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diff --git a/.gitattributes b/.gitattributes new file mode 100644 index 0000000..6833f05 --- /dev/null +++ b/.gitattributes @@ -0,0 +1,3 @@ +* text=auto +*.txt text +*.md text diff --git a/17341-8.txt b/17341-8.txt new file mode 100644 index 0000000..88f3dc6 --- /dev/null +++ b/17341-8.txt @@ -0,0 +1,9527 @@ +The Project Gutenberg eBook, Su único hijo, by Leopoldo Alas + + +This eBook is for the use of anyone anywhere at no cost and with +almost no restrictions whatsoever. You may copy it, give it away or +re-use it under the terms of the Project Gutenberg License included +with this eBook or online at www.gutenberg.org + + + + + +Title: Su único hijo + + +Author: Leopoldo Alas + + + +Release Date: December 17, 2005 [eBook #17341] + +Language: Spanish + +Character set encoding: ISO-8859-1 + + +***START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK SU úNICO HIJO*** + + +E-text prepared by Chuck Greif + + + +Su único hijo + +Por + +Leopoldo Alas, «Clarín» + +Librería de Fernando Fé, Madrid + +1890 + + + + + + + +-I- + + +Emma Valcárcel fue una hija única mimada. A los quince años se enamoró +del _escribiente_ de su padre, abogado. El escribiente, llamado Bonifacio +Reyes, pertenecía a una honrada familia, _distinguida_ un siglo atrás, +pero, hacía dos o tres generaciones, pobre y desgraciada. Bonifacio era +un hombre pacífico, suave, moroso, muy sentimental, muy tierno de +corazón, maniático de la música y de las historias maravillosas, buen +parroquiano del gabinete de lectura de alquiler que había en el pueblo. +Era guapo a lo romántico, de estatura regular, rostro _ovalado_ pálido, de +hermosa cabellera castaña, fina y con bucles, pie pequeño, buena pierna, +esbelto, delgado, y vestía bien, sin afectación, su ropa humilde, no del +todo mal cortada. No servía para ninguna clase de trabajo serio y +constante; tenía preciosa letra, muy delicada en los perfiles, pero +tardaba mucho en llenar una hoja de papel, y su ortografía era +extremadamente caprichosa y fantástica; es decir, no era ortografía. +Escribía con mayúscula las palabras a que él daba mucha importancia, +como eran: amor, caridad, dulzura, perdón, época, otoño, erudito, suave, +música, novia, apetito y otras varias. El mismo día en que al padre de +Emma, don Diego Valcárcel, de noble linaje y abogado famoso, se le +ocurrió despedir al pobre Reyes, porque «_en suma_ no sabía escribir y le +ponía en ridículo ante el Juzgado y la Audiencia», se le ocurrió a la +niña escapar de casa con su novio. En vano Bonifacio, que se había +dejado querer, no quiso dejarse robar; Emma le arrastró a la fuerza, a +la fuerza del amor, y la Guardia civil, que empezaba a ser benemérita, +sorprendió a los fugitivos en su primera etapa. Emma fue encerrada en un +convento y el escribiente desapareció del pueblo, que era una +melancólica y aburrida capital de tercer orden, sin que se supiera de él +en mucho tiempo. Emma estuvo en su cárcel religiosa algunos años, y +volvió al mundo, como si nada hubiera pasado, a la muerte de su padre; +rica, arrogante, en poder de un curador, su tío, que era como un +mayordomo. Segura ella de su pureza material, todo el empeño de su +orgullo era mostrarse inmaculada y obligar a tener fe en su inocencia al +mundo entero. Quería casarse o morir; casarse para demostrar la pureza +de su honor. Pero los pretendientes aceptables no parecían. La de +Valcárcel seguía enamorada, con la imaginación, de su escribiente de los +quince años; pero no procuró averiguar su paradero, ni aunque hubiese +venido le hubiera entregado su mano, porque esto sería dar la razón a la +maledicencia. Quería _antes_ otro marido. Sí, Emma pensaba así, sin darse +cuenta de lo que hacía: «_Antes_ otro marido». El _después_ que vagamente +esperaba y que entreveía, no era el adulterio, era... tal vez la muerte +del primer esposo, una segunda boda a que se creía con derecho. El +primer marido pareció a los dos años de vivir libre Emma. Fue un +americano nada joven, tosco, enfermizo, taciturno, beato. Se casó con +Emma por egoísmo, por tener unas blandas manos que le cuidasen en sus +achaques. Emma fue una enfermera excelente; se figuraba a sí misma +convertida en una monja de la Caridad. El marido duró un año. Al +siguiente, la de Valcárcel dejó el luto, y su tío, el curador-mayordomo, +y una multitud de primos, todos Valcárcel, enamorados los más en secreto +de Emma, tuvieron por ocupación, en virtud de un _ukase_ de la tirana de +la familia, buscar por mar y tierra al fugitivo, al pobre Bonifacio +Reyes. Pareció en Méjico, en Puebla. Había ido a buscar fortuna; no la +había encontrado. Vivía de administrar mal un periódico, que llamaba +chapucero y guanajo a todo el mundo. Vivía triste y pobre, pero callado, +tranquilo, resignado con su suerte, mejor, sin pensar en ella. Por un +corresponsal de un comerciante amigo de los Valcárcel, se pusieron estos +en comunicación con Bonifacio. ¿Cómo traerle? ¿De qué modo decente se +podía abordar la cuestión? Se le ofreció un destino en un pueblo de la +provincia, a tres leguas de la capital, un destino humilde, pero mejor +que la administración del periódico mejicano. Bonifacio aceptó, se +volvió a su tierra; quiso saber a quién debía tal favor y se le condujo +a presencia de un primo de Emma, rival algún día de Reyes. A la semana +siguiente Emma y Bonifacio se vieron, y a los tres meses se casaron. A +los ocho días la de Valcárcel comprendió que no era aquel el Bonifacio +que ella había soñado. Era, aunque muy pacífico, más molesto que el +curador-mayordomo, y menos poético que el primo Sebastián, que la había +amado sin esperanza desde los veinte años hasta la mayor edad. + +A los dos meses de matrimonio Emma sintió que en ella se despertaba un +intenso, poderosísimo cariño a todos los de su raza, vivos y muertos; se +rodeó de parientes, hizo restaurar, por un dineral, multitud de cuadros +viejos, retratos de sus antepasados; y, sin decirlo a nadie, se enamoró, +a su vez, en secreto y también sin esperanza, del insigne D. Antonio +Diego Valcárcel Merás, fundador de la casa de Valcárcel, famoso guerrero +que hizo y deshizo en la guerra de las Alpujarras. Armado de punta en +blanco, avellanado y cejijunto, de mirada penetrante, y brillando como +un sol, gracias al barniz reciente, el misterioso personaje del lienzo +se ofrecía a los ojos soñadores de Emma como el tipo ideal de grandezas +muertas, irreemplazables. Estar enamorada de un su abuelo, que era el +símbolo de toda la vida caballeresca que ella se figuraba a su modo, era +digna pasión de una mujer que ponía todos sus conatos en distinguirse de +las demás. Este afán de separarse de la corriente, de romper toda regla, +de desafiar murmuraciones y vencer imposibles y provocar escándalos, no +era en ella alarde frío, pedantesca vanidad de mujer extraviada por +lecturas disparatadas; era espontánea perversión del espíritu, prurito +de enferma. Mucho perdió el primo Sebastián con aquella restauración de +la iconoteca familiar. Si Emma había estado a tres dedos del abismo, que +no se sabe, su enamoramiento secreto y puramente ideal la libró de todo +peligro positivo; entre Sebastián y su prima se había atravesado un +pedazo de lienzo viejo. Una tarde, casi a oscuras, paseaban juntos por +el salón de los retratos, y cuando Sebastián preparaba una frase que en +pocas palabras explicase los grandes méritos que había adquirido amando +tantos años sin decir palabra ni esperar cosa de provecho, Emma se le +puso delante, le mandó encender una luz y acercarla al retrato del +ilustre abuelo.--Sí, os parecéis algo--dijo ella--; pero se ve claramente +que nuestra raza ha degenerado. Era él mucho más guapo y más robusto que +tú. Ahora los Valcárcel sois todos de alfeñique; si a ti te cargaran con +esa armadura, estarías gracioso. + +Sebastián continuó amando en secreto y sin esperanza. El guerrero de las +Alpujarras siguió velando por el honor de su raza. + +Bonifacio no sospechaba nada ni del primo ni del abuelo. En cuanto su +mujer dio por terminada la luna de miel, que fue bien pronto, como se +encontrase él demasiado libre de ocupaciones, porque el tío mayordomo +seguía corriendo con todo por expreso mandato de Emma, se dio a buscar +un _ser a quien amar_, _algo que le llenase la vida_. Es de notar que +Bonifacio, hombre sencillo en el lenguaje y en el trato, frío en +apariencia, oscuro y prosaico en gestos, acciones y palabras, a pesar de +su belleza plástica, _por dentro_, como él se decía, era un soñador, un +soñador soñoliento, y hablándose a sí mismo, usaba un estilo elevado y +sentimental de que ni él se daba cuenta. Buscando, pues, algo que le +llenara la vida, encontró una flauta. Era una flauta de ébano con llaves +de plata, que pareció entre los papeles de su suegro. El abogado del +ilustre Colegio, a sus solas, era romántico también, aunque algo viejo, +y tocaba la flauta con mucho sentimiento, pero jamás en público. Emma, +después de pensarlo, no tuvo inconveniente en que la flauta de su padre +pasara a manos de su marido. El cual, después de untarla bien con +aceite, y dejarla, merced a ciertas composturas, como nueva, se consagró +a la música, su afición favorita, en cuerpo y alma. Se reconoció +aptitudes algo más que medianas, una regular embocadura y mucho +sentimiento, sobre todo. El timbre dulzón, _nasal_ podría decirse, +monótono y manso del melancólico instrumento, que olía a aceite de +almendras como la cabeza del músico, estaba en armonía con el carácter +de Bonifacio Reyes; hasta la inclinación de cabeza a que le obligaba el +tañer, inclinación que Reyes exageraba, contribuía a darle cierto +parecido con un bienaventurado. Reyes, tocando la flauta, recordaba un +santo músico de un pintor pre-rafaelista. Sobre el agujero negro, entre +el bigote de seda de un castaño claro, se veía de vez en cuando la punta +de la lengua, limpia y sana; los ojos, azules claros, grandes y dulces, +buscaban, como los de un místico, lo más alto de su órbita; pero no por +esto miraban al cielo, sino a la pared de enfrente, porque Reyes tenía +la cabeza gacha como si fuera a embestir. Solía marcar el compás con la +punta de un pie, azotando el suelo, y en los pasajes de mucha expresión, +con suaves ondulaciones de todo el cuerpo, tomando por quicio la +cintura. En los _allegros_ se sacudía con fuerza y animación, extraña en +hombre al parecer tan apático; los ojos, antes sin vida y atentos nada +más a la música, como si fueran parte integrante de la flauta o +dependiesen de ella por oculto resorte, cobraban ánimo, y tomaban calor +y brillo, y mostraban apuros indecibles, como los de un animal +inteligente que pide socorro. Bonifacio, en tales trances, parecía un +náufrago ahogándose y que en vano busca una tabla de salvación; la +tirantez de los músculos del rostro, el rojo que encendía las mejillas y +aquel afán de la mirada, creía Reyes que expresarían la intensidad de +sus impresiones, su grandísimo amor a la melodía; pero más parecían +signos de una irremediable asfixia; hacían pensar en la apoplejía, en +cualquier terrible crisis fisiológica, pero no en el hermoso corazón del +melómano, sencillo como una paloma. + +Por no molestar a nadie, ni gastar dinero de su mujer, puesto que propio +no lo tenía, en comprar papeles de música, pedía prestadas las polkas y +las partituras enteras de ópera italiana que eran su encanto, y él mismo +copiaba todos aquellos _torrentes de armonía y melodía_, representados por +los amados signos del pentagrama. Emma no le pedía cuenta de estas +aficiones ni del tiempo que le ocupaban, que era la mayor parte del día. +Sólo le exigía estar siempre vestido, y bien vestido, a las horas +señaladas para salir a paseo o a visitas. Su Bonifacio no era más que +una figura de adorno para ella; por dentro no tenía nada, era un alma de +cántaro; pero la figura se podía presentar y dar con ella envidia a +muchas señoronas del pueblo. Lucía a su marido, a quien compraba buena +ropa, que él vestía bien, y se reservaba el derecho de tenerle por _un +alma de Dios_. Él parecía, en los primeros tiempos, contento con su +suerte. No entraba ni salía en los negocios de la casa; no gastaba más +que un pobre estudiante en el regalo de su persona, pues aquello de la +ropa lujosa no era en rigor gasto propio, sino de la vanidad de su +mujer; a él le agradaba parecer bien, pero hubiera prescindido de este +lujo indumentario sin un solo suspiro; además, creía ocioso y gasto +inútil aquello de encargar los pantalones y las levitas a Madrid, exceso +de _dandysmo_, entonces inaudito en el pueblo. Conocía él un sastre +modesto, flautista también, que por poco dinero era capaz de cortar no +peor que los empecatados _artistas_ de la corte. Esto lo pensaba, pero no +lo decía. Se dejaba vestir. Su resolución era pesar lo menos posible +sobre la casa de los Valcárcel, y callar a todo. + + + + +-II- + + +Emma era el jefe de la familia; era más, según ya se ha dicho, su +tirano. Tíos, primos y sobrinos acataban sus órdenes, respetaban sus +caprichos. Este dominio sobre las almas no se explicaba de modo +suficiente por motivos económicos, pero sin duda estos influían +bastante. Todos los Valcárcel eran pobres. La fecundidad de la raza era +famosa en la provincia; las hembras de los Valcárcel parían mucho, y no +les iban en zaga las que los varones hacían ingresar en la familia, +mediante legítimo matrimonio. Procrear mucho y no querer trabajar, este +parecía ser el lema de aquella estirpe. Entre todos los Valcárcel no +había habido más hombre trabajador en todo el siglo que el padre de +Emma, el abogado, que también había sido, dentro del matrimonio, menos +prolífico que sus parientes. Ya se ha dicho que Emma era hija única, y, +por tanto, heredera universal del abogado romántico y flautista. Pero +los ahorros del aprovechado jurisconsulto llegaron a su hija un tanto +mermados. Parece ser que la castidad de D. Diego Valcárcel no era tan +extremada como se creía; su verdadera virtud había consistido siempre en +la prudencia y en el sigilo; sabía que el mal ejemplo y el escándalo son +los más formidables enemigos de las sociedades bien organizadas, y él, +visto que no le era posible conservarse en casta viudez, entre seducir a +las criadas de casa y a las doncellas de su hija, y, tal vez, como la +tentación le había apuntado varias veces a la oreja, a las respetables +clientes, desamparadas señoras que acudían a su despacho en demanda de +luces jurídico-morales, como él decía; entre esto y reglamentar el +vicio, las inevitables expansiones de la carne flaca, optó por lo +último, organizando con sabia distribución y prudentísimo secreto el +servicio de Afrodita, como decía él también. Y allí, fuera del pueblo, +en las aldeas vecinas adonde le llevaban a menudo los cuidados de la +hacienda propia y negocios ajenos, llegó a ser, valga la verdad, el +Abraham--_Pater Orchamus_--irresponsable de un gran pueblo de hijos +naturales, muchos adulterinos. Ni su conciencia, ni la del cura que le +confesó, que en vida le había ayudado a veces a evitar escándalos, ni +ciertas amenazas de bochornosas confesiones por parte de algunas +pecadoras, le consintieron, a la hora un tanto apurada de hacer +testamento, dejar en completo olvido ciertas obligaciones de la sangre; +y como se pudo, guardando los disimulos formales que fueron del caso, se +dejaron mandas aquí y allá, que disminuyeron en todo lo que la ley +consentía la herencia de Emma. No fue esto lo peor, sino que, previa +consulta del mismo director espiritual, D. Diego había hecho antes +subrepticiamente muchas enajenaciones _inter vivos_, a que, muy a su +pesar, le obligó el miedo al escándalo, que era su gran virtud, según se +ha dicho. _En suma_, Emma se vio con bastante menos caudal que su padre, +pero ella apenas lo supo casi, porque la daban jaqueca los papeles, +síncopes los números y grima la letra de los curiales. _Allá el tío_, +decía siempre que se trataba de intereses. Ella no entendía de nada más +que de gastar. Bien hubiera querido D. Juan Nepomuceno, antes curador de +Emma y actual mayordomo, sacudir todas las moscas que en forma de +parientes zumbaban alrededor del mermado panal de la herencia; mas no +era esto hacedero, porque el entrañable cariño que a los Valcárcel +pretéritos y presentes y futuros había cobrado la sobrina, exigía que la +hospitalidad más generosa acogiera a todos los suyos. D. Juan tuvo que +contentarse con ser el único administrador de aquella prodigalidad +gentílica, pero no llegó su influencia a evitar el despilfarro, ni +siquiera a conseguir que redundara sólo en provecho propio la +generosidad excesiva de su antigua pupila. + +Emma, que tuvo un mal parto, salió de una crisis de la vida lisiada de +las entrañas, con el estómago muy débil, y perdió carnes y ocultó +prematuras arrugas. Mas no podía esconder un brillo frío y siniestro de +la mirada, antipático como él solo; en aquel brillo y en la expresión +repulsiva que le acompañaba, se había convertido el _misterioso fulgor_ de +aquellos ojos que habían cantado, a la guitarra, varios parientes de la +enfermucha mujer, nerviosa, irascible. De aquellos parientes, enamorados +los más en secreto tiempo atrás, cada cual según su temperamento, hizo +su corte Emma, que cada día despreciaba más a su marido, a quien sólo +estimaba como _físico_, y sentía más vivo el cariño por los de su raza. + +Reyes comprendía bien que, sin culpa suya, se iba convirtiendo en el +enemigo de sus afines, enemigo vencido y humillado gracias a que su +mujer le entregaba indefenso, atado de pies y manos, a cuantos parientes +quisieran hacer de él un pandero. + +Los Valcárcel, oriundos de la montaña, habían bajado a las villas de las +vegas y de la llanura a procurarse vida más holgada y muelle, y por todo +recurso acudían al expediente de buscar matrimonios de ventaja, +seduciendo a los ricachos de pueblo con pergaminos y escudos de piedra +labrada, allá en los caserones de los vericuetos, y a las tiernas +doncellas con las buenas figuras de arrogante vigor y señoril gentileza +que abundaban en la familia. Casi todos los Valcárcel eran buenos mozos, +aunque no tanto como el abuelo heroico, esbeltos; pero de palabra tarda, +ceño adusto, voz ronca, trato oscuro y orgullosos sin disimulo; +distinguíanse también por su apego exagerado a la capa, cuyo uso era +excusado la mayor parte del año en los poblachones bajos, templados y +húmedos, donde solían buscar novias. Algunos llevaron su audacia, sin +dejar la capa, a extender sus correrías de caballeros pobres hasta las +puertas de la misma capital de la provincia, y por fin, D. Diego, el +padre de Emma, el genio superior de la familia sin duda alguna, entró en +la ciudad sin miedo, fue estudiante emprendedor y calavera, y al llegar +a la mayor edad y tomar el grado, cambió de carácter, de repente, se +hizo serio como un colchón, abrió cuarto de estudio, acaparó la +clientela de la montaña, aduló a los señores del margen, magistrados +serios también y amigos de las fórmulas más exquisitas, hizo buena boda, +salió de pobre, brilló en estrados con fulgor de faro de primera clase, +y, sin perjuicio de ser romántico en el fuero interno, y hasta de +escribir octavillas en el seno del hogar, y dejar válvulas de seguridad +a los vapores del sentimentalismo en las llaves de la flauta, en que +soplaba con lágrimas en los ojos, fue con todo el más rígido amador de +la letra y enemigo del espíritu y de toda interpretación arriesgada e +irreverente de la ley sacrosanta. Y no se cuenta que una sola vez +tuviera la Sala que dirigirle el más comedido apercibimiento; ni de la +pulcritud de su lenguaje en estrados se hizo la magistratura sino +lenguas, llegando en este punto a caer D. Diego, valga la verdad, en +cierto culteranismo, disculpable, eso sí, porque mediante él procuraba +que su elocuencia saliese como el armiño de las cenagosas aguas de la +_podredumbre privada_, adonde le arrastraban, en ocasiones, las +necesidades del foro. Alguna vez tuvo que acusar, mal de su grado, a un +sacerdote indigno, de delitos contra la honestidad; y si bien en el +fondo procuró estar fuerte, terrible, implacable, no hubo modo de que su +lengua usase epítetos duros, ni siquiera enérgicos ni aun pintorescos, +llegando en el mayor calor del ataque a llamar a su contrario «el mal +aconsejado presbítero, si se le permitía calificarle así». «Mal +aconsejado--decía después D. Diego explicando el adjetivo--; esto es, que +yo supongo que el presbítero no hubiese caído en tales liviandades a no +ser por consejo de alguien, del diablo probablemente». Tenía el abogado +Valcárcel que luchar en sus discursos forenses con el lenguaje ramplón y +sobrado confianzudo que se usaba en su tierra, y que aun en estrados +pretendía imponérsele; mas él, triunfante, sabía encontrar equivalentes +cultos de los términos más vulgares y chabacanos; y así, en una ocasión, +teniendo que hablar de los pies de un hórreo o de una _panera_, que en el +país se llaman _pegollos_, antes de manchar sus labios con semejante +palabrota, prefirió decir «los sustentáculos del artefacto, señor +excelentísimo». A estas cualidades, que le habían conquistado las +simpatías y el respeto de toda la magistratura, unía el don no +despreciable de una felicísima memoria para recordar fechas con +exactitud infalible, y así, había más números en su mollera que en una +tabla de logaritmos. Llegó, sí, llegó el apellido de los Valcárcel, +gracias a D. Diego, a un grado de esplendor que no había tenido desde +los siglos remotos en que había brillado por las armas. Honra y provecho +había ganado el ilustre jurisconsulto, y, de una y otra ventaja, querían +gozar los parientes, que, por culpa de la fecundidad de sus hembras y de +las afines, incurrían en un doloroso proletariado que amenazaba llenar +de Valcárceles el mundo. No había matrimonios ventajosos que bastasen, +con esta desmedida facultad prolífica, a sacar a la raza del temor muy +racional de dar al fin en la miseria. Aquel movimiento de expansión en +busca de la prosperidad, que se había señalado en la dirección del +_vendamont_, bajando de la montaña al valle, ya volvía a indicarse en una +reacción proporcionada en sentido de _vendaval_, echando otra vez al +monte, a los caserones de los vericuetos, a las proles numerosas de los +Valcárcel, multiplicadas sin ton ni son, incapaces de trabajar; porque +no se puede llamar propiamente trabajo, a lo menos en el sentido +económico, los mil apuros que en redor de los tapetes verdes pasaban los +parientes de Emma, casi todos jugadores, y muchos de ellos víctimas de +su pasión, que estalló en forma de aneurisma. Muerto D. Diego, los +Valcárcel perdieron su único apoyo, y el movimiento de retroceso en +busca de la montaña se aceleró en toda la familia. Cuando bajaban al +llano venían cada vez más montaraces, más orgullosos; su odio a la +cortesía, a las fórmulas complicadas de la buena sociedad de provincia, +se acentuaba. Cuanto más pobres se iban quedando, más vanidad solariega +tenían y más despreciaban la vida en poblado y en tierra llana. En la +ribera, como llamaban allá arriba a las regiones bajas, sólo una cosa +respetable reconocían los Valcárcel del monte: el tapete verde. Se iba a +las ferias a jugar, a perder, a empeñarse... y a casa. + +Por el camino de retroceso que llevaba aquella raza se volvía a la +horda; era aquel el atavismo de todo un linaje. Por algún tiempo contuvo +en gran parte tan alarmante tendencia el espíritu exaltado de Emma. El +cariño gentilicio que en ella despertó con tan exagerada vehemencia, +sirvió para reconciliar a muchos de sus parientes con la civilización y +la tierra llana. Las visitas a la capital fueron más frecuentes, tal vez +porque eran más baratas y más cómodas. Ya se sabía que la casa del +famoso y ya difunto abogado D. Diego Valcárcel, era, como él la hubiera +llamado si viviese, _jenodokia_, jenones, o sea, en cristiano, albergue de +forasteros. Emma, que en algún tiempo había desdeñado, no sin +coquetería, la adoración de sus primos y tíos--pues también tenía tíos +apasionados--ahora, es decir, después de haber perdido la flor de la +hermosura, sobre todo la lozanía, por culpa del mal parto, gozábase en +recordar los antiguos despreciados triunfos del amor, y quería rumiar +las impresiones deliciosas de aquella adoración pretérita. Rodeábase con +voluptuosa delicia, como de una atmósfera tibia y perfumada, de la +presencia de aquellos Valcárcel que algún día se hubieran tirado de +cabeza al río por gozar una sonrisa suya. + +El amor aquel en algunos de ellos tenía que haber pasado por fuerza, so +pena de ser ridículo; los años y la grasa, y la terrible prosa de la +existencia pobre y montaraz de allá arriba, habían quitado todo carácter +de verosimilitud a cualquier tentativa de constancia amorosa; pero no +importaba: Emma se complacía en ver a su lado a los que todavía +recordaban con respeto y cariño el amor muerto, y consagraban al objeto +de tal culto todos los obsequios compatibles con el natural huraño y +brusco de la raza montés. Aquellos cortesanos del amor pretérito, tal +vez al rendir sus homenajes, pensaban sobre todo en la munificencia +actual de la heredera de D. Diego, única persona que aún tenía cuatro +cuartos en toda la familia; pero ella, la caprichosa cónyuge del infeliz +Bonifacio, no se detenía a escudriñar los recónditos motivos por que era +acatada su indiscutible soberanía sobre los suyos. Es muy probable que +ya ninguno de los parientes viese en su prima la belleza que, en efecto, +había volado; pero algunos fingían, con mucha delicadeza en el disimulo, +ocultar todavía una hoguera del corazón bajo las cenizas que el deber y +las buenas costumbres echaban por encima. Emma gozaba también, sin darse +cuenta clara de ello, creyéndolo vagamente; saboreaba aquel holocausto +de amor problemático con la incertidumbre de una música lejana que ya +suena, no se sabe si en la aprensión o en el oído. Lo que era un dogma +familiar, que tenía su fórmula invariable, era esto: que por Emma no +pasaban días, que lo del estómago no era nada, y que después de parir, +de mala manera, estaba más fresca y lozana que nunca. Nadie creía tal +cosa, porque saltaba a la vista que no era así; pero lo aseguraban +todos. Los cortesanos de aquella sultana caprichosa y de carácter +violento y variable, se vengaban de su humillación ineludible +despreciando a Bonifacio Reyes sin ningún género de disimulo. Emma llegó +a sentir por su esposo un afecto análogo en cierto modo al que hubiera +podido inspirar al Emperador romano su caballo senador. Otro dogma de la +familia, pero éste secreto, era que «_la niña_ había _labrado_ su desgracia +uniéndose a aquel hombre». El primo Sebastián confesaba entre suspiros +que el único acto de su vida de que estaba arrepentido (y era hombre que +se había jugado la hijuela materna a una carta), se remontaba a la época +de su pasión loca por Emma, pasión que le había hecho caer en la +debilidad de consentir en dar todos los pasos necesarios para buscar, +encontrar, emplear y casar al estúpido escribiente de D. Diego. Aquella +debilidad, aquella ceguera de la pasión, no se la perdonaría nunca. Y +suspiraba Sebastián, y suspiraban los demás parientes, y suspiraba Emma +también a veces, gozando melancólicamente con aquella afectación de +víctima resignada que sufre por toda una vida las consecuencias +desastrosas de una locura juvenil. + + + + +-III- + + +El buen esposo durante mucho tiempo no paró mientes en tales injurias. +En el fondo del alma, y a pesar de los elegantes trajes de paño inglés +que se le había hecho vestir, continuaba considerándose el antiguo +escribiente de D. Diego, a quien había pagado sus favores con la más +negra ingratitud. + +Todos los Valcárcel eran para él los _señoritos_. En vano, allá en los +rápidos días, ya remotos, de aquella luna de miel que Emma había +decretado que fuese tan breve, en vano la enamorada esposa le había +exigido más dignidad y tesón en el trato con los primos y tíos; él, +Bonifacio, no podía menos de estimarlos siempre muy superiores a él por +la sangre, por los privilegios de raza en que confusamente creía. D. +Juan Nepomuceno le aterraba con sus grandes patillas cenicientas, sus +ojos fríos de color de chocolate claro y su doble papada afeitada con +esmero cancilleresco; le aterraba sobre todo con sus cuentas +embrolladas, que él miraba como la esencia de la sabiduría. Siempre que +D. Juan daba noticia somera de las mermas de la hacienda a su aturdida +sobrina, exigía que Bonifacio estuviese delante; era inútil que Emma y +el mismo Reyes quisiesen excusar esta ceremonia.--De ningún modo--gritaba +el tío--; quiero que lo presenciéis todo, para que el día de mañana no +diga ese (Bonifacio) que os he arruinado por inepto o por otra cosa +peor. El _todo_ que había de presenciar por fuerza _ese_, no era nada; allí +no se podía ver cosa clara, y aunque se pudiera, no la vería Reyes, que +ni siquiera miraba. Si era una escena molesta, irritante para Emma la de +asistir a _las cuentas del tío_, sin atender, sin sacar en limpio más que +«aquello iba muy mal», para el marido era el tormento más insoportable. +En vez de pensar en los números, pensaba en lo que le querrían decir +aquellos ojos del administrador pariente. Le querían decir, en su +opinión, «¿quién eres tú para pedirme cuentas, para fiscalizar mi +administración? ¿Por qué estás tú metido en la familia, plebeyo +miserable?». Sí, plebeyo, pensaba el infeliz; porque si bien sabía, con +gran oscuridad en los pormenores, que sus ascendientes habían sido de +_buena familia_, casi lo tenía olvidado, y comprendía que los demás, los +Valcárcel especialmente, no querrían recordar, ni casi casi creer, +semejante cosa. + +Tan fuerte llegó a ser el disgusto que le causaban aquellas inútiles +entrevistas, que, por primera vez en su vida, se decidió a cumplir en +algo su propia voluntad, y se _cuadró_, como él dijo, y no quiso +presenciar más la insoportable escena. Con gran extrañeza y mayor placer +se vio victorioso en este punto sin gran resistencia por parte del tío. +En cuanto a Emma, tampoco insistió mucho en contrariar el deseo de su +esposo. Y fue porque se le ocurrió que detrás de la emancipación del +otro vendría la suya. En efecto, a los tres meses de haber prescindido +de la presencia de Bonifacio, Emma consiguió que se prescindiera también +de la suya. Y el tío, sin que lo supiera nadie más que él y la sobrina, +dejó de rendir cuentas de gastos y de ingresos a bicho viviente. Cada +cual firmaba lo que tenía que firmar, sin leer un renglón ni una cifra, +y no se hablaba del asunto. + +Dos preocupaciones cayeron después sobre el ánimo encogido de Bonifacio: +la una era una gran tristeza, la otra una molestia constante. Del mal +parto de su mujer nacían ambas. La tristeza consistía en el desencanto +de no tener un hijo; la molestia perpetua, invasora, dominante, provenía +de los achaques de su mujer. Emma había perdido el estómago, y Bonifacio +la tranquilidad, su musa. El carácter caprichoso, versátil de la hija de +D. Diego, adquirió determinadas líneas, una fijeza de elementos que +hasta entonces en vano se pretendía buscar en él; ya no fue mudable +aquel ánimo, no iba y venía aquella voluntad avasalladora, pero +insegura, de cien en cien propósitos. Emma, con una seriedad extraña en +ella, se decidió a ser de por vida una mujer insoportable, el tormento +de su marido. Si para el mundo entero fue en adelante seca, huraña, la +flor de sus enojos la reservó para la intimidad de la alcoba. Molestaba +a su esposo como quien cumple una sentencia de lo Alto. En aquella +persecución incesante había algo del celo religioso. Todo lo que le +sucedía a ella, aquel perder las carnes y la esbeltez, aquellas arrugas, +aquel abultar de los pómulos que la horrorizaba haciéndola pensar en la +calavera que llevaba debajo del pellejo pálido y empañado, aquel desgano +tenaz, aquellos insomnios, aquellos mareos, aquellas irregularidades +aterradoras de los fenómenos periódicos de su sexo, eran otros tantos +crímenes que debían atormentar con feroces remordimientos la conciencia +del mísero Bonifacio. «¿No lo comprendía él así?». No. Su imaginación no +llegaba tan lejos como quería su mujer. Él no pasaba de confesar que +había sido un ingrato para con D. Diego dejándose robar por su hija. De +todo lo demás no tenía él la culpa, sino Emma o el diablo, que se +complacía en que él no tuviese hijos, ni su mujer las necesarias +condiciones para ser como todas las hembras. En cuanto se quedaban solos +en la habitación de la enferma, ella cerraba la puerta con estrépito, y +acto continuo se oía la voz chillona, estridente, que gastaba las pocas +fuerzas de la anémica en una catilinaria de cuya elocuencia y facundia +no era posible dudar. La disputa, si a estas verrinas se les podía dar +tal nombre, solía comenzar por una consulta médica. + +--Me sucede esto--decía ella--, y hablaba de sus irregularidades íntimas; +¿qué te parece que será? ¿Qué debo hacer? ¿Continuaré con tal +medicamento o tendré que suspenderlo? + +Bonifacio palidecía, la saliva se le convertía en cola de pegar... ¿Qué +sabía él? Compadecía a su esposa (por supuesto, mucho menos que a sí +mismo), pero no sabía ni podía saber lo que la convenía; es más, ni +siquiera tenía una idea exacta de los males de que ella se quejaba; +estaba seguro de que tenían cierta gravedad y de que eran origen de la +propia desesperación, porque le cerraban la esperanza de ser padre, de +tener hijos legítimos; pero de medicamentos y pronósticos ¿qué podía +decir él? Nada; y se echaba a temblar pensando en los oscuros fenómenos +patológicos de que ella le hablaba, y barruntando la tormenta que traía +aparejada su ignorancia del caso. + +--Mujer, yo no puedo decirte... yo no entiendo... llamaremos al médico.... + +--¡Eso es, al médico! ¡Para estas cosas al médico! Ya que tú no tienes +pudor, déjame a mí tenerlo. Estas son intimidades del matrimonio: al +médico no se debe recurrir sino en el último apuro.... Tú debieras saber, +tú debieras afanarte por averiguar lo que me conviene; aunque no fuera +por cariño, por pudor, por vergüenza; y si no tienes vergüenza, por +remordimientos, por.... + +Ya se ha indicado que la facundia de Emma, llegados estos momentos, no +tenía límites. + +Un día, en que a ella se le antojó que tenía una inflamación del +hígado... en el bazo, fue en busca de su esposo y le encontró en su +alcoba tocando la flauta. Su indignación no encontró palabras; allí no +había elocuencia posible, a no ser la del silencio... y la de los +hechos. «Ella muriendo de un _ataque al hígado_ y él... ¡tocando la +flauta!». Aquello merecía testigos, y los tuvo. Acudieron a la citación +de Emma D. Juan Nepomuceno, Sebastián y otros dos primos. La indignación +cundió por todos los presentes. El delito era flagrante: la flauta +estaba allí, sobre la mesa, y el hígado de Emma en su sitio, pero hecho +una laceria. Bonifacio, que a pesar de todo quería a su mujer más que +todos los tíos y primos, olvidando el propio crimen, quiso enterarse del +mal que padecía la víctima; a duras penas pudo conseguir que Emma, +tendida en un sofá y ahogando los sollozos, señalase con una mano en el +lado izquierdo la región del bazo. + +--Pero, hija... se atrevió a decir, si eso... no es el hígado. El hígado +está al otro lado. + +--¡Miserable!--gritó la esposa--. ¿Todavía te atreves a hablar? ¿No dices +que tú no eres médico? ¿Que tú no entiendes de eso? Y ahora por +contradecirme.... + +D. Juan Nepomuceno, amante de toda verdad, como no fuera del orden +aritmético, en el cual prefería las lucubraciones de la fantasía, +declaró, con la mano sobre la conciencia, que en aquella ocasión ¡_rara +avis_! (dijo) Bonifacio tenía de su parte la razón; que el hígado estaba +al otro lado, en efecto. + +--No importa--dijo Sebastián--; puede ser un dolor reflejo. + +--¿Y qué es eso? + +--No lo sé; pero me consta que los hay. + +No era tal cosa; era un dolorcillo reumático ambulante; pocos momentos +después lo sintió Emma en la espalda. Resultó, en fin, que no era nada; +pero siempre sería cierta una cosa: que Bonifacio estaba tocando la +flauta en el instante en que su esposa se creía a las puertas del +sepulcro. + +No dormían juntos, sino en habitaciones muy distantes; pero el marido, +en cuanto se levantaba, que no era tarde, tenía la obligación de correr +a la alcoba de su mujer a cuidarla, a preparárselo todo, porque la +criada tenía irremediable torpeza en las manos; y en esta parte Emma +hacía a su Bonifacio la justicia de reconocerle buena maña y dedos de +cera. Rompía mucha loza y cristal, y buenas reprimendas le costaba; pero +tenía dotes de enfermero y de ayuda de cámara. Y también reconocía ella +de buen grado, y pensando a veces en pasadas ilusiones, que a pesar de +ser tan hábil en aquellos manejos, su marido no era afeminado de figura +ni de gestos; era suave, algo felino, podría decirse untuoso, pero todo +en forma varonil. Aquel plegarse a todos los oficios íntimos de alcoba, +a todas las complicaciones del capricho de la enferma, de las +voluptuosidades tristes y tiernas de la convalecencia, parecían en +Bonifacio, por lo que toca al aspecto material, no las aptitudes +naturales de un hermafrodita beato o cominero, sino la romántica +exageración de un amor quijotesco, aplicado a las menudencias de la +intimidad conyugal. + +Emma seguía sintiéndose orgullosa del _físico_ de su Bonis, como llamaba a +Reyes; y al verle ir y venir por la alcoba, siempre de agradable y noble +catadura a pesar de los oficios humildes en que allí se empleaba, +experimentaba la alegría íntima de la vanidad satisfecha. Mas antes la +harían pedazos que dejase traslucir semejantes afectos, y cuanto más +guapo, más esclavo quería al mísero escribiente de D. Diego, más +humillado cuanto más airoso en su humillación. Reñir a Bonifacio llegó a +ser su único consuelo; no pudo prescindir ni de sus cuidados ni de +pagárselos con chillerías y malos modos. ¿Qué duda cabía que su Bonis +había nacido para sufrirla y para cuidarla? + +Sus pocos momentos de buen humor relativo los gastaba Emma en cultivar +los resabios de sus pretéritas coqueterías; todavía pretendía parecer +bien a los parientes a quienes un día desdeñara; un poco de romanticismo +puramente fantástico, alambicado, enfermizo, era lo único que, en +presencia de los Valcárcel, y sólo entonces, revelaba la existencia de +un espíritu dentro de aquella flaca criatura pálida y arrugada: lo demás +del tiempo, casi todo el día, parecía un animal rabiando, con el +instinto de ir a morder siempre en el mismo sitio, en el ánimo apocado y +calmoso del suave cónyuge. + +Bonifacio no era cobarde; pero amaba la paz sobre todo; lo que le daba +mayor tormento en las injustas lucubraciones bilioso-nerviosas de su +mujer, era el ruido. + +«Si todo eso me lo dijera por escrito, como hacía D. Diego cuando +insultaba a la parte contraria o al inferior en papel sellado, yo mismo +lo firmaría sin inconveniente». Las voces, los gritos, eran los que le +llegaban al alma, no los _conceptos_, como él decía. + +Había temporadas en que, después de los ordinarios servicios de la +alcoba, para los que era irreemplazable el marido, Emma declaraba que no +podía verlo delante, que el mayor favor que podía hacerla era marcharse, +y no volver hasta la hora de tal o cual faena de la incumbencia +exclusiva de Bonifacio. Entonces él veía el cielo abierto, tomando la +puerta de la calle. + + + + +-IV- + + +Se iba a una tienda. Tenía tres o cuatro tertulias favoritas alrededor +de sendos mostradores. Repartía el tiempo libre entre la botica de la +Plaza, la librería Nueva, que alquilaba libros, y el comercio de paños +de los Porches, propiedad de la viuda de Cascos. En este último +establecimiento era donde encontraba su espíritu más eficaz consuelo; un +verdadero bálsamo en forma de silencio perezoso y de recuerdos tiernos. +Por la tienda de Cascos había pasado todo el romanticismo provinciano +del año cuarenta al cincuenta. Es de notar que en el pueblo de +Bonifacio, como en otros muchos de los de su orden, se entendía por +romanticismo leer muchas novelas, fuesen de quien fuesen, recitar versos +de Zorrilla y del duque de Rivas, de Larrañaga y de D. Heriberto García +de Quevedo (salvo error), y representar _El Trovador_ y _El Paje_, +_Zoraida_ y otros dramas donde solía aparecer el moro entregado a un +lirismo llorón, desenvuelto en endecasílabos del más lacrimoso efecto: + + ¿Es verdad, Almanzor, mis tiernos brazos te vuelven a estrechar? + ¡Pluguiera al cielo!, etc. + +decía Bonifacio y decían todos los de su tiempo con una melopea pegajosa +y simpática, algo parecida a canto de nodriza. Y decían también, esto +con más energía: + + ¡Boabdil, Boabdil, levántate y despierta!... etc. + +Esta era la mejor y más sana parte de lo que se entendía por +romanticismo. Su complemento consistía en aplicar a las costumbres algo +de lo que se leía, y, sobre todo, en tener pasiones fuertes, capaces de +llevar a cabo los más extremados proyectos. Todas aquellas pasiones +venían a parar en una sola, el amor; porque las otras, tales como la +ambición desmedida, la aspiración a algo desconocido, la profunda +misantropía, o eran cosa vaga y aburrida a la larga, o tenían escaso +campo para su aplicación en el pueblo; de modo que el romanticismo +práctico venía a resolverse en amor con acompañamiento de guitarra y de +periódicos manuscritos que corrían de mano en mano, llenos de versos +sentimentales. ¡Lástima grande que este lirismo sincero fuera las más +veces acompañado de sátiras ruines en que unos poetas a otros se +enmendaban el vocablo, dejando ver que la envidia es compatible con el +idealismo más exagerado! En cuanto al amor romántico, si bien comenzaba +en la forma más pura y conceptuosa, solía degenerar en afecto clásico; +porque, a decir la verdad, la imaginación de aquellos soñadores era +mucho menos fuerte y constante que la natural robustez de los +temperamentos, ricos de sangre por lo común; y el ciego rapaz, que nunca +fue romántico, hacía de las suyas como en los tiempos del Renacimiento y +del mismo clasicismo, y como en todos los tiempos; y, _en suma_, según +confesión de todos los tertulios de la tienda de Cascos, la moralidad +pública jamás había dejado tanto que desear como en los benditos años +románticos; los adulterios menudeaban entonces; los Tenorios, un tanto +averiados, que quedaban en la ciudad, en aquella época habían hecho su +agosto; y en cuanto a jóvenes solteras y _de buena familia_, se sabía de +muchas que se habían escapado por un balcón, o por la puerta, con un +amante; o sin escaparse se habían encontrado encinta sin que mediara +ningún sacramento. La tertulia de Cascos y la tienda de los Porches +habían sido, respectivamente, ocasión y teatro de muchas de aquellas +aventuras, que se envolvían en un picante misterio y después venían a +ser pasto de una murmuración misteriosa también y no menos picante. +Aunque en nombre de la religión y de la moral se condenasen tales +excesos, no cabe negar que en los mismos que murmuraban y censuraban +(tal vez cómplices, por amor al arte, de tales extremos) se adivinaba +una recóndita admiración, algo parecida a la que inspiraban los poetas +en boga, o los buenos cómicos, o los cantantes italianos--buenos o +malos--o los guitarristas excelentes. Aquel romanticismo representado en +la sociedad (entonces todavía no se había inventado eso de hablar tanto +de la realidad) era como un grado superior en la común creencia +estética. En cambio, si los antiguos partidarios del _clair de lune_ de la +tienda de paños tenían que declarar la inferioridad moral--relativamente +al sexto mandamiento no más--de aquellos tiempos, recababan para ellos el +mérito de las buenas formas, del eufemismo en el lenguaje; y así, todo +se decía con rodeos, con frases opacas; y al hablar de amores de +ilegales consecuencias se decía: «Fulano obsequia a Fulana», v. gr. De +todas suertes, la vida era mucho más divertida entonces, la juventud más +fogosa, las mujeres más sensibles. Y al pensar en esto suspiraban los de +la tienda de Cascos; de Cascos, que había muerto dejando a la viuda la +herencia de los paños, de la clientela y de los tertulios ex románticos, +ya todos demasiado entrados en años y en cuidados, y muchos en grasa, +para pensar en sensiblerías trascendentales. Pero no importaba; se +seguía suspirando, y muchos de aquellos silencios prolongados que +solemnizaban la ya imponente oscuridad de la tienda con aspecto de +cueva; muchos de aquellos silencios que tanto agradaban a Reyes, estaban +consagrados a los recuerdos del año cuarenta y tantos. La viuda, señora +respetable de cincuenta noviembres, tal vez había amado y se había +dejado amar por uno de aquellos asiduos tertulios, un D. Críspulo +Crespo, relator, funcionario probo y activo e inteligente, de muy mal +genio; sí, se habían amado, aunque sin ofensa mayor de Cascos; y en +opinión de los amigos, seguían amándose; pero todos respetaban aquella +pasión recóndita e inveterada; rara vez se aludía a ella, y se la tenía +por único recuerdo vivo de tiempos mejores; y el respeto a tal documento +póstumo del muerto romanticismo se mostraba tan sólo en dejar +invariablemente un puesto privilegiado, dentro del mostrador, para D. +Críspulo. + +Bonifacio, que había sido uno de los más distinguidos epígonos de aquel +romanticismo al pormenor, ya moribundo, se sentía bien quisto en la +tertulia y se acogía a su seno, tibio como el de una madre. + +Una tarde que Emma le arrojó de su alcoba por haber confundido los +ingredientes de una cataplasma--¡caso raro!--, Bonifacio entró en la +tienda de paños más predispuesto que nunca a la voluptuosidad de los +recuerdos. Don Críspulo estaba en su asiento privilegiado. La viuda +hacía calceta enfrente del relator. Ambos callaban. Los demás ex +románticos, entre toses y largos intervalos de silencio que parecían +parte del ceremonial de un rito misterioso, soñoliento, hablaban en la +semioscuridad gris, fuera del mostrador, y repasaban sus comunes +recuerdos. ¿Quién vivía en aquella plaza que tenían delante, el año +cuarenta? El habilitado del clero, allí presente, hombre de prodigiosa +memoria, recordaba uno por uno los inquilinos de todos aquellos +edificios tristes y sucios, grandes caserones de dos pisos. «Las de +Gumía habían muerto en la Habana, donde era el año cuarenta y seis +magistrado el marido de la mayor; en el piso segundo de la casa grande +de Gumía habitaba el secretario del Gobierno civil, que se llamaba +Escandón, era gallego, muy buen poeta, y se había suicidado en Zamora +años después, porque siendo tesorero se le había hecho responsable de un +desfalco debido al contador. En el número cinco vivían los de Castrillo, +cinco hermanos y cinco hermanas, que tenían tertulia y comedias caseras; +la casa de Castrillo era uno de los focos del romanticismo del pueblo; +allí se escribía el periódico anónimo y clandestino, que después se +metía por debajo de las puertas. Perico Castrillo había sido un +talentazo, sólo que entre las mujeres y la bebida le perdieron, y murió +loco en el hospital de Valladolid. Antonio Castrillo había sido el mejor +jugador de tresillo de la provincia, después se había ido a jugar a +Madrid, y allí se agenció de modo, siempre jugando al tresillo, que se +hizo un nombre en la política y fue subsecretario en tiempo de Istúriz. +Pero este y los demás Castrillos habían muerto tísicos. En cuanto a +ellas, se habían dispersado, mal casadas tres, monja una y perdida la +otra por un seductor del provincial de Logroño, el capitán Suero». + +Al llegar a la casa número nueve el habilitado del clero suspiró con +gran aparato. + +--Ahí... todos ustedes recuerdan quién vivía el año cuarenta.... + +--La _Tiplona_, dijeron unos. + +--La _Merlatti_, exclamaron otros. + +La _Tiplona_, la _Merlatti_ había sido el microcosmos del romanticismo +músico del pueblo. Era una tiple italiana que aquellos provincianos +hubieran echado a reñir con la Grissi, con la Malibrán, sin necesidad de +haber oído a estas. No concedían aquellos señores formales que en este +mundo se hubiera oído cosa mejor que la Merlatti... ¡Y qué carnes! ¡Y +qué trato! Era más alta que cualquiera de los presentes, blanca como la +nieve, suave como la manteca y de una musculatura tan exuberante como +bien contorneada; montaba a la inglesa, tiraba la pistola, y había +abofeteado en medio del paseo a la _Tiplona_, su rival la Volpucci, que +también tenía sus aficionados. Esta era delgada, flexible como un mimbre +y lucía más que la _Tiplona_ en las _fioriture_; pero como voz y como +carnes y buena presencia, no había comparación. La _Tiplona_ había +vencido, y había vuelto a la ciudad en varias temporadas, y por último se +había casado con un coronel retirado, dueño de aquella casa de la plaza +del teatro, el coronel Cerecedo; y allí había vivido años y años dando +conciertos caseros y admirada y querida del pueblo filarmónico, +agradecido y enamorado de los encantos, cada vez más ostentosos, de la +ex tiple. Y ¡quién lo dijera!, también había muerto tísica, después de +un mal parto. ¡La _Tiplona_! El que más y el que menos de aquellos señores +la había amado en secreto o paladinamente, y el mismo Bonifacio, muy +joven entonces, tenía que confesarse que su afición a la ópera seria +había crecido escuchando a aquella real moza, que enseñaba aquella +blanquísima pechuga, un pie pequeño, primorosamente calzado, y unos +dientes de perlas. + +El habilitado del clero siguió pasando revista a los inquilinos del año +cuarenta; de aquella enumeración melancólica de muertos y ausentes salía +un tufillo de ruina y de cementerio; oyéndole parecía que se mascaba el +polvo de un derribo y que se revolvían los huesos de la fosa común, todo +a un tiempo. Suicidios, tisis, quiebras, fugas, enterramientos en vida, +pasaban como por una rueda de tormento por aquellos dientes podridos y +separados, que tocaban a muerto con una indiferencia sacristanesca que +daba espanto. El vejete terminó su historia al por menor con los ojos +encendidos de orgullo. ¡Qué memoria la suya!, pensaba él. ¡Qué mundo +este!, pensaban los demás. + +A Bonifacio aquella narración le había hecho recordar el espectáculo +tristísimo de las ruinas de la casa donde él había nacido; sí, él había +visto desprenderse las paredes pintadas de amarillo y otras cubiertas de +papel de ramos verdes; él había visto como en un plano vertical la +chimenea despedazada, al amor de cuya lumbre su madre le había dormido +con maravillosos cuentos; allá arriba, en un tercer piso... sin piso, +quedaba de todo aquel calor del hogar el hueco de una hornilla en una +medianería agrietada, sucia y polvorienta. ¡Al aire libre, siempre +expuesta a las miradas indiferentes del público, estaba la alcoba en que +había muerto su padre! Sí; él había visto en lo alto los restos +miserables, la pared manchada por las expectoraciones del enfermo, las +señales del hierro de la cama humilde en la grasa de aquella pared.... +¿Qué quedaba de toda aquella vivienda, de aquella familia pobre, pero +feliz por el cariño? Quedaba él, un aficionado a la flauta, en poder de +su Emma, una furia, sí, una furia, no había para qué negárselo a sí +mismo. La casa había desaparecido; aquellas ruinas de su hogar habían +estado siendo el escándalo de la gacetilla urbana. «¿Pero cuándo se +derriba la inmunda fachada de la esquina asquerosa de la calle del +Mercado?». Esto había gritado la prensa local meses y meses, y al fin el +Municipio había aplicado la piqueta de _doña Urbana_, como decía el +periódico, a los últimos restos de tantos recuerdos sagrados. ¿Y él +mismo, pensaba Bonifacio, qué era más que un esquinazo, una ruina +asquerosa que estaba molestando a toda una familia linajuda con su +insistencia en vivir, y ser, por una aberración lamentable, el marido de +su mujer? Todas aquellas ideas tristes y humillantes las había +despertado en su espíritu el diablo del habilitado con aquella _ojeada +retrospectiva_ al año cuarenta. ¡La historia! ¡Oh!, la historia en las +óperas era una cosa muy divertida... _Semíramis_, _Nabucodonosor_, _Las +Cruzadas_, _Atila_... magnífico todo... pero las de Gumía, las de +Castrillo... tanta muerte, tanta vergüenza, tanta dispersión y +podredumbre... esto _encogía el ánimo_. Por fortuna la conversación volvió +a la _Tiplona_, y con motivo de esto se recordó las óperas que se +cantaban entonces y las que se cantaban ahora en comparación con +aquellas. La verdad era que ahora no se cantaban óperas en el pueblo, +pues casi hacía ocho años que no parecía por allí un mal cuarteto. +Entonces el habilitado, que tanto había entristecido al concurso, se +dignó dar una noticia de actualidad, contra su costumbre. Su costumbre +era despreciar _altamente_ todos los sucesos próximos, pasados o futuros, +que no exigían, para ser referidos o inducidos, gran retentiva, como él +llamaba a la memoria. Con aire displicente dijo el buen hombre: + +--Pues ópera la van ustedes a tener ahora, y buena; porque me ha dicho el +alcalde que han pedido el teatro desde León el famoso Mochi y la +Gorgheggi. + +--¡La Gorgheggi!--gritaron a una los presentes. + +Y hasta el relator hizo un movimiento de sorpresa en su silla, metido en +la sombra, y la viuda de Cascos le miró y suspiró discretamente. + +Ocho días después estaban en el pueblo el tenor Mochi, famoso en todos +los teatros de provincia del reino, y su protegida y discípula la +Gorgheggi. Cantaron _La Extranjera_ la primera noche, y aunque el diario +más filarmónico de la capital «no se atrevió a emitir juicio por una +sola audición», el público, menos circunspecto (verdad es también que +con menos responsabilidad ante la historia del arte), se entusiasmó +desde luego y juró en masa que «desde la _Tiplona_ acá no se había oído +prodigio por el estilo. La Gorgheggi era un ruiseñor; y además, ¡qué +guapa, qué amable, qué atenta con el público, qué agradecida a los +aplausos!». Sí que era guapa; era una inglesa traducida por su amigo +Mochi al italiano, dulce y de movimientos suaves, de ojos claros y +serenos, blanca y fuerte; tenía una frente de puras líneas, que lucía +modestamente, con un peinado original, en que el cabello, de castaño +claro y en ondas, servía de marco sencillo a aquella blancura pálida, en +que, hasta de día, como pensaba Bonifacio, parecía haber reflejos de la +luna. Bonifacio vio dos actos de _La Extranjera_ la noche del estreno, y +con un supremo esfuerzo de la voluntad se arrancó de las garras de la +tentación y volvió al lado de su esposa, de su Emma, que, amarillenta y +desencajada y toda la cabeza en greñas, daba gritos en su alcoba porque +su esposo la abandonaba, acudiendo tarde, muy tarde, media hora después +de la señalada, a darle unas friegas sin las cuales pensaba ella que se +moría en pocos minutos. Llegó Reyes, dio las friegas con gran ahínco, en +silencio, oyendo resignado los gritos, mezclados de improperios, de su +mujer, y pensando en la frente y en la voz de la Gorgheggi y en el final +de _La Extranjera_, que estarían entonces cantando. + +Y se acostó Bonifacio, discurriendo: «¡Sí, es muy hermosa, pero lo mejor +que tiene es la frente; no sé lo que dice a mi corazón aquella curva +suave, aquella onda dulce!... Y la voz es una voz... maternal; canta con +la coquetería que podría emplear una madre para dormir a su hijo en sus +brazos: parece que nos arrulla a todos, que nos adormece... es... aunque +parezca un disparate, una voz honrada, una voz de ama de su casa que +canta muy bien: aquella _pastosidad_, como dice el relator, debe de ser la +que a mí me parece timbre de bondad; así debieran cantar las mujeres +hacendosas mientras cosen la ropa o cuidan a un convaleciente... ¡qué sé +yo!, aquella voz me recuerda la de mi madre... que no cantaba nunca. +¡Qué disparates! Sí, disparates para dichos, pero no para pensados.... En +fin, ¿qué tengo yo que ver con ella? Nada. Probablemente Emma no me +dejará volver al teatro...». Y se durmió pensando en la frente y en la +voz de la Gorgheggi. + +Al día siguiente, a las doce de la mañana había ensayo, y allí estaba +Bonifacio, más muerto que vivo, barruntando la escena que le preparaba, +de fijo, su mujer, a la vuelta. Se había escapado de casa. Y tenía que +confesarse que el placer de estar allí era mayor, por lo mismo que era +un acto de rebeldía su presencia en tal sitio. + +Los ensayos siempre habían sido el encanto de Reyes. No se explicaba él +bien por qué los prefería a las funciones más solemnes y magníficas. A +su manera, venía a pensar esto: «El teatro verdadero, el teatro por +dentro, era el del ensayo; a Reyes no le gustaba la ficción en nada, ni +en el arte; decía él que los tenores y tiples no debían cantar delante +de las candilejas, entre árboles de lienzo y vestidos de percal ante un +público distraído y en una sala estrecha donde el aire era veneno; los +tenores y tiples debían andar, como los ruiseñores o las sirenas, +esparcidos por los bosques repuestos y escondidos, o por las islas +misteriosas, y soltar al aire sus trinos y gorjeos en la clara noche de +luna, al compás de las melancólicas olas que batían en la playa, y de +las ramas de la selva que mecía la brisa...». Bueno; pero ya que esto no +podía ser, Bonifacio prefería oír a los cantantes en el ensayo. Porque +allí veía al _artista_ tal como era, no como tenía que fingir que era. Por +un instinto de buen gusto, de que él no podía darse cuenta, lo que +aborrecía en las representaciones públicas era la mala escuela de +declamación, la falsedad de actitudes, trajes, gestos, etc., etc., de +los cómicos que iban por aquel pobre teatro de provincia. En el ensayo +no veía un Nabucodonosor que parecía el rey de bastos, ni un _Atila_ +semejante a un cabrero, sino un caballero particular que cantaba bien y +estaba preocupado de veras con sus cosas, verbigracia, la mala paga, el +mal tiempo que le tomaba la voz, o el correo que le traía malas +noticias. Bonifacio amaba el arte por el artista, admiraba a aquella +gente que recorría el mundo sin estar jamás seguros del pan de mañana, +preocupados con los propios y los ajenos gorgoritos.--¡Cómo hay +valiente--pensaba él--, que se decida a fiar su existencia del fagot, o +del cornetín o del violoncello, verbigracia, o de una voz de bajo +segundo, con veinte reales diarios, que es lo más bajo que se puede +cantar! Yo, por ejemplo, sería un flauta pasable, pero ¡por cuanto hay +no me atrevería a escaparme de casa y a ir por esos mundos hasta Rusia, +tapando huecos en una orquesta! Acaso a mi dignidad y a mi independencia +les estuviera mejor emprender esa carrera; pero ¡antes me tiro al agua! +El azar... lo imprevisto... el pan dudoso, ¡qué miedo! Y por lo mismo +que él se creía incapaz de ser _artista_, en el sentido de echar a correr +sin más que la flauta, por lo mismo admiraba más y más a aquellos +hombres, que eran indudablemente de otra madera. + +Ya la cualidad de extranjero, y aun la menos extraordinaria de +forastero, era para Bonifacio muy recomendable; no ser de su pueblo, de +aquel pueblo mezquino donde habían nacido él y su mujer, constituía una +ventaja; ser de muy lejos era una maravilla.... El mundo... el resto del +mundo ¡debía de ser tan hermoso! Lo que él conocía era tan feo, tan poca +cosa, que las bellezas que había soñado y de que hablaban los versos y +los libros de aventuras, deberían de estar, de fijo, en todos esos +lugares desconocidos.... En Méjico había visto poco bueno; pero al fin +Méjico había sido colonia española, y se le había pegado la pequeñez de +por acá. El verdadero _extranjero_ era otro. Y de este venían los +artistas, los cantantes.... Ser italiano, ser artista... ser músico, esto +era miel sobre hojuelas y néctar sobre la miel. Y cuando el extranjero, +el artista, el músico... era hembra, entonces el respeto y admiración de +Bonifacio llegaban a ser religión, idolatría.... Por todo lo cual, y por +lo antes apuntado, prefería con mucho ver a los cómicos tal como eran, a +verlos pintados de reyes o de sacerdotisas respectivamente. En el +ensayo, en el ensayo era donde se conocía al artista.... + +Entró en el palco proscenio, a que estaban abonados desde tiempo +inmemorial sus amigos de la tienda de Cascos; era el más bajo de los +_claros_, que así se llamaba entonces a los que después se denominó +plateas, y tenía, por ser de proscenio y estar medio escondido por una +pared maestra, el apodo vulgar de faltriquera (años adelante bolsa). No +había nadie en el palco. Reyes abrió la puerta, procurando evitar el +menor ruido. Para él era el teatro el templo del arte, y la música una +religión. Se sentó con movimientos de gato silencioso y cachazudo; apoyó +los codos en el antepecho y procuró distinguir los bultos que como +sombras en la penumbra cruzaban por el oscuro escenario. No había +entonces baterías de gas y no podía llevarse la luz por delgados tubos, +como años adelante se vio allí mismo, a una altura discrecional; las +humildes candilejas alumbraban lo poco que podían, desde el tablado, +como estrellas... de aceite, caídas. A la derecha del actor (así pensaba +Reyes), alrededor de una mesa alumbrada apenas por un quinqué de luz +triste, había un grupo de sombras que poco a poco fue distinguiendo. +Eran el director de escena, el apuntador, un traspunte y un hombre gordo +y pequeño, de panza extraordinaria, vestido con suma corrección, muy +blanco, muy _distinguido en sus modales_; era el _signor_ Mochi, empresario +y tenor primero... y último de la Compañía. Otros grupos taciturnos +vagaban por el foro, eran los coristas: el cuerpo de _señoras_ estaba +sentado en corro a la izquierda. Donde quiera que se juntaban aquellas +damas pálidas y mal vestidas tendían, por la fuerza de la costumbre, a +formar arcos de círculo, semicírculos y círculos según las +circunstancias. + +Reyes había leído la _Odisea_ en castellano y recordaba la interesante +visita de Ulises a los infiernos; aquella vida opaca, subterránea del +Erebo, donde opinaba él que tanto debían de aburrirse las almas de los +que fueron, se le representaba ahora al ver a los tristes cómicos, +silenciosos y vagabundos, cruzar el escenario oscuro, como espectros. Ya +sabía él que otras veces reinaba allí la alegría, que aquello iría +animándose; pero había siempre en los ensayos cuartos de hora tristes. +Cuando al _artista_ no le anima esa especie de alcohol espiritual del +entusiasmo estético, se le ve caer en un marasmo parecido al que abruma +a los desventurados esclavos del hachís y del opio.... Reyes había hecho +a su modo un profundo estudio psicológico de los pobres tenores ex +notables que venían a su pueblo averiados, como barcos viejos que buscan +una orilla donde morir tranquilos, acostados sobre la arena; también +sabía mucho de tiples de tercer orden que pretendían pasar por +estrellas: aunque era muy joven todavía cuando había tenido ocasión de +hacer observaciones, la reflexión serena le había ayudado no poco. +Observaba compadeciendo, y compadecía admirando, de modo que el análisis +llegaba verdaderamente al alma de las cosas. Lo que él no veía era el +lado malo de los artistas. Todo lo poetizaba en ellos. Los contrastes +fuertes y picantes de sus ensueños de gloria y de su vida de bastidores +con la mezquina prosa de una existencia difícil, llena de los roces +ásperos con la necesidad y la miseria, le parecían a Reyes motivos de +poética piedad y daban una aureola de martirio a sus ídolos. + +Aquel día procuró, como siempre, atraer hacia sí la atención de _las +partes_ (el tenor, la tiple, el barítono, el bajo y la contralto), y esto +solía conseguirlo sonriendo discretamente cuando algún cantante le +miraba por casualidad después de _atacar con valentía_ una nota, o de +hacer cualquier primor de garganta, o también después de decir un +chiste. + +Mochi, el tenor bajo y gordo, era como una ardilla y hablaba más que un +sacamuelas, pero en italiano cerrado, y con suma elegancia en los +modales. Hablaba con el maestro director que se reía siempre, y Reyes, +que no entendía a Mochi, pero que creía adivinarle, sonreía también. +Como no había nadie más que él en calidad de mero espectador del ensayo, +el tenor no tardó en notar su presencia y sus sonrisas, y al poco rato +ya le consagraba a él, a Reyes, todos sus _concetti_. Tanto se lo +agradeció Bonifacio, que al tiempo de levantarse para salir del palco +deliberó consigo mismo si debía saludar al tenor con una ligera +inclinación de cabeza. Miró Mochi a Reyes... y Reyes, poniéndose muy +colorado, sacudió su hermosa cabellera con movimientos de maniquí, y se +fue a su casa... impregnado del ideal. + + + + +-V- + + +Por la noche Emma le echó del seno del hogar por algunas horas, y +Bonifacio volvió al ensayo. Ahora no estaba sólo en calidad de público; +en todas las _faltriqueras_ había abonados, y en la de los tertulios de +Cascos se destacaba la respetable personalidad del Gobernador militar, +que honraba a aquellos señores aceptando un asiento en lo oscuro. Reyes +se sentó en primera fila, y en cuanto Mochi miró hacia el palco, le +saludó con el sombrero. No contestó el tenor por lo pronto, lo cual +desconcertó al buen aficionado, principalmente por lo que pensarían sus +amigos; mas ¡oh gloria inmortal, oh momento inolvidable!, al lado de +Mochi, frente a la cáscara del apuntador, había una mujer, una señora, +con capota de terciopelo, debajo de la cual asomaban olas de cabello +castaño claro y fino; y aquella mujer, aquella señora que había notado +el saludo de Reyes, tocó familiarmente con una mano enguantada en un +hombro del tenor, y le debió de decir: + +--En aquel palco te han saludado. + +Ello fue que Mochi se volvió con rapidísimo gesto, vio a Reyes y se +deshizo en cortesías.... + +En el palco todos envidiaron aquello, hasta el _brigadier_ Gobernador +militar de la provincia; y más envidiaron la sonrisa con que la dama de +la capota se atrevió a acompañar el saludo de Mochi, muy satisfecha, al +parecer, de haberle advertido su distracción. + +Reyes encontró en sus ojos la mirada de la Gorgheggi--que no era otra la +dama--y muchas veces, muchas, pensando después en aquel momento solemne +de su vida, tuvo que confesarse que impresión más dulce ni tan fuerte no +la había experimentado en toda su juventud, tan romántica _por dentro_. + +«Una mirada así--se dijo en aquel instante--, sólo puede tenerla una +extranjera que sea además artista. ¡Qué modestia en el atrevimiento, qué +castidad en la osadía! ¡Qué inocente descaro, qué cándida +coquetería!...». + +De las sonrisas y los saludos poco se tardó en pasar a las buenas +palabras: Bonifacio y otros señores de su palco reían discretamente los +chistes con que Mochi se burlaba con disimulo de la orquesta, que era +indígena y desafinaba como ella sola; un lechuguino, que tenía fama de +hacer grandes y muy valiosas conquistas entre bastidores, se atrevió a +servir de intérprete, a su modo, entre el tenor y _un_ trompa a quien el +artista dirigió una cortés reprimenda en italiano. No era que el +lechuguino supiera mucho de la lengua del Dante, pero sí lo suficiente +para comprender que al hablar de _missure_, Mochi se refería a los +compases; mas los conocimientos lingüísticos del trompa no llegaban +allí. Poco después Bonifacio se arriesgó, poniéndose muy colorado, a +traducir otra observación humilde--esta de la Gorgheggi--al idioma del +trompa pertinaz, un hombre de tan mal genio como oído; la tiple había +hablado en español, había dicho «compás» como, de hablar, podría decirlo +un canario; pero el hombre del bronce no había querido entender tampoco; +la traducción de Bonifacio consistió en repetir a gritos las palabras de +la cantante, inclinándose desde el palco sobre la cabeza calva del +músico. + +--¡Mil gracias... oh... mil gracias!, había dicho la artista, +despidiendo, entre miradas y sonrisas, chispas de gloria para el corazón +de Reyes, que estuvo viendo candelillas un cuarto de hora. Le zumbaban +los oídos, y pensaba que si en aquel momento aquella mujer le proponía +escaparse juntos al fin del mundo, echaba a correr sin equipaje ni nada, +sin llevar siquiera las zapatillas; y eso que no concebía cómo hombre +nacido podía echarse por la mañana de la cama y calzarse las botas de +buenas a primeras. Siempre que leía aventuras de viajes lejanos, grandes +penalidades de náufragos, misioneros, conquistadores, etc., etc., lo que +más compadecía era la ausencia probable de las babuchas. + +Sin faltar a un solo ensayo, y yendo también al teatro todas las noches +de función en que podía robar algunas horas a sus quehaceres domésticos, +llegó Bonifacio a intimar con las partes, como él decía, de tal manera, +que los amigos de la tertulia de Cascos llegaron a suponerle en +relaciones amorosas con la Gorgheggi. + +--Yo les digo a ustedes que la obsequia--aseguraba el relator. + +--Yo sostengo que no la obsequia--decía el lechuguino, envidioso. + +La verdad era que la simpatía, y a los pocos días la más cordial +amistad, habían llegado a tal punto entre Mochi y Bonifacio, que el +tenor, después de tomar juntos café una tarde, no había vacilado en +pedir al _suo nuovo magià carissimo amico_, _duecento lire_, o sean +cuarenta duros en el lenguaje que entendía Reyes. Pidió el italiano con +tal sencillez y desenfado aquellos ochocientos reales, acto continuo de +haber contado una aventura napolitana que le había costado cerca de dos +mil duros, que Bonifacio tuvo que decirse: «Para este hombre cuarenta +duros son como para mí un cigarrillo de papel; me ha pedido esos cuartos +como quien pide lumbre para el cigarro; lo que le sobra a él, de fijo, +es dinero; pero no lo tiene aquí, en este momento; lo malo es que +tampoco lo tengo yo. Pero hay que buscarlo corriendo, no hay más +remedio. Si se lo doy, no me lo agradecerá, aunque bien sabe Dios que no +sé de dónde sacarlo; pero a él ¿qué? ¿Qué son ochocientos reales para +este hombre? En cambio, si no se los busco inmediatamente me +despreciará, me tendrá por un miserable... ¡Antes la muerte!». + +Colorado como un pimiento declaró el español que, por una casualidad que +lamentaba, no traía consigo aquella insignificante cantidad; pero que en +un periquete corría a su casa... que estaba muy cerca, y volvía con los +cuartos. + +Y echó a correr sin oír las palabras de Mochi que, por no molestarle, +renunciaba al préstamo. + +En efecto, la casa de Emma no estaba lejos; pero llegar a ella, entrar, +era más fácil que volver al teatro, al cuarto del tenor, con los +cuarenta duros. ¿De dónde iba a sacarlos el infeliz esclavo de su mujer? +¡Ay! ¡Con qué amargura contempló entonces, por la primera vez, su triste +dependencia, su pobreza absoluta! No era dueño ni de los pantalones que +tenía puestos, y eso que parecía que habían _nacido_ ajustados a sus +piernas; ¡tan bien le sentaban! No tenía dos reales que pudiera decir +que eran suyos. ¿Qué hacer? ¿Renunciar para siempre al ideal? Mochi le +aguardaba con aquellos ojos punzantes, risueños y maliciosos: sin el +dinero no se podía volver: detrás de Mochi estaba la Gorgheggi, su +discípula, su pupila. Bien; puesto que no tenía aquellos cuarenta duros +ni de donde sacarlos, como no robase los candelabros de plata que tenía +delante de los ojos, sobre la mesa del despacho (el despacho de D. +Diego, que seguía siendo _despacho_ sin adjudicación singular: el de don +Juan Nepomuceno, el de Emma, el de todos); como no tenía cuarenta duros +ni de donde le vinieran, renunciaría a su felicidad; no volvería a +presentarse ante los queridos amigos italianos, ante los artistas +sublimes, se sacrificaría en silencio; cualquier cosa menos volver allá +con las manos vacías.... + +En aquel momento D. Juan Nepomuceno se presentó en el despacho con un +saquito de dinero entre las manos; saludó a Reyes con solemnidad, y se +puso a contar pesos fuertes sobre la mesa; se trataba de la renta de la +Comuña, una casería que entregaba limpios todos los años cuatro mil +reales. Mientras don Juan, sin hacer caso del importuno, iba haciendo +pilas de pesos en correcta formación hasta el punto de recordar al pobre +_dilettante_ de todas las artes las ruinas de un templo griego, Reyes +pensaba: + +--Esas columnas argentinas debía formarlas yo: ¡yo debía ser el +administrador de los bienes de mi mujer! + +Una ola de dignidad retrospectiva le subió al rostro y le dio valor +suficiente para decir: + +--D. Juan, necesito mil reales. + +Años después, recordando aquel golpe de audacia, para el cual sólo el +amor podía haberle dado fuerzas, lo que más admiraba en su temeraria +empresa era el piquillo de su pretensión, los doscientos reales en que +su demanda había excedido a su necesidad. «¿Por qué pedí mil reales en +vez de ochocientos?». No se lo explicó nunca. + +D. Juan Nepomuceno miró, sin contestar, a su afín. ¡Mil reales! Aquel +mentecato se había vuelto loco. + +--Sí, señor, mil reales; y no hace falta que mi mujer sepa nada; yo se +los devolveré a usted mañana mismo; se trata de sacar de un apuro a un +amigo de la infancia... paga segura.... + +--Amigo de la infancia... paga segura.... No lo entiendo. + +Esto fue todo lo que dijo el tío administrador. ¿Cómo un amigo de la +infancia de aquel pelagatos podía ser paga segura? Esto quería dar a +entender, y Bonifacio, comprendiéndolo, rectificó: + +--De la infancia... precisamente... no... es uno de los amigos de la +viuda de Cascos.... + +Y se puso otra vez muy colorado. + +D. Juan clavó una mirada puntiaguda en los ojos claros... y turbados de +su afín; adivinó algo, echó sus cuentas en un segundo, y, tomando dos +montones de plata, se los puso entre los dedos al pasmado Reyes, sin +decir más que: + +--Tome usted; son mil justos. + +--Bueno, gracias. Mañana mismo.... + +--Eso... allá usted. + +--Y que Emma no sepa.... + +--Por ahora no hace falta que sepa nada. + +--¿Cómo por ahora? + +--Y si usted reintegra a la caja (así hablaba el tío) esa cantidad en +breve, no sabrá nada nunca. + +--Bien, bien; mañana mismo. + +Ni mañana, ni pasado, ni al otro. Mochi recibió sus doscientas liras, +como él las llamaba, con más expresivas muestras de agradecimiento que +esperaba su _nuovo amico_; pero de devolución no dijo nada. ¡Cuáles serían +las emociones que se amontonaron en el pecho del pobre flautista en +aquellos días, que durante algunos, ni siquiera pensó en la deuda ni en +la promesa de reintegrar a la caja aquellos cuartos, ni en el peligro de +que se enterase Emma de todo, ni siquiera en la existencia de +Nepomuceno! + +Con la generosidad de Reyes coincidió (pura coincidencia) la mayor +amabilidad de Serafina Gorgheggi. Por un privilegio, de que gozaban muy +pocos, a Bonifacio le consentía el empresario permanecer entre +bastidores durante la función. Solía colocarse el buen flautista muy +oportunamente, pero como al descuido, en las entradas y salidas por +donde él sabía, gracias a los ensayos y al traspunte, que tenía que +pasar la tiple. Serafina siempre se inmutaba al entrar en escena; él la +animaba con una sonrisa que ella parecía agradecerle con los ojos, +cariñosos, _maternales_, como pensaba el marido de Emma. Cuando salía de +la escena entre aplausos, por pocos que fueran, veía a Reyes que batía +palmas entusiasmado; entonces sonreía ella, inclinaba la cabeza +saludando y pasaba discretamente cerca del infeliz enamorado. ¡Qué +perfume el que dejaba tras de sí aquella mujer! Era un perfume +espiritual, según él; no se olía con las groseras narices, sino con el +alma. + +Aquella noche, la correspondiente al día del préstamo, Serafina tuvo una +ovación en el segundo acto, y salió de la escena por la puerta lateral +de una decoración cerrada de modo que los bastidores dejaban en una +especie de vestíbulo, cerrado también por todos lados, a Bonifacio, que +aguardaba allí como solía; para salir de aquella garita de lienzo, había +que levantar un cortinón pesado, que se usaba para el foro en otras +decoraciones. La Gorgheggi y su adorador se vieron un momento solos en +aquel escondite; ella, después de saludar y sonreír al galán como solía, +radiante ahora de justa satisfacción por los aplausos que aún resonaban +allá afuera, se turbó un punto, buscando con torpe mano el éxito de +aquella especie de trampa; y no lo encontró, como si anduviera ciega. + +No era Bonifacio hombre capaz de aprovechar ocasiones; pero como si lo +fuese y la hubiese aprovechado y se hubiera arrepentido de la demasía, +se echó a temblar también; y se puso a buscar la puerta y tampoco supo +levantar el tapiz pesado al primer intento. En estas maniobras, +tropezaron los dedos de uno y otro; pero como él no sabía qué decir y +ella lo comprendió así, la tiple, por hablar algo, dijo: + +--_Il Mochi m'ha detto_... Ah! siete un _galantuomo_... + +Y aludió vagamente, con delicadeza, al préstamo. + +Serafina, inglesa, hablaba italiano en los momentos solemnes, cuando +quería dar expresión de seriedad a sus palabras; ordinariamente +chapurraba español con disparates deliciosos. En inglés no hablaba más +que con Mochi. + +--Señorita... eso... no vale nada.... Entre amigos.... Ha estado usted +sublime... como siempre.... Es usted un ángel, Serafina. + +Sus palabras le enternecieron, le sonaron a una declaración; además, se +acordó de su mujer y del mal trato que le daba; ello fue que dos +lágrimas como puños, muy transparentes y tardas en resbalar, le saltaron +de los hermosos ojos claros; se quedó muy pálido y daba diente con +diente. + +--_Oh amico caro_!--dijo ella con dulcísima voz temblona--; _come siete +buono_... + +Y le cogió la mano que andaba tropezando en la cortina, y se la apretó +con franca cordialidad. + +--Serafina... yo no sé... lo que me hago... usted creerá... + +Ella no le contestó, encontró la salida, levantó el cortinón, y con una +mirada intensa, llena de caridad y protección, le dijo que la siguiera. +Pero Bonis no se atrevió a traducir la mirada, y no siguió a la tiple. +En cuanto quedó solo en aquel escondite, sintió que las piernas se le +hacían ajenas, cayó sentado sobre las tablas, casi perdió el sentido, y, +como entre sueños, oyó un silbido y voces y blasfemias que sonaban en lo +alto; cayó un telón a una cuarta de su cabeza, desaparecieron algunos +bastidores arrastrados, y Reyes se vio entre un corro de tramoyistas y +señoritas que gritaban: ¡Un herido... un herido!... ¡Un telón ha +derribado a un caballero! + +--¡Ah, el Sr. Reyes!... + +--¡Reyes herido!... + +--¡Una desgracia!... + +Antes que él pudiera desmentir la noticia, había llegado al cuarto de +Mochi y al de la Gorgheggi. + +Ambos acudieron a todo correr, asustados. Serafina se puso en primera +fila; y como Reyes, con el susto que le habían dado los que le rodearon, +y las emociones anteriores, y la vergüenza de confesar la verdad, no +acababa de hablar, por contuso se le tuvo, se le supuso víctima de un +vahído, pues tan pálido estaba, y las monísimas manos cuyo contacto de +poco antes aún sentía en la piel, las de la Gorgheggi, le aplicaron +esencias a las narices y le humedecieron las sienes. Un minuto después +se vio sentado en el confidente de raso azul que había en el tocador de +la tiple. Reyes se dejó compadecer, cuidar, mimar podría decirse, y no +tuvo valor para negar el accidente. ¿Cómo decir que se había caído al +suelo de gusto, de amor, no derribado por aquella decoración de monte +espeso? + +Serafina parecía adivinar la verdad en los ojos de su apasionado. Los +curiosos los dejaron solos a poco; Mochi no más entraba y salía, +felicitándose de que no hubiera habido una desgracia; y por fin se +marchó porque le llamaba el traspunte. La doncella de la Gorgheggi, que +era partiquina, tuvo que presentarse también en escena; la tiple no +cantaba hasta el final del acto. + +Para hacerle la operación peligrosa de la _declaración_, a lo que la +ardiente inglesa estaba resuelta, tuvo que cloroformizarle con miradas +eléctricas y emanaciones de su cuerpo, muy próximo al del paciente. +Reyes, en efecto, allá entre sueños, se dejó abrir el pecho, y habló sin +saber lo que decía, aturdido y hecho un mar de lágrimas. La Gorgheggi, +si hubiera sido más observadora, hubiera podido aprender en aquella +confesión de su adorador lo que eran los Valcárcel y adónde conducían +los matrimonios desiguales. Bonifacio en aquel estado no era responsable +de sus dichos ni de sus hechos; y así, no se le pudo llamar traidor al +pan que comía, aunque habló de Emma, la llamó por su nombre y tuvo que +quejarse de la vida que semejante mujer le daba; y aun aturdido y todo, +medio loco, no maltrató a su cónyuge; refirió los hechos tal como eran, +pero los comentarios fueron favorables a Emma; Serafina pudo oír que +aquella señora tenía gran talento, imaginación, un carácter enérgico de +hombre superior; hubiera sido un gran caudillo, un dictador; pero la +suerte quiso que no tuviese a quien dictar nada, a no ser a él, al pobre +escribiente de D. Diego Valcárcel. + +Ocho días pasaron sin que Mochi volviera a pedir dinero a Reyes. Durante +una semana se juzgó este el hombre más feliz del mundo, a pesar de que +jamás había experimentado hasta entonces tantos y tan graves apuros, +acompañados de insufribles remordimientos a ciertas horas. Fue en uno de +aquellos tormentosos días cuando pensó por vez primera en su vida que +una pasión fuerte todo lo avasalla, como había leído y oído mil veces +sin entenderlo. Se creía a veces un miserable, el más miserable de todos +los maridos ordinariamente dóciles; y, a ratos, se tenía por un héroe, +por un hombre digno de figurar en una novela en calidad de protagonista. + +De los cuarenta duros no había vuelto a acordarse Mochi, ni Reyes se +atrevió a pedírselos; mas todas las noches, pasados pocos días, los de +ceguedad completa para todo lo que no fuese el amor de la inglesa, al +volver a casa temblando por varios motivos, iba pensando en los mil +reales de la renta de la Comuña. + +«¿Pero cómo reclamar aquel dinero por cuyo préstamo su _ídolo_ le había +llamado galantuomo?». Por cierto que, cuando podía discurrir con alguna +tranquilidad, Bonifacio extrañaba un poco dos cosas: primera, pensaba +que Serafina estuviese enterada del favorcillo hecho a Mochi, a Julio, +se decía él; segunda, que ella hubiera dado a un servicio tan +insignificante tanto valor. «¿Habrá sido un pretexto para provocar mi +declaración? Eso debe de haber sido». Las cavilaciones de Reyes en este +punto no pasaron de ahí. + +A los ocho días de la _declaración_, cuando Julio se atrevió a pedirle +dinero otra vez a Bonifacio, los amores de este con la Gorgheggi no +habían pasado de los deliciosos preliminares que, por culpa del carácter +del varón que en ellos tenía interés, amenazaban prolongarse +indefinidamente. + +En cuanto al segundo préstamo, Bonifacio tuvo que confesarse a sí +mismo que lo había tomado por un escopetazo, y que este era el apelativo +que le había aplicado en sus adentros. + +Julio pidió cinco mil reales para pagar a un bajo profundo que estaba +mal con el público, porque aplaudían más al bajo cantante que a él, y +dejaba la Compañía por tesón... y, dicho fuera en secreto, por +exigencias de los abonados. No llegaba a cinco mil reales, ni con mucho, +lo que había que darle al bajo que se iba, pero... había que adelantarle +parte del sueldo a la _notabilidad_ que venía a sustituirle... en fin, +ello eran cinco mil reales: la Empresa no los tenía en aquel momento.... +pero la renovación del abono daría un resultado seguro y... eran habas +contadas. Y _él_, Mochi, sonreía con la tranquilidad comunicativa con que +sonríe el titiritero sano y forzudo que hace trabajar en lo alto de una +percha a un pobre niño dislocado, que en el programa se llama su hijo. +«Esa sonrisa--pensaba Reyes--, equivale a una hipoteca... pero no es +confianza lo que me falta a mí, sino dinero». + +No se le ocurrió pensar que negar aquel nuevo préstamo al tenor no era +desairar a la tiple: un secreto escozor, de que no quería hacer caso, le +decía siempre que entre los intereses de la Gorgheggi y los de su +maestro había una solidaridad misteriosa. «Negarle ese dinero a él era +negárselo a ella», se decía sin poder remediarlo. «Y yo a ella... en +estas circunstancias, no puedo negarle nada, ni siquiera lo que no +tengo». + +Pensó en D. Juan Nepomuceno, y hasta entró en casa una noche con el +propósito de pedirle cinco mil reales. «Sí, no cabía duda, hubiera sido +el colmo del heroísmo. Yo le he prometido a usted devolverle mil reales +a las veinticuatro horas de recibidos, ¿eh? ¿No es eso? Pues bien; aquí +me presento, a los ocho días, no a entregar esos cincuenta duros, sino a +pedir cinco veces otro tanto». ¡Absurdo! El colmo del heroísmo, sí; pero +absurdo. + +Y se acostó y apagó la luz, entregándose a sus remordimientos, que ya +iban siendo una costumbre casi necesaria para conciliar el sueño. Antes +de dormirse resolvió esto: que, sucediera lo que sucediera, él, +Bonifacio Reyes, no pediría ni un cuarto más al tío de su mujer. Pero +como había prometido llevar al teatro al día siguiente los cinco mil +reales, y lo había ofrecido con una petulancia que nunca se perdonaría, +sin titubear, como si lo que a él le sobrara fueran miles de reales; +como había que buscarlos, no decía encontrarlos, buscarlos sin falta, se +levantó temprano y se dirigió... a la plaza de la Constitución, lugar de +cita de todos los mozos de cuerda del pueblo. + +--¿Qué hago yo aquí?--se dijo--. No parece sino que uno de estos gallegos +me va a prestar cinco mil reales por mi cara bonita--. Los barrenderos +levantaban nubes de polvo que un sol anaranjado teñía del mismo color de +la niebla que se arrastraba sobre los tejados. + +--Pues lo que es uno de estos señores de escoba tampoco creo yo que me dé +lo que necesito. ¿Qué hago yo aquí? + +Y entonces vio que por una calle estrecha, la de Santiago, subía D. +Benito el Mayor, escribano, hombre delgado y muy pequeño, que venía +soplándose las manos y traía un rollo de papel debajo del brazo +izquierdo. Le llamaban D. Benito el Mayor para distinguirle de don +Benito el Menor, otro escribano, éste muy buen mozo, que se apellidaba +como el Mayor, García y García. Al pequeño le llamaban el Mayor porque +era el más antiguo o porque era el más rico. Prestaba dinero a las +personas distinguidas, no era muy tirano en materia de réditos y plazos, +y su discreción y sigilo eran proverbiales en la provincia. + +En cuanto Bonifacio reconoció al _Mayor_ sintió la súbita alegría que le +proporcionaba siempre la conciencia de una resolución irrevocable, en él +cosa rara. «Este es mi hombre--se dijo--; la Providencia me ha hecho +madrugar hoy; por algo yo he venido a la plaza». + +Media hora después, Reyes recibía trescientos duros en oro, de manos de +D. Benito, en el despacho de este, sin más testigos que los libros del +protocolo, que siempre habían inspirado a Bonifacio una especie de +terror supersticioso. + +D. Benito el Mayor tenía la costumbre de coger por las orejas a sus +parroquianos y clientes a poca confianza que tuviera con ellos. + +--Vamos a ver--dijo, tentándole el pulpejo de la oreja izquierda a +Bonifacio--; ahora que ya tiene usted esos cuartos, sin más garantía que +un simple recibo... ahora que no puede usted sospechar que hable por +negarle este insignificante favorcillo, ¿me permite usted que, sin ánimo +de ofenderle, me atreva a hacerme cruces, un millón de cruces, viendo al +jefe de la casa Valcárcel venir a pedirme prestados seis mil reales?... + +--Yo no soy jefe de la casa Valcárcel. + +--Usted es el marido de la única heredera de Valcárcel... y no hace +cuatro días que yo he otorgado la escritura de venta del famoso molino +de Valdiniello; y usted lo sabe, pues usted ha firmado, como era +necesario, todos los documentos que ha traído aquí D. Juan, su tío de +usted.... + +--Ni D. Juan es mi tío.... + +--Bien, de su señora de usted; de usted por afinidad.... + +Ni yo he firmado nada, iba a añadir Bonifacio; pero se contuvo +recordando que sí había firmado tal; pero había firmado sin leer, sin +enterarse, como sucedía siempre, y esta humillación no se la podía +confesar al escribano. + +Sin acabar la frase, y sin dar otras explicaciones, salió de allí +avergonzado, aturdido, como si acabara de robarle aquel dinero a don +Benito; y se fue derecho al teatro. + +El notario, al verle salir así, y _pensando mejor_, se arrepintió de haber +entregado aquellos cuartos a semejante mamarracho. Algo sabía D. Benito, +y aún algos, del _pito que tocaba_ Reyes en su casa; pero lo que acababa +de oír y lo que sospechaba le hacía ver con claridad del mediodía: y de +resultas de esta clarividencia empezó a temer por su dinero. Pero le +tranquilizó enseguida el propósito de exigir serias garantías al tío D. +Juan, que, por las señas, era el que mandaba en casa. + +A Bonifacio aquel día con las glorias se le fueron las memorias; entregó +cinco mil reales a Mochi, guardó los mil restantes con el presentimiento +de no sabía qué gastos extraordinarios que tendrían que sobrevenir, y se +dejó asfixiar moralmente, como él decía luego, por el incienso con que +el tenor le pagó, por lo pronto, su generosidad caballeresca. + +Por la noche se cantaba el _D. Juan_, cosido a tijeretazos, y todavía a +las doce, después de recibir una ovación, le duraba el agradecimiento y +el entusiasmo al tenor, que se encerró en su cuarto con su carísimo +Reyes, y en mangas de camisa y con un calzón de punto, de seda color +lila, muy ceñido, y en calcetines, apretaba contra su corazón a su +_salvador_, y le llenaba la cara y el pelo de polvos de arroz, sin que ni +uno ni otro se fijaran en estos pormenores. + +A las doce y media, a la luz de la luna, en mitad de la plaza del +Teatro, hablaban con el tono de las confidencias misteriosas, íntimas e +interesantes, Serafina, Julio y Bonifacio. Julio juraba que Reyes tenía +el alma de artista, que si _le vicende_ hubieran sido otras, sin duda se +hubiera aventurado a vivir del arte y sería a estas horas un músico +ilustre, un compositor, un gran instrumentista, Dios sabía.... + +--_Non è vero_, _mia figlia_?, con quel cuore ch'a questo' uomo... chi +sacosa sarebbe diventato!... + +La Gorgheggi decía con entusiasmo contenido: + +--_Ma si babbo_, _ma si_!... + +Y pisaba con fuerza un pie de Bonifacio que tenía debajo del suyo. + +--«_Babbo_, _figlia_!» pensaba el flautista; sí, en efecto, el trato de +esta mujer y de este hombre es el filial, es el amor de hija y padre.... El +arte, por modo espiritual, los ha hecho padre e hija.... Y ya estimaba a +Mochi como una especie de suegro artístico... y ¡adulterino! + +¡Aquello era felicidad! Él, un pobre provinciano, ex escribiente, un +trapo de fregar en casa de su mujer; el último ciudadano del pueblo más +atrasado del mundo, estaba allí, a las altas horas de la noche, +hablando, en el seno de la mayor intimidad, de las grandes emociones de +la vida artística, con dos estrellas de la escena, con dos personas que +acababan de recibir sendas ovaciones en las tablas... y ella, la _diva_, +le amaba; sí, se lo había dado a entender de mil modos; y él, el tenor, +le admiraba y le juraba eterno agradecimiento. + +A Mochi se le antojó de repente volverse a contaduría, donde había +dejado algún dinero, y como no se fiaba de la cerradura... «Id andando», +dijo, y echó a correr. La posada de la Gorgheggi y de Mochi, que era la +misma, estaba lejos; había que seguir a lo largo todo el paseo de los +Álamos para llegar a la tal fonda. Serafina y Bonifacio echaron a andar. +A los tres pasos, en la sombra de una torre, ella se cogió del brazo de +su amigo sin decir palabra. Él se dejó agarrar, como cuando Emma se +escapó con él de casa. La Gorgheggi hablaba de Italia, de la felicidad +que sería vivir con un hombre amado y espiritual, capaz de comprender el +alma de una artista, allá, en un rincón de verdura de Lombardía, que +ella conocía y amaba.... + +Hubo un momento de silencio. Estaban en mitad del paseo de los Álamos, +desierto a tales horas. La luna corría, detrás de las nubes tenues que +el viento empujaba. + +--Serafina--dijo Bonifacio con voz temblona, pero de un timbre metálico, +de energía, en él completamente nuevo--; Serafina, usted debe de tenerme +por tonto. + +--¿Por qué, Bonifacio? + +--Por mil razones.... Pues bien... todo esto... es respeto... es amor. Yo +estoy casado, usted lo sabe... y cada vez que me acerco a usted para +pedirle que... que me corresponda... temo ofenderla, temo que usted no +me entienda. Yo no sé hablar; no he sabido nunca; pero estoy loco por +usted; sí, loco de verdad... y no quisiera ofenderla. Lo que yo he hecho +por usted... no creí nunca poder atreverme a hacerlo.... Usted no sabe lo +que es, no ha de saberlo nunca, porque me da vergüenza decirlo.... Yo soy +muy desgraciado; nadie me ha querido nunca, y yo no le encuentro +sustancia, verdadera sustancia, a nada de este mundo más que al +cariño.... Si me gusta la música tanto es por eso, porque es suave, +porque me acaricia el alma; y ya le he dicho a usted que su voz de usted +no es como las demás voces; yo no he oído nunca--y va de nuncas--una voz +así; las habrá mejores, pero no se meterán por el alma mía como esa; +otros dicen que es pastosa... yo no entiendo de pastas de voces; pero +eso de lo pastoso debe de ser lo que yo llamo voz de madre, voz que me +arrulla, que me consuela, que me da esperanza, que me anima, que me +habla de mis recuerdos de la cuna... ¡qué sé yo!, ¡qué sé yo, +Serafina!... Yo siempre he sido muy aficionado a los recuerdos, a los +más lejanos, a los de niño; en mis penas, que son muchas, me distraigo +recordando mis primeros años, y me pongo muy triste; pero mejor, eso +quiero yo; esta tristeza es dulce; yo me acuerdo de cuando me vacunaron; +dirá usted que qué tiene eso que ver.... Es verdad; pero ya le he dicho +que yo no sé hablar.... En fin, Serafina, yo la adoro a usted, porque, +casado y todo... no debía estarlo. No, juro a Dios que no; nunca me he +rebelado contra la suerte hasta ahora; pero tiene usted la culpa, porque +ha tenido lástima de mí y me ha mirado así... y me ha sonreído así... y +me _ha cantado_ así... ¡Ay, si usted viera lo que yo tengo aquí dentro! Yo +había oído hablar de pasiones; ¡esto es, esto es una pasión... cosa +terrible!, ¿qué será de mí en marchándose usted? Pero, no importa; la +pasión me asusta, me aterra; pero, con todo, no hubiera querido morirme +sin sentir esto, suceda después lo que quiera. ¡Ay, Serafina de mi alma, +quiérame usted por Dios, porque estoy muy solo y muy despreciado en el +mundo y me muero por usted...! + +Y no pudo continuar porque las lágrimas y los sollozos le ahogaban. +Estaban casi sin sentido, en pie, en mitad del paseo; deliraba; la luna +y la tiple se le antojaban en aquel momento una misma cosa; por lo +menos, dos cosas íntimamente unidas.... Volvió a creer, como la noche del +primer préstamo, que le faltaban las piernas; _en suma_, se sentía muy +mal, necesitaba amparo, mucho cariño, un regazo, seguridades +facultativas de que no estaba muriéndose. «Iba a ahogarse de +enternecimiento; esa era la fija», pensaba él. + +La Gorgheggi miró en rededor, se aseguró de que no había testigos, le +brillaron los ojos con el fuego de una lujuria espiritual, alambicada, +y, cogiendo entre sus manos finas y muy blancas la cabeza hermosa de +aquel Apolo bonachón y romántico, algo envejecido por los dolores de una +vida prosaica, de tormentos humillantes, le hizo apoyar la frente sobre +el propio seno, contra el cual apretó con vehemencia al pobre enamorado; +después, le buscó los labios con los suyos temblorosos.... + +--_Un baccio_, _un baccio_--murmuraba ella _gritando_ con voz baja, +apasionada. Y entre los sueños de una voluptuosidad ciega y loca, la veía +Bonifacio casi desvanecido; después no oyó ni sintió nada, porque cayó +redondo, entre convulsiones. + +Cuando volvió en sí se encontró tendido en un banco de madera, a su lado +había tres sombras, tres fantasmas, y del vientre de uno de ellos +brotaba la luz de un sol que le cegaba con sus llamaradas rojizas. El +sol era la linterna del sereno; las dos sombras restantes la Gorgheggi y +Mochi que rociaban el rostro de su amigo con agua del pilón de la fuente +vecina.... + + + + +-VI- + + +A la mañana siguiente, a las ocho, despertaron a Bonifacio diciéndole +que deseaba verle un señor sacerdote. + +--¡Un sacerdote a mí! Que entre. + +Saltó de la cama y pasó al gabinete contiguo a su alcoba; no puede +decirse a su gabinete, pues era de uso común a todos los de casa. +Atándose los cordones de la bata saludó a un viejecillo que entraba +haciendo reverencias con un sombrero de copa alta muy grande y muy +grasiento. Era un pobre cura de aldea, de la montaña, de aspecto humilde +y aun miserable. + +Miraba a un lado y a otro; y, después de los saludos de ordenanza, pues +en tal materia no mostraban gran originalidad ninguno de los +interlocutores, el clérigo accedió a la invitación de sentarse, +apoyándose en el borde de una butaca. + +--Pues--dijo--, siendo usted efectivamente el legítimo esposo de doña Emma +Valcárcel, heredera única y universal de D. Diego, que en paz descanse, +no cabe duda que es usted la persona que debe oír... lo que, en el +secreto de la confesión... se me ha encargado decirle.... Sí, señor, a +ella o a su marido, se me ha dicho... y yo... la verdad... prefiero +siempre entenderme con... mis semejantes... masculinos, digámoslo así. A +falta de usted no hubiera vacilado, créame, señor mío, en abocarme, si a +mano viene, con la misma doña Emma Valcárcel, heredera universal y única +de.... + +--Pero vamos, señor cura, sepamos de qué se trata--dijo con alguna +impaciencia Bonifacio, que lleno de remordimientos aquella mañana, +sentía exacerbada su costumbre supersticiosa de temer siempre malas +noticias en las inesperadas y que se anunciaban con misterio. + +--Yo exijo... es decir... deseo... no por mí, sino por el secreto de la +confesión... lo delicado del mensaje.... + +El cura no sabía cómo concluir; pero miraba a la puerta, que había +quedado de par en par. + +Como su mujer dormía a tales horas, Bonifacio no tuvo inconveniente en +levantarse y cerrar la puerta de la estancia, pues no siendo Emma, nadie +se atrevería a pedirle cuenta de aquellos tapujos. + +--Lo que usted quería era esto, ¿verdad?--dijo con aire de triunfo, y como +hombre que manda en su casa y que puede a su antojo tener las puertas de +_su_ gabinete abiertas o cerradas. + +--Perfectamente, sí, señor, eso; secreto, mucho secreto. De usted para mí +nada más.... Después usted dará cuenta de lo sucedido a su señora +esposa... o no se la dará; eso allá usted... porque yo no me meto en +interioridades.... Al fin usted será, naturalmente, el administrador de +los bienes de su señora... y aunque yo no sé si estos son parafernales o +no... porque no entiendo... y... sobre todo no me importa, y, al fin, el +marido suele administrarlo todo... eso es; tal entiendo que es la +costumbre... y como la ley no se opone.... + +--Pero, señor cura, repare usted que yo no comprendo una palabra de lo +que usted me dice.... Comience usted por el principio.... + +Sonrió el clérigo y dijo: + +--Paciencia, señor mío, paciencia. El principio viene después. Todo esto +lo digo para tranquilidad de mi conciencia. He consultado al chico de +Bernueces, que es boticario y abogado... sin precisar el caso, por +supuesto... y, la verdad, me decido a entregarle a usted los cuartos sin +escrúpulos de conciencia.... Sí, usted, el marido, es la persona legal y +moralmente determinada, eso es, para recibir esta cantidad.... + +--¡Una cantidad! + +--Sí, señor, siete mil reales. + +Y el cura metió una mano en el bolsillo interior de su larga y mugrienta +levita de alpaca, y sacó de aquella cueva que olía a tabaco, entre migas +de pan y colillas de cigarros, un cucurucho que debía de contener onzas +de oro. + +Bonifacio se puso en pie, y sin darse cuenta de lo que hacía, alargó la +mano hacia el cucurucho. + +El cura se sonrió y entregó el paquete sin extrañar aquel movimiento +involuntario del marido de la doña Emma, que recibía onzas de oro sin +saber por qué se le daban. + +Mas Bonifacio volvió en sí y exclamó: + +--Pero ¿a santo de qué me trae usted... esto?... + +--Son siete mil reales.... + +--¿Pero de qué? Yo no soy... quien.... + +Iba a decir que el que allí corría con las cuentas de todo era D. Juan +Nepomuceno; pero se contuvo, porque solía darle vergüenza que los +extraños conocieran esta abdicación de sus derechos. + +--¿Esto será alguna deuda antigua?--dijo por fin. + +--No señor... y sí señor. Me explicaré... + +--Sí, hombre, acabemos. + +--Estos siete mil reales... proceden... de una restitución... sí, señor; +una restitución hecha en el secreto de la confesión... _in articulo +mortis_... La persona que devuelve esos siete mil reales a los herederos, +a la única y universal heredera de D. Diego Valcárcel, esa persona ¿me +comprende usted?, no quiso irse al otro mundo con el cargo de conciencia +de esa cantidad... que debía... y que no debía... es decir... yo... no +puedo tampoco hablar más claro... porque... la confesión, ya ve usted, +es una cosa muy delicada.... + +--Sí que es--exclamó Bonifacio, que se había puesto muy pálido y estaba +pensando en lo que el cura de la montaña ni remotamente podía sospechar. + +--Sin embargo, yo... no debo... así, en absoluto... omitir las +circunstancias que explican, en cierto modo, la cosa. Esto, me dije yo a +mí mismo, es indispensable para que los herederos, o la heredera, o +quien haga sus veces, admitan sin reparo esta cantidad, con la +conciencia tranquila de quien toma lo que es suyo. Pues, sí, señores, de +ustedes es... ya lo creo.... Verá usted; es el caso que... aquí hay que +omitir determinadas indicaciones que no favorecen la memoria de.... + +--Del difunto. + +--¿De qué difunto? + +--Del que restituye.... + +--No señor; del difunto... de otro difunto. No me tire usted de la +lengua, eso no está bien. + +--No, si yo no tiro... ¡Dios me libre! Ello será que la casa Valcárcel +prestó este dinero sin garantías... y ahora.... + +El cura estaba diciendo que no con la cabeza desde que Bonifacio había +dicho _casa_. + +--No, señor; no fue préstamo, fue donación _inter vivos_. + +--¿Y entonces? + +--Entonces... no me tire usted de la lengua. He dicho ya que la cosa no +era favorable a la memoria del difunto.... X, llamémosle X, que en paz +descanse. Bueno, pues no me he explicado bien: es favorable y no es +favorable, porque en rigor... él es inocente, en este caso concreto a lo +menos; y además, aunque no lo fuera... el que rompe paga... y él quería +pagar... sólo que no había roto... ¿Me explico? + +--No, señor; pero no importa. No se moleste usted. + +Al cura empezaba a parecerle un majadero el marido de la doña Emma +Valcárcel. + +--¿Usted conoció... trató al difunto.... Don Diego? + +--Sí, señor; como que era mi suegro... quiero decir, mi principal. + +--¿Si estará loco, o será tonto este señorito?--pensó el clérigo. + +De repente se le ocurrió una idea feliz. + +--Oiga usted--exclamó--. Ahora se me ocurre explicárselo a usted todo +mediante un símil... y de este modo... ¿eh?, se lo digo... y no se lo +digo, ¿me entiende usted? + +--Vamos a ver--dijo Bonifacio, que apenas oía, porque estaba manteniendo +una lucha terrible con su conciencia. + +--Figurémonos que usted es cazador... y va y pasa por una heredad mía; +supongamos que soy yo el otro; bueno, pues usted ve dentro de mi heredad +un ciervo, un jabalí... lo que usted quiera, una liebre.... + +--Una liebre--dijo Reyes maquinalmente. + +--Va, y ¡pum!... + +El fogonazo, remedado con mucha propiedad por el cura, hizo dar un salto +a Bonis, que estaba muy nervioso. + +--Dispara usted su escopeta y me...; no, no conviene que sea liebre; es +mejor caza mayor para mi caso; y cae lo que usted cree robezo o +ciervo...; pero no hay tal ciervo ni robezo, sino que ha matado usted +una vaca mía que pastaba tranquilamente en el prado. ¿Qué hace usted? En +mi ejemplo, en mi caso, pagarme la vaca por medio de una donación inter +vivos... importante siete mil reales. Yo me guardo los siete mil reales +y el chico, digo, la vaca. Pero ahora viene lo mejor, y es que usted no +ha sido el matador. El tiro no dio en el blanco, el tiro de usted se fue +allá, por las nubes.... Sólo que antes que usted, mucho antes, otro +cazador, escondido, había disparado también... y ese fue el que mató la +res, y se quedó con ella y con los siete mil reales de usted. Pasa +tiempo, muere usted, es un decir, y muere también el otro; pero antes de +morir se arrepiente de la trampa, y quiere devolver a los herederos de +usted el dinero que, en rigor, no es suyo, aunque usted se lo ha dado.... +_inter vivos_. (El cura daba gran importancia a este latín, sin el cual no +creía bien explicada la idea de la donación.) ¿Eh, qué tal, me ha +comprendido usted? + +Ni palabra. Bonifacio no comprendió que se trataba de uno de aquellos +agujeros de honor que D. Diego había tapado con dinero. En este caso +concreto, como decía el cura, la lesión de honra no existía, o, por lo +menos, no era D. Diego el causante, y se le había hecho pagar lo que no +debía. La persona que había lucrado, gracias a la asustadiza conciencia +del jurisconsulto, siempre temeroso del escándalo, restituía a la hora +de la muerte, por miedo del infierno probablemente. + +El cura creyó suficientes sus explicaciones; y, muy satisfecho del +símil, cuya exposición le había hecho sudar, se limpiaba el cogote con +su pañuelo verde con rayas blancas, sin cuidarse ya de que aquel +caballero, que parecía tonto, hubiese comprendido o no.... El secreto de +la confesión y la buena memoria de D. Diego no le permitían a él ser más +largo ni más explícito. + +Habló más, pero sin nueva sustancia; insistió mucho en que aquello debía +quedar allí, y arrancó a Bonifacio la palabra de honor de que sólo él y +su señora, si él lo creía decente, debían enterarse de lo sucedido. + +--Nadie más. Ya ve usted, es delicado... y los maliciosos, sobre todo +allá en el pueblo, si saben que yo vine... y entregué... enseguida caen +en la cuenta. Mucho sigilo pues. Además, la misma señorita... quiero +decir, la señora de usted, debe saber lo menos posible; podría +cavilar... y las mujeres, sobre todo las casadas, las cazan al vuelo, y +podría comprenderlo todo. «Mejor que tú, por lo que veo»; añadió para +sí. + +Y salió el señor cura de la montaña satisfecho de sí mismo, confiado en +la palabra de honor de aquel señor soso y casi tonto, que, a pesar de +todo, tenía cara de honrado y de persona formal. + +--Se puede ser fiel a la palabra y tener pocos alcances, se decía el +clérigo bajando la escalera. + +A Bonifacio se le había ocurrido, ante todo, ver en aquello que él +llamaba casualidad la mano de la Providencia. Pero acto continuo añadió +para sí: «La mano de la providencia... del diablo». Porque lo primero +que pensó hacer de aquel dinero que le venía llovido del... infierno, +fue llevárselo a D. Benito el Mayor, para tapar aquel antro horrible de +la deuda, aquel agujero negro, por donde se escapaban las furias del +Averno (estilo Bonifacio), gritándole: «Infame, adúltero, ¿qué has hecho +de la fortuna de tu mujer?». En vano la razón decía: «Ni tú has sido +adúltero hasta la fecha, a no ser por palabra de presente, ni la fortuna +de tu mujer está comprometida por ese préstamo de seis mil reales, aun +suponiendo que los pagase ella». No importaba; los remordimientos, o, +más bien el miedo que tenía a Emma y a D. Juan Nepomuceno, no le habían +dejado dormir aquella noche. Lo que él llamaba ser adúltero quedaba en +segundo lugar; alambicando mucho, a fuerza de sofismas, tal vez +encontraría medio de disculpar a sus propios ojos aquel amor +ilegítimo... pero lo del dinero no admitía excusas; él había pedido seis +mil reales a un prestamista, abusando del crédito de su mujer. Esto era +inicuo... y lo que era peor, muy expuesto a una tragedia doméstica. La +imaginación, _la loca de la casa_, le ponía delante el cuadro aterrador: +«Emma saltaba de la cama con su gorro de dormir, pálida, huesuda, +echando fuego por los ojos y avanzaba en silencio hacia él, estrujando +en la mano temblorosa un recibo que D. Juan Nepomuceno acababa de +entregarle, impasible, como siempre, envuelto en la dignidad de sus +patillas. ¡Lo sabía todo! Lo de los cincuenta duros, lo de los seis mil +reales y lo del paseo por la noche... ¡Entre el sereno y Nepomuceno la +habían puesto al cabo de la calle! ¡Qué horror! ¡Adónde puede llegar la +fantasía!», pensaba Bonifacio temblando de pies a cabeza. Por fortuna +aquello no era más que un cuadro imaginado.... Pero la realidad podría +llegar a parecérsele. Y aquel señor cura se le presentaba con siete mil +reales, que él, Bonifacio, podría gastar en lo que quisiera, sin que +persona nacida lo estorbase ni lo supiese. Es más, el secreto era allí +lo principal. Y ¿cómo guardar el secreto haciendo ingresar aquellos +miles en lo que llamaba D. Juan Nepomuceno la _caja_? Ni el cura ni el que +restituía, honrado penitente, sabían que él, Bonis, allí no tocaba pito, +ni administraba, a pesar de lo que disponían ciertas leyes recopiladas, +según le habían asegurado; él, pese a todas las leyes del mundo, no +disponía de un cuarto, y sólo servía para firmar como en un barbecho +cuantos papeles le presentaba el de las patillas. Pues bien; siendo así, +¿cómo incorporar aquel dinero al caudal de su mujer sin que nadie se +enterase? Imposible. Por este lado la conciencia le decía: «Haz de tu +capa un sayo». Pero emplear aquellos cuartos en su provecho, ¿no era +robar a su mujer? Sí y no. No, porque con ellos iba a tapar una brecha +abierta al crédito de la casa Valcárcel. Ya se sabía que él no tenía un +cuarto, ni de dónde le viniera, y que D. Benito el Mayor había prestado +fiándose del capital de Emma; más era; el mismo Bonifacio reconocía que +en su fuero interno siempre había pensado en pagar con dinero de su +mujer, aunque le asustaba pensar en el cómo y cuándo. Por este lado no +era robar lo que quería hacer. Por otra parte, sí era robar; porque.... +porque aquello era... un robo, un fraude o como se dijera, pero ello era +robar. + +Satisfecho de sí mismo hasta cierto punto, en medio de aquella +desolación moral, contemplaba la rectitud de su alma, que rechazaba +sofismas vanos y gritaba: «¡_robar, robar_!». Lo cual no impidió que Bonis +se lavase y vistiera lo más de prisa que pudo y saliese de casa sin ser +visto ni oído, con ánimo de estar de vuelta antes que Emma despertase. + +«Estas cosas hay que hacerlas así, iba pensando por la calle. Si vacilo, +si me estoy días y días dándome jaqueca con la idea de que esto es un +crimen... a lo mejor viene el trueno gordo, D. Benito se cansa de +esperar, Nepomuceno se entera del caso y... primero morir; cien veces la +muerte y el infierno. A pagar, a pagar. ¿No quería secreto el señor +cura? Pues ya verá qué secreto. Y soy un ladrón, no cabe duda, un +ladrón.... Sí, pero ladrón por amor». Esta _frase interior_ también le +satisfizo y tranquilizó un poco. «¡Ladrón por amor!». Estaba muy bien +pensado. Llegó al portal de la casa del escribano. «¿Subiría? Sí; en +último caso, si lo que iba a hacer era un verdadero delito, su honradez +heredada, la fuerza de la sangre, limpia de todo crimen, el instinto del +bien obrar, _en suma_, le impedirían llevar a cabo lo que intentaba. Se le +trabaría la lengua o se le doblarían las piernas, como en recientes +aventuras de otra índole; si nada de esto le sucedía, no debía de haber +tal crimen ni tales alforjas». + +D. Benito estaba en pie en medio de su despacho oscuro, de techo bajo; +estaba rodeado de escribientes que trabajaban en vetustos escritorios +forrados de muletón verde. Los libros del protocolo, macizos y graves, +de lomo pardo, estaban allí, con la solemnidad misteriosa que tal pavor +supersticioso infundía en el alma romántica y nada jurisperita de Bonis. + +El notario se acercó a su amigo el Sr. Reyes y le frotó las orejas con +ambas manos como para entrar en calor. Fingimiento inverosímil, pues +estaba la atmósfera que ardía, según el otro. + +--¿Qué hay, perillán? ¿A qué viene usted aquí? ¿A robarme tiempo, eh? +Pues me lo pagará usted en dinero, porque el tiempo es oro. Y se reía D. +Benito, encantado con su propia gracia. + +--Sr. García, quisiera hablar con usted dos palabras.... + +Bonifacio hizo un gesto que pedía una entrevista a solas. + +D. Benito, cogiendo al deudor por las solapas del gabán, le llevó tras +de sí a un gabinete contiguo, cuyas paredes estaban ocultas también por +estantes, continuación del protocolo. Allí estaban los libros de siglos +pasados. «¡Dios mío, pensaba sin querer Bonis, bien antiguos son estos +líos del papel sellado y las triquiñuelas de los escribanos!». Sin saber +por qué, se acordó de haber oído describir las bodegas de Jerez y las +soleras de fecha remota, que ostentaban en la panza su antigüedad +sagrada. «¡Qué diferencia, pensó, entre aquello y esto!». + +D. Benito le volvió a la realidad. + +--Vamos a ver, señor mío, desembuche usted.... + + «Solos estamos los dos, + solos delante del cielo...». + +¡Je, je!... + +El notario, después de declamar aquellos dos versos de una comedia de +aficionados, muchas veces representada en el pueblo porque era de +_hombres solos_, dio una palmadita en el vientre a Reyes; y de pronto se +quedó muy serio, muy serio, sin decir palabra, como dando a entender: +«Soy todo oídos; basta de chistes; aquí tiene usted al representante de +la fe pública, o al prestamista sin entrañas, lo que usted quiera». + +--Sr. García, vengo a pagar a usted aquel piquillo.... + +--¿Qué piquillo? + +--Los seis mil reales que usted tuvo la amabilidad.... + +--¿Qué amabilidad?, quiero decir, ¿qué seis mil reales?... Usted no me +debe nada. + +--¡Qué bromista es usted!--dijo Bonis, que más estaba para recibir los +Santos Sacramentos que para chistes. + +Y se dejó caer en una silla y empezó a contar onzas sobre una mesa. + +Aquel dinero le quemaba los dedos, pensaba él, o debía quemárselos. La +verdad era que la operación material de contar el dinero la hizo con +bastante tranquilidad, muy atento sólo a no equivocarse, como solía; +porque el reducir aquello a miles de reales, le parecía cálculo superior +a sus fuerzas ordinarias. + +D. Benito le dejaba hacer, estupefacto, o tal vez por el gusto de +_amateur_. Era indudable que el espectáculo del oro le quitaba siempre la +gana de bromear. Fuese por lo que fuese, la presencia del dinero siempre +era cosa muy seria. + +--Aquí están los seis mil; cámbieme usted esta.... + +--Pero...--a D. Benito se le atragantó algo muy serio también--; pero.... +¿qué está usted haciendo ahí, criatura?... ¿No le digo... a usted que.... +ya no me debe nada? + +--Sr. García... celebraría estar de buen humor para poder seguírselo a +usted.... + +--¡Señor diablo!, le digo a usted que ayer mismo _me he reintegrado_ de esa +cantidad insignificante. + +--¿Ayer?... usted... ¿quién?... + +Lo que tenía atravesado en la garganta el escribano había saltado sin +duda al gaznate de Reyes, porque el infeliz se atragantó también. + +--A ver, D. Benito, explíquese usted... ¡por los clavos de Cristo!... + +--Muy sencillo, amigo mío. Ayer de tarde, en el Casino, D. Juan +Nepomuceno, su tío de usted.... + +--No es mi tío.... + +--Bueno... su.... + +--Bien, adelante; el tío... ¿qué? + +--Pero hijo, ¿qué le pasa a usted? Está usted palidísimo, le va a dar +algo, ¿será el calor? Abriré aquí... + +--No abra usted... hable, hable; el tío... ¿qué? + +--Pues nada; que hablando de negocios, vinimos a parar en las +probabilidades del resultado de esa industria que van a montar ustedes +con el dinero de las últimas enajenaciones. + +--¿Una industria? Que vamos a montar... ¿nosotros?... + +--Sí, hombre, la fábrica de productos químicos. + +--¡Ah!, sí, bien; ¿y qué? + +Bonifacio había oído en casa, a los parientes de su mujer, algo de +productos químicos, pero no sabía nada concreto. + +--¡Al grano!--dijo más muerto que vivo. + +--Yo... con la mayor inocencia del mundo, le pregunté a su señor.... +pariente si el dinero que usted acababa de tomar, honrándome con su +confianza, era para los gastos primeros... para algún ensayo; para +muestras de... qué sé yo...; en fin, que se me había metido en la cabeza +que era para la fábrica. D. Juan... me miró con aquellos ojazos que +usted sabe que tiene. Tardó en contestarme; noté eso, que tardaba en +hablar. En fin, encogiendo los hombros, me dijo: «Sí, efectivamente, +para gastos preliminares, de preparación... pero tengo orden, ahora que +me acuerdo, de pagar a usted inmediatamente ese dinero». Yo, la verdad, +extrañaba que haciendo tan pocas horas que usted había recogido los +cuartos... pero a mí, ¿quién me metía en averiguaciones?, ¿no es eso? En +fin, que nos citamos para esta su casa a las diez de la noche, y a las +diez y cuarto estaba aquí D. Juan Nepomuceno con seis mil reales en +plata. Esta es la historia. + +¡Aquella era la historia!, pensó Reyes desde el abismo de su postración. +Estaba aturdido, se sentía aniquilado. El tío lo sabía todo... y ¡había +pagado! ¿Y Emma? Al acordarse de su mujer experimentó aquella ausencia +de las piernas, sensación insoportable que nunca faltaba en los grandes +apuros. + +Callaban los dos. El notario comprendió que allí había gato encerrado; +«algún misterio de familia», pensaba él. Pero como había cobrado su +dinero, de lo que estaba muy contento, como se había _reintegrado_, sabía +contener su curiosidad, que dejaba paso a la más exquisita prudencia. +Allá ellos, se decía, y seguía callando. + +Rompió el silencio Bonis, diciendo con voz sepulcral: + +--Si usted hiciera el favor de mandar que me sirvieran un vaso de agua. + +--Con mil amores. + +Una maritornes sucia y muy gorda presentó el agua con un panal de azúcar +cruzado sobre el vaso. + +--Gracias; sin azúcar. Nunca tomo azúcar en el agua. Gracias. + +Esto lo decía Bonis con los ojos estúpidos clavados en el rostro risueño +y soez de la moza; lo decía con una voz y un tono como los que emplean +los cómicos al despedirse del pícaro mundo al final de un tercer acto, +cuando están con el alma en la boca y un puñal en las entrañas. + +El agua le calmó y dio cierta fuerza. Pudo levantarse y despedirse. No +pensó en dar explicaciones ni disculpas. Su silencio era muy ridículo, +es claro. ¿Qué estaría pensando aquel señor? Lo menos, que él estaba +loco. Bien, ¿y qué? Valiente cosa le importaba en aquel momento a Bonis +que se riera de él el mundo entero. ¡Nepomuceno había pagado los seis +mil reales! Esto, esto era lo terrible. ¿Volvería a casa? ¿Se escaparía? + +Viéndole tan conmovido, D. Benito, el Mayor, no quiso hablar una palabra +más sobre el asunto misterioso; sin tirarle de las orejas ni andarse con +cuchufletas, le despidió muy serio, con rostro compungido como +acompañándole en una desgracia tan respetable cuanto desconocida para +él; y después de conducirle hasta el primer tramo de la escalera, se +volvió a su despacho. Sólo entonces se le ocurrió esta diabólica idea: + +--Aquí hay gato, es claro; a mí no me importa; pero si... es una +hipótesis, si hubiera podido haber un medio... así... verosímil.... +legal... de... de cobrar yo mis seis mil reales, al tío primero, y +después otros seis mil al sobrino.... Disparate, absurdo; corriente; pero +hubiera tenido gracia. + +Y dando un patético suspiro, se frotó las manos; y renunciando al ideal +de cobrar dos veces, no pensó más en aquello y volvió a sus negocios. + +En cuanto a Reyes, al llegar al portal, donde trabajaba y comía un +zapatero de viejo, tuvo varias ideas y un desmayo. Las ideas fueron las +siguientes: «Ese farsante de ahí arriba me ha engañado, he debido tener +valor para acogotarle, o, por lo menos, para decirle cuántas son cinco. +Miente como un bellaco; el tío Nepomuceno ha pagado porque este traidor +no se fiaba de mí; me conoció en la cara que yo no podía sacar de +ninguna parte seis mil reales y se fue al otro... y cantó... Verdad es +que yo no le había encargado el secreto. Pero se suponía que lo +necesitaba; debía de conocérseme en la cara; y a él acudí por su fama de +discreto, de hombre de mucho sigilo.... Voy a volver arriba a matarle, +exprofeso...». + +Y cuando pensaba en esto, fue cuando sintió absoluta necesidad de +dejarse caer. Cayó sentado en el portal y se le fue la cabeza. El +zapatero acudió en su auxilio. Cuando volvió en sí Reyes, sintió, como +la noche anterior, que le regaban la cara con agua fresca. Y medio +delirando, dijo: + +--Gracias... sola, sin azúcar. + + + + +-VII- + + +Dio expresivas muestras de gratitud al zapatero, que se ofreció a +acompañarle a su casa y salió, sacando fuerzas de flaqueza, a paso +largo, sin saber adónde iba. «Yo debía tirarme al río», se dijo. Pero +enseguida reflexionó que ni por aquella ciudad pasaba río alguno, ni él +tenía vocación de suicida. Pasó junto al café de la Oliva, donde solía +tomar Jerez con bizcochos algunos domingos, al volver de misa mayor, y +el deseo de un albergue amigo le penetró el alma. Entró, subió al primer +piso, que era donde se servía a los parroquianos. Se sentó en un rincón +oscuro. No había consumidores. El mozo de aquella sala, que estaba +afinando una guitarra, dejó el instrumento, limpió la mesa de Reyes y le +preguntó si quería el Jerez y los bizcochos. + +--¡Qué bizcochos!, no, amigo mío. _Botillería_, eso tomaría yo de buena +gana. Tengo el gaznate hecho brasas.... + +El mozo sonrió compadeciendo la ignorancia del señorito. ¡_Botillería_ a +aquellas horas! + +--Ya ve usted... _botillería_ a estas horas.... + +--Es verdad... es un... anacronismo. Además, el helado por la mañana hace +daño. Tráeme un vaso de agua... y échale un poco de zarzaparrilla. + +Debe advertirse que Bonifacio y el mozo, al hablar de _botillería_, +estaban pensando en el helado de fresa que allí, en el café de la Oliva, +se hacía mejor que en el cielo, en opinión de todo el pueblo. + +Servido Reyes, el mozo volvió a su guitarra, y después de templarla a su +gusto, la emprendió con la marcha fúnebre de Luis XVI. + +Al principio Bonis saboreaba la zarzaparrilla inocente sin oír siquiera +la música. Pero la vocación es la vocación. Al poco rato «su espíritu se +fue identificando con la guitarra». La guitarra, para Bonis, era a los +instrumentos de música lo que el gato a los animales domésticos.... El +gato era el amigo más discreto, más dulce, más perezosamente mimoso.... +la guitarra le acariciaba el alma con la suavidad de la piel de gato, +que se deja rascar el lomo. + +Las trompetas y tambores que imitaban las cuerdas, ya tirantes, ya +flojas, le hicieron a Reyes _ponerse en el caso_ del rey mártir; y se +acordó de la frase del confesor: «Nieto de San Luis, sube al cielo». Lo +había leído en Thiers en la traducción de Miñano. Muy a su placer se +sintió enternecido. Sabía él que sólo el sentimentalismo podía darle la +energía suficiente, o poco menos, para afrontar su «terrible» situación +cara a cara con _todos los suyos_, o, mejor dicho, _todos los de su mujer_. + +Sí, era preciso armarse de valor, ir al suplicio con el espíritu firme +del desgraciado rey mártir. Para él era el suplicio la presencia de Emma +y de Nepomuceno. + +El guitarrista dejó a Luis XVI en el panteón, y saltó a la jota +aragonesa. + +Se lo agradeció Bonis, porque aquello edificaba; era el himno del valor +patrio. Pues bien, lo tendría, no patrio, sino cívico... o familiar... o +como fuese; tendría valor. ¿Por qué no? Es más, pensó que su pasión, su +gran pasión, era tan respetable y digna de defensa como la independencia +de los pueblos. Moriría al pie del cañón, a los pies de su tiple, sobre +los escombros de su pasión, de su Zaragoza.... + +--No disparatemos, seamos positivos--se dijo. + +Y se llevó las manos a los bolsillos con gesto de impaciente +incertidumbre... ¿Si habría dejado aquellas onzas en casa del infame?... +No... estaban allí, en el bolsillo interior del gabán... ¡lo que era el +instinto! No recordaba cómo ni cuándo las había recogido y envuelto otra +vez en su cucurucho. + +Después que palpó su tesoro, empezó a sentirlo por el peso, peso que le +oprimía dulcemente el pecho. Daba el dinero, aunque pareciera mentira a +un ser tan romántico, daba cierto calorcillo suave. «¡Siete mil reales!» +se decía; y experimentaba consuelo en sus tribulaciones; y sobre todo le +animaba la conciencia de un _valor cívico_ que nacía de la presión de +aquellas onzas... ¡Oh! Es indudable lo que dice el catedrático de +economía y geografía mercantil en la tienda de Cascos: «La riqueza es +una garantía de la independencia de las naciones». Si estos siete mil +reales fueran míos, yo afrontaría con menos miedo mi terrible situación. +Huiría al extranjero; sí, señor, me escaparía... ¡Y si ella me +acompañaba! ¡Oh!... ¡Qué felicidad!... Juntos... en aquel rincón de +Toscana o de Lombardía que ella conoce. Pero ¡ay!, siete mil reales eran +muy pequeña cantidad para compartirla con una dulce compañera. En +realidad, ¡qué pobre había sido él toda la vida! Había vivido de +limosna... y quería ser amante de una gran artista llena de necesidades +de lujo y de fantasía... ¡Miserable!... Se puso colorado recordando +ciertas reticencias maliciosas y alusiones tan embozadas como venenosas +de sus amigos envidiosos. El día anterior, el lechuguino, que en vano +había querido conquistar a la Gorgheggi, había dicho en la tienda de +Cascos: + +--Estos señores creen que usted se entiende con la tiple, Sr. Reyes; pero +yo defiendo la virtud de usted... y le ayudo en su campaña para desarmar +la calumnia. Y mi argumento es este: «El Sr. Reyes sabe que una mujer de +estas es muy cara, y él no ha de querer arruinarse y arruinar a su mujer +por una cómica. Y sin regalos, y de los caros, es ridículo obsequiar a +una artista de tales pretensiones. Es usted demasiado discreto». + +La verdad era que si hasta la fecha no había necesitado más dinero que +el prestado a Mochi, en adelante, si aquellas _relaciones se +formalizaban_... Sí, era indispensable disponer de cuatro cuartos. Por +muy desinteresada que se quisiera suponer a Serafina, y él la suponía +todo lo desinteresada que puede ser la mujer ideal (el _bello ideal_), era +indudable que si seguían tratándose y crecía la intimidad, llegarían +ocasiones en que alguno de los dos tendría que pagar algo, hacer algunos +gastos... y el ideal no llegaba al punto de exigir que pagase la mujer. +No, tendría que pagar él. Pero ¿con qué? «Con el dinero que tenía en el +bolsillo». Esto le dijo la _voz de la tentación_, pero la voz de la +honradez, antipática por cierto, contestó: «¡Ese dinero no es tuyo!». La +guitarra, que seguía hablando al alma de Bonis, se inclinaba al partido +de la tentación. La música le daba energía y la energía le sugería ideas +de rebelión, deseo ardiente de emanciparse... ¿De qué? ¿De quién? De +todo, de todos; de su mujer, de Nepomuceno, de la _moral corriente_, sí, +de cuanto pudiera ser obstáculo a su pasión. Él tenía una pasión, esto +era evidente. Luego no era rana, por lo menos _tan rana_ como años +seguidos había pensado. + +Salió del café en un arranque de actividad que le sugirió también la +energía reciente, y tomó el camino de su casa dispuesto a afrontar la +situación y a no soltar los cuartos por lo pronto. Es claro que él +acabaría por hacer ingresar aquellos siete mil reales _en caja_; pero, +¿cuándo? No corría prisa. + +Como en la calle ya no oía la guitarra del mozo del café, se le empezó a +aflojar el ánimo, y sin darse clara cuenta de sus pasos, en vez de +entrar en su casa se encontró en el vestíbulo del teatro. Era hora de +ensayo. Allí estaría Serafina de fijo. Tampoco le desagradó aquel cambio +instintivo de rumbo. Era otra prueba de que estaba muy enamorado. +Siempre había leído que los buenos amantes, en casos análogos, hacían lo +que él, seguir el misterioso imán del amor. ¡Oh!, y lo que él necesitaba +era estar bien seguro de que experimentaba una pasión _fatal_, invencible. +Averiguado esto, todas las consecuencias, fatales también, las reputaba +legítimas. + +Ocho días después Bonis no se conocía a sí mismo, y se alegraba: es más, +ni pensaba en conocerse. + +Serafina era suya, y él, por supuesto, era de Serafina, hasta donde +podía serlo aquel mísero esclavo de su mujer. Caricias como las de la +italiana-inglesa, Reyes ni las había soñado. «¡Nunca creí que el _placer +físico_ pudiera llegar tan allá!», se decía saboreando a solas, rumiando, +las delicias inauditas de aquellos amores de _artista_. Sí, ella se lo +había asegurado, el amor de los artistas era así, extremoso, loco en la +voluptuosidad; pasaba por una dulcísima pendiente del arrobamiento +ideal, cuasi místico, a la sensualidad desenfrenada.... + +En fin, él veía visiones; pero ¡qué hermosas, qué sabrosas! Tenía que +confesar que «la parte _animal_, la bestia, el bruto, estaba en él mucho +más desarrollado de lo que había creído». No pensaría Bonis que el +inofensivo flautista que olía a aceite de almendras, tenía dentro de sí +aquel turcazo voluptuoso que se dejaba querer al estilo +artístico-oriental tan ricamente. Y, sin embargo, el alma, el espíritu +puro, velaba, ¡sí, velaba!, y Serafina era la primera en mantener aquel +fuego sagrado de la poesía. «¡Besos con música! El que no sabe lo que es +esto no sabe lo que es bueno. Niego que haya moralista con derecho a +reprenderme por mi pasión, si el tal nunca ha gustado esta delicia, +¡besos con música!...». Pero el mayor encanto, el éxtasis de la dicha, +estaba en otra parte; en la íntima alegría del orgullo satisfecho. + +--Serafina me ama, me ama; estoy seguro; llora de placer en mis brazos, +no hay fingimiento, no; en la escena no sabe hacerlo tan bien; me quiere +de veras, le gusto, le gusto como _físico_ y como moral, digámoslo así. + +¿Y dónde cabría mayor gloria que gustarle a ella, a la mujer _soñada_, a +la que él amaba como amante y madre y musa en una pieza? + +Lo cierto era que la Gorgheggi, corrompida en muy temprana juventud por +Mochi, su maestro y protector, se vengaba de su tirano y de la pícara +suerte, y no sabía de quién más, arrojándose a la mayor torpeza, al +desenfreno loco en los amores temporeros que su infame corruptor y +amante insinuaba, favorecía y explotaba. + +Mochi había seducido a su discípula para dominarla; mucho tiempo creyó +tener en ella una gloria futura y una renta de muchos miles de liras, +que pronto se empezarían a cobrar. La corrompió para unirla a su suerte; +después, cuando el desencanto llegó, las frías lecciones de la realidad +le hicieron ver que se había equivocado, que a su hermosa discípula la +faltaba algo y la faltaría siempre para llegar a verdadera estrella.... +le faltaba la voz y la flexibilidad suficiente de garganta. Tenía mucho +gusto, sentía infinito, en el timbre había una extraña pastosidad +voluptuosa, que era lo que llamaba Bonis voz de madre; sí, hablaba aquel +timbre de salud, de honradez, de discreción femenina, de dulzura +doméstica; pero... era poca voz para los grandes teatros. Y, además, se +movía poco la garganta: como una virgen demasiado gruesa se parece a una +matrona, la voz de la Gorgheggi tenía, siendo ella aún muy joven, un +_enbonpoint_, decía Mochi, que la quitaba la agilidad, la esbeltez.... En +fin, ello era que, a pesar de estar él seguro de que allí había un +corazón y un talento de gran artista y un timbre originalísimo, +seductor... no teníamos verdadera estrella de primera magnitud. Esta +convicción que adquirió antes Mochi, llegó al cabo a la conciencia de +Serafina; mas fue el secreto mutuo, si vale decirlo así, de que jamás se +hablaba. Fue la tristeza común quien los unió más que su trato amoroso y +sus intereses; pero fue también el origen y causa permanente de ocultos +rencores, de humillaciones viles. Mochi, por amor propio, por vanidad de +hombre de negocios, no quiso dar su brazo a torcer, confesarse que se +había equivocado uniéndose a Serafina para explotarla. ¿No era una gran +artista? Pues era mediana, y era además una mujer muy hermosa, y, más +que hermosa, seductora. Pensando, como en una prueba de habilidad, en +que no se había casado con ella, en que podía separarse de su _negocio_ en +cuanto fuese gravoso, se atrevió a comerciar con su hermosura y él mismo +le puso delante la tentación. Serafina, la primera vez que cayó en ella, +cayó, como tantas otras, seducida por la vanidad, por la lujuria +exaltada de la mujer de teatro, por el interés: su primer amante, a +quien quiso un poco, de quien estuvo muy orgullosa, fue un General +francés, Duque, millonario. La venganza que Mochi se reservó para hacer +pagar a su discípula la infidelidad espontánea, que él mismo había +provocado, pero que le dolía, fue dejarla ver que él lo sabía todo y que +el Duque era su mejor amigo y protector. Los regalos que Serafina +ocultaba no eran la mitad del provecho que de tales relaciones había +sacado la compañía. Siempre sereno, siempre risueño, feroz y cruel en el +fondo, Mochi hizo comprender a su amiga que aquella tolerancia del +maestro continuaría, y que era indispensable para tener nivelados los +presupuestos de la sociedad. Lo que no hacía falta era explicarse +directamente; lo que allí hubiera sido repugnante, según el tenor, era +un pacto explícito; no hacía falta. Además, él continuaba siendo amante +de su discípula, y por rachas le entraba un verdadero amor a que ella +debía corresponder, o fingirlo a lo menos. Pero lo principal era lo +principal, y cuando se presentaba un partido, Mochi se reducía al papel +de marido que no sabe nada; esto ante Serafina; ante el nuevo galán no +era ni más ni menos que para el público, el maestro, _il babbo_ adoptivo. + +El segundo devaneo de Serafina, en Milán, ya no fue espontáneo. Aceptó +como aceptaba una contrata en un teatro, porque lo exigía el _otro_, +Mochi. También ella creía de _buen gusto_ guardar las formas; hacía como +que engañaba a su amante y director artístico. Y algo le engañaba, +porque, vengándose a su vez de aquel miserable comercio a que se la +condenaba, daba a entender a Mochi que sólo por interés y obediencia +aceptaba los galanteos provechosos, y que en el fondo sólo a su maestro +quería. + +Mochi creía algo de esto. «Sí, ella me quiere ya; y me quiere a mí sólo: +si no fuera así, se escaparía; con los demás finge por interés y por +obedecerme». + +Lo cierto era que la Gorgheggi no amaba a su tirano y le había sido +infiel de todo corazón desde la primera vez; pero al verse vendida, le +dolió el orgullo; creía que Mochi estaba loco por ella, y cuando +advirtió que era cómplice de sus extravíos, lo cual demostraba que no +había tal pasión por parte del tenor, se sintió más sola en el mundo, +más desgraciada, y experimentó el despecho de la mujer coqueta que, sin +querer ella, desea que la adoren. Aquel comercio infame la dolía más que +la repugnaba; en su vida de teatro, en la que entró ya seducida, +enamorada del vicio, no había tenido ocasión de adquirir nociones de +dignidad ni de amor puro; aquella mezcla del amor y el interés le +parecía sólo producto de su oficio; que la hermosura tenía que ser el +complemento del arte para ganar la vida, lo admitía, sobre todo desde +que ella misma estuvo convencida de que jamás llegaría a ser _prima donna +assolutissima_ en los grandes teatros. + +Pero lo que lastimaba lo que llamaba ella su corazón, era la complicidad +de Mochi. «Yo hubiera hecho lo mismo sola y él hubiera conservado mi +respeto y mi amistad y mis caricias cuando las quisiera, y el provecho +de estas infidelidades mías también se habría repartido. ¿Qué falta +hacía que él se mezclase en esto? No me dice nada, pero me empuja, me +echa en brazos de los que debiera considerar como rivales...». + +Y esto era lo que ella quería que él pagase. ¿Cómo? Suponía la Gorgheggi +que aunque él no estuviera ya enamorado, se creía querido todavía; y +engañarle, arrojarse con ardor al vicio, al amor lucrativo; remachar los +besos que vendía, era su venganza. + +Eso hacía, sin darse cuenta de que tomaba parte en aquellos furores de +lubricidad con aires de pasión, la lascivia, la corrupción de su +temperamento fuerte, extremoso y de un vigor insano en los extravíos +voluptuosos. Se entregaba a sus amantes con una desfachatez ardiente +que, después, pronto, se transformaba en iniciativa de bacanal, es más, +en un furor infernal que inventaba delirios de fiebre, sueños del hachís +realizados entre las brumas caliginosas de las horribles horas de +arrebato enfermizo, casi epiléptico. + +Cuando su cuerpo macizo y bien torneado, suave y palpitante, cayó en los +brazos de Bonifacio Reyes, ya estaba ella un poco cansada de aquella +campaña terrible de _su venganza_, pero todavía sus arrebatos eróticos +eran manjar muy superior al estómago empobrecido por tibias aguas +cocidas del mísero escribiente de D. Diego. + +Él estaba pasmado, además de vivir en perpetua embriaguez, casi en +alucinación constante. Creía sentir aquellas caricias sin nombre (él a +lo menos no sabía cómo llamarlas), a todas horas, en todas partes; se le +figuraba estar bañándose todo el día en los besos de Serafina; la veía, +la oía, la olía, la palpaba en todas partes, hasta en el cuarto de Emma, +entre las medicinas y mal olientes intimidades de la esposa enferma y +poco limpia. Le extrañaba a veces que su mujer no conociese que la otra +estaba allí, entre los dos, más cerca de él que ella misma. + +«¡Qué mujer!--pensaba el infeliz a cualquier hora, en cualquier parte--. +¡Quién había de imaginar que había mujeres así! ¡Oh!... todo esto es el +arte... sólo una artista puede querer en esta forma tan.... +deliciosamente exagerada». + +Lo que más picante le parecía, lo que venía a remachar el clavo de la +felicidad, era el contraste de Serafina, quieta, cansada y meditabunda, +con Serafina en el éxtasis amoroso: esta mujer, toda fuego, que asustaba +con sus gritos y sus gestos de furiosa de amor; que hablaba, mientras +acariciaba, con una voz ronca, gutural, que parecía salir de la faringe +sin pasar por la boca, y que decía cosas tan extrañas, palabras que, +aunque pareciera mentira, aún eran excitantes en medio de los hechos más +extremosos de la pasión; esta mujer, diablo de amor, cuando el cansancio +material irremediable sobrevenía y llegaban los momentos de calma +silenciosa, de reposo inerte, tomaba aire, contornos, posturas, gestos, +hasta ambiente de dulce madre joven que se duerme al lado de la cuna de +un hijo. Las últimas caricias de aquellas horas de transportes báquicos, +las caricias que ella hacía soñolienta, parecían arrullos inocentes del +cariño santo, suave, que une al que engendra con el engendrado. Entonces +_la diabla_ se convertía en la mujer de la voz de _madre_, y las lágrimas +de voluptuosidad de Bonis dejaban la corriente a otras de enternecimiento +anafrodítico; se le llenaba el espíritu de recuerdos de la niñez, de +nostalgias del regazo materno. + +Cuando, al separarse, ella recomponía su tocado, con ademán tranquilo, +familiar, echaba a la cabeza, en posturas de estatua, sus brazos de +Juno, sonreía con reposada placidez, dejando los rizos de la sonrisa +rodar en su boca y sus mejillas, como la onda amplia de curva suave y +graciosa del mar que se encalma; pensaba, mirando el rostro pálido del +aturdido amante, más muerto que vivo a fuerza de emociones, pensaba en +Mochi y se decía: + +--¡Si le dijeran a ese miserable lo dichoso que acaba de ser este pobre +diablo! Todo, todo por venganza. ¡Él cree que este infeliz tiene que +contentarse con desabridas caricias; no sospecha que le estoy matando de +placer y que va a morir entre delicias! + +Bonis también creía que aquella vida no era para llegar a viejo; pero, a +pesar de cierto vago temor a ponerse tísico, estaba muy satisfecho de +sus hazañas. Se comparaba con los héroes de las novelas que leía al +acostarse, y en el cuarto de su mujer, mientras velaba; y veía con gran +orgullo que ya podía hombrearse con los autores que inventaban aquellas +maravillas. Siempre había envidiado a los seres _privilegiados_ que, amén +de tener una ardiente imaginación, como él la tenía, saben expresar _sus +ideas_, trasladar al papel todos aquellos sueños en palabras propias, +pintorescas y en intrigas bien hilvanadas e interesantes. Pues ahora, ya +que no sabía escribir novelas, sabía hacerlas, y su existencia era tan +novelesca como la primera. Y buenos sudores le costaba, porque había +ratos en que su apurada situación económica, sus remordimientos y sus +miedos sobre todo, le ponían al borde de lo que él creía ser la locura. +No importaba; la mayor parte del tiempo estaba satisfecho de sí mismo. +Aquella ausencia de facultades expresivas, que según él era lo único que +le faltaba para ser un artista, estaba compensada ahora por la _realidad +de los hechos_; se sentía héroe de novela; no había sabido nunca dar +expresión a lo que era capaz de sentir; mas ahora él mismo, todos sus +actos y aventuras, eran la viva encarnación de las más recónditas y +atrevidas imaginaciones. Y si no, se decía, no había más que repasar su +existencia, fijarse en los contrastes que ofrecía, en los riesgos a que +le arrastraba su pasión y en la calidad y cantidad de esta. Emma, cada +día más aprensiva y más irascible, exigente y caprichosa, había llegado +a complicar el tratamiento de sus enfermedades reales e imaginarias +hasta el punto de que, el mismo Bonifacio, a pesar de su gran retentiva +y experiencia, había necesitado recurrir a un libro de memorias en que +apuntaba las medicinas, cantidades de las tomas y horas de +administrarlas, con otros muchos pormenores de su incumbencia. Como la +enferma no estaba muy segura de padecer todos los males de que se +quejaba, temerosa muchas veces de que las pócimas recetadas no fuesen +necesarias dentro del estómago y acaso sí perjudiciales, prefería por +regla general el _uso externo_, con lo cual se aumentaban las fatigas del +cónyuge curandero, porque todo se volvía untar y frotar el cuerpo +delgaducho y quebradizo, quejumbroso y desvencijado, de su media naranja +o medio limón, como él la llamaba para sus adentros; porque los +desahogos de Bonis eran de uso interno, al contrario de lo que sucedía +con las medicinas de su mujer. Pulgada a pulgada creía conocer el +antiguo escribiente la superficie de aquel asendereado cuerpo de su +mujer, donde él daba friegas con fuerza y con delicadeza a un tiempo, +según lo exigía la paciente, esparcía ungüento con justicia +distributiva, amoroso tacto, pulcritud y suavidad; así como en la región +del pecho, y en la espalda y sobre el hígado había pasado un pincel +impregnado de yodo. Antojábasele aquel mísero conjunto de huesos y +pellejo y de importunas turgencias, edificio ruinoso que el dueño +defiende contra la piqueta municipal a fuerza de revoques de cal y manos +de pintura y recomposición de tejas. «¡Ay!, en vano la retejo, y la +unto, y la froto, y la pinto; esta mujer mía hace agua por todas partes, +y el viento de la ira entra en ella por mil agujeros; esta destartalada +máquina, inútil para mí, en cuanto legítimo esposo, sirve sólo, y +servirá tal vez muchos años, para albergue del espíritu sutil de la +discordia y de la contradicción: poca materia necesita el ángel malo +para encaramarse en ella como un buitre en una horca, un búho en un +torreón escueto y abandonado, y desde su miserable guarida hacerme cruda +guerra». + +Lo cierto era que Bonis exageraba, lo mismo que en el lenguaje, en los +achaques de su mujer. Emma, que había estado en peligro de muerte meses +antes, poco a poco se reponía, y la nueva energía que iba adquiriendo +empleábala en inventar más exigencias, más achaques y en procurarse +unturas que no la comprometían a estar enferma de verdad, y en cambio +habían llegado a ser para ella una segunda naturaleza; no se sentía bien +sin grasa alrededor del cuerpo, sin algodón en rama aplicado a cualquier +miembro; y en cuanto al resquemillo del yodo y a las cosquillas del +pincel, habían llegado a ser uno de sus mejores entretenimientos. Todo +ello servía para multiplicar los trabajos de Reyes, su responsabilidad y +alarde de paciencia. Aquella resignación de su marido llegó a ser tan +extremada, que a Emma acabó por parecerle cosa sobrenatural y diole mala +espina. No sabía por qué le olía mal aquella sumisión absoluta; tiempo +atrás, antes de sufrir las últimas humillaciones, protestaba tímidamente +por medio de observaciones respetuosas; pero ahora, ni eso: callaba y +untaba. A un insulto, a una provocación, respondía con una obra de +caridad de las que inmortalizaban a un santo; allí hacía falta, no sólo +el sacrificio del corazón, sino el del estómago, pues todo se +sacrificaba. Bonis no tenía ni amor propio ni náuseas; el olfato parecía +haber desaparecido con el sentimiento de la propia dignidad. ¿Qué era +aquello? Lo que antes era para la esposa autocrática la única gracia de +su marido, ahora comenzaba a convertirse en motivo de sospechas, de +cavilaciones. ¿Por qué calla tanto? ¿Por qué obedece tan ciegamente? ¿Es +que me desprecia? ¿Es que encuentra compensación en otra parte a estos +malos ratos? Un día Emma, a gatas sobre su lecho, se recreaba sintiendo +pasar la mano suave y solícita de su marido sobre la espalda untada y +frotada, como si se tratase de restaurar aquel torso miserable sacándole +barniz. «¡Más, más!», gritaba ella, frunciendo las cejas y apretando los +labios, gozando, aunque fingía dolores, una extraña voluptuosidad que +ella sola podía comprender. + +Bonis, sudando gotas como puños, frotaba, frotaba incansable, con una +sonrisa poco menos que seráfica clavada en el apacible rostro: sus ojos, +azules y claros, muy abiertos, sonreían también a dulces imágenes y a +deleitosos recuerdos. En vano Emma refunfuñaba, se quejaba, le increpaba +y con palabras crueles le ofendía; no la oía siquiera; cumplía su deber +y andando. + +Volvió ella la cabeza hacia arriba, y al ver la expresión de beatitud de +aquella cara, quedose pasmada ante semejante alarde de paciencia y +humildad absoluta. + +--A este algo le pasa, algo muy raro.... Parece más tonto que de +costumbre, y al mismo tiempo en esa cara hay una expresión que yo no he +visto nunca. + +--¿Sabes que andas distraído, joven? + +Aquel joven era la tremenda ironía de la mujer que, viéndose mustia y +enfermiza, recordaba al tierno esposo que él envejecía, gracias, no sólo +a los años, sino también a los disgustos de aquella servidumbre +conyugal. + +El joven no contestaba cosa de sustancia y entonces ella le miraba de +hito en hito, y daba vueltas alrededor de él, para ver si por algún lado +estaba abierto y se le veía el secreto que debía de tener entre pecho y +espalda. Después le olfateaba. Le daba el corazón que por el olfato +habían de empezar los descubrimientos... ¿A qué olía aquel hombre? Olía +a ella, a los ungüentos con que la frotaba, al espliego y alcanfor de su +jurisdicción ordinaria. «Habrá que olerle cuando venga de fuera, de la +calle». Y le despachó, como casi siempre, con cajas destempladas. + +Emma dormía mucho, y aun despierta tenía necesidad de estar +completamente sola muchas horas, porque además de las intimidades a que +podía y debía asistir Bonifacio, había otras más recónditas que no podía +presenciar ni el marido; eran unas las del tocador, secreto de secretos, +y otras misteriosas manías de cuya existencia no quería ella que supiese +nadie. Añádase a esto que había conservado la mala costumbre de soñar +despierta horas y horas en su lecho, antes de levantarse, y en tales +deliquios de la pereza, así como en las frecuentes rachas de murria, +Emma no toleraba la presencia de ningún semejante. Por todo lo cual, +Bonis, a pesar de la estricta sujeción de sus tareas de marido +enfermero, tenía por suyo mucho tiempo; el caso era ser exacto a las +horas de servicio; de las demás no pedía cuentas el tirano. Todas las +que, tiempo atrás, vivía Reyes olvidado por el mundo entero, sin tener +que dar noticia de su empleo a nadie, a fuerza de ser él persona +insignificante, ahora las dedicaba, siempre que había modo, a su amor. +Veía a Serafina en el teatro, en la posada y en los largos paseos que +daban juntos por parajes muy retirados o lejos de la ciudad. + +Aquel día, después de lavarse bien con esponjas grandes y finas, género +de limpieza que había aprendido observando a la Gorgheggi en su tocador, +salió saltando las escaleras de dos en dos. + +Y se decía: «¿Qué me importa ser aquí esclavo y oler a botica que +apesto, si en otra parte soy dueño del más hermoso imperio, árbitro de +la voluntad más digna de ser rendida, y me aguarda lecho de rosas y de +aromas, que no sé si serán orientales, pero que enloquecen?». + +Seguro estaba Bonis de que era aquel vivir suyo un rodar al abismo; que +no podía parar en bien todo aquello era claro; pero ya... preso por +uno... y además, en los libros románticos, a que era más aficionado cada +día, había aprendido que a «bragas enjutas no se pescan truchas»; que un +hombre de grandes pasiones, como él estaba siendo sin duda, y metido en +aventuras extraordinarias, tenía que parar en el infierno, o, por lo +menos, en las garras de su mujer y en un corte de cuentas de D. Juan +Nepomuceno. Al pensar en D. Juan tembló de frío, porque se acordó de que +los siete mil reales de la restitución providencial habían ido +evaporándose, hasta quedar reducidos, en el día de la fecha, a dos mil. +Lo demás había parado en manos de Serafina, ya en forma de regalos, ya +en dinero, pues cierta clase de gastos indispensables no había tenido +valor para hacerlos por sí mismo, temiendo que el secreto de sus amores +pudiera ser conocido y divulgado por los comerciantes. ¿Con qué cara iba +él a pedir en una tienda de su pueblo polvos de arroz de los más finos, +ligas de seda, medias bordadas y pantalones de mujer con el jaretón por +aquí o por allá? + +En cuanto a Mochi, no se había vuelto a acordar para nada de dinero, ni +para pedirlo, ni para pagar lo que debía. «En la cuestión de cantidades» +no quería pensar Reyes; se figuraba que toda la deuda del Estado era +cosa suya, la debía él. ¡Primero mil reales, después seis mil, ahora los +siete mil de la restitución... el mundo, el mundo entero en forma de +guarismos! No, no contaba él así; no se representaba las cantidades +fijas, ni menos la suma de todas; él recordaba que primero había +prestado lo que no tenía; después muchísimo más, y, por último, que +había cometido el gran sacrilegio de profanar una cantidad sagrada, +producto del secreto del confesonario, empleándola en un corsé regente, +en unos búcaros con chinos pintados, en sortijas, flores y pantalones de +señora... ¡Horror! «Sí, horror, pero ¿y qué se le iba a hacer? Preso por +uno.... Aquella misma atrocidad de haber gastado tanto dinero que no era +suyo demostraba la intensidad, la fuerza irresistible de su pasión. Pues +adelante». Cierto era que quedaba el rabo por desollar. D. Juan +Nepomuceno le tenía cogido por las narices, y podía hacer de él lo que +le viniese en voluntad. + +Poco a poco la figura de Nepomuceno, del odiado y odioso Nepomuceno, +había ido creciendo a los ojos de la imaginación espantada de Bonis; +sobre todo, las patillas cenicientas, en que el desgraciado veía el +símbolo de todas las matemáticas aplicadas a la hacienda, el símbolo de +los aborrecibles intereses materiales, del negocio, de la previsión y +del ahorro... y la trampa si a mano viene; aquellas patillas habían +subido, tocado las nubes, y en el inmenso abismo hundían los lacios +hilos grises de sus puntas. ¡Rayo en ellas! Bonis, que amaba las letras, +aborrecía los guarismos, y en punto a aritmética, decía él que todo lo +entendía menos la división; aquello de calcular a cuántos cabían tantos +entre tantos, siempre había sido superior a sus fuerzas; al llegar a lo +de tantos entre tantos no caben (o no cogen, como él solía decir), +sudaba y se volvía estúpido y sentía náuseas; pues bien, Nepomuceno, +sólo con su presencia, hasta en idea, le producía el mismo efecto que +una división en que sobraba algo; no le cogía el tal Nepomuceno. + +Y eso que el muy taimado callaba como un bellaco. Ni una palabra le +había dicho después de haber descubierto y pagado el préstamo famoso de +D. Benito. Es claro que tampoco Bonis había abordado la cuestión; en +este particular estaba el escribiente como el condenado a muerte que, +con los ojos tapados, aguarda el golpe del verdugo, y con gran sorpresa, +pero sin perder el miedo, siente que el tiempo pasa y el golpe no llega. +De otra manera también se figuraba su situación Reyes, fecundo siempre +en alegorías y toda clase de representaciones fantásticas; se figuraba +que a sus pies había una gran mina, que él estaba seguro de que el fuego +había prendido en la mecha... ¿Por qué no venía el estallido? ¿Se había +mojado la pólvora? ¿Se había mojado la mecha? No; él estaba convencido +de que Nepomuceno estaba seco y bien seco; sería que la mecha era más +larga que él había pensado; el fuego iba dando rodeos, pero el estallido +vendría, ¡no podía faltar! Aun así, daba gracias a Dios por aquel plazo, +que le permitía entregarse a su gran pasión sin complicaciones +económicas, que todo lo hubieran aguado. + +Llegó Bonis al ensayo oliendo a agua de colonia, risueño y arrogante +hasta el punto que él podía serlo. Gran algazara había en el escenario. +Aquel día era de los de sol allí dentro, a pesar de que poca luz podía +entrar hasta la escena y la sala por las puertas de los palcos y los +ventiladores del techo; el sol que vio allí Reyes era un sol moral +(quería decirse que todos estaban contentos); Mochi había pagado y las +rencillas habían concluido, o, por lo menos, quedaban escondidas; el +barítono embromaba a la contralto, el director de orquesta al bajo, +Mochi a una señora del coro, y la Gorgheggi iba y venía repartiendo +sonrisas y saludos con voz de pájaro; para todos tenía inocentes +coqueterías, agasajos de voz y de gesto: para los de la escena, para los +señores de las bolsas o faltriqueras, y hasta para tal o cual músico que +había desafinado o perdido el tiempo. Serafina, radiante, se lo +perdonaba con una interjección o una inclinación de cabeza, y cargaba +con la responsabilidad. Tal vez el director decía: «¡Cristo!» y miraba +con fingido enojo al trompa, y entonces ella encogía los hombros y +mordía la punta de la lengua con picardía de colegiala, para decir +enseguida, llena de abnegación: + +--Maestro, maestro... senti, non e'colpevole, questo signore, sono io. + +¡Qué música de voz! ¡Qué corazón!, pensaba Bonis, que entraba en el +palco de sus amigos. + + + + +-VIII- + + +En el café de la Oliva se dispuso cierta noche una cena para doce +personas, en el comedor de arriba; un cuarto oscuro que a los calaveras +del pueblo y al amo del establecimiento les parecía muy reservado, y muy +misterioso, y muy a propósito para orgías, como decían ellos. + +El camarero de la guitarra y otros dos colegas se esmeraban en el +servicio de la mesa, porque eran los de la ópera los que venían a cenar; +y... ¡colmo de la expectación!, se aguardaba también a las cómicas; +vendrían la tiple, la contralto, una hermana de esta y la doncella de +Serafina, que en los carteles figuraba con la categoría dudosa de otra +tiple. + +El único profano a quien se invitó fue Bonifacio; él, lleno de orgullo +artístico, pero recordando que la hora señalada para la tal cena era de +las que su esposa le tenía embargadas para las últimas friegas, ofreció +ir a los postres y al café, reservándose el cuidado de echar a correr a +su tiempo debido. No sabía que a lo que él iba era a pagar. Esto lo supo +después, cuando, ebrio de amor y un poco de benedictino non sancto, +había caído en el panteísmo alalo a que le llevaban todos los +entusiasmos de su organismo, más empobrecido de lo que prometían las +buenas apariencias de su persona. + +Llegó cuando los músicos y cantantes saboreaban el ponche a la romana +que Mochi había incluido en la lista de la cena. Fue recibido con una +aclamación, en que tomaron parte las señoras. Sin saber cómo, y cuando +la emoción producida por tal recibimiento aún le tenía medio aturdido, +se vio Reyes al lado de su ídolo, Serafina, que había comido mucho y +bebido proporcionadamente. Estaba muy colorada y de los ojos le saltaban +chispas. En cuanto tuvo junto a sí a Bonis, le plantó un pie encima, un +pie sin zapato, calzado con media de seda. + +--¡Nene--dijo acercándole la cara al oído--, apestas a colonia! + +Y le azotó un tobillo, por encima del pantalón, con el pie descalzo. +Bonis se ruborizó no por lo del pie, sino por lo de la colonia; aquel +olor era el rastro de su esclavitud doméstica. + +«Si yo no oliese a colonia, ¡a qué olería!» pensó. Pero olvidó enseguida +su vergüenza al oír a Serafina que, quedándose muy seria, con la voz +algo ronca con que le hablaba siempre en la intimidad de su pasión, le +dijo, otra vez, al oído casi: + +--Acércate más, aquí nadie ve nada... ya todos están borrachos. + +Y sin esperar respuesta, y antes que Bonis se moviese, ella, +bruscamente, sin levantarse, hizo que su silla chocara con la del +amante, y ambos cuerpos quedaron en apretado contacto. El olor a colonia +desapareció, como deslumbrado por el más picante y complejo, que era una +atmósfera casi espiritual de Serafina; aquel olor a perfumes fuertes, +pero finos, mezclado con el aroma natural de la cantante, era lo que +determinaba siempre en Bonis las más violentas crisis amorosas. Perdió +el miedo, aturdido por aquella proximidad ardiente y olorosa de su +amada, y como si esto fuera escasa borrachera, se dejó seducir por las +tretas de Mochi, que le invitaban sin cesar a beber de todo. Bebió Reyes +ponche, champaña, benedictino después, y ya, sin conciencia despierta +para reprobar las demasías que se permitían el barítono y la contralto y +alguna otra pareja, consintió en brindar, por último, cuando de todas +partes salían exclamaciones que le invitaban a desahogar su corazón en +el seno de aquella amistad artística, «no por nueva, pensaba él, menos +firme y honda». + +Borracho del todo nunca lo había estado Bonifacio; un poco más que +alegre, sí, aunque no muchas veces; y en tales trances era cuando se le +soltaba la lengua un poco, y decía aproximadamente algo parecido a lo +mucho que le bullía en el pecho. + +Consultó con los candorosos ojos a su amada si haría bien o mal en +brindar; la Gorgheggi aprobó el brindis con un apretón de manos +subrepticio, y el flautista frustrado se levantó entre aplausos. + +--Señoras y señores--dijo con una copa de agua en la mano--, es tanto mi +agradecimiento, es tal la emoción que me embarga, que... lo digo yo y no +me arrepiento, yo, Bonifacio Reyes, pago todo el gasto... eso es, toda +la comida y toda la bebida... _botillería_ inclusive.... Benito (a un +camarero), ya lo oyes, todo esto es cuenta mía. (Bravos y exclamaciones. +Mochi sonreía satisfecho, como pudiera estarlo un profeta que ve +cumplida su profecía.) Yo lo pago todo, y no hay que preguntarme de +dónde salen las misas. Preso por uno, preso por ciento, y uno... eso +es.... Nadie me toque a la vida privada. ¡Ahí le duele!... La vida +privada de la vida ajena es un sagrado, arca santa, arca sanctorum.... + +--Sancta Sanctorum!--interrumpió un apuntador que había sido seminarista. +(Voces de: ¡silencio!, ¡fuera!) + +--Bueno; sanctorum omnium. Señores, yo no puedo... yo no sé decir, ni +debo, ni puedo ni quiero, todo lo que para mí significa vuestro +cariño.... Yo amo el arte... pero no lo sé expresar; me falta la forma, +pero mi corazón es artístico; el arte y el amor son dos aspectos de una +misma cosa, el anverso y el reverso de la medalla de la belleza, +digámoslo así. (Bravos; asombro en los cómicos.) Yo he leído algo... yo +comprendo que la vida perra que he llevado siempre en este pueblo +maldito es mezquina, miserable... la aborrezco. Aquí todos me +desprecian, me tienen en la misma estimación que a un perro inútil, +viejo y desdentado... y todo porque soy de carácter suave y desprecio +los bienes puramente materiales, el oro vil, y sobre todo la industria y +el comercio.... No sé negociar, no sé intrigar, no sé producirme en +sociedad... luego soy un bicho, ¡absurdo!, yo comprendo, yo siento... yo +sé que aquí dentro hay algo.... Pues bien, vosotros, artistas, a quien +también tienen en poco estos mercachifles sedentarios, estas lapas, +estas ostras de provincia, me comprendéis, me toleráis, me agasajáis, me +aplaudís, admitís mi compañía y.... + +Bonis estaba pálido, se le atragantaban las palabras, hacía pucheros, y +su emoción, de apariencia ridícula, no les pareció tal por algunos +momentos a los presentes, que sin gritar ni moverse siquiera, escuchaban +al pobre hombre con interés, serios, pasmados de oír a un infeliz, a un +botarate, algo que les llegaba muy adentro, que les halagaba y +enternecía. Al orador no le faltaban palabras, pero las lágrimas le +salían al camino y querían pasar primero; además, las malditas piernas +se le desplomaban, según costumbre, y así, se le veía ir doblándose, y +casi tocaba con la barba en el mantel, cuando siguió diciendo: + +--¡Ah, amigos míos! Mochi amigo, Gaetano carísimo (el barítono), vosotros +no podéis saber cuánto me halaga que al pobre Reyes abandonado, +despreciado, humillado, le comprendan y quieran los artistas. Si yo me +atreviera huiría con vosotros, sería el último, pero artista, +independiente, libre, sin miedo al porvenir, sin pensar en él, pensando +en la música... ¿Creéis que no os comprendo? ¡Cuántas veces leo en +vuestro rostro las preocupaciones que os afligen, los cuidados del +mañana incierto! Pero poco a poco el arte os devuelve a vuestra +tranquilidad, a vuestra descuidada existencia; un aplauso os sirve de +opio, el puro amor del canto os embelesa y saca de la miserable vida +real.... Y el último de vosotros, Cornelio, que no tiene más que un traje +de verano para invierno, olvida o desprecia esta miseria, y se +entusiasma al gritar, lleno de inspiración artística, en su papel +modesto de corista distinguido, aquello de la Lucrezia: Vivva il Madera! +(Bravos y aplausos interrumpen al orador. El corista aludido, que está +presente y, en efecto, luce un traje digno de los trópicos y muy usado, +abraza a Reyes, que le besa entre lágrimas.) + +Quiso continuar, pero no pudo; cayó sobre su silla como un saco, y +Serafina, orgullosa de aquella oratoria inesperada y de la discreción +con que su amante se abstuvo de aludirla, le felicita con un apretón de +manos y otro de pies más enérgico. + +Mochi se aproxima al héroe, le abraza y le dice al oído, rozándose los +rostros: + +--Bonifacio, lo que te debo, lo que vales, nunca lo olvidará este pobre +artista desconocido y postergado. + +Las lágrimas de Mochi, mezcladas con los polvos de arroz que no ha +limpiado bien aquella noche, caen sobre las mejillas del improvisado +anfitrión. + +Al cual apenas le quedan fuerzas para pensar.... Mas de repente da un +brinco, lívido, y con el brazo en tensión, señala con el índice a la +esfera del reloj que tiene enfrente. + +--¡La hora!--grita aterrado, y procura separarse de la mesa y echar a +correr.... + +--¿Qué hora?--preguntan todos. + +--La hora de.... Bonis miró a Serafina con ojos que imploraban compasión y +ser adivinados. + +Serafina comprendió; sabía algo, aunque no lo más humillante, de aquella +esclavitud doméstica. + +--Dejadle, dejadle salir, tiene que hacer a estas horas, sin falta... no +sé qué, pero es cosa grave; dejadle salir. + +Bonis besó con la melancólica y pegajosa mirada a su ídolo, ya que no +podía de otro modo, y enternecido por el agradecimiento, tomó la +escalera.... + +Los cómicos le dejaron ir, pero miraron a Mochi como preguntándole algo +que él debía adivinar. + +Mochi, risueño, tranquilo, retorciéndose el afilado bigote, adivinó en +efecto, y dijo: + +--¡Oh, señores, no hay cuidado! Palabra de rey; aquí le conocen y saben +que no hay dinero más seguro que el del Sr. Reyes. Si no ha pagado ahora +mismo, habrá sido por olvido... o por no ofendernos. + +--Claro--dijo el barítono--; eso sería limitar el gasto.... + +--Sí, se conoce que es un caballero. + +Todos convinieron en que Bonis pagaría todo el gasto que se hiciera +aquella noche. + +En cuanto a Bonifacio, comprendía, muy a su placer, que por el camino se +le iba aliviando la borrachera. Estaba seguro de que aquella buena +acción que había comenzado el fresco de la noche, la llevaría a remate +el miedo que le daba su mujer. + +--Sí, estoy tranquilo, debo estar tranquilo; cuando entre en su cuarto, +el instinto de la conservación, llamémoslo así, me hará recuperar el uso +de todas mis facultades, y Emma no conocerá nada. Además, puede que se +haya dormido, y en tal caso hasta mañana no habrá riña por mi tardanza; +y lo que es mañana, ya estaré yo tan limpio de vino como el Corán. + +Llegó a casa, abrió con su llavín, encendió una luz, subió de puntillas +y entró en las habitaciones de su mujer. Una triste lamparilla, +escondida entre cristales mates de un blanco rosa, alumbraba desde un +rincón del gabinete; en la alcoba en que dormía Emma, las tinieblas +estaban en mayoría; la poca luz que allí alcanzaba servía sólo para dar +formas disparatadas y formidables a los más inocentes objetos. + +Bonis se acercó al lecho a tientas, estirando el cuello, abriendo mucho +los ojos y pisando de un modo particular que él había descubierto para +conseguir que las botas no chillasen, como solían. Esta era una de las +fatalidades a que se creía sujeto por ley de adverso destino; siempre +las suelas de su calzado eran estrepitosas. + +Al acercarse a su mujer se le ocurrió recordar al moro de Venecia, de +cuya historia sabía por la ópera de Rossini; sí, él era Otello y su +mujer Desdémona... sólo que al revés, es decir, él venía a ser un +Desdémono y su esposa podía muy bien ser una Otela, que genio para ello +no le faltaba. + +Lo principal, por lo pronto, era averiguar si dormía. + +Él se lo pidió al Hacedor Supremo con todas las veras de su corazón. +Había pasado un cuarto de hora de la señalada para las últimas friegas +de la noche. + +--Por lo menos calla--pensó, cuando ya estaba quieto, porque sus pies +habían tropezado con los de la cama. + +Por desgracia, el silencio no era prueba del sueño; es más, aunque +tuviese los ojos cerrados no había prueba; porque muchas veces, por +mortificarle, por castigarle, callaba, así, con los ojos cerrados, y no +respondía aunque la llamase; no respondía a no ser ¡terrible era +pensarlo!, pero ¿cómo negárselo a sí mismo?, a no ser con una bofetada y +un + +--¡Toma! ¡Vete a asustar a tu abuela!... ¡Infame, traidor, mal marido, +mal hombre! etcétera, etc. + +Todo esto era histórico; ya sabía Bonis que si algún día se le ocurría +escribir sus Memorias, que no las escribiría, ¿para qué?, habría que +omitir lo de las bofetadas, porque en el arte no podían entrar ciertas +tristezas de la realidad excesivamente miserables, y lo que es sus +Memorias, o no serían, o serían artísticas; pero omitiéralas o no, las +bofetadas eran históricas. No habían sido muchas, pero habían sido. Y +más tenía que confesarse, que en rigor, en rigor, no le ofendían mucho; +más quería un cachete, si a mano viene, que una chillería; el ruido lo +último de todo. Además, Emma cuando le insultaba, se repetía; sí, se +repetía cien y cien veces, y aquello le llegaba a marear. Verdad era que +cuando le pegaba se repetía también; bueno, pero no tanto. + +Emma tenía los ojos cerrados. Su esposo no se fiaba y le acercó un oído +a la boca. Su respiración tenía el ritmo regular del sueño. Podía ser +fingido. No se sabía si dormía o no. En cuanto a llamarla, hacía tiempo +que había renunciado a semejante prueba. Prefería estar allí, con la +cabeza inclinada sobre el rostro de la supuesta enferma, porque, en todo +caso, constaría que él, Bonis, había cumplido con su deber procurando +indagar si el sueño de su esposa era real o fingido. Si pasaban tres o +cuatro minutos, declaraba a Emma en rebeldía y se retiraba satisfecho +por haber cumplido con su deber. Podía al día siguiente echarle en cara +su abandono, el olvido en que la tenía, etcétera, etc.; pero él estaba +seguro de que se quejaba sin razón, porque se decía: «Si estaba +despierta, demasiado sabe que no falté de mi puesto; si dormía, ¿para +qué necesitó de mí?». + +Pasaron los cuatro minutos de espera y Bonis quiso, por lo excepcional +de las circunstancias, prolongar la experiencia. + +A los cinco minutos Emma abrió los ojos desmesuradamente, y con una +tranquilidad fría y perezosa, dijo, en una voz apagada que horrorizaba +siempre a Bonis: + +--Hueles a polvos de arroz. + +En las novelas románticas de aquel tiempo usaban los autores muy a +menudo, en las circunstancias críticas, esta frase expresiva: «¡Un rayo +que hubiera caído a sus pies no le hubiera causado mayor espanto!». + +Sin querer, Bonis se dijo a sí mismo muy para sus adentros el +sustancioso símil «un rayo que hubiera caído a mis pies, etc.», y por +una asociación de ideas, añadió por cuenta propia: «¡Mal rayo me parta! +¡Maldita sea mi suerte!». + +--Hueles a polvos de arroz--repitió Emma. + +Tampoco ahora contestó Bonis en voz alta. Pensó lo siguiente: «En todo +soy desgraciado, hasta la Providencia es injusta conmigo; me castiga +cuando no lo merezco: cien veces habré olido a polvos de arroz, y +nada... y hoy... hoy que no hay de qué... hoy que no lo he...». De +repente, se acordó de Mochi, de su abrazo y de que, en efecto, las +lágrimas de borracho con que le había mojado, le olían a polvos de +arroz. «¡Malditísimo marica!--pensó--; fue él, el sobón del tenor Mochi.... +y ahora, ¡qué conflicto!, ¡qué tormenta! Porque ¿quién le dice a esta.... +'Mira, sí, huelo a polvos de arroz, pero es porque... me abrazó y me +besó... ¡el tenor de la Compañía italiana!'?». + +--Hueles a polvos de arroz--dijo por tercera vez la esposa desvelada. + +Y con gran sorpresa del marido, un brazo que salió de entre la ropa del +lecho no se alargó en ademán agresivo, sino que suavemente rodeó la +cabeza de Bonis y la oprimió sin ira. Emma entonces olfateó muy de cerca +sobre el cuello de Reyes, y este llegó a creer que ya no le olía con la +nariz, sino con los dientes. Temió una traición de aquella gata; temió, +así Dios le salvase, un tremendo mordisco sobre la yugular, una sangría +suelta... pero al retroceder con un ligero esfuerzo, sintió sobre la +nuca el peso de dos brazos que le apretaban con tal especie de ahínco, +que no podía confundirse con la violencia ni el dolo malo; y acabó de +entender, con gran sorpresa, de qué se trataba, cuando oyó un gemido +ronco y mimoso, de voluptuosidad soñolienta, imperativa en medio del +abandono, gemido que él conocía perfectamente y cuyo significado no +podía confundirse con nada. Significaba todo aquello el renacimiento de +una iniciativa conyugal largo tiempo abandonada. En la intimidad de las +intimidades no tenía Bonis mando superior al que le había sido conferido +en los demás quehaceres domésticos; de su espontaneidad no se esperaba +ni se admitía cosa alguna. Un rayo que hubiera caído a sus pies... y de +repente se hubiese convertido en lluvia de flores, no hubiera causado +mayor sorpresa al amante de Serafina, que la actitud de su mujer +soñolienta y caprichosa; pero sin andarse en averiguaciones de causas +próximas o remotas, echó sus cuentas Bonifacio, y se dijo en el fuero +interno, sin pararse a examinar la exactitud de la frase, «lo echaremos +todo a barato»; y a la invitación de su hembra hecha por señas +infalibles, que levantaban en el alma nubes melancólicas de recuerdos +que se deslizaban delante de una luna de miel muy hundida en el +firmamento oscuro, contestó con otras señas que fueron estimadas en lo +que valían. + +«Esto no es infidelidad--pensaba Bonis--, esto es un 'sálvese el que +pueda'». Su conciencia de amante, la falsa conciencia del romántico +apasionado por principios, le acusaba, le decía que los recientes +vapores de la orgía le prestaban un fuego que no era fingido; fuese +resto de borrachera, agradecimiento, nostalgia de la luna de miel o lo +que fuese, ello era que aquel panteísta de la hora de los brindis no +sentía repugnancia ni mucho menos al cumplir aquella noche sus más +rudimentarios deberes de esposo; a la sorpresa que le causó la extraña +actitud de Emma, sucedieron pronto muchas sorpresas de un orden +inenarrable, llámese así, sorpresas que le enseñaron allá entre sueños, +que el que más cree saber no sabe nada, que las apariencias engañan, que +la aprensión hace ver lo que no hay, y viceversa; en fin, ello era que, +o los dedos se le antojaban huéspedes, o veía visiones, o su mujer no +estaba tan en los últimos como ella decía, ni las gallinas y chuletas +que juraba no digerir, ni los vinos exquisitos que aseguraba ella que la +envenenaban, dejaban de surtir sus efectos en aquella «naturaleza»; que +las unturas y el algodón en rama habían producido una... palingenesia.... +algo así como una vegetación de la oscuridad, pálida, pero no mezquina. +La torcida y dañada conciencia del fiel amante y del marido infiel, se +quejaba, no admitía sofismas, allá en los adentros más nublados del +turbado Bonis, que entre el sueño y la vigilia se entregaba, mitad por +miedo, por desorientarla, como él se decía, mitad por una especie de +voluptuosidad nueva y que juzgaba monstruosa, se entregaba a los +arrebatos del amor físico, no con gran originalidad por cierto, pero sí +con una espontaneidad que era lo que más le remordía en la citada +conciencia de amante. Originalidad no la había, no; frases, gritos +ahogados, actitudes, novedades íntimas del placer, que Emma recibía con +tibias protestas y acababa por saborear con delicia epiléptica, y por +aprender con la infalibilidad del instinto pecaminoso; todo esto era una +copia de la otra pasión, todo revelaba el estilo de la Gorgheggi. Sin +pasar de aquella misma noche, Bonis oyó a su mujer en el delirio del +amor, que él siempre llamaba para sus adentros físico (por distinguirle +de otro), oyó a Emma interjecciones y vocativos del diccionario amoroso +de su querida; y vio en ella especies de caricias serafinescas; todo +ello era un contagio; le había pegado a su mujer, a su esposa ante Dios +y los hombres, el amor de la italiana, como una lepra; y de esto, la +conciencia que protestaba era la del marido, la del padre de familia.... +virtual que había en él, en Bonifacio Reyes. «Esto es manchar el tálamo +con una especie de enfermedad secreta... moral... se decía, y esto es +además faltar a mis deberes... de fiel amante romántico y artístico». +Pero todos estos remordimientos mezclados y confusos se revolvían allá +en el fondo del pobre cerebro, entre vapores de la borrachera que había +creído desvanecida y que sólo se había descompuesto: por un lado era +plomo que se le agolpaba a la cabeza, por otro lado lujuria exaltada, +enfermiza, que amenazaba derretirle. Entre los brazos de Emma, Bonis oía +de cuando en cuando gritos que le estallaban dentro del cráneo. +«¡Bonifacio! ¡Reyes! ¡Bonifacio!» le decían aquellos tremendos +estallidos, y reconocía la voz del barítono, y la del bajo, y la del que +cantaba en Lucrezia: Vivva il Madera! + +Vino el día y se durmió la triste pareja. A las diez despertó Emma, se +acordó de todo, sonrió como una gata lo haría si pudiera, y dio a su +marido un puntapié en la espinilla, diciendo: + +--Bonis, levántate, que va a venir Eufemia. + +Eufemia era la doncella que debía traerla el chocolate a Emma a las diez +y cuarto en punto. No quería que la chica se enterase de que el +matrimonio había dormido de aquella manera. + +Cuando Bonis abrió los ojos a la realidad, como se dijo a sí mismo a los +pocos segundos de despierto, lo primero que hizo fue bostezar, pero lo +segundo... fue sentir una sed abrasadora de idealidad, de infinito, de +regeneración por el amor, y además sed material no menos intensa, y +grandísimos deseos de seguir durmiendo. Por lo demás, no quería pensar +en su situación; le horrorizaba, por varios conceptos. Sideo, se le +ocurrió decir acordándose de una de las siete palabras del Mártir de +Gólgota, como él llamaba a Nuestro Señor Jesucristo; pero como Emma +repitiese el puntapié con el pie desnudo en el hueso de la pierna +derecha, Bonis tradujo su exclamación, diciendo: «Tengo mucha sed.... +¡algo líquido, por Dios!... ¡aunque sea jarabe!...». + +--¡Oye, tú!; ¿sabes lo que te digo? Que te levantes antes que venga la +chica... si tú no tienes vergüenza, la tengo yo.... + +Y con aquella actividad y energía que caracterizaban a Emma y que habían +hecho pensar mil veces a Bonis que su mujer hubiera sido un magnífico +hombre de acción, un político, un capitán, digo que usando de estas +cualidades, la esposa arrojó al esposo del tálamo a patada limpia. No +tuvo más remedio Reyes que vestirse provisionalmente deprisa y +corriendo, y salir del cuarto de su media naranja sin más explicaciones: +medio desnudo, descalzo, pues llevaba las botas en las manos (¿cómo +calzar botas y no zapatillas al levantarse de la cama?), fue tropezando +con todo por los pasillos, atravesó el comedor, bebió en un vaso de agua +olvidado allí la noche anterior, llegó a su cuarto, se desnudó deprisa y +mal, rompiendo botones; y en cuanto se vio en su lecho, en aquel que él +tenía por propiamente suyo, pensó en entregarse a la reflexión y a los +remordimientos de varias clases y harto contradictorios que le +asediaban; pero la parte física pudo más; y la dulce frescura de la cama +tersa, la suavidad del colchón bien mullido, le arrojaron, como sirenas +vencedoras, en lo más hondo del mar del sueño, haciendo rodar sobre su +cabeza olas de reposo y olvido. + + + + +-IX- + + +Durmió como un muerto, pero no mucho. Como un resucitado volvió a la +vida haciendo guiños a la luz cruda de un rayo del sol del mediodía, que +por un resquicio de la ventana mal cerrada, se colaba hasta la punta de +sus narices, hiriéndole además entre ceja y ceja. + +Aquel rayo de luz le recordaba los rayos místicos de las estampas de los +libros piadosos; él había visto en pintura que a los santos reducidos a +prisión, y aun en medio del campo, les solían caer sobre la cabeza rayos +de sol por el estilo del que le estaba molestando. Si él fuese idólatra +(que no lo era), vería en aquello la mano de la Providencia. No era +idólatra, pero creía en el Hacedor Supremo y en su justicia, que tenía +por principal alguacil la conciencia. Indudablemente su situación, la de +Bonis, se había complicado desde la noche anterior. «Hueles a polvos de +arroz», había dicho la engañada esposa, tres veces lo había dicho, y en +vez de irritarse... de envenenarle o ahorcarle... ¡cosa más rara!... + +Y al llegar aquí se le pusieron delante de la imaginación las carnes de +su mujer tales como de soslayo y a escape las había vislumbrado por la +mañana, al salir del lecho conyugal. No era lo mismo lo que había creído +ver en el delirio o exaltación de la borrachera y la realidad que se le +había presentado por la mañana; pero aun esta realidad excedía con mucho +al estado que verosímilmente se hubiera podido atribuir a lo que él +denominaba encantos velados y probablemente marchitos de su mujer. Sí, +él mismo, a pesar de que, con motivo de las unturas y otros menesteres +análogos, veía cotidianamente gran parte del desnudo de su Emma, no +podía observar jamás, porque ella lo prohibía con sus melindres, +aquellas regiones que, en la topografía anatómica y poética de Bonis, +correspondían a las varias zonas de los encantos velados. En estas zonas +era donde él había visto sorpresas, inesperados florecimientos, una +especie de otoñada de atractivos musculares con que no hubiera soñado el +más optimista. ¿Cómo era aquello? Bonis no se lo explicaba; porque +aunque filósofo como él solo, amigo de reflexionar despacio y por sus +pasos contados, sobre todos los sucesos de la vida, importáranle o no, +era de esos pensadores que tanto abundan, que no hacen más que dar +vueltas a ideas conocidas, alambicándolas; pero no descubría, no +penetraba en regiones nuevas, y, _en suma_, en punto a sagacidad para +encontrar el por qué de fenómenos naturales o sociológicos, era tan romo +como tantos y tantos filósofos célebres que, en resumidas cuentas, no +han venido a sonsacarle a la realidad burlona ninguno de sus utilísimos +secretos. Mucho discurrió Bonifacio, pero no logró dar en el quid de que +su mujer, dándose por medio difunta, tuviera aquellas reconditeces nada +despreciables, aunque pálidas y de una suavidad que, al acercar la piel +a la condición del raso, la separaba de ciertas cualidades de la materia +viva. Parecía así como si entre el algodón en rama, los ungüentos y el +tibio ambiente de las sábanas perfumadas, hubiesen producido una +artificial robustez... carne falsa.... En fin, Bonis se perdía en +conjeturas y en disparates, y acababa por rechazar todas estas +hipótesis, contra las cuales protestaban todas las letras de segunda +enseñanza que él había leído de algunos años a aquella parte, con el +propósito (que le inspiró un periódico, hablando del progreso y de la +sabiduría de la clase media) de hacerse digno hijo de su siglo y +regenerarse por la ciencia. No, no podía ser; todas las leyes +físico-matemáticas se oponían a que el algodón en rama fuera asimilable +y se convirtiera en fibrina y demás ingredientes de la pícara carne +humana. + +No hay para qué seguir a Bonis en sus demás conjeturas, sino irse a lo +cierto directamente. Cierto era, muy cierto, que Emma había amenazado +ruina, que sus carnes se habían derretido entre desarreglos originados +de sus malandanzas de madre frustrada, influencias nerviosas, +aprensiones, seudohigiénicas medidas y cavilaciones, rabietas y falta de +luz y de aire libre; pero también era verdad que no faltaba fibra al +cuerpo eléctrico de aquella Euménide, que sus nervios se agarraban +furiosos a la vida, enroscándose en ella, y que al cabo el estómago, +llegando a asimilar las buenas carnes, y los buenos tragos produciendo +sano influjo, habían dado eficacia al renaciente apetito, y la salud +volvía a borbotones inundando aquel organismo intacto a pesar de tantas +lacerías. + +Pensaba Emma, al verse renacer en aquellos pálidos verdores, que era +ella una delicada planta de invernadero, y que el bestia de su marido y +todos los demás bestias de la casa, querrían sacarla de su estufa y +transplantarla al aire libre, en cuanto tuvieran noticia de tal +renacimiento. Su manía principal, pues otras tenía, era esta ahora: que +tenía aquella nueva vida de que tan voluptuosamente gozaba, a condición +de seguir en su estufa, haciéndose tratar como enferma, aunque, en +resumidas cuentas, ya no lo estuviera. Además, con las nuevas fuerzas +habían venido nuevos deseos de una voluptuosidad recóndita y retorcida, +enfermiza, extraviada, que procuraba satisfacerse en seres inanimados, +en contactos, olores y sabores que, lejos de todo bicho viviente, podían +ofrecerle, como adecuado objeto, las sábanas de batista, la cama +caliente, la pluma, el aire encerrado en fuelles de seda, el suelo +mullido, las rendijas de las puertas herméticamente cerradas, el heno, +las manzanas y cidrones metidos entre la ropa, el alcanfor y los cien +olores de que sabía ya Celestina. + +Como un descubrimiento saboreaba Emma la delicia de gozar con los tres +sentidos a que en otro tiempo daba menos importancia, como fuentes de +placer. En su encierro voluntario ni la vista ni el oído podían +disfrutar grandes deleites; pero en cambio gozaba las sensaciones nuevas +del refinamiento del gusto y del olfato, y aun del contacto de todo su +cuerpo de gata mimosa con las suavidades de su ropa blanca, dentro de la +cual se revolvía como un tornillo de carne. + +En los días en que sus aprensiones, mezcladas con su positiva enfermedad +nerviosa, la habían puesto en verdadero peligro, camino de la muerte, +por la debilidad no combatida, había llegado a sentir una soledad +terrible, la de todo egoísta que presiente el fin de su vida; todas las +cosas y todos los hombres la dejaban morirse sola, irse con Dios; y con +doble vista de enferma adivinaba el fondo de la indiferencia general, la +proximidad del peligro. + +«¡Se muere uno solo, completamente solo, los demás se quedan muy +satisfechos en el mundo; ni por cumplido se ofrecen a morirse también!». +Bonifacio, Sebastián, que tanto la había querido, según él decía, el tío +Nepomuceno, todos se quedaban por acá, nadie hacía nada para ayudarla a +no morir, nadie decía: «Pues ea, yo te acompaño». + +Emma era una atea perfecta. Jamás había pensado en Dios, ni para +negarlo; no creía ni dejaba de creer en la religión; cumplía con la +Iglesia malamente, y eso por máquina. En su tiempo no se solía discutir +asuntos religiosos en su tierra; los que no eran devotos gozaban de una +tolerancia completa; como tampoco eran descreídos, ni faltaban a las +costumbres piadosas y guardaban las principales apariencias, por nadie +eran molestados. + +«Yo no soy beata», decía Emma: y no pensaba más en estas cosas. La +Iglesia, los curas, bien; todo estaba bien; ella no era aficionada a las +novenas; pero todo ello estaba en el orden, como el haber reyes, y +contribución, y Guardia civil. Sobre todo, no se pensaba en nada de eso, +no se hablaba de ello, ¿para qué? «Yo no soy beata». Y era atea +perfecta, porque vivía en perpetuo pensamiento de lo relativo. Jamás +había meditado acerca de negocios de ultratumba; el infierno se lo +figuraba como un horno probable; pero a ella ¿qué? Al infierno iban los +grandes pícaros que mataban a su padre o a su madre o a un sacerdote, o +que pisaban la hostia o no se querían confesar.... Además, no se sabía +nada de seguro. Pero el morirse era horroroso, no por el infierno, por +el dolor de morir y por la pena de acabarse. + +Sí, de acabarse; sin pensar en la contradicción de su conciencia íntima +con el dogma del cielo y el infierno, Emma veía con toda seriedad, con +íntima convicción, con la conciencia de su propio espanto, el +aniquilamiento doloroso en la tumba; y, poco amiga de discernir, no se +paraba a separar lo racional de lo imaginado; y así, algo también sentía +la muerte por las paletadas de cal, y por la tierra húmeda, y la caja +cerrada, y el cementerio solo, y la eternidad oscura. + +Sin ver esta otra contradicción, padecía con la idea del aniquilamiento +y la imagen de la sepultura. Pensaba en la muerte con ideas de vida, y +de vida ordinaria, usual, la de todos los días de su vulgar existencia, +y el horror del contraste crecía con esto. + +Ni una vez sola se le ocurrió encomendarse a ningún santo, ni ofreció +nada a la Virgen ni a Jesús por si sanaba; la primera energía que tuvo +al convalecer, la empleó en sonreír, con terrible sonrisa de resucitada, +a un propósito firme y endiablado: su tremendo egoísmo de convaleciente, +mundano, prosaico y rastrero, se agarró a la resolución inconmovible de +vengarse de los miserables parientes que la iban a dejar morirse sola. + +Emma, como la mayor parte de las criaturas del siglo, no tenía vigor +intelectual ni voluntario más que para los intereses inmediatos y +mezquinos de la prosa ordinaria de la vida; llamaba poesía a todo lo +demás, y sólo tenía por serio en resumidas cuentas lo bajo, el egoísmo +diario, y sólo para esto sabía querer y pensar con alguna fuerza. Tal +espíritu, era más compatible con aquel romanticismo falso y aquellas +extravagancias fantásticas de su juventud, de lo que ella misma hubiera +podido figurarse, a ser capaz de comparar el fondo de su alma mezquina +con el fondo de los ensueños de sus días de primavera. + +El renacimiento de su carne lo guardaba como un secreto; era una +hipócrita de la salud; seguía fingiendo achaques corporales como si +fuese virtud el tenerlos. Eufemia, su doncella, era confidente parcial +de sus engaños: como una trampa que hiciera a todos los suyos, Emma +saboreaba a solas con su criada los pormenores de aquel fingimiento. La +hija de Valcárcel se robaba a sí misma por mano de Eufemia que, de +tapadillo, traía de tiendas y plazas los mejores bocados y las +chucherías más caras de la moda en materia de ropa interior, perfumes y +manjares. En todos los comercios y puestos de comestibles principales, +llegó a tener Emma cuentas enormes. «Ni el tío Nepomuceno, ni Bonis, ni +Sebastián, sospechaban que existiera aquel agujero que ella iba haciendo +con las uñas en el fortunón que ellos tal vez habían creído heredar de +un día a otro». + +Así lo pensaba ella, y gozaba como de una voluptuosidad de las sorpresas +futuras que reservaba a sus deudos. Saborear la mejor perdiz y la mejor +lamprea de la plaza y usar con codos y rodillas la mejor batista, y +enredar los dedos entre los mejores encajes, y derramar por sábanas, +camisas, corsés, medias y pantalones, las esencias más caras, con +profusión, causando el asombro de Eufemia, era género de delicia que se +aumentaba con la idea de la mala pasada que les estaba jugando a todos +aquellos parientes, en particular a Bonis y a su tío. + +--D. Nepo--se decía ella a solas, sonriendo con malicia--, róbeme usted, +róbeme, que yo tampoco me descuido. + +Aunque entregada por completo a la vida material, no tenía el menor +instinto de conservación de la fortuna, no había pensado jamás en el +origen de su dinero; creía vagamente que el capital de que gozaba era +una fuente inagotable que estaba en algún paraje misterioso, que no +había para qué indagar ociosamente: allí, entre los papeles del tío, +estaba la mina; él se quedaría con gran parte del filón; pero ¿qué +importaba?, no valía la pena de echar cuentas, desconfiar, administrar +por sí misma; ¡absurdo!, por lo visto había para todo; él robaba, ella +también; le engañaba, y el mejor día vendrían a casa unas cuentas que le +dejarían patidifuso al buen D. Nepo, pues es claro que tenía que +pagarlas. + +Las cuentas ya habían venido y algunas se habían pagado. D. Juan +Nepomuceno seguía con Emma la misma conducta que con Bonis desde que +cada cual por su lado se habían entregado a la prodigalidad, como él se +decía. La de Emma sí era prodigalidad verdadera, aunque no lo parecía. +Para ella era como la sensación de un lujo enorme extravagante la pereza +que sentía de echar cuentas y atar corto a Nepomuceno: comprendía que él +hacía su Agosto con el caudal de su sobrina, que iba pasando a poder del +administrador gran parte del capital administrado, pues bien claro +estaba que todos los días D. Juan hablaba de sus propias rentas, que por +milagros de la suerte o por bondad de la Providencia, prosperaban, y +todos los días también hablaba de desventuras sin cuento que caían sobre +los predios de la Valcárcel y la parte de su capital colocada en manos +industriosas de España y del extranjero. + +Las minas de hierro y de carbón que empezaban a explotarse en aquella +provincia por entonces, daban mil chascos a cada momento, y no pocos de +ellos redundaron en perjuicio de las acciones de Emma que Nepomuceno +había comprado, siempre diligente en el cuidado de la hacienda de su +antigua pupila. + +Pero ¡oh casualidad portentosa y fijeza de los hados!, las minas en que +tenía el mismo D. Juan sus miserables ahorrillos, no quebraban, dejaban +un rédito sano y constante. En montón comprendía Emma que todo aquello +significaba que la robaba el tío.... Y aquí estaba lo que ella entendía +por lujo refinado.... No la importaba; y le dejaba hacer, le dejaba +robar, prefiriendo no calentarse los cascos, calculando lo caro que le +salía este placer de no meterse a pedir cuentas ni a reñir por cuestión +de ochavos, ella que improvisaba una verrina a grito pelado sobre +motivos de un caldo demasiado caliente. + +Mas notaba Emma, con una extraña delicia y cierta vanidad por lo que +ella creía su espíritu singular, único, notaba una complacencia, como la +de sentir cosquillas inaguantables capaces de ponerla enferma, en +tolerar y hasta hurgar las flaquezas del prójimo, siquiera en algo la +perjudicasen. El descubrimiento de la maldad ajena la embelesaba, la +enorgullecía y la animaba a abandonarse a sus perversiones caprichosas. +Además, tenía los sentidos y el gusto muy afinados para saborear y +discernir la belleza que hay en la energía y en la habilidad del mal; un +pícaro gracioso, redomado, hábil y suelto para sus picardías, le parecía +un héroe: Luis Candelas, según se lo presentaban librotes de imaginación +muy populares, era un héroe con quien hasta soñaba. Leía con avidez las +causas célebres y reservaba toda su compasión para los criminales en +capilla. Para los delitos de amor su lenidad era infinita; y si bien en +los días en que la debilidad la tuvo tan postrada que sintió como la +conciencia física de un agotamiento de deseos y facultades sexuales, +miraba con desprecio y repugnancia, y hasta ira, todo lo que se +refiriese a respetar, consagrar y propagar el amor, cuando se vio +renacer dentro de su pálido pellejo, suave y fofo, volvió a su ánimo +aquella piedad sin límites por las flaquezas amorosas y la admiración +para todos los grandes atrevimientos y extravagancias de este orden, +especialmente si eran hembras las que llevaban a cabo tales osadías. + +De su tío Nepomuceno sabía, por murmuraciones del primo Sebastián y de +Eufemia, que tenía una pasión de viejo por una alemana, hija de un +ingeniero industrial, M. Körner, químico notable que había venido a +ciertos trabajos metalúrgicos. + +--Sin duda el tío quiere hacerse rico a todo trance, y pronto, para +seducir con su fortuna, ya que no puede con sus patillas cenicientas, a +la hija de ese alemán. + +Y Emma gustaba con delicia, casi material, casi del paladar, como la de +una lectura picante, figurándose al buen señor, con sus cincuenta y +pico, enamorado como un cadete y picado de veras y en lo vivo por el +demonio del amor. + +Largos ratos se dedicaba ella a pensar en las contingencias de aquellos +graciosos amores, y llegaba, imaginando, al día de la boda, y pensaba en +la verosimilitud de una cencerrada, pues el tío era viudo, cencerrada en +que ella colaboraría a cencerros tapados, sin perjuicio de haberle +regalado antes a la novia un magnífico aderezo. + +Y después serían muy amigas, y a paseo irían juntas, y llegarían a +burlarse juntas del ridículo señor de las patillas, su deudor y esposo +respectivamente... y hasta llegaba a pensar en los cuernos que su señora +tía acabaría por ponerle al infiel administrador, ¿con quién?, con el +primo Sebastián, por ejemplo.... Y hasta enredaba la madeja en su +fantasía de modo que resultaba que ella, Emma, tenía alguna culpa en la +desgracia de su tío... y ¿qué?, mejor. ¿No la había él engañado a ella? +¿No la había robado? Pues entonces, las pagaba todas juntas. + +Porque además Emma se reservaba el derecho de vengarse de los antiguos +despojos que había tolerado antes, sacándole a relucir sus trampas a D. +Nepo, justamente en aquellos días de sus desgracias conyugales... ¡Qué +risa! ¡Qué oportunidad para ponerle en un apuro! En esta como en todas +las demás flaquezas ajenas que a ella podían mortificarla, y que por lo +pronto toleraba, por amor al arte de las picardías, la mujer de Bonis se +reservaba vagamente el derecho de vengarse del modo más refinadamente +cruel, allá más adelante, no sabía cómo ni cuándo, pero algún día; y +sentía una alegría y excitación semejantes a las que produce la +esperanza de ser feliz, con la conciencia de estos aplazados desquites, +de estos castigos y tormentos vengadores, representados y proyectados +entre las brumas de la voluntad y del pensamiento. + +Para explicar su conducta con el tío y con Bonis, hay que añadir a este +examen de sus pervertidos sentimientos, su comezón de lo raro, original +e inesperado. La irritaba que nadie pudiera prever sus enfados y +rabietas, odios y venganzas; prefería incomodarse y enfurecerse por +motivos de los que nadie esperase tales resultados, y desorientar al más +experto observador quedándose fría, tranquila, impasible, ante injurias +y daños que los demás podrían creer que la iban a sacar de sus casillas. + +Con Eufemia, su confidente, ejercitaba este prurito a menudo, ya en sus +mutuas relaciones, ya en lo que se refería a un tercero. + +Nada de lo que el tío ni de lo que Bonis pudieran hacer en contra de +ella podía darle causa para más rencores que aquello de haberla dejado +estar a las puertas de la muerte... sin acompañarla al otro mundo; esto, +esto era lo que no perdonaría... y, sin embargo, ya se veía cómo +disimulaba. ¡Oh! ¡Pero qué chasco les iba a dar! ¡Qué gracia, cuando el +tío se encontrase con que ella también gastaba a todo gastar, y que el +caudal que él tenía de reserva, para robar más adelante (para cuando su +mujer, la alemana, por ejemplo, le diese chiquitines de Sebastián, era +un decir) había pasado, según la ley, a manos de los acreedores, al +tendero de la esquina, al comerciante de los Porches, etcétera, etc.! + +Sí, la vida todavía guardaba para ella un porvenir sustancioso; ahora +caía en la cuenta de que no había sido antes bastante egoísta. +Mortificar a los demás y divertirse ella, de mil maneras desconocidas, +todo lo posible, estas eran las dos fuentes de placer que quería agotar +a grandes tragos; dos fuentes que venían a ser una misma. + +Con la salud nueva sentía Emma esperanzas locas de no sabía qué +deleites; y a tanto llegó esta fuerza expansiva, que aquellos mismos +placeres secretos de su retiro voluntario, llegaron a parecerla +insuficientes, no saciaban su sed de emociones extrañas; y, entonces, +rompiendo la crisálida de su encerrona, determinó salir al mundo, no sin +cautela, no sin disimulos, en busca de aventuras de que no había de dar +cuenta a los parientes, procuradas entre misterios que las había de +hacer más sabrosas. + +Una noche dormitaba Eufemia en el gabinete de su ama, dando cabezadas +contra la pared, cuando tuvo que despertar sobresaltada por un golpe que +sintió en un hombro; era la mano de Emma, que la llamaba; estaba la +señorita en camisa, pálida como nunca, su respiración era anhelante, las +narices se la ponían hinchadas, abriéndose como fuelles. + +--¿Qué hora es?--preguntó con voz ronca. + +--Serán las diez, señorita. + +--Y llueve. + +Eufemia atendió al ruido de la calle. + +--Sí, llueve. + +--Vamos a salir. + +--¡A salir! + +--Sí, tú calla. Anda, tráeme un vestido tuyo, de percal, y un mantón tuyo +y un pañuelo... vamos las dos de artesanas. Vamos al teatro, a la +cazuela. Hoy hacen la... no me acuerdo cómo se llama; es una ópera +nueva, muy buena, lo leí en el cartel al volver de misa, en la esquina +del Ayuntamiento. Corre, vete por eso; oye, tráeme aquel alfiler del +pelo, el de cabeza de dublé, que te costó dos reales. Ninguno de esos +tipos está en casa.... Vamos a correrla todos.... Conque... ¡andando! + + + + +-X- + + +Una mañana, muy temprano, Eufemia entró en la alcoba de Reyes, y le +despertó diciendo: + +--La señorita llama, quiere que el señorito vaya a buscar a D. Basilio. + +--¿Al médico?--gritó Bonis, sentándose de un brinco en la cama y +restregándose los ojos hinchados por el sueño--. ¡Al médico, tan +temprano! ¿Qué hay, qué ocurre? + +No se le pasó por las mientes que se pudiera necesitar al médico para +curar algún mal; la experiencia le había hecho escéptico en este punto; +ya suponía él que su mujer no estaba enferma; pero Dios sabía qué +capricho era aquel, para qué se quería al médico a tales horas y cuál +sería el daño, casi seguro, que a él, a Reyes, le había de caer encima a +consecuencia de la nueva e improvisada y matutina diablura de su mujer. + +--¿Qué tiene? ¿Qué pide?--preguntaba con voz de angustia, como implorando +luces y auxilio y fortaleza en el preguntar; mientras, a tientas, +buscaba debajo del colchón los calcetines. + +Eufemia se encogió de hombros, y, acordándose del pudor, salió de la +alcoba para que se vistiera el señorito. + +El cual, a los dos minutos, se acercaba al lecho de su mujer, +arrastrando las babuchas de fingida piel de tigre, y abrochándose hasta +la barba un gabán de medio tiempo, gris, muy usado, que le servía de +batín en las estaciones templadas. Temblaba Bonis, más que por el fresco +de la madrugada, por la incertidumbre y el miedo. No había en el mundo +cosa que más temblón le pusiera que la zozobra de la incertidumbre ante +un mal próximo, de repente anunciado y ni remotamente temido poco antes, +sobre todo si estas impresiones le cogían mal abrigado, a deshora, +cortándole el sueño, la digestión o el placer de oír música, o de +divagar imaginando: «Como este diablo de fantasía de liebre todos los +peligros me abulta, pensaba, prefiero un mal como ocho conocido +exactamente, a un mal como cuatro barruntado, pero que yo me figuro como +cuarenta». + +Tiempo hacía que sus relaciones con Emma y con el tío eran para él +constante ocasión de sobresaltos. De ambos esperaba y temía terribles +descubrimientos, quejas, acusaciones concretas, crueles recriminaciones, +singularmente de su mujer. ¿Qué sabía? ¿Qué no sabía? ¿Qué _tregua del +diablo_, que no de Dios, era aquella que le estaba dando, y por qué se la +daba y hasta dónde llegaría? + +¿Por qué, si le había cogido en flagrante olor de polvos de arroz +(aunque, en aquel trance, inocente), no había sacado todavía la +consecuencia de su maldita observación? ¡La que le estaría preparando! +Le horrorizaba el momento de una _explicación_, como él se complacía en +llamar a la escena que preveía; pero la prefería, o tal se le figuraba, +al estado de susto perpetuo, de excitación _leporina_ en que vivía de día +y de noche. En cuanto Emma le hablaba, o le miraba, o le mandaba a +llamar, creía llegado el momento. + +--¿Qué pasa, hija mía?--preguntó a su cónyuge con la suavidad del mundo, y +dando diente con diente, inclinado sobre la cabecera del lecho +matrimonial. + +--Quiero que vayas tú mismo a buscar a D. Basilio, ahora, enseguida, +antes que salga a la visita; quiero verle inmediatamente. + +--Pero, ¿te sientes mal? ¡Tú, que estabas ahora tan buena!... + +--Por lo mismo, yo me entiendo. Anda, anda; tú, corre y tráeme a D. +Basilio. + +Bonis no discutió. Peor era meneallo; podían salir los polvos de arroz +por cualquier lado. Se volvió a su cuarto; se lavó y vistió de prisa y +se echó a la calle, ya un poco más valiente, gracias al chorro de agua +fría con que se había regado el cogote. Tenía notado que el agua fría +vertida por la nuca le daba mucho valor y le reconciliaba con la vida; +le repugnaba esta dependencia del espíritu con respecto de la materia, +pero tenía que reconocerla. + +Por fortuna, la casa del médico no estaba lejos y no pudieron ser muchas +las hipótesis dolorosas del miedo, tocante a la relación que pudiera +tener la visita de D. Basilio con el _drama conyugal_ de su casa, cuyo +enredo llegaba a su mayor complicación, o poco entendía Bonis de teatro +casero y de las mañas de su mujer. ¿Qué papel representaba allí aquel +personaje _inopinado_ y que tan tarde aparecía, D. Basilio? No podía +sospecharlo. + +El _inopinado_ personaje era un hombre como de cuarenta años, que +procuraba disimular más de diez; más bajo que alto, delgado, a su modo +esbelto, de largo levitón-gabán, muy ceñido y de color manteca, sombrero +de copa de anchas alas; su rostro era blanco, anémico; los ojos azules +oscuros, vivarachos, y, al quedarse quietos, penetrantes; usaba gafas de +oro, largas patillas, tal vez untadas de negro; tenía labio fino y mano +pulida, pie pequeño y bien calzado; era homeópata, y muy sentimental; a +pesar de la homeopatía, que profesaba acaso por moda y para el vulgo de +las damas, era especialista en partos y en enfermedades de la matriz y +de la mala educación de las señoritas y señoras que las hacía +aprensivas, antojadizas, caprichosas. Reconocía ante las damas la +eficacia terapéutica de la fe y de los cuarterones de aceite ardiendo en +los altares; pero en cambio exigía que se diese crédito a los misterios +de sus glóbulos. Creía, o decía creer mucho, en la influencia de lo +_moral sobre lo orgánico_, y tenía una sonrisa singular, melancólica, de +resignación e inteligencia, para comunicar con las señoras guapas esta +su creencia. + +D. Basilio Aguado dividía a los parroquianos o clientes en dos razas; +los que le llamaban D. Basilio y los que le llamaban Aguado. Estos +últimos le comprendían; los otros eran, o tontos o malvados. Emma tenía +la habilidad de no equivocarse nunca; le llamaba siempre por el +apellido. Bonis, siempre D. Basilio; a pesar de sus esfuerzos, le vencía +la costumbre, que era en todo el pueblo llamar al médico don Basilio, en +su ausencia. Lo de D. Basilio era símbolo de su mal sino, de las culpas +de su padre, de la prosa miserable que le ataba a su oficio de médico +provinciano, oscurecido: el Aguado representaba sus sueños de ambición, +sus instintos de delicadeza, sus triunfos entre las damas, la homeopatía +y otra porción de cosas ideales y bonitas que no son del momento. + +Era el homeópata madrugador y comenzaba muy temprano sus visitas. Bonis +le encontró vestido y acicalado, como para ir a pagar la visita a un +embajador, que así era como él siempre se vestía para acercarse a la +cabecera de sus enfermos. + +Mientras se abrochaba los guantes, oía a Bonis su tartajosa explicación, +dando grande importancia, a fuerza de cabezadas de inteligencia y +asentimiento, a todo lo que decía. La verdad era que Reyes no tenía nada +que explicar en rigor, pero no importaba; de todas suertes, aquello le +parecía interesante al médico, que, serio en medio de sus sonrisas +corteses, siguió al esposo atribulado por la calle. Disputaron con +ademanes y pasos atrás acerca de quién dejaba a quién la acera; venció +al fin Bonis, que insistió más, y cuya humildad era muchísimo más cierta +que la del médico. Por el camino éste siguió enterándose, por que lo +creyó de su deber, y Bonis siguió diciendo nada entre dos platos. Por lo +demás, Aguado se sabía de memoria a doña Emma Valcárcel. Era su médico +predilecto, a temporadas, porque ella, fijo y único, no lo quería. +Cambiaba de médico como pudiera cambiar de favorito si fuese una +Cristina de Suecia o una Catalina de Rusia, y siempre tenía en +movimiento un ministerio de doctores. Aguado era de los que más tiempo +ocupaban el poder, por ser especialista en enfermedades de la matriz, y +en histérico, flato y aprensiones, total flato. + +Bonis admiraba en general la ciencia, a pesar de la repugnancia +instintiva que le inspiraban las exactas y las físicas, que _sólo hablan +a la materia_; creía en la medicina, no por nada, sino porque en los +apuros de la salud, si no se recurría a los médicos, ¿a quién se iba a +recurrir? Había que tener fe en algo; su débil espíritu no le consentía +en ninguna tribulación quedarse sin ninguna esperanza, sin una tabla a +que agarrarse. Recordaba que en las enfermedades de sus padres y de sus +hermanos, todos ya muertos, siempre había tomado al médico por +Providencia; en vano era que en los tiempos de salud en casa participase +del general escepticismo de que los mismos doctores solían hacer alarde; +caía un _ser querido_ en cama, y ya estaba Bonifacio creyendo en la +medicina. Algo había leído de lo que somos por dentro, y pensaba leer +mucho más si llegaba a tener familia, para criar bien a su hijo, y +aunque no la tuviese, que ya no la tendría con aquella matriz estropeada +de su mujer, para hacerse filósofo cuando tronase con Serafina y se +fuera sintiendo viejo (era su plan para la vejez solitaria, hacerse +filósofo). Pero a pesar de todas estas lecturas pasadas y futuras, se +figuraba el organismo humano con una especie de conciencia en cada dedo +y en cada víscera y en cada humor; y lo de _agradecer el estómago_, por +ejemplo, las medicinas, lo tomaba al pie de la letra. Además, la +relación de los medicamentos a las enfermedades era toda una magia para +Bonis, y la idea del veneno y del elixir completa mitología milagrosa e +infinitesimal; quiere decirse, que por gota de más o de menos del +líquido más anodino, podía, según él, reventar el paciente o ponerse +sano en un periquete. Esto lo había aprendido de su mujer, que por gota +de más o de menos, vertida por él con pulso trémulo, en una cucharilla +de café, le había puesto como un trapo en infinitas ocasiones. + +_En suma_, respetaba en el Sr. Aguado la ciencia oculta, al favorito de su +_mujer, al homeópata y al partero que él había soñado cuando había +acariciado la esperanza_ de tener un chiquillo. + +Llegaron juntos a la alcoba de Emma. Don Basilio, con sus labios +estrechos, sonreía, apretándolos. + +Así como, si a Sagasta o a Cánovas, caídos los llamase la Reina al +amanecer, poco más para formar Ministerio, a ellos no se les ocurriría +preguntarle por qué tanto madrugar, sino formar ministerio cuanto antes: +así, D. Basilio, de quien hacía meses que su doña Emma estaba olvidada, +se abstuvo de inquirir por qué tal apuro en llamarle, y entró de lleno +en el fondo de la cuestión desde el primer momento. Antes de todo, +quería datos, antecedentes. + +A ver qué había pasado desde tal tiempo a aquella parte (la fecha justa +de su última visita). D. Venancio el alópata, además alcalde y también +especialista en partos, había andado allí. ¿Para qué? Para nada; pero +había andado. Había recomendado la dieta. ¡Malo! D. Venancio era un +grandísimo tragaldabas, que tenía indigestiones como podría tenerlas un +cañón cargado hasta la boca, y las curaba con dietas dignas de la +Tebaida. Sin más razones, recetaba también dietas absolutas a todos sus +clientes como el mejor _específico_ del mundo. Aguado, que tenía el +estómago perdido sin necesidad de comer, era enemigo de la dieta +tratándose de personas delicadas como doña Emma. Pues bien, de todo el +mal de que aquella señora no se había quejado todavía, tenía la culpa la +falta de alimento, la dieta del _otro_. Emma calló a esto; no se atrevió a +decir lo bien y mucho que venía comiendo aquella temporada. + +Por fin Aguado la dejó explicarse, y ella se quejó de lo siguiente: + +«No le dolía nada, lo que se llama doler, pero tenía grandes insomnios, +y a ratos grandes tristezas, y de repente ansias infinitas, no sabía de +qué, y la angustia de un ahogo; la habitación en que estaba, la casa +entera le parecían estrechas, como tumbas, como cuevas de grillos, y +anhelaba salir volando por los balcones y escapar muy lejos, beber mucho +aire y empaparse en mucha luz. Su melancolía a veces parecía fundarse en +la pena de vivir siempre en el mismo pueblo, de ver siempre el mismo +horizonte; y decía sentir nostalgia, que ella no llamaba así, por +supuesto, de países que jamás había visto ni siquiera imaginado con +forma determinada. Este prurito extravagante llegaba a veces al absurdo +de desear vivamente estar en muchas partes a un tiempo, en muchos +pueblos, junto al mar y muy tierra adentro, en lo claro y en lo oscuro, +en un país como en aquel suyo, donde había muchos prados verdes, pero +también en una región seca, de cielo diáfano, sin nubes, sin lluvias. +Pero, sobre todo, lo que necesitaba era no ahogarse, no estar oprimida +por techos y paredes, etc., etc». + +Para Bonis nada de esto ofrecía novedad, a no ser en la forma, pues su +mujer se había pasado la vida pidiéndole la luna. Sólo cuando oyó +aquello de anhelar salir volando por el balcón, pensó, sin querer, en +las brujas que van los sábados a Sevilla por los aires, montadas en +escobas; y tuvo cierto miedo supersticioso de esta inclinación, que +ofrecía relativa y sospechosa novedad. Se puso colorado, avergonzándose +de su mal pensar. Ni en idea se atrevía a ofender a Emma, por temor de +que le adivinase el pensamiento. + +D. Basilio interrumpió a la dama, extendiendo la mano y pidiéndole el +pulso por señas. Sonrió con gesto de inteligencia, como diciendo que +todo lo que aquella señora había expuesto lo había previsto su sabiduría +y era cosa que andaba escrita en libros que tenía él en casa. Después, +como solía en lances tales, hizo caso omiso de la variedad de fenómenos +relatados por la enferma, para fijarse en la _causa una_, y dijo: + +--El histerismo es un Proteo. + +--¿Quién?--preguntó Emma. + +--Uno--advirtió Bonis, luciendo sus conocimientos clásicos--, que robó el +fuego a los dioses. + +--Eso es--afirmó el médico, que no conocía de la biografía de Proteo más +datos que los conducentes a su cita--. El histerismo--añadió--, como +Proteo, toma infinidad de formas. + +--¡Ah, sí!--interrumpió con ingenuidad Bonis--. Dispense usted, D. Basilio; +el que robó el fuego a los dioses fue otro, fue Prometeo.... Me había +equivocado. + +El doctor se puso un poco encendido y disimuló con un ziszás entre ceja +y ceja su enojo, doble por lo de haberle llamado D. Basilio y haberle +hecho enseñar la punta de la oreja de su descuidada educación en materia +de antigüedades. + +«¡Qué animal es este calzonazos!» pensó, y siguió: + +--Es necesario que vayamos a la raíz del mal. El mal está dentro, en lo +que llamamos el espíritu, porque advierto a ustedes (y esto lo dijo +volviéndose a Bonis, para deslumbrarle y vengarse) que soy vitalista, y +no sólo vitalista, sino espiritualista, aunque no es esa la moda +reinante. + +No le cogía a Reyes tan de nuevas la cuestión como creía el otro. +Justamente él, en los ratos que dejaba la flauta y no podía ver a +Serafina, y su mujer no le necesitaba, y, sobre todo, en la cama, antes +de dormirse, consagraba no poco tiempo a meditar sobre el gran problema +de lo que seremos por dentro, por dentro del todo; y tenía acerca de la +realidad del alma ideas muy arriesgadas y que creía muy originales. +También era él espiritualista, ¡ya lo creo!, ¡a buena parte!... + +--El mal está en el espíritu, y el espíritu no se cura con +pócimas--prosiguió D. Basilio. + +--¿Pero no dice usted que esto es histérico?--pregunto Emma sonriendo. + +--Sí, señora; pero hay relaciones misteriosas entre el alma y el cuerpo, +y yo no soy de los que dicen (volviéndose otra vez a Bonis) _post hoc_, +_ergo propter hoc_. + +Decididamente quería deslumbrarle y hacerle pagar caro lo de Proteo y +Prometeo; porque D. Basilio no acostumbraba a hacer alardes de +erudición, y a la cabecera de los enfermos más parecía un moralista del +género de los elegantes y atildados, que un doctor de borla amarilla. + +Bonis se puso a traducir para sus adentros el latín, y no tropezó más +que en el _propter_, cuyo significado no recordaba; ya lo buscaría en el +Diccionario. Ello era una preposición. Bonifacio Reyes había cursado en +el Instituto provincial los primeros años de _filosofía_, pero sin llegar +a bachiller; mas su ciencia no provenía de ahí, sino de lo que ya va +dicho, de un gran prurito que, ya de viejo, le había entrado de +_instruirse_, y no sólo por _completar_ su educación, sino porque como +antes había soñado con ser padre, la gran dignidad que atribuía a este +_sacerdocio_ le había parecido merecer un plan, todo un plan de estudios +_serios_ y _profundos_, que pudieran servir en su día de alimento +espiritual al hijo de sus entrañas y de las entrañas de su mujer. + +Como Emma, que nada entendía del trivio ni del cuadrivio, se +impacientase un poco viendo que Aguado no acababa de recetarle lo que +ella necesitaba, el médico, que comprendió la impaciencia, _resumió_, +diciendo que no hacían allí falta alguna los jaropes del _otro_, que +bastaban unas tomas de aquellos glóbulos que él guardaba en aquella caja +tan mona; y, sobre todo, mucho paseo, mucho ejercicio, distracción, +diversiones, aire libre y mucha carne a la inglesa. Con este motivo de +la carne, Aguado disertó sobre un tema que en el pueblo era por aquel +tiempo casi inaudito, de gran novedad por lo menos; abominó del cocido; +achacó la falta de vigor nacional a la carne cocida y a la poca carne +frita que se come en esta pobre España, etc., etc. + +Dicho y hecho. Hubo una revolución en aquella casa. Todos los Valcárcel +de la provincia, hasta los del más lejano rincón de la montaña, supieron +que por prescripción facultativa Emma había cambiado de vida; se había +resuelto, venciendo su gran repugnancia, a salir mucho, frecuentar los +paseos, las romerías y hasta las funciones solemnes de iglesia, y podía +ser que el teatro. + +D. Juan Nepomuceno dejaba hacer, dejaba pasar. + +Emma le presentaba las cuentas de la modista, que subían a buenos picos, +y él pagaba sin chistar. También hubo que hacerle ropa nueva a Bonis, +pues su mujer sólo en este punto tenía buena idea de la dignidad de un +marido. Él era el que la había de acompañar ordinariamente, y en vano +ella luciría las mejores telas y los sombreros más caros si su esposo +descomponía el cuadro con malos géneros y prendas cortadas a sierra por +un sastre indígena. Se volvió al paño inglés y a los _artistas_ famosos de +Madrid. Ahora Bonifacio se dejaba vestir bien con mayor agrado, pues +Serafina notó el cambio y le encontró muy de su gusto. Pero ¡ay!, que +sus _relaciones ilícitas_ tropezaban con mayores dificultades que hasta +allí, pues el tiempo libre escaseaba, y había que disimular en paseos y +demás sitios públicos, donde desde lejos se veían los amantes en +presencia de la esposa, al parecer descuidada, pero Dios sabía.... + +Bonis, con la espalda abierta, como él decía, temía a todas horas que +llegase el momento de una explicación; pero Emma nunca volvía sobre el +asunto de los polvos de arroz. Tampoco aludía jamás a lo que aquella +noche extraña había sucedido, ni había vuelto a tener iniciativas de +aquel género. Lo que sí hacía era hablar mucho del teatro, y preguntarle +si conocía al tenor, y al barítono, y a la tiple; y pedía señas de su +vida y milagros, ya que él confesaba saber algo de todo esto, aunque es +claro que por referencias lejanas.... + +Una tarde, después de comer a la _francesa_, gran novedad en el pueblo, +donde el _clásico puchero_ se servía en casi todas las casas de doce a +dos, Emma, que bebía a los postres una copa de Jerez superior auténtico, +traído directamente, por encargo de la señora, de las bodegas jerezanas, +se quedó mirando a su marido fijamente, con ojos que preguntaban y se +reían, burlándose al mismo tiempo; mientras sus labios y el paladar +saboreaban un buche del vino andaluz que ella zarandeaba con la lengua +voluptuosamente. Separó un poco la silla de la mesa, se puso sesgada en +su asiento, estiró una pierna, enseñó el pie, primorosamente calzado, y +en verdad gracioso y pequeño, y como si se enjuagara con el Jerez y no +pudiera hablar por esto, por señas empezó a interrogar a su marido, +señalándole el pie que enseñaba, y después indicando con un dedo +levantado en alto, que movía al compás de la cabeza, algún lugar lejano. + +Comían solos el matrimonio y D. Juan Nepomuceno, pues por raro accidente +no había huésped pariente en casa por aquellos días; D. Juan es claro +que vivía con los sobrinos. Bonis al principio no comprendió nada de las +señas de su mujer ni les atribuyó gravedad alguna. + +--¿Qué dices, chica? Explícate. + +--¡Mmm, mmm!--murmuró ella, y siguió con la misma pantomima, cada vez más +acentuada en los gestos. Nepomuceno bebía también su copita de Jerez +llena de migas de rosquilla de yema, y callaba; como si no estuviera en +sus atribuciones fijarse en las tonterías de su sobrina, que, desde que +había vuelto _a darse de alta_, hacía la loquilla y la muchacha y se +permitía unas bromitas y unas alusiones alarmantes, de que él no quería +hacerse cargo _por ahora_. + +--Pero habla, mujer, no entiendo eso... del pie...--repitió Reyes. + +Emma tragó el buche de Jerez; pero en vez de hablar, volvió a llenar la +boca y a renovar la pantomima con mayores aspavientos. + +Bonis se fijó bien; primero señalaba al pie, bueno; y después, con el +dedo y la cabeza, quería indicar algo que no estaba presente.... + +No comprendía.... Pero de repente, el corazón le dio dos latigazos, y un +sudor frío comenzó a correrle por la espalda: las piernas, cometiendo la +bellaquería que solían en los casos apurados, se le declararon en +huelga, como si huyeran solas del apuro. El _físico_, la _parte material_, +le anunciaba un peligro de que su oscuro entendimiento no se daba cuenta +todavía. Allí había algo serio; ¿pero qué? + +Bonis miró angustiado a Nepomuceno por ver si sorprendía connivencia +entre el tío y la sobrina. Nada; D. Juan, como si no estuviera allí. + +--Pero, hija mía, ¡por los clavos de Cristo!... + +Emma arrojó el buche de Jerez al suelo, y alargando más el pie hacia su +esposo y enseñando parte de la pantorrilla, gritó como si hablara a un +sordo: + +--Quiero decir, por los clavos de una puerta, entiéndelo, que bien claro +está... quiero decir que... qué te parece de ese pie que te enseño, +mastuerzo. + +--Primoroso, hija mía. + +--No hablo del pie, borrico; el pie ya sé yo lo que vale; hablo de las +botas.... Te pregunto si sabes quién tiene otras iguales. + +--¿Yo?, cómo he de saber.... + +--Pues no hay más que estas y otras vendidas; me lo ha dicho Fuejos, el +mismísimo zapatero, tu amigo Fuejos. No ha vendido más que estas y las +de la tiple. Y por eso te preguntaba yo... alcornoque. Tienes una +memoria como un madero. Y ahora ¿te acuerdas? ¿Son o no son como las de +la tiple? Iguales, hombre, iguales. ¡Mira, mira, míralas bien!... + +Y Emma levantaba el pie hasta colocarlo sobre las rodillas de su marido. +El tío estaba del otro lado de la mesa y no podía ver el pie levantado, +ni tampoco lo intentaba. + +Bonis buscó, por instinto, un vaso de agua sobre la mesa, metió en la +boca el cristal, y así se estuvo, primero bebiendo, y después haciendo +que bebía. + +Y pensó, sin querer, en medio de sus angustias, que no podemos +figurarnos ni describir los que no pasamos por ellas: «Esto es lo que en +las tragedias se llama la catástrofe». Y más pensó, a pesar de lo +apurado de la situación: «En las óperas podemos decir que también hay +catástrofes»; y se acordó de la _Norma_, que era su mujer; y de _Adalgisa_, +que era la tiple; y de Polión, que era él; y del sacerdote, que era +Nepomuceno, encargado sin duda de degollarle a él, a Polión. + +--Pero, vamos, calabacín, di algo; ¿son o no son estas lo mismo que las +de la tiple? ¿Me engañó aquel tío o no? + +Sacando fuerzas, nunca supo de dónde, Reyes dijo al fin, hablando como +un ventrílocuo, tan de adentro le salía la poca voz de que podía +disponer: + +--Pero Emma, ¿cómo quieres que yo conozca... las botas de esa señorita? + +Entonces fue D. Juan Nepomuceno el que habló; pero antes se puso en pie, +clavó también los ojos en su sobrino por afinidad, y cuando éste casi +creía que iba a sacar el cuchillo para herirle, exclamó con gran +cachaza: + +--Tiene razón Bonifacio; ¿cómo quieres que él sepa cómo son las botas que +compra la tiple? No ha de ser él quien las pague. + +--Eso es una... bobada, tío, y usted dispense; el que paga las botas a +esas señoritas no suele conocérselas, como dice este; si la Gorgheggi +tiene querido que le pague las botas, ese... le conocerá otra cosa, pero +las botas no, y menos estas que yo digo, que las compró esta mañana. +Pero este papanatas sí las ha visto, y por eso yo le preguntaba; sólo +que tiene una cabeza como un marmolillo y todo lo olvida. Vamos a ver; +¿no estabas tú en la tienda de Fuejos cuando entró esta mañana a las +doce la tiple, y anduvo escogiendo botas y pidió la última novedad, y +Fuejos le enseñó unas como estas? ¿Y no te preguntó la tiple a ti tu +opinión, y no dijiste que eran preciosas... y no se las calzó allí +delante de vosotros, delante de ti y del hipotecario Salomón el Cojo? +¡Pues hombre, si todo esto me lo contó el zapatero, y por eso yo le +compré estas; porque no había vendido más que otras, y esas a la tiple, +que viste muy bien! + +--Toda esa relación, en lo que se refiere a mi persona, es absolutamente +falsa--dijo con voz bastante repuesta Bonis, que también se levantó para +medirse con el tío--. Yo no he entrado hoy en la zapatería de Fuejos, y +puedo probar la coartada; a las doce estaba yo... en otra parte. + +«En efecto; a las doce estaba él en casa de Serafina; todo aquello era +mentira; ni la tiple había comprado unas botas como aquellas, ni nada de +lo dicho. Todo ello era una miserable especulación de Fuejos el +zapatero para tentar a su mujer; pero ¿cómo siendo Fuejos su amigo, de +Bonis, y excelente persona, se había permitido aquella calumnia? ¿No +sabía Fuejos que se murmuraba en el pueblo si él, Reyes, tenía o no +tenía que ver con la tiple?... Y sabido esto, que debía saberlo, ¿iba a +decirle a su mujer, a la de Bonifacio, que?... ¡Imposible!». «No, la +mentira no era del zapatero; era de Emma; ¡pero entonces la gravedad del +caso volvía a ser tanta como se lo habían anunciado los sudores! Emma +preparaba alguna gran venganza, y en el ínterin se divertía con él como +el gato con el ratoncillo. Tal vez le despreciaba tanto, pensaba el +infeliz, que ni siquiera quería concederle el honor de sentir celos; +pero aunque no estuviese celosa, lo que es de vengarse no dejaría». + +A pesar de estas reflexiones, la perplejidad del marido infiel no +desaparecía; se agarraba como a una esperanza a la idea de que hubiera +sido Fuejos el embustero. En cuanto tomemos el café, pensó, me voy a la +zapatería a ver lo que ha habido. + +Pero Bonis proponía y Emma disponía. En cuanto tomaron el café, Emma, +que estaba de muy buen humor, se levantó y dijo con solemnidad cómica: + +--Ahora esperen ustedes aquí sentados; les preparo una gran sorpresa. +¿Qué hora es? + +--Las ocho--dijo el tío, que, a pesar de sus bromitas, que horrorizaban a +Bonifacio, tampoco las tenía todas consigo. + +--¿Las ocho? Magnífico. Esperen ustedes un cuarto de hora. + +Desapareció Emma, y tío y sobrino, por afinidad, callaron como mudos. +Entre el tío y él había para Bonis un abismo... mejor, un _océano_ de +monedas de plata y oro, que bien subirían a.... Dios sabe cuántos miles +de reales. Había llegado a tal extremo el terror de Reyes respecto a lo +que debía a _los Valcárcel_, que nunca se tomaba el trabajo de sumar las +cantidades que no había _reintegrado_ a la caja; contando los siete mil +reales del cura de la montaña, le parecía aquello un dineral. Tanto que, +a veces, leyendo en los periódicos lamentaciones acerca de la deuda del +Estado, se turbaba un poco acordándose de la suya. Parecida sensación +experimentaba cuando oía hablar o leía algo de grandes desfalcos, de +tesoreros que huían con una caja y cosas por el estilo. + +Volvió Emma al cuarto de hora, en efecto, y sus comensales dijeron a un +tiempo: + +--¡Qué es esto! Y ambos se pusieron en pie, estupefactos, porque el caso +no era para menos. Emma venía vestida con un magnífico traje, que +ninguno de ellos le conocía; traía la cara llena de polvos de arroz; el +peinado de mano de peinadora, cosa en ella nueva por completo, pues +nunca había consentido que le tocasen la cabeza manos ajenas, y lucía +una pulsera de diamantes y collar y pendientes de la misma traza, todo +muy caro y todo nuevo para el esposo y para el administrador. + +--Esto es... esto--dijo ella. Y puso delante de los ojos de su marido un +papelito amarillo, que decía: _Teatro principal_.--_Palco principal, núm. +7_. Esto es que vamos al teatro, al palco del Gobernador militar que, como +no tiene familia, casi nunca lo ocupa. Conque, hala, tío, a ponerse de +tiros largos; y tú, Bonis, ven acá, te visto en un periquete. + +Emma no dejó tiempo a sus subordinados para seguir asombrándose de +aquella inaudita resolución. Ella, que tantos caprichos había tenido +toda la vida, jamás se había mostrado aficionada al teatro, y menos a la +música; desde su malparto a la fecha, y ya había llovido después, no +había estado en el _coliseo_ cuatro veces: la Compañía actual no la había +visto siquiera, y ya estaban acabando el tercer abono... y de repente +¡zas!, sin avisar a nadie, tomaba un palco, y a la ópera todo el mundo. +Así pensaba Bonis, equivocándose en algún pormenor, como se verá luego, +y algo parecido pensaba el tío. Pero este, como acostumbraba, hizo +pronto lo que él llamaba para sus adentros «su composición de lugar»; es +decir, el plan conducente a sacar de todas aquellas novedades extrañas +el mejor partido posible para sus intereses; y sin decir oxte ni moxte, +sonriente, salió del comedor y volvió a poco, vestido de levita negra, +con un sobretodo que le sentaba de perlas. + +--También era presentable el tío mayordomo--pensó Emma--; pero esto no +quita que las pague todas juntas, como todos. + +El tocado de Bonis fue obra más complicada, y dirigida, en efecto, por +su mujer, que le hizo afeitarse en un decir Jesús, sin más contingencias +que tres leves heridas, que ella misma tapó con papel de goma. Se le +hizo estrenar un traje oscuro, de última moda, de paño inglés, por +supuesto. A Reyes a ratos se le figuraba que le estaban vistiendo para +ir al palo, y se le antojaba hopa, de género inglés, aquel elegantísimo +terno que iba sacando del cajón remitido por el _artista_ de Madrid. + +Eufemia, que por lo visto tenía orden también de no admirarse de nada, +los alumbró hasta el portal, donde no había farol, y los vio salir de +casa, Emma del brazo de Bonis, D. Juan detrás, como si todas las noches +sucediera lo mismo. + +La doncella, en verdad, tenía sus motivos para no asombrarse tanto como +los otros; primero, porque las locuras de la señorita eran para ella el +pan nuestro de cada día, y locuras algunas de un género íntimo, secreto, +que los demás no conocían; y además, se asombraba menos, porque conocía +ciertos antecedentes. Juntas habían ido al teatro noches atrás, a la +_cazuela_, vestidas las dos de _artesanas_. + +Esto era lo que ignoraba Bonis; esto, y lo que había visto, oído y +sentido su mujer en aquella noche de la escapatoria, y lo que después +había imaginado, y deseado, y proyectado. + +Llegaron al teatro, y la entrada de Emma en su palco produjo mucho más +efecto del que ella pudo haberse figurado. Es más, ella no había pensado +en esto. No iba allí a lucirse, aunque después le supo a mieles, y +añadió una corrupción más a su espíritu, el placer de despertar la +envidia, por su ropa, de las damas menos majas. Por una aberración, +mejor, distracción, no se fijó antes de llegar en que era distinto +entrar en un palco principal, el del brigadier, vestida con tanto lujo, +ella que nunca iba al teatro, y entrar en el paraíso, disfrazada, +escondiéndose del público, que no soñaba con su presencia, ni de ella +supo aquella noche. + +Ella iba dispuesta a gozar mucho; pero no era del público precisamente +de quien esperaba estas emociones fuertes, a que se preparaba; su +propósito iba a dar al escenario, y estaba complicado con los asuntos +domésticos; pero a estos complejos y estrambóticos atractivos se +agregaba de repente un agudísimo placer, con que Emma no contaba, y que +le reveló un mundo nuevo de delicias intensas, en que no se le había +ocurrido pensar, pero que vio bien claro, sintió con fuerza, desde el +momento en que al penetrar ella en su palco, y dejar el abrigo al tío, y +dar una vuelta en redondo antes de sentarse, notó fijas en su persona +las miradas, y en los palcos cercanos oyó el murmullo del comentario, y +en el aire, puede decirse, cogió el efecto general de su presencia. +Después de sentada, y cuando ella se iba haciendo cargo de lo que tenía +delante, la admiración persistía; en vano los coristas, que estaban +solos en escena, como los gallegos del cuento, mal presididos por un +partiquino, que sólo se distinguía por unas botas de fingida gamuza y +por desafinar más que todos juntos, en vano gritaban como energúmenos; +el público _distinguido_ de butacas y palcos atendía el espectáculo civil +que le ofrecía Emma; los abonados de las faltriqueras, que no veían la +sala sin echar el cuerpo fuera del antepecho, se asomaban por grupos +para ver a la de Reyes, y los de la faltriquera de la tertulia de Cascos +saludaron a Bonis y a su señora; el brigadier comandante general de la +provincia estaba entre ellos, y también inclinó la cabeza. Emma salía de +su soledad voluntaria como de un encierro; las emociones de los paseos y +romerías no eran como aquélla; aquélla sabía a gloria; ¡lo que se iba a +divertir, contando con todo! Porque con las glorias no se le iban las +memorias. Su plan era su plan, y todo se andaría. + +Bien comprendía la hija del abogado Valcárcel que no era su hermosura lo +que tanto llamaba la atención; que era, principalmente, su aderezo, y +mucho también su vestido, y un poco la novedad de verla en el teatro. + +--Vamos, esta se lanza al mundo otra vez--pensó ella que debían de estar +pensando muchas de aquellas damas, que se la estaban comiendo con los +ojos desde butacas y palcos. + +--Sí que me lanzo; ¡ya lo creo!, de cabeza--se decía a sí misma; muy +satisfecha, contentísima por haber descubierto aquel venero de placeres +que tanto iban a contrariar los planes del tío, que consistían, por lo +visto, en ir robándola todo lo que ella y sólo ella tenía. + +Para muchas de las señoras y señoritas presentes, que, o no eran del +país o eran muy jóvenes, la aparición de Emma en el _mundo_, si aquello +era _mundo_, ofrecía una novedad absoluta, porque no podían recordar, como +otras pocas, que años atrás aquella mujer, vestida con tanto lujo, de +facciones ajadas, de una tirantez nerviosa y avinagrada en el gesto, +había sido la comidilla de la población por sus caprichos y locuras de +joven mimada y rica y extravagante como ella sola. + +Todo esto lo comprendía Emma, y no se hacía ilusiones respecto de los +motivos de tanta curiosidad, y casi casi estupefacción; pero el +resultado era que se la miraba y contemplaba, y se comentaba su +presencia mucho; que nadie se acordaba del escenario por verla, y esto +le producía, fuese por lo que fuese, una de las sensaciones más intensas +y profundas que podía experimentar una mujer de su calaña. Sobre todo, +lo que ella más saboreaba, y lo que tenía por más seguro, era la +envidia. La envidiaban, no sólo las pobres, las que no podían permitirse +el gasto que significaban aquellos diamantes y aquel vestido, sino +también las dos o tres ricachonas presentes, que hubieran podido, sin +hacer un disparate, presentarse aquella misma noche con algo tan bueno y +todavía mejor. A pesar de esto, la envidiaban también, porque esta clase +de gente se parece mucho a los animales, en no vivir más que de la +sensación presente; y el hecho era que allí, en el teatro, en aquel +momento, la más ricamente vestida y _alhajada_ era ella, Emma; y el +público no se había de meter a discurrir y calcular quién podía y quién +no lucir otro tanto. Además, que «obras son amores». Tal vez la que más +envidiaba a la de Valcárcel era la mujer del americano Sariegos, el más +rico de la provincia, que podría aturdir a todos los Valcárcel del mundo +envolviéndolos en papel del Estado y en acciones del Banco y otras mil +grandezas; pero Sariegos no permitía tales despilfarros, que en él no lo +serían, y su señora tenía que contentarse con un lujo muy mediano. Por +eso rabiaba ella. En cuanto a Sariegos, que estaba presente, detrás de +su mujer, también se puso a aborrecer de pronto a Emma, porque tenía la +culpa de lo que en aquel momento su esposa estaría maldiciéndole y +detestándole a él por avaro; y además, aunque parezca raro, también +miraba con envidia el aderezo de la _abogaducha_. Mas luego se hizo +superior a sentimientos tan humillantes para él, y, elevándose, mediante +su filosofía crematística o plutónica, a más altas esferas, pensó, y +acabó por decir, a media voz, desde la cúspide de su desprecio sincero: + +--Esa muchacha va a quedarse sin camisa en muy pocos años. + +Bien sabía, porque bien se veía además, que Emma ya no era una muchacha; +pero no importaba; así creía él significar mejor su desprecio: esa +muchacha... la _abogaducha_. + +Pero estos comentarios y desahogos, y otros por el estilo, no los oía +Emma; ella veía a la envidia, no la oía; veía sus ojos brillantes, sus +sonrisas tristes, sus éxtasis sinceros y melancólicos en la cara de las +incautas, que no sabían disimular siquiera, y se quedaban como Santas +Teresas arrobadas en la meditación y el amor del pesar del bien ajeno. + +Algunas muchachas, estas de verdad, que minutos antes coqueteaban +alegres, muy satisfechas, con los cuatro trapacos que tenían encima, +ahora languidecían, olvidaban a sus adoradores de las butacas; y como +que se trataba de cosa mucho más seria, con rostro del que había +desaparecido toda gracia, toda poesía, toda idealidad, se consagraban al +culto envidioso del lujo ajeno, con gran veneración para las joyas y la +seda, con gran rencor disimulado a la sacerdotisa, que tenía el +privilegio de ostentar sobre su cuerpo los resplandores del dios +idolatrado. + +Un ruido de faldas almidonadas que vino de la escena llamó la atención +de Emma, sacándola de aquel deliquio de amor propio satisfecho. + +Por la puerta del foro entraba una elegantísima señora a paso ligero, +barriendo las tablas con una cola muy larga y despidiendo chispas de +todo su cuerpo, vestido de brocado de comedia y cubierto de joyas +falsas, diadema inclusive. + +--¿Quién es esa?--preguntó la mujer de Reyes. + +Bonifacio, viendo que Nepomuceno no se daba por interrogado, dijo, no +sin tragar antes saliva: + +--Es la Reina, que viene desaladamente al saber que el Infante.... + +--No; si no pregunto eso--interrumpió su mujer, volviéndose a mirar a +Bonis, que estaba detrás de ella en la penumbra--. Digo si es esa la +tiple. + +--Creo... que sí. Sí, justo, la protagonista.... + +--La de las botas. ¿Las traerá puestas? + +Bonis calló. + +--Di, hombre, ¿crees tú que las traerá puestas? + +--Sería... un anacronismo. + +--Calla, calla; ahora se sube al trono... ¿a ver?... No, no se le han +visto los pies. Acaso cuando se baje.... + +Emma asestó los gemelos a los bajos de la tiple; y como esta no acababa +de levantarse de su trono, subió la mirada hasta el rostro de Serafina. + +--Vaya si es guapa--dijo--. Ya he visto yo esa cara. ¿Cómo se llama esa?, +¿la cuántos?... + +--Serafina Gorgheggi, creo.... + +--¡Crees!... Pero ¿no lo sabes de seguro? + +--Puede que la confunda con la contralto. + +--Puede. + +--Pero... no; sí, es la tiple; justo, la Gorgheggi. + +--Ahora estás seguro, ¿eh? + +--Sí, seguro. + +Bonis se admiraba a sí mismo. ¡Aquello era crecerse ante el peligro! +Allí estaban los polvos de arroz.... Ahora lo comprendía todo; su mujer +se estaba burlando de él. Sabía de sus amores, y aquella ida _inopinada_ +al teatro era un careo... sí, un careo de los criminales. Porque él era +un criminal, claro. No importaba; sucediera lo que sucediera, había que +defenderse como gato panza arriba. Tuvo que sentarse, detrás de su +mujer, porque las piernas le temblaban, según costumbre en casos tales +(si era que jamás se había visto en caso parecido); pero estaba +dispuesto a disimular, a mentir _como un héroe_, si era preciso, ya que el +Señor se dignaba concederle aquel don del fingimiento, de que no se +hubiera creído capaz a no verlo. ¡Lo que puede el instinto de +conservación!, pensaba. + +--¡Ah!--gritó, ahogando el grito antes de salir de los labios, Emma, que +acababa de ver un pie de la Gorgheggi, al descender la tiple +_majestuosamente_ de su trono de madera pintada de colorines. Fuera un +anacronismo o no, las botas de S. A. eran idénticas a las que había +comprado ella por la tarde. Fuejos no había mentido. + +--Lo mismo que las mías. Ese Fuejos es persona de verdad decir. ¿Lo ves, +Bonifacio? El otro par lo trae esa señora; lo que me dijo el zapatero. +¿Por qué le levantas falsos testimonios? ¿Por qué has negado que le +viste el pie a esa damisela esta mañana? ¿Qué tiene eso de particular? +¿Crees que voy a celarme, marido infiel? + +Bonis calló. Por mucho valor que él tuviera, y estaba seguro de que lo +tenía, aquello no podía durar. ¿Adónde iba a parar su mujer? + +--¿Sabes tú si tiene querido esa doña Serafina? Si lo tiene, ese habrá +pagado las botas. + +Esta libertad de lenguaje no le extrañaba a Nepomuceno, que en cuanto +veía a su sobrina con un poco de carne y regular color, ya esperaba de +ella cualquier locura de dicho o de hecho. + +En cuanto al marido, no veía en tamaña desfachatez más que el sarcasmo +terrible de la esposa ultrajada. Le parecía muy natural que el cónyuge +engañado se entretuviera en aquellos pródromos de ironía antes de tomar +terrible venganza. Así sucedía en las tragedias, y hasta en las óperas. + +Ensimismado en su terror, vuelta la cara hacia el fondo del palco, Bonis +no pudo notar por qué Emma no insistía en sus cuchufletas, si lo eran +aquellas preguntas al parecer capciosas. Si él se había puesto antes +encendido, y enseguida muy pálido, al salir a las tablas Serafina, ahora +Emma era la que tomaba el color de una cereza; y clavaba los gemelos en +un personaje que acababa de llegar de tierra de moros, vencedor como él +solo, y que se encontraba con que la Reina le había casado a la novia +con un rey de Francia para no tener rival a la vista. El vencedor de los +infieles era el barítono Minghetti, que lucía dos espuelas como dos +soles, y tenía un vozarrón tremendo, no mal timbrado y lleno de energía. +En vano la Reina le pedía perdón, colgándosele del cuello, previo el +despejo de la sala, cubierta de coristas, todos ellos viles cortesanos. +El barítono no transigía; huía de los brazos de la Reina y llamaba a +gritos a la otra. + +--Está muy guapo así--pensaba Emma--; pero me gustaba más con el traje de +barbero. + +Cuando el caudillo no pudo gritar más, o reventaba, la tiple empezó a +quejarse de su suerte y a pintarle su pasión con multitud de gorjeos, +que acompañaba el flauta, jorobado. Como suelen hacer en tales casos los +amantes desdeñosos, en vez de escuchar las lamentaciones y las quejas de +la reina, el barítono aprovechó el descanso para toser y escupir +disimuladamente, y después se puso a revisar con gran descaro los +palcos, donde lucían su belleza las señoras más encopetadas. Llegó su +mirada al palco de Emma, que sintió los ojos azules y dulcísimos de +Minghetti metérsele por los tubos de los gemelos y sonreírle, a ella, +como si la conociera de toda la vida y hubiera algo entre ellos. Emma, +sin pensarlo, sonrió también, y el barítono, que tenía mirada de águila, +notó la sonrisa, y sonrió a su vez, no ya con los ojos sino con toda la +cara. La emoción de la Valcárcel fue más intensa que la experimentada +poco antes al notar la admiración que su lujosa presencia producía en el +concurso. Para sus adentros se dijo: Esto es más serio, es un placer más +hondo que satisface más ansias, que tiene más sustancia... y que tiene +más que ver con mis planes. Los planes eran burlarse de una manera feroz +de su tío y de su marido, jugar con ellos como el gato con el ratón, +descubrir medios de engañarlos y _perderlos_, que fuesen para ella muy +divertidos. Contra el tío ya sabía de tiempo atrás qué armas emplear; +echar la casa por la ventana, gastar mucho en el regalo de su propia +personilla. En cuanto a Bonis... ni en rigor le quería tan mal como al +otro, ni había pensado concretamente hasta entonces en un gran castigo +para él; sólo se le había ocurrido tenerle siempre en un potro, tratarle +como a un esclavo a quien amenazase un tormento que él no acababa de +conocer; mas la mirada y la sonrisa de Minghetti aclararon como un +relámpago la conciencia de Emma, que vio de repente en qué podía +consistir el castigo de su infiel esposo. Porque, en efecto, le suponía +infiel mucho tiempo hacía; sin contar con que Emma, en las meditaciones +de sus soledades de alcoba, con el histérico por Sibila, había llegado a +concebir al hombre, a todos los hombres, como el animal egoísta y de +instintos crueles y groseros por excelencia, no creía en el marido +rigurosamente fiel a su esposa; más era, tal ente _de razón_ la parecía +ridículo, y se confesaba que ella, en el caso de cualquier hombre +casado, no se contentaría con su mujer. En cuanto a las mujeres, no les +reconocía el derecho de adulterio en circunstancias normales, porque +_parecía_ feo y porque la mujer es otra cosa; pero en caso de infidelidad +conyugal descubierta, ya era distinto; también había el derecho de +represalia, y lo mismo podía decirse por analogía, cuando el esposo era +tan bruto que daba a la esposa trato de cuerda... «Si Bonis me pegase +como yo le pego a él, se la pegaba». Esto era evidente. «Y si él me la +pega... si de seguro me la pega...». Aquí Emma vacilaba y recurría al +tercer caso de infidelidad femenina disculpable. «Si me la pegase, yo le +engañaría también... si alguien me inspirase una gran pasión». Aunque +los extravíos morales de Emma nada tenían que ver con el romanticismo +literario, decadente, de su época y pueblo, porque ella era original por +su temperamento y no leía apenas versos y novelas, algunas frases y +preocupaciones de sus convecinos se le habían contagiado, y esta idea +vaga y pérfida de la gran pasión que todo lo santifica, era una de esas +pestes. Por lo demás, ella sola se bastaba para hacer tabla rasa de cien +decálogos y prescindir, según su capricho, de reglas de conducta que la +contrariasen. Pero si en la pura región de las ideas, como hubiera +pensado Bonis, esto era corriente, el sentido íntimo le decía a Emma que +del dicho al hecho hay mucho trecho; que ella no llegaría a faltar a su +Bonis, como no se la apurase mucho, como no fuera en un momento de +locura, suscitado por un príncipe ruso u otro personaje de mérito +excepcional; y que, aun así, tenía ella que convertirse en otra, +violentarse mucho. Lo cierto era que su carne estaba tranquila, que sus +gustos la llevaban a extravíos sensuales nada eróticos, y que al fin y +al cabo, Bonis, lo que es como buen mozo era buen mozo, y estaba +satisfecha de su físico.... Pero la mirada y la sonrisa del barítono, +eran ya harina de otro costal. Por lo pronto, Emma se olvidó de todo +para pensar en el placer de tropezarse dentro de los gemelos con +aquellas pupilas y con aquella boca sonriente bajo el bigote castaño +oscuro. Cada vez que Minghetti volvía a la escena, la de Reyes ensayaba +la repetición del lance que tan bien le había sabido, y las más veces +con buen éxito; pues, fuera casualidad, o que el cantante tuviera la +costumbre de mirar mucho a los palcos y fijarse en quien le admiraba, y +coquetear en toda clase de papeles y circunstancias escénicas, ello fue +que el placer solicitado por los gemelos de Emma se renovó en varios +trances de los más serios y apurados de la ópera; y eso que el barítono +no cesaba de regañar con la Reina, siempre desesperado por la huida a +Francia de la otra. + +Bonis no volvía de su asombro al notar, muy a su placer, que Emma no +hablaba ya de la tiple ni de las botas, verdadero anacronismo, como él +decía muy bien, ni de cosa alguna que remotamente pudiera referirse a lo +que él llamaba «lo de los polvos de arroz». + +Terminada la ópera, volviéronse a su hogar los Valcárcel, o si se quiere +los Reyes, aunque más propio es decir los Valcárcel por lo poco amo de +su casa que era Bonifacio; despidiose del matrimonio Nepomuceno, que se +acostó madurando sus planes para el porvenir, que, o él veía mal, o +tenía barruntos de un cambiazo no exento de peligros. Y cuando Reyes iba +a pedir permiso a su mujer para retirarse también a su cuarto, a Emma se +la ocurrió hacer uso... de lo que en las relaciones de aquel matrimonio +podía llamarse la regia prerrogativa. + +--Mira, Bonis, yo no tengo sueño; el ruido de la música me ha puesto la +cabeza como un bombo... voy a estar desvelada; y sola y despierta y +nerviosa, tendré miedo. + +Hubo un momento de silencio, y después prosiguió: + +--Quédate tú. + +Estaban en el gabinete de la dama. Ella se despojaba de sus joyas frente +al espejo de su tocador, alumbrado por dos bujías de color de rosa. El +marido la veía retratada por el cristal de fondo misterioso y de sombras +movedizas. Sin que él se diese cuenta del cómo y el por qué, aquel +«quédate tú» le hizo mirar de repente a su esposa con ojos de juez de la +hermosura. ¡Cosa extraña! Hasta aquel instante no había reparado que +Emma se había quitado muchos años de encima aquella noche, sobre todo en +aquel momento; no le parecía una mujer bella y fresca, no había allí ni +perfección de facciones ni lozanía; pero había mucha expresión; el mismo +cansancio de la fisonomía; cierta especie de elegía que canta el rostro +de una mujer nerviosa y apasionada que pierde la tersura de la piel y +que parece llorar a solas el peso de los años; la complicada historia +sentimental que revelan los nacientes surcos de las sienes y los que +empiezan a dibujarse bajo los ojos; la intensidad de intención seria, +profunda y dolorosa de la mirada, que contrasta con la tirantez de +ciertas facciones, con la inercia de los labios y la sequedad de las +mejillas: estos y otros signos le parecieron a Bonis atractivos +románticos de su esposa en aquel momento, y el imperativo quédate tú le +halagó el amor propio y los sentidos, después del mucho tiempo que había +pasado sin que Emma hiciera uso de la regia prerrogativa. + +Por segunda vez el amante de Serafina tuvo remordimientos por su +infidelidad en el pecado. Su gran pasión disculpaba a los ojos de Bonis +aquellas relaciones ilícitas con la cómica; pero desde el momento en que +él faltaba a Serafina, dejándose interesar endiabladamente por los +encantos marchitos, pero expresivos y melancólicos, llenos de fuego +reconcentrado, de su legítima esposa, quedaba probado que la gran pasión +pretendida no era tan grande, y, en otro tanto, era menos disculpable. +Fuese como fuese, sucedió que Bonis empezó a despojarse de su terno +inglés en el gabinete de su mujer; se quedó sin levita ni chaleco, +luciendo los tirantes de seda y la pechera de la camisa blanca y tersa, +con tres botones de coral; y en este prosaico, pero familiar atavío, se +volvió sonriente hacia Emma, que lamía los labios secos, echaba chispas +por los ojos, y seria y callada miraba el cuello robusto y de color de +leche de su marido. Bonis se sintió apetecido; se explicó, como a la luz +de un relámpago, la escena de aquella noche de los polvos de arroz; leyó +en el rostro de su mujer una debilidad periódica, una flaqueza femenina, +como sumisión pasajera de la hembra al macho, además una misteriosa y +extraña corrupción sin nombre: todo esto lo cogió al vuelo, +confusamente; tuvo la conciencia súbita de cierta superioridad interina, +fugaz; y enardecido por su propio capricho, por las excitaciones que +aquel ocaso interesante de hermosura, o, mejor, de deseo, con que se +iluminaba Emma, producía en él, se arrojó a un atrevimiento inaudito; y +fue que, de repente, se dejó caer de rodillas delante de su mujer, se le +abrazó a las almidonadas blancuras, que crujieron contra su pecho, y con +voz balbuciente por la emoción, entrecortada y sorda, dijo mil locuras +de pasión habladora, que se desborda primero por las palabras; palabras +de lascivia en jerga amorosa, en diminutivos, tal como él las había +aprendido de todo corazón en su trato con la Gorgheggi. + +Emma, en vez de levantar a su marido de la postrada actitud, después de +dar un grito, como los que daba al entrar en su baño de agua tibia, fue +doblándose, doblándose, hasta quedar con la boca al nivel de la boca de +Bonis; con ambas manos le agarró las barbas, le echó hacia atrás la +cabeza, y, como si los labios del otro fuesen oído, arrimando a ellos +los dientes, dijo como quien hablando bajo quisiera dar voces: + +--¡Júrame que no me la pegas! + +--Te lo juro, Mina de mi alma, rica mía, mi Mina; te lo juro y te lo +rejuro.... Mírame a los ojos; así, a los ojos de adentro, a los de más +adentro del alma... te juro, te retejuro que te adoro, con eso, con eso, +con eso que ves aquí tan abajo, tan abajo.... Pero, mira, me vas a +desnucar, se me rompe el cogote. + +--Qué más da, qué más da... deja... deja... así, más, que te duela, que +te duela con gusto. + +Hubo un silencio que no se empleó más que en mirarse los ojos a los +ojos, y en gozar ambos del dolor del cuello de Bonis doblado hacia +atrás. Emma le soltó para decir, poniéndose en pie: + +--Mira, mira, yo soy la Gorgheggi o la Gorgoritos, esa que cantaba hace +poco, la reina Micomicona; sí, hombre, esa que a ti te gusta tanto; y +para hacerte la ilusión, mírame aquí, aquí, aquí tontín; granuja, aquí +te digo... las botas lo mismo que las de ella; cógele un pie a la +Gorgoritos, anda, cógeselo; las medias no serán del mismo color, pero +estas son bien bonitas; anda, ahora canta, dila que sí, que la quieres, +que olvidas a la de Francia y que te casas con ella.... Tú te llamas, +¿cómo te llamas tú?... Sí, hombre, el barítono te digo. + +--¿Minghetti? + +--Eso, Minghetti, tú eres Minghetti y yo la Gorgoritos.... Minghetti de mi +alma, aquí tienes a tu reina de tu corazón, a tu reinecita; toma, toma, +quiérela, mímala; Minghetti de mi vida, Bonis, Minghetti de mis +entrañas.... + +«Pero, oiga usted, señor matamoros; si usted quiere que sea suya para +siempre su señora reina de las botas nuevas, apague esas luces del +tocador y véngase de puntillas, que puede oírle Eufemia, que ahora +duerme ahí al lado». + + + + +-XI- + + +Bonifacio Reyes era admirador del arte en todas sus manifestaciones, +según él se decía; y aunque la música era la manifestación predilecta, +porque le llegaba más al alma, con una vaguedad que le encantaba y que +no le exigía a él previo estudio de multitud de ideas concretas que +debían de andar por los libros de facultad mayor; y aunque la susodicha +música era el arte que él mejor poseía, merced a sus estudios de solfeo +y de flauta, no había dejado de ejercitarse en una u otra época de su +vida, sin pretensiones, por supuesto, en cuanto mero aficionado, en +otros medios humanos de expresar lo bello. La poesía le parecía muy +respetable, y sabía de memoria muchos versos; pero las dificultades del +consonante siempre le habían retraído del cultivo de las musas; +despreciaba, porque su sinceridad de hombre de sentimiento y de +convicciones no le permitían otra cosa, despreciaba los ripios y hasta +los consonantes fáciles; y así, las pocas veces que había ensayado la +gaya ciencia, se había ido derecho al peligro, a la rima difícil; y +hasta recordaba que la última vez que había arrojado la pluma con el +propósito de no insistir en versificar, había sido con motivo de querer +escribir un soneto a un señor Menéndez, que había fundado una obra pía. + +La palabra principal, se decía Bonis mordiéndose las uñas, es, según las +retóricas y poéticas que yo he leído, la que debe terminar el verso; +aquí lo más importante, sin duda, es el apellido del fundador y la obra +pía: pues bien; para pía hay millares de consonantes, pero a Menéndez yo +no se lo encuentro. Y antes que relegar a Menéndez a un lugar del verso +indigno de su filantropía, prefirió renunciar al soneto. + +Esta falta de inspiración poética y de consonantes en éndez, no le +desanimó ni ajó su orgullo de artista, que al fin no era muy grande; +después de todo, si bien se miraba, la poesía está como reconcentrada en +la música. + +Otra cosa eran las artes del dibujo, y en este punto el atildado +pendolista no vacilaba en sostener que con la pluma hacía, si no +prodigios, arabescos muy agradables; el arabesco era su dibujo favorito, +porque se enlazaba con sus facultades de escribiente, y además también +tenía cierto parecido con la música por su vaguedad e indeterminación. +El arabesco tocaba con la alegoría y el dibujo natural fantástico por un +lado, y por el otro con el arte de Iturzaeta. + +En cosas así pensaba Reyes una tarde, cerca del crepúsculo, en el cuarto +no muy lujoso ni ancho que Serafina Gorgheggi ocupaba en la fonda +dependiente del café de la Oliva, piso tercero de la casa. Mochi y su +protegida habían mudado de posada, lo cual en aquel pueblo sólo era +mudar de dolor; pero en el hotel Principal, allá al extremo de la +Alameda Vieja, les habían llegado a perder el respeto por las +intermitencias en el pago del pupilaje; la Compañía de ópera seria +acababa de disolverse por motivos económicos e incompatibilidades de +caracteres, y el empresario, la tiple y Minghetti, el barítono, se +habían quedado en la ciudad, según unos, porque no tenían por lo pronto +contrata ni lugar adonde ir, porque más valieran allá; según otros, +porque querían servir de núcleo a una nueva Compañía, para constituir la +cual andaba Mochi en tratos. Pero entretanto había que hacer economías, +y si Minghetti permaneció en el hotel Principal, aunque tampoco pagaba +bien, por privilegio misterioso tolerado, Serafina y Julio tuvieron que +reducirse a instalar sus personas y baúles en la mediana hospedería que, +con el nombre de Fonda de la Oliva, sustentaba, con grandes apuros, el +dueño del vetusto café del mismo nombre. + +Reyes aquella tarde velaba el sueño de Serafina, que yacía allí cerca, +en la alcoba, víctima de un agudísimo dolor de muelas que, al aplacarse +a ratos, la dejaba sumirse en tranquilo sopor, aunque algo febril, no +desagradable. + +Reyes velaba. Había ido allí a muy otra cosa, pero los suspiros de su +inglesa-italiana y el olor a medicinas antiespasmódicas, más el declinar +del día, le habían cambiado de repente el ánimo, inclinándole a la +melancolía poética y reflexiva, a la abnegación espiritual y piadosa. + +Como el velar el sueño del ser amado no es ocupación que dé empleo a las +manos, Bonis, arrimado al velador de incrustaciones de no sabía él qué +pasta, que imitaban una escena veneciana azul y rosa con manchas de café +y huellas de nitrato de plata, dibujaba con pluma de ave sobre un pedazo +de papel de barbas. Dibujaba, como siempre, caprichos caligráficos con +remates de la fauna y la flora del arabesco más fantástico. Sentía el +alma, después del cambiazo que a sus deseos acababan de dar las +circunstancias, llena de música; no le cantaban los oídos, le cantaba el +corazón. + +A tener allí la flauta y no estar dormida Serafina, hubiera acompañado +con el dulce instrumento aquellas melodías interiores, lánguidas, +vaporosas, llenas de una tristeza suave, crepuscular, mitad resignación, +mitad esperanzas ultratelúricas y que no puede conocer la juventud; +tristeza peculiar de la edad madura que aún siente en los labios el dejo +de las ilusiones y como que saborea su recuerdo. + +Pero ya que no la flauta, tenía la pluma: la pluma, que no hacía ruido, +sino muy leve, al rasguear sobre el papel con aquellos perfiles y trazos +gruesos, enérgicos, en claro-oscuro sugestivo, equivalente al timbre de +una puerta o de una placa. + +Sí, poco a poco fue sintiendo Bonis que la música del alma se le bajaba +a los dedos; las curvas de su arabesco se hacían más graciosas, sus +complicaciones y adornos simétricos más elegantes y expresivos, y la +indeterminada tracería se fue cuajando en formas concretas, +representativas; y al fin brotó, como si naciera de la cópula de lo +blanco y de lo negro, brotó en un cielo gris la imagen de la luna, en +cuarto menguante, rodeada de nubes, siniestras, mitad diablos o brujas +montados en escobas, mitad colmenas de formas fantásticas, pero colmenas +bien claras, de las que salían multitud de bichos, puntos unidos a otros +puntos que tenían cuerpos de abejas, con patas, rabos y uñas de furias +infernales. Aquellas abejas o avispas del diablo, volaban en torno de la +luna, y algunas llenaban su rostro, el cual era, visto de perfil, el del +mismísimo Satanás, que tenía las cejas en ángulo y echaba fuego de ojos +y boca. Por encima de esta confusión de formas disparatadas, Bonis +dibujó rayas simétricas que imitaban muy bien la superficie del mar en +calma, y sobre la línea más alta, la del horizonte, volvió a trazar una +imagen de la noche, pero de noche serena, en mitad de cuyo cielo, +atravesando cinco hileras de neblina tenue, las líneas del pentagrama, +se elevaba suave, majestuosa y poética, la dulce luna llena: en su +disco, elegantes curvas sinuosas decían: Serafina. + +Media hora larga le costó al soñador su composición simbólica; mas fue +premio de la inspiración y del esfuerzo un noble orgullo de artista +satisfecho; sensación que se mezcló enseguida con un enternecimiento +austero y en su austeridad voluptuoso, que le hizo inclinar la cabeza, +apoyar la frente en las manos y meditar sollozando y con lágrimas en los +ojos. + +--¡Qué vida extraña! ¡Qué cosas pueden pasarle por el alma a un pobre +diablo!--pensaba Bonis. + +La alegoría, que le había salido sin querer de la pluma, estaba bien +clara, era la síntesis de su vida presente. En el cielo de sus amores, +en la región serena, sobre el océano de sus pasiones en calma, brillaba +la luna llena, el amor satisfecho, poético, ideal, de su Serafina. Ya no +eran aquellos los días de las borrascas sensuales, en que el amor +físico, mezclándose al platónico, se entregaba al arabesco de la pasión +disparatada y caótica; el alma ya se había sobrepuesto y daba el tono al +cariño, que, al arraigarse y convertirse en costumbre, se había hecho +espiritual. Y de repente, de poco tiempo a aquella parte, debajo del +océano, en las regiones misteriosas del abismo en las que habitaba el +enemigo, de las que venían voces subterráneas de amenaza y castigo, +aparecía como un reflejo infiel, otro cielo con otra luna, un cielo +borrascoso con espíritus infernales vestidos de nubarrones, con el +mismísimo demonio disfrazado de cuarto menguante... de la luna de miel +satánica, de Valpurgis, que su mujer, Emma Valcárcel, había decretado +que brillara en las profundidades de aquellas noches de amores +inauditos, inesperados y como desesperados. + +Bonis se levantó, y contempló a la Gorgheggi dormida: + +--Esa mujer adorada no sabe que yo la soy infiel. Que hay horas de la +noche en que me dan un filtro hecho de terrores, de fuerza mayor, de +recuerdos, de costumbres del cuerpo, de sabores de antiguos placeres, de +olores de hojas de rosas marchitas, de lástima... y hasta de +filosofías... negras.... + +Esta mujer no sabe que yo me dejo besar... y beso... como quien da +limosna a la muerte; a la muerte enferma, loca; que doy besos que son +como mordiscos con que quiero detener al tiempo que corre, que corre, +pasándome por la boca.... Sí, sí, Serafina; en esas horas tengo lástima +de mi mujer, de quien soy esclavo; sus caricias disparatadas, que son +reflejos de otras mías que yo aprendí de tus primeros arranques de amor +frenético y desvergonzado; sus caricias, que son en ella inocentes, para +mí crímenes, se me contagian y me llevan consigo al aquelarre tenebroso, +donde entre sueños y ayes de amor que acaban por suspiros de vejez, por +chirridos del cuerpo que se desmorona, vivo de no sé qué negras locuras +sabrosas y sofocantes, llenas de pavor y de atractivo. Yo soy el amante +de una loca lasciva... de una enferma que tiene derecho a mis caricias; +pero un derecho que no es como el tuyo; como el tuyo, que no reconocen +los hombres, pero que a mí me parece el más fuerte, aunque sutil, +invisible. Tu derecho... y el mío. El de mi alma cansada. + +Y vuelta a llorar, después de haber pensado así, aunque con otras +palabras interiores, y en parte aun sin palabras; porque algunas de las +que ha habido que emplear Bonis ni siquiera las conocía. Por ejemplo, +aquello que se dijo antes de ultratelúrico. ¿Qué sabía Bonis lo que +significa ultratelúrico? Pero, con todo, siempre estaba pensando en +ello, y lo mezclaba con todas sus cavilaciones y con todos los apuros de +su miserable y atragantada existencia. En tiempo de Bonis, en esta época +de su vida, no se hablaba como ahora, y menos en su pueblo, donde para +los efectos fuertes y enrevesados, dominaba el estilo de Larrañaga y de +D. Heriberto García de Quevedo. Sin contar con que Bonifacio, menos +instruido todavía que su historiador, ni de propósito hubiera podido dar +con ciertas frases que aquí suelen usarse para interpretar +aproximadamente las tribulaciones de su espíritu. + +Fuera como fuera, la Gorgheggi no despertó con todo aquel ruido.... +psicológico de su querido. El cual, por lo demás, andaba de puntillas, +sin tropezar en nada; y hasta consiguió taparla, sin que ella lo +sintiera, un poco de la espalda blanquísima, por donde estaba cogiendo +frío. Era en casa de su Serafina el mismo galán fino, pulcro, suave y +mañoso que cuidaba a su mujer, a su tirano, como las manecitas negras de +los palacios encantados. + +Conocía todos los rincones de la habitación de su amiga... y también los +del cuarto de Mochi. Él era quien les había buscado y ajustado el nuevo +albergue; él quien procuraba introducir el espíritu y la práctica del +orden y la economía en la vida doméstica de aquellos artistas, +llevándoles un poco de la saludable influencia de su hogar, que al fin +hogar era, aunque no pudiese servir de modelo; menos cada día. Se le +figuraba a Reyes tener dos casas, la de su mujer y la de su querida; y +así como él mismo, sin pensarlo ni quererlo, había introducido en el +caserón de los Valcárcel aires de libertinaje, semilla de corrupciones +que tan bien preparado tenían el terreno en el alma de Emma; del propio +modo irreflexivo, por instinto, había ido poco a poco sembrando gérmenes +de costumbres sedentarias, de orden provinciano, de disciplina +doméstica, en la intimidad de su trato con los cantantes. Tal vez a este +influjo contribuían, más que los ejemplos de su propia casa, las +reminiscencias, de muy antiguos tiempos, de los hábitos de paz familiar +y humildad económica que conservaba todavía el escribiente de Valcárcel, +que no en balde había pasado su niñez y el principio de su juventud al +lado de sus padres honrados, pobres, humildes, resignados. El ideal de +Bonis era soñar mucho y tener grandes pasiones; pero todo ello sin +perjuicio de las buenas costumbres domésticas. Amaba el orden en el +hogar; mirando las estampas de los libros, se quedaba embelesado ante +una vieja pulcra y grave que hacía calceta al amor de la lumbre, +mientras a sus pies, un gato, sobre mullida piel, jugaba sin ruido con +el ovillo de lana fuerte, tupida, símbolo de la defensa del burgués +contra el invierno. Envidiaba el valor, la despreocupación de los +artistas que no tienen casa, que acampan satisfechos en las cinco partes +del mundo; pero esta admiración nacía del contraste con los propios +gustos, con la invencible afición a la vida material tranquila, +sedentaria, ordenada. Hasta para ser romántico de altos vuelos, con la +imaginación completamente libre, le parecía indispensable, a lo menos +para él, tener bien arreglada la satisfacción de las necesidades +físicas, que tantas y tan complicadas son. El símbolo de estos +sentimientos eran, como va indicado más atrás, las zapatillas. Cuando en +sus ensueños juveniles había ideado un castillo roquero, una hermosa +nazarena asomada a la ojival ventana, una escala de seda, un laúd y un +galán, que era él, que robaba a la virgen del castillo, siempre había +tropezado con la inverosimilitud de huir a lejanos climas sin las +babuchas. Y era claro que las babuchas eran incompatibles con el laúd. +Además, no todo eran las zapatillas; había algo más en su cariño al +hogar templado, dulce, sereno... la familia. ¡Oh, la familia honrada, +sin adulteraciones, sin disturbios ni mezclas, era también su encanto! +¿Sería la familia incompatible con la pasión, como las babuchas con el +laúd? Tal vez no. Pero él no había encontrado la conjunción de estos dos +bellos ideales. La familia no era familia de verdad para él; Dios no lo +había querido. Su mujer era su tirano, y en sus veleidades de amor +embrujado, carnal y enfermizo, corrompida por él mismo, sin saberlo, era +una concubina, una odalisca loca; y, lo que era peor que todo: faltaba +el hijo. Y en casa de Serafina, en casa de la pasión... no había la +santidad del hogar, ni siquiera la esperanza de una larga unión de las +almas. Los cantantes tendrían que marcharse el mejor día. Eran judíos +errantes; ya era un milagro que entre abonos empalmados, truenos de +compañías, semanas de huelga, prórrogas de esperanzas, ayudas del +préstamo, acomodos del mal pagar y abusos del crédito, hubieran podido +permanecer Mochi y la Gorgheggi meses y meses en el pueblo. El día menos +pensado Bonis se encontraría en el cuarto de Serafina con las maletas +hechas. «La de vámonos», diría Mochi, y él no tendría derecho para +oponerse. No tenía un cuarto, no podía ofrecerles medios materiales para +continuar en el pueblo; el arte y la necesidad soplaban como el viento, +y se llevaban allá, por el mundo adelante, su pasión, el único refugio +de su alma dolorida, necesitada de cariño, de caricias castas (como +habían acabado por ser las de Serafina), de dignidad personal, que le +faltaba al lado de su Emma; la cual sólo se humillaba por momentos en su +calidad de bestia hembra, para ser enseguida, aun en el amor, el déspota +de siempre, que sazonaba las caricias con absurdos, que eran +remordimientos para el atolondrado marido. ¡Solo, solo se volvería a +quedar en poder de Emma, en poder de las miradas frías, incisivas de +Nepomuceno, el de las cuentas, en poder de Sebastián, el primo, y de +todos los demás Valcárcel que quisieron hacer de él jigote a fuerza de +desprecios! + +Despertó la Gorgheggi sonriente, sin dolor de muelas; agradeció a su +Bonis que velara su sueño como el de un niño; y la dulzura de sentirse +bien, con la boca fresca, harta de dormir, la puso tierna, sentimental, +y al fin la llevó a las caricias. Mas fueron suaves; mezcladas de +diálogos largos, razonables; no se parecían a las ardientes prisiones en +que se convertían sus abrazos en otro tiempo. «Así, pensaba Reyes, +debieran ser las caricias de mi esposa». Serafina se había acostumbrado +a su inocente Reyes y a la vida provinciana de burguesa sedentaria a que +él la inclinaba, y a que daban ocasión su larga permanencia en aquella +pobre ciudad y la huelga prolongada. Se iban desvaneciendo las últimas +esperanzas de brillar en el arte, y Serafina pensaba en otra clase de +felicidad. La falta de ensayos y funciones, la ausencia del teatro, le +sabía a emancipación, casi casi a regeneración moral: como las +cortesanas que llegan a cierta edad y se hacen ricas aspiran a la +honradez como a un último lujo, Serafina también soñaba con la +independencia, con huir del público, con olvidar la solfa y meterse en +un pueblo pequeño a vegetar y ser dama influyente, respetada y de viso. +Ya iba conociendo la vida de aquella ciudad, que despreciaba al +principio; ya le interesaban las comidillas de la murmuración; hacía +alarde de conocer la vida y milagros de ésta y la otra señora, y un día +tuvo un gran disgusto porque Bonis no consiguió que se la invitara el +Jueves Santo a sentarse en cualquier parroquia en la mesa de petitorio. +Cantó una noche, con Mochi y Minghetti, en la Catedral, y sintió orgullo +inmenso. Le andaba por la cabeza un proyecto de gran concierto a +beneficio del Hospital o del Hospicio. A Mochi no le cayó en saco roto +la idea; pero le torció el rumbo. Un gran concierto, sí, pero no a +beneficio de los pobres, sino a beneficio de los cantantes, restos del +naufragio de la compañía. Se dio a Minghetti, el barítono, noticia del +proyecto, y le pareció magnífico. Él sugirió al tenor la ocurrencia de +aprovechar aquel concierto para reanimar el instinto filarmónico de los +vecinos: se habían cansado de ópera, bueno; pero ya hacía una temporada +que se había cerrado el teatro; la Gorgheggi, apareciendo en traje de +etiqueta en los salones de una sociedad, y cantando, sin accionar y sin +dar paseos por la escena, pedazos de música escogida, volvería a +despertar el apetito musical de los muchos aficionados; esto facilitaría +la idea de abrir un abono condicional sobre la base del terceto; tenían +tenor, tiple y barítono; se traería contralto, bajo y coros, y se podía +arreglar otra campaña que bastase para pagar trampas, y esperar con +menos prisa y afán alguna contrata en otra parte. Para poner por obra el +proyecto, había que contar con algún indígena que tomara la iniciativa. +Nadie como Bonis. Serafina se encargó de rogarle que lo tomase por su +cuenta. Dicho y hecho. Aquella tarde, entre las caricias de un amor +apacible y de intimidad serena, la Gorgheggi suplicó a su amante que +apadrinase con celo y entusiasmo su idea, que se encargara de preparar +el concierto, venciendo los obstáculos que pudieran surgir. ¿Qué menos +podía hacer Bonifacio por aquella mujer, a quien no podía dar ya dinero, +y eso que tanto lo necesitaba? Propuso el proyecto de los cómicos a la +Junta del Casino, que formaba como una Sociedad agregada a la empresa +del café de la Oliva; en el piso principal estaban el salón de baile y +las salas de juego y de lectura de aquel círculo de recreo, algunas +veces de envite y azar. La Junta directiva, que tenía la conciencia de +sus deberes, prometió estudiar la cuestión. Hubo deliberaciones +repetidas, se votó, y, por una exigua mayoría, se aprobó el proyecto del +concierto, que terminaría en baile, pero sin ambigú. + +Bonifacio ocultaba a su mujer que andaba en aquellos tratos, que era el +alma de la proyectada fiesta; pero ella supo que el concierto se +preparaba, y que su Bonis era factor del holgorio, que iba a ser cosa +rica. Si de otras cosas que sabía también, y tiempo hacía, no le había +hablado, sino con indirectas y sin insistir, ahora le convenía darse por +enterada claramente; y así, le dijo un día a la mesa, a los postres, en +presencia de Nepomuceno: + +--Vamos a ver, hombre, ¿por qué me tienes tan callado lo que me preparas? +¿Es que quieres sorprenderme? + +--¿Lo que te preparo? + +--Sí, señor; lo del concierto: ya sé que tú y otros queréis echar un +guante disimuladamente en favor de esos pobres cómicos que han quedado +en el pueblo y no deben de pasarlo bien. Perfectamente; muy bien hecho. +Es una gran idea y una obra de caridad. Haremos una limosna y nos +divertiremos. Magnífico. ¿Verdad, tío, que es una idea excelente? + +--Excelente--asintió Nepomuceno, limpiándose los labios con la servilleta +y bajando la cabeza. + +--Cuenta conmigo y con la señorita Marta, con Marta Körner, la del +ingeniero, ya sabes, mi amiguita, que irá conmigo. El tío me acompañará, +¿verdad? Y acaso el primo Sebastián, que vendrá a las ferias. Tú tendrás +que arreglar por allá cosas; si ya lo sabemos, hombre, no te hagas el +chiquitín, ya sabemos que eres el director de la fiesta. ¿Y qué? Mejor. +Gracias a Dios que haces algo de provecho. Lo que me enfada es que nunca +me hayas dicho que eras amigo de los cómicos, tan amigo. ¿Creías que iba +a disgustarme? ¿Por qué? Yo no soy orgullosa, yo no creo que mi apellido +se desdore porque mi esposo trate a unos artistas; al contrario; si yo +fuera hombre haría lo mismo. ¿No se casó la famosa _Tiplona_ con un +caballero de aquí? ¿Verdad, tío, que no nos ha parecido mal saber que +Bonis trata a los cómicos mucho, muchísimo? Lo supimos por la señorita +de Körner, ¿verdad, tío? Y yo hasta me puse hueca. Para que veas. + +Bonifacio miraba a su mujer con los ojos fijos, combatido por dos +opuestas corrientes: un instinto ciego le decía: ¡Guarda, Pablo! ¡No te +fíes, no cantes, hay trampa! Otra tendencia poderosa le hacía ver el +cielo abierto y le empujaba el enternecimiento. ¿Si su mujer sería capaz +de comprenderle, de comprender su amor al arte y a los artistas? No +llegaba él hasta esperar que disculpara sus amores con Serafina; era, +por el contrario, indispensable, que no supiera de ellos; pero todo lo +demás, ¿por qué no? Es decir, lo de las deudas y el dinero prestado, +tampoco. Miraba a Emma; después miró al tío: o no había honradez y +franqueza y lealtad en el mundo, o estaban pintadas en la cara, y +especialmente en los ojos de tío y sobrina. + +Confesó todo lo que creyó oportuno confesar. Se le agradeció la +franqueza, y tío y sobrina manifestaron verdadera admiración +contemplando la perspectiva de ideal y horas de jarana y alegría honesta +que Bonis les puso ante la fantasía con elocuencia conmovedora. Aunque +Nepomuceno y Emma iban con segunda, cada cual por diferente motivo, en +parte eran sinceros su entusiasmo y adhesión a los proyectos de Reyes. +En cuanto a disculpar las aficiones artísticas del marido y su trato con +los cantantes, nada más fácil. ¿No era él músico también? ¿Y qué tenía +de particular que, en saliendo de casa, empleara sus ocios en cultivar +la amistad de aquellos excelentes señores que sabían tanta música, eran +de tan fino trato y no se parecían a los envidiosos del pueblo, +espíritus limitados, estrechísimos, monótonos, inaguantables? + +Nepomuceno habló más que solía; él también era pintor, esto es, músico; +sí: en la Sociedad Económica había coadyuvado a la creación de la clase +de solfeo y piano. + +--¡Bah, la música!, ya lo creo, es una gran cosa. Domestica las fieras. + +--Ciertamente--dijo Bonis encantado. + +Y refirió a su modo la fábula de Orfeo, que a Emma la cogía de nuevas +completamente, y le pareció muy interesante. + +--A propósito de piano... aunque ya está viejo el alcacer para zampoñas, +yo quisiera saber teclear, así... un poco... aunque no fuera más que +tocar con un dedo las óperas esas que tú tocas en la flauta. + +A Bonis le pareció muy laudable el propósito. Volvió a pensar, aunque +sin esperanza, en lo de «la música las fieras domestica», y dijo: + +--Pues mira, si te decides, Minghetti, el barítono, es un excelente +profesor.... + +Emma, encendida, no pudo menos de ponerse en pie, y sin pensar en +contenerse, comenzó a batir palmas. + +--¡Oh, sí, sí; sublime, sublime; qué idea!, el barítono... y le pagaremos +bien; será una obra de caridad. Pero ¡qué lástima! ¿Se marchará pronto? + +--¡Oh!, eso... según las circunstancias... si renuevan el abono, si +recomponen el cuarteto... si se les ayuda.... + +--¡Vaya si se les ayudará! ¿Verdad, tío? + +El tío volvió a inclinar la cabeza. ¡La de planes que tenía dentro de +ella! Los ojos le brillaban, fijos en el mantel, hablando con su fijeza +de cien ideas que no explicaban, pero que revelaban como presentes. + +Llegó la noche del concierto. Se abrieron los salones del Casino, +sucursal del café de la Oliva; hasta hubo su poquito de buffet, a pesar +del acuerdo de la Junta, y lo mejor de la población acudió a tomar +sorbetes y a contemplar de cerca, y vestidos en traje de sociedad, a los +cantantes ilustres que tantas veces había aplaudido viéndolos en las +tablas, llenos de abalorios y galones dorados. + +¡Noche solemne para Bonis! ¡Noche solemne para Emma! ¡Noche solemne para +Nepomuceno! + + + + +-XII- + + +Ardían en las arañas de cristal muchas docenas de bujías de esperma; +allá, al extremo del salón, sobre una plataforma improvisada, la +respetable orquesta de los músicos sedentarios, de los profesores +indígenas, inauguraba la fiesta con una sinfonía de su vetusto +repertorio: allí estaba el trompa, refractario al italiano y a la +afinación; allí el espiritual violinista Secades, que había soñado con +ser un segundo Paganini, que había pasado noches y noches, días y días, +buscando en las cuerdas, acariciadas por el arco, ora lamentos de amor +sublime, ora imitaciones exactas de los ruidos naturales; v. gr.: los +rebuznos de un jumento. ¡Sarcasmo de la suerte! El rebuzno lo había +dominado; su arco había llegado a hablar como la burra de Balaam; pero +la inefable cantinela del amor, los ayes de la pasión sublime, los +reservaban aquellas cuerdas para otro arco amante, no para el de +Secades. El cual, ya maduro y desengañado, iba prefiriendo su otro +oficio de zurupeto, y más atendía ya a la banca y sus gajes que al arte +que meciera sus sueños infantiles. Tocaba ya por ganar la pitanza, medio +dormido, como sus compañeros, sin fe, sin emulación, apenas conservando +un poco de cariño melancólico y de respeto supersticioso a la buena +música, a la antigua, despreciando las novedades que traían las +compañías de algunos años a aquella parte. Allí estaba también el +antiguo figle, don Romualdo, calvo, digno, de gran panza; en la catedral +chirimía, en todo lo profano figle; casi una gloria provincial. Todo el +pueblo, hasta los sordos, reconocía que era maravilloso lo que hacía con +su extraño instrumento aquel hombre; le hacía llorar, reír, hasta casi +casi toser. Pues a pesar de tanta fama, la fuerza del tiempo, el +desgaste de la admiración, habían echado sobre la celebridad de don +Romualdo una capa espesa de indiferencia pública; bien conocía él que +sus paisanos, sin poner un momento en duda su grandeza, se habían +cansado de admirarle; sobrellevaba estas contrariedades ineludibles con +una melancolía filosófica y taciturna; seguía tocando con el esmero de +siempre, aunque ya en vano. En resumidas cuentas, estaba triste, +desengañado, ni más ni menos que su compañero Secades; él, sin +ilusiones, de vuelta ya de la gloria, yacía en el mismo surco de +resignación fría y amarga en que se había acostado Secades, camino de la +celebridad. Todo era igual: no haber subido al templo de la Fama y estar +de vuelta. A pesar de contarse entre aquellos respetables profesores +estas y otras notabilidades, la orquesta sonaba como los tornillos de +una máquina sin aceite; los instrumentos de cuerda estaban asmáticos, +sonaban a la madera, como sabe la sidra al barril; los de bronce eran +estridentes sin compasión; bastaba uno de aquellos serpentones para +derribar todas las fortificaciones de cinco Jericós. Afortunadamente el +público filarmónico oía la orquesta como quien oye llover. + +Emma entró en el salón después de ejecutado el primer número del +programa; atrajo la atención por dos cosas; por su vestido carísimo y +llamativo, y por venir colgada del brazo del alemán, del ingeniero +Körner, un hombre gordo, alto, encarnado, de ojos de niño llorón, +azules, claros, muy hundidos. Parecía un gran cerdo muy bien criado, +bueno para la matanza, y era un hombre muy espiritual, enamorado de +Mozart y de los destinos de Prusia. Hablaba español como si estuviera +inventando una lengua con palabras cuasi castellanas y giros cuasi +alemanes. Era un soñador, pero capaz de llevar una fábrica en la punta +de cada dedo, y como contable, como él decía, nadie le ponía el pie +delante. Sabía de todo, despreciaba a los españoles disimulándolo, +idolatraba a su hija Marta, y venía a hacerse rico. + +Detrás de esta pareja entraron, también del brazo, Marta Körner y Bonis; +les seguía de cerca, solo, D. Juan Nepomuceno, que parecía haberse +azogado las patillas, que semejaban pura plata. Marta Körner era una +rubia de veintiocho años, muy fresca, llena de grasa barnizada de +morbidez y suavidad; su principal mérito físico eran sus carnes; pero +ella buscaba ante todo la gracia de la expresión y la profundidad y +distinción de las ideas y sentimientos. Hablaba siempre del corazón, +llevándose la mano, que era un prodigio, al palpitante seno, que era +toda una obra de fábrica del nácar más puro. Atribuía al subsuelo de +aquella accidentada naturaleza los verdaderos tesoros de su persona; +pero los inteligentes, Nepomuceno entre ellos, estimaban en más el +derecho de superficie. + +Marta disentía de su padre en sus amores musicales; estaba por +Beethoven; en lo que estaban de acuerdo era en la necesidad +imprescindible de hacer una fortuna, o media, a más no poder. Körner +había venido directamente de Sajonia a dirigir una fábrica de fundición, +establecida por un industrial al pie de unas minas de hierro, en la +región más montañosa de la provincia; allá, hacia donde tenían sus +guaridas los Valcárcel pobres y huraños. El primo Sebastián, algo más +comunicativo, que iba y venía de la ciudad a la montaña, fue quien +presentó al Sr. Körner a Nepomuceno. Al principio, el alemán y su hija +vivieron en los vericuetos, sin pensar en que a pocas leguas había una +ciudad que podía recordarles, remotamente, la civilización y cultura que +dejaban en su tierra. Aunque rodeados, como decía Sebastián, de todas +las comodidades que podían ser arrastradas casi con grúa, hasta las +alturas en que moraban, los alemanes vivían a lo aldeano, por lo que +toca a sus relaciones sociales. Empezaron a aprender español en el +dialecto del país, oscuro y corrompido; todo su espiritualismo se iba +embotando, y por más que procuraban mantener el fuego sagrado de la +idealidad a fuerza de sonatas clásicas, tocadas por Marta en un piano de +cola, y a fuerza de libros y periódicos ilustrados que su padre hacía +traer de Alemania, ello era que el medio ambiente les invadía y +transformaba; el desdén con que al principio miraron y trataron a la +gente tosca, en medio de la que tenían que vivir, se fue cambiando +insensiblemente en curiosidad; llegó a ser interés, imitación, +emulación, y el orgullo ya no consistió en despreciar, sino en +deslumbrar. Körner quiso lucirse entre montañeses rudos, y como allí no +le valían sus habilidades de dilettante de varias artes y lector +sentimental, tuvo que aprovechar otras cualidades, más apreciables en +aquella tierra, como, v. gr., la gran fortaleza y capacidad de su +estómago. No se le comenzó a tener en tanto como él quería, hasta que +corrió por uno y otro concejo montañés la noticia, verdadera, de que en +una apuesta con un capataz de las minas le había dejado el alemán al +español en la docena y media de huevos fritos, mientras él, Körner, +llegaba a tragarse las dos docenas muy holgadamente, y ponía remate a la +hazaña engulléndose dos besugos. Esto era otra cosa; y los que habían +permanecido indiferentes ante las guerras gloriosas del Gran Federico, +de que Körner se envanecía como si fuera nieto del ilustre Monarca; los +que oían hablar de Goëthe, y de Heine, y de Hegel, como quien oye +llover, llegaron a reconocer el glorioso porvenir de la raza que criaba +tan buenos estómagos. Añádase a esto que el ingeniero jugaba a los bolos +con singular destreza y con una fuerza de muchos caballos, o por lo +menos, de dos o tres aldeanos de aquellos. Con esta y otras análogas +cualidades, consiguió ganar las simpatías y hasta la admiración por que +había llegado a suspirar de veras. Pero este género de gloria acabó por +cansarle, y sobre todo le repugnó al cabo, por el peligro, que vio al +fin patente, de convertirse en un oso metafísico y filarmónico, pero +oso, en un Ata Troll de carne y hueso. Engordaba demasiado, olvidaba sus +meditaciones trascendentales..., y sus gustos sencillos, fácilmente +satisfechos con la vida montañesa, le apartaban de los complicados +planes de medro y vida regalada que había traído de su país. Además, en +la fábrica de la montaña, aunque bien pagado, considerado y satisfecho +en punto a comodidades materiales, pues tenía buena casa, gajes y +atenciones, al fin no prosperaba, no podía hacerse rico. Ensayó el +proyecto de convertirse en socio industrial, pero cedió ante las +dificultades que el propietario a solapo le fue poniendo. Con esto se le +agrió el humor, y comenzó a desear con mucha fuerza salir de aquella +vida troglodítica, hacerse valer más, y poner al alcance de la demanda +la honesta oferta de los encantos, cada vez más exuberantes, de su hija +Marta, por la cual iban también pasando los años, pero inútilmente, allá +en los montes. Sin dejar la fábrica, con pretexto de su servicio, Körner +menudeó sus visitas a la capital, a caza de algún negocio que le +pareciera de más porvenir que el de allá arriba; y en uno de estos +viajes fue cuando el primo Sebastián le hizo trabar conocimiento con +Nepomuceno. El alemán, que era sagaz y hombre de mundo, comprendió +pronto cuál era el papel del hacendista en casa de su sobrina: vio +claramente que allí había dinero, y que este dinero se iba por la posta, +y que la dirección de la corriente de aquel río de plata era, o él no +entendía de corrientes, camino del bolsillo de Nepomuceno, aunque con +grandes pérdidas y derivaciones, en una delta de despilfarros, que iban +a enriquecer el caudal de modistas, comerciantes de telas, sombreros, +joyas, sin contar con las tiendas de ultramarinos, confiterías, mercados +de caza y pesca, etc., etc. Körner comenzó a marear a Nepomuceno +persuadiéndole primero de que él, Nepomuceno, tenía un verdadero talento +de contable, era un Necker... oscurecido, ocioso; con otro horizonte, +brillaría como estrella de primera magnitud en el cielo de la +Administración y de la Hacienda. En conciencia, según Körner, estaba +Nepomuceno obligado a dar a tales facultades un empleo más digno de +ellas que la simple mayordomía a que, _en suma_, estaba limitado. Más era: +en interés de la ruinosa casa Valcárcel, que por lo visto iba a menos +por culpa de los despilfarros de Emma y los gastos secretos de su +marido, debía Nepomuceno poner aquel todavía sano capital a parir, a +producir algo más que el irrisorio tanto por ciento de la renta +territorial. Tanto foro, tanta casería atómica, eran cosa ridícula. +¡Sursum corda! ¡All right! ¡Desenmoheceos! Venga ese stock a la +industria, y hablaremos. A esta clase de argumentos se añadían, por vía +de adorno, aperitivo y complemento, otros de carácter general; v. gr.: +lo atrasada que estaba España, a pesar de la riqueza del suelo y el +subsuelo; en concepto de Körner, tenían la culpa la Inquisición y los +Borbones, y después el mal ejercicio del régimen constitucional, que ya +de por sí no era bueno. Con este motivo, se lamentaba de la general +decadencia española, y hasta llegaba a hablarle a Nepomuceno del +probable renacimiento del teatro nacional, si todos hacían lo que a él +le aconsejaba: poner en movimiento los capitales, sacar partido de los +tesoros de la tierra. No sabía Körner que Nepomuceno ignoraba que +hubiéramos tenido en otros siglos un teatro tan admirable; y así, por +este lado, poco habría sacado de él. Pero lo que no hizo en su ánimo la +idea patriótica de contribuir al renacimiento del espíritu nacional, +mediante el movimiento industrial bien dirigido, lo hicieron los ojos, y +más eficazmente las carnes de Marta, que poseían una virtud magnética +sobre los sentidos de Nepomuceno. La primera vez que la vio, en la +primera visita que hizo a Körner, con motivo de enseñarle este ciertos +planos y un presupuesto de una fábrica de productos químicos, gran +proyecto del alemán; la primera vez que la vio, se quedó con la boca +abierta, pasmado, sintiendo en la garganta hormigueos, y en todo su +cuerpo una súbita juventud que no había tenido, propiamente hablando, en +toda su vida. ¡Aquellas eran las carnes que él había soñado! + +Estaban en la escalera (porque Marta le había abierto la puerta), ella +muy mal vestida, desaliñada, pero aún más llamativa y seductora cuantos +menos trapos discretos la cubrían. Nepomuceno la tomó por criada. Subió, +saludó a Körner, y a los pocos minutos, sintiendo absoluta necesidad de +volver a ver a aquella chica, dijo: + +--Si me hiciera usted el favor de mandar servirme un poco de agua.... + +El plan de Nepomuceno fue quitarle aquella doméstica a Körner y ponerle +casa...; y aunque fuera casarse con ella. Tenía que ser suya. ¡Qué ojos, +qué carnes! + +Se relamía pensando que iba a verla otra vez, que iba a entrar con un +vaso de agua. + +Pero el agua la trajo una verdadera fregona. Hasta el día siguiente no +supo Nepomuceno que su dulce tormento era Marta en persona; le dio a +Sebastián señas de la divinidad, y... era Marta. + +Una semana después la hija de Körner cantaba al piano una sentimental +canción, un _lieder_ titulado _Vergiesmeinicht_, «no me olvides», que no +era el de Goëthe, sino mucho más meloso; y al dedicárselo, con la mirada +expresiva y los gestos lánguidos, al administrador de las plateadas +patillas, le dejaba para siempre rendido a sus encantos y le hacía +copartícipe de aquellos sentimientos de _sensucht_, que él, Nepomuceno, +no sospechaba que existieran. Por aquellos días tuvo D. Juan ocasión de +enterarse de quién era Fausto, y del pacto que había hecho con el +demonio; y adquirió la noción de Margarita, rubia, pobremente vestida, +con los ojos humillados y con un cántaro debajo del brazo, camino de la +fuente. Margarita era su Marta, aquella señorita tan gruesa, tan blanca, +tan fina de cutis y tan espiritual, que le había revelado en pocas horas +un mundo nuevo: el de los amores reconcentrados y poéticos. Él quería +ser Fausto para rejuvenecerse, sin vender el alma al diablo, no por +nada, sino porque el diablo no aceptaría el contrato. Tampoco pensó en +teñirse las patillas, sino en sobredorarlas, es decir, en dejar adivinar +a los Körner que no en vano ni de balde se era ministro de Hacienda en +casa de los Valcárcel años y más años. Tardó poco tiempo el alemán en +comprender el efecto que había producido su hija en el árbitro de las +rentas de Emma; y de una en otra conferencia acerca de la proyectada +fábrica de productos químicos, le fue metiendo en casa. Nepomuceno ya no +podía pasar el día sin su correspondiente sesión de planos y +presupuestos. Körner colocaba en su despacho (pues aunque vivían +interinamente en la ciudad, tenían casa puesta, pero casa que era de la +Empresa de la Montaña); colocaba sobre la mesa de trabajo, hecha de un +gran tablero, unos libros enormes de comercio, llenos de cálculos y +partidas imaginarias, de una especie de novela de contabilidad que él +había imaginado. Nepomuceno, a pesar de sus conocimientos y experiencia +en cuentas complicadas y oscuras, se quedaba sin entender palabra. Al +lado de aquellos libros, que parecían los del coro del Escorial, +extendía Körner sus planos pintados primorosamente en papel tela. Allí +ya tenía algo que admirar Nepomuceno espontáneamente, pues supo que la +misma Marta ayudaba a su padre a trazar aquellas rayas gordas que +parecían el arco iris. Muchas veces la señorita de la casa asistía a las +conferencias de su padre, como en calidad de ayudante, y arrollaba y +desarrollaba planos, y ponía los finísimos dedos sobre los puntos en que +había que estudiar; y con estos y otros motivos, pasaba y repasaba cien +veces junto a Nepomuceno, y le rozaba con sus vestidos, y hasta le hacía +sentir, en ocasiones, por descuido, el peso dulcísimo, pero abrumador, +de su cuerpo: en fin, le mareaba, le enloquecía, y el tío de Emma no +podía vivir ya sin aquellas confidencias económico-técnicas acerca de la +fábrica de productos químicos. Llegó a creerse enamorado del proyecto; +no podía menos de producir montones de oro aquella fábrica, que, sin +salir de los planos, ya le tenía a él la _química orgánica_ en revolución, +y le convertía en minutos las breves horas de aquellas interesantes +explicaciones. Quedaron el alemán y el español en que no faltaba más que +dinero para que el proyecto colosal se pusiera en práctica y marchara +como una seda. Faltaba dinero... pero ya parecería. Entretanto, +Nepomuceno insinuó en el ánimo de padre e hija la necesidad de acoger +con benevolencia la debilidad de corazón que él dejaba entrever +discretamente. Marta, en vez de repugnar la confesión implícita de +aquella pasión, que no sería ella quien la calificase de senil, en vez +de rechazar las veladas galanterías del nuevo amigo de su padre, le daba +a entender con sonatas de música filosófica, reposada y trascendental, +que ella, a pesar de las apariencias, daba poca importancia a lo físico, +despreciaba la acción del tiempo sobre los organismos, y atendía +directamente al elemento eterno del amor, del amor, que nunca es +machucho. En fin, que lo que faltaba era dinero; la fábrica y la pasión +marcharían en perfecta armonía y con toda prosperidad, en cuanto +pareciese el capital que era necesario para su movimiento. A medias +palabras, y hasta por señas, comprendieron los Körner la conveniencia de +tratar, y tratar con la mayor amabilidad posible, a Emma Valcárcel. No +fue ardua empresa la del tío, que se propuso conseguir estas relaciones +justamente en la época en que Emma decretó echarse al mundo y gozar de +su riqueza mermada y de cuanto estuviese en sus manos, sin límites ni +remordimientos. Así, el conocimiento superficial, de mero cumplido, que +ya había de tiempos atrás, por intermedio del primo Sebastián, entre la +Valcárcel y los alemanes, se convirtió fácilmente en amistad asiduamente +cultivada, en una amistad casi íntima, que se iba estrechando, +estrechando, según Emma entraba más y más por los anchos y suaves +senderos de su nueva vida. La Valcárcel, como ya se ha dicho, tenía en +sus planes de venganza respecto del _ladrón de su tío_, la idea de +corromper a Marta, después de casada con Nepomuceno. Le encontraba ella +muchísima gracia a la ocurrencia. Por eso se prestó gustosa a estrechar +relaciones con los Körner; lo que no podía calcular era que Marta le iba +a entrar por el ojo derecho, y a conquistar su afecto extremoso con la +seducción singularísima de su intimidad mujeril, nerviosa, llena de +novedades, picantes y pegajosas, para la pobre Emma, cuya depravación +natural no había tenido hasta entonces ningún aspecto literario ni +_romántico-tudesco_. Marta, virgen, era una bacante de pensamiento, y las +mismas lecturas disparatadas y descosidas que le habían enseñado los +recursos y los pintorescos horizontes de la lascivia letrada, le habían +dado un criterio moral de una ductilidad corrompida, caprichosa, +alambicada, y, en el fondo, cínica. Un hombre, por estrechas que fuesen +sus relaciones con la señorita Körner, jamás podría saber el fondo de su +pensamiento y de sus vicios, porque del pudor no le quedaba a ella más +que el instinto del fingimiento y la sinceridad de la defensa material, +hipócrita, contra los ataques del macho; Marta podría acompañar al varón +en los extravíos lúbricos a que él la arrojase, pero siempre le +ocultaría otra clase de corrupciones morales, de depravación ideal que +llevaba ella dentro de sí, y que sólo podría confiar a otra mujer en que +encontrase simpatías de temperamento y de desvaríos sentimentales. Emma +y Marta se entendieron pronto, y a las pocas semanas de tratarse con +frecuencia y confianza, ya se las oía, allá, a lo lejos, en el gabinete +de la Valcárcel, reír a carcajadas, con risas histéricas; y cuando se +presentaban a los hombres, a Nepomuceno, Körner y Bonis, después de +estas alegres confidencias, llenas de secretos y malicias, sonreían con +sonrisas que eran señas y burlas mal disimuladas de los santos varones +que eran incapaces de penetrar los misterios de la amistad retozona y +llena de cuchicheos de la española y la tudesca. Marta hacía alarde de +tener un carácter complicado, que el vulgo no podía comprender; hablaba +mucho de la moral vulgar, por supuesto cuando trataba con personas que +ella creía capaces de entenderla. Su alegría, su afán de jugar, saltar, +levantarse de noche en camisa para dar sustos a las criadas, correr por +la casa y volverse al calor del lecho, palpitante de emoción y +voluptuosidad jaranera, eran un contraste, una _antítesis_, decía ella, de +su exquisita sensibilidad, del _clair de lune_ que llevaba en el alma. +Bueno, «peor para los necios que no eran capaces de entender estas +contradicciones». Era católica, como su padre, y afectaba haber escogido +la _manera_ devota de las españolas como la fórmula que ella había soñado, +como si su alma hubiese sido española en religión antes de aparecer en +Alemania. Una nota nueva, sin embargo, tenía en su opinión su +religiosidad, la nota _artística_ que no encontraba en la dama española. +Marta, entusiasta de _El Genio del Cristianismo_, lo entendía a su modo, +lo mezclaba con el romanticismo gótico de sus poetas y novelistas +alemanes, y después, todo junto, lo barnizaba con los cien colorines de +sus aficiones a las artes decorativas y del prurito pictórico. Aunque +enamorada de la música, amaba el color por el color, y daba suma +importancia al azul de la Concepción y al castaño oscuro de Nuestra +Señora del Carmen; hablaba ya de _la capilla Sixtina_, conversación +inaudita en la España de entonces, y de las maravillas que había ella +visto en Florencia y otras ciudades de Italia, por donde había viajado +con su padre. Lo que no confesaba Marta era que su afición más sincera, +más intensa, consistía en el placer de que le hicieran cosquillas, en +las plantas de los pies particularmente. Debajo de los brazos, en la +espalda, en la garganta, se las habían hecho muchas personas, hombres +inclusive; pero, en cuanto a las plantas de los pies, es claro que sólo +de tarde en tarde conseguía encontrar quien la proporcionase ocasión de +gozar de aquellas delicias: alguna criada con quien había intimado, +alguna amiga aldeana... y ahora Emma, de quien a los dos meses de trato +había conseguido este favor sibarítico, que la Valcárcel, muerta de +risa, otorgó gustosa. Ella también quiso probar aquel extraño placer que +tanto apasionaba a su amiga; pero no le encontró gracia, y además no +podía resistir ni medio segundo la sensación, que la excitaba en balde. +En el alma fue donde se dejó hacer cosquillas Emma por las sutilezas +psicológicas y literarias de su amiga. ¡Qué cosas supo por aquella +mujer! Había en el mundo, sin que lo sospechara Emma, dos clases de +seres, los escogidos y los no escogidos, las almas superiores y las +vulgares. El toque estaba en ser alma escogida, superior; en siéndolo, +¡ancha Castilla!, ya no había _moral corriente_, vínculos sociales ni +nada; bastaba con guardar las apariencias, evitar el escándalo. El amor +y el arte eran soberanos del mundo espiritual, y el privilegio de la +mujer ideal, superior, consistía en sacar partido del arte para el amor. +La mujer hermosa, sentimental, poética y _dilettante_, era el premio del +artista, y el placer de premiar al genio el más sublime que Dios había +concedido a sus criaturas. Marta, aún muy joven, había sido novia, en +Sajonia, de un gran músico, un especialista en el órgano; y a un pintor +que imitaba a Rembrandt le había otorgado favores de índole íntima, +familiar, aunque es claro que sin menoscabo de la virginidad _material_, +que tenía que estar reservada para el _filestin_, así decía, con quien no +tendría inconveniente en casarse. Porque era necesario ser rica; no por +nada, sino por poder satisfacer las necesidades estéticas, que cuestan +caras, toda vez que en la estética entraría el _confort_, los muebles de +lujo, de arte, el palco en la ópera, si la hay, etc., etc. Su ideal era +casarse con un hombre ordinario muy rico, y proteger con el dinero de +aquel ser vulgar a los grandes artistas, reservando su amor para uno o +más de estos, porque también era una vulgaridad la constancia +_unipersonal_. Como Marta leía muchos libros de literatura española +antigua, cosa de moda entre los literatos de su tierra, ponía por modelo +de su teoría a la mujer del _Celoso extremeño_, que sin cometer, lo que se +llama cometer, adulterio, había dormido abrazada al gallardo Loaisa, sin +pecar sino con el pensamiento. El _Celoso extremeño_ había sido tan noble, +que se había muerto dejando a su esposa toda su fortuna y el encargo de +casarse con su amante; pero como los maridos modernos y de la impura +realidad no eran tan generosos como Carrizales, lo que debía hacer la +mujer superior era sacarle el jugo crematístico al esposo lo más pronto +que pudiese. Todo esto, dicho de muy diferente manera, pero en forma +pedantesca siempre, se iba metiendo por el deseo de Emma, la cual, por +cierto cansancio del organismo y depravación moral, sutil y retorcida, +que era el fondo de su alma, hallaba un sabor superior a toda delicia en +las aventuras en que superaban la malicia y el engaño al placer material +conseguido como resultado de las artimañas. Engañar por engañar era lo +mejor. Sin embargo, reconocía que debía de ser manjar de los dioses el +tener _relaciones_ con un hombre superior, con un artista, por ejemplo, +con un barítono tan guapo y _famoso_ como el celebrado Minghetti. No se lo +negó Marta, quien, confidencia por confidencia, recibió con gusto y con +amplio criterio de benevolencia el secreto de Emma relativo a sus +coqueterías con el barítono de la compañía tronada. En el fondo, la +alemana compadeció a su amiga, pues si bien había ella misma contemplado +sin enojo una y otra vez el buen talle y el calzón ajustado del rey--no +importa cuál--en tal o cual ópera, del rey Minghetti, no veía por dónde +se podía clasificar a tan bien formado cantante en la categoría de los +hombres superiores y verdaderamente artistas. Pero no había que ser +exigente. Ella, es claro que estaba por encima de tales aficiones. Su +prurito, aparte el de las cosquillas, era escribir cartas entusiásticas +y confidenciales a sus autores predilectos; unos le contestaban, otros +no; pero solía mandar su retrato con sus confesiones epistolares, y más +de un escritor se animó, en consideración, a la buena moza que envolvía +aquel espíritu repugnante, a entablar correspondencia; y así tuvo ella +más de dos amores ideales y _platónicos_... por escrito. Poseía, además, +un álbum de _intimidades_, ilustrado por muchas firmas desconocidas y +algunas notables, en que se contestaba a las consabidas preguntillas: +¿Cuál es vuestro color predilecto? ¿Y la virtud predilecta? ¿Qué autor +preferís?, etc., etc. A una mujer que sabía, por ejemplo, que a Litz le +gustaban las trufas, y había _llorado_ confidencialmente con las penas +ocultas de un poeta de la _Joven Alemania_, tenía que parecerle poco +hombre, aunque bien formado, el barítono de la compañía de Mochi. + +El cual, acompañado de Serafina y del barítono, entraba en el salón +cuando acababa de cantar una romanza italiana un aficionado de la +localidad, de oficio relojero, y tenor suprasensible, como le llamaban +los chuscos, porque cuando tenía que subir a las notas más altas +desaparecía su voz, como si la llevasen en globo al quinto cielo, y no +se le oía por más que gesticulaba; parecía estar hablando desde muy +lejos, desde donde podía ser visto, pero no oído. Aún se reía el público +disimuladamente del tenor suprasensible, cuando la atención general tuvo +que volverse a contemplar la hermosura de Serafina, que con la mirada +humilde, exhalando modestia, además de muy buenos y delicados olores, +llegaba, vestida de negro, con gran cola, enseñando los blanquísimos +hombros y las primorosas curvas del seno, al pie de la plataforma, donde +el presidente del Casino la aguardaba para darle el brazo, subir con +ella las dos gradas que la separaban del piano, y dejarla, previa una +gran inclinación de cabeza, junto a Minghetti, que, de frac y corbata de +etiqueta, paseaba los blancos dedos, de uñas sonrosadas, por el +amarillento teclado, haciendo prodigios de elegante habilidad por +aquellas octavas adelante. + +Bonis había desaparecido; poco después hablaba con Mochi en un gabinete +cercano. Nepomuceno y Körner acompañaban a Emma y a Marta, todos +sentados en una de las primeras filas, que siempre quedaban, en casos +tales, para las señoras que venían tarde; porque las que, para su +vergüenza, llegaban temprano, se iban colocando en lo más escondido y +apartado, huyendo, como del diablo, de la proximidad del espectáculo, +como si fuese tomar en él parte el tenerlo muy cerca. No faltaba señora +que confundía a los cantantes con los prestidigitadores que en el mismo +Casino había visto maniobrar, y no quería que le quemasen el pañuelo, ni +aun en broma, ni que le adivinasen la carta que tenía en el pensamiento. + +Emma no había visto nunca tan de cerca a la Gorgheggi, en la que pensaba +tanto de algún tiempo a aquella parte. La admiraba, como a su pesar; la +tenía por una perdida a la alta escuela... y esto mismo la atraía, a +pesar de ciertos asomos de envidia con que iba mezclada la admiración. +Ahora que la tenía a cuatro pasos, y le podía ver los brazos desnudos, y +el talle apretado, y la pechuga, entre velas de esperma, todo al aire; +ahora que podía apreciar sus facciones y sus gestos, y hasta algo oía de +su voz, que parecía que aun hablando cantaba, ahora Emma, con el +pensamiento, la desnudaba más todavía, y le medía el cuerpo, y le +escudriñaba el alma; quería apreciar por la proporción cómo tendría de +gruesas y bien formadas las extremidades invisibles y otras partes de su +cuerpo. Por lo que veía, era muy blanca, y debía de seguir siéndolo; no, +no eran polvos de arroz; era blancura sana, cutis inglés, una verdadera +frescura y una hermosura a prueba de tijeras. Decían que la voz decaía, +pero lo que es la lozanía del cuerpo era bien briosa y bien sólida; no +había allí asomos de decadencia. «¡Lo que habría gozado aquella mujer! +¿Qué les diría a sus queridos?». Emma se acordó del secreto de sus +extrañas expansiones matrimoniales de aquellos últimos tiempos, de aquel +secreto amor material, que le tenía a ratos, allá de noche, entre sueños +y pesadillas, a su bobalicón de Bonis (vergüenza que ni a Marta se +atrevía a confesarle). ¿Les diría a los amantes aquella guapísima +picarona lo que ella le decía a Bonis? Emma se acordó--por primera vez +pensó en ello--, de que tales frases disparatadas ella no las sabía +tiempo atrás, de que era Bonis mismo el que se las había hecho aprender +en aquellas locuras de que jamás hablaban los dos después que amanecía. +¿Sería aquello mismo lo que les decía la cómica a sus queridos? ¿Sería +Bonis uno de tantos? ¿Sería verdad lo que había llegado a sus oídos y lo +que ella había sacado por conjeturas? ¡Parecía imposible! Siendo Bonis +tan majadero, y no disponiendo de un cuarto, ¿cómo le habría querido, ni +siquiera por broma, aquella señorona, quiere decirse, aquella pájara tan +señorona, que parecía una reina? Y sin embargo... podía ser. Había +indicios. Y ¡cosa rara!, ella no sentía celos; sentía un orgullo raro, +pero muy grande, así como si a su marido le hubieran mandado un gran +cordón azul o verde del emperador de la China; o como si Bonis fuese +hermano suyo y se hubiera casado con una princesa rusa... no, no era +así; era otra cosa... muy especial. De repente se acordó de las teorías +de la alemana que tenía al lado, de aquello de que el matrimonio era +convencional y los celos y el honor convencionales, cosas que habían +inventado los hombres para organizar lo que ellos llamaban la sociedad y +el Estado. Si quería ser una mujer superior, y sí quería, porque era muy +divertido, tenía que renunciar a las vulgaridades de las damas de su +pueblo. En Madrid, en París, en Berlín, las grandes señoras sabían que +sus maridos respectivos tenían queridas y no les tiraban los platos a la +cabeza por eso; lo que hacían era tener queridos también. Pero Bonis, el +bobalicón de Bonis, ¿se había atrevido, _sin su permiso_... y saliendo de +casa a deshora por lo visto, y?... no, lo que es esto, es claro que +había de pagarlo, es claro, fuese verdad o no; eso era harina de otro +costal, y no había alma superior que valiera; Bonis no era alma +superior, y tenía que salirle al pellejo la picardía... y eso que tenía +gracia. No, y bien mirado, ¿por qué no había de querer aquella perdida a +Bonis... en cuanto buen mozo, y rendido, y sano, y servicial? ¿No le +había querido ella también? ¿Sería más una cómica que ella... que iba +haciéndose una mujer superior? Sí, y bien superior: mirándolo bien, lo +había sido toda la vida; lo era sin saberlo; antes de que Marta hubiese +parecido por su casa, ya ella tenía el prurito de no enfadarse por lo +que se enfadan los demás, y había discurrido aquello de no alborotar ni +enfurecerse cuando los demás quisieran ni por lo que los demás lo +esperasen; y ya había discurrido la graciosísima idea de vengarse del +ladrón de Nepomuceno y del tonto de su marido poco a poco, y a su +manera, y a su gusto y dándoles el gran chasco. ¡Vaya si había sido +siempre una mujer especial, superior! + +Serafina, por disposición de Mochi, que quiso halagar los sentimientos +religiosos del concurso, cantó una plegaria a la _Virgen_, de un maestro +italiano. El público, en cuanto cayó en la cuenta de que se trataba de +ponerse en relación con la Divinidad, dejó de hacer ruido con las sillas +y los cuchicheos, se recogió todo lo que pudo y oyó en silencio, como +dando a entender que él no sólo comprendía la sublimidad de los +misterios dogmáticos, sino también la misteriosa relación de la música +con lo suprasensible. Serafina, que tanto hubiera dado semanas atrás por +haber sido invitada a pedir para los pobres a la puerta de la iglesia, +aprovechaba aquella ocasión para dar prueba de su acendrada +religiosidad, deshaciendo así los rumores que habían corrido de que era +protestante. La verdad es que estaba muy hermosa con aquel aire de +modestia y de piedad recatada, con aquella frente purísima, algo grande, +algo convexa... y, sin embargo, llena de expresión familiar, dulce, y en +aquel momento religiosa; las ondas del cabello claro, sirviendo de marco +vaporoso a la curva suave de aquella frente pura y blanca, eran símbolo +de una idealidad que se perdía en el ensueño poético. + +Bonis, en cuanto oyó la voz de Serafina elevarse en el silencio del +salón, sin pensar en lo que hacía, sin poder remediarlo ni querer +remediarlo, como atraído por un imán, se aproximó al umbral de la puerta +más lejana para escuchar desde allí. La plegaria italiana, sin ser cosa +notable ni muy original, era música buena para aficionados, música de +_sentimiento_, lenta, suave, nada complicada, de un _patos_ muy tolerable y +sugestivo. «¡Ay--pensó Bonis--, la paz del alma! En otro tiempo, no hace +mucho, yo amaba la pasión, que sólo conocía por los libros. Pero la +paz... la paz del alma, también tiene su poesía. ¡Quién me la diera!, +¡ay, sí!, ¡quién me la diera! Así era, como aquella música: dulce, +tranquila, sentimiento serio, fuerte a su modo, pero mesurado, suave, +amigo de la conciencia satisfecha, amando el amor dentro del orden de la +vida; como se suceden las estaciones sin rebelarse, como corren la noche +y el día uno tras otro, como todo en el mundo obedece a su ley, sin +perder su encanto, su vigor; así amar, siempre amar, bajo la sonrisa de +Dios invisible, que sonríe con el pabellón de los cielos, con el rozarse +de las nubes y el titilar de las estrellas!». «Mi Serafina, mi mujer +según el espíritu, recuerdo de mi madre según la voz; porque tu canto, +sin decir nada de eso, me habla a mí de un hogar tranquilo, ordenado, +que yo no tengo, de una cuna que yo no tengo, a cuyos pies no velo, de +un regazo que perdí, de una niñez que se disipó. ¡Yo no tengo en el +mundo, en rigor, más _parientes_ que esa voz!». ¡Cosa más particular! +Cuando pensaba así, o por el estilo, Bonis, de repente, creyó entender +que el canto religioso de Serafina llegaba a narrar el misterio de la +Anunciación: «Y el ángel del Señor anunció a María...». ¡Disparate +mayor! ¡Pues no se le antojaba a él, a Bonis, que aquella voz le +anunciaba a él, por extraordinaria profecía, que iba a ser... madre; así +como suena, madre, no padre, no; ¡más que eso... madre! La verdad era +que las entrañas se le abrían; que el sentimiento de ternura ideal, +puro, suave, pacífico que le inundaba, se convertía casi en sensación, +que le bajaba camino del estómago, por medio del cuerpo. «¡Esto debe de +ser--pensaba--, en eso que llaman el gran simpático! ¡Y tan _simpático_! +Dios mío, ¡qué delicias; pero qué extrañas! Estas parecen las delicias +de la concepción. ¡Oh, la música así, como esa, con esa voz, me vuelve +casi loco! Sí, sí, disparatado era todo aquel pensar; pero, ¡cómo +llenaba el alma! Más que el amor mismo, con otra clase de amor nuevo.... +menos egoísta, nada egoísta... ¡qué sabía él!». Tuvo que apoyar la +cabeza en la madera fría del quicio y volverla hacia el gabinete, porque +los ojos se le oscurecían, llenos de lágrimas, y no quería que nadie le +viese llorar. «Bueno sería--pensó mientras se iba serenando--, que ahora +me preguntase Emma, por ejemplo:--¿Por qué lloras, badulaque?--Pues lloro +de amor... nuevo; porque la voz de esa mujer, de mi querida, me anuncia +que voy a ser una especie de virgen madre... es decir, un padre.... +madre; que voy a tener un hijo, legítimo por supuesto, que aunque me le +paras tú, _materialmente_ va a ser _todo_ cosa mía». No, no pensaba él que +el hijo fuese de la querida, eso no; que Serafina perdonase, pero eso +no; de la mujer, de la mujer... pero de cierta manera, sin que la +impureza de las entrañas de Emma manchase al que había de nacer; todo +suyo, de Bonis, de su raza, de los suyos... un hijo suyo y de la _voz_, +aunque _para el mundo_ le pariese la Valcárcel, como estaba en el orden. +Bonis tenía miedo de ponerse malo con tanto desbarrar, y, sobre todo, +porque se le empezaban a aflojar las piernas, síntoma fatal de todos sus +desfallecimientos. Cesó la música, calló la _voz_, estallaron los +aplausos, y Bonis cambió de súbito de ideas y sensaciones y de +sentimientos. Volvió a la realidad, y se vio cogido del brazo por +Mochi, que se le llevó, salón adelante, hacia el piano. + +Körner se había puesto en pie, y sus manos, aplaudiendo, sonaban como +batanes; Marta aplaudía también, con gran asombro de las damas +indígenas, que creían privilegio de su sexo la impasibilidad ante el +arte, y hubieran reputado, por unanimidad, indigno de una señora +recatada batir palmas ante una cómica; ni más ni menos que creían una +abdicación del sexo levantarse en visita para saludar o despedir a un +caballero. Emma acabó también por aplaudir, y la Gorgheggi no tardó en +fijar la atención en aquellas dos señoras que tenía tan cerca, y que, +por excepción, unían sus aplausos a los del sexo fuerte. Para Marta y +Körner, la inglesa, por extranjera, tenía algo de compatriota; por +artista la consideraban más digna de respeto y atenciones que las cursis +damas del pueblo, a pesar de todas sus pretensiones y preocupaciones +seculares. Körner se acercó al piano y habló en inglés con Serafina; en +aquella sazón llegaban Mochi y Bonis del brazo junto a la plataforma, y +gracias al carácter expansivo de Minghetti, que medió en el diálogo, y +al reconocimiento de Mochi con respecto a Bonis y todos los suyos, y a +la habilidad políglota de Körner, pronto hablaron todos juntos, con +entusiasmo, mezclándose el inglés, el alemán, el italiano y el español; +y Marta estrechó la mano de la cantante, y esta, con una audacia y una +gentileza que pasmaron a Bonis, oprimió con fuerza y efusión los dedos +flacos de Emma. Bonifacio, al ver unidas por las manos a su mujer y a su +querida, volvió a pensar en los milagros del diablo; y en su cerebro +estalló lo de _tigribus agnis_, que tantas veces había leído en los +periódicos y en alguna retórica. Indudablemente el tigre era su mujer. +La cual estaba radiante. Para aquella clase de emociones y sucesos había +nacido ella. Sentía un orgullo loco al verse entre aquella gente, +saludada por una mujer tan guapa y tan elegante, con tales muestras de +respeto y deferencia. Serafina la había deslumbrado. Algunas veces había +pensado que había ciertas mujeres, pocas, que tenían un no sé qué, +merced al cual ella sentía así como una disparatada envidia de los +hombres que podían enamorarse de ellas; esas mujeres que ella concebía +que fuesen queridas por los hombres, no eran como la mayor parte, que, +guapas y todo, no comprendía qué encontraban en ellas los varones para +enamorarse. La Gorgheggi era mucho más alta que Emma, y esta, a su lado, +sentía como una protección varonil que la encantaba; además, aquello de +ver de cerca, tan de cerca, lo que estaba hecho para que todo el pueblo +lo mirase y lo admirase de lejos, la envanecía, y satisfacía una extraña +curiosidad; la envanecía más el pensar que a ella sola, a Emma, se +consagraban ahora aquellas sonrisas, aquellas miradas, aquellas +palabras, que eran ordinariamente del dominio público. Por otra parte, +seducción, tal vez mayor para ella, era en Serafina la mujer de vida +irregular, la _mujer perdida_... pero perdida en grande. La curiosidad +pecaminosa con que ella había mirado siempre a las vulgares mozas del +partido, que se hacía enseñar, aquí se multiplicaba y como que se +ennoblecía; y Emma quería adivinar olfateando, tocando, viendo, oyendo +de cerca la historia íntima de los placeres y aventuras de la mujer +galante y artista. De repente vio, casi con imágenes plásticas, las +ideas de orden, de moral _casera_, ordinaria, sumidas en una triste y +pálida y desabrida región del espíritu; oscurecidas, arrinconadas, +avergonzadas; las vio, como el guardarropa anticuado y pobre de una dama +de aldea, ridículas; eran como vestidos mal hechos, de colores ajados; +ella misma se los había vestido y sentía vergüenza retrospectiva; sí, +ella, a pesar de su prurito de originalidad, participaba de tantas y +tantas preocupaciones, estaba sumida en la _moral casera_ de aquellas +señoras de pueblo que no aplaudían a los cantantes ni solían tener +queridos. Se le pasó por las mientes la idea de que la Gorgheggi fuera +un gran capitán, un caudillo de _amazonas_ de la moral, de mujeres de +rompe y rasga; y ella iría a su lado como corneta de órdenes, como +abanderado, fiel a sus insignias. Cuando observó la Valcárcel que las +damas del pueblo miraban con extrañeza, casi con espanto, la íntima +conferencia a que se habían entregado ella y su amiga con los cómicos, +se redobló el placer que gozaba. ¡Qué gusto, hacer entre todo el señorío +cursi del pueblo una que era sonada, algo del todo nuevo, inaudito, +asombroso y de todo punto irregular y subversivo! + +Marta, aunque afectando cierta recóndita superioridad al principio, +también estaba encantada, llena de orgullo, sin quererlo, al hablar con +Serafina; pero pronto se sintió deslumbrada y vencida, y sintió en la +actriz una superioridad real que, si no era del género suprasensible de +la que ella, Marta, se atribuía, era mucho más efectiva y susceptible de +ser reconocida. Marta, que hacía alarde de sus conocimientos +lingüísticos hablando inglés, francés, italiano, acabó por seguir a la +Gorgheggi en su empeño de hablar español, para que la entendiese Emma. A +esta consagraba la cómica principalmente su amabilidad, la gracia +irresistible de sus gestos, gorjeos _hablados_, de su modesta actitud; y +la miraba con ojos muy abiertos, muy brillantes, que chisporroteaban +simpatía, naciente cariño. Y Emma acabó de perder el juicio cuando +Serafina, poniéndose el abanico en la frente, exclamó: + +--¡Ah! ¡Sí, sí! ¡Finalmente!... ¡_Eccola qui_!... Yo me decía: esta +señora... esta señora de Reyes... yo... la he visto, la he visto, vamos, +de otro modo, en otros días... muy lejos.... Y de repente, ahora, un +gesto, ese gesto de _le_... _sopraciglie_... me la pone delante. ¡Oh, sí, +absolutamente la misma! Más que su retrato, ella, ella misma.... + +Emma abría la boca sin comprender; Marta, adivinando, ya sentía envidia; +ello iba a ser que Emma se parecía a alguna mujer ilustre.... + +Pero la Gorgheggi no acababa de explicarse... y añadió: + +--¡Ah! ¡Mochi y Minghetti!... Venid... venid.... A ver, decidme a quién se +parece esta señora... ¿Quién es... quién es... precisamente lo mismo que +ella?... + +Mochi sonreía, mirando por cumplido a Emma, sin tratar de adivinar el +parecido, como si estuviera en el teatro fingiendo en un diálogo +curiosidad e interés. + +Minghetti dio más solemnidad al caso. Acercó su cara morena y larga, de +levantino, de ojos grandes, azules, húmedos, apasionados y rientes, de +bigote brillante y barba puntiaguda y algo rizada, fina, sedosa, al +rostro de Emma, encendido, casi asustado; fijó la mirada desfachatada y +alegre en los ojos de la dama, y hasta se permitió, para ver mejor, +mover un poco un candelabro del piano, de modo que la luz llenase las +facciones que examinaba como absorto. + +Mochi se dio pronto por vencido. No acertaba. Minghetti decía: + +--Espera, espera; como con la esperanza de evocar una imagen. Emma se +sentía fascinada; por el pronto, Minghetti, así, tan cerca, le olía a +_hombre nuevo_, y sus ojos, clavados en ella, eran todo una borrachera de +delicias que al tragarse se mascaban. + +Cuando Minghetti se declaró también torpe de memoria, Serafina dijo: + +--¡Oh, qué hombres estos! No recordáis... ¡Ma... la Parini... la +Parini!... + +--¡Oh, sí! ¡La trágica, la gran trágica de _Firenze_! ¡Exacto, exacto; un +espejo! + +Así exclamó Mochi, que se guardó de decir que no encontraba la +semejanza. + +Minghetti, que jamás había visto a la Parini, gritó: + +--¡Oh, sí, en efecto! La expresión... el gesto... la viveza de la +mirada... y el fuego.... + +Y añadió, sonriendo a la Gorgheggi, como diciéndoselo en secreto: + +--Mas... las facciones son _aquí_ más perfectas.... + +--¡Ah, sí; eso sí! Más perfectas...--dijo la tiple, que continuó +explicando que era la Parini una ilustre artista florentina, sin rival +entre las trágicas de su tiempo. Aunque Emma no podía dar a la semejanza +que se le encontraba todo el valor que le atribuía la envidia de Marta, +sintió el orgullo en la garganta, se vio cubierta de gloria, y pensó +enseguida: + +«Parece mentira que en este poblachón de mi naturaleza se pueda gozar +tanto como yo gozo en este momento, mirándome en los ojos de este hombre +y oyendo estas cosas que me dicen». + +Interrumpida a poco la conversación para cantar Serafina de nuevo, ahora +un terceto con Mochi y Minghetti, después de la ovación que siguió al +canto, volvió la sabrosa plática, más animada cada vez, aunque en ella +se mezclaron ya algunos señoritos del pueblo de los más audaces y +despreocupados. Emma y Serafina hablaron algunos minutos solas entre las +colgaduras de un balcón, sonriéndose, como acariciándose con ojos y +sonrisas; las vio de lejos Bonis, pasó cerca de ellas, y ni una ni otra +notaron su presencia; volvió a alejarse y a contemplar su obra desde un +rincón. + +¡Juntas! ¡Estaban juntas! ¡Se hablaban, se sonreían, parecían +entenderse!... Se le antojaban un símbolo, el símbolo del pacto absurdo +entre el deber y el pecado, entre la virtud austera y la pasión +seductora... ¡Qué barbaridades pienso esta noche!--se decía Bonis--; y se +puso a figurarse que aquellas mujeres que hablaban como cotorras, y +parecían de acuerdo, y se sonreían, y se entusiasmaban con su diálogo, +se estaban diciendo, ¡qué atrocidad!, cosas por el estilo: + +--«Sí, señora, sí--decía Emma en la _hipótesis_ absurda de su marido--; +puede usted quererle todo lo que guste; comprendo que usted se haya +enamorado de él, y él de usted. Eso no está mal: en Turquía las gastan así, +y pueden ser tan honradas como nosotras las turcas; todo es cuestión de +costumbres, como dice la de Körner: todo es convencional». + +--«Pues sí, señora; le quiero, ¿para qué negarlo?, y él a mí. Pero a +usted también se la estima, a pesar de ese geniazo que dicen que usted +tiene. Se la estima y se la respeta. Ya verá usted qué buenas amigas +hacemos. ¿Por qué no? Usted no sabe lo que son artistas, lo que es vivir +para el arte, y despreciando las pequeñeces de la vida de pueblo y de la +_moral corriente_. ¡Valiente moral! Todos deben querer a todos: usted a +mí, yo a usted, su marido a las dos, las dos a su marido.... El mundo, la +triste vida _finita_, no debe ser más que amor, amor con música; todo lo +demás es perder el tiempo...». + +«Aquel diálogo hipotético--se quedó pensando Bonis--, era un disparate, +sí... y con todo... con todo... ¿Por qué no había de ser así? Él había +leído que los antiguos patriarcas tenían varias mujeres, Abraham, _sin ir +más lejos_...». La idea de Abraham le trajo la de Sara la estéril... su +mujer... «¡Isaac!», le dijo una voz como un estallido en el cerebro.... +Emma era Sara...; Serafina, Agar.... Faltaban Ismael, que era +inverosímil, dadas las costumbres de Serafina, e Isaac... ¡Isaac! ¿Quién +sabía? ¿Por qué le decía el corazón... acuérdate de Sara, ten esperanza? +Dos veces en aquella noche, que él debería consagrar a emociones tan +diferentes, se le llenaba el alma del amor de su Isaac... de su hijo.... +Tenía fiebre no sabía dónde; tal vez estaba volviéndose loco; primero se +comparaba con la Virgen; ahora con Abraham...; y a pesar de tanto +dislate, una esperanza íntima, supersticiosa, se apoderaba de él, le +dominaba. + +Y al volver a mirar el grupo de su mujer y la cómica, a las cuales se +habían agregado ahora Mochi, Marta, Minghetti y Nepomuceno, sintió +Reyes una especie de repugnancia; aquella paz moral que a ratos se +apoderaba de su espíritu, y hasta pudiera decirse de sus entrañas, se le +alarmó en el pecho, en la conciencia; le entró vivísimo deseo de apartar +a su mujer de toda aquella gente; y sin poder dominarse, se acercó al +grupo, y con gesto serio, que contrastaba con la alegría de todos, con +el ambiente de vaga concupiscencia que envolvía al grupo, dijo Bonis con +una energía en el acento que sorprendió a Emma, la única que se hizo +cargo de ello por la novedad de la voz: + +--Señores... y señoras... basta de charla; el público se impacienta, y lo +mejor que pueden hacer estas damas y estos caballeros es comenzar la +segunda parte del programa.... Vale más la música que toda esa +algarabía.... + +Todos le miraron entonces. Hablaba en broma seguramente, y, sin embargo, +su gesto y el tono de su voz eran serios, como imponentes. + +Minghetti, inclinándose cómicamente, exclamó: + +--Quien manda, manda.... Obediencia al tirano... al futuro empresario +_forse_.... + +Serafina, dando la espalda a los otros, en un momento que pudo +aprovechar, miró fijamente a su querido, abrió mucho los ojos con +expresión de burla cariñosa, que acabó con una mirada de fuego. + +Bonis tembló un poco por dentro al recibir la mirada, pero se hizo el +desentendido y no sonrió siquiera. + +--¡A cantar, a cantar!--dijo, fingiendo seguir la broma de su papel de +déspota. + +Mochi se inclinó también, y Minghetti, después de una gran reverencia, +se sentó al piano para acompañar el dúo de tenor y tiple con que +empezaba la segunda parte. + +Nepomuceno se sentó junto a Marta, y Bonis muy cerca de su mujer, que +respiraba con fuerza, absorbiendo dicha por boca y narices. + +Y mientras ella, sin pensar en que le tenía allí, devoraba con los ojos +a la tiple y al barítono, Bonis paseaba la mirada triste, seria y +tiernamente curiosa, del rostro pálido, ajado de su esposa, al vientre +que una vez había engañado sus esperanzas; y oyendo, sin comprenderla en +aquel momento, la música romántica del dúo, se dijo entre dientes: + +--No importa...; más vieja era Sara. + + + + +-XIII- + + +Terminó el concierto a la una de la madrugada, y como era costumbre en +el pueblo, en vez de disolverse la reunión, se pusieron a bailar los +jóvenes con el mayor ahínco, muy a placer de las señoritas, que sólo +toleraban dos o tres horas de música con la esperanza de estar bailando +otras dos o tres horas. Emma no pensó en retirarse mientras quedase allí +alma viviente. En cuanto a Marta Körner, estaba demasiado ocupada para +pensar en el tiempo. ¡Íbale tanto en perseguir las fieras, es decir, en +la caza mayor a que se había entregado en cuerpo y alma, que ya ni veía +ni oía lo que estaba delante; para ella no había en el mundo más que su +D. Juan Nepomuceno, con sus grandes patillas! Desde antes de terminar el +concierto habían hecho rancho aparte, en un rincón de la sala; y allí +estaba la alemana enseñándole el alma, y un poco, bastante, de la +blanquísima pechuga, al acaramelado mayordomo, futuro administrador de +la fábrica de productos químicos. Körner, aunque muy metido en +conversación con Mochi primero y después con el Gobernador militar y el +Ingeniero jefe de caminos, vigilaba desde lejos, muy satisfecho de la +conducta de su hija. Muy de corazón aplaudió la habilidad y delicadeza +que demostró su digno vástago cuando uno, y dos y tres jóvenes de lo más +distinguido de la sociedad, se acercaron a ella solicitando el favor de +un vals o cosa parecida, y fueron cortés y fríamente despedidos por la +robusta alemana, que no bailaba porque... aquí una disculpa torpemente +zurcida, pero mal compuesta con toda intención. A Nepomuceno había que +ponerle las cosas muy claras; y Marta, aun a riesgo de molestar a los +bailarines, tal vez contenta con molestarlos, porque aquello venía a ser +un anuncio, dejaba ver con gran transparencia el verdadero motivo de los +desaires que se veía obligada a dar; a saber: que era más importante +para ella hablar con Nepomuceno que andar por allí dando saltos y +despertando, el diablo sabría qué apetitos, en aquella juventud lucida y +generalmente colorada, gracias a la mucha sangre. + +Nepomuceno, que a la segunda negativa de Marta, acompañada de una mirada +y una sonrisa de inteligencia para él, acabó de comprender, agradeció +con todas sus entrañas el _sacrificio_ que en su favor se hacía; y se +hubiera derretido de gusto, a no estarlo ya, gracias a la proximidad +_vertiginosa_ de la alemana y a las cosas espirituales y no espirituales +que ella le estaba diciendo; y, sobre todo, gracias a ciertos tropezones +que de vez en cuando, bastante a menudo, daban las rodillas con las +rodillas. + +«¡Qué elocuencia... y qué _calor natural despedía_ aquella mujer!» pensaba +don Juan, aplicando el mismo verbo al calor y a la elocuencia. + +Marta hablaba del ideal, de todos los ideales; pero se las arreglaba de +manera que en su disertación se mezclaban, por vía de incidentes, +descripciones autobiográficas que se referían casi siempre al acto +solemne de mudarse ella de ropa, o a estar en su lecho, medio dormida.... +desvelada.... Ello es que Nepomuceno supo aquella noche, v. gr., que +aquella señorita había leído una cosa que se llamaba la _Dramaturgia de +Hamburgo_, de Lessing, y que, tanto como el autor del Laoconte, le +gustaban a ella las medias muy ceñidas, atadas sobre las rodillas y de +color gris perla. Lo más tierno fue la historia de las queridas de +Goëthe, tema que tenía muy preocupada a la de Körner desde muchos años +atrás. El noble orgullo de Federica Brion, que no quiso casarse nunca, +porque nadie era digno de la que había sido amada por Wolfgang, lo +pintaba Marta con un calor sólo comparable al que despedían sus propias +rodillas. Nepomuceno, confundiendo las cosas, y hasta las facultades del +alma, se llegó a figurar que los _genios_ alemanes eran unos sátrapas que +se pasaban la vida despreciando a los seres vulgares y manoseando los +mejores bocados del eterno femenino. Cuando llegó lo de _las madres_ del +tantas veces citado Goëthe, Nepo no podía menos de figurarse las tales +_madres_ como unas ubérrimas amas de cría. De todas suertes, y fuera lo +que fuera de Heine y de la _Joven Alemania_, él estaba que ardía... y a +tanta ciencia y poesía y contacto de piernas, sólo se le ocurría +contestar lo que, sin saberlo él, Nepomuceno, contestaba aquel personaje +de la comedia titulada: «De fuera vendrá...». Quiere decirse, que al tío +mayordomo no se le venía a la boca más que la solemne promesa de futuro, +pero muy próximo matrimonio. + +Emma, siguiendo el ejemplo de algunas otras casadas, que bailaban +también, aceptó unos _lanceros_ a que la invitó el presidente del Casino, +y poco después bailó con Minghetti una polca íntima, género de +desfachatez tolerada que empezaba entonces a _hacer furor_ y no pocos +estragos morales. + +La polca íntima de Minghetti fue para ella una revelación. El barítono, +que no había perdido la pista a la afición que le había demostrado +aquella señora en paseo, en misa, en la calle, por medio de miradas +incendiarias, aquella noche acabó de comprenderlo todo, y formó un plan +de seducción, que le convenía desde muchos puntos de vista. Empezó a +marearla con miradas y lisonjas allí, junto al piano, durante el +concierto; y al atreverse a invitarla nada menos que para bailar una +polca de aquellas condiciones coreográficas, jugó el todo por el todo. +Aceptada la polca, ya sabía él lo que le tocaba hacer; y mientras las +rodillas hablaban el lenguaje de las de Marta Körner, aunque sin +colaboración de los clásicos alemanes, él, allá en sus adentros, se +entregaba a proyectos y cálculos en que había hasta números. Medio en +serio, medio en broma, _se declaró_ a Emma mientras daban vueltas por el +salón; y ella, muerta de risa, muy contenta, nada escandalizada, le +llamaba loco, y se dejaba apretar, como si no lo sintiera, como si su +honra estuviese por encima de toda sospecha y no debiera parar mientes +en aquellos estrujones fortuitos. Le llamaba loco, y embustero, y +bromista; pero cuando, después de la polca, se sentaron juntos, en vez +de incomodarse por la insistencia del cantante, se quedó un poco seria, +suspiró dos o tres veces, como una doncella de labor no comprendida, y +acabó por ofrecer a Minghetti una amistad desinteresada; pura amistad, +pero leal y firme. Entonces el barítono, que no echaba nada en saco +roto, sin dejar el tema de su pasión incandescente, mezcló en las +variaciones del mismo una discretísima narración de los apuros de su +vida económica y la de sus compañeros. A Minghetti, que era un _bohemio_, +sin saber de tal epíteto, no le daba vergüenza hablar de su pobreza, ni +de las trazas picarescas a que había recurrido muchas veces para salir +de atrancos. Comprendía él que parte del encanto de su persona, +irresistible para muchas mujeres, consistía en su misma vida +desarreglada, de aventurero simpático, generoso, alegre, casi infantil, +pero poco escrupuloso, como no fuera en puntos de galanteo y de +valentía. Enseguida noto que en Emma este elemento de seducción era de +los que producían más efecto; ella misma le confesó que había comenzado +a fijarse en él, y a encontrarle _ángel_, como dicen los andaluces, la +noche aquella famosa en que había cantado el _Barbero_... a la fuerza.... + +--¡Ah, sí--exclamó él sonriendo--; cuando me cazó la Guardia civil!... + +Y de este incidente, que tanto había dado que hablar en el pueblo meses +atrás, tomó pie para contar su historia y sus penas y apuros a su +manera, como burlándose de sus propios males. Callaba muchas cosas que +juzgaba poco a propósito para hacerle aparecer interesante; pero no +ocultó ciertas maniobras no muy decentes, y osó referirlas, no por amor +a la verdad, sino porque su sentido moral no le decía que era aquello +repugnante e indigno; por fortuna, tampoco Emma sentía delicadezas de +este orden, y en toda treta victoriosa admiraba el arte y olvidaba al +engañado, o sea al tonto. + +La mujer de Bonis escuchaba encantada aquella narración del género +picaresco, en que las picardías venían a estar explicadas y disculpadas +por la viveza de las pasiones y los golpes repetidos de una adversa +fortuna. + +Lo cierto era que la historia del barítono, desfigurada por él en su +narración cuando le convino, podía resumirse en lo siguiente: + +Cayetano Domínguez era natural de Valencia; había asistido en su +infancia a los azares de la miseria, que aspira a convertir en industria +la holganza y no lo consigue, sino con intervalos de negras prisiones y +en perpetua lucha con el Código penal y los agentes de su eficacia. La +cárcel, residencia frecuente de su señor padre, le había enseñado, como +por ensayos repetidos, la triste vida de la orfandad; y cuando al fin el +autor de sus días salió de casa para no volver, porque en una ocasión, +al recobrar la libertad, en vez del hogar, encontró la muerte en una +misteriosa aventura, allá en la Huerta, el pobre Minguillo, que así le +llamaban los demás pillastres de su barrio, al quedarse en el mundo +solo, pues su madre había muerto al darle a luz, tenía un aprendizaje +anulado que le sirvió no poco, de mala suerte, apuros, desvalimiento; y +venía a ser a los doce años todo un hombre, y casi casi todo un pícaro, +por los recursos de su ingenio, el ahínco de su trabajo, cuando tocaban +a trabajar honradamente, y las tretas de su industria, la fuerza de +cinismo, el vigor de los músculos y el desprecio de todas las leyes y +cortapisas morales y jurídicas, que, en su opinión, se habían hecho para +los ricos; porque los pobres no podían con ellas, bajo pena de matarse +de hambre, que era el mayor crimen. + +De las manos de un pariente lejano, que le molía a palos y le llamaba +hijo de tal y de cual, pasó al servicio de la Iglesia con carácter de +monaguillo, y hasta llegó a cantar en el coro de la catedral en +funciones de tiple; y esta época fue, según él, la más santa de su vida, +sin ser perfecta. No hacía él las picardías por hacerlas, sino por el +lucro; de modo que mientras su voz sirvió para el coro, cantó en calidad +de ángel en la catedral, sin hacerse jamás reprender por su pereza o +impericia, pues en el trabajo era asiduo, y su destreza en todo oficio +que emprendía, extremada. Volvió a la calle porque la voz se le mudaba, +que era para el caso como perderla; y con la edad de comenzar las +pasiones a abrir sus yemas, coincidió la mayor pobreza de su vida, por +lo que no fue extraño, o a él no se lo pareció, que por aquellos días +sus expedientes para procurarse el sustento y lo demás que necesita un +mozo suelto y sin escrúpulos, fuesen del todo incompatibles con los +rigores de la ley civil y criminal; sin que esto quisiera decir que +llegase a robar, al menos con violencia; sino que, recordando +tradiciones familiares, inventó industrias alegres y vistosas, como +juegos de feria, con moderada trampa, inocentes chascos, justo castigo +de tontos avarientos y confiados necios, en que el provecho que a él, a +Mingo, le quedaba entre las uñas, era apenas la necesaria retribución de +su trabajo, que hubiera sido exigua cotejada con el riesgo y con el +primor y gracia de las trazas inventadas. De su voz ¡voz traidora!, no +se había vuelto a acordar en mucho tiempo, a no ser para cantar en +tabernas y paseos nocturnos, para solaz de los compañeros del hampa, o +seducción de alguna mozuela, que además habría de pedir otra paga. + +Sus relaciones con la gente de sotana, interrumpidas, pero no rotas, le +presentaron ocasión de ingresar en el seminario en calidad de fámulo, +ocultando, por supuesto, gran parte de sus antecedentes; y como tenía +temporadas, si no de arrepentimiento--pues él no creía que había de +qué--de cansancio, de cierto como relativo _misticismo_ que le pedía a él +la soledad de la vida recogida y largas horas de tiesura hierática, con +un cirio en la mano, o en las oscuridades del coro, y ausencia de malas +compañías, y pan seguro ganado sin industrias prohibidas; por todo ello +se acogió a la _soledad_ del _claustro_, y fue el más airoso, servicial y +despabilado fámulo de colegio sacerdotal, donde no sabía él que había de +llegar a ser colaborador de verdaderos horrores. Muchos años después, +cuando, ya libre y artista, se creía por sus actos y representación en +el caso de ser muy _avanzado_, _librepensador_ y cosas por el estilo, +aprovechaba sus recuerdos del seminario como argumento contra las +instituciones religiosas. «¡Lo que son los curitas, díganmelo ustedes a +mí!», solía exclamar; y como no hubiera damas delante, su narración, +probablemente exagerada, ponía espanto verdaderamente, por lo que toca a +determinadas violaciones del orden natural de los instintos. + +De esta clase de aventuras es claro que no le habló a Emma aquella +noche; fue más adelante, cuando su trato llegó a ser más íntimo, cuando +ella supo de esta clase de tormentas porque también había pasado la +juventud pintoresca de su amigo. + +Del seminario salió por una ventana, con un trabuco, pues nada menos +exigían la prisa y el peligro con que acudió a defender la _causa del +pueblo_ en una intentona revolucionaria en que se vio comprometido, +familiar y todo, por culpa de amistades heteróclitas, adquiridas en las +escapatorias frecuentes que de noche emprendía con otros compañeros y +algún seminarista amigo de ir al teatro y a lugares de corrupción más +inmediata. Anduvo por los campos en calidad de sublevado días y días, +hasta que se le rompieron los zapatos y emigró con otra porción de +ilusos, como los llamaba en una alocución el Capitán general de +Valencia. Y tanto corrió, que no paró hasta Italia. Vivió en Turín, en +Roma, en Nápoles, Dios sabe cómo; y ello fue que a España volvió de +corista en una compañía de ópera, hablando italiano, con mucho mundo, y +persuadido de que su vocación era la música y su fuerte la seducción de +mujeres fáciles, y el tentar a todas, fáciles o difíciles. + +En Barcelona llamó su voz la atención de un maestro; se podía sacar +partido de ella enseñándole música, lo que se llama música; se aplicó de +veras al estudio, dejó por algunos años el teatro, vivió de no se sabe +qué recursos, tal vez a costa del amor chocho; y se le vio de posada en +posada, de fonda en fonda, despertando a los huéspedes con _gárgaras_ de +barítono que ensaya la voz y no deja dormir los músculos de una poderosa +garganta. Aquellos gorgoritos de pavo alborotado se los hacía perdonar +siempre a fuerza de gracia, amabilidad y chiste. Era un Tenorio aniñado, +un niño mozo, pueril hasta para enamorarse: se hacía mimar enseguida, y +las mujeres, al quererle, ponían algo de las caricias de madre que todas +ellas tienen dentro. + +A sus queridas les cantaba al oído las óperas enteras, como dándoles +besos con el aliento, que parecía salir perfumado por la melodía. Una +novia suya lo dijo: aquel hombre de tan buen color, tan buenas carnes, +de cutis fresco y esbelto como él solo, esparcía así como un olor, que +seducía, a música italiana. Desde su primera contrata, en Barcelona, se +llamó ya Minghetti, y Gaetano; y cuando volvió de su segundo viaje a +Italia, que duró dos años, casi él mismo se tenía ya por extranjero. En +cuanto a los instintos de tramposo, que en el nuevo oficio no tenían +aplicación inmediata, buscaban expansiones naturales en los tratos y +contratos con los cantantes, sus mujeres, los empresarios y los +huéspedes de las posadas. El lance a que Emma había aludido se refería a +una de estas picardías, de que hubo de ser víctima el buen Mochi. +Habían reñido Julio y Gaetano por cuestión de ochavos, sobre si el +valenciano había cobrado o no, y negaba un recibo; Minghetti escapó de +noche, a pie; Julio se quejó a la autoridad porque el barítono se le iba +con la paga adelantada y le dejaba la Compañía en el aire; la benemérita +se encargó de recomponer el cuarteto; y, en efecto, Minghetti, +resignado, sonriente, como si se hubiera tratado de una broma, se +presentó de nuevo al público, cantando el _Barbero_ con gran malicia; lo +cual le valió una ovación tributada a su graciosa picardía, a su +desenfado simpático y alegre. Aquella noche le conoció Emma, desde el +paraíso, donde oyó la historia de la fuga, comentada con entusiasmo por +el público, siempre dispuesto a perdonar a los tramposos guapos y +graciosos. + +Pocos días después de oír las aventuras del barítono en aquella noche +solemne del baile, Emma ya le había tenido muy cerca, cantándole al +oído, pero sólo en calidad de amigo íntimo, la mayor parte del +repertorio. Lo del piano se llevó a efecto; Minghetti fue maestro de la +Valcárcel, pero es claro que las lecciones se convirtieron a poco en +pura fórmula, un pretexto para que el profesor cantase romanzas, +acompañándose él mismo, mientras la discípula, sentada junto a él, +admirándole, pasaba las hojas, cuando el cantante lo indicaba con la +cabeza. Llegó, sin embargo, Emma a destrozar polcas y chapurrar un vals +que la entusiasmaba. Bonis nada podía oponer, porque las lecciones se +daban con su beneplácito, y además podía observar que su mujer pasaba +algunas horas cada día estudiando solfeo y machacando teclas. + +Lo que iba viento en popa era lo de la fábrica de _Productos Químicos_ y +la reconstitución de la Compañía de ópera con la base del terceto; a +saber: la Gorgheggi, Mochi y Minghetti. + +En la cabeza de Reyes se mezclaban ambas empresas, porque los +interesados en una y otra comían juntos muy a menudo en casa de Emma y +se reunían todas las noches en sus _salones_, que así quería ella que se +llamasen en adelante, previo el arreglo del mobiliario, derribo de +tabiques y otras composturas, que subieron a una cantidad respetable, +pero no respetada por Nepomuceno, que hizo con ella maravillas de +prestidigitación. Además, había otra cosa, la principal, que enlazaba la +empresa teatral con la fabril, a saber: el capitalista, que, en +resumidas cuentas, venía a ser uno mismo: Emma. En lo del teatro se +admitieron acciones de algunos aficionados de la ciudad; pero estas eran +insignificantes comparadas con las de Emma; de modo que ella venía a ser +el verdadero capitalista, representada, es claro, por Nepomuceno en todo +lo que se refería a la parte económica del negocio, y por Bonis en lo +tocante a entenderse con músicos y cantantes. Bonis a su vez delegaba en +Mochi la dirección _técnica_, y en rigor cuanto entraba en sus +atribuciones; de suerte que el empresario y director de la Compañía +tronada venía a ser en la nueva Compañía lo mismo que antes había sido, +sin más diferencia que la de no exponerse a perder un cuarto y estar +sólo a las ganancias, si las había, por pocas que hubiera; que a eso +estaba él. Desde la Tiplona acá no se había visto jamás que unos _cómicos_ +permanecieran, por fas o por nefas, tanto tiempo en el pueblo. Casi se +les tomaba por vecinos, y Julio y Gaetano ya discutían en el Casino, +aunque con cierta discreción y medida, todas las candentes cuestiones de +interés local. En cuanto a Serafina, era la gala de los paseos, y los +vecinos la mostraban a los forasteros como una de las maravillas +indígenas. + +También tendía a aclimatarse, y aun con raíces más hondas, la familia +Körner, que quería _fincar_ en aquella ciudad, uniendo su nombre a la +causa de la industria que con tanto calor defendían los periódicos de +intereses morales y materiales de la localidad. Körner hizo un viaje a +Alemania por cuenta de la nueva Sociedad de _Productos Químicos_, para +traer todas las noticias y encargar todo el material necesario para la +fábrica, cuya construcción y explotación debía de dirigir él mismo. En +cuanto a pagar todos estos gastos, ya se sabía: el mermado caudal de la +abogada Valcárcel corría con todos los desembolsos, o con casi todos; +pues, por disimular, también en este negocio se ofrecieron acciones a +unos cuantos amigos y parientes. Ello fue que el capital de Emma se vio +tan seriamente comprometido en las aventuras químico-industriales, como +diría Körner, que Nepomuceno, autor de semejante desafuero, se creyó +obligado en conciencia, en la poca y mala conciencia que le quedaba, a +exponer a su sobrina con toda claridad, o poco menos, la situación, el +riesgo que se corría. + +--De esta salimos ricos, según todas las probabilidades; mas no he de +ocultarte, amada sobrina, que nuestro dinero, es decir, tu dinero, se +expone a grandes quebrantos, que no son de esperar..., pero que caben en +lo posible. + +Cuando el tío mayordomo hablaba así, Emma estaba medio loca, sin sentido +para nada que no fuesen sus pasiones, sus alegrías, aquella vida +desordenada y de bullicio en que se había metido como en un baño de +delicias. Era tan feliz en aquella corrupción, que le parecía haber +sujetado la rueda de la fortuna; además, Körner, que se había hecho muy +amigo suyo, la había convencido, a fuerza de hablarle de cosas que ella +no podía entender, de que aquel _pequeño anticipo_ de miles de duros daría +por resultado una riqueza verdadera, digna de los grandes señores de +otras tierras, que no contaban, como los de allí, los millones por +reales, sino por pesos fuertes y otras monedas análogas. Ella también +quería ser millonaria de duros, y el corazón y Körner y Minghetti le +decían que lo iba a ser. Ello era una especie de milagro de la ciencia y +la habilidad. «Pero si los alemanes no hicieran milagros de sabiduría, +¿quién los iba a hacer?». Se trataba sencillamente de sacarles a las +algas, que el mar arrojaba a las costas de la provincia en tanta +abundancia, un demonio de materia que tenía mucha utilidad para +infinitas industrias. Mentira le parecía a ella que de cosa tan +repugnante y mal oliente como era el ocle (las algas), que hasta a las +caballerías las hacía espantarse, pudiese salir tanto dinero como se le +prometía; pero, en fin, ya que lo decían los sabios... y Minghetti, +verdad sería. Adelante. Además, a Roma por todo. Si la arruinaban, ¿qué? +Tendría gracia. Ella no estaba segura de no escaparse con el barítono +cualquier día. + +También la parecía imposible, como lo de las algas, que Minghetti +estuviera tan enamorado como le juraba; porque aunque estaba persuadida +de que ella había mejorado mucho, y de que su _otoño_ era muy interesante, +y su _jamón_ suculento y en dulce, al fin él era mucho más joven, y +ella... ella estaba, indudablemente, algo _fatigada_. + +Entre alemanes e italianos... verdaderos y falsos, se había establecido +una especie de pacto, tácito al principio, después muy explícito, para +protegerse mutuamente. Los de la fábrica, Körner e hija, ayudaban a los +del teatro; los del teatro, Mochi, Minghetti y Gorgheggi, ayudaban a los +de la fábrica. Nepomuceno, interesado en favor de los alemanes, animaba +a Emma a gastar en la empresa de la ópera, porque Marta y su padre se lo +pedían; la Gorgheggi y Mochi trabajaban en el espíritu de Bonis para que +este no quitase a su mujer de la cabeza las fantásticas lontananzas de +opulencia, debidas a la química industrial, que iban metiéndole en el +cerebro el alemán y el tío. + +Y a unos y a otros los seducía, los corrompía, y los juntaba en una +especie de solidaridad del vicio la vida que hacían, _poniéndose el mundo +por montera_, según la frase predilecta de Emma, y viviendo alegres, +siempre mezclados en conciertos, en jiras campestres, en banquetes a +puerta cerrada. En la casa de la Valcárcel, donde un día habían sido +parásitos los taciturnos parientes de la montaña, de capa y hongo, +ahora, espantadas tales alimañas, vivaqueaban aquellos extranjeros, +aquella sociedad heteróclita, que con pasmo y aun envidia de parte de la +ciudad, vivía como no se solía vivir en aquel pueblo aburrido, con esa +alegría desfachatada, pero atractiva, que los demás miraban desde lejos +murmurando, pero deseándola. Muchos jóvenes de las _mejores familias_, que +al principio habían cortado sayos a Emma, a Bonis y Marta, ahora +callaban y hasta llegaban a defender a los de Reyes y a sus amigos, +porque algunas sonrisas de la Gorgheggi, insinuaciones provocativas, +aunque _espirituales_ de Marta, y, especialmente, invitaciones para saraos +y banquetes de Emma, los habían convertido. Hubo más; para hacer callar +a muchos, y también instigada por Bonis, que empezaba a hacerse +insoportable con sus moralidades y miedos al qué dirán, Emma se dio arte +para agregar a algunas de sus fiestas, si no a las más íntimas, a dos o +tres familias de lo más distinguido de la capital. Una de ellas era la +de un magistrado andaluz, que tenía dos hijas como dos acuarelas de +pandereta; el padre era unas castañuelas de la sala de lo civil, y sus +retoños, sin madre, se pasaban la vida, inocentes en el fondo, _jaleando_ +la alegría de su papá. Se aburrían mucho en aquel pueblo sucio, frío, +húmedo, y vieron el cielo abierto con la amistad de Emma y compañía. El +magistrado, que era, además, muy embustero, y hablaba de riquezas que él +tenía allá, en la tierra, se embarcó en lo de la fábrica de Productos +Químicos, aunque de tapadillo, y vino a interesarse en unos diez mil +reales, que él multiplicaba añadiendo una porción de ceros a la derecha +cuando hablaba a sus colegas y amigos de su parte en el negocio. Pero no +fue la de Ferraz y sus hijas la adquisición mejor para Emma. Por +mediación de las andaluzas, la Valcárcel tuvo ocasión, y la aprovechó, +de ofrecer un verdadero servicio a las de Silva, tres muchachas llenas +de pergaminos, deudas y figurines. Las deudas y los pergaminos eran +cosas de su papá, pero los figurines, de ellas; no había chicas más +elegantes en el pueblo; eran tres, y cuando paseaban juntas, en posturas +académicas, constante grupo escultórico, recordaban las estampas grandes +de los periódicos de modas. Hacían de un vestido siete, y era un +prodigio el verlas volverlo de arriba abajo, y estirar y encoger +sombreros, y aprovechar para cinco o seis cosechas de la moda las mismas +espigas y los mismos pepinillos y otros vegetales contrahechos, de +prendidos y sombreros. Fuera como fuera, ellas ponían la moda en el +pueblo, y por su nobleza y las arrogantes figuras que ostentaban, +disponían de los novios efímeros por manadas. Mientras el padre bebía +los vientos por fijar la rueda de la fortuna en la sala de juego de la +Oliva, las niñas se multiplicaban, verdaderas buhoneras de sí mismas, +siempre con la mercancía de su hermosura a cuestas por plazas, iglesias, +paseos, bailes y teatro. Pero llegó un luto, y aquí fue ella. Iba a +abrirse el _antiguo coliseo_ con la Compañía de ópera remendada, y las de +Oliva no podrían ir los jueves y domingos a lucir sus gracias, enhiestas +en sus sillones con almohadón, a la orilla del antepecho de su palco, +como grullas tiesas y melancólicas a la margen del mar. El pariente +difunto era un _tío segundo_; pero era marqués. Si hubiera sido un +cualquiera, las de Silva seguirían vestidas de colorado y tan _ubicuas_ +como siempre; pero el luto de un marqués no podía preterirse sin +profanarse. No había palco posible. Entonces fue cuando Emma pudo ganar +la amistad de aquellas elegantes aristócratas haciéndoles un favor y +matando dos pájaros de un tiro. Como ella venía a ser la _empresaria_, y +los cantantes eran sus íntimos amigos y personas muy decentes, no habría +inconveniente en presenciar las funciones de ópera entre bastidores. Las +de Ferraz propusieron el expediente a las de Silva, que sin consultarlo +con el papá, con quien no consultaban nada, aceptaron locas de alegría. +No podrían lucirse tanto de telón adentro; pero se divertirían de fijo; +verían cosas muy agradables, muy nuevas, y hasta podrían coquetear con +los cantantes, algunos de los cuales, como Minghetti, eran muy guapos y +simpáticos. Emma se creyó en el deber de no dejar ir solas a aquellas +señoritas al escenario y sus oscuros alrededores, y desde la primera +noche, sin consultarlo tampoco con nadie, las acompañó, y las presentó a +la Gorgheggi, que las ofreció su cuarto para pasar el rato en amable +tertulia durante los entreactos. Marta y las de Ferraz también +asistieron alguna vez al espectáculo, de tapadillo, corriendo y +jugueteando por aquellos pasillos y corredores estrechos y sucios, entre +telones y trampas; pero en general preferían lucirse en el palco de la +Empresa, de Emma, que estaba al lado de la presidencia. + +Es claro que en cuanto se supo que las de Silva iban con la de Reyes a +ver las óperas entre bastidores, se murmuró mucho, y se las compadeció +porque venían a ser huérfanas por completo, teniendo aquel padre que +tenían. ¡Pobrecitas, no han tenido madre cuando más falta les hacía! Y +después de este acto de caridad, se las despedazaba. Pero ellas no +hacían caso. La sociedad de la Gorgheggi las enorgullecía, como a la +Valcárcel, y el respeto con que todos las trataban en el escenario y en +el cuarto de la cantante, también las halagaba mucho. Serafina estaba en +sus glorias, viéndose admirada y considerada por aquellas jóvenes de la +aristocracia, cuyos finos modales y hasta el luto que vestían daban +dignidad y nobleza a su tertulia de los entreactos. + +--¡Soy feliz, Bonifacio, muy feliz... y todo te lo debo a ti! Así decía +la tiple, cogiendo por las muñecas a su amante, atrayéndole a su seno y +besándole con un entusiasmo de agradecimiento, que Reyes estimaba en lo +que valía. + +«Sí, ella era feliz, pensaba; más valía así». También Emma vivía muy +contenta y le trataba a él mejor que antes, y a veces le daba a entender +que le agradecía también la iniciación en aquella nueva vida... _del +arte_, como llamaban en casa a los trotes en que se habían metido. Todos +eran felices, menos él... a ratos. No estaba satisfecho de los demás, ni +de sí mismo, ni de nadie. Debía serse bueno, y nadie lo era. En el mundo +ya no había gente completamente honrada, y era una lástima. No había con +quién tratar, ni consigo mismo. Se huía; le espantaban, le repugnaban +aquellos soliloquios concienzudos de que en otro tiempo estaba orgulloso +y en que se complacía, hasta el punto de quedarse dormido de gusto al +hacer examen de conciencia. Ahora veía con claridad que, en resumidas +cuentas, él era una mala persona. Pero ¿de qué le valía aquella +severidad con que se trataba a sí mismo a la hora de despertar, con +bilis en el gaznate, si después que se levantaba, y se lavaba, y se +echaba mucha agua en el cogote, resucitaba en él, con el vigor de la +vida, con la fuerza de su otoño viril, sano y fuerte, la concupiscencia +invencible, el afán de gozar, la pereza del pecado convertido en hábito? +Aquello iba mal, muy mal; su casa, la de su mujer, antes era aburrida, +inaguantable, un calabozo, una tiranía; pero ya era peor que todo esto, +era un... _burdel_, sí, burdel; y se decía a sí mismo: «Aquí todos vienen +a divertirse y a arruinarnos; todos parecemos cómicos y aventureros, +herejes y _amontonados_». Este _amontonados_ tenía un significado terrible +en los soliloquios de Bonis. Amontonados era... una mezcla de amores +incompatibles, de complacencias escandalosas, de confusiones +abominables. A veces se le figuraba que aquella familiaridad exagerada +de los alemanes, los cómicos, y su mujer, era algo parecida a la _cama +redonda_ de la miseria; podía no haber allí ningún crimen de lesa +honestidad..., pero el peligro existía y las apariencias condenaban a +todos. Marta, que iba a casarse con el tío Nepomuceno, admitía galanteos +subrepticios del primo Sebastián, un cincuentón verde y bien conservado, +que de romántico se había convertido en cínico, por creer que en esto +consistía el progreso. Sebastián, antes tan idealista y poético, ahora +no podía ver una cocinera sin darle un pellizco, y esto lo atribuía a +que estábamos en un _siglo positivo_. Él, Bonifacio, había tenido que +consentir en que su querida entrase en casa de su mujer, y fueran amigas +y comieran juntas.... Emma, aunque indudablemente honrada, dejaba a +Minghetti acercarse demasiado y hablarle en voz baja. Él no +desconfiaba...; pero, ¿por qué? Tal vez porque su conciencia de culpable +le cerraba los ojos, porque no se atrevía a acusar a nadie...; porque +había perdido el _tacto espiritual_; porque ya no sabía, entre tanta +falsedad, torpeza y desorden, lo que era bueno y malo; decoro, honor, +delicadeza...; en otro tiempo, cuando él esquilmaba la hacienda de los +Valcárcel, en competencia con D. Nepo; cuando él manchaba el honor de su +casa con un adulterio del género masculino, pero adulterio, en medio de +sus remordimientos encontraba disculpas relativas para su conducta: el +amor y el arte, la pasión sincera, lo explicaban todo. ¡Pero ahora! Una +larga temporada había estado siendo _infiel_ a su pasión; entregado noches +y noches a un absurdo amor extraviado, todo liviandad, amor de los +sentidos locos, que era más repugnante por tener el _itálamo nupcial_ por +teatro de sus extravagantes aventuras; y esto le había abierto los ojos, +y le hacía comprender la miseria espiritual que llevaba dentro de sí, y +que su pasión no era tan grande como había creído, y que, por +consiguiente, no era legítima. Además... y ¡oh dolor!, el arte mismo +tenía sus más y sus menos, y allí no era arte todo lo que relucía. No, +no; no había que engañarse más tiempo a sí mismo; aquello era un burdel, +y él uno de tantos perdidos. Allí no había nada bueno más que aquella +ternura pacífica, suave, seria, callada, que se le despertaba de vez en +cuando, que le hacía aborrecible cuanto le rodeaba y le llevaba a desear +ardientemente, no morirse, porque a la muerte la tenía mucho miedo por +el dolor y la incertidumbre de ultratumba, sino transformarse, +regenerarse. Pensaba en algo así como un injerto de hombre nuevo en el +ya gastado tronco que arrastraba por el mundo tanto tiempo hacía. Aún no +era viejo, y le parecía haber vivido siglos; desde los recuerdos de la +infancia, que se referían a los años de ensueño en que había salido del +limbo de la vida inconsciente, al día de la fecha, ¡qué distancia! +¡Cuánto había sentido! ¡Qué de vueltas había dado a las mismas ideas! + +Y el pobre Bonis se frotaba la frente y toda la cabeza con las manos, +compadecido de aquel cerebro que bullía, que crujía, que pedía reposo, +paz... y la ayuda de fuerzas nuevas. + +Un día encontró Bonis en un libro la palabra _avatar_ y su explicación, y +se dijo:--¡Una cosa así me vendría a mí perfectamente! Otra alma que +entrara en mi cuerpo; una vida nueva, sin los compromisos de la antigua. + +No esperaba milagros. No le gustaban siquiera. El milagro era un +absurdo, algo contra la fría razón, y él quería método, orden, una ley +en todo, ley constante, sin excepción. El milagro era romántico, +revolucionario, violento, y él no estaba ya por el romanticismo, ni por +la violencia, ni por lo extraordinario, ni por la pasión. Sí; había amor +que valía más que el apasionado. Más era: había amor sublime que no era +el amor sensual, por alambicado y platónico que éste quisiera +considerarse.... Amar a la mujer... siempre era amar a la mujer. No, otra +cosa.... Amor de varón a varón, de padre a hijo. ¡Un hijo, un hijo de mi +alma! Ese es el _avatar_ que yo necesito. ¡Un ser que sea yo mismo, pero +empezando de nuevo, fuera de mí, con sangre de mi sangre! + +Y Bonis, llorando al pensar esto, se decía, arrimando la cabeza contra +una pared: + +--Sí, sí; lo de siempre; el anhelo de toda mi vida desde que pude +tenerlo: ¡el hijo! + +Por su espíritu pasó como el halago de una mano de luz que le curaba, +sólo con su contacto, las llagas del corazón. Sintió una emoción de +legítimo contento de sí mismo ante la conciencia clara, evidente, de que +en el fondo de todos sus errores, y dominándolos casi siempre, había +estado latente, pero real, vigoroso, aquel anhelo del hijo, aquel amor +sin mezcla de concupiscencia. En él lo más serio, lo más profundo, más +que el amor al arte, más que el anhelo de la pasión por la pasión, +siempre había sido el amor paternal... frustrado. + +Y siempre lo había deseado lo mismo; su deseo tenía la forma plástica, +constante, fija, de un recuerdo intenso. Siempre era _el hijo_; varón y +uno solo; su único hijo. + +Una mujer... no podía continuarle a él; él no se concebía femenino en el +ser que heredara su sangre, su espíritu. Tenía que ser hombre. Y uno +solo; porque aquel amor que había de consagrar al hijo tenía que ser +absoluto, sin rival. Amar a varios hijos le parecía a Bonis una +infidelidad respecto del primero. Sin saber lo que hacía, comparaba el +cariño a mucha prole con el politeísmo. _Muchos hijos_ era como _muchos +dioses_. No, uno solo...; aquel, aquel de que le hablaban las entrañas, +aquel que casi casi le presentaba ante los ojos, en el aire, la +alucinación de sus noches sin sueño. + +¿Y de dónde había de salir su único hijo?... No cabía duda; la ley era +la ley, el orden el orden; no cabían sofismas del pecado: había de salir +del vientre de Emma. + +Pero ¡ay, que él no merecía el hijo! No, no vendría. + +Después de aquella noche del baile, origen de aquel amontonamiento +_social_ en que vivían cómicos, alemanes y gente de su casa, su Emma, el +tío, él mismo; después de aquella noche en que él, si no fuera enemigo +de admitir intervención directa, en sus asuntos, de lo sobrenatural, +hubiera visto la mano de la Providencia, la revelación del destino, +¿había estado a la altura ideal de las grandes cosas que había soñado? +No, de ningún modo. Había vuelto a claudicar; se había dejado arrastrar +con todos los demás a la vida fácil, perezosa, del vicio, y había +llegado a ver con embeleso a su querida en la casa, a la mesa de su +esposa, y había llegado a figurarse legítimas tales abominaciones con +aquella filosofía de los semiborrachos de sobremesa, que en otro tiempo +le parecían inspiraciones poéticas, moral artística, excepcional, +privilegiada. ¡Y él era el mismo que había sentido, oyendo cantar a +Serafina una canción a la Virgen, que en sus entrañas encarnaba un amor +divino! ¡Él, con un misticismo estrambótico, falso, se había comparado, +disparatada pero sinceramente, con la Virgen Madre! + +Y cuántas veces, después, había visto las cosas de otra manera, y había +llegado a pensar: «¡Todo es cuestión de geografía! Si yo fuese turco, +todo esto sería legítimo; pues figurémonos que estamos en otras +_latitudes_... y longitudes». Más era: en aquel instante en que hacía tan +tristes reflexiones, ¿estaba arrepentido? No. Estaba seguro, porque se +lo decía la conciencia, de que pocas horas más tarde, cuando el cuerpo +estuviese repleto y la fantasía excitada por el vino y el café, y acaso +por la música de Minghetti y Emma, de nuevo sería él aquel Bonifacio +corrompido, complaciente, bien hallado con la especie de amor libre que +se le había metido en casa. Vendría Serafina, y mientras Minghetti y +Emma continuaban sus lecciones interminables, ellos dos, Serafina y él, +en el cenador de la huerta, ¡oh miseria!, ¡oh vergonzoso oprobio!, +serían, como siempre, amantes; amantes de costumbre, sin la disculpa, +aunque de poca fuerza, disculpa al fin, de la ceguedad de la pasión; +amantes por el hábito, por la facilidad, por el pecado mismo.... + +¡No, no tendría el hijo! ¡Miserable! ¡No lo merecía! Renunciaba a la +ventura. + +Pero si no la felicidad, podría tener el arrepentimiento verdadero. + +¿Por qué no aspirar a la perfección moral y llegar en este camino adonde +se pudiera? + +Entre todas las grandes cosas que se le habían ocurrido ser en este +mundo, gran escritor, gran capitán (esto pocas veces, sólo de niño), +gran músico, gran artista sobre todo, jamás sus ensueños le habían +conducido del lado de la santidad. Si en otro tiempo se había dicho: ya +que no puedo inventar grandes pasiones, dramas y novelas, hagamos todo +esto, sea yo mismo el _héroe_, ¿por qué no había de aspirar ahora a un +heroísmo de otro género? ¿No podía ser santo? + +Para artista, para escritor, le faltaba talento, habilidad. Para ser +santo no se necesitaba esto. + +Y el pobre Bonis, que a ratos andaba loco por casa, por calles y paseos +solitarios, buscó la _Leyenda de oro_ en la librería de su suegro, y vio +que, en efecto, había habido muchos santos cortos de alcances, y no por +eso menos visitados por la gracia. + +Sí, eso era; se podía ser un santo sencillo, hasta un santo simple.... + +_Dejarlo todo_, ya que no tenía hijo, y seguir... ¿Seguir a quién? ¡Si él +no tenía bastante fe, ni mucho menos! ¡Si dudaba, dudaba mucho, y con un +desorden de ideas que le hacía imposible aclarar sus dudas y volver a +creer a macha-martillo! Aquellos libracos, que había leído con avidez +para hacerse todo lo sabio posible, a fin de preparar la educación del +hijo, le habían producido, _en suma_, una indigestión intelectual de +negaciones. No era creyente... ni dejaba de serlo. Había cosas en la +Biblia que no se podían tragar. Un día que oyó que los seis días del +Génesis no eran días, sino épocas, aun en pura ortodoxia, sintió un gran +consuelo, como si se le quitara un peso de encima, como si hubiera sido +él quien hubiera inventado lo del mundo hecho en seis días. Pero quedaba +lo del Arca con todas las especies de animales; quedaba la torre de +Babel; quedaba el pecado, que pasaba de padres a hijos, y quedaba Josué +parando el sol..., en vez de parar la tierra. No, no podía ser: él no +podía coger su cruz, porque no era un _simple_ como los de la Edad Media, +sino un simple _ilustrado_, un simple de café, un simple moderno... ¡Ah, +pero lo que no le faltaba era el sincero anhelo de sacrificio, de +abnegación y caridad!... Hacer disparates para la mayor gloria... de lo +que hubiese allá arriba, le parecía muy puesto en razón, algo como una +música interior. Una noche leyó en la cama un libro que hablaba de un +místico medio loco, italiano, de la Edad Media, a quien llamaban el +juglar de Dios; parecía el payaso de la gloria: lleno del amor de Jesús, +se reía de la Iglesia y daba por hecho que él se condenaría, pero +llevando al infierno su pasión divina, que nadie podía arrancarle: y el +tal Jacopone de Todi, que así le llamaba el vulgo, que se reía de él y +le admiraba, hacía atrocidades ridículas para que su penitencia no fuese +ensalzada, sino objeto de burla; y salía andando con las manos, cabeza +abajo y los pies al aire; y se untaba de aceite todo el cuerpo, desnudo, +y se echaba a rodar sobre un montón de plumas, que se le pegaban al +cuerpo; y de esta facha salía por las calles para que los chiquillos le +corrieran.... + +Bonis lloraba de ternura leyendo estas hazañas del clown místico, del +autor de los Laudes, después inmortalizados. Él, Bonis, no era poeta, +pero con la flauta creía poder decir muchas cosas, y hasta convertir +infieles.... Pero el toque estaba en el _arranque_. Irse por el mundo, +echar a correr, dejarlo todo, y ya que no tenía un hijo, ser un santo de +pueblo, un santo loco, estaba muy puesto en razón; mas ¡ay!, la +conciencia le decía que no se atrevería jamás, no ya a dejarlo todo, +hasta las zapatillas, y tomar su cruz; ni siquiera a dejar a su mujer.... +ni aun a su querida. + + + + +-XIV- + + +Grandes acontecimientos vinieron a sacar a Reyes de estas intermitentes +veleidades místicas, que él mismo, en sus horas de sensualismo +racionalista y moderado, calificaba de enfermizas. El infeliz Bonis no +pudo menos de recordar un pasaje muy conocido de _La Sonámbula_; aquel de: + + _ah, del tutto ancor non sei_ + _cancellata dal mio cuor_, + +(según él lo cantaba), cuando llegó la hora de despedirse de Serafina +Gorgheggi; la cual, deshecha otra vez la compañía, iba con Mochi +contratada al teatro de la Coruña. Aquella separación había sido una +amenaza continua, la gota amarga de la felicidad en los días y meses de +ciega pasión; después un dolor necesario, y hasta merecido y saludable, +según pensaba el amante, lleno de remordimientos y de planes morales. +Pero al llegar el momento, Bonis sintió que se trataba de toda una +señora operación practicada en carne viva. Con toda franqueza, y +explicándolo todo satisfactoriamente por medio de una intrincada madeja +de sofismas, Reyes reconoció que los afectos naturales, puramente +_humanos_, eran los más fuertes, los verdaderos, y que él era un místico +de pega, y un romántico y un _apasionado_ de verdad. ¡Ay!, separarse de +Serafina, a pesar de aquella tibieza con que su espíritu la trataba de +algún tiempo a aquella parte, era un dolor verdadero, de aquellos que a +él le horrorizaban, de los que le _daban la pereza_ de _padecer_. ¡Era tan +molesto tener el ánimo en tensión, necesitar sacar fuerzas de flaqueza +para aguantar los dolores, los reales! Y no había más remedio. Pensar en +tener compañía de ópera más tiempo, era absurdo. Ya todos los +expedientes inventados para retener en el pueblo a Mochi y su discípula +estaban agotados, no podían dar más de sí. Nunca se había visto, ni en +tiempo de la _Tiplona_, mientras esta fue cantante, que _las partes_ de una +compañía permanecieran un año seguido, y algo más, en la ciudad, fuera +trabajando o en huelga. Lo que se había visto era tal cual corista que +se quedaba allí, casada con uno del pueblo, o ejerciendo un oficio; un +director de orquesta se había hecho vecino para dirigir una banda +municipal...; pero tiples y tenores, nunca habían parado tantos meses: +concluido el trigo, volaban. El fenómeno que ofrecían Serafina, Julio y +Gaetano, era tan admirable como si las golondrinas se hubieran quedado a +pasar un invierno entre nieve. Sólo que de las golondrinas no se hubiera +hecho comidilla para decir que las alimentaban los gorriones, por +ejemplo. Y de la larga estancia de los cómicos, contratados unas +temporadas, otras no, se decían horrores. No por hacer callar a la +maledicencia, de la que nadie se acordaba, a no ser Bonis, sino porque +no había manera decorosa, ni aun medio decorosa, de continuar cubriendo +las apariencias, ni tampoco recursos para seguir manteniendo los grandes +gastos que causaban aquellos restos de la compañía disuelta, se +comprendió la necesidad de que terminase aquel _estado de cosas_, como le +llamaba Reyes. La empresa había perdido bastante, y sobre la empresa, es +decir, sobre el caudal mermadísimo del abogado Valcárcel, continuaban +cargando, más o menos directamente, las principales _partes_, a saber: +Mochi, Serafina y Minghetti. Se presentó la ocasión de ganar la vida con +el trabajo, y hubo que aprovecharla, por más que doliera a unos y a +otros la despedida. Quien no transigió fue Emma. Tuvo una encerrona con +su tío y mayordomo, que había sido nombrado vicepresidente de la +Academia de Bellas Artes, agregada a la Sociedad Económica de Amigos del +País, y de aquella conferencia resultó el acuerdo, porque allí todo eran +panes prestados, de que Minghetti continuaría en el pueblo en calidad de +director de la Sección de música en la citada Academia. El sueldo que +pudieron ofrecer los señores socios al barítono no era gran cosa; pero +él se dio por satisfecho, porque además pensaba dar lecciones de piano y +de canto, y con esto y lo otro (y lo otro, así decía la malicia, entre +paréntesis, por lo bajo) podía ir tirando, hasta que se cansara de +aquella vida sedentaria, y se decidiera a admitir una de las muchas +contratas que, según él, se le ofrecían desde el extranjero. + +Serafina dejaba con pena el pueblo, en que había llegado casi a olvidar +que era una actriz y una aventurera, para creerse una dama honrada que +tenía buenas relaciones con la mejor sociedad de una capital de +provincia, y un amante fiel, dulce, manso y guapo. A Bonis le había +llegado a querer de veras, con un cariño que tenía algo de fraternal, +que era a ratos lujuria y que se convertía en pasión de celosa cuando +sospechaba que el tonto de Reyes podía cansarse de ella y querer a otra. +Tiempo hacía que notaba en su queridísimo bobalicón despego disimulado, +distracciones, cierta tendencia a huir de sus intimidades. Al principio +sospechó algo de las extrañas noches de valpurgis matrimonial que tan +preocupado trajeron una temporada a Reyes; después, siguiendo la pista a +los desvíos y distracciones del amante, llegó a comprender que no se +trataba de _otros amores_, sino de _ideas_ que a él le daban; tal vez iba a +volvérsele definitivamente bobo, y no dejaba de sentir cierto +remordimiento. + +«A este se le ablanda la mollera por culpa mía». + +Más de una vez, en sus ligeras reyertas de amantes antiguos, pacíficos y +fieles, pero cansados, oyó a Bonis hablar de la _moral_ como un obstáculo +a la felicidad de entrambos. Lo que nunca pudo sospechar Serafina fue la +principal _idea_ de Bonis, la del _hijo_; y esto era lo que en realidad le +apartaba de su querida, del pecado. + +Pero en la noche en que, al arrancar la diligencia de Galicia, Bonis, +subiéndose de un brinco al estribo de la berlina, pudo, a hurtadillas, +dar el último beso a la Gorgheggi, sintió que su pasión no había sido +una mentira _artística_, porque con aquel beso se despedía de un género de +delicias intensas, inefables, que no podrían volver; con aquel beso se +despedía del último vestigio de la juventud. + +Entre la muchedumbre que había acudido a despedir a los cantantes, se +sintió Bonis, después que desapareció el coche en la oscuridad, muy +solo, abandonado, sumido otra vez en su insignificancia, en el antiguo +menosprecio. + +Delante de él, que volvía solo por la calle sombría adelante, solo entre +la muchedumbre de sus amigos y amigas, distinguió dos bultos que +caminaban muy juntos, cogidos del brazo, según era permitido en aquella +época a las señoritas y a los galanes; eran Marta Körner y Nepomuceno, +que se habían adelantado, huyendo la vigilancia del alemán, que no +gustaba de tales confianzas. La escena de la despedida los había +enternecido y animado; la oscuridad de las calles, alumbradas con +aceite, les daba un incentivo en su misterio, y en el cuchicheo de su +diálogo se sentía el soplo de la pasión... de la pasión carnal de Nepo y +de la pasión de... marido de Marta. Iban absortos en su conversación, +olvidados de los que venían detrás, creyéndose a cien leguas de la +gente, sin pensar en ella; levantaban a veces la voz, Marta +singularmente; y Bonis, sin querer al principio, queriéndolo muy de +veras después, oyó cosas interesantes. + +«Había que hablar cuanto antes a Emma; había que decirle el gran secreto +de aquella pareja: que iban a casarse antes de un mes. Y había que +ajustar cuentas, separar los respectivos capitales, sin perjuicio de +seguir administrando el tío el de la sobrina, hasta que ya no hubiera +cosa digna de mención que administrarle». Estaba perdida; no había hecho +más que ir gastando, derrochando, sin enterarse jamás de que corría a la +ruina completa. Hablarle a ella de hipotecas, era hablarle en griego. +«Pues hipoteque usted», decía, sin más idea de la hipoteca que la de ser +un modo de sacar ella el dinero necesario para sus locuras, cuanto +antes. + +--Mire usted--decía el tío a Marta (pues el _tú_ lo dejaba para después de +la boda)--; es una mujer que no tiene idea clara de lo que significa el +tanto por ciento, y cuando le hablan de un interés muy subido, le suena +lo mismo que si le hablan de un interés despreciable; para ella no hay +más que el dinero que le den por lo pronto; parece así... como que se +figura que roba a los usureros, a quienes toma dinero al sabe Dios +cuántos. Para aliviar estos males, he llegado yo mismo a ser el único +_judío_ para mi sobrina; yo soy, yo, quien, sin saberlo ella, porque ni lo +pregunta, le facilito cantidades a un módico interés. + +Marta oía a Nepo con más placer que si le fuera recitando la _primavera +temprana_ de Goëthe. + +--¿De modo... que ellos van a arruinarse? + +--Sí; ya no tiene remedio. + +--La culpa es suya. + +--Suya.... Empezó él... siguió ella... después los dos...; después todo el +mundo.... Usted lo ha visto: aquella casa es un hospicio; los cómicos nos +han comido un mayorazgo..., y como la fábrica va mal.... + +--¡Oh!, pero eso no hay que decirlo por ahí... + +--No; es claro.... + +--Papá espera levantar el negocio; sus corresponsales le ofrecen mercados +nuevos, salidas seguras.... + +--Sí, sí; es claro..., pero ya será tarde para los de Reyes; nuestro +esfuerzo, el que haremos con nuestro propio capital.... Marta, con el +nuestro, ¿entiende usted?, sacará la fábrica a flote...; pero ya será +tarde para ellos. Nuestro porvenir está en la pólvora.... + +Marta apretó el brazo de Nepo, y lo que siguieron hablando ya no pudo +oírlo Bonis. + +Se quedó atrás; entró el último en su casa, adonde volvieron muchos de +los que habían ido a despedir a la Gorgheggi y a Mochi, pues de allí +había partido la comitiva. Serafina había ido al coche desde la casa de +Emma, porque ésta no podía salir aquella noche; se sentía mal, y se +habían despedido en el gabinete de la Valcárcel. + +Bonis se detuvo en el portal, cuando ya todos estaban arriba. ¡Qué +ruido! ¡Qué algazara! ¡Lo de siempre! Ya nadie se acordaba de los que se +alejaban carretera arriba; como si tal cosa. Arrastraban sillas, sonaba +el piano y después el taconeo de los danzantes. Bailaban. + +«¡Y todo esto lo he traído yo! ¡Y bailan sobre las _ruinas_! ¡_Los Reyes_ +se arruinan; la casa Valcárcel truena... y el último ochavo lo gastan +alegremente entre todos estos pillos y viciosos que he metido yo en +casa!». + +«¡Empezó él!, decía ese tunante. ¡Y tiene razón! Yo empecé, y aún debo, +aún debo... lo robado. Y todo lo demás que vino después, la empresa +teatral..., la fábrica..., los banquetes, las jiras, los saraos..., los +préstamos a esos hambrientos y chupones..., por culpa mía, por mi +pasión..., que ya se extinguía, por miedo a echar cuentas, por miedo de +que se descubriese mi _adulterio_; sí, adulterio, así se llama... yo lo +toleré... lo procuré todo.... Todo es culpa mía, y l peor es lo que dice +el tío: Empezó él». + +Y Bonis, sin pasar del portal, mal alumbrado por un farol de aceite, se +cogía la cabeza con las manos. + +No se determinaba a subir. Le daba asco su casa con aquella chusma +dentro. + +«¡Si fuera para barrerlos! Y a mí con ellos... a todos..., a todos.... + +»¿Cómo seguir con aquella vida, ahora sobre todo, que ni el placer, ni +el pecado, le arrastraba a ella? + +»¡Egoísta! Como se fue tu pareja, _moralizas_ contra los demás. + +»Pero, ¿y la ruina? Cuando ese la anuncia, segura será... ¡Seremos +pobres! Por mí... casi me alegro...; pero es horrible... porque es por +culpa mía». + +Cesó de repente el ruido del baile, que sonaba sordo y continuo sobre su +cabeza; después se oyeron muchos pasos precipitados en una misma +dirección..., hacia el gabinete de Emma. + +--¿Qué pasa?--se dijo asustado Bonis. Pensó de repente, como antaño--: Emma +se ha puesto mala, y me va a echar la culpa. Se dirigió hacia la +escalera, cuya puerta abrieron con estrépito desde dentro; bajando de +dos en dos los peldaños, venían dos bultos: el primo Sebastián y +Minghetti, que atropellaron a Bonis. + +--¿Qué hay? ¿Qué sucede?--gritó, recogiendo del suelo el sombrero, el que +debía ser amo de la casa. + +--¡Arriba, hombre, arriba! ¡Siempre en Babia! Emma así..., y tú fuera.... + +Esta frase del primo Sebastián le supo a Bonis a todo un tratado de +arqueología; era del repertorio de las antigüedades clásicas de su +servidumbre doméstica. + +--Pero... ¿qué hay? ¿Qué tiene Emma? + +--Está mala..., un síncope..., jaqueca fuerte...--dijo Minghetti--. +Vamos corriendo a buscar a D. Basilio; le llama a gritos. + +--Sube, hombre; corre; te llama a ti también; nunca la vi así... Esto es +grave.... Sube, sube.... + +Y se lanzaron a la calle los dos emisarios, rivalizando en premura y +celo. + +--Usted, al Casino; yo, a su casa--dijo Sebastián--; y cada cual echó a +correr: uno, calle arriba; otro, calle abajo. + +Bonis entró temblando, como en otro tiempo. «¿Qué sería? ¿Volverían los +días horrorosos de la fiera enferma? ¡Comparados con ellos los +presentes, de _relajamiento moral_, le parecían ahora flores! Y en +adelante, ¿qué armas tendría para la lucha? Ya no creía en la pasión, +aunque tanto le estaban doliendo aquella noche sus últimas raíces; ya no +creía apenas en el ideal, en el arte...; todo era un engaño, tentación +del pecado.... Sí: volvía su esclavitud, su afrenta, aquella vida de +perro atado al pie de la cama de una loca; él ya no tendría fuerza para +resistir; con un _ideal_, con una _pasión_, lo sufría todo; sin eso... +nada. Se moriría.... La enfermedad otra vez... y ahora, con la pobreza, +acaso, de seguro... ¡Qué horror!... ¡Oh! No; escaparía». + +Entró, pasillo adelante; todo era confusión en la casa. Las de Ferraz y +una de las de Silva corrían de un lado a otro, daban órdenes +contradictorias a los criados; en el gabinete de Emma, Marta y Körner +junto al lecho, parecían estatuas de mausoleo. + +--¡Duerme!--dijo con solemnidad el padre. + +--¡Silencio!--exclamó la hija, con un dedo sobre los labios. + +--Pero, ¿qué ha sido? + +--¡Pchs! Silencio. + +--Pero (más bajo y acercándose); pero... yo quiero saber... ¿y el tío? +¿Dónde está el tío? + +--Se está mudando--contestó Marta en voz baja, de esas que son silbidos, +más molestos que los gritos. + +Reyes notó el olor de un antiespasmódico; olor de tormenta para los +recuerdos de sus sentidos. También había cierto hedor nauseabundo. + +Se aproximó más a la cama; a los pies estaba amontonada ropa blanca, de +que se había despojado Emma después de metida entre sábanas, según su +costumbre. También ahora los recuerdos de los sentidos le hablaron a +Bonis de tristezas, y tras rápida reflexión, se sintió alarmado. + +--Pero, ¿qué ha sido?--preguntó sin bajar la voz lo suficiente, +olvidándose del sueño de su esposa, pensando cosas muy extrañas. + +--No grite usted, hombre--dijo la alemana muy severamente. + +Bonis acercó el rostro al de su mujer. + +--Duerme--dijo Körner. + +--¡Dios lo sabe!--pensó Bonis. + +Emma, pálida, desencajada, desgreñada, con diez años, de los que había +sabido quitarse de encima, otra vez sobre las fatigadas facciones, abrió +los ojos, y lo primero que hizo con ellos fue lanzar un rayo de odio y +otro de espanto sobre el atribulado esposo. + +--¿Qué ha sido, hija mía, qué ha sido? + +Quiso hablar la enferma, y, al parecer, hasta pronunciar un discurso, +porque procuró incorporarse, y extendió los brazos; pero el esfuerzo le +produjo náuseas, y Bonis, sin tiempo para retirarse un poco, corrió la +misma borrasca de que se estaba secando el tío. + +Körner, discretamente, retrocedió un paso. Marta se colgó de la +campanilla en son de pedir socorro, porque no era ella hembra que +descendiese a ciertos pormenores al lado de los enfermos. El estómago, +decía ella, no es nuestro esclavo; antes bien, nos esclaviza. + +Acudieron las de Ferraz, y luego Eufemia con agua, arena, toalla y +cuanto fue del caso. A Bonis se le hizo comprender que apestaba, y +corrió a mudarse. + +Cuando volvió al cuarto de su mujer, vio en la sala al tío, a Körner, a +Marta, a las de Ferraz, a la de Silva, a Minghetti y a Sebastián. + +--¿Está mejor, está sola? + +Sebastián respondió casi de limosna: + +--No: está con ella D. Basilio. + +Antes de decidirse a entrar en el gabinete, Bonis consultó con la mirada +al concurso. Vio algo extraño en ellos: parecían menos alarmados y como +llenos de curiosidad maliciosa. Había allí sorpresa, incertidumbre, no +susto ni temor a un peligro. + +--¿Pasa algo? ¿Qué pasa?--preguntó anhelante, con la cara de lástima que +ponía cuando acudía en vano a implorar sentimientos tiernos, de caridad, +en sus semejantes. + +--Hombre, usted puede entrar--dijo Körner--; al fin es el marido. + +Bonis entró. D. Basilio, correcto en el vestir, como siempre, de color +de manteca el gabán entallado; sonriente; de expresión espiritual boca y +mirada, dejaba pasar una tormenta de espanto y rebeldía contra los +designios de la naturaleza a que se entregaba Emma, que se apretaba la +cabeza desgreñada con las manos crispadas, y llamaba a Dios de tú y con +un tono que parecía de injuria. + +--¡Dios mío! ¿Qué es esto?--preguntó Bonis espantado, con las manos en +cruz, frente al médico. + +--Pues, nada; que su mujer de usted... está nerviosísima, y ha tomado a +mal una noticia que yo creí que la llenaría de satisfacción y legítimo +orgullo.... + +--¡Calle usted, Aguado! ¡No se burle de mí! ¡No estoy para bromas! ¡Dios +mío! ¡Qué va a ser de mí! ¡Qué atrocidad! ¡Qué barbaridad! ¡Qué va a ser +de mí!... ¡Dios de Dios! Y a estas horas... yo me voy a morir... de +fijo... de fijo... me lo da el corazón. ¡Yo no paro, no paro, no +paro!... + +--¿Delira?--gritó Bonis con horror. + +--¿Por qué? + +--Como dice... que no para... no para.... + +--No; no dice eso--y D. Basilio se interrumpió para reír con toda +sinceridad--. Lo que dice es que no pare, no pare.... Pero ya verá usted +cómo en su día, aún lejano, damos a luz un robusto infante. + +--¡Alma mía!--exclamó Reyes comprendiendo de repente, más que por las +señas que tenía delante, por una _voz de la conciencia_ que le gritó en el +cerebro: «Se fue _ella_, y viene _él_; no quería venir hasta hallar solo tu +corazón para ocuparlo entero. Se fue la _pasión_ y viene el _hijo_». + +Se lanzó a estrechar en sus brazos la cabeza de su esposa; pero esta le +recibió con los puños, que, rechazándole con fuerza, le hicieron perder +el equilibrio y casi caer sobre don Basilio. + +--¡Nerviosa, nerviosísima!--dijo el médico, disimulando el dolor de un +callo que le había pisado aquel calzonazos. + +Empezaron las explicaciones. + +Emma, con verdadero pánico, se agarraba, como un náufrago a una tabla, a +la esperanza de que aquello era imposible. + +Aguado, con estadísticas que no necesitaba ir a buscar fuera de su +clientela, demostraba que _imposibles_ de aquella clase le habían hecho +pasar a él muchas noches en claro. Y sin ir más lejos, citaba a la de +Fulano y a la de Mengano, que se habían descolgado con una criatura +después de años y años de esterilidad, en rigor aparente. «¡Oh, los +misterios de la naturaleza!». + +«Pero, ¿no la habían asegurado a ella, tantos años hacía, cuando el mal +parto, cuando quedó medio muerta, con las entrañas hechas una lástima, +que ya no pariría nunca, que aquello se había acabado, que no sé qué de +la matriz?». + +--Sí habrán dicho, señora; pero _in illo tempore_ yo no tenía el honor de +contar a usted en el número de mis clientes. Hay quien es un gran +comadrón y un grandísimo ignorante en obstetricia y tocología, y toda +clase de _logías_... divinas y humanas. + +Mientras Emma proseguía en sus lamentos, gritos y protestas, jurando y +perjurando que estaba dispuesta a no parir, que aquello era una +sentencia de muerte disfrazada, que a buena hora mangas verdes, y cosas +por el estilo, Aguado se volvió a Bonis para explicarle lo que había +pasado allí. + +En cuanto se había acercado a la enferma había visto síntomas extraños +que nada tenían que ver con sus habituales crisis nerviosas; se había +enterado de pormenores íntimos, aunque con gran dificultad por el horror +que tenía Emma a todos los cálculos, previsiones y recuerdos +aritméticos, no sólo a las cuentas del tío; y entre estas noticias y lo +que tenía presente, y ciertas inspecciones y contactos, había sacado en +consecuencia que aquella señora, como tantas otras, al cabo de los años +mil volvía por los fueros de la maternidad, abandonados mucho tiempo. +Habló mucho de matrices y de placentas, pero mucho más de la misteriosa +marcha de la Naturaleza _a través_, y permítaseme el galicismo--dijo +Aguado, que era purista en lo que se le alcanzaba--, a través de los +fenómenos fisiológicos de todos órdenes. Indudablemente, y no lo decía +por alabarse, él no había esperado menos del régimen homeopático e +higiénico a que había sometido a su cliente: sin aquellos glóbulos, y +más particularmente sin la influencia físico-moral de los buenos +alimentos, de los paseos y, sobre todo, de las distracciones, aquel +organismo hubiera continuado viviendo una vida valetudinaria, sin +esperanza, ni remota, de tener fuerzas sobrantes suficientes para sacar +de ellas una nueva vida, un _alter ego_. No cabía duda que Aguado insistía +en querer deslumbrar a Bonis, pues no solía el médico de las damas ser +tan pedantescamente redicho. + +De todas suertes, Reyes tenía que contenerse para no abrazar al doctor; +creía disparatadamente que el estar su mujer embarazada o no dependía de +aquella discusión entre el médico y Emma; si Emma quedaba encima en la +disputa, ¡adiós hijo!; si el médico decía la última palabra, parto +seguro. + +Como no había por qué ocultar la cosa, no se ocultó; los de la sala +supieron enseguida el pronóstico, nada reservado, de D. Basilio. Hubo +gritos de alegría, de sorpresa sobre todo, algunos de malicia; bromas, +jarana y pretexto para seguir divirtiéndose y alborotando: Emma +continuaba protestando; se sentía mejor, era verdad, después de haber +desahogado por completo, pero el susto, al cambiar de especie, había +empeorado; no estaba enferma, como había temido, pero estaba en _estado +interesante_, y esto era horroroso. Y como no le hacían caso, y se reían +de ella y hasta la dejaban sola, para correr por la casa y refrescar y +tocar el piano y cantar, toda vez que ella misma confesaba que no le +dolía nada, se tiraba la dama encinta de los pelos, insultaba medio en +broma, medio en veras, a sus amigas y amigos llamándolos verdugos, y +proponiéndoles que pariesen por ella y que verían. + +Seguía negando su estado, como si fuese asunto de honor, como pudiera +negarlo Marta si se viera en una por el estilo; pero negaba no por +convicción, sino por engañarse a sí misma. Por lo demás, bien comprendía +ahora, después de oír a D. Basilio y de contestar a sus sabias +preguntas, que había estado ciega, que ella misma debía haber +comprendido mucho tiempo hacía de qué se trataba al notar cosas extrañas +en su vida íntima. + +Bonis, que había procurado quedarse con su mujer mientras los demás, +despedido D. Basilio, corrían al comedor, donde les aguardaba el +refresco, tuvo que dejarla sola porque le echó de su presencia a cajas +destempladas. Desapareció Reyes, y los convidados quedaron por dueños de +la casa, pues D. Juan Nepomuceno había salido también cuando el médico. + +En el comedor se acentuó el carácter burlesco de las bromas con que se +recibió el inesperado suceso. Se hacían cálculos respecto de la mayor o +menor proximidad del alumbramiento, suponiendo que las cosas fueran por +sus pasos contados a un feliz desenlace. Las hipótesis respecto de las +causas probables de tamaño lance abundaban, se entrelazaban, se +mezclaban, llegaban al absurdo y siempre acababan apoyándose en ejemplos +de casos semejantes y de otros mucho más extremados. Körner demostró +gran erudición en el particular; pero se preferían como mejor +testimonio, más digno de crédito, las cosas más recientes y de la +localidad. No le hubiera hecho gracia a Emma oír que se la comparaba con +damas parturientas de sesenta años, y que se citaba, como ejemplo de +belleza conservada milagrosamente, a Ninon de Lenclos, de quien nunca +había oído ni el nombre la señorita de Silva. ¡Lo que sabía aquella +Marta, que fue la que llevó la conversación de la tocología a la +estética, para poder ella lucir sus conocimientos sin menoscabo de su +decoro y prerrogativas de virgen pudorosa e ignorante en obstetricia! +Ella, tan avispada, en esto de fingir inocencia tenía tan mal tacto, que +llegaba a ridículas exageraciones; y así fue que aquella noche, por +rivalizar con el candor de las de Ferraz, a las primeras noticias del +feliz suceso que se preparaba estuvo inclinada a dar a entender que, a +su juicio, los recién nacidos venían de París; pero la de Silva, la +menor, con verdadera inocencia, dejó comprender todo lo que ella sabía +respecto del asunto, que era bastante; y Marta tuvo tiempo para recoger +velas y abstenerse de ridículas leyendas filogénicas y ontogénicas, como +hubiera dicho ella si no estuviera mal visto. + +En lo que estaban todos conformes era en lo que ya había afirmado el +médico, a saber: que la principal causa de aquella restauración de las +entrañas de Emma y de sus facultades de madre se debían a la nueva vida +que llevaba de algún tiempo a aquella parte, a las distracciones, a las +expansiones. Consultado Minghetti sobre el particular, daba señales de +asentimiento con la cabeza, y seguía comiendo pasteles. Los comensales +le miraban a hurtadillas, y los más perspicaces notaban en él un aire +que Körner, hablando bajo con Sebastián, llamó en francés _gené_; con lo +cual Sebastián se quedó a oscuras. + +Volvió Nepomuceno cuando se levantaban de la mesa; se despidieron todos +de Emma, repitiendo las bromas, recomendándole tales y cuales +precauciones Körner, y aun Sebastián, que tenía una experiencia que no +se explicaban las chicas de Ferraz en un solterón; y todas las vírgenes, +Marta inclusive, se ofrecieron de allí para en adelante a servir a la +amiga enferma, de enfermedad conocida, en todo lo que fuera compatible +con el estado a que todas ellas todavía pertenecían. + +Emma rabiaba, azotaba el aire; y aumentaba su cólera porque no podía +explicar a las muchachas, decorosamente, los argumentos con que todavía +seguía oponiéndose a la sentencia facultativa. Bajando por la escalera, +unas opinaban que el furor de la Valcárcel era fingido, que bien +satisfecha estaba con el descubrimiento; otras pensaban, más en lo +cierto, que si algo halagaba esta potencialidad a Emma, no le daban +lugar a satisfacciones el terror del parto, el asco y la repugnancia a +los menesteres de la maternidad después del alumbramiento. + +--Y además--decía una de Ferraz a la de Silva--, ¿no ha visto usted qué +cara se le ha puesto sólo con los preparativos esos y con el susto? + +--Sí, parecía un cadáver.... + +--Lo que parecía era una cincuentona. + +--Poco le falta. + +--No, mujer, no exageres. Lo que era que... como se le había caído la +pintura.... + +--Diez años más se le echaron encima. + +--Eso sí. + +Y todas ellas callaron de repente, ya en la calle, pensando por +unanimidad en Minghetti y en la cara de pocos amigos que había puesto en +el cuarto de la otra. Sebastián fue a acompañar a los de Körner hasta su +casa. Nepomuceno había tenido que quedarse porque el alemán era muy +delicado, ahora que se aproximaba la boda, en materias del qué dirán, y +no gustaba de que a tales horas pudieran encontrar por las calles +oscuras a su hija acompañada de su prometido, aunque Körner fuera con +ellos. Aseguraba que para Alemania era buena la costumbre de dejar a los +novios andar juntos y solos por cualquier parte, pero que en países +meridionales toda precaución era poca. Por lo visto, temía los ardores +del buen Nepomuceno. + +Pero ¿y Reyes?, preguntaban los amigos de la casa al separarse. ¿Dónde +se habrá metido? En el cuarto de Emma no quedaba. + +Bonis se había encerrado en su alcoba, ya que su mujer rechazaba +enérgicamente las expansiones del futuro padre, que hubiera deseado +vivamente saborear en santo amor y compaña de su esposa las delicias de +la inesperada y bien venida noticia que acababa de darles D. Basilio. + +A falta de su mujer, Bonis se contentó con su humilde lecho de _soltero_, +en aquella alcoba suya, testigo de tantos pensamientos, de tantos +sueños, de tantos remordimientos, de tantas penas y humillaciones +devoradas entre sollozos. Su cama era su confidente, su mejor amigo; no +el tálamo nupcial, el del cuarto de su mujer, no; aquellas pobres tablas +de nogal, aquellas sábanas sin encajes (porque los encajes y puntillas +le daban grima), aquella colcha de flores azules, que le decían tantas +cosas poéticas y tristes, dulces, suaves, tan conformes con el fondo de +su propio carácter. Parecíale que a fuerza de haber mirado años y años +aquellas flores, mientras su pensamiento vagaba por los mundos +encantados de sus ilusiones, de sus penas, se le había pegado a la +colcha como un barniz de idealidad, una especie de musgo azul de sus +ensueños.... En fin, aquella colcha, y otra del mismo dibujo, pero de +color de rosa, eran algo así como amigas íntimas, confidentes que a él +le faltaban en el _mundo_ de los vivos. + +Muchas veces pensaba en esto: él no tenía, en rigor, amigos entre los +hombres; ni amigos de la infancia, verdaderos, capaces de comprenderle y +capaces de abnegación; ni amigos de la edad viril...; _il suo caro +Mochi_... ¡bah!, le había engañado una temporada. Era un vividor a quien +Dios perdonara. Sus amigos eran las cosas. La montaña del horizonte, la +luna, el campanario de la parroquia, ciertos muebles... la ropa de +color, usada, de andar por casa... las zapatillas gastadas... el lecho +de _soltero_ sobre todo. Estos seres inanimados, de la industria, a los +cuales dudaba Platón si correspondía una idea, eran para Bonis como +almas paralíticas, que oían, sentían, entendían..., pero no podían +contestar ni por señas. + +Y, sin embargo, aquella noche solemne, al contemplar la colcha de flores +azules, el doblez humilde y corto de las sábanas limpias, las almohadas +angostas y blandas, le pareció que todo aquello le sonreía con su +frescura y con su aspecto de íntima familiaridad, mientras él se quitaba +las botas y calzaba las babuchas. No había felicidad completa si los +pies no descansaban en la suavidad del paño flojo de las zapatillas. + +--¡Ajajá!--exclamó al sentirse a su gusto. Y apoyando ambas manos en la +cama, dejó que una dulcísima sonrisa le inundara el rostro con un +reflejo de la alegría del corazón. + +¡Ahora a meditar! ¡A soñar! ¡Noche solemne! No había milagros: en eso +estaba. No estaría bien que los hubiera. El milagro y el verdadero Dios +eran incompatibles. Pero... ¡había Providencia!, un plan del mundo, en +armonía preestablecida (él no usaba estas palabras; no pensaba esto con +palabras) con las leyes naturales. Había coincidencias providenciales, +que al hombre piadoso debían servirle de advertencias saludables, +emanadas de Dios, traídas por la naturaleza. No era un milagro que se +hubiesen equivocado los médicos que antaño le habían condenado para +siempre a la esterilidad de su mujer; no era un milagro que Emma pariese +ya cerca de los cuarenta años. Tampoco era milagrosa..., aunque sí +admirable, la coincidencia de anunciarse la _venida del hijo_ la misma +noche en que se marchaba la pasión. Se iba Serafina y venía _Isaac_. El +que debía llamarse Isaac, por lo que él sabía, pero que se llamaría, +Dios sabía cómo, probablemente Diego, Antonio o Sebastián, a gusto de la +madre, tirana de todos. ¡Isaac! Lo más extraño, lo más admirable era +aquello... sus visiones de la noche memorable del concierto, de aquel +concierto en que nacieron gran parte de las desdichas de su casa, la +corrupción al por mayor metida en ella. De aquel concierto también había +nacido su anhelo creciente de paz, de amor puro, tranquilo... y aquella +vaga esperanza, rechazada y rediviva a cada momento, de tener al fin un +hijo, un hijo legítimo, único. Lo más admirable, sí, aunque no +milagroso, era el cumplimiento de lo que él disparatadamente llamaba, +para sus adentros, «la Anunciación». + +Tan exaltado se sintió, todo por dentro, tan lleno de ternura, que se +tuvo un poco de miedo. + +«¡Oh! ¡Si esto es estar loco, bien venida sea la locura!». + +¡Estaba tan contento, tan orgulloso! No cabía duda. La Providencia y él +se entendían. Había sido aquello como un contrato: «Que se marche ella, +y vendrá él». + +Pero ella... ¿se habrá marchado del todo? + +--Sí--dijo Bonis en voz alta, poniéndose en pie y dando una leve patada en +el suelo. + +«Sí; aquí no queda más que el padre de familia. Aquí, en este corazón, +ya no hay sitio más que para el amor del hijo». + +Una voz secreta le decía que su nuevo amor era un poco abstracto, algo +metafísico; pero ya cambiaría; cuando el chico estuviese allí, sería +otra cosa. «Algo contribuía, pensaba Bonis, a la falta de _cariño humano_ +a su nene de sus entrañas, de que ahora se resentía, el no saber cómo +llamarle. ¡Isaac! No; no sería Isaac. Además, Isaac no había sido _único +hijo_ de su padre. Aunque pareciera irreverencia, en rigor..., en +rigor..., lo que correspondía era llamar a la criatura Manolín... o +Jesús. ¡No que él se comparase con Dios Padre, ni siquiera con San +José!...». + +La idea de San José le hizo incorporarse en la cama, donde ya se había +tendido, sin desnudarse. Como Bonis no era creyente, en el sentido +rigoroso de la palabra, y sus dudas le habían llevado muchas veces a las +cuestiones exegéticas, según él podía entenderlas, pensó en la +posibilidad de que a San José le hubiese hecho la historia un flaco +servicio, con la mejor intención, pero muy flaco. Sintió una lástima +inmensa por San José. «Supongamos, se decía, que él, y nadie más que él, +fuera el padre de su hijo putativo; que fuese el padre..., sin perjuicio +de todas las relaciones misteriosas, sublimes, extranaturales, pero no +milagrosas, que podía haber entre la Divinidad y el Hijo del hombre...; +supongamos esto por un momento. ¡Qué horror! ¡Arrancarle a San José la +gloria..., el amor... de su hijo!... ¡Todo para la madre! ¿Y el padre? +¿Y el padre?». Pensando estos disparates, se le llenaron los ojos de +lágrimas. ¿Si estaría loco efectivamente? ¡Pues no se le ocurría, cuando +debía estar tan contento, echarse a llorar, lleno de una lástima +infinita del patriarca San José! Pero la verdad, ¡la historia!, ¡la +historia! La historia no sabía lo que era ser padre. + +«Ni yo tampoco. Cuando tenga al muchacho junto a mí, en una cuna, no +estaré pensando en San José ni en todas esas teologías...». + +En aquel instante se le ocurrió esto: «El niño debiera llamarse Pedro, +como mi padre». + +--¡Padre del alma! ¡Madre mía!--sollozó, ocultando el rostro en las +almohadas, que empapó en llanto. + +Aquella era la fuente; allí estaba el manantial de las verdaderas +ternuras... ¡La cadena de los padres y los hijos!... Cadena que, +remontándose por sus eslabones hacia el pasado, sería toda amor, +abnegación, la unidad sincera, real, caritativa, de la pobre raza +humana; pero la cadena venía de lo pasado a lo presente, a lo futuro..., +y era cadena que la muerte rompía en cada eslabón; era el olvido, la +indiferencia. Le parecía estar solo en el mundo, sin lazo de amor con +algo que fuese un amparo..., y comprendía, sin embargo, que él era el +producto de la abnegación ajena, del sacrificio amoroso en indefinida +serie. ¡Oh infinito consuelo! El origen debía de ser también acto de +amor; no había motivo racional para suponer un momento en que los +ascendientes amaran menos al hijo que este al suyo.... Bonifacio se había +vuelto un poco hacia la pared; la luz, colocada en la mesilla de noche, +pintaba el perfil de su rostro en la sombra sobre el estuco blanco. Su +sombra, ya lo había notado otras veces con melancólico consuelo, se +parecía a la de su padre, tal como la veía en los recuerdos lejanos. +Pero aquella noche era mucho más clara y más acentuada la semejanza. +«¡Cosa extraña! Yo no me parecía apenas nada a mi padre, y nuestras +sombras sí, muchísimo: este bigote, este movimiento de la boca, esta +línea de la frente... y esta manera de levantar el pecho al dar este +suspiro..., todo ello es como lo vi mil veces, en el lecho de mi padre, +de noche también, mientras él leía o meditaba, y acurrucado junto a él +yo soñaba despierto, contento, con voluptuosidad infantil, de aquella +protección que tenía a mi lado, que me cobijaba con alas de amor, amparo +que yo creía de valor absoluto.--¡Padre del alma! ¡Cuánto me habrás +querido!»--se gritó por dentro.... + +Bonis no se acordaba de que no había cenado todavía, y dejaba que la +debilidad se apoderara de él. Empezaba a sentirse mal sin darse cuenta +de ello. Le temblaban las piernas, y los recuerdos de la infancia se +amontonaban en su cerebro, y adquirían una fuerza plástica, un vigor de +líneas que tocaban en la alucinación; se sentía desfallecer, y como +disuelto, en una especie de plano _geológico_ de toda su existencia, tenía +la contemplación simultánea de varias épocas de su primera vida; se veía +en los brazos de su padre, en los de su madre; sentía en el paladar +_sabores_ que había gustado en la niñez; renovaba olores que le habían +impresionado, como una poesía, en la edad más remota.... Llegó a tener +miedo; saltó de la cama, y de puntillas se dirigió a la alcoba de Emma. +La Valcárcel dormía. Dormía de veras, con la boca un poco entreabierta. +Dormía con fatiga; la antigua arruga de la frente había vuelto a +acentuarse amenazadora. Bonis se tuvo lástima en nombre de todos los +suyos. Sintió, con orgullo de raza, una voz de lucha, de resistencia, de +apellido a apellido: lo que jamás le había pasado en largos años de +resignada cautividad doméstica. _Los Reyes_ se sublevaban en él contra _los +Valcárcel_. ¡Oh! Cuánto daría en aquel momento por haber visto, por haber +leído aquel libro de blasones familiares, de que, más que su padre, le +hablaba su madre, muy orgullosa con la prosapia de su marido. Ella lo +había visto: los Reyes eran de muy buena familia, oriundos de un +pueblecillo de la costa que se llamaba _Raíces_. Bonis había pasado una +vez por allí, en coche, sin acordarse de sus antepasados. ¿Quién se +habrá llevado el libro? Un pariente, un tío.... Su padre, D. Pedro Reyes, +procurador de la Audiencia, con mala suerte y poca habilidad, no hablaba +apenas de las antiguas grandezas, más o menos exageradas por su esposa, +de la familia de los Reyes; era un hombre sencillo, triste, trabajador, +pero sin ambición; de una honradez sin tacha, que se había puesto a +prueba cien veces, pero sin lucimiento, por lo modesto que era el D. +Pedro hasta para ser heroicamente incorruptible. Con los demás era tan +tolerante, que hasta podía sospecharse de su criterio moral por lo ancha +que tenía la manga para perdonar extravíos ajenos. Amaba el silencio, +amaba la paz, y le amaba a él, a Bonis, y a sus hermanos, todos ya +muertos. Sí; ahora veía con extraordinaria clarividencia, con un talento +de observación que no había sospechado que él tenía dentro, los +recónditos méritos del carácter de su padre. Su romanticismo, sus +lecturas dislocadas, falsas, no le habían dejado admirar aquella noble +figura, evocada por la sombra propia en la pared de su cuarto. Bonis, +junto al lecho de Emma dormida, adoró, como un chino, la santidad +religiosa de los manes paternos. ¡Oh, qué claramente lo veía ahora; cómo +tomaban un sentido hechos y hechos de la vida de su padre que a él le +habían parecido insignificantes! Hasta, alguna vez, se había sorprendido +pensando: «Yo soy un cualquiera; no soy un hombre de genio; seré como mi +padre: un bendito, un ser vulgar». Y ahora le gritaba el alma: «¡Un ser +vulgar!». ¿Por qué no? ¡Imbécil, imita la vulgaridad de tu padre! +Acuérdate, acuérdate: ¿qué anhelaba aquel hombre? Huir de los negocios, +del tráfico y de las mentiras del mundo; encerrarse con sus hijos, no +para recordar noblezas de los abuelos, sino para amar tranquila, +sosegadamente, a sus retoños. Era un anacoreta, poco dramático..., de la +familia. Su desierto era su hogar. Al mundo iba a la fuerza. Su casa le +hablaba, en silencio, con la dulzura de la paz doméstica, de toda la +idealidad de que era capaz su espíritu cariñoso, humilde. La sonrisa de +su padre al hablar con los extraños, tratando asuntos de la calle, era +de una tristeza profunda y disimulada; se conocía que no esperaba nada +de puertas afuera; no creía en los amigos; temía la maldad, muy +generalizada; hablaba mucho a los hijos mayores de la necesidad de +pertrecharse contra los amaños del mundo, un enemigo indudablemente. Sí; +su padre hablaba a los de casa de lo que aguardaba fuera, como podía el +hombre prehistórico hablar en su guarida, preparada contra los asaltos +de las fieras, a las demás personas de la familia, aleccionándolas para +las lides con las alimañas que habían de encontrar en saliendo. Más +recordaba Bonis: que su padre, aunque ocultándolo, dejaba ver a su pesar +que era un vencido, que tenía miedo a la terrible lucha de la +existencia; era pusilánime; y, resignado con su pobreza, con la +impotencia de su honradez arrinconada por la traición, el pecado, la +crueldad y la tiranía del mundo, buscaba en el hogar un refugio, una +isla de amor, por completo separada del resto del universo, con el que +no tenía nada que ver. Para estas conjeturas de lo que su padre había +sido y había pensado, Bonis se servía de multitud de recuerdos ahora +acumulados y llenos de sentido; pero a lo que no llegaba con ellos era a +vislumbrar en sus hipótesis históricas, en su recomposición de +sociología familiar, la lucha que el padre debía de haber mantenido +entre su desencanto, su miedo al mundo, su horror a las luchas de fuera +y la necesidad de amparar a sus hijos, de armarlos contra la guerra, a +que la vida, muerto él, los condenaba. D. Pedro había muerto sin dejar a +ningún hijo colocado. Había muerto cuando la familia había tenido que +renunciar, por miseria, a los últimos restos de forma mesocrática en el +trato social y doméstico; cuando la pobreza había dado aspecto de +plebeyo al decaído linaje de los Reyes. Y la madre, a quien esto habría +llegado al alma, había muerto poco después: a los dos años. + +«Y ahora venía otro Reyes. Es decir, algo del espíritu y de la sangre de +su padre». Bonis tenía la preocupación de que los hijos, más que a los +padres, se parecen a los abuelos. La palabra _metempsicosis_ le estalló en +los oídos, por dentro. La estimaba mucho, de tiempo atrás, por lo +exótica, y ahora le halagaba su significado.--No será precisamente +metempsicosis...--pensó--; pero puede haber algo de eso... de otra manera. +¿Quién sabe si la inmortalidad del alma es una cosa así, se explica por +esta especie de renacimiento? Sí, el corazón me lo dice, y me lo dice la +_intuición_; mi hijo será algo de mi padre. Y ahora _los Reyes_ nacen +ricos; vuelven al esplendor antiguo...». + +Al pensar esto, un sudor frío le subió por la espina dorsal.... Recordó, +en síntesis de dos o tres frases, el diálogo que aquella misma noche +había sorprendido: el de Nepomuceno con Marta. ¡Oh! ¿Sería sino de los +Reyes? ¡Nacía uno más... y... nacía en la ruina! ¡Estaban arruinados, o +iban a estarlo muy pronto; eso había dicho el tío, que sabía a qué +atenerse! + +Bonis tuvo que sentarse en una silla, porque en la cama de su mujer no +se atrevió a hacerlo. + +--¡Dios mío, en el mundo no hay felicidad posible! Esta noche, que yo +pensé que iba a ser de imágenes alegres, de dicha _interior_ toda ella.... +¡qué horrible tormento me ofrece! ¡Arruinado mi hijo! ¡Y arruinado por +culpa mía! Sí, sí, yo comencé la obra.... Y además, mi ineptitud, mi +ignorancia de las cosas más importantes de la vida... los números... el +dinero... las cuentas... ¡prosa, decía yo! ¡El arte, la pasión! eso era +la poesía... ¡Y ahora el hijo me nace arruinado! + +Emma se movió un poco y suspiró, como refunfuñando. + +Bonis estuvo un momento decidido a despertarla. Aquello corría prisa. +Quería revelarle el terrible secreto cuanto antes, aquella misma noche. +No había que perder ni un día; desde la mañana siguiente tenían los dos +que cambiar de vida, había que poner puntales a la casa, y esto no +admitía espera.... + +«En adelante, menos cavilaciones y más acción. Se trata de mi hijo. Seré +el amo, seré el administrador de nuestros bienes. ¿Y la fábrica, esa +fábrica en que ni siquiera sé a punto fijo lo que hacen? Allá veremos. +¡Oh, señor don Juan, mi querido Nepomuceno, habrá _escena_, ya lo sé, pero +estoy resuelto! Venga la escena. Pero todo eso, mañana. Ahora, lo +inmediato; el _acto varonil_, digno de un _padre_, que correspondía a +aquella noche, era... despertar a Emma, enterarla de todo». + +Pero Emma despertó sin que nadie se lo rogase, y Bonis no tuvo tiempo +para atreverse a abordar la cuestión del secreto descubierto: su mujer +le insultó, como en los tiempos clásicos de su servidumbre, porque +estaba allí papando moscas. Le arrojó de la alcoba a gritos, le hizo +llamar a Eufemia y le dio, por mano de la doncella, con la puerta en las +narices. + +«También aquello tenía que concluir, pero... después del alumbramiento. +Había que evitar el aborto; nada de disgustarla.... En pariendo... y en +criando... si criaba ella, como él deseaba, se hablaría de todo; se +vería si un Reyes podía ni debía ser esclavo de una Valcárcel. + +»Sin embargo, debo volver a entrar, con los mejores modos, para +anunciarle el peligro...». + +Levantó el picaporte de la puerta que se le acababa de cerrar..., pero +volvió a dejarle caer. + +Se sentía muy débil. No había cenado. Veía chispitas rojas en el aire. +Había que tomar algún alimento y dejarlo todo para mañana. Ya era, así +como así, muy tarde. Lo malo estaba en que no tenía apetito, aquel +apetito que él perdía difícilmente. + +Tomó dos huevos pasados por agua, y acabó por acostarse. Tardó mucho en +dormirse; y soñó, llorando, con Serafina, que se había muerto y le +llamaba desde el seno de la tierra, con un frasco entre los brazos. El +frasco contenía un feto humano en espíritu de vino. + + + + +-XV- + + +Emma defendió su esperanza de que el médico se equivocara, todo el +tiempo que pudo, y con multitud de recursos de ingenio. En el asunto de +la probanza que se sacaba de intimidades que ella tenía que confesar, +intimidades que, por regla general, eran prueba plena, alegaba como +excepción su extraña naturaleza, enemiga de todo ritmo en los fenómenos +fisiológicos más corrientes. Pero su gran argumento consistía en +presentarse de perfil: + +--¿Ven ustedes? Nada. Y se apretaba el corsé más y más cada día, sin +miedo, despreciando consejos de la prudencia y de la higiene. Se portaba +como una pobre doncella para quien dejar de serlo fuera una gran +vergüenza, y que quisiera esconder la prueba de su ignominia. + +La murmuración de sus amigas se equivocaba al ver un fingimiento en esta +oposición terca de la Valcárcel a la fatalidad de las cosas; no, no la +halagaba ser madre a tales horas; el terror del peligro, que le parecía +supremo, no le dejaba lugar para vanidades de ningún género. La +enfermedad, la muerte..., eso, eso veía ella. «Yo no podré parir; me lo +da el corazón. Yo no paro», pensaba, con escalofríos, cuando a solas +comenzaba a rendirse a la evidencia. «¡A mi edad! ¡Primeriza a mi edad! +¡Qué horror! ¡Qué horror!... ¡Los huesos tan duros!...». + +Emma se encerraba en su alcoba; se miraba en el espejo de cuerpo entero, +en ropas menores, hasta sin ropa..., se examinaba detenidamente, se +medía, se comparaba con otras, sacaba proporciones de ancho y de largo +de su torso y de cuantas partes de su cuerpo creía ella, en sus vagas +nociones de tocología instintiva, que eran capitales para el arduo paso. +Y arrojándose desnuda, sin miedo al frío, en una butaca, rompía a +llorar, furiosa; a llorar sin lágrimas, como los niños mimados, y +gritaba: «¡Yo no quiero! ¡Yo no puedo! ¡Yo no sirvo!». + +La muerte era probable, la enfermedad segura, los dolores terribles, +insoportables..., _matemáticos_; por bien que librara, los dolores tenían +que venir. ¡No! ¡No! ¡Jamás! ¿Para qué? ¡Otra vez la cama, otra vez el +cuerpo flaco, el color pálido, la _calavera_ estallando debajo del pellejo +amarillento; la debilidad, los nervios, la bilis..., y el tremendo +abandono de los demás, de Bonis, del tío, de Minghetti! ¡Oh, sí! +Minghetti, como todos, la dejaría morir, la dejaría padecer, sin padecer +ni morir con ella... ¡El parto! Crueldad inútil, peligro inmenso... para +nada: ¡qué estupidez! Las mujeres felices, las mujeres entregadas a la +alegría, al arte..., a... los barítonos..., las mujeres superiores, no +parían, o parían cuando les convenía, y nada más. ¡Parir! ¡Qué necedad! +¿Cómo no había previsto el caso? Se había dejado sorprender.... Pero, +¿quién hubiera temido?... Y su cólera, como siempre, iba a estrellarse +contra Bonis. El cual tuvo que desistir de sus ensayos de +enternecimiento a dúo con motivo del próximo y feliz suceso, porque +Emma, ni en broma, toleraba que se hablase del peligro que corría como +de acontecimiento próspero. + +Por fin llegó a ser una afectación inútil, ridícula, el negar la próxima +_catástrofe_, pues por tal la tenía ella. Emma dejó de apretarse el corsé, +dejó de defenderse; si en los primeros meses había sido poco ostensible +el embarazo, al acercarse el trance saltaba a la vista. No era _una +exageración_, decía Marta, pero era; allí estaba el _parvenu_, como le +llamaba ella en francés, riéndose con malicia, segura de que sólo +Minghetti podía entenderla. Sebastián le llamaba, también con risitas y +en sus coloquios maliciosos con Marta, el _inopinado_. + +La Valcárcel, los primeros días de su derrota, cogía el cielo con las +manos; no podía ya negar, pero protestaba. Mas aquella situación empezó +a ser tolerable; se fue acostumbrando a la idea del mal necesario, se +gastó el miedo, y por algún tiempo se quejó por rutina con un vago temor +todavía, pero como si el día de la _crisis_ se alejara en vez de +acercarse. La primera vanidad que tuvo no fue la de ser madre, sino la +de su volumen. Ya que _era_, que _fuera_ dignamente. Y ostentaba al fin, +sin trabas, con alardes de su estado, lo que quería ocultar al principio. +Además, notaba que su rostro no empeoraba; aquellos diez años que el día +del susto se le habían vuelto a la cara, ya no estaban allí; estaba +mejor de carnes; la tirantez de las facciones y el color tomado no la +sentaban mal, se veía lo que era, pero hasta parecía bien. +«Efectivamente, como ser, el estado era _interesante_». + +Pero estos consuelos eran insuficientes. De todas maneras, aquello era +una atrocidad preñada de peligros, de inconvenientes, de futuros +males... y de males presentes. + +Con Minghetti jamás hablaba de lo que se le venía encima. Era un tema de +que huían los dos en sus conversaciones. El barítono estaba contrariado, +sin duda alguna. Sentía despecho, que le hacía sonreír con cínica +amargura; se sentía metido en una atmósfera de ridículo. Si no fuera +porque no había tales contratas, porque _el mundo del arte_ le había +olvidado, acaso hubiera preferido dejar aquella vida regalada, sus +emolumentos de director de la Academia de Bellas Artes, _los gastos de +secretaría_, como le decía Mochi, antes de marchar... todo. Los amigos de +la casa, hasta Marta y hasta las de Ferraz, cada cual según su género, +hablaban con Gaetano del incidente de Emma con frases maliciosas, con +sonrisas medio dibujadas; y Minghetti disimulaba mal la molestia que le +causaba la conversación. «¡Qué discreto!», decían todos. «Así hacen +siempre los Tenorios verdaderos, los afortunados de veras». Nadie había +podido sorprender en Minghetti el menor gesto, siquiera, de jactancia. +Hasta se notó que miraba a Bonifacio con mayor respeto que nunca. En +efecto; se le había sorprendido muchas veces contemplando al marido de +Emma con extraña curiosidad, con una expresión singular, en que nadie +podría adivinar ni una ráfaga de burla. Era, en fin, decían todos, la +suma discreción. + +La única vez que Minghetti y Emma hablaron del embarazo, sirvió para +tormento de Bonis y del Sr. Aguado. Emma se empeño en que debía dar +baños de mar; era la época, y aquello todavía esperaría un poco; había +tiempo de ir y volver. Por aquel tiempo los baños de mar todavía no eran +cosa tan corriente como en el día. En el pueblo de Emma, aunque a pocas +leguas de la costa, era escaso el número de familias que buscaban el mar +por el verano. + +Emma, por lo mismo que la cosa era de _distinción_, se empeñó en ella. + +El médico no negaba que el baño de ola sería por lo menos inofensivo; +pero, según y conforme: la cosa podía estar más cerca de lo que se +creía, y en tal caso, sería una temeridad.... Pero lo peor no era eso..., +lo peor, lo verdaderamente peligroso, temerario, era el traqueo del +coche... viaje de ida y vuelta... por aquellos vericuetos, con aquellos +baches. ¡Absurdo! + +--Pero Minghetti ha dicho.... + +--Señora, Minghetti que cante sus arias y sus romanzas, pero que no se +meta en la Renta del Excusado. + +--Minghetti ha viajado.... + +--Sí; pero no en estado interesante. + +--No es eso. Digo que ha viajado, que ha visto mucho, y asegura que.... + +--Que las señoras _comm'il faut_ no deben parir. Sí; ya conozco la teoría. + +Contra los consejos de Aguado, los de Reyes fueron a baños. + +Bonis estuvo tentado a oponerse, a inaugurar aquella energía que estaba +decidido a poner en práctica en adelante, pues estaba asegurada, o poco +menos, la descendencia. Mas era tal la cólera que se pintaba en el +rostro de Emma en cuanto su esposo indicaba siquiera el deseo de que se +pesaran con detenimiento las razones del médico, que el infeliz Reyes +continuó aplazando su resolución de _tomar el mando de la casa_ y ser _el +marido de su mujer_ para después del parto. + +«No; no perdamos lo más por lo menos. No la irritemos; un malparto sería +una catástrofe horrorosa; la catástrofe de mis esperanzas, de mi vida +entera. Después del parto, ya hablaremos». + +«Pero Nepomuceno, Körner, el primo Sebastián, Marta, las de Ferraz, +Minghetti, no iban a parir; ¿por qué no se atrevía con ellos? ¿Por qué +no echaba de casa a los parásitos? ¿Por qué no ponía orden en los +gastos, y orden en las costumbres de su hogar, inundado por aquel +holgorio perpetuo?... Sobre todo, ¿por qué no se encerraba con +Nepomuceno y le decía:--¡Eh, eh, amiguito; hasta aquí hemos llegado! A +ver, por lo menos explíqueme usted eso de la ruina inminente...». + +«¿Por qué no se atrevía con el tío y con los amigos de la casa?». El +viaje a la costa vino a darle una tregua, que era todo un sofisma de la +voluntad. + +«Ahora nos vamos y no puedo yo ponerme al frente de todo eso. A la +vuelta, ¡oh!, lo que es a la vuelta, tendré una explicación con el tío». + +Lo único que había osado Bonis antes de irse a baños, había sido +olfatear un poco en los negocios de la familia. Tímidamente se atrevió a +proponer a Körner y al tío que le llevaran consigo a ver la fábrica, que +estaba a una legua de la ciudad, una legua de carretera llena de baches. +Nadie sospechó que el viaje fuera malicioso, un espionaje. La ineptitud +de Bonis para toda clase de negocio serio, industrial, económico, era +tal, que oía hablar al tío y al alemán como si fuera griego todo lo que +decían. Hablaban en su presencia del mal estado del _negocio antiguo_ sin +que comprendiera palabra. El negocio nuevo era otra cosa. Pero en ese no +tocaban pito los fondos Valcárcel, como los llamaba el ingeniero, +despreciándolos ya completamente. La fábrica de productos químicos +languidecía; lo de sacarles a las algas sustancia se había abandonado +casi por completo; _en teoría_, el negocio era infalible; en la _práctica_, +una calamidad. No se abandonaba por completo por tesón. El material +adquirido, a costa de grandes e improductivos sacrificios, de los _fondos +Valcárcel_, se empleaba en otras aplicaciones de tanteos aventurados, +locos, desde el punto de vista económico; en pruebas que le servían a +Körner para ensayar las novedades que veía en los periódicos técnicos, +pero que en el comercio, en el triste comercio español, sobre todo en +aquel rincón de España, sin comunicaciones apenas, sin ferrocarril +todavía, resultaban desastrosas, una locura. En estas aventuras de +romanticismo químico se empleaba poco dinero... porque ya no lo había; +no lo había del caudal que hasta entonces había provisto a todo. Pero la +industria nueva era otra cosa. Nada de vaguedades, nada de variedad de +ensayos sin contar con las salidas probables; esto otro era... una +fábrica de pólvora, la primera y única por entonces en la provincia. +Körner la dirigía como ingeniero, y Nepomuceno estaba al frente de la +Sociedad comanditaria que le daba el jugo crematístico. A los Valcárcel, +agotados, les habían dejado algo, muy poco, y sin saberlo ellos apenas. + +La fábrica de pólvora estaba implantada en los terrenos de la vieja, +como llamaban ya a la fábrica primitiva. No se sabía por qué para la +antigua industria se habían comprado tantas hectáreas; pero ello había +sido una fortuna... para la industria nueva, que, a bajo precio, había +podido adquirir lo que la fábrica de pólvora necesitaba y lo que a la +otra no le servía para nada. Aquel tejemaneje industrial y +administrativo en que por fas o por nefas siempre figuraban Körner y +Nepomuceno manejándolo todo, les había costado no pocas reyertas, y no +pocas componendas... y no pocos cuartos, por la necesidad de vencer +escrúpulos de la ley y de la Administración pública, representada por el +personal respectivo; pero hoy una comilona, mañana otra, regalitos, +palmadas en el hombro, recomendaciones y otros expedientes, habían ido +allanándolo todo. + +Bonis, en la visita a las fábricas, no sacó nada en limpio más que el +miedo invencible, que le tuvo ocupado el ánimo todo el tiempo que +permanecieron cerca de la pólvora. La idea de volar, mucho más verosímil +allí que a una legua lejos, no le dejó un momento. En cuanto a la +fábrica vieja, la de _productos químicos_--así, vagamente, en general--, no +le pareció tan en los últimos como creía. Pensaba ver una ruina +material, las paredes cuarteadas, la maquinaria podrida, las chimeneas +sin humo. No había tal cosa; todo estaba entero, casi nuevo, con vida, +había ruido, había calor, había, aunque pocos, operarios... ¿Dónde +estaba la ruina? No se atrevió a preguntar por ella, porque no quería +que los otros sospechasen que él sabía algo del estado del negocio. + +«Cuando volvamos de los baños y yo le pida cuentas al tío, averiguaré si +esto nos produce algo o nos arruina en efecto». + +Volvió, dando saltos como una codorniz, dentro del coche, y entró en la +ciudad, decidido a no plantear nunca por propia cuenta una industria tan +peligrosa como la de la pólvora. + +Körner y el primo Sebastián, de quien ahora estaba enamorado el tío +Nepomuceno, que le metió en sus negocios de muy buen grado, y haciéndole +que se interesara en ellos por motivos de lucro, notaron a un mismo +tiempo, y se comunicaron la observación, que hacía algunas semanas +Bonifacio oía muy atento sus conversaciones acerca de las fábricas, y +hasta rondaba las mesas del escritorio y miraba de soslayo los papeles +que traían y llevaban. + +--Ese imbécil parece que quiere enterarse--dijo Körner. + +--Sí, eso he notado. Pero, ¿no ve usted qué cara de estúpido pone? No +entiende una palabra. + +--Sí; pero... no me fío. Tiene miradas... así, como de espía. Hay que +espiarle a él también. + +Un día el tío, oyéndoles insistir en comentar la curiosidad inútil de +Reyes, se quedó pensativo. + +No dijo nada, pero se dedicó a observar también al sobrino por afinidad. +En la mesilla de noche de su alcoba vio unos libros que le dieron que +pensar. + +No eran versos, ni novelas, ni _psicologías lógicas y éticas_, que era lo +que solía leer Bonis. Allí estaba un tomo de _Los cien tratados_, +enciclopedia popular, que junto a un curso abreviado de la cría de +gallinas y otras aves de corral, mostraba un compendio de Derecho civil. +Sobre este tomo vio otro que decía: Laspra, _Práctica forense_, y otro con +el rótulo: _Código mercantil comentado_. + +¿Qué significaba aquello? + +Al día siguiente Ferraz, el magistrado alegre, encontró a Nepomuceno en +la calle, y le dijo: + +--¿Van ustedes a tener algún pleito? + +--¿Cómo pleito? ¿Con quién? + +--Lo digo porque todas las tardes veo a Bonifacio echar grandes párrafos +en La Oliva con el Papiniano de la quintana, con Cernuda el joven. + +--¡Hola! ¿Con que esas tenemos?--pensó don Nepo; pero se guardó de +decirlo. Y en voz alta, echando a broma el aviso, que en realidad le +había alarmado, dijo: + +--Pensará hacerse abogado y estará dando lección con Cernuda. Amigo, +ahora que va a ser padre, quiere ser un sabio; estudia mucho. + +Los dos rieron la gracia, y sobre todo la malicia. Pero a don Nepo otra +le quedaba. Lo de Cernuda era grave. Había que vivir prevenido. + +Körner, Marta, Sebastián y el tío aconsejaron a Emma que cuanto antes se +echase al agua. Minghetti vencía. Se buscó una carretela de buenos +muelles, se encargó que fuera al paso, y el matrimonio y Eufemia se +fueron a la orilla del mar. + +Emma quería sentir algo extraño con el movimiento del coche; esperaba de +aquel viaje imprudente una especie de milagro... natural. Que el hijo se +le deshiciera en las entrañas sin culpa de ella. Gaetano había dicho que +el viaje podría hacer fracasar el temido parto. La Valcárcel deseaba +abortar, sin ningún remordimiento. No era ella; era el traqueo, el +vaivén, las leyes de la naturaleza, de que tanto hablaba Bonis. + +El cual iba aburriendo al cochero con sus precauciones, con sus avisos +continuos. + +--¡Cuidado! ¿Eh? ¿Qué es eso? ¿Un bache? ¡Maldito brinco! Despacio..., al +paso, al paso..., no hay prisa... ¿Cómo te sientes, hija? ¡Estos +ingenieros de caminos! ¡Qué carreteras! ¡Qué país! + +Y Emma, ignorante del peligro, pensaba: «Sí, sí; el país, los +ingenieros; ríete de cuentos; las leyes, las leyes de la naturaleza, que +a ti te parecen inalterables y muy divertidas, esas, esas son las que te +van a dar un chasco...». + +Se quedó adormecida, y medio soñando, medio imaginando voluntariamente, +sentía que una criatura deforme, ridícula, un vejete arrugadillo, que +parecía un niño Jesús, lleno de pellejos flojos, con pelusa de melocotón +invernizo, se la desprendía de las entrañas, iba cayendo poco a poco en +un abismo de una niebla húmeda, brumosa, y se despedía haciendo muecas, +diciendo adiós con una mano, que era lo único hermoso que tenía; una +mano de nácar, torneadita, una monada.... Y ella le cogía aquella mano, y +le daba un beso en ella; y decía, decía a la mano que se agarraba a las +suyas: «Adiós... adiós...; no puede ser... no puede ser...; no sirvo yo +para eso. Adiós... adiós...; mira, las leyes de la naturaleza son las +que te hacen caer, desprenderte de mi seno.... Adiós, hija mía, manecita +mía; adiós... adiós.... Hasta la eternidad». Y la figurilla, que por lo +visto era de cera, se desvanecía, se derretía en aquella bruma +caliginosa, que envolvía a la criaturita y a ella también, a Emma, y la +sofocaba, la asfixiaba.... Abrió los párpados con sobresalto, y vio a +Bonis que, con la mirada de _Agnus Dei_, como ella decía, enternecida, +clavaba sus ojos claros en el vientre en que iba su esperanza. + +Llegaron sin novedad a la costa. Emma se bañó al día siguiente, con los +cuidados que el médico del pueblo, consultado por Bonis, aconsejó. Por +aquel doctor supo la Valcárcel, horrorizada, cuando se trató de dar la +vuelta a la ciudad, que lo que ella creía aborto, en aquellas +circunstancias podía ser mucho más peligroso que el parto en su día..., +porque ya sería otra cosa: un verdadero parto antes de la cuenta, pero +no aborto en rigor. Un sietemesino de vida precaria, y gran peligro y +grandes pérdidas de la madre... eso era lo que podía producir el viaje a +la ciudad si no se tomaban grandes precauciones. Emma chilló, cogió el +cielo con las manos, insultó a Bonis, y a Minghetti, y a D. Basilio, +ausentes. ¡Ella que creía engañar a la naturaleza! ¡Huía de un peligro y +buscaba otro mayor! Pero, ¿por qué no me lo han dicho en casa? + +--Pero, mujer, ¿no te advertimos Aguado y yo?... + +--Aguado hablaba de perder la criatura, no de perderme yo. ¡Dios mío! Yo +no me muevo; pariré aquí, en esta aldea... me moriré aquí... Yo no doy +un paso más.... + +Costó gran trabajo meterla en el coche. El médico del pueblo tuvo que +asegurarle bajo palabra de honor que él respondía de que no habría +novedad si se tomaban las medidas de precaución que él señalara.... Se +hizo todo al pie de la letra. Se pidió prestado su mejor coche a una +condesa de las cercanías; el cochero tuvo que jurar que los caballos no +darían un paso más largo que otro; el carruaje se llenó de almohadones. +Emma iba casi suspendida. Tuvo que confesar que no sentía el movimiento +apenas. Durante el viaje, que duró tres horas más que el de ida, se +durmió también, y se quedó con las manos apretadas sobre el vientre. +Cuando despertó, vio a Bonis con la mirada grave, de expresión intensa, +fija sobre el mismo sagrado bulto que oprimían los dedos de ella. Se lo +agradeció; sonrió al esposo que la ayudaba a no soltar antes de tiempo +la carga de sus entrañas, y le mostró, avergonzada de la caricia, como +siempre que tenía estas debilidades, le mostró su gratitud dándole un +suave puntapié en la espinilla. Y Bonis, que sentía lágrimas cerca de +los párpados, pensó: «Lo mejor sería amar al hijo... y amar a la madre». + +Al bajar del coche, junto al portal de su casa, Emma exigió que la +ayudasen dos, que habían de ser Bonis y Minghetti; se dejó caer sobre +ellos con todo su cuerpo, segura de no ser abandonada a su pesadumbre. +Después, mientras Bonis y D. Nepo y los demás que habían acudido a +recibirla daban órdenes para subir a casa el equipaje, ella emprendió la +marcha escalera arriba, colgada del brazo de Gaetano. En el primer +descanso se detuvo, respiró con dificultad, miró al barítono con fijeza, +y acabó por decir: + +--¿Y si me hubiera muerto en el camino... por culpa tuya? + +--¡Bah! + +--¡Sí, bah! Podía desangrarme; son habas contadas. + +--No, hija mía, no. Parirás sin dolor, y tendrás un robusto infante. + +Emma se puso muy encarnada. Minghetti, como distraído, le soltó el +brazo, y siguió subiendo, delante, sin más cortesía, con las manos en +los bolsillos del pantalón, silbando una cavatina con un silbido de +culebra, que era una de sus habilidades. La Valcárcel acabó de subir +sola, agarrada al pasamanos, y sujetando el vientre, como si temiera +parir en la escalera. + +Se acostó, e hizo venir a D. Basilio. Exigió un reconocimiento, del cual +resultó que no había novedad y que el tremendo trance de Lucina llegaría +por sus pasos contados, o no contados en aquella ocasión, a su debido +tiempo. + +Los de allá, como llamaban a Mochi y a la Gorgheggi, todos los de la +alegre compañía, escribieron preguntando con gran interés por la salud +de Emma. + +Minghetti era el encargado de aquella correspondencia por parte de los +de acá. A La Coruña iban pocas cartas; pero de La Coruña venían con +abundancia. Los ausentes sentían nostalgia de la _vita bona_ que habían +dejado. Serafina era la que más abusaba de la escritura. En una +hermosísima letra inglesa, escribía pliegos y pliegos de literatura +políglota; inglés, a veces, para las cosas más difíciles de decir, y que +se quedaban sin entender si no acudían Körner o Marta a traducirlas; +italiano a menudo, y por lo común español. Aun en castellano había +parrafillos que no comprendían los corresponsales de acá, no por las +palabras, sino por los conceptos. Eran alusiones disimuladas y de mucho +artificio que iban derechas al corazón y a los recuerdos de Bonis. Este, +a pesar de sus remordimientos, escribía de tarde en tarde a Serafina, +que se lo había exigido. Tenía la cantante una pasión verdadera por las +expansiones epistolares, y era muy capaz de mantener la constancia de +una llama amorosa, más o menos mortecina, a fuerza de acumular paquetes +de pleguezuelos perfumados llenos de letra menuda, cruzada como un +tejido sutil. Pero si Bonis había consentido en _continuar sus relaciones_ +por escrito, se había opuesto en absoluto a que la cómica le escribiese +a él directamente. Aunque era seguro que Emma había llegado a saber que +su esposo era o había sido amante de su amiga la Gorgheggi, y hacía la +vista gorda, al fin no había que estirar la cuerda; tal vez si se +desafiaba su dignidad de esposa burlada, pensaba y decía a su cómplice +Bonifacio, tal vez estallase la cuerda y hubiese una de _pópulo bárbaro_. +A esto había contestado Serafina con extraña sonrisa: «Pero si tu mujer +vive a lo gran señora, despreocupada, y sabe lo que es el mundo...». + +Esta idea de la tolerancia perversa de su mujer sublevaba los +sentimientos morales de Bonis; no admitía la hipótesis. «No; su mujer no +podía despreciarle ni despreciarse hasta ese punto». En fin, no +transigió. A él no se le podía escribir cartas de amor, que de fijo +caerían en poder de Nepomuceno y de Emma, porque de seguro no se le +respetaría la correspondencia, como no se le respetaban los demás +derechos individuales. La Gorgheggi tuvo que resignarse, y se contentaba +con escribir no sólo a Minghetti, en su nombre y el de Mochi, sino a +Emma, su carísima amiga; y hasta en las cartas a esta había +contestaciones veladas, intercaladas con un disimulo que revelaba +grandísimo arte, a los más esenciales conceptos de las escasas cartas de +Bonis. Cuando el futuro padre vio aquellos pliegos en que se aludía al +próximo alumbramiento de su mujer, y se aludía con misteriosas +oscuridades, que no eran contestación a nada de lo que él había escrito, +y más parecían malicias inextricables, sintió hasta repugnancia moral, y +cortó por lo sano. Dejó de escribir a Serafina. «Así como así, todo +aquello tenía que concluir pronto. En cuanto naciese el hijo». Más hubo. +Reyes se hizo supersticioso a su manera; y si bien desechó por absurda, +aunque simpática y bella, la idea de hacer una promesa a la Virgen del +Cueto, imagen milagrosa de las cercanías, decidió _sacrificar_ al buen +éxito del parto todos sus vicios, todos sus pecados. «La estricta +moralidad, pensó, será para mí, como si dijéramos, Nuestra Señora del +Buen Parto». Hizo examen de conciencia, y no encontró más pecado gordo +que el de las cartas adúlteras. Suprimió las cartas. Serafina, a las +pocas semanas, se quejó con el esoterismo epistolar de costumbre; pero +Bonis no se dio por enterado, y acabó por no leer siquiera las cartas +que venían de la Coruña primero, y después de Santander. Así es que +supo, porque la misma Emma se lo dijo, y se lo dijo después Minghetti, +que Serafina estaba en situación poca halagüeña, pues trueno tras de +trueno, Mochi, aburrido, se había marchado a Italia sin un cuarto, pero +lleno de deudas; y ella, su amiga y discípula, quedaba en Santander sin +contrata, sin dinero y con fundados temores de que su maestro y babbo +espiritual no volviera a buscarla, aunque se lo había prometido. + +Minghetti y Emma, que con el miedo a morirse a plazo fijo se sentía muy +caritativa y compadecía mucho las desgracias ajenas a ratos perdidos, +trataron en conferencia cómo se podía proteger a Serafina de modo +compatible con la dignidad de la cantante. Se consultó con el tío +también, y este no ocultó la frialdad con que acogía aquel interés que +se tomaba su sobrina por la protegida de Mochi. Dijo, secamente, que no +se podía hacer nada por ella, ni con dignidad, ni sin dignidad, puesto +que de todas suertes había de ser sin dinero. + +A Bonis no se le habló de estos proyectos de socorro; primero, por la +inveterada costumbre de no contar con él para nada; y después, porque +tanto a Minghetti como a Emma se les ocurrió, sin comunicárselo, que era +demasiada desfachatez y falta de aprensión tratar con Bonifacio de +semejante negocio. + +Un día, cuando según los cálculos más probables, ya se aproximaba la +_catástrofe_ que horrorizaba a la Valcárcel, y en opinión de don Basilio +se debía estar preparado a tenerla encima de un momento a otro, Reyes se +encontró en el portal de su casa, al salir, con el cartero. No traía más +que una carta. + +--Para usted es, señorito--dijo el hombre con voz solemne, como dando gran +importancia a lo extraordinario del caso. + +--¡Para mí!--Bonis se apoderó del papel como de una presa, como si se lo +disputaran; miró azorado a la escalera y hacia la calle temiendo que +aparecieran testigos; y cuando ya el cartero tomaba la puerta, le dijo +asustado, temblando ante el temor de que no se le hubiera ocurrido +llamarle: + +--Oiga usted, cartero.... El cuarto, el cuarto, hombre. + +--No, señorito; no es puñalada de pícaro; otro día cobraré. + +--No, no; si tengo yo. Tome usted. Las cuentas claras. Tome usted.--Y le +entregó una pieza de dos cuartos. + +--Sobra uno, señorito; queda en cuenta, ¿eh?, para mañana. Ya que usted +es tan puntual, yo también.... + +--¡No, no!, de ninguna manera. Quédese usted con el otro o delo a un +pobre. + +El cartero se fue riendo. + +--Riéndose va de mí--pensó Bonis--; ¡creerá que he querido comprar su +silencio con dos maravedís! + +No había leído el sobre de la carta, que guardó azorado en el bolsillo. +Pero no necesitaba leer nada. Estaba seguro; era de Serafina. En efecto; +en el café de la Oliva leyó aquel pliego, en que la Gorgheggi se le +quejaba como una Dido muy versada en el estilo epistolar. ¡Qué +elocuencia en los reproches! Toda aquella prosa le llegó al alma. Se +quejaba de su largo silencio; sabía, por las cartas de Emma, que él, +Bonis, ya no leía las suyas, las de su _querida_ Serafina. Por eso sin +duda no la había ofrecido ni un consuelo en la terrible situación a que +había llegado. Tal vez él no creía en tal penuria; tal vez, como un +miserable, pensaba que ella podía entregarse a cierta clase de +aventuras, que le facilitarían suficientes medios para vivir en la +abundancia. Pues, no, no. Creyéralo o no, ella no podía dejar de volver +los ojos a la vida tranquila, serena, que él la había enseñado a +preferir, penetrando sus verdaderos goces. + +Venía a decirle, a su modo, con muchas frases románticas, pero con +sinceridad, por lo que al presente se refería, que aquel tiempo pasado +en el pueblo de Bonis la había transformado, y no podía lanzarse a la +vida alegre en que su hermosura la prometía triunfos y provecho. +Ocultaba, como siempre, las aventuras antiguas, pero no mentía en cuanto +a la actualidad. + +En la Coruña, en Santander, había resistido a todas las seducciones del +dinero, únicas que, en verdad, se le habían presentado. Pudo tener +amantes ricos, y no quiso. + +Era fiel a Bonis como una buena casada que no ama a su esposo, pero le +respeta, le estima, y estima y respeta, sobre todo, la honradez. A +Serafina le había sabido a gloria la vida de señora de pueblo que había +hecho junto a Reyes; de una señora con unas relaciones prohibidas, eso +sí, pero sólo aquellas. + +«El maestro, seguía diciendo la carta, ha prometido volver a buscarme en +cuanto haya una contrata aceptable; pero el tiempo vuela, yo me +desespero. Mochi no viene, y estoy delicada, nerviosa, muy triste... y +muy pobre. La voz, además, se me va a escape; el teatro empieza a darme +miedo; he recibido ciertos desaires, disimulados, del público, que me +han sabido al hambre futura, al hospital en lontananza. No te pido un +asilo; no te pido una limosna. Pero me voy cerca de ti. Quiero ser +_burguesa_. En tu casa, a tu lado, aprendí a serlo, a mi manera. Aquella +paz del alma de que me hablabas tantas veces la necesito yo también. Eso +y un poco de pan... y un poco de patria, aunque sea prestada. Le he +tomado cariño a ese rincón tuyo, como se lo tuve en otro tiempo a aquel +otro rincón verde de Lombardía de que te hablaba yo, cuando tú me +adorabas como a la _madonna_. Ya sé que el amor no es eterno. No te pido +amor, te pido amistad, cierto cariño que no niegan los esposos menos +fieles a su mujer. Y tampoco les niegan un asilo. Yo no puedo vivir en +tu casa; pero puedo vivir en tu pueblo. A lo menos por algún tiempo: +déjame ir. Ahora necesito descansar. Estoy enferma por dentro, por muy +adentro. Desquiciada. Necesito ver caras amigas. Tú no sabes qué pena es +no tener patria verdadera cuando el cuerpo se fatiga, quiere descanso y +el alma pide paz y vivir de recuerdos. Yo antes no pensaba así. Pero tú, +tus manías de moral estrecha, hasta tu caserón vetusto con sus aires +tradicionales, señoriles, todo eso se me ha metido por el alma. Algunas +veces te oí decir que nosotros, los pobres cómicos, os habíamos pegado a +ti y a los tuyos nuestras costumbres alegres, despreocupadas. Todo se +pega. También a mí me habéis pegado vosotros, tú, tú, Bonis, sobre todo, +vuestras preocupaciones y vuestro temor de la vida incierta, peregrina. +Esto de que le lleve a uno el viento de un lado a otro, es terrible. Voy +a verte. Además, esto, Bonis, _voy a verte_. A ti ya no te importa. Pero a +mí... todavía sí. Yo no soy tu mujer; pero tú eres mi marido. No tengo +otro. Si yo hubiera sido la hija mimada del abogado Valcárcel, la +bendición que santificó tus amores con otra hubiera caído sobre mí. No +des al azar más importancia que tiene. Ya sabes cómo soy; el mejor día +estoy contigo. ¿Me cerrarás tu puerta? ¿Manda eso la moral que usas +ahora? A ti te quiere todavía mucho, Bonifacio Reyes, te quiere, +SERAFINA». + +Bonifacio no dudó un momento de la sinceridad de tanta prosa. Sintió +lástima infinita, amor retrospectivo; la voluptuosidad antigua, evocada +por los recuerdos, se purificaba. Se vio desorientado dentro de la +conciencia, la brújula del deber le daba vueltas en la cabeza como una +loca. Él debía algo también a Serafina. Si ella le había corrompido el +corazón, el tálamo, él le había pegado a ella aquellos instintos de vida +ordenada, pacífica, honrada. Y además... le pedía pan la que le había +hecho feliz. + +«¡Sofismas, sofismas!--le gritaba de repente el _hombre nuevo_, como él se +decía--. Voy a ser padre, y en la casa en que nazca mi hijo no pueden +entrar queridas de su padre. Se acabaron las queridas... y, sobre todo, +se acabó el dinero. Yo no gastaré ya un cuarto en cosa que no le importa +a mi hijo. Todo por él, todo por él. Y se acabó. No hay que darle +vueltas. Esto es ser cruel. Esto es ser egoísta. Bueno. Egoísta por mi +hijo. No me repugna. Por él, cualquier cosa. Me agarro a lo absoluto. El +deber de padre, el amor de padre, es para mí lo absoluto». + +Estas frases y otras por el estilo no imperaban siempre en el alma de +Reyes. Desde que llegó la carta de Serafina fue la existencia de Bonis +de lucha continua consigo mismo; una batalla perenne, como tantas otras +que se había dado a sí propio, siempre derrotado. + +Serafina llegó; se presentó en el caserón de los Valcárcel, fue bien +recibida por Emma, por Nepo, por Sebastián, por Marta, por todos, y +Bonis no tuvo valor para mostrarse esquivo. Lo que no hizo fue oficiar +de amante, ni Serafina mostró deseos de reanudar las relaciones, por lo +pronto. Él, sin embargo, se acordaba de lo que decía la carta sobre el +particular. Los ojos de la Gorgheggi parecían recitar con sus miradas el +final de la epístola; pero los labios no decían nada de tales ternezas. +Tampoco le tocó la cuestión espinosa y delicada de los _alimentos_, que +parecía reclamar la antigua querida. + +La cantante dijo que venía a esperar a Mochi, que le había ofrecido +volver a su lado para llevarla contratada a América. No pidió nada a +nadie. Vivía modestamente en su antiguo cuarto de la Oliva. La visitaban +Minghetti, Körner, Sebastián y otros amigos antiguos. Bonis no la veía +más que en su propia casa, es decir, en casa de su mujer. Ella no se +quejaba de esta conducta. No hacía más que mirarle con ojos amantes en +cuanto había ocasión de verse solos. + +Reyes estaba satisfecho de su entereza. Había sentido mucho, mucho, al +ver en su presencia a la tiple.... Pero se había contenido pensando en su +futuro _sacerdocio_ de padre. Aquella lucha en que esta vez iba +venciéndose a sí mismo, le parecía una iniciación en la vida de virtud, +de sacrificio, a que se sentía llamado. Con la energía empleada en esta +violencia hecha a la pasión antigua, daba por gastada toda la fuerza de +su pobre voluntad, y se perdonaba, con pocos escrúpulos, los +aplazamientos y prórrogas que iba dando a lo de las cuentas del tío. Sí, +pensaba explicarse; pensaba plantear la cuestión... pero pasaban los +días y no hacía nada. Nada entre dos platos. Leía Derecho civil, leía un +Código de comercio que tenía por apéndice un tratado de teneduría de +libros; consultaba con Cernuda el joven, elocuente abogado y... nada +más. El tío se preparaba sin duda. Esperaba una acometida. ¡Oh! ¡Bien +sabía Bonis que Nepo tendría armas con que defenderse! Por eso tomaba +vuelo; por eso daba largas al asunto... por eso, valga la verdad, le +temblaban las piernas cada vez que se decía: «Hoy mismo llamo aparte al +tío y le digo...». + +¡Pero si no sabía lo que había de decirle siquiera! Una tarde llegó el +cartero con dos cartas del correo interior. Una era de Serafina, que no +había parecido por casa de Emma hacía tres o cuatro días; escribía esta +vez a Bonis, sin acordarse de lo tratado, que era no escribirle a él, y +le decía que se sentía mal y con disgustos repugnantes por causa de una +letra de Mochi, que no había llegado. Le pedía consuelo, una visita y.... +algunos duros adelantados. Lo sentía infinito, pero el fondista de la +Oliva le había herido el amor propio, la había ofendido, y quería pagar +para tener derecho de dejar aquella posada, y decirle al grosero que no +sabía tratar con una dama, sola, sin un hombre que la defendiera. + +Ante esta misiva, los primeros impulsos de Bonis fueron dignos de un +Bayardo y de un Creso, en una pieza. Por un momento se olvidó de su +_sacerdocio_ y se vio en el _terreno_ atravesando al huésped de la Oliva de +una estocada, y arrojándole a los pies un bolsillo de malla, como los +que usaba Mochi en las óperas.... Pero la letra contrahecha de la otra +carta le llamó la atención: rompió el sobre y leyó de un golpe, ¡y qué +golpe!, el contenido del anónimo, pues lo era. No decía más que esto: +«¡Ladrón! ¡Sacrílego! ¿Dónde están los siete mil reales devueltos en el +confesonario por un pecador arrepentido?». + +Bonis, que estaba en su alcoba, se dejó caer sentado sobre la colcha de +flores azules de su humilde lecho. Sintió un sudor frío, la garganta +apretada. + +«¡Me estoy poniendo malo!» se dijo. Pero de repente olvidó su mal, el +anónimo, todo, porque Eufemia entró gritando, corriendo; tropezó con las +rodillas de Bonis, y exclamó: + +--¡Señorito, señorito!... La señorita está con los dolores. + +Bonis saltó como un tigre, corrió por salas y pasillos, con una bota y +una zapatilla, tal como le habían sorprendido las cartas malhadadas, y +llegó al gabinete de su esposa en pocos brincos. + +Horrorizada, con cara de condenado del infierno, Emma se retorcía +agarrada con uñas de hierro a los hombros y al cuello de Minghetti, que +no había tenido tiempo para levantarse de la banqueta del piano. Estaba +él cantando y acompañándose, según costumbre, cuando su discípula lanzó +un chillido de espanto, sorprendida y horrorizada por el primer dolor +del parto próximo. Se había agarrado al maestro y amigo, no sólo con el +instinto de toda mujer en trances tales, sino como dispuesta a no morir +sola, si de aquello se moría; decidida a no soltar la presa esta vez y +llevarse consigo al otro mundo al primero que cogiera a mano. + +Al presentarse Bonis, hubo en los tres un movimiento que pareció +obedecer al impulso de un mismo mandato de la conciencia; Emma soltó el +cuello y el hombro de Gaetano; este dio un brinco, separándose de Emma, +y Reyes avanzó resuelto, con ademán de reivindicación, a ocupar el sitio +de Minghetti. Emma se agarró con más ansia, con más confianza al robusto +cuello y al pecho de su marido, que sintió en el contacto de las uñas y +en el apretón fortísimo, nervioso, una extraña delicia nueva, la +presencia indirectamente revelada del ser que esperaba con tanto deseo. +Aquello era él, sí, él, el hijo que estaba allí, que se anunciaba con el +dolor de la madre, con esa solemnidad triste y misteriosa, grave, +sublime en su incertidumbre, de todos los grandes momentos de la vida +natural. + +En el apretar desesperado de Emma a cada nuevo dolor, Bonis sentía, +además de los efectos naturales de la debilidad femenina en tal apuro, +además de _meros fenómenos fisiológicos_, el carácter de la esposa; veía +el egoísmo, la tiranía, la crueldad de siempre. Un tanto por ciento de +aquel daño que Emma le hacía al apoyarse en él, y como procurando +transmitirle por el contacto parte del dolor, para repartirlo, lo +atribuía Bonis al deseo de molestarle, de hacerle sufrir por gusto. + +--¡Que me muero, Bonis, que me muero!--gritaba ella, encaramada en su +marido. + +El peso le parecía a él dulce, y la voz amante. Buscó el rostro de Emma, +que tenía apoyado en su pecho, y encontró una expresión como la de +Melpómene en las portadas de la _Galería dramática_. Los ojos espantados, +con cierto extravío, de la parturiente, no expresaban ternura de ningún +género; de fijo ella no pensaba en el hijo; pensaba en que sufría nada +más, y en que se podía morir, y en que era una atrocidad morirse ella y +quedar acá los demás. Padecía y estaba furiosa; tomaba el lance, en la +suprema hora, como un condenado a muerte, inocente, pero no resignado y +apegado a la vida. Hubo un momento en que Bonis creyó sentir los +afilados dientes de su mujer en la carne del cuello. + +Minghetti había desaparecido del gabinete con pretexto de ir a avisar a +más señores. + +En efecto; poco después se presentaba el primo Sebastián, pálido; y a +los cinco minutos Marta, muy contrariada, porque aquello podía retrasar +algunos días su _próximo enlace_, y tal vez el bautizo eclipsara la boda. +Se creería, por su modo de mirar la escena, que se habían dado garantías +de que Emma no pariría hasta después de casarse ella. Por fin se +presentó Nepomuceno, acompañado del médico antiguo, del partero insigne; +porque, con perdón de D. Basilio, Emma le tenía guardada aquella +felonía; hasta el día del trance, Aguado; pero en el momento crítico, si +la cosa no venía muy torcida, el otro. Quería parir con el milagroso +comadrón popular, a quien jamás se le moría ninguna cliente. Damas y +mujeres del pueblo tenían más fe en aquel hombre que en San Ramón. Las +que morían, morían siempre en poder de los tocólogos sin prestigio +sobrenatural. El comadrón insigne sabía llamar a tiempo a sus colegas. A +falta de ciencia, tenía conciencia, y de camino ayudaba a la leyenda que +le hacía infalible. + +Bonis, que siempre había defendido a los tocólogos de la ciudad y +atacaba con dureza la fama milagrosa del gran comadrón, al ver entrar a +este se sintió contaminado de la fe general. Que perdonaran la ciencia y +el señor Aguado... pero él también se sentía lleno de confianza en +presencia de aquel ignorante tan práctico, por más que un día lejano le +había condenado a él falsamente a la esterilidad de su mujer. Aquel era +el falso profeta que le había arrancado la esperanza de ser padre, a +llegar a la dignidad que le parecía más alta. Fuera como quiera, don +Venancio entró, como siempre, dando gritos; riñendo, declarando que no +respondía de nada porque se le llamaba tarde. No saludó a nadie; separó +a Reyes de un empujón del lado de su esposa; a esta la hizo tenderse +sobre el lecho, y en las mismas narices del pasmado Bonis, le pidió tal +clase de utensilios, que a él, el padre futuro, se le figuró que lo que +el ilustre comadrón exigía eran materiales para fabricar un cordel con +que ahogarle al hijo. + +Sebastián, escéptico en todo desde que había dejado el romanticismo y +engordado, se sonreía, asegurando en voz baja que la cosa no era para +tan pronto. + +D. Venancio se apresuraba, tomando medidas con ademanes de bombero en +caso de incendio. Siempre hacía lo mismo. Sebastián le había visto en +muchas ocasiones, que no eran para referirlas. + +Marta creyó que en el papel de niña inocente que la había tocado en +aquella comedia, había esta acotación: Vase. Y se retiró al comedor, +donde encontró a Minghetti, que mojaba bizcochos en Málaga. No estaba +alegre como solía. + +Desde allí se oían, de tarde en tarde, los gritos de Emma como si los +diera con sordina. + +Marta miraba al italiano con curiosidad maliciosa. «¡Cosas del mundo!» +pensaba la alemana, que en el fondo, para sus puras soledades, era más +escéptica que Sebastián. «¡Este aquí como si nada le importara, y el +otro infeliz!...». Minghetti seguía mojando bizcochos y bebiendo Málaga. +Acabó por fijarse en la mirada insistente y expresiva de Marta. Tomó el +rábano por las hojas, y acercándose a la rozagante alemana, cuando ella +creía que le iba a revelar un secreto, a hacer alguna íntima +confidencia..., la cogió por el talle y le selló la boca con un beso +estrepitoso. + +El grito de Marta se confundió con otro de los lejanos que lanzaba la +parturienta. + + + + +-XVI- + + +«¡Iba a ser padre!» A tal idea, en su cerebro estallaban las frases +hechas como estampidos de pólvora en fuegos de artificio. Con gran +remordimiento notaba Reyes que su corazón tomaba en el solemne suceso +menos parte que la cabeza... y la retórica. Aquella _dignidad nueva_, la +primera, en rigor, de su vida, a que _era llamado_, ¿por qué le dejaba, en +el fondo, un poco frío? Sobre todo, ¿por qué no amaba todavía al hijo de +sus entrañas, en cuanto hijo, no en cuanto _concepto_?... «¿Hijo o hija? +Misterio--pensó Bonis, que en aquel instante dudaba de la sanción que la +realidad presta a las corazonadas--. Tal vez hija; aunque, ¡Dios no lo +quiera! Misterio». + +Y levantó el embozo de la cama, y se metió entre sábanas. + +Aquello de acostarse, siquiera fuese por pocas horas, le parecía algo +como una _abdicación_. «Era el papel de esposo, llegado el trance del +alumbramiento, demasiado pasivo, desairado». Bonis tenía comezón de +hacer algo, de intervenir directa y eficazmente en aquel negocio, que +era para él de tan grave importancia. + +Más era: aunque la razón le decía que en casos tales todos los maridos +del mundo tenían muy poco que hacer, y que todo era ya cosa de la madre +y del médico, se le antojaba que él estaba siendo allí todavía más +inútil que los demás padres en igual situación; que se le arrinconaba +demasiado, que se prescindía demasiado de él. + +Sin embargo, lo que le había dicho D. Venancio no tenía vuelta de hoja. + +--Usted, amigo Bonifacio, a la cama; a la cama unas cuantas horas, porque +esto puede ser largo, y vamos a necesitar las fuerzas de todos; y si no +descansa usted ahora, no podrá servir como tropa de refresco cuando se +necesite. + +«Bien; esto era racional». Por eso se acostaba, porque él siempre se +rendía a la razón y a la evidencia, y pensaba rendirse aún más, si +cabía, ahora que iba a ser padre y tenía que dar ejemplo. Pero lo que no +tenía razón de ser era el despego de todos los demás, Emma inclusive, y +las miradas y gestos de extrañeza con que recibían sus alardes de +solicitud paternal y marital todos los que andaban alrededor de su +mujer. Doña Celestina, la matrona matriculada, que había venido por +consejo de D. Venancio; el marido de la partera, D. Alberto, que también +andaba por allí; Nepomuceno, Marta, Sebastián y hasta el campechano +Minghetti, si bien este le miraba a ratos con ojos que parecían revelar +cierto respeto y algo de pasmo. + +Recapacitando y atando cabos, Bonis llegó a recordar que Serafina misma +le había querido dar a entender, de tiempo atrás ya, que el nacimiento +de su hijo, el de Bonis, era cosa que no debía tomarse con calor; el +mismísimo Julio Mochi, en cierta carta escrita meses antes desde la +Coruña, le hablaba del asunto y de su entusiasmo paternal con una +displicencia singular, con palabras detrás de las cuales a él se le +antojaba ver sonrisas de compasión y hasta burlonas. Pero, en fin, lo de +Serafina y lo de Mochi podían ser celos y temor de perder su amistad y +protección. Serafina veía, de fijo, en _lo que_ iba a venir un rival, que +acabaría por robarla del todo el corazón de su ex amante, de su buen +amigo... «¡Pobre Serafina!». No, no había que temer. Él tenía corazón +para todos. La caridad, la fraternidad, eran compatibles con la moral +más estricta. Sin contar con que... francamente, aquello del amor +paternal no era cosa tan intensa, tan fuerte, como él había creído al +verlo de lejos. ¡Ca! No se parecía a las grandes pasiones ni con cien +leguas. ¿Dónde estaba aquella íntima satisfacción egoísta que acompaña a +los placeres del amor y de la vanidad halagada? ¿Dónde aquel sonreír de +la vida, que era como el cuadro que encerraba la dicha en los momentos +sublimes de la pasión? + +Esto era otra cosa; un sentimiento austero, algo frío, poético, eso sí, +por el misterio que le acompañaba; pero más tenía de solemnidad que de +nada. Era algo como una investidura, como hacerse obispo; en fin, no era +una alegría ni una _pasión_. + +Y daba vueltas Bonis en su lecho, impaciente, como en un potro, +conteniéndose tan sólo por cumplir el racional precepto de D. Venancio. + +«Claro, hay que descansar; puede parir esta noche, o no parir hasta +mañana... o hasta pasado. Pueden ser todos estos gritos falsa alarma. +¡Buena es ella! Si no fuera porque don Venancio ha tocado la criatura.... +todavía me escamaba yo. Pero, de todas suertes, Emma es capaz de +quejarse de los dolores un mes antes de lo necesario. Sí, durmamos. +Puede esto ir para largo y tener que velar mucho.... Si me dejan esos +intrusos. Lo que extraño es que Emma, que siempre me ha tenido por +enfermero, y casi casi por mesilla de noche, no me llame ahora a su +lado. ¡Mujer más rara! Y ahora que yo la ayudaría con tanto gusto». + +El calorcillo de las sábanas, que empezaba a sonsacarle el sueño, +inclinándole a las visiones vagas, a la contemplación soporífera de +imágenes y recuerdos halagüeños, le hizo pensar, suspirando: + +--¡Si hubiese sido mi mujer Serafina, y este hijo suyo, y yo algo más +joven! + +Como si el pensar y el desear así hubiera sido una navajada, allá en sus +adentros, no sabía dónde, Bonis sintió un dolor espiritual, como una +protesta, y en los oídos se le antojó haber sentido como unas +burbujillas de ruido muy lejano, hacia el cuarto de su mujer; una cosa +así como el lamento primero de una criaturilla. + +--¡Dios mío, si será!...--Sin querer confesárselo, sintió un remordimiento +por lo que acababa de pensar, y la superstición le hizo creer que su +hijo nacía en el mismo instante en que el padre renegaba en cierto modo +de él y de su madre. + +--¡Alma de mi alma!--gritó Bonis, echándose de un salto al suelo--; ¡sería +eso como nacer huérfano de padre! ¡Hijo mío! ¡Emma, Emma, mujercita mía! + +Se abrió la puerta de la alcoba, y antes que nada, Bonifacio oyó +distinto, claro, el quejido sibilítico de un recién nacido. «¡Su propia +carne volvía a nacer llorando!». + +--¡Un niño, tiene usted un niño, señor!--gritaba Eufemia, que entraba como +un torbellino y llegaba hasta tocar al pasmado Bonis, sin reparar en que +estaba el señorito en camisa en mitad de la alcoba. Ni ella ni él veían +esto; la criada estaba entusiasmada, enternecida; Bonis se lo agradecía +en el alma, mientras se ponía los pantalones al revés y tenía que +deshacer la equivocación, temblando, anhelante, dudando si romper una +vez más con lo _convencional_ y echar a correr en calzoncillos por la casa +adelante. Pero no; se vistió a medias, y tropezando con paredes, y +puertas, y muebles, y personas, llegó al pie del lecho de su esposa. + +En el regazo de doña Celestina vio una masa amoratada que hacía +movimientos de rana; algo como un animal troglodítico, que se veía +sorprendido en su madriguera y a la fuerza sacado a la luz y a los +peligros de la vida; Bonis, en una fracción de segundo, se acordó de +haber leído que algunos pobres animalejos del mar, huyendo de sus +enemigos más poderosos, se resignaban a vivir escondidos bajo la arena, +renunciando a la luz por salvar la vida: en prisión eterna por miedo del +mundo. Su hijo le pareció así. ¡Había tardado tanto! Se le figuró que +nacía a la fuerza, que se le hacía violencia abriéndole las puertas de +la vida.... + +--¡Coronado, Bonis, coronado!--decía una voz débil y mimosa, excitada, +desde la cama. + +Bonis, sin entender, se acercó a Emma y le dio un abrazo, llorando. + +Emma lloraba también, nerviosa, muy débil, demacrada, convertida en una +anciana de repente. Se apretó al cuello de su marido con la fuerza con +que ella se agarraba a la vida, y como quejándose, pero sin la voz agria +de otras veces, siguió diciendo: + +--¡Coronado, Bonis, coronado, ¿sabes?, estuvo coronado! + +--¡Claro, como que nació de cabeza!--gritó D. Venancio, que estaba al otro +lado del lecho, con los brazos remangados, con algunas manchas de sangre +en la camisa y en el levitón, sudando, muy semejante a un funcionario +del Matadero. + +--¡Pero estuvo mucho tiempo coronado..., Bonis! + +--Sí, siglos--dijo el médico. + +--A ti no se te dijo; se te hizo marchar; pero hubo peligro, ¿verdad, D. +Venancio? + +--Pero, hija mía, si acababa de acostarme.... + +--Sí; pero hace mucho tiempo que la cosa estaba próxima... estaba +coronado... y no se te decía por no asustarte... ¡hubo peligro!... + +Y Emma lloraba, con algún rencor todavía contra el peligro pasado, pero +más enternecida por el placer de vivir, de haberse salvado, con el alma +llena de un sentimiento que debía ser de gratitud a Dios y no lo era, +porque ella no pensaba en Dios; pensaba en sí misma. + +--Vaya, vaya, menos charla--gritó D. Venancio; y escondió con el embozo +los hombros de Emma. + +--Y ahora, ¡cuidado con dormirse! + +--No, hija mía, dormir, no; eso sí que sería peligroso--exclamó Bonis con +un escalofrío. La idea de la muerte de su mujer se le pasó por la +imaginación como un espanto. ¡Morir ella! ¡Quedar él sin madre! Y se +volvió a su hijo, que lloraba como un profeta. + +¡Oh portento! En aquel instante vio en el rostro del recién nacido, +arrugado, sin gracia, lamentable, la viva imagen de su propio rostro, +según él lo había visto a veces en un espejo, de noche, cuando lloraba a +solas su humillación, su desventura. Se acordó de la noche que había +muerto su madre; él, al acostarse, desolado, se había visto en el espejo +de afeitarse, distraído, por hábito, para observar si tenía ojeras y la +lengua sucia, y había notado aquella expresión tragicómica, aquella cara +de mono asfixiándose, que era tan diferente de la que él _creía poner_ al +sentir tanto, de modo tan puro y poético. Aunque era de facciones +correctas, llorando se _ponía_ muy feo, muy ridículo, con un gesto +parecido al que daba a su cara la música más sentimental, interpretada +en la flauta de Valcárcel. Su hijo, su pobre hijo, lloraba así: feísimo, +risible y lamentable también. Pero... ¡era su retrato! Sí, lo era con +aquella expresión de asfixia. Después, al serenarse un poco, gracias a +un trago de agua azucarada, que debió de parecerle una inundación +agradable, hizo una mueca con boca y narices, que llevó a Bonis al +recuerdo del abuelo. «¡Oh, como mi padre! ¡Como yo en la sombra!». + +Y al mismo tiempo que sentía como un descanso espiritual, y un orgullo +animal, de macho, el remordimiento de haber engendrado le punzaba con +los primeros dolores de la paternidad, que van formando, por aglomerados +de sobresaltos, penas extrañas, que lastiman como propias, la santa +caridad del amor a los hijos. + +La conciencia le decía a Bonis: «Ya no volveré a estar alegre, sin +cuidados; pero ya no seré jamás infeliz del todo... si me vive el hijo». +El mundo adquiría de repente a sus ojos un sentido sólido, positivo; se +hacía él más de la tierra, menos de lo ideal, de los ensueños, de las +nostalgias celestiales; pero también la vida se hacía más seria; seria +de una manera nueva. + +El niño seguía llorando, a pesar de que ya tenía un abrigo, unas +mantillas bordadas y muy limpias, que a Bonis le parecían impropias de +la solemnidad del momento y muy incómodas. «¡Oh, sí; se parecía a él +en... el gesto, en el modo de quejarse de la vida! Podrían no ver los +demás aquella semejanza; pero él estaba seguro de ella, como de una +contraseña. Era el hijo de sus entrañas, tal vez también de sus +cavilaciones y de sus _sensiblerías_, no sospechadas por el mundo, ni aun, +en rigor, por Serafina». + +Algunas horas después, cuando había desaparecido de allí D. Venancio y +todo el aspecto de matanza, o por lo menos de cosa sucia que tenían +aquellos grandes lances vistos de cerca, Bonis consintió que Emma +volviera a hablar largo y tendido, y hasta intervinieron en la +conversación los parientes y amigos. + +¡Qué de recuerdos evocaba la de Valcárcel! Pero todos eran de la línea +materna. Resucitaba en ella la antigua manía patronímica y gentilicia. + +--¡Tío, tío! ¡Sebastián, Sebastián! A ver: ¿a quién se parece Antonio? + +--¿Quién es Antonio?--preguntó Marta. + +--Pues, hija, el amo de la casa: mi hijo. Se llama Antonio, para mis +adentros, desde el momento en que yo tuve cabeza para pensar en algo que +no fuese el peligro y el dolor. + +--Pues se parece--dijo Sebastián--, al héroe de las Alpujarras... a su +tocayo don Antonio Diego Valcárcel y Merás, fundador de la noble casa de +los Valcárcel. + +--Y que no lo digas en broma. Que traigan el retrato y se verá.--Y no hubo +más remedio. Entre dos criados y Sebastián descolgaron al ilustre abuelo +restaurado, y se le cotejó con el hijo de Bonis, que la madre sacó del +calor de su lecho. Unos encontraron el parecido, aunque remoto; otros lo +negaron entre carcajadas. Antonio lloraba, y Bonis le seguía viendo la +semejanza consigo mismo, según se había visto al espejo la noche en que +murió su madre; pero lo que a su juicio se acentuaba por horas era el +parecido con Reyes abuelo, con don Pedro Reyes, sobre todo en una arruga +de la frente, en las líneas de la nariz y en la mueca característica de +los labios. + +Marta, sin motivo legítimo, estaba contrariada, y había puesto el gesto +de vinagre que a veces se le asomaba al rostro sin saberlo ella, y la +hacía más vieja y más fea; gesto que particularmente se le descubría +cuando envidiaba algo, cuando se sentía deslumbrada. Veía en el bautizo +el eclipse de su boda. + +--A mí--dijo--, Antoñito no me recuerda ni el tipo Valcárcel, ni el tipo +Reyes. Parece extranjero. Chica, tú has soñado con algún príncipe ruso. + +Las de Ferraz, que ya estaban allí, rieron la gracia, fingiendo no +encontrarle malicia. + +Los demás callaron, sorprendidos ante la audacia. + +Emma no vio el epigrama; Bonis tampoco. + +Bonis vio que se seguía hablando de los Valcárcel, de si el niño se +parecería a su abuelo, si sería abogado, si sería jugador, como tantos +otros de su familia; se amontonaban los recuerdos del linaje, buenos y +malos. Nadie se acordaba de los Reyes pretéritos para nada. + +Antonio seguía llorando, y a Bonifacio le faltaba poco. + +«¡Su padre! ¡Su madre! ¡Si vivieran! ¡Si estuvieran allí!». + +Bonis, en cuanto pudo, huyó del ruido. Dejó a los demás, ya que les +divertían, todas las solemnidades y quehaceres propios del caso. +Mientras el niño dormía y no se le permitía verle, y Emma, ya menos +nerviosa, pero más fatigada, con un poco de calentura, volvía a su +antiguo despego y lo echaba de su presencia en no necesitándole, +Bonifacio se recogía a la soledad de su alcoba, y en idea contemplaba al +hijo. + +--¡Sí, hijo, sí!--se decía con el rostro hundido en la almohada--. Hijo +tenía que ser. Me lo decía la voz de Dios. Hijo. Mi único hijo.... + +Emma, durante todo el primer día, estuvo sentimental, excitada; su +marido creyó que la maternidad iba a transformarla, pero a la mañana +siguiente despertó con bastante calentura y nada tierna; cuando la +postración se lo consentía, rabiaba en la medida de sus fuerzas. Le +hablaron del puerperio, de sus peligros, y sintió nuevo terror. Se +llegaba a olvidar del chiquillo que tenía entre las sábanas, y no quería +enseñarlo a nadie, ni a su padre, por no revolverse ella y coger frío. +Bonis no podía ver a su hijo sino en las ocasiones solemnes de mudarlo +doña Celestina. De hora en hora lo cambiaba. Según se iba pareciendo más +a cualquier recién nacido, perdía aquella semejanza que consigo mismo le +había encontrado Bonis en el primer momento. Empezaba Reyes a +desorientarse. Además, tuvo que renunciar a llamarle Bonifacio o Pedro, +porque Emma desde luego empezó a exigir que se le llamara Antonio, aun +antes de bautizarle. Se le llamaría Antonio Diego Sebastián, porque +Sebastián iba a ser el padrino. Por todo pasó Bonifacio. No quería +disturbios todavía; podía hacerle daño a Emma cualquier disgusto. No, +ahora no. Todo lo aplazaba. ¿No estaba él decidido a ser muy enérgico? +¿No estaba decidido a salvar, si era tiempo, los intereses de su hijo, y +a darle el ejemplo de la propia dignidad? Pues no había para qué +precipitar las cosas. Tampoco quiso, por lo pronto, tener explicaciones +con Nepomuceno. Tiempo había. Sin embargo, las circunstancias le +obligaron a anticipar en este respecto su actitud enérgica. Ello fue que +de Cabruñana, concejo de la marina donde los Valcárcel tenían algunas +_caserías_, procedentes de bienes nacionales, llegaron malas noticias +respecto de cierto mayordomo de segundo orden, que allí hacía mangas y +capirotes de las rentas de Emma, perdonando anualidades atrasadas, o por +lo menos aplazando el cobro indefinidamente, colocando por su cuenta a +réditos el dinero cobrado; _en suma_, explotando en provecho propio los +bienes de sus amos. Nepomuceno no quería dar importancia a la denuncia. +Se trató el asunto a la hora de cenar, y cuando don Juan y el primo +convinieron en que se hiciera la vista gorda, con gran sorpresa de todos +los presentes, que eran aquellos Valcárcel y los Körner, Bonifacio, con +voz temblorosa, pero firme, aguda, chillona, pálido, y dando golpecitos +enérgicos, aunque contenidos, con el mango de un cuchillo sobre la mesa, +dijo: + +--Pues yo veo la cosa de otra manera, y mañana mismo, ya que el bautizo +se retarda, porque no quiere Emma que el niño se constipe con este mal +tiempo, mañana mismo, aunque lo siento, tomo yo el coche de Cabruñana y +me voy a Pozas y a Sariego, y le ajusto las cuentas al señor de Lobato. +No quiero que se nos robe más tiempo. + +Hubo un silencio solemne. Bonis no vaciló en compararlo al que precede a +la tempestad. Por de pronto, era el que trae consigo lo sorprendente, lo +inaudito. Comprendía Reyes que estaba allí solo, que los Valcárcel y sus +futuros afines los Körner se lo comerían de buen grado. No era que él no +estuviera azorado, casi espantado de su audacia; lo estaba. Pero ya se +sabía que un diligente padre de familia tiene que ser un héroe. +Empezaban los sacrificios, y bien que dolían; pero adelante. La seriedad +de la nueva lucha se conocía en eso, en el dolor. + +Todos miraron a Bonis, y después a don Nepo, que era el llamado a +contestar. + +Don Juan, que era sumamente moroso y tranquilo, había cambiado mucho con +las enseñanzas y excitaciones de Marta. Además, fiaba mucho de la +debilidad y de la ignorancia del enemigo. No se anduvo por las ramas. Se +fue derecho al bulto. Nada de eufemismos. Sólo en el tono de la voz, +sereno, reposado, había cierta lenidad. + +--¿Eso de robaros, supongo que no lo dirás por mí? + +Si las palabras de Bonis eran un guante, quedaba recogido con toda +arrogancia. Antes que contestara Reyes, don Nepo miró satisfecho a su +novia, que aprobó su valentía con la mirada. + +En aquel momento Bonis, que no esperaba una batalla decisiva, un duelo a +muerte como aquel, se acordó con terror del anónimo de dos días antes, +que había olvidado en absoluto, por la gravedad de los acontecimientos. + +--El purgatorio es esto--pensó--. Yo he pecado. Yo he dilapidado, yo he +_robado_ el caudal de mi hijo, y ahora estoy en el purgatorio, que es así, +hecho de lógica y ética, nada más que de lógica y ética. + +--¡Por Dios, tío!--dijo pausadamente y procurando que en su voz hubiese +mesura y entereza--. ¡Por Dios, tío, cómo lo he de decir por usted! Lo +digo por Lobato, que es un gran ladrón. + +--Un ladrón consentido por mí años y años, si hemos de creer lo que dice +Pepe de Pepa José, el denunciante quejoso.... Por lo visto, Lobato y yo +estamos de acuerdo para arruinaros a vosotros, para acabar con los +bienes de Cabruñana. + +--Nadie dice eso, tío; nadie dice.... + +--Lo que yo digo, señor Reyes--y el señor don Juan Nepomuceno dio un +puñetazo, no muy fuerte, sobre la mesa--, es que tú no eres un hombre +práctico, y que te sienta mal el papel que quieres inaugurar al +estrenarte de padre de familia. + +Una carcajada de Marta, seca, estridente, que quería ser una serie de +bofetadas, resonó en el comedor, con pasmo de sus mismos aliados. Todos +se miraron sorprendidos. Marta, con el rostro de culebra que se infla, +repitió la carcajada, mirando con cinismo a Bonis. + +El cual miró también a su buena amiga sin comprender palabra de aquella +risa inoportuna. + +Y prosiguió don Nepo: + +--Un hombre práctico, de experiencia en los negocios, no exagera el celo +ni el recelo, ni cree en habladurías. Bueno sería que yo, v. gr., fuera +a creer lo que me decía un anónimo que recibí hace días, asegurándome +que tú habías cobrado dos mil duros de una restitución hecha bajo +secreto de confesión a la herencia de tu suegro. + +--¡Todo lo que yo cobrase sería mío!--exclamó con voz clara, alta, +positivamente enérgica, el amo de la casa, poniéndose en pie, pero sin +dar puñadas sobre la mesa. + +En pie se pusieron todos. + +--¡Tuyo no es nada!--contestó el primo Sebastián, que adelantó un paso +hacia Bonis, ofreciendo a la consideración de los presentes su fornida +musculatura, su corpachón que parecía una fortaleza. Marta, sin pensar +en lo que hacía, le apoyó una mano sobre el hombro, como animándole al +combate. Se conoce que confiaba más en la pujanza del primo que en la +del tío, su futuro. + +Bonis se veía metido en la _escena_ que había querido aplazar, antes de +tiempo, fuera de razón, torpemente. + +--Señores, no hagamos ruido, que no hay para qué. Lo que yo no consiento +a nadie, y juro a Dios que no lo consentiré, es que se alborote ahora. +Lo primero es mi mujer, y si ella se entera de esto... puede haber una +desgracia... ¡y pobre del que la provocara! + +Todos se sintieron sobrecogidos. Bonis parecía otro. + +El mismo Sebastián, que era positivamente bravo y fuerte, y muy capaz de +arrojar por el balcón al _escribiente de su tío_, se achicó un tanto por +lo que él calificó de fuerza _moral_ de aquellas palabras, y de aquel +gesto y de aquel tono. + +Todos comprendieron que el pobre Bonis estaba dispuesto a morder y +arañar para impedir que la salud de Emma peligrase. + +--Sin ruido, sin ruido se puede discutir todo--dijo don Nepo, que quería +hacer hablar al _imbécil_ para ver por dónde desembuchaba y qué leyes le +había metido en la cabeza el abogadillo flamante. + +--Sin ruido y sin apasionamiento--se atrevió a apuntar el respetable y +mofletudo Körner, que se creía en el caso de intervenir en sentido +conciliador. + +--Es verdad--dijo Bonis--. La pasión no conduce a nada nunca, nunca.... + +--Justamente--prosiguió el alemán--. Y fácil les será a ustedes ver que +aquí, en rigor, no hay nada.... Ni Bonifacio desconfía del tío, ni el tío +de Bonifacio, ni nadie pone en tela de juicio su legítimo derecho. + +--Cada cual tiene los suyos--objetó Nepo. + +--Ciertamente; y no hay para qué hablar de eso ahora, cuando en último +caso no había de faltar quien nos dijera a cada cual el papel que le +tocaba representar. + +Bonis volvió a crecerse. + +La alusión a la justicia era clara. Don Nepo sintió una ola de cólera +subirle al rostro. Y recurrió a su venganza suprema. A contenerse y +jurarse que se la pagaría el miserable. Le azotó el rostro con la +intención, y ya desahogada la ira, que se gozaba con las futuras +crueldades de la venganza, pudo decir sereno y sonriente: + +--En fin, Bonis, tienes razón; ya se ajustarán cuentas cuando Emma sane, +y se pueda ver con números, que tú has de procurar entender, ¿estamos?, +lo que habéis gastado vosotros, lo que he ahorrado yo..., y quién debe a +quién. Lo que te anuncio es que si seguís gastando como hasta aquí, la +quiebra es segura.... Estáis puede decirse que arruinados. Emma ha +gastado como una loca, y tú, tú no me lo negarás... le diste el +ejemplo... tú la arrastraste a esa vida imposible. Y todos sabemos por +qué. + +--Todos--exclamó con solemnidad Sebastián, que había perseguido en vano a +la Gorgheggi, y todavía la solicitaba. + +Bonis, que tenía aquella noche energía para luchar con los hombres, no +la tuvo para resistir a los hechos; los hechos eran terribles: +¡arruinados!, y ¡había empezado él!, y ¡hasta de lo que hubiera robado +el tío tenía él la culpa por haberle dejado! ¡Y su robo, sus robos, para +pagar trampas de una querida! + +Tuvo que sentarse, pálido, sin contar con las piernas. El tío vio allí +de repente al Bonis de siempre, y se creció, pero sin arrogancia, +falsamente conciliador. + +--¿Quieres ir a ver lo que hay en Cabruñana? Corriente; marcha mañana a +las ocho, que es la hora del coche. Ven a mi cuarto, y verás los libros +y las escrituras de allá... Todo, todo lo verás. Llevarás lo que +necesites, y procurarás enterarte, ¿estamos? Porque no has de +presentarte a Lobato llamándole ladrón y sin saber por qué se lo llamas. + +Bonis, sin fuerzas ya para nada, siguió al tío maquinalmente, y detrás +de ellos se fue Körner. Marta y Sebastián quedaron solos en el comedor. + +Körner, siempre fiel a su papel de rey Sobrino, iba como de asesor. +¡Buena falta le hacía a Bonis! Pasó en el cuarto del tío la vergüenza +que ya esperaba. Nepo, con redomada astucia, con intención felina, le +iba explicando todos los asuntos correspondientes a los bienes de +Cabruñana, con los términos del más riguroso tecnicismo del derecho +consuetudinario. + +Bonis no tenía noción clara del contrato de arrendamiento. La palabra +foro le sonaba a griego; aparcería..., laudemio..., retracto..., y +después otras cien palabras del Derecho civil, más las propias del +_dialecto_ jurídico de aquella tierra, pasaron por sus oídos como sonidos +vanos. No se enteraba de nada. Comprendía vagamente que se le engañaba y +se le quería aturdir y humillar. Caía en mil contradicciones, en errores +sin cuento, al querer explicarse lo que le explicaban y al pretender +opinar algo por cuenta propia; Körner le ayudaba para poner más de +relieve su torpeza y su ignorancia. + +--Pero, hombre, ¡yo que soy un extranjero..., y ya sé mejor que usted +todas estas costumbres del país... y las leyes de España!... + +Al llegar a los números, Körner se escandalizó sinceramente. Bonis no +sabía dividir, y apenas multiplicar. + +Para huir de aquel atolladero, humillado, corrido, lleno de vergüenza y +de remordimiento, Bonis quiso tratar cuestiones más importantes que no +fueran de aquel horrible pormenor oscuro, inextricable para él, pobre +flautista..., y llevó, por los cabellos, la discusión al asunto de las +fábricas. + +Estaba excitado, su amor propio ofendido, y olvidando la prudencia, +abordó la delicada cuestión de las dos industrias, sin estar preparado, +a deshora. Eran las tres de la madrugada cuando Körner y Nepo, _heridos +en lo más hondo_, le exigieron que oyera la _historia completa_ de aquella +desastrosa especulación; necesitaban sincerarse, y pues él provocaba la +cuestión, allí estaban ellos para responder.... + +Y quieras que no quieras, Bonis tuvo que oír, y ver y palpar. Se le +pusieron delante libros de actas, presupuestos, pólizas, planos, +expedientes, una _selva oscura_ que le hizo perder la noción del tiempo y +la del espacio.... Se creía en el aire, en un aquelarre. Le zumbaban los +oídos. Mientras los otros le explicaban, gesticulando, lo que a él le +sonaba a griego, el sueño, la ira, el remordimiento le llenaban de +avisperos el cerebro.... Hubiera mordido, pateado y llorado de buena +gana. Se le cerraban los ojos, le ardían las orejas, se le doblaban las +piernas... «Había caído en un lazo por débil, por imbécil. Había entrado +allí solo, debiendo entrar con juez, escribano, abogado, peritos y una +pareja de la Guardia civil». + +Después de dos horas de aturdimiento, de verdadera agonía, sólo tuvo +valor para tomar la puerta, seguido de los dos monstruos, que +continuaban explicándole por _a_ más _b_ la ruina de los Valcárcel en la +fábrica, la ruina de Antonio Reyes, de su único hijo. En el comedor, y +ya iban a dar las cinco, estaban todavía _esperándolos_ Marta y Sebastián, +medio dormidos, bostezando. Unieron sus argumentos uno y otro, como +queriendo ocupar la atención de Nepo y Körner, a los argumentos de +Körner y Nepo; y perseguido por aquella tremenda pesadilla, Bonifacio, +muerto de sueño, ebrio de cólera, de fiebre y cansancio, se declaró en +franca y acelerada fuga y se encerró en su cuarto, bien decidido, eso +sí, a salir para Cabruñana al ser de día, acompañado de los papeles que +el tío le había metido por los ojos. Marcharía sin despedirse de Emma, +sin ver a su hijo, para que no le faltase valor ni su mujer tuviera +tiempo de torcer aquella resolución irrevocable. «Yo no sé una palabra +de foros, ni de caserías a medias, ni de aparcerías, ni de números, ni +de fábricas; pero he de tener voluntad en adelante; y he dicho que iría +mañana, y primero falta el sol. Iré. La calentura de Emma no es +extraordinaria; ya cede; Antonio queda sin novedad; voy a Cabruñana, le +pongo las peras a cuarto a Lobato..., y me vuelvo pasado mañana con dos +o tres nodrizas, a escoger, que por ahí las hay buenas. Emma no querrá, +y en rigor no puede criar. Le criaremos nosotros, el ama y yo. Así como +así, cuanto menos sangre de Valcárcel, mejor». + +Bonis no pudo dormir; estuvo mezclando, con mil visiones de pesadilla, +despierto y todo, sus remordimientos de antaño, sus iras y vergüenzas de +ahora, sus propósitos de energía futura y sus esperanzas de padre. La +actividad era cosa terrible; era mucho más agradable pensar, imaginar.... +Pero un padre tenía que ser diligente, práctico, positivo... y él lo +sería; por Antonio, por su Antonio.... Pero por lo pronto, la bilis, la +vergüenza de su ignorancia de las cosas que sabían todos en casa, menos +él, todo aquel barullo de pasiones bajas, vulgares, pedestres, le +quitaban el gusto a su dicha presente, a la felicidad de ser padre. + +Cuando todos dormían y el sol llevaba andada alguna parte de su carrera, +Reyes salió de casa, con sus papeles en un saco de noche; tomó la +diligencia de Cabruñana, y antes del medio día ya estaba disputando con +Lobato en medio de un prado, frente a unos robles que el mayordomo había +consentido derribar a un casero, porque, según malas lenguas, los dos +iban ganando. Lobato, un ex cabecilla carlista, era un lobo mestizo de +zorro; hablaba con dificultad, leía deletreando y escribía de modo que, +en caso de convenirle, podía negar que aquello fueran letras... y él era +dueño de la comarca por la política, por la usura y por las trampas a +que obligaba a los jueces de paz y a los pedáneos su influencia +personal. Nepomuceno le había escogido porque con media palabra se +habían entendido, y también porque sólo un hombre como Lobato, que era +el terror del concejo, podía cobrar las rentas de aquellos _caseros_, que +solían recibir a pedradas y a tiros a los comisionados de apremios, a +los alguaciles y a los mayordomos. Lobato, si viajaba de noche, cruzaba +a escape ciertos parajes frondosos y oscuros, en que estaba seguro de +encontrar asechanzas de aquellos aldeanos, que a la luz del sol +temblaban en su presencia. En una ocasión, después de cobrar en juicio a +un casero que debía tres años, recibió, al atravesar un bosque, tal +pedrada, que llegó a su casa sin sentido, agarrado a la crin del +caballo. ¡Y a un hombre así venía a pedirle cuartos un mequetrefe, aquel +señorito bobo, de que nunca le había hablado más que con desprecio el +Sr. D. Juan Nepomuceno! Con fingida humildad, Lobato se burló de su amo; +haciéndose el tonto, el ignorante, le hizo ver que él, Bonis, era el que +no sabía lo que traía entre manos. Los caseros se reían también del amo, +con sorna que no podía tachar de irrespetuosa. Se rascaban la cabeza, +sonreían y se aferraban a la idea de no pagar mejor que hasta la fecha. + +Bonis, desesperado, abandonó aquellos hermosos valles de eterna verdura, +de frescas sombras y matices infinitos en la variedad de los accidentes +de colinas y vegas, en que serpenteaban claros ríos... «¡Divino! +¡Divino!... ¡Pero qué pillo es Lobato, y qué ladrones son todos estos +pastores!... En otra situación, sin estos cuidados y preocupaciones, +¡qué buenos días hubiera pasado yo en esta espesura, en que se mezcla el +rumor de las copas de los pinos con el del mar, del que parece un eco!». +Cabruñana era región ribereña, y parecían sus valles estrechos y de mil +figuras, de verde jugoso y oscuro en las laderas y en las planicies +pantanosas, cauces de antiguos ríos, abandonados por las aguas. Todos +aquellos cuetos y vericuetos, lomas y llanuras, por sus formas +violentas, por ejemplo, por los cortes de las laderas aterciopeladas, +semejantes en su caída a los acantilados de la costa, hacían pensar en +el fondo misterioso de los mares. + +Terminada su inútil faena, sin más provecho que dejar sembradas +amenazas, de que nadie hizo caso, Reyes decidió a media tarde montar a +caballo para ir a pernoctar en la capital del concejo y del partido, a +dos leguas, por la carretera. Antes del anochecer, se proponía llegar a +Raíces, que estaba al paso, y detenerse media hora; ¿para qué? No sabía. +Para soñar, para sentir, para imaginarse tiempos remotos, a su manera; +para pensar a sus anchas, en la soledad, libre de Lobato, y Nepo y +Sebastián, en los Reyes que habían sido, y en los que eran, y en los que +habían de ser. + +Raíces consistía en un lugar de veinte a treinta casas, diseminadas en +las frondosidades de una península abandonada por el agua, en las +marismas; cerca estaban las dunas, cuyos amarillos lomos de arena tenían +figura semejante a los vericuetos que rodeaban a Raíces; pero estos, +desde siglos y siglos, ostentaban el terciopelo de verde oscuro de sus +musgos y su césped, y las flores de los prados, iguales a las que se +encontraban tierra adentro, lejos de las brisas del mar. Era Raíces un +misterioso escondite verde, que inspiraba melancolía, austeridad, un +olvido del mundo, poético, resignado. Una colina cortada a pico, muy +alta, cuya ladera, casi vertical, mostraba, como si fuera la yedra de +una muralla ciclópea, pinos, castaños y robles, que trepaban cuesta +arriba cual si escalaran una fortaleza, escondía y humillaba a Raíces +por el Sur; el mar y las dunas le dejaban abierto a los vientos del +Norte y del Noroeste, y restos de un bosque le rodeaban por Oriente y +Occidente. Las viviendas, escasas y esparcidas por la espesura, eran, +las más, cabañas humildes, otras vetustos caserones de piedra oscura, +con armas sobre la puerta algunos. + +Bonis llegó una hora antes del ocaso a una plazoleta que servía de +_quintana_ a varias casas de las más viejas, pero también de las de +aspecto más noble; carretas apoyadas sobre el pértigo, como dormidas, +entorpecían el paso; niños medio desnudos, sucios y andrajosos, sin nada +en su cuerpo donde pudiera ponerse un beso, más que los ojos de algunos +y las rubias guedejas de muy pocos, saltaban y corrían por aquella +corralada común, que era sin duda para ellos el universo mundo. Más +serios y a su negocio, hozaban algunos cerdos en el estiércol, que +escarbaban y picoteaban gallos y gallinas, mientras dos perros +dormitaban, acosados por miles de mosquitos. + +--De aquí salieron los Reyes--pensó Bonifacio, que desde una calleja +vecina contemplaba el cuadro de paz suave y melancólica de aquella +miseria, aislada de las vanas grandezas del mundo--. Un grupo de castaños +y una pared de una huerta, le ocultaban a la vista de los chiquillos y +los perros, que, de notar su presencia, se hubieran alarmado. Echó pie a +tierra, ató el caballo al tronco de un castaño, y se sentó sobre el +césped para meditar a sus anchas. + +Se acordó de Ulises volviendo a Ítaca... pero él no era Ulises, sino un +pobre retoño de remota generación.... El Ulises de Raíces, el Reyes que +había emigrado, no había vuelto... a él no podían reconocerle en el +lugar de que era oriundo. Y como había leído muchas veces la _Odisea_, y +recordaba sus episodios y los nombres de sus personajes, pensó Bonis: +«Los cerdos y los perros que encontró Ulises al volver a Ítaca, en la +mansión de Eumaios, allí estaban; pero Eumaios, el que guardaba los +cerdos de Ulises, no estaba; no le había. Como a Ulises, aquellos perros +le atacarían si le vieran; pero Eumaios, el fiel servidor, no acudiría +en su auxilio... ¡Qué habría sido de Ulises--Reyes! ¿Por qué habría +salido de allí? ¡Quién sabe! Tal vez esos chiquillos, que parecen hijos +del estiércol, como lombrices de tierra, son _parientes_ míos.... Son de mi +tribu acaso». + +De pronto se dio una palmada en la frente. Los recuerdos clásicos le +habían hecho pensar en el pasaje en que Ulises es reconocido por +Eurycleia, su nodriza. Él no había tenido más Eurycleia que su madre, +que había muerto; pero Antonio, su hijo, necesitaba nodriza, y él había +olvidado que había venido a Cabruñana a buscarla. «¡Mejor aquí! Sí; no +me iré de Raíces sin buscar ama de cría para mi hijo. ¡Es una +inspiración! ¡Quién sabe! Tal vez se nutra con leche de su propia raza, +con sangre de su sangre...». + +Y como había resuelto ser cada día más activo y menos soñador; hombre +práctico como los demás, como los que ganan dinero, para ganarlo también +por amor de su Antonio, dejó sus cavilaciones, se levantó, montó a +caballo, y por aquellas quintanas y callejas adelante, de puerta en +puerta, fue buscando lo que necesitaba, nodriza para casa de los padres, +y natural de Raíces, de donde eran oriundos los Reyes. Era aquella, por +fortuna, tierra clásica de amas de cría, de las más afamadas de la +provincia; y en tan pequeño vecindario, sin más que extender un poco sus +pesquisas por aquellos contornos, encontró Bonis dos buenas vacas de +leche de aspecto humano, porque en aquella región venía a ser una +especie de industria inmoral y de exportación el servicio que él +solicitaba. Quedó convenido que a la mañana siguiente, muy temprano, +Rosa y Pepa, que así se llamaban las que presentaban su candidatura al +honor de criar a Antonio Reyes, estarían en la capital del concejo, +dispuestas a montar en el coche en que las llevaría Bonifacio a la +ciudad, para que fueran registradas por el médico, y la de mejores +condiciones recibiera el _exequatur_ facultativo y el nombramiento oficial +de Emma. + +Satisfecho de la diligencia y fortuna con que dejaba orillado este +negocio, Bonis se detuvo, al salir del lugar, en un recodo del camino +solitario, junto a un puente de madera que atravesaba el Raíces, +riachuelo poético, sinuoso, que a la sombra de árboles infinitos corría +al próximo Océano, sin gran prisa, seguro de llegar antes de la noche; y +eso que el sol ya se había escondido tras de las olas que bramaban a lo +lejos. Reyes, volviendo grupas, seguro de su soledad, inmóvil en medio +del camino, permaneció contemplando el rincón melancólico de que se +alejaba, como si allí dejara algo. + +Nada concreto, nada plástico le hablaba ni podía hablarle de la relación +de su raza con aquel pacífico, humilde y poético lugar; y, sin embargo, +se veía atado a él por sutiles cadenas espirituales, de esas que se +hacen invisibles para el alma misma, desde el momento en que se quiere +probar su firmeza. + +«Ni yo sé en qué siglo salieron los Reyes de aquí, ni lo que eran aquí, +ni cómo ni dónde vivían; ni siquiera de mi tatarabuelo, sin ir más +lejos, tengo noticias, a no ser muy vagas. Sólo sé que éramos nobles, +hace mucho, y que salimos de Raíces. ¡Oh! ¡Si yo conservase el libro +aquel de blasones de que tanto me hablaba mi madre, y que mi padre, al +parecer, despreciaba!... Como soy tan aprensivo... se me figura sentir +cierta simpatía por estos parajes.... Esta calma, este silencio, esta +verdura, esta pobreza resignada y tolerable... hasta la música del mar, +que ruge detrás de esos montes de arena... todo esto me parece algo mío, +semejante a mi corazón, a mi pensamiento, y semejante al carácter de mi +padre. Los Reyes... no debieron salir de aquí... no servían para el +mundo; bien se vio.... Yo, el último, ¿qué soy? Un miserable, un +ignorante, que no ha ganado en su vida una peseta, que sólo sabe gastar +las ajenas. Un soñador... que creyó algún día llegar a ser algo de +provecho a fuerza de sentir con fuerza cosas raras y de las que ni +siquiera se pueden explicar. ¡A esto vino a parar la raza!». + +Cesó en su soliloquio, como para oír lo que el silencio de Raíces, a la +luz del crepúsculo, le decía. + +Una campana, muy lejos, comenzó a tocar la oración de la tarde. + +Bonis, a pesar de su dudosa ortodoxia, se quitó el sombrero. Y recordó +las palabras con que su madre empezaba el rezo vespertino: «El ángel del +Señor anunció a María...». + +¡Oh! ¡También a él, el ángel del Señor sin duda, le había anunciado que +sería padre; también sus entrañas estaban llenas del amor de aquel hijo, +de aquel Antonio, en que él estaba ya pensando como se piensa en el amor +ausente, mandando miradas y deseos de volar del lado del horizonte tras +que se esconde lo que amamos! Una ternura infinita le invadió el alma. +Hasta el caballo, meditabundo, inmóvil, le pareció que comprendía y +respetaba su emoción. ¡Raíces! ¡Su hijo! ¡La fe! Su fe de ahora era su +hijo. + +Lo pasado, muerte, corrupción, abdicación, errores... olvido. ¿Qué había +sido su propia existencia? Un fiasco, una bancarrota, cosa inútil; pero +todo lo que él no había sido podía serlo el hijo... lo que en él había +sido aspiración, virtualidad puramente sentimental, sería en el hijo +facultad efectiva, energía, hechos consumados. + +¡Oh!, se lo decía el corazón.... Antonio sería algo bueno, la gloria de +los Reyes.... Y acaso, acaso, cuando se hiciera rico, ya conquistando una +gran posición política o escribiendo dramas, lo cual le halagaba más, o, +lo que sería el colmo de la dicha, como gran compositor de sinfonías y +de óperas, como un Mozart, como un Meyerbeer, él, su padre, ya viejo, +chocho, chocho por su hijo... le metería en la cabeza que _restaurase_ en +Raíces la casa de los Reyes...; y él, Bonis, vendría a morir allí... en +aquella paz, en aquella dulzura de aquel crepúsculo, entre ramas +rumorosas de árboles seculares, mecidas por una brisa musical y olorosa, +que se destacaban sobre el fondo violeta del cielo del horizonte, donde +el último aliento del día perezoso se disolvía en la noche. + +«¡Oh! ¡En definitiva, en el mundo, no había nada serio más que la +poesía!...--pensó Bonis--. Pero eso para mi Antonio. Él será el poeta, el +músico, el gran hombre, el genio.... Yo, su padre. Yo a lo práctico, a lo +positivo, a ganar dinero, a evitar la ruina de los Varcárcel y a +restaurar la de los Reyes. Y ¡adiós, Raíces, hasta la vuelta! Me voy con +mi hijo; tal vez volvamos juntos». + +Bonifacio, sacudiendo la cabeza, recobrando las riendas para sacar al +rocinante soñador de su letargo, siguió a trote su camino, sin volver +los ojos atrás, temeroso de sus ensueños, de sus locuras...; dispuesto +cada vez con más ahínco a sacrificar al porvenir de su hijo su +temperamento de bobalicón caviloso y sentimental. + +Durmió en la villa cabeza del partido, y al ser de día montó en el coche +diario que iba a la capital de la provincia, en compañía de las dos +Eurycleias que había buscado en Raíces. + +Al llegar a sus lares, se encontró la casa llena de gente, criados y +amigos en movimiento. + +Doña Celestina, con vestido de raso negro y mantilla de casco fina, +estaba en medio de la sala con un bulto en los brazos, un montón de tela +blanca, bordada, de encajes y de cintas azules. + +--¿Qué es esto?--dijo Bonis, que entraba con las nodrizas electas a +derecha e izquierda. + +--Esto es--respondió la partera--que vamos a hacer cristiano a este judiazo +de su hijo de usted. + +En efecto; Emma lo había decretado así. Cierto era que ella misma el día +anterior había dicho que no se le hablase de bautizo hasta que al +chiquillo le pasara la fluxión de los ojos; pero al despertar aquella +mañana y saber que Bonis, sin su permiso, dejándola con la calentura, se +había marchado a la aldea a enderezar entuertos, que nunca se le había +ocurrido enderezar, se había irritado, y por venganza y considerando que +el tiempo estaba templado, había dispuesto, en un decir Jesús, desde la +cama, dando órdenes como ella sabía, que el niño se bautizara aquella +misma tarde, para que el padre se lo encontrara todo hecho y rabiara un +poco. + +Bonis no rabió. La solemnidad del momento no consentía malas pasiones. +Lo que hizo fue abrazar a su esposa, consiguiéndolo a duras penas. + +Emma tenía poca calentura: estaba muy despejada; y ya sin miedo al +peligro del puerperio, aunque no había pasado, había decidido +engalanarse y engalanar su lecho. + +Sacó el fondo de su armario de ropa blanca, que era un tesoro, y sus +amigas pudieron contemplar un mar de espuma, de nieve y crema, de hilo +fino espiritualizado de encajes de los más delicados. En medio de +aquella espuma aparecía, como un náufrago, el rostro demacrado, +amarillento, de Emma, que definitivamente había vuelto a desmoronarse en +ruina que no admitía ya restauraciones. + +«Es una vieja», pensó Bonis resignado, sin amargura; pero triste por +amor de su hijo. + +La Valcárcel aprobó el concurso de nodrizas ideado por su marido; el +cual no comprendió por qué Nepo, los Körner, Sebastián, las de Ferraz, +las de Silva, y otras amigas y amigos reían, a carcajadas unos, con +menos violencia otros, la ocurrencia de haber traído él consigo a Pepa y +Rosa, las robustas aldeanas de Raíces. + +Sebastián y Marta, cada vez que recordaban la entrada triunfal de Bonis +en medio de las dos aldeanas de ubres ostentosas, se desternillaban de +risa. + +Según Marta, aquello era demasiado, y ya no cabía disimulo. Había que +reír a mandíbula batiente. + +Y se reían. + +Bonifacio no comprendía; ni lo intentó apenas. ¿Qué le importaban a él +las risas necias de aquella gentuza, que le habían comido el pan de su +hijo, y que estaba dispuesto a arrojar de su casa? + +La comitiva se puso en movimiento. Emma había decretado, y no había más +remedio que callar, que Sebastián fuese padrino y Marta madrina. + +Se habían dado órdenes para que la ceremonia fuese de primera clase. El +baptisterio de la iglesia parroquial estaba cubierto de colgaduras de +raso carmesí con flecos dorados; la pila brillaba como un ascua de oro, +iluminada por grandes cirios. + +Bonis, que había caminado solo, detrás de doña Celestina, cuidando de +que el pañuelo que cubría el rostro de Antonio, dormido, no se deslizara +al suelo, no había tenido tiempo, mientras iba por las calles, para +sentir la ternura grave y poética propia del caso; más bien recordaba +después haber experimentado así como un poco de sonrojo ante las miradas +curiosas y frías, casi insolentes y como algo burlonas, del público +indiferente y distraído. Pero al atravesar el umbral de la casa de Dios, +y detenerse entre la puerta y el cancel, y ver allá dentro, enfrente, +las luces del baptisterio, una emoción religiosa, dulcísima, empapada de +un misterio no exento de cierto terror vago, esfumada, ante la +incertidumbre del porvenir, le había dominado hasta hacerle olvidarse de +todos aquellos miserables que le rodeaban. Sólo veía a Dios y a su hijo. +Otras veces, viendo bautizar hijos ajenos, había pensado que era +ridículo aquello de echar los demonios del cuerpo, o cosa por el estilo, +a los inocentes angelillos que iban a recibir las aguas del bautismo. +Ahora no veía en nada de aquello lado alguno ridículo. ¡Oh, la Iglesia +era sabia! ¡Conocía el corazón humano y cuáles eran los momentos grandes +de la vida! ¡Era tan solemne el nacer, el tomar un nombre en la comedia +azarosa de la vida! ¡El bautizo hacía pensar en el porvenir, en una +síntesis misteriosa, de punzante curiosidad, de anhelante y temerosa +comezón de penetrar el porvenir! Aunque él, Bonis, no creía en varios +dogmas, ni menos en los prodigios de la Biblia, reconocía que la Iglesia +en aquellos trances parecía efectivamente una madre.... + +Sin repugnancia, y sin perjuicio de las reservas mentales necesarias, él +colocaba sobre el regazo de la Iglesia al hijo de sus entrañas. ¡Su +hijo, su Antonio; allí le tenía, carne de su carne, dormido, perdido +entre encajes; una mancha colorada destacándose en la blancura...! + +A él ya no se parecería; pero a su padre, al procurador Reyes, sí; el +gesto de pena, la mueca de los labios, el entrecejo... todo aquello era +de su padre. ¡Ay! ¡Cómo se le metía por el alma, a borbotones, como +lágrimas de ternura que en vez de salir entrasen, el amor de aquel hijo, +de aquel ser débil, abandonado por los ángeles entre los hombres!, pero +ya no amor abstracto, metafísico; amor sin frases, amor nada retórico.... +amor inefable, pero que satisfacía la conciencia y daba sanción absoluta +al juramento de constante y callado sacrificio. Vivir por él, para él. +«Yo nací para esto; para padre». Bonis sentía a la puerta de la iglesia, +esperando al capellán que iba a hacerle cristiano a Antonio, sentía la +gracia que Dios le enviaba en forma de vocación, clara, distinta, de +vocación de padre. «Sí--pensaba--; ya soy algo». + +Después vio llegar a un cura rollizo, sonriente, cubierto de oro, como +el altar del baptisterio, con todo el aparato sagrado de acólitos, +cirios y cruces que reconoció que eran del caso. No se oponía él a nada, +todo estaba bien. Por más que estaba seguro de que su Antonio, aquel +inocente niño con cara triste, no tenía en el cuerpo diablo de ninguna +especie ni resentimiento personal alguno con la Iglesia, Bonis reconocía +el derecho de esta a tomar precauciones antes de admitir en su seno al +recién nacido. Hasta lo de no poder entrar en el templo su hijo antes de +cumplir los requisitos sacramentales, le parecía racional, si bien pensó +que el clero debía tener más cuidado con los _catecúmenos_, o lo que +fueran, de cierta edad, porque un aire colado, entre puertas, podía ser +fatal y matar un cristiano en flor. + +--Doña Celestina--dijo Reyes con voz melosa, humilde, apenas perceptible, +con ánimo de que el señor cura y su acompañamiento no dieran una +interpretación heterodoxa a sus palabras--; doña Celestina, haga usted el +favor de arrimarse a este rincón, porque ahí está usted en la corriente. + +--Déjeme usted a mí, D. Bonifacio. + +El delegado del párroco empezó sus latines, que Bonifacio entendía a +medias. + +Entendió que su hijo se llamaría decididamente Antonio, no recordaba qué +otra cosa, y Sebastián. Sebastián... ¿para qué? En fin, poco importaba. + +Las de Ferraz miraban al niño y al cura con la boca abierta, y como +quien asiste a una farsa muy chusca; eran creyentes como cada cual, pero +en el mundo, para aquellas señoritas como panderetas, todo era una +_guasa_, asunto de broma y de castañuelas. + +Allí no valía reírse, pero buenas ganas se les pasaba. Marta, madrina, +presenciaba la escena con cara de judío: pensaba en la superioridad de +sus ideas personales sobre la vulgar manera de entender la ceremonia que +presenciaban aquellas frívolas amiguitas. + +De pronto, las palabras que rezaba el clérigo con un tono discreto, +suave, de un ritmo eclesiástico simpático, sugestivo, adquirieron +verdadero valor musical, como un recitado; porque allá dentro alguien le +soltaba los caños de sonidos al órgano, que llenó la solitaria iglesia +de resonancias, de chorros de notas juguetonas, frescas. + +El nuevo cristiano atravesó el cancel, penetró en la iglesia precedido +del sacerdote, en brazos de Sebastián majestuoso. Llegó la comitiva al +baptisterio. Los amigos rodeaban a los padrinos; viejas, pobres y +chiquillos formaban corro, curioseando y en espera de la calderilla del +bateo. Para Bonis, que siguió a su hijo hasta la margen del Jordán de +mármol, todo tomó nueva vida, más intenso, armónico y poético sentido. +Era que la música le ayudaba a entender, a penetrar el significado hondo +de las cosas. El órgano, el órgano, le decía lo que él no acababa de +explicarse. + +«Pues es claro; la Iglesia es un lince; ve largo; sabe ser madre». + +Las notas del órgano, bajando a hacer cosquillas al recién nacido, al +que venía de los cielos del misterio, metiéndosele por las carnecitas +que dejaban al aire los dedos discretos y expertos de doña Celestina, al +descubrir la espalda de la criatura; las notas aladas y revoltosas, eran +angelillos que retozaban con su compañero humano, menos feliz que ellos, +pero no menos puro, no menos inocente. + +Bonis sintió que el rostro de los más indiferentes, hasta el de los +pilluelos que esperaban la calderilla, tomaba expresión de interés, de +cierto enternecimiento. Las luces parecían cantar también al oscilar con +ritmo; brillaban más rojas; los dorados del cura y del baptisterio se +hicieron más intensos, más señoriles; los monaguillos, tiesos, solemnes, +daban indudable respetabilidad al acto. El órgano era el que se permitía +seguir riendo, jugueteando, pero legítimamente, porque representaba la +alegría celestial, la gracia de la inocencia.... Mas en el fondo de las +bromas poéticas y sagradas de aquella música de la iglesia, a Bonis, de +pronto, se le antojó ver una especie de desafío burlón un tanto irónico. +Vamos a ver, decía el órgano: ¿Qué guarda el porvenir? ¿Qué va a ser de +tu hijo? ¿Qué es la vida? ¿Importa vivir, o no importa? ¿Es todo juego? +¿Es todo un sueño? ¿Hay algo más que la apariencia?... Y la música, de +repente, la tomaba por otra parte sin lógica, sin formalidad; empezaba a +decir una cosa y acababa indicando otra.... Hasta que por fin Reyes notó +que el organista estaba tocando variaciones sobre la _Traviata_, ópera +entonces de moda. Bonifacio se acordó de la _Dama de las Camelias_, que +había leído, y de aquel Armando, que había amado hasta olvidar al suo +_vecchio_ genitor, como dicen en la ópera, y, en efecto, el órgano lo +estaba recordando: + + «_Tu non sai quanto soffrì_!» + +--¡Pobre de mí!--pensó Bonis--. El hijo puede ser un ingrato. Amará a una +mujer más que a mí ciertamente. Yo nací para que no me amen como yo +quisiera.... Pero no importa, no importa; esta es la ley. Nosotros a +ellos; ellos a los suyos o a las vanidades del mundo. ¡Cosa rara! ¿Por +qué no sonaría mal _La Traviata_ en la iglesia? Aquello debía ser una +profanación... y no lo era. Era que en _La Traviata_, bien o mal, había +amor y dolor, amor y muerte; es decir, toda la religión y toda la +vida... ¡Oh, cómo hablaba el órgano de los misterios del destino!... +Vuelta a la burla, vuelta a las preguntas irónicas: «¿Qué será de él? +¿Qué será de ti? ¿Qué será de todo?...». + +--¿Quién toca el órgano?--preguntó Marta por lo bajo a Sebastián. + +--Minghetti. + +Padrino y madrina sonrieron, mirándose. + +--¡Capricho de hombre!--dijo la alemana, consagrando al barítono un +recuerdo. + +Bonis había oído la pregunta y la respuesta. + +--«Tocaba Minghetti: ¡oh, bien se conocía que andaba allí arriba un +artista! Había sido una atención delicada.... Los artistas al fin son +poetas... ¡lástima que suelan ser además unos pillos! Él, Bonis, entre +la moral y el arte, en caso de incompatibilidad, se quedaría en adelante +con la moral. Por su hijo». + +Ya era cristiano Antonio Diego Sebastián; doña Celestina le había tomado +de brazos del tío padrino, y sentada en la tarima de un confesionario, +junto a una capilla, rodeada de aquellos amigos y curiosos, se entendía +hábilmente con cintas y encajes para volver a sepultar bajo tanto +fárrago de lino el cuerpo débil, flaco, de la criatura. + +Bonifacio se separó del grupo, y por el templo adelante se dirigió a la +sacristía, en pos del sacerdote y sus acólitos. También aquello era +solemne. Iba a dictar la inscripción del libro bautismal, a sentar la +base del estado civil de su hijo. Mientras Minghetti, por divertirse, +continuaba haciendo prodigios en el órgano, iba pensando Bonis por medio +del templo: «¡Quién sabe! Tal vez algún día sabios, eruditos, curiosos, +vengan en peregrinación a contemplar con cariño y respeto la página de +este libro de la parroquia en que yo voy a dictar ahora el nombre de mi +hijo, el de sus padres y abuelos, lugar de su naturaleza, etc., +etcétera. ¡Abuelos! Mi pobre Antonio no tiene abuelos vivos; le faltará +ese amor, pero el mío los suplirá todos». + +Al entrar en la sacristía, en una capilla lateral, sumida en la sombra, +vio una mujer sentada sobre la tarima, con la cabeza apoyada en el altar +de relieve churrigueresco. + +--¡Serafina! + +--¡Bonifacio! + +--¿Qué haces aquí? + +--¿Qué he de hacer? Rezar. Y tú, ¿a qué vienes? + +--Vengo a inscribir a mi hijo, que acaba de bautizarse, en el libro +bautismal. + +Serafina se puso en pie. Sonrió de un modo que asustó a Bonis, porque +nunca había visto en su amiga el gesto de crueldad, de malicia fría, que +acompañó a tal sonrisa. + +--Conque... ¿tu hijo?... ¡Bah! + +--¿Qué tienes, Serafina? ¿Cómo estás aquí? + +--Estoy aquí... por no estar en casa; por huir del amo de la posada. +Estoy aquí... porque me voy haciendo beata. No es broma. O rezar, o.... +una caja de fósforos. ¿Sabes? Mochi no vuelve. ¿Sabes? ¡He perdido la +voz! Sí; perdida por completo. El día que te escribí...; y que no me +contestaste; ya sabes, cuando te pedía aquellos reales para pagar la +fonda.... Bueno; pues aquel día... aquella noche... como había ofrecido +pagar, y no pagué... porque no contestaste..., tuve una batalla de +improperios con D. Carlos... ¡el infame!... + +La Gorgheggi calló un momento, porque la ahogaba la emoción; ira, pena, +vergüenza.... Dos lágrimas, que debían de saber a vinagre, se le asomaron +a los ojos. + +--El infame tuvo el valor de insultarme como a una mujer perdida...; me +amenazó con la justicia, con plantarme en el arroyo.... Yo eché a correr; +salí a la calle, como estaba, sin sombrero.... Pero volví. Porque lo +dejaba allí todo.... Mi equipaje, lo único que tengo en el mundo. No sé +qué cogí aquella noche, al relente, furiosa, por la calle húmeda... ¡Oh! +En fin, la voz, que ya andaba muy mal, se fue de repente.... Desde +aquella noche canto... como tu mujer. No salgo de la fonda... porque no +puedo pagar. D. Carlos me insulta unas veces... y otras me requiebra. Yo +no quiero amantes ni altos ni bajos..., porque no quiero..., porque todo +eso me da asco. Mochi no vuelve.... A mis últimas cartas ya no ha +contestado. Como tú. Sois unos caballeros. Se os pide cuatro cuartos +para no recibir insultos de un miserable..., y no contestáis.... No sé +dónde ir; en casa me espía mi acreedor, que quiere ser mi amante; en la +calle me persiguen necios, me aburre la curiosidad estúpida de la +gente.... No tengo dinero ni para escapar... ¿Para escapar adónde? Me +meto en la iglesia. Esto es mío, como de todos. Tú me enseñaste a sentir +así, a querer paz..., a soñar..., a desear imposibles.... Aquí estoy +tranquila..., y rezo a mi modo. No tengo fe, lo que se llama fe.... Pero +quisiera tenerla. Los santos, todos esos, aquel San Roque, este San +Sebastián con sus banderillas por todo el cuerpo..., aquel señor +obispo..., San Isidoro..., todos me van entendiendo. No tengo verdadera +religión..., pero por lo pronto... los amantes me dan asco... no quiero +amantes...; esperaré a ver si vuelve la voz..., o si vuelves tú. Mochi +es un mal hombre, un traidor, un miserable...; ya lo sabía, siempre lo +supe. Pero tú..., no creí que lo fueras también. Bonis, no me +abandones.... Yo... te quiero todavía..., más que antes, mucho más de +veras. Debo de estar enferma.... Me asusta el mundo..., el teatro me +horroriza..., el galanteo me espanta.... Quiero paz..., quiero sueño..., +quiero honradez...; no vivir de farsa... y tener pan que no deba a mi +cuerpo alquilado a un desconocido..., a no sé ahora quién. Tuya, sí. De +los demás, no. ¿Quieres? + +Bonis, aunque poco formalista en materias religiosas, y a pesar de que +las palabras, y el tono, y las dos lágrimas de Serafina le habían +enternecido hasta lo inefable, pensó, ante todo, que estaban en la +iglesia y que no era el lugar nada a propósito para tal clase de tratos +y contratos. + +Antes de contestar, miró hacia atrás, hacia el baptisterio, para ver si +alguien había reparado su encuentro con la cantante. La comitiva del +bautizo había desaparecido. Ni siquiera habían parado mientes en la +ausencia de Reyes. Tan insignificante era para todos. Minghetti, sin +embargo, seguía embelesado con sus travesuras armónicas en el órgano. +Tenía aquella manía: la de hacerse pesado, por broma, cuando se ponía a +tocar. + +Bonis, con repugnancia por hablar de tales asuntos allí, en el templo, +pero compadecido hasta el fondo del alma, y, por otra parte, dispuesto a +no abdicar de su dignidad de padre de familia sin mancha, tapujos ni +relajamientos de costumbres, dijo con voz que procuró hacer cariñosa al +par que firme, y que le salió temblona, balbuciente y débil: + +--Serafina..., yo a ti te debo toda la verdad.... Yo, en adelante, quiero +vivir para mi hijo.... Nuestros amores... eran ilícitos.... Debo a Dios un +gran bien, una gracia...: el tener un hijo.... Ofrecí el sacrificio de +mis pasiones por la felicidad de Antonio.... Además, estoy arruinado.... +En el terreno de los intereses materiales... haré por ti... lo que +pueda...; ¡ya se ve!... Con ese D. Carlos, que es un judío... ya me +entenderé yo.... Pero estoy arruinado.... La voz..., tu voz... volverá... + +Y aquí, al recordar la _voz_ que él había adorado, Bonis estuvo a punto de +llorar también. + +Mas el rostro de Serafina volvió a asustarle. Aquella mujer tan hermosa, +que era la belleza con cara de bondad para Bonis... le pareció de +repente una culebra.... La vio mirarle con ojos de acero, con miradas +puntiagudas; le vio arrugar las comisuras de la boca de un modo que era +símbolo de crueldad infinita; le vio pasar por los labios rojos la punta +finísima de una lengua jugosa y muy aguda... y con el presentimiento de +una herida envenenada, esperó las palabras pausadas de la mujer que le +había hecho feliz hasta la locura. + +La Gorgheggi dijo: + +--Bonis, siempre fuiste un imbécil. Tu hijo... no es tu hijo. + +--¡Serafina! + +Y no pudo decir más el pobre Bonis. También él perdía la voz. Lo que +hizo fue apoyarse en el altar de la capilla oscura, para no caerse. + +Como él no hablaba, Serafina tuvo valor para añadir: + +--Pero, hombre; todo el mundo lo sabe... ¿No sabes tú de quién es tu +hijo? + +--¡Mi hijo!... ¿De quién es mi hijo? + +La Gorgheggi extendió un brazo y señaló a lo alto, hacia el coro: + +--Del organista. + +--¡Ah!--exclamó Bonis, como si hubiera sentido a su amada envenenarle la +boca al darle un beso.... + +Se separó del altar; se afirmó bien sobre los pies; sonrió como estaba +sonriendo San Sebastián, allí cerca, acribillado de flechas. + +--Serafina..., te lo perdono..., porque a ti debo perdonártelo todo.... Mi +hijo es mi hijo. Eso que tú no tienes y buscas, lo tengo yo: tengo fe, +tengo fe en mi hijo. Sin esa fe no podría vivir. Estoy seguro, Serafina; +mi hijo... es mi hijo. ¡Oh, sí! ¡Dios mío! ¡Es mi hijo!... Pero... ¡como +puñalada, es buena! Si me lo dijera otro... ni lo creería, ni lo +sentiría. Me lo has dicho tú... y tampoco lo creo.... Yo no he tenido +tiempo de explicarte lo que ahora pasa por mí; lo que es esto de ser +padre.... Te perdono, pero me has hecho mucho daño. Cuando mañana te +arrepientas de tus palabras, acuérdate de esto que te digo: Bonifacio +Reyes cree firmemente que Antonio Reyes y Valcárcel es hijo suyo. Es su +único hijo. ¿Lo entiendes? ¡Su único hijo! + + + +FIN + + + +***END OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK SU úNICO HIJO*** + + +******* This file should be named 17341-8.txt or 17341-8.zip ******* + + +This and all associated files of various formats will be found in: +https://www.gutenberg.org/dirs/1/7/3/4/17341 + + + +Updated editions will replace the previous one--the old editions +will be renamed. + +Creating the works from public domain print editions means that no +one owns a United States copyright in these works, so the Foundation +(and you!) can copy and distribute it in the United States without +permission and without paying copyright royalties. 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You may copy it, give it away or +re-use it under the terms of the Project Gutenberg License included +with this eBook or online at <a href = "https://www.gutenberg.org">www.gutenberg.org</a></pre> +<p>Title: Su único hijo</p> +<p>Author: Leopoldo Alas</p> +<p>Release Date: December 17, 2005 [eBook #17341]</p> +<p>Language: Spanish</p> +<p>Character set encoding: ISO-8859-1</p> +<p>***START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK SU úNICO HIJO***</p> +<p> </p> +<h3>E-text prepared by Chuck Greif</h3> +<p> </p> +<hr class="full" /> +<p> </p> +<p> </p> + +<h1><big>Su único hijo</big></h1> + +<h2>Por</h2> + +<h1>Leopoldo Alas, «Clarín»</h1> + +<h3>Librería de Fernando Fé, Madrid</h3> + +<h3>1890</h3> +<hr style="width: 65%;" /> + +<h3>Capítulos:</h3> +<table summary="capitulos"><tr><td> +<a href="#I"><b>-I-,</b></a> +<a href="#II"><b>-II-,</b></a> +<a href="#III"><b>-III-,</b></a> +<a href="#IV"><b>-IV-,</b></a> +<a href="#V"><b>-V-,</b></a> +<a href="#VI"><b>-VI-,</b></a> +<a href="#VII"><b>-VII-,</b></a> +<a href="#VIII"><b>-VIII-,</b></a> +<a href="#IX"><b>-IX-,</b></a> +<a href="#X"><b>-X-,</b></a> +<a href="#XI"><b>-XI-,</b></a> +<a href="#XII"><b>-XII-,</b></a> +<a href="#XIII"><b>-XIII-,</b></a> +<a href="#XIV"><b>-XIV-,</b></a> +<a href="#XV"><b>-XV-,</b></a> +<a href="#XVI"><b>-XVI-</b></a></td></tr> +</table> + +<hr style="width: 65%;" /> +<h2><a name="I" id="I"></a>-I-</h2> + + +<p>Emma Valcárcel fue una hija única mimada. A los quince años se enamoró +del <i>escribiente</i> de su padre, abogado. El escribiente, llamado Bonifacio +Reyes, pertenecía a una honrada familia, <i>distinguida</i> un siglo atrás, +pero, hacía dos o tres generaciones, pobre y desgraciada. Bonifacio era +un hombre pacífico, suave, moroso, muy sentimental, muy tierno de +corazón, maniático de la música y de las historias maravillosas, buen +parroquiano del gabinete de lectura de alquiler que había en el pueblo. +Era guapo a lo romántico, de estatura regular, rostro <i>ovalado</i> pálido, de +hermosa cabellera castaña, fina y con bucles, pie pequeño, buena pierna, +esbelto, delgado, y vestía bien, sin afectación, su ropa humilde, no del +todo mal cortada. No servía para ninguna clase de trabajo serio y +constante; tenía preciosa letra, muy delicada en los perfiles, pero +tardaba mucho en llenar una hoja de papel, y su ortografía era +extremadamente caprichosa y fantástica; es decir, no era ortografía. +Escribía con mayúscula las palabras a que él daba mucha importancia, +como eran: amor, caridad, dulzura, perdón, época, otoño, erudito, suave, +música, novia, apetito y otras varias. El mismo día en que al padre de +Emma, don Diego Valcárcel, de noble linaje y abogado famoso, se le +ocurrió despedir al pobre Reyes, porque «<i>en suma</i> no sabía escribir y le +ponía en ridículo ante el Juzgado y la Audiencia», se le ocurrió a la +niña escapar de casa con su novio. En vano Bonifacio, que se había +dejado querer, no quiso dejarse robar; Emma le arrastró a la fuerza, a +la fuerza del amor, y la Guardia civil, que empezaba a ser benemérita, +sorprendió a los fugitivos en su primera etapa. Emma fue encerrada en un +convento y el escribiente desapareció del pueblo, que era una +melancólica y aburrida capital de tercer orden, sin que se supiera de él +en mucho tiempo. Emma estuvo en su cárcel religiosa algunos años, y +volvió al mundo, como si nada hubiera pasado, a la muerte de su padre; +rica, arrogante, en poder de un curador, su tío, que era como un +mayordomo. Segura ella de su pureza material, todo el empeño de su +orgullo era mostrarse inmaculada y obligar a tener fe en su inocencia al +mundo entero. Quería casarse o morir; casarse para demostrar la pureza +de su honor. Pero los pretendientes aceptables no parecían. La de +Valcárcel seguía enamorada, con la imaginación, de su escribiente de los +quince años; pero no procuró averiguar su paradero, ni aunque hubiese +venido le hubiera entregado su mano, porque esto sería dar la razón a la +maledicencia. Quería <i>antes</i> otro marido. Sí, Emma pensaba así, sin darse +cuenta de lo que hacía: «<i>Antes</i> otro marido». El <i>después</i> que vagamente +esperaba y que entreveía, no era el adulterio, era... tal vez la muerte +del primer esposo, una segunda boda a que se creía con derecho. El +primer marido pareció a los dos años de vivir libre Emma. Fue un +americano nada joven, tosco, enfermizo, taciturno, beato. Se casó con +Emma por egoísmo, por tener unas blandas manos que le cuidasen en sus +achaques. Emma fue una enfermera excelente; se figuraba a sí misma +convertida en una monja de la Caridad. El marido duró un año. Al +siguiente, la de Valcárcel dejó el luto, y su tío, el curador-mayordomo, +y una multitud de primos, todos Valcárcel, enamorados los más en secreto +de Emma, tuvieron por ocupación, en virtud de un <i>ukase</i> de la tirana de +la familia, buscar por mar y tierra al fugitivo, al pobre Bonifacio +Reyes. Pareció en Méjico, en Puebla. Había ido a buscar fortuna; no la +había encontrado. Vivía de administrar mal un periódico, que llamaba +chapucero y guanajo a todo el mundo. Vivía triste y pobre, pero callado, +tranquilo, resignado con su suerte, mejor, sin pensar en ella. Por un +corresponsal de un comerciante amigo de los Valcárcel, se pusieron estos +en comunicación con Bonifacio. ¿Cómo traerle? ¿De qué modo decente se +podía abordar la cuestión? Se le ofreció un destino en un pueblo de la +provincia, a tres leguas de la capital, un destino humilde, pero mejor +que la administración del periódico mejicano. Bonifacio aceptó, se +volvió a su tierra; quiso saber a quién debía tal favor y se le condujo +a presencia de un primo de Emma, rival algún día de Reyes. A la semana +siguiente Emma y Bonifacio se vieron, y a los tres meses se casaron. A +los ocho días la de Valcárcel comprendió que no era aquel el Bonifacio +que ella había soñado. Era, aunque muy pacífico, más molesto que el +curador-mayordomo, y menos poético que el primo Sebastián, que la había +amado sin esperanza desde los veinte años hasta la mayor edad.</p> + +<p>A los dos meses de matrimonio Emma sintió que en ella se despertaba un +intenso, poderosísimo cariño a todos los de su raza, vivos y muertos; se +rodeó de parientes, hizo restaurar, por un dineral, multitud de cuadros +viejos, retratos de sus antepasados; y, sin decirlo a nadie, se enamoró, +a su vez, en secreto y también sin esperanza, del insigne D. Antonio +Diego Valcárcel Merás, fundador de la casa de Valcárcel, famoso guerrero +que hizo y deshizo en la guerra de las Alpujarras. Armado de punta en +blanco, avellanado y cejijunto, de mirada penetrante, y brillando como +un sol, gracias al barniz reciente, el misterioso personaje del lienzo +se ofrecía a los ojos soñadores de Emma como el tipo ideal de grandezas +muertas, irreemplazables. Estar enamorada de un su abuelo, que era el +símbolo de toda la vida caballeresca que ella se figuraba a su modo, era +digna pasión de una mujer que ponía todos sus conatos en distinguirse de +las demás. Este afán de separarse de la corriente, de romper toda regla, +de desafiar murmuraciones y vencer imposibles y provocar escándalos, no +era en ella alarde frío, pedantesca vanidad de mujer extraviada por +lecturas disparatadas; era espontánea perversión del espíritu, prurito +de enferma. Mucho perdió el primo Sebastián con aquella restauración de +la iconoteca familiar. Si Emma había estado a tres dedos del abismo, que +no se sabe, su enamoramiento secreto y puramente ideal la libró de todo +peligro positivo; entre Sebastián y su prima se había atravesado un +pedazo de lienzo viejo. Una tarde, casi a oscuras, paseaban juntos por +el salón de los retratos, y cuando Sebastián preparaba una frase que en +pocas palabras explicase los grandes méritos que había adquirido amando +tantos años sin decir palabra ni esperar cosa de provecho, Emma se le +puso delante, le mandó encender una luz y acercarla al retrato del +ilustre abuelo.—Sí, os parecéis algo—dijo ella—; pero se ve claramente +que nuestra raza ha degenerado. Era él mucho más guapo y más robusto que +tú. Ahora los Valcárcel sois todos de alfeñique; si a ti te cargaran con +esa armadura, estarías gracioso.</p> + +<p>Sebastián continuó amando en secreto y sin esperanza. El guerrero de las +Alpujarras siguió velando por el honor de su raza.</p> + +<p>Bonifacio no sospechaba nada ni del primo ni del abuelo. En cuanto su +mujer dio por terminada la luna de miel, que fue bien pronto, como se +encontrase él demasiado libre de ocupaciones, porque el tío mayordomo +seguía corriendo con todo por expreso mandato de Emma, se dio a buscar +un <i>ser a quien amar</i>, <i>algo que le llenase la vida</i>. Es de notar que +Bonifacio, hombre sencillo en el lenguaje y en el trato, frío en +apariencia, oscuro y prosaico en gestos, acciones y palabras, a pesar de +su belleza plástica, <i>por dentro</i>, como él se decía, era un soñador, un +soñador soñoliento, y hablándose a sí mismo, usaba un estilo elevado y +sentimental de que ni él se daba cuenta. Buscando, pues, algo que le +llenara la vida, encontró una flauta. Era una flauta de ébano con llaves +de plata, que pareció entre los papeles de su suegro. El abogado del +ilustre Colegio, a sus solas, era romántico también, aunque algo viejo, +y tocaba la flauta con mucho sentimiento, pero jamás en público. Emma, +después de pensarlo, no tuvo inconveniente en que la flauta de su padre +pasara a manos de su marido. El cual, después de untarla bien con +aceite, y dejarla, merced a ciertas composturas, como nueva, se consagró +a la música, su afición favorita, en cuerpo y alma. Se reconoció +aptitudes algo más que medianas, una regular embocadura y mucho +sentimiento, sobre todo. El timbre dulzón, <i>nasal</i> podría decirse, +monótono y manso del melancólico instrumento, que olía a aceite de +almendras como la cabeza del músico, estaba en armonía con el carácter +de Bonifacio Reyes; hasta la inclinación de cabeza a que le obligaba el +tañer, inclinación que Reyes exageraba, contribuía a darle cierto +parecido con un bienaventurado. Reyes, tocando la flauta, recordaba un +santo músico de un pintor pre-rafaelista. Sobre el agujero negro, entre +el bigote de seda de un castaño claro, se veía de vez en cuando la punta +de la lengua, limpia y sana; los ojos, azules claros, grandes y dulces, +buscaban, como los de un místico, lo más alto de su órbita; pero no por +esto miraban al cielo, sino a la pared de enfrente, porque Reyes tenía +la cabeza gacha como si fuera a embestir. Solía marcar el compás con la +punta de un pie, azotando el suelo, y en los pasajes de mucha expresión, +con suaves ondulaciones de todo el cuerpo, tomando por quicio la +cintura. En los <i>allegros</i> se sacudía con fuerza y animación, extraña en +hombre al parecer tan apático; los ojos, antes sin vida y atentos nada +más a la música, como si fueran parte integrante de la flauta o +dependiesen de ella por oculto resorte, cobraban ánimo, y tomaban calor +y brillo, y mostraban apuros indecibles, como los de un animal +inteligente que pide socorro. Bonifacio, en tales trances, parecía un +náufrago ahogándose y que en vano busca una tabla de salvación; la +tirantez de los músculos del rostro, el rojo que encendía las mejillas y +aquel afán de la mirada, creía Reyes que expresarían la intensidad de +sus impresiones, su grandísimo amor a la melodía; pero más parecían +signos de una irremediable asfixia; hacían pensar en la apoplejía, en +cualquier terrible crisis fisiológica, pero no en el hermoso corazón del +melómano, sencillo como una paloma.</p> + +<p>Por no molestar a nadie, ni gastar dinero de su mujer, puesto que propio +no lo tenía, en comprar papeles de música, pedía prestadas las polkas y +las partituras enteras de ópera italiana que eran su encanto, y él mismo +copiaba todos aquellos <i>torrentes de armonía y melodía</i>, representados por +los amados signos del pentagrama. Emma no le pedía cuenta de estas +aficiones ni del tiempo que le ocupaban, que era la mayor parte del día. +Sólo le exigía estar siempre vestido, y bien vestido, a las horas +señaladas para salir a paseo o a visitas. Su Bonifacio no era más que +una figura de adorno para ella; por dentro no tenía nada, era un alma de +cántaro; pero la figura se podía presentar y dar con ella envidia a +muchas señoronas del pueblo. Lucía a su marido, a quien compraba buena +ropa, que él vestía bien, y se reservaba el derecho de tenerle por <i>un +alma de Dios</i>. Él parecía, en los primeros tiempos, contento con su +suerte. No entraba ni salía en los negocios de la casa; no gastaba más +que un pobre estudiante en el regalo de su persona, pues aquello de la +ropa lujosa no era en rigor gasto propio, sino de la vanidad de su +mujer; a él le agradaba parecer bien, pero hubiera prescindido de este +lujo indumentario sin un solo suspiro; además, creía ocioso y gasto +inútil aquello de encargar los pantalones y las levitas a Madrid, exceso +de <i>dandysmo</i>, entonces inaudito en el pueblo. Conocía él un sastre +modesto, flautista también, que por poco dinero era capaz de cortar no +peor que los empecatados <i>artistas</i> de la corte. Esto lo pensaba, pero no +lo decía. Se dejaba vestir. Su resolución era pesar lo menos posible +sobre la casa de los Valcárcel, y callar a todo.</p> + + + +<hr style="width: 65%;" /> +<h2><a name="II" id="II"></a>-II-</h2> + + +<p>Emma era el jefe de la familia; era más, según ya se ha dicho, su +tirano. Tíos, primos y sobrinos acataban sus órdenes, respetaban sus +caprichos. Este dominio sobre las almas no se explicaba de modo +suficiente por motivos económicos, pero sin duda estos influían +bastante. Todos los Valcárcel eran pobres. La fecundidad de la raza era +famosa en la provincia; las hembras de los Valcárcel parían mucho, y no +les iban en zaga las que los varones hacían ingresar en la familia, +mediante legítimo matrimonio. Procrear mucho y no querer trabajar, este +parecía ser el lema de aquella estirpe. Entre todos los Valcárcel no +había habido más hombre trabajador en todo el siglo que el padre de +Emma, el abogado, que también había sido, dentro del matrimonio, menos +prolífico que sus parientes. Ya se ha dicho que Emma era hija única, y, +por tanto, heredera universal del abogado romántico y flautista. Pero +los ahorros del aprovechado jurisconsulto llegaron a su hija un tanto +mermados. Parece ser que la castidad de D. Diego Valcárcel no era tan +extremada como se creía; su verdadera virtud había consistido siempre en +la prudencia y en el sigilo; sabía que el mal ejemplo y el escándalo son +los más formidables enemigos de las sociedades bien organizadas, y él, +visto que no le era posible conservarse en casta viudez, entre seducir a +las criadas de casa y a las doncellas de su hija, y, tal vez, como la +tentación le había apuntado varias veces a la oreja, a las respetables +clientes, desamparadas señoras que acudían a su despacho en demanda de +luces jurídico-morales, como él decía; entre esto y reglamentar el +vicio, las inevitables expansiones de la carne flaca, optó por lo +último, organizando con sabia distribución y prudentísimo secreto el +servicio de Afrodita, como decía él también. Y allí, fuera del pueblo, +en las aldeas vecinas adonde le llevaban a menudo los cuidados de la +hacienda propia y negocios ajenos, llegó a ser, valga la verdad, el +Abraham—<i>Pater Orchamus</i>—irresponsable de un gran pueblo de hijos +naturales, muchos adulterinos. Ni su conciencia, ni la del cura que le +confesó, que en vida le había ayudado a veces a evitar escándalos, ni +ciertas amenazas de bochornosas confesiones por parte de algunas +pecadoras, le consintieron, a la hora un tanto apurada de hacer +testamento, dejar en completo olvido ciertas obligaciones de la sangre; +y como se pudo, guardando los disimulos formales que fueron del caso, se +dejaron mandas aquí y allá, que disminuyeron en todo lo que la ley +consentía la herencia de Emma. No fue esto lo peor, sino que, previa +consulta del mismo director espiritual, D. Diego había hecho antes +subrepticiamente muchas enajenaciones <i>inter vivos</i>, a que, muy a su +pesar, le obligó el miedo al escándalo, que era su gran virtud, según se +ha dicho. <i>En suma</i>, Emma se vio con bastante menos caudal que su padre, +pero ella apenas lo supo casi, porque la daban jaqueca los papeles, +síncopes los números y grima la letra de los curiales. <i>Allá el tío</i>, +decía siempre que se trataba de intereses. Ella no entendía de nada más +que de gastar. Bien hubiera querido D. Juan Nepomuceno, antes curador de +Emma y actual mayordomo, sacudir todas las moscas que en forma de +parientes zumbaban alrededor del mermado panal de la herencia; mas no +era esto hacedero, porque el entrañable cariño que a los Valcárcel +pretéritos y presentes y futuros había cobrado la sobrina, exigía que la +hospitalidad más generosa acogiera a todos los suyos. D. Juan tuvo que +contentarse con ser el único administrador de aquella prodigalidad +gentílica, pero no llegó su influencia a evitar el despilfarro, ni +siquiera a conseguir que redundara sólo en provecho propio la +generosidad excesiva de su antigua pupila.</p> + +<p>Emma, que tuvo un mal parto, salió de una crisis de la vida lisiada de +las entrañas, con el estómago muy débil, y perdió carnes y ocultó +prematuras arrugas. Mas no podía esconder un brillo frío y siniestro de +la mirada, antipático como él solo; en aquel brillo y en la expresión +repulsiva que le acompañaba, se había convertido el <i>misterioso fulgor</i> de +aquellos ojos que habían cantado, a la guitarra, varios parientes de la +enfermucha mujer, nerviosa, irascible. De aquellos parientes, enamorados +los más en secreto tiempo atrás, cada cual según su temperamento, hizo +su corte Emma, que cada día despreciaba más a su marido, a quien sólo +estimaba como <i>físico</i>, y sentía más vivo el cariño por los de su raza.</p> + +<p>Reyes comprendía bien que, sin culpa suya, se iba convirtiendo en el +enemigo de sus afines, enemigo vencido y humillado gracias a que su +mujer le entregaba indefenso, atado de pies y manos, a cuantos parientes +quisieran hacer de él un pandero.</p> + +<p>Los Valcárcel, oriundos de la montaña, habían bajado a las villas de las +vegas y de la llanura a procurarse vida más holgada y muelle, y por todo +recurso acudían al expediente de buscar matrimonios de ventaja, +seduciendo a los ricachos de pueblo con pergaminos y escudos de piedra +labrada, allá en los caserones de los vericuetos, y a las tiernas +doncellas con las buenas figuras de arrogante vigor y señoril gentileza +que abundaban en la familia. Casi todos los Valcárcel eran buenos mozos, +aunque no tanto como el abuelo heroico, esbeltos; pero de palabra tarda, +ceño adusto, voz ronca, trato oscuro y orgullosos sin disimulo; +distinguíanse también por su apego exagerado a la capa, cuyo uso era +excusado la mayor parte del año en los poblachones bajos, templados y +húmedos, donde solían buscar novias. Algunos llevaron su audacia, sin +dejar la capa, a extender sus correrías de caballeros pobres hasta las +puertas de la misma capital de la provincia, y por fin, D. Diego, el +padre de Emma, el genio superior de la familia sin duda alguna, entró en +la ciudad sin miedo, fue estudiante emprendedor y calavera, y al llegar +a la mayor edad y tomar el grado, cambió de carácter, de repente, se +hizo serio como un colchón, abrió cuarto de estudio, acaparó la +clientela de la montaña, aduló a los señores del margen, magistrados +serios también y amigos de las fórmulas más exquisitas, hizo buena boda, +salió de pobre, brilló en estrados con fulgor de faro de primera clase, +y, sin perjuicio de ser romántico en el fuero interno, y hasta de +escribir octavillas en el seno del hogar, y dejar válvulas de seguridad +a los vapores del sentimentalismo en las llaves de la flauta, en que +soplaba con lágrimas en los ojos, fue con todo el más rígido amador de +la letra y enemigo del espíritu y de toda interpretación arriesgada e +irreverente de la ley sacrosanta. Y no se cuenta que una sola vez +tuviera la Sala que dirigirle el más comedido apercibimiento; ni de la +pulcritud de su lenguaje en estrados se hizo la magistratura sino +lenguas, llegando en este punto a caer D. Diego, valga la verdad, en +cierto culteranismo, disculpable, eso sí, porque mediante él procuraba +que su elocuencia saliese como el armiño de las cenagosas aguas de la +<i>podredumbre privada</i>, adonde le arrastraban, en ocasiones, las +necesidades del foro. Alguna vez tuvo que acusar, mal de su grado, a un +sacerdote indigno, de delitos contra la honestidad; y si bien en el +fondo procuró estar fuerte, terrible, implacable, no hubo modo de que su +lengua usase epítetos duros, ni siquiera enérgicos ni aun pintorescos, +llegando en el mayor calor del ataque a llamar a su contrario «el mal +aconsejado presbítero, si se le permitía calificarle así». «Mal +aconsejado—decía después D. Diego explicando el adjetivo—; esto es, que +yo supongo que el presbítero no hubiese caído en tales liviandades a no +ser por consejo de alguien, del diablo probablemente». Tenía el abogado +Valcárcel que luchar en sus discursos forenses con el lenguaje ramplón y +sobrado confianzudo que se usaba en su tierra, y que aun en estrados +pretendía imponérsele; mas él, triunfante, sabía encontrar equivalentes +cultos de los términos más vulgares y chabacanos; y así, en una ocasión, +teniendo que hablar de los pies de un hórreo o de una <i>panera</i>, que en el +país se llaman <i>pegollos</i>, antes de manchar sus labios con semejante +palabrota, prefirió decir «los sustentáculos del artefacto, señor +excelentísimo». A estas cualidades, que le habían conquistado las +simpatías y el respeto de toda la magistratura, unía el don no +despreciable de una felicísima memoria para recordar fechas con +exactitud infalible, y así, había más números en su mollera que en una +tabla de logaritmos. Llegó, sí, llegó el apellido de los Valcárcel, +gracias a D. Diego, a un grado de esplendor que no había tenido desde +los siglos remotos en que había brillado por las armas. Honra y provecho +había ganado el ilustre jurisconsulto, y, de una y otra ventaja, querían +gozar los parientes, que, por culpa de la fecundidad de sus hembras y de +las afines, incurrían en un doloroso proletariado que amenazaba llenar +de Valcárceles el mundo. No había matrimonios ventajosos que bastasen, +con esta desmedida facultad prolífica, a sacar a la raza del temor muy +racional de dar al fin en la miseria. Aquel movimiento de expansión en +busca de la prosperidad, que se había señalado en la dirección del +<i>vendamont</i>, bajando de la montaña al valle, ya volvía a indicarse en una +reacción proporcionada en sentido de <i>vendaval</i>, echando otra vez al +monte, a los caserones de los vericuetos, a las proles numerosas de los +Valcárcel, multiplicadas sin ton ni son, incapaces de trabajar; porque +no se puede llamar propiamente trabajo, a lo menos en el sentido +económico, los mil apuros que en redor de los tapetes verdes pasaban los +parientes de Emma, casi todos jugadores, y muchos de ellos víctimas de +su pasión, que estalló en forma de aneurisma. Muerto D. Diego, los +Valcárcel perdieron su único apoyo, y el movimiento de retroceso en +busca de la montaña se aceleró en toda la familia. Cuando bajaban al +llano venían cada vez más montaraces, más orgullosos; su odio a la +cortesía, a las fórmulas complicadas de la buena sociedad de provincia, +se acentuaba. Cuanto más pobres se iban quedando, más vanidad solariega +tenían y más despreciaban la vida en poblado y en tierra llana. En la +ribera, como llamaban allá arriba a las regiones bajas, sólo una cosa +respetable reconocían los Valcárcel del monte: el tapete verde. Se iba a +las ferias a jugar, a perder, a empeñarse... y a casa.</p> + +<p>Por el camino de retroceso que llevaba aquella raza se volvía a la +horda; era aquel el atavismo de todo un linaje. Por algún tiempo contuvo +en gran parte tan alarmante tendencia el espíritu exaltado de Emma. El +cariño gentilicio que en ella despertó con tan exagerada vehemencia, +sirvió para reconciliar a muchos de sus parientes con la civilización y +la tierra llana. Las visitas a la capital fueron más frecuentes, tal vez +porque eran más baratas y más cómodas. Ya se sabía que la casa del +famoso y ya difunto abogado D. Diego Valcárcel, era, como él la hubiera +llamado si viviese, <i>jenodokia</i>, jenones, o sea, en cristiano, albergue de +forasteros. Emma, que en algún tiempo había desdeñado, no sin +coquetería, la adoración de sus primos y tíos—pues también tenía tíos +apasionados—ahora, es decir, después de haber perdido la flor de la +hermosura, sobre todo la lozanía, por culpa del mal parto, gozábase en +recordar los antiguos despreciados triunfos del amor, y quería rumiar +las impresiones deliciosas de aquella adoración pretérita. Rodeábase con +voluptuosa delicia, como de una atmósfera tibia y perfumada, de la +presencia de aquellos Valcárcel que algún día se hubieran tirado de +cabeza al río por gozar una sonrisa suya.</p> + +<p>El amor aquel en algunos de ellos tenía que haber pasado por fuerza, so +pena de ser ridículo; los años y la grasa, y la terrible prosa de la +existencia pobre y montaraz de allá arriba, habían quitado todo carácter +de verosimilitud a cualquier tentativa de constancia amorosa; pero no +importaba: Emma se complacía en ver a su lado a los que todavía +recordaban con respeto y cariño el amor muerto, y consagraban al objeto +de tal culto todos los obsequios compatibles con el natural huraño y +brusco de la raza montés. Aquellos cortesanos del amor pretérito, tal +vez al rendir sus homenajes, pensaban sobre todo en la munificencia +actual de la heredera de D. Diego, única persona que aún tenía cuatro +cuartos en toda la familia; pero ella, la caprichosa cónyuge del infeliz +Bonifacio, no se detenía a escudriñar los recónditos motivos por que era +acatada su indiscutible soberanía sobre los suyos. Es muy probable que +ya ninguno de los parientes viese en su prima la belleza que, en efecto, +había volado; pero algunos fingían, con mucha delicadeza en el disimulo, +ocultar todavía una hoguera del corazón bajo las cenizas que el deber y +las buenas costumbres echaban por encima. Emma gozaba también, sin darse +cuenta clara de ello, creyéndolo vagamente; saboreaba aquel holocausto +de amor problemático con la incertidumbre de una música lejana que ya +suena, no se sabe si en la aprensión o en el oído. Lo que era un dogma +familiar, que tenía su fórmula invariable, era esto: que por Emma no +pasaban días, que lo del estómago no era nada, y que después de parir, +de mala manera, estaba más fresca y lozana que nunca. Nadie creía tal +cosa, porque saltaba a la vista que no era así; pero lo aseguraban +todos. Los cortesanos de aquella sultana caprichosa y de carácter +violento y variable, se vengaban de su humillación ineludible +despreciando a Bonifacio Reyes sin ningún género de disimulo. Emma llegó +a sentir por su esposo un afecto análogo en cierto modo al que hubiera +podido inspirar al Emperador romano su caballo senador. Otro dogma de la +familia, pero éste secreto, era que «<i>la niña</i> había <i>labrado</i> su desgracia +uniéndose a aquel hombre». El primo Sebastián confesaba entre suspiros +que el único acto de su vida de que estaba arrepentido (y era hombre que +se había jugado la hijuela materna a una carta), se remontaba a la época +de su pasión loca por Emma, pasión que le había hecho caer en la +debilidad de consentir en dar todos los pasos necesarios para buscar, +encontrar, emplear y casar al estúpido escribiente de D. Diego. Aquella +debilidad, aquella ceguera de la pasión, no se la perdonaría nunca. Y +suspiraba Sebastián, y suspiraban los demás parientes, y suspiraba Emma +también a veces, gozando melancólicamente con aquella afectación de +víctima resignada que sufre por toda una vida las consecuencias +desastrosas de una locura juvenil.</p> + + + +<hr style="width: 65%;" /> +<h2><a name="III" id="III"></a>-III-</h2> + + +<p>El buen esposo durante mucho tiempo no paró mientes en tales injurias. +En el fondo del alma, y a pesar de los elegantes trajes de paño inglés +que se le había hecho vestir, continuaba considerándose el antiguo +escribiente de D. Diego, a quien había pagado sus favores con la más +negra ingratitud.</p> + +<p>Todos los Valcárcel eran para él los <i>señoritos</i>. En vano, allá en los +rápidos días, ya remotos, de aquella luna de miel que Emma había +decretado que fuese tan breve, en vano la enamorada esposa le había +exigido más dignidad y tesón en el trato con los primos y tíos; él, +Bonifacio, no podía menos de estimarlos siempre muy superiores a él por +la sangre, por los privilegios de raza en que confusamente creía. D. +Juan Nepomuceno le aterraba con sus grandes patillas cenicientas, sus +ojos fríos de color de chocolate claro y su doble papada afeitada con +esmero cancilleresco; le aterraba sobre todo con sus cuentas +embrolladas, que él miraba como la esencia de la sabiduría. Siempre que +D. Juan daba noticia somera de las mermas de la hacienda a su aturdida +sobrina, exigía que Bonifacio estuviese delante; era inútil que Emma y +el mismo Reyes quisiesen excusar esta ceremonia.—De ningún modo—gritaba +el tío—; quiero que lo presenciéis todo, para que el día de mañana no +diga ese (Bonifacio) que os he arruinado por inepto o por otra cosa +peor. El <i>todo</i> que había de presenciar por fuerza <i>ese</i>, no era nada; allí +no se podía ver cosa clara, y aunque se pudiera, no la vería Reyes, que +ni siquiera miraba. Si era una escena molesta, irritante para Emma la de +asistir a <i>las cuentas del tío</i>, sin atender, sin sacar en limpio más que +«aquello iba muy mal», para el marido era el tormento más insoportable. +En vez de pensar en los números, pensaba en lo que le querrían decir +aquellos ojos del administrador pariente. Le querían decir, en su +opinión, «¿quién eres tú para pedirme cuentas, para fiscalizar mi +administración? ¿Por qué estás tú metido en la familia, plebeyo +miserable?». Sí, plebeyo, pensaba el infeliz; porque si bien sabía, con +gran oscuridad en los pormenores, que sus ascendientes habían sido de +<i>buena familia</i>, casi lo tenía olvidado, y comprendía que los demás, los +Valcárcel especialmente, no querrían recordar, ni casi casi creer, +semejante cosa.</p> + +<p>Tan fuerte llegó a ser el disgusto que le causaban aquellas inútiles +entrevistas, que, por primera vez en su vida, se decidió a cumplir en +algo su propia voluntad, y se <i>cuadró</i>, como él dijo, y no quiso +presenciar más la insoportable escena. Con gran extrañeza y mayor placer +se vio victorioso en este punto sin gran resistencia por parte del tío. +En cuanto a Emma, tampoco insistió mucho en contrariar el deseo de su +esposo. Y fue porque se le ocurrió que detrás de la emancipación del +otro vendría la suya. En efecto, a los tres meses de haber prescindido +de la presencia de Bonifacio, Emma consiguió que se prescindiera también +de la suya. Y el tío, sin que lo supiera nadie más que él y la sobrina, +dejó de rendir cuentas de gastos y de ingresos a bicho viviente. Cada +cual firmaba lo que tenía que firmar, sin leer un renglón ni una cifra, +y no se hablaba del asunto.</p> + +<p>Dos preocupaciones cayeron después sobre el ánimo encogido de Bonifacio: +la una era una gran tristeza, la otra una molestia constante. Del mal +parto de su mujer nacían ambas. La tristeza consistía en el desencanto +de no tener un hijo; la molestia perpetua, invasora, dominante, provenía +de los achaques de su mujer. Emma había perdido el estómago, y Bonifacio +la tranquilidad, su musa. El carácter caprichoso, versátil de la hija de +D. Diego, adquirió determinadas líneas, una fijeza de elementos que +hasta entonces en vano se pretendía buscar en él; ya no fue mudable +aquel ánimo, no iba y venía aquella voluntad avasalladora, pero +insegura, de cien en cien propósitos. Emma, con una seriedad extraña en +ella, se decidió a ser de por vida una mujer insoportable, el tormento +de su marido. Si para el mundo entero fue en adelante seca, huraña, la +flor de sus enojos la reservó para la intimidad de la alcoba. Molestaba +a su esposo como quien cumple una sentencia de lo Alto. En aquella +persecución incesante había algo del celo religioso. Todo lo que le +sucedía a ella, aquel perder las carnes y la esbeltez, aquellas arrugas, +aquel abultar de los pómulos que la horrorizaba haciéndola pensar en la +calavera que llevaba debajo del pellejo pálido y empañado, aquel desgano +tenaz, aquellos insomnios, aquellos mareos, aquellas irregularidades +aterradoras de los fenómenos periódicos de su sexo, eran otros tantos +crímenes que debían atormentar con feroces remordimientos la conciencia +del mísero Bonifacio. «¿No lo comprendía él así?». No. Su imaginación no +llegaba tan lejos como quería su mujer. Él no pasaba de confesar que +había sido un ingrato para con D. Diego dejándose robar por su hija. De +todo lo demás no tenía él la culpa, sino Emma o el diablo, que se +complacía en que él no tuviese hijos, ni su mujer las necesarias +condiciones para ser como todas las hembras. En cuanto se quedaban solos +en la habitación de la enferma, ella cerraba la puerta con estrépito, y +acto continuo se oía la voz chillona, estridente, que gastaba las pocas +fuerzas de la anémica en una catilinaria de cuya elocuencia y facundia +no era posible dudar. La disputa, si a estas verrinas se les podía dar +tal nombre, solía comenzar por una consulta médica.</p> + +<p>—Me sucede esto—decía ella—, y hablaba de sus irregularidades íntimas; +¿qué te parece que será? ¿Qué debo hacer? ¿Continuaré con tal +medicamento o tendré que suspenderlo?</p> + +<p>Bonifacio palidecía, la saliva se le convertía en cola de pegar... ¿Qué +sabía él? Compadecía a su esposa (por supuesto, mucho menos que a sí +mismo), pero no sabía ni podía saber lo que la convenía; es más, ni +siquiera tenía una idea exacta de los males de que ella se quejaba; +estaba seguro de que tenían cierta gravedad y de que eran origen de la +propia desesperación, porque le cerraban la esperanza de ser padre, de +tener hijos legítimos; pero de medicamentos y pronósticos ¿qué podía +decir él? Nada; y se echaba a temblar pensando en los oscuros fenómenos +patológicos de que ella le hablaba, y barruntando la tormenta que traía +aparejada su ignorancia del caso.</p> + +<p>—Mujer, yo no puedo decirte... yo no entiendo... llamaremos al médico....</p> + +<p>—¡Eso es, al médico! ¡Para estas cosas al médico! Ya que tú no tienes +pudor, déjame a mí tenerlo. Estas son intimidades del matrimonio: al +médico no se debe recurrir sino en el último apuro.... Tú debieras saber, +tú debieras afanarte por averiguar lo que me conviene; aunque no fuera +por cariño, por pudor, por vergüenza; y si no tienes vergüenza, por +remordimientos, por....</p> + +<p>Ya se ha indicado que la facundia de Emma, llegados estos momentos, no +tenía límites.</p> + +<p>Un día, en que a ella se le antojó que tenía una inflamación del +hígado... en el bazo, fue en busca de su esposo y le encontró en su +alcoba tocando la flauta. Su indignación no encontró palabras; allí no +había elocuencia posible, a no ser la del silencio... y la de los +hechos. «Ella muriendo de un <i>ataque al hígado</i> y él... ¡tocando la +flauta!». Aquello merecía testigos, y los tuvo. Acudieron a la citación +de Emma D. Juan Nepomuceno, Sebastián y otros dos primos. La indignación +cundió por todos los presentes. El delito era flagrante: la flauta +estaba allí, sobre la mesa, y el hígado de Emma en su sitio, pero hecho +una laceria. Bonifacio, que a pesar de todo quería a su mujer más que +todos los tíos y primos, olvidando el propio crimen, quiso enterarse del +mal que padecía la víctima; a duras penas pudo conseguir que Emma, +tendida en un sofá y ahogando los sollozos, señalase con una mano en el +lado izquierdo la región del bazo.</p> + +<p>—Pero, hija... se atrevió a decir, si eso... no es el hígado. El hígado +está al otro lado.</p> + +<p>—¡Miserable!—gritó la esposa—. ¿Todavía te atreves a hablar? ¿No dices +que tú no eres médico? ¿Que tú no entiendes de eso? Y ahora por +contradecirme....</p> + +<p>D. Juan Nepomuceno, amante de toda verdad, como no fuera del orden +aritmético, en el cual prefería las lucubraciones de la fantasía, +declaró, con la mano sobre la conciencia, que en aquella ocasión ¡<i>rara +avis</i>! (dijo) Bonifacio tenía de su parte la razón; que el hígado estaba +al otro lado, en efecto.</p> + +<p>—No importa—dijo Sebastián—; puede ser un dolor reflejo.</p> + +<p>—¿Y qué es eso?</p> + +<p>—No lo sé; pero me consta que los hay.</p> + +<p>No era tal cosa; era un dolorcillo reumático ambulante; pocos momentos +después lo sintió Emma en la espalda. Resultó, en fin, que no era nada; +pero siempre sería cierta una cosa: que Bonifacio estaba tocando la +flauta en el instante en que su esposa se creía a las puertas del +sepulcro.</p> + +<p>No dormían juntos, sino en habitaciones muy distantes; pero el marido, +en cuanto se levantaba, que no era tarde, tenía la obligación de correr +a la alcoba de su mujer a cuidarla, a preparárselo todo, porque la +criada tenía irremediable torpeza en las manos; y en esta parte Emma +hacía a su Bonifacio la justicia de reconocerle buena maña y dedos de +cera. Rompía mucha loza y cristal, y buenas reprimendas le costaba; pero +tenía dotes de enfermero y de ayuda de cámara. Y también reconocía ella +de buen grado, y pensando a veces en pasadas ilusiones, que a pesar de +ser tan hábil en aquellos manejos, su marido no era afeminado de figura +ni de gestos; era suave, algo felino, podría decirse untuoso, pero todo +en forma varonil. Aquel plegarse a todos los oficios íntimos de alcoba, +a todas las complicaciones del capricho de la enferma, de las +voluptuosidades tristes y tiernas de la convalecencia, parecían en +Bonifacio, por lo que toca al aspecto material, no las aptitudes +naturales de un hermafrodita beato o cominero, sino la romántica +exageración de un amor quijotesco, aplicado a las menudencias de la +intimidad conyugal.</p> + +<p>Emma seguía sintiéndose orgullosa del <i>físico</i> de su Bonis, como llamaba a +Reyes; y al verle ir y venir por la alcoba, siempre de agradable y noble +catadura a pesar de los oficios humildes en que allí se empleaba, +experimentaba la alegría íntima de la vanidad satisfecha. Mas antes la +harían pedazos que dejase traslucir semejantes afectos, y cuanto más +guapo, más esclavo quería al mísero escribiente de D. Diego, más +humillado cuanto más airoso en su humillación. Reñir a Bonifacio llegó a +ser su único consuelo; no pudo prescindir ni de sus cuidados ni de +pagárselos con chillerías y malos modos. ¿Qué duda cabía que su Bonis +había nacido para sufrirla y para cuidarla?</p> + +<p>Sus pocos momentos de buen humor relativo los gastaba Emma en cultivar +los resabios de sus pretéritas coqueterías; todavía pretendía parecer +bien a los parientes a quienes un día desdeñara; un poco de romanticismo +puramente fantástico, alambicado, enfermizo, era lo único que, en +presencia de los Valcárcel, y sólo entonces, revelaba la existencia de +un espíritu dentro de aquella flaca criatura pálida y arrugada: lo demás +del tiempo, casi todo el día, parecía un animal rabiando, con el +instinto de ir a morder siempre en el mismo sitio, en el ánimo apocado y +calmoso del suave cónyuge.</p> + +<p>Bonifacio no era cobarde; pero amaba la paz sobre todo; lo que le daba +mayor tormento en las injustas lucubraciones bilioso-nerviosas de su +mujer, era el ruido.</p> + +<p>«Si todo eso me lo dijera por escrito, como hacía D. Diego cuando +insultaba a la parte contraria o al inferior en papel sellado, yo mismo +lo firmaría sin inconveniente». Las voces, los gritos, eran los que le +llegaban al alma, no los <i>conceptos</i>, como él decía.</p> + +<p>Había temporadas en que, después de los ordinarios servicios de la +alcoba, para los que era irreemplazable el marido, Emma declaraba que no +podía verlo delante, que el mayor favor que podía hacerla era marcharse, +y no volver hasta la hora de tal o cual faena de la incumbencia +exclusiva de Bonifacio. Entonces él veía el cielo abierto, tomando la +puerta de la calle.</p> + + + +<hr style="width: 65%;" /> +<h2><a name="IV" id="IV"></a>-IV-</h2> + + +<p>Se iba a una tienda. Tenía tres o cuatro tertulias favoritas alrededor +de sendos mostradores. Repartía el tiempo libre entre la botica de la +Plaza, la librería Nueva, que alquilaba libros, y el comercio de paños +de los Porches, propiedad de la viuda de Cascos. En este último +establecimiento era donde encontraba su espíritu más eficaz consuelo; un +verdadero bálsamo en forma de silencio perezoso y de recuerdos tiernos. +Por la tienda de Cascos había pasado todo el romanticismo provinciano +del año cuarenta al cincuenta. Es de notar que en el pueblo de +Bonifacio, como en otros muchos de los de su orden, se entendía por +romanticismo leer muchas novelas, fuesen de quien fuesen, recitar versos +de Zorrilla y del duque de Rivas, de Larrañaga y de D. Heriberto García +de Quevedo (salvo error), y representar <i>El Trovador</i> y <i>El Paje</i>, <i>Zoraida</i> y +otros dramas donde solía aparecer el moro entregado a un lirismo llorón, +desenvuelto en endecasílabos del más lacrimoso efecto:</p> + +<p> +<span style="margin-left: 2.5em;">¿Es verdad, Almanzor, mis tiernos brazos te vuelven a estrechar?</span><br /> +<span style="margin-left: 2.5em;">¡Pluguiera al cielo!, etc.</span><br /> +</p> + +<p>decía Bonifacio y decían todos los de su tiempo con una melopea pegajosa +y simpática, algo parecida a canto de nodriza. Y decían también, esto +con más energía:</p> + +<p> +<span style="margin-left: 2.5em;">¡Boabdil, Boabdil, levántate y despierta!... etc.</span><br /> +</p> + +<p>Esta era la mejor y más sana parte de lo que se entendía por +romanticismo. Su complemento consistía en aplicar a las costumbres algo +de lo que se leía, y, sobre todo, en tener pasiones fuertes, capaces de +llevar a cabo los más extremados proyectos. Todas aquellas pasiones +venían a parar en una sola, el amor; porque las otras, tales como la +ambición desmedida, la aspiración a algo desconocido, la profunda +misantropía, o eran cosa vaga y aburrida a la larga, o tenían escaso +campo para su aplicación en el pueblo; de modo que el romanticismo +práctico venía a resolverse en amor con acompañamiento de guitarra y de +periódicos manuscritos que corrían de mano en mano, llenos de versos +sentimentales. ¡Lástima grande que este lirismo sincero fuera las más +veces acompañado de sátiras ruines en que unos poetas a otros se +enmendaban el vocablo, dejando ver que la envidia es compatible con el +idealismo más exagerado! En cuanto al amor romántico, si bien comenzaba +en la forma más pura y conceptuosa, solía degenerar en afecto clásico; +porque, a decir la verdad, la imaginación de aquellos soñadores era +mucho menos fuerte y constante que la natural robustez de los +temperamentos, ricos de sangre por lo común; y el ciego rapaz, que nunca +fue romántico, hacía de las suyas como en los tiempos del Renacimiento y +del mismo clasicismo, y como en todos los tiempos; y, <i>en suma</i>, según +confesión de todos los tertulios de la tienda de Cascos, la moralidad +pública jamás había dejado tanto que desear como en los benditos años +románticos; los adulterios menudeaban entonces; los Tenorios, un tanto +averiados, que quedaban en la ciudad, en aquella época habían hecho su +agosto; y en cuanto a jóvenes solteras y <i>de buena familia</i>, se sabía de +muchas que se habían escapado por un balcón, o por la puerta, con un +amante; o sin escaparse se habían encontrado encinta sin que mediara +ningún sacramento. La tertulia de Cascos y la tienda de los Porches +habían sido, respectivamente, ocasión y teatro de muchas de aquellas +aventuras, que se envolvían en un picante misterio y después venían a +ser pasto de una murmuración misteriosa también y no menos picante. +Aunque en nombre de la religión y de la moral se condenasen tales +excesos, no cabe negar que en los mismos que murmuraban y censuraban +(tal vez cómplices, por amor al arte, de tales extremos) se adivinaba +una recóndita admiración, algo parecida a la que inspiraban los poetas +en boga, o los buenos cómicos, o los cantantes italianos—buenos o +malos—o los guitarristas excelentes. Aquel romanticismo representado en +la sociedad (entonces todavía no se había inventado eso de hablar tanto +de la realidad) era como un grado superior en la común creencia +estética. En cambio, si los antiguos partidarios del <i>clair de lune</i> de la +tienda de paños tenían que declarar la inferioridad moral—relativamente +al sexto mandamiento no más—de aquellos tiempos, recababan para ellos el +mérito de las buenas formas, del eufemismo en el lenguaje; y así, todo +se decía con rodeos, con frases opacas; y al hablar de amores de +ilegales consecuencias se decía: «Fulano obsequia a Fulana», v. gr. De +todas suertes, la vida era mucho más divertida entonces, la juventud más +fogosa, las mujeres más sensibles. Y al pensar en esto suspiraban los de +la tienda de Cascos; de Cascos, que había muerto dejando a la viuda la +herencia de los paños, de la clientela y de los tertulios ex románticos, +ya todos demasiado entrados en años y en cuidados, y muchos en grasa, +para pensar en sensiblerías trascendentales. Pero no importaba; se +seguía suspirando, y muchos de aquellos silencios prolongados que +solemnizaban la ya imponente oscuridad de la tienda con aspecto de +cueva; muchos de aquellos silencios que tanto agradaban a Reyes, estaban +consagrados a los recuerdos del año cuarenta y tantos. La viuda, señora +respetable de cincuenta noviembres, tal vez había amado y se había +dejado amar por uno de aquellos asiduos tertulios, un D. Críspulo +Crespo, relator, funcionario probo y activo e inteligente, de muy mal +genio; sí, se habían amado, aunque sin ofensa mayor de Cascos; y en +opinión de los amigos, seguían amándose; pero todos respetaban aquella +pasión recóndita e inveterada; rara vez se aludía a ella, y se la tenía +por único recuerdo vivo de tiempos mejores; y el respeto a tal documento +póstumo del muerto romanticismo se mostraba tan sólo en dejar +invariablemente un puesto privilegiado, dentro del mostrador, para D. +Críspulo.</p> + +<p>Bonifacio, que había sido uno de los más distinguidos epígonos de aquel +romanticismo al pormenor, ya moribundo, se sentía bien quisto en la +tertulia y se acogía a su seno, tibio como el de una madre.</p> + +<p>Una tarde que Emma le arrojó de su alcoba por haber confundido los +ingredientes de una cataplasma—¡caso raro!—, Bonifacio entró en la +tienda de paños más predispuesto que nunca a la voluptuosidad de los +recuerdos. Don Críspulo estaba en su asiento privilegiado. La viuda +hacía calceta enfrente del relator. Ambos callaban. Los demás ex +románticos, entre toses y largos intervalos de silencio que parecían +parte del ceremonial de un rito misterioso, soñoliento, hablaban en la +semioscuridad gris, fuera del mostrador, y repasaban sus comunes +recuerdos. ¿Quién vivía en aquella plaza que tenían delante, el año +cuarenta? El habilitado del clero, allí presente, hombre de prodigiosa +memoria, recordaba uno por uno los inquilinos de todos aquellos +edificios tristes y sucios, grandes caserones de dos pisos. «Las de +Gumía habían muerto en la Habana, donde era el año cuarenta y seis +magistrado el marido de la mayor; en el piso segundo de la casa grande +de Gumía habitaba el secretario del Gobierno civil, que se llamaba +Escandón, era gallego, muy buen poeta, y se había suicidado en Zamora +años después, porque siendo tesorero se le había hecho responsable de un +desfalco debido al contador. En el número cinco vivían los de Castrillo, +cinco hermanos y cinco hermanas, que tenían tertulia y comedias caseras; +la casa de Castrillo era uno de los focos del romanticismo del pueblo; +allí se escribía el periódico anónimo y clandestino, que después se +metía por debajo de las puertas. Perico Castrillo había sido un +talentazo, sólo que entre las mujeres y la bebida le perdieron, y murió +loco en el hospital de Valladolid. Antonio Castrillo había sido el mejor +jugador de tresillo de la provincia, después se había ido a jugar a +Madrid, y allí se agenció de modo, siempre jugando al tresillo, que se +hizo un nombre en la política y fue subsecretario en tiempo de Istúriz. +Pero este y los demás Castrillos habían muerto tísicos. En cuanto a +ellas, se habían dispersado, mal casadas tres, monja una y perdida la +otra por un seductor del provincial de Logroño, el capitán Suero».</p> + +<p>Al llegar a la casa número nueve el habilitado del clero suspiró con +gran aparato.</p> + +<p>—Ahí... todos ustedes recuerdan quién vivía el año cuarenta....</p> + +<p>—La <i>Tiplona</i>, dijeron unos.</p> + +<p>—La <i>Merlatti</i>, exclamaron otros.</p> + +<p>La <i>Tiplona</i>, la <i>Merlatti</i> había sido el microcosmos del romanticismo +músico del pueblo. Era una tiple italiana que aquellos provincianos +hubieran echado a reñir con la Grissi, con la Malibrán, sin necesidad de +haber oído a estas. No concedían aquellos señores formales que en este +mundo se hubiera oído cosa mejor que la Merlatti... ¡Y qué carnes! ¡Y +qué trato! Era más alta que cualquiera de los presentes, blanca como la +nieve, suave como la manteca y de una musculatura tan exuberante como +bien contorneada; montaba a la inglesa, tiraba la pistola, y había +abofeteado en medio del paseo a la <i>Tiplona</i>, su rival la Volpucci, que +también tenía sus aficionados. Esta era delgada, flexible como un mimbre +y lucía más que la <i>Tiplona</i> en las <i>fioriture</i>; pero como voz y como carnes +y buena presencia, no había comparación. La <i>Tiplona</i> había vencido, y +había vuelto a la ciudad en varias temporadas, y por último se había +casado con un coronel retirado, dueño de aquella casa de la plaza del +teatro, el coronel Cerecedo; y allí había vivido años y años dando +conciertos caseros y admirada y querida del pueblo filarmónico, +agradecido y enamorado de los encantos, cada vez más ostentosos, de la +ex tiple. Y ¡quién lo dijera!, también había muerto tísica, después de +un mal parto. ¡La <i>Tiplona</i>! El que más y el que menos de aquellos señores +la había amado en secreto o paladinamente, y el mismo Bonifacio, muy +joven entonces, tenía que confesarse que su afición a la ópera seria +había crecido escuchando a aquella real moza, que enseñaba aquella +blanquísima pechuga, un pie pequeño, primorosamente calzado, y unos +dientes de perlas.</p> + +<p>El habilitado del clero siguió pasando revista a los inquilinos del año +cuarenta; de aquella enumeración melancólica de muertos y ausentes salía +un tufillo de ruina y de cementerio; oyéndole parecía que se mascaba el +polvo de un derribo y que se revolvían los huesos de la fosa común, todo +a un tiempo. Suicidios, tisis, quiebras, fugas, enterramientos en vida, +pasaban como por una rueda de tormento por aquellos dientes podridos y +separados, que tocaban a muerto con una indiferencia sacristanesca que +daba espanto. El vejete terminó su historia al por menor con los ojos +encendidos de orgullo. ¡Qué memoria la suya!, pensaba él. ¡Qué mundo +este!, pensaban los demás.</p> + +<p>A Bonifacio aquella narración le había hecho recordar el espectáculo +tristísimo de las ruinas de la casa donde él había nacido; sí, él había +visto desprenderse las paredes pintadas de amarillo y otras cubiertas de +papel de ramos verdes; él había visto como en un plano vertical la +chimenea despedazada, al amor de cuya lumbre su madre le había dormido +con maravillosos cuentos; allá arriba, en un tercer piso... sin piso, +quedaba de todo aquel calor del hogar el hueco de una hornilla en una +medianería agrietada, sucia y polvorienta. ¡Al aire libre, siempre +expuesta a las miradas indiferentes del público, estaba la alcoba en que +había muerto su padre! Sí; él había visto en lo alto los restos +miserables, la pared manchada por las expectoraciones del enfermo, las +señales del hierro de la cama humilde en la grasa de aquella pared.... +¿Qué quedaba de toda aquella vivienda, de aquella familia pobre, pero +feliz por el cariño? Quedaba él, un aficionado a la flauta, en poder de +su Emma, una furia, sí, una furia, no había para qué negárselo a sí +mismo. La casa había desaparecido; aquellas ruinas de su hogar habían +estado siendo el escándalo de la gacetilla urbana. «¿Pero cuándo se +derriba la inmunda fachada de la esquina asquerosa de la calle del +Mercado?». Esto había gritado la prensa local meses y meses, y al fin el +Municipio había aplicado la piqueta de <i>doña Urbana</i>, como decía el +periódico, a los últimos restos de tantos recuerdos sagrados. ¿Y él +mismo, pensaba Bonifacio, qué era más que un esquinazo, una ruina +asquerosa que estaba molestando a toda una familia linajuda con su +insistencia en vivir, y ser, por una aberración lamentable, el marido de +su mujer? Todas aquellas ideas tristes y humillantes las había +despertado en su espíritu el diablo del habilitado con aquella <i>ojeada +retrospectiva</i> al año cuarenta. ¡La historia! ¡Oh!, la historia en las +óperas era una cosa muy divertida... <i>Semíramis</i>, <i>Nabucodonosor</i>, <i>Las +Cruzadas</i>, <i>Atila</i>... magnífico todo... pero las de Gumía, las de +Castrillo... tanta muerte, tanta vergüenza, tanta dispersión y +podredumbre... esto <i>encogía el ánimo</i>. Por fortuna la conversación volvió +a la <i>Tiplona</i>, y con motivo de esto se recordó las óperas que se +cantaban entonces y las que se cantaban ahora en comparación con +aquellas. La verdad era que ahora no se cantaban óperas en el pueblo, +pues casi hacía ocho años que no parecía por allí un mal cuarteto. +Entonces el habilitado, que tanto había entristecido al concurso, se +dignó dar una noticia de actualidad, contra su costumbre. Su costumbre +era despreciar <i>altamente</i> todos los sucesos próximos, pasados o futuros, +que no exigían, para ser referidos o inducidos, gran retentiva, como él +llamaba a la memoria. Con aire displicente dijo el buen hombre:</p> + +<p>—Pues ópera la van ustedes a tener ahora, y buena; porque me ha dicho el +alcalde que han pedido el teatro desde León el famoso Mochi y la +Gorgheggi.</p> + +<p>—¡La Gorgheggi!—gritaron a una los presentes.</p> + +<p>Y hasta el relator hizo un movimiento de sorpresa en su silla, metido en +la sombra, y la viuda de Cascos le miró y suspiró discretamente.</p> + +<p>Ocho días después estaban en el pueblo el tenor Mochi, famoso en todos +los teatros de provincia del reino, y su protegida y discípula la +Gorgheggi. Cantaron <i>La Extranjera</i> la primera noche, y aunque el diario +más filarmónico de la capital «no se atrevió a emitir juicio por una +sola audición», el público, menos circunspecto (verdad es también que +con menos responsabilidad ante la historia del arte), se entusiasmó +desde luego y juró en masa que «desde la <i>Tiplona</i> acá no se había oído +prodigio por el estilo. La Gorgheggi era un ruiseñor; y además, ¡qué +guapa, qué amable, qué atenta con el público, qué agradecida a los +aplausos!». Sí que era guapa; era una inglesa traducida por su amigo +Mochi al italiano, dulce y de movimientos suaves, de ojos claros y +serenos, blanca y fuerte; tenía una frente de puras líneas, que lucía +modestamente, con un peinado original, en que el cabello, de castaño +claro y en ondas, servía de marco sencillo a aquella blancura pálida, en +que, hasta de día, como pensaba Bonifacio, parecía haber reflejos de la +luna. Bonifacio vio dos actos de <i>La Extranjera</i> la noche del estreno, y +con un supremo esfuerzo de la voluntad se arrancó de las garras de la +tentación y volvió al lado de su esposa, de su Emma, que, amarillenta y +desencajada y toda la cabeza en greñas, daba gritos en su alcoba porque +su esposo la abandonaba, acudiendo tarde, muy tarde, media hora después +de la señalada, a darle unas friegas sin las cuales pensaba ella que se +moría en pocos minutos. Llegó Reyes, dio las friegas con gran ahínco, en +silencio, oyendo resignado los gritos, mezclados de improperios, de su +mujer, y pensando en la frente y en la voz de la Gorgheggi y en el final +de <i>La Extranjera</i>, que estarían entonces cantando.</p> + +<p>Y se acostó Bonifacio, discurriendo: «¡Sí, es muy hermosa, pero lo mejor +que tiene es la frente; no sé lo que dice a mi corazón aquella curva +suave, aquella onda dulce!... Y la voz es una voz... maternal; canta con +la coquetería que podría emplear una madre para dormir a su hijo en sus +brazos: parece que nos arrulla a todos, que nos adormece... es... aunque +parezca un disparate, una voz honrada, una voz de ama de su casa que +canta muy bien: aquella <i>pastosidad</i>, como dice el relator, debe de ser la +que a mí me parece timbre de bondad; así debieran cantar las mujeres +hacendosas mientras cosen la ropa o cuidan a un convaleciente... ¡qué sé +yo!, aquella voz me recuerda la de mi madre... que no cantaba nunca. +¡Qué disparates! Sí, disparates para dichos, pero no para pensados.... En +fin, ¿qué tengo yo que ver con ella? Nada. Probablemente Emma no me +dejará volver al teatro...». Y se durmió pensando en la frente y en la +voz de la Gorgheggi.</p> + +<p>Al día siguiente, a las doce de la mañana había ensayo, y allí estaba +Bonifacio, más muerto que vivo, barruntando la escena que le preparaba, +de fijo, su mujer, a la vuelta. Se había escapado de casa. Y tenía que +confesarse que el placer de estar allí era mayor, por lo mismo que era +un acto de rebeldía su presencia en tal sitio.</p> + +<p>Los ensayos siempre habían sido el encanto de Reyes. No se explicaba él +bien por qué los prefería a las funciones más solemnes y magníficas. A +su manera, venía a pensar esto: «El teatro verdadero, el teatro por +dentro, era el del ensayo; a Reyes no le gustaba la ficción en nada, ni +en el arte; decía él que los tenores y tiples no debían cantar delante +de las candilejas, entre árboles de lienzo y vestidos de percal ante un +público distraído y en una sala estrecha donde el aire era veneno; los +tenores y tiples debían andar, como los ruiseñores o las sirenas, +esparcidos por los bosques repuestos y escondidos, o por las islas +misteriosas, y soltar al aire sus trinos y gorjeos en la clara noche de +luna, al compás de las melancólicas olas que batían en la playa, y de +las ramas de la selva que mecía la brisa...». Bueno; pero ya que esto no +podía ser, Bonifacio prefería oír a los cantantes en el ensayo. Porque +allí veía al <i>artista</i> tal como era, no como tenía que fingir que era. Por +un instinto de buen gusto, de que él no podía darse cuenta, lo que +aborrecía en las representaciones públicas era la mala escuela de +declamación, la falsedad de actitudes, trajes, gestos, etc., etc., de +los cómicos que iban por aquel pobre teatro de provincia. En el ensayo +no veía un Nabucodonosor que parecía el rey de bastos, ni un <i>Atila</i> +semejante a un cabrero, sino un caballero particular que cantaba bien y +estaba preocupado de veras con sus cosas, verbigracia, la mala paga, el +mal tiempo que le tomaba la voz, o el correo que le traía malas +noticias. Bonifacio amaba el arte por el artista, admiraba a aquella +gente que recorría el mundo sin estar jamás seguros del pan de mañana, +preocupados con los propios y los ajenos gorgoritos.—¡Cómo hay +valiente—pensaba él—, que se decida a fiar su existencia del fagot, o +del cornetín o del violoncello, verbigracia, o de una voz de bajo +segundo, con veinte reales diarios, que es lo más bajo que se puede +cantar! Yo, por ejemplo, sería un flauta pasable, pero ¡por cuanto hay +no me atrevería a escaparme de casa y a ir por esos mundos hasta Rusia, +tapando huecos en una orquesta! Acaso a mi dignidad y a mi independencia +les estuviera mejor emprender esa carrera; pero ¡antes me tiro al agua! +El azar... lo imprevisto... el pan dudoso, ¡qué miedo! Y por lo mismo +que él se creía incapaz de ser <i>artista</i>, en el sentido de echar a correr +sin más que la flauta, por lo mismo admiraba más y más a aquellos +hombres, que eran indudablemente de otra madera.</p> + +<p>Ya la cualidad de extranjero, y aun la menos extraordinaria de +forastero, era para Bonifacio muy recomendable; no ser de su pueblo, de +aquel pueblo mezquino donde habían nacido él y su mujer, constituía una +ventaja; ser de muy lejos era una maravilla.... El mundo... el resto del +mundo ¡debía de ser tan hermoso! Lo que él conocía era tan feo, tan poca +cosa, que las bellezas que había soñado y de que hablaban los versos y +los libros de aventuras, deberían de estar, de fijo, en todos esos +lugares desconocidos.... En Méjico había visto poco bueno; pero al fin +Méjico había sido colonia española, y se le había pegado la pequeñez de +por acá. El verdadero <i>extranjero</i> era otro. Y de este venían los +artistas, los cantantes.... Ser italiano, ser artista... ser músico, esto +era miel sobre hojuelas y néctar sobre la miel. Y cuando el extranjero, +el artista, el músico... era hembra, entonces el respeto y admiración de +Bonifacio llegaban a ser religión, idolatría.... Por todo lo cual, y por +lo antes apuntado, prefería con mucho ver a los cómicos tal como eran, a +verlos pintados de reyes o de sacerdotisas respectivamente. En el +ensayo, en el ensayo era donde se conocía al artista....</p> + +<p>Entró en el palco proscenio, a que estaban abonados desde tiempo +inmemorial sus amigos de la tienda de Cascos; era el más bajo de los +<i>claros</i>, que así se llamaba entonces a los que después se denominó +plateas, y tenía, por ser de proscenio y estar medio escondido por una +pared maestra, el apodo vulgar de faltriquera (años adelante bolsa). No +había nadie en el palco. Reyes abrió la puerta, procurando evitar el +menor ruido. Para él era el teatro el templo del arte, y la música una +religión. Se sentó con movimientos de gato silencioso y cachazudo; apoyó +los codos en el antepecho y procuró distinguir los bultos que como +sombras en la penumbra cruzaban por el oscuro escenario. No había +entonces baterías de gas y no podía llevarse la luz por delgados tubos, +como años adelante se vio allí mismo, a una altura discrecional; las +humildes candilejas alumbraban lo poco que podían, desde el tablado, +como estrellas... de aceite, caídas. A la derecha del actor (así pensaba +Reyes), alrededor de una mesa alumbrada apenas por un quinqué de luz +triste, había un grupo de sombras que poco a poco fue distinguiendo. +Eran el director de escena, el apuntador, un traspunte y un hombre gordo +y pequeño, de panza extraordinaria, vestido con suma corrección, muy +blanco, muy <i>distinguido en sus modales</i>; era el <i>signor</i> Mochi, empresario +y tenor primero... y último de la Compañía. Otros grupos taciturnos +vagaban por el foro, eran los coristas: el cuerpo de <i>señoras</i> estaba +sentado en corro a la izquierda. Donde quiera que se juntaban aquellas +damas pálidas y mal vestidas tendían, por la fuerza de la costumbre, a +formar arcos de círculo, semicírculos y círculos según las +circunstancias.</p> + +<p>Reyes había leído la <i>Odisea</i> en castellano y recordaba la interesante +visita de Ulises a los infiernos; aquella vida opaca, subterránea del +Erebo, donde opinaba él que tanto debían de aburrirse las almas de los +que fueron, se le representaba ahora al ver a los tristes cómicos, +silenciosos y vagabundos, cruzar el escenario oscuro, como espectros. Ya +sabía él que otras veces reinaba allí la alegría, que aquello iría +animándose; pero había siempre en los ensayos cuartos de hora tristes. +Cuando al <i>artista</i> no le anima esa especie de alcohol espiritual del +entusiasmo estético, se le ve caer en un marasmo parecido al que abruma +a los desventurados esclavos del hachís y del opio.... Reyes había hecho +a su modo un profundo estudio psicológico de los pobres tenores ex +notables que venían a su pueblo averiados, como barcos viejos que buscan +una orilla donde morir tranquilos, acostados sobre la arena; también +sabía mucho de tiples de tercer orden que pretendían pasar por +estrellas: aunque era muy joven todavía cuando había tenido ocasión de +hacer observaciones, la reflexión serena le había ayudado no poco. +Observaba compadeciendo, y compadecía admirando, de modo que el análisis +llegaba verdaderamente al alma de las cosas. Lo que él no veía era el +lado malo de los artistas. Todo lo poetizaba en ellos. Los contrastes +fuertes y picantes de sus ensueños de gloria y de su vida de bastidores +con la mezquina prosa de una existencia difícil, llena de los roces +ásperos con la necesidad y la miseria, le parecían a Reyes motivos de +poética piedad y daban una aureola de martirio a sus ídolos.</p> + +<p>Aquel día procuró, como siempre, atraer hacia sí la atención de <i>las +partes</i> (el tenor, la tiple, el barítono, el bajo y la contralto), y esto +solía conseguirlo sonriendo discretamente cuando algún cantante le +miraba por casualidad después de <i>atacar con valentía</i> una nota, o de +hacer cualquier primor de garganta, o también después de decir un +chiste.</p> + +<p>Mochi, el tenor bajo y gordo, era como una ardilla y hablaba más que un +sacamuelas, pero en italiano cerrado, y con suma elegancia en los +modales. Hablaba con el maestro director que se reía siempre, y Reyes, +que no entendía a Mochi, pero que creía adivinarle, sonreía también. +Como no había nadie más que él en calidad de mero espectador del ensayo, +el tenor no tardó en notar su presencia y sus sonrisas, y al poco rato +ya le consagraba a él, a Reyes, todos sus <i>concetti</i>. Tanto se lo +agradeció Bonifacio, que al tiempo de levantarse para salir del palco +deliberó consigo mismo si debía saludar al tenor con una ligera +inclinación de cabeza. Miró Mochi a Reyes... y Reyes, poniéndose muy +colorado, sacudió su hermosa cabellera con movimientos de maniquí, y se +fue a su casa... impregnado del ideal.</p> + + + +<hr style="width: 65%;" /> +<h2><a name="V" id="V"></a>-V-</h2> + + +<p>Por la noche Emma le echó del seno del hogar por algunas horas, y +Bonifacio volvió al ensayo. Ahora no estaba sólo en calidad de público; +en todas las <i>faltriqueras</i> había abonados, y en la de los tertulios de +Cascos se destacaba la respetable personalidad del Gobernador militar, +que honraba a aquellos señores aceptando un asiento en lo oscuro. Reyes +se sentó en primera fila, y en cuanto Mochi miró hacia el palco, le +saludó con el sombrero. No contestó el tenor por lo pronto, lo cual +desconcertó al buen aficionado, principalmente por lo que pensarían sus +amigos; mas ¡oh gloria inmortal, oh momento inolvidable!, al lado de +Mochi, frente a la cáscara del apuntador, había una mujer, una señora, +con capota de terciopelo, debajo de la cual asomaban olas de cabello +castaño claro y fino; y aquella mujer, aquella señora que había notado +el saludo de Reyes, tocó familiarmente con una mano enguantada en un +hombro del tenor, y le debió de decir:</p> + +<p>—En aquel palco te han saludado.</p> + +<p>Ello fue que Mochi se volvió con rapidísimo gesto, vio a Reyes y se +deshizo en cortesías....</p> + +<p>En el palco todos envidiaron aquello, hasta el <i>brigadier</i> Gobernador +militar de la provincia; y más envidiaron la sonrisa con que la dama de +la capota se atrevió a acompañar el saludo de Mochi, muy satisfecha, al +parecer, de haberle advertido su distracción.</p> + +<p>Reyes encontró en sus ojos la mirada de la Gorgheggi—que no era otra la +dama—y muchas veces, muchas, pensando después en aquel momento solemne +de su vida, tuvo que confesarse que impresión más dulce ni tan fuerte no +la había experimentado en toda su juventud, tan romántica <i>por dentro</i>.</p> + +<p>«Una mirada así—se dijo en aquel instante—, sólo puede tenerla una +extranjera que sea además artista. ¡Qué modestia en el atrevimiento, qué +castidad en la osadía! ¡Qué inocente descaro, qué cándida +coquetería!...».</p> + +<p>De las sonrisas y los saludos poco se tardó en pasar a las buenas +palabras: Bonifacio y otros señores de su palco reían discretamente los +chistes con que Mochi se burlaba con disimulo de la orquesta, que era +indígena y desafinaba como ella sola; un lechuguino, que tenía fama de +hacer grandes y muy valiosas conquistas entre bastidores, se atrevió a +servir de intérprete, a su modo, entre el tenor y <i>un</i> trompa a quien el +artista dirigió una cortés reprimenda en italiano. No era que el +lechuguino supiera mucho de la lengua del Dante, pero sí lo suficiente +para comprender que al hablar de <i>missure</i>, Mochi se refería a los +compases; mas los conocimientos lingüísticos del trompa no llegaban +allí. Poco después Bonifacio se arriesgó, poniéndose muy colorado, a +traducir otra observación humilde—esta de la Gorgheggi—al idioma del +trompa pertinaz, un hombre de tan mal genio como oído; la tiple había +hablado en español, había dicho «compás» como, de hablar, podría decirlo +un canario; pero el hombre del bronce no había querido entender tampoco; +la traducción de Bonifacio consistió en repetir a gritos las palabras de +la cantante, inclinándose desde el palco sobre la cabeza calva del +músico.</p> + +<p>—¡Mil gracias... oh... mil gracias!, había dicho la artista, +despidiendo, entre miradas y sonrisas, chispas de gloria para el corazón +de Reyes, que estuvo viendo candelillas un cuarto de hora. Le zumbaban +los oídos, y pensaba que si en aquel momento aquella mujer le proponía +escaparse juntos al fin del mundo, echaba a correr sin equipaje ni nada, +sin llevar siquiera las zapatillas; y eso que no concebía cómo hombre +nacido podía echarse por la mañana de la cama y calzarse las botas de +buenas a primeras. Siempre que leía aventuras de viajes lejanos, grandes +penalidades de náufragos, misioneros, conquistadores, etc., etc., lo que +más compadecía era la ausencia probable de las babuchas.</p> + +<p>Sin faltar a un solo ensayo, y yendo también al teatro todas las noches +de función en que podía robar algunas horas a sus quehaceres domésticos, +llegó Bonifacio a intimar con las partes, como él decía, de tal manera, +que los amigos de la tertulia de Cascos llegaron a suponerle en +relaciones amorosas con la Gorgheggi.</p> + +<p>—Yo les digo a ustedes que la obsequia—aseguraba el relator.</p> + +<p>—Yo sostengo que no la obsequia—decía el lechuguino, envidioso.</p> + +<p>La verdad era que la simpatía, y a los pocos días la más cordial +amistad, habían llegado a tal punto entre Mochi y Bonifacio, que el +tenor, después de tomar juntos café una tarde, no había vacilado en +pedir al <i>suo nuovo magià carissimo amico</i>, <i>duecento lire</i>, o sean +cuarenta duros en el lenguaje que entendía Reyes. Pidió el italiano con +tal sencillez y desenfado aquellos ochocientos reales, acto continuo de +haber contado una aventura napolitana que le había costado cerca de dos +mil duros, que Bonifacio tuvo que decirse: «Para este hombre cuarenta +duros son como para mí un cigarrillo de papel; me ha pedido esos cuartos +como quien pide lumbre para el cigarro; lo que le sobra a él, de fijo, +es dinero; pero no lo tiene aquí, en este momento; lo malo es que +tampoco lo tengo yo. Pero hay que buscarlo corriendo, no hay más +remedio. Si se lo doy, no me lo agradecerá, aunque bien sabe Dios que no +sé de dónde sacarlo; pero a él ¿qué? ¿Qué son ochocientos reales para +este hombre? En cambio, si no se los busco inmediatamente me +despreciará, me tendrá por un miserable... ¡Antes la muerte!».</p> + +<p>Colorado como un pimiento declaró el español que, por una casualidad que +lamentaba, no traía consigo aquella insignificante cantidad; pero que en +un periquete corría a su casa... que estaba muy cerca, y volvía con los +cuartos.</p> + +<p>Y echó a correr sin oír las palabras de Mochi que, por no molestarle, +renunciaba al préstamo.</p> + +<p>En efecto, la casa de Emma no estaba lejos; pero llegar a ella, entrar, +era más fácil que volver al teatro, al cuarto del tenor, con los +cuarenta duros. ¿De dónde iba a sacarlos el infeliz esclavo de su mujer? +¡Ay! ¡Con qué amargura contempló entonces, por la primera vez, su triste +dependencia, su pobreza absoluta! No era dueño ni de los pantalones que +tenía puestos, y eso que parecía que habían <i>nacido</i> ajustados a sus +piernas; ¡tan bien le sentaban! No tenía dos reales que pudiera decir +que eran suyos. ¿Qué hacer? ¿Renunciar para siempre al ideal? Mochi le +aguardaba con aquellos ojos punzantes, risueños y maliciosos: sin el +dinero no se podía volver: detrás de Mochi estaba la Gorgheggi, su +discípula, su pupila. Bien; puesto que no tenía aquellos cuarenta duros +ni de donde sacarlos, como no robase los candelabros de plata que tenía +delante de los ojos, sobre la mesa del despacho (el despacho de D. +Diego, que seguía siendo <i>despacho</i> sin adjudicación singular: el de don +Juan Nepomuceno, el de Emma, el de todos); como no tenía cuarenta duros +ni de donde le vinieran, renunciaría a su felicidad; no volvería a +presentarse ante los queridos amigos italianos, ante los artistas +sublimes, se sacrificaría en silencio; cualquier cosa menos volver allá +con las manos vacías....</p> + +<p>En aquel momento D. Juan Nepomuceno se presentó en el despacho con un +saquito de dinero entre las manos; saludó a Reyes con solemnidad, y se +puso a contar pesos fuertes sobre la mesa; se trataba de la renta de la +Comuña, una casería que entregaba limpios todos los años cuatro mil +reales. Mientras don Juan, sin hacer caso del importuno, iba haciendo +pilas de pesos en correcta formación hasta el punto de recordar al pobre +<i>dilettante</i> de todas las artes las ruinas de un templo griego, Reyes +pensaba:</p> + +<p>—Esas columnas argentinas debía formarlas yo: ¡yo debía ser el +administrador de los bienes de mi mujer!</p> + +<p>Una ola de dignidad retrospectiva le subió al rostro y le dio valor +suficiente para decir:</p> + +<p>—D. Juan, necesito mil reales.</p> + +<p>Años después, recordando aquel golpe de audacia, para el cual sólo el +amor podía haberle dado fuerzas, lo que más admiraba en su temeraria +empresa era el piquillo de su pretensión, los doscientos reales en que +su demanda había excedido a su necesidad. «¿Por qué pedí mil reales en +vez de ochocientos?». No se lo explicó nunca.</p> + +<p>D. Juan Nepomuceno miró, sin contestar, a su afín. ¡Mil reales! Aquel +mentecato se había vuelto loco.</p> + +<p>—Sí, señor, mil reales; y no hace falta que mi mujer sepa nada; yo se +los devolveré a usted mañana mismo; se trata de sacar de un apuro a un +amigo de la infancia... paga segura....</p> + +<p>—Amigo de la infancia... paga segura.... No lo entiendo.</p> + +<p>Esto fue todo lo que dijo el tío administrador. ¿Cómo un amigo de la +infancia de aquel pelagatos podía ser paga segura? Esto quería dar a +entender, y Bonifacio, comprendiéndolo, rectificó:</p> + +<p>—De la infancia... precisamente... no... es uno de los amigos de la +viuda de Cascos....</p> + +<p>Y se puso otra vez muy colorado.</p> + +<p>D. Juan clavó una mirada puntiaguda en los ojos claros... y turbados de +su afín; adivinó algo, echó sus cuentas en un segundo, y, tomando dos +montones de plata, se los puso entre los dedos al pasmado Reyes, sin +decir más que:</p> + +<p>—Tome usted; son mil justos.</p> + +<p>—Bueno, gracias. Mañana mismo....</p> + +<p>—Eso... allá usted.</p> + +<p>—Y que Emma no sepa....</p> + +<p>—Por ahora no hace falta que sepa nada.</p> + +<p>—¿Cómo por ahora?</p> + +<p>—Y si usted reintegra a la caja (así hablaba el tío) esa cantidad en +breve, no sabrá nada nunca.</p> + +<p>—Bien, bien; mañana mismo.</p> + +<p>Ni mañana, ni pasado, ni al otro. Mochi recibió sus doscientas liras, +como él las llamaba, con más expresivas muestras de agradecimiento que +esperaba su <i>nuovo amico</i>; pero de devolución no dijo nada. ¡Cuáles serían +las emociones que se amontonaron en el pecho del pobre flautista en +aquellos días, que durante algunos, ni siquiera pensó en la deuda ni en +la promesa de reintegrar a la caja aquellos cuartos, ni en el peligro de +que se enterase Emma de todo, ni siquiera en la existencia de +Nepomuceno!</p> + +<p>Con la generosidad de Reyes coincidió (pura coincidencia) la mayor +amabilidad de Serafina Gorgheggi. Por un privilegio, de que gozaban muy +pocos, a Bonifacio le consentía el empresario permanecer entre +bastidores durante la función. Solía colocarse el buen flautista muy +oportunamente, pero como al descuido, en las entradas y salidas por +donde él sabía, gracias a los ensayos y al traspunte, que tenía que +pasar la tiple. Serafina siempre se inmutaba al entrar en escena; él la +animaba con una sonrisa que ella parecía agradecerle con los ojos, +cariñosos, <i>maternales</i>, como pensaba el marido de Emma. Cuando salía de +la escena entre aplausos, por pocos que fueran, veía a Reyes que batía +palmas entusiasmado; entonces sonreía ella, inclinaba la cabeza +saludando y pasaba discretamente cerca del infeliz enamorado. ¡Qué +perfume el que dejaba tras de sí aquella mujer! Era un perfume +espiritual, según él; no se olía con las groseras narices, sino con el +alma.</p> + +<p>Aquella noche, la correspondiente al día del préstamo, Serafina tuvo una +ovación en el segundo acto, y salió de la escena por la puerta lateral +de una decoración cerrada de modo que los bastidores dejaban en una +especie de vestíbulo, cerrado también por todos lados, a Bonifacio, que +aguardaba allí como solía; para salir de aquella garita de lienzo, había +que levantar un cortinón pesado, que se usaba para el foro en otras +decoraciones. La Gorgheggi y su adorador se vieron un momento solos en +aquel escondite; ella, después de saludar y sonreír al galán como solía, +radiante ahora de justa satisfacción por los aplausos que aún resonaban +allá afuera, se turbó un punto, buscando con torpe mano el éxito de +aquella especie de trampa; y no lo encontró, como si anduviera ciega.</p> + +<p>No era Bonifacio hombre capaz de aprovechar ocasiones; pero como si lo +fuese y la hubiese aprovechado y se hubiera arrepentido de la demasía, +se echó a temblar también; y se puso a buscar la puerta y tampoco supo +levantar el tapiz pesado al primer intento. En estas maniobras, +tropezaron los dedos de uno y otro; pero como él no sabía qué decir y +ella lo comprendió así, la tiple, por hablar algo, dijo:</p> + +<p>—<i>Il Mochi m'ha detto</i>... Ah! siete un <i>galantuomo</i>...</p> + +<p>Y aludió vagamente, con delicadeza, al préstamo.</p> + +<p>Serafina, inglesa, hablaba italiano en los momentos solemnes, cuando +quería dar expresión de seriedad a sus palabras; ordinariamente +chapurraba español con disparates deliciosos. En inglés no hablaba más +que con Mochi.</p> + +<p>—Señorita... eso... no vale nada.... Entre amigos.... Ha estado usted +sublime... como siempre.... Es usted un ángel, Serafina.</p> + +<p>Sus palabras le enternecieron, le sonaron a una declaración; además, se +acordó de su mujer y del mal trato que le daba; ello fue que dos +lágrimas como puños, muy transparentes y tardas en resbalar, le saltaron +de los hermosos ojos claros; se quedó muy pálido y daba diente con +diente.</p> + +<p>—<i>Oh amico caro</i>!—dijo ella con dulcísima voz temblona—; <i>come siete +buono</i>...</p> + +<p>Y le cogió la mano que andaba tropezando en la cortina, y se la apretó +con franca cordialidad.</p> + +<p>—Serafina... yo no sé... lo que me hago... usted creerá...</p> + +<p>Ella no le contestó, encontró la salida, levantó el cortinón, y con una +mirada intensa, llena de caridad y protección, le dijo que la siguiera. +Pero Bonis no se atrevió a traducir la mirada, y no siguió a la tiple. +En cuanto quedó solo en aquel escondite, sintió que las piernas se le +hacían ajenas, cayó sentado sobre las tablas, casi perdió el sentido, y, +como entre sueños, oyó un silbido y voces y blasfemias que sonaban en lo +alto; cayó un telón a una cuarta de su cabeza, desaparecieron algunos +bastidores arrastrados, y Reyes se vio entre un corro de tramoyistas y +señoritas que gritaban: ¡Un herido... un herido!... ¡Un telón ha +derribado a un caballero!</p> + +<p>—¡Ah, el Sr. Reyes!...</p> + +<p>—¡Reyes herido!...</p> + +<p>—¡Una desgracia!...</p> + +<p>Antes que él pudiera desmentir la noticia, había llegado al cuarto de +Mochi y al de la Gorgheggi.</p> + +<p>Ambos acudieron a todo correr, asustados. Serafina se puso en primera +fila; y como Reyes, con el susto que le habían dado los que le rodearon, +y las emociones anteriores, y la vergüenza de confesar la verdad, no +acababa de hablar, por contuso se le tuvo, se le supuso víctima de un +vahído, pues tan pálido estaba, y las monísimas manos cuyo contacto de +poco antes aún sentía en la piel, las de la Gorgheggi, le aplicaron +esencias a las narices y le humedecieron las sienes. Un minuto después +se vio sentado en el confidente de raso azul que había en el tocador de +la tiple. Reyes se dejó compadecer, cuidar, mimar podría decirse, y no +tuvo valor para negar el accidente. ¿Cómo decir que se había caído al +suelo de gusto, de amor, no derribado por aquella decoración de monte +espeso?</p> + +<p>Serafina parecía adivinar la verdad en los ojos de su apasionado. Los +curiosos los dejaron solos a poco; Mochi no más entraba y salía, +felicitándose de que no hubiera habido una desgracia; y por fin se +marchó porque le llamaba el traspunte. La doncella de la Gorgheggi, que +era partiquina, tuvo que presentarse también en escena; la tiple no +cantaba hasta el final del acto.</p> + +<p>Para hacerle la operación peligrosa de la <i>declaración</i>, a lo que la +ardiente inglesa estaba resuelta, tuvo que cloroformizarle con miradas +eléctricas y emanaciones de su cuerpo, muy próximo al del paciente. +Reyes, en efecto, allá entre sueños, se dejó abrir el pecho, y habló sin +saber lo que decía, aturdido y hecho un mar de lágrimas. La Gorgheggi, +si hubiera sido más observadora, hubiera podido aprender en aquella +confesión de su adorador lo que eran los Valcárcel y adónde conducían +los matrimonios desiguales. Bonifacio en aquel estado no era responsable +de sus dichos ni de sus hechos; y así, no se le pudo llamar traidor al +pan que comía, aunque habló de Emma, la llamó por su nombre y tuvo que +quejarse de la vida que semejante mujer le daba; y aun aturdido y todo, +medio loco, no maltrató a su cónyuge; refirió los hechos tal como eran, +pero los comentarios fueron favorables a Emma; Serafina pudo oír que +aquella señora tenía gran talento, imaginación, un carácter enérgico de +hombre superior; hubiera sido un gran caudillo, un dictador; pero la +suerte quiso que no tuviese a quien dictar nada, a no ser a él, al pobre +escribiente de D. Diego Valcárcel.</p> + +<p>Ocho días pasaron sin que Mochi volviera a pedir dinero a Reyes. Durante +una semana se juzgó este el hombre más feliz del mundo, a pesar de que +jamás había experimentado hasta entonces tantos y tan graves apuros, +acompañados de insufribles remordimientos a ciertas horas. Fue en uno de +aquellos tormentosos días cuando pensó por vez primera en su vida que +una pasión fuerte todo lo avasalla, como había leído y oído mil veces +sin entenderlo. Se creía a veces un miserable, el más miserable de todos +los maridos ordinariamente dóciles; y, a ratos, se tenía por un héroe, +por un hombre digno de figurar en una novela en calidad de protagonista.</p> + +<p>De los cuarenta duros no había vuelto a acordarse Mochi, ni Reyes se +atrevió a pedírselos; mas todas las noches, pasados pocos días, los de +ceguedad completa para todo lo que no fuese el amor de la inglesa, al +volver a casa temblando por varios motivos, iba pensando en los mil +reales de la renta de la Comuña.</p> + +<p>«¿Pero cómo reclamar aquel dinero por cuyo préstamo su <i>ídolo</i> le había +llamado galantuomo?». Por cierto que, cuando podía discurrir con alguna +tranquilidad, Bonifacio extrañaba un poco dos cosas: primera, pensaba +que Serafina estuviese enterada del favorcillo hecho a Mochi, a Julio, +se decía él; segunda, que ella hubiera dado a un servicio tan +insignificante tanto valor. «¿Habrá sido un pretexto para provocar mi +declaración? Eso debe de haber sido». Las cavilaciones de Reyes en este +punto no pasaron de ahí.</p> + +<p>A los ocho días de la <i>declaración</i>, cuando Julio se atrevió a pedirle +dinero otra vez a Bonifacio, los amores de este con la Gorgheggi no +habían pasado de los deliciosos preliminares que, por culpa del carácter +del varón que en ellos tenía interés, amenazaban prolongarse +indefinidamente.</p> + +<p>En cuanto al segundo préstamo, Bonifacio tuvo que confesarse a sí +mismo que lo había tomado por un escopetazo, y que este era el apelativo +que le había aplicado en sus adentros.</p> + +<p>Julio pidió cinco mil reales para pagar a un bajo profundo que estaba +mal con el público, porque aplaudían más al bajo cantante que a él, y +dejaba la Compañía por tesón... y, dicho fuera en secreto, por +exigencias de los abonados. No llegaba a cinco mil reales, ni con mucho, +lo que había que darle al bajo que se iba, pero... había que adelantarle +parte del sueldo a la <i>notabilidad</i> que venía a sustituirle... en fin, +ello eran cinco mil reales: la Empresa no los tenía en aquel momento.... +pero la renovación del abono daría un resultado seguro y... eran habas +contadas. Y <i>él</i>, Mochi, sonreía con la tranquilidad comunicativa con que +sonríe el titiritero sano y forzudo que hace trabajar en lo alto de una +percha a un pobre niño dislocado, que en el programa se llama su hijo. +«Esa sonrisa—pensaba Reyes—, equivale a una hipoteca... pero no es +confianza lo que me falta a mí, sino dinero».</p> + +<p>No se le ocurrió pensar que negar aquel nuevo préstamo al tenor no era +desairar a la tiple: un secreto escozor, de que no quería hacer caso, le +decía siempre que entre los intereses de la Gorgheggi y los de su +maestro había una solidaridad misteriosa. «Negarle ese dinero a él era +negárselo a ella», se decía sin poder remediarlo. «Y yo a ella... en +estas circunstancias, no puedo negarle nada, ni siquiera lo que no +tengo».</p> + +<p>Pensó en D. Juan Nepomuceno, y hasta entró en casa una noche con el +propósito de pedirle cinco mil reales. «Sí, no cabía duda, hubiera sido +el colmo del heroísmo. Yo le he prometido a usted devolverle mil reales +a las veinticuatro horas de recibidos, ¿eh? ¿No es eso? Pues bien; aquí +me presento, a los ocho días, no a entregar esos cincuenta duros, sino a +pedir cinco veces otro tanto». ¡Absurdo! El colmo del heroísmo, sí; pero +absurdo.</p> + +<p>Y se acostó y apagó la luz, entregándose a sus remordimientos, que ya +iban siendo una costumbre casi necesaria para conciliar el sueño. Antes +de dormirse resolvió esto: que, sucediera lo que sucediera, él, +Bonifacio Reyes, no pediría ni un cuarto más al tío de su mujer. Pero +como había prometido llevar al teatro al día siguiente los cinco mil +reales, y lo había ofrecido con una petulancia que nunca se perdonaría, +sin titubear, como si lo que a él le sobrara fueran miles de reales; +como había que buscarlos, no decía encontrarlos, buscarlos sin falta, se +levantó temprano y se dirigió... a la plaza de la Constitución, lugar de +cita de todos los mozos de cuerda del pueblo.</p> + +<p>—¿Qué hago yo aquí?—se dijo—. No parece sino que uno de estos gallegos +me va a prestar cinco mil reales por mi cara bonita—. Los barrenderos +levantaban nubes de polvo que un sol anaranjado teñía del mismo color de +la niebla que se arrastraba sobre los tejados.</p> + +<p>—Pues lo que es uno de estos señores de escoba tampoco creo yo que me dé +lo que necesito. ¿Qué hago yo aquí?</p> + +<p>Y entonces vio que por una calle estrecha, la de Santiago, subía D. +Benito el Mayor, escribano, hombre delgado y muy pequeño, que venía +soplándose las manos y traía un rollo de papel debajo del brazo +izquierdo. Le llamaban D. Benito el Mayor para distinguirle de don +Benito el Menor, otro escribano, éste muy buen mozo, que se apellidaba +como el Mayor, García y García. Al pequeño le llamaban el Mayor porque +era el más antiguo o porque era el más rico. Prestaba dinero a las +personas distinguidas, no era muy tirano en materia de réditos y plazos, +y su discreción y sigilo eran proverbiales en la provincia.</p> + +<p>En cuanto Bonifacio reconoció al <i>Mayor</i> sintió la súbita alegría que le +proporcionaba siempre la conciencia de una resolución irrevocable, en él +cosa rara. «Este es mi hombre—se dijo—; la Providencia me ha hecho +madrugar hoy; por algo yo he venido a la plaza».</p> + +<p>Media hora después, Reyes recibía trescientos duros en oro, de manos de +D. Benito, en el despacho de este, sin más testigos que los libros del +protocolo, que siempre habían inspirado a Bonifacio una especie de +terror supersticioso.</p> + +<p>D. Benito el Mayor tenía la costumbre de coger por las orejas a sus +parroquianos y clientes a poca confianza que tuviera con ellos.</p> + +<p>—Vamos a ver—dijo, tentándole el pulpejo de la oreja izquierda a +Bonifacio—; ahora que ya tiene usted esos cuartos, sin más garantía que +un simple recibo... ahora que no puede usted sospechar que hable por +negarle este insignificante favorcillo, ¿me permite usted que, sin ánimo +de ofenderle, me atreva a hacerme cruces, un millón de cruces, viendo al +jefe de la casa Valcárcel venir a pedirme prestados seis mil reales?...</p> + +<p>—Yo no soy jefe de la casa Valcárcel.</p> + +<p>—Usted es el marido de la única heredera de Valcárcel... y no hace +cuatro días que yo he otorgado la escritura de venta del famoso molino +de Valdiniello; y usted lo sabe, pues usted ha firmado, como era +necesario, todos los documentos que ha traído aquí D. Juan, su tío de +usted....</p> + +<p>—Ni D. Juan es mi tío....</p> + +<p>—Bien, de su señora de usted; de usted por afinidad....</p> + +<p>Ni yo he firmado nada, iba a añadir Bonifacio; pero se contuvo +recordando que sí había firmado tal; pero había firmado sin leer, sin +enterarse, como sucedía siempre, y esta humillación no se la podía +confesar al escribano.</p> + +<p>Sin acabar la frase, y sin dar otras explicaciones, salió de allí +avergonzado, aturdido, como si acabara de robarle aquel dinero a don +Benito; y se fue derecho al teatro.</p> + +<p>El notario, al verle salir así, y <i>pensando mejor</i>, se arrepintió de haber +entregado aquellos cuartos a semejante mamarracho. Algo sabía D. Benito, +y aún algos, del <i>pito que tocaba</i> Reyes en su casa; pero lo que acababa +de oír y lo que sospechaba le hacía ver con claridad del mediodía: y de +resultas de esta clarividencia empezó a temer por su dinero. Pero le +tranquilizó enseguida el propósito de exigir serias garantías al tío D. +Juan, que, por las señas, era el que mandaba en casa.</p> + +<p>A Bonifacio aquel día con las glorias se le fueron las memorias; entregó +cinco mil reales a Mochi, guardó los mil restantes con el presentimiento +de no sabía qué gastos extraordinarios que tendrían que sobrevenir, y se +dejó asfixiar moralmente, como él decía luego, por el incienso con que +el tenor le pagó, por lo pronto, su generosidad caballeresca.</p> + +<p>Por la noche se cantaba el <i>D. Juan</i>, cosido a tijeretazos, y todavía a +las doce, después de recibir una ovación, le duraba el agradecimiento y +el entusiasmo al tenor, que se encerró en su cuarto con su carísimo +Reyes, y en mangas de camisa y con un calzón de punto, de seda color +lila, muy ceñido, y en calcetines, apretaba contra su corazón a su +<i>salvador</i>, y le llenaba la cara y el pelo de polvos de arroz, sin que ni +uno ni otro se fijaran en estos pormenores.</p> + +<p>A las doce y media, a la luz de la luna, en mitad de la plaza del +Teatro, hablaban con el tono de las confidencias misteriosas, íntimas e +interesantes, Serafina, Julio y Bonifacio. Julio juraba que Reyes tenía +el alma de artista, que si <i>le vicende</i> hubieran sido otras, sin duda se +hubiera aventurado a vivir del arte y sería a estas horas un músico +ilustre, un compositor, un gran instrumentista, Dios sabía....</p> + +<p>—<i>Non è vero</i>, <i>mia figlia</i>?, con quel cuore ch'a questo' uomo... chi sacosa +sarebbe diventato!...</p> + +<p>La Gorgheggi decía con entusiasmo contenido:</p> + +<p>—<i>Ma si babbo</i>, <i>ma si</i>!...</p> + +<p>Y pisaba con fuerza un pie de Bonifacio que tenía debajo del suyo.</p> + +<p>—«<i>Babbo</i>, <i>figlia</i>!» pensaba el flautista; sí, en efecto, el trato de esta +mujer y de este hombre es el filial, es el amor de hija y padre.... El +arte, por modo espiritual, los ha hecho padre e hija.... Y ya estimaba a +Mochi como una especie de suegro artístico... y ¡adulterino!</p> + +<p>¡Aquello era felicidad! Él, un pobre provinciano, ex escribiente, un +trapo de fregar en casa de su mujer; el último ciudadano del pueblo más +atrasado del mundo, estaba allí, a las altas horas de la noche, +hablando, en el seno de la mayor intimidad, de las grandes emociones de +la vida artística, con dos estrellas de la escena, con dos personas que +acababan de recibir sendas ovaciones en las tablas... y ella, la <i>diva</i>, +le amaba; sí, se lo había dado a entender de mil modos; y él, el tenor, +le admiraba y le juraba eterno agradecimiento.</p> + +<p>A Mochi se le antojó de repente volverse a contaduría, donde había +dejado algún dinero, y como no se fiaba de la cerradura... «Id andando», +dijo, y echó a correr. La posada de la Gorgheggi y de Mochi, que era la +misma, estaba lejos; había que seguir a lo largo todo el paseo de los +Álamos para llegar a la tal fonda. Serafina y Bonifacio echaron a andar. +A los tres pasos, en la sombra de una torre, ella se cogió del brazo de +su amigo sin decir palabra. Él se dejó agarrar, como cuando Emma se +escapó con él de casa. La Gorgheggi hablaba de Italia, de la felicidad +que sería vivir con un hombre amado y espiritual, capaz de comprender el +alma de una artista, allá, en un rincón de verdura de Lombardía, que +ella conocía y amaba....</p> + +<p>Hubo un momento de silencio. Estaban en mitad del paseo de los Álamos, +desierto a tales horas. La luna corría, detrás de las nubes tenues que +el viento empujaba.</p> + +<p>—Serafina—dijo Bonifacio con voz temblona, pero de un timbre metálico, +de energía, en él completamente nuevo—; Serafina, usted debe de tenerme +por tonto.</p> + +<p>—¿Por qué, Bonifacio?</p> + +<p>—Por mil razones.... Pues bien... todo esto... es respeto... es amor. Yo +estoy casado, usted lo sabe... y cada vez que me acerco a usted para +pedirle que... que me corresponda... temo ofenderla, temo que usted no +me entienda. Yo no sé hablar; no he sabido nunca; pero estoy loco por +usted; sí, loco de verdad... y no quisiera ofenderla. Lo que yo he hecho +por usted... no creí nunca poder atreverme a hacerlo.... Usted no sabe lo +que es, no ha de saberlo nunca, porque me da vergüenza decirlo.... Yo soy +muy desgraciado; nadie me ha querido nunca, y yo no le encuentro +sustancia, verdadera sustancia, a nada de este mundo más que al +cariño.... Si me gusta la música tanto es por eso, porque es suave, +porque me acaricia el alma; y ya le he dicho a usted que su voz de usted +no es como las demás voces; yo no he oído nunca—y va de nuncas—una voz +así; las habrá mejores, pero no se meterán por el alma mía como esa; +otros dicen que es pastosa... yo no entiendo de pastas de voces; pero +eso de lo pastoso debe de ser lo que yo llamo voz de madre, voz que me +arrulla, que me consuela, que me da esperanza, que me anima, que me +habla de mis recuerdos de la cuna... ¡qué sé yo!, ¡qué sé yo, +Serafina!... Yo siempre he sido muy aficionado a los recuerdos, a los +más lejanos, a los de niño; en mis penas, que son muchas, me distraigo +recordando mis primeros años, y me pongo muy triste; pero mejor, eso +quiero yo; esta tristeza es dulce; yo me acuerdo de cuando me vacunaron; +dirá usted que qué tiene eso que ver.... Es verdad; pero ya le he dicho +que yo no sé hablar.... En fin, Serafina, yo la adoro a usted, porque, +casado y todo... no debía estarlo. No, juro a Dios que no; nunca me he +rebelado contra la suerte hasta ahora; pero tiene usted la culpa, porque +ha tenido lástima de mí y me ha mirado así... y me ha sonreído así... y +me <i>ha cantado</i> así... ¡Ay, si usted viera lo que yo tengo aquí dentro! Yo +había oído hablar de pasiones; ¡esto es, esto es una pasión... cosa +terrible!, ¿qué será de mí en marchándose usted? Pero, no importa; la +pasión me asusta, me aterra; pero, con todo, no hubiera querido morirme +sin sentir esto, suceda después lo que quiera. ¡Ay, Serafina de mi alma, +quiérame usted por Dios, porque estoy muy solo y muy despreciado en el +mundo y me muero por usted...!</p> + +<p>Y no pudo continuar porque las lágrimas y los sollozos le ahogaban. +Estaban casi sin sentido, en pie, en mitad del paseo; deliraba; la luna +y la tiple se le antojaban en aquel momento una misma cosa; por lo +menos, dos cosas íntimamente unidas.... Volvió a creer, como la noche del +primer préstamo, que le faltaban las piernas; <i>en suma</i>, se sentía muy +mal, necesitaba amparo, mucho cariño, un regazo, seguridades +facultativas de que no estaba muriéndose. «Iba a ahogarse de +enternecimiento; esa era la fija», pensaba él.</p> + +<p>La Gorgheggi miró en rededor, se aseguró de que no había testigos, le +brillaron los ojos con el fuego de una lujuria espiritual, alambicada, +y, cogiendo entre sus manos finas y muy blancas la cabeza hermosa de +aquel Apolo bonachón y romántico, algo envejecido por los dolores de una +vida prosaica, de tormentos humillantes, le hizo apoyar la frente sobre +el propio seno, contra el cual apretó con vehemencia al pobre enamorado; +después, le buscó los labios con los suyos temblorosos....</p> + +<p>—<i>Un baccio</i>, <i>un baccio</i>—murmuraba ella <i>gritando</i> con voz baja, apasionada. +Y entre los sueños de una voluptuosidad ciega y loca, la veía Bonifacio +casi desvanecido; después no oyó ni sintió nada, porque cayó redondo, +entre convulsiones.</p> + +<p>Cuando volvió en sí se encontró tendido en un banco de madera, a su lado +había tres sombras, tres fantasmas, y del vientre de uno de ellos +brotaba la luz de un sol que le cegaba con sus llamaradas rojizas. El +sol era la linterna del sereno; las dos sombras restantes la Gorgheggi y +Mochi que rociaban el rostro de su amigo con agua del pilón de la fuente +vecina....</p> + + + +<hr style="width: 65%;" /> +<h2><a name="VI" id="VI"></a>-VI-</h2> + + +<p>A la mañana siguiente, a las ocho, despertaron a Bonifacio diciéndole +que deseaba verle un señor sacerdote.</p> + +<p>—¡Un sacerdote a mí! Que entre.</p> + +<p>Saltó de la cama y pasó al gabinete contiguo a su alcoba; no puede +decirse a su gabinete, pues era de uso común a todos los de casa. +Atándose los cordones de la bata saludó a un viejecillo que entraba +haciendo reverencias con un sombrero de copa alta muy grande y muy +grasiento. Era un pobre cura de aldea, de la montaña, de aspecto humilde +y aun miserable.</p> + +<p>Miraba a un lado y a otro; y, después de los saludos de ordenanza, pues +en tal materia no mostraban gran originalidad ninguno de los +interlocutores, el clérigo accedió a la invitación de sentarse, +apoyándose en el borde de una butaca.</p> + +<p>—Pues—dijo—, siendo usted efectivamente el legítimo esposo de doña Emma +Valcárcel, heredera única y universal de D. Diego, que en paz descanse, +no cabe duda que es usted la persona que debe oír... lo que, en el +secreto de la confesión... se me ha encargado decirle.... Sí, señor, a +ella o a su marido, se me ha dicho... y yo... la verdad... prefiero +siempre entenderme con... mis semejantes... masculinos, digámoslo así. A +falta de usted no hubiera vacilado, créame, señor mío, en abocarme, si a +mano viene, con la misma doña Emma Valcárcel, heredera universal y única +de....</p> + +<p>—Pero vamos, señor cura, sepamos de qué se trata—dijo con alguna +impaciencia Bonifacio, que lleno de remordimientos aquella mañana, +sentía exacerbada su costumbre supersticiosa de temer siempre malas +noticias en las inesperadas y que se anunciaban con misterio.</p> + +<p>—Yo exijo... es decir... deseo... no por mí, sino por el secreto de la +confesión... lo delicado del mensaje....</p> + +<p>El cura no sabía cómo concluir; pero miraba a la puerta, que había +quedado de par en par.</p> + +<p>Como su mujer dormía a tales horas, Bonifacio no tuvo inconveniente en +levantarse y cerrar la puerta de la estancia, pues no siendo Emma, nadie +se atrevería a pedirle cuenta de aquellos tapujos.</p> + +<p>—Lo que usted quería era esto, ¿verdad?—dijo con aire de triunfo, y como +hombre que manda en su casa y que puede a su antojo tener las puertas de +<i>su</i> gabinete abiertas o cerradas.</p> + +<p>—Perfectamente, sí, señor, eso; secreto, mucho secreto. De usted para mí +nada más.... Después usted dará cuenta de lo sucedido a su señora +esposa... o no se la dará; eso allá usted... porque yo no me meto en +interioridades.... Al fin usted será, naturalmente, el administrador de +los bienes de su señora... y aunque yo no sé si estos son parafernales o +no... porque no entiendo... y... sobre todo no me importa, y, al fin, el +marido suele administrarlo todo... eso es; tal entiendo que es la +costumbre... y como la ley no se opone....</p> + +<p>—Pero, señor cura, repare usted que yo no comprendo una palabra de lo +que usted me dice.... Comience usted por el principio....</p> + +<p>Sonrió el clérigo y dijo:</p> + +<p>—Paciencia, señor mío, paciencia. El principio viene después. Todo esto +lo digo para tranquilidad de mi conciencia. He consultado al chico de +Bernueces, que es boticario y abogado... sin precisar el caso, por +supuesto... y, la verdad, me decido a entregarle a usted los cuartos sin +escrúpulos de conciencia.... Sí, usted, el marido, es la persona legal y +moralmente determinada, eso es, para recibir esta cantidad....</p> + +<p>—¡Una cantidad!</p> + +<p>—Sí, señor, siete mil reales.</p> + +<p>Y el cura metió una mano en el bolsillo interior de su larga y mugrienta +levita de alpaca, y sacó de aquella cueva que olía a tabaco, entre migas +de pan y colillas de cigarros, un cucurucho que debía de contener onzas +de oro.</p> + +<p>Bonifacio se puso en pie, y sin darse cuenta de lo que hacía, alargó la +mano hacia el cucurucho.</p> + +<p>El cura se sonrió y entregó el paquete sin extrañar aquel movimiento +involuntario del marido de la doña Emma, que recibía onzas de oro sin +saber por qué se le daban.</p> + +<p>Mas Bonifacio volvió en sí y exclamó:</p> + +<p>—Pero ¿a santo de qué me trae usted... esto?...</p> + +<p>—Son siete mil reales....</p> + +<p>—¿Pero de qué? Yo no soy... quien....</p> + +<p>Iba a decir que el que allí corría con las cuentas de todo era D. Juan +Nepomuceno; pero se contuvo, porque solía darle vergüenza que los +extraños conocieran esta abdicación de sus derechos.</p> + +<p>—¿Esto será alguna deuda antigua?—dijo por fin.</p> + +<p>—No señor... y sí señor. Me explicaré...</p> + +<p>—Sí, hombre, acabemos.</p> + +<p>—Estos siete mil reales... proceden... de una restitución... sí, señor; +una restitución hecha en el secreto de la confesión... <i>in articulo +mortis</i>... La persona que devuelve esos siete mil reales a los herederos, +a la única y universal heredera de D. Diego Valcárcel, esa persona ¿me +comprende usted?, no quiso irse al otro mundo con el cargo de conciencia +de esa cantidad... que debía... y que no debía... es decir... yo... no +puedo tampoco hablar más claro... porque... la confesión, ya ve usted, +es una cosa muy delicada....</p> + +<p>—Sí que es—exclamó Bonifacio, que se había puesto muy pálido y estaba +pensando en lo que el cura de la montaña ni remotamente podía sospechar.</p> + +<p>—Sin embargo, yo... no debo... así, en absoluto... omitir las +circunstancias que explican, en cierto modo, la cosa. Esto, me dije yo a +mí mismo, es indispensable para que los herederos, o la heredera, o +quien haga sus veces, admitan sin reparo esta cantidad, con la +conciencia tranquila de quien toma lo que es suyo. Pues, sí, señores, de +ustedes es... ya lo creo.... Verá usted; es el caso que... aquí hay que +omitir determinadas indicaciones que no favorecen la memoria de....</p> + +<p>—Del difunto.</p> + +<p>—¿De qué difunto?</p> + +<p>—Del que restituye....</p> + +<p>—No señor; del difunto... de otro difunto. No me tire usted de la +lengua, eso no está bien.</p> + +<p>—No, si yo no tiro... ¡Dios me libre! Ello será que la casa Valcárcel +prestó este dinero sin garantías... y ahora....</p> + +<p>El cura estaba diciendo que no con la cabeza desde que Bonifacio había +dicho <i>casa</i>.</p> + +<p>—No, señor; no fue préstamo, fue donación <i>inter vivos</i>.</p> + +<p>—¿Y entonces?</p> + +<p>—Entonces... no me tire usted de la lengua. He dicho ya que la cosa no +era favorable a la memoria del difunto.... X, llamémosle X, que en paz +descanse. Bueno, pues no me he explicado bien: es favorable y no es +favorable, porque en rigor... él es inocente, en este caso concreto a lo +menos; y además, aunque no lo fuera... el que rompe paga... y él quería +pagar... sólo que no había roto... ¿Me explico?</p> + +<p>—No, señor; pero no importa. No se moleste usted.</p> + +<p>Al cura empezaba a parecerle un majadero el marido de la doña Emma +Valcárcel.</p> + +<p>—¿Usted conoció... trató al difunto.... Don Diego?</p> + +<p>—Sí, señor; como que era mi suegro... quiero decir, mi principal.</p> + +<p>—¿Si estará loco, o será tonto este señorito?—pensó el clérigo.</p> + +<p>De repente se le ocurrió una idea feliz.</p> + +<p>—Oiga usted—exclamó—. Ahora se me ocurre explicárselo a usted todo +mediante un símil... y de este modo... ¿eh?, se lo digo... y no se lo +digo, ¿me entiende usted?</p> + +<p>—Vamos a ver—dijo Bonifacio, que apenas oía, porque estaba manteniendo +una lucha terrible con su conciencia.</p> + +<p>—Figurémonos que usted es cazador... y va y pasa por una heredad mía; +supongamos que soy yo el otro; bueno, pues usted ve dentro de mi heredad +un ciervo, un jabalí... lo que usted quiera, una liebre....</p> + +<p>—Una liebre—dijo Reyes maquinalmente.</p> + +<p>—Va, y ¡pum!...</p> + +<p>El fogonazo, remedado con mucha propiedad por el cura, hizo dar un salto +a Bonis, que estaba muy nervioso.</p> + +<p>—Dispara usted su escopeta y me...; no, no conviene que sea liebre; es +mejor caza mayor para mi caso; y cae lo que usted cree robezo o +ciervo...; pero no hay tal ciervo ni robezo, sino que ha matado usted +una vaca mía que pastaba tranquilamente en el prado. ¿Qué hace usted? En +mi ejemplo, en mi caso, pagarme la vaca por medio de una donación inter +vivos... importante siete mil reales. Yo me guardo los siete mil reales +y el chico, digo, la vaca. Pero ahora viene lo mejor, y es que usted no +ha sido el matador. El tiro no dio en el blanco, el tiro de usted se fue +allá, por las nubes.... Sólo que antes que usted, mucho antes, otro +cazador, escondido, había disparado también... y ese fue el que mató la +res, y se quedó con ella y con los siete mil reales de usted. Pasa +tiempo, muere usted, es un decir, y muere también el otro; pero antes de +morir se arrepiente de la trampa, y quiere devolver a los herederos de +usted el dinero que, en rigor, no es suyo, aunque usted se lo ha dado.... +<i>inter vivos</i>. (El cura daba gran importancia a este latín, sin el cual no +creía bien explicada la idea de la donación.) ¿Eh, qué tal, me ha +comprendido usted?</p> + +<p>Ni palabra. Bonifacio no comprendió que se trataba de uno de aquellos +agujeros de honor que D. Diego había tapado con dinero. En este caso +concreto, como decía el cura, la lesión de honra no existía, o, por lo +menos, no era D. Diego el causante, y se le había hecho pagar lo que no +debía. La persona que había lucrado, gracias a la asustadiza conciencia +del jurisconsulto, siempre temeroso del escándalo, restituía a la hora +de la muerte, por miedo del infierno probablemente.</p> + +<p>El cura creyó suficientes sus explicaciones; y, muy satisfecho del +símil, cuya exposición le había hecho sudar, se limpiaba el cogote con +su pañuelo verde con rayas blancas, sin cuidarse ya de que aquel +caballero, que parecía tonto, hubiese comprendido o no.... El secreto de +la confesión y la buena memoria de D. Diego no le permitían a él ser más +largo ni más explícito.</p> + +<p>Habló más, pero sin nueva sustancia; insistió mucho en que aquello debía +quedar allí, y arrancó a Bonifacio la palabra de honor de que sólo él y +su señora, si él lo creía decente, debían enterarse de lo sucedido.</p> + +<p>—Nadie más. Ya ve usted, es delicado... y los maliciosos, sobre todo +allá en el pueblo, si saben que yo vine... y entregué... enseguida caen +en la cuenta. Mucho sigilo pues. Además, la misma señorita... quiero +decir, la señora de usted, debe saber lo menos posible; podría +cavilar... y las mujeres, sobre todo las casadas, las cazan al vuelo, y +podría comprenderlo todo. «Mejor que tú, por lo que veo»; añadió para +sí.</p> + +<p>Y salió el señor cura de la montaña satisfecho de sí mismo, confiado en +la palabra de honor de aquel señor soso y casi tonto, que, a pesar de +todo, tenía cara de honrado y de persona formal.</p> + +<p>—Se puede ser fiel a la palabra y tener pocos alcances, se decía el +clérigo bajando la escalera.</p> + +<p>A Bonifacio se le había ocurrido, ante todo, ver en aquello que él +llamaba casualidad la mano de la Providencia. Pero acto continuo añadió +para sí: «La mano de la providencia... del diablo». Porque lo primero +que pensó hacer de aquel dinero que le venía llovido del... infierno, +fue llevárselo a D. Benito el Mayor, para tapar aquel antro horrible de +la deuda, aquel agujero negro, por donde se escapaban las furias del +Averno (estilo Bonifacio), gritándole: «Infame, adúltero, ¿qué has hecho +de la fortuna de tu mujer?». En vano la razón decía: «Ni tú has sido +adúltero hasta la fecha, a no ser por palabra de presente, ni la fortuna +de tu mujer está comprometida por ese préstamo de seis mil reales, aun +suponiendo que los pagase ella». No importaba; los remordimientos, o, +más bien el miedo que tenía a Emma y a D. Juan Nepomuceno, no le habían +dejado dormir aquella noche. Lo que él llamaba ser adúltero quedaba en +segundo lugar; alambicando mucho, a fuerza de sofismas, tal vez +encontraría medio de disculpar a sus propios ojos aquel amor +ilegítimo... pero lo del dinero no admitía excusas; él había pedido seis +mil reales a un prestamista, abusando del crédito de su mujer. Esto era +inicuo... y lo que era peor, muy expuesto a una tragedia doméstica. La +imaginación, <i>la loca de la casa</i>, le ponía delante el cuadro aterrador: +«Emma saltaba de la cama con su gorro de dormir, pálida, huesuda, +echando fuego por los ojos y avanzaba en silencio hacia él, estrujando +en la mano temblorosa un recibo que D. Juan Nepomuceno acababa de +entregarle, impasible, como siempre, envuelto en la dignidad de sus +patillas. ¡Lo sabía todo! Lo de los cincuenta duros, lo de los seis mil +reales y lo del paseo por la noche... ¡Entre el sereno y Nepomuceno la +habían puesto al cabo de la calle! ¡Qué horror! ¡Adónde puede llegar la +fantasía!», pensaba Bonifacio temblando de pies a cabeza. Por fortuna +aquello no era más que un cuadro imaginado.... Pero la realidad podría +llegar a parecérsele. Y aquel señor cura se le presentaba con siete mil +reales, que él, Bonifacio, podría gastar en lo que quisiera, sin que +persona nacida lo estorbase ni lo supiese. Es más, el secreto era allí +lo principal. Y ¿cómo guardar el secreto haciendo ingresar aquellos +miles en lo que llamaba D. Juan Nepomuceno la <i>caja</i>? Ni el cura ni el que +restituía, honrado penitente, sabían que él, Bonis, allí no tocaba pito, +ni administraba, a pesar de lo que disponían ciertas leyes recopiladas, +según le habían asegurado; él, pese a todas las leyes del mundo, no +disponía de un cuarto, y sólo servía para firmar como en un barbecho +cuantos papeles le presentaba el de las patillas. Pues bien; siendo así, +¿cómo incorporar aquel dinero al caudal de su mujer sin que nadie se +enterase? Imposible. Por este lado la conciencia le decía: «Haz de tu +capa un sayo». Pero emplear aquellos cuartos en su provecho, ¿no era +robar a su mujer? Sí y no. No, porque con ellos iba a tapar una brecha +abierta al crédito de la casa Valcárcel. Ya se sabía que él no tenía un +cuarto, ni de dónde le viniera, y que D. Benito el Mayor había prestado +fiándose del capital de Emma; más era; el mismo Bonifacio reconocía que +en su fuero interno siempre había pensado en pagar con dinero de su +mujer, aunque le asustaba pensar en el cómo y cuándo. Por este lado no +era robar lo que quería hacer. Por otra parte, sí era robar; porque.... +porque aquello era... un robo, un fraude o como se dijera, pero ello era +robar.</p> + +<p>Satisfecho de sí mismo hasta cierto punto, en medio de aquella +desolación moral, contemplaba la rectitud de su alma, que rechazaba +sofismas vanos y gritaba: «¡<i>robar, robar</i>!». Lo cual no impidió que Bonis +se lavase y vistiera lo más de prisa que pudo y saliese de casa sin ser +visto ni oído, con ánimo de estar de vuelta antes que Emma despertase.</p> + +<p>«Estas cosas hay que hacerlas así, iba pensando por la calle. Si vacilo, +si me estoy días y días dándome jaqueca con la idea de que esto es un +crimen... a lo mejor viene el trueno gordo, D. Benito se cansa de +esperar, Nepomuceno se entera del caso y... primero morir; cien veces la +muerte y el infierno. A pagar, a pagar. ¿No quería secreto el señor +cura? Pues ya verá qué secreto. Y soy un ladrón, no cabe duda, un +ladrón.... Sí, pero ladrón por amor». Esta <i>frase interior</i> también le +satisfizo y tranquilizó un poco. «¡Ladrón por amor!». Estaba muy bien +pensado. Llegó al portal de la casa del escribano. «¿Subiría? Sí; en +último caso, si lo que iba a hacer era un verdadero delito, su honradez +heredada, la fuerza de la sangre, limpia de todo crimen, el instinto del +bien obrar, <i>en suma</i>, le impedirían llevar a cabo lo que intentaba. Se le +trabaría la lengua o se le doblarían las piernas, como en recientes +aventuras de otra índole; si nada de esto le sucedía, no debía de haber +tal crimen ni tales alforjas».</p> + +<p>D. Benito estaba en pie en medio de su despacho oscuro, de techo bajo; +estaba rodeado de escribientes que trabajaban en vetustos escritorios +forrados de muletón verde. Los libros del protocolo, macizos y graves, +de lomo pardo, estaban allí, con la solemnidad misteriosa que tal pavor +supersticioso infundía en el alma romántica y nada jurisperita de Bonis.</p> + +<p>El notario se acercó a su amigo el Sr. Reyes y le frotó las orejas con +ambas manos como para entrar en calor. Fingimiento inverosímil, pues +estaba la atmósfera que ardía, según el otro.</p> + +<p>—¿Qué hay, perillán? ¿A qué viene usted aquí? ¿A robarme tiempo, eh? +Pues me lo pagará usted en dinero, porque el tiempo es oro. Y se reía D. +Benito, encantado con su propia gracia.</p> + +<p>—Sr. García, quisiera hablar con usted dos palabras....</p> + +<p>Bonifacio hizo un gesto que pedía una entrevista a solas.</p> + +<p>D. Benito, cogiendo al deudor por las solapas del gabán, le llevó tras +de sí a un gabinete contiguo, cuyas paredes estaban ocultas también por +estantes, continuación del protocolo. Allí estaban los libros de siglos +pasados. «¡Dios mío, pensaba sin querer Bonis, bien antiguos son estos +líos del papel sellado y las triquiñuelas de los escribanos!». Sin saber +por qué, se acordó de haber oído describir las bodegas de Jerez y las +soleras de fecha remota, que ostentaban en la panza su antigüedad +sagrada. «¡Qué diferencia, pensó, entre aquello y esto!».</p> + +<p>D. Benito le volvió a la realidad.</p> + +<p>—Vamos a ver, señor mío, desembuche usted....</p> + +<p> +<span style="margin-left: 2.5em;">«Solos estamos los dos,</span><br /> +<span style="margin-left: 3em;">solos delante del cielo...».</span><br /> +</p> + +<p>¡Je, je!...</p> + +<p>El notario, después de declamar aquellos dos versos de una comedia de +aficionados, muchas veces representada en el pueblo porque era de +<i>hombres solos</i>, dio una palmadita en el vientre a Reyes; y de pronto se +quedó muy serio, muy serio, sin decir palabra, como dando a entender: +«Soy todo oídos; basta de chistes; aquí tiene usted al representante de +la fe pública, o al prestamista sin entrañas, lo que usted quiera».</p> + +<p>—Sr. García, vengo a pagar a usted aquel piquillo....</p> + +<p>—¿Qué piquillo?</p> + +<p>—Los seis mil reales que usted tuvo la amabilidad....</p> + +<p>—¿Qué amabilidad?, quiero decir, ¿qué seis mil reales?... Usted no me +debe nada.</p> + +<p>—¡Qué bromista es usted!—dijo Bonis, que más estaba para recibir los +Santos Sacramentos que para chistes.</p> + +<p>Y se dejó caer en una silla y empezó a contar onzas sobre una mesa.</p> + +<p>Aquel dinero le quemaba los dedos, pensaba él, o debía quemárselos. La +verdad era que la operación material de contar el dinero la hizo con +bastante tranquilidad, muy atento sólo a no equivocarse, como solía; +porque el reducir aquello a miles de reales, le parecía cálculo superior +a sus fuerzas ordinarias.</p> + +<p>D. Benito le dejaba hacer, estupefacto, o tal vez por el gusto de +<i>amateur</i>. Era indudable que el espectáculo del oro le quitaba siempre la +gana de bromear. Fuese por lo que fuese, la presencia del dinero siempre +era cosa muy seria.</p> + +<p>—Aquí están los seis mil; cámbieme usted esta....</p> + +<p>—Pero...—a D. Benito se le atragantó algo muy serio también—; pero.... +¿qué está usted haciendo ahí, criatura?... ¿No le digo... a usted que.... +ya no me debe nada?</p> + +<p>—Sr. García... celebraría estar de buen humor para poder seguírselo a +usted....</p> + +<p>—¡Señor diablo!, le digo a usted que ayer mismo <i>me he reintegrado</i> de esa +cantidad insignificante.</p> + +<p>—¿Ayer?... usted... ¿quién?...</p> + +<p>Lo que tenía atravesado en la garganta el escribano había saltado sin +duda al gaznate de Reyes, porque el infeliz se atragantó también.</p> + +<p>—A ver, D. Benito, explíquese usted... ¡por los clavos de Cristo!...</p> + +<p>—Muy sencillo, amigo mío. Ayer de tarde, en el Casino, D. Juan +Nepomuceno, su tío de usted....</p> + +<p>—No es mi tío....</p> + +<p>—Bueno... su....</p> + +<p>—Bien, adelante; el tío... ¿qué?</p> + +<p>—Pero hijo, ¿qué le pasa a usted? Está usted palidísimo, le va a dar +algo, ¿será el calor? Abriré aquí...</p> + +<p>—No abra usted... hable, hable; el tío... ¿qué?</p> + +<p>—Pues nada; que hablando de negocios, vinimos a parar en las +probabilidades del resultado de esa industria que van a montar ustedes +con el dinero de las últimas enajenaciones.</p> + +<p>—¿Una industria? Que vamos a montar... ¿nosotros?...</p> + +<p>—Sí, hombre, la fábrica de productos químicos.</p> + +<p>—¡Ah!, sí, bien; ¿y qué?</p> + +<p>Bonifacio había oído en casa, a los parientes de su mujer, algo de +productos químicos, pero no sabía nada concreto.</p> + +<p>—¡Al grano!—dijo más muerto que vivo.</p> + +<p>—Yo... con la mayor inocencia del mundo, le pregunté a su señor.... +pariente si el dinero que usted acababa de tomar, honrándome con su +confianza, era para los gastos primeros... para algún ensayo; para +muestras de... qué sé yo...; en fin, que se me había metido en la cabeza +que era para la fábrica. D. Juan... me miró con aquellos ojazos que +usted sabe que tiene. Tardó en contestarme; noté eso, que tardaba en +hablar. En fin, encogiendo los hombros, me dijo: «Sí, efectivamente, +para gastos preliminares, de preparación... pero tengo orden, ahora que +me acuerdo, de pagar a usted inmediatamente ese dinero». Yo, la verdad, +extrañaba que haciendo tan pocas horas que usted había recogido los +cuartos... pero a mí, ¿quién me metía en averiguaciones?, ¿no es eso? En +fin, que nos citamos para esta su casa a las diez de la noche, y a las +diez y cuarto estaba aquí D. Juan Nepomuceno con seis mil reales en +plata. Esta es la historia.</p> + +<p>¡Aquella era la historia!, pensó Reyes desde el abismo de su postración. +Estaba aturdido, se sentía aniquilado. El tío lo sabía todo... y ¡había +pagado! ¿Y Emma? Al acordarse de su mujer experimentó aquella ausencia +de las piernas, sensación insoportable que nunca faltaba en los grandes +apuros.</p> + +<p>Callaban los dos. El notario comprendió que allí había gato encerrado; +«algún misterio de familia», pensaba él. Pero como había cobrado su +dinero, de lo que estaba muy contento, como se había <i>reintegrado</i>, sabía +contener su curiosidad, que dejaba paso a la más exquisita prudencia. +Allá ellos, se decía, y seguía callando.</p> + +<p>Rompió el silencio Bonis, diciendo con voz sepulcral:</p> + +<p>—Si usted hiciera el favor de mandar que me sirvieran un vaso de agua.</p> + +<p>—Con mil amores.</p> + +<p>Una maritornes sucia y muy gorda presentó el agua con un panal de azúcar +cruzado sobre el vaso.</p> + +<p>—Gracias; sin azúcar. Nunca tomo azúcar en el agua. Gracias.</p> + +<p>Esto lo decía Bonis con los ojos estúpidos clavados en el rostro risueño +y soez de la moza; lo decía con una voz y un tono como los que emplean +los cómicos al despedirse del pícaro mundo al final de un tercer acto, +cuando están con el alma en la boca y un puñal en las entrañas.</p> + +<p>El agua le calmó y dio cierta fuerza. Pudo levantarse y despedirse. No +pensó en dar explicaciones ni disculpas. Su silencio era muy ridículo, +es claro. ¿Qué estaría pensando aquel señor? Lo menos, que él estaba +loco. Bien, ¿y qué? Valiente cosa le importaba en aquel momento a Bonis +que se riera de él el mundo entero. ¡Nepomuceno había pagado los seis +mil reales! Esto, esto era lo terrible. ¿Volvería a casa? ¿Se escaparía?</p> + +<p>Viéndole tan conmovido, D. Benito, el Mayor, no quiso hablar una palabra +más sobre el asunto misterioso; sin tirarle de las orejas ni andarse con +cuchufletas, le despidió muy serio, con rostro compungido como +acompañándole en una desgracia tan respetable cuanto desconocida para +él; y después de conducirle hasta el primer tramo de la escalera, se +volvió a su despacho. Sólo entonces se le ocurrió esta diabólica idea:</p> + +<p>—Aquí hay gato, es claro; a mí no me importa; pero si... es una +hipótesis, si hubiera podido haber un medio... así... verosímil.... +legal... de... de cobrar yo mis seis mil reales, al tío primero, y +después otros seis mil al sobrino.... Disparate, absurdo; corriente; pero +hubiera tenido gracia.</p> + +<p>Y dando un patético suspiro, se frotó las manos; y renunciando al ideal +de cobrar dos veces, no pensó más en aquello y volvió a sus negocios.</p> + +<p>En cuanto a Reyes, al llegar al portal, donde trabajaba y comía un +zapatero de viejo, tuvo varias ideas y un desmayo. Las ideas fueron las +siguientes: «Ese farsante de ahí arriba me ha engañado, he debido tener +valor para acogotarle, o, por lo menos, para decirle cuántas son cinco. +Miente como un bellaco; el tío Nepomuceno ha pagado porque este traidor +no se fiaba de mí; me conoció en la cara que yo no podía sacar de +ninguna parte seis mil reales y se fue al otro... y cantó... Verdad es +que yo no le había encargado el secreto. Pero se suponía que lo +necesitaba; debía de conocérseme en la cara; y a él acudí por su fama de +discreto, de hombre de mucho sigilo.... Voy a volver arriba a matarle, +exprofeso...».</p> + +<p>Y cuando pensaba en esto, fue cuando sintió absoluta necesidad de +dejarse caer. Cayó sentado en el portal y se le fue la cabeza. El +zapatero acudió en su auxilio. Cuando volvió en sí Reyes, sintió, como +la noche anterior, que le regaban la cara con agua fresca. Y medio +delirando, dijo:</p> + +<p>—Gracias... sola, sin azúcar.</p> + + + +<hr style="width: 65%;" /> +<h2><a name="VII" id="VII"></a>-VII-</h2> + + +<p>Dio expresivas muestras de gratitud al zapatero, que se ofreció a +acompañarle a su casa y salió, sacando fuerzas de flaqueza, a paso +largo, sin saber adónde iba. «Yo debía tirarme al río», se dijo. Pero +enseguida reflexionó que ni por aquella ciudad pasaba río alguno, ni él +tenía vocación de suicida. Pasó junto al café de la Oliva, donde solía +tomar Jerez con bizcochos algunos domingos, al volver de misa mayor, y +el deseo de un albergue amigo le penetró el alma. Entró, subió al primer +piso, que era donde se servía a los parroquianos. Se sentó en un rincón +oscuro. No había consumidores. El mozo de aquella sala, que estaba +afinando una guitarra, dejó el instrumento, limpió la mesa de Reyes y le +preguntó si quería el Jerez y los bizcochos.</p> + +<p>—¡Qué bizcochos!, no, amigo mío. <i>Botillería</i>, eso tomaría yo de buena +gana. Tengo el gaznate hecho brasas....</p> + +<p>El mozo sonrió compadeciendo la ignorancia del señorito. ¡<i>Botillería</i> a +aquellas horas!</p> + +<p>—Ya ve usted... <i>botillería</i> a estas horas....</p> + +<p>—Es verdad... es un... anacronismo. Además, el helado por la mañana hace +daño. Tráeme un vaso de agua... y échale un poco de zarzaparrilla.</p> + +<p>Debe advertirse que Bonifacio y el mozo, al hablar de <i>botillería</i>, +estaban pensando en el helado de fresa que allí, en el café de la Oliva, +se hacía mejor que en el cielo, en opinión de todo el pueblo.</p> + +<p>Servido Reyes, el mozo volvió a su guitarra, y después de templarla a su +gusto, la emprendió con la marcha fúnebre de Luis XVI.</p> + +<p>Al principio Bonis saboreaba la zarzaparrilla inocente sin oír siquiera +la música. Pero la vocación es la vocación. Al poco rato «su espíritu se +fue identificando con la guitarra». La guitarra, para Bonis, era a los +instrumentos de música lo que el gato a los animales domésticos.... El +gato era el amigo más discreto, más dulce, más perezosamente mimoso.... +la guitarra le acariciaba el alma con la suavidad de la piel de gato, +que se deja rascar el lomo.</p> + +<p>Las trompetas y tambores que imitaban las cuerdas, ya tirantes, ya +flojas, le hicieron a Reyes <i>ponerse en el caso</i> del rey mártir; y se +acordó de la frase del confesor: «Nieto de San Luis, sube al cielo». Lo +había leído en Thiers en la traducción de Miñano. Muy a su placer se +sintió enternecido. Sabía él que sólo el sentimentalismo podía darle la +energía suficiente, o poco menos, para afrontar su «terrible» situación +cara a cara con <i>todos los suyos</i>, o, mejor dicho, <i>todos los de su mujer</i>.</p> + +<p>Sí, era preciso armarse de valor, ir al suplicio con el espíritu firme +del desgraciado rey mártir. Para él era el suplicio la presencia de Emma +y de Nepomuceno.</p> + +<p>El guitarrista dejó a Luis XVI en el panteón, y saltó a la jota +aragonesa.</p> + +<p>Se lo agradeció Bonis, porque aquello edificaba; era el himno del valor +patrio. Pues bien, lo tendría, no patrio, sino cívico... o familiar... o +como fuese; tendría valor. ¿Por qué no? Es más, pensó que su pasión, su +gran pasión, era tan respetable y digna de defensa como la independencia +de los pueblos. Moriría al pie del cañón, a los pies de su tiple, sobre +los escombros de su pasión, de su Zaragoza....</p> + +<p>—No disparatemos, seamos positivos—se dijo.</p> + +<p>Y se llevó las manos a los bolsillos con gesto de impaciente +incertidumbre... ¿Si habría dejado aquellas onzas en casa del infame?... +No... estaban allí, en el bolsillo interior del gabán... ¡lo que era el +instinto! No recordaba cómo ni cuándo las había recogido y envuelto otra +vez en su cucurucho.</p> + +<p>Después que palpó su tesoro, empezó a sentirlo por el peso, peso que le +oprimía dulcemente el pecho. Daba el dinero, aunque pareciera mentira a +un ser tan romántico, daba cierto calorcillo suave. «¡Siete mil reales!» +se decía; y experimentaba consuelo en sus tribulaciones; y sobre todo le +animaba la conciencia de un <i>valor cívico</i> que nacía de la presión de +aquellas onzas... ¡Oh! Es indudable lo que dice el catedrático de +economía y geografía mercantil en la tienda de Cascos: «La riqueza es +una garantía de la independencia de las naciones». Si estos siete mil +reales fueran míos, yo afrontaría con menos miedo mi terrible situación. +Huiría al extranjero; sí, señor, me escaparía... ¡Y si ella me +acompañaba! ¡Oh!... ¡Qué felicidad!... Juntos... en aquel rincón de +Toscana o de Lombardía que ella conoce. Pero ¡ay!, siete mil reales eran +muy pequeña cantidad para compartirla con una dulce compañera. En +realidad, ¡qué pobre había sido él toda la vida! Había vivido de +limosna... y quería ser amante de una gran artista llena de necesidades +de lujo y de fantasía... ¡Miserable!... Se puso colorado recordando +ciertas reticencias maliciosas y alusiones tan embozadas como venenosas +de sus amigos envidiosos. El día anterior, el lechuguino, que en vano +había querido conquistar a la Gorgheggi, había dicho en la tienda de +Cascos:</p> + +<p>—Estos señores creen que usted se entiende con la tiple, Sr. Reyes; pero +yo defiendo la virtud de usted... y le ayudo en su campaña para desarmar +la calumnia. Y mi argumento es este: «El Sr. Reyes sabe que una mujer de +estas es muy cara, y él no ha de querer arruinarse y arruinar a su mujer +por una cómica. Y sin regalos, y de los caros, es ridículo obsequiar a +una artista de tales pretensiones. Es usted demasiado discreto».</p> + +<p>La verdad era que si hasta la fecha no había necesitado más dinero que +el prestado a Mochi, en adelante, si aquellas <i>relaciones se +formalizaban</i>... Sí, era indispensable disponer de cuatro cuartos. Por +muy desinteresada que se quisiera suponer a Serafina, y él la suponía +todo lo desinteresada que puede ser la mujer ideal (el <i>bello ideal</i>), era +indudable que si seguían tratándose y crecía la intimidad, llegarían +ocasiones en que alguno de los dos tendría que pagar algo, hacer algunos +gastos... y el ideal no llegaba al punto de exigir que pagase la mujer. +No, tendría que pagar él. Pero ¿con qué? «Con el dinero que tenía en el +bolsillo». Esto le dijo la <i>voz de la tentación</i>, pero la voz de la +honradez, antipática por cierto, contestó: «¡Ese dinero no es tuyo!». La +guitarra, que seguía hablando al alma de Bonis, se inclinaba al partido +de la tentación. La música le daba energía y la energía le sugería ideas +de rebelión, deseo ardiente de emanciparse... ¿De qué? ¿De quién? De +todo, de todos; de su mujer, de Nepomuceno, de la <i>moral corriente</i>, sí, +de cuanto pudiera ser obstáculo a su pasión. Él tenía una pasión, esto +era evidente. Luego no era rana, por lo menos <i>tan rana</i> como años +seguidos había pensado.</p> + +<p>Salió del café en un arranque de actividad que le sugirió también la +energía reciente, y tomó el camino de su casa dispuesto a afrontar la +situación y a no soltar los cuartos por lo pronto. Es claro que él +acabaría por hacer ingresar aquellos siete mil reales <i>en caja</i>; pero, +¿cuándo? No corría prisa.</p> + +<p>Como en la calle ya no oía la guitarra del mozo del café, se le empezó a +aflojar el ánimo, y sin darse clara cuenta de sus pasos, en vez de +entrar en su casa se encontró en el vestíbulo del teatro. Era hora de +ensayo. Allí estaría Serafina de fijo. Tampoco le desagradó aquel cambio +instintivo de rumbo. Era otra prueba de que estaba muy enamorado. +Siempre había leído que los buenos amantes, en casos análogos, hacían lo +que él, seguir el misterioso imán del amor. ¡Oh!, y lo que él necesitaba +era estar bien seguro de que experimentaba una pasión <i>fatal</i>, invencible. +Averiguado esto, todas las consecuencias, fatales también, las reputaba +legítimas.</p> + +<p>Ocho días después Bonis no se conocía a sí mismo, y se alegraba: es más, +ni pensaba en conocerse.</p> + +<p>Serafina era suya, y él, por supuesto, era de Serafina, hasta donde +podía serlo aquel mísero esclavo de su mujer. Caricias como las de la +italiana-inglesa, Reyes ni las había soñado. «¡Nunca creí que el <i>placer +físico</i> pudiera llegar tan allá!», se decía saboreando a solas, rumiando, +las delicias inauditas de aquellos amores de <i>artista</i>. Sí, ella se lo +había asegurado, el amor de los artistas era así, extremoso, loco en la +voluptuosidad; pasaba por una dulcísima pendiente del arrobamiento +ideal, cuasi místico, a la sensualidad desenfrenada....</p> + +<p>En fin, él veía visiones; pero ¡qué hermosas, qué sabrosas! Tenía que +confesar que «la parte <i>animal</i>, la bestia, el bruto, estaba en él mucho +más desarrollado de lo que había creído». No pensaría Bonis que el +inofensivo flautista que olía a aceite de almendras, tenía dentro de sí +aquel turcazo voluptuoso que se dejaba querer al estilo +artístico-oriental tan ricamente. Y, sin embargo, el alma, el espíritu +puro, velaba, ¡sí, velaba!, y Serafina era la primera en mantener aquel +fuego sagrado de la poesía. «¡Besos con música! El que no sabe lo que es +esto no sabe lo que es bueno. Niego que haya moralista con derecho a +reprenderme por mi pasión, si el tal nunca ha gustado esta delicia, +¡besos con música!...». Pero el mayor encanto, el éxtasis de la dicha, +estaba en otra parte; en la íntima alegría del orgullo satisfecho.</p> + +<p>—Serafina me ama, me ama; estoy seguro; llora de placer en mis brazos, +no hay fingimiento, no; en la escena no sabe hacerlo tan bien; me quiere +de veras, le gusto, le gusto como <i>físico</i> y como moral, digámoslo así.</p> + +<p>¿Y dónde cabría mayor gloria que gustarle a ella, a la mujer <i>soñada</i>, a +la que él amaba como amante y madre y musa en una pieza?</p> + +<p>Lo cierto era que la Gorgheggi, corrompida en muy temprana juventud por +Mochi, su maestro y protector, se vengaba de su tirano y de la pícara +suerte, y no sabía de quién más, arrojándose a la mayor torpeza, al +desenfreno loco en los amores temporeros que su infame corruptor y +amante insinuaba, favorecía y explotaba.</p> + +<p>Mochi había seducido a su discípula para dominarla; mucho tiempo creyó +tener en ella una gloria futura y una renta de muchos miles de liras, +que pronto se empezarían a cobrar. La corrompió para unirla a su suerte; +después, cuando el desencanto llegó, las frías lecciones de la realidad +le hicieron ver que se había equivocado, que a su hermosa discípula la +faltaba algo y la faltaría siempre para llegar a verdadera estrella.... +le faltaba la voz y la flexibilidad suficiente de garganta. Tenía mucho +gusto, sentía infinito, en el timbre había una extraña pastosidad +voluptuosa, que era lo que llamaba Bonis voz de madre; sí, hablaba aquel +timbre de salud, de honradez, de discreción femenina, de dulzura +doméstica; pero... era poca voz para los grandes teatros. Y, además, se +movía poco la garganta: como una virgen demasiado gruesa se parece a una +matrona, la voz de la Gorgheggi tenía, siendo ella aún muy joven, un +<i>enbonpoint</i>, decía Mochi, que la quitaba la agilidad, la esbeltez.... En +fin, ello era que, a pesar de estar él seguro de que allí había un +corazón y un talento de gran artista y un timbre originalísimo, +seductor... no teníamos verdadera estrella de primera magnitud. Esta +convicción que adquirió antes Mochi, llegó al cabo a la conciencia de +Serafina; mas fue el secreto mutuo, si vale decirlo así, de que jamás se +hablaba. Fue la tristeza común quien los unió más que su trato amoroso y +sus intereses; pero fue también el origen y causa permanente de ocultos +rencores, de humillaciones viles. Mochi, por amor propio, por vanidad de +hombre de negocios, no quiso dar su brazo a torcer, confesarse que se +había equivocado uniéndose a Serafina para explotarla. ¿No era una gran +artista? Pues era mediana, y era además una mujer muy hermosa, y, más +que hermosa, seductora. Pensando, como en una prueba de habilidad, en +que no se había casado con ella, en que podía separarse de su <i>negocio</i> en +cuanto fuese gravoso, se atrevió a comerciar con su hermosura y él mismo +le puso delante la tentación. Serafina, la primera vez que cayó en ella, +cayó, como tantas otras, seducida por la vanidad, por la lujuria +exaltada de la mujer de teatro, por el interés: su primer amante, a +quien quiso un poco, de quien estuvo muy orgullosa, fue un General +francés, Duque, millonario. La venganza que Mochi se reservó para hacer +pagar a su discípula la infidelidad espontánea, que él mismo había +provocado, pero que le dolía, fue dejarla ver que él lo sabía todo y que +el Duque era su mejor amigo y protector. Los regalos que Serafina +ocultaba no eran la mitad del provecho que de tales relaciones había +sacado la compañía. Siempre sereno, siempre risueño, feroz y cruel en el +fondo, Mochi hizo comprender a su amiga que aquella tolerancia del +maestro continuaría, y que era indispensable para tener nivelados los +presupuestos de la sociedad. Lo que no hacía falta era explicarse +directamente; lo que allí hubiera sido repugnante, según el tenor, era +un pacto explícito; no hacía falta. Además, él continuaba siendo amante +de su discípula, y por rachas le entraba un verdadero amor a que ella +debía corresponder, o fingirlo a lo menos. Pero lo principal era lo +principal, y cuando se presentaba un partido, Mochi se reducía al papel +de marido que no sabe nada; esto ante Serafina; ante el nuevo galán no +era ni más ni menos que para el público, el maestro, <i>il babbo</i> adoptivo.</p> + +<p>El segundo devaneo de Serafina, en Milán, ya no fue espontáneo. Aceptó +como aceptaba una contrata en un teatro, porque lo exigía el <i>otro</i>, +Mochi. También ella creía de <i>buen gusto</i> guardar las formas; hacía como +que engañaba a su amante y director artístico. Y algo le engañaba, +porque, vengándose a su vez de aquel miserable comercio a que se la +condenaba, daba a entender a Mochi que sólo por interés y obediencia +aceptaba los galanteos provechosos, y que en el fondo sólo a su maestro +quería.</p> + +<p>Mochi creía algo de esto. «Sí, ella me quiere ya; y me quiere a mí sólo: +si no fuera así, se escaparía; con los demás finge por interés y por +obedecerme».</p> + +<p>Lo cierto era que la Gorgheggi no amaba a su tirano y le había sido +infiel de todo corazón desde la primera vez; pero al verse vendida, le +dolió el orgullo; creía que Mochi estaba loco por ella, y cuando +advirtió que era cómplice de sus extravíos, lo cual demostraba que no +había tal pasión por parte del tenor, se sintió más sola en el mundo, +más desgraciada, y experimentó el despecho de la mujer coqueta que, sin +querer ella, desea que la adoren. Aquel comercio infame la dolía más que +la repugnaba; en su vida de teatro, en la que entró ya seducida, +enamorada del vicio, no había tenido ocasión de adquirir nociones de +dignidad ni de amor puro; aquella mezcla del amor y el interés le +parecía sólo producto de su oficio; que la hermosura tenía que ser el +complemento del arte para ganar la vida, lo admitía, sobre todo desde +que ella misma estuvo convencida de que jamás llegaría a ser <i>prima donna +assolutissima</i> en los grandes teatros.</p> + +<p>Pero lo que lastimaba lo que llamaba ella su corazón, era la complicidad +de Mochi. «Yo hubiera hecho lo mismo sola y él hubiera conservado mi +respeto y mi amistad y mis caricias cuando las quisiera, y el provecho +de estas infidelidades mías también se habría repartido. ¿Qué falta +hacía que él se mezclase en esto? No me dice nada, pero me empuja, me +echa en brazos de los que debiera considerar como rivales...».</p> + +<p>Y esto era lo que ella quería que él pagase. ¿Cómo? Suponía la Gorgheggi +que aunque él no estuviera ya enamorado, se creía querido todavía; y +engañarle, arrojarse con ardor al vicio, al amor lucrativo; remachar los +besos que vendía, era su venganza.</p> + +<p>Eso hacía, sin darse cuenta de que tomaba parte en aquellos furores de +lubricidad con aires de pasión, la lascivia, la corrupción de su +temperamento fuerte, extremoso y de un vigor insano en los extravíos +voluptuosos. Se entregaba a sus amantes con una desfachatez ardiente +que, después, pronto, se transformaba en iniciativa de bacanal, es más, +en un furor infernal que inventaba delirios de fiebre, sueños del hachís +realizados entre las brumas caliginosas de las horribles horas de +arrebato enfermizo, casi epiléptico.</p> + +<p>Cuando su cuerpo macizo y bien torneado, suave y palpitante, cayó en los +brazos de Bonifacio Reyes, ya estaba ella un poco cansada de aquella +campaña terrible de <i>su venganza</i>, pero todavía sus arrebatos eróticos +eran manjar muy superior al estómago empobrecido por tibias aguas +cocidas del mísero escribiente de D. Diego.</p> + +<p>Él estaba pasmado, además de vivir en perpetua embriaguez, casi en +alucinación constante. Creía sentir aquellas caricias sin nombre (él a +lo menos no sabía cómo llamarlas), a todas horas, en todas partes; se le +figuraba estar bañándose todo el día en los besos de Serafina; la veía, +la oía, la olía, la palpaba en todas partes, hasta en el cuarto de Emma, +entre las medicinas y mal olientes intimidades de la esposa enferma y +poco limpia. Le extrañaba a veces que su mujer no conociese que la otra +estaba allí, entre los dos, más cerca de él que ella misma.</p> + +<p>«¡Qué mujer!—pensaba el infeliz a cualquier hora, en cualquier parte—. +¡Quién había de imaginar que había mujeres así! ¡Oh!... todo esto es el +arte... sólo una artista puede querer en esta forma tan.... +deliciosamente exagerada».</p> + +<p>Lo que más picante le parecía, lo que venía a remachar el clavo de la +felicidad, era el contraste de Serafina, quieta, cansada y meditabunda, +con Serafina en el éxtasis amoroso: esta mujer, toda fuego, que asustaba +con sus gritos y sus gestos de furiosa de amor; que hablaba, mientras +acariciaba, con una voz ronca, gutural, que parecía salir de la faringe +sin pasar por la boca, y que decía cosas tan extrañas, palabras que, +aunque pareciera mentira, aún eran excitantes en medio de los hechos más +extremosos de la pasión; esta mujer, diablo de amor, cuando el cansancio +material irremediable sobrevenía y llegaban los momentos de calma +silenciosa, de reposo inerte, tomaba aire, contornos, posturas, gestos, +hasta ambiente de dulce madre joven que se duerme al lado de la cuna de +un hijo. Las últimas caricias de aquellas horas de transportes báquicos, +las caricias que ella hacía soñolienta, parecían arrullos inocentes del +cariño santo, suave, que une al que engendra con el engendrado. Entonces +<i>la diabla</i> se convertía en la mujer de la voz de <i>madre</i>, y las lágrimas de +voluptuosidad de Bonis dejaban la corriente a otras de enternecimiento +anafrodítico; se le llenaba el espíritu de recuerdos de la niñez, de +nostalgias del regazo materno.</p> + +<p>Cuando, al separarse, ella recomponía su tocado, con ademán tranquilo, +familiar, echaba a la cabeza, en posturas de estatua, sus brazos de +Juno, sonreía con reposada placidez, dejando los rizos de la sonrisa +rodar en su boca y sus mejillas, como la onda amplia de curva suave y +graciosa del mar que se encalma; pensaba, mirando el rostro pálido del +aturdido amante, más muerto que vivo a fuerza de emociones, pensaba en +Mochi y se decía:</p> + +<p>—¡Si le dijeran a ese miserable lo dichoso que acaba de ser este pobre +diablo! Todo, todo por venganza. ¡Él cree que este infeliz tiene que +contentarse con desabridas caricias; no sospecha que le estoy matando de +placer y que va a morir entre delicias!</p> + +<p>Bonis también creía que aquella vida no era para llegar a viejo; pero, a +pesar de cierto vago temor a ponerse tísico, estaba muy satisfecho de +sus hazañas. Se comparaba con los héroes de las novelas que leía al +acostarse, y en el cuarto de su mujer, mientras velaba; y veía con gran +orgullo que ya podía hombrearse con los autores que inventaban aquellas +maravillas. Siempre había envidiado a los seres <i>privilegiados</i> que, amén +de tener una ardiente imaginación, como él la tenía, saben expresar <i>sus +ideas</i>, trasladar al papel todos aquellos sueños en palabras propias, +pintorescas y en intrigas bien hilvanadas e interesantes. Pues ahora, ya +que no sabía escribir novelas, sabía hacerlas, y su existencia era tan +novelesca como la primera. Y buenos sudores le costaba, porque había +ratos en que su apurada situación económica, sus remordimientos y sus +miedos sobre todo, le ponían al borde de lo que él creía ser la locura. +No importaba; la mayor parte del tiempo estaba satisfecho de sí mismo. +Aquella ausencia de facultades expresivas, que según él era lo único que +le faltaba para ser un artista, estaba compensada ahora por la <i>realidad +de los hechos</i>; se sentía héroe de novela; no había sabido nunca dar +expresión a lo que era capaz de sentir; mas ahora él mismo, todos sus +actos y aventuras, eran la viva encarnación de las más recónditas y +atrevidas imaginaciones. Y si no, se decía, no había más que repasar su +existencia, fijarse en los contrastes que ofrecía, en los riesgos a que +le arrastraba su pasión y en la calidad y cantidad de esta. Emma, cada +día más aprensiva y más irascible, exigente y caprichosa, había llegado +a complicar el tratamiento de sus enfermedades reales e imaginarias +hasta el punto de que, el mismo Bonifacio, a pesar de su gran retentiva +y experiencia, había necesitado recurrir a un libro de memorias en que +apuntaba las medicinas, cantidades de las tomas y horas de +administrarlas, con otros muchos pormenores de su incumbencia. Como la +enferma no estaba muy segura de padecer todos los males de que se +quejaba, temerosa muchas veces de que las pócimas recetadas no fuesen +necesarias dentro del estómago y acaso sí perjudiciales, prefería por +regla general el <i>uso externo</i>, con lo cual se aumentaban las fatigas del +cónyuge curandero, porque todo se volvía untar y frotar el cuerpo +delgaducho y quebradizo, quejumbroso y desvencijado, de su media naranja +o medio limón, como él la llamaba para sus adentros; porque los +desahogos de Bonis eran de uso interno, al contrario de lo que sucedía +con las medicinas de su mujer. Pulgada a pulgada creía conocer el +antiguo escribiente la superficie de aquel asendereado cuerpo de su +mujer, donde él daba friegas con fuerza y con delicadeza a un tiempo, +según lo exigía la paciente, esparcía ungüento con justicia +distributiva, amoroso tacto, pulcritud y suavidad; así como en la región +del pecho, y en la espalda y sobre el hígado había pasado un pincel +impregnado de yodo. Antojábasele aquel mísero conjunto de huesos y +pellejo y de importunas turgencias, edificio ruinoso que el dueño +defiende contra la piqueta municipal a fuerza de revoques de cal y manos +de pintura y recomposición de tejas. «¡Ay!, en vano la retejo, y la +unto, y la froto, y la pinto; esta mujer mía hace agua por todas partes, +y el viento de la ira entra en ella por mil agujeros; esta destartalada +máquina, inútil para mí, en cuanto legítimo esposo, sirve sólo, y +servirá tal vez muchos años, para albergue del espíritu sutil de la +discordia y de la contradicción: poca materia necesita el ángel malo +para encaramarse en ella como un buitre en una horca, un búho en un +torreón escueto y abandonado, y desde su miserable guarida hacerme cruda +guerra».</p> + +<p>Lo cierto era que Bonis exageraba, lo mismo que en el lenguaje, en los +achaques de su mujer. Emma, que había estado en peligro de muerte meses +antes, poco a poco se reponía, y la nueva energía que iba adquiriendo +empleábala en inventar más exigencias, más achaques y en procurarse +unturas que no la comprometían a estar enferma de verdad, y en cambio +habían llegado a ser para ella una segunda naturaleza; no se sentía bien +sin grasa alrededor del cuerpo, sin algodón en rama aplicado a cualquier +miembro; y en cuanto al resquemillo del yodo y a las cosquillas del +pincel, habían llegado a ser uno de sus mejores entretenimientos. Todo +ello servía para multiplicar los trabajos de Reyes, su responsabilidad y +alarde de paciencia. Aquella resignación de su marido llegó a ser tan +extremada, que a Emma acabó por parecerle cosa sobrenatural y diole mala +espina. No sabía por qué le olía mal aquella sumisión absoluta; tiempo +atrás, antes de sufrir las últimas humillaciones, protestaba tímidamente +por medio de observaciones respetuosas; pero ahora, ni eso: callaba y +untaba. A un insulto, a una provocación, respondía con una obra de +caridad de las que inmortalizaban a un santo; allí hacía falta, no sólo +el sacrificio del corazón, sino el del estómago, pues todo se +sacrificaba. Bonis no tenía ni amor propio ni náuseas; el olfato parecía +haber desaparecido con el sentimiento de la propia dignidad. ¿Qué era +aquello? Lo que antes era para la esposa autocrática la única gracia de +su marido, ahora comenzaba a convertirse en motivo de sospechas, de +cavilaciones. ¿Por qué calla tanto? ¿Por qué obedece tan ciegamente? ¿Es +que me desprecia? ¿Es que encuentra compensación en otra parte a estos +malos ratos? Un día Emma, a gatas sobre su lecho, se recreaba sintiendo +pasar la mano suave y solícita de su marido sobre la espalda untada y +frotada, como si se tratase de restaurar aquel torso miserable sacándole +barniz. «¡Más, más!», gritaba ella, frunciendo las cejas y apretando los +labios, gozando, aunque fingía dolores, una extraña voluptuosidad que +ella sola podía comprender.</p> + +<p>Bonis, sudando gotas como puños, frotaba, frotaba incansable, con una +sonrisa poco menos que seráfica clavada en el apacible rostro: sus ojos, +azules y claros, muy abiertos, sonreían también a dulces imágenes y a +deleitosos recuerdos. En vano Emma refunfuñaba, se quejaba, le increpaba +y con palabras crueles le ofendía; no la oía siquiera; cumplía su deber +y andando.</p> + +<p>Volvió ella la cabeza hacia arriba, y al ver la expresión de beatitud de +aquella cara, quedose pasmada ante semejante alarde de paciencia y +humildad absoluta.</p> + +<p>—A este algo le pasa, algo muy raro.... Parece más tonto que de +costumbre, y al mismo tiempo en esa cara hay una expresión que yo no he +visto nunca.</p> + +<p>—¿Sabes que andas distraído, joven?</p> + +<p>Aquel joven era la tremenda ironía de la mujer que, viéndose mustia y +enfermiza, recordaba al tierno esposo que él envejecía, gracias, no sólo +a los años, sino también a los disgustos de aquella servidumbre +conyugal.</p> + +<p>El joven no contestaba cosa de sustancia y entonces ella le miraba de +hito en hito, y daba vueltas alrededor de él, para ver si por algún lado +estaba abierto y se le veía el secreto que debía de tener entre pecho y +espalda. Después le olfateaba. Le daba el corazón que por el olfato +habían de empezar los descubrimientos... ¿A qué olía aquel hombre? Olía +a ella, a los ungüentos con que la frotaba, al espliego y alcanfor de su +jurisdicción ordinaria. «Habrá que olerle cuando venga de fuera, de la +calle». Y le despachó, como casi siempre, con cajas destempladas.</p> + +<p>Emma dormía mucho, y aun despierta tenía necesidad de estar +completamente sola muchas horas, porque además de las intimidades a que +podía y debía asistir Bonifacio, había otras más recónditas que no podía +presenciar ni el marido; eran unas las del tocador, secreto de secretos, +y otras misteriosas manías de cuya existencia no quería ella que supiese +nadie. Añádase a esto que había conservado la mala costumbre de soñar +despierta horas y horas en su lecho, antes de levantarse, y en tales +deliquios de la pereza, así como en las frecuentes rachas de murria, +Emma no toleraba la presencia de ningún semejante. Por todo lo cual, +Bonis, a pesar de la estricta sujeción de sus tareas de marido +enfermero, tenía por suyo mucho tiempo; el caso era ser exacto a las +horas de servicio; de las demás no pedía cuentas el tirano. Todas las +que, tiempo atrás, vivía Reyes olvidado por el mundo entero, sin tener +que dar noticia de su empleo a nadie, a fuerza de ser él persona +insignificante, ahora las dedicaba, siempre que había modo, a su amor. +Veía a Serafina en el teatro, en la posada y en los largos paseos que +daban juntos por parajes muy retirados o lejos de la ciudad.</p> + +<p>Aquel día, después de lavarse bien con esponjas grandes y finas, género +de limpieza que había aprendido observando a la Gorgheggi en su tocador, +salió saltando las escaleras de dos en dos.</p> + +<p>Y se decía: «¿Qué me importa ser aquí esclavo y oler a botica que +apesto, si en otra parte soy dueño del más hermoso imperio, árbitro de +la voluntad más digna de ser rendida, y me aguarda lecho de rosas y de +aromas, que no sé si serán orientales, pero que enloquecen?».</p> + +<p>Seguro estaba Bonis de que era aquel vivir suyo un rodar al abismo; que +no podía parar en bien todo aquello era claro; pero ya... preso por +uno... y además, en los libros románticos, a que era más aficionado cada +día, había aprendido que a «bragas enjutas no se pescan truchas»; que un +hombre de grandes pasiones, como él estaba siendo sin duda, y metido en +aventuras extraordinarias, tenía que parar en el infierno, o, por lo +menos, en las garras de su mujer y en un corte de cuentas de D. Juan +Nepomuceno. Al pensar en D. Juan tembló de frío, porque se acordó de que +los siete mil reales de la restitución providencial habían ido +evaporándose, hasta quedar reducidos, en el día de la fecha, a dos mil. +Lo demás había parado en manos de Serafina, ya en forma de regalos, ya +en dinero, pues cierta clase de gastos indispensables no había tenido +valor para hacerlos por sí mismo, temiendo que el secreto de sus amores +pudiera ser conocido y divulgado por los comerciantes. ¿Con qué cara iba +él a pedir en una tienda de su pueblo polvos de arroz de los más finos, +ligas de seda, medias bordadas y pantalones de mujer con el jaretón por +aquí o por allá?</p> + +<p>En cuanto a Mochi, no se había vuelto a acordar para nada de dinero, ni +para pedirlo, ni para pagar lo que debía. «En la cuestión de cantidades» +no quería pensar Reyes; se figuraba que toda la deuda del Estado era +cosa suya, la debía él. ¡Primero mil reales, después seis mil, ahora los +siete mil de la restitución... el mundo, el mundo entero en forma de +guarismos! No, no contaba él así; no se representaba las cantidades +fijas, ni menos la suma de todas; él recordaba que primero había +prestado lo que no tenía; después muchísimo más, y, por último, que +había cometido el gran sacrilegio de profanar una cantidad sagrada, +producto del secreto del confesonario, empleándola en un corsé regente, +en unos búcaros con chinos pintados, en sortijas, flores y pantalones de +señora... ¡Horror! «Sí, horror, pero ¿y qué se le iba a hacer? Preso por +uno.... Aquella misma atrocidad de haber gastado tanto dinero que no era +suyo demostraba la intensidad, la fuerza irresistible de su pasión. Pues +adelante». Cierto era que quedaba el rabo por desollar. D. Juan +Nepomuceno le tenía cogido por las narices, y podía hacer de él lo que +le viniese en voluntad.</p> + +<p>Poco a poco la figura de Nepomuceno, del odiado y odioso Nepomuceno, +había ido creciendo a los ojos de la imaginación espantada de Bonis; +sobre todo, las patillas cenicientas, en que el desgraciado veía el +símbolo de todas las matemáticas aplicadas a la hacienda, el símbolo de +los aborrecibles intereses materiales, del negocio, de la previsión y +del ahorro... y la trampa si a mano viene; aquellas patillas habían +subido, tocado las nubes, y en el inmenso abismo hundían los lacios +hilos grises de sus puntas. ¡Rayo en ellas! Bonis, que amaba las letras, +aborrecía los guarismos, y en punto a aritmética, decía él que todo lo +entendía menos la división; aquello de calcular a cuántos cabían tantos +entre tantos, siempre había sido superior a sus fuerzas; al llegar a lo +de tantos entre tantos no caben (o no cogen, como él solía decir), +sudaba y se volvía estúpido y sentía náuseas; pues bien, Nepomuceno, +sólo con su presencia, hasta en idea, le producía el mismo efecto que +una división en que sobraba algo; no le cogía el tal Nepomuceno.</p> + +<p>Y eso que el muy taimado callaba como un bellaco. Ni una palabra le +había dicho después de haber descubierto y pagado el préstamo famoso de +D. Benito. Es claro que tampoco Bonis había abordado la cuestión; en +este particular estaba el escribiente como el condenado a muerte que, +con los ojos tapados, aguarda el golpe del verdugo, y con gran sorpresa, +pero sin perder el miedo, siente que el tiempo pasa y el golpe no llega. +De otra manera también se figuraba su situación Reyes, fecundo siempre +en alegorías y toda clase de representaciones fantásticas; se figuraba +que a sus pies había una gran mina, que él estaba seguro de que el fuego +había prendido en la mecha... ¿Por qué no venía el estallido? ¿Se había +mojado la pólvora? ¿Se había mojado la mecha? No; él estaba convencido +de que Nepomuceno estaba seco y bien seco; sería que la mecha era más +larga que él había pensado; el fuego iba dando rodeos, pero el estallido +vendría, ¡no podía faltar! Aun así, daba gracias a Dios por aquel plazo, +que le permitía entregarse a su gran pasión sin complicaciones +económicas, que todo lo hubieran aguado.</p> + +<p>Llegó Bonis al ensayo oliendo a agua de colonia, risueño y arrogante +hasta el punto que él podía serlo. Gran algazara había en el escenario. +Aquel día era de los de sol allí dentro, a pesar de que poca luz podía +entrar hasta la escena y la sala por las puertas de los palcos y los +ventiladores del techo; el sol que vio allí Reyes era un sol moral +(quería decirse que todos estaban contentos); Mochi había pagado y las +rencillas habían concluido, o, por lo menos, quedaban escondidas; el +barítono embromaba a la contralto, el director de orquesta al bajo, +Mochi a una señora del coro, y la Gorgheggi iba y venía repartiendo +sonrisas y saludos con voz de pájaro; para todos tenía inocentes +coqueterías, agasajos de voz y de gesto: para los de la escena, para los +señores de las bolsas o faltriqueras, y hasta para tal o cual músico que +había desafinado o perdido el tiempo. Serafina, radiante, se lo +perdonaba con una interjección o una inclinación de cabeza, y cargaba +con la responsabilidad. Tal vez el director decía: «¡Cristo!» y miraba +con fingido enojo al trompa, y entonces ella encogía los hombros y +mordía la punta de la lengua con picardía de colegiala, para decir +enseguida, llena de abnegación:</p> + +<p>—Maestro, maestro... senti, non e'colpevole, questo signore, sono io.</p> + +<p>¡Qué música de voz! ¡Qué corazón!, pensaba Bonis, que entraba en el +palco de sus amigos.</p> + + + +<hr style="width: 65%;" /> +<h2><a name="VIII" id="VIII"></a>-VIII-</h2> + + +<p>En el café de la Oliva se dispuso cierta noche una cena para doce +personas, en el comedor de arriba; un cuarto oscuro que a los calaveras +del pueblo y al amo del establecimiento les parecía muy reservado, y muy +misterioso, y muy a propósito para orgías, como decían ellos.</p> + +<p>El camarero de la guitarra y otros dos colegas se esmeraban en el +servicio de la mesa, porque eran los de la ópera los que venían a cenar; +y... ¡colmo de la expectación!, se aguardaba también a las cómicas; +vendrían la tiple, la contralto, una hermana de esta y la doncella de +Serafina, que en los carteles figuraba con la categoría dudosa de otra +tiple.</p> + +<p>El único profano a quien se invitó fue Bonifacio; él, lleno de orgullo +artístico, pero recordando que la hora señalada para la tal cena era de +las que su esposa le tenía embargadas para las últimas friegas, ofreció +ir a los postres y al café, reservándose el cuidado de echar a correr a +su tiempo debido. No sabía que a lo que él iba era a pagar. Esto lo supo +después, cuando, ebrio de amor y un poco de benedictino non sancto, +había caído en el panteísmo alalo a que le llevaban todos los +entusiasmos de su organismo, más empobrecido de lo que prometían las +buenas apariencias de su persona.</p> + +<p>Llegó cuando los músicos y cantantes saboreaban el ponche a la romana +que Mochi había incluido en la lista de la cena. Fue recibido con una +aclamación, en que tomaron parte las señoras. Sin saber cómo, y cuando +la emoción producida por tal recibimiento aún le tenía medio aturdido, +se vio Reyes al lado de su ídolo, Serafina, que había comido mucho y +bebido proporcionadamente. Estaba muy colorada y de los ojos le saltaban +chispas. En cuanto tuvo junto a sí a Bonis, le plantó un pie encima, un +pie sin zapato, calzado con media de seda.</p> + +<p>—¡Nene—dijo acercándole la cara al oído—, apestas a colonia!</p> + +<p>Y le azotó un tobillo, por encima del pantalón, con el pie descalzo. +Bonis se ruborizó no por lo del pie, sino por lo de la colonia; aquel +olor era el rastro de su esclavitud doméstica.</p> + +<p>«Si yo no oliese a colonia, ¡a qué olería!» pensó. Pero olvidó enseguida +su vergüenza al oír a Serafina que, quedándose muy seria, con la voz +algo ronca con que le hablaba siempre en la intimidad de su pasión, le +dijo, otra vez, al oído casi:</p> + +<p>—Acércate más, aquí nadie ve nada... ya todos están borrachos.</p> + +<p>Y sin esperar respuesta, y antes que Bonis se moviese, ella, +bruscamente, sin levantarse, hizo que su silla chocara con la del +amante, y ambos cuerpos quedaron en apretado contacto. El olor a colonia +desapareció, como deslumbrado por el más picante y complejo, que era una +atmósfera casi espiritual de Serafina; aquel olor a perfumes fuertes, +pero finos, mezclado con el aroma natural de la cantante, era lo que +determinaba siempre en Bonis las más violentas crisis amorosas. Perdió +el miedo, aturdido por aquella proximidad ardiente y olorosa de su +amada, y como si esto fuera escasa borrachera, se dejó seducir por las +tretas de Mochi, que le invitaban sin cesar a beber de todo. Bebió Reyes +ponche, champaña, benedictino después, y ya, sin conciencia despierta +para reprobar las demasías que se permitían el barítono y la contralto y +alguna otra pareja, consintió en brindar, por último, cuando de todas +partes salían exclamaciones que le invitaban a desahogar su corazón en +el seno de aquella amistad artística, «no por nueva, pensaba él, menos +firme y honda».</p> + +<p>Borracho del todo nunca lo había estado Bonifacio; un poco más que +alegre, sí, aunque no muchas veces; y en tales trances era cuando se le +soltaba la lengua un poco, y decía aproximadamente algo parecido a lo +mucho que le bullía en el pecho.</p> + +<p>Consultó con los candorosos ojos a su amada si haría bien o mal en +brindar; la Gorgheggi aprobó el brindis con un apretón de manos +subrepticio, y el flautista frustrado se levantó entre aplausos.</p> + +<p>—Señoras y señores—dijo con una copa de agua en la mano—, es tanto mi +agradecimiento, es tal la emoción que me embarga, que... lo digo yo y no +me arrepiento, yo, Bonifacio Reyes, pago todo el gasto... eso es, toda +la comida y toda la bebida... <i>botillería</i> inclusive.... Benito (a un +camarero), ya lo oyes, todo esto es cuenta mía. (Bravos y exclamaciones. +Mochi sonreía satisfecho, como pudiera estarlo un profeta que ve +cumplida su profecía.) Yo lo pago todo, y no hay que preguntarme de +dónde salen las misas. Preso por uno, preso por ciento, y uno... eso +es.... Nadie me toque a la vida privada. ¡Ahí le duele!... La vida +privada de la vida ajena es un sagrado, arca santa, arca sanctorum....</p> + +<p>—Sancta Sanctorum!—interrumpió un apuntador que había sido seminarista. +(Voces de: ¡silencio!, ¡fuera!)</p> + +<p>—Bueno; sanctorum omnium. Señores, yo no puedo... yo no sé decir, ni +debo, ni puedo ni quiero, todo lo que para mí significa vuestro +cariño.... Yo amo el arte... pero no lo sé expresar; me falta la forma, +pero mi corazón es artístico; el arte y el amor son dos aspectos de una +misma cosa, el anverso y el reverso de la medalla de la belleza, +digámoslo así. (Bravos; asombro en los cómicos.) Yo he leído algo... yo +comprendo que la vida perra que he llevado siempre en este pueblo +maldito es mezquina, miserable... la aborrezco. Aquí todos me +desprecian, me tienen en la misma estimación que a un perro inútil, +viejo y desdentado... y todo porque soy de carácter suave y desprecio +los bienes puramente materiales, el oro vil, y sobre todo la industria y +el comercio.... No sé negociar, no sé intrigar, no sé producirme en +sociedad... luego soy un bicho, ¡absurdo!, yo comprendo, yo siento... yo +sé que aquí dentro hay algo.... Pues bien, vosotros, artistas, a quien +también tienen en poco estos mercachifles sedentarios, estas lapas, +estas ostras de provincia, me comprendéis, me toleráis, me agasajáis, me +aplaudís, admitís mi compañía y....</p> + +<p>Bonis estaba pálido, se le atragantaban las palabras, hacía pucheros, y +su emoción, de apariencia ridícula, no les pareció tal por algunos +momentos a los presentes, que sin gritar ni moverse siquiera, escuchaban +al pobre hombre con interés, serios, pasmados de oír a un infeliz, a un +botarate, algo que les llegaba muy adentro, que les halagaba y +enternecía. Al orador no le faltaban palabras, pero las lágrimas le +salían al camino y querían pasar primero; además, las malditas piernas +se le desplomaban, según costumbre, y así, se le veía ir doblándose, y +casi tocaba con la barba en el mantel, cuando siguió diciendo:</p> + +<p>—¡Ah, amigos míos! Mochi amigo, Gaetano carísimo (el barítono), vosotros +no podéis saber cuánto me halaga que al pobre Reyes abandonado, +despreciado, humillado, le comprendan y quieran los artistas. Si yo me +atreviera huiría con vosotros, sería el último, pero artista, +independiente, libre, sin miedo al porvenir, sin pensar en él, pensando +en la música... ¿Creéis que no os comprendo? ¡Cuántas veces leo en +vuestro rostro las preocupaciones que os afligen, los cuidados del +mañana incierto! Pero poco a poco el arte os devuelve a vuestra +tranquilidad, a vuestra descuidada existencia; un aplauso os sirve de +opio, el puro amor del canto os embelesa y saca de la miserable vida +real.... Y el último de vosotros, Cornelio, que no tiene más que un traje +de verano para invierno, olvida o desprecia esta miseria, y se +entusiasma al gritar, lleno de inspiración artística, en su papel +modesto de corista distinguido, aquello de la Lucrezia: Vivva il Madera! +(Bravos y aplausos interrumpen al orador. El corista aludido, que está +presente y, en efecto, luce un traje digno de los trópicos y muy usado, +abraza a Reyes, que le besa entre lágrimas.)</p> + +<p>Quiso continuar, pero no pudo; cayó sobre su silla como un saco, y +Serafina, orgullosa de aquella oratoria inesperada y de la discreción +con que su amante se abstuvo de aludirla, le felicita con un apretón de +manos y otro de pies más enérgico.</p> + +<p>Mochi se aproxima al héroe, le abraza y le dice al oído, rozándose los +rostros:</p> + +<p>—Bonifacio, lo que te debo, lo que vales, nunca lo olvidará este pobre +artista desconocido y postergado.</p> + +<p>Las lágrimas de Mochi, mezcladas con los polvos de arroz que no ha +limpiado bien aquella noche, caen sobre las mejillas del improvisado +anfitrión.</p> + +<p>Al cual apenas le quedan fuerzas para pensar.... Mas de repente da un +brinco, lívido, y con el brazo en tensión, señala con el índice a la +esfera del reloj que tiene enfrente.</p> + +<p>—¡La hora!—grita aterrado, y procura separarse de la mesa y echar a +correr....</p> + +<p>—¿Qué hora?—preguntan todos.</p> + +<p>—La hora de.... Bonis miró a Serafina con ojos que imploraban compasión y +ser adivinados.</p> + +<p>Serafina comprendió; sabía algo, aunque no lo más humillante, de aquella +esclavitud doméstica.</p> + +<p>—Dejadle, dejadle salir, tiene que hacer a estas horas, sin falta... no +sé qué, pero es cosa grave; dejadle salir.</p> + +<p>Bonis besó con la melancólica y pegajosa mirada a su ídolo, ya que no +podía de otro modo, y enternecido por el agradecimiento, tomó la +escalera....</p> + +<p>Los cómicos le dejaron ir, pero miraron a Mochi como preguntándole algo +que él debía adivinar.</p> + +<p>Mochi, risueño, tranquilo, retorciéndose el afilado bigote, adivinó en +efecto, y dijo:</p> + +<p>—¡Oh, señores, no hay cuidado! Palabra de rey; aquí le conocen y saben +que no hay dinero más seguro que el del Sr. Reyes. Si no ha pagado ahora +mismo, habrá sido por olvido... o por no ofendernos.</p> + +<p>—Claro—dijo el barítono—; eso sería limitar el gasto....</p> + +<p>—Sí, se conoce que es un caballero.</p> + +<p>Todos convinieron en que Bonis pagaría todo el gasto que se hiciera +aquella noche.</p> + +<p>En cuanto a Bonifacio, comprendía, muy a su placer, que por el camino se +le iba aliviando la borrachera. Estaba seguro de que aquella buena +acción que había comenzado el fresco de la noche, la llevaría a remate +el miedo que le daba su mujer.</p> + +<p>—Sí, estoy tranquilo, debo estar tranquilo; cuando entre en su cuarto, +el instinto de la conservación, llamémoslo así, me hará recuperar el uso +de todas mis facultades, y Emma no conocerá nada. Además, puede que se +haya dormido, y en tal caso hasta mañana no habrá riña por mi tardanza; +y lo que es mañana, ya estaré yo tan limpio de vino como el Corán.</p> + +<p>Llegó a casa, abrió con su llavín, encendió una luz, subió de puntillas +y entró en las habitaciones de su mujer. Una triste lamparilla, +escondida entre cristales mates de un blanco rosa, alumbraba desde un +rincón del gabinete; en la alcoba en que dormía Emma, las tinieblas +estaban en mayoría; la poca luz que allí alcanzaba servía sólo para dar +formas disparatadas y formidables a los más inocentes objetos.</p> + +<p>Bonis se acercó al lecho a tientas, estirando el cuello, abriendo mucho +los ojos y pisando de un modo particular que él había descubierto para +conseguir que las botas no chillasen, como solían. Esta era una de las +fatalidades a que se creía sujeto por ley de adverso destino; siempre +las suelas de su calzado eran estrepitosas.</p> + +<p>Al acercarse a su mujer se le ocurrió recordar al moro de Venecia, de +cuya historia sabía por la ópera de Rossini; sí, él era Otello y su +mujer Desdémona... sólo que al revés, es decir, él venía a ser un +Desdémono y su esposa podía muy bien ser una Otela, que genio para ello +no le faltaba.</p> + +<p>Lo principal, por lo pronto, era averiguar si dormía.</p> + +<p>Él se lo pidió al Hacedor Supremo con todas las veras de su corazón. +Había pasado un cuarto de hora de la señalada para las últimas friegas +de la noche.</p> + +<p>—Por lo menos calla—pensó, cuando ya estaba quieto, porque sus pies +habían tropezado con los de la cama.</p> + +<p>Por desgracia, el silencio no era prueba del sueño; es más, aunque +tuviese los ojos cerrados no había prueba; porque muchas veces, por +mortificarle, por castigarle, callaba, así, con los ojos cerrados, y no +respondía aunque la llamase; no respondía a no ser ¡terrible era +pensarlo!, pero ¿cómo negárselo a sí mismo?, a no ser con una bofetada y +un</p> + +<p>—¡Toma! ¡Vete a asustar a tu abuela!... ¡Infame, traidor, mal marido, +mal hombre! etcétera, etc.</p> + +<p>Todo esto era histórico; ya sabía Bonis que si algún día se le ocurría +escribir sus Memorias, que no las escribiría, ¿para qué?, habría que +omitir lo de las bofetadas, porque en el arte no podían entrar ciertas +tristezas de la realidad excesivamente miserables, y lo que es sus +Memorias, o no serían, o serían artísticas; pero omitiéralas o no, las +bofetadas eran históricas. No habían sido muchas, pero habían sido. Y +más tenía que confesarse, que en rigor, en rigor, no le ofendían mucho; +más quería un cachete, si a mano viene, que una chillería; el ruido lo +último de todo. Además, Emma cuando le insultaba, se repetía; sí, se +repetía cien y cien veces, y aquello le llegaba a marear. Verdad era que +cuando le pegaba se repetía también; bueno, pero no tanto.</p> + +<p>Emma tenía los ojos cerrados. Su esposo no se fiaba y le acercó un oído +a la boca. Su respiración tenía el ritmo regular del sueño. Podía ser +fingido. No se sabía si dormía o no. En cuanto a llamarla, hacía tiempo +que había renunciado a semejante prueba. Prefería estar allí, con la +cabeza inclinada sobre el rostro de la supuesta enferma, porque, en todo +caso, constaría que él, Bonis, había cumplido con su deber procurando +indagar si el sueño de su esposa era real o fingido. Si pasaban tres o +cuatro minutos, declaraba a Emma en rebeldía y se retiraba satisfecho +por haber cumplido con su deber. Podía al día siguiente echarle en cara +su abandono, el olvido en que la tenía, etcétera, etc.; pero él estaba +seguro de que se quejaba sin razón, porque se decía: «Si estaba +despierta, demasiado sabe que no falté de mi puesto; si dormía, ¿para +qué necesitó de mí?».</p> + +<p>Pasaron los cuatro minutos de espera y Bonis quiso, por lo excepcional +de las circunstancias, prolongar la experiencia.</p> + +<p>A los cinco minutos Emma abrió los ojos desmesuradamente, y con una +tranquilidad fría y perezosa, dijo, en una voz apagada que horrorizaba +siempre a Bonis:</p> + +<p>—Hueles a polvos de arroz.</p> + +<p>En las novelas románticas de aquel tiempo usaban los autores muy a +menudo, en las circunstancias críticas, esta frase expresiva: «¡Un rayo +que hubiera caído a sus pies no le hubiera causado mayor espanto!».</p> + +<p>Sin querer, Bonis se dijo a sí mismo muy para sus adentros el +sustancioso símil «un rayo que hubiera caído a mis pies, etc.», y por +una asociación de ideas, añadió por cuenta propia: «¡Mal rayo me parta! +¡Maldita sea mi suerte!».</p> + +<p>—Hueles a polvos de arroz—repitió Emma.</p> + +<p>Tampoco ahora contestó Bonis en voz alta. Pensó lo siguiente: «En todo +soy desgraciado, hasta la Providencia es injusta conmigo; me castiga +cuando no lo merezco: cien veces habré olido a polvos de arroz, y +nada... y hoy... hoy que no hay de qué... hoy que no lo he...». De +repente, se acordó de Mochi, de su abrazo y de que, en efecto, las +lágrimas de borracho con que le había mojado, le olían a polvos de +arroz. «¡Malditísimo marica!—pensó—; fue él, el sobón del tenor Mochi.... +y ahora, ¡qué conflicto!, ¡qué tormenta! Porque ¿quién le dice a esta.... +'Mira, sí, huelo a polvos de arroz, pero es porque... me abrazó y me +besó... ¡el tenor de la Compañía italiana!'?».</p> + +<p>—Hueles a polvos de arroz—dijo por tercera vez la esposa desvelada.</p> + +<p>Y con gran sorpresa del marido, un brazo que salió de entre la ropa del +lecho no se alargó en ademán agresivo, sino que suavemente rodeó la +cabeza de Bonis y la oprimió sin ira. Emma entonces olfateó muy de cerca +sobre el cuello de Reyes, y este llegó a creer que ya no le olía con la +nariz, sino con los dientes. Temió una traición de aquella gata; temió, +así Dios le salvase, un tremendo mordisco sobre la yugular, una sangría +suelta... pero al retroceder con un ligero esfuerzo, sintió sobre la +nuca el peso de dos brazos que le apretaban con tal especie de ahínco, +que no podía confundirse con la violencia ni el dolo malo; y acabó de +entender, con gran sorpresa, de qué se trataba, cuando oyó un gemido +ronco y mimoso, de voluptuosidad soñolienta, imperativa en medio del +abandono, gemido que él conocía perfectamente y cuyo significado no +podía confundirse con nada. Significaba todo aquello el renacimiento de +una iniciativa conyugal largo tiempo abandonada. En la intimidad de las +intimidades no tenía Bonis mando superior al que le había sido conferido +en los demás quehaceres domésticos; de su espontaneidad no se esperaba +ni se admitía cosa alguna. Un rayo que hubiera caído a sus pies... y de +repente se hubiese convertido en lluvia de flores, no hubiera causado +mayor sorpresa al amante de Serafina, que la actitud de su mujer +soñolienta y caprichosa; pero sin andarse en averiguaciones de causas +próximas o remotas, echó sus cuentas Bonifacio, y se dijo en el fuero +interno, sin pararse a examinar la exactitud de la frase, «lo echaremos +todo a barato»; y a la invitación de su hembra hecha por señas +infalibles, que levantaban en el alma nubes melancólicas de recuerdos +que se deslizaban delante de una luna de miel muy hundida en el +firmamento oscuro, contestó con otras señas que fueron estimadas en lo +que valían.</p> + +<p>«Esto no es infidelidad—pensaba Bonis—, esto es un 'sálvese el que +pueda'». Su conciencia de amante, la falsa conciencia del romántico +apasionado por principios, le acusaba, le decía que los recientes +vapores de la orgía le prestaban un fuego que no era fingido; fuese +resto de borrachera, agradecimiento, nostalgia de la luna de miel o lo +que fuese, ello era que aquel panteísta de la hora de los brindis no +sentía repugnancia ni mucho menos al cumplir aquella noche sus más +rudimentarios deberes de esposo; a la sorpresa que le causó la extraña +actitud de Emma, sucedieron pronto muchas sorpresas de un orden +inenarrable, llámese así, sorpresas que le enseñaron allá entre sueños, +que el que más cree saber no sabe nada, que las apariencias engañan, que +la aprensión hace ver lo que no hay, y viceversa; en fin, ello era que, +o los dedos se le antojaban huéspedes, o veía visiones, o su mujer no +estaba tan en los últimos como ella decía, ni las gallinas y chuletas +que juraba no digerir, ni los vinos exquisitos que aseguraba ella que la +envenenaban, dejaban de surtir sus efectos en aquella «naturaleza»; que +las unturas y el algodón en rama habían producido una... palingenesia.... +algo así como una vegetación de la oscuridad, pálida, pero no mezquina. +La torcida y dañada conciencia del fiel amante y del marido infiel, se +quejaba, no admitía sofismas, allá en los adentros más nublados del +turbado Bonis, que entre el sueño y la vigilia se entregaba, mitad por +miedo, por desorientarla, como él se decía, mitad por una especie de +voluptuosidad nueva y que juzgaba monstruosa, se entregaba a los +arrebatos del amor físico, no con gran originalidad por cierto, pero sí +con una espontaneidad que era lo que más le remordía en la citada +conciencia de amante. Originalidad no la había, no; frases, gritos +ahogados, actitudes, novedades íntimas del placer, que Emma recibía con +tibias protestas y acababa por saborear con delicia epiléptica, y por +aprender con la infalibilidad del instinto pecaminoso; todo esto era una +copia de la otra pasión, todo revelaba el estilo de la Gorgheggi. Sin +pasar de aquella misma noche, Bonis oyó a su mujer en el delirio del +amor, que él siempre llamaba para sus adentros físico (por distinguirle +de otro), oyó a Emma interjecciones y vocativos del diccionario amoroso +de su querida; y vio en ella especies de caricias serafinescas; todo +ello era un contagio; le había pegado a su mujer, a su esposa ante Dios +y los hombres, el amor de la italiana, como una lepra; y de esto, la +conciencia que protestaba era la del marido, la del padre de familia.... +virtual que había en él, en Bonifacio Reyes. «Esto es manchar el tálamo +con una especie de enfermedad secreta... moral... se decía, y esto es +además faltar a mis deberes... de fiel amante romántico y artístico». +Pero todos estos remordimientos mezclados y confusos se revolvían allá +en el fondo del pobre cerebro, entre vapores de la borrachera que había +creído desvanecida y que sólo se había descompuesto: por un lado era +plomo que se le agolpaba a la cabeza, por otro lado lujuria exaltada, +enfermiza, que amenazaba derretirle. Entre los brazos de Emma, Bonis oía +de cuando en cuando gritos que le estallaban dentro del cráneo. +«¡Bonifacio! ¡Reyes! ¡Bonifacio!» le decían aquellos tremendos +estallidos, y reconocía la voz del barítono, y la del bajo, y la del que +cantaba en Lucrezia: Vivva il Madera!</p> + +<p>Vino el día y se durmió la triste pareja. A las diez despertó Emma, se +acordó de todo, sonrió como una gata lo haría si pudiera, y dio a su +marido un puntapié en la espinilla, diciendo:</p> + +<p>—Bonis, levántate, que va a venir Eufemia.</p> + +<p>Eufemia era la doncella que debía traerla el chocolate a Emma a las diez +y cuarto en punto. No quería que la chica se enterase de que el +matrimonio había dormido de aquella manera.</p> + +<p>Cuando Bonis abrió los ojos a la realidad, como se dijo a sí mismo a los +pocos segundos de despierto, lo primero que hizo fue bostezar, pero lo +segundo... fue sentir una sed abrasadora de idealidad, de infinito, de +regeneración por el amor, y además sed material no menos intensa, y +grandísimos deseos de seguir durmiendo. Por lo demás, no quería pensar +en su situación; le horrorizaba, por varios conceptos. Sideo, se le +ocurrió decir acordándose de una de las siete palabras del Mártir de +Gólgota, como él llamaba a Nuestro Señor Jesucristo; pero como Emma +repitiese el puntapié con el pie desnudo en el hueso de la pierna +derecha, Bonis tradujo su exclamación, diciendo: «Tengo mucha sed.... +¡algo líquido, por Dios!... ¡aunque sea jarabe!...».</p> + +<p>—¡Oye, tú!; ¿sabes lo que te digo? Que te levantes antes que venga la +chica... si tú no tienes vergüenza, la tengo yo....</p> + +<p>Y con aquella actividad y energía que caracterizaban a Emma y que habían +hecho pensar mil veces a Bonis que su mujer hubiera sido un magnífico +hombre de acción, un político, un capitán, digo que usando de estas +cualidades, la esposa arrojó al esposo del tálamo a patada limpia. No +tuvo más remedio Reyes que vestirse provisionalmente deprisa y +corriendo, y salir del cuarto de su media naranja sin más explicaciones: +medio desnudo, descalzo, pues llevaba las botas en las manos (¿cómo +calzar botas y no zapatillas al levantarse de la cama?), fue tropezando +con todo por los pasillos, atravesó el comedor, bebió en un vaso de agua +olvidado allí la noche anterior, llegó a su cuarto, se desnudó deprisa y +mal, rompiendo botones; y en cuanto se vio en su lecho, en aquel que él +tenía por propiamente suyo, pensó en entregarse a la reflexión y a los +remordimientos de varias clases y harto contradictorios que le +asediaban; pero la parte física pudo más; y la dulce frescura de la cama +tersa, la suavidad del colchón bien mullido, le arrojaron, como sirenas +vencedoras, en lo más hondo del mar del sueño, haciendo rodar sobre su +cabeza olas de reposo y olvido.</p> + + + +<hr style="width: 65%;" /> +<h2><a name="IX" id="IX"></a>-IX-</h2> + + +<p>Durmió como un muerto, pero no mucho. Como un resucitado volvió a la +vida haciendo guiños a la luz cruda de un rayo del sol del mediodía, que +por un resquicio de la ventana mal cerrada, se colaba hasta la punta de +sus narices, hiriéndole además entre ceja y ceja.</p> + +<p>Aquel rayo de luz le recordaba los rayos místicos de las estampas de los +libros piadosos; él había visto en pintura que a los santos reducidos a +prisión, y aun en medio del campo, les solían caer sobre la cabeza rayos +de sol por el estilo del que le estaba molestando. Si él fuese idólatra +(que no lo era), vería en aquello la mano de la Providencia. No era +idólatra, pero creía en el Hacedor Supremo y en su justicia, que tenía +por principal alguacil la conciencia. Indudablemente su situación, la de +Bonis, se había complicado desde la noche anterior. «Hueles a polvos de +arroz», había dicho la engañada esposa, tres veces lo había dicho, y en +vez de irritarse... de envenenarle o ahorcarle... ¡cosa más rara!...</p> + +<p>Y al llegar aquí se le pusieron delante de la imaginación las carnes de +su mujer tales como de soslayo y a escape las había vislumbrado por la +mañana, al salir del lecho conyugal. No era lo mismo lo que había creído +ver en el delirio o exaltación de la borrachera y la realidad que se le +había presentado por la mañana; pero aun esta realidad excedía con mucho +al estado que verosímilmente se hubiera podido atribuir a lo que él +denominaba encantos velados y probablemente marchitos de su mujer. Sí, +él mismo, a pesar de que, con motivo de las unturas y otros menesteres +análogos, veía cotidianamente gran parte del desnudo de su Emma, no +podía observar jamás, porque ella lo prohibía con sus melindres, +aquellas regiones que, en la topografía anatómica y poética de Bonis, +correspondían a las varias zonas de los encantos velados. En estas zonas +era donde él había visto sorpresas, inesperados florecimientos, una +especie de otoñada de atractivos musculares con que no hubiera soñado el +más optimista. ¿Cómo era aquello? Bonis no se lo explicaba; porque +aunque filósofo como él solo, amigo de reflexionar despacio y por sus +pasos contados, sobre todos los sucesos de la vida, importáranle o no, +era de esos pensadores que tanto abundan, que no hacen más que dar +vueltas a ideas conocidas, alambicándolas; pero no descubría, no +penetraba en regiones nuevas, y, <i>en suma</i>, en punto a sagacidad para +encontrar el por qué de fenómenos naturales o sociológicos, era tan romo +como tantos y tantos filósofos célebres que, en resumidas cuentas, no +han venido a sonsacarle a la realidad burlona ninguno de sus utilísimos +secretos. Mucho discurrió Bonifacio, pero no logró dar en el quid de que +su mujer, dándose por medio difunta, tuviera aquellas reconditeces nada +despreciables, aunque pálidas y de una suavidad que, al acercar la piel +a la condición del raso, la separaba de ciertas cualidades de la materia +viva. Parecía así como si entre el algodón en rama, los ungüentos y el +tibio ambiente de las sábanas perfumadas, hubiesen producido una +artificial robustez... carne falsa.... En fin, Bonis se perdía en +conjeturas y en disparates, y acababa por rechazar todas estas +hipótesis, contra las cuales protestaban todas las letras de segunda +enseñanza que él había leído de algunos años a aquella parte, con el +propósito (que le inspiró un periódico, hablando del progreso y de la +sabiduría de la clase media) de hacerse digno hijo de su siglo y +regenerarse por la ciencia. No, no podía ser; todas las leyes +físico-matemáticas se oponían a que el algodón en rama fuera asimilable +y se convirtiera en fibrina y demás ingredientes de la pícara carne +humana.</p> + +<p>No hay para qué seguir a Bonis en sus demás conjeturas, sino irse a lo +cierto directamente. Cierto era, muy cierto, que Emma había amenazado +ruina, que sus carnes se habían derretido entre desarreglos originados +de sus malandanzas de madre frustrada, influencias nerviosas, +aprensiones, seudohigiénicas medidas y cavilaciones, rabietas y falta de +luz y de aire libre; pero también era verdad que no faltaba fibra al +cuerpo eléctrico de aquella Euménide, que sus nervios se agarraban +furiosos a la vida, enroscándose en ella, y que al cabo el estómago, +llegando a asimilar las buenas carnes, y los buenos tragos produciendo +sano influjo, habían dado eficacia al renaciente apetito, y la salud +volvía a borbotones inundando aquel organismo intacto a pesar de tantas +lacerías.</p> + +<p>Pensaba Emma, al verse renacer en aquellos pálidos verdores, que era +ella una delicada planta de invernadero, y que el bestia de su marido y +todos los demás bestias de la casa, querrían sacarla de su estufa y +transplantarla al aire libre, en cuanto tuvieran noticia de tal +renacimiento. Su manía principal, pues otras tenía, era esta ahora: que +tenía aquella nueva vida de que tan voluptuosamente gozaba, a condición +de seguir en su estufa, haciéndose tratar como enferma, aunque, en +resumidas cuentas, ya no lo estuviera. Además, con las nuevas fuerzas +habían venido nuevos deseos de una voluptuosidad recóndita y retorcida, +enfermiza, extraviada, que procuraba satisfacerse en seres inanimados, +en contactos, olores y sabores que, lejos de todo bicho viviente, podían +ofrecerle, como adecuado objeto, las sábanas de batista, la cama +caliente, la pluma, el aire encerrado en fuelles de seda, el suelo +mullido, las rendijas de las puertas herméticamente cerradas, el heno, +las manzanas y cidrones metidos entre la ropa, el alcanfor y los cien +olores de que sabía ya Celestina.</p> + +<p>Como un descubrimiento saboreaba Emma la delicia de gozar con los tres +sentidos a que en otro tiempo daba menos importancia, como fuentes de +placer. En su encierro voluntario ni la vista ni el oído podían +disfrutar grandes deleites; pero en cambio gozaba las sensaciones nuevas +del refinamiento del gusto y del olfato, y aun del contacto de todo su +cuerpo de gata mimosa con las suavidades de su ropa blanca, dentro de la +cual se revolvía como un tornillo de carne.</p> + +<p>En los días en que sus aprensiones, mezcladas con su positiva enfermedad +nerviosa, la habían puesto en verdadero peligro, camino de la muerte, +por la debilidad no combatida, había llegado a sentir una soledad +terrible, la de todo egoísta que presiente el fin de su vida; todas las +cosas y todos los hombres la dejaban morirse sola, irse con Dios; y con +doble vista de enferma adivinaba el fondo de la indiferencia general, la +proximidad del peligro.</p> + +<p>«¡Se muere uno solo, completamente solo, los demás se quedan muy +satisfechos en el mundo; ni por cumplido se ofrecen a morirse también!». +Bonifacio, Sebastián, que tanto la había querido, según él decía, el tío +Nepomuceno, todos se quedaban por acá, nadie hacía nada para ayudarla a +no morir, nadie decía: «Pues ea, yo te acompaño».</p> + +<p>Emma era una atea perfecta. Jamás había pensado en Dios, ni para +negarlo; no creía ni dejaba de creer en la religión; cumplía con la +Iglesia malamente, y eso por máquina. En su tiempo no se solía discutir +asuntos religiosos en su tierra; los que no eran devotos gozaban de una +tolerancia completa; como tampoco eran descreídos, ni faltaban a las +costumbres piadosas y guardaban las principales apariencias, por nadie +eran molestados.</p> + +<p>«Yo no soy beata», decía Emma: y no pensaba más en estas cosas. La +Iglesia, los curas, bien; todo estaba bien; ella no era aficionada a las +novenas; pero todo ello estaba en el orden, como el haber reyes, y +contribución, y Guardia civil. Sobre todo, no se pensaba en nada de eso, +no se hablaba de ello, ¿para qué? «Yo no soy beata». Y era atea +perfecta, porque vivía en perpetuo pensamiento de lo relativo. Jamás +había meditado acerca de negocios de ultratumba; el infierno se lo +figuraba como un horno probable; pero a ella ¿qué? Al infierno iban los +grandes pícaros que mataban a su padre o a su madre o a un sacerdote, o +que pisaban la hostia o no se querían confesar.... Además, no se sabía +nada de seguro. Pero el morirse era horroroso, no por el infierno, por +el dolor de morir y por la pena de acabarse.</p> + +<p>Sí, de acabarse; sin pensar en la contradicción de su conciencia íntima +con el dogma del cielo y el infierno, Emma veía con toda seriedad, con +íntima convicción, con la conciencia de su propio espanto, el +aniquilamiento doloroso en la tumba; y, poco amiga de discernir, no se +paraba a separar lo racional de lo imaginado; y así, algo también sentía +la muerte por las paletadas de cal, y por la tierra húmeda, y la caja +cerrada, y el cementerio solo, y la eternidad oscura.</p> + +<p>Sin ver esta otra contradicción, padecía con la idea del aniquilamiento +y la imagen de la sepultura. Pensaba en la muerte con ideas de vida, y +de vida ordinaria, usual, la de todos los días de su vulgar existencia, +y el horror del contraste crecía con esto.</p> + +<p>Ni una vez sola se le ocurrió encomendarse a ningún santo, ni ofreció +nada a la Virgen ni a Jesús por si sanaba; la primera energía que tuvo +al convalecer, la empleó en sonreír, con terrible sonrisa de resucitada, +a un propósito firme y endiablado: su tremendo egoísmo de convaleciente, +mundano, prosaico y rastrero, se agarró a la resolución inconmovible de +vengarse de los miserables parientes que la iban a dejar morirse sola.</p> + +<p>Emma, como la mayor parte de las criaturas del siglo, no tenía vigor +intelectual ni voluntario más que para los intereses inmediatos y +mezquinos de la prosa ordinaria de la vida; llamaba poesía a todo lo +demás, y sólo tenía por serio en resumidas cuentas lo bajo, el egoísmo +diario, y sólo para esto sabía querer y pensar con alguna fuerza. Tal +espíritu, era más compatible con aquel romanticismo falso y aquellas +extravagancias fantásticas de su juventud, de lo que ella misma hubiera +podido figurarse, a ser capaz de comparar el fondo de su alma mezquina +con el fondo de los ensueños de sus días de primavera.</p> + +<p>El renacimiento de su carne lo guardaba como un secreto; era una +hipócrita de la salud; seguía fingiendo achaques corporales como si +fuese virtud el tenerlos. Eufemia, su doncella, era confidente parcial +de sus engaños: como una trampa que hiciera a todos los suyos, Emma +saboreaba a solas con su criada los pormenores de aquel fingimiento. La +hija de Valcárcel se robaba a sí misma por mano de Eufemia que, de +tapadillo, traía de tiendas y plazas los mejores bocados y las +chucherías más caras de la moda en materia de ropa interior, perfumes y +manjares. En todos los comercios y puestos de comestibles principales, +llegó a tener Emma cuentas enormes. «Ni el tío Nepomuceno, ni Bonis, ni +Sebastián, sospechaban que existiera aquel agujero que ella iba haciendo +con las uñas en el fortunón que ellos tal vez habían creído heredar de +un día a otro».</p> + +<p>Así lo pensaba ella, y gozaba como de una voluptuosidad de las sorpresas +futuras que reservaba a sus deudos. Saborear la mejor perdiz y la mejor +lamprea de la plaza y usar con codos y rodillas la mejor batista, y +enredar los dedos entre los mejores encajes, y derramar por sábanas, +camisas, corsés, medias y pantalones, las esencias más caras, con +profusión, causando el asombro de Eufemia, era género de delicia que se +aumentaba con la idea de la mala pasada que les estaba jugando a todos +aquellos parientes, en particular a Bonis y a su tío.</p> + +<p>—D. Nepo—se decía ella a solas, sonriendo con malicia—, róbeme usted, +róbeme, que yo tampoco me descuido.</p> + +<p>Aunque entregada por completo a la vida material, no tenía el menor +instinto de conservación de la fortuna, no había pensado jamás en el +origen de su dinero; creía vagamente que el capital de que gozaba era +una fuente inagotable que estaba en algún paraje misterioso, que no +había para qué indagar ociosamente: allí, entre los papeles del tío, +estaba la mina; él se quedaría con gran parte del filón; pero ¿qué +importaba?, no valía la pena de echar cuentas, desconfiar, administrar +por sí misma; ¡absurdo!, por lo visto había para todo; él robaba, ella +también; le engañaba, y el mejor día vendrían a casa unas cuentas que le +dejarían patidifuso al buen D. Nepo, pues es claro que tenía que +pagarlas.</p> + +<p>Las cuentas ya habían venido y algunas se habían pagado. D. Juan +Nepomuceno seguía con Emma la misma conducta que con Bonis desde que +cada cual por su lado se habían entregado a la prodigalidad, como él se +decía. La de Emma sí era prodigalidad verdadera, aunque no lo parecía. +Para ella era como la sensación de un lujo enorme extravagante la pereza +que sentía de echar cuentas y atar corto a Nepomuceno: comprendía que él +hacía su Agosto con el caudal de su sobrina, que iba pasando a poder del +administrador gran parte del capital administrado, pues bien claro +estaba que todos los días D. Juan hablaba de sus propias rentas, que por +milagros de la suerte o por bondad de la Providencia, prosperaban, y +todos los días también hablaba de desventuras sin cuento que caían sobre +los predios de la Valcárcel y la parte de su capital colocada en manos +industriosas de España y del extranjero.</p> + +<p>Las minas de hierro y de carbón que empezaban a explotarse en aquella +provincia por entonces, daban mil chascos a cada momento, y no pocos de +ellos redundaron en perjuicio de las acciones de Emma que Nepomuceno +había comprado, siempre diligente en el cuidado de la hacienda de su +antigua pupila.</p> + +<p>Pero ¡oh casualidad portentosa y fijeza de los hados!, las minas en que +tenía el mismo D. Juan sus miserables ahorrillos, no quebraban, dejaban +un rédito sano y constante. En montón comprendía Emma que todo aquello +significaba que la robaba el tío.... Y aquí estaba lo que ella entendía +por lujo refinado.... No la importaba; y le dejaba hacer, le dejaba +robar, prefiriendo no calentarse los cascos, calculando lo caro que le +salía este placer de no meterse a pedir cuentas ni a reñir por cuestión +de ochavos, ella que improvisaba una verrina a grito pelado sobre +motivos de un caldo demasiado caliente.</p> + +<p>Mas notaba Emma, con una extraña delicia y cierta vanidad por lo que +ella creía su espíritu singular, único, notaba una complacencia, como la +de sentir cosquillas inaguantables capaces de ponerla enferma, en +tolerar y hasta hurgar las flaquezas del prójimo, siquiera en algo la +perjudicasen. El descubrimiento de la maldad ajena la embelesaba, la +enorgullecía y la animaba a abandonarse a sus perversiones caprichosas. +Además, tenía los sentidos y el gusto muy afinados para saborear y +discernir la belleza que hay en la energía y en la habilidad del mal; un +pícaro gracioso, redomado, hábil y suelto para sus picardías, le parecía +un héroe: Luis Candelas, según se lo presentaban librotes de imaginación +muy populares, era un héroe con quien hasta soñaba. Leía con avidez las +causas célebres y reservaba toda su compasión para los criminales en +capilla. Para los delitos de amor su lenidad era infinita; y si bien en +los días en que la debilidad la tuvo tan postrada que sintió como la +conciencia física de un agotamiento de deseos y facultades sexuales, +miraba con desprecio y repugnancia, y hasta ira, todo lo que se +refiriese a respetar, consagrar y propagar el amor, cuando se vio +renacer dentro de su pálido pellejo, suave y fofo, volvió a su ánimo +aquella piedad sin límites por las flaquezas amorosas y la admiración +para todos los grandes atrevimientos y extravagancias de este orden, +especialmente si eran hembras las que llevaban a cabo tales osadías.</p> + +<p>De su tío Nepomuceno sabía, por murmuraciones del primo Sebastián y de +Eufemia, que tenía una pasión de viejo por una alemana, hija de un +ingeniero industrial, M. Körner, químico notable que había venido a +ciertos trabajos metalúrgicos.</p> + +<p>—Sin duda el tío quiere hacerse rico a todo trance, y pronto, para +seducir con su fortuna, ya que no puede con sus patillas cenicientas, a +la hija de ese alemán.</p> + +<p>Y Emma gustaba con delicia, casi material, casi del paladar, como la de +una lectura picante, figurándose al buen señor, con sus cincuenta y +pico, enamorado como un cadete y picado de veras y en lo vivo por el +demonio del amor.</p> + +<p>Largos ratos se dedicaba ella a pensar en las contingencias de aquellos +graciosos amores, y llegaba, imaginando, al día de la boda, y pensaba en +la verosimilitud de una cencerrada, pues el tío era viudo, cencerrada en +que ella colaboraría a cencerros tapados, sin perjuicio de haberle +regalado antes a la novia un magnífico aderezo.</p> + +<p>Y después serían muy amigas, y a paseo irían juntas, y llegarían a +burlarse juntas del ridículo señor de las patillas, su deudor y esposo +respectivamente... y hasta llegaba a pensar en los cuernos que su señora +tía acabaría por ponerle al infiel administrador, ¿con quién?, con el +primo Sebastián, por ejemplo.... Y hasta enredaba la madeja en su +fantasía de modo que resultaba que ella, Emma, tenía alguna culpa en la +desgracia de su tío... y ¿qué?, mejor. ¿No la había él engañado a ella? +¿No la había robado? Pues entonces, las pagaba todas juntas.</p> + +<p>Porque además Emma se reservaba el derecho de vengarse de los antiguos +despojos que había tolerado antes, sacándole a relucir sus trampas a D. +Nepo, justamente en aquellos días de sus desgracias conyugales... ¡Qué +risa! ¡Qué oportunidad para ponerle en un apuro! En esta como en todas +las demás flaquezas ajenas que a ella podían mortificarla, y que por lo +pronto toleraba, por amor al arte de las picardías, la mujer de Bonis se +reservaba vagamente el derecho de vengarse del modo más refinadamente +cruel, allá más adelante, no sabía cómo ni cuándo, pero algún día; y +sentía una alegría y excitación semejantes a las que produce la +esperanza de ser feliz, con la conciencia de estos aplazados desquites, +de estos castigos y tormentos vengadores, representados y proyectados +entre las brumas de la voluntad y del pensamiento.</p> + +<p>Para explicar su conducta con el tío y con Bonis, hay que añadir a este +examen de sus pervertidos sentimientos, su comezón de lo raro, original +e inesperado. La irritaba que nadie pudiera prever sus enfados y +rabietas, odios y venganzas; prefería incomodarse y enfurecerse por +motivos de los que nadie esperase tales resultados, y desorientar al más +experto observador quedándose fría, tranquila, impasible, ante injurias +y daños que los demás podrían creer que la iban a sacar de sus casillas.</p> + +<p>Con Eufemia, su confidente, ejercitaba este prurito a menudo, ya en sus +mutuas relaciones, ya en lo que se refería a un tercero.</p> + +<p>Nada de lo que el tío ni de lo que Bonis pudieran hacer en contra de +ella podía darle causa para más rencores que aquello de haberla dejado +estar a las puertas de la muerte... sin acompañarla al otro mundo; esto, +esto era lo que no perdonaría... y, sin embargo, ya se veía cómo +disimulaba. ¡Oh! ¡Pero qué chasco les iba a dar! ¡Qué gracia, cuando el +tío se encontrase con que ella también gastaba a todo gastar, y que el +caudal que él tenía de reserva, para robar más adelante (para cuando su +mujer, la alemana, por ejemplo, le diese chiquitines de Sebastián, era +un decir) había pasado, según la ley, a manos de los acreedores, al +tendero de la esquina, al comerciante de los Porches, etcétera, etc.!</p> + +<p>Sí, la vida todavía guardaba para ella un porvenir sustancioso; ahora +caía en la cuenta de que no había sido antes bastante egoísta. +Mortificar a los demás y divertirse ella, de mil maneras desconocidas, +todo lo posible, estas eran las dos fuentes de placer que quería agotar +a grandes tragos; dos fuentes que venían a ser una misma.</p> + +<p>Con la salud nueva sentía Emma esperanzas locas de no sabía qué +deleites; y a tanto llegó esta fuerza expansiva, que aquellos mismos +placeres secretos de su retiro voluntario, llegaron a parecerla +insuficientes, no saciaban su sed de emociones extrañas; y, entonces, +rompiendo la crisálida de su encerrona, determinó salir al mundo, no sin +cautela, no sin disimulos, en busca de aventuras de que no había de dar +cuenta a los parientes, procuradas entre misterios que las había de +hacer más sabrosas.</p> + +<p>Una noche dormitaba Eufemia en el gabinete de su ama, dando cabezadas +contra la pared, cuando tuvo que despertar sobresaltada por un golpe que +sintió en un hombro; era la mano de Emma, que la llamaba; estaba la +señorita en camisa, pálida como nunca, su respiración era anhelante, las +narices se la ponían hinchadas, abriéndose como fuelles.</p> + +<p>—¿Qué hora es?—preguntó con voz ronca.</p> + +<p>—Serán las diez, señorita.</p> + +<p>—Y llueve.</p> + +<p>Eufemia atendió al ruido de la calle.</p> + +<p>—Sí, llueve.</p> + +<p>—Vamos a salir.</p> + +<p>—¡A salir!</p> + +<p>—Sí, tú calla. Anda, tráeme un vestido tuyo, de percal, y un mantón tuyo +y un pañuelo... vamos las dos de artesanas. Vamos al teatro, a la +cazuela. Hoy hacen la... no me acuerdo cómo se llama; es una ópera +nueva, muy buena, lo leí en el cartel al volver de misa, en la esquina +del Ayuntamiento. Corre, vete por eso; oye, tráeme aquel alfiler del +pelo, el de cabeza de dublé, que te costó dos reales. Ninguno de esos +tipos está en casa.... Vamos a correrla todos.... Conque... ¡andando!</p> + + + +<hr style="width: 65%;" /> +<h2><a name="X" id="X"></a>-X-</h2> + + +<p>Una mañana, muy temprano, Eufemia entró en la alcoba de Reyes, y le +despertó diciendo:</p> + +<p>—La señorita llama, quiere que el señorito vaya a buscar a D. Basilio.</p> + +<p>—¿Al médico?—gritó Bonis, sentándose de un brinco en la cama y +restregándose los ojos hinchados por el sueño—. ¡Al médico, tan +temprano! ¿Qué hay, qué ocurre?</p> + +<p>No se le pasó por las mientes que se pudiera necesitar al médico para +curar algún mal; la experiencia le había hecho escéptico en este punto; +ya suponía él que su mujer no estaba enferma; pero Dios sabía qué +capricho era aquel, para qué se quería al médico a tales horas y cuál +sería el daño, casi seguro, que a él, a Reyes, le había de caer encima a +consecuencia de la nueva e improvisada y matutina diablura de su mujer.</p> + +<p>—¿Qué tiene? ¿Qué pide?—preguntaba con voz de angustia, como implorando +luces y auxilio y fortaleza en el preguntar; mientras, a tientas, +buscaba debajo del colchón los calcetines.</p> + +<p>Eufemia se encogió de hombros, y, acordándose del pudor, salió de la +alcoba para que se vistiera el señorito.</p> + +<p>El cual, a los dos minutos, se acercaba al lecho de su mujer, +arrastrando las babuchas de fingida piel de tigre, y abrochándose hasta +la barba un gabán de medio tiempo, gris, muy usado, que le servía de +batín en las estaciones templadas. Temblaba Bonis, más que por el fresco +de la madrugada, por la incertidumbre y el miedo. No había en el mundo +cosa que más temblón le pusiera que la zozobra de la incertidumbre ante +un mal próximo, de repente anunciado y ni remotamente temido poco antes, +sobre todo si estas impresiones le cogían mal abrigado, a deshora, +cortándole el sueño, la digestión o el placer de oír música, o de +divagar imaginando: «Como este diablo de fantasía de liebre todos los +peligros me abulta, pensaba, prefiero un mal como ocho conocido +exactamente, a un mal como cuatro barruntado, pero que yo me figuro como +cuarenta».</p> + +<p>Tiempo hacía que sus relaciones con Emma y con el tío eran para él +constante ocasión de sobresaltos. De ambos esperaba y temía terribles +descubrimientos, quejas, acusaciones concretas, crueles recriminaciones, +singularmente de su mujer. ¿Qué sabía? ¿Qué no sabía? ¿Qué <i>tregua del +diablo</i>, que no de Dios, era aquella que le estaba dando, y por qué se la +daba y hasta dónde llegaría?</p> + +<p>¿Por qué, si le había cogido en flagrante olor de polvos de arroz +(aunque, en aquel trance, inocente), no había sacado todavía la +consecuencia de su maldita observación? ¡La que le estaría preparando! +Le horrorizaba el momento de una <i>explicación</i>, como él se complacía en +llamar a la escena que preveía; pero la prefería, o tal se le figuraba, +al estado de susto perpetuo, de excitación <i>leporina</i> en que vivía de día +y de noche. En cuanto Emma le hablaba, o le miraba, o le mandaba a +llamar, creía llegado el momento.</p> + +<p>—¿Qué pasa, hija mía?—preguntó a su cónyuge con la suavidad del mundo, y +dando diente con diente, inclinado sobre la cabecera del lecho +matrimonial.</p> + +<p>—Quiero que vayas tú mismo a buscar a D. Basilio, ahora, enseguida, +antes que salga a la visita; quiero verle inmediatamente.</p> + +<p>—Pero, ¿te sientes mal? ¡Tú, que estabas ahora tan buena!...</p> + +<p>—Por lo mismo, yo me entiendo. Anda, anda; tú, corre y tráeme a D. +Basilio.</p> + +<p>Bonis no discutió. Peor era meneallo; podían salir los polvos de arroz +por cualquier lado. Se volvió a su cuarto; se lavó y vistió de prisa y +se echó a la calle, ya un poco más valiente, gracias al chorro de agua +fría con que se había regado el cogote. Tenía notado que el agua fría +vertida por la nuca le daba mucho valor y le reconciliaba con la vida; +le repugnaba esta dependencia del espíritu con respecto de la materia, +pero tenía que reconocerla.</p> + +<p>Por fortuna, la casa del médico no estaba lejos y no pudieron ser muchas +las hipótesis dolorosas del miedo, tocante a la relación que pudiera +tener la visita de D. Basilio con el <i>drama conyugal</i> de su casa, cuyo +enredo llegaba a su mayor complicación, o poco entendía Bonis de teatro +casero y de las mañas de su mujer. ¿Qué papel representaba allí aquel +personaje <i>inopinado</i> y que tan tarde aparecía, D. Basilio? No podía +sospecharlo.</p> + +<p>El <i>inopinado</i> personaje era un hombre como de cuarenta años, que +procuraba disimular más de diez; más bajo que alto, delgado, a su modo +esbelto, de largo levitón-gabán, muy ceñido y de color manteca, sombrero +de copa de anchas alas; su rostro era blanco, anémico; los ojos azules +oscuros, vivarachos, y, al quedarse quietos, penetrantes; usaba gafas de +oro, largas patillas, tal vez untadas de negro; tenía labio fino y mano +pulida, pie pequeño y bien calzado; era homeópata, y muy sentimental; a +pesar de la homeopatía, que profesaba acaso por moda y para el vulgo de +las damas, era especialista en partos y en enfermedades de la matriz y +de la mala educación de las señoritas y señoras que las hacía +aprensivas, antojadizas, caprichosas. Reconocía ante las damas la +eficacia terapéutica de la fe y de los cuarterones de aceite ardiendo en +los altares; pero en cambio exigía que se diese crédito a los misterios +de sus glóbulos. Creía, o decía creer mucho, en la influencia de lo +<i>moral sobre lo orgánico</i>, y tenía una sonrisa singular, melancólica, de +resignación e inteligencia, para comunicar con las señoras guapas esta +su creencia.</p> + +<p>D. Basilio Aguado dividía a los parroquianos o clientes en dos razas; +los que le llamaban D. Basilio y los que le llamaban Aguado. Estos +últimos le comprendían; los otros eran, o tontos o malvados. Emma tenía +la habilidad de no equivocarse nunca; le llamaba siempre por el +apellido. Bonis, siempre D. Basilio; a pesar de sus esfuerzos, le vencía +la costumbre, que era en todo el pueblo llamar al médico don Basilio, en +su ausencia. Lo de D. Basilio era símbolo de su mal sino, de las culpas +de su padre, de la prosa miserable que le ataba a su oficio de médico +provinciano, oscurecido: el Aguado representaba sus sueños de ambición, +sus instintos de delicadeza, sus triunfos entre las damas, la homeopatía +y otra porción de cosas ideales y bonitas que no son del momento.</p> + +<p>Era el homeópata madrugador y comenzaba muy temprano sus visitas. Bonis +le encontró vestido y acicalado, como para ir a pagar la visita a un +embajador, que así era como él siempre se vestía para acercarse a la +cabecera de sus enfermos.</p> + +<p>Mientras se abrochaba los guantes, oía a Bonis su tartajosa explicación, +dando grande importancia, a fuerza de cabezadas de inteligencia y +asentimiento, a todo lo que decía. La verdad era que Reyes no tenía nada +que explicar en rigor, pero no importaba; de todas suertes, aquello le +parecía interesante al médico, que, serio en medio de sus sonrisas +corteses, siguió al esposo atribulado por la calle. Disputaron con +ademanes y pasos atrás acerca de quién dejaba a quién la acera; venció +al fin Bonis, que insistió más, y cuya humildad era muchísimo más cierta +que la del médico. Por el camino éste siguió enterándose, por que lo +creyó de su deber, y Bonis siguió diciendo nada entre dos platos. Por lo +demás, Aguado se sabía de memoria a doña Emma Valcárcel. Era su médico +predilecto, a temporadas, porque ella, fijo y único, no lo quería. +Cambiaba de médico como pudiera cambiar de favorito si fuese una +Cristina de Suecia o una Catalina de Rusia, y siempre tenía en +movimiento un ministerio de doctores. Aguado era de los que más tiempo +ocupaban el poder, por ser especialista en enfermedades de la matriz, y +en histérico, flato y aprensiones, total flato.</p> + +<p>Bonis admiraba en general la ciencia, a pesar de la repugnancia +instintiva que le inspiraban las exactas y las físicas, que <i>sólo hablan +a la materia</i>; creía en la medicina, no por nada, sino porque en los +apuros de la salud, si no se recurría a los médicos, ¿a quién se iba a +recurrir? Había que tener fe en algo; su débil espíritu no le consentía +en ninguna tribulación quedarse sin ninguna esperanza, sin una tabla a +que agarrarse. Recordaba que en las enfermedades de sus padres y de sus +hermanos, todos ya muertos, siempre había tomado al médico por +Providencia; en vano era que en los tiempos de salud en casa participase +del general escepticismo de que los mismos doctores solían hacer alarde; +caía un <i>ser querido</i> en cama, y ya estaba Bonifacio creyendo en la +medicina. Algo había leído de lo que somos por dentro, y pensaba leer +mucho más si llegaba a tener familia, para criar bien a su hijo, y +aunque no la tuviese, que ya no la tendría con aquella matriz estropeada +de su mujer, para hacerse filósofo cuando tronase con Serafina y se +fuera sintiendo viejo (era su plan para la vejez solitaria, hacerse +filósofo). Pero a pesar de todas estas lecturas pasadas y futuras, se +figuraba el organismo humano con una especie de conciencia en cada dedo +y en cada víscera y en cada humor; y lo de <i>agradecer el estómago</i>, por +ejemplo, las medicinas, lo tomaba al pie de la letra. Además, la +relación de los medicamentos a las enfermedades era toda una magia para +Bonis, y la idea del veneno y del elixir completa mitología milagrosa e +infinitesimal; quiere decirse, que por gota de más o de menos del +líquido más anodino, podía, según él, reventar el paciente o ponerse +sano en un periquete. Esto lo había aprendido de su mujer, que por gota +de más o de menos, vertida por él con pulso trémulo, en una cucharilla +de café, le había puesto como un trapo en infinitas ocasiones.</p> + +<p><i>En suma</i>, respetaba en el Sr. Aguado la ciencia oculta, al favorito de su +<i>mujer, al homeópata y al partero que él había soñado cuando había +acariciado la esperanza</i> de tener un chiquillo.</p> + +<p>Llegaron juntos a la alcoba de Emma. Don Basilio, con sus labios +estrechos, sonreía, apretándolos.</p> + +<p>Así como, si a Sagasta o a Cánovas, caídos los llamase la Reina al +amanecer, poco más para formar Ministerio, a ellos no se les ocurriría +preguntarle por qué tanto madrugar, sino formar ministerio cuanto antes: +así, D. Basilio, de quien hacía meses que su doña Emma estaba olvidada, +se abstuvo de inquirir por qué tal apuro en llamarle, y entró de lleno +en el fondo de la cuestión desde el primer momento. Antes de todo, +quería datos, antecedentes.</p> + +<p>A ver qué había pasado desde tal tiempo a aquella parte (la fecha justa +de su última visita). D. Venancio el alópata, además alcalde y también +especialista en partos, había andado allí. ¿Para qué? Para nada; pero +había andado. Había recomendado la dieta. ¡Malo! D. Venancio era un +grandísimo tragaldabas, que tenía indigestiones como podría tenerlas un +cañón cargado hasta la boca, y las curaba con dietas dignas de la +Tebaida. Sin más razones, recetaba también dietas absolutas a todos sus +clientes como el mejor <i>específico</i> del mundo. Aguado, que tenía el +estómago perdido sin necesidad de comer, era enemigo de la dieta +tratándose de personas delicadas como doña Emma. Pues bien, de todo el +mal de que aquella señora no se había quejado todavía, tenía la culpa la +falta de alimento, la dieta del <i>otro</i>. Emma calló a esto; no se atrevió a +decir lo bien y mucho que venía comiendo aquella temporada.</p> + +<p>Por fin Aguado la dejó explicarse, y ella se quejó de lo siguiente:</p> + +<p>«No le dolía nada, lo que se llama doler, pero tenía grandes insomnios, +y a ratos grandes tristezas, y de repente ansias infinitas, no sabía de +qué, y la angustia de un ahogo; la habitación en que estaba, la casa +entera le parecían estrechas, como tumbas, como cuevas de grillos, y +anhelaba salir volando por los balcones y escapar muy lejos, beber mucho +aire y empaparse en mucha luz. Su melancolía a veces parecía fundarse en +la pena de vivir siempre en el mismo pueblo, de ver siempre el mismo +horizonte; y decía sentir nostalgia, que ella no llamaba así, por +supuesto, de países que jamás había visto ni siquiera imaginado con +forma determinada. Este prurito extravagante llegaba a veces al absurdo +de desear vivamente estar en muchas partes a un tiempo, en muchos +pueblos, junto al mar y muy tierra adentro, en lo claro y en lo oscuro, +en un país como en aquel suyo, donde había muchos prados verdes, pero +también en una región seca, de cielo diáfano, sin nubes, sin lluvias. +Pero, sobre todo, lo que necesitaba era no ahogarse, no estar oprimida +por techos y paredes, etc., etc».</p> + +<p>Para Bonis nada de esto ofrecía novedad, a no ser en la forma, pues su +mujer se había pasado la vida pidiéndole la luna. Sólo cuando oyó +aquello de anhelar salir volando por el balcón, pensó, sin querer, en +las brujas que van los sábados a Sevilla por los aires, montadas en +escobas; y tuvo cierto miedo supersticioso de esta inclinación, que +ofrecía relativa y sospechosa novedad. Se puso colorado, avergonzándose +de su mal pensar. Ni en idea se atrevía a ofender a Emma, por temor de +que le adivinase el pensamiento.</p> + +<p>D. Basilio interrumpió a la dama, extendiendo la mano y pidiéndole el +pulso por señas. Sonrió con gesto de inteligencia, como diciendo que +todo lo que aquella señora había expuesto lo había previsto su sabiduría +y era cosa que andaba escrita en libros que tenía él en casa. Después, +como solía en lances tales, hizo caso omiso de la variedad de fenómenos +relatados por la enferma, para fijarse en la <i>causa una</i>, y dijo:</p> + +<p>—El histerismo es un Proteo.</p> + +<p>—¿Quién?—preguntó Emma.</p> + +<p>—Uno—advirtió Bonis, luciendo sus conocimientos clásicos—, que robó el +fuego a los dioses.</p> + +<p>—Eso es—afirmó el médico, que no conocía de la biografía de Proteo más +datos que los conducentes a su cita—. El histerismo—añadió—, como +Proteo, toma infinidad de formas.</p> + +<p>—¡Ah, sí!—interrumpió con ingenuidad Bonis—. Dispense usted, D. Basilio; +el que robó el fuego a los dioses fue otro, fue Prometeo.... Me había +equivocado.</p> + +<p>El doctor se puso un poco encendido y disimuló con un ziszás entre ceja +y ceja su enojo, doble por lo de haberle llamado D. Basilio y haberle +hecho enseñar la punta de la oreja de su descuidada educación en materia +de antigüedades.</p> + +<p>«¡Qué animal es este calzonazos!» pensó, y siguió:</p> + +<p>—Es necesario que vayamos a la raíz del mal. El mal está dentro, en lo +que llamamos el espíritu, porque advierto a ustedes (y esto lo dijo +volviéndose a Bonis, para deslumbrarle y vengarse) que soy vitalista, y +no sólo vitalista, sino espiritualista, aunque no es esa la moda +reinante.</p> + +<p>No le cogía a Reyes tan de nuevas la cuestión como creía el otro. +Justamente él, en los ratos que dejaba la flauta y no podía ver a +Serafina, y su mujer no le necesitaba, y, sobre todo, en la cama, antes +de dormirse, consagraba no poco tiempo a meditar sobre el gran problema +de lo que seremos por dentro, por dentro del todo; y tenía acerca de la +realidad del alma ideas muy arriesgadas y que creía muy originales. +También era él espiritualista, ¡ya lo creo!, ¡a buena parte!...</p> + +<p>—El mal está en el espíritu, y el espíritu no se cura con +pócimas—prosiguió D. Basilio.</p> + +<p>—¿Pero no dice usted que esto es histérico?—pregunto Emma sonriendo.</p> + +<p>—Sí, señora; pero hay relaciones misteriosas entre el alma y el cuerpo, +y yo no soy de los que dicen (volviéndose otra vez a Bonis) <i>post hoc</i>, +<i>ergo propter hoc</i>.</p> + +<p>Decididamente quería deslumbrarle y hacerle pagar caro lo de Proteo y +Prometeo; porque D. Basilio no acostumbraba a hacer alardes de +erudición, y a la cabecera de los enfermos más parecía un moralista del +género de los elegantes y atildados, que un doctor de borla amarilla.</p> + +<p>Bonis se puso a traducir para sus adentros el latín, y no tropezó más +que en el <i>propter</i>, cuyo significado no recordaba; ya lo buscaría en el +Diccionario. Ello era una preposición. Bonifacio Reyes había cursado en +el Instituto provincial los primeros años de <i>filosofía</i>, pero sin llegar +a bachiller; mas su ciencia no provenía de ahí, sino de lo que ya va +dicho, de un gran prurito que, ya de viejo, le había entrado de +<i>instruirse</i>, y no sólo por <i>completar</i> su educación, sino porque como antes +había soñado con ser padre, la gran dignidad que atribuía a este +<i>sacerdocio</i> le había parecido merecer un plan, todo un plan de estudios +<i>serios</i> y <i>profundos</i>, que pudieran servir en su día de alimento espiritual +al hijo de sus entrañas y de las entrañas de su mujer.</p> + +<p>Como Emma, que nada entendía del trivio ni del cuadrivio, se +impacientase un poco viendo que Aguado no acababa de recetarle lo que +ella necesitaba, el médico, que comprendió la impaciencia, <i>resumió</i>, +diciendo que no hacían allí falta alguna los jaropes del <i>otro</i>, que +bastaban unas tomas de aquellos glóbulos que él guardaba en aquella caja +tan mona; y, sobre todo, mucho paseo, mucho ejercicio, distracción, +diversiones, aire libre y mucha carne a la inglesa. Con este motivo de +la carne, Aguado disertó sobre un tema que en el pueblo era por aquel +tiempo casi inaudito, de gran novedad por lo menos; abominó del cocido; +achacó la falta de vigor nacional a la carne cocida y a la poca carne +frita que se come en esta pobre España, etc., etc.</p> + +<p>Dicho y hecho. Hubo una revolución en aquella casa. Todos los Valcárcel +de la provincia, hasta los del más lejano rincón de la montaña, supieron +que por prescripción facultativa Emma había cambiado de vida; se había +resuelto, venciendo su gran repugnancia, a salir mucho, frecuentar los +paseos, las romerías y hasta las funciones solemnes de iglesia, y podía +ser que el teatro.</p> + +<p>D. Juan Nepomuceno dejaba hacer, dejaba pasar.</p> + +<p>Emma le presentaba las cuentas de la modista, que subían a buenos picos, +y él pagaba sin chistar. También hubo que hacerle ropa nueva a Bonis, +pues su mujer sólo en este punto tenía buena idea de la dignidad de un +marido. Él era el que la había de acompañar ordinariamente, y en vano +ella luciría las mejores telas y los sombreros más caros si su esposo +descomponía el cuadro con malos géneros y prendas cortadas a sierra por +un sastre indígena. Se volvió al paño inglés y a los <i>artistas</i> famosos de +Madrid. Ahora Bonifacio se dejaba vestir bien con mayor agrado, pues +Serafina notó el cambio y le encontró muy de su gusto. Pero ¡ay!, que +sus <i>relaciones ilícitas</i> tropezaban con mayores dificultades que hasta +allí, pues el tiempo libre escaseaba, y había que disimular en paseos y +demás sitios públicos, donde desde lejos se veían los amantes en +presencia de la esposa, al parecer descuidada, pero Dios sabía....</p> + +<p>Bonis, con la espalda abierta, como él decía, temía a todas horas que +llegase el momento de una explicación; pero Emma nunca volvía sobre el +asunto de los polvos de arroz. Tampoco aludía jamás a lo que aquella +noche extraña había sucedido, ni había vuelto a tener iniciativas de +aquel género. Lo que sí hacía era hablar mucho del teatro, y preguntarle +si conocía al tenor, y al barítono, y a la tiple; y pedía señas de su +vida y milagros, ya que él confesaba saber algo de todo esto, aunque es +claro que por referencias lejanas....</p> + +<p>Una tarde, después de comer a la <i>francesa</i>, gran novedad en el pueblo, +donde el <i>clásico puchero</i> se servía en casi todas las casas de doce a +dos, Emma, que bebía a los postres una copa de Jerez superior auténtico, +traído directamente, por encargo de la señora, de las bodegas jerezanas, +se quedó mirando a su marido fijamente, con ojos que preguntaban y se +reían, burlándose al mismo tiempo; mientras sus labios y el paladar +saboreaban un buche del vino andaluz que ella zarandeaba con la lengua +voluptuosamente. Separó un poco la silla de la mesa, se puso sesgada en +su asiento, estiró una pierna, enseñó el pie, primorosamente calzado, y +en verdad gracioso y pequeño, y como si se enjuagara con el Jerez y no +pudiera hablar por esto, por señas empezó a interrogar a su marido, +señalándole el pie que enseñaba, y después indicando con un dedo +levantado en alto, que movía al compás de la cabeza, algún lugar lejano.</p> + +<p>Comían solos el matrimonio y D. Juan Nepomuceno, pues por raro accidente +no había huésped pariente en casa por aquellos días; D. Juan es claro +que vivía con los sobrinos. Bonis al principio no comprendió nada de las +señas de su mujer ni les atribuyó gravedad alguna.</p> + +<p>—¿Qué dices, chica? Explícate.</p> + +<p>—¡Mmm, mmm!—murmuró ella, y siguió con la misma pantomima, cada vez más +acentuada en los gestos. Nepomuceno bebía también su copita de Jerez +llena de migas de rosquilla de yema, y callaba; como si no estuviera en +sus atribuciones fijarse en las tonterías de su sobrina, que, desde que +había vuelto <i>a darse de alta</i>, hacía la loquilla y la muchacha y se +permitía unas bromitas y unas alusiones alarmantes, de que él no quería +hacerse cargo <i>por ahora</i>.</p> + +<p>—Pero habla, mujer, no entiendo eso... del pie...—repitió Reyes.</p> + +<p>Emma tragó el buche de Jerez; pero en vez de hablar, volvió a llenar la +boca y a renovar la pantomima con mayores aspavientos.</p> + +<p>Bonis se fijó bien; primero señalaba al pie, bueno; y después, con el +dedo y la cabeza, quería indicar algo que no estaba presente....</p> + +<p>No comprendía.... Pero de repente, el corazón le dio dos latigazos, y un +sudor frío comenzó a correrle por la espalda: las piernas, cometiendo la +bellaquería que solían en los casos apurados, se le declararon en +huelga, como si huyeran solas del apuro. El <i>físico</i>, la <i>parte material</i>, +le anunciaba un peligro de que su oscuro entendimiento no se daba cuenta +todavía. Allí había algo serio; ¿pero qué?</p> + +<p>Bonis miró angustiado a Nepomuceno por ver si sorprendía connivencia +entre el tío y la sobrina. Nada; D. Juan, como si no estuviera allí.</p> + +<p>—Pero, hija mía, ¡por los clavos de Cristo!...</p> + +<p>Emma arrojó el buche de Jerez al suelo, y alargando más el pie hacia su +esposo y enseñando parte de la pantorrilla, gritó como si hablara a un +sordo:</p> + +<p>—Quiero decir, por los clavos de una puerta, entiéndelo, que bien claro +está... quiero decir que... qué te parece de ese pie que te enseño, +mastuerzo.</p> + +<p>—Primoroso, hija mía.</p> + +<p>—No hablo del pie, borrico; el pie ya sé yo lo que vale; hablo de las +botas.... Te pregunto si sabes quién tiene otras iguales.</p> + +<p>—¿Yo?, cómo he de saber....</p> + +<p>—Pues no hay más que estas y otras vendidas; me lo ha dicho Fuejos, el +mismísimo zapatero, tu amigo Fuejos. No ha vendido más que estas y las +de la tiple. Y por eso te preguntaba yo... alcornoque. Tienes una +memoria como un madero. Y ahora ¿te acuerdas? ¿Son o no son como las de +la tiple? Iguales, hombre, iguales. ¡Mira, mira, míralas bien!...</p> + +<p>Y Emma levantaba el pie hasta colocarlo sobre las rodillas de su marido. +El tío estaba del otro lado de la mesa y no podía ver el pie levantado, +ni tampoco lo intentaba.</p> + +<p>Bonis buscó, por instinto, un vaso de agua sobre la mesa, metió en la +boca el cristal, y así se estuvo, primero bebiendo, y después haciendo +que bebía.</p> + +<p>Y pensó, sin querer, en medio de sus angustias, que no podemos +figurarnos ni describir los que no pasamos por ellas: «Esto es lo que en +las tragedias se llama la catástrofe». Y más pensó, a pesar de lo +apurado de la situación: «En las óperas podemos decir que también hay +catástrofes»; y se acordó de la <i>Norma</i>, que era su mujer; y de <i>Adalgisa</i>, +que era la tiple; y de Polión, que era él; y del sacerdote, que era +Nepomuceno, encargado sin duda de degollarle a él, a Polión.</p> + +<p>—Pero, vamos, calabacín, di algo; ¿son o no son estas lo mismo que las +de la tiple? ¿Me engañó aquel tío o no?</p> + +<p>Sacando fuerzas, nunca supo de dónde, Reyes dijo al fin, hablando como +un ventrílocuo, tan de adentro le salía la poca voz de que podía +disponer:</p> + +<p>—Pero Emma, ¿cómo quieres que yo conozca... las botas de esa señorita?</p> + +<p>Entonces fue D. Juan Nepomuceno el que habló; pero antes se puso en pie, +clavó también los ojos en su sobrino por afinidad, y cuando éste casi +creía que iba a sacar el cuchillo para herirle, exclamó con gran +cachaza:</p> + +<p>—Tiene razón Bonifacio; ¿cómo quieres que él sepa cómo son las botas que +compra la tiple? No ha de ser él quien las pague.</p> + +<p>—Eso es una... bobada, tío, y usted dispense; el que paga las botas a +esas señoritas no suele conocérselas, como dice este; si la Gorgheggi +tiene querido que le pague las botas, ese... le conocerá otra cosa, pero +las botas no, y menos estas que yo digo, que las compró esta mañana. +Pero este papanatas sí las ha visto, y por eso yo le preguntaba; sólo +que tiene una cabeza como un marmolillo y todo lo olvida. Vamos a ver; +¿no estabas tú en la tienda de Fuejos cuando entró esta mañana a las +doce la tiple, y anduvo escogiendo botas y pidió la última novedad, y +Fuejos le enseñó unas como estas? ¿Y no te preguntó la tiple a ti tu +opinión, y no dijiste que eran preciosas... y no se las calzó allí +delante de vosotros, delante de ti y del hipotecario Salomón el Cojo? +¡Pues hombre, si todo esto me lo contó el zapatero, y por eso yo le +compré estas; porque no había vendido más que otras, y esas a la tiple, +que viste muy bien!</p> + +<p>—Toda esa relación, en lo que se refiere a mi persona, es absolutamente +falsa—dijo con voz bastante repuesta Bonis, que también se levantó para +medirse con el tío—. Yo no he entrado hoy en la zapatería de Fuejos, y +puedo probar la coartada; a las doce estaba yo... en otra parte.</p> + +<p>«En efecto; a las doce estaba él en casa de Serafina; todo aquello era +mentira; ni la tiple había comprado unas botas como aquellas, ni nada de +lo dicho. Todo ello era una miserable especulación de Fuejos el +zapatero para tentar a su mujer; pero ¿cómo siendo Fuejos su amigo, de +Bonis, y excelente persona, se había permitido aquella calumnia? ¿No +sabía Fuejos que se murmuraba en el pueblo si él, Reyes, tenía o no +tenía que ver con la tiple?... Y sabido esto, que debía saberlo, ¿iba a +decirle a su mujer, a la de Bonifacio, que?... ¡Imposible!». «No, la +mentira no era del zapatero; era de Emma; ¡pero entonces la gravedad del +caso volvía a ser tanta como se lo habían anunciado los sudores! Emma +preparaba alguna gran venganza, y en el ínterin se divertía con él como +el gato con el ratoncillo. Tal vez le despreciaba tanto, pensaba el +infeliz, que ni siquiera quería concederle el honor de sentir celos; +pero aunque no estuviese celosa, lo que es de vengarse no dejaría».</p> + +<p>A pesar de estas reflexiones, la perplejidad del marido infiel no +desaparecía; se agarraba como a una esperanza a la idea de que hubiera +sido Fuejos el embustero. En cuanto tomemos el café, pensó, me voy a la +zapatería a ver lo que ha habido.</p> + +<p>Pero Bonis proponía y Emma disponía. En cuanto tomaron el café, Emma, +que estaba de muy buen humor, se levantó y dijo con solemnidad cómica:</p> + +<p>—Ahora esperen ustedes aquí sentados; les preparo una gran sorpresa. +¿Qué hora es?</p> + +<p>—Las ocho—dijo el tío, que, a pesar de sus bromitas, que horrorizaban a +Bonifacio, tampoco las tenía todas consigo.</p> + +<p>—¿Las ocho? Magnífico. Esperen ustedes un cuarto de hora.</p> + +<p>Desapareció Emma, y tío y sobrino, por afinidad, callaron como mudos. +Entre el tío y él había para Bonis un abismo... mejor, un <i>océano</i> de +monedas de plata y oro, que bien subirían a.... Dios sabe cuántos miles +de reales. Había llegado a tal extremo el terror de Reyes respecto a lo +que debía a <i>los Valcárcel</i>, que nunca se tomaba el trabajo de sumar las +cantidades que no había <i>reintegrado</i> a la caja; contando los siete mil +reales del cura de la montaña, le parecía aquello un dineral. Tanto que, +a veces, leyendo en los periódicos lamentaciones acerca de la deuda del +Estado, se turbaba un poco acordándose de la suya. Parecida sensación +experimentaba cuando oía hablar o leía algo de grandes desfalcos, de +tesoreros que huían con una caja y cosas por el estilo.</p> + +<p>Volvió Emma al cuarto de hora, en efecto, y sus comensales dijeron a un +tiempo:</p> + +<p>—¡Qué es esto! Y ambos se pusieron en pie, estupefactos, porque el caso +no era para menos. Emma venía vestida con un magnífico traje, que +ninguno de ellos le conocía; traía la cara llena de polvos de arroz; el +peinado de mano de peinadora, cosa en ella nueva por completo, pues +nunca había consentido que le tocasen la cabeza manos ajenas, y lucía +una pulsera de diamantes y collar y pendientes de la misma traza, todo +muy caro y todo nuevo para el esposo y para el administrador.</p> + +<p>—Esto es... esto—dijo ella. Y puso delante de los ojos de su marido un +papelito amarillo, que decía: <i>Teatro principal</i>.—<i>Palco principal, núm. 7</i>. +Esto es que vamos al teatro, al palco del Gobernador militar que, como +no tiene familia, casi nunca lo ocupa. Conque, hala, tío, a ponerse de +tiros largos; y tú, Bonis, ven acá, te visto en un periquete.</p> + +<p>Emma no dejó tiempo a sus subordinados para seguir asombrándose de +aquella inaudita resolución. Ella, que tantos caprichos había tenido +toda la vida, jamás se había mostrado aficionada al teatro, y menos a la +música; desde su malparto a la fecha, y ya había llovido después, no +había estado en el <i>coliseo</i> cuatro veces: la Compañía actual no la había +visto siquiera, y ya estaban acabando el tercer abono... y de repente +¡zas!, sin avisar a nadie, tomaba un palco, y a la ópera todo el mundo. +Así pensaba Bonis, equivocándose en algún pormenor, como se verá luego, +y algo parecido pensaba el tío. Pero este, como acostumbraba, hizo +pronto lo que él llamaba para sus adentros «su composición de lugar»; es +decir, el plan conducente a sacar de todas aquellas novedades extrañas +el mejor partido posible para sus intereses; y sin decir oxte ni moxte, +sonriente, salió del comedor y volvió a poco, vestido de levita negra, +con un sobretodo que le sentaba de perlas.</p> + +<p>—También era presentable el tío mayordomo—pensó Emma—; pero esto no +quita que las pague todas juntas, como todos.</p> + +<p>El tocado de Bonis fue obra más complicada, y dirigida, en efecto, por +su mujer, que le hizo afeitarse en un decir Jesús, sin más contingencias +que tres leves heridas, que ella misma tapó con papel de goma. Se le +hizo estrenar un traje oscuro, de última moda, de paño inglés, por +supuesto. A Reyes a ratos se le figuraba que le estaban vistiendo para +ir al palo, y se le antojaba hopa, de género inglés, aquel elegantísimo +terno que iba sacando del cajón remitido por el <i>artista</i> de Madrid.</p> + +<p>Eufemia, que por lo visto tenía orden también de no admirarse de nada, +los alumbró hasta el portal, donde no había farol, y los vio salir de +casa, Emma del brazo de Bonis, D. Juan detrás, como si todas las noches +sucediera lo mismo.</p> + +<p>La doncella, en verdad, tenía sus motivos para no asombrarse tanto como +los otros; primero, porque las locuras de la señorita eran para ella el +pan nuestro de cada día, y locuras algunas de un género íntimo, secreto, +que los demás no conocían; y además, se asombraba menos, porque conocía +ciertos antecedentes. Juntas habían ido al teatro noches atrás, a la +<i>cazuela</i>, vestidas las dos de <i>artesanas</i>.</p> + +<p>Esto era lo que ignoraba Bonis; esto, y lo que había visto, oído y +sentido su mujer en aquella noche de la escapatoria, y lo que después +había imaginado, y deseado, y proyectado.</p> + +<p>Llegaron al teatro, y la entrada de Emma en su palco produjo mucho más +efecto del que ella pudo haberse figurado. Es más, ella no había pensado +en esto. No iba allí a lucirse, aunque después le supo a mieles, y +añadió una corrupción más a su espíritu, el placer de despertar la +envidia, por su ropa, de las damas menos majas. Por una aberración, +mejor, distracción, no se fijó antes de llegar en que era distinto +entrar en un palco principal, el del brigadier, vestida con tanto lujo, +ella que nunca iba al teatro, y entrar en el paraíso, disfrazada, +escondiéndose del público, que no soñaba con su presencia, ni de ella +supo aquella noche.</p> + +<p>Ella iba dispuesta a gozar mucho; pero no era del público precisamente +de quien esperaba estas emociones fuertes, a que se preparaba; su +propósito iba a dar al escenario, y estaba complicado con los asuntos +domésticos; pero a estos complejos y estrambóticos atractivos se +agregaba de repente un agudísimo placer, con que Emma no contaba, y que +le reveló un mundo nuevo de delicias intensas, en que no se le había +ocurrido pensar, pero que vio bien claro, sintió con fuerza, desde el +momento en que al penetrar ella en su palco, y dejar el abrigo al tío, y +dar una vuelta en redondo antes de sentarse, notó fijas en su persona +las miradas, y en los palcos cercanos oyó el murmullo del comentario, y +en el aire, puede decirse, cogió el efecto general de su presencia. +Después de sentada, y cuando ella se iba haciendo cargo de lo que tenía +delante, la admiración persistía; en vano los coristas, que estaban +solos en escena, como los gallegos del cuento, mal presididos por un +partiquino, que sólo se distinguía por unas botas de fingida gamuza y +por desafinar más que todos juntos, en vano gritaban como energúmenos; +el público <i>distinguido</i> de butacas y palcos atendía el espectáculo civil +que le ofrecía Emma; los abonados de las faltriqueras, que no veían la +sala sin echar el cuerpo fuera del antepecho, se asomaban por grupos +para ver a la de Reyes, y los de la faltriquera de la tertulia de Cascos +saludaron a Bonis y a su señora; el brigadier comandante general de la +provincia estaba entre ellos, y también inclinó la cabeza. Emma salía de +su soledad voluntaria como de un encierro; las emociones de los paseos y +romerías no eran como aquélla; aquélla sabía a gloria; ¡lo que se iba a +divertir, contando con todo! Porque con las glorias no se le iban las +memorias. Su plan era su plan, y todo se andaría.</p> + +<p>Bien comprendía la hija del abogado Valcárcel que no era su hermosura lo +que tanto llamaba la atención; que era, principalmente, su aderezo, y +mucho también su vestido, y un poco la novedad de verla en el teatro.</p> + +<p>—Vamos, esta se lanza al mundo otra vez—pensó ella que debían de estar +pensando muchas de aquellas damas, que se la estaban comiendo con los +ojos desde butacas y palcos.</p> + +<p>—Sí que me lanzo; ¡ya lo creo!, de cabeza—se decía a sí misma; muy +satisfecha, contentísima por haber descubierto aquel venero de placeres +que tanto iban a contrariar los planes del tío, que consistían, por lo +visto, en ir robándola todo lo que ella y sólo ella tenía.</p> + +<p>Para muchas de las señoras y señoritas presentes, que, o no eran del +país o eran muy jóvenes, la aparición de Emma en el <i>mundo</i>, si aquello +era <i>mundo</i>, ofrecía una novedad absoluta, porque no podían recordar, como +otras pocas, que años atrás aquella mujer, vestida con tanto lujo, de +facciones ajadas, de una tirantez nerviosa y avinagrada en el gesto, +había sido la comidilla de la población por sus caprichos y locuras de +joven mimada y rica y extravagante como ella sola.</p> + +<p>Todo esto lo comprendía Emma, y no se hacía ilusiones respecto de los +motivos de tanta curiosidad, y casi casi estupefacción; pero el +resultado era que se la miraba y contemplaba, y se comentaba su +presencia mucho; que nadie se acordaba del escenario por verla, y esto +le producía, fuese por lo que fuese, una de las sensaciones más intensas +y profundas que podía experimentar una mujer de su calaña. Sobre todo, +lo que ella más saboreaba, y lo que tenía por más seguro, era la +envidia. La envidiaban, no sólo las pobres, las que no podían permitirse +el gasto que significaban aquellos diamantes y aquel vestido, sino +también las dos o tres ricachonas presentes, que hubieran podido, sin +hacer un disparate, presentarse aquella misma noche con algo tan bueno y +todavía mejor. A pesar de esto, la envidiaban también, porque esta clase +de gente se parece mucho a los animales, en no vivir más que de la +sensación presente; y el hecho era que allí, en el teatro, en aquel +momento, la más ricamente vestida y <i>alhajada</i> era ella, Emma; y el +público no se había de meter a discurrir y calcular quién podía y quién +no lucir otro tanto. Además, que «obras son amores». Tal vez la que más +envidiaba a la de Valcárcel era la mujer del americano Sariegos, el más +rico de la provincia, que podría aturdir a todos los Valcárcel del mundo +envolviéndolos en papel del Estado y en acciones del Banco y otras mil +grandezas; pero Sariegos no permitía tales despilfarros, que en él no lo +serían, y su señora tenía que contentarse con un lujo muy mediano. Por +eso rabiaba ella. En cuanto a Sariegos, que estaba presente, detrás de +su mujer, también se puso a aborrecer de pronto a Emma, porque tenía la +culpa de lo que en aquel momento su esposa estaría maldiciéndole y +detestándole a él por avaro; y además, aunque parezca raro, también +miraba con envidia el aderezo de la <i>abogaducha</i>. Mas luego se hizo +superior a sentimientos tan humillantes para él, y, elevándose, mediante +su filosofía crematística o plutónica, a más altas esferas, pensó, y +acabó por decir, a media voz, desde la cúspide de su desprecio sincero:</p> + +<p>—Esa muchacha va a quedarse sin camisa en muy pocos años.</p> + +<p>Bien sabía, porque bien se veía además, que Emma ya no era una muchacha; +pero no importaba; así creía él significar mejor su desprecio: esa +muchacha... la <i>abogaducha</i>.</p> + +<p>Pero estos comentarios y desahogos, y otros por el estilo, no los oía +Emma; ella veía a la envidia, no la oía; veía sus ojos brillantes, sus +sonrisas tristes, sus éxtasis sinceros y melancólicos en la cara de las +incautas, que no sabían disimular siquiera, y se quedaban como Santas +Teresas arrobadas en la meditación y el amor del pesar del bien ajeno.</p> + +<p>Algunas muchachas, estas de verdad, que minutos antes coqueteaban +alegres, muy satisfechas, con los cuatro trapacos que tenían encima, +ahora languidecían, olvidaban a sus adoradores de las butacas; y como +que se trataba de cosa mucho más seria, con rostro del que había +desaparecido toda gracia, toda poesía, toda idealidad, se consagraban al +culto envidioso del lujo ajeno, con gran veneración para las joyas y la +seda, con gran rencor disimulado a la sacerdotisa, que tenía el +privilegio de ostentar sobre su cuerpo los resplandores del dios +idolatrado.</p> + +<p>Un ruido de faldas almidonadas que vino de la escena llamó la atención +de Emma, sacándola de aquel deliquio de amor propio satisfecho.</p> + +<p>Por la puerta del foro entraba una elegantísima señora a paso ligero, +barriendo las tablas con una cola muy larga y despidiendo chispas de +todo su cuerpo, vestido de brocado de comedia y cubierto de joyas +falsas, diadema inclusive.</p> + +<p>—¿Quién es esa?—preguntó la mujer de Reyes.</p> + +<p>Bonifacio, viendo que Nepomuceno no se daba por interrogado, dijo, no +sin tragar antes saliva:</p> + +<p>—Es la Reina, que viene desaladamente al saber que el Infante....</p> + +<p>—No; si no pregunto eso—interrumpió su mujer, volviéndose a mirar a +Bonis, que estaba detrás de ella en la penumbra—. Digo si es esa la +tiple.</p> + +<p>—Creo... que sí. Sí, justo, la protagonista....</p> + +<p>—La de las botas. ¿Las traerá puestas?</p> + +<p>Bonis calló.</p> + +<p>—Di, hombre, ¿crees tú que las traerá puestas?</p> + +<p>—Sería... un anacronismo.</p> + +<p>—Calla, calla; ahora se sube al trono... ¿a ver?... No, no se le han +visto los pies. Acaso cuando se baje....</p> + +<p>Emma asestó los gemelos a los bajos de la tiple; y como esta no acababa +de levantarse de su trono, subió la mirada hasta el rostro de Serafina.</p> + +<p>—Vaya si es guapa—dijo—. Ya he visto yo esa cara. ¿Cómo se llama esa?, +¿la cuántos?...</p> + +<p>—Serafina Gorgheggi, creo....</p> + +<p>—¡Crees!... Pero ¿no lo sabes de seguro?</p> + +<p>—Puede que la confunda con la contralto.</p> + +<p>—Puede.</p> + +<p>—Pero... no; sí, es la tiple; justo, la Gorgheggi.</p> + +<p>—Ahora estás seguro, ¿eh?</p> + +<p>—Sí, seguro.</p> + +<p>Bonis se admiraba a sí mismo. ¡Aquello era crecerse ante el peligro! +Allí estaban los polvos de arroz.... Ahora lo comprendía todo; su mujer +se estaba burlando de él. Sabía de sus amores, y aquella ida <i>inopinada</i> +al teatro era un careo... sí, un careo de los criminales. Porque él era +un criminal, claro. No importaba; sucediera lo que sucediera, había que +defenderse como gato panza arriba. Tuvo que sentarse, detrás de su +mujer, porque las piernas le temblaban, según costumbre en casos tales +(si era que jamás se había visto en caso parecido); pero estaba +dispuesto a disimular, a mentir <i>como un héroe</i>, si era preciso, ya que el +Señor se dignaba concederle aquel don del fingimiento, de que no se +hubiera creído capaz a no verlo. ¡Lo que puede el instinto de +conservación!, pensaba.</p> + +<p>—¡Ah!—gritó, ahogando el grito antes de salir de los labios, Emma, que +acababa de ver un pie de la Gorgheggi, al descender la tiple +<i>majestuosamente</i> de su trono de madera pintada de colorines. Fuera un +anacronismo o no, las botas de S. A. eran idénticas a las que había +comprado ella por la tarde. Fuejos no había mentido.</p> + +<p>—Lo mismo que las mías. Ese Fuejos es persona de verdad decir. ¿Lo ves, +Bonifacio? El otro par lo trae esa señora; lo que me dijo el zapatero. +¿Por qué le levantas falsos testimonios? ¿Por qué has negado que le +viste el pie a esa damisela esta mañana? ¿Qué tiene eso de particular? +¿Crees que voy a celarme, marido infiel?</p> + +<p>Bonis calló. Por mucho valor que él tuviera, y estaba seguro de que lo +tenía, aquello no podía durar. ¿Adónde iba a parar su mujer?</p> + +<p>—¿Sabes tú si tiene querido esa doña Serafina? Si lo tiene, ese habrá +pagado las botas.</p> + +<p>Esta libertad de lenguaje no le extrañaba a Nepomuceno, que en cuanto +veía a su sobrina con un poco de carne y regular color, ya esperaba de +ella cualquier locura de dicho o de hecho.</p> + +<p>En cuanto al marido, no veía en tamaña desfachatez más que el sarcasmo +terrible de la esposa ultrajada. Le parecía muy natural que el cónyuge +engañado se entretuviera en aquellos pródromos de ironía antes de tomar +terrible venganza. Así sucedía en las tragedias, y hasta en las óperas.</p> + +<p>Ensimismado en su terror, vuelta la cara hacia el fondo del palco, Bonis +no pudo notar por qué Emma no insistía en sus cuchufletas, si lo eran +aquellas preguntas al parecer capciosas. Si él se había puesto antes +encendido, y enseguida muy pálido, al salir a las tablas Serafina, ahora +Emma era la que tomaba el color de una cereza; y clavaba los gemelos en +un personaje que acababa de llegar de tierra de moros, vencedor como él +solo, y que se encontraba con que la Reina le había casado a la novia +con un rey de Francia para no tener rival a la vista. El vencedor de los +infieles era el barítono Minghetti, que lucía dos espuelas como dos +soles, y tenía un vozarrón tremendo, no mal timbrado y lleno de energía. +En vano la Reina le pedía perdón, colgándosele del cuello, previo el +despejo de la sala, cubierta de coristas, todos ellos viles cortesanos. +El barítono no transigía; huía de los brazos de la Reina y llamaba a +gritos a la otra.</p> + +<p>—Está muy guapo así—pensaba Emma—; pero me gustaba más con el traje de +barbero.</p> + +<p>Cuando el caudillo no pudo gritar más, o reventaba, la tiple empezó a +quejarse de su suerte y a pintarle su pasión con multitud de gorjeos, +que acompañaba el flauta, jorobado. Como suelen hacer en tales casos los +amantes desdeñosos, en vez de escuchar las lamentaciones y las quejas de +la reina, el barítono aprovechó el descanso para toser y escupir +disimuladamente, y después se puso a revisar con gran descaro los +palcos, donde lucían su belleza las señoras más encopetadas. Llegó su +mirada al palco de Emma, que sintió los ojos azules y dulcísimos de +Minghetti metérsele por los tubos de los gemelos y sonreírle, a ella, +como si la conociera de toda la vida y hubiera algo entre ellos. Emma, +sin pensarlo, sonrió también, y el barítono, que tenía mirada de águila, +notó la sonrisa, y sonrió a su vez, no ya con los ojos sino con toda la +cara. La emoción de la Valcárcel fue más intensa que la experimentada +poco antes al notar la admiración que su lujosa presencia producía en el +concurso. Para sus adentros se dijo: Esto es más serio, es un placer más +hondo que satisface más ansias, que tiene más sustancia... y que tiene +más que ver con mis planes. Los planes eran burlarse de una manera feroz +de su tío y de su marido, jugar con ellos como el gato con el ratón, +descubrir medios de engañarlos y <i>perderlos</i>, que fuesen para ella muy +divertidos. Contra el tío ya sabía de tiempo atrás qué armas emplear; +echar la casa por la ventana, gastar mucho en el regalo de su propia +personilla. En cuanto a Bonis... ni en rigor le quería tan mal como al +otro, ni había pensado concretamente hasta entonces en un gran castigo +para él; sólo se le había ocurrido tenerle siempre en un potro, tratarle +como a un esclavo a quien amenazase un tormento que él no acababa de +conocer; mas la mirada y la sonrisa de Minghetti aclararon como un +relámpago la conciencia de Emma, que vio de repente en qué podía +consistir el castigo de su infiel esposo. Porque, en efecto, le suponía +infiel mucho tiempo hacía; sin contar con que Emma, en las meditaciones +de sus soledades de alcoba, con el histérico por Sibila, había llegado a +concebir al hombre, a todos los hombres, como el animal egoísta y de +instintos crueles y groseros por excelencia, no creía en el marido +rigurosamente fiel a su esposa; más era, tal ente <i>de razón</i> la parecía +ridículo, y se confesaba que ella, en el caso de cualquier hombre +casado, no se contentaría con su mujer. En cuanto a las mujeres, no les +reconocía el derecho de adulterio en circunstancias normales, porque +<i>parecía</i> feo y porque la mujer es otra cosa; pero en caso de infidelidad +conyugal descubierta, ya era distinto; también había el derecho de +represalia, y lo mismo podía decirse por analogía, cuando el esposo era +tan bruto que daba a la esposa trato de cuerda... «Si Bonis me pegase +como yo le pego a él, se la pegaba». Esto era evidente. «Y si él me la +pega... si de seguro me la pega...». Aquí Emma vacilaba y recurría al +tercer caso de infidelidad femenina disculpable. «Si me la pegase, yo le +engañaría también... si alguien me inspirase una gran pasión». Aunque +los extravíos morales de Emma nada tenían que ver con el romanticismo +literario, decadente, de su época y pueblo, porque ella era original por +su temperamento y no leía apenas versos y novelas, algunas frases y +preocupaciones de sus convecinos se le habían contagiado, y esta idea +vaga y pérfida de la gran pasión que todo lo santifica, era una de esas +pestes. Por lo demás, ella sola se bastaba para hacer tabla rasa de cien +decálogos y prescindir, según su capricho, de reglas de conducta que la +contrariasen. Pero si en la pura región de las ideas, como hubiera +pensado Bonis, esto era corriente, el sentido íntimo le decía a Emma que +del dicho al hecho hay mucho trecho; que ella no llegaría a faltar a su +Bonis, como no se la apurase mucho, como no fuera en un momento de +locura, suscitado por un príncipe ruso u otro personaje de mérito +excepcional; y que, aun así, tenía ella que convertirse en otra, +violentarse mucho. Lo cierto era que su carne estaba tranquila, que sus +gustos la llevaban a extravíos sensuales nada eróticos, y que al fin y +al cabo, Bonis, lo que es como buen mozo era buen mozo, y estaba +satisfecha de su físico.... Pero la mirada y la sonrisa del barítono, +eran ya harina de otro costal. Por lo pronto, Emma se olvidó de todo +para pensar en el placer de tropezarse dentro de los gemelos con +aquellas pupilas y con aquella boca sonriente bajo el bigote castaño +oscuro. Cada vez que Minghetti volvía a la escena, la de Reyes ensayaba +la repetición del lance que tan bien le había sabido, y las más veces +con buen éxito; pues, fuera casualidad, o que el cantante tuviera la +costumbre de mirar mucho a los palcos y fijarse en quien le admiraba, y +coquetear en toda clase de papeles y circunstancias escénicas, ello fue +que el placer solicitado por los gemelos de Emma se renovó en varios +trances de los más serios y apurados de la ópera; y eso que el barítono +no cesaba de regañar con la Reina, siempre desesperado por la huida a +Francia de la otra.</p> + +<p>Bonis no volvía de su asombro al notar, muy a su placer, que Emma no +hablaba ya de la tiple ni de las botas, verdadero anacronismo, como él +decía muy bien, ni de cosa alguna que remotamente pudiera referirse a lo +que él llamaba «lo de los polvos de arroz».</p> + +<p>Terminada la ópera, volviéronse a su hogar los Valcárcel, o si se quiere +los Reyes, aunque más propio es decir los Valcárcel por lo poco amo de +su casa que era Bonifacio; despidiose del matrimonio Nepomuceno, que se +acostó madurando sus planes para el porvenir, que, o él veía mal, o +tenía barruntos de un cambiazo no exento de peligros. Y cuando Reyes iba +a pedir permiso a su mujer para retirarse también a su cuarto, a Emma se +la ocurrió hacer uso... de lo que en las relaciones de aquel matrimonio +podía llamarse la regia prerrogativa.</p> + +<p>—Mira, Bonis, yo no tengo sueño; el ruido de la música me ha puesto la +cabeza como un bombo... voy a estar desvelada; y sola y despierta y +nerviosa, tendré miedo.</p> + +<p>Hubo un momento de silencio, y después prosiguió:</p> + +<p>—Quédate tú.</p> + +<p>Estaban en el gabinete de la dama. Ella se despojaba de sus joyas frente +al espejo de su tocador, alumbrado por dos bujías de color de rosa. El +marido la veía retratada por el cristal de fondo misterioso y de sombras +movedizas. Sin que él se diese cuenta del cómo y el por qué, aquel +«quédate tú» le hizo mirar de repente a su esposa con ojos de juez de la +hermosura. ¡Cosa extraña! Hasta aquel instante no había reparado que +Emma se había quitado muchos años de encima aquella noche, sobre todo en +aquel momento; no le parecía una mujer bella y fresca, no había allí ni +perfección de facciones ni lozanía; pero había mucha expresión; el mismo +cansancio de la fisonomía; cierta especie de elegía que canta el rostro +de una mujer nerviosa y apasionada que pierde la tersura de la piel y +que parece llorar a solas el peso de los años; la complicada historia +sentimental que revelan los nacientes surcos de las sienes y los que +empiezan a dibujarse bajo los ojos; la intensidad de intención seria, +profunda y dolorosa de la mirada, que contrasta con la tirantez de +ciertas facciones, con la inercia de los labios y la sequedad de las +mejillas: estos y otros signos le parecieron a Bonis atractivos +románticos de su esposa en aquel momento, y el imperativo quédate tú le +halagó el amor propio y los sentidos, después del mucho tiempo que había +pasado sin que Emma hiciera uso de la regia prerrogativa.</p> + +<p>Por segunda vez el amante de Serafina tuvo remordimientos por su +infidelidad en el pecado. Su gran pasión disculpaba a los ojos de Bonis +aquellas relaciones ilícitas con la cómica; pero desde el momento en que +él faltaba a Serafina, dejándose interesar endiabladamente por los +encantos marchitos, pero expresivos y melancólicos, llenos de fuego +reconcentrado, de su legítima esposa, quedaba probado que la gran pasión +pretendida no era tan grande, y, en otro tanto, era menos disculpable. +Fuese como fuese, sucedió que Bonis empezó a despojarse de su terno +inglés en el gabinete de su mujer; se quedó sin levita ni chaleco, +luciendo los tirantes de seda y la pechera de la camisa blanca y tersa, +con tres botones de coral; y en este prosaico, pero familiar atavío, se +volvió sonriente hacia Emma, que lamía los labios secos, echaba chispas +por los ojos, y seria y callada miraba el cuello robusto y de color de +leche de su marido. Bonis se sintió apetecido; se explicó, como a la luz +de un relámpago, la escena de aquella noche de los polvos de arroz; leyó +en el rostro de su mujer una debilidad periódica, una flaqueza femenina, +como sumisión pasajera de la hembra al macho, además una misteriosa y +extraña corrupción sin nombre: todo esto lo cogió al vuelo, +confusamente; tuvo la conciencia súbita de cierta superioridad interina, +fugaz; y enardecido por su propio capricho, por las excitaciones que +aquel ocaso interesante de hermosura, o, mejor, de deseo, con que se +iluminaba Emma, producía en él, se arrojó a un atrevimiento inaudito; y +fue que, de repente, se dejó caer de rodillas delante de su mujer, se le +abrazó a las almidonadas blancuras, que crujieron contra su pecho, y con +voz balbuciente por la emoción, entrecortada y sorda, dijo mil locuras +de pasión habladora, que se desborda primero por las palabras; palabras +de lascivia en jerga amorosa, en diminutivos, tal como él las había +aprendido de todo corazón en su trato con la Gorgheggi.</p> + +<p>Emma, en vez de levantar a su marido de la postrada actitud, después de +dar un grito, como los que daba al entrar en su baño de agua tibia, fue +doblándose, doblándose, hasta quedar con la boca al nivel de la boca de +Bonis; con ambas manos le agarró las barbas, le echó hacia atrás la +cabeza, y, como si los labios del otro fuesen oído, arrimando a ellos +los dientes, dijo como quien hablando bajo quisiera dar voces:</p> + +<p>—¡Júrame que no me la pegas!</p> + +<p>—Te lo juro, Mina de mi alma, rica mía, mi Mina; te lo juro y te lo +rejuro.... Mírame a los ojos; así, a los ojos de adentro, a los de más +adentro del alma... te juro, te retejuro que te adoro, con eso, con eso, +con eso que ves aquí tan abajo, tan abajo.... Pero, mira, me vas a +desnucar, se me rompe el cogote.</p> + +<p>—Qué más da, qué más da... deja... deja... así, más, que te duela, que +te duela con gusto.</p> + +<p>Hubo un silencio que no se empleó más que en mirarse los ojos a los +ojos, y en gozar ambos del dolor del cuello de Bonis doblado hacia +atrás. Emma le soltó para decir, poniéndose en pie:</p> + +<p>—Mira, mira, yo soy la Gorgheggi o la Gorgoritos, esa que cantaba hace +poco, la reina Micomicona; sí, hombre, esa que a ti te gusta tanto; y +para hacerte la ilusión, mírame aquí, aquí, aquí tontín; granuja, aquí +te digo... las botas lo mismo que las de ella; cógele un pie a la +Gorgoritos, anda, cógeselo; las medias no serán del mismo color, pero +estas son bien bonitas; anda, ahora canta, dila que sí, que la quieres, +que olvidas a la de Francia y que te casas con ella.... Tú te llamas, +¿cómo te llamas tú?... Sí, hombre, el barítono te digo.</p> + +<p>—¿Minghetti?</p> + +<p>—Eso, Minghetti, tú eres Minghetti y yo la Gorgoritos.... Minghetti de mi +alma, aquí tienes a tu reina de tu corazón, a tu reinecita; toma, toma, +quiérela, mímala; Minghetti de mi vida, Bonis, Minghetti de mis +entrañas....</p> + +<p>«Pero, oiga usted, señor matamoros; si usted quiere que sea suya para +siempre su señora reina de las botas nuevas, apague esas luces del +tocador y véngase de puntillas, que puede oírle Eufemia, que ahora +duerme ahí al lado».</p> + + + +<hr style="width: 65%;" /> +<h2><a name="XI" id="XI"></a>-XI-</h2> + + +<p>Bonifacio Reyes era admirador del arte en todas sus manifestaciones, +según él se decía; y aunque la música era la manifestación predilecta, +porque le llegaba más al alma, con una vaguedad que le encantaba y que +no le exigía a él previo estudio de multitud de ideas concretas que +debían de andar por los libros de facultad mayor; y aunque la susodicha +música era el arte que él mejor poseía, merced a sus estudios de solfeo +y de flauta, no había dejado de ejercitarse en una u otra época de su +vida, sin pretensiones, por supuesto, en cuanto mero aficionado, en +otros medios humanos de expresar lo bello. La poesía le parecía muy +respetable, y sabía de memoria muchos versos; pero las dificultades del +consonante siempre le habían retraído del cultivo de las musas; +despreciaba, porque su sinceridad de hombre de sentimiento y de +convicciones no le permitían otra cosa, despreciaba los ripios y hasta +los consonantes fáciles; y así, las pocas veces que había ensayado la +gaya ciencia, se había ido derecho al peligro, a la rima difícil; y +hasta recordaba que la última vez que había arrojado la pluma con el +propósito de no insistir en versificar, había sido con motivo de querer +escribir un soneto a un señor Menéndez, que había fundado una obra pía.</p> + +<p>La palabra principal, se decía Bonis mordiéndose las uñas, es, según las +retóricas y poéticas que yo he leído, la que debe terminar el verso; +aquí lo más importante, sin duda, es el apellido del fundador y la obra +pía: pues bien; para pía hay millares de consonantes, pero a Menéndez yo +no se lo encuentro. Y antes que relegar a Menéndez a un lugar del verso +indigno de su filantropía, prefirió renunciar al soneto.</p> + +<p>Esta falta de inspiración poética y de consonantes en éndez, no le +desanimó ni ajó su orgullo de artista, que al fin no era muy grande; +después de todo, si bien se miraba, la poesía está como reconcentrada en +la música.</p> + +<p>Otra cosa eran las artes del dibujo, y en este punto el atildado +pendolista no vacilaba en sostener que con la pluma hacía, si no +prodigios, arabescos muy agradables; el arabesco era su dibujo favorito, +porque se enlazaba con sus facultades de escribiente, y además también +tenía cierto parecido con la música por su vaguedad e indeterminación. +El arabesco tocaba con la alegoría y el dibujo natural fantástico por un +lado, y por el otro con el arte de Iturzaeta.</p> + +<p>En cosas así pensaba Reyes una tarde, cerca del crepúsculo, en el cuarto +no muy lujoso ni ancho que Serafina Gorgheggi ocupaba en la fonda +dependiente del café de la Oliva, piso tercero de la casa. Mochi y su +protegida habían mudado de posada, lo cual en aquel pueblo sólo era +mudar de dolor; pero en el hotel Principal, allá al extremo de la +Alameda Vieja, les habían llegado a perder el respeto por las +intermitencias en el pago del pupilaje; la Compañía de ópera seria +acababa de disolverse por motivos económicos e incompatibilidades de +caracteres, y el empresario, la tiple y Minghetti, el barítono, se +habían quedado en la ciudad, según unos, porque no tenían por lo pronto +contrata ni lugar adonde ir, porque más valieran allá; según otros, +porque querían servir de núcleo a una nueva Compañía, para constituir la +cual andaba Mochi en tratos. Pero entretanto había que hacer economías, +y si Minghetti permaneció en el hotel Principal, aunque tampoco pagaba +bien, por privilegio misterioso tolerado, Serafina y Julio tuvieron que +reducirse a instalar sus personas y baúles en la mediana hospedería que, +con el nombre de Fonda de la Oliva, sustentaba, con grandes apuros, el +dueño del vetusto café del mismo nombre.</p> + +<p>Reyes aquella tarde velaba el sueño de Serafina, que yacía allí cerca, +en la alcoba, víctima de un agudísimo dolor de muelas que, al aplacarse +a ratos, la dejaba sumirse en tranquilo sopor, aunque algo febril, no +desagradable.</p> + +<p>Reyes velaba. Había ido allí a muy otra cosa, pero los suspiros de su +inglesa-italiana y el olor a medicinas antiespasmódicas, más el declinar +del día, le habían cambiado de repente el ánimo, inclinándole a la +melancolía poética y reflexiva, a la abnegación espiritual y piadosa.</p> + +<p>Como el velar el sueño del ser amado no es ocupación que dé empleo a las +manos, Bonis, arrimado al velador de incrustaciones de no sabía él qué +pasta, que imitaban una escena veneciana azul y rosa con manchas de café +y huellas de nitrato de plata, dibujaba con pluma de ave sobre un pedazo +de papel de barbas. Dibujaba, como siempre, caprichos caligráficos con +remates de la fauna y la flora del arabesco más fantástico. Sentía el +alma, después del cambiazo que a sus deseos acababan de dar las +circunstancias, llena de música; no le cantaban los oídos, le cantaba el +corazón.</p> + +<p>A tener allí la flauta y no estar dormida Serafina, hubiera acompañado +con el dulce instrumento aquellas melodías interiores, lánguidas, +vaporosas, llenas de una tristeza suave, crepuscular, mitad resignación, +mitad esperanzas ultratelúricas y que no puede conocer la juventud; +tristeza peculiar de la edad madura que aún siente en los labios el dejo +de las ilusiones y como que saborea su recuerdo.</p> + +<p>Pero ya que no la flauta, tenía la pluma: la pluma, que no hacía ruido, +sino muy leve, al rasguear sobre el papel con aquellos perfiles y trazos +gruesos, enérgicos, en claro-oscuro sugestivo, equivalente al timbre de +una puerta o de una placa.</p> + +<p>Sí, poco a poco fue sintiendo Bonis que la música del alma se le bajaba +a los dedos; las curvas de su arabesco se hacían más graciosas, sus +complicaciones y adornos simétricos más elegantes y expresivos, y la +indeterminada tracería se fue cuajando en formas concretas, +representativas; y al fin brotó, como si naciera de la cópula de lo +blanco y de lo negro, brotó en un cielo gris la imagen de la luna, en +cuarto menguante, rodeada de nubes, siniestras, mitad diablos o brujas +montados en escobas, mitad colmenas de formas fantásticas, pero colmenas +bien claras, de las que salían multitud de bichos, puntos unidos a otros +puntos que tenían cuerpos de abejas, con patas, rabos y uñas de furias +infernales. Aquellas abejas o avispas del diablo, volaban en torno de la +luna, y algunas llenaban su rostro, el cual era, visto de perfil, el del +mismísimo Satanás, que tenía las cejas en ángulo y echaba fuego de ojos +y boca. Por encima de esta confusión de formas disparatadas, Bonis +dibujó rayas simétricas que imitaban muy bien la superficie del mar en +calma, y sobre la línea más alta, la del horizonte, volvió a trazar una +imagen de la noche, pero de noche serena, en mitad de cuyo cielo, +atravesando cinco hileras de neblina tenue, las líneas del pentagrama, +se elevaba suave, majestuosa y poética, la dulce luna llena: en su +disco, elegantes curvas sinuosas decían: Serafina.</p> + +<p>Media hora larga le costó al soñador su composición simbólica; mas fue +premio de la inspiración y del esfuerzo un noble orgullo de artista +satisfecho; sensación que se mezcló enseguida con un enternecimiento +austero y en su austeridad voluptuoso, que le hizo inclinar la cabeza, +apoyar la frente en las manos y meditar sollozando y con lágrimas en los +ojos.</p> + +<p>—¡Qué vida extraña! ¡Qué cosas pueden pasarle por el alma a un pobre +diablo!—pensaba Bonis.</p> + +<p>La alegoría, que le había salido sin querer de la pluma, estaba bien +clara, era la síntesis de su vida presente. En el cielo de sus amores, +en la región serena, sobre el océano de sus pasiones en calma, brillaba +la luna llena, el amor satisfecho, poético, ideal, de su Serafina. Ya no +eran aquellos los días de las borrascas sensuales, en que el amor +físico, mezclándose al platónico, se entregaba al arabesco de la pasión +disparatada y caótica; el alma ya se había sobrepuesto y daba el tono al +cariño, que, al arraigarse y convertirse en costumbre, se había hecho +espiritual. Y de repente, de poco tiempo a aquella parte, debajo del +océano, en las regiones misteriosas del abismo en las que habitaba el +enemigo, de las que venían voces subterráneas de amenaza y castigo, +aparecía como un reflejo infiel, otro cielo con otra luna, un cielo +borrascoso con espíritus infernales vestidos de nubarrones, con el +mismísimo demonio disfrazado de cuarto menguante... de la luna de miel +satánica, de Valpurgis, que su mujer, Emma Valcárcel, había decretado +que brillara en las profundidades de aquellas noches de amores +inauditos, inesperados y como desesperados.</p> + +<p>Bonis se levantó, y contempló a la Gorgheggi dormida:</p> + +<p>—Esa mujer adorada no sabe que yo la soy infiel. Que hay horas de la +noche en que me dan un filtro hecho de terrores, de fuerza mayor, de +recuerdos, de costumbres del cuerpo, de sabores de antiguos placeres, de +olores de hojas de rosas marchitas, de lástima... y hasta de +filosofías... negras....</p> + +<p>Esta mujer no sabe que yo me dejo besar... y beso... como quien da +limosna a la muerte; a la muerte enferma, loca; que doy besos que son +como mordiscos con que quiero detener al tiempo que corre, que corre, +pasándome por la boca.... Sí, sí, Serafina; en esas horas tengo lástima +de mi mujer, de quien soy esclavo; sus caricias disparatadas, que son +reflejos de otras mías que yo aprendí de tus primeros arranques de amor +frenético y desvergonzado; sus caricias, que son en ella inocentes, para +mí crímenes, se me contagian y me llevan consigo al aquelarre tenebroso, +donde entre sueños y ayes de amor que acaban por suspiros de vejez, por +chirridos del cuerpo que se desmorona, vivo de no sé qué negras locuras +sabrosas y sofocantes, llenas de pavor y de atractivo. Yo soy el amante +de una loca lasciva... de una enferma que tiene derecho a mis caricias; +pero un derecho que no es como el tuyo; como el tuyo, que no reconocen +los hombres, pero que a mí me parece el más fuerte, aunque sutil, +invisible. Tu derecho... y el mío. El de mi alma cansada.</p> + +<p>Y vuelta a llorar, después de haber pensado así, aunque con otras +palabras interiores, y en parte aun sin palabras; porque algunas de las +que ha habido que emplear Bonis ni siquiera las conocía. Por ejemplo, +aquello que se dijo antes de ultratelúrico. ¿Qué sabía Bonis lo que +significa ultratelúrico? Pero, con todo, siempre estaba pensando en +ello, y lo mezclaba con todas sus cavilaciones y con todos los apuros de +su miserable y atragantada existencia. En tiempo de Bonis, en esta época +de su vida, no se hablaba como ahora, y menos en su pueblo, donde para +los efectos fuertes y enrevesados, dominaba el estilo de Larrañaga y de +D. Heriberto García de Quevedo. Sin contar con que Bonifacio, menos +instruido todavía que su historiador, ni de propósito hubiera podido dar +con ciertas frases que aquí suelen usarse para interpretar +aproximadamente las tribulaciones de su espíritu.</p> + +<p>Fuera como fuera, la Gorgheggi no despertó con todo aquel ruido.... +psicológico de su querido. El cual, por lo demás, andaba de puntillas, +sin tropezar en nada; y hasta consiguió taparla, sin que ella lo +sintiera, un poco de la espalda blanquísima, por donde estaba cogiendo +frío. Era en casa de su Serafina el mismo galán fino, pulcro, suave y +mañoso que cuidaba a su mujer, a su tirano, como las manecitas negras de +los palacios encantados.</p> + +<p>Conocía todos los rincones de la habitación de su amiga... y también los +del cuarto de Mochi. Él era quien les había buscado y ajustado el nuevo +albergue; él quien procuraba introducir el espíritu y la práctica del +orden y la economía en la vida doméstica de aquellos artistas, +llevándoles un poco de la saludable influencia de su hogar, que al fin +hogar era, aunque no pudiese servir de modelo; menos cada día. Se le +figuraba a Reyes tener dos casas, la de su mujer y la de su querida; y +así como él mismo, sin pensarlo ni quererlo, había introducido en el +caserón de los Valcárcel aires de libertinaje, semilla de corrupciones +que tan bien preparado tenían el terreno en el alma de Emma; del propio +modo irreflexivo, por instinto, había ido poco a poco sembrando gérmenes +de costumbres sedentarias, de orden provinciano, de disciplina +doméstica, en la intimidad de su trato con los cantantes. Tal vez a este +influjo contribuían, más que los ejemplos de su propia casa, las +reminiscencias, de muy antiguos tiempos, de los hábitos de paz familiar +y humildad económica que conservaba todavía el escribiente de Valcárcel, +que no en balde había pasado su niñez y el principio de su juventud al +lado de sus padres honrados, pobres, humildes, resignados. El ideal de +Bonis era soñar mucho y tener grandes pasiones; pero todo ello sin +perjuicio de las buenas costumbres domésticas. Amaba el orden en el +hogar; mirando las estampas de los libros, se quedaba embelesado ante +una vieja pulcra y grave que hacía calceta al amor de la lumbre, +mientras a sus pies, un gato, sobre mullida piel, jugaba sin ruido con +el ovillo de lana fuerte, tupida, símbolo de la defensa del burgués +contra el invierno. Envidiaba el valor, la despreocupación de los +artistas que no tienen casa, que acampan satisfechos en las cinco partes +del mundo; pero esta admiración nacía del contraste con los propios +gustos, con la invencible afición a la vida material tranquila, +sedentaria, ordenada. Hasta para ser romántico de altos vuelos, con la +imaginación completamente libre, le parecía indispensable, a lo menos +para él, tener bien arreglada la satisfacción de las necesidades +físicas, que tantas y tan complicadas son. El símbolo de estos +sentimientos eran, como va indicado más atrás, las zapatillas. Cuando en +sus ensueños juveniles había ideado un castillo roquero, una hermosa +nazarena asomada a la ojival ventana, una escala de seda, un laúd y un +galán, que era él, que robaba a la virgen del castillo, siempre había +tropezado con la inverosimilitud de huir a lejanos climas sin las +babuchas. Y era claro que las babuchas eran incompatibles con el laúd. +Además, no todo eran las zapatillas; había algo más en su cariño al +hogar templado, dulce, sereno... la familia. ¡Oh, la familia honrada, +sin adulteraciones, sin disturbios ni mezclas, era también su encanto! +¿Sería la familia incompatible con la pasión, como las babuchas con el +laúd? Tal vez no. Pero él no había encontrado la conjunción de estos dos +bellos ideales. La familia no era familia de verdad para él; Dios no lo +había querido. Su mujer era su tirano, y en sus veleidades de amor +embrujado, carnal y enfermizo, corrompida por él mismo, sin saberlo, era +una concubina, una odalisca loca; y, lo que era peor que todo: faltaba +el hijo. Y en casa de Serafina, en casa de la pasión... no había la +santidad del hogar, ni siquiera la esperanza de una larga unión de las +almas. Los cantantes tendrían que marcharse el mejor día. Eran judíos +errantes; ya era un milagro que entre abonos empalmados, truenos de +compañías, semanas de huelga, prórrogas de esperanzas, ayudas del +préstamo, acomodos del mal pagar y abusos del crédito, hubieran podido +permanecer Mochi y la Gorgheggi meses y meses en el pueblo. El día menos +pensado Bonis se encontraría en el cuarto de Serafina con las maletas +hechas. «La de vámonos», diría Mochi, y él no tendría derecho para +oponerse. No tenía un cuarto, no podía ofrecerles medios materiales para +continuar en el pueblo; el arte y la necesidad soplaban como el viento, +y se llevaban allá, por el mundo adelante, su pasión, el único refugio +de su alma dolorida, necesitada de cariño, de caricias castas (como +habían acabado por ser las de Serafina), de dignidad personal, que le +faltaba al lado de su Emma; la cual sólo se humillaba por momentos en su +calidad de bestia hembra, para ser enseguida, aun en el amor, el déspota +de siempre, que sazonaba las caricias con absurdos, que eran +remordimientos para el atolondrado marido. ¡Solo, solo se volvería a +quedar en poder de Emma, en poder de las miradas frías, incisivas de +Nepomuceno, el de las cuentas, en poder de Sebastián, el primo, y de +todos los demás Valcárcel que quisieron hacer de él jigote a fuerza de +desprecios!</p> + +<p>Despertó la Gorgheggi sonriente, sin dolor de muelas; agradeció a su +Bonis que velara su sueño como el de un niño; y la dulzura de sentirse +bien, con la boca fresca, harta de dormir, la puso tierna, sentimental, +y al fin la llevó a las caricias. Mas fueron suaves; mezcladas de +diálogos largos, razonables; no se parecían a las ardientes prisiones en +que se convertían sus abrazos en otro tiempo. «Así, pensaba Reyes, +debieran ser las caricias de mi esposa». Serafina se había acostumbrado +a su inocente Reyes y a la vida provinciana de burguesa sedentaria a que +él la inclinaba, y a que daban ocasión su larga permanencia en aquella +pobre ciudad y la huelga prolongada. Se iban desvaneciendo las últimas +esperanzas de brillar en el arte, y Serafina pensaba en otra clase de +felicidad. La falta de ensayos y funciones, la ausencia del teatro, le +sabía a emancipación, casi casi a regeneración moral: como las +cortesanas que llegan a cierta edad y se hacen ricas aspiran a la +honradez como a un último lujo, Serafina también soñaba con la +independencia, con huir del público, con olvidar la solfa y meterse en +un pueblo pequeño a vegetar y ser dama influyente, respetada y de viso. +Ya iba conociendo la vida de aquella ciudad, que despreciaba al +principio; ya le interesaban las comidillas de la murmuración; hacía +alarde de conocer la vida y milagros de ésta y la otra señora, y un día +tuvo un gran disgusto porque Bonis no consiguió que se la invitara el +Jueves Santo a sentarse en cualquier parroquia en la mesa de petitorio. +Cantó una noche, con Mochi y Minghetti, en la Catedral, y sintió orgullo +inmenso. Le andaba por la cabeza un proyecto de gran concierto a +beneficio del Hospital o del Hospicio. A Mochi no le cayó en saco roto +la idea; pero le torció el rumbo. Un gran concierto, sí, pero no a +beneficio de los pobres, sino a beneficio de los cantantes, restos del +naufragio de la compañía. Se dio a Minghetti, el barítono, noticia del +proyecto, y le pareció magnífico. Él sugirió al tenor la ocurrencia de +aprovechar aquel concierto para reanimar el instinto filarmónico de los +vecinos: se habían cansado de ópera, bueno; pero ya hacía una temporada +que se había cerrado el teatro; la Gorgheggi, apareciendo en traje de +etiqueta en los salones de una sociedad, y cantando, sin accionar y sin +dar paseos por la escena, pedazos de música escogida, volvería a +despertar el apetito musical de los muchos aficionados; esto facilitaría +la idea de abrir un abono condicional sobre la base del terceto; tenían +tenor, tiple y barítono; se traería contralto, bajo y coros, y se podía +arreglar otra campaña que bastase para pagar trampas, y esperar con +menos prisa y afán alguna contrata en otra parte. Para poner por obra el +proyecto, había que contar con algún indígena que tomara la iniciativa. +Nadie como Bonis. Serafina se encargó de rogarle que lo tomase por su +cuenta. Dicho y hecho. Aquella tarde, entre las caricias de un amor +apacible y de intimidad serena, la Gorgheggi suplicó a su amante que +apadrinase con celo y entusiasmo su idea, que se encargara de preparar +el concierto, venciendo los obstáculos que pudieran surgir. ¿Qué menos +podía hacer Bonifacio por aquella mujer, a quien no podía dar ya dinero, +y eso que tanto lo necesitaba? Propuso el proyecto de los cómicos a la +Junta del Casino, que formaba como una Sociedad agregada a la empresa +del café de la Oliva; en el piso principal estaban el salón de baile y +las salas de juego y de lectura de aquel círculo de recreo, algunas +veces de envite y azar. La Junta directiva, que tenía la conciencia de +sus deberes, prometió estudiar la cuestión. Hubo deliberaciones +repetidas, se votó, y, por una exigua mayoría, se aprobó el proyecto del +concierto, que terminaría en baile, pero sin ambigú.</p> + +<p>Bonifacio ocultaba a su mujer que andaba en aquellos tratos, que era el +alma de la proyectada fiesta; pero ella supo que el concierto se +preparaba, y que su Bonis era factor del holgorio, que iba a ser cosa +rica. Si de otras cosas que sabía también, y tiempo hacía, no le había +hablado, sino con indirectas y sin insistir, ahora le convenía darse por +enterada claramente; y así, le dijo un día a la mesa, a los postres, en +presencia de Nepomuceno:</p> + +<p>—Vamos a ver, hombre, ¿por qué me tienes tan callado lo que me preparas? +¿Es que quieres sorprenderme?</p> + +<p>—¿Lo que te preparo?</p> + +<p>—Sí, señor; lo del concierto: ya sé que tú y otros queréis echar un +guante disimuladamente en favor de esos pobres cómicos que han quedado +en el pueblo y no deben de pasarlo bien. Perfectamente; muy bien hecho. +Es una gran idea y una obra de caridad. Haremos una limosna y nos +divertiremos. Magnífico. ¿Verdad, tío, que es una idea excelente?</p> + +<p>—Excelente—asintió Nepomuceno, limpiándose los labios con la servilleta +y bajando la cabeza.</p> + +<p>—Cuenta conmigo y con la señorita Marta, con Marta Körner, la del +ingeniero, ya sabes, mi amiguita, que irá conmigo. El tío me acompañará, +¿verdad? Y acaso el primo Sebastián, que vendrá a las ferias. Tú tendrás +que arreglar por allá cosas; si ya lo sabemos, hombre, no te hagas el +chiquitín, ya sabemos que eres el director de la fiesta. ¿Y qué? Mejor. +Gracias a Dios que haces algo de provecho. Lo que me enfada es que nunca +me hayas dicho que eras amigo de los cómicos, tan amigo. ¿Creías que iba +a disgustarme? ¿Por qué? Yo no soy orgullosa, yo no creo que mi apellido +se desdore porque mi esposo trate a unos artistas; al contrario; si yo +fuera hombre haría lo mismo. ¿No se casó la famosa <i>Tiplona</i> con un +caballero de aquí? ¿Verdad, tío, que no nos ha parecido mal saber que +Bonis trata a los cómicos mucho, muchísimo? Lo supimos por la señorita +de Körner, ¿verdad, tío? Y yo hasta me puse hueca. Para que veas.</p> + +<p>Bonifacio miraba a su mujer con los ojos fijos, combatido por dos +opuestas corrientes: un instinto ciego le decía: ¡Guarda, Pablo! ¡No te +fíes, no cantes, hay trampa! Otra tendencia poderosa le hacía ver el +cielo abierto y le empujaba el enternecimiento. ¿Si su mujer sería capaz +de comprenderle, de comprender su amor al arte y a los artistas? No +llegaba él hasta esperar que disculpara sus amores con Serafina; era, +por el contrario, indispensable, que no supiera de ellos; pero todo lo +demás, ¿por qué no? Es decir, lo de las deudas y el dinero prestado, +tampoco. Miraba a Emma; después miró al tío: o no había honradez y +franqueza y lealtad en el mundo, o estaban pintadas en la cara, y +especialmente en los ojos de tío y sobrina.</p> + +<p>Confesó todo lo que creyó oportuno confesar. Se le agradeció la +franqueza, y tío y sobrina manifestaron verdadera admiración +contemplando la perspectiva de ideal y horas de jarana y alegría honesta +que Bonis les puso ante la fantasía con elocuencia conmovedora. Aunque +Nepomuceno y Emma iban con segunda, cada cual por diferente motivo, en +parte eran sinceros su entusiasmo y adhesión a los proyectos de Reyes. +En cuanto a disculpar las aficiones artísticas del marido y su trato con +los cantantes, nada más fácil. ¿No era él músico también? ¿Y qué tenía +de particular que, en saliendo de casa, empleara sus ocios en cultivar +la amistad de aquellos excelentes señores que sabían tanta música, eran +de tan fino trato y no se parecían a los envidiosos del pueblo, +espíritus limitados, estrechísimos, monótonos, inaguantables?</p> + +<p>Nepomuceno habló más que solía; él también era pintor, esto es, músico; +sí: en la Sociedad Económica había coadyuvado a la creación de la clase +de solfeo y piano.</p> + +<p>—¡Bah, la música!, ya lo creo, es una gran cosa. Domestica las fieras.</p> + +<p>—Ciertamente—dijo Bonis encantado.</p> + +<p>Y refirió a su modo la fábula de Orfeo, que a Emma la cogía de nuevas +completamente, y le pareció muy interesante.</p> + +<p>—A propósito de piano... aunque ya está viejo el alcacer para zampoñas, +yo quisiera saber teclear, así... un poco... aunque no fuera más que +tocar con un dedo las óperas esas que tú tocas en la flauta.</p> + +<p>A Bonis le pareció muy laudable el propósito. Volvió a pensar, aunque +sin esperanza, en lo de «la música las fieras domestica», y dijo:</p> + +<p>—Pues mira, si te decides, Minghetti, el barítono, es un excelente +profesor....</p> + +<p>Emma, encendida, no pudo menos de ponerse en pie, y sin pensar en +contenerse, comenzó a batir palmas.</p> + +<p>—¡Oh, sí, sí; sublime, sublime; qué idea!, el barítono... y le pagaremos +bien; será una obra de caridad. Pero ¡qué lástima! ¿Se marchará pronto?</p> + +<p>—¡Oh!, eso... según las circunstancias... si renuevan el abono, si +recomponen el cuarteto... si se les ayuda....</p> + +<p>—¡Vaya si se les ayudará! ¿Verdad, tío?</p> + +<p>El tío volvió a inclinar la cabeza. ¡La de planes que tenía dentro de +ella! Los ojos le brillaban, fijos en el mantel, hablando con su fijeza +de cien ideas que no explicaban, pero que revelaban como presentes.</p> + +<p>Llegó la noche del concierto. Se abrieron los salones del Casino, +sucursal del café de la Oliva; hasta hubo su poquito de buffet, a pesar +del acuerdo de la Junta, y lo mejor de la población acudió a tomar +sorbetes y a contemplar de cerca, y vestidos en traje de sociedad, a los +cantantes ilustres que tantas veces había aplaudido viéndolos en las +tablas, llenos de abalorios y galones dorados.</p> + +<p>¡Noche solemne para Bonis! ¡Noche solemne para Emma! ¡Noche solemne para +Nepomuceno!</p> + + + +<hr style="width: 65%;" /> +<h2><a name="XII" id="XII"></a>-XII-</h2> + + +<p>Ardían en las arañas de cristal muchas docenas de bujías de esperma; +allá, al extremo del salón, sobre una plataforma improvisada, la +respetable orquesta de los músicos sedentarios, de los profesores +indígenas, inauguraba la fiesta con una sinfonía de su vetusto +repertorio: allí estaba el trompa, refractario al italiano y a la +afinación; allí el espiritual violinista Secades, que había soñado con +ser un segundo Paganini, que había pasado noches y noches, días y días, +buscando en las cuerdas, acariciadas por el arco, ora lamentos de amor +sublime, ora imitaciones exactas de los ruidos naturales; v. gr.: los +rebuznos de un jumento. ¡Sarcasmo de la suerte! El rebuzno lo había +dominado; su arco había llegado a hablar como la burra de Balaam; pero +la inefable cantinela del amor, los ayes de la pasión sublime, los +reservaban aquellas cuerdas para otro arco amante, no para el de +Secades. El cual, ya maduro y desengañado, iba prefiriendo su otro +oficio de zurupeto, y más atendía ya a la banca y sus gajes que al arte +que meciera sus sueños infantiles. Tocaba ya por ganar la pitanza, medio +dormido, como sus compañeros, sin fe, sin emulación, apenas conservando +un poco de cariño melancólico y de respeto supersticioso a la buena +música, a la antigua, despreciando las novedades que traían las +compañías de algunos años a aquella parte. Allí estaba también el +antiguo figle, don Romualdo, calvo, digno, de gran panza; en la catedral +chirimía, en todo lo profano figle; casi una gloria provincial. Todo el +pueblo, hasta los sordos, reconocía que era maravilloso lo que hacía con +su extraño instrumento aquel hombre; le hacía llorar, reír, hasta casi +casi toser. Pues a pesar de tanta fama, la fuerza del tiempo, el +desgaste de la admiración, habían echado sobre la celebridad de don +Romualdo una capa espesa de indiferencia pública; bien conocía él que +sus paisanos, sin poner un momento en duda su grandeza, se habían +cansado de admirarle; sobrellevaba estas contrariedades ineludibles con +una melancolía filosófica y taciturna; seguía tocando con el esmero de +siempre, aunque ya en vano. En resumidas cuentas, estaba triste, +desengañado, ni más ni menos que su compañero Secades; él, sin +ilusiones, de vuelta ya de la gloria, yacía en el mismo surco de +resignación fría y amarga en que se había acostado Secades, camino de la +celebridad. Todo era igual: no haber subido al templo de la Fama y estar +de vuelta. A pesar de contarse entre aquellos respetables profesores +estas y otras notabilidades, la orquesta sonaba como los tornillos de +una máquina sin aceite; los instrumentos de cuerda estaban asmáticos, +sonaban a la madera, como sabe la sidra al barril; los de bronce eran +estridentes sin compasión; bastaba uno de aquellos serpentones para +derribar todas las fortificaciones de cinco Jericós. Afortunadamente el +público filarmónico oía la orquesta como quien oye llover.</p> + +<p>Emma entró en el salón después de ejecutado el primer número del +programa; atrajo la atención por dos cosas; por su vestido carísimo y +llamativo, y por venir colgada del brazo del alemán, del ingeniero +Körner, un hombre gordo, alto, encarnado, de ojos de niño llorón, +azules, claros, muy hundidos. Parecía un gran cerdo muy bien criado, +bueno para la matanza, y era un hombre muy espiritual, enamorado de +Mozart y de los destinos de Prusia. Hablaba español como si estuviera +inventando una lengua con palabras cuasi castellanas y giros cuasi +alemanes. Era un soñador, pero capaz de llevar una fábrica en la punta +de cada dedo, y como contable, como él decía, nadie le ponía el pie +delante. Sabía de todo, despreciaba a los españoles disimulándolo, +idolatraba a su hija Marta, y venía a hacerse rico.</p> + +<p>Detrás de esta pareja entraron, también del brazo, Marta Körner y Bonis; +les seguía de cerca, solo, D. Juan Nepomuceno, que parecía haberse +azogado las patillas, que semejaban pura plata. Marta Körner era una +rubia de veintiocho años, muy fresca, llena de grasa barnizada de +morbidez y suavidad; su principal mérito físico eran sus carnes; pero +ella buscaba ante todo la gracia de la expresión y la profundidad y +distinción de las ideas y sentimientos. Hablaba siempre del corazón, +llevándose la mano, que era un prodigio, al palpitante seno, que era +toda una obra de fábrica del nácar más puro. Atribuía al subsuelo de +aquella accidentada naturaleza los verdaderos tesoros de su persona; +pero los inteligentes, Nepomuceno entre ellos, estimaban en más el +derecho de superficie.</p> + +<p>Marta disentía de su padre en sus amores musicales; estaba por +Beethoven; en lo que estaban de acuerdo era en la necesidad +imprescindible de hacer una fortuna, o media, a más no poder. Körner +había venido directamente de Sajonia a dirigir una fábrica de fundición, +establecida por un industrial al pie de unas minas de hierro, en la +región más montañosa de la provincia; allá, hacia donde tenían sus +guaridas los Valcárcel pobres y huraños. El primo Sebastián, algo más +comunicativo, que iba y venía de la ciudad a la montaña, fue quien +presentó al Sr. Körner a Nepomuceno. Al principio, el alemán y su hija +vivieron en los vericuetos, sin pensar en que a pocas leguas había una +ciudad que podía recordarles, remotamente, la civilización y cultura que +dejaban en su tierra. Aunque rodeados, como decía Sebastián, de todas +las comodidades que podían ser arrastradas casi con grúa, hasta las +alturas en que moraban, los alemanes vivían a lo aldeano, por lo que +toca a sus relaciones sociales. Empezaron a aprender español en el +dialecto del país, oscuro y corrompido; todo su espiritualismo se iba +embotando, y por más que procuraban mantener el fuego sagrado de la +idealidad a fuerza de sonatas clásicas, tocadas por Marta en un piano de +cola, y a fuerza de libros y periódicos ilustrados que su padre hacía +traer de Alemania, ello era que el medio ambiente les invadía y +transformaba; el desdén con que al principio miraron y trataron a la +gente tosca, en medio de la que tenían que vivir, se fue cambiando +insensiblemente en curiosidad; llegó a ser interés, imitación, +emulación, y el orgullo ya no consistió en despreciar, sino en +deslumbrar. Körner quiso lucirse entre montañeses rudos, y como allí no +le valían sus habilidades de dilettante de varias artes y lector +sentimental, tuvo que aprovechar otras cualidades, más apreciables en +aquella tierra, como, v. gr., la gran fortaleza y capacidad de su +estómago. No se le comenzó a tener en tanto como él quería, hasta que +corrió por uno y otro concejo montañés la noticia, verdadera, de que en +una apuesta con un capataz de las minas le había dejado el alemán al +español en la docena y media de huevos fritos, mientras él, Körner, +llegaba a tragarse las dos docenas muy holgadamente, y ponía remate a la +hazaña engulléndose dos besugos. Esto era otra cosa; y los que habían +permanecido indiferentes ante las guerras gloriosas del Gran Federico, +de que Körner se envanecía como si fuera nieto del ilustre Monarca; los +que oían hablar de Goëthe, y de Heine, y de Hegel, como quien oye +llover, llegaron a reconocer el glorioso porvenir de la raza que criaba +tan buenos estómagos. Añádase a esto que el ingeniero jugaba a los bolos +con singular destreza y con una fuerza de muchos caballos, o por lo +menos, de dos o tres aldeanos de aquellos. Con esta y otras análogas +cualidades, consiguió ganar las simpatías y hasta la admiración por que +había llegado a suspirar de veras. Pero este género de gloria acabó por +cansarle, y sobre todo le repugnó al cabo, por el peligro, que vio al +fin patente, de convertirse en un oso metafísico y filarmónico, pero +oso, en un Ata Troll de carne y hueso. Engordaba demasiado, olvidaba sus +meditaciones trascendentales..., y sus gustos sencillos, fácilmente +satisfechos con la vida montañesa, le apartaban de los complicados +planes de medro y vida regalada que había traído de su país. Además, en +la fábrica de la montaña, aunque bien pagado, considerado y satisfecho +en punto a comodidades materiales, pues tenía buena casa, gajes y +atenciones, al fin no prosperaba, no podía hacerse rico. Ensayó el +proyecto de convertirse en socio industrial, pero cedió ante las +dificultades que el propietario a solapo le fue poniendo. Con esto se le +agrió el humor, y comenzó a desear con mucha fuerza salir de aquella +vida troglodítica, hacerse valer más, y poner al alcance de la demanda +la honesta oferta de los encantos, cada vez más exuberantes, de su hija +Marta, por la cual iban también pasando los años, pero inútilmente, allá +en los montes. Sin dejar la fábrica, con pretexto de su servicio, Körner +menudeó sus visitas a la capital, a caza de algún negocio que le +pareciera de más porvenir que el de allá arriba; y en uno de estos +viajes fue cuando el primo Sebastián le hizo trabar conocimiento con +Nepomuceno. El alemán, que era sagaz y hombre de mundo, comprendió +pronto cuál era el papel del hacendista en casa de su sobrina: vio +claramente que allí había dinero, y que este dinero se iba por la posta, +y que la dirección de la corriente de aquel río de plata era, o él no +entendía de corrientes, camino del bolsillo de Nepomuceno, aunque con +grandes pérdidas y derivaciones, en una delta de despilfarros, que iban +a enriquecer el caudal de modistas, comerciantes de telas, sombreros, +joyas, sin contar con las tiendas de ultramarinos, confiterías, mercados +de caza y pesca, etc., etc. Körner comenzó a marear a Nepomuceno +persuadiéndole primero de que él, Nepomuceno, tenía un verdadero talento +de contable, era un Necker... oscurecido, ocioso; con otro horizonte, +brillaría como estrella de primera magnitud en el cielo de la +Administración y de la Hacienda. En conciencia, según Körner, estaba +Nepomuceno obligado a dar a tales facultades un empleo más digno de +ellas que la simple mayordomía a que, <i>en suma</i>, estaba limitado. Más era: +en interés de la ruinosa casa Valcárcel, que por lo visto iba a menos +por culpa de los despilfarros de Emma y los gastos secretos de su +marido, debía Nepomuceno poner aquel todavía sano capital a parir, a +producir algo más que el irrisorio tanto por ciento de la renta +territorial. Tanto foro, tanta casería atómica, eran cosa ridícula. +¡Sursum corda! ¡All right! ¡Desenmoheceos! Venga ese stock a la +industria, y hablaremos. A esta clase de argumentos se añadían, por vía +de adorno, aperitivo y complemento, otros de carácter general; v. gr.: +lo atrasada que estaba España, a pesar de la riqueza del suelo y el +subsuelo; en concepto de Körner, tenían la culpa la Inquisición y los +Borbones, y después el mal ejercicio del régimen constitucional, que ya +de por sí no era bueno. Con este motivo, se lamentaba de la general +decadencia española, y hasta llegaba a hablarle a Nepomuceno del +probable renacimiento del teatro nacional, si todos hacían lo que a él +le aconsejaba: poner en movimiento los capitales, sacar partido de los +tesoros de la tierra. No sabía Körner que Nepomuceno ignoraba que +hubiéramos tenido en otros siglos un teatro tan admirable; y así, por +este lado, poco habría sacado de él. Pero lo que no hizo en su ánimo la +idea patriótica de contribuir al renacimiento del espíritu nacional, +mediante el movimiento industrial bien dirigido, lo hicieron los ojos, y +más eficazmente las carnes de Marta, que poseían una virtud magnética +sobre los sentidos de Nepomuceno. La primera vez que la vio, en la +primera visita que hizo a Körner, con motivo de enseñarle este ciertos +planos y un presupuesto de una fábrica de productos químicos, gran +proyecto del alemán; la primera vez que la vio, se quedó con la boca +abierta, pasmado, sintiendo en la garganta hormigueos, y en todo su +cuerpo una súbita juventud que no había tenido, propiamente hablando, en +toda su vida. ¡Aquellas eran las carnes que él había soñado!</p> + +<p>Estaban en la escalera (porque Marta le había abierto la puerta), ella +muy mal vestida, desaliñada, pero aún más llamativa y seductora cuantos +menos trapos discretos la cubrían. Nepomuceno la tomó por criada. Subió, +saludó a Körner, y a los pocos minutos, sintiendo absoluta necesidad de +volver a ver a aquella chica, dijo:</p> + +<p>—Si me hiciera usted el favor de mandar servirme un poco de agua....</p> + +<p>El plan de Nepomuceno fue quitarle aquella doméstica a Körner y ponerle +casa...; y aunque fuera casarse con ella. Tenía que ser suya. ¡Qué ojos, +qué carnes!</p> + +<p>Se relamía pensando que iba a verla otra vez, que iba a entrar con un +vaso de agua.</p> + +<p>Pero el agua la trajo una verdadera fregona. Hasta el día siguiente no +supo Nepomuceno que su dulce tormento era Marta en persona; le dio a +Sebastián señas de la divinidad, y... era Marta.</p> + +<p>Una semana después la hija de Körner cantaba al piano una sentimental +canción, un <i>lieder</i> titulado <i>Vergiesmeinicht</i>, «no me olvides», que no era +el de Goëthe, sino mucho más meloso; y al dedicárselo, con la mirada +expresiva y los gestos lánguidos, al administrador de las plateadas +patillas, le dejaba para siempre rendido a sus encantos y le hacía +copartícipe de aquellos sentimientos de <i>sensucht</i>, que él, Nepomuceno, no +sospechaba que existieran. Por aquellos días tuvo D. Juan ocasión de +enterarse de quién era Fausto, y del pacto que había hecho con el +demonio; y adquirió la noción de Margarita, rubia, pobremente vestida, +con los ojos humillados y con un cántaro debajo del brazo, camino de la +fuente. Margarita era su Marta, aquella señorita tan gruesa, tan blanca, +tan fina de cutis y tan espiritual, que le había revelado en pocas horas +un mundo nuevo: el de los amores reconcentrados y poéticos. Él quería +ser Fausto para rejuvenecerse, sin vender el alma al diablo, no por +nada, sino porque el diablo no aceptaría el contrato. Tampoco pensó en +teñirse las patillas, sino en sobredorarlas, es decir, en dejar adivinar +a los Körner que no en vano ni de balde se era ministro de Hacienda en +casa de los Valcárcel años y más años. Tardó poco tiempo el alemán en +comprender el efecto que había producido su hija en el árbitro de las +rentas de Emma; y de una en otra conferencia acerca de la proyectada +fábrica de productos químicos, le fue metiendo en casa. Nepomuceno ya no +podía pasar el día sin su correspondiente sesión de planos y +presupuestos. Körner colocaba en su despacho (pues aunque vivían +interinamente en la ciudad, tenían casa puesta, pero casa que era de la +Empresa de la Montaña); colocaba sobre la mesa de trabajo, hecha de un +gran tablero, unos libros enormes de comercio, llenos de cálculos y +partidas imaginarias, de una especie de novela de contabilidad que él +había imaginado. Nepomuceno, a pesar de sus conocimientos y experiencia +en cuentas complicadas y oscuras, se quedaba sin entender palabra. Al +lado de aquellos libros, que parecían los del coro del Escorial, +extendía Körner sus planos pintados primorosamente en papel tela. Allí +ya tenía algo que admirar Nepomuceno espontáneamente, pues supo que la +misma Marta ayudaba a su padre a trazar aquellas rayas gordas que +parecían el arco iris. Muchas veces la señorita de la casa asistía a las +conferencias de su padre, como en calidad de ayudante, y arrollaba y +desarrollaba planos, y ponía los finísimos dedos sobre los puntos en que +había que estudiar; y con estos y otros motivos, pasaba y repasaba cien +veces junto a Nepomuceno, y le rozaba con sus vestidos, y hasta le hacía +sentir, en ocasiones, por descuido, el peso dulcísimo, pero abrumador, +de su cuerpo: en fin, le mareaba, le enloquecía, y el tío de Emma no +podía vivir ya sin aquellas confidencias económico-técnicas acerca de la +fábrica de productos químicos. Llegó a creerse enamorado del proyecto; +no podía menos de producir montones de oro aquella fábrica, que, sin +salir de los planos, ya le tenía a él la <i>química orgánica</i> en revolución, +y le convertía en minutos las breves horas de aquellas interesantes +explicaciones. Quedaron el alemán y el español en que no faltaba más que +dinero para que el proyecto colosal se pusiera en práctica y marchara +como una seda. Faltaba dinero... pero ya parecería. Entretanto, +Nepomuceno insinuó en el ánimo de padre e hija la necesidad de acoger +con benevolencia la debilidad de corazón que él dejaba entrever +discretamente. Marta, en vez de repugnar la confesión implícita de +aquella pasión, que no sería ella quien la calificase de senil, en vez +de rechazar las veladas galanterías del nuevo amigo de su padre, le daba +a entender con sonatas de música filosófica, reposada y trascendental, +que ella, a pesar de las apariencias, daba poca importancia a lo físico, +despreciaba la acción del tiempo sobre los organismos, y atendía +directamente al elemento eterno del amor, del amor, que nunca es +machucho. En fin, que lo que faltaba era dinero; la fábrica y la pasión +marcharían en perfecta armonía y con toda prosperidad, en cuanto +pareciese el capital que era necesario para su movimiento. A medias +palabras, y hasta por señas, comprendieron los Körner la conveniencia de +tratar, y tratar con la mayor amabilidad posible, a Emma Valcárcel. No +fue ardua empresa la del tío, que se propuso conseguir estas relaciones +justamente en la época en que Emma decretó echarse al mundo y gozar de +su riqueza mermada y de cuanto estuviese en sus manos, sin límites ni +remordimientos. Así, el conocimiento superficial, de mero cumplido, que +ya había de tiempos atrás, por intermedio del primo Sebastián, entre la +Valcárcel y los alemanes, se convirtió fácilmente en amistad asiduamente +cultivada, en una amistad casi íntima, que se iba estrechando, +estrechando, según Emma entraba más y más por los anchos y suaves +senderos de su nueva vida. La Valcárcel, como ya se ha dicho, tenía en +sus planes de venganza respecto del <i>ladrón de su tío</i>, la idea de +corromper a Marta, después de casada con Nepomuceno. Le encontraba ella +muchísima gracia a la ocurrencia. Por eso se prestó gustosa a estrechar +relaciones con los Körner; lo que no podía calcular era que Marta le iba +a entrar por el ojo derecho, y a conquistar su afecto extremoso con la +seducción singularísima de su intimidad mujeril, nerviosa, llena de +novedades, picantes y pegajosas, para la pobre Emma, cuya depravación +natural no había tenido hasta entonces ningún aspecto literario ni +<i>romántico-tudesco</i>. Marta, virgen, era una bacante de pensamiento, y las +mismas lecturas disparatadas y descosidas que le habían enseñado los +recursos y los pintorescos horizontes de la lascivia letrada, le habían +dado un criterio moral de una ductilidad corrompida, caprichosa, +alambicada, y, en el fondo, cínica. Un hombre, por estrechas que fuesen +sus relaciones con la señorita Körner, jamás podría saber el fondo de su +pensamiento y de sus vicios, porque del pudor no le quedaba a ella más +que el instinto del fingimiento y la sinceridad de la defensa material, +hipócrita, contra los ataques del macho; Marta podría acompañar al varón +en los extravíos lúbricos a que él la arrojase, pero siempre le +ocultaría otra clase de corrupciones morales, de depravación ideal que +llevaba ella dentro de sí, y que sólo podría confiar a otra mujer en que +encontrase simpatías de temperamento y de desvaríos sentimentales. Emma +y Marta se entendieron pronto, y a las pocas semanas de tratarse con +frecuencia y confianza, ya se las oía, allá, a lo lejos, en el gabinete +de la Valcárcel, reír a carcajadas, con risas histéricas; y cuando se +presentaban a los hombres, a Nepomuceno, Körner y Bonis, después de +estas alegres confidencias, llenas de secretos y malicias, sonreían con +sonrisas que eran señas y burlas mal disimuladas de los santos varones +que eran incapaces de penetrar los misterios de la amistad retozona y +llena de cuchicheos de la española y la tudesca. Marta hacía alarde de +tener un carácter complicado, que el vulgo no podía comprender; hablaba +mucho de la moral vulgar, por supuesto cuando trataba con personas que +ella creía capaces de entenderla. Su alegría, su afán de jugar, saltar, +levantarse de noche en camisa para dar sustos a las criadas, correr por +la casa y volverse al calor del lecho, palpitante de emoción y +voluptuosidad jaranera, eran un contraste, una <i>antítesis</i>, decía ella, de +su exquisita sensibilidad, del <i>clair de lune</i> que llevaba en el alma. +Bueno, «peor para los necios que no eran capaces de entender estas +contradicciones». Era católica, como su padre, y afectaba haber escogido +la <i>manera</i> devota de las españolas como la fórmula que ella había soñado, +como si su alma hubiese sido española en religión antes de aparecer en +Alemania. Una nota nueva, sin embargo, tenía en su opinión su +religiosidad, la nota <i>artística</i> que no encontraba en la dama española. +Marta, entusiasta de <i>El Genio del Cristianismo</i>, lo entendía a su modo, +lo mezclaba con el romanticismo gótico de sus poetas y novelistas +alemanes, y después, todo junto, lo barnizaba con los cien colorines de +sus aficiones a las artes decorativas y del prurito pictórico. Aunque +enamorada de la música, amaba el color por el color, y daba suma +importancia al azul de la Concepción y al castaño oscuro de Nuestra +Señora del Carmen; hablaba ya de <i>la capilla Sixtina</i>, conversación +inaudita en la España de entonces, y de las maravillas que había ella +visto en Florencia y otras ciudades de Italia, por donde había viajado +con su padre. Lo que no confesaba Marta era que su afición más sincera, +más intensa, consistía en el placer de que le hicieran cosquillas, en +las plantas de los pies particularmente. Debajo de los brazos, en la +espalda, en la garganta, se las habían hecho muchas personas, hombres +inclusive; pero, en cuanto a las plantas de los pies, es claro que sólo +de tarde en tarde conseguía encontrar quien la proporcionase ocasión de +gozar de aquellas delicias: alguna criada con quien había intimado, +alguna amiga aldeana... y ahora Emma, de quien a los dos meses de trato +había conseguido este favor sibarítico, que la Valcárcel, muerta de +risa, otorgó gustosa. Ella también quiso probar aquel extraño placer que +tanto apasionaba a su amiga; pero no le encontró gracia, y además no +podía resistir ni medio segundo la sensación, que la excitaba en balde. +En el alma fue donde se dejó hacer cosquillas Emma por las sutilezas +psicológicas y literarias de su amiga. ¡Qué cosas supo por aquella +mujer! Había en el mundo, sin que lo sospechara Emma, dos clases de +seres, los escogidos y los no escogidos, las almas superiores y las +vulgares. El toque estaba en ser alma escogida, superior; en siéndolo, +¡ancha Castilla!, ya no había <i>moral corriente</i>, vínculos sociales ni +nada; bastaba con guardar las apariencias, evitar el escándalo. El amor +y el arte eran soberanos del mundo espiritual, y el privilegio de la +mujer ideal, superior, consistía en sacar partido del arte para el amor. +La mujer hermosa, sentimental, poética y <i>dilettante</i>, era el premio del +artista, y el placer de premiar al genio el más sublime que Dios había +concedido a sus criaturas. Marta, aún muy joven, había sido novia, en +Sajonia, de un gran músico, un especialista en el órgano; y a un pintor +que imitaba a Rembrandt le había otorgado favores de índole íntima, +familiar, aunque es claro que sin menoscabo de la virginidad <i>material</i>, +que tenía que estar reservada para el <i>filestin</i>, así decía, con quien no +tendría inconveniente en casarse. Porque era necesario ser rica; no por +nada, sino por poder satisfacer las necesidades estéticas, que cuestan +caras, toda vez que en la estética entraría el <i>confort</i>, los muebles de +lujo, de arte, el palco en la ópera, si la hay, etc., etc. Su ideal era +casarse con un hombre ordinario muy rico, y proteger con el dinero de +aquel ser vulgar a los grandes artistas, reservando su amor para uno o +más de estos, porque también era una vulgaridad la constancia +<i>unipersonal</i>. Como Marta leía muchos libros de literatura española +antigua, cosa de moda entre los literatos de su tierra, ponía por modelo +de su teoría a la mujer del <i>Celoso extremeño</i>, que sin cometer, lo que se +llama cometer, adulterio, había dormido abrazada al gallardo Loaisa, sin +pecar sino con el pensamiento. El <i>Celoso extremeño</i> había sido tan noble, +que se había muerto dejando a su esposa toda su fortuna y el encargo de +casarse con su amante; pero como los maridos modernos y de la impura +realidad no eran tan generosos como Carrizales, lo que debía hacer la +mujer superior era sacarle el jugo crematístico al esposo lo más pronto +que pudiese. Todo esto, dicho de muy diferente manera, pero en forma +pedantesca siempre, se iba metiendo por el deseo de Emma, la cual, por +cierto cansancio del organismo y depravación moral, sutil y retorcida, +que era el fondo de su alma, hallaba un sabor superior a toda delicia en +las aventuras en que superaban la malicia y el engaño al placer material +conseguido como resultado de las artimañas. Engañar por engañar era lo +mejor. Sin embargo, reconocía que debía de ser manjar de los dioses el +tener <i>relaciones</i> con un hombre superior, con un artista, por ejemplo, +con un barítono tan guapo y <i>famoso</i> como el celebrado Minghetti. No se lo +negó Marta, quien, confidencia por confidencia, recibió con gusto y con +amplio criterio de benevolencia el secreto de Emma relativo a sus +coqueterías con el barítono de la compañía tronada. En el fondo, la +alemana compadeció a su amiga, pues si bien había ella misma contemplado +sin enojo una y otra vez el buen talle y el calzón ajustado del rey—no +importa cuál—en tal o cual ópera, del rey Minghetti, no veía por dónde +se podía clasificar a tan bien formado cantante en la categoría de los +hombres superiores y verdaderamente artistas. Pero no había que ser +exigente. Ella, es claro que estaba por encima de tales aficiones. Su +prurito, aparte el de las cosquillas, era escribir cartas entusiásticas +y confidenciales a sus autores predilectos; unos le contestaban, otros +no; pero solía mandar su retrato con sus confesiones epistolares, y más +de un escritor se animó, en consideración, a la buena moza que envolvía +aquel espíritu repugnante, a entablar correspondencia; y así tuvo ella +más de dos amores ideales y <i>platónicos</i>... por escrito. Poseía, además, +un álbum de <i>intimidades</i>, ilustrado por muchas firmas desconocidas y +algunas notables, en que se contestaba a las consabidas preguntillas: +¿Cuál es vuestro color predilecto? ¿Y la virtud predilecta? ¿Qué autor +preferís?, etc., etc. A una mujer que sabía, por ejemplo, que a Litz le +gustaban las trufas, y había <i>llorado</i> confidencialmente con las penas +ocultas de un poeta de la <i>Joven Alemania</i>, tenía que parecerle poco +hombre, aunque bien formado, el barítono de la compañía de Mochi.</p> + +<p>El cual, acompañado de Serafina y del barítono, entraba en el salón +cuando acababa de cantar una romanza italiana un aficionado de la +localidad, de oficio relojero, y tenor suprasensible, como le llamaban +los chuscos, porque cuando tenía que subir a las notas más altas +desaparecía su voz, como si la llevasen en globo al quinto cielo, y no +se le oía por más que gesticulaba; parecía estar hablando desde muy +lejos, desde donde podía ser visto, pero no oído. Aún se reía el público +disimuladamente del tenor suprasensible, cuando la atención general tuvo +que volverse a contemplar la hermosura de Serafina, que con la mirada +humilde, exhalando modestia, además de muy buenos y delicados olores, +llegaba, vestida de negro, con gran cola, enseñando los blanquísimos +hombros y las primorosas curvas del seno, al pie de la plataforma, donde +el presidente del Casino la aguardaba para darle el brazo, subir con +ella las dos gradas que la separaban del piano, y dejarla, previa una +gran inclinación de cabeza, junto a Minghetti, que, de frac y corbata de +etiqueta, paseaba los blancos dedos, de uñas sonrosadas, por el +amarillento teclado, haciendo prodigios de elegante habilidad por +aquellas octavas adelante.</p> + +<p>Bonis había desaparecido; poco después hablaba con Mochi en un gabinete +cercano. Nepomuceno y Körner acompañaban a Emma y a Marta, todos +sentados en una de las primeras filas, que siempre quedaban, en casos +tales, para las señoras que venían tarde; porque las que, para su +vergüenza, llegaban temprano, se iban colocando en lo más escondido y +apartado, huyendo, como del diablo, de la proximidad del espectáculo, +como si fuese tomar en él parte el tenerlo muy cerca. No faltaba señora +que confundía a los cantantes con los prestidigitadores que en el mismo +Casino había visto maniobrar, y no quería que le quemasen el pañuelo, ni +aun en broma, ni que le adivinasen la carta que tenía en el pensamiento.</p> + +<p>Emma no había visto nunca tan de cerca a la Gorgheggi, en la que pensaba +tanto de algún tiempo a aquella parte. La admiraba, como a su pesar; la +tenía por una perdida a la alta escuela... y esto mismo la atraía, a +pesar de ciertos asomos de envidia con que iba mezclada la admiración. +Ahora que la tenía a cuatro pasos, y le podía ver los brazos desnudos, y +el talle apretado, y la pechuga, entre velas de esperma, todo al aire; +ahora que podía apreciar sus facciones y sus gestos, y hasta algo oía de +su voz, que parecía que aun hablando cantaba, ahora Emma, con el +pensamiento, la desnudaba más todavía, y le medía el cuerpo, y le +escudriñaba el alma; quería apreciar por la proporción cómo tendría de +gruesas y bien formadas las extremidades invisibles y otras partes de su +cuerpo. Por lo que veía, era muy blanca, y debía de seguir siéndolo; no, +no eran polvos de arroz; era blancura sana, cutis inglés, una verdadera +frescura y una hermosura a prueba de tijeras. Decían que la voz decaía, +pero lo que es la lozanía del cuerpo era bien briosa y bien sólida; no +había allí asomos de decadencia. «¡Lo que habría gozado aquella mujer! +¿Qué les diría a sus queridos?». Emma se acordó del secreto de sus +extrañas expansiones matrimoniales de aquellos últimos tiempos, de aquel +secreto amor material, que le tenía a ratos, allá de noche, entre sueños +y pesadillas, a su bobalicón de Bonis (vergüenza que ni a Marta se +atrevía a confesarle). ¿Les diría a los amantes aquella guapísima +picarona lo que ella le decía a Bonis? Emma se acordó—por primera vez +pensó en ello—, de que tales frases disparatadas ella no las sabía +tiempo atrás, de que era Bonis mismo el que se las había hecho aprender +en aquellas locuras de que jamás hablaban los dos después que amanecía. +¿Sería aquello mismo lo que les decía la cómica a sus queridos? ¿Sería +Bonis uno de tantos? ¿Sería verdad lo que había llegado a sus oídos y lo +que ella había sacado por conjeturas? ¡Parecía imposible! Siendo Bonis +tan majadero, y no disponiendo de un cuarto, ¿cómo le habría querido, ni +siquiera por broma, aquella señorona, quiere decirse, aquella pájara tan +señorona, que parecía una reina? Y sin embargo... podía ser. Había +indicios. Y ¡cosa rara!, ella no sentía celos; sentía un orgullo raro, +pero muy grande, así como si a su marido le hubieran mandado un gran +cordón azul o verde del emperador de la China; o como si Bonis fuese +hermano suyo y se hubiera casado con una princesa rusa... no, no era +así; era otra cosa... muy especial. De repente se acordó de las teorías +de la alemana que tenía al lado, de aquello de que el matrimonio era +convencional y los celos y el honor convencionales, cosas que habían +inventado los hombres para organizar lo que ellos llamaban la sociedad y +el Estado. Si quería ser una mujer superior, y sí quería, porque era muy +divertido, tenía que renunciar a las vulgaridades de las damas de su +pueblo. En Madrid, en París, en Berlín, las grandes señoras sabían que +sus maridos respectivos tenían queridas y no les tiraban los platos a la +cabeza por eso; lo que hacían era tener queridos también. Pero Bonis, el +bobalicón de Bonis, ¿se había atrevido, <i>sin su permiso</i>... y saliendo de +casa a deshora por lo visto, y?... no, lo que es esto, es claro que +había de pagarlo, es claro, fuese verdad o no; eso era harina de otro +costal, y no había alma superior que valiera; Bonis no era alma +superior, y tenía que salirle al pellejo la picardía... y eso que tenía +gracia. No, y bien mirado, ¿por qué no había de querer aquella perdida a +Bonis... en cuanto buen mozo, y rendido, y sano, y servicial? ¿No le +había querido ella también? ¿Sería más una cómica que ella... que iba +haciéndose una mujer superior? Sí, y bien superior: mirándolo bien, lo +había sido toda la vida; lo era sin saberlo; antes de que Marta hubiese +parecido por su casa, ya ella tenía el prurito de no enfadarse por lo +que se enfadan los demás, y había discurrido aquello de no alborotar ni +enfurecerse cuando los demás quisieran ni por lo que los demás lo +esperasen; y ya había discurrido la graciosísima idea de vengarse del +ladrón de Nepomuceno y del tonto de su marido poco a poco, y a su +manera, y a su gusto y dándoles el gran chasco. ¡Vaya si había sido +siempre una mujer especial, superior!</p> + +<p>Serafina, por disposición de Mochi, que quiso halagar los sentimientos +religiosos del concurso, cantó una plegaria a la <i>Virgen</i>, de un maestro +italiano. El público, en cuanto cayó en la cuenta de que se trataba de +ponerse en relación con la Divinidad, dejó de hacer ruido con las sillas +y los cuchicheos, se recogió todo lo que pudo y oyó en silencio, como +dando a entender que él no sólo comprendía la sublimidad de los +misterios dogmáticos, sino también la misteriosa relación de la música +con lo suprasensible. Serafina, que tanto hubiera dado semanas atrás por +haber sido invitada a pedir para los pobres a la puerta de la iglesia, +aprovechaba aquella ocasión para dar prueba de su acendrada +religiosidad, deshaciendo así los rumores que habían corrido de que era +protestante. La verdad es que estaba muy hermosa con aquel aire de +modestia y de piedad recatada, con aquella frente purísima, algo grande, +algo convexa... y, sin embargo, llena de expresión familiar, dulce, y en +aquel momento religiosa; las ondas del cabello claro, sirviendo de marco +vaporoso a la curva suave de aquella frente pura y blanca, eran símbolo +de una idealidad que se perdía en el ensueño poético.</p> + +<p>Bonis, en cuanto oyó la voz de Serafina elevarse en el silencio del +salón, sin pensar en lo que hacía, sin poder remediarlo ni querer +remediarlo, como atraído por un imán, se aproximó al umbral de la puerta +más lejana para escuchar desde allí. La plegaria italiana, sin ser cosa +notable ni muy original, era música buena para aficionados, música de +<i>sentimiento</i>, lenta, suave, nada complicada, de un <i>patos</i> muy tolerable y +sugestivo. «¡Ay—pensó Bonis—, la paz del alma! En otro tiempo, no hace +mucho, yo amaba la pasión, que sólo conocía por los libros. Pero la +paz... la paz del alma, también tiene su poesía. ¡Quién me la diera!, +¡ay, sí!, ¡quién me la diera! Así era, como aquella música: dulce, +tranquila, sentimiento serio, fuerte a su modo, pero mesurado, suave, +amigo de la conciencia satisfecha, amando el amor dentro del orden de la +vida; como se suceden las estaciones sin rebelarse, como corren la noche +y el día uno tras otro, como todo en el mundo obedece a su ley, sin +perder su encanto, su vigor; así amar, siempre amar, bajo la sonrisa de +Dios invisible, que sonríe con el pabellón de los cielos, con el rozarse +de las nubes y el titilar de las estrellas!». «Mi Serafina, mi mujer +según el espíritu, recuerdo de mi madre según la voz; porque tu canto, +sin decir nada de eso, me habla a mí de un hogar tranquilo, ordenado, +que yo no tengo, de una cuna que yo no tengo, a cuyos pies no velo, de +un regazo que perdí, de una niñez que se disipó. ¡Yo no tengo en el +mundo, en rigor, más <i>parientes</i> que esa voz!». ¡Cosa más particular! +Cuando pensaba así, o por el estilo, Bonis, de repente, creyó entender +que el canto religioso de Serafina llegaba a narrar el misterio de la +Anunciación: «Y el ángel del Señor anunció a María...». ¡Disparate +mayor! ¡Pues no se le antojaba a él, a Bonis, que aquella voz le +anunciaba a él, por extraordinaria profecía, que iba a ser... madre; así +como suena, madre, no padre, no; ¡más que eso... madre! La verdad era +que las entrañas se le abrían; que el sentimiento de ternura ideal, +puro, suave, pacífico que le inundaba, se convertía casi en sensación, +que le bajaba camino del estómago, por medio del cuerpo. «¡Esto debe de +ser—pensaba—, en eso que llaman el gran simpático! ¡Y tan <i>simpático</i>! +Dios mío, ¡qué delicias; pero qué extrañas! Estas parecen las delicias +de la concepción. ¡Oh, la música así, como esa, con esa voz, me vuelve +casi loco! Sí, sí, disparatado era todo aquel pensar; pero, ¡cómo +llenaba el alma! Más que el amor mismo, con otra clase de amor nuevo.... +menos egoísta, nada egoísta... ¡qué sabía él!». Tuvo que apoyar la +cabeza en la madera fría del quicio y volverla hacia el gabinete, porque +los ojos se le oscurecían, llenos de lágrimas, y no quería que nadie le +viese llorar. «Bueno sería—pensó mientras se iba serenando—, que ahora +me preguntase Emma, por ejemplo:—¿Por qué lloras, badulaque?—Pues lloro +de amor... nuevo; porque la voz de esa mujer, de mi querida, me anuncia +que voy a ser una especie de virgen madre... es decir, un padre.... +madre; que voy a tener un hijo, legítimo por supuesto, que aunque me le +paras tú, <i>materialmente</i> va a ser <i>todo</i> cosa mía». No, no pensaba él que +el hijo fuese de la querida, eso no; que Serafina perdonase, pero eso +no; de la mujer, de la mujer... pero de cierta manera, sin que la +impureza de las entrañas de Emma manchase al que había de nacer; todo +suyo, de Bonis, de su raza, de los suyos... un hijo suyo y de la <i>voz</i>, +aunque <i>para el mundo</i> le pariese la Valcárcel, como estaba en el orden. +Bonis tenía miedo de ponerse malo con tanto desbarrar, y, sobre todo, +porque se le empezaban a aflojar las piernas, síntoma fatal de todos sus +desfallecimientos. Cesó la música, calló la <i>voz</i>, estallaron los +aplausos, y Bonis cambió de súbito de ideas y sensaciones y de +sentimientos. Volvió a la realidad, y se vio cogido del brazo por +Mochi, que se le llevó, salón adelante, hacia el piano.</p> + +<p>Körner se había puesto en pie, y sus manos, aplaudiendo, sonaban como +batanes; Marta aplaudía también, con gran asombro de las damas +indígenas, que creían privilegio de su sexo la impasibilidad ante el +arte, y hubieran reputado, por unanimidad, indigno de una señora +recatada batir palmas ante una cómica; ni más ni menos que creían una +abdicación del sexo levantarse en visita para saludar o despedir a un +caballero. Emma acabó también por aplaudir, y la Gorgheggi no tardó en +fijar la atención en aquellas dos señoras que tenía tan cerca, y que, +por excepción, unían sus aplausos a los del sexo fuerte. Para Marta y +Körner, la inglesa, por extranjera, tenía algo de compatriota; por +artista la consideraban más digna de respeto y atenciones que las cursis +damas del pueblo, a pesar de todas sus pretensiones y preocupaciones +seculares. Körner se acercó al piano y habló en inglés con Serafina; en +aquella sazón llegaban Mochi y Bonis del brazo junto a la plataforma, y +gracias al carácter expansivo de Minghetti, que medió en el diálogo, y +al reconocimiento de Mochi con respecto a Bonis y todos los suyos, y a +la habilidad políglota de Körner, pronto hablaron todos juntos, con +entusiasmo, mezclándose el inglés, el alemán, el italiano y el español; +y Marta estrechó la mano de la cantante, y esta, con una audacia y una +gentileza que pasmaron a Bonis, oprimió con fuerza y efusión los dedos +flacos de Emma. Bonifacio, al ver unidas por las manos a su mujer y a su +querida, volvió a pensar en los milagros del diablo; y en su cerebro +estalló lo de <i>tigribus agnis</i>, que tantas veces había leído en los +periódicos y en alguna retórica. Indudablemente el tigre era su mujer. +La cual estaba radiante. Para aquella clase de emociones y sucesos había +nacido ella. Sentía un orgullo loco al verse entre aquella gente, +saludada por una mujer tan guapa y tan elegante, con tales muestras de +respeto y deferencia. Serafina la había deslumbrado. Algunas veces había +pensado que había ciertas mujeres, pocas, que tenían un no sé qué, +merced al cual ella sentía así como una disparatada envidia de los +hombres que podían enamorarse de ellas; esas mujeres que ella concebía +que fuesen queridas por los hombres, no eran como la mayor parte, que, +guapas y todo, no comprendía qué encontraban en ellas los varones para +enamorarse. La Gorgheggi era mucho más alta que Emma, y esta, a su lado, +sentía como una protección varonil que la encantaba; además, aquello de +ver de cerca, tan de cerca, lo que estaba hecho para que todo el pueblo +lo mirase y lo admirase de lejos, la envanecía, y satisfacía una extraña +curiosidad; la envanecía más el pensar que a ella sola, a Emma, se +consagraban ahora aquellas sonrisas, aquellas miradas, aquellas +palabras, que eran ordinariamente del dominio público. Por otra parte, +seducción, tal vez mayor para ella, era en Serafina la mujer de vida +irregular, la <i>mujer perdida</i>... pero perdida en grande. La curiosidad +pecaminosa con que ella había mirado siempre a las vulgares mozas del +partido, que se hacía enseñar, aquí se multiplicaba y como que se +ennoblecía; y Emma quería adivinar olfateando, tocando, viendo, oyendo +de cerca la historia íntima de los placeres y aventuras de la mujer +galante y artista. De repente vio, casi con imágenes plásticas, las +ideas de orden, de moral <i>casera</i>, ordinaria, sumidas en una triste y +pálida y desabrida región del espíritu; oscurecidas, arrinconadas, +avergonzadas; las vio, como el guardarropa anticuado y pobre de una dama +de aldea, ridículas; eran como vestidos mal hechos, de colores ajados; +ella misma se los había vestido y sentía vergüenza retrospectiva; sí, +ella, a pesar de su prurito de originalidad, participaba de tantas y +tantas preocupaciones, estaba sumida en la <i>moral casera</i> de aquellas +señoras de pueblo que no aplaudían a los cantantes ni solían tener +queridos. Se le pasó por las mientes la idea de que la Gorgheggi fuera +un gran capitán, un caudillo de <i>amazonas</i> de la moral, de mujeres de +rompe y rasga; y ella iría a su lado como corneta de órdenes, como +abanderado, fiel a sus insignias. Cuando observó la Valcárcel que las +damas del pueblo miraban con extrañeza, casi con espanto, la íntima +conferencia a que se habían entregado ella y su amiga con los cómicos, +se redobló el placer que gozaba. ¡Qué gusto, hacer entre todo el señorío +cursi del pueblo una que era sonada, algo del todo nuevo, inaudito, +asombroso y de todo punto irregular y subversivo!</p> + +<p>Marta, aunque afectando cierta recóndita superioridad al principio, +también estaba encantada, llena de orgullo, sin quererlo, al hablar con +Serafina; pero pronto se sintió deslumbrada y vencida, y sintió en la +actriz una superioridad real que, si no era del género suprasensible de +la que ella, Marta, se atribuía, era mucho más efectiva y susceptible de +ser reconocida. Marta, que hacía alarde de sus conocimientos +lingüísticos hablando inglés, francés, italiano, acabó por seguir a la +Gorgheggi en su empeño de hablar español, para que la entendiese Emma. A +esta consagraba la cómica principalmente su amabilidad, la gracia +irresistible de sus gestos, gorjeos <i>hablados</i>, de su modesta actitud; y +la miraba con ojos muy abiertos, muy brillantes, que chisporroteaban +simpatía, naciente cariño. Y Emma acabó de perder el juicio cuando +Serafina, poniéndose el abanico en la frente, exclamó:</p> + +<p>—¡Ah! ¡Sí, sí! ¡Finalmente!... ¡<i>Eccola qui</i>!... Yo me decía: esta +señora... esta señora de Reyes... yo... la he visto, la he visto, vamos, +de otro modo, en otros días... muy lejos.... Y de repente, ahora, un +gesto, ese gesto de <i>le</i>... <i>sopraciglie</i>... me la pone delante. ¡Oh, sí, +absolutamente la misma! Más que su retrato, ella, ella misma....</p> + +<p>Emma abría la boca sin comprender; Marta, adivinando, ya sentía envidia; +ello iba a ser que Emma se parecía a alguna mujer ilustre....</p> + +<p>Pero la Gorgheggi no acababa de explicarse... y añadió:</p> + +<p>—¡Ah! ¡Mochi y Minghetti!... Venid... venid.... A ver, decidme a quién se +parece esta señora... ¿Quién es... quién es... precisamente lo mismo que +ella?...</p> + +<p>Mochi sonreía, mirando por cumplido a Emma, sin tratar de adivinar el +parecido, como si estuviera en el teatro fingiendo en un diálogo +curiosidad e interés.</p> + +<p>Minghetti dio más solemnidad al caso. Acercó su cara morena y larga, de +levantino, de ojos grandes, azules, húmedos, apasionados y rientes, de +bigote brillante y barba puntiaguda y algo rizada, fina, sedosa, al +rostro de Emma, encendido, casi asustado; fijó la mirada desfachatada y +alegre en los ojos de la dama, y hasta se permitió, para ver mejor, +mover un poco un candelabro del piano, de modo que la luz llenase las +facciones que examinaba como absorto.</p> + +<p>Mochi se dio pronto por vencido. No acertaba. Minghetti decía:</p> + +<p>—Espera, espera; como con la esperanza de evocar una imagen. Emma se +sentía fascinada; por el pronto, Minghetti, así, tan cerca, le olía a +<i>hombre nuevo</i>, y sus ojos, clavados en ella, eran todo una borrachera de +delicias que al tragarse se mascaban.</p> + +<p>Cuando Minghetti se declaró también torpe de memoria, Serafina dijo:</p> + +<p>—¡Oh, qué hombres estos! No recordáis... ¡Ma... la Parini... la +Parini!...</p> + +<p>—¡Oh, sí! ¡La trágica, la gran trágica de <i>Firenze</i>! ¡Exacto, exacto; un +espejo!</p> + +<p>Así exclamó Mochi, que se guardó de decir que no encontraba la +semejanza.</p> + +<p>Minghetti, que jamás había visto a la Parini, gritó:</p> + +<p>—¡Oh, sí, en efecto! La expresión... el gesto... la viveza de la +mirada... y el fuego....</p> + +<p>Y añadió, sonriendo a la Gorgheggi, como diciéndoselo en secreto:</p> + +<p>—Mas... las facciones son <i>aquí</i> más perfectas....</p> + +<p>—¡Ah, sí; eso sí! Más perfectas...—dijo la tiple, que continuó +explicando que era la Parini una ilustre artista florentina, sin rival +entre las trágicas de su tiempo. Aunque Emma no podía dar a la semejanza +que se le encontraba todo el valor que le atribuía la envidia de Marta, +sintió el orgullo en la garganta, se vio cubierta de gloria, y pensó +enseguida:</p> + +<p>«Parece mentira que en este poblachón de mi naturaleza se pueda gozar +tanto como yo gozo en este momento, mirándome en los ojos de este hombre +y oyendo estas cosas que me dicen».</p> + +<p>Interrumpida a poco la conversación para cantar Serafina de nuevo, ahora +un terceto con Mochi y Minghetti, después de la ovación que siguió al +canto, volvió la sabrosa plática, más animada cada vez, aunque en ella +se mezclaron ya algunos señoritos del pueblo de los más audaces y +despreocupados. Emma y Serafina hablaron algunos minutos solas entre las +colgaduras de un balcón, sonriéndose, como acariciándose con ojos y +sonrisas; las vio de lejos Bonis, pasó cerca de ellas, y ni una ni otra +notaron su presencia; volvió a alejarse y a contemplar su obra desde un +rincón.</p> + +<p>¡Juntas! ¡Estaban juntas! ¡Se hablaban, se sonreían, parecían +entenderse!... Se le antojaban un símbolo, el símbolo del pacto absurdo +entre el deber y el pecado, entre la virtud austera y la pasión +seductora... ¡Qué barbaridades pienso esta noche!—se decía Bonis—; y se +puso a figurarse que aquellas mujeres que hablaban como cotorras, y +parecían de acuerdo, y se sonreían, y se entusiasmaban con su diálogo, +se estaban diciendo, ¡qué atrocidad!, cosas por el estilo:</p> + +<p>—«Sí, señora, sí—decía Emma en la <i>hipótesis</i> absurda de su marido—; puede +usted quererle todo lo que guste; comprendo que usted se haya enamorado +de él, y él de usted. Eso no está mal: en Turquía las gastan así, y +pueden ser tan honradas como nosotras las turcas; todo es cuestión de +costumbres, como dice la de Körner: todo es convencional».</p> + +<p>—«Pues sí, señora; le quiero, ¿para qué negarlo?, y él a mí. Pero a +usted también se la estima, a pesar de ese geniazo que dicen que usted +tiene. Se la estima y se la respeta. Ya verá usted qué buenas amigas +hacemos. ¿Por qué no? Usted no sabe lo que son artistas, lo que es vivir +para el arte, y despreciando las pequeñeces de la vida de pueblo y de la +<i>moral corriente</i>. ¡Valiente moral! Todos deben querer a todos: usted a +mí, yo a usted, su marido a las dos, las dos a su marido.... El mundo, la +triste vida <i>finita</i>, no debe ser más que amor, amor con música; todo lo +demás es perder el tiempo...».</p> + +<p>«Aquel diálogo hipotético—se quedó pensando Bonis—, era un disparate, +sí... y con todo... con todo... ¿Por qué no había de ser así? Él había +leído que los antiguos patriarcas tenían varias mujeres, Abraham, <i>sin ir +más lejos</i>...». La idea de Abraham le trajo la de Sara la estéril... su +mujer... «¡Isaac!», le dijo una voz como un estallido en el cerebro.... +Emma era Sara...; Serafina, Agar.... Faltaban Ismael, que era +inverosímil, dadas las costumbres de Serafina, e Isaac... ¡Isaac! ¿Quién +sabía? ¿Por qué le decía el corazón... acuérdate de Sara, ten esperanza? +Dos veces en aquella noche, que él debería consagrar a emociones tan +diferentes, se le llenaba el alma del amor de su Isaac... de su hijo.... +Tenía fiebre no sabía dónde; tal vez estaba volviéndose loco; primero se +comparaba con la Virgen; ahora con Abraham...; y a pesar de tanto +dislate, una esperanza íntima, supersticiosa, se apoderaba de él, le +dominaba.</p> + +<p>Y al volver a mirar el grupo de su mujer y la cómica, a las cuales se +habían agregado ahora Mochi, Marta, Minghetti y Nepomuceno, sintió +Reyes una especie de repugnancia; aquella paz moral que a ratos se +apoderaba de su espíritu, y hasta pudiera decirse de sus entrañas, se le +alarmó en el pecho, en la conciencia; le entró vivísimo deseo de apartar +a su mujer de toda aquella gente; y sin poder dominarse, se acercó al +grupo, y con gesto serio, que contrastaba con la alegría de todos, con +el ambiente de vaga concupiscencia que envolvía al grupo, dijo Bonis con +una energía en el acento que sorprendió a Emma, la única que se hizo +cargo de ello por la novedad de la voz:</p> + +<p>—Señores... y señoras... basta de charla; el público se impacienta, y lo +mejor que pueden hacer estas damas y estos caballeros es comenzar la +segunda parte del programa.... Vale más la música que toda esa +algarabía....</p> + +<p>Todos le miraron entonces. Hablaba en broma seguramente, y, sin embargo, +su gesto y el tono de su voz eran serios, como imponentes.</p> + +<p>Minghetti, inclinándose cómicamente, exclamó:</p> + +<p>—Quien manda, manda.... Obediencia al tirano... al futuro empresario +<i>forse</i>....</p> + +<p>Serafina, dando la espalda a los otros, en un momento que pudo +aprovechar, miró fijamente a su querido, abrió mucho los ojos con +expresión de burla cariñosa, que acabó con una mirada de fuego.</p> + +<p>Bonis tembló un poco por dentro al recibir la mirada, pero se hizo el +desentendido y no sonrió siquiera.</p> + +<p>—¡A cantar, a cantar!—dijo, fingiendo seguir la broma de su papel de +déspota.</p> + +<p>Mochi se inclinó también, y Minghetti, después de una gran reverencia, +se sentó al piano para acompañar el dúo de tenor y tiple con que +empezaba la segunda parte.</p> + +<p>Nepomuceno se sentó junto a Marta, y Bonis muy cerca de su mujer, que +respiraba con fuerza, absorbiendo dicha por boca y narices.</p> + +<p>Y mientras ella, sin pensar en que le tenía allí, devoraba con los ojos +a la tiple y al barítono, Bonis paseaba la mirada triste, seria y +tiernamente curiosa, del rostro pálido, ajado de su esposa, al vientre +que una vez había engañado sus esperanzas; y oyendo, sin comprenderla en +aquel momento, la música romántica del dúo, se dijo entre dientes:</p> + +<p>—No importa...; más vieja era Sara.</p> + + + +<hr style="width: 65%;" /> +<h2><a name="XIII" id="XIII"></a>-XIII-</h2> + + +<p>Terminó el concierto a la una de la madrugada, y como era costumbre en +el pueblo, en vez de disolverse la reunión, se pusieron a bailar los +jóvenes con el mayor ahínco, muy a placer de las señoritas, que sólo +toleraban dos o tres horas de música con la esperanza de estar bailando +otras dos o tres horas. Emma no pensó en retirarse mientras quedase allí +alma viviente. En cuanto a Marta Körner, estaba demasiado ocupada para +pensar en el tiempo. ¡Íbale tanto en perseguir las fieras, es decir, en +la caza mayor a que se había entregado en cuerpo y alma, que ya ni veía +ni oía lo que estaba delante; para ella no había en el mundo más que su +D. Juan Nepomuceno, con sus grandes patillas! Desde antes de terminar el +concierto habían hecho rancho aparte, en un rincón de la sala; y allí +estaba la alemana enseñándole el alma, y un poco, bastante, de la +blanquísima pechuga, al acaramelado mayordomo, futuro administrador de +la fábrica de productos químicos. Körner, aunque muy metido en +conversación con Mochi primero y después con el Gobernador militar y el +Ingeniero jefe de caminos, vigilaba desde lejos, muy satisfecho de la +conducta de su hija. Muy de corazón aplaudió la habilidad y delicadeza +que demostró su digno vástago cuando uno, y dos y tres jóvenes de lo más +distinguido de la sociedad, se acercaron a ella solicitando el favor de +un vals o cosa parecida, y fueron cortés y fríamente despedidos por la +robusta alemana, que no bailaba porque... aquí una disculpa torpemente +zurcida, pero mal compuesta con toda intención. A Nepomuceno había que +ponerle las cosas muy claras; y Marta, aun a riesgo de molestar a los +bailarines, tal vez contenta con molestarlos, porque aquello venía a ser +un anuncio, dejaba ver con gran transparencia el verdadero motivo de los +desaires que se veía obligada a dar; a saber: que era más importante +para ella hablar con Nepomuceno que andar por allí dando saltos y +despertando, el diablo sabría qué apetitos, en aquella juventud lucida y +generalmente colorada, gracias a la mucha sangre.</p> + +<p>Nepomuceno, que a la segunda negativa de Marta, acompañada de una mirada +y una sonrisa de inteligencia para él, acabó de comprender, agradeció +con todas sus entrañas el <i>sacrificio</i> que en su favor se hacía; y se +hubiera derretido de gusto, a no estarlo ya, gracias a la proximidad +<i>vertiginosa</i> de la alemana y a las cosas espirituales y no espirituales +que ella le estaba diciendo; y, sobre todo, gracias a ciertos tropezones +que de vez en cuando, bastante a menudo, daban las rodillas con las +rodillas.</p> + +<p>«¡Qué elocuencia... y qué <i>calor natural despedía</i> aquella mujer!» pensaba +don Juan, aplicando el mismo verbo al calor y a la elocuencia.</p> + +<p>Marta hablaba del ideal, de todos los ideales; pero se las arreglaba de +manera que en su disertación se mezclaban, por vía de incidentes, +descripciones autobiográficas que se referían casi siempre al acto +solemne de mudarse ella de ropa, o a estar en su lecho, medio dormida.... +desvelada.... Ello es que Nepomuceno supo aquella noche, v. gr., que +aquella señorita había leído una cosa que se llamaba la <i>Dramaturgia de +Hamburgo</i>, de Lessing, y que, tanto como el autor del Laoconte, le +gustaban a ella las medias muy ceñidas, atadas sobre las rodillas y de +color gris perla. Lo más tierno fue la historia de las queridas de +Goëthe, tema que tenía muy preocupada a la de Körner desde muchos años +atrás. El noble orgullo de Federica Brion, que no quiso casarse nunca, +porque nadie era digno de la que había sido amada por Wolfgang, lo +pintaba Marta con un calor sólo comparable al que despedían sus propias +rodillas. Nepomuceno, confundiendo las cosas, y hasta las facultades del +alma, se llegó a figurar que los <i>genios</i> alemanes eran unos sátrapas que +se pasaban la vida despreciando a los seres vulgares y manoseando los +mejores bocados del eterno femenino. Cuando llegó lo de <i>las madres</i> del +tantas veces citado Goëthe, Nepo no podía menos de figurarse las tales +<i>madres</i> como unas ubérrimas amas de cría. De todas suertes, y fuera lo +que fuera de Heine y de la <i>Joven Alemania</i>, él estaba que ardía... y a +tanta ciencia y poesía y contacto de piernas, sólo se le ocurría +contestar lo que, sin saberlo él, Nepomuceno, contestaba aquel personaje +de la comedia titulada: «De fuera vendrá...». Quiere decirse, que al tío +mayordomo no se le venía a la boca más que la solemne promesa de futuro, +pero muy próximo matrimonio.</p> + +<p>Emma, siguiendo el ejemplo de algunas otras casadas, que bailaban +también, aceptó unos <i>lanceros</i> a que la invitó el presidente del Casino, +y poco después bailó con Minghetti una polca íntima, género de +desfachatez tolerada que empezaba entonces a <i>hacer furor</i> y no pocos +estragos morales.</p> + +<p>La polca íntima de Minghetti fue para ella una revelación. El barítono, +que no había perdido la pista a la afición que le había demostrado +aquella señora en paseo, en misa, en la calle, por medio de miradas +incendiarias, aquella noche acabó de comprenderlo todo, y formó un plan +de seducción, que le convenía desde muchos puntos de vista. Empezó a +marearla con miradas y lisonjas allí, junto al piano, durante el +concierto; y al atreverse a invitarla nada menos que para bailar una +polca de aquellas condiciones coreográficas, jugó el todo por el todo. +Aceptada la polca, ya sabía él lo que le tocaba hacer; y mientras las +rodillas hablaban el lenguaje de las de Marta Körner, aunque sin +colaboración de los clásicos alemanes, él, allá en sus adentros, se +entregaba a proyectos y cálculos en que había hasta números. Medio en +serio, medio en broma, <i>se declaró</i> a Emma mientras daban vueltas por el +salón; y ella, muerta de risa, muy contenta, nada escandalizada, le +llamaba loco, y se dejaba apretar, como si no lo sintiera, como si su +honra estuviese por encima de toda sospecha y no debiera parar mientes +en aquellos estrujones fortuitos. Le llamaba loco, y embustero, y +bromista; pero cuando, después de la polca, se sentaron juntos, en vez +de incomodarse por la insistencia del cantante, se quedó un poco seria, +suspiró dos o tres veces, como una doncella de labor no comprendida, y +acabó por ofrecer a Minghetti una amistad desinteresada; pura amistad, +pero leal y firme. Entonces el barítono, que no echaba nada en saco +roto, sin dejar el tema de su pasión incandescente, mezcló en las +variaciones del mismo una discretísima narración de los apuros de su +vida económica y la de sus compañeros. A Minghetti, que era un <i>bohemio</i>, +sin saber de tal epíteto, no le daba vergüenza hablar de su pobreza, ni +de las trazas picarescas a que había recurrido muchas veces para salir +de atrancos. Comprendía él que parte del encanto de su persona, +irresistible para muchas mujeres, consistía en su misma vida +desarreglada, de aventurero simpático, generoso, alegre, casi infantil, +pero poco escrupuloso, como no fuera en puntos de galanteo y de +valentía. Enseguida noto que en Emma este elemento de seducción era de +los que producían más efecto; ella misma le confesó que había comenzado +a fijarse en él, y a encontrarle <i>ángel</i>, como dicen los andaluces, la +noche aquella famosa en que había cantado el <i>Barbero</i>... a la fuerza....</p> + +<p>—¡Ah, sí—exclamó él sonriendo—; cuando me cazó la Guardia civil!...</p> + +<p>Y de este incidente, que tanto había dado que hablar en el pueblo meses +atrás, tomó pie para contar su historia y sus penas y apuros a su +manera, como burlándose de sus propios males. Callaba muchas cosas que +juzgaba poco a propósito para hacerle aparecer interesante; pero no +ocultó ciertas maniobras no muy decentes, y osó referirlas, no por amor +a la verdad, sino porque su sentido moral no le decía que era aquello +repugnante e indigno; por fortuna, tampoco Emma sentía delicadezas de +este orden, y en toda treta victoriosa admiraba el arte y olvidaba al +engañado, o sea al tonto.</p> + +<p>La mujer de Bonis escuchaba encantada aquella narración del género +picaresco, en que las picardías venían a estar explicadas y disculpadas +por la viveza de las pasiones y los golpes repetidos de una adversa +fortuna.</p> + +<p>Lo cierto era que la historia del barítono, desfigurada por él en su +narración cuando le convino, podía resumirse en lo siguiente:</p> + +<p>Cayetano Domínguez era natural de Valencia; había asistido en su +infancia a los azares de la miseria, que aspira a convertir en industria +la holganza y no lo consigue, sino con intervalos de negras prisiones y +en perpetua lucha con el Código penal y los agentes de su eficacia. La +cárcel, residencia frecuente de su señor padre, le había enseñado, como +por ensayos repetidos, la triste vida de la orfandad; y cuando al fin el +autor de sus días salió de casa para no volver, porque en una ocasión, +al recobrar la libertad, en vez del hogar, encontró la muerte en una +misteriosa aventura, allá en la Huerta, el pobre Minguillo, que así le +llamaban los demás pillastres de su barrio, al quedarse en el mundo +solo, pues su madre había muerto al darle a luz, tenía un aprendizaje +anulado que le sirvió no poco, de mala suerte, apuros, desvalimiento; y +venía a ser a los doce años todo un hombre, y casi casi todo un pícaro, +por los recursos de su ingenio, el ahínco de su trabajo, cuando tocaban +a trabajar honradamente, y las tretas de su industria, la fuerza de +cinismo, el vigor de los músculos y el desprecio de todas las leyes y +cortapisas morales y jurídicas, que, en su opinión, se habían hecho para +los ricos; porque los pobres no podían con ellas, bajo pena de matarse +de hambre, que era el mayor crimen.</p> + +<p>De las manos de un pariente lejano, que le molía a palos y le llamaba +hijo de tal y de cual, pasó al servicio de la Iglesia con carácter de +monaguillo, y hasta llegó a cantar en el coro de la catedral en +funciones de tiple; y esta época fue, según él, la más santa de su vida, +sin ser perfecta. No hacía él las picardías por hacerlas, sino por el +lucro; de modo que mientras su voz sirvió para el coro, cantó en calidad +de ángel en la catedral, sin hacerse jamás reprender por su pereza o +impericia, pues en el trabajo era asiduo, y su destreza en todo oficio +que emprendía, extremada. Volvió a la calle porque la voz se le mudaba, +que era para el caso como perderla; y con la edad de comenzar las +pasiones a abrir sus yemas, coincidió la mayor pobreza de su vida, por +lo que no fue extraño, o a él no se lo pareció, que por aquellos días +sus expedientes para procurarse el sustento y lo demás que necesita un +mozo suelto y sin escrúpulos, fuesen del todo incompatibles con los +rigores de la ley civil y criminal; sin que esto quisiera decir que +llegase a robar, al menos con violencia; sino que, recordando +tradiciones familiares, inventó industrias alegres y vistosas, como +juegos de feria, con moderada trampa, inocentes chascos, justo castigo +de tontos avarientos y confiados necios, en que el provecho que a él, a +Mingo, le quedaba entre las uñas, era apenas la necesaria retribución de +su trabajo, que hubiera sido exigua cotejada con el riesgo y con el +primor y gracia de las trazas inventadas. De su voz ¡voz traidora!, no +se había vuelto a acordar en mucho tiempo, a no ser para cantar en +tabernas y paseos nocturnos, para solaz de los compañeros del hampa, o +seducción de alguna mozuela, que además habría de pedir otra paga.</p> + +<p>Sus relaciones con la gente de sotana, interrumpidas, pero no rotas, le +presentaron ocasión de ingresar en el seminario en calidad de fámulo, +ocultando, por supuesto, gran parte de sus antecedentes; y como tenía +temporadas, si no de arrepentimiento—pues él no creía que había de +qué—de cansancio, de cierto como relativo <i>misticismo</i> que le pedía a él +la soledad de la vida recogida y largas horas de tiesura hierática, con +un cirio en la mano, o en las oscuridades del coro, y ausencia de malas +compañías, y pan seguro ganado sin industrias prohibidas; por todo ello +se acogió a la <i>soledad</i> del <i>claustro</i>, y fue el más airoso, servicial y +despabilado fámulo de colegio sacerdotal, donde no sabía él que había de +llegar a ser colaborador de verdaderos horrores. Muchos años después, +cuando, ya libre y artista, se creía por sus actos y representación en +el caso de ser muy <i>avanzado</i>, <i>librepensador</i> y cosas por el estilo, +aprovechaba sus recuerdos del seminario como argumento contra las +instituciones religiosas. «¡Lo que son los curitas, díganmelo ustedes a +mí!», solía exclamar; y como no hubiera damas delante, su narración, +probablemente exagerada, ponía espanto verdaderamente, por lo que toca a +determinadas violaciones del orden natural de los instintos.</p> + +<p>De esta clase de aventuras es claro que no le habló a Emma aquella +noche; fue más adelante, cuando su trato llegó a ser más íntimo, cuando +ella supo de esta clase de tormentas porque también había pasado la +juventud pintoresca de su amigo.</p> + +<p>Del seminario salió por una ventana, con un trabuco, pues nada menos +exigían la prisa y el peligro con que acudió a defender la <i>causa del +pueblo</i> en una intentona revolucionaria en que se vio comprometido, +familiar y todo, por culpa de amistades heteróclitas, adquiridas en las +escapatorias frecuentes que de noche emprendía con otros compañeros y +algún seminarista amigo de ir al teatro y a lugares de corrupción más +inmediata. Anduvo por los campos en calidad de sublevado días y días, +hasta que se le rompieron los zapatos y emigró con otra porción de +ilusos, como los llamaba en una alocución el Capitán general de +Valencia. Y tanto corrió, que no paró hasta Italia. Vivió en Turín, en +Roma, en Nápoles, Dios sabe cómo; y ello fue que a España volvió de +corista en una compañía de ópera, hablando italiano, con mucho mundo, y +persuadido de que su vocación era la música y su fuerte la seducción de +mujeres fáciles, y el tentar a todas, fáciles o difíciles.</p> + +<p>En Barcelona llamó su voz la atención de un maestro; se podía sacar +partido de ella enseñándole música, lo que se llama música; se aplicó de +veras al estudio, dejó por algunos años el teatro, vivió de no se sabe +qué recursos, tal vez a costa del amor chocho; y se le vio de posada en +posada, de fonda en fonda, despertando a los huéspedes con <i>gárgaras</i> de +barítono que ensaya la voz y no deja dormir los músculos de una poderosa +garganta. Aquellos gorgoritos de pavo alborotado se los hacía perdonar +siempre a fuerza de gracia, amabilidad y chiste. Era un Tenorio aniñado, +un niño mozo, pueril hasta para enamorarse: se hacía mimar enseguida, y +las mujeres, al quererle, ponían algo de las caricias de madre que todas +ellas tienen dentro.</p> + +<p>A sus queridas les cantaba al oído las óperas enteras, como dándoles +besos con el aliento, que parecía salir perfumado por la melodía. Una +novia suya lo dijo: aquel hombre de tan buen color, tan buenas carnes, +de cutis fresco y esbelto como él solo, esparcía así como un olor, que +seducía, a música italiana. Desde su primera contrata, en Barcelona, se +llamó ya Minghetti, y Gaetano; y cuando volvió de su segundo viaje a +Italia, que duró dos años, casi él mismo se tenía ya por extranjero. En +cuanto a los instintos de tramposo, que en el nuevo oficio no tenían +aplicación inmediata, buscaban expansiones naturales en los tratos y +contratos con los cantantes, sus mujeres, los empresarios y los +huéspedes de las posadas. El lance a que Emma había aludido se refería a +una de estas picardías, de que hubo de ser víctima el buen Mochi. +Habían reñido Julio y Gaetano por cuestión de ochavos, sobre si el +valenciano había cobrado o no, y negaba un recibo; Minghetti escapó de +noche, a pie; Julio se quejó a la autoridad porque el barítono se le iba +con la paga adelantada y le dejaba la Compañía en el aire; la benemérita +se encargó de recomponer el cuarteto; y, en efecto, Minghetti, +resignado, sonriente, como si se hubiera tratado de una broma, se +presentó de nuevo al público, cantando el <i>Barbero</i> con gran malicia; lo +cual le valió una ovación tributada a su graciosa picardía, a su +desenfado simpático y alegre. Aquella noche le conoció Emma, desde el +paraíso, donde oyó la historia de la fuga, comentada con entusiasmo por +el público, siempre dispuesto a perdonar a los tramposos guapos y +graciosos.</p> + +<p>Pocos días después de oír las aventuras del barítono en aquella noche +solemne del baile, Emma ya le había tenido muy cerca, cantándole al +oído, pero sólo en calidad de amigo íntimo, la mayor parte del +repertorio. Lo del piano se llevó a efecto; Minghetti fue maestro de la +Valcárcel, pero es claro que las lecciones se convirtieron a poco en +pura fórmula, un pretexto para que el profesor cantase romanzas, +acompañándose él mismo, mientras la discípula, sentada junto a él, +admirándole, pasaba las hojas, cuando el cantante lo indicaba con la +cabeza. Llegó, sin embargo, Emma a destrozar polcas y chapurrar un vals +que la entusiasmaba. Bonis nada podía oponer, porque las lecciones se +daban con su beneplácito, y además podía observar que su mujer pasaba +algunas horas cada día estudiando solfeo y machacando teclas.</p> + +<p>Lo que iba viento en popa era lo de la fábrica de <i>Productos Químicos</i> y +la reconstitución de la Compañía de ópera con la base del terceto; a +saber: la Gorgheggi, Mochi y Minghetti.</p> + +<p>En la cabeza de Reyes se mezclaban ambas empresas, porque los +interesados en una y otra comían juntos muy a menudo en casa de Emma y +se reunían todas las noches en sus <i>salones</i>, que así quería ella que se +llamasen en adelante, previo el arreglo del mobiliario, derribo de +tabiques y otras composturas, que subieron a una cantidad respetable, +pero no respetada por Nepomuceno, que hizo con ella maravillas de +prestidigitación. Además, había otra cosa, la principal, que enlazaba la +empresa teatral con la fabril, a saber: el capitalista, que, en +resumidas cuentas, venía a ser uno mismo: Emma. En lo del teatro se +admitieron acciones de algunos aficionados de la ciudad; pero estas eran +insignificantes comparadas con las de Emma; de modo que ella venía a ser +el verdadero capitalista, representada, es claro, por Nepomuceno en todo +lo que se refería a la parte económica del negocio, y por Bonis en lo +tocante a entenderse con músicos y cantantes. Bonis a su vez delegaba en +Mochi la dirección <i>técnica</i>, y en rigor cuanto entraba en sus +atribuciones; de suerte que el empresario y director de la Compañía +tronada venía a ser en la nueva Compañía lo mismo que antes había sido, +sin más diferencia que la de no exponerse a perder un cuarto y estar +sólo a las ganancias, si las había, por pocas que hubiera; que a eso +estaba él. Desde la Tiplona acá no se había visto jamás que unos <i>cómicos</i> +permanecieran, por fas o por nefas, tanto tiempo en el pueblo. Casi se +les tomaba por vecinos, y Julio y Gaetano ya discutían en el Casino, +aunque con cierta discreción y medida, todas las candentes cuestiones de +interés local. En cuanto a Serafina, era la gala de los paseos, y los +vecinos la mostraban a los forasteros como una de las maravillas +indígenas.</p> + +<p>También tendía a aclimatarse, y aun con raíces más hondas, la familia +Körner, que quería <i>fincar</i> en aquella ciudad, uniendo su nombre a la +causa de la industria que con tanto calor defendían los periódicos de +intereses morales y materiales de la localidad. Körner hizo un viaje a +Alemania por cuenta de la nueva Sociedad de <i>Productos Químicos</i>, para +traer todas las noticias y encargar todo el material necesario para la +fábrica, cuya construcción y explotación debía de dirigir él mismo. En +cuanto a pagar todos estos gastos, ya se sabía: el mermado caudal de la +abogada Valcárcel corría con todos los desembolsos, o con casi todos; +pues, por disimular, también en este negocio se ofrecieron acciones a +unos cuantos amigos y parientes. Ello fue que el capital de Emma se vio +tan seriamente comprometido en las aventuras químico-industriales, como +diría Körner, que Nepomuceno, autor de semejante desafuero, se creyó +obligado en conciencia, en la poca y mala conciencia que le quedaba, a +exponer a su sobrina con toda claridad, o poco menos, la situación, el +riesgo que se corría.</p> + +<p>—De esta salimos ricos, según todas las probabilidades; mas no he de +ocultarte, amada sobrina, que nuestro dinero, es decir, tu dinero, se +expone a grandes quebrantos, que no son de esperar..., pero que caben en +lo posible.</p> + +<p>Cuando el tío mayordomo hablaba así, Emma estaba medio loca, sin sentido +para nada que no fuesen sus pasiones, sus alegrías, aquella vida +desordenada y de bullicio en que se había metido como en un baño de +delicias. Era tan feliz en aquella corrupción, que le parecía haber +sujetado la rueda de la fortuna; además, Körner, que se había hecho muy +amigo suyo, la había convencido, a fuerza de hablarle de cosas que ella +no podía entender, de que aquel <i>pequeño anticipo</i> de miles de duros daría +por resultado una riqueza verdadera, digna de los grandes señores de +otras tierras, que no contaban, como los de allí, los millones por +reales, sino por pesos fuertes y otras monedas análogas. Ella también +quería ser millonaria de duros, y el corazón y Körner y Minghetti le +decían que lo iba a ser. Ello era una especie de milagro de la ciencia y +la habilidad. «Pero si los alemanes no hicieran milagros de sabiduría, +¿quién los iba a hacer?». Se trataba sencillamente de sacarles a las +algas, que el mar arrojaba a las costas de la provincia en tanta +abundancia, un demonio de materia que tenía mucha utilidad para +infinitas industrias. Mentira le parecía a ella que de cosa tan +repugnante y mal oliente como era el ocle (las algas), que hasta a las +caballerías las hacía espantarse, pudiese salir tanto dinero como se le +prometía; pero, en fin, ya que lo decían los sabios... y Minghetti, +verdad sería. Adelante. Además, a Roma por todo. Si la arruinaban, ¿qué? +Tendría gracia. Ella no estaba segura de no escaparse con el barítono +cualquier día.</p> + +<p>También la parecía imposible, como lo de las algas, que Minghetti +estuviera tan enamorado como le juraba; porque aunque estaba persuadida +de que ella había mejorado mucho, y de que su <i>otoño</i> era muy interesante, +y su <i>jamón</i> suculento y en dulce, al fin él era mucho más joven, y +ella... ella estaba, indudablemente, algo <i>fatigada</i>.</p> + +<p>Entre alemanes e italianos... verdaderos y falsos, se había establecido +una especie de pacto, tácito al principio, después muy explícito, para +protegerse mutuamente. Los de la fábrica, Körner e hija, ayudaban a los +del teatro; los del teatro, Mochi, Minghetti y Gorgheggi, ayudaban a los +de la fábrica. Nepomuceno, interesado en favor de los alemanes, animaba +a Emma a gastar en la empresa de la ópera, porque Marta y su padre se lo +pedían; la Gorgheggi y Mochi trabajaban en el espíritu de Bonis para que +este no quitase a su mujer de la cabeza las fantásticas lontananzas de +opulencia, debidas a la química industrial, que iban metiéndole en el +cerebro el alemán y el tío.</p> + +<p>Y a unos y a otros los seducía, los corrompía, y los juntaba en una +especie de solidaridad del vicio la vida que hacían, <i>poniéndose el mundo +por montera</i>, según la frase predilecta de Emma, y viviendo alegres, +siempre mezclados en conciertos, en jiras campestres, en banquetes a +puerta cerrada. En la casa de la Valcárcel, donde un día habían sido +parásitos los taciturnos parientes de la montaña, de capa y hongo, +ahora, espantadas tales alimañas, vivaqueaban aquellos extranjeros, +aquella sociedad heteróclita, que con pasmo y aun envidia de parte de la +ciudad, vivía como no se solía vivir en aquel pueblo aburrido, con esa +alegría desfachatada, pero atractiva, que los demás miraban desde lejos +murmurando, pero deseándola. Muchos jóvenes de las <i>mejores familias</i>, que +al principio habían cortado sayos a Emma, a Bonis y Marta, ahora +callaban y hasta llegaban a defender a los de Reyes y a sus amigos, +porque algunas sonrisas de la Gorgheggi, insinuaciones provocativas, +aunque <i>espirituales</i> de Marta, y, especialmente, invitaciones para saraos +y banquetes de Emma, los habían convertido. Hubo más; para hacer callar +a muchos, y también instigada por Bonis, que empezaba a hacerse +insoportable con sus moralidades y miedos al qué dirán, Emma se dio arte +para agregar a algunas de sus fiestas, si no a las más íntimas, a dos o +tres familias de lo más distinguido de la capital. Una de ellas era la +de un magistrado andaluz, que tenía dos hijas como dos acuarelas de +pandereta; el padre era unas castañuelas de la sala de lo civil, y sus +retoños, sin madre, se pasaban la vida, inocentes en el fondo, <i>jaleando</i> +la alegría de su papá. Se aburrían mucho en aquel pueblo sucio, frío, +húmedo, y vieron el cielo abierto con la amistad de Emma y compañía. El +magistrado, que era, además, muy embustero, y hablaba de riquezas que él +tenía allá, en la tierra, se embarcó en lo de la fábrica de Productos +Químicos, aunque de tapadillo, y vino a interesarse en unos diez mil +reales, que él multiplicaba añadiendo una porción de ceros a la derecha +cuando hablaba a sus colegas y amigos de su parte en el negocio. Pero no +fue la de Ferraz y sus hijas la adquisición mejor para Emma. Por +mediación de las andaluzas, la Valcárcel tuvo ocasión, y la aprovechó, +de ofrecer un verdadero servicio a las de Silva, tres muchachas llenas +de pergaminos, deudas y figurines. Las deudas y los pergaminos eran +cosas de su papá, pero los figurines, de ellas; no había chicas más +elegantes en el pueblo; eran tres, y cuando paseaban juntas, en posturas +académicas, constante grupo escultórico, recordaban las estampas grandes +de los periódicos de modas. Hacían de un vestido siete, y era un +prodigio el verlas volverlo de arriba abajo, y estirar y encoger +sombreros, y aprovechar para cinco o seis cosechas de la moda las mismas +espigas y los mismos pepinillos y otros vegetales contrahechos, de +prendidos y sombreros. Fuera como fuera, ellas ponían la moda en el +pueblo, y por su nobleza y las arrogantes figuras que ostentaban, +disponían de los novios efímeros por manadas. Mientras el padre bebía +los vientos por fijar la rueda de la fortuna en la sala de juego de la +Oliva, las niñas se multiplicaban, verdaderas buhoneras de sí mismas, +siempre con la mercancía de su hermosura a cuestas por plazas, iglesias, +paseos, bailes y teatro. Pero llegó un luto, y aquí fue ella. Iba a +abrirse el <i>antiguo coliseo</i> con la Compañía de ópera remendada, y las de +Oliva no podrían ir los jueves y domingos a lucir sus gracias, enhiestas +en sus sillones con almohadón, a la orilla del antepecho de su palco, +como grullas tiesas y melancólicas a la margen del mar. El pariente +difunto era un <i>tío segundo</i>; pero era marqués. Si hubiera sido un +cualquiera, las de Silva seguirían vestidas de colorado y tan <i>ubicuas</i> +como siempre; pero el luto de un marqués no podía preterirse sin +profanarse. No había palco posible. Entonces fue cuando Emma pudo ganar +la amistad de aquellas elegantes aristócratas haciéndoles un favor y +matando dos pájaros de un tiro. Como ella venía a ser la <i>empresaria</i>, y +los cantantes eran sus íntimos amigos y personas muy decentes, no habría +inconveniente en presenciar las funciones de ópera entre bastidores. Las +de Ferraz propusieron el expediente a las de Silva, que sin consultarlo +con el papá, con quien no consultaban nada, aceptaron locas de alegría. +No podrían lucirse tanto de telón adentro; pero se divertirían de fijo; +verían cosas muy agradables, muy nuevas, y hasta podrían coquetear con +los cantantes, algunos de los cuales, como Minghetti, eran muy guapos y +simpáticos. Emma se creyó en el deber de no dejar ir solas a aquellas +señoritas al escenario y sus oscuros alrededores, y desde la primera +noche, sin consultarlo tampoco con nadie, las acompañó, y las presentó a +la Gorgheggi, que las ofreció su cuarto para pasar el rato en amable +tertulia durante los entreactos. Marta y las de Ferraz también +asistieron alguna vez al espectáculo, de tapadillo, corriendo y +jugueteando por aquellos pasillos y corredores estrechos y sucios, entre +telones y trampas; pero en general preferían lucirse en el palco de la +Empresa, de Emma, que estaba al lado de la presidencia.</p> + +<p>Es claro que en cuanto se supo que las de Silva iban con la de Reyes a +ver las óperas entre bastidores, se murmuró mucho, y se las compadeció +porque venían a ser huérfanas por completo, teniendo aquel padre que +tenían. ¡Pobrecitas, no han tenido madre cuando más falta les hacía! Y +después de este acto de caridad, se las despedazaba. Pero ellas no +hacían caso. La sociedad de la Gorgheggi las enorgullecía, como a la +Valcárcel, y el respeto con que todos las trataban en el escenario y en +el cuarto de la cantante, también las halagaba mucho. Serafina estaba en +sus glorias, viéndose admirada y considerada por aquellas jóvenes de la +aristocracia, cuyos finos modales y hasta el luto que vestían daban +dignidad y nobleza a su tertulia de los entreactos.</p> + +<p>—¡Soy feliz, Bonifacio, muy feliz... y todo te lo debo a ti! Así decía +la tiple, cogiendo por las muñecas a su amante, atrayéndole a su seno y +besándole con un entusiasmo de agradecimiento, que Reyes estimaba en lo +que valía.</p> + +<p>«Sí, ella era feliz, pensaba; más valía así». También Emma vivía muy +contenta y le trataba a él mejor que antes, y a veces le daba a entender +que le agradecía también la iniciación en aquella nueva vida... <i>del +arte</i>, como llamaban en casa a los trotes en que se habían metido. Todos +eran felices, menos él... a ratos. No estaba satisfecho de los demás, ni +de sí mismo, ni de nadie. Debía serse bueno, y nadie lo era. En el mundo +ya no había gente completamente honrada, y era una lástima. No había con +quién tratar, ni consigo mismo. Se huía; le espantaban, le repugnaban +aquellos soliloquios concienzudos de que en otro tiempo estaba orgulloso +y en que se complacía, hasta el punto de quedarse dormido de gusto al +hacer examen de conciencia. Ahora veía con claridad que, en resumidas +cuentas, él era una mala persona. Pero ¿de qué le valía aquella +severidad con que se trataba a sí mismo a la hora de despertar, con +bilis en el gaznate, si después que se levantaba, y se lavaba, y se +echaba mucha agua en el cogote, resucitaba en él, con el vigor de la +vida, con la fuerza de su otoño viril, sano y fuerte, la concupiscencia +invencible, el afán de gozar, la pereza del pecado convertido en hábito? +Aquello iba mal, muy mal; su casa, la de su mujer, antes era aburrida, +inaguantable, un calabozo, una tiranía; pero ya era peor que todo esto, +era un... <i>burdel</i>, sí, burdel; y se decía a sí mismo: «Aquí todos vienen +a divertirse y a arruinarnos; todos parecemos cómicos y aventureros, +herejes y <i>amontonados</i>». Este <i>amontonados</i> tenía un significado terrible +en los soliloquios de Bonis. Amontonados era... una mezcla de amores +incompatibles, de complacencias escandalosas, de confusiones +abominables. A veces se le figuraba que aquella familiaridad exagerada +de los alemanes, los cómicos, y su mujer, era algo parecida a la <i>cama +redonda</i> de la miseria; podía no haber allí ningún crimen de lesa +honestidad..., pero el peligro existía y las apariencias condenaban a +todos. Marta, que iba a casarse con el tío Nepomuceno, admitía galanteos +subrepticios del primo Sebastián, un cincuentón verde y bien conservado, +que de romántico se había convertido en cínico, por creer que en esto +consistía el progreso. Sebastián, antes tan idealista y poético, ahora +no podía ver una cocinera sin darle un pellizco, y esto lo atribuía a +que estábamos en un <i>siglo positivo</i>. Él, Bonifacio, había tenido que +consentir en que su querida entrase en casa de su mujer, y fueran amigas +y comieran juntas.... Emma, aunque indudablemente honrada, dejaba a +Minghetti acercarse demasiado y hablarle en voz baja. Él no +desconfiaba...; pero, ¿por qué? Tal vez porque su conciencia de culpable +le cerraba los ojos, porque no se atrevía a acusar a nadie...; porque +había perdido el <i>tacto espiritual</i>; porque ya no sabía, entre tanta +falsedad, torpeza y desorden, lo que era bueno y malo; decoro, honor, +delicadeza...; en otro tiempo, cuando él esquilmaba la hacienda de los +Valcárcel, en competencia con D. Nepo; cuando él manchaba el honor de su +casa con un adulterio del género masculino, pero adulterio, en medio de +sus remordimientos encontraba disculpas relativas para su conducta: el +amor y el arte, la pasión sincera, lo explicaban todo. ¡Pero ahora! Una +larga temporada había estado siendo <i>infiel</i> a su pasión; entregado noches +y noches a un absurdo amor extraviado, todo liviandad, amor de los +sentidos locos, que era más repugnante por tener el <i>itálamo nupcial</i> por +teatro de sus extravagantes aventuras; y esto le había abierto los ojos, +y le hacía comprender la miseria espiritual que llevaba dentro de sí, y +que su pasión no era tan grande como había creído, y que, por +consiguiente, no era legítima. Además... y ¡oh dolor!, el arte mismo +tenía sus más y sus menos, y allí no era arte todo lo que relucía. No, +no; no había que engañarse más tiempo a sí mismo; aquello era un burdel, +y él uno de tantos perdidos. Allí no había nada bueno más que aquella +ternura pacífica, suave, seria, callada, que se le despertaba de vez en +cuando, que le hacía aborrecible cuanto le rodeaba y le llevaba a desear +ardientemente, no morirse, porque a la muerte la tenía mucho miedo por +el dolor y la incertidumbre de ultratumba, sino transformarse, +regenerarse. Pensaba en algo así como un injerto de hombre nuevo en el +ya gastado tronco que arrastraba por el mundo tanto tiempo hacía. Aún no +era viejo, y le parecía haber vivido siglos; desde los recuerdos de la +infancia, que se referían a los años de ensueño en que había salido del +limbo de la vida inconsciente, al día de la fecha, ¡qué distancia! +¡Cuánto había sentido! ¡Qué de vueltas había dado a las mismas ideas!</p> + +<p>Y el pobre Bonis se frotaba la frente y toda la cabeza con las manos, +compadecido de aquel cerebro que bullía, que crujía, que pedía reposo, +paz... y la ayuda de fuerzas nuevas.</p> + +<p>Un día encontró Bonis en un libro la palabra <i>avatar</i> y su explicación, y +se dijo:—¡Una cosa así me vendría a mí perfectamente! Otra alma que +entrara en mi cuerpo; una vida nueva, sin los compromisos de la antigua.</p> + +<p>No esperaba milagros. No le gustaban siquiera. El milagro era un +absurdo, algo contra la fría razón, y él quería método, orden, una ley +en todo, ley constante, sin excepción. El milagro era romántico, +revolucionario, violento, y él no estaba ya por el romanticismo, ni por +la violencia, ni por lo extraordinario, ni por la pasión. Sí; había amor +que valía más que el apasionado. Más era: había amor sublime que no era +el amor sensual, por alambicado y platónico que éste quisiera +considerarse.... Amar a la mujer... siempre era amar a la mujer. No, otra +cosa.... Amor de varón a varón, de padre a hijo. ¡Un hijo, un hijo de mi +alma! Ese es el <i>avatar</i> que yo necesito. ¡Un ser que sea yo mismo, pero +empezando de nuevo, fuera de mí, con sangre de mi sangre!</p> + +<p>Y Bonis, llorando al pensar esto, se decía, arrimando la cabeza contra +una pared:</p> + +<p>—Sí, sí; lo de siempre; el anhelo de toda mi vida desde que pude +tenerlo: ¡el hijo!</p> + +<p>Por su espíritu pasó como el halago de una mano de luz que le curaba, +sólo con su contacto, las llagas del corazón. Sintió una emoción de +legítimo contento de sí mismo ante la conciencia clara, evidente, de que +en el fondo de todos sus errores, y dominándolos casi siempre, había +estado latente, pero real, vigoroso, aquel anhelo del hijo, aquel amor +sin mezcla de concupiscencia. En él lo más serio, lo más profundo, más +que el amor al arte, más que el anhelo de la pasión por la pasión, +siempre había sido el amor paternal... frustrado.</p> + +<p>Y siempre lo había deseado lo mismo; su deseo tenía la forma plástica, +constante, fija, de un recuerdo intenso. Siempre era <i>el hijo</i>; varón y +uno solo; su único hijo.</p> + +<p>Una mujer... no podía continuarle a él; él no se concebía femenino en el +ser que heredara su sangre, su espíritu. Tenía que ser hombre. Y uno +solo; porque aquel amor que había de consagrar al hijo tenía que ser +absoluto, sin rival. Amar a varios hijos le parecía a Bonis una +infidelidad respecto del primero. Sin saber lo que hacía, comparaba el +cariño a mucha prole con el politeísmo. <i>Muchos hijos</i> era como <i>muchos +dioses</i>. No, uno solo...; aquel, aquel de que le hablaban las entrañas, +aquel que casi casi le presentaba ante los ojos, en el aire, la +alucinación de sus noches sin sueño.</p> + +<p>¿Y de dónde había de salir su único hijo?... No cabía duda; la ley era +la ley, el orden el orden; no cabían sofismas del pecado: había de salir +del vientre de Emma.</p> + +<p>Pero ¡ay, que él no merecía el hijo! No, no vendría.</p> + +<p>Después de aquella noche del baile, origen de aquel amontonamiento +<i>social</i> en que vivían cómicos, alemanes y gente de su casa, su Emma, el +tío, él mismo; después de aquella noche en que él, si no fuera enemigo +de admitir intervención directa, en sus asuntos, de lo sobrenatural, +hubiera visto la mano de la Providencia, la revelación del destino, +¿había estado a la altura ideal de las grandes cosas que había soñado? +No, de ningún modo. Había vuelto a claudicar; se había dejado arrastrar +con todos los demás a la vida fácil, perezosa, del vicio, y había +llegado a ver con embeleso a su querida en la casa, a la mesa de su +esposa, y había llegado a figurarse legítimas tales abominaciones con +aquella filosofía de los semiborrachos de sobremesa, que en otro tiempo +le parecían inspiraciones poéticas, moral artística, excepcional, +privilegiada. ¡Y él era el mismo que había sentido, oyendo cantar a +Serafina una canción a la Virgen, que en sus entrañas encarnaba un amor +divino! ¡Él, con un misticismo estrambótico, falso, se había comparado, +disparatada pero sinceramente, con la Virgen Madre!</p> + +<p>Y cuántas veces, después, había visto las cosas de otra manera, y había +llegado a pensar: «¡Todo es cuestión de geografía! Si yo fuese turco, +todo esto sería legítimo; pues figurémonos que estamos en otras +<i>latitudes</i>... y longitudes». Más era: en aquel instante en que hacía tan +tristes reflexiones, ¿estaba arrepentido? No. Estaba seguro, porque se +lo decía la conciencia, de que pocas horas más tarde, cuando el cuerpo +estuviese repleto y la fantasía excitada por el vino y el café, y acaso +por la música de Minghetti y Emma, de nuevo sería él aquel Bonifacio +corrompido, complaciente, bien hallado con la especie de amor libre que +se le había metido en casa. Vendría Serafina, y mientras Minghetti y +Emma continuaban sus lecciones interminables, ellos dos, Serafina y él, +en el cenador de la huerta, ¡oh miseria!, ¡oh vergonzoso oprobio!, +serían, como siempre, amantes; amantes de costumbre, sin la disculpa, +aunque de poca fuerza, disculpa al fin, de la ceguedad de la pasión; +amantes por el hábito, por la facilidad, por el pecado mismo....</p> + +<p>¡No, no tendría el hijo! ¡Miserable! ¡No lo merecía! Renunciaba a la +ventura.</p> + +<p>Pero si no la felicidad, podría tener el arrepentimiento verdadero.</p> + +<p>¿Por qué no aspirar a la perfección moral y llegar en este camino adonde +se pudiera?</p> + +<p>Entre todas las grandes cosas que se le habían ocurrido ser en este +mundo, gran escritor, gran capitán (esto pocas veces, sólo de niño), +gran músico, gran artista sobre todo, jamás sus ensueños le habían +conducido del lado de la santidad. Si en otro tiempo se había dicho: ya +que no puedo inventar grandes pasiones, dramas y novelas, hagamos todo +esto, sea yo mismo el <i>héroe</i>, ¿por qué no había de aspirar ahora a un +heroísmo de otro género? ¿No podía ser santo?</p> + +<p>Para artista, para escritor, le faltaba talento, habilidad. Para ser +santo no se necesitaba esto.</p> + +<p>Y el pobre Bonis, que a ratos andaba loco por casa, por calles y paseos +solitarios, buscó la <i>Leyenda de oro</i> en la librería de su suegro, y vio +que, en efecto, había habido muchos santos cortos de alcances, y no por +eso menos visitados por la gracia.</p> + +<p>Sí, eso era; se podía ser un santo sencillo, hasta un santo simple....</p> + +<p><i>Dejarlo todo</i>, ya que no tenía hijo, y seguir... ¿Seguir a quién? ¡Si él +no tenía bastante fe, ni mucho menos! ¡Si dudaba, dudaba mucho, y con un +desorden de ideas que le hacía imposible aclarar sus dudas y volver a +creer a macha-martillo! Aquellos libracos, que había leído con avidez +para hacerse todo lo sabio posible, a fin de preparar la educación del +hijo, le habían producido, <i>en suma</i>, una indigestión intelectual de +negaciones. No era creyente... ni dejaba de serlo. Había cosas en la +Biblia que no se podían tragar. Un día que oyó que los seis días del +Génesis no eran días, sino épocas, aun en pura ortodoxia, sintió un gran +consuelo, como si se le quitara un peso de encima, como si hubiera sido +él quien hubiera inventado lo del mundo hecho en seis días. Pero quedaba +lo del Arca con todas las especies de animales; quedaba la torre de +Babel; quedaba el pecado, que pasaba de padres a hijos, y quedaba Josué +parando el sol..., en vez de parar la tierra. No, no podía ser: él no +podía coger su cruz, porque no era un <i>simple</i> como los de la Edad Media, +sino un simple <i>ilustrado</i>, un simple de café, un simple moderno... ¡Ah, +pero lo que no le faltaba era el sincero anhelo de sacrificio, de +abnegación y caridad!... Hacer disparates para la mayor gloria... de lo +que hubiese allá arriba, le parecía muy puesto en razón, algo como una +música interior. Una noche leyó en la cama un libro que hablaba de un +místico medio loco, italiano, de la Edad Media, a quien llamaban el +juglar de Dios; parecía el payaso de la gloria: lleno del amor de Jesús, +se reía de la Iglesia y daba por hecho que él se condenaría, pero +llevando al infierno su pasión divina, que nadie podía arrancarle: y el +tal Jacopone de Todi, que así le llamaba el vulgo, que se reía de él y +le admiraba, hacía atrocidades ridículas para que su penitencia no fuese +ensalzada, sino objeto de burla; y salía andando con las manos, cabeza +abajo y los pies al aire; y se untaba de aceite todo el cuerpo, desnudo, +y se echaba a rodar sobre un montón de plumas, que se le pegaban al +cuerpo; y de esta facha salía por las calles para que los chiquillos le +corrieran....</p> + +<p>Bonis lloraba de ternura leyendo estas hazañas del clown místico, del +autor de los Laudes, después inmortalizados. Él, Bonis, no era poeta, +pero con la flauta creía poder decir muchas cosas, y hasta convertir +infieles.... Pero el toque estaba en el <i>arranque</i>. Irse por el mundo, +echar a correr, dejarlo todo, y ya que no tenía un hijo, ser un santo de +pueblo, un santo loco, estaba muy puesto en razón; mas ¡ay!, la +conciencia le decía que no se atrevería jamás, no ya a dejarlo todo, +hasta las zapatillas, y tomar su cruz; ni siquiera a dejar a su mujer.... +ni aun a su querida.</p> + + + +<hr style="width: 65%;" /> +<h2><a name="XIV" id="XIV"></a>-XIV-</h2> + + +<p>Grandes acontecimientos vinieron a sacar a Reyes de estas intermitentes +veleidades místicas, que él mismo, en sus horas de sensualismo +racionalista y moderado, calificaba de enfermizas. El infeliz Bonis no +pudo menos de recordar un pasaje muy conocido de <i>La Sonámbula</i>; aquel de:</p> + +<p> +<span style="margin-left: 2.5em;"><i>ah, del tutto ancor non sei</i></span><br /> +<span style="margin-left: 2.5em;"><i>cancellata dal mio cuor</i>,</span><br /> +</p> + +<p>(según él lo cantaba), cuando llegó la hora de despedirse de Serafina +Gorgheggi; la cual, deshecha otra vez la compañía, iba con Mochi +contratada al teatro de la Coruña. Aquella separación había sido una +amenaza continua, la gota amarga de la felicidad en los días y meses de +ciega pasión; después un dolor necesario, y hasta merecido y saludable, +según pensaba el amante, lleno de remordimientos y de planes morales. +Pero al llegar el momento, Bonis sintió que se trataba de toda una +señora operación practicada en carne viva. Con toda franqueza, y +explicándolo todo satisfactoriamente por medio de una intrincada madeja +de sofismas, Reyes reconoció que los afectos naturales, puramente +<i>humanos</i>, eran los más fuertes, los verdaderos, y que él era un místico +de pega, y un romántico y un <i>apasionado</i> de verdad. ¡Ay!, separarse de +Serafina, a pesar de aquella tibieza con que su espíritu la trataba de +algún tiempo a aquella parte, era un dolor verdadero, de aquellos que a +él le horrorizaban, de los que le <i>daban la pereza</i> de <i>padecer</i>. ¡Era tan +molesto tener el ánimo en tensión, necesitar sacar fuerzas de flaqueza +para aguantar los dolores, los reales! Y no había más remedio. Pensar en +tener compañía de ópera más tiempo, era absurdo. Ya todos los +expedientes inventados para retener en el pueblo a Mochi y su discípula +estaban agotados, no podían dar más de sí. Nunca se había visto, ni en +tiempo de la <i>Tiplona</i>, mientras esta fue cantante, que <i>las partes</i> de una +compañía permanecieran un año seguido, y algo más, en la ciudad, fuera +trabajando o en huelga. Lo que se había visto era tal cual corista que +se quedaba allí, casada con uno del pueblo, o ejerciendo un oficio; un +director de orquesta se había hecho vecino para dirigir una banda +municipal...; pero tiples y tenores, nunca habían parado tantos meses: +concluido el trigo, volaban. El fenómeno que ofrecían Serafina, Julio y +Gaetano, era tan admirable como si las golondrinas se hubieran quedado a +pasar un invierno entre nieve. Sólo que de las golondrinas no se hubiera +hecho comidilla para decir que las alimentaban los gorriones, por +ejemplo. Y de la larga estancia de los cómicos, contratados unas +temporadas, otras no, se decían horrores. No por hacer callar a la +maledicencia, de la que nadie se acordaba, a no ser Bonis, sino porque +no había manera decorosa, ni aun medio decorosa, de continuar cubriendo +las apariencias, ni tampoco recursos para seguir manteniendo los grandes +gastos que causaban aquellos restos de la compañía disuelta, se +comprendió la necesidad de que terminase aquel <i>estado de cosas</i>, como le +llamaba Reyes. La empresa había perdido bastante, y sobre la empresa, es +decir, sobre el caudal mermadísimo del abogado Valcárcel, continuaban +cargando, más o menos directamente, las principales <i>partes</i>, a saber: +Mochi, Serafina y Minghetti. Se presentó la ocasión de ganar la vida con +el trabajo, y hubo que aprovecharla, por más que doliera a unos y a +otros la despedida. Quien no transigió fue Emma. Tuvo una encerrona con +su tío y mayordomo, que había sido nombrado vicepresidente de la +Academia de Bellas Artes, agregada a la Sociedad Económica de Amigos del +País, y de aquella conferencia resultó el acuerdo, porque allí todo eran +panes prestados, de que Minghetti continuaría en el pueblo en calidad de +director de la Sección de música en la citada Academia. El sueldo que +pudieron ofrecer los señores socios al barítono no era gran cosa; pero +él se dio por satisfecho, porque además pensaba dar lecciones de piano y +de canto, y con esto y lo otro (y lo otro, así decía la malicia, entre +paréntesis, por lo bajo) podía ir tirando, hasta que se cansara de +aquella vida sedentaria, y se decidiera a admitir una de las muchas +contratas que, según él, se le ofrecían desde el extranjero.</p> + +<p>Serafina dejaba con pena el pueblo, en que había llegado casi a olvidar +que era una actriz y una aventurera, para creerse una dama honrada que +tenía buenas relaciones con la mejor sociedad de una capital de +provincia, y un amante fiel, dulce, manso y guapo. A Bonis le había +llegado a querer de veras, con un cariño que tenía algo de fraternal, +que era a ratos lujuria y que se convertía en pasión de celosa cuando +sospechaba que el tonto de Reyes podía cansarse de ella y querer a otra. +Tiempo hacía que notaba en su queridísimo bobalicón despego disimulado, +distracciones, cierta tendencia a huir de sus intimidades. Al principio +sospechó algo de las extrañas noches de valpurgis matrimonial que tan +preocupado trajeron una temporada a Reyes; después, siguiendo la pista a +los desvíos y distracciones del amante, llegó a comprender que no se +trataba de <i>otros amores</i>, sino de <i>ideas</i> que a él le daban; tal vez iba a +volvérsele definitivamente bobo, y no dejaba de sentir cierto +remordimiento.</p> + +<p>«A este se le ablanda la mollera por culpa mía».</p> + +<p>Más de una vez, en sus ligeras reyertas de amantes antiguos, pacíficos y +fieles, pero cansados, oyó a Bonis hablar de la <i>moral</i> como un obstáculo +a la felicidad de entrambos. Lo que nunca pudo sospechar Serafina fue la +principal <i>idea</i> de Bonis, la del <i>hijo</i>; y esto era lo que en realidad le +apartaba de su querida, del pecado.</p> + +<p>Pero en la noche en que, al arrancar la diligencia de Galicia, Bonis, +subiéndose de un brinco al estribo de la berlina, pudo, a hurtadillas, +dar el último beso a la Gorgheggi, sintió que su pasión no había sido +una mentira <i>artística</i>, porque con aquel beso se despedía de un género de +delicias intensas, inefables, que no podrían volver; con aquel beso se +despedía del último vestigio de la juventud.</p> + +<p>Entre la muchedumbre que había acudido a despedir a los cantantes, se +sintió Bonis, después que desapareció el coche en la oscuridad, muy +solo, abandonado, sumido otra vez en su insignificancia, en el antiguo +menosprecio.</p> + +<p>Delante de él, que volvía solo por la calle sombría adelante, solo entre +la muchedumbre de sus amigos y amigas, distinguió dos bultos que +caminaban muy juntos, cogidos del brazo, según era permitido en aquella +época a las señoritas y a los galanes; eran Marta Körner y Nepomuceno, +que se habían adelantado, huyendo la vigilancia del alemán, que no +gustaba de tales confianzas. La escena de la despedida los había +enternecido y animado; la oscuridad de las calles, alumbradas con +aceite, les daba un incentivo en su misterio, y en el cuchicheo de su +diálogo se sentía el soplo de la pasión... de la pasión carnal de Nepo y +de la pasión de... marido de Marta. Iban absortos en su conversación, +olvidados de los que venían detrás, creyéndose a cien leguas de la +gente, sin pensar en ella; levantaban a veces la voz, Marta +singularmente; y Bonis, sin querer al principio, queriéndolo muy de +veras después, oyó cosas interesantes.</p> + +<p>«Había que hablar cuanto antes a Emma; había que decirle el gran secreto +de aquella pareja: que iban a casarse antes de un mes. Y había que +ajustar cuentas, separar los respectivos capitales, sin perjuicio de +seguir administrando el tío el de la sobrina, hasta que ya no hubiera +cosa digna de mención que administrarle». Estaba perdida; no había hecho +más que ir gastando, derrochando, sin enterarse jamás de que corría a la +ruina completa. Hablarle a ella de hipotecas, era hablarle en griego. +«Pues hipoteque usted», decía, sin más idea de la hipoteca que la de ser +un modo de sacar ella el dinero necesario para sus locuras, cuanto +antes.</p> + +<p>—Mire usted—decía el tío a Marta (pues el <i>tú</i> lo dejaba para después de +la boda)—; es una mujer que no tiene idea clara de lo que significa el +tanto por ciento, y cuando le hablan de un interés muy subido, le suena +lo mismo que si le hablan de un interés despreciable; para ella no hay +más que el dinero que le den por lo pronto; parece así... como que se +figura que roba a los usureros, a quienes toma dinero al sabe Dios +cuántos. Para aliviar estos males, he llegado yo mismo a ser el único +<i>judío</i> para mi sobrina; yo soy, yo, quien, sin saberlo ella, porque ni lo +pregunta, le facilito cantidades a un módico interés.</p> + +<p>Marta oía a Nepo con más placer que si le fuera recitando la <i>primavera +temprana</i> de Goëthe.</p> + +<p>—¿De modo... que ellos van a arruinarse?</p> + +<p>—Sí; ya no tiene remedio.</p> + +<p>—La culpa es suya.</p> + +<p>—Suya.... Empezó él... siguió ella... después los dos...; después todo el +mundo.... Usted lo ha visto: aquella casa es un hospicio; los cómicos nos +han comido un mayorazgo..., y como la fábrica va mal....</p> + +<p>—¡Oh!, pero eso no hay que decirlo por ahí...</p> + +<p>—No; es claro....</p> + +<p>—Papá espera levantar el negocio; sus corresponsales le ofrecen mercados +nuevos, salidas seguras....</p> + +<p>—Sí, sí; es claro..., pero ya será tarde para los de Reyes; nuestro +esfuerzo, el que haremos con nuestro propio capital.... Marta, con el +nuestro, ¿entiende usted?, sacará la fábrica a flote...; pero ya será +tarde para ellos. Nuestro porvenir está en la pólvora....</p> + +<p>Marta apretó el brazo de Nepo, y lo que siguieron hablando ya no pudo +oírlo Bonis.</p> + +<p>Se quedó atrás; entró el último en su casa, adonde volvieron muchos de +los que habían ido a despedir a la Gorgheggi y a Mochi, pues de allí +había partido la comitiva. Serafina había ido al coche desde la casa de +Emma, porque ésta no podía salir aquella noche; se sentía mal, y se +habían despedido en el gabinete de la Valcárcel.</p> + +<p>Bonis se detuvo en el portal, cuando ya todos estaban arriba. ¡Qué +ruido! ¡Qué algazara! ¡Lo de siempre! Ya nadie se acordaba de los que se +alejaban carretera arriba; como si tal cosa. Arrastraban sillas, sonaba +el piano y después el taconeo de los danzantes. Bailaban.</p> + +<p>«¡Y todo esto lo he traído yo! ¡Y bailan sobre las <i>ruinas</i>! ¡<i>Los Reyes</i> se +arruinan; la casa Valcárcel truena... y el último ochavo lo gastan +alegremente entre todos estos pillos y viciosos que he metido yo en +casa!».</p> + +<p>«¡Empezó él!, decía ese tunante. ¡Y tiene razón! Yo empecé, y aún debo, +aún debo... lo robado. Y todo lo demás que vino después, la empresa +teatral..., la fábrica..., los banquetes, las jiras, los saraos..., los +préstamos a esos hambrientos y chupones..., por culpa mía, por mi +pasión..., que ya se extinguía, por miedo a echar cuentas, por miedo de +que se descubriese mi <i>adulterio</i>; sí, adulterio, así se llama... yo lo +toleré... lo procuré todo.... Todo es culpa mía, y l peor es lo que dice +el tío: Empezó él».</p> + +<p>Y Bonis, sin pasar del portal, mal alumbrado por un farol de aceite, se +cogía la cabeza con las manos.</p> + +<p>No se determinaba a subir. Le daba asco su casa con aquella chusma +dentro.</p> + +<p>«¡Si fuera para barrerlos! Y a mí con ellos... a todos..., a todos....</p> + +<p>»¿Cómo seguir con aquella vida, ahora sobre todo, que ni el placer, ni +el pecado, le arrastraba a ella?</p> + +<p>»¡Egoísta! Como se fue tu pareja, <i>moralizas</i> contra los demás.</p> + +<p>»Pero, ¿y la ruina? Cuando ese la anuncia, segura será... ¡Seremos +pobres! Por mí... casi me alegro...; pero es horrible... porque es por +culpa mía».</p> + +<p>Cesó de repente el ruido del baile, que sonaba sordo y continuo sobre su +cabeza; después se oyeron muchos pasos precipitados en una misma +dirección..., hacia el gabinete de Emma.</p> + +<p>—¿Qué pasa?—se dijo asustado Bonis. Pensó de repente, como antaño—: Emma +se ha puesto mala, y me va a echar la culpa. Se dirigió hacia la +escalera, cuya puerta abrieron con estrépito desde dentro; bajando de +dos en dos los peldaños, venían dos bultos: el primo Sebastián y +Minghetti, que atropellaron a Bonis.</p> + +<p>—¿Qué hay? ¿Qué sucede?—gritó, recogiendo del suelo el sombrero, el que +debía ser amo de la casa.</p> + +<p>—¡Arriba, hombre, arriba! ¡Siempre en Babia! Emma así..., y tú fuera....</p> + +<p>Esta frase del primo Sebastián le supo a Bonis a todo un tratado de +arqueología; era del repertorio de las antigüedades clásicas de su +servidumbre doméstica.</p> + +<p>—Pero... ¿qué hay? ¿Qué tiene Emma?</p> + +<p>—Está mala..., un síncope..., jaqueca fuerte...—dijo Minghetti—. Vamos +corriendo a buscar a D. Basilio; le llama a gritos.</p> + +<p>—Sube, hombre; corre; te llama a ti también; nunca la vi así... Esto es +grave.... Sube, sube....</p> + +<p>Y se lanzaron a la calle los dos emisarios, rivalizando en premura y +celo.</p> + +<p>—Usted, al Casino; yo, a su casa—dijo Sebastián—; y cada cual echó a +correr: uno, calle arriba; otro, calle abajo.</p> + +<p>Bonis entró temblando, como en otro tiempo. «¿Qué sería? ¿Volverían los +días horrorosos de la fiera enferma? ¡Comparados con ellos los +presentes, de <i>relajamiento moral</i>, le parecían ahora flores! Y en +adelante, ¿qué armas tendría para la lucha? Ya no creía en la pasión, +aunque tanto le estaban doliendo aquella noche sus últimas raíces; ya no +creía apenas en el ideal, en el arte...; todo era un engaño, tentación +del pecado.... Sí: volvía su esclavitud, su afrenta, aquella vida de +perro atado al pie de la cama de una loca; él ya no tendría fuerza para +resistir; con un <i>ideal</i>, con una <i>pasión</i>, lo sufría todo; sin eso... nada. +Se moriría.... La enfermedad otra vez... y ahora, con la pobreza, acaso, +de seguro... ¡Qué horror!... ¡Oh! No; escaparía».</p> + +<p>Entró, pasillo adelante; todo era confusión en la casa. Las de Ferraz y +una de las de Silva corrían de un lado a otro, daban órdenes +contradictorias a los criados; en el gabinete de Emma, Marta y Körner +junto al lecho, parecían estatuas de mausoleo.</p> + +<p>—¡Duerme!—dijo con solemnidad el padre.</p> + +<p>—¡Silencio!—exclamó la hija, con un dedo sobre los labios.</p> + +<p>—Pero, ¿qué ha sido?</p> + +<p>—¡Pchs! Silencio.</p> + +<p>—Pero (más bajo y acercándose); pero... yo quiero saber... ¿y el tío? +¿Dónde está el tío?</p> + +<p>—Se está mudando—contestó Marta en voz baja, de esas que son silbidos, +más molestos que los gritos.</p> + +<p>Reyes notó el olor de un antiespasmódico; olor de tormenta para los +recuerdos de sus sentidos. También había cierto hedor nauseabundo.</p> + +<p>Se aproximó más a la cama; a los pies estaba amontonada ropa blanca, de +que se había despojado Emma después de metida entre sábanas, según su +costumbre. También ahora los recuerdos de los sentidos le hablaron a +Bonis de tristezas, y tras rápida reflexión, se sintió alarmado.</p> + +<p>—Pero, ¿qué ha sido?—preguntó sin bajar la voz lo suficiente, +olvidándose del sueño de su esposa, pensando cosas muy extrañas.</p> + +<p>—No grite usted, hombre—dijo la alemana muy severamente.</p> + +<p>Bonis acercó el rostro al de su mujer.</p> + +<p>—Duerme—dijo Körner.</p> + +<p>—¡Dios lo sabe!—pensó Bonis.</p> + +<p>Emma, pálida, desencajada, desgreñada, con diez años, de los que había +sabido quitarse de encima, otra vez sobre las fatigadas facciones, abrió +los ojos, y lo primero que hizo con ellos fue lanzar un rayo de odio y +otro de espanto sobre el atribulado esposo.</p> + +<p>—¿Qué ha sido, hija mía, qué ha sido?</p> + +<p>Quiso hablar la enferma, y, al parecer, hasta pronunciar un discurso, +porque procuró incorporarse, y extendió los brazos; pero el esfuerzo le +produjo náuseas, y Bonis, sin tiempo para retirarse un poco, corrió la +misma borrasca de que se estaba secando el tío.</p> + +<p>Körner, discretamente, retrocedió un paso. Marta se colgó de la +campanilla en son de pedir socorro, porque no era ella hembra que +descendiese a ciertos pormenores al lado de los enfermos. El estómago, +decía ella, no es nuestro esclavo; antes bien, nos esclaviza.</p> + +<p>Acudieron las de Ferraz, y luego Eufemia con agua, arena, toalla y +cuanto fue del caso. A Bonis se le hizo comprender que apestaba, y +corrió a mudarse.</p> + +<p>Cuando volvió al cuarto de su mujer, vio en la sala al tío, a Körner, a +Marta, a las de Ferraz, a la de Silva, a Minghetti y a Sebastián.</p> + +<p>—¿Está mejor, está sola?</p> + +<p>Sebastián respondió casi de limosna:</p> + +<p>—No: está con ella D. Basilio.</p> + +<p>Antes de decidirse a entrar en el gabinete, Bonis consultó con la mirada +al concurso. Vio algo extraño en ellos: parecían menos alarmados y como +llenos de curiosidad maliciosa. Había allí sorpresa, incertidumbre, no +susto ni temor a un peligro.</p> + +<p>—¿Pasa algo? ¿Qué pasa?—preguntó anhelante, con la cara de lástima que +ponía cuando acudía en vano a implorar sentimientos tiernos, de caridad, +en sus semejantes.</p> + +<p>—Hombre, usted puede entrar—dijo Körner—; al fin es el marido.</p> + +<p>Bonis entró. D. Basilio, correcto en el vestir, como siempre, de color +de manteca el gabán entallado; sonriente; de expresión espiritual boca y +mirada, dejaba pasar una tormenta de espanto y rebeldía contra los +designios de la naturaleza a que se entregaba Emma, que se apretaba la +cabeza desgreñada con las manos crispadas, y llamaba a Dios de tú y con +un tono que parecía de injuria.</p> + +<p>—¡Dios mío! ¿Qué es esto?—preguntó Bonis espantado, con las manos en +cruz, frente al médico.</p> + +<p>—Pues, nada; que su mujer de usted... está nerviosísima, y ha tomado a +mal una noticia que yo creí que la llenaría de satisfacción y legítimo +orgullo....</p> + +<p>—¡Calle usted, Aguado! ¡No se burle de mí! ¡No estoy para bromas! ¡Dios +mío! ¡Qué va a ser de mí! ¡Qué atrocidad! ¡Qué barbaridad! ¡Qué va a ser +de mí!... ¡Dios de Dios! Y a estas horas... yo me voy a morir... de +fijo... de fijo... me lo da el corazón. ¡Yo no paro, no paro, no +paro!...</p> + +<p>—¿Delira?—gritó Bonis con horror.</p> + +<p>—¿Por qué?</p> + +<p>—Como dice... que no para... no para....</p> + +<p>—No; no dice eso—y D. Basilio se interrumpió para reír con toda +sinceridad—. Lo que dice es que no pare, no pare.... Pero ya verá usted +cómo en su día, aún lejano, damos a luz un robusto infante.</p> + +<p>—¡Alma mía!—exclamó Reyes comprendiendo de repente, más que por las +señas que tenía delante, por una <i>voz de la conciencia</i> que le gritó en el +cerebro: «Se fue <i>ella</i>, y viene <i>él</i>; no quería venir hasta hallar solo tu +corazón para ocuparlo entero. Se fue la <i>pasión</i> y viene el <i>hijo</i>».</p> + +<p>Se lanzó a estrechar en sus brazos la cabeza de su esposa; pero esta le +recibió con los puños, que, rechazándole con fuerza, le hicieron perder +el equilibrio y casi caer sobre don Basilio.</p> + +<p>—¡Nerviosa, nerviosísima!—dijo el médico, disimulando el dolor de un +callo que le había pisado aquel calzonazos.</p> + +<p>Empezaron las explicaciones.</p> + +<p>Emma, con verdadero pánico, se agarraba, como un náufrago a una tabla, a +la esperanza de que aquello era imposible.</p> + +<p>Aguado, con estadísticas que no necesitaba ir a buscar fuera de su +clientela, demostraba que <i>imposibles</i> de aquella clase le habían hecho +pasar a él muchas noches en claro. Y sin ir más lejos, citaba a la de +Fulano y a la de Mengano, que se habían descolgado con una criatura +después de años y años de esterilidad, en rigor aparente. «¡Oh, los +misterios de la naturaleza!».</p> + +<p>«Pero, ¿no la habían asegurado a ella, tantos años hacía, cuando el mal +parto, cuando quedó medio muerta, con las entrañas hechas una lástima, +que ya no pariría nunca, que aquello se había acabado, que no sé qué de +la matriz?».</p> + +<p>—Sí habrán dicho, señora; pero <i>in illo tempore</i> yo no tenía el honor de +contar a usted en el número de mis clientes. Hay quien es un gran +comadrón y un grandísimo ignorante en obstetricia y tocología, y toda +clase de <i>logías</i>... divinas y humanas.</p> + +<p>Mientras Emma proseguía en sus lamentos, gritos y protestas, jurando y +perjurando que estaba dispuesta a no parir, que aquello era una +sentencia de muerte disfrazada, que a buena hora mangas verdes, y cosas +por el estilo, Aguado se volvió a Bonis para explicarle lo que había +pasado allí.</p> + +<p>En cuanto se había acercado a la enferma había visto síntomas extraños +que nada tenían que ver con sus habituales crisis nerviosas; se había +enterado de pormenores íntimos, aunque con gran dificultad por el horror +que tenía Emma a todos los cálculos, previsiones y recuerdos +aritméticos, no sólo a las cuentas del tío; y entre estas noticias y lo +que tenía presente, y ciertas inspecciones y contactos, había sacado en +consecuencia que aquella señora, como tantas otras, al cabo de los años +mil volvía por los fueros de la maternidad, abandonados mucho tiempo. +Habló mucho de matrices y de placentas, pero mucho más de la misteriosa +marcha de la Naturaleza <i>a través</i>, y permítaseme el galicismo—dijo +Aguado, que era purista en lo que se le alcanzaba—, a través de los +fenómenos fisiológicos de todos órdenes. Indudablemente, y no lo decía +por alabarse, él no había esperado menos del régimen homeopático e +higiénico a que había sometido a su cliente: sin aquellos glóbulos, y +más particularmente sin la influencia físico-moral de los buenos +alimentos, de los paseos y, sobre todo, de las distracciones, aquel +organismo hubiera continuado viviendo una vida valetudinaria, sin +esperanza, ni remota, de tener fuerzas sobrantes suficientes para sacar +de ellas una nueva vida, un <i>alter ego</i>. No cabía duda que Aguado insistía +en querer deslumbrar a Bonis, pues no solía el médico de las damas ser +tan pedantescamente redicho.</p> + +<p>De todas suertes, Reyes tenía que contenerse para no abrazar al doctor; +creía disparatadamente que el estar su mujer embarazada o no dependía de +aquella discusión entre el médico y Emma; si Emma quedaba encima en la +disputa, ¡adiós hijo!; si el médico decía la última palabra, parto +seguro.</p> + +<p>Como no había por qué ocultar la cosa, no se ocultó; los de la sala +supieron enseguida el pronóstico, nada reservado, de D. Basilio. Hubo +gritos de alegría, de sorpresa sobre todo, algunos de malicia; bromas, +jarana y pretexto para seguir divirtiéndose y alborotando: Emma +continuaba protestando; se sentía mejor, era verdad, después de haber +desahogado por completo, pero el susto, al cambiar de especie, había +empeorado; no estaba enferma, como había temido, pero estaba en <i>estado +interesante</i>, y esto era horroroso. Y como no le hacían caso, y se reían +de ella y hasta la dejaban sola, para correr por la casa y refrescar y +tocar el piano y cantar, toda vez que ella misma confesaba que no le +dolía nada, se tiraba la dama encinta de los pelos, insultaba medio en +broma, medio en veras, a sus amigas y amigos llamándolos verdugos, y +proponiéndoles que pariesen por ella y que verían.</p> + +<p>Seguía negando su estado, como si fuese asunto de honor, como pudiera +negarlo Marta si se viera en una por el estilo; pero negaba no por +convicción, sino por engañarse a sí misma. Por lo demás, bien comprendía +ahora, después de oír a D. Basilio y de contestar a sus sabias +preguntas, que había estado ciega, que ella misma debía haber +comprendido mucho tiempo hacía de qué se trataba al notar cosas extrañas +en su vida íntima.</p> + +<p>Bonis, que había procurado quedarse con su mujer mientras los demás, +despedido D. Basilio, corrían al comedor, donde les aguardaba el +refresco, tuvo que dejarla sola porque le echó de su presencia a cajas +destempladas. Desapareció Reyes, y los convidados quedaron por dueños de +la casa, pues D. Juan Nepomuceno había salido también cuando el médico.</p> + +<p>En el comedor se acentuó el carácter burlesco de las bromas con que se +recibió el inesperado suceso. Se hacían cálculos respecto de la mayor o +menor proximidad del alumbramiento, suponiendo que las cosas fueran por +sus pasos contados a un feliz desenlace. Las hipótesis respecto de las +causas probables de tamaño lance abundaban, se entrelazaban, se +mezclaban, llegaban al absurdo y siempre acababan apoyándose en ejemplos +de casos semejantes y de otros mucho más extremados. Körner demostró +gran erudición en el particular; pero se preferían como mejor +testimonio, más digno de crédito, las cosas más recientes y de la +localidad. No le hubiera hecho gracia a Emma oír que se la comparaba con +damas parturientas de sesenta años, y que se citaba, como ejemplo de +belleza conservada milagrosamente, a Ninon de Lenclos, de quien nunca +había oído ni el nombre la señorita de Silva. ¡Lo que sabía aquella +Marta, que fue la que llevó la conversación de la tocología a la +estética, para poder ella lucir sus conocimientos sin menoscabo de su +decoro y prerrogativas de virgen pudorosa e ignorante en obstetricia! +Ella, tan avispada, en esto de fingir inocencia tenía tan mal tacto, que +llegaba a ridículas exageraciones; y así fue que aquella noche, por +rivalizar con el candor de las de Ferraz, a las primeras noticias del +feliz suceso que se preparaba estuvo inclinada a dar a entender que, a +su juicio, los recién nacidos venían de París; pero la de Silva, la +menor, con verdadera inocencia, dejó comprender todo lo que ella sabía +respecto del asunto, que era bastante; y Marta tuvo tiempo para recoger +velas y abstenerse de ridículas leyendas filogénicas y ontogénicas, como +hubiera dicho ella si no estuviera mal visto.</p> + +<p>En lo que estaban todos conformes era en lo que ya había afirmado el +médico, a saber: que la principal causa de aquella restauración de las +entrañas de Emma y de sus facultades de madre se debían a la nueva vida +que llevaba de algún tiempo a aquella parte, a las distracciones, a las +expansiones. Consultado Minghetti sobre el particular, daba señales de +asentimiento con la cabeza, y seguía comiendo pasteles. Los comensales +le miraban a hurtadillas, y los más perspicaces notaban en él un aire +que Körner, hablando bajo con Sebastián, llamó en francés <i>gené</i>; con lo +cual Sebastián se quedó a oscuras.</p> + +<p>Volvió Nepomuceno cuando se levantaban de la mesa; se despidieron todos +de Emma, repitiendo las bromas, recomendándole tales y cuales +precauciones Körner, y aun Sebastián, que tenía una experiencia que no +se explicaban las chicas de Ferraz en un solterón; y todas las vírgenes, +Marta inclusive, se ofrecieron de allí para en adelante a servir a la +amiga enferma, de enfermedad conocida, en todo lo que fuera compatible +con el estado a que todas ellas todavía pertenecían.</p> + +<p>Emma rabiaba, azotaba el aire; y aumentaba su cólera porque no podía +explicar a las muchachas, decorosamente, los argumentos con que todavía +seguía oponiéndose a la sentencia facultativa. Bajando por la escalera, +unas opinaban que el furor de la Valcárcel era fingido, que bien +satisfecha estaba con el descubrimiento; otras pensaban, más en lo +cierto, que si algo halagaba esta potencialidad a Emma, no le daban +lugar a satisfacciones el terror del parto, el asco y la repugnancia a +los menesteres de la maternidad después del alumbramiento.</p> + +<p>—Y además—decía una de Ferraz a la de Silva—, ¿no ha visto usted qué +cara se le ha puesto sólo con los preparativos esos y con el susto?</p> + +<p>—Sí, parecía un cadáver....</p> + +<p>—Lo que parecía era una cincuentona.</p> + +<p>—Poco le falta.</p> + +<p>—No, mujer, no exageres. Lo que era que... como se le había caído la +pintura....</p> + +<p>—Diez años más se le echaron encima.</p> + +<p>—Eso sí.</p> + +<p>Y todas ellas callaron de repente, ya en la calle, pensando por +unanimidad en Minghetti y en la cara de pocos amigos que había puesto en +el cuarto de la otra. Sebastián fue a acompañar a los de Körner hasta su +casa. Nepomuceno había tenido que quedarse porque el alemán era muy +delicado, ahora que se aproximaba la boda, en materias del qué dirán, y +no gustaba de que a tales horas pudieran encontrar por las calles +oscuras a su hija acompañada de su prometido, aunque Körner fuera con +ellos. Aseguraba que para Alemania era buena la costumbre de dejar a los +novios andar juntos y solos por cualquier parte, pero que en países +meridionales toda precaución era poca. Por lo visto, temía los ardores +del buen Nepomuceno.</p> + +<p>Pero ¿y Reyes?, preguntaban los amigos de la casa al separarse. ¿Dónde +se habrá metido? En el cuarto de Emma no quedaba.</p> + +<p>Bonis se había encerrado en su alcoba, ya que su mujer rechazaba +enérgicamente las expansiones del futuro padre, que hubiera deseado +vivamente saborear en santo amor y compaña de su esposa las delicias de +la inesperada y bien venida noticia que acababa de darles D. Basilio.</p> + +<p>A falta de su mujer, Bonis se contentó con su humilde lecho de <i>soltero</i>, +en aquella alcoba suya, testigo de tantos pensamientos, de tantos +sueños, de tantos remordimientos, de tantas penas y humillaciones +devoradas entre sollozos. Su cama era su confidente, su mejor amigo; no +el tálamo nupcial, el del cuarto de su mujer, no; aquellas pobres tablas +de nogal, aquellas sábanas sin encajes (porque los encajes y puntillas +le daban grima), aquella colcha de flores azules, que le decían tantas +cosas poéticas y tristes, dulces, suaves, tan conformes con el fondo de +su propio carácter. Parecíale que a fuerza de haber mirado años y años +aquellas flores, mientras su pensamiento vagaba por los mundos +encantados de sus ilusiones, de sus penas, se le había pegado a la +colcha como un barniz de idealidad, una especie de musgo azul de sus +ensueños.... En fin, aquella colcha, y otra del mismo dibujo, pero de +color de rosa, eran algo así como amigas íntimas, confidentes que a él +le faltaban en el <i>mundo</i> de los vivos.</p> + +<p>Muchas veces pensaba en esto: él no tenía, en rigor, amigos entre los +hombres; ni amigos de la infancia, verdaderos, capaces de comprenderle y +capaces de abnegación; ni amigos de la edad viril...; <i>il suo caro +Mochi</i>... ¡bah!, le había engañado una temporada. Era un vividor a quien +Dios perdonara. Sus amigos eran las cosas. La montaña del horizonte, la +luna, el campanario de la parroquia, ciertos muebles... la ropa de +color, usada, de andar por casa... las zapatillas gastadas... el lecho +de <i>soltero</i> sobre todo. Estos seres inanimados, de la industria, a los +cuales dudaba Platón si correspondía una idea, eran para Bonis como +almas paralíticas, que oían, sentían, entendían..., pero no podían +contestar ni por señas.</p> + +<p>Y, sin embargo, aquella noche solemne, al contemplar la colcha de flores +azules, el doblez humilde y corto de las sábanas limpias, las almohadas +angostas y blandas, le pareció que todo aquello le sonreía con su +frescura y con su aspecto de íntima familiaridad, mientras él se quitaba +las botas y calzaba las babuchas. No había felicidad completa si los +pies no descansaban en la suavidad del paño flojo de las zapatillas.</p> + +<p>—¡Ajajá!—exclamó al sentirse a su gusto. Y apoyando ambas manos en la +cama, dejó que una dulcísima sonrisa le inundara el rostro con un +reflejo de la alegría del corazón.</p> + +<p>¡Ahora a meditar! ¡A soñar! ¡Noche solemne! No había milagros: en eso +estaba. No estaría bien que los hubiera. El milagro y el verdadero Dios +eran incompatibles. Pero... ¡había Providencia!, un plan del mundo, en +armonía preestablecida (él no usaba estas palabras; no pensaba esto con +palabras) con las leyes naturales. Había coincidencias providenciales, +que al hombre piadoso debían servirle de advertencias saludables, +emanadas de Dios, traídas por la naturaleza. No era un milagro que se +hubiesen equivocado los médicos que antaño le habían condenado para +siempre a la esterilidad de su mujer; no era un milagro que Emma pariese +ya cerca de los cuarenta años. Tampoco era milagrosa..., aunque sí +admirable, la coincidencia de anunciarse la <i>venida del hijo</i> la misma +noche en que se marchaba la pasión. Se iba Serafina y venía <i>Isaac</i>. El +que debía llamarse Isaac, por lo que él sabía, pero que se llamaría, +Dios sabía cómo, probablemente Diego, Antonio o Sebastián, a gusto de la +madre, tirana de todos. ¡Isaac! Lo más extraño, lo más admirable era +aquello... sus visiones de la noche memorable del concierto, de aquel +concierto en que nacieron gran parte de las desdichas de su casa, la +corrupción al por mayor metida en ella. De aquel concierto también había +nacido su anhelo creciente de paz, de amor puro, tranquilo... y aquella +vaga esperanza, rechazada y rediviva a cada momento, de tener al fin un +hijo, un hijo legítimo, único. Lo más admirable, sí, aunque no +milagroso, era el cumplimiento de lo que él disparatadamente llamaba, +para sus adentros, «la Anunciación».</p> + +<p>Tan exaltado se sintió, todo por dentro, tan lleno de ternura, que se +tuvo un poco de miedo.</p> + +<p>«¡Oh! ¡Si esto es estar loco, bien venida sea la locura!».</p> + +<p>¡Estaba tan contento, tan orgulloso! No cabía duda. La Providencia y él +se entendían. Había sido aquello como un contrato: «Que se marche ella, +y vendrá él».</p> + +<p>Pero ella... ¿se habrá marchado del todo?</p> + +<p>—Sí—dijo Bonis en voz alta, poniéndose en pie y dando una leve patada en +el suelo.</p> + +<p>«Sí; aquí no queda más que el padre de familia. Aquí, en este corazón, +ya no hay sitio más que para el amor del hijo».</p> + +<p>Una voz secreta le decía que su nuevo amor era un poco abstracto, algo +metafísico; pero ya cambiaría; cuando el chico estuviese allí, sería +otra cosa. «Algo contribuía, pensaba Bonis, a la falta de <i>cariño humano</i> +a su nene de sus entrañas, de que ahora se resentía, el no saber cómo +llamarle. ¡Isaac! No; no sería Isaac. Además, Isaac no había sido <i>único +hijo</i> de su padre. Aunque pareciera irreverencia, en rigor..., en +rigor..., lo que correspondía era llamar a la criatura Manolín... o +Jesús. ¡No que él se comparase con Dios Padre, ni siquiera con San +José!...».</p> + +<p>La idea de San José le hizo incorporarse en la cama, donde ya se había +tendido, sin desnudarse. Como Bonis no era creyente, en el sentido +rigoroso de la palabra, y sus dudas le habían llevado muchas veces a las +cuestiones exegéticas, según él podía entenderlas, pensó en la +posibilidad de que a San José le hubiese hecho la historia un flaco +servicio, con la mejor intención, pero muy flaco. Sintió una lástima +inmensa por San José. «Supongamos, se decía, que él, y nadie más que él, +fuera el padre de su hijo putativo; que fuese el padre..., sin perjuicio +de todas las relaciones misteriosas, sublimes, extranaturales, pero no +milagrosas, que podía haber entre la Divinidad y el Hijo del hombre...; +supongamos esto por un momento. ¡Qué horror! ¡Arrancarle a San José la +gloria..., el amor... de su hijo!... ¡Todo para la madre! ¿Y el padre? +¿Y el padre?». Pensando estos disparates, se le llenaron los ojos de +lágrimas. ¿Si estaría loco efectivamente? ¡Pues no se le ocurría, cuando +debía estar tan contento, echarse a llorar, lleno de una lástima +infinita del patriarca San José! Pero la verdad, ¡la historia!, ¡la +historia! La historia no sabía lo que era ser padre.</p> + +<p>«Ni yo tampoco. Cuando tenga al muchacho junto a mí, en una cuna, no +estaré pensando en San José ni en todas esas teologías...».</p> + +<p>En aquel instante se le ocurrió esto: «El niño debiera llamarse Pedro, +como mi padre».</p> + +<p>—¡Padre del alma! ¡Madre mía!—sollozó, ocultando el rostro en las +almohadas, que empapó en llanto.</p> + +<p>Aquella era la fuente; allí estaba el manantial de las verdaderas +ternuras... ¡La cadena de los padres y los hijos!... Cadena que, +remontándose por sus eslabones hacia el pasado, sería toda amor, +abnegación, la unidad sincera, real, caritativa, de la pobre raza +humana; pero la cadena venía de lo pasado a lo presente, a lo futuro..., +y era cadena que la muerte rompía en cada eslabón; era el olvido, la +indiferencia. Le parecía estar solo en el mundo, sin lazo de amor con +algo que fuese un amparo..., y comprendía, sin embargo, que él era el +producto de la abnegación ajena, del sacrificio amoroso en indefinida +serie. ¡Oh infinito consuelo! El origen debía de ser también acto de +amor; no había motivo racional para suponer un momento en que los +ascendientes amaran menos al hijo que este al suyo.... Bonifacio se había +vuelto un poco hacia la pared; la luz, colocada en la mesilla de noche, +pintaba el perfil de su rostro en la sombra sobre el estuco blanco. Su +sombra, ya lo había notado otras veces con melancólico consuelo, se +parecía a la de su padre, tal como la veía en los recuerdos lejanos. +Pero aquella noche era mucho más clara y más acentuada la semejanza. +«¡Cosa extraña! Yo no me parecía apenas nada a mi padre, y nuestras +sombras sí, muchísimo: este bigote, este movimiento de la boca, esta +línea de la frente... y esta manera de levantar el pecho al dar este +suspiro..., todo ello es como lo vi mil veces, en el lecho de mi padre, +de noche también, mientras él leía o meditaba, y acurrucado junto a él +yo soñaba despierto, contento, con voluptuosidad infantil, de aquella +protección que tenía a mi lado, que me cobijaba con alas de amor, amparo +que yo creía de valor absoluto.—¡Padre del alma! ¡Cuánto me habrás +querido!»—se gritó por dentro....</p> + +<p>Bonis no se acordaba de que no había cenado todavía, y dejaba que la +debilidad se apoderara de él. Empezaba a sentirse mal sin darse cuenta +de ello. Le temblaban las piernas, y los recuerdos de la infancia se +amontonaban en su cerebro, y adquirían una fuerza plástica, un vigor de +líneas que tocaban en la alucinación; se sentía desfallecer, y como +disuelto, en una especie de plano <i>geológico</i> de toda su existencia, tenía +la contemplación simultánea de varias épocas de su primera vida; se veía +en los brazos de su padre, en los de su madre; sentía en el paladar +<i>sabores</i> que había gustado en la niñez; renovaba olores que le habían +impresionado, como una poesía, en la edad más remota.... Llegó a tener +miedo; saltó de la cama, y de puntillas se dirigió a la alcoba de Emma. +La Valcárcel dormía. Dormía de veras, con la boca un poco entreabierta. +Dormía con fatiga; la antigua arruga de la frente había vuelto a +acentuarse amenazadora. Bonis se tuvo lástima en nombre de todos los +suyos. Sintió, con orgullo de raza, una voz de lucha, de resistencia, de +apellido a apellido: lo que jamás le había pasado en largos años de +resignada cautividad doméstica. <i>Los Reyes</i> se sublevaban en él contra <i>los +Valcárcel</i>. ¡Oh! Cuánto daría en aquel momento por haber visto, por haber +leído aquel libro de blasones familiares, de que, más que su padre, le +hablaba su madre, muy orgullosa con la prosapia de su marido. Ella lo +había visto: los Reyes eran de muy buena familia, oriundos de un +pueblecillo de la costa que se llamaba <i>Raíces</i>. Bonis había pasado una +vez por allí, en coche, sin acordarse de sus antepasados. ¿Quién se +habrá llevado el libro? Un pariente, un tío.... Su padre, D. Pedro Reyes, +procurador de la Audiencia, con mala suerte y poca habilidad, no hablaba +apenas de las antiguas grandezas, más o menos exageradas por su esposa, +de la familia de los Reyes; era un hombre sencillo, triste, trabajador, +pero sin ambición; de una honradez sin tacha, que se había puesto a +prueba cien veces, pero sin lucimiento, por lo modesto que era el D. +Pedro hasta para ser heroicamente incorruptible. Con los demás era tan +tolerante, que hasta podía sospecharse de su criterio moral por lo ancha +que tenía la manga para perdonar extravíos ajenos. Amaba el silencio, +amaba la paz, y le amaba a él, a Bonis, y a sus hermanos, todos ya +muertos. Sí; ahora veía con extraordinaria clarividencia, con un talento +de observación que no había sospechado que él tenía dentro, los +recónditos méritos del carácter de su padre. Su romanticismo, sus +lecturas dislocadas, falsas, no le habían dejado admirar aquella noble +figura, evocada por la sombra propia en la pared de su cuarto. Bonis, +junto al lecho de Emma dormida, adoró, como un chino, la santidad +religiosa de los manes paternos. ¡Oh, qué claramente lo veía ahora; cómo +tomaban un sentido hechos y hechos de la vida de su padre que a él le +habían parecido insignificantes! Hasta, alguna vez, se había sorprendido +pensando: «Yo soy un cualquiera; no soy un hombre de genio; seré como mi +padre: un bendito, un ser vulgar». Y ahora le gritaba el alma: «¡Un ser +vulgar!». ¿Por qué no? ¡Imbécil, imita la vulgaridad de tu padre! +Acuérdate, acuérdate: ¿qué anhelaba aquel hombre? Huir de los negocios, +del tráfico y de las mentiras del mundo; encerrarse con sus hijos, no +para recordar noblezas de los abuelos, sino para amar tranquila, +sosegadamente, a sus retoños. Era un anacoreta, poco dramático..., de la +familia. Su desierto era su hogar. Al mundo iba a la fuerza. Su casa le +hablaba, en silencio, con la dulzura de la paz doméstica, de toda la +idealidad de que era capaz su espíritu cariñoso, humilde. La sonrisa de +su padre al hablar con los extraños, tratando asuntos de la calle, era +de una tristeza profunda y disimulada; se conocía que no esperaba nada +de puertas afuera; no creía en los amigos; temía la maldad, muy +generalizada; hablaba mucho a los hijos mayores de la necesidad de +pertrecharse contra los amaños del mundo, un enemigo indudablemente. Sí; +su padre hablaba a los de casa de lo que aguardaba fuera, como podía el +hombre prehistórico hablar en su guarida, preparada contra los asaltos +de las fieras, a las demás personas de la familia, aleccionándolas para +las lides con las alimañas que habían de encontrar en saliendo. Más +recordaba Bonis: que su padre, aunque ocultándolo, dejaba ver a su pesar +que era un vencido, que tenía miedo a la terrible lucha de la +existencia; era pusilánime; y, resignado con su pobreza, con la +impotencia de su honradez arrinconada por la traición, el pecado, la +crueldad y la tiranía del mundo, buscaba en el hogar un refugio, una +isla de amor, por completo separada del resto del universo, con el que +no tenía nada que ver. Para estas conjeturas de lo que su padre había +sido y había pensado, Bonis se servía de multitud de recuerdos ahora +acumulados y llenos de sentido; pero a lo que no llegaba con ellos era a +vislumbrar en sus hipótesis históricas, en su recomposición de +sociología familiar, la lucha que el padre debía de haber mantenido +entre su desencanto, su miedo al mundo, su horror a las luchas de fuera +y la necesidad de amparar a sus hijos, de armarlos contra la guerra, a +que la vida, muerto él, los condenaba. D. Pedro había muerto sin dejar a +ningún hijo colocado. Había muerto cuando la familia había tenido que +renunciar, por miseria, a los últimos restos de forma mesocrática en el +trato social y doméstico; cuando la pobreza había dado aspecto de +plebeyo al decaído linaje de los Reyes. Y la madre, a quien esto habría +llegado al alma, había muerto poco después: a los dos años.</p> + +<p>«Y ahora venía otro Reyes. Es decir, algo del espíritu y de la sangre de +su padre». Bonis tenía la preocupación de que los hijos, más que a los +padres, se parecen a los abuelos. La palabra <i>metempsicosis</i> le estalló en +los oídos, por dentro. La estimaba mucho, de tiempo atrás, por lo +exótica, y ahora le halagaba su significado.—No será precisamente +metempsicosis...—pensó—; pero puede haber algo de eso... de otra manera. +¿Quién sabe si la inmortalidad del alma es una cosa así, se explica por +esta especie de renacimiento? Sí, el corazón me lo dice, y me lo dice la +<i>intuición</i>; mi hijo será algo de mi padre. Y ahora <i>los Reyes</i> nacen ricos; +vuelven al esplendor antiguo...».</p> + +<p>Al pensar esto, un sudor frío le subió por la espina dorsal.... Recordó, +en síntesis de dos o tres frases, el diálogo que aquella misma noche +había sorprendido: el de Nepomuceno con Marta. ¡Oh! ¿Sería sino de los +Reyes? ¡Nacía uno más... y... nacía en la ruina! ¡Estaban arruinados, o +iban a estarlo muy pronto; eso había dicho el tío, que sabía a qué +atenerse!</p> + +<p>Bonis tuvo que sentarse en una silla, porque en la cama de su mujer no +se atrevió a hacerlo.</p> + +<p>—¡Dios mío, en el mundo no hay felicidad posible! Esta noche, que yo +pensé que iba a ser de imágenes alegres, de dicha <i>interior</i> toda ella.... +¡qué horrible tormento me ofrece! ¡Arruinado mi hijo! ¡Y arruinado por +culpa mía! Sí, sí, yo comencé la obra.... Y además, mi ineptitud, mi +ignorancia de las cosas más importantes de la vida... los números... el +dinero... las cuentas... ¡prosa, decía yo! ¡El arte, la pasión! eso era +la poesía... ¡Y ahora el hijo me nace arruinado!</p> + +<p>Emma se movió un poco y suspiró, como refunfuñando.</p> + +<p>Bonis estuvo un momento decidido a despertarla. Aquello corría prisa. +Quería revelarle el terrible secreto cuanto antes, aquella misma noche. +No había que perder ni un día; desde la mañana siguiente tenían los dos +que cambiar de vida, había que poner puntales a la casa, y esto no +admitía espera....</p> + +<p>«En adelante, menos cavilaciones y más acción. Se trata de mi hijo. Seré +el amo, seré el administrador de nuestros bienes. ¿Y la fábrica, esa +fábrica en que ni siquiera sé a punto fijo lo que hacen? Allá veremos. +¡Oh, señor don Juan, mi querido Nepomuceno, habrá <i>escena</i>, ya lo sé, pero +estoy resuelto! Venga la escena. Pero todo eso, mañana. Ahora, lo +inmediato; el <i>acto varonil</i>, digno de un <i>padre</i>, que correspondía a +aquella noche, era... despertar a Emma, enterarla de todo».</p> + +<p>Pero Emma despertó sin que nadie se lo rogase, y Bonis no tuvo tiempo +para atreverse a abordar la cuestión del secreto descubierto: su mujer +le insultó, como en los tiempos clásicos de su servidumbre, porque +estaba allí papando moscas. Le arrojó de la alcoba a gritos, le hizo +llamar a Eufemia y le dio, por mano de la doncella, con la puerta en las +narices.</p> + +<p>«También aquello tenía que concluir, pero... después del alumbramiento. +Había que evitar el aborto; nada de disgustarla.... En pariendo... y en +criando... si criaba ella, como él deseaba, se hablaría de todo; se +vería si un Reyes podía ni debía ser esclavo de una Valcárcel.</p> + +<p>»Sin embargo, debo volver a entrar, con los mejores modos, para +anunciarle el peligro...».</p> + +<p>Levantó el picaporte de la puerta que se le acababa de cerrar..., pero +volvió a dejarle caer.</p> + +<p>Se sentía muy débil. No había cenado. Veía chispitas rojas en el aire. +Había que tomar algún alimento y dejarlo todo para mañana. Ya era, así +como así, muy tarde. Lo malo estaba en que no tenía apetito, aquel +apetito que él perdía difícilmente.</p> + +<p>Tomó dos huevos pasados por agua, y acabó por acostarse. Tardó mucho en +dormirse; y soñó, llorando, con Serafina, que se había muerto y le +llamaba desde el seno de la tierra, con un frasco entre los brazos. El +frasco contenía un feto humano en espíritu de vino.</p> + + + +<hr style="width: 65%;" /> +<h2><a name="XV" id="XV"></a>-XV-</h2> + + +<p>Emma defendió su esperanza de que el médico se equivocara, todo el +tiempo que pudo, y con multitud de recursos de ingenio. En el asunto de +la probanza que se sacaba de intimidades que ella tenía que confesar, +intimidades que, por regla general, eran prueba plena, alegaba como +excepción su extraña naturaleza, enemiga de todo ritmo en los fenómenos +fisiológicos más corrientes. Pero su gran argumento consistía en +presentarse de perfil:</p> + +<p>—¿Ven ustedes? Nada. Y se apretaba el corsé más y más cada día, sin +miedo, despreciando consejos de la prudencia y de la higiene. Se portaba +como una pobre doncella para quien dejar de serlo fuera una gran +vergüenza, y que quisiera esconder la prueba de su ignominia.</p> + +<p>La murmuración de sus amigas se equivocaba al ver un fingimiento en esta +oposición terca de la Valcárcel a la fatalidad de las cosas; no, no la +halagaba ser madre a tales horas; el terror del peligro, que le parecía +supremo, no le dejaba lugar para vanidades de ningún género. La +enfermedad, la muerte..., eso, eso veía ella. «Yo no podré parir; me lo +da el corazón. Yo no paro», pensaba, con escalofríos, cuando a solas +comenzaba a rendirse a la evidencia. «¡A mi edad! ¡Primeriza a mi edad! +¡Qué horror! ¡Qué horror!... ¡Los huesos tan duros!...».</p> + +<p>Emma se encerraba en su alcoba; se miraba en el espejo de cuerpo entero, +en ropas menores, hasta sin ropa..., se examinaba detenidamente, se +medía, se comparaba con otras, sacaba proporciones de ancho y de largo +de su torso y de cuantas partes de su cuerpo creía ella, en sus vagas +nociones de tocología instintiva, que eran capitales para el arduo paso. +Y arrojándose desnuda, sin miedo al frío, en una butaca, rompía a +llorar, furiosa; a llorar sin lágrimas, como los niños mimados, y +gritaba: «¡Yo no quiero! ¡Yo no puedo! ¡Yo no sirvo!».</p> + +<p>La muerte era probable, la enfermedad segura, los dolores terribles, +insoportables..., <i>matemáticos</i>; por bien que librara, los dolores tenían +que venir. ¡No! ¡No! ¡Jamás! ¿Para qué? ¡Otra vez la cama, otra vez el +cuerpo flaco, el color pálido, la <i>calavera</i> estallando debajo del pellejo +amarillento; la debilidad, los nervios, la bilis..., y el tremendo +abandono de los demás, de Bonis, del tío, de Minghetti! ¡Oh, sí! +Minghetti, como todos, la dejaría morir, la dejaría padecer, sin padecer +ni morir con ella... ¡El parto! Crueldad inútil, peligro inmenso... para +nada: ¡qué estupidez! Las mujeres felices, las mujeres entregadas a la +alegría, al arte..., a... los barítonos..., las mujeres superiores, no +parían, o parían cuando les convenía, y nada más. ¡Parir! ¡Qué necedad! +¿Cómo no había previsto el caso? Se había dejado sorprender.... Pero, +¿quién hubiera temido?... Y su cólera, como siempre, iba a estrellarse +contra Bonis. El cual tuvo que desistir de sus ensayos de +enternecimiento a dúo con motivo del próximo y feliz suceso, porque +Emma, ni en broma, toleraba que se hablase del peligro que corría como +de acontecimiento próspero.</p> + +<p>Por fin llegó a ser una afectación inútil, ridícula, el negar la próxima +<i>catástrofe</i>, pues por tal la tenía ella. Emma dejó de apretarse el corsé, +dejó de defenderse; si en los primeros meses había sido poco ostensible +el embarazo, al acercarse el trance saltaba a la vista. No era <i>una +exageración</i>, decía Marta, pero era; allí estaba el <i>parvenu</i>, como le +llamaba ella en francés, riéndose con malicia, segura de que sólo +Minghetti podía entenderla. Sebastián le llamaba, también con risitas y +en sus coloquios maliciosos con Marta, el <i>inopinado</i>.</p> + +<p>La Valcárcel, los primeros días de su derrota, cogía el cielo con las +manos; no podía ya negar, pero protestaba. Mas aquella situación empezó +a ser tolerable; se fue acostumbrando a la idea del mal necesario, se +gastó el miedo, y por algún tiempo se quejó por rutina con un vago temor +todavía, pero como si el día de la <i>crisis</i> se alejara en vez de +acercarse. La primera vanidad que tuvo no fue la de ser madre, sino la +de su volumen. Ya que <i>era</i>, que <i>fuera</i> dignamente. Y ostentaba al fin, sin +trabas, con alardes de su estado, lo que quería ocultar al principio. +Además, notaba que su rostro no empeoraba; aquellos diez años que el día +del susto se le habían vuelto a la cara, ya no estaban allí; estaba +mejor de carnes; la tirantez de las facciones y el color tomado no la +sentaban mal, se veía lo que era, pero hasta parecía bien. +«Efectivamente, como ser, el estado era <i>interesante</i>».</p> + +<p>Pero estos consuelos eran insuficientes. De todas maneras, aquello era +una atrocidad preñada de peligros, de inconvenientes, de futuros +males... y de males presentes.</p> + +<p>Con Minghetti jamás hablaba de lo que se le venía encima. Era un tema de +que huían los dos en sus conversaciones. El barítono estaba contrariado, +sin duda alguna. Sentía despecho, que le hacía sonreír con cínica +amargura; se sentía metido en una atmósfera de ridículo. Si no fuera +porque no había tales contratas, porque <i>el mundo del arte</i> le había +olvidado, acaso hubiera preferido dejar aquella vida regalada, sus +emolumentos de director de la Academia de Bellas Artes, <i>los gastos de +secretaría</i>, como le decía Mochi, antes de marchar... todo. Los amigos de +la casa, hasta Marta y hasta las de Ferraz, cada cual según su género, +hablaban con Gaetano del incidente de Emma con frases maliciosas, con +sonrisas medio dibujadas; y Minghetti disimulaba mal la molestia que le +causaba la conversación. «¡Qué discreto!», decían todos. «Así hacen +siempre los Tenorios verdaderos, los afortunados de veras». Nadie había +podido sorprender en Minghetti el menor gesto, siquiera, de jactancia. +Hasta se notó que miraba a Bonifacio con mayor respeto que nunca. En +efecto; se le había sorprendido muchas veces contemplando al marido de +Emma con extraña curiosidad, con una expresión singular, en que nadie +podría adivinar ni una ráfaga de burla. Era, en fin, decían todos, la +suma discreción.</p> + +<p>La única vez que Minghetti y Emma hablaron del embarazo, sirvió para +tormento de Bonis y del Sr. Aguado. Emma se empeño en que debía dar +baños de mar; era la época, y aquello todavía esperaría un poco; había +tiempo de ir y volver. Por aquel tiempo los baños de mar todavía no eran +cosa tan corriente como en el día. En el pueblo de Emma, aunque a pocas +leguas de la costa, era escaso el número de familias que buscaban el mar +por el verano.</p> + +<p>Emma, por lo mismo que la cosa era de <i>distinción</i>, se empeñó en ella.</p> + +<p>El médico no negaba que el baño de ola sería por lo menos inofensivo; +pero, según y conforme: la cosa podía estar más cerca de lo que se +creía, y en tal caso, sería una temeridad.... Pero lo peor no era eso..., +lo peor, lo verdaderamente peligroso, temerario, era el traqueo del +coche... viaje de ida y vuelta... por aquellos vericuetos, con aquellos +baches. ¡Absurdo!</p> + +<p>—Pero Minghetti ha dicho....</p> + +<p>—Señora, Minghetti que cante sus arias y sus romanzas, pero que no se +meta en la Renta del Excusado.</p> + +<p>—Minghetti ha viajado....</p> + +<p>—Sí; pero no en estado interesante.</p> + +<p>—No es eso. Digo que ha viajado, que ha visto mucho, y asegura que....</p> + +<p>—Que las señoras <i>comm'il faut</i> no deben parir. Sí; ya conozco la teoría.</p> + +<p>Contra los consejos de Aguado, los de Reyes fueron a baños.</p> + +<p>Bonis estuvo tentado a oponerse, a inaugurar aquella energía que estaba +decidido a poner en práctica en adelante, pues estaba asegurada, o poco +menos, la descendencia. Mas era tal la cólera que se pintaba en el +rostro de Emma en cuanto su esposo indicaba siquiera el deseo de que se +pesaran con detenimiento las razones del médico, que el infeliz Reyes +continuó aplazando su resolución de <i>tomar el mando de la casa</i> y ser <i>el +marido de su mujer</i> para después del parto.</p> + +<p>«No; no perdamos lo más por lo menos. No la irritemos; un malparto sería +una catástrofe horrorosa; la catástrofe de mis esperanzas, de mi vida +entera. Después del parto, ya hablaremos».</p> + +<p>«Pero Nepomuceno, Körner, el primo Sebastián, Marta, las de Ferraz, +Minghetti, no iban a parir; ¿por qué no se atrevía con ellos? ¿Por qué +no echaba de casa a los parásitos? ¿Por qué no ponía orden en los +gastos, y orden en las costumbres de su hogar, inundado por aquel +holgorio perpetuo?... Sobre todo, ¿por qué no se encerraba con +Nepomuceno y le decía:—¡Eh, eh, amiguito; hasta aquí hemos llegado! A +ver, por lo menos explíqueme usted eso de la ruina inminente...».</p> + +<p>«¿Por qué no se atrevía con el tío y con los amigos de la casa?». El +viaje a la costa vino a darle una tregua, que era todo un sofisma de la +voluntad.</p> + +<p>«Ahora nos vamos y no puedo yo ponerme al frente de todo eso. A la +vuelta, ¡oh!, lo que es a la vuelta, tendré una explicación con el tío».</p> + +<p>Lo único que había osado Bonis antes de irse a baños, había sido +olfatear un poco en los negocios de la familia. Tímidamente se atrevió a +proponer a Körner y al tío que le llevaran consigo a ver la fábrica, que +estaba a una legua de la ciudad, una legua de carretera llena de baches. +Nadie sospechó que el viaje fuera malicioso, un espionaje. La ineptitud +de Bonis para toda clase de negocio serio, industrial, económico, era +tal, que oía hablar al tío y al alemán como si fuera griego todo lo que +decían. Hablaban en su presencia del mal estado del <i>negocio antiguo</i> sin +que comprendiera palabra. El negocio nuevo era otra cosa. Pero en ese no +tocaban pito los fondos Valcárcel, como los llamaba el ingeniero, +despreciándolos ya completamente. La fábrica de productos químicos +languidecía; lo de sacarles a las algas sustancia se había abandonado +casi por completo; <i>en teoría</i>, el negocio era infalible; en la <i>práctica</i>, +una calamidad. No se abandonaba por completo por tesón. El material +adquirido, a costa de grandes e improductivos sacrificios, de los <i>fondos +Valcárcel</i>, se empleaba en otras aplicaciones de tanteos aventurados, +locos, desde el punto de vista económico; en pruebas que le servían a +Körner para ensayar las novedades que veía en los periódicos técnicos, +pero que en el comercio, en el triste comercio español, sobre todo en +aquel rincón de España, sin comunicaciones apenas, sin ferrocarril +todavía, resultaban desastrosas, una locura. En estas aventuras de +romanticismo químico se empleaba poco dinero... porque ya no lo había; +no lo había del caudal que hasta entonces había provisto a todo. Pero la +industria nueva era otra cosa. Nada de vaguedades, nada de variedad de +ensayos sin contar con las salidas probables; esto otro era... una +fábrica de pólvora, la primera y única por entonces en la provincia. +Körner la dirigía como ingeniero, y Nepomuceno estaba al frente de la +Sociedad comanditaria que le daba el jugo crematístico. A los Valcárcel, +agotados, les habían dejado algo, muy poco, y sin saberlo ellos apenas.</p> + +<p>La fábrica de pólvora estaba implantada en los terrenos de la vieja, +como llamaban ya a la fábrica primitiva. No se sabía por qué para la +antigua industria se habían comprado tantas hectáreas; pero ello había +sido una fortuna... para la industria nueva, que, a bajo precio, había +podido adquirir lo que la fábrica de pólvora necesitaba y lo que a la +otra no le servía para nada. Aquel tejemaneje industrial y +administrativo en que por fas o por nefas siempre figuraban Körner y +Nepomuceno manejándolo todo, les había costado no pocas reyertas, y no +pocas componendas... y no pocos cuartos, por la necesidad de vencer +escrúpulos de la ley y de la Administración pública, representada por el +personal respectivo; pero hoy una comilona, mañana otra, regalitos, +palmadas en el hombro, recomendaciones y otros expedientes, habían ido +allanándolo todo.</p> + +<p>Bonis, en la visita a las fábricas, no sacó nada en limpio más que el +miedo invencible, que le tuvo ocupado el ánimo todo el tiempo que +permanecieron cerca de la pólvora. La idea de volar, mucho más verosímil +allí que a una legua lejos, no le dejó un momento. En cuanto a la +fábrica vieja, la de <i>productos químicos</i>—así, vagamente, en general—, no +le pareció tan en los últimos como creía. Pensaba ver una ruina +material, las paredes cuarteadas, la maquinaria podrida, las chimeneas +sin humo. No había tal cosa; todo estaba entero, casi nuevo, con vida, +había ruido, había calor, había, aunque pocos, operarios... ¿Dónde +estaba la ruina? No se atrevió a preguntar por ella, porque no quería +que los otros sospechasen que él sabía algo del estado del negocio.</p> + +<p>«Cuando volvamos de los baños y yo le pida cuentas al tío, averiguaré si +esto nos produce algo o nos arruina en efecto».</p> + +<p>Volvió, dando saltos como una codorniz, dentro del coche, y entró en la +ciudad, decidido a no plantear nunca por propia cuenta una industria tan +peligrosa como la de la pólvora.</p> + +<p>Körner y el primo Sebastián, de quien ahora estaba enamorado el tío +Nepomuceno, que le metió en sus negocios de muy buen grado, y haciéndole +que se interesara en ellos por motivos de lucro, notaron a un mismo +tiempo, y se comunicaron la observación, que hacía algunas semanas +Bonifacio oía muy atento sus conversaciones acerca de las fábricas, y +hasta rondaba las mesas del escritorio y miraba de soslayo los papeles +que traían y llevaban.</p> + +<p>—Ese imbécil parece que quiere enterarse—dijo Körner.</p> + +<p>—Sí, eso he notado. Pero, ¿no ve usted qué cara de estúpido pone? No +entiende una palabra.</p> + +<p>—Sí; pero... no me fío. Tiene miradas... así, como de espía. Hay que +espiarle a él también.</p> + +<p>Un día el tío, oyéndoles insistir en comentar la curiosidad inútil de +Reyes, se quedó pensativo.</p> + +<p>No dijo nada, pero se dedicó a observar también al sobrino por afinidad. +En la mesilla de noche de su alcoba vio unos libros que le dieron que +pensar.</p> + +<p>No eran versos, ni novelas, ni <i>psicologías lógicas y éticas</i>, que era lo +que solía leer Bonis. Allí estaba un tomo de <i>Los cien tratados</i>, +enciclopedia popular, que junto a un curso abreviado de la cría de +gallinas y otras aves de corral, mostraba un compendio de Derecho civil. +Sobre este tomo vio otro que decía: Laspra, <i>Práctica forense</i>, y otro con +el rótulo: <i>Código mercantil comentado</i>.</p> + +<p>¿Qué significaba aquello?</p> + +<p>Al día siguiente Ferraz, el magistrado alegre, encontró a Nepomuceno en +la calle, y le dijo:</p> + +<p>—¿Van ustedes a tener algún pleito?</p> + +<p>—¿Cómo pleito? ¿Con quién?</p> + +<p>—Lo digo porque todas las tardes veo a Bonifacio echar grandes párrafos +en La Oliva con el Papiniano de la quintana, con Cernuda el joven.</p> + +<p>—¡Hola! ¿Con que esas tenemos?—pensó don Nepo; pero se guardó de +decirlo. Y en voz alta, echando a broma el aviso, que en realidad le +había alarmado, dijo:</p> + +<p>—Pensará hacerse abogado y estará dando lección con Cernuda. Amigo, +ahora que va a ser padre, quiere ser un sabio; estudia mucho.</p> + +<p>Los dos rieron la gracia, y sobre todo la malicia. Pero a don Nepo otra +le quedaba. Lo de Cernuda era grave. Había que vivir prevenido.</p> + +<p>Körner, Marta, Sebastián y el tío aconsejaron a Emma que cuanto antes se +echase al agua. Minghetti vencía. Se buscó una carretela de buenos +muelles, se encargó que fuera al paso, y el matrimonio y Eufemia se +fueron a la orilla del mar.</p> + +<p>Emma quería sentir algo extraño con el movimiento del coche; esperaba de +aquel viaje imprudente una especie de milagro... natural. Que el hijo se +le deshiciera en las entrañas sin culpa de ella. Gaetano había dicho que +el viaje podría hacer fracasar el temido parto. La Valcárcel deseaba +abortar, sin ningún remordimiento. No era ella; era el traqueo, el +vaivén, las leyes de la naturaleza, de que tanto hablaba Bonis.</p> + +<p>El cual iba aburriendo al cochero con sus precauciones, con sus avisos +continuos.</p> + +<p>—¡Cuidado! ¿Eh? ¿Qué es eso? ¿Un bache? ¡Maldito brinco! Despacio..., al +paso, al paso..., no hay prisa... ¿Cómo te sientes, hija? ¡Estos +ingenieros de caminos! ¡Qué carreteras! ¡Qué país!</p> + +<p>Y Emma, ignorante del peligro, pensaba: «Sí, sí; el país, los +ingenieros; ríete de cuentos; las leyes, las leyes de la naturaleza, que +a ti te parecen inalterables y muy divertidas, esas, esas son las que te +van a dar un chasco...».</p> + +<p>Se quedó adormecida, y medio soñando, medio imaginando voluntariamente, +sentía que una criatura deforme, ridícula, un vejete arrugadillo, que +parecía un niño Jesús, lleno de pellejos flojos, con pelusa de melocotón +invernizo, se la desprendía de las entrañas, iba cayendo poco a poco en +un abismo de una niebla húmeda, brumosa, y se despedía haciendo muecas, +diciendo adiós con una mano, que era lo único hermoso que tenía; una +mano de nácar, torneadita, una monada.... Y ella le cogía aquella mano, y +le daba un beso en ella; y decía, decía a la mano que se agarraba a las +suyas: «Adiós... adiós...; no puede ser... no puede ser...; no sirvo yo +para eso. Adiós... adiós...; mira, las leyes de la naturaleza son las +que te hacen caer, desprenderte de mi seno.... Adiós, hija mía, manecita +mía; adiós... adiós.... Hasta la eternidad». Y la figurilla, que por lo +visto era de cera, se desvanecía, se derretía en aquella bruma +caliginosa, que envolvía a la criaturita y a ella también, a Emma, y la +sofocaba, la asfixiaba.... Abrió los párpados con sobresalto, y vio a +Bonis que, con la mirada de <i>Agnus Dei</i>, como ella decía, enternecida, +clavaba sus ojos claros en el vientre en que iba su esperanza.</p> + +<p>Llegaron sin novedad a la costa. Emma se bañó al día siguiente, con los +cuidados que el médico del pueblo, consultado por Bonis, aconsejó. Por +aquel doctor supo la Valcárcel, horrorizada, cuando se trató de dar la +vuelta a la ciudad, que lo que ella creía aborto, en aquellas +circunstancias podía ser mucho más peligroso que el parto en su día..., +porque ya sería otra cosa: un verdadero parto antes de la cuenta, pero +no aborto en rigor. Un sietemesino de vida precaria, y gran peligro y +grandes pérdidas de la madre... eso era lo que podía producir el viaje a +la ciudad si no se tomaban grandes precauciones. Emma chilló, cogió el +cielo con las manos, insultó a Bonis, y a Minghetti, y a D. Basilio, +ausentes. ¡Ella que creía engañar a la naturaleza! ¡Huía de un peligro y +buscaba otro mayor! Pero, ¿por qué no me lo han dicho en casa?</p> + +<p>—Pero, mujer, ¿no te advertimos Aguado y yo?...</p> + +<p>—Aguado hablaba de perder la criatura, no de perderme yo. ¡Dios mío! Yo +no me muevo; pariré aquí, en esta aldea... me moriré aquí... Yo no doy +un paso más....</p> + +<p>Costó gran trabajo meterla en el coche. El médico del pueblo tuvo que +asegurarle bajo palabra de honor que él respondía de que no habría +novedad si se tomaban las medidas de precaución que él señalara.... Se +hizo todo al pie de la letra. Se pidió prestado su mejor coche a una +condesa de las cercanías; el cochero tuvo que jurar que los caballos no +darían un paso más largo que otro; el carruaje se llenó de almohadones. +Emma iba casi suspendida. Tuvo que confesar que no sentía el movimiento +apenas. Durante el viaje, que duró tres horas más que el de ida, se +durmió también, y se quedó con las manos apretadas sobre el vientre. +Cuando despertó, vio a Bonis con la mirada grave, de expresión intensa, +fija sobre el mismo sagrado bulto que oprimían los dedos de ella. Se lo +agradeció; sonrió al esposo que la ayudaba a no soltar antes de tiempo +la carga de sus entrañas, y le mostró, avergonzada de la caricia, como +siempre que tenía estas debilidades, le mostró su gratitud dándole un +suave puntapié en la espinilla. Y Bonis, que sentía lágrimas cerca de +los párpados, pensó: «Lo mejor sería amar al hijo... y amar a la madre».</p> + +<p>Al bajar del coche, junto al portal de su casa, Emma exigió que la +ayudasen dos, que habían de ser Bonis y Minghetti; se dejó caer sobre +ellos con todo su cuerpo, segura de no ser abandonada a su pesadumbre. +Después, mientras Bonis y D. Nepo y los demás que habían acudido a +recibirla daban órdenes para subir a casa el equipaje, ella emprendió la +marcha escalera arriba, colgada del brazo de Gaetano. En el primer +descanso se detuvo, respiró con dificultad, miró al barítono con fijeza, +y acabó por decir:</p> + +<p>—¿Y si me hubiera muerto en el camino... por culpa tuya?</p> + +<p>—¡Bah!</p> + +<p>—¡Sí, bah! Podía desangrarme; son habas contadas.</p> + +<p>—No, hija mía, no. Parirás sin dolor, y tendrás un robusto infante.</p> + +<p>Emma se puso muy encarnada. Minghetti, como distraído, le soltó el +brazo, y siguió subiendo, delante, sin más cortesía, con las manos en +los bolsillos del pantalón, silbando una cavatina con un silbido de +culebra, que era una de sus habilidades. La Valcárcel acabó de subir +sola, agarrada al pasamanos, y sujetando el vientre, como si temiera +parir en la escalera.</p> + +<p>Se acostó, e hizo venir a D. Basilio. Exigió un reconocimiento, del cual +resultó que no había novedad y que el tremendo trance de Lucina llegaría +por sus pasos contados, o no contados en aquella ocasión, a su debido +tiempo.</p> + +<p>Los de allá, como llamaban a Mochi y a la Gorgheggi, todos los de la +alegre compañía, escribieron preguntando con gran interés por la salud +de Emma.</p> + +<p>Minghetti era el encargado de aquella correspondencia por parte de los +de acá. A La Coruña iban pocas cartas; pero de La Coruña venían con +abundancia. Los ausentes sentían nostalgia de la <i>vita bona</i> que habían +dejado. Serafina era la que más abusaba de la escritura. En una +hermosísima letra inglesa, escribía pliegos y pliegos de literatura +políglota; inglés, a veces, para las cosas más difíciles de decir, y que +se quedaban sin entender si no acudían Körner o Marta a traducirlas; +italiano a menudo, y por lo común español. Aun en castellano había +parrafillos que no comprendían los corresponsales de acá, no por las +palabras, sino por los conceptos. Eran alusiones disimuladas y de mucho +artificio que iban derechas al corazón y a los recuerdos de Bonis. Este, +a pesar de sus remordimientos, escribía de tarde en tarde a Serafina, +que se lo había exigido. Tenía la cantante una pasión verdadera por las +expansiones epistolares, y era muy capaz de mantener la constancia de +una llama amorosa, más o menos mortecina, a fuerza de acumular paquetes +de pleguezuelos perfumados llenos de letra menuda, cruzada como un +tejido sutil. Pero si Bonis había consentido en <i>continuar sus relaciones</i> +por escrito, se había opuesto en absoluto a que la cómica le escribiese +a él directamente. Aunque era seguro que Emma había llegado a saber que +su esposo era o había sido amante de su amiga la Gorgheggi, y hacía la +vista gorda, al fin no había que estirar la cuerda; tal vez si se +desafiaba su dignidad de esposa burlada, pensaba y decía a su cómplice +Bonifacio, tal vez estallase la cuerda y hubiese una de <i>pópulo bárbaro</i>. +A esto había contestado Serafina con extraña sonrisa: «Pero si tu mujer +vive a lo gran señora, despreocupada, y sabe lo que es el mundo...».</p> + +<p>Esta idea de la tolerancia perversa de su mujer sublevaba los +sentimientos morales de Bonis; no admitía la hipótesis. «No; su mujer no +podía despreciarle ni despreciarse hasta ese punto». En fin, no +transigió. A él no se le podía escribir cartas de amor, que de fijo +caerían en poder de Nepomuceno y de Emma, porque de seguro no se le +respetaría la correspondencia, como no se le respetaban los demás +derechos individuales. La Gorgheggi tuvo que resignarse, y se contentaba +con escribir no sólo a Minghetti, en su nombre y el de Mochi, sino a +Emma, su carísima amiga; y hasta en las cartas a esta había +contestaciones veladas, intercaladas con un disimulo que revelaba +grandísimo arte, a los más esenciales conceptos de las escasas cartas de +Bonis. Cuando el futuro padre vio aquellos pliegos en que se aludía al +próximo alumbramiento de su mujer, y se aludía con misteriosas +oscuridades, que no eran contestación a nada de lo que él había escrito, +y más parecían malicias inextricables, sintió hasta repugnancia moral, y +cortó por lo sano. Dejó de escribir a Serafina. «Así como así, todo +aquello tenía que concluir pronto. En cuanto naciese el hijo». Más hubo. +Reyes se hizo supersticioso a su manera; y si bien desechó por absurda, +aunque simpática y bella, la idea de hacer una promesa a la Virgen del +Cueto, imagen milagrosa de las cercanías, decidió <i>sacrificar</i> al buen +éxito del parto todos sus vicios, todos sus pecados. «La estricta +moralidad, pensó, será para mí, como si dijéramos, Nuestra Señora del +Buen Parto». Hizo examen de conciencia, y no encontró más pecado gordo +que el de las cartas adúlteras. Suprimió las cartas. Serafina, a las +pocas semanas, se quejó con el esoterismo epistolar de costumbre; pero +Bonis no se dio por enterado, y acabó por no leer siquiera las cartas +que venían de la Coruña primero, y después de Santander. Así es que +supo, porque la misma Emma se lo dijo, y se lo dijo después Minghetti, +que Serafina estaba en situación poca halagüeña, pues trueno tras de +trueno, Mochi, aburrido, se había marchado a Italia sin un cuarto, pero +lleno de deudas; y ella, su amiga y discípula, quedaba en Santander sin +contrata, sin dinero y con fundados temores de que su maestro y babbo +espiritual no volviera a buscarla, aunque se lo había prometido.</p> + +<p>Minghetti y Emma, que con el miedo a morirse a plazo fijo se sentía muy +caritativa y compadecía mucho las desgracias ajenas a ratos perdidos, +trataron en conferencia cómo se podía proteger a Serafina de modo +compatible con la dignidad de la cantante. Se consultó con el tío +también, y este no ocultó la frialdad con que acogía aquel interés que +se tomaba su sobrina por la protegida de Mochi. Dijo, secamente, que no +se podía hacer nada por ella, ni con dignidad, ni sin dignidad, puesto +que de todas suertes había de ser sin dinero.</p> + +<p>A Bonis no se le habló de estos proyectos de socorro; primero, por la +inveterada costumbre de no contar con él para nada; y después, porque +tanto a Minghetti como a Emma se les ocurrió, sin comunicárselo, que era +demasiada desfachatez y falta de aprensión tratar con Bonifacio de +semejante negocio.</p> + +<p>Un día, cuando según los cálculos más probables, ya se aproximaba la +<i>catástrofe</i> que horrorizaba a la Valcárcel, y en opinión de don Basilio +se debía estar preparado a tenerla encima de un momento a otro, Reyes se +encontró en el portal de su casa, al salir, con el cartero. No traía más +que una carta.</p> + +<p>—Para usted es, señorito—dijo el hombre con voz solemne, como dando gran +importancia a lo extraordinario del caso.</p> + +<p>—¡Para mí!—Bonis se apoderó del papel como de una presa, como si se lo +disputaran; miró azorado a la escalera y hacia la calle temiendo que +aparecieran testigos; y cuando ya el cartero tomaba la puerta, le dijo +asustado, temblando ante el temor de que no se le hubiera ocurrido +llamarle:</p> + +<p>—Oiga usted, cartero.... El cuarto, el cuarto, hombre.</p> + +<p>—No, señorito; no es puñalada de pícaro; otro día cobraré.</p> + +<p>—No, no; si tengo yo. Tome usted. Las cuentas claras. Tome usted.—Y le +entregó una pieza de dos cuartos.</p> + +<p>—Sobra uno, señorito; queda en cuenta, ¿eh?, para mañana. Ya que usted +es tan puntual, yo también....</p> + +<p>—¡No, no!, de ninguna manera. Quédese usted con el otro o delo a un +pobre.</p> + +<p>El cartero se fue riendo.</p> + +<p>—Riéndose va de mí—pensó Bonis—; ¡creerá que he querido comprar su +silencio con dos maravedís!</p> + +<p>No había leído el sobre de la carta, que guardó azorado en el bolsillo. +Pero no necesitaba leer nada. Estaba seguro; era de Serafina. En efecto; +en el café de la Oliva leyó aquel pliego, en que la Gorgheggi se le +quejaba como una Dido muy versada en el estilo epistolar. ¡Qué +elocuencia en los reproches! Toda aquella prosa le llegó al alma. Se +quejaba de su largo silencio; sabía, por las cartas de Emma, que él, +Bonis, ya no leía las suyas, las de su <i>querida</i> Serafina. Por eso sin +duda no la había ofrecido ni un consuelo en la terrible situación a que +había llegado. Tal vez él no creía en tal penuria; tal vez, como un +miserable, pensaba que ella podía entregarse a cierta clase de +aventuras, que le facilitarían suficientes medios para vivir en la +abundancia. Pues, no, no. Creyéralo o no, ella no podía dejar de volver +los ojos a la vida tranquila, serena, que él la había enseñado a +preferir, penetrando sus verdaderos goces.</p> + +<p>Venía a decirle, a su modo, con muchas frases románticas, pero con +sinceridad, por lo que al presente se refería, que aquel tiempo pasado +en el pueblo de Bonis la había transformado, y no podía lanzarse a la +vida alegre en que su hermosura la prometía triunfos y provecho. +Ocultaba, como siempre, las aventuras antiguas, pero no mentía en cuanto +a la actualidad.</p> + +<p>En la Coruña, en Santander, había resistido a todas las seducciones del +dinero, únicas que, en verdad, se le habían presentado. Pudo tener +amantes ricos, y no quiso.</p> + +<p>Era fiel a Bonis como una buena casada que no ama a su esposo, pero le +respeta, le estima, y estima y respeta, sobre todo, la honradez. A +Serafina le había sabido a gloria la vida de señora de pueblo que había +hecho junto a Reyes; de una señora con unas relaciones prohibidas, eso +sí, pero sólo aquellas.</p> + +<p>«El maestro, seguía diciendo la carta, ha prometido volver a buscarme en +cuanto haya una contrata aceptable; pero el tiempo vuela, yo me +desespero. Mochi no viene, y estoy delicada, nerviosa, muy triste... y +muy pobre. La voz, además, se me va a escape; el teatro empieza a darme +miedo; he recibido ciertos desaires, disimulados, del público, que me +han sabido al hambre futura, al hospital en lontananza. No te pido un +asilo; no te pido una limosna. Pero me voy cerca de ti. Quiero ser +<i>burguesa</i>. En tu casa, a tu lado, aprendí a serlo, a mi manera. Aquella +paz del alma de que me hablabas tantas veces la necesito yo también. Eso +y un poco de pan... y un poco de patria, aunque sea prestada. Le he +tomado cariño a ese rincón tuyo, como se lo tuve en otro tiempo a aquel +otro rincón verde de Lombardía de que te hablaba yo, cuando tú me +adorabas como a la <i>madonna</i>. Ya sé que el amor no es eterno. No te pido +amor, te pido amistad, cierto cariño que no niegan los esposos menos +fieles a su mujer. Y tampoco les niegan un asilo. Yo no puedo vivir en +tu casa; pero puedo vivir en tu pueblo. A lo menos por algún tiempo: +déjame ir. Ahora necesito descansar. Estoy enferma por dentro, por muy +adentro. Desquiciada. Necesito ver caras amigas. Tú no sabes qué pena es +no tener patria verdadera cuando el cuerpo se fatiga, quiere descanso y +el alma pide paz y vivir de recuerdos. Yo antes no pensaba así. Pero tú, +tus manías de moral estrecha, hasta tu caserón vetusto con sus aires +tradicionales, señoriles, todo eso se me ha metido por el alma. Algunas +veces te oí decir que nosotros, los pobres cómicos, os habíamos pegado a +ti y a los tuyos nuestras costumbres alegres, despreocupadas. Todo se +pega. También a mí me habéis pegado vosotros, tú, tú, Bonis, sobre todo, +vuestras preocupaciones y vuestro temor de la vida incierta, peregrina. +Esto de que le lleve a uno el viento de un lado a otro, es terrible. Voy +a verte. Además, esto, Bonis, <i>voy a verte</i>. A ti ya no te importa. Pero a +mí... todavía sí. Yo no soy tu mujer; pero tú eres mi marido. No tengo +otro. Si yo hubiera sido la hija mimada del abogado Valcárcel, la +bendición que santificó tus amores con otra hubiera caído sobre mí. No +des al azar más importancia que tiene. Ya sabes cómo soy; el mejor día +estoy contigo. ¿Me cerrarás tu puerta? ¿Manda eso la moral que usas +ahora? A ti te quiere todavía mucho, Bonifacio Reyes, te quiere, +SERAFINA».</p> + +<p>Bonifacio no dudó un momento de la sinceridad de tanta prosa. Sintió +lástima infinita, amor retrospectivo; la voluptuosidad antigua, evocada +por los recuerdos, se purificaba. Se vio desorientado dentro de la +conciencia, la brújula del deber le daba vueltas en la cabeza como una +loca. Él debía algo también a Serafina. Si ella le había corrompido el +corazón, el tálamo, él le había pegado a ella aquellos instintos de vida +ordenada, pacífica, honrada. Y además... le pedía pan la que le había +hecho feliz.</p> + +<p>«¡Sofismas, sofismas!—le gritaba de repente el <i>hombre nuevo</i>, como él se +decía—. Voy a ser padre, y en la casa en que nazca mi hijo no pueden +entrar queridas de su padre. Se acabaron las queridas... y, sobre todo, +se acabó el dinero. Yo no gastaré ya un cuarto en cosa que no le importa +a mi hijo. Todo por él, todo por él. Y se acabó. No hay que darle +vueltas. Esto es ser cruel. Esto es ser egoísta. Bueno. Egoísta por mi +hijo. No me repugna. Por él, cualquier cosa. Me agarro a lo absoluto. El +deber de padre, el amor de padre, es para mí lo absoluto».</p> + +<p>Estas frases y otras por el estilo no imperaban siempre en el alma de +Reyes. Desde que llegó la carta de Serafina fue la existencia de Bonis +de lucha continua consigo mismo; una batalla perenne, como tantas otras +que se había dado a sí propio, siempre derrotado.</p> + +<p>Serafina llegó; se presentó en el caserón de los Valcárcel, fue bien +recibida por Emma, por Nepo, por Sebastián, por Marta, por todos, y +Bonis no tuvo valor para mostrarse esquivo. Lo que no hizo fue oficiar +de amante, ni Serafina mostró deseos de reanudar las relaciones, por lo +pronto. Él, sin embargo, se acordaba de lo que decía la carta sobre el +particular. Los ojos de la Gorgheggi parecían recitar con sus miradas el +final de la epístola; pero los labios no decían nada de tales ternezas. +Tampoco le tocó la cuestión espinosa y delicada de los <i>alimentos</i>, que +parecía reclamar la antigua querida.</p> + +<p>La cantante dijo que venía a esperar a Mochi, que le había ofrecido +volver a su lado para llevarla contratada a América. No pidió nada a +nadie. Vivía modestamente en su antiguo cuarto de la Oliva. La visitaban +Minghetti, Körner, Sebastián y otros amigos antiguos. Bonis no la veía +más que en su propia casa, es decir, en casa de su mujer. Ella no se +quejaba de esta conducta. No hacía más que mirarle con ojos amantes en +cuanto había ocasión de verse solos.</p> + +<p>Reyes estaba satisfecho de su entereza. Había sentido mucho, mucho, al +ver en su presencia a la tiple.... Pero se había contenido pensando en su +futuro <i>sacerdocio</i> de padre. Aquella lucha en que esta vez iba +venciéndose a sí mismo, le parecía una iniciación en la vida de virtud, +de sacrificio, a que se sentía llamado. Con la energía empleada en esta +violencia hecha a la pasión antigua, daba por gastada toda la fuerza de +su pobre voluntad, y se perdonaba, con pocos escrúpulos, los +aplazamientos y prórrogas que iba dando a lo de las cuentas del tío. Sí, +pensaba explicarse; pensaba plantear la cuestión... pero pasaban los +días y no hacía nada. Nada entre dos platos. Leía Derecho civil, leía un +Código de comercio que tenía por apéndice un tratado de teneduría de +libros; consultaba con Cernuda el joven, elocuente abogado y... nada +más. El tío se preparaba sin duda. Esperaba una acometida. ¡Oh! ¡Bien +sabía Bonis que Nepo tendría armas con que defenderse! Por eso tomaba +vuelo; por eso daba largas al asunto... por eso, valga la verdad, le +temblaban las piernas cada vez que se decía: «Hoy mismo llamo aparte al +tío y le digo...».</p> + +<p>¡Pero si no sabía lo que había de decirle siquiera! Una tarde llegó el +cartero con dos cartas del correo interior. Una era de Serafina, que no +había parecido por casa de Emma hacía tres o cuatro días; escribía esta +vez a Bonis, sin acordarse de lo tratado, que era no escribirle a él, y +le decía que se sentía mal y con disgustos repugnantes por causa de una +letra de Mochi, que no había llegado. Le pedía consuelo, una visita y.... +algunos duros adelantados. Lo sentía infinito, pero el fondista de la +Oliva le había herido el amor propio, la había ofendido, y quería pagar +para tener derecho de dejar aquella posada, y decirle al grosero que no +sabía tratar con una dama, sola, sin un hombre que la defendiera.</p> + +<p>Ante esta misiva, los primeros impulsos de Bonis fueron dignos de un +Bayardo y de un Creso, en una pieza. Por un momento se olvidó de su +<i>sacerdocio</i> y se vio en el <i>terreno</i> atravesando al huésped de la Oliva de +una estocada, y arrojándole a los pies un bolsillo de malla, como los +que usaba Mochi en las óperas.... Pero la letra contrahecha de la otra +carta le llamó la atención: rompió el sobre y leyó de un golpe, ¡y qué +golpe!, el contenido del anónimo, pues lo era. No decía más que esto: +«¡Ladrón! ¡Sacrílego! ¿Dónde están los siete mil reales devueltos en el +confesonario por un pecador arrepentido?».</p> + +<p>Bonis, que estaba en su alcoba, se dejó caer sentado sobre la colcha de +flores azules de su humilde lecho. Sintió un sudor frío, la garganta +apretada.</p> + +<p>«¡Me estoy poniendo malo!» se dijo. Pero de repente olvidó su mal, el +anónimo, todo, porque Eufemia entró gritando, corriendo; tropezó con las +rodillas de Bonis, y exclamó:</p> + +<p>—¡Señorito, señorito!... La señorita está con los dolores.</p> + +<p>Bonis saltó como un tigre, corrió por salas y pasillos, con una bota y +una zapatilla, tal como le habían sorprendido las cartas malhadadas, y +llegó al gabinete de su esposa en pocos brincos.</p> + +<p>Horrorizada, con cara de condenado del infierno, Emma se retorcía +agarrada con uñas de hierro a los hombros y al cuello de Minghetti, que +no había tenido tiempo para levantarse de la banqueta del piano. Estaba +él cantando y acompañándose, según costumbre, cuando su discípula lanzó +un chillido de espanto, sorprendida y horrorizada por el primer dolor +del parto próximo. Se había agarrado al maestro y amigo, no sólo con el +instinto de toda mujer en trances tales, sino como dispuesta a no morir +sola, si de aquello se moría; decidida a no soltar la presa esta vez y +llevarse consigo al otro mundo al primero que cogiera a mano.</p> + +<p>Al presentarse Bonis, hubo en los tres un movimiento que pareció +obedecer al impulso de un mismo mandato de la conciencia; Emma soltó el +cuello y el hombro de Gaetano; este dio un brinco, separándose de Emma, +y Reyes avanzó resuelto, con ademán de reivindicación, a ocupar el sitio +de Minghetti. Emma se agarró con más ansia, con más confianza al robusto +cuello y al pecho de su marido, que sintió en el contacto de las uñas y +en el apretón fortísimo, nervioso, una extraña delicia nueva, la +presencia indirectamente revelada del ser que esperaba con tanto deseo. +Aquello era él, sí, él, el hijo que estaba allí, que se anunciaba con el +dolor de la madre, con esa solemnidad triste y misteriosa, grave, +sublime en su incertidumbre, de todos los grandes momentos de la vida +natural.</p> + +<p>En el apretar desesperado de Emma a cada nuevo dolor, Bonis sentía, +además de los efectos naturales de la debilidad femenina en tal apuro, +además de <i>meros fenómenos fisiológicos</i>, el carácter de la esposa; veía +el egoísmo, la tiranía, la crueldad de siempre. Un tanto por ciento de +aquel daño que Emma le hacía al apoyarse en él, y como procurando +transmitirle por el contacto parte del dolor, para repartirlo, lo +atribuía Bonis al deseo de molestarle, de hacerle sufrir por gusto.</p> + +<p>—¡Que me muero, Bonis, que me muero!—gritaba ella, encaramada en su +marido.</p> + +<p>El peso le parecía a él dulce, y la voz amante. Buscó el rostro de Emma, +que tenía apoyado en su pecho, y encontró una expresión como la de +Melpómene en las portadas de la <i>Galería dramática</i>. Los ojos espantados, +con cierto extravío, de la parturiente, no expresaban ternura de ningún +género; de fijo ella no pensaba en el hijo; pensaba en que sufría nada +más, y en que se podía morir, y en que era una atrocidad morirse ella y +quedar acá los demás. Padecía y estaba furiosa; tomaba el lance, en la +suprema hora, como un condenado a muerte, inocente, pero no resignado y +apegado a la vida. Hubo un momento en que Bonis creyó sentir los +afilados dientes de su mujer en la carne del cuello.</p> + +<p>Minghetti había desaparecido del gabinete con pretexto de ir a avisar a +más señores.</p> + +<p>En efecto; poco después se presentaba el primo Sebastián, pálido; y a +los cinco minutos Marta, muy contrariada, porque aquello podía retrasar +algunos días su <i>próximo enlace</i>, y tal vez el bautizo eclipsara la boda. +Se creería, por su modo de mirar la escena, que se habían dado garantías +de que Emma no pariría hasta después de casarse ella. Por fin se +presentó Nepomuceno, acompañado del médico antiguo, del partero insigne; +porque, con perdón de D. Basilio, Emma le tenía guardada aquella +felonía; hasta el día del trance, Aguado; pero en el momento crítico, si +la cosa no venía muy torcida, el otro. Quería parir con el milagroso +comadrón popular, a quien jamás se le moría ninguna cliente. Damas y +mujeres del pueblo tenían más fe en aquel hombre que en San Ramón. Las +que morían, morían siempre en poder de los tocólogos sin prestigio +sobrenatural. El comadrón insigne sabía llamar a tiempo a sus colegas. A +falta de ciencia, tenía conciencia, y de camino ayudaba a la leyenda que +le hacía infalible.</p> + +<p>Bonis, que siempre había defendido a los tocólogos de la ciudad y +atacaba con dureza la fama milagrosa del gran comadrón, al ver entrar a +este se sintió contaminado de la fe general. Que perdonaran la ciencia y +el señor Aguado... pero él también se sentía lleno de confianza en +presencia de aquel ignorante tan práctico, por más que un día lejano le +había condenado a él falsamente a la esterilidad de su mujer. Aquel era +el falso profeta que le había arrancado la esperanza de ser padre, a +llegar a la dignidad que le parecía más alta. Fuera como quiera, don +Venancio entró, como siempre, dando gritos; riñendo, declarando que no +respondía de nada porque se le llamaba tarde. No saludó a nadie; separó +a Reyes de un empujón del lado de su esposa; a esta la hizo tenderse +sobre el lecho, y en las mismas narices del pasmado Bonis, le pidió tal +clase de utensilios, que a él, el padre futuro, se le figuró que lo que +el ilustre comadrón exigía eran materiales para fabricar un cordel con +que ahogarle al hijo.</p> + +<p>Sebastián, escéptico en todo desde que había dejado el romanticismo y +engordado, se sonreía, asegurando en voz baja que la cosa no era para +tan pronto.</p> + +<p>D. Venancio se apresuraba, tomando medidas con ademanes de bombero en +caso de incendio. Siempre hacía lo mismo. Sebastián le había visto en +muchas ocasiones, que no eran para referirlas.</p> + +<p>Marta creyó que en el papel de niña inocente que la había tocado en +aquella comedia, había esta acotación: Vase. Y se retiró al comedor, +donde encontró a Minghetti, que mojaba bizcochos en Málaga. No estaba +alegre como solía.</p> + +<p>Desde allí se oían, de tarde en tarde, los gritos de Emma como si los +diera con sordina.</p> + +<p>Marta miraba al italiano con curiosidad maliciosa. «¡Cosas del mundo!» +pensaba la alemana, que en el fondo, para sus puras soledades, era más +escéptica que Sebastián. «¡Este aquí como si nada le importara, y el +otro infeliz!...». Minghetti seguía mojando bizcochos y bebiendo Málaga. +Acabó por fijarse en la mirada insistente y expresiva de Marta. Tomó el +rábano por las hojas, y acercándose a la rozagante alemana, cuando ella +creía que le iba a revelar un secreto, a hacer alguna íntima +confidencia..., la cogió por el talle y le selló la boca con un beso +estrepitoso.</p> + +<p>El grito de Marta se confundió con otro de los lejanos que lanzaba la +parturienta.</p> + + + +<hr style="width: 65%;" /> +<h2><a name="XVI" id="XVI"></a>-XVI-</h2> + + +<p>«¡Iba a ser padre!» A tal idea, en su cerebro estallaban las frases +hechas como estampidos de pólvora en fuegos de artificio. Con gran +remordimiento notaba Reyes que su corazón tomaba en el solemne suceso +menos parte que la cabeza... y la retórica. Aquella <i>dignidad nueva</i>, la +primera, en rigor, de su vida, a que <i>era llamado</i>, ¿por qué le dejaba, en +el fondo, un poco frío? Sobre todo, ¿por qué no amaba todavía al hijo de +sus entrañas, en cuanto hijo, no en cuanto <i>concepto</i>?... «¿Hijo o hija? +Misterio—pensó Bonis, que en aquel instante dudaba de la sanción que la +realidad presta a las corazonadas—. Tal vez hija; aunque, ¡Dios no lo +quiera! Misterio».</p> + +<p>Y levantó el embozo de la cama, y se metió entre sábanas.</p> + +<p>Aquello de acostarse, siquiera fuese por pocas horas, le parecía algo +como una <i>abdicación</i>. «Era el papel de esposo, llegado el trance del +alumbramiento, demasiado pasivo, desairado». Bonis tenía comezón de +hacer algo, de intervenir directa y eficazmente en aquel negocio, que +era para él de tan grave importancia.</p> + +<p>Más era: aunque la razón le decía que en casos tales todos los maridos +del mundo tenían muy poco que hacer, y que todo era ya cosa de la madre +y del médico, se le antojaba que él estaba siendo allí todavía más +inútil que los demás padres en igual situación; que se le arrinconaba +demasiado, que se prescindía demasiado de él.</p> + +<p>Sin embargo, lo que le había dicho D. Venancio no tenía vuelta de hoja.</p> + +<p>—Usted, amigo Bonifacio, a la cama; a la cama unas cuantas horas, porque +esto puede ser largo, y vamos a necesitar las fuerzas de todos; y si no +descansa usted ahora, no podrá servir como tropa de refresco cuando se +necesite.</p> + +<p>«Bien; esto era racional». Por eso se acostaba, porque él siempre se +rendía a la razón y a la evidencia, y pensaba rendirse aún más, si +cabía, ahora que iba a ser padre y tenía que dar ejemplo. Pero lo que no +tenía razón de ser era el despego de todos los demás, Emma inclusive, y +las miradas y gestos de extrañeza con que recibían sus alardes de +solicitud paternal y marital todos los que andaban alrededor de su +mujer. Doña Celestina, la matrona matriculada, que había venido por +consejo de D. Venancio; el marido de la partera, D. Alberto, que también +andaba por allí; Nepomuceno, Marta, Sebastián y hasta el campechano +Minghetti, si bien este le miraba a ratos con ojos que parecían revelar +cierto respeto y algo de pasmo.</p> + +<p>Recapacitando y atando cabos, Bonis llegó a recordar que Serafina misma +le había querido dar a entender, de tiempo atrás ya, que el nacimiento +de su hijo, el de Bonis, era cosa que no debía tomarse con calor; el +mismísimo Julio Mochi, en cierta carta escrita meses antes desde la +Coruña, le hablaba del asunto y de su entusiasmo paternal con una +displicencia singular, con palabras detrás de las cuales a él se le +antojaba ver sonrisas de compasión y hasta burlonas. Pero, en fin, lo de +Serafina y lo de Mochi podían ser celos y temor de perder su amistad y +protección. Serafina veía, de fijo, en <i>lo que</i> iba a venir un rival, que +acabaría por robarla del todo el corazón de su ex amante, de su buen +amigo... «¡Pobre Serafina!». No, no había que temer. Él tenía corazón +para todos. La caridad, la fraternidad, eran compatibles con la moral +más estricta. Sin contar con que... francamente, aquello del amor +paternal no era cosa tan intensa, tan fuerte, como él había creído al +verlo de lejos. ¡Ca! No se parecía a las grandes pasiones ni con cien +leguas. ¿Dónde estaba aquella íntima satisfacción egoísta que acompaña a +los placeres del amor y de la vanidad halagada? ¿Dónde aquel sonreír de +la vida, que era como el cuadro que encerraba la dicha en los momentos +sublimes de la pasión?</p> + +<p>Esto era otra cosa; un sentimiento austero, algo frío, poético, eso sí, +por el misterio que le acompañaba; pero más tenía de solemnidad que de +nada. Era algo como una investidura, como hacerse obispo; en fin, no era +una alegría ni una <i>pasión</i>.</p> + +<p>Y daba vueltas Bonis en su lecho, impaciente, como en un potro, +conteniéndose tan sólo por cumplir el racional precepto de D. Venancio.</p> + +<p>«Claro, hay que descansar; puede parir esta noche, o no parir hasta +mañana... o hasta pasado. Pueden ser todos estos gritos falsa alarma. +¡Buena es ella! Si no fuera porque don Venancio ha tocado la criatura.... +todavía me escamaba yo. Pero, de todas suertes, Emma es capaz de +quejarse de los dolores un mes antes de lo necesario. Sí, durmamos. +Puede esto ir para largo y tener que velar mucho.... Si me dejan esos +intrusos. Lo que extraño es que Emma, que siempre me ha tenido por +enfermero, y casi casi por mesilla de noche, no me llame ahora a su +lado. ¡Mujer más rara! Y ahora que yo la ayudaría con tanto gusto».</p> + +<p>El calorcillo de las sábanas, que empezaba a sonsacarle el sueño, +inclinándole a las visiones vagas, a la contemplación soporífera de +imágenes y recuerdos halagüeños, le hizo pensar, suspirando:</p> + +<p>—¡Si hubiese sido mi mujer Serafina, y este hijo suyo, y yo algo más +joven!</p> + +<p>Como si el pensar y el desear así hubiera sido una navajada, allá en sus +adentros, no sabía dónde, Bonis sintió un dolor espiritual, como una +protesta, y en los oídos se le antojó haber sentido como unas +burbujillas de ruido muy lejano, hacia el cuarto de su mujer; una cosa +así como el lamento primero de una criaturilla.</p> + +<p>—¡Dios mío, si será!...—Sin querer confesárselo, sintió un remordimiento +por lo que acababa de pensar, y la superstición le hizo creer que su +hijo nacía en el mismo instante en que el padre renegaba en cierto modo +de él y de su madre.</p> + +<p>—¡Alma de mi alma!—gritó Bonis, echándose de un salto al suelo—; ¡sería +eso como nacer huérfano de padre! ¡Hijo mío! ¡Emma, Emma, mujercita mía!</p> + +<p>Se abrió la puerta de la alcoba, y antes que nada, Bonifacio oyó +distinto, claro, el quejido sibilítico de un recién nacido. «¡Su propia +carne volvía a nacer llorando!».</p> + +<p>—¡Un niño, tiene usted un niño, señor!—gritaba Eufemia, que entraba como +un torbellino y llegaba hasta tocar al pasmado Bonis, sin reparar en que +estaba el señorito en camisa en mitad de la alcoba. Ni ella ni él veían +esto; la criada estaba entusiasmada, enternecida; Bonis se lo agradecía +en el alma, mientras se ponía los pantalones al revés y tenía que +deshacer la equivocación, temblando, anhelante, dudando si romper una +vez más con lo <i>convencional</i> y echar a correr en calzoncillos por la casa +adelante. Pero no; se vistió a medias, y tropezando con paredes, y +puertas, y muebles, y personas, llegó al pie del lecho de su esposa.</p> + +<p>En el regazo de doña Celestina vio una masa amoratada que hacía +movimientos de rana; algo como un animal troglodítico, que se veía +sorprendido en su madriguera y a la fuerza sacado a la luz y a los +peligros de la vida; Bonis, en una fracción de segundo, se acordó de +haber leído que algunos pobres animalejos del mar, huyendo de sus +enemigos más poderosos, se resignaban a vivir escondidos bajo la arena, +renunciando a la luz por salvar la vida: en prisión eterna por miedo del +mundo. Su hijo le pareció así. ¡Había tardado tanto! Se le figuró que +nacía a la fuerza, que se le hacía violencia abriéndole las puertas de +la vida....</p> + +<p>—¡Coronado, Bonis, coronado!—decía una voz débil y mimosa, excitada, +desde la cama.</p> + +<p>Bonis, sin entender, se acercó a Emma y le dio un abrazo, llorando.</p> + +<p>Emma lloraba también, nerviosa, muy débil, demacrada, convertida en una +anciana de repente. Se apretó al cuello de su marido con la fuerza con +que ella se agarraba a la vida, y como quejándose, pero sin la voz agria +de otras veces, siguió diciendo:</p> + +<p>—¡Coronado, Bonis, coronado, ¿sabes?, estuvo coronado!</p> + +<p>—¡Claro, como que nació de cabeza!—gritó D. Venancio, que estaba al otro +lado del lecho, con los brazos remangados, con algunas manchas de sangre +en la camisa y en el levitón, sudando, muy semejante a un funcionario +del Matadero.</p> + +<p>—¡Pero estuvo mucho tiempo coronado..., Bonis!</p> + +<p>—Sí, siglos—dijo el médico.</p> + +<p>—A ti no se te dijo; se te hizo marchar; pero hubo peligro, ¿verdad, D. +Venancio?</p> + +<p>—Pero, hija mía, si acababa de acostarme....</p> + +<p>—Sí; pero hace mucho tiempo que la cosa estaba próxima... estaba +coronado... y no se te decía por no asustarte... ¡hubo peligro!...</p> + +<p>Y Emma lloraba, con algún rencor todavía contra el peligro pasado, pero +más enternecida por el placer de vivir, de haberse salvado, con el alma +llena de un sentimiento que debía ser de gratitud a Dios y no lo era, +porque ella no pensaba en Dios; pensaba en sí misma.</p> + +<p>—Vaya, vaya, menos charla—gritó D. Venancio; y escondió con el embozo +los hombros de Emma.</p> + +<p>—Y ahora, ¡cuidado con dormirse!</p> + +<p>—No, hija mía, dormir, no; eso sí que sería peligroso—exclamó Bonis con +un escalofrío. La idea de la muerte de su mujer se le pasó por la +imaginación como un espanto. ¡Morir ella! ¡Quedar él sin madre! Y se +volvió a su hijo, que lloraba como un profeta.</p> + +<p>¡Oh portento! En aquel instante vio en el rostro del recién nacido, +arrugado, sin gracia, lamentable, la viva imagen de su propio rostro, +según él lo había visto a veces en un espejo, de noche, cuando lloraba a +solas su humillación, su desventura. Se acordó de la noche que había +muerto su madre; él, al acostarse, desolado, se había visto en el espejo +de afeitarse, distraído, por hábito, para observar si tenía ojeras y la +lengua sucia, y había notado aquella expresión tragicómica, aquella cara +de mono asfixiándose, que era tan diferente de la que él <i>creía poner</i> al +sentir tanto, de modo tan puro y poético. Aunque era de facciones +correctas, llorando se <i>ponía</i> muy feo, muy ridículo, con un gesto +parecido al que daba a su cara la música más sentimental, interpretada +en la flauta de Valcárcel. Su hijo, su pobre hijo, lloraba así: feísimo, +risible y lamentable también. Pero... ¡era su retrato! Sí, lo era con +aquella expresión de asfixia. Después, al serenarse un poco, gracias a +un trago de agua azucarada, que debió de parecerle una inundación +agradable, hizo una mueca con boca y narices, que llevó a Bonis al +recuerdo del abuelo. «¡Oh, como mi padre! ¡Como yo en la sombra!».</p> + +<p>Y al mismo tiempo que sentía como un descanso espiritual, y un orgullo +animal, de macho, el remordimiento de haber engendrado le punzaba con +los primeros dolores de la paternidad, que van formando, por aglomerados +de sobresaltos, penas extrañas, que lastiman como propias, la santa +caridad del amor a los hijos.</p> + +<p>La conciencia le decía a Bonis: «Ya no volveré a estar alegre, sin +cuidados; pero ya no seré jamás infeliz del todo... si me vive el hijo». +El mundo adquiría de repente a sus ojos un sentido sólido, positivo; se +hacía él más de la tierra, menos de lo ideal, de los ensueños, de las +nostalgias celestiales; pero también la vida se hacía más seria; seria +de una manera nueva.</p> + +<p>El niño seguía llorando, a pesar de que ya tenía un abrigo, unas +mantillas bordadas y muy limpias, que a Bonis le parecían impropias de +la solemnidad del momento y muy incómodas. «¡Oh, sí; se parecía a él +en... el gesto, en el modo de quejarse de la vida! Podrían no ver los +demás aquella semejanza; pero él estaba seguro de ella, como de una +contraseña. Era el hijo de sus entrañas, tal vez también de sus +cavilaciones y de sus <i>sensiblerías</i>, no sospechadas por el mundo, ni aun, +en rigor, por Serafina».</p> + +<p>Algunas horas después, cuando había desaparecido de allí D. Venancio y +todo el aspecto de matanza, o por lo menos de cosa sucia que tenían +aquellos grandes lances vistos de cerca, Bonis consintió que Emma +volviera a hablar largo y tendido, y hasta intervinieron en la +conversación los parientes y amigos.</p> + +<p>¡Qué de recuerdos evocaba la de Valcárcel! Pero todos eran de la línea +materna. Resucitaba en ella la antigua manía patronímica y gentilicia.</p> + +<p>—¡Tío, tío! ¡Sebastián, Sebastián! A ver: ¿a quién se parece Antonio?</p> + +<p>—¿Quién es Antonio?—preguntó Marta.</p> + +<p>—Pues, hija, el amo de la casa: mi hijo. Se llama Antonio, para mis +adentros, desde el momento en que yo tuve cabeza para pensar en algo que +no fuese el peligro y el dolor.</p> + +<p>—Pues se parece—dijo Sebastián—, al héroe de las Alpujarras... a su +tocayo don Antonio Diego Valcárcel y Merás, fundador de la noble casa de +los Valcárcel.</p> + +<p>—Y que no lo digas en broma. Que traigan el retrato y se verá.—Y no hubo +más remedio. Entre dos criados y Sebastián descolgaron al ilustre abuelo +restaurado, y se le cotejó con el hijo de Bonis, que la madre sacó del +calor de su lecho. Unos encontraron el parecido, aunque remoto; otros lo +negaron entre carcajadas. Antonio lloraba, y Bonis le seguía viendo la +semejanza consigo mismo, según se había visto al espejo la noche en que +murió su madre; pero lo que a su juicio se acentuaba por horas era el +parecido con Reyes abuelo, con don Pedro Reyes, sobre todo en una arruga +de la frente, en las líneas de la nariz y en la mueca característica de +los labios.</p> + +<p>Marta, sin motivo legítimo, estaba contrariada, y había puesto el gesto +de vinagre que a veces se le asomaba al rostro sin saberlo ella, y la +hacía más vieja y más fea; gesto que particularmente se le descubría +cuando envidiaba algo, cuando se sentía deslumbrada. Veía en el bautizo +el eclipse de su boda.</p> + +<p>—A mí—dijo—, Antoñito no me recuerda ni el tipo Valcárcel, ni el tipo +Reyes. Parece extranjero. Chica, tú has soñado con algún príncipe ruso.</p> + +<p>Las de Ferraz, que ya estaban allí, rieron la gracia, fingiendo no +encontrarle malicia.</p> + +<p>Los demás callaron, sorprendidos ante la audacia.</p> + +<p>Emma no vio el epigrama; Bonis tampoco.</p> + +<p>Bonis vio que se seguía hablando de los Valcárcel, de si el niño se +parecería a su abuelo, si sería abogado, si sería jugador, como tantos +otros de su familia; se amontonaban los recuerdos del linaje, buenos y +malos. Nadie se acordaba de los Reyes pretéritos para nada.</p> + +<p>Antonio seguía llorando, y a Bonifacio le faltaba poco.</p> + +<p>«¡Su padre! ¡Su madre! ¡Si vivieran! ¡Si estuvieran allí!».</p> + +<p>Bonis, en cuanto pudo, huyó del ruido. Dejó a los demás, ya que les +divertían, todas las solemnidades y quehaceres propios del caso. +Mientras el niño dormía y no se le permitía verle, y Emma, ya menos +nerviosa, pero más fatigada, con un poco de calentura, volvía a su +antiguo despego y lo echaba de su presencia en no necesitándole, +Bonifacio se recogía a la soledad de su alcoba, y en idea contemplaba al +hijo.</p> + +<p>—¡Sí, hijo, sí!—se decía con el rostro hundido en la almohada—. Hijo +tenía que ser. Me lo decía la voz de Dios. Hijo. Mi único hijo....</p> + +<p>Emma, durante todo el primer día, estuvo sentimental, excitada; su +marido creyó que la maternidad iba a transformarla, pero a la mañana +siguiente despertó con bastante calentura y nada tierna; cuando la +postración se lo consentía, rabiaba en la medida de sus fuerzas. Le +hablaron del puerperio, de sus peligros, y sintió nuevo terror. Se +llegaba a olvidar del chiquillo que tenía entre las sábanas, y no quería +enseñarlo a nadie, ni a su padre, por no revolverse ella y coger frío. +Bonis no podía ver a su hijo sino en las ocasiones solemnes de mudarlo +doña Celestina. De hora en hora lo cambiaba. Según se iba pareciendo más +a cualquier recién nacido, perdía aquella semejanza que consigo mismo le +había encontrado Bonis en el primer momento. Empezaba Reyes a +desorientarse. Además, tuvo que renunciar a llamarle Bonifacio o Pedro, +porque Emma desde luego empezó a exigir que se le llamara Antonio, aun +antes de bautizarle. Se le llamaría Antonio Diego Sebastián, porque +Sebastián iba a ser el padrino. Por todo pasó Bonifacio. No quería +disturbios todavía; podía hacerle daño a Emma cualquier disgusto. No, +ahora no. Todo lo aplazaba. ¿No estaba él decidido a ser muy enérgico? +¿No estaba decidido a salvar, si era tiempo, los intereses de su hijo, y +a darle el ejemplo de la propia dignidad? Pues no había para qué +precipitar las cosas. Tampoco quiso, por lo pronto, tener explicaciones +con Nepomuceno. Tiempo había. Sin embargo, las circunstancias le +obligaron a anticipar en este respecto su actitud enérgica. Ello fue que +de Cabruñana, concejo de la marina donde los Valcárcel tenían algunas +<i>caserías</i>, procedentes de bienes nacionales, llegaron malas noticias +respecto de cierto mayordomo de segundo orden, que allí hacía mangas y +capirotes de las rentas de Emma, perdonando anualidades atrasadas, o por +lo menos aplazando el cobro indefinidamente, colocando por su cuenta a +réditos el dinero cobrado; <i>en suma</i>, explotando en provecho propio los +bienes de sus amos. Nepomuceno no quería dar importancia a la denuncia. +Se trató el asunto a la hora de cenar, y cuando don Juan y el primo +convinieron en que se hiciera la vista gorda, con gran sorpresa de todos +los presentes, que eran aquellos Valcárcel y los Körner, Bonifacio, con +voz temblorosa, pero firme, aguda, chillona, pálido, y dando golpecitos +enérgicos, aunque contenidos, con el mango de un cuchillo sobre la mesa, +dijo:</p> + +<p>—Pues yo veo la cosa de otra manera, y mañana mismo, ya que el bautizo +se retarda, porque no quiere Emma que el niño se constipe con este mal +tiempo, mañana mismo, aunque lo siento, tomo yo el coche de Cabruñana y +me voy a Pozas y a Sariego, y le ajusto las cuentas al señor de Lobato. +No quiero que se nos robe más tiempo.</p> + +<p>Hubo un silencio solemne. Bonis no vaciló en compararlo al que precede a +la tempestad. Por de pronto, era el que trae consigo lo sorprendente, lo +inaudito. Comprendía Reyes que estaba allí solo, que los Valcárcel y sus +futuros afines los Körner se lo comerían de buen grado. No era que él no +estuviera azorado, casi espantado de su audacia; lo estaba. Pero ya se +sabía que un diligente padre de familia tiene que ser un héroe. +Empezaban los sacrificios, y bien que dolían; pero adelante. La seriedad +de la nueva lucha se conocía en eso, en el dolor.</p> + +<p>Todos miraron a Bonis, y después a don Nepo, que era el llamado a +contestar.</p> + +<p>Don Juan, que era sumamente moroso y tranquilo, había cambiado mucho con +las enseñanzas y excitaciones de Marta. Además, fiaba mucho de la +debilidad y de la ignorancia del enemigo. No se anduvo por las ramas. Se +fue derecho al bulto. Nada de eufemismos. Sólo en el tono de la voz, +sereno, reposado, había cierta lenidad.</p> + +<p>—¿Eso de robaros, supongo que no lo dirás por mí?</p> + +<p>Si las palabras de Bonis eran un guante, quedaba recogido con toda +arrogancia. Antes que contestara Reyes, don Nepo miró satisfecho a su +novia, que aprobó su valentía con la mirada.</p> + +<p>En aquel momento Bonis, que no esperaba una batalla decisiva, un duelo a +muerte como aquel, se acordó con terror del anónimo de dos días antes, +que había olvidado en absoluto, por la gravedad de los acontecimientos.</p> + +<p>—El purgatorio es esto—pensó—. Yo he pecado. Yo he dilapidado, yo he +<i>robado</i> el caudal de mi hijo, y ahora estoy en el purgatorio, que es así, +hecho de lógica y ética, nada más que de lógica y ética.</p> + +<p>—¡Por Dios, tío!—dijo pausadamente y procurando que en su voz hubiese +mesura y entereza—. ¡Por Dios, tío, cómo lo he de decir por usted! Lo +digo por Lobato, que es un gran ladrón.</p> + +<p>—Un ladrón consentido por mí años y años, si hemos de creer lo que dice +Pepe de Pepa José, el denunciante quejoso.... Por lo visto, Lobato y yo +estamos de acuerdo para arruinaros a vosotros, para acabar con los +bienes de Cabruñana.</p> + +<p>—Nadie dice eso, tío; nadie dice....</p> + +<p>—Lo que yo digo, señor Reyes—y el señor don Juan Nepomuceno dio un +puñetazo, no muy fuerte, sobre la mesa—, es que tú no eres un hombre +práctico, y que te sienta mal el papel que quieres inaugurar al +estrenarte de padre de familia.</p> + +<p>Una carcajada de Marta, seca, estridente, que quería ser una serie de +bofetadas, resonó en el comedor, con pasmo de sus mismos aliados. Todos +se miraron sorprendidos. Marta, con el rostro de culebra que se infla, +repitió la carcajada, mirando con cinismo a Bonis.</p> + +<p>El cual miró también a su buena amiga sin comprender palabra de aquella +risa inoportuna.</p> + +<p>Y prosiguió don Nepo:</p> + +<p>—Un hombre práctico, de experiencia en los negocios, no exagera el celo +ni el recelo, ni cree en habladurías. Bueno sería que yo, v. gr., fuera +a creer lo que me decía un anónimo que recibí hace días, asegurándome +que tú habías cobrado dos mil duros de una restitución hecha bajo +secreto de confesión a la herencia de tu suegro.</p> + +<p>—¡Todo lo que yo cobrase sería mío!—exclamó con voz clara, alta, +positivamente enérgica, el amo de la casa, poniéndose en pie, pero sin +dar puñadas sobre la mesa.</p> + +<p>En pie se pusieron todos.</p> + +<p>—¡Tuyo no es nada!—contestó el primo Sebastián, que adelantó un paso +hacia Bonis, ofreciendo a la consideración de los presentes su fornida +musculatura, su corpachón que parecía una fortaleza. Marta, sin pensar +en lo que hacía, le apoyó una mano sobre el hombro, como animándole al +combate. Se conoce que confiaba más en la pujanza del primo que en la +del tío, su futuro.</p> + +<p>Bonis se veía metido en la <i>escena</i> que había querido aplazar, antes de +tiempo, fuera de razón, torpemente.</p> + +<p>—Señores, no hagamos ruido, que no hay para qué. Lo que yo no consiento +a nadie, y juro a Dios que no lo consentiré, es que se alborote ahora. +Lo primero es mi mujer, y si ella se entera de esto... puede haber una +desgracia... ¡y pobre del que la provocara!</p> + +<p>Todos se sintieron sobrecogidos. Bonis parecía otro.</p> + +<p>El mismo Sebastián, que era positivamente bravo y fuerte, y muy capaz de +arrojar por el balcón al <i>escribiente de su tío</i>, se achicó un tanto por +lo que él calificó de fuerza <i>moral</i> de aquellas palabras, y de aquel +gesto y de aquel tono.</p> + +<p>Todos comprendieron que el pobre Bonis estaba dispuesto a morder y +arañar para impedir que la salud de Emma peligrase.</p> + +<p>—Sin ruido, sin ruido se puede discutir todo—dijo don Nepo, que quería +hacer hablar al <i>imbécil</i> para ver por dónde desembuchaba y qué leyes le +había metido en la cabeza el abogadillo flamante.</p> + +<p>—Sin ruido y sin apasionamiento—se atrevió a apuntar el respetable y +mofletudo Körner, que se creía en el caso de intervenir en sentido +conciliador.</p> + +<p>—Es verdad—dijo Bonis—. La pasión no conduce a nada nunca, nunca....</p> + +<p>—Justamente—prosiguió el alemán—. Y fácil les será a ustedes ver que +aquí, en rigor, no hay nada.... Ni Bonifacio desconfía del tío, ni el tío +de Bonifacio, ni nadie pone en tela de juicio su legítimo derecho.</p> + +<p>—Cada cual tiene los suyos—objetó Nepo.</p> + +<p>—Ciertamente; y no hay para qué hablar de eso ahora, cuando en último +caso no había de faltar quien nos dijera a cada cual el papel que le +tocaba representar.</p> + +<p>Bonis volvió a crecerse.</p> + +<p>La alusión a la justicia era clara. Don Nepo sintió una ola de cólera +subirle al rostro. Y recurrió a su venganza suprema. A contenerse y +jurarse que se la pagaría el miserable. Le azotó el rostro con la +intención, y ya desahogada la ira, que se gozaba con las futuras +crueldades de la venganza, pudo decir sereno y sonriente:</p> + +<p>—En fin, Bonis, tienes razón; ya se ajustarán cuentas cuando Emma sane, +y se pueda ver con números, que tú has de procurar entender, ¿estamos?, +lo que habéis gastado vosotros, lo que he ahorrado yo..., y quién debe a +quién. Lo que te anuncio es que si seguís gastando como hasta aquí, la +quiebra es segura.... Estáis puede decirse que arruinados. Emma ha +gastado como una loca, y tú, tú no me lo negarás... le diste el +ejemplo... tú la arrastraste a esa vida imposible. Y todos sabemos por +qué.</p> + +<p>—Todos—exclamó con solemnidad Sebastián, que había perseguido en vano a +la Gorgheggi, y todavía la solicitaba.</p> + +<p>Bonis, que tenía aquella noche energía para luchar con los hombres, no +la tuvo para resistir a los hechos; los hechos eran terribles: +¡arruinados!, y ¡había empezado él!, y ¡hasta de lo que hubiera robado +el tío tenía él la culpa por haberle dejado! ¡Y su robo, sus robos, para +pagar trampas de una querida!</p> + +<p>Tuvo que sentarse, pálido, sin contar con las piernas. El tío vio allí +de repente al Bonis de siempre, y se creció, pero sin arrogancia, +falsamente conciliador.</p> + +<p>—¿Quieres ir a ver lo que hay en Cabruñana? Corriente; marcha mañana a +las ocho, que es la hora del coche. Ven a mi cuarto, y verás los libros +y las escrituras de allá... Todo, todo lo verás. Llevarás lo que +necesites, y procurarás enterarte, ¿estamos? Porque no has de +presentarte a Lobato llamándole ladrón y sin saber por qué se lo llamas.</p> + +<p>Bonis, sin fuerzas ya para nada, siguió al tío maquinalmente, y detrás +de ellos se fue Körner. Marta y Sebastián quedaron solos en el comedor.</p> + +<p>Körner, siempre fiel a su papel de rey Sobrino, iba como de asesor. +¡Buena falta le hacía a Bonis! Pasó en el cuarto del tío la vergüenza +que ya esperaba. Nepo, con redomada astucia, con intención felina, le +iba explicando todos los asuntos correspondientes a los bienes de +Cabruñana, con los términos del más riguroso tecnicismo del derecho +consuetudinario.</p> + +<p>Bonis no tenía noción clara del contrato de arrendamiento. La palabra +foro le sonaba a griego; aparcería..., laudemio..., retracto..., y +después otras cien palabras del Derecho civil, más las propias del +<i>dialecto</i> jurídico de aquella tierra, pasaron por sus oídos como sonidos +vanos. No se enteraba de nada. Comprendía vagamente que se le engañaba y +se le quería aturdir y humillar. Caía en mil contradicciones, en errores +sin cuento, al querer explicarse lo que le explicaban y al pretender +opinar algo por cuenta propia; Körner le ayudaba para poner más de +relieve su torpeza y su ignorancia.</p> + +<p>—Pero, hombre, ¡yo que soy un extranjero..., y ya sé mejor que usted +todas estas costumbres del país... y las leyes de España!...</p> + +<p>Al llegar a los números, Körner se escandalizó sinceramente. Bonis no +sabía dividir, y apenas multiplicar.</p> + +<p>Para huir de aquel atolladero, humillado, corrido, lleno de vergüenza y +de remordimiento, Bonis quiso tratar cuestiones más importantes que no +fueran de aquel horrible pormenor oscuro, inextricable para él, pobre +flautista..., y llevó, por los cabellos, la discusión al asunto de las +fábricas.</p> + +<p>Estaba excitado, su amor propio ofendido, y olvidando la prudencia, +abordó la delicada cuestión de las dos industrias, sin estar preparado, +a deshora. Eran las tres de la madrugada cuando Körner y Nepo, <i>heridos +en lo más hondo</i>, le exigieron que oyera la <i>historia completa</i> de aquella +desastrosa especulación; necesitaban sincerarse, y pues él provocaba la +cuestión, allí estaban ellos para responder....</p> + +<p>Y quieras que no quieras, Bonis tuvo que oír, y ver y palpar. Se le +pusieron delante libros de actas, presupuestos, pólizas, planos, +expedientes, una <i>selva oscura</i> que le hizo perder la noción del tiempo y +la del espacio.... Se creía en el aire, en un aquelarre. Le zumbaban los +oídos. Mientras los otros le explicaban, gesticulando, lo que a él le +sonaba a griego, el sueño, la ira, el remordimiento le llenaban de +avisperos el cerebro.... Hubiera mordido, pateado y llorado de buena +gana. Se le cerraban los ojos, le ardían las orejas, se le doblaban las +piernas... «Había caído en un lazo por débil, por imbécil. Había entrado +allí solo, debiendo entrar con juez, escribano, abogado, peritos y una +pareja de la Guardia civil».</p> + +<p>Después de dos horas de aturdimiento, de verdadera agonía, sólo tuvo +valor para tomar la puerta, seguido de los dos monstruos, que +continuaban explicándole por <i>a</i> más <i>b</i> la ruina de los Valcárcel en la +fábrica, la ruina de Antonio Reyes, de su único hijo. En el comedor, y +ya iban a dar las cinco, estaban todavía <i>esperándolos</i> Marta y Sebastián, +medio dormidos, bostezando. Unieron sus argumentos uno y otro, como +queriendo ocupar la atención de Nepo y Körner, a los argumentos de +Körner y Nepo; y perseguido por aquella tremenda pesadilla, Bonifacio, +muerto de sueño, ebrio de cólera, de fiebre y cansancio, se declaró en +franca y acelerada fuga y se encerró en su cuarto, bien decidido, eso +sí, a salir para Cabruñana al ser de día, acompañado de los papeles que +el tío le había metido por los ojos. Marcharía sin despedirse de Emma, +sin ver a su hijo, para que no le faltase valor ni su mujer tuviera +tiempo de torcer aquella resolución irrevocable. «Yo no sé una palabra +de foros, ni de caserías a medias, ni de aparcerías, ni de números, ni +de fábricas; pero he de tener voluntad en adelante; y he dicho que iría +mañana, y primero falta el sol. Iré. La calentura de Emma no es +extraordinaria; ya cede; Antonio queda sin novedad; voy a Cabruñana, le +pongo las peras a cuarto a Lobato..., y me vuelvo pasado mañana con dos +o tres nodrizas, a escoger, que por ahí las hay buenas. Emma no querrá, +y en rigor no puede criar. Le criaremos nosotros, el ama y yo. Así como +así, cuanto menos sangre de Valcárcel, mejor».</p> + +<p>Bonis no pudo dormir; estuvo mezclando, con mil visiones de pesadilla, +despierto y todo, sus remordimientos de antaño, sus iras y vergüenzas de +ahora, sus propósitos de energía futura y sus esperanzas de padre. La +actividad era cosa terrible; era mucho más agradable pensar, imaginar.... +Pero un padre tenía que ser diligente, práctico, positivo... y él lo +sería; por Antonio, por su Antonio.... Pero por lo pronto, la bilis, la +vergüenza de su ignorancia de las cosas que sabían todos en casa, menos +él, todo aquel barullo de pasiones bajas, vulgares, pedestres, le +quitaban el gusto a su dicha presente, a la felicidad de ser padre.</p> + +<p>Cuando todos dormían y el sol llevaba andada alguna parte de su carrera, +Reyes salió de casa, con sus papeles en un saco de noche; tomó la +diligencia de Cabruñana, y antes del medio día ya estaba disputando con +Lobato en medio de un prado, frente a unos robles que el mayordomo había +consentido derribar a un casero, porque, según malas lenguas, los dos +iban ganando. Lobato, un ex cabecilla carlista, era un lobo mestizo de +zorro; hablaba con dificultad, leía deletreando y escribía de modo que, +en caso de convenirle, podía negar que aquello fueran letras... y él era +dueño de la comarca por la política, por la usura y por las trampas a +que obligaba a los jueces de paz y a los pedáneos su influencia +personal. Nepomuceno le había escogido porque con media palabra se +habían entendido, y también porque sólo un hombre como Lobato, que era +el terror del concejo, podía cobrar las rentas de aquellos <i>caseros</i>, que +solían recibir a pedradas y a tiros a los comisionados de apremios, a +los alguaciles y a los mayordomos. Lobato, si viajaba de noche, cruzaba +a escape ciertos parajes frondosos y oscuros, en que estaba seguro de +encontrar asechanzas de aquellos aldeanos, que a la luz del sol +temblaban en su presencia. En una ocasión, después de cobrar en juicio a +un casero que debía tres años, recibió, al atravesar un bosque, tal +pedrada, que llegó a su casa sin sentido, agarrado a la crin del +caballo. ¡Y a un hombre así venía a pedirle cuartos un mequetrefe, aquel +señorito bobo, de que nunca le había hablado más que con desprecio el +Sr. D. Juan Nepomuceno! Con fingida humildad, Lobato se burló de su amo; +haciéndose el tonto, el ignorante, le hizo ver que él, Bonis, era el que +no sabía lo que traía entre manos. Los caseros se reían también del amo, +con sorna que no podía tachar de irrespetuosa. Se rascaban la cabeza, +sonreían y se aferraban a la idea de no pagar mejor que hasta la fecha.</p> + +<p>Bonis, desesperado, abandonó aquellos hermosos valles de eterna verdura, +de frescas sombras y matices infinitos en la variedad de los accidentes +de colinas y vegas, en que serpenteaban claros ríos... «¡Divino! +¡Divino!... ¡Pero qué pillo es Lobato, y qué ladrones son todos estos +pastores!... En otra situación, sin estos cuidados y preocupaciones, +¡qué buenos días hubiera pasado yo en esta espesura, en que se mezcla el +rumor de las copas de los pinos con el del mar, del que parece un eco!». +Cabruñana era región ribereña, y parecían sus valles estrechos y de mil +figuras, de verde jugoso y oscuro en las laderas y en las planicies +pantanosas, cauces de antiguos ríos, abandonados por las aguas. Todos +aquellos cuetos y vericuetos, lomas y llanuras, por sus formas +violentas, por ejemplo, por los cortes de las laderas aterciopeladas, +semejantes en su caída a los acantilados de la costa, hacían pensar en +el fondo misterioso de los mares.</p> + +<p>Terminada su inútil faena, sin más provecho que dejar sembradas +amenazas, de que nadie hizo caso, Reyes decidió a media tarde montar a +caballo para ir a pernoctar en la capital del concejo y del partido, a +dos leguas, por la carretera. Antes del anochecer, se proponía llegar a +Raíces, que estaba al paso, y detenerse media hora; ¿para qué? No sabía. +Para soñar, para sentir, para imaginarse tiempos remotos, a su manera; +para pensar a sus anchas, en la soledad, libre de Lobato, y Nepo y +Sebastián, en los Reyes que habían sido, y en los que eran, y en los que +habían de ser.</p> + +<p>Raíces consistía en un lugar de veinte a treinta casas, diseminadas en +las frondosidades de una península abandonada por el agua, en las +marismas; cerca estaban las dunas, cuyos amarillos lomos de arena tenían +figura semejante a los vericuetos que rodeaban a Raíces; pero estos, +desde siglos y siglos, ostentaban el terciopelo de verde oscuro de sus +musgos y su césped, y las flores de los prados, iguales a las que se +encontraban tierra adentro, lejos de las brisas del mar. Era Raíces un +misterioso escondite verde, que inspiraba melancolía, austeridad, un +olvido del mundo, poético, resignado. Una colina cortada a pico, muy +alta, cuya ladera, casi vertical, mostraba, como si fuera la yedra de +una muralla ciclópea, pinos, castaños y robles, que trepaban cuesta +arriba cual si escalaran una fortaleza, escondía y humillaba a Raíces +por el Sur; el mar y las dunas le dejaban abierto a los vientos del +Norte y del Noroeste, y restos de un bosque le rodeaban por Oriente y +Occidente. Las viviendas, escasas y esparcidas por la espesura, eran, +las más, cabañas humildes, otras vetustos caserones de piedra oscura, +con armas sobre la puerta algunos.</p> + +<p>Bonis llegó una hora antes del ocaso a una plazoleta que servía de +<i>quintana</i> a varias casas de las más viejas, pero también de las de +aspecto más noble; carretas apoyadas sobre el pértigo, como dormidas, +entorpecían el paso; niños medio desnudos, sucios y andrajosos, sin nada +en su cuerpo donde pudiera ponerse un beso, más que los ojos de algunos +y las rubias guedejas de muy pocos, saltaban y corrían por aquella +corralada común, que era sin duda para ellos el universo mundo. Más +serios y a su negocio, hozaban algunos cerdos en el estiércol, que +escarbaban y picoteaban gallos y gallinas, mientras dos perros +dormitaban, acosados por miles de mosquitos.</p> + +<p>—De aquí salieron los Reyes—pensó Bonifacio, que desde una calleja +vecina contemplaba el cuadro de paz suave y melancólica de aquella +miseria, aislada de las vanas grandezas del mundo—. Un grupo de castaños +y una pared de una huerta, le ocultaban a la vista de los chiquillos y +los perros, que, de notar su presencia, se hubieran alarmado. Echó pie a +tierra, ató el caballo al tronco de un castaño, y se sentó sobre el +césped para meditar a sus anchas.</p> + +<p>Se acordó de Ulises volviendo a Ítaca... pero él no era Ulises, sino un +pobre retoño de remota generación.... El Ulises de Raíces, el Reyes que +había emigrado, no había vuelto... a él no podían reconocerle en el +lugar de que era oriundo. Y como había leído muchas veces la <i>Odisea</i>, y +recordaba sus episodios y los nombres de sus personajes, pensó Bonis: +«Los cerdos y los perros que encontró Ulises al volver a Ítaca, en la +mansión de Eumaios, allí estaban; pero Eumaios, el que guardaba los +cerdos de Ulises, no estaba; no le había. Como a Ulises, aquellos perros +le atacarían si le vieran; pero Eumaios, el fiel servidor, no acudiría +en su auxilio... ¡Qué habría sido de Ulises—Reyes! ¿Por qué habría +salido de allí? ¡Quién sabe! Tal vez esos chiquillos, que parecen hijos +del estiércol, como lombrices de tierra, son <i>parientes</i> míos.... Son de mi +tribu acaso».</p> + +<p>De pronto se dio una palmada en la frente. Los recuerdos clásicos le +habían hecho pensar en el pasaje en que Ulises es reconocido por +Eurycleia, su nodriza. Él no había tenido más Eurycleia que su madre, +que había muerto; pero Antonio, su hijo, necesitaba nodriza, y él había +olvidado que había venido a Cabruñana a buscarla. «¡Mejor aquí! Sí; no +me iré de Raíces sin buscar ama de cría para mi hijo. ¡Es una +inspiración! ¡Quién sabe! Tal vez se nutra con leche de su propia raza, +con sangre de su sangre...».</p> + +<p>Y como había resuelto ser cada día más activo y menos soñador; hombre +práctico como los demás, como los que ganan dinero, para ganarlo también +por amor de su Antonio, dejó sus cavilaciones, se levantó, montó a +caballo, y por aquellas quintanas y callejas adelante, de puerta en +puerta, fue buscando lo que necesitaba, nodriza para casa de los padres, +y natural de Raíces, de donde eran oriundos los Reyes. Era aquella, por +fortuna, tierra clásica de amas de cría, de las más afamadas de la +provincia; y en tan pequeño vecindario, sin más que extender un poco sus +pesquisas por aquellos contornos, encontró Bonis dos buenas vacas de +leche de aspecto humano, porque en aquella región venía a ser una +especie de industria inmoral y de exportación el servicio que él +solicitaba. Quedó convenido que a la mañana siguiente, muy temprano, +Rosa y Pepa, que así se llamaban las que presentaban su candidatura al +honor de criar a Antonio Reyes, estarían en la capital del concejo, +dispuestas a montar en el coche en que las llevaría Bonifacio a la +ciudad, para que fueran registradas por el médico, y la de mejores +condiciones recibiera el <i>exequatur</i> facultativo y el nombramiento oficial +de Emma.</p> + +<p>Satisfecho de la diligencia y fortuna con que dejaba orillado este +negocio, Bonis se detuvo, al salir del lugar, en un recodo del camino +solitario, junto a un puente de madera que atravesaba el Raíces, +riachuelo poético, sinuoso, que a la sombra de árboles infinitos corría +al próximo Océano, sin gran prisa, seguro de llegar antes de la noche; y +eso que el sol ya se había escondido tras de las olas que bramaban a lo +lejos. Reyes, volviendo grupas, seguro de su soledad, inmóvil en medio +del camino, permaneció contemplando el rincón melancólico de que se +alejaba, como si allí dejara algo.</p> + +<p>Nada concreto, nada plástico le hablaba ni podía hablarle de la relación +de su raza con aquel pacífico, humilde y poético lugar; y, sin embargo, +se veía atado a él por sutiles cadenas espirituales, de esas que se +hacen invisibles para el alma misma, desde el momento en que se quiere +probar su firmeza.</p> + +<p>«Ni yo sé en qué siglo salieron los Reyes de aquí, ni lo que eran aquí, +ni cómo ni dónde vivían; ni siquiera de mi tatarabuelo, sin ir más +lejos, tengo noticias, a no ser muy vagas. Sólo sé que éramos nobles, +hace mucho, y que salimos de Raíces. ¡Oh! ¡Si yo conservase el libro +aquel de blasones de que tanto me hablaba mi madre, y que mi padre, al +parecer, despreciaba!... Como soy tan aprensivo... se me figura sentir +cierta simpatía por estos parajes.... Esta calma, este silencio, esta +verdura, esta pobreza resignada y tolerable... hasta la música del mar, +que ruge detrás de esos montes de arena... todo esto me parece algo mío, +semejante a mi corazón, a mi pensamiento, y semejante al carácter de mi +padre. Los Reyes... no debieron salir de aquí... no servían para el +mundo; bien se vio.... Yo, el último, ¿qué soy? Un miserable, un +ignorante, que no ha ganado en su vida una peseta, que sólo sabe gastar +las ajenas. Un soñador... que creyó algún día llegar a ser algo de +provecho a fuerza de sentir con fuerza cosas raras y de las que ni +siquiera se pueden explicar. ¡A esto vino a parar la raza!».</p> + +<p>Cesó en su soliloquio, como para oír lo que el silencio de Raíces, a la +luz del crepúsculo, le decía.</p> + +<p>Una campana, muy lejos, comenzó a tocar la oración de la tarde.</p> + +<p>Bonis, a pesar de su dudosa ortodoxia, se quitó el sombrero. Y recordó +las palabras con que su madre empezaba el rezo vespertino: «El ángel del +Señor anunció a María...».</p> + +<p>¡Oh! ¡También a él, el ángel del Señor sin duda, le había anunciado que +sería padre; también sus entrañas estaban llenas del amor de aquel hijo, +de aquel Antonio, en que él estaba ya pensando como se piensa en el amor +ausente, mandando miradas y deseos de volar del lado del horizonte tras +que se esconde lo que amamos! Una ternura infinita le invadió el alma. +Hasta el caballo, meditabundo, inmóvil, le pareció que comprendía y +respetaba su emoción. ¡Raíces! ¡Su hijo! ¡La fe! Su fe de ahora era su +hijo.</p> + +<p>Lo pasado, muerte, corrupción, abdicación, errores... olvido. ¿Qué había +sido su propia existencia? Un fiasco, una bancarrota, cosa inútil; pero +todo lo que él no había sido podía serlo el hijo... lo que en él había +sido aspiración, virtualidad puramente sentimental, sería en el hijo +facultad efectiva, energía, hechos consumados.</p> + +<p>¡Oh!, se lo decía el corazón.... Antonio sería algo bueno, la gloria de +los Reyes.... Y acaso, acaso, cuando se hiciera rico, ya conquistando una +gran posición política o escribiendo dramas, lo cual le halagaba más, o, +lo que sería el colmo de la dicha, como gran compositor de sinfonías y +de óperas, como un Mozart, como un Meyerbeer, él, su padre, ya viejo, +chocho, chocho por su hijo... le metería en la cabeza que <i>restaurase</i> en +Raíces la casa de los Reyes...; y él, Bonis, vendría a morir allí... en +aquella paz, en aquella dulzura de aquel crepúsculo, entre ramas +rumorosas de árboles seculares, mecidas por una brisa musical y olorosa, +que se destacaban sobre el fondo violeta del cielo del horizonte, donde +el último aliento del día perezoso se disolvía en la noche.</p> + +<p>«¡Oh! ¡En definitiva, en el mundo, no había nada serio más que la +poesía!...—pensó Bonis—. Pero eso para mi Antonio. Él será el poeta, el +músico, el gran hombre, el genio.... Yo, su padre. Yo a lo práctico, a lo +positivo, a ganar dinero, a evitar la ruina de los Varcárcel y a +restaurar la de los Reyes. Y ¡adiós, Raíces, hasta la vuelta! Me voy con +mi hijo; tal vez volvamos juntos».</p> + +<p>Bonifacio, sacudiendo la cabeza, recobrando las riendas para sacar al +rocinante soñador de su letargo, siguió a trote su camino, sin volver +los ojos atrás, temeroso de sus ensueños, de sus locuras...; dispuesto +cada vez con más ahínco a sacrificar al porvenir de su hijo su +temperamento de bobalicón caviloso y sentimental.</p> + +<p>Durmió en la villa cabeza del partido, y al ser de día montó en el coche +diario que iba a la capital de la provincia, en compañía de las dos +Eurycleias que había buscado en Raíces.</p> + +<p>Al llegar a sus lares, se encontró la casa llena de gente, criados y +amigos en movimiento.</p> + +<p>Doña Celestina, con vestido de raso negro y mantilla de casco fina, +estaba en medio de la sala con un bulto en los brazos, un montón de tela +blanca, bordada, de encajes y de cintas azules.</p> + +<p>—¿Qué es esto?—dijo Bonis, que entraba con las nodrizas electas a +derecha e izquierda.</p> + +<p>—Esto es—respondió la partera—que vamos a hacer cristiano a este judiazo +de su hijo de usted.</p> + +<p>En efecto; Emma lo había decretado así. Cierto era que ella misma el día +anterior había dicho que no se le hablase de bautizo hasta que al +chiquillo le pasara la fluxión de los ojos; pero al despertar aquella +mañana y saber que Bonis, sin su permiso, dejándola con la calentura, se +había marchado a la aldea a enderezar entuertos, que nunca se le había +ocurrido enderezar, se había irritado, y por venganza y considerando que +el tiempo estaba templado, había dispuesto, en un decir Jesús, desde la +cama, dando órdenes como ella sabía, que el niño se bautizara aquella +misma tarde, para que el padre se lo encontrara todo hecho y rabiara un +poco.</p> + +<p>Bonis no rabió. La solemnidad del momento no consentía malas pasiones. +Lo que hizo fue abrazar a su esposa, consiguiéndolo a duras penas.</p> + +<p>Emma tenía poca calentura: estaba muy despejada; y ya sin miedo al +peligro del puerperio, aunque no había pasado, había decidido +engalanarse y engalanar su lecho.</p> + +<p>Sacó el fondo de su armario de ropa blanca, que era un tesoro, y sus +amigas pudieron contemplar un mar de espuma, de nieve y crema, de hilo +fino espiritualizado de encajes de los más delicados. En medio de +aquella espuma aparecía, como un náufrago, el rostro demacrado, +amarillento, de Emma, que definitivamente había vuelto a desmoronarse en +ruina que no admitía ya restauraciones.</p> + +<p>«Es una vieja», pensó Bonis resignado, sin amargura; pero triste por +amor de su hijo.</p> + +<p>La Valcárcel aprobó el concurso de nodrizas ideado por su marido; el +cual no comprendió por qué Nepo, los Körner, Sebastián, las de Ferraz, +las de Silva, y otras amigas y amigos reían, a carcajadas unos, con +menos violencia otros, la ocurrencia de haber traído él consigo a Pepa y +Rosa, las robustas aldeanas de Raíces.</p> + +<p>Sebastián y Marta, cada vez que recordaban la entrada triunfal de Bonis +en medio de las dos aldeanas de ubres ostentosas, se desternillaban de +risa.</p> + +<p>Según Marta, aquello era demasiado, y ya no cabía disimulo. Había que +reír a mandíbula batiente.</p> + +<p>Y se reían.</p> + +<p>Bonifacio no comprendía; ni lo intentó apenas. ¿Qué le importaban a él +las risas necias de aquella gentuza, que le habían comido el pan de su +hijo, y que estaba dispuesto a arrojar de su casa?</p> + +<p>La comitiva se puso en movimiento. Emma había decretado, y no había más +remedio que callar, que Sebastián fuese padrino y Marta madrina.</p> + +<p>Se habían dado órdenes para que la ceremonia fuese de primera clase. El +baptisterio de la iglesia parroquial estaba cubierto de colgaduras de +raso carmesí con flecos dorados; la pila brillaba como un ascua de oro, +iluminada por grandes cirios.</p> + +<p>Bonis, que había caminado solo, detrás de doña Celestina, cuidando de +que el pañuelo que cubría el rostro de Antonio, dormido, no se deslizara +al suelo, no había tenido tiempo, mientras iba por las calles, para +sentir la ternura grave y poética propia del caso; más bien recordaba +después haber experimentado así como un poco de sonrojo ante las miradas +curiosas y frías, casi insolentes y como algo burlonas, del público +indiferente y distraído. Pero al atravesar el umbral de la casa de Dios, +y detenerse entre la puerta y el cancel, y ver allá dentro, enfrente, +las luces del baptisterio, una emoción religiosa, dulcísima, empapada de +un misterio no exento de cierto terror vago, esfumada, ante la +incertidumbre del porvenir, le había dominado hasta hacerle olvidarse de +todos aquellos miserables que le rodeaban. Sólo veía a Dios y a su hijo. +Otras veces, viendo bautizar hijos ajenos, había pensado que era +ridículo aquello de echar los demonios del cuerpo, o cosa por el estilo, +a los inocentes angelillos que iban a recibir las aguas del bautismo. +Ahora no veía en nada de aquello lado alguno ridículo. ¡Oh, la Iglesia +era sabia! ¡Conocía el corazón humano y cuáles eran los momentos grandes +de la vida! ¡Era tan solemne el nacer, el tomar un nombre en la comedia +azarosa de la vida! ¡El bautizo hacía pensar en el porvenir, en una +síntesis misteriosa, de punzante curiosidad, de anhelante y temerosa +comezón de penetrar el porvenir! Aunque él, Bonis, no creía en varios +dogmas, ni menos en los prodigios de la Biblia, reconocía que la Iglesia +en aquellos trances parecía efectivamente una madre....</p> + +<p>Sin repugnancia, y sin perjuicio de las reservas mentales necesarias, él +colocaba sobre el regazo de la Iglesia al hijo de sus entrañas. ¡Su +hijo, su Antonio; allí le tenía, carne de su carne, dormido, perdido +entre encajes; una mancha colorada destacándose en la blancura...!</p> + +<p>A él ya no se parecería; pero a su padre, al procurador Reyes, sí; el +gesto de pena, la mueca de los labios, el entrecejo... todo aquello era +de su padre. ¡Ay! ¡Cómo se le metía por el alma, a borbotones, como +lágrimas de ternura que en vez de salir entrasen, el amor de aquel hijo, +de aquel ser débil, abandonado por los ángeles entre los hombres!, pero +ya no amor abstracto, metafísico; amor sin frases, amor nada retórico.... +amor inefable, pero que satisfacía la conciencia y daba sanción absoluta +al juramento de constante y callado sacrificio. Vivir por él, para él. +«Yo nací para esto; para padre». Bonis sentía a la puerta de la iglesia, +esperando al capellán que iba a hacerle cristiano a Antonio, sentía la +gracia que Dios le enviaba en forma de vocación, clara, distinta, de +vocación de padre. «Sí—pensaba—; ya soy algo».</p> + +<p>Después vio llegar a un cura rollizo, sonriente, cubierto de oro, como +el altar del baptisterio, con todo el aparato sagrado de acólitos, +cirios y cruces que reconoció que eran del caso. No se oponía él a nada, +todo estaba bien. Por más que estaba seguro de que su Antonio, aquel +inocente niño con cara triste, no tenía en el cuerpo diablo de ninguna +especie ni resentimiento personal alguno con la Iglesia, Bonis reconocía +el derecho de esta a tomar precauciones antes de admitir en su seno al +recién nacido. Hasta lo de no poder entrar en el templo su hijo antes de +cumplir los requisitos sacramentales, le parecía racional, si bien pensó +que el clero debía tener más cuidado con los <i>catecúmenos</i>, o lo que +fueran, de cierta edad, porque un aire colado, entre puertas, podía ser +fatal y matar un cristiano en flor.</p> + +<p>—Doña Celestina—dijo Reyes con voz melosa, humilde, apenas perceptible, +con ánimo de que el señor cura y su acompañamiento no dieran una +interpretación heterodoxa a sus palabras—; doña Celestina, haga usted el +favor de arrimarse a este rincón, porque ahí está usted en la corriente.</p> + +<p>—Déjeme usted a mí, D. Bonifacio.</p> + +<p>El delegado del párroco empezó sus latines, que Bonifacio entendía a +medias.</p> + +<p>Entendió que su hijo se llamaría decididamente Antonio, no recordaba qué +otra cosa, y Sebastián. Sebastián... ¿para qué? En fin, poco importaba.</p> + +<p>Las de Ferraz miraban al niño y al cura con la boca abierta, y como +quien asiste a una farsa muy chusca; eran creyentes como cada cual, pero +en el mundo, para aquellas señoritas como panderetas, todo era una +<i>guasa</i>, asunto de broma y de castañuelas.</p> + +<p>Allí no valía reírse, pero buenas ganas se les pasaba. Marta, madrina, +presenciaba la escena con cara de judío: pensaba en la superioridad de +sus ideas personales sobre la vulgar manera de entender la ceremonia que +presenciaban aquellas frívolas amiguitas.</p> + +<p>De pronto, las palabras que rezaba el clérigo con un tono discreto, +suave, de un ritmo eclesiástico simpático, sugestivo, adquirieron +verdadero valor musical, como un recitado; porque allá dentro alguien le +soltaba los caños de sonidos al órgano, que llenó la solitaria iglesia +de resonancias, de chorros de notas juguetonas, frescas.</p> + +<p>El nuevo cristiano atravesó el cancel, penetró en la iglesia precedido +del sacerdote, en brazos de Sebastián majestuoso. Llegó la comitiva al +baptisterio. Los amigos rodeaban a los padrinos; viejas, pobres y +chiquillos formaban corro, curioseando y en espera de la calderilla del +bateo. Para Bonis, que siguió a su hijo hasta la margen del Jordán de +mármol, todo tomó nueva vida, más intenso, armónico y poético sentido. +Era que la música le ayudaba a entender, a penetrar el significado hondo +de las cosas. El órgano, el órgano, le decía lo que él no acababa de +explicarse.</p> + +<p>«Pues es claro; la Iglesia es un lince; ve largo; sabe ser madre».</p> + +<p>Las notas del órgano, bajando a hacer cosquillas al recién nacido, al +que venía de los cielos del misterio, metiéndosele por las carnecitas +que dejaban al aire los dedos discretos y expertos de doña Celestina, al +descubrir la espalda de la criatura; las notas aladas y revoltosas, eran +angelillos que retozaban con su compañero humano, menos feliz que ellos, +pero no menos puro, no menos inocente.</p> + +<p>Bonis sintió que el rostro de los más indiferentes, hasta el de los +pilluelos que esperaban la calderilla, tomaba expresión de interés, de +cierto enternecimiento. Las luces parecían cantar también al oscilar con +ritmo; brillaban más rojas; los dorados del cura y del baptisterio se +hicieron más intensos, más señoriles; los monaguillos, tiesos, solemnes, +daban indudable respetabilidad al acto. El órgano era el que se permitía +seguir riendo, jugueteando, pero legítimamente, porque representaba la +alegría celestial, la gracia de la inocencia.... Mas en el fondo de las +bromas poéticas y sagradas de aquella música de la iglesia, a Bonis, de +pronto, se le antojó ver una especie de desafío burlón un tanto irónico. +Vamos a ver, decía el órgano: ¿Qué guarda el porvenir? ¿Qué va a ser de +tu hijo? ¿Qué es la vida? ¿Importa vivir, o no importa? ¿Es todo juego? +¿Es todo un sueño? ¿Hay algo más que la apariencia?... Y la música, de +repente, la tomaba por otra parte sin lógica, sin formalidad; empezaba a +decir una cosa y acababa indicando otra.... Hasta que por fin Reyes notó +que el organista estaba tocando variaciones sobre la <i>Traviata</i>, ópera +entonces de moda. Bonifacio se acordó de la <i>Dama de las Camelias</i>, que +había leído, y de aquel Armando, que había amado hasta olvidar al suo +<i>vecchio</i> genitor, como dicen en la ópera, y, en efecto, el órgano lo +estaba recordando:</p> + +<p> +<span style="margin-left: 2.5em;">«<i>Tu non sai quanto soffrì</i>!»</span><br /> +</p> + +<p>—¡Pobre de mí!—pensó Bonis—. El hijo puede ser un ingrato. Amará a una +mujer más que a mí ciertamente. Yo nací para que no me amen como yo +quisiera.... Pero no importa, no importa; esta es la ley. Nosotros a +ellos; ellos a los suyos o a las vanidades del mundo. ¡Cosa rara! ¿Por +qué no sonaría mal <i>La Traviata</i> en la iglesia? Aquello debía ser una +profanación... y no lo era. Era que en <i>La Traviata</i>, bien o mal, había +amor y dolor, amor y muerte; es decir, toda la religión y toda la +vida... ¡Oh, cómo hablaba el órgano de los misterios del destino!... +Vuelta a la burla, vuelta a las preguntas irónicas: «¿Qué será de él? +¿Qué será de ti? ¿Qué será de todo?...».</p> + +<p>—¿Quién toca el órgano?—preguntó Marta por lo bajo a Sebastián.</p> + +<p>—Minghetti.</p> + +<p>Padrino y madrina sonrieron, mirándose.</p> + +<p>—¡Capricho de hombre!—dijo la alemana, consagrando al barítono un +recuerdo.</p> + +<p>Bonis había oído la pregunta y la respuesta.</p> + +<p>—«Tocaba Minghetti: ¡oh, bien se conocía que andaba allí arriba un +artista! Había sido una atención delicada.... Los artistas al fin son +poetas... ¡lástima que suelan ser además unos pillos! Él, Bonis, entre +la moral y el arte, en caso de incompatibilidad, se quedaría en adelante +con la moral. Por su hijo».</p> + +<p>Ya era cristiano Antonio Diego Sebastián; doña Celestina le había tomado +de brazos del tío padrino, y sentada en la tarima de un confesionario, +junto a una capilla, rodeada de aquellos amigos y curiosos, se entendía +hábilmente con cintas y encajes para volver a sepultar bajo tanto +fárrago de lino el cuerpo débil, flaco, de la criatura.</p> + +<p>Bonifacio se separó del grupo, y por el templo adelante se dirigió a la +sacristía, en pos del sacerdote y sus acólitos. También aquello era +solemne. Iba a dictar la inscripción del libro bautismal, a sentar la +base del estado civil de su hijo. Mientras Minghetti, por divertirse, +continuaba haciendo prodigios en el órgano, iba pensando Bonis por medio +del templo: «¡Quién sabe! Tal vez algún día sabios, eruditos, curiosos, +vengan en peregrinación a contemplar con cariño y respeto la página de +este libro de la parroquia en que yo voy a dictar ahora el nombre de mi +hijo, el de sus padres y abuelos, lugar de su naturaleza, etc., +etcétera. ¡Abuelos! Mi pobre Antonio no tiene abuelos vivos; le faltará +ese amor, pero el mío los suplirá todos».</p> + +<p>Al entrar en la sacristía, en una capilla lateral, sumida en la sombra, +vio una mujer sentada sobre la tarima, con la cabeza apoyada en el altar +de relieve churrigueresco.</p> + +<p>—¡Serafina!</p> + +<p>—¡Bonifacio!</p> + +<p>—¿Qué haces aquí?</p> + +<p>—¿Qué he de hacer? Rezar. Y tú, ¿a qué vienes?</p> + +<p>—Vengo a inscribir a mi hijo, que acaba de bautizarse, en el libro +bautismal.</p> + +<p>Serafina se puso en pie. Sonrió de un modo que asustó a Bonis, porque +nunca había visto en su amiga el gesto de crueldad, de malicia fría, que +acompañó a tal sonrisa.</p> + +<p>—Conque... ¿tu hijo?... ¡Bah!</p> + +<p>—¿Qué tienes, Serafina? ¿Cómo estás aquí?</p> + +<p>—Estoy aquí... por no estar en casa; por huir del amo de la posada. +Estoy aquí... porque me voy haciendo beata. No es broma. O rezar, o.... +una caja de fósforos. ¿Sabes? Mochi no vuelve. ¿Sabes? ¡He perdido la +voz! Sí; perdida por completo. El día que te escribí...; y que no me +contestaste; ya sabes, cuando te pedía aquellos reales para pagar la +fonda.... Bueno; pues aquel día... aquella noche... como había ofrecido +pagar, y no pagué... porque no contestaste..., tuve una batalla de +improperios con D. Carlos... ¡el infame!...</p> + +<p>La Gorgheggi calló un momento, porque la ahogaba la emoción; ira, pena, +vergüenza.... Dos lágrimas, que debían de saber a vinagre, se le asomaron +a los ojos.</p> + +<p>—El infame tuvo el valor de insultarme como a una mujer perdida...; me +amenazó con la justicia, con plantarme en el arroyo.... Yo eché a correr; +salí a la calle, como estaba, sin sombrero.... Pero volví. Porque lo +dejaba allí todo.... Mi equipaje, lo único que tengo en el mundo. No sé +qué cogí aquella noche, al relente, furiosa, por la calle húmeda... ¡Oh! +En fin, la voz, que ya andaba muy mal, se fue de repente.... Desde +aquella noche canto... como tu mujer. No salgo de la fonda... porque no +puedo pagar. D. Carlos me insulta unas veces... y otras me requiebra. Yo +no quiero amantes ni altos ni bajos..., porque no quiero..., porque todo +eso me da asco. Mochi no vuelve.... A mis últimas cartas ya no ha +contestado. Como tú. Sois unos caballeros. Se os pide cuatro cuartos +para no recibir insultos de un miserable..., y no contestáis.... No sé +dónde ir; en casa me espía mi acreedor, que quiere ser mi amante; en la +calle me persiguen necios, me aburre la curiosidad estúpida de la +gente.... No tengo dinero ni para escapar... ¿Para escapar adónde? Me +meto en la iglesia. Esto es mío, como de todos. Tú me enseñaste a sentir +así, a querer paz..., a soñar..., a desear imposibles.... Aquí estoy +tranquila..., y rezo a mi modo. No tengo fe, lo que se llama fe.... Pero +quisiera tenerla. Los santos, todos esos, aquel San Roque, este San +Sebastián con sus banderillas por todo el cuerpo..., aquel señor +obispo..., San Isidoro..., todos me van entendiendo. No tengo verdadera +religión..., pero por lo pronto... los amantes me dan asco... no quiero +amantes...; esperaré a ver si vuelve la voz..., o si vuelves tú. Mochi +es un mal hombre, un traidor, un miserable...; ya lo sabía, siempre lo +supe. Pero tú..., no creí que lo fueras también. Bonis, no me +abandones.... Yo... te quiero todavía..., más que antes, mucho más de +veras. Debo de estar enferma.... Me asusta el mundo..., el teatro me +horroriza..., el galanteo me espanta.... Quiero paz..., quiero sueño..., +quiero honradez...; no vivir de farsa... y tener pan que no deba a mi +cuerpo alquilado a un desconocido..., a no sé ahora quién. Tuya, sí. De +los demás, no. ¿Quieres?</p> + +<p>Bonis, aunque poco formalista en materias religiosas, y a pesar de que +las palabras, y el tono, y las dos lágrimas de Serafina le habían +enternecido hasta lo inefable, pensó, ante todo, que estaban en la +iglesia y que no era el lugar nada a propósito para tal clase de tratos +y contratos.</p> + +<p>Antes de contestar, miró hacia atrás, hacia el baptisterio, para ver si +alguien había reparado su encuentro con la cantante. La comitiva del +bautizo había desaparecido. Ni siquiera habían parado mientes en la +ausencia de Reyes. Tan insignificante era para todos. Minghetti, sin +embargo, seguía embelesado con sus travesuras armónicas en el órgano. +Tenía aquella manía: la de hacerse pesado, por broma, cuando se ponía a +tocar.</p> + +<p>Bonis, con repugnancia por hablar de tales asuntos allí, en el templo, +pero compadecido hasta el fondo del alma, y, por otra parte, dispuesto a +no abdicar de su dignidad de padre de familia sin mancha, tapujos ni +relajamientos de costumbres, dijo con voz que procuró hacer cariñosa al +par que firme, y que le salió temblona, balbuciente y débil:</p> + +<p>—Serafina..., yo a ti te debo toda la verdad.... Yo, en adelante, quiero +vivir para mi hijo.... Nuestros amores... eran ilícitos.... Debo a Dios un +gran bien, una gracia...: el tener un hijo.... Ofrecí el sacrificio de +mis pasiones por la felicidad de Antonio.... Además, estoy arruinado.... +En el terreno de los intereses materiales... haré por ti... lo que +pueda...; ¡ya se ve!... Con ese D. Carlos, que es un judío... ya me +entenderé yo.... Pero estoy arruinado.... La voz..., tu voz... volverá...</p> + +<p>Y aquí, al recordar la <i>voz</i> que él había adorado, Bonis estuvo a punto de +llorar también.</p> + +<p>Mas el rostro de Serafina volvió a asustarle. Aquella mujer tan hermosa, +que era la belleza con cara de bondad para Bonis... le pareció de +repente una culebra.... La vio mirarle con ojos de acero, con miradas +puntiagudas; le vio arrugar las comisuras de la boca de un modo que era +símbolo de crueldad infinita; le vio pasar por los labios rojos la punta +finísima de una lengua jugosa y muy aguda... y con el presentimiento de +una herida envenenada, esperó las palabras pausadas de la mujer que le +había hecho feliz hasta la locura.</p> + +<p>La Gorgheggi dijo:</p> + +<p>—Bonis, siempre fuiste un imbécil. Tu hijo... no es tu hijo.</p> + +<p>—¡Serafina!</p> + +<p>Y no pudo decir más el pobre Bonis. También él perdía la voz. Lo que +hizo fue apoyarse en el altar de la capilla oscura, para no caerse.</p> + +<p>Como él no hablaba, Serafina tuvo valor para añadir:</p> + +<p>—Pero, hombre; todo el mundo lo sabe... ¿No sabes tú de quién es tu +hijo?</p> + +<p>—¡Mi hijo!... ¿De quién es mi hijo?</p> + +<p>La Gorgheggi extendió un brazo y señaló a lo alto, hacia el coro:</p> + +<p>—Del organista.</p> + +<p>—¡Ah!—exclamó Bonis, como si hubiera sentido a su amada envenenarle la +boca al darle un beso....</p> + +<p>Se separó del altar; se afirmó bien sobre los pies; sonrió como estaba +sonriendo San Sebastián, allí cerca, acribillado de flechas.</p> + +<p>—Serafina..., te lo perdono..., porque a ti debo perdonártelo todo.... Mi +hijo es mi hijo. Eso que tú no tienes y buscas, lo tengo yo: tengo fe, +tengo fe en mi hijo. Sin esa fe no podría vivir. Estoy seguro, Serafina; +mi hijo... es mi hijo. ¡Oh, sí! ¡Dios mío! ¡Es mi hijo!... Pero... ¡como +puñalada, es buena! Si me lo dijera otro... ni lo creería, ni lo +sentiría. Me lo has dicho tú... y tampoco lo creo.... Yo no he tenido +tiempo de explicarte lo que ahora pasa por mí; lo que es esto de ser +padre.... Te perdono, pero me has hecho mucho daño. Cuando mañana te +arrepientas de tus palabras, acuérdate de esto que te digo: Bonifacio +Reyes cree firmemente que Antonio Reyes y Valcárcel es hijo suyo. Es su +único hijo. ¿Lo entiendes? ¡Su único hijo!</p> + + + +<hr style="width: 65%;" /> +<h2>FIN</h2> + +<p> </p> +<p> </p> +<hr class="full" /> +<p>***END OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK SU úNICO HIJO***</p> +<p>******* This file should be named 17341-h.txt or 17341-h.zip *******</p> +<p>This and all associated files of various formats will be found in:<br /> +<a href="https://www.gutenberg.org/dirs/1/7/3/4/17341">https://www.gutenberg.org/1/7/3/4/17341</a></p> +<p>Updated editions will replace the previous one--the old editions +will be renamed.</p> + +<p>Creating the works from public domain print editions means that no +one owns a United States copyright in these works, so the Foundation +(and you!) can copy and distribute it in the United States without +permission and without paying copyright royalties. Special rules, +set forth in the General Terms of Use part of this license, apply to +copying and distributing Project Gutenberg-tm electronic works to +protect the PROJECT GUTENBERG-tm concept and trademark. Project +Gutenberg is a registered trademark, and may not be used if you +charge for the eBooks, unless you receive specific permission. If you +do not charge anything for copies of this eBook, complying with the +rules is very easy. You may use this eBook for nearly any purpose +such as creation of derivative works, reports, performances and +research. They may be modified and printed and given away--you may do +practically ANYTHING with public domain eBooks. 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For +example an eBook of filename 10234 would be found at: + +https://www.gutenberg.org/dirs/1/0/2/3/10234 + +or filename 24689 would be found at: +https://www.gutenberg.org/dirs/2/4/6/8/24689 + +An alternative method of locating eBooks: +<a href="https://www.gutenberg.org/dirs/GUTINDEX.ALL">https://www.gutenberg.org/dirs/GUTINDEX.ALL</a> + +*** END: FULL LICENSE *** +</pre> +</body> +</html> diff --git a/LICENSE.txt b/LICENSE.txt new file mode 100644 index 0000000..6312041 --- /dev/null +++ b/LICENSE.txt @@ -0,0 +1,11 @@ +This eBook, including all associated images, markup, improvements, +metadata, and any other content or labor, has been confirmed to be +in the PUBLIC DOMAIN IN THE UNITED STATES. + +Procedures for determining public domain status are described in +the "Copyright How-To" at https://www.gutenberg.org. + +No investigation has been made concerning possible copyrights in +jurisdictions other than the United States. 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