p>
+
+<p>Si el venerable Marcones tuviese en aquel momento cabales sus facultades
+de observaci&oacute;n, hubiese advertido acaso en la mano de la autoridad
+cierta tendencia muy determinada al movimiento convulsivo.</p>
+
+<p>El ladr&oacute;n, al sentir los pasos de la patrulla, volvi&oacute; la cabeza con
+sobresalto y permaneci&oacute; inm&oacute;vil con la ganz&uacute;a en la mano. Don Roque y
+Marcones tambi&eacute;n se estuvieron quietos. La luna, filtr&aacute;ndose con trabajo
+por una nube, comenz&oacute; a alumbrar aquella fat&iacute;dica escena.</p>
+
+<p>&mdash;Phs, phs, amigo&mdash;dijo el alcalde al cabo de un rato, sin avanzar un
+paso.</p>
+
+<p>Oir el ladr&oacute;n este amical llamamiento de la autoridad y emprender la
+fuga, fu&eacute; todo uno.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;A &eacute;l, Marcones! &iexcl;Fuego!&mdash;grit&oacute; don Roque, d&aacute;ndose a correr con
+denuedo en pos del criminal.</p>
+
+<p>Marcenes quiso obedecer la orden de su jefe, pero no le fu&eacute; posible; el
+martillo cay&oacute; sobre el pist&oacute;n sin hacer estallar el fulminante.
+Entonces, con decisi&oacute;n marcial, arroj&oacute; el arma que no le serv&iacute;a de nada,
+sac&oacute; el sable de la vaina de cuero e hizo esfuerzos supremos por
+alcanzar al alcalde, que con valor temerario se le hab&iacute;a adelantado lo
+menos veinte pasos en la persecuci&oacute;n del ladr&oacute;n.</p>
+
+<p>Este hab&iacute;a desaparecido por la esquina de una calle.</p>
+
+<p>Pero al llegar a ella la columna pudo verle tratando de ganar la otra.</p>
+
+<p>&iexcl;Pum!</p>
+
+<p>Don Roque dispar&oacute; su rev&oacute;lver, gritando al mismo tiempo:</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Date, ladr&oacute;n!</p>
+
+<p>Torn&oacute; a desaparecer: tornaron a verle al llegar a la calle de la
+Misericordia.</p>
+
+<p>&iexcl;Pum! Otro tiro de don Roque.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Date, ladr&oacute;n!</p>
+
+<p>Pero el forajido, sin duda como recurso supremo, y para evitar que alg&uacute;n
+sereno le detuviese, comenz&oacute; a gritar tambi&eacute;n:</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Ladrones, ladrones!</p>
+
+<p>Se oy&oacute; el silbido agudo y prolongado del pito de un sereno, despu&eacute;s,
+otro, despu&eacute;s otro...</p>
+
+<p>La calle de San Florencio estaba bien iluminada, y pudo verse claramente
+al criminal deslizarse con rapidez asombrosa buscando en vano la sombra
+de las casas.</p>
+
+<p>&iexcl;Pum, pum!</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Date, ladr&oacute;n!</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Ladrones!&mdash;contest&oacute; el bandido sin dejar de correr.</p>
+
+<p>Dos serenos se hab&iacute;an agregado a la columna, y corr&iacute;an blandiendo los
+chuzos al lado del alcalde.</p>
+
+<p>El criminal quer&iacute;a a todo trance ganar la R&uacute;a Nueva con objeto tal vez
+de introducirse en el muelle y esconderse en alg&uacute;n barco o arrojarse al
+agua. Mas antes de llegar a ella tropez&oacute; y di&oacute; con su cuerpo en el
+suelo. Gracias a este accidente la patrulla le gan&oacute; considerable
+distancia; anduvo cerca de alcanzarle. Pero antes que esto sucediese, el
+forajido, alz&aacute;ndose con extremada presteza, huy&oacute; m&aacute;s ligero que el
+viento. Don Roque dispar&oacute; los dos &uacute;ltimos tiros de su rev&oacute;lver, gritando
+siempre:</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Date, ladr&oacute;n!</p>
+
+<p>Desapareci&oacute; por la esquina de la R&uacute;a Nueva. Al desembocar en ella el
+alcalde y su fuerza cerca de la plaza de la Marina, no vieron rastro de
+criminal por ninguna parte. Siguieron vacilantes hasta llegar a dicha
+plaza. All&iacute; se detuvieron sin saber qu&eacute; partido tomar.</p>
+
+<p>&mdash;Al muelle, al muelle; all&iacute; debe de estar&mdash;dijo un sereno.</p>
+
+<p>Y ya se dispon&iacute;an todos a emprender la marcha, cuando se abri&oacute; con
+estr&eacute;pito el balc&oacute;n de una de las casas, apareci&oacute; un hombre en
+calzoncillos, y se oyeron estas palabras, que resonaron profundamente en
+el silencio de la noche:</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;El ladr&oacute;n acaba de entrar en el caf&eacute; de la Marina!</p>
+
+<p>El que las pronunciaba era don Feliciano G&oacute;mez. La patrulla, al
+escucharlas, se precipit&oacute; hacia la puerta del caf&eacute;, y entr&oacute; por ella
+tumultuosamente. El sal&oacute;n estaba desierto. All&aacute; en el fondo, al lado del
+mostrador, se vela a tres o cuatro mozos con su delantal blanco,
+rodeando a un hombre que estaba tirado m&aacute;s que sentado sobre una silla.
+El alcalde, el alguacil, los serenos cayeron sobre &eacute;l, poni&eacute;ndole al
+pecho los chuzos, el estoque y el sable. Y a un tiempo gritaron todos:</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Date, ladr&oacute;n!</p>
+
+<p>El criminal levant&oacute; hacia ellos su faz despavorida, m&aacute;s p&aacute;lida que la
+cera.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Ay, re... si es don Jaime, as&iacute; me salve Dios!&mdash;exclam&oacute; un sereno
+bajando el chuzo.</p>
+
+<p>Todos los dem&aacute;s hicieron lo mismo, mudos de sorpresa. Porque, en efecto,
+el forajido que hab&iacute;an perseguido a tiros, no era otro que Mar&iacute;n
+sorprendido <i>infraganti</i>, en el momento de abrir la puerta de su casa.</p>
+
+<p>Hubo que llevarle a ella en hombros, y sangrarle. Al d&iacute;a siguiente, don
+Roque se present&oacute; a pedirle perd&oacute;n, y lo obtuvo. Do&ntilde;a Br&iacute;gida, su
+inflexible esposa, no quiso conced&eacute;rselo, sin haberle soltado antes una
+buena rociada de adjetivos resquemantes, entre otros el de borracho. Don
+Roque sufri&oacute; con resignaci&oacute;n el desacato, y no hizo nada de m&aacute;s.</p>
+
+
+
+<h3 class="top15"><a name="VI" id="VI"></a>VI</h3>
+
+<p class="c smcap">que trata del equipo de cecilia</p>
+
+
+<p>En la morada de los Belinch&oacute;n hab&iacute;an comenzado los preparativos de boda.
+Primero, con mucha reserva, do&ntilde;a Paula hizo venir a Nieves la bordadora,
+y celebr&oacute; con ella una larga conferencia a puertas cerradas. Despu&eacute;s se
+pidieron muestras a Madrid. Pocos d&iacute;as m&aacute;s tarde, aquella se&ntilde;ora,
+acompa&ntilde;ada de Cecilia y Pablito, hizo un viaje a la capital de la
+provincia, en el familiar de la casa. La fisgona de do&ntilde;a Petra, hermana
+de don Feliciano G&oacute;mez, que pasaba por la R&uacute;a Nueva al tiempo de apearse
+do&ntilde;a Paula y sus hijos, pudo observar que el criado sacaba del coche una
+porci&oacute;n de paquetes, que se le antojaron piezas de tela. Bast&oacute; para que
+todo Sarri&oacute; supiese que en casa de don Rosendo se trabajaba ya en el
+equipo de la hija mayor. Do&ntilde;a Paula, con tal motivo, tuvo una
+sofocaci&oacute;n. Ech&oacute; la culpa a Nieves. Esta protest&oacute; de que no hab&iacute;a salido
+palabra alguna de sus labios. Insisti&oacute; do&ntilde;a Paula. Llor&oacute; la bordadora.
+En fin, un disgusto.</p>
+
+<p>Pues que todo se hab&iacute;a descubierto, nada de tapujos, y pelillos a la
+mar. Constituy&oacute;se en la sala de atr&aacute;s, la que daba a la calle de
+Caborana, un taller u oficina de ropa blanca, bajo la alta direcci&oacute;n de
+do&ntilde;a Paula, y la inmediata de Nieves. Se compon&iacute;a de cuatro oficialas,
+las dos doncellas de la casa, cuando los quehaceres dom&eacute;sticos se lo
+permit&iacute;an, Venturita y la misma Cecilia. Era una juventud bulliciosa, a
+la cual, el trabajo activo no imped&iacute;a charlar, reir y cantar todo el
+d&iacute;a. La alegr&iacute;a les rebosaba del alma a aquellas muchachas, y se
+desbordaba en risas inmotivadas, que a veces duraban largu&iacute;simo rato.
+Que a una se le ca&iacute;an las tijeras: risa. Que otra ped&iacute;a la madeja del
+hilo teni&eacute;ndola colgada al cuello: risa. Que se presentaba la cocinera
+con la cara tiznada, pidiendo a la se&ntilde;ora dinero para la lechera: gran
+algazara en el costurero.</p>
+
+<p>No solamente eran j&oacute;venes y alegres las que cos&iacute;an el equipo de Cecilia;
+pero adem&aacute;s guapas, comenzando por su directora. Nieves era una rubia
+alta y esbelta, de cutis blanco y transparente, ojos azules claros,
+nariz y boca perfectas. Ten&iacute;a veintid&oacute;s a&ntilde;os de edad, y un car&aacute;cter que
+era una bendici&oacute;n del cielo. Imposible estar melanc&oacute;lico a su lado. No
+que fuera decidora o chistosa; nada de eso. La pobrecilla ten&iacute;a poco m&aacute;s
+ingenio que un pez. Pero su alegr&iacute;a inagotable chispeaba en sus ojos de
+tan gentil manera, sonaba en la garganta con notas tan puras, tan
+frescas y argentinas, que como un contagio adorable se esparc&iacute;a en torno
+suyo. Era la &uacute;nica riqueza que pose&iacute;a. Con el trabajo de sus manos
+manten&iacute;a a una madre paral&iacute;tica y a un hermano vicioso y perezoso, que
+la maltrataba inicuamente cuando no pod&iacute;a darle lo que necesitaba para
+emborracharse. Sus padecimientos, que para otra ser&iacute;an insoportables, la
+turbaban s&oacute;lo moment&aacute;neamente. Por encima de ellos rezumaba muy pronto
+la linfa de aquel divino y gozoso manantial que guardaba en su coraz&oacute;n.
+Gozaba tambi&eacute;n de una salud perfecta. Los &uacute;nicos dolores que sent&iacute;a eran
+en el costado izquierdo, despu&eacute;s de reirse mucho.</p>
+
+<p>Valentina, bordadora tambi&eacute;n, y tambi&eacute;n rubia, no era tan hermosa. Sus
+ojos m&aacute;s peque&ntilde;os, su cutis menos delicado, la nariz un poco remangada,
+m&aacute;s baja de estatura. En cambio sus cabellos dorados eran rizosos y le
+ca&iacute;an con mucha gracia por la frente; sus manos y sus pies m&aacute;s delicados
+y breves que los de Nieves; y, sobre todo, ten&iacute;a a menudo, casi
+constantemente, un ce&ntilde;o, cierto fruncimiento del entrecejo que no era de
+enfado y prestaba a su fisonom&iacute;a un matiz picaresco extremadamente
+simp&aacute;tico. Encarnaci&oacute;n era costurera; moza robusta, colorada, mofletuda,
+de fisonom&iacute;a vulgar. Entre los artesanos de Sarri&oacute; pasaba por la mejor
+moza de las cuatro: para el catador inteligente y refinado val&iacute;a muy
+poco. Teresa, costurera tambi&eacute;n, era por su rostro una verdadera mora, y
+de las m&aacute;s oscuritas; el cabello negro como el azabache, los ojos
+rasgados y tan negros como el pelo, la nariz y la boca correctas. Pasaba
+por fea en la villa a causa de su color: en realidad era un hermoso tipo
+oriental. De las dos doncellas de la casa, la una, Generosa, nada ten&iacute;a
+que llamase la atenci&oacute;n; la otra, Elvira, era una palidita, de ojos
+grandes y entornados, muy graciosa.</p>
+
+<p>Las artesanas de Sarri&oacute; no han entrado jam&aacute;s por la rid&iacute;cula imitaci&oacute;n
+de las damas, tan extendida hoy, por desgracia, entre las de otros
+pueblos de Espa&ntilde;a. Cre&iacute;an y creen estas insignes sarrienses, y yo me
+adhiero del todo a su opini&oacute;n, que el traje y las modas adoptadas por
+las se&ntilde;oritas no avaloran poco ni mucho sus naturales gracias; antes las
+menoscaban. Y esto es l&oacute;gico. En primer lugar no est&aacute;n acostumbradas a
+vestirse con tal sujeci&oacute;n o aprieto como los figurines exigen de sus
+subordinadas. Despu&eacute;s, en las villas no hay quien corte con elegancia.
+Por &uacute;ltimo, el g&eacute;nero tiene que ser de peor calidad, m&aacute;s pobre y m&aacute;s
+feo. En cambio, &iquest;qui&eacute;n sobre el globo terr&aacute;queo, y aun sobre los otros
+globos que navegan por el espacio, compite con ellas en ponerse el rico
+mant&oacute;n de la China floreado, anud&aacute;ndolo a la cintura por detr&aacute;s? &iquest;Qui&eacute;n
+deja caer con m&aacute;s gracia, ni siquiera con tanta, los rizos del pelo por
+la frente en estudiado desgaire? &iquest;Qui&eacute;n se mueve con m&aacute;s garbo dentro de
+la giraldilla ni da con m&aacute;s elegancia un <i>rempuj&oacute;n</i> al se&ntilde;orito que se
+desmanda, diciendo al mismo tiempo entre risue&ntilde;a y
+enojada?&mdash;&laquo;&iquest;Cristiano, usted es tonto, o se hace? &iexcl;Mire que se va a
+pinchar!&raquo; &iquest;Qui&eacute;n es capaz de cantar con m&aacute;s sentimiento y menos o&iacute;do a
+la vuelta de una romer&iacute;a aquello de</p>
+
+<p class="poem">
+<i>Aben-Hamet al partir de Granada</i><br />
+<i>el coraz&oacute;n traspasado sinti&oacute;?</i><br />
+</p>
+
+<p>No hay que dudarlo. Las artesanas de Sarri&oacute;, cuyos arraigados principios
+est&eacute;ticos son la admiraci&oacute;n de propios y extra&ntilde;os, hoy sobre todo en que
+van desapareciendo los caracteres, hacen bien en mantener su
+independencia y en levantar la cabeza delante de las se&ntilde;oritas
+encopetadas de la villa. Porque (dig&aacute;moslo bajo para que &eacute;stas no se
+enteren) la verdad es que son mucho m&aacute;s hermosas. Esto, sin ofender a
+nadie en particular; l&iacute;breme Dios. No hay viajero peninsular que al
+recordarle a Sarri&oacute; no afirme lo mismo con m&aacute;s o menos energ&iacute;a, seg&uacute;n la
+&iacute;ndole de su temperamento. No hay inglesote de aquellos que atracan por
+unos d&iacute;as a la punta del Pe&oacute;n que al hablar all&aacute; en Cardiff o Bristol a
+sus amigos de este <i>spanish town</i>, no comience por levantar mucho las
+cejas, abrir la boca en forma de c&iacute;rculo perfecto extendiendo hacia
+afuera los labios, y ech&aacute;ndose hacia atr&aacute;s en la silla no
+exclame:&mdash;<i>&iexcl;Oh, oh, oh! Sarri&oacute; the yeung girls very, very, very
+beautiful!</i></p>
+
+<p>Y cuando los ingleses lo dicen, &iexcl;qu&eacute; no diremos los espa&ntilde;oles, y en
+particular aquellos que hemos vivido tanto tiempo bajo su influencia
+bienhechora!</p>
+
+<p>Las cuatro oficialas, y Nieves tambi&eacute;n, aunque &eacute;sta picaba m&aacute;s alto,
+pertenec&iacute;an, pues, a esta famos&iacute;sima casta de mujeres por cuya
+conservaci&oacute;n y prosperidad hago votos al cielo todos los d&iacute;as y aconsejo
+a todo buen cat&oacute;lico que los haga. En los d&iacute;as de trabajo vest&iacute;an de
+percal, mantoncito de lana atado atr&aacute;s y pa&ntilde;uelo de seda al cuello,
+dejando al descubierto, por supuesto, la cabeza. Nieves, por excepci&oacute;n,
+tra&iacute;a al diario mant&oacute;n de la China negro con fleco.</p>
+
+<p>Acaban de ponerse al trabajo despu&eacute;s de comer. El sol penetra por los
+dos balcones de la sala al trav&eacute;s de los visillos. Para que no les
+moleste, las costureras se agrupan en uno de los rincones. Teresa, la
+m&aacute;s filarm&oacute;nica de ellas, entona con voz suave y t&iacute;mida un canto
+rom&aacute;ntico de cadencias tristes y prolongadas, a prop&oacute;sito para ser
+acompa&ntilde;ado en terceras. Y en efecto, Nieves no tard&oacute; en <i>hacerle el
+d&uacute;o</i>, como all&iacute; se dec&iacute;a. Las dem&aacute;s la siguen cantando, unas en primera
+y otras en segunda voz. De todo lo cual resulta una armon&iacute;a asaz
+melanc&oacute;lica, de sabor rom&aacute;ntico muy marcado. El romanticismo podr&aacute; huir
+de las costumbres y ser arrojado de la novela y el teatro; m&aacute;s siempre
+hallar&aacute; un nido tibio y delicioso donde guarecerse en el coraz&oacute;n de las
+j&oacute;venes artesanas de Sarri&oacute;. Aquella armon&iacute;a dura hasta que Pablito se
+encarga de desbaratarla lanzando repentinamente en medio de ella su
+vozarr&oacute;n de carnero. Las costureras suspenden el canto y levantan
+asustadas la cabeza. Despu&eacute;s se echan a reir.</p>
+
+<p>El bello Pablito, recostado en su butaca all&aacute; en otro rinc&oacute;n, se r&iacute;e
+tambi&eacute;n con fuertes carcajadas de su gracia.</p>
+
+<p>Desde que hab&iacute;a comenzado a coserse el equipo de su Hermana, Pablito
+manifestaba cierto gusto por la vida sedentaria que hasta entonces jam&aacute;s
+se hab&iacute;a observado en &eacute;l. &iquest;Qui&eacute;n le hab&iacute;a visto en los d&iacute;as de la vida
+detenerse un minuto en casa despu&eacute;s de comer? &iquest;Qui&eacute;n pudiera imaginar
+que se pasaba la ma&ntilde;ana sentado en aquella butaca dando parola a las
+costureras? Nada m&aacute;s cierto, sin embargo. Hac&iacute;a ya cerca de un mes que
+no sal&iacute;a a caballo ni en coche, y no pasaba en la cuadra m&aacute;s de una hora
+todos los d&iacute;as.</p>
+
+<p>Piscis se hallaba consternado. Ven&iacute;a diariamente a buscarlo, pero en
+vano.</p>
+
+<p>&mdash;Mira, Piscis, hoy tengo que limpiar los estribos de plata, no puedo
+salir.&mdash;Mira, Piscis, tengo que ir a cobrar una letra por encargo de
+pap&aacute;.&mdash;Mira, Piscis, la Linda est&aacute; con toroz&oacute;n y no se la puede montar.</p>
+
+<p>&mdash;Ya est&aacute; buena&mdash;gru&ntilde;&iacute;a Piscis.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Vienes de la cuadra?</p>
+
+<p>&mdash;S&iacute;.</p>
+
+<p>&mdash;Bien... pues de todos modos hoy no puedo salir... Tengo una rozadura
+aqu&iacute;... salva sea la parte...</p>
+
+<p>Algunos d&iacute;as Piscis entraba en la sala de costura, y sin decir nada
+aguardaba sentado un rato, no muy largo casi nunca, porque abrigaba
+vehementes sospechas de que las costureras se re&iacute;an de &eacute;l, y esto le
+ten&iacute;a sobresaltado y en brasas. Cuando le parec&iacute;a llegado el momento
+oportuno, o porque observase s&iacute;ntomas de cansancio en Pablo o por
+cualquier otra circunstancia que no est&aacute; a nuestro alcance, se levantaba
+del asiento y hac&iacute;a una se&ntilde;a con la mano a su amigo silbando al mismo
+tiempo. Y esto porque se entend&iacute;an mucho mejor con silbidos que con
+palabras. Ambos sent&iacute;an aversi&oacute;n por el sonido articulado, sobre todo
+Piscis, y escatimaban su empleo. Mas a Pablito lo mismo le daban ya
+pitos que flautas.</p>
+
+<p>&mdash;Hombre, Piscis... &iexcl;tengo una pereza!... &iquest;Quieres hacerme el favor de
+ir a la cuadra y decirle a Pepe que le d&eacute; otra untura de aceite al
+Romero?</p>
+
+<p>&mdash;Yo se la dar&eacute;&mdash;respond&iacute;a con semblante fosco Piscis.</p>
+
+<p>&mdash;Bueno, Piscis, muchas gracias... Adi&oacute;s... No dejes de venir ma&ntilde;ana,
+&iquest;eh?... Puede que salga a caballo.</p>
+
+<p>Dec&iacute;a esto con gran dulzura y amabilidad, para desagraviarle. Piscis
+mascullaba unas &laquo;buenas tardes&raquo; sin volverse hacia los circunstantes, y
+sal&iacute;a con los ojos torcidos, m&aacute;s feo y endemoniado que nunca. Al d&iacute;a
+siguiente lo mismo. A pesar de la veneraci&oacute;n que Pablito le inspiraba
+Piscis lleg&oacute; a presumir que le gustaba una de las costureras. &iquest;Cu&aacute;l? Su
+perspicacia no llegaba a resolverlo.</p>
+
+<p>Comenzaron de nuevo su c&aacute;ntico las j&oacute;venes, pero al llegar a aquello de</p>
+
+<p class="poem">
+<i>S&oacute;lo t&uacute;, mujer divina,</i><br />
+<i>rezar&aacute;s una plegaria</i><br />
+<i>en mi tumba solitaria, etc.</i><br />
+</p>
+
+<p>Pablito solt&oacute; otro berrido estridente y atronador. Vuelta a la risa.
+Venturita se puso seria.</p>
+
+<p>&mdash;Mira, Pablo, si has de seguir haciendo payasadas, m&aacute;s vale que te
+vayas con Piscis.</p>
+
+<p>A su vez Pablito se pone fosco.</p>
+
+<p>&mdash;Me ir&eacute; cuando se me antoje. &iexcl;Siempre has de ser t&uacute; la que todo lo eche
+a perder!</p>
+
+<p>Quer&iacute;a decir con esto el joven Belinch&oacute;n, que s&oacute;lo su hermana Ventura se
+empe&ntilde;aba en desconocer el ingenio con que el cielo le hab&iacute;a dotado. Y
+as&iacute; era la verdad. Todas las dem&aacute;s re&iacute;an alborozadas, como si en vez de
+un berrido acabasen de escuchar un pasaje de Rabelais. Do&ntilde;a Paula, que
+sent&iacute;a por su hijo primog&eacute;nito admiraci&oacute;n idol&aacute;trica, y al mismo tiempo
+guardaba cierto rencor a su hija por sus contestaciones, aunque se
+hallase grandemente pagada de su hermosura, vino en ayuda de aqu&eacute;l.</p>
+
+<p>&mdash;Tiene raz&oacute;n Pablo. &iexcl;Siempre has de aguar todas las fiestas!... &iexcl;Jes&uacute;s
+qu&eacute; criatura!... Lo que es el hombre que te lleve, alg&uacute;n pecado gordo
+tiene que purgar.</p>
+
+<p>En aquel momento apareci&oacute; en la puerta de la estancia Gonzalo, quien se
+dobl&oacute; como un arco para dar la mano a su futura suegra, a Ventura y a
+Cecilia. Esta se puso seria. Sin volver hacia ellas la cabeza, advert&iacute;a
+que todas las costureras la miraban con el rabillo del ojo. Ve&iacute;a con el
+pensamiento el esbozo de sonrisa que se formaba en sus rostros.</p>
+
+<p>Todos los d&iacute;as pasaba igual. Antes de llegar Gonzalo, las costureras se
+complac&iacute;an en dirigir, siempre que ven&iacute;a a cuento, alguna pulla a la
+novia.</p>
+
+<p>&mdash;Cecilia, &iquest;cu&aacute;l de estas camisas te vas a poner el d&iacute;a de la boda?</p>
+
+<p>Hay que advertir que algunas de ellas la tuteaban por haberse conocido
+de ni&ntilde;as. Es muy frecuente en los pueblos.</p>
+
+<p>&mdash;Se&ntilde;orita, en estas s&aacute;banas tan finas se va usted a resbalar.</p>
+
+<p>&mdash;No ser&aacute; ella sola la que resbale. &iquest;Verdad, Cecilia?</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Anda, picarona, que buen mozo te llevas!</p>
+
+<p>&mdash;No lo llevar&aacute; tan guapo Venturita.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Qui&eacute;n sabe!&mdash;replicaba &eacute;sta.</p>
+
+<p>Cecilia escuchaba estos dichos con la sonrisa, en los labios y
+ruborizada. Desde que hab&iacute;an comenzado los preparativos de boda, sus
+mejillas, antes tan p&aacute;lidas, estaban casi siempre arreboladas. Esta
+animaci&oacute;n y el brillo que la felicidad prestaba a sus ojos, si no
+bonita, la hac&iacute;an interesante y simp&aacute;tica. No hay muchacha que en
+v&iacute;speras de casarse deje de serlo m&aacute;s o menos.</p>
+
+<p>Cecilia era de condici&oacute;n reservada y silenciosa, sin dar por eso en
+taciturna. Ordinariamente no hablaba m&aacute;s que cuando le dirig&iacute;an la
+palabra; pero sus contestaciones eran suaves, claras, precisas. No era
+la nota distintiva de su car&aacute;cter la timidez, que suele prestar soberano
+hechizo a las j&oacute;venes. Mas en sustituci&oacute;n de esta cualidad, pose&iacute;a
+nuestra hero&iacute;na una serenidad dulce, cierta firmeza simp&aacute;tica en todas
+sus palabras y ademanes que revelaban la perfecta limpidez de su
+esp&iacute;ritu. Esta serenidad pasaba para algunas personas poco observadoras,
+si no por orgullo, que bien claro estaba que Cecilia no lo ten&iacute;a, por
+frialdad de coraz&oacute;n. Cre&iacute;an, aun los m&aacute;s allegados a la casa, que era
+incapaz de concebir una pasi&oacute;n viva y tierna. Acostumbrados a verla
+impasible cumpliendo los deberes dom&eacute;sticos con la regularidad de un
+reloj, les era forzoso un esfuerzo grande de penetraci&oacute;n, que no todos
+pueden llevar a cabo, para adivinar la verdadera fisonom&iacute;a moral de la
+primog&eacute;nita de los Belinch&oacute;n. La mayor parte de estos seres viven y
+mueren desconocidos, porque no poseen una de esas cualidades brillantes
+que seducen y atraen al que se acerca. La inocencia misma, aunque
+parezca raro, pertenece a ese n&uacute;mero, y no es la que menos relieve
+presta al car&aacute;cter de una mujer. Muy contados son los que saben apreciar
+la hermosura que encierran estas almas cristalinas. La mirada se sumerge
+en ellas sin hallar nada que despierte la atenci&oacute;n. Pero lo mismo pasa
+con ciertos venenos; igual con ciertos filtros que dan la vida. Porque
+nuestros ojos torpes y limitados no vean los elementos de salud o de
+muerte que hay en suspensi&oacute;n en ellos, &iquest;hemos de afirmar que no existen?</p>
+
+<p>Dif&iacute;cil era averiguar las emociones tristes o placenteras que cruzaban
+por el alma de Cecilia, aunque no imposible. No sabemos si pon&iacute;a empe&ntilde;o
+en ocultarlas o era forzada a ello por su misma naturaleza. Lo cierto es
+que en la casa, hasta sus mismos padres las desconoc&iacute;an casi siempre. Se
+trataba, verbigracia, de salir un d&iacute;a a visitas, o de comprarse un
+vestido, do&ntilde;a Paula preguntaba a su hija con solicitud:</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Qu&eacute; te parece, Cecilia?</p>
+
+<p>&mdash;Me parece bien&mdash;contestaba &eacute;sta.</p>
+
+<p>&mdash;Te parece bien, &iquest;de veras?&mdash;dec&iacute;a la madre mir&aacute;ndola fijamente a los
+ojos.</p>
+
+<p>&mdash;S&iacute;, mam&aacute;, me parece bien.</p>
+
+<p>Do&ntilde;a Paula siempre quedaba en duda de si en realidad le plac&iacute;a o le
+disgustaba el vestido o lo que fuese.</p>
+
+<p>Lloraba poqu&iacute;simas veces, y aun esas, se ocultaba de tal modo para
+hacerlo, que nadie lo sab&iacute;a. El mayor disgusto que hubiera tenido, s&oacute;lo
+se denunciaba por una ligera arruguita en la frente; la mayor alegr&iacute;a
+por un poco m&aacute;s de intensidad en la sonrisa delicada, esparcida
+constantemente por su rostro. Cuando Gonzalo le escribi&oacute; desde el
+extranjero, as&iacute; que ley&oacute; la carta se present&oacute; a su madre y se la
+entreg&oacute;.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Te gusta el muchacho?&mdash;le pregunt&oacute; &eacute;sta despu&eacute;s de leerla con m&aacute;s
+emoci&oacute;n que hab&iacute;a manifestado su hija al entreg&aacute;rsela.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Te gusta a ti?</p>
+
+<p>&mdash;A m&iacute; s&iacute;.</p>
+
+<p>&mdash;Pues si te gusta a ti y a pap&aacute;, a m&iacute; tambi&eacute;n me gusta&mdash;replic&oacute; la
+joven.</p>
+
+<p>&iquest;Qui&eacute;n pudiera imaginar despu&eacute;s de estas fr&iacute;as palabras que Cecilia
+estaba tiempo hac&iacute;a profundamente enamorada? Sin embargo, como el amor
+es el sentimiento humano m&aacute;s dif&iacute;cil de disimular, y despu&eacute;s del
+consentimiento de sus padres no hab&iacute;a raz&oacute;n alguna para ocultarlo, lo
+dej&oacute; ver con bastante claridad. En los temperamentos como el de nuestra
+hero&iacute;na, cualquier se&ntilde;al, por leve que sea, tiene una importancia
+decisiva. La felicidad que hench&iacute;a su coraz&oacute;n, brotaba, pues, a su
+rostro a la vista de todos los que la conoc&iacute;an &iacute;ntimamente. Pocos seres
+habr&aacute;n gozado m&aacute;s en la tierra que Cecilia en aquella temporada. Todo
+aquel lienzo extendido por la estancia, aquellos patrones de papel, los
+dibujos, los bastidores, los carretes de hilo, le hablaban un lenguaje
+misterioso y tierno. Las tijeras al cortar <i>chis chis</i>, las agujas al
+coser <i>cruj, cruj,</i> &iexcl;le dec&iacute;an tantas cosas graciosas de lo futuro! Unas
+veces le dec&iacute;an: &laquo;&mdash;&iquest;Qui&eacute;n te ver&aacute;, Cecilia, ir a misa los domingos del
+brazo de tu marido? El te llevar&aacute; el devocionario, te dejar&aacute; ir al altar
+de Nuestra Se&ntilde;ora de los Dolores y se colocar&aacute; detr&aacute;s entre los hombres.
+Luego te esperar&aacute; a la salida, te ofrecer&aacute; el agua bendita y volver&aacute; a
+cogerte del brazo&raquo;. Otras veces le dec&iacute;an: &laquo;&mdash;Por la ma&ntilde;ana temprano te
+levantar&aacute;s muy despacito para que &eacute;l no se despierte, limpiar&aacute;s su ropa,
+pondr&aacute;s los botones a su camisa, y cuando llegue la hora t&uacute; misma le
+servir&aacute;s el chocolate&raquo;. Otras exclamaban de pronto: &laquo;&mdash;&iexcl;Y cuando tengas
+un ni&ntilde;o!&raquo; Entonces la novia sent&iacute;a un vuelco grat&iacute;simo en el coraz&oacute;n;
+sus manos temblaban y echaba una r&aacute;pida mirada a las costureras temiendo
+que hubiesen advertido su emoci&oacute;n.</p>
+
+<p>Cuando las diferentes piezas de ropa estaban terminadas y planchadas,
+Cecilia las iba poniendo cuidadosamente en una cesta. As&iacute; que estaba
+llena la sub&iacute;a sobre la cabeza a uno de los cuartos de arriba, donde con
+todo esmero y arte colocaba las camisas, las chambras, cofias y
+peinadores sobre unos mostradores hechos al intento: las cubr&iacute;a
+delicadamente con un lienzo, y luego se sal&iacute;a cerrando la puerta y
+guardando la llave en el bolsillo.</p>
+
+<p>Despu&eacute;s que hubo saludado, Gonzalo fu&eacute; a sentarse cerca de Pablito, y
+pas&aacute;ndole la mano familiarmente por encima del hombro, le dijo al o&iacute;do:</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Cu&aacute;l es la que m&aacute;s te gusta?</p>
+
+<p>Y al inclinarse hacia su futuro cu&ntilde;ado, clavaba una mirada intensa en
+Venturita, que correspondi&oacute; a ella con otra muy singular. Despu&eacute;s ambos
+las convirtieron a Cecilia. Esta no hab&iacute;a levantado la cabeza del
+bastidor.</p>
+
+<p>&mdash;Nieves&mdash;respondi&oacute; Pablo sin vacilar, y en el mismo tono de falsete.</p>
+
+<p>&mdash;Lo sab&iacute;a, y te aplaudo el gusto&mdash;dijo riendo Gonzalo.&mdash;&iexcl;Qu&eacute; cutis de
+raso!... &iexcl;Qu&eacute; dentadura!</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Y qu&eacute; andares! Pasi-corta, &iquest;sabes?</p>
+
+<p>Ambos miraban a la bordadora. Esta levant&oacute; la cabeza, y comprendiendo
+que se trataba de ella, les hizo una mueca con la lengua.</p>
+
+<p>&mdash;Vamos, no vale hablarse al o&iacute;do&mdash;dijo do&ntilde;a Paula con la
+susceptibilidad vidriosa que caracteriza a las mujeres del pueblo.</p>
+
+<p>&mdash;D&eacute;jelos usted, se&ntilde;ora&mdash;replic&oacute; Nieves.&mdash;Est&aacute;n hablando de m&iacute;: no hay
+que quitarles el gusto.</p>
+
+<p>&mdash;Cierto; Pablo me hac&iacute;a notar el color rojo de ciertos labios, la
+transparencia de cierto cutis, un pelo dorado a fuego...</p>
+
+<p>&mdash;Valentina, entonces hablaban de ti&mdash;dijo Nieves ruborizada tocando en
+el muslo a su compa&ntilde;era.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Qu&eacute; gracia! No te apures, mujer. &iexcl;Si ya sabemos que eres la m&aacute;s
+guapa!&mdash;dijo la otra visiblemente picada.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Paz, paz, se&ntilde;oras!&mdash;exclam&oacute; Gonzalo.&mdash;Verdad que Pablo comenz&oacute;
+habl&aacute;ndome de las perfecciones de Nieves; pero tambi&eacute;n es cierto que
+pensaba continuar con las de todas las dem&aacute;s, si no se le hubiese
+interrumpido... &iquest;No es eso, Pablo?</p>
+
+<p>&mdash;Desde luego: contaba seguir con Valentina...</p>
+
+<p>Esta levant&oacute; la cabeza y le mir&oacute; con aquel gracioso ce&ntilde;o burl&oacute;n que daba
+car&aacute;cter a su rostro.</p>
+
+<p>&mdash;Ten cuidado, Nieves, que estos se&ntilde;oritos se pierden de vista.</p>
+
+<p>Pablo, sin hacer caso de la interrupci&oacute;n, prosigui&oacute;:</p>
+
+<p>&mdash;Despu&eacute;s con Teresa y Encarnaci&oacute;n, Elvira y Generosa. Hablar&iacute;a tambi&eacute;n
+de Venturita (para ponerla, por supuesto, por los pies de los caballos).
+De Cecilia no, porque est&aacute; comprometida, y algo dir&iacute;a tambi&eacute;n de mi
+se&ntilde;ora do&ntilde;a Paula, que, sin ofender a nadie, es la m&aacute;s hermosa de todas.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Qu&eacute; pillastre!&mdash;exclam&oacute; &eacute;sta admirada del donaire de su hijo.</p>
+
+<p>Pablo se hab&iacute;a levantado de la butaca, y abraz&oacute; a su madre con efusi&oacute;n.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Quita, quita, adulador!&mdash;dijo ella riendo.</p>
+
+<p>&mdash;Ve aflojando el bolsillo, mam&aacute;&mdash;dijo Venturita.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Lo ves! La pata de gallo de siempre&mdash;exclam&oacute; iracundo el joven,
+volviendo la cabeza hacia su hermana, mientras &eacute;sta se re&iacute;a
+maliciosamente sin levantar la suya del bastidor.</p>
+
+<p>&mdash;Mucho has trabajado&mdash;dijo Gonzalo en voz baja, sent&aacute;ndose al lado de
+su novia.</p>
+
+<p>&mdash;As&iacute;, as&iacute;&mdash;respondi&oacute; Cecilia fijando en &eacute;l sus ojos grandes, llenos de
+luz.</p>
+
+<p>&mdash;Mucho, s&iacute;; ayer no ten&iacute;as bordado ese clavel... digo, me parece que es
+clavel...</p>
+
+<p>&mdash;Es jazm&iacute;n.</p>
+
+<p>&mdash;Ni esas dos hojas m&aacute;s.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Bah! Eso no es nada.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Y qu&eacute; es lo que est&aacute;s bordando?</p>
+
+<p>Cecilia sigui&oacute; moviendo la aguja sin contestar.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Qu&eacute; es lo que bordas?&mdash;pregunt&oacute; Gonzalo en voz, m&aacute;s alta, pensando
+que no le hab&iacute;a o&iacute;do.</p>
+
+<p>&mdash;Una s&aacute;bana... &iexcl;calla!&mdash;replic&oacute; la joven levantando un poco los ojos
+hacia las costureras y volviendo a abatirlos r&aacute;pidamente.</p>
+
+<p>Al mismo tiempo, los de Gonzalo y Venturita se tropezaron por encima de
+la cabeza de Cecilia, y de ellos brot&oacute; una chispa.</p>
+
+<p>&mdash;Ya ven ustedes que hay para todas&mdash;dec&iacute;a Pablito mirando al mismo
+tiempo fijamente a Nieves, como diciendo: &laquo;No hagas caso, esto lo digo
+por cumplir&raquo;.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Qu&eacute; es lo que hay para todas, don Pablo?&mdash;pregunt&oacute; Valentina con
+tonillo ir&oacute;nico.</p>
+
+<p>&mdash;Flores, criatura.</p>
+
+<p>&mdash;&Eacute;cheselas usted al Sant&iacute;simo.</p>
+
+<p>&mdash;Y a las ni&ntilde;as guapas como t&uacute;.</p>
+
+<p>&mdash;Si no soy guapa, paso delante de las guapas y no les hago la venia,
+&iquest;sabe usted?</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Demonio! No hay que acercarse a esta Valentina; se levanta de
+atr&aacute;s&mdash;exclam&oacute; el apuesto mancebo.</p>
+
+<p>El s&iacute;mil, aunque nada culto, y acaso por eso, hizo reir a las
+costureras.</p>
+
+<p>&mdash;A Valentina no le gustan los se&ntilde;oritos&mdash;manifest&oacute; Encarnaci&oacute;n.</p>
+
+<p>&mdash;Hace bien; de los se&ntilde;oritos no se saca m&aacute;s que parola, tiempo perdido
+y a veces la desgracia para toda la vida&mdash;dijo sentenciosamente do&ntilde;a
+Paula sin acordarse de que ella hab&iacute;a sacado la felicidad.&mdash;Tocante a
+eso, Sarri&oacute; est&aacute; perdido. Apenas hay muchacha que se deje acompa&ntilde;ar de
+uno de su igual. El mozo ha de traer por lo menos corbata y hongo, y ha
+de fumar con boquilla... aunque no tenga plato en que comer. Ninguna se
+oculta ya para ir al obscurecer acompa&ntilde;ada de alg&uacute;n se&ntilde;orito, y a la
+vuelta de las romer&iacute;as da grima verlas venir colgadas del brazo de ellos
+cantando al alta la lleva... &iexcl;Pobrecillas! No sab&eacute;is lo que os espera.
+Porque el hijo de don Rudesindo se cas&oacute; con la de Pepe la Esguila y el
+piloto de la <i>Trinidad</i> con la de Mechacan, se os figura que todo el
+monte es or&eacute;gano. Al freir ser&aacute; el reir... Mirad, mirad a Benita la del
+se&ntilde;or Mat&iacute;as el sacrist&aacute;n. &iquest;Qu&eacute; linda est&aacute; y que compuestita, verdad?</p>
+
+<p>&mdash;Benita est&aacute; escriturada&mdash;dijo Encarnaci&oacute;n.</p>
+
+<p>&mdash;Escriturada, &iquest;eh? &iexcl;Ya ver&eacute;is de qu&eacute; le vale la escritura!</p>
+
+<p>&mdash;Se&ntilde;ora, el novio no puede dejarla; si la deja, va a presidio por toda
+la vida.</p>
+
+<p>&mdash;Calla, calla, bobalicona; &iquest;qui&eacute;n os ha metido esas bolas por la
+cabeza?</p>
+
+<p>&mdash;Eso se sabe... vamos. Benita est&aacute; consultada.</p>
+
+<p>&mdash;Mire, se&ntilde;ora&mdash;dijo Teresa, la morena sentimental,&mdash;la verdad en que
+nosotras corremos peligro; tiene usted raz&oacute;n... &iquest;Pero qu&eacute; quiere que
+hagamos? Los artesanos de esta villa &iexcl;est&aacute;n tan echados a perder! El que
+m&aacute;s y el que menos pasa el domingo y el lunes en la taberna, y alg&uacute;n d&iacute;a
+tambi&eacute;n por la semana. &iquest;Cu&aacute;ntos son los que traen el jornal a casa y lo
+entregan a su mujer, d&iacute;game por su vida? Si es marinero, se le ve una
+vez cada a&ntilde;o; trae cuatro cuartos, y hala, otra vez para all&aacute;. Los
+cuartos se concluyen, y la infeliz mujer se ve arrastrada, trabajando
+para dar un pedazo de pan a sus hijos... Y luego, &iquest;qu&eacute; saben ellos de
+dar estimaci&oacute;n ni un poco de gracia a la mujer? Si salen con ella un
+domingo por la tarde, se van parando en todas las tabernas del camino,
+dej&aacute;ndola, si se tercia, a la pobrecilla a la puerta, o llam&aacute;ndola para
+que oiga alguna sandez, que la pone m&aacute;s colorada que una amapola...
+&iexcl;Calle, calle, se&ntilde;ora, si hay cada mostrenco que, como Dios me ha de
+juzgar, no vale el pan que come!... El otro d&iacute;a encontr&oacute; a Tomasina...
+ya sabe, la del t&iacute;o Rufo, que no hace tan siquiera un a&ntilde;o que se cas&oacute;
+con un oficial de Pr&oacute;spero... Pues iba en aquel mismo instante a por dos
+reales en casa de su padre para comprar un pan, porque en todo aquel d&iacute;a
+no hab&iacute;a comido un bocado. Su marido se bebe casi todo el jornal, y a
+mitad de semana, &iexcl;claro! tiene la infeliz que apretarse la barriga...
+&iexcl;V&aacute;lgate Dios! Y las m&aacute;s de las noches viene borracho perdido a casa, y
+le da cada sopimpa que la deja por muerta. &iexcl;Cu&aacute;ntas veces se va la
+pobrecilla a la cama sin cenar y harta de palos!... Luego quieren que
+una, viendo estas cosas... &iexcl;Vaya, m&aacute;s vale callar! Lo que yo digo,
+&iexcl;caramba! ya que la lleve a una el diablo, que la lleve en coche.</p>
+
+<p>&mdash;Oye, t&uacute;&mdash;salt&oacute; Valentina levantando el rostro con su ce&ntilde;o habitual
+algo m&aacute;s pronunciado,&mdash;no te pongas tan fanfarrona. Di que te gustan los
+se&ntilde;oritos, bueno... yo no me meto en eso; pero no vengas quitando el
+cr&eacute;dito a los rapaces de tu igual... Se emborrachan, los que se
+emborrachan... M&aacute;s de un se&ntilde;orito y mas de dos he visto yo venir como
+cabras para su casa... Y pegan a sus mujeres, tambi&eacute;n los que pegan...
+Si ellas no tuvieran la lengua larga, no las llevar&iacute;an la mitad de las
+veces... Atiende; y don Ram&oacute;n el maestro de m&uacute;sica cuando llegaba a casa
+por la noche &iquest;daba bizcochos a su mujer? T&uacute; lo debes de saber... bien
+cerca viv&iacute;as.</p>
+
+<p>&mdash;Mujer, yo no hablo por todos&mdash;repuso Teresa amainando por el temor de
+que su d&iacute;scola compa&ntilde;era le sacase a relucir el acompa&ntilde;amiento nocturno
+de Donato Rojo, el m&eacute;dico de la Sanidad,&mdash;s&oacute;lo digo que los hay muy
+brutos...</p>
+
+<p>&mdash;Bueno, pues d&eacute;jalos en paz y no te acuerdes de ellos, que ellos
+tampoco se acuerdan de ti. Cada una es cada una, y la que m&aacute;s y la que
+menos sabe por d&oacute;nde corre el agua del molino.</p>
+
+<p>&mdash;Oyes, Valentina&mdash;dijo Elvira sonriendo maliciosamente,&mdash;cuando te
+cases, &iquest;piensas llevarlas de Cosme?</p>
+
+<p>&mdash;Si las merezco las llevar&eacute;... M&aacute;s quiero llevar dos bofetadas de mi
+Cosme que el desprecio de un se&ntilde;orito, &iexcl;alza!</p>
+
+<p>&mdash;As&iacute; me gusta; &iexcl;aprended, aprended, chiquillas!&mdash;dijo Pablito.</p>
+
+<p>Gonzalo, despu&eacute;s de un rato de conversaci&oacute;n en voz baja con su novia, se
+levant&oacute;, di&oacute; tres o cuatro vueltas por la sala, y vino a sentarse al
+lado de Venturita, con la cual sol&iacute;a tener jarana. Gustaban ambos de
+embromarse y retozar despu&eacute;s que hab&iacute;a nacido la confianza. La ni&ntilde;a
+estaba dibujando unas letras para bordar.</p>
+
+<p>&mdash;No vengas a hacer burla, Gonzalo. Ya sabemos que dibujo mal&mdash;dijo
+clav&aacute;ndole una mirada provocativa, relampagueante, que oblig&oacute; al joven a
+bajar la suya.</p>
+
+<p>&mdash;No es cierto eso; no dibujas mal&mdash;respondi&oacute; &eacute;l en voz baja y levemente
+temblorosa, acercando el rostro al papel que Venturita ten&iacute;a sobre el
+regazo.</p>
+
+<p>&mdash;Pura galanter&iacute;a. Convendr&aacute;s en que pod&iacute;a estar mejor.</p>
+
+<p>&mdash;Mejor... mejor... todo puede estar mejor en el mundo. Est&aacute; bastante
+bien.</p>
+
+<p>&mdash;Te vas haciendo muy adulador. Yo no quiero que te r&iacute;as de m&iacute;, &iquest;lo
+oyes?</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Oh! yo no me r&iacute;o de nadie... pero mucho menos de ti...&mdash;repuso &eacute;l sin
+levantar los ojos del papel, con voz cada vez m&aacute;s baja y visiblemente
+conmovido.</p>
+
+<p>Venturita ten&iacute;a siempre los ojos fijos en &eacute;l con una expresi&oacute;n
+maliciosa, donde se le&iacute;a claramente el triunfo del orgullo satisfecho.</p>
+
+<p>&mdash;Vamos, dib&uacute;jalas t&uacute;, se&ntilde;or ingeniero&mdash;dijo alarg&aacute;ndole con gracioso
+despotismo el papel y el l&aacute;piz.</p>
+
+<p>El joven los tom&oacute; y os&oacute; levantar la vista hacia la ni&ntilde;a; pero la baj&oacute; en
+seguida como si temiera electrizarse. Plant&oacute; el libro, que ella ten&iacute;a en
+el regazo, sobre sus rodillas, aplic&oacute; encima un papel blanco, y se puso
+a dibujar. Mas en vez de las letras, comenz&oacute; a trazar con soltura la
+cabeza de una mujer. Primero el pelo partido en dos trenzas, despu&eacute;s la
+frente estrecha y bonita, luego una nariz delicada, una boca peque&ntilde;a, la
+barba admirablemente recortada unida a la garganta por una curva suave y
+elegante... Se parec&iacute;a prodigiosamente a Venturita. Esta, apoyada sobre
+el hombro de su futuro hermano, segu&iacute;a los movimientos del l&aacute;piz. Poco a
+poco se iba esparciendo por su rostro una sonrisa vanidosa. Despu&eacute;s de
+trazar la cabeza, Gonzalo sigui&oacute; con el busto. Le puso el peinador o
+<i>matin&eacute;e</i> que la ni&ntilde;a vest&iacute;a, y se entretuvo buen rato a dibujar
+minuciosamente los lazos de seda con que se sujetaba por delante. Cuando
+el retrato estuvo terminado. Venturita le dijo con acento picaresco:</p>
+
+<p>&mdash;Ahora, pon debajo qui&eacute;n es.</p>
+
+<p>El joven levant&oacute; la cabeza y sus miradas chocaron sonrientes. Luego, con
+viveza y decisi&oacute;n, escribi&oacute; debajo de la figura: <i>Lo que m&aacute;s quiero en
+el mundo.</i></p>
+
+<p>Venturita tom&oacute; el papel entre las manos y lo contempl&oacute; unos instantes
+con deleite. Despu&eacute;s, haciendo una mueca de fingido desd&eacute;n, se lo alarg&oacute;
+otra vez diciendo:</p>
+
+<p>&mdash;Toma, toma, embustero.</p>
+
+<p>Pero antes de llegar a manos de Gonzalo, Cecilia extendi&oacute; la suya y se
+lo arrebat&oacute; riendo.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Qu&eacute; papelitos son &eacute;sos?</p>
+
+<p>Venturita, como si la hubieran pinchado, brinc&oacute; en el asiento y sujet&oacute;
+fuertemente la mu&ntilde;eca de su hermana.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Trae, trae, Cecilia! &iexcl;Deja eso!&mdash;exclam&oacute; con el rostro echando fuego,
+contra&iacute;do por forzada sonrisa.</p>
+
+<p>&mdash;No; quiero verlo.</p>
+
+<p>&mdash;Ya lo ver&aacute;s despu&eacute;s; &iexcl;suelta!</p>
+
+<p>&mdash;Quiero verlo ahora.</p>
+
+<p>&mdash;Vamos, ni&ntilde;a, d&eacute;jaselo ver. &iquest;Qu&eacute; te importa?&mdash;dijo do&ntilde;a Paula.</p>
+
+<p>&mdash;No quiero que me lo quite nadie por fuerza&mdash;grit&oacute; poni&eacute;ndose seria.
+Despu&eacute;s, comprendiendo la imprudencia de esto, torn&oacute; a ponerse risue&ntilde;a.</p>
+
+<p>&mdash;Vamos, Cecilia, suelta; no seas mala.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Vaya un empe&ntilde;o! &iexcl;Suelta t&uacute;, que me lastimas!</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Qui&eacute;n eres t&uacute; para quitarme el papel de la mano?&mdash;profiri&oacute; con rabia,
+poni&eacute;ndose esta vez seria de verdad.&mdash;&iexcl;Suelta, suelta, fea, narices de
+cotorra, tonta!... &iexcl;Suelta, o te ara&ntilde;o!&mdash;a&ntilde;adi&oacute; con los ojos
+centelleantes y la faz descompuesta por la c&oacute;lera.</p>
+
+<p>Al verla de aquel modo, la risa que agitaba el pecho de Cecilia
+paraliz&oacute;se s&uacute;bito, y abriendo sus grandes ojos donde se pintaba la
+sorpresa, exclam&oacute;:</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Jes&uacute;s! Pareces loca, ni&ntilde;a. Toma, toma, no vaya a darte algo.</p>
+
+<p>Y solt&oacute; el papelito que arrugaba en el pu&ntilde;o. Venturita, la faz alterada
+a&uacute;n, lo hizo mil trozos.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;En los d&iacute;as de mi vida he visto una criatura m&aacute;s loca!&mdash;exclam&oacute; do&ntilde;a
+Paulina santigu&aacute;ndose.&mdash;&iexcl;Ave Mar&iacute;a! &iexcl;Ave Mar&iacute;a! &iquest;De qui&eacute;n has sacado ese
+genio, chiquilla?</p>
+
+<p>&mdash;Ser&iacute;a de ti&mdash;respondi&oacute; Venturita enfoscada, sin mirar a nadie.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Desvergonzada!... &iexcl;Si no fuera mirando a que hay gente delante!...
+&iquest;C&oacute;mo contestas de ese modo a tu madre, picara? &iquest;No sabes los
+mandamientos de la ley de Dios? Ma&ntilde;ana mismo te llevo a confesar con don
+Aquilino.</p>
+
+<p>&mdash;Bueno, dale memorias a don Aquilino.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Espera, espera, grand&iacute;sima picara!&mdash;grit&oacute; la se&ntilde;ora haciendo adem&aacute;n
+de levantarse para castigar a su hija.</p>
+
+<p>Pero en aquel instante aparec&iacute;a en la puerta la figura de don Rosendo
+con bata multicolor y gorro de terciopelo con borla de seda.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Qu&eacute; pasa?&mdash;pregunt&oacute; sorprendido viendo la actitud airada de su
+esposa.</p>
+
+<p>Esta le puso al corriente, sofocada por los sollozos, de la falta de
+respeto de su hija.</p>
+
+<p>Don Rosendo se crey&oacute; en el caso de arrugar el entrecejo, y decir con
+tono solemne:</p>
+
+<p>&mdash;Eso est&aacute; mal hecho, Ventura. Ve a pedir perd&oacute;n a tu mam&aacute;.</p>
+
+<p>Se le conoc&iacute;a que estaba distra&iacute;do, absorto por alg&uacute;n pensamiento, y que
+aquel suceso dom&eacute;stico no consegu&iacute;a m&aacute;s que a medias arrancarle de su
+preocupaci&oacute;n.</p>
+
+<p>Sin embargo, al ver a la chica inm&oacute;vil, en actitud altiva y desde&ntilde;osa,
+dijo de nuevo, con m&aacute;s firmeza:</p>
+
+<p>&mdash;Vamos, hija, ve a pedirla perd&oacute;n, ya que la has ofendido.</p>
+
+<p>La ni&ntilde;a hizo su peculiar moh&iacute;n de desprecio con los labios, y murmur&oacute;
+muy bajito:</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;S&iacute;, en eso estoy pensando!</p>
+
+<p>&mdash;Vaya, Ventura, &iquest;qu&eacute; murmuras ah&iacute;? Anda, antes que me enfade.</p>
+
+<p>&mdash;Anda, anda, Venturita. Ve all&aacute;. No seas as&iacute;&mdash;le dijeron por lo bajo
+las costureras.</p>
+
+<p>&mdash;No me da la gana. &iquest;Quer&eacute;is dejarme en paz?&mdash;les respondi&oacute; ella en voz
+baja tambi&eacute;n, mas con acento iracundo.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;No quieres ir?&mdash;pregunt&oacute; don Rosendo con afectada severidad.&mdash;&iquest;No
+quieres ir?</p>
+
+<p>La ni&ntilde;a permaneci&oacute; inm&oacute;vil y silenciosa.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Pues sal de aqu&iacute; ahora mismo! &iexcl;Qu&iacute;tate de mi vista!</p>
+
+<p>Venturita se levant&oacute; de la silla, pas&oacute; por el medio del concurso erguida
+y enfurru&ntilde;ada, y sali&oacute; de la sala dando un gran portazo.</p>
+
+<p>Don Rosendo, despu&eacute;s de permanecer un momento inm&oacute;vil con los ojos
+puestos en la puerta por donde su hija hab&iacute;a salido, volvi&oacute;se diciendo:</p>
+
+<p>&mdash;Siento mucho estar tan fuerte con mis hijas... pero algunas veces no
+hay m&aacute;s remedio.</p>
+
+
+
+<h3 class="top15"><a name="VII" id="VII"></a>VII</h3>
+
+<p class="c smcap">que trata de dos traidores</p>
+
+
+<p>Borr&oacute;se s&uacute;bito de su noble faz pseudomar&iacute;tima la temerosa expresi&oacute;n que
+la obscurec&iacute;a, y apareci&oacute; de nuevo aquella otra distra&iacute;da, signo de
+constantes meditaciones.</p>
+
+<p>&mdash;Gonzalo, si no te molesta, te rogar&iacute;a que pasases conmigo al
+despacho&mdash;manifest&oacute; dirigi&eacute;ndose a su futuro yerno.</p>
+
+<p>Este, que durante la anterior escena hab&iacute;a empalidecido y vuelto a su
+ser varias veces, torn&oacute; a desconcertarse. Nada menos se le ocurri&oacute; que
+don Rosendo se hab&iacute;a percatado de la instabilidad de sus sentimientos
+amorosos, y le iba a pedir de ello estrecha cuenta. Fuese, pues, detr&aacute;s
+de &eacute;l cabizbajo y receloso, y penetr&oacute; en el escritorio. Era una estancia
+espaciosa, amueblada con lujo de comerciante rico: gran mesa de caoba
+maciza, armarios de caoba tambi&eacute;n, donde hab&iacute;a m&aacute;s legajos de papeles
+que libros, alfombra de terciopelo, divanes forrados de brocatel, y
+escriban&iacute;a de plata enorme como un monumento. Cerca de la cuarta parte
+de esta c&aacute;mara ocup&aacute;balo un mont&oacute;n de paquetitos envueltos en papel de
+varios colores, que para cualquiera que por primera vez entrase en ella,
+ser&iacute;a un misterio. No lo era para Gonzalo ni para ninguno de los &iacute;ntimos
+de la casa. Aquellos paquetes guardaban palillos de dientes.</p>
+
+<p>&iquest;C&oacute;mo?&mdash;preguntar&aacute; el lector.&mdash;&iquest;Don Rosendo Belinch&oacute;n, un negociante de
+tanto fuste, comerciaba tambi&eacute;n en palillos de dientes? No, don Rosendo
+no comerciaba con ellos, los fabricaba. Y esto no con el fin de
+especular, cosa indigna de su categor&iacute;a, sino por pura y desinteresada
+inclinaci&oacute;n de su esp&iacute;ritu. Desde muy joven se le hab&iacute;a manifestado. Las
+asiduas ocupaciones del comercio y las vicisitudes por que hab&iacute;a pasado
+su existencia, no le hab&iacute;an consentido satisfacer esta pasi&oacute;n sino de
+una manera precaria en los ratos materialmente perdidos. Pero desde que
+pudo dejar el escritorio confiado a algunos fieles dependientes,
+entreg&oacute;se de lleno con alma y vida a tan &uacute;til y honesta distracci&oacute;n. Por
+la ma&ntilde;ana en la tienda de Graells, por la tarde en el Saloncillo, por la
+noche en su casa o en la de don Pedro Miranda, siempre trabajando. Su
+criado ocupaba una gran parte del d&iacute;a en cortarle unos tacos de avellano
+seco perfectamente iguales, de donde su mano diestra hab&iacute;a de sacar la
+gala de los palillos.</p>
+
+<p>Y como no se daba punto de reposo, ni aun en los d&iacute;as festivos, la
+producci&oacute;n era excesiva. No hab&iacute;a bastantes consumidores en la villa, y
+se ve&iacute;a necesitado a remitir paquetes de ellos a los amigos de la
+capital, cuando el mont&oacute;n del despacho llegaba al techo. Gracias a los
+esfuerzos nobil&iacute;simos de este claro representante de su comercio,
+podemos decir con orgullo que Sarri&oacute;, en tal ramo interesante del
+progreso, se hallaba a la altura de las grandes capitales. Ninguna otra
+villa espa&ntilde;ola o extranjera podr&iacute;a sufrir con ella competencia. En casa
+del rico, como en la del menestral, jam&aacute;s faltaba un bien abastecido
+palillero, testimonio indiscutible de la refinada cultura de sus
+habitantes.</p>
+
+<p>Se&ntilde;al&oacute; don Rosendo un div&aacute;n a su hijo en ciernes, y &eacute;ste, asustado,
+dej&oacute;se caer en &eacute;l hundi&eacute;ndole profundamente. Acerc&oacute; despu&eacute;s el
+comerciante una silla con adem&aacute;n misterioso, y sent&aacute;ndose frente al
+joven y mir&aacute;ndole entre risue&ntilde;o y avergonzado, dijo, d&aacute;ndole al propio
+tiempo una palmadita en el muslo:</p>
+
+<p>&mdash;Vamos a ver, Gonzalito: &iquest;qu&eacute; te parece de la cuesti&oacute;n del matadero?</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;El matadero?&mdash;pregunt&oacute; aqu&eacute;l abriendo unos ojos como pu&ntilde;os.</p>
+
+<p>&mdash;S&iacute;, el nuevo matadero; &iquest;crees que debe emplazarse en la Escombrera, o
+en la playa de las Meanas detr&aacute;s de las casas de don Rudesindo?</p>
+
+<p>Gonzalo vi&oacute; el cielo abierto, y, sonriendo de placer, respondi&oacute;:</p>
+
+<p>&mdash;Yo creo que en la playa de las Meanas estar&iacute;a bien... Muy abierto
+aquello... muy ventilado...</p>
+
+<p>Pero notando que la frente de su suegro se frunc&iacute;a, y en sus ojos se
+apagaba repentinamente la sonrisa, a&ntilde;adi&oacute; balbuciendo:</p>
+
+<p>&mdash;Tampoco me parece que estar&iacute;a mal en la Escombrera...</p>
+
+<p>&mdash;Mucho mejor, Gonzalo... &iexcl;Infinitamente mejor!</p>
+
+<p>&mdash;Puede, puede.</p>
+
+<p>&mdash;Hombre, tan puede ser, que reservadamente te dir&eacute; que el emplazarlo en
+la playa lo juzgo (hazme el favor de guardar reserva sobre esta
+opini&oacute;n), lo juzgo... una verdadera insensatez... u-na ver-da-de-ra
+in-sen-sa-tez&mdash;repiti&oacute; se&ntilde;alando mejor todas las s&iacute;labas.</p>
+
+<p>&mdash;Y esta opini&oacute;n m&iacute;a&mdash;a&ntilde;adi&oacute;&mdash;no vayas a figurarte que es de ayer
+ma&ntilde;ana, sino de toda la vida. Desde que fu&iacute; capaz de entender ciertas
+cosas, comprend&iacute; que el matadero no deb&iacute;a estar donde hoy est&aacute;. En una
+palabra, que deb&iacute;a trasladarse. &iquest;D&oacute;nde? Una voz interior me dec&iacute;a
+siempre que a la Escombrera. Antes de poder dar ninguna raz&oacute;n
+cient&iacute;fica, estaba tan convencido como ahora de que all&iacute; deb&iacute;a
+emplazarse, y no en otra parte. Hoy que la resoluci&oacute;n del problema se
+aproxima, me creo obligado a sostener esta opini&oacute;n, a comunicar al
+pueblo mi pensamiento y el resultado de mis meditaciones. Si no tienes
+que hacer voy a leerte la carta que dirijo con este motivo al <i>Progreso
+de Lancia.</i></p>
+
+<p>Y en efecto, sin aguardar la contestaci&oacute;n de Gonzalo, se dirigi&oacute; a la
+mesa, tom&oacute; unos pliegos de papel que hab&iacute;a sobre ella, se puso las
+gafas, y acerc&aacute;ndose al balc&oacute;n di&oacute; comienzo, no sin cierta emoci&oacute;n que
+se le trasluc&iacute;a en la voz, a la lectura de la carta.</p>
+
+<p>Estaba escrita en papel comercial, grande y rayado. Todas las que desde
+hac&iacute;a a&ntilde;os dirig&iacute;a al <i>Progreso de Lancia</i> y a otros peri&oacute;dicos de la
+capital de la provincia, iban escritas en el mismo papel por las dos
+caras. Aun no sab&iacute;a que para la imprenta deb&iacute;a escribirse por una
+solamente. Pero muy pronto adquiri&oacute; este precioso conocimiento, como
+hemos de ver.</p>
+
+<p>Casi al mismo tiempo que la de los palillos de dientes hab&iacute;a nacido en
+don Rosendo Belinch&oacute;n la afici&oacute;n a escribir comunicados a los
+peri&oacute;dicos: es decir, que databa de una remota antig&uuml;edad. Ardiente
+partidario de los progresos humanos, de las reformas en todos los
+&oacute;rdenes, de la discusi&oacute;n y de la luz, claro est&aacute; que la prensa hab&iacute;a de
+infundirle respeto y entusiasmo. Los peri&oacute;dicos hab&iacute;an sido siempre un
+elemento indispensable de su existencia. Estaba suscripto a muchos
+nacionales y extranjeros; porque, como educado para el comercio, conoc&iacute;a
+bastante bien el franc&eacute;s y el ingl&eacute;s, y nunca le hab&iacute;a faltado, ni aun
+en los d&iacute;as m&aacute;s ocupados, un par de horas que dedicar a su lectura.
+Estas horas se aumentaron considerablemente desde hac&iacute;a algunos a&ntilde;os, no
+sin que se resintiese por ello el bacalao. El goce que nuestro h&eacute;roe
+experimentaba por las ma&ntilde;anas despu&eacute;s de tomar el chocolate trag&aacute;ndose
+los art&iacute;culos de fondo del <i>Pabell&oacute;n Nacional</i>, los sueltos de <i>La
+Pol&iacute;tica</i> y las <i>Nouvelles &agrave; la main</i> del <i>F&iacute;garo</i> era tan vivo, que le
+quedaba impreso largo tiempo en el rostro, hasta que por la irradiaci&oacute;n
+se iba perdiendo en la atm&oacute;sfera.</p>
+
+<p>Como todos los hombres de miras amplias y elevadas, no era exclusivista
+en sus gustos period&iacute;sticos. Amaba el peri&oacute;dico por el peri&oacute;dico, por
+ser una muestra gentil del progreso de la raz&oacute;n humana, o como &eacute;l dec&iacute;a
+mejor, &laquo;una manifestaci&oacute;n levantada de la conciencia p&uacute;blica&raquo;. Las
+opiniones que cada cual defend&iacute;a, eran cosa secundaria. Estaba suscripto
+a peri&oacute;dicos de todos colores, y los gozaba por igual. Si alguna
+predilecci&oacute;n mostraba, era &uacute;nicamente por los art&iacute;culos y sueltos
+<i>intencionados</i>. Porque eso de decir una cosa aparentando expresar la
+contraria y retorcer las frases de modo que una cl&aacute;usula inocente en la
+apariencia llevase dentro &laquo;una saeta envenenada&raquo; llenaba de admiraci&oacute;n a
+don Rosendo y le volv&iacute;a loco de alegr&iacute;a. &iexcl;Cu&aacute;ntas veces al leer en <i>La
+Espa&ntilde;a</i> alg&uacute;n p&aacute;rrafo por el estilo:&mdash;&laquo;Ayer apareci&oacute; por fin la circular
+del se&ntilde;or Presidente del Supremo a sus subordinados. Felicitamos al
+general O'Donnell, presidente de esta situaci&oacute;n liberal, al se&ntilde;or
+Negrete, que en alg&uacute;n rato l&uacute;cido ha dado cima a obra tan colosal, y a
+los dem&oacute;cratas protectores de este Gobierno&raquo;,&mdash;hubo exclamado agitando
+el peri&oacute;dico en las manos:&mdash;&iexcl;Qu&eacute; intenci&oacute;n! &iexcl;Caracoles! &iexcl;&iexcl;Qu&eacute;
+intenci&oacute;n!!</p>
+
+<p>Este af&aacute;n, mejor dicho, esta pasi&oacute;n por la prensa, no era plat&oacute;nico como
+ya hemos advertido. All&aacute; en sus mocedades hab&iacute;a dirigido dos cartas a un
+peri&oacute;dico semanal que se publicaba en Lancia, titulado <i>El Oto&ntilde;o</i>, con
+motivo de las fiestas anuales que en Sarri&oacute; se celebran en el mes de
+septiembre. Estas cartas ley&eacute;ronse con fruici&oacute;n en la villa y le
+valieron no pocos pl&aacute;cemes. Esto le anim&oacute; para escribir otras tres al
+a&ntilde;o siguiente, dando cuenta al p&uacute;blico del n&uacute;mero asombroso de cohetes
+que se dispararon en Sarri&oacute; los d&iacute;as 13, 14 y 15, la lind&iacute;sima
+iluminaci&oacute;n del 16, y el suntuoso baile celebrado en el Liceo la noche
+del 17. Despu&eacute;s de haber gustado las dulzuras de la publicidad, don
+Rosendo no pod&iacute;a menos de paladearlas de vez en cuando. El menor
+pretexto le bastaba para dirigir, bien una carta, ora un comunicado a
+los peri&oacute;dicos. Unas veces firmaba con su nombre, otras con cualquier
+gracioso pseud&oacute;nimo o anagrama. Celebraban los mareantes una fiesta en
+honor de San Telmo: don Rosendo escrib&iacute;a inmediatamente su carta al
+<i>Progreso de Lancia</i> o a <i>La Abeja</i>, describiendo la verbena, los fuegos
+artificiales, la misa, la procesi&oacute;n, etc. Se daba un banquete en el
+nuevo edificio de las escuelas para inaugurarlo: a los tres o cuatro
+d&iacute;as se recib&iacute;a el peri&oacute;dico de Lancia con la consabida carta publicando
+los brindis y los sonetos improvisados. Se ca&iacute;a un alba&ntilde;il de un
+andamio; comunicado de don Rosendo pidiendo m&aacute;s garant&iacute;as para los
+alba&ntilde;iles que se ponen en los andamios. Cantaba misa el hijo de don
+Aquilino; carta de don Rosendo describiendo la conmovedora ceremonia, y
+elogiando la voz clara, y sonora y la serenidad del joven presb&iacute;tero. Si
+las mareas eran altas y fuertes y arrancaban algunas piedras de la punta
+del Pe&oacute;n; carta. Si los buques de Bilbao se negaban a recibir a bordo
+los pr&aacute;cticos de Sarri&oacute;; comunicado. Si se perd&iacute;a la cosecha del ma&iacute;z
+por la sequ&iacute;a; carta. Si los vientos reinantes eran del Noroeste; carta.
+En fin, no acaec&iacute;a suceso en el suelo o en la atm&oacute;sfera de la villa
+digno de menci&oacute;n, que no la recibiese de la diestra y bien tallada pluma
+de nuestro comerciante.</p>
+
+<p>&iexcl;Cu&aacute;nto trabajo se evitar&aacute;n los futuros historiadores de Sarri&oacute; con
+esto, valios&iacute;simos materiales acumulados por uno de sus m&aacute;s claros
+hijos!</p>
+
+<p>Seg&uacute;n iba avanzando en a&ntilde;os don Rosendo Belinch&oacute;n, daba a sus cartas un
+car&aacute;cter menos rom&aacute;ntico, por no decir fr&iacute;volo (ser&iacute;a tan inexacto como
+irrespetuoso tal calificativo aplicado a los escritos de aquel estimable
+caballero). Es decir, que los temas de ellas no eran tan a menudo los
+holgorios y recreos de los habitantes de la villa, como cualquier cosa
+que tendiera directa o indirectamente a fomentar los intereses morales y
+materiales de ella. Los mercados, las escuelas, el salvamento de
+n&aacute;ufragos, la erecci&oacute;n de un templo o de una c&aacute;rcel, etc., etc., eran
+los asuntos en que para gloria suya y bien del pueblo que le vi&oacute; nacer,
+se ejercitaba con m&aacute;s frecuencia.</p>
+
+<p>Uno de ellos, de &laquo;vital inter&eacute;s para Sarri&oacute;&raquo;, como &eacute;l afirmaba muy bien,
+era el matadero. Hasta entonces jam&aacute;s hab&iacute;a abordado esta cuesti&oacute;n,
+porque sab&iacute;a que su parecer iba a discrepar algo del de una gran parte
+del vecindario. Mas hab&iacute;a llegado, a su entender, la hora de &laquo;emitirlo
+sin ambages ni rodeos&raquo;. El comunicado que ley&oacute; era el primero que acerca
+de este asunto dirig&iacute;a al <i>Progreso de Lancia</i>. Comenzaba as&iacute;:</p>
+
+<p>&laquo;Se&ntilde;or Director de <i>El Progeso de Lancia</i>.</p>
+
+<p>Muy se&ntilde;or m&iacute;o: La preferencia con que se miran las ciencias
+f&iacute;sico-naturales, y en particular la ciencia de la Higiene, como que de
+ella depende la salud, tanto de los pueblos como de los individuos, en
+vista de su gran utilidad pr&aacute;ctica, ha ido poco a poco desterrando la
+timidez de los que, influ&iacute;dos por una educaci&oacute;n casi err&oacute;nea y
+deficiente, condenaban el estudio de estos grandes problemas arrastrados
+por antiguas y torpes preocupaciones que felizmente se van disipando al
+soplo poderoso del siglo XIX, llamado con raz&oacute;n el siglo de las luces.&raquo;</p>
+
+<p>Los p&aacute;rrafos de don Rosendo eran siempre nutridos como el anterior.
+Segu&iacute;a:</p>
+
+<p>&laquo;Hoy que la civilizaci&oacute;n, rotas las cortapisas que deten&iacute;an las
+conciencias y supeditaban el esp&iacute;ritu, nos abre vasto campo a todos por
+medio de la prensa para expresar nuestro libre pensamiento y emitirlo a
+la faz del mundo, confiado en la amistad con que usted me ha distinguido
+siempre, y en la benevolencia con que el p&uacute;blico ha acogido hasta ahora
+los humildes partos de mi pluma, etc., etc.&raquo;</p>
+
+<p>Despu&eacute;s de otros tres o cuatro p&aacute;rrafos a modo de pre&aacute;mbulo (que el
+director de <i>El Progreso</i> acostumbraba a recortar) entraba don Rosendo
+en la cuesti&oacute;n, estudiando el matadero o macelo p&uacute;blico, como &eacute;l lo
+nombraba, por todas sus fases, para venir a condenar, en t&eacute;rminos que no
+daban lugar a dudas, su emplazamiento en la playa de las Meanas. Las
+razones que ten&iacute;a para oponerse a &eacute;l, eran &laquo;obvias&raquo;. Por una parte, los
+vientos del Sudoeste, reinantes la mayor parte del a&ntilde;o, que arrastraban
+consigo f&eacute;tidos miasmas, etc., etc&eacute;tera. Por otra parte, la dificultad
+de hallar terreno firme para la cimentaci&oacute;n, lo cual originar&iacute;a un gasto
+excesivo, etc., etc. Por otra, la necesidad de penetrar en la poblaci&oacute;n
+con las reses, etc., etc. Por otra, la proximidad de las casas, etc. Por
+otra, el perjuicio que a los ba&ntilde;istas se les irrogaba, etc., etc. En
+fin, eran m&aacute;s de veinte las razones que don Rosendo &laquo;apuntaba de un modo
+ligero y sucinto&raquo;, proponi&eacute;ndose darle &laquo;m&aacute;s amplitud y desarrollo&raquo; en
+otras cartas sucesivas con que pensaba &laquo;molestar la atenci&oacute;n de los
+lectores de su ilustrado peri&oacute;dico&raquo;.</p>
+
+<p>Cuando termin&oacute; la lectura, Gonzalo las juzg&oacute; incontrovertibles, y don
+Rosendo (con las gafas en la punta de la nariz) declar&oacute; que no ten&iacute;an
+vuelta de hoja. Habiendo llegado a un acuerdo tan perfecto, se separaron
+llenos de alegr&iacute;a, como es natural. Don Rosendo se qued&oacute; en el despacho
+poniendo en limpio su carta. Gonzalo se fu&eacute; de nuevo a la sala de
+costura. No obstante, antes que franquease la puerta, llam&oacute;le su futuro
+suegro para decirle:</p>
+
+<p>&mdash;De esto, ni una palabra a nadie, &iquest;eh?</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Don Rosendo, por Dios!&mdash;respondi&oacute; el joven alzando la mano en se&ntilde;al
+de protesta.</p>
+
+<p>El comerciante se sinti&oacute; acometido por un vivo sentimiento de expansi&oacute;n.</p>
+
+<p>&mdash;Pronto sabr&aacute;s&mdash;dijo acerc&aacute;ndose&mdash;otra cosa que te ha de sorprender
+alegremente. Es una idea que se me ha ocurrido hace dos meses y que
+espero realizar, Dios mediante, muy pronto. &iexcl;Oh, es una idea feliz! La
+faz de Sarri&oacute; cambiar&aacute; radicalmente, &iquest;sabes?</p>
+
+<p>El adem&aacute;n misterioso, el tono grave y conmovido de la voz, la esperanza
+del triunfo que fulguraba en sus ojos al decir esto, ya sorprendi&oacute; m&aacute;s
+que medianamente a Gonzalo. No se atrevi&oacute;, sin embargo, a pedir
+explicaciones. Su futuro suegro le dej&oacute; marchar dirigi&eacute;ndole una mirada
+risue&ntilde;a y abstra&iacute;da.</p>
+
+<p>La tertulia de la sala continuaba amenizada por la conversaci&oacute;n de
+Pablito, que la salpicaba a cada instante con donaires, no de concepto,
+sino de acci&oacute;n, como conven&iacute;a a su naturaleza pl&aacute;stica. Venturita no
+hab&iacute;a vuelto a&uacute;n. Sent&oacute;se de nuevo el sobrino de don Melchor al lado de
+su novia, y comenz&oacute; a hablarla mostrando timidez y embarazo. Porque no
+estaba acostumbrado a disimular sus sentimientos y la traici&oacute;n le pesaba
+en el alma. A veces Cecilia levantaba la cabeza para contestarle. Su
+mirada clara, serena, inocente, le encend&iacute;a las mejillas. Para librarle
+de aquel malestar, crey&oacute; lo mejor expresarle, en t&eacute;rminos m&aacute;s vivos que
+otras veces, su amor y rendimiento. Como todos los seres flacos de
+esp&iacute;ritu en los casos de apuro, acud&iacute;a al recurso peor, con tal que le
+dejase respirar por el momento. Cecilia recibi&oacute; aquellos homenajes con
+sosiego, sin manifestar el gozo que las mujeres suelen sentir al oirse
+requebrar de quien aman.</p>
+
+<p>&mdash;Vienes muy adulador hoy, Gonzalo. No me gustan los mimos&mdash;le dijo al
+fin sonriendo.</p>
+
+<p>&mdash;Es que tengo gusto en expresarte lo que siento&mdash;respondi&oacute; &eacute;l sofocado.</p>
+
+<p>&mdash;Pues es un gusto que no comprendo&mdash;replic&oacute; ella con dulzura.&mdash;Yo
+cuanto m&aacute;s quiero a una persona, menos ganas tengo de dec&iacute;rselo.</p>
+
+<p>&mdash;Eso consiste en que no quieres de veras.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Oh!&mdash;exclam&oacute; ella con entonaci&oacute;n tan verdadera y expresiva, que
+nuestro joven se inmut&oacute;.</p>
+
+<p>&mdash;S&iacute;, s&iacute;, consiste en que eres fr&iacute;a por naturaleza. El calor del
+sentimiento, como el calor f&iacute;sico, no puede ocultarse largo tiempo:
+llega siempre un momento en que sale a la superficie como la lava de los
+volcanes... Y el amor es de todos los Sentimientos el que mejor sabe
+romper las trabas de la lengua. S&oacute;lo se goza realmente de &eacute;l cuando se
+le dice al ser amado en todos los tonos y de todas las maneras posibles
+que se le ama... Lo que acabas de decir me parece un absurdo. Al mismo
+tiempo que nace en nuestra alma un sentimiento de simpat&iacute;a hacia
+cualquier persona, nace el deseo de expres&aacute;rsela; y este deseo
+satisfecho, es el mayor de los placeres...</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;S&iacute; ser&aacute;! &iexcl;s&iacute; ser&aacute;!&mdash;respondi&oacute; ella con acento de profunda
+convicci&oacute;n.&mdash;Aunque no lo he experimentado, lo adivino muy bien... lo
+adivino por lo que padezco... Mira, Gonzalo&mdash;a&ntilde;adi&oacute; con voz
+temblorosa,&mdash;por Dios te pido que no midas nunca mi cari&ntilde;o por mis
+palabras... Yo no s&eacute;... yo no puedo decir nunca lo que pasa dentro de
+m&iacute;... Siento como un nudo en la garganta que no deja salir m&aacute;s que
+tonter&iacute;as, cosas insignificantes, cuando yo quisiera que saliesen
+palabras cari&ntilde;osas... &iexcl;Oh, es un tormento!... Soy lo mismo que un perro
+sin rabo.</p>
+
+<p>Gonzalo se ech&oacute; a reir. Ella, que hab&iacute;a hablado con m&aacute;s viveza que de
+costumbre, se puso colorada y baj&oacute; la cabeza.</p>
+
+<p>&mdash;Pero a ti nadie te ha cortado la lengua.</p>
+
+<p>&mdash;Para este caso haz cuenta que me la han cortado.</p>
+
+<p>&mdash;Bien, entonces me lo dir&aacute;s por escrito&mdash;dijo &eacute;l riendo. Al mismo
+tiempo levant&oacute; vivamente la cabeza hacia la puerta que se hab&iacute;a abierto.</p>
+
+<p>Era Piscis. Despu&eacute;s de mascullar las buenas tardes se fu&eacute; a sentar en el
+rinc&oacute;n de costumbre, perseguido por las miradas burlonas de las
+costureras, a quienes por &eacute;sta y otras razones, ten&iacute;a declarado odio
+eterno.</p>
+
+<p>Despu&eacute;s de pagarles aquella risue&ntilde;a acogida con otra mirada oblicua y
+feroz, guard&oacute; silencio por algunos minutos. Sin embargo, como ten&iacute;a
+henchida el alma de graves y profundos secretos y Pablito no se
+despegaba de Nieves aunque le echasen agua caliente, despu&eacute;s de haberle
+silbado para llamarle la atenci&oacute;n, se aventur&oacute; a descargar el fardo en
+p&uacute;blico, a riesgo de que sus confidencias no fueran bien entendidas y
+apreciadas por el elemento femenino de la tertulia.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Qu&eacute; hay, Piscis?&mdash;pregunt&oacute; Pablito al oir el silbido.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;A que no sabes por d&oacute;nde da las coces ahora el Romero?</p>
+
+<p>En efecto, las costureras levantaron la cabeza sorprendidas. Valentina
+le dijo a Teresa pugnando por no reir:</p>
+
+<p>&mdash;Chica, &iquest;qu&eacute; dice <i>&eacute;se</i>?</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Que por d&oacute;nde tira las coces un caballo?</p>
+
+<p>&mdash;Ser&aacute; por el c...</p>
+
+<p>Aunque hablaba en voz baja, Piscis lo oy&oacute; perfectamente. Sin atender a
+Pablo que hab&iacute;a tomado muy en serio la pregunta, y quer&iacute;a saber la
+especialidad del Romero, exclam&oacute;, dirigi&eacute;ndose a Valentina:</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Quieres callarte... zapalastrona?</p>
+
+<p>Estas palabras en&eacute;rgicas fueron recibidas con una explosi&oacute;n de alegr&iacute;a
+por las costureras.</p>
+
+<p>&mdash;No te enfades, Piscis, d&eacute;jalas... &iquest;Has sacado a paseo el Romero?... Me
+alegro.</p>
+
+<p>&mdash;Lo enganch&eacute; en la <i>charrette</i> con la Linda&mdash;respondi&oacute; el centauro,
+haciendo una mueca horrible de disgusto dirigida a la simp&aacute;tica
+Valentina.&mdash;&iexcl;Si vieras, mal rayo, qu&eacute; modo de alzarse! Yo &iexcl;zis, zis! con
+la fusta, y &eacute;l &iexcl;pan, pan! sobre el tablero del pescante. Me volv&iacute; a la
+cuadra, y le puse al tablero por debajo unos clavillos. Sal&iacute; otra vez...
+En cuanto se pinch&oacute; se estuvo quieto. Pero, &iquest;qu&eacute; hizo el gran pillo?...
+&iquest;Ves entre el tirante y la rueda? Por all&iacute; comenz&oacute; a dar las coces. &iexcl;Mal
+rayo! Por poco me deshace un farol...</p>
+
+<p>&mdash;Pues es necesario quitarle esa zuna&mdash;manifest&oacute; Pablito hondamente
+afectado, levant&aacute;ndose del asiento, y dejando a Nieves para acercarse a
+Piscis.</p>
+
+<p>&mdash;D&eacute;jame discurrir esta noche&mdash;respondi&oacute; el centauro poni&eacute;ndose muy
+sombr&iacute;o.&mdash;Ya veremos si ma&ntilde;ana hallamos alg&uacute;n medio.</p>
+
+<p>Los dos amigos bajaron la voz, y se enfrascaron en una conversaci&oacute;n viva
+y reservada.</p>
+
+<p>Gonzalo estaba inquieto. No hac&iacute;a m&aacute;s que echar miradas a la puerta,
+esperando a cada instante ver entrar a Venturita. Transcurr&iacute;a, no
+obstante, el tiempo, y nada; la ni&ntilde;a no parec&iacute;a. La distracci&oacute;n
+aumentaba de tal modo, que Cecilia tuvo que repetirle tres veces la
+misma pregunta:</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Que tienes? Parece que est&aacute;s con el pensamiento en otra parte.</p>
+
+<p>&mdash;En efecto&mdash;dijo &eacute;l un poco colorado;&mdash;me acuerdo de que hoy tengo que
+escribir a Londres para un negocio urgente... Adem&aacute;s, ya son cerca de
+las seis.</p>
+
+<p>Despidi&oacute;se de ella, despu&eacute;s de do&ntilde;a Paulina y la tertulia, y se fu&eacute;.</p>
+
+<p>Una vez en los pasillos, acort&oacute; el paso, y comenz&oacute; a mirar a todos
+lados, sin lograr ver lo que deseaba. Triste y cabizbajo descendi&oacute;
+lentamente por las escaleras. Ya se dispon&iacute;a a levantar el pestillo de
+la puerta, cuando crey&oacute; advertir que la cuerda con que la abr&iacute;an desde
+arriba se agitaba. Qued&oacute;se un momento inm&oacute;vil. Torn&oacute; a llevar la mano al
+pestillo, y otra vez percibi&oacute; la sacudida. Entonces volvi&oacute; sobre sus
+pasos, y asom&oacute; la cabeza a la caja de la escalera. All&aacute; arriba, una
+cabecita hermosa le sonre&iacute;a.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Eres t&uacute;?&mdash;pregunt&oacute; con voz de falsete, rebosando de gozo el
+semblante.</p>
+
+<p>&mdash;S&iacute;, soy yo&mdash;contest&oacute; Venturita en el mismo tono.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Quieres que suba?</p>
+
+<p>&mdash;No&mdash;respondi&oacute; la ni&ntilde;a de un modo que significaba:&mdash;&iexcl;Eso no se
+pregunta, hombre!</p>
+
+<p>Gonzalo subi&oacute; la escalera sobre la punta de los pies.</p>
+
+<p>&mdash;Aqu&iacute; no debemos estar; nos pueden ver. Ven conmigo&mdash;dijo Venturita
+tom&aacute;ndole de la mano y conduci&eacute;ndole al trav&eacute;s de los pasillos hasta el
+comedor.</p>
+
+<p>Gonzalo se sent&oacute; en una silla sin soltar la mano.</p>
+
+<p>&mdash;Cre&iacute; que no te volv&iacute;a a ver hoy. &iexcl;Qu&eacute; geniecillo tienes, chica!&mdash;le
+dijo sonriendo.</p>
+
+<p>El semblante de Venturita se obscureci&oacute;.</p>
+
+<p>&mdash;Si no me lo irritasen a cada instante, no lo tendr&iacute;a.</p>
+
+<p>&mdash;Pero hazte cargo que es tu mam&aacute; la que te ha reprendido&mdash;repuso &eacute;l sin
+dejar de sonreir.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Y qu&eacute;?&mdash;exclam&oacute; ella con violencia.&mdash;&iquest;Porque es mi madre me ha de
+mortificar a todas horas y en todos los momentos?... &iexcl;Si cree que yo lo
+voy a sufrir, est&aacute; bien equivocada! &iexcl;Anda, que la sufra ese mastuerzo,
+que para eso le saca los cuartos!... Aqu&iacute; ya no hay mimos m&aacute;s que para
+&eacute;l... Mira, Gonzalo, si quieres que seamos amigos, no me toques m&aacute;s esa
+tecla.</p>
+
+<p>Y al decir esto con rabiosa entonaci&oacute;n, pintada la ira en los ojos, di&oacute;
+una fuerte sacudida a la mano para soltarla. Pero Gonzalo no lo
+consinti&oacute;, y bes&aacute;ndosela varias veces con pasi&oacute;n, le dijo riendo:</p>
+
+<p>&mdash;Chica, chica, no te dispares contra m&iacute;, que yo no tengo la culpa de
+nada... Si a m&iacute; me gustas precisamente por ser tan viva y tan
+rabiosilla. No me hacen gracia las mujeres de pastaflora.</p>
+
+<p>&mdash;Es porque t&uacute; lo eres&mdash;respondi&oacute; ella aplac&aacute;ndosela varias veces con
+pasi&oacute;n, le dijo riendo:</p>
+
+<p>&mdash;No lo creas; no soy de tan buena pasta como te figuras... Cuando me
+enfado, es de veras...</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Bah... all&aacute; una vez; cada a&ntilde;o!</p>
+
+<p>&mdash;Adem&aacute;s... por lo mismo que yo soy as&iacute;, debieran gustarme las mujeres
+suaves y tranquilas.</p>
+
+<p>&mdash;Est&aacute;s equivocado; siempre se busca lo contrario. A las rubias les
+gustan los morenos, a los flacos las gordas, a los altos las
+chiquitas... &iquest;No te gusto yo a ti siendo tan alto y yo tan peque&ntilde;a?</p>
+
+<p>&mdash;No s&oacute;lo es por eso&mdash;dijo &eacute;l riendo y atray&eacute;ndola hacia s&iacute;.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Por qu&eacute; m&aacute;s?&mdash;pregunt&oacute; ella clav&aacute;ndole una mirada provocativa.</p>
+
+<p>&mdash;No s&eacute;. &iquest;Quieres que te regale el o&iacute;do?</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Por qu&eacute; m&aacute;s?&mdash;insisti&oacute; sin dejar de mirarle.</p>
+
+<p>&mdash;Por lo fe&iacute;sima que eres.</p>
+
+<p>&mdash;Gracias&mdash;respondi&oacute; con el rostro iluminado por la vanidad.</p>
+
+<p>&mdash;No la hay m&aacute;s fea que t&uacute; en Sarri&oacute; ni en el mundo entero.</p>
+
+<p>&mdash;Algunas m&aacute;s feas habr&aacute;s visto por esos pa&iacute;ses donde has andado.</p>
+
+<p>&mdash;Te aseguro que no.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Virgen del Amparo! Debo ser un monstruo&mdash;exclam&oacute; riendo y aceptando
+la hiperb&oacute;lica lisonja que iba envuelta en aquellas palabras.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Alguien viene!&mdash;dijo Gonzalo qued&aacute;ndose inm&oacute;vil y serio.</p>
+
+<p>Venturita avanz&oacute; hasta la puerta.</p>
+
+<p>&mdash;Es la cocinera que pasa&mdash;dijo volviendo en seguida.</p>
+
+<p>&mdash;Me parece que estamos mal aqu&iacute;. Pudiera entrar tu mam&aacute; o cualquiera de
+las chicas... o Cecilia (a&ntilde;adi&oacute; en voz m&aacute;s baja). &iquest;Y qu&eacute; disculpa doy?</p>
+
+<p>&mdash;Cualquiera; eso es lo de menos... Pero, en fin, si no est&aacute;s tranquilo,
+podemos ir a otra parte. Vamos al sal&oacute;n.</p>
+
+<p>&mdash;Vamos.</p>
+
+<p>&mdash;No, t&uacute; qu&eacute;date aqu&iacute; un momento; yo ir&eacute; delante.</p>
+
+<p>Pero deteni&eacute;ndose a la puerta y volviendo sobre sus pasos, le dijo:</p>
+
+<p>&mdash;Si me dieses palabra de ser formal, te llevar&iacute;a a mi cuarto.</p>
+
+<p>&mdash;Palabra redonda&mdash;respondi&oacute; el joven alegremente.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Nada de besitos?</p>
+
+<p>&mdash;Nada.</p>
+
+<p>&mdash;J&uacute;ralo.</p>
+
+<p>&mdash;Lo juro.</p>
+
+<p>&mdash;Bien, qu&eacute;date ah&iacute; un instante, y despu&eacute;s vienes en puntillas, &iquest;sabes?
+Hasta ahora.</p>
+
+<p>&mdash;Hasta ahora&mdash;dijo Gonzalo apoder&aacute;ndose de una de sus manos y
+bes&aacute;ndola.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Lo ves?&mdash;exclam&oacute; ella fingiendo enojo,&mdash;antes de ir, ya comienzas a
+faltar...</p>
+
+<p>&mdash;Yo cre&iacute; que las manos no entraban en el juramento.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Entra todo!&mdash;dijo ella con severidad en la voz y la sonrisa en los
+ojos.</p>
+
+<p>A los dos minutos el joven la sigui&oacute;. Hall&oacute; la puerta del cuarto
+entornada, y entr&oacute;. La habitaci&oacute;n de Venturita, era como su due&ntilde;a,
+peque&ntilde;ita y linda, amueblada con lujo. La cama de palo santo con
+pabell&oacute;n de brocatel de seda, cubierta por una colcha de damasco azul,
+un armarito de &eacute;bano con incrustaciones de marfil, que serv&iacute;a de
+escritorio al abrirse, una butaca confidente de raso azul, un tocador
+con espejo, forrado tambi&eacute;n de raso al igual que las paredes, un armario
+de espejo, de palo santo como la cama, y algunas sillas doradas. La
+habitaci&oacute;n exhalaba un perfume penetrante como el camar&iacute;n de una
+odalisca.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Oh! Esto est&aacute; mejor que el cuarto de Cecilia.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Cu&aacute;ndo lo has visto?</p>
+
+<p>&mdash;Hace pocos d&iacute;as me lo ha ense&ntilde;ado. Las paredes desnudas con unos
+cuadritos bastante malos; la cama sin cortinas; una c&oacute;moda vulgar...</p>
+
+<p>&mdash;Pues si no lo tiene como yo, es porque no quiere... Verdad que he
+tenido que andar detr&aacute;s de pap&aacute; una temporada para que me lo pusiera de
+este modo... Pero mi hermana es as&iacute;... como Dios la cri&oacute;... No le
+importa por nada... Todo le gusta a lo aldeano, &iquest;sabes?</p>
+
+<p>&mdash;En este cuartito hay mucho gusto... y mucha coqueter&iacute;a. De esta
+cualidad, no puedes prescindir en ninguna de tus cosas.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;De d&oacute;nde sacas que soy coqueta, tonto?&mdash;le pregunt&oacute; ella volviendo a
+mirarle de aquel modo provocativo de antes.</p>
+
+<p>&mdash;Lo eres, y haces bien en serlo. La coqueter&iacute;a, cuando no es excesiva,
+da m&aacute;s atractivo a la hermosura, como las especias dan sabor a los
+alimentos.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Ya sali&oacute; a relucir el gastr&oacute;nomo!... Pues mira, aunque la coqueter&iacute;a
+d&eacute; atractivo o sabor, o lo que quieras, yo no soy coqueta... T&uacute; menos
+que nadie tienes derecho a decirlo... Digo... &iexcl;me parece!...</p>
+
+<p>&mdash;Es verdad; tienes raz&oacute;n, tienes much&iacute;sima raz&oacute;n. Yo no puedo llamarte
+coqueta... Pero la coqueter&iacute;a de que yo hablaba es de otra clase.</p>
+
+<p>&mdash;Hazme el favor de sentarte, porque ya has crecido bastante, seg&uacute;n
+creo... y d&eacute;jate de sutilezas.</p>
+
+<p>Gonzalo se dej&oacute; caer en la butaca que la ni&ntilde;a le se&ntilde;alaba, dominado por
+sus ojos brillantes y maliciosos. Desde que hab&iacute;a entrado en aquel
+cuarto sent&iacute;a un gozo &iacute;ntimo, mitad corporal, mitad espiritual que le
+embargaba a la vez los sentidos y el alma. El perfume que respiraba se
+le sub&iacute;a a la cabeza. La mirada magn&eacute;tica de Venturita hab&iacute;a conclu&iacute;do
+por electrizarle.</p>
+
+<p>&mdash;Has hecho mal en traerme a tu cuarto&mdash;dijo sonriendo mientras se
+pasaba el pa&ntilde;uelo por la frente.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Pues?&mdash;pregunt&oacute; ella abriendo y cerrando varias veces los ojos, como
+esos rel&aacute;mpagos que se advierten a la ca&iacute;da de la tarde en los d&iacute;as muy
+calurosos del verano.</p>
+
+<p>&mdash;Porque me siento mal&mdash;respondi&oacute; &eacute;l con la misma sonrisa.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Te sientes mal, de veras?&mdash;replic&oacute; la ni&ntilde;a abriendo mucho sus ojos
+azules sin conseguir que pareciesen inocentes.</p>
+
+<p>&mdash;Un poco.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Quieres que avise?</p>
+
+<p>&mdash;No; si lo que me hace da&ntilde;o son tus ojos.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Ah, vamos!&mdash;exclam&oacute; ella riendo como si cayese entonces en la
+cuenta.&mdash;&iexcl;Entonces los cerrar&eacute;!</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Oh, no; no los cierres, por Dios! Si los cerrases, me pondr&iacute;a mucho
+peor.</p>
+
+<p>&mdash;Entonces me ir&eacute;&mdash;dijo levant&aacute;ndose de la silla.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Eso ser&iacute;a matarme, ni&ntilde;a m&iacute;a! &iquest;Sabes por qu&eacute; me pongo enfermo? por no
+poder besar esos ojos que me asesinan.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Jes&uacute;s!&mdash;exclam&oacute; Venturita soltando la carcajada.&mdash;&iexcl;Qu&eacute; fuerte te da!
+&iexcl;Siento no poder curarte!</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Permitir&aacute;s que me muera?</p>
+
+<p>&mdash;Si.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Gracias! D&eacute;jame besar tus cabellos entonces...</p>
+
+<p>&mdash;No.</p>
+
+<p>&mdash;Tus manos.</p>
+
+<p>&mdash;Tampoco.</p>
+
+<p>&mdash;D&eacute;jame besar cualquier cosa tuya... &iexcl;Mira que me haces mucho da&ntilde;o!</p>
+
+<p>&mdash;Besa ese guante&mdash;dijo la ni&ntilde;a riendo y tir&aacute;ndole uno que hab&iacute;a sobre
+el tocador.</p>
+
+<p>Gonzalo se apoder&oacute; de &eacute;l, y lo bes&oacute; con frenes&iacute; repetidas veces.</p>
+
+<p>Al lector que en su fuero interno haya diputado ya a Gonzalo por hombre
+desleal y p&eacute;rfido, o por lo menos d&eacute;bil, declar&aacute;ndole quiz&aacute; &laquo;un car&aacute;cter
+repugnante&raquo;, como dicen los cr&iacute;ticos cuando los personajes de las
+novelas no son todo lo heroicos y talentudos que ellos quisieran,
+pusi&eacute;rale yo en aquel nido peque&ntilde;o y perfumado como el c&aacute;liz de una
+magnolia, frente a la ni&ntilde;a menor de los se&ntilde;ores de Belinch&oacute;n, vestida
+con peinador de cintas azules que dejaban ver una buena parte de su
+garganta amasada con rosas y leche, recibiendo en el rostro los
+rel&aacute;mpagos azulados de sus ojos, y escuchando una voz grave y pastosa
+que remov&iacute;a todas las fibras del alma. Y si la ni&ntilde;a le tirase un guante
+dici&eacute;ndole:</p>
+
+<p>&mdash;B&eacute;salo,&mdash;quisiera ver en qu&eacute; forma se negaba a besarlo.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Te vas calmando, Gonzalo?&mdash;dijo dispar&aacute;ndole una sonrisa capaz de
+volver loco a San Antonio.</p>
+
+<p>&mdash;As&iacute;, as&iacute;.</p>
+
+<p>&mdash;Bueno, pues ahora hablemos en serio... hablemos de nuestra
+situaci&oacute;n...</p>
+
+<p>Gonzalo se puso serio.</p>
+
+<p>&mdash;A pesar de lo que me has dicho hace ya tres d&iacute;as, no he sabido, hasta
+ahora, que hayas hablado con mam&aacute; o con pap&aacute;, ni que les hayas
+escrito... Por el contrario, no s&oacute;lo dejas el tiempo correr, con lo
+cual cada vez empeoran las cosas, sino que te veo m&aacute;s atento y cari&ntilde;oso
+que nunca con Cecilia...</p>
+
+<p>Gonzalo hizo un gesto negativo.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Si te he visto hace un momento desde el cuarto de Pablo por el
+agujero de la llave!... A m&iacute; no se me escapa nada... Eso est&aacute; muy mal
+hecho si es que no la quieres... Y si la quieres est&aacute; muy mal hecho lo
+que haces conmigo...</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;No est&aacute;s bien segura a&uacute;n de que t&uacute; sola posees mi coraz&oacute;n?&mdash;dijo el
+joven levantando sus ojos apasionados hacia ella.</p>
+
+<p>&mdash;No.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Pues s&iacute;, s&iacute;; mil veces s&iacute;!... Pero yo no puedo estar al lado de
+Cecilia desabrido o indiferente... Eso es muy feo... Prefiero dec&iacute;rselo
+claramente y concluir de una vez.</p>
+
+<p>&mdash;Pues d&iacute;selo.</p>
+
+<p>&mdash;... No me atrevo.</p>
+
+<p>&mdash;Pues no se lo digas, y concluyamos t&uacute; y yo... Mejor ser&aacute;&mdash;replic&oacute; la
+ni&ntilde;a con impaciencia.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;No hables, por Dios, as&iacute;, Ventura! Se me figura que no me quieres.
+Debes comprender que mi posici&oacute;n es extra&ntilde;a, comprometida, terrible.
+Estar en v&iacute;speras de casarse con una joven excelente, y sin mediar
+disgusto alguno, sin antecedentes de ning&uacute;n g&eacute;nero que puedan tenerla
+prevenida, decirle de pronto: &laquo;Todo se acab&oacute;, ya no me caso contigo
+porque no te quiero ni nunca te he querido&raquo;, es lo m&aacute;s brutal y m&aacute;s
+odioso que se haya visto jam&aacute;s... Por otra parte, yo no s&eacute; c&oacute;mo tomar&iacute;an
+mi conducta tus papas. Lo m&aacute;s probable es que, indignados justamente por
+ella, me recriminasen duramente y me prohibiesen la entrada en esta
+casa...</p>
+
+<p>&mdash;Bien, c&aacute;sate con ella... &iexcl;y en paz!&mdash;dijo Venturita poni&eacute;ndose en pie
+un poco p&aacute;lida.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Eso nunca! O me caso contigo, o con nadie.</p>
+
+<p>&mdash;Entonces, &iquest;qu&eacute; hacemos?</p>
+
+<p>&mdash;No s&eacute;&mdash;replic&oacute; el joven bajando la cabeza con tristeza.</p>
+
+<p>Ambos guardaron silencio unos instantes.</p>
+
+<p>Al cabo Venturita dijo, d&aacute;ndose con la palma de la mano en la cabeza:</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Discurre, hombre, discurre!</p>
+
+<p>&mdash;Ya lo hago, pero no sale...</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;No sirves para nada!... Vamos, vete, y d&eacute;jalo a mi cargo. Yo hablar&eacute;
+a mam&aacute;... Pero es necesario que escribas una carta a Cecilia...</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Oh, por Dios, Ventura!&mdash;exclam&oacute; angustiado.</p>
+
+<p>&mdash;Entonces, &iquest;qu&eacute; quieres, di?&mdash;pregunt&oacute; la ni&ntilde;a encolerizada.&mdash;&iquest;Crees
+que voy a servir de juguete?</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Si pudi&eacute;ramos pasar sin esa carta!&mdash;manifest&oacute; Gonzalo con
+humildad.&mdash;T&uacute; no puedes figurarte lo violento que es para m&iacute;... &iquest;No
+bastar&iacute;a que dejase de venir unos cuantos d&iacute;as a esta casa?</p>
+
+<p>&mdash;S&iacute;, s&iacute;; vete... &iexcl;y no vuelvas!&mdash;respondi&oacute;, dando un paso hacia la
+puerta.</p>
+
+<p>Pero el joven la retuvo por una de las trenzas de sus cabellos.</p>
+
+<p>&mdash;Vamos, no te enfades, hermosa. Bien sabes que me tienes dominado,
+fascinado, y que a la postre har&eacute; cuanto t&uacute; me mandes, incluso arrojarme
+al mar. No hac&iacute;a m&aacute;s que expresarte una opini&oacute;n... Si t&uacute; no quieres,
+nada de lo dicho... Trataba solamente de evitar a Cecilia un disgusto.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Presuntuoso!&mdash;exclam&oacute; la ni&ntilde;a sin volverse.&mdash;&iquest;A que te figuras que
+Cecilia se va morir de pena?</p>
+
+<p>&mdash;Si no se disgusta, mejor que mejor; as&iacute; me evitar&eacute; un remordimiento.</p>
+
+<p>&mdash;Cecilia es fr&iacute;a; ni quiere mucho, ni odia mucho tampoco. Es muy buena;
+no conoce el ego&iacute;smo. Pero siempre la encontrar&aacute;s igual, ni alegre ni
+triste; incapaz de tomarse un disgusto por nada ni por nadie... Al
+menos, si se los toma, nadie lo conoce... &iquest;Qu&eacute; haces?&mdash;a&ntilde;adi&oacute;
+volvi&eacute;ndose r&aacute;pidamente.</p>
+
+<p>&mdash;Estaba desatando los lazos de las trenzas... Quer&iacute;a ver otra vez tus
+cabellos sueltos. No hay espect&aacute;culo que me cause m&aacute;s placer.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Si es capricho, yo las desatar&eacute;!... Aguarda&mdash;dijo la ni&ntilde;a, que
+estaba orgullosa, y con raz&oacute;n, de su pelo.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Oh, qu&eacute; hermosura! &iexcl;Esto es un prodigio de la naturaleza!&mdash;exclam&oacute;
+Gonzalo, introduciendo en &eacute;l sus dedos.&mdash;D&eacute;jame, d&eacute;jame meter la cabeza
+dentro, d&eacute;jame ba&ntilde;arme en este r&iacute;o de oro.</p>
+
+<p>Y ocult&oacute;, al decir esto, su rostro en la cabellera blonda de la ni&ntilde;a.</p>
+
+<p>Mas sucedi&oacute; que, pocos momentos antes, como sonasen en el reloj las
+siete de la tarde, las costureras y bordadoras dejaron su obra, y se
+dispusieron a retirarse. Antes de hacerlo, Valentina fu&eacute; comisionada por
+do&ntilde;a Paula para ir al cuarto de Venturita, y traer de all&aacute; unos patrones
+que deb&iacute;an de estar sobre el armario-escritorio. Lleg&oacute;, y empuj&oacute; la
+puerta en el instante cr&iacute;tico en que Gonzalo se estaba ba&ntilde;ando de
+aquella original manera. Al sentir el ruido, &eacute;ste se levant&oacute; de un
+brinco y qued&oacute;, m&aacute;s p&aacute;lido que la cera. Valentina se puso encarnada
+hasta las orejas, y dijo balbuceando:</p>
+
+<p>&mdash;Mam&aacute; quiere los patrones... los del otro d&iacute;a... Deben de estar sobre
+el armario.</p>
+
+<p>&mdash;No est&aacute;n sobre el armario, sino dentro&mdash;respondi&oacute; Venturita, sin
+inmutarse poco ni mucho.</p>
+
+<p>Y dirigi&eacute;ndose a &eacute;l, y abriendo un tirador, sac&oacute; un l&iacute;o de papeles y se
+lo entreg&oacute;.</p>
+
+<p>&mdash;Aguarda un poco, Valentina&mdash;dijo antes que saliese.&mdash;Hazme el favor de
+atarme el pelo, que yo no puedo por este dedo malo...</p>
+
+<p>Y ense&ntilde;&oacute; uno, por donde manaba sangre. Al ir por los patrones se lo
+hab&iacute;a pinchado.</p>
+
+<p>Valentina, muy turbada todav&iacute;a, comenz&oacute; a at&aacute;rselo.</p>
+
+<p>&mdash;Me tiraba mucho, y, al desatarlo, me pinch&eacute; con el alfiler que sujeta
+la cinta de arriba... El pobre Gonzalo no se arreglaba muy bien para
+at&aacute;rmelo, &iquest;verdad?&mdash;a&ntilde;adi&oacute; riendo.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Oh, no!&mdash;replic&oacute; el joven con forzada sonrisa, pasmado de aquella
+sangre fr&iacute;a.</p>
+
+<p>La disculpa, aunque bien urdida, no col&oacute;. Valentina estaba bien segura
+de lo que hab&iacute;a visto.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Crees que se habr&aacute; tragado lo del pinchazo?&mdash;pregunt&oacute; Gonzalo con
+ansiedad luego que hubo salido.</p>
+
+<p>&mdash;Tal vez no; pero no hay cuidado con ella. Es la m&aacute;s reservada de
+todas.</p>
+
+<p>Valentina fu&eacute; a entregar los patrones a la se&ntilde;ora y se despidi&oacute; hasta el
+d&iacute;a siguiente. Al cruzar por el pasillo oy&oacute; claramente el rumor de un
+beso. Mir&oacute; hacia el cuarto obscuro que all&iacute; hab&iacute;a, y crey&oacute; percibir los
+cuadros blancos y negros del vestido de Nieves.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Alza! &iexcl;Esto est&aacute; que arde!&mdash;murmur&oacute; con aquel ce&ntilde;o salad&iacute;simo que
+tanto la caracterizaba.</p>
+
+<p>Baj&oacute; la escalera y sali&oacute; a la calle, donde ya la esperaba su Cosme para
+acompa&ntilde;arla hasta casa.</p>
+
+
+
+<h3 class="top15"><a name="VIII" id="VIII"></a>VIII</h3>
+
+<p class="c smcap">de la reuni&oacute;n que los proceres de sarri&oacute; celebraron en el teatro con
+asistencia del cuarto estado</p>
+
+
+<p>El d&iacute;a 9 de junio de 1860, debe se&ntilde;alarse con caracteres de oro en los
+fastos de la villa de Sarri&oacute;.</p>
+
+<p>Para ese d&iacute;a, socorrido de Alvaro Pe&ntilde;a y de su hijo Pablo, don Rosendo
+Belinch&oacute;n hab&iacute;a rogado por medio de atento B.L.M. a sus convecinos que
+concurriesen por la tarde al local del teatro. Se tratar&iacute;a un asunto de
+&laquo;vital (por nada en el mundo se le escapar&iacute;a a don Rosendo el vital)
+inter&eacute;s para la villa de Sarri&oacute; y su concejo&raquo;. S&oacute;lo cuatro o cinco
+personas de las m&aacute;s obligadas al comerciante, conoc&iacute;an el noble y
+patri&oacute;tico pensamiento que motivaba la convocatoria. As&iacute; que,
+arrastrados de la curiosidad, tanto como de la cortes&iacute;a, acudieron a
+las tres en punto todos los convocados y muchos m&aacute;s a quienes nadie
+hab&iacute;a dado vela en aquel entierro. El teatro se llen&oacute; de bote en bote.
+La gente principal se apoder&oacute; de las butacas y los palcos. La plebe
+subi&oacute; a la cazuela. En el escenario se hab&iacute;a colocado una mesa de
+escribir vieja y sucia. A entrambos lados de ella hasta media docena de
+sillas, no m&aacute;s nuevas ni m&aacute;s limpias, que serv&iacute;an para la decoraci&oacute;n de
+&laquo;sala probremente amueblada&raquo;.</p>
+
+<p>El teatro herv&iacute;a ya de gente. El escenario permanec&iacute;a a&uacute;n desierto.
+Estaban casi en tinieblas. S&oacute;lo por un tragaluz de vidrios empolvados
+abierto all&aacute; en el fondo de la escena, despojada del tel&oacute;n de foro,
+penetraba escas&iacute;sima claridad. A fuerza de tiempo, acostumbrados los
+ojos a la obscuridad, pod&iacute;an distinguirse los unos a los otros. El que
+entraba, iba despacio por el pasillo de las butacas para no tropezar,
+palpando los cr&aacute;neos de los que las ocupaban, por ver si hab&iacute;a alguna
+vacante.</p>
+
+<p>&mdash;Aqu&iacute; no, don Rufo.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;No hay asiento?&mdash;preguntaba sonriendo al vac&iacute;o como los ciegos.</p>
+
+<p>&mdash;No; suba usted arriba, a los palcos.</p>
+
+<p>&mdash;V&eacute;ngase aqu&iacute;, don Rufo, v&eacute;ngase aqu&iacute;&mdash;gritaba uno que estaba m&aacute;s
+adelante.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Eres t&uacute;, Cipriano?</p>
+
+<p>Y empujando y tropezando, llegaba el reci&eacute;n venido a colocarse. Alguno
+m&aacute;s pr&aacute;ctico encend&iacute;a una cerilla, pero al instante sal&iacute;an voces de la
+cazuela:</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Eh! &iexcl;eh! &iexcl;Cuidado con las narices, don Juan! Cuando va por las noches
+a casa de la Peonza, el diablo que cerilla enciende.</p>
+
+<p>Don Juan se apresuraba a apagarla para librarse de aquellos insultos que
+hac&iacute;an prorrumpir en carcajadas al ocioso p&uacute;blico.</p>
+
+<p>A medida que el tiempo transcurr&iacute;a, el zumbido de las conversaciones iba
+creciendo hasta hacerse insoportable. Los salvajes de la cazuela
+expresaban su impaciencia con patadas, gritos y baladres. Cambiaban
+unos con otros, por encima de las butacas, bromas y frases, m&aacute;s que
+obscenas, asquerosas. Gracias a que no hab&iacute;a se&ntilde;oras.</p>
+
+<p>Al fin aparecieron en el escenario cuatro se&ntilde;ores, don Rosendo
+Belinch&oacute;n, Alvaro Pe&ntilde;a, don Feliciano G&oacute;mez y don Rudesindo Cepeda,
+propietario y fabricante de sidra espumosa. Los cuatro se despojaron de
+los sombreros al pisar el palco esc&eacute;nico. Prod&uacute;jose repentinamente el
+silencio. Algunos de los espectadores, los menos, se descubrieron
+tambi&eacute;n. La mayor parte, prevalidos de la obscuridad y cediendo al
+instinto de groser&iacute;a, poderoso en aquella regi&oacute;n, permanecieron
+cubiertos. Don Rosendo y sus compa&ntilde;eros sonrieron al concurso,
+avergonzados. Para librarse del embarazo y temor que sent&iacute;an, comenzaron
+a hablar con los espectadores de las primeras filas, a quienes pod&iacute;an
+divisar. Alvaro Pe&ntilde;a, algo m&aacute;s atrevido, en raz&oacute;n quiz&aacute; de su car&aacute;cter
+militar y de su instrucci&oacute;n antirreligiosa, avanz&oacute; hasta la c&aacute;scara del
+apuntador, y dando a sus palabras una entonaci&oacute;n excesivamente familiar,
+sonriendo sin gana como las bailarinas, dijo:</p>
+
+<p>&mdash;Se&ntilde;ores, tanto mis compa&ntilde;eros como yo desear&iacute;amos &iquest;eh?, que subiesen a
+este sitio algunas pejsonas de jespeto &iquest;eh?, que habr&aacute; en el p&uacute;blico, a
+fin de que nos ayuden con su autoridad &iquest;eh?, y con su ilustraci&oacute;n... a
+fin de que nos ayuden &iquest;eh? (no encontraba el final) en la empresa que
+vamos a emprendej...</p>
+
+<p>El ayudante de marina pronunciaba las erres con la garganta, produciendo
+un sonido muy semejante a la jota.</p>
+
+<p>Hubo un murmullo en la asamblea de asentimiento y simpat&iacute;a por la
+modestia que resaltaba en aquella proposici&oacute;n.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;No est&aacute; por ah&iacute; don Pedro Miranda?&mdash;pregunt&oacute; Pe&ntilde;a, sereno ya,
+volviendo a adquirir la resoluci&oacute;n militar que le caracterizaba.</p>
+
+<p>&mdash;Aqu&iacute; est&aacute;... Aqu&iacute;&mdash;dijeron varias voces.</p>
+
+<p>&mdash;Don Pedro, si nos hiciese usted el favoj... Don Pedro se defend&iacute;a de
+los que le empujaban hacia el escenario, diciendo por lo bajo:</p>
+
+<p>&mdash;Pero, se&ntilde;ores, &iquest;yo por qu&eacute;? &iquest;A qu&eacute; asunto?... Hay otras personas...</p>
+
+<p>No hubo m&aacute;s remedio. Poco a poco lo fueron llevando hasta cerca del
+escenario. Una vez all&iacute;, como no hubiese tabla ni escalera para subir,
+entre Pe&ntilde;a y don Feliciano G&oacute;mez, lo auparon por las manos hasta ponerlo
+sobre el tablado.</p>
+
+<p>&mdash;A ver, don Rufo, suba usted.</p>
+
+<p>Don Rufo (m&eacute;dico titular de la villa), despu&eacute;s de haberse defendido un
+poco, fu&eacute; subido en vilo tambi&eacute;n. Y por el mismo sencillo mecanismo
+pasaron al escenario otros cinco o seis se&ntilde;ores. Cada ascensi&oacute;n era
+saludada con una salva de aplausos y un murmullo de complacencia por el
+ben&eacute;volo concurso. El ayudante vi&oacute; a Gabino Maza sentado en una butaca
+cerca de la pared, y le grit&oacute; con alegr&iacute;a:</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Gabino, no te hab&iacute;a visto!... Vamos, hombre, ven ac&aacute;.</p>
+
+<p>&mdash;Estoy bien aqu&iacute;&mdash;respondi&oacute; con sequedad el bilioso ex oficial de la
+Armada.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Quieres que baje por ti?</p>
+
+<p>Maza contest&oacute; en voz baja:</p>
+
+<p>&mdash;No hace falta.</p>
+
+<p>Los que estaban a su lado hicieron lo que con los dem&aacute;s.</p>
+
+<p>&mdash;Vaya, don Gabino, arriba. No sea usted perezoso. Hombres como usted
+son los que deben estar all&iacute;. &iexcl;No faltaba m&aacute;s que usted no subiese!</p>
+
+<p>Y trataban al mismo tiempo de levantarle. Mas fueron in&uacute;tiles todas las
+instancias. Maza se empe&ntilde;&oacute; en permanecer en la butaca con una
+insistencia orgullosa que acobard&oacute; a los que le excitaban a subir.
+Alvaro Pe&ntilde;a baj&oacute; entonces por &eacute;l; pero despu&eacute;s de una brega larga tuvo
+que retirarse desairado.</p>
+
+<p>Ya que estuvo casi lleno el escenario, se trajeron m&aacute;s sillas recabadas
+de los chiribitiles de los c&oacute;micos. Se acomodaron en ellas los m&aacute;s
+selectos vecinos de Sarri&oacute;, y celebraron concili&aacute;bulo para resolver
+qui&eacute;n hab&iacute;a de presidir la reuni&oacute;n. Por cierto que no acababan de
+entenderse, y el p&uacute;blico daba se&ntilde;ales claras de impaciencia. La mayor
+parte juzgaba que a don Rosendo correspond&iacute;a la honra de sentarse detr&aacute;s
+de la mesa de pino; pero &eacute;ste la rehusaba con una modestia que le
+honraba much&iacute;simo m&aacute;s. Al fin se sent&oacute; al observar que el p&uacute;blico se iba
+cansando. Este aplaudi&oacute; reciamente.</p>
+
+<p>Nueva y fastidiosa dilaci&oacute;n antes de resolverse qui&eacute;n hab&iacute;a de dirigir
+la palabra al concurso. Alvaro Pe&ntilde;a, que era hombre despachado y de
+arranque, se decidi&oacute; a dar unos pasos hacia la boca del tel&oacute;n, y dijo en
+voz alta:</p>
+
+<p>&mdash;Se&ntilde;ores.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Chis, chis! &iexcl;Silencio!&mdash;gritaron algunos.</p>
+
+<p>Y rein&oacute; el silencio.</p>
+
+<p>&mdash;Se&ntilde;ores: El motivo de celebrajse este <i>meeting (sorpresa y
+extraordinaria complacencia del concurso al escuchar la palabreja
+ex&oacute;tica)</i> no es otro &iquest;eh?, que el de unirnos todos para fomentaj los
+intereses morales y materiales de Saji&oacute;. Hace algunos d&iacute;as me indicaba
+nuestro dign&iacute;simo presidente que estos intereses se hallaban
+abandonados, &iquest;eh?, y que era necesario a todo trance fomentajlos.
+Se&ntilde;ores, en Saji&oacute; hay varios problemas que jesolvej en este momento
+hist&oacute;rico; el problema del mejcado cubiejto, &iquest;eh?, el problema del
+cementerio, el problema de la cajetera a Rodillero, el problema del
+matadero y otros. Yo le dije a mi querido amigo, el dign&iacute;simo
+presidente: El &uacute;nico medio &iquest;eh?, de jesolvej estos problemas es celebraj
+un meeting donde todos los sajienses puedan emitij libremente su
+opini&oacute;n...</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Eh?&mdash;grit&oacute; un socarr&oacute;n desde la cazuela.</p>
+
+<p>Pe&ntilde;a alz&oacute; los ojos furibundos hacia all&aacute;. Y como era hombre a quien se
+le supon&iacute;an malas pulgas, y gastaba unos bigotes desmesurados, el
+socarr&oacute;n tembl&oacute; por su pellejo y no volvi&oacute; a chistar.</p>
+
+<p>&mdash;Mi buen amigo, cuyo gran coraz&oacute;n y amoj al progreso conocen todos, me
+dijo que hac&iacute;a tiempo que pensaba sobre lo mismo, y que &eacute;l adem&aacute;s, &iquest;eh?,
+ten&iacute;a otro proyecto que no tajdar&aacute; en comunicaj al ilustrado p&uacute;blico. En
+consecuencia de esto hemos convocado a los vecinos de Saji&oacute; para una
+jeuni&oacute;n p&uacute;blica, y aqu&iacute; estamos... porque hemos venido. <i>(Este desenfado
+produce excelente efecto en el auditorio, que r&iacute;e con benevolencia)</i>.</p>
+
+<p>&mdash;Se&ntilde;ores&mdash;sigui&oacute; el ayudante animado por los rumores,&mdash;yo creo que lo
+que le hace falta a este pueblo es despertaj del letajgo en que yace,
+&iquest;eh?, vivij de la vida de la raz&oacute;n y del progreso, &iquest;eh?, ponerse a la
+altura de los adelantos del siglo, &iquest;eh?, tenej conciencia de s&iacute; y de sus
+fuejzas. Hasta ahora, Saji&oacute; ha sido un pueblo dominado por la teocracia;
+mucha novena, mucho serm&oacute;n, mucho rosario, y no pensaj para nada en el
+fomento de sus intereses, ni en aprender nada &uacute;til. Es necesario salij
+cuanto m&aacute;s antes de esta situaci&oacute;n, &iquest;eh? Es necesario sacudij el yugo
+teocr&aacute;tico. Un pueblo dominado por los curas, es siempre un pueblo
+atrasado... y sucio. <i>(Risas y aplausos, entre los cuales se oye tal
+cual chicheo.)</i></p>
+
+<p>El ayudante hablaba mejor, y adquir&iacute;a cierto donaire en cuanto se
+trataba de denigrar al clero.</p>
+
+<p>&mdash;Pido la palabra&mdash;grit&oacute; una voz atiplada desde un palco.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Qui&eacute;n es? &iquest;Qui&eacute;n es?&mdash;se preguntaron unos a otros los espectadores y
+los altos dignatarios del escenario.</p>
+
+<p>&mdash;Es el hijo del Perinolo.&mdash;&iquest;Qui&eacute;n?&mdash;El hijo del Perinolo.&mdash;El hijo del
+Perinolo.</p>
+
+<p>Esta frase se fu&eacute; repitiendo en voz baja por todo el &aacute;mbito del teatro.</p>
+
+<p>El hijo del Perinolo era un joven p&aacute;lido, de ojos negros, que gastaba
+larga melena. No se advert&iacute;a m&aacute;s en la media luz que reinaba. Era para
+&eacute;l gran fortuna. A ser entera, se ver&iacute;an perfectamente los lamparones de
+su levita a&ntilde;eja, la grasa de su camisa y las gre&ntilde;as de la melena, dado
+que los agujeros de las botas y los hilachos del pantal&oacute;n, en modo
+alguno pod&iacute;an ser vistos a causa de la barandilla del palco. Pero todo
+lo sab&iacute;an de memoria los vecinos de Sarri&oacute;, por tropezarle harto a
+menudo en la calle y los caf&eacute;s. Digamos que, a pesar de esto, era mozo
+de gentil disposici&oacute;n y rostro.</p>
+
+<p>Su padre, el se&ntilde;or Jos&eacute; Mar&iacute;a el Perinolo, antiguo y cl&aacute;sico zapatero de
+la villa, era uno de aquellos viejos artesanos que a mediados del siglo
+gastaban chaqueta y sombrero de copa alta. Carlista fan&aacute;tico, miembro de
+todas las cofrad&iacute;as religiosas. Rezaba el rosario por las tardes al
+toque de oraci&oacute;n en la iglesia de San Andr&eacute;s, acompa&ntilde;ado de unas cuantas
+mujerucas; sal&iacute;a en las procesiones de Semana Santa con h&aacute;bito de
+disciplinante y corona de espinas, y ten&iacute;a a su cargo y cuidado la
+capilla del Nazareno en la calle de Atr&aacute;s. Este santo var&oacute;n &laquo;que nunca
+hab&iacute;a dado nada que decir&raquo; (suprema expresi&oacute;n de la honradez en los
+pueblos peque&ntilde;os), educ&oacute; a su hijo Sinforoso y a otros dos m&aacute;s, en el
+santo temor de Dios y del tirapi&eacute;. Azotes, penitencias de rodillas, d&iacute;as
+a pan y agua, estirones de orejas y bofetadas. La infancia de Sinforoso
+estaba poblada de estos recuerdos po&eacute;ticos. Cuando lleg&oacute; a la pubertad,
+como mostrase singular destreza para aprender sus lecciones, el Perinolo
+se persuadi&oacute; a que no estaba llamado a sustentar la zapater&iacute;a cuando &eacute;l
+fuese muerto, sino a ser firme columna de la Iglesia Romana. Falt&aacute;banle
+medios para mandarle al seminario de Lancia. Vinieron en socorro suyo
+don Rosendo y don Melchor de las Cuevas, don Rudesindo y el p&aacute;rroco de
+la villa, que espont&aacute;neamente le asignaron tres pesetas diarias mientras
+no cantase misa. Mas al cursar el segundo a&ntilde;o de Teolog&iacute;a, recibieron
+estos se&ntilde;ores del seminarista una carta elegantemente escrita. En ella
+les manifestaba que no se sent&iacute;a llamado por Dios a la carrera
+eclesi&aacute;stica, y que antes de ser un mal sacerdote prefer&iacute;a aprender el
+oficio de su padre o embarcarse para Am&eacute;rica. Terminaba suplic&aacute;ndoles
+con palabras fervorosas que le permitiesen cambiar la Teolog&iacute;a por el
+Derecho, hacia el cual se cre&iacute;a inclinado, y con esto no dar&iacute;a tan gran
+disgusto a su padre. Accedieron sus bienhechores a la demanda. Y
+Sinforoso se hizo al cabo columna del Estado en vez de la Iglesia, como
+deseaba el Perinolo. Mientras sigui&oacute; la carrera de leyes con
+sobresalientes y premios al principio, notables despu&eacute;s y aprobados al
+fin, emborron&oacute; algunos articulejos en los diarios de Lancia. Con esto se
+crey&oacute; en el caso de dejar crecer los pelos y ponerse lentes sobre la
+nariz. As&iacute; se present&oacute; el nuevo licenciado en Sarri&oacute; con la aureola de
+gloria adem&aacute;s que rodea a quien ha hecho sus primeras armas, y aun
+re&ntilde;ido batallas en la prensa peri&oacute;dica. Se hab&iacute;a afiliado en el partido
+liberal m&aacute;s avanzado renegando as&iacute; de su prosapia. Con esto, su padre
+estaba fuertemente desabrido. Si le dej&oacute; entrar en casa debi&oacute;se a la
+intercesi&oacute;n de la madre. No le hablaba ni le daba un c&eacute;ntimo para sus
+gastos, limit&aacute;ndose a consentir que durmiese bajo su techo y comiese la
+raci&oacute;n. Al cabo de algunos meses los zapatos se hab&iacute;an despellejado y la
+ropa daba l&aacute;stima verla. Pero todo lo supl&iacute;a muy bien el letrado con el
+empaque y gravedad de la fisonom&iacute;a y lo airoso de su porte. Pasaba la
+ma&ntilde;ana leyendo en la cama: las tardes y las noches en el caf&eacute;
+discutiendo a gritos lo que hab&iacute;a le&iacute;do por la ma&ntilde;ana. Los vecinos no le
+quer&iacute;an; pero respetaban mucho su ilustraci&oacute;n y talento.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Qui&eacute;n ha pedido la palabra?&mdash;pregunt&oacute; don Rosendo.</p>
+
+<p>&mdash;Su&aacute;rez... Sinforoso Su&aacute;rez&mdash;dijo el joven inclinando su busto sobre la
+barandilla.</p>
+
+<p>&mdash;Usted la tiene, se&ntilde;or Su&aacute;rez.</p>
+
+<p>El joven tosi&oacute;, meti&oacute; los dedos de entrambas manos por el pelo,
+dej&aacute;ndolo m&aacute;s ahuecado y revuelto, se puso los lentes que tra&iacute;a colgados
+de un cordoncillo y dijo:</p>
+
+<p>&mdash;Se&ntilde;ores.</p>
+
+<p>La entonaci&oacute;n firme y sosegada que di&oacute; a esta palabra, y la pausa larga
+que despu&eacute;s hizo asegurando los lentes sobre la nariz y paseando una
+mirada de grande hombre por el concurso, impusieron silencio y respeto.</p>
+
+<p>&mdash;Despu&eacute;s de la brillante oraci&oacute;n que acaba de pronunciarnos mi
+querid&iacute;simo amigo el ilustrado ayudante de este puerto, se&ntilde;or Pe&ntilde;a <i>(el
+ayudante, aunque no ha hablado con Su&aacute;rez m&aacute;s de tres veces en su vida,
+se inclina agradecido. Los respetables vecinos de Sarri&oacute; aprenden que
+hay m&aacute;s oraciones que el Padre Nuestro, la Salve y las dem&aacute;s rezadas por
+la Iglesia)</i>, quedar&aacute; bien convencida la asamblea del fin generoso y
+patri&oacute;tico que ha inspirado a los promovedores de este <i>meeting</i>. Nada
+tan grande, nada tan hermoso, nada tan sublime como ver a un pueblo
+reunido para deliberar acerca de los m&aacute;s altos y caros intereses de su
+vida. &iexcl;Ah, se&ntilde;ores! al escuchar hace un momento al se&ntilde;or Pe&ntilde;a, me
+imaginaba estar en el Agora de Atenas decidiendo, como ciudadano libre,
+entre otros ciudadanos libres tambi&eacute;n como yo, de los destinos de mi
+patria. Me imaginaba oir la palabra vigorosa y ardiente de alguno de
+aquellos grandes oradores que ilustraron al pueblo heleno... Porque la
+elocuencia de mi querid&iacute;simo amigo el se&ntilde;or Pe&ntilde;a, tiene mucho de la
+arrebatada pasi&oacute;n que caracterizaba a D&eacute;mostenes, el pr&iacute;ncipe de los
+oradores y bastante tambi&eacute;n de la fluidez y elegancia que brillaba en
+los discursos de Pericles. <i>(Pausa: mano a los lentes.)</i> Es viva y
+animada como la de Cle&oacute;n; es mesurada y prudente como la de Ar&iacute;stides;
+tiene tonalidades graves y precisas como la de Esquines, y notas
+agradables al o&iacute;do como la de Is&oacute;crates. &iexcl;Ah, se&ntilde;ores! Yo tambi&eacute;n, como
+el elocuente orador que me ha precedido en el uso de la palabra, deseaba
+que el pueblo donde he visto por primera vez la luz del d&iacute;a, despertase
+a la vida del progreso, a la vida de la libertad y la justicia...
+&iexcl;Sarri&oacute;! &iexcl;Cu&aacute;nto dulce recuerdo, cu&aacute;nta inefable alegr&iacute;a despierta en mi
+alma este solo nombre! Aqu&iacute; corrieron los a&ntilde;os felices de mi infancia...
+Aqu&iacute; comenz&oacute; a formarse mi esp&iacute;ritu... Aqu&iacute; hizo el amor palpitar por
+primera vez mi coraz&oacute;n... En otra parte se ha enriquecido mi raz&oacute;n con
+el conocimiento de las ciencias, con las grandes ideas que engendra el
+estudio del Derecho... Aqu&iacute; se ha nutrido mi alma con las santas y
+dulces emociones del hogar. En otra parte se ha adiestrado mi
+inteligencia en la pol&eacute;mica, en la lucha de las ideas... Aqu&iacute; he
+cultivado mi sensibilidad con el tierno amor de la familia... Se&ntilde;ores,
+lo dir&eacute; muy alto, suceda lo que suceda: Sarri&oacute; est&aacute; llamado a grandes
+destinos. Tiene derecho a ser una de las primeras poblaciones de la
+costa cant&aacute;brica, un emporio de actividad y de riqueza, tanto por la
+excelente situaci&oacute;n en que la naturaleza lo ha colocado, como por la
+laboriosidad, la honradez y las grandes dotes de inteligencia de sus
+habitantes. <i>(&iexcl;Bravo! &iexcl;Bravo! Un&aacute;nimes y estrepitosos aplausos.)</i></p>
+
+<p>Roto el hielo que la sorpresa, m&aacute;s que una prevenci&oacute;n injusta, hab&iacute;a
+formado, los bravos y los aplausos se sucedieron sin interrupci&oacute;n a cada
+p&aacute;rrafo. Jam&aacute;s los laboriosos, honrados e inteligentes habitantes de
+Sarri&oacute; hab&iacute;an o&iacute;do hablar tan f&aacute;cil y pulidamente. Aquel discurso fu&eacute; la
+revelaci&oacute;n de la vida parlamentaria moderna, seg&uacute;n dec&iacute;a Alvaro Pe&ntilde;a al
+disolverse la reuni&oacute;n.</p>
+
+<p>Media hora llevar&iacute;a en el uso de la palabra en medio del creciente
+entusiasmo del auditorio, cuando a uno de los pr&oacute;ceres del escenario se
+le ocurri&oacute; que pod&iacute;a tener seca la boca y ser&iacute;a oportuno servirle un
+vaso de agua con azucarillo. Comunicada en voz baja la observaci&oacute;n al
+presidente, &eacute;ste interrumpi&oacute; al orador, dici&eacute;ndole:</p>
+
+<p>&mdash;Si el se&ntilde;or Su&aacute;rez est&aacute; fatigado, puede descansar. Voy a dar orden de
+que le sirvan un vaso de agua.</p>
+
+<p>Estas palabras fueron acogidas con un murmullo de aprobaci&oacute;n.</p>
+
+<p>&mdash;No estoy fatigado, se&ntilde;or presidente&mdash;respondi&oacute; suavemente el orador.</p>
+
+<p><i>(S&iacute;, s&iacute;, que descanse.&mdash;Dejarle descansar.&mdash;Que se le traiga un vaso de
+agua.&mdash;Puede hacerle da&ntilde;o: que le echen unas gotas de an&iacute;s.)</i></p>
+
+<p>Los espectadores, acometidos s&uacute;bito de una ardiente simpat&iacute;a, se
+convert&iacute;an en madres cari&ntilde;osas para el hijo del Perinolo.</p>
+
+<p>Este, infl&aacute;ndose m&aacute;s de lo que estaba, sonri&oacute; al auditorio, y dijo:</p>
+
+<p>&mdash;La fatiga es propia de los soldados biso&ntilde;os. Los que como yo est&aacute;n
+acostumbrados a las lides de la tribuna (hab&iacute;a hablado varias veces en
+la Academia de jurisprudencia de Lancia) no se rinden tan f&aacute;cilmente...</p>
+
+<p>Digamos ahora que Mechacan, zapatero, vecino y competidor hac&iacute;a muchos
+a&ntilde;os del se&ntilde;or Jos&eacute; Mar&iacute;a el Perinolo, que hab&iacute;a visto criarse a
+Sinforoso y le hab&iacute;a arreado m&aacute;s de uno y m&aacute;s de dos lampreazos con el
+tirapi&eacute; cuando al volver de la escuela le llamaba, para vejarle, por el
+apodo, le estuvo escuchando desde la cazuela con las manazas apoyadas
+sobre la barandilla y la cara erizada de p&uacute;as sobre las manos. En sus
+ojos, sombreados de una selva enmara&ntilde;ada de pesta&ntilde;as, no se advert&iacute;a la
+chispa de entusiasmo que ard&iacute;a en los de los dem&aacute;s. Antes se le&iacute;a el
+asombro, la ira y la envidia. Cuando acert&oacute; a oir las palabras
+jactanciosas del hijo de su rival, no pudiendo sufrir tanta farsa, grit&oacute;
+con rabia:</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Fuera ese piojo, sollo!</p>
+
+<p>Indescriptible indignaci&oacute;n en el auditorio. Todos los rostros se vuelven
+airados a la cazuela. Oyense las voces de:</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Qui&eacute;n es ese borrico?&mdash;&iexcl;A la c&aacute;rcel!&mdash;&iexcl;Fuera ese cerdo!</p>
+
+<p>El presidente pregunta con terrible severidad:</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Estamos en un pueblo culto o entre hotentotes?</p>
+
+<p>Esta pregunta as&iacute; formulada, produce honda impresi&oacute;n en el p&uacute;blico.</p>
+
+<p>Su&aacute;rez, un poco p&aacute;lido y con voz alterada, dice al fin:</p>
+
+<p>&mdash;Si la Asamblea lo desea, estoy dispuesto a sentarme.</p>
+
+<p><i>(&iexcl;No, no!&mdash;&iexcl;Que siga! Estrepitosos y prolongados aplausos al orador.)</i></p>
+
+<p>La indignaci&oacute;n contra el grosero interruptor creci&oacute; a tal punto con
+estas humildes palabras, que se oyen gritos amenazadores y muchos agitan
+los pu&ntilde;os frente al sitio de donde hab&iacute;a partido la voz. Alvaro Pe&ntilde;a, el
+orador griego, m&aacute;s indignado que nadie, sube por fin a la cazuela y a
+pescozones y coces arroja al desgraciado Mechacan del teatro entre los
+aplausos del p&uacute;blico.</p>
+
+<p>Sosegadas ya las olas, el orador contin&uacute;a. Hace una excursi&oacute;n por el
+campo de la historia para demostrar que los sarrienses, desde la &eacute;poca
+de la dominaci&oacute;n romana, cuando la Espa&ntilde;a estaba dividida en Citerior y
+Ulterior y despu&eacute;s en Tarraconense, B&eacute;tica y Lusitania, hasta nuestros
+d&iacute;as, hab&iacute;an demostrado en todas ocasiones un ingenio poderoso muy
+superior al de los habitantes de Nieva. Tales declaraciones fueron
+acogidas con vivas muestras de aprobaci&oacute;n. Introd&uacute;cese despu&eacute;s
+repentinamente en los dominios del Derecho y hace gala de conocimientos
+poco comunes, sobre todo en Sarri&oacute;, en la ciencia de Triboniano y
+Papiniano. Al llegar a cierto punto, con una modestia que le honra
+mucho, dice:</p>
+
+<p>&mdash;Lo que acabo de exponer, se&ntilde;ores, no tiene ning&uacute;n valor cient&iacute;fico. Lo
+sabe cualquier ni&ntilde;o que haya saludado las Pandectas...</p>
+
+<p>Don Jer&oacute;nimo de la Fuente, maestro de primeras letras de la villa, que
+hab&iacute;a estudiado por los m&eacute;todos modernos y sab&iacute;a algo de Froebel y
+Pestalozzi, hombre ilustrado, que hab&iacute;a escrito un prontuario de los
+verbos irregulares y ten&iacute;a un telescopio en el balc&oacute;n de su casa siempre
+apuntando al cielo, se levanta de la butaca, y sonriendo con mucha
+l&aacute;stima dice:</p>
+
+<p>&mdash;Las palmetas hace ya bastantes a&ntilde;os que se han suprimido de las
+escuelas.</p>
+
+<p>&mdash;No he dicho palmetas, he dicho Pan-dec-tas&mdash;replica Su&aacute;rez sonriendo
+con mucha m&aacute;s l&aacute;stima.</p>
+
+<p>Don Jer&oacute;nimo enrojece por el paso en falso que acaba de dar.</p>
+
+<p>El orador contin&uacute;a y termina al fin, deseando, como el elocuente
+ayudante de marina, que Sarri&oacute; despierte a la vida del progreso, que
+salga del letargo en que yace, y que de alg&uacute;n modo se manifieste en su
+recinto la lucha de las ideas, fecunda siempre, y luzca en su horizonte
+el sol radiante de la civilizaci&oacute;n.</p>
+
+<p>&laquo;... Si es verdad, como tengo entendido, que merced a la iniciativa
+patri&oacute;tica y generosa de un respetabil&iacute;simo personaje de esta villa, se
+prepara el advenimiento a ella del cuarto poder de los estados modernos.
+Si es verdad que Sarri&oacute; estar&aacute; dotado en breve de un peri&oacute;dico que
+refleje sus leg&iacute;timas aspiraciones, que sea el palenque donde se
+ejerciten sus inteligencias, el salvaguardia de sus m&aacute;s caros intereses,
+el centinela avanzado de su tranquilidad y reposo, el &oacute;rgano, en fin,
+por donde se comunique con el mundo espiritual, felicit&eacute;monos, se&ntilde;ores,
+&iexcl;felicit&eacute;monos de todo coraz&oacute;n! y felicitemos tambi&eacute;n al ilustre
+patricio por cuyo esfuerzo va a llegar hasta nosotros un rayo de ese
+astro luminoso del siglo diez y nueve que se llama la prensa.&raquo;</p>
+
+<p><i>(&iexcl;Bravo, bravo! Todas las miradas se, vuelven ansiosas hacia la
+presidencia. La faz de don Rosendo resplandece llena de majestad y
+dulzura.)</i></p>
+
+<p>Despu&eacute;s del hijo del Perinolo, pidi&oacute; y obtuvo la palabra don Jer&oacute;nimo de
+la Fuente. El ilustrado profesor de primeras letras, deseaba
+ardientemente levantarse a los ojos del p&uacute;blico despu&eacute;s de la ca&iacute;da de
+las Pandectas. Comenz&oacute;, pues, manifestando que abundaba en las ideas del
+digno orador (obs&eacute;rvese que no dijo elocuente ni ilustrado, sino digno,
+digno nada m&aacute;s) que le hab&iacute;a precedido en el uso de la palabra; que &eacute;l,
+destinado por su profesi&oacute;n a encender la antorcha de la ciencia en las
+inteligencias infantiles, no pod&iacute;a menos de ser partidario decidido de
+los adelantos modernos y, sobre todo, de la prensa. En corroboraci&oacute;n de
+estas palabras, se cree en el caso de manifestar que, tan pronto como la
+creaci&oacute;n de un peri&oacute;dico en Sarri&oacute; fuese un hecho, tendr&iacute;a el gusto de
+exponer a sus convecinos la resoluci&oacute;n de un problema que hasta el d&iacute;a
+de hoy se hab&iacute;a cre&iacute;do insoluble, el de la &laquo;trisecci&oacute;n del &aacute;ngulo&raquo;, al
+cual hab&iacute;a dedicado muchos esfuerzos y vigilias, coronadas unas y otros
+afortunadamente por el mejor &eacute;xito. Habl&oacute; despu&eacute;s con gran oportunidad
+de algunas materias, de Geograf&iacute;a f&iacute;sica y Astronom&iacute;a, explicando
+algunos problemas de la mec&aacute;nica celeste, en particular la ley de la
+atracci&oacute;n universal, descubierta por Newton, gracias a la cual, los
+planetas se mueven alrededor del sol en &oacute;rbitas el&iacute;pticas. A este
+prop&oacute;sito expuso con gran brillantez lo que era una elipse. Por &uacute;ltimo,
+al hablar de nuestro sat&eacute;lite la luna, hizo observar que el tiempo de su
+revoluci&oacute;n alrededor de la tierra iba disminuyendo sensiblemente, lo
+cual indica que su &oacute;rbita se va estrechando. Esto, en opini&oacute;n del
+orador, dar&iacute;a por resultado m&aacute;s tarde o m&aacute;s temprano que la luna caer&iacute;a
+sobre la tierra, y ambas se har&iacute;an pedazos. Don Jer&oacute;nimo se sent&oacute;,
+dejando el auditorio sumamente agitado, bajo el peso de esta profec&iacute;a
+aterradora.</p>
+
+<p>Avanz&oacute; acto continuo hasta las candilejas, don Rufo, el m&eacute;dico de la
+villa, hombre flaco, con barba de cazo, y gafas de oro. A las pocas
+palabras declar&oacute; expl&iacute;citamente que, en su opini&oacute;n, el pensamiento no es
+m&aacute;s que una funci&oacute;n fisiol&oacute;gica del cerebro y el alma un atributo de la
+materia. Pero, &iquest;en qu&eacute; parte del cerebro reside el foco de la actividad
+intelectual?&mdash;se pregunta el orador.&mdash;En su concepto, esta actividad
+tiene su centro en la &laquo;sustancia gris, parda o amarilla&raquo;, y en modo
+alguno en la &laquo;sustancia blanca&raquo;, que no es m&aacute;s que la conductora de tal
+actividad. Habl&oacute; despu&eacute;s de la <i>dura-m&aacute;ter</i>, de los <i>hemisferios</i>, de
+los <i>l&oacute;bulos frontal, parietal y occipital, de la hoz del cerebro y de
+la tienda del cerebelo</i>. En este punto tuvo una ocurrencia feliz,
+comparando bellamente las circunvoluciones de la sustancia gris a un
+mont&oacute;n de intestinos arrojados al acaso. Todas las facultades que
+llamamos del alma, no son sino funciones de esta sustancia gris, de este
+mont&oacute;n de intestinos. El cerebro segrega pensamientos como el h&iacute;gado
+segrega bilis y los ri&ntilde;ones orina. El orador termina afirmando que,
+mientras la humanidad no se penetre de estas verdades, no podr&aacute; salir
+del estado de barbarie en que yace.</p>
+
+<p>Como nunca quiso ser menos que el m&eacute;dico, pidi&oacute; la palabra el profesor
+de veterinaria Navarro. Despu&eacute;s de dedicar algunas frases a
+congratularse por la celebraci&oacute;n de aquel <i>meeting</i> (ninguno de los que
+hablaron dej&oacute; de citar la palabreja) expuso algunas ideas muy razonables
+acerca de la angina gangrenosa del cerdo y su tratamiento profil&aacute;ctico.
+El orador tropezaba, balbuceaba, sudaba para emitir su pensamiento. Pero
+esta deficiencia de expresi&oacute;n, la supl&iacute;a cumplidamente la novedad y el
+inter&eacute;s que el tema ofrec&iacute;a. A la saz&oacute;n estaban falleciendo de anginas,
+en Sarri&oacute;, bastantes de aquellos simp&aacute;ticos animales.</p>
+
+<p>El p&uacute;blico, por m&aacute;s que escuchaba con respeto y simpat&iacute;a estas noticias
+acerca de la enfermedad que aquejaba en aquel momento al ganado de
+cerda, sent&iacute;a ya impaciencia por oir las declaraciones del presidente.
+Despu&eacute;s de la alusi&oacute;n del hijo del Perinolo al asunto del peri&oacute;dico,
+todos ansiaban saber lo que hab&iacute;a de cierto. Mientras Navarro disertaba,
+sali&oacute; una voz de la cazuela gritando:</p>
+
+<p>&mdash;Que hable don Rosendo.</p>
+
+<p>Y aunque el p&uacute;blico castig&oacute; con un en&eacute;rgico chicheo esta grosera
+interrupci&oacute;n, era un&aacute;nime la opini&oacute;n de que Navarro como orador &laquo;no
+ten&iacute;a condiciones&raquo;.</p>
+
+<p>Por fin el hombre notable de Sarri&oacute;, el portaestandarte de todos los
+progresos, el ilustre patricio don Rosendo Belinch&oacute;n, alz&oacute; su busto
+majestuoso por encima de la mesa.</p>
+
+<p><i>(Silencio, &iexcl;chis, chis!&mdash;&iexcl;Callarse, se&ntilde;ores!&mdash;&iexcl;&iexcl;Atenci&oacute;n!!&mdash;&iexcl;Por favor,
+un poco de atenci&oacute;n!)</i></p>
+
+<p>Estos fueron los gritos que salieron de la muchedumbre, aunque nadie
+hab&iacute;a osado mover un dedo siquiera. Tal era el af&aacute;n de escuchar la
+palabra presidencial.</p>
+
+<p>Como todos los hombres de esp&iacute;ritu realmente elevado y de ingenio
+penetrante, don Rosendo escrib&iacute;a mejor que hablaba. Sin embargo, su
+palabra reposada ten&iacute;a un sello de grandeza que en vano se buscar&iacute;a en
+los oradores que le hab&iacute;an precedido.</p>
+
+<p>&mdash;Se&ntilde;ores (pausa), doy las gracias a todas las personas (pausa) que han
+acudido esta tarde (pausa) a la reuni&oacute;n que he tenido el honor de
+convocar (pausa mucho m&aacute;s larga durante la cual se suena con ruido).
+Tengo una verdadera satisfacci&oacute;n (pausa) en ver reunidos en este sitio a
+las personas m&aacute;s ilustradas de la villa (pausa) y a todos los que por
+uno o por otro concepto valen y significan algo.</p>
+
+<p><i>(Bravo: muy bien, muy bien.)</i></p>
+
+<p>Despu&eacute;s de este exordio tan lisonjeramente acogido, manifest&oacute; el orador
+que lo que urg&iacute;a en aquel momento era &laquo;levantar el nivel intelectual de
+Sarri&oacute;&raquo;. Despu&eacute;s a&ntilde;adi&oacute; que su prop&oacute;sito al convocar este <i>meeting</i> no
+hab&iacute;a sido otro que levantar este nivel. <i>(Aplausos prolongados.)</i> Para
+llevar a cabo tal empresa se consideraba sin fuerzas y m&eacute;ritos
+suficientes. <i>(Si, si. Aplausos.)</i> Pero contaba, cre&iacute;a contar al menos,
+con el auxilio poderoso de los muchos hombres de coraz&oacute;n y patriotismo,
+de inteligencia y de progreso que Sarri&oacute; encerraba. <i>(Muestras de
+aprobaci&oacute;n.)</i> El medio que cre&iacute;a m&aacute;s eficaz para elevar a Sarri&oacute; a la
+altura que le correspond&iacute;a, y hacerle rivalizar dignamente con otras
+villas, y aun ciudades mar&iacute;timas de menos importancia, era la creaci&oacute;n
+de un &oacute;rgano que sostuviese sus intereses pol&iacute;ticos, morales y
+materiales...</p>
+
+<p>&mdash;Y, se&ntilde;ores (pausa), aunque todav&iacute;a no se hayan orillado todas las
+dificultades (pausa), tengo el gusto de manifestar a esta ilustrada
+Asamblea... <i>(Atenci&oacute;n, chis, chis. &iexcl;Silencio!)</i> que tal vez en el
+pr&oacute;ximo mes de agosto... (<i>&iexcl;Bravo, bravo! Ruidosos, fren&eacute;ticos aplausos
+que interrumpen al orador por algunos momentos.)</i> Que tal vez en el
+pr&oacute;ximo mes de agosto <i>(&iexcl;bravo, bravo! &iexcl;silencio!)</i> la villa de Sarri&oacute;
+contar&aacute; con un peri&oacute;dico bisemanal. <i>(Estrepitosos aplausos. Navarro
+arroja su sombrero de copa a la escena. Algunos otros espectadores
+siguen el ejemplo. Alvaro Pe&ntilde;a y don Feliciano G&oacute;mez se ocupan en
+recogerlos y volverlos a sus due&ntilde;os. La fisonom&iacute;a de don Rosendo brilla
+con expresi&oacute;n augusta, y sus labios, al contraerse con una sonrisa
+feliz, dejan ver las dos filas sim&eacute;tricas de sus dientes, testimonio
+elocuente de los progresos odont&aacute;lgicos.)</i></p>
+
+<p>&mdash;A pesar de esas manifestaciones de cari&ntilde;o que agradezco hasta el fondo
+del alma (pausa) el orgullo no me ciega. La escasez de mis fuerzas <i>(No,
+no)</i>, mi falta de ilustraci&oacute;n <i>(No, no: aplausos)</i> har&aacute; que el &oacute;rgano
+que funde no corresponda seguramente a las esperanzas del p&uacute;blico.
+<i>(Voces de varios sitios: &iexcl;Si corresponder&aacute;! Tenemos confianza.
+Aplausos.)</i> Pero si alguna vez (pausa) la falta de inteligencia puede
+ser suplida por la fe y el entusiasmo, ser&aacute; ciertamente ahora. Mi
+humilde pluma y mi modesta fortuna pertenecen al pueblo de Sarri&oacute;.
+<i>(Muestras vehementes de aprobaci&oacute;n.)</i></p>
+
+<p>El nuevo peri&oacute;dico, seg&uacute;n el orador, ten&iacute;a &laquo;una gran misi&oacute;n que
+cumplir&raquo;. Esta misi&oacute;n consist&iacute;a en plantear las reformas, los progresos
+que la villa reclamaba. La necesidad de estas reformas y estos progresos
+&laquo;estaba en la conciencia de todo el mundo&raquo;. El mercado cubierto se hab&iacute;a
+hecho absolutamente indispensable. La carretera a Rodillero era el
+anhelo constante de ambos pueblos. En cuanto al macelo p&uacute;blico don
+Rosendo se preguntaba con sorpresa c&oacute;mo la villa pod&iacute;a consentir que
+existiese un foco de inmundicia como el actual, que era &laquo;un verdadero
+padr&oacute;n de ignominia&raquo;.</p>
+
+<p>Gabino Maza hab&iacute;a estado escuchando con marcado desd&eacute;n y disgusto desde
+su butaca, a cuantos hab&iacute;an hecho uso de la palabra. Revolv&iacute;ase como si
+el asiento tuviese pinchos. Le ven&iacute;an ganas atroces de gritar a los
+oradores: &laquo;&iexcl;Burros, pollinos!&raquo; como acostumbraba a hacer en el
+Saloncillo, o de fulminar contra ellos uno de esos sarcasmos feroces que
+levantan roncha. &laquo;Aquellas payasadas&raquo; le hab&iacute;an revuelto la bilis. No
+era milagro. Ya conocemos la gran virtud de segregaci&oacute;n que el h&iacute;gado
+del ex marino pose&iacute;a. Respiraba con fuerza, sonre&iacute;a sarc&aacute;sticamente,
+rechinaba los dientes y escup&iacute;a a menudo, mostrando de este modo su
+desaprobaci&oacute;n a todo lo que se hab&iacute;a dicho, lo que se estaba diciendo y
+lo que se hab&iacute;a de decir. De vez en cuando, dejaba escapar alg&uacute;n &iexcl;bah! o
+alg&uacute;n &iexcl;pouh! o un &iexcl;ta! y otras part&iacute;culas no menos significativas. Por
+&uacute;ltimo, en mitad del discurso de don Rosendo, o porque nada pudiese
+oponer a su grave elocuencia, o porque el ruido de los aplausos le
+exacerbase de modo irresistible, es lo cierto que sali&oacute; de la sala, y
+comenz&oacute; a dar paseos por delante de la puerta del teatro en un estado de
+agitaci&oacute;n lamentable. A los pocos momentos, volvi&oacute; a entrar y subi&oacute; a la
+cazuela. All&iacute;, oyendo a don Rosendo tocar el punto del matadero, pidi&oacute;
+por favor a la plebe que le dejase paso. Una vez en las primeras filas,
+grit&oacute; reciamente:</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Aqu&iacute; no se juega trigo limpio!</p>
+
+<p>Despu&eacute;s, se retir&oacute;.</p>
+
+<p>No sabemos en qu&eacute; consiste; pero es lo cierto, que siempre que en una
+reuni&oacute;n se insin&uacute;a por alguno la idea m&aacute;s o menos gratuita de que all&iacute;
+no se juega trigo limpio, tal afirmaci&oacute;n produce efectos desastrosos.
+Esto es tanto m&aacute;s extraordinario, cuanto que por regla general, en las
+asambleas nadie lleva trigo en los bolsillos, ni limpio ni sucio. Y si
+por casualidad alguno lo llevase, es bien seguro que no le pasar&iacute;a
+siquiera por el pensamiento jugar con &eacute;l.</p>
+
+<p>Don Rosendo, al oir la frase, qued&oacute; repentinamente mudo y p&aacute;lido. Un
+fuerte murmullo de sorpresa corri&oacute; por todo el &aacute;mbito del teatro.
+Algunos gritaron:&mdash;&iexcl;Fuera!&mdash;Otros dijeron:&mdash;&iexcl;Chis, chis!&mdash;Las miradas de
+todos, despu&eacute;s de escrutar las alturas de la cazuela, se dirigieron a la
+presidencia. Don Rosendo turbado a&uacute;n, y con voz algo enronquecida, dijo:</p>
+
+<p>&mdash;Se&ntilde;ores: Si con esas palabras se quiere manifestar que yo, al convocar
+esta reuni&oacute;n, he abrigado alg&uacute;n pensamiento bastardo, mi delicadeza no
+me permite continuar en este sitio, y me retiro...</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;No, no! &iexcl;Que siga! &iexcl;Viva el presidente!</p>
+
+<p>&mdash;Yo estoy seguro, se&ntilde;ores&mdash;dijo el orador visiblemente conmovido,&mdash;de
+que el individuo que ha gritado no es vecino de Sarri&oacute;, no ha nacido en
+Sarri&oacute;, &iexcl;no puede ser de Sarri&oacute;!</p>
+
+<p>Habiendo murmurado uno que el interruptor era de Nieva, se arm&oacute; en el
+teatro terrible confusi&oacute;n y estruendo. Un grito formidable de:&mdash;&iexcl;Mueran
+los mazaricos! &iexcl;Viva Sarri&oacute;!&mdash;se eleva de todas partes. Hay que advertir
+que en Sarri&oacute; se llamaba a los habitantes de Nieva <i>mazaricos</i> a causa
+quiz&aacute; del gran n&uacute;mero de p&aacute;jaros de este nombre que all&iacute; suele haber,
+mientras los de Sarri&oacute; eran llamados en Nieva <i>pinzones</i>, por la misma
+raz&oacute;n.</p>
+
+<p>Sosegados al fin los &aacute;nimos, don Rosendo da las gracias y cede a las
+instancias del p&uacute;blico.</p>
+
+<p>&mdash;Antes de ocupar otra vez este sitial (el presidente se hab&iacute;a retirado
+al fondo del escenario), debo manifestar que si ese papagayo... o
+mazarico (<i>risas</i>) pretende arrancarme una declaraci&oacute;n acerca del
+problema del macelo p&uacute;blico, no tengo inconveniente en hacerla, porque a
+m&iacute; no me duelen prendas. <i>(Viva, curiosidad. No se oye una mosca
+volar.)</i> Yo declaro solemnemente, se&ntilde;ores, que el nuevo macelo, en mi
+concepto, no debe emplazarse en otro sitio que en la Escombrera.
+<i>(Inmensa sensaci&oacute;n.)</i></p>
+
+<p>El orador termina con pocas palabras m&aacute;s su grandioso discurso, y
+levanta la sesi&oacute;n. Los espectadores salen del teatro medio asfixiados,
+tanto por las m&uacute;ltiples emociones que en poco tiempo hab&iacute;an
+experimentado, como por los treinta y ocho grados cent&iacute;grados que hab&iacute;a
+en el local.</p>
+
+
+
+<h3 class="top15"><a name="IX" id="IX"></a>IX</h3>
+
+<p class="c smcap">historia de una l&aacute;grima</p>
+
+
+<p>Esto pasaba en las altas esferas. En los dominios obscuros de la vida
+privada ocurr&iacute;an al mismo tiempo algunos sucesos, que aunque no tan
+memorables, no dejaban de tener importancia para las personas que en
+ellos intervinieron.</p>
+
+<p>Al d&iacute;a siguiente de la entrevista de Venturita y Gonzalo, que hemos
+narrado, &eacute;ste no visit&oacute; la casa de su prometida. Permaneci&oacute; en la suya,
+fingi&eacute;ndose aquejado por un fuerte dolor de muelas. Tal fu&eacute; al menos la
+noticia que lleg&oacute; hasta Cecilia por conducto de Elvira, la doncella, que
+hab&iacute;a visto al criado de don Melchor en la plaza. Al otro d&iacute;a, como no
+pareciese tampoco, la familia supuso que aun segu&iacute;a el dolor. Nadie
+dudaba m&aacute;s que Venturita y Valentina. La bordadora hu&iacute;a de tropezar con
+la mirada de la ni&ntilde;a. Quiz&aacute; temer&iacute;a avergonzarla, quiz&aacute; ella misma se
+sintiese avergonzada sin saber por qu&eacute;. Venturita estaba tan risue&ntilde;a
+como siempre. Cecilia, a quien s&oacute;lo se le conoc&iacute;a el mal humor en que
+hablaba menos, sac&oacute; de su c&oacute;moda un elixir dentr&iacute;fico, copi&oacute; una oraci&oacute;n
+a Santa Polonia que le hab&iacute;an dado, y llamando con misterio a Elvira, le
+dijo toda ruborizada:</p>
+
+<p>&mdash;Elvira, &iquest;quieres hacerme el favor de llevar este frasco y este papel
+al se&ntilde;orito Gonzalo?</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Ahora mismo?</p>
+
+<p>&mdash;Cuando puedas... Si ahora no tienes que hacer... Quisiera que no se
+enterasen...</p>
+
+<p>&mdash;Descuide usted, se&ntilde;orita&mdash;respondi&oacute; la morenita p&aacute;lida sonriendo con
+amabilidad;&mdash;nadie sabr&aacute; una palabra. Su mam&aacute; me va a mandar por
+almid&oacute;n, y a la vuelta, &iexcl;zas! me encajo all&aacute;.</p>
+
+<p>Al recibir Gonzalo el recado, sinti&oacute;se acometido de punzantes
+remordimientos. Comenz&oacute; a pasear agitadamente por su cuarto. Tres o
+cuatro veces estuvo a punto de tomar el sombrero y plantarse en casa de
+Belinch&oacute;n, y dejar que las cosas siguiesen como hab&iacute;an comenzado. Los
+sentimientos honrados, bondadosos y compasivos que en su coraz&oacute;n
+exist&iacute;an; la voz de la raz&oacute;n que abogaba en defensa de Cecilia; <i>el
+&aacute;ngel</i>, en una palabra, que todo hombre lleva dentro de s&iacute;, le incitaba
+para que lo hiciese. La imagen gentil y graciosa de Venturita, presente
+al recuerdo; el fuego de sus ojos que aun le relampagueaba por el alma;
+el dulce contacto voluptuoso de sus cabellos de oro; <i>el demonio</i>, en
+fin, le reten&iacute;a. Gonzalo era un hombre sano de cuerpo, de m&uacute;sculos
+poderosos, rico de sangre, pero muy pobre de voluntad. Los diablos temen
+m&aacute;s a los temperamentos exhaustos que a los opulentos como el suyo. La
+batalla que el demonio y el &aacute;ngel libraron, no dur&oacute; mucho tiempo. Vino a
+decidirla, en favor del primero un billetito de Ventura que Generosa, la
+otra doncella de la casa, le trajo. Dec&iacute;a as&iacute;: <i>No te impacientes. Hoy
+hablar&eacute; a mam&aacute;. Ten confianza en tu&mdash;Ventura.</i></p>
+
+<p>La mirada de la doncella al entreg&aacute;rselo, donde crey&oacute; advertir a pesar
+de la sonrisa una t&aacute;cita censura, le turb&oacute; un poco. Despidi&oacute;la con larga
+propina. Al abrir despu&eacute;s con mano tr&eacute;mula la carta, percibi&oacute; el perfume
+de s&aacute;ndalo que Venturita usaba. Ofreci&oacute;se s&uacute;bito a su imaginaci&oacute;n la
+imagen hermosa provocativa de la ni&ntilde;a, y removi&oacute; las &uacute;ltimas fibras que
+en su ser aun no hab&iacute;an vibrado. Acerc&oacute;la a los labios, y embriagado y
+palpitante de deseo, la bes&oacute; con frenes&iacute; repetidas veces.</p>
+
+<p>&iexcl;Pobre Cecilia! Tomaba el primer pedazo de papel que le ven&iacute;a a la mano,
+y sin cuidarse de guardarlo entre esencias, escrib&iacute;a a su novio con
+l&aacute;piz la mayor&iacute;a de las veces. &iexcl;Si las mujeres supiesen la importancia
+de estos miserables pormenores!</p>
+
+<p>Venturita hab&iacute;a dado vueltas todo el d&iacute;a alrededor de su madre,
+esperando ocasi&oacute;n de hablarla sin testigos. A la hora del crep&uacute;sculo,
+cuando las costureras se fueron, madre e hija quedaron al fin solas.
+Cecilia se hab&iacute;a retirado a su cuarto dominada por la tristeza que hab&iacute;a
+disimulado con trabajo durante el d&iacute;a. Do&ntilde;a Paula estaba sentada en una
+butaca con los ojos clavados en el balc&oacute;n, recogiendo los &uacute;ltimos rayos
+de la luz moribunda, en actitud melanc&oacute;lica y reflexiva, poco frecuente
+en ella. Parec&iacute;a presentir el disgusto que se cern&iacute;a sobre su cabeza.
+Venturita colocaba los bastidores en un rinc&oacute;n y los tapaba con un
+lienzo, arreglaba las sillas y arrastraba la cesta de la costura a un
+lado para que no estorbase.</p>
+
+<p>&mdash;Avisa que traigan luz&mdash;dijo do&ntilde;a Paula.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Para qu&eacute;?&mdash;respondi&oacute; la ni&ntilde;a sent&aacute;ndose en una silla baja a su
+lado.&mdash;Ya est&aacute; todo arreglado.</p>
+
+<p>Su madre volvi&oacute; a entornar los ojos hacia el balc&oacute;n y qued&oacute; en la misma
+actitud melanc&oacute;lica. Al cabo de unos momentos de silencio, Venturita
+tom&oacute; su mano y la llev&oacute; con ternura a los labios. Do&ntilde;a Paula volvi&oacute; la
+cabeza con sorpresa. Pocas veces, por no decir nunca, su hija menor le
+hab&iacute;a dado este beso respetuoso. Sonri&oacute; con dulzura y tom&aacute;ndole la barba
+entre los dedos, le dijo:</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Est&aacute;s contenta con el vestido?</p>
+
+<p>&mdash;Si, mam&aacute;.</p>
+
+<p>&mdash;Te hace un cuerpo muy bonito. En cuanto le toquen un poco en el pecho,
+quedar&aacute; que ni pintado.</p>
+
+<p>La ni&ntilde;a call&oacute;. Alzando los ojos al cabo de un instante le dijo,
+esforz&aacute;ndose en dar a su voz una inflexi&oacute;n segura:</p>
+
+<p>&mdash;Dime, mam&aacute;, &iquest;qu&eacute; opinas de la retirada de Gonzalo?</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;La retirada de Gonzalo!&mdash;exclam&oacute; la se&ntilde;ora volviendo con asombro la
+cabeza.&mdash;&iquest;Qu&eacute; quieres decir, criatura?</p>
+
+<p>&mdash;S&iacute;, la retirada, porque a m&iacute; me consta que no est&aacute; enfermo. Ayer
+estuvo toda la noche jugando al billar en el caf&eacute; de la Marina.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Bah, bah! &iquest;Tienes ganas de reir?</p>
+
+<p>&mdash;No me r&iacute;o, mam&aacute;, hablo en serio.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Y qui&eacute;n te ha dicho a ti eso?</p>
+
+<p>&mdash;Lo s&eacute; por Nieves, que se lo dijo su hermano.</p>
+
+<p>&mdash;Puede que le haya aliviado el dolor por la noche y saliese a
+esparcirse un poco.</p>
+
+<p>&mdash;Y entonces, &iquest;por qu&eacute; no ha venido hoy?</p>
+
+<p>&mdash;Porque le habr&aacute; vuelto otra vez.</p>
+
+<p>&mdash;No lo creas, mam&aacute;... Ten la seguridad de que Gonzalo no quiere a
+Cecilia.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Sabes lo que est&aacute;s diciendo, necia? Hazme el favor de callarte, antes
+que me enfade.</p>
+
+<p>&mdash;Me callar&eacute;; pero las pruebas de cari&ntilde;o que est&aacute; dando no son grandes.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Tendr&iacute;a que ver eso!&mdash;dijo la se&ntilde;ora volvi&eacute;ndose airada.&mdash;Si Gonzalo
+es mucho, Cecilia es m&aacute;s... A mi hija no la desprecia ni Gonzalo ni el
+Pr&iacute;ncipe de Asturias, &iquest;sabes?... Me enterar&eacute; de lo que acabas de decir,
+y si resulta cierto, ya tomar&eacute; yo mis medidas.</p>
+
+<p>Do&ntilde;a Paula era de natural bondadoso y tierno, amiga de los pobres y
+generosa; pero ten&iacute;a la altivez irreflexiva y la susceptibilidad
+exagerada de las artesanas de Sarri&oacute;.</p>
+
+<p>&mdash;No, mam&aacute;, no se trata de eso. &iquest;Qui&eacute;n te ha dicho que Gonzalo desprecia
+a Cecilia?</p>
+
+<p>&mdash;T&uacute; misma. &iquest;Por qu&eacute; no la quiere entonces?</p>
+
+<p>Venturita se detuvo un instante, y respondi&oacute; con firmeza:</p>
+
+<p>&mdash;Porque me quiere a m&iacute;.</p>
+
+<p>&mdash;Vamos&mdash;dijo la se&ntilde;ora sonriendo.&mdash;Ya deb&iacute; comprender desde el
+principio que era todo una broma.</p>
+
+<p>&mdash;No es broma, es la pura verdad... Y si quieres convencerte,
+ent&eacute;rate...</p>
+
+<p>Sac&oacute; al mismo tiempo del pecho una carta que llevaba a prevenci&oacute;n, y se
+la alarg&oacute;.</p>
+
+<p>Do&ntilde;a Paula se puso en pie vivamente, y grit&oacute;:</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Pronto!... &iexcl;Una luz, pronto!</p>
+
+<p>Venturita tom&oacute; una caja de cerillas que hab&iacute;a sobre el costurero, y
+encendi&oacute; una.</p>
+
+<p>Madre e hija estaban p&aacute;lidas. Aqu&eacute;lla arrim&oacute; la carta a la luz. En
+cuanto ley&oacute; unos cuantos renglones, se dej&oacute; caer en la butaca, y
+clavando los ojos con expresi&oacute;n dolorosa en su hija, le dijo:</p>
+
+<p>&mdash;Ventura, &iquest;qu&eacute; has hecho?</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Yo? Nada&mdash;respondi&oacute; la ni&ntilde;a tirando al suelo la cerilla que tocaba a
+su fin.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Nada te parece, loca, impedir el matrimonio de tu hermana, enga&ntilde;arla
+miserablemente, dar un esc&aacute;ndalo en la villa como nunca se habr&aacute; visto?</p>
+
+<p>&mdash;Yo no he hecho nada de eso. El fu&eacute; quien se me declar&oacute;. &iquest;Es pecado
+dejarse querer?</p>
+
+<p>&mdash;En esta ocasi&oacute;n, s&iacute;&mdash;replic&oacute; con severidad la se&ntilde;ora.&mdash;A la primera
+se&ntilde;al debiste advertirme. Consentir que te hablase de otro modo que como
+una hermana, era hacer traici&oacute;n a tu hermana y hacerte a ti muy poco
+favor.</p>
+
+<p>&mdash;Pues ya est&aacute;&mdash;replic&oacute; la ni&ntilde;a en tono desde&ntilde;oso.</p>
+
+<p>&mdash;Pues no estar&aacute;&mdash;replic&oacute; do&ntilde;a Paula con enojo y levant&aacute;ndose.&mdash;&iquest;Qu&eacute; te
+has propuesto, vamos, di?... Mejor dicho, &iquest;qu&eacute; os hab&eacute;is propuesto?</p>
+
+<p>&mdash;Debes suponerlo.</p>
+
+<p>&mdash;Casaros, &iquest;verdad?&mdash;pregunt&oacute; en tono sarc&aacute;stico.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Qu&eacute; equivocada est&aacute;s!... El matrimonio de tu hermana quedar&aacute;
+deshecho... Desde ahora mismo lo doy por deshecho... &iexcl;pero lo que es t&uacute;,
+bien libre est&aacute;s de casarte con Gonzalo... ni de que &eacute;ste ponga siquiera
+los pies m&aacute;s en casa...! En primer lugar, t&uacute; eres una mocosa que
+debieras estar jugando con las mu&ntilde;ecas y recibiendo azotes... y aunque
+no lo fueras, ni tu padre ni yo pod&iacute;amos consentir que te casaras con un
+hombre que ha enga&ntilde;ado miserablemente a tu hermana y nos ha enga&ntilde;ado a
+todos... Lo menos que dir&iacute;a la gente es que estamos muertos por hacerle
+nuestro yerno. &iexcl;Que se te quite, ni&ntilde;a!</p>
+
+<p>&mdash;Pues que quieras o no quieras&mdash;dijo Venturita retrocediendo de
+espalda hacia la puerta,&mdash;me casar&eacute;.</p>
+
+<p>Do&ntilde;a Paula quiso castigar la insolencia; pero la ni&ntilde;a sali&oacute;
+precipitadamente, sujet&oacute; la puerta, y entreabri&eacute;ndola despu&eacute;s, dijo con
+acento rabioso:</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Me casar&eacute;! &iexcl;me casar&eacute;! &iexcl;me casar&eacute;!</p>
+
+<p>Al d&iacute;a siguiente, Gonzalo recibi&oacute; una carta de ella, que dec&iacute;a: &laquo;Ayer
+habl&eacute; con mam&aacute;. Se ha enfadado mucho. Hoy hablar&eacute; otra vez, y espero que
+ceder&aacute;. Ten confianza.&raquo;</p>
+
+<p>Y en efecto, aquella misma ma&ntilde;ana madre e hija volv&iacute;an a tener habla en
+el cuarto de la &uacute;ltima. Fu&eacute; larga, y no sabemos lo que en ella pas&oacute;.
+Do&ntilde;a Paula sali&oacute; al cabo de una hora con los ojos enrojecidos de llorar,
+llev&aacute;ndose la mano al coraz&oacute;n, del cual padec&iacute;a a menudo, en direcci&oacute;n a
+su cuarto, y se acost&oacute;. Ventura sali&oacute; en pos de ella, serena; pero
+p&aacute;lida. Llam&oacute; a Generosa, su confidente, y le di&oacute; un recado para
+Gonzalo. Este, a las nueve de la noche, se paseaba por delante de la
+casa de Belinch&oacute;n. Pocos minutos despu&eacute;s, Venturita abr&iacute;a la ventana del
+escritorio, que estaba en la planta baja y ten&iacute;a rejas.</p>
+
+<p>&mdash;Ya est&aacute; todo arreglado&mdash;dijo en voz de falsete luego que el joven se
+hubo acercado.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;C&oacute;mo? &iquest;De veras?&mdash;pregunt&oacute; &eacute;ste con alegr&iacute;a.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Oh, buen trabajo me ha costado! Estaba furiosa.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Y tu pap&aacute;?</p>
+
+<p>&mdash;Pap&aacute; a&uacute;n no sabe nada; pero ceder&aacute; tambi&eacute;n... &iexcl;Vaya si ceder&aacute;!... La
+receta no puede ser m&aacute;s eficaz.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Qu&eacute; receta?</p>
+
+<p>&mdash;La que he empleado... La cosa se hab&iacute;a puesto tan fea, que ya estaba
+resuelto que t&uacute; no volvieras m&aacute;s a casa. A m&iacute; me mandaba a Tejada en
+castigo. Ni s&uacute;plicas ni razones val&iacute;an de nada. Estaba loca de ira. Te
+llamaba infame y traidor. A m&iacute;, &iexcl;fig&uacute;rate c&oacute;mo me pondr&iacute;a!... Entonces
+no tuve m&aacute;s remedio que apelar al &uacute;ltimo recurso... por m&aacute;s que sea un
+poco fuerte&mdash;a&ntilde;adi&oacute; en voz m&aacute;s baja y alterada.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Qu&eacute; recurso?&mdash;pregunt&oacute; Gonzalo con curiosidad.</p>
+
+<p>Venturita guard&oacute; silencio algunos momentos. Al cabo respondi&oacute;
+avergonzada:</p>
+
+<p>&mdash;Le dije... le dije que t&uacute; y yo no pod&iacute;amos menos de casarnos ya.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Pues?</p>
+
+<p>&mdash;Pues... pues... adiv&iacute;nalo&mdash;dijo la ni&ntilde;a con impaciencia.</p>
+
+<p>En efecto, Gonzalo adivin&oacute; y experiment&oacute; una impresi&oacute;n de repugnancia y
+temor. Call&oacute; obstinadamente por alg&uacute;n tiempo. Venturita le pregunt&oacute; al
+fin:</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Te ha parecido mal?</p>
+
+<p>&mdash;S&iacute;&mdash;respondi&oacute; secamente.</p>
+
+<p>&mdash;Pues dispensa, chico... Ma&ntilde;ana le dir&eacute; que todo ha sido una mentira...
+y hemos conclu&iacute;do.</p>
+
+<p>&mdash;Nada se adelanta ya. Lo que me parece mal no es el resultado, como
+debes comprender, sino que haya salido eso de ti.</p>
+
+<p>&mdash;M&aacute;s pierdo yo que t&uacute;.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Por lo mismo lo siento!</p>
+
+<p>&mdash;Bien, pues dale expresiones&mdash;replic&oacute; desabridamente levant&aacute;ndose del
+alf&eacute;izar de la ventana, donde estaba sentada.</p>
+
+<p>Gonzalo alarg&oacute; la mano por entre las rejas, y la retuvo por el vestido.</p>
+
+<p>&mdash;Espera.</p>
+
+<p>La tela cruji&oacute;.</p>
+
+<p>&mdash;Ya me has roto el vestido, &iquest;lo ves?</p>
+
+<p>&mdash;Si no te disparases tan pronto...</p>
+
+<p>Y logrando cogerla por un brazo, la oblig&oacute; a sentarse.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Qu&eacute; barbaridad!&mdash;exclam&oacute; la ni&ntilde;a riendo.&mdash;As&iacute; deben hacerse el amor
+los osos.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Me quieres?&mdash;pregunt&oacute; Gonzalo riendo tambi&eacute;n.</p>
+
+<p>&mdash;No.</p>
+
+<p>&mdash;S&iacute;.</p>
+
+<p>&mdash;No.</p>
+
+<p>&mdash;Dame la mano de amigo.</p>
+
+<p>La ni&ntilde;a le alarg&oacute; su blanca y primorosa mano, y el herc&uacute;leo mancebo la
+bes&oacute; con pasi&oacute;n repetidas veces.</p>
+
+<p>&mdash;Hasta ma&ntilde;ana. Ya te dar&eacute; noticias de lo que ocurra&mdash;dijo levant&aacute;ndose
+otra vez.</p>
+
+<p>Gonzalo se alej&oacute;. A los cuatro pasos se le ocurri&oacute; que las noticias
+ten&iacute;an que ser referentes al modo como Cecilia recib&iacute;a la de su desleal
+conducta, y su frente se arrug&oacute; de nuevo con expresi&oacute;n dolorosa.</p>
+
+<p>A vueltas con esta preocupaci&oacute;n cruz&oacute; distra&iacute;do la R&uacute;a Nueva, entr&oacute; en
+la plaza de la Marina, sigui&oacute; caminando por el muelle y se alarg&oacute; hasta
+la punta del Pe&oacute;n. La noche estaba serena y despejada. Las estrellas
+centelleaban en el firmamento cabrilleando en las aguas tranquilas de la
+bah&iacute;a. La jarcia de los buques surtos en ella se destacaba con bastante
+claridad del fondo azul obscuro. A&uacute;n no hab&iacute;a sonado el grito de
+&laquo;apafogones&raquo;, y se notaban en ellos algunas luces y alg&uacute;n movimiento.
+Los marineros, recostados sobre la obra muerta, depart&iacute;an antes de
+retirarse al camarote. De vez en cuando, mirando hacia un gran vapor
+ingl&eacute;s anclado en el medio, gritaba uno: &laquo;<i>All right</i>&raquo; exagerando la
+pronunciaci&oacute;n: &laquo;<i>all right</i>&raquo;, contestaban de un patache. El grito se iba
+repitiendo en todas las goletas, pataches y quechemarines. Era la broma
+que gastaban con los ingleses que all&iacute; arribaban. Pero el gran vapor se
+manten&iacute;a silencioso, cabeceando flem&aacute;ticamente con ese desprecio tan
+profundo que nadie mejor que un hijo de Albi&oacute;n sabe afectar.</p>
+
+<p>En la punta del Pe&oacute;n se tropezaba con tal cual paseante que tomaba el
+poco fresco que hab&iacute;a. Era una de las noches m&aacute;s calurosas de agosto.
+Gonzalo, atormentado por el calor y por la idea de su comprometida
+situaci&oacute;n, se paseaba con el sombrero en la mano. Antes de llegar al
+t&eacute;rmino del malec&oacute;n, percibi&oacute; sobre el segundo pared&oacute;n una figura
+gigantesca.</p>
+
+<p>&mdash;All&iacute; est&aacute; mi t&iacute;o&mdash;se dijo.</p>
+
+<p>El viejo marino pasaba una gran parte de su existencia sobre aquel
+pared&oacute;n, en &iacute;ntimo coloquio con el mar, su antiguo amigo y compa&ntilde;ero.
+Para &eacute;l no ten&iacute;a secretos el terrible Oc&eacute;ano, ora durmiese tranquilo en
+su inmenso lecho de arena, ora despertase furioso escupiendo al cielo
+sus espumas. Pod&iacute;a dar nuevas seguras y anticipadas de sus c&oacute;leras, de
+sus desmayos, de sus sonrisas, de sus m&aacute;s profundas palpitaciones. El
+monstruo le abr&iacute;a su seno l&iacute;quido, como a un confidente leal: le dec&iacute;a
+cu&aacute;nto se aburr&iacute;a en su prisi&oacute;n de granito, y qu&eacute; ganas le acomet&iacute;an a
+veces, presenciando las infamias de los hombres, de precipitarse sobre
+la tierra, y barrer de una vez este asqueroso hormiguero. Y el buen
+caballero sol&iacute;a responderle, pensando en el crimen que acababa de leer:</p>
+
+<p>&mdash;Tienes raz&oacute;n, camarada; yo, en tu caso, es posible que lo hiciera.</p>
+
+<p>Por nada en el mundo dejar&iacute;a don Melchor de dar sus paseos matutinos,
+vespertinos y nocturnos por la punta del Pe&oacute;n. En vida de su mujer,
+cuando estaba acatarrado, ve&iacute;ase precisado a prescindir de estas
+visitas, y era lo que m&aacute;s le atormentaba. Ahora que, por desgracia, no
+ten&iacute;a quien le sujetase, acatarrado y todo sal&iacute;a.</p>
+
+<p>&mdash;Para los catarros, no hay nada como el aire libre del mar.</p>
+
+<p>Cuando de tarde en tarde se resent&iacute;a del est&oacute;mago, beb&iacute;a un par de vasos
+de salmuera, y quedaba arreglado.</p>
+
+<p>&mdash;No hay purga tan natural, tan eficaz e inofensiva como el agua del
+mar.</p>
+
+<p>En cierta ocasi&oacute;n adoleci&oacute; de una pierna. Dos &uacute;lceras le fueron
+corroyendo la carne, hasta dejar descubierto el hueso. Los m&eacute;dicos, no
+s&oacute;lo daban por perdida la pierna, sino que tem&iacute;an por su vida.
+Desahuciado ya, tuvo la audacia de hacer que le llevasen a la playa y le
+ba&ntilde;asen. A los nueve ba&ntilde;os, las &uacute;lceras estaban cerradas. Imag&iacute;nese lo
+que pensar&iacute;a despu&eacute;s de esto, de la virtud curativa del mar.</p>
+
+<p>En cambio, ten&iacute;a marcada ojeriza a los r&iacute;os. El aire del r&iacute;o le pon&iacute;a
+ronco. La humedad le daba dolores de reuma. Las nieblas le sofocaban y
+le pon&iacute;an asm&aacute;tico. Eso de que el aire fuese en ellos &laquo;encallejonado&raquo;,
+le inspiraba una aversi&oacute;n y un desprecio indecibles.</p>
+
+<p>Don Melchor dorm&iacute;a poco. Se levantaba con estrellas, y en cuanto se
+levantaba sub&iacute;a al mirador, escrutaba el cielo y el mar, y despu&eacute;s de
+haber trazado en la cabeza un estado meteorol&oacute;gico provisional del d&iacute;a,
+bajaba a fijarlo definitivamente a la punta del Pe&oacute;n. All&iacute; establec&iacute;a de
+una vez si el viento era <i>entablado</i> o simple <i>vahajillo</i>, si era
+francamente <i>a la estrella</i> o se inclinaba al cuarto cuadrante; si el
+semblante estaba <i>calimoso</i> o <i>cerrado</i>; si la mar estaba <i>picada</i> o <i>de
+leche</i>; cu&aacute;nto tiempo durar&iacute;a todo esto; qu&eacute; viento apuntar&iacute;a al
+mediod&iacute;a; si la mar ser&iacute;a gruesa a la tarde o abonanzar&iacute;a, etc., etc. No
+podr&iacute;a tomar el chocolate si no hubiese hecho tales observaciones.</p>
+
+<p>Y, en verdad, que aunque esto parezca una man&iacute;a, t&eacute;ngola por menos
+insensata que la de levantarse de la cama para escrutar el rostro del
+vecino, si est&aacute; limpio o sucio, alegre o aborrascado, si come o si
+ayuna, si duerme o si vela, si huelga o trabaja, cu&aacute;nto tiempo permanece
+en casa, y qu&eacute; rumbo toma cuando sale.</p>
+
+<p>Gonzalo subi&oacute; al segundo pared&oacute;n con un deseo irresistible de desahogar
+el pecho, y poner a su t&iacute;o al tanto de lo que ocurr&iacute;a. Y eso que la
+condici&oacute;n brusca y severa de &eacute;ste no se amoldaba muy bien a las
+confidencias amorosas. Pero la ocasi&oacute;n era cr&iacute;tica y precisa. Don
+Melchor, que con el peso de los a&ntilde;os sol&iacute;a doblar un poco el cuerpo
+hacia adelante, al ver acercarse un hombre a &eacute;l, se irgui&oacute;. Porque era
+empe&ntilde;o el que ten&iacute;a en que nadie advirtiese su decadencia y le diputasen
+por var&oacute;n inexpugnable.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Eres t&uacute;, Gonzalillo?</p>
+
+<p>&mdash;El mismo, t&iacute;o.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Milagro! A ti te gusta m&aacute;s ver rodar las bolas de marfil que las
+olas.</p>
+
+<p>&mdash;No; hoy no he jugado al billar. Me encuentro triste, preocupado... y
+quisiera hablar con usted de un asunto serio, a ver qu&eacute; me aconseja.</p>
+
+<p>Don Melchor le mir&oacute; con sorpresa.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Un asunto serio?</p>
+
+<p>&mdash;S&iacute;... Vamos a ver, t&iacute;o: &iquest;usted se casar&iacute;a con una mujer a quien no
+quisiera?</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Qu&eacute; pregunta! El matrimonio a mi edad es un barreno en los fondos,
+querido.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Pero si fuese joven, se casar&iacute;a?...</p>
+
+<p>&mdash;Jam&aacute;s.</p>
+
+<p>&mdash;Pues bien, t&iacute;o... Yo no quiero a Cecilia.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Que no quieres a Cecilia?&mdash;exclam&oacute; estupefacto el caballero.</p>
+
+<p>Hay que advertir que don Melchor sent&iacute;a un cari&ntilde;o ciego, casi adoraci&oacute;n
+por la prometida de su sobrino. Para &eacute;l aquella criatura era sagrada.
+Desde que Gonzalo se fij&oacute; en ella y &eacute;l lo supo, la hizo objeto de una
+observaci&oacute;n pertinaz lo mismo que si estuviese reconociendo el casco de
+un buque antes de arbolarlo. La hall&oacute; buena, callada, inteligente y
+hacendosa, y sinti&oacute; una intensa alegr&iacute;a amargada tan s&oacute;lo por la noticia
+de que los novios no se ir&iacute;an a vivir con &eacute;l. Visitaba poco la casa de
+Belinch&oacute;n, pero cuando tropezaba a la joven en la calle, nunca dejaba de
+pararla, mostr&aacute;ndose tan galante y expresivo como jam&aacute;s le hab&iacute;a visto
+nadie.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Que no la quieres?&mdash;repiti&oacute;.&mdash;&iquest;Y por qu&eacute; no la quieres, zopenco?</p>
+
+<p>&mdash;No lo s&eacute;. Hice esfuerzos sobrehumanos por cobrarle amor, y no lo he
+conseguido.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Y ahora te acuerdas de eso? &iquest;Un mes antes de casarte? Vamos, Gonzalo,
+a ti hay que darte una carena en la cabeza.</p>
+
+<p>&mdash;Es una atrocidad... lo comprendo... pero yo no puedo resignarme a ser
+desgraciado toda la vida.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Desgraciado! &iquest;Y llamas desgracia, grand&iacute;simo zarrampl&iacute;n, casarte con
+una joven tan buena y tan hermosa que no hay otra en Sarri&oacute; que le
+llegue a la suela de los zapatos?</p>
+
+<p>Gonzalo no pudo menos de sonreir.</p>
+
+<p>&mdash;Cecilia es una buena muchacha, digna de casarse con un hombre mejor
+que yo... pero, hermosa, t&iacute;o...</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Hermosa, s&iacute;, hermosa, majadero!&mdash;exclam&oacute; furioso el se&ntilde;or de las
+Cuevas.&mdash;&iquest;Ser&aacute;s capaz de poner tachas a un &aacute;ngel?</p>
+
+<p>El veterano estaba (aunque la afirmaci&oacute;n cause asombro) en la edad en
+que mejor se siente la poes&iacute;a de la mujer, que es la exquisita
+sensibilidad, la resignaci&oacute;n, la dulzura, el sacrificio y no la ef&iacute;mera
+disposici&oacute;n de la forma, como juzga la impetuosa y desapoderada
+juventud.</p>
+
+<p>&mdash;No ri&ntilde;amos por eso.</p>
+
+<p>&mdash;S&iacute; re&ntilde;iremos... No quiero que vuelvas a hablarme de Cecilia de ese
+modo... &iexcl;Vaya, vaya!</p>
+
+<p>&mdash;Bien; pues confieso que Cecilia es una chica muy linda... pero...</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Pero qu&eacute;?</p>
+
+<p>&mdash;Pero yo no puedo quererla... porque ya quiero a otra.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Qu&eacute; mil diablos est&aacute;s diciendo ah&iacute;, muchacho!&mdash;profiri&oacute; don Melchor
+sujetando por el brazo a su sobrino y sacudi&eacute;ndole.</p>
+
+<p>&mdash;No puedo remediarlo, t&iacute;o. Estoy enamorado hasta el cogote de su
+hermana Ventura.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Est&aacute;s en tu juicio o entre dos aguas, rapaz?</p>
+
+<p>&mdash;Hablo en serio... La quiero, y ella me quiere.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Y crees que con eso est&aacute; dicho todo?&mdash;dijo el anciano cada vez m&aacute;s
+irritado.&mdash;&iquest;Crees que as&iacute; se puede faltar a un compromiso sagrado?
+&iquest;Crees que as&iacute; se puede dejar a una joven expuesta a la burla de la
+poblaci&oacute;n? &iquest;Crees que habr&aacute; padres que autoricen semejante infamia?</p>
+
+<p>&mdash;T&iacute;o&mdash;respondi&oacute; Gonzalo suavemente,&mdash;antes de atreverme a decirle a
+usted lo que acaba de oir, han ocurrido cosas que me obligaban a dar
+este paso. Mis relaciones con Venturita son formales. Su madre las
+conoce y las ha autorizado, y a estas horas tambi&eacute;n su padre debe tener
+noticia de ellas.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Y las autorizar&aacute;?</p>
+
+<p>&mdash;Estoy seguro de ello.</p>
+
+<p>Don Melchor dej&oacute; el brazo de su sobrino que ten&iacute;a cogido, y se llev&oacute; la
+mano a la frente. Estuvo un rato largo sin hablar.</p>
+
+<p>Al cabo dijo con palabra lenta y acento melanc&oacute;lico:</p>
+
+<p>&mdash;Bien est&aacute;... Yo nada puedo hacer para evitar esa verg&uuml;enza... &iexcl;porque
+es una verg&uuml;enza!&mdash;a&ntilde;adi&oacute; con energ&iacute;a.&mdash;Eres mayor de edad, y aunque no
+lo fueses, en estos asuntos no intenvendr&iacute;a jam&aacute;s.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Se enfada usted?</p>
+
+<p>&mdash;Tampoco cabe aqu&iacute; el enfadarse. Lo siento &uacute;nicamente. Lo siento por
+ella, pues he llegado a cobrarla cari&ntilde;o... y lo siento a&uacute;n m&aacute;s por ti,
+Gonzalo. Al hombre que falta a su palabra, no puede ayudarle Dios...
+Estabas ya a bordo de un barco seguro, de porte, de madera blanca bien
+sangrada, con los fondos forrados, los &aacute;rboles recios y el aparejo
+limpio y sencillo, y lo dejas para embarcarte en otro m&aacute;s ligero y
+gal&aacute;n... Buen provecho te haga. Pero ten en cuenta, hijo, que el viaje
+es largo, la mar ancha y brava; lo que ahora es bonanza, en un instante
+se convierte en marejada de leva; el viento no siempre fresquito, y
+cuando arrecia, se pone pesado de veras. Entonces no valen primores en
+la arboladura ni pinturas en las bandas, sino madera, mucha madera. Dame
+quillas, y te dar&eacute; millas. De poco vale salir empavesado del puerto si
+el casco no puede con el aparejo... Ya sabes que Cecilia me gustaba...
+Siento mucho no poder decirte lo mismo de su hermana... Esto no es
+hablar contra ella. Ni la conozco bastante, ni a m&iacute; me corresponde
+hacerlo; pero puedo y debo decirte mis sentimientos, aunque no hagas
+caso de ellos...</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Oh, t&iacute;o!...</p>
+
+<p>&mdash;Nada, nada, querido: cuando a un muchacho le cae sobre la cabeza un
+suestazo de &eacute;stos, es menester arriar de salto las escotas y dejarle
+navegar a bolina desahogada. T&uacute; est&aacute;s requemado al parecer... bueno,
+pues refr&eacute;scate... Pero ten en cuenta que ni llevas rumbo seguro, ni
+obras como caballero.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;T&iacute;o!</p>
+
+<p>&mdash;M&aacute;s claro que yo, el agua, querido. Si has logrado vencer la
+resistencia de los padres, y si has salvado las dificultades, no
+lograr&aacute;s por eso hacer de lo blanco negro, no convertir una mala acci&oacute;n
+en buena... Pica, pica los cables y larga vela. Yo soy viejo ya, y tengo
+esperanza de no verte correr los temporales que sobre ti han de caer...
+Pero si Dios quisiera darme ese castigo, si alg&uacute;n d&iacute;a, por mis pecados,
+te viese correr a palo seco y bebiendo agua por las bordas... sentir&eacute;,
+hijo m&iacute;o, no tener fuerzas ya para tirarte un cabo.</p>
+
+<p>La voz del anciano se hab&iacute;a conmovido al pronunciar estas &uacute;ltimas
+palabras. Gonzalo sinti&oacute; apret&aacute;rsele el coraz&oacute;n. Guardaron silencio
+obstinado un buen rato. Al cabo don Melchor dijo:</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Vienes a cenar, Gonzalito?</p>
+
+<p>&mdash;Ahora no tengo apetito, t&iacute;o; all&aacute; ir&eacute; un poco m&aacute;s tarde.</p>
+
+<p>&mdash;Bien, pues hasta ahora&mdash;pronunci&oacute; tristemente el se&ntilde;or de las Cuevas.</p>
+
+<p>Y se alej&oacute; lentamente en direcci&oacute;n de tierra, perdi&eacute;ndose a poco entre
+las sombras.</p>
+
+<p>Gonzalo qued&oacute; como estaba, de bruces sobre el pretil del pared&oacute;n,
+contemplando el mar que lo bat&iacute;a suavemente. Las olas, despu&eacute;s de chocar
+en la piedra con leve y hueco estampido, retroced&iacute;an corriendo sobre las
+otras, y produc&iacute;an rumor semejante al de una cortina que se despliega.
+De sus espumas brotaba la claridad fosforescente acusando la presencia
+de los millones de millones de seres que all&iacute; habitan, con el mismo
+sosiego que nosotros en la tierra, a pesar de su vertiginosa marcha por
+los espacios. El monstruo dorm&iacute;a debajo del manto obscuro de la noche,
+tranquilo y feliz como un ni&ntilde;o, a quien no agitan tristes ensue&ntilde;os.
+Apenas se percib&iacute;a el blando soplo de su respiraci&oacute;n en las concavidades
+de las pe&ntilde;as. Hacia el Poniente alz&aacute;base la negra silueta del cabo de
+San Lorenzo que avanzaba mar adentro buen trecho, y en su extremidad un
+faro movible desparramaba a intervalos iguales sus luces, ora blancas,
+ora verdes, ora rojizas. En el firmamento brillaban las estrellas con
+fulgor extraordinario. Hasta los innumerables soles de la v&iacute;a l&aacute;ctea
+dejaban caer como nunca su blanca luz sobre la h&uacute;meda llanura. J&uacute;piter
+relampagueaba en el cielo como el dios de la noche, rompiendo la
+obscuridad con sus hermosos rayos anaranjados..</p>
+
+<p>De pronto cambi&oacute; la decoraci&oacute;n. All&aacute; hacia Levante el p&aacute;lido semic&iacute;rculo
+de la luna asom&oacute; su cuerno superior sobre las aguas dormidas. Una estela
+de luz corri&oacute; vivamente sobre ellas inflam&aacute;ndolas. El lucero divino
+recogi&oacute; sus rayos con galanter&iacute;a, ante la luz serena de la diosa que
+empez&oacute; a levantarse lenta y majestuosamente, eclipsando los diamantes de
+todos tama&ntilde;os que en torno suyo luc&iacute;an. Alz&aacute;base en medio de una
+atm&oacute;sfera radiante y espl&eacute;ndida, dibujando sobre ella sus graciosos
+contornos y esparciendo por el ambiente bals&aacute;mico influjo. Y el Oc&eacute;ano
+que d&oacute;cil a &eacute;l va y viene sin cesar desde el principio del mundo, se
+encendi&oacute; en pura llama, tembl&oacute; su vasto seno inflamado, y arroj&oacute; sus
+aguas a las pe&ntilde;as de Santa Mar&iacute;a como enormes capas de mercurio que al
+retirarse se sobrepon&iacute;an a otras y se fund&iacute;an con ellas.</p>
+
+<p>Reinaba silencio sublime, un recogimiento de suavidad inefable en
+aquella escena tan vieja y tan nueva a la vez. La Naturaleza parec&iacute;a
+suspender su curso para escuchar la eterna armon&iacute;a de los cielos.</p>
+
+<p>Las olas se acariciaban blandamente sin osar interrumpir con ruidosos
+juegos la augusta serenidad de la noche.</p>
+
+<p>Gonzalo, a pesar de la viva inquietud en que la conversaci&oacute;n con su t&iacute;o
+le dejara, sinti&oacute; la fascinaci&oacute;n de aquel mar, de aquel cielo, de
+aquella luna, y su <i>agitaci&oacute;n</i> se fu&eacute; transformando en <i>tristeza</i>. Las
+severas palabras del viejo marino hab&iacute;an despertado a latigazos su
+conciencia. Renaci&oacute; con m&aacute;s furia que antes la lucha entre el &aacute;ngel y el
+demonio. Una vez estuvo aqu&eacute;l a punto de vencer. El joven imagin&oacute;
+presentarse al d&iacute;a siguiente en casa de Belinch&oacute;n, hablar con do&ntilde;a Paula
+y rogarla que no dijese nada a Cecilia y apresurase el matrimonio. Pero
+al instante se le ofreci&oacute; a la mente la imagen de Venturita, y pens&oacute; que
+le ser&iacute;a imposible vivir al lado de ella, sin padecer horribles
+tormentos. Entonces, como acaece casi siempre en estas luchas, vino el
+per&iacute;odo de las transacciones.&mdash;&laquo;Nada, lo mejor&mdash;se dijo&mdash;es huir,
+marcharse otra vez a Francia o Inglaterra, y no casarse con una ni con
+otra. De este modo no hay traici&oacute;n. La herida que causo a Cecilia se
+cicatrizar&aacute; pronto. Hallar&aacute; un marido que valga m&aacute;s qu&eacute; yo, y cuando
+vuelva al cabo de algunos a&ntilde;os, probablemente la encontrar&eacute; feliz y
+rodeada de hijos...&raquo;</p>
+
+<p>Pero... &iexcl;huir de Ventura! &iexcl;Huir de aquella imagen radiante de felicidad!
+&iexcl;No escuchar m&aacute;s su voz que causaba en el alma delicias incomprensibles!
+&iexcl;No sentir el dulce contacto de su mano fresca y maciza como un bot&oacute;n de
+rosa! &iexcl;Alejarse de sus ojos brillantes y risue&ntilde;os y magn&eacute;ticos!... &iexcl;Oh,
+no!</p>
+
+<p>Sent&iacute;a la frente ba&ntilde;ada en sudor. Una mortal congoja le acometi&oacute;
+pensando en esto, como si ya la decisi&oacute;n estuviese tomada, y para salir
+de ella tuvo que decirse:&mdash;&laquo;Ya veremos, ya veremos... Ahora es muy
+dif&iacute;cil, casi imposible, volverse atr&aacute;s... La madre ya lo sabe... Don
+Rosendo tambi&eacute;n... y Cecilia a estas horas acaso...&raquo;</p>
+
+<p>El &aacute;ngel afloj&oacute; sus brazos, cansados ya, desprendi&oacute; las manos y cay&oacute; al
+fin rendido. Si no con los del cuerpo, Gonzalo pudo ver con los ojos del
+esp&iacute;ritu su blanca imagen cruzar la atm&oacute;sfera serena y hundirse en las
+aguas resplandecientes.</p>
+
+<p>Y llor&oacute; acometido de extra&ntilde;a tristeza. Esta clase de luchas nunca se
+efect&uacute;an en el alma humana sin desgarrarla por alg&uacute;n sitio. Para
+alcanzar la dicha necesitaba pisar el coraz&oacute;n de una inocente joven,
+violar un juramento, ser un traidor. Las palabras de su t&iacute;o vibraban a&uacute;n
+en sus o&iacute;dos:&mdash;&laquo;Al hombre que falta a su palabra no puede ayudarle
+Dios.&raquo; Y, en efecto, &eacute;l se consideraba indigno de esta ayuda. Un
+presentimiento cruel, indefinido, de desgracia, de muerte, de tristeza,
+le atraves&oacute; el pecho, y en intensa y r&aacute;pida visi&oacute;n observ&oacute; la fealdad
+de la vida sin virtud ni sosiego, como el caballero de la leyenda que,
+abrazado a una dama joven y hermosa, al oscilar la luz por la fuerza del
+viento la ve&iacute;a transformada en vieja, descarnada y hedionda.</p>
+
+<p>Las aguas bat&iacute;an suavemente el pared&oacute;n a sus pies. Con los ojos clavados
+en ellas segu&iacute;a distra&iacute;do su movimiento ondulante. Las algas, sujetas al
+fondo, se agitaban con el vaiv&eacute;n de las olas semejando la cabellera de
+un muerto. &iexcl;Qu&eacute; bien se dormir&iacute;a all&iacute; abajo! &iexcl;Qu&eacute; paz en aquel fondo
+transparente! &iexcl;Qu&eacute; m&aacute;gica luz arriba! Gonzalo escuch&oacute; por primera vez en
+su vida la voz elocuente de la Naturaleza que invita a reposar en su
+seno maternal, esa voz dulce de irresistible atractivo que los
+desgraciados escuchan hasta en sue&ntilde;os, y que les impulsa tantas veces a
+acercar el fr&iacute;o ca&ntilde;&oacute;n de una pistola a la sien.</p>
+
+<p>Fu&eacute; un instante no m&aacute;s. Su feliz temperamento sangu&iacute;neo se rebel&oacute; contra
+ese llamamiento. La vida, que herv&iacute;a exuberante en su naturaleza de
+atleta, rechaz&oacute; con indignaci&oacute;n aquel fugaz pensamiento de muerte. Un
+suceso insignificante, la aparici&oacute;n de una lucecita verde en los
+confines del horizonte, bast&oacute; para divertir su imaginaci&oacute;n de aquellas
+ideas tristes.&mdash;&laquo;Un barco que quiere entrar&mdash;se dijo.&mdash;&iquest;Qu&eacute; hora ser&aacute;?
+(Sac&oacute; el reloj.) &iexcl;Las diez y media ya! Si fuese un poco m&aacute;s temprano, me
+quedar&iacute;a. Vamos a ver si a&uacute;n est&aacute; esa gente en el caf&eacute; y quiere jugar
+unos <i>chap&oacute;s</i>.&raquo;</p>
+
+<p>Sac&oacute; un magn&iacute;fico cigarro habano de la petaca, lo encendi&oacute;, y chup&aacute;ndolo
+voluptuosamente, se fu&eacute; acercando, poco a poco, al caf&eacute; de la Marina.</p>
+
+<p>Casi a la misma hora pasaba en casa de Belinch&oacute;n una escena triste. Todo
+aquel d&iacute;a, hab&iacute;a estado do&ntilde;a Paula en su lecho, quej&aacute;ndose de una fuerte
+opresi&oacute;n en el lado izquierdo, que le dificultaba mucho el respirar. No
+le gustaba llamar al m&eacute;dico, por esa antipat&iacute;a invencible y aun terror
+que tiene la plebe a la ciencia. En cambio acostumbraba a propinarse
+cuantos remedios absurdos le aconsejaban las muchas mujerucas que
+acud&iacute;an diariamente a su casa para sacarle los cuartos con viles e
+hiperb&oacute;licas adulaciones. As&iacute;, que no cesaron las fricciones de sebo de
+carnero, las tazas de hortelana, la enjundia de gallina, etc., etc. Por
+fin, a despecho de esta formidable terap&eacute;utica, la buena se&ntilde;ora mejor&oacute;
+bastante al obscurecer: hasta quiso levantarse; pero se lo impidieron
+Cecilia y Pablito. Uno y otra la hab&iacute;an acompa&ntilde;ado largos ratos sentados
+a la cabecera de la cama. En particular Cecilia apenas se separ&oacute; m&aacute;s
+instantes que los necesarios para preparar las unturas y tisanas.
+Pablito hac&iacute;a frecuentes, excursiones a los corredores, donde, por rara
+casualidad, tropezaba casi siempre a Nieves y la hac&iacute;a pagar derechos de
+peaje. A veces, sus carcajadas reprimidas llegaban hasta el cuarto de la
+enferma, y &eacute;sta sonre&iacute;a con benevolencia diciendo a Cecilia:</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Qu&eacute; locos!</p>
+
+<p>Sin ocurr&iacute;rsele, por supuesto, que su adorado hijo pudiera hacer otra
+cosa que jugar al escondite.</p>
+
+<p>Seg&uacute;n iba quedando libre y desembarazado su pecho, carg&aacute;basele la cabeza
+con el cuidado de comunicar a su hija aquella tan triste noticia que la
+hab&iacute;a puesto en cama. No hac&iacute;a m&aacute;s que dirigirle largas y melanc&oacute;licas
+miradas, suspirando al mismo tiempo con se&ntilde;ales de dolor. Varias veces
+hab&iacute;a dicho:</p>
+
+<p>&mdash;Cecilia, oye.</p>
+
+<p>Y otras tantas, arrepentida, la hab&iacute;a ordenado cualquier menudencia.</p>
+
+<p>Hab&iacute;a cerrado la noche. Venturita encendi&oacute; la l&aacute;mpara veladora, y
+despu&eacute;s se fu&eacute;. Pablo, viendo a su madre mejor, y no teniendo ya ocasi&oacute;n
+de ejercer sus derechos se&ntilde;oriales en los pasillos de la casa, fu&eacute; a dar
+una vuelta por el caf&eacute;. Quedaron madre e hija en la alcoba; la primera
+en la cama, tranquila ya; la segunda, sentada cerca de ella. Despu&eacute;s de
+rato largo de silencio, durante el cual la se&ntilde;ora de Belinch&oacute;n di&oacute; mil
+vueltas en su cabeza para hallar una entrada que la llevase naturalmente
+a la confidencia que estaba obligada a hacer.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Han cosido hoy mucho las chicas?&mdash;pregunt&oacute;.</p>
+
+<p>&mdash;No s&eacute;... Apenas he ido por all&aacute;&mdash;respondi&oacute; Cecilia.</p>
+
+<p>&mdash;Me figuro que, si seguimos trabajando tanto, vamos a concluir
+demasiado pronto.</p>
+
+<p>&mdash;Puede ser.</p>
+
+<p>Do&ntilde;a Paula no supo c&oacute;mo proseguir, y guard&oacute; silencio.</p>
+
+<p>Al cabo de algunos minutos cogi&oacute; el hilo de nuevo.</p>
+
+<p>&mdash;En todo este mes de agosto quedar&aacute; terminado el equipo... Y yo creo
+que tardar&eacute;is a&uacute;n algunos meses en casaros.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Algunos meses?...</p>
+
+<p>&mdash;Me parece... Creo que Gonzalo no desea que la ceremonia sea tan
+pronto&mdash;dijo la se&ntilde;ora con voz temblorosa.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Te lo ha dicho &eacute;l?</p>
+
+<p>&mdash;S&iacute;; me lo ha dicho... Digo, no, dec&iacute;rmelo, no... pero lo he adivinado
+por ciertas cosas... por algunas palabras indirectas....</p>
+
+<p>Do&ntilde;a Paula estaba aturdida y sofocada. Afortunadamente, Cecilia no pod&iacute;a
+observar bien el color encendido de sus mejillas.</p>
+
+<p>&mdash;Desear&iacute;a saber qu&eacute; palabras fueron &eacute;sas&mdash;manifest&oacute; la joven con
+firmeza.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;No me lo preguntes, hija de mi alma!&mdash;exclam&oacute; la se&ntilde;ora rompiendo a
+sollozar.</p>
+
+<p>Cecilia se puso fuertemente p&aacute;lida, y dej&oacute; que su madre le besase con
+efusi&oacute;n la mano que ten&iacute;a entre las suyas.</p>
+
+<p>Repuesta del susto, pregunt&oacute;:</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Qu&eacute; ha pasado, mam&aacute;?... Habla.</p>
+
+<p>&mdash;Una cosa horrible, alma m&iacute;a... &iexcl;Una infamia!... Quisiera morirme en
+este momento, para no ver la ruindad, la maldad que se hace con una hija
+m&iacute;a.</p>
+
+<p>&mdash;Tranquil&iacute;zate, mam&aacute;. Est&aacute;s enferma, y puede hacerte mucho da&ntilde;o esta
+emoci&oacute;n.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Qu&eacute; importa! Te digo que quisiera morirme... Dar&iacute;a con gusto la vida
+por que no quisieras a Gonzalo... &iquest;Le quieres, coraz&oacute;n m&iacute;o, le quieres
+mucho?</p>
+
+<p>Cecilia no contest&oacute;.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Dime, por Dios, que no le quieres!</p>
+
+<p>Cecilia sigui&oacute; callada. Al cabo de algunos instantes dijo, esforz&aacute;ndose
+en vano por dar una inflexi&oacute;n segura a la voz:</p>
+
+<p>&mdash;Gonzalo renuncia a casarse conmigo, &iquest;verdad?</p>
+
+<p>A su vez do&ntilde;a Paula guard&oacute; silencio y ocult&oacute; su rostro lloroso entre las
+manos.</p>
+
+<p>Transcurrieron algunos instantes.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Tiene alguna queja de m&iacute;?</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Qu&eacute; ha de tener! &iquest;Qui&eacute;n podr&aacute; tener queja de ti, mi cordera?</p>
+
+<p>&mdash;Entonces, si es que ya no le gusto o no me quiere, &iquest;qu&eacute; vamos a
+hacer?... M&aacute;s vale que me desenga&ntilde;e a tiempo.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Oh!&mdash;grit&oacute; do&ntilde;a Paula rompiendo de nuevo a sollozar. Bajo la aparente
+resignaci&oacute;n de su hija adivinaba un dolor profundo, que hac&iacute;a esfuerzos
+por ocultarse.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Qu&eacute; le vamos a hacer, mam&aacute;! &iquest;No vale m&aacute;s que me lo diga ahora que
+despu&eacute;s de casados? &iquest;No comprendes la vida de tormentos que pasar&iacute;a
+unido a una mujer a quien no quisiera?... La pena que puede causarme en
+este momento, por grande que sea, no puede compararse a la que tendr&iacute;a
+al saber que mi marido no me amaba. La pena entonces ser&iacute;a cada vez
+mayor hasta la muerte, mientras que ahora puede desaparecer o por lo
+menos calmarse... Acaso despu&eacute;s que &eacute;l se vaya, no vi&eacute;ndole en mucho
+tiempo le ir&eacute; olvidando poco a poco...</p>
+
+<p>&mdash;Es... que no se va&mdash;profiri&oacute; confusamente la se&ntilde;ora.</p>
+
+<p>&mdash;Si no se va, paciencia... Procurar&eacute; no salir de casa, y as&iacute; no le
+ver&eacute;.</p>
+
+<p>&mdash;Es que... &iexcl;hija de mi alma, tu desgracia es a&uacute;n mucho mayor!...
+Gonzalo est&aacute; enamorado de tu hermana.</p>
+
+<p>Cecilia se puso a&uacute;n m&aacute;s p&aacute;lida, hasta dar en l&iacute;vida, y guard&oacute; silencio.</p>
+
+<p>Su madre le volvi&oacute; a besar la mano con efusi&oacute;n. Despu&eacute;s la trajo hacia
+s&iacute; y le cubri&oacute; de besos el rostro.</p>
+
+<p>&mdash;Perd&oacute;name que te est&eacute; martirizando de este modo... Por mucho que t&uacute;
+sufras, aun sufro yo m&aacute;s... Ayer por la tarde, tu hermana me lo vino a
+decir,.. Fig&uacute;rate el susto y el dolor que habr&eacute; recibido... Mi primer
+impulso fu&eacute; ahogarla, porque es imposible que ella no tenga la mayor
+parte de la culpa... Me di&oacute; pruebas de que estaban ya hace tiempo en
+relaciones, me ense&ntilde;&oacute; cartas... Luego, la falta de Gonzalo en estos
+d&iacute;as, lo hac&iacute;a todo cre&iacute;ble. En cuanto estuve convencida de la traici&oacute;n,
+le dije lo que ven&iacute;a al caso, esto es, que yo no pod&iacute;a consentir que
+nadie hiciese burla de una hija m&iacute;a, y que Gonzalo no pondr&iacute;a m&aacute;s los
+pies en esta casa en toda su vida; que tan villano y tan infame era &eacute;l
+como ella... Todo lo que se me vino a la boca. Pero esta ma&ntilde;ana... esta
+ma&ntilde;ana supe una cosa m&aacute;s horrible todav&iacute;a... Supe que tu hermana ha
+llegado donde no puedo ni quiero decirte. No hay m&aacute;s remedio que
+casarlos, y cuanto m&aacute;s pronto... Ya sabes por qu&eacute; me ha dado esta
+opresi&oacute;n que por poco me mata, &iexcl;y m&aacute;s valiera que as&iacute; fuese!... Lo mismo
+tu padre que yo estamos cogidos, tenemos los brazos atados. Si no fuese
+as&iacute;, antes que consentir en ese matrimonio, me har&iacute;an primero pedazos...
+La infamia que contigo ha usado ese hombre, me lo hace aborrecible ya
+para toda la vida... &iexcl;S&iacute;, s&iacute;, para toda la vida!&mdash;a&ntilde;adi&oacute; con acento
+iracundo.</p>
+
+<p>Cecilia no respondi&oacute;. Cruzadas las manos sobre el regazo, y la cabeza
+inclinada sobre el pecho, miraba al suelo con ojos at&oacute;nitos. Ni el
+discurso entrecortado y vehemente de su madre, ni los sollozos que le
+siguieron, lograron hacerla variar de actitud. As&iacute; permaneci&oacute; un buen
+rato, inm&oacute;vil y blanca como una estatua.</p>
+
+<p>En aquellos grandes ojos ext&aacute;ticos, tembl&oacute; al fin una l&aacute;grima, creci&oacute;,
+vacil&oacute;... desprendi&oacute;se rodando, dejando h&uacute;medo surco sobre sus mejillas
+marchitas, y cay&oacute; como una gota de fuego sobre su mano, que se dej&oacute;
+quemar sin moverse. Poco despu&eacute;s, se hab&iacute;a evaporado. Un &aacute;ngel la
+recogi&oacute; y la llev&oacute; a Dios para que pidiese cuenta de ella a quien
+correspondiese.</p>
+
+
+
+<h3 class="top15"><a name="X" id="X"></a>X</h3>
+
+<p class="c smcap">de la gloriosa aparici&oacute;n de &laquo;el faro de sarri&oacute;&raquo; en el estadio de la
+prensa.&mdash;primeros fuegos de la batalla del pensamiento.</p>
+
+
+<p>Una nueva y clara luz amanec&iacute;a sobre Sarri&oacute;, despu&eacute;s de tantas
+tinieblas. Por la merced y gracia singular de Dios, hall&oacute;se la hermosa
+villa provista, cuando menos lo pensaba, de un &oacute;rgano en la prensa,
+siquiera fuese semanal o &laquo;hebdomadario&raquo;, seg&uacute;n dec&iacute;a su ilustre
+fundador. Graves obst&aacute;culos, escollos peligrosos se opon&iacute;an a la
+realizaci&oacute;n de la empresa. Todos supo vencerlos y evitarlos la
+perseverancia y el genio del hombre extraordinario que la tomara a su
+cargo. La primer dificultad vencida fu&eacute; la del dinero. Se crearon
+cincuenta acciones de mil reales cada una, para el sostenimiento del
+peri&oacute;dico, de las cuales los amigos de don Rosendo s&oacute;lo tomaron nueve;
+don Rudesindo cinco, don Feliciano dos y don Pedro Miranda, a pesar de
+su cuantiosa renta, otras dos nada m&aacute;s. En cuanto a los otros, Alvaro
+Pe&ntilde;a, don Rufo, Navarro, etc., se disculparon con su falta de recursos,
+y no les faltaba raz&oacute;n. Adem&aacute;s, pon&iacute;an en el negocio su inteligencia,
+que es lo principal. Qued&oacute;se con las cuarenta y una restantes, don
+Rosendo. Grandeza singular de &aacute;nimo que caus&oacute; excelente impresi&oacute;n en
+todos.</p>
+
+<p>Despach&aacute;ronse emisarios a Lancia en busca de imprenta. No habiendo dado
+resultado sus gestiones, el mismo fundador se traslad&oacute; a la ciudad. Al
+cabo de algunos d&iacute;as tuvo la fortuna de descubrir a un impresor
+arruinado hac&iacute;a algunos a&ntilde;os, cuyos t&oacute;rculos rotos y enmohecidos no
+hab&iacute;a querido comprar nadie y yac&iacute;an cubiertos de polvo en un obscuro
+s&oacute;tano. Cuando don Rosendo fu&eacute; a examinarlos en compa&ntilde;&iacute;a de su due&ntilde;o, no
+pudo menos de sentir respetuosa emoci&oacute;n. Un raudal de graves y profundas
+reflexiones se desprendi&oacute; acto continuo de su mente al
+contemplarlos:&mdash;&laquo;He aqu&iacute;&mdash;se dijo&mdash;los instrumentos m&aacute;s poderosos del
+progreso humano en vergonzosa holganza, no por culpa suya, sino por el
+abandono de los hombres. &iexcl;Cu&aacute;nta ilustraci&oacute;n, cu&aacute;nto pan espiritual
+pudieron esparcir en los a&ntilde;os que llevan arrinconados y silenciosos!
+Mientras la barbarie y la ignorancia imperan en la mayor parte de
+nuestras comarcas, ellos, que son los &uacute;nicos que tienen fuerza para
+desterrarlas, permanec&iacute;an aqu&iacute; inm&oacute;viles, faltos de una mano que los
+empuje y arranque de sus entra&ntilde;as los secretos de la ciencia y la
+pol&iacute;tica.&raquo;</p>
+
+<p>Poco falt&oacute; para que los besara y abrazara tiernamente. El impresor,
+hall&aacute;ndole en tan ben&eacute;vola disposici&oacute;n de &aacute;nimo respecto de ellos, no
+quiso ser menos, y se declar&oacute; enamorado hasta los huesos de sus
+instrumentos. Por ning&uacute;n dinero consentir&iacute;a en desprenderse de aquellos
+antiguos compa&ntilde;eros que le hab&iacute;an ayudado a ganarse el pan (y el vino
+tambi&eacute;n, seg&uacute;n lo que se dec&iacute;a por el pueblo). Cant&oacute; sus excelencias con
+tal fuego y entusiasmo, como si fueran sus padres y sus hermanos y a
+ellos debiera el soplo de vida que le animaba, e hizo adem&aacute;s la
+importante declaraci&oacute;n de que imprim&iacute;an, si no tan pronto, mejor y mas
+limpio que todas las prensas conocidas hasta el d&iacute;a. De acuerdo con
+estos extremos, don Rosendo se esforz&oacute;, no obstante, en convencerle de
+que deb&iacute;a enajenarlos siquiera por que no se perdiesen sus notabil&iacute;simas
+cualidades. Pero cuanto m&aacute;s elocuente se mostraba el negociante, m&aacute;s
+tierno y encari&ntilde;ado aparec&iacute;a el impresor. Por &uacute;ltimo, se convino en que
+&eacute;ste no se desprendiese de aquellas prendas, tan caras a su coraz&oacute;n, ya
+que no ten&iacute;a valor para llevarlo a cabo, y se trasladase con ellas a
+Sarri&oacute;, donde se establecer&iacute;an definitivamente. Llevar&iacute;a consigo algunos
+cajistas que pudiesen ense&ntilde;ar a otros j&oacute;venes de la villa, y todos los
+enseres necesarios para montar la imprenta. Folgueras, que as&iacute; se
+llamaba el impresor arruinado, quedaba como due&ntilde;o y regente de ella.
+Cobrar&iacute;a por la tirada del nuevo peri&oacute;dico un tanto, mayor dos veces,
+seg&uacute;n nuestros c&aacute;lculos, a lo que cobran en las mejores imprentas de
+Madrid. No era mucho si se tiene en cuenta el m&eacute;rito de los t&oacute;rculos y
+el acendrado amor que les profesaba.</p>
+
+<p>El t&iacute;tulo fu&eacute; uno de los puntos en que mejor se mostr&oacute; el gallardo
+ingenio e invenci&oacute;n de don Rosendo. Intitul&oacute;lo <i>El Faro de Sarri&oacute;</i>,
+nombre altamente expresivo y sonoro, y de alcance singular, por cuanto
+no otra cosa se propon&iacute;a su fundador que esclarecer a su pueblo y darle
+esplendor. Secretamente encarg&oacute; a Madrid un grabado para la cabeza del
+peri&oacute;dico. Al llegar pocos d&iacute;as despu&eacute;s, caus&oacute; espasmos de alegr&iacute;a,
+tanto entre los accionistas como entre todos los que tuvieron la fortuna
+de verle. Representaba un puerto de mar, Sarri&oacute; al parecer, en las altas
+horas de la noche, a juzgar por las negras tintas del cielo y el mar. A
+la izquierda se elevaba una alt&iacute;sima monta&ntilde;a ideal que lo dominaba
+enteramente, y sobre ella se ve&iacute;a un caballero que guardaba cierto
+parecido lejano con don Rosendo, dirigiendo los fuegos de una inmensa
+linterna sobre la villa. Cerca de &eacute;l percib&iacute;anse las cabezas de otros
+cuantos personajes. Los accionistas creyeron de buena fe que eran sus
+efigies, y quedaron vivamente agradecidos al dibujante.</p>
+
+<p>Fu&eacute; designado como local para la imprenta un almac&eacute;n de don Rudesindo,
+pag&aacute;ndole la renta, por supuesto. A la redacci&oacute;n se destin&oacute; en el mismo
+local un compartimiento, para lo cual hubo que ejecutar algunas obras.
+Mont&oacute;se al fin la imprenta, no sin muchos e impensados gastos.
+Folgueras, que dec&iacute;a estar provisto de todo lo necesario, no ten&iacute;a nada,
+y fu&eacute; preciso encargar a Madrid fundiciones y piezas que faltaban a la
+prensa, construir galerines, comprar mesas, etc., etc. Al fin todo qued&oacute;
+arreglado. Don Rosendo trabajaba, como un negro, ocup&aacute;ndose hasta en los
+m&aacute;s &iacute;nfimos pormenores. Su talento organizador se revel&oacute; en esta ocasi&oacute;n
+mejor que nunca. Se nombr&oacute; redactor en jefe a Sinforoso Su&aacute;rez, con un
+sueldo de veinticinco duros mensuales, y administrador al hijo primero
+de don Rufo.</p>
+
+<p>Faltaba el papel. Se hab&iacute;a telegrafiado a Madrid pidiendo una remesa, y
+no acababa de llegar. La impaciencia de Belinch&oacute;n era grande. Telegramas
+iban y ven&iacute;an por los alambres el&eacute;ctricos. Unas, veces se dec&iacute;a que
+estaba detenido en Lancia: telegrama a Lancia reclam&aacute;ndolo. Otras, que
+no hab&iacute;a pasado de Valladolid: telegrama a Valladolid. Otras, que no
+hab&iacute;a salido de Madrid: telegrama a Madrid. Don Rosendo jur&oacute; en esta
+ocasi&oacute;n que no encargar&iacute;a m&aacute;s papel a Madrid, y s&iacute; lo har&iacute;a traer de
+B&eacute;lgica. Mas lo que fu&eacute; motivo de disgusto troc&oacute;se en placer intenso,
+como sucede siempre, cuando al cabo se les particip&oacute; que unos cuantos
+fardos hab&iacute;an llegado a Lancia, y que all&iacute; esperaban el carro que hab&iacute;a
+de traerlos a su destino. Como el peri&oacute;dico estaba ya compuesto hac&iacute;a
+d&iacute;as, procedi&oacute;se inmediatamente a la tirada, que hab&iacute;a de ser cuantiosa.
+Don Rosendo pretend&iacute;a esparcirlo profusamente por la provincia, enviarlo
+a todas las de Espa&ntilde;a, y hasta darlo a conocer en las naciones
+extranjeras. Tanto aqu&eacute;l como sus socios asistieron con inter&eacute;s al acto
+de funcionar la m&aacute;quina. No se cansaron de admirar su complicado rodaje,
+la singular precisi&oacute;n de sus movimientos, y la pasmosa velocidad con que
+imprim&iacute;a el peri&oacute;dico, pues no bajaban de doscientos los ejemplares que
+dejaba enteramente conclu&iacute;dos en una hora. Su ilustre fundador, no
+pudiendo reprimir el fuego period&iacute;stico que le devoraba, se despoj&oacute; a
+presencia de todos de la levita, y se puso a dar con energ&iacute;a al manubrio
+de la rueda-volante, hasta que el sudor brot&oacute; en abundancia de su
+despejada frente. Ejemplo se&ntilde;alado de entusiasmo y amor a la
+civilizaci&oacute;n que nos complacemos en referir para ense&ntilde;anza de las nuevas
+generaciones.</p>
+
+<p>Sali&oacute; al fin <i>El Faro de Sarri&oacute;</i> en gran tama&ntilde;o, porque su fundador no
+quer&iacute;a que se escatimase papel, y bastante bien impreso. La &uacute;nico que
+apareci&oacute; borroso fu&eacute; el grabado de la cabecera, hasta el punto de que la
+mayor&iacute;a del p&uacute;blico qued&oacute; convencido de que en el individuo que ten&iacute;a la
+linterna en la mano, se quer&iacute;a representar un negro en vez de la
+respetable persona que ya hemos indicado. Conten&iacute;a un art&iacute;culo de fondo
+impreso en letra grande del doce, titulado <i>Nuestros prop&oacute;sitos</i>. Aunque
+estaba firmado por La Redacci&oacute;n, era debido &uacute;nicamente a la pluma de don
+Rosendo. Los prop&oacute;sitos del <i>Faro</i> &laquo;al aparecer en el estadio de la
+prensa&raquo;, eran principalmente defender, &laquo;alta la adarga y calada la
+visera&raquo;, los intereses morales y materiales de Sarri&oacute;, combatir la
+ignorancia &laquo;en todas sus manifestaciones&raquo; y en las batallas ardientes de
+la prensa, luchar sin descanso por el triunfo de las reformas que el
+progreso de los tiempos exig&iacute;a. La redacci&oacute;n del <i>Faro</i> cre&iacute;a que &laquo;hab&iacute;a
+sonado la hora de romper definitivamente con las doctrinas del pasado&raquo;.
+Sarri&oacute; deseaba con af&aacute;n emanciparse de la rutina y de las ideas
+mezquinas, &laquo;romper los moldes estrechos en que yac&iacute;a aprisionado&raquo; y
+&laquo;entrar de lleno en el dominio de su propia conciencia y de sus
+derechos&raquo;. &laquo;Hacemos votos&mdash;dec&iacute;a el articulista&mdash;por que la aparici&oacute;n de
+nuestro peri&oacute;dico coincida con un per&iacute;odo de actividad moral y material,
+y podamos asistir a una de esas transformaciones sociales que forman
+&eacute;poca en los anales de los pueblos. Si nuestra voz consiguiese despertar
+a la villa de Sarri&oacute; de su largo sue&ntilde;o y estancamiento, y logr&aacute;semos ver
+lucir pronto la alborada de una era de labor y de estudio propia del
+movimiento reformista que aspiramos a iniciar, &eacute;se ser&aacute; el mejor
+galard&oacute;n que recibir&aacute;n nuestros esfuerzos y sacrificios.&raquo;</p>
+
+<p>El lenguaje no pod&iacute;a ser m&aacute;s noble y patri&oacute;tico. Y, como siempre, la
+modestia corr&iacute;a a las parejas con la autoridad y la elocuencia.</p>
+
+<p>&laquo;No abrigamos la pretensi&oacute;n&mdash;dec&iacute;a&mdash;de ser los caudillos en esta gran
+batalla del pensamiento que no tardar&aacute; en iniciarse dentro del recinto
+de Sarri&oacute;. S&oacute;lo aspiramos a luchar como obscuros soldados, y que se nos
+conceda un puesto en la vanguardia. All&iacute; pelearemos como buenos; y si al
+fin caemos vencidos, lo haremos envueltos en la sagrada bandera del
+progreso.&raquo;</p>
+
+<p>Esta alegor&iacute;a militar, caus&oacute; excelente impresi&oacute;n entre los vecinos, y
+contribuy&oacute; no poco a la entusiasta acogida que el peri&oacute;dico obtuvo.
+Finalmente, el art&iacute;culo era tan elegante en las palabras, tan lleno de
+graves sentencias, el estilo tan concertado, que el p&uacute;blico no tuvo a
+qui&eacute;n atribu&iacute;rselo dignamente, sino a su glorioso director.</p>
+
+<p>Y as&iacute; era la verdad.</p>
+
+<p>Insertaba despu&eacute;s el peri&oacute;dico un largo art&iacute;culo de Sinforoso, sobre la
+mujer. Eran dos columnas cerradas de prosa po&eacute;tica, engalanada con todas
+las flores de la ret&oacute;rica, en que se cantaba la dulce influencia de esta
+mitad del g&eacute;nero humano. Aseguraba en t&eacute;rminos calurosos, que la
+civilizaci&oacute;n no existe sino en el matrimonio. El amor conyugal es su
+&uacute;nica base. Todo es santo, todo es hermoso, todo es feliz en el lazo
+&iacute;ntimo que une a dos j&oacute;venes esposos. Esta invitaci&oacute;n al matrimonio,
+aunque dirigida al bello sexo en general, iba en particular, seg&uacute;n la
+opini&oacute;n p&uacute;blica, a cierta bella estanquera de la calle de Caborana, cuya
+amor pretend&iacute;a Sinforoso hac&iacute;a algunos a&ntilde;os sin resultado. El p&uacute;blico
+cre&iacute;a tambi&eacute;n que la joven concluir&iacute;a por aceptarla, tanto por los
+t&eacute;rminos po&eacute;ticos en que iba expuesta, como por los quinientos reales
+mensuales que hab&iacute;a comenzado a devengar el invitador.</p>
+
+<p>Ven&iacute;a despu&eacute;s otro del maestro de la villa, don Jer&oacute;nimo de la Fuente,
+que era una seria y violenta impugnaci&oacute;n de las tres famosas leyes de
+Kepler sobre la mec&aacute;nica celeste.</p>
+
+<p>Gracias al anteojo que ten&iacute;a en el balc&oacute;n de su casa, don Jer&oacute;nimo hab&iacute;a
+hecho una serie de prodigiosos descubrimientos, que daban al traste con
+todos los conocimientos existentes en astronom&iacute;a. No es maravilla que
+el dign&iacute;simo profesor de primeras letras, pose&iacute;do de leg&iacute;timo orgullo,
+exclamase al final de su art&iacute;culo: &laquo;&iexcl;Bajen, pues, del pedestal en que la
+ignorancia de los hombres los ha colocado esos colosos, portaestandartes
+de una falsa ciencia: Kepler, Newton, Laplace, Galileo. Todos sus
+c&aacute;lculos se han deshecho como el humo, y sus magn&iacute;ficos sistemas son
+hojas secas que, desprendidas del &aacute;rbol de la ciencia, no tardar&aacute;n en
+pudrirse!&raquo;</p>
+
+<p>Insert&aacute;banse tambi&eacute;n unos versos de Periquito, el hijo de don Pedro
+Miranda, en que le dec&iacute;a a cierta misteriosa G., que &laquo;&eacute;l era un gusano;
+ella una estrella&raquo;; &laquo;&eacute;l una rama; el &aacute;rbol ella&raquo;; &laquo;ella una rosa; la
+oruga &eacute;l&raquo;; &laquo;ella una luz; &eacute;l una sombra&raquo;; &laquo;ella la nieve; el fango &eacute;l,
+etc., etc.&raquo;</p>
+
+<p>Hab&iacute;a motivos para sospechar que aquella G... era cierta Gumersinda,
+esposa de un comerciante de harinas, mujer notable por la abundancia de
+carnes, que la hac&iacute;an caminar con dificultad. Periquito amaba a las
+casadas y a las gordas. Cuando estas dos preciosas cualidades se reun&iacute;an
+dichosamente en un ser, su pasi&oacute;n no ten&iacute;a l&iacute;mites. Y tal era el caso
+presente. No hay que pensar, sin embargo, que nuestro joven era un
+animal da&ntilde;ino. Los maridos pod&iacute;an dormir tranquilos en Sarri&oacute;. Periquito
+pasaba la vida enamorado, cu&aacute;ndo de una, cu&aacute;ndo de otra se&ntilde;ora, pero sin
+acercarse jam&aacute;s ni osar siquiera enviarle un billete amoroso. Tales
+procedimientos no entraban en su m&eacute;todo, el cual consist&iacute;a
+principalmente en fascinarlas por la mirada. Para esto, dondequiera que
+topaba con ellas, fuese en la iglesia o en el teatro, procuraba, lo
+primero, colocarse a conveniente distancia. Una voz tomada la posici&oacute;n,
+dirig&iacute;a en l&iacute;nea recta los efluvios magn&eacute;ticos de sus ojos hacia el
+sujeto pasivo del experimento, que de vez en cuando levantaba hacia &eacute;l
+los suyos con expresi&oacute;n de asombro. Muchas veces las honradas esposas,
+no consider&aacute;ndose dignas de tan singular adoraci&oacute;n, se miraban a todas
+partes, y preguntaban a los que estaban a su lado si por casualidad
+ten&iacute;an alg&uacute;n tizne en la cara, o llevaban enredado en el pelo cualquier
+hilacho. Periquito era incansable, y tomaba estos asuntos con la
+seriedad que merec&iacute;an. A veces acaec&iacute;a pasarse una hora y m&aacute;s sin
+apartar un punto la vista del sitio. Y a veces acaec&iacute;a tambi&eacute;n que,
+transcurrida esta hora, cuando ya pensaba el enamorado mancebo que su
+alma se hab&iacute;a filtrado por los poros de la obesa dama, y se apoderaba de
+todas sus facultades y sentidos, dec&iacute;a &eacute;sta por lo bajo a sus
+compa&ntilde;eras:</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Jes&uacute;s, este mico de don Pedro, qu&eacute; mir&oacute;n es!</p>
+
+<p>&iexcl;Cu&aacute;n ajeno estaba el poeta de que la estrella de sus sue&ntilde;os le hac&iacute;a
+descender de un modo tan odioso en la escala zool&oacute;gica!</p>
+
+<p><i>El Faro de Sarri&oacute;</i> fu&eacute; para nuestro amartelado joven un medio admirable
+de dar forma a las vagas fantas&iacute;as, inquietudes, ardores y tristezas que
+a la continua lo agitaban, y declararse sucesivamente con acr&oacute;sticos
+misteriosos e iniciales a todas las beldades m&aacute;s o menos macizas que
+ostentaban sus amables curvas por las calles de la floreciente villa.</p>
+
+<p>Ven&iacute;an por fin las gacetillas con su correspondiente t&iacute;tulo cada una,
+donde brillaba el ingenio, tanto de Sinforoso, como de todos los que
+colaboraban en <i>El Faro</i>. Una se titulaba: <i>A pasear, sarrienses</i>. El
+gacetillero afirmaba en ella, con estilo sencillo y elegante, que el
+tiempo estaba delicioso, y que nada mejor pod&iacute;an hacer los habitantes de
+Sarri&oacute; en las horas de la tarde, que dar un paseo por las amenas y
+frondosas cercan&iacute;as de la poblaci&oacute;n. Otra: <i>&iexcl;Se&ntilde;or Alcalde, por Dios!</i>
+Se excitaba a don Roque para que obligase a poner canalones en algunas
+casas.</p>
+
+<p>Posteriormente, esta secci&oacute;n dej&oacute; el t&iacute;tulo de <i>Gacetilla</i> que llevaba
+por el de <i>Novelas a la mano</i>, que le puso don Rosendo a imitaci&oacute;n de
+las c&eacute;lebres <i>Nouvelles a la main</i> del <i>F&iacute;garo</i>.</p>
+
+<p>Cerraba el peri&oacute;dico una charada en verso, que, si no recordarnos mal,
+era la palabra <i>avellana</i>.</p>
+
+<p>El follet&iacute;n estaba a cargo de don Rufo, que hac&iacute;a a&ntilde;o y medio que
+estudiaba el franc&eacute;s sin maestro, por el m&eacute;todo Ollendorf. Se resolvi&oacute;
+a traducir, para el peri&oacute;dico, <i>Los misterios de Par&iacute;s</i>, obra en seis
+tomos. Excusado es decir que <i>El Faro de Sarri&oacute;</i>, a pesar de vivir
+algunos a&ntilde;os, nunca pudo llegar al tomo tercero. Don Rufo era un
+traductor notable. Si alg&uacute;n defecto pod&iacute;a pon&eacute;rsele, era el de ajustarse
+demasiadamente al original. Un d&iacute;a se aventur&oacute; a decir que &laquo;la condesa
+<i>hab&iacute;a echado mano al bot&oacute;n de su secretario</i>&raquo;. Esta declaraci&oacute;n levant&oacute;
+tan gran polvareda entre la gente ignorante, que don Rufo, justamente
+irritado, dej&oacute; la traducci&oacute;n del follet&iacute;n. Se le encomend&oacute; a un piloto
+que hab&iacute;a hecho muchos a&ntilde;os la carrera de Bayona.</p>
+
+<p>El &eacute;xito del n&uacute;mero primero, como era de esperar, fu&eacute; prodigioso. El
+art&iacute;culo de Sinforoso, la sabia disertaci&oacute;n de don Jer&oacute;nimo de la
+Fuente, las gacetillas y hasta los versos de Periquito, todo fu&eacute; le&iacute;do y
+justamente celebrado. Pero lo que preferentemente llam&oacute; la atenci&oacute;n de
+las personas serias y caus&oacute; en ellas honda impresi&oacute;n, fu&eacute; el art&iacute;culo de
+don Rosendo <i>Nuestros prop&oacute;sitos</i>. Aquel lenguaje period&iacute;stico tan
+animado y fogoso, aquellos tan nobles pensamientos, el entusiasmo por
+los intereses de Sarri&oacute;, la franqueza y la modestia que en &eacute;l
+resplandec&iacute;an, llen&oacute; de j&uacute;bilo los corazones y les hizo presentir una
+era de prosperidad y bienandanza. Por la noche, la orquesta, dirigida
+por el se&ntilde;or Anselmo con su gran llave lustrosa, di&oacute; serenata a la
+redacci&oacute;n. Ilumin&oacute;se la fachada de la imprenta con farolillos
+venecianos. Las bellas y regocijadas artesanas de Sarri&oacute;, cogieron, como
+siempre, la ocasi&oacute;n por los pelos para bailar habaneras y mazurcas sobre
+los duros guijarros de la calle. Los dignos individuos que con la lengua
+de metal rend&iacute;an tributo de admiraci&oacute;n y entusiasmo a los redactores del
+<i>Faro</i>, fueron obsequiados por &eacute;stos con vino de Rueda y cigarros. La
+alegr&iacute;a rebosaba de todos los pechos y se desbordaba en abrazos tan
+fuertes como espont&aacute;neos. Don Rosendo abrazaba a Navarro, Alvaro Pe&ntilde;a a
+don Rudesindo, don Rufo a Sinforoso, y don Pedro Miranda al impresor
+Folgueras. Los m&uacute;sicos se abrazaban entre s&iacute;, y todos y cada uno a su
+perit&iacute;simo director el se&ntilde;or Anselmo. Fuera de la imprenta, y para
+conmemorar tambi&eacute;n aquel d&iacute;a glorioso, Pablito abrazaba a la blonda
+Nieves, aprovechando la obscuridad de un portal; y varios otros
+mancebos, siguiendo su ejemplo, distribu&iacute;an igualmente abrazos
+conmemorativos entre las alegres mozas abor&iacute;genes.</p>
+
+<p>Lo &uacute;nico que turb&oacute; por un instante aquel general contento, fu&eacute; la
+singular tristeza que se apoder&oacute; de Folgueras en cuanto tuvo algunos
+litros de vino en el cuerpo. El recuerdo de Lancia, su pueblo natal, se
+le ofreci&oacute; s&uacute;bito al esp&iacute;ritu, dej&aacute;ndole en un estado de tribulaci&oacute;n
+dif&iacute;cil de explicar. En el momento en que la algazara y contento
+alcanzaban su grado m&aacute;ximo, llam&oacute; aparte a don Rosendo y con l&aacute;grimas en
+los ojos, le manifest&oacute; que la vida fuera de su patria adorada era para
+&eacute;l un fardo insoportable. La muerte, antes que perder de vista la
+humilde casa que alberg&oacute; su cuna, y las calles que tantas veces
+recorrieron sus pies infantiles. Aquella misma semana, si Dios quer&iacute;a,
+contaba dejar a Sarri&oacute; y trasladarse de nuevo con sus b&aacute;rtulos a Lancia.</p>
+
+<p>Al recibir de sopet&oacute;n esta noticia don Rosendo se puso p&aacute;lido.</p>
+
+<p>&mdash;Pero, hombre de Dios, &iquest;y el n&uacute;mero pr&oacute;ximo del <i>Faro</i>?</p>
+
+<p>&mdash;Don Rosendo, bien puede dispensarme... Usted es un caballero... Un
+caballero sabe apreciar los sentimientos de otro caballero... La patria
+antes que todo... Guzm&aacute;n el Bueno arroj&oacute; el pu&ntilde;al por encima de la
+muralla para matar a su hijo... Demasiado lo sabe usted. &iquest;Eh?... &iquest;Qu&eacute;
+hay de eso?... Riego muri&oacute; en un cadalso. &iquest;Eh?... &iquest;Qu&eacute; hay de eso? Si yo
+fuera de la Inclusa o no tuviese cari&ntilde;o a la camisa que traigo puesta,
+no necesitaba decirme nada. Toda la vida me tendr&iacute;a usted como un perro
+d&aacute;ndole a la rueda... Pero los sentimientos ahogan al hombre... El
+hombre vive, el hombre trabaja, el hombre tiene algunas veces un rato de
+expansi&oacute;n... Y porque beba un vaso, o dos... &iexcl;o tres! &iquest;ha de olvidar la
+patria?.... &iquest;Eh? &iquest;Qu&eacute; hay de eso?</p>
+
+<p>Don Rosendo llam&oacute; a don Rudesindo en su auxilio. Entro los dos trataron
+de disuadirle con poderosas razones. La m&aacute;s poderosa de todas fu&eacute; una
+nueva botella de vino de Rueda. Despu&eacute;s de haberla introducido en el
+cuerpo, los sentimientos patri&oacute;ticos de Folgueras se debilitaron
+visiblemente. Acto continuo pidi&oacute; otra botella, la bebi&oacute;, vomit&oacute;, y se
+durmi&oacute;.</p>
+
+<p>Pensamientos de gloria, vagos deseos de inmortalidad agitaron la mente
+del ilustre fundador de <i>El Faro de Sarri&oacute;</i> al tiempo de meterse en la
+cama. Despu&eacute;s de apagar la luz, aun continuaron turb&aacute;ndole, hasta que a
+fuerza de dar vueltas lograron cuajarse o adquirir forma. Don Rosendo
+pens&oacute; con emoci&oacute;n en la posibilidad de que a su muerte la villa,
+agradecida perpetuase su memoria colocando una l&aacute;pida con su nombre en
+las Casas Consistoriales. <i>Homenaje de gratitud de la villa de Sarri&oacute; a
+su esclarecido hijo don Rosendo Belinch&oacute;n, infatigable campe&oacute;n de sus
+adelantos morales y materiales.</i> No era f&aacute;cil conciliar el sue&ntilde;o rodeado
+de estas brillantes im&aacute;genes. Sin embargo, al cabo se durmi&oacute; con la
+sonrisa en los labios. Un &aacute;ngel progresista que el Eterno tiene
+aparejado para estos casos, bati&oacute; las alas toda la noche sobre su
+frente, inspir&aacute;ndole ensue&ntilde;os felices.</p>
+
+<p>A la ma&ntilde;ana siguiente se encontr&oacute; en la mejor disposici&oacute;n de esp&iacute;ritu en
+que hombre alguno puede hallarse despu&eacute;s de coronados sus esfuerzos por
+un &eacute;xito lisonjero. Visti&oacute;se canturreando trozos de zarzuela. Tom&oacute;
+chocolate con la familia, di&oacute; un vistazo a los peri&oacute;dicos nacionales y
+extranjeros, y sin tallar el paquete de palillos acostumbrado, lanz&oacute;se a
+la calle a cerciorarse del efecto real que el primer n&uacute;mero del Faro
+hab&iacute;a producido. En la tienda de Graells le recibieron con regocijo, le
+felicitaron por su art&iacute;culo (que &eacute;l modestamente no quer&iacute;a atribuirse) y
+hablaron largo y tendido del peri&oacute;dico. Lo que m&aacute;s excitaba el
+entusiasmo de los buenos tertulianos, era la consoladora consideraci&oacute;n
+de que Nieva aun no hab&iacute;a llegado ni llegar&iacute;a en mucho tiempo a tal
+grado de perfeccionamiento. Y don Rosendo, un poco recalentado por los
+elogios, prometi&oacute; emprender campa&ntilde;as activas en favor de todo lo que se
+le demandaba. Uno ped&iacute;a que se hablara del barranco de la calle de
+Atr&aacute;s, otro ped&iacute;a que se colocase un farol cerca de su casa, otro que se
+le tirasen algunas pildoras al rematante de las bebidas, otro que los
+serenos no cantasen la hora porque esto le turbaba el sue&ntilde;o, etc. Don
+Rosendo asent&iacute;a, frunc&iacute;a las cejas, extend&iacute;a la mano abierta en signo de
+protecci&oacute;n. El, peri&oacute;dico lo arreglar&iacute;a todo. &iexcl;Ay del que se rebelara
+contra las reclamaciones de la prensa!</p>
+
+<p>En el estanquillo de do&ntilde;a Rafaela, de la calle de San Florencio, donde
+se reun&iacute;an algunas honradas matronas de la vecindad con las cuales
+gustaba conversar alg&uacute;n rato, entregado a los palillos, tambi&eacute;n le
+hablaron del <i>Faro</i>. All&iacute; se fijaban preferentemente en el follet&iacute;n. Don
+Rosendo anunci&oacute; que el del n&uacute;mero pr&oacute;ximo era mucho m&aacute;s interesante, y
+se fu&eacute;. En un corro de marinos que hab&iacute;a en el muelle le felicitaron con
+rudo entusiasmo y le insinuaron la idea de que la d&aacute;rsena estaba muy
+sucia y era menester dragarla. Se dragar&iacute;a: &iexcl;vaya si se dragar&iacute;a! Don
+Rosendo se alej&oacute; gravemente pose&iacute;do de su omnipotencia. Y al ver rodar a
+lo lejos las olas grandes y encrespadas, se pregunt&oacute; si no ser&iacute;a
+oportuno dirigirles una excitaci&oacute;n por medio de la prensa para que
+moderasen su impertinente agitaci&oacute;n.</p>
+
+<p>Como se llegase ya la hora de comer, di&oacute; la vuelta hacia casa meditando
+en la grave responsabilidad en que incurrir&iacute;a ante Dios y los hombres
+si, teniendo en sus manos aquel poder soberano, no lo emplease en la
+prosperidad y engrandecimiento de su pueblo natal. Al llegar a la R&uacute;a
+Nueva, se encontr&oacute; en la acera con Gabino Maza. El bilioso ex oficial le
+salud&oacute; muy finamente, le pregunt&oacute; por toda su familia, y se fu&eacute;
+enterando con amabilidad de la salud de cada uno de sus miembros.
+Despu&eacute;s le habl&oacute; del tiempo, de la posibilidad de que aquel nordeste
+vivo se trocase pronto en vendaval cerrado, y no pudiesen salir los
+barcos de la carrera de Am&eacute;rica; se quej&oacute; en seguida del polvo que
+hab&iacute;a en los caminos, lo cual le imped&iacute;a pasear; se enter&oacute; del precio
+del bacalao y de las noticias que hab&iacute;a de la pesca en Terranova. Don
+Rosendo esperaba, como era natural, que le hablase del peri&oacute;dico. Nada:
+Maza no hizo la menor alusi&oacute;n a &eacute;l. Esto comenz&oacute; a desconcertarle y a
+hacer violenta su situaci&oacute;n. La conversaci&oacute;n giraba de un punto a otro
+sin tocar en nada que se relacionase con la prensa. Al fin don Rosendo,
+algo acortado y ense&ntilde;ando toda la pasta de sus dientes, le dijo:</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;No ha recibido usted <i>El Faro</i>? Se lo he enviado de los primeros.</p>
+
+<p>&mdash;Phs... creo que ayer lo han tra&iacute;do a casa; pero a&uacute;n no lo he
+abierto&mdash;respondi&oacute; Maza con afectada indiferencia.&mdash;Vaya, don Rosendo,
+&iquest;gusta usted de comer conmigo?...-Pues hasta la vista.</p>
+
+<p>Don Rosendo qued&oacute; un instante clavado al suelo como si le echasen un
+jarro de agua fr&iacute;a. La sangre se agolp&oacute; con furia a su rostro, y
+emprendi&oacute; de nuevo la marcha, vacilante, hacia casa. Como estaba tan
+desprevenido, aquel desprecio fu&eacute; una pu&ntilde;alada que le lleg&oacute; a lo m&aacute;s
+vivo. Despu&eacute;s que ces&oacute; el aturdimiento, le acometi&oacute; una ira inconcebible
+contra aquel... (no se contentaba con llamarle menos de malvado y
+miserable). Lleg&oacute; a casa en un estado de agitaci&oacute;n deplorable. Aunque se
+sent&oacute; a la mesa, haciendo esfuerzos por calmarse, el est&oacute;mago,
+repentinamente turbado, no quer&iacute;a admitir los alimentos. Estuvo
+taciturno y silencioso durante la comida. De vez en cuando sus labios se
+contra&iacute;an con sonrisa sarc&aacute;stica y murmuraba un &iexcl;villano!</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Qu&eacute; tienes, Rosendo?&mdash;se atrevi&oacute; al fin a preguntarle su esposa, que
+ya estaba inquieta.</p>
+
+<p>&mdash;Nada, Paulina; que la envidia produce grandes estragos en el mundo&mdash;se
+limit&oacute; a contestar con amargura.</p>
+
+<p>Una vez vertida esta profunda sentencia, qued&oacute; en un estado de relativo
+reposo. Se tendi&oacute; en una butaca a pensar, y transcurrida media hora
+sali&oacute; de casa otra vez en direcci&oacute;n al Saloncillo. Al entrar en el caf&eacute;
+oy&oacute; la voz de Gabino Maza que gritaba como siempre all&aacute; arriba. Se le
+figur&oacute; percibir desde la escalera que hablaba del peri&oacute;dico y que lo
+calificaba de &laquo;solemne payasada&raquo;. El coraz&oacute;n le di&oacute; un vuelco y entr&oacute; en
+la sala agitado y triste. Al verle Maza, que gesticulaba en medio de un
+grupo, se call&oacute;, p&uacute;sose el sombrero con adem&aacute;n hosco y fu&eacute; a sentarse en
+el div&aacute;n. Los que le escuchaban, don Jaime Mar&iacute;n, Delaunay, don Lorenzo
+y don Feliciano G&oacute;mez, le saludaron con cierto embarazo y como
+avergonzados, lo cual confirm&oacute; su sospecha. Disimul&oacute; cuanto pudo, y
+esforz&aacute;ndose en poner cara alegre, comenz&oacute; a hablar de las noticias que
+corr&iacute;an. La conversaci&oacute;n tom&oacute; el rumbo de todos los d&iacute;as; la confianza,
+volvi&oacute; a reinar. Mas el ingeniero Delaunay, personaje tan listo como
+mal&eacute;volo, sac&oacute; la conversaci&oacute;n del peri&oacute;dico, preguntando a su fundador
+con risilla ir&oacute;nica en el espa&ntilde;ol chapurrado que usaba:</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Qu&eacute; trabajitos prepara usted para el pr&oacute;ximo n&uacute;mero, don Rosendo?</p>
+
+<p>&mdash;Ya los ver&aacute; usted cuando salgan&mdash;respondi&oacute; secamente &eacute;ste, que adivin&oacute;
+la burla escondida detr&aacute;s de la pregunta.</p>
+
+<p>&mdash;Aqu&iacute;, en don Feliciano&mdash;prosigui&oacute; el ingeniero con la misma
+sonrisa&mdash;tiene usted un defensor ac&eacute;rrimo.</p>
+
+<p>&mdash;Si me defiende es que alguien me ha atacado&mdash;respondi&oacute; don Rosendo con
+m&aacute;s sequedad a&uacute;n.</p>
+
+<p>Nadie pronunci&oacute; una palabra. El silencio se prolong&oacute; bastante tiempo,
+hasta que lo rompi&oacute; el mismo Belinch&oacute;n haciendo una pregunta indiferente
+a don Jaime, con lo cual la conversaci&oacute;n volvi&oacute; a animarse. Pero no se
+hab&iacute;a conjurado el choque sino moment&aacute;neamente. La pelota estaba en el
+tejado y no tard&oacute; en caer. Maza ten&iacute;a vehementes deseos de decir a don
+Rosendo que lo del peri&oacute;dico era &laquo;una mamarrachada&raquo;. Este no las ten&iacute;a
+menos vivas de decirle a Maza que era un envidioso. Y en efecto, a la
+primera ocasi&oacute;n que se present&oacute;, ambos la cogieron por los pelos para
+comunicarse estas gratas noticias. La disputa dur&oacute; m&aacute;s de dos horas.
+Maza procuraba reprimirse porque don Rosendo era un caballero de m&aacute;s
+edad y le deb&iacute;a quince mil reales. El fundador del <i>Faro</i>, por razones
+de prudencia, tampoco se atrev&iacute;a a soltar enteramente la lengua. Sin
+embargo, al cabo, en mejores o peores t&eacute;rminos, todo se dijo para
+edificaci&oacute;n de los notables, que se dividieron en favor y en pro de los
+contendientes. Hay que confesar que de parte de Maza se pusieron los
+menos. Los indianos, indiferentes como siempre a estas peleas, se
+asomaban de vez en cuando a la puerta del billar con el taco en la mano,
+para escuchar las razones de los contendientes, e ilustrarse. Para ellos
+aquellas discusiones eran muy provechosas. Les ense&ntilde;aban una porci&oacute;n de
+t&eacute;rminos y frases que no conoc&iacute;an, y se pon&iacute;an al tanto, aunque fuese de
+un modo superficial, de ciertos problemas de la vida, enteramente
+cerrados para ellos... &iexcl;L&aacute;stima que la afici&oacute;n al billar les impidiese
+escucharlas siempre!</p>
+
+<p>El estado de agitaci&oacute;n y de c&oacute;lera en que sali&oacute; don Rosendo del
+Saloncillo, no puede ponderarse. Su gran car&aacute;cter elevado y magn&aacute;nimo,
+fu&eacute; herido de un modo cruel por la ingratitud y la bajeza de aquellos
+falsos amigos. &iexcl;Horrible tormento debe de ser vivir y morir en la
+obscuridad cuando se ha nacido para brillar en la c&uacute;spide de la sociedad
+humana, y consumir las fuerzas recibidas del cielo en el vac&iacute;o y la
+inacci&oacute;n! &iexcl;M&aacute;s fiero dolor todav&iacute;a es ver despreciados los m&aacute;s nobles
+trabajos del esp&iacute;ritu, los esfuerzos generosos por el triunfo del bien y
+la verdad! Tal fu&eacute; el caso de S&oacute;crates, Col&oacute;n, Galileo, Giordano Bruno,
+y tal tambi&eacute;n el de nuestro h&eacute;roe. La primera mordedura de la envidia le
+caus&oacute; el dolor agudo que debieron sentir estos grandes bienhechores del
+g&eacute;nero humano. Su esp&iacute;ritu vacil&oacute;. Fu&eacute; un instante nada m&aacute;s, un desmayo
+pasajero que sirvi&oacute; para acreditar mejor el temple admirable de su alma.</p>
+
+<p>Sin embargo, aquella noche no pudo cenar. Tard&oacute; mucho tiempo en
+conciliar el sue&ntilde;o. &iexcl;A cu&aacute;ntas tristes consideraciones se presta este
+caso! Mientras la turbamulta de los sarrienses desprovistos de ingenio,
+de ilustraci&oacute;n y de &aacute;nimo, dorm&iacute;a a pierna suelta, aquel hombre
+benem&eacute;rito se revolcaba en su cama como en lecho de espinas, sin lograr
+las caricias del sue&ntilde;o reparador.</p>
+
+<p>A la ma&ntilde;ana siguiente se levant&oacute; un poco p&aacute;lido y ojeroso, pero firme y
+resuelto a proseguir su obra de regeneraci&oacute;n, a despecho de todos los
+obst&aacute;culos morales y materiales que surgiesen en su camino. Aquella
+noche de insomnio, en vez de enflaquecer su &aacute;nimo y despegarle de su
+empresa, le confirm&oacute; en ella, le di&oacute; alientos para llevarla a feliz
+remate. El fuego consume y hace pavesas la paja; al oro lo acendra.</p>
+
+<p>Ocup&oacute;se, pues, con br&iacute;o en trazar el plan del segundo n&uacute;mero que habr&iacute;a
+de aparecer el jueves pr&oacute;ximo. Y como siempre acontece, el &eacute;xito feliz
+trajo consigo la voluntad de ayudarle. Muchos fueron los trabajos que se
+le ofrecieron para el segundo n&uacute;mero; mas la mayor parte no eran de
+paso. La falta de espacio oblig&oacute;le tambi&eacute;n a rechazar algunos que lo
+eran. Con esto hubo algunas murmuraciones y desabrimientos. Segundo
+escollo con que tropez&oacute; su patri&oacute;tica empresa.</p>
+
+<p>Pero al publicarse el quinto n&uacute;mero surgi&oacute; otro de mayor cuenta que
+produjo en el pueblo honda sensaci&oacute;n y arrastr&oacute; consigo fuertes
+torbellinos. Sucedi&oacute; que Alvaro Pe&ntilde;a, firmemente convencido, como ya
+sabemos, de que todos los dolores e imperfecciones que padecemos los
+humanos dependen exclusivamente de la preponderancia del clero,
+prop&uacute;sose aprovechar el arma del peri&oacute;dico para emprender contra &eacute;l una
+activa campa&ntilde;a. Y para comenzar lanz&oacute;, a guisa de guerrilleros, unas
+cuantas gacetillas. Preguntaba por los fondos de cierta cofrad&iacute;a del
+Rosario, que no parec&iacute;an, hablaba en t&eacute;rminos irrespetuosos de las Hijas
+de Mar&iacute;a, y dec&iacute;a chuscadas a prop&oacute;sito de la novena, de las confesiones
+y de los escapularios con que se adornaban las j&oacute;venes beatas de la
+villa. Pero a quien iban particularmente dirigidos los tiros era a don
+Benigno, el teniente p&aacute;rroco, director de las conciencias femeninas de
+Sarri&oacute;, y caudillo de todos aquellos combates librados contra el pecado.
+El p&aacute;rroco era un hombre ap&aacute;tico, viejo ya, que pasaba la vida en una
+casita de campo que pose&iacute;a cerca de la poblaci&oacute;n, dejando de buen grado
+a su teniente el cuidado del reba&ntilde;o m&iacute;stico. Y don Benigno cumpl&iacute;a su
+cometido como pastor vigilante y celos&iacute;simo, rondando el reba&ntilde;o noche y
+d&iacute;a, para que el lobo no le arrebatase las ovejas, y criando algunas con
+esmero y a la mano para ofrecerlas al esposo b&iacute;blico. Nada puede
+igualarse al ardor con que don Benigno procuraba esposas al Alt&iacute;simo. En
+cuanto una joven se arrodillaba a sus pies para confesarse, se cre&iacute;a en
+el caso de insinuarle que el mundo estaba corrompido, que no hab&iacute;a por
+d&oacute;nde cogerle, el condenarse facil&iacute;simo, el amor terrenal una
+inmundicia, los mismos afectos de hija y de hermana despreciables, el
+tiempo para merecer la salvaci&oacute;n muy limitado. En su consecuencia lo
+mejor, abandonar este mundo terrenal (don Benigno era muy aficionado a
+este adjetivo), y correr a entregarse a Jes&uacute;s, penetrar en la gruta
+deleitosa de que habla San Juan de la Cruz, y dejar all&iacute; olvidado su
+cuidado. Conoc&iacute;a &eacute;l un rinconcito feliz, un verdadero pedacito del
+cielo, donde se gozaban anticipadamente las delicias que Dios tiene
+reservadas a sus siervas. El rinconcito era un convento de Carmelitas
+que acababa de fundarse en las afueras de la villa, y del cual era el
+teniente grande y decidido protector. Por cierto que esto ten&iacute;a un poco
+desabrido a don Segis, el capell&aacute;n de las Agustinas, aunque no osaba
+manifestarlo, porque no le conven&iacute;a ponerse mal con su compa&ntilde;ero.</p>
+
+<p>La insinuaci&oacute;n produc&iacute;a efecto unas veces, otras no. Rara la dejaba caer
+don Benigno en los o&iacute;dos de una vieja. Quiz&aacute; porque calculase que a
+Jes&uacute;s le gustaban m&aacute;s dos de quince que una de treinta, o porque las
+hallase m&aacute;s reacias y desconfiadas que las ni&ntilde;as. De todos modos,
+aquella cacer&iacute;a espiritual ten&iacute;a episodios interesantes. En cierta
+ocasi&oacute;n el teniente fu&eacute; v&iacute;ctima de la agresi&oacute;n de un joven a quien hab&iacute;a
+arrancado su hermana para el convento. En otra, despu&eacute;s de haber
+buscado dote para una muchacha y haberla provisto de ropa, la futura de
+Cristo se escap&oacute; de la noche a la ma&ntilde;ana con un oficial de sastre. Don
+Benigno acostumbraba a conducir &eacute;l mismo las esposas a la morada del
+Esposo. Cuando hab&iacute;a dificultades que vencer por parte de la familia, se
+portaba con la habilidad y la osad&iacute;a de un consumado seductor.
+Organizaba y llevaba a cabo el rapto de la virgen con una astucia que
+para s&iacute; la quisieran muchos tenorios mundanos.</p>
+
+<p>De esto sac&oacute; pretexto Alvaro Pe&ntilde;a para hablar en una gacetilla de cierto
+sacerdote aficionado a &laquo;cazar palomas&raquo;. Ahora bien; como ya conocemos la
+afici&oacute;n de don Benigno a la cr&iacute;a de pichones, la gacetilla iba
+directamente a &eacute;l y con una intenci&oacute;n diab&oacute;lica. Los lectores as&iacute; lo
+comprendieron. Se coment&oacute; y ri&oacute; no poco el da&ntilde;ino suelto.</p>
+
+<p>Al verse de aquel modo en rid&iacute;culo, el excusador, que ten&iacute;a un
+temperamento susceptible y bilioso, como todos los artistas, se
+enfureci&oacute; terriblemente.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Ha le&iacute;do usted el <i>papelucho</i> de don Rosendo?&mdash;pregunt&oacute; por la noche
+en casa de la Morana a don Segis. Es de advertir que desde la primera
+gacetilla irreligiosa don Benigno no volvi&oacute; a llamar de otro modo al
+<i>Faro de Sarri&oacute;</i>.</p>
+
+<p>&mdash;S&iacute;, lo he le&iacute;do esta ma&ntilde;ana en casa de Graells.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Y qu&eacute; le parece a usted de aquella indignidad?</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Cu&aacute;l?&mdash;pregunt&oacute; con sosiego el capell&aacute;n.</p>
+
+<p>&mdash;Hombre, &iquest;no ha le&iacute;do usted las infamias que dicen de m&iacute;?</p>
+
+<p>Don Segis levant&oacute; el vaso a la altura de los ojos, examin&oacute; detenidamente
+el dorado l&iacute;quido, lo acerc&oacute; a los labios y bebi&oacute; con pausa. Despu&eacute;s de
+toser y desgarrar un poco, y limpiarse la boca con un pa&ntilde;uelo de
+hierbas, dijo gravemente:</p>
+
+<p>&mdash;Phs... la intenci&oacute;n no es buena que digamos... Pero vale m&aacute;s tomar las
+cosas con calma. Nada se adelanta con alterarse.</p>
+
+<p>El teniente, que esperaba que don Segis participase de su indignaci&oacute;n,
+recibi&oacute; un nuevo golpe, y call&oacute;, devorando su enojo. En esta ocasi&oacute;n fu&eacute;
+cuando se manifest&oacute; la sorda enemiga del capell&aacute;n de las Agustinas por
+la injustificada preferencia que don Benigno otorgaba al convento
+naciente. El teniente se volvi&oacute; entonces hacia el se&ntilde;or Anselmo y don
+Juan el Salado. Estos tuvieron la atenci&oacute;n de manifestarse disgustados
+por la gacetilla, aunque sin hacer tampoco extremos. Ya sabemos que esto
+no se acordaba con la naturaleza de aquella templada y patriarcal
+reuni&oacute;n.</p>
+
+<p>Pero al jueves siguiente, Alvaro Pe&ntilde;a dejaba descansar a don Benigno y
+&laquo;se met&iacute;a&raquo; con el capell&aacute;n de las monjas, publicando de &eacute;l una semblanza
+en verso, en que se hac&iacute;a muy graciosa menci&oacute;n del matrimonio de las
+copas de ginebra con los vasos de vino blanco. Le toc&oacute; entonces
+enfurecerse a don Segis, y tomarlo con calma a don Benigno. Mas el
+sosiego de &eacute;ste era aparente, y s&oacute;lo para vengarse del de don Segis. En
+realidad, su herida manaba sangre todav&iacute;a. As&iacute;, que no tard&oacute; en
+realizarse la conciliaci&oacute;n, poni&eacute;ndose ambos con inusitado ardor a
+quitar el pellejo a todos y a cada uno de los que escrib&iacute;an en el
+&laquo;papelucho de don Rosendo&raquo;, principiando por &eacute;ste, su ilustre fundador,
+y concluyendo por el due&ntilde;o de la imprenta. No se les ocultaba que el
+autor de las chufletas era Alvaro Pe&ntilde;a. Pero como siempre hab&iacute;an tenido
+a &eacute;ste por un desalmado <i>mas&oacute;n</i>, capaz de beberse la sangre toda del
+clero de Sarri&oacute;, por no repetirse, le dejaron pronto para cebarse
+principalmente en Sinforoso. Las razones que ten&iacute;an para ello, eran que
+&eacute;ste hab&iacute;a sido seminarista; por consiguiente, un traidor. Luego
+proced&iacute;a de la misma cepa, porque su padre era carlista y su abuelo lo
+hab&iacute;a sido tambi&eacute;n. Adem&aacute;s pod&iacute;a dispensarse hasta cierto punto que don
+Rosendo Belinch&oacute;n, don Rudesindo, Alvaro Pe&ntilde;a y don Rufo, todos hombres
+que significaban algo en la villa, se despachasen a su gusto... &iexcl;pero
+aquel petate!... &iexcl;aquel hambr&oacute;n!</p>
+
+<p>Excitado por la murmuraci&oacute;n, don Benigno bebi&oacute; algunos vasos m&aacute;s de los
+acostumbrados, y el capell&aacute;n no quiso quedarse atr&aacute;s. Cuando los
+tertulios salieron de la tienda formando la cl&aacute;sica cadena, don Segis
+advirti&oacute; con satisfacci&oacute;n que la pierna entumecida le pesaba menos, y se
+lo hizo observar a don Benigno, que le di&oacute; por ello la enhorabuena.
+Luego, cuando a los pocos pasos se desprendieron todos para desalojar el
+&aacute;cido &uacute;rico de su cuerpo frente a las tapias de las Agustinas, el mismo
+don Segis manifest&oacute; en voz alta que aquella noche no ten&iacute;a deseos de
+irse a la cama, y les acompa&ntilde;ar&iacute;a. Mas el teniente le dijo al o&iacute;do que
+deseaba hablar con &eacute;l en secreto, y ambos se quedaron delante del
+convento.</p>
+
+<p>&mdash;Amigo don Segis, &iquest;qu&eacute; le parece a usted de ir a limpiar los mocos al
+hijo del Perinolo?</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Grave! &iexcl;grave! &iexcl;grave!&mdash;murmur&oacute; don Segis.</p>
+
+<p>&mdash;Si pudi&eacute;ramos darle una sopimpa, sin esc&aacute;ndalo, se entiende...</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Grave! &iexcl;grave!</p>
+
+<p>&mdash;A las once u once y media sale del caf&eacute;. Podemos esperarle por all&iacute;
+cerca y alumbrarle algunos coscorrones.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Grave! &iexcl;grave! &iexcl;grave!</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Es usted un hombre o no lo es, don Segis?</p>
+
+<p>La pregunta, aunque inocente, causa honda perturbaci&oacute;n en el esp&iacute;ritu
+del capell&aacute;n, a juzgar por la serie de muecas y ademanes descompuestos a
+que se entrega antes de pronunciar una palabra.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Qui&eacute;n? &iquest;Yo?... &iexcl;Parece mentira que un amigo y un compa&ntilde;ero me diga
+cosa semejante!</p>
+
+<p>Y di&oacute; la vuelta muy conmovido y se llev&oacute; el pa&ntilde;uelo a los ojos, de donde
+brotaban algunas l&aacute;grimas.</p>
+
+<p>&mdash;Pues los hombres se portan como hombres. Vamos a castigar la
+insolencia de ese pelgar.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Vamos!&mdash;profiri&oacute; con firmeza el capell&aacute;n, echando a andar en
+direcci&oacute;n a su casa.</p>
+
+<p>&mdash;Por ah&iacute; no, don Segis.</p>
+
+<p>&mdash;Por donde usted quiera.</p>
+
+<p>Los dos cl&eacute;rigos se cogieron del brazo y empezaron a caminar, no sin
+ciertas vacilaciones explicables, en direcci&oacute;n al caf&eacute; de la Marina. No
+ser&aacute; de m&aacute;s decir que ambos vest&iacute;an de seglar por las noches, con sendas
+levitas negras de largo fald&oacute;n y manga apretada, botas de campana y
+enormes sombreros de felpa.</p>
+
+<p>Un buen cuarto de hora invirtieron antes de llegar a las cercan&iacute;as del
+caf&eacute;. Una vez all&iacute;, ofuscados por las luces como c&aacute;ndidas mariposas,
+quisieron caer, y retrocedieron.</p>
+
+<p>&mdash;Lo mejor ser&aacute; esperarle hacia su casa. Aqu&iacute; hay todav&iacute;a mucha
+gente&mdash;dijo don Benigno.</p>
+
+<p>Don Segis se mostr&oacute; humilde tambi&eacute;n esta vez, siguiendo el impulso de su
+compa&ntilde;ero.</p>
+
+<p>En la calle de Caborana, esquina a la del Az&uacute;car, que la pone en
+comunicaci&oacute;n con la R&uacute;a Nueva, se situaron ambos como punto estrat&eacute;gico
+por donde el enemigo hab&iacute;a de pasar, dado que su casa estaba situada al
+final de la calle de Caborana. Los dos cl&eacute;rigos ten&iacute;an la firme voluntad
+de los navarros en el desfiladero de Roncesvalles. As&iacute; que soportaron
+con heroica impavidez, durante media hora de espera, la lluvia menuda
+que estaba cayendo, sin que el temor del reumatismo ni otra
+consideraci&oacute;n temporal les hiciese moverse una pulgada del puesto que
+ocupaban.</p>
+
+<p>Al fin, descuidado y satisfecho, despu&eacute;s de haber sostenido larga y
+acalorada discusi&oacute;n en el caf&eacute;, se retiraba el redactor en jefe del
+<i>Faro</i> hacia su casa, cuando inopinadamente le sale al encuentro el
+irritable teniente, que le dice con su voz chillona:</p>
+
+<p>&mdash;Oiga usted, mocito, &iquest;quiere usted repetirme ahora las insolencias que
+ha dicho en el papelucho de don Rosendo? Tendr&iacute;a mucho gusto en ello.</p>
+
+<p>La sorpresa, el acento sarc&aacute;stico y amenazador del cl&eacute;rigo, y la vista
+del bulto de don Segis, que permanec&iacute;a a algunos pasos, inm&oacute;vil, como
+fuerza de reserva, infundieron tal pavor en Sinforoso, que en alg&uacute;n
+tiempo no pudo articular palabra. S&oacute;lo cuando el teniente avanz&oacute; hacia
+&eacute;l un paso, logr&oacute; decir:</p>
+
+<p>&mdash;Tranquil&iacute;cese usted, don Benigno. Yo no le he nombrado a usted.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Hola!&mdash;exclam&oacute; el cl&eacute;rigo con sonrisa feroz,&mdash;parece que ya no
+cantas, tan alto... &iquest;Qu&eacute; tiene el gallo que no canta? &iquest;Qu&eacute; tiene el
+gallo que no canta, guapito?</p>
+
+<p>Don Benigno avanz&oacute; un paso, y Sinforoso retrocedi&oacute; otro.</p>
+
+<p>La reserva de don Segis avanz&oacute; tambi&eacute;n para conservar la distancia
+estrat&eacute;gica.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Tranquil&iacute;cese usted, don Benigno!&mdash;grit&oacute; Sinforoso con terror.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Si estoy muy tranquilo, guapo! No deseo m&aacute;s que oir otra vez aquello
+de las palomas, que me ha hecho mucha gracia.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Yo no lo he escrito!&mdash;exclam&oacute; con angustia el hijo del Perinolo.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;De veras no lo has escrito, guapo?... &iexcl;Pues para cuando lo escribas!</p>
+
+<p>Y descarg&oacute; una bofetada en la p&aacute;lida mejilla del redactor.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Sosi&eacute;guese usted, don Benigno!&mdash;exclam&oacute; el desdichado retrocediendo,
+y extendiendo hacia adelante las manos.</p>
+
+<p>&mdash;No te digo que estoy muy tranquilo, majo. &iexcl;Toma otra palomita!</p>
+
+<p>Y le di&oacute; otra bofetada.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Por Dios, don Benigno, sosi&eacute;guese usted!</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;All&aacute; va otra palomita!</p>
+
+<p>Nueva bofetada.</p>
+
+<p>Digamos ahora, antes de pasar adelante, que de las que se dieron en
+Sarri&oacute; en los dos a&ntilde;os siguientes a la aparici&oacute;n del <i>Faro</i> (y sabe Dios
+que el n&uacute;mero es incalculable), lo menos una mitad fueron a parar a las
+mejillas de este joven distinguido.</p>
+
+<p>No pudiendo calmar con sus ruegos al enfurecido excusador, y sospechando
+que el bando de palomas iba a ser numeroso, el redactor en jefe del
+<i>Faro</i> grit&oacute; con todas sus fuerzas:</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Socorro, que me matan!</p>
+
+<p>Y trat&oacute; de dar la vuelta para huir; pero los dedos acerados del cl&eacute;rigo
+le retuvieron por un brazo. Al mismo tiempo don Segis, creyendo llegado
+ya el momento de entrar en fuego, le descarg&oacute; con su bast&oacute;n de ballena
+un garrotazo en las espaldas.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Socorro!&mdash;volvi&oacute; a gritar el desdichado.</p>
+
+<p>Es el caso que en aquel momento llegaba de la tienda de Graells, donde
+acostumbraba a pasar las noches, el invicto ayudante de marina Alvaro
+Pe&ntilde;a, que ten&iacute;a su domicilio en la calle del Az&uacute;car. Al escuchar los
+gritos de su amigo, ech&oacute; a correr hacia el sitio, diciendo:</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Qu&eacute; pasa, Sinforoso, qu&eacute; pasa?</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Auxilio, don Alvaro, que me matan!</p>
+
+<p>&mdash;Fijme, Sinforoso, &iexcl;que all&aacute; va socojo!&mdash;le volvi&oacute; a gritar acerc&aacute;ndose
+r&aacute;pidamente.</p>
+
+<p>Los cl&eacute;rigos, oyendo la voz de aquel odioso y terrible enemigo de la
+Iglesia, soltaron la presa; pero enardecidos por el combate, trataron de
+hacerle frente poni&eacute;ndose en l&iacute;nea de batalla con los bastones en alto.
+Al divisarlos Pe&ntilde;a, se estremeci&oacute; de ira y de gozo al mismo tiempo.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Son curas!</p>
+
+<p>Vibr&oacute; el bast&oacute;n en su mano y el enorme sombrero de don Benigno salt&oacute;
+veinte varas lejos. El teniente retrocedi&oacute;. Don Segis avanz&oacute; y trat&oacute; de
+alcanzar con el palo la cabeza del ayudante; pero antes que pudiera
+hacerlo, un garrotazo le hab&iacute;a ca&iacute;do sobre el cogote, dej&aacute;ndole
+malparado.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Debiera suponejlo, caramba! S&oacute;lo estas aves nocturnas son capaces de
+esperaj traidoramente a un hombre indefenso, alterando el ojden p&uacute;blico
+y tujbando el sue&ntilde;o de los vecinos... Es menestej concluij con esta raza
+de alima&ntilde;as que chupan la sangre del pueblo, y aspiran a tenejlo sumido
+en la bajbarie... &iexcl;Estos son los ministros de Dios! &iexcl;Los ap&oacute;stoles de la
+claridad! &iexcl;Los etejnos pejturbadores del ojden social!...</p>
+
+<p>Ni aun en estos cr&iacute;ticos instantes pod&iacute;a el ayudante prescindir de
+aquella ret&oacute;rica anticlerical que acostumbraba a usar, y de sus frases
+campanudas. A cada una acompa&ntilde;aba un garrotazo. Los cl&eacute;rigos, no
+pudiendo sostener su rabioso empuje, volvieron grupas, y emprendieron
+desaforadamente la carrera. El teniente pronto se vi&oacute; fuera del alcance
+del palo, mas el pobre don Segis, con el peso extraordinario de su
+pierna izquierda, se qued&oacute; rezagado, y tuvo que sufrir las caricias del
+bast&oacute;n de Pe&ntilde;a buen rato. A lo lejos se o&iacute;a la voz de &eacute;ste, gritando con
+chistosa correcci&oacute;n:</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Hip&oacute;critas! &iexcl;Sepulcros blanqueados! &iquest;Es esto confojme con el esp&iacute;ritu
+del Evangelio, canallas? &iexcl;Predic&aacute;is la paz y el amoj entre los hombre, y
+sois los primeros en barrenaj los textos sagrados! &iexcl;Cu&aacute;ndo sacudiremos
+vuestro yugo, y nos emanciparemos de la esclavitud en que nos ten&eacute;is
+desde hace tantos siglos!</p>
+
+<p>Cualquiera imaginar&iacute;a al escucharle que estaba pronunciando un discurso
+en alg&uacute;n club democr&aacute;tico, y no administrando una soberana paliza.</p>
+
+<p>As&iacute; termin&oacute; aquella refriega.</p>
+
+<p>A la ma&ntilde;ana siguiente el ayudante recibi&oacute; la visita del p&aacute;rroco de
+Sarri&oacute; que ven&iacute;a a suplicarle encarecidamente que no se hablase de aquel
+incidente desagradable en el peri&oacute;dico, prometiendo en cambio todo
+g&eacute;nero de satisfacciones por parte del teniente y don Segis, lo mismo a
+&eacute;l que a Sinforoso. Pe&ntilde;a no quiso ceder a su demanda. La ocasi&oacute;n era
+admirable para abrir brecha en los enemigos de la libertad y del
+progreso. En efecto, el primer n&uacute;mero del <i>Faro</i> insert&oacute; una relaci&oacute;n
+circunstanciada escrita en estilo jocoso de todo lo ocurrido.</p>
+
+<p>Con esto los &aacute;nimos del clero y de las personas timoratas de la villa
+quedaron grandemente sobreexcitados.</p>
+
+
+
+<h3 class="top15"><a name="XI" id="XI"></a>XI</h3>
+
+<p class="c smcap">que gonzalo se cas&oacute;.&mdash;graves revueltas entre los socios del saloncillo</p>
+
+
+<p>Los altos y graves negocios que embargaban a don Rosendo, no
+consintieron que dedicase al desagradable suceso que en el mismo tiempo
+turbaba la quietud de su casa, aquella atenci&oacute;n preferente que en otra
+saz&oacute;n le hubiese dedicado. Sin embargo, al tener noticia de la traici&oacute;n
+de Gonzalo y del extrav&iacute;o de su hija menor, sinti&oacute;se fuertemente
+alterado. Tuvo con su esposa largas y vivas pl&aacute;ticas acerca del asunto.
+Prueba irrecusable de que los grandes hombres, aunque solicitados por
+tantos y tan elevados pensamientos, no desde&ntilde;an por eso las cosas que
+tocan a la vida &iacute;ntima, como vulgarmente se asegura. Su primer impulso
+fu&eacute; despedir a Gonzalo y encerrar a su hija en un convento. Las s&uacute;plicas
+de do&ntilde;a Paula y la reflexi&oacute;n, que ejerc&iacute;a sobre su claro esp&iacute;ritu
+imperio absoluto, le hicieron volver sobre tal acuerdo. Al cabo de
+algunos d&iacute;as de dudas (pocos, porque otros cuidados le reclamaban), vino
+en permitir que se casasen los descarriados j&oacute;venes, no sin celebrar
+antes una conferencia con Cecilia y escuchar de sus labios que
+perdonaba, de buena voluntad a su hermana, y deseaba que cuanto m&aacute;s
+pronto se celebrase el matrimonio.</p>
+
+<p>Obtenido el consentimiento, una tarde se present&oacute; Gonzalo en casa de
+Belinch&oacute;n. Hac&iacute;a quince d&iacute;as que no hab&iacute;a estado en ella. Sent&iacute;a el
+coraz&oacute;n singularmente agitado, aunque sus deseos tan cumplida y
+brevemente hubieran sido satisfechos. Tem&iacute;a la primera entrevista, y no
+le faltaba raz&oacute;n. Do&ntilde;a Paula le recibi&oacute; con marcada frialdad, y hasta en
+los criados hall&oacute; una sombra de hostilidad que le hiri&oacute;. Por otra parte,
+la idea de encontrarse con Cecilia le hac&iacute;a temblar. Mas cuando se
+present&oacute; Venturita en la sala, todos los temores y tristezas se
+desvanecieron. Su charla animada, el suave centelleo de sus ojos,
+aquellos ademanes graciosos y desenvueltos iluminaron su alma
+repentinamente y tocaron en ella a gloria. Olvidado de todo y enajenado
+por el timbre adorable de su voz se hallaba, cuando entr&oacute; en la sala
+Cecilia. La vista de su v&iacute;ctima le produjo una extra&ntilde;a y violenta
+impresi&oacute;n. Levant&oacute;se del asiento autom&aacute;ticamente. Su fisonom&iacute;a cambi&oacute; de
+color. Cecilia se acerc&oacute; a &eacute;l con paso firme y le alarg&oacute; la mano con la
+misma pl&aacute;cida sonrisa de siempre.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;C&oacute;mo te va, Gonzalo?</p>
+
+<p>Parec&iacute;a que le hab&iacute;a visto el d&iacute;a anterior, y que nada de particular
+hab&iacute;a sucedido. S&oacute;lo su tez estaba un poco m&aacute;s p&aacute;lida.</p>
+
+<p>Tal confusi&oacute;n se apoder&oacute; del joven, que no pudo contestar a esta
+sencilla pregunta sin balbucir. La mirada clara y tranquila de Cecilia
+le hizo el mismo efecto que una corriente el&eacute;ctrica. Volvi&oacute;se a do&ntilde;a
+Paula, y el rostro de &eacute;sta se hallaba fuertemente fruncido con expresi&oacute;n
+severa y dolorosa. Venturita miraba hacia los balcones con afectada
+indiferencia. Al fin se sent&oacute; todo convulso. Cecilia, que ven&iacute;a a pedir
+a su madre las llaves de los armarios, sali&oacute; de la estancia dirigi&eacute;ndole
+una tranquila sonrisa de despedida.</p>
+
+<p>Comenzaron los preparativos de matrimonio. Do&ntilde;a Paula tuvo la
+delicadeza, rara en una mujer nacida en el pueblo, de no consentir que
+pieza alguna de ropa destinada a Cecilia sirviese para su hermana.
+H&iacute;zose, pues, un nuevo equipo apresuradamente. Cecilia trabaj&oacute; en &eacute;l,
+con sorpresa profunda de las costureras. Unas lo achacaban a bondad,
+otras a indiferencia. Lo cierto es que su fisonom&iacute;a, aunque un poco
+marchita, expresaba la misma serena alegr&iacute;a de siempre. Sus manos se
+mov&iacute;an formando las iniciales de su hermana con la misma ligereza que
+cuando bordaba las suyas. Pero las tijeras al cortar, <i>chis, chis</i>, y
+las agujas al coser, <i>cruj, cruj</i>, no le dec&iacute;an ya aquellas cosas tan
+lindas que la hac&iacute;an temblar de gozo, sino otras muy horribles, &iexcl;ay! muy
+horribles. Quedaban sepultadas en su coraz&oacute;n. El mejor lector no leer&iacute;a
+en sus ojos grandes, hermosos y suaves m&aacute;s que el cap&iacute;tulo risue&ntilde;o de
+siempre.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;No te lo dec&iacute;a yo, mujer?&mdash;murmuraba Teresa al o&iacute;do de Valentina
+mirando a nuestra joven.&mdash;Si la se&ntilde;orita Cecilia no puede querer a
+nadie.</p>
+
+<p>Gonzalo hu&iacute;a de entrar en la sala de costura. Cuando alguna vez lo
+hac&iacute;a, se mostraba tan alterado y confuso, que las bordadoras se
+gui&ntilde;aban el ojo sonriendo. Al verle de aquel modo y a Cecilia tan
+sosegada e indiferente, cualquiera trocara los papeles que ambos hab&iacute;an
+hecho en aquel triste episodio de amor.</p>
+
+<p>Las lenguas, en tanto, all&aacute; afuera, en las calles, en las tiendas, en
+las casas y en los paseos, no se daban punto de parada. El
+acontecimiento hab&iacute;a causado profunda sensaci&oacute;n en la villa. Mientras se
+preparaba el matrimonio con Cecilia, la opini&oacute;n general era que Gonzalo
+daba pruebas de tener un gusto deplorable. Se despellejaba a la pobre
+muchacha, y se la pon&iacute;a poco menos que como un monstruo de fealdad.
+Todos se maravillaban de que no hubiese elegido a su hermana, tan linda,
+tan graciosa. En cuanto aprendieron el cambio, las opiniones viraron
+asimismo repentinamente. &iexcl;Qu&eacute; esc&aacute;ndalo! &iexcl;Qu&eacute; acci&oacute;n tan villana! &iexcl;Qu&eacute;
+padres los que consienten tal ultraje! &iquest;D&oacute;nde est&aacute; la verg&uuml;enza de los
+hombres? &iexcl;Pobre ni&ntilde;a, tan buena, tan esbelta, con unos ojos tan
+hermosos!&mdash;Yo la encuentro m&aacute;s bonita que su hermana.&mdash;Yo lo mismo...</p>
+
+<p>No dejemos escapar la ocasi&oacute;n de decir que esta constante censura, este
+eterno descontento de los hombres respecto de las acciones de sus
+semejantes, que tanto nos desespera, no supone tanta ruindad de
+intenci&oacute;n, maldad o envidia en ellos como nos complacemos en creer
+siempre que somos objeto de cr&iacute;tica. No es otra cosa que un testimonio
+claro de la imperfecci&oacute;n de nuestra existencia planetaria y del amor al
+ideal que todo hombre lleva dentro de s&iacute; sin verlo jam&aacute;s realizado.
+Despu&eacute;s de habernos as&iacute; mostrado fil&oacute;sofos y optimistas, prosigamos
+nuestra narraci&oacute;n.</p>
+
+<p>Lleg&oacute; el d&iacute;a del matrimonio. Efectu&oacute;se de madrugada dentro de la misma
+casa de Belinch&oacute;n, con asistencia de algunos parientes y amigos. Despu&eacute;s
+de tomar chocolate, partieron los novios para Tejada.</p>
+
+<p>Era &eacute;sta un posesi&oacute;n situada a una legua pr&oacute;ximamente de la villa, donde
+el genio de don Rosendo, secundado por el dinero, hab&iacute;a tenido ocasi&oacute;n
+de desenvolverse libremente y dar prodigiosos frutos. Cuando la
+comprara, hac&iacute;a m&aacute;s de veinte a&ntilde;os, constitu&iacute;anla unos cuantos prados y
+un bosque donde pastaban las vacas y cantaban los malvises, jilgueros y
+mirlos. Don Rosendo principi&oacute; por desterrar esta colonia ind&iacute;gena y
+substituirla por otra extranjera. El ganado del pa&iacute;s fu&eacute; proscripto
+trayendo en su lugar otro de Suiza. Con igual severidad fueron
+arrojados, a tiros, de los &aacute;rboles, los pajaritos antiguos, para colgar
+un sinn&uacute;mero de jaulas con aves raras y ex&oacute;ticas, que graznaban
+miserablemente todo el a&ntilde;o a la salida del sol. El esp&iacute;ritu emprendedor
+y reformista de don Rosendo, no se detuvo tampoco en el reino animal.
+Con la misma audacia pas&oacute; al vegetal, e hizo cambiar por entero la faz
+de aquellos campos. Poco a poco, a impulsos del hacha y de la sierra,
+fueron desapareciendo los copudos y grandes casta&ntilde;os de hojas anchas y
+frescas con sus torsos retorcidos de piel rugosa, los gigantescos robles
+que hab&iacute;an renovado sus hojas picadas m&aacute;s de trescientas veces, los
+nogales que parecen enormes plantas de albahaca, los jugosos pomares,
+cuyas ramas se doblan hasta dejar delicadamente el fruto en el suelo, y
+otros &aacute;rboles de arraigo y respetabilidad en el pa&iacute;s. En su lugar se
+plantaron <i>washingtonias, wellingtonias, araucarias excelsas</i> y otros
+muchos &aacute;rboles de casta extranjera, perteneciendo en su mayor parte a
+la familia de las con&iacute;feras. Esto hac&iacute;a que la posesi&oacute;n, en concepto del
+vulgo, guardase cierto parecido con un cementerio. Respond&iacute;a don Rosendo
+a tal observaci&oacute;n, que las con&iacute;feras ten&iacute;an la ventaja de conservar la
+hoja por el invierno. Replicaba el vulgo que de este modo parec&iacute;a un
+cementerio por el invierno y por el verano. Don Rosendo no se dignaba
+contestar a esta sandez, y ten&iacute;a raz&oacute;n.</p>
+
+<p>Como lo que mucho vale mucho cuesta, aquellos extranjeros de ambos
+reinos, se llevaban una buena parte de la renta de Belinch&oacute;n. Los
+pajaritos del pa&iacute;s se buscaban el alimento y ali&ntilde;aban sus plumas sin
+necesidad de ayuda de c&aacute;mara. Los de fuera, encerrados en jaulas y
+enormes pajareras constru&iacute;das al efecto, exig&iacute;an algunos servidores para
+procurarles la adecuada alimentaci&oacute;n y hacerles la limpieza. Despu&eacute;s, la
+nostalgia causaba en ellos grandes claros, que se llenaban encargando a
+Par&iacute;s y Londres nuevas y costosas remesas. Lo mismo pasaba con los
+vegetales. Para que uno se lograse a fuerza de cuidados y desvelos,
+perec&iacute;an treinta o cuarenta. La vigilancia constante de los jardineros
+no bastaba a impedir esta considerable mortandad.</p>
+
+<p>La casa, tampoco era de estilo nacional, ni siquiera europeo. Estaba
+constru&iacute;da seg&uacute;n los preceptos de la arquitectura chinesca, llena de
+torrecillas festonadas por todos lados. Qu&eacute; conexi&oacute;n ten&iacute;an estas
+diminutas torres de ladrillo con la famosa de Babel, donde los idiomas
+se confundieron, nosotros no lo sabemos; pero debemos manifestar que a
+esta f&aacute;brica as&iacute; guarnecida, la llamaban en el pa&iacute;s <i>la Babilonia de don
+Rosendo</i>. Estaba suntuosamente amueblada. No faltaba dentro de ella
+ninguna de las comodidades y refinamientos que la moderna civilizaci&oacute;n
+proporciona a los ricos. Ten&iacute;a una famosa habitaci&oacute;n decorada al estilo
+persa, cuarto de ba&ntilde;o, un espacioso comedor medianamente pintado y
+algunos lindos gabinetes peque&ntilde;os y tibios, donde la luz entraba cernida
+por cristales de colores.</p>
+
+<p>A este nido vinieron a parar Gonzalo y Ventura dos horas despu&eacute;s de
+hallarse unidos para siempre. En el camino se hab&iacute;an hablado con
+desembarazo de cosas indiferentes. El joven hab&iacute;a aplicado algunos besos
+en las mejillas de la ni&ntilde;a, lo mismo que cuando novios. Mas al llegar a
+la <i>babilonia</i>, y encontrarse solos en la c&aacute;mara persa, sinti&oacute;se
+extra&ntilde;amente confuso y acortado. Buscaba asuntos de conversaci&oacute;n, y en
+todos se perd&iacute;a. Venturita apenas le contestaba mir&aacute;ndole de reojo, con
+una expresi&oacute;n entre burlona y apasionada.</p>
+
+<p>&mdash;Mira, &iexcl;calla, calla! Est&aacute;s diciendo muchas tonter&iacute;as... Calla, y dame
+un beso&mdash;concluy&oacute; por decirle riendo, y tap&aacute;ndole la boca con su
+primorosa mano.</p>
+
+<p>Gonzalo se puso colorado, y la abraz&oacute; con frenes&iacute;.</p>
+
+<p>Su embriaguez en los primeros d&iacute;as ray&oacute; en locura. Venturita era, por su
+belleza singular, por la expresi&oacute;n l&aacute;nguida y voluptuosa de sus ojos,
+por la tendencia invencible al descanso, una verdadera odalisca. Pero no
+como &eacute;stas solamente un animal hermoso, sino animada por ingenio
+chispeante, que desbordaba a cada momento en graciosos equ&iacute;vocos y
+felices ocurrencias. Gonzalo se desternillaba de risa, sin comprender
+que es peligroso que los maridos r&iacute;an demasiado los chistes de sus
+mujeres.</p>
+
+<p>La vida que hac&iacute;an era harto sedentaria. A Ventura no le gustaba salir
+de casa. El sol le produc&iacute;a dolor de cabeza; el fresco de la tarde le
+irritaba la garganta. Cuidaba del ali&ntilde;o de su persona, y variaba de
+trajes lo mismo que si se hallase en Madrid. En su tocador pasaba una
+gran parte del d&iacute;a. Esto no disgustaba a Gonzalo. Al contrario, cuando
+la ve&iacute;a salir tan linda y gallarda, exhalando, como las flores
+tropicales, un perfume penetrante, sent&iacute;ase pose&iacute;do de entusiasmo. Un
+estremecimiento voluptuoso agitaba todo su ser, pensando que aquella
+obra exquisita de la Naturaleza era suya, enteramente suya.</p>
+
+<p>Sin embargo, no lo era tanto como &eacute;l se figuraba. Algunas veces la joven
+esposa, medio en serio, medio en broma, se encerraba en su cuarto. All&iacute;
+pasaba tres o cuatro horas sin consentir que entrase, a pesar de los
+ruegos cari&ntilde;osos que le dirig&iacute;a por el agujero de la llave.</p>
+
+<p>&mdash;Te privo de mi vista por alg&uacute;n tiempo&mdash;dec&iacute;a despu&eacute;s riendo,&mdash;para que
+desees m&aacute;s el tenerme junto a ti.</p>
+
+<p>Y, en efecto, por medio de estas coqueter&iacute;as, el apetito del joven
+crec&iacute;a extremadamente, y se convert&iacute;a en delirio.</p>
+
+<p>A las horas que bien le plac&iacute;a a la hermosa, sal&iacute;an a pasear por los
+jardines, sin alejarse mucho. Al llegar a alg&uacute;n sitio umbr&iacute;o y fresco,
+de los pocos que la mano reformista de don Rosendo hab&iacute;a dejado, la ni&ntilde;a
+quer&iacute;a sentarse; pero no sobre la hierba ni sobre un banco r&uacute;stico. Era
+menester que Gonzalo corriese a casa y trajese una butaca.</p>
+
+<p>&mdash;Ahora, si&eacute;ntate aqu&iacute; a mis pies.</p>
+
+<p>El mancebo se postraba y besaba con entusiasmo los manos que la gentil
+esposa le tend&iacute;a.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Sans&oacute;n y Dalila!&mdash;exclamaba ella riendo y hundiendo sus manos como
+copos de nieve en la rubia y rizada barba de su marido.</p>
+
+<p>&mdash;Tienes raz&oacute;n&mdash;respond&iacute;a &eacute;l dando un suspiro.&mdash;Un Sans&oacute;n sin cabellos.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Qu&eacute; no tienes cabellos!... &iquest;Y esto qu&eacute; es?&mdash;replicaba levantando su
+pelo, y poni&eacute;ndolo erizado como una escoba.</p>
+
+<p>&mdash;Hablo de mis fuerzas.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;No tienes fuerzas, eh? A ver: saque usted esos brazos.</p>
+
+<p>El, riendo, se despojaba de la americana, y remang&aacute;ndose la camisa
+mostraba sus brazos enormes de gladiador, donde la musculatura tomaba
+brioso relieve como un espeso tejido de cuerdas.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Qu&eacute; barbaridad!&mdash;exclamaba la ni&ntilde;a cogiendo uno con ambas manos, sin
+lograr ni con mucho abarcarlo. Y pose&iacute;da de repentino entusiasmo y
+admiraci&oacute;n, a&ntilde;ad&iacute;a:</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Qu&eacute; fuerte, qu&eacute; hermoso eres, Gonzalo! D&eacute;jame morderte esos brazos.</p>
+
+<p>Y se inclinaba para hincar sus dientes menud&iacute;simos en ellos. Pero el
+mancebo tend&iacute;a sus f&eacute;rreos m&uacute;sculos, y los dientes resbalaban por la
+piel sin penetrarla.</p>
+
+<p>Entonces ella se enfadaba, insist&iacute;a, quer&iacute;a a todo trance coger carne.
+Al cabo, &eacute;l aflojaba los m&uacute;sculos diciendo:</p>
+
+<p>&mdash;Te dejo morder; pero a condici&oacute;n de que me hagas sangre.</p>
+
+<p>&mdash;No, eso no&mdash;respond&iacute;a ella, expresando en la sonrisa anhelante el
+deseo de hacerlo.</p>
+
+<p>-S&iacute;, quiero que me hagas sangre; si no, no te dejo.</p>
+
+<p>La ni&ntilde;a empezaba apretando poco a poco la carne de su marido.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;M&aacute;s!&mdash;dec&iacute;a &eacute;ste.</p>
+
+<p>Y apretaba m&aacute;s.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;M&aacute;s!&mdash;volv&iacute;a a decir.</p>
+
+<p>Segu&iacute;a apretando mientras en sus ojos chispeaba una sonrisa maliciosa.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;M&aacute;s! &iexcl;m&aacute;s!</p>
+
+<p>&mdash;Basta&mdash;dec&iacute;a ella levant&aacute;ndose.&mdash;&iquest;Lo ves? &iexcl;ya te hice sangre! &iexcl;Qu&eacute;
+atrocidad, ni que fuese un perro!</p>
+
+<p>E inclin&aacute;ndose de nuevo, chupaba con af&aacute;n voluptuoso la gotita de sangre
+que saltaba en el brazo. Ambos sonre&iacute;an con pasi&oacute;n reprimida. Despu&eacute;s
+miraban al peque&ntilde;o c&iacute;rculo c&aacute;rdeno que los dientes de la ni&ntilde;a hab&iacute;an
+dejado impreso.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Lo ves?&mdash;volv&iacute;a a decir ella avergonzada.&mdash;&iexcl;Vaya unos caprichos
+extra&ntilde;os los que tienes!</p>
+
+<p>&mdash;Gracias. Quisiera que esta marca quedase, ah&iacute; eternamente. Pero no;
+&iexcl;bien pronto se borrar&aacute;, por desgracia!</p>
+
+<p>&mdash;Puedo renovarla a diario&mdash;replic&oacute; maliciosamente.</p>
+
+<p>&mdash;Me alegrar&iacute;a mucho.</p>
+
+<p>&mdash;Vamos, t&uacute; quieres convertir a tu mujer en perrita. Dilo francamente.</p>
+
+<p>Y abraz&aacute;ndole repentinamente, y bes&aacute;ndole con frenes&iacute; en los ojos, en
+las mejillas, en la boca, en la barba, le repet&iacute;a sin cesar:</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Dilo francamente! &iexcl;Dilo francamente, pedazo de oso!... Esta boca es
+m&iacute;a, y la beso. Esta barba es m&iacute;a, y tambi&eacute;n la beso. Este cuello es
+m&iacute;o, y lo beso. Estos brazos son m&iacute;os, &iexcl;m&iacute;os! y los beso.</p>
+
+<p>&mdash;T&oacute;mame todo: mi vida es tuya&mdash;dec&iacute;a &eacute;l ebrio de dicha.</p>
+
+<p>&mdash;Te quiero, te quiero, Gonzalo, por lo hermoso, por lo fuerte... A ver,
+d&eacute;jame poner una mano sobre la tuya... Qu&eacute; disparate, &iexcl;parece una
+hormiga!</p>
+
+<p>&mdash;Una hormiga blanca&mdash;replicaba &eacute;l ahogando aquella diminuta mano entre
+las suyas grandes y fibrosas.</p>
+
+<p>&mdash;Te quiero, te quiero, Gonzalo. T&oacute;mame en brazos. &iquest;Ser&aacute;s capaz de
+pasear conmigo as&iacute;?</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Oh! &iquest;no he de ser?</p>
+
+<p>La levant&oacute; como una pluma, y poni&eacute;ndola sobre un brazo como a los ni&ntilde;os,
+comenz&oacute; a dar brincos por el jard&iacute;n.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;No tanto! Ll&eacute;vame suavemente. Vamos de paseo.</p>
+
+<p>La pase&oacute; sin fatigarse por todo el parque. Y desde aquel d&iacute;a aquella
+forma de paseo le agrad&oacute; tanto a la ni&ntilde;a, que en cuanto sal&iacute;an de casa
+se colgaba al cuello de su marido para que la subiese. Los criados al
+verlos mov&iacute;an la cabeza sonriendo.</p>
+
+<p>Pero muy pronto descubri&oacute; otro medio de pasarlo a&uacute;n mejor. Hab&iacute;a cerca
+de casa un columpio que el tiempo, m&aacute;s que el uso, hab&iacute;a deteriorado.
+Hizo que se arreglase, y en cuanto lo tuvo presto se pasaba las horas
+mecida por Gonzalo.</p>
+
+<p>&mdash;Si vieras c&oacute;mo gozo. Da un poco m&aacute;s fuerte.</p>
+
+<p>Y al empuje vigoroso del joven, el columpio volaba, y la ni&ntilde;a cerraba
+los ojos dilatando la nariz con un sentimiento de intenso placer.</p>
+
+<p>Gonzalo gozaba en verla as&iacute; arrobada.</p>
+
+<p>Transcurrieron veinte d&iacute;as de esta suerte. Durante ellos recibieron dos
+visitas de Pablito y Piscis, una vez en t&iacute;lburi y otra a caballo. En
+esta &uacute;ltima su principal objeto era dar picadero a una jaca que Pablo
+hab&iacute;a cambiado por otra m&aacute;s vieja. Y &iexcl;cosa extra&ntilde;a! a pesar del
+enajenamiento amoroso en que nuestro mancebo se hallaba, recibi&oacute; la
+visita de los &eacute;quites con inexplicable alegr&iacute;a, les ayud&oacute; afanosamente
+en su tarea. Al marcharse sinti&oacute; una impresi&oacute;n de vac&iacute;o en su vida.
+Porque era &eacute;sta tan reposada y pac&iacute;fica, que su sangre y sus m&uacute;sculos
+padec&iacute;an. Un d&iacute;a le habl&oacute; a su esposa de ir de caza, pues era famoso e
+incansable cazador. Venturita no se opuso, con tal que la llevase
+consigo. As&iacute; se convino. Salieron una ma&ntilde;ana en busca de un bando de
+perdices, de cuya existencia sab&iacute;a Gonzalo desde el d&iacute;a en que hab&iacute;a
+llegado a Tejada. Pero antes de alejarse dos kil&oacute;metros de la casa,
+Venturita se manifest&oacute; enteramente rendida. Le era imposible dar un paso
+m&aacute;s. Se vi&oacute; precisado a traerla en brazos y a renunciar a su favorito
+recreo.</p>
+
+<p>Do&ntilde;a Paula, que hab&iacute;a mirado con hostilidad aquel matrimonio, no habl&oacute;
+de ir a ver a los novios hasta despu&eacute;s de pasados muchos d&iacute;as. Quiso que
+Pablito la acompa&ntilde;ase, porque tem&iacute;a que a Cecilia le causase alg&uacute;n dolor
+el hacerlo; mas, enterada &eacute;sta, expres&oacute; su decisi&oacute;n de ir tambi&eacute;n a
+Tejada. Y una tarde madre e hija emprendieron en carretela descubierta
+el camino que llevaba a la posesi&oacute;n. Pero al acercarse a ella y
+columbrar las famosas torrecillas de ladrillo, Cecilia comenz&oacute; a
+empalidecer, sinti&oacute; el pecho oprimido y la vista turbada. Do&ntilde;a Paula,
+que advirti&oacute; su indisposici&oacute;n, orden&oacute; al cochero dar la vuelta.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Pobre hija!&mdash;la dijo bes&aacute;ndola.&mdash;&iquest;Ves c&oacute;mo no puedes venir?</p>
+
+<p>&mdash;Ya podr&eacute;, mam&aacute;, ya podr&eacute;&mdash;respondi&oacute; tap&aacute;ndose los ojos con una mano.</p>
+
+<p>Al d&iacute;a siguiente, fu&eacute; do&ntilde;a Paula acompa&ntilde;ada de Pablo. Hall&oacute; a los
+esposos muy propicios a dejar aquel nido escondido y trasladarse a la
+villa; como se efectu&oacute; en la misma semana.</p>
+
+<p>Cecilia sali&oacute; a recibirlos a la puerta de la calle y abraz&oacute; y bes&oacute; a su
+hermana con efusi&oacute;n. A Gonzalo, le tendi&oacute; la mano, que por un esfuerzo
+soberano de la voluntad, no tembl&oacute;. El joven la estrech&oacute; con fraternal
+afecto, crey&eacute;ndose perdonado.</p>
+
+<p>Los novios ocuparon las habitaciones que do&ntilde;a Paula hab&iacute;a destinado a su
+hija primog&eacute;nita. La vida comenz&oacute; a deslizarse serena en apariencia.
+Gonzalo advert&iacute;a, no obstante, con pesar, que no les envolv&iacute;a esa
+atm&oacute;sfera tibia y afectuosa que hace tan grato el hogar dom&eacute;stico. Desde
+don Rosendo hasta el &uacute;ltimo criado, se mostraban con ellos atentos,
+deferentes, no cari&ntilde;osos. Ventura no lo advert&iacute;a, y si lo advert&iacute;a le
+importaba poco.</p>
+
+<p>Volvamos ahora la vista a los asuntos m&aacute;s interesantes de la vida
+p&uacute;blica de Sarri&oacute;.</p>
+
+<p>Ganada aquella noble victoria de los cl&eacute;rigos, las cosas del <i>Faro de
+Sarri&oacute;</i>, proced&iacute;an bien y pr&oacute;speramente. El brioso y denodado ayudante
+de marina, pudo continuar su campa&ntilde;a civilizadora sin peligro de nuevas
+celadas. Sinforoso no se retiraba, sin embargo, a su casa sin ir
+acompa&ntilde;ado de &eacute;l o de otro amigo, perfectamente armados ambos.</p>
+
+<p>Pero Gabino Maza, el eterno disidente, supo aprovechar maliciosamente
+aquella ruptura con la Iglesia, para sobresaltar las conciencias de
+algunos vecinos. No que &eacute;l fuese cat&oacute;lico ferviente, ni le diese una
+higa por que se pusiera a los curas como hoja de perejil. Al contrario,
+toda la vida hab&iacute;a profesado ideas bastante heterodoxas y hab&iacute;a
+maldecido de los beatos. Mas ahora se mostraba escandalizado: &laquo;Al fin y
+al cabo, hab&iacute;amos sido educados en el respeto de la religi&oacute;n, la cual es
+el &uacute;nico freno para el pueblo. No se pueden ofender tan descaradamente
+las sagradas creencias de nuestras esposas, etc., etc.&raquo; Algunos con
+estas p&eacute;rfidas insinuaciones, dejaron la suscripci&oacute;n del peri&oacute;dico.</p>
+
+<p>Los redactores y su director, que adivinaban de d&oacute;nde ven&iacute;a el golpe,
+estaban grandemente indignados. Gabino Maza, secundado por el no menos
+d&iacute;scolo Delaunay, no cejaba en su campa&ntilde;a de murmuraci&oacute;n. Mientras
+alguno de los del Faro estaba delante, nada; pero en cuanto se iba,
+esgrim&iacute;an las lenguas con singular encarnizamiento. Unas veces hablando
+en serio, otras apelando a la burla, se trituraba a todos los que
+interven&iacute;an en el peri&oacute;dico, y muy particularmente, como es l&oacute;gico, al
+que mejor y m&aacute;s altamente lo personificaba, el eximio don Rosendo.
+Dec&iacute;an &iexcl;oh, mengua! que s&oacute;lo el af&aacute;n &laquo;de verse en letras de molde&raquo; hab&iacute;a
+impulsado a aquellos benem&eacute;ritos ciudadanos a encender la antorcha del
+progreso en Sarri&oacute;; que don Rufo, el m&eacute;dico, era un farsante; Sinforoso,
+un pobrete a quien arrojaban un mendrugo; Alvaro Pe&ntilde;a (aqu&iacute; bajaban la
+voz y miraban a todos lados), un botarate sin pizca de juicio; don
+Feliciano G&oacute;mez, un pobre diablo a quien m&aacute;s importaba ocuparse en sus
+negocios no muy florecientes; don Rudesindo, un gran cazurro, que
+trataba de alquilar su almac&eacute;n y anunciar su sidra. En cuanto al
+fundador y promovedor de aquella empresa, don Rosendo, dec&iacute;an que toda
+la vida hab&iacute;a sido un badulaque, un necio que se cre&iacute;a escritor, sin
+entender de otra cosa que del alza y baja del bacalao...</p>
+
+<p>S&oacute;lo el deber imperioso de aparecer como cronistas fieles e imparciales,
+nos obliga a dar cuenta de tales habladur&iacute;as. Bien sabe Dios que ha sido
+con harto trabajo y disgusto. Porque la misma pluma se estremece en
+nuestras manos y se niega a estampar semejantes abominaciones.</p>
+
+<p>De don Pedro Miranda, absten&iacute;anse de murmurar los murmuradores, no por
+otra raz&oacute;n sino por tenerle solicitado para que dejase la participaci&oacute;n
+en el peri&oacute;dico, a lo cual le ve&iacute;an inclinarse desde la refriega de los
+cl&eacute;rigos; pues era don Pedro cristiano viejo y muy grande amigo del
+capell&aacute;n de las Agustinas. Con sus mal&eacute;volos discursos, hab&iacute;an logrado
+desatar contra el peri&oacute;dico a algunas damas influyentes de la villa,
+entre ellas do&ntilde;a Br&iacute;gida. Con esto tuvieron por suyo dentro del
+Saloncillo al sandio y degradado Mar&iacute;n. Tambi&eacute;n atrajeron a su bando,
+poco despu&eacute;s, al borracho del alcalde. Por una parte el esp&iacute;ritu de
+compa&ntilde;erismo con los tertulios de la tienda de la Morana, y por otra la
+molestia que sent&iacute;a con las constantes excitaciones de la prensa, a las
+que no estaba acostumbrado, le hicieron renegar pronto de aquel gran
+adelanto. Lo que acab&oacute; de ponerle mal con <i>El Faro</i> y sus redactores,
+fu&eacute; cierta gacetilla en que se censuraba al ayuntamiento y al alcalde
+con alguna dureza, por el lamentable abandono en que ten&iacute;an los
+servicios de polic&iacute;a urbana, y lo poco que trabajaban por hacer
+agradable la temporada de verano &laquo;a los distinguidos escrofulosos que
+acud&iacute;an a la playa de Sarri&oacute; en busca de salud&raquo;.</p>
+
+<p>Aunque aparentemente se trataban como amigos, exist&iacute;a, pues, entre los
+socios principales del Saloncillo sorda y disimulada enemiga. Iba &eacute;sta
+aumentando de d&iacute;a en d&iacute;a merced a los correveidiles que, en ocasiones
+an&aacute;logas, no cesan de sembrar envidias y rencores. Tem&iacute;anse ya las
+disputas y se rehu&iacute;an, porque los desaforados gritos y los baldones que
+antes se lanzaban sin resultado alguno, gracias a la cordial avenencia
+que exist&iacute;a entre todos, eran, al presente, de mucho peligro. Reinaba,
+por tanto, en aquel recinto, m&aacute;s silencio, m&aacute;s cortes&iacute;a, pero much&iacute;sima
+menos franqueza y cordialidad.</p>
+
+<p>Aquella tirantez no pod&iacute;a durar mucho tiempo. Entre personas que todos
+los d&iacute;as se ven y se hablan, y no se quieren bien, es imposible que en
+breve plazo no deje de estallar la discordia. La ocasi&oacute;n fu&eacute; &eacute;sta. Lleg&oacute;
+al Saloncillo (&iexcl;noramala fu&eacute;!), sin saber qui&eacute;n lo trajera, un ejemplar
+de cierta <i>Ilustraci&oacute;n</i> catalana, donde, entre otros grabados, se ve&iacute;a
+uno representando las orillas de un r&iacute;o americano, y en ellas
+solaz&aacute;ndose hasta una docena de cocodrilos de diversos tama&ntilde;os. Ten&iacute;a el
+ejemplar en la mano Maza, cuando acerc&aacute;ndose don Rufo por detr&aacute;s,
+exclam&oacute; en tono jocoso:</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Vaya unos cocodrilos escu&aacute;lidos!</p>
+
+<p>&mdash;No son cocodrilos&mdash;manifest&oacute; Maza en tono seco y desde&ntilde;oso, sin
+levantar la cabeza.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Y por qu&eacute; no han de ser?&mdash;pregunt&oacute; el m&eacute;dico herido por aquel tono.</p>
+
+<p>&mdash;Porque no.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Valiente raz&oacute;n!</p>
+
+<p>&mdash;Si no te convence, estudia, que yo no estoy aqu&iacute; para hacer obras de
+misericordia.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Uf! &iexcl;El sabio de la Grecia! &iexcl;Apartarse a un lado, se&ntilde;ores!</p>
+
+<p>&mdash;No soy un sabio, pero no digo que estos animales son cocodrilos,
+cuando en el r&iacute;o Mara&ntilde;&oacute;n no se cr&iacute;an cocodrilos.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Qu&eacute; son entonces?</p>
+
+<p>&mdash;Caimanes.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Ll&aacute;malo hache! Caimanes y cocodrilos vienen a ser lo mismo.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Otra barbaridad! &iquest;D&oacute;nde has aprendido eso?</p>
+
+<p>&mdash;Hombre, es de clavo pasado. El caim&aacute;n y el cocodrilo no se diferencian
+m&aacute;s que en el nombre. Aqu&iacute; est&aacute; don Lorenzo que ha viajado, y puede
+decir si no es verdad.</p>
+
+<p>&mdash;El caim&aacute;n es algo m&aacute;s peque&ntilde;o&mdash;expres&oacute; don Lorenzo con sonrisa
+conciliadora.</p>
+
+<p>&mdash;El tama&ntilde;o es de poca importancia. La cuesti&oacute;n es saber si tiene o no
+la misma figura.</p>
+
+<p>Don Lorenzo se inclin&oacute; en se&ntilde;al de asentimiento. Maza salt&oacute;, hecho una
+furia:</p>
+
+<p>&mdash;Pero, se&ntilde;ores. &iexcl;Pero, se&ntilde;ores! &iquest;Estamos entre personas ilustradas o
+entre aldeanos? &iquest;De d&oacute;nde sacan ustedes que caim&aacute;n es lo mismo que
+cocodrilo? El cocodrilo es un animal del Mundo Viejo y el caim&aacute;n es del
+Nuevo Mundo.</p>
+
+<p>&mdash;Disp&eacute;nseme usted, amigo Maza; yo he visto cocodrilos en
+Filipinas&mdash;manifest&oacute; don Rudesindo.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Y qu&eacute; quiere usted decir con eso?</p>
+
+<p>&mdash;Como usted dec&iacute;a que los cocodrilos no se cr&iacute;an en el Nuevo Mundo...</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Otra que tal! &iquest;Las Filipinas son del Nuevo Mundo? Se&ntilde;ores, &iexcl;se&ntilde;ores!
+hay que abrir los paraguas. Hoy llueven aqu&iacute; burradas.</p>
+
+<p>&mdash;Pues qu&eacute;, &iquest;Filipinas querr&aacute; usted decirme que no es
+Ultramar?&mdash;pregunt&oacute; don Rudesindo con la faz descompuesta.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Nada, nada, siga el chaparr&oacute;n!</p>
+
+<p>&mdash;La diferencia principal, se&ntilde;ores, que existe entre el cocodrilo y el
+caim&aacute;n&mdash;dijo a esta saz&oacute;n con autoridad don Lorenzo&mdash;es que el cocodrilo
+tiene tres carreras de dientes y el caim&aacute;n s&oacute;lo tiene dos.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;No es eso, hombre, no es eso! Los cocodrilos tienen las mismas
+carreras de dientes que los caimanes.</p>
+
+<p>Don Lorenzo sostuvo con br&iacute;o su aserto. Le ayud&oacute; en la defensa don
+Rudesindo. Maza le atac&oacute; con no menos fuego, apoyado por Delaunay.
+Pronto entraron en liza otros cuantos socios generaliz&aacute;ndose el combate,
+que fu&eacute; haci&eacute;ndose cada vez m&aacute;s vivo. Las voces eran horrendas. Si
+hubieran pose&iacute;do tres carreras de dientes como los cocodrilos, o aunque
+fuesen dos, no dudo que se devorar&iacute;an, dada la rabia y el coraje con que
+se ense&ntilde;aban la &uacute;nica con que la Naturaleza les hab&iacute;a dotado. Maza
+estuvo tan procaz, tan insolente, que al fin don Rudesindo, sin ser
+due&ntilde;o de s&iacute;, le descarg&oacute; un paraguazo en la cabeza. Sigui&oacute;se a &eacute;ste una
+granizada de ellos entre los contendientes, con un pavoroso estruendo de
+ballenas y varillas de alambre que daba escalofr&iacute;os al var&oacute;n m&aacute;s
+arriscado. Muchos, que no se hab&iacute;an acordado siquiera de emitir su
+opini&oacute;n sobre la dentadura de los reptiles citados, recibieron su parte
+al&iacute;cuota de paraguazos, lo mismo que los que m&aacute;s hab&iacute;an esclarecido la
+cuesti&oacute;n con sus discursos. Subieron del caf&eacute; el amo con algunas otras
+personas; suspendieron los indianos del billar su juego; terci&oacute; don
+Melchor de las Cuevas, de quien as&iacute; en guerra como en paz se hac&iacute;a mucho
+caso. Al cabo se logr&oacute; apaciguar el alboroto ya que no concertar las
+voluntades, hac&iacute;a algunos meses resfriadas.</p>
+
+<p>El resultado fu&eacute; que desde aquel d&iacute;a Gabino Maza, Delaunay, don Roque,
+Mar&iacute;n y otros tres o cuatro socios m&aacute;s, se retiraron del Saloncillo. Don
+Pedro Miranda sigui&oacute; asistiendo con largos intervalos de ausencia. Esto
+hac&iacute;a presumir a los tertulios restantes y a los redactores del <i>Faro</i>
+que no pod&iacute;a contarse con &eacute;l, y que no tardar&iacute;a mucho en caer del lado
+contrario. Como sucedi&oacute; en efecto. Los disidentes empezaron a reunirse
+en el caf&eacute; de Londres situado en la calle de Caborana. Pero no muchos
+meses despu&eacute;s corri&oacute; por la villa la noticia de que alquilaban un
+almac&eacute;n en la calle de San Florencio para establecer sus reuniones. Y
+as&iacute; fu&eacute;. Lo entarimaron, lo alfombraron, despu&eacute;s pintaron sus paredes y
+su techo, amuebl&aacute;ronlo con algunas sillas y butacas, pusieron mesas de
+tresillo y comenzaron a asistir tarde y noche a aquel sitio tan
+asiduamente como antes al Saloncillo. Por ser bajo de techo y tener
+embutida en la pared una litera que sirvi&oacute; para dormir la siesta Mar&iacute;n,
+empez&oacute; a llamarse a aquel sitio en la poblaci&oacute;n el <i>Camarote</i>, y este
+nombre le qued&oacute;. Los del <i>Faro</i>, que hab&iacute;an desde&ntilde;ado a los desertores
+mientras no ten&iacute;an techo donde guarecerse, entraron en cuidado. El
+primer s&iacute;ntoma de temor fu&eacute; una gacetilla o <i>novela a la mano</i> en
+verso-prosa describiendo aquella nueva tertulia y pintando a cada uno de
+sus socios con nombres de animales; Maza la v&iacute;bora, Delaunay un gallo
+belga, Mar&iacute;n el jumento, don Roque el cerdo, etc&eacute;tera, etc. Esta
+gacetilla exasper&oacute; a los del Camarote de un modo indecible.</p>
+
+<p>Don Rosendo continuaba cada vez m&aacute;s pujante y empe&ntilde;ado en su campa&ntilde;a
+period&iacute;stica. Introduc&iacute;a en el <i>Faro</i> todas aquellas formas y maneras
+que observaba en la prensa nacional y extranjera, particularmente en la
+francesa. Hab&iacute;a comisionado a un escritor de Madrid para que los
+mi&eacute;rcoles le remitiese un telegrama de veinte palabras, y le escribiese
+adem&aacute;s cartas pol&iacute;ticas y literarias; traduc&iacute;a &eacute;l todas las noticias
+curiosas que hallaba en los peri&oacute;dicos; hac&iacute;a revistas de modas, de
+tribunales, de teatros (cuando hab&iacute;a compa&ntilde;&iacute;a). Pero donde m&aacute;s se
+distingu&iacute;a era en las de mercados. No es f&aacute;cil representarse la destreza
+con que manejaba, tra&iacute;a y llevaba los cereales, los aceites, los caldos
+y los arroces. Para que se vea con qu&eacute; amenidad y galanura sab&iacute;a tratar
+un asunto tan prosaico, diremos que en una ocasi&oacute;n escrib&iacute;a: &laquo;Las
+mieles, sensibles a estas alteraciones, se pronunciaron en baja y no
+alcanzaron estabilidad y firmeza en sus precios hasta que los caf&eacute;s,
+los cacaos y dem&aacute;s g&eacute;neros ultramarinos lograron reprimir sus vivas
+oscilaciones.&raquo; Era, en suma, el alma del peri&oacute;dico.</p>
+
+<p>No bastaba, sin embargo, lo que hab&iacute;a hecho para ponerlo a la altura de
+su ideal. Belinch&oacute;n siempre hab&iacute;a seguido con viv&iacute;simo inter&eacute;s en los
+peri&oacute;dicos de Par&iacute;s aquellas pol&eacute;micas personales que rara vez dejaban
+de terminar con un duelo. Y las peripecias de &eacute;ste, contadas
+minuciosamente por alg&uacute;n testigo, le plac&iacute;an tan extremadamente, que
+ninguna comida hab&iacute;a para &eacute;l tan sabrosa, ni m&aacute;s grato recreo. Cuando
+pasaban muchos d&iacute;as sin desaf&iacute;o, don Rosendo languidec&iacute;a. Las
+descripciones de los asaltos de armas entre los c&eacute;lebres tiradores de la
+capital de Francia, excitaban tambi&eacute;n grandemente su curiosidad. Y
+aunque un poco se le enredaban en el mag&iacute;n aquellas frases t&eacute;cnicas
+<i>engagement de sixte, battement en quarte, contre-riposte, feinte</i>,
+etc., all&aacute; las traduc&iacute;a a su modo y se daba por enterado. Dec&iacute;a &eacute;l que
+en ning&uacute;n signo se conoc&iacute;a mejor el grado de cultura de un pa&iacute;s que en
+la afici&oacute;n a las armas. El manejo de ellas despertaba o avivaba la idea
+del honor y la dignidad humana. Su abandono arrastraba consigo la
+cobard&iacute;a y la degradaci&oacute;n. Conoc&iacute;a mejor que sus parientes la biograf&iacute;a
+de los grandes duelistas y <i>gens des armes</i> de Par&iacute;s. Pod&iacute;a describir
+con pelos y se&ntilde;ales los desaf&iacute;os que hab&iacute;an tenido y la gravedad de las
+heridas. En cuanto se anunciaba un asalto entre dos maestros, por
+ejemplo Jacob y Grisier, ya estaba nuestro caballero excitado. Abr&iacute;a con
+precipitaci&oacute;n todos los d&iacute;as el <i>F&iacute;garo</i> y apostaba en su interior por
+uno o por otro.</p>
+
+<p>Un d&iacute;a se le ocurri&oacute; en la cama (donde le asaltaban siempre las grandes
+ideas) que ser periodista sin conocer las armas o manejarlas, era lo
+mismo que ser bailar&iacute;n y no tocar las casta&ntilde;uelas. El d&iacute;a menos pensado
+se suscitaba un lance, hab&iacute;a que acudir al terreno, y &eacute;l no sab&iacute;a
+siquiera ponerse en guardia. Verdad que en todo Sarri&oacute; no hab&iacute;a quien
+supiese m&aacute;s. Pero nadie ten&iacute;a tanta obligaci&oacute;n de conocer la esgrima
+como &eacute;l. Adem&aacute;s, el altercado pod&iacute;a ser con un periodista de Lancia o de
+Madrid, y entonces era preciso dejarse asesinar. Estas imaginaciones le
+llevaron a adoptar una resoluci&oacute;n; la de aprender a toda costa a tirar
+el florete. &iquest;C&oacute;mo? Haciendo venir un maestro a Sarri&oacute;, ya que &eacute;l no
+pod&iacute;a separarse de este punto. Sin comunicar el pensamiento con nadie,
+escribi&oacute; a un amigo de Par&iacute;s, el cual busc&oacute; en las salas de armas de
+esta ciudad alg&uacute;n auxiliar o <i>prevot</i> que quisiera expatriarse. Al cabo
+de alg&uacute;n tiempo se hall&oacute; uno que, mediante la cantidad de dos mil
+francos anuales, y dej&aacute;ndole libertad para dar lecciones, consinti&oacute; en
+venir a establecerse en la villa del Cant&aacute;brico.</p>
+
+<p>Un d&iacute;a, con verdadera estupefacci&oacute;n del vecindario, se dijo que acababa
+de llegar en la goleta <i>Julia</i> un profesor de esgrima, M. Lemaire, con
+el exclusivo objeto de ense&ntilde;ar el manejo de las armas a don Rosendo. Y,
+en efecto, pronto se vi&oacute; a &eacute;ste acompa&ntilde;ado de un joven delgadito y
+rubio, de traza extranjera. La impresi&oacute;n fu&eacute; honda. En los pueblos
+peque&ntilde;os, donde la gente se pega de palos y bofetadas, la frialdad, la
+correcci&oacute;n y la gravedad de los duelos produce asombro y terror. Lo
+primero que se les ocurri&oacute; fu&eacute; que don Rosendo deseaba matar a alguno.
+S&oacute;lo despu&eacute;s de mucho tiempo comprendieron la raz&oacute;n de aquel
+aprendizaje.</p>
+
+<p>Don Rosendo lo tom&oacute; con el ardor y seriedad que merec&iacute;a. Todos los d&iacute;as
+dedicaba un par de horas por la ma&ntilde;ana, y otro por la tarde, a tirarse a
+fondo, que fu&eacute; lo &uacute;nico que le permiti&oacute; hacer el profesor en los dos
+primeros meses. El resultado notabil&iacute;simo de este ejercicio fu&eacute; que al
+cabo de alg&uacute;n tiempo no sab&iacute;a si sus piernas eran verdaderamente suyas o
+de otro b&iacute;pedo racional como &eacute;l. Tan agudas y vivas fueron las agujetas
+que le acometieron, que hasta, cuando se hallaba durmiendo cre&iacute;a estar
+tir&aacute;ndose a fondo. Despertaba sobresaltado con terribles dolores en las
+articulaciones. &iexcl;Luego aquel M. Lemaire era tan cruel! Nunca se daba por
+satisfecho del trabajo de las extremidades del buen
+caballero:&mdash;&laquo;<i>&iexcl;Plus! &iexcl;plus! &iexcl;Ancor plus sapr&iacute;sti!</i>&raquo; Y el m&iacute;sero don
+Rosendo se abr&iacute;a, se abr&iacute;a de un modo b&aacute;rbaro, inconcebible, percibiendo
+la grata sensaci&oacute;n de si le aserraran el reda&ntilde;o. Terminado tan noble
+ejercicio, el se&ntilde;or Belinch&oacute;n se ve&iacute;a necesitado a ir cogido a las
+paredes para trasladarse de un sitio a otro, formando un &aacute;ngulo de
+ochenta grados con el suelo. Desde all&iacute;, hasta el fin de sus d&iacute;as, el
+glorioso fundador de <i>El Faro de Sarri&oacute;</i> siempre anduvo m&aacute;s o menos
+esparrancado.</p>
+
+<p>Pero este tormento, aunque nada ten&iacute;a que envidiar a los de los m&aacute;rtires
+del Jap&oacute;n, padec&iacute;alo, si no con gusto, con varonil entereza. Pensaba que
+siempre ha costado enormes sacrificios civilizarse y civilizar un pa&iacute;s.
+Al cabo de los dos meses comenz&oacute; el eterno <i>tic tac</i> de los floretes.
+Pero sin abandonar por eso el tormento de las piernas. Don Rudesindo,
+Alvaro Pe&ntilde;a, Sinforoso, Pablito, el impresor Folgueras y algunos otros,
+tomaban lecci&oacute;n al mismo tiempo. En la sala, las impresiones b&eacute;licas
+subyugaban de tal modo a los tiradores, que guardaban solemne silencio.
+No se o&iacute;a m&aacute;s que la voz &aacute;spera de M. Lemaire repitiendo sin cesar y de
+un modo distra&iacute;do:&mdash;<i>En garde vivement&mdash;Contre de quarte.&mdash;Ripostez...
+&iexcl;Ah bien!&mdash;En garde vivement.&mdash;Contre de sixte. Ripostez... &iexcl;Ah
+bien!&mdash;Parez seconde.&mdash;Rispostez &iexcl;Ah bien!</i> Don Rosendo se cre&iacute;a
+trasladado a Par&iacute;s, y ve&iacute;a en don Rudesindo, Folgueras y Sinforoso, a
+Grisier, Anatole de la Forge y el bar&oacute;n de Basancourt. <i>El Faro</i> no era
+<i>El Faro</i>, sino <i>Le Gaulois</i> o <i>Le Journal des Debats</i>.</p>
+
+<p>Al cabo de cinco meses, se manten&iacute;a bastante bien en guardia, paraba los
+golpes rectos, atacaba con furia y saltaba hacia atr&aacute;s con maestr&iacute;a.
+Crey&oacute; llegado el caso de dar un esc&aacute;ndalo. Era necesario que la
+poblaci&oacute;n se persuadiese de que los dos mil francos asignados al
+profesor no eran enteramente perdidos.. Adem&aacute;s conven&iacute;a ir introduciendo
+en ella el gusto por estos refinamientos de las grandes capitales. &iquest;Pero
+con qui&eacute;n tener <i>affaire</i> en Sarri&oacute;? Aunque buenas ganas se le pasaban
+de desafiar a alguno de los del Camarote, comprend&iacute;a que el &uacute;nico capaz
+de batirse era Gabino Maza. A &eacute;ste le ten&iacute;a una migajita de respeto,
+sobre todo desde que hab&iacute;a o&iacute;do decir al profesor que en los duelos era
+preciso tener mucho cuidado con los hombres violentos, aunque no
+supiesen esgrima. Despu&eacute;s de largas y profundas meditaciones imagin&oacute; que
+lo mejor era provocar un lance con alg&uacute;n periodista de Lancia
+aprovechando la pol&eacute;mica que el <i>Faro</i> ven&iacute;a sosteniendo con el
+<i>Porvenir</i>, acerca de cierto ramal de carretera. Y como lo pens&oacute; lo
+hizo. En el primer n&uacute;mero se mostr&oacute; tan agresivo, tan insolente con el
+peri&oacute;dico de la capital, que &eacute;ste, sorprendido e indignado, contest&oacute; que
+ciertas frases del <i>Faro</i> no merec&iacute;an sino el desprecio. En su
+consecuencia, don Rosendo comision&oacute; a sus amigos Alvaro Pe&ntilde;a y Sinforoso
+Su&aacute;rez &laquo;para que fueran a entenderse&raquo; con el director del <i>Porvenir</i>. Se
+trasladaron a Lancia y regresaron el mismo d&iacute;a. El se&ntilde;or Belinch&oacute;n al
+verles llegar deseaba ya ardientemente que el asunto se hubiese
+arreglado sin necesidad de duelo, a pesar de ser &eacute;l quien lo provocara.
+Nuevo testimonio de su grandeza singular de alma y de la exquisita
+sensibilidad de que estaba dotado. Por desgracia el director del
+<i>Porvenir</i> se hab&iacute;a mantenido firme. Los testigos convinieron un duelo a
+sable que deb&iacute;a realizarse al d&iacute;a siguiente, en una posesi&oacute;n de las
+cercan&iacute;as de Lancia.</p>
+
+<p>Nuestro h&eacute;roe, al saberlo, sinti&oacute; que las piernas le flaqueaban, no de
+temor, que esto ninguno osar&aacute; siquiera imaginarlo, sino por la emoci&oacute;n
+de verse tan pr&oacute;ximo a ser objeto de la curiosidad y expectaci&oacute;n
+p&uacute;blicas, no s&oacute;lo en la provincia, sino en Espa&ntilde;a entera. Cuando
+caminaban hacia casa, Pe&ntilde;a le dijo con ruda franqueza:</p>
+
+<p>&mdash;Los padrinos de Villar quer&iacute;an que se cortasen las puntas a los
+sables; pero yo me opuse. &laquo;No, no, dije, conozco bien a don Rosendo, y
+es hombre que aborrece las ni&ntilde;er&iacute;as. No se puede jugar con &eacute;l. Cuando se
+mete en un lance de &eacute;stos, es menester que vaya todo muy serio. Estoy
+seguro de que si cort&aacute;semos las puntas, tendr&iacute;a con &eacute;l un disgusto...&raquo;
+&iquest;No he interpretado bien su deseo?</p>
+
+<p>&mdash;Perfectamente. Muchas gracias, Alvaro&mdash;respondi&oacute; el se&ntilde;or de Belinch&oacute;n
+alarg&aacute;ndole una mano que Pe&ntilde;a hall&oacute; demasiadamente fr&iacute;a. Y a&ntilde;adi&oacute; con
+voz d&eacute;bil:&mdash;Aunque se limasen un poquito las puntas, &iquest;sabe usted? no
+tendr&iacute;a inconveniente en aceptarlo... El asunto, despu&eacute;s de todo, no
+exige precisamente que sea a muerte.</p>
+
+<p>&mdash;No me atrev&iacute; siquiera a aceptar eso. Como no conoc&iacute;a la opini&oacute;n de
+usted, ten&iacute;a miedo que le disgustase...</p>
+
+<p>&mdash;Nada, nada, pues por m&iacute; no hay inconveniente en que se limen.</p>
+
+<p>&mdash;Ahora ya no puede ser. Est&aacute;n concertadas las condiciones. A menos que
+ellos lo propongan de nuevo, las puntas ir&aacute;n afiladas. A usted le
+conviene mucho porque tira el florete...</p>
+
+<p>&mdash;Precisamente por eso. Yo no quisiera llevar ventaja alguna a mi
+adversario.</p>
+
+<p>Pe&ntilde;a gui&ntilde;&oacute; el ojo con malicia.</p>
+
+<p>&mdash;No sea usted tan escrupuloso, don Rosendo. S&iacute; usted puede ensartarlo
+<i>&iexcl;fiiit!</i> como un pajarito, no deje de hacerlo.</p>
+
+<p>Estas &uacute;ltimas palabras las acompa&ntilde;&oacute; el ayudante con un gesto expresivo,
+traspasando el aire con los dedos de punta, lo mismo que si los
+estuviese introduciendo por un cuerpo humano.</p>
+
+<p>Don Rosendo hizo un gesto de repugnancia, y guard&oacute; prolongado silencio.
+Al cabo, manifest&oacute; sordamente:</p>
+
+<p>&mdash;Lo que sentir&eacute; es que estas malditas agujetas no me permitan tirarme a
+fondo.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Ca, hombre, ca! Pierda usted cuidado. Mientras dure el lance, no
+sentir&aacute; usted dolor alguno en las piernas. &iquest;No le ha sucedido dejar de
+sentir el dolor de una muela en el momento de llamar a la puerta del
+dentista para sacarla?</p>
+
+<p>Este s&iacute;mil consolador produjo inmediatamente en el ayudante un acceso
+de risa, que dur&oacute; buen rato. Belinch&oacute;n se mantuvo grave y sombr&iacute;o, como
+deben estarlo los h&eacute;roes la v&iacute;spera del combate.</p>
+
+<p>La noticia corri&oacute; como una chispa el&eacute;ctrica por la poblaci&oacute;n. El pasmo
+de los vecinos era indescriptible. A ninguno le cab&iacute;a en la cabeza que
+una persona, entrada ya en a&ntilde;os, con hijos casados, fuese a darse de
+sablazos con otra por cuesti&oacute;n de un ramal de carretera. Sin embargo, el
+partido que Belinch&oacute;n acaudillaba admiraba la decisi&oacute;n y el valor de su
+jefe. Este, por la noche, tuvo una espantosa pesadilla. So&ntilde;&oacute; que el
+sable del director del Porvenir le abr&iacute;a por el medio. Una mitad se la
+llevaba el vencedor como trofeo. A Sarri&oacute; s&oacute;lo volvi&oacute; la otra mitad. Sus
+mismos gritos le despertaron. A do&ntilde;a Paula, que dorm&iacute;a a su lado, la
+aterraron de tal modo, que fu&eacute; necesario acudir al antiespasm&oacute;dico.
+Belinch&oacute;n, con la fortaleza de los temperamentos heroicos, no dijo nada
+a su consorte. Lo que hizo fu&eacute; beber un trago del antiespasm&oacute;dico.</p>
+
+<p>Al d&iacute;a siguiente sali&oacute; en coche para Lancia, acompa&ntilde;ado de Pe&ntilde;a,
+Sinforoso, don Rufo y dos sables de tiro. A la salida de la villa, en la
+carretera, m&aacute;s de cien personas le despidieron. Ante aquella
+manifestaci&oacute;n de cari&ntilde;o, don Rosendo se sinti&oacute; enternecido.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Buena suerte!&mdash;Pongan ustedes telegrama, &iquest;eh?&mdash;No se diga que Sarri&oacute;
+queda por debajo de Lancia.</p>
+
+<p>Don Rosendo fu&eacute; estrechando con emoci&oacute;n las manos de sus partidarios.
+Todos se le ofrec&iacute;an para acompa&ntilde;arle, y le promet&iacute;an venganza para el
+caso de perecer en la lucha.</p>
+
+<p>Al fin llegaron a la quinta designada, y se avistaron con el enemigo.
+Los testigos platicaron, midieron los sables, y los pusieron en manos de
+los contendientes. La fisonom&iacute;a de &eacute;stos ten&iacute;a el color adecuado a
+semejantes solemnidades; esto es, un verde botella, que a intervalos
+tomaba visos anaranjados.</p>
+
+<p>Una vez en guardia, y dada la voz de atacar, comenzaron ambos a tentarse
+los sables met&oacute;dicamente, primero de un lado, despu&eacute;s de otro, con un
+l&uacute;gubre sonido que pon&iacute;a espanto. Al cabo, Villar se arroj&oacute; a
+levantarlo para herir en la cabeza a su adversario... Pero &iexcl;ca! don
+Rosendo di&oacute; un salto tan prodigioso hacia atr&aacute;s, que los testigos se
+miraron unos a otros llenos de asombro. Villar, pasmado tambi&eacute;n, esper&oacute;
+a que su contrario se acercase de nuevo. Volvieron al l&uacute;gubre <i>tic tac</i>.
+Don Rosendo, al cabo de otro rato, alz&oacute; el sable... Villar,
+instant&aacute;neamente di&oacute; otro brinco verdaderamente sobrenatural, que
+sobrepuj&oacute; en mucho al primero. Creyeron que sal&iacute;a de la quinta. Los
+testigos se miraron todav&iacute;a con mayor asombro.</p>
+
+<p>La pelea dur&oacute;, en esta forma, m&aacute;s de media hora. Durante ella, don
+Rosendo grit&oacute; una vez:</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Alto!</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Qu&eacute; hay?&mdash;preguntaron los testigos acerc&aacute;ndose.</p>
+
+<p>&mdash;Que me parece que el sable del se&ntilde;or ha perdido la punta.</p>
+
+<p>Se reconoci&oacute; el sable de Villar, y se vi&oacute; que no era verdad. Este rasgo
+de caballerosidad, m&aacute;s propio de la Edad Media que de nuestros tiempos,
+elev&oacute; a don Rosendo, en el concepto p&uacute;blico cuando se supo, a la altura
+de los h&eacute;roes legendarios, Rold&aacute;n, Bayardo y Bernardo del Carpio.</p>
+
+<p>El combate termin&oacute; cuando el sable de Villar, sin intenci&oacute;n ninguna,
+tropez&oacute; con la frente de Belinch&oacute;n. Fu&eacute; un simple rasgu&ntilde;o; pero los
+padrinos dieron por terminado el lance. Don Rufo coloc&oacute; un gran pedazo
+de tafet&aacute;n ingl&eacute;s sobre la herida. El herido di&oacute; la mano noblemente a su
+contrario. Se envi&oacute; un telegrama a Lancia, para que lo pusiesen a
+Sarri&oacute;. Almorzaron todos juntos alegremente, y durante el almuerzo, los
+campeones se comunicaron con gran expansi&oacute;n los golpes que se ten&iacute;an
+destinados, y que por falta de oportunidad no hab&iacute;an podido ejecutar.</p>
+
+<p>&mdash;Hombre, si no llega usted a romper a tiempo, le parto la cabeza en
+dos. Finta de una dos a la cara, estocada al pecho y cuchillada a la
+cabeza&mdash;dec&iacute;a don Rosendo, engullendo un soberbio trozo de merluza.</p>
+
+<p>&mdash;Pues no lo hubiera usted pasado mejor si llego a hacer una combinaci&oacute;n
+que ten&iacute;a meditada&mdash;contesta Villar.&mdash;Amago la faja &iexcl;pin! Ataco en falso
+a la cabeza &iexcl;pin! Usted me contesta al brazo &iexcl;pin! Yo hago una dos a la
+cara &iexcl;pin! Usted contesta a la cabeza &iexcl; pin! Yo paro y contesto al brazo
+&iexcl;pin!...</p>
+
+<p>Aqu&iacute; el director del <i>Porvenir de Lancia</i>, que mientras describ&iacute;a su
+famoso y complicado golpe no dejaba de engullir trazando a la vez
+c&iacute;rculos en el aire con el tenedor, se atragant&oacute; con una espina,
+poni&eacute;ndose s&uacute;bito m&aacute;s rojo que una guinda. Hubo que sacarle al fresco.
+Don Rosendo fu&eacute; quien le di&oacute; los pu&ntilde;etazos consabidos en la espalda para
+que arrojase la espina. &iexcl;Espect&aacute;culo hermoso y ejemplo de hidalgu&iacute;a que
+no podr&aacute; olvidarse jam&aacute;s!</p>
+
+<p>Terminado el almuerzo, don Rosendo y sus compa&ntilde;eros montaron en el
+carruaje y se restituyeron a Sarri&oacute;. M&aacute;s de media poblaci&oacute;n, prevenida
+ya por el telegrama, les esperaba en las afueras. Un grito de j&uacute;bilo se
+escap&oacute; de todos los pechos al aproximarse el carruaje. Don Rosendo,
+conmovido, sac&oacute; la cabeza, por la ventanilla y se quit&oacute; el sombrero
+ostentando el pedazo de tafet&aacute;n ingl&eacute;s. A su vista, el p&uacute;blico lanz&oacute; un
+&iexcl;hurra! formidable. El veh&iacute;culo fu&eacute; escoltado por la muchedumbre. El
+fundador del <i>Faro</i>, aclamado al entrar en su casa, se vi&oacute; precisado
+despu&eacute;s a asomarse al balc&oacute;n, donde fu&eacute; nueva y calurosamente vitoreado.
+Por la noche, sus amigos le obsequiaron con una serenata.</p>
+
+
+
+<h3 class="top15"><a name="XII" id="XII"></a>XII</h3>
+
+<p class="c smcap">c&oacute;mo se divert&iacute;a pablito</p>
+
+
+<p>&mdash;Convendr&iacute;a ponerle una barbada suave&mdash;dijo Pablito.</p>
+
+<p>&mdash;O un filete&mdash;respondi&oacute; Piscis gravemente.</p>
+
+<p>Ambos guardaron silencio. Pablito exclam&oacute;:</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Maldita yegua! No he visto en mi vida boca m&aacute;s dulce.</p>
+
+<p>&mdash;Una seda&mdash;replic&oacute; su amigo con acento de inquebrantable convicci&oacute;n.</p>
+
+<p>Otro rato de silencio.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Crees que debemos darle m&aacute;s picadero?</p>
+
+<p>&mdash;El picadero no sobra a ning&uacute;n animal&mdash;gru&ntilde;&oacute; Piscis con el mismo
+convencimiento.</p>
+
+<p>&mdash;Conviene trabajarla en el trote.</p>
+
+<p>&mdash;Conviene mucho.</p>
+
+<p>Mientras as&iacute; platicaban, dirig&iacute;anse los inseparables &eacute;quites a paso
+lento desde las cocheras de don Rosendo, sitas en un extremo de la
+villa, al otro extremo de ella, atraves&aacute;ndola por el medio. Eran las
+diez de la noche; la temperatura suave, de primavera. Los pocos
+transeuntes que por las calles quedaban, dirig&iacute;anse a paso r&aacute;pido hacia
+su domicilio. &Uacute;nicamente permanec&iacute;an abiertas las tiendas donde se hac&iacute;a
+tertulia, la de Graells, la de la Morana, y tal cual estanquillo. En el
+Camarote hab&iacute;a mucha luz y gran animaci&oacute;n. Pablito, en quien germinaban
+los rencores de su padre, le dijo a su amigo al pasar frente a la
+aborrecida tertulia:</p>
+
+<p>&mdash;Piscis, tira una pedrada a esa puerta, y r&oacute;mpeles los cristales.</p>
+
+<p>Piscis, siempre terrible, agarr&oacute; un guijarro de la calle, esper&oacute; a que
+su amigo doblase la esquina, y &iexcl;zas! lo encaj&oacute; dentro del Camarote,
+haciendo polvo los cristales. Luego se di&oacute; a correr. Para que no le
+conociesen los que salieran en su persecuci&oacute;n, se dej&oacute; caer sobre las
+manos, corriendo en cuatro pies con habilidad pasmosa.</p>
+
+<p>En el caf&eacute; de la Marina hab&iacute;a tambi&eacute;n alguna gente. Entraron en &eacute;l y
+bebieron en silencio sendas copas de <i>chartreuse</i>, sin que por eso los
+cerebros dejasen de trabajar activamente. Al levantarse Pablito, dijo:</p>
+
+<p>&mdash;Lo mejor ser&aacute; engancharla con el Romero.</p>
+
+<p>&mdash;Eso mismo estaba pensando yo&mdash;profiri&oacute; con fuego Piscis.</p>
+
+<p>Despu&eacute;s que hubieron salido, &eacute;ste pregunt&oacute;, no con palabras, sino con
+una horrible mueca, a d&oacute;nde iban.</p>
+
+<p>&mdash;All&aacute;.</p>
+
+<p>&mdash;Bueno; entonces al pasar por delante de casa recoger&eacute; el roten.</p>
+
+<p>Dejaron atr&aacute;s las calles principales, no sin que Piscis se detuviese en
+su domicilio un instante, para dar cumplimiento a lo que acababa de
+manifestar. Muy pronto alcanzaron las extremidades de la villa, donde
+habitaban, por regla general, los menestrales. Detuvi&eacute;ronse en cierta
+calle, tan solitaria como sucia, frente a una casa de pobre apariencia
+con tosco corredor de madera. Pablito mir&oacute; a todos lados por precauci&oacute;n,
+y dej&oacute; escapar un silbido suave y prolongado con la maestr&iacute;a que le
+caracterizaba en este ramo del saber humano. Despu&eacute;s dijo mirando con
+inquietud al farol que ard&iacute;a unos cincuenta pasos m&aacute;s all&aacute;:</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Si pudi&eacute;ramos apagar ese farol!</p>
+
+<p>El terrible Piscis se destac&oacute; acto continuo, trep&oacute; por la esquina de la
+pared y con su bast&oacute;n lo apag&oacute; al instante, rompiendo, por supuesto, el
+tubo.</p>
+
+<p>Un bulto de mujer apareci&oacute; en el corredor. Pablito se cogi&oacute; de un salto
+a las rejas. Luego escal&oacute; por ellas y mont&aacute;ndose en la baranda, se
+introdujo sin hacer ruido en &eacute;l. Piscis comenz&oacute; a hacer la guardia desde
+la esquina, armado de su formidable garrote.</p>
+
+<p>&iquest;Qui&eacute;n era la mujer que en aquel momento obten&iacute;a los favores del sult&aacute;n
+de Sarri&oacute;? La blonda Nieves, responder&aacute;n a una voz cuantos hayan seguido
+el curso de esta ver&iacute;dica historia. Aunque sintamos ofender la
+perspicacia de nuestros lectores, la verdad nos obliga a declarar que la
+damisela del corredor no era la blonda Nieves, sino la blonda Valentina.</p>
+
+<p>&iquest;C&oacute;mo? &iquest;Aquella arisca costurera tan enemiga de los se&ntilde;oritos y que
+adem&aacute;s ten&iacute;a un novio llamado Cosme?</p>
+
+<p>La misma en cuerpo y alma, con sus rizos dorados sobre la frente, su
+entrecejo salad&iacute;simo y nariz un poquito remangada. Pablito era hombre
+para hacer estos y otros mayores milagros. Mientras segu&iacute;a o aparentaba
+seguir sus amor&iacute;os con Nieves, ya &laquo;le estaba poniendo los puntos&raquo; a
+Valentina. Pero &eacute;sta se resisti&oacute; mucho m&aacute;s que aqu&eacute;lla. Al primer beso
+que le rob&oacute; sobre la nuca estando bebiendo agua en la cocina, la
+arriscada costurera &laquo;le arm&oacute; un esc&aacute;ndalo&raquo;. Se puso roja como una
+cereza, chispearon sus ojos expresivos con ira, y le grit&oacute;:</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Cuidadito, que yo no sufro esas cosas!... Vaya usted a hacerlas con
+las que se lo aguanten.</p>
+
+<p>Esto iba sin duda con Nieves. Pablito obr&oacute; con m&aacute;s cautela en adelante,
+aunque no con menor osad&iacute;a. Dondequiera que la encontraba requebr&aacute;bala a
+su manera, bromeaba, sufr&iacute;a con paciencia sus &laquo;patas de gallo&raquo;. Porque
+era Valentina el tipo de la artesana de Sarri&oacute;, en quien la falta de
+educaci&oacute;n es una gracia m&aacute;s que a&ntilde;adir a las muchas que poseen.
+Conclu&iacute;do el equipo de Ventura, y no teniendo ocasi&oacute;n de verla, Pablito
+aprovechaba los bailes de las Escuelas para seguir festej&aacute;ndola.</p>
+
+<p>Mas no por eso abandonaba a Nieves. El gallardo mancebo adivinaba que el
+amor propio excitado por la competencia, har&iacute;a m&aacute;s en su favor que las
+mismas ventajas personales de que estaba dotado. Esta perspicacia era
+innata en &eacute;l. Se hab&iacute;a manifestado claramente desde que hab&iacute;a enamorado
+a la primera mujer. Lo cual es un argumento m&aacute;s para los que creen en la
+preexistencia del ser humano. Porque s&oacute;lo habiendo seducido muchas
+costureras en vidas anteriores, pudo nuestro mancebo poseer una noci&oacute;n
+tan exacta del procedimiento adecuado a este fin.</p>
+
+<p>Al fin se hab&iacute;a rendido. Principi&oacute; por abandonar a su novio. Concluy&oacute;
+por dar citas de noche como la presente al gallardo Pablito.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Duerme tu padre?&mdash;fu&eacute; la primer pregunta que &eacute;ste hizo en cuanto se
+vi&oacute; en el corredor.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Qu&eacute; te importa?&mdash;respondi&oacute; la resuelta costurera.</p>
+
+<p>&mdash;Es que si no duerme... ya ves... &iexcl;C&aacute;spita, la cosa es grave!</p>
+
+<p>&mdash;Calla, cobarde; &iexcl;verg&uuml;enza hab&iacute;a de darte! Voy a hacer ruido por el
+gusto de verte correr.</p>
+
+<p>Pablito la estrech&oacute; entre sus brazos y le di&oacute; una razonable cantidad de
+besos. La joven sonre&iacute;a dichosa. Mas de pronto su frente se arrug&oacute;; su
+fisonom&iacute;a expres&oacute; una gran severidad.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Quita, quita!&mdash;dijo rechaz&aacute;ndole.&mdash;Tengo que hacerte una pregunta.
+&iquest;D&oacute;nde has estado esta ma&ntilde;ana?</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Esta ma&ntilde;ana?... En muchas partes. En casa, en el Saloncillo, en la
+cochera... en la punta del Pe&oacute;n...</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;No has estado en la calle de San Florencio?</p>
+
+<p>&mdash;S&iacute;; he pasado por all&iacute; dos o tres veces.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Y a qui&eacute;n has encontrado?</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Chica, qu&eacute; s&eacute; yo!... A mucha gente.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;No has encontrado a Nieves?&mdash;pregunt&oacute; con reprimida c&oacute;lera la gentil
+costurera.</p>
+
+<p>&mdash;S&iacute;, la he encontrado&mdash;respondi&oacute; &eacute;l con acento indiferente.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Y no te has parado con ella?</p>
+
+<p>&mdash;No; la he dicho simplemente adi&oacute;s.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Embustero! &iexcl;hip&oacute;crita! &iexcl;t&iacute;o silbante!&mdash;exclam&oacute; con furia
+Valentina.&mdash;&iexcl;Toma, por zorro! (arrim&aacute;ndole un terrible pellizco en el
+brazo). &iquest;Conque le has dicho adi&oacute;s solamente y te has estado m&aacute;s de una
+hora con ella? &iexcl;Toma, trapacero! &iexcl;toma!</p>
+
+<p>Y le descarg&oacute; sobre los brazos una granizada de pellizcos. El buen Pablo
+se retorc&iacute;a de dolor, pero sin gritar, porque respetaba mucho el sue&ntilde;o
+del pap&aacute; de la feroz muchacha.</p>
+
+<p>&mdash;Por Dios, Valentina, si est&aacute;s equivocada... No fu&eacute; m&aacute;s que un instante
+para preguntarle si hab&iacute;a conclu&iacute;do de bordar mis pa&ntilde;uelos...</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;No est&aacute; mal instante! &iexcl;Una hora por el reloj plantado con ella,
+riendo como locos!... Me est&aacute;n dando ganas de ahogarte entre mis manos,
+&iexcl;zorro! &iexcl;zorro! &iexcl;m&aacute;s que zorro!</p>
+
+<p>La enojada chica, cada vez m&aacute;s pose&iacute;da de la ira, ech&oacute; las manos al
+cuello a su gal&aacute;n, y estuvo a punto de estrangularle.</p>
+
+<p>Daba compasi&oacute;n ver a un tan apuesto y gentil mancebo con la lengua fuera
+y los ojos llenos de espanto. Valentina tuvo, en efecto, l&aacute;stima de &eacute;l,
+y le dej&oacute;; pero todav&iacute;a le retorci&oacute; el pellejo de los brazos unas
+cuantas veces.</p>
+
+<p>&mdash;A m&iacute; no se me enga&ntilde;a, &iquest;lo sabes? &iexcl;A m&iacute; no se me enga&ntilde;a! Si vuelvo a
+saber que has estado con ella, excusas de venir m&aacute;s por aqu&iacute;.</p>
+
+<p>&mdash;Bueno, te prometo no hablarla m&aacute;s; pero no vayas a hacer caso del
+primer cuento que te traigan.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Cumplir&aacute;s la palabra?&mdash;pregunt&oacute; la cruel costurera mir&aacute;ndole
+airadamente.</p>
+
+<p>&mdash;Pierde cuidado.</p>
+
+<p>&mdash;Cuenta conmigo si no la cumples. &iexcl;Alza!</p>
+
+<p>De este modo apacible y tierno, trataba Valentina al tenorio de Sarri&oacute;.
+El, cuando daba cuenta de tales tratos a Piscis o a alg&uacute;n otro amigo,
+sonre&iacute;a como hombre de mundo; afirmaba que estas mujeres irascibles y
+altivas, son las que m&aacute;s deleites proporcionan a los hombres, sobre todo
+a los que como &eacute;l estaban ya un poco gastados.</p>
+
+<p>Despu&eacute;s que hicieron las paces, o por mejor decir, despu&eacute;s que Valentina
+otorg&oacute; la paz, hubo un cuchicheo que dur&oacute; no sabemos cu&aacute;nto. Despu&eacute;s no
+se oy&oacute; nada, y hasta ser&iacute;a f&aacute;cil que tampoco se viese gran cosa. El
+corredor estaba como si no hubiese nadie en &eacute;l. Si no fuese porque es
+muy feo mancillar la honra de una muchacha, podr&iacute;amos sospechar que la
+amartelada pareja se hab&iacute;a metido en lo interior de la casa.</p>
+
+<p>Piscis, en tanto, hac&iacute;a la centinela paseando a lo largo de la calle. Y
+el caso es, que no era s&oacute;lo &eacute;l quien la hac&iacute;a. Un hombre estaba
+apostado, desde que ellos hab&iacute;an llegado, en el hueco de una puerta
+donde las sombras se espesaban. Inm&oacute;vil y protegido por la obscuridad,
+no pudo ser visto de Piscis. Aprovechando un momento en que &eacute;ste paseaba
+de espaldas a la casa, el hombre sali&oacute; de su escondite y se acerc&oacute;
+sigilosamente a ella. Mir&oacute; hacia el corredor y vacil&oacute; unos segundos.
+Esto fu&eacute; lo que le perdi&oacute;. Cuando di&oacute; el salto para cogerse a las rejas,
+el terrible Piscis se hab&iacute;a vuelto ya y le vi&oacute;. De dos brincos se plant&oacute;
+debajo del corredor, antes que el intruso pudiera montar sobre la
+barandilla, y con su famoso roten, le descarg&oacute; en las espaldas tal
+garrotazo, que el pobre hombre solt&oacute; las manos y se dej&oacute; caer al suelo.
+Quiso repetir el feroz centauro, pero el hombre se levant&oacute; con agilidad
+y se di&oacute; a correr de tan prodigiosa manera, que el segundo garrotazo lo
+di&oacute; en el suelo, y en cuanto al tercero ni lo intent&oacute; siquiera.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Mal rayo!&mdash;rugi&oacute; Piscis.</p>
+
+<p>Este rugido debi&oacute; de llegar a o&iacute;dos de su feliz amigo, porque algunos
+segundos despu&eacute;s montaba sobre la barandilla y se apeaba bonitamente en
+la calle.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Qu&eacute; hay?&mdash;pregunt&oacute;, acerc&aacute;ndose a su Orestes.</p>
+
+<p>&mdash;Un hombre.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;D&oacute;nde?&mdash;volvi&oacute; a preguntar el seductor ansiosamente, girando dos
+veces en redondo.</p>
+
+<p>&mdash;Ya escap&oacute;. Le atrap&eacute; en el momento de subir al corredor, y le tir&eacute; al
+suelo de un palo... Luego ech&oacute; a correr... &iexcl;Mal rayo! Ni el Romero a
+todo escape lo alcanzaba.</p>
+
+<p>&mdash;Ese hombre&mdash;profiri&oacute; Pablito sordamente&mdash;debe de ser un novio que
+ten&iacute;a Valentina hace alg&uacute;n tiempo... &iquest;Qu&eacute; tratar&iacute;a de hacer?</p>
+
+<p>&mdash;Pues si era el novio, como no fuese para darte una pu&ntilde;alada, no s&eacute; a
+qu&eacute; hab&iacute;a de subir.</p>
+
+<p>Pablito ech&oacute; el brazo por encima del hombro a su amigo, no para
+sostenerse, aunque las corvas un poco se le doblaban, sino para decirle
+con voz apagada:</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Crees eso?</p>
+
+<p>&mdash;Una... o dos, o tres...</p>
+
+<p>El bello mancebo guard&oacute; silencio. Al cabo de un momento le pregunt&oacute;:</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;T&uacute; le conoces?</p>
+
+<p>&mdash;Yo no, &iquest;y t&uacute;?</p>
+
+<p>&mdash;No le he visto nunca: s&oacute;lo s&eacute; que se llama Cosme, y que es barbero.</p>
+
+<p>Alej&aacute;ronse en silencio de la calle y en silencio llegaron hasta casa de
+Belinch&oacute;n. All&iacute;, al despedirse, Pablito dijo a su amigo:</p>
+
+<p>&mdash;Si vuelvo por all&aacute; (que lo dudo), me har&aacute;s el favor de no perder de
+vista el corredor, &iquest;verdad?</p>
+
+<p>&mdash;A perro puesto&mdash;se limit&oacute; a contestar el indomable Piscis.</p>
+
+<p>Al d&iacute;a siguiente era domingo y se celebraba en las Escuelas el baile
+acostumbrado de todas las semanas. Se bailaba por la tarde, de tres a
+siete. El sal&oacute;n era espacioso, constru&iacute;do hac&iacute;a pocos a&ntilde;os para escuela
+de ni&ntilde;os. Los bancos de &eacute;stos se amontonaban en la plataforma destinada
+al maestro. Las paredes estaban tapizadas de carteles. Los adoradores de
+Terps&iacute;core, mientras bailaban la habanera l&aacute;nguida, pod&iacute;an distraerse
+leyendo en ellos una porci&oacute;n de inestimables consejos encaminados a
+demostrar que la virtud y el trabajo son los verdaderos tesoros del
+ni&ntilde;o: <i>El ni&ntilde;o estudioso recibir&aacute; el premio de su aplicaci&oacute;n. La fe y la
+constancia suplen al talento.</i> Y all&aacute; en el fondo, sobre la mesa del
+maestro, la imagen de Cristo crucificado, &iexcl;oh vilipendio! tapada con
+una cortina de seda, presid&iacute;a aquellas habaneras voluptuosas y
+furibundas polkas.</p>
+
+<p>Era el sitio donde sin temor al agua ni al sol, los extranjeros pod&iacute;an
+ver y admirar en seductor ramillete a las <i>yeung girls</i> de Sarri&oacute;. Y en
+efecto, all&iacute; acud&iacute;an todos los capitanes y pilotos que hac&iacute;an escala en
+la villa. Su admiraci&oacute;n a veces, rebasando un poco los l&iacute;mites de la
+gravedad brit&aacute;nica, les impulsaba a aproximar demasiado las luengas
+barbas rubias al rostro de alguna bella.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Usted es bobo, cristiano?&mdash;preguntaba ella poni&eacute;ndole la mano en el
+pecho y rechaz&aacute;ndole con fuerza.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Crijstiano!... &iexcl;crijstiano!&mdash;repet&iacute;a con asombro el ingl&eacute;s.&mdash;&iquest;Qu&eacute; ser
+crijstiano?</p>
+
+<p>&mdash;Hombre de Cristo. &iquest;No sabe la <i>dotrina</i>? &iexcl;Pus depr&eacute;ndala!</p>
+
+<p>Cuando estaban de ver aquellas preciosas damas, era de cinco a seis de
+la tarde, hora en que ya llevaban bailados cuatro o cinco valses y otras
+tantas polkas. La sangre bien batida, te&ntilde;&iacute;a de vivo carm&iacute;n sus mejillas
+frescas. Los rubios o negros cabellos en grato desorden, se
+desparramaban por el espacio o bien ca&iacute;an en adorables bucles por la
+espalda; los ojos brillaban como luceros en aquellos rostros
+celestiales; los labios rojos y h&uacute;medos se entreabr&iacute;an para dejar ver el
+alj&oacute;far inmaculado de sus dientes. Y basta, porque no concluir&iacute;amos
+nunca. En esto de admirar a las artesanas de Sarri&oacute;, no hay ingl&eacute;s que
+nos ponga el pie delante.</p>
+
+<p>En el elemento femenino de los bailes hab&iacute;a siempre perfecta
+homogeneidad: todo &eacute;l se compon&iacute;a de j&oacute;venes situadas en el mismo
+pelda&ntilde;o de la escala social. Pero en lo que toca al masculino, exist&iacute;a
+peligrosa variedad: acud&iacute;an a aquel sitio los j&oacute;venes artesanos y los
+se&ntilde;oritos de Sarri&oacute;. Los primeros cre&iacute;an vulnerados sus derechos por la
+competencia de los se&ntilde;oritos; tanto m&aacute;s, cuanto que &eacute;sta era para ellos
+desastrosa, por los repetidos ejemplos de uniones desiguales que se
+efectuaban en la villa. Ya hemos dicho, y si no, lo decimos ahora, que
+los indianos se quedaban con el contingente de se&ntilde;oritas m&aacute;s o menos
+amojamadas, m&aacute;s o menos pobres que exist&iacute;an en la poblaci&oacute;n. Los j&oacute;venes
+de la clase media, vencidos en esta competencia se refugiaban en las
+artesanas, y no lo pasaban mal. Pero los pobres obreros o marineros,
+vencidos por los se&ntilde;oritos, &iquest;d&oacute;nde se refugiaban? No les quedaba m&aacute;s
+recurso que la taberna y los palos. De &eacute;stos hab&iacute;a en cada baile una
+cantidad verdaderamente fant&aacute;stica. Raro era el domingo en que no sal&iacute;an
+de las Escuelas dos o tres se&ntilde;oritos con la cabeza rota.</p>
+
+<p>Pablito hab&iacute;a librado, hasta entonces, bastante bien, gracias a su
+fidel&iacute;simo Piscis, que se encargaba de llevar por &eacute;l los garrotazos que
+se le destinaban. El &uacute;nico contratiempo que padec&iacute;a en la mayor parte de
+las reyertas, era la p&eacute;rdida del sombrero. Esto fu&eacute; tan repetidas veces,
+que vino a averiguarse que le buscaban quimera para que lo perdiese.
+Cuando un artesano necesitaba sombrero, ya sab&iacute;a d&oacute;nde buscarlo.</p>
+
+<p>Pero Piscis no pudo librarle de ciertas bofetadas que recibi&oacute; la tarde
+de aquel domingo; no por falta de voluntad en el centauro, sino porque
+hay cosas que no pueden ser... vamos, que no pueden ser. &iexcl;Cu&aacute;n ajeno
+estaba el gallardo mozo al retorcerse las gu&iacute;as del bigote frente al
+espejo y ali&ntilde;arse las mejillas con un jaboncillo que se hac&iacute;a traer de
+Madrid, que una hora despu&eacute;s hab&iacute;an de ser tan fiera y cruelmente
+machacadas!</p>
+
+<p>Pase&aacute;base por el medio del sal&oacute;n tan apuesto, tan bizarro, que daba
+gloria verlo. Miraba cu&aacute;ndo a un lado, cu&aacute;ndo a otro, como hacen todos
+los hombres de verdadero ingenio en estos casos. De vez en cuando, al
+cruzar al lado de una damisela, la dec&iacute;a:&mdash;&laquo;&iexcl;Usted tan bonita, Julia!&raquo; O
+bien: &laquo;Me est&aacute;n matando esos ojos&raquo; o &laquo;Como Torcuata no la hay en
+Sarri&oacute;&raquo;, u otra frase feliz por el estilo que encend&iacute;a en puro gozo a la
+doncella. Pero al dejarla escapar, no perd&iacute;a un punto, de su gravedad.
+Porque sab&iacute;a que &eacute;sta era una de sus cualidades sobresalientes y que le
+hac&iacute;an m&aacute;s apetecible al bello sexo.</p>
+
+<p>Esperaba hac&iacute;a rato a Valentina. Pero ya estaba el sal&oacute;n poblado de
+damas, y la fementida orquesta de metal hab&iacute;a tocado dos bailables, sin
+que la costurera gentil hubiera hecho su aparici&oacute;n en el baile.
+Volvieron a sonar los acordes de una mazurka. La juventud dorada torn&oacute; a
+estrechar los talles esbeltos de las hijas del pueblo. Pero nuestro
+Pablito, fiel a la suya, permanec&iacute;a inactivo mirando cruzar por delante
+de &eacute;l las parejas veloces.</p>
+
+<p>Terminada la mazurka le asalt&oacute; la idea de que Valentina ya no vendr&iacute;a.
+La tirantez de relaciones que mediaban entre ella y el autor de sus
+d&iacute;as, sobre todo cuando &eacute;ste ten&iacute;a algunos vasos de vino en el cuerpo,
+lo hac&iacute;a muy veros&iacute;mil. Pocos minutos despu&eacute;s, Pablito estaba plenamente
+convencido de ello.</p>
+
+<p>Esta su disposici&oacute;n de esp&iacute;ritu coincidi&oacute; con la entrada de la blonda
+Nieves en el sal&oacute;n. Sus miradas se encontraron. La pobre muchacha,
+villanamente abandonada no hac&iacute;a siquiera dos meses, le sonri&oacute; con
+dulzura. Esta dulzura hab&iacute;a sido precisamente la causa de su desgracia.
+El apuesto Pablito se cansaba pronto de las mujeres dulces. Sin embargo,
+devolvi&oacute; la sonrisa, y al pasar a su lado, le dijo &aacute;ticamente:</p>
+
+<p>&mdash;Te van a embestir los toros, Nieves.</p>
+
+<p>La bordadora tra&iacute;a un pa&ntilde;uelo rojo atado a la cintura. Esta frase de su
+ex gal&aacute;n le caus&oacute; un efecto tan vivo, que no supo qu&eacute; contestar. Sonri&oacute;
+de nuevo, y dijo: &iexcl;ah!... &iexcl;s&iacute;!... &iexcl;no! y algunas otras part&iacute;culas que no
+recordamos, y quiso desmayarse de emoci&oacute;n. A la vuelta siguiente le
+pregunt&oacute; si quer&iacute;a bailar con &eacute;l la primera polka. La primera, la
+segunda, la tercera, y todas las polkas que se toquen en el universo,
+respondi&oacute; Nieves con el s&iacute; tembloroso que sali&oacute; de sus labios. Despu&eacute;s
+que comprometi&oacute; la polka, Pablo sinti&oacute; un gran arrepentimiento:&mdash;&laquo;&iexcl;Qu&eacute;
+tonto, qu&eacute; bruto soy! &iquest;Y si ahora llega Valentina?&raquo;</p>
+
+<p>Pero no lleg&oacute;. La orquesta comenz&oacute; a preludiar los primeros compases. El
+joven, sin quitar los ojos de la puerta, abraz&oacute; el talle de la
+bordadora, lanz&aacute;ndose con ella en raudo vuelo por la sala. Otros
+j&oacute;venes, no menos raudos, ven&iacute;an del lado opuesto, y &iexcl;claro! un choque
+primero, despu&eacute;s otro y despu&eacute;s otro. Tales encuentros eran un atractivo
+m&aacute;s en aquellos bailes. Las j&oacute;venes, a quienes apabullaban el peinado u
+obligaban a tambalearse, en vez de sentir enojo, re&iacute;an a carcajadas con
+placer viv&iacute;simo. Pablo y Nieves, que no pod&iacute;an dar cuatro pasos sin
+tropezar con otra pareja, estaban verdaderamente hechizados. Sin
+embargo, el joven, siempre que pasaba por delante de la puerta, sent&iacute;a
+un leve estremecimiento en las piernas, y se apresuraba a alejarse de
+ella. Cuando la orquesta se call&oacute;, llev&oacute; a su pareja hacia un &aacute;ngulo de
+la sala, y all&iacute; departieron un momento de pie. Pablito sinti&oacute; arder
+entre las cenizas de su amor una chispa de simpat&iacute;a por aquella muchacha
+tan alegre, tan apacible, tan cari&ntilde;osa.</p>
+
+<p>&mdash;Ya ten&iacute;a deseos de bailar contigo, Nieves&mdash;le dijo mientras se
+limpiaba el sudor con el pa&ntilde;uelo.</p>
+
+<p>&mdash;Y yo con usted, Pablo.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Usted?</p>
+
+<p>La joven se ruboriz&oacute;.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Has olvidado el t&uacute; ya?</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Tanto tiempo se pas&oacute;!</p>
+
+<p>&mdash;Tienes raz&oacute;n... Pero mira c&oacute;mo yo no lo he olvidado.</p>
+
+<p>&mdash;El mi&eacute;rcoles le vi... te vi en la carretera de Nieva... Ibas en un
+caballo blanco...</p>
+
+<p>&mdash;Era una yegua.</p>
+
+<p>&mdash;Cre&iacute; que te tiraba.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Tirarme!&mdash;exclam&oacute; Pablito frunciendo el entrecejo.&mdash;&iexcl;Afloja un poco,
+chica! A m&iacute; no me tira tan f&aacute;cilmente una jaca.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Es que daba unos brincos tan grandes!... Se pon&iacute;a as&iacute; para arriba...
+&iexcl;Jes&uacute;s! Yo estaba asustada.</p>
+
+<p>&mdash;Es que la estaba ense&ntilde;ando a levantarse de manos&mdash;repuso el joven
+sonriendo con superioridad.&mdash;Como no la han trabajado hasta ahora, se
+resiste un poquito. Alguna vez da sus botes de carnero; pero total
+nada... en el fondo es muy noble la Linda... Mira, t&uacute;, cuando la compr&eacute;,
+o, por mejor decir, cuando la cambi&eacute; por el Negrillo, dando mil
+quinientos reales encima, all&aacute; en el mes de octubre, bien te acordar&aacute;s,
+ten&iacute;a una porci&oacute;n de zunas. Se me plantaba a lo mejor en medio de la
+carretera, se espantaba con los carros... en fin, un animal perdido. Yo
+me dije: &iquest;qu&eacute; hay que hacer con esta jaca?...</p>
+
+<p>Pablito, en cuyo pecho la joven hab&iacute;a hecho vibrar la cuerda m&aacute;s
+sensible, disert&oacute; larga y luminosamente acerca de aquellos asuntos
+ecuestres. Nieves le escuchaba embelesada, enternecida, figur&aacute;ndose
+acaso que detr&aacute;s de aquella descripci&oacute;n minuciosa de las zunas de la
+Linda iba a encontrar su amor perdido.</p>
+
+<p>De pronto, el orador &iexcl;paf! recibe un golpe en medio de la cara; el
+auditorio &iexcl;paf! recibe otro. Antes que se hubieran repuesto de la
+sorpresa, reciben otros dos &iexcl;paf, paf!</p>
+
+<p>Era la col&eacute;rica Valentina el autor de aquel da&ntilde;o. En menos de un minuto
+los llen&oacute; a ambos de bofetadas. Pablito no encontr&oacute; mejor recurso que
+escabullirse bonitamente, y plantarse en la calle. Qued&oacute; Nieves como
+inocente paloma en las garras del gavil&aacute;n. Pero &eacute;ste, viendo que no
+pod&iacute;a saciarse, porque le sujetaron los brazos, se desprendi&oacute;
+bravamente, dej&oacute; el sal&oacute;n, d&oacute;nde se hab&iacute;a armado el consiguiente joll&iacute;n,
+y sali&oacute; a la calle.</p>
+
+<p>Pablito caminaba a paso lento, harto sofocado a&uacute;n, cuando sinti&oacute; un
+terrible dolor en el brazo. Conoc&iacute;a tan bien aquel g&eacute;nero de tormento,
+que sin volver la cara exclam&oacute;:</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Valentina!</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Yo soy! &iquest;Cre&iacute;ais que os ibais a reir de m&iacute;?</p>
+
+<p>&mdash;Lo que acabas de hacer es muy feo&mdash;profiri&oacute; el joven con acento
+irritado, mirando a su querida cara a cara.&mdash;Has dado un esc&aacute;ndalo, y
+me has puesto en rid&iacute;culo. Yo no tolero eso, &iquest;lo oyes?</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Que no lo toleras? Pues, mira; como vuelva a verte otra vez con ella,
+no me contento con lo que hoy hice... &iexcl;Os clavo a los dos con una
+navaja!</p>
+
+<p>&mdash;Ya te librar&aacute;s de hacer nada de eso, ni presentarte siquiera delante
+de m&iacute; cuando est&eacute; hablando con otra mujer&mdash;grit&oacute; el joven cada vez m&aacute;s
+enfurecido.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;En cuanto te vea con esa pendanga! &iexcl;Alza! &iexcl;ya ver&aacute;s! &iexcl;ya ver&aacute;s!</p>
+
+<p>Entonces el hermoso mancebo, justamente indignado, pero olvidando por el
+estado de ofuscaci&oacute;n en que se hallaba todos los art&iacute;culos del c&oacute;digo de
+la galanter&iacute;a, descarg&oacute; una bofetada en el rostro de su querida, y
+despu&eacute;s otra, y despu&eacute;s otra... en fin, una <i>sopimpa</i> m&aacute;s que regular.
+La graciosa artesana se dej&oacute; solfear por su gal&aacute;n pacientemente, sin
+hacer la m&aacute;s leve se&ntilde;al de resistencia, ni siquiera de esquivar los
+golpes. Cuando Pablito ces&oacute;, le pregunt&oacute; con deliciosa naturalidad:</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Has conclu&iacute;do ya?</p>
+
+<p>&mdash;Por ahora... &iexcl;pero me entran ganas de empezar otra vez!&mdash;rugi&oacute; el
+mancebo ciego de c&oacute;lera.</p>
+
+<p>&mdash;Pues empieza cuando gustes. Yo las he de llevar todas sin moverme.
+Pero te advierto que me pegues o no me pegues, he de hacer lo que te
+dije en cuanto te vea hablando con esa... Ahora ll&eacute;vame otra vez al
+baile.</p>
+
+<p>&mdash;No quiero.</p>
+
+<p>&mdash;Bueno; pues ll&eacute;vame a cualquier parte donde pueda arreglar el pelo,
+porque me has despeinado.</p>
+
+<p>El joven hubo de transigir llev&aacute;ndola al caf&eacute; de la Estrella, no sin ir
+pensando por el camino que sus conquistas le estaban saliendo un poco
+caras.</p>
+
+<p>Pocos d&iacute;as despu&eacute;s tuvo a&uacute;n mejor motivo para hacerse esta reflexi&oacute;n.
+Fu&eacute; en la Peluquer&iacute;a Madrile&ntilde;a, donde acostumbraba a afeitarse y
+arreglarse el pelo a menudo. Acompa&ntilde;ado de su primer caballerizo, entr&oacute;
+en ella y se sent&oacute; en un div&aacute;n esperando la vez.</p>
+
+<p>&mdash;Cuando usted guste, caballero&mdash;le dijo al cabo un muchacho p&aacute;lido, con
+ligero bigote negro, volviendo el asiento de gutapercha y mir&aacute;ndole de
+trav&eacute;s.</p>
+
+<p>Pablito avanz&oacute; distra&iacute;damente y se dej&oacute; caer en la butaca con esa
+languidez elegante que adoptan en las peluquer&iacute;as aquellos a quienes la
+Providencia se&ntilde;al&oacute; con un destello de superioridad. El chico le
+embadurn&oacute; la cara con jab&oacute;n. El joven Belinch&oacute;n, con la preciosa cabeza
+inclinada hacia atr&aacute;s, esper&oacute; radiante de majestad que se le despojase
+de la sombra negra que manchaba sus mejillas. Ten&iacute;a los ojos cerrados
+blandamente para mejor percibir los vagos y po&eacute;ticos pensamientos que
+cruzaban por su cerebro. Siempre que volv&iacute;a de la cuadra tra&iacute;a la cabeza
+repleta de ideas. Sus piernas se extend&iacute;an cruzadas debajo de la mesa, y
+sus manos enguantadas pend&iacute;an de los brazos del sill&oacute;n con la misma
+elegancia que las piernas.</p>
+
+<p>&mdash;Fernando&mdash;dijo en voz alta el artista que le iba a afeitar llamando a
+uno de sus compa&ntilde;eros.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Qu&eacute; quieres, Cosme?</p>
+
+<p>Este nombre hizo estremecer sin saber por qu&eacute; a Pablito. Abri&oacute; los ojos
+y dirigi&oacute; una larga y &aacute;vida mirada al peluquero. No le conoc&iacute;a. Deb&iacute;a de
+ser nuevo en el establecimiento. Esto, en vez de tranquilizarle, le
+oblig&oacute; a cambiar de postura varias veces, abandonando por el momento su
+habitual majestad y languidez.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Puedes darme la navaja que han vaciado hoy?</p>
+
+<p>&mdash;All&aacute; va.</p>
+
+<p>Fernando alarg&oacute; el brazo y Cosme recogi&oacute; la navaja. Un vago deseo de
+levantarse naci&oacute; en el esp&iacute;ritu de Pablito. Mas antes de que pudiera
+adquirir forma, el peluquero le hab&iacute;a cogido por la nariz y comenzaba a
+rasparle.</p>
+
+<p>Al cabo de unos instantes en que nuestro joven por debajo de sus largas
+pesta&ntilde;as segu&iacute;a con mirada inquieta los movimientos de la mano del
+artista, &eacute;ste le dijo en voz baja, plegados los labios por una sonrisa
+afectada que extend&iacute;a desmesuradamente su boca:</p>
+
+<p>&mdash;Usted es el se&ntilde;orito de Belinch&oacute;n, &iquest;verdad?</p>
+
+<p>&mdash;S&iacute;&mdash;articul&oacute;.</p>
+
+<p>&mdash;Yo le conozco a usted hace mucho tiempo&mdash;manifest&oacute; el peluquero con la
+misma voz apagada y sin dejar de sonreir.&mdash;&iexcl;Oh, s&iacute;, hace mucho tiempo!
+Usted no me conocer&aacute;... &iexcl;Claro! los se&ntilde;oritos no acostumbran a fijarse
+en nosotros. Le tengo visto muchas veces por ah&iacute; a caballo y en coche...
+y tambi&eacute;n a pie. En los bailes de las Escuelas le veo a menudo. Baila
+usted muy bien, se&ntilde;orito, &iexcl;muy bien!...</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Phs!&mdash;profiri&oacute; Pablito, en quien el deseo de levantarse se hab&iacute;a
+transformado ya en verdadero anhelo.</p>
+
+<p>&mdash;S&iacute;, muy bien... y adem&aacute;s tiene gusto para escoger pareja. &iexcl;Caramba qu&eacute;
+muchachas tan guapas se lleva usted siempre, se&ntilde;orito! Hace algunos
+meses le ve&iacute;a bailar siempre con una rubia... &iexcl;hasta all&iacute;! Es hermana de
+un amigo m&iacute;o... Pero hace ya tiempo que le veo bailar con otra muy
+salada que se llama Valentina, &iquest;verdad? Es una chica muy graciosa...
+&iexcl;Caramba qu&eacute; buen ojo tiene usted, se&ntilde;orito!... A esta Valentina la
+conozco un poquito... Hemos sido algo amigos en otro tiempo... &iquest;No le ha
+hablado alguna vez de m&iacute;... de un tal Cosme?</p>
+
+<p>&mdash;No&mdash;articul&oacute; el joven, en quien comenzaban los s&iacute;ntomas de una
+abundante transpiraci&oacute;n.</p>
+
+<p>&mdash;Pues es extra&ntilde;o, porque &eacute;ramos bastante amigos... &iexcl;Como que hace tres
+meses est&aacute;bamos para casarnos!... Pero, amigo, vino usted, se&ntilde;orito, y
+todo fu&eacute; rodando.</p>
+
+<p>Cosme hab&iacute;a pronunciado estas &uacute;ltimas palabras con voz temblorosa.
+Pablito sudaba gotas como avellanas sin sentir calor alguno. Ten&iacute;a el
+mismo temperamento de su glorioso padre, enemigo irreconciliable de las
+traiciones y emboscadas.</p>
+
+<p>&mdash;Naturalmente, &iquest;qu&eacute; hab&iacute;a de pasar?&mdash;prosigui&oacute; el artista en un tono de
+voz indefinible, pues no se sab&iacute;a si quer&iacute;a llorar o reir. Al mismo
+tiempo pasaba la navaja con suavidad por la garganta del bizarro mancebo
+para despojarle de algunos pelos importunos.&mdash;&iexcl;Naturalmente! Un se&ntilde;orito
+tan principal como usted, &iquest;c&oacute;mo no hab&iacute;a de derrotar a un pelafust&aacute;n
+como yo? Las chicas, en cuanto uno de ustedes les canta al o&iacute;do
+cualquier cosita, se vuelven locas, aunque la mayor parte de las veces
+ustedes lo hacen por divertirse, cuando no para otra cosa peor.
+Demasiado se sabe que usted no se ha de casar con Valentina... Usted la
+quiere para pasar el rato por las noches con ella en el corredor y hacer
+sus escapaditas adentro, &iquest;verdad? Y despu&eacute;s &iexcl;ah&iacute; queda eso!... La
+verdad, yo quer&iacute;a mucho a esa ni&ntilde;a...</p>
+
+<p>La voz del barbero volvi&oacute; a temblar y la mano tambi&eacute;n. Pablito no pudo
+siquiera hacer otro tanto. Estaba petrificado.</p>
+
+<p>&mdash;Pero ahora&mdash;prosigui&oacute; Cosme,&mdash;ahora, &iquest;qui&eacute;n es el que se casar&iacute;a con
+ella a no estar loco?... Los pobres estamos debajo, y tenemos que sufrir
+estas verg&uuml;enzas. Si usted hubiera sido un igual m&iacute;o nos hubi&eacute;ramos
+visto las caras... Pero si yo me hubiera metido con usted, no faltar&iacute;a
+quien me rompiese la cabeza, y sobre eso ir&iacute;a a la c&aacute;rcel... Y sin
+embargo&mdash;prosigui&oacute; despu&eacute;s de un momento de silencio con acento m&aacute;s
+ronco,&mdash;si yo ahora me volviese de repente loco, se&ntilde;orito... &iexcl;adi&oacute;s
+caballos y coches! &iexcl;adi&oacute;s bailes! &iexcl;adi&oacute;s Valentina!... Con s&oacute;lo empujar
+un poco la navaja &iexcl;pif! todo hab&iacute;a conclu&iacute;do para siempre...</p>
+
+<p>Pablito, cuyo rostro ya sin jab&oacute;n estaba tan blanco como cuando lo
+ten&iacute;a, dej&oacute; escapar aqu&iacute; un jipido tan extra&ntilde;o y doloroso, que Piscis
+que ven&iacute;a observando con ojos recelosos al barbero, salt&oacute; repentinamente
+sobre &eacute;ste y le sujet&oacute; los brazos. Pablo se levant&oacute; entonces de un
+salto. El due&ntilde;o y los mancebos y todos los parroquianos gritaron a un
+tiempo:</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Qu&eacute; es eso?</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Pillo, asesino!&mdash;exclam&oacute; Pablito lanz&aacute;ndose sobre Cosme, que estaba
+bien sujeto por atr&aacute;s y tan p&aacute;lido como un muerto.</p>
+
+<p>En un instante el gallardo mancebo, que aun sudaba copiosamente, les
+enter&oacute; de lo que hab&iacute;a pasado. El pobre Cosme fu&eacute; arrojado de la tienda
+a puntapi&eacute;s por el patr&oacute;n, que no quer&iacute;a perder el mejor parroquiano de
+la villa.</p>
+
+
+
+<h3 class="top15"><a name="XIII" id="XIII"></a>XIII</h3>
+
+<p class="c smcap">en que se descubren algunos secretos de la vida de gonzalo</p>
+
+
+<p>Gonzalo record&oacute; que aun no le hab&iacute;an curado el vejigatorio puesto el d&iacute;a
+anterior. Tir&oacute; violentamente del cord&oacute;n de la campanilla. Estaba tendido
+en el lecho boca arriba, mirando los arabescos del techo. La estancia
+bien esclarecida por los dos balcones que ten&iacute;a. No se hallaba en su
+alcoba, sino en el despacho, donde le hab&iacute;an puesto una cama el d&iacute;a
+primero que se sinti&oacute; mal. Ventura hab&iacute;a mostrado pesar de dejar la
+alcoba, y prefiri&oacute; salir &eacute;l, ya que juntos no pod&iacute;an dormir. El ataque
+hab&iacute;a sido tan fuerte como repentino: una erisipela que le inflam&oacute; el
+rostro, las manos y las piernas, y estuvo a punto de causarle la muerte.
+Conjurado el ataque cerebral por medio de violentos revulsivos a las
+piernas, el m&eacute;dico le fu&eacute; aplicando vejigatorios en diversas regiones
+del cuerpo.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Qu&eacute; se le ofrec&iacute;a, se&ntilde;orito?&mdash;dijo la doncella entreabriendo la
+puerta.</p>
+
+<p>&mdash;Haga usted el favor de llamar a la se&ntilde;orita.</p>
+
+<p>Al cabo de un momento, la criada entreabri&oacute; de nuevo:</p>
+
+<p>&mdash;Que viene al instante.</p>
+
+<p>El joven esper&oacute;. Al cabo de diez minutos largos, la linda cabeza rubia
+de su esposa asom&oacute; por la puerta.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Qu&eacute; me quer&iacute;as, pich&oacute;n m&iacute;o?&mdash;pregunt&oacute;, sin entrar, en tono distra&iacute;do,
+que no encajaba bien con lo meloso de la pregunta.</p>
+
+<p>&mdash;Entra... Son las once, y a&uacute;n no me han curado el vejigatorio.</p>
+
+<p>&mdash;Yo pensaba que esperar&iacute;as a que el m&eacute;dico lo hiciese&mdash;dijo avanzando
+con vacilaci&oacute;n por la estancia. Vest&iacute;a una magn&iacute;fica bata de seda azul
+que no pod&iacute;a velar la curva pronunciada de su vientre.</p>
+
+<p>&mdash;No ha dicho que vendr&iacute;a &eacute;l a cur&aacute;rmelo... Adem&aacute;s me molesta mucho ya.</p>
+
+<p>La joven se acerc&oacute; a la cama. Despu&eacute;s de unos momentos de silencio,
+poniendo la mano sobre la cabeza de su marido, le pregunt&oacute;:</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;No ser&iacute;a mejor que el m&eacute;dico te curase?</p>
+
+<p>&mdash;No, no&mdash;respondi&oacute; &eacute;l, malhumorado.&mdash;Me est&aacute; molestando mucho... Busca
+las hilas y la pomada, y trae unas tijeras que corten bien.</p>
+
+<p>Ventura sali&oacute; sin decir nada. Poco despu&eacute;s volvi&oacute; con aquellos enseres
+en las manos. Se hab&iacute;a puesto seria y parec&iacute;a distra&iacute;da. El ten&iacute;a
+impreso en el rostro el hast&iacute;o y el malestar que causa la cama.</p>
+
+<p>Despu&eacute;s que hubo colocado los efectos sobre la mesa de noche y esparcido
+la pomada sobre las hilas con un cuchillo, la joven esposa dijo
+suavemente:</p>
+
+<p>&mdash;Vamos.</p>
+
+<p>Gonzalo se incorpor&oacute;, y desabrochando la camisa expuso al aire su pecho
+de h&eacute;rcules de circo, a cuyo costado derecho estaba adherida una
+cant&aacute;rida. La joven se inclin&oacute; para levantar el parche. Gonzalo
+aprovech&oacute; la ocasi&oacute;n para besarla en la frente.</p>
+
+<p>No se dijeron nada. La vejiga era grande y rodeada por un c&iacute;rculo rojo
+de carne inflamada. Ventura se alz&oacute; de nuevo y dijo con su habitual
+desenfado:</p>
+
+<p>&mdash;Bah, bah, mejor esperamos que venga el m&eacute;dico: no puede tardar... Si
+quieres le pasaremos recado.</p>
+
+<p>&mdash;Ya he dicho que no&mdash;manifest&oacute; el joven frunciendo el entrecejo.&mdash;Coge
+las tijeras y corta la vejiga alrededor. Despu&eacute;s pones las hilas encima
+de la llaga y se concluy&oacute;... &iexcl;Ya ves que es bien f&aacute;cil!</p>
+
+<p>Ventura no respondi&oacute;. Torn&oacute; las tijeras, se inclin&oacute; de nuevo y se puso a
+cortar la piel.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Te duele?</p>
+
+<p>&mdash;Nada: sigue adelante.</p>
+
+<p>Pero al quedar la llaga al descubierto la joven no pudo reprimir un
+gesto de repugnancia. Los ojos de su marido, que la espiaban, se
+turbaron. Su frente se arrug&oacute; fuertemente.</p>
+
+<p>&mdash;Mira, d&eacute;jalo, d&eacute;jalo... Esperaremos que venga el m&eacute;dico&mdash;dijo
+cogi&eacute;ndola por la mu&ntilde;eca y apart&aacute;ndola suave, pero firmemente.</p>
+
+<p>Ventura le mir&oacute; sorprendida.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Por qu&eacute;?</p>
+
+<p>&mdash;Por nada. D&eacute;jalo, d&eacute;jalo&mdash;replic&oacute; abroch&aacute;ndose de nuevo la camisa y
+tap&aacute;ndose con la ropa.</p>
+
+<p>Venturita se qued&oacute; con las tijeras en la mano mir&aacute;ndole fijamente, en
+actitud confusa. El ten&iacute;a la misma profunda arruga en la frente y miraba
+al techo.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Pero por qu&eacute;?... &iquest;Qu&eacute; te ha dado, chico?...</p>
+
+<p>&mdash;Nada, nada. D&eacute;jame que voy a descansar.</p>
+
+<p>La joven se qued&oacute; todav&iacute;a unos instantes mir&aacute;ndole. Inflam&aacute;ndose de
+pronto, tir&oacute; con rabia las tijeras al suelo y dijo con el acento altivo
+y desde&ntilde;oso que tan bien sab&iacute;a dar a sus palabras cuando quer&iacute;a:</p>
+
+<p>&mdash;Me alegro. El espect&aacute;culo no era muy agradable; sobre todo poco antes
+de comer.</p>
+
+<p>Al mismo tiempo se volvi&oacute; dirigiendo sus pasos hacia la puerta. Gonzalo
+exclam&oacute; con sonrisa sarc&aacute;stica:</p>
+
+<p>&mdash;Y yo me alegro de haberte dado esa alegr&iacute;a.</p>
+
+<p>Luego, al quedar solo, sus ojos chispearon de furor y sus labios
+temblaron. Apret&oacute; la s&aacute;bana con las manos convulsas, y lanz&oacute; una serie
+de interjecciones brutales, entreg&aacute;ndose a una de esas c&oacute;leras breves y
+terribles de los hombres sangu&iacute;neos.</p>
+
+<p>Antes que se hubiese apagado por completo, oy&oacute; tocar en la puerta
+suavemente. Figur&aacute;ndose que era su mujer, grit&oacute; con furia:</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Qui&eacute;n va?</p>
+
+<p>La persona que hab&iacute;a llamado, estremecida sin duda por aquella voz,
+tard&oacute; un instante en contestar.</p>
+
+<p>&mdash;Soy yo, Gonzalo&mdash;dijo al cabo con voz d&eacute;bil.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Ah! dispensa, Cecilia. Entra&mdash;replic&oacute; el joven dulcific&aacute;ndose de
+pronto.</p>
+
+<p>Su cu&ntilde;ada abri&oacute; la puerta, entr&oacute;, y la cerr&oacute; despu&eacute;s con cuidado.</p>
+
+<p>&mdash;Ven&iacute;a a saber c&oacute;mo estabas, y al mismo tiempo a decirte que si quieres
+la limonada ya la tienes hecha.</p>
+
+<p>&mdash;Estoy mejor, gracias. Si sigo as&iacute;, me parece que ma&ntilde;ana o pasado a
+todo tirar me levanto.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Te han curado la cant&aacute;rida?</p>
+
+<p>&mdash;Ventura se puso a ello ahora; pero no ha conclu&iacute;do&mdash;respondi&oacute;,
+volviendo a fruncir la frente.</p>
+
+<p>&mdash;S&iacute;; acabo de encontr&aacute;rmela en el pasillo, y me ha dicho que te has
+incomodado porque te figurabas que lo hac&iacute;a con repugnancia&mdash;dijo
+Cecilia sonriendo con bondad.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;No es eso! &iexcl;No es eso!&mdash;repuso el joven en tono de impaciencia y no
+poco avergonzado.</p>
+
+<p>&mdash;Debes perdonarla, porque no est&aacute; acostumbrada a estas cosas. Es una
+chiquilla... Adem&aacute;s, el estado en que se encuentra, tal vez influya en
+su est&oacute;mago.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;No es eso, Cecilia!&mdash;volvi&oacute; a exclamar el joven con m&aacute;s impaciencia,
+levantando un poco la cabeza de las almohadas.&mdash;Ser&iacute;a muy necio y muy
+ego&iacute;sta si fuese a incomodarme por una cosa que despu&eacute;s de todo no est&aacute;
+en su mano el evitar. Es cuesti&oacute;n de temperamento, y yo acostumbro a
+respetarlo; mucho m&aacute;s trat&aacute;ndose de mi esposa, que se encuentra en un
+estado excepcional... Pero hay algo m&aacute;s. Lo que me acaba de pasar llueve
+sobre mojado. Hace diez d&iacute;as que estoy en la cama, y no ha entrado en
+esta habitaci&oacute;n m&aacute;s de dos o tres veces cada d&iacute;a y casi siempre llamada
+por m&iacute;... &iquest;Te parece que es eso lo que debe hacer una mujer por un
+marido?... Si no hubiera sido por ti y por mam&aacute;... sobre todo por ti...
+estar&iacute;a abandonado en poder de criados como en una fonda.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Oh, no, Gonzalo!</p>
+
+<p>&mdash;S&iacute;, s&iacute;, Cecilia&mdash;replic&oacute; con energ&iacute;a y exalt&aacute;ndose.&mdash;Abandonado. Mi
+mujer no aparece por aqu&iacute; sino cuando hay visita... Entonces, s&iacute;, viene
+hecha un brazo de mar, oliendo a esencias y demonios colorados... Pero
+traerme las tisanas, apuntar las prescripciones del m&eacute;dico, hacerme un
+poco de compa&ntilde;&iacute;a hablando o ley&eacute;ndome algo... &iexcl;De eso, nada!... Ahora le
+ruego que me cure el vejigatorio, y, en cuanto se lo digo, cambia del
+todo su fisonom&iacute;a... Comienza a buscar salidas para zafarse. S&oacute;lo cuando
+yo insisto con empe&ntilde;o, se decide... &iexcl;pero de tan mala gana! con una cara
+tan estirada, que estuve tentado a tirarle a ella todos los chirimbolos.
+No tendr&iacute;a ni pizca de dignidad, ni verg&uuml;enza siquiera, si la hubiese
+consentido seguir...</p>
+
+<p>Se hab&iacute;a ido exaltando cada vez m&aacute;s, hasta el punto de incorporarse del
+todo en el lecho. Cecilia, en pie, en medio de la habitaci&oacute;n, le
+escuchaba inquieta y confusa, sin saber qu&eacute; replicar. Quer&iacute;a defender a
+su hermana; pero no encontraba argumentos bastante poderosos para
+contrarrestar los de su cu&ntilde;ado.</p>
+
+<p>&mdash;Gonzalo&mdash;le dijo al fin, con voz firme y semblante sereno, acerc&aacute;ndose
+al lecho,&mdash;el disgusto que acabas de tener te ha exaltado un poco, y no
+ves las cosas como en realidad son... Es posible que Ventura se haya
+descuidado un poco en el cumplimiento de sus deberes; pero estate seguro
+de que no ha sido por falta de voluntad. La conozco bien. S&eacute; que su
+car&aacute;cter no se presta a ocuparse en estos pormenores y cuidados que un
+enfermo necesita. No sirve para enfermera. Adem&aacute;s, considera que ahora
+se encuentra en un estado en que hay que dispensarle muchas cosas...</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Pero si es as&iacute; en todo, Cecilia! &iexcl;Si es as&iacute; en todo!&mdash;replic&oacute; el
+joven con tanta viveza como mal humor.&mdash;&iexcl;Si es una chiquilla que no
+tiene atadero! Los asuntos de la casa le tienen sin cuidado. Para ella,
+lo &uacute;nico importante en el mundo es ella misma, su hermosura, sus trajes,
+sus joyas... Todo lo dem&aacute;s, padres, hermanos, marido, no significan
+nada... Estoy seguro de que le ha preocupado m&aacute;s el sombrero que ha
+encargado a Par&iacute;s que mi enfermedad...</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Oh, no digas eso, por Dios! Est&aacute;s loco.</p>
+
+<p>&mdash;No estoy loco. Digo la pura verdad...</p>
+
+<p>Y con palabra r&aacute;pida, vibrante, tropezando muchas veces por la
+irritaci&oacute;n de que estaba pose&iacute;do, expuso prolijamente sus quejas,
+complaci&eacute;ndose en hacer sangrar de nuevo los pinchazos que hab&iacute;a
+recibido en su vida matrimonial. Ventura ten&iacute;a un car&aacute;cter
+diametralmente opuesto al suyo. No era posible estar bien con ella m&aacute;s
+de una hora. Porque si duraba mucho la avenencia, y no se presentaba
+motivo de ri&ntilde;a, se encargaba ella de buscarlo, hastiada, sin duda, de
+hallarse en paz con su marido. Si hac&iacute;a una cosa por proporcionarle un
+goce cualquiera, en vez de agradec&eacute;rselo, le pagaba generalmente con
+alguna burla o sarcasmo. Todo le parec&iacute;a poco. Los mayores sacrificios
+los encontraba peque&ntilde;os. No hab&iacute;a posibilidad de hacerla pensar m&aacute;s que
+en sus vestidos, en sus perfumes, en sus cintajos. &iexcl;Qu&eacute; vida la que le
+hab&iacute;a hecho llevar en Madrid los tres meses que all&iacute; hab&iacute;an estado! No
+sal&iacute;an de los comercios de sedas, de las joyer&iacute;as, de casa de la
+modista. Por las noches, infaliblemente al teatro. Aunque estuviese
+cansado o se le partiese la cabeza de dolor, nada, era preciso exhibirse
+en alg&uacute;n palco del Real, del Pr&iacute;ncipe o la Zarzuela. El dinero que all&iacute;
+hab&iacute;an gastado, sumaba una cantidad imponente. Cre&iacute;a haber llevado
+bastante, y por tres veces tuvo que pedir m&aacute;s a su casa. Luego,
+comprendiendo que dado aquel tren con sus rentas no tendr&iacute;an bastante,
+sobre todo si Dios le daba muchos hijos, hab&iacute;a tratado de montar una
+f&aacute;brica de cerveza, para aprovechar siquiera los estudios que hab&iacute;a
+hecho. Ventura se hab&iacute;a opuesto resueltamente a ello, diciendo que no
+quer&iacute;a ser &laquo;la se&ntilde;ora de un cervecero...&raquo; Estaba convencido de que la
+sangre que se hab&iacute;a quemado en Madrid, y la que segu&iacute;a quem&aacute;ndose en
+Sarri&oacute;, era lo que hab&iacute;a causado aquel ataque repentino de erisipela.
+&iexcl;Claro! El necesitaba una vida de actividad y de trabajo, salir mucho al
+campo, cazar, montar a caballo. Su naturaleza plet&oacute;rica exig&iacute;a el
+ejercicio. Aquella vida sedentaria que le gustaba a Ventura, aquel
+eterno teatro, aquellas visitas, aquel trasnochar sin sustancia, le
+mataban; la sangre se le pon&iacute;a espesa como el aceite... &iexcl;Pero qu&eacute; le
+importaba a ella todo eso! Lo principal era satisfacer su gusto en todo
+y por todo... En Madrid hab&iacute;a aprendido a pintarse; &iexcl;una gran
+barbaridad, porque era blanca como la leche!... Pues aunque &eacute;l le hab&iacute;a
+manifestado repetidas veces que le repugnaba aquella asquerosa man&iacute;a, no
+hab&iacute;a sido posible que le hiciera caso.</p>
+
+<p>Mientras se desahogaba de este modo en un flujo intermitente de
+palabras, el rostro de Gonzalo iba expresando sucesivamente la
+indignaci&oacute;n, la tristeza, la c&oacute;lera, el desprecio, todas las emociones
+que agitaban su alma al recuerdo de sus padecimientos. Su gran torso de
+atleta, se mov&iacute;a convulsivamente sobre el lecho, incorpor&aacute;ndose unas
+veces, otras dej&aacute;ndose caer, mientras las manos temblorosas y crispadas
+se ocupaban instintivamente en tirar de la ropa, que a impulso de sus
+bruscas sacudidas se le marchaba.</p>
+
+<p>Cecilia, con la cabeza baja y las manos ca&iacute;das y cruzadas, le escuchaba
+esperando que despu&eacute;s de soltar el fardo de sus disgustos, la c&oacute;lera del
+joven se aplacase.</p>
+
+<p>Y as&iacute; fu&eacute;. Despu&eacute;s que ya no tuvo m&aacute;s palabras en el cuerpo, cubri&eacute;ndose
+con la s&aacute;bana hasta los ojos dej&oacute; escapar una serie interminable de
+resoplidos entremezclados de frases incoherentes. Cecilia comenz&oacute; a
+decirle con voz muy suave:</p>
+
+<p>&mdash;Yo no s&eacute; qu&eacute; decirte a todo eso, Gonzalo. Meterse en las desavenencias
+que pueda haber en un matrimonio es muy peligroso. Si a alguien
+corresponde intervenir en vuestras cosas no es a m&iacute;, sino a mam&aacute;... Pero
+siempre he o&iacute;do decir que en todos los matrimonios hay ri&ntilde;as y
+disgustillos, sobre todo al principio, mientras los caracteres no se
+amolden... Todo eso pasa. Son nubes de verano. Mientras no afecte al
+fondo, mientras los corazones no se desunan, las reyertas matrimoniales
+tienen bien poca importancia... Y aqu&iacute; no hay miedo a eso, por
+fortuna... T&uacute; quieres a Ventura...</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Oh, cada d&iacute;a m&aacute;s!&mdash;exclam&oacute; &eacute;l, con rabia de s&iacute; mismo.&mdash;Estoy
+enamorado como un burro... s&iacute;, s&iacute;, &iexcl;como un burro!</p>
+
+<p>Una sombra de mortal dolor, veloz como un rel&aacute;mpago, pas&oacute; por los claros
+ojos de Cecilia. Pero al instante volvieron a lucir serenos y brillantes
+como siempre.</p>
+
+<p>&mdash;Ella tambi&eacute;n te quiere a ti; no lo dudes. Su genio es vivo, acaso un
+poco caprichoso, por lo mismo que ha sido siempre el mimo de la casa.
+Pero es incapaz de guardar rencor por una ofensa, ni obra jam&aacute;s con
+premeditaci&oacute;n, sino empujada por las impresiones del momento... Adem&aacute;s,
+Gonzalo&mdash;a&ntilde;adi&oacute; sonriendo,&mdash;considera que ahora le debes muchas m&aacute;s
+atenciones, much&iacute;simo m&aacute;s cari&ntilde;o, si es posible...</p>
+
+<p>La joven, con frases delicadas empapadas de ternura, le habl&oacute; de su
+futuro hijo; un clavito que remachar&iacute;a de modo inquebrantable la uni&oacute;n
+de sus almas. Aquel ni&ntilde;o para el cual todo el mundo estaba ya trabajando
+en la casa, disipar&iacute;a con su sonrisa inocente las nub&eacute;culas que
+sombrearan por un instante el amor de sus papas. Despu&eacute;s que estuviese
+en el mundo &iexcl;bien se acordar&iacute;a Ventura de coloretes! &iexcl;Anda, anda! pues
+no tendr&iacute;a poco que hacer para tenerle limpio, darle el pecho y
+entretenerle cuando llorase. Y &eacute;l estar&iacute;a tan embobado contempl&aacute;ndolo,
+que no tendr&iacute;a tiempo a ocuparse en si su mujer tra&iacute;a tal o cual
+vestido, ni siquiera si estaba de bueno o de mal humor.</p>
+
+<p>La voz de Cecilia, suave, persuasiva, un poco empa&ntilde;ada siempre, lo cual
+daba a su acento singular ternura y humildad que llegaba al coraz&oacute;n,
+logr&oacute; conmover pronto el de su cu&ntilde;ado.</p>
+
+<p>Apacigu&oacute;se s&uacute;bito. Dilatado su rostro por una sonrisa, exclam&oacute; antes de
+que concluyese:</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Chica, qu&eacute; gran abogado har&iacute;as!</p>
+
+<p>&mdash;Es que tengo raz&oacute;n&mdash;replic&oacute; ella riendo.</p>
+
+<p>&mdash;Y si no la tuvieses ya te arreglar&iacute;as para aparecer con ella... &iexcl;Ea,
+ya pas&oacute;!... A m&iacute; las rabietas me duran poco... Y, sobre todo, en cuanto
+t&uacute; empiezas a hablar, pierdo la fuerza. No hay orador que se te iguale
+en eso de acumular los razonamientos en el punto que te convenga; y
+hasta sabes sacar el Cristo... digo, el ni&ntilde;o...</p>
+
+<p>Cecilia solt&oacute; la carcajada.</p>
+
+<p>&mdash;Reconocer&aacute;s que ha sido con oportunidad.</p>
+
+<p>&mdash;No lo niego.</p>
+
+<p>Ambos rieron con alegr&iacute;a, embrom&aacute;ndose cari&ntilde;osamente, mecidos en dulce
+fraternidad que los hac&iacute;a felices.</p>
+
+<p>Cecilia se retir&oacute; al fin. Antes de llegar a la puerta se volvi&oacute;,
+preguntando con timidez, donde apuntaba un vivo y mal disimulado deseo:</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Quieres que te haga yo la cura?... Debes estar molesto...</p>
+
+<p>El joven vacil&oacute; un instante. Tem&iacute;a ofender el pudor de su hermana
+pol&iacute;tica.</p>
+
+<p>&mdash;Si t&uacute; quieres... No hay necesidad... Acaso te cause repugnancia...</p>
+
+<p>Pero Cecilia ya se hab&iacute;a acercado a la cama y recog&iacute;a las hilas, la
+pomada y las tijeras, poni&eacute;ndolo todo en orden. Hizo una nueva tableta,
+y extendi&oacute; con esmero el ung&uuml;ento sobre ella. Gonzalo la miraba, un poco
+inquieto. Ella guardaba silencio, haciendo esfuerzos heroicos por vencer
+la confusi&oacute;n que se iba apoderando de su alma. Ya estaba arrepentida de
+su proposici&oacute;n. Dejaba transcurrir el tiempo pasando infinitas veces el
+cuchillo sobre las hilas, con los ojos bajos, fingiendo gran atenci&oacute;n a
+la tarea que ten&iacute;a entre manos. Al fin, haciendo un supremo esfuerzo,
+tom&oacute; la tableta, y levantando la cabeza hacia su cu&ntilde;ado, le dijo con
+afectada indiferencia:</p>
+
+<p>&mdash;Cuando quieras.</p>
+
+<p>Gonzalo, con mano vacilante, baj&oacute; la ropa. Se incorpor&oacute; en el lecho, y
+con lentitud embarazosa principi&oacute; a desabotonarse la camisa. Al fin
+descubri&oacute; su enorme pecho musculoso.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Buen cuadro para antes de comer!&mdash;exclam&oacute; avergonzado, repitiendo la
+idea expresada por su esposa.</p>
+
+<p>Cecilia no contest&oacute;. Se puso a examinar la llaga, cubierta a medias por
+la piel que Ventura no hab&iacute;a acabado de cortar. Tom&oacute; las tijeras, y con
+mano firme cort&oacute; lo que faltaba.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Te hago da&ntilde;o?&mdash;pregunt&oacute;.</p>
+
+<p>&mdash;Ninguno.</p>
+
+<p>Descubierta enteramente la llaga, grande como la palma de la mano,
+aplic&oacute; con suavidad sobre ella la tableta de hilas, pas&oacute; repetidas veces
+la mano por encima para ajustarla, coloc&oacute; un trapo sobre las hilas, y
+sin dejar de oprimirlo con la mano izquierda, tom&oacute; con la derecha una
+venda que hab&iacute;a sobre la mesilla, y la aplic&oacute; por el medio encima del
+trapo.</p>
+
+<p>&mdash;Ahora es necesario que te pases la venda por detr&aacute;s de la espalda,
+para atarla despu&eacute;s aqu&iacute; encima.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;No te atreves t&uacute;?&mdash;dijo &eacute;l con sonrisa entre burlona y avergonzada.</p>
+
+<p>Ella no contest&oacute;. Quer&iacute;a a fuerza de seriedad dominar la confusi&oacute;n que
+la embargaba. &Uacute;nicamente se pod&iacute;a advertir su emoci&oacute;n en el temblor
+liger&iacute;simo de sus labios. Los ojos medio cerrados, luc&iacute;an por detr&aacute;s de
+sus largas pesta&ntilde;as con &iacute;ntimo gozo que la expresi&oacute;n indiferente y grave
+de su fisonom&iacute;a no pod&iacute;a ocultar.</p>
+
+<p>Gonzalo trat&oacute; de cruzar la venda por detr&aacute;s, pero le fu&eacute; imposible.
+Cecilia acudi&oacute; en su auxilio metiendo la mano con decisi&oacute;n por debajo de
+la camisa. Al sentir el tibio contacto de la carne del joven, aquella
+mano tembl&oacute; levemente; mas no dej&oacute; de seguir con firmeza su tarea.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Buen pecho, eh?&mdash;dijo &eacute;l con afectado desenfado, para ocultar el
+embarazo que a ambos dominaba.</p>
+
+<p>Tampoco respondi&oacute; Cecilia.</p>
+
+<p>&mdash;No creas que es todo natural. Estos brazos y este pecho me los hice
+remando en el T&aacute;mesis.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Remando?</p>
+
+<p>&mdash;S&iacute;, remando. All&iacute; los j&oacute;venes m&aacute;s ricos no se desde&ntilde;an de vestir la
+blusa del marinero o la camiseta. Al contrario, es de lo m&aacute;s
+<i>fashionable</i>, como ellos dicen. &iexcl;Cu&aacute;ntos viajes habremos hecho r&iacute;o
+arriba! Luego cada poco tiempo hay regatas. Acude la gente como en
+Madrid a los toros, se cruzan grandes apuestas... &iexcl;Es un recreo
+delicioso! &iexcl;Qu&eacute; entusiasmo entre nosotros desde muchos d&iacute;as antes!...</p>
+
+<p>Se conmov&iacute;a al recuerdo de aquellas horas felices de salud y de fuerza,
+cuando ni el amor ni cuidado alguno dom&eacute;stico turbaban a&uacute;n su vida de
+estudiante rico y desaplicado. Y viendo la atenci&oacute;n que Cecilia le
+prestaba, se extend&iacute;a en menudencias pueriles, trayendo al recuerdo los
+&iacute;nfimos pormenores de aquella existencia consagrada a la gimnasia.
+Refer&iacute;a las regatas que hab&iacute;a ganado, las que hab&iacute;a perdido y todos los
+incidentes que en ellas hab&iacute;an surgido. Contaba sus impresiones antes y
+despu&eacute;s del suceso, la clase de alimentaci&oacute;n que usaba para adquirir
+vigor y perder la grasa; describ&iacute;a los trajes que usaban, la forma de
+los botes, los gritos de la muchedumbre que los alentaba desde la
+orilla...</p>
+
+<p>&mdash;No habr&iacute;a all&iacute; quien tuviese m&aacute;s fuerza que t&uacute;&mdash;le dijo ella
+comi&eacute;ndolo con los ojos.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Oh, s&iacute;! No era de los m&aacute;s flojos; pero todav&iacute;a hab&iacute;a algunos de m&aacute;s
+fuerza&mdash;respondi&oacute; &eacute;l con modestia.</p>
+
+<p>Hab&iacute;a desaparecido la cortedad de ambos. Tornaba aquella dulce
+fraternidad de antes. Gonzalo descansaba sobre el lecho con los brazos
+fuera. En cuanto se viera fuera de &eacute;l, y con &aacute;nimos, se iba a Tejada.
+Era necesario cambiar de vida, para evitar nuevos ataques. Pensaba
+dedicarse a la caza con ahinco. Montar&iacute;a adem&aacute;s un gimnasio en el sitio
+m&aacute;s adecuado de la casa. En fin, se promet&iacute;a ser otro hombre as&iacute; que
+curase del todo.</p>
+
+<p>Cecilia aplaud&iacute;a aquella decisi&oacute;n; promet&iacute;a ir con &eacute;l algunas veces.
+Gozaba mucho m&aacute;s en Tejada que en Sarri&oacute;. Hab&iacute;a nacido para aldeana. El
+se re&iacute;a de aquellos prop&oacute;sitos.</p>
+
+<p>&mdash;No sabes lo que es ir de caza en este pa&iacute;s. A ver si me veo precisado
+a traerte en brazos como a Ventura.</p>
+
+<p>&mdash;No tengas cuidado; soy m&aacute;s fuerte de lo que parezco.</p>
+
+<p>Al fin la joven, trat&oacute; de marcharse. Gonzalo le pregunt&oacute; con timidez:</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;No me lees hoy un poco?</p>
+
+<p>Cecilia no hab&iacute;a pensado en otra cosa desde hac&iacute;a rato. Pero como hab&iacute;a
+o&iacute;do al joven quejarse con amargura de que su mujer no lo hiciese, tem&iacute;a
+dejarla en peor lugar, ofreci&eacute;ndose a desempe&ntilde;ar esta tarea.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Qu&eacute; quieres que te lea?</p>
+
+<p>&mdash;Con tal que no sea una de esas novelas terror&iacute;ficas que le encantan a
+mi mujer, cualquier cosa.</p>
+
+<p>&mdash;Bueno; te leer&eacute; el A&ntilde;o Cristiano.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;No tanto!&mdash;exclam&oacute; &eacute;l riendo.</p>
+
+<p>Cecilia tom&oacute; de la librer&iacute;a un volumen de versos, y se puso a leer
+sentada cerca de los pies de la cama. Al cuarto de hora Gonzalo dorm&iacute;a
+deliciosamente, con la tranquilidad de un ni&ntilde;o. La joven suspendi&oacute; la
+lectura al observarlo, y le contempl&oacute; atentamente, mejor dicho, le
+acarici&oacute; con los ojos largu&iacute;simo rato. Al cabo crey&oacute; sentir ruido de
+pasos en el corredor, y poni&eacute;ndose encarnada a la idea de que pudieran
+sorprenderla en aquella actitud, se alz&oacute; vivamente de la silla, y sali&oacute;
+de la estancia sobre la punta de los pies.</p>
+
+<p>Gonzalo, en cuanto estuvo convaleciente, quiso trasladarse a Tejada. Le
+acompa&ntilde;&oacute; toda la familia, excepto don Rosendo. Corr&iacute;a el mes de octubre.
+En medio del ropaje amarillo de los campos comarcanos, la posesi&oacute;n de
+don Rosendo, poblada de coniferas, resaltaba como mancha negra, nada
+grata a los ojos. El joven puso en pr&aacute;ctica inmediatamente su programa
+de vida higi&eacute;nica. Levant&aacute;base de madrugada, tomaba la carabina, llamaba
+a los perros y lanz&aacute;base al trav&eacute;s de los campos, llegando la mayor
+parte de los d&iacute;as a la noche, rendido, con algunas perdices en el morral
+y un hambre de can&iacute;bal. Cuando las excursiones eran m&aacute;s cortas, Cecilia
+le acompa&ntilde;aba, seg&uacute;n le hab&iacute;a prometido. Aunque en esta ocasi&oacute;n se
+mataban pocas perdices, Gonzalo apetec&iacute;a su compa&ntilde;&iacute;a como la de un
+agradable y simp&aacute;tico camarada. La joven nunca se confesaba fatigada;
+pero &eacute;l, adivin&aacute;ndolo en su marcha vacilante, daba el alto, la obligaba
+a sentarse, y se hac&iacute;a el distra&iacute;do charlando, a fin de que durase m&aacute;s
+el descanso.</p>
+
+<p>Mas ella luchaba entre el placer de estas correr&iacute;as, y el compromiso que
+hab&iacute;a contra&iacute;do con su hermana de hacerle el canastillo para el ni&ntilde;o.
+Cuando lleg&oacute; la ocasi&oacute;n de pensar en &eacute;l, al quinto o sexto mes de
+hallarse en cinta, Ventura decidi&oacute; encargarlo a Madrid; pero Cecilia le
+hab&iacute;a dicho:</p>
+
+<p>&mdash;Si me traes los modelos, yo respondo de hac&eacute;rtelo igual.</p>
+
+<p>Venturita se hab&iacute;a resistido un poco; mas al ver el empe&ntilde;o que su
+hermana pon&iacute;a, consinti&oacute; en ello. Cecilia emprendi&oacute; con tanto af&aacute;n la
+obra, que le faltaba tiempo para comer y dormir. Algunas veces, cuando
+su cu&ntilde;ado le instaba a salir, le respond&iacute;a:</p>
+
+<p>&mdash;Mira, hoy d&eacute;jame trabajar. Hace tres d&iacute;as que apenas coso nada.</p>
+
+<p>Y como &eacute;l insist&iacute;a haciendo burla de aquellos trabajos, ella se
+resignaba diciendo:</p>
+
+<p>&mdash;Bien, lo peor es para ti. A ver con qu&eacute; vas a vestir a tu hijo cuando
+nazca.</p>
+
+<p>&mdash;Descuida, chica&mdash;replicaba &eacute;l riendo.&mdash;Tengo bastantes camisas para &eacute;l
+y para m&iacute;... &iexcl;Sobre todo, si le gustan de cuello bajo!...</p>
+
+<p>Al cabo de un mes, la acci&oacute;n del aire y del sol hab&iacute;a puesto a Cecilia
+mucho m&aacute;s morena. Parec&iacute;a un muchacho, un marinerito del muelle, seg&uacute;n
+la expresi&oacute;n de Gonzalo. Mientras tanto, Ventura hac&iacute;a su vida de
+sultana caprichosa, que ahora ten&iacute;a m&aacute;s raz&oacute;n de ser. Apenas sal&iacute;a de la
+casa. El cuidado exquisito de su persona, le ocupaba mucho tiempo. El
+resto, sol&iacute;a emplearlo en leer novelas de follet&iacute;n. Cada d&iacute;a estaba m&aacute;s
+hermosa. Aquel culto fervoroso de su cuerpo, contribu&iacute;a no poco a
+realzar y aumentar sus gracias. Como un artista toca y retoca
+incesantemente su obra, sin que le parezca jam&aacute;s bastante acabada, as&iacute;
+la joven esposa cuidaba de sus cabellos, de su cutis, de sus dientes, de
+sus manos, sin cansarse jam&aacute;s. El matrimonio la hab&iacute;a embellecido
+d&aacute;ndole la plenitud amable de la forma femenina, convirtiendo su hermosa
+primavera en dorado y espl&eacute;ndido est&iacute;o. La misma maternidad, sin
+quitarle frescura ni desfigurar su cuerpo, le prestaba una majestad
+suave y protectora. Luego el soberano gusto, el arte, mejor dicho, con
+que sab&iacute;a adaptar el color y la forma del vestido al tono de sus carnes
+y a los cambios que en su naturaleza se operaban, daba primor y relieve
+a aquella adorable figura.</p>
+
+<p>Eso s&iacute;, toda la casa giraba en torno de ella. Como una diosa adorada y
+temida, mov&iacute;a a su talante todas las figuras humanas que cobijaban las
+torres chinescas. Hasta do&ntilde;a Paula, que la hab&iacute;a hecho rostro en los
+primeros meses de matrimonio, hab&iacute;a vuelto a caer en su esclavitud. Ella
+no abusaba de aquel dominio. Dejaba que todos cumpliesen su gusto, menos
+cuando directa o indirectamente iba contra el suyo. As&iacute;, por ejemplo,
+nadie sab&iacute;a cu&aacute;ndo tornar&iacute;an a Sarri&oacute;, sino ella. La cocinera no
+arreglaba la comida sin consultarla. El cochero sub&iacute;a a preguntarle
+todos los d&iacute;as si quer&iacute;a salir de paseo. El jardinero no mov&iacute;a un tiesto
+sin pedirle la venia. En cambio no le preocupaba poco ni mucho que su
+marido saliese. Una sola vez, vi&eacute;ndole preparado a salir con Cecilia, le
+dijo sonriendo en presencia de &eacute;sta y de otras personas:</p>
+
+<p>&mdash;Muy amigos os vais haciendo t&uacute; y Cecilia. Mira que voy a celarme.</p>
+
+<p>Y al tiempo de decirlo, clavaba en &eacute;l una de esas miradas soberanas que
+expresaba convencimiento profundo de su dominio. Gonzalo, por mucho que
+se alejase, no podr&iacute;a romper la cadena; volver&iacute;a blando y sumiso a sus
+pies, como el cometa que en vertiginosa carrera surca los espacios y a
+una distancia inconmensurable siente el freno del sol y vuelve d&oacute;cil
+hacia &eacute;l su frente.</p>
+
+<p>Gonzalo pag&oacute; aquella mirada con otra de rendimiento absoluto. Cecilia se
+hab&iacute;a puesto levemente p&aacute;lida y sonre&iacute;a para disimular su turbaci&oacute;n.</p>
+
+<p>&mdash;Vamos, &iexcl;idos, idos! No os quiero ver delante&mdash;a&ntilde;adi&oacute;.&mdash;Si me la est&aacute;is
+pegando, peor para vosotros, porque tomar&eacute; una venganza sonada.</p>
+
+<p>La broma no era delicada, teniendo presente lo que hab&iacute;a mediado entre
+Cecilia y Gonzalo. Pero no era Venturita mujer que reparase mucho para
+soltarlas.</p>
+
+<p>En los primeros d&iacute;as de diciembre se trasladaron a Sarri&oacute;. Un mes
+despu&eacute;s Ventura daba a luz una hermosa ni&ntilde;a, blanca y rubia como ella.
+Gonzalo estaba tan enamorado de su mujer, que la recibi&oacute; con alegr&iacute;a,
+s&iacute;, mas no con aquel gozo y anhelo con que los hombres suelen acoger a
+su primer hijo. Lo que le interesaba principalmente era la salud de su
+esposa, que no sobreviniese ning&uacute;n incidente. Todo se volv&iacute;a entrar y
+salir del cuarto, tomarla el pulso y moler a preguntas a don Rufo. En
+opini&oacute;n de &eacute;ste, Ventura pod&iacute;a criar sin inconveniente a su hija. Era
+una muchacha robusta, bien conformada. Tan s&oacute;lo cuando los ni&ntilde;os salen
+muy tragones, la frescura y la belleza de la madre suele marchitarse un
+poco. Ante esta eventualidad, la joven se llen&oacute; de miedo y se opuso,
+primero embozadamente, despu&eacute;s en t&eacute;rminos categ&oacute;ricos, a dar el pecho a
+la ni&ntilde;a. Gonzalo se convenci&oacute; en seguida y hasta hall&oacute; razonable aquella
+oposici&oacute;n. En cambio do&ntilde;a Paula se indign&oacute; grandemente, aunque s&oacute;lo
+expresaba su desagrado a espaldas de Ventura.</p>
+
+<p>Cecilia se mostr&oacute; tan sol&iacute;cita, tan vigilante en el cuidado de la
+criatura, que en poco tiempo se apoder&oacute; por completo de ella. Coloc&oacute; en
+su cuarto una cama para la nodriza y la cuna de la ni&ntilde;a, con pretexto de
+que Venturita se pon&iacute;a enferma cuando pasaba una mala noche. Ella
+resist&iacute;a dos y tres en vela sin alteraci&oacute;n alguna. Y en efecto, en
+cuanto la chiquilla lloraba, era la primera que saltaba del lecho para
+entreg&aacute;rsela a la nodriza. Si &eacute;sta no consegu&iacute;a acallarla, tom&aacute;bala en
+brazos, y se paseaba con ella horas y horas, hasta dormirla.</p>
+
+<p>Con esto, los j&oacute;venes esposos, pudieron dormir juntos de nuevo con la
+misma libertad y descuido que en los primeros d&iacute;as de novios. Cuando por
+la ma&ntilde;ana presentaban la criatura a su madre, ya Cecilia la hab&iacute;a ba&ntilde;ado
+en agua tibia y la tra&iacute;a envuelta en limpios pa&ntilde;ales. Jugaba con ella un
+rato. Cuando llegaba la hora de entrar en el tocador se la entregaba de
+nuevo a su hermana.</p>
+
+<p>Del mismo modo, aunque con cierta timidez, nacida del deseo de no
+ofender a su hermana y formar contraste con ella, Cecilia intervino en
+el cuidado de la ropa de Gonzalo, y en el arreglo de su despacho. Aqu&eacute;l
+concluy&oacute; por darle las llaves de los armarios.&mdash;&laquo;Cecilia, voy a
+vestirme.&raquo; La joven corr&iacute;a al cuarto y a los pocos momentos volv&iacute;a
+diciendo:&mdash;&laquo;Ya lo tienes todo&raquo;. Gonzalo encontraba, en efecto, la ropa
+plegada sobre la cama, la camisa con los botones puestos, las botas
+relucientes, al lado de la mesa de noche.&mdash;&laquo;Cecilia, se me ha descosido
+un poco el forro del gab&aacute;n.&raquo; Cuando tornaba a pon&eacute;rselo ya estaba
+cosido. Y ella, que era asaz descuidada en renovar sus vestidos, gustaba
+extremadamente de que su cu&ntilde;ado vistiese a la &uacute;ltima moda; no consent&iacute;a
+por ning&uacute;n concepto, que anduviese un d&iacute;a siquiera con una bota picada o
+con la corbata sucia. Gozaba en verle salir con alg&uacute;n nuevo traje
+elegante. Desde el balc&oacute;n, levantando un poquito la cortina, segu&iacute;ale
+con la vista cuando iba al caf&eacute; con el cigarro en la boca. Y despu&eacute;s que
+daba la vuelta a la esquina, todav&iacute;a contemplaba, hasta que se disipaba
+en el aire, la &uacute;ltima bocanada de humo que hab&iacute;a soltado.</p>
+
+<p>Un d&iacute;a, Gonzalo, enojado consigo mismo por lo que gastaba sin sustancia,
+le di&oacute; la llave del dinero.&mdash;&laquo;Mira, guarda t&uacute; esa llave; ni Ventura ni
+yo tenemos arte para manejar los cuartos. Cuando te pidamos dinero, lo
+apuntas en este cuadernito y nos avisas de lo que llevamos gastado en el
+mes. Tal vez de este modo nos iremos moderando un poco.&raquo; Convertida en
+intendente general, pronto observaron los esposos cierta mejor&iacute;a en sus
+negocios. Gonzalo cuando llegaba alguna cuenta, dec&iacute;a al criado
+sonriendo:&mdash;&laquo;P&aacute;sela usted al administrador&raquo;. El criado sonre&iacute;a tambi&eacute;n y
+se la llevaba a Cecilia.</p>
+
+<p>Aquella intimidad, aquella compenetraci&oacute;n singular de los cu&ntilde;ados en
+casi todos los actos de la vida, hab&iacute;a engendrado una ilimitada
+confianza entre ellos, sobre todo por parte de Gonzalo. Nada le pasaba a
+&eacute;ste en la calle, en el caf&eacute;, que no viniese a contar a Cecilia, que le
+prestaba incansable atenci&oacute;n. Su esposa en cambio ni atend&iacute;a ni quer&iacute;a
+oir hablar siquiera de sus cacer&iacute;as, de sus disputas, de las ocurrencias
+de sus amigos. Todo lo que no fuese modas, bailes, descripciones de las
+<i>soir&eacute;es</i> madrile&ntilde;as, bodas de los grandes de Espa&ntilde;a, le interesaba
+poco. Lo que m&aacute;s excitaba su curiosidad era cuanto se refer&iacute;a a los
+reyes y a la real familia. Le&iacute;a con avidez el relato de las recepciones
+palaciegas, conoc&iacute;a la etiqueta tan bien como un gentilhombre de c&aacute;mara,
+c&oacute;mo se saludaba a los reyes, c&oacute;mo se les besaba la mano, cu&aacute;ndo se
+hab&iacute;a de hablar en su presencia, c&oacute;mo hab&iacute;a que retirarse. Sab&iacute;a los
+nombres y la biograf&iacute;a de cada uno de los miembros de la real familia y
+tambi&eacute;n los de los nobles m&aacute;s caracterizados de la corte. Las novelas, y
+una se&ntilde;ora azafata de la reina que hab&iacute;a estado a tomar ba&ntilde;os en Sarri&oacute;,
+le hab&iacute;an sugerido aspiraciones fant&aacute;sticas, un anhelo de vivir en
+aquella atm&oacute;sfera brillante. La majestad de los pr&iacute;ncipes la conmov&iacute;a,
+la embargaba de sumisi&oacute;n, &iexcl;ella que era incapaz de humillarse a nadie! Y
+aquella vida galante de la corte le produc&iacute;a cierto deslumbramiento como
+los fulgores de un sue&ntilde;o feliz. Cuando hab&iacute;a estado en Madrid, su
+cualidad de provinciana rica, no le hab&iacute;a consentido gozar m&aacute;s que de
+los teatros, de los paseos en coche por la Castellana, de las tiendas y
+las calles. De la corte, de sus saraos y regocijos, hab&iacute;a permanecido
+tan distante como en Sarri&oacute;. Y sin embargo, ella estaba bien convencida,
+y no le faltaba raz&oacute;n, de que pod&iacute;a brillar en cualquier parte. Su
+hermosura y la viva y graciosa imaginaci&oacute;n de que estaba dotada, la
+hubieran hecho notar inmediatamente en la sociedad m&aacute;s distinguida.
+Algunas veces paseando en <i>landau</i> con su marido, hab&iacute;a visto fijarse en
+ella con atenci&oacute;n y codicia las miradas del duque de S... del marqu&eacute;s de
+C... de encumbrados personajes pol&iacute;ticos. En una ocasi&oacute;n hab&iacute;a o&iacute;do a la
+duquesa de Medinaceli al cruzarse los carruajes, decir a su
+compa&ntilde;era:&mdash;&laquo;&iquest;Estar&aacute; casada esta ni&ntilde;a tan linda?&raquo; De aquellos tres meses
+en Madrid, le hab&iacute;a quedado una visi&oacute;n po&eacute;tica, un recuerdo confuso de
+sus placeres, y cierto prurito de imitar con los pobres medios de que
+dispon&iacute;a en la villa a las damas encopetadas de la corte, cuyas
+costumbres s&oacute;lo conoc&iacute;a de o&iacute;das.. As&iacute;, por ejemplo, cuando sal&iacute;a de
+casa, que era pocas veces, sol&iacute;a hacerlo en carruaje, sobre todo si iba
+al teatro. La costumbre de que el coche viniera a esperarles al
+concluirse la funci&oacute;n, hab&iacute;a causado en Sarri&oacute; alguna sorpresa y no
+pocas murmuraciones. Los trajes con que se presentaba en p&uacute;blico eran
+siempre de fantas&iacute;a, distintos enteramente de los que vest&iacute;an las otras
+damas de la poblaci&oacute;n. Estas, por regla general, sol&iacute;an andar en sus
+casas con la ropa usada &laquo;en cualquier facha&raquo; como ellas dec&iacute;an. Ventura
+oper&oacute; una revoluci&oacute;n, visti&eacute;ndose desde por la ma&ntilde;ana con trajes nuevos
+y adecuados a aquella hora. No se la sorprend&iacute;a jam&aacute;s, ni aun en el
+retiro de su gabinete, sin todos los admin&iacute;culos y adornos propios de la
+ocasi&oacute;n. Sus batas de seda de color siempre apagado, sus cofias de
+encaje nunca vistas hasta entonces, sus babuchas de terciopelo, eran el
+pasmo de la poblaci&oacute;n. Hab&iacute;a muchas se&ntilde;oras que iban a visitarla, s&oacute;lo
+por enterarse de su tocado casero.</p>
+
+<p>Gonzalo, al verla enfrascada en la lectura de las revistas de salones,
+al oir describir, como si lo hubiera visto, un baile en Palacio,
+exclamaba riendo:&mdash;&laquo;&iquest;Sabes c&oacute;mo se llama en medicina esa man&iacute;a tuya?...
+Delirio de grandezas&raquo;. Ella se enojaba. Como todos los caracteres
+burlones, le her&iacute;a profundamente el rid&iacute;culo. Con su cu&ntilde;ada el joven se
+re&iacute;a unas veces, otras se mostraba irritado de aquellas extravagancias
+de su esposa, que calificaba de est&uacute;pidas y cursis. Cecilia procuraba
+calmarle, achac&aacute;ndolo a los pocos a&ntilde;os, al car&aacute;cter tornadizo de
+Ventura:&mdash;&laquo;Ya ver&aacute;s&mdash;le dec&iacute;a;&mdash;dentro de algunos meses no se acordar&aacute;
+de semejantes tonter&iacute;as&raquo;.</p>
+
+<p>Cecilia era su pa&ntilde;o de l&aacute;grimas, su confidente en todos los disgustos
+matrimoniales. Nunca dejaba de recibir de su boca alg&uacute;n &uacute;til consejo,
+algunas palabras consoladoras que calmaban sus fuertes y repentinos
+enojos. Se hab&iacute;a acostumbrado de tal modo a aquellas confidencias, que
+cuando despu&eacute;s de alguna reyerta con Ventura no hallaba a su cu&ntilde;ada en
+casa, se pon&iacute;a el sombrero y corr&iacute;a a buscarla al paseo, a la iglesia o
+donde estuviese. El mucho tiempo que pasaban juntos convidaba tambi&eacute;n a
+&eacute;stos desahogos. Ventura no quer&iacute;a salir de casa. Y como don Rufo exig&iacute;a
+que la ni&ntilde;a tomase el aire libre, Cecilia se encargaba de acompa&ntilde;ar a la
+nodriza. Gonzalo las acompa&ntilde;aba a ambas, la nodriza con la ni&ntilde;a delante,
+&eacute;l con Cecilia detr&aacute;s. En aquellos largos paseos le confiaba todos sus
+secretos, le explicaba prolijamente sus temores, sus alegr&iacute;as, sus
+esperanzas. A veces, oy&eacute;ndola discurrir con tanta perspicacia en
+aquellos asuntos morales, sol&iacute;a exclamar con poca galanter&iacute;a:&mdash;&laquo;&iexcl;Qu&eacute;
+l&aacute;stima que Ventura no posea tu car&aacute;cter juicioso y sensato!&raquo;</p>
+
+<p>Ella, en cambio, permanec&iacute;a impenetrable para &eacute;l, como para todo el
+mundo. O porque no tuviese secretos que contar, o por su temperamento
+excesivamente reservado, la primog&eacute;nita de Belinch&oacute;n hu&iacute;a de hablar de
+s&iacute; misma con un cuidado extraordinario. Ni sus alegr&iacute;as ni sus pesares
+eran conocidos de nadie. S&oacute;lo un observador muy fino podr&iacute;a, a fuerza
+de costumbre, averiguar vagamente las emociones que la agitaban. Gonzalo
+no lo era. En su ego&iacute;smo infantil de hombre sano y musculoso, hab&iacute;a
+llegado a considerar a su cu&ntilde;ada como un ser pasivo, razonable y fr&iacute;o,
+admirable para aconsejar y dirigir a los dem&aacute;s, un ser superior, si se
+quiere, pero incapaz de sentir aquellas c&oacute;leras, aquellas alegr&iacute;as,
+aquellas pasiones insensatas que alteraban a los caracteres d&eacute;biles como
+el suyo. Sin embargo, alguna vez, en son de broma, hab&iacute;a tratado de
+sacarle del cuerpo sus secretillos. Sab&iacute;a que tres o cuatro mancebos de
+la poblaci&oacute;n aspiraban a su mano. A alguno de ellos le hab&iacute;a sorprendido
+m&aacute;s de una vez paseando la calle. En el teatro la flechaban con los
+gemelos. Y aunque Gonzalo advert&iacute;a con cierto disgusto que deb&iacute;a de
+haber en aquella adoraci&oacute;n m&aacute;s deseo de la dote que verdadero amor,
+procuraba lisonjearla habl&aacute;ndola de sus pretendientes. Ella rehu&iacute;a la
+conversaci&oacute;n con silencio obstinado, sonriendo vagamente para no dejar
+traslucir su pensamiento; hasta que al cabo se ve&iacute;a precisado a hablarle
+de otra cosa.</p>
+
+<p>En cierta ocasi&oacute;n, sin embargo, Gonzalo tom&oacute; el asunto con m&aacute;s seriedad
+y persistencia. Un amigo de la infancia, ingeniero de caminos, le habl&oacute;
+de Cecilia, y le pidi&oacute; su protecci&oacute;n para interesarla en su favor. La
+franqueza y sinceridad de su lenguaje agrad&oacute; mucho al joven.</p>
+
+<p>&mdash;Gonzalo&mdash;le dijo,&mdash;me encuentro ya en edad y en disposici&oacute;n de
+casarme. No he querido hacerlo en Madrid o en Sevilla, donde estuve
+destinado, porque desconf&iacute;o de las mujeres que no conozco de muy atr&aacute;s.
+Los hombres deben casarse en su patria con las j&oacute;venes que han visto
+crecer a su lado. Decidido a casarme con una chica de la poblaci&oacute;n, me
+he fijado en tu cu&ntilde;ada, y voy a decirte con toda sinceridad mis
+pensamientos. Cecilia no es bonita ni es fea; es una mujer pasable.
+Siempre he cre&iacute;do que &eacute;stas son las m&aacute;s a prop&oacute;sito para esposas. En las
+cuatro o cinco veces que he hablado con ella en casa de las de Salda&ntilde;a,
+la he encontrado muy simp&aacute;tica y muy razonable, franca y modesta. Sus
+amigas hablan todas bien de ella. Es un dato important&iacute;simo que los
+hombres no tienen en cuenta bastante al casarse. Porque las amigas
+suelen ser implacables las unas para las otras, y se buscan las
+cosquillas que es una bendici&oacute;n... Adem&aacute;s, tu cu&ntilde;ada tendr&aacute; una buena
+fortuna el d&iacute;a de ma&ntilde;ana, y esto, &iquest;por qu&eacute; no he de dec&iacute;rtelo? tambi&eacute;n
+es otro dato que debe tenerse presente. No s&eacute; por qu&eacute; se han de casar
+los hombres por sistema con las mujeres pobres. Las necesidades que el
+hombre se crea al contraer matrimonio, son muchas: los hijos pueden
+aumentar demasiado, y todo debe mirarse. Yo no necesito casarme por
+inter&eacute;s. Tengo una carrera bastante lucrativa. Mis padres me han de
+dejar tambi&eacute;n alguna hacienda... &iquest;Quieres preguntarle si le he sido
+antip&aacute;tico en las pocas veces que he hablado con ella, y si consiente
+que me presenten en su casa?</p>
+
+<p>Gonzalo le prometi&oacute; interponer su influencia; le dej&oacute; entrever con
+reticencias m&aacute;s o menos claras, un &eacute;xito lisonjero, jact&aacute;ndose del poder
+que sobre ella ejerc&iacute;a. Hasta entonces todas las indicaciones que la
+hiciera, hab&iacute;an sido atendidas.&mdash;&laquo;Creo que si yo no consigo llevar a
+remate la empresa, ninguna otra persona podr&aacute; intentarla&raquo;&mdash;concluy&oacute; por
+decir en un rapto de expansi&oacute;n y de orgullo.</p>
+
+<p>Aquella misma noche aprovech&oacute; el momento en que Cecilia vino a
+encenderle el quinqu&eacute; al despacho, para decirla risue&ntilde;o:</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Tienes algo que hacer ahora, Cecilia?... &iquest;No?... Pues si&eacute;ntate un
+momento, que voy a confesarte.</p>
+
+<p>La joven le mir&oacute; con sus grandes ojos claros y suaves, donde se pintaba
+la sorpresa. Gonzalo la oblig&oacute; a sentarse.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Tienes novio?&mdash;la pregunt&oacute; bruscamente.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Qu&eacute; pregunta!&mdash;exclam&oacute; ella con semblante risue&ntilde;o, sin avergonzarse.</p>
+
+<p>&mdash;No hablo de novio formal. Si lo tuvieras ya estar&iacute;a yo enterado.
+Quiero s&oacute;lo saber si entre los j&oacute;venes que te obsequian hay alguno que
+hubiese logrado interesarte m&aacute;s o menos.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Para qu&eacute; quieres saber eso?</p>
+
+<p>&mdash;Contesta.</p>
+
+<p>Cecilia hizo un gesto negativo.</p>
+
+<p>&mdash;Pues entonces voy a tomarme la libertad de hablarte de uno, que me lo
+ha suplicado... Se trata de mi amigo Paco Flores, a quien ya conoces. Me
+ha pedido que le recomendase a ti, pregunt&aacute;ndote al mismo tiempo si en
+las pocas veces que contigo ha hablado te hab&iacute;a sido antip&aacute;tico.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Antip&aacute;tico?&mdash;pregunt&oacute; con sorpresa.&mdash;&iquest;Por qu&eacute;? A mi no me es nadie
+antip&aacute;tico mientras no cometa alguna groser&iacute;a.</p>
+
+<p>&mdash;Despu&eacute;s me ha rogado te pregunte si consientes en que sea presentado
+en esta casa.</p>
+
+<p>&mdash;Eso es otra cosa&mdash;respondi&oacute; poni&eacute;ndose repentinamente seria.&mdash;Yo no
+puedo impedir que sea presentado aqu&iacute;; pero, como mi consentimiento
+podr&iacute;a implicar que tengo gusto en que nos visite, no estoy dispuesta a
+d&aacute;rselo.</p>
+
+<p>&mdash;No se trata de que lo aceptes por novio&mdash;se apresur&oacute; a decir
+Gonzalo.&mdash;&Uacute;nicamente desea que le permitas tratarte alg&uacute;n tiempo; y si
+al cabo le consideras merecedor de tu mano, se la otorgues, y si no, se
+la niegues.</p>
+
+<p>&mdash;Pues negada desde luego, y sin necesidad de trato&mdash;replic&oacute; con firmeza
+la joven.</p>
+
+<p>&mdash;Es muy pronto eso&mdash;dijo Gonzalo sonriendo para disimular la irritaci&oacute;n
+que aquella brusca respuesta le hab&iacute;a producido.</p>
+
+<p>&mdash;Me parece que en estos asuntos cuanto m&aacute;s sinceros seamos, mejor para
+todos. &iquest;Por qu&eacute; ha de molestarse ese muchacho en visitarme una larga
+temporada para recibir la respuesta que desde ahora mismo le puedo dar?</p>
+
+<p>&mdash;Bien, bien; procedamos con calma. Si Paco no te es antip&aacute;tico, como
+confiesas, no puedes asegurar que al cabo de seis u ocho meses o un
+a&ntilde;o, no te enamores de &eacute;l.</p>
+
+<p>&mdash;Soy incapaz de enamorarme&mdash;dijo ella con sonrisa amarga que su cu&ntilde;ado
+no entendi&oacute;.</p>
+
+<p>&mdash;El amor viene cuando menos se piensa&mdash;afirm&oacute; &eacute;ste
+sentenciosamente.&mdash;Estamos a&ntilde;os y a&ntilde;os sin sentirlo, y un d&iacute;a, &iexcl;paf! da
+un vuelco el coraz&oacute;n. Es que hemos hallado nuestra media naranja.</p>
+
+<p>Estas palabras tan c&aacute;ndidas como crueles, removieron las escasas gotas
+de hiel que Cecilia guardaba en su pecho. Con r&aacute;pida frase y mirando
+duramente a uno de los brazos del sill&oacute;n donde se hallaba sentada,
+repuso:</p>
+
+<p>&mdash;Pues yo estoy segura de que mi coraz&oacute;n no har&aacute; &iexcl;paf! ning&uacute;n d&iacute;a.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Por qu&eacute; aseguras eso, Cecilia? Las mujeres, m&aacute;s que los hombres,
+est&aacute;n hechas para el amor, para los goces que &eacute;ste proporciona, para la
+vida de familia. Se puede decir que el &uacute;nico destino de la mujer sobre
+la tierra, es el matrimonio, porque es la encargada de sostener sobre
+ella la vida. Su disposici&oacute;n f&iacute;sica, todos los &oacute;rganos de su cuerpo
+est&aacute;n constru&iacute;dos para la producci&oacute;n de esta vida...</p>
+
+<p>Gonzalo abogaba por su amigo Paco, apelando, como se ve, hasta a la
+fisiolog&iacute;a. Cecilia le escuchaba en silencio, el semblante severo, la
+mirada fija en el vac&iacute;o. Las palabras de su cu&ntilde;ado sonaban en su alma
+como un acento de desolaci&oacute;n. S&iacute;; aquello era verdad, &iexcl;por desgracia era
+todo verdad! Cuando termin&oacute; de hacer la apolog&iacute;a del amor, hizo la de su
+amigo Paco Flores, un joven tan despejado, tan formal, hijo de una buena
+familia, con brillante carrera, etc., etc.</p>
+
+<p>Cecilia se obstin&oacute; secamente en rehusar su consentimiento para que
+viniese a casa. Entonces Gonzalo, un poco irritado por la disputa, y
+herido en su amor propio por haberse jactado sin raz&oacute;n delante de Paco
+de su influjo sobre la joven, dej&oacute; escapar algunas frases duras: &laquo;&iquest;Por
+ventura le parec&iacute;a poco para ella? Paco no era rico, pero pod&iacute;a aspirar
+a su mano. En Sarri&oacute; no hallar&iacute;a un muchacho mejor que &eacute;l. Nadie
+tachar&iacute;a, seguramente, el matrimonio de desproporcionado. &iquest;O es que
+esperaba un pr&iacute;ncipe de la sangre?... Pues que no se descuidara mucho,
+porque la juventud de las mujeres pasa pronto, y se han llevado en estos
+asuntos bastantes chascos...&raquo;</p>
+
+<p>La joven escuch&oacute; la fil&iacute;pica de su cu&ntilde;ado hasta el fin, sin mover un
+dedo siquiera. Cuando termin&oacute;, levant&oacute;se vivamente del asiento, el
+rostro p&aacute;lido, las manos convulsas, y sali&oacute; con precipitaci&oacute;n de la
+estancia. Al cruzar el pasillo para dirigirse a su cuarto, dos gruesas
+l&aacute;grimas rodaban por sus mejillas.</p>
+
+
+
+<h3 class="top15"><a name="XIV" id="XIV"></a>XIV</h3>
+
+<p class="c smcap">de los galicismos que comet&iacute;a &laquo;el faro de sarri&oacute;&raquo; y otros asuntos no
+menos interesantes.-primeras bajas de la batalla del pensamiento.</p>
+
+
+<p>Despu&eacute;s de su ruidoso desaf&iacute;o, el esforzado Belinch&oacute;n supo, aunque otra
+cosa afirmen algunos cronistas, gozar con modestia de la merecida fama y
+aureola que inmediatamente le circundaron. Quiz&aacute; se fijen aqu&eacute;llos para
+sustentar la opini&oacute;n contraria, en haberse descubierto algunas
+provocaciones del insigne caballero a ciertos sujetos de la villa, no
+bastante justificadas. Mas al hacerlo, no ten&iacute;an en cuenta que tales
+provocaciones vinieron, no a ra&iacute;z del se&ntilde;alado acontecimiento que hemos
+narrado, sino alg&uacute;n tiempo adelante. En la historia, la cronolog&iacute;a es
+siempre de importancia capital. Y en este particular de que tratamos,
+explica satisfactoriamente los actos de nuestro h&eacute;roe.</p>
+
+<p>Mientras dur&oacute; en la villa la impresi&oacute;n del suceso, se le tributaron
+aquellas muestras de admiraci&oacute;n a que era sin disputa acreedor. Sus
+mismos enemigos al verle pasar, le miraban con respeto, ya que no con
+simpat&iacute;a. Entonces don Rosendo, en vez de abusar de su reconocida
+superioridad, como hubiera hecho otro hombre de menos esfuerzo y
+modestia, aparec&iacute;a con un continente grave, s&iacute;, pero apacible,
+recorriendo las calles con el mismo sosiego y mesura que antes. Ejemplo
+notable de prudencia, que en vez de agradec&eacute;rsele, sirvi&oacute; para que se
+intentasen y perpetrasen contra &eacute;l algunos desacatos. Por lo pronto, en
+el Camarote comenz&oacute; a hacerse chacota de tal desaf&iacute;o. Se ponderaba con
+intenci&oacute;n mal&eacute;vola y exager&aacute;ndolos, los saltos que el fundador del
+<i>Faro</i> hab&iacute;a dado hacia atr&aacute;s en el combate. Estas burlas, de las
+cuales, como puede suponerse, era el iniciador Gabino Maza, no
+permanecieron mucho tiempo en el recinto de la tertulia. Se extendieron
+por toda la poblaci&oacute;n, de tal modo, que al cabo de algunos d&iacute;as una gran
+parte de sus habitantes sonre&iacute;a ir&oacute;nicamente al oir hablar del famoso
+lance de honor. Don Rosendo trasluci&oacute; algo de esta befa, no s&oacute;lo por los
+o&iacute;dos, sino tambi&eacute;n por los ojos. Advirti&oacute; que en vez de las miradas
+respetuosas y de la cortes&iacute;a que con &eacute;l se usaba, comenzaban sus vecinos
+a adoptar una actitud grosera, haci&eacute;ndose los distra&iacute;dos o volviendo la
+cabeza cuando &eacute;l pasaba. Al cruzar por delante de alg&uacute;n corrillo, crey&oacute;
+percibir risas comprimidas.</p>
+
+<p>&iquest;Qu&eacute; le tocaba hacer en este caso? Indudablemente dejar la modestia a un
+lado y obligar a sentir a aquellos bellacos el peso de sus conocimientos
+en la esgrima. La primera se&ntilde;al que di&oacute; de su indignaci&oacute;n y del soberano
+desprecio que sus enemigos le inspiraban, fu&eacute; el escupir al suelo, con
+ruido, cuando alguno de &eacute;stos cruzaba a su lado, como indicando que le
+daba asco. En cuanto comprendieron el motivo de aquella extraordinaria
+secreci&oacute;n, los m&aacute;s t&iacute;midos comenzaron a pensar que el rayo pod&iacute;a muy
+bien acompa&ntilde;ar a la lluvia, y evitaron con cuidado el tropezarle. Los
+m&aacute;s bravos pasaban a su lado sin hacer caso de aquella tos
+despreciativa; pero sin osar mirarle a la cara. Al cabo de alg&uacute;n tiempo
+unos y otros lo tornaron con calma y se dec&iacute;an riendo:&mdash;&laquo;Acabo de
+encontrarme con don Rosendo.&mdash;Qu&eacute; tal, &iquest;te ha tosido?&mdash;Ya lo creo;
+&iexcl;parec&iacute;a que reventaba!&raquo; Y en el Camarote corr&iacute;an las bromas y se
+celebraban las burlas m&aacute;s groseras contra nuestro gran patricio. Una de
+ellas fu&eacute; el desfilar uno en pos de otro a cierta distancia, todos los
+socios de la tertulia por delante de &eacute;l. Don Rosendo qued&oacute; de aquella
+vez sin saliva y con la garganta destrozada. Tan s&oacute;lo Gabino Maza lo
+tomaba en serio y aseguraba que ya se librar&iacute;a aquel buey (la palabra es
+dura, pero textual) de escupir cuando &eacute;l pasase. Y en efecto, don
+Rosendo se hab&iacute;a abstenido hasta entonces de hacerlo. Cre&iacute;a que deb&iacute;a
+guardar ciertas consideraciones al jefe del bando contrario. Mas una
+noche en que tra&iacute;a la cabeza un poco exaltada por la lectura de cierto
+desaf&iacute;o de dos <i>yankees</i>, al topar junto al caf&eacute; de la Marina con Maza,
+se le ocurri&oacute; escupir en la forma provocativa que usaba. Aqu&eacute;l se volvi&oacute;
+repentinamente hecho una furia, y sujet&aacute;ndole con fuerza por la mu&ntilde;eca,
+le dijo al o&iacute;do con acento rabioso:</p>
+
+<p>&mdash;Oiga usted, se&ntilde;or majadero: a m&iacute; no me tose usted &iexcl;ni en cuarto grado
+de tisis! &iquest;lo oye usted?</p>
+
+<p>Don Rosendo, como hombre correcto y muy pr&aacute;ctico en estos asuntos de
+honor, no dijo nada en aquel momento. Pero al d&iacute;a siguiente no sali&oacute; de
+casa esperando los padrinos de Maza, los cuales, felizmente para &eacute;ste,
+no parecieron.</p>
+
+<p>El desaf&iacute;o y la actitud de don Rosendo, tuvieron, sin embargo,
+consecuencias provechosas para la poblaci&oacute;n. Gracias a nuestro h&eacute;roe
+naci&oacute; en ella la afici&oacute;n a las armas. Muchos de sus habitantes m&aacute;s
+distinguidos comenzaron con ahinco a cultivar la esgrima. Ya no fueron
+solamente los redactores del <i>Faro</i> y los tertulios del Saloncillo
+quienes se entregaban a este noble ejercicio amaestrados por M. Lemaire.
+Tambi&eacute;n los socios del Camarote, comprendiendo a la postre la
+importancia de este arte, establecieron, en un almac&eacute;n contiguo, sala de
+armas. Al frente de ella, pusieron a un oficial de reemplazo
+perteneciente al arma de caballer&iacute;a, que hab&iacute;a tirado al florete en
+Madrid. El resultado inmediato de este adelanto fu&eacute; que las reyertas,
+que a cada paso se suscitaban entre los del Saloncillo y los del
+Camarote, eran conducidas con arreglo a todas las f&oacute;rmulas y ceremonias
+prescritas en el c&oacute;digo del honor. No transcurr&iacute;a semana tal vez, sin
+que la villa se estremeciese con las idas y venidas de los padrinos, los
+rumores de las conferencias celebradas en los &aacute;ngulos de los caf&eacute;s, las
+actas que inmediatamente se publicaban en el <i>Faro</i> y en los peri&oacute;dicos
+de Lancia. Porque de veinte pendencias las diez y nueve se terminaban
+con un acta para ambas partes honrosa, suscrita y firmada por los
+padrinos. De modo que de aquellos lances de honor, lo &uacute;nico positivo
+eran los bastonazos o pu&ntilde;adas que los contendientes se daban
+previamente, sin perjuicio de que las cosas siguiesen sus tr&aacute;mites
+ordinarios.</p>
+
+<p>Alguna que otra rara vez, cuando los &aacute;nimos se enconaban demasiado, se
+iba &laquo;al terreno&raquo;. Delaunay se hab&iacute;a dado de sablazos con don Rufo, por
+un comunicado inserto en <i>El Porvenir de Lancia</i>, en el que se dec&iacute;a que
+los m&eacute;dicos no giraban la visita en el hospital a la hora reglamentaria.
+El impresor Folgueras se hab&iacute;a batido tambi&eacute;n con un cu&ntilde;ado de Mar&iacute;n,
+por haber negado el saludo uno de ellos al otro. Afortunadamente, en
+ninguno de los dos encuentros hab&iacute;a habido m&aacute;s que planazos y
+verdugones. El desaf&iacute;o m&aacute;s notable fu&eacute; el de don Rudesindo con don Pedro
+Miranda, que despu&eacute;s de vacilar alg&uacute;n tiempo se hab&iacute;a decidido por los
+del Camarote. El motivo fu&eacute; &laquo;el problema del matadero&raquo;. La ocasi&oacute;n, la
+siguiente. Don Pedro hab&iacute;a manifestado en una casa que don Rudesindo
+apoyaba el partido de Belinch&oacute;n s&oacute;lo porque no se emplazase el matadero
+en la playa de las Meanas, donde sus casas sal&iacute;an perjudicadas. El
+fabricante de sidra tuvo conocimiento de este dicho, habl&oacute; pestes en el
+Saloncillo de don Pedro, y se mostr&oacute; vivamente ofendido de tal
+suposici&oacute;n; mucho m&aacute;s ofendido de lo que en realidad estaba. Alvaro
+Pe&ntilde;a, que no estaba contento sino cuando ten&iacute;a un desaf&iacute;o entre manos,
+se apresur&oacute; a decirle en voz alta con la arrogancia que le
+caracterizaba:</p>
+
+<p>&mdash;Pierda usted cuidado, don Rudesindo. Miranda le dar&aacute; a usted una
+reparaci&oacute;n. &iquest;Quiere usted dejarlo de mi cuenta?</p>
+
+<p>El bueno del fabricante hubiera deseado comerse las palabras que hab&iacute;a
+soltado. &iexcl;Aquel Pe&ntilde;a era un hombre tan expeditivo! &iquest;Por qu&eacute; diablos
+hab&iacute;a dicho que ten&iacute;a ganas de tropezar a don Pedro para darle dos
+puntapi&eacute;s, cuando en realidad acababa de verle al salir de casa, y hab&iacute;a
+cruzado a su lado sin decirle una palabra? Pero estaban all&iacute; m&aacute;s de
+veinte personas, y se vi&oacute; en la dolorosa necesidad de contestar al
+ayudante, aunque en el tono menos agresivo posible:</p>
+
+<p>&mdash;Bueno... si usted cree que merece la pena...</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Pues no ha de merecer! Suponer que usted no est&aacute; a nuestro lado sino
+por m&oacute;viles mezquinos bastardos es insultarle... A vej, don Feliciano.
+&iquest;Quiere usted escuchaj una palabra?</p>
+
+<p>Don Feliciano y &eacute;l conferenciaron en un rinc&oacute;n breves momentos. Acto
+continuo salieron a la calle. Don Rudesindo qued&oacute; en la apariencia
+tranquilo, en realidad fuertemente alterado y bramando en su interior
+contra Pe&ntilde;a, contra el Saloncillo, contra s&iacute; mismo y contra la madre que
+le pari&oacute;. &iquest;Qu&eacute; necesidad ten&iacute;a &eacute;l de meterse en l&iacute;os? Un hombre casado,
+con hijos, que en toda su vida no hab&iacute;a hecho m&aacute;s que trabajar como un
+esclavo para labrarse un capitalito... Y ahora que lo ten&iacute;a... por una
+quijotada de ese farfant&oacute;n... &iexcl;acaso!... El fabricante apenas pod&iacute;a
+pasar los sorbos de cognac que de vez en cuando introduc&iacute;a en la boca.</p>
+
+<p>La cosa se arregl&oacute; muy pronto. Don Pedro Miranda qued&oacute; viendo visiones
+con la visita de Pe&ntilde;a y don Feliciano. Dijo que no recordaba... que &eacute;l
+no ten&iacute;a agravio alguno de don Rudesindo... al contrario. Pero Pe&ntilde;a le
+hab&iacute;a atajado, dici&eacute;ndole:</p>
+
+<p>&mdash;Bueno, don Pedro. No podemos escuchar eso. Nombre usted dos personas
+que se entiendan con nosotros.</p>
+
+<p>El atribulado propietario nombr&oacute; a Gabino Maza y Delaunay por
+representantes. Como de &eacute;stos el uno era hombre acalorado y fiero, y el
+otro mal intencionado, no fu&eacute; posible avenencia. Se negaron en absoluto
+a dar explicaciones. El lance qued&oacute; concertado a sable en el cementerio
+antiguo, en las primeras horas de la ma&ntilde;ana.</p>
+
+<p>Don Rudesindo al saberlo, maldijo de la hora en que viera la luz del
+d&iacute;a. Su contrario don Pedro se limit&oacute; sencillamente a dejarse caer en un
+sof&aacute; y pedir una taza de tila. Mas no hubo otro remedio que acudir a
+donde el honor los llamaba. A las seis de la ma&ntilde;ana, Pe&ntilde;a y don
+Feliciano por una parte, y Maza y Delaunay por la otra, los sacaron de
+sus domicilios para conducirlos al cementerio viejo. &iexcl;Dios m&iacute;o, al
+cementerio viejo! &iexcl;Qu&eacute; ideas tan l&uacute;gubres revolotearon por el cerebro de
+don Pedro Miranda mientras caminaba hacia all&aacute;! No es posible
+compararlas sino con las que asaltaron a don Rudesindo en el mismo
+trayecto. Pe&ntilde;a le dijo antes de llegar:</p>
+
+<p>&mdash;Es evidente, don Rudesindo, que usted le escabecha. Me lo da el
+coraz&oacute;n... Usted le escabecha. No tira usted mucho, pero tiene un juego
+muy dif&iacute;cil, &iexcl;muy dif&iacute;cil!...</p>
+
+<p>El fabricante hubiera dado en aquel momento toda su hacienda por tenerlo
+no dif&iacute;cil, sino imposible.</p>
+
+<p>&mdash;Don Pedro no tiene pierna; es adem&aacute;s, corto de brazo... Pero, como ya
+sabe usted que en las ajmas no hay nada seguro y a veces el que menos se
+piensa, lleva el gato al agua, si usted tiene algo que encargarme,
+h&aacute;galo antes que lleguemos.</p>
+
+<p>Don Rudesindo se estremeci&oacute;. Sigui&oacute; caminando un rato en silencio, y
+por fin, sacando unos papeles del bolsillo, se los entreg&oacute; diciendo con
+voz sorda:</p>
+
+<p>&mdash;Si perezco, d&eacute;le usted esto al se&ntilde;or Benito.</p>
+
+<p>Dos l&aacute;grimas asomaron a sus ojos al mismo tiempo.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;El se&ntilde;or Benito el <i>Rato</i>?&mdash;pregunt&oacute; Pe&ntilde;a.</p>
+
+<p>Don Rudesindo no le oy&oacute;. Se hab&iacute;a escapado ya por la carretera adelante
+para ocultar su emoci&oacute;n.</p>
+
+<p>Por qu&eacute; el nombre de su escribiente le produc&iacute;a en aquel instante tal
+enternecimiento, no podemos explicarlo. Acaso en las grandes crisis de
+la vida, se despierten vivas y s&uacute;bitas simpat&iacute;as en el fondo de nuestro
+ser, de las que no ten&iacute;amos la menor sospecha.</p>
+
+<p>El cementerio viejo, pr&oacute;ximo ya a dedicarse al cultivo, era un peque&ntilde;o
+cercado donde crec&iacute;a la hierba y la maleza. Las cruces de madera se
+hab&iacute;an podrido. No hab&iacute;a m&aacute;s testimonio de que tal recinto era mansi&oacute;n
+de los muertos, que dos calaveras incrustadas en la pared a entrambos
+lados de la puerta. Por cierto que estas calaveras, no produjeron una
+impresi&oacute;n grata en don Rudesindo. En don Pedro no sabemos; pero puede
+sospecharse que no ser&iacute;a m&aacute;s favorable. Tardaron alg&uacute;n tiempo en buscar
+sitio, porque las ortigas y zarzales imped&iacute;an <i>marchar y romper</i>
+convenientemente a los combatientes. Mientras Pe&ntilde;a, en compa&ntilde;&iacute;a de los
+testigos contrarios, se ocupaba en esta tarea grav&iacute;sima, el bueno de don
+Feliciano G&oacute;mez cometi&oacute; la <i>incorrecci&oacute;n</i> (&iexcl;Dios le bendiga por ella!)
+de acercarse a don Pedro Miranda, que descolorido, con la mirada
+at&oacute;nita, el est&oacute;mago encharcado por la cantidad fabulosa de tazas de
+tila que hab&iacute;a tornado aquella noche, esperaba, arrimado a la tapia, que
+aquellos se&ntilde;ores concluyesen, en la actitud de un reo de muerte.</p>
+
+<p>&mdash;Hola, don Pedro; fr&iacute;o, &iquest;eh? &iexcl;Caramba qu&eacute; ma&ntilde;ana!... &iexcl;Mire usted que
+levantarse un hombre de la cama para esto! &iexcl;V&aacute;lgate Dios! <i>(Silencio
+interrumpido por algunos eructos del infortunado Miranda.)</i> Hubiera dado
+el dedo me&ntilde;ique, &iexcl;el dedo me&ntilde;ique, s&iacute;! por no tener que asistir a una
+atrocidad semejante. Pero dicen que es un favor que no se puede negar.
+Bueno: que no se niegue cuando se trata de una ofensa grave... &iquest;D&oacute;nde
+est&aacute; aqu&iacute; la ofensa grave? Vamos a ver, que me lo digan, &iquest;d&oacute;nde est&aacute;?
+&iexcl;V&aacute;lgate Dios! &iexcl;V&aacute;lgate Dios! <i>(Nuevo silencio y nuevos eructos de don
+Pedro, que concluye por doblar la cabeza sobre el pecho, con la misma
+resignaci&oacute;n que si la pusiera sobre el tajo.)</i> &iexcl;Cu&aacute;nto mejor ser&iacute;a estar
+metido entre las s&aacute;banas tomando el chocolate! &iquest;verdad, mi
+querid&iacute;n?&mdash;profiri&oacute; don Feliciano, poni&eacute;ndole la mano sobre el hombro
+con gran familiaridad. Miranda dej&oacute; escapar un imperceptible sonido
+gutural.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Ya lo creo!&mdash;sigui&oacute; el comerciante.&mdash;Por m&aacute;s que me digan, don Pedro,
+yo no puedo creer que usted tenga gana de matar a don Rudesindo... Un
+vecino... que ha sido su amigo hasta hace poco... con quien se ha criado
+y ha ido a la escuela...</p>
+
+<p>&mdash;No... yo gana... ninguna&mdash;murmur&oacute; don Pedro, siempre con la cabeza
+sobre el tajo.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Velo usted ah&iacute;!&mdash;exclam&oacute; don Feliciano dando una gran palmada.&mdash;&iexcl;Lo
+que yo dec&iacute;a! Pues lo mismo le pasa a don Rudesindo, mi querid&iacute;n. Y
+entonces, vamos a ver, &iquest;qui&eacute;n tiene ganas de matarse aqu&iacute;? &iexcl;A ver, que
+me lo digan!</p>
+
+<p>Y pase&oacute; la mirada en torno, buscando contestaci&oacute;n. Pe&ntilde;a, Maza y Delaunay
+estaban lejos y ocultos por algunos cipreses. Don Rudesindo yac&iacute;a
+arrimado tambi&eacute;n a la tapia, a unos cincuenta pasos de distancia.
+Entonces el comerciante, por una s&uacute;bita y celestial inspiraci&oacute;n, le hizo
+se&ntilde;a de que se acercase.</p>
+
+<p>Don Rudesindo avanz&oacute; hacia ellos lentamente, con paso t&iacute;mido y
+vacilante.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Dice usted, mi querid&iacute;n, que no tiene ninguna gana de matar a don
+Rudesindo?&mdash;pregunt&oacute; el comerciante a Miranda.</p>
+
+<p>&mdash;Ninguna&mdash;murmur&oacute; &eacute;ste.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Tendr&iacute;a usted, por casualidad, deseos de herirle?</p>
+
+<p>&mdash;Tampoco. Yo siempre he estimado a Rudesindo&mdash;balbuci&oacute; el propietario.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Eh? &iquest;C&oacute;mo? &iquest;Qu&eacute; dec&iacute;a usted?&mdash;grit&oacute; don Feliciano con triunfal
+exaltaci&oacute;n.&mdash;Que usted siempre ha estimado mucho a don Rudesindo,
+&iquest;verdad, mi querid&iacute;n? &iquest;Ha dicho usted eso?</p>
+
+<p>&mdash;S&iacute;, se&ntilde;or.</p>
+
+<p>&mdash;Dime, Rudesindo (andando unos cuantos pasos al encuentro del
+fabricante de sidra). &iquest;Tienes deseos de matar aqu&iacute; al se&ntilde;or don Pedro...
+un vecino... que ha sido tu amigo hasta hace poco... con quien te has
+criado y has ido a la escuela de don Mat&iacute;as <i>el Churro</i>?</p>
+
+<p>&mdash;Yo, &iquest;por qu&eacute;?&mdash;dijo el fabricante abriendo ansiosamente los ojos.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Tendr&iacute;as por casualidad deseos de herirle?</p>
+
+<p>&mdash;Ni de hacerle el menor da&ntilde;o. Siempre le he tenido por verdadero amigo.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;C&oacute;mo es eso? &iquest;Eh? Por un verdadero amigo, &iquest;verdad?... Entonces, lo
+que corresponde aqu&iacute;, en mi humilde opini&oacute;n, es que os deis un abrazo.</p>
+
+<p>Apenas hab&iacute;a pronunciado don Feliciano estas palabras, cuando Miranda y
+don Rudesindo, por un movimiento simult&aacute;neo, avanzaron con &iacute;mpetu feroz
+el uno sobre el otro alzaron briosamente los brazos y se abrazaron con
+tal furia, que por poco se descoyuntan todos los huesos de la cavidad
+tor&aacute;cica. Don Feliciano en el mismo punto se despoj&oacute; con violencia del
+sombrero, dejando al descubierto su enorme calva en declive, lo agit&oacute;
+con frenes&iacute; algunos segundos, y grit&oacute;: &laquo;&iexcl;Hurra!&raquo; no se sabe a qui&eacute;n; tal
+vez al dios astuto que le hab&iacute;a suministrado tan famosa idea.</p>
+
+<p>En aquel momento se acercaban los testigos. Al ver la escena se pararon
+sorprendidos. Mostr&aacute;ronse alegres de tal soluci&oacute;n en apariencia, pero
+cada cual se separ&oacute; por su lado, y aquella tarde en el Saloncillo Pe&ntilde;a
+reprendi&oacute; &aacute;speramente a don Feliciano por su conducta. Lleg&oacute; a afirmar
+que le hab&iacute;a puesto en rid&iacute;culo y que si no fuese porque se trataba de
+un amigo antiguo y persona de m&aacute;s edad que &eacute;l, &laquo;le exigir&iacute;a una
+jeparaci&oacute;n&raquo;.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Una reparaci&oacute;n!&mdash;exclam&oacute; el &oacute;ptimo don Feliciano.&mdash;&iexcl;Qu&eacute; m&aacute;s da que la
+exigieras, rapaz!</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Se negar&iacute;a usted a batijse conmigo?&mdash;pregunt&oacute; el ayudante con su voz
+campanuda.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;A qu&eacute; hab&iacute;amos de batirnos?</p>
+
+<p>&mdash;A lo que usted quiera.</p>
+
+<p>&mdash;Yo, a bailar un tango o una-guaracha, mi querid&iacute;n&mdash;respondi&oacute;, y
+diciendo y haciendo comenz&oacute; a saltar por la sala dando las casta&ntilde;etas
+hasta que se le cay&oacute; el sombrero y qued&oacute; al aire la piedra de lavar que
+ten&iacute;a por cabeza. Los socios se tiraban por los divanes, de risa. Pe&ntilde;a
+dej&oacute; escapar algunas frases de desprecio, y se retir&oacute; amoscado y
+desabrido.</p>
+
+<p>Los tertulios del Camarote, hostigados constantemente por las gacetillas
+del <i>Faro</i>, se hab&iacute;an decidido al cabo a fundar otro peri&oacute;dico en el que
+pudieran tomar venganza de las sinrazones que se les hac&iacute;a.</p>
+
+<p>Enormes sacrificios costaba esto. Muy pocos, de entre ellos, eran ricos.
+El &uacute;nico que pudiera llamarse as&iacute; era don Pedro Miranda. Este prefer&iacute;a
+que le sacasen una muela a descorrer los cordones de la bolsa. A fuerza
+de cabildeos, de ruegos, allegando recursos de aqu&iacute; y de all&aacute;, haciendo
+sumas y restas en el Camarote, se concluy&oacute; por obtener la cantidad
+indispensable para montar una imprenta. En la de Folgueras, ni &eacute;ste
+quer&iacute;a tirar el peri&oacute;dico, ni ellos se humillar&iacute;an a demand&aacute;rselo.
+Cuando estuvo la imprenta, modest&iacute;sima por cierto, en disposici&oacute;n de
+funcionar, celebraron el indispensable banquete. En &eacute;l se convino en
+denominar al nuevo &oacute;rgano <i>El Joven Sarriense</i>. A los postres se brind&oacute;
+con entusiasmo por su prosperidad y por la destrucci&oacute;n de sus viles
+enemigos.</p>
+
+<p>La aparici&oacute;n del primer n&uacute;mero, que tra&iacute;a la consabida vi&ntilde;eta
+representando un adolescente peinado con la raya por el medio, y rodeado
+de una porci&oacute;n de latas de conservas a modo de libros, en actitud de
+leer, m&aacute;s bien de merendar, una de ellas, caus&oacute; viva sensaci&oacute;n en la
+villa. Lo merec&iacute;a. Los del Camarote, como hombres que hab&iacute;an tenido que
+devorar durante muchos meses los insultos del <i>Faro</i>, se desahogaban con
+verdadera fruici&oacute;n. &iexcl;Santo Cristo de Rodillero, qu&eacute; c&uacute;mulo de
+insolencias y procacidades! Desde el principio hasta el fin estaba
+consagrado a escarnecer, a herir y ridiculizar a los socios del
+Saloncillo. Parec&iacute;a que les faltaba tiempo para llamar al uno feo, al
+otro hambr&oacute;n, al de m&aacute;s all&aacute; envidioso, a &eacute;ste bruto, a aqu&eacute;l farfant&oacute;n.
+Por supuesto, bajo nombres supuestos, aunque tan transparentes, que
+nadie en la poblaci&oacute;n dejaba de conocerlos. Llam&aacute;base Belinch&oacute;n <i>Don
+Quijote</i> y don Rudesindo <i>Sancho</i>, Sinforoso <i>Marqu&eacute;s del Tirapi&eacute;</i>, Pe&ntilde;a
+<i>El Capit&aacute;n C&oacute;lera</i>, etc., etc. Y escudados con esto los tra&iacute;an y los
+llevaban, los barajaban que era una bendici&oacute;n. No les dejaban hueso
+sano. Por la noche hubo palos (&iquest;c&oacute;mo no?) en la R&uacute;a Nueva. Folgueras, a
+quien tambi&eacute;n insultaban en <i>El Joven Sarriense</i>, se hab&iacute;a encontrado
+con Gabino Maza, y le descarg&oacute; un bastonazo sobre la cabeza. Maza lo
+devolvi&oacute; con creces. Repiti&oacute; Folgueras. Vino en ayuda de &eacute;ste un cajista
+que por all&iacute; cruzaba, y de aqu&eacute;l su cu&ntilde;ado. En un instante se arm&oacute; una
+de garrotazos que tocaba Dios a juicio.</p>
+
+<p><i>El Joven Sarriense</i> se publicaba los domingos. Periquito Miranda, que a
+causa de la desavenencia de su padre con los del Saloncillo, padec&iacute;a una
+peligrosa retenci&oacute;n de lirismo, se alivi&oacute; notablemente insertando en &eacute;l
+un sinn&uacute;mero de sonetos, s&aacute;neos, acr&oacute;sticos y otras diversas
+combinaciones m&eacute;tricas, destinadas a pregonar su adoraci&oacute;n plat&oacute;nica a
+la se&ntilde;ora del gerente de la f&aacute;brica de aceros, una francesota grande y
+pesada como un elefante, que le hubiera metido f&aacute;cilmente en el
+bolsillo. Ya sabemos que Periquito amaba las obras s&oacute;lidas de la
+Naturaleza. Para expresar los deseos que atormentaban su esp&iacute;ritu,
+val&iacute;ase ingeniosamente de la forma de sue&ntilde;os. El joven plat&oacute;nico so&ntilde;aba
+en verso que se hallaba en fresca gruta deleitosa donde de pronto
+aparec&iacute;a una ninfa de torneados brazos y turgente seno (la se&ntilde;ora del
+gerente) que le instaba a dormir sobre un lecho de rosas y verdes
+p&aacute;mpanos. Otras veces, se ve&iacute;a sobre la c&uacute;spide de una alt&iacute;sima monta&ntilde;a.
+En las nubes amontonadas, en los confines del horizonte, comenzaban a
+dibujarse los contornos de una mujer (la se&ntilde;ora del gerente). Las nubes
+se acercaban. La mujer era blanca como el campo de la nieve, m&oacute;rbida y
+espl&eacute;ndida como la flor de la magnolia. La hermosa aparici&oacute;n llegaba
+hasta &eacute;l por fin, y le arrebataba entre sus brazos por los espacios
+azules. Otras, navegaba en fr&aacute;gil barquilla por la superficie del
+Oc&eacute;ano. La barca se hund&iacute;a y &eacute;l iba a parar al fondo del mar donde una
+blonda y hermos&iacute;sima n&aacute;yade (siempre la se&ntilde;ora del gerente) le llevaba
+de la mano a un prodigioso palacio de cristal, le sentaba a su lado en
+un trono de marfil, y le invitaba a contraer con ella justas nupcias,
+efectuadas las cuales, se retiraban al son de dulce m&uacute;sica a un gabinete
+reservado, maravillosamente decorado, donde la n&aacute;yade enamorada le hac&iacute;a
+poseedor de sus gracias. Estos ensue&ntilde;os de dicha, versificados con
+facilidad y adornados de cierto naturalismo po&eacute;tico, causaban alguna
+inquietud a los padres de familia. Periquito com&iacute;a cada d&iacute;a m&aacute;s, y
+estaba cada vez m&aacute;s flaco. <i>El Faro</i>, en el n&uacute;mero del jueves, despu&eacute;s
+de insultar con rabia a los jefes del Camarote, &laquo;se met&iacute;a&raquo; tambi&eacute;n con
+&eacute;l llam&aacute;ndole maliciosa y torpemente <i>Pericles</i>.</p>
+
+<p>Colocados as&iacute;, uno enfrente del otro, en feroz y perpetua rivalidad, <i>El
+Faro</i> y <i>El Joven Sarriense</i> emplearon &uacute;tilmente sus columnas en
+injuriarse con m&aacute;s o menos descaro, seg&uacute;n arreciaba o aflojaba la lucha.
+Raro era el n&uacute;mero de cada uno de ellos que no daba lugar a algunos
+bastonazos o bofetadas, cuando no a un desaf&iacute;o formal. Sin embargo, en
+&eacute;stos eran m&aacute;s parcos todos. Padrinos s&iacute; se nombraban por un qu&iacute;tame
+all&aacute; esas pajas; pero darse de sablazos o de tiros, ya era otra cosa. La
+contienda hab&iacute;a enardecido los &aacute;nimos en la villa. Muchas de las
+personas que hab&iacute;an permanecido indiferentes a las desavenencias de los
+del Saloncillo y los del Camarote, hab&iacute;an conclu&iacute;do por tomar puesto en
+uno u otro bando, unas veces porque ten&iacute;an metidos en la refriega a sus
+parientes, otras por alg&uacute;n antiguo resentimiento, otras, en fin, sin m&aacute;s
+motivo que el calor y el entusiasmo que el combate despierta en los
+temperamentos belicosos. Al poco tiempo la poblaci&oacute;n estaba
+verdaderamente partida en dos. El bando del cual era dign&iacute;simo jefe don
+Rosendo Belinch&oacute;n, era el m&aacute;s numeroso y contaba con casi todos los
+comerciantes ricos de Sarri&oacute;. El de los del Camarote, m&aacute;s exiguo,
+contaba con los terratenientes y las personas timoratas y religiosas a
+quienes <i>El Faro</i> hab&iacute;a escandalizado. La lucha se fu&eacute; acentuando de tal
+modo, que al poco tiempo los que pertenec&iacute;an a un partido ya no
+saludaban a los del contrario, aunque hubieran, sido hasta entonces
+buenos amigos.</p>
+
+<p><i>El Faro</i> y <i>El Joven Sarriense</i> comenzaron a criticarse respectivamente
+el estilo y la gram&aacute;tica. Busc&aacute;ronse con encarnizamiento por una y otra
+parte las faltas de sintaxis, fij&aacute;ndose lo mismo en los vocablos que en
+el r&eacute;gimen.&mdash;&laquo;Esa palabra no es castellana&raquo;&mdash;dec&iacute;a <i>El Joven</i>.&mdash;&laquo;La
+palabra <i>desilusionar</i>, que los peleles del <i>Joven Sarriense</i> afirman
+que no es castellana&mdash;contestaba <i>El Faro</i>,&mdash;la hemos visto empleada por
+los m&aacute;s eminente escritores de Madrid: P&eacute;rez, Gonz&aacute;lez, Mart&iacute;nez y
+otros. Esta vez, como siempre, al &oacute;rgano del Camarote le ha salido el
+tiro por la culata.&raquo; Replicaba <i>El Joven</i>, contrarreplicaba <i>El Faro</i>,
+cit&aacute;banse p&aacute;rrafos de la gram&aacute;tica, del diccionario, de los escritores
+distinguidos, y al cabo nadie sab&iacute;a a qu&eacute; atenerse. Y las cosas quedaban
+como antes, aunque se hablaba a veces de remitir las cuestiones a la
+resoluci&oacute;n de la Academia de la Lengua. Se citaba mucho por los dos
+lados el <i>Don Juan Tenorio</i> de Zorrilla y los art&iacute;culos del <i>Curioso
+parlante</i>. Esta competencia gramatical tra&iacute;a consigo al menos una
+ventaja; la de hacer que algunas personas que no la hab&iacute;an saludado se
+dedicasen con ahinco a aprenderla. Lo mismo en el Saloncillo que en el
+Camarote hab&iacute;a dos o tres ejemplares de la &uacute;ltima gram&aacute;tica <i>lata</i> de la
+Academia, que no reposaban nunca.</p>
+
+<p>Contra quien se dispararon los tiros <i>ling&uuml;&iacute;sticos</i> m&aacute;s envenenados, fu&eacute;
+contra el inspirado don Rosendo, como quiera que era la cabeza y el
+nervio de su partido y conven&iacute;a, m&aacute;s que a nadie, aniquilar. Belinch&oacute;n
+no hab&iacute;a estudiado la gram&aacute;tica, sino por un diminuto ep&iacute;tome all&aacute; en
+la infancia. Pero, como todos los ingenios superiores, si no la sab&iacute;a,
+la adivinaba. Los contrarios le sacaban a relucir a cada instante mil
+disparates de sus art&iacute;culos. Mas es tal la confianza que nos inspira su
+genio poderoso, que nunca hemos dado cr&eacute;dito a estas afirmaciones,
+consider&aacute;ndolas como puras calumnias. Si no hubiera gram&aacute;tica,
+Belinch&oacute;n, con s&oacute;lo sus luces naturales, ser&iacute;a capaz de inventarla.
+Nadie manej&oacute; jam&aacute;s como &eacute;l ese lenguaje period&iacute;stico, ligero s&iacute;, pero
+brillante, lleno de frases consagradas por el uso de cien mil
+escritores, donde hasta los lugares m&aacute;s comunes, expresados con adecuado
+&eacute;nfasis, resplandecen como profundas y misteriosas sentencias. Merced a
+su estilo prodigioso, don Rosendo escrib&iacute;a con la misma facilidad un
+art&iacute;culo sobre la libertad de cultos, que redactaba un informe acerca de
+la industria pecuaria. Sus enemigos dec&iacute;an que comet&iacute;a muchos
+galicismos. &iquest;Y qu&eacute;? En el mero hecho de prohijarlos un escritor de tal
+val&iacute;a, dejaban de serlo, y se convert&iacute;an en puras y castizas locuciones
+castellanas.</p>
+
+<p>Este prurito de ajustarle los galicismos al <i>Faro</i>, fu&eacute; una de las
+man&iacute;as que tuvo <i>El Joven Sarriense</i> o sea el colega local, como le
+llamaba siempre aqu&eacute;l, a fin de evitar el nombrarlo, por no da&ntilde;ar al
+profundo desprecio que ansiaba mostrarle. Aprovechando cierto
+diccionario curioso que uno de los socios del Camarote pose&iacute;a,
+trituraban sin piedad lo mismo los art&iacute;culos que las &laquo;novelas a la mano&raquo;
+del <i>Faro</i>. Si don Rosendo dec&iacute;a en &eacute;l, verbigracia, que dejaba de tocar
+ciertos asuntos &laquo;por no faltar a las conveniencias&raquo;, al instante se le
+echaba encima <i>El Joven</i>, interpel&aacute;ndole en forma sarc&aacute;stica. &iquest;D&oacute;nde
+hab&iacute;a aprendido el ingenioso hidalgo (as&iacute; llamaban casi siempre a
+Belinch&oacute;n) esta acepci&oacute;n de la palabra conveniencia? No ser&iacute;a
+ciertamente en su famosa historia, contada por Cervantes. Si empleaba la
+palabra &laquo;gubernamental&raquo;, o &laquo;banal&raquo;, o la frase &laquo;tener lugar&raquo;, &iexcl;qu&eacute;
+carcajadas las del <i>Joven Sarriense</i>! &iexcl;qu&eacute; chacota! &iexcl;qu&eacute; desprecio! Esto
+dur&oacute; hasta que los del Saloncillo adquirieron otro diccionario de
+galicismos. Entonces ambos peri&oacute;dicos comenzaron a hilar tan delgado en
+esta materia, que al fin concluyeron por olvidar el purismo y volver a
+su estilo libre, feliz e independiente.</p>
+
+<p>Adem&aacute;s, la disputa se hab&iacute;a ido exacerbando de tal suerte, que las
+ligaduras cl&aacute;sicas les embarazaban para insultarse. Jugaban ya en todas
+las gacetillas las frases de &laquo;reptil venenoso&raquo;, &laquo;entes despreciables&raquo;,
+&laquo;cerebros obtusos&raquo;, &laquo;revolc&aacute;ndose en el fango&raquo;, &laquo;seres innobles y
+degradados&raquo; y otras no menos afectuosas para los del bando contrario.
+Cansados de injuriarse unos a otros, comenzaron pronto a atacarse en sus
+familias. No perdonaron ni a sus modestas esposas ni a sus ancianos
+padres. <i>El Joven Sarriense</i> fu&eacute; el primero que di&oacute; la se&ntilde;al, publicando
+un cuento &aacute;rabe titulado <i>La esclava Daraja</i> en que bajo este nombre, se
+relataba <i>ce</i> por <i>be</i> la historia de do&ntilde;a Paula y su matrimonio con
+Mahomad Zegr&iacute; (don Rosendo) salpicado de chufletas de poco gusto y de
+insinuaciones p&eacute;rfidas. Belinch&oacute;n estuvo tentado de mandar los padrinos
+a la redacci&oacute;n. Pero considerando que esto ser&iacute;a dar su brazo a torcer y
+aceptar lo que el art&iacute;culo conten&iacute;a de envenenado, prefiri&oacute; no mostrarse
+aludido y vengarse tambi&eacute;n en la prensa. Sinforoso, por encargo suyo,
+escribi&oacute; un cuento indio, donde se narraba la vida y milagros del padre
+de Maza, que hab&iacute;a sido capit&aacute;n negrero y en el tr&aacute;fico de carne humana
+hiciera su fortuna. Desde entonces, los cuentos orientales como medio
+para decirse toda suerte de picard&iacute;as, fueron usados por ambos partidos.</p>
+
+<p>El campo m&aacute;s adecuado para la lucha que los del Saloncillo y los del
+Camarote hab&iacute;an emprendido y el de resultados m&aacute;s positivos lo mismo
+para el vencedor que para el vencido, era la pol&iacute;tica. A &eacute;l volvieron,
+pues, desde los primeros momentos los ojos unos y otros contendientes.
+No perdonaron medio alguno para derribarse y triunfar. Hasta la divisi&oacute;n
+del vecindario ya sabemos que la pol&iacute;tica jugaba poco papel en Sarri&oacute;.
+Desde esta fecha, fu&eacute; la comida ordinaria, el elemento indispensable que
+se mezclaba en todas las conversaciones masculinas. Ni unos ni otros
+hab&iacute;an pensado en despojar de su representaci&oacute;n en el Congreso a Rojas
+Salcedo. Era amigo de todos y hab&iacute;a representado al distrito por espacio
+de diez y ocho a&ntilde;os. Sin embargo, cuando llegaron las elecciones
+municipales, escribi&eacute;ronle cartas los dos bandos, pidi&eacute;ndole protecci&oacute;n.
+Se sab&iacute;a que los del Saloncillo quer&iacute;an a todo trance separar a don
+Roque de la alcald&iacute;a, porque ya m&aacute;s de una vez, en uso de sus funciones,
+se hab&iacute;a puesto de parte de los disidentes en perjuicio de sus antiguos
+amigos. <i>El Faro</i> le hab&iacute;a zarandeado de lo lindo con este motivo.
+Creci&oacute; la enemistad. Veng&oacute;se don Roque, abusando de su autoridad, para
+mandar a la c&aacute;rcel a Folgueras. Repiti&eacute;ronse los ataques del <i>Faro</i> con
+m&aacute;s furia. Don Roque, juzg&aacute;ndose por ellos un tirano de la Edad Media,
+comenz&oacute; a temer por su vida y se hizo acompa&ntilde;ar de noche y de d&iacute;a por el
+veterano Marcones. Se dijo que en una reuni&oacute;n misteriosa de los del
+Saloncillo, se hab&iacute;a decretado su muerte. Al alcalde no le llegaba la
+camisa al cuerpo. Cuando en un paraje retirado alcanzaba a ver a alguno
+del <i>Faro</i>, ordenaba prontamente la vuelta.</p>
+
+<p>Rojas Salcedo contest&oacute; a los del Camarote que si don Roque sal&iacute;a elegido
+concejal, ser&iacute;a nombrado otra vez alcalde. Pero al mismo tiempo escrib&iacute;a
+con misterio a los del Saloncillo, encarg&aacute;ndoles que trabajasen todo lo
+posible para que no saliese. De este modo se libraba de un compromiso.
+En efecto, los partidarios de Belinch&oacute;n, por su n&uacute;mero, por su riqueza y
+por la buena ma&ntilde;a que se dieron, lograron triunfar en toda la l&iacute;nea. La
+lucha, &uacute;ltimamente, se hab&iacute;a concentrado en el punto por donde se
+presentaba don Roque. Los del Camarote sab&iacute;an que si &eacute;ste era elegido,
+la batalla estaba ganada. Ser&iacute;a alcalde y las facultades de &eacute;ste
+contrarrestaban muy bien las del ayuntamiento. Los del Saloncillo lo
+present&iacute;an tambi&eacute;n. Ambos partidos luchaban con empe&ntilde;o feroz. Por fin,
+el anciano alcalde perdi&oacute; la elecci&oacute;n por un corto n&uacute;mero de votos.
+Confuso y abatido, con los ojos terriblemente inyectados y la faz
+amoratada, que daba miedo, se retir&oacute; al fin a su casa, despu&eacute;s de pasar
+todo el d&iacute;a en la del municipio. Ni un rey a quien despojasen de la
+corona, sentir&iacute;a golpe tan tremendo. Lleg&oacute; a su domicilio sin escolta,
+como el m&aacute;s &iacute;nfimo particular. Bien hab&iacute;a visto a Marcones paseando por
+los corredores, y estaba seguro de que aqu&eacute;l le vi&oacute; tambi&eacute;n a &eacute;l. No se
+atrevi&oacute; a pedirle que le acompa&ntilde;ase. El viejo alguacil estaba hablando
+con agasajo a don Rufo, a un enemigo suyo, y fingi&oacute; no advertir que su
+jefe pasaba. No era que se volviese al sol que m&aacute;s calentaba. Era
+simplemente que Marcones, imbu&iacute;do en las doctrinas de los modernos
+estadistas, comprend&iacute;a que la fuerza p&uacute;blica debe estar siempre al
+servicio del poder constitu&iacute;do.</p>
+
+<p>Y, sin embargo, nunca don Roque tuvo m&aacute;s necesidad de ser acompa&ntilde;ado que
+entonces. Adem&aacute;s de un fr&iacute;o moral que le helaba el coraz&oacute;n, sent&iacute;ase
+f&iacute;sicamente indispuesto. Aquellas horas mortales de agon&iacute;a recibiendo
+noticias contradictorias a cada instante, sin tomar alimento, con s&oacute;lo
+algunas copas de ginebra en el cuerpo desde la ma&ntilde;ana, le hab&iacute;an
+alterado hasta un punto indecible. Las piernas le flaqueaban y la vista
+se le obscurec&iacute;a. Para llegar a su casa tuvo necesidad varias veces de
+apoyarse en las paredes. Cuando entr&oacute;, la vieja criada que sali&oacute; a
+abrirle, retrocedi&oacute; asustada. La cara de su amo parec&iacute;a como si unas
+manos invisibles le estuviesen apretando sin piedad la garganta. A pesar
+de hallarse bien avezada a descifrar los ca&oacute;ticos, inextricables
+sonidos, que sal&iacute;an de su boca en todas ocasiones, por esta vez no
+comprendi&oacute; la orden que le daba. Vi&oacute; que se retiraba derechamente a su
+cuarto. Procediendo por inducci&oacute;n, le llev&oacute; luz y un vaso de agua. Pero
+don Roque se enfureci&oacute;, tir&oacute; el vaso al suelo, grit&oacute; como un energ&uacute;meno.
+Imposible, no obstante, averiguar qu&eacute; quer&iacute;an decir aquellos rumores
+huecos, temerosos, infernales, que nac&iacute;an en su garganta, y antes de
+salir se reflejaban con terrible resonancia cuatro o cinco veces en las
+paredes de su enorme cavidad bocal. Temblorosa, azorada, fu&eacute; a buscar
+una botella de vino. Aunque un poco menos indignado, tampoco quiso
+recibirla; repiti&oacute; con mayor &eacute;nfasis, pero no m&aacute;s claridad, la orden que
+hab&iacute;a dado. Al cabo, a fuerza de aguzar el o&iacute;do, la sirvienta vino a
+entender que su amo ped&iacute;a un ponche de ron. Don Roque, observando que le
+hab&iacute;an comprendido, se seren&oacute;, despoj&oacute;se del enorme gab&aacute;n en que yac&iacute;a
+prisionero, de la levita, del chaleco. Al tratar de sacarse las botas,
+su noble faz municipal tom&oacute; el color del vino de Valdepe&ntilde;as despu&eacute;s de
+encabezado, y no pudo llevar la empresa a feliz t&eacute;rmino. Cuando vino la
+criada con el ponche, concluy&oacute; de sac&aacute;rselas. Despu&eacute;s, manifest&oacute; que se
+iba a meter en la cama, que cerrasen bien las puertas y no no se le
+turbase bajo ning&uacute;n pretexto. La criada no entendi&oacute; una palabra de su
+discurso, pero adivin&oacute; bien esta vez la sustancia, y se retir&oacute;.</p>
+
+<p>Don Roque se dej&oacute; caer, en efecto, sobre el lecho. Se cubri&oacute; con la ropa
+hasta la cintura, y reclinando la espalda contra las almohadas, tom&oacute; el
+vaso de ponche y lo acerc&oacute; a los labios. Al instante ech&oacute; de ver que
+exist&iacute;a deficiencia en una de las bases. Hizo un gesto avinagrado, dej&oacute;
+escapar un sonido gutural inadmisible, y levant&aacute;ndose en calzoncillos,
+sac&oacute; de su armario la botella del ron, que coloc&oacute; sobre la mesa de
+noche. Torn&oacute; a acostarse. Despu&eacute;s, grave y solemnemente, con el vaso en
+una mano y la botella en la otra, fu&eacute; reparando el yerro de la criada.
+Beb&iacute;a un sorbo de ponche, y en seguida se apresuraba, a llenar el vac&iacute;o
+con el l&iacute;quido de la botella. As&iacute; modificada la composici&oacute;n, resultaba
+mucho m&aacute;s adecuada al estado de agitaci&oacute;n en que su esp&iacute;ritu se hallaba.
+Porque, bajo aquel aparente sosiego, el cerebro de don Roque desplegaba
+una actividad prodigiosa. Todas las horas de aquel d&iacute;a se le presentaban
+una a una tristes y sombr&iacute;as; las decepciones que hab&iacute;a sufrido, las
+esperanzas fallidas, las disputas acaloradas, hasta el abandono de
+Marcones. Y luego, lo porvenir. Esto era lo m&aacute;s negro. Dejar el bast&oacute;n
+de alcalde que tantos a&ntilde;os hab&iacute;a empu&ntilde;ado con gloria, convertirse en un
+simple particular, en un qu&iacute;dam. No tener derecho a entrar en el
+ayuntamiento. Pasar cerca de un guardia municipal, y no poder decirle:</p>
+
+<p>&mdash;&laquo;Juan, ve a la fuente de la Rabila y no consientas que las criadas
+frieguen all&iacute; las herradas.&raquo; Ver un picapedrero trabajando en la calle y
+no tener facultades para ordenarle que calque m&aacute;s o menos las piedras,
+que suba o baje la rasante.</p>
+
+<p>Sent&iacute;a fr&iacute;o intenso a los pies. Se levant&oacute; dos o tres veces para echar
+ropa encima, sin lograr calentarlos. La botella pas&oacute; al fin toda al
+vaso, y del vaso al est&oacute;mago. Esto produjo all&aacute; dentro un suave calor,
+que se fu&eacute; esparciendo gratamente por todos los miembros. Don Roque
+sinti&oacute; que la lengua se le desligaba, y comenz&oacute; a hablar solo con
+extremada claridad en su opini&oacute;n. En realidad, si alg&uacute;n dios o mortal
+pudiese escuchar aquellos b&aacute;rbaros sonidos, retroceder&iacute;a horrorizado.
+Sobre todos flotaba sin cesar uno por dem&aacute;s extra&ntilde;o algo as&iacute; como <i>all,
+call, mall</i>. Un fil&oacute;logo perspicaz, despu&eacute;s de estudiar bien aquel
+sonido, teniendo en cuenta la persistencia de la vocal <i>a</i> y de la
+consonante <i>ll</i>, acaso deducir&iacute;a que la palabra expresada por el alcalde
+era canalla. Sin embargo, esto no ser&iacute;a otra cosa que una inducci&oacute;n m&aacute;s
+o menos leg&iacute;tima.</p>
+
+<p>Al cabo call&oacute;. Sinti&oacute; un fuerte calor en la garganta, que le invadi&oacute;
+instant&aacute;neamente el rostro y la cabeza. La lengua no quiso trabajar.
+Experimentaba una impresi&oacute;n de engrandecimiento f&iacute;sico de todo su ser.
+Sobre todo, la cabeza crec&iacute;a, cre&iacute;a de un modo tan desmesurado, que
+apenas pod&iacute;a con ella. Al mismo tiempo los objetos que le rodeaban, el
+armario, la cama, el lavabo, los bastones arrimados a la esquina, le
+aparec&iacute;an de un tama&ntilde;o diminuto. Crey&oacute; sentir dentro del cerebro el
+ruido de una maquinaria de reloj en movimiento, un volante que giraba
+con velocidad y un martillo que ca&iacute;a a comp&aacute;s con ruido met&aacute;lico. El
+martillo ces&oacute;, y sigui&oacute; el volante girando. All&aacute; fuera, en la calle,
+percibi&oacute; fuerte rumor de gente; luego extra&ntilde;os sonidos que le dejaron
+yerto. El pobre don Roque no sab&iacute;a que le estaban dando a aquella hora
+sus enemigos una regular cencerrada. Estuvo por llamar a la criada, pero
+temi&oacute; que tales sonidos fuesen como otras veces imaginarios. Y, en
+efecto, se confirm&oacute; en la idea al escuchar una descarga de campanas que
+le ensordecieron. Era un repique horr&iacute;sono, donde tomaban parte desde la
+mayor de Toledo, hasta la campanilla de su escriban&iacute;a. &iexcl;Qu&eacute; v&eacute;rtigo!
+&iexcl;Qu&eacute; fatiga! Afortunadamente ces&oacute; de golpe el campaneo. Pero fu&eacute; al
+instante substitu&iacute;do por un silbido prolongado y tan agudo, que le
+desgarraba el t&iacute;mpano de los o&iacute;dos. Instintivamente se llev&oacute; las manos a
+ellos. Al terminar el silbido, se le figur&oacute; que la cama se levantaba por
+la parte de los pies. La cabeza se le iba hundiendo. Ve&iacute;a sus pies all&aacute;
+arriba. Esto le produjo fuerte congoja. Di&oacute; un gran suspiro, y los pies
+volvieron a su nivel. Mas en seguida tornaban poco a poco a levantarse y
+la cabeza a hundirse. Era necesario dar grandes suspiros para
+restablecerlos en su sitio.</p>
+
+<p>Ni con aquel fant&aacute;stico manejo se calentaban los malditos. Eran dos
+pedazos de hielo. En cambio, lo restante de don Roque ard&iacute;a, se
+abrasaba. Sobre todo la cabeza alcanzaba una temperatura pasmosa, que
+iba cada vez en aumento. Cuando se llev&oacute; la mano a la frente crey&oacute;
+advertir que brotaba una llama azulada. Y oy&oacute; una voz, la voz de su
+mujer muerta hac&iacute;a veinte a&ntilde;os, que le llamaba a gritos: &laquo;&iexcl;Roque!
+&iexcl;Roque! &iexcl;Roqueee!&raquo; Los dientes del alcalde chocaron de terror. Dej&oacute; de
+ver el armario, las paredes de la alcoba, los objetos que ten&iacute;a en
+torno, y en su lugar percibi&oacute; un mill&oacute;n de luces de todos colores que al
+principio estaban inm&oacute;viles, despu&eacute;s comenzaron a bailar con extremada
+violencia. A fuerza de cruzarse las unas con las otras, llegaron pronto
+a formar c&iacute;rculos conc&eacute;ntricos, uno azul, otro rojo, otro violeta, etc.,
+que giraban sobre s&iacute; constituyendo un espectro mucho m&aacute;s rico que el de
+la luz solar. Al fin aquellos c&iacute;rculos, tambi&eacute;n desaparecieron, quedando
+un solo punto luminoso apenas perceptible. Mas aquel punto fu&eacute;
+creciendo lentamente. Primero era una estrella, despu&eacute;s una luna,
+despu&eacute;s un sol enorme que se iba extendiendo y adquir&iacute;a al mismo tiempo
+un vivo color rojo. Aquel sol crec&iacute;a, crec&iacute;a constantemente. Su disco
+inmenso de color de sangre tapaba la mitad de la b&oacute;veda; despu&eacute;s, cubri&oacute;
+las dos terceras partes; por &uacute;ltimo la llen&oacute; toda. Don Roque qued&oacute; un
+instante deslumbrado. De repente no vi&oacute; nada.</p>
+
+<p>Jam&aacute;s volvi&oacute; a ver nada el buen alcalde. Por la ma&ntilde;ana le hallaron
+muerto, sentado en la cama, con la cabeza doblada hacia atr&aacute;s. Un caso
+de apoplej&iacute;a fulminante.</p>
+
+
+
+<h3 class="top15"><a name="XV" id="XV"></a>XV</h3>
+
+<p class="c smcap">de la entrada famosa que hizo en sarri&oacute; el duque de tornos, conde de
+buenavista</p>
+
+
+<p>El se&ntilde;or Anselmo, jefe de la banda de m&uacute;sica de Sarri&oacute;, vino a
+participar al presidente de la Academia que el alcalde le hab&iacute;a
+amenazado con suprimir la subvenci&oacute;n de la orquesta, si aquella tarde
+iban a la romer&iacute;a de San Antonio.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;C&oacute;mo es eso?&mdash;pregunt&oacute; don Mateo incorpor&aacute;ndose en el lecho en que
+aun yac&iacute;a, y echando mano a las gafas que ten&iacute;a sobre la mesa de
+noche..&mdash;&iquest;Suprimir? &iquest;Por qu&eacute; la han de suprimir?</p>
+
+<p>&mdash;No lo s&eacute;. As&iacute; me lo ha enviado a decir por Pr&oacute;spero.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Pero a &eacute;l qu&eacute; le importa que la m&uacute;sica vaya a San Antonio?&mdash;profiri&oacute;
+con acento irritado.</p>
+
+<p>&mdash;Creo que es porque hoy llega un se&ntilde;or a casa de don Rosendo... y como
+la carretera atraviesa la romer&iacute;a...</p>
+
+<p>&mdash;Ah, s&iacute;, el duque de Tornos... &iquest;Pero qu&eacute; tiene que ver?... &iexcl;Vamos,
+est&aacute;n locos!... Mira, d&eacute;jame un momento; voy a vestirme, y ver&eacute; a Maza.
+Creo que lo arreglaremos. D&eacute;jame.</p>
+
+<p>Despej&oacute; el se&ntilde;or Anselmo la estancia, y, con m&aacute;s premura de lo que
+pudiera esperarse de sus a&ntilde;os y achaques, aderez&oacute;se don Mateo para
+salir. Su esposa y su hija estaban, como de costumbre, en la iglesia.
+Pidi&oacute; el desayuno.</p>
+
+<p>&mdash;No puedo d&aacute;rselo, se&ntilde;or. La se&ntilde;ora, se ha llevado las llaves, y no hay
+chocolate fuera.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Siempre lo mismo!&mdash;murmur&oacute; el anciano, no tan enojado como
+debiera.&mdash;Yo no s&eacute; por qu&eacute; esa mujer no deja fuera al marcharse lo que
+hace falta... Es verdad que, por regla general, me levanto tarde; pero
+puede haber un negocio urgente como ahora...</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Quiere que vaya a pedir una onza de chocolate a la vecina?</p>
+
+<p>&mdash;No, no hace falta. Estoy seguro de que Matilde se enfadar&iacute;a. &iquest;No hay
+por ah&iacute; nada que comer?</p>
+
+<p>La criada tard&oacute; unos segundos en contestar.</p>
+
+<p>&mdash;No, se&ntilde;or, me parece que no hay nada. Ya sabe que la se&ntilde;ora...</p>
+
+<p>&mdash;S&iacute;, s&iacute;, ya s&eacute;.</p>
+
+<p>Don Mateo fu&eacute; al comedor y comenz&oacute; a escudri&ntilde;ar los tiradores. Nada; no
+hab&iacute;a m&aacute;s que los utensilios de la mesa, cuchillos, tenedores, el
+sacacorchos. Al trav&eacute;s de los cristales del armario vi&oacute; algunas
+pastillas de chocolate y una bandeja de bizcochos.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Caramba, si diera alguna llave!</p>
+
+<p>Y sacando las suyas comenz&oacute; a introducirlas en la cerradura. Las pruebas
+no tuvieron buen &eacute;xito.</p>
+
+<p>Desesperanzado, al fin, se arregl&oacute; las gafas con impaciencia, se puso el
+sombrero, cogi&oacute; su cayado y dijo emprendiendo la marcha:</p>
+
+<p>&mdash;Vaya, vaya; nos aguantaremos por hoy.</p>
+
+<p>Pero antes de llegar a la puerta se volvi&oacute;, y algo acortado pregunt&oacute; a
+la dom&eacute;stica:</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Hay pan por ah&iacute;?</p>
+
+<p>&mdash;No ha venido a&uacute;n la panadera. Si quiere de lo m&iacute;o...&mdash;respondi&oacute; la
+muchacha sonriendo.</p>
+
+<p>&mdash;Bueno; a ver ese pan tuyo.</p>
+
+<p>Se fu&eacute; a la cocina. La criada levant&oacute; la tapa de la masera, y don Mateo
+sac&oacute; un medio pan de centeno, bastante negro.</p>
+
+<p>&mdash;Este pan moreno en otro tiempo no me disgustaba&mdash;dijo cortando un
+pedazo.&mdash;&iexcl;Viva la gente morena!&mdash;a&ntilde;adi&oacute; paseando por la boca un bocado
+de miga, pues con la corteza hac&iacute;a a&ntilde;os que no se atrev&iacute;a.</p>
+
+<p>La criada se re&iacute;a sorprendida de aquel buen humor.</p>
+
+<p>&mdash;Es m&aacute;s sabroso que el nuestro. Si no fuera que ya est&aacute; un poco duro...</p>
+
+<p>Se sacudi&oacute; las migajas con la mano, volvi&oacute; a arreglarse las gafas y
+despu&eacute;s de beber un trago de agua porque tambi&eacute;n el vino estaba cerrado,
+se parti&oacute; en direcci&oacute;n al ayuntamiento. El reloj del edificio se&ntilde;alaba
+las diez. Atraves&oacute; el soportal de arcos, subi&oacute; la vasta escalera de
+piedra y al llegar a los corredores donde hab&iacute;a m&aacute;s de un dedo de polvo
+sobre el entarimado, pregunt&oacute; a Marcones, que le sali&oacute; al encuentro, por
+don Gabino.</p>
+
+<p>&mdash;El se&ntilde;or alcalde est&aacute; en sesi&oacute;n.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;En sesi&oacute;n? &iexcl;Diablo, a qu&eacute; hora tan rara!</p>
+
+<p>En efecto, por lo rara se hab&iacute;a se&ntilde;alado.</p>
+
+<p>Dos a&ntilde;os hab&iacute;an transcurrido desde el fallecimiento de don Roque. Los
+del Saloncillo, que hab&iacute;an entrado en el ayuntamiento como triunfadores
+y tuvieron por alcalde a don Rufo, m&aacute;s de a&ntilde;o y medio, a la hora
+presente padec&iacute;an las amarguras de la derrota. Aun ten&iacute;an mayor&iacute;a en la
+corporaci&oacute;n municipal, aunque escasa. Pero los del Camarote se hab&iacute;an
+arreglado en Madrid de tal manera, que lograron hacer nombrar alcalde a
+Gabino Maza. Dec&iacute;ase que esto se deb&iacute;a al pasteleo repugnante de Rojas
+Salcedo. Advirtiendo &eacute;ste en las &uacute;ltimas elecciones municipales bastante
+progreso en las fuerzas de los del Camarote, se hab&iacute;a inclinado de su
+lado. No hay para qu&eacute; decir la tempestad de odios y amenazas que contra
+&eacute;l se levant&oacute; por tal motivo entre los partidarios de don Rosendo.</p>
+
+<p>Se hab&iacute;a entablado una lucha feroz. Cada sesi&oacute;n del ayuntamiento era un
+esc&aacute;ndalo. Los de Maza hab&iacute;an hecho procesar a la corporaci&oacute;n saliente,
+por dilapidaci&oacute;n de fondos: ten&iacute;an al juez de primera instancia por
+suyo. Los de Belinch&oacute;n contaban con que en la Audiencia les har&iacute;an
+justicia. Mas por aquello que dicen que dijo Dios: <i>ay&uacute;date y
+ayudar&eacute;te</i>, se pon&iacute;an en juego poderosas influencias para conseguirlo.
+Cartas iban y ven&iacute;an de Madrid. Los del Camarote no se descuidaban
+tampoco para estorbarlo. Maza deslomaba a sus contrarios con la vara de
+la justicia. Como la mayor&iacute;a de don Rosendo era s&oacute;lo de dos votos, urd&iacute;a
+tramas admirables para arranc&aacute;rselos. Unas veces convocaba a sesi&oacute;n
+extraordinaria a horas en que a alguno de ellos le fuera imposible
+asistir; otras, mandaba recados fingidos a ciertos concejales,
+anunci&aacute;ndoles que se hab&iacute;a suspendido; otras; en el momento de ponerse a
+votaci&oacute;n cualquier asunto, lo hac&iacute;a con palabras ambiguas de acuerdo con
+sus amigos, para que los de don Rosendo se confundiesen y votasen contra
+s&iacute; mismos, como sucedi&oacute; en m&aacute;s de una ocasi&oacute;n. En m&aacute;s de una tambi&eacute;n,
+dej&oacute; cerrados en la secretar&iacute;a a algunos concejales llev&aacute;ndose la llave.
+Despu&eacute;s que los padres del municipio se hartaban de gritar y dar golpes
+a la puerta, ven&iacute;a un alguacil a abrirles; pero ya se hab&iacute;a efectuado la
+votaci&oacute;n. Gracias a estas y otras tretas, a las arbitrariedades sin
+cuento que comet&iacute;a, veng&aacute;base el bilioso ex marino de sus enemigos, que
+era un primor. Su t&aacute;ctica consist&iacute;a en atacarlos donde m&aacute;s les dol&iacute;a;
+esto es, en sus bienes inmuebles. Cuando en alguna calle hab&iacute;a una o m&aacute;s
+casas de cualquier socio del Saloncillo y ninguna de sus amigos, hac&iacute;a
+que el arquitecto municipal variase la rasante, dej&aacute;ndola m&aacute;s baja. De
+esta suerte se descubr&iacute;an los cimientos de las casas y corr&iacute;an riesgo de
+venir al suelo, adem&aacute;s de la molestia consiguiente de poner escaleras
+para subir al portal. A los pocos meses de ser alcalde, hab&iacute;a m&aacute;s de
+veinte casas en Sarri&oacute; con los cimientos al aire. Otras veces, hac&iacute;a
+subir la rasante para que cuando lloviese fuerte, se inundasen. Como es
+natural, tales picard&iacute;as despertaban fuerte clamoreo en los partidarios
+de Belinch&oacute;n, rabiosas diatribas por parte del <i>Faro</i>, y tumultos sin
+cuento en las sesiones municipales.. Pero a Maza se le daba por todo una
+higa. Segu&iacute;a impasible sus inauditas reformas urbanas, escuchando con
+sonrisa cruel las quejas de sus v&iacute;ctimas, contestando con sarcasmos
+feroces a los discursos de los oradores del bando contrario.</p>
+
+<p>Marcones introdujo a don Mateo en una sala contigua al sal&oacute;n de
+sesiones. La tribuna destinada al p&uacute;blico era demasiado asquerosa para
+entrar en ella una persona decente. Adem&aacute;s, le interesaban muy poco las
+peleas de aquellos gallos ingleses. En la misma sala estaban sentados
+departiendo amigablemente los dos notarios de la poblaci&oacute;n, don V&iacute;ctor
+Varela y Sanjurjo. El uno era un viejo, peque&ntilde;o, de ojos saltones, con
+enorme peluca, tan groseramente fabricada, que parec&iacute;a de esparto; el
+otro, un hombre de media edad, p&aacute;lido, con bigote entrecano y cojo de
+nacimiento. Salud&oacute;les nuestro anciano como antiguos amigos, a quienes se
+ve todos los d&iacute;as. A nadie en el radio de la villa dejaba de saludar don
+Mateo.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Esperando que termine la sesi&oacute;n, eh?</p>
+
+<p>&mdash;S&iacute;, se&ntilde;or&mdash;respondi&oacute; uno con sequedad y reserva que quit&oacute; al anciano
+el deseo de entrar en m&aacute;s averiguaciones.</p>
+
+<p>Busc&oacute; otra conversaci&oacute;n, la que m&aacute;s pod&iacute;a complacer a los depositarios
+de la fe p&uacute;blica; la caza. Los dos eran crueles perseguidores de las
+codornices, peguetas y chochas; pero mucho m&aacute;s terribles y empedernidos
+a&uacute;n de las liebres. Apenas ven&iacute;an algunos d&iacute;as despejados, estos veloces
+o inocentes animales ten&iacute;an que sufrir una violenta persecuci&oacute;n por
+parte del gremio notarial, activamente secundado por media docena de
+galgos que, para que mejor corriesen, se les dejaba morir de hambre.</p>
+
+<p>Hablar de las liebres, era para don V&iacute;ctor y Sanjurjo la antesala del
+Cielo. Levantarlas con las varas, metidos en la maleza hasta la cintura,
+el Cielo mismo.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Qu&eacute; l&aacute;stima de d&iacute;a!&mdash;exclam&oacute; don V&iacute;ctor dando un suspiro y mirando al
+cielo por los cristales del balc&oacute;n, llenos de polvo.</p>
+
+<p>&mdash;Verdad&mdash;contest&oacute; Sanjurjo, dando otro suspiro.&mdash;Sin embargo, la tierra
+de Maribona puede que est&eacute; un poco blanda; llovi&oacute; bastante estos d&iacute;as.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Qu&eacute; ha de estar!&mdash;profiri&oacute; don Mateo.&mdash;Ahora en el verano pronto se
+seca. Adem&aacute;s, toda aquella regi&oacute;n es caliza y absorbe el agua
+f&aacute;cilmente.</p>
+
+<p>Los notarios le miraron con enternecimiento.</p>
+
+<p>&mdash;Me ha dicho Pepe la Esguila&mdash;prosigui&oacute;&mdash;que los paisanos han visto
+saltar las liebres estos d&iacute;as en Ladreda.</p>
+
+<p>&mdash;Ya lo sabemos,&mdash;dijo Sanjurjo.&mdash;Hoy, si no fuera por un quehacer que
+nos ha salido, hubi&eacute;ramos ido a all&aacute;.</p>
+
+<p>Al mismo tiempo hac&iacute;a un signo de inteligencia a don V&iacute;ctor.</p>
+
+<p>&mdash;Pues Pepe debi&oacute; de irse esta ma&ntilde;ana con Fermo. Eso me dijeron al menos
+ayer noche.</p>
+
+<p>Los notarios se miraron consternados.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Qu&eacute; le dec&iacute;a yo a usted, Sanjurjo!&mdash;exclam&oacute; don V&iacute;ctor.</p>
+
+<p>&mdash;Francamente, me enga&ntilde;&oacute; ese tuno... Bueno; alguna dejar&aacute;n... Ma&ntilde;ana
+iremos usted y yo, don V&iacute;ctor.</p>
+
+<p>Pero la noticia les hab&iacute;a puesto tristes. Guardaron silencio obstinado.
+Dentro del sal&oacute;n se o&iacute;an voces descompasadas, fuertes rumores. Alguna
+vez sonaba el agudo repique de la campanilla presidencial, llamando al
+orden.</p>
+
+<p>Don Mateo, pesaroso de no haber acertado aquella vez a animar la
+conversaci&oacute;n, la estableci&oacute; de nuevo, encar&aacute;ndose con Sanjurjo.</p>
+
+<p>&mdash;Hombre, parece mentira que usted con su defecto en la pierna, pueda
+dedicarse a la caza.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Qui&eacute;n? &iquest;&eacute;ste? Ah&iacute; donde usted le ve, corre como un galgo&mdash;exclam&oacute; don
+V&iacute;ctor con cari&ntilde;oso entusiasmo.&mdash;En cuanto se pone sobre la pista de la
+liebre, deja de ser cojo. Yo le digo que eso de la cojera lo ha
+inventado &eacute;l para llamar la atenci&oacute;n. Tan cojo es, como usted y como yo.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Si usted me lo hiciera bueno!&mdash;profiri&oacute; Sanjurjo, sonriendo con
+resignaci&oacute;n.</p>
+
+<p>Aquel toque de broma, les puso alegres. Don V&iacute;ctor contaba las proezas
+de su compa&ntilde;ero en diversas ocasiones. Un d&iacute;a, para correr mejor, se
+hab&iacute;a puesto en cuatro patas: era una exhalaci&oacute;n.&mdash;&iquest;C&oacute;mo?&mdash;preguntaba
+don Mateo asombrado,&mdash;&iquest;en cuatro patas?&mdash;Lo que usted oye. Sanjurjo se
+re&iacute;a a carcajadas, afirmando que hab&iacute;a aprendido a correr as&iacute; de ni&ntilde;o,
+cuando su cojera era m&aacute;s pronunciada y no pod&iacute;a competir con los
+compa&ntilde;eros. A su vez, ponderaba la poltroner&iacute;a de don V&iacute;ctor, un tumb&oacute;n
+que registraba hasta la m&aacute;s peque&ntilde;a hierba por no ir adelante y
+cansarse. Don V&iacute;ctor re&iacute;a tambi&eacute;n, sosteniendo que no se levantaban
+liebres con las piernas, sino con los ojos. &iexcl;Cu&aacute;ntas veces aquella
+obstinaci&oacute;n suya hab&iacute;a dado al fin resultado!&mdash;&iquest;Se acuerda usted de
+aquel d&iacute;a de San Pedro, hace tres a&ntilde;os, cuando me dej&oacute; solo cerca de
+Arceanes? &iquest;Qui&eacute;n levant&oacute; la liebre, usted que se fu&eacute; con viento fresco,
+o yo que me qued&eacute; hurga que hurga por las matas?</p>
+
+<p>La conversaci&oacute;n se iba calentando con gran satisfacci&oacute;n de don Mateo que
+no pod&iacute;a ver a nadie triste a su lado. Cuando m&aacute;s embebidos se hallaban
+en ella, sin hacer caso bendito de los gritos y campanillazos que
+sonaban detr&aacute;s de la puerta, &aacute;brese &eacute;sta con estr&eacute;pito y aparece la
+majestuosa figura de don Rosendo Belinch&oacute;n, en un estado de trastorno
+dif&iacute;cil de pintar, los cabellos revueltos, algunos de ellos pegados a la
+frente por el sudor, las mejillas inflamadas, los ojos vidriosos, el
+nudo de la corbata en el cogote.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Sanjurjo!... &iexcl;Sanjurjo, venga usted!&mdash;dijo con voz alterada, sin
+saludar, sin ver siquiera a don Mateo.</p>
+
+<p>El notario se levant&oacute; tranquilamente y entr&oacute; en el sal&oacute;n con &eacute;l. Don
+V&iacute;ctor no hizo alusi&oacute;n ninguna a aquella repentina marcha. Qued&oacute;
+departiendo amigablemente sobre lo mismo que estaban hablando con don
+Mateo, el cual, aunque un poco sorprendido, no se atrev&iacute;a a preguntar
+nada. Al cabo de un rato, apareci&oacute; Sanjurjo, que cerr&oacute; la puerta tras
+s&iacute;, y vino a sentarse con el mismo sosiego al lado de ellos, continuando
+su interrumpida conversaci&oacute;n. Pero no se pasaron muchos minutos sin que
+de nuevo se abriese la puerta con ruido, apareciendo esta vez la persona
+rechoncha de don Pedro Miranda en estado igualmente de descomposici&oacute;n.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Don V&iacute;ctor, don V&iacute;ctor, entre usted!</p>
+
+<p>Tampoco salud&oacute;, ni vi&oacute; siquiera a don Mateo. El notario se levant&oacute;
+gravemente y le sigui&oacute;.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Qu&eacute; diablo significa esto?&mdash;pregunt&oacute; don Mateo a Sanjurjo, despu&eacute;s
+que se hubo cerrado la puerta.</p>
+
+<p>Este hizo un vago adem&aacute;n de desprecio levantando los hombros.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Qu&eacute; tonter&iacute;as!&mdash;gru&ntilde;&oacute; don Mateo.&mdash;&iexcl;Belinch&oacute;n y Miranda, que en su
+vida se metieron en estos asuntos del ayuntamiento ni quisieron ser
+alcalde, tomarlo ahora con tanto apuro!</p>
+
+<p>Las cosas hab&iacute;an cambiado mucho, en efecto. La lucha enconad&iacute;sima que
+uno y otro bando sosten&iacute;an en todos los terrenos donde pod&iacute;an, era m&aacute;s
+empe&ntilde;ada ahora en la corporaci&oacute;n municipal que en ning&uacute;n sitio. La
+tiran&iacute;a de Maza irritaba de tal modo los &aacute;nimos de los amigos de don
+Rosendo, que apelaban a todos los medios imaginables para
+contrarrestarla. A todo trance quer&iacute;an procesarle por abuso de
+facultades. Para ello Belinch&oacute;n hab&iacute;a tomado a su servicio al notario
+Sanjurjo, que constantemente le acompa&ntilde;aba a las sesiones, levantaba
+actas y m&aacute;s actas de las arbitrariedades del alcalde, que pasaban al
+juzgado y all&iacute; se estancaban gracias a la mala voluntad del juez. Los
+del Camarote opon&iacute;an notario a notario, actas a actas, quej&aacute;ndose de la
+insubordinaci&oacute;n de la mayor&iacute;a, de sus votaciones, en asuntos que no eran
+de su competencia.</p>
+
+<p>Cuando termin&oacute; la sesi&oacute;n, don Mateo fu&eacute; introducido en el despacho del
+alcalde. Estaba tomando una limonada purgante. Cada pocos d&iacute;as
+necesitaba uno de estos brebajes para desalojar la bilis que se le
+acumulaba en el est&oacute;mago. Aquella lucha diaria desde hac&iacute;a tres a&ntilde;os le
+hab&iacute;a echado a perder el est&oacute;mago. Estaba a&uacute;n agitado, convulso. Su
+risita sard&oacute;nica de las sesiones, la calma despreciativa con que
+afectaba escuchar los discursos de sus contrarios, era pura comedia.
+All&aacute; por dentro, la c&oacute;lera le carcom&iacute;a las entra&ntilde;as, se le mezclaba a la
+sangre. &iexcl;Cu&aacute;nto trabajo le costaba reprimir los ciegos &iacute;mpetus de ira
+que a cada paso le acomet&iacute;an!</p>
+
+<p>Dos de sus amigos comentaban la sesi&oacute;n, mientras &eacute;l, silencioso, l&iacute;vido,
+con sus eternas ojeras m&aacute;s pronunciadas a&uacute;n, revolv&iacute;a el l&iacute;quido con una
+cucharilla. Don Mateo, como una de las poqu&iacute;simas personas que
+permanec&iacute;an neutrales en Sarri&oacute;, fu&eacute; recibido con franqueza y agasajo.</p>
+
+<p>&mdash;Si&eacute;ntese usted, don Mateo. &iquest;Qu&eacute; trae de bueno por aqu&iacute;?</p>
+
+<p>El anciano manifest&oacute; que ven&iacute;a a saber si era cierta la amenaza de
+suprimir la subvenci&oacute;n de la banda en el caso de que fuese aquella tarde
+a la romer&iacute;a de San Antonio. El rostro de Maza se nubl&oacute;. Era muy cierto.
+Que no contasen con socorro alguno del ayuntamiento si aquella tarde
+sacaban los instrumentos de la Academia... Don Mateo pregunt&oacute;: &iquest;qu&eacute;
+motivo?... Maza, despu&eacute;s de rechinar los dientes como introducci&oacute;n,
+manifest&oacute; que no quer&iacute;a contribuir a solemnizar la entrada del personaje
+que iba a llegar por la tarde y se alojaba en casa de Belinch&oacute;n.</p>
+
+<p>&mdash;Ser&iacute;a capaz don Quijote de darse tono haciendo pensar a su hu&eacute;sped que
+la hab&iacute;a llevado &eacute;l para obsequiarle.</p>
+
+<p>&mdash;Pero, Gabino, si todos los a&ntilde;os ha ido. Nadie puede creer ni pensar
+semejante cosa. Considera que es la romer&iacute;a m&aacute;s importante del pueblo.
+Ser&iacute;a muy triste que las chicas no bailasen y se divirtiesen por una
+peque&ntilde;ez como &eacute;sa.</p>
+
+<p>&mdash;Pues nada, por hoy se suprime el baile. Lo siento mucho. Si quieren ir
+que vayan; pero ya saben a qu&eacute; atenerse.</p>
+
+<p>Fu&eacute; imposible hacerle variar de resoluci&oacute;n. Don Mateo rog&oacute; primero, se
+enfureci&oacute; despu&eacute;s, y con el derecho que le daban sus a&ntilde;os y las nobles
+intenciones que siempre le animaban, y de las cuales nadie dudaba en la
+villa, dijo cuatro frescas a Maza y a los dos concejales que all&iacute;
+estaban presentes. Ni el bilioso alcalde ni &eacute;stos se enojaron. Uno lleg&oacute;
+a decirle:</p>
+
+<p>&mdash;Acaso tenga usted raz&oacute;n, don Mateo; pero, &iquest;qu&eacute; quiere usted? La lucha
+es lucha. Est&aacute; interesado nuestro amor propio, y hay que aplastar a esos
+canallas, o que ellos nos aplasten.</p>
+
+<p>El anciano sali&oacute; de las consistoriales m&aacute;s triste que enojado. En los
+tres a&ntilde;os &uacute;ltimos eran incalculables los desaires y desabrimientos de
+este g&eacute;nero que hab&iacute;a padecido. A nadie encontraba ya propicio para
+secundar sus proyectos de recreo. En vano redoblaba su actividad para
+traer al teatro compa&ntilde;&iacute;as de verso o zarzuela. Todas quebraban al poco
+tiempo. Porque predominando en las funciones el elemento del Saloncillo,
+ya se sab&iacute;a que los del Camarote se retiraban, y viceversa. Y como para
+que el teatro se sostuviese era preciso el concurso de todos, el
+resultado era que los c&oacute;micos se escapaban siempre muertos de hambre. Lo
+primero que le preguntaban a don Mateo en las casas cuando iba a
+suplicar que se abonasen, era:&mdash;&iquest;Se han abonado Fulano, Mengano y
+Zutano?&mdash;Si contestaba afirmativamente, ya se sab&iacute;a lo que le
+dec&iacute;an:&mdash;Pues no cuente usted con nosotros.&mdash;Nuestro buen se&ntilde;or apelaba
+&uacute;ltimamente al enga&ntilde;o para comprometerlos; mas los enconados vecinos
+ol&iacute;an en seguida el torrezno, y aplazaban su contestaci&oacute;n para despu&eacute;s
+que se enterasen de &laquo;qu&eacute; gente hab&iacute;a&raquo;. Y si esto pasaba en el arte
+dram&aacute;tico, &iquest;qu&eacute; no suceder&iacute;a con las notabilidades que en aquel lapso de
+tiempo hab&iacute;an posado su vuelo en la villa? Un famoso violinista, otro
+que tocaba un instrumento de madera y paja admirablemente, cuatro
+hermanos campan&oacute;logos, un moro que mostraba dos vacas sabias, un doctor
+ingl&eacute;s que tra&iacute;a un microscopio, el c&eacute;lebre gigante chino, una foca
+marina que dec&iacute;a <i>pap&aacute;</i> y <i>mam&aacute;</i>, etc. A todos hab&iacute;a protegido don
+Mateo. Pero su activa campa&ntilde;a de propaganda no les vali&oacute; gran cosa.
+Todos los monstruos, tanto espa&ntilde;oles como extranjeros, conoc&iacute;an de o&iacute;das
+a nuestro retirado coronel, y en cuanto pon&iacute;an el pie en Sarri&oacute;, a su
+casa iban a llamar. El los acompa&ntilde;aba a ver al alcalde, los presentaba
+en el Saloncillo, los recomendaba al propietario del almac&eacute;n donde
+pensaban exhibirse, y casi siempre encabezaba la suscripci&oacute;n para
+pagarles el viaje. En otro tiempo no se marchaba uno de la villa que no
+fuese contento y gordo. &iexcl;Pero ahora! Ahora no estaba la Magdalena para
+tafetanes, seg&uacute;n le respond&iacute;an algunos.</p>
+
+<p>El lugarteniente de don Mateo en todos los festejos era Severino, el de
+la tienda de quincalla. No hab&iacute;a en la provincia quien le aventajase en
+fabricar globos elegantes, vistosos y bien proporcionados para que
+subieran sin dar tumbos. Tampoco en el arte dif&iacute;cil de levantar arcos de
+ramaje con transparentes para la noche, ni en disparar cohetes
+velozmente y a plomo. Pues bien; este ingenios&iacute;simo var&oacute;n, que tanto
+hab&iacute;a regocijado a la villa con sus peregrinas invenciones, hac&iacute;a ya
+mucho tiempo que permanec&iacute;a inactivo. Cuando alguna vez le dec&iacute;a don
+Mateo, que pasaba siempre en su tienda algunas horas:</p>
+
+<p>&mdash;Severino, &iquest;vamos a preparar algo para la v&iacute;spera de San Antonio?</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Para qu&eacute;, don Mateo, para qu&eacute;!&mdash;respond&iacute;a el tendero con desaliento.</p>
+
+<p>&mdash;Una iluminacioncita de doscientos faroles nada m&aacute;s, un globo y algunos
+cohetes.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Quiere usted que nos cueste a nosotros el dinero como la fiesta de
+Santa Engracia?</p>
+
+<p>&mdash;Acaso los indianos suelten esta vez algo&mdash;murmuraba don Mateo.</p>
+
+<p>&mdash;Vaya, no sea inocente. &iexcl;Parece mentira que no los conozca! &iexcl;Soltar!
+&iquest;Qu&eacute; han de soltar esos guanajos si no...?</p>
+
+<p>Unos y otros eran injustos con los indianos. Estos se manten&iacute;an en
+neutralidad absoluta, asombrados de que, hombres acaudalados como
+Belinch&oacute;n, Miranda y otros, se apurasen tanto por cosas que no ata&ntilde;&iacute;an a
+sus negocios particulares. Aquel pu&ntilde;ado de personas sosegadas, en medio
+de la lucha feroz con que se agitaba la villa, semejar&iacute;a el coro de las
+tragedias griegas, si no fuese porque &eacute;ste sent&iacute;ase conmovido por las
+desgracias o prosperidades de los h&eacute;roes, se alegraba y se entristec&iacute;a.
+Los indianos de Sarri&oacute; permanec&iacute;an por entero indiferentes, adormecidos
+por aquella vida holgazana y met&oacute;dica en que el recuerdo de sus trabajos
+y penalidades de Am&eacute;rica les llenaba algunas veces de horror, y hac&iacute;a
+m&aacute;s amable todav&iacute;a su situaci&oacute;n actual. &iexcl;Qu&eacute; les importaban a ellos las
+votaciones del ayuntamiento, las perrer&iacute;as que <i>El Faro</i> y <i>El Joven
+Sarriense</i> se lanzaban, ni los chismes que sin cesar tra&iacute;an conmovida a
+la villa! Mientras les dejasen dar vueltas por la ma&ntilde;ana en la punta del
+Pe&oacute;n (y no hab&iacute;a peligro de que nadie se lo estorbase), jugar al billar
+o al tresillo despu&eacute;s de comer, y dar sus famosos paseos en pandilla a
+la tarde por los pintorescos contornos, lo dem&aacute;s no significaba nada.
+Tan sin cuidado les ten&iacute;a, que s&oacute;lo por rara casualidad, cuando estaban
+juntos, hablaban de los episodios de la lucha. Lo &uacute;nico que consegu&iacute;a
+turbarles eran los telegramas noticiando el alza y baja de los fondos
+p&uacute;blicos, donde ten&iacute;an invertido su capital. Por lo dem&aacute;s, eran
+ciudadanos modelo: no ofend&iacute;an a nadie; com&iacute;an lo que era suyo y hab&iacute;an
+trabajado con sus manos. Que no daban dinero para las funciones y
+holgorios. Esto no puede considerarse como un cargo grave. Ellos no
+ve&iacute;an la necesidad de tales fiestas. &iexcl;Qu&eacute; m&aacute;s se pod&iacute;a apetecer en el
+mundo que vivir en un clima benigno, comer, pasear, dormir
+tranquilamente las horas que a uno se le antojaran! Adem&aacute;s, hab&iacute;an hecho
+un beneficio al pueblo, conduciendo al altar a una porci&oacute;n de se&ntilde;oritas
+de veinticinco a treinta, que, sin este inesperado socorro, se hubieran
+ido desecando tristemente. Ahora eran casi todas esposas obesas y
+tranquilas, madres de familia felices, rigiendo una casa bien
+abastecida.</p>
+
+<p>Aunque antip&aacute;ticos a los dos bandos, los indianos eran los &uacute;nicos que se
+salvaban en aquel tiroteo incesante de los peri&oacute;dicos. Se contentaban
+con murmurar de ellos, llamarlos asnos cargados de plata; pero no se
+atrev&iacute;an a aludirlos p&uacute;blicamente. No hab&iacute;a raz&oacute;n para ello. Y eso que
+en Sarri&oacute; en el transcurso de tres a&ntilde;os, se hab&iacute;a alcanzado aquel grado
+de perfecci&oacute;n con que don Rosendo so&ntilde;aba; esto es, no exist&iacute;a la vida
+privada. Los actos de los vecinos, aun los de &iacute;ndole m&aacute;s &iacute;ntima y
+secreta, sal&iacute;an a luz en la prensa, se comentaban, se censuraban, se
+pon&iacute;an en rid&iacute;culo. Nadie estaba seguro en el tabern&aacute;culo de su hogar.
+Si cruzaba con su mujer algunas palabras malsonantes, si castigaba con
+m&aacute;s o menos severidad a sus hijos, si andaba apurado de dinero, si sal&iacute;a
+por la noche a picos pardos, si se le atragantaban las <i>ces</i> en medio de
+dicci&oacute;n, diciendo <i>reto y pato</i>, en vez de recto y pacto, si com&iacute;a con
+los dedos o se sonaba con ruido. De todos estos interesantes pormenores,
+daban cuenta al p&uacute;blico <i>El Faro</i> y <i>El Joven Sarriense</i>, unas veces
+directamente, otras por medio de los famosos cuentos orientales ya
+mencionados.</p>
+
+<p>Desde el ayuntamiento, don Mateo se fu&eacute; al local de la Academia, donde
+le aguardaba el se&ntilde;or Anselmo, y le orden&oacute; prudentemente que no saliese
+con la banda aquella tarde. A fuerza de transacciones y equilibrios,
+hab&iacute;a conseguido hasta entonces sostenerla lo mismo que el Liceo. En
+&eacute;ste, por supuesto, ni hab&iacute;a representaciones teatrales ya, ni se
+bailaba sino en d&iacute;as se&ntilde;alados, como el de las Candelas, los de Carnaval
+y el de Santa Engracia. Pero don Mateo, a fuerza de actividad y
+diplomacia, hab&iacute;a logrado que la mayor&iacute;a de los socios siguiesen pagando
+las dos pesetas mensuales de la suscripci&oacute;n. Todas las dem&aacute;s
+instituciones de recreo en que la villa era tan rica, hab&iacute;an
+desaparecido.</p>
+
+<p>Lo que tra&iacute;a preocupados a tirios y troyanos a la saz&oacute;n era la venida
+del duque de Tornos. El vigilante y prudent&iacute;simo don Rosendo hab&iacute;a
+averiguado por medio de sus agentes de Madrid, que el duque de Tornos,
+conde de Buenavista, emparentado con la real familia, embajador que
+hab&iacute;a sido en Francia, mayordomo mayor de palacio, etc., etc., un
+personaje de mucho bulto en la corte y en la pol&iacute;tica, estaba decidido a
+pasar el verano en Sarri&oacute; para tomar los aires del mar, que le hac&iacute;an
+mucha falta, con m&aacute;s sosiego que en San Sebasti&aacute;n o Biarritz. Saberlo
+Belinch&oacute;n y escribirle una carta ofreci&eacute;ndole su casa, fu&eacute; todo uno. El
+Duque rehus&oacute;, como era natural, d&aacute;ndole gracias muy expresivas. Pero el
+buen don Rosendo que juzgaba un important&iacute;simo triunfo la venida de tal
+personaje a su morada, y contaba con ayuda de &eacute;l exterminar a sus
+contrarios, tanto insisti&oacute;, vali&eacute;ndose de toda clase de recomendaciones
+para conseguirlo, que el Duque concluy&oacute; por aceptar el ofrecimiento. Los
+del Camarote, que hab&iacute;an olfateado el asunto y les ten&iacute;a con gran
+cuidado, obligaron a don Pedro Miranda a ofrecer tambi&eacute;n su casa,
+prometiendo abonar entre todos, los gastos que aquello le ocasionase.
+Pero el Duque ya estaba comprometido. No pudieron conseguir su
+prop&oacute;sito, aunque pusieron en juego bastantes influencias, lo que les
+llen&oacute; de ira y despecho, como acabamos de ver. Hay que advertir que el
+duque de Tornos pertenec&iacute;a al partido moderado. Aunque en Sarri&oacute; ninguno
+de los dos bandos estaba bien definido en pol&iacute;tica, porque lo que les
+preocupaba era la lucha local, y se inclinaban siempre al partido
+vencedor, no cab&iacute;a duda que en el Saloncillo predominaban los liberales,
+principiando por su eximio jefe. En el Camarote, los m&aacute;s eran
+retr&oacute;grados. La preferencia otorgada a los primeros era, pues,
+doblemente dolorosa.</p>
+
+<p>Don Rosendo el a&ntilde;o anterior hab&iacute;a levantado un piso m&aacute;s a su casa. Lo
+que le decidi&oacute; a aquella obra fu&eacute; el nacimiento de otra nieta. Si el
+matrimonio segu&iacute;a tan aprovechado, no cabr&iacute;an pronto en la casa. Gonzalo
+hablaba de tomar otra; le faltaba independencia. Para que no se fuese,
+la aument&oacute; su suegro de aquel modo. El piso entero fu&eacute; destinado a la
+nueva familia. A fin de que estuviesen m&aacute;s independientes, la escalera
+no pasaba por el cuarto de los padres; pero al mismo tiempo hab&iacute;a una
+interior de caracol que facilitaba el servicio de un piso a otro.
+Gonzalo pod&iacute;a entrar y salir de su casa sin necesidad de cruzar por la
+de sus suegros. Com&iacute;an todos juntos, sin embargo.</p>
+
+<p>Pues cuando se supo la aceptaci&oacute;n del duque de Tornos, se le destin&oacute; el
+cuarto entero del matrimonio joven. Este baj&oacute; de nuevo a ocupar sus
+antiguas habitaciones. Arregl&oacute;se a&uacute;n mejor de lo que estaba, y eso que
+estaba bien, pues Venturita hab&iacute;a exagerado el lujo de la decoraci&oacute;n.
+Pronto y con poco esfuerzo qued&oacute; convertido en una mansi&oacute;n digna del
+personaje que iba a albergar. En el Saloncillo se esperaba con ansia el
+telegrama del prohombre, anunciando su salida. El rostro de todos los
+tertulios expresaba gozo y triunfo, brillaba con la esperanza de que
+pronto podr&iacute;an dar algunos golpes contundentes a sus adversarios. Estos
+andaban mohinos y recelosos, disimulando, no obstante, lo mejor que
+pod&iacute;an su despecho. Afectaban no conceder importancia a la venida del
+Duque. No falt&oacute; quien viniese a avisar en seguida a Belinch&oacute;n de la
+<i>zurdada</i> del alcalde respecto de la m&uacute;sica. Estaba empezando a comer
+cuando recibi&oacute; la noticia. Con admirable serenidad, que deb&iacute;an envidiar
+sus enemigos, concluy&oacute; el plato de sopa que ten&iacute;a delante, se limpi&oacute; los
+labios, bebi&oacute; un trago de vino, volvi&oacute; a limpiarse los labios, y
+levant&aacute;ndose acto continuo, sali&oacute; sin decir palabra. Como todos los
+grandes caudillos de que nos habla la historia, don Rosendo no perd&iacute;a
+jam&aacute;s el aplomo. En los momentos cr&iacute;ticos, como el presente, era cuando
+a &eacute;l le asaltaban las grandes ideas, las resoluciones salvadoras. Se fu&eacute;
+al tel&eacute;grafo y puso un parte al director de la orquesta de Lancia
+pidi&eacute;ndole que viniese con ella a Sarri&oacute; y que se&ntilde;alase precio. El
+director contest&oacute; que llegar&iacute;an a la noche.&mdash;&laquo;Perfectamente;&mdash;se
+dijo,&mdash;si la m&uacute;sica no va a recibirle, al menos no se quedar&aacute; sin
+serenata. &iexcl;Y que rabien esos miserables!&raquo;</p>
+
+<p>La llegada del duque de Tornos coincid&iacute;a, como hemos visto, con la
+romer&iacute;a de San Antonio. La tarde estuvo como la ma&ntilde;ana serena y alegre,
+sin pizca de calor; porque la brisa del Nordeste en Sarri&oacute;, como en
+todos los puertos del Cant&aacute;brico, refresca deleitosamente los ardores
+del sol en los meses de est&iacute;o. Las romer&iacute;as pertenec&iacute;an a todas las
+clases sociales, pero muy particularmente a los artesanos. Gracias a
+esto no hab&iacute;an perdido nada de su primitiva alegr&iacute;a y animaci&oacute;n. Desde
+por la ma&ntilde;ana, bien temprano, grupos numerosos de muchachas sal&iacute;an de
+los arrabales y cruzaban la villa para tomar la carretera de Lancia,
+vestidas todas con la cl&aacute;sica falda de merino, negra o de color, y el
+floreado mant&oacute;n de Manila atado a la cintura, zapatos descotados,
+pendientes de perlas, y la hermosa cabeza, sencillamente peinada, al
+descubierto. Su charla bulliciosa, sus frescas carcajadas despertaban a
+los vecinos que a&uacute;n yac&iacute;an entre las s&aacute;banas, les hac&iacute;an sonreir
+beatamente tray&eacute;ndoles al recuerdo otros d&iacute;as de San Antonio cuando la
+juventud chispeaba tambi&eacute;n en sus ojos y en la copa de la vida a&uacute;n no
+hab&iacute;a ca&iacute;do ninguna gota de hiel. &iexcl;Qui&eacute;n no recordar&iacute;a en Sarri&oacute; alguno
+de aquellos viajes a la ermita en una ma&ntilde;ana l&iacute;mpida y suave, con las
+piernas ligeras y el coraz&oacute;n mecido dulcemente en la esperanza de ver
+pronto al due&ntilde;o adorado y pasar el d&iacute;a cerca de &eacute;l! El rumor de aquellas
+ni&ntilde;as era un soplo de alegr&iacute;a que desde la calle sub&iacute;a a las casas,
+entraba por los balcones invitando a soltar por algunas horas el fardo
+pesado de los quehaceres, de la ambici&oacute;n, de la envidia, de todas las
+ruines pasiones que consumen la m&iacute;sera existencia humana. Y seguirlas,
+seguirlas a gozar del ambiente puro de la ma&ntilde;ana, del verdor de los
+campos, de la rica leche incomparable que se vende en torno de la
+ermita, del juego a las cuatro esquinas y la deleitosa gallina ciega, de
+las habaneras l&aacute;nguidas, los dulces caramelos y crucetas de la Morana, y
+tal vez que otra, cuando no se tiene una figura despreciable y se
+dispone de largos bigotes retorcidos, de sus besos m&aacute;s dulces y
+regalados a&uacute;n (habiendo hecho algo por merecerlos, se entiende).</p>
+
+<p>Pablito sali&oacute; de madrugada acompa&ntilde;ado de su fiel Piscis, montados en
+sendos caballos pujantes y amaestrados, trabajando unas veces del
+costado derecho, otras del izquierdo como era l&oacute;gico. Para ir de esta
+suerte, no solamente hab&iacute;a la raz&oacute;n de sus arraigadas inclinaciones,
+sino otra tambi&eacute;n muy atendible. El joven Belinch&oacute;n hac&iacute;a ya m&aacute;s de un
+a&ntilde;o que no iba a las romer&iacute;as y evitaba todo lo posible caminar a pie.
+Sal&iacute;a poco de casa, sobre todo de noche, procurando atravesar por las
+calles m&aacute;s c&eacute;ntricas, sin que por casualidad se le viese jam&aacute;s solo.
+Ten&iacute;a enemigos ocultos y encarnizados. Valentina, la blonda y salad&iacute;sima
+costurera, hab&iacute;a jurado por todos los santos del Cielo clavarle un pu&ntilde;al
+en la espalda. La raz&oacute;n no necesitamos decirla. Despu&eacute;s de haber tenido
+un hijo con ella, la hab&iacute;a abandonado y volaba otra vez, cual libre y
+pintada mariposa, pos&aacute;ndose ahora en una, ahora en otra flor. &iexcl;Buen
+trabajo le hab&iacute;a costado, o por mejor decir, buen miedo! Cuando supo el
+juramento de su amante, que no le cogi&oacute; de sorpresa, pues conoc&iacute;a
+demasiado bien su temperamento, para evitar aquella dolorosa muerte
+prematura, mand&oacute; repetidos emisarios ofreci&eacute;ndola grandes cantidades de
+dinero, recoger y educar a su hijo, y mantenerla a ella sin trabajar. La
+feroz costurera hab&iacute;a rechazado con indignaci&oacute;n todas las ofertas.
+Reiteraba, cada vez que un embajador iba a verla, su horrible y
+sanguinario juramento. Como es natural, al hermoso mancebo no le llegaba
+la camisa al cuerpo. Que se ponga cada cual en su caso. Hubiera dado el
+coche y los caballos por poseer otros dos ojos en el cogote. Los que
+pose&iacute;a, siempre que sal&iacute;a a la calle a pie, se entregaban, mira a un
+lado, mira otro, a un trabajo abrumador superior a sus fuerzas.</p>
+
+<p>Pero con el tiempo, hab&iacute;a ido adquiriendo alguna confianza. Valentina no
+sal&iacute;a apenas de casa. En romer&iacute;as y bailes, despu&eacute;s de su deshonra, no
+la hab&iacute;a visto nadie. Pablito, que no la hab&iacute;a tropezado todav&iacute;a en la
+calle, se anim&oacute; con los consejos de Piscis a ir a San Antonio. Montaron,
+pues, a caballo temprano, y se lanzaron por la anchurosa y empolvada
+carretera de Lancia sombreada un buen trecho a la salida de la villa,
+por grandes olmos. La v&iacute;a era ascendente, aunque sin gran declive. A un
+lado y a otro, se extend&iacute;a la risue&ntilde;a campi&ntilde;a de Sarri&oacute;, limitada por
+dos o tres t&eacute;rminos de suaves colinas. M&aacute;s lejos, descubr&iacute;ase la negra
+crester&iacute;a de las monta&ntilde;as de Narc&iacute;n, que se alzaban sobre el valle de
+Lancia, cubierto a&uacute;n por la niebla. Volviendo la vista atr&aacute;s, despu&eacute;s de
+caminar un trecho, se se&ntilde;oreaba la hermosa villa que la luz matinal
+her&iacute;a de soslayo, haciendo brillar aqu&iacute; y all&aacute; alguna blanca fachada.
+Detr&aacute;s, la vasta llanura del mar, que con los rayos oblicuos del sol
+naciente, ofrec&iacute;a un color blanco lechoso.</p>
+
+<p>Los caballos de nuestros &eacute;quites, orgullosos de su estampa elegante, de
+sus lomos relucientes y m&oacute;rbidos, caracoleaban sin cesar levantando
+nubes de polvo, felices por ostentar su recia musculatura a la luz de la
+ma&ntilde;ana. Las j&oacute;venes menestralas, que ascend&iacute;an lentamente hacia la
+ermita, se impacientaban, chillaban, m&aacute;s por la suciedad del polvo, que
+por temor a los corceles, dirig&iacute;an chufletas de peor o mejor gusto al
+inflexible Piscis, que &eacute;ste no escuchaba siquiera, absorto en la
+contemplaci&oacute;n de las patas del caballo, cuya alta direcci&oacute;n le estaba
+confiada.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Uf, la carretera es poco para &eacute;l!&mdash;Oye t&uacute;, fen&oacute;meno, no levantes
+tanto polvo.&mdash;A caballo parece algo; y es un perro sentado.&mdash;&iexcl;Si parece
+un duque!&mdash;No, mujer, vizcon...de!</p>
+
+<p>Con Pablito no se met&iacute;an. El bizarro joven ejerc&iacute;a el mismo dominio
+sobre las artesanas que sobre las damiselas de la villa. No s&oacute;lo las
+fascinaba por su delicada figura, por su gallard&iacute;a, por su riqueza, sino
+tambi&eacute;n, y acaso principalmente, por sus conquistas. La muchedumbre de
+enamoradas que hab&iacute;a tenido en todas las clases sociales, formaban en
+torno de su cabeza una aureola de gloria. Se murmuraba mucho de &eacute;l entre
+las menestralas, con motivo del lance de Valentina, se le llamaba falso,
+traidor, brib&oacute;n; pero todas ellas, hasta las mismas amigas de la
+v&iacute;ctima, le admiraban, le adoraban en secreto, y hubieran ca&iacute;do a pocos
+embates en sus brazos, por m&aacute;s que juraban y perjuraban que era bien
+tonta la que hac&iacute;a caso de aquel <i>miquitrefe</i>.</p>
+
+<p>Pablito caminaba serio, atento tambi&eacute;n a regir el brioso cuadr&uacute;pedo. De
+vez en cuando, no obstante, se dignaba sonreir liger&iacute;simamente. Y este
+esbozo de sonrisa animaba tanto a las muchachas, que arremet&iacute;an con m&aacute;s
+br&iacute;o y gracia contra su compa&ntilde;ero fidel&iacute;simo, el invicto Piscis.</p>
+
+<p>A la media legua pr&oacute;ximamente, hab&iacute;a un gran prado llano y hermoso que
+la carretera part&iacute;a por el medio. All&iacute; se celebraba la romer&iacute;a por la
+tarde, con la gente que ven&iacute;a de la villa y la que regresaba de la
+ermita. Para ir a &eacute;sta, era necesario separarse en aquel punto de la
+carretera y tomar por callejuelas estrechas y pendientes, limitadas por
+toscas paredillas de piedra, cubiertas de zarzales. Al cabo de un cuarto
+de legua, se desembocaba en la peque&ntilde;a planicie de un montecillo, donde
+estaba situada. La vista desde all&iacute; era espl&eacute;ndida y regocijada como
+pocas. Descubr&iacute;ase una inmensa extensi&oacute;n de costa, no llana, sino
+ondulante, plantada de ma&iacute;z en unos sitios, en otros de trigo, en la
+mayor parte de hierba solamente, cortada por la gran v&iacute;a empolvada de
+Lancia, con su faja obscura de olmos gigantescos, a cuyo extremo parec&iacute;a
+como una mancha blanca y roja la villa. La inmensa s&aacute;bana azul del
+Oc&eacute;ano, donde brillaban tres o cuatro velas como blancas gaviotas,
+cerraban el panorama.</p>
+
+<p>Alrededor de la ermita, las mujerucas de los contornos, entre las cuales
+hab&iacute;a m&aacute;s de una fresca y hermosa aldeana de rojos labios y blancas
+mejillas satinadas, vend&iacute;an leche en pucheritos de barro negro. Hab&iacute;a
+tambi&eacute;n algunas mesas cubiertas con manteles, donde se exhib&iacute;an
+bizcochos y otros confites de remota antig&uuml;edad. La gracia de aquella
+romer&iacute;a estribaba en tomar leche por la ma&ntilde;ana en la ermita, jugar luego
+con los pucheros y romperlos al fin, haci&eacute;ndolos rodar por el monte
+abajo. Se com&iacute;a a las doce el fiambre que se llevaba. Despu&eacute;s se ven&iacute;a
+hacia el prado de los nogales o Nozaleda, donde todos se reun&iacute;an.
+Pablito no infringi&oacute; un &aacute;pice el programa. Compr&oacute; m&aacute;s de una docena de
+pucheros de leche y gran cantidad de bizcochos, con que obsequi&oacute; a sus
+conocidas. Luego retoz&oacute; con ellas largamente, haciendo rodar a varias
+por el prado y tir&aacute;ndose &eacute;l mismo en medio del entusiasmo general. A la
+saz&oacute;n, estaba &laquo;poniendo los puntos&raquo; a una morena muy agraciada, hija del
+sereno Maroto, que vend&iacute;a pescado en la plaza y se llamaba Ramona, la
+misma a quien tal vez recuerde el lector que Periquito hab&iacute;a dicho en la
+cazuela del teatro:&mdash;&laquo;Ramona, te amo&raquo;&mdash;con gran regocijo de Piscis y
+Pablo. Cuando lleg&oacute; la hora de venir a la Nozaleda, se empe&ntilde;&oacute; en
+llevarla a caballo delante de &eacute;l. La moza se resisti&oacute; un poco, pero al
+fin cedi&oacute;, &iexcl;no hab&iacute;a de ceder! El joven entr&oacute; con ella por medio de la
+romer&iacute;a entre los aplausos y &iexcl;hurras! de sus amigos y las murmuraciones
+de las j&oacute;venes, que se mostraban escandalizadas, sin perjuicio de
+dejarse arrebatar de aquella gentil manera el d&iacute;a que al bello sult&aacute;n se
+le antojase.</p>
+
+<p>A las tres, la Nozaleda estaba poblada de romeros. El vasto prado
+parec&iacute;a una alfombra de fondo verde. Los pa&ntilde;uelos de las mujeres,
+blancos, rojos, amarillos, agit&aacute;ndose continuamente, llameando a la luz
+del sol, formaban sobre aquel fondo un dibujo movible de brillantes
+colores. La carretera mandaba de Sarri&oacute; a cada instante nuevos
+pelotones de gente, que se diseminaban por el prado a entrambos lados.
+Escuch&aacute;base un rumor confuso como el de las olas del mar a cierta
+distancia, sobre el cual saltaba el agudo son de la gaita, y el
+repiqueteo sordo y mon&oacute;tono del tambor. Algunas tiendas de campa&ntilde;a,
+donde, sobre mesas port&aacute;tiles de tabla, yac&iacute;an los hinchados odres, como
+v&iacute;ctimas preparadas al sacrificio, estaban rodeadas por numerosos grupos
+de hombres. En otro m&aacute;s numeroso, de ambos sexos, hacia el medio, se
+bailaba al uso del pa&iacute;s, sonando las casta&ntilde;etas con las <i>mudanzas</i>
+peculiares de aquella regi&oacute;n. Aquel baile duraba cinco o seis horas sin
+reposo alguno. Se sudaba copiosamente, &iexcl;pero cansarse! los hombres
+alguna vez, las mujeres nunca. Los que as&iacute; bailaban eran aldeanos, los
+habitantes de los contornos que, llegada la noche, se volv&iacute;an a sus
+casas por los atajos sin pasar por la villa. Las artesanas de Sarri&oacute;
+formaban giraldillas, donde se cantaba a grito herido, abri&eacute;ndose y
+cerr&aacute;ndose sucesivamente, dejando en el medio ora un grupo de hombres,
+ora de mujeres. Los se&ntilde;oritos, en relaci&oacute;n con aquellas j&oacute;venes por los
+bailes de las Escuelas, acostumbrados ya al dulce, no quer&iacute;an perder su
+derecho de monopolio ni aun al aire libre; entraban tambi&eacute;n en ellas,
+bailando sin garbo, con los brazos muy abiertos y las piernas inm&oacute;viles.
+Entonces los artesanos se sal&iacute;an y marchaban un poco m&aacute;s lejos a bailar
+con aquellas que, desde&ntilde;adas por los caballeros, o de temperamento m&aacute;s
+bravio, los segu&iacute;an, arrojando miradas torvas de desaf&iacute;o al coro
+principal.</p>
+
+<p>Ni se crea que faltaba tampoco aquella tarde el baile de sociedad. Don
+Mateo, buscando medio de substituir a la orquesta, hab&iacute;a dado con un
+arpista y un viol&iacute;n italianos, y los subvencion&oacute;, de su bolsillo
+particular, para que tocasen. Y all&aacute;, en un extremo del prado, bajo un
+inmenso nogal de la cinta que lo circundaba, una docena de parejas
+estrechamente abrazadas, daban vueltas parsimoniosas al comp&aacute;s de
+dulzona habanera, rodeadas por un espeso c&iacute;rculo de mirones. Las
+se&ntilde;oritas sol&iacute;an presenciar con risita despreciativa aquel baile que
+imitaba toscamente los suyos, doli&eacute;ndose en su interior de que j&oacute;venes
+tan finos se abrazasen &laquo;a aquellas tarascas&raquo;. Sin embargo, cuando alguno
+las invitaba, despu&eacute;s de resistirse un poco, reir a carcajadas,
+ruborizarse y hacer buena porci&oacute;n de moner&iacute;as para atestiguar que s&oacute;lo
+se rebajaban a aquello por pura condescendencia, sol&iacute;an agarrarse firme
+al brazo de su bromista amigo y tardaban en soltarlo.</p>
+
+<p>Gonzalo hab&iacute;a venido a pie a la romer&iacute;a con Cecilia, la ni&ntilde;a mayor y la
+ni&ntilde;era. Y como el camino era largo y pendiente, porque &eacute;sta no se
+cansase tanto, hab&iacute;a tra&iacute;do a su hija en brazos casi todo el tiempo.
+Ventura odiaba las romer&iacute;as. Adem&aacute;s, su padre hab&iacute;a llevado el carruaje
+a esperar al duque de Tornos, y pensar en que anduviese a pie media
+legua, era una monstruosidad. Do&ntilde;a Paula tampoco pod&iacute;a venir. Hac&iacute;a
+tiempo que estaba delicada. Los m&eacute;dicos cre&iacute;an que su malestar y
+decaimiento proced&iacute;an de alg&uacute;n trastorno en la circulaci&oacute;n, una afecci&oacute;n
+card&iacute;aca, que pod&iacute;a con el tiempo ofrecer caracteres graves, aunque por
+entonces no los presentase. Cecilia hab&iacute;a querido durante el viaje
+ayudar a su cu&ntilde;ado a soportar el fardo. Este se hab&iacute;a, re&iacute;do:</p>
+
+<p>&mdash;Calla, Huesitos, calla&mdash;as&iacute; la llamaba familiarmente.&mdash;&iexcl;Ten cuidado no
+me obligues a llevarte a ti tambi&eacute;n!</p>
+
+<p>Y as&iacute; que llegaron, como marido y mujer comenzaron a vagar por el gran
+prado, deteni&eacute;ndose a cada instante para saludar a los amigos con quien
+tropezaban. Compraron dulces para la ni&ntilde;a, estuvieron un rato viendo
+bailar al son de la gaita; despu&eacute;s se pararon delante de la giraldilla;
+por &uacute;ltimo, se fueron a donde sonaba el viol&iacute;n y el arpa, y tuvieron
+ocasi&oacute;n de ver entre las parejas a su hermano Pablo estrechando la
+cintura de la hermosa Ramona. Por cierto que, al advertir su presencia,
+el bizarro joven se inmut&oacute; un tanto. Aprovechando una de las vueltas
+para pasar cerca de su hermana, le pregunt&oacute; por lo bajo:</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Est&aacute; ah&iacute; mam&aacute;?</p>
+
+<p>Cecilia hizo un signo negativo, y se tranquiliz&oacute;.</p>
+
+<p>La ni&ntilde;a se cans&oacute; pronto de aquel espect&aacute;culo. Quiso ir de nuevo a ver el
+baile de los aldeanos. Desde all&iacute;, saltando otra vez a la carretera,
+entraron en la romer&iacute;a que quedaba del otro lado. Fu&eacute; gran ventura para
+ellos. Porque a los pocos momentos acaeci&oacute; en el sitio que hab&iacute;an
+dejado, una escena espeluznante, terror&iacute;fica, digna de una tragedia
+rom&aacute;ntica.</p>
+
+<p>Hall&aacute;base Pablito bailando con su morena, sereno, feliz, procurando
+acortar distancias todo lo posible, y a&uacute;n m&aacute;s. Sus mejillas, siempre
+sonrosadas, estaban ahora vivamente encendidas, no tanto por el
+movimiento como por el amor que poco a poco, a impulso de las cadencias
+l&aacute;nguidas de la habanera se hab&iacute;a ido apoderando de su ser. Ramona,
+encendida tambi&eacute;n como una amapola, apoyaba la barba adornada por los
+lados con dos hechiceros hoyuelos, sobre su hombro. Ramona vi&oacute; de pronto
+con horror un rostro p&aacute;lido donde brillaban dos ojos airados de loco.
+Pablito escuch&oacute; detr&aacute;s una voz estridente que gritaba:</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Toma, brib&oacute;n!</p>
+
+<p>Y al mismo tiempo sinti&oacute; un fuerte topetazo en la espalda. Volvi&oacute;se
+r&aacute;pidamente. Vi&oacute; el semblante desencajado, fat&iacute;dico, de Valentina, la
+cual bland&iacute;a en la mano derecha un arma.</p>
+
+<p>El joven comprendi&oacute; que estaba herido de muerte. Se dej&oacute; caer al suelo
+con se&ntilde;ales cadav&eacute;ricas en el rostro. Instant&aacute;neamente, un golpe de
+gente acudi&oacute; a levantarle, mientras otro sujetaba a la costurera. Al
+conducirle a la casita pr&oacute;xima de un aldeano, Pablo crey&oacute; escuchar
+confusamente los gritos de Valentina, que intentaba desasirse de los que
+la ten&iacute;an, para rematarle, sin duda.</p>
+
+<p>La noticia se extendi&oacute; por la romer&iacute;a. Mucha gente acudi&oacute; corriendo al
+teatro del suceso. Cecilia y Gonzalo, que vieron el movimiento,
+quisieron enterarse. Un amigo, conocedor de la verdad, les dijo que se
+trataba de una reyerta entre aldeanos, y procur&oacute; llevarlos m&aacute;s lejos
+todav&iacute;a.</p>
+
+<p>Mientras tanto, el m&eacute;dico de un concejo inmediato, que all&iacute; estaba, fu&eacute;
+avisado para que viniese a curar al herido. Era un joven reci&eacute;n salido
+de las aulas. Lo primero que hizo fu&eacute; despojarle de la chaqueta,
+cort&aacute;ndosela por la espalda; despu&eacute;s hizo lo mismo con el chaleco y la
+camisa. Cuando la carne qued&oacute; al descubierto, no pudo retener una
+carcajada:</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Qu&eacute; herida, ni qu&eacute; calabazas! Aqu&iacute; no hay nada.</p>
+
+<p>En efecto, el peque&ntilde;o cortaplumas, de que la costurera se hab&iacute;a valido
+para asesinar a su p&eacute;rfido amante, atraves&oacute; la chaqueta, el chaleco, la
+camisa y la camiseta. En cuanto a la carne aborrecida del seductor,
+hab&iacute;a quedado enteramente inc&oacute;lume.</p>
+
+<p>No poco se alegr&oacute; &eacute;ste de volver al gremio de los seres vivos. Despu&eacute;s
+que el ama de la casa le cosi&oacute; provisionalmente la camisa, y se cubri&oacute;
+con el gab&aacute;n del m&eacute;dico, mientras Piscis iba a buscar los caballos,
+sali&oacute; por los prados de atrae para no ser visto, tanto por la verg&uuml;enza
+que le daba ir vestido con aquel espantoso sayo, como porque crey&oacute;
+escuchar a Valentina, mientras iba con las ansias de la muerte, ciertas
+palabras pesadas. Si mal no recordaba (y pod&iacute;a recordar mal, dado su
+desvanecimiento), la costurera dec&iacute;a gritando cuando le llevaban entre
+cuatro:</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Anda, cochino, que si yo no te he matado, no faltar&aacute; quien te mate!</p>
+
+<p>Pablito hallaba tan feo el ser asesinado por un des-conocido, que no
+quiso detenerse un minuto m&aacute;s en la romer&iacute;a. En cuanto sali&oacute; a la
+carretera, donde le esperaba Piscis, mont&oacute; a caballo, y se traslad&oacute; en
+un credo a la villa.</p>
+
+<p>El sol se estaba poniendo. Alguna gente comenzaba a dejar la romer&iacute;a,
+cuando &eacute;sta fu&eacute; violentamente conmovida por el escape de seis u ocho
+coches que llegaban de Lancia a la carrera. Era el duque de Tomos con su
+s&eacute;quito. En una carretela abierta ven&iacute;a &eacute;l con su secretario y el gran
+patricio don Rosendo. En el coche de &eacute;ste ven&iacute;an don Rufo, Alvaro Pe&ntilde;a
+y dos se&ntilde;ores de Lancia. Y acomodados en los otros, don Feliciano, don
+Rudesindo, Navarro, don Jer&oacute;nimo de la Fuente y algunos varones m&aacute;s de
+los que segu&iacute;an la bandera del glorioso Belinch&oacute;n. Al llegar al medio de
+la Nozaleda, el Duque mand&oacute; hacer alto sorprendido de ver aquella
+muchedumbre abigarrada ocupando la extensa llanura del prado.</p>
+
+<p>Era un hombre de unos cuarenta y seis a&ntilde;os. Las mejillas fl&aacute;cidas, de
+color p&aacute;lido terroso, el labio inferior un poco ca&iacute;do, expresando desd&eacute;n
+y cansancio, los ojos de indefinible matiz, fr&iacute;os y vidriosos como los
+de un besugo muerto, con los p&aacute;rpados ordinariamente ca&iacute;dos, expresando
+igualmente el hast&iacute;o. En uno de ellos tra&iacute;a un cristal o <i>monocle</i>
+h&aacute;bilmente sujeto, que daba a su fisonom&iacute;a un aspecto excesivamente
+impertinente y repulsivo. No gastaba barba, sino largo bigote con las
+puntas engomadas. Vest&iacute;a con elegancia que no se ve jam&aacute;s en provincia,
+esto es, con cierta originalidad caprichosa de los que no siguen las
+modas, sino que las imponen. Sombrero blanco de alas estrech&iacute;simas,
+americana que parec&iacute;a hecha de tela de jerg&oacute;n, camisa amarilla, guantes
+de color lila, y en vez de corbata un pa&ntilde;uelo blanco en forma de
+chalina, con una gruesa perla clavada.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Precioso, precioso!&mdash;dijo al contemplar aquel pintoresco cuadro,
+levantando con trabajo los p&aacute;rpados. La voz era, cascada y la
+pronunciaci&oacute;n lenta, fatigosa, como si estuviera aplaudiendo en su palco
+del teatro Real los trinos de una prima donna.</p>
+
+<p>Don Rosendo se apresur&oacute; a darle noticias de la romer&iacute;a. Le mostr&oacute; con la
+mano el cerro de la ermita, que se ve&iacute;a a lo lejos. Despu&eacute;s le fu&eacute;
+se&ntilde;alando, para que se fijase en ellos, los distintos grupos donde se
+bailaba: &laquo;Vea usted, se&ntilde;or Duque; all&iacute; se baila al son de la gaita y el
+tambor. Es el baile caracter&iacute;stico del pa&iacute;s, en el campo, se entiende.
+Aqu&eacute;llas son las giraldillas, donde bailan cantando las muchachas de la
+villa. All&iacute; se bebe. Aqu&eacute;llas son las mesas donde se venden confites.
+Debajo de aquel nogal se est&aacute;n bailando habaneras... Mire usted, mire
+usted, se&ntilde;or Duque, la cl&aacute;sica danza de nuestra tierra; los hombres a un
+lado, las mujeres a otro. Con ese vaiv&eacute;n mon&oacute;tono est&aacute;n horas y horas
+cantando las antiguas baladas... Es un baile casto, no lo negar&aacute;
+usted...</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Precioso, precioso!&mdash;repet&iacute;a el Duque con su acento arrastrado,
+enfilando el <i>monocle</i> principalmente a las giraldillas.</p>
+
+<p>El duque de Tornos dec&iacute;a una verdad. Pocos espect&aacute;culos tan bellos y
+risue&ntilde;os pod&iacute;an ofrecerse en paraje alguno de la tierra. La romer&iacute;a,
+antes de morir, se agitaba con un frenes&iacute; de alegr&iacute;a ruidosa. La gaita
+acentuaba sus notas agudas, chillonas, que hac&iacute;an vibrar el aire a larga
+distancia, acompa&ntilde;ada fiel y sordamente por el tambor. Las mozas
+exaltadas, sudorosas, con las mejillas encendidas y los cabellos
+revueltos, no cantaban ya, gritaban dando vueltas a la giraldilla,
+despidi&eacute;ndose con rabia de aquel goce, que s&oacute;lo de tarde en tarde se les
+ofrec&iacute;a. Cantaban tambi&eacute;n los borrachos de dos en dos o tres en tres con
+voces &aacute;speras desafinadas, meti&eacute;ndose el aliento por las narices,
+balance&aacute;ndose grotescamente, esparrancados sobre el c&eacute;sped. Y los mozos
+y mozas de la danza-prima se desga&ntilde;itaban, queriendo aguzar cada vez m&aacute;s
+las notas largas, dormilonas, de sus baladas antiqu&iacute;simas. Hasta el
+viol&iacute;n y arpista italianos hab&iacute;an emprendido con furor una mazurka que
+las parejas bailaban levantando extremadamente los pies, dando furiosas
+patadas en la hierba.</p>
+
+<p>La luz se iba huyendo del cuadro; pero al huirse suavizaba los tonos,
+esparc&iacute;a sobre &eacute;l un encanto misterioso, po&eacute;tico, que tra&iacute;a al recuerdo
+los dichosos rincones de la Arcadia antigua. Parec&iacute;a que aquella gente
+deb&iacute;a vivir y morir as&iacute;, en perpetua alegr&iacute;a y juventud. &iquest;Por qu&eacute;
+marcharse, por qu&eacute; huir de aquel recinto feliz, para volver a sumergirse
+en las fatigas de la vida cotidiana, en la podredumbre y miseria de los
+negocios humanos? &iexcl;Gozar, gozar! gozar en la inocencia del coraz&oacute;n y los
+sentidos, de la salud, de las sublimes armon&iacute;as de la luz y del sonido;
+gozar de las dulzuras del amor fecundo engendrador de todas las cosas;
+gozar de la fuerza, que mantiene la cohesi&oacute;n del universo; gozar del
+gorjeo de los p&aacute;jaros, del murmullo de las fuentes, del aroma de las
+flores, del roc&iacute;o de los campos, de las espumas de los mares, del cielo
+eternamente azul. Para esto debi&oacute; ser creado el hombre, no para
+acompa&ntilde;arse en los breves d&iacute;as de su existencia del trabajo abrumador,
+de la airada venganza, de la p&aacute;lida envidia, de la tristeza roedora. La
+tradici&oacute;n del Para&iacute;so, es la m&aacute;s l&oacute;gica y venerable de las tradiciones
+humanas.</p>
+
+<p>El sol doraba ya solamente las cimas de los nogales que circundaban el
+prado, extendiendo desmesuradamente sus sombras. Un leve estremecimiento
+fr&iacute;o, melanc&oacute;lico, corri&oacute; por todos los &aacute;mbitos. En vano lucharon contra
+&eacute;l aquellos a quienes el baile o el vino hab&iacute;a enardecido. Poco tiempo
+despu&eacute;s se hab&iacute;a apoderado de todos. Escuch&aacute;banse las voces de las
+madres llamando a sus hijos, de los hermanos llamando a sus hermanas.
+Form&aacute;banse grupos, que permanec&iacute;an alg&uacute;n tiempo vacilantes, buscando con
+los ojos a alguno que les faltaba, para irse. Lo primero que se deshizo
+fueron las giraldillas. El baile y la danza persist&iacute;an. Los aldeanos
+estaban m&aacute;s cerca de sus casas y no ten&iacute;an tanto miedo a caminar de
+noche. En torno de los coches situados en medio de la carretera, se
+hab&iacute;a ido aglomerando la gente. El Duque segu&iacute;a enfilando su <i>monocle</i> a
+todos los rincones, presenciando los preparativos del desfile, con la
+curiosidad atenta de un inteligente en pintura. Al fin, reparando en el
+numeroso pelot&oacute;n que por todas partes los estrechaba, di&oacute; orden de
+marchar, pero lentamente, al paso de los romeros. Quer&iacute;a ver todo
+aquello, no por hermoso, sino por nuevo.</p>
+
+<p>Los coches comenzaron a caminar en medio de la muchedumbre. Rode&aacute;banlos
+amarteladas parejas que marchaban de bracero en &iacute;ntimo coloquio, viejos
+que llevaban ni&ntilde;os de la mano, sujetando en la otra grandes pa&ntilde;uelos
+atestados de confites, grupos de muchachas cambiando sus impresiones en
+voz alta, riendo con sonoras carcajadas. En cuanto se alejaron un poco
+del sitio de la Nozaleda comenzaron los c&aacute;nticos. Esto es lo que
+caracteriza la vuelta de las romer&iacute;as en aquella regi&oacute;n. Las artesanas
+de Sarri&oacute; se prec&iacute;an de tener buena voz, y hacen bien. Generalmente la
+emprenden con alguna canci&oacute;n rom&aacute;ntica, una melod&iacute;a tendida y
+quejumbrosa, buscando arm&oacute;nico acompa&ntilde;amiento por medio de la segunda
+voz en terceras. Otras veces, cuando el grupo es demasiado numeroso, se
+acogen a los pasacalles tradicionales de la villa, que son infinitos y
+deliciosos. Fu&eacute; lo que hicieron en esta ocasi&oacute;n. El Duque qued&oacute;
+sorprendido al escuchar aquel coro de frescas voces repitiendo sin cesar
+coplas inocentes como &eacute;stas:</p>
+
+<p class="poem">
+<i>En la torre m&aacute;s alta</i><br />
+<i>del amor me vi;</i><br />
+<i>falsearon los cimientos,</i><br />
+<i>pero no ca&iacute;.</i><br /><br />
+<span style="margin-left: 4em;">&mdash;&mdash;</span>
+</p>
+<p class="poem">
+<i>C&oacute;mo quieres que un pobre</i><br />
+<i>llame a tu puerta,</i><br />
+<i>si no le das limosna,</i><br />
+<i>rica avarienta.</i><br />
+</p>
+
+<p>Y los pueriles conceptos que guardaban, adquir&iacute;an en sus bocas una
+importancia excesiva, parec&iacute;an sentencias sagradas, f&oacute;rmulas misteriosas
+y amables que nadie pod&iacute;a tocar sin cometer un sacrilegio. El aire se
+poblaba de aquellas notas suaves, prolongadas. Un enternecimiento
+delicioso &iacute;base apoderando de las cantantes a medida que las dejaban
+escapar de sus gargantas. Cada vez las repet&iacute;an con m&aacute;s cari&ntilde;o, con m&aacute;s
+unci&oacute;n, exhalando en ellas aquel fondo de romanticismo que palpitaba
+eternamente en sus corazones, transmiti&eacute;ndose de madres a hijas en la
+pintoresca villa del Cant&aacute;brico. Era la melancol&iacute;a de quien presiente
+el mundo de la belleza, lo ama, lo anhela, y por su condici&oacute;n est&aacute;
+destinado a vivir y morir lejos de &eacute;l. Entre copla y copla, mediaba un
+rato de silencio. Escuch&aacute;base el ruido acompasado de los pies. El coro
+parec&iacute;a so&ntilde;ar despierto, atento a los vagos sentimientos de ternura que
+el canto remov&iacute;a en los limbos de su esp&iacute;ritu.</p>
+
+<p>Se ven&iacute;a la noche precipitadamente. Los altos olmos recortaban a&uacute;n con
+admirable pureza sus ramas en el fondo di&aacute;fano de la atm&oacute;sfera; pero de
+sus copas ca&iacute;a sobre la carretera una sombra cada vez m&aacute;s espesa. La
+campi&ntilde;a hab&iacute;a perdido el color, extend&iacute;a en el horizonte sus lomos
+sombr&iacute;os donde apenas resaltaban los toques amarillos de alguna heredad
+plantada de trigo. All&aacute; lejos la gran mancha del Oc&eacute;ano se obscurec&iacute;a.
+Su azul brillante del mediod&iacute;a hab&iacute;ase trocado en un gris triste,
+verdoso, con reflejos met&aacute;licos.</p>
+
+<p>El coro sacudi&oacute; de pronto su melancol&iacute;a. Una moza inici&oacute; cierto
+pasacalle vivo y alegre. Las dem&aacute;s la siguieron, de buena voluntad como
+si despertasen de un sue&ntilde;o triste.</p>
+
+<p class="poem">
+<i>No te compongas</i><br />
+<i>que ya no ir&aacute;s</i><br />
+<i>a San Antonio</i><br />
+<i>a pasear,</i><br />
+<i>que est&aacute; lloviendo</i><br />
+<i>y te mojar&aacute;s</i><br />
+<i>el vestidito</i><br />
+<i>y no tienes m&aacute;s.</i><br />
+</p>
+
+<p>La emprendieron con &eacute;l a gritos, desaforadamente, con la fe y el ahinco
+con que lo cantaban todo. Una de ellas, a los pocos momentos, improvis&oacute;
+una copla alusiva a la situaci&oacute;n:</p>
+
+<p class="poem">
+<i>A San Antonio</i><br />
+<i>vente a pasear,</i><br />
+<i>ver&aacute;s al Duque</i><br />
+<i>que es muy gal&aacute;n.</i><br />
+<i>Todas las ni&ntilde;as</i><br />
+<i>que en Sarri&oacute; hay</i><br />
+<i>la bienvenida</i><br />
+<i>le van a dar.</i><br />
+</p>
+
+<p>Y desde entonces, como si aqu&eacute;lla fuese la se&ntilde;al, no cesaron de
+requebrar en sus c&aacute;nticos al magnate. El cual, dirigiendo el <i>monocle</i>
+unas veces a la derecha, otras a la izquierda, y sacudiendo la cabeza
+con ben&eacute;vola sonrisa, repet&iacute;a por lo bajo:</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Precioso, precioso! &iexcl;Un tapiz de Teniers! &iexcl;Un paisaje de Lorrain!</p>
+
+<p>Cuando llegaron a la villa, era noche cerrada.</p>
+
+<p>Subi&oacute; el Duque con su secretario a las habitaciones que don Rosendo le
+hab&iacute;a destinado. El secretario era un joven de veinticuatro a veintis&eacute;is
+a&ntilde;os, p&aacute;lido, rubio, en cuyo cerebro abultado de feto no cab&iacute;an m&aacute;s
+ideas que la de la importancia colosal del Duque, y la necesidad
+imperiosa de llegar a ser un personaje, si no de tanta cuenta, lo
+bastante para tener tambi&eacute;n secretario. Fuera de esto, el mundo no ten&iacute;a
+explicaci&oacute;n para Cos&iacute;o, que as&iacute; se llamaba. Despu&eacute;s que hubo descansado
+unos momentos el magnate, baj&oacute; a comer en traje de tiqueta. Cos&iacute;o lo
+mismo. Don Rosendo hab&iacute;a cambiado la hora espa&ntilde;ola de comer por la
+francesa. Al verle entrar de aquel modo, la familia se turb&oacute;. Sin duda
+Belinch&oacute;n, su hijo y su yerno hab&iacute;an dado una pifia no poni&eacute;ndose el
+frac. Venturita se lo hizo notar &aacute;speramente a su marido en voz baja.
+Este se encogi&oacute; de hombros con supremo desd&eacute;n, moviendo los labios de un
+modo despreciativo. Estaba de mal humor. Al ver la mesa puesta sin el
+plato de la ni&ntilde;a, hab&iacute;a preguntado por &eacute;l. Su mujer le hab&iacute;a contestado
+con malos modos:</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Pero, hombre, no seas rid&iacute;culo! &iquest;Quieres que la ni&ntilde;a coma hoy con
+nosotros?</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Por qu&eacute; no?</p>
+
+<p>Venturita se hab&iacute;a escandalizado. Despu&eacute;s se hab&iacute;a re&iacute;do pregunt&aacute;ndole
+si hab&iacute;a aprendido aquellos usos en el club de regatas. Esto le hab&iacute;a
+irritado, le ten&iacute;a propenso a no mostrarse con el Duque todo lo
+deferente y respetuoso que deb&iacute;a. En cambio, ella hac&iacute;a d&iacute;as que se
+preocupaba con los preparativos para recibir al ilustre hu&eacute;sped. Por su
+consejo y direcci&oacute;n se hab&iacute;a aumentado la servidumbre, poniendo librea a
+los criados. Viendo a Pach&iacute;n, uno muy antiguo en la casa, con aquel
+extra&ntilde;o uniforme, Gonzalo se hab&iacute;a re&iacute;do a grandes carcajadas, lo que
+excit&oacute; la bilis de su esposa. Hab&iacute;ase encargado una nueva y fina vajilla
+con la cifra de Belinch&oacute;n; todo el aparato de las comidas modernas,
+cuchillos de hoja de plata, para la fruta, tenedores de ostras, tarjetas
+litografiadas para el <i>menu</i> y otros utensilios inusitados hasta
+entonces en las comidas de la casa. El viento del extranjerismo soplaba
+tambi&eacute;n sobre aquella mesa abundante, sana, patriarcal, que hemos
+conocido al comenzar la presente historia.</p>
+
+<p>Ventura se present&oacute; en el sal&oacute;n con traje azul marino de seda, descotado
+por el pecho, los brazos al aire. Hab&iacute;a aprendido, no sabemos d&oacute;nde, que
+en las comidas de ceremonia las se&ntilde;oras van descotadas. Do&ntilde;a Paula no
+cumpl&iacute;a con este precepto. En cambio, estaba esplendorosamente vestida
+con telas de vivos colores, que formaban triste contraste con su rostro
+marchito, minado por la enfermedad. Los &uacute;nicos convidados eran Alvaro
+Pe&ntilde;a y don Rufo.</p>
+
+<p>Pach&iacute;n, el buen Pach&iacute;n, vestido de m&aacute;scara, abri&oacute; la puerta y dijo con
+voz sonora que Ventura le hab&iacute;a ensayado:</p>
+
+<p>&mdash;La se&ntilde;ora est&aacute; servida.</p>
+
+<p>El Duque ofreci&oacute; su brazo a do&ntilde;a Paula y se trasladaron todos al
+comedor. Esta ocup&oacute; el sitio preferente por indicaci&oacute;n previa de su
+hija. El Duque se coloc&oacute; a su derecha; don Rufo a su izquierda; los
+dem&aacute;s se fueron sentando sin orden: Venturita a la derecha del egregio
+hu&eacute;sped, despu&eacute;s Alvaro Pe&ntilde;a, Cos&iacute;o, Pablito, don Rosendo. Gonzalo al
+lado de Cecilia.</p>
+
+<p>Y la comida di&oacute; principio, ceremoniosa, fr&iacute;a, con largos intervalos de
+silencio. Todos estaban cohibidos, aplastados por la grandeza del
+personaje que ten&iacute;an delante. Este ostentaba una calva lustrosa que le
+tomaba casi toda la cabeza. Los pocos cabellos de la parte posterior y
+de los lados eran negros a pesar de sus cuarenta y seis a&ntilde;os. Sus
+menores gestos eran observados con atenci&oacute;n idol&aacute;trica. Las palabras que
+dejaba escapar, acogidas con una sonrisa de afectada complacencia y
+admiraci&oacute;n. Las primeras que salieron de sus labios, despu&eacute;s de algunas
+de cortes&iacute;a, fueron para seguir admir&aacute;ndose de los contornos de la
+villa.</p>
+
+<p>&mdash;Yo no conoc&iacute;a del Norte m&aacute;s que las Provincias&mdash;dec&iacute;a con su
+pronunciaci&oacute;n lenta, arrastrada.&mdash;Encuentro este pa&iacute;s muy superior a
+ellas en lo que se refiere al paisaje. Ofrece mayor variedad, m&aacute;s
+riqueza de color. Hay sitios agrestes all&aacute; en el puerto que hemos
+atravesado, comparables a los m&aacute;s decantados paisajes de la Suiza. Y al
+llegar a la costa, se encuentra la misma suavidad de las l&iacute;neas, la
+misma dulzura en el ambiente, que en el Mediod&iacute;a de Italia.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Oh, se&ntilde;or Duque, usted nos favorece demasiado!&mdash;Pura amabilidad,
+se&ntilde;or Duque.&mdash;En el verano puede pasar este pa&iacute;s; &iexcl;pero en el invierno!</p>
+
+<p>Don Rosendo, Alvaro Pe&ntilde;a y don Rufo, inundados de felicidad y gratitud,
+se ruborizaban, rechazaban aquellos elogios, como si fuesen dirigidos a
+ellos. El Duque sigui&oacute; hablando como si no hubiese escuchado siquiera
+sus exclamaciones.</p>
+
+<p>&mdash;Es m&aacute;s abrupto que el de las Provincias, los tonos m&aacute;s pronunciados.
+He visto desde la carretera de Lancia hacia el Oriente, un t&eacute;rmino de
+monta&ntilde;as con las cimas nevadas a&uacute;n, que es verdaderamente delicioso.
+S&oacute;lo le faltan al pa&iacute;s algunos lagos, para ser digno de presentarse a
+los extranjeros.</p>
+
+<p>&mdash;Tenemos un lago en el occidente de la provincia&mdash;dijo Pe&ntilde;a.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Un lago?&mdash;pregunt&oacute; el Duque, levantando los p&aacute;rpados para fijarse en
+su interruptor.</p>
+
+<p>&mdash;S&iacute;, se&ntilde;oj: se llama el lago Nojd&oacute;n.</p>
+
+<p>El Duque dej&oacute; caer sobre el ayudante por algunos segundos su mirada
+vidriosa. Pe&ntilde;a concluy&oacute; por turbarse. Despu&eacute;s sigui&oacute;, pase&aacute;ndola con
+esfuerzo por los circunstantes:</p>
+
+<p>&mdash;En mi galer&iacute;a de Bourges, tengo un paisaje de Backhuysen con un fondo
+muy semejante al de esas monta&ntilde;as. Solamente que en primer t&eacute;rmino,
+aparece un lago cercado de maleza. A la derecha, hay unos cisnes
+sumergi&eacute;ndose en el agua; a la izquierda, una barca con dos j&oacute;venes
+campesinos. Lo he comprado por la delicadeza del colorido tan s&oacute;lo...</p>
+
+<p>&mdash;Al se&ntilde;or Duque le gustan por lo visto los buenos cuadros&mdash;dijo don
+Rufo plegando la boca hasta las orejas para sonreir.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Y a qui&eacute;n no le gustan?&mdash;respondi&oacute; el magnate clavando en &eacute;l sus ojos
+muertos de besugo.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Oh, s&iacute;, se&ntilde;or!... es verdad... tiene usted mucha raz&oacute;n. A todo el
+mundo le gustan... Pero es un vicio muy caro... S&oacute;lo los grandes
+potentados como el se&ntilde;or Duque pueden permitirse...</p>
+
+<p>Don Rufo se confund&iacute;a, creyendo haber dicho una necedad.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;El se&ntilde;or Duque posee muchos cuadros de los mejores pintores, seg&uacute;n
+tengo entendido?&mdash;dijo a la saz&oacute;n don Rosendo para salvar a su
+compa&ntilde;ero.</p>
+
+<p>&mdash;Tengo algunos&mdash;respondi&oacute; el pr&oacute;cer echando agua al mismo tiempo en el
+vaso de Venturita.</p>
+
+<p>Esta se estremeci&oacute; de gratitud. La sangre se le agolp&oacute; al rostro.</p>
+
+<p>&mdash;La suya es una de las primeras galer&iacute;as de Europa&mdash;dec&iacute;a, en tanto,
+por lo bajo Cos&iacute;o a Pe&ntilde;a.</p>
+
+<p>&mdash;Me gusta la pintura porque es el arte nacional&mdash;sigui&oacute; diciendo el
+magnate.&mdash;Es el &uacute;nico en que hemos verdaderamente descollado, el &uacute;nico
+en el cual a&uacute;n hoy florecemos... Porque yo, aunque he pasado la mayor
+parte de mi vida en el extranjero, amo mucho a mi patria&mdash;a&ntilde;adi&oacute; con un
+amago de sonrisa en tono protector.</p>
+
+<p>La patria, si pudiera escuchar aquellas ben&eacute;volas palabras, se
+estremecer&iacute;a infaliblemente de gozo, como Venturita.</p>
+
+<p>&mdash;La amo, confesando, no obstante, su degradaci&oacute;n. La Naturaleza nos ha
+dotado con mano pr&oacute;vida de los m&aacute;s ricos dones. Un pa&iacute;s f&eacute;rtil (no tanto
+como vulgarmente se cree, pero, en fin, f&eacute;rtil), admirablemente situado
+a un extremo de la Europa, tendiendo la mano a Am&eacute;rica al trav&eacute;s de los
+mares. Un cielo, &iexcl;oh, el cielo! no hay otro como &eacute;l. El aire tiene aqu&iacute;,
+sobre todo en el Mediod&iacute;a, una transparencia... &iexcl;Oh, una transparencia
+infinita! La desesperaci&oacute;n de los pintores. En cambio esta transparencia
+da mayor pureza a la l&iacute;nea. En ninguna parte se destacan los objetos
+como aqu&iacute;. En Castilla las torres se perciben a muchas leguas de
+distancia, con la misma dureza en los contornos que si estuvi&eacute;ramos a
+algunos pasos. Esto depende, claro est&aacute;, de la altura a que se encuentra
+sobre el nivel del mar...</p>
+
+<p>&mdash;Los pa&iacute;ses muy elevados sobre el nivel del mar, se ha demostrado que
+son los menos inteligentes&mdash;apunt&oacute; don Rufo, respirando por su man&iacute;a
+fisiol&oacute;gica.</p>
+
+<p>El Duque volvi&oacute; la cabeza para mirarle y sigui&oacute; como si no hubiese o&iacute;do:</p>
+
+<p>&mdash;Luego el admirable brillo del sol que hace m&aacute;s crudo el contraste
+entre la luz y la sombra y a&ntilde;ade la oposici&oacute;n de las masas a la decisi&oacute;n
+de las l&iacute;neas. S&oacute;lo aqu&iacute;, en el Norte, el vapor acuoso que flota en la
+atm&oacute;sfera, reblandece y borra un poco los contornos, los esfuma; pero en
+cambio la riqueza de los tonos es mayor. En el Mediod&iacute;a los tonos de la
+tierra se extinguen por el esplendor preponderante del cielo, por la
+iluminaci&oacute;n universal del aire: &iexcl;pero aqu&iacute;! &iexcl;qu&eacute; inmensa variedad de
+<i>nuances</i>! &iexcl;Oh, hermosa, infinita!... &iexcl;Luego, qu&eacute; fuerza, qu&eacute; movilidad!
+En el Mediod&iacute;a un tono permanece fijo. La luz inmutable del cielo le
+mantiene durante muchas horas, y lo mismo un d&iacute;a que otro. Mas en estos
+pa&iacute;ses en que la luz cambia a cada instante, var&iacute;a tambi&eacute;n el color; el
+modelado es perfecto, las gradaciones del color <i>fondue</i>, transforman en
+espeso relieve su tono general...</p>
+
+<p>El Duque, que hab&iacute;a comenzado a enumerar las ventajas de que los
+espa&ntilde;oles est&aacute;bamos dotados, no acababa de salir del contorno, de la
+luz, del color, se perd&iacute;a en disquisiciones pict&oacute;ricas que los
+comensales escuchaban con los ojos muy abiertos, sin comprender,
+moviendo con pereza las mand&iacute;bulas. Pero sin dejar de hablar atend&iacute;a a
+Venturita. Preven&iacute;a sus deseos, ech&aacute;ndole agua en el vaso, alarg&aacute;ndole
+los entremeses, el pan, todo lo que pudiera serle agradable, haciendo
+se&ntilde;a al criado para que le sirviese vino cuando advert&iacute;a que sus copas
+estaban vac&iacute;as, con esa oportunidad desembarazada, elegante, del hombre
+educado en la cumbre de la sociedad. Venturita acog&iacute;a aquellas
+galanter&iacute;as confusa, sonriente, con vivos temblores de gratitud, sin
+comprender que en aquel momento no representaba para el magnate m&aacute;s que
+&laquo;la dama que estaba a su derecha&raquo;.</p>
+
+<p>Gonzalo, mal prevenido contra el egregio hu&eacute;sped, se hab&iacute;a llegado a
+cansar de aquel mon&oacute;logo de pintura, y cambiaba frases por lo bajo con
+su cu&ntilde;ada, embrom&aacute;ndola, como de costumbre, con lo poco que com&iacute;a:</p>
+
+<p>&mdash;Vamos, Huesitos, otra chuleta, no te d&eacute; verg&uuml;enza porque este se&ntilde;or
+est&eacute; delante. Ya le hemos dicho que no se sorprendiera de verte comer
+tanto. Los temperamentos como el tuyo necesitan reponer la grasa.</p>
+
+<p>Cecilia contestaba sonriendo, con medias palabras, dirigiendo vivas
+ojeadas de respeto al Duque. Este, que hab&iacute;a advertido su pl&aacute;tica, por
+dos veces levant&oacute; los p&aacute;rpados para mirarles de aquel modo fr&iacute;o,
+distra&iacute;do, que por no expresar nada, ni desd&eacute;n siquiera, era el colmo
+del orgullo. La segunda vez, sobre todo, en que Cecilia y Gonzalo se
+rieron con gana llev&aacute;ndose la servilleta a la boca para apagar el ruido,
+la mirada del pr&oacute;cer fu&eacute; m&aacute;s larga, m&aacute;s fr&iacute;a y distra&iacute;da a&uacute;n. Venturita,
+indignada, los apu&ntilde;alaba con los ojos. Pero Gonzalo, o por vengarse de
+sus burlas anteriores, o porque en realidad no sintiese ante el
+personaje el embarazo y respet&oacute; que los dem&aacute;s, no amain&oacute; en la man&iacute;a de
+platicar con su cu&ntilde;ada y hacerla reir.</p>
+
+<p>La fraternidad cari&ntilde;osa de los dos cu&ntilde;ados, no decrec&iacute;a. Gonzalo y sus
+hijas pertenec&iacute;an a Cecilia. En todos los momentos de su vida, la
+influencia de &eacute;sta se dejaba sentir suave y bienhechora. De las dos
+ni&ntilde;as, la primera, Cecilita, ten&iacute;a ya dos a&ntilde;os y medio; la otra,
+Paulina, contaba ocho meses. Lo mismo una que otra, viv&iacute;an al calor
+maternal de su t&iacute;a. Ella las lavaba, ella las vest&iacute;a, las daba de comer,
+las sacaba a paseo, ense&ntilde;aba a orar a la primera. La madre, sin dejar de
+quererlas, se cansaba pronto, sus lloros la impacientaban, y cuando
+trataba de hacerlas callar no sab&iacute;a; conclu&iacute;a por aturdirse y sofocarse.
+De aqu&iacute; que en sus necesidades, en sus anhelos infantiles no clamasen
+m&aacute;s que por <i>titta</i>. Alguna vez, Ventura, herida por esta preferencia,
+celosa, las forzaba a aceptar sus oficios, las reten&iacute;a a su pesar al
+lado de ella. Esto s&oacute;lo daba por resultado mayor despego en las
+criaturas mezclado de miedo. En cuanto a Gonzalo, ten&iacute;a en Cecilia una
+hermana y una madre atenta siempre a evitarle disgustos, a separarle los
+abrojos del camino. En ella descansaba, a ella acud&iacute;a como un ni&ntilde;o
+grande y mimoso, impacient&aacute;ndose cuando no cumpl&iacute;a al instante sus
+deseos, molest&aacute;ndola m&aacute;s de la cuenta. Pero el lazo que le un&iacute;a a su
+esposa, continuaba firme, inalterable. El vivo sentimiento de adoraci&oacute;n
+y de deseo que le hab&iacute;a hecho cometer la primera vileza de su vida, no
+se apagaba. Por mucho que se alejase, por exc&eacute;ntrica que fuese la &oacute;rbita
+de su vida, Ventura le reten&iacute;a con los rayos de su belleza, segu&iacute;a
+fascinando como antes sus sentidos. Lo adivinaba muy bien Cecilia. Por
+eso cuando el joven, herido de alg&uacute;n desd&eacute;n, de alguna palabra mal&eacute;vola
+de su mujer, se desataba en denuestos contra ella, sonre&iacute;a con tristeza,
+procuraba calmarle, segura de que su cu&ntilde;ado no tardar&iacute;a en humillarse,
+en ir contrito y avergonzado a besarle los pies.</p>
+
+<p>Cuando el pr&oacute;cer termin&oacute; al fin su mon&oacute;logo, hubo unos instantes de
+silencio. Despu&eacute;s, como si recordase una omisi&oacute;n cometida, principi&oacute; a
+enterarse con ben&eacute;vola y afectada atenci&oacute;n, de los asuntos de sus
+comensales.</p>
+
+<p>El se&ntilde;or don Rufo Pedrosa era m&eacute;dico, &iquest;verdad? El ejercicio de la
+medicina es penoso, sobre todo en provincias, donde no obtiene por regla
+general la merecida recompensa.&mdash;El se&ntilde;or Pe&ntilde;a, marino, &iquest;no es eso? Oh,
+el cuerpo de la armada, siempre ha sido brillante. L&aacute;stima que no
+corresponda nuestro material de guerra al valor y a la pericia de los
+oficiales. &iquest;Corren mucho las escalas? &iquest;Da mucho que hacer la direcci&oacute;n
+de un puerto? Pensaba presentar en el Senado una moci&oacute;n, pidiendo la
+construcci&oacute;n de dos acorazados.&mdash;&iquest;Y Pablito, se divert&iacute;a mucho en
+Sarri&oacute;? &iquest;Qu&eacute; recursos ofrec&iacute;a aquella villa a los j&oacute;venes? &iquest;Hab&iacute;a estado
+en Madrid? Era aficionado a los caballos. &iexcl;Ah! la equitaci&oacute;n, un gran
+ejercicio. El Duque comprend&iacute;a muy bien aquella afici&oacute;n. &iquest;Los caballos
+que ten&iacute;a, eran del pa&iacute;s o extranjeros?...</p>
+
+<p>Hac&iacute;a todas aquellas preguntas de un modo distra&iacute;do, con sonrisa de
+maniqu&iacute;, apresuradamente, como si estuviese recitando una lecci&oacute;n. Era,
+en efecto, la p&aacute;gina m&aacute;s penosa del libro de la buena educaci&oacute;n, aquella
+en que se advierte que es preciso hacerse agradable a las personas con
+quienes se habla, interes&aacute;ndose por sus negocios. A Gonzalo y Cecilia
+los mir&oacute; un instante fr&iacute;amente; pero no les hizo pregunta alguna.
+Cumplida tan &iacute;mproba tarea, el magnate volvi&oacute; a caer en el eterno
+mon&oacute;logo. Esta vez no fu&eacute; sobre pintura, sino sobre arqueolog&iacute;a. En
+Lancia hab&iacute;a visto una capilla bizantina que le llam&oacute; mucho la atenci&oacute;n
+por su pureza. No hab&iacute;a en ella a&uacute;n s&iacute;ntoma alguno de transformaci&oacute;n. La
+catedral mediana. S&oacute;lo la torre era notable por su esbeltez. La aguja
+deb&iacute;a de ser, no obstante, primitivamente m&aacute;s alta, m&aacute;s <i>elanc&eacute;</i>. Sin
+duda al restaurarla despu&eacute;s de la destrucci&oacute;n causada por un rayo, se
+hab&iacute;an acortado sus dimensiones. Ten&iacute;a entendido que Sarri&oacute; pose&iacute;a una
+iglesia muy bella, estilo plateresco...</p>
+
+<p>Mientras el Duque arrastraba m&aacute;s que mov&iacute;a su lengua en disertaci&oacute;n
+doct&iacute;sima, infinita (como &eacute;l dir&iacute;a), don Rosendo manifestaba en sus
+ademanes y en sus ojos una inquietud extra&ntilde;a que procuraba con cuidado
+refrenar, aunque sin resultado. Por tres veces hab&iacute;a dado recados en voz
+baja al criado, y otras tantas hab&iacute;a recibido de &eacute;ste respuestas,
+tambi&eacute;n en voz baja.</p>
+
+<p>Lleg&oacute; el momento del caf&eacute;. El Duque, terminado el mon&oacute;logo arqueol&oacute;gico,
+hab&iacute;a trabado conversaci&oacute;n con Venturita, con ese admirable instinto que
+poseen los orgullosos para comprender a qui&eacute;n fascinan y a qui&eacute;n no. Y
+su pl&aacute;tica se fu&eacute; animando poco a poco. Alguna vez se dignaba sonreir el
+egregio hu&eacute;sped y hac&iacute;a a su bella interlocutora el honor de levantar
+los ca&iacute;dos p&aacute;rpados para fijar en ella una mirada de curiosidad y
+simpat&iacute;a. La joven, exaltada por aquella honra, con las mejillas
+encendidas y los ojos brillantes, depart&iacute;a con f&aacute;cil ingenio y palabra,
+mostrando tanta gracia y finura, que el Duque qued&oacute; de ella altamente
+complacido. Al parecer, hablaban de pintura. Cecilia y Gonzalo, que
+charlaban aparte, la oyeron decir:</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Oh, Rubens! &iexcl;Qu&eacute; modo de pintar la carne! Rubens es el Cervantes de
+la pintura.</p>
+
+<p>Gonzalo volvi&oacute; la cabeza como si le hubieran pinchado. Y una viva
+sorpresa se pint&oacute; en su rostro.</p>
+
+<p>&mdash;Chica, &iquest;d&oacute;nde ha aprendido mi mujer estas cosas?&mdash;dijo en seguida a su
+cu&ntilde;ada.</p>
+
+<p>Esta se encogi&oacute; de hombros. Pero Venturita hab&iacute;a observado el movimiento
+de Gonzalo, su sorpresa y las palabras que dirigi&oacute; a Cecilia. Se puso
+colorada, y baj&oacute; la voz. Luego, observando la mirada burlona de su
+marido, le clav&oacute; otra, relampagueante y col&eacute;rica.</p>
+
+<p>Mientras tanto, do&ntilde;a Paula explicaba a don Rufo la marcha de su
+dolencia. Cos&iacute;o describ&iacute;a con orgullo a Pe&ntilde;a y Pablito las grandezas y
+comodidades del castillo de Bourges, donde el Duque ten&iacute;a su famosa
+galer&iacute;a de pinturas.</p>
+
+<p>S&oacute;lo don Rosendo permanec&iacute;a silencioso, cada vez m&aacute;s inquieto, haciendo
+con los dedos nerviosos bolitas de pan. De pronto, su noble faz se
+extendi&oacute; con una sonrisa bienaventurada. Todos levantaron al mismo
+tiempo la cabeza al escuchar en la calle un trompeteo horr&iacute;sono. Era la
+orquesta de Lancia que al fin hab&iacute;a llegado.</p>
+
+
+
+<h3 class="top15"><a name="XVI" id="XVI"></a>XVI</h3>
+
+<p class="c smcap">de lo mucho y bueno que hizo el duque de tornos en sarri&oacute;</p>
+
+
+<p><i>El Faro</i> dedic&oacute; casi todo su n&uacute;mero del jueves a cantar ditirambos al
+duque de Tornos. Public&oacute; su biograf&iacute;a en la primera plana, describi&oacute; en
+la segunda su entrada triunfal en la romer&iacute;a y el modo gallardo con que
+fu&eacute; acompa&ntilde;ado por las j&oacute;venes m&aacute;s hermosas de la villa en medio de
+cantos y v&iacute;tores. Insert&oacute; cerca de esta descripci&oacute;n unos versos con el
+mismo asunto de uno de los chicos de don Rufo. Por &uacute;ltimo, en la plana
+tercera, a&uacute;n pod&iacute;an leerse dos o tres gacetillas referentes al egregio
+hu&eacute;sped. <i>El Joven Sarriense</i> se limit&oacute; a dar la noticia de su llegada
+en un gacetilla cort&eacute;s y fr&iacute;a, titulada <i>Bien venido</i>. Pero a rengl&oacute;n
+seguido, y cogiendo la ocasi&oacute;n por los pelos, la emprendi&oacute; como siempre
+a tajos y mandobles con sus enemigos. Figuraba el gacetillero que don
+Rosendo llevaba al Duque al Saloncillo y le iba presentando uno por uno
+los hombres m&aacute;s notables que all&iacute; se reun&iacute;an. Con tal motivo se hac&iacute;a
+innoble chacota de don Rudesindo, don Feliciano G&oacute;mez, Alvaro Pe&ntilde;a, don
+Rufo, Navarro y otras respetabil&iacute;simas personas. Indign&oacute; la gacetilla en
+alto grado a todos los amigos de Belinch&oacute;n, e hizo crecer en sus
+corazones el fuego de la venganza. Por lo bien escrita y
+malintencionada, achac&aacute;base com&uacute;nmente a Sinforoso Su&aacute;rez.</p>
+
+<p>&iquest;C&oacute;mo? &iquest;Sinforoso no era el redactor principal de <i>El Faro</i>, el amigo
+fiel y edec&aacute;n de don Rosendo? Ya no. Cerca de un a&ntilde;o hac&iacute;a que se
+apartara de sus antiguos amigos para ir a formar en las filas de los
+contrarios. Estos, sospechando la flaqueza de su car&aacute;cter y las pasiones
+que germinaban en el fondo de su alma, le hab&iacute;an hecho la rosca, como
+vulgarmente se dice. Persuadi&eacute;ronle, por medio de su padre y otras
+personas, de que unido a los del Saloncillo no har&iacute;a jam&aacute;s carrera; que
+atacando las ideas religiosas de la poblaci&oacute;n no ser&iacute;a recibido en las
+casas respetables ni bienquisto de las damas. Al mismo tiempo procuraron
+engolosinarle con la perspectiva de un matrimonio para &eacute;l muy brillante.
+La hija de un cu&ntilde;ado de Maza, era la joven que se le promet&iacute;a vagamente.
+Al fin, con sorpresa y estupefacci&oacute;n de la villa, traicion&oacute; a sus amigos
+y protectores. De la noche a la ma&ntilde;ana dej&oacute; la redacci&oacute;n del <i>Faro</i> y
+pas&oacute; a escribir en <i>El Joven Sarriense</i>. No fu&eacute; impunemente,
+sin-embargo. La primera vez que tropez&oacute; con &eacute;l Alvaro Pe&ntilde;a en la R&uacute;a
+Nueva, a las doce del d&iacute;a, le llen&oacute; de denuestos, y lo que es peor, le
+llen&oacute; la cara de dedos. La correcci&oacute;n fu&eacute; tan vergonzosa, tan
+humillante, que Sinforoso, que no pecaba de bravo y altanero, concibi&oacute;
+contra su verdugo odio feroz y un deseo punzante de venganza. Arm&aacute;ndose
+de un palo de hierro que le facilit&oacute; su nuevo amigo Delaunay, esper&oacute; al
+ayudante en la esquina de la calle de San Florencio, y por detr&aacute;s le
+arrim&oacute; un garrotazo en la cabeza que le hizo caer al suelo sin sentido.
+Transportaron a Pe&ntilde;a a su casa y estuvo m&aacute;s de ocho d&iacute;as en la cama.
+Fueron in&uacute;tiles los esfuerzos de sus amigos para obligarle a que diese
+parte a la justicia. A todo trance, como hombre irascible y arrebatado,
+quer&iacute;a tom&aacute;rsela por la mano, lo cual ten&iacute;a sumamente medroso al agresor
+y bastante preocupada a la poblaci&oacute;n. Cont&aacute;base que el ayudante, mirando
+desde la cama por el balc&oacute;n de su cuarto las tapias del cementerio,
+hab&iacute;a dicho con acento de profunda convicci&oacute;n:&mdash;&laquo;El pobre Sinforoso no
+tajdar&aacute; muchos d&iacute;as en dojmij all&iacute; para siempre.&raquo; Tales palabras
+produjeron gran sensaci&oacute;n en la villa, porque se le supon&iacute;a con arrestos
+para llevar a cabo el prop&oacute;sito. El efecto que hicieron en Sinforoso, no
+es para descrito.</p>
+
+<p>En cuanto el ayudante sali&oacute; a la calle, restablecido ya de su herida, el
+hijo de Perinolo se eclips&oacute;. Nadie volvi&oacute; a verle en un mes. Se dec&iacute;a
+que s&oacute;lo sal&iacute;a de noche y con grandes precauciones. Pero, como todo
+decae y pasa en este mundo, su miedo mismo fu&eacute; al cabo debilit&aacute;ndose,
+pensando tal vez que los sanguinarios pensamientos de Pe&ntilde;a se hab&iacute;an
+borrado igualmente con el tiempo. Poco a poco se fu&eacute; familiarizando con
+el peligro. Se aventur&oacute; a salir de d&iacute;a, huyendo, no obstante, de
+aquellos sitios en que pudiese tropezar con su cruel enemigo,
+inform&aacute;ndose de todos si le hab&iacute;an visto pasar y hacia qu&eacute; paraje se
+hab&iacute;a dirigido. Con esto, la villa estaba anhelante, y preve&iacute;a que la
+hora menos pensada iba a suceder una cat&aacute;strofe.</p>
+
+<p>Cierta tarde, con la seguridad que le dieron de que Pe&ntilde;a hab&iacute;a ido de
+paseo hacia la Escombrera con don Rosendo, nuestro Sinforoso se arriesg&oacute;
+a entrar a beber una botella de cerveza en el caf&eacute; de la Marina. Sent&oacute;se
+en una de las primeras mesas y al instante observ&oacute; que los rostros de
+los parroquianos, muchos de ellos conocidos y amigos, se volv&iacute;an hacia
+&eacute;l sonrientes unos, otros con expresi&oacute;n de susto. No se pasaron muchos
+segundos sin que llegase a sus o&iacute;dos la voz campanuda del ayudante, que
+discut&iacute;a con sus amigos all&aacute; en el fondo del caf&eacute;, en lo m&aacute;s obscuro.
+Oirla nuestro periodista y dejarse caer al suelo en cuatro patas, fu&eacute;
+todo uno. De esta suerte fu&eacute; caminando sigilosamente hasta que alcanz&oacute;
+de nuevo la puerta, y se sali&oacute; a toda velocidad. Cuando supuso que
+estaba ya muy lejos, uno de los parroquianos grit&oacute;:</p>
+
+<p>&mdash;Alvaro, &iquest;sabes qui&eacute;n acaba de estar aqu&iacute;?</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Qui&eacute;n?</p>
+
+<p>&mdash;Sinforoso: ahora mismo se ha ido.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Ah, mala centella que lo mate!&mdash;exclam&oacute; brincando m&aacute;s que corriendo
+al trav&eacute;s de las mesas, saliendo disparado como un cohete.</p>
+
+<p>Pero, &iquest;d&oacute;nde estaba ya Sinforoso? Despu&eacute;s de correr buen trecho por la
+calle sin saber a d&oacute;nde iba, el ayudante se vi&oacute; precisado a dar la
+vuelta y entrar de nuevo en el caf&eacute; con el despecho y la ira pintados en
+el rostro. Tanto tiempo se pas&oacute;, no obstante, sin lograr tropezar con
+&eacute;l, que al cabo concluy&oacute; por perdonarle. Satisfizo su agravio con
+arrearle un par de puntapi&eacute;s en el trasero, cuando despu&eacute;s de tres
+meses, le hall&oacute; paseando en la punta del Pe&oacute;n. El hijo del Perinolo di&oacute;
+gracias al Cielo de haber librado tan bien.</p>
+
+<p>El enojo que la indigna gacetilla les produjo, se fu&eacute; templando con la
+esperanza de aplastar muy pronto a los reptiles que la hab&iacute;an inspirado,
+o por lo menos darles algunos golpes formidables con el ariete del
+Duque. Los amigos de Belinch&oacute;n andaban, los d&iacute;as que siguieron a la
+llegada de aqu&eacute;l, satisfechos y rozagantes, mirando a sus enemigos con
+ojos provocativos.&mdash;&laquo;Temblad, petates, temblad&raquo;&mdash;parec&iacute;an decirles con
+la mirada.&mdash;El mismo don Rosendo, tan magn&aacute;nimo, tan fil&oacute;sofo, tan
+humanitario, participaba de aquel rencor implacable, deseaba
+ardientemente el exterminio de sus contrarios. Poco a poco, a impulso de
+la lucha mortal en que estaba comprometido, aquellos sentimientos
+rom&aacute;nticos de progreso, aquel amor a los adelantos morales y materiales
+de su villa natal, que hemos tenido el placer de admirar en los primeros
+cap&iacute;tulos de esta historia, hab&iacute;an cedido el sitio a un triste deseo de
+destrucci&oacute;n. Sin embargo, esto era puramente accidental. All&aacute; en el
+fondo, su alma quedaba tan pura, tan progresista como hab&iacute;a salido de
+las manos del Hacedor.</p>
+
+<p>El partido del Saloncillo form&oacute; en torno del Duque una muralla
+impenetrable; &laquo;le secuestr&oacute;&raquo;, seg&uacute;n la expresi&oacute;n del <i>Joven Sarriense</i>.
+No sal&iacute;a jam&aacute;s a la calle sin ir acompa&ntilde;ado de cuatro o seis de sus
+miembros m&aacute;s notables. Para mostrarle lo que guardaba la poblaci&oacute;n digno
+de verse, le llevaban materialmente escoltado. Despu&eacute;s vinieron las
+jiras a los caser&iacute;os y parroquias de las cercan&iacute;as, a las casas de
+campo de los amigos de Belinch&oacute;n, los banquetes op&iacute;paros, las
+excursiones de pesca y las cacer&iacute;as. Realmente la vida era grata en
+Sarri&oacute; por el verano. El Duque, que hab&iacute;a mandado delante un regular
+equipaje, ten&iacute;a los enseres necesarios para pintar, y aprovechaba los
+ratos en que se le dejaba libre para bosquejar horrendos paisajes dignos
+del fuego eterno. Sus relaciones con la familia de Belinch&oacute;n eran de
+estricta finura, una cortes&iacute;a infatigable que manten&iacute;a admirablemente
+las distancias. En sus palabras, en su gesto, se trasluc&iacute;a siempre un
+sentimiento afectuoso de protecci&oacute;n que suavizaba un poco aquella
+expresi&oacute;n de cansancio y hast&iacute;o en que constantemente ca&iacute;a su rostro
+cuando le dejaban en libertad.</p>
+
+<p>Tan s&oacute;lo con Venturita parec&iacute;an animarse un poco aquellos ojos muertos.
+Cuando se hallaba al lado de ella, el Duque redoblaba su finura hasta
+dar en viva y desenvuelta galanter&iacute;a. Cuando hablaba al corro de la
+familia, su mirada iba dirigida a ella, como si entre los dem&aacute;s no
+hubiera ninguno capaz de comprenderle. Las creaciones de su pincel nadie
+las ve&iacute;a primero que la esposa de Gonzalo, y si de alguien estimaba la
+admiraci&oacute;n, era de ella. Le hab&iacute;a dado a leer algunas novelas francesas
+que tra&iacute;a, y sobre su argumento y el m&eacute;rito de los autores depart&iacute;an
+largamente en la mesa escuchados por los otros que apenas sab&iacute;an de qu&eacute;
+se trataba. Y al cabo de algunos d&iacute;as le propuso hacer su retrato. Sus
+aficiones le dirig&iacute;an al paisaje; no hab&iacute;a pintado m&aacute;s retratos que el
+de la duquesa de Montmorency y el de una de las infantitas de Espa&ntilde;a;
+pero ahora sent&iacute;a un vivo deseo, un capricho m&aacute;s bien, de retratar a
+Venturita tal cual la hab&iacute;a visto por primera vez, con aquel traje azul
+marino descotado. La joven sinti&oacute;se profundamente lisonjeada. La primera
+una duquesa, la segunda una infanta, &iexcl;la tercera ella! Luego aquel
+singular deseo de retratarla en el traje de la primera noche, &iquest;no hac&iacute;a
+presumir con fundamento que era viva la impresi&oacute;n que hab&iacute;a producido en
+el Duque? Comenzaron las sesiones en uno de los gabinetes del piso
+principal. Don Jaime (que as&iacute; se llamaba el magnate) hab&iacute;a pensado
+retratarla reclinada en un div&aacute;n rojo con algunas plantas y flores a los
+lados. Los tres primeros d&iacute;as asistieron a la sesi&oacute;n do&ntilde;a Paula, Gonzalo
+y Cecilia. Pero se cansaron pronto. En los siguientes los dejaron solos,
+viniendo la madre de vez en cuando a echar una ojeada al retrato y a
+decir dos palabritas de cortes&iacute;a. En aquellos quince d&iacute;as que la pintura
+del retrato dur&oacute;, la intimidad entre el Duque y la hermosa joven creci&oacute;
+extremadamente. El magnate hab&iacute;a condescendido hasta contarle mucha
+parte de su historia privada. La p&uacute;blica era bien conocida de todos.</p>
+
+<p>Don Jaime de la Nava y Sandoval se hab&iacute;a casado muy joven con una
+egregia dama ligada por v&iacute;nculos estrechos de parentesco con la
+soberana. No hab&iacute;a sido feliz en su matrimonio. El amor fren&eacute;tico de la
+dama (que la hab&iacute;a hecho saltar la barrera social que la separaba de su
+esposo), entibi&oacute;se presto. Surgieron desavenencias. Hubo alg&uacute;n
+esc&aacute;ndalo, y concluyeron por separarse. Don Jaime, aunque disfrutaba de
+las preeminencias y honores que correspond&iacute;an a su elevada posici&oacute;n, no
+hac&iacute;a, sin embargo, un papel muy airoso. Sobre su frente pesaba un
+estigma fatal, que le hab&iacute;a hecho padecer mucho hasta que se fu&eacute;
+acostumbrando. De esta herida, que dado el temperamento de su esposa, no
+ten&iacute;a tiempo a cicatrizarse, veng&aacute;base lindamente despellejando a la
+aristocracia de Madrid, arrojando pu&ntilde;ados de lodo que llegaban, a
+salpicar a las m&aacute;s altas personas. Pasaba el duque de Tornos por una de
+las lenguas m&aacute;s aguzadas y temibles de la capital.</p>
+
+<p>Venturita tuvo ocasi&oacute;n pronto de conocer su temple y su filo. En cuanto
+el magnate adquiri&oacute; con ella alguna confianza y penetr&oacute; por su larga
+experiencia, m&aacute;s que por su ingenio, el car&aacute;cter que ten&iacute;a, principi&oacute; a
+dejarse resbalar un tanto en las conversaciones, como si el desenfado
+para tratar los asuntos escabrosos fuese una prueba de &laquo;buen tono&raquo;.
+Habl&oacute; con gran naturalidad y como cosa corriente, de las relaciones
+il&iacute;citas que sosten&iacute;a la mayor&iacute;a de las damas aristocr&aacute;ticas de Madrid.
+&laquo;La duquesa de Tal, ahora est&aacute; enredada con el hijo del banquero Fulano.
+La marquesa de Cual, se fug&oacute; a Bruselas con el secretario de la embajada
+de Rusia. A esta se&ntilde;ora le gustaban los toreros; a aqu&eacute;lla la hab&iacute;an
+sorprendido con el lacayo. La condesa de Tal se gloriaba de tener tres
+amantes a un tiempo. La baronesa Fulana iba con el suyo en carruaje,
+mientras el marido guiaba afanoso los caballos.&raquo; No quedaba dama en la
+corte a quien no le arrancara una tirita de pellejo. No perdonaba
+siquiera a su esposa. Una vez concluy&oacute; por decir sonriendo
+c&iacute;nicamente:&mdash;&laquo;Y por &uacute;ltimo, si se quiere saber lo que es la
+aristocracia de Madrid, ah&iacute; est&aacute; la duquesa de Tornos, que es un buen
+resumen de todos sus vicios.&raquo;</p>
+
+<p>Ventura qued&oacute; aterrada. Sab&iacute;a vagamente los motivos de rencor que el
+Duque ten&iacute;a contra su esposa; pero no cre&iacute;a posible que un marido
+pudiese hablar de aquel modo de su mujer en ninguna circunstancia. No
+obstante, se hallaba tan fascinada por la grandeza del personaje, que
+pronto vino a figurarse que aquellas formas, aquel cinismo, eran la
+expresi&oacute;n de la moda y el &laquo;buen tono&raquo;. Luego vinieron las an&eacute;cdotas
+picantes. El Duque contaba con su voz cascada y aquella sonrisa de
+hast&iacute;o y superioridad que no se le ca&iacute;a de los labios casi nunca,
+multitud de aventuras galantes, devaneos y obscenidades que hac&iacute;a pasar,
+diciendo previamente:&mdash;&laquo;Usted ya est&aacute; casada y se le pueden contar
+ciertas cosas.&raquo; En pocos d&iacute;as despleg&oacute; como en un gran tel&oacute;n ante los
+ojos pasmados de la joven, el mundo cortesano que tanto ansiaba ella
+conocer, la vida &iacute;ntima, secreta, de aquellos j&oacute;venes p&aacute;lidos, de
+bigotes retorcidos, que ve&iacute;a pasar en la Castellana guiando lujosos
+trenes, de aquellas lindas y orgullosas damas, que ostentaban en su
+carruaje timbre ducal y apenas se dignaban dejar caer sobre ella una
+mirada indiferente y desde&ntilde;osa. Fingiendo nada m&aacute;s que complaciente
+atenci&oacute;n, Ventura recog&iacute;a &aacute;vidamente aquellos pormenores mundanos. Luego
+los repasaba con febril actividad en su imaginaci&oacute;n inquieta, donde
+siempre hab&iacute;an germinado vagos deseos de brillo, caprichos fant&aacute;sticos,
+aspiraciones imposibles. El duque de Tornos, sin prop&oacute;sito de ello, s&oacute;lo
+por el placer de dar rienda suelta a su lengua de hombre gastado y
+herido, corrompi&oacute; m&aacute;s en pocos d&iacute;as el alma de la joven esposa que todas
+cuantas novelas hab&iacute;a le&iacute;do. Al fin y al cabo lo que las novelas dec&iacute;an,
+era mentira, mientras que las an&eacute;cdotas del Duque acababan de
+efectuarse, los personajes que en ellas hab&iacute;an intervenido viv&iacute;an y eran
+conocidos de todo el mundo. En fin, todo aquello estaba sangrando, como
+se dice vulgarmente.</p>
+
+<p>El magnate, de alma corrompida y cuerpo gastado, y la bella provinciana,
+ansiosa de volar a esferas m&aacute;s altas, hab&iacute;an nacido, sin duda, para
+comprenderse. Se atrajeron por afinidad electiva como muchos cuerpos de
+la Naturaleza. Venturita agotaba todos los recursos de su imaginaci&oacute;n en
+el tocador, y se presentaba cada d&iacute;a m&aacute;s seductora. Cuando el Duque,
+levantando un instante los p&aacute;rpados para mirarla, hac&iacute;a una ligera se&ntilde;al
+de aprobaci&oacute;n, el gozo le sub&iacute;a en forma de carm&iacute;n a las mejillas. En
+aquel momento despreciaba de buena fe, con todas las veras de su alma,
+al mundo cursi en que la suerte la hab&iacute;a hecho nacer y vivir. Aunque no
+abusaba, sab&iacute;a usar perfectamente de la intimidad que el egregio hu&eacute;sped
+la conced&iacute;a; se autorizaba con &eacute;l alguna bromita de buen g&eacute;nero, que
+hac&iacute;a, no obstante, estremecer de susto a don Rosendo. Conoc&iacute;a que era
+la preferida y comenzaba a coquetear. El Duque, por su parte, afectando
+indiferencia absoluta por todas las cosas terrenales y celestiales, se
+preocupaba much&iacute;simo de los <i>jaquetes</i>, levitas, camisolas, corbatas y,
+en general, por todo lo referente a la indumentaria. La variedad de
+prendas con que se presentaba, y lo original y aun estramb&oacute;tico de
+algunas de ellas, llamaba poderosamente la atenci&oacute;n del pueblo y
+deslumbraba a Venturita. En realidad, si ella se vest&iacute;a para el Duque,
+&eacute;ste se vest&iacute;a tambi&eacute;n para ella.</p>
+
+<p>Vagamente primero, con m&aacute;s precisi&oacute;n despu&eacute;s, la hija menor de don
+Rosendo pensaba que la amistad del magnate pod&iacute;a aprovecharse, no s&oacute;lo
+para aumentar la influencia pol&iacute;tica de su padre en la poblaci&oacute;n, sino
+tambi&eacute;n para dar lustre y brillo a la familia. Por ejemplo, una gran
+cruz... Los que la lograban ten&iacute;an tratamiento de Excelencia. Si su
+padre fuese un Excelent&iacute;simo Se&ntilde;or, perder&iacute;a aquel car&aacute;cter de
+comerciante en bacalao, que a ella le crispaba. &iquest;Y por qu&eacute; no se la
+hab&iacute;an de dar? A un personaje de tal magnitud como el Duque no le
+costaba mucho trabajo conseguirla. Hasta hab&iacute;a o&iacute;do decir que con dinero
+e influencia no era dif&iacute;cil llegar a poseer un t&iacute;tulo de conde o
+marqu&eacute;s... &iexcl;Un t&iacute;tulo! Venturita, sin considerar que ten&iacute;a un hermano y
+una hermana de m&aacute;s edad, se estremec&iacute;a deliciosamente pensando que alg&uacute;n
+d&iacute;a pudiera ser &laquo;la se&ntilde;ora marquesa&raquo; o &laquo;la se&ntilde;ora condesa&raquo;. Pero aquel
+marido que ten&iacute;a era &iexcl;tan obscuro! &iexcl;tan enemigo de mezclarse en
+pol&iacute;tica, ni darse importancia! &iexcl;Oh, si ella fuese la que llevara los
+pantalones, ya se ver&iacute;a hasta d&oacute;nde llegaba!</p>
+
+<p>En poco tiempo su amistad y su influencia con el Duque crecieron de tal
+modo, que pudieron ser notadas, no s&oacute;lo de los habitantes de la casa,
+sino tambi&eacute;n de muchas personas de fuera. Don Jaime la iba a esperar al
+ba&ntilde;o muchos d&iacute;as y la acompa&ntilde;aba hasta casa atravesando la villa por el
+medio, excitando poderosamente la curiosidad p&uacute;blica. La joven se mor&iacute;a
+de placer deslumbrando de este modo, haciendo padecer a sus envidiosas
+conocidas. Porque el Duque no se ocultaba para prodigarle mil atenciones
+galantes, ni ella para ostentar un grado de confianza con &eacute;l superior al
+de los dem&aacute;s de la familia. Gonzalo hab&iacute;a observado, con secreto
+disgusto, aquella intimidad. El Duque &laquo;le hab&iacute;a ca&iacute;do antip&aacute;tico&raquo; y
+notaba perfectamente que hab&iacute;a reciprocidad en este sentimiento, por m&aacute;s
+que el personaje, como hombre de mundo, guardase frente a &eacute;l una actitud
+cort&eacute;s y hasta ben&eacute;vola, donde s&oacute;lo un esp&iacute;ritu observador o un hombre
+de coraz&oacute;n y de instinto como Gonzalo pod&iacute;an traslucir la hostilidad.
+Sin embargo, a medida que la amistad y confianza con su esposa crec&iacute;an,
+la antipat&iacute;a del Duque parec&iacute;a desvanecerse. Sus atenciones con el
+esposo eran cada vez mayores, y en apariencia, m&aacute;s sinceras. Como
+supiese que Gonzalo era excesivamente aficionado a la caza, le hizo el
+obsequio de una magn&iacute;fica escopeta que a &eacute;l le hab&iacute;a regalado el czar de
+Rusia. El joven qued&oacute; agradecid&iacute;simo, y algo se borr&oacute; con esta prueba de
+aprecio su antipat&iacute;a. Despu&eacute;s el magnate le invit&oacute; varias veces a salir
+de caza. En estas excursiones tambi&eacute;n se oper&oacute; un deshielo evidente de
+sus sentimientos hostiles. Pero, desgraciadamente, vino un suceso casual
+a recrudecerlos. Un d&iacute;a, por hallarse Gonzalo en Lancia con una comisi&oacute;n
+de su suegro, sali&oacute; el Duque a matar liebres acompa&ntilde;ado solamente de don
+Feliciano y de Sanjurjo, el notario. Los perros que llevaban eran los de
+casa. Pues sucedi&oacute; que el que m&aacute;s estimaba Gonzalo se port&oacute; inicuamente
+en la caza, tal vez por no asistir a ella su amo. Era un galgo fin&iacute;simo
+que hab&iacute;a encargado a Inglaterra y le hab&iacute;a costado una cantidad
+exorbitante. La falta que cometi&oacute; fu&eacute; de las m&aacute;s graves que un individuo
+puede cometer en el uso de sus funciones. Nada menos hizo que despu&eacute;s de
+cobrar una liebre, cuando el Duque corr&iacute;a hacia &eacute;l para quit&aacute;rsela de la
+boca, soltarla de pronto en el suelo. El inocente animal, que s&oacute;lo
+estaba herido en una pierna, corri&oacute; a esconderse en la maleza. Tal fu&eacute;
+la indignaci&oacute;n del magnate que, montando la escopeta, hizo fuego sobre
+el perro; mas &eacute;ste, viendo la actitud agresiva del cazador, se hab&iacute;a
+alejado r&aacute;pidamente y no le toc&oacute; un solo perdig&oacute;n. El Duque,
+encolerizado, furioso, le sigui&oacute; para matarle, pero no logr&oacute; darle
+alcance. El culpable se huy&oacute; del cazadero, y nadie le vi&oacute; m&aacute;s aquella
+tarde. Cuando el magnate di&oacute; la vuelta a casa le dijeron que hab&iacute;a
+llegado a ella el perro. Don Jaime, en quien todav&iacute;a persist&iacute;a la
+c&oacute;lera, dijo al criado:</p>
+
+<p>&mdash;Coge ese perro, s&aacute;calo al campo, y p&eacute;gale un tiro.</p>
+
+<p>El servidor se inmut&oacute;. Permaneci&oacute; unos instantes suspenso; pero, ante la
+mirada fija, imperiosa del Duque, baj&oacute; la cabeza y se dispuso a
+cumplimentar la orden. Llam&oacute; al perro, le at&oacute; con una cadena, y tomando
+la carabina, sali&oacute; de casa. &iexcl;Qu&eacute; ajeno iba el pobre animal de que le
+llevaban al suplicio! Brincaba con alegr&iacute;a, se retorc&iacute;a, ladraba
+acariciando con la mirada al fiel servidor, el cual sent&iacute;a que las
+l&aacute;grimas asomaban a sus ojos, maldiciendo del hu&eacute;sped y de la hora en
+que hab&iacute;a llegado, pues era mucho lo que amaba a aquel hermoso
+animal.&mdash;&iexcl;Santo Cristo, qu&eacute; va a decir el se&ntilde;orito Gonzalo cuando
+llegue, y sepa que le han matado el Poli&oacute;n!</p>
+
+<p>Justamente, al pensar esto, asomaba Gonzalo por la esquina de la misma
+calle. Acababa de llegar de Lancia en la diligencia, y se dirig&iacute;a a
+casa. Al tropezar con el criado, le pregunt&oacute; sorprendido:</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Adonde vas, Ram&oacute;n?</p>
+
+<p>El servidor acortado, temeroso, despu&eacute;s de vacilar unas instantes, le
+respondi&oacute;:</p>
+
+<p>&mdash;A matar el perro.</p>
+
+<p>La estupefacci&oacute;n del joven fu&eacute; tan grande, que pareci&oacute; quedar
+petrificado.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;A matar el perro!</p>
+
+<p>&mdash;S&iacute;, se&ntilde;or; el se&ntilde;or Duque me di&oacute; esa orden, porque solt&oacute; una liebre
+despu&eacute;s de cobrarla.</p>
+
+<p>Gonzalo se puso l&iacute;vido.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Y qu&eacute; tiene que mandar ese sinverg&uuml;enza!...&mdash;rugi&oacute; sin poder proferir
+m&aacute;s palabras, arrebatando al mismo tiempo la cadena de manos de Ram&oacute;n,
+con tal fuerza, que le hizo tambalearse. Y se dirigi&oacute; a paso largo hacia
+casa, arrastrando al perro, dispuesto a interpelar al Duque de un modo
+violento. Mas antes de llegar, tuvo tiempo a reflexionar que su posici&oacute;n
+era muy delicada. Re&ntilde;ir con el hu&eacute;sped por cosa tan balad&iacute;, a los ojos
+de todo el mundo, por m&aacute;s que a los suyos no lo fuese, pasar&iacute;a
+seguramente por el colmo de la groser&iacute;a. Content&oacute;se al fin con mandar al
+Poli&oacute;n a la perrera, y saludar al magnate con un poco de frialdad.</p>
+
+<p>La antipat&iacute;a, sofocada un instante, volvi&oacute; a despertar con m&aacute;s fuerza.
+La amistad, las atenciones del Duque con su esposa, comenzaron, no ya a
+chocarle como antes, sino a herirle. No se le pasaba por la imaginaci&oacute;n
+que tuviesen m&aacute;s car&aacute;cter que el de finezas o galanter&iacute;as usadas en la
+alta sociedad. La edad del pr&oacute;cer y la de su esposa parec&iacute;a alejar todo
+motivo de celos. Sin embargo, &laquo;aquellas mojigangas iban picando ya en
+historia&raquo;. Un d&iacute;a, hall&aacute;ndose a solas con Cecilia, le pregunt&oacute; de pronto
+bruscamente:</p>
+
+<p>&mdash;Vamos a ver, Cecilia, &iquest;a ti qu&eacute; te parece de la intimidad que va
+adquiriendo mi mujer con el Duque?</p>
+
+<p>La joven qued&oacute; sorprendida.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Qu&eacute; me ha de parecer?&mdash;le contest&oacute; mir&aacute;ndole con sus grandes ojos
+serenos.&mdash;Que por lo visto Ventura le ha sido m&aacute;s simp&aacute;tica que los
+dem&aacute;s de casa.</p>
+
+<p>&mdash;Pero esa preferencia, &iquest;no te parece que va siendo rid&iacute;cula para m&iacute;?</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Por qu&eacute;?</p>
+
+<p>&mdash;Porque s&iacute;... porque lo es&mdash;replic&oacute; con energ&iacute;a.</p>
+
+<p>Despu&eacute;s de unos instantes de silencio, a&ntilde;adi&oacute; con gravedad:</p>
+
+<p>&mdash;T&uacute;, Cecilia, no sabes a&uacute;n lo f&aacute;cilmente que queda un marido en
+rid&iacute;culo cuando tiene una mujer tan fr&iacute;vola, tan imprudente como
+Ventura.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Gonzalo!</p>
+
+<p>&mdash;Tan imprudente, &iexcl;s&iacute;!... &iquest;Pero t&uacute; no observas qu&eacute; af&aacute;n tiene de hablar
+aparte con &eacute;l, el placer que experimenta cuando todo el mundo la ve
+colgada de su brazo?... No me digas nada... Ya s&eacute;, ya s&eacute; que es pura
+vanidad. Toda su vida ha tenido el mismo car&aacute;cter orgulloso y
+fant&aacute;stico. Aunque no quieras convenir en ello, bien lo sabes. Pero aqu&iacute;
+su vanidad puede traer consecuencias muy desagradables para m&iacute;... y para
+todos. Bueno que cada d&iacute;a se ponga un traje distinto, pensando que el
+Duque se va a fijar en ellos. Pase que se recorte las u&ntilde;as en tri&aacute;ngulo,
+y se d&eacute; colorete, y se descote, y hable de los cuadros de Meissonier,
+sin haberlos visto, y haga otra porci&oacute;n de cursiler&iacute;as por el estilo.
+Pero, querida m&iacute;a, esas sonrisitas delante de gente, esos apartes no son
+tolerables. Si esto dura algunos d&iacute;as m&aacute;s, me parece que voy a
+restablecer el orden de un modo que ella no puede sospechar siquiera.</p>
+
+<p>Cecilia procur&oacute; calmarle. Si &eacute;l mismo conven&iacute;a en que todo ello depend&iacute;a
+del car&aacute;cter romancesco de Venturita, &iquest;a qu&eacute; exaltarse de aquel modo?
+Los celos eran rid&iacute;culos. Nadie en el mundo podr&iacute;a suponer que Venturita
+fuese a considerar al Duque sino como lo que era, un hombre casado, un
+viejo que pod&iacute;a bien ser su abuelo.</p>
+
+<p>&mdash;No, si no tengo celos&mdash;dec&iacute;a avergonzado el joven.</p>
+
+<p>&mdash;S&iacute; los tienes, Gonzalo. Aunque no te des cuenta de ellos, los
+tienes... Ese furor, esa exaltaci&oacute;n, &iquest;qu&eacute; son en el fondo m&aacute;s que
+celos?... Y mira, chico, perd&oacute;name que te diga que es hacerte muy poco
+favor, y hacerle menos a&uacute;n a tu mujer. Si se te ha pasado por la
+imaginaci&oacute;n que Ventura puede preferir un trasto como &eacute;se a un marido
+como t&uacute;, la supones con bien poco gusto.</p>
+
+<p>Al decir esto se ruboriz&oacute;. Gonzalo agradeci&oacute; el piropo con una sonrisa,
+sin darse por vencido. El instinto, que en &eacute;l era poderoso, m&aacute;s que la
+inteligencia, le dec&iacute;a que s&iacute;, que era posible aquella aberraci&oacute;n. Sin
+embargo, no quiso discutir, porque le humillaba defender tal supuesto,
+aunque fuese delante de su cu&ntilde;ada.</p>
+
+<p>Deseaba advertir a su esposa que le disgustaban las conferencias con el
+Duque, sus apartes, sus muecas y sonrisas que iban ya tomando car&aacute;cter
+de verdaderas coqueter&iacute;as. Pero conoc&iacute;a por experiencia a Venturita, y
+se tem&iacute;a a s&iacute; mismo. Cualquier frase punzante de las que ella usaba a
+menudo, cualquier burla inoportuna en aquella circunstancia, pod&iacute;a
+dispararle, y &eacute;l no sab&iacute;a a d&oacute;nde iba a parar cuando se disparaba.</p>
+
+<p>As&iacute; estaban las cosas, cuando al d&iacute;a siguiente de aquella conversaci&oacute;n
+con Cecilia, fu&eacute; a dar una vuelta por la ma&ntilde;ana al Saloncillo, seg&uacute;n
+costumbre. Hojeando los peri&oacute;dicos que hab&iacute;a sobre el velador del
+centro, cay&oacute; en sus manos el &uacute;ltimo n&uacute;mero de <i>El Joven Sarriense</i>. Casi
+nunca lo le&iacute;a. Por m&aacute;s que estuviese apartado de la lucha feroz de los
+bandos, odiaba a los del Camarote. Luego tem&iacute;a encontrarse con injurias
+a su suegro, que le excitaban la c&oacute;lera. Pero esta vez pase&oacute; la vista
+con indiferencia por &eacute;l, y la detuvo para leer unos versos de Periquito
+<i>a un grano de cierta dama</i>, que le hicieron reir a carcajadas. Debajo
+de estos versos hab&iacute;a una gacetilla que llevaba por t&iacute;tulo: <i>Un marido
+como hay pocos</i>. Comenz&oacute; a leerla sin gana.</p>
+
+<p>&laquo;Viajando un mandar&iacute;n de la China, llega a alojarse en la casa de cierto
+chino plebeyo que pone a su disposici&oacute;n las mejores habitaciones y
+compra los pescados m&aacute;s caros del mercado para obsequiarle. Este chino
+ten&iacute;a una mujer muy hermosa, que desde luego llam&oacute; la atenci&oacute;n del viejo
+mandar&iacute;n (porque era viejo). El mandar&iacute;n no mira para los muebles que el
+chino le presenta con orgullo, no repara en los lujosos tapices, en los
+pescados suculentos. Mira tan s&oacute;lo a la esposa del chino. Este le va
+llevando a casa todos sus amigos, que se deshacen en cortes&iacute;as y
+genuflexiones, le abruman a sonrisas y lisonjas. Pero el mandar&iacute;n,
+apenas se digna dirigirles la palabra. Toda su saliva la gasta con la
+esposa del chino. Le hace ver la poblaci&oacute;n, los monumentos m&aacute;s notables,
+los contornos pintorescos. Nada; el mandar&iacute;n no tiene ojos m&aacute;s que para
+la china. Inv&iacute;tale a grandes y magn&iacute;ficas cacer&iacute;as, cond&uacute;cele en rauda
+balandra por el mar azul y tranquilo para que pesque plateados y
+sabrosos peces. Mas el mandar&iacute;n medita, cuando echa los anzuelos al
+agua, que es mil veces preferible pescar a la linda consorte de su
+hu&eacute;sped. Y mientras todos en la casa y fuera de ella, observan, la
+melancol&iacute;a del mandar&iacute;n y adivinan sus deseos, s&oacute;lo el marido permanece
+sosegado, ignorante, persistiendo siempre en alegrarle con op&iacute;paros
+banquetes y regocijadas fiestas. Hasta que un amigo le dice al
+o&iacute;do:&mdash;&laquo;&iquest;No ves, papanatas, que lo que tu hu&eacute;sped quiere no son
+banquetes, ni pescas, ni cacer&iacute;as, sino a tu hermosa mujer?&raquo; Entonces el
+chino, despertando de pronto de su ignorancia, toma a su mujer de la
+mano, se dirige con ella al mandar&iacute;n, y le dice:&mdash;&laquo;Perd&oacute;name, se&ntilde;or, yo
+no ve&iacute;a tu tristeza, yo no adivinaba tus deseos. Aqu&iacute; tienes a mi
+esposa. Si antes supiera que la apetec&iacute;as, antes te la hubiera ofrecido,
+&iexcl;oh mandar&iacute;n excelso!&raquo;</p>
+
+<p>Gonzalo termin&oacute; de leer la gacetilla con indiferencia. De pronto, cay&oacute;
+como un rayo sobre su mente la idea de que en aquel cuentecillo se
+alud&iacute;a a &eacute;l. Una ola de sangre subi&oacute; a su rostro, y se lo encendi&oacute; como
+una brasa. Ech&oacute; una r&aacute;pida mirada de verg&uuml;enza en torno. Estaba solo.
+Con las manos convulsas, tom&oacute; de nuevo el peri&oacute;dico que hab&iacute;a dejado
+caer, y ley&oacute; la gacetilla por segunda vez, por tercera, por cuarta...
+Cuanto m&aacute;s la le&iacute;a, m&aacute;s penetraba en su cerebro, m&aacute;s se aferraba a su
+esp&iacute;ritu la funesta sospecha. Y sinti&oacute; un fr&iacute;o extra&ntilde;o que le invad&iacute;a
+todo el cuerpo menos la cabeza. La primera idea que le acometi&oacute; despu&eacute;s,
+fu&eacute; &eacute;sta:&mdash;&laquo;Voy ahora mismo a la redacci&oacute;n del <i>Joven</i>, y hago pedazos a
+cuantos encuentre dentro&raquo;. Se puso el sombrero que se hab&iacute;a quitado, y
+sali&oacute; de la estancia. Pero al llegar a la escalera, se le ocurri&oacute; otro
+pensamiento; el del gran esc&aacute;ndalo, la campanada que iba a dar en la
+villa. Iba a confesarse burlado ante la poblaci&oacute;n entera. Sus enemigos,
+o por mejor decir, los de su suegro, &iexcl;con qu&eacute; placer le hincar&iacute;an los
+dientes! Subi&oacute; de nuevo las escaleras y entr&oacute; en el Saloncillo para
+reflexionar un momento. Despu&eacute;s de dar unas cuantas vueltas, con la
+mirada ext&aacute;tica, sin saber &eacute;l mismo si andaba o permanec&iacute;a inm&oacute;vil,
+revoc&oacute; su acuerdo. Tom&oacute; de la mesa el peri&oacute;dico, lo dobl&oacute; pausadamente,
+y lo guard&oacute; en el bolsillo. Luego baj&oacute; la escalera de caracol y se
+dirigi&oacute; a su casa, el rostro blanco, el paso lento, la mirada fija. El
+exceso de ira y la confianza en su fuerza, le hab&iacute;an devuelto la calma.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Est&aacute; la se&ntilde;orita en su cuarto?&mdash;pregunt&oacute; al criado que sali&oacute; a
+abrirle la puerta.</p>
+
+<p>&mdash;Me parece que s&iacute; se&ntilde;or: preguntar&eacute; a la doncella.</p>
+
+<p>&mdash;No, no preguntes nada; voy all&aacute; yo.</p>
+
+<p>Y enderez&oacute; los pasos hacia el gabinete que le serv&iacute;a de habitaci&oacute;n,
+desde que el Duque ocupaba el piso segundo. Al pasar por delante del
+corredor, no repar&oacute; en do&ntilde;a Paula, que estaba cerca de la puerta, y se
+inmut&oacute; al ver la expresi&oacute;n extra&ntilde;a de su fisonom&iacute;a.</p>
+
+<p>Venturita estaba delante del espejo. Al ver a su marido, sin volver la
+cabeza le pregunt&oacute;:</p>
+
+<p>&mdash;Hola: cre&iacute; que hab&iacute;as salido ya. &iquest;Qu&eacute; traes de nuevo?</p>
+
+<p>Gonzalo sac&oacute; del bolsillo el peri&oacute;dico, lo desdobl&oacute; lentamente, y se lo
+present&oacute; diciendo:</p>
+
+<p>&mdash;Esto.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Y qu&eacute; es esto?&mdash;pregunt&oacute; la joven con sorpresa.</p>
+
+<p>&mdash;Un peri&oacute;dico.</p>
+
+<p>&mdash;Ya lo veo... &iquest;Y qu&eacute;?</p>
+
+<p>&mdash;Trae una gacetilla muy interesante. L&eacute;ela. Aqu&iacute;, en la tercera plana,
+debajo de estos versos.</p>
+
+<p>En el gabinete hab&iacute;a a&uacute;n tres o cuatro tiestos con plantas de las que
+hab&iacute;an servido para el retrato. Este, fijo ya en un gran marco dorado,
+estaba arrimado a la pared, esperando la hora de ser colgado en el
+sal&oacute;n. Los ojos de Gonzalo, al tropezar con &eacute;l, se hab&iacute;an obscurecido
+todav&iacute;a m&aacute;s. Y eso que la imagen de su esposa, m&aacute;s rubia que un canario
+y m&aacute;s colorada que una rosa de Alejandr&iacute;a, miraba al cielo con una
+expresi&oacute;n m&iacute;stica que jam&aacute;s &eacute;l la conociera. El Duque hablaba de enviar
+el retrato al Sal&oacute;n de Par&iacute;s.</p>
+
+<p>Mientras Ventura ley&oacute; la gacetilla, no le quit&oacute; ojo, escrutando con
+anhelo inconcebible los rasgos de su fisonom&iacute;a. Pero &eacute;sta permanec&iacute;a
+inalterable. S&oacute;lo al terminar y ofrecerle de nuevo el peri&oacute;dico, la
+encontr&oacute; ligeramente p&aacute;lida.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Por qu&eacute; me mandas leer esto?... No entiendo...</p>
+
+<p>&mdash;Voy a explic&aacute;rtelo&mdash;repuso Gonzalo con acento de ira concentrada,
+recalcando mucho las s&iacute;labas.&mdash;Te he mandado leer esto, porque el
+mandar&iacute;n de que aqu&iacute; se trata, es el duque de Tornos, la china eres t&uacute;,
+y el chino yo... &iquest;Lo entiendes ahora?</p>
+
+<p>Al decir esto, la miraba con extra&ntilde;a y terrible fijeza, apretando con
+mano crispada una rama de la planta que ten&iacute;a a su lado.</p>
+
+<p>Ventura recibi&oacute; aquella mirada sin pesta&ntilde;ear, con sorpresa m&aacute;s que con
+susto. Vacil&oacute; un instante, moviendo un poco los labios para contestar.
+Por &uacute;ltimo solt&oacute; una gran carcajada.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Ave Mar&iacute;a, qu&eacute; barbaridad!</p>
+
+<p>&mdash;Seamos serios, Ventura&mdash;replic&oacute; el joven.&mdash;Esto que excita tu risa, es
+una cosa grav&iacute;sima que puede decidir de tu felicidad y de la m&iacute;a...</p>
+
+<p>Ventura di&oacute; por toda contestaci&oacute;n otra carcajada, y despu&eacute;s otra.
+Parec&iacute;a desternillarse de risa. Mas aquellas carcajadas no sal&iacute;an de
+adentro. Gonzalo notaba su afectaci&oacute;n perfectamente.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Cuidado, Ventura, cuidado!&mdash;exclam&oacute; con el rostro demudado.&mdash;&iexcl;Mira
+que estoy hablando en serio!</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Pero, hombre! &iexcl;ja, ja!... &iquest;Quieres que no me r&iacute;a, si me dices, &iexcl;ja,
+ja, ja! que t&uacute; eres un chino y yo una china? &iexcl;ja, ja, ja!</p>
+
+<p>Sus carcajadas eran cada vez m&aacute;s sonoras y m&aacute;s fingidas.</p>
+
+<p>&mdash;Hace ya bastantes d&iacute;as&mdash;profiri&oacute; el joven, despu&eacute;s de una pausa, con
+acento sombr&iacute;o&mdash;que debiera haber puesto las cosas en orden... Esa
+intimidad infundada, inconveniente, est&uacute;pida, de que haces alarde,
+delante de gente, de tener con el Duque, me cargaba ya hasta los
+pelos... Pero no quer&iacute;a dar mi brazo a torcer. Siempre parecen rid&iacute;culos
+los hombres celosos. Ahora bien, &iexcl;mira, mira lo que me pasa por ser
+demasiado prudente!</p>
+
+<p>Al decir esto, arranc&oacute; la rama que estaba apretando, y la hizo una
+pelota dentro de la mano.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Pero est&aacute;s celoso de veras?&mdash;le pregunt&oacute; ella, con acento entre
+burl&oacute;n y cari&ntilde;oso.</p>
+
+<p>&mdash;Si lo estuviese, me callar&iacute;a, Ventura... me callar&iacute;a y observar&iacute;a... Y
+si los celos fuesen fundados, he aprendido lo que se debe hacer antes
+que el cura me leyese la ep&iacute;stola de San Pablo... Pero aqu&iacute; no se trata
+de celos... Ni la edad, ni la posici&oacute;n del Duque permiten bien que los
+haya, ni yo te hago la ofensa de suponer que le prefieres a m&iacute;. Lo que
+hay, es el rid&iacute;culo que ha ca&iacute;do sobre m&iacute; por tus imprudencias. &iquest;T&uacute; no
+ves, desdichada, que el p&uacute;blico nos observa, que tenemos much&iacute;simos
+enemigos, y que &eacute;stos se han de aprovechar del m&aacute;s m&iacute;nimo pretexto para
+zaherirnos?</p>
+
+<p>&mdash;Bien, confiesas que esto no es m&aacute;s que un pretexto para
+mortificarte&mdash;dijo la joven poni&eacute;ndose seria.</p>
+
+<p>&mdash;S&iacute;, pero fundado en lo que t&uacute; has hecho arrastrada de esa vanidad
+necia, que en vano he querido arrancarte del alma.</p>
+
+<p>&mdash;Entend&aacute;monos, Gonzalo. &iquest;Qu&eacute; es lo que yo he hecho?&mdash;profiri&oacute; ella con
+voz irritada.</p>
+
+<p>El joven guard&oacute; silencio mir&aacute;ndola fijamente. Despu&eacute;s de unos instantes
+dijo con lentitud:</p>
+
+<p>&mdash;Demasiado lo sabes. El repetirlo, me humilla.</p>
+
+<p>Hubo otro rato de silencio. Ventura pregunt&oacute; al fin con impaciencia:</p>
+
+<p>&mdash;En resumidas cuentas, &iquest;qu&eacute; quieres?</p>
+
+<p>&mdash;Voy a dec&iacute;rtelo&mdash;contesto el joven, reprimi&eacute;ndose con trabajo.&mdash;Quiero
+que cese esa intimidad ofensiva para m&iacute;, como acabas de ver. Quiero no
+pensar m&aacute;s en el duque de Tornos, ni ver su sonrisa protectora, ni sus
+modales de conquistador aburrido. Quiero volver a la calma que todos
+disfrut&aacute;bamos antes de su llegada. Y como lo quiero a toda costa, estoy
+dispuesto a conseguirlo a toda costa...</p>
+
+<p>Call&oacute; un instante y luego a&ntilde;adi&oacute; con fuerza, con m&aacute;s fuerza de la
+necesaria:</p>
+
+<p>&mdash;Hoy mismo, saldr&aacute; el Duque de esta casa.</p>
+
+<p>Ventura le mir&oacute; con estupor. Se puso repentinamente l&iacute;vida, y con los
+labios temblorosos por la ira, exclam&oacute;:</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Qu&eacute; est&aacute;s diciendo ah&iacute;? &iquest;Ser&aacute; necesario llevarte a Legan&eacute;s?... Vamos,
+vamos&mdash;a&ntilde;adi&oacute; con acento despreciativo,&mdash;hazme el favor de dejarme en
+paz. Ve a refrescarte, porque lo necesitas.</p>
+
+<p>La faz de Gonzalo se contrajo violentamente; su boca se abri&oacute; con una
+expresi&oacute;n de feroz sarcasmo, llamearon sus ojos.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Ah!&mdash;rugi&oacute; m&aacute;s que dijo.&mdash;Conque la amistad de ese cornudo (porque es
+un cornudo, &iquest;sabes? toda Espa&ntilde;a est&aacute; enterada). &iexcl;Conque la amistad de
+ese cornudo, te interesa m&aacute;s que la felicidad de tu marido! &iexcl;Conque te
+figuras que yo por no ser duque y grande de Espa&ntilde;a, no s&eacute; hacer respetar
+mi honor! &iexcl;Ahora ver&aacute;s! &iexcl;ahora ver&aacute;s!... Mira por lo pronto lo que yo
+respeto a ese cornudo...</p>
+
+<p>Y al decir esto, di&oacute; un puntapi&eacute; al retrato, que cay&oacute; al suelo con
+estr&eacute;pito. En seguida se puso a brincar sobre &eacute;l los dientes apretados,
+los ojos inyectados en sangre, con una de esas c&oacute;leras fragorosas de los
+hombres fuertes y pac&iacute;ficos. La tela qued&oacute; al instante hecha pedazos.
+Ventura, enteramente demudada, vomit&oacute;, m&aacute;s que dijo, con la osad&iacute;a
+inconcebible de la mujer adorada:</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Bruto! &iexcl;bruto!</p>
+
+<p>La entonaci&oacute;n de esta injuria era tan feroz, tan rabiosa, que Gonzalo
+levant&oacute; la cabeza como si le hubiesen clavado un hierro candente.
+Saltando sobre ella, la agarr&oacute; por un brazo. La joven lanz&oacute; un grito
+penetrante de angustia. La mano de su esposo era una tenaza de acero que
+iba a triturarle el hueso.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Perd&oacute;nala, Gonzalo, perd&oacute;nala!&mdash;entr&oacute; gritando en aquel instante do&ntilde;a
+Paula.</p>
+
+<p>El indignado joven volvi&oacute; la cabeza sin soltar a su esposa. Al ver a su
+madre pol&iacute;tica, en cuyo rostro la enfermedad hab&iacute;a hecho crueles
+estragos, contra&iacute;do ahora por el terror, con los ojos suplicantes, las
+manos plegadas hacia &eacute;l con mortal congoja, afloj&oacute; la suya y la dej&oacute;
+caer sobre el muslo.</p>
+
+<p>No tuvo tiempo a decir nada. Do&ntilde;a Paula, sin mirar a Ventura, le cogi&oacute;
+de la ropa dici&eacute;ndole:</p>
+
+<p>&mdash;Ven, hijo m&iacute;o, ven. Yo arreglar&eacute; este asunto, y te volver&eacute; la calma.</p>
+
+<p>Y Gonzalo se dej&oacute; arrastrar como un aut&oacute;mata, lleno de confusi&oacute;n.</p>
+
+<p>Al llegar a su cuarto, la buena se&ntilde;ora cerr&oacute; la puerta.</p>
+
+<p>&mdash;Lo he o&iacute;do todo&mdash;le dijo, clavando en &eacute;l aquellos grandes ojos negros
+y tristes como los de una Dolorosa, &uacute;nico resto de su antigua
+belleza.&mdash;Te vi cruzar por el pasillo con una cara tan extra&ntilde;a, que no
+pude menos de seguirte... No s&eacute; lo que dice ese peri&oacute;dico que has dado a
+Ventura, pero debe ser algo muy feo y repugnante...</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;La injuria mayor que se puede hacer a un hombre!&mdash;profiri&oacute; Gonzalo
+con la garganta apretada.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Qu&eacute; infames! &iexcl;Insultarte a ti que jam&aacute;s les has hecho da&ntilde;o alguno!
+Tienes raz&oacute;n, la culpa es de Ventura. Sus ligerezas, el gusanillo que
+tiene metido en la cabeza, ha dado lugar a este disgusto, como a todos
+los otros m&aacute;s peque&ntilde;os que hasta ahora hab&eacute;is tenido. Pero no vayas a
+figurarte que hace estas cosas por maldad... Ventura es una loca, una
+taravilla; pero en el fondo no es mala. Con el tiempo se ir&aacute;
+corrigiendo. Yo tambi&eacute;n he tenido mi cacho de orgullo y he gozado con
+ciertas tonter&iacute;as que hoy me averg&uuml;enzan. &iexcl;Oh, los a&ntilde;os, las tristezas,
+las enfermedades, le van arrancando a una todas las ilusiones!... Lo que
+importa ahora, es evitar a todo trance mayores disgustos. Hace tiempo
+que vengo notando las atenciones del Duque con Venturita y la intimidad
+que ha nacido entre ellos. S&eacute; fijamente que esta intimidad no tiene
+importancia alguna. Estoy enteramente segura de mi hija, como t&uacute; debes
+estarlo. Pero comprendo muy bien que la conducta de ese se&ntilde;or te
+moleste... Sobre todo, desde que un peri&oacute;dico se ha aprovechado de ella
+para injuriarte, las cosas no pueden continuar as&iacute;. Es necesario tomar
+una resoluci&oacute;n...</p>
+
+<p>&mdash;Ya est&aacute; tomada&mdash;dijo sordamente Gonzalo.&mdash;Hoy mismo despido al Duque
+de esta casa.</p>
+
+<p>&mdash;No, t&uacute; no puedes ni debes hacerlo. Tienes el genio violento. Habr&iacute;a
+una escena escandalosa que es necesario evitar.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Pues es lo que yo quiero precisamente! &iexcl;esa escena!</p>
+
+<p>&mdash;No seas ni&ntilde;o, Gonzalo&mdash;repuso la se&ntilde;ora.&mdash;El arreglo de este asunto me
+corresponde a m&iacute;, ya que Rosendo, fuera de su pol&iacute;tica, ni ve, ni
+entiende, ni oye. Un esc&aacute;ndalo ahora, te pondr&iacute;a en rid&iacute;culo...</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Pues aunque as&iacute; sea!&mdash;exclam&oacute; el joven con rabia.&mdash;Quiero tener el
+gusto de arrojarle de casa.</p>
+
+<p>&mdash;Me obligas a decirte, Gonzalo&mdash;replic&oacute; do&ntilde;a Paula con impaciencia y
+autoridad,&mdash;que no tienes ning&uacute;n derecho a hacerlo. Ni t&uacute; le has
+invitado, ni eres el due&ntilde;o de la casa...</p>
+
+<p>El joven se puso colorado. Observando su confusi&oacute;n, la se&ntilde;ora a&ntilde;adi&oacute; con
+acento cari&ntilde;oso:</p>
+
+<p>&mdash;T&uacute; eres un hijo nuestro, y los hijos no deben intervenir en estos
+asuntos, que corresponden a los padres. Nosotros tenemos el deber de
+velar por vuestra felicidad, sacrificarnos por ella. Yo har&eacute; que el
+Duque salga de esta casa, sin esc&aacute;ndalo, sin que se entere nadie del
+motivo, sin exponerte a cometer una bajeza, de la cual te
+arrepentir&iacute;as... No creas que lo hago por &eacute;l, a quien detesto... Desde
+que lleg&oacute; me ha sido profundamente repulsivo ese hombre. &iexcl;Ahora que veo
+lo que ha tra&iacute;do a nuestra casa, fig&uacute;rate c&oacute;mo le querr&eacute;! Lo hago
+&uacute;nicamente por ti, a quien quiero, no dir&eacute; m&aacute;s que a mi hija, porque los
+hijos... &iexcl;Oh, los hijos!... T&uacute; ya sabes lo que son... pero tanto, por lo
+menos... y a quien estimo mucho m&aacute;s...</p>
+
+<p>Gonzalo, enternecido, se dej&oacute; caer en una silla. Comenz&oacute; a sollozar como
+un ni&ntilde;o, con el rostro entre las manos. La buena se&ntilde;ora le puso la suya,
+p&aacute;lida y descarnada, sobre la cabeza, diciendo con l&aacute;grimas tambi&eacute;n en
+los ojos:</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Pobre hijo m&iacute;o! Agu&aacute;rdame un instante. Voy a decir a ese se&ntilde;or lo que
+hace al caso.</p>
+
+<p>Subi&oacute; la se&ntilde;ora de Belinch&oacute;n la escalera de caracol que conduc&iacute;a al piso
+segundo. Arriba tropez&oacute; con el ayuda de c&aacute;mara de su hu&eacute;sped.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Qu&eacute; hace el se&ntilde;or Duque?&mdash;le pregunt&oacute;.</p>
+
+<p>&mdash;Est&aacute; pintando&mdash;respondi&oacute; el criado mirando con sorpresa y curiosidad
+los ojos llorosos de do&ntilde;a Paula.</p>
+
+<p>&mdash;Dile que deseo hablar con &eacute;l.</p>
+
+<p>Mientras el dom&eacute;stico fu&eacute; a avisar a su se&ntilde;or, do&ntilde;a Paula crey&oacute; que las
+fuerzas iban a faltarle. Comenz&oacute; a sentir los s&iacute;ntomas primeros de una
+de aquellas sofocaciones que de vez en cuando le daban. Pero la firme
+voluntad de devolver la calma a sus hijos venci&oacute; a la enfermedad en tal
+instante. Encomend&oacute;se devotamente a la Virgen de las Mercedes, y penetr&oacute;
+con resoluci&oacute;n en el gabinete-estudio de don Jaime.</p>
+
+<p>El cual, vestido medio a lo oriental con un traje estramb&oacute;tico que usaba
+por las ma&ntilde;anas dentro de casa, sali&oacute; a recibirla teniendo a&uacute;n en las
+manos el pincel y la paleta.</p>
+
+<p>&mdash;Se&ntilde;ora&mdash;dijo inclin&aacute;ndose respetuosamente, quitando el gorro turco que
+le cubr&iacute;a la calva,&mdash;mucho siento que usted se haya molestado en subir.
+Bastaba un aviso para que yo me hubiera apresurado a ir a ponerme a sus
+&oacute;rdenes.</p>
+
+<p>Do&ntilde;a Paula respondi&oacute; con un gesto de gracias, llev&aacute;ndose la mano al
+coraz&oacute;n que le saltaba dentro del pecho como un potro desbocado.</p>
+
+<p>El Duque la examin&oacute; con sorpresa.</p>
+
+<p>&mdash;Si&eacute;ntese usted, se&ntilde;ora&mdash;la dijo, depositando la paleta y el pincel
+sobre una silla.</p>
+
+<p>Sent&oacute;se, en efecto, en una butaca. Don Jaime permaneci&oacute; en pie.</p>
+
+<p>&mdash;Hay que cerrar la puerta&mdash;dijo ella tratando de levantarse nuevamente.
+Pero el caballero se apresur&oacute; a hacerlo. Despu&eacute;s vino a colocarse frente
+a la dama, cuadrando los pies en actitud exageradamente respetuosa,
+esperando a que ella hablase.</p>
+
+<p>Tard&oacute; a&uacute;n algunos momentos. Al fin, elevando hacia &eacute;l sus ojos
+doloridos, dijo:</p>
+
+<p>&mdash;Se&ntilde;or Duque, usted nos ha honrado mucho viniendo a esta casa. Nunca le
+agradeceremos bastante esta prueba de estimaci&oacute;n que nos ha concedido...</p>
+
+<p>El Duque se inclin&oacute;, levantando al mismo tiempo los pesados p&aacute;rpados
+para dirigir a su interlocutora una mirada, donde se trasluc&iacute;a la
+inquietud y la curiosidad.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Por qu&eacute; no se sienta usted?&mdash;pregunt&oacute;le do&ntilde;a Paula interrumpiendo su
+discurso.</p>
+
+<p>&mdash;Estoy bien, se&ntilde;ora; siga usted.</p>
+
+<p>Con aquella interrupci&oacute;n se turb&oacute;. No supo proseguir en algunos
+segundos. Al cabo murmur&oacute;:</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Es una desgracia!... No sabe usted, se&ntilde;or Duque, lo que est&aacute; pasando
+por m&iacute; en este momento. &iexcl;Quisiera morirme!</p>
+
+<p>Y las l&aacute;grimas acudieron a sus ojos. Sac&oacute; el pa&ntilde;uelo, y ocult&oacute; el rostro
+con &eacute;l.</p>
+
+<p>El Duque, cada vez m&aacute;s inquieto, le dijo:</p>
+
+<p>&mdash;Ser&eacute;nese usted, se&ntilde;ora. Soy un verdadero amigo de usted y de
+Belinch&oacute;n. Cualquiera que sea el disgusto que usted tenga, yo lo
+comparto como si fuese m&iacute;o tambi&eacute;n, y estoy dispuesto a hacer todo lo
+que est&eacute; de mi parte para calmarlo.</p>
+
+<p>&mdash;Muchas gracias... muchas gracias&mdash;murmur&oacute; la se&ntilde;ora sin separar el
+pa&ntilde;uelo de los ojos. Al cabo de un rato de silencio, dijo con voz
+temblorosa:</p>
+
+<p>&mdash;Puede usted hacerme un favor muy grande... Un favor que le agradecer&iacute;a
+mientras tuviese un soplo de vida... Pero no me atrevo a ped&iacute;rselo...</p>
+
+<p>&mdash;Le repito que estoy a sus &oacute;rdenes, y que todo lo que pueda hacer en su
+obsequio debe usted darlo por hecho...</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Oh, no; es una atrocidad!... Se&ntilde;or Duque, usted est&aacute; muy lejos de
+sospechar que su venida a esta casa ha producido graves disgustos. Su
+car&aacute;cter bondadoso y llano, la simpat&iacute;a que el genio alegre y abierto de
+mi hija Ventura ha conseguido inspirarle, ha dado lugar a habladur&iacute;as en
+el pueblo...</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Oh!&mdash;interrumpi&oacute; el Duque sonriendo, para ocultar cierta emoci&oacute;n de
+verg&uuml;enza.</p>
+
+<p>&mdash;S&iacute;; habladur&iacute;as muy ofensivas para todos nosotros, pero principalmente
+para mi hijo pol&iacute;tico, a quien queremos en casa como si fuese hijo
+verdadero... No le recrimino a usted ni a ella. Creo que en usted no ha
+habido m&aacute;s que exceso de amabilidad, que en un pueblo remoto como &eacute;ste,
+donde todo choca y se comenta, acaso no ha debido usted tener... En ella
+ha habido la imprudencia y la ligereza que siempre han sido sus
+defectos. Es una chiquilla que tiene la voluntad virgen, como suele
+decirse... Si este pueblo no estuviese dividido, no hubiera esa maldita
+guerra que a todos nos mata, acaso nadie se hubiera fijado... Por
+desgracia, nuestros enemigos buscan el m&aacute;s peque&ntilde;o pretexto para
+mortificarnos y sacamos a la verg&uuml;enza... Se ha publicado ya una
+gacetilla que hiere de un modo escandaloso a mi yerno... y esto no lo
+puedo consentir.</p>
+
+<p>Do&ntilde;a Paula hab&iacute;a ido perdiendo su cortedad a medida que hablaba. Las
+&uacute;ltimas palabras las pronunci&oacute; con energ&iacute;a. A la faz terrosa del Duque
+hab&iacute;a acudido un poco de color. Por la cabeza debieron pasarle ideas
+graves y tristes; pero en realidad no le pas&oacute; m&aacute;s que la siguiente:
+&laquo;Esta mujer me est&aacute; dando una lecci&oacute;n&raquo;.</p>
+
+<p>&mdash;Siento mucho, se&ntilde;ora&mdash;dijo con expresi&oacute;n soberbia,&mdash;haber ocasionado a
+ustedes un disgusto... Pero estoy tan acostumbrado a que el p&uacute;blico se
+fije en mis actos y los comente a su gusto, que esas habladur&iacute;as y esas
+gacetillas de que usted acaba de hablarme, no me causan la m&aacute;s m&iacute;nima
+molestia. Los peque&ntilde;os se vengan de la superioridad de los grandes,
+murmurando de ellos. Es ley eterna que no se debe contrariar.</p>
+
+<p>&mdash;Todo eso est&aacute; muy bien, se&ntilde;or Duque. A un personaje tan alto como
+usted, no pueden llegar las murmuraciones del pueblo... Pero a nosotros
+es muy distinto. No estamos colocados en esa altura y las malas lenguas,
+crea usted que nos hacen much&iacute;simo da&ntilde;o...&mdash;respondi&oacute; do&ntilde;a Paula con
+inocencia que resultaba profundamente ir&oacute;nica.</p>
+
+<p>El Duque algo impaciente, jugando nerviosamente con el gorro que ten&iacute;a
+en la mano, replic&oacute;:</p>
+
+<p>&mdash;Repito que lo siento mucho, se&ntilde;ora. Si hubiera sabido que mis
+inocentes atenciones con su hija pudieran interpretarse tan
+malignamente, me hubiera guardado bien de prodig&aacute;rselas... En adelante
+procurar&eacute; ser m&aacute;s cauto... Pero, &iexcl;Dios m&iacute;o!&mdash;a&ntilde;adi&oacute; riendo.&mdash;&iquest;C&oacute;mo es
+posible figurarse que un hombre de mis a&ntilde;os pueda mirar a una ni&ntilde;a como
+Ventura, sino con ojos paternales?</p>
+
+<p>All&aacute; en el fondo, sent&iacute;ase halagado de aquella suposici&oacute;n.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Oh! se&ntilde;or Duque, los hombres de la posici&oacute;n de usted, no son nunca
+viejos. El brillo atrae mucho a las mujeres... Por eso no basta que
+usted se reprima en adelante y sea prudente. Es necesario quitar al
+mundo todo pretexto para murmurarnos...</p>
+
+<p>El Duque se puso repentinamente p&aacute;lido. Vacil&oacute; unos instantes, y dijo al
+cabo:</p>
+
+<p>&mdash;Saliendo yo de esta casa, &iquest;verdad?</p>
+
+<p>&mdash;Ese era el favor que ven&iacute;a a pedirle&mdash;dijo ella sin levantar los ojos,
+con entonaci&oacute;n humilde.</p>
+
+<p>Don Jaime se puso a&uacute;n m&aacute;s p&aacute;lido. Di&oacute; una vuelta por la estancia
+arrugando con mano crispada el gorro turco, dej&oacute; escapar una risita
+sarc&aacute;stica, y volviendo a plantarse delante de do&ntilde;a Paula, dijo con
+burlona arrogancia:</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;De modo, se&ntilde;ora, que me echa usted de su casa?</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Yo, se&ntilde;or Duque?... &iexcl;Qu&eacute; idea!... Lo que quiero &uacute;nicamente es
+devolver la calma a mis hijos, y evitar un choque...</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Qu&eacute; choque?&mdash;pregunt&oacute; el Duque, por cuyos amortiguados ojos pas&oacute; un
+rel&aacute;mpago siniestro.</p>
+
+<p>Do&ntilde;a Paula adivin&oacute; un peligro para su yerno, y se apresur&oacute; a enmendar la
+imprudencia.</p>
+
+<p>&mdash;El choque de mi hijo pol&iacute;tico con los canallas que pretenden
+insultarle... Mire usted, Duque; si toma a mal la s&uacute;plica que acabo de
+hacerle, se equivocar&aacute; mucho... Nosotros estamos tan honrados con su
+estancia en nuestra casa, que nada nos ha causado tanto orgullo como esa
+preferencia... Mi marido la ha solicitado con empe&ntilde;o, y ha recibido gran
+alegr&iacute;a cuando supo que usted hab&iacute;a aceptado su invitaci&oacute;n... &iquest;C&oacute;mo
+puede nadie figurarse que yo no me encuentre satisfecha teniendo en mi
+casa a una persona tan elevada, yo que soy una pobre mujer del pueblo,
+hija de un marinero, nieta de un sereno, a quien toda la villa llama la
+Serena, como llamaron a mi madre y a mi abuela?... Verdad que si hubiera
+sido hace algunos a&ntilde;os, estar&iacute;a m&aacute;s orgullosa... Los desenga&ntilde;os, las
+tristezas, van labrando la soberbia... Pero de todos modos estoy muy
+contenta, y s&oacute;lo el temor a los grandes disgustos que pueden venir a mis
+hijos, me ha obligado a dar este paso... que usted me perdonar&aacute;...</p>
+
+<p>Don Jaime di&oacute; otro paseo por la sala, se detuvo en el medio a meditar
+unos instantes, y concluy&oacute; por hacer un gesto de desd&eacute;n con los labios,
+levantando al mismo tiempo los hombros. Luego vino hacia do&ntilde;a Paula y le
+pregunt&oacute;:</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Su marido tiene conocimiento del paso que usted acaba de dar?</p>
+
+<p>&mdash;No, se&ntilde;or..., y me alegrar&iacute;a de que pudiera arreglarse todo sin que &eacute;l
+se enterase...</p>
+
+<p>&mdash;Perfectamente. Hoy mismo quedar&aacute; usted complacida.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Oh, se&ntilde;or Duque! Mil gracias... Usted sabr&aacute; perdonar...&mdash;exclam&oacute;
+levant&aacute;ndose y extendiendo hacia &eacute;l las manos.</p>
+
+<p>El magnate se limit&oacute; a inclinarse profundamente sin contestar.</p>
+
+<p>&mdash;Le suplico que no me guarde rencor...</p>
+
+<p>&mdash;Lo que acabamos de hablar quedar&aacute; secreto entre nosotros. Buscaremos
+medio de que nadie sospeche el motivo de mi marcha. Procure usted
+desempe&ntilde;ar bien su papel. Yo respondo del m&iacute;o.</p>
+
+<p>Do&ntilde;a Paula sali&oacute; de la estancia escoltada por el Duque, que la despidi&oacute;
+a la puerta con una exagerada y silenciosa reverencia.</p>
+
+<p>Al llegar a la escalera la angustiada se&ntilde;ora, respir&oacute; con libertad.
+Aunque fuese a costa de, aquellas penosas emociones, se alegraba
+vivamente de haber arreglado el asunto sin esc&aacute;ndalo y sin peligro. Y
+con pie ligero, ella que ordinariamente se arrastraba ya para andar, a
+causa de su dolencia, fu&eacute; a comunicar a Gonzalo el resultado de la
+visita.</p>
+
+<p>A la hora de almorzar el Duque manifest&oacute; que hab&iacute;a recibido carta de uno
+de sus hijos en que le noticiaba que vendr&iacute;a a pasar el mes de
+septiembre con &eacute;l a Sarri&oacute;. Probablemente vendr&iacute;a tambi&eacute;n su hermano el
+marqu&eacute;s del Riego. Con este motivo expres&oacute; su resoluci&oacute;n de tomar
+habitaciones en la fonda. Al instante fu&eacute; contrariada con gran calor por
+don Rosendo, con el apoyo de su esposa. Venturita se hab&iacute;a puesto
+p&aacute;lida. Miraba al Duque de un modo particular. Gonzalo, con los ojos
+bajos, el rostro sombr&iacute;o, com&iacute;a en silencio mientras se disputaba. A
+pesar de todas las razones que don Rosendo aleg&oacute; para retenerle,
+haci&eacute;ndole presente que la casa era capaz para recibir a los nuevos
+hu&eacute;spedes, el disgusto que a &eacute;l y toda su familia iba a ocasionarles
+aquella tan inopinada marcha, etc., etc., el Duque se mostr&oacute; inflexible.
+Respond&iacute;a con la misma sonrisa protectora a cuanto se le manifestaba, y
+repet&iacute;a sin cesar frases de agradecimiento y amistad.</p>
+
+<p>Convencido al fin de que era in&uacute;til insistir, el insigne cuanto
+atribulado don Rosendo, fu&eacute; con el mismo Duque y su secretario a ver las
+habitaciones de la fonda de la Estrella, la &uacute;nica decente que hab&iacute;a en
+la villa. Alquilaron todo el piso principal. Al d&iacute;a siguiente se
+traslad&oacute; el magnate, a pesar de las vivas representaciones de su hu&eacute;sped
+para que se quedase al menos mientras no llegasen los otros.</p>
+
+<p>Sorprendi&oacute; vivamente a la poblaci&oacute;n aquel traslado. Pregunt&oacute;se la causa;
+y aunque don Rosendo inform&oacute; cumplidamente a todo el mundo de lo que
+hab&iacute;a acaecido, no pudo evitarse que quedase en el esp&iacute;ritu del p&uacute;blico
+alguna duda o sospecha de que las cosas no hab&iacute;an pasado enteramente
+como Belinch&oacute;n las relataba. Particularmente sus enemigos recibieron
+gran alegr&iacute;a. Se dedicaron con af&aacute;n a descifrar aquel enigma, pensando,
+no sin raz&oacute;n, que los del Saloncillo ya no podr&iacute;an utilizar la fuerza
+del Duque para combatirles. En los dos meses y pico que &eacute;ste llevaba de
+permanencia en Sarri&oacute;, los amigos de don Rosendo hab&iacute;an conseguido que
+prosperase en el juzgado una denuncia contra el alcalde, previa la venia
+del gobernador de la provincia; hab&iacute;an logrado &laquo;tumbar&raquo; al administrador
+de Correos que era del Camarote, y que se resolviese en favor suyo &laquo;el
+problema del matadero&raquo;. Los amigos de Maza, que andaban cabizbajos y
+abatidos, recibieron la noticia como una mosca, pr&oacute;xima a morir en el
+oto&ntilde;o, recibe un tard&iacute;o rayo de sol. &iexcl;Santo Dios qu&eacute; calurosos
+comentarios aquella noche en el Camarote! &iexcl;Cu&aacute;nta conjetura! La alegr&iacute;a
+chispeaba en todos los ojos. Abr&iacute;anse las narices olfateando la ca&iacute;da de
+los del Saloncillo, y su pr&oacute;xima y definitiva victoria. <i>El Joven
+Sarriense</i> public&oacute; en su primer n&uacute;mero la siguiente lac&oacute;nica, pero
+endemoniada gacetilla: &laquo;El lunes se ha trasladado a las habitaciones del
+piso principal de la fonda de la Estrella el Excelent&iacute;simo se&ntilde;or duque
+de Tornos, conde de Buenavista, que estaba hospedado en casa de don
+Rosendo Belinch&oacute;n. Damos al egregio Duque la m&aacute;s cumplida enhorabuena&raquo;.
+Este indigno comentario tuvo dos d&iacute;as enfermo al nobil&iacute;simo Belinch&oacute;n,
+pasados los cuales mand&oacute; sus padrinos a Maza. Pero &eacute;ste contest&oacute; que
+mientras estuviese constitu&iacute;do en autoridad no pod&iacute;a batirse. Cuando
+dejase de estarlo ya ver&iacute;a si le conven&iacute;a cruzar las armas con
+&laquo;semejante mamarracho&raquo;. Como los padrinos contestasen en mal tono, les
+amenaz&oacute; con llevarlos a la c&aacute;rcel, y hubieron de retirarse.</p>
+
+<p>El duque de Tornos sigui&oacute; visitando de vez en cuando la casa de don
+Rosendo y dej&aacute;ndose acompa&ntilde;ar por &eacute;ste y sus amigos siempre que sal&iacute;a a
+la calle. En la apariencia, la amistad entre ellos segu&iacute;a inalterable.
+La poca gente imparcial que hab&iacute;a en Sarri&oacute; iba creyendo que no hab&iacute;a
+misterio alguno en su traslaci&oacute;n y que todo era imaginaciones rid&iacute;culas
+de los del Camarote, a quienes cegaba el deseo de vencer a sus
+contrarios. Sin embargo, pasaban los d&iacute;as, hab&iacute;a entrado ya septiembre,
+y ni el hijo ni el hermano del magnate acababan de llegar. Este hab&iacute;a
+mejorado much&iacute;simo de salud en Sarri&oacute;, seg&uacute;n dec&iacute;a a cuantos se le
+acercaban. Hizo traer de Madrid coche y caballos y compr&oacute; una bonita
+balandra para pescar. Parec&iacute;a disponerse a pasar todav&iacute;a algunos meses
+en la villa.</p>
+
+<p>En sus relaciones exteriores con la familia Belinch&oacute;n, esto es, cuando
+se encontraba con ella en p&uacute;blico, observaba una conducta delicada y
+afectuosa, como personas a quienes deb&iacute;a muchas atenciones. Con
+Venturita no se autorizaba tantas familiaridades, pero no dejaba de
+hablarla en el teatro o en el paseo de un modo cari&ntilde;oso. As&iacute; hac&iacute;a
+perder la pista a los que buscaban la causa de su salida de la casa.
+Do&ntilde;a Paula estaba muy satisfecha de esta conducta. El mismo Gonzalo,
+comprendiendo que no se le pod&iacute;a exigir m&aacute;s, se mostraba con &eacute;l atento y
+cort&eacute;s. La tranquilidad hab&iacute;a vuelto a renacer entre los j&oacute;venes
+esposos. Venturita, despu&eacute;s de unos d&iacute;as en que no cambi&oacute; con su marido
+palabra alguna y aparec&iacute;a p&aacute;lida y ce&ntilde;uda, herida, sin duda, por la
+violencia que &eacute;ste hab&iacute;a desplegado en la escena que hemos descrito,
+volvi&oacute; a ser lo que antes, alegre y decidora unas veces, col&eacute;rica y
+caprichosa otras, siempre de palabra aguzada y sarc&aacute;stica. Not&oacute;, sin
+embargo, Gonzalo cierta amabilidad y deferencia inusitadas en ella. Lo
+achac&oacute; al deseo de borrar el recuerdo de aquel pasajero, pero muy
+peligroso disgusto que hab&iacute;an tenido.</p>
+
+<p>Y as&iacute; continuaron desliz&aacute;ndose los d&iacute;as serenos en la casa de don
+Rosendo, s&oacute;lo turbados por los altibajos que la enfermedad de do&ntilde;a Paula
+sufr&iacute;a. Tan pronto estaba en pie como en la cama. Sal&iacute;a en coche a dar
+largos paseos con Cecilia o con Ventura, y sol&iacute;a llevar a su nieta
+Cecilita, en quien adoraba. Don Rufo hablaba de la necesidad de
+trasladarse a otro clima, a otro pa&iacute;s m&aacute;s elevado sobre el nivel del
+mar, donde el aire tuviese menos presi&oacute;n. Y don Rosendo, aunque con
+repugnancia, pues el pensamiento de exterminar a sus contrarios y hacer
+de una vez la felicidad de su villa natal, le persegu&iacute;a sin cesar, iba
+entrando por la idea y trazando vagamente planes &uacute;tiles y grandiosos
+como todos los suyos. Flotaba en su imaginaci&oacute;n el proyecto feliz de
+trasladar <i>El Faro de Sarri&oacute;</i> a Madrid y hacerlo diario con el t&iacute;tulo de
+<i>El Faro de las Provincias</i>. Defender los intereses morales y materiales
+de las provincias, sostener su vida auton&oacute;mica, independiente, frente a
+la acci&oacute;n y poder&iacute;o absorbentes de la capital, &laquo;foco de inmundicia que
+envenenaba la savia de la naci&oacute;n y secaba todos sus veneros de riqueza&raquo;.
+&iexcl;Qu&eacute; grande y noble pensamiento!</p>
+
+<p>A fines de octubre, Gonzalo fu&eacute; a Lancia con una comisi&oacute;n de su suegro.
+Se trataba de persuadir a un banquero de aquella poblaci&oacute;n, para que no
+enajenase las acciones que ten&iacute;a, en un embarcadero de Sarri&oacute;, a cierto
+individuo del Camarote, como se dec&iacute;a. En todo caso, que se las cediese
+por el mismo precio a don Rosendo. Hac&iacute;a ya dos d&iacute;as que estaba all&aacute;. Al
+tercero por la tarde, cerca de la hora del obscurecer, se le ocurri&oacute; a
+do&ntilde;a Paula subir a hacer una visita a su hija Ventura, que desde el
+traslado del Duque hab&iacute;a vuelto a ocupar el piso segundo. Muy rara vez
+sub&iacute;a ya la buena se&ntilde;ora la escalerilla de caracol. Pero aquel d&iacute;a se
+sent&iacute;a m&aacute;s &aacute;gil, m&aacute;s desahogada del pecho. Quiso probar sus fuerzas y
+darse a s&iacute; misma una prueba de que estaba mejor.</p>
+
+<p>El m&oacute;vil inmediato fu&eacute; llevar a su nieta Cecilita una mu&ntilde;eca, cuyo
+vestido desgarrado le acababa de coser la doncella. Los pelda&ntilde;os se le
+hicieron muy altos. Al llegar a la mitad tuvo que detenerse a tomar
+aliento. Cuando lleg&oacute; al piso, dijo en la voz m&aacute;s alta que pudo:</p>
+
+<p>&mdash;Cecilita, hija m&iacute;a, &iquest;d&oacute;nde est&aacute;s?</p>
+
+<p>&mdash;Aqu&iacute;, abuelita, aqu&iacute;&mdash;respondi&oacute; la ni&ntilde;a saliendo de la estancia de su
+madre.</p>
+
+<p>Era una criatura que aun no hab&iacute;a cumplido los tres a&ntilde;os, rubia como el
+oro, tan habladora y espont&aacute;nea, que ejerc&iacute;a sobre la abuela verdadera
+fascinaci&oacute;n.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Qu&eacute; me taes, abuelita, qu&eacute; me taes?&mdash;pregunt&oacute;, mirando con avidez a
+do&ntilde;a Paula, despu&eacute;s de haberla abrazado por las piernas con tal &iacute;mpetu,
+que por poco da con ella en tierra.</p>
+
+<p>&mdash;La mu&ntilde;eca, hermosa, que te ha arreglado la chacha.</p>
+
+<p>&mdash;Mu&ntilde;eca no... mu&ntilde;eca pa Lalina... yo soy gande... yo quero un chocho.</p>
+
+<p>&mdash;No tengo chochos aqu&iacute;, vida m&iacute;a&mdash;respondi&oacute; la abuela mir&aacute;ndola
+embelesada.</p>
+
+<p>&mdash;Tene mam&aacute; chocho... Ven... dame uno.</p>
+
+<p>Y la llev&oacute; por el vestido al gabinete de su madre.</p>
+
+<p>Al entrar en &eacute;l la ni&ntilde;a, pareci&oacute; sorprendida y ech&oacute; una mirada a todas
+partes. Ventura hab&iacute;a salido a recibirlas con la sonrisa en los labios,
+besando a su madre cari&ntilde;osamente:</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Jes&uacute;s, qu&eacute; pinitos! &iquest;C&oacute;mo te has decidido?... No s&eacute; si te convendr&aacute;
+subir escaleras, mam&aacute;... &iquest;Te sientes bien?</p>
+
+<p>&mdash;No me he fatigado gran cosa. Yo creo que estoy mejor. Las pildoras de
+Dehaud, me parece que me prueban bien.</p>
+
+<p>&mdash;Vaya, me alegro que al fin hayamos dado con una medicina que produzca
+alg&uacute;n efecto... &iquest;Quieres sentarte?</p>
+
+<p>&mdash;Abuelita, dame un chocho&mdash;dijo la ni&ntilde;a interrumpi&eacute;ndoles.</p>
+
+<p>&mdash;No tengo, hija m&iacute;a... &iquest;Tienes alg&uacute;n caramelo, Ventura?</p>
+
+<p>&mdash;No.</p>
+
+<p>&mdash;Tene Jame que est&aacute; aqu&iacute;.</p>
+
+<p>Venturita se puso horriblemente p&aacute;lida.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Qu&eacute; Jame, ni&ntilde;a?&mdash;pregunt&oacute; do&ntilde;a Paula.</p>
+
+<p>&mdash;Nada, nada, cualquier tonter&iacute;a... &iquest;Conque te han probado bien las
+pildoras?... Si don Rufo, por m&aacute;s que digan, entiende... &iexcl;Vaya si
+entiende!&mdash;se apresur&oacute; a decir Ventura con voz temblorosa, la faz tan
+descompuesta, que su madre la mir&oacute; sorprendida.</p>
+
+<p>&mdash;Jame est&aacute; aqu&iacute;... Tene chocho... Ven, abuelita.</p>
+
+<p>La ni&ntilde;a tir&oacute; del vestido a la se&ntilde;ora. Esta, p&aacute;lida ya tambi&eacute;n,
+adivinando vagamente algo terrible, se dej&oacute; arrastrar sin saber lo que
+hac&iacute;a.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Cecilia!&mdash;grit&oacute; Ventura con una voz extra&ntilde;a que jam&aacute;s le hab&iacute;a o&iacute;do
+su madre.</p>
+
+<p>Pero la ni&ntilde;a no hizo caso. Sigui&oacute; arrastrando a su abuela hacia la
+alcoba. Antes de llegar a la puerta, se present&oacute; en ella el duque de
+Tornos.</p>
+
+<p>Do&ntilde;a Paula, ante aquella repentina aparici&oacute;n, se qued&oacute; un instante
+clavada al suelo, el rostro blanco y aterrado, la mirada at&oacute;nita.
+Despu&eacute;s cay&oacute; pesadamente al suelo, arrastrando en la ca&iacute;da a su nieta.</p>
+
+<p>El Duque se apresur&oacute; a levantarla. Luego, ante un gesto imperioso de
+Ventura, la dej&oacute; sobre el sof&aacute; y huy&oacute;.</p>
+
+<p>A las voces de la joven, acudieron los criados y luego Cecilia. Se crey&oacute;
+que era un s&iacute;ncope producido por la fatiga. Transport&oacute;sela a su cama,
+donde luego, merced a los cuidados de Cecilia, recobr&oacute; el conocimiento.
+Pero no la facultad de hablar. La infeliz se&ntilde;ora no pudo ya articular
+palabra. As&iacute; estuvo dos d&iacute;as, sin que los esfuerzos de don Rufo, ni los
+de otro m&eacute;dico que lleg&oacute; de Lancia, lograsen poner en movimiento aquella
+lengua, que se hab&iacute;a paralizado. Generalmente, estaba con los ojos
+cerrados, exhalando leves gemidos. S&oacute;lo cuando Ventura entraba en el
+cuarto los abr&iacute;a para clavarlos en ella con una expresi&oacute;n fija de
+angustia y reconvenci&oacute;n. El sacerdote a quien se llam&oacute;, se vi&oacute; obligado
+a confesarla por se&ntilde;as. Dos d&iacute;as despu&eacute;s, casi a la misma hora en que
+hab&iacute;a acaecido la fatal escena, falleci&oacute; la infeliz se&ntilde;ora, que ni aun
+en la hora de la muerte apart&oacute; sus ojos empa&ntilde;ados del rostro de
+Ventura.</p>
+
+
+
+<h3 class="top15"><a name="XVII" id="XVII"></a>XVII</h3>
+
+<p class="c smcap">que gonzalo toma una grave resoluci&oacute;n y cecilia otra</p>
+
+
+<p>La familia Belinch&oacute;n se refugi&oacute; en Tejada para vivir a solas con su
+dolor, durante alg&uacute;n tiempo. Do&ntilde;a Paula fu&eacute; llorada como lo merec&iacute;a, por
+su magn&aacute;nimo esposo. Dando tregua al esp&iacute;ritu progresivo y reformista
+que le animaba, supo mostrarse tierno y sensible, lo cual en nada
+menoscaba su gloria de publicista. Cecilia no se cans&oacute; en mucho tiempo
+de llorar a su buena madre, con quien la ligaba tanto el parentesco de
+la carne como el del alma. De todos sus hijos, era &eacute;sta la que m&aacute;s
+semejanza guardaba con ella, aunque no era la preferida. El favorito,
+Pablo, la sinti&oacute; todo lo profundamente que &eacute;l pod&iacute;a sentir algo en el
+mundo. Es fama que, algunos d&iacute;as despu&eacute;s del suceso, vi&oacute; al &uacute;ltimo potro
+que hab&iacute;a comprado alcanzarse en el trote, y no le afect&oacute; gran cosa.
+Pero en quien hizo sobre todo aquella repentina muerte un efecto extra&ntilde;o
+y terrible, fu&eacute; en Venturita. Tanto la impresion&oacute;, que estuvo algunos
+d&iacute;as en la cama con fuerte calentura. Despu&eacute;s que san&oacute;, ve&iacute;asela p&aacute;lida
+y triste. Contestaba distra&iacute;da a lo que le dec&iacute;an: no sal&iacute;a casi nunca
+del cuarto, a pesar de las instancias de su esposo. Este sentimiento tan
+vivo como inesperado fu&eacute; para &eacute;l una prueba de lo que Cecilia y do&ntilde;a
+Paula sosten&iacute;an siempre; esto es, que Venturita era loca, caprichosa y
+altiva, pero buena en el fondo. Algo se mitig&oacute; con tal consideraci&oacute;n el
+sincero dolor que experiment&oacute; por la muerte de su madre pol&iacute;tica. El
+&uacute;ltimo y maternal servicio que la buena se&ntilde;ora le prestara, hab&iacute;a puesto
+el sello al cari&ntilde;o que, con su conducta prudente y afectuosa, hab&iacute;a
+sabido inspirarle.</p>
+
+<p>El duque de Tornos se volvi&oacute; a Madrid, poco despu&eacute;s de la desgracia
+sobrevenida a sus amigos. Desde all&aacute; se escrib&iacute;a con don Rosendo, a
+quien oblig&oacute; con m&aacute;s de un servicio en la lucha sin tregua que manten&iacute;a
+contra sus enemigos los del Camarote. Estos servicios fueron coronados,
+despu&eacute;s de alg&uacute;n tiempo, por una gran cruz de Isabel la Cat&oacute;lica. Al
+mismo tiempo que el diploma, le remit&iacute;a el magnate una placa de
+brillantes, cuyo valor no bajaba de veinte mil reales. Puede cualquiera
+imaginarse la emoci&oacute;n y la gratitud de don Rosendo, al recibir aquella
+honros&iacute;sima distinci&oacute;n. Como en Sarri&oacute; nadie pose&iacute;a una gran cruz, se
+vi&oacute; precisado a ir a Lancia, para que un caballero de la orden llevase a
+cabo la ceremonia de ce&ntilde;irle la banda. Y as&iacute; que se vi&oacute; caballero, &eacute;l,
+que profesaba cierto desprecio metaf&iacute;sico a las religiones positivas,
+aprovech&oacute; una procesi&oacute;n de la parroquia para llevar el farol, con la
+hermosa placa en el pecho y la banda por encima del frac. Los amigos de
+Maza tragaron mucha hiel. Despu&eacute;s la vomitaron, no s&oacute;lo en su tertulia
+del Camarote, sino en el peri&oacute;dico, donde, en serio y en burla, vejaron
+de un modo repugnante al glorioso fundador del <i>Faro de Sarri&oacute;</i>. En
+algunas c&aacute;usticas, feroces gacetillas, se estaba viendo al bilioso
+alcalde con la pluma en la mano. Don Rosendo, por vez primera en su
+vida, ley&oacute; aquellas diatribas sin conmoverse, con un desd&eacute;n sincero. Y
+es que, cuando se ha llegado a la cima de las sociedades humanas, deben
+parecer las amenazas de los pigmeos m&aacute;s curiosas que ofensivas.</p>
+
+<p>Venturita sali&oacute;, con este motivo, de su letargo sombr&iacute;o. Hab&iacute;ase
+realizado uno de los sue&ntilde;os que m&aacute;s acariciaba. Tom&oacute; parte en la alegr&iacute;a
+y triunfo de su padre, y empez&oacute; a dejarse ver algunos d&iacute;as en la villa,
+siempre en carruaje, por supuesto. Creci&oacute; su orgullo y aquella
+languidez se&ntilde;orial, imponente, que hac&iacute;a morir de envidia y de rabia a
+las se&ntilde;oras y se&ntilde;oritas de la villa, quienes se vengaban de su desprecio
+llam&aacute;ndola, en sus horas de murmuraci&oacute;n, &laquo;la princesa del Bacalao&raquo;. La
+muerte de su madre, a quien todo el mundo hab&iacute;a conocido en Sarri&oacute;
+artesana, &laquo;con pa&ntilde;uelo atado atr&aacute;s&raquo;, como all&iacute; se dec&iacute;a, contribuy&oacute;
+tanto como la gran cruz de su padre a elevar el nivel social de la
+familia, a aristocratizarla, por decirlo as&iacute;. Ventura, con su desde&ntilde;oso
+porte, con sus riqu&iacute;simos vestidos, con la frialdad despreciativa con
+que trataba a sus conocidas, vengaba lindamente a aquella pobre mujer, a
+quien las se&ntilde;oras de Sarri&oacute; tanto hab&iacute;an hecho sufrir en vida.</p>
+
+<p>Se pas&oacute; el invierno en Tejada, un invierno crudo, como pocos lo hab&iacute;an
+sido. A temporadas llovi&oacute; mucho, y esto hac&iacute;a imposible el salir de
+casa. Otras veces hel&oacute; cruelmente. El cielo se manten&iacute;a sereno, pero los
+campos, por la ma&ntilde;ana, aparec&iacute;an blancos, con una escarcha de medio dedo
+de grueso. En ocasiones tambi&eacute;n nev&oacute; abundantemente. Todos estos
+fen&oacute;menos meteorol&oacute;gicos tienen sus encantos en la aldea para el que
+sabe hallarlos. Gonzalo hab&iacute;a nacido para vivir feliz en medio de las
+fluctuaciones de la Naturaleza. Si helaba, levant&aacute;base de madrugada y
+dejaba at&oacute;nitos a los de casa saliendo al corredor en mangas de camisa,
+lav&aacute;ndose todo el cuerpo con el agua que se hac&iacute;a sacar de las pilas de
+m&aacute;rmol, despu&eacute;s de roto el hielo. Luego, se vest&iacute;a con un ligero traje
+de caza, tomaba la escopeta, y emprend&iacute;a famosas, descomunales correr&iacute;as
+de seis y ocho leguas, sin que nadie le oyera, jam&aacute;s quejarse de
+cansancio. Si nevaba, se pon&iacute;a el impermeable, las botas altas y la
+gorra de pelo, y sal&iacute;a a matar palomas torcaces o gachas por las
+cercan&iacute;as de la posesi&oacute;n. M&aacute;s de una vez tiene ca&iacute;do en cisternas
+atacadas de nieve, logrando salir, gracias solamente a su vigor
+extraordinario. Cuando llov&iacute;a no hab&iacute;a m&aacute;s remedio que quedarse en casa.
+Pero aun entonces ofrec&iacute;a la aldea placeres desconocidos en la villa.
+Aquel lavado de los &aacute;rboles y plantas era grato a los ojos. El verde
+obscuro de las coniferas, despu&eacute;s de algunos d&iacute;as de lluvia, adquir&iacute;a
+tonos claros merced a los reto&ntilde;os que apuntaban en la cima de las ramas;
+en cambio la escarcha los marchitaba instant&aacute;neamente. Las hojas de las
+magnolias brillaban como cristales, y en aquella atm&oacute;sfera acuosa los
+colores, los matices de la naturaleza cambiaban sin cesar, los contornos
+de los &aacute;rboles y las monta&ntilde;as se desvaha&iacute;an con suavidad exquisita. Y la
+misma monoton&iacute;a del agua al caer constantemente sobre los &aacute;rboles con
+triste rumor, engendra una so&ntilde;olencia feliz, no exenta de voluptuosidad
+para los que nada tienen que hacer fuera de casa, y encuentran en ella
+las comodidades y refinamientos que la civilizaci&oacute;n proporciona a los
+ricos. Era grato escuchar el <i>p&iacute;o, p&iacute;o</i> de los ateridos gorriones,
+guareci&eacute;ndose por centenares en una washingtonia que hab&iacute;a cerca de
+casa, como en una gran pajarera: era grato ir a dar de comer a los
+animalitos ex&oacute;ticos que don Rosendo ten&iacute;a en su finca, salvando en
+almadre&ntilde;as la distancia que separaba sus cobertizos de la casa: era
+grato tambi&eacute;n quedarse adormecido en una butaca al pie de la chimenea
+con el cigarro en la boca y la botellita de ron delante, mientras
+Cecilia le&iacute;a un cuento interesante o algunos versos sonoros y
+armoniosos.</p>
+
+<p>Don Rosendo y Pablo se iban todos los d&iacute;as invariablemente a Sarri&oacute;
+despu&eacute;s de almorzar y ven&iacute;an a la hora de comer. El uno se ocupaba en
+encauzar la opini&oacute;n p&uacute;blica por los derroteros del progreso moral y
+material, con mengua de los &laquo;reptiles que se arrastraban por el cieno,
+impotentes para elevarse un instante a la regi&oacute;n de las ideas,
+escupiendo su veneno a todo el que sobresale por la inteligencia o por
+la virtud&raquo;. Excusado es decir qui&eacute;nes eran estos reptiles a los que don
+Rosendo alud&iacute;a con frecuencia en sus art&iacute;culos. El otro, tratando de
+inclinar siempre los ojos y el coraz&oacute;n de cuantas forasteras hermosas
+llegaban a la villa, hacia su adorable persona. Alguna ma&ntilde;ana sal&iacute;a con
+su cu&ntilde;ado de caza; pero observando que la intemperie atezaba su rostro,
+dej&oacute; casi por completo este ejercicio. Por otra parte, Piscis era
+enemigo nato de &eacute;l. Para este inteligente centauro holgaba todo en la
+tierra menos los caballos.</p>
+
+<p>En las horas de la tarde, cuando llov&iacute;a, si Ventura estaba de buen
+humor, jugaba con Cecilia y Gonzalo al tresillo. Si no, jugaban los dos
+&uacute;ltimos al <i>tute</i> mano a mano con las ni&ntilde;as sentadas en sus regazos
+respectivos, las cuales les molestaban a cada momento llevando sus
+manecitas a los naipes. Ambos eran de buena pasta y se contentaban con
+apart&aacute;rselas suavemente.</p>
+
+<p>&mdash;Quieta, Cecilita, quieta, que si le ense&ntilde;as mis cartas a tu t&iacute;a, me va
+a ganar.</p>
+
+<p>&mdash;No hagas caso, monina, tira por ellas&mdash;dec&iacute;a la joven riendo.</p>
+
+<p>Hasta que conclu&iacute;an por entreg&aacute;rselas, qued&aacute;ndose ambos arrobados
+mir&aacute;ndolas hacer castilletes, ayud&aacute;ndolas ellos mismos con grave
+atenci&oacute;n, mientras la lluvia azotaba los cristales pintados de las
+ventanas chinescas y los maderos de haya chisporroteaban en la chimenea.</p>
+
+<p>Las ni&ntilde;as com&iacute;an antes que la familia. Era importante ocupaci&oacute;n para
+Cecilia hacerles plato, anudarles la servilleta, servirles agua y
+vigilar &laquo;que no hiciesen cochinetas&raquo;. Gonzalo, cuando estaba en casa,
+presenciaba con deleite la refacci&oacute;n: se manten&iacute;a en pie como un magiar
+detr&aacute;s de las sillas de sus hijas. Despu&eacute;s, era preciso llevarlas a la
+cama. Cecilia cog&iacute;a una en brazos, Gonzalo la otra, y las llevaban al
+cuarto de aqu&eacute;lla, donde ambas dorm&iacute;an. La tarea de desnudarlas era
+complicada y entretenida. Gonzalo, a pesar de su musculatura de toro,
+pose&iacute;a tanta delicadeza como una mujer para desatar las cintas y mover
+sus cuerpecitos a un lado y a otro sin lastimarlas. A menudo las manos
+de los cu&ntilde;ados se tropezaban. Cecilia retiraba la suya prontamente. Una
+leve nube sombr&iacute;a cruzaba r&aacute;pidamente por su risue&ntilde;o semblante. Gonzalo
+no advert&iacute;a nada. Cuando ya estaban acostadas, escuchaban sonriendo las
+inocentes oraciones que <i>tiita</i> hac&iacute;a repetir a Cecilia. Paulina aun no
+sab&iacute;a elevar su entendimiento al Ser Supremo, y hasta se rebelaba para
+hacer la se&ntilde;al de la cruz. Mientras se dorm&iacute;an, pap&aacute; y <i>tiita</i> hab&iacute;an de
+estar bien pegaditos a las camas sin moverse. Si manten&iacute;an conversaci&oacute;n
+entre s&iacute;, las ni&ntilde;as se agitaban y tardaban mucho m&aacute;s en conciliar el
+sue&ntilde;o. As&iacute; que procuraban guardar silencio, o cambiar solamente palabras
+sueltas en voz baja. Cecilita no pod&iacute;a dormirse sin tener cogida una
+oreja de su t&iacute;a. Contra este capricho protestaba a menudo Gonzalo; todos
+los d&iacute;as hablaba de quit&aacute;rselo; pero su cu&ntilde;ada no hac&iacute;a caso; ella misma
+se inclinaba sobre la almohada para que la ni&ntilde;a lo satisficiese. Gonzalo
+se quedaba algunas veces dormido sobre la de Paulina, sobre todo cuando
+hab&iacute;a ido de caza. Al despertar, ve&iacute;a frente a s&iacute; el rostro p&aacute;lido y
+dulce de su cu&ntilde;ada, con los ojos muy abiertos, mirando con fijeza al
+vac&iacute;o.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;En qu&eacute; piensas, Huesitos?&mdash;le preguntaba restregando los suyos.</p>
+
+<p>La joven sal&iacute;a de su &eacute;xtasis estremeci&eacute;ndose, y sonre&iacute;a bondadosamente.</p>
+
+<p>&mdash;No lo s&eacute; yo misma... En nada.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;No tienes alg&uacute;n quebradero de cabeza?&mdash;le dijo una noche levant&aacute;ndose
+y cogi&eacute;ndola afectuosamente la barba.</p>
+
+<p>&mdash;Bah, &iquest;qu&eacute; quebraderos de cabeza quieres que tenga en esta
+aldea?&mdash;respondi&oacute; Cecilia poni&eacute;ndose colorada, y retirando el rostro.</p>
+
+<p>&mdash;Puedes tenerlo en Sarri&oacute;.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Y hab&iacute;a de ser tan ingrato que no viniera a verme en los meses que
+hace que aqu&iacute; estamos?... Ya te he dicho que yo me quedo para vestir
+santos&mdash;a&ntilde;adi&oacute; sonriendo.</p>
+
+<p>&mdash;No puede ser eso&mdash;replic&oacute; con calor el joven,&mdash;- &iexcl;no puede ser! Ser&iacute;a
+un delito de lesa humanidad que te quedases soltera. T&uacute; has nacido para
+casada... No tienes m&aacute;s aficiones que la de arreglar la casa, cuidar a
+los ni&ntilde;os, coser, limpiar... Ser&aacute;s una <i>perfecta casada</i>, como la
+describe Fr. Luis de Le&oacute;n. No puede tolerarse que pudiendo hacer la
+felicidad de cualquier hombre, te empe&ntilde;es en ser una solterona... Mira
+que son muy antip&aacute;ticas...</p>
+
+<p>No sabemos lo que Cecilia pens&oacute; en aquel momento; pero bien pudo ser una
+cosa semejante a &eacute;sta:&mdash;&laquo;S&iacute;; he podido hacer la felicidad de todos...
+menos la tuya&raquo;.</p>
+
+<p>Alarg&oacute; con un gesto de indiferencia los labios y respondi&oacute;:</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Qu&eacute; le vamos a hacer! Esas cualidades las tienen todas las mujeres
+que no son bonitas. Las que pueden brillar, se ocupan de sus trajes, y
+tienen raz&oacute;n.</p>
+
+<p>Hab&iacute;a en estas palabras una iron&iacute;a triste, desgarradora, que Gonzalo no
+pudo menos de sentir en el coraz&oacute;n.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Oh, siempre est&aacute;s con esa tonadilla!... Me parece que te haces la
+modesta para que te regalen el o&iacute;do... Demasiado sabemos todos que t&uacute;
+puedes brillar como la primera... Tienes unos ojos como no hay otros...
+eres esbelta, elegante, distinguida; &iquest;quiere usted m&aacute;s, mademoiselle
+Huesitos?... Lo que hay, se&ntilde;orita, es que usted tiene m&aacute;s de aqu&iacute; que de
+aqu&iacute;...</p>
+
+<p>Y le puso primero el dedo en la frente y despu&eacute;s en el sitio del
+coraz&oacute;n.</p>
+
+<p>&mdash;Cuando venga alguno que sepa interesarte de verdad, ya se ver&aacute; c&oacute;mo
+desaparecen todas esas ideas de celibato.</p>
+
+<p>Cecilia levant&oacute; los hombros y volvi&oacute; a quedarse con los ojos ext&aacute;ticos,
+rehuyendo la conversaci&oacute;n.</p>
+
+<p>Ya no sal&iacute;a tantas veces con su cu&ntilde;ado de caza. El cuidado de las ni&ntilde;as
+reclamaba su presencia. Pero casi siempre iba a esperarle por las
+tardes, unas veces sola, otras con las ni&ntilde;as y sus doncellas. Al partir
+no se olvidaba Gonzalo de decirle por cu&aacute;l camino tomaba:</p>
+
+<p>&mdash;&laquo;Hoy voy hacia Naves a ver si suelto alguna liebre.&mdash;Hoy volver&eacute; por
+la carretera de Nieva.&mdash;Hoy voy por el camino de Rodillero&raquo;.</p>
+
+<p>Estas esperas, cuando iba sola, como quiera que se alejaba de la casa,
+no dejaban de ofrecer algunos peligros. Por m&aacute;s que Gonzalo se los
+representaba, nunca quiso hacer caso. Desde ni&ntilde;a hab&iacute;a mostrado siempre
+una extra&ntilde;a serenidad, nada femenina, para desafiarlos. Jam&aacute;s hab&iacute;a
+cre&iacute;do en apariciones o en duendes, ni la sobresaltaban, hasta el punto
+de turbarle la raz&oacute;n, los ruidos temerosos, ni siquiera los peligros
+ciertos. En m&aacute;s de una ocasi&oacute;n, ante una vaca desmandada o una ri&ntilde;a de
+borrachos, cuando sus compa&ntilde;eras hu&iacute;an gritando o se desmayaban, ella
+sola se manten&iacute;a firme y sosegada, juzgando con precisi&oacute;n el riesgo, y
+evit&aacute;ndolo sin descomponerse. Tal cualidad hab&iacute;a contribuido no poco a
+crearle aquella fama de fr&iacute;a y ap&aacute;tica que ten&iacute;a dentro y fuera de casa.</p>
+
+<p>Lleg&oacute; el mes de abril y la familia se traslad&oacute; de nuevo a Sarri&oacute;.
+Efectu&aacute;ronse elecciones municipales en junio, y Gonzalo sali&oacute; elegido
+concejal, contra su gusto. Don Rosendo le hab&iacute;a impuesto este
+sacrificio. Ventura, desde que entr&oacute; el verano, parec&iacute;a m&aacute;s animada.
+Sal&iacute;a con alguna frecuencia de casa, y su aparici&oacute;n en coche
+descubierto, causaba siempre cierta sensaci&oacute;n. La verdad es que estaba
+preciosa con sus ricos trajes de luto, llegados de Par&iacute;s. Por coqueter&iacute;a
+debiera vestirse de negro, pues era incalculable lo que realzaba este
+color el brillo nacarado de su tez, los reflejos dorados de sus
+cabellos. Cuando iba los domingos a la iglesia para oir la misa de once,
+que era la m&aacute;s concurrida, nunca dejaba de levantar su presencia un
+murmullo reprimido de curiosidad en las mujeres, de admiraci&oacute;n en los
+hombres. Aquel aire de princesa que pon&iacute;a fuera de s&iacute; a las se&ntilde;oras, era
+lo que m&aacute;s placer causaba a los caballeros. Todos conven&iacute;an en que por
+su belleza y elegancia, por sus modales distinguidos, se apartaba mucho
+de las dem&aacute;s j&oacute;venes del pueblo, y har&iacute;a lucido papel en los salones m&aacute;s
+aristocr&aacute;ticos. Tambi&eacute;n Venturita hab&iacute;a convenido en ello hac&iacute;a mucho
+tiempo. La idea de irse a vivir a Madrid, trabajaba con ahinco en su
+mente. Insinu&oacute;sela a su marido; pero &eacute;ste mostr&oacute; gran repugnancia a
+trasladarse. No era &eacute;l hombre para la corte. Los deberes sociales que
+all&iacute; impone la cortes&iacute;a, le aburr&iacute;an. Hab&iacute;a nacido para la libertad,
+para el goce que proporciona el aire libre del mar, el ejercicio
+corporal, los trajes c&oacute;modos, holgados. Adem&aacute;s, presum&iacute;a muy bien que la
+renta que en Sarri&oacute; les permit&iacute;a vivir como los primeros, en Madrid no
+bastar&iacute;a a sustentarlos en el mismo pie, sobre todo, dada la inclinaci&oacute;n
+de su mujer al boato. Venturita, sin embargo, estaba tan segura de
+vencer esta resistencia, que no hablaba siquiera del asunto, meditando
+la &eacute;poca y la forma en que hab&iacute;an de irse.</p>
+
+<p>Un suceso vino a turbar en cierto modo la vida de la familia Belinch&oacute;n.
+Gonzalo fu&eacute; nombrado inopinadamente alcalde de Sarri&oacute;, por mediaci&oacute;n del
+duque de Tornos. Su primera idea fu&eacute; rechazar aquel nombramiento,
+presentar alguna excusa; pero cayeron sobre &eacute;l don Rosendo y todos sus
+amigos, poniendo tanto empe&ntilde;o y calor en que aceptase, que no tuvo m&aacute;s
+remedio que hacerlo. A los del Saloncillo les iba much&iacute;simo en ello.
+Verdad que se vieron defraudados, pues el nuevo alcalde no quiso de
+ning&uacute;n modo poner al aire los cimientos de las casas de sus enemigos,
+como hab&iacute;a hecho Maza, ni cometer otra porci&oacute;n de tropel&iacute;as que le
+exig&iacute;an. En el mes de septiembre, cuando termin&oacute; la temporada de ba&ntilde;os,
+que en la villa era animada, y comenzaba en el campo la de la caza,
+Gonzalo se traslad&oacute; con la familia a Tejada. Las ni&ntilde;as se pon&iacute;an aqu&iacute;
+muy buenas y &eacute;l se divert&iacute;a extremadamente. Por otra parte, no dejaban
+grandes recreos tampoco en Sarri&oacute;. Algo le estorbaba su cargo de alcalde
+para este traslado; pero convino con sus compa&ntilde;eros de municipio en
+venir todos los d&iacute;as, o por lo menos con mucha frecuencia. El trayecto
+se recorr&iacute;a en carruaje en menos de media hora. No obstante, don Rosendo
+dej&oacute; abierta la casa de Sarri&oacute; para que Gonzalo y &eacute;l pudiesen comer y
+dormir all&iacute; siempre que quisieran. Venturita, pensando en marcharse a
+Madrid la pr&oacute;xima primavera, no puso obst&aacute;culo a los planes de su
+marido.</p>
+
+<p>Mucho se alegr&oacute; &eacute;ste de haber tomado aquella resoluci&oacute;n cuando supo que
+el duque de Tornos pensaba venir el pr&oacute;ximo mes de octubre, alegando
+que con la vida de Madrid hab&iacute;an vuelto a exacerbarse sus padecimientos,
+casi extintos mientras permaneci&oacute; en Sarri&oacute;. Porque all&aacute;, en el fondo
+del alma, y sin querer confes&aacute;rselo, nuestro joven sent&iacute;a la mordedura
+de los celos. Cuantas reflexiones se hac&iacute;a y argumentos poderosos a s&iacute;
+mismo se presentaba para tranquilizarse, no bastaban a arranc&aacute;rselos del
+pecho. Hab&iacute;a pensado, mientras el Duque estuvo por all&aacute;, que ya nunca
+m&aacute;s se acordar&iacute;a de aquel rinc&oacute;n. La noticia de su venida fu&eacute;, pues,
+para &eacute;l, una contrariedad, si no un disgusto serio. Y, en efecto, hacia
+&uacute;ltimos de octubre, no tuvo m&aacute;s remedio que ir a esperarle a Lancia, en
+compa&ntilde;&iacute;a de su suegro y de otra porci&oacute;n de se&ntilde;ores, todos socios del
+Saloncillo. El nombramiento de alcalde a su favor, hab&iacute;a constitu&iacute;do al
+magnate en protector decidido de este partido. Aloj&oacute;se con su secretario
+en la fonda de la Estrella, y comenz&oacute; a hacer la vida de ejercicio que
+tan bien le sentaba, seg&uacute;n dec&iacute;a (y as&iacute; era la verdad). Muchos d&iacute;as
+buenos sal&iacute;a de pesca o de paseo; otros iba de caza o montaba a caballo.
+Esta vez no hab&iacute;a tra&iacute;do m&aacute;s que dos, uno de tiro para un t&iacute;lburi, y
+otro magn&iacute;fico de silla. El secretario, cuando iba de paseo, montaba en
+uno que don Rosendo hab&iacute;a puesto a su disposici&oacute;n.</p>
+
+<p>Con la familia de &eacute;ste manten&iacute;a cordiales relaciones; pero s&oacute;lo hab&iacute;a
+ido a Tejada tres veces en quince d&iacute;as. Como Ventura y Cecilia sol&iacute;an
+venir a Sarri&oacute; a menudo, aqu&iacute; las ve&iacute;a y hablaba, por m&aacute;s que hu&iacute;a de
+acompa&ntilde;arlas p&uacute;blicamente. Gonzalo, desde que llegara, le&iacute;a asiduamente
+<i>El Joven Sarriense</i>, que se publicaba ya tres veces a la semana, lo
+mismo que <i>El Faro</i>. Lo le&iacute;a para apaciguar un poco la inquietud que
+sent&iacute;a. Porque siempre estaba temiendo alguna gacetilla injuriosa como
+la que tanto le hab&iacute;a hecho padecer el verano anterior. En los primeros
+n&uacute;meros, despu&eacute;s de la llegada del magnate, <i>El Joven</i>, francamente
+hostil ya a &eacute;l, se contentaba con ridiculizarle bajo nombres
+transparentes, como pintor y pescador, y hasta como hombre pol&iacute;tico,
+insinuando la idea de que el Duque era un personaje desprestigiado de
+Madrid, rechazado por la corte y sin influencia con el Gobierno. Sac&oacute; a
+luz algunas an&eacute;cdotas de su vida, en que no hac&iacute;a muy honroso papel, y
+hasta la emprendi&oacute; con sus trajes y corbatas, no perdonando medio para
+hacer reir a su costa. Don Jaime no le&iacute;a tal papelucho; pero habi&eacute;ndole
+indicado Pe&ntilde;a algo de lo que dec&iacute;a contra &eacute;l, sonri&oacute; mal&eacute;volamente y
+escribi&oacute; al gobernador de la provincia pidi&eacute;ndole que aprovechase el
+primer pretexto para suprimirle. Los del Saloncillo sab&iacute;an de esta carta
+y esperaban con ansia y fruici&oacute;n el golpe.</p>
+
+<p>Al fin la envenenada flecha que tanto tem&iacute;a Gonzalo, vino a clav&aacute;rsele
+en el coraz&oacute;n. No fu&eacute; una gacetilla, sino un cuento que figuraba pasar
+en Escocia, donde bajo nombres ingleses, sal&iacute;an a relucir &eacute;l, su esposa,
+el Duque, don Rosendo y otras personas conocidas, para vejarlas y
+ponerlas atrozmente en rid&iacute;culo. Entre otras cosas, se dec&iacute;a que
+mientras el <i>sheriff</i> (&eacute;l, sin duda alguna) cumpl&iacute;a con extremado celo
+los deberes de su cargo, lord Trollope (el Duque) cumpl&iacute;a por &eacute;l los
+deberes de esposo cerca de su bella mitad. Gonzalo sinti&oacute; el mismo
+escalofr&iacute;o de dolor y de ira que la vez pasada. Pero ahora, aleccionado,
+se propuso dominarse, cerciorarse de si aquella maligna insinuaci&oacute;n
+ten&iacute;a alg&uacute;n fundamento, y si por desgracia esto sucediese, tomar una
+venganza cumplida, y que fuese sonada. Gran trabajo le cost&oacute; disimular
+la emoci&oacute;n que le embargaba. No estaba avezado a ocultar sus
+sentimientos. Mas el vivo deseo de salir de dudas, le ayud&oacute;
+poderosamente. Lo &uacute;nico que se not&oacute; en su casa fu&eacute; que andaba un poco
+m&aacute;s triste y distra&iacute;do. Se dedic&oacute; durante algunos d&iacute;as a observar a su
+esposa, no perderla de vista un instante; pero nada encontr&oacute; que pudiera
+dar p&aacute;bulo a sus sospechas. Al mismo tiempo, estudiaba si el Duque pod&iacute;a
+avistarse con ella y de qu&eacute; manera. El resultado de sus investigaciones
+fu&eacute; que s&oacute;lo cuando &eacute;l ven&iacute;a a las sesiones del ayuntamiento, pod&iacute;a
+darse esto caso. De d&iacute;a, sumamente dif&iacute;cil, porque no era el Duque
+persona que pudiera pasar inadvertida. Fij&oacute;se, por tanto, en las horas
+de la noche, cuando &eacute;l se quedaba a dormir en la villa.</p>
+
+<p>Resolvi&oacute; saber de una vez la verdad. Para ello, anunci&oacute; con dos d&iacute;as de
+anticipaci&oacute;n a la familia, que el viernes deb&iacute;a dormir en Sarri&oacute;, a
+causa de una sesi&oacute;n del ayuntamiento, que presum&iacute;a hab&iacute;a de ser
+borrascosa. De nada menos se trataba que del nombramiento de uno de los
+dos m&eacute;dicos del partido, que la corporaci&oacute;n municipal pagaba. Los de
+Maza ten&iacute;an su candidato y los de don Rosendo tambi&eacute;n. La lucha estaba
+empe&ntilde;ad&iacute;sima, no por raz&oacute;n de los votos, que estaban perfectamente
+contados de antemano, sino porque los del Camarote, que hab&iacute;an de
+resultar vencidos, ten&iacute;an preparada una zancadilla parlamentaria, para
+inutilizar al candidato de sus enemigos, por faltarle algunos meses de
+pr&aacute;ctica, para llenar el tiempo que el municipio hab&iacute;a impuesto como
+condici&oacute;n a los pretendientes.</p>
+
+<p>El d&iacute;a de la gran prueba, Gonzalo estuvo muy agitado. Hab&iacute;a tratado de
+inquirir con disimulo, si alg&uacute;n criado de la casa estaba comprometido, o
+por lo menos sab&iacute;a algo. Nada encontr&oacute; tampoco que lo hiciera presumir.
+Almorz&oacute; sin apetito. En cuanto tom&oacute; caf&eacute; mand&oacute; enganchar y se fu&eacute; en
+compa&ntilde;&iacute;a de su suegro. La sesi&oacute;n del ayuntamiento dur&oacute; hasta las diez de
+la noche. A esa hora se retir&oacute; a casa y don Rosendo tambi&eacute;n, el cual
+encontraba a su yerno harto distra&iacute;do y preocupado. Gonzalo se
+disculpaba diciendo que le irritaba mucho la bilis la conducta de los
+amigos de Maza. Fu&eacute;ronse a dormir. A eso de las once, cuando todo estaba
+en silencio, nuestro joven sali&oacute; sigilosamente de casa y emprendi&oacute; a pie
+por el camino de Tejada. La noche estaba nublada, pero no muy obscura.
+La luz de la luna se cern&iacute;a al trav&eacute;s de la capa de nubes, dejando bien
+percibir los objetos a corta distancia. Caminaba con premura, apoy&aacute;ndose
+en un grueso bast&oacute;n de estoque. Adem&aacute;s llevaba en el bolsillo un
+rev&oacute;lver. Sent&iacute;a una tristeza profunda. Aquella prueba que iba a hacer
+le causaba temor y remordimientos a la vez. Si su mujer era culpable,
+&iexcl;qu&eacute; horrible tragedia la que se preparaba! Y si no lo era, &eacute;l comet&iacute;a
+una bajeza sospechando de su honradez. Iba con el mismo recelo que el
+ladr&oacute;n que va a asaltar una casa, ocult&aacute;ndose detr&aacute;s de las paredes de
+la carretera en cuanto sent&iacute;a pasos, estremeci&eacute;ndose si escuchaba una
+voz, por lejana que fuese. La idea de que alg&uacute;n conocido le viese a
+aquellas horas caminando a pie, le causaba gran verg&uuml;enza, dando por
+seguro que hab&iacute;a de adivinar su intenci&oacute;n. El aire era fresco y le
+penetraba hasta los huesos, aunque rara vez hab&iacute;a sentido fr&iacute;o en su
+vida. Los &aacute;rboles, como negros fantasmas alineados a lo largo de la
+carretera, dejaban salir de sus copas blando rumor melanc&oacute;lico. Debajo
+de uno de ellos crey&oacute; percibir un bulto que se mov&iacute;a y salt&oacute; a los
+prados, temiendo tropezarse con alguien que le conociese. Mir&oacute; por
+encima de la paredilla y vi&oacute; una vaca acostada rumiando tranquilamente.
+M&aacute;s all&aacute;, al pasar por delante de la casa de un labrador, se abri&oacute;
+repentinamente una ventana y apareci&oacute; el bulto de una mujer. Ech&oacute; a
+correr desaforadamente buscando la sombra de los &aacute;rboles. A medida que
+avanzaba, el coraz&oacute;n se le oprim&iacute;a. Mil encontradas ideas batallaban en
+su mente. Tan pronto recordando los deliciosos detalles de sus primeros
+meses de matrimonio, las palabras dulces, las pruebas ostensibles de
+amor que su mujer le diera, su mujer, cuyos defectos eran los de todas
+las ni&ntilde;as demasiado mimadas, se pon&iacute;a a imaginar que estaba bajo el
+poder de una maldita alucinaci&oacute;n, una de las mil infamias que los
+enemigos de su suegro hab&iacute;an inventado para hacerles da&ntilde;o, y estaba a
+punto de volverse a Sarri&oacute; y meterse nuevamente en la cama; como
+apreciando y pensando los motivos que ten&iacute;a para sospechar de ella,
+aquella grave escena que determin&oacute; la salida del Duque de la casa de sus
+suegros, su frivolidad y coqueter&iacute;a, la denuncia aunque embozada
+persistente del peri&oacute;dico enemigo, se le encend&iacute;a la sangre de golpe y
+apretaba vivamente el paso. &iexcl;Oh, desgraciados de ellos si era verdad!
+&iexcl;M&aacute;s les val&iacute;a no haber nacido! Y apretaba con mano crispada el bast&oacute;n
+y tiraba del estoque para cerciorarse de que estaba all&iacute; pronto a
+obedecerle. No se le ocurri&oacute; ni una vez acariciar el rev&oacute;lver.
+Necesitaba a toda costa ver la sangre de los traidores.</p>
+
+<p>Cuando llevaba la mitad del camino andado pr&oacute;ximamente, sinti&oacute; detr&aacute;s de
+s&iacute; el galope de un caballo. Sin saber por qu&eacute;, le di&oacute; un vuelco terrible
+el coraz&oacute;n. Se apresur&oacute; a saltar a los prados y aguard&oacute; con ansiedad
+mirando sigilosamente por encima de la pared a que el jinete pasase. No
+transcurrieron dos minutos sin que en efecto cruzase por delante de &eacute;l
+como un rel&aacute;mpago. Pudo reconocer perfectamente el magn&iacute;fico caballo
+alaz&aacute;n del Duque. A &eacute;ste no pudo distinguirle porque iba envuelto en un
+capote, con un gran sombrero calado hasta las narices. Pero si los ojos
+no, el coraz&oacute;n lo vi&oacute; con toda claridad. Qued&oacute; yerto, pegado al suelo.
+Sinti&oacute; un desfallecimiento singular en las piernas como si fuese a caer.
+Mas prontamente la sangre hirvi&oacute; dentro de su brioso temperamento de
+atleta. Tendi&eacute;ronse sus m&uacute;sculos acerados y salt&oacute; sin tocar con las
+manos la paredilla de seis pies que cerraba la finca. Cay&oacute; en medio de
+la carretera. Sin detenerse un punto, emprendi&oacute; una carrera vertiginosa,
+loca, detr&aacute;s del caballo, como si tuviese la absurda pretensi&oacute;n de
+alcanzarle. Aunque su aliento era grande, sin embargo, se le concluy&oacute;
+mucho antes de llegar a la quinta. Necesit&oacute; pararse tres o cuatro veces.
+Por fin lleg&oacute; a la verja. Entr&oacute; por la puerta de hierro, que s&oacute;lo estaba
+llegada. Ech&oacute; una mirada en torno y vi&oacute; el caballo del Duque atado a un
+&aacute;rbol. Sigui&oacute; precipitadamente, pero cuidando de no hacer ruido, por una
+de las avenidas orladas de con&iacute;feras que conduc&iacute;an a la casa. Como
+conoc&iacute;a todas las entradas, no se dirigi&oacute; a la puerta cuyo llav&iacute;n
+llevaba consigo. Tem&iacute;a que alg&uacute;n criado le sintiese. Escal&oacute; por una
+parra que adornaba el balc&oacute;n del cuarto de su suegro, que sol&iacute;a quedar
+abierto cuando &eacute;l no dorm&iacute;a en casa. Por desgracia estaba cerrado.
+Entonces sac&oacute; el estoque, y meti&eacute;ndolo por la rendija de la puerta logr&oacute;
+levantar el pestillo y entr&oacute;.</p>
+
+<p>Una persona le hab&iacute;a visto: Cecilia. En una de las noches anteriores,
+&eacute;sta, cuya habitaci&oacute;n estaba pr&oacute;xima a la de sus hermanos, hab&iacute;a cre&iacute;do
+sentir ruido por la noche y se hab&iacute;a levantado. Mir&oacute; al trav&eacute;s de los
+cristales hacia la huerta y vi&oacute; a Pach&iacute;n, el criado, en compa&ntilde;&iacute;a de otro
+hombre a quien no pudo conocer. Sin embargo, concibi&oacute; una viva sospecha
+que la aterr&oacute;. El modo de andar de aquel hombre, de quien no percib&iacute;a
+m&aacute;s que el bulto, no era de un campesino. Gonzalo dorm&iacute;a aquella noche
+en Sarri&oacute;. Adem&aacute;s, su cu&ntilde;ado era mucho m&aacute;s alto. Fuertemente
+sobreexcitada por una idea espantosa, se acost&oacute; otra vez, pero no logr&oacute;
+dormir. Todo el d&iacute;a siguiente estuvo triste y preocupada. Al cabo logr&oacute;
+dominarse y resolvi&oacute; en su interior vigilar a su hermana y saber de
+cierto si eran quimeras o realidades lo que pensaba. Al efecto, no
+perdi&oacute; de vista a Pach&iacute;n. Observ&oacute; que el d&iacute;a mismo que Gonzalo hab&iacute;a de
+dormir en Sarri&oacute;, fu&eacute; a este punto con una comisi&oacute;n de Ventura, aunque
+&eacute;l no era el encargado de hacer la compra. Cuando lleg&oacute; quiso ver lo que
+tra&iacute;a. Era una novela francesa que no pudo tener en las manos porque
+Ventura se apoder&oacute; de ella al instante y se fu&eacute; a su cuarto. No le cupo
+duda de que el libro tra&iacute;a entre sus p&aacute;ginas alguna carta. Se propuso
+entonces no dormirse aquella noche y saber de una vez la verdad. Despu&eacute;s
+de comer cosi&oacute; un rato mientras Ventura le&iacute;a a la luz del quinqu&eacute;. En
+cuanto sonaron las diez ambas hermanas se retiraron a sus respectivas
+habitaciones. Cecilia se ech&oacute; una manta por encima de los hombros, apag&oacute;
+la luz y se sent&oacute; detr&aacute;s de los cristales del balc&oacute;n. Esper&oacute; una, dos
+horas. A las doce, pr&oacute;ximamente, de la noche percibi&oacute; entre los &aacute;rboles
+dos sombras. Aunque con dificultad, reconoci&oacute; a Pach&iacute;n y al hombre de la
+noche pasada, que esta vez advirti&oacute; bien que era el Duque. Las dos
+sombras desaparecieron al instante entre los &aacute;rboles cercanos a la casa.
+Qued&oacute; petrificada. Una ola de indignaci&oacute;n, que se form&oacute; en su pecho,
+subi&oacute; a los labios y exclam&oacute;:&mdash;&iexcl;Qu&eacute; infame! &iexcl;qu&eacute; infame!&mdash;Sigui&oacute; sentada
+en la silla y con la sien pegada al cristal, aturdida, llena de
+confusi&oacute;n y verg&uuml;enza como si ella fuese la culpable. Al cabo de algunos
+minutos, estando con la mirada fija, at&oacute;nita, en el parque vi&oacute; correr
+otra sombra con extra&ntilde;a velocidad hacia la casa. No pudo reprimir un
+grito de espanto. Qued&oacute; en pie como si la hubieran alzado con un
+resorte. Luego, trompicando en la obscuridad con los muebles y las
+paredes se dirigi&oacute; al cuarto de su hermana. Se hallaba en tinieblas.
+Vacil&oacute; un instante en llamar: mas de repente se le ocurri&oacute; seguir
+adelante pensando que Ventura no pod&iacute;a delinquir tan cerca de ella y las
+ni&ntilde;as. A los pocos pasos, al revolver la esquina de un pasillo vi&oacute;
+claridad. Corri&oacute; hacia ella. En el gabinete persa, que era una rotonda
+aislada en cierto modo de la casa, hab&iacute;a luz. Di&oacute; dos golpecitos a la
+puerta diciendo por el agujero de la cerradura:</p>
+
+<p>&mdash;Soy yo, Ventura. &iexcl;Abre! Gonzalo est&aacute; ah&iacute;.</p>
+
+<p>La puerta se abri&oacute;, en efecto. Apareci&oacute; Ventura m&aacute;s p&aacute;lida que una
+muerta. El duque de Tornos estaba en el otro extremo, y se dirig&iacute;a a una
+ventana para saltar por ella. Cecilia corri&oacute; hacia &eacute;l y le sujet&oacute; por
+los brazos.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;No, eso no! No se consigue nada... Ventura, escapa... &iexcl;Hacia la
+cocina!... Gonzalo sube por el cuarto de pap&aacute;.</p>
+
+<p>La joven hablaba en falsete con tono imperioso, la mirada fulgurante.</p>
+
+<p>Ventura no se lo hizo repetir. Sali&oacute; con precipitaci&oacute;n del gabinete.</p>
+
+<p>Cecilia entonces arrastr&oacute; al Duque con fuerza hacia uno de los divanes,
+y le dijo:</p>
+
+<p>&mdash;Si&eacute;ntese usted.</p>
+
+<p>El magnate la mir&oacute; demudado, y pregunt&oacute;:</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Para qu&eacute;?</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Si&eacute;ntese usted, le digo!&mdash;pronunci&oacute; con rabia la joven, y al mismo
+tiempo, poni&eacute;ndole las manos sobre los hombros, le empuj&oacute; hacia abajo.</p>
+
+<p>El Duque se sent&oacute; al fin. Acto continuo, Cecilia lo hizo sobre sus
+rodillas; le ech&oacute; los brazos al cuello; reclin&oacute; su cabeza sobre la del
+noble, llegando a poner los labios sobre su rostro.</p>
+
+<p>En aquel momento se oyeron pasos precipitados en el corredor. Se abri&oacute;
+la puerta violentamente, y apareci&oacute; Gonzalo con el estoque desenvainado.
+Cecilia volvi&oacute; la cabeza y di&oacute; un grito. El joven retrocedi&oacute; asustado al
+reconocer a su cu&ntilde;ada. Solt&oacute; el arma que empu&ntilde;aba, empuj&oacute; otra vez
+apresuradamente la puerta, y se fu&eacute; tropezando, lleno de confusi&oacute;n,
+hacia su cuarto matrimonial.</p>
+
+<p>Ventura estaba leyendo tranquilamente a la luz de un quinqu&eacute;. Al ver a
+su esposo delante, se levant&oacute; asustada.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Qu&eacute; es eso? &iquest;C&oacute;mo est&aacute;s aqu&iacute;?</p>
+
+<p>Cualquier actriz le comprar&iacute;a de buena gana aquella actitud y la
+inflexi&oacute;n de la voz.</p>
+
+<p>Gonzalo se detuvo cortado, sin saber qu&eacute; decir. Sali&oacute; del compromiso
+exclamando:</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;No sabes el esc&aacute;ndalo que est&aacute; pasando en nuestra casa?</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Qu&eacute; ocurre?&mdash;profiri&oacute; la joven viniendo hacia &eacute;l, con la faz tan
+desencajada, que si Gonzalo tuviese un temperamento observador,
+comprender&iacute;a que no pod&iacute;a ser solamente por su presencia.</p>
+
+<p>Cerr&oacute; la puerta y le dijo al o&iacute;do:</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Tu hermana est&aacute; en el gabinete persa con el Duque!... &iquest;No sabes
+nada?... Di la verdad&mdash;a&ntilde;adi&oacute; cogi&eacute;ndola por la mu&ntilde;eca.</p>
+
+<p>Ventura se confundi&oacute;, vacil&oacute;, tembl&oacute;, baj&oacute; los ojos admirablemente. Al
+fin dijo:</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;C&oacute;mo quieres que yo lo sepa, Gonzalo?</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;No mientas, Ventura!&mdash;exclam&oacute; con adem&aacute;n furioso. En el fondo sent&iacute;a
+una alegr&iacute;a inmensa, infinita.</p>
+
+<p>&mdash;Te digo la verdad... No lo sab&iacute;a... Pero sospechaba algo... Por eso me
+asust&eacute;... Cuando t&uacute; entraste, estaba pensando en ir al cuarto de
+Cecilia, a ver si estaba en &eacute;l...</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Qu&eacute; atrocidad! &iexcl;Qu&eacute; esc&aacute;ndalo!... &iexcl;Pero ese infame!... Es menester
+tomar una determinaci&oacute;n... Debe concluir esto, sin que nadie se
+entere...</p>
+
+<p>&mdash;S&iacute;, s&iacute;... &iquest;Pero qu&eacute; quieres que hagamos?</p>
+
+<p>&mdash;Yo no s&eacute;... Hablar&eacute; a tu padre... No, a tu padre, no... El pobre
+recibir&iacute;a un golpe mortal... Hablar&eacute; al Duque... &iexcl;Ya veremos si se
+resiste!</p>
+
+<p>Justamente en aquel momento oyeron ruido en el cuarto contiguo.</p>
+
+<p>&mdash;Cecilia entra en su habitaci&oacute;n&mdash;dijo Ventura.&mdash;Voy ahora mismo a
+hablar con ella. Todo terminar&aacute; y quedar&aacute; en secreto... No quiero que t&uacute;
+te comprometas, Gonzalo m&iacute;o&mdash;a&ntilde;adi&oacute; ech&aacute;ndole los brazos al cuello.</p>
+
+<p>Gonzalo hizo un gesto de desd&eacute;n.</p>
+
+<p>&mdash;No, no; no quiero. Es mejor que yo hable con Cecilia... Agu&aacute;rdame un
+instante...</p>
+
+<p>Su marido la detuvo al tiempo de salir, y la dijo en voz baja:</p>
+
+<p>&mdash;No digas palabras feas. Procura estar prudente... El infame es &eacute;l, que
+se ha aprovechado de su estancia en nuestra casa... &iexcl;Qu&eacute; miserable!</p>
+
+<p>Ventura sali&oacute; del cuarto y se dirigi&oacute; al de su hermana temblando de
+susto. La heroica joven, cuando aqu&eacute;lla abri&oacute; la puerta, estaba en pie
+en medio de la habitaci&oacute;n, con los brazos ca&iacute;dos y la vista fija en el
+suelo. Ventura cerr&oacute; la puerta cuidadosamente, y se dirigi&oacute; a abrazarla,
+murmurando con voz tr&eacute;mula:</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Oh hermana m&iacute;a, gracias, gracias!</p>
+
+<p>Pero Cecilia la rechaz&oacute; brutalmente con un gesto de orgulloso desprecio,
+exclamando:</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Lo he hecho por &eacute;l; no por t&iacute;!</p>
+
+
+
+<h3 class="top15"><a name="XVIII" id="XVIII"></a>XVIII</h3>
+
+<p class="c smcap">donde tira do&ntilde;a br&iacute;gida de la manta</p>
+
+
+<p>Cecilia no volver&iacute;a m&aacute;s. Comprend&iacute;a la fealdad de su conducta.
+Arrepent&iacute;ase de haber dado ocasi&oacute;n para que los enemigos de Gonzalo le
+injuriasen, dudando de la honradez de su esposa. Daba su palabra y hac&iacute;a
+juramento solemne de que aquellas escandalosas citas nocturnas no se
+repetir&iacute;an. Tal fu&eacute; el recado que aquella noche trajo Ventura a su
+marido.</p>
+
+<p>En los d&iacute;as que siguieron, &eacute;ste no se mostr&oacute; irritado, ni aun severo con
+la delincuente. Toda su c&oacute;lera y malquerencia eran para el Duque. Le
+acusaba de haber abusado inicuamente de la confianza de su suegro para
+despertar en la pobre Cecilia pasiones que siempre hab&iacute;an estado
+dormidas. Trat&aacute;bala con afabilidad, hasta con mimo, lo mismo que a un
+ni&ntilde;o enfermo, queriendo persuadirla a que no hab&iacute;a perdido nada de su
+afecto. Mas esta amabilidad era tan humillante para ella, ve&iacute;ase detr&aacute;s
+un hombre tan satisfecho, tan alegre de su culpabilidad, que la joven la
+rechazaba con aspereza: no lograba, por muchos esfuerzos que hac&iacute;a,
+aparecer sensible a tal generosidad. Encerr&aacute;base en su cuarto sin
+atender como antes al cuidado de las ni&ntilde;as: aparec&iacute;a tan seria y
+reservada a las horas de comer, que lleg&oacute; a despertar la atenci&oacute;n de don
+Rosendo, con hallarse este gran patricio m&aacute;s que nunca absorto en la
+alta direcci&oacute;n de la batalla del pensamiento que se libraba en Sarri&oacute;.
+Y con la perspicacia que le caracterizaba, en seguida comprendi&oacute; que se
+trataba de &laquo;un decaimiento f&iacute;sico y moral, procedente de la vida
+mon&oacute;tona de la aldea. La juventud pide lo suyo, y hay que d&aacute;rselo&raquo;.</p>
+
+<p>&mdash;T&uacute; est&aacute;s mal, Cecilia. Te veo p&aacute;lida y triste. Necesitas salir de aqu&iacute;
+y vivir con m&aacute;s expansi&oacute;n, en un medio m&aacute;s a prop&oacute;sito para los j&oacute;venes.
+Iremos a pasar un par de meses de primavera a Madrid. En la aldea te
+asfixias, como un p&aacute;jaro dentro de la campana de una m&aacute;quina neum&aacute;tica.</p>
+
+<p>Este gran pensador ten&iacute;a a veces s&iacute;miles felices, arrancados como el
+presente a las ciencias f&iacute;sico-naturales. En la viveza con que la joven
+acept&oacute; el ofrecimiento, entendi&oacute; que, como siempre, hab&iacute;a dado en el
+clavo.</p>
+
+<p>Ventura aparec&iacute;a como antes. La terrible escena que hab&iacute;a pasado, el
+sacrificio de su hermana y su justo desprecio despu&eacute;s, no hab&iacute;an dejado
+huella en su vida. Hac&iacute;a lo mismo que antes. Se mostraba tan cuidadosa
+de su persona y descuidada de las otras como siempre lo hab&iacute;a sido. Sin
+embargo, cuando se encontraba con la mirada clara y penetrante de su
+hermana, bajaba la suya prontamente. Desde la noche del suceso, hu&iacute;a de
+encontrarse a solas con ella. Era bien f&aacute;cil, porque Cecilia tampoco
+ten&iacute;a deseo alguno de cruzar la palabra con la infiel.</p>
+
+<p>Gonzalo, enteramente seguro ya de ella, gozaba de esta seguridad con
+deleite. Entre los esposos hab&iacute;a habido con tal motivo una
+recrudescencia de cari&ntilde;o. Ventura le hab&iacute;a exigido que nunca m&aacute;s
+volver&iacute;a a dormir fuera de casa. El lo prometi&oacute; solemnemente. Pensando
+en la falta de su cu&ntilde;ada, se repet&iacute;a con frecuencia:</p>
+
+<p>&mdash;&laquo;Del agua mansa me libre Dios, que de la corriente me librar&eacute; yo&raquo;. Y
+desde entonces no s&oacute;lo perdonaba a su mujer aquella ligereza y
+frivolidad, afici&oacute;n al lujo y car&aacute;cter altanero que tanto le hab&iacute;an
+disgustado, sino que lleg&oacute; a ver en estos defectos una garant&iacute;a de su
+fidelidad. No hay nadie sin defectos, se dec&iacute;a, y es preferible que
+tenga &eacute;stos al que yo hab&iacute;a imaginado.</p>
+
+<p>Cinco o seis d&iacute;as despu&eacute;s del suceso relatado, <i>El Joven Sarriense</i>
+insertaba una gacetilla donde p&eacute;rfidamente se insinuaba la misma idea
+que le hab&iacute;a obligado a hacer aquella memorable excursi&oacute;n nocturna a
+Tejada. La ley&oacute; sin emoci&oacute;n, con la sonrisa en los labios, burl&aacute;ndose en
+su interior del enga&ntilde;o que sus enemigos padec&iacute;an. Sin embargo, como al
+fin y al cabo era una injuria la que ven&iacute;a all&iacute; escrita, resolvi&oacute;
+castigar a los insolentes, aunque no de un modo tr&aacute;gico. Por la noche se
+introdujo s&uacute;bitamente de modo sigiloso en la redacci&oacute;n del <i>Joven
+Sarriense</i>. No estaban all&iacute; a la saz&oacute;n m&aacute;s que tres redactores. Uno de
+ellos era el traidor Sinforoso Su&aacute;rez. Sin decirles una palabra, cay&oacute;
+sobre ellos a pu&ntilde;adas y puntapi&eacute;s, con tal ma&ntilde;a y coraje, que no
+pudieron hacer resistencia. Cuando alguno se levantaba del suelo, un
+tremendo rev&eacute;s a mano vuelta le tumbaba de nuevo. No s&oacute;lo los tumbaba a
+ellos, sino tambi&eacute;n las mesas y los armarios, haciendo mayor destrozo
+que un terremoto. Cuando se cans&oacute; de sacudirles la badana, sali&oacute; muy
+tranquilo a la calle riendo. Acud&iacute;a ya a las voces de socorro alguna
+gente; pero &eacute;l les dijo:</p>
+
+<p>&mdash;Nada, se&ntilde;ores, que se est&aacute;n pegando ah&iacute; arriba los redactores del
+<i>Joven</i>... A ver, guardia, suba usted y diga a esa gente que si
+contin&uacute;an dando esc&aacute;ndalo me voy a ver precisado a mandarles a la
+c&aacute;rcel.</p>
+
+<p>Cuando se supo la verdad del caso, se ri&oacute; mucho esta salida. Los del
+Camarote se pusieron fren&eacute;ticos. Pero Gonzalo, no tanto por su cualidad
+de alcalde, como por sus pu&ntilde;os terribles, inspiraba tal respeto, que al
+fin se resignaron a quedarse con la just&iacute;sima paliza que a tres de sus
+colegas les hab&iacute;an administrado.</p>
+
+<p>Pas&oacute; el Carnaval sin gran animaci&oacute;n. Ya no se formaban en Sarri&oacute;
+aquellas celebradas comparsas y cabalgatas, que llamaban la atenci&oacute;n de
+toda la provincia, y hac&iacute;an de esta villa una Venecia en miniatura.</p>
+
+<p>En otro tiempo, todos los vecinos tomaban parte en aquella inmensa,
+desenfrenada alegr&iacute;a. Los ricos no s&oacute;lo proporcionaban sus coches y
+caballos, sino tambi&eacute;n abr&iacute;an suscripciones para encargar trajes
+lujos&iacute;simos a Madrid. Estas comparsas iban arrojando anises, almendras y
+caramelos a los balcones, sin darse punto de reposo. Los bailes del
+Liceo, si no tan brillantes, eran tan animados y divertidos como los que
+se celebran en los palacios m&aacute;s opulentos de la corte. &iexcl;Oh, el Carnaval
+de Sarri&oacute;! &iexcl;Qui&eacute;n en la provincia septentrional, donde estos sucesos se
+efect&uacute;an, dejar&aacute; de tener recuerdos vivos y gratos de &eacute;l!</p>
+
+<p>Pero con la lucha pol&iacute;tica entre g&uuml;elfos y gibelinos, entre los del
+Saloncillo y los del Camarote, todo se hab&iacute;a hu&iacute;do. Cada cual se
+encerraba en su casa. S&oacute;lo se ve&iacute;a por la calle tal cual empedernido
+m&aacute;scara haciendo las delicias de un enjambre de chiquillos que le
+segu&iacute;an. Los esfuerzos tit&aacute;nicos de don Mateo no hab&iacute;an bastado tampoco
+a prestar animaci&oacute;n a los bailes del Liceo. En vano iba conferenciando
+con todas las ni&ntilde;as casaderas de la poblaci&oacute;n, para arrancarles la
+promesa de asistir, lo cual, en verdad, no le costaba gran trabajo. Mas
+en cuanto el pap&aacute; se enteraba, frunc&iacute;a el entrecejo y dec&iacute;a gravemente:</p>
+
+<p>&mdash;Ya veremos, don Mateo, ya veremos.</p>
+
+<p>Este veremos significaba, las m&aacute;s de las veces, una prudente abstenci&oacute;n.
+Pod&iacute;an estar all&iacute; Fulano o Mengano, con los cuales, el buen pap&aacute;, no
+quer&iacute;a compartir ni la atm&oacute;sfera.</p>
+
+<p>El a&ntilde;o anterior, don Mateo hab&iacute;a tratado de resucitar el antiguo baile
+de Pi&ntilde;ata, de imperecederos recuerdos para todo buen sarriense, que se
+celebraba en el primer domingo de cuaresma. El alcalde, que era a la
+saz&oacute;n Maza, bajo el pretexto religioso, y tratando de halagar a los
+beatos de la villa, neg&oacute; el permiso para efectuarlo. Este a&ntilde;o, el
+incansable viejo volvi&oacute; a la carga con m&aacute;s ardor. Gonzalo no tuvo
+inconveniente alguno en permitirlo. Luego se di&oacute; tan buena ma&ntilde;a para
+alborotar a la poblaci&oacute;n, anunciando extraordinarias sorpresas, que
+hab&iacute;an de salir de un famoso globo encargado a Burdeos, que consigui&oacute;
+inspirar vivos deseos en todos de acudir aquella noche al Liceo. Por
+primera vez en Sarri&oacute;, despu&eacute;s de unos cuantos a&ntilde;os, el sal&oacute;n de esta
+sociedad promet&iacute;a estar muy concurrido. Los d&iacute;as que precedieron a aquel
+domingo, las muchachas y muchachos, o como se dec&iacute;a entonces, las pollas
+y pollos, lograron sofocar con sus pl&aacute;ticas y preparativos el
+desagradable zumbido de la pol&iacute;tica. Fu&eacute; como un momento de respiro de
+la aburrida villa. Venturita, en cuanto tuvo noticia de que se preparaba
+un baile de verdad, se apresur&oacute; a encargar a la modista un lujos&iacute;simo
+vestido, para disfrazarse de Isabel de Inglaterra y otro para Cecilia,
+de dama de Luis XV. Esta se hab&iacute;a resistido bastante a ir al baile. Fu&eacute;
+tanto, no obstante, el empe&ntilde;o que Gonzalo puso en ello, sin duda para
+distraerla un poco de la melancol&iacute;a en que hab&iacute;a ca&iacute;do, que, al fin,
+cedi&oacute;. Con ir a Sarri&oacute; a probarse los trajes y dar instrucciones a la
+modista, se distrajeron algunas tardes.</p>
+
+<p>Lleg&oacute; el esperado domingo. Gonzalo, que estuviera ocupado toda la
+ma&ntilde;ana, almorz&oacute; en Sarri&oacute;. Cerca ya del obscurecer se volvi&oacute; a Tejada
+con el objeto de comer con la familia y traer a su mujer y cu&ntilde;ada al
+baile. Cuando lleg&oacute;, &eacute;stas se estaban vistiendo ya en sus respectivas
+habitaciones. Ambas se presentaron en el comedor un poco despu&eacute;s de la
+hora acostumbrada, primorosamente ataviadas. Cecilia, como suele
+acontecer a todos los temperamentos serios cuando se animan s&uacute;bitamente,
+estaba encendida y locuaz. Parec&iacute;a haber sacudido las ideas negras que
+tanto obscurec&iacute;an su rostro en los d&iacute;as anteriores. Gonzalo, antes de
+ponerse a la mesa, brome&oacute; graciosamente, tanto con ella como con su
+mujer. Mientras dur&oacute; la comida no dej&oacute; de reirse a su costa con aquella
+ruidosa y cordial alegr&iacute;a que le caracterizaba.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Vuestra majestad no quiere un poco de chorizo?&mdash;dec&iacute;a dirigi&eacute;ndose a
+su esposa. Y luego, regocijado por su frase, soltaba una larga y sonora
+carcajada, como las que deb&iacute;an lanzar los reyes b&aacute;rbaros en sus
+festines, sacudiendo su enorme t&oacute;rax con temerosas convulsiones. Su
+alegr&iacute;a de hombre sano y bien equilibrado era comunicativa. Nadie dejaba
+de reirse cuando a &eacute;l se le ocurr&iacute;a hacerlo. Aquella noche Ventura
+estaba muy amable y daba palmetazos en las espaldas a su marido
+pidi&eacute;ndole que callase, que no pod&iacute;a comer en paz. Despu&eacute;s que
+concluyeron, cuando estaban tomando el caf&eacute;, sea por haberse re&iacute;do
+demasiado o por cualquier otra causa, la joven esposa se sinti&oacute; mal del
+est&oacute;mago. La comida le hab&iacute;a hecho da&ntilde;o. Dijo que ten&iacute;a ganas de
+devolverla. Y en efecto, se fu&eacute; a su cuarto y al poco rato volvi&oacute;
+diciendo que hab&iacute;a arrojado y le dol&iacute;a la cabeza. Se le hizo te. Estuvo
+reposando sobre un div&aacute;n alg&uacute;n tiempo; mas el dolor y la incomodidad no
+desaparec&iacute;an.</p>
+
+<p>&mdash;Mirad; idos vosotros al baile. Yo me voy a meter en la cama&mdash;dijo
+levantando la cabeza.</p>
+
+<p>Cecilia, por cuya mente cruz&oacute; s&uacute;bito una sospecha, respondi&oacute;:</p>
+
+<p>&mdash;No; yo me quedo tambi&eacute;n.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Qu&eacute; tonter&iacute;a!&mdash;exclam&oacute; la enferma.&mdash;&iquest;Vais a privaros de la &uacute;nica
+diversi&oacute;n que hay en Sarri&oacute; hace tiempo, por una cosa tan ligera?</p>
+
+<p>&mdash;S&iacute;&mdash;replic&oacute; Cecilia con la misma gravedad.&mdash;Yo me quedo.</p>
+
+<p>&mdash;Pero, mujer, &iexcl;si sabes que esta incomodidad la padezco yo a menudo! Es
+un poco de bilis. En cuanto duerma cuatro o cinco horas estoy buena.</p>
+
+<p>&mdash;Pues yo me quedo.</p>
+
+<p>&mdash;Pues me obligar&aacute;s a m&iacute; a ir enferma y todo&mdash;dijo con impaciencia,
+levant&aacute;ndose.</p>
+
+<p>&mdash;Tiene raz&oacute;n Ventura, Huesitos&mdash;dijo Gonzalo cogiendo a su cu&ntilde;ada por
+los hombros y sacudi&eacute;ndola cari&ntilde;osamente.&mdash;Esto no es nada; lo ha tenido
+cien veces. &iquest;Por qu&eacute; te has de privar t&uacute; de ir al baile?... Ea, ea, a
+tomar el abrigo. Ram&oacute;n ya ha enganchado. Son m&aacute;s de las nueve y
+media&mdash;a&ntilde;adi&oacute; empuj&aacute;ndola hacia la puerta.</p>
+
+<p>Cecilia no pudo resistirse. Antes de salir dirigi&oacute; una penetrante mirada
+a su hermana, que &eacute;sta se apresur&oacute; a evitar sent&aacute;ndose de nuevo.</p>
+
+<p>Abajo les esperaba ya, en efecto, Ram&oacute;n, con el familiar enganchado.
+Llevaban el carruaje mayor que ten&iacute;an. Don Rosendo y Pablito, que se
+hab&iacute;an quedado a comer en Sarri&oacute;, volver&iacute;an probablemente con ellos a la
+madrugada. Durante el trayecto, Gonzalo se mantuvo alegre y hablador,
+dando matraca a su cu&ntilde;ada, la cual estaba taciturna en demas&iacute;a. El joven
+cre&iacute;a que el recuerdo de la fatal escena que narramos la atormentaba, y
+hac&iacute;a vivos esfuerzos por distraerla.</p>
+
+<p>La sociedad del Liceo se hallaba establecida en la &uacute;nica ala sana de un
+viejo convento derru&iacute;do. Primero hab&iacute;a sido escuela; mas cuando el
+ayuntamiento edific&oacute; el nuevo local, hac&iacute;a ya algunos a&ntilde;os, la sociedad,
+que ten&iacute;a uno mal&iacute;simo, se traslad&oacute; a &eacute;ste, previo un arreglo o
+restauraci&oacute;n que dirigi&oacute; don Mateo y cost&oacute; muy buenos cuartos. Los
+trabajos, sin embargo, se limitaron casi exclusivamente al sal&oacute;n de
+baile y la escalera. La secretar&iacute;a, el despacho del presidente, la sala
+de ensayos de la orquesta, eran amplias y desnudas cuadras, con el
+pavimento de madera podrido y roto, y las paredes blanqueadas.</p>
+
+<p>La escalera estaba bien iluminada y adornada con macetas de flores, que
+atestiguaban el celo y el gusto de don Mateo. Gonzalo y Cecilia la
+subieron de bracero. Al llegar arriba atravesaron una vasta antesala
+donde gran n&uacute;mero de j&oacute;venes se apresuraron a abrirles paso y saludarles
+con la familiaridad que se usa en los pueblos peque&ntilde;os. En el sal&oacute;n
+hab&iacute;a ya bastantes damas, todas disfrazadas, aunque la mayor parte de
+ellas, como Cecilia, sin m&aacute;scara. Para los sarrienses era aquello una
+sorpresa. En los cinco &uacute;ltimos a&ntilde;os, los bailes del Liceo parec&iacute;an
+visitas de p&eacute;same. Media docena de se&ntilde;oritas m&aacute;s o menos j&oacute;venes, con
+los hombros y el pecho al aire, el rostro muy empolvado, departiendo en
+voz baja all&aacute; en un &aacute;ngulo del vasto sal&oacute;n, mientras a su lado las
+mam&aacute;s sacaban tiras de pellejo a alguna amiga ausente. Otros tantos
+pollos dando vueltas en la antesala, el aire triste, la mirada opaca,
+abroch&aacute;ndose mutuamente los guantes con las horquillas de sus hermanas.
+Generalmente eran los mismos. Cada pollo bailaba dos o tres polkas,
+rigodones o lanceros con las hermanas de sus amigos. A las doce o doce y
+media sal&iacute;an todos en pelot&oacute;n, remang&aacute;ndose los pantalones y las faldas
+respectivamente, y guareci&eacute;ndose debajo de los paraguas, charlando en
+voz alta al trav&eacute;s de las calles solitarias y h&uacute;medas. Los vecinos, a
+quienes el sue&ntilde;o no ten&iacute;a presos, dec&iacute;an:&mdash;&laquo;Ahora salen del Liceo&raquo;. Esto
+era todo. Don Mateo, firme, indomable, conservaba tenazmente, con
+amoroso esmero, este exiguo rescoldo del fuego del placer.</p>
+
+<p>Gracias a su perseverancia, aquella noche se convirti&oacute; en viva y animada
+hoguera. La juventud de la villa tuvo fuerzas para arrollar las ruines
+pasiones que agitaban los pechos de sus pap&aacute;s, y entr&oacute; en aquel
+solitario sal&oacute;n como un torrente desbordado, haci&eacute;ndolo resonar con sus
+risas y pl&aacute;ticas, con chillidos horr&iacute;sonos:</p>
+
+<p>&mdash;Alvaro, &iquest;me conoces? &iquest;me conoces? &iquest;Por qu&eacute; no te casas? Mira que ya
+vas caminando para Villavieja.</p>
+
+<p>&mdash;Periquito, &iquest;te gusto?... &iquest;Que alce la careta?... &iquest;Para qu&eacute; lo
+necesitas? T&uacute; no te enamoras de las caras y haces bien. &iexcl;Teniendo de
+aqu&iacute;... y de aqu&iacute;! &iquest;Eh? Adi&oacute;s, adi&oacute;s, Periquito.</p>
+
+<p>&mdash;Hola, Delaunay... Hola, <i>monsieur</i>. &iquest;C&oacute;mo va ese tranv&iacute;a a&eacute;reo? &iexcl;Qu&eacute;
+cosas se te ocurren! &iexcl;Qu&eacute; gran cabeza tienes! &iexcl;L&aacute;stima que seas tan
+desgraciado! Dicen que no eres hombre pr&aacute;ctico. Sin embargo, supiste
+arreglar a la hija del Rato... Adi&oacute;s, adi&oacute;s...</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Qu&eacute; tal, Sinforoso? &iquest;Cu&aacute;ndo te dan la mano de Cipriana?... Bien te
+hacen penar, hombre. &iquest;Por qu&eacute; no los amenazas con pasarte otra vez al
+Saloncillo?</p>
+
+<p>Hab&iacute;a muchas se&ntilde;oras con domin&oacute; negro, que eran las que daban estas
+bromas, demasiado vivas a veces. La mayor parte de ellas eran viejas. A
+las j&oacute;venes, les gustaba mostrar el palmito y la esbeltez de su talle,
+con alg&uacute;n traje hist&oacute;rico. Hab&iacute;a damas venecianas, romanas, del bajo
+imperio, hebreas, de la &eacute;poca de Luis XV, del Directorio, de Felipe II,
+y hasta pasiegas de los tiempos m&aacute;s recientes. Hab&iacute;a tambi&eacute;n, algunas
+gitanas, nigrom&aacute;nticas y cautivas. Ve&iacute;anse trajes caprichosos y
+rom&aacute;nticos, que no admit&iacute;an clasificaci&oacute;n; uno de <i>noche estrellada</i>,
+otro de tulip&aacute;n, otro de paloma viajera con una cartita al cuello. Los
+hombres en general no llevaban disfraz: vest&iacute;an la larga y desairada
+levita, que s&oacute;lo sal&iacute;a a relucir en ocasiones como &eacute;sta. Sin embargo,
+ve&iacute;anse algunos con domin&oacute;, que les serv&iacute;a para acercarse y hablar a sus
+novias, sin peligro de ser interrumpidos por las mam&aacute;s. Un grupo de
+j&oacute;venes afiliados al Camarote, que ven&iacute;an de este modo, hab&iacute;an tenido la
+feliz ocurrencia de disfrazar a don Jaime Mar&iacute;n de maragato. Cuando le
+tuvieron vestido de esta suerte, le dijeron que mejor que careta,
+conven&iacute;a que se pintase; a lo cual &eacute;l se prest&oacute;. Tom&oacute; un chico el pincel
+y la caja de pinturas, y fingiendo que le embadurnaba con mil colores,
+le pase&oacute; el pincel largo rato por la cara, mojado en agua solamente.
+Pidi&oacute; Mar&iacute;n un espejo para verse. Los maleantes j&oacute;venes tuvieron buen
+cuidado de no proporcion&aacute;rselo. Todo se volv&iacute;a gritar:&mdash;&iexcl;Pero qu&eacute; bien
+est&aacute; usted, don Jaime! &iexcl;qu&eacute; horrorosamente pintado! Ni la madre que le
+pari&oacute; puede conocerle. Bajo la fe de esta palabra, el buen Mar&iacute;n se dej&oacute;
+llevar al Liceo. Sus amiguitos le aconsejaron que no dejase de dar
+bromas a ciertas se&ntilde;oritas; a lo que &eacute;l contestaba, que ser&iacute;an como
+sinapismos. Y en efecto, as&iacute; que entr&oacute; en el sal&oacute;n, comenz&oacute; a dirigirse
+a las muchachas gritando con voz de falsete:</p>
+
+<p>&mdash;Hola, Rosarito, &iquest;d&oacute;nde has dejado a Anselmo? Ya sabemos que todas las
+noches a las diez le tiras una cartita por el balc&oacute;n.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Pero, don Jaime!&mdash;exclamaba la ni&ntilde;a mir&aacute;ndole con sorpresa.&mdash;&iquest;Usted
+c&oacute;mo viene as&iacute;?</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Diablo! Ya me ha conocido&mdash;dec&iacute;a el buen Mar&iacute;n alej&aacute;ndose.</p>
+
+<p>Dirig&iacute;ase inmediatamente a otra, y pasaba lo mismo.</p>
+
+<p>&mdash;Es particular&mdash;concluy&oacute; por decirse.&mdash;Todas me conocen al instante...
+Ser&aacute; por la voz, porque lo que es pintado, &iexcl;lo estoy de &oacute;rdago!</p>
+
+<p>Cuando estaba haci&eacute;ndose esta reflexi&oacute;n, una mano huesuda le agarr&oacute; por
+detr&aacute;s.</p>
+
+<p>&mdash;Gran burro, bobalic&oacute;n, zoquete, &iquest;qui&eacute;n te ha metido aqu&iacute; de este modo?</p>
+
+<p>Era su amada compa&ntilde;era, la ingeniosa y severa do&ntilde;a Br&iacute;gida.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Anda, bestia, anda, que siempre has de servir de payaso en todas
+partes!</p>
+
+<p>Y a empujones lo fu&eacute; sacando del sal&oacute;n. La buena se&ntilde;ora, que ven&iacute;a
+disfrazada con domin&oacute; y careta, luego que le dej&oacute; en la antesala con
+orden expresa y terminante de irse inmediatamente a casa, se volvi&oacute; a
+meter en el centro del baile, donde ten&iacute;a un asunto de importancia que
+resolver, como luego veremos.</p>
+
+<p>Rodeado por un grupo de m&aacute;scaras estaba el simp&aacute;tico don Feliciano
+G&oacute;mez. Su gran pir&aacute;mide de cabeza monda y reluciente, descollaba
+soberbia por encima. Eran mujeres las que formaban c&iacute;rculo en torno
+suyo, armando algarab&iacute;a insufrible. Las bromas que le prodigaban tocaban
+a menudo en la injuria.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Feliciano, milagro que te han dejado venir al baile tus hermanas! &iquest;A
+qu&eacute; hora te han mandado retirarte? Dicen que do&ntilde;a Petra te castiga
+cuando llegas tarde, &iquest;es verdad? &iexcl;Pobre Feliciano! &iexcl;Qu&eacute; severas son tus
+hermanas! Ya que no te han permitido casarte, debieran darte un poco m&aacute;s
+de libertad.</p>
+
+<p>El bravo comerciante, sin ofenderse, contestaba con sonrisa bondadosa a
+aquellas arp&iacute;as. Al fin, cansadas de su paciencia, le dejaron en paz.</p>
+
+<p>El adorable Pablito, vestido correctamente de frac, con una flor blanca
+en el ojal, llevaba a cabo mientras tanto la conquista de cierta hermosa
+hebrea, hija de un comandante de artiller&iacute;a que acababa de llegar. La
+pobrecilla, al ver rendido a sus pies al joven m&aacute;s rico y m&aacute;s apuesto
+de la villa, dejaba escapar por todos los poros de su lindo rostro
+ruborizado, el gozo &iacute;ntimo que le embargaba. &iexcl;Qu&eacute; sonrisas, qu&eacute; gestos
+tan expresivos! Las muchachas de la poblaci&oacute;n la miraban con expresi&oacute;n
+de burla. Aquellas miradas dec&iacute;an:&mdash;&laquo;Goza, goza un poco, infeliz, que
+pronto vendr&aacute; el desenga&ntilde;o&raquo;.</p>
+
+<p>Pablito, inclinado, sumiso, la vert&iacute;a al o&iacute;do frases ardientes e
+ingeniosas como &eacute;stas:</p>
+
+<p>&mdash;Ayer cuando ven&iacute;a de Tejada, la he visto a usted con su pap&aacute;, tan
+guapetona como siempre.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Qu&eacute; guas&oacute;n! Tambi&eacute;n yo le vi. Ven&iacute;a usted en coche abierto. Gu&iacute;a
+usted muy bien.</p>
+
+<p>&mdash;Es favor, Carmencita. Guiar ahora esos caballos no tiene nada de
+particular, lo hace cualquiera. &iexcl;Si los viera usted cuando los compr&eacute;!
+El cochero de don Agapito los hab&iacute;a echado a perder enteramente; sobre
+todo el Gallardo, el de la izquierda, &iquest;sabe usted? un poco m&aacute;s obscuro
+que el otro... Aqu&eacute;l era una cosa perdida. Si cae en otras manos, a
+estas horas no vale dos pesetas. Hoy es mejor que el otro todav&iacute;a...
+Cuesti&oacute;n de paciencia, &iquest;sabe usted?&mdash;a&ntilde;adi&oacute; con fingida modestia.</p>
+
+<p>La linda hebrea protest&oacute;:</p>
+
+<p>&mdash;Vamos, no se haga usted el peque&ntilde;o, que ya sabemos que lo hace usted
+muy bien.</p>
+
+<p>&mdash;Paciencia y un poco de costumbre&mdash;repiti&oacute; Pablito ba&ntilde;&aacute;ndose en agua de
+rosas.</p>
+
+<p>Despu&eacute;s le explic&oacute; con toda latitud lo que en su concepto constitu&iacute;a un
+buen cochero. La mano suave y firme al mismo tiempo, el ojo vivo,
+castigar fuerte cuando hace falta, pero sin irritarse; luego un gran
+conocimiento de lo que son los caballos. Sin el estudio atento y
+reflexivo del temperamento de estos animales, imposible guiar
+regularmente. Carmencita le escuchaba embelesada.</p>
+
+<p>A Cecilia se le hab&iacute;a acercado, poco despu&eacute;s de entrar en el sal&oacute;n, Paco
+Flores, aquel ingeniero que pidi&oacute; su mano por mediaci&oacute;n de Gonzalo.
+Desde que la joven le diera calabazas, &eacute;l, que, como hemos visto, s&oacute;lo
+buscaba una mujer modesta, hacendosa y con alg&uacute;n dinero, se hab&iacute;a
+enamorado de ella y la persegu&iacute;a a sol y sombra. En Sarri&oacute;, al ver la
+persistencia del ingeniero en festejar a la primog&eacute;nita de Belinch&oacute;n, se
+cre&iacute;a que apetec&iacute;a s&oacute;lo con ansia la dote. Era un error. Flores se hab&iacute;a
+llegado a enamorar de veras. Si Cecilia se quedase pobre repentinamente,
+lo mismo la har&iacute;a su mujer. La conducta de &eacute;sta, tambi&eacute;n era adecuada
+para encender su ilusi&oacute;n. A todos sus obsequios y galanter&iacute;as respond&iacute;a
+siempre con amabilidad y gratitud. No hab&iacute;a peligro de que la joven se
+retirase del balc&oacute;n cuando &eacute;l pasaba, ni esquivase su conversaci&oacute;n
+cuando le encontraba en alguna casa conocida o le diese alguno de esos
+desaires que tanto hacen gozar a la mayor&iacute;a de las muchachas. Le trataba
+como un buen amigo, guard&aacute;ndole todas las atenciones que se deben a la
+persona que se estima. Pero en cuanto el ingeniero quer&iacute;a pasar
+adelante, ped&iacute;a un poco de amor, un rayo de esperanza, siquiera para el
+d&iacute;a de ma&ntilde;ana, encontraba la misma negativa, suave, firme y constante. Y
+lo peor era que Cecilia, al negar, no lo hac&iacute;a con placer, sino con
+repugnancia, como si le doliese causar disgusto a un amigo. Este
+sentimiento her&iacute;a a&uacute;n m&aacute;s el amor propio del pretendiente.</p>
+
+<p>Despu&eacute;s que bailaron un vals, sent&aacute;ronse fatigados en un &aacute;ngulo del
+sal&oacute;n. Flores le hab&iacute;a cogido el abanico, y la abanicaba
+respetuosamente.</p>
+
+<p>&mdash;As&iacute; quisiera pasarme la vida&mdash;dijo con acento sincero.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Oh! Se cansar&iacute;a pronto&mdash;respondi&oacute; Cecilia sonriendo.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Quiere usted probarlo?</p>
+
+<p>La joven no contest&oacute;.</p>
+
+<p>&mdash;No es usted, Cecilia, de las mujeres que hast&iacute;an pronto. Posee usted
+en su coraz&oacute;n y en su inteligencia recursos para tener siempre a sus
+pies al hombre que la ame. Hace m&aacute;s de dos a&ntilde;os que vivo enamorado de
+usted, y, en vez de cansarme, cada vez me siento m&aacute;s ligado a usted,
+cada vez la adoro m&aacute;s perdidamente... hasta el punto de ser la burla de
+la poblaci&oacute;n.</p>
+
+<p>&mdash;Eso no se puede decir de antemano&mdash;repuso ella, un poco conmovida por
+el fuego y la emoci&oacute;n que Flores hab&iacute;a comunicado a sus palabras.&mdash;No es
+lo mismo ver a una mujer cortos instantes, y hablarla de Pascuas a
+Ramos, que tenerla a su lado eternamente.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Qu&eacute; m&aacute;s quisiera yo, Cecilia! Tenerla junto a m&iacute; siempre,
+&iexcl;siempre!&mdash;replic&oacute; en voz baja y temblorosa el ingeniero, jugando con el
+abanico y mirando fijamente al suelo.&mdash;Consagrar mi vida a servirla, a
+adorarla de rodillas... Yo s&eacute; que har&iacute;a usted feliz a cualquier hombre,
+pero a nadie tanto como a m&iacute; que conozco las grandes cualidades de su
+alma, que adivino adem&aacute;s en su coraz&oacute;n sentimientos que acaso sean
+enteramente desconocidos para otros... &iexcl;Es terrible! Eso de que usted no
+me haga concebir la m&aacute;s remota esperanza de que alg&uacute;n d&iacute;a, por lejano
+que sea, mi cari&ntilde;o llegue a ablandarla, y me acepte siquiera por
+esclavo...</p>
+
+<p>&mdash;Le acepto por amigo, por buen amigo&mdash;dijo la joven gravemente.</p>
+
+<p>&mdash;Amigo, &iexcl;oh!... Esa amistad, Cecilia, es una muralla de hielo que se
+interpone entre usted y yo... Comprendo que no tengo m&eacute;rito alguno para
+merecer el amor de usted... que hay cien j&oacute;venes en la villa que
+pudieran con m&aacute;s derecho solicitarlo... Pero lo extra&ntilde;o, lo que me anima
+y desanima a un mismo tiempo, es que usted no se ha fijado en ninguno
+hasta ahora... Su coraz&oacute;n permanece ocioso, indiferente... Digo, a no
+ser que tenga usted alg&uacute;n amor oculto.</p>
+
+<p>Cecilia se estremeci&oacute; levemente y levant&oacute; un poco los ojos hacia el
+sitio donde se escuchaba la voz de Gonzalo. Despu&eacute;s respondi&oacute;le con m&aacute;s
+severidad que de ordinario:</p>
+
+<p>&mdash;Deje usted de estudiar tanto mi interior, Flores; primero, porque lo
+m&aacute;s probable es que sea tan vulgar como el de la mayor&iacute;a de las mujeres,
+y segundo, porque, si hubiera algo de particular en &eacute;l, no ser&iacute;a f&aacute;cil
+que usted lo descubriera.</p>
+
+<p>&mdash;No se ofenda usted, Cecilia. Este estudio es una prueba nada m&aacute;s de lo
+mucho que usted me interesa.</p>
+
+<p>&mdash;No me ofendo&mdash;replic&oacute; la joven procurando sonreir.&mdash;Voy a saludar a
+Rosario. &iquest;Quiere usted llevarme?</p>
+
+<p>En la antesala, separada s&oacute;lo por algunas columnas del sal&oacute;n, charlaban
+los padres graves, echando ojeadas satisfechas a &eacute;ste, donde ve&iacute;an a sus
+hijas divertirse. Alguna vez, se destacaba un m&aacute;scara del baile, y ven&iacute;a
+a embromarles. Era alguna vieja contempor&aacute;nea que les hac&iacute;a reir y toser
+hasta reventar con historias antiguas. Don Rosendo charlaba en un rinc&oacute;n
+con don Melchor de las Cuevas. Explic&aacute;bale un vasto proyecto de puerto,
+grandioso como todos los suyos. Porque no es posible representarse bien
+lo que hab&iacute;a crecido la ciencia, ya grande, de Belinch&oacute;n en los &uacute;ltimos
+a&ntilde;os. Era una ciencia m&aacute;s intuitiva que adquirida a fuerza de estudio,
+como acontece a todos los grandes hombres. Al principio, cuando iba a
+escribir en <i>El Faro</i> sobre un tema que no conoc&iacute;a, mostr&aacute;base receloso,
+vacilante, t&iacute;mido. Mas en cuanto aprendi&oacute; bien los t&oacute;picos del
+periodismo, y tuvo a su disposici&oacute;n una buena cantidad de frases hechas,
+y sobre todo, en cuanto recibi&oacute; un diccionario enciclop&eacute;dico en quince
+tomos, que le cost&oacute; no menos de dos mil reales, &iexcl;aquello s&iacute; que fu&eacute;
+cortar y rajar! No hubo asunto o problema cient&iacute;fico, social, econ&oacute;mico
+y pol&iacute;tico en que don Rosendo dejase de meter la cucharada con gran
+lucimiento. Se trataba de la peste que hac&iacute;a estragos en el ganado: don
+Rosendo buscaba en su diccionario las palabras <i>ganado, caballo, toro,
+carnero, forrajes, industria pecuaria</i>, etc&eacute;tera, y as&iacute; que le&iacute;a lo que
+dec&iacute;a sobre ellas, tomaba la pluma, y su genio period&iacute;stico se encargaba
+de trazar uno o varios art&iacute;culos, rebosando de filosof&iacute;a y erudici&oacute;n.
+Ven&iacute;a, como ahora, la cuesti&oacute;n del puerto, y acud&iacute;a al diccionario en
+busca de las palabras <i>puerto, d&aacute;rsena, mareas, dragas, vientos</i>, etc.
+Siete art&iacute;culos llevaba escritos y publicados a la saz&oacute;n, para demostrar
+la necesidad de construir una gran d&aacute;rsena frente a Sarri&oacute;, en un punto
+denominado Fonil. Parec&iacute;a un marino consumado, harto de surcar los
+mares, encanecido en el estudio de los problemas hidr&aacute;ulicos. Sin
+embargo, el se&ntilde;or de las Cuevas, aunque pasmado de aquel modo de barajar
+t&eacute;rminos mar&iacute;timos, alguno de los cuales ni &eacute;l mismo conoc&iacute;a, torc&iacute;a el
+gesto a las explicaciones verbales que don Rosendo le daba. Concluy&oacute; por
+decirle, poni&eacute;ndole la mano en el hombro:</p>
+
+<p>&mdash;Deseng&aacute;&ntilde;ese usted, Belinch&oacute;n: en la d&aacute;rsena de usted, con viento
+entablado del Noroeste, no entran ni las sardinas.</p>
+
+<p>El que m&aacute;s gozaba en esta fiesta, &iquest;qui&eacute;n lo dir&iacute;a? era un anciano, el
+buen don Mateo, a quien se deb&iacute;a exclusivamente. Para &eacute;l, aquel baile
+significaba uno de los grandes triunfos de su vida. M&aacute;s trabajo le hab&iacute;a
+costado congregar all&iacute; a los enconados vecinos de la villa, que tomar un
+reducto a los carlistas en la acci&oacute;n de Guardamino. No cesaba en toda la
+noche de andar, mejor dicho, de arrastrarse de un lado a otro,
+expidiendo &oacute;rdenes a los criados, al conserje, a la orquesta.</p>
+
+<p>&mdash;Gervasio, ahora las bandejas de dulces... &iexcl;Coged uno de cada lado,
+mastuerzos!&mdash;&iquest;Qu&eacute; quiere usted, se&ntilde;or Anselmo? &iquest;Piden los muchachos que
+en vez de vals sea rigod&oacute;n? Pues toque usted rigod&oacute;n.&mdash;A ver, pollos,
+que hay una porci&oacute;n de se&ntilde;oras en el tocador que no tienen pareja para
+salir.&mdash;&iexcl;Marcelino! &iquest;d&oacute;nde se ha metido Marcelino? Baja al portal, que
+un pillo ha tirado una pedrada al farol, y lo ha roto.&mdash;&iexcl;Pero, don
+Manuel, si no son m&aacute;s que las dos! &iquest;Se quiere usted llevar ya a las
+ni&ntilde;as, y aun no hemos roto la pi&ntilde;ata?</p>
+
+<p>Aquella noche estaba rejuvenecido el buen se&ntilde;or. Gozaba por todos los
+j&oacute;venes, como los m&iacute;sticos gozan en una comuni&oacute;n general. De vez en
+cuando sus ojos opacos se fijaban por encima de las gafas, en el globo
+de madera que colgaba en medio del sal&oacute;n, y lo acariciaba con una
+sonrisa de placer. Aquel primoroso artefacto, venido de Burdeos, estaba
+pintado con rayas azules y blancas. Por debajo de &eacute;l pend&iacute;a una multitud
+de cintas de varios colores, todas las cuales, menos una, quedar&iacute;an en
+las manos de las se&ntilde;oritas, al tirar por ellas. A la que diera con la
+cinta que abr&iacute;a la pi&ntilde;ata se le adjudicaba el globo, cargado, sin duda,
+de confites, y, seg&uacute;n se dec&iacute;a, de chucher&iacute;as muy lindas.</p>
+
+<p>Gonzalo, en el medio del sal&oacute;n, mostr&aacute;base tambi&eacute;n alegre, departiendo
+cu&aacute;ndo con una, cu&aacute;ndo con otra dama. Hab&iacute;a bailado con su cu&ntilde;ada un
+rigod&oacute;n, y una polka y un vals con dos amigas de su esposa. Sudaba
+copiosamente. No cesaba de limpiarse la frente con el pa&ntilde;uelo. Su gran
+figura de coloso, descollaba como una torre por encima de todas las
+cabezas.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Qu&eacute; animado est&aacute; el se&ntilde;or alcalde!&mdash;le dec&iacute;a una dama del bajo
+imperio.</p>
+
+<p>&mdash;Hay que aprovecharse de la ausencia de Ventura&mdash;respond&iacute;a el joven
+riendo.&mdash;&iquest;D&oacute;nde est&aacute; su marido, Magdalena?</p>
+
+<p>&mdash;Por ah&iacute; anda.</p>
+
+<p>&mdash;Baile usted conmigo esta polka. Vamos a enga&ntilde;ar a nuestros c&oacute;nyuges
+respectivos.</p>
+
+<p>&mdash;No puedo. La tengo comprometida con Pe&ntilde;a.</p>
+
+<p>Mientras as&iacute; charlaba con todos los que se le acercaban, una mujer
+rebujada en domin&oacute; negro, con m&aacute;scara del mismo color, no le perd&iacute;a de
+vista un momento, situada ahora en un punto, ahora en otro; pero siempre
+a corta distancia de &eacute;l. Por los agujeros de la careta se ve&iacute;an dos ojos
+lucientes y fieros. Era do&ntilde;a Br&iacute;gida, la ingeniosa compa&ntilde;era del
+rebajado Mar&iacute;n, que acechaba el momento oportuno, como el bar&iacute;tono de
+<i>Un ballo in maschera</i> para dar la pu&ntilde;alada. La v&iacute;ctima all&iacute;, era un
+pr&iacute;ncipe; aqu&iacute;, nada m&aacute;s que alcalde. Las razones que la eminente se&ntilde;ora
+ten&iacute;a para meditar tal crimen, no ser&aacute;n tan poderosas como las del
+bar&iacute;tono a los ojos de un hombre; mas de seguro lo parecen a cualquier
+mujer. <i>El Faro de Sarri&oacute;</i>, en su af&aacute;n de morder a todos los socios del
+Camarote, a sus parientes y amigos, la hab&iacute;a emprendido desde hac&iacute;a tres
+o cuatro meses, con la esposa de Mar&iacute;n. Salieron a relucir todos los
+secretos dom&eacute;sticos; la vida del matrimonio, la dependencia y
+degradaci&oacute;n de Mar&iacute;n fueron puestas en caricatura. Se contaban a este
+prop&oacute;sito, en letras de molde, todas las an&eacute;cdotas m&aacute;s o menos chistosas
+que corr&iacute;an por la villa, y algunas m&aacute;s descubiertas o inventadas por
+los maleantes redactores. Y como si esto fuera poco, no hab&iacute;a n&uacute;mero del
+citado peri&oacute;dico en que de un modo u otro no se hiciese menci&oacute;n de la
+peluca de do&ntilde;a Br&iacute;gida, que por tal circunstancia hab&iacute;a llegado a ser
+popular en Sarri&oacute;. La irritaci&oacute;n, la rabia, el odio y el deseo de
+venganza que se hab&iacute;an despertado en esta se&ntilde;ora, nadie se los puede
+figurar. Baste decir que, cuando ve&iacute;a a cualquier redactor de <i>El Faro</i>
+en la calle, empalidec&iacute;a horriblemente; costaba gran trabajo impedir que
+se le arrojase al cuello, como un gato rabioso. Hasta entonces no hab&iacute;a
+podido satisfacer aquella ansia de venganza que la devoraba. Por eso
+ahora, contemplando a Gonzalo, se relam&iacute;a de gozo, se estremec&iacute;a de
+anhelo, como el tigre que divisa la presa. Aprovechando un instante en
+que nadie hablaba con &eacute;l, se fu&eacute; hacia &eacute;l muy quedo y por detr&aacute;s. Y
+poni&eacute;ndose repentinamente delante, escupi&oacute; m&aacute;s que dijo estas palabras:</p>
+
+<p>&mdash;Gonzalo, &iquest;c&oacute;mo eres tan borrico? Est&aacute;s siendo la burla y la risa de
+todo el mundo. No hay una sola persona en el baile que no sepa que tu
+mujer est&aacute; durmiendo a estas horas con el duque de Tornos.</p>
+
+<p>El joven qued&oacute; como si le hubieran dado con un mazo en la frente. Se
+puso densamente p&aacute;lido. Trat&oacute; de agarrar a la infame m&aacute;scara para
+arrancarle la careta; mas no le fu&eacute; posible. Do&ntilde;a Br&iacute;gida se hab&iacute;a
+escabullido como una anguila por entre la gente. Como hab&iacute;a muchas
+se&ntilde;oras con el mismo disfraz, imposible saber qui&eacute;n era. Entonces se
+apresur&oacute; a salir del sal&oacute;n. Las palabras aquellas le sonaban dentro de
+la cabeza como feroces martillazos. Temi&oacute; caerse. En la antesala
+respondi&oacute; con sonrisa est&uacute;pida a las frases amicales que le dirig&iacute;an. Su
+t&iacute;o don Melchor, vi&eacute;ndole tan p&aacute;lido, vino hacia &eacute;l:</p>
+
+<p>&mdash;Qu&eacute; tienes, Gonzalillo: &iquest;te sientes mal?</p>
+
+<p>&mdash;S&iacute;... Voy a tomar una taza de te.</p>
+
+<p>&mdash;Te acompa&ntilde;o.</p>
+
+<p>&mdash;No, no; vuelvo en seguida.</p>
+
+<p>Y corri&oacute;, dej&aacute;ndole plantado cerca de la puerta.</p>
+
+<p>Baj&oacute; las escaleras. Se encontr&oacute; en la calle sin darse cuenta de lo que
+hac&iacute;a. El aire fr&iacute;o de la noche le refresc&oacute; la cabeza y le hizo volver
+en su acuerdo. S&uacute;bitamente tom&oacute; la resoluci&oacute;n de partir a Tejada. Busc&oacute;
+con la vista el coche y no le vi&oacute;. Sin duda Ram&oacute;n estaba en casa a&uacute;n.
+Mir&oacute; el reloj. No eran m&aacute;s que las dos y media. Dirigi&oacute;se a paso largo
+hacia la casa de su suegro, en la R&uacute;a Nueva, mas cuando hubo dado unos
+pasos, advirti&oacute; que iba sin sombrero y de frac. Volvi&oacute;se al Liceo. Al
+primer criado con quien tropez&oacute; en la escalera, le pidi&oacute; que le bajase
+el sombrero y el abrigo.</p>
+
+<p>Cuando lleg&oacute; a casa, Ram&oacute;n estaba enganchando ya.</p>
+
+<p>&mdash;Ram&oacute;n, vas a llevarme ahora mismo a Tejada a todo escape.</p>
+
+<p>El cochero le mir&oacute; con sorpresa.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Se ha puesto peor la se&ntilde;orita?</p>
+
+<p>&mdash;Me parece que s&iacute;&mdash;respondi&oacute; meti&eacute;ndose en el coche.&mdash;Para antes de
+llegar... en la revuelta del molino, &iquest;entiendes?</p>
+
+<p>&mdash;Teme asustar a la se&ntilde;orita, &iquest;verdad?&mdash;pregunt&oacute; el cochero con gran
+penetraci&oacute;n.</p>
+
+<p>No contest&oacute;.</p>
+
+<p>Los caballos partieron a escape, haciendo bailar el coche &aacute;speramente
+por encima del empedrado desigual de la villa. Gonzalo no advirti&oacute;
+siquiera aquel movimiento que le sacud&iacute;a rudamente las visceras, ni el
+tr&aacute;nsito a la carretera al dejar la poblaci&oacute;n. Toda su atenci&oacute;n estaba
+fija, concentrada en un punto. &iquest;Ser&iacute;a verdad, o no? Desgraciadamente,
+sin saber &eacute;l mismo por qu&eacute;, la convicci&oacute;n de que su esposa le estaba
+enga&ntilde;ando, entraba en su alma y se ense&ntilde;oreaba de ella. Cuando hab&iacute;a
+venido a Tejada a pie, hac&iacute;a dos meses escasos, esta convicci&oacute;n no
+quer&iacute;a entrar. Por mucho que hac&iacute;a para convencerse de que la delaci&oacute;n
+del peri&oacute;dico era verdad, su mente y su coraz&oacute;n se negaban a darle
+asenso. Ahora suced&iacute;a todo lo contrario. Se hac&iacute;a infinitas reflexiones
+para persuadirse a que la acusaci&oacute;n de la encapuchada no era m&aacute;s que vil
+expresi&oacute;n de la envidia y el despecho en alg&uacute;n enemigo oculto, y a pesar
+de ellas no pod&iacute;a menos de darla fe.</p>
+
+<p>Cuando el coche par&oacute;, no se di&oacute; cuenta del tiempo que hac&iacute;a que
+caminaba; lo mismo pod&iacute;a ser un d&iacute;a que un minuto. Sali&oacute; de su sue&ntilde;o y
+brinc&oacute; del carruaje al suelo.</p>
+
+<p>&mdash;Ahora vu&eacute;lvete por la familia&mdash;le dijo a Ram&oacute;n,&mdash;y no digas que me has
+tra&iacute;do. No hay necesidad de asustarles.</p>
+
+<p>Se dirigi&oacute; lentamente hacia la puerta del parque, que estaba a unos
+doscientos pasos, mientras el coche se alejaba en sentido contrario.
+Cuando lleg&oacute;, la toc&oacute; con mano tr&eacute;mula. Estaba abierta como la otra vez.
+Sinti&oacute; un fr&iacute;o extra&ntilde;o en el coraz&oacute;n que le oblig&oacute; a detenerse. Entr&oacute; al
+fin con cautela, y quiso ver si estaba la llave por dentro para
+cerrarla; pero no la hall&oacute;. La noche no estaba clara ni obscura; el
+cielo toldado. Llov&iacute;a un agua menud&iacute;sima, muy frecuente en el pa&iacute;s, que
+impregna al cabo la ropa como la gorda, y aun mejor. No hac&iacute;a ruido
+alguno al caer sobre los &aacute;rboles y plantas del parque; pero aqu&eacute;llos,
+empapados ya, al ser heridos por una r&aacute;faga de viento, dejaban escapar
+multitud de gotas, un verdadero chubasco, que sonaba sobre los caminos
+con suave y fugaz repiqueteo.</p>
+
+<p>Gonzalo se acord&oacute; de que no tra&iacute;a arma alguna. Pero alz&oacute; los hombros con
+desd&eacute;n, con una confianza absoluta de que si llegara el caso no iba a
+hacerle falta. Mir&oacute; a todos lados a ver si descubr&iacute;a el caballo del
+Duque y no lo vi&oacute;. Lo que s&iacute; percibi&oacute; fu&eacute; la sombra de un hombre
+desliz&aacute;ndose al trav&eacute;s de los &aacute;rboles. Corri&oacute; hacia ella, mas se
+desvaneci&oacute; al instante. Fig&uacute;resele que era Pach&iacute;n, el criado, y le
+acometi&oacute; la sospecha de que &eacute;l era el traidor que abr&iacute;a la puerta al
+Duque. Despu&eacute;s de la noche aquella en que hall&oacute; a su cu&ntilde;ada con &eacute;ste,
+se hab&iacute;a dedicado a averiguar qui&eacute;n era el que dentro de casa le
+proteg&iacute;a, sin lograr nada. En quien menos pod&iacute;a sospechar era en un
+criado tan antiguo como Pach&iacute;n.</p>
+
+<p>Pens&oacute; entonces en que pod&iacute;a ir a avisar a los traidores, y tom&oacute; otra vez
+la direcci&oacute;n de la casa a la carrera para ganarle por la mano. Subi&oacute; de
+nuevo por la parra al cuarto de su suegro. Esta vez, el balc&oacute;n estaba
+llegado nada m&aacute;s. De puntillas, pero velozmente, se dirigi&oacute; al gabinete
+presa por un movimiento autom&aacute;tico, como si, habiendo encontrado all&iacute; al
+Duque una vez, fuese de necesidad que estuviese siempre. Grande fu&eacute; su
+estupor al encontrarlo desierto y obscuro. Qued&oacute; un momento clavado al
+suelo. Pero movido s&uacute;bito por una idea, corri&oacute; al cuarto matrimonial,
+donde Ventura dorm&iacute;a. Hall&oacute;lo cerrado por dentro. Llam&oacute; con la mano.</p>
+
+<p>&mdash;Ventura, Ventura.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Qui&eacute;n est&aacute; ah&iacute;?&mdash;grit&oacute; de adentro su esposa con voz extra&ntilde;a,
+indefinible.</p>
+
+<p>&mdash;Soy yo... abre, abre pronto.</p>
+
+<p>&mdash;Estoy en la cama.</p>
+
+<p>&mdash;No importa, abre pronto.</p>
+
+<p>&mdash;D&eacute;jame vestirme.</p>
+
+<p>&mdash;No; abre en seguida o rompo la puerta.</p>
+
+<p>&mdash;Voy, voy all&aacute;.</p>
+
+<p>El joven aguard&oacute; un instante. En vez de la puerta, crey&oacute; percibir que se
+abr&iacute;a el balc&oacute;n del cuarto.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Abre, Ventura!&mdash;grit&oacute; con furor.</p>
+
+<p>Y no recibiendo contestaci&oacute;n, di&oacute; un golpe a la puerta con su poderosa
+pierna de c&iacute;clope, e hizo saltar el pestillo con estr&eacute;pito. El cuarto
+estaba en tinieblas.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Ventura, Ventura!&mdash;grit&oacute;.</p>
+
+<p>Nadie contest&oacute;. Sac&oacute; con mano tr&eacute;mula una cerilla, y pase&oacute; una mirada de
+loco por la habitaci&oacute;n. Su esposa estaba en camisa acurrucada en un
+rinc&oacute;n, p&aacute;lida, desencajada. Gonzalo no detuvo los ojos en ella. Mir&oacute; a
+todas partes en busca de algo, y, percibiendo el balc&oacute;n entreabierto, se
+lanz&oacute; hacia &eacute;l. Abri&oacute;. Vi&oacute; correr entre los &aacute;rboles una cosa blanca, el
+bulto de un hombre en mangas de camisa. No se descolg&oacute;. Salt&oacute; de un
+brinco al jard&iacute;n, y corri&oacute; hacia &eacute;l como una saeta. Mas el hombre ya
+llegaba a la puerta de hierro, la abr&iacute;a, desaparec&iacute;a. Gonzalo le sigui&oacute;
+poco despu&eacute;s, pero al echar una mirada en torno, le vi&oacute; entre las
+sombras, montado a caballo, lanz&aacute;ndose a la carrera en direcci&oacute;n a
+Nieva. Comprendi&oacute; en seguida que era in&uacute;til perseguirle. Animado, no
+obstante, de una esperanza loca, volvi&oacute; corriendo a las cuadras, sac&oacute; su
+hermoso caballo de silla, y, poni&eacute;ndole un freno, salt&oacute; sobre &eacute;l en
+pelo, y se lanz&oacute; igualmente a escape por la carretera de Nieva. No
+llevaba espuelas ni l&aacute;tigo, mas el bravo animal obedeci&oacute; a su voz, mejor
+dicho, a sus rugidos, y tom&oacute; un escape violent&iacute;simo. Los ojos del
+caballo ve&iacute;an el camino. El no percib&iacute;a delante de s&iacute; m&aacute;s que un gran
+agujero negro donde iba a sumirse. Los altos &aacute;lamos que orlaban la
+carretera, pasaban raudos a su lado como negros fantasmas.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Up, up, up!</p>
+
+<p>El noble bruto volaba como si le clavase el acicate. As&iacute; corri&oacute; por
+espacio de media hora.</p>
+
+<p>&mdash;Es imposible&mdash;se dijo.&mdash;Su caballo es a&uacute;n mejor que el m&iacute;o, y me
+llevaba una delantera de dos tiros de fusil lo menos.</p>
+
+<p>Mas cuando se iba haciendo esta reflexi&oacute;n, y vacilaba en tirar del freno
+al caballo, pas&oacute; por delante de otro, que estaba a un lado de la
+carretera, ensillado y sin jinete. Par&oacute; en firme al suyo con trabajo.
+Di&oacute; la vuelta para ver lo que era aquello. Reconoci&oacute; en seguido la jaca
+inglesa del Duque.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Oh&mdash;rugi&oacute;,&mdash;ya eres m&iacute;o!</p>
+
+<p>Porque se imagin&oacute; en seguida que hab&iacute;a ca&iacute;do. Ape&oacute;se y reconoci&oacute; el
+terreno, pero no di&oacute; con el jinete. Encendi&oacute; cerillas, y nada, no
+encontr&oacute; rastro del Duque.&mdash;&laquo;Puede ser que oyendo el galope de mi
+caballo, y temiendo que le alcanzase, se haya escondido por aqu&iacute;
+cerca&raquo;&mdash;se dijo. Salt&oacute; a los prados, reconoci&oacute; todo lo escrupulosamente
+que pudo a la luz de las cerillas los alrededores, mir&oacute; detr&aacute;s de los
+setos, escudri&ntilde;&oacute; la maleza, sigui&oacute; un buen trecho la orilla de un arroyo
+que hab&iacute;a a la izquierda. Pero se agot&oacute; la caja de f&oacute;sforos antes que
+pudiese topar con su enemigo. Di&oacute; la vuelta desesperado, bramando de
+rabia.</p>
+
+<p>Si efectivamente el duque de Tornos andaba por all&iacute; escondido, &iexcl;qu&eacute; buen
+rato debi&oacute; de haber pasado!</p>
+
+
+
+<h3 class="top15"><a name="XIX" id="XIX"></a>XIX</h3>
+
+<p class="c smcap">en que da fin la presente historia con algunos notables, cuanto tristes
+sucesos</p>
+
+
+<p>Ventura, as&iacute; que vi&oacute; desaparecer a su esposo por el balc&oacute;n, se visti&oacute;
+apresuradamente. Sali&oacute; del cuarto en busca de alg&uacute;n criado. Justamente
+llegaba Pach&iacute;n, con una luz en la mano, con la faz descompuesta.</p>
+
+<p>&mdash;El se&ntilde;orito va corriendo detr&aacute;s del se&ntilde;or Duque por la huerta&mdash;dijo,
+con voz apenas perceptible.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Lo alcanzar&aacute;?&mdash;pregunt&oacute; la infiel esposa, muy p&aacute;lida, aunque repuesta
+ya bastante del susto.</p>
+
+<p>&mdash;No lo creo. El se&ntilde;or Duque tiene el caballo amarrado al lagar de
+Ant&oacute;n. Lleva delantera para poder montar, y entonces imposible seguirle.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;D&oacute;nde me escondo yo? Si vuelve, me mata.</p>
+
+<p>&mdash;Lo mejor ser&iacute;a salir de casa, se&ntilde;orita... Venga conmigo.</p>
+
+<p>La joven le sigui&oacute; al trav&eacute;s de los pasillos. Bajaron la escalera de
+servicio, y salieron por la puerta de la cocina. Pach&iacute;n quer&iacute;a llevarla
+a casa del p&aacute;rroco, que la ten&iacute;a no muy lejos de la posesi&oacute;n. Cuando
+salieron al jard&iacute;n, vieron venir corriendo a Gonzalo hacia la casa. S&oacute;lo
+tuvieron el tiempo preciso para esconderse detr&aacute;s de la washingtonia
+pr&oacute;xima al comedor. Desde all&iacute; le vieron entrar en la cuadra, sacar el
+caballo y partir a escape. Ventura crey&oacute; morir de miedo.</p>
+
+<p>&mdash;No, no, yo no quiero ir a casa del cura. Puede volver pronto, y el
+cura no puede defenderme de &eacute;l... Es un pobre viejo... Quiero ir a
+Sarri&oacute;.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Pero, se&ntilde;orita, a Sarri&oacute; a estas horas y lloviendo?</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;No hay ning&uacute;n carruaje?</p>
+
+<p>&mdash;Hay la berlina; pero faltan los caballos... Aguarde usted un poco, voy
+a ponerle las varas, y engancharemos la jaca del se&ntilde;orito Pablo... No
+respondo de que tire.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;De prisa, de prisa!</p>
+
+<p>Todo lo m&aacute;s que pudo, Pach&iacute;n hizo lo que dec&iacute;a. Ventura se meti&oacute; en el
+coche, y partieron. Aunque al principio la jaca se rebel&oacute; un poco,
+puesta ya en la carretera, con la querencia de la cuadra de Sarri&oacute;,
+donde estaba generalmente, anduvo bastante bien. La joven orden&oacute; al
+criado que la llevara a casa de don Rudesindo, con cuya se&ntilde;ora manten&iacute;a
+bastante relaci&oacute;n. All&iacute; se refugi&oacute;, y estuvo hasta que su padre, dos o
+tres d&iacute;as despu&eacute;s del suceso, la llev&oacute; a Madrid. De all&iacute; a Oca&ntilde;a, en uno
+de cuyos conventos la encerr&oacute;, por acuerdo de &eacute;l y Gonzalo. El gran
+patricio no ten&iacute;a gran apego, como sabemos, a las religiones positivas;
+pero &laquo;mientras la sociedad no dispusiera de otros medios coercitivos
+para ciertas transgresiones de la moral, forzoso era acudir en demanda
+de ellos a las antiguas instituciones sociales, siquiera fuesen tan
+viciadas y deficientes como &eacute;stas&raquo;.</p>
+
+<p>Volvamos ahora a Gonzalo. Pas&oacute; todo el d&iacute;a cerrado en Tejada, en un
+estado de agitaci&oacute;n pr&oacute;ximo a la demencia. La &uacute;nica persona que se
+atrevi&oacute; a entrar en su cuarto fu&eacute; don Rosendo. Aunque adornado con
+per&iacute;frasis y redundancias period&iacute;sticas que acreditaban su temperamento
+de escritor, supo hablarle un lenguaje digno y generoso. Se pon&iacute;a
+incondicionalmente de parte de &eacute;l, y maldec&iacute;a a su hija &laquo;cuya conducta
+incalificable, barrenando <i>(&uacute;ltimamente le hab&iacute;a cogido mucha afici&oacute;n
+don Rosendo al verbo barrenar)</i>, al mismo tiempo, la moral, el derecho y
+las pr&aacute;cticas sociales, la pon&iacute;a fuera de toda protecci&oacute;n legal y
+familiar&raquo;. El fu&eacute; quien propuso encerrarla provisionalmente en un
+convento. El pobre Gonzalo, abatido, convulso, no le contest&oacute; una
+palabra. Escuch&aacute;bale paseando por la habitaci&oacute;n en sentido diagonal, las
+manos en los bolsillos, la mirada h&uacute;meda y siniestra. Tan s&oacute;lo levant&oacute;
+la cabeza para decir con firmeza:</p>
+
+<p>&mdash;Ll&eacute;vesela usted donde quiera... &iexcl;Pero que no vea a mis hijas! No
+quiero que sus labios las toquen.</p>
+
+<p>Al obscurecer entr&oacute; un criado a avisarle que dos se&ntilde;ores que hab&iacute;an
+llegado en una carretela, deseaban hablarle con urgencia. En seguida le
+cruz&oacute; por el pensamiento lo que aquello significaba, y se apresur&oacute; a
+contestar:</p>
+
+<p>&mdash;Que entren.</p>
+
+<p>Entraron dos caballeros de Nieva. El uno era el marqu&eacute;s de Soldevilla,
+hombre de media edad, enteramente rasurado, color erisipeloso y dientes
+amarillos, que hablaba muy alto para aparecer campechano: el otro, un
+coronel retirado, llamado Galarza, viejo, canoso, y hombre de pocas
+palabras y amigos. Ven&iacute;an de parte del Duque a arreglar un asunto grave,
+que hab&iacute;a acaecido la noche pasada, en el terreno del honor. El duque de
+Tornos no quer&iacute;a dejar al se&ntilde;or de las Cuevas sin la reparaci&oacute;n que le
+deb&iacute;a. Huir en aquella ocasi&oacute;n, no entraba en sus costumbres y car&aacute;cter,
+ni era digno de su jerarqu&iacute;a social. Pero al mismo tiempo, en inter&eacute;s de
+Gonzalo y de &eacute;l mismo, exig&iacute;a que todo se llevase a cabo con el mayor
+secreto posible.</p>
+
+<p>Gonzalo dej&oacute; hablar al Marqu&eacute;s, que fu&eacute; prolijo hasta la impertinencia,
+sin pesta&ntilde;ear, afectando una tranquilidad que no sent&iacute;a.</p>
+
+<p>&mdash;Est&aacute; bien&mdash;dijo cuando termin&oacute;.&mdash;Acepto, desde luego, el desaf&iacute;o.
+Estoy pronto a realizarlo como y cuando ustedes gusten... Un poco
+original es&mdash;a&ntilde;adi&oacute;, al cabo, con risita nerviosa, que disfrazaba mal la
+c&oacute;lera que le dominaba.&mdash;Un poco original es que sea el se&ntilde;or Duque
+quien desaf&iacute;a, siendo yo el ofendido. Ese acto, a la verdad, m&aacute;s que en
+la caballerosidad parece inspirado en el miedo.</p>
+
+<p>&mdash;Se&ntilde;or de Cuevas&mdash;interrumpi&oacute; agriamente el ex coronel,&mdash;nosotros no
+podemos consentir que en nuestra presencia se permita usted esas
+apreciaciones.</p>
+
+<p>Gonzalo le mir&oacute; con ojos distra&iacute;dos, como si no hubiese o&iacute;do, y sigui&oacute;
+diciendo:</p>
+
+<p>&mdash;En realidad, yo pod&iacute;a y hasta deb&iacute;a rechazar este desaf&iacute;o, porque no
+es costumbre que los hombres decentes se batan con los granujas, aunque
+&eacute;stos lleven un t&iacute;tulo del reino.</p>
+
+<p>&mdash;Se&ntilde;or de Cuevas&mdash;profiri&oacute; Galarza montando en c&oacute;lera,&mdash;esto es
+insufrible. Yo no tolero que usted hable de ese modo.</p>
+
+<p>&mdash;El duque de Tornos es un ganuja, &iquest;sabe usted?&mdash;respondi&oacute; mir&aacute;ndole
+fija y provocativamente a los ojos.</p>
+
+<p>La verdad es que hubiera sido gran temeridad meterse con Gonzalo en
+aquel instante. Galarza se puso p&aacute;lido, y dijo levant&aacute;ndose:</p>
+
+<p>&mdash;Est&aacute; usted en su casa. Yo me retiro.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Quiere usted que vaya a dec&iacute;rselo fuera?&mdash;exclam&oacute; impetuosamente,
+levant&aacute;ndose tambi&eacute;n.</p>
+
+<p>&mdash;Se&ntilde;ores&mdash;grit&oacute; con voz cascada el Marqu&eacute;s,&mdash;un poco de sosiego.
+Galarza, no tiene usted derecho a irritarse. El g&eacute;nero de ofensa que
+nuestro apadrinado ha hecho al se&ntilde;or (y siento tener que referirme a
+ella), le disculpa para extralimitarse en la apreciaci&oacute;n de su car&aacute;cter.
+Creo que en el momento que acepta el duelo, hace bastante y aten&uacute;a por
+completo el sentido de sus palabras, hijas de la irritaci&oacute;n natural en
+que se encuentra...</p>
+
+<p>Gonzalo estuvo por dejar caer la mesa, que ten&iacute;a delante, sobre el necio
+conciliador. Permaneci&oacute; inm&oacute;vil y silencioso, no obstante, porque
+deseaba ya ardientemente verse frente a frente con el Duque. El ex
+coronel volvi&oacute; a sentarse a ruegos de su compa&ntilde;ero. Por temor a su
+temperamento irritable o por vengarse, no volvi&oacute; a pronunciar palabra.</p>
+
+<p>Gonzalo manifest&oacute; que nombrar&iacute;a a dos amigos para que se entendieran con
+ellos, los cuales ir&iacute;an al d&iacute;a siguiente por la ma&ntilde;ana a Nieva. Por lo
+tanto pod&iacute;an volverse desde luego a este pueblo, a no ser que le
+hiciesen el honor de ser sus hu&eacute;spedes aquella noche...</p>
+
+<p>Los amigos del Duque dieron las gracias: se dispusieron a marcharse.
+Cuando ya estaban en pie les dijo Gonzalo dirigi&eacute;ndose, por supuesto,
+solamente al Marqu&eacute;s.</p>
+
+<p>&mdash;Deseo que tanto las conferencias que celebren ustedes con motivo de
+este lance, como el lance mismo, se realicen en Nieva... Porque&mdash;a&ntilde;adi&oacute;
+con acento, mitad sarc&aacute;stico, mitad enternecido,&mdash;por m&aacute;s que a ustedes
+les parezca raro, todav&iacute;a hay en esta casa personas que me aman.</p>
+
+<p>Los padrinos prometieron complacerle, y se retiraron dando la vuelta a
+Nieva.</p>
+
+<p>Cecilia los vi&oacute; partir y se puso a rondar el cuarto de su cu&ntilde;ado sin
+atreverse a entrar. Este, al salir en busca de Pablito, se la tropez&oacute; en
+el pasillo, que estaba medio a obscuras. La joven le cogi&oacute;
+repentinamente la mano, se la apret&oacute; con fuerza, y clav&aacute;ndole una mirada
+anhelante, le dijo:</p>
+
+<p>&mdash;No te batas, Gonzalo.</p>
+
+<p>El tuvo fuerzas para disimular, exclamando con desprecio:</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Me hab&iacute;a de batir yo con ese canalla! &iexcl;Nunca!... Le matar&eacute; donde le
+encuentre...</p>
+
+<p>Crey&oacute; en sus palabras; pero volvi&oacute; a decirle con voz conmovida:</p>
+
+<p>&mdash;Hazlo por tus inocentes hijas.</p>
+
+<p>&mdash;Por mis hijas... y por ti&mdash;respondi&oacute; acarici&aacute;ndole afectuosamente el
+rostro con la mano. Y se apresur&oacute; a alejarse, porque la emoci&oacute;n le
+ahogaba.</p>
+
+<p>Cuando hall&oacute; a Pablo, le dijo reservadamente:</p>
+
+<p>&mdash;Contigo puedo hablar con franqueza. Eres un hombre y sabes bien que
+hay en la vida cosas inevitables. Acaban de irse los padrinos del Duque,
+y acabo de enga&ntilde;ar a Cecilia prometi&eacute;ndole no batirme. Como t&uacute;
+comprendes, eso es imposible...</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Por qu&eacute;?... No: t&uacute; no debes batirte... &iexcl;Yo soy, yo, el que ha de
+matar a ese miserable!&mdash;exclam&oacute; fogosamente el hermoso mancebo.</p>
+
+<p>&mdash;Gracias, Pablo, gracias&mdash;respondi&oacute; Gonzalo gravemente con voz
+temblorosa, apret&aacute;ndole la mano con efusi&oacute;n.&mdash;Eso no puede ser. Medita
+un poco sobre el asunto, y ver&aacute;s que te enga&ntilde;an tus buenos deseos y el
+cari&ntilde;o que me tienes.</p>
+
+<p>Cost&oacute; mucho trabajo convencerle, sin embargo. A todo trance hab&iacute;a de ser
+&eacute;l quien desafiara al Duque primero, y pon&iacute;a en prensa su no muy repleto
+cerebro, para buscar argumentos que lo hiciesen natural y l&oacute;gico. S&oacute;lo
+despu&eacute;s de larga discusi&oacute;n y quedando en que, si Gonzalo sucumb&iacute;a o
+sal&iacute;a herido, &eacute;l retar&iacute;a al Duque, se dej&oacute; persuadir de mal&iacute;sima gana.</p>
+
+<p>Hab&iacute;a en aquella adhesi&oacute;n y cari&ntilde;o que toda la familia le mostraba, en
+lo franca y resueltamente que se pon&iacute;an de su parte y rechazaban con
+horror a la extraviada hija y hermana, algo que a Gonzalo le conmov&iacute;a y
+le sofocaba a un mismo tiempo. Este proceder tan digno, le obligaba a &eacute;l
+a usar de generosidad, no mentando en la conversaci&oacute;n el nombre de la
+infiel, que en sus labios s&oacute;lo pod&iacute;a ir acompa&ntilde;ado de un ep&iacute;teto
+injurioso. Pablito no se los escatimaba. Pero &eacute;l comprend&iacute;a muy bien que
+no deb&iacute;a seguirle.</p>
+
+<p>&mdash;Mira, ma&ntilde;ana a primera hora, te vas a Sarri&oacute; y llevas unas cartas que
+yo te dar&eacute;, a Alvaro y don Rudesindo. Que se pongan inmediatamente en
+camino para Nieva... procurando no asomarse a las ventanillas cuando
+pasen por aqu&iacute;. Que arreglen el asunto lo m&aacute;s pronto posible y env&iacute;en el
+aviso del d&iacute;a y la hora a Sarri&oacute;. T&uacute; lo recibes all&iacute; y me lo traes
+inmediatamente... Despu&eacute;s ya me arreglar&eacute; para salir de aqu&iacute; sin que tu
+padre y Cecilia lo adviertan.</p>
+
+<p>Cumpli&oacute; su cometido Pablo, saliendo al amanecer para Sarri&oacute; a caballo.
+Cumplieron el suyo tambi&eacute;n, Pe&ntilde;a y don Budesindo, traslad&aacute;ndose a Nieva
+acto continuo. Gonzalo vi&oacute; pasar el coche que los transportaba, desde el
+balc&oacute;n de su cuarto.</p>
+
+<p>El esc&aacute;ndalo en Sarri&oacute; hab&iacute;a sido terrible como debe suponerse. No se
+hablaba de otra cosa. Los amigos de Belinch&oacute;n andaban mustios. No
+faltaban entre ellos, sin embargo, quienes cre&iacute;an que le estaba bien
+empleado a don Rosendo, por haber criado con tal mimo a su hija menor, y
+haberla consentido tomar aquellas &iacute;nfulas y aires de princesa. Los
+enemigos se ba&ntilde;aban en agua de rosas, y procuraban aumentar con mil
+trazas el esc&aacute;ndalo. Las pocas personas imparciales que hab&iacute;a en la
+villa, se limitaban a compadecer al pobre Gonzalo, y a censurar el
+proceder repugnante de la ingeniosa se&ntilde;ora de Mar&iacute;n (pues ya se sab&iacute;a
+que era ella la que prendiera fuego a la mecha). Muchos curiosos pasaban
+por delante de la casa de don Rudesindo mirando con atenci&oacute;n a los
+balcones, preguntando a los criados que sal&iacute;an, husmeando, en fin, lo
+que dentro pasaba. Se dec&iacute;a que Ventura estaba muy tranquila, y poco
+arrepentida de su conducta, que hab&iacute;a comido como si tal cosa, y que
+hab&iacute;a charlado y re&iacute;do toda la tarde, con la esposa del fabricante de
+sidra.</p>
+
+<p>A la atenci&oacute;n &aacute;vida de los curiosos, tampoco pudo ocultarse la marcha de
+&eacute;ste para Nieva en compa&ntilde;&iacute;a de Pe&ntilde;a. En seguida se sospech&oacute; el objeto.
+Corri&oacute; por la villa como una chispa, la noticia de que Gonzalo se estaba
+batiendo con el Duque, no se sab&iacute;a d&oacute;nde.</p>
+
+<p>Don Melchor de las Cuevas viv&iacute;a solo con un criado y una criada. La
+noche del baile se hab&iacute;a retirado a su casa, pasando antes por la de
+Belinch&oacute;n. All&iacute; le dijeron que el se&ntilde;orito Gonzalo se hab&iacute;a ido a
+Tejada. El anciano sospech&oacute; que no sinti&eacute;ndose bien, se ir&iacute;a a meter en
+la cama. Al d&iacute;a siguiente, &eacute;l mismo se sinti&oacute; un poco indispuesto,
+porque no estaba acostumbrado a trasnochar, y se qued&oacute; en casa. Mand&oacute;,
+sin embargo, al criado a la de Belinch&oacute;n, a preguntar qu&eacute; sab&iacute;an de su
+sobrino. Enter&oacute;se el criado inmediatamente de lo acaecido, pero no se
+atrevi&oacute; a dec&iacute;rselo a su se&ntilde;or. Le trajo el recado de que Gonzalo se
+hallaba en Tejada bueno. Pas&oacute; aquel d&iacute;a as&iacute;. Pero al siguiente, martes,
+oy&oacute; el criado la especie de que el se&ntilde;orito se estaba batiendo con el
+Duque, y entonces, por temor de incurrir en responsabilidad o porque
+creyese que su se&ntilde;or pod&iacute;a evitar una desgracia, le di&oacute; cuenta de todo,
+aunque con algunas precauciones. Don Melchor, herido en lo m&aacute;s hondo de
+su coraz&oacute;n, se levant&oacute; convulso de la butaca y pidi&oacute; que inmediatamente
+fuesen a buscar un coche que le trasladase a Tejada. En cuanto estuvo a
+la puerta, se meti&oacute; en &eacute;l, ordenando al cochero que fuese a todo escape
+a la quinta de Belinch&oacute;n.</p>
+
+<p>Con quien primero tropez&oacute; fu&eacute; con &eacute;ste, quien le recibi&oacute; con alguna
+confusi&oacute;n y verg&uuml;enza, como si el pobre tuviese alguna parte en la
+desgracia que pesaba sobre Gonzalo. Don Melchor estuvo un poco fr&iacute;o con
+&eacute;l, no intencionalmente, sino por el anhelo que ten&iacute;a de ver a su
+sobrino. Don Rosendo le condujo hasta la puerta de su cuarto, y all&iacute; le
+dej&oacute;. El se&ntilde;or de las Cuevas llam&oacute; con los nudillos.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Qui&eacute;n va?&mdash;preguntaron de adentro &aacute;speramente.</p>
+
+<p>Levant&oacute; el pestillo sin contestar, y entr&oacute;. Gonzalo, que estaba en pie
+en medio de la estancia, se puso rojo como una brasa al ver a su t&iacute;o.
+Este le oprimi&oacute; fuertemente contra su pecho. Las l&aacute;grimas corrieron
+abundantes por las mejillas del joven. Nadie le hab&iacute;a visto llorar en
+aquellas cr&iacute;ticas circunstancias. Pero aquel anciano era el padre de su
+infancia, y a &eacute;l pod&iacute;a mostrar sin verg&uuml;enza las llagas m&aacute;s rec&oacute;nditas
+de su coraz&oacute;n. Estuvieron largo rato as&iacute; abrazados. Don Melchor se
+separ&oacute; al cabo, y dijo empuj&aacute;ndole hacia una butaca:</p>
+
+<p>&mdash;Si&eacute;ntate.</p>
+
+<p>Se dej&oacute; caer en ella, y ocult&oacute; los ojos con la mano.</p>
+
+<p>&mdash;El golpe es rudo&mdash;dijo el marino con voz ronca despu&eacute;s de silencio
+prolongado.&mdash;Una racha traidora que te ha metido la borda debajo del
+agua... Pero eres barco de mucha manga&mdash;a&ntilde;adi&oacute; poni&eacute;ndole las manos
+sobre los herc&uacute;leos hombros.&mdash;Tienes las cuadernas s&oacute;lidas... Ya
+achicaremos el agua.</p>
+
+<p>Gonzalo no contest&oacute;.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Por qu&eacute; no te has venido inmediatamente a casa?</p>
+
+<p>&mdash;Porque hubiera sido un desaire cruel para esta pobre familia, que est&aacute;
+profundamente afligida. &iexcl;Se han portado conmigo tan cari&ntilde;osamente!</p>
+
+<p>&mdash;Si es as&iacute;, has hecho bien... Pero debiste darme aviso... Eso no te lo
+perdono.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Para qu&eacute;? Cuanto m&aacute;s tarde recibiese usted el disgusto, mejor.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;No; eso no! Yo soy tu padre, Gonzalo, y debo padecer contigo...
+Adem&aacute;s, mi presencia hac&iacute;a falta... Me han dicho que vas a batirte con
+ese... &iexcl;con ese pirata! &iquest;Es verdad?</p>
+
+<p>&mdash;No... por ahora no hay nada&mdash;respondi&oacute; el joven con alguna vacilaci&oacute;n.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;No me enga&ntilde;es, Gonzalo! Ese desaf&iacute;o no puede realizarse. Vengo
+resuelto a impedirlo.</p>
+
+<p>&mdash;No hay nada, t&iacute;o. Sosi&eacute;guese usted.</p>
+
+<p>&mdash;Es in&uacute;til que me enga&ntilde;es. Yo no me separar&eacute; de ti un momento. Aqu&iacute; me
+quedo. Dormir&eacute; a tu lado para que no te me escapes, y te dar&eacute; guardia de
+<i>prima</i>, de <i>media</i> y de <i>alba</i>.</p>
+
+<p>Gonzalo qued&oacute; estupefacto. Comprendi&oacute; que era necesario confesarlo todo,
+y abordar la cuesti&oacute;n de frente.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Y si fuese verdad, qu&eacute;, t&iacute;o? &iquest;Se atrever&iacute;a usted a impedir que su
+sobrino fuese a cumplir con lo que el honor exige?</p>
+
+<p>&mdash;S&iacute;, se&ntilde;or... &iexcl;Pues no me hab&iacute;a de atrever!... S&iacute;, se&ntilde;or, que me
+atrevo&mdash;replic&oacute; el viejo, ya enfurecido.&mdash;&iquest;Quieres que yo consienta que
+expongas tu vida por un pillo, por un ladr&oacute;n, que se ha introducido en
+tu casa para robarte villanamente la honra? A los ladrones se les mata
+de un tiro, o se les ahorca; no se mide las armas con ellos... T&uacute; est&aacute;s
+obcecado, Gonzalo... P&aacute;rate un momento, hombre. Da fondo al escandallo,
+y ver&aacute;s que no hay agua para marear...</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Qu&eacute; quiere usted que haga entonces? &iquest;Quiere usted que le deje marchar
+tranquilamente para Madrid? &iquest;Quiere usted que le vaya a despedir, y a
+desearle feliz viaje, d&aacute;ndole las gracias adem&aacute;s por el favor que me ha
+hecho?</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;No, mala centella que lo parta, no!... M&aacute;talo, si quieres, pero no
+expongas tu vida.</p>
+
+<p>&mdash;Eso es muy f&aacute;cil de decir, t&iacute;o&mdash;replic&oacute; Gonzalo con
+amargura.&mdash;Fig&uacute;rese usted que voy a Nieva, le busco y le pego un tiro o
+una pu&ntilde;alada y le dejo muerto... Pues desde all&iacute; voy a la c&aacute;rcel, y, por
+bien que me vaya, no me escapo sin unos a&ntilde;os de presidio... Aparte de
+que la mayor&iacute;a de los hombres, aunque disculpasen la acci&oacute;n, no la
+hallar&iacute;an muy valerosa.</p>
+
+<p>Don Melchor se qued&oacute; unos momentos confundido, sin saber qu&eacute; replicar.
+Aquello no ten&iacute;a vuelta de hoja. Al cabo, levant&oacute; la cabeza con br&iacute;o,
+los ojos brillantes de alegr&iacute;a:</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Ya encontr&eacute; la soluci&oacute;n!</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Cu&aacute;l?</p>
+
+<p>&mdash;T&uacute; te est&aacute;s quieto en casa. Yo me voy ahora mismo a Nieva, le desaf&iacute;o
+y le mato.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Oh, t&iacute;o, muchas gracias! Eso no puede ser&mdash;replic&oacute; Gonzalo, sin poder
+reprimir una sonrisa.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;De qu&eacute; te r&iacute;es, ciruelo?&mdash;exclam&oacute; el buen anciano, echando fuego por
+los ojos.&mdash;&iquest;Te figuras, por ventura, que tu t&iacute;o es un trasto arrinconado
+que no puede empu&ntilde;ar un sable o una pistola?... &iexcl;Oh, demonio! &iexcl;Oh,
+diablo!&mdash;a&ntilde;adi&oacute; cada vez m&aacute;s irritado, gesticulando como un loco por la
+habitaci&oacute;n.&mdash;Yo estoy lo mismo que si tuviera veinte a&ntilde;os... Yo subo de
+cuatro en cuatro las escaleras, y no me fatigo... Yo bebo cinco botellas
+de <i>pale-ale</i>, y no me tambaleo... Yo derribo un toro de un pu&ntilde;etazo, y
+trinco al marinero m&aacute;s forzudo y le echo al agua... &iquest;A que no rompes t&uacute;
+cinco nueces con los cinco dedos de la mano, y eso que te las echas de
+tan bruto?...</p>
+
+<p>&mdash;Si no me re&iacute;a por eso, t&iacute;o... Ya s&eacute;, ya s&eacute;...</p>
+
+<p>&mdash;Vamos a ver; trae esa mano... A ver si s&eacute; apretar o no s&eacute; apretar...</p>
+
+<p>Gonzalo se la alarg&oacute;, y el viejo marino se la apret&oacute; con todas sus
+fuerzas, el semblante rojo y contra&iacute;do. Aunque no le lastim&oacute; gran cosa,
+fingi&oacute; sentir un dolor agud&iacute;simo:</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Uy, uy!</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Eh, qu&eacute; tal?&mdash;exclam&oacute; su t&iacute;o con aire triunfal.&mdash;&iquest;Puedo o no puedo
+todav&iacute;a librar al mundo de un pillo?</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Ya lo creo que puede usted! Tiene usted m&aacute;s fuerza que yo... Pero no
+se trata de eso. Lo que hay que ver es si debe usted hacerlo; si eso
+seria decoroso para m&iacute;... &iquest;No comprende usted, t&iacute;o, que el rid&iacute;culo que
+ya por el hecho mismo de ser marido enga&ntilde;ado, pesa sobre m&iacute;, se
+aumentar&iacute;a de un modo inconcebible si fuese usted el que se batiese y no
+yo?... Este rid&iacute;culo ya s&eacute; que se borra con sangre; pero ha de ser
+sangre vertida por mi mano.</p>
+
+<p>Don Melchor no quiso convenir en ello: discuti&oacute;, grit&oacute;, se enfureci&oacute;. Se
+conoc&iacute;a, no obstante, que deseaba aturdirse. Las razones de Gonzalo le
+trabajaban en el alma y se la llenaban de amargura. &Uacute;ltimamente, ya se
+bat&iacute;a en retirada. Ped&iacute;a tan s&oacute;lo que se aplazase el lance; que se fuese
+a viajar una temporada, y si a la vuelta persist&iacute;a en batirse, lo
+hiciese. Duraba a&uacute;n la disputa, cuando don Rosendo llam&oacute; a la puerta
+para preguntarles si deseaban que se les sirviese el almuerzo all&iacute; o
+quer&iacute;an venir al comedor. Gonzalo opt&oacute; por esto &uacute;ltimo, porque de ning&uacute;n
+modo quer&iacute;a mostrarse fr&iacute;o con su suegro y cu&ntilde;ada.</p>
+
+<p>El almuerzo fu&eacute; triste. Por m&aacute;s esfuerzos que todos, hasta el mismo
+Gonzalo, hac&iacute;an por mostrarse despreocupados, cern&iacute;ase sobre la mesa una
+nube negra que obscurec&iacute;a los semblantes. Despu&eacute;s que tomaron el caf&eacute; y
+descansaron un rato, Gonzalo dijo:.</p>
+
+<p>&mdash;T&iacute;o, usted ha salido de la cama para venir aqu&iacute;. No debe usted
+sentirse bien... &iquest;Quiere que se le arregle un cuarto? Creo que le
+convendr&iacute;a acostarse.</p>
+
+<p>Don Melchor comprendi&oacute; que su sobrino deseaba quedarse solo.</p>
+
+<p>&mdash;No; me vuelvo a Sarri&oacute;. Avisa que enganchen.</p>
+
+<p>Despidi&oacute;se de Belinch&oacute;n y Cecilia en casa. Gonzalo lo fu&eacute; acompa&ntilde;ando a
+pie hasta la salida del parque. Ambos iban silenciosos y sombr&iacute;os. El
+anciano, adem&aacute;s, sumamente p&aacute;lido. Antes de meterse en el coche abraz&oacute;
+estrech&iacute;sima y largamente a su sobrino, y le dijo al o&iacute;do con voz
+conmovida:</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Dale un buen barreno en los fondos, hijo m&iacute;o!</p>
+
+<p>Cuando se separaron, ten&iacute;a el rostro ba&ntilde;ado de l&aacute;grimas. Meti&oacute;se
+r&aacute;pidamente en la carretela, y se ocult&oacute; en un rinc&oacute;n sin decir adi&oacute;s.
+Gonzalo mir&oacute; alejarse el coche, y permaneci&oacute; largo rato inm&oacute;vil,
+agarrando con la mano una reja de hierro de la puerta.</p>
+
+<p>Poco despu&eacute;s de anochecer, lleg&oacute; Pablito de la villa. Despu&eacute;s de comer,
+aprovech&oacute; un momento para decir a su cu&ntilde;ado r&aacute;pidamente:</p>
+
+<p>&mdash;Ma&ntilde;ana a las ocho en la quinta de Soldevilla... a pistola. A las seis
+pasar&aacute;n por aqu&iacute; Pe&ntilde;a y don Rudesindo. Est&aacute;te preparado.</p>
+
+<p>Gonzalo durmi&oacute; aquella noche mejor que la anterior. La satisfacci&oacute;n
+feroz que le daba la seguridad de encontrarse al d&iacute;a siguiente con el
+Duque, tranquilizaba sus nervios. A las cinco de la ma&ntilde;ana se despert&oacute;
+&aacute;gil y fresco sin acordarse de haber so&ntilde;ado. Se visti&oacute; y ali&ntilde;&oacute; con el
+menor ruido posible, y sali&oacute; de puntillas cu&aacute;ndo aun estaba amaneciendo.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Va de caza, se&ntilde;orito?&mdash;le pregunt&oacute; una criada con quien tropez&oacute;.</p>
+
+<p>&mdash;No; voy a avisar al molinero para que deje en seco la acequia. Quiero
+pescar esta tarde.</p>
+
+<p>Sali&oacute; a la carretera y sigui&oacute; la direcci&oacute;n de Nieva esperando que el
+coche de sus padrinos le alcanzar&iacute;a, como as&iacute; sucedi&oacute; a la media hora
+poco m&aacute;s o menos. Pe&ntilde;a y don Rudesindo estaban fuertemente alterados.
+Cuando subi&oacute; al carruaje le apretaron la mano con gran afecto y le
+enteraron de las condiciones del duelo; a veinticinco pasos avanzando y
+disparando cuando quisieran. Aquel negocio era bastante m&aacute;s grave que
+todos los dem&aacute;s en que hab&iacute;an intervenido. Gonzalo los escuch&oacute;
+tranquilamente. S&oacute;lo indic&oacute; que hubiera deseado que fuese a sable:
+tendr&iacute;a gusto en hallarse m&aacute;s cerca de su adversario. No parec&iacute;a sufrir.
+Y es que, comparada con el tormento de los dos d&iacute;as anteriores, cuando
+la imagen de su esposa en camisa, acurrucada en un rinc&oacute;n, no se
+apartaba un instante de sus ojos, la emoci&oacute;n de ir a verse frente a su
+enemigo, era una felicidad relativa. Por otra parte, Gonzalo, como todos
+los temperamentos excesivamente vigorosos, hab&iacute;a nacido para los
+peligros; gozaba con ellos como si tuviera la seguridad de que la vida
+que corr&iacute;a exuberante por sus venas no pod&iacute;a secarse.</p>
+
+<p>No llegaron a la quinta de Soldevilla hasta las ocho y media. El Duque y
+sus padrinos los esperaban hac&iacute;a rato. El primero no se present&oacute;. Estaba
+dentro de la casa. El Marqu&eacute;s y Galarza llevaron a Pe&ntilde;a y don Rudesindo
+adentro tambi&eacute;n, mientras Gonzalo daba una vuelta por la huerta. La
+posesi&oacute;n de Soldevilla se compon&iacute;a de un caser&oacute;n medio arruinado con
+pocos y antiqu&iacute;simos muebles cubiertos de polvo, una huerta bastante
+grande, m&aacute;s cuidada que la casa, y detr&aacute;s de la huerta una vasta
+pomarada ya vieja. Esta posesi&oacute;n estaba rodeada de prados y tierras que
+tambi&eacute;n pertenec&iacute;an al Marqu&eacute;s.</p>
+
+<p>Los padrinos, dentro de casa, echaron a suerte sobre cu&aacute;les pistolas
+hab&iacute;an de usarse, las que hab&iacute;a tra&iacute;do Pe&ntilde;a, o las del Duque. Fueron
+&eacute;stas las elegidas. Despu&eacute;s redactaron el acta de condiciones. Por
+cierto que hubieron de escribirla con una pluma perversa del mayordomo,
+porque el Marqu&eacute;s escrib&iacute;a una carta cada a&ntilde;o. Cargaron las pistolas y
+se salieron a buscar sitio.</p>
+
+<p>&mdash;Manuel&mdash;dijo el Marqu&eacute;s viendo a un criado que estaba plantando
+ceboll&iacute;n en uno de los cuadros de la huerta.&mdash;Ret&iacute;rate.</p>
+
+<p>El criado le mir&oacute; sorprendido.</p>
+
+<p>&mdash;Que te retires, hombre&mdash;repiti&oacute; con m&aacute;s severidad.&mdash;Vete a otra parte.</p>
+
+<p>El criado se sali&oacute; de la huerta, lanz&aacute;ndole miradas de asombro y
+curiosidad.</p>
+
+<p>Eligi&oacute;se el sitio en uno de los caminos m&aacute;s anchos del medio. Soldevilla
+fu&eacute; a buscar al Duque.</p>
+
+<p>El d&iacute;a hab&iacute;a amanecido despejado. Pero despu&eacute;s de salir el sol, negros y
+espesos nubarrones que surgieron del horizonte de tierra, se hab&iacute;an
+acumulado sobre aquel paraje de la costa, amenazando descargar muy
+pronto su pesado fardo de agua. La luz se hab&iacute;a mermado
+extraordinariamente. Parec&iacute;a que estaba amaneciendo entonces.</p>
+
+<p>El Duque se present&oacute; con levita negra y sombrero de copa, un tanto m&aacute;s
+p&aacute;lido que de ordinario, pero afectando una calma desde&ntilde;osa, sin faltar
+a la cortes&iacute;a. Tra&iacute;a en la boca un cigarro puro, y se envolv&iacute;a en
+ligeras nubes de humo, mientras caminaba a la par de Soldevilla. Cuando
+lleg&oacute; al sitio designado, dirigi&oacute; un fr&iacute;o saludo ceremonioso al grupo de
+Gonzalo y sus padrinos, y no volvi&oacute; a mirarles. Despu&eacute;s de conferenciar
+unos instantes, Pe&ntilde;a coloc&oacute; en su sitio a Gonzalo y le entreg&oacute; una
+pistola cargada. Soldevilla hizo lo mismo con el Duque. Ambos se hab&iacute;an
+quitado el sombrero. El pr&oacute;cer conservaba el cigarro puro en la mano
+izquierda, al cual segu&iacute;a dando con impasibilidad un poco teatral,
+largos chupetones. Empezaban a caer del cielo gruesas gotas, anunciando
+un fuerte chaparr&oacute;n. Pe&ntilde;a grit&oacute; al fin:</p>
+
+<p>&mdash;Se&ntilde;ores, preparados... Una, dos, tres...</p>
+
+<p>El Duque inclin&oacute; la pistola y apunt&oacute;. Gonzalo, apuntando tambi&eacute;n, avanz&oacute;
+p&aacute;lido, con los ojos inyectados. Su enemigo, le esper&oacute; serenamente hasta
+una distancia de quince pasos. Y ya con la seguridad de volcarle, porque
+era un tirador consumado, dispar&oacute;. La bala roz&oacute; la mejilla del joven,
+levant&aacute;ndole la piel y haci&eacute;ndole sangre. Det&uacute;vose un instante, y sigui&oacute;
+avanzando. Los padrinos empalidecieron terriblemente. El Duque dej&oacute; caer
+la pistola y se cruz&oacute; de brazos, esperando la muerte, con una bravura
+llena de afectaci&oacute;n y soberbia. Gonzalo avanz&oacute; precipitadamente, hasta
+ponerse a dos pasos de su adversario. En aquel momento una ola de sangre
+le ceg&oacute;. Su temperamento de atleta venci&oacute; repentinamente a las
+sugestiones de la raz&oacute;n. Brillaron sus ojos con los reflejos siniestros
+de una bestia salvaje, temblaron sus labios, contrajese espantosamente
+su rostro, y arrojando lejos de s&iacute; la pistola, salt&oacute; como un tigre sobre
+el traidor. El Duque no resisti&oacute; el choque de aquel coloso y cay&oacute;
+rodando. Gonzalo se puso a brumarle las costillas con los pies, lanzando
+rugidos. Los padrinos acudieron corriendo a sujetarle. Al bilioso
+Galarza se le ocurri&oacute;, para realizarlo, darle un bastonazo en la cabeza.
+Gonzalo no hizo se&ntilde;al de sentirlo. Pe&ntilde;a, indignado, alza su bast&oacute;n y
+&iexcl;zas! le arrima otro garrotazo a Galarza. El marqu&eacute;s de Soldevilla,
+&iexcl;zas! le da otro a Pe&ntilde;a. Y arrebatados de furor unos y otros, comenzaron
+una lucha tan brava como indigna a bastonazos, mientras Gonzalo,
+satisfaciendo ferozmente su c&oacute;lera acumulada, pateaba con sa&ntilde;a el
+cuerpo, inerte ya, del Duque.</p>
+
+<p>El cielo dejaba caer en aquel instante una cantidad fabulosa de agua.
+Tan grande lleg&oacute; a ser, que el marqu&eacute;s de Soldevilla, abandonando el
+campo, emprendi&oacute; la carrera hacia su casa para guarecerse. Sigui&oacute;le
+inmediatamente don Rudesindo, luego Pe&ntilde;a y Galarza. La batalla se
+deshizo como por ensalmo. Mas antes de atecharse, a todos se les ocurri&oacute;
+volver la cabeza para ver qu&eacute; hab&iacute;a sido de sus apadrinados. Y por un
+simult&aacute;neo impulso de compasi&oacute;n, volvi&eacute;ronse presurosos y sujetaron a
+Gonzalo, cuya rabia cruel aun no se hab&iacute;a apagado. El contacto de las
+manos de aquellos se&ntilde;ores le volvi&oacute; a la raz&oacute;n. Les ech&oacute; una larga
+mirada siniestra y extraviada, y sin decir palabra, recogi&oacute; el sombrero
+y se dirigi&oacute; a la puerta de la quinta, mientras los padrinos conduc&iacute;an
+al Duque moribundo a casa. El m&eacute;dico que Soldevilla hab&iacute;a tra&iacute;do,
+encerrado durante el lance en una sala por no presenciarlo, reconoci&oacute;
+minuciosamente las fracturas y contusiones del herido. Declar&oacute;, desde
+luego, su estado muy grave.</p>
+
+<p>Pe&ntilde;a y don Rudesindo, encontraron a Gonzalo dentro del coche llorando
+desesperado.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Soy un bruto!&mdash;les dijo.&mdash;&iexcl;Un b&aacute;rbaro! &iexcl;Qu&eacute; pensar&aacute;n ustedes de m&iacute;!
+He cometido una acci&oacute;n bochornosa. Perd&oacute;nenme ustedes.</p>
+
+<p>Hicieron lo posible por calmarlo. En el fondo, ni a uno ni a otro les
+parec&iacute;a tan mal aquello. Despu&eacute;s de todo, la acci&oacute;n del Duque hab&iacute;a sido
+tan villana, que bien estaba que se castigase villanamente. Pe&ntilde;a,
+durante el camino, lleg&oacute; a decir cuchufletas acerca de la soberana
+paliza que el magnate acababa de recibir.</p>
+
+<p>&mdash;Chico, no cabe duda que los grandes de la naturaleza pueden m&aacute;s que
+los grandes de Espa&ntilde;a&mdash;dec&iacute;a con su voz campanuda que no dejaba perderse
+una sola letra. Gonzalo, pronto, como un gran ni&ntilde;o que era, a pasar del
+llanto a la risa, sonri&oacute; primero y dej&oacute; escapar al fin sonoras y
+formidables carcajadas con los chistes de su amigo.</p>
+
+<p>Pero la vista de la casa de su suegro le sumi&oacute; nuevamente en la
+tristeza. Hab&iacute;a satisfecho su justa venganza. Pero quedaba una herida
+honda, cuyo agudo dolor aun no hab&iacute;a podido sentir bien, porque la
+exaltaci&oacute;n col&eacute;rica en que hab&iacute;a vivido aquellos dos d&iacute;as, lo sofocaba.
+&iexcl;Oh! aquellas grotescas torrecillas y almenares, testigos de su luna de
+miel, le produjeron horrible impresi&oacute;n de melancol&iacute;a. Parec&iacute;a que una
+mano cruel le estrujaba el coraz&oacute;n dentro del pecho. Sus amigos,
+comprendiendo que deseaba quedarse solo, siguieron a Sarri&oacute;. Pablito le
+esperaba a la puerta de la quinta, y le abraz&oacute; con efusi&oacute;n y entusiasmo.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Le has matado?&mdash;pregunt&oacute;le por lo, bajo.</p>
+
+<p>&mdash;No s&eacute;... Creo que s&iacute;&mdash;respondi&oacute; el joven m&aacute;s bajo a&uacute;n.&mdash;&iquest;Y tu padre?</p>
+
+<p>&mdash;Mi padre... Estaba aqu&iacute; hace un instante... En cuanto te vi&oacute; bajar
+sano del coche, ha montado en la berlina que estaba enganchada ah&iacute;
+abajo, y se ha ido a Sarri&oacute;.</p>
+
+<p>Gonzalo adivin&oacute; lo que iba a hacer y se puso m&aacute;s sombr&iacute;o. Los dos
+cu&ntilde;ados se dirigieron silenciosos a la casa, y fueron derechos al cuarto
+de Gonzalo. Al cabo de unos momentos, &eacute;ste, que se hab&iacute;a dejado caer en
+un sof&aacute; y permanec&iacute;a inm&oacute;vil, con la cabeza abatida sobre el pecho, dijo
+a su cu&ntilde;ado:</p>
+
+<p>&mdash;Perd&oacute;name, Pablo... Deseo quedarme solo... No estoy en este momento
+para hablar.</p>
+
+<p>Pablito se apresur&oacute; a retirarse.</p>
+
+<p>Pas&oacute; un largo rato. La puerta se abri&oacute; de nuevo sin que el joven lo
+sintiese. Una sombra se desliz&oacute; hasta &eacute;l y puso sobre la silla m&aacute;s
+cercana una bandeja con una taza y algunos platos.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Oh! &iquest;Eres t&uacute;, Cecilia?</p>
+
+<p>&mdash;Quieras o no, vas a tomar algo... Ya son las dos de la tarde, y estoy
+segura de que no te has desayunado&mdash;dijo la joven, arrimando una mesilla
+y poniendo sobre ella el caldo humeante.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Qu&eacute; buena eres, Cecilia!&mdash;exclam&oacute; &eacute;l apoder&aacute;ndose de una de sus
+manos. Aquella exclamaci&oacute;n era un grito de afecto, de entusiasmo, y a la
+vez de un vago remordimiento que jam&aacute;s hab&iacute;a podido desechar de
+s&iacute;.&mdash;&iexcl;Qu&eacute; buena eres! &iexcl;qu&eacute; buena eres!&mdash;repiti&oacute; con l&aacute;grimas en los
+ojos.&mdash;Lo que has hecho aquella noche... &iexcl;Oh! eso no lo hace nadie...
+&iexcl;Nadie!... Una santa que bajase del cielo no lo har&iacute;a... Ninguno de los
+que vivimos a tu lado merecemos besar el polvo que pisas...</p>
+
+<p>Y el joven, conmovido con sus propias palabras, sollozando perdidamente,
+cubri&oacute; de besos y l&aacute;grimas la mano que ten&iacute;a cogida.</p>
+
+<p>Cecilia se puso fuertemente encarnada primero; despu&eacute;s p&aacute;lida, y dijo en
+tono que result&oacute; un poco seco:</p>
+
+<p>&mdash;Deja, deja.</p>
+
+<p>Retirando al mismo tiempo la mano con presteza. Al ver que su cu&ntilde;ado
+quedaba acortado, se apresur&oacute; a decir:</p>
+
+<p>&mdash;Mira, cuanto menos hablemos de esas cosas, y, si posible fuera, cuanto
+menos pens&aacute;semos, ser&iacute;a mejor... Ahora lo que importa es que tomes este
+caldo. Despu&eacute;s te traer&eacute; unas croquetas y un lenguado... &iquest;quieres?</p>
+
+<p>&mdash;No tengo apetito, Cecilia&mdash;respondi&oacute; haciendo esfuerzos por reprimir
+su emoci&oacute;n.</p>
+
+<p>&mdash;Todo es empezar... Ver&aacute;s...</p>
+
+<p>&mdash;No, no; de veras, no puedo pasar nada en este momento.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Y si te lo mando yo?&mdash;dijo la joven. Despu&eacute;s que lo dijo se puso
+colorada.</p>
+
+<p>&mdash;Entonces, desde luego lo tomo... A ti no puedo negarte nada&mdash;replic&oacute;
+&eacute;l acercando el plato.</p>
+
+<p>Aquella tan galante r&eacute;plica, produjo una penosa impresi&oacute;n de fr&iacute;o en
+Cecilia. Para no dejarla ver, sali&oacute; precipitadamente de la estancia.</p>
+
+<p>Tres o cuatro d&iacute;as estuvo el duque de Tornos entre la vida y la muerte.
+Al cabo cedi&oacute; la calentura, y desapareci&oacute; la gravedad. Sin embargo, la
+curaci&oacute;n deb&iacute;a ser largu&iacute;sima. Hab&iacute;a dos costillas fracturadas, la
+mand&iacute;bula inferior tambi&eacute;n, y sobre esto, terribles magullamientos en
+otros varios parajes del cuerpo. Al cabo de un mes pudo trasladarse a
+Madrid.</p>
+
+<p>Gonzalo no dej&oacute; la casa de su suegro, quien al cabo de cinco o seis d&iacute;as
+del desaf&iacute;o, tom&oacute; de llevar a Ventura al convento de Oca&ntilde;a. Pero su vida
+fu&eacute; triste, sombr&iacute;a por dem&aacute;s. Neg&aacute;base, a pesar de las instancias de
+Pablo, a salir de caza o paseo. En vano &eacute;ste y don Rosendo y los amigos
+que sol&iacute;an venir a Tejada, inventaban mil pretextos para hacerle salir
+de excursi&oacute;n. Aunque no se negaba de frente a acompa&ntilde;ares tambi&eacute;n &eacute;l
+acudi&oacute; a los enga&ntilde;os para quedarse siempre en casa, donde descaec&iacute;a a
+ojos vistas. Su t&iacute;o don Melchor ven&iacute;a a menudo a verle, y le aconsejaba
+que se fuese a viajar durante una temporada. No se negaba a ello; pero
+lo aplazaba siempre, pretextando no encontrarse bien de salud. Don
+Rosendo, asesor&aacute;ndose del se&ntilde;or de las Cuevas y de otros varios amigos,
+decidi&oacute; trasladarse a Sarri&oacute;, por ver si con la sociedad de sus amigos
+el joven se animaba un poco. Salieron fallidos todos los c&aacute;lculos.
+Gonzalo se dej&oacute; llevar a la villa sin hacer observaciones. Pero puso a&uacute;n
+m&aacute;s empe&ntilde;o en aislarse, en vivir retirado del trato social. Sal&iacute;a tan
+s&oacute;lo al amanecer, y daba algunos paseos por la punta del Pe&oacute;n,
+contemplando el mar con ojos ext&aacute;ticos, que alguna vez tomaban una
+expresi&oacute;n de angustia que apenar&iacute;a seguramente a quien los mirase. En
+cuanto el muelle comenzaba a animarse, y la villa despertaba de su
+sue&ntilde;o, retir&aacute;base a toda prisa a casa.</p>
+
+<p>&iquest;Por qu&eacute; no dejaba a Sarri&oacute;, teatro de su desdicha, y se iba a pasar al
+menos una temporada en Madrid, en Par&iacute;s o en Londres? Esta era la
+pregunta que se hac&iacute;an todos los vecinos de la villa. Nadie acertaba a
+contestarla satisfactoriamente. Ni era f&aacute;cil que eso sucediera. Son muy
+pocos los que saben explicarse el origen secreto, la &uacute;ltima ra&iacute;z de las
+acciones humanas. Unos porque no se paran en psicolog&iacute;as, que juzgan
+in&uacute;tiles, otros dotados de entendimiento sutil y perspicaz, porque lo
+aprovechan para escudri&ntilde;ar solamente el m&oacute;vil interesado, casi nadie
+destapa esa m&aacute;gica caja de sentimientos, y deseos, y esperanzas, y
+contradicciones, que se llama coraz&oacute;n humano. &iexcl;Qu&eacute; verg&uuml;enza sentir&iacute;a
+Gonzalo si le dijesen que no se iba de Sarri&oacute; por no alejarse de la
+atm&oacute;sfera que envolv&iacute;a a su esposa, a quien cubr&iacute;a de dicterios en
+secreto, y afectaba despreciar ante el mundo! Y, sin embargo, nada m&aacute;s
+cierto. Qued&aacute;ndose en aquella casa, le parec&iacute;a que aun no se hab&iacute;an roto
+del todo los lazos que le ligaban a ella. Los seres que le rodeaban eran
+su carne y su sangre: la amaban todav&iacute;a, aunque culpable: no se pod&iacute;a
+injuriarla en su presencia. Ventura hab&iacute;a dejado en las habitaciones, en
+los muebles, una parte de su ser. En el tocador yac&iacute;an los frascos de
+pomada y esencias que ella usaba, a medio consumir; en las perchas
+colgaban algunos de sus abrigos y sombreros. Su imagen graciosa, su
+blonda cabeza deslumbradora, parec&iacute;a que iba a parecer detr&aacute;s de las
+cortinas. El ambiente estaba embalsamado a&uacute;n con su perfume habitual.
+Aquel marido, tan vilmente ultrajado, sin querer darse cuenta de ello,
+respiraba con delicia el aliento de su esposa, y viv&iacute;a de la sombra de
+su vida. Todav&iacute;a m&aacute;s; viv&iacute;a de la esperanza de perdonarla.</p>
+
+<p>Esto no lo sab&iacute;a nadie... ni &eacute;l mismo quiz&aacute; de un modo cabal... Nadie
+m&aacute;s que Cecilia, cuyos ojos de zahor&iacute; enamorada, le&iacute;an claramente los
+pensamientos m&aacute;s vagos que cruzaban por la mente de su cu&ntilde;ado. Este
+manifestaba por ella una predilecci&oacute;n tan afectuosa, tal entusiasmo y
+veneraci&oacute;n, que era muy f&aacute;cil confundir con el amor. Todas las
+compa&ntilde;&iacute;as, hasta la de su t&iacute;o, le molestaban menos la de ella. Aunque
+estuviese entregado a una meditaci&oacute;n dolorosa, y las l&aacute;grimas corriesen
+por sus mejillas escald&aacute;ndolas, la aparici&oacute;n de Cecilia en su cuarto,
+obraba como un calmante, suavizando su dolor. Ced&iacute;a a sus consejos con
+respeto, y se dejaba guiar y mimar por ella como un ni&ntilde;o enfermo. Cuando
+tardaba en ir por su cuarto, se impacientaba y le daba quejas cari&ntilde;osas
+lo mismo que un amante rendido y llagado de amor. Cuando entraba, sus
+ojos no la abandonaban ni un instante, cual si estuviesen bajo la
+influencia de un encanto o fascinaci&oacute;n. Aquellos ojos expresaban cari&ntilde;o
+profundo, gratitud, admiraci&oacute;n, respeto, entusiasmo, lo expresaban
+todo... menos amor. Cecilia bien lo le&iacute;a. No pod&iacute;a mirarlos sin sentir
+el mismo doloroso pinchazo en el coraz&oacute;n, la misma gota amarga de hiel
+en los labios. Su esp&iacute;ritu, sereno siempre, turb&aacute;base por un instante, y
+aparec&iacute;a fr&iacute;a unas veces, otras irritable y enigm&aacute;tica, con gran
+sorpresa y dolor de Gonzalo que se esforzaba en alegrarla. Pronto lo
+consegu&iacute;a. El pensamiento aquel, ca&iacute;a en su cerebro como la piedra en un
+lago, revolviendo las aguas. Pocos momentos despu&eacute;s, la calma volv&iacute;a a
+su esp&iacute;ritu. Quedaba puro y tranquilo como el lago.</p>
+
+<p>Un d&iacute;a, al entrar repentinamente en la habitaci&oacute;n de su cu&ntilde;ado, le
+encontr&oacute; examinando un rev&oacute;lver.</p>
+
+<p>Al verla trat&oacute; de ocultarlo en el caj&oacute;n de la mesa que ten&iacute;a abierto y
+se puso colorado.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Qu&eacute; hac&iacute;as?</p>
+
+<p>&mdash;Nada, al buscar en este caj&oacute;n unos papeles, me hall&eacute; con un rev&oacute;lver
+que ya no me acordaba que ten&iacute;a, y lo estaba mirando.</p>
+
+<p>Cecilia no crey&oacute; palabra. Experiment&oacute; desde entonces cierta inquietud
+que la obligaba a vigilarlo m&aacute;s que antes.</p>
+
+<p>Transcurrieron dos meses. El desdichado joven, aunque persist&iacute;a en la
+misma vida apartada y sombr&iacute;a, mostraba algunas vagas se&ntilde;ales de
+reverdecimiento. Una que otra vez sal&iacute;a a caballo. Hab&iacute;a hablado a su
+suegro de hacer un viaje por Italia, pa&iacute;s que aun no conoc&iacute;a. La fuerza
+que hac&iacute;a subir la savia de nuevo a su ser marchito, era un pensamiento
+dulce, tan dulce como vergonzoso, que ocultaba con cuidado a todo el
+mundo. Sin embargo, una tarde en que depart&iacute;a cari&ntilde;osamente con su
+cu&ntilde;ada, despu&eacute;s de muchos rodeos, y poni&eacute;ndose colorado hasta las
+orejas, le pregunt&oacute; por Ventura. &iquest;Qu&eacute; noticias ten&iacute;a de ella? Cecilia le
+respondi&oacute; fr&iacute;amente con las menos palabras posibles. &iexcl;Pobre Gonzalo! &iexcl;Si
+supiese que aquella mujer traidora por quien preguntaba, lejos de estar
+arrepentida, se revolv&iacute;a con furia contra su familia, cubri&eacute;ndolos a
+todos de dicterios, amenaz&aacute;ndoles con entregarse al primer hombre en
+cuanto saliese de la prisi&oacute;n, escandalizando con su soberbia y lenguaje
+procaz a la superiora del convento!</p>
+
+<p>Desde aquel d&iacute;a, perdida ya la cortedad, preguntaba a menudo por ella;
+gustaba de mentarla en la conversaci&oacute;n, sin que le hiciese desistir de
+ello el tono seco con que Cecilia le respond&iacute;a, y la prisa con que
+cambiaba de tema.</p>
+
+<p>Lo que don Rosendo tem&iacute;a, por las cartas que de Oca&ntilde;a le enviaban, lleg&oacute;
+al fin. Un d&iacute;a, la superiora del convento le comunic&oacute; que Ventura se
+hab&iacute;a hu&iacute;do de aquel asilo, en compa&ntilde;&iacute;a, seg&uacute;n todos los informes, del
+duque de Tornos. &laquo;El gran humanitario&raquo;, como le llam&oacute; el <i>Faro</i> en
+cierta ocasi&oacute;n, recibi&oacute; la nueva con valor estoico. Efectivamente, &iquest;qu&eacute;
+significaba aquella pena puramente individual que le aflig&iacute;a, en
+comparaci&oacute;n con el dolor universal, con la marcha lenta y segura de la
+humanidad hacia sus destinos? Por aquellos d&iacute;as acababa de leer un
+c&eacute;lebre folleto de autor franc&eacute;s, titulado <i>El mundo marcha</i>. Ten&iacute;a los
+sesos revueltos y deslumbrados con sus grandes s&iacute;ntesis hist&oacute;ricas, lo
+cual le ayud&oacute; no poco a soportar aquel golpe. Procur&oacute;, sin embargo, que
+su yerno no se enterase de la noticia. No ten&iacute;a la misma confianza en la
+elevaci&oacute;n de su esp&iacute;ritu y en la amplitud de sus miras. Algunos d&iacute;as
+estuvo oculta. Al cabo corri&oacute; por la poblaci&oacute;n sin saber qui&eacute;n la
+trajera. Gonzalo, que todas las ma&ntilde;anas a primera hora iba por el
+Saloncillo, la ley&oacute; en una gacetilla tan infame como hip&oacute;crita del
+<i>Joven Sarriense</i>. &laquo;Circula por la poblaci&oacute;n la especie&mdash;dec&iacute;a&mdash;de que
+una se&ntilde;ora, protagonista de cierto drama amoroso no ha mucho tiempo
+acaecido, se ha fugado en compa&ntilde;&iacute;a de su amante del asilo donde su
+familia la hab&iacute;a reclu&iacute;do. Sentir&iacute;amos que este rumor se confirmase por
+afectar directamente a personas muy conocidas y estimadas en la sociedad
+sarriense.&raquo;</p>
+
+<p>Gonzalo sinti&oacute; que algo que aun estaba por desgarrar se le desgarraba
+dentro del pecho. Dej&oacute; caer el papel. Sonriendo nerviosamente y con voz
+aguda y extra&ntilde;a, se dirigi&oacute; a don Feliciano G&oacute;mez, que era la &uacute;nica
+persona que all&iacute; hab&iacute;a:</p>
+
+<p>&mdash;Ya sabr&aacute; usted que la z... de mi mujer se ha escapado con su chulo,
+&iquest;eh?</p>
+
+<p>Don Feliciano le mir&oacute; sorprendido. Aunque era hombre que entend&iacute;a poco
+de sonrisas, al verle sonreir de aquel modo se sinti&oacute; sobrecogido, y le
+contest&oacute; con tristeza:</p>
+
+<p>&mdash;S&iacute;, Gonzalito, s&iacute;. Ya sab&iacute;a que todav&iacute;a no hab&iacute;as pasado lo &uacute;ltimo...
+A la verdad, despu&eacute;s de lo sucedido, este golpe final no debe cogerte de
+sorpresa... Boto el freno, deb&iacute;as suponer d&oacute;nde hab&iacute;a de parar.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Y a m&iacute;, qu&eacute;?&mdash;exclam&oacute; el infeliz joven con la misma sonrisa,
+mostrando en todo su cuerpo una inquietud exagerada.&mdash;Que se escapa...
+&iexcl;bueno!... Vaya bendita de Dios... Nada tengo ya que ver con ella...
+&iexcl;Ah! &iexcl;si la ley me permitiera casarme!... No se pasar&iacute;a un mes sin
+hacerlo... &iquest;Y por qu&eacute; no, vamos a ver, y por qu&eacute; no he de poder
+hacerlo?... En fin, si no me caso a perpetuidad, me casar&eacute;
+temporalmente... Tomar&eacute; por ah&iacute; una buena moza, &iquest;eh, don Feliciano? &iexcl;y
+anda con Dios!... Ser&aacute; al fin y al cabo una p... de profesi&oacute;n, mientras
+mi mujer lo es de afici&oacute;n...</p>
+
+<p>Mientras pronunciaba estas feas palabras, daba vueltas por la estancia,
+se quitaba el sombrero, se encog&iacute;a de hombros y hac&iacute;a otros gestos
+extravagantes. Por &uacute;ltimo solt&oacute; una carcajada.</p>
+
+<p>&mdash;Mira, Gonzalillo&mdash;le dijo don Feliciano.&mdash;Acabas de pasar una
+pelona... pero ya vendr&aacute;n tiempos mejores. Tras de lo malo siempre viene
+lo bueno. Las cosas del mundo hay que tomarlas con cachaza, mi querid&iacute;n.
+Con disgustarse y criarse hiel en el est&oacute;mago, &iquest;qu&eacute; se consigue?... Aqu&iacute;
+me tienes a m&iacute;. El mes pasado perd&iacute; un barco... Todo el mundo ven&iacute;a a
+consolarme creyendo que estaba desesperado. Yo les contestaba: Es verdad
+que perd&iacute; el <i>Juanito</i>; pero, y si hubiera perdido la <i>Carmen</i>, &iquest;no
+ser&iacute;a mucho peor? Pues lo mismo pude perder uno que otro, porque los dos
+estaban en la mar. T&uacute; has sufrido un disgusto: bueno... pero tienes
+salud. &iquest;No ser&iacute;a peor que adem&aacute;s te pusieras enfermo? Hay que pensarlo
+todo, mi querid&iacute;n. La salud es lo primero... T&uacute; come bien, echa buenos
+tragos, &iexcl;y anda adelante! que lo dem&aacute;s ya se olvidar&aacute;...</p>
+
+<p>Gonzalo sali&oacute; del Saloncillo sin despedirse, dejando al bueno de don
+Feliciano con la palabra en la boca.</p>
+
+<p>En casa se di&oacute; por enterado con don Rosendo de la fuga de Ventura.
+Contra lo que todos presum&iacute;an, no le caus&oacute; una impresi&oacute;n muy honda. Al
+contrario; desde aquel d&iacute;a se&ntilde;al&oacute;se en &eacute;l una tendencia a animarse, y a
+participar del comercio social, que no dej&oacute; de sorprender en la
+poblaci&oacute;n. Comenz&oacute; a visitar las casas de los amigos, a presentarse en
+el caf&eacute;, a pasear por las calles, a charlar, a discutir. No volvi&oacute; a
+hablar de marcharse. Hasta, con gran pasmo de la villa, en uno de los
+bailes que se dieron en el Liceo, bail&oacute; toda la noche como un pollastre
+que por primera vez pisase el sal&oacute;n.</p>
+
+<p>No obstante, Cecilia estaba muy inquieta. Aquella animaci&oacute;n de su cu&ntilde;ado
+era tan extempor&aacute;nea, que m&aacute;s parec&iacute;a un ataque de nervios. Sobre todo,
+la extra&ntilde;a sonrisa, parecida a una mueca, que no se le ca&iacute;a de los
+labios desde que leyera la gacetilla del <i>Joven Sarriense</i>, la hac&iacute;a
+estremecerse en algunos momentos.</p>
+
+<p>Y lleg&oacute; lo que era natural. Tras de aquella insana excitaci&oacute;n, vino, al
+cabo de algunos d&iacute;as, un profundo y sombr&iacute;o abatimiento. Estuvo tres sin
+salir de su cuarto, sin probar apenas manjar alguno de los que Cecilia
+le llevaba, y, lo que es a&uacute;n peor, sin lograr conciliar el sue&ntilde;o. Con
+los ojos abiertos y ext&aacute;ticos, se pasaba horas y horas tendido en su
+lecho, mirando a las tinieblas. En la noche tercera, a eso de las tres,
+encendi&oacute; luz, se visti&oacute; y se puso a escribir una larga carta a su t&iacute;o.
+Despu&eacute;s escribi&oacute; otra con sobre a Cecilia. Cerradas y colocadas sobre la
+mesa en primer t&eacute;rmino, para que se vieran pronto, sac&oacute; un pitillo, lo
+encendi&oacute; a la luz de la buj&iacute;a, y comenz&oacute; a pasear por la habitaci&oacute;n.
+Antes de concluir el cigarro lo arroj&oacute;. Abri&oacute; el caj&oacute;n de la mesa, y
+sac&oacute; el rev&oacute;lver que all&iacute; guardaba. Al acercarlo a la luz vi&oacute; que estaba
+descargado, lo que no dej&oacute; de sorprenderle. Ten&iacute;a casi la certeza de
+haberlo cargado hac&iacute;a un mes, poco m&aacute;s o menos. Busc&oacute; la cajita de las
+c&aacute;psulas y no la hall&oacute;. &iexcl;Qu&eacute; cosa tan extra&ntilde;a! No tard&oacute; en recordar que
+Cecilia le hab&iacute;a visto con &eacute;l en la mano, y una sonrisa dulce y triste
+se dibuj&oacute; en sus labios. Fu&eacute; a echar mano a las escopetas. Las encontr&oacute;
+igualmente descargadas. Los cartuchos hab&iacute;an desaparecido de su sitio.
+Permaneci&oacute; inm&oacute;vil y pensativo largo rato. Luego, como si despertara de
+un sue&ntilde;o, sacudi&oacute; la cabeza y dej&oacute; escapar un suspiro. Se puso el
+sombrero, abri&oacute; la puerta y baj&oacute; con gran sigilo las escaleras. Al pasar
+por delante de la puerta del piso principal, peg&oacute; el o&iacute;do a ella. Estuvo
+un momento escuchando, la faz demudada, los cabellos erizados. Hab&iacute;a
+o&iacute;do claramente la voz de su esposa que le llamaba desde adentro. Pasada
+la alucinaci&oacute;n, sigui&oacute; bajando, abri&oacute; la puerta exterior con la llave
+que colgaba del pasador, y sali&oacute; a la calle.</p>
+
+<p>Aun no hab&iacute;a amanecido; pero en el Oriente parec&iacute;a una tenue claridad
+precursora del d&iacute;a. La ma&ntilde;ana estaba fresca. Ca&iacute;a del cielo un agua
+menud&iacute;sima de niebla marina. Sin vacilar se dirigi&oacute; al muelle. Subi&oacute; al
+segundo pared&oacute;n y mir&oacute; a la mar, cuyo horizonte en aquel momento no era
+muy extenso, a causa de la niebla. Los d&iacute;as anteriores hab&iacute;a soplado el
+noroeste, y la hab&iacute;a encrespado y revuelto hasta el fondo. Grandes olas
+hinchadas ven&iacute;an de lejos extendiendo sus lomos gigantescos y se
+estrellaban con fragor contra la punta del Pe&oacute;n, escupiendo sus espumas
+a lo alto. Los ojos del joven tropezaron con un patache que trataba de
+entrar en el puerto, y bailaba como un casco de nuez sobre las olas.
+Aquella entrada le interes&oacute; desde luego. Sigui&oacute; todas las peripecias con
+viva atenci&oacute;n, como si en ello le fuese algo. Al cabo de un cuarto de
+hora, cuando ya estuvo atracado al muelle, sinti&oacute; de nuevo la espuela de
+su pensamiento. Di&oacute; un suspiro y murmur&oacute;: &laquo;Vamos&raquo;. Y sigui&oacute; adelante,
+rozando con su cintura el pretil del pared&oacute;n. Al llegar a cierto paraje,
+una ola m&aacute;s fuerte que las dem&aacute;s le ba&ntilde;&oacute; enteramente con su espuma.
+Aquel inopinado ba&ntilde;o le produjo grata impresi&oacute;n, le refresc&oacute; la piel.
+Estuvo esperando en el mismo sitio un rato, por ver si llegaba otra con
+igual fuerza, pero no vino. Y emprendi&oacute; de nuevo la marcha. Cuando
+estuvo en el extremo del malec&oacute;n, se ech&oacute; de bruces sobre el pretil y
+contempl&oacute; con sombr&iacute;a fijeza las olas que llegaban. Estaba en el mismo
+sitio donde, hac&iacute;a algunos a&ntilde;os, hab&iacute;a tenido pl&aacute;tica con su t&iacute;o para
+darle cuenta de que abandonaba a Cecilia y contra&iacute;a matrimonio con
+Ventura. Las palabras del viejo, severas, irritadas, sonaron de nuevo en
+sus o&iacute;dos. &laquo;Al hombre que falta a su palabra no puede ayudarle Dios...
+El viaje es largo. La mar ancha y brava. Lo que ahora es bonanza, en un
+instante se convierte en marejada de leva.&raquo; &laquo;&iexcl;Qu&eacute; raz&oacute;n ten&iacute;a m&iacute;
+t&iacute;o!&raquo;&mdash;pens&oacute;, sin apartar la vista del mar.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Bah!&mdash;murmur&oacute; al cabo de algunos momentos&mdash;si cien veces me viera en
+ese caso, cien veces har&iacute;a lo mismo. Hay cosas fatales. Llevo a esa
+mujer en la sangre como un veneno, y s&oacute;lo puede salir con la &uacute;ltima
+gota.&mdash;Estuvo otro rato pensativo. El agua del mar que le hab&iacute;a ba&ntilde;ado,
+y la del cielo que sin cesar ca&iacute;a, le enfriaron hasta los huesos. La
+ma&ntilde;ana se presentaba sucia, cenicienta. No era, no, aquella hermosa
+noche en que se hab&iacute;a quedado tambi&eacute;n de bruces despu&eacute;s de hablar con su
+t&iacute;o. Entonces, la belleza esplendorosa del cielo, tachonado de
+estrellas, el limpio cristal de las aguas, donde cabrilleaba la luz de
+la luna, la blanda brisa juguetona, le hablaron un lenguaje de muerte,
+s&iacute;, pero dulce, recogido, &iacute;ntimo. Era una voz amiga que le invitaba a
+reposar. Mas ahora lo que o&iacute;a era un grito de desolaci&oacute;n, una amenaza:
+&laquo;Vente, vente. La muerte es muy triste; pero la vida es m&aacute;s triste
+todav&iacute;a.&raquo;</p>
+
+<p>&mdash;Concluyamos&mdash;dijo levantando la cabeza. Avanz&oacute; el cuerpo; extendi&oacute; los
+brazos. En aquel momento pens&oacute; que el instinto de conservaci&oacute;n le har&iacute;a
+nadar seguramente, y se detuvo. Mir&oacute; a todas partes buscando alg&uacute;n peso.
+Sus ojos tropezaron con el &aacute;ncora de un quechemar&iacute;n que yac&iacute;a all&aacute;
+abajo, en el primer muelle. Baj&oacute; por ella, cort&oacute; con la navaja un pedazo
+de maroma de una lancha, se la amarr&oacute;, la alz&oacute; con sus brazos de atleta
+y subi&oacute; la escalera como un gimnasta que quisiera dar muestra ante el
+p&uacute;blico del enorme poder de sus m&uacute;sculos. Una vez arriba, se at&oacute; la
+cuerda al cuello. Se puso en pie sobre el pretil, y abrazado al ancla se
+arroj&oacute; al agua. Su cuerpo de coloso abri&oacute; en ella una grande brecha, que
+se cerr&oacute; al instante. La mar profunda extingui&oacute; aquella chispa de vida,
+como tantas otras, con implacable indiferencia.</p>
+
+<p>Un marinero que le vi&oacute; de lejos, corri&oacute; hacia el sitio gritando:</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Hombre al agua!</p>
+
+<p>Otros tres o cuatro de las pr&oacute;ximas embarcaciones le siguieron. En pocos
+minutos se form&oacute; un grupo de veinte o treinta en la punta del pared&oacute;n.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;Qui&eacute;n era? &iquest;Le conoc&iacute;as?&mdash;preguntaban al que le hab&iacute;a visto.</p>
+
+<p>&mdash;Me parece que era don Gonzalo.</p>
+
+<p>&mdash;&iquest;El alcalde?</p>
+
+<p>&mdash;S&iacute;.</p>
+
+<p>&mdash;Ser&iacute;a muy bien, ser&iacute;a muy bien... &iexcl;Reterro&iacute;as mujeres!</p>
+
+<p>La nueva se esparci&oacute; instant&aacute;neamente por la villa. Acudi&oacute; al muelle una
+muchedumbre de gente. Dos hombres en una lancha recorrieron con un largo
+remo el fondo, sin dar con el cuerpo del desgraciado joven. Al cabo
+tropezaron con &eacute;l. Se trajo un gancho, y tirando lo sacaron a flote en
+el mismo momento en que don Melchor, demudado, convulso, sin sombrero,
+llegaba al muelle, noticioso del terrible lance.</p>
+
+<p>&mdash;&iexcl;Hijo de mi alma!&mdash;grit&oacute; el pobre anciano al ver sobre el agua el
+cad&aacute;ver de su sobrino. Sus corvas se doblaron, y cay&oacute; desvanecido en
+brazos de las personas que le acompa&ntilde;aban.</p>
+
+<p>Extendieron el cuerpo del suicida sobre el muelle mientras llegaba el
+juzgado. Aquel espect&aacute;culo ten&iacute;a profundamente impresionados a todos los
+circunstantes, entre los que se hallaban personas de los dos bandos
+rivales.</p>
+
+<p>Despu&eacute;s que lleg&oacute; el juez y se instruyeron las debidas diligencias,
+colocaron en una camilla el cad&aacute;ver, y lo transportaron a su casa,
+porque don Rosendo, que sab&iacute;a la noticia, lo reclamaba. Fu&eacute; una
+procesi&oacute;n trist&iacute;sima al trav&eacute;s de las calles de la villa. Los vecinos se
+asomaban a los balcones, p&aacute;lidos, inquietos, con la tristeza en el
+semblante. Gonzalo gozaba de generales simpat&iacute;as.</p>
+
+<p>Don Rosendo, pose&iacute;do de vivo dolor, no quiso ver el cad&aacute;ver de su hijo
+pol&iacute;tico. Se encerr&oacute; en su cuarto; pero dispuso que se le colocase en el
+mejor sal&oacute;n de la casa sobre una mesa cubierta de terciopelo, que se
+trajesen de todas partes flores y coronas, y se preparase un entierro
+suntuoso.</p>
+
+<p>Cecilia, por uno de esos esfuerzos heroicos que estaba avezada a hacer
+sobre su alma y su cuerpo, supo encerrar su pena en el fondo del
+coraz&oacute;n. Ve&iacute;asela l&iacute;vida, s&iacute;, pero tranquila, disponiendo por la casa lo
+necesario para recibir el cuerpo de su cu&ntilde;ado. Cuando lleg&oacute;, ella misma
+ayud&oacute; a colocarlo en el sitio, despu&eacute;s que se le hubo amortajado. Lo
+cubri&oacute; de flores, encendi&oacute; los cirios, adorn&oacute; la habitaci&oacute;n con negros
+crespones. Despu&eacute;s dispuso que velase el cad&aacute;ver una hermana de la
+caridad en compa&ntilde;&iacute;a de ella.</p>
+
+<p>Dej&aacute;ronlas al fin solas. Rezaron largo rato de rodillas. Cuando
+terminaron su rezo, Cecilia rog&oacute; a la monja que fuese a la cocina a dar
+orden para que se le hiciese te, porque estaba desfallecida.</p>
+
+<p>En cuanto la monja sali&oacute;, alz&oacute;se vivamente. Y sacando unas tijeras,
+cort&oacute; un mech&oacute;n de cabellos de la cabeza de su cu&ntilde;ado, que ocult&oacute; en el
+seno. Cort&oacute; despu&eacute;s de los suyos otro, y temblorosa y agitada, lo meti&oacute;
+entre las manos cruzadas del cad&aacute;ver. Luego le contempl&oacute; un instante. Y
+bajando la cabeza, cubri&oacute; de besos aquel rostro inanimado. Los primeros
+y los &uacute;ltimos que le daba.</p>
+
+<p>La esposa, la &uacute;nica y verdadera esposa de aquel hombre, no pudo al fin
+resistir tanto dolor y rod&oacute; por el suelo sin conocimiento.</p>
+
+<p class="c top15">FIN</p>
+
+
+<hr />
+
+
+<h3 class="top15"><a name="OBRAS_DE_PALACIO_VALDES" id="OBRAS_DE_PALACIO_VALDES"></a><b>OBRAS DE PALACIO VALD&Eacute;S</b></h3>
+
+<ul>
+<li><b>El se&ntilde;orito Octavio</b>.&mdash;Un tomo.</li>
+<li><b>Marta y Mar&iacute;a</b>.&mdash;Un tomo. Traducida al franc&eacute;s, al ingl&eacute;s,
+al sueco, al ruso y al tch&egrave;que.</li>
+<li><b>El idilio de un enfermo</b>.&mdash;Un tomo. Traducida al franc&eacute;s
+y al tch&egrave;que.</li>
+<li><b>Aguas fuertes</b> (novelas y cuadros).&mdash;Un tomo. Traducida
+al franc&eacute;s, al ingl&eacute;s, al alem&aacute;n, al holand&eacute;s, al sueco y
+al tch&egrave;que. Edici&oacute;n espa&ntilde;ola con notas y vocabulario
+en ingl&eacute;s.</li>
+<li><b>Jos&eacute;</b>.&mdash;Un tomo. Traducida al franc&eacute;s, al ingl&eacute;s, al alem&aacute;n,
+al holand&eacute;s, al sueco, al tch&egrave;que y al portugu&eacute;s.
+Edici&oacute;n espa&ntilde;ola con notas en ingl&eacute;s para el estudio del
+espa&ntilde;ol en Inglaterra y Estados Unidos de Am&eacute;rica.</li>
+<li><b>Riverita</b>&mdash;Un tomo. Traducida al franc&eacute;s.</li>
+<li><b>Maximina</b> (segunda parte de <i>Riverita</i>).&mdash;Un tomo. Traducida
+al ingl&eacute;s.</li>
+<li><b>El Cuarto Poder</b>.&mdash;Un tomo. Traducida al franc&eacute;s, al ingl&eacute;s
+y al holand&eacute;s.</li>
+<li><b>La Hermana San Sulpicio</b>.&mdash;Un tomo. Traducida al franc&eacute;s,
+al ingl&eacute;s, al holand&eacute;s y al sueco.</li>
+<li><b>La espuma</b>.&mdash;Un tomo. Traducida al ingl&eacute;s.</li>
+<li><b>La Fe</b>. Un tomo.&mdash;Traducida al franc&eacute;s, al ingl&eacute;s y al
+alem&aacute;n.</li>
+<li><b>El Maestrante</b>.&mdash;Un tomo. Traducida al franc&eacute;s y al
+ingl&eacute;s.</li>
+<li><b>El origen del pensamiento</b>.&mdash;Un tomo. Traducida al franc&eacute;s
+y al ingl&eacute;s.</li>
+<li><b>Los majos de C&aacute;diz</b>.&mdash;Un tomo. Traducida al holand&eacute;s.</li>
+<li><b>La alegr&iacute;a del capit&aacute;n Ribot</b>.&mdash;Un Tomo. Traducida al
+franc&eacute;s, al ingl&eacute;s, al holand&eacute;s y al sueco. Edici&oacute;n espa&ntilde;ola
+con notas y vocabulario en ingl&eacute;s.</li>
+<li><b>La aldea perdida</b>.&mdash;Un tomo.</li>
+<li><b>Trist&aacute;n, o el pesimismo</b>.&mdash;Un tomo. Traducida al ingl&eacute;s.</li>
+<li><b>Semblanzas literarias</b> (<i>Los oradores del Ateneo, Los novelistas
+espa&ntilde;oles, Nuevo viaje al Parnaso</i>).&mdash;Un tomo.</li>
+<li><b>Papeles del doctor Ang&eacute;lico</b>.&mdash;Traducida al alem&aacute;n.</li>
+</ul>
+
+<hr class="full" />
+
+
+
+
+
+
+
+<pre>
+
+
+
+
+
+End of Project Gutenberg's El cuarto poder, by Armando Palacio Valds
+
+*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK EL CUARTO PODER ***
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+works. See paragraph 1.E below.
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+or PGLAF), owns a compilation copyright in the collection of Project
+Gutenberg-tm electronic works. Nearly all the individual works in the
+collection are in the public domain in the United States. If an
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+To learn more about the Project Gutenberg Literary Archive Foundation
+and how your efforts and donations can help, see Sections 3 and 4
+and the Foundation web page at http://www.pglaf.org.
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+
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+Foundation
+
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+501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the
+state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal
+Revenue Service. The Foundation's EIN or federal tax identification
+number is 64-6221541. Its 501(c)(3) letter is posted at
+http://pglaf.org/fundraising. Contributions to the Project Gutenberg
+Literary Archive Foundation are tax deductible to the full extent
+permitted by U.S. federal laws and your state's laws.
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+The Foundation's principal office is located at 4557 Melan Dr. S.
+Fairbanks, AK, 99712., but its volunteers and employees are scattered
+throughout numerous locations. Its business office is located at
+809 North 1500 West, Salt Lake City, UT 84116, (801) 596-1887, email
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+information can be found at the Foundation's web site and official
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+Literary Archive Foundation
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+Archive Foundation, how to help produce our new eBooks, and how to
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+
+</pre>
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+</html>
diff --git a/old/24601-h 2008-02-13.zip b/old/24601-h 2008-02-13.zip
new file mode 100644
index 0000000..846ca8a
--- /dev/null
+++ b/old/24601-h 2008-02-13.zip
Binary files differ