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| author | Roger Frank <rfrank@pglaf.org> | 2025-10-15 04:50:09 -0700 |
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You may copy it, give it away or +re-use it under the terms of the Project Gutenberg License included +with this eBook or online at www.gutenberg.org + + +Title: Fortunata y Jacinta + dos historias de casadas + +Author: Benito Pérez Galdós + +Release Date: November 5, 2005 [EBook #17013] +[Last updated on December 21, 2019] + +Language: Spanish + +Character set encoding: ISO-8859-1 + +*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK FORTUNATA Y JACINTA *** + + + + +Produced by Chuck Greif + + + + + +Fortunata y Jacinta: (dos historias de casadas) + +por B. Pérez Galdós + + + + +Parte primera + + + + +-I- + +Juanito Santa Cruz + + + + +--i-- + + +Las noticias más remotas que tengo de la persona que lleva este nombre +me las ha dado Jacinto María Villalonga, y alcanzan al tiempo en que +este amigo mío y el otro y el de más allá, Zalamero, Joaquinito Pez, +Alejandro Miquis, iban a las aulas de la Universidad. No cursaban todos +el mismo año, y aunque se reunían en la cátedra de Camús, separábanse en +la de Derecho Romano: el chico de Santa Cruz era discípulo de Novar, y +Villalonga de Coronado. Ni tenían todos el mismo grado de aplicación: +Zalamero, juicioso y circunspecto como pocos, era de los que se ponen en +la primera fila de bancos, mirando con faz complacida al profesor +mientras explica, y haciendo con la cabeza discretas señales de +asentimiento a todo lo que dice. Por el contrario, Santa Cruz y +Villalonga se ponían siempre en la grada más alta, envueltos en sus +capas y más parecidos a conspiradores que a estudiantes. Allí pasaban el +rato charlando por lo bajo, leyendo novelas, dibujando caricaturas o +soplándose recíprocamente la lección cuando el catedrático les +preguntaba. Juanito Santa Cruz y Miquis llevaron un día una sartén (no +sé si a la clase de Novar o a la de Uribe, que explicaba Metafísica) y +frieron un par de huevos. Otras muchas tonterías de este jaez cuenta +Villalonga, las cuales no copio por no alargar este relato. Todos ellos, +a excepción de Miquis que se murió en el 64 soñando con la gloria de +Schiller, metieron infernal bulla en el célebre alboroto de la noche de +San Daniel. Hasta el formalito Zalamero se descompuso en aquella ruidosa +ocasión, dando pitidos y chillando como un salvaje, con lo cual se ganó +dos bofetadas de un guardia veterano, sin más consecuencias. Pero +Villalonga y Santa Cruz lo pasaron peor, porque el primero recibió un +sablazo en el hombro que le tuvo derrengado por espacio de dos meses +largos, y el segundo fue cogido junto a la esquina del Teatro Real y +llevado a la prevención en una cuerda de presos, compuesta de varios +estudiantes decentes y algunos pilluelos de muy mal pelaje. A la sombra +me lo tuvieron veinte y tantas horas, y aún durara más su cautiverio, si +de él no le sacara el día 11 su papá, sujeto respetabilísimo y muy bien +relacionado. + +¡Ay!, el susto que se llevaron D. Baldomero Santa Cruz y Barbarita no es +para contado. ¡Qué noche de angustia la del 10 al 11! Ambos creían no +volver a ver a su adorado nene, en quien, por ser único, se miraban y se +recreaban con inefables goces de padres chochos de cariño, aunque no +eran viejos. Cuando el tal Juanito entró en su casa, pálido y +hambriento, descompuesta la faz graciosa, la ropita llena de sietes y +oliendo a pueblo, su mamá vacilaba entre reñirle y comérsele a besos. El +insigne Santa Cruz, que se había enriquecido honradamente en el comercio +de paños, figuraba con timidez en el antiguo partido progresista; mas no +era socio de la revoltosa _Tertulia_, porque las inclinaciones +antidinásticas de Olózaga y Prim le hacían muy poca gracia. Su club era +el salón de un amigo y pariente, al cual iban casi todas las noches D. +Manuel Cantero, D. Cirilo Álvarez y D. Joaquín Aguirre, y algunas D. +Pascual Madoz. No podía ser, pues, D. Baldomero, por razón de afinidades +personales, sospechoso al poder. Creo que fue Cantero quien le acompañó +a Gobernación para ver a González Bravo, y éste dio al punto la orden +para que fuese puesto en libertad el revolucionario, el anarquista, el +descamisado Juanito. + +Cuando el niño estudiaba los últimos años de su carrera, verificose en +él uno de esos cambiazos críticos que tan comunes son en la edad +juvenil. De travieso y alborotado volviose tan juiciosillo, que al mismo +Zalamero daba quince y raya. Entrole la comezón de cumplir +religiosamente sus deberes escolásticos y aun de instruirse por su +cuenta con lecturas sin tasa y con ejercicios de controversia y palique +declamatorio entre amiguitos. No sólo iba a clase puntualísimo y cargado +de apuntes, sino que se ponía en la grada primera para mirar al profesor +con cara de aprovechamiento, sin quitarle ojo, cual si fuera una novia, +y aprobar con cabezadas la explicación, como diciendo: «yo también me sé +eso y algo más». Al concluir la clase, era de los que le cortan el paso +al catedrático para consultarle un punto oscuro del texto o que les +resuelva una duda. Con estas dudas declaran los tales su furibunda +aplicación. Fuera de la Universidad, la fiebre de la ciencia le traía +muy desasosegado. Por aquellos días no era todavía costumbre que fuesen +al Ateneo los sabios de pecho que están mamando la leche del +conocimiento. Juanito se reunía con otros cachorros en la casa del chico +de Tellería (Gustavito) y allí armaban grandes peloteras. Los temas más +sutiles de Filosofía de la Historia y del Derecho, de Metafísica y de +otras ciencias especulativas (pues aún no estaban de moda los estudios +experimentales, ni el transformismo, ni Darwin, ni Haeckel eran para +ellos, lo que para otros el trompo o la cometa. ¡Qué gran progreso en +los entretenimientos de la niñez! ¡Cuando uno piensa que aquellos mismos +nenes, si hubieran vivido en edades remotas, se habrían pasado el tiempo +mamándose el dedo, o haciendo y diciendo toda suerte de boberías...! + +Todos los dineros que su papá le daba, dejábalos Juanito en casa de +Bailly-Baillière, a cuenta de los libros que iba tomando. Refiere +Villalonga que un día fue Barbarita _reventando_ de gozo y orgullo a la +librería, y después de saldar los débitos del niño, dio orden de que +entregaran a este todos los mamotretos que pidiera, aunque fuesen caros +y tan grandes como misales. La bondadosa y angelical señora quería poner +un freno de modestia a la expresión de su vanidad maternal. Figurábase +que ofendía a los demás, haciendo ver la supremacía de su hijo entre +todos los hijos nacidos y por nacer. No quería tampoco profanar, +haciéndolo público, aquel encanto íntimo, aquel himno de la conciencia +que podemos llamar los _misterios gozosos_ de Barbarita. Únicamente se +clareaba alguna vez, soltando como al descuido estas entrecortadas +razones: «¡Ay qué chico!... ¡cuánto lee! Yo digo que esas cabezas tienen +algo, algo, sí señor, que no tienen las demás... En fin, más vale que le +dé por ahí». + +Concluyó Santa Cruz la carrera de Derecho, y de añadidura la de +Filosofía y Letras. Sus papás eran muy ricos y no querían que el niño +fuese comerciante, ni había para qué, pues ellos tampoco lo eran ya. +Apenas terminados los estudios académicos, verificose en Juanito un +nuevo cambiazo, una segunda crisis de crecimiento, de esas que marcan el +misterioso paso o transición de edades en el desarrollo individual. +Perdió bruscamente la afición a aquellas furiosas broncas oratorias por +un más o un menos en cualquier punto de Filosofía o de Historia; empezó +a creer ridículos los sofocones que se había tomado por probar que _en +las civilizaciones de Oriente el poder de las castas sacerdotales era un +poquito más ilimitado que el de los reyes_, contra la opinión de +Gustavito Tellería, el cual sostenía, dando puñetazos sobre la mesa, que +lo era _un poquitín menos_. Dio también en pensar que maldito lo que le +importaba que _la conciencia fuera la intimidad total del ser racional +consigo mismo_, o bien otra cosa semejante, como quería probar, +hinchándose de convicción airada, Joaquinito Pez. No tardó, pues, en +aflojar la cuerda a la manía de las lecturas, hasta llegar a no leer +absolutamente nada. Barbarita creía de buena fe que su hijo no leía ya +porque había agotado el pozo de la ciencia. + +Tenía Juanito entonces veinticuatro años. Le conocí un día en casa de +Federico Cimarra en un almuerzo que este dio a sus amigos. Se me ha +olvidado la fecha exacta; pero debió de ser esta hacia el 69, porque +recuerdo que se habló mucho de Figuerola, de la capitación y del derribo +de la torre de la iglesia de Santa Cruz. Era el hijo de D. Baldomero muy +bien parecido y además muy simpático, de estos hombres que se +recomiendan con su figura antes de cautivar con su trato, de estos que +en una hora de conversación ganan más amigos que otros repartiendo +favores positivos. Por lo bien que decía las cosas y la gracia de sus +juicios, aparentaba saber más de lo que sabía, y en su boca las +paradojas eran más bonitas que las verdades. Vestía con elegancia y +tenía tan buena educación, que se le perdonaba fácilmente el hablar +demasiado. Su instrucción y su ingenio agudísimo le hacían descollar +sobre todos los demás mozos de la partida, y aunque a primera vista +tenía cierta semejanza con Joaquinito Pez, tratándoles se echaban de ver +entre ambos profundas diferencias, pues el chico de Pez, por su ligereza +de carácter y la garrulería de su entendimiento, era un verdadero +botarate. + +Barbarita estaba loca con su hijo; mas era tan discreta y delicada, que +no se atrevía a elogiarle delante de sus amigas, sospechando que todas +las demás señoras habían de tener celos de ella. Si esta pasión de madre +daba a Barbarita inefables alegrías, también era causa de zozobras y +cavilaciones. Temía que Dios la castigase por su orgullo; temía que el +adorado hijo enfermara de la noche a la mañana y se muriera como tantos +otros de menos mérito físico y moral. Porque no había que pensar que el +mérito fuera una inmunidad. Al contrario, los más brutos, los más feos y +los perversos son los que se hartan de vivir, y parece que la misma +muerte no quiere nada con ellos. Del tormento que estas ideas daban a su +alma se defendía Barbarita con su ardiente fe religiosa. Mientras oraba, +una voz interior, susurro dulcísimo como chismes traídos por el Ángel de +la Guarda, le decía que su hijo no moriría antes que ella. Los cuidados +que al chico prodigaba eran esmeradísimos; pero no tenía aquella buena +señora las tonterías dengosas de algunas madres, que hacen de su cariño +una manía insoportable para los que la presencian, y corruptora para las +criaturas que son objeto de él. No trataba a su hijo con mimo. Su +ternura sabía ser inteligente y revestirse a veces de severidad dulce. + +¿Y por qué le llamaba todo el mundo y le llama todavía casi unánimemente +_Juanito_ Santa Cruz? Esto sí que no lo sé. Hay en Madrid muchos casos +de esta aplicación del diminutivo o de la fórmula familiar del nombre, +aun tratándose de personas que han entrado en la madurez de la vida. +Hasta hace pocos años, al autor cien veces ilustre de _Pepita Jiménez_, +le llamaban sus amigos y los que no lo eran, _Juanito_ Valera. En la +sociedad madrileña, la más amena del mundo porque ha sabido combinar la +cortesía con la confianza, hay algunos _Pepes, Manolitos_ y _Pacos_ que, +aun después de haber conquistado la celebridad por diferentes conceptos, +continúan nombrados con esta familiaridad democrática que demuestra la +llaneza castiza del carácter español. El origen de esto habrá que +buscarlo quizá en ternuras domésticas o en hábitos de servidumbre que +trascienden sin saber cómo a la vida social. En algunas personas, puede +relacionarse el diminutivo con el sino. Hay efectivamente Manueles que +nacieron predestinados para ser _Manolos_ toda su vida. Sea lo que +quiera, al venturoso hijo de D. Baldomero Santa Cruz y de doña Bárbara +Arnaiz le llamaban _Juanito_, y _Juanito_ le dicen y le dirán quizá +hasta que las canas de él y la muerte de los que le conocieron niño +vayan alterando poco a poco la campechana costumbre. + +Conocida la persona y sus felices circunstancias, se comprenderá +fácilmente la dirección que tomaron las ideas del joven Santa Cruz al +verse en las puertas del mundo con tantas probabilidades de éxito. Ni +extrañará nadie que un chico guapo, poseedor del arte de agradar y del +arte de vestir, hijo único de padres ricos, inteligente, instruido, de +frase seductora en la conversación, pronto en las respuestas, agudo y +ocurrente en los juicios, un chico, en fin, al cual se le podría poner +el rótulo social de _brillante_, considerara ocioso y hasta ridículo el +meterse a averiguar si hubo o no un idioma único primitivo, si el Egipto +fue una colonia bracmánica, si la China es absolutamente independiente +de tal o cual civilización asiática, con otras cosas que años atrás le +quitaban el sueño, pero que ya le tenían sin cuidado, mayormente si +pensaba que lo que él no averiguase otro lo averiguaría... «Y por último +--decía--pongamos que no se averigüe nunca. ¿Y qué...?». El mundo +tangible y gustable le seducía más que los incompletos conocimientos de +vida que se vislumbran en el fugaz resplandor de las ideas _sacadas a la +fuerza_, chispas obtenidas en nuestro cerebro por la percusión de la +voluntad, que es lo que constituye el estudio. Juanito acabó por +declararse a sí mismo que más sabe el que vive _sin querer saber_ que el +que _quiere saber sin vivir_, o sea aprendiendo en los libros y en las +aulas. Vivir es relacionarse, gozar y padecer, desear, aborrecer y amar. +La lectura es vida artificial y prestada, el usufructo, mediante una +función cerebral, de las ideas y sensaciones ajenas, la adquisición de +los tesoros de la verdad humana por compra o por estafa, no por el +trabajo. No paraban aquí las filosofías de Juanito, y hacía una +comparación que no carece de exactitud. Decía que entre estas dos +maneras de vivir, observaba él la diferencia que hay entre comerse una +chuleta y que le vengan a contar a uno cómo y cuándo se la ha comido +otro, haciendo el cuento muy a lo vivo, se entiende, y describiendo la +cara que ponía, el gusto que le daba la masticación, la gana con que +tragaba y el reposo con que digería. + + + + +--ii-- + + +Empezó entonces para Barbarita nueva época de sobresaltos. Si antes sus +oraciones fueron pararrayos puestos sobre la cabeza de Juanito para +apartar de ella el tifus y las viruelas, después intentaban librarle de +otros enemigos no menos atroces. Temía los escándalos que ocasionan +lances personales, las pasiones que destruyen la salud y envilecen el +alma, los despilfarros, el desorden moral, físico y económico. +Resolviose la insigne señora a tener carácter y a vigilar a su hijo. +Hízose fiscalizadora, reparona, entrometida, y unas veces con dulzura, +otras con aspereza que le costaba trabajo fingir, tomaba razón de todos +los actos del joven, tundiéndole a preguntas: «¿A dónde vas con ese +cuerpo?... ¿De dónde vienes ahora?... ¿Por qué entraste anoche a las +tres de la mañana?... ¿En qué has gastado los mil reales que ayer te +di?... A ver, ¿qué significa este perfume que se te ha pegado a la +cara?...». Daba sus descargos el delincuente como podía, fatigando su +imaginación para procurarse respuestas que tuvieran visos de lógica, +aunque estos fueran como fulgor de relámpago. Ponía una de cal y otra de +arena, mezclando las contestaciones categóricas con los mimos y las +zalamerías. Bien sabía cuál era el flanco débil del enemigo. Pero +Barbarita, mujer de tanto espíritu como corazón, se las tenía muy tiesas +y sabía defenderse. En algunas ocasiones era tan fuerte la acometida de +cariñitos, que la mamá estaba a punto de rendirse, fatigada de su +entereza disciplinaria. Pero, ¡quia!, no se rendía; y vuelta al ajuste +de cuentas, y al inquirir, y al tomar acta de todos los pasos que el +predilecto daba por entre los peligros sociales. En honor a la verdad, +debo decir que los desvaríos de Juanito no eran ninguna cosa del otro +jueves. En esto, como en todo lo malo, hemos progresado de tal modo, que +las barrabasadas de aquel niño bonito hace quince años, nos parecerían +hoy timideces y aun actos de ejemplaridad relativa. + +Presentose en aquellos días al simpático joven la coyuntura de hacer su +primer viaje a París, adonde iban Villalonga y Federico Ruiz +comisionados por el Gobierno, el uno a comprar máquinas de agricultura, +el otro a adquirir aparatos de astronomía. A D. Baldomero le pareció +muy bien el viaje del chico, para que viese mundo; y Barbarita no se +opuso, aunque le mortificaba mucho la idea de que su hijo correría en la +capital de Francia temporales más recios que los de Madrid. A la pena de +no verle uníase el temor de que le sorbieran aquellos gabachos y +gabachas, tan diestros en desplumar al forastero y en maleficiar a los +jóvenes más juiciosos. Bien se sabía ella que allá hilaban muy fino en +esto de explotar las debilidades humanas, y que Madrid era, comparado en +esta materia con París de Francia, un lugar de abstinencia y +mortificación. Tan triste se puso un día pensando en estas cosas y tan +al vivo se le representaban la próxima perdición de su querido hijo y +las redes en que inexperto caía, que salió de su casa resuelta a +implorar la misericordia divina del modo más solemne, conforme a sus +grandes medios de fortuna. Primero se le ocurrió encargar muchas misas +al cura de San Ginés, y no pareciéndole esto bastante, discurrió mandar +poner de Manifiesto la Divina Majestad todo el tiempo que el niño +estuviese en París. Ya dentro de la Iglesia, pensó que lo del Manifiesto +era un lujo desmedido y por lo mismo quizá irreverente. No, guardaría el +recurso gordo para los casos graves de enfermedad o peligro de muerte. +Pero en lo de las misas sí que no se volvió atrás, y encargó la mar de +ellas, repartiendo además aquella semana más limosnas que de costumbre. + +Cuando comunicaba sus temores a D. Baldomero, este se echaba a reír y le +decía: «El chico es de buena índole. Déjale que se divierta y que la +corra. Los jóvenes del día necesitan despabilarse y ver mucho mundo. No +son estos tiempos como los míos, en que no la corría ningún chico del +comercio, y nos tenían a todos metidos en un puño hasta que nos casaban. +¡Qué costumbres aquellas tan diferentes de las de ahora! La +civilización, hija, es mucho cuento. ¿Qué padre le daría hoy un par de +bofetadas a un hijo de veinte años por haberse puesto las botas nuevas +en día de trabajo? ¿Ni cómo te atreverías hoy a proponerle a un mocetón +de estos que rece el rosario con la familia? Hoy los jóvenes disfrutan +de una libertad y de una iniciativa para divertirse que no gozaban los +de antaño. Y no creas, no creas que por esto son peores. Y si me apuras, +te diré que conviene que los chicos no sean tan encogidos como los de +entonces. Me acuerdo de cuando yo era pollo. ¡Dios mío, qué soso era! Ya +tenía veinticinco años, y no sabía decir a una mujer o señora sino _que +usted lo pase bien_, y de ahí no me sacaba nadie. Como que me había +pasado en la tienda y en el almacén toda la niñez y lo mejor de mi +juventud. Mi padre era una fiera; no me perdonaba nada. Así me crié, así +salí yo, con unas ideas de rectitud y unos hábitos de trabajo, que ya +ya... Por eso bendigo hoy los coscorrones que fueron mis verdaderos +maestros. Pero en lo referente a sociedad, yo era un salvaje. Como mis +padres no me permitían más compañía que la de otros muchachones tan +ñoños como yo, no sabía ninguna suerte de travesuras, ni habia visto a +una mujer más que por el forro, ni entendía de ningún juego, ni podía +hablar de nada que fuera mundano y corriente. Los domingos, mi mamá +tenía que ponerme la corbata y encasquetarme el sombrero, porque todas +las prendas del día de fiesta parecían querer escapárseme del cuerpo. Tú +bien te acuerdas. Anda, que también te has reído de mí. Cuando mis +padres me hablaron... así, a boca de jarro, de que me iba a casar +contigo, ¡me corrió un frío por todo el espinazo...! Todavía me acuerdo +del miedo que te tenía. Nuestros padres nos dieron esto amasado y +cocido. Nos casaron como se casa a los gatos, y punto concluido. Salió +bien; pero hay tantos casos en que esta manera de hacer familias sale +malditamente... ¡Qué risa! Lo que me daba más miedo cuando mi madre me +habló de casarme, fue el compromiso en que estaba de hablar contigo... +No tenía más remedio que decirte algo... ¡Caramba, qué sudores pasé! +'Pero yo ¿qué le voy a decir, si lo único que sé es _que usted lo pase +bien_, y en saliendo de ahí soy hombre perdido...?'. + +Ya te he contado mil veces la saliva amarga que tragaba ¡ay, Dios mío!, +cuando mi madre me mandaba ponerme la levita de paño negro para llevarme +a tu casa. Bien te acuerdas de mi famosa levita, de lo mal que me estaba +y de lo desmañado que era en tu presencia, pues no me arrancaba a decir +una palabra sino cuando alguien me ayudaba. Los primeros días me +inspirabas verdadero terror, y me pasaba las horas pensando cómo había +de entrar y qué cosas había de decir, y discurriendo alguna triquiñuela +para hacer menos ridícula mi cortedad... Dígase lo que se quiera, hija, +aquella educación no era buena. Hoy no se puede criar a los hijos de esa +manera. Yo ¡qué quieres que te diga!, creo que en lo esencial Juanito no +ha de faltarnos. Es de casta honrada, tiene la formalidad en la masa de +la sangre. Por eso estoy tranquilo, y no veo con malos ojos que se +despabile, que conozca el mundo, que adquiera soltura de modales...». + +--No, si lo que menos falta hace a mi hijo es adquirir soltura, porque +la tiene desde que era una criatura... Si no es eso. No se trata aquí de +modales, sino de que me le coman esas bribonas... + +--Mira, mujer, para que los jóvenes adquieran energía contra el vicio, +es preciso que lo conozcan, que lo caten, sí, hija, que lo caten. No hay +peor situación para un hombre que pasarse la mitad de la vida rabiando +por probarlo y no pudiendo conseguirlo, ya por timidez, ya por +esclavitud. No hay muchos casos como yo, bien lo sabes; ni de estos +tipos que jamás, ni antes ni después de casados, tuvieron trapicheos, +entran muchos en libra. Cada cual en su época. Juanito, en la suya, no +puede ser mejor de lo que es, y si te empeñas en hacer de él un +anacronismo o una rareza, un _non_ como su padre, puede que lo eches a +perder. + +Estas razones no convencían a Barbarita, que seguía con toda el alma +fija en los peligros y escollos de la Babilonia parisiense, porque había +oído contar horrores de lo que allí pasaba. Como que estaba infestada la +gran ciudad de unas mujeronas muy guapas y elegantes que al pronto +parecían duquesas, vestidas con los más bonitos y los más nuevos arreos +de la moda. Mas cuando se las veía y oía de cerca, resultaban ser unas +tiotas relajadas, comilonas, borrachas y ávidas de dinero, que +desplumaban y resecaban al pobrecito que en sus garras caía. Contábale +estas cosas el marqués de Casa-Muñoz que casi todos los veranos iba al +extranjero. + +Las inquietudes de aquella incomparable señora acabaron con el regreso +de Juanito. ¡Y quién lo diría! Volvió mejor de lo que fue. Tanto hablar +de París, y cuando Barbarita creía ver entrar a su hijo hecho una +lástima, todo rechupado y anémico, se le ve más gordo y lucio que +antes, con mejor color y los ojos más vivos, muchísimo más alegre, más +hombre en fin, y con una amplitud de ideas y una puntería de juicio que +a todos dejaba pasmados. ¡Vaya con París!... El marqués de Casa-Muñoz +se lo decía a Barbarita: «No hay que _involucrar_, París es muy malo; +pero también es muy bueno». + + + + +-II- + +Santa Cruz y Arnaiz. Vistazo histórico sobre el comercio matritense + + + + +--i-- + + +Don Baldomero Santa Cruz era hijo de otro D. Baldomero Santa Cruz que en +el siglo pasado tuvo ya tienda de paños del Reino en la calle de la Sal, +en el mismo local que después ocupó D. Mauro Requejo. Había empezado el +padre por la más humilde jerarquía comercial, y a fuerza de trabajo, +constancia y orden, el hortera de 1796 tenía, por los años del 10 al 15, +uno de los más reputados establecimientos de la Corte en pañería +nacional y extranjera. Don Baldomero II, que así es forzoso llamarle +para distinguirle del fundador de la dinastía, heredó en 1848 el copioso +almacén, el sólido crédito y la respetabilísima firma de D. Baldomero I, +y continuando las tradiciones de la casa por espacio de veinte años más, +retirose de los negocios con un capital sano y limpio de quince millones +de reales, después de traspasar la casa a dos muchachos que servían en +ella, el uno pariente suyo y el otro de su mujer. La casa se denominó +desde entonces _Sobrinos de Santa Cruz_, y a estos sobrinos, D. +Baldomero y Barbarita les llamaban familiarmente _los Chicos_. + +En el reinado de D. Baldomero I, o sea desde los orígenes hasta 1848, la +casa trabajó más en géneros del país que en los extranjeros. Escaray y +Pradoluengo la surtían de paños, Brihuega de bayetas, Antequera de +pañuelos de lana. En las postrimerías de aquel reinado fue cuando la +casa empezó a trabajar en géneros _de fuera_, y la reforma arancelaria +de 1849 lanzó a D. Baldomero II a mayores empresas. No sólo realizó +contratos con las fábricas de Béjar y Alcoy para dar mejor salida a los +productos nacionales, sino que introdujo los famosos Sedanes para +levitas, y las telas que tanto se usaron del 45 al 55, aquellos +patencures, anascotes, cúbicas y chinchillas que ilustran la gloriosa +historia de la sastrería moderna. Pero de lo que más provecho sacó la +casa fue del ramo de capotes y uniformes para el Ejército y la Milicia +Nacional, no siendo tampoco despreciable el beneficio que obtuvo del +_artículo para capas_, el abrigo propiamente español que resiste a todas +las modas de vestir, como el garbanzo resiste a todas las modas de +comer. Santa Cruz, Bringas y Arnaiz el gordo, monopolizaban toda la +pañería de Madrid y surtían a los tenderos de la calle de Atocha, de la +Cruz y Toledo. + +En las contratas de vestuario para el Ejército y Milicia Nacional, ni +Santa Cruz, ni Arnaiz, ni tampoco Bringas daban la cara. Aparecía como +contratista un tal Albert, de origen belga, que había empezado por +introducir paños extranjeros con mala fortuna. Este Albert era hombre +muy para el caso, activo, despabilado, seguro en sus tratos aunque no +estuvieran escritos. Fue el auxiliar eficacísimo de Casarredonda en sus +valiosas contratas de lienzos gallegos para la tropa. El pantalón blanco +de los soldados de hace cuarenta años ha sido origen de grandísimas +riquezas. Los _fardos de Coruñas y Viveros_ dieron a Casarredonda y al +tal Albert más dinero que a los Santa Cruz y a los Bringas los capotes y +levitas militares de Béjar, aunque en rigor de verdad estos comerciantes +no tenían por qué quejarse. Albert murió el 55, dejando una gran +fortuna, que heredó su hija casada con el sucesor de Muñoz, el de la +inmemorial ferretería de la calle de Tintoreros. + +En el reinado de D. Baldomero II, las prácticas y procedimientos +comerciales se apartaron muy poco de la rutina heredada. Allí no se supo +nunca lo que era un anuncio en el Diario, ni se emplearon viajantes para +extender por las provincias limítrofes el negocio. El refrán de _el buen +paño en el arca se vende_ era verdad como un templo en aquel sólido y +bien reputado comercio. Los detallistas no necesitaban que se les +llamase a son de cencerro ni que se les embaucara con artes +charlatánicas. Demasiado sabían todos el camino de la casa, y las +metódicas y honradas costumbres de esta, la fijeza de los precios, los +descuentos que se hacían por pronto pago, los plazos que se daban, y +todo lo demás concerniente a la buena inteligencia entre vendedor y +parroquiano. El escritorio no alteró jamás ciertas tradiciones +venerandas del laborioso reinado de D. Baldomero I. Allí no se usaron +nunca estos copiadores de cartas que son una aplicación de la imprenta a +la caligrafía. La correspondencia se copiaba _a pulso_ por un empleado +que estuvo cuarenta años sentado en la misma silla delante del mismo +atril, y que por efecto de la costumbre casi copiaba la carta matriz de +su principal sin mirarla. Hasta que D. Baldomero realizó el traspaso, no +se supo en aquella casa lo que era un metro, ni se quitaron a la vara de +Burgos sus fueros seculares. Hasta pocos años antes del traspaso, no usó +Santa Cruz los sobres para cartas, y estas se cerraban sobre sí mismas. + +No significaban tales rutinas terquedad y falta de luces. Por el +contrario, la clara inteligencia del segundo Santa Cruz y su +conocimiento de los negocios, sugeríanle la idea de que cada hombre +pertenece a su época y a su esfera propias, y que dentro de ellas debe +exclusivamente actuar. Demasiado comprendió que el comercio iba a sufrir +profunda transformación, y que no era él el llamado a dirigirlo por los +nuevos y más anchos caminos que se le abrían. Por eso, y porque ansiaba +retirarse y descansar, traspasó su establecimiento a los _Chicos_ que +habían sido deudos y dependientes suyos durante veinte años. Ambos eran +trabajadores y muy inteligentes. Alternaban en sus viajes al extranjero +para buscar y traer las _novedades_, alma del tráfico de telas. La +concurrencia crecía cada año, y era forzoso apelar al reclamo, recibir y +expedir viajantes, mimar al público, contemporizar y abrir cuentas +largas a los parroquianos, y singularmente a las parroquianas. Como los +_Chicos_ habían abarcado también el comercio de lanillas, merinos, telas +ligeras para vestidos de señora, pañolería, confecciones y otros +artículos de uso femenino, y además abrieron tienda al por menor y al +_vareo_, tuvieron que pasar por el inconveniente de las morosidades e +insolvencias que tanto quebrantan al comercio. Afortunadamente para +ellos, la casa tenía un crédito inmenso. + +La casa del gordo Arnaiz era relativamente moderna. Se había hecho +pañero porque tuvo que quedarse con las existencias de Albert, para +indemnizarse de un préstamo que le hiciera en 1843. Trabajaba +exclusivamente en género extranjero; pero cuando Santa Cruz hizo su +traspaso a los Chicos, también Arnaiz se inclinaba a hacer lo mismo, +porque estaba ya muy rico, muy obeso, bastante viejo y no quería +trabajar. Daba y tomaba letras sobre Londres y representaba a dos +Compañías de seguros. Con esto tenía lo bastante para no aburrirse. Era +hombre que cuando se ponía a toser hacía temblar el edificio donde +estaba; excelente persona, librecambista rabioso, anglómano y solterón. +Entre las casas de Santa Cruz y Arnaiz no hubo nunca rivalidades; antes +bien, se ayudaban cuanto podían. El gordo y D. Baldomero tratáronse +siempre como hermanos en la vida social y como compañeros queridísimos +en la comercial, salvo alguna discusión demasiado agria sobre temas +arancelarios, porque Arnaiz había hecho la gracia de leer a Bastiat y +concurría a los _meetings_ de la Bolsa, no precisamente para oír y +callar, sino para echar discursos que casi siempre acababan en sofocante +tos. Trinaba contra todo arancel que no significara un simple recurso +fiscal, mientras que D. Baldomero, que en todo era templado, pretendía +que se conciliasen los intereses del comercio con los de la industria +española. «Si esos catalanes no fabrican más que adefesios --decía +Arnaiz entre tos y tos--, y reparten dividendos de sesenta por ciento a +los accionistas...». + +--¡Dale!, ya pareció aquello--respondía don Baldomero--Pues yo te +probaré... + +Solía no probar nada, ni el otro tampoco, quedándose cada cual con su +opinión; pero con estas sabrosas peloteras pasaban el tiempo. También +había entre estos dos respetables sujetos parentesco de afinidad, porque +doña Bárbara, esposa de Santa Cruz, era prima del gordo, hija de +Bonifacio Arnaiz, comerciante en pañolería de la China. Y escudriñando +los troncos de estos linajes matritenses, sería fácil encontrar que los +Arnaiz y los Santa Cruz tenían en sus diferentes ramas una savia común, +la savia de los Trujillos. «Todos somos unos--dijo alguna vez el gordo +en las expansiones de su humor festivo, inclinado a las sinceridades +democráticas--, tú por tu madre y yo por mi abuela, somos Trujillos +netos, _de patente_; descendemos de aquel Matías Trujillo que tuvo +albardería en la calle de Toledo allá por los tiempos del motín de capas +y sombreros. No lo invento yo; lo canta una escritura de juros que tengo +en mi casa. Por eso le he dicho ayer a nuestro pariente Ramón +Trujillo... ya sabéis que me le han hecho conde... le he dicho que +adopte por escudo un frontil y una jáquima con un letrero que diga: +_Pertenecí a Babieca_...». + + + + +--ii-- + + +Nació Barbarita Arnaiz en la calle de Postas, esquina al callejón de San +Cristóbal, en uno de aquellos oprimidos edificios que parecen estuches o +casas de muñecas. Los techos se cogían con la mano; las escaleras había +que subirlas con el credo en la boca, y las habitaciones parecían +destinadas a la premeditación de algún crimen. Había moradas de estas, a +las cuales se entraba por la cocina. Otras tenían los pisos en declive, +y en todas ellas oíase hasta el respirar de los vecinos. En algunas se +veían mezquinos arcos de fábrica para sostener el entramado de las +escaleras, y abundaba tanto el yeso en la construcción como escaseaban +el hierro y la madera. Eran comunes las puertas de cuarterones, los +baldosines polvorosos, los cerrojos imposibles de manejar y las +vidrieras emplomadas. Mucho de esto ha desaparecido en las renovaciones +de estos últimos veinte años; pero la estrechez de las viviendas +subsiste. + +Creció Bárbara en una atmósfera saturada de olor de sándalo, y las +fragancias orientales, juntamente con los vivos colores de la pañolería +chinesca, dieron acento poderoso a las impresiones de su niñez. Como se +recuerda a las personas más queridas de la familia, así vivieron y viven +siempre con dulce memoria en la mente de Barbarita los dos maniquís de +tamaño natural vestidos de mandarín que había en la tienda y en los +cuales sus ojos aprendieron a ver. La primera cosa que excitó la +atención naciente de la niña, cuando estaba en brazos de su niñera, +fueron estos dos pasmarotes de semblante lelo y desabrido, y sus +magníficos trajes morados. También había por allí una persona a quien la +niña miraba mucho, y que la miraba a ella con ojos dulces y cuajados de +candoroso chino. Era el retrato de Ayún, de cuerpo entero y tamaño +natural, dibujado y pintado con dureza, pero con gran expresión. Mal +conocido es en España el nombre de este peregrino artista, aunque sus +obras han estado y están a la vista de todo el mundo, y nos son +familiares como si fueran obra nuestra. Es el ingenio bordador de los +pañuelos de Manila, el inventor del tipo de rameado más vistoso y +elegante, el poeta fecundísimo de esos madrigales de crespón compuestos +con flores y rimados con pájaros. A este ilustre chino deben las +españolas el hermosísimo y característico chal que tanto favorece su +belleza, el mantón de Manila, al mismo tiempo señoril y popular, pues lo +han llevado en sus hombros la gran señora y la gitana. Envolverse en él +es como vestirse con un cuadro. La industria moderna no inventará nada +que iguale a la ingenua poesía del mantón, salpicado de flores, +flexible, pegadizo y mate, con aquel fleco que tiene algo de los enredos +del sueño y aquella brillantez de color que iluminaba las muchedumbres +en los tiempos en que su uso era general. Esta prenda hermosa se va +desterrando, y sólo el pueblo la conserva con admirable instinto. Lo +saca de las arcas en las grandes épocas de la vida, en los bautizos y en +las bodas, como se da al viento un himno de alegría en el cual hay una +estrofa para la patria. El mantón sería una prenda vulgar si tuviera la +ciencia del diseño; no lo es por conservar el carácter de las artes +primitivas y populares; es como la leyenda, como los cuentos de la +infancia, candoroso y rico de color, fácilmente comprensible y +refractario a los cambios de la moda. + +Pues esta prenda, esta nacional obra de arte, tan nuestra como las +panderetas o los toros, no es nuestra en realidad más que por el uso; se +la debemos a un artista nacido a la otra parte del mundo, a un tal Ayún, +que consagró a nosotros su vida toda y sus talleres. Y tan agradecido +era el buen hombre al comercio español, que enviaba a los de acá su +retrato y los de sus catorce mujeres, unas señoras tiesas y pálidas como +las que se ven pintadas en las tazas, con los pies increíbles por lo +chicos y las uñas increíbles también por lo largas. + +Las facultades de Barbarita se desarrollaron asociadas a la +contemplación de estas cosas, y entre las primeras conquistas de sus +sentidos, ninguna tan segura como la impresión de aquellas flores +bordadas con luminosos torzales, y tan frescas que parecía cuajarse en +ellas el rocío. En días de gran venta, cuando había muchas señoras en la +tienda y los dependientes desplegaban sobre el mostrador centenares de +pañuelos, la lóbrega tienda semejaba un jardín. Barbarita creía que se +podrían coger flores a puñados, hacer ramilletes o guirnaldas, llenar +canastillas y adornarse el pelo. Creía que se podrían deshojar y +también que tenían olor. Esto era verdad, porque despedían ese tufillo +de los embalajes asiáticos, mezcla de sándalo y de resinas exóticas que +nos trae a la mente los misterios budistas. + +Más adelante pudo la niña apreciar la belleza y variedad de los abanicos +que había en la casa, y que eran una de las principales riquezas de +ella. Quedábase pasmada cuando veía los dedos de su mamá sacándolos de +las perfumadas cajas y abriéndolos como saben abrirlos los que comercian +en este artículo, es decir, con un desgaire rápido que no los estropea y +que hace ver al público la ligereza de la prenda y el blando rasgueo de +las varillas. Barbarita abría cada ojo como los de un ternero cuando su +mamá, sentándola sobre el mostrador, le enseñaba abanicos sin dejárselos +tocar; y se embebecía contemplando aquellas figuras tan monas, que no le +parecían personas, sino _chinos_, con las caras redondas y tersas como +hojitas de rosa, todos ellos risueños y estúpidos, pero muy lindos, lo +mismo que aquellas casas abiertas por todos lados y aquellos árboles que +parecían matitas de albahaca... ¡Y pensar que los árboles eran el té +nada menos, estas hojuelas retorcidas, cuyo zumo se toma para el dolor +de barriga...! + +Ocuparon más adelante el primer lugar en el tierno corazón de la hija +de D. Bonifacio Arnaiz y en sus sueños inocentes, otras preciosidades +que la mamá solía mostrarle de vez en cuando, previa amonestación de no +tocarlos; objetos labrados en marfil y que debían de ser los juguetes +con que los ángeles se divertían en el Cielo. Eran al modo de torres de +muchos pisos, o barquitos con las velas desplegadas y muchos remos por +una y otra banda; también estuchitos, cajas para guantes y joyas, +botones y juegos lindísimos de ajedrez. Por el respeto con que su mamá +los cogía y los guardaba, creía Barbarita que contenían algo así como el +Viático para los enfermos, o lo que se da a las personas en la iglesia +cuando comulgan. Muchas noches se acostaba con fiebre porque no le +habían dejado satisfacer su anhelo de coger para sí aquellas monerías. +Hubiérase contentado ella, en vista de prohibición tan absoluta, con +aproximar la yema del dedo índice al pico de una de las torres; pero ni +aun esto... Lo más que se le permitía era poner sobre el tablero de +ajedrez que estaba en la vitrina de la ventana enrejada (entonces no +había escaparates), todas las piezas de un juego, no de los más finos, a +un lado las blancas, a otro las encarnadas. + +Barbarita y su hermano Gumersindo, mayor que ella, eran los únicos hijos +de D. Bonifacio Arnaiz y de doña Asunción Trujillo. Cuando tuvo edad +para ello, fue a la escuela de una tal doña Calixta, sita en la calle +Imperial, en la misma casa donde estaba el Fiel Contraste. Las niñas con +quienes la de Arnaiz hacía mejores migas, eran dos de su misma edad y +vecinas de aquellos barrios, la una de la familia de Moreno, del dueño +de la droguería de la calle de Carretas, la otra de Muñoz, el +comerciante de hierros de la calle de Tintoreros. Eulalia Muñoz era muy +vanidosa, y decía que no había casa como la suya y que daba gusto verla +toda llena de unos pedazos de hierro _mu_ grandes, _del tamaño de la +caña de doña Calixta_, y tan pesados, tan pesados que ni cuatrocientos +hombres los podían levantar. Luego había un sin fin de martillos, +garfios, peroles _mu grandes, mu grandes_... «más anchos que este +cuarto». Pues, ¿y los paquetes de clavos? ¿Qué cosa había más bonita? ¿Y +las llaves que parecían de plata, y las planchas, y los anafres, y otras +cosas lindísimas? Sostenía que ella no necesitaba que sus papás le +comprasen muñecas, porque las hacía con un martillo, vistiéndolo con una +toalla. ¿Pues y las agujas que había en su casa? No se acertaban a +contar. Como que todo Madrid iba allí a comprar agujas, y su papá se +carteaba con el fabricante... Su papá recibía miles de cartas al día, y +las cartas olían a hierro... como que venían de Inglaterra, donde todo +es de hierro, hasta los caminos... «Sí, hija, sí, mi papá me lo ha +dicho. Los caminos están embaldosados de hierro, y por allí encima van +los coches echando demonios». + +Llevaba siempre los bolsillos atestados de chucherías, que mostraba para +dejar bizcas a sus amigas. Eran tachuelas de cabeza dorada, corchetes, +argollitas pavonadas, hebillas, pedazos de papel de lija, vestigios de +muestrarios y de cosas rotas o descabaladas. Pero lo que tenía en más +estima, y por esto no lo sacaba sino en ciertos días, era su colección +de etiquetas, pedacitos de papel verde, recortados de los paquetes +inservibles, y que tenían el famoso escudo inglés, con la jarretiera, el +leopardo y el unicornio. En todas ellas se leía: Birmingham. «Veis... +este señor _Bermingán_ es el que se cartea con mi papá todos los días, +en inglés; y son tan amigos, que siempre le está diciendo que vaya allá; +y hace poco le mandó, dentro de una caja de clavos, un jamón ahumado que +olía como a chamusquina, y un pastelón así, mirad, del tamaño del +brasero de doña Calixta, que tenía dentro muchas pasas chiquirrininas, y +picaba como la guindilla; pero _mu_ rico, hijas, _mu_ rico». + +La chiquilla de Moreno fundaba su vanidad en llevar papelejos con +figuritas y letras de colores, en los cuales se hablaba de píldoras, de +barnices o de ingredientes para teñirse el pelo. Los mostraba uno por +uno, dejando para el final el gran efecto, que consistía en sacar de +súbito el pañuelo y ponerlo en las narices de sus amigas, diciéndoles: +_goled_. Efectivamente, quedábanse las otras medio desvanecidas con el +fuerte olor de agua de Colonia o de los _siete ladrones_, que el pañuelo +tenía. Por un momento, la admiración las hacía enmudecer; pero poco a +poco íbanse reponiendo, y Eulalia, cuyo orgullo rara vez se daba por +vencido, sacaba un tornillo dorado sin cabeza, o un pedazo de talco, con +el cual decía que iba a hacer un espejo. Difícil era borrar la grata +impresión y el éxito del perfume. La ferretera, algo corrida, tenía que +guardar los trebejos, después de oír comentarios verdaderamente +injustos. La de la droguería hacía muchos ascos, diciendo: «¡Uy, cómo +apesta eso, hija, guarda, guarda esas ordinarieces!». + +Al siguiente día, Barbarita, que no quería dar su brazo a torcer, +llevaba unos papelitos muy raros de pasta, todos llenos de garabatos +chinescos. Después de darse mucha importancia, haciendo que lo enseñaba +y volviéndolo a guardar, con lo cual la curiosidad de las otras llegaba +al punto de la desazón nerviosa, de repente ponía el papel en las +narices de sus amigas, diciendo en tono triunfal: «¿Y eso?». Quedábanse +Castita y Eulalia atontadas con el aroma asiático, vacilando entre la +admiración y la envidia; pero al fin no tenían más remedio que humillar +su soberbia ante el olorcillo aquel de la niña de Arnaiz, y le pedían +por Dios que las dejase catarlo más. Barbarita no gustaba de prodigar su +tesoro, y apenas acercaba el papel a las respingadas narices de las +otras, lo volvía a retirar con movimiento de cautela y avaricia, +temiendo que la fragancia se marchara por los respiraderos de sus +amigas, como se escapa el humo por el cañón de una chimenea. El tiro de +aquellos olfatorios era tremendo. Por último, las dos amiguitas y otras +que se acercaron movidas de la curiosidad, y hasta la propia doña +Calixta, que solía descender a la familiaridad con las alumnas ricas, +reconocían, por encima de todo sentimiento envidioso, que ninguna niña +tenía cosas tan bonitas como la de la tienda de Filipinas. + + + + +--iii-- + + +Esta niña y otras del barrio, bien apañaditas por sus respectivas mamás, +peinadas a estilo de maja, con peineta y flores en la cabeza, y sobre +los hombros pañuelo de Manila de los que llaman de talle, se reunían en +un portal de la calle de Postas para pedir _el cuartito para la Cruz de +Mayo_, el 3 de dicho mes, repicando en una bandeja de plata, junto a una +mesilla forrada de damasco rojo. Los dueños de la casa llamada _del +portal de la Virgen_, celebraban aquel día una simpática fiesta y ponían +allí, junto al mismo taller de cucharas y molinillos que todavía +existe, un altar con la cruz enramada, muchas velas y algunas figuras de +nacimiento. A la Virgen, que aún se venera allí, la enramaban también +con yerbas olorosas, y el fabricante de cucharas, que era gallego, se +ponía la montera y el chaleco encarnado. Las pequeñuelas, si los mayores +se descuidaban, rompían la consigna y se echaban a la calle, en reñida +competencia con otras chiquillas pedigüeñas, correteando de una acera a +otra, deteniendo a los señores que pasaban, y acosándoles hasta obtener +el ochavito. Hemos oído contar a la propia Barbarita que para ella no +había dicha mayor que pedir para la Cruz de Mayo, y que los caballeros +de entonces eran en esto mucho más galantes que los de ahora, pues no +desairaban a ninguna niña bien vestidita que se les colgara de los +faldones. + +Ya había completado la hija de Arnaiz su educación (que era harto +sencilla en aquellos tiempos y consistía en leer sin acento, escribir +sin ortografía, contar haciendo trompetitas con la boca, y bordar con +punto de marca el dechado), cuando perdió a su padre. Ocupaciones serias +vinieron entonces a robustecer su espíritu y a redondear su carácter. Su +madre y hermano, ayudados del gordo Arnaiz, emprendieron el inventario +de la casa, en la cual había algún desorden. Sobre las existencias de +pañolería no se hallaron datos ciertos en los libros de la tienda, y al +contarlas apareció más de lo que se creía. En el sótano estaban, muertos +de risa, varios fardos de cajas que aún no habían sido abiertos. Además +de esto, las casas importadoras de Cádiz, Cuesta y Rubio, anunciaban dos +remesas considerables que estaban ya en camino. No había más remedio que +cargar con todo aquel exceso de género, lo que realmente era una +contrariedad comercial en tiempos en que parecía iniciarse la +generalización de los abrigos _confeccionados_, notándose además en la +clase popular tendencias a vestirse como la clase media. La decadencia +del mantón de Manila empezaba a iniciarse, porque si los pañuelos +llamados de talle, que eran los más baratos, se vendían bien en Madrid +(mayormente el día de San Lorenzo, para la + +_parroquia de la chinche_) y tenían regular salida para Valencia y +Málaga, en cambio el gran mantón, los ricos chales de tres, cuatro y +cinco mil reales se vendían muy poco, y pasaban meses sin que ninguna +parroquiana se atreviera con ellos. + +Los herederos de Arnaiz, al inventariar la riqueza de la casa, que sólo +en aquel artículo no bajaba de cincuenta mil duros, comprendieron que se +aproximaba una crisis. Tres o cuatro meses emplearon en clasificar, +ordenar, poner precios, confrontar los apuntes de don Bonifacio con la +correspondencia y las facturas venidas directamente de Cantón o +remitidas por las casas de Cádiz. Indudablemente el difunto Arnaiz no +había visto claro al hacer tantos pedidos; se cegó, deslumbrado por +cierta alucinación mercantil; tal vez sintió demasiado _el amor al +artículo_ y fue más artista que comerciante. Había sido dependiente y +socio de la Compañía de Filipinas, liquidada en 1833, y al emprender por +sí el negocio de pañolería de Cantón, creía conocerlo mejor que nadie. +En verdad que lo conocía; pero tenía una fe imprudente en la perpetuidad +de aquella prenda, y algunas ideas supersticiosas acerca de la afinidad +del pueblo español con los espléndidos crespones rameados de mil +colores. «Mientras más chillones--decía--, más venta». + +En esto apareció en el extremo Oriente un nuevo artista, un genio que +acabó de perturbar a D. Bonifacio. Este innovador fue Senquá, del cual +puede decirse que representaba con respecto a Ayún, en aquel arte +budista, lo que en la música representaba Beethoven con respecto a +Mozart. Senquá modificó el estilo de Ayún, dándole más amplitud, +variando más los tonos, haciendo, en fin, de aquellas sonatas graciosas, +poéticas y elegantes, sinfonías poderosas con derroche de vida, +combinaciones nuevas y atrevimientos admirables. Ver D. Bonifacio las +primeras muestras del estilo de Senquá y chiflarse por completo, fue +todo uno. «¡Barástolis!, ¡esto es la gloria divina--decía--; es mucho +chino este...!». Y de tal entusiasmo nacieron pedidos imprudentes y el +grave error mercantil, cuyas consecuencias no pudo apreciar aquel +excelente hombre, porque le cogió la muerte. + +El inventario de abanicos, tela de nipis, crudillo de seda, tejidos de +Madrás y objetos de marfil también arrojaba cifras muy altas, y se hizo +minuciosamente. Entonces pasaron por las manos de Barbarita todas las +preciosidades que en su niñez le parecían juguetes y que le habían +producido fiebre. A pesar de la edad y del juicio adquirido con ella, no +vio nunca con indiferencia tales chucherías, y hoy mismo declara que +cuando cae en sus manos alguno de aquellos delicados campanarios de +marfil, le dan ganas de guardárselo en el seno y echar a correr. + +Cumplidos los quince años, era Barbarita una chica bonitísima, +torneadita, fresca y sonrosada, de carácter jovial, inquieto y un tanto +burlón. No había tenido novio aún, ni su madre se lo permitía. +Diferentes moscones revoloteaban alrededor de ella, sin resultado. La +mamá tenía sus proyectos, y empezaba a tirar acertadas líneas para +realizarlos. Las familias de Santa Cruz y Arnaiz se trataban con amistad +casi íntima, y además tenían vínculos de parentesco con los Trujillos. +La mujer de don Baldomero I y la del difunto Arnaiz eran primas +segundas, floridas ramas de aquel nudoso tronco, de aquel albardero de +la calle de Toledo, cuya historia sabía tan bien el gordo Arnaiz. Las +dos primas tuvieron un pensamiento feliz, se lo comunicaron una a otra, +asombráronse de que se les hubiera ocurrido a las dos la misma cosa... +«ya se ve, era tan natural...» y aplaudiéndose recíprocamente, +resolvieron convertirlo en realidad dichosa. Todos los descendientes del +extremeño aquel de los aparejos borricales se distinguían siempre por su +costumbre de trazar una línea muy corta y muy recta entre la idea y el +hecho. La idea era casar a Baldomerito con Barbarita. + +Muchas veces había visto la hija de Arnaiz al chico de Santa Cruz; pero +nunca le pasó por las mientes que sería su marido, porque el tal, no +sólo no le había dicho nunca media palabra de amores, sino que ni +siquiera la miraba como miran los que pretenden ser mirados. Baldomero +era juicioso, muy bien parecido, fornido y de buen color, cortísimo de +genio, sosón como una calabaza, y de tan pocas palabras que se podían +contar siempre que hablaba. Su timidez no decía bien con su corpulencia. +Tenía un mirar leal y cariñoso, _como el de un gran perro de aguas_. + +Pasaba por la honestidad misma, iba a misa todos los días que lo mandaba +la Iglesia, rezaba el rosario con la familia, trabajaba diez horas +diarias o más en el escritorio sin levantar cabeza, y no gastaba el +dinero que le daban sus papás. A pesar de estas raras dotes, Barbarita, +si alguna vez le encontraba en la calle o en la tienda de Arnaiz o en la +casa, lo que acontecía muy pocas veces, le miraba con el mismo interés +con que se puede mirar una saca de carbón o un fardo de tejidos. Así es +que se quedó como quien ve visiones cuando su madre, cierto día de +precepto, al volver de la iglesia de Santa Cruz, donde ambas confesaron +y comulgaron, le propuso el casamiento con Baldomerito. Y no empleó para +esto circunloquios ni diplomacias de palabra, sino que se fue al asunto +con estilo llano y decidido. ¡Ah, la línea recta de los Trujillos...! + +Aunque Barbarita era desenfadada en el pensar, pronta en el responder, y +sabía sacudirse una mosca que le molestase, en caso tan grave se quedó +algo mortecina y tuvo vergüenza de decir a su mamá que no quería maldita +cosa al chico de Santa Cruz... Lo iba a decir; pero la cara de su madre +pareciole de madera. Vio en aquel entrecejo la línea corta y sin curvas, +la barra de acero trujillesca, y la pobre niña sintió miedo, ¡ay qué +miedo! Bien conoció que su madre se había de poner como una leona, si +ella se salía con la inocentada de querer más o menos. Callose, pues, +como en misa, y a cuanto la mamá le dijo aquel día y los subsiguientes +sobre el mismo tema del casorio, respondía con signos y palabras de +humilde aquiescencia. No cesaba de sondear su propio corazón, en el cual +encontraba a la vez pena y consuelo. No sabía lo que era amor; tan sólo +lo sospechaba. Verdad que no quería a su novio; pero tampoco quería a +otro. En caso de querer a alguno, este alguno podía ser aquel. + +Lo más particular era que Baldomero, después de concertada la boda, y +cuando veía regularmente a su novia, no le decía de cosas de amor ni una +miaja de letra, aunque las breves ausencias de la mamá, que solía +dejarles solos un ratito, le dieran ocasión de lucirse como galán. Pero +nada... Aquel zagalote guapo y desabrido no sabía salir en su +conversación de las rutinas más triviales. Su timidez era tan +ceremoniosa como su levita de paño negro, de lo mejor de Sedán, y que +parecía, usada por él, como un reclamo del buen género de la casa. +Hablaba de los reverberos que había puesto el marqués de Pontejos, del +cólera del año anterior, de la degollina de los frailes, y de las muchas +casas magníficas que se iban a edificar en los solares de los derribados +conventos. Todo esto era muy bonito para dicho en la tertulia de una +tienda; pero sonaba a cencerrada en el corazón de una doncella, que no +estando enamorada, tenía ganas de estarlo. + +También pensaba Barbarita, oyendo a su novio, que la procesión iba por +dentro y que el pobre chico, a pesar de ser tan grandullón, no tenía +alma para sacarla fuera. «¿Me querrá?» se preguntaba la novia. Pronto +hubo de sospechar que si Baldomerito no le hablaba de amor +explícitamente, era por pura cortedad y por no saber cómo arrancarse; +pero que estaba enamorado hasta las gachas, reduciéndose a declararlo +con delicadezas, complacencias y puntualidades muy expresivas. Sin duda +el amor más sublime es el más discreto, y las bocas más elocuentes +aquellas en que no puede entrar ni una mosca. Mas no se tranquilizaba la +joven razonando así, y el sobresalto y la incertidumbre no la dejaban +vivir. «¡Si también le estaré yo queriendo sin saberlo!» pensaba. ¡Oh!, +no; interrogándose y respondiéndose con toda lealtad, resultaba que no +le quería absolutamente nada. Verdad que tampoco le aborrecía, y algo +íbamos ganando. + +Y en este desabridísimo noviazgo pasaron algunos meses, al cabo de los +cuales Baldomero se soltó y despabiló algo. Su boca se fue desellando +poquito a poco hasta que rompió, como un erizo de castaña que madura y +se abre, dejando ver el sazonado fruto. Palabra tras palabra, fue +soltando las castañas, aquellas ideas elaboradas y guardadas con +religiosa maternidad, como esconde Naturaleza sus obras en gestación. +Llegó por fin el día señalado para la boda, que fue el 3 de Mayo de +1835, y se casaron en Santa Cruz, sin aparato, instalándose en la casa +del esposo, que era una de las mejores del barrio, en la plazuela de la +Leña. + + + + +--iv-- + + +A los dos meses de casados, y después de una temporadilla en que +Barbarita estuvo algo distraída, melancólica y como con ganas de llorar, +alarmando mucho a su madre, empezaron a notarse en aquel matrimonio, en +tan malas condiciones hecho, síntomas de idilio. Baldomero parecía otro. +En el escritorio canturriaba, y buscaba pretextos para salir, subir a la +casa y decir una palabrita a su mujer, cogiéndola en los pasillos o +donde la encontrase. También solía equivocarse al sentar una partida, y +cuando firmaba la correspondencia, daba a los rasgos de la tradicional +rúbrica de la casa una amplitud de trazo verdaderamente grandiosa, +terminando el rasgo final hacia arriba como una invocación de gratitud +dirigida al Cielo. Salía muy poco, y decía a sus amigos íntimos que no +se cambiaría por un Rey, ni por su tocayo Espartero, pues no había +felicidad semejante a la suya. Bárbara manifestaba a su madre con gozo +discreto, que Baldomero no le daba el más mínimo disgusto; que los dos +caracteres se iban armonizando perfectamente, que él era bueno como el +mejor pan y que tenía mucho talento, un talento que se descubría donde +y como debe descubrirse, en las ocasiones. En cuanto estaba diez minutos +en la casa materna, ya no se la podía aguantar, porque se ponía +desasosegaba y buscaba pretextos para marcharse diciendo: «Me voy, que +está mi marido solo». + +El idilio se acentuaba cada día, hasta el punto de que la madre de +Barbarita, disimulando su satisfacción, decía a esta: «Pero, hija, vais +a dejar tamañitos a los _Amantes de Teruel_». Los esposos salían a paseo +juntos todas las tardes. Jamás se ha visto a D. Baldomero II en un +teatro sin tener al lado a su mujer. Cada día, cada mes y cada año, eran +más tórtolos, y se querían y estimaban más. Muchos años después de +casados, parecía que estaban en la luna de miel. El marido ha mirado +siempre a su mujer como una criatura sagrada, y Barbarita ha visto +siempre en su esposo el hombre más completo y digno de ser amado que en +el mundo existe. Cómo se compenetraron ambos caracteres, cómo se formó +la conjunción inaudita de aquellas dos almas, sería muy largo de contar. +El señor y la señora de Santa Cruz, que aún viven y ojalá vivieran mil +años, son el matrimonio más feliz y más admirable del presente siglo. +Debieran estos nombres escribirse con letras de oro en los antipáticos +salones de la Vicaría, para eterna ejemplaridad de las generaciones +futuras, y debiera ordenarse que los sacerdotes, al leer la epístola de +San Pablo, incluyeran algún parrafito, en latín o castellano, referente +a estos excelsos casados. Doña Asunción Trujillo, que falleció en 1841 +en un día triste de Madrid, el día en que fusilaron al general León, +salió de este mundo con el atrevido pensamiento de que para alcanzar la +bienaventuranza no necesitaba alegar más título que el de autora de +aquel cristiano casamiento. Y que no le disputara esta gloria Juana +Trujillo, madre de Baldomero, la cual había muerto el año anterior, +porque Asunción probaría ante todas las cancillerías celestiales que a +ella se le había ocurrido la sublime idea antes que a su prima. + +Ni los años, ni las menudencias de la vida han debilitado nunca el +profundísimo cariño de estos benditos cónyuges. Ya tenían canas las +cabezas de uno y otro, y D. Baldomero decía a todo el que quisiera oírle +que amaba a su mujer _como el primer día_. Juntos siempre en el paseo, +juntos en el teatro, pues a ninguno de los dos le gusta la función si el +otro no la ve también. En todas las fechas que recuerdan algo dichoso +para la familia, se hacen recíprocamente sus regalitos, y para colmo de +felicidad, ambos disfrutan de una salud espléndida. El deseo final del +señor de Santa Cruz es que ambos se mueran juntos, el mismo día y a la +misma hora, en el mismo lecho nupcial en que han dormido toda su vida. + +Les conocí en 1870. D. Baldomero tenía ya sesenta años, Barbarita +cincuenta y dos. Él era un señor de muy buena presencia, el pelo +entrecano, todo afeitado, colorado, fresco, más joven que muchos hombres +de cuarenta, con toda la dentadura completa y sana, ágil y bien +dispuesto, sereno y festivo, la mirada dulce, siempre la mirada aquella +de perrazo de Terranova. Su esposa pareciome, para decirlo de una vez, +una mujer guapísima, casi estoy por decir monísima. Su cara tenía la +frescura de las rosas cogidas, pero no ajadas todavía, y no usaba más +afeite que el agua clara. Conservaba una dentadura ideal y un cuerpo +que, aun sin corsé, daba quince y raya a muchas fantasmonas exprimidas +que andan por ahí. Su cabello se había puesto ya enteramente blanco, lo +cual la favorecía más que cuando lo tenía entrecano. Parecía pelo +empolvado a estilo Pompadour, y como lo tenía tan rizoso y tan bien +partido sobre la frente, muchos sostenían que ni allí había canas ni +Cristo que lo fundó. Si Barbarita presumiera, habría podido recortar muy +bien los cincuenta y dos años plantándose en los treinta y ocho, sin que +nadie le sacara la cuenta, porque la fisonomía y la expresión eran de +juventud y gracia, iluminadas por una sonrisa que era la pura miel... +Pues si hubiera querido presumir con malicia, ¡digo...!, a no ser lo +que era, una matrona respetabilísima con toda la sal de Dios en su +corazón, habría visto acudir los hombres como acuden las moscas a una de +esas frutas que, por lo muy maduras, principian a arrugarse, y les +chorrea por la corteza todo el azúcar. + +¿Y Juanito? Pues Juanito fue esperado desde el primer año de aquel +matrimonio sin par. Los felices esposos contaban con él este mes, el que +viene y el otro, y estaban viéndole venir y deseándole como los judíos +al Mesías. A veces se entristecían con la tardanza; pero la fe que +tenían en él les reanimaba. Si tarde o temprano había de venir... era +cuestión de paciencia. Y el muy pillo puso a prueba la de sus padres, +porque se entretuvo diez años por allá, haciéndoles rabiar. No se dejaba +ver de Barbarita más que en sueños, en diferentes aspectos infantiles, +ya comiéndose los puños cerrados, la cara dentro de un gorro con muchos +encajes, ya talludito, con su escopetilla al hombro y mucha picardía en +los ojos. Por fin Dios le mandó en carne mortal, cuando los esposos +empezaron a quejarse de la Providencia y a decir que les había engañado. +Día de júbilo fue aquel de Septiembre de 1845 en que vino a ocupar su +puesto en el más dichoso de los hogares Juanito Santa Cruz. Fue padrino +del crío el gordo Arnaiz, quien dijo a Barbarita: «A mí no me la das tú. +Aquí ha habido matute. Este ternero lo has traído de la Inclusa para +engarnos... ¡Ah!, estos proteccionistas no son más que contrabandistas +disfrazados». + +Criáronle con regalo y exquisitos cuidados, pero sin mimo. D. Baldomero +no tenía carácter para poner un freno a su estrepitoso cariño paternal, +ni para meterse en severidades de educación y formar al chico como le +formaron a él. Si su mujer lo permitiera, habría llevado Santa Cruz su +indulgencia hasta consentir que el niño hiciera en todo su real gana. +¿En qué consistía que habiendo sido él educado tan rígidamente por D. +Baldomero I, era todo blanduras con su hijo? ¡Efectos de la evolución +educativa, paralela de la evolución política! Santa Cruz tenía muy +presentes las ferocidades disciplinarias de su padre, los castigos que +le imponía, y las privaciones que le había hecho sufrir. Todas las +noches del año le obligaba a rezar el rosario con los dependientes de la +casa; hasta que cumplió los veinticinco nunca fue a paseo solo, sino en +corporación con los susodichos dependientes; el teatro no lo cataba sino +el día de Pascua, y le hacían un trajecito nuevo cada año, el cual no se +ponía más que los domingos. Teníanle trabajando en el escritorio o en el +almacén desde las nueve de la mañana a las ocho de la noche, y había de +servir para todo, lo mismo para mover un fardo que para escribir +cartas. Al anochecer, solía su padre echarle los tiempos por encender el +velón de cuatro mecheros antes de que las tinieblas fueran completamente +dueñas del local. En lo tocante a juegos, no conoció nunca más que el +mus, y sus bolsillos no supieron lo que era un cuarto hasta mucho +después del tiempo en que empezó a afeitarse. Todo fue rigor, trabajo, +sordidez. Pero lo más particular era que creyendo D. Baldomero que tal +sistema había sido eficacísimo para formarle a él, lo tenía por +deplorable tratándose de su hijo. Esto no era una falta de lógica, sino +la consagración práctica de la idea madre de aquellos tiempos, el +progreso. ¿Qué sería del mundo sin progreso?, pensaba Santa Cruz, y al +pensarlo sentía ganas de dejar al chico entregado a sus propios +instintos. Había oído muchas veces a los economistas que iban de +tertulia a casa de Cantero, la célebre frase _laissez aller, laissez +passer_... El gordo Arnaiz y su amigo Pastor, el economista, sostenían +que todos los grandes problemas se resuelven por sí mismos, y D. Pedro +Mata opinaba del propio modo, aplicando a la sociedad y a la política el +sistema de la medicina expectante. La naturaleza se cura sola; no hay +más que dejarla. Las fuerzas reparatrices lo hacen todo, ayudadas del +aire. El hombre se educa sólo en virtud de las suscepciones constantes +que determina en su espíritu la conciencia, ayudada del ambiente social. +D. Baldomero no lo decía así; pero sus vagas ideas sobre el asunto se +condensaban en una expresión de moda y muy socorrida: «el mundo marcha». + +Felizmente para Juanito, estaba allí su madre, en quien se equilibraban +maravillosamente el corazón y la inteligencia. Sabía coger las +disciplinas cuando era menester, y sabía ser indulgente a tiempo. Si no +le pasó nunca por las mientes obligar a rezar el rosario a un chico que +iba a la Universidad y entraba en la cátedra de Salmerón, en cambio no +le dispensó del cumplimiento de los deberes religiosos más elementales. +Bien sabía el muchacho que si hacía novillos a la misa de los domingos, +no iría al teatro por la tarde, y que si no sacaba buenas notas en +Junio, no había dinero para el bolsillo, ni toros, ni excursiones por el +campo con Estupiñá (luego hablaré de este tipo) para cazar pájaros con +red o liga, ni los demás divertimientos con que se recompensaba su +aplicación. + +Mientras estudió la segunda enseñanza en el colegio de Masarnau, donde +estaba a media pensión, su mamá le repasaba las lecciones todas las +noches, se las metía en el cerebro a puñados y a empujones, como se mete +la lana en un cojín. Ved por dónde aquella señora se convirtió en +sibila, intérprete de toda la ciencia humana, pues le descifraba al +niño los puntos oscuros que en los libros había, y aclaraba todas sus +dudas, allá como Dios le daba a entender. Para manifestar hasta dónde +llegaba la sabiduría enciclopédica de doña Bárbara, estimulada por el +amor materno, baste decir que también le traducía los temas de latín, +aunque en su vida había ella sabido palotada de esta lengua. Verdad que +era traducción libre, mejor dicho, liberal, casi demagógica. Pero Fedro +y Cicerón no se hubieran incomodado si estuvieran oyendo por encima del +hombro de la maestra, la cual sacaba inmenso partido de lo poco que el +discípulo sabía. También le cultivaba la memoria, descargándosela de +fárrago inútil, y le hacía ver claros los problemas de aritmética +elemental, valiéndose de garbanzos o judías, pues de otro modo no andaba +ella muy a gusto por aquellos derroteros. Para la Historia Natural, +solía la maestra llamar en su auxilio al león del Retiro, y únicamente +en la Química se quedaban los dos parados, mirándose el uno al otro, +concluyendo ella por meterle en la memoria las fórmulas, después de +observar que estas cosas no las entienden más que los boticarios, y que +todo se reduce a si se pone más o menos cantidad de agua del pozo. +Total: que cuando Juan se hizo bachiller en Artes, Barbarita declaraba +riendo que con estos teje-manejes se había vuelto, sin saberlo, una doña +Beatriz Galindo para latines y una catedrática universal. + + + + +--v-- + + +En este interesante periodo de la crianza del heredero, desde el 45 para +acá, sufrió la casa de Santa Cruz la transformación impuesta por los +tiempos, y que fue puramente externa, continuando inalterada en lo +esencial. En el escritorio y en el almacén aparecieron los primeros +mecheros de gas hacia el año 49, y el famoso velón de cuatro luces +recibió tan tremenda bofetada de la dura mano del progreso, que no se le +volvió a ver más por ninguna parte. En la caja habían entrado ya los +primeros billetes del Banco de San Fernando, que sólo se usaban para el +pago de letras, pues el público los miraba aún con malos ojos. Se +hablaba aún de talegas, y la operación de contar cualquier cantidad era +obra para que la desempeñara Pitágoras u otro gran aritmético, pues con +los doblones y ochentines, las pesetas catalanas, los duros españoles, +los de veintiuno y cuartillo, las onzas, las pesetas columnarias y las +monedas macuquinas, se armaba un belén espantoso. + +Aún no se conocían el sello de correo, ni los sobres ni otras conquistas +del citado progreso. Pero ya los dependientes habían empezado a +sacudirse las cadenas; ya no eran aquellos parias del tiempo de D. +Baldomero I, a quienes no se permitía salir sino los domingos y en +comunidad, y cuyo vestido se confeccionaba por un patrón único, para que +resultasen uniformados como colegiales o presidiarios. Se les dejaba +concurrir a los bailes de Villahermosa o de candil, según las aficiones +de cada uno. Pero en lo que no hubo variación fue en aquel piadoso +atavismo de hacerles rezar el rosario todas las noches. Esto no pasó a +la historia hasta la época reciente del traspaso a _los Chicos_. +Mientras fue D. Baldomero jefe de la casa, esta no se desvió en lo +esencial de los ejes diamantinos sobre que la tenía montada el padre, a +quien se podría llamar _D. Baldomero el Grande_. Para que el progreso +pusiera su mano en la obra de aquel hombre extraordinario, cuyo retrato, +debido al pincel de D. Vicente López, hemos contemplado con satisfacción +en la sala de sus ilustres descendientes, fue preciso que todo Madrid se +transformase; que la desamortización edificara una ciudad nueva sobre +los escombros de los conventos; que el Marqués de Pontejos adecentase +este lugarón; que las reformas arancelarias del 49 y del 68, pusieran +patas arriba todo el comercio madrileño; que el grande ingenio de +Salamanca idease los primeros ferrocarriles; que Madrid se _colocase_, +por arte del vapor, a cuarenta horas de París, y por fin, que hubiera +muchas guerras y revoluciones y grandes trastornos en la riqueza +individual. + +También la casa de Gumersindo Arnaiz, hermano de Barbarita, ha pasado +por grandes crisis y mudanzas desde que murió D. Bonifacio. Dos años +después del casamiento de su hermana con Santa Cruz, casó Gumersindo con +Isabel Cordero, hija de D. Benigno Cordero, mujer de gran disposición, +que supo ver claro en el negocio de tiendas y ha sido la salvadora de +aquel acreditado establecimiento. Comprometido éste del 40 al 45, por +los últimos errores del difunto Arnaiz, se defendió con los _mahones_, +aquellas telas ligeras y frescas que tanto se usaron hasta el 54. El +género de China decaía visiblemente. Las galeras aceleradas iban +trayendo a Madrid cada día con más presteza las novedades parisienses, y +se apuntaba la invasión lenta y tiránica de los medios colores, que +pretenden ser signo de cultura. La sociedad española empezaba a presumir +de _seria_; es decir, a vestirse lúgubremente, y el alegre imperio de +los colorines se derrumbaba de un modo indudable. Como se habían ido las +capas rojas, se fueron los pañuelos de Manila. La aristocracia los cedía +con desdén a la clase media, y esta, que también quería ser aristócrata, +entregábalos al pueblo, último y fiel adepto de los matices vivos. Aquel +encanto de los ojos, aquel prodigio de color, remedo de la naturaleza +sonriente, encendida por el sol de Mediodía, empezó a perder terreno, +aunque el pueblo, con instinto de colorista y poeta, defendía la prenda +española como defendió el parque de Monteleón y los reductos de +Zaragoza. Poco a poco iba cayendo el chal de los hombros de las mujeres +hermosas, porque la sociedad se empeñaba en parecer grave, y para ser +grave nada mejor que envolverse en tintas de tristeza. Estamos bajo la +influencia del Norte de Europa, y ese maldito Norte nos impone los +grises que toma de su ahumado cielo. El sombrero de copa da mucha +respetabilidad a la fisonomía, y raro es el hombre que no se cree +importante sólo con llevar sobre la cabeza un cañón de chimenea. Las +señoras no se tienen por tales si no van vestidas de color de hollín, +ceniza, rapé, verde botella o pasa de corinto. Los tonos vivos las +encanallan, porque el pueblo ama el rojo bermellón, el amarillo tila, el +cadmio y el verde forraje; y está tan arraigado en la plebe el +sentimiento del color, que la _seriedad_ no ha podido establecer su +imperio sino transigiendo. El pueblo ha aceptado el oscuro de las capas, +imponiendo el rojo de las vueltas; ha consentido las capotas, +conservando las mantillas y los pañuelos chillones para la cabeza; ha +transigido con los gabanes y aun con el _polisón_, a cambio de las +toquillas de gama clara, en que domina el celeste, el rosa y el amarillo +de Nápoles. El crespón es el que ha ido decayendo desde 1840, no sólo +por la citada evolución de la _seriedad_ europea, que nos ha cogido de +medio a medio, sino por causas económicas a las que no podíamos +sustraernos. + +Las comunicaciones rápidas nos trajeron mensajeros de la potente +industria belga, francesa e inglesa, que necesitaban mercados. Todavía +no era moda ir a buscarlos al África, y los venían a buscar aquí, +cambiando cuentas de vidrio por pepitas de oro; es decir, lanillas, +cretonas y merinos, por dinero contante o por obras de arte. Otros +mensajeros saqueaban nuestras iglesias y nuestros palacios, llevándose +los brocados históricos de casullas y frontales, el tisú y los +terciopelos con bordados y aplicaciones, y otras muestras riquísimas de +la industria española. Al propio tiempo arramblaban por los espléndidos +pañuelos de Manila, que habían ido descendiendo hasta las gitanas. +También se dejó sentir aquí, como en todas partes, el efecto de otro +fenómeno comercial, hijo del progreso. Refiérome a los grandes +acaparamientos del comercio inglés, debidos al desarrollo de su inmensa +marina. Esta influencia se manifestó bien pronto en aquellos humildes +rincones de la calle de Postas por la depreciación súbita del género de +la China. Nada más sencillo que esta depreciación. Al fundar los +ingleses el gran depósito comercial de Singapore, monopolizaron el +tráfico del Asia y arruinaron el comercio que hacíamos por la vía de +Cádiz y cabo de Buena Esperanza con aquellas apartadas regiones. Ayún y +Senquá dejaron de ser nuestros mejores amigos, y se hicieron amigos de +los ingleses. El sucesor de estos artistas, el fecundo e inspirado +King-Cheong se cartea en inglés con nuestros comerciantes y da sus +precios en libras esterlinas. Desde que Singapore apareció en la +geografía práctica, el género de Cantón y Shangai dejó de venir en +aquellas pesadas fragatonas de los armadores de Cádiz, los Fernández de +Castro, los Cuesta, los Rubio; y la dilatada travesía del Cabo pasó a la +historia como apéndice de los fabulosos trabajos de Vasco de Gama y de +Alburquerque. La vía nueva trazáronla los vapores ingleses combinados +con el ferrocarril de Suez. + +Ya en 1840 las casas que traían directamente el género de Cantón no +podían competir con las que lo encargaban a Liverpool. Cualquier +mercachifle de la calle de Postas se proveía de este artículo sin ir a +tomarlo en los dos o tres depósitos que en Madrid había. Después las +corrientes han cambiado otra vez, y al cabo de muchos años ha vuelto a +traer España directamente las obras de King-Cheong; mas para esto ha +sido preciso que viniera la gran vigorización del comercio después del +68 y la robustez de los capitales de nuestros días. + +El establecimiento de Gumersindo Arnaiz se vio amenazado de ruina, +porque las tres o cuatro casas cuya especialidad era como una herencia o +traspaso de la Compañía de Filipinas, no podían seguir monopolizando la +pañolería y demás artes chinescas. Madrid se inundaba de género a precio +más bajo que el de las facturas de D. Bonifacio Arnaiz, y era preciso +realizar de cualquier modo. Para compensar las pérdidas de la +_quemazón_, urgía plantear otro negocio, buscar nuevos caminos, y aquí +fue donde lució sus altas dotes Isabel Cordero, esposa de Gumersindo, +que tenía más pesquis que este. Sin saber pelotada de Geografía, +comprendía que había un Singapore y un istmo de Suez. + +Adivinaba el fenómeno comercial, sin acertar a darle nombre, y en vez de +echar maldiciones contra los ingleses, como hacía su marido, se dio a +discurrir el mejor remedio. ¿Qué corrientes seguirían? La más marcada +era la de las _novedades_, la de la influencia de la fabricación +francesa y belga, en virtud de aquella ley de los grises del Norte, +invadiendo, conquistando y anulando nuestro ser colorista y romancesco. +El vestir se anticipaba al pensar y cuando aún los versos no habían sido +desterrados por la prosa, ya la lana había hecho trizas a la seda. + +«Pues apechuguemos con las _novedades_» dijo Isabel a su marido, +observando aquel furor de modas que le entraba a esta sociedad y el afán +que todos los madrileños sentían de ser elegantes _con seriedad_. Era, +por añadidura, la época en que la clase media entraba de lleno en el +ejercicio de sus funciones, apandando todos los empleos creados por el +nuevo sistema político y administrativo, comprando a plazos todas las +fincas que habían sido de la Iglesia, constituyéndose en propietaria del +suelo y en usufructuaria del presupuesto, absorbiendo en fin los +despojos del absolutismo y del clero, y fundando el imperio de la +levita. Claro es que la levita es el símbolo; pero lo más interesante de +tal imperio está en el vestir de las señoras, origen de energías +poderosas, que de la vida privada salen a la pública y determinan hechos +grandes. ¡Los trapos, ay! ¿Quién no ve en ellos una de las principales +energías de la época presente, tal vez una causa generadora de +movimiento y vida? Pensad un poco en lo que representan, en lo que +valen, en la riqueza y el ingenio que consagra a producirlos la ciudad +más industriosa del mundo, y sin querer, vuestra mente os presentará +entre los pliegues de las telas de moda todo nuestro organismo +mesocrático, ingente pirámide en cuya cima hay un sombrero de copa; toda +la máquina política y administrativa, la deuda pública y los +ferrocarriles, el presupuesto y las rentas, el Estado tutelar y el +parlamentarismo socialista. + +Pero Gumersindo e Isabel habían llegado un poco tarde, porque las +_novedades_ estaban en manos de mercaderes listos, que sabían ya el +camino de París. Arnaiz fue también allá; mas no era hombre de gusto y +trajo unos adefesios que no tuvieron aceptación. La Cordero, sin +embargo, no se desanimaba. Su marido empezaba a atontarse; ella a _ver +claro_. Vio que las costumbres de Madrid se transformaban rápidamente, +que esta orgullosa Corte iba a pasar en poco tiempo de la condición de +aldeota indecente a la de capital civilizada. Porque Madrid no tenía de +metrópoli más que el nombre y la vanidad ridícula. Era un payo con +casaca de gentil-hombre y la camisa desgarrada y sucia. Por fin el +paleto se disponía a ser señor de verdad. Isabel Cordero, que se +anticipaba a su época, presintió la traída de aguas del Lozoya, en +aquellos veranos ardorosos en que el Ayuntamiento refrescaba y +alimentaba las fuentes del Berro y de la Teja con cubas de agua sacada +de los pozos; en aquellos tiempos en que los portales eran sentinas y en +que los vecinos iban de un cuarto a otro con el pucherito en la mano, +pidiendo por favor un poco de agua para afeitarse. + +La perspicaz mujer vio el porvenir, oyó hablar del gran proyecto de +Bravo Murillo, como de una cosa que ella había sentido en su alma. Por +fin Madrid, dentro de algunos años, iba a tener raudales de agua +distribuidos en las calles y plazas, y adquiriría la costumbre de +lavarse, por lo menos, la cara y las manos. Lavadas estas partes, se +lavaría después otras. Este Madrid, que entonces era futuro, se le +representó con visiones de camisas limpias en todas las clases, de +mujeres ya acostumbradas a mudarse todos los días, y de señores que eran +la misma pulcritud. De aquí nació la idea de dedicar la casa al género +blanco, y arraigada fuertemente la idea, poco a poco se fue haciendo +realidad. Ayudado por D. Baldomero y Arnaiz, Gumersindo empezó a traer +batistas finísimas de Inglaterra, holandas y escocias, irlandas y +madapolanes, _nansouk_ y cretonas de Alsacia, y la casa se fue +levantando no sin trabajo de su postración hasta llegar a adquirir una +prosperidad relativa. Complemento de este negocio _en blanco_, fueron la +damasquería gruesa, los cutíes para colchones y la mantelería de +Courtray que vino a ser _especialidad_ de la casa, como lo decía un +rótulo añadido al letrero antiguo de la tienda. Las puntillas y +encajería mecánica vinieron más tarde, siendo tan grandes los pedidos de +Arnaiz, que una fábrica de Suiza trabajaba sólo para él. Y por fin, las +crinolinas dieron al establecimiento buenas ganancias. Isabel Cordero, +que había presentido el Canal del Lozoya, presintió también el +miriñaque; que los franceses llamaban _Malakoff_, invención absurda que +parecía salida de un cerebro enfermo de tanto pensar en la dirección de +los globos. + +De la pañolería y artículos asiáticos, sólo quedaban en la casa por los +años del 50 al 60 tradiciones religiosamente conservadas. Aún había +alguna torrecilla de marfil, y buena porción de mantones ricos de alto +precio en cajas primorosas. Era quizás Gumersindo la persona que en +Madrid tenía más arte para doblarlos, porque ha de saberse que doblar un +crespón era tarea tan difícil como hinchar un perro. No sabían hacerlo +sino los que de antiguo tenían la costumbre de manejar aquel artículo, +por lo cual muchas damas, que en algún baile de máscaras se ponían el +chal, lo mandaban al día siguiente, con la caja, a la tienda de +Gumersindo Arnaiz, para que este lo doblase según arte tradicional, es +decir, dejando oculta la rejilla de a tercia y el fleco de a cuarta, y +visible en el cuartel superior el dibujo central. También se conservaban +en la tienda los dos maniquís vestidos de mandarines. Se pensó en +retirarlos, porque ya estaban los pobres un poco tronados; pero +Barbarita se opuso, porque dejar de verlos allí haciendo juego con la +fisonomía lela y honrada del Sr. de Ayún, era como si enterrasen a +alguno de la familia; y aseguró que si su hermano se obstinaba en +quitarlos, ella se los llevaría a su casa para ponerlos en el comedor, +haciendo juego con los aparadores. + + + + +--vi-- + + +Aquella gran mujer, Isabel Cordero de Arnaiz, dotada de todas las +agudezas del traficante y de todas las triquiñuelas económicas del ama +de gobierno, fue agraciada además por el Cielo con una fecundidad +prodigiosa. En 1845, cuando nació Juanito, ya había tenido ella cinco, y +siguió pariendo con la puntualidad de los vegetales que dan fruto cada +año. Sobre aquellos cinco hay que apuntar doce más en la cuenta; total, +diez y siete partos, que recordaba asociándolos a fechas célebres del +reinado de Isabel II. «Mi primer hijo--decía--nació cuando vino la tropa +carlista hasta las tapias de Madrid. Mi Jacinta nació cuando se casó la +Reina, con pocos días de diferencia. Mi Isabelita vino al mundo el día +mismo en que el cura Merino le pegó la puñalada a Su Majestad, y tuve a +Rupertito el día de San Juan del 58, el mismo día que se inauguró la +traída de aguas». + +Al ver la estrecha casa, se daba uno a pensar que la ley de +impenetrabilidad de los cuerpos fue el pretexto que tomó la muerte para +mermar aquel bíblico rebaño. Si los diez y siete chiquillos hubieran +vivido, habría sido preciso ponerlos en los balcones como los tiestos, o +colgados en jaulas de machos de perdiz. El garrotillo y la escarlatina +fueron entresacando aquella mies apretada, y en 1870 no quedaban ya más +que nueve. Los dos primeros volaron a poco de nacidos. De tiempo en +tiempo se moría uno, ya crecidito, y se aclaraban las filas. En no sé +qué año, se murieron tres con intervalo de cuatro meses. Los que +rebasaron de los diez años, se iban criando regularmente. + +He dicho que eran nueve. Falta consignar que de estas nueve cifras, +siete correspondían al sexo femenino. ¡Vaya una plaga que le había caído +al bueno de Gumersindo! ¿Qué hacer con siete chiquillas? Para guardarlas +cuando fueran mujeres, se necesitaba un cuerpo de ejército. ¿Y cómo +casarlas bien a todas? ¿De dónde iban a salir siete maridos buenos? +Gumersindo, siempre que de esto se le hablaba, echábalo a broma, +confiando en la buena mano que tenía su mujer para todo. +«Verán--decía--, cómo saca ella de debajo de las piedras siete yernos de +primera». Pero la fecunda esposa no las tenía todas consigo. Siempre que +pensaba en el porvenir de sus hijas se ponía triste; y sentía como +remordimientos de haber dado a su marido una familia que era un problema +económico. Cuando hablaba de esto con su cuñada Barbarita, lamentábase +de parir hembras como de una responsabilidad. Durante su campaña +prolífica, desde el 38 al 60, acontecía que a los cuatro o cinco meses +de haber dado a luz, ya estaba otra vez en cinta. Barbarita no se +tomaba el trabajo de preguntárselo, y lo daba por hecho. «Ahora--le +decía--, vas a tener un muchacho». Y la otra, enojada, echando pestes +contra su fecundidad, respondía: «Varón o hembra, estos regalos debieran +ser para ti. A ti debiera Dios darte un canario de alcoba todos los +años». + +Las ganancias del establecimiento no eran escasas; pero los esposos +Arnaiz no podían llamarse ricos, porque con tanto parto y tanta muerte +de hijos y aquel familión de hembras la casa no acababa de florecer como +debiera. Aunque Isabel hacía milagros de arreglo y economía, el +considerable gasto cotidiano quitaba al establecimiento mucha savia. +Pero nunca dejó de cumplir Gumersindo sus compromisos comerciales, y si +su capital no era grande, tampoco tenía deudas. El _quid_ estaba en +colocar bien las siete chicas, pues mientras esta tremenda campaña +matrimoñesca no fuera coronada por un éxito brillante, en la casa no +podía haber grandes ahorros. + +Isabel Cordero era, veinte años ha, una mujer desmejorada, pálida, +deforme de talle, como esas personas que parece se están desbaratando y +que no tienen las partes del cuerpo en su verdadero sitio. Apenas se +conocía que había sido bonita. Los que la trataban no podían +imaginársela en estado distinto del que se llama interesante, porque el +barrigón parecía en ella cosa normal, como el color de la tez o la +forma de la nariz. En tal situación y en los breves periodos que tenía +libres, su actividad era siempre la misma, pues hasta el día de caer en +la cama estaba sobre un pie, atendiendo incansable al complicado +gobierno de aquella casa. Lo mismo funcionaba en la cocina que en el +escritorio, y acabadita de poner la enorme sartén de migas para la cena +o el calderón de patatas, pasaba a la tienda a que su marido la enterase +de las facturas que acababa de recibir o de los avisos de letras. +Cuidaba principalmente de que sus niñas no estuviesen ociosas. Las más +pequeñas y los varoncitos iban a la escuela; las mayores trabajaban en +el gabinete de la casa, ayudando a su madre en el repaso de la ropa, o +en acomodar al cuerpo de los varones las prendas desechadas del padre. +Alguna de ellas se daba maña para planchar; solían también lavar en el +gran artesón de la cocina, y zurcir y echar un remiendo. Pero en lo que +mayormente sobresalían todas era en el arte de arreglar sus propios +perendengues. Los domingos, cuando su mamá las sacaba a paseo, en larga +procesión, iban tan bien apañaditas que daba gusto verlas. Al ir a misa, +desfilaban entre la admiración de los fieles; porque conviene apuntar +que eran muy monas. Desde las dos mayores que eran ya mujeres, hasta la +última, que era una miniaturita, formaban un rebaño interesantísimo que +llamaba la atención por el número y la escala gradual de las tallas. +Los conocidos que las veían entrar, decían: «ya está ahí doña Isabel con +el muestrario». La madre, peinada con la mayor sencillez, sin ningún +adorno, flácida, pecosa y desprovista ya de todo atractivo personal que +no fuera la respetabilidad, pastoreaba aquel rebaño, llevándolo por +delante como los paveros en Navidad. + +¡Y que no pasaba flojos apuros la pobre para salir airosa en aquel papel +inmenso! A Barbarita le hacía ordinariamente sus confidencias. «Mira, +hija, algunos meses me veo tan agonizada, que no sé qué hacer. Dios me +protege, que si no... Tú no sabes lo que es vestir siete hijas. Los +varones, con los desechos de la ropa de su padre que yo les arreglo, van +tirando. ¡Pero las niñas!... ¡Y con estas modas de ahora y este +suponer!... ¿Viste la pieza de merino azul?, pues no fue bastante y tuve +que traer diez varas más. ¡Nada te quiero decir del ramo de zapatos! +Gracias que dentro de casa la que se me ponga otro calzado que no sea +las alpargatitas de cáñamo, ya me tiene hecha una leona. Para llenarles +la barriga, me defiendo con las patatas y las migas. Este año he +suprimido los estofados. Sé que los dependientes refunfuñan; pero no me +importa. Que vayan a otra parte donde los traten mejor. ¿Creerás que un +quintal de carbón se me va como un soplo? Me traigo a casa dos arrobas +de aceite, y a los pocos días... pif... parece que se lo han chupado las +lechuzas. Encargo a Estupiñá dos o tres quintales de patatas, hija, y +como si no trajera nada». En la casa había dos mesas. En la primera +comían el principal y su señora, las niñas, el dependiente más antiguo y +algún pariente, como Primitivo Cordero cuando venía a Madrid de su finca +de Toledo, donde residía. A la segunda se sentaban los dependientes +menudos y los dos hijos, uno de los cuales hacía su aprendizaje en la +tienda de blondas de Segundo Cordero. Era un total de diez y siete o +diez y ocho bocas. El gobierno de tal casa, que habría rendido a +cualquiera mujer, no fatigaba visiblemente a Isabel. A medida que las +niñas iban creciendo, disminuía para la madre parte del trabajo +material; pero este descanso se compensaba con el exceso de vigilancia +para guardar el rebaño, cada vez más perseguido de lobos y expuesto a +infinitas asechanzas. Las chicas no eran malas, pero eran jovenzuelas, y +ni Cristo Padre podía evitar los atisbos por el único balcón de la casa +o por la ventanucha que daba al callejón de San Cristóbal. Empezaban a +entrar en la casa cartitas, y a desarrollarse esas intrigüelas inocentes +que son juegos de amor, ya que no el amor mismo. Doña Isabel estaba +siempre con cada ojo como un farol, y no las perdía de vista un momento. +A esta fatiga ruda del espionaje materno uníase el trabajo de exhibir y +airear el muestrario, por ver si caía algún parroquiano o por otro +nombre, marido. Era forzoso _hacer el artículo_, y aquella gran mujer, +negociante en hijas, no tenía más remedio que vestirse y concurrir con +su _género_ a tal o cual tertulia de amigas, porque si no lo hacía, +ponían las nenas unos morros que no se las podía aguantar. Era también +de rúbrica el paseíto los domingos, en corporación, las niñas muy bien +arregladitas con cuatro pingos que parecían lo que no eran, la mamá muy +estirada de guantes, que le imposibilitaban el uso de los dedos, con +manguito que le daba un calor excesivo a las manos, y su buena +cachemira. Sin ser vieja lo parecía. + +Dios, al fin, apreciando los méritos de aquella heroína, que ni un punto +se apartaba de su puesto en el combate social, echó una mirada de +benevolencia sobre el muestrario y después lo bendijo. La primera chica +que se casó fue la segunda, llamada Candelaria, y en honor de la verdad, +no fue muy lucido aquel matrimonio. Era el novio un buen muchacho, +dependiente en la camisería de la viuda de Aparisi. Llamábase Pepe +Samaniego y no tenía más fortuna que sus deseos de trabajar y su +honradez probada. Su apellido se veía mucho en los rótulos del comercio +menudo. Un tío suyo era boticario en la calle del Ave María. Tenía un +primo pescadero, otro tendero de capas en la calle de la Cruz, otro +prestamista, y los demás, lo mismo que sus hermanos, eran todos +horteras. Pensaron primero los de Arnaiz oponerse a aquella unión; mas +pronto se hicieron esta cuenta: «No están los tiempos para hilar muy +delgado en esto de los maridos. Hay que tomar todo lo que se presente, +porque son siete a colocar. Basta con que el chico sea formal y +trabajador». + +Casose luego la mayor, llamada Benigna en memoria de su abuelito el +héroe de Boteros. Esta sí que fue buena boda. El novio era Ramón +Villuendas, hijo mayor del célebre cambiante de la calle de Toledo; gran +casa, fortuna sólida. Era ya viudo con dos chiquillos, y su parentela +ofrecía variedad chocante en orden de riqueza. Su tío D. Cayetano +Villuendas estaba casado con Eulalia hermana del marqués de Casa-Muñoz, +y poseía muchos millones; en cambio, había un Villuendas tabernero y +otro que tenía un tenducho de percales y bayetas llamado _El Buen +Gusto_. El parentesco de los Villuendas pobres con los ricos no se veía +muy claro; pero parientes eran y muchos de ellos se trataban y se +tuteaban. + +La tercera de las chicas, llamada Jacinta, pescó marido al año +siguiente. ¡Y qué marido!... Pero al llegar aquí, me veo precisado a +cortar esta hebra, y paso a referir ciertas cosas que han de preceder a +la boda de Jacinta. + + + + + +-III- + +Estupiñá + + + + +--i-- + + +En la tienda de Arnaiz, junto a la reja que da a la calle de San +Cristóbal, hay actualmente tres sillas de madera curva de Viena, las +cuales sucedieron hace años a un banco sin respaldo forrado de hule +negro, y este banco tuvo por antecesor a un arcón o caja vacía. Aquélla +era la sede de la inmemorial tertulia de la casa. No había tienda sin +tertulia, como no podía haberla sin mostrador y santo tutelar. Era esto +un servicio suplementario que el comercio prestaba a la sociedad en +tiempos en que no existían casinos, pues aunque había sociedades +secretas y clubs y cafés más o menos patrióticos, la gran mayoría de los +ciudadanos pacíficos no iba a ellos, prefiriendo charlar en las tiendas. +Barbarita tiene aún reminiscencias vagas de la tertulia en los tiempos +de su niñez. Iba un fraile muy flaco que era el padre Alelí, un señor +pequeñito con anteojos, que era el papá de Isabel, algunos militares y +otros tipos que se confundían en su mente con las figuras de los dos +mandarines. + +Y no sólo se hablaba de asuntos políticos y de la guerra civil, sino de +cosas del comercio. Recuerda la señora haber oído algo acerca de los +primeros fósforos o mistos que vinieron al mercado, y aun haberlos +visto. Era como una botellita en la cual se metía la cerilla, y salía +echando lumbre. También oyó hablar de las primeras alfombras de moqueta, +de los primeros colchones de muelles, y de los primeros ferrocarriles, +que alguno de los tertulios había visto en el extranjero, pues aquí ni +asomos de ellos había todavía. Algo se apuntó allí sobre el billete de +Banco, que en Madrid no fue papel-moneda corriente hasta algunos años +después, y sólo se usaba entonces para los pagos fuertes de la banca. +Doña Bárbara se acuerda de haber visto el primer billete que llevaron a +la tienda como un objeto de curiosidad, y todos convinieron en que era +mejor una onza. El gas fue muy posterior a esto. + +La tienda se transformaba; pero la tertulia era siempre la misma en el +curso lento de los años. Unos habladores se iban y venían otros. No +sabemos a qué época fija se referirían estos párrafos sueltos que al +vuelo cogía Barbarita cuando, ya casada, entraba en la tienda a +descansar un ratito, de vuelta de paseo o de compras: «¡Qué hermosotes +iban esta mañana los del _tercero de fusileros_ con sus pompones +nuevos!»... «El Duque ha oído misa hoy en las Calatravas. Iba con Linaje +y con San Miguel»... + +«¿Sabe usted, Estupiñá, lo que dicen ahora? Pues dicen que los ingleses +proyectan construir barcos de _fierro_». + +El llamado Estupiñá debía de ser indispensable en todas las tertulias de +tiendas, porque cuando no iba a la de Arnaiz, todo se volvía preguntar: +«Y Plácido, ¿qué es de él?». Cuando entraba le recibían con +exclamaciones de alegría, pues con su sola presencia animaba la +conversación. En 1871 conocí a este hombre, que fundaba su vanidad en +_haber visto toda la historia de España_ en el presente siglo. Había +venido al mundo en 1803 y se llamaba hermano de fecha de Mesonero +Romanos, por haber nacido, como este, el 19 de Julio del citado año. Una +sola frase suya probará su inmenso saber en esa historia viva que se +aprende con los ojos: «Vi a José I como le estoy viendo a usted ahora». +Y parecía que se relamía de gusto cuando le preguntaban: «¿Vio usted al +duque de Angulema, a lord Wellington?...». «Pues ya lo creo». Su +contestación era siempre la misma: «Como le estoy viendo a usted». Hasta +llegaba a incomodarse cuando se le interrogaba en tono dubitativo. «¡Que +si vi entrar a María Cristina!... Hombre, si eso es de ayer...». Para +completar su erudición ocular, hablaba del _aspecto que presentaba +Madrid_ el 1.º de Septiembre de 1840, como si fuera cosa de la semana +pasada. Había visto morir a Canterac; ajusticiar a Merino, «nada menos +que sobre el propio patíbulo», por ser él hermano de la Paz y Caridad; +había visto matar a Chico..., precisamente ver no, pero oyó los tiritos, +hallándose en la calle de las Velas; había visto a Fernando VII el 7 de +Julio cuando salió al balcón a decir a los milicianos que _sacudieran_ a +los de la Guardia; había visto a Rodil y al sargento García arengando +desde otro balcón, el año 36; había visto a O'Donnell y Espartero +abrazándose, a Espartero solo saludando al pueblo, a O'Donnell solo, +todo esto en un balcón, y por fin, en un balcón había visto también en +fecha cercana a otro personaje diciendo a gritos que se habían acabado +los Reyes. La historia que Estupiñá sabía estaba escrita en los +balcones. + +La biografía mercantil de este hombre es tan curiosa como sencilla. Era +muy joven cuando entró de hortera en casa de Arnaiz, y allí sirvió +muchos años, siempre bien quisto del principal por su honradez +acrisolada y el grandísimo interés con que miraba todo lo concerniente +al establecimiento. Y a pesar de tales prendas, Estupiñá no era un buen +dependiente. Al despachar, entretenía demasiado a los parroquianos, y si +le mandaban con un recado o comisión a la Aduana, tardaba tanto en +volver, que muchas veces creyó D. Bonifacio que le habían llevado preso. +La singularidad de que teniendo Plácido estas mañas, no pudieran los +dueños de la tienda prescindir de él, se explica por la ciega confianza +que inspiraba, pues estando él al cuidado de la tienda y de la caja, ya +podían Arnaiz y su familia echarse a dormir. Era su fidelidad tan grande +como su humildad, pues ya le podían reñir y decirle cuantas perrerías +quisieran, sin que se incomodase. Por esto sintió mucho Arnaiz que +Estupiñá dejara la casa en 1837, cuando se le antojó establecerse con +los dineros de una pequeña herencia. Su principal, que le conocía bien, +hacía lúgubres profecías del porvenir comercial de Plácido, trabajando +por su cuenta. + +Prometíaselas él muy felices en la tienda de bayetas y paños del Reino +que estableció en la Plaza Mayor, junto a la Panadería. No puso +dependientes, porque la cortedad del negocio no lo consentía; pero su +tertulia fue la más animada y dicharachera de todo el barrio. Y ved aquí +el secreto de lo poco que dio de sí el establecimiento, y la +justificación de los vaticinios de D. Bonifacio. Estupiñá tenía un vicio +hereditario y crónico, contra el cual eran impotentes todas las demás +energías de su alma; vicio tanto más avasallador y terrible cuanto más +inofensivo parecía. No era la bebida, no era el amor, ni el juego ni el +lujo; era la conversación. Por un rato de palique era Estupiñá capaz de +dejar que se llevaran los demonios el mejor negocio del mundo. Como él +pegase la hebra con gana, ya podía venirse el cielo abajo, y antes le +cortaran la lengua que la hebra. A su tienda iban los habladores más +frenéticos, porque el vicio llama al vicio. Si en lo más sabroso de su +charla entraba alguien a comprar, Estupiñá le ponía la cara que se pone +a los que van a dar sablazos. Si el género pedido estaba sobre el +mostrador, lo enseñaba con gesto rápido, deseando que acabase pronto la +interrupción; pero si estaba en lo alto de la anaquelería, echaba hacia +arriba una mirada de fatiga, como el que pide a Dios paciencia, +diciendo: «¿Bayeta amarilla? Mírela usted. Me parece que es angosta para +lo que usted la quiere». Otras veces dudaba o aparentaba dudar si tenía +lo que le pedían. «¿Gorritas para niño? ¿Las quiere usted de visera de +hule?... Sospecho que hay algunas, pero son de esas que no se usan +ya...». + +Si estaba jugando al tute o al mus, únicos juegos que sabía y en los que +era maestro, primero se hundía el mundo que apartar él su atención de +las cartas. Era tan fuerte el ansia de charla y de trato social, se lo +pedía el cuerpo y el alma con tal vehemencia, que si no iban habladores +a la tienda no podía resistir la comezón del vicio, echaba la llave, se +la metía en el bolsillo y se iba a otra tienda en busca de aquel licor +palabrero con que se embriagaba. Por Navidad, cuando se empezaban a +armar los puestos de la Plaza, el pobre tendero no tenía valor para +estarse metido en aquel cuchitril oscuro. El sonido de la voz humana, la +luz y el rumor de la calle eran tan necesarios a su existencia como el +aire. Cerraba, y se iba a dar conversación a las mujeres de los puestos. +A todas las conocía, y se enteraba de lo que iban a vender y de cuanto +ocurriera en la familia de cada una de ellas. Pertenecía, pues, Estupiñá +a aquella raza de tenderos, de la cual quedan aún muy pocos ejemplares, +cuyo papel en el mundo comercial parece ser la atenuación de los males +causados por los excesos de la oferta impertinente, y disuadir al +consumidor de la malsana inclinación a gastar el dinero. «D. Plácido, +¿tiene usted pana azul?».--«¡Pana azul!, ¿y quién te mete a ti en esos +lujos? Sí que la tengo; pero es cara para ti». --«Enséñemela usted... y +a ver si me la arregla»... Entonces hacía el hombre un desmedido +esfuerzo, como quien sacrifica al deber sus sentimientos y gustos más +queridos, y bajaba la pieza de tela. «Vaya, aquí está la pana. Si no la +has de comprar, si todo es gana de moler, ¿para qué quieres verla? +¿Crees que yo no tengo nada qué hacer?».--«Lo que dije; estas mujeres +marean a Cristo. Hay otra clase, sí señora. ¿La compras, sí o no? A +veinte y dos reales, ni un cuarto menos».--«Pero déjela ver... ¡ay qué +hombre! ¿Cree que me voy a comer la pieza?»... «A veinte y dos +realetes». --«¡Ande y que lo parta un rayo!».--«Que te parta a ti, mal +criada, respondona, tarasca...». + +Era muy fino con las señoras de alto copete. Su afabilidad tenía tonos +como este: «¿La cúbica? Sí que la hay. ¿Ve usted la pieza allá arriba? +Me parece, señora, que no es lo que usted busca... digo, me parece; no +es que yo me quiera meter... Ahora se estilan rayaditas: de eso no +tengo. Espero una remesa para el mes que entra. Ayer vi a las niñas con +el Sr. D. Cándido. Vaya, que están creciditas. ¿Y cómo sigue el señor +mayor? ¡No le he visto desde que íbamos juntos a la bóveda de San +Ginés!»... Con este sistema de vender, a los cuatro años de comercio se +podían contar las personas que al cabo de la semana traspasaban el +dintel de la tienda. A los seis años no entraban allí ni las moscas. +Estupiñá abría todas las mañanas, barría y regaba la acera, se ponía los +manguitos verdes y se sentaba detrás del mostrador a leer el _Diario de +Avisos_. Poco a poco iban llegando los amigos, aquellos hermanos de su +alma, que en la soledad en que Plácido estaba le parecían algo como la +paloma del arca, pues le traían en el pico algo más que un ramo de +oliva, le traían la palabra, el sabrosísimo fruto y la flor de la vida, +el alcohol del alma, con que apacentaba su vicio... Pasábanse el día +entero contando anécdotas, comentando sucesos políticos, tratando de tú +a Mendizábal, a Calatrava, a María Cristina y al mismo Dios, trazando +con el dedo planes de campaña sobre el mostrador en extravagantes líneas +tácticas; demostrando que Espartero debía ir necesariamente por aquí y +Villarreal por allá; refiriendo también sucedidos del comercio, llegadas +de tal o cual género; lances de Iglesia y de milicia y de mujeres y de +la corte, con todo lo demás que cae bajo el dominio de la bachillería +humana. A todas estas el cajón del dinero no se abría ni una sola vez, +y a la vara de medir, sumida en plácida quietud, le faltaba poco para +reverdecer y echar flores como la vara de San José. Y como pasaban meses +y meses sin que se renovase el género, y allí no había más que maulas y +vejeces, el trueno fue gordo y repentino. Un día le embargaron todo, y +Estupiñá salió de la tienda con tanta pena como dignidad. + + + + +--ii-- + + +Aquel gran filósofo no se entregó a la desesperación. Viéronle sus +amigos tranquilo y resignado. En su aspecto y en el reposo de su +semblante había algo de Sócrates, admitiendo que Sócrates fuera hombre +dispuesto a estarse siete horas seguidas con la palabra en la boca. +Plácido había salvado el honor, que era lo importante, pagando +religiosamente a todo el mundo con las existencias. Se había quedado con +lo puesto y sin una mota. No salvó más mueble que la vara de medir. Era +forzoso, pues, buscar algún modo de ganarse la vida. ¿A qué se +dedicaría? ¿En qué ramo del comercio emplearía sus grandes dotes? +Dándose a pensar en esto, vino a descubrir que en medio de su gran +pobreza conservaba un capital que seguramente le envidiarían muchos: las +relaciones. Conocía a cuantos almacenistas y tenderos había en Madrid; +todas las puertas se le franqueaban, y en todas partes le ponían buena +cara por su honradez, sus buenas maneras y principalmente por aquella +bendita labia que Dios le había dado. Sus relaciones y estas aptitudes +le sugirieron, pues, la idea de dedicarse a corredor de géneros. D. +Baldomero Santa Cruz, el gordo Arnaiz, Bringas, Moreno, Labiano y otros +almacenistas de paños, lienzos o novedades, le daban piezas para que las +fuera enseñando de tienda en tienda. Ganaba el 2 por 100 de comisión por +lo que vendía. ¡María Santísima, qué vida más deliciosa y qué bien hizo +en adoptarla, porque cosa más adecuada a su temperamento no se podía +imaginar! Aquel correr continuo, aquel entrar por diversas puertas, +aquel saludar en la calle a cincuenta personas y preguntarles por la +familia era su vida, y todo lo demás era muerte. Plácido no había nacido +para el presidio de una tienda. Su elemento era la calle, el aire libre, +la discusión, la contratación, el recado, ir y venir, preguntar, +cuestionar, pasando gallardamente de la seriedad a la broma. Había +mañana en que se echaba al coleto toda la calle de Toledo de punta a +punta, y la Concepción Jerónima, Atocha y Carretas. + +Así pasaron algunos años. Como sus necesidades eran muy cortas, pues no +tenía familia que mantener ni ningún vicio como no fuera el de gastar +saliva, bastábale para vivir lo poco que el corretaje le daba. Además, +muchos comerciantes ricos le protegían. Este, a lo mejor, le regalaba +una capa; otro un corte de vestido; aquel un sombrero o bien comestibles +y golosinas. Familias de las más empingorotadas del comercio le sentaban +a su mesa, no sólo por amistad sino por egoísmo, pues era una diversión +oírle contar tan diversas cosas con aquella exactitud pintoresca y aquel +esmero de detalles que encantaba. Dos caracteres principales tenía su +entretenida charla, y eran: que nunca se declaraba ignorante de cosa +alguna, y que jamás habló mal de nadie. Si por acaso se dejaba decir +alguna palabra ofensiva, era contra la Aduana; pero sin individualizar +sus acusaciones. + +Porque Estupiñá, al mismo tiempo que corredor, era contrabandista. Las +piezas de Hamburgo de 26 hilos que pasó por el portillo de Gilimón, +valiéndose de ingeniosas mañas, no son para contadas. No había otro como +él para atravesar de noche ciertas calles con un bulto bajo la capa, +figurándose mendigo con un niño a cuestas. Ninguno como él poseía el +arte de deslizar un duro en la mano del empleado fiscal, en momentos de +peligro, y se entendía con ellos tan bien para este fregado, que las +principales casas acudían a él para desatar sus líos con la Hacienda. No +hay medio de escribir en el Decálogo los delitos fiscales. La moral del +pueblo se rebelaba, más entonces que ahora, a considerar las +defraudaciones a la Hacienda como verdaderos pecados, y conforme con +este criterio, Estupiñá no sentía alboroto en su conciencia cuando ponía +feliz remate a una de aquellas empresas. Según él, lo que la Hacienda +llama suyo no es suyo, sino de la nación, es decir, de Juan Particular, +y burlar a la Hacienda es devolver a Juan Particular lo que le +pertenece. Esta idea, sustentada por el pueblo con turbulenta fe, ha +tenido también sus héroes y sus mártires. Plácido la profesaba con no +menos entusiasmo que cualquier caballista andaluz, sólo que era de +infantería, y además no quitaba la vida a nadie. Su conciencia, envuelta +en horrorosas nieblas tocante a lo fiscal, manifestábase pura y luminosa +en lo referente a la propiedad privada. Era hombre que antes de guardar +un ochavo que no fuese suyo, se habría estado callado un mes. + +Barbarita le quería mucho. Habíale visto en su casa desde que tuvo el +don de ver y apreciar las cosas; conocía bien, por opinión de su padre y +por experiencia propia, las excelentes prendas y lealtad del hablador. +Siendo niña, Estupiñá la llevaba a la escuela de la rinconada de la +calle Imperial, y por Navidad iba con él a ver los nacimientos y los +puestos de la plaza de Santa Cruz. Cuando D. Bonifacio Arnaiz enfermó +para morirse, Plácido no se separó de él ni enfermo ni difunto hasta +que le dejó en la sepultura. En todas las penas y alegrías de la casa +era siempre el partícipe más sincero. Su posición junto a tan noble +familia era entre amistad y servidumbre, pues si Barbarita le sentaba a +su mesa muchos días, los más del año empleábale en recados y comisiones +que él sabía desempeñar con exactitud suma. Ya iba a la plaza de la +Cebada en busca de alguna hortaliza temprana, ya a la Cava Baja a +entenderse con los ordinarios que traían encargos, o bien a Maravillas, +donde vivían la planchadora y la encajera de la casa. Tal ascendiente +tenía la señora de Santa Cruz sobre aquella alma sencilla y con fe tan +ciega la respetaba y obedecía él, que si Barbarita le hubiera dicho: +«Plácido, hazme el favor de tirarte por el balcón a la calle», el +infeliz no habría vacilado un momento en hacerlo. + +Andando los años, y cuando ya Estupiñá iba para viejo y no hacía +corretaje ni contrabando, desempeñó en la casa de Santa Cruz un cargo +muy delicado. Como era persona de tanta confianza y tan ciegamente +adicto a la familia, Barbarita le confiaba a Juanito para que le llevase +y le trajera al colegio de Massarnau, o le sacara a paseo los domingos y +fiestas. Segura estaba la mamá de que la vigilancia de Plácido era como +la de un padre, y bien sabía que se habría dejado matar cien veces antes +que consentir que nadie tocase al _Delfín_ (así le solía llamar) en la +punta del cabello. Ya era este un polluelo con ínfulas de hombre cuando +Estupiñá le llevaba a los Toros, iniciándole en los misterios del arte, +que se preciaba de entender como buen madrileño. El niño y el viejo se +entusiasmaban por igual en el bárbaro y pintoresco espectáculo, y a la +salida Plácido le contaba sus proezas taurómacas, pues también, allá en +su mocedad, había echado sus quiebros y pases de muleta, y tenía traje +completo con lentejuelas, y toreaba novillos por lo fino, sin olvidar +ninguna regla... Como Juanito le manifestara deseos de ver el traje, +contestábale Plácido que hacía muchos años su hermana la sastra (que de +Dios gozaba) lo había convertido en túnica de un Nazareno, que está en +la iglesia de Daganzo de Abajo. + +Fuera del platicar, Estupiñá no tenía ningún vicio, ni se juntó jamás +con personas ordinarias y de baja estofa. Una sola vez en su vida tuvo +que ver con gente de mala ralea, con motivo del bautizo del chico de un +sobrino suyo, que estaba casado con una tablajera. Entonces le ocurrió +un lance desagradable del cual se acordó y avergonzó toda su vida; y fue +que el pillete del sobrinito, confabulado con sus amigotes, logró +embriagarle, dándole subrepticiamente un Chinchón capaz de marear a una +piedra. Fue una borrachera estúpida, la primera y última de su vida; y +el recuerdo de la degradación de aquella noche le entristecía siempre +que repuntaba en su memoria. ¡Infames, burlar así a quien era la misma +sobriedad! Me le hicieron beber con engaño evidente aquellas nefandas +copas, y después no vacilaron en escarnecerle con tanta crueldad como +grosería. Pidiéronle que cantara la Pitita, y hay motivos para creer que +la cantó, aunque él lo niega en redondo. En medio del desconcierto de +sus sentidos, tuvo conciencia del estado en que le habían puesto, y el +decoro le sugirió la idea de la fuga. Echose fuera del local pensando +que el aire de la noche le despejaría la cabeza; pero aunque sintió +algún alivio, sus facultades y sentidos continuaban sujetos a los más +garrafales errores. Al llegar a la esquina de la Cava de San Miguel, vio +al sereno; mejor dicho, lo que vio fue el farol del sereno, que andaba +hacia la rinconada de la calle de Cuchilleros. Creyó que era el Viático, +y arrodillándose y descubriéndose, según tenía por costumbre, rezó una +corta oración y dijo: «¡que Dios le dé lo que mejor le convenga!». Las +carcajadas de sus soeces burladores, que le habían seguido, le volvieron +a su acuerdo, y conocido el error, se metió a escape en su casa, que a +dos pasos estaba. Durmió, y al día siguiente como si tal cosa. Pero +sentía un remordimiento vivísimo que por algún tiempo le hacía suspirar +y quedarse meditabundo. Nada afligía tanto su honrado corazón como la +idea de que Barbarita se enterara de aquel chasco del Viático. +Afortunadamente, o no lo supo, o si lo supo no se dio nunca por +entendida. + + + + +--iii-- + + +Cuando conocí personalmente a este insigne hijo de Madrid, andaba ya al +ras con los sesenta años; pero los llevaba muy bien. Era de estatura +menos que mediana, regordete y algo encorvado hacia adelante. Los que +quieran conocer su rostro, miren el de Rossini, ya viejo, como nos le +han transmitido las estampas y fotografías del gran músico, y pueden +decir que tienen delante el divino Estupiñá. La forma de la cabeza, la +sonrisa, el perfil sobre todo, la nariz corva, la boca hundida, los ojos +picarescos, eran trasunto fiel de aquella hermosura un tanto burlona, +que con la acentuación de las líneas en la vejez se aproximaba algo a la +imagen de Polichinela. La edad iba dando al perfil de Estupiñá un cierto +parentesco con el de las cotorras. + +En sus últimos tiempos, del 70 en adelante, vestía con cierta +originalidad, no precisamente por miseria, pues los de Santa Cruz +cuidaban de que nada le faltase, sino por espíritu de tradición, y por +repugnancia a introducir novedades en su guardarropa. Usaba un sombrero +chato, de copa muy baja y con las alas planas, el cual pertenecía a una +época que se había borrado ya de la memoria de los sombreros, y una capa +de paño verde, que no se le caía de los hombros sino en lo que va de +Julio a Septiembre. Tenía muy poco pelo, casi se puede decir ninguno; +pero no usaba peluca. Para librar su cabeza de las corrientes frías de +la iglesia, llevaba en el bolsillo un gorro negro, y se lo calaba al +entrar. Era gran madrugador, y por la mañanita con la fresca se iba a +Santa Cruz, luego a Santo Tomás y por fin a San Ginés. Después de oír +varias misas en cada una de estas iglesias, calado el gorro hasta las +orejas, y de echar un parrafito con beatos o sacristanes, iba de capilla +en capilla rezando diferentes oraciones. Al despedirse, saludaba con la +mano a las imágenes, como se saluda a un amigo que está en el balcón, y +luego tomaba su agua bendita, fuera gorro, y a la calle. + +En 1869, cuando demolieron la iglesia de Santa Cruz, Estupiñá pasó muy +malos ratos. + +Ni el pájaro a quien destruyen su nido, ni el hombre a quien arrojan de +la morada en que nació, ponen cara más afligida que la que él ponía +viendo caer entre nubes de polvo los pedazos de cascote. Por aquello de +ser hombre no lloraba. Barbarita, que se había criado a la sombra de la +venerable torre, si no lloraba al ver tan sacrílego espectáculo era +porque estaba volada, y la ira no le permitía derramar lágrimas. Ni +acertaba a explicarse por qué decía su marido que D. Nicolás Rivero era +una gran persona. Cuando el templo desapareció; cuando fue arrasado el +suelo, y andando los años se edificó una casa en el sagrado solar, +Estupiñá no se dio a partido. No era de estos caracteres acomodaticios +que reconocen los hechos consumados. Para él la iglesia estaba siempre +allí, y toda vez que mi hombre pasaba por el punto exacto que +correspondía al lugar de la puerta, se persignaba y se quitaba el +sombrero. + +Era Plácido hermano de la Paz y Caridad, cofradía cuyo domicilio estuvo +en la derribada parroquia. Iba, pues, a auxiliar a los reos de muerte en +la capilla y a darles conversación en la hora tremenda, hablándoles de +lo tonta que es esta vida, de lo bueno que es Dios y de lo ricamente que +iban a estar en la gloria. ¡Qué sería de los pobrecitos reos si no +tuvieran quien les diera un poco de jarabe de pico antes de entregar su +cuello al verdugo! + +A las diez de la mañana concluía Estupiñá invariablemente lo que +podríamos llamar su jornada religiosa. Pasada aquella hora, desaparecía +de su rostro rossiniano la seriedad tétrica que en la iglesia tenía, y +volvía a ser el hombre afable, locuaz y ameno de las tertulias de +tienda. Almorzaba en casa de Santa Cruz o de Villuendas o de Arnaiz, y +si Barbarita no tenía nada que mandarle, emprendía su tarea para +_defender el garbanzo_, pues siempre hacía el papel de que trabajaba +como un negro. Su afectada ocupación en tal época era el corretaje de +dependientes, y fingía que los colocaba mediante un estipendio. Algo +hacía en verdad, mas era en gran parte pura farsa; y cuando le +preguntaban si iban bien los negocios, respondía en el tono de +comerciante ladino que no quiere dejar clarear sus pingües ganancias: +«Hombre, nos vamos defendiendo; no hay queja... Este mes he colocado lo +menos treinta chicos... como no hayan sido cuarenta...». + +Vivía Plácido en la Cava de San Miguel. Su casa era una de las que +forman el costado occidental de la Plaza Mayor, y como el basamento de +ellas está mucho más bajo que el suelo de la Plaza, tienen una altura +imponente y una estribación formidable, a modo de fortaleza. El piso en +que el tal vivía era cuarto por la Plaza y por la Cava séptimo. No +existen en Madrid alturas mayores, y para vencer aquellas era forzoso +apechugar con ciento veinte escalones, _todos de piedra_, como decía +Plácido con orgullo, no pudiendo ponderar otra cosa de su domicilio. El +ser _todas de piedra_, desde la Cava hasta las bohardillas, da a las +escaleras de aquellas casas un aspecto lúgubre y monumental, como de +castillo de leyendas, y Estupiñá no podía olvidar esta circunstancia que +le hacía interesante en cierto modo, pues no es lo mismo subir a su +casa por una escalera como las del Escorial, que subir por viles +peldaños de palo, como cada hijo de vecino. + +El orgullo de trepar por aquellas gastadas berroqueñas no excluía lo +fatigoso del tránsito, por lo que mi amigo supo explotar sus buenas +relaciones para abreviarlo. El dueño de una zapatería de la Plaza, +llamado Dámaso Trujillo, le permitía entrar por su tienda, cuyo rótulo +era _Al ramo de azucenas_. Tenía puerta para la escalera de la Cava, y +usando esta puerta Plácido se ahorraba treinta escalones. + +El domicilio del hablador era un misterio para todo el mundo, pues nadie +había ido nunca a verle, por la sencilla razón de que D. Plácido no +estaba en su casa sino cuando dormía. Jamás había tenido enfermedad que +le impidiera salir durante el día. Era el hombre más sano del mundo. +Pero la vejez no había de desmentirse, y un día de Diciembre del 69 fue +notada la falta del grande hombre en los círculos a donde solía ir. +Pronto corrió la voz de que estaba malo, y cuantos le conocían sintieron +vivísimo interés por él. Muchos dependientes de tiendas se lanzaron por +aquellos escalones de piedra en busca de noticias del simpático enfermo, +que padecía de un reuma agudo en la pierna derecha. Barbarita le mandó +en seguida su médico, y no satisfecha con esto, ordenó a Juanito que +fuese a visitarle, lo que el Delfín hizo de muy buen grado. + +Y sale a relucir aquí la visita del Delfín al anciano servidor y amigo +de su casa, porque si Juanito Santa Cruz no hubiera hecho aquella +visita, esta historia no se habría escrito. Se hubiera escrito otra, eso +sí, porque por do quiera que el hombre vaya lleva consigo su novela; +pero esta no. + + + + +--iv-- + + +Juanito reconoció el número 11 en la puerta de una tienda de aves y +huevos. Por allí se había de entrar sin duda, pisando plumas y +aplastando cascarones. Preguntó a dos mujeres que pelaban gallinas y +pollos, y le contestaron, señalando una mampara, que aquella era la +entrada de la escalera del 11. Portal y tienda eran una misma cosa en +aquel edificio característico del Madrid primitivo. Y entonces se +explicó Juanito por qué llevaba muchos días Estupiñá, pegadas a las +botas, plumas de diferentes aves. Las cogía al salir, como las había +cogido él, por más cuidado que tuvo de evitar al paso los sitios en que +había plumas y algo de sangre. Daba dolor ver las anatomías de aquellos +pobres animales, que apenas desplumados eran suspendidos por la cabeza, +conservando la cola como un sarcasmo de su mísero destino. A la +izquierda de la entrada vio el Delfín cajones llenos de huevos, acopio +de aquel comercio. La voracidad del hombre no tiene límites, y sacrifica +a su apetito no sólo las presentes sino las futuras generaciones +gallináceas. A la derecha, en la prolongación de aquella cuadra lóbrega, +un sicario manchado de sangre daba garrote a las aves. Retorcía los +pescuezos con esa presteza y donaire que da el hábito, y apenas soltaba +una víctima y la entregaba agonizante a las desplumadoras, cogía otra +para hacerle la misma caricia. Jaulones enormes había por todas partes, +llenos de pollos y gallos, los cuales asomaban la cabeza roja por entre +las cañas, sedientos y fatigados, para respirar un poco de aire, y aun +allí los infelices presos se daban de picotazos por aquello de _si tú +sacaste más pico que yo... si ahora me toca a mí sacar todo el +pescuezo_. + +Habiendo apreciado este espectáculo poco grato, el olor de corral que +allí había, y el ruido de alas, picotazos y cacareo de tanta víctima, +Juanito la emprendió con los famosos peldaños de granito, negros ya y +gastados. Efectivamente, parecía la subida a un castillo o prisión de +Estado. El paramento era de fábrica cubierta de yeso y este de rayas e +inscripciones soeces o tontas. Por la parte más próxima a la calle, +fuertes rejas de hierro completaban el aspecto feudal del edificio. Al +pasar junto a la puerta de una de las habitaciones del entresuelo, +Juanito la vio abierta y, lo que es natural, miró hacia dentro, pues +todos los accidentes de aquel recinto despertaban en sumo grado su +curiosidad. Pensó no ver nada y vio algo que de pronto le impresionó, +una mujer bonita, joven, alta... Parecía estar en acecho, movida de una +curiosidad semejante a la de Santa Cruz, deseando saber quién demonios +subía a tales horas por aquella endiablada escalera. La moza tenía +pañuelo azul claro por la cabeza y un mantón sobre los hombros, y en el +momento de ver al Delfín, se infló con él, quiero decir, que hizo ese +característico arqueo de brazos y alzamiento de hombros con que las +madrileñas del pueblo se agasajan dentro del mantón, movimiento que les +da cierta semejanza con una gallina que esponja su plumaje y se ahueca +para volver luego a su volumen natural. + +Juanito no pecaba de corto, y al ver a la chica y observar lo linda que +era y lo bien calzada que estaba, diéronle ganas de tomarse confianzas +con ella. + +--¿Vive aquí--le preguntó--el Sr. de Estupiñá? + +--¿D. Plácido?... en lo _más último de arriba_ --contestó la joven, +dando algunos pasos hacia fuera. + +Y Juanito pensó: «Tú sales para que te vea el pie. Buena bota»... +Pensando esto, advirtió que la muchacha sacaba del mantón una mano con +mitón encarnado y que se la llevaba a la boca. La confianza se +desbordaba del pecho del joven Santa Cruz, y no pudo menos de decir: + +--¿Qué come usted, criatura? + +--¿No lo ve usted? --replicó mostrándoselo--Un huevo. + +--¡Un huevo crudo! Con mucho donaire, la muchacha se llevó a la boca por +segunda vez el huevo roto y se atizó otro sorbo. + +--No sé cómo puede usted comer esas babas crudas--dijo Santa Cruz, no +hallando mejor modo de trabar conversación. + +--Mejor que guisadas. ¿Quiere usted?--replicó ella ofreciendo al Delfín +lo que en el cascarón quedaba. + +Por entre los dedos de la chica se escurrían aquellas babas gelatinosas +y transparentes. Tuvo tentaciones Juanito de aceptar la oferta; pero no; +le repugnaban los huevos crudos. + +--No, gracias. Ella entonces se lo acabó de sorber, y arrojó el +cascarón, que fue a estrellarse contra la pared del tramo inferior. +Estaba limpiándose los dedos con el pañuelo, y Juanito discurriendo por +dónde pegaría la hebra, cuando sonó abajo una voz terrible que dijo: +_¡Fortunaaá!_ Entonces la chica se inclinó en el pasamanos y soltó un +_yia voy_ con chillido tan penetrante que Juanito creyó se le desgarraba +el tímpano. El _yia_ principalmente sonó como la vibración agudísima de +una hoja de acero al deslizarse sobre otra. Y al soltar aquel sonido, +digno canto de tal ave, la moza se arrojó con tanta presteza por las +escaleras abajo, que parecía rodar por ellas. Juanito la vio +desaparecer, oía el ruido de su ropa azotando los peldaños de piedra y +creyó que se mataba. Todo quedó al fin en silencio, y de nuevo emprendió +el joven su ascensión penosa. En la escalera no volvió a encontrar a +nadie, ni una mosca siquiera, ni oyó más ruido que el de sus propios +pasos. + +Cuando Estupiñá le vio entrar sintió tanta alegría, que a punto estuvo +de ponerse bueno instantáneamente por la sola virtud del contento. No +estaba el hablador en la cama sino en un sillón, porque el lecho le +hastiaba, y la mitad inferior de su cuerpo no se veía porque estaba +liado como las momias, y envuelto en mantas y trapos diferentes. Cubría +su cabeza, orejas inclusive, el gorro negro de punto que usaba dentro de +la iglesia. Más que los dolores reumáticos molestaba al enfermo el no +tener con quién hablar, pues la mujer que le servía, una tal doña +Brígida, patrona o ama de llaves, era muy displicente y de pocas +palabras. No poseía Estupiñá ningún libro, pues no necesitaba de ellos +para instruirse. Su biblioteca era la sociedad y sus textos las palabras +calentitas de los vivos. Su ciencia era su fe religiosa, y ni para rezar +necesitaba breviarios ni florilogios, pues todas las oraciones las +sabía de memoria. Lo impreso era para él música, garabatos que no sirven +de nada. Uno de los hombres que menos admiraba Plácido era Guttenberg. +Pero el aburrimiento de su enfermedad le hizo desear la compañía de +alguno de estos habladores mudos que llamamos libros. Busca por aquí, +busca por allá, y no se encontraba cosa impresa. Por fin, en polvoriento +arcón halló doña Brígida un mamotreto perteneciente a un exclaustrado +que moró en la misma casa allá por el año 40. Abriolo Estupiñá con +respeto, ¿y qué era? El tomo undécimo del _Boletín Eclesiástico de la +Diócesis de Lugo_. Apechugó, pues, con aquello, pues no había otra cosa. +Y se lo atizó todo, de cabo a rabo, sin omitir letra, articulando +correctamente las sílabas en voz baja a estilo de rezo. Ningún tropiezo +le detenía en su lectura, pues cuando le salía al encuentro un latín +largo y oscuro, le metía el diente sin vacilar. Las pastorales, +sinodales, bulas y demás entretenidas cosas que el libro traía, fueron +el único remedio de su soledad triste, y lo mejor del caso es que llegó +a tomar el gusto a manjar tan desabrido, y algunos párrafos se los +echaba al coleto dos veces, masticando las palabras con una sonrisa, que +a cualquier observador mal enterado le habría hecho creer que el tomazo +era de Paul de Kock. + +«Es cosa muy buena» dijo Estupiñá, guardando el libro al ver que Juanito +se reía. + +Y estaba tan agradecido a la visita del Delfín, que no hacía más que +mirarle recreándose en su guapeza, en su juventud y elegancia. Si +hubiera sido veinte veces hijo suyo, no le habría contemplado con más +amor. Dábale palmadas en la rodilla, y le interrogaba prolijamente por +todos los de la familia, desde Barbarita, que era el número uno, hasta +el gato. El Delfín, después de satisfacer la curiosidad de su amigo, +hízole a su vez preguntas acerca de la vecindad de aquella casa en que +estaba. «Buena gente--respondió Estupiñá--; sólo hay unos inquilinos que +alborotan algo por las noches. La finca pertenece al Sr. de Moreno Isla, +y puede que se la administre yo desde el año que viene. Él lo desea; ya +me habló de ello tu mamá, y he respondido que estoy a sus órdenes... +Buena finca; con un cimiento de pedernal que es una gloria... escalera +de piedra, ya habrás visto; sólo que es un poquito larga. Cuando +vuelvas, si quieres acortar treinta escalones, entras por el _Ramo de +azucenas_, la zapatería que está en la Plaza. Tú conoces a Dámaso +Trujillo. Y si no le conoces, con decir: «voy a ver a Plácido» te dejará +pasar. + +Estupiñá siguió aún más de una semana sin salir de casa, y el Delfín iba +todos los días a verle ¡todos los días!, con lo que estaba mi hombre +más contento que unas Pascuas, pero en vez de entrar por la zapatería, +Juanito, a quien sin duda no cansaba la escalera, entraba siempre por el +establecimiento de huevos de la Cava. + + + + +-IV- + +Perdición y salvamento del Delfín + + + + +--i-- + + +Pasados algunos días, cuando ya Estupiñá andaba por ahí restablecido +aunque algo cojo, Barbarita empezó a notar en su hijo inclinaciones +nuevas y algunas mañas que le desagradaron. Observó que el Delfín, cuya +edad se aproximaba a los veinticinco años, tenía horas de infantil +alegría y días de tristeza y recogimiento sombríos. Y no pararon aquí +las novedades. La perspicacia de la madre creyó descubrir un notable +cambio en las costumbres y en las compañías del joven fuera de casa, y +lo descubrió con datos observados en ciertas inflexiones muy +particulares de su voz y lenguaje. Daba a la _elle_ el tono arrastrado +que la gente baja da a la _y_ consonante; y se le habían pegado modismos +pintorescos y expresiones groseras que a la mamá no le hacían maldita +gracia. Habría dado cualquier cosa por poder seguirle de noche y ver con +qué casta de gente se juntaba. Que esta no era fina, a la legua se +conocía. + +Y lo que Barbarita no dudaba en calificar de encanallamiento, empezó a +manifestarse en el vestido. El Delfín se encajó una capa de esclavina +corta con mucho ribete, mucha trencilla y pasamanería. Poníase por las +noches el sombrerito pavero, que, a la verdad, le caía muy bien, y se +peinaba con los mechones ahuecados sobre las sienes. Un día se presentó +en la casa un sastre con facha de sacristán, que era de los que hacen +ropa ajustada para toreros, chulos y matachines; pero doña Bárbara no le +dejó sacar la cinta de medir, y poco faltó para que el pobre hombre +fuera rodando por las escaleras. «¿Es posible--dijo a su niño, sin +disimular la ira--, que se te antoje también ponerte esos pantalones +ajustados con los cuales las piernas de los hombres parecen zancas de +cigüeña?». Y una vez roto el fuego, rompió la señora en acusaciones +contra su hijo por aquellas maneras nuevas de hablar y de vestir. Él se +reía, buscando medios de eludir la cuestión; pero la inflexible mamá le +cortaba la retirada con preguntas contundentes. ¿A dónde iba por las +noches? ¿Quiénes eran sus amigos? Respondía él que los de siempre, lo +cual no era verdad, pues salvo Villalonga, que salía con él muy puesto +también de capita corta y pavero, los antiguos condiscípulos no +aportaban ya por la casa. Y Barbarita citaba a Zalamero, a Pez, al chico +de Tellería. ¿Cómo no hacer comparaciones? Zalamero, a los veintisiete +años, era ya diputado y subsecretario de Gobernación, y se decía que +Rivero quería dar a Joaquinito Pez un Gobierno de provincia. Gustavito +hacía cada artículo de crítica y cada estudio sobre los Orígenes de tal +o cual cosa, que era una bendición, y en tanto él y Villalonga ¿en qué +pasaban el tiempo?, ¿en qué?, en adquirir hábitos ordinarios y en +tratarse con zánganos de coleta. A mayor abundamiento, en aquella época +del 70 se le desarrolló de tal modo al Delfín la afición a los toros, +que no perdía corrida, ni dejaba de ir al apartado ningún día y a veces +se plantaba en la dehesa. Doña Bárbara vivía en la mayor intranquilidad, +y cuando alguien le contaba que había visto a su ídolo en compañía de un +individuo del arte del cuerno, se subía a la parra y... «Mira, Juan, +creo que tú y yo vamos a perder las amistades. Como me traigas a casa a +uno de esos tagarotes de calzón ajustado, chaqueta corta y botita de +caña clara, te pego, sí, hago lo que no he hecho nunca, cojo una escoba +y ambos salís de aquí pitando»... Estos furores solían concluir con +risas, besos, promesas de enmienda y reconciliaciones cariñosas, porque +Juanito se pintaba solo para desenojar a su mamá. + +Como supiera un día la dama que su hijo frecuentaba los barrios de +Puerta Cerrada, calle de Cuchilleros y Cava de San Miguel, encargó a +Estupiñá que vigilase, y este lo hizo con muy buena voluntad llevándole +cuentos, dichos en voz baja y melodramática: «Anoche cenó en la +pastelería del sobrino de Botín, en la calle de Cuchilleros... ¿sabe la +señora? También estaba el Sr. de Villalonga y otro que no conozco, un +tipo así... ¿cómo diré?, de estos de sombrero redondo y capa con +esclavina ribeteada. Lo mismo puede pasar por un _randa_ que por un +señorito disfrazado». + +--¿Mujeres...?--preguntó con ansiedad Barbarita. + +--Dos, señora, dos--dijo Plácido corroborando con igual número de dedos +muy estirados lo que la voz denunciaba--. No les pude ver las estampas. +Eran de estas de mantón pardo, delantal azul, buena bota y pañuelo a la +cabeza... en fin, un par de reses muy bravas. + +A la semana siguiente, otra delación: + +«Señora, señora...». + +--¿Qué? --Ayer y anteayer entró el niño en una tienda de la Concepción +Jerónima, donde venden filigranas y corales de los que usan las amas de +cría... + +--¿Y qué? --Que pasa allí largas horas de la tarde y de la noche. Lo sé +por Pepe Vallejo, el de la cordelería de enfrente, a quien he encargado +que esté con mucho ojo. + +--¿Tienda de filigranas y de corales? + +--Sí, señora; una de estas platerías de puntapié, que todo lo que tienen +no vale seis duros. + +No la conozco; se ha puesto hace poco; pero yo me enteraré. Aspecto de +pobreza. Se entra por una puerta vidriera que también es entrada del +portal, y en el vidrio han puesto un letrero que dice: _Especialidad en +regalos para amas_... Antes estaba allí un relojero llamado Bravo, que +murió de miserere. + +De pronto los cuentos de Estupiñá cesaron. A Barbarita todo se le volvía +preguntar y más preguntar, y el dichoso hablador no sabía nada. Y +cuidado que tenía mérito la discreción de aquel hombre, porque era el +mayor de los sacrificios; para él equivalía a cortarse la lengua el +tener que decir: «no sé nada, absolutamente nada». A veces parecía que +sus insignificantes e inseguras revelaciones querían ocultar la verdad +antes que esclarecerla. «Pues nada, señora; he visto a Juanito en un +simón, solo, por la Puerta del Sol... digo... por la Plaza del Ángel... +Iba con Villalonga... se reían mucho los dos... de algo que les hacía +gracia...». Y todas las denuncias eran como estas, bobadas, +subterfugios, evasivas... Una de dos: o Estupiñá no sabía nada, o si +sabía no quería decirlo por no disgustar a la señora. + +Diez meses pasaron de esta manera, Barbarita interrogando a Estupiñá, y +este no queriendo o no teniendo qué responder, hasta que allá por Mayo +del 70, Juanito empezó a abandonar aquellos mismos hábitos groseros que +tanto disgustaban a su madre. Esta, que lo observaba atentísimamente, +notó los síntomas del lento y feliz cambio en multitud de accidentes de +la vida del joven. Cuánto se regocijaba la señora con esto, no hay para +qué decirlo. Y aunque todo ello era inexplicable llegó un momento en que +Barbarita dejó de ser curiosa, y no le importaba nada ignorar los +desvaríos de su hijo con tal que se reformase. Lentamente, pues, +recobraba el Delfín su personalidad normal. Después de una noche que +entró tarde y muy sofocado, y tuvo cefalalgia y vómitos, la mudanza +pareció más acentuada. La mamá entreveía en aquella ignorada página de +la existencia de su heredero, amores un tanto libertinos, orgías de mal +gusto, bromas y riñas quizás; pero todo lo perdonaba, todo, todito, con +tal que aquel trastorno pasase, como pasan las indispensables crisis de +las edades. «Es un sarampión de que no se libra ningún muchacho de estos +tiempos--decía--. Ya sale el mío de él, y Dios quiera que salga en bien. + +Notó también que el Delfín se preocupaba mucho de ciertos recados o +esquelitas que a la casa traían para él, mostrándose más bien temeroso +de recibirlos que deseoso de ellos. A menudo daba a los criados orden de +que le negaran y de que no se admitiera carta ni recado. Estaba algo +inquieto, y su mamá se dijo gozosa: «Persecución tenemos; pero él parece +querer cortar toda clase de comunicaciones. Esto va bien». Hablando de +esto con su marido, D. Baldomero, en quien lo progresista no quitaba lo +autoritario (emblema de los tiempos), propuso un plan defensivo que +mereció la aprobación de ella. «Mira, hija, lo mejor es que yo hable hoy +mismo con el Gobernador, que es amigo nuestro. Nos mandará acá una +pareja de orden público, y en cuanto llegue hombre o mujer de malas +trazas con papel o recadito, me lo trincan, y al Saladero de cabeza». + +Mejor que este plan era el que se le había ocurrido a la señora. Tenían +tomada casa en Plencia para pasar la temporada de verano, fijando la +fecha de la marcha para el 8 o el 10 de Julio. Pero Barbarita, con +aquella seguridad del talento superior que en un punto inicia y ejecuta +las resoluciones salvadoras, se encaró con Juanito, y de buenas a +primeras le dijo: «Mañana mismo nos vamos a Plencia». + +Y al decirlo se fijó en la cara que puso. Lo primero que expresó el +Delfín fue alegría. Después se quedó pensativo. «Pero deme usted dos o +tres días. Tengo que arreglar varios asuntos...». + +--¿Qué asuntos tienes tú, hijo? Música, música. Y en caso de que tengas +alguno, créeme, vale más que lo dejes como está. + +Dicho y hecho. Padres e hijo salieron para el Norte el día de San Pedro. +Barbarita iba muy contenta, juzgándose ya vencedora, y se decía por el +camino: «Ahora le voy a poner a mi pollo una calza para que no se me +escape más». Instaláronse en su residencia de verano, que era como un +palacio, y no hay palabras con qué ponderar lo contentos y saludables +que todos estaban. El Delfín, que fue desmejoradillo, no tardó en +reponerse, recobrando su buen color, su palabra jovial y la plenitud de +sus carnes. La mamá se la tenía guardada. Esperaba ocasión propicia, y +en cuanto esta llegó supo acometer la empresa aquella de la calza, como +persona lista y conocedora de las mañas del ave que era preciso +aprisionar. Dios la ayudaba sin duda, porque el pollo no parecía muy +dispuesto a la resistencia. + +«Pues sí--dijo ella, después de una conversación preparada con gracia--. +Es preciso que te cases. Ya te tengo la mujer buscada. Eres un +chiquillo, y a ti hay que dártelo todo hecho. ¡Qué será de ti el día en +que yo te falte! Por eso quiero dejarte en buenas manos... No te rías, +no; es la verdad, yo tengo que cuidar de todo, lo mismo de pegarte el +botón que se te ha caído, que de elegirte la que ha de ser compañera de +toda tu vida, la que te ha de mimar cuando yo me muera. ¿A ti te cabe en +la cabeza que pueda yo proponerte nada que no te convenga?... No. Pues a +callar, y pon tu porvenir en mis manos. No sé qué instinto tenemos las +madres, algunas quiero decir. En ciertos casos no nos equivocamos; somos +infalibles como el Papa». + +La esposa que Barbarita proponía a su hijo era Jacinta, su prima, la +tercera de las hijas de Gumersindo Arnaiz. ¡Y qué casualidad! Al día +siguiente de la conferencia citada, llegaban a Plencia y se instalaban +en una casita modesta, Gumersindo e Isabel Cordero con toda su caterva +menuda. Candelaria no salía de Madrid, y Benigna había ido a Laredo. + +Juan no dijo que sí ni que no. Limitose a responder por fórmula que lo +pensaría; pero una voz de su alma le declaraba que aquella gran mujer y +madre tenía tratos con el Espíritu Santo, y que su proyecto era un +verdadero caso de infalibilidad. + + + + +--ii-- + + +Porque Jacinta era una chica de prendas excelentes, modestita, delicada, +cariñosa y además muy bonita. Sus lindos ojos estaban ya declarando la +sazón de su alma o el punto en que tocan a enamorarse y enamorar. +Barbarita quería mucho a todas sus sobrinas; pero a Jacinta la adoraba; +teníala casi siempre consigo y derramaba sobre ella mil atenciones y +miramientos, sin que nadie, ni aun la propia madre de Jacinta, pudiera +sospechar que la criaba para nuera. Toda la parentela suponía que los +señores de Santa Cruz tenían puestas sus miras en alguna de las chicas +de Casa-Muñoz, de Casa-Trujillo o de otra familia rica y titulada. +Pero Barbarita no pensaba en tal cosa. Cuando reveló sus planes a D. +Baldomero, este sintió regocijo, pues también a él se le había ocurrido +lo mismo. + +Ya dije que el Delfín prometió pensarlo; mas esto significaba sin duda +la necesidad que todos sentimos de no aparecer sin voluntad propia en +los casos graves; en otros términos, su amor propio, que le gobernaba +más que la conciencia, le exigía, ya que no una elección libre, el +simulacro de ella. Por eso Juanito no sólo lo decía, sino que parecía +como que pensaba, yéndose a pasear solo por aquellos peñascales, y se +engañaba a sí mismo diciéndose: «¡qué pensativo estoy!». Porque estas +cosas son muy serias, ¡vaya!, y hay que revolverlas mucho en el magín. +Lo que hacía el muy farsante era saborear de antemano lo que se le +aproximaba y ver de qué manera decía a su madre con el aire más grave y +filosófico del mundo: «Mamá, he meditado profundísimamente sobre este +problema, pesando con escrúpulo las ventajas y los inconvenientes, y la +verdad, aunque el caso tiene sus más y sus menos, aquí me tiene usted +dispuesto a complacerla». + +Todo esto era comedia, y querer echárselas de hombre reflexivo. Su madre +había recobrado sobre él aquel ascendiente omnímodo que tuvo antes de +las trapisondas que apuntadas quedan, y como el hijo pródigo a quien los +reveses hacen ver cuánto le daña el obrar y pensar por cuenta propia, +descansaba de sus funestas aventuras pensando y obrando con la cabeza y +la voluntad de su madre. + +Lo peor del caso era que nunca le había pasado por las mientes casarse +con Jacinta, a quien siempre miró más como hermana que como prima. +Siendo ambos de muy corta edad (ella tenía un año y meses menos que él) +habían dormido juntos, y habían derramado lágrimas y acusádose +mutuamente por haber secuestrado él las muñecas de ella, y haber ella +arrojado a la lumbre, para que se derritieran, los soldaditos de él. +Juan la hacía rabiar, descomponiéndole la casa de muñecas, ¡anda!, y +Jacinta se vengaba arrojando en su barreño de agua los caballos de Juan +para que se ahogaran... ¡anda! Por un rey mago, negro por más señas, +hubo unos dramas que acabaron en leña por partida doble, es decir, que +Barbarita azotaba alternadamente uno y otro par de nalgas como el que +toca los timbales; y todo porque Jacinta le había cortado la cola al +camello del rey negro; cola de cerda, no vayan a creer... «Envidiosa». +«Acusón»... Ya tenían ambos la edad en que un misterioso respeto les +prohibía darse besos, y se trataban con vivo cariño fraternal. Jacinta +iba todos los martes y viernes a pasar el día entero en casa de +Barbarita, y esta no tenía inconveniente en dejar solos largos ratos a +su hijo y a su sobrina; porque si cada cual en sí tenía el desarrollo +moral que era propio de sus veinte años, uno frente a otro continuaban +en la _edad del pavo_, muy lejos de sospechar que su destino les +aproximaría cuando menos lo pensasen. + +El paso de esta situación fraternal a la de amantes no le parecía al +joven Santa Cruz cosa fácil. Él, que tan atrevido era lejos del hogar +paterno, sentíase acobardado delante de aquella flor criada en su +propia casa, y tenía por imposible que las cunitas de ambos, reunidas, +se convirtieran en tálamo. Mas para todo hay remedio menos para la +muerte, y Juanito vio con asombro, a poco de intentar la metamorfosis, +que las dificultades se desleían como la sal en el agua; que lo que a él +le parecía montaña era como la palma de la mano, y que el tránsito de la +fraternidad al enamoramiento se hacía _como una seda_. La primita, +haciéndose también la sorprendida en los primeros momentos y aun la +vergonzosa, dijo también que aquello debía pensarse. Hay motivos para +creer que Barbarita se lo había hecho pensar ya. Sea lo que quiera, ello +es que a los cuatro días de romperse el hielo ya no había que enseñarles +nada de noviazgo. Creeríase que no habían hecho en su vida otra cosa más +que estar picoteando todo el santo día. El país y el ambiente eran +propicios a esta vida nueva. Rocas formidables, olas, playa con +caracolitos, praderas verdes, setos, callejas llenas de arbustos, +helechos y líquenes, veredas cuyo término no se sabía, caseríos rústicos +que al caer de la tarde despedían de sus abollados techos humaredas +azules, celajes grises, rayos de sol dorando la arena, velas de +pescadores cruzando la inmensidad del mar, ya azul, ya verdoso, terso un +día, otro aborregado, un vapor en el horizonte tiznando el cielo con su +humo, un aguacero en la montaña y otros accidentes de aquel admirable +fondo poético, favorecían a los amantes, dándoles a cada momento un +ejemplo nuevo para aquella gran ley de la Naturaleza que estaban +cumpliendo. + +Jacinta era de estatura mediana, con más gracia que belleza, lo que se +llama en lenguaje corriente una mujer _mona_. Su tez finísima y sus ojos +que despedían alegría y sentimiento componían un rostro sumamente +agradable. Y hablando, sus atractivos eran mayores que cuando estaba +callada, a causa de la movilidad de su rostro y de la expresión +variadísima que sabía poner en él. La estrechez relativa en que vivía la +numerosa familia de Arnaiz, no le permitía variar sus galas; pero sabía +triunfar del amaneramiento con el arte, y cualquier perifollo anunciaba +en ella una mujer que, si lo quería, estaba llamada a ser elegantísima. +Luego veremos. Por su talle delicado y su figura y cara porcelanescas, +revelaba ser una de esas hermosuras a quienes la Naturaleza concede poco +tiempo de esplendor, y que se ajan pronto, en cuanto les toca la primera +pena de la vida o la maternidad. + +Barbarita, que la había criado, conocía bien sus notables prendas +morales, los tesoros de su corazón amante, que pagaba siempre con creces +el cariño que se le tenía, y por todo esto se enorgullecía de su +elección. Hasta que ciertas tenacidades de carácter que en la niñez eran +un defecto, agradábanle cuando Jacinta fue mujer porque no es bueno que +las hembras sean todas miel, y conviene que guarden una reserva de +energía para ciertas ocasiones difíciles. + +La noticia del matrimonio de Juanito cayó en la familia Arnaiz como una +bomba que revienta y esparce, no desastres y muertes, sino esperanza y +dichas. Porque hay que tener en cuenta que el Delfín, por su fortuna, +por sus prendas, por su talento, era considerado como un ser bajado del +cielo. Gumersindo Arnaiz no sabía lo que le pasaba; lo estaba viendo y +aún le parecía mentira; y siendo el amartelamiento de los novios +bastante empalagoso, a él le parecía que todavía se quedaban cortos y +que debían entortolarse mucho más. Isabel era tan feliz que, de vuelta +ya en Madrid, decía que le iba a dar algo, y que seguramente su +empobrecida naturaleza no podría soportar tanta felicidad. Aquel +matrimonio había sido la ilusión de su vida durante los últimos años, +ilusión que por lo muy hermosa no encajaba en la realidad. No se había +atrevido nunca a hablar de esto a su cuñada, por temor de parecer +excesivamente ambiciosa y atrevida. + +Faltábale tiempo a la buena señora para dar parte a sus amigas del feliz +suceso; no sabía hablar de otra cosa, y aunque desmadejada ya y sin +fuerzas a causa del trabajo y de los alumbramientos, cobraba nuevos +bríos para entregarse con delirante actividad a los preparativos de +boda, al equipo y demás cosas. ¡Qué proyectos hacía, qué cosas +inventaba, qué previsión la suya! Pero en medio de su inmensa tarea, no +cesaba de tener corazonadas pesimistas, y exclamaba con tristeza: «¡Si +me parece mentira!... ¡Si yo no he de verlo!...». Y este presentimiento, +por ser de cosa mala, vino a cumplirse al cabo, porque la alegría +inquieta fue como una combustión oculta que devoró la poca vida que allí +quedaba. Una mañana de los últimos días de Diciembre, Isabel Cordero, +hallándose en el comedor de su casa, cayó redonda al suelo como herida +de un rayo. Acometida de violentísimo ataque cerebral, falleció aquella +misma noche, rodeada de su marido y de sus consternados y amantes hijos. +No recobró el conocimiento después del ataque, no dijo esta boca es mía, +ni se quejó. Su muerte fue de esas que vulgarmente se comparan a la de +_un pajarito_. Decían los vecinos y amigos que había _reventado de +gusto_. Aquella gran mujer, heroína y mártir del deber, autora de diez y +siete españoles, se embriagó de felicidad sólo con el olor de ella, y +sucumbió a su primera embriaguez. En su muerte la perseguían las fechas +célebres, como la habían perseguido en sus partos, cual si la historia +la rondara deseando tener algo que ver con ella. Isabel Cordero y D. +Juan Prim expiraron con pocas horas de diferencia. + + + + +-V- + +Viaje de novios + + + + +--i-- + + +La boda se verificó en Mayo del 71. Dijo D. Baldomero con muy buen +juicio que pues era costumbre que se largaran los novios, acabadita de +recibir la bendición, a correrla por esos mundos, no comprendía fuese de +rigor el paseo por Francia o por Italia, habiendo en España tantos +lugares dignos de ser vistos. Él y Barbarita no habían ido ni siquiera a +Chamberí, porque en su tiempo los novios se quedaban donde estaban, y el +único español que se permitía viajar era el duque de Osuna, D. Pedro. +¡Qué diferencia de tiempos!... Y ahora, hasta Periquillo Redondo, el que +tiene el bazar de corbatas al aire libre en la esquina de la casa de +Correos había hecho su viajecito a París... Juanito se manifestó +enteramente conforme con su papá, y recibida la bendición nupcial, +verificado el almuerzo en familia sin aparato alguno a causa del luto, +sin ninguna cosa notable como no fuera un conato de brindis de Estupiñá, +cuya boca tapó Barbarita a la primera palabra; dadas las despedidas, con +sus lágrimas y besuqueos correspondientes, marido y mujer se fueron a la +estación. La primera etapa de su viaje fue Burgos, a donde llegaron a +las tres de la mañana, felices y locuaces, riéndose de todo, del frío y +de la oscuridad. En el alma de Jacinta, no obstante, las alegrías no +excluían un cierto miedo, que a veces era terror. El ruido del ómnibus +sobre el desigual piso de las calles, la subida a la fonda por angosta +escalera, el aposento y sus muebles de mal gusto, mezcla de desechos de +ciudad y de lujos de aldea, aumentaron aquel frío invencible y aquella +pavorosa expectación que la hacían estremecer. ¡Y tantísimo como quería +a su marido!... ¿Cómo compaginar dos deseos tan diferentes; que su +marido se apartase de ella y que estuviese cerca? Porque la idea de que +se pudiera ir, dejándola sola, era como la muerte, y la de que se +acercaba y la cogía en brazos con apasionado atrevimiento, también la +ponía temblorosa y asustada. Habría deseado que no se apartara de ella, +pero que se estuviera quietecito. + +Al día siguiente, cuando fueron a la catedral, ya bastante tarde, sabía +Jacinta una porción de expresiones cariñosas y de íntima confianza de +amor que hasta entonces no había pronunciado nunca, como no fuera en la +vaguedad discreta del pensamiento que recela descubrirse a sí mismo. No +le causaba vergüenza el decirle al otro que le idolatraba, así, así, +clarito... al pan pan y al vino vino... ni preguntarle a cada momento si +era verdad que él también estaba hecho un idólatra y que lo estaría +hasta el día del Juicio final. Y a la tal preguntita, que había venido a +ser tan frecuente como el pestañear, el que estaba de turno contestaba +_Chí_, dando a esta sílaba un tonillo de pronunciación infantil. El +_Chí_ se lo había enseñado Juanito aquella noche, lo mismo que el decir, +también en estilo mimoso, _¿me quieles?_, y otras tonterías y +chiquilladas empalagosas, dichas de la manera más grave del mundo. En la +misma catedral, cuando les quitaba la vista de encima el sacristán que +les enseñaba alguna capilla o preciosidad reservada, los esposos +aprovechaban aquel momento para darse besos a escape y a hurtadillas, +frente a la santidad de los altares consagrados o detrás de la estatua +yacente de un sepulcro. Es que Juanito era un pillín, y un goloso y un +atrevido. A Jacinta le causaban miedo aquellas profanaciones; pero las +consentía y toleraba, poniendo su pensamiento en Dios y confiando en que +Este, al verlas, volvería la cabeza con aquella indulgencia propia del +que es fuente de todo amor. + +Todo era para ellos motivo de felicidad. Contemplar una maravilla del +arte les entusiasmaba y de puro entusiasmo se reían, lo mismo que de +cualquier contrariedad. Si la comida era mala, risas; si el coche que +les llevaba a la Cartuja iba danzando en los baches del camino, risas; +si el sacristán de las Huelgas les contaba mil papas, diciendo que la +señora abadesa se ponía mitra y gobernaba a los curas, risas. Y a más de +esto, todo cuanto Jacinta decía, aunque fuera la cosa más seria del +mundo, le hacía a Juanito una gracia extraordinaria. Por cualquier +tontería que este dijese, su mujer soltaba la carcajada. Las crudezas de +estilo popular y aflamencado que Santa Cruz decía alguna vez, +divertíanla más que nada y las repetía tratando de fijarlas en su +memoria. Cuando no son muy groseras, estas fórmulas de hablar hacen +gracia, como caricaturas que son del lenguaje. + +El tiempo se pasa sin sentir para los que están en éxtasis y para los +enamorados. Ni Jacinta ni su esposo apreciaban bien el curso de las +fugaces horas. Ella, principalmente, tenía que pensar un poco para +averiguar si tal día era el tercero o el cuarto de tan feliz existencia. +Pero aunque no sepa apreciar bien la sucesión de los días, el amor +aspira a dominar en el tiempo como en todo, y cuando se siente +victorioso en lo presente, anhela hacerse dueño de lo pasado, indagando +los sucesos para ver si le son favorables, ya que no puede destruirlos y +hacerlos mentira. Fuerte en la conciencia de su triunfo presente, +Jacinta empezó a sentir el desconsuelo de no someter también el pasado +de su marido, haciéndose dueña de cuanto este había sentido y pensado +antes de casarse. Como de aquella acción pretérita sólo tenía leves +indicios, despertáronse en ella curiosidades que la inquietaban. Con los +mutuos cariños crecía la confianza, que empieza por ser inocente y va +adquiriendo poco a poco la libertad de indagar y el valor de las +revelaciones. Santa Cruz no estaba en el caso de que le mortificara la +curiosidad, porque Jacinta era la pureza misma. Ni siquiera había tenido +un novio de estos que no hacen más que mirar y poner la cara afligida. +Ella sí que tenía campo vastísimo en que ejercer su espíritu crítico. +Manos a la obra. No debe haber secretos entre los esposos. Esta es la +primera ley que promulga la curiosidad antes de ponerse a oficiar de +inquisidora. + +Porque Jacinta hiciese la primera pregunta llamando a su marido _Nene_ +(como él le había enseñado), no dejó este de sentirse un tanto molesto. +Iban por las alamedas de chopos que hay en Burgos, rectas e inacabables, +como senderos de pesadilla. La respuesta fue cariñosa, pero evasiva. ¡Si +lo que la _nena_ anhelaba saber era un devaneo, una tontería...!, cosas +de muchachos. La educación del hombre de nuestros días no puede ser +completa si este no trata con toda clase de gente, si no echa un vistazo +a todas las situaciones posibles de la vida, si no toma el tiento a las +pasiones todas. Puro estudio y educación pura... No se trataba de amor, +porque lo que es amor, bien podía decirlo, él no lo había sentido nunca +hasta que le hizo tilín la que ya era su mujer. + +Jacinta creía esto; pero la fe es una cosa y la curiosidad otra. No +dudaba ni tanto así del amor de su marido; pero quería saber, sí señor, +quería enterarse de ciertas aventurillas. Entre esposos debe haber +siempre la mayor confianza, ¿no es eso? En cuanto hay secretos, adiós +paz del matrimonio. Pues bueno; ella quería leer de cabo a rabo ciertas +paginitas de la vida de su esposo antes de casarse. ¡Como que estas +historias ayudan bastante a la educación matrimonial! Sabiéndolas de +memoria, las mujeres viven más avisadas, y a poquito que los maridos se +deslicen... ¡tras!, ya están cogidos. + +«Que me lo tienes que contar todito... Si no, no te dejo vivir». + +Esto fue dicho en el tren, que corría y silbaba por las angosturas de +Pancorvo. En el paisaje veía Juanito una imagen de su conciencia. La vía +que lo traspasaba, descubriendo las sombrías revueltas, era la +indagación inteligente de Jacinta. El muy tuno se reía, prometiendo, eso +sí, contar luego; pero la verdad era que no contaba nada de sustancia. + +«¡Sí, porque me engañas tú a mí!... A buena parte vienes... Sé más de lo +que te crees. Yo me acuerdo bien de algunas cosas que vi y oí. Tu mamá +estaba muy disgustada, porque te nos habías hecho muy chu... la... pito; +eso es». + +El marido continuaba encerrado en su prudencia; mas no por eso se +enfadaba Jacinta. Bien le decía su sagacidad femenil que la obstinación +impertinente produce efectos contrarios a los que pretende. Otra habría +puesto en aquel caso unos morritos muy serios; ella no, porque fundaba +su éxito en la perseverancia combinada con el cariño capcioso y +diplomático. Entrando en un túnel de la Rioja, dijo así: + +«¿Apostamos a que sin decirme tú una palabra, lo averiguo todo?». + +Y a la salida del túnel, el enamorado esposo, después de estrujarla con +un abrazo algo teatral y de haber mezclado el restallido de sus besos al +mugir de la máquina humeante, gritaba: + +«¿Qué puedo yo ocultar a esta mona golosa?... Te como; mira que te como. +¡Curiosona, fisgona, feúcha! ¿Tú quieres saber? Pues te lo voy a contar, +para que me quieras más». + +--¿Más? ¡Qué gracia! Eso sí que es difícil. + +--Espérate a que lleguemos a Zaragoza. + +--No, ahora. --¿Ahora mismo? + +--_Chí_. + +--No... en Zaragoza. Mira que es historia larga y fastidiosa. + +--Mejor... Cuéntala y luego veremos. + +--Te vas a reír de mí. Pues señor... allá por Diciembre del año +pasado... no, del otro... ¿Ves?, ya te estás riendo. + +--Que no me río, que estoy más seria que el Papamoscas. + +--Pues bueno, allá voy... Como te iba diciendo, conocí a una mujer... +Cosas de muchachos. Pero déjame que empiece por el principio. Érase una +vez... un caballero anciano muy parecido a una cotorra y llamado +Estupiñá, el cual cayó enfermo y... cosa natural, sus amigos fueron a +verle... y uno de estos amigos, al subir la escalera de piedra, encontró +una muchacha que se estaba comiendo un huevo crudo... ¿Qué tal?... + + + + +--ii-- + + +--Un huevo crudo... ¡qué asco!--exclamó Jacinta escupiendo una +salivita--. ¿Qué se puede esperar de quien se enamora de una mujer que +come huevos crudos?... + +--Hablando aquí con imparcialidad, te diré que era guapa. ¿Te enfadas? + +--¡Qué me voy a enfadar, hombre! Sigue... + +Se comía el huevo, y te ofrecía y tú participaste... + +--No, aquel día no hubo nada. Volví al siguiente y me la encontré otra +vez. + +--Vamos, que le caíste en gracia y te estaba esperando. + +No quería el Delfín ser muy explícito, y contaba a grandes rasgos, +suavizando asperezas y pasando como sobre ascuas por los pasajes de +peligro. Pero Jacinta tenía un arte instintivo para el manejo del +gancho, y sacaba siempre algo de lo que quería saber. Allí salió a +relucir parte de lo que Barbarita inútilmente intentó averiguar... +¿Quién era la del huevo?... Pues una chica huérfana que vivía con su +tía, la cual era huevera y pollera en la Cava de San Miguel. ¡Ah! +¡Segunda Izquierdo!... por otro nombre la _Melaera_, ¡qué basilisco!... +¡qué lengua!... ¡qué rapacidad!... Era viuda, y estaba liada, así se +dice, con un picador. «Pero basta de digresiones. La segunda vez que +entré en la casa, me la encontré sentada en uno de aquellos peldaños de +granito, llorando». + +--¿A la tía? --No, mujer, a la sobrina. La tía le acababa de echar los +tiempos, y aún se oían abajo los resoplidos de la fiera... Consolé a la +pobre chica con cuatro palabrillas y me senté a su lado en el escalón. + +--¡Qué poca vergüenza! + +--Empezamos a hablar. No subía ni bajaba nadie. La chica era +confianzuda, inocentona, de estas que dicen todo lo que sienten, así lo +bueno como lo malo. Sigamos. Pues señor... al tercer día me la encontré +en la calle. Desde lejos noté que se sonreía al verme. Hablamos cuatro +palabras nada más; y volví y me colé en la casa; y me hice amigo de la +tía y hablamos; y una tarde salió el picador de entre un montón de +banastas donde estaba durmiendo la siesta, todo lleno de plumas, y +llegándose a mí me echó la zarpa, quiero decir, que me dio la manaza y +yo se la tomé, y me convidó a unas copas, y acepté y bebimos. No +tardamos Villalonga y yo en hacernos amigos de los amigos de aquella +gente... No te rías... Te aseguro que Villalonga me arrastraba a +aquella vida, porque se encaprichó por otra chica del barrio, como yo +por la sobrina de Segunda. + +--¿Y cuál era más guapa? + +--¡La mía!--replicó prontamente el Delfín, dejando entrever la fuerza de +su amor propio--, la mía... un animalito muy mono, una salvaje que no +sabía leer ni escribir. Figúrate, ¡qué educación! ¡Pobre pueblo!, y +luego hablamos de sus pasiones brutales, cuando nosotros tenemos la +culpa... Estas cosas hay que verlas de cerca... Sí, hija mía, hay que +poner la mano sobre el corazón del pueblo, que es sano... sí, pero a +veces sus latidos no son latidos, sino patadas... ¡Aquella infeliz +chica...! Como te digo, un animal; pero buen corazón, buen corazón... +¡pobre _nena_! + +Al oír esta expresión de cariño, dicha por el Delfín tan +espontáneamente, Jacinta arrugó el ceño. Ella había heredado la +aplicación de la palabreja, que ya le disgustaba por ser como desecho de +una pasión anterior, un vestido o alhaja ensuciados por el uso; y +expresó su disgusto dándole al pícaro de Juanito una bofetada, que para +ser de mujer y en broma resonó bastante. + +«¿Ves?, ya estás enfadada. Y sin motivo. Te cuento las cosas como +pasaron... Basta ya, basta de cuentos». + +--No, no. No me enfado. Sigue, o te pego otra. + +--No me da la gana... Si lo que yo quiero es borrar un pasado que +considero infamante; si no quiero tener ni memoria de él... Es un +episodio que tiene sus lados ridículos y sus lados vergonzosos. Los +pocos años disculpan ciertas demencias, cuando de ellas se saca el honor +puro y el corazón sano. ¿Para qué me obligas a repetir lo que quiero +olvidar, si sólo con recordarlo paréceme que no merezco este bien que +hoy poseo, tú, niña mía? + +--Estás perdonado--dijo la esposa, arreglándose el cabello que Santa +Cruz le había descompuesto al acentuar de un modo material aquellas +expresiones tan sabias como apasionadas--. No soy impertinente, no exijo +imposibles. Bien conozco que los hombres la han de correr antes de +casarse. Te prevengo que seré muy celosa si me das motivo para serlo; +pero celos retrospectivos no tendré nunca. + +Esto sería todo lo razonable y discreto que se quiera suponer; pero la +curiosidad no disminuía, antes bien aumentaba. Revivió con fuerza en +Zaragoza, después que los esposos oyeron misa en el Pilar y visitaron la +Seo. + +«Si me quisieras contar algo más de aquello...» indicó Jacinta, cuando +vagaban por las solitarias y románticas calles que se extienden detrás +de la catedral. + +Santa Cruz puso mala cara. «¡Pero qué tontín! Si lo quiero saber para +reírme, nada más que para reírme. ¿Qué creías tú, que me iba a +enfadar?... ¡Ay, qué bobito!... No, es que me hacen gracia tus +calaveradas. Tienen un _chic_. Anoche pensé en ellas, y aun soñé un +poquitito con la del huevo crudo y la tía y el mamarracho del tío. No, +si no me enojaba; me reía, créelo, me divertía viéndote entre esa +aristocracia, hecho un caballero, una persona decente, vamos, con el +pelito sobre la oreja. Ahora te voy a anticipar la continuación de la +historia. Pues señor... le hiciste el amor por lo fino, y ella lo +admitió por lo basto. La sacaste de la casa de su tía y os fuisteis los +dos a otro nido, en la Concepción Jerónima». + +Juanito miró fijamente a su mujer, y después se echó a reír. Aquello no +era adivinación de Jacinta. Algo había oído sin duda, por lo menos el +nombre de la calle. Pensando que convenía seguir el tono festivo, dijo +así: + +«Tú sabías el nombre de la calle; no vengas echándotelas de zahorí... Es +que Estupiñá me espiaba y le llevaba cuentos a mamá». + +--Sigue con tu conquista. Pues señor... + +--Cuestión de pocos días. En el pueblo, hija mía, los procedimientos son +breves. Ya ves cómo se matan. Pues lo mismo es el amor. Un día le dije: +«Si quieres probarme que me quieres, huye de tu casa conmigo». Yo pensé +que me iba a decir que no. + +--Pensaste mal... sobre todo si en su casa había... leña. + +--La respuesta fue coger el mantón, y decirme _vamos_. No podía salir +por la Cava. Salimos por la zapatería que se llama _Al ramo de +azucenas_. Lo que te digo; el pueblo es así, sumamente ejecutivo y +enemigo de trámites. + +Jacinta miraba al suelo más que a su marido. + +--Y a renglón seguido la consabida palabrita de casamiento--dijo +mirándole de lleno y observándole indeciso en la respuesta. + +Aunque Jacinta no conocía personalmente a ninguna víctima de las +palabras de casamiento, tenía una clara idea de estos pactos diabólicos +por lo que de ellos había visto en los dramas, en las piezas cortas y +aun en las óperas, presentados como recurso teatral, unas veces para +hacer llorar al público y otras para hacerle reír. Volvió a mirar a su +marido, y notando en él una como sonrisilla de hombre de mundo, le dio +un pellizco acompañado de estos conceptos, un tanto airados: + +«Sí, la palabra de casamiento con reserva mental de no cumplirla, una +burla, una estafa, una villanía. ¡Qué hombres!... Luego dicen... ¿Y esa +tonta no te sacó los ojos cuando se vio chasqueada?... Si hubiera sido +yo...». + +--Si hubieras sido tú, tampoco me habrías sacado los ojos. + +--Que sí... pillo... granujita. Vaya, no quiero saber más, no me cuentes +más. + +--¿Para qué preguntas tú? Si te digo que no la quería, te enfadas +conmigo y tomas partido por ella... ¿Y si te dijera que la quería, que +al poco tiempo de sacarla de su casa, se me ocurría la simpleza de +cumplir la palabra de casamiento que le di? + +--¡Ah, tuno!--exclamó Jacinta con ira cómica, aunque no enteramente +cómica--. Agradece que estamos en la calle, que si no, ahora mismo te +daba un par de repelones y de cada manotada me traía un mechón de +pelo... Con que casarte... ¡y me lo dices a mí!... ¡a mí! + +La carcajada lanzada por Santa Cruz retumbó en la cavidad de la +plazoleta silenciosa y desierta con ecos tan extraños, que los dos +esposos se admiraron de oírla. Formaban la rinconada aquella vetustos +caserones de ladrillo modelado a estilo mudéjar, en las puertas +gigantones o salvajes de piedra con la maza al hombro, en las cornisas +aleros de tallada madera, todo de un color de polvo uniforme y +tristísimo. No se veían ni señales de alma viviente por ninguna parte. +Tras las rejas enmohecidas no aparecía ningún resquicio de maderas +entornadas por el cual se pudiera filtrar una mirada humana. + +«Esto es tan solitario, hija mía--dijo el marido, quitándose el +sombrero y riendo--, que puedes armarme el gran escándalo sin que se +entere nadie». + +Juanito corría. Jacinta fue tras él con la sombrilla levantada. «Que no +me coges». --«A que sí».--«Que te mato...». Y corrieron ambos por el +desigual pavimento lleno de yerba, él riendo a carcajadas, ella +coloradita y con los ojos húmedos. Por fin, ¡pum!, le dio un +sombrillazo, y cuando Juanito se rascaba, ambos se detuvieron jadeantes, +sofocados por la risa. + +«Por aquí» dijo Santa Cruz señalando un arco que era la única salida. + +Y cuando pasaban por aquel túnel, al extremo del cual se veía otra +plazoleta tan solitaria y misteriosa como la anterior, los amantes, sin +decirse una palabra, se abrazaron y estuvieron estrechamente unidos, +besuqueándose por espacio de un buen minuto y diciéndose al oído las +palabras más tiernas. + +«Ya ves, esto es sabrosísimo. Quién diría que en medio de la calle podía +uno...». + +--Si alguien nos viera... --murmuró Jacinta ruborizada, porque en +verdad, aquel rincón de Zaragoza podía ser todo lo solitario que se +quisiese, pero no era una alcoba. + +--Mejor... si nos ven, mejor... Que se aguanten el gorro. + +Y vuelta a los abracitos y a los vocablos de miel. + +--Por aquí no pasa un alma... --dijo él--. Es más, creo que por aquí no +ha pasado nunca nadie. Lo menos hay dos siglos que no ha corrido por +estas paredes una mirada humana... + +--Calla, me parece que siento pasos. + +--Pasos... ¿a ver?... --Sí, pasos. En efecto, alguien venía. Oyose, sin +poder determinar por dónde, un arrastrar de pies sobre los guijarros del +suelo. Por entre dos casas apareció de pronto una figura negra. Era un +sacerdote viejo. Cogiéronse del brazo los consortes y avanzaron +afectando la mayor compostura. El clérigo, al pasar junto a ellos, les +miró mucho. + +«Paréceme--indicó la esposa, agarrándose más al brazo de su marido y +pegándose mucho a él--, que nos lo ha conocido en la cara». + +--¿Qué nos ha conocido? + +--Que estábamos... tonteando. + +--Psch... ¿y a mí, qué? + +--Mira--dijo ella cuando llegaron a un sitio menos desierto--, no me +cuentes más historias. No quiero saber más. Punto final. + +Rompió a reír, a reír, y el Delfín tuvo que preguntarle muchas veces la +causa de su hilaridad para obtener esta respuesta: + +«¿Sabes de qué me río? De pensar en la cara que habría puesto tu mamá si +le entras por la puerta una nuera de mantón, sortijillas y pañuelo a la +cabeza, una nuera que dice _diquiá luego_ y no sabe leer». + + + + +--iii-- + + +«Quedamos en que no hay más cuentos». + +--No más... Bastante me he reído ya de tu tontería. Francamente, yo creí +que eras más avisado... Además, todo lo que me puedas contar me lo +figuro. Que te aburriste pronto. Es natural... El hombre bien criado y +la mujer ordinaria no emparejan bien. Pasa la ilusión, y después ¿qué +resulta? Que ella huele a cebolla y dice palabras feas... A él... como +si lo viera... se le revuelve el estómago, y empiezan las cuestiones. El +pueblo es sucio, la mujer de clase baja, por más que se lave el palmito, +siempre es pueblo. No hay más que ver las casas por dentro. Pues lo +mismo están los benditos cuerpos. + +Aquella misma tarde, después de mirar la puerta del Carmen y los +elocuentes muros de Santa Engracia, que vieron lo que nadie volverá a +ver, paseaban por las arboledas de Torrero. Jacinta, pesando mucho sobre +el brazo de su marido, porque en verdad estaba cansadita, le dijo: + +«Una sola cosa quiero saber, una sola. Después punto en boca. ¿Qué casa +era esa de la Concepción Jerónima...?». + +--Pero, hija, ¿qué te importa?... Bueno, te lo diré. No tiene nada de +particular. Pues señor... vivía en aquella casa un tío de la tal, +hermano de la huevera, buen tipo, el mayor perdido y el animal más +grande que en mi vida he visto; un hombre que lo ha sido todo, +presidiario y revolucionario de barricadas, torero de invierno y +tratante en ganado. ¡Ah! ¡José Izquierdo!... te reirías si le vieras y +le oyeras hablar. Este tal le sorbió los sesos a una pobre mujer, viuda +de un platero y se casó con ella. Cada uno por su estilo, aquella pareja +valía un imperio. Todo el santo día estaban riñendo, de pico se +entiende... ¡Y qué tienda, hija, qué desorden, qué escenas! Primero se +emborrachaba él solo, después los dos a turno. Pregúntale a Villalonga; +él es quien cuenta esto a maravilla y remeda los jaleos que allí se +armaban. Paréceme mentira que yo me divirtiera con tales escándalos. ¡Lo +que es el hombre! Pero yo estaba ciego; tenía entonces la manía de lo +popular. + +--¿Y su tía, cuando la vio deshonrada, se pondría hecha una furia, +verdad? + +--Al principio sí... te diré...--replicó el Delfín buscando las +callejuelas de una explicación algo enojosa--. Pero más que por la +deshonra se enfurecía por la fuga. Ella quería tener en su casa a la +pobre muchacha, que era su machacante. Esta gente del pueblo es atroz. +¡Qué moral tan extraña la suya!, mejor dicho, no tiene ni pizca de +moral. Segunda empezó por presentarse todos los días en la tienda de la +Concepción Jerónima, y armar un escándalo a su hermano y a su cuñada. +«Que si tú eres esto, si eres lo otro...». Parece mentira; Villalonga y +yo, que oíamos estos _jollines_ desde el entresuelo, no hacíamos más que +reírnos. ¡A qué degradación llega uno cuando se deja caer así! Estaba yo +tan tonto, que me parecía que siempre había de vivir entre semejante +chusma. Pues no te quiero decir, hija de mi alma... un día que se metió +allí el picador, el querindango de Segunda. Este caballero y mi amigo +Izquierdo se tenían muy mala voluntad... ¡Lo que allí se dijeron!... Era +cosa de alquilar balcones. + +--No sé cómo te divertía tanto salvajismo. + +--Ni yo lo sé tampoco. Creo que me volví otro de lo que era y de lo que +volví a ser. Fue como un paréntesis en mi vida. Y nada, hija de mi alma, +fue el maldito capricho por aquella hembra popular, no sé qué de +entusiasmo artístico, una demencia ocasional que no puedo explicar. + +--¿Sabes lo que estoy deseando ahora?--dijo bruscamente Jacinta. + +--Que te calles, hombre, que te calles. Me repugna eso. Razón tienes; tú +no eras entonces tú. Trato de figurarme cómo eras y no lo puedo +conseguir. Quererte yo y ser tú como a ti mismo te pintas son dos cosas +que no puedo juntar. + +--Dices bien, quiéreme mucho, y lo pasado pasado. Pero aguárdate un +poco: para dejar redondo el cuento, necesito añadir una cosa que te +sorprenderá. A las dos semanas de aquellos dimes y diretes, de tanta +bronca y de tanto escándalo entre los hermanos Izquierdo, y entre +Izquierdo y el picador, y tía y sobrina, se reconciliaron todos, y se +acabaron las riñas y no hubo más que finezas y apretones de manos. + +--Sí que es particular. ¡Qué gente! + +--El pueblo no conoce la dignidad. Sólo le mueven sus pasiones o el +interés. Como Villalonga y yo teníamos dinero largo para _juergas_ y +cañas, unos y otros tomaron el gusto a nuestros bolsillos, y pronto +llegó un día en que allí no se hacía más que beber, palmotear, tocar la +guitarra, _venga de ahí_, comer magras. Era una orgía continua. En la +tienda no se vendía; en ninguna de las dos casas se trabajaba. El día +que no había comida de campo había cena en la casa hasta la madrugada. +La vecindad estaba escandalizada. La policía rondaba. Villalonga y yo +como dos insensatos... + +--¡Ay, qué par de apuntes!... Pero hijo, está lloviendo... a mí me ha +caído una gota en la punta de la nariz... ¿Ves?... Aprisita, que nos +mojamos. + +El tiempo se les puso muy malo, y en todo el trayecto hasta Barcelona no +cesó de llover. Arrimados marido y mujer a la ventanilla, miraban la +lluvia, aquella cortina de menudas líneas oblicuas que descendían del +Cielo sin acabar de descender. Cuando el tren paraba, se sentía el +gotear del agua que los techos de los coches arrojaban sobre los +estribos. Hacía frío, y aunque no lo hiciera, los viajeros lo tendrían +sólo de ver las estaciones encharcadas, los empleados calados y los +campesinos que venían a tomar el tren con un saco por la cabeza. Las +locomotoras chorreaban agua y fuego juntamente, y en los hules de las +plataformas del tren de mercancías se formaban bolsas llenas de agua, +pequeños lagos donde habrían podido beber los pájaros, si los pájaros +tuvieran sed aquel día. + +Jacinta estaba contenta, y su marido también, a pesar de la melancolía +llorona del paisaje; pero como había otros viajeros en el vagón, los +recién casados no podían entretener el tiempo con sus besuqueos y +tonterías de amor. Al llegar, los dos se reían de la formalidad con que +habían hecho aquel viaje, pues la presencia de personas extrañas no les +dejó ponerse babosos. En Barcelona estuvo Jacinta muy distraída con la +animación y el fecundo bullicio de aquella gran colmena de hombres. +Pasaron ratos muy dichosos visitando las soberbias fábricas de Batlló y +de Sert, y admirando sin cesar, de taller en taller, las maravillosas +armas que ha discurrido el hombre para someter a la Naturaleza. Durante +tres días, la historia aquella del huevo crudo, la mujer seducida y la +familia de insensatos que se amansaban con orgías, quedó completamente +olvidada o perdida en un laberinto de máquinas ruidosas y ahumadas, o en +el triquitraque de los telares. Los de Jacquard con sus incomprensibles +juegos de cartones agujereados tenían ocupada y suspensa la imaginación +de Jacinta, que veía aquel prodigio y no lo quería creer. ¡Cosa +estupenda! «Está una viendo las cosas todos los días, y no piensa en +cómo se hacen, ni se le ocurre averiguarlo. Somos tan torpes, que al ver +una oveja no pensamos que en ella están nuestros gabanes. ¿Y quién ha de +decir que las chambras y enaguas han salido de un árbol? ¡Toma, el +algodón! ¿Pues y los tintes? El carmín ha sido un bichito, y el negro +una naranja agria, y los verdes y azules carbón de piedra. Pero lo más +raro de todo es que cuando vemos un burro, lo que menos pensamos es que +de él salen los tambores. ¿Pues, y eso de que las cerillas se saquen de +los huesos, y que el sonido del violín lo produzca la cola del caballo +pasando por las tripas de la cabra?». + +Y no paraba aquí la observadora. En aquella excursión por el campo +instructivo de la industria, su generoso corazón se desbordaba en +sentimientos filantrópicos, y su claro juicio sabía mirar cara a cara +los problemas sociales. «No puedes figurarte--decía a su marido, al +salir de un taller--, cuánta lástima me dan esas infelices muchachas +que están aquí ganando un triste jornal, con el cual no sacan ni para +vestirse. No tienen educación, son como máquinas, y se vuelven tan +tontas... más que tontería debe de ser aburrimiento... se vuelven tan +tontas digo, que en cuanto se les presenta un pillo cualquiera se dejan +seducir... Y no es maldad; es que llega un momento en que dicen: 'Vale +más ser mujer mala que máquina buena'». + +--Filosófica está mi mujercita. + +--Vaya... di que no me he lucido... En fin, no se habla más de eso. Di +si me quieres, sí o no... pero pronto, pronto. + +Al otro día, en las alturas de Tibidabo, viendo a sus pies la inmensa +ciudad tendida en el llano, despidiendo por mil chimeneas el negro +resuello que declara su fogosa actividad, Jacinta se dejó caer del lado +de su marido y le dijo: + +«Me vas a satisfacer una curiosidad... la última». + +Y en el momento que tal habló arrepintiose de ello, porque lo que +deseaba saber, si picaba mucho en curiosidad, también le picaba algo el +pudor. ¡Si encontrara una manera delicada de hacer la pregunta...! +Revolvió en su mente todo lo que sabía y no hallaba ninguna fórmula que +sentase bien en su boca. Y la cosa era bastante natural. O lo había +pensado o lo había soñado la noche anterior; de eso no estaba segura; +mas era una consecuencia que a cualquiera se le ocurre sacar. El orden +de sus juicios era el siguiente: ¿Cuánto tiempo duró el enredo de mi +marido con esa mujer?, no lo sé. Pero durase más o durase menos, bien +podría suceder que... hubiera nacido algún chiquillo». Esta era la +palabra difícil de pronunciar, _¡chiquillo!_, Jacinta no se atrevía, y +aunque intentó sustituirla con _familia, sucesión_, tampoco salía. + +--No, no era nada. --Tú has dicho que me ibas a preguntar no sé qué. + +--Era una tontería; no hagas caso. + +--No hay nada que más me cargue que esto... decirle a uno que le van a +preguntar una cosa y después no preguntársela. Se queda uno confuso y +haciendo mil cálculos. Eso, eso, guárdalo bien... No le caerán moscas. +Mira, hija de mi alma, cuando no se ha de tirar no se apunta. + +--Ya tiraré... tiempo hay, hijito. + +--Dímelo ahora... ¿Qué será, qué no será? + +--Nada... no era nada. Él la miraba y se ponía serio. Parecía que le +adivinaba el pensamiento, y ella tenía tal expresión en sus ojos y en su +sonrisilla picaresca, que casi casi se podía leer en su cara la palabra +que andaba por dentro. Se miraban, se reían, y nada más. Para sí dijo la +esposa: «a su tiempo maduran las uvas. Vendrán días de mayor confianza, +y hablaremos... y sabré si hay o no algún _hueverito_ por ahí». + + + + +--iv-- + + +Jacinta no tenía ninguna especie de erudición. Había leído muy pocos +libros. Era completamente ignorante en cuestiones de geografía +artística; y sin embargo, apreciaba la poesía de aquella región costera +mediterránea que se desarrolló ante sus ojos al ir de Barcelona a +Valencia. Los pueblecitos marinos desfilaban a la izquierda de la vía, +colocados entre el mar azul y una vegetación espléndida. A trozos, el +paisaje azuleaba con la plateada hoja de los olivos; más allá las viñas +lo alegraban con la verde gala del pámpano. La vela triangular de las +embarcaciones, las casitas bajas y blancas, la ausencia de tejados +puntiagudos y el predominio de la línea horizontal en las +construcciones, traían al pensamiento de Santa Cruz ideas de arte y +naturaleza helénica. Siguiendo las rutinas a que se dan los que han +leído algunos libros, habló también de Constantino, de Grecia, de las +barras de Aragón y de los pececillos que las tenían pintadas en el lomo. +Era de cajón sacar a relucir las colonias fenicias, cosa de que Jacinta +no entendía palotada, ni le hacía falta. Después vinieron Prócida y las +Vísperas Sicilianas, D. Jaime de Aragón, Roger de Flor y el Imperio de +Oriente, el duque de Osuna y Nápoles, Venecia y el marqués de Bedmar, +Massanielo, los Borgias, Lepanto, D. Juan de Austria, las galeras y los +piratas, Cervantes y los padres de la Merced. + +Entretenida Jacinta con los comentarios que el otro iba poniendo a la +rápida visión de la costa mediterránea, condensaba su ciencia en estas o +parecidas expresiones: «¿Y la gente que vive aquí, será feliz o será tan +desgraciada como los aldeanos de tierra adentro, que nunca han tenido +que ver con el Gran Turco ni con la capitana de D. Juan de Austria? +Porque los de aquí no apreciarán que viven en un paraíso, y el pobre, +tan pobre es en Grecia como en Getafe». + +Agradabilísimo día pasaron, viendo el risueño país que a sus ojos se +desenvolvía, el caudaloso Ebro, las marismas de su delta, y por fin, la +maravilla de la región valenciana, la cual se anunció con grupos de +algarrobos, que de todas partes parecían acudir bailando al encuentro +del tren. A Jacinta le daban marcos cuando los miraba con fijeza. Ya se +acercaban hasta tocar con su copudo follaje la ventanilla; ya se +alejaban hacia lo alto de una colina; ya se escondían tras un otero, +para reaparecer haciendo pasos y figuras de minueto o jugando al +escondite con los palos del telégrafo. + +El tiempo, que no les había sido muy favorable en Zaragoza y Barcelona, +mejoró aquel día. Espléndido sol doraba los campos. Toda la luz del +cielo parecía que se colaba dentro del corazón de los esposos. Jacinta +se reía de la danza de los algarrobos, y de ver los pájaros posados en +fila en los alambres telegráficos. «Míralos, míralos allí. ¡Valientes +pícaros! Se burlan del tren y de nosotros». + +--Fíjate ahora en los alambres. Son iguales al pentagrama de un papel de +música. Mira cómo sube, mira cómo baja. Las cinco rayas parece que están +grabadas con tinta negra sobre el cielo azul, y que el cielo es lo que +se mueve como un telón de teatro no acabado de colgar. + +--Lo que yo digo--expresó Jacinta riendo--Mucha poesía, mucha cosa +bonita y nueva; pero poco que comer. Te lo confieso, marido de mi alma; +tengo un hambre de mil demonios. La madrugada y este fresco del campo, +me han abierto el apetito de par en par. + +--Yo no quería hablar de esto para no desanimarte. Pronto llegaremos a +una estación de fonda. Si no, compraremos aunque sea unas rosquillas o +pan seco... El viajar tiene estas peripecias. Ánimo chica, y dame un +beso, que las hambres con amor son menos. + +--Allá van tres, y en la primera estación, mira bien, hijo, a ver si +descubrimos algo. ¿Sabes lo que yo me comería ahora? + +--¿Un bistec? --No. --¿Pues qué? --Uno y medio. --Ya te contentarás con +naranja y media. + +Pasaban estaciones, y la fonda no parecía. Por fin, en no sé cuál +apareció una mujer, que tenía delante una mesilla con licores, +rosquillas, pasteles adornados con hormigas y unos... ¿qué era aquello? +«¡Pájaros fritos!--gritó Jacinta a punto que Juan bajaba del vagón--. +Tráete una docena... No... oye, dos docenas». + +Y otra vez el tren en marcha. Ambos se colocaron rodillas con rodillas, +poniendo en medio el papel grasiento que contenía aquel _montón de +cadáveres_ fritos, y empezaron a comer con la prisa que su mucha hambre +les daba. + +«¡Ay, qué ricos están! Mira qué pechuga... Este para ti, que está muy +gordito». + +--No, para ti, para ti. La mano de ella era tenedor para la boca de él, +y viceversa. Jacinta decía que en su vida había hecho una comida que más +le supiese. + +«Este sí que está de buen año... ¡pobre ángel! El infeliz estaría ayer +con sus compañeros posado en el alambre tan contento, tan guapote, +viendo pasar el tren y diciendo «allá van esos brutos»... hasta que vino +el más bruto de todos, un cazador y... ¡prum!... Todo para que nosotros +nos regaláramos hoy. Y a fe que están sabrosos. Me ha gustado este +almuerzo. + +--Y a mí. Ahora veamos estos pasteles. El ácido fórmico es bueno para la +digestión. + +--¿El ácido qué...? + +--Las hormigas, chica. No repares, y adentro. Mételes el diente. Están +riquísimos. + +Restauradas las fuerzas, la alegría se desbordaba de aquellas almas. «Ya +no me marean los algarrobos--decía Jacinta--; bailad, bailad. ¡Mira qué +casas, qué emparrados! Y aquello, ¿qué es?, naranjos. ¡Cómo huelen!». + +Iban solos. ¡Qué dicha, siempre solitos! Juan se sentó junto a la +ventana y Jacinta sobre sus rodillas. Él le rodeaba la cintura con el +brazo. A ratos charlaban, haciendo ella observaciones cándidas sobre +todo lo que veía. Pero después transcurrían algunos ratos sin que +ninguno dijera una palabra. De repente volviose Jacinta hacia su marido, +y echándole un brazo alrededor del cuello, le soltó esta: + +«No me has dicho cómo se llamaba». + +--¿Quién? --preguntó Santa Cruz algo atontado. + +--Tu adorado tormento, tu... Cómo se llamaba o cómo se llama... porque +supongo que vivirá. + +--No lo sé... ni me importa. Vaya con lo que sales ahora. + +--Es que hace un rato me dio por pensar en ella. Se me ocurrió de +repente. ¿Sabes cómo? Vi unos refajos encarnados puestos a secar en un +arbusto. Tú dirás que qué tiene que ver... Es claro, nada; pero vete a +saber cómo se enlazan en el pensamiento las ideas. Esta mañana me acordé +de lo mismo cuando pasaban rechinando las carretillas cargadas de +equipajes. Anoche me acordé, ¿cuándo creerás? Cuando apagaste la luz. Me +pareció que la llama era una mujer que decía ¡ay!, y se caía muerta. Ya +sé que son tonterías, pero en el cerebro pasan cosas muy particulares. +¿Con que, _nenito_, desembuchas eso, sí o no? + +--¿Qué? --El nombre. --Déjame a mí de nombres. + +--¡Qué poco amable es este señor!--dijo abrazándole--. Bueno, guarda el +secretito, hombre, y dispensa. Ten cuidado no te roben esa preciosidad. +Eso, eso es, o somos reservados o no. Yo me quedo lo mismo que estaba. +No creas que tengo gran interés en saberlo. ¿Qué me meto yo en el +bolsillo con saber un nombre más? + +--Es un nombre muy feo... No me hagas pensar en lo que quiero +olvidar--replicó Santa Cruz con hastío--No te digo una palabra, ¿sabes? + + +--Gracias, amado pueblo... Pues mira, si te figuras que voy a tener +celos, te llevas chasco. Eso quisieras tú para darte tono. No los tengo +ni hay para qué. + +No sé qué vieron que les distrajo de aquella conversación. El paisaje +era cada vez más bonito, y el campo, convirtiéndose en jardín, revelaba +los refinamientos de la civilización agrícola. Todo era allí nobleza, o +sea naranjos, los árboles de hoja perenne y brillante, de flores +olorosísimas y de frutas de oro, árbol ilustre que ha sido una de las +más socorridas muletillas de los poetas, y que en la región valenciana +está por los suelos, quiero decir, que hay tantos, que hasta los poetas +los miran ya como si fueran cardos borriqueros. Las tierras labradas +encantan la vista con la corrección atildada de sus líneas. Las +hortalizas bordan los surcos y dibujan el suelo, que en algunas partes +semeja un cañamazo. Los variados verdes, más parece que los ha hecho el +arte con una brocha, que no la Naturaleza con su labor invisible. Y por +todas partes flores, arbustos tiernos; en las estaciones acacias +gigantescas que extienden sus ramas sobre la vía; los hombres con +zaragüelles y pañuelo liado a la cabeza, resabio morisco; las mujeres +frescas y graciosas, vestidas de indiana y peinadas con rosquillas de +pelo sobre las sienes. + +«¿Y cuál es --preguntó Jacinta deseosa de instruirse--el árbol de las +chufas?». + +Juan no supo contestar, porque tampoco él sabía de dónde diablos salían +las chufas. Valencia se aproximaba ya. En el vagón entraron algunas +personas; pero los esposos no dejaron la ventanilla. A ratos se veía el +mar, tan azul, tan azul, que la retina padecía el engaño de ver verde el +cielo. + +¡Sagunto! ¡Ay, qué nombre!, cuando se le ve escrito con las letras +nuevas y acaso torcidas de una estación, parece broma. No es de todos +los días ver envueltas en el humo de las locomotoras las inscripciones +más retumbantes de la historia humana. Juanito, que aprovechaba las +ocasiones de ser sabio sentimental, se pasmó más de lo conveniente de la +aparición de aquel letrero. + +«Y qué, ¿qué es?--preguntó Jacinta picada de la novelería--. ¡Ah! +Sagunto, ya... un nombre. De fijo que hubo aquí alguna marimorena. Pero +habrá llovido mucho desde entonces. No te entusiasmes, hijo, y tómalo +con calma. ¿A qué viene tanto _¡ah!, ¡oh!_...? Todo porque aquellos +brutos...». + +--¿Chica, qué estás ahí diciendo? + +--Sí, hijo de mi alma, porque aquellos brutos... no me vuelvo atrás... +hicieron una barbaridad. Bueno, llámalos héroes si quieres, y cierra +esa boca que te me estás pareciendo al Papamoscas de Burgos. + +Vuelta a contemplar el jardín agrícola en cuyo verdor se destacaban las +cabañas de paja con una cruz en el pico del techo. En los bardales vio +Jacinta unas plantas muy raras, de vástagos escuetos y pencas enormes, +que llamaron su atención. «Mira, mira, qué esperpento de árbol. ¿Será el +de los higos chumbos?». + +--No, hija mía, los higos chumbos los da esa otra planta baja, compuesta +de unas palas erizadas de púas. Aquello otro es la pita, que da por +fruto las sogas. + +--Y el esparto, ¿dónde está? + +--Hasta eso no llega mi sabiduría. Por ahí debe de andar. + +El tren describía amplísima curva. Los viajeros distinguieron una gran +masa de edificios cuya blancura descollaba entre el verde. Los grupos de +árboles la tapaban a trechos; después la descubrían. «Ya estamos en +Valencia, chiquilla; mírala allí». + +Valencia era la ciudad mejor situada del mundo, según dijo un agudo +observador, por estar construida en medio del campo. Poco después, los +esposos, empaquetados dentro de una tartana, penetraban por las calles +angostas y torcidas de la ciudad campestre. «¡Pero qué país, hijo!... Si +esto parece un biombo... ¿A dónde nos lleva este hombre?».--«A la fonda +sin duda». + +A media noche, cuando se retiraron fatigados a su domicilio después de +haber paseado por las calles y oído media _Africana_ en el teatro de la +Princesa, Jacinta sintió que de repente, sin saber cómo ni por qué, la +picaba en el cerebro el gusanillo aquel, la idea perseguidora, la penita +disfrazada de curiosidad. Juan se resistió a satisfacerla, alegando +razones diversas. «No me marees, hija... Ya te he dicho que quiero +olvidar eso...». + +--Pero el nombre, _nene_, el nombre nada más. ¿Qué te cuesta abrir la +boca un segundo?... No creas que te voy a reñir, tontín. + +Hablando así se quitaba el sombrero, luego el abrigo, después el cuerpo, +la falda, el _polisón_, y lo iba poniendo todo con orden en las butacas +y sillas del aposento. Estaba rendida y no veía las santas horas de dar +con sus fatigadas carnes en la cama. El esposo también iba soltando +ropa. Aparentaba buen humor; pero la curiosidad de Jacinta le +desagradaba ya. Por fin, no pudiendo resistir a las monerías de su +mujer, no tuvo más remedio que decidirse. Ya estaban las cabezas sobre +las almohadas, cuando Santa Cruz echó perezoso de su boca estas +palabras: + +«Pues te lo voy a decir; pero con la condición de que en tu vida más... +en tu vida más me has de mentar ese nombre, ni has de hacer la menor +alusión... ¿entiendes? Pues se llama...». + +--Gracias a Dios, hombre. Le costaba mucho trabajo decirlo. La otra le +ayudaba. + +--Se llama _For_... + +--_For_... _narina_. + +--No. _For_... _tuna_... + +--_Fortunata_. + +--Eso... Vamos, ya estás satisfecha. + +--Nada más. Te has portado, has sido amable. Así es como te quiero yo. + +Pasado un ratito, dormía como un ángel... dormían los dos. + + + + +--v-- + + +«¿Sabes lo que se me ha ocurrido?--dijo Santa Cruz a su mujer dos días +después en la estación de Valencia--. Me parece una tontería que vayamos +tan pronto a Madrid. Nos plantaremos en Sevilla. Pondré un parte a +casa». + +Al pronto Jacinta se entristeció. Ya tenía deseos de ver a sus hermanas, +a su papá y a sus tíos y suegros. Pero la idea de prolongar un poco +aquel viaje tan divertido, conquistó en breve su alma. ¡Andar así, +llevados en las alas del tren, que algo tiene siempre, para las almas +jóvenes, de dragón de fábula, era tan dulce, tan entretenido...! + +Vieron la opulenta ribera del Júcar, pasaron por Alcira, cubierta de +azahares, por Játiva la risueña; después vino Montesa, de feudal +aspecto, y luego Almansa en territorio frío y desnudo. Los campos de +viñas eran cada vez más raros, hasta que la severidad del suelo les dijo +que estaban en la adusta Castilla. El tren se lanzaba por aquel campo +triste, como inmenso lebrel, olfateando la vía y ladrando a la noche +tarda, que iba cayendo lentamente sobre el llano sin fin. Igualdad, +palos de telégrafo, cabras, charcos, matorrales, tierra gris, inmensidad +horizontal sobre la cual parecen haber corrido los mares poco ha; el +humo de la máquina alejándose en bocanadas majestuosas hacia el +horizonte; las guardesas con la bandera verde señalando el paso libre, +que parece el camino de lo infinito; bandadas de aves que vuelan bajo, y +las estaciones haciéndose esperar mucho, como si tuvieran algo bueno... +Jacinta se durmió y Juanito también. Aquella dichosa Mancha era un +narcótico. Por fin bajaron en Alcázar de San Juan, a media noche, +muertos de frío. Allí esperaron el tren de Andalucía, tomaron chocolate, +y vuelta a rodar por otra zona manchega, la más ilustre de todas, la +Argamasillesca. + +Pasaron los esposos una mala noche por aquella estepa, matando el frío +muy juntitos bajo los pliegues de una sola manta, y por fin llegaron a +Córdoba, donde descansaron y vieron la Mezquita, no bastándoles un día +para ambas cosas. Ardían en deseos de verse en la sin par Sevilla... +Otra vez al tren. Serían las nueve de la noche cuando se encontraron +dentro de la romántica y alegre ciudad, en medio de aquel idioma ceceoso +y de los donaires y chuscadas de la gente andaluza. Pasaron allí creo +que ocho o diez días, encantados, sin aburrirse ni un solo momento, +viendo los portentos de la arquitectura y de la Naturaleza, participando +del buen humor que allí se respira con el aire y se recoge de las +miradas de los transeúntes. Una de las cosas que más cautivaban a +Jacinta era aquella costumbre de los patios amueblados y ajardinados, en +los cuales se ve que las ramas de una azalea bajan hasta acariciar las +teclas del piano, como si quisieran tocar. También le gustaba a Jacinta +ver que todas las mujeres, aun las viejas que piden limosna, llevan su +flor en la cabeza. La que no tiene flor se pone entre los pelos +cualquier hoja verde y va por aquellas calles vendiendo vidas. + +Una tarde fueron a comer a un bodegón de Triana, porque decía Juanito +que era preciso conocer todo de cerca y codearse con aquel originalísimo +pueblo, artista nato, poeta que parece pintar lo que habla, y que +recibió del Cielo el don de una filosofía muy socorrida, que consiste en +tomar todas las cosas por el lado humorístico, y así la vida, una vez +convertida en broma, se hace más llevadera. Bebió el Delfín muchas +cañas, porque opinaba con gran sentido práctico que para asimilarse a +Andalucía y sentirla bien en sí, es preciso introducir en el cuerpo toda +la manzanilla que este pueda contener. Jacinta no hacía más que probarla +y la encontraba áspera y acídula, sin conseguir apreciar el olorcillo a +_pero de Ronda_ que dicen que tiene aquella bebida. + +Retiráronse de muy buen humor a la fonda, y al llegar a ella vieron que +en el comedor había mucha gente. Era un banquete de boda. Los novios +eran españoles anglicanizados de Gibraltar. Los esposos Santa Cruz +fueron invitados a tomar algo, pero lo rehusaron; únicamente bebieron un +poco de Champagne, por que no dijeran. Después un inglés muy pesado, que +chapurraba el castellano con la boca fruncida y los dientes apretados, +como si quisiera mordiscar las palabras, se empeñó en que habían de +tomar unas cañas. «De ninguna manera... muchas gracias». --«¡Ooooh!, +sí»... El comedor era un hervidero de alegría y de chistes, entre los +cuales empezaban a sonar algunos de gusto dudoso. No tuvo Santa Cruz más +remedio que ceder a la exigencia de aquel maldito inglés, y tomando de +sus manos la copa, decía a media voz: «Valiente _curdela_ tienes tú». +Pero el inglés no entendía... Jacinta vio que aquello se iba poniendo +malo. El inglés llamaba al orden, diciendo a los más jóvenes con su +boquita cerrada que tuvieran _fundamenta_. Nadie necesitaba tanto como +él que se le llamase al orden, y sobre todo, lo que más falta le hacía +era que le recortaran la bebida, porque aquello no era ya boca, era un +embudo. Jacinta presintió la jarana, y tomando una resolución súbita, +tiró del brazo a su marido y se lo llevó, a punto que este empezaba a +tomarle el pelo al inglés. + +«Me alegro--dijo el Delfín, cuando su mujer le conducía por las +escaleras arriba--; me alegro de que me hubieras sacado de allí, porque +no puedes figurarte lo que me iba cargando el tal inglés, con sus +dientes blancos y apretados, con su amabilidad y su zapatito bajo... Si +sigo un minuto más, le pego un par de trompadas... Ya se me subía la +sangre a la cabeza...». + +Entraron en su cuarto, y sentados uno frente a otro, pasaron un rato +recordando los graciosos tipos que en el comedor estaban y los equívocos +que allí se decían. Juan hablaba poco y parecía algo inquieto. De +repente le entraron ganas de volver abajo. Su mujer se oponía. +Disputaron. Por fin Jacinta tuvo que echar la llave a la puerta. + +«Tienes razón--dijo Santa Cruz dejándose caer a plomo sobre la +silla.--Más vale que me quede aquí... porque si bajo, y vuelve el +_mister_ con sus finuras, le pego... Yo también sé _boxear_». + +Hizo el ademán del _box_, y ya entonces su mujer le miró muy seria. + +--Debes acostarte--le dijo. --Es temprano... Nos estaremos aquí de +tertulia... sí... ¿tú no tienes sueño? Yo tampoco. Acompañaré a mi cara +mitad. Ese es mi deber, y sabré cumplirlo, sí señora. Porque yo soy +esclavo del deber... + +Jacinta se había quitado el sombrero y el abrigo. Juanito la sentó sobre +sus rodillas y empezó a saltarla como a los niños cuando se les hace el +caballo. Y dale con la tarabilla de que él era esclavo de su deber, y de +que lo primero de todo es la familia. El trote largo en que la llevaba +su marido empezó a molestar a Jacinta, que se desmontó y se fue a la +silla en que antes estaba. Él entonces se puso a dar paseos rápidos por +la habitación. + +--Mi mayor gusto es estar al lado de mi adorada _nena_--decía sin +mirarla--. _Te amo con delirio_ como se dice en los dramas. Bendita sea +mi madrecita... que me casó contigo... + +Hincósele delante y le besó las manos. Jacinta le observaba con atención +recelosa, sin pestañear, queriendo reírse y sin poderlo conseguir. Santa +Cruz tomó un tono muy plañidero para decirle: + +«¡Y yo tan estúpido que no conocí tu mérito!, ¡yo que te estaba mirando +todos los días, como mira el burro la flor sin atreverse a comérsela! ¡Y +me comí el cardo!... ¡Oh!, perdón, perdón... Estaba ciego, encanallado; +era yo muy _cañí_... esto quiere decir _gitano_, vida mía. El vicio y la +grosería habían puesto una costra en mi corazón... llamémosle +_garlochín_... Jacintilla, no me mires así. Esto que te digo es la pura +verdad. Si te miento, que me quede muerto ahora mismo. Todas mis faltas +las veo claras esta noche. No sé lo que me pasa; estoy como inspirado... +tengo más espíritu, créetelo... te quiero más, cielito, paloma, y te voy +a hacer un altar de oro para adorarte». + +«¡Jesús, qué fino está el tiempo!--exclamó la esposa que ya no podía +ocultar su disgusto--. ¿Por qué no te acuestas?». + +--Acostarme yo, yo... cuando tengo que contarte tantas cosas, +_chavala_!--añadió Santa Cruz, que cansado ya de estar de rodillas, +había cogido una banqueta para sentarse a los pies de su mujer--. +Perdona que no haya sido franco contigo. Me daba vergüenza de revelarte +ciertas cosas. Pero ya no puedo más: mi conciencia se vuelca como una +urna llena que se cae... así, así; y afuera todo... Tú me absolverás +cuando me oigas, ¿verdad? Di que sí... Hay momentos en la vida de los +pueblos, quiero decir, en la vida del hombre, momentos terribles, alma +mía. Tú lo comprendes... Yo no te conocía entonces. Estaba como la +humanidad antes de la venida del Mesías, a oscuras, apagado el gas... +sí. No me condenes, no, no, no me condenes sin oírme... + +Jacinta no sabía qué hacer. Uno y otro se estuvieron mirando breve rato, +los ojos clavados en los ojos, hasta que Juan dijo en voz queda: + +«¡Si la hubieras visto...! Fortunata tenía los ojos como dos estrellas, +muy semejantes a los de la Virgen del Carmen que antes estaba en Santo +Tomás y ahora en San Ginés. Pregúntaselo a Estupiñá, pregúntaselo si lo +dudas... a ver... Fortunata tenía las manos bastas de tanto trabajar, el +corazón lleno de inocencia... + +Fortunata no tenía educación; aquella boca tan linda se comía muchas +letras y otras las equivocaba. Decía _indilugencias, golver, asín._ Pasó +su niñez cuidando el _ganado_. ¿Sabes lo que es el ganado? Las gallinas. +Después criaba los palomos a sus pechos. Como los palomos no comen sino +del pico de la madre, Fortunata se los metía en el seno, ¡y si vieras tú +qué seno tan bonito!, sólo que tenía muchos rasguños que le hacían los +palomos con los garfios de sus patas. Después cogía en la boca un buche +de agua y algunos granos de algarroba, y metiéndose el pico en la +boca... les daba de comer... Era la paloma madre de los tiernos +pichoncitos... Luego les daba su calor natural... les arrullaba, les +hacía _rorrooó_... les cantaba canciones de nodriza... ¡Pobre +Fortunata, pobre _Pitusa_!... ¿Te he dicho que la llamaban la _Pitusa_? +¿No?... pues te lo digo ahora. Que conste... Yo la perdí... sí... que +conste también; es preciso que cada cual cargue con su +responsabilidad... Yo la perdí, la engañé, le dije mil mentiras, le hice +creer que me iba a casar con ella. ¿Has visto?... ¡Si seré pillín!... +Déjame que me ría un poco... Sí, todas las papas que yo le decía, se las +tragaba... El pueblo es muy inocente, es tonto de remate, todo se lo +cree con tal que se lo digan con palabras finas... La engañé, le +_garfiñé_ su honor, y tan tranquilo. Los hombres, digo, los señoritos, +somos unos miserables; creemos que el honor de las hijas del pueblo es +cosa de juego... No me pongas esa cara, vida mía. Comprendo que tienes +razón; soy un infame, merezco tu desprecio; porque... lo que tú dirás, +una mujer es siempre una criatura de Dios, ¿verdad?... y yo, después que +me divertí con ella, la dejé abandonada en medio de las calles... +justo... su destino es el destino de las perras... Di que sí». + + + + +--vi-- + + +Jacinta estaba alarmadísima, medio muerta de miedo y de dolor. No sabía +qué hacer ni qué decir. «Hijo mío--exclamó limpiando el sudor de la +frente de su marido--, ¡cómo estás...! Cálmate, por María Santísima. +Estás delirando». + +--No, no; esto no es delirio, es arrepentimiento--añadió Santa Cruz, +quien, al moverse, por poco se cae, y tuvo que apoyar las manos en el +suelo--. ¿Crees acaso que el vino...? ¡Oh! no, hija mía, no me hagas ese +disfavor. Es que la conciencia se me ha subido aquí al cuello, a la +cabeza, y me pesa tanto, que no puedo guardar bien el equilibrio... +Déjame que me prosterne ante ti y ponga a tus pies todas mis culpas para +que las perdones... No te muevas, no me dejes solo, por Dios... ¿A dónde +vas? ¿No ves mi aflicción? + +--Lo que veo... ¡Oh! Dios mío. Juan, por amor de Dios, sosiégate; no +digas más disparates. Acuéstate. Yo te haré una taza de té. + +--¡Y para qué quiero yo té, desventurada!...--dijo el otro en un tono +tan descompuesto, que a Jacinta se le saltaron las lágrimas--. ¡Té...!, +lo que quiero es tu perdón, el perdón de la humanidad, a quien he +ofendido, a quien he ultrajado y pisoteado. Di que sí... Hay momentos en +la vida de los pueblos, digo, en la vida de los hombres, en que uno +debiera tener mil bocas para con todas ellas a la vez... expresar la, +la, la... Sería uno un coro... eso, eso... Porque yo he sido malo, no me +digas que no, no me lo digas... + +Jacinta advirtió que su marido sollozaba. ¿Pero de veras sollozaba o +era broma? + +«Juan, ¡por Dios!, me estás atormentando». + +--No, niña de mi alma --replicó él sentado en el suelo sin descubrir el +rostro, que tenía entre las manos--. ¿No ves que lloro? Compadécete de +este infeliz... He sido un perverso... Porque la _Pitusa_ me +idolatraba... Seamos francos. + +Alzó entonces la cabeza, y tomó un aire más tranquilo. + +--Seamos francos; la verdad ante todo... me idolatraba. Creía que yo no +era como los demás, que era la caballerosidad, la hidalguía, la +decencia, la nobleza en persona, el acabose de los hombres... ¡Nobleza, +qué sarcasmo! Nobleza en la mentira; digo que no puede ser... y que no, +y que no. ¡Decencia porque se lleva una ropa que llaman levita!... ¡Qué +humanidad tan farsante! El pobre siempre debajo; el rico hace lo que le +da la gana. Yo soy rico... di que soy inconstante... La ilusión de lo +pintoresco se iba pasando. La grosería con gracia seduce algún tiempo, +después marca... Cada día me pesaba más la carga que me había echado +encima. El picor del ajo me repugnaba. Deseé, puedes creerlo, que la +_Pitusa_ fuera mala para darle una puntera... Pero, quia... ni por +esas... ¿Mala ella? a buena parte... Si le mando echarse al fuego por +mí, ¡al fuego de cabeza! Todos los días jarana en la casa. Hoy acababa +en bien, mañana no... Cantos, guitarreo... José Izquierdo, a quien +llaman _Platón_ porque comía en un plato como un barreño, arrojaba +chinitas al picador... Villalonga y yo les echábamos a pelear o les +reconciliábamos cuando nos convenía... La _Pitusa_ temblaba de verlos +alegres y de verlos enfurruñados... ¿Sabes lo que se me ocurría? No +volver a aportar más por aquella maldita casa... Por fin resolvimos +Villalonga y yo largamos con viento fresco y no volver más. Una noche se +armó tal gresca, que hasta las navajas salieron, y por poco nadamos +todos en un lago de sangre... Me parece que oigo aquellas finuras: +«¡indecente, cabrón, _najabao, randa, murcia_...! No era posible +semejante vida. Di que no. El hastío era ya irresistible. La misma +_Pitusa_ me era odiosa, como las palabras inmundas... Un día dije +_vuelvo_, y no volví más... Lo que decía Villalonga: cortar por lo +sano... Yo tenía algo en mi conciencia, un hilito que me tiraba hacia +allá... Lo corté... Fortunata me persiguió; tuve que jugar al escondite. +Ella por aquí, yo por allá... Yo me escurría como una anguila. No me +cogía, no. El último a quien vi fue Izquierdo; le encontré un día +subiendo la escalera de mi casa. Me amenazó; díjome que la _Pitusa_ +estaba _cambrí_ de cinco meses... _¡Cambrí de cinco meses...!_ Alcé los +hombros... Dos palabras él, dos palabras yo... alargué este brazo, y +plaf... Izquierdo bajó de golpe un tramo entero... Otro estirón, y +plaf... de un brinco el segundo tramo... y con la cabeza para abajo... + +Esto último lo dijo enteramente descompuesto. Continuaba sentado en el +suelo, las piernas extendidas, apoyado un brazo en el asiento de la +silla. Jacinta temblaba. Le había entrado mortal frío, y daba diente con +diente. Permanecía en pie en medio de la habitación, como una estatua, +contemplando la figura lastimosísima de su marido, sin atreverse a +preguntarle nada ni a pedirle una aclaración sobre las extrañas cosas +que revelaba. + +«¡Por Dios y por tu madre! --dijo al fin movida del cariño y del +miedo--, no me cuentes más. Es preciso que te acuestes y procures +dormirte. Cállate ya». + +--¡Que me calle!... ¡que me calle! ¡Ah!, esposa mía, esposa adorada, +ángel de mi salvación... Mesías mío... ¿Verdad que me perdonas?... di +que sí. + +Se levantó de un salto y trató de andar... No podía. Dando una rápida +vuelta fue a desplomarse sobre el sofá, poniéndose la mano sobre los +ojos y diciendo con voz cavernosa: «¡Qué horrible pesadilla!». Jacinta +fue hacia él, le echó los brazos al cuello y le arrulló como se arrulla +a los niños cuando se les quiere dormir. + +Vencido al cabo de su propia excitación, el cerebro del Delfín caía en +estúpido embrutecimiento. Y sus nervios, que habían empezado a calmarse, +luchaban con la sedación. De repente se movía, como si saltara algo en +él y pronunciaba algunas sílabas. Pero la sedación vencía, y al fin se +quedó profundamente dormido. A media noche pudo Jacinta con no poco +trabajo llevarle hasta la cama y acostarle. Cayó en el sueño como en un +pozo, y su mujer pasó muy mala noche, atormentada por el desagradable +recuerdo de lo que había visto y oído. + +Al día siguiente Santa Cruz estaba como avergonzado. Tenía conciencia +vaga de los disparates que había hecho la noche anterior, y su amor +propio padecía horriblemente con la idea de haber estado ridículo. No se +atrevía a hablar a su mujer de lo ocurrido, y esta, que era la misma +prudencia, además de no decir una palabra, mostrábase tan afable y +cariñosa como de costumbre. Por último, no pudo mi hombre resistir el +afán de explicarse, y preparando el terreno con un sin fin de +zalamerías, le dijo: + +«Chiquilla, es preciso que me perdones el mal rato que te di anoche... +Debí ponerme muy pesadito... ¡Qué malo estaba! En mi vida me ha pasado +otra igual. Cuéntame los disparates que te dije, porque yo no me +acuerdo». + +--¡Ay! fueron muchos; pero muchos... Gracias que no había más público +que yo. + +--Vamos, con franqueza... estuve inaguantable. + +--Tú lo has dicho... --Es que no sé... En mi vida, puedes creerlo, he +cogido una turca como la que cogí anoche. El maldito inglés tuvo la +culpa y me la ha de pagar. ¡Dios mío, cómo me puse!... ¿Y qué dije, qué +dije?... No hagas caso, vida mía, porque seguramente dije mil cosas que +no son verdad. ¡Qué bochorno! ¿Estás enfadada? No, si no hay para qué... + +--Cierto. Como estabas... Jacinta no se atrevió a decir «borracho». La +palabra horrible negábase a salir de su boca. + +--Dilo, hija. Di _ajumao_, que es más bonito y atenúa un poco la +gravedad de la falta. + +--Pues como estabas _ajumaíto_, no eras responsable de lo que decías. + +--Pero qué, ¿se me escapó alguna palabra que te pudiera ofender? + +--No; sólo una media docena de voces elegantes, de las que usa la alta +sociedad. No las entendí bien. Lo demás bien clarito estaba, demasiado +clarito. Lloraste por tu _Pitusa_ de tu alma, y te llamabas miserable +por haberla abandonado. Créelo, te pusiste que no había por dónde +cogerte. + +--Vaya, hija, pues ahora con la cabeza despejada, voy a decirte dos +palabritas para que no me juzgues por peor de lo que soy. + +Se fueron de paseo por las Delicias abajo, y sentados en solitario +banco, vueltos de cara al río, charlaron un rato. Jacinta se quería +comer con los ojos a su marido, adivinándole las palabras antes de que +las dijera, y confrontándolas con la expresión de los ojos a ver si eran +sinceras. ¿Habló Juan con verdad? De todo hubo. Sus declaraciones eran +una verdad refundida como las comedias antiguas. El amor propio no le +permitía la reproducción fiel de los hechos. Pues señor... al volver de +Plencia ya comprometido a casarse y enamorado de su novia, quiso saber +qué vuelta llevó Fortunata, de quien no había tenido noticias en tanto +tiempo. No le movía ningún sentimiento de ternura, sino la compasión y +el deseo de socorrerla si se veía en un mal paso. _Platón_ estaba fuera +de Madrid y su mujer en el otro mundo. No se sabía tampoco a dónde +diantres había ido a parar el picador; pero Segunda había traspasado la +huevería y tenía en la misma Cava un poco más abajo, cerca ya de la +escalerilla, una covacha a que daba el nombre de _establecimiento_. En +aquella caverna habitaba y hacía el café que vendía por la mañana a la +gente del mercado. Cuatro cacharros, dos sillas y una mesa componían el +ajuar. En el resto del día prestaba servicios en la taberna del +_pulpitillo_. Había venido tan a menos en lo físico y en lo económico, +que a su antiguo tertulio le costó trabajo reconocerla. + +«¿Y la otra?...». porque esto era lo que importaba. + + + + +--vii-- + + +Santa Cruz tardó algún tiempo en dar la debida respuesta. Hacía rayas en +el suelo con el bastón. Por fin se expresó así: + +«Supe que en efecto había...». + +Jacinta tuvo la piedad de evitarle las últimas palabras de la oración, +diciéndolas ella. Al Delfín se le quitó un peso de encima. + +«Traté de verla..., la busqué por aquí y por allá... y nada... Pero qué, +¿no lo crees? Después no pude ocuparme de nada. Sobrevino la muerte de +tu mamá. Transcurrió algún tiempo sin que yo pensara en semejante cosa, +y no debo ocultarte que sentía cierto escozorcillo aquí, en la +conciencia... Por Enero de este año, cuando me preparaba a hacer +diligencias, una amiga de Segunda me dijo que la _Pitusa_ se había +marchado de Madrid. ¿A dónde? ¿Con quién? Ni entonces lo supe ni lo he +sabido después. Y ahora te juro que no la he vuelto a ver más ni he +tenido noticias de ella». + +La esposa dio un gran suspiro. No sabía por qué; pero tenía sobre su +alma cierta pesadumbre, y en su rectitud tomaba para sí parte de la +responsabilidad de su marido en aquella falta; porque falta había sin +duda. Jacinta no podía considerar de otro modo el hecho del abandono, +aunque este significara el triunfo del amor legítimo sobre el criminal, +y del matrimonio sobre el amancebamiento... No podían entretenerse más +en ociosas habladurías, porque pensaban irse a Cádiz aquella tarde y era +preciso disponer el equipaje y comprar algunas chucherías. De cada +población se habían de llevar a Madrid regalitos para todos. Con la +actividad propia de un día de viaje, las compras y algunas despedidas, +se distrajeron tan bien ambos de aquellos desagradables pensamientos, +que por la tarde ya estos se habían desvanecido. + +Hasta tres días después no volvió a rebullir en la mente de Jacinta el +gusanillo aquel. Fue cosa repentina, provocada por no sé qué, por esas +misteriosas iniciativas de la memoria que no sabemos de dónde salen. Se +acuerda uno de las cosas contra toda lógica, y a veces el encadenamiento +de las ideas es una extravagancia y hasta una ridiculez. ¿Quién creería +que Jacinta se acordó de Fortunata al oír pregonar las _bocas de la +Isla_? Porque dirá el curioso, y con razón, que qué tienen que ver las +bocas con aquella mujer. Nada, absolutamente nada. + +Volvían los esposos de Cádiz en el tren correo. No pensaban detenerse ya +en ninguna parte, y llegarían a Madrid de un tirón. Iban muy gozosos, +deseando ver a la familia, y darle a cada uno su regalo. Jacinta, aunque +picada del gusanillo aquel, había resuelto no volver a hablar de tal +asunto, dejándolo sepultado en la memoria, hasta que el tiempo lo +borrara para siempre. Pero al llegar a la estación de Jerez, ocurrió +algo que hizo revivir inesperadamente lo que ambos querían olvidar. Pues +señor... de la cantina de la estación vieron salir al condenado inglés +de la noche de marras, el cual les conoció al punto y fue a saludarles +muy fino y galante, y a ofrecerles unas cañas. Cuando se vieron libres +de él, Santa Cruz le echó mil pestes, y dijo que algún día había de +tener ocasión de darle el _par de galletas_ que se tenía ganadas. «Este +danzante tuvo la culpa de que yo me pusiera aquella noche como me puse y +de que te contara aquellos horrores...». + +Por aquí empezó a enredarse la conversación hasta recaer otra vez en el +_punto negro_. Jacinta no quería que se le quedara en el alma una idea +que tenía, y a la primera ocasión la echó fuera de sí. + +«¡Pobres mujeres! --exclamó--. Siempre la peor parte para ellas». + +--Hija mía, hay que juzgar las cosas con detenimiento, examinar las +circunstancias... ver el medio ambiente... --dijo Santa Cruz preparando +todos los chirimbolos de esa dialéctica convencional con la cual se +prueba todo lo que se quiere. + +Jacinta se dejó hacer caricias. No estaba enfadada. Pero en su espíritu +ocurría un fenómeno muy nuevo para ella. Dos sentimientos diversos se +barajaban en su alma, sobreponiéndose el uno al otro alternativamente. +Como adoraba a su marido, sentíase orgullosa de que este hubiese +despreciado a otra para tomarla a ella. Este orgullo es primordial, y +existirá siempre aun en los seres más perfectos. El otro sentimiento +procedía del fondo de rectitud que lastraba aquella noble alma y le +inspiraba una protesta contra el ultraje y despiadado abandono de la +desconocida. Por más que el Delfín lo atenuase, había ultrajado a la +humanidad. Jacinta no podía ocultárselo a sí misma. Los triunfos de su +amor propio no le impedían ver que debajo del trofeo de su victoria +había una víctima aplastada. Quizás la víctima merecía serlo; pero la +vencedora no tenía nada que ver con que lo mereciera o no, y en el +altar de su alma le ponía a la tal víctima una lucecita de compasión. + +Santa Cruz, en su perspicacia, lo comprendió, y trataba de librar a su +esposa de la molestia de complacer a quien sin duda no lo merecía. Para +esto ponía en funciones toda la maquinaria más brillante que sólida de +su raciocinio, aprendido en el comercio de las liviandades humanas y en +someras lecturas. «Hija de mi alma, hay que ponerse en la realidad. Hay +dos mundos, el que se ve y el que no se ve. La sociedad no se gobierna +con las ideas puras. Buenos andaríamos... No soy tan culpable como +parece a primera vista; fíjate bien. Las diferencias de educación y de +clase establecen siempre una gran diferencia de procederes en las +relaciones humanas. Esto no lo dice el Decálogo; lo dice la realidad. La +conducta social tiene sus leyes que en ninguna parte están escritas; +pero que se sienten y no se pueden conculcar. Faltas cometí, ¿quién lo +duda?, pero imagínate que hubiera seguido entre aquella gente, que +_hubiera cumplido mis compromisos_ con la _Pitusa_... No te quiero decir +más. Veo que te ríes. Eso me prueba que hubiera sido un absurdo, una +locura recorrer lo que, visto de allá, parecía el camino derecho. Visto +de acá, ya es otro distinto. En cosas de moral, lo recto y lo torcido +son según de donde se mire. No había, pues, más remedio que hacer lo que +hice, y salvarme... Caiga el que caiga. El mundo es así. Debía yo +salvarme, ¿sí o no? Pues debiendo salvarme, no había más remedio que +lanzarme fuera del barco que se sumergía. En los naufragios siempre hay +alguien que se ahoga... Y en el caso concreto del abandono, hay también +mucho que hablar. Ciertas palabras no significan nada por sí. Hay que +ver los hechos... Yo la busqué para socorrerla; ella no quiso parecer. +Cada cual tiene su destino. El de ella era ese: no parecer cuando yo la +buscaba». + +Nadie diría que el hombre que de este modo razonaba, con arte tan sutil +y paradójico, era el mismo que noches antes, bajo la influencia de una +bebida espirituosa, había vaciado toda su alma con esa sinceridad brutal +y disparada que sólo puede compararse al vómito físico, producido por un +emético muy fuerte. Y después, cuando el despejo de su cerebro le hacía +dueño de todas sus triquiñuelas de hombre leído y mundano, no volvió a +salir de sus labios ni un solo vocablo soez, ni una sola espontaneidad +de aquellas que existían dentro de él, como existen los trapos de +colorines en algún rincón de la casa del que ha sido cómico, aunque sólo +lo haya sido de afición. Todo era convencionalismo y frase ingeniosa en +aquel hombre que se había emperejilado intelectualmente, cortándose una +levita para las ideas y planchándole los cuellos al lenguaje. + +Jacinta, que aún tenía poco mundo, se dejaba alucinar por las dotes +seductoras de su marido. Y le quería tanto, quizás por aquellas mismas +dotes y por otras, que no necesitaba hacer ningún esfuerzo para creer +cuanto le decía, si bien creía por fe, que es sentimiento, más que por +convicción. Largo rato charlaron, mezclando las discusiones con los +cariños discretos (por que en Sevilla entró gente en el coche y no había +que pensar en la _besadera_), y cuando vino la noche sobre España, cuyo +radio iban recorriendo, se durmieron allá por Despeñaperros, soñaron con +lo mucho que se querían, y despertaron al fin en Alcázar con la idea +placentera de llegar pronto a Madrid, de ver a la familia, de contar +todas las peripecias del viaje (menos la escenita de la noche aquella) y +de repartir los regalos. + +A Estupiñá le llevaban un bastón que tenía por puño la cabeza de una +cotorra. + + + + +-VI- + +Más y más pormenores referentes a esta ilustre familia + + + + +--i-- + + +Pasaban meses, pasaban años, y en aquella dichosa casa todo era paz y +armonía. No se ha conocido en Madrid familia mejor avenida que la de +Santa Cruz, compuesta de dos parejas; ni es posible imaginar una +compatibilidad de caracteres como la que existía entre Barbarita y +Jacinta. He visto juntas muchas veces a la suegra y a la nuera, y por +Dios que se manifestaba muy poco en ellas la diferencia de edades. +Barbarita conservaba a los cincuenta y tres años una frescura +maravillosa, el talle perfecto y la dentadura sorprendente. Verdad que +tenía el cabello casi enteramente blanco; el cual más parecía empolvado +conforme al estilo Pompadour, que encanecido por la edad. Pero lo que la +hacía más joven era su afabilidad constante, aquel sonreír gracioso y +benévolo con que iluminaba su rostro. + +De veras que no tenían por qué quejarse de su destino aquellas cuatro +personas. Se dan casos de individuos y familias a quienes Dios no les +debe nada; y sin embargo, piden y piden. + +Es que hay en la naturaleza humana un vicio de mendicidad; eso no tiene +duda. Ejemplo los de Santa Cruz, que gozaban de salud cabal, eran ricos, +estimados de todo el mundo y se querían entrañablemente. ¿Qué les hacía +falta? Parece que nada. Pues alguno de los cuatro pordioseaba. Es que +cuando un conjunto de circunstancias favorables pone en las manos del +hombre gran cantidad de bienes, privándole de uno solo, la fatalidad de +nuestra naturaleza o el principio de descontento que existe en nuestro +barro constitutivo le impulsan a desear precisamente lo poquito que no +se le ha otorgado. Salud, amor, riqueza, paz y otras ventajas no +satisfacían el alma de Jacinta; y al año de casada, más aún a los dos +años, deseaba ardientemente lo que no tenía. ¡Pobre joven! Lo tenía +todo, menos chiquillos. + +Esta pena, que al principio fue desazón insignificante, impaciencia tan +sólo convirtiose pronto en dolorosa idea de vacío. Era poco cristiano, +al decir de Barbarita, desesperarse por la falta de sucesión. Dios, que +les diera tantos bienes, habíales privado de aquel. No había más remedio +que resignarse, alabando la mano del que lo mismo muestra su +omnipotencia dando que quitando. + +De este modo consolaba a su nuera, que más le parecía hija; pero allá en +sus adentros deseaba tanto como Jacinta la aparición de un muchacho que +perpetuase la casta y les alegrase a todos. Se callaba este ardiente +deseo por no aumentar la pena de la otra; mas atendía con ansia a todo +lo que pudiera ser síntoma de esperanzas de sucesión. ¡Pero quia! Pasaba +un año, dos, y nada; ni aun siquiera esas presunciones vagas que hacen +palpitar el corazón de las que sueñan con la maternidad, y a veces les +hacen decir y hacer muchas tonterías. + +«No tengas prisa, hija --decía Barbarita a su sobrina--. Eres muy joven. +No te apures por los chiquillos, que ya los tendrás, te cargarás de +familia, y te aburrirás como se aburrió tu madre, y pedirás a Dios que +no te dé más. ¿Sabes una cosa? Mejor estamos así. Los muchachos lo +revuelven todo y no dan más que disgustos. El sarampión, el +garrotillo... ¡Pues nada te quiero decir de las amas!... ¡qué +calamidad!... Luego estás hecha una esclava... Que si comen, que si se +indigestan, que si se caen y se abren la cabeza. Vienen después las +inclinaciones que sacan. Si salen de mala índole... si no estudian... +¡qué sé yo!...». + +Jacinta no se convencía. Quería canarios de alcoba a todo trance, aunque +salieran raquíticos y feos; aunque luego fueran traviesos, enfermos y +calaveras; aunque de hombres la mataran a disgustos. Sus dos hermanas +mayores parían todos los años, como su madre. Y ella nada, ni +esperanzas. Para mayor contrasentido, Candelaria, que estaba casada con +un pobre, había tenido dos de un vientre. ¡Y ella, que era rica, no +tenía ni siquiera medio!... Dios estaba ya chocho sin duda. + +Vamos ahora a otra cosa. Los de Santa Cruz, como familia respetabilísima +y rica, estaban muy bien relacionados y tenían amigos en todas las +esferas, desde la más alta a la más baja. Es curioso observar cómo +nuestra edad, por otros conceptos infeliz, nos presenta una dichosa +confusión de todas las clases, mejor dicho, la concordia y +reconciliación de todas ellas. En esto aventaja nuestro país a otros, +donde están pendientes de sentencia los graves pleitos históricos de la +igualdad. Aquí se ha resuelto el problema sencilla y pacíficamente, +gracias al temple democrático de los españoles y a la escasa vehemencia +de las preocupaciones nobiliarias. Un gran defecto nacional, la +empleomanía, tiene también su parte en esta gran conquista. Las oficinas +han sido el tronco en que se han injertado las ramas históricas, y de +ellas han salido amigos el noble tronado y el plebeyo ensoberbecido por +un título universitario; y de amigos, pronto han pasado a parientes. +Esta confusión es un bien, y gracias a ella no nos aterra el contagio de +la guerra social, porque tenemos ya en la masa de la sangre un +socialismo atenuado e inofensivo. Insensiblemente, con la ayuda de la +burocracia, de la pobreza y de la educación académica que todos los +españoles reciben, se han ido compenetrando las clases todas, y sus +miembros se introducen de una en otra, tejiendo una red espesa que +amarra y solidifica la masa nacional. El nacimiento no significa nada +entre nosotros, y todo cuanto se dice de los pergaminos es conversación. +No hay más diferencias que las esenciales, las que se fundan en la buena +o mala educación, en ser tonto o discreto, en las desigualdades del +espíritu, eternas como los atributos del espíritu mismo. La otra +determinación positiva de clases, el dinero, está fundada en principios +económicos tan inmutables como las leyes físicas, y querer impedirla +viene a ser lo mismo que intentar beberse la mar. + +Las amistades y parentescos de las familias de Santa Cruz y Arnaiz +pueden ser ejemplo de aquel feliz revoltijo de las clases sociales; mas, +¿quién es el guapo que se atreve a formar estadística de las ramas de +tan dilatado y laberíntico árbol, que más bien parece enredadera, cuyos +vástagos se cruzan, suben, bajan y se pierden en los huecos de un +follaje densísimo? Sólo se puede intentar tal empresa con la ayuda de +Estupiñá, que sabe al dedillo la historia de todas las familias +comerciales de Madrid, y todos los enlaces que se han hecho en medio +siglo. Arnaiz el gordo también se pirra por hablar de linajes y por +buscar parentescos, averiguando orígenes humildes de fortunas +orgullosas, y haciendo hincapié en la desigualdad de ciertos +matrimonios, a los cuales, en rigor de verdad, se debe la formación del +terreno democrático sobre que se asienta la sociedad española. De una +conversación entre Arnaiz y Estupiñá han salido las siguientes noticias: + + + + +--ii-- + + +Ya sabemos que la madre de D. Baldomero Santa Cruz y la de Gumersindo y +Barbarita Arnaiz eran parientes y venían del Trujillo extremeño y +albardero. La actual casa de banca _Trujillo_ y _Fernández_, de una +respetabilidad y solidez intachables, procede del mismo tronco. +Barbarita es, pues, pariente del jefe de aquella casa, aunque su +parentesco resulta algo lejano. El primer conde de Trujillo está casado +con una de las hijas del famoso negociante Casarredonda, que hizo +colosal fortuna vendiendo fardos de _Coruñas_ y _Viveros_ para vestir a +la tropa y a la Milicia Nacional. Otra de las hijas del marqués de +Casarredonda era duquesa de Gravelinas. Ya tenemos aquí, perfectamente +enganchadas, a la aristocracia antigua y al comercio moderno. + +Pero existe en Cádiz una antigua y opulenta familia comercial que sirvió +como ninguna para enredar más la madeja social. Las hijas del famoso +Bonilla, importador de pañolería y después banquero y extractor de +vinos, casaron: la una con Sánchez Botín, propietario, de quien vino la +generala Minio, la marquesa de Tellería y Alejandro Sánchez Botín, la +otra con uno de los Morenos de Madrid, co-fundador de los Cinco Gremios +y del Banco de San Fernando, y la tercera con el duque de Trastamara, de +donde vino Pepito Trastamara. El hijo único de Bonilla casó con una +Trujillo. + +Pasemos ahora a los Morenos, procedentes del valle de Mena, una de las +familias más dilatadas y que ofrecen más desigualdades y contrastes en +sus infinitos y desparramados miembros. Arnaiz y Estupiñá disputan, sin +llegar a entenderse, sobre si el tronco de los Morenos estuvo en una +droguería o en una peletería. En esto reina cierta oscuridad, que no se +disipará mientras no venga uno de estos averiguadores fanáticos que son +capaces de contarle a Noé los pelos que tenía en la cabeza y el número +de _eses_ que hizo cuando cogió la primera _pítima_ de que la historia +tiene noticia. Lo que sí se sabe es que un Moreno casó con una +Isla-Bonilla a principios del siglo, viniendo de aquí la Casa de giro +que del 19 al 35 estuvo en la subida de Santa Cruz junto a la iglesia, y +después en la plazuela de Pontejos. Por la misma época hallamos un +Moreno en la Magistratura, otro en la Armada, otro en el Ejército y otro +en la Iglesia. La Casa de banca no era ya _Moreno_ en 1870, sino +_Ruiz-Ochoa_ y _Compañía_, aunque uno de sus principales socios era don +Manuel Moreno-Isla. Tenemos diferentes estirpes del tronco remotísimo +de los Morenos. Hay los Moreno-Isla, los Moreno-Vallejo y los +Moreno-Rubio, o sea los Morenos ricos y los Morenos pobres, ya tan +distantes unos de otros que muchos ni se tratan ni se consideran afines. +Castita Moreno, aquella presumida amiga de Barbarita en la escuela de la +calle Imperial, había nacido en los Morenos ricos y fue a parar, con los +vaivenes de la vida, a los Morenos pobres. Se casó con un farmacéutico +de la interminable familia de los Samaniegos, que también tienen su +puesto aquí. Una joven perteneciente a los Morenos ricos casó con un +Pacheco, aristócrata segundón, hermano del duque de Gravelinas, y de +esta unión vino Guillermina Pacheco a quien conoceremos luego. Ved ahora +cómo una rama de los Morenos se mete entre el follaje de los +Gravelinas, donde ya se engancha también el ramojo de los Trujillos, el +cual venía ya trabado con los Arnaiz de Madrid y con los Bonillas de +Cádiz, formando una maraña cuyos hilos no es posible seguir con la +vista. + +Aún hay más. D. Pascual Muñoz, dueño de un acreditadísimo +establecimiento de hierros en la calle de Tintoreros, progresista de +inmenso prestigio en los barrios del Sur, verdadera potencia electoral y +política en Madrid, casó con una Moreno de no sé qué rama, emparentada +con Mendizábal y con Bonilla, de Cádiz. Su hijo, que después fue marqués +de Casa-Muñoz, casó con la hija de Albert, el que daba la cara en las +contratas de paños y lienzos con el Gobierno. Eulalia Moreno, hija +también del D. Pascual y hermana del actual marqués, se unió a D. +Cayetano Villuendas, rico propietario de casas, progresista rancio. +Dejamos sueltos estos cabos para tomarlos más adelante. + +Los Samaniegos, oriundos, como los Morenos, del país de Mena también son +ciento y la madre. Ya sabemos que la hija segunda de Gumersindo Arnaiz, +hermana de Jacinta, casó con Pepe Samaniego, hijo de un droguista +arruinado de la Concepción Jerónima... Hay muchos Samaniegos en el +comercio menudo, y leyendo el instructivo libro de los rótulos de +tiendas, se encuentra la _Farmacia de Samaniego_ en la calle del Ave +María (cuyo dueño era el marido de Castita Moreno), y la _Carnicería de +Samaniego_ en la de las Maldonadas. Sin rótulo hay un Samaniego +prestamista y medio curial, otro cobrador del Banco, otro que tiene +tienda de sedas en la calle de Botoneras y, por fin, varios que son +horteras en diferentes tiendas. El Samaniego agente de Bolsa es primo de +estos. + +La hija mayor de Gumersindo Arnaiz se casó con Ramón Villuendas, ya +viudo con dos hijos, célebre cambiante de la calle de Toledo, la casa de +Madrid que más trabaja en el negocio de moneda. Un hermano de este casó +con la hija de la viuda de Aparisi, dueño de la camisería en que fue +dependiente Pepe Samaniego. El tío de ambos, D. Cayetano Villuendas, +progresistón y riquísimo casero, era el esposo de Eulalia Muñoz, y su +gran fortuna procedía del negocio de curtidos en una época anterior a la +de Céspedes. Ya se ató el cabo que quedara pendiente poco ha. + +Ahora se nos presentan algunos ramos que parecen sueltos y no lo están. +¿Pero quién podrá descubrir su misterioso enlace con los revueltos y +cruzados vástagos de esta colosal enredadera? ¿Quién puede indagar si +Dámaso Trujillo, el que puso en la Plaza Mayor la zapatería _Al ramo de +azucenas_, pertenece al genuino linaje de los Trujillos antes +mencionados? ¿Cuál será el averiguador que se lance a poner en claro si +el dueño de _El Buen gusto_, un tenducho de mantas de la calle de la +Encomienda, es pariente indudable de los Villuendas ricos? Hay quien +dice que Pepe Moreno Vallejo, el cordelero de la Concepción Jerónima, es +primo hermano de D. Manuel Moreno-Isla, uno de los Morenos que atan +perros con longaniza; y se dice que un Arnaiz, empleado de poco sueldo, +es pariente de Barbarita. Hay un Muñoz y Aparisi, tripicallero en las +inmediaciones del Rastro, que se supone primo segundo del marqués de +Casa-Muñoz y de su hermana la viuda de Aparisi; y por fin, es preciso +hacer constar que un cierto Trujillo, jesuita, reclama un lugar en +nuestra enredadera, y también hay que dársele al Ilustrísimo Obispo de +Plasencia, fray Luis Moreno-Isla y Bonilla. Asimismo lleva en su árbol +el nombre de Trujillo, la mujer de Zalamero, subsecretario de +Gobernación; pero su primer apellido es Ruiz Ochoa y es hija de la +distinguida persona que hoy está al frente de la banca de Moreno. + +Barbarita no se trataba con todos los individuos que aparecen en esta +complicada enredadera. A muchos les esquivaba por hallarse demasiado +altos; a otros apenas les distinguía por hallarse muy bajos. Sus +amistades verdaderas, como los parentescos reconocidos, no eran en gran +número, aunque sí abarcaban un círculo muy extenso, en el cual se +entremezclaban todas las jerarquías. En un mismo día, al salir de paseo +o de compras, cambiaba saludos más o menos afectuosos con la de Ruiz +Ochoa, con la generala Minio, con Adela Trujillo, con un Villuendas +rico, con un Villuendas pobre, con el pescadero pariente de Samaniego, +con la duquesa de Gravelinas, con un Moreno Vallejo magistrado, con un +Moreno Rubio médico, con un Moreno Jáuregui sombrerero, con un Aparisi +canónigo, con varios horteras, con tan diversa gente, en fin, que otra +persona de menos tino habría trocado los nombres y tratamientos. + +La mente más segura no es capaz de seguir en su laberíntico enredo las +direcciones de los vástagos de este colosal árbol de linajes +matritenses. Los hilos se cruzan, se pierden y reaparecen donde menos se +piensa. Al cabo de mil vueltas para arriba y otras tantas para abajo, se +juntan, se separan, y de su empalme o bifurcación salen nuevos enlaces, +madejas y marañas nuevas. Cómo se tocan los extremos del inmenso ramaje +es curioso de ver; por ejemplo, cuando Pepito Trastamara, que lleva el +nombre de los bastardos de D. Alfonso XI, va a pedir dinero a Cándido +Samaniego, prestamista usurero, individuo de la _Sociedad protectora de +señoritos necesitados_. + + + + +--iii-- + + +Los de Santa Cruz vivían en su casa propia de la calle de Pontejos, +dando frente a la plazuela del mismo nombre; finca comprada al difunto +Aparisi, uno de los socios de la Compañía de Filipinas. Ocupaban los +dueños el principal, que era inmenso, con doce balcones a la calle y +mucha comodidad interior. No lo cambiara Barbarita por ninguno de los +modernos hoteles, donde todo se vuelve escaleras y están además abiertos +a los cuatro vientos. Allí tenía número sobrado de habitaciones, todas +en un solo andar desde el salón a la cocina. Ni trocara tampoco su +barrio, aquel _riñón de Madrid_ en que había nacido, por ninguno de los +caseríos flamantes que gozan fama de más ventilados y alegres. Por más +que dijeran, el barrio de Salamanca es _campo_... Tan apegada era la +buena señora al terruño de su arrabal nativo, que para ella no vivía en +Madrid quien no oyera por las mañanas el ruido cóncavo de las cubas de +los aguadores en la fuente de Pontejos; quien no sintiera por mañana y +tarde la batahola que arman los coches correos; quien no recibiera a +todas horas el hálito tenderil de la calle de Postas, y no escuchara por +Navidad los zambombazos y panderetazos de la plazuela de Santa Cruz; +quien no oyera las campanadas del reloj de la Casa de Correos tan claras +como si estuvieran dentro de la casa; quien no viera pasar a los +cobradores del Banco cargados de dinero y a los carteros salir en +procesión. Barbarita se había acostumbrado a los ruidos de la vecindad, +cual si fueran amigos, y no podía vivir sin ellos. + +La casa era tan grande, que los dos matrimonios vivían en ella +holgadamente y les sobraba espacio. Tenían un salón algo anticuado, con +tres balcones. Seguía por la izquierda el gabinete de Barbarita, luego +otro aposento, después la alcoba. A la derecha del salón estaba el +despacho de Juanito, así llamado no porque este tuviese nada que +despachar allí, sino porque había mesa con tintero y dos hermosas +librerías. Era una habitación muy bien puesta y cómoda. El gabinetito de +Jacinta, inmediato a esta pieza, era la estancia más bonita y elegante +de la casa y la única tapizada con tela; todas las demás lo estaban con +colgadura de papel, de un arte dudoso, dominando los grises y tórtola +con oro. Veíanse en esta pieza algunas acuarelas muy lindas compradas +por Juanito, y dos o tres óleos ligeros, todo selecto y de regulares +firmas, porque Santa Cruz tenía buen gusto dentro del gusto vigente. Los +muebles eran de raso o de felpa y seda combinadas con arreglo a la moda, +siendo de notar que lo que allí se veía no chocaba por original ni +tampoco por rutinario. Seguía luego la alcoba del matrimonio joven, la +cual se distinguía principalmente de la paterna en que en esta había +lecho común y los jóvenes los tenían separados. Sus dos camas de +palosanto eran muy elegantes, con pabellones de seda azul. La de los +padres parecía un andamiaje de caoba con cabecera de morrión y columnas +como las de un sagrario de Jueves Santo. La alcoba _de los pollos_ se +comunicaba con habitaciones de servicio, y le seguían dos grandes piezas +que Jacinta destinaba a los niños... cuando Dios se los diera. +Hallábanse amuebladas con lo que iba sobrando de los aposentos que se +ponían de nuevo, y su aspecto era por demás heterogéneo. Pero el arreglo +definitivo de estas habitaciones vacantes existía completo en la +imaginación de Jacinta, quien ya tenía previstos hasta los últimos +detalles de todo lo que se había de poner allí cuando el caso llegara. + +El comedor era interior, con tres ventanas al patio, su gran mesa y +aparadores de nogal llenos de finísima loza de China, la consabida +sillería de cuero claveteado, y en las paredes papel imitando roble, +listones claveteados también, y los bodegones al óleo, no malos, con la +invariable raja de sandía, el conejo muerto y unas ruedas de merluza que +de tan bien pintadas parecía que olían mal. Asimismo era interior el +despacho de D. Baldomero. + +Estaban abonados los de Santa Cruz a un landó. Se les veía en los +paseos; pero su tren era de los que _no llaman la atención_. Juan solía +tener por temporadas un faetón o un tílburi, que guiaba muy bien, y +también tenía caballo de silla; mas le picaba tanto la comezón de la +variedad que a poco de montar un caballo, ya empezaba a encontrarle +defectos y quería venderlo para comprar otro. Los dos matrimonios se +daban buena vida; pero sin presumir, huyendo siempre de señalarse y de +que los periódicos les llamaran _anfitriones_. Comían bien; en su casa +había muy poca etiqueta y cierto patriarcalismo, porque a veces se +sentaban a la mesa personas de clase humilde y otras muy decentes que +habían venido a menos. No tenían cocinero de estos de gorro blanco, sino +una cocinera antigua muy bien amañada, que podía medir sus talentos con +cualquier _jefe_; y la ayudaban dos _pinchas_, que más bien eran +alumnas. + +Todos los primeros de mes recibía Barbarita de su esposo mil duretes. D. +Baldomero disfrutaba una renta de veinticinco mil pesos, parte de +alquileres de sus casas, parte de acciones del Banco de España y lo +demás de la participación que conservaba en su antiguo almacén. Daba +además a su hijo dos mil duros cada semestre para sus gastos +particulares, y en diferentes ocasiones le ofreció un pequeño capital +para que emprendiera negocios por sí; pero al chico le iba bien con su +dorada indolencia y no quería quebraderos de cabeza. El resto de su +renta lo capitalizaba D. Baldomero, bien adquiriendo más acciones cada +año, bien amasando para hacerse con una casa más. De aquellos mil duros +que la señora cogía cada mes, daba al Delfín dos o tres mil reales, que +con esto y lo que del papá recibía estaba como en la gloria; y los diez +y siete mil reales restantes eran para el gasto diario de la casa y para +los de ambas damas, que allá se las arreglaban muy bien en la +distribución, sin que jamás hubiese entre ellas el más ligero pique por +un duro de más o de menos. Del gobierno doméstico cuidaban las dos, pero +más particularmente la suegra, que mostraba ciertas tendencias al +despotismo ilustrado. La nuera tenía el delicado talento de respetar +esto, y cuando veía que alguna disposición suya era derogada por la +autócrata, mostrábase conforme. Barbarita era administradora general de +puertas adentro, y su marido mismo, después que religiosamente le +entregaba el dinero, no tenía que pensar en nada de la casa, como no +fuese en los viajes de verano. La señora lo pagaba todo, desde el +alquiler del coche a la peseta de _El Imparcial_, sin que necesitara +llevar cuentas para tan complicada distribución, ni apuntar cifra +alguna. Era tan admirable su tino aritmético, que ni una sola vez pasó +más allá de la indecisa raya que tan fácilmente traspasan los ricos; +llegaba el fin de mes y siempre había un _superávit_ con el cual +ayudaba a ciertas empresas caritativas de que se hablará más adelante. +Jacinta gastaba siempre mucho menos de lo que su suegra le daba para +menudencias; no era aficionada a estrenar a menudo, ni a enriquecer a +las modistas. Los hábitos de economía adquiridos en su niñez estaban tan +arraigados que, aunque nunca le faltó dinero, traía a casa una costurera +para hacer trabajillos de ropa y arreglos de trajes que otras señoras +menos ricas suelen encargar fuera. Y por dicha suya, no tenía que +calentarse la cabeza para discurrir el empleo de sus sobrantes, pues +allí estaba su hermana Candelaria, que era pobre y se iba cargando de +familia. Sus hermanitas solteras también recibían de ella frecuentes +dádivas; ya los sombreritos de moda, ya el _fichú_ o la manteleta, y +hasta vestidos completos acabados de venir de París. + +El abono que tomaron en el Real a un turno de palco principal fue idea +de D. Baldomero quien no tenía malditas ganas de oír óperas, pero quería +que Barbarita fuera a ellas para que le contase, al acostarse o después +de acostados, todo lo que había visto en el _Regio coliseo_. Resultó que +a Barbarita no la llamaba mucho el Real; mas aceptó con gozo para que +fuera Jacinta. Esta, a su vez, no tenía verdaderamente muchas ganas de +teatro; pero alegrose mucho de poder llevar al Real a sus hermanitas +solteras, porque las pobrecillas, si no fuera así, no lo catarían nunca. +Juan, que era muy aficionado a la música, estaba abonado a diario, con +seis amigos, a un palco alto de proscenio. + +Las de Santa Cruz no llamaban la atención en el teatro, y si alguna +mirada caía sobre el palco era para las pollas colocadas en primer +término con simetría de escaparate. Barbarita solía ponerse en primera +fila para echar los gemelos en redondo y poder contarle a Baldomero algo +más que cosas de decoraciones y del argumento de la ópera. Las dos +hermanas casadas, Candelaria y Benigna, iban alguna vez, Jacinta casi +siempre; pero se divertía muy poco. Aquella mujer mimada por Dios, que +la puso rodeada de ternura y bienandanzas en el lugar más sano, hermoso +y tranquilo de este valle de lágrimas, solía decir en tono quejumbroso +que _no tenía gusto para nada_. La envidiada de todos, envidiaba a +cualquier mujer pobre y descalza que pasase por la calle con un mamón en +brazos liado en trapos. Se le iban los ojos tras de la infancia en +cualquier forma que se le presentara, ya fuesen los niños ricos, +vestidos de marineros y conducidos por la institutriz inglesa, ya los +mocosos pobres, envueltos en bayeta amarilla, sucios, con caspa en la +cabeza y en la mano un pedazo de pan lamido. No aspiraba ella a tener +uno solo, sino que quería verse rodeada de una _serie_, desde el pillín +de cinco años, hablador y travieso, hasta el rorró de meses que no hace +más que reír como un bobo, tragar leche y apretar los puños. Su +desconsuelo se manifestaba a cada instante, ya cuando encontraba una +bandada que iba al colegio, con sus pizarras al hombro y el lío de +libros llenos de mugre, ya cuando le salía al paso algún precoz mendigo +cubierto de andrajos, mostrando para excitar la compasión sus carnes sin +abrigo y los pies descalzos, llenos de sabañones. Pues como viera los +alumnos de la Escuela Pía, con su uniforme galonado y sus guantes, tan +limpios y bien puestos que parecían caballeros chiquitos, se los comía +con los ojos. Las niñas vestidas de rosa o celeste que juegan a la rueda +en el Prado y que parecen flores vivas que se han caído de los árboles; +las pobrecitas que envuelven su cabeza en una toquilla agujereada; los +que hacen sus primeros pinitos en la puerta de una tienda agarrándose a +la pared; los que chupan el seno de sus madres mirando por el rabo del +ojo a la persona que se acerca a curiosear; los pilletes que enredan en +las calles o en el solar vacío arrojándose piedras y rompiéndose la ropa +para desesperación de las madres; las nenas que en Carnaval se visten de +chulas y se contonean con la mano clavada en la cintura; las que piden +para la Cruz de Mayo; los talluditos que usan ya bastón y ganan premios +en los colegios, y los que en las funciones de teatro por la tarde +sueltan el grito en la escena más interesante, distrayendo a los +actores y enfureciendo al público... todos, en una palabra, le +interesaban igualmente. + + + + +--iv-- + + +Y de tal modo se iba enseñoreando de su alma el afán de la maternidad, +que pronto empezó a embotarse en ella la facultad de apreciar las +ventajas que disfrutaba. Estas llegaron a ser para ella invisibles, como +lo es para todos los seres el fundamental medio de nuestra vida, la +atmósfera. ¿Pero qué hacía Dios que no mandaba uno siquiera de los +chiquillos que en número infinito tiene por allá? ¿En qué estaba +pensando su Divina Majestad? Y Candelaria, que apenas tenía con qué +vivir, ¡uno cada año!... Y que vinieran diciendo que hay equidad en el +Cielo... Sí; no está mala justicia la de arriba... sí... ya lo estamos +viendo... De tanto pensar en esto, parecía en ocasiones monomaniaca, y +tenía que apelar a su buen juicio para no dar a conocer el desatino de +su espíritu, que casi casi iba tocando en la ridiculez. ¡Y le ocurrían +cosas tan raras...! Su pena tenía las intermitencias más extrañas, y +después de largos periodos de sosiego se presentaba impetuosa y aguda, +como un mal crónico que está siempre en acecho para acometer cuando +menos se le espera. A veces, una palabra insignificante que en la calle +o en su casa oyera o la vista de cualquier objeto le encendían de súbito +en la mente la llama de aquel tema, produciéndole opresiones en el pecho +y un sobresalto inexplicable. + +Se distraía cuidando y mimando a los niños de sus hermanas, a los cuales +quería entrañablemente; pero siempre había entre ella y sus sobrinitos +una distancia que no podía llenar. No eran suyos, no los había _tenido_ +ella, no se los sentía unidos a sí por un hilo misterioso. Los +verdaderamente unidos no existían más que en su pensamiento, y tenía que +encender y avivar este, como una fragua, para forjarse las alegrías +verdaderas de la maternidad. Una noche salió de la casa de Candelaria +para volverse a la suya poco antes de la hora de comer. Ella y su +hermana se habían puesto de puntas por una tontería, porque Jacinta +mimaba demasiado a Pepito, nene de tres años, el primogénito de +Samaniego. Le compraba juguetes caros, le ponía en la mano, para que las +rompiera, las figuras de china de la sala y le permitía comer mil +golosinas. «¡Ah!, si fueras madre de verdad no harías esto...». --«Pues +si no lo soy, mejor... ¿A ti qué te importa?». --«A mí nada. Dispensa, +hija, ¡qué genio!». --«Si no me enfado...».--«¡Vaya, que estás +mimadita!». + +Estas y otras tonterías no tenían consecuencias, y al cuarto de hora se +echaban a reír, y en paz. Pero aquella noche, al retirarse, sentía la +Delfina ganas de llorar. Nunca se había mostrado en su alma de un modo +tan imperioso el deseo de tener hijos. Su hermana la había humillado, su +hermana se enfadaba de que quisiera tanto al sobrinito. ¿Y aquello qué +era sino celos?... Pues cuando ella tuviera un chico, no permitiría a +nadie ni siquiera mirarle... Recorrió el espacio desde la calle de las +Hileras a la de Pontejos, extraordinariamente excitada, sin ver a nadie. +Llovía un poco y ni siquiera se acordó de abrir su paraguas. El gas de +los escaparates estaba ya encendido, pero Jacinta, que acostumbraba +pararse a ver las novedades, no se detuvo en ninguna parte. Al llegar a +la esquina de la plazuela de Pontejos y cuando iba a atravesar la calle +para entrar en el portal de su casa, que estaba enfrente, oyó algo que +la detuvo. Corriole un frío cortante por todo el cuerpo; quedose parada, +el oído atento a un rumor que al parecer venía del suelo, de entre las +mismas piedras de la calle. Era un gemido, una voz de la naturaleza +animal pidiendo auxilio y defensa contra el abandono y la muerte. Y el +lamento era tan penetrante, tan afilado y agudo, que más que voz de un +ser viviente parecía el sonido de la prima de un violín herida +tenuemente en lo más alto de la escala. Sonaba de esta manera: +_miiii_... Jacinta miraba al suelo; porque sin duda el quejido aquel +venía de lo profundo de la tierra. En sus desconsoladas entrañas lo +sentía ella penetrar, traspasándole como una aguja el corazón. + +Busca por aquí, busca por allá, vio al fin junto a la acera por la parte +de la plaza una de esas hendiduras practicadas en el encintado, que se +llaman _absorbederos_ en el lenguaje municipal, y que sirven para dar +entrada en la alcantarilla al agua de las calles. De allí, sí, de allí +venían aquellos lamentos que trastornaban el alma de la Delfina, +produciéndole un dolor, una efusión de piedad que a nada pueden +compararse. Todo lo que en ella existía de presunción materna, toda la +ternura que los éxtasis de madre soñadora habían ido acumulando en su +alma se hicieron fuerza activa para responder al _miiiii_ subterráneo +con otro _miiii_ dicho a su manera. + +¿A quién pediría socorro? «Deogracias» gritó llamando al portero. +Felizmente, el portero estaba en la esquina de la calle de la Paz +hablando con un conductor del coche-correo, y al punto oyó la voz de su +señorita. En cuatro trancos se puso a su lado. + +«Deogracias... eso... que ahí suena... mira a ver...» dijo la señorita +temblando y pálida. + +El portero prestó atención; después se puso de cuatro pies, mirando a su +ama con semblante de marrullería y jovialidad. + +«Pues... esto... ¡Ah!, son unos gatitos que han tirado a la +alcantarilla». + +--¡Gatitos!... ¿estás seguro... pero estás seguro de que son gatitos? + +--Sí, señorita; y deben ser de la gata de la librería de ahí enfrente, +que parió anoche y no los puede criar todos... + +Jacinta se inclinó para oír mejor. El _miiii_ sonaba ya tan profundo que +apenas se percibía. «Sácalos» dijo la dama con voz de autoridad +indiscutible. + +Deogracias se volvió a poner en cuatro pies, se arremangó el brazo y lo +metió por aquel hueco. Jacinta no podía advertir en su rostro la +expresión de incredulidad, casi de burla. Llovía más, y por el +absorbedero empezaba a entrar agua, chorreando dentro con un ruido de +freidera que apenas permitía ya oír el ahilado _miiii_. No obstante, la +Delfina lo oía siempre bien claro. El portero volvió hacia arriba, como +quien invoca al Cielo, su cara estúpida, y dijo sonriendo: + +«Señorita, no se puede. Están muy hondos... pero muy hondos». + +--¿Y no se puede levantar esta baldosa?--indicó ella, pisando fuerte en +ella. + +--¿Esta baldosa?--repitió Deogracias, poniéndose de pie y mirando a su +ama como se mira a la persona de cuya razón se duda--. Por poderse... +avisando al Ayuntamiento... El teniente alcalde Sr. Aparisi, es vecino +de casa... Pero... + +Ambos aguzaban su oído. «Ya no se oye nada --observó Deogracias, +poniéndose más estúpido--. Se han ahogado...». + +No sabía el muy bruto la puñalada que daba a su ama con estas palabras. +Jacinta, sin embargo, creía oír el gemido en lo profundo. Pero aquello +no podía continuar. Empezó a ver la inmensa desproporción que había +entre la grandeza de su piedad y la pequeñez del objeto a que la +consagraba. Arreció la lluvia, y el absorbedero deglutaba ya una onda +gruesa que hacía gargarismos y bascas al chocar con las paredes de aquel +gaznate... Jacinta echó a correr hacia la casa y subió. Los nervios se +le pusieron tan alborotados y el corazón tan oprimido, que sus suegros y +su marido la creyeron enferma; y sufrió toda la noche la molestia +indecible de oír constantemente el _miiii_ del absorbedero. En verdad +que aquello era una tontería, quizás desorden nervioso; pero no lo podía +remediar. ¡Ah! Si su suegra sabía por Deogracias lo ocurrido en la calle +¡cuánto se había de burlar! Jacinta se avergonzaba de antemano, +poniéndose colorada, sólo de considerar que entraba Barbarita +diciéndole con su maleante estilo: «Pero hija, ¿conque es cierto que +mandaste a Deogracias meterse en las alcantarillas para salvar unos +niños abandonados...?». + +Sólo a su marido, _bajo palabra de secreto_, contó el lance de los +gatitos. Jacinta no podía ocultarle nada, y tenía un gusto particular en +hacerle confianza hasta de las más vanas tonterías que por su cabeza +pasaban referentes a aquel tema de la maternidad. Y Juan, que tenía +talento, era indulgente con estos desvaríos del cariño vacante o de la +maternidad sin hijo. Aventurábase ella a contarle cuanto le pasaba, y +muchas cosas que a la luz del día no osara decir, decíalas en la +intimidad y soledad conyugales, porque allí venían como de molde, porque +allí se decían sin esfuerzo cual si se dijeran por sí solas, porque, en +fin, los comentarios sobre la sucesión tenían como una base en la +renovación de las probabilidades de ella. + + + + +--v-- + + +Hacía mal Barbarita, pero muy mal, en burlarse de la manía de su hija. +¡Como si ella no tuviera también su manía, y buena! Por cierto que +llevaba a Jacinta la gran ventaja de poder satisfacerse y dar realidad a +su pensamiento. Era una viciosa que se hartaba de los goces ansiados, +mientras que la nuera padecía horriblemente por no poseer nunca lo que +anhelaba. La satisfacción del deseo _chiflaba_ a la una tanto como a la +otra la privación del mismo. + +Barbarita tenía la _chifladura_ de las compras. Cultivaba el arte por el +arte, es decir, la compra por la compra. Adquiría por el simple placer +de adquirir, y para ella no había mayor gusto que hacer una excursión de +tiendas y entrar luego en la casa cargada de cosas que, aunque no +estaban demás, no eran de una necesidad absoluta. Pero no se salía nunca +del límite que le marcaban sus medios de fortuna, y en esto precisamente +estaba su magistral arte de marchante rica. + +El vicio aquel tenía sus depravaciones, porque la señora de Santa Cruz +no sólo iba a las tiendas de lujo, sino a los mercados, y recorría de +punta a punta los cajones de la plazuela de San Miguel, las pollerías de +la calle de la Caza y los puestos de la ternera fina en la costanilla de +Santiago. Era tan conocida _doña Barbarita_ en aquella zona, que las +placeras se la disputaban y armaban entre sí grandes ciscos por la +preferencia de una tan ilustre parroquiana. + +Lo mismo en los mercados que en las tiendas tenía un auxiliar +inestimable, un ojeador que tomaba aquellas cosas cual si en ello le +fuera la salvación del alma. Este era Plácido Estupiñá. Como vivía en +la Cava de San Miguel, desde que se levantaba, a la primera luz del día, +echaba una mirada de águila sobre los cajones de la plaza. Bajaba cuando +todavía estaba la gente tomando la mañana en las tabernas y en los cafés +ambulantes, y daba un vistazo a los puestos, enterándose del cariz del +mercado y de las cotizaciones. Después, bien embozado en la pañosa, se +iba a San Ginés, a donde llegaba algunas veces antes de que el sacristán +abriera la puerta. Echaba un párrafo con las beatas que le habían cogido +la delantera, alguna de las cuales llevaba su chocolatera y cocinilla, y +hacía su desayuno en el mismo pórtico de la iglesia. Abierta esta, se +metían todos dentro con tanta prisa como si fueran a coger puesto en una +función de gran lleno, y empezaban las misas. Hasta la tercera o la +cuarta no llegaba Barbarita, y en cuanto la veía entrar, Estupiñá se +corría despacito hasta ella, deslizándose de banco en banco como una +sombra, y se le ponía al lado. La señora rezaba en voz baja moviendo los +labios. Plácido tenía que decirle muchas cosas, y entrecortaba su rezo +para irlas desembuchando. + +«Va a salir la de D. Germán en la capilla de los Dolores... Hoy reciben +congrio en la casa de Martínez; me han enseñado los despachos de +Laredo... llena eres de gracia; el Señor es contigo... coliflor no hay, +porque no han venido los arrieros de Villaviciosa por estar perdidos los +caminos... ¡Con estas malditas aguas...!, y bendito es el fruto de tu +vientre, Jesús...». + +Pasaba tiempo a veces sin que ninguno de los dos chistara, ella a un +extremo del banco, él a cierta distancia, detrás, ora de rodillas, ora +sentados. Estupiñá se aburría algunas veces por más que no lo declarase, +y le gustaba que alguna beata rezagada o beato sobón le preguntara por +la misa: «¿Se alcanza esta?». Estupiñá respondía que sí o que no de la +manera más cortés, añadiendo siempre en el caso negativo algo que +consolara al interrogador: «Pero esté usted tranquilo; va a salir en +seguida la del padre Quesada, que es una pólvora...». Lo que él quería +era ver si saltaba conversación. + +Después de un gran rato de silencio, consagrado a las devociones, +Barbarita se volvía a él diciéndole con altanería impropia de aquel +santo lugar: + +«Vaya, que tu amigo el Sordo nos la ha jugado buena». + +--¿Por qué, señora? + +--Porque te dije que le encargaras medio solomillo, y ¿sabes lo que me +mandó?, un pedazo enorme de contrafalda o babilla y un trozo de +espaldilla, lleno de piltrafas y tendones... Vaya un modo de portarse +con los parroquianos. Nunca más se le compra nada. La culpa la tienes +tú... Ahí tienes lo que son tus _protegidos_... + +Dicho esto, Barbarita seguía rezando y Plácido se ponía a echar pestes +mentalmente contra el Sordo, un tablajero a quien él... No le protegía; +era que _le había recomendado_. Pero ya se las cantaría él muy claras al +tal Sordo. Otras familias a quienes le recomendara, quejáronse de que +les había dado _tapa del cencerro_, es decir, pescuezo, que es la carne +peor, en vez de tapa verdadera. En estos tiempos tan desmoralizados no +se puede recomendar a nadie. Otras mañanas iba con esta monserga: «¡Cómo +está hoy el mercado de caza! ¡Qué perdices, señora! Divinidades, +verdaderas divinidades». + +--No más perdiz. Hoy hemos de ver si Pantaleón tiene buenos cabritos. +También quisiera una buena lengua de vaca, _cargada_, y ver si hay +ternera fina. + +--La hay tan fina, señora, que parece _talmente_ merluza. + +--Bueno, pues que me manden un buen solomillo y chuletas riñonadas. Ya +sabes; no vayas a descolgarte con las agujas cortas del otro día. +Conmigo no se juega. + +--Descuide usted... ¿Tiene la señora convidados mañana? + +--Sí; y de pescados ¿qué hay? + +--He _apalabrado_ el salmón por si viene mañana... Lo que tenemos hoy es +peste de langosta. + +Y concluidas las misas, se iban por la calle Mayor adelante en busca de +emociones puras, inocentes, logradas con la oficiosidad amable del uno y +el dinero copioso de la otra. No siempre se ocupaban de cosas de comer. +Repetidas veces llevó Estupiñá cuentos como este: + +«Señora, señora, no deje de ver las cretonas que han recibido los +_chicos_ de Sobrino... ¡Qué divinidad!». + +Barbarita interrumpía un _Padrenuestro_ para decir, todavía con la +expresión de la religiosidad en el rostro: «¿Rameaditas?, sí, y con +golpes de oro. Eso es lo que se estila ahora». + +Y en el pórtico, donde ya estaba Plácido esperándola, decía: «Vamos a +casa de los _chicos_ de Sobrino». + +Los cuales enseñaban a Barbarita, a más de las cretonas, unos satenes de +algodón floreados que eran la gran novedad del día; y a la viciosa le +faltaba tiempo para comprarle un vestido a su nuera, quien solía pasarlo +a alguna de sus hermanas. + +Otra embajada: «Señora, señora, esta ya no se alcanza; pero pronto va a +salir la del sobrino del señor cura, que es otro padre Fuguilla por lo +pronto que la despacha. Ya recibió Pla los quesitos aquellos... no +recuerdo cómo se llaman». + +--Ahora y en la hora de nuestra muerte... sí, ya... ¡Si son como las +rosquillas inglesas que me hiciste comprar el otro día y que olían a +viejo...! Parecían de la boda de San Isidro. + +A pesar de este regaño, al salir iban a casa de Pla con ánimo de no +comprar más que dos libras de pasas de Corinto para hacer un pastel +inglés, y la señora se iba enredando, enredando, hasta dejarse en la +tienda obra de ochocientos o novecientos reales. Mientras Estupiñá +admiraba, de mostrador adentro, las grandes novedades de aquel Museo +universal de comestibles, dando su opinión pericial sobre todo, probando +ya una galleta de almendra y coco, que parecía _talmente_ mazapán de +Toledo, ya apreciando por el olor la superioridad del té o de las +especias, la dama se tomaba por su cuenta a uno de los dependientes, que +era un Samaniego, y... adiós mi dinero. A cada instante decía Barbarita +que no más, y tras de la colección de purés para sopas, iban las _perlas +del Nizán_, el _gluten de la estrella_, las salsas inglesas, el _caldo +de carne de tortuga de mar_, la docena de botellas de Saint-Emilion, +que tanto le gustaba a Juanito, el bote de _champignons extra_, que +agradaban a D. Baldomero, la lata de anchoas, las trufas y otras +menudencias. Del portamonedas de Barbarita, siempre bien provisto, salía +el importe, y como hubiera un pico en la suma, tomábase la libertad de +suprimirlo _por pronto pago_. + +--Ea, chicos, que lo mandéis todo al momento _a casa_--decía con +despotismo Estupiñá al despedirse, señalando las compras. + +--Vaya, quedaos con Dios--decía doña Barbarita, levantándose de la silla +a punto que aparecía el principal por la puerta de la trastienda, y +saludaba con mil afectos a su parroquiana, quitándose la gorra de seda. + +--Vamos pasando hijo... ¡Ay, que _ladronicio_ el de esta casa!... No +vuelvo a entrar más aquí... Abur, abur. + +--_Hasta mañana_, señora. A los pies de usted... Tantas cosas a D. +Baldomero... Plácido, Dios le guarde. + +--Maestro... que haya salud. Ciertos artículos se compraban siempre al +por mayor, y si era posible de primera mano. Barbarita tenía en la +médula de los huesos la fibra de comerciante, y se pirraba por sacar el +género _arreglado_. Pero, ¡cuán distantes de la realidad habrían quedado +estos intentos sin la ayuda del espejo de los corredores, Estupiñá el +Grande! ¡Lo que aquel santo hombre andaba para encontrar huevos frescos +en gran cantidad...! Todos los polleros de la Cava le traían en +palmitas, y él se daba no poca importancia, diciéndoles: «o tenemos +formalidad o no tenemos formalidad. Examinemos el artículo, y después se +discutirá... calma, hombre, calma». Y allí era el mirar huevo por huevo +al trasluz, el sopesarlos y el hacer mil comentarios sobre su probable +antigüedad. Como alguno de aquellos tíos le engañase, ya podía +encomendarse a Dios, porque llegaba Estupiñá como una fiera amenazándole +con el teniente alcalde, con la inspección municipal y hasta con la +horca. + +Para el vino, Plácido se entendía con los vinateros de la Cava Baja, que +van a hacer sus compras a Arganda, Tarancón o a la Sagra, y se ponía de +acuerdo con un medidor para que le tomase una partida de tantos o +cuantos cascos, y la remitiese por conducto de un carromatero ya +conocido. Ello había de ser género de confianza, _talmente_ moro. El +chocolate era una de las cosas en que más actividad y celo desplegaba +Plácido, porque en cuanto Barbarita le daba órdenes ya no vivía el +hombre. Compraba el cacao superior, el azúcar y la canela en casa de +Gallo, y lo llevaba todo a hombros de un mozo, sin perderlo de vista, a +la casa del que hacía las tareas. Los de Santa Cruz no transigían con +los chocolates industriales, y el que tomaban había de ser hecho a +brazo. Mientras el chocolatero trabajaba, Estupiñá se convertía en +mosca, quiero decir que estaba todo el día dando vueltas alrededor de la +tarea para ver si se hacía _a toda conciencia_, porque en estas cosas +hay que andar con mucho ojo. + +Había días de compras grandes y otros de menudencias; pero días sin +comprar no los hubo nunca. A falta de cosa mayor, la viciosa no entraba +nunca en su casa sin el par de guantes, el imperdible, los polvos para +limpiar metales, el paquete de horquillas o cualquier chuchería de los +bazares de _todo a real_. A su hijo le llevaba regalitos sin fin, +corbatas que no usaba, botonaduras que no se ponía nunca. Jacinta +recibía con gozo lo que su suegra llevaba para ella, y lo iba +trasmitiendo a sus hermanas solteras y casadas, menos ciertas cosas cuyo +traspaso no le permitían. Por la ropa blanca y por la mantelería tenía +la señora de Santa Cruz verdadera pasión. De la tienda de su hermano +traía piezas enteras de holanda finísima, de batistas y madapolanes. D. +Baldomero II y D. Juan I tenían ropa para un siglo. + +A entrambos les surtía de cigarros la propia Barbarita. El primero +fumaba puros, el segundo papel. Estupiñá se encargaba de traer estos +peligrosos artículos de la casa de un truchimán que los vendía de +_ocultis_, y cuando atravesaba las calles de Madrid con las cajas debajo +de su capa verde, el corazón le palpitaba de gozo, considerando la +trastada que le jugaba a la Hacienda pública y recordando sus hermosos +tiempos juveniles. Pero en los liberalescos años de 71 y 72 ya era otra +cosa... La policía fiscal no se metía en muchos dibujos. El temerario +contrabandista, no obstante, hubiera deseado tener un mal encuentro para +probar al mundo entero que era hombre capaz de arruinar la _Renta_ si se +lo proponía. Barbarita examinaba las cajas y sus marcas, las regateaba, +olía el tabaco, escogía lo que le parecía mejor y pagaba muy bien. +Siempre tenía D. Baldomero un surtido tan variado como excelente, y el +buen señor conservaba, entre ciertos hábitos tenaces del antiguo +hortera, el de reservar los cigarros mejores para los domingos. + + + + +-VII- + +Guillermina, virgen y fundadora + + + + +--i-- + + +De cuantas personas entraban en aquella casa, la más agasajada por toda +la familia de Santa Cruz era Guillermina Pacheco, que vivía en la +inmediata, tía de Moreno Isla y prima de Ruiz-Ochoa, los dos socios +principales de la antigua banca de Moreno. Los miradores de las dos +casas estaban tan próximos, que por ellos se comunicaba doña Bárbara con +su amiga, y un toquecito en los cristales era suficiente para establecer +la correspondencia. + +Guillermina entraba en aquella casa como en la suya, sin etiqueta ni +cumplimiento alguno. Ya tenía su lugar fijo en el gabinete de Barbarita, +una silla baja; y lo mismo era sentarse que empezar a hacer media o a +coser. Llevaba siempre consigo un gran lío o cesto de labor, calábase +los anteojos, cogía las herramientas, y ya no paraba en toda la noche. +Hubiera o no en las otras habitaciones gente de cumplido, ella no se +movía de allí ni tenía que ver con nadie. Los amigos asiduos de la casa, +como el marqués de Casa-Muñoz, Aparisi o Federico Ruiz, la miraban ya +como se mira lo que está siempre en un mismo sitio y no puede estar en +otro. Los de fuera y los de dentro trataban con respeto, casi con +veneración, a la ilustre señora, que era como una figurita de +nacimiento, menuda y agraciada, la cabellera con bastantes canas, aunque +no tantas como la de Barbarita, las mejillas sonrosadas, la boca +risueña, el habla tranquila y graciosa, y el vestido humildísimo. + +Algunos días iba a comer allí, es decir, a sentarse a la mesa. Tomaba un +poco de sopa, y en lo demás no hacía más que picar. D. Baldomero solía +enfadarse y le decía: «Hija de mi alma, cuando quieras hacer penitencia +no vengas a mi casa. Observo que no pruebas aquello que más te gusta. No +me vengas a mí con cuentos. Yo tengo buena memoria. Te oí decir muchas +veces en casa de mi padre que te gustaban las codornices, y ahora las +tienes aquí y no las pruebas. ¡Que no tienes gana!... Para esto siempre +hay gana. Y veo que no tocas el pan... Vamos, Guillermina, que perdemos +las amistades...». + +Barbarita, que conocía bien a su amiga, no machacaba como D. Baldomero, +dejándola comer lo que quisiese o no comer nada. Si por acaso estaba en +la mesa el gordo Arnaiz, se permitía algunas cuchufletas de buen género +sobre aquellos antiquísimos estilos de santidad, consistentes en no +comer. «Lo que entra por la boca no daña al alma. Lo ha dicho San +Francisco de Sales nada menos». La de Pacheco, que tenía buenas +despachaderas, no se quedaba callada, y respondía con donaire a todas +las bromas sin enojarse nunca. Concluida la comida, se diseminaban los +comensales, unos a tomar café al despacho y a jugar al tresillo, otros a +formar grupos más o menos animados y chismosos, y Guillermina a su +sillita baja y al teje maneje de las agujas. Jacinta se le ponía al lado +y tomaba muy a menudo parte en aquellas tareas, tan simpáticas a su +corazón. Guillermina hacía camisolas, calzones y chambritas para sus +ciento y pico de hijos de ambos sexos. + +Lo referente a esta insigne dama lo sabe mejor que nadie Zalamero, que +está casado con una de las chicas de Ruiz-Ochoa. Nos ha prometido +escribir la biografía de su excelsa pariente cuando se muera, y +entretanto no tiene reparo en dar cuantos datos se le pidan, ni en +rectificar a ciencia cierta las versiones que el criterio vulgar ha +hecho correr sobre las causas que determinaron en Guillermina, hace +veinticinco años, la pasión de la beneficencia. Alguien ha dicho que +amores desgraciados la empujaron a la devoción primero, a la caridad +propagandista y militante después. Mas Zalamero asegura que esta opinión +es tan tonta como falsa. Guillermina, que fue bonita y aun un poquillo +presumida, no tuvo nunca amores, y si los tuvo no se sabe absolutamente +nada de ellos. Es un secreto guardado con sepulcral reserva en su +corazón. Lo que la familia admite es que la muerte de su madre la +impresionó tan vivamente, que hubo de proponerse, como el otro, _no +servir a más señores que se le pudieran morir_. No nació aquella sin +igual mujer para la vida contemplativa. Era un temperamento soñador, +activo y emprendedor; un espíritu con ideas propias y con iniciativas +varoniles. No se le hacía cuesta arriba la disciplina en el terreno +espiritual; pero en el material sí, por lo cual no pensó nunca en +afiliarse a ninguna de las órdenes religiosas más o menos severas que +hay en el orbe católico. No se reconocía con bastante paciencia para +encerrarse y estar todo el santo día bostezando el _gori gori_, ni para +ser soldado en los valientes escuadrones de Hermanas de la Caridad. La +llama vivísima que en su pecho ardía no le inspiraba la sumisión pasiva, +sino actividades iniciadoras que debían desarrollarse en la libertad. +Tenía un carácter inflexible y un tesoro de dotes de mando y de +facultades de organización que ya quisieran para sí algunos de los +hombres que dirigen los destinos del mundo. Era mujer que cuando se +proponía algo iba a su fin derecha como una bala, con perseverancia +grandiosa sin torcerse nunca ni desmayar un momento, inflexible y +serena. Si en este camino recto encontraba espinas, las pisaba y +adelante, con los pies ensangrentados. + +Empezó por unirse a unas cuantas señoras nobles amigas suyas que habían +establecido asociaciones para socorros domiciliarios, y al poco tiempo +Guillermina sobrepujó a sus compañeras. Estas lo hacían por vanidad, a +veces de mala gana; aquella trabajaba con ardiente energía, y en esto se +le fue la mitad de su legítima. A los dos años de vivir así, se la vio +renunciar por completo a vestirse y ataviarse como manda la moda que se +atavíen las señoras. Adoptó el traje liso de merino negro, el manto, +pañolón oscuro cuando hacía frío, y unos zapatones de paño holgados y +feos. Tal había de ser su empaque en todo el resto de sus días. + +La asociación benéfica a que pertenecía no se acomodaba al ánimo +emprendedor de Guillermina, pues quería ella picar más alto, intentando +cosas verdaderamente difíciles y tenidas por imposibles. Sus talentos de +fundadora se revelaron entonces, asustando a todo aquel señorío que no +sabía salir de ciertas rutinas. Algunas amigas suyas aseguraron que +estaba loca, porque demencia era pensar en la fundación de un asilo +para huerfanitos, y mayor locura dotarle de recursos permanentes. Pero +la infatigable iniciadora no desmayaba, y el asilo _fue hecho_, +sosteniéndose en los tres primeros años de su difícil existencia con +parte de la renta que le quedaba a Guillermina y con los donativos de +sus parientes ricos. Pero de pronto la institución empezó a crecer; se +hinchaba y cundía como las miserias humanas, y sus necesidades subían en +proporciones aterradoras. La dama pignoró los restos de su legítima; +después tuvo que venderlos. Gracias a sus parientes, no se vio en el +trance fatal de tener que mandar a la calle a los asilados a que +pidieran limosna para sí y para la fundadora. Y al propio tiempo +repartía periódicamente cuantiosas limosnas entre la gente pobre de los +distritos de la Inclusa y Hospital; vestía muchos niños, daba ropa a los +viejos, medicinas a los enfermos, alimentos y socorros diversos a todos. +Para no suspender estos auxilios y seguir sosteniendo el asilo era +forzoso buscar nuevos recursos. ¿Dónde y cómo? Ya las amistades y +parentescos estaban tan explotados, que si se tiraba un poco más de la +cuerda, era fácil que se rompiera. Los más generosos empezaban a poner +mala cara, y los cicateros, cuando se les iba a cobrar la cuota, decían +que no estaban en casa. + +«Llegó un día --dijo Guillermina, suspendiendo su labor, para contar el +caso a varios amigos de Barbarita--, en que las cosas se pusieron muy +feas. Amaneció aquel día, y los veintitrés pequeñuelos de Dios que yo +había recogido y que estaban en una casucha baja y húmeda de la calle de +Zarzal, aposentados como conejos, no tenían qué comer. Tirando de aquí y +de allá, podían pasar aquel día; pero ¿y el siguiente? Yo no tenía ya ni +dinero ni quien me lo diera. Debía no sé cuántas fanegas de judías, doce +docenas de alpargatas, tantísimas arrobas de aceite; no me quedaba que +empeñar o que vender más que el rosario. Los primos, que me sacaban de +tantos apuros, ya habían hecho los imposibles... Me daba vergüenza de +volver a pedirles. Mi sobrino Manolo, que solía ser mi paño de lágrimas, +estaba en Londres. Y suponiendo que mi primo Valeriano me tapase mis +veintitrés bocas (y la mía veinticuatro) por unos cuantos días, ¿cómo me +arreglaría después? Nada, nada, era indispensable arañar la tierra y +buscar cuartos de otra manera y por otros medios. + +»El día aquel fue día de pruebas para mí. Era un viernes de Dolores, y +las siete espadas, señores míos, estaban clavadas aquí... Me pasaban +como unos rayos por la frente. Una idea era lo que yo necesitaba, y más +que una idea, valor, sí, valor para lanzarme... De repente noté que +aquel valor tan deseado entraba en mí, pero un valor tremendo, como el +de los soldados cuando se arrojan sobre los cañones enemigos... Trinqué +la mantilla y me eché a la calle. Ya estaba decidida, y no crean, alegre +como unas Pascuas, porque sabía lo que tenía que hacer. Hasta entonces +yo había pedido a los amigos; desde aquel momento pediría a todo bicho +viviente, iría de puerta en puerta con la mano así... Del primer tirón +me planté en casa de una duquesa extranjera, a quien no había visto en +mi vida. Recibiome con cierto recelo; me tomó por una trapisondista; +pero a mí, ¿qué me importaba? Diome la limosna y, en seguida, para +alentarme y apurar el cáliz de una vez, estuve dos días sin parar +subiendo escaleras y tirando de las campanillas. Una familia me +recomendaba a otra, y no quiero decir a ustedes las humillaciones, los +portazos y los desaires que recibí. Pero el dichoso maná iba cayendo a +gotitas a gotitas... Al poco tiempo vi que el negocio iba mejor de lo +que yo esperaba. Algunos me recibían casi con palio; pero la mayor parte +se quedaban fríos, mascullando excusas y buscando pretextos para no +darme un céntimo. 'Ya ve usted, hay tantas atenciones... no se cobra... +el Gobierno se lo lleva todo con las contribuciones...'. Yo les +tranquilizaba. 'Un _perro chico_, un _perro chico_ es lo que me hace +falta'. Y aquí me daban el _perro_, allá el duro, en otra parte el +billetito de cinco o de diez... o nada. Pero yo tan campante. ¡Ah!, +señores, este oficio tiene muchas quiebras. Un día subí a un cuarto +segundo, que me había recomendado no sé quién. La tal recomendación fue +una broma estúpida. Pues señor, llamo, entro, y me salen tres o cuatro +tarascas... ¡Ay, Dios mío, eran mujeres de mala vida!... Yo, que veo +aquello... lo primero que me ocurrió fue echar a correr. 'Pero no--me +dije--, no me voy. Veremos si les saco algo'. Hija, me llenaron de +injurias, y una de ellas se fue hacia dentro y volvió con una escoba +para pegarme. ¿Qué creen ustedes que hice? ¿Acobardarme? Quia. Me metí +más adentro y les dije cuatro frescas... pero bien dichas... ¡bonito +genio tengo yo...! ¡Pues creerán ustedes que les saqué dinero! Pásmense, +pásmense... la más desvergonzada, la que me salió con la escoba fue a +los dos días a mi casa a llevarme un napoleón. + +»Bueno... pues verán ustedes. La costumbre de pedir me ha ido dando esta +bendita cara de vaqueta que tengo ahora. Conmigo no valen desaires ni sé +ya lo que son sonrojos. He perdido la vergüenza. Mi piel no sabe ya lo +que es ruborizarse, ni mis oídos se escandalizan por una palabra más o +menos fina. Ya me pueden llamar _perra judía_; lo mismo que si me +llamaran _la perla de Oriente_; todo me suena igual... No veo más que mi +objeto, y me voy derechita a él sin hacer caso de nada. Esto me da +tantos ánimos que me atrevo con todo. Lo mismo le pido al Rey que al +último de los obreros. Oigan ustedes este golpe: Un día dije: 'Voy a +ver a D. Amadeo'. Pido mi audiencia, llego, entro, me recibe muy serio. +Yo imperturbable, le hablé de mi asilo y le dije que esperaba algún +auxilio de su real munificencia. '¿Un asilo de ancianos?'--me preguntó. +'No señor, de niños'. --'¿Son muchos?'. Y no dijo más. Me miraba con +afabilidad. ¡Qué hombre!, ¡qué bocaza! Mandó que me dieran seis mil +_guealés_... Luego vi a doña María Victoria, ¡qué excelente señora! +Hízome sentar a su lado; tratábame como su igual; tuve que darle mil +noticias del asilo, explicarle todo... Quería saber lo que comen los +pequeños, qué ropa les pongo... En fin, que nos hicimos amigas... +Empeñada en que fuera yo allá todos los días... A la semana siguiente me +mandó montones de ropa, piezas de tela y suscribió a sus niños por una +cantidad mensual. + +»Con que ya ven ustedes cómo así, a lo tonto a lo tonto, ha venido sobre +mi asilo el pan de cada día. La suscripción fija creció tanto que al año +pude tomar la casa de la calle de Alburquerque, que tiene un gran patio +y mucho desahogo. He puesto una zapatería para que los muchachos +grandecitos trabajen, y dos escuelas para que aprendan. El año pasado +eran sesenta y ya llegan a ciento diez. Se pasan apuros; pero vamos +viviendo. Un día andamos mal y al otro llueven provisiones. Cuando veo +la despensa vacía, _me echo a la calle_, como dicen los revolucionarios, +y por la noche ya llevo a casa la libreta para tantas bocas. Y hay días +en que no les falta su extraordinario, ¿qué creían ustedes? Hoy les he +dado un arroz con leche, que no lo comen mejor los que me oyen. Veremos +si al fin me salgo con la mía, que es un grano de anís, nada menos que +levantarles un edificio de nueva planta, un verdadero palacio con la +holgura y la distribución convenientes, todo muy propio, con +departamento de esto, departamento de lo otro, de modo que me quepan +allí doscientos o trescientos huérfanos, y puedan vivir bien y educarse +y ser buenos cristianos». + + + + +--ii<sc/>- + + +«Un edificio _ad hoc_» dijo con incredulidad el marqués de Casa-Muñoz, +que era uno de los presentes. + +--_Ad... hoc_, sí señor--replicó Guillermina, acentuando las dos +palabras latinas--. Pues está usted adelantado de noticias. ¿No sabe que +tengo el terreno y los planos, y que ya me están haciendo el vaciado? +¿Sabe usted el sitio? Más abajo del que ocupan las _Micaelas_, esas que +recogen y corrigen las mujeres pérdidas. El arquitecto y los delineantes +me trabajan gratis. Ahora no pido sólo dinero, sino ladrillo recocho y +pintón. Con que a ver... + +--¿Tiene usted ya la memoria de cantería? + +--preguntó con vivo interés Aparisi, que era hombre fuerte en negocio de +berroqueña. + +--Sí, señor. ¿Me quiere usted dar algo? + +--Le doy a usted--dijo Aparisi, acompañando su generosidad de un gesto +imperial--, la friolera de sesenta metros cúbicos de piedra sillar que +tengo en la Guindalera. + +--¿A cómo? --preguntó Guillermina, mirándole con los ojos guiñados y +apuntándole con la aguja de media. + +--A nada... La piedra es de usted. --Gracias, Dios se lo pague. Y el +marqués, ¿qué me da? + +--Pues yo... ¿Quiere usted dos vigas de hierro de doble T que me +sobraron de la casa de la Carrera? + +--¿Pues no las he de querer? Yo lo tomo todo, hasta una llave vieja, +para cuando se acabe el edificio. ¿Saben ustedes lo que me llevé ayer a +casa? Cuatro azulejos de cocina, un grifo y tres paquetitos de argollas. +Todo sirve, amigos. Si en algún tejar me dan cuatro ladrillos, los +acepto y a la obra con ellos. ¿Ven ustedes cómo hacen los pájaros sus +nidos? Pues yo construiré mi palacio de huérfanos cogiendo aquí una +pajita y allá otra. Ya se lo he dicho a Bárbara, no ha de tirar ni un +clavo, aunque esté torcido, ni una tabla, aunque esté rota. Los sellos +de correo se venden, las cajas de cerillas también... ¿Con qué creen +ustedes que he comprado yo el gran lavabo que tenemos en el asilo? Pues +juntando cabos de vela y vendiéndolos al peso. El otro día me ofrecieron +una petaca de cuero de Rusia. «¿Para qué le sirve eso?» dirán estos +señores. Pues me sirvió para hacer un regalo a uno de los delineantes +que trabajan en el proyecto... ¿Ven ustedes a este marqués de +Casa-Muñoz, que me está oyendo y me ha ofrecido dos vigas de doble T? +Bueno: ¿cuánto apuestan a que le saco algo más? ¿Pues qué, creen ustedes +que el señor marqués tiene sus grandes yeserías de Vallecas para ver +estos apuros míos y no acudir a ellos? + +--Guillermina--dijo Casa-Muñoz algo conmovido--, cuente usted con +doscientos quintales, y del blanco, que es a nueve reales. + +--¿Qué dije yo? Bueno. Y este señor de Ruiz ¿qué hará por mí? + +--Hija de mi alma, yo no tengo ni un clavo ni una astilla, pero le juro +a usted por mi salvación que un domingo me salgo por las afueras y robo +una teja para llevársela a usted... robaré dos, tres, una docena de +tejas... Y hay más. Si quiere usted mis dos comedias, mis folletos +sobre la _Unión ibérica_ y sobre la _Organización de los bomberos en +Suiza_, mi obra de los _Castillos_, todo está a su disposición. Diez +ejemplares de cada cosa para que hagan lotes en una _tómbola_. + +--¿Lo ven ustedes? Cae el maná, cae. Si en estas cosas no hay más que +ponerse a ello... Mi amigo Baldomero también dará algo. + +--Las campanas--dijo el insigne comerciante--, y si me apuran, el +pararrayos y las veletas. Quiero concluir el edificio, ya que el amigo +Aparisi lo quiere empezar. + +--La primera piedra no hay quien me la quite--expresó Aparisi con toda +la hinchazón de su amor propio. + +--Algo más daremos, ¿verdad Baldomero?--apuntó Barbarita--, por ejemplo, +toda la capilla, con su órgano, altares, imágenes... + +--Todo lo que tú quieras, hija. Y eso que las _Micaelas_ nos han llevado +un pico. Les hemos hecho casi la mitad del edificio. Pero ahora le toca +a Guillermina. Ya sabe ella dónde estamos. + +El grupo que rodeaba a la fundadora se fue disolviendo. Algunos, +creyendo sin duda que lo que allí se trataba más era broma que otra +cosa, se fueron al salón a hablar _seriamente_ de política y negocios. +D. Baldomero, que deseaba echar aquella noche una partida de mus, el +juego clásico y tradicional de los comerciantes de Madrid, esperó a que +entrase Pepe Samaniego, que era maestro consumado, para armar la +partida. Durante un largo rato no se oía en el salón más que _envido a +la chica... envido a los pares... órdago_. + +Las tres señoras estuvieron un momento solas, hablando de aquel proyecto +de Guillermina, que seguía cose que te cose, ayudada por Jacinta. Hacía +algún tiempo que a esta se le había despertado vivo entusiasmo por las +empresas de la Pacheco, y a más de reservarle todo el dinero que podía, +se picaba los dedos cosiendo para ella durante largas horas. Es que +sentía un cierto consuelo en confeccionar ropas de niño y en suponer que +aquellas mangas iban a abrigar bracitos desnudos. Ya había hecho dos +visitas al asilo de la calle de Alburquerque y acompañado una vez a +Guillermina en sus excursiones a las miserables zahúrdas donde viven los +pobres de la Inclusa y Hospital. + +Había que oírla cuando volvió a aquella su primera visita a los barrios +del Sur. «¡Qué desigualdades!--decía, desflorando sin saberlo el +problema social--. Unos tanto y otros tan poco. Falta equilibrio y el +mundo parece que se cae. Todo se arreglaría si los que tienen mucho +dieran lo que les sobra a los que no poseen nada. ¿Pero qué cosa +sobra?... Vaya usted a saber». Guillermina aseguraba que se necesita +mucha fe para no acobardarse ante los espectáculos que la miseria +ofrece. «Porque se encuentran almas buenas, sí--decía--; pero también +mucha ingratitud. La falta de educación es para el pobre una desventaja +mayor que la pobreza. Luego la propia miseria les ataca el corazón a +muchos y se lo corrompe. A mí me han insultado; me han arrojado puñados +de estiércol y tronchos de berza; me han llamado _tía bruja_...». + +A Barbarita le daba aquella noche por hablar de arquitectura y no perdía +ripio. Entró a la sazón Moreno Isla, y le recibieron con exclamaciones +de alegría. Llamole la señora y le dijo: «¿Tiene usted cascote?». + +Las tres se reían viendo la sorpresa y confusión de Moreno, que era una +excelente persona, como de cuarenta y cinco años, célibe y riquísimo, de +aficiones tan inglesas que se pasaba en Londres la mayor parte del año; +alto, delgado y de muy mal color porque estaba muy delicado de salud. + +«Que si tengo cascote. ¿Es para usted?». + +--Usted conteste y no sea como los gallegos, que cuando se les hace una +pregunta hacen otra. Puesto que está usted de derribo, ¿tiene cascote, +sí o no? + +--Sí que lo tengo... y pedernal magnífico. A sesenta reales el carro, +todo lo que usted quiera. El cascote a ocho reales... ¡Ah, tonto de mí! +Ya sé de qué se trata. La santurrona les está embaucando con las +fantasmagorías del asilo que va a edificar... Cuidado, mucho cuidado con +los timos. Antes de que ponga la primera piedra, nos llevará a todos a +San Bernardino. + +--Cállate, que ya saben todos lo avariento que eres. Si no te pido nada, +roñoso, cicatero. + +Guárdate tus carros de pedernal, que ya te los pondrán en la balanza el +día del gran saldo final, ya sabes, cuando suenen las trompetas +aquellas, sí, y entonces, cuando veas que la balanza se te cae del lado +de la avaricia, dirás: «Señor, quítame estos carros de piedra y cascote +que me hunden en el Infierno», y todos diremos: «no, no, no... échenle +carga, que es muy malo». + +--Con poner en el otro platillo los perros grandes y chicos que me has +sacado, me salvo--díjole Moreno riendo y manoseándole la cara. + +--No me hagas carantoñas, sobrinillo. Si crees que eso te vale, gran +miserable, usurero, recocho en dinero--repitió Guillermina con tono y +sonrisa de chanza benévola--. ¡Qué hombres estos! Todavía quieres más, y +estás derribando una manzana de casas viejas para hacer casas +domingueras y sacarles las entrañas a los pobres. + +--No hagan ustedes caso de esta _rata eclesiástica_--indicó Moreno, +sentándose entre Barbarita y Jacinta--. Me está arruinando. Voy a tener +que irme a un pueblo porque no me deja vivir. Es que no me puedo +descuidar. Estoy en casa vistiéndome... siento un susurro, algo así como +paso de ladrones; miro, veo un bulto, doy un grito... Es ella, la rata +que ha entrado y se va escurriendo por entre los muebles. Nada; por +pronto que acudo, ya mi querida tía me ha registrado la ropa que está en +el perchero y se ha llevado todo lo que había en el bolsillo del +chaleco. + +La fundadora, atacada de una hilaridad convulsiva, se reía con toda su +alma. + +--Pero ven acá, pillo--dijo secándose las lágrimas que la risa había +hecho brotar de sus ojos--, si contigo no valen buenos medios. Anda, +hijo, el que te roba a ti..., ya sabes el refrán... el que te roba a ti +se va al Cielo derecho. + +--A donde vas tú a ir es al _Modelo_... + +--Cállate la boca, bobón, y no me denuncies, que te traerá peor +cuenta... + +No siguió este diálogo, que prometía dar mucho juego, porque del salón +llamaron a Moreno con enérgica insistencia. Oíase desde el gabinete +rumor de un hablar vivo, y la mezclada agitación de varias voces, entre +las cuales se distinguían claramente las de Juan, Villalonga y Zalamero, +que acababan de entrar. + +Moreno fue allá, y Guillermina, que aún no había acabado de reír, decía +a sus amigas. + +«Es un angelón... No tenéis idea de la pasta celestial de que está +formado el corazón de este hombre». + +Barbarita no tenía sosiego hasta no enterarse del por qué de aquel +tumulto que en el salón había. Fue a ver y volvió con el cuento: + +«Hijas, que el rey se marcha». + +--¡Qué dices, mujer! + +--Que D. Amadeo, cansado de bregar con esta gente, tira la corona por la +ventana y dice: «Vayan ustedes a marcar al Demonio». + +--¡Todo sea por Dios! --exclamó Guillermina dando un suspiro y volviendo +imperturbable a su trabajo. + +Jacinta pasó al salón, más que por enterarse de las noticias, por ver a +su marido que aquel día no había comido en casa. + +«Oye--le dijo en secreto Guillermina, deteniéndola, y ambas se miraban +con picardía;--con veinte duros que le sonsaques hay bastante». + + + + +--iii-- + + +«En Bolsa no se supo nada. Yo lo supe en el Bolsín a las diez--dijo +Villalonga--. Fui al Casino a llevar la noticia. Cuando volví al Bolsín, +se estaba haciendo el consolidado a 20. + +--Lo hemos de ver a 10, señores --dijo el marqués de Casa-Muñoz en tono +de Hamlet. + +--¡El Banco a 175...! --exclamó D. Baldomero pasándose la mano por la +cabeza, y arrojando hacia el suelo una mirada fúnebre. + +--Perdone usted, amigo --rectificó Moreno Isla--. Está a 172, y si usted +quiere comprarme las mías a 170, ahora mismo las largo. No quiero más +papel de la querida patria. Mañana me vuelvo a Londres. + +--Sí--dijo Aparisi poniendo semblante profético--; porque la que se va a +armar ahora aquí, será de órdago. + +--Señores, no seamos impresionables--indicó el marqués de Casa-Muñoz, +que gustaba de dominar las situaciones con mirada alta--. Ese buen señor +se ha cansado; no era para menos; ha dicho: «ahí queda eso». Yo en su +caso habría hecho lo mismo. Tendremos algún trastorno; habrá su poco de +República; pero ya saben ustedes que las naciones no mueren... + +--El golpe viene de fuera --manifestó Aparisi--. Esto lo veía yo venir. +Francia... + +--No _involucremos_ las cuestiones, señores --dijo Casa-Muñoz poniendo +una cara muy parlamentaria--. Y si he de hablar ingenuamente, diré a +ustedes que a mí no me asusta la República, lo que me asusta es el +republicanismo. + +Miró a todos para ver qué tal había caído esta frase. No podía dudarse +de que el murmullo aquel con que fue acogida era laudatorio. + +«Señor Marqués --declaró Aparisi picado de rivalidad--, el pueblo +español es un pueblo digno... que en los momentos de peligro, sabe +ponerse...». + +--¿Y qué tiene que ver una cosa con otra?...--saltó el marqués incómodo, +anonadando a su contrario con una mirada--. No _involucre_ usted las +cuestiones. + +Aparisi, propietario y concejal de oficio, era un hombre que se preciaba +de _poner los puntos sobre las íes_; pero con el marqués de Casa-Muñoz +no le valía su suficiencia, porque este no toleraba imposiciones y era +capaz de poner puntos sobre las haches. Había entre los dos una +rivalidad tácita, que se manifestaba en la emulación para lanzar +observaciones sintéticas sobre todas las cosas. Una mirada de profunda +antipatía era lo único que a veces dejaba entrever el pugilato +espiritual de aquellos dos atletas del pensamiento. Villalonga, que era +observador muy picaresco, aseguraba haber descubierto entre Aparisi y +Casa-Muñoz un antagonismo o competencia en la emisión de palabras +escogidas. Se desafiaban a cuál hablaba más por lo fino, y si el marqués +daba muchas vueltas al _involucrar_, al _ad hoc_, al _sui generis_ y +otros términos latinos, en seguida se veía al otro poniendo en prensa el +cerebro para obtener frases tan selectas como _la concatenación de las +ideas_. A veces parecía triunfante Aparisi, diciendo que tal o cual cosa +era el _bello ideal_ de los pueblos; pero Casa-Muñoz tomaba arranque y +diciendo _el desiderátum_, hacía polvo a su contrario. + +Cuenta Villalonga que hace años hablaba Casa-Muñoz disparatadamente, y +sostiene y jura haberle oído decir, cuando aún no era marqués, que las +_puertas estaban herméticamente_ _ abiertas_; pero esto no ha llegado a +comprobarse. Dejando a un lado las bromas, conviene decir que era el +marqués persona apreciabilísima, muy corriente, muy afable en su trato, +excelente para su familia y amigos. Tenía la misma edad que D. +Baldomero; mas no llevaba tan bien los años. Su dentadura era artificial +y sus patillas teñidas tenían un viso carminoso, contrastando con la +cabeza sin pintar. Aparisi era mucho más joven, hombre que presumía de +pie pequeño y de manos bonitas, la cara arrebolada, el bigote castaño +cayendo a lo chino, los ojos grandes, y en la cabeza una de esas calvas +que son para sus poseedores un diploma de talento. Lo más característico +en el concejal perpetuo era la expresión de su rostro, semejante a la de +una persona que está oliendo algo muy desagradable, lo que provenía de +cierta contracción de los músculos nasales y del labio superior. Por lo +demás, buena persona, que no debía nada a nadie. Había tenido almacén de +maderas, y se contaba que en cierta época les puso los puntos sobre las +íes a los pinares de Balsain. Era hombre sin instrucción, y... lo que +pasa... por lo mismo que no la tenía gustaba de aparentarla. Cuenta el +tunante de Villalonga que hace años usaba Aparisi el _e pur si muove_ +de Galileo; pero el pobrecito no le daba la interpretación verdadera, y +creía que aquel célebre dicho significaba _por si acaso_. + +Así, se le oyó decir más de una vez: «Parece que no lloverá; pero sacaré +el paraguas _e pur si muove_». + +Jacinta trincó a su marido por el brazo y le llevó un poquito aparte: + +«Y qué, _nene_, ¿hay barricadas?». + +--No, hija, no hay nada. Tranquilízate. + +--¿No volverás a salir esta noche?... Mira que me asustaré mucho si +sales. + +--Pues no saldré... ¿Qué... qué buscas? + +Jacinta, riendo, deslizaba su mano por el forro de la levita, buscando +el bolsillo del pecho. + +--¡Ay!, yo iba a ver si te sacaba la cartera sin que me sintieses... + +--Vaya con la descuidera... --¡Quia!, si no sé... Esto quien lo hace +bien es Guillermina, que le saca a Manolo Moreno las pesetas del +bolsillo del chaleco sin que él lo sienta... A ver... + +Jacinta, dueña ya de la cartera, la abrió. + +--¿Te enfadarías si te quito este billete de veinte duros? ¿Te hace +falta? + +--No por cierto. Toma lo que quieras. + +--Es para Guillermina. Mamá le dio dos, y le falta un pico para poder +pagar mañana el trimestre del alquiler del asilo. + +Contestole el Delfín apretándole con mucha efusión las dos manos y +arrugando el billete que estaba en ellas. + +En cuanto Guillermina pescó lo que le faltaba para completar su +cantidad, dejó la costura y se puso el manto. Despidiéndose brevemente +de las dos señoras, atravesó el salón a prisa. + +«¡A esa, a esa! --gritó Moreno--, sin duda se lleva algo. Caballeros, +vean ustedes si les falta el reloj. Bárbara, que debajo de la mantilla +de _la rata eclesiástica_ veo un bulto... ¿No había aquí candeleros de +plata?». + +En medio de la jovial algazara que estas bromas producían, salió +Guillermina, esparciendo sobre todos una sonrisa inefable que parecía +una bendición. + +En seguida, cebáronse todos con furia en el tema suculento de la partida +del Rey, y cada cual exponía sus opiniones con ínfulas de profecía, como +si en su vida hubieran hecho otra cosa que vaticinar acertando. +Villalonga estaba ya viendo a D. Carlos entrar en Madrid, y el marqués +de Casa-Muñoz hablaba de + +_las exageraciones liberticidas_ de la demagogia roja y de la demagogia +blanca como si las estuviera mirando pintadas en la pared de enfrente; +el ex-subsecretario de Gobernación, Zalamero, leía clarito en el +porvenir el nombre del Rey Alfonso, y el concejal decía que _el +alfonsismo estaba aún en la nebulosa de lo desconocido_. El mismo +Aparisi y Federico Ruiz profetizaron luego en una sola cuerda... ¡Qué +demonio! Ellos no se asustaban de la República. Como si lo vieran... no +iba a pasar nada. Es que aquí somos muy impresionables, y por cualquier +contratiempo nos parece que se nos cae el Cielo encima. «Yo les aseguro +a ustedes --decía Aparisi, puesta la mano sobre el pecho--, que no +pasará nada, pero nada. Aquí no se tiene idea de lo que es el pueblo +español... Yo respondo de él, me atrevo a responder con la cabeza, +vaya...». Moreno no vaticinaba; no hacía más que decir: «Por si vienen +mal dadas, me voy mañana para Londres». Aquel ricacho soltero alardeaba +de carecer en absoluto del sentimiento de la patria, y estaba tan +extranjerizado que nada español le parecía bueno. Los autores dramáticos +lo mismo que las comidas, los ferrocarriles lo mismo que las industrias +menudas, todo le parecía de una inferioridad lamentable. Solía decir que +aquí los tenderos no saben envolver en un papel una libra de cualquier +cosa. «Compra usted algo, y después que le miden mal y le cobran caro, +el envoltorio de papel que le dan a usted se le deshace por el camino. +No hay que darle vueltas; somos una raza inhábil hasta no poder más». + +Don Baldomero decía con acento de tristeza una cosa muy sensata: «¡Si D. +Juan Prim viviera...!». Juan y Samaniego se apartaron del corrillo y +charlaban con Jacinta y doña Bárbara, tratando de quitarles el miedo. No +habría tiros, ni jarana... no sería preciso hacer provisiones... ¡Ah! +Barbarita soñaba ya con hacer provisiones. A la mañana siguiente, si no +había barricadas, ella y Estupiñá se ocuparían de eso. + +Poco a poco fueron desfilando. Eran las doce. Aparisi y Casa-Muñoz se +fueron al Bolsín a saber noticias, no sin que antes de partir dieran una +nueva muestra de su rivalidad. El concejal de oficio estaba tan +excitado, que la contracción de su hocico se acentuaba, como si el olor +aquel imaginario fuera el de la aza fétida. Zalamero, que iba a +Gobernación, quiso llevarse al Delfín; pero este, a quien su mujer tenía +cogido del brazo, se negó a salir... «Mi mujer no me deja». + +--Mi tocaya--dijo Villalonga--, se está volviendo muy +anticonstitucional. + +Por fin se quedaron solos los de casa. Don Baldomero y Barbarita besaron +a sus hijos y se fueron a acostar. Esto mismo hicieron Jacinta y su +marido. + + + + +-VIII- + +Escenas de la vida íntima + + + + +--i-- + + +A poco de acostarse notó Jacinta que su marido dormía profundamente. +Observábale desvelada, tendiendo una mirada tenaz de cama a cama. Creyó +que hablaba en sueños... pero no; era simplemente quejido sin +articulación que acostumbraba a lanzar cuando dormía, quizá por causa de +una mala postura. Los pensamientos políticos nacidos de las +conversaciones de aquella noche, huyeron pronto de la mente de Jacinta. +¿Qué le importaba a ella que hubiese República o Monarquía, ni que D. +Amadeo se fuera o se quedase? Más le importaba la conducta de aquel +ingrato que a su lado dormía tan tranquilo. Porque no tenía duda de que +Juan andaba algo distraído, y esto no lo podían notar sus padres por la +sencilla razón de que no le veían nunca tan cerca como su mujer. El +pérfido guardaba tan bien las apariencias, que nada hacía ni decía _en +familia_ que no revelara una conducta regular y correctísima. Trataba a +su mujer con un cariño tal, que... vamos, se le tomaría por enamorado. +Sólo allí, de aquella puerta para adentro, se descubrían las trastadas; +sólo ella, fundándose en datos negativos, podía destruir la aureola que +el público y la familia ponían al glorioso Delfín. Decía su mamá que era +el marido modelo. ¡Valiente pillo! Y la esposa no podía contestar a su +suegra cuando le venía con aquellas historias... Con qué cara le diría: +«Pues no hay tal modelo, no señora, no hay tal modelo, y cuando yo lo +digo, bien sabido me lo tendré». + +Pensando en esto, pasó Jacinta parte de aquella noche, atando cabos, +como ella decía, para ver si de los hechos aislados lograba sacar alguna +afirmación. Estos hechos, valga la verdad, no arrojaban mucha luz que +digamos sobre lo que se quería demostrar. Tal día y a tal hora Juan +había salido bruscamente, después de estar un rato muy pensativo, pero +muy pensativo. Tal día y a tal hora Juan había recibido una carta, que +le había puesto de mal humor. Por más que ella hizo, no la había podido +encontrar. Tal día y a tal hora, yendo ella y Barbarita por la calle de +Preciados, se encontraron a Juan que venía deprisa y muy abstraído. Al +verlas, quedose algo cortado; pero sabía dominarse pronto. Ninguno de +estos datos probaba nada; pero no cabía duda: su marido se la estaba +pegando. + +De vez en cuando estas cavilaciones cesaban, porque Juan sabía +arreglarse de modo que su mujer no llegase a cargarse de razón para +estar descontenta. Como la herida a que se pone bálsamo fresco, la pena +de Jacinta se calmaba. Pero los días y las noches, sin saber cómo, +traíanla lentamente otra vez a la misma situación penosa. Y era muy +particular; estaba tan tranquila, sin pensar en semejante cosa, y por +cualquier incidente, por una palabra sin interés o referencia trivial, +le asaltaba la idea como un dardo arrojado de lejos por desconocida mano +y que venía a clavársele en el cerebro. Era Jacinta observadora, +prudente y sagaz. Los más insignificantes gestos de su esposo, las +inflexiones de su voz, todo lo observaba con disimulo, sonriendo cuando +más atenta estaba, escondiendo con mil zalamerías su vigilancia, como +los naturalistas esconden y disimulan el lente con que examinan el +trabajo de las abejas. Sabía hacer preguntas capciosas, verdaderas +trampas cubiertas de follaje. ¡Pero bueno era el otro para dejarse +coger! + +Y para todo tenía el ingenioso culpable palabras bonitas: «La luna de +miel perpetua es un contrasentido, es... hasta ridícula. El entusiasmo +es un estado infantil impropio de personas normales. El marido piensa en +sus negocios, la mujer en las cosas de su casa, y uno y otro se tratan +más como amigos que como amantes. Hasta las palomas, hija mía, hasta las +palomas cuando pasan de cierta edad, se hacen cariños así... de una +manera sesuda». Jacinta se reía con esto; pero no admitía tales +componendas. Lo más gracioso era que él se las echaba de hombre ocupado. +¡Valiente truhán! ¡Si no tenía absolutamente nada que hacer más que +pasear y divertirse...! Su padre había trabajado toda la vida como un +negro para asegurar la holgazanería dichosa del príncipe de la casa... +En fin, fuese lo que fuese, Jacinta se proponía no abandonar jamás su +actitud de humildad y discreción. Creía firmemente que Juan no daría +nunca escándalos, y no habiendo escándalo, las cosas irían pasando así. +No hay existencia sin gusanillo, un parásito interior que la roe y a sus +expensas vive, y ella tenía dos: los apartamientos de su marido y el +desconsuelo de no ser madre. Llevaría ambas penas con paciencia, con tal +que no saltara algo más fuerte. + +Por respeto a sí misma, nunca había hablado de esto a nadie, ni al mismo +Delfín. Pero una noche estaba este tan comunicativo, tan bromista, tan +pillín, que a Jacinta se le llenó la boca de sinceridad, y palabra tras +palabra, dio salida a todo lo que pensaba. «Tú me estás engañando, y no +es de ahora, es de hace tiempo. Si creerás que soy tonta... El tonto +eres tú». + +La primera contestación de Santa Cruz fue romper a reír. Su mujer le +tapaba la boca para que no alborotase. Después el muy tunante empezó a +razonar sus explicaciones, revistiéndolas de formas seductoras. ¡Pero +qué huecas le parecieron a Jacinta, que en las dialécticas del corazón +era más maestra que él por saber amar de veras! Y a ella le tocó reír +después y desmenuzar tan livianos argumentos... El sueño, un sueño dulce +y mutuo les cogió, y se durmieron felices... Y ved lo que son las cosas, +Juan se enmendó, o al menos pareció enmendarse. + +Tenía Santa Cruz en altísimo grado las triquiñuelas del artista de la +vida, que sabe disponer las cosas del mejor modo posible para +sistematizar y refinar sus dichas. Sacaba partido de todo, distribuyendo +los goces y ajustándolos a esas misteriosas mareas del humano apetito +que, cuando se acentúan, significan una organización viciosa. En el +fondo de la naturaleza humana hay también, como en la superficie social, +una sucesión de modas, periodos en que es de rigor cambiar de apetitos. +Juan tenía temporadas. En épocas periódicas y casi fijas se hastiaba de +sus correrías, y entonces su mujer, tan mona y cariñosa, le ilusionaba +como si fuera la mujer de otro. Así lo muy antiguo y conocido se +convierte en nuevo. Un texto desdeñado de puro sabido vuelve a interesar +cuando la memoria principia a perderle y la curiosidad se estimula. +Ayudaba a esto el tiernísimo amor que Jacinta le tenía, pues allí sí que +no había farsa, ni vil interés ni estudio. Era, pues, para el Delfín +una dicha verdadera y casi nueva volver a su puerto después de mil +borrascas. Parecía que se restauraba con un cariño tan puro, tan leal y +tan suyo, pues nadie en el mundo podía disputárselo. + +En honor de la verdad, se ha de decir que Santa Cruz amaba a su mujer. +Ni aun en los días que más viva estaba la marea de la infidelidad, dejó +de haber para Jacinta un hueco de preferencia en aquel corazón que tenía +tantos rincones y callejuelas. Ni la variedad de aficiones y caprichos +excluía un sentimiento inamovible hacia su compañera por la ley y la +religión. Conociendo perfectamente su valer moral, admiraba en ella las +virtudes que él no tenía y que según su criterio, tampoco le hacían +mucha falta. Por esta última razón no incurría en la humildad de +confesarse indigno de tal joya, pues su amor propio iba siempre por +delante de todo, y teníase por merecedor de cuantos bienes disfrutaba o +pudiera disfrutar en este bajo mundo. Vicioso y discreto, sibarita y +hombre de talento, aspirando a la erudición de todos los goces y con +bastante buen gusto para espiritualizar las cosas materiales, no podía +contentarse con gustar la belleza comprada o conquistada, la gracia, el +donaire, la extravagancia; quería gustar también la virtud, no +precisamente vencida, que deja de serlo, sino la pura, que en su pureza +misma tenía para él su picante. + + + + +--ii-- + + +Por lo dicho se habrá comprendido que el Delfín era un hombre +enteramente desocupado. Cuando se casó, hízole proposiciones don +Baldomero para que tomase algunos miles y negociara con ellos, ya +jugando a la Bolsa, ya en otra especulación cualquiera. Aceptó el joven, +mas no le satisfizo el ensayo, y renunció en absoluto a meterse en +negocios que traen muchas incertidumbres y desvelos. D. Baldomero no +había podido sustraerse a esa preocupación tan española de que los +padres trabajen para que los hijos descansen y gocen. Recreábase aquel +buen señor en la ociosidad de su hijo como un artesano se recrea en su +obra, y más la admira cuanto más doloridas y fatigadas se le quedan las +manos con que la ha hecho. + +Conviene decir también que el joven aquel no era derrochador. Gastaba, +sí, pero con pulso y medida, y sus placeres dejaban de serlo cuando +empezaban a exigirle algo de disipación. En tales casos era cuando la +virtud le mostraba su rostro apacible y seductor. Tenía cierto respeto +ingénito al bolsillo, y si podía comprar una cosa con dos pesetas, no +era él seguramente quien daba tres. En todas las ocasiones, el +desprenderse de una cantidad fuerte le costaba siempre algún trabajo, al +contrario de los dadivosos que cuando dan parece que se les quita un +peso de encima. Y como conocía tan bien el valor de la moneda, sabía +emplearla en la adquisición de sus goces de una manera prudente y casi +mercantil. Ninguno sabía como él _sacar el jugo_ a un billete de cinco +duros o de veinte. De la cantidad con que cualquier manirroto se +proporciona un placer, Juanito Santa Cruz sacaba siempre dos. + +A fuer de hábil financiero, sabía pasar por generoso cuando el caso lo +exigía. Jamás hizo locuras, y si alguna vez sus apetitos le llevaron a +ciertas pendientes, supo agarrarse a tiempo para evitar un resbalón. Una +de las más puras satisfacciones de los señores de Santa Cruz era saber a +ciencia cierta que su hijo no tenía trampas, como la mayoría de los +hijos de familia en estos depravados tiempos. + +Algo le habría gustado a D. Baldomero que el Delfín diera a conocer sus +eximios talentos en la política. ¡Oh!, si él se lanzara, seguramente +descollaría. Pero Barbarita le desanimaba. «¡La política, la política! +¿Pues no estamos viendo lo que es? Una comedia. Todo se vuelve +habladurías y no hacer nada de provecho...». Lo que hacía cavilar algo a +D. Baldomero II era que su hijo no tuviese la firmeza de ideas que él +tenía, pues él pensaba el 73 lo mismo que había pensado el 45; es decir, +que debe haber mucha libertad y mucho palo, que la libertad hace muy +buenas migas con la religión, y que conviene perseguir y escarmentar a +todos los que van a la política a hacer chanchullos. + +Porque Juan era la inconsecuencia misma. En los tiempos de Prim, +manifestose entusiasta por la candidatura del duque de Montpensier. «Es +el hombre que conviene, desengañaos, un hombre que lleva al dedillo las +cuentas de su casa, un modelo de padre de familia». Vino D. Amadeo, y el +Delfín se hizo tan republicano que daba miedo oírle. «La Monarquía es +imposible; hay que convencerse de ello. Dicen que el país no está +preparado para la República; pues que lo preparen. Es como si se +pretendiera que un hombre supiera nadar sin decidirse a entrar en el +agua. No hay más remedio que pasar algún mal trago... La desgracia +enseña... y si no, vean esa Francia, esa prosperidad, esa inteligencia, +ese patriotismo... esa manera de pagar los cinco mil millones...». Pues +señor, vino el 11 de Febrero y al principio le pareció a Juan que todo +iba a qué quieres boca. «Es admirable. La Europa está atónita. Digan lo +que quieran, el pueblo español tiene un gran sentido». Pero a los dos +meses, las ideas pesimistas habían ganado ya por completo su ánimo. +«Esto es una pillería, esto es una vergüenza. Cada país tiene el +Gobierno que merece, y aquí no puede gobernar más que un hombre que esté +siempre con una estaca en la mano». Por gradaciones lentas, Juanito +llegó a defender con calor la idea alfonsina. «Por Dios, hijo--decía D. +Baldomero con inocencia--, si eso no puede ser» y sacaba a relucir los +_jamases_ de Prim. Poníase Barbarita de parte del desterrado príncipe, y +como el sentimiento tiene tanta parte en la suerte de los pueblos, todas +las mujeres apoyaban al príncipe y le defendían con argumentos sacados +del corazón. Jacinta dejaba muy atrás a las más entusiastas por D. +Alfonso. «¡Es un niño!»... Y no daba más razón. + +Teníase a sí mismo el heredero de Santa Cruz por una gran persona. +Estaba satisfecho, cual si se hubiera creado y visto que era bueno. +«Porque yo--decía esforzándose en aliar la verdad con la modestia--, no +soy de lo peorcito de la humanidad. Reconozco que hay seres superiores a +mí, por ejemplo, mi mujer; pero ¡cuántos hay inferiores, cuántos!». Sus +atractivos físicos eran realmente grandes, y él mismo lo declaraba en +sus soliloquios íntimos: «¡Qué guapo soy! Bien dice mi mujer que no hay +otro más salado. La pobrecilla me quiere con delirio... y yo a ella lo +mismo, como es justo. Tengo la gran figura, visto bien, y en modales y +en trato me parece... que somos algo». En la casa no había más opinión +que la suya; era el oráculo de la familia y les cautivaba a todos no +sólo por lo mucho que le querían y mimaban, sino por el sortilegio de su +imaginación, por aquella bendita labia suya y su manera de insinuarse. +La más subyugada era Jacinta, quien no se hubiera atrevido a sostener +delante de la familia que lo blanco es blanco, si su querido esposo +sostenía que es negro. Amábale con verdadera pasión, no teniendo poca +parte en este sentimiento la buena facha de él y sus relumbrones +intelectuales. Respecto a las perfecciones morales que toda la familia +declaraba en Juan, Jacinta tenía sus dudas. Vaya si las tenía. Pero +viéndose sola en aquel terreno de la incertidumbre, llenábase de +tristeza y decía: «¿Me estaré quejando de vicio? ¿Seré yo, como +aseguran, la más feliz de las mujeres, y no habré caído en ello?». + +Con estas consideraciones azotaba y mortificaba su inquietud para +aplacarla como los penitentes vapulean la carne para reducirla a la +obediencia del espíritu. Con lo que no se conformaba era con no tener +chiquillos, «porque todo se puede ir conllevando --decía--, menos eso. +Si yo tuviera un niño, me entretendría mucho con él, y no pensaría en +ciertas cosas». De tanto cavilar en esto, su mente padecía alucinaciones +y desvaríos. Algunas noches, en el primer periodo del sueño, sentía +sobre su seno un contacto caliente y una boca que la chupaba. Los +lengüetazos la despertaban sobresaltada, y con la tristísima impresión +de que todo aquello era mentira, lanzaba un ¡ay!, y su marido le decía +desde la otra cama: «¿Qué es eso, nenita?... ¿pesadilla?».--«Sí, hijo, +un sueño muy malo». Pero no quería decir la verdad por temor de que Juan +lo tomara a risa. + +Los pasillos de su gran casa le parecían lúgubres, sólo porque no sonaba +en ellos el estrépito de las pataditas infantiles. Las habitaciones +inservibles destinadas a la chiquillería, _cuando la hubiera_, +infundíanle tal tristeza, que los días en que se sentía muy tocada de la +manía, no pasaba por ellas. Cuando por las noches veía entrar de la +calle a D. Baldomero, tan bondadoso y jovial, siempre con su cara de +Pascua, vestido de finísimo paño negro y tan limpio y sonrosado, no +podía menos de pensar en los nietos que aquel señor debía tener para que +hubiera lógica en el mundo, y decía para sí: «¡Qué abuelito se están +perdiendo!». + +Una noche fue al teatro Real de muy mala gana. Había estado todo el día +y la noche anterior en casa de Candelaria que tenía enferma a la niña +pequeña. Mal humorada y soñolienta, deseaba que la ópera se acabase +pronto; pero desgraciadamente la obra, como de Wagner, era muy larga, +música excelente según Juan y todas las personas de gusto, pero que a +ella no le hacía maldita gracia. No lo entendía, vamos. Para ella no +había más música que la italiana, mientras más clarita y más de +organillo mejor. Puso su muestrario en primera fila, y se colocó en la +última silla de atrás. Las tres pollas, Barbarita II, Isabel y Andrea, +estaban muy gozosas, sintiéndose flechadas por mozalbetes del paraíso y +de palcos por asiento. También de butacas venía algún anteojazo bueno. +Doña Bárbara no estaba. Al llegar al cuarto acto, Jacinta sintió +aburrimiento. Miraba mucho al palco de su marido y no le veía. ¿En dónde +estaba? Pensando en esto, hizo una cortesía de respeto al gran Wagner, +inclinando suavemente la graciosa cabeza sobre el pecho. Lo último que +oyó fue un trozo descriptivo en que la orquesta hacía un rumor semejante +al de las trompetillas con que los mosquitos divierten al hombre en las +noches de verano. Al arrullo de esta música, cayó la dama en sueño +profundísimo, uno de esos sueños intensos y breves en que el cerebro +finge la realidad como un relieve y un histrionismo admirables. La +impresión que estos letargos dejan suele ser más honda que la que nos +queda de muchos fenómenos externos y apreciados por los sentidos. +Hallábase Jacinta en un sitio que era su casa y no era su casa... Todo +estaba forrado de un satén blanco con flores que el día anterior había +visto ella y Barbarita en casa de Sobrino... Estaba sentada en un _puff_ +y por las rodillas se le subía un muchacho lindísimo, que primero le +cogía la cara, después le metía la mano en el pecho. «Quita, quita... +eso es caca... ¡qué asco!... cosa fea, es para el gato...». Pero el +muchacho no se daba a partido. No tenía más que la camisa de finísima +holanda, y sus carnes finas resbalaban sobre la seda de la bata de su +mamá. Era una bata color _azul gendarme_ que semanas antes había +regalado a su hermana Candelaria... «No, no, eso no... quita... +caca...». Y él insistiendo siempre, pesadito, monísimo. Quería +desabotonar la bata, y meter mano. Después dio cabezadas contra el seno. +Viendo que nada conseguía, se puso serio, tan extraordinariamente serio +que parecía un hombre. La miraba con sus ojazos vivos y húmedos, +expresando en ellos y en la boca todo el desconsuelo que en la humanidad +cabe. Adán, echado del paraíso, no miraría de otro modo el bien que +perdía. Jacinta quería reírse; pero no podía porque el pequeño le +clavaba su inflamado mirar en el alma. Pasaba mucho tiempo así, el +niño-hombre mirando a su madre, y derritiendo lentamente la entereza de +ella con el rayo de sus ojos. Jacinta sentía que se le desgajaba algo en +sus entrañas. Sin saber lo que hacía soltó un botón... Luego otro. Pero +la cara del chico no perdía su seriedad. La madre se alarmaba y... fuera +el tercer botón... Nada, la cara y la mirada del nene siempre adustas, +con una gravedad hermosa, que iba siendo terrible... El cuarto botón, +el quinto, todos los botones salieron de los ojales haciendo gemir la +tela. Perdió la cuenta de los botones que soltaba. Fueron ciento, puede +que mil... Ni por esas... La cara iba tomando una inmovilidad +sospechosa. Jacinta, al fin, metió la mano en su seno, sacó lo que el +muchacho deseaba, y le miró segura de que se desenojaría cuando viera +una cosa tan rica y tan bonita... Nada; cogió entonces la cabeza del +muchacho, la atrajo a sí, y que quieras que no le metió en la boca... +Pero la boca era insensible, y los labios no se movían. Toda la cara +parecía de una estatua. El contacto que Jacinta sintió en parte tan +delicada de su epidermis, era el roce espeluznante del yeso, roce de +superficie áspera y polvorosa. El estremecimiento que aquel contacto le +produjo dejola por un rato atónita, después abrió los ojos, y se hizo +cargo de que estaban allí sus hermanas; vio los cortinones pintados de +la boca del teatro, la apretada concurrencia de los costados del +paraíso. Tardó un rato en darse cuenta de dónde estaba y de los +disparates que había soñado, y se echó mano al pecho con un movimiento +de pudor y miedo. Oyó la orquesta, que seguía imitando a los mosquitos, +y al mirar al palco de su marido, vio a Federico Ruiz, el gran melómano, +con la cabeza echada hacia atrás, la boca entreabierta, oyendo y +gustando con fruición inmensa la deliciosa música de los violines con +sordina. Parecía que le caía dentro de la boca un hilo del clarificado +más fino y dulce que se pudiera imaginar. Estaba el hombre en un puro +éxtasis. Otros melómanos furiosos vio la dama en el palco; pero ya había +concluido el cuarto acto y Juan no parecía. + + + + +--iii-- + + +Si todo lo que les pasa a las personas superiores mereciera una +efeméride, es fácil que en una hoja de calendario americano, +correspondiente a Diciembre del 73, se encontrara este parrafito: «Día +_tantos_: fuerte catarro de Juanito Santa Cruz. La imposibilidad de +salir de casa le pone de un humor de doscientos mil diablos». Estaba +sentado junto a la chimenea, envuelto de la cintura abajo en una manta +que parecía la piel de un tigre, gorro calado hasta las orejas, en la +mano un periódico, en la silla inmediata tres, cuatro, muchos +periódicos. Jacinta le daba bromas por su forzada esclavitud, y él, +hallando distracción en aquellas guasitas, hizo como que le pegaba, la +cogió por un brazo, le atenazó la barba con los dedos, le sacudió la +cabeza, después le dio bofetadas, terribles bofetadas, y luego +muchísimos porrazos en diferentes partes del cuerpo, y grandes pinchazos +o estocadas con el dedo índice muy tieso. Después de bien cosida a +puñaladas, le cortó la cabeza segándole el pescuezo, y como si aún no +fuera bastante sevicia, la acribilló con cruelísimas e inhumanas +cosquillas, acompañando sus golpes de estas feroces palabras: «¡Qué +_guasoncita_ se me ha vuelto mi nena!... Voy yo a enseñar a mi payasa a +dar bromitas, y le voy a dar una solfa buena para que no le queden ganas +de...». + +Jacinta se desbarataba de risa, y el Delfín hablando con un poco de +seriedad, prosiguió: «Bien sabes que no soy callejero... A fe que te +puedes quejar. Maridos conozco que cuando ponen el pie en la calle, del +tirón se están tres días sin parecer por la casa. Estos podrían tomarme +a mí por modelo». + +--Mariquita date tono--replicó Jacinta secándose las lágrimas que la +risa y las cosquillas le habían hecho derramar--. Ya sé que hay otros +peores; pero no pongo yo mi mano en el fuego porque seas el número uno. + +Juan meneó la cabeza en señal de amenaza. Jacinta se puso lejos de su +alcance, por si se repetían las bárbaras cosquillas. + +«Es que tú exiges demasiado» dijo el marido, deplorando que su mujer no +le tuviese por el más perfecto de los seres creados. + +Jacinta hizo un mohín gracioso con fruncimiento de cejas y labios, el +cual quería decir: «No me quiero meter en discusiones contigo, porque +saldría con las manos en la cabeza». Y era verdad, porque el Delfín +hacía las prestidigitaciones del razonamiento con muchísima habilidad. + +«Bueno--indicó ella--. Dejémonos de tonterías. ¿Qué quieres almorzar?». + +--Eso mismo venía yo a saber --dijo doña Bárbara apareciendo en la +puerta--. Almorzarás lo que quieras; pero pongo en tu conocimiento, para +tu gobierno, que he traído unas calandrias riquísimas. _Divinidades_, +como dice Estupiñá. + +--Tráiganme lo que quieran, que tengo más hambre que un maestro de +escuela. + +Cuando salieron las dos damas, Santa Cruz pensó un ratito en su mujer, +formulando un panegírico mental. ¡Qué ángel! Todavía no había acabado él +de cometer una falta, y ya estaba ella perdonándosela. En los días +precursores del catarro, hallábase mi hombre en una de aquellas etapas o +mareas de su inconstante naturaleza, las cuales, alejándole de las +aventuras, le aproximaban a su mujer. Las personas más hechas a la vida +ilegal sienten en ocasiones vivo anhelo de ponerse bajo la ley por poco +tiempo. La ley las tienta como puede tentar el capricho. Cuando Juan se +hallaba en esta situación, llegaba hasta desear permanecer en ella; aún +más, llegaba a creer que seguiría. Y la Delfina estaba contenta. «Otra +vez ganado--pensaba--. ¡Si la buena durara!... ¡si yo pudiera ganarle de +una vez para siempre y derrotar en toda la línea a las +_cantonales_...!». + +Don Baldomero entró a ver a su hijo antes de pasar al comedor. «¿Qué es +eso, chico? Lo que yo digo: no te abrigas. ¡Qué cosas tenéis tú y +Villalonga! ¡Pararse a hablar a las diez de la noche en la esquina del +Ministerio de la Gobernación, que es otra punta del diamante! Te vi. +Venía yo con Cantero de la Junta del Banco. Por cierto que estamos +desorientados. No se sabe a dónde irá a parar esta anarquía. ¡Las +acciones a 138!... Pase usted, Aparisi... Es Aparisi que viene a +almorzar con nosotros». + +El concejal entró y saludó a los dos Santa Cruz. + +--¿Qué periódicos has leído?--preguntó el papá calándose los quevedos, +que sólo usaba para leer--. Toma _La Época_ y dame _El Imparcial_... +Bueno, bueno va esto. ¡Pobre España! Las acciones a 138... el +consolidado a 13. + +--¿Qué 13?... Eso quisiera usted--observó el eterno concejal--. Anoche +lo ofrecían a 11 en el Bolsín y no lo quería nadie. Esto es el diluvio. + +Y acentuando de una manera notabilísima aquella expresión de oler una +cosa muy mala, añadió que todo lo que estaba pasando lo había previsto +él, y que los sucesos no discrepaban ni tanto así de lo que _día por +día_ había venido él profetizando. Sin hacer mucho caso de su amigo, D. +Baldomero leyó en voz alta la noticia o estribillo de todos los días. +«La partida tal entró en tal pueblo, quemó el archivo municipal, se +racionó, y volvió a salir... La columna tal perseguía activamente al +cabecilla cual, y después de racionarse...». + +«Ea--dijo sin acabar de leer--, vamos a racionarnos nosotros. El marqués +no viene. Ya no se le espera más». + +En esto entró Blas, el criado de Juan con la mesita, ya puesta, en que +había de almorzar el enfermo. Poco después apareció Jacinta trayendo +platos. Después de saludarla, Aparisi le dijo: + +«Guillermina me ha dado un recado para usted... Hoy no hay _odisea +filantrópica_ a la _parroquia de la chinche_, porque anda en busca de +ladrillo portero para cimientos. Ya tiene hecho todo el vaciado del +edificio... y por poco dinero. Unos carros trabajando a destajo, otros +de limosna, aquel que ayuda medio día, el otro que va un par de horas, +ello es que no le sale el metro cúbico ni a cinco reales. Y no sé qué +tiene esa mujer. Cuando va a examinar las obras, parece que hasta las +mulas de los carros la conocen y tiran más fuerte para darle gusto... +Francamente, yo que siempre creí que el tal edificio no era _factible_, +voy viendo... + +«Milagro, milagro» apuntó D. Baldomero en marcha hacia el comedor. + +--¿Y tú?--preguntó Juan a su consorte al quedarse solos--. ¿Almuerzas +aquí o allá? + +--¿Quieres que aquí? Almorzaré en las dos partes. Dice tu mamá que te +estoy mimando mucho. + +--Toma, golosa--le dijo él alargándole un pedazo de tortilla en el +tenedor. + +Después de comérselo, la Delfina corrió al comedor. Al poco rato volvió +riendo. + +«Aquí te tengo reservada esta pechuga de calandria. Toma, abre la +boquita, nena». + +La nena cogió el tenedor, y después de comerse la pechuga, volvió a +reír. + +--¡Qué alegre está el tiempo! + +--Es que ha llegado el marqués, y desde que se sentó en la mesa +empezaron Aparisi y él a tirotearse. + +--¿Qué han dicho? --Aparisi afirmó que la Monarquía no era _factible_, y +después largó un _ipso facto_, y otras cosas muy finas. + +Juan soltó la carcajada. «El marqués estará furioso». + +--Come en silencio, meditando una venganza. Te contaré lo que ocurra. +¿Quieres pescadilla?, ¿quieres bistec? + +--Tráeme lo que quieras con tal que vengas pronto. + +Y no tardó en volver, trayendo un plato de pescado. + +«Hijo de mi vida, le mató». + +--¿Quién? + +--El marqués a Aparisi... le dejó en el sitio. + +--Cuenta, cuenta. --Pues de primera intención soltole a su enemigo un +_delirium tremens_ a boca de jarro, y después, sin darle tiempo de +respirar, un _mane tegel fare_. El otro se ha quedado como atontado por +el golpe. Veremos con lo que sale. + +--¡Qué célebre! Tomaremos café juntos--dijo Santa Cruz--. Vente pronto +para acá. ¡Qué coloradita estás! + +--Es de tanto reírme. --Cuando digo que me estás haciendo tilín... + +--Al momento vuelvo... Voy a ver lo que salta por allá. Aparisi está +indignado con Castelar, y dice que lo que le pasa a Salmerón es porque +no ha seguido sus consejos... + +--¡Los consejos de Aparisi! --Sí, y al marqués lo que le tiene con el +alma en un hilo es que se levante _la masa obrera_. + +Volvió Jacinta al comedor, y el último cuento que trajo fue este: + +«Chico, si estás allí te mueres de risa. ¡Pobre Muñoz! El otro se ha +rehecho y le está soltando unos primores... Figúrate. Ahora está +contando que ha visto un proyectil de los que tiran los carcas, y el +fusil Berdan... No dice agujeros, sino _orificios_. Todo se vuelve +_orificios_, y el marqués no sabe lo que le pasa...». + +No pudo seguir, porque entró Muñoz, fumando un gran puro, a saludar al +enfermo. + +«Hola, Juanín... ¿Estamos _exclaustrados_?... ¿Y qué es?... ¿coriza? Eso +es bueno, y cuando la mucosa necesita eliminar, que elimine... En fin, +yo me...». Iba a decir _me largo_; pero al ver entrar a Aparisi (tal +creyeron Jacinta y su marido), dijo: «me ausento». + +A eso de las tres, marido y mujer estaban solos en el despacho, él en el +sillón leyendo periódicos, ella arreglando la habitación que estaba algo +desordenada. Barbarita había salido a comprar. El criado anunció a un +hombre que quería hablar con el _señor joven_. + +--Ya sabes que no recibe--dijo la señorita, y tomando de manos de Blas +una tarjeta que este traía leyó: _José Ido del Sagrario, corredor de +publicaciones nacionales y extranjeras_. + +--Que entre, que entre al instante --ordenó Santa Cruz, saltando en su +asiento--. Es el loco más divertido que puedes imaginar. Verás cómo nos +reímos... Cuando nos cansemos de oírle, le echamos. ¡Tipo más +célebre...! Le vi hace días en casa de Pez, y nos hizo morir de risa. + +Al poco rato entró en el despacho un hombre muy flaco, de cara enfermiza +y toda llena de lóbulos y carúnculas, los pelos bermejos y muy tiesos, +como crines de escobillón, la ropa prehistórica y muy raída, corbata +roja y deshilachada, las botas muertas de risa. En una mano traía el +sombrero que era un _claque_ del año en que esta prenda se inventó, el +primogénito de los _claques _ sin género de duda, y en la otra un lío de +carteras-prospectos para hacer suscriciones a libros de lujo, las cuales +estaban tan sobadas, que la mugre no permitía ver los dorados de la +pasta. Impresionó penosamente a la compasiva Jacinta aquella estampa de +miseria en traje de persona decente, y más lástima tuvo cuando le vio +saludar con urbanidad y sin encogimiento, como hombre muy hecho al trato +social. + +«Hola, Sr. de Ido... ¡cuánto gusto de verle!--le dijo Santa Cruz con +fingida seriedad--. Siéntese, y dígame qué le trae por aquí». + +--Con permiso... ¿Quiere usted _Mujeres célebres_? + +Jacinta y su marido se miraron. --O _Mujeres de la Biblia_--prosiguió +Ido, enseñando carteras--. Como el Sr. de Santa Cruz me dijo el otro día +en casa del Sr. de Pez que deseaba conocer las publicaciones de las +casas de Barcelona que tengo el honor de representar... ¿O quiere usted +_Cortesanas célebres, Persecuciones religiosas, Hijos del Trabajo, +Grandes inventos, Dioses del Paganismo_...? + + + + + +--iv-- + + +Basta, basta, no cite usted más obras ni me enseñe más carteras. Ya le +dije que no me gustan libros por suscrición. Se extravían las entregas, +y es volverse loco... Prefiero tomar alguna obra completa. Pero no tenga +prisa. Estará usted cansado de tanto correr por ahí. ¿Quiere tomar una +copita? + +--Muchísimas gracias. Nunca bebo. + +--¿No?, pues el otro día, cuando nos vimos en casa de Joaquín, decía +este que estaba usted algo peneque... se entiende, un poco alegre... + +--Perdone usted, Sr. de Santa Cruz --replicó Ido avergonzado--. Yo no me +embriago; no me he embriagado jamás. Algunas veces, sin saber cómo ni +por qué, me entra cierta excitación, y me pongo así, nervioso y como +echando chispas... me pongo eléctrico. ¿Ven ustedes?... ya lo estoy. +Fíjese usted, Sr. D. Juan, y observe cómo se me mueve el párpado +izquierdo y el músculo este de la quijada en el mismo lado. ¿Lo ve +usted...?, ya está la función armada. Francamente, así no se puede +vivir. Los médicos me dicen que coma carne. Como carne y me pongo peor. +Ea, ya estoy como un muelle de reloj... Si usted me da su permiso me +retiro... + +--Hombre, no, descanse usted. Eso se le pasará. ¿Quiere usted un vaso de +agua? + +Jacinta sintió que no le dejase marchar, porque la idea de que el hombre +aquel iba a caer allí con una pataleta le inspiraba repugnancia y miedo. +Como Juan insistiese en lo del vaso de agua, díjole a su esposa por lo +bajo: «Este infeliz lo que tiene es hambre». + +--A ver, Sr. de Ido--indicó la dama--, ¿se comería usted una chuletita? + +Don José respondió tácitamente, con la expresión de una incredulidad +profunda. Cada vez parecía más extraño su mirar y más acentuado el +temblor del párpado y la mejilla. + +--Perdóneme usted, señora... Como la cabeza se me va, no puedo hacerme +cargo de nada. Usted ha dicho que si me comería yo una... + +--Una chuletita. --Mi cabeza no puede apreciar bien... Padezco de +olvidos de nombres y cosas. ¿A qué llama usted una chuleta?--añadió +llevándose la mano a las erizadas crines, por donde se le escapaba la +memoria y le entraba la electricidad--. ¿Por ventura, lo que usted +llama... no sé cómo, es un pedazo de carne con un rabito que es de +hueso? + +--Justo. Llamaré para que se la traigan. + +--No se moleste, señora. Yo llamaré. + +--Que le traigan dos--dijo el señorito gozando con la idea de ver comer +a un hambriento. + +Jacinta salió, y mientras estuvo fuera Ido hablaba de su mala suerte. + +«En este país, Sr. D. Juanito, no se protege a las letras. Yo que he +sido profesor de primera enseñanza, yo que he escrito obras de amena +literatura tengo que dedicarme a correr publicaciones para llevar un +pedazo de pan a mis hijos... Todos me lo dicen: si yo hubiera nacido en +Francia, ya tendría _hotel_...». + +--Eso es indudable. ¿No ve usted que aquí no hay quien lea, y los pocos +que leen no tienen dinero?... + +--Naturalmente--decía Ido a cada instante, echando ansiosas miradas en +redondo por ver si aparecía la chuleta. + +Jacinta entró con un plato en la mano. Tras ella vino Blas con el mismo +velador en que había almorzado el señorito, un cubierto, servilleta, +panecillo, copa y botella de vino. Miró estas cosas Ido con estupor +famélico, no bien disimulado por la cortesía, y le entró una risa +nerviosa, señal de hallarse próximo a la plenitud de aquel estado que +llamaba eléctrico. La Delfina se volvió a sentar junto a su marido y +miraba entre espantada y compasiva al desgraciado D. José. Este dejó en +el suelo las carteras y el _claque_, que no se cerraba nunca, y cayó +sobre las chuletas como un tigre... Entre los mascullones salían de su +boca palabras y frases desordenadas: «Agradecidísimo... Francamente, +habría sido falta de educación desairar... No es que tenga apetito, +naturalmente... He almorzado fuerte... ¿pero cómo desairar? +Agradecidísimo...». + +--Observo una cosa, querido D. José--dijo Santa Cruz. + +--¿Qué? --Que no masca usted lo que come. --¡Oh!, ¿le interesa a usted +que masque? + +--No, a mí no. --Es que no tengo muelas... Como como los pavos. +Naturalmente... así me sienta mejor. + +--¿Y no bebe usted? --Media copita nada más... El vino no me hace +provecho; pero muy agradecido, muy agradecido...--y a medida que iba +comiendo, le bailaban más el párpado y el músculo, que parecían ya +completamente declarados en huelga. Notábase en sus brazos y cuerpo +estremecimientos muy bruscos, como si le estuvieran haciendo cosquillas. + +«Aquí donde le ves--dijo Santa Cruz--, se tiene una de las mujeres más +guapas de Madrid». + +Hizo un signo a Jacinta que quería decir: «Espérate, que ahora viene lo +bueno». + +--¿Es de veras? --Sí. No se la merece. Ya ves que él es feo adrede. + +--Mi mujer... Nicanora... --murmuró Ido sordamente, ya en el último +bocado--, la Venus de Médicis... carnes de raso... + +--¡Tengo unas ganas de conocer a esa célebre hermosura...!--afirmó Juan. + +Don José no había dejado nada en el plato más que el hueso. Después +exhaló un hondísimo suspiro, y llevándose la mano al pecho, dejó escapar +con bronca voz estas palabras: + +--La hermosura exterior nada más... sepulcro blanqueado... corazón lleno +de víboras. + +Su mirada infundió tanto terror a Jacinta, que dijo por señas a su +marido que le dejara salir. Pero el otro, queriendo divertirse un rato, +hostigó la demencia de aquel pobre hombre para que saltara. + +«Venga acá, querido D. José. ¿Qué tiene usted que decir de su esposa, si +es una santa?». + +--¡Una santa!, ¡una santa! --repitió Ido, con la barba pegada al pecho y +echando al Delfín una mirada que en otra cara habría sido feroz--. Muy +bien, señor mío. ¿Y usted en qué se funda para asegurarlo sin pruebas? + +--La voz pública lo dice. --Pues la voz pública se engaña--gritó Ido +alargando el cuello y accionando con energía--. La voz pública no sabe +lo que se pesca. + +--Pero cálmese usted, pobre hombre--se atrevió a expresar Jacinta--. A +nosotros no nos importa que su mujer de usted sea lo que quiera. + +--¡Que no les importa!... --replicó Ido con entonación trágica de actor +de la legua--. Ya sé que estas cosas a nadie le importan más que a mí, +al esposo ultrajado, al hombre que sabe poner su honor por encima de +todas las cosas. + +--Es claro que a él le importa principalmente--dijo Santa Cruz +hostigándole más--. Y que tiene el genio blando este señor Ido. + +--Y para que usted, señora --añadió el desgraciado mirando a Jacinta de +un modo que la hizo estremecer--, pueda apreciar la justa indignación de +un hombre de honor, sepa que mi esposa es... ¡adúuultera! + +Dijo esta palabra con un alarido espantoso, levantándose del asiento y +extendiendo ambos brazos como suelen hacer los bajos de ópera cuando +echan una maldición. Jacinta se llevó las manos a la cabeza. Ya no podía +resistir más aquel desagradable espectáculo. Llamó al criado para que +acompañara al desventurado corredor de obras literarias. Pero Juan, +queriendo divertirse más, procuraba calmarle. + +«Siéntese, Sr. D. José, y no se excite tanto. Hay que llevar estas cosas +con paciencia». + +--¡Con paciencia, con paciencia! --exclamó Ido, que en su estado +eléctrico repetía siempre la última frase que se le decía, como si la +mascase, a pesar de no tener muelas. + +--Sí, hombre; estos tragos no hay más remedio que irlos pasando. Amargan +un poco; pero al fin el hombre, como dijo el otro, se va _jaciendo_. + +--¡Se va _jaciendo_! ¿Y el honor, señor de Santa Cruz?... + +Y otra vez hincaba la barba en el pecho, mirando con los ojos medio +escondidos en el casco, y cerrándolos de súbito, como los toros que +bajan el testuz para acometer. Las carúnculas del cuello se le +inyectaban de tal modo, que casi eclipsaban el rojo de la corbata. +Parecía un pavo cuando la excitación de la pelea con otro pavo le +convierte en animal feroz. + +--El honor--expresó Juan--. ¡Bah!, el honor es un sentimiento +convencional... + +Ido se acercó paso a paso a Santa Cruz y le tocó en el hombro muy +suavemente, clavándole sus ojos de pavo espantado. Después de una larga +pausa, durante la cual Jacinta se pegó a su marido como para defenderle +de una agresión, el infeliz dijo esto, empezando muy bajito como si +secreteara, y elevando gradualmente la voz hasta terminar de una manera +estentórea: «Y si usted descubre que su mujer, la Venus de Médicis, la +de las carnes de raso, la del cuello de cisne, la de los ojos cual +estrellas... si usted descubre que esa divinidad, a quien usted ama con +frenesí, esa dama que fue tan pura; si usted descubre, repito, que falta +a sus deberes y acude a misteriosas citas con un duque, con un grande de +España, sí señor, con el mismísimo duque de Tal». + +--Hombre, eso es muy grave, pero muy grave--afirmó Juan, poniéndose más +serio que un juez--. ¿Está usted seguro de lo que dice? + +--¡Que si estoy seguro!... Lo he visto, lo he visto. + +Pronunció esto con oprimido acento, como quien va a romper en llanto. + +--Y usted, Sr. D. José de mi alma--dijo Santa Cruz fingiéndose, no ya +serio sino consternado--, ¿qué hace que no pide una satisfacción al +duque? + +--¡Duelos... duelitos a mí!--replicó Ido con sarcasmo--. Eso es para los +tontos. Esas cosas se arreglan de otro modo. + +Y vuelta a empezar bajito, para concluir a gritos: + +«Yo haré justicia, se lo juro a usted... Espero cogerlos _in fraganti_ +otra vez, _in fraganti_, Sr. D. Juan. Entonces aparecerán los dos +cadáveres atravesados por una sola espada... Esta es la venganza, esta +es la ley... por una sola espada... Y me quedaré tan fresco, como si tal +cosa. Y podré salir por ahí mostrando mis manos manchadas con la sangre +de los adúlteros y decir a gritos: 'Aprended de mí, maridos, a defender +vuestro honor. Ved estas manos justicieras, vedlas y besadlas...'. Y +vendrán todos... toditos a besarme las manos. Y será un besamanos, +porque hay tantos, tantísimos...». + +Al llegar a este grado de su lastimoso acceso, el infeliz Ido ya no +tenía atadero. Gesticulaba en medio de la habitación, iba de un lado +para otro, parábase delante de los esposos sin ninguna muestra de +respeto, daba rápidas vueltas sobre un tacón y tenía todas las trazas +de un hombre completamente irresponsable de lo que dice y hace. El +criado estaba en la puerta riendo, esperando que sus amos le mandasen +poner a aquel adefesio en la calle. Por fin, Juan hizo una seña a Blas; +y a su mujer le dijo por lo bajo: «dale un par de duros». Dejose +conducir hasta la puerta el pobre D. José sin decir una palabra, ni +despedirse. Blas le puso en la cabeza el primogénito de todos los +_claques_, en una mano las mugrientas carteras, en otra los dos duros +que para el caso le dio la señorita; la puerta se cerró y oyose el +pesado, inseguro paso del hombre eléctrico por las escaleras abajo. + +--A mí no me divierte esto --opinó Jacinta--. Me da miedo. ¡Pobre +hombre! La miseria, el no comer le habrán puesto así. + +--Es lo más inofensivo que te puedes figurar. Siempre que va a casa de +Joaquín, le pinchamos para que hable de la adúuultera. Su demencia es +que su mujer se la pega con un grande de España. Fuera de eso, es +razonable y muy veraz en cuanto habla. ¿De qué provendrá esto, Dios mío? +Lo que tú dices, el no comer. Este hombre ha sido también autor de +novelas, y de escribir tanto adulterio, no comiendo más que judías, se +le reblandeció el cerebro. + +Y no se habló más del loco. Por la noche fue Guillermina, y Jacinta, que +conservaba la mugrienta tarjeta con las señas de Ido, se la dio a su +amiga para que en sus excursiones le socorriese. En efecto, la familia +del corredor de obras (Mira el Río 12), merecía que alguien se +interesara por ella. Guillermina conocía la casa y tenía en ella muchos +parroquianos. Después de visitarla, hizo a su amiguita una pintura muy +patética de la miseria que en la madriguera de los Idos reinaba. La +esposa era una infeliz mujer, mártir del trabajo y de la inanición, +humilde, estropeadísima, fea de encargo, mal pergeñada. Él ganaba poco, +casi nada. Vivía la familia de lo que ganaban el hijo mayor, cajista, y +la hija, polluela de buen ver que aprendía para peinadora. + +Una mañana, dos días después de la visita de Ido, Blas avisó que en el +recibimiento estaba el hombre aquel de los pelos tiesos. Quería hablar +con la señorita. Venía muy pacífico. Jacinta fue allí, y antes de llegar +ya estaba abriendo su portamonedas. + +--Señora--le dijo Ido al tomar lo que se le daba--, estoy agradecidísimo +a sus bondades; pero ¡ay!, la señora no sabe que estoy desnudo... quiero +decir, que esta ropa que llevo se me está deshaciendo sobre las +carnes... Y naturalmente, si la señora tuviera unos pantaloncitos +desechados del señor D. Juan... + +--¡Ah! Sí... buscaré. Vuelva usted. + +--Porque la señora doña Guillermina, que es tan buena, nos socorrió con +bonos de carne y pan, y a Nicanora le dio una manta, que nos viene como +bendición de Dios, porque en la cama nos abrigábamos con toda mi ropa y +la suya puesta sobre las sábanas... + +--Descuide usted, Sr. del Sagrario; yo le procuraré alguna prenda en +buen uso. Tiene usted la misma estatura de mi marido. + +--Y a mucha honra... Agradecidísimo, señora; pero créame la señora, se +lo digo con la mano puesta en el corazón: más me convendría ropa de +niños que ropa de hombre, porque no me importa estar desnudo con tal que +mis chicos estén vestidos. No tengo más que una camisa, que Nicanora, +naturalmente, me lava ciertas y determinadas noches mientras duermo, +para ponérmela por la mañana... pero no me importa. Anden mis niños +abrigados, y a mí que me parta una pulmonía. + +--Yo no tengo niños--dijo la dama con tanta pena como el otro al decir +«no tengo camisa». + +Maravillábase Jacinta de lo muy razonable que estaba el corredor de +obras. No advirtió en él ningún indicio de las extravagancias de marras. + +«La señora no tiene hijos... ¡Qué lástima!--exclamó Ido--. Dios no sabe +lo que se hace... Y yo pregunto: si la señora no tiene niños, ¿para +quién son los niños? Lo que yo digo... ese señor Dios será todo lo sabio +que quieran; pero yo no le paso ciertas cosas». + +Esto le pareció a la Delfina tan discreto, que creyó tener delante al +primer filósofo del mundo; y le dio más limosna. + +«Yo no tengo niños --repitió--, pero ahora me acuerdo. Mis hermanas los +tienen...». + +--Mil y mil cuatrillones de gracias, señora. Algunas prendas de abrigo, +como las que repartió el otro día doña Guillermina a los chicos de mis +vecinos, no nos vendrían mal. + +--¿Doña Guillermina repartió a los vecinos y a usted no?... ¡Ah!, +descuide usted; ya le echaré yo un buen réspice. + +Alentado por esta prueba de benevolencia, Ido empezó a tomar confianza. +Avanzó algunos pasos dentro del recibimiento, y bajando la voz dijo a la +señorita: + +«Repartió doña Guillermina unos capuchoncitos de lana, medias y otras +cosas; pero no nos tocó nada. Lo mejor fue para los hijos de la señá +Joaquina y para el _Pitusín_, el niño ese... ¿no sabe la señora?, ese +chiquillín que tiene consigo mi vecino Pepe Izquierdo... un hombre de +bien, tan desgraciado como yo... No le quiero quitar al _Pitusín_ la +preferencia. Comprendo que lo mejor debe caerle a él por ser de la +familia. + +--¿Qué dice usted, hombre? ¿De quién habla usted?--indicó Jacinta +sospechando que Ido se electrizaba. Y en efecto, creyó notar síntomas de +temblor en el párpado. + +«El _Pitusín_--prosiguió Ido tomándose más confianza y bajando más la +voz--, es un nene de tres años, muy mono por cierto, hijo de una tal +Fortunata, mala mujer, señora, muy mala... Yo la vi una vez, una vez +sola. Guapetona; pero muy loca. Mi vecino me ha enterado de todo... + +Pues como decía, el pobre _Pitusín_ es muy salado... ¡más listo que +Cachucha y más malo...! Trae al retortero a toda la vecindad. Yo le +quiero como a mis hijos. El señor Pepe le recogió no sé dónde, porque su +madre le quería tirar...». + +Jacinta estaba aturdidísima, como si hubiera recibido un fuerte golpe en +la cabeza. Oía las palabras de Ido sin acertar a hacerle preguntas +terminantes. ¡Fortunata, el _Pitusín_!... ¿No sería esto una nueva +extravagancia de aquel cerebro novelador? + +«Pero, vamos a ver...--dijo la señorita al fin, comenzando a +serenarse--. Todo eso que usted me cuenta, ¿es verdad o es locura de +usted?... Porque a mí me han dicho que usted ha escrito novelas, y que +por escribirlas comiendo mal, ha perdido la chaveta». + +--Yo le juro a la señora que lo que le he dicho es el Santísimo +Evangelio--replicó Ido poniéndose la mano sobre el pecho--. José +Izquierdo es persona formal. No sé si la señora lo conocerá. Tuvo +platería en la Concepción Jerónima, un gran establecimiento... +especialidad en regalos para amas... No sé si fue allí donde nació el +_Pitusín_; lo que sí sé es que, naturalmente, es hijo de su esposo de +usted, el señor D. Juanito de Santa Cruz. + +--Usted está loco --exclamó la dama con arranque de enojo y despecho--. +Usted es un embustero... Márchese usted. + +Empujole hacia la puerta mirando a todos lados por si había en el +recibimiento o en los pasillos alguien que tales despropósitos oyera. No +había nadie. D. José se deshizo en reverencias; pero no se turbó porque +le llamaran loco. + +«Si la señora no me cree --se limitó a decir--, puede enterarse en la +vecindad...». + +Jacinta le retuvo entonces. Quería que hablase más. + +«Dice usted que ese José Izquierdo... Pero no quiero saber nada. Váyase +usted». + +Ido había traspasado el hueco de la puerta, y Jacinta cerró de golpe, a +punto que él abría la boca para añadir quizás algún pormenor interesante +a sus revelaciones. Tuvo la dama intenciones de llamarle. Figurábase que +al través de la madera, cual si esta fuera un cristal, veía el párpado +tembloroso de Ido y su cara de pavo, que ya le era odiosa como la de un +animal dañino. «No, no abro... --pensó--. Es una serpiente... ¡Qué +hombre! Se finge el loco para que le tengan lástima y le den dinero». +Cuando le oyó bajar las escaleras volvió a sentir deseos de más +explicaciones. En aquel mismo instante subían Barbarita y Estupiñá +cargados de paquetes de compras. Jacinta les vio por el ventanillo y +huyó despavorida hacia el interior de la casa, temerosa de que le +conocieran en la cara el desquiciamiento que aquel condenado hombre +había producido en su alma. + + + + +--v-- + + +¡Cómo estuvo aquel día la pobrecita! No se enteraba de lo que le decían, +no veía ni oía nada. Era como una ceguera y sordera moral, casi física. +La culebra que se le había enroscado dentro, desde el pecho al cerebro, +le comía todos los pensamientos y las sensaciones todas, y casi le +estorbaba la vida exterior. Quería llorar; ¿pero qué diría la familia al +verla hecha un mar de lágrimas? Habría que decir el motivo... Las +reacciones fuertes y pasajeras de toda pena no le faltaban, y cuando +aquella marca de consuelo venía, sentía breve alivio. ¡Si todo era un +embuste, si aquel hombre estaba loco...! Era autor de novelas de brocha +gorda y no pudiendo ya escribirlas para el público, intentaba llevar a +la vida real los productos de su imaginación llena de tuberculosis. Sí, +sí, sí: no podía ser otra cosa: tisis de la fantasía. Sólo en las +novelas malas se ven esos hijos de sorpresa que salen cuando hace falta +para complicar el argumento. Pero si lo revelado podía ser una papa, +también podía no serlo, y he aquí concluida la reacción de alivio. La +culebra entonces, en vez de desenroscarse, apretaba más sus duros +anillos. + +Aquel día, el demonio lo hizo, estaba Juan mucho peor de su catarro. Era +el enfermo más impertinente y dengoso que se pudiera imaginar. Pretendía +que su mujer no se apartara de él, y notando en ella una tristeza que no +le era habitual, decíale con enojo: «¿Pero qué tienes, qué te pasa, +hija? Vaya, pues me gusta... Estoy yo aquí hecho una plasta, aburrido y +pasando las de Caín, y te me vienes tú ahora con esa cara de juez. +Ríete, por amor de Dios». Y Jacinta era tan buena, que al fin hacía un +esfuerzo para aparecer contenta. El Delfín no tenía paciencia para +soportar las molestias de un simple catarro, y se desesperaba cuando le +venía uno de esos rosarios de estornudos que no se acaban nunca. +Empeñábase en despejar su cabeza de la pesada fluxión sonándose con +estrépito y cólera. + +«Ten paciencia, hijo--le decía su madre--. Si fuera una enfermedad +grave, ¿qué harías?». + +--Pues pegarme un tiro, mamá. Yo no puedo aguantar esto. Mientras más me +sueno, más abrumada tengo la cabeza. Estoy harto de beber aguas. +¡Demonio con las aguas! No quiero más brebajes. Tengo el estómago como +una charca. ¡Y me dicen que tenga paciencia! Cualquier día tengo yo +paciencia. Mañana me echo a la calle. + +--Falta que te dejemos. --Al menos ríanse, cuéntenme algo, +distráiganme. Jacinta, siéntate a mi lado. Mírame. + +--Si ya te estoy mirando. Estás muy guapito con tu pañuelo liado en la +cabeza, la nariz colorada, los ojos como tomates... + +--Búrlate; mejor. Eso me gusta... Ya te daría yo mi constipado. No, si +no quiero más caramelos. Con tus caramelos me has puesto el cuerpo como +una confitería. Mamá... + +--¿Qué? --¿Estaré bueno mañana? Por Dios, tengan compasión de mí, +háganme llevadera esta vida. Estoy en un potro. Me carga el sudar. Si me +desabrigo, toso; si me abrigo, echo el quilo... Mamá, Jacinta, +distraedme; tráiganme a Estupiñá para reírme un rato con él. + +Jacinta, al quedarse otra vez sola con su marido, volvió a sus +pensamientos. Le miró por detrás de la butaca en que sentado estaba. +«¡Ah, cómo me has engañado!...». Porque empezaba a creer que el loco, +con serlo tan rematado, había dicho verdades. Las inequívocas +adivinaciones del corazón humano decíanle que la desagradable historia +del _Pitusín_ era cierta. Hay cosas que forzosamente son ciertas, sobre +todo siendo cosas malas. ¡Entrole de improviso a la pobrecita esposa una +rabia...! Era como la cólera de las palomas cuando se ponen a pelear. +Viendo muy cerca de sí la cabeza de su marido, sintió deseos de tirarle +del cabello que por entre las vueltas del pañuelo de seda salía. «¡Qué +rabia tengo! --pensó Jacinta apretando sus bonitísimos dientes--, por +haberme ocultado una cosa tan grave... ¡Tener un hijo y abandonarlo +así!»... Se cegó; vio todo negro. Parecía que le entraban convulsiones. +Aquel _Pitusín_ desconocido y misterioso, aquella hechura de su marido, +sin que fuese, como debía, hechura suya también, era la verdadera +culebra que se enroscaba en su interior... «¿Pero qué culpa tiene el +pobre niño...? --pensó después transformándose por la piedad--. ¡Este, +este tunante...!». Miraba la cabeza, ¡y qué ganas tenía de arrancarle +una mecha de pelo, de pegarle un coscorrón!... ¿Quién dice uno?... dos, +tres, cuatro coscorrones muy fuertes para que aprendiera a no engañar a +las personas. + +«Pero mujer, ¿qué haces ahí detrás de mí?--murmuró él sin volver la +cabeza--. Lo que digo, hoy parece que estás lela. Ven acá, hija». + +--¿Qué quieres? --Niña de mi vida, hazme un favorcito. + +Con aquellas ternuras se le pasó a la Delfina todo su furor de +coscorrones. Aflojó los dientes y dio la vuelta hasta ponérsele delante. + +«Hazme el favorcito de ponerme otra manta. Creo que me he enfriado +algo». + +Jacinta fue a buscar la manta. Por el camino decía: «En Sevilla me contó +que había hecho diligencias por socorrerla. Quiso verla y no pudo. Murió +mamá, pasó tiempo; no supo más de ella... Como Dios es mi padre, yo he +de saber lo que hay de verdad en esto, y si... (se ahogaba al llegar a +esta parte de su pensamiento) si es verdad que los hijos que no le nacen +en mí le nacen en otra...». + +Al ponerle la manta le dijo: «Abrígate bien, infame»; y a Juanito no se +le ocultó la seriedad con que lo decía. Al poco rato volvió a tomar el +acento mimoso: + +«Jacintilla, niña de mi corazón, ángel de mi vida, llégate acá. Ya no +haces caso del sinvergüenza de tu maridillo». + +--Celebro que te conozcas. ¿Qué quieres? + +--Que me quieras y me hagas muchos mimos. Yo soy así. Reconozco que no +se me puede aguantar. Mira, tráeme agua azucarada... templadita, ¿sabes? +Tengo sed. + +Al darle el agua, Jacinta le tocó la frente y las manos. + +«¿Crees que tengo calentura?». + +--De pollo asado. No tienes más que impertinencias. Eres peor que los +chiquillos. + +--Mira, hijita, cordera; cuando venga _La Correspondencia_, me la +leerás. Tengo ganas de saber cómo se desenvuelve Salmerón. Luego me +leerás _La Época_. ¡Qué buena eres! Te estoy mirando y me parece mentira +que tenga yo por mujer a un serafín como tú. Y que no hay quien me quite +esta ganga... ¡Qué sería de mí sin ti... enfermo, postrado...! + +--¡Vaya una enfermedad! Sí; lo que es por quejarte no quedará... + +Doña Bárbara entró diciendo con autoridad: «A la cama, niño, a la cama. +Ya es de noche y te enfriarás en ese sillón». + +--Bueno, mamá; a la cama me voy. Si yo no chisto, si no hago más que +obedecer a mis tiranas... Si soy una malva. Blas, Blas..., ¿pero dónde +se mete este condenado hombre? + +María Santísima, lo que bregaron para acostarle. La suerte de ellas era +que lo tomaban a broma. «Jacinta, ponme un pañuelo de seda en la +garganta... Chica, no aprietes tanto que me ahogas... Quita, quita, tú +no sabes. Mamá, ponme tú el pañuelo... No, quitádmelo; ninguna de las +dos sabe liar un pañuelo. ¡Pero qué gente más inútil!». + +Pasa un ratito. «Mamá, ¿ha venido _La Correspondencia_?». + +--No, hijo. No te desabrigues. Mete estos brazos. Jacinta, cúbrele los +brazos. + +--Bueno, bueno, ya están metidos los brazos. ¿Los meto más? Eso es, se +empeñan en que me ahogue. Me han puesto un baúl mundo encima. Jacinta, +quita _jierro_, que el peso me agobia... Pero, chica, no tanto; sube más +arribita el edredón... tengo el pescuezo helado. Mamá... lo que digo, +hacen las cosas de mala gana. Así no me pongo nunca bueno. Y ahora se +van a comer. ¿Y me voy a quedar solo con Blas? + +--No, tonto, Jacinta comerá aquí contigo. + +Mientras su mujer comía, ni un momento dejó de importunarla: «Tú no +comes, tú estás desganada; a ti te pasa algo; tú disimulas algo... A mí +no me la das tú. Francamente, nunca está uno tranquilo... pensando +siempre si te nos pondrás mala. Pues es preciso comer; haz un +esfuerzo... ¿Es que no comes para hacerme rabiar?... Ven acá, tontuela, +echa la cabecita aquí. Si no me enfado, si te quiero más que a mi vida, +si por verte contenta, firmaba yo ahora un contrato de catarro +vitalicio... Dame un poquito de esa camuesa... ¡Qué buena está! Déjame +que te chupe el dedo...». + +Iban llegando los amigos de la casa que solían ir algunas noches. + +«Mamá, por las llagas y por todos los clavos de Cristo, no me traigas +acá a Aparisi... Ahora le da porque todo ha de ser _obvio... obvio_ por +arriba, _obvio_ por abajo. Si me le traes le echo a cajas destempladas». + +--Vaya, no digas tonterías. Puede que entre a saludarte; pero saldrá en +seguida. ¿Quién ha entrado ahora?... ¡Ah!, me parece que es Guillermina. + +--Tampoco la quiero ver. Me va a aburrir con su edificio. ¡Valiente +chifladura! Esa mujer está loca. Anoche me dio la gran jaqueca, con que +si sacó las maderas de _seis_ a treinta y ocho reales, y las _carreras +de pie y cuarto _ a diez y seis reales pie. Me armó un triquitraque de +pies que me dejó la cabeza pateada. No me la entren aquí. No me importa +saber a cómo valen el ladrillo pintón y las alfargías... Mamá, ponte de +centinela y aquí no me entra más que Estupiñá. Que venga Placidito, para +que me cuente sus glorias, cuando iba al portillo de Gilimón a meter +contrabando, y a la bóveda de San Ginés a abrirse las carnes con el +zurriago... Que venga para decirle: «lorito, daca la pata». + +--¡Pero, qué impertinente! Ya sabes que el pobre Plácido se acuesta +entre nueve y diez. Tiene que estar en planta a las cinco de la mañana. +Como que va a despertar al sacristán de San Ginés, que tiene un sueño +muy pesado. + +--Y porque el sacristán de San Ginés sea un dormilón, ¿me he de +fastidiar yo? Que entre Estupiñá y me dé tertulia. Es la única persona +que me divierte. + +--Hijo, por amor de Dios, mete esos brazos. + +--Ea, pues si no viene Rossini, no los meto y saco todo el cuerpo fuera. + +Y entraba Plácido y le contaba mil cosas divertidas, que siento no +poder reproducir aquí. No contento con esto, quería divertirse a costa +de él, y recordando un pasaje de la vida de Estupiñá que le habían +contado, decíale: + +«A ver, Plácido, cuéntanos aquel lance tuyo cuando te arrodillaste +delante del sereno, creyendo que era el Viático...». + +Al oír esto, el bondadoso y parlanchín anciano se desconcertaba. +Respondía torpemente, balbuciendo negativas y «¿quién te ha contado esa +paparrucha?». A lo mejor, saltaba Juan con esto: «¿Pero di, Plácido, tú +no has tenido nunca novia?». + +--Vaya, vaya, este Juanito --decía Estupiñá levantándose para +marcharse--, tiene hoy ganas de comedia. + +Barbarita, que tanto apreciaba a su buen amigo, estaba, como suele +decirse, al quite de estas bromas que tanto le molestaban. «Hijo, no te +pongas tan pesado... deja marchar a Plácido. Tú, como te estás durmiendo +hasta las once de la mañana, no te acuerdas del que madruga». + +Jacinta, entre tanto, había salido un rato de la alcoba. En el salón vio +a varias personas, Casa-Muñoz, Ramón Villuendas, D. Valeriano +Ruiz-Ochoa y alguien más, hablando de política con tal expresión de +terror, que más bien parecían conspiradores. En el gabinete de Barbarita +y en el rincón de costumbre halló a Guillermina haciendo obra de media +con hilo crudo. En el ratito que estuvo sola con ella, la enteró del +plan que tenía para la mañana siguiente. Irían juntas a la calle de Mira +el Río, porque Jacinta tenía un interés particular en socorrer a la +familia de aquel pasmarote que hace las suscriciones. «Ya le contaré a +usted; tenemos que hablar largo». Ambas estuvieron de cuchicheo un buen +cuarto de hora, hasta que vieron aparecer a Barbarita. + +«Hija, por Dios, ve allá. Hace un rato que te está llamando. No te +separes de él. Hay que tratarle como a los chiquillos». + +«Pero mujer, te marchas y me dejas así... ¡qué alma tienes!--gritó el +Delfín cuando vio entrar a su esposa--. Vaya una manera de cuidarle a +uno. Nada... Lo mismo que a un perro». + +--Hijo de mi alma, si te dejé con Plácido y tu mamá... Perdóname, ya +estoy aquí. + +Jacinta parecía alegre, Dios sabría por qué... Inclinose sobre el lecho +y empezó a hacerle mimos a su marido, como podría hacérselos a un niño +de tres años. + +--¡Ay, qué mañosito se me ha vuelto este nene!... Le voy a dar azotes... +Toma, este por tu mamá, este por tu papá y este grande... por tu +parienta... + +--¡Rica! --Si no me quieres nada. --Anda, zalamera... quien no me +quiere nada eres tú. + +--Nada en gracia de Dios. --¿Cuánto me quieres? + +--Tanto así. --Es poco. --Pues como de aquí a la Cibeles... no al +Cielo... ¿Estás satisfecho? + +--_Chí_. + +Jacinta se puso seria. «Arréglame esta almohada». + +--¿Así? --No, más alta. --¿Estás bien? --No, más bajita... Magnífico. +Ahora, ráscame aquí, en la paletilla. + +--¿Aquí? --Más abajito... más arribita... ahí... fuerte... ¡Ay, niña de +mi vida, eres la gloria eterna!... ¡Qué dicha la mía en poseerte!... + +«Cuando estás malo es cuando me dices esas cosas... Ya me las pagarás +todas juntas». + +--Sí, soy un pillo... Pégame. + +--Toma, toma. --Cómeme... --Sí, que te como, y te arranco un bocado... + +--¡Ay! ¡ay!, no tanto, caramba. ¡Si alguien nos viera!... + +--Creería que nos habíamos vuelto tontos rematados--observó Jacinta +riéndose con cierta melancolía. + +--Estas simplezas no son para que las vea nadie... + +--¿Cierras los ojos? Duérmete, a... rorró... + +--Eso es, quieres que me duerma para echar a correr a darle cuerda a esa +maniática de Guillermina. Tú eres responsable de que se chifle por +completo, porque le fomentas el tema del edificio... Ya estás deseando +que cierre yo los ojos para irte. Más que estar conmigo te gusta el +palique. ¿Sabes lo que te digo? Que si me duermo, te tienes que estar +aquí, de centinela, para cuidar de que no me destape. + +--Bueno, hombre, bueno; me estaré. + +Quedose aletargado; pero en seguida abrió los ojos, y lo primero que +vieron fue los de Jacinta, fijos en él con atención amante. Cuando se +durmió de veras, la centinela abandonó su puesto para correr al lado de +Guillermina con quien tenía pendiente una interesantísima conferencia. + + + + +-IX- + +Una visita al Cuarto Estado + + + + +--i-- + + +Al día siguiente, el Delfín estaba poco más o menos lo mismo. Por la +mañana, mientras Barbarita y Plácido andaban por esas calles de tienda +en tienda, entregados al deleite de las compras precursoras de Navidad, +Jacinta salió acompañada de Guillermina. Había dejado a su esposo con +Villalonga, después de enjaretarle la mentirilla de que iba a la Virgen +de la Paloma a oír una misa que había prometido. El atavío de las dos +damas era tan distinto, que parecían ama y criada. Jacinta se puso su +abrigo, sayo o _pardessus_ color de pasa, y Guillermina llevaba el traje +modestísimo de costumbre. + +Iba Jacinta tan pensativa, que la bulla de la calle de Toledo no la +distrajo de la atención que a su propio interior prestaba. Los puestos a +medio armar en toda la acera desde los portales a San Isidro, las +baratijas, las panderetas, la loza ordinaria, las puntillas, el cobre de +Alcaraz y los veinte mil cachivaches que aparecían dentro de aquellos +nichos de mal clavadas tablas y de lienzos peor dispuestos, pasaban ante +su vista sin determinar una apreciación exacta de lo que eran. Recibía +tan sólo la imagen borrosa de los objetivos diversos que iban pasando, y +lo digo así, porque era como si ella estuviese parada y la pintoresca +vía se corriese delante de ella como un telón. En aquel telón había +racimos de dátiles colgados de una percha; puntillas blancas que caían +de un palo largo, en ondas, como los vástagos de una trepadora, pelmazos +de higos pasados, en bloques, turrón en trozos como sillares que +parecían acabados de traer de una cantera; aceitunas en barriles +rezumados; una mujer puesta sobre una silla y delante de una jaula, +mostrando dos pajarillos amaestrados, y luego montones de oro, naranjas +en seretas o hacinadas en el arroyo. El suelo intransitable ponía +obstáculos sin fin, pilas de cántaros y vasijas, ante los pies del +gentío presuroso, y la vibración de los adoquines al paso de los carros +parecía hacer bailar a personas y cacharros. Hombres con sartas de +pañuelos de diferentes colores se ponían delante del transeúnte como si +fueran a capearlo. Mujeres chillonas taladraban el oído con pregones +enfáticos, acosando al público y poniéndole en la alternativa de comprar +o morir. Jacinta veía las piezas de tela desenvueltas en ondas a lo +largo de todas las paredes, percales azules, rojos y verdes, tendidos de +puerta en puerta, y su mareada vista le exageraba las curvas de aquellas +rúbricas de trapo. De ellas colgaban, prendidas con alfileres, toquillas +de los colores vivos y elementales que agradan a los salvajes. En +algunos huecos brillaba el naranjado que chilla como los ejes sin grasa; +el bermellón nativo, que parece rasguñar los ojos; el carmín, que tiene +la acidez del vinagre; el cobalto, que infunde ideas de envenenamiento; +el verde de panza de lagarto, y ese amarillo tila, que tiene cierto aire +de poesía mezclado con la tisis, como en la _Traviatta_. Las bocas de +las tiendas, abiertas entre tanto colgajo, dejaban ver el interior de +ellas tan abigarrado como la parte externa, los horteras de bruces en el +mostrador, o vareando telas, o charlando. Algunos braceaban, como si +nadasen en un mar de pañuelos. El sentimiento pintoresco de aquellos +tenderos se revela en todo. Si hay una columna en la tienda la revisten +de corsés encarnados, negros y blancos, y con los refajos hacen +graciosas combinaciones decorativas. + +Dio Jacinta de cara a diferentes personas muy ceremoniosas. Eran +maniquís vestidos de señora con tremendos _polisones_, o de caballero +con terno completo de lanilla. Después gorras muchas gorras, posadas y +alineadas en percheros del largo de toda una casa; chaquetas ahuecadas +con un palo, zamarras y otras prendas que algo, sí, algo tenían de seres +humanos sin piernas ni cabeza. Jacinta, al fin, no miraba nada; +únicamente se fijó en unos hombres amarillos, completamente amarillos, +que colgados de unas horcas se balanceaban a impulsos del aire. Eran +juegos de calzón y camisa de bayeta, cosidas una pieza a otra, y que +así, al pronto, parecían personajes de azufre. Los había también +encarnados. ¡Oh!, el rojo abundaba tanto, que aquello parecía un pueblo +que tiene la religión de la sangre. Telas rojas, arneses rojos, +collarines y frontiles rojos con madroñaje arabesco. Las puertas de las +tabernas también de color de sangre. Y que no son ni tina ni dos. +Jacinta se asustaba de ver tantas, y Guillermina no pudo menos de +exclamar: «¡Cuánta perdición!, una puerta sí y otra no, taberna. De aquí +salen todos los crímenes». + +Cuando se halló cerca del fin de su viaje, la Delfina fijaba +exclusivamente su atención en los chicos que iba encontrando. Pasmábase +la señora de Santa Cruz de que hubiera tantísima madre por aquellos +barrios, pues a cada paso tropezaba con una, con su crío en brazos, muy +bien agasajado bajo el ala del mantón. A todos estos ciudadanos del +porvenir no se les veía más que la cabeza por encima del hombro de su +madre. Algunos iban vueltos hacia atrás, mostrando la carita redonda +dentro del círculo del gorro y los ojuelos vivos, y se reían con los +transeúntes. Otros tenían el semblante mal humorado, como personas que +se llaman a engaño en los comienzos de la vida humana. También vio +Jacinta no uno, sino dos y hasta tres, camino del cementerio. Suponíales +muy tranquilos y de color de cera dentro de aquella caja que llevaba un +tío cualquiera al hombro, como se lleva una escopeta. + +«Aquí es» dijo Guillermina, después de andar un trecho por la calle del +Bastero y de doblar una esquina. No tardaron en encontrarse dentro de un +patio cuadrilongo. Jacinta miró hacia arriba y vio dos filas de +corredores con antepechos de fábrica y pilastrones de madera pintada de +ocre, mucha ropa tendida, mucho refajo amarillo, mucha zalea puesta a +secar, y oyó un zumbido como de enjambre. En el patio, que era casi todo +de tierra, empedrado sólo a trechos, había chiquillos de ambos sexos y +de diferentes edades. Una zagalona tenía en la cabeza toquilla roja con +agujeros, o con _orificios_, como diría Aparisi; otra, toquilla blanca, +y otra estaba con las greñas al aire. Esta llevaba zapatillas de orillo, +y aquella botitas finas de caña blanca, pero ajadas ya y con el tacón +torcido. Los chicos eran de diversos tipos. Estaba el que va para la +escuela con su cartera de estudio, y el pillete descalzo que no hace más +que vagar. Por el vestido se diferenciaban poco, y menos aún por el +lenguaje, que era duro y con inflexiones dejosas. + +«Chicooo... mia éste... Que te rompo la cara... ¿sabeees...?». + +--¿Ves esa farolona?--dijo Guillermina a su amiga--, es una de las hijas +de Ido... Esa, esa que está dando brincos como un saltamontes... ¡Eh!, +chiquilla... No oyen... venid acá. + +Todos los chicos, varones y hembras, se pusieron a mirar a las dos +señoras, y callaban entre burlones y respetuosos, sin atreverse a +acercarse. Las que se acercaban paso a paso eran seis u ocho palomas +pardas, con reflejos irisados en el cuello; lindísimas, gordas. Venían +muy confiadas meneando el cuerpo como las chulas, picoteando en el suelo +lo que encontraban, y eran tan mansas, que llegaron sin asustarse hasta +muy cerca de las señoras. De pronto levantaron el vuelo y se plantaron +en el tejado. En algunas puertas había mujeres que sacaban esteras a que +se orearan, y sillas y mesas. Por otras salía como una humareda: era el +polvo del barrido. Había vecinas que se estaban peinando las trenzas +negras y aceitosas, o las guedejas rubias, y tenían todo aquel matorral +echado sobre la cara como un velo. Otras salían arrastrando zapatos en +chancleta por aquellos empedrados de Dios, y al ver a las forasteras +corrían a sus guaridas a llamar a otras vecinas, y la noticia cundía, y +aparecían por las enrejadas ventanas cabezas peinadas o a medio peinar. + +«¡Eh!, chiquillos, venid acá» repitió Guillermina; y se fueron +acercando escalonados por secciones, como cuando se va a dar un ataque. +Algunos, más resueltos, las manos a la espalda, miraron a las dos damas +del modo más insolente. Pero uno de ellos, que sin duda tenía instintos +de caballero, se quitó de la cabeza un andrajo que hacía el papel de +gorra y les preguntó que a quién buscaban. «¿Eres tú del señor de Ido?». +El rapaz respondió que no, y al punto destacose del grupo la niña de las +zancas largas, de las greñas sueltas y de los zapatos de orillo, +apartando a manotadas a todos los demás muchachos que se enracimaban ya +en derredor de las señoras. + +«¿Está tu padre arriba?». La chica respondió que sí, y desde entonces +convirtiose en individuo de Orden Público. No dejaba acercar a nadie; +quería que todos los granujas se retiraran y ser ella sola la que guiase +a las dos damas hasta arriba. «¡Qué pesados, qué sobones!... En todo +quieren meter las narices... Atrás, gateras, atrás... Quitarvos de en +medio; dejar paso». + +Su anhelo era marchar delante. Habría deseado tener una campanilla para +ir tocando por aquellos corredores a fin de que supieran todos qué gran +visita venía a la casa. + +«Niña, no es preciso que nos acompañes--dijo Guillermina que no gustaba +de que nadie se sofocase tanto por ella--. Nos basta con saber que están +en casa». + +Pero la zancuda no hacía caso. En el primer peldaño de la escalera +estaba sentada una mujer que vendía higos pasados en una sereta, y por +poco no la planta el zapato de orillo en mitad de la cara. Y todo porque +no se apartaba de un salto para dejar el paso libre... «¡Vaya dónde se +va usted a poner, tía bruja!... Afuera o la reviento de una patada...». + +Subieron, no sin que a Jacinta le quedaran ganas de examinar bien toda +la pillería que en el patio quedaba. Allá en el fondo había divisado dos +niños y una niña. Uno de ellos era rubio y como de tres años. Estaban +jugando con el fango, que es el juguete más barato que se conoce. +Amasábanlo para hacer tortas del tamaño de _perros grandes_. La niña, +que era de más edad, había construido un hornito con pedazos de +ladrillo, y a la derecha de ella había un montón de panes, bollos y +tortas, todo de la misma masa que tanto abundaba allí. La señora de +Santa Cruz observó este grupo desde lejos. ¿Sería alguno de aquellos? El +corazón le saltaba en el pecho y no se atrevía a preguntar a la zancuda. +En el último peldaño de la escalera encontraron otro obstáculo: dos +muchachuelas y tres nenes, uno de estos en mantillas, interceptaban el +paso. Estaban jugando con arena _fina_ de fregar. El mamón estaba fajado +y en el suelo, con las patas y las manos al aire, berreando, sin que +nadie le hiciera caso. Las dos niñas habían extendido la arena sobre el +piso, y de trecho en trecho habían puesto diferentes palitos con +cuerdas y trapos. Era el secadero de ropa de las Injurias, propiamente +imitado. + +«¡Qué tropa, Dios! --exclamó la zancuda con indignación de celador de +ornato público, que no causó efecto--. Cuidado donde se van a poner... +¡Fuera, fuera!... y tú, _pitoja_, recoge a tu hermanillo, que le vamos a +espachurrar». Estas amonestaciones de una autoridad tan celosa fueron +oídas con el más insolente desdén. Uno de los mocosos arrastraba su +panza por el suelo, abierto de las cuatro patas; el otro cogía puñados +de arena y se lavaba la cara con ella, acción muy lógica, puesto que la +arena representaba el agua. «Vamos, hijos, quitaos de en medio--les dijo +Guillermina a punto que la zancuda destruía con el pie el lavadero, +gritando--: Sinvergüenzonas, ¿no tenéis otro sitio donde jugar? ¡Vaya +con la canalla esta...!». y echó adelante resuelta a destruir cualquier +obstáculo que se pusiera al paso. Las otras chiquillas cogieron a los +mocosos, como habrían cogido una muñeca, y poniéndoselos al cuadril, +volaron por aquellos corredores. + +«Vamos--dijo Guillermina a su guía--, no las riñas tanto, que también tú +eres buena...». + + + + +--ii-- + + +Avanzaron por el corredor, y a cada paso un estorbo. Bien era un brasero +que se estaba encendiendo, con el tubo de hierro sobre las brasas para +hacer tiro; bien el montón de zaleas o de ruedos, ya una banasta de +ropa; ya un cántaro de agua. De todas las puertas abiertas y de las +ventanillas salían voces o de disputa, o de algazara festiva. Veían las +cocinas con los pucheros armados sobre las ascuas, las artesas de lavar +junto a la puerta, y allá en el testero de las breves estancias la +indispensable cómoda con su hule, el velón con pantalla verde y en la +pared una especie de altarucho formado por diferentes estampas, alguna +lámina al cromo de prospectos o periódicos satíricos, y muchas +fotografías. Pasaban por un domicilio que era taller de zapatería, y los +golpazos que los zapateros daban a la suela, unidos a sus cantorrios, +hacían una algazara de mil demonios. Más allá sonaba el convulsivo +tiquitique de una máquina de coser, y acudían a las ventanas bustos y +caras de mujeres curiosas. Por aquí se veía un enfermo tendido en un +camastro, más allá un matrimonio que disputaba a gritos. Algunas vecinas +conocieron a doña Guillermina y la saludaban con respeto. En otros +círculos causaba admiración el empaque elegante de Jacinta. Poco más +allá cruzáronse de una puerta a otra observaciones picantes e +irrespetuosas. «Señá Mariana, ¿ha visto que nos hemos traído el sofá en +la rabadilla? ¡Ja, ja, ja!». + +Guillermina se paró, mirando a su amiga: «Esas chafalditas no van +conmigo. No puedes figurarte el odio que esta gente tiene a los +_polisones_, en lo cual demuestran un sentido... ¿cómo se dice?, un +sentido _estético_ superior al de esos haraganes franceses que inventan +tanto pegote estúpido». + +Jacinta estaba algo corrida; pero también se reía, Guillermina dio dos +pasos atrás, diciendo: «Ea, señoras, cada una a su trabajo, y dejen en +paz a quien no se mete con ustedes». + +Luego se detuvo junto a una de las puertas y tocó en ella con los +nudillos. + +«La señá Severiana no está--dijo una de las vecinas--. ¿Quiere la señora +dejar recado?...». + +--No; la veré otro día. + +Después de recorrer dos lados del corredor principal, penetraron en una +especie de túnel en que también había puertas numeradas; subieron como +unos seis peldaños, precedidas siempre de la zancuda, y se encontraron +en el corredor de otro patio, mucho más feo, sucio y triste que el +anterior. Comparado con el segundo, el primero tenía algo de +aristocrático y podría pasar por albergue de familias _distinguidas_. + +Entre uno y otro patio, que pertenecían a un mismo dueño y por eso +estaban unidos, había un escalón social, la distancia entre eso que se +llama _capas_. Las viviendas, en aquella segunda _capa_, eran más +estrechas y miserables que en la primera; el revoco se caía a pedazos, y +los rasguños trazados con un clavo en las paredes parecían hechos con +más saña, los versos escritos con lápiz en algunas puertas más necios y +groseros, las maderas más despintadas y roñosas, el aire más viciado, el +vaho que salía por puertas y ventanas más espeso y repugnante. Jacinta, +que había visitado algunas casas de corredor, no había visto ninguna tan +tétrica y mal oliente. «¿Qué, te asustas, niña bonita?--le dijo +Guillermina--. ¿Pues qué te creías tú, que esto era el Teatro Real o la +casa de Fernán-Núñez? Ánimo. Para venir aquí se necesitan dos cosas: +caridad y estómago». + +Echando una mirada a lo alto del tejado, vio la Delfina que por encima +de este asomaba un tenderete en que había muchos cueros, tripas u otros +despojos, puestos a secar. De aquella región venía, arrastrado por las +ondas del aire, un olor nauseabundo. Por los desiguales tejados +paseábanse gatos de feroz aspecto, flacos, con las quijadas angulosas, +los ojos dormilones, el pelo erizado. Otros bajaban a los corredores y +se tendían al sol; pero los propiamente salvajes, vivían y aun se +criaban arriba, persiguiendo el sabroso ratón de los secaderos. + +Pasaron junto a las dos damas figuras andrajosas, ciegos que iban dando +palos en el suelo, lisiados con montera de pelo, pantalón de soldado, +horribles caras. Jacinta se apretaba contra la pared para dejar paso +franco. Encontraban mujeres con pañuelo a la cabeza y mantón pardo, +tapándose la boca con la mano envuelta en un pliegue del mismo mantón. +Parecían moras; no se les veía más que un ojo y parte de la nariz. +Algunas eran agraciadas; pero la mayor parte eran flacas, pálidas, +tripudas y envejecidas antes de tiempo. + +Por los ventanuchos abiertos salía, con el olor a fritangas y el +ambiente chinchoso, murmullo de conversaciones dejosas, arrastrando +toscamente las sílabas finales. Este modo de hablar de la tierra ha +nacido en Madrid de una mixtura entre el deje andaluz, puesto de moda +por los soldados, y el dejo aragonés, que se asimilan todos los que +quieren darse aires varoniles. + +Nueva barricada de chiquillos les cortó el paso. Al verles, Jacinta y +aun Guillermina, a pesar de su costumbre de ver cosas raras, quedáronse +pasmadas, y hubiérales dado espanto lo que miraban, si las risas de +ellos no disiparan toda impresión terrorífica. Era una manada de +salvajes, compuesta de dos tagarotes como de diez y doce años, una niña +más chica, y otros dos _chavales_, cuya edad y sexo no se podía saber. +Tenían todos ellos la cara y las manos llenas de chafarrinones negros, +hechos con algo que debía de ser betún o barniz japonés del más fuerte. +Uno se había pintado rayas en el rostro, otro anteojos, aquél bigotes, +cejas y patillas con tan mala maña, que toda la cara parecía revuelta en +heces de tintero. Los pequeñuelos no parecían pertenecer a la raza +humana, y con aquel maldito tizne extendido y resobado por la cara y las +manos semejaban micos, diablillos o engendros infernales. + +«Malditos seáis... --gritó la zancuda, cuando vio aquellas fachas +horrorosas--. ¡Pero cómo os habéis puesto así, sinvergüenzones, +indecentes, puercos, marranos...!». + +--En el nombre del Padre... --exclamó Guillermina persignándose--. ¿Pero +has visto...? + +Contemplaban ellos a las damas, mudos y con grandísima emoción, gozando +íntimamente en la sorpresa y terror que sus espantables cataduras +producían en aquellas señoriticas tan requetefinas. Uno de los pequeños +intentó echar la zarpa al abrigo de Jacinta; pero la zancuda empezó a +dar chillidos: «Quitarvos allá, desapartaísos, gorrinos asquerosos... +que mancháis a estas señoras con esas manazas». + +«¡Bendito Dios!... Si parecen caníbales... No nos toquéis... La culpa +no tenéis vosotros, sino vuestras madres, que tal os consienten... + +Y si no me engaño, estos dos gandulones son tus hermanos, niña». + +Los dos aludidos, mostrando al sonreír sus dientes blancos como la leche +y sus labios más rojos que cerezas entre el negro que los rodeaba, +contestaron que sí con sus cabezas de salvaje. Empezaban a sentirse +avergonzados y no sabían por dónde tirar. En el mismo instante salió una +mujeraza de la puerta más próxima, y agarrando a una de las niñas +embadurnadas, le levantó las enaguas y empezó a darle tal solfa en salva +la parte, que los castañetazos se oían desde el primer patio. No tardó +en aparecer otra madre furiosa, que más que mujer parecía una loba, y la +emprendió con otro de los mandingas a bofetada sucia, sin miedo a +mancharse ella también. «Canallas, cafres, ¡cómo se han puesto!». Y al +punto fueron saliendo más madres irritadas. ¡La que se armó! Pronto se +vieron lágrimas resbalando sobre el betún, llanto que al punto se volvía +negro. «Te voy a matar, grandísimo pillo, ladrón...». Estos son los +condenados charoles que usa la señá Nicanora. Pero, ¡re--Dios!, señá +Nicanora, ¿para qué deja usté que las criaturas...?». + +Una de las mujeres que más alborotaban se aplacó al ver a las dos damas. +Era la señora de Ido del Sagrario, que tenía en la cara sombrajos y +manchurrones de aquel mismo betún de los caribes, y las manos +enteramente negras. + +Turbose un poco ante la visita: «Pasen las señoras... Me encuentran +hecha una compasión». + +Guillermina y Jacinta entraron en la mansión de Ido, que se componía de +una salita angosta y de dos alcobas interiores más oprimidas y lóbregas +aún, las cuales daban el _quién vive_ al que a ellas se asomaba. No +faltaban allí la cómoda y la lámina del Cristo del _Gran Poder_, ni las +fotografías descoloridas de individuos de la familia y de niños muertos. +La cocina era un cubil frío donde había mucha ceniza, pucheros volcados, +tinajas rotas y el artesón de lavar lleno de trapos secos y de polvo. En +la salita, los ladrillos tecleaban bajo los pies. Las paredes eran como +de carbonería, y en ciertos puntos habían recibido bofetadas de cal, por +lo que resultaba un claro-oscuro muy fantástico. Creeríase que andaban +espectros por allí, o al menos sombras de linterna mágica. El sofá de +Vitoria era uno de los muebles más alarmantes que se pueden imaginar. No +había más que verle para comprender que no respondía de la seguridad de +quien en él se sentase. Las dos o tres sillas eran también muy +sospechosas. La que parecía mejor, seguramente la pegaba. Vio Jacinta, +salteados por aquellos fantásticos muros, carteles de publicaciones +ilustradas, de librillos de papel de fumar y cartones de almanaques +americanos que ya no tenían hojas. Eran años muertos. + +Pero lo que mayormente excitó la curiosidad de ambas señoras fue un gran +tablero que en el centro de la estancia había, cogiéndola casi toda; una +mesa armada sobre bancos como la que usan los papelistas, y encima de +ella grandes paquetes o manos de pliegos de papel fino de escribir. A un +extremo los cuadernillos apilados formaban compactas resmas blancas; a +otro las mismas resmas ya con bordes negros, convertidas en papel de +luto. + +Ido extendía sobre el tablero los pliegos de papel abiertos. Una +muchacha, que debía de ser Rosita, contaba los pliegos ya enlutados y +formaba los cuadernillos. Nicanora pidió permiso a las señoras para +seguir trabajando. Era una mujer más envejecida que vieja, y bien se +conocía que nunca había sido hermosa. Debió de tener en otro tiempo +buenas carnes, pero ya su cuerpo estaba lleno de pliegues y abolladuras +como un zurrón vacío. Allí, valga la verdad, no se sabía lo que era +pecho, ni lo que era barriga. La cara era hocicuda y desagradable. Si +algo expresaba era un genio muy malo y un carácter de vinagre; pero en +esto engañaba aquel rostro como otros muchos que hacen creer lo que no +es. Era Nicanora una infeliz mujer, de más bondad que entendimiento, +probada en las luchas de la vida, que había sido para ella una batalla +sin victorias ni respiro alguno. Ya no se defendía más que con la +paciencia, y de tanto mirarle la cara a la adversidad debía de +provenirle aquel alargamiento de morros que la afeaba +considerablemente. La _Venus de Médicis_ tenía los párpados enfermos, +rojos y siempre húmedos, privados de pestañas, por lo cual decían de +ella que _con un ojo lloraba a su padre y con otro a su madre_. + +Jacinta no sabía a quién compadecer más, si a Nicanora por ser como era, +o a su marido por creerla Venus cuando se _electrizaba_. Ido estaba muy +cohibido delante de las dos damas. Como la silla en que doña Guillermina +se sentó empezase a exhalar ciertos quejidos y a hacer desperezos, +anunciando quizás que se iba a deshacer, D. José salió corriendo a traer +una de la vecindad. Rosita era graciosa, pero desmedrada y clorótica, de +color de marfil. Llamaba la atención su peinado en sortijillas, batido, +engomado y puesto con muchísimo aquel. + +«¿Pero qué hace usted, mujer, con esa pintura?» preguntó Guillermina a +Nicanora. + +_--Soy lutera_. + +--Somos _luteranos_--dijo Ido sonriendo, muy satisfecho por tener +ocasión de soltar aquel chiste que era viejo y había sido soltado sin +número de veces. + +--¡Qué dice este hombre! --exclamó la fundadora horrorizada. + +--Cállate tú y no disparates--replicó Nicanora--. Yo soy _lutera_, vamos +al decir, pinto papel de luto. Cuando no tengo otro trabajo, me traigo a +casa unas cuantas resmas, y las enluto mismamente como las señoras ven. +El almacenista paga un real por resma. Yo pongo el tinte, y trabajando +todo el día, me quedan seis o siete reales. Pero los tiempos están +malos, y hay poco papel que teñir. Todas las luteras están paradas, +señora... porque, naturalmente, o se muere poca gente, o no les echan +papeletas... Hombre--dijo a su marido, haciéndole estremecer--, ¿qué +haces ahí con la boca abierta? _Desmiente_. + +Ido, que estaba oyendo a su mujer, como se oye a un orador brillante, +despertó de su éxtasis y se puso a _desmentir_. Llaman así al acto de +colocar los pliegos de papel unos sobre otros, escalonados, dejando +descubierta en todos una fajita igual, que es lo que se tiñe. Como +Jacinta observaba atentamente el trabajo de D. José, este se esmeró en +hacerlo con desusada perfección y ligereza. Daba gusto ver aquellos +bordes, que por lo iguales parecían hechos a compás. Rosita apilaba +pliegos y resmas sin decir una palabra. Nicanora hizo a Jacinta, mirando +a su marido, una seña que quería decir: «Hoy está bueno». Después empezó +a pasar rápidamente la brocha sobre el papel, como se hace con los +estarcidos. + +--Y las suscriciones de entregas --preguntó Guillermina--, ¿dan algo que +comer? + +Ido abrió la boca para emitir pronta y juiciosa respuesta a esta +pregunta; pero su mujer tomó rápidamente la palabra, quedándose él un +buen rato con la boca abierta. + +--Las suscripciones--declaró la _Venus de Médicis_--, son una calamidad. +Aquí José tiene poca suerte... es muy honrado y le engaña +cualisquiera. El público es cosa mala, señoras, y suscritor hay que no +paga ni aunque le arrastren. Luego, como el mes pasado perdió _aquí_ +(este aquí era D. José) un billete de cuatrocientos reales, el encargado +de las obras se lo va cobrando, descontándole de las primas que le +tocan. Por eso, naturalmente, nos hemos atrasado tanto, y lo poco que se +apaña se lo birla el casero. + +Ido, desde que se dijo aquello del billete perdido, no volvió a levantar +los ojos de su trabajo. Aquel descuido que tuvo le avergonzaba como si +hubiera sido un delito. + +«Pues lo primero que tienen ustedes que hacer--indicó la Pacheco--, es +poner una escuela a esos dos tagarotes y a la berganta de su niña +pequeña». + +--No los mando, porque me da vergüenza de que salgan a la calle con +tanto pingajo. + +--No importa. Además, esta amiguita y yo daremos a ustedes alguna ropa +para los muchachos. Y el mayor, ¿gana algo? + +--Me gana cinco reales en una imprenta. + +Pero no tiene formalidad. Cuando le parece deja el trabajo, y se va a +las becerradas de Getafe o de Leganés, y no parece en tres días. Quiere +ser torero y nos trae crucificados. Se va al matadero por las tardes, +cuando degüellan, y en casa, dormido, habla de que si puso las +banderillas a _porta-gayola_... + +--Y usted--preguntó Jacinta a Rosita--, ¿en qué se ocupa? + +Rosita se puso muy encarnada. Iba a contestar; pero su madre, que +llevaba la palabra por toda la familia, respondió: + +«Es peinadora... Está aprendiendo con una vecina maestra. Ya tiene +algunas parroquianas. Pero no le pagan, naturalmente... Es una sosona, y +como no le pongan los cuartos en la mano, no hay de qué. Yo le digo que +no sea _panoli_ y que tenga genio; pero... ya usted la ve. Como su +padre, que el día que no le engaña uno le engañan dos». + +Guillermina, después de sacar varios bonos, como billetes de teatro, y +dar a la infeliz familia los que necesitaba para proveerse de garbanzos, +pan y carne por media semana, dijo que se marchaba. Pero Jacinta no se +conformó con salir tan pronto. Había ido allí con determinado fin, y por +nada del mundo se retiraría sin intentar al menos realizarlo. Varias +veces tuvo la palabra en la boca para hacer una pregunta a D. José, y +este la miraba como diciendo: «estoy rabiando porque me pregunte usted +por el _Pituso_». Por fin, decidiose la dama a romper el silencio sobre +punto tan capital, y levantándose dio algunos pasos hacia donde Ido +estaba. Este no necesitó más que verla venir; y saliendo rápidamente del +cuarto, volvió al poco con una criatura de la mano. + + + + +--iii-- + + +«¡El Dulce Nombre!...» exclamó la Pacheco viendo entrar aquel adefesio, +y todos los demás lanzaron una exclamación parecida al mirar al niño, +con la cara tan completamente pintada de negro que no se veía el color +de su carne por parte alguna. Sus manos chorreaban betún, y en el traje +se habían limpiado las suyas asquerosísimas los otros muchachos. El +_Pitusín_ tenía el cabello negro. Sus labios rojos sobre aquel chapapote +superaban al coral más puro. Los dientecillos le brillaban cual si +fueran de cristal. La lengua que sacaba, por tener la creencia de que +todo negrito, para ser tal negrito, debe estirar la lengua todo lo más +posible, parecía una hoja de rosa. + +«¡Qué horror!... ¡Ah!, tunantes... ¡Bendito Dios!, ¡cómo le han +puesto!... Anda, ¡que apañado estás!...». Las vecinas se enracimaban en +las puertas riendo y alborotando. Jacinta estaba atónita y apenada. +Pasáronle por la mente ideas extrañas; la mancha del pecado era tal, que +aun a la misma inocencia extendía su sombra; y el maldito se reía detrás +de su infernal careta, gozoso de ver que todos se ocupaban de él, aunque +fuera para escarnecerle. Nicarona dejó sus pinturas para correr detrás +de los bergantes y de la zancuda, que también debía de tener alguna +parte en aquel desaguisado. La osadía del negrito no conocía límites, y +extendió sus manos pringadas hacia aquella señora tan maja que le miraba +tanto. «Quita allá, demonio... quita allá esas manos» le gritaron. +Viendo que no le dejaban tocar a nadie, y que su facha causaba risa, el +chico daba patadas en medio del corro, sacando la lengua y presentando +sus diez dedos como garras. De este modo tenía, a su parecer, el aspecto +de un bicho muy malo que se comía a la gente, o por lo menos que se la +quería comer. + +Oyose el pie de paliza que Nicarona, hecha una veneno, estaba dando a +sus hijos, y el gemir de ellos. El _Pituso_ empezó a cansarse pronto de +su papel de mico, porque eso de no poder pegarse a nadie tenía poca +gracia. Lo mejor que podía hacer en su situación desairada, era meterse +los dedos en la boca; pero sabía tan mal aquel endiablo potaje negro, +que pronto los hubo de retirar. + +«¿Será veneno eso? --observó Jacinta, alarmada--. Que lo laven, ¿por qué +no lo lavan?». + +--Pues estás bonito, Juanín--díjole Ido--. ¡Y esta señora que te quería +dar un beso! + +Ávida de tocarle, la Delfina le agarró un mechón de cabello, lo único en +que no había pintura. «¡Pobrecito, cómo está!...». De repente le +entraron a Juanín ganas de llorar. Ya no enseñaba la lengua; lo que +hacía era dar suspiros. + +«¿Pero ese Sr. Izquierdo, no está?--preguntó a Ido Jacinta llevándole +aparte--. Yo tengo que hablar con él. ¿Dónde vive?». + +--Señora--replicó D. José con finura--, la puerta de su domicilio está +cerrada... herméticamente, muy herméticamente. + +--Pues quiero verle, quiero hablar con él. + +--Yo lo pondré en su conocimiento--repuso el corredor de obras, que +gustaba de emplear formas burocráticas cuando la ocasión lo pedía. + +--Ea, vámonos, que es tarde --dijo impaciente Guillermina--. Otro día +volveremos. + +--Sí, volveremos... Pero que lo laven... ¡pobre niño! Debe de estar en +un martirio horrible con ese emplasto en la cara. Di, tontín, ¿quieres +que te laven? + +El _Pituso_ dijo que sí con la cabeza. Su aflicción crecía, y poco le +faltaba para romper a llorar. Todas las vecinas reconocieron la +necesidad de lavarle; pero unas no tenían agua y otras no querían +gastarla en tal objeto. Por fin una mujer agitanada y con faldas de +percal rameado, el talle muy bajo, un pañuelo caído por los hombros, el +pelo lacio y la tez crasa y de color de _terra-cotta_, se pareció por +allí de repente, y quiso dar una lección a las vecinas delante de las +señoras, diciendo que ella tenía agua de sobra para _despercudir_ y +_chovelar_ a aquel ángel. Se le llevaron en burlesca procesión, él +delante, aislado por su propio tizne, y ya con la dignidad tan por los +suelos, que empezaba a dar _jipíos_; los chicos detrás haciendo una +bulla infernal, y la tarasca aquella del moño lacio amenazándolos con +_endiñarles_ si no se quitaban de en medio. Desapareció la comparsa por +una puerquísima y angosta escalera que del ángulo del corredor partía. +Jacinta hubiera querido subir también; pero Guillermina la sofocaba con +sus prisas. «¿Hija, sabes tú la hora que es?». + +«Sí, nos iremos... Lo que es por mí, ya estamos andando» decía la otra +sin moverse del corredor, mirando a la techumbre, en la cual no veía +otra cosa que el horrible tinglado donde colgaban los cueros puestos a +secar. Entre tanto, la fundadora, a pesar de su mucha prisa, entablaba +una rápida conversación con D. José. + +«¿No tiene usted ya nada que hacer en casa?». + +--Absolutamente nada, señora. Ya están _desmentidas_ las últimas resmas. +Pensaba yo ahora irme a dar una vuelta y a tomar el aire. + +--Le conviene a usted el ejercicio... perfectamente. Pues oiga usted, al +mismo tiempo que se orea un poco, me va a hacer un servicio. + +--Estoy a disposición de la señora. + +--Se sale usted a la Ronda... tira usted para abajo, dejando a la +izquierda la fábrica del gas. ¿Entiende usted?... ¿Sabe usted la +estación de las Pulgas? Bueno, pues antes de llegar a ella hay una casa +en construcción... Está concluida la obra de fábrica y ahora están +armando una chimenea muy larga, porque va a ser _sierra mecánica_... ¿Se +va usted enterando? No tiene pérdida. Pues entra usted y pregunta por el +guarda de la obra, que se llama Pacheco... lo mismito que yo. Usted le +dice: «Vengo por los ladrillos de doña Guillermina». Ido repitió, como +los chicos que aprenden una lección: + +«Vengo por los ladrillos, etc...». + +--El dueño de esa fábrica me ha dado unos setenta ladrillos, lo único +que le sobra... poca cosa, pero a mí todo me sirve... Bueno; coge usted +los ladrillos y me los lleva a la obra... son para mi obra. + +--¿A la obra?... ¿Qué obra? + +--Hombre, en Chamberí... mi asilo... ¿Está usted lelo? + +--¡Ah! perdone la señora... cuando oí la obra, creí al pronto que era +una obra literaria. + +--Si no puede usted de un viaje, emplee dos. + +--O tres, o cuatro... tantísimo gusto en ello... Si necesario fuese, +naturalmente, tantos viajes como ladrillos... + +--Y si me hace bien el recado, cuente con un hongo casi nuevo... Me lo +han dado ayer en una casa, y lo reservo para los amigos que me ayudan... +¿Con que lo hará usted? Hoy por ti y mañana por mí. Vaya, abur, abur. + +Ido y su mujer se deshacían en cumplidos y fueron escoltando a las +señoras hasta la puerta de la calle. En la calle de Toledo tomaron ellas +un simón para ganar tiempo, y el bendito Ido se fue a cumplir el encargo +que la fundadora le había hecho. No era una misión _delicada_ +ciertamente, como él deseara; pero el principio de caridad que entrañaba +aquel acto lo trocaba de vulgar en sublime. Toda la santa tarde estuvo +mi hombre ocupado en el transporte de los ladrillos, y tuvo la +satisfacción de que ni uno solo de los setenta se le rompiera por el +camino. El contento que inundaba su alma le quitaba el cansancio, y +provenía su gozo casi exclusivamente de que Jacinta, en aquel ratito en +que le llevó aparte, le había dado un duro. No puso él la moneda en el +bolsillo de su chaleco, donde la habría descubierto Nicanora, sino en la +cintura, muy bien escondida en una faja que usaba pegada a la carne para +abrigarse la boca del estómago. Porque conviene fijar bien las cosas... +aquel duro, dado aparte, lejos de las miradas famélicas del resto de la +familia, era exclusivamente para él. Tal había sido la intención de la +señorita, y D. José habría creído ofender a su bienhechora +interpretándola de otro modo. Guardaría, pues, su tesoro, y se valdría +de todas las trazas de su ingenio para defenderlo de las miradas y de +las uñas de Nicanora... porque si esta lo descubría, ¡Santo Cristo de +los Guardias...! + +Pasó la noche en grandísima intranquilidad. Temía que su mujer +descubriese con ojo perspicaz el matute que él encerraba en su cintura. +La maldita parecía que olía la plata. Por eso estaba tan azorado y no se +daba por seguro en ninguna posición, creyendo que al través de la ropa +se le iba a ver la moneda. Durante la cena estuvieron todos muy alegres; +tiempo hacía que no habían cenado tan bien. Pero al acostarse volvió Ido +a ser atormentado por sus temores, y no tuvo más remedio que estar toda +la noche hecho un ovillo, con las manos cruzadas en la cintura, porque +si en una de las revueltas que ambos daban sobre los accidentados +jergones la mano de su mujer llegaba a tocar el duro, se lo quitaba, tan +fijo como tres y dos son cinco. Durmió, pues, tan mal que en realidad +dormía con un ojo y velaba con el otro, atento siempre a defender su +contrabando. Lo peor fue que viéndole su mujer tan retortijado y hecho +todo una _ese_, creyó que tenía el dolor espasmódico que le solía dar; y +como el mejor remedio para eso eran las friegas, Nicanora le propuso +dárselas, y al oír tal proposición, tembláronle a Ido las carnes, +viéndose descubierto y perdido. «Ahora sí que la hemos hecho buena» +pensó. Pero su talento le sugirió la respuesta, y dijo que no tenía ni +pizca de dolor, sino frío, y sin más explicaciones se volvió contra la +pared, pegándose a ella como un engrudo, y haciéndose el dormido. Llegó +por fin el día y con él la calma al corazón de Ido, quien se acicaló y +se lavó casi toda la cara, poniéndose la corbata encarnada con cierta +presunción. + +Eran ya las diez de la mañana, porque con aquello de lavarse _bien_ se +había ido bastante tiempo. Rosita tardó mucho en traer el agua, y +Nicanora se había dado la inmensa satisfacción de ir a la compra. Todos +los individuos de la familia, cuando se encontraban uno frente a otro, +se echaban a reír, y el más risueño era D. José, porque... ¡si +supieran!... + + + + +--iv-- + + +Echose mi hombre a la calle, y tiró por la de Mira el Río baja, cuya +cuesta es tan empinada que se necesita hacer algo de volatines para no +ir rodando de cabeza por aquellos pedernales. Ido la bajó, casi como la +bajan los chiquillos, de un aliento, y una vez en la explanada que +llaman el _Mundo Nuevo_, su espíritu se espació, como pájaro lanzado a +los aires. Empezó a dar resoplidos, cual si quisiera meter en sus +pulmones más aire del que cabía, y sacudió el cuerpo como las gallinas. +El picorcillo del sol le agradaba, y la contemplación de aquel cielo +azul, de incomparable limpieza y diafanidad, daba alas a su alma +voladora. Candoroso e impresionable, D. José era como los niños o los +poetas de verdad, y las sensaciones eran siempre en él vivísimas, las +imágenes de un relieve extraordinario. Todo lo veía agrandado +hiperbólicamente o empequeñecido, según los casos. Cuando estaba alegre, +los objetos se revestían a sus ojos de maravillosa hermosura; todo le +_sonreía_, según la expresión común que le gustaba mucho usar. En cambio +cuando estaba afligido, que era lo más frecuente, las cosas más bellas +se afeaban volviéndose negras, y se cubrían de un velo... parecíale más +propio decir _de un sudario_. Aquel día estaba el hombre de buenas, y la +excitación de la dicha hacíale más niño y más poeta que otras veces. Por +eso el campo del _Mundo Nuevo_, que es el sitio más desamparado y más +feo del globo terráqueo, le pareció una bonita plaza. Salió a la Ronda y +echó miradas de artista a una parte y otra. Allí la puerta de Toledo +¡qué soberbia arquitectura! A la otra parte la fábrica del gas... ¡oh +prodigios de la industria!... Luego el cielo espléndido y aquellos lejos +de Carabanchel, perdiéndose en la inmensidad, con remedos y aun con +murmullos de Océano... ¡sublimidades de la Naturaleza!... Andando, +andando, le entró de improviso un celo tan vehemente por la instrucción +pública, que le faltó poco para caerse de espaldas ante los estólidos +letreros que veía por todas partes. + +_No se premite tender rropa, y ni clabar clabos_, decía en una pared, y +D. José exclamó: «¡Vaya una barbaridad!... ¡Ignorantes!... ¡emplear dos +conjunciones copulativas! Pero pedazos de animales, ¿no veis que la +primera, naturalmente, junta las voces o cláusulas en concepto +afirmativo y la segunda en concepto negativo?... ¡Y que no tenga qué +comer un hombre que podría enseñar la Gramática a todo Madrid y corregir +estos delitos del lenguaje!... ¿Por qué no me había de dar el Gobierno, +vamos a ver, por qué no me había de dar el encargo, mediante +proporcionales emolumentos, de vigilar los rótulos?... ¡Zoquetes, qué +multas os pondría!... Pues también tú estás bueno: _Se alquilan +qartos_... muy bien, señor mío. ¿Le gustan a usted tanto las _úes_ que +se las come con arroz? ¡Ah!, si el Gobierno me nombrara _ortógrafo de la +vía pública_, ya veríais... Vamos, otro que tal: _se proive_... Se +prohíbe rebuznar, digo yo». + +Hallábase en lo más entretenido de aquella crítica literaria, tan propia +de su oficio, cuando vio que hacia él iban tres individuos de calzón +ajustado, botas de caña, chaqueta corta, gorra, el pelo echadito +_palante_, caras de poca vergüenza. + +Eran los tales tipos muy madrileños y pertenecían al gremio de los +_randas_. El uno era _descuidero_, el otro _tomador_, y el tercero hacía +a pelo y a pluma. Ido les conocía, porque vivían en su patio, siempre +que no eran inquilinos de los del Saladero, y no gustaba de tratarse con +semejante gentuza. De buena gana les habría dado una puntera en salva la +parte; pero no se atrevía. Una cosa es reformar la ortografía pública, y +otra aplicar ciertos correctivos a la especie humana. «Allá van los +buenos días» le dijeron los chulos alegremente, y a Ido se le puso la +carne como la de las gallinas, porque se acordó del duro y temió que se +lo _garfiñaran_ si entraba en parola con ellos. Pasando de largo, les +dijo con mucha cortesía: «Dios les guarde, caballeros... Conservarse» y +apretó a correr. No le volvió el alma al cuerpo hasta que les hubo +perdido de vista. + +«Es preciso que me convide a algo» pensaba el pendolista; y hacía la +crítica mental de los manjares que más le gustaban. Cerca de la puerta +de Toledo se encontró con un mielero alcarreño que paraba en su misma +casa. Estaban hablando, cuando pasó un pintor de panderetas, también +vecino, y ambos le convidaron a unas copas. «Váyanse al rábano, +ordinariotes...» pensó Ido, y les dio las gracias, separándose al punto +de ellos. Andando más vio un ventorro en la acera derecha de la +Ronda... + +«¡Comer de fonda!». Esta idea se le clavó en el cerebro. Un rato estuvo +Ido del Sagrario ante el establecimiento de _El Tartera_, que así se +llamaba, mirando los dos tiestos de _bónibus_ llenos de polvo, las +insignias de los bolos y la rayuela, la mano negra con el dedo tieso +señalando la puerta, y no se decidía a obedecer la indicación de aquel +dedo. ¡Le sentaba tan mal la carne...! Desde que la comía le entraba +aquel mal tan extraño y daba en la gracia estúpida de creer que Nicanora +era la Venus de Médicis. Acordose, no obstante, de que el médico le +recetaba siempre comer carne, y cuanto más cruda mejor. De lo más hondo +de su naturaleza salía un bramido que le pedía ¡carne, carne, carne! Era +una voz, un prurito irresistible, una imperiosa necesidad orgánica, como +la que sienten los borrachos cuando están privados del fuego y de la +picazón del alcohol. + +Por fin no pudo resistir; colose dentro del ventorrillo, y tomando +asiento junto a una de aquellas despintadas mesas, empezó a palmotear +para que viniera el mozo, que era el mismo _Tartera_, un hombre +gordísimo, con chaleco de Bayona y mandil de lanilla verde rayado de +negro. No lejos de donde estaba Ido había un rescoldo dentro de enorme +braserón, y encima una parrilla casi tan grande como la reja de una +ventana. Allí se asaban las chuletas de ternera, que con la chamusquina +en tan viva lumbre, despedían un olor apetitoso. «Chuletas» dijo D. +José, y a punto vio entrar a un amigo, el cual le había visto a él y +por eso sin duda entraba. + +«Hola, amigo Izquierdo... Dios le guarde». + +--Le vi pasar, maestro y dije, digo: A cuenta que voy a echar un +espotrique con mi tocayo... + +Sentose sin ceremonia el tal, y poniendo los codos sobre la mesa, miró +fijamente a su tocayo. O las miradas no expresaban nada, o la de aquel +sujeto era un memorial pidiendo que se le convidara. Ido era tan +caballero que le faltó tiempo para hacer la invitación, añadiendo una +frase muy prudente. «Pero, tocayo, sepa que no tengo más que un duro... +Con que no se corra mucho...». Hizo el otro un gesto tranquilizador y +cuando el _Tartera_ puso el servicio, si servicio puede llamarse un par +de cuchillos con mango de cuerno, servilleta sucia y salero, y pidió +órdenes acerca del vino, le dijo, dice: «¿Pardillo yo?... pa chasco... +Tráete de la tierra». + +A todo esto asintió Ido del Sagrario, y siguió contemplando a su amigo, +el cual parecía un grande hombre aburrido, carácter agriado por la +continuidad de las luchas humanas. José Izquierdo representaba cincuenta +años, y era de arrogante estatura. Pocas veces se ve una cabeza tan +hermosa como la suya y una mirada tan noble y varonil. Parecía más bien +italiano que español, y no es maravilla que haya sido, en época +posterior al 73, en plena Restauración, el modelo predilecto de nuestros +pintores más afanados. + +«Me alegro de verle a usted tocayo--le dijo Ido, a punto que las +chuletas eran puestas sobre la mesa--, porque tenía que comunicarle +cosas de importancia. Es que ayer estuvo en casa doña Jacinta, la esposa +del Sr. D. Juanito Santa Cruz, y preguntó por el chico y le vio... +quiero decir, no le vio porque estaba todito dado de negro... y luego +dijo que dónde estaba usted, y como usted no estaba, quedó en +volver...». + +Izquierdo debía de tener hambre atrasada, porque al ver las chuletas, +les echó una mirada guerrera que quería decir: «¡Santiago y a ellas!» y +sin responder nada a lo que el otro hablaba, les embistió con furia. Ido +empezó a engullir comiéndose grandes pedazos sin masticarlos. Durante un +rato, ambos guardaron silencio. Izquierdo lo rompió dando fuerte golpe +en la mesa con el mango del cuchillo, y diciendo: + +«¡Re-hostia con la Repóblica!... ¡Vaya una porquería!». + +Ido asintió con una cabezada. + +«¡Repoblicanos de chanfaina... pillos, buleros, piores que serviles, +moderaos, piores que moderaos!--prosiguió Izquierdo con fiera +exaltación--. + +No colocarme a mí, a mí, que soy el endivido que más bregó por la +Repóblica en esta judía tierra... Es la que se dice: cría cuervos... +¡Ah! Señor de Martos, señor de Figueras, señor de Pi... a cuenta que +ahora no conocen a este pobrete de Izquierdo, porque lo ven +maltrajeao... pero antes, cuando Izquierdo tenía por sí las afloencias +de la Inclusa y cuando Bicerra le venía a ver pal cuento de echarnos a +la calle, entonces... ¡Hostia! Hamos venido a menos. Pero si por un es +caso golviésemos a más, yo les juro a esos figurones que tendremos una +_yeción_. + + + + +--v-- + + +Ido seguía corroborando, aunque no había entendido aquello de la +_yeción_, ni lo entendiera nadie. Con tal palabra Izquierdo expresaba +una colisión sangrienta, una marimorena o cosa así. Bebía vaso tras vaso +sin que su cabeza se afectase, por ser muy resistente. + +«Porque mirosté, maestro, lo que les atufa es el aquel de haber estado +mi endivido en Cartagena... Y yo digo que a mucha honra, ¡re-hostia! +Allí estábamos los verídicos liberales. Y a cuenta que yo, tocayo, toda +mi vida no he hecho más que derramar mi sangre por la judía libertad. El +54, ¿qué hice?, batirme en las barricadas como una presona decente. Que +se lo pregunten al difunto D. Pascual Muñoz el de la tienda de jierros, +padre del marqués de Casa-Muñoz, que era el hombre de más afloencias en +estos arrabales, y me dijo mismamente aquel día: 'Amigo Platón, vengan +esos cinco'. Y aluego jui con el propio D. Pascual a Palacio, y D. +Pascual subió a pleticar con la Reina, y pronto bajó con aquel papé +firmado por la Reina en que les daba la gran patá a los moderaos. D. +Pascual me dijo que pusiera un pañuelo branco en la punta de un palo y +que malchara delante diciendo: 'cese er fuego, cese er fuego...'. El 56, +era yo teniente de melicianos, y O'Donnell me cogió miedo, y cuando +pleticó a la tropa dijo: 'si no hay quien me coja a Izquierdo, no hamos +hecho na'. El 66, cuando la de los artilleros, mi compare Socorro y yo +estuvimos pegando tiros en la esquina de la calle de Laganitos... El 68, +cuando la santísima, estuve haciendo la guardia en el Banco, pa que no +robaran, y le digo asté que si por un es caso llega a paicerse por allí +algún randa, lo suicido... Pues tocan luego a la recompensa, y a Pucheta +me le hacen guarda de la Casa de Campo, a Mochila del Pardo... y a mí +una patá. A cuenta que yo no pido más que un triste destino pa portear +el correo a cualsiquiera parte, y na... Voy a ver a Bicerra, ¿y +piensasté que me conoce?, ¡pa chasco!... Le digo que soy Izquierdo, por +mote _Platón_, y menea la cabeza. + +Es la que se dice: 'no se acuerdan del judío escalón dimpués que están +parriba...'. Dimpués me casé y juimos viviendo tal cual. Pero cuando +vino la judía Repóblica, se me había muerto mi Dimetria, y yo no tenía +que comer; me jui a ver al señor de Pi, y le dije, digo: 'Señor de Pi, +aquí vengo sobre una colocación...'. ¡Pa chasco! A cuenta de que el +hombre me debía de tener tirria, porque se remontó y dijo que él no +tenía colocaciones. ¡Y un judío portero me puso en la calle! +¡Re-contra-hostia!, ¡si viviera Calvo Asensio!, aquel sí era un endivido +que sabía las comenencias, y el tratamiento de las personas verídicas. +¡Vaya un amigo que me perdí! Toda la Inclusa era nuestra, y en tiempo +leitoral, ni Dios nos tosía, ni Dios, ¡hostia!... ¡Aquél sí, aquél +sí!... A cuenta que me cogía del brazo y nos entrábamos en un café, o en +la taberna a tomar una angelita... porque era muy llano y más liberal +que la Virgen Santísima. ¿Pero estos de ahora?... es la que dice; ni +liberales ni repoblicanos, ni na. Mirosté a ese Pi... un mequetrefe. ¿Y +Castelar?, otro mequetrefe. ¿Y Salmerón?, otro mequetrefe. ¿Roque +Barcia?, mismamente. Luego, si es caso, vendrán a pedir que les +ayudemos, ¿pero yo...? No me pienso menear; basta de _yeciones_. Si se +junde la Repóblica que se junda, y si se junde el judío pueblo, que se +junda también». + +Apuró de nuevo el vaso, y el otro José admiraba igualmente su facundia y +su receptividad de bebedor. Izquierdo soltó luego una risa sarcástica, +prosiguiendo así: + +«Dicen que les van a traer a Alifonso... ¡Pa chasco! Por mí que lo +traigan. A cuenta que es como si verídicamente trajeran al Terso. Es la +que se dice: pa mí lo mismo es blanco que negro. Óigame lo bueno: El año +pasado, estando en Alcoy, los carcas me jonjabaron. Me corrí a la +partida de Callosa de Ensarriá y tiré montón de tiros a la Guardia +Cevil. ¡Qué _yeción_! Salta por aquí, salta por allá. Pero pronto me +llamé andana porque me habían hecho contrata de medio duro diario, y los +rumbeles solutamente no paicían. Yo dije: 'José mío, güélvete liberal, +que lo de carca no tercia'. Una nochecita me escurrí, y del tirón me jui +a Barcelona, donde la carpanta fue tan grande, maestro, que por poco doy +las boqueás. ¡Ay!, tocayo, si no es porque se me terció encontrarme allí +con mi sobrina Fortunata, no la cuento. Socorriome... es buena chica, y +con los cuartos que me dio, trinqué el judío tren, y a Madriz...». + +--Entonces--dijo Ido, fatigado de aquel relato incoherente, y de aquel +vocabulario grotesco--, recogió usted a ese precioso niño... + +Buscaba Ido la novela dentro de aquella gárrula página contemporánea; +pero Izquierdo, como hombre de más seso, despreciaba la novela para +volver a la grave historia. + +«Allego y me aboco con los comiteles y les canto claro: '¿Pero señores, +nos acantonamos o no nos acantonamos?... porque si no va a haber aquí +una _yeción_. ¡Se reían de mí!... ¡pillos! ¡Como que estaban vendidos al +moderaísmo!... Sabusté tocayo, ¿con qué me motejaban aquellos +mequetrefes? Pues na; con que yo no sé leer ni escribir: No es todo lo +verídico, ¡hostia!, porque leer ya sé, aunque no del todo lo seguío que +se debe. Como escribir, no escribo porque se me corre la tinta por el +dedo... ¡Bah!, es la que se dice: los escribidores, los periodiqueros, y +los publicantones son los que han perdío con sus tiologías a esta judía +tierra, maestro». + +Ido tardó mucho tiempo en apoyar esto, por ser quien era; pero Izquierdo +le apretó el brazo con tanta fuerza, que al fin no tuvo más remedio que +asentir con una cabezada, haciendo la reserva mental de que sólo por la +violencia daba su autorizado voto a tal barbaridad. + +«Entonces, tocayo de mi arma, viendo que me querían meter en el +estaribel y enredarme con los guras, tomé el olivo y no juimos a +Cartagena. ¡Ay, qué vida aquella! ¡Re-hostia! A mí me querían hacer +menistro de la Gubernación; pero dije que nones. No me gustan suponeres. +A cuenta que salimos con las freatas por aquellos mares de mi arma. Y +entonces, que quieras que no, me ensalzaron a tiniente de navío, y +estaba mismamente a las órdenes del general Contreras, que me trataba +de tú. ¡Ay qué hombre y qué buen avío el suyo! Parecía verídicamente el +gran turco con su gorro colorao. Aquello era una gloria. ¡Alicante, +Águilas! Pelotazo va, pelotazo viene. Si por un es caso nos dejan, +tocayo, nos comemos el santísimo mundo y lo acantonamos toíto... ¡Orán! +¡Ay qué mala sombra tiene Orán y aquel judío _vu_ de los franceses que +no hay cristiano que lo pase!... Me najo de allí, güelvo a mi Españita, +entro en Madriz mu callaíto, tan fresco... ¿a mí qué?... y me presento a +estos tiólogos, mequetrefes y les digo: 'Aquí me tenéis, aquí tenéis a +la personalidá del endivido verídico que se pasó la santísima vida +peleando como un gato tripa arriba por las judías libertades... Matarme, +hostia, matarme; a cuenta que no me queréis colocar...'. ¿Usté me hizo +caso? Pues ellos tampoco. Espotrica que te espotricarás en las Cortes, y +el santísimo pueblo que reviente. Y yo digo que es menester acantonar a +Madriz, pegarte fuego a las Cortes, al Palacio Real, y a lo judíos +ministerios, al Monte de Piedad, al cuartel de la Guardia Cevil y al +Dipósito de las Aguas, y luego hacer un racimo de horca con Castelar, +Pi, Figueras, Martos, Bicerra y los demás, por moderaos, por +moderaos...». + + + + +--vi-- + + +Dijo el _por moderaos_ hasta seis veces, subiendo gradualmente de tono, +y la última repetición debió de oírse en el puente de Toledo. El otro +José estaba muy aturdido con la bárbara charla del grande hombre, el más +desgraciado de los héroes y el más desconocido de los mártires. Su +máscara de misantropía y aquella displicencia de genio perseguido eran +natural consecuencia de haber llegado al medio siglo sin encontrar su +asiento, pues treinta años de tentativas y de fracasos son para abatir +el ánimo más entero. Izquierdo había sido chalán, tratante en trigos, +revolucionario, jefe de partidas, industrial, fabricante de velas, punto +figurado en una casa de juego y dueño de una _chirlata_; había casado +dos veces con mujeres ricas, y en ninguno de estos diferentes estados y +ocasiones obtuvo los favores de la voluble suerte. De una manera y otra, +casado y soltero, trabajando por su cuenta y por la ajena, siempre mal, +siempre mal, ¡hostia! + +La vida inquieta, las súbitas apariciones y desapariciones que hacía, y +el haber estado en _gurapas_ algunas temporadillas rodearon de misterio +su vida, dándole una reputación deplorable. Se contaban de él horrores. +Decían que había matado a Demetria, su segunda mujer, y cometido otros +nefandos crímenes, violencias y atropellos. Todo era falso. Hay que +declarar que parte de su mala reputación la debía a sus fanfarronadas y +a toda aquella humareda revolucionaria que tenía en la cabeza. La mayor +parte de sus empresas políticas eran soñadas, y sólo las creían ya +poquísimos oyentes, entre los cuales Ido del Sagrario era el de mayores +tragaderas. Para completar su retrato, sépase que no había estado en +Cartagena. De tanto pensar en el dichoso cantón, llegó sin duda a +figurarse que había estado en él, hablando por los codos de aquellas +tremendas _yeciones_ y dando detalles que engañaban a muchos bobos. Lo +de la partida de Callosa sí parece cierto. + +También se puede asegurar, sin temor de que ningún dato histórico pruebe +lo contrario, que _Platón_ no era valiente, y que, a pesar de tanta +baladronada, su reputación de braveza empezaba a decaer como todas las +glorias de fundamento inseguro. En los tiempos a que me refiero, el +descrédito era tal que la propia vanidad _platónica_ estaba ya por los +suelos. Principiaba a creerse una nulidad, y allá en sus soliloquios +desesperados, cuando le salía mal alguna de las bajezas con que se +procuraba dinero, se escarnecía sinceramente, diciéndose: «soy pior que +una caballería; soy más tonto que un cerrojo; no sirvo absolutamente +para nada». El considerar que había llegado a los cincuenta años sin +saber _plumear_ y leyendo sólo a trangullones, le hacía formar de su +_endivido_ la idea más desventajosa. No ocultaba su dolor por esto, y +aquel día se lo expresó a su tocayo con sentida ingenuidad: + +«Es una gaita esto de no saber escribir... ¡Hostia!, si yo supiera... +Créalo: ese es el por qué de la tirria que me tiene Pi». + +Don José no le contestó. Estaba doblado por la cintura, porque el +digerir las dos enormes chuletas que se había atizado, no se presentaba +como un problema de fácil solución. Izquierdo no reparó que a su amigo +le temblaba horriblemente el párpado, y que las carúnculas del cuello y +los berrugones de la cara, inyectados y turgentes, parecían próximos a +reventar. Tampoco se fijó en la inquietud de D. José, que se movía en el +asiento como si este tuviese espinas; y volviendo a lamentarse de su +destino, se dejó decir: «Porque no hacen solutamente estimación de los +verídicos hombres del mérito. Tanto mequetrefe colocao, y a nosotros, +tocayo, a estos dos hombres de calidá nadie les ensalza. A cuenta de +ellos se lo pierden; porque usted, ¡hostia!, sería un lince para la +Destrución pública, y yo... yo». + +La vanidad de _Platón_ cayó de golpe cuando más se remontaba, y no +encontrando aplicación adecuada a su personalidad, se estrelló en la +conciencia de su estolidez. «Yo... para tirar de un carromato--pensó--. +Después dejó caer la varonil y gallarda cabeza sobre el pecho y estuvo +meditando un rato sobre _el por qué_ de su perra suerte. Ido permaneció +completamente insensible a la lisonja que le soltara su amigo, y tenía +la imaginación sumergida en sombrío lago de tristezas, dudas, temores y +desconfianzas. A Izquierdo le roía el pesimismo. La carga de la bebida +en su estómago no tuvo poca parte en aquel desaliento horrible, durante +el cual vio desfilar ante su mente los treinta años de fracasos que +formaban su historia activa... Lo más singular fue que en su tristeza +sentía una dulce voz silbándole en el oído: «Tú sirves para algo... no +te amontones...». Mas no se convencía, no. «Al que me dijera +--pensaba--, cuál es la judía cosa pa que sirve este piazo de hombre, le +querría, si es caso, más que a mi padre». Aquel desventurado era como +otros muchos seres que se pasan la mayor parte de la vida fuera de su +sitio, rodando, rodando, sin llegar a fijarse en la casilla que su +destino les ha marcado. Algunos se mueren y no llegan nunca; Izquierdo +debía llegar, a los cincuenta y un años, al puesto que la Providencia le +asignara en el mundo, y que bien podríamos llamar glorioso. Un año +después de lo que ahora se narra estaba ya aquel planeta errante, puedo +dar fe de ello, en su sitio cósmico. _Platón_ descubrió al fin la ley de +su sino, aquello para que exclusiva y _solutamente_ servía. Y tuvo +sosiego y pan, fue útil y desempeñó un gran papel, y hasta se hizo +célebre y se lo disputaban y le traían en palmitas. No hay ser humano, +por despreciable que parezca, que no pueda ser eminencia en algo, y +aquel buscón sin suerte, después de medio siglo de equivocaciones, ha +venido a ser, por su hermosísimo talante, el gran _modelo_ de la pintura +histórica contemporánea. Hay que ver la nobleza y arrogancia de su +figura cuando me lo encasquetan una armadura fina, o ropillas y +balandranes de raso, y me lo ponen _haciendo_ el duque de Gandía, al +sentir la corazonada de hacerse santo, o el marqués de Bedmar ante el +Consejo de Venecia, o Juan de Lanuza en el patíbulo, o el gran Alba +poniéndoles las peras a cuarto a los flamencos. Lo más peregrino es que +aquella caballería, toda ignorancia y rudeza, tenía un notable instinto +de la postura, sentía hondamente la facha del personaje, y sabía +traducirla con el gesto y la expresión de su admirable rostro. + +Pero en aquella sazón, todo esto era futuro y sólo se presentaba a la +mente embrutecida de _Platón_ como presentimiento indeciso de glorias y +bienandanza. El héroe dio un suspiro, a que contestó el poeta con otro +suspiro más tempestuoso. Mirando cara a cara a su amigo, Ido tosió dos o +tres veces, y con una vocecilla que sonaba metálicamente, le dijo, +poniéndole la mano en el hombro: + +«Usted es desgraciado porque no le hacen justicia; pero yo lo soy más, +tocayo, porque no hay mayor desdicha que el deshonor». + +--¡Repóblica puerca, repóblica cochina!--rebuznó _Platón_, dando en la +mesa un porrazo tan recio, que todo el ventorro tembló. + +--Porque todo se puede conllevar--dijo Ido bajando la voz +lúgubremente--, menos la infidelidad conyugal. Terrible cosa es hablar +de esto, querido tocayo, y que esta deshonrada boca pregone mi propia +ignominia... pero hay momentos, francamente, naturalmente, en que no +puede uno callar. El silencio es delito, sí señor... ¿Por qué ha de +echar sobre mí la sociedad esta befa, no siendo yo culpable? ¿No soy +modelo de esposos y padres de familia? ¿Pues cuándo he sido yo +adúltero?, ¿cuándo?... que me lo digan. + +De repente, y saltando cual si fuera de goma, el hombre eléctrico se +levantó... Sentía una ansiedad que le ahogaba, un furor que le ponía los +pelos de punta. En este excepcional desconcierto no se olvidó de pagar, +y dando su duro al _Tartera_, recogió la vuelta. + +«Noble amigo--díjole a Izquierdo al oído--, no me acompañe usted... +Estimo en lo que valen sus ofrecimientos de ayuda. Pero debo ir solo, +enteramente solo, sí señor; les cogeré _in _ _ fraganti_... +¡Silencio...!, ¡chis!... La ley me autoriza a hacer un escarmiento... +pero horrible, tremendo... ¡Silencio digo!». + +Y salió de estampía, como una saeta. Viéndole correr, se reían Izquierdo +y el _Tartera_. El infeliz Ido iba derecho a su camino sin reparar en +ningún tropiezo. Por poco tumba a un ciego, y le volcó a una mujer la +cesta de los cacahuetes y piñones. Atravesó la Ronda, el Mundo Nuevo y +entró en la calle de Mira el Río baja, cuya cuesta se echó a pechos sin +tomar aliento. Iba desatinado, gesticulando, los ojos fulminantes, el +labio inferior muy echado para fuera. Sin reparar en nadie ni en nada, +entró en la casa, subió las escaleras, y pasando de un corredor a otro, +llegó pronto a su puerta. Estaba cerrada sin llave. Púsose en acecho, el +oído en el agujero de la llave, y empujando de improviso la abrió con +estrépito, y echó un vocerrón muy tremendo: ¡Adúuultera! + +«¡Cristo!, ya le tenemos otra vez con el dichoso _dengue_...--chilló +Nicanora, reponiéndose al instante de aquel gran susto--. Pobrecito mío, +hoy viene perdido...». + +Don José entró a pasos largos y marcados, con desplantes de cómico de la +legua; los ojos saltándosele del casco; y repetía con un tono cavernoso +la terrorífica palabra: ¡adúuultera! + +--Hombre de Dios--dijo la infeliz mujer, dejando a un lado el trabajo, +que aquel día no era pintura, sino costura--, tú has comido, ¿verdad?... +Buena la hemos hecho... + +Le miraba con más lástima que enojo, y con cierta tranquilidad relativa, +como se miran los males ya muy añejos y conocidos. + +«--Fuertecillo es el ataque... Corazón, ¡cómo estás hoy! Algún indino te +ha convidado... Si le cojo... Mira, José, debes acostarte...». + +--Por Dios, papá--dijo Rosita, que había entrado detrás de su padre--, +no nos asustes... Quítate de la cabeza esas andróminas. + +Apartola él lejos de sí con enérgico ademán, y siguió dando aquellos +pasos tragicómicos sin orden ni concierto. Parecía registrar la casa; se +asomaba a las fétidas alcobas, daba vueltas sobre un tacón, palpaba las +paredes, miraba debajo de las sillas, revolviendo los ojos con fiereza y +haciendo unos aspavientos que harían reír grandemente si la compasión no +lo impidiera. La vecindad, que se divertía mucho con el _dengue_ del +buen ido, empezó a congregarse en el corredor. Nicanora salió a la +puerta: «Hoy está atroz... Si yo cogiera al lipendi que le convidó a +magras...». + +--¡Venga usted acá, dama infiel!--le dijo el frenético esposo, +cogiéndola por un brazo. + +Hay que advertir que ni en lo más fuerte del acceso era brutal. O +porque tuviera muy poca fuerza o porque su natural blando no fuese nunca +vencido de la fiebre de aquella increíble desazón, ello es que sus manos +apenas causaban ofensa. Nicanora le sujetó por ambos brazos, y él, +sacudiéndose y pateando, descargaba su ira con estas palabras roncas: +«No me lo negarás ahora... Le he visto, le he visto yo». + +--¿A quién has visto, corazón?... ¡Ah!, sí, al duque. Sí, aquí le +tengo... No me acordaba... ¡Pícaro duque, que te quiere quitar esa +recondenada prenda tuya! + +Desprendido de las manos de su mujer, que como tenazas le sujetaban, Ido +volvió a sus mímicas, y Nicanora, sabiendo que no había más medio de +aplacarle que dar rienda suelta a su insana manía para que el ataque +pasara más pronto, le puso en la mano un palillo de tambor que allí +habían dejado los chicos, y empujándole por la espalda... «Ya puedes +escabecharnos--le dijo--, anda, anda; estamos allí, en el camarín, tan +agasajaditos... Fuerte, hijo; dale firme y sácanos el mondongo...». + +Dando trompicones, entró Ido en una de las alcobas, y apoyando la +rodilla en el camastro que allí había empezó a dar golpes con el +palillo, pronunciando torpemente estas palabras: «Adúlteros, expiad +vuestro crimen». Los que desde el corredor le oían, reíanse a todo +trapo, y Nicanora arengaba al público diciendo: «pronto se le pasará; +cuanto más fuerte, menos le dura». + +«Así, así... muertos los dos... charco de sangre... yo vengado, mi honra +la... la... vadita» murmuraba él dando golpes cada vez más flojos, y al +fin se desplomó sobre el jergón boca abajo. Las piernas colgaban fuera, +la cara se oprimía contra la almohada, y en tal postura rumiaba +expresiones oscuras que se apagaban resolviéndose en ronquidos. Nicanora +le volvió cara arriba para que respirase bien, le puso las piernas +dentro de la cama, manejándole como a un muerto, y le quitó de la mano +el palo. Arreglole las almohadas y le aflojó la ropa. Había entrado en +el segundo periodo, que era el comático, y aunque seguía delirando, no +movía ni un dedo, y apretaba fuertemente los párpados, temeroso de la +luz. Dormía la mona de carne. + +Cuando la _Venus de Médicis_ salió del cubil, vio que entre las personas +que miraban por la ventana, estaba Jacinta, acompañada de su doncella. + + + + +--vii-- + + +Había presenciado parte de la escena y estaba aterrada. «Ya le pasó lo +peor--dijo Nicanora saliendo a recibirla--. Ataque muy fuerte... Pero no +hace daño. ¡Pobre ángel! Se pone de esta conformidad cuando come». + +--¡Cosa más rara! --expresó Jacinta entrando. + +--Cuando come carne... Sí señora. Dice el médico que tiene el cerebro +como pasmado, porque durante mucho tiempo estuvo escribiendo cosas de +mujeres malas, sin comer nada más que las condenadas judías... La +miseria, señora, esta vida de perros. ¡Y si supiera usted qué buen +hombre es!... Cuando está tranquilo no hace cosa mala ni dice una +mentira... Incapaz de matar una pulga. Se estará dos años sin probar el +pan, con tal que sus hijos lo coman. Ya ve la señora si soy desgraciada. +Dos años hace que José empezó con estas incumbencias. ¡Se pasaba las +noches en vela, sacando de su cabeza unas fábulas...!, todo tocante a +damas infieles, guapetonas, que se iban de picos pardos con unos duques +muy adúlteros... y los maridos trinando... ¡Qué cosas inventaba! Y por +la mañana las ponía en limpio en papel de marquilla con una letra que +daba gusto verla. Luego le dio el tifus, y se puso tan malo que estuvo +_suministrado_ y creíamos que se iba. Sanó y le quedaron estas +calenturas de la sesera, este _dengue_ que le da siempre que toma +sustancia. Tiene temporadas, señora; a veces el ataque es muy ligero, y +otras se pone tan encalabrinado que sólo de pasar por delante del +Matadero le baila el párpado y empieza a decir disparates. Bien dicen, +señora, que la carne es uno de los enemigos del alma... Cuidado con lo +que saca... ¡Que yo me adultero, y que se la pego con un duque!... Miren +que yo con esta facha... + +No interesaba a Jacinta aquel triste relato tanto como creía Nicanora, y +viendo que esta no ponía punto, tuvo la dama que ponerlo. + +«Perdone usted--dijo dulcificando su acento todo lo posible--, pero +dispongo de poco tiempo. Quisiera hablar con ese señor que llaman +_Don_... José Izquierdo». + +--Para servir a vuecencia--dijo una voz en la puerta, y al mirar, encaró +Jacinta con la arrogantísima figura de _Platón_, quien no le pareció tan +fiero como se lo habían pintado. + +Díjole la Delfina que deseaba hablarle, y él la invitó con toda la +cortesía de que era capaz a pasar a su habitación. Ama y criada se +pusieron en marcha hacia el 17, que era la vivienda de Izquierdo. + +«¿En dónde está el _Pituso_?» preguntó Jacinta a mitad del camino. + +Izquierdo miró al patio donde jugaban varios chicos, y no viéndole por +ninguna parte, soltó un gruñido. Cerca del 17, en uno de los ángulos del +corredor había un grupo de cinco o seis personas entre grandes y chicos, +en el centro del cual estaba un niño como de diez años, ciego, sentado +en una banqueta y tocando la guitarra. Su brazo era muy pequeño para +alcanzar el extremo del mango. Tocaba al revés, pisando las cuerdas con +la derecha y rasgueando con la izquierda, puesta la guitarra sobre las +rodillas, boca y cuerdas hacia arriba. + +La mano pequeña y bonita del ceguezuelo hería con gracia las cuerdas, +sacando de ellas arpegios dulcísimos y esos punteados graves que tan +bien expresan el sentir hondo y rudo de la plebe. La cabeza del músico +oscilaba como la de esos muñecos que tienen por pescuezo una espiral de +acero, y revolvía de un lado para otro los globos muertos de sus ojos +cuajados, sin descansar un punto. Después de mucho y mucho puntear y +rasguear, rompió con chillona voz el canto: + +_A Pepa la gitani... i... i..._ + +Aquel _iiii_ no se acababa nunca, daba vueltas para arriba y para abajo +como una rúbrica trazada con el sonido. Ya les faltaba el aliento a los +oyentes cuando el ciego se determinó a posarse en el final de la frase: + +_lla-cuando la parió su madre..._ + +Expectación, mientras el músico echaba de lo hondo del pecho unos ayes y +gruñidos como de un perrillo al que le están pellizcando el rabo. _¡Ay, +ay, ay!_... Por fin concluyó: + +_sólo para las narices_ + +_le dieron siete calambres._ + +Risas, algazara, pataleos... Junto al niño cantor había otro ciego, +viejo y curtido, la cara como un corcho, montera de pelo encasquetada y +el cuerpo envuelto en capa parda con más remiendos que tela. Su risilla +de suficiencia le denunciaba como autor de la celebrada estrofa. Era +también maestro, padre quizás, del ciego chico y le estaba enseñando el +oficio. Jacinta echó un vistazo a todo aquel conjunto, y entre las +respetables personas que formaban el corro, distinguió una cuya +presencia la hizo estremecer. Era el _Pituso_, que asomando por entre el +ciego grande y el chico, atendía con toda su alma a la música, puesta +una mano en la cintura y la otra en la boca. «Ahí está» dijo al Sr. +Izquierdo, que al punto le sacó del grupo para llevarle consigo. Lo más +particular fue que si cuando la fisonomía del _Pituso_ estaba +embadurnada creyó Jacinta advertir en ella un gran parecido con Juanito +Santa Cruz, al mirarla en su natural ser, aunque no efectivamente +limpia, el parecido se había desvanecido. + +«No se parece» pensaba entre alegre y desalentada, cuando Izquierdo le +señaló la puerta para que entrase. + +Cuentan Jacinta y su criada que al verse dentro de la reducida, inmunda +y desamparada celda, y al observar que el llamado _Platón_ cerraba la +puerta, les entró un miedo tan grande que a entrambas se les ocurrió +salir a la ventanilla a pedir socorro. Miró la señora de soslayo a la +criada, por ver si esta mostraba entereza de ánimo; pero Rafaela estaba +más muerta que viva. «Este bandido--pensó Jacinta--, nos va a retorcer +el pescuezo sin dejarnos chistar». Algo se tranquilizaba oyendo muy +cerca el guitarreo y el rum rum de la multitud que rodeaba a los dos +ciegos. Izquierdo les ofreció las dos sillas que en la estancia había, y +él se sentó sobre un baúl, poniendo al _Pituso_ sobre sus rodillas. + +Rafaela cuenta que en aquel momento se le ocurrió un plan infalible para +defenderse del monstruo, si por acaso las atacaba. Desde el punto en que +le viera hacer un ademán hostil, ella se le colgaría de las barbas. Si +en el mismo instante y muy de sopetón su señorita tenía la destreza +suficiente para coger un asador que muy cerca de su mano estaba y +metérselo por los ojos, la cosa era hecha. + +No había allí más muebles que las dos sillas y el baúl. Ni cómoda, ni +cama, ni nada. En la oscura alcoba debía de haber algún camastro. De la +pared colgaba una grande y hermosa lámina detrás de cuyo cristal se +veían dos trenzas negras de pelo, hermosísimas, enroscadas al modo de +culebras, y entre ellas una cinta de seda con este letrero: _¡Hija mía!_ +«¿De quién es ese pelo?» preguntó Jacinta vivamente, y la curiosidad le +alivió por un instante el miedo. + +--De la hija de mi mujer --replicó _Platón_ con gravedad, echando una +mirada de desdén al cuadro de las trenzas. + +--Yo creí que eran de... --balbució la dama sin atreverse a acabar la +frase--. Y la joven a quien pertenecía ese pelo, ¿dónde está? + +--En el cementerio--gruñó Izquierdo con acento más propio de bestia que +de hombre. + +Jacinta examinó al _Pituso_ chico y... cosa rara, volvió a advertir +parecido con el gran _Pituso_. Le miró más, y mientras más le miraba más +semejanza. ¡Santo Dios! Llamole, y el señor Izquierdo dijo al niño con +cierta aspereza atenuada que en él podía pasar por dulzura: «Anda, +piojín, y da un beso a esta señora». El nene, en pie, se resistía a dar +un paso hacia adelante. Estaba como asustado y clavaba en la señora las +estrellas de sus ojos. Jacinta había visto ojos lindos, pero como +aquellos no los había visto nunca. Eran como los del Niño Dios pintado +por Murillo. «Ven, ven» le dijo llamándole con ese movimiento de las dos +manos que había aprendido de las madres. Y él tan serio, con las +mejillas encendidas por la vergüenza infantil, que tan fácilmente se +resuelve en descaro. + +«A cuenta que no es corto de genio; pero se espanta de las personas +finas» dijo Izquierdo empujándole hasta que Jacinta pudo cogerle. + +--Si es todo un caballero formal --declaró la señorita dándole un beso +en su cara sucia que aún olía a la endiablada pintura--. ¿Cómo estás +hoy tan serio y ayer te reías tanto y me enseñabas tu lengüecita? + +Estas palabras rompieron el sello a la seriedad de Juanín, porque lo +mismo fue oírlas que desplegar su boca en una sonrisa angelical. Riose +también Jacinta; pero su corazón sintió como un repentino golpe, y se le +nublaron los ojos. Con la risa del gracioso chiquillo resurgía de un +modo extraordinario el parecido que la dama creía encontrar en él. +Figurose que la raza de Santa Cruz le salía a la cara como poco antes le +había salido el carmín del rubor infantil. «Es, es...» pensó con +profunda convicción, comiéndose a miradas la cara del rapazuelo. Vela en +ella las facciones que amaba; pero allí había además otras desconocidas. +Entrole entonces una de aquellas rabietinas que de tarde en tarde +turbaban la placidez de su alma, y sus ojos, iluminados por aquel +rencorcillo, querían interpretar en el rostro inocente del niño las +aborrecidas y culpables bellezas de la madre. Habló, y su metal de voz +había cambiado completamente. Sonaba de un modo semejante a los bajos de +la guitarra: «Señor Izquierdo, ¿tiene usted ahí por casualidad el +retrato de su sobrina?». + +Si Izquierdo hubiera respondido que sí, ¡cómo se habría lanzado Jacinta +sobre él! Pero no había tal retrato, y más valía así. Durante un rato +estuvo la dama silenciosa, sintiendo que se le hacía en la garganta el +nudo aquel, síntoma infalible de las grandes penas. En tanto, el _Pituso_ +adelantaba rápidamente en el camino de la confianza. Empezó por tocar +con los dedos tímidamente una pulsera de monedas antiguas que Jacinta +llevaba, y viendo que no le reñían por este desacato, sino que la +señora aquella tan guapa le apretaba contra sí, se decidió a examinar el +imperdible, los flecos del mantón y principalmente el manguito, aquella +cosa de pelos suaves con un agujero, donde se metía la mano y estaba tan +calentito. + +Jacinta le sentó sobre sus rodillas y trató de ahogar su desconsuelo, +estimulando en su alma la piedad y el cariño que el desvalido niño le +inspiraba. Un examen rápido sobre el vestido de él le reprodujo la pena. +¡Que el hijo de su marido estuviese con las carnecitas al aire, los pies +casi desnudos...! Le pasó la mano por la cabeza rizosa, haciendo voto en +su noble conciencia de querer al hijo de otra como si fuera suyo. El +rapaz fijaba su atención de salvaje en los guantes de la señora. No +tenía él ni idea remota de que existieran aquellas manos de mentira, +dentro de las cuales estaban las manos verdaderas. + +«¡Pobrecito! --exclamó con vivo dolor Jacinta, observando que el mísero +traje del _Pituso_ era todo agujeros. Tenía un hombro al aire, y una de +las nalgas estaba también a la intemperie. ¡Con cuánto amor pasó la mano +por aquellas finísimas carnes, de las cuales pensó que nunca habían +conocido el calor de una mano materna, y que estaban tan heladas de +noche como de día! + +«Toca, toca--dijo a la criada--; muertecito de frío». + +Y al Sr. Izquierdo: «Pero ¿por qué tiene usted a este pobre niño tan +desabrigado?». + +--Soy pobre, señora --refunfuñó Izquierdo con la sequedad de siempre--. +No me quieren colocar... por decente... + +Iba a seguir espetando el relato de sus cuitas políticas; pero Jacinta +no le hizo caso. Juanín, cuya audacia crecía por momentos, atrevíase ya +nada menos que a posarle la mano en la cara, con muchísimo respeto, eso +sí. + +«Te voy a traer unas botas muy bonitas» le dijo la que quería ser madre +adoptiva, echándole las palabras con un beso en su oído sucio. + +El muchacho levantó un pie. ¡Y qué pie! Más valía que ningún cristiano +lo viera. Era una masa de informe esparto y de trapo asqueroso, llena de +lodo y con un gran agujero, por el cual asomaba la fila de deditos +rosados. + +«¡Bendito Dios! --exclamó Rafaela rompiendo a reír--. ¿Pero Sr. +Izquierdo, tan pobre es usted que no tiene para...?». + +--Solutamente... --¡Te voy a poner más majo...!, verás. Te voy a poner +un vestido muy precioso, tu sombrero, tus botas de charol. + +Comprendiendo aquello, el muy tuno ¡abría cada ojo...! De todas las +flaquezas humanas, la primera que apunta en el niño, anunciando el +hombre, es la presunción. Juanín entendió que le iban a poner guapo y +soltó una carcajada. Pero las ideas y las sensaciones cambian +rápidamente en esta edad, y de improviso el _Pituso_ dio una palmada y +echó un gran suspiro. Es una manera especial que tienen los chicos de +decir: «Esto me aburre; de buena gana me marcharía». Jacinta le retuvo a +la fuerza. + +--Vamos a ver, Sr. de Izquierdo--dijo la dama, planteando decididamente +la cuestión--. Ya sé por su vecino de usted quién es la mamá de este +niño. Está visto que usted no lo puede criar ni educar. Yo me lo llevo. + +Izquierdo se preparó a la respuesta. + +--Diré a la señora... yo... verídicamente, le tengo ley. Le quiero, si a +mano viene, como hijo... Socórrale la señora, por ser de la casta que +es; colóqueme a mí, y yo lo criaré. + +--No, estos tratos no me convienen. Seremos amigos; pero con la +condición de que me llevo este pobre ángel a mi casa. ¿Para qué le +quiere usted? ¿Para que se críe en esos patios malsanos entre +pilletes?... Yo le protegeré a usted, ¿qué quiere?, ¿un destino?, ¿una +cantidad? + +--Si la señora--insinuó Izquierdo torvamente, soltando las palabras +después de rumiarlas mucho--, me logra una cosa... + +--A ver qué cosa... --La señora se aboca con Castelar... que me tiene +tanta tirria... o con el Sr. de Pi. + +--Déjeme usted a mí de _pi_ y de _pa_... Yo no le puedo dar a usted +ningún destino. + +--Pues si no me dan la ministración del Pardo, el hijo se queda aquí... +¡hostia! --declaró Izquierdo con la mayor aspereza, levantándose. +Parecía responder con la exhibición de su gallarda estatura más que con +las palabras. + +--La administración del Pardo nada menos. Sí, para usted estaba. Hablaré +a mi esposo, el cual reconocerá a Juanín y le reclamará por la justicia, +puesto que su madre le ha abandonado. + +Rafaela cuenta que al oír esto, se desconcertó un tanto _Platón_. Pero +no se dio a partido, y cogiendo en brazos al niño le hizo caricias a su +modo: «¿Quién te quiere a ti, churumbé?... ¿A quién quieres tú, piojín +mío?». + +El chico le echó los brazos al cuello. + +«Yo no le impido ni le impediré a usted que le siga queriendo, ni aun +que le vea alguna vez --dijo la señora, contemplando a Juanín como una +tonta--. Volveré mañana y espero convencerle... y en cuanto a la +administración del Pardo, no crea usted que digo que no. Podría ser... +no sé...». + +Izquierdo se dulcificó un poco. + +«Nada, nada--pensó Jacinta--, este hombre es un chalán. No sé tratar con +esta clase de gente. Mañana vuelvo con Guillermina y entonces... aquí te +quiero ver. Para usted--dijo luego en voz alta--, lo mejor sería una +cantidad. Me parece que está la patria oprimida». + +Izquierdo dio un suspiro y puso al chico en el suelo. «Un endivido, que +se pasó su santísima vida bregando porque los españoles sean libres...». + +--Pero, hombre de Dios, ¿todavía les quiere usted más libres? + +--No... es la que se dice... cría cuervos... Sepa usté que Bicerra, +Castelar y otros mequetrefes, todo lo que son me lo deben a mí. + +--Cosa más particular. El ruido de la guitarra y de los cantos de los +ciegos arreció considerablemente, uniéndose al estrépito de tambores de +Navidad. + +«¿Y tú no tienes tambor?» preguntó Jacinta al pequeñuelo, que apenas +oída la pregunta ya estaba diciendo que no con la cabeza. + +--¡Que barbaridad! ¡Miren que no tener tú un tambor...! Te lo voy a +comprar hoy mismo, ahora mismo. ¿Me das un beso? + +No se hacía de rogar el _Pituso_. Empezaba a ser descarado. Jacinta sacó +un paquetito de caramelos, y él, con ese instinto de los golosos, se +abalanzó a ver lo que la señora sacaba de aquellos papeles. Cuando +Jacinta le puso un caramelo dentro de la boca, Juanín se reía de gusto. + +«¿Cómo se dice?» le preguntó Izquierdo. + +Inútil pregunta, porque él no sabía que cuando se recibe algo se dan las +gracias. + +Jacinta le volvió a coger en brazos y a mirarle. Otra vez le pareció que +el parecido se borraba. ¡Si no sería...! Era conveniente averiguarlo y +no proceder con precipitación. Guillermina se encargaría de esto. De +repente el muy pillo la miró, y sacándose el caramelo de la boca, se lo +ofreció para que chupase ella. + +«No, tonto, si tengo más». + +Después, viendo que su galantería no era estimada, le enseñó la lengua. + +«¡Grandísimo tuno, me haces burla, a mí!...». + +Y él, entusiasmándose, volvió a sacar la lengua, y habló por primera vez +en aquella conferencia, diciendo muy claro: «Putona». + +Ama y criada rompieron a reír, y Juanín lanzó una carcajada +graciosísima, repitiendo la expresión, y dando palmadas como para +aplaudirse. + +--¡Qué cosas le enseña usted!... + +--Vaya, hijo, no digas exprisiones... + +--¿Me quieres?--le dijo la Delfina apretándole contra sí. + +El chico clavó sus ojos en Izquierdo. + +«Dile que sí pero a cuenta que no te vas con ella... ¿sabes?... que no +te vas con ella, porque quieres más a tu papá Pepe, piojín..., y que a +tu papá le tien que dar la ministración». + +Volvió el bárbaro a cogerle, y Jacinta se despidió, haciendo propósito +firme de volver con el refuerzo de su amiga. + +«Adiós, adiós, Juanín. Hasta mañana»; y le besó la mano, pues la cara +era imposible por tenerla toda untada de caramelo. + +--Adiós, rico--dijo Rafaela pellizcándole los dedos de un pie que +asomaban por las claraboyas del calzado. + +Y salieron. Izquierdo, que aunque se tenía por caballería, preciábase de +ser caballero, salió a despedirlas a la puerta de la calle, con el +pequeño en brazos. Y le movía la manecita para hacerle saludar a las dos +mujeres hasta que doblaron la esquina de la calle del Bastero. + + + + +--viii-- + + +A las nueve del día siguiente ya estaban allí otra vez ama y doncella, +esperando a Guillermina, que convino en unirse con su amiga en cuanto +despachara ciertos quehaceres que tenía en la estación de las Pulgas. +Había recibido dos vagones de sillares y obtenido del director de la +Compañía del Norte que le hicieran la descarga gratis con las grúas de +la empresa... ¡los pasos que tuvo que dar para esto! Pero al fin se +salió con la suya, y además quería que del transporte se encargara la +misma empresa, que bastante dinero ganaba, y bien podía dar a los +huérfanos desvalidos unos cuantos viajes de camiones. + +En cuanto entraron Jacinta y Rafaela vieron a Juanín jugando en el +patio. Llamáronle y no quiso venir. Las miraba desde lejos, riendo, con +media mano metida dentro de la boca; pero en cuanto le enseñaron el +tambor que le traían, como se enseñan al toro, azuzándole, las +banderillas que se le han de clavar, vino corriendo como exhalación. Su +contento era tal que parecía que le iba a dar una pataleta, y estaba tan +inquieto, que a Jacinta le costó trabajo colgarle el tambor. Cogidos los +palillos uno en cada mano, empezó a dar porrazos sobre el parche, +corriendo por aquellos muladares, envidiado de los demás, y sin ocuparse +de otra cosa que de meter toda la bulla posible. + +Jacinta y Rafaela subieron. La criada llevaba un lío de cosas, dádivas +que la señora traía a los menesterosos de aquella pobrísima vecindad. +Las mujeres salían a sus puertas movidas de la curiosidad; empezaba el +chismorreo, y poco después, en los murmurantes corros que se formaron, +circulaban noticias y comentos: «A la señá Nicanora le ha traído un +mantón borrego, al tío _Dido_ un sombrero y un chaleco de Bayona, y a +Rosa le ha puesto en la mano cinco duros como cinco soles...». --«A la +baldada del número 9 le ha traído una manta de cama, y a la señá +Encarnación un aquel de franela para la reuma, y al tío Manjavacas un +ungüento en un tarro largo que lo llaman _pitofufito_... sabe, lo que le +di yo a mi niña el año pasado, lo cual no le quitó de +morírseme...».--«Ya estoy viendo a Manjavacas empeñando el tarro o +cambiándolo por gotas de aguardiente...».--«Oí que le quiere comprar el +niño a señó Pepe, y que le da treinta mil duros... y le hace +gobernaor...».--«¿Gobernaor de qué?...». --«Paicen bobas... pues tiene +que ser de las caballerizas repoblicanas...». + +Jacinta empezaba a impacientarse porque no llegaba su amiga, y en tanto +tres o cuatro mujeres, hablando a un tiempo, le exponían sus necesidades +con hiperbólico estilo. Esta tenía a sus dos niños descalcitos; la otra +no los tenía descalzos ni calzados, porque se le morían todos, y a ella +le había quedado una angustia en el pecho que decían era una _eroísma_. +La de más allá tenía cinco hijos y vísperas, de lo que daba fe el +promontorio que le alzaba las faldas media vara del suelo. No podía ir +en tal estado a la Fábrica de Tabacos, por lo cual estaba pasando la +familia una _crujida_ buena. El pariente de estotra no trabajaba, porque +se había caído de un andamio y hacía tres meses que estaba en el catre +con un tolondrón en el pecho y muchos dolores, echando sangre por la +boca. Tantas y tantas lástimas oprimían el corazón de Jacinta, llevando +a su mente ideas muy latas sobre la extensión de la miseria humana. En +el seno de la prosperidad en que ella vivía, no pudo darse nunca cuenta +de lo grande que es el imperio de la pobreza, y ahora veía que, por +mucho que se explore, no se llega nunca a los confines de este dilatado +continente. A todos les daba alientos y prometía ampararles en la +medida de sus alcances, que, si bien no cortos, eran quizás +insuficientes para acudir a tanta y tanta necesidad. El círculo que la +rodeaba se iba estrechando, y la dama empezaba a sofocarse. Dio algunos +pasos; pero de cada una de sus pisadas brotaba una compasión nueva; +delante de su caridad luminosa íbanse levantando las desdichas humanas, +y reclamando el derecho a la misericordia. Después de visitar varias +casas, saliendo de ellas con el corazón desgarrado, hallábase otra vez +en el corredor, ya muy intranquila por la tardanza de su amiga, cuando +sintió que le tiraban suavemente de la cachemira. Volviose y vio una +niña como de cinco o seis años, lindísima, muy limpia, con una hoja de +_bónibus_ en el pelo. + +«Señora--le dijo la niña con voz dulce y tímida, pronunciando con la más +pura corrección--, ¿ha visto usted mi delantal?». + +Cogiendo por los bordes el delantal, que era de cretona azul, recién +planchado y sin una mota, lo mostraba a la señorita. + +«Sí... ya lo veo--dijo ésta admirada de tanta gracia y coquetería--. +Estás muy guapa y el delantal es... magnífico». + +--Lo he estrenado hoy... no lo ensuciaré, porque no bajo al +patio--añadió la pequeña, hinchando de gozo y vanidad sus naricillas. + +--¿De quién eres? ¿Cómo te llamas? + +--Adoración. --¡Qué mona eres... y qué simpática! + +--Esta niña--dijo una de las vecinas--, es hija de una mujer muy mala +que la llaman _Mauricia la Dura_. Ha vivido aquí dos veces, porque la +pusieron en las _Arrecogidas_, y se escapó, y ahora no se sabe dónde +anda. + +--¡Pobre niña!... su mamá no la quiere. + +--Pero tiene por mamá a su tía Severiana, que la ampara como si fuera +hija y la va criando. ¿No conoce la señorita a Severiana? + +--He oído hablar de ella a mi amiga. + +--Sí, la señorita Guillermina la quiere mucho... Como que ella y +Mauricia son hijas de la planchadora de la casa... ¡Severiana!... ¿Dónde +está esa mujer? + +--En la compra--replicó Adoración. + +--Vaya, que eres muy señorita. + +La otra, que se oyó llamar señorita, no cabía en sí de satisfacción. + +«Señora--dijo, encantando a Jacinta con su metal de voz argentino y su +pronunciación celestial--. Yo no me pinté la cara el otro día...». + +--¡Tú no...!, ya lo sabía. Eres muy aseada. + +--No, no me pinté --repitió acentuando tan fuertemente el no con la +cabeza, que parecía que se le rompía el pescuezo--. Esos puercachones me +querían pintar, pero no me dejé. + +Jacinta y Rafaela estaban embelesadas. No habían visto una niña tan +bonita, tan modosa y que se metiera por los ojos como aquella. Daba +gusto ver la limpieza de su ropa. La falda la tenía remendada, pero +aseadísima; los zapatos eran viejos, pero bien defendidos, y el delantal +una obra maestra de pulcritud. + +En esto llegó la tía y madre adoptiva de Adoración. Era guapetona, alta +y garbosa, mujer de un papelista, y la inquilina más ordenada, o si se +quiere, más pudiente de aquella colmena. Vivía en una de las +habitaciones mejores del primer patio y no tenía hijos propios, razón +más para que Jacinta simpatizase con ella. En cuanto se vieron se +comprendieron. Severiana estimó en lo que valían las bondades de la dama +para con la pequeña; hízola entrar en su casa, y le ofreció una silla de +las que llaman de Viena, mueble que en aquellos tugurios pareciole a +Jacinta el colmo de la opulencia. + +«¿Y mi ama doña Guillermina?--preguntó Severiana--. Ya sé que viene +ahora todos los días. ¿Usted no me conoce? Mi madre fue planchadora en +casa de los señores de Pacheco... allí nos criamos mi hermana Mauricia y +yo». + +--He oído hablar de ustedes a Guillermina... + +Severiana dejó el cesto de la compra, que bien repleto traía, arrojó +mantón y pañuelo, y no pudo resistir un impulso de vanidad. Entre las +habitantes de las casas domingueras es muy común que la que viene de la +plaza con abundante compra la exponga a la admiración y a la envidia de +las vecinas. Severiana empezó a sacar su repuesto, y alargando la mano +lo mostraba de la puerta afuera... «Vean ustedes... una brecolera... un +cuarterón de carne de falda... un pico de carnero con carrilladas... +escarola...» y por último salió la gran sensación. Severiana la enseñó +como un trofeo, reventando de orgullo. «¡Un conejo!» clamaron media +docena de voces... «¡Hija, cómo te has corrido!».--«Hija, porque se +puede, y lo he sacado por siete riales». Jacinta creyó que la cortesía +la obligaba a lisonjear a la dueña de la casa, mirando con muchísimo +interés las provisiones y elogiando su bondad y baratura. + +Hablose luego de Adoración, que se había cosido a las faldas de Jacinta, +y Severiana empezó a referir: + +«Esta niña es de mi hermana Mauricia... La señora metió en las Micaelas +a mi hermana, pero esta se fugó, encaramándose por una tapia; y ahora la +estamos buscando para volverla a encerrar allá». + +--Conozco mucho esa Orden--dijo la de Santa Cruz--, y soy muy amiga de +las madres Micaelas. + +Allí la enderezarán... Crea usted que hacen milagros... + +--Pero si es muy mala... señora, muy mala--replicó Severiana dando un +suspiro--. Aquí me dejó esta criatura, y no nos pesa, porque me tira el +alma como si la hubiera parido... lo cual que todos los míos me han +nacido muertos; y mi Juan Antonio le ha tomado tal ley a la chica, que +no se puede pasar sin ella. Es una pinturera, eso sí, y me enreda mucho. +Como que nació y se crió entre mujeres malas, que la enseñaron a +fantasiar y a ponerse polvos en la cara. Cuando va por la calle, hace +unos meneos con el cuerpo que... ya le digo que la deslomo, si no se le +quita esa maña... ¡Ah!, ¡verás tú, verás, bribonaza! Lo bueno que tiene +es que no me empuerca la ropa y le gusta lavarse manos, brazos, hocico, +y hasta el cuerpo, señora, hasta el cuerpo. Como coja un pedazo de jabón +de olor, pronto da cuenta de él. ¿Pues el peinarse? Ya me ha roto tres +espejos, y un día... ¿que creerá la señora que estaba haciendo?... pues +pintándose las cejas con un corcho quemado. + +Adoración púsose como la grana, avergonzada de las perrerías que se +contaban de ella. + +«No lo hará más --dijo la dama sin hartarse de acariciar aquella cara +tan tersa y tan bonita; y variando la conversación, lo que agradeció +mucho la pequeña, se puso a mirar y alabar el buen arreglo de la +salita». + +«Tiene usted una casa muy mona». + +--Para menestrales, talcualita. Ya sabe la señorita que está a su +disposición. Es muy grande para nosotros; pero tengo aquí una amiga que +vive en compañía, doña Fuensanta, viuda de un señor comandante. Mi +marido es bueno como los panes de Dios. Me gana catorce riales y no +tiene ningún vicio. Vivimos tan ricamente. + +Jacinta admiró la cómoda, bruñida de tanto fregoteo, y el altar que +sobre ella formaban mil baratijas, y las fotografías de gente de tropa, +con los pantalones pintados de rojo y los botones de amarillo. El Cristo +del Gran Poder y la Virgen de la Paloma, eran allí dos hermosos cuadros; +había un gran cromo con la _Numancia_, navegando en un mar de musgo, y +otro cuadrito bordado con _dos corazones amantes_, hechos a estilo de +dechado, unidos con una cinta. + +Se hacía tarde, y Jacinta no tenía sosiego. Por fin, saliendo al +corredor, vio venir a su amiga presurosa, acalorada... «No me riñas, +hija; no sabes cómo me han marcado esos badulaques en la estación de las +Pulgas. Que no pueden hacer nada sin orden expresa del Consejo. No han +hecho caso de la tarjeta que llevé, y tengo que volver esta tarde, y los +sillares allí muertos de risa y la obra parada... Pero en fin, vamos a +nuestro asunto. ¿En dónde está ese que se come la gente? Adiós, +Severiana... Ahora no me puedo entretener contigo. Luego hablaremos». + +Avanzaron en busca de la guarida de Izquierdo, siempre rodeadas de +vecinas. Adoración iba detrás, cogida a la falda de Jacinta, como los +pajes que llevan la cola de los reyes, y delante abriendo calle, como un +batidor, la zancuda, que aquel día parecía tener las canillas más +desarrolladas y las greñas más sueltas. Jacinta le había llevado unas +botas, y estaba la chica muy incomodada porque su madre no se las dejaba +poner hasta el domingo. + +Vieron entornada la puerta del 17, y Guillermina la empujó. Grande fue +su sorpresa al encarar, no con el señor _Platón_ a quien esperaba +encontrar allí, sino con una mujerona muy altona y muy feona, vestida de +colorines, el talle muy bajo, la cara como teñida de ferruje, el pelo +engrasado y de un negro que azuleaba. Echose a reír aquel vestiglo, +enseñando unos dientes cuya blancura con la nieve se podría comparar, y +dijo a las señoras que _Don_ Pepe no estaba, pero que al momentico +vendría. Era la vecina del bohardillón, llamada comúnmente la +_gallinejera_, por tener puesto de gallineja y fritanga en la esquina de +la Arganzuela. Solía prestar servicios domésticos al decadente señor de +aquel domicilio, barrerle el cuarto una vez al mes, apalearle el jergón, +y darle una mano de refregones al _Pituso_, cuando la porquería le ponía +una costra demasiado espesa en su angelical rostro. También solía +preparar para el grande hombre algunos platos exquisitos, como dos +cuartos de molleja, dos cuartos de sangre frita y a veces una ensalada +de escarola, bien cargada de ajo y comino. + +No tardó en venir Izquierdo, y echose fuera la estantigua aquella +gitanesca, a quien Rafaela miraba con verdadero espanto, rezando +mentalmente un Padre-nuestro porque se marchara pronto. Venía el bárbaro +dando resoplidos, cual si le rindiera la fatiga de tanto negocio como +entre manos traía, y arrojando su pavero en el rincón y limpiándose con +un pañuelo en forma de pelota el sudor de la nobilísima frente, soltó +este gruñido: «Vengo de en ca Bicerra... ¿Ustés me recibieron? Pues él +tampoco... ¡el muy soplao, el muy...! La culpa tengo yo que me rebajo a +endividos tan... disinificantes». + +--Cálmese usted, Sr. Pepe --indicó Jacinta, sintiéndose fuerte en +compañía de su amiga. + +Como no había más que dos sillas, Rafaela tuvo que sentarse en el baúl y +el grande hombre no comprendido quedose en pie; mas luego tomó una cesta +vacía que allí estaba, la puso boca abajo y acomodó su respetable +persona en ella. + + + + + +--ix-- + + +Desde que se cruzaron las primeras palabras de aquella conferencia, que +no dudo en llamar memorable, cayó Izquierdo en la cuenta de que tenía +que habérselas con un diplomático mucho más fuerte que él. La tal doña +Guillermina, con toda su opinión de santa y su carita de Pascua, se le +atravesaba. Ya estaba seguro de que le volvería tarumba con sus +_tiologías_ porque aquella señora debía de ser muy nea, y él, la verdad, +no sabía tratar con neos. + +«Con que Sr. Izquierdo--propuso la fundadora sonriendo--, ya sabe +usted... esta amiga mía quiere recoger a ese pobre niño, que tan mal se +cría al lado de usted... Son dos obras de caridad, porque a usted le +socorreremos también, siempre que no sea muy exigente...». + +--¡Hostia, con la tía bruja esta!--dijo para sí _Platón_, revolviendo +las palabras con mugidos; y luego en voz alta--: Pues como dije a la +señora, si la señora quiere al _Pituso_, que se aboque con Castelar... + +--Eso sí; para que le hagan a usted ministro... Sr. Izquierdo, no nos +venga usted con sandeces. ¿Cree que somos tontas? A buena parte viene... +Usted no puede desempeñar ningún destino, porque no sabe leer. + +Recibió Izquierdo tan tremendo golpe en su vanidad, que no supo qué +contestar. Tomando una actitud noble, puesta la mano en el pecho, +repuso: + +«Señora, eso de no saber no es todo lo verídico... digo que no es todo +lo verídico... verbi gracia: que es mentira. A cuenta que nos moteja +porque semos probes. La probeza no es deshonra». + +--No lo es, cierto, pero sí; pero tampoco es honra, ¿estamos? Conozco +pobres muy honrados; pero también los hay que son buenos pájaros. + +--Yo soy todo lo decente... ¿estamos? + +--¡Ah!, sí... Todos nos llamamos personas decentes; pero facilillo es +probarlo. Vamos a ver. ¿Cómo se ha pasado usted la vida? Vendiendo +burros y caballos, después conspirando y armando barricadas... + +--¡Y a mucha honra, y a mucha honra!... ¡re-hostia!--gritó fuera de sí +el chalán, levantándose encolerizado--. ¡Vaya con las tías estas...! + +Jacinta daba diente con diente. Rafaela quiso salir a llamar; pero su +propio temor le había paralizado las piernas. + +«Ja, ja, ja... nos llama _tías_...--exclamó Guillermina echándose a reír +cual si hubiera oído un inocente chiste--. Vaya con el excelentísimo +señor... ¿Y piensa que nos vamos a enfadar por la flor que nos echa? +Quia; yo estoy muy acostumbrada a estas finuras. Peores cosas le dijeron +a Cristo. + +--Señora... señora... no me saque la dinidá; mire que me estoy +aguantando... aguantando... + +--Más aguantamos nosotras. --Yo soy un endivido... tal y como... + +--Lo que es usted, bien lo sabemos: un holgazanote y un bruto... Sí +hombre, no me desdigo... ¿Piensa usted que le tengo miedo? A ver; saque +pronto esa navaja... + +--No la gasto pa mujeres... --Ni para hombres... Si creerá este +fantasmón que nos va a acoquinar porque tiene esa fachada... Siéntese +usted y no haga visajes, que eso servirá para asustar a chicos, pero no +a mí. Además de bruto es usted un embustero, porque ni ha estado en +Cartagena ni ese es el camino, y todo lo que cuenta de las revoluciones +es gana de hablar. A mí me ha enterado quien le conoce a usted bien... +¡Ah!, pobre hombre, ¿sabe usted lo que nos inspira? Pues lástima, una +lástima que no puede ponderarle, por lo grande que es... + +Completamente aturdido, cual si le hubieran descargado una maza sobre el +cuello, Izquierdo se sentó sobre la cesta, y esparció sus miradas por el +suelo. Rafaela y Jacinta respiraron, pasmadas del valor de su amiga, a +quien veían como una criatura sobrenatural. + +--Con que vamos a ver--prosiguió esta guiñando los ojos, como siempre +que exponía un asunto importante--. Nosotras nos llevamos al niñito, y +le damos a usted una cantidad para que se remedie... + +--¿Y qué hago yo con un triste estipendio? ¿Cree que yo me vendo? + +--¡Ay, qué delicados están los tiempos!... Usted, ¿qué se ha de vender? +Falta que haya quien le compre. Y esto no es compra, sino socorro. No me +dirá usted que no lo necesita... + +--En fin, pa no cansar... --replicó bruscamente José--, si me dan la +ministración... + +--Una cantidad y punto concluido... + +--¡Que no me da la gana, que no me da la santísima gana! + +--Bueno, bueno, no grite usted tanto, que no somos sordas. Y no sea +usted tan fino, que tales finuras son impropias de un señor +revolucionario tan... feroz. + +--Usted me quema la sangre... --¿Con que destino, y si no no? Tijeretas +han de ser. A fe que está el hombre cortadito para administrador. Sr. +Izquierdo, dejemos las bromas a un lado; me da mucha lástima de usted; +porque, lo digo con sinceridad, no me parece tan mala persona como cree +la gente. ¿Quiere usted que le diga la verdad? Pues usted es un +infelizote que no ha tenido parte en ningún crimen ni en la invención de +la pólvora. + +Izquierdo alzó la vista del suelo y miró a Guillermina sin ningún +rencor. Parecía confirmar con una mirada de sinceridad lo que la +fundadora declaraba. + +«Y lo sostengo, este hijo de Dios no es un hombre malo. Dicen por ahí +que usted asesinó a su segunda mujer... ¡Patraña! Dicen que usted ha +robado en los caminos... ¡Mentira! Dicen por ahí que usted ha dado +muchos trabucazos en las barricadas... ¡Paparrucha!». + +--Parola, parola, parola --murmuró Izquierdo con amargura. + +--Usted se ha pasado la vida luchando por el pienso y no sabiendo nunca +vencer. No ha tenido arreglo... La verdad, este vendehumos es hombre de +poca disposición: no sabe nada, no trabaja, no tiene pesquis más que +para echar fanfarronadas y decir que se come los niños crudos. Mucho +hablar de la República y de los cantones, y el hombre no sirve ni para +los oficios más toscos... ¿Qué tal?, ¿me equivoco? ¿Es este el retrato +de usted, sí o no?... + +_Platón_ no decía nada, y pasó y repasó su hermosa mirada por los +ladrillos del piso, como si los quisiera barrer con ella. Las palabras +de Guillermina resonaban en su alma con el acento de esas verdades +eternas contra las cuales nada pueden las argucias humanas. + +«Después --añadió la santa--, el pobre hombre ha tenido que valerse de +mil arbitrios no muy limpios para poder vivir, porque es preciso +vivir... Hay que ser indulgente con la miseria, y otorgarle un poquitín +de licencia para el mal». + +Durante la breve pausa que siguió a los últimos conceptos de +Guillermina, el infeliz hombre cayó en su conciencia como en un pozo, y +allí se vio tal cual era realmente, despojado de los trapos de oropel en +que su amor propio le envolvía; pensó lo que otras veces había pensado, +y se dijo en sustancia: «Si soy un verídico mulo, un buen Juan que no +sabe matar un mosquito; y esta diabla de santa tiene dentro el cuerpo al +Pae Eterno». + +Guillermina no le quitaba los ojos, que con los guiños se volvían +picarescos. Era una maravilla cómo le adivinaba los pensamientos. Parece +mentira, pero no lo es, que después de otra pausa solemne, dijo la +Pacheco estas palabras: + +«Porque eso de que Castelar le coloque es cosa de labios afuera. Usted +mismo no lo cree ni en sueños. Lo dice por embobar a Ido y otros tontos +como él... Ni ¿qué destino le van a dar a un hombre que firma con una +cruz? Usted que alardea de haber hecho tantas revoluciones y de que nos +ha traído la dichosa República, y de que ha fundado el cantón de +Cartagena... ¡así ha salido él!... usted que se las echa de hombre +perseguido y nos llama neas con desprecio y publica por ahí que le van a +hacer archipámpano, se contentará... dígalo con franqueza, se contentará +con que le den una portería...». + +A Izquierdo le vibró el corazón, y este movimiento del ánimo fue tan +claramente advertido por Guillermina, que se echó a reír, y tocándole la +rodilla con la mano, repitió: + +«¿No es verdad que se contentará?... Vamos, hijo mío, confiéselo por la +pasión y muerte de nuestro Redentor, en quien todos creemos». + +Los ojos del chalán se iluminaron. Se le escapó una sonrisilla y dijo +con viveza: + +«¿Portería de ministerio?». + +--No, hijo, no tanto... Español había de ser. Siempre picando alto y +queriendo servir al Estado... Hablo de portería de casa particular. + +Izquierdo frunció el ceño. Lo que él quería era ponerse uniforme con +galones. Volvió a sumergirse de una zambullida en su conciencia, y allí +dio volteretas alrededor de la portería de casa particular. Él, lo dicho +dicho, estaba ya harto de tanto bregar por la perra existencia. ¿Qué +mejor descanso podía apetecer que lo que le ofrecía aquella _tía_, que +debía de ser sobrina de la Virgen Santísima?... Porque ya empezaba a ser +viejo y no estaba para muchas bromas. La oferta significaba pitanza +segura, poco trabajo; y si la portería era de casa grande, el uniforme +no se lo quitaba nadie... Ya tenía la boca abierta para soltar un +_conforme_ más grande que la casa de que debía ser portero, cuando el +amor propio, que era su mayor enemigo, se le amotinó, y la fanfarronería +cultivada en su mente armole una gritería espantosa. Hombre perdido. +Empezó a menear la cabeza con displicencia, y echando miradas de desdén +a una parte y otra, dijo: «¡Una portería!... es poco». + +--Ya se ve... no puede olvidar que ha sido ministro de la Gobernación, +es decir, que lo quisieron nombrar... aunque me parece que se convino en +que todo ello fue invención de esa gran cabeza. Veo que entre usted y D. +José Ido, otro que tal, podrían inventar lindas novelas. ¡Ah!, la +miseria, el mal comer, ¡cómo hacen desvariar estos pobres cerebros!... +En resumidas cuentas, Sr. Izquierdo... + +Este se había levantado, y poniéndose a dar paseos por la habitación con +las manos en los bolsillos, expresó sus magnánimos pensamientos de esta +manera: + +«Mi dinidá y sinificancia no me premiten... Es la que se dice: quisiera, +pero no pué ser, no pué ser. Si quieren solutamente socorrerme por que +me quitan a mi piojín de mi arma, me atengo al honorario». + +--¡Alabado sea Dios! Al fin caemos en la cantidad... + +Jacinta veía el cielo abierto... pero este cielo se nubló cuando el +bárbaro desde un rincón, donde su voz hacía ecos siniestros, soltó estas +fatídicas palabras: + +«Ea... pues... mil duros, y trato hecho». + +--¡Mil duros!--dijo Guillermina--. ¡La Virgen nos acompañe!, ya los +quisiéramos para nosotros. Siempre será un poquito menos. + +--No bajo ni un chavo. --¿A que sí? Porque si usted es chalán también yo +soy chalana. + +Jacinta discurría ya cómo se las compondría para juntar los mil duros, +que al principio le parecieron suma muy grande, después pequeña, y así +estuvo un rato apreciando con diversos criterios de cantidad la cifra. + +«Que no rebajo ni tanto así. Lo mismo me da monea metálica que pápiros +del Banco. Pero ojo al guarismo, que no rebajo na». + +--Eso, eso, tengamos carácter... ¡Pues no tiene pocas pretensiones! Ni +usted con toda su casta vale mil cuartos, cuanto más mil duros... Vaya, +¿quiere dos mil reales? + +Izquierdo hizo un gesto de desprecio. + +«¿Qué, se nos enfada?... Pues nada, quédese usted con su angelito. ¿Pues +qué se ha creído el muy majadero, que nos tragábamos la bola de que el +_Pituso_ es hijo del esposo de esta señora? ¿Cómo se prueba eso?...». + +--Yo na tengo que ver... pues bien claro está que es pae +natural--replicó Izquierdo de mal talante--, pae natural del hijo de mi +sobrina, verbo y gracia, Juanín. + +--¿Tiene usted la partida de bautismo? + +--La tengo--dijo el salvaje mirando al cofre sobre el que se sentaba +Rafaela. + +--No, no saque usted papeles, que tampoco prueban nada. En cuanto a la +paternidad _natural_, como usted dice, será o no será. Pediremos +informes a quien pueda darlos. + +Izquierdo se rascaba la frente, como escarbando para extraer de ella una +idea. La alusión a Juanito hízole recordar sin duda cuando rodó +ignominiosamente por la escalera de la casa de Santa Cruz. Jacinta, en +tanto, quería llegar a un arreglo ofreciendo la mitad; mas Guillermina, +que le adivinó en el semblante sus deseos de conciliación, le impuso +silencio, y levantándose, dijo: + +«Señor Izquierdo; guárdese usted su _churumbé_, que lo que es este timo +no le ha salido». + +--Señora... ¡Hostia!, yo soy un hombre de bien, y conmigo no se queda +ninguna nea, ¿estamos? --replicó él con aquella rabia superficial que no +pasaba de las palabras. + +--Es usted muy amable... Con las finuras que usted gasta no es posible +que nos entendamos. ¡Si habrá usted creído que esta señora tenía un gran +interés en apropiarse del niño! Es un capricho, nada más que un +capricho. Esta simple se ha empeñado en tener chiquillos... manía tonta, +porque cuando Dios no quiere darlos, Él se sabrá por qué... Vio al +_Pituso_, le dio lástima, le gustó... pero es muy caro el animalito. En +estos dos patios los dan por nada, a escoger... por nada, sí, alma de +Dios, y con agradecimiento encima... ¿Qué te creías, que no hay más que +tu piojín?... Ahí está esa niña preciosísima que llaman Adoración... +Pues nos la llevaremos cuando queramos, porque la voluntad de Severiana +es la mía... Con que abur... ¿Qué tienes que contestar? + +Ya te veo venir: que el _Pituso_ es de la propia sangre de los señores +de Santa Cruz. Podrá ser, y podrá no ser... Ahora mismo nos vamos a +contarle el caso al marido de mi amiga, que es hombre de mucha +influencia y se tutea con Pi y almuerza con Castelar y es hermano de +leche de Salmerón... Él verá lo que hace. Si el niño es suyo, te lo +quitará; y si no lo es, ayúdame a sentir. En este caso, pedazo de +bárbaro, ni dinero, ni portería, ni nada. + +Izquierdo estaba como aturdido con esta rociada de palabras vivas y +contundentes. Guillermina, en aquellas grandes crisis oratorias, tuteaba +a todo el mundo... Después de empujar hacia la puerta a Jacinta y a +Rafaela, volviose al desgraciado, que no acertaba a decir palabra, y +echándose a reír con angélica bondad, le habló en estos términos: + +«Perdóname que te haya tratado duramente como mereces... Yo soy así. Y +no te vayas a creer que me he enfadado. Pero no quiero irme sin darte +una limosna y un consejo. La limosna en esta. Toma, para ayuda de un +panecillo». + +Alargó la mano ofreciéndole dos duros, y viendo que el otro no los +tomaba, púsolos sobre una de las sillas. + +«El consejo allá va. Tú no vales absolutamente para nada. No sabes +ningún oficio, ni siquiera el de peón, porque eres haragán y no te +gusta cargar pesos. No sirves ni para barrendero de las calles, ni +siquiera para llevar un cartel con anuncios... Y sin embargo, +desventurado, no hay hechura de Dios que no tenga su _para qué_ en este +taller admirable del trabajo universal; tú has nacido para un gran +oficio, en el cual puedes alcanzar mucha gloria y el pan de cada día. +Bobalicón, ¿no has caído en ello?... ¡Eres tan bruto!... ¿Pero di, no te +has mirado al espejo alguna vez? ¿No se te ha ocurrido?... Pareces +lelo... Pues te lo diré: para lo que tú sirves es para modelo de +pintores... ¿no entiendes? Pues ellos te ponen vestido de santo, o de +caballero, o de Padre Eterno, y te sacan el retrato... porque tienes la +gran figura. Cara, cuerpo, expresión, todo lo que no es del alma es en +ti noble y hermoso; llevas en tu persona un tesoro, un verdadero tesoro +de líneas... Vamos, apuesto a que no lo entiendes». + +La vanidad aumentó la turbación en que el bueno de Izquierdo estaba. +Presunciones de gloria le pasaron con ráfagas de hoguera por la +frente... Entrevió un porvenir brillante... ¡Él, retratado por los +pintores!... ¡Y eso se pagaba! Y se ganaban cuartos por vestirse, +ponerse y ¡ah!... _Platón_ se miró en el vidrio del cuadro de las +trenzas; pero no se veía bien... + +«Con que no lo olvides... Preséntate en cualquier estudio, y eres un +hombre. Con tu piojín a cuestas, serías el San Cristóbal más hermoso que +se podría ver. Adiós, adiós...». + + + + + +-X- + + +Más escenas de la vida íntima + + + + +--i-- + + +Saliendo por los corredores, decía Guillermina a su amiga: + +«Eres una inocentona... tú no sabes tratar con esta gente. Déjame a mí, +y estate tranquila, que el _Pituso_ es tuyo. Yo me entiendo. Si ese +bribón te coge por su cuenta, te saca más de lo que valen todos los +chicos de la Inclusa juntos con sus padres respectivos. ¿Qué pensabas tú +ofrecerle? ¿Diez mil reales? Pues me los das, y si lo saco por menos, la +diferencia es para mi obra». + +Después de platicar un rato con Severiana en la salita de esta, salieron +escoltadas por diferentes cuerpos y secciones de la granujería de los +dos patios. A Juanín, por más que Jacinta y Rafaela se desojaban +buscándole, no le vieron por ninguna parte. + +Aquel día, que era el 22, empeoró el Delfín a causa de su impaciencia y +por aquel afán de querer anticiparse a la naturaleza, quitándole a esta +los medios de su propia reparación. A poco de levantarse tuvo que +volverse a la cama, quejándose de molestias y dolores puramente +ilusorios. Su familia, que ya conocía bien sus mañas, no se alarmaba, y +Barbarita recetábale sin cesar sábanas y resignación. Pasó la noche +intranquilo; pero se estuvo durmiendo toda la mañana del 23, por lo que +pudo Jacinta dar otro salto, acompañada de Rafaela, a la calle de Mira +el Río. Esta visita fue de tan poca sustancia, que la dama volvió muy +triste a su casa. No vio al _Pituso_ ni al Sr. Izquierdo. Díjole +Severiana que Guillermina había estado antes y echado un largo +parlamento con el _endivido_, quien tenía al chico montado en el hombro, +ensayándose sin duda para _hacer_ el San Cristóbal. Lo único que sacó +Jacinta en limpio de la excursión de aquel día fue un nuevo testimonio +de la popularidad que empezaba a alcanzar en aquellas casas. Hombres y +mujeres la rodeaban y poco faltó para que la llevaran en volandas. Oyose +una voz que gritaba: «¡viva la simpatía!» y le echaron coplas de gusto +dudoso, pero de muy buena intención. Los de Ido llevaban la voz cantante +en este concierto de alabanzas, y daba gozo ver a D. José tan elegante, +con las prendas en buen uso que Jacinta le había dado, y su hongo casi +nuevo de color café. El primogénito de los _claques_ fue objeto de una +serie de transacciones y reventas chalanescas, hasta que lo adquirió por +dos cuartos un cierto vecino de la casa, que tenía la especialidad de +hacer el _higuí_ en los Carnavales. + +Adoración se pegaba a doña Jacinta desde que la veía entrar. Era como +una idolatría el cariño de aquella chicuela. Quedábase estática y lela +delante de la señorita, devorándola con sus ojos, y si esta le cogía la +cara o le daba un beso, la pobre niña temblaba de emoción y parecía que +le entraba fiebre. Su manera de expresar lo que sentía era dar de +cabezadas contra el cuerpo de su ídolo, metiendo la cabeza entre los +pliegues del mantón y apretando como si quisiera abrir con ella un +hueco. Ver partir a _doña_ Jacinta era quedarse Adoración sin alma, y +Severiana tenía que ponerse seria para hacerla entrar en razón. Aquel +día le llevó la dama unas botitas muy lindas, y prometió llevarle otras +prendas, pendientes y una sortija con un diamante fino del tamaño de un +garbanzo; más grande todavía, del tamaño de una avellana. + +Al volver a su casa, tenía la Delfina vivos deseos de saber si +Guillermina había hecho algo. Llamola por el balcón; pero la fundadora +no estaba. Probablemente, según dijo la criada, no regresaría hasta la +noche porque había tenido que ir por tercera vez a la estación de las +Pulgas, a la obra y al asilo de la calle de Alburquerque. + +Aquel día ocurrió en casa de Santa Cruz un suceso feliz. Entró D. +Baldomero de la calle cuando ya se iban a sentar a la mesa, y dijo con +la mayor naturalidad del mundo que le había caído la lotería. Oyó +Barbarita la noticia con calma, casi con tristeza, pues el capricho de +la suerte loca no le hacía mucha gracia. La Providencia no había andado +en aquello muy lista que digamos, porque ellos no necesitaban de la +lotería para nada, y aun parecía que les estorbaba un premio que, en +buena lógica, debía de ser para los infelices que juegan por mejorar de +fortuna. ¡Y había tantas personas aquel día dadas a Barrabás por no +haber sacado ni un triste reintegro! El 23, a la hora de la lista +grande, Madrid parecía el país de las desilusiones, porque... ¡cosa más +particular!, a nadie le tocaba. Es preciso que a uno le toque para creer +que hay agraciados. + +Don Baldomero estaba muy sereno, y el golpe de suerte no le daba calor +ni frío. Todos los años compraba un billete entero, por rutina o vicio, +quizás por obligación, como se toma la cédula de vecindad u otro +documento que acredite la condición de español neto, sin que nunca +sacase más que fruslerías, algún reintegro o premios muy pequeños. Aquel +año le tocaron doscientos cincuenta mil reales. Había dado, como +siempre, muchas participaciones, por lo cual los doce mil quinientos +duros se repartían entre la multitud de personas de diferente posición y +fortuna; pues si algunos ricos cogían buena breva, también muchos pobres +pellizcaban algo. Santa Cruz llevó la lista al comedor, y la iba leyendo +mientras comía, haciendo la cuenta de lo que a cada cual tocaba. Se le +oía como se oye a los niños del Colegio de San Ildefonso que sacan y +cantan los números en el acto de la extracción. + +«_Los Chicos_ jugaron dos décimos y se calzan cincuenta mil reales. +Villalonga un décimo: veinticinco mil. Samaniego la mitad». + +Pepe Samaniego apareció en la puerta a punto que D. Baldomero pregonaba +su nombre y su premio, y el favorecido no pudo contener su alegría y +empezó a dar abrazos a todos los presentes, incluso a los criados. + +«Eulalia Muñoz, un décimo: veinticinco mil reales. Benignita, medio +décimo: doce mil quinientos reales. Federico Ruiz, dos duros: cinco mil +reales. Ahora viene toda la morralla. Deogracias, Rafaela y Blas han +jugado diez reales cada uno. Les tocan mil doscientos cincuenta». + +«El carbonero, ¿a ver el carbonero?» dijo Barbarita que se interesaba +por los jugadores de la última escala lotérica. + +--El carbonero echó diez reales; Juana, nuestra insigne cocinera, +veinte, el carnicero quince... A ver, a ver: Pepa la pincha cinco +reales, y su hermana otros cinco. A estas les tocan seiscientos +cincuenta reales. + +--¡Qué miseria! --Hija, no lo digo yo, lo dice la aritmética. + +Los partícipes iban llegando a la casa atraídos por el olor de la +noticia, que se extendió rápidamente; y la cocinera, las pinchas y otras +personas de la servidumbre se atrevían a quebrantar la etiqueta, +llegándose a la puerta del comedor y asomando sus caras regocijadas para +oír cantar al señor la cifra de aquellos dineros que les caían. La +señorita Jacinta fue quien primero llevó los parabienes a la cocina, y +la pincha perdió el conocimiento por figurarse que con los tristes cinco +reales le habían caído lo menos tres millones. Estupiñá, en cuanto supo +lo que pasaba, salió como un rayo por esas calles en busca de los +agraciados para darles la noticia. Él fue quien dio las albricias a +Samaniego, y cuando ya no halló ningún interesado, daba la gran jaqueca +a todos los conocidos que encontraba. ¡Y él no se había sacado nada! + +Sobre esto habló Barbarita a su marido con toda la gravedad discreta que +el caso requería. + +«Hijo, el pobre Plácido está muy desconsolado. No puede disimular su +pena, y eso de salir a dar la noticia es para que no le conozcamos en la +cara la hiel que está tragando». + +--Pues hija, yo no tengo la culpa... Te acordarás que estuvo con el +medio duro en la mano, ofreciéndolo y retirándolo, hasta que al fin su +avaricia pudo más que la ambición, y dijo: «Para lo que yo me he de +sacar, más vale que emplee mi escudito en anises...». ¡Toma anises! + +--¡Pobrecillo!... ponlo en la lista. + +Don Baldomero miró a su esposa con cierta severidad. Aquella infracción +de la aritmética parecíale una cosa muy grave. + +«Ponlo, hombre, ¿qué más te da? Que estén todos contentos...». + +Don Baldomero II se sonrió con aquella bondad patriarcal tan suya, y +sacando otra vez lista y lápiz, dijo en alta voz: «Rossini, diez reales: +le tocan mil doscientos cincuenta». + +Todos los presentes se apresuraron a felicitar al favorecido, quedándose +él tan parado y suspenso, que creyó que le tomaban el pelo. + +«No, si yo no...». Pero Barbarita le echó unas miradas que le cortaron +el hilo de su discurso. Cuando la señora miraba de aquel modo no había +más remedio que callarse. + +«¡Si habrá nacido de pie este bendito Plácido--dijo D. Baldomero a su +nuera--, que hasta se saca la lotería sin jugar!». + +--Plácido--gritó Jacinta riéndose con mucha gana--, es el que nos ha +traído la suerte. + +--Pero si yo...--murmuró otra vez Estupiñá, en cuyo espíritu las +nociones de la justicia eran siempre muy claras, como no se tratara de +contrabando. + +--Pero tonto... cómo tendrás esa cabeza--dijo Barbarita con mucho +fuego--, que ni siquiera te acuerdas de que me diste medio duro para la +lotería. + +--Yo... cuando usted lo dice... En fin... la verdad, mi cabeza anda, +_talmente_, así un poco ida... + +Se me figura que Estupiñá llegó a creer a pie juntillas que había dado +el escudo. + +«¡Cuando yo decía que el número era de los más bonitos...!--manifestó D. +Baldomero con orgullo--. En cuanto el lotero me lo entregó, sentí la +corazonada». + +--Como bonito...--agregó Estupiñá--, no hay duda que lo es. + +--Si tenía que salir, eso bien lo veía yo--afirmó Samaniego con esa +convicción que es resultado del gozo--. ¡Tres _cuatros_ seguidos, +después un _cero_, y acabar con un _ocho_...! Tenía que salir. + +El mismo Samaniego fue quien discurrió celebrar con panderetazos y +villancicos el fausto suceso, y Estupiñá propuso que fueran todos los +agraciados a la cocina para hacer ruido con las cacerolas. Mas Barbarita +prohibió todo lo que fuera barullo, y viendo entrar a Federico Ruiz, a +Eulalia Muñoz y a uno de los _Chicos_, Ricardo Santa Cruz mandó destapar +media docena de botellas de _champagne_. + +Toda esta algazara llegaba a la alcoba de Juan, que se entretenía oyendo +contar a su mujer y a su criado lo que pasaba, y singularmente el +milagro del premio de Estupiñá. Lo que se rió con esto no hay para qué +decirlo. La prisión en que tan a disgusto estaba volvíale pronto a su +mal humor y poniéndose muy regañón decía a su mujer: «Eso, eso, déjame +solo otra vez para ir a divertirte con la bullanga de esos idiotas. ¡La +lotería!, ¡qué atraso tan grande! Es de las cosas que debieran +suprimirse; mata el ahorro; es la Providencia de las haraganes. Con la +lotería no puede haber prosperidad pública... ¿Qué?, te marchas otra +vez. ¡Bonita manera de cuidar a un enfermo! Y vamos a ver, ¿qué demonios +tienes tú que hacer por esas calles toda la mañana? A ver, explícame, +quiero saberlo; porque es ya lo de todos los días». + +Jacinta daba sus excusas risueña y sosegada. Pero le fue preciso soltar +una mentirijilla. Había salido por la mañana a comprar nacimientos, +velitas de color y otras chucherías para los niños de Candelaria. + +«Pues entonces--replicó Juanito revolviéndose entre las sábanas--, yo +quiero que me digan para qué sirven mamá y Estupiñá, que se pasan la +vida mareando a los tenderos y se saben de memoria los puestos de Santa +Cruz... A ver, que me expliquen esto...». + +La algazara de los premiados, que iba cediendo algo, se aumentó con la +llegada de Guillermina, la cual supo en su casa la nueva y entró +diciendo a voces: «Cada uno me tiene que dar el veinticinco por ciento +para mi obra... Si no, Dios y San José les amargarán el premio». + +--El veinticinco por ciento es mucho para la gente menuda--dijo D. +Baldomero--. Consúltalo con San José y verás cómo me da la razón. + +--¡Hereje!...--replicó la dama haciéndose la enfadada--, herejote... +después que chupas el dinero de la Nación, que es el dinero de la +Iglesia, ahora quieres negar tu auxilio a mi obra, a los pobres... El +veinticinco por ciento y tú el cincuenta por ciento... Y punto en boca. +Si no, lo gastarás en botica. Con que elige. + +--No, hija mía; por mí te lo daré todo... + +--Pues no harás nada de más, avariento. Se están poniendo bien las +cosas, a fe mía... El ciento de _pintón_, que estaba la semana pasada a +diez reales, ahora me lo quieren cobrar a once y medio, y el _pardo_ a +diez y medio. Estoy volada. Los materiales por las nubes... + +Samaniego se empeñó en que la santa había de tomar una copa de +_Champagne_. + +«¿Pero tú qué has creído de mí, viciosote? ¡Yo beber esas porquerías!... +¿Cuándo cobras, mañana? Pues prepárate. Allí me tendrás como la maza de +Fraga. No te dejaré vivir». + +Poco después Guillermina y Jacinta hablaban a solas, lejos de todo oído +indiscreto. + +«Ya puedes vivir tranquila--le dijo la Pacheco--. El _Pituso_ es tuyo. +He cerrado el trato esta tarde. No puedes figurarte lo que bregué con +aquel Iscariote. Perdí la cuenta de las hostias que me echó el muy +blasfemo. Allá me sacó del cofre la partida de bautismo, un papelejo que +apestaba. Este documento no prueba nada. El chico será o no será... +¡quién lo sabe! Pero pues tienes este capricho de ricacha mimosa, allá +con Dios... Todo esto me parece irregular. Lo primero debió ser hablar +del caso a tu marido. Pero tú buscas la sorpresita y el efecto teatral. +Allá lo veremos... Ya sabes, hija, el trato es trato. Me ha costado Dios +y ayuda hacer entrar en razón al Sr. Izquierdo. Por fin se contenta con +seis mil quinientos reales. Lo que sobra de los diez mil reales es para +mí, que bien me lo he sabido ganar... Con que mañana, yo iré después de +medio día; ve tú también con los santos cuartos. + +Púsose Jacinta muy contenga. Había realizado su antojo; ya tenía su +juguete. Aquello podría ser muy bien una niñería; pero ella tenía sus +razones para obrar así. El plan que concibió para presentar al _Pituso_ +a la familia e introducirlo en ella, revelaba cierta astucia. Pensó que +nada debía decir por el pronto al Delfín. Depositaría su hallazgo en +casa de su hermana Candelaria hasta ponerle presentable. Después diría +que era un huerfanito abandonado en las calles, recogido por ella... ni +una palabra referente a quién pudiera ser la mamá ni menos el papá de +tal muñeco. Todo el toque estaba en observar la cara que pondría Juan al +verle. ¿Diríale algo la voz misteriosa de la sangre? ¿Reconocería en las +facciones del pobre niño las de...? Al interés dramático de este lance +sacrificaba Jacinta la conveniencia de los procedimientos propios de +tal asunto. Imaginándose lo que iba a pasar, la turbación del infiel, el +perdón suyo, y mil cosas y pormenores novelescos que barruntaba, +producíase en su alma un goce semejante al del artista que crea o +compone, y también un poco de venganza, tal y como en alma tan noble +podía producirse esta pasión. + + + + +--ii-- + + +Cuando fue al cuarto del Delfín, Barbarita le hacía tomar a este un +tazón de té con coñac. En el comedor continuaba la bulla; pero los +ánimos estaban más serenos. «Ahora--dijo la mamá--, han pegado la hebra +con la política. Dice Samaniego que hasta que no corten doscientas o +trescientas cabezas; no habrá paz. El marqués no está por el +derramamiento de sangre, y Estupiñá le preguntaba por qué no había +aceptado la diputación que le ofrecieron... + +Se puso lo mismito que un pavo, y dijo que él no quería meterse en... + +--No dijo eso--saltó Juanito, suspendiendo la bebida. + +--Que sí, hijo; dijo que no quería meterse en estos... no sé qué. + +--Que no dijo eso, mamá. No alteres tú también la verdad de los textos. + +--Pero hijo, si lo he oído yo. + +--Aunque lo hayas oído, te sostengo que no pudo decir eso... vaya. + +--¿Pues qué? --El marqués no pudo decir _meterse_... yo pongo mi cabeza +a que dijo _inmiscuirse_... Si sabré yo cómo hablan las personas finas. + +Barbarita soltó la carcajada. + +--Pues sí... tienes razón, así, así fue... que no quería +_inmiscuirse_... + +--¿Lo ves?... Jacinta. --¿Qué quieres, niño mimoso? + +--Mándale un recado a Aparisi. Que venga al momento. + +--¿Para qué? ¿Sabes la hora que es? + +--En cuanto sepa el motivo, se planta aquí de un salto. + +--¿Pero a qué? --¡Ahí es nada! ¿Crees que va a dejar pasar eso de +_inmiscuirse_? Yo quiero saber cómo se sacude esa mosca... + +Las dos damas celebraron aquella broma mientras le arreglaban la cama. +Guillermina había salido de la casa sin despedirse, y poco a poco se +fueron marchando los demás. Antes de las doce, todo estaba en silencio, +y los papás se retiraron a su habitación, después de encargar a Jacinta +que estuviese muy a la mira para que el Delfín no se desabrigara. Este +parecía dormido profundamente, y su esposa se acostó sin sueño, con el +ánimo más dispuesto a la centinela que al descanso. No había +transcurrido una hora, cuando Juan despertó intranquilo, rompiendo a +hablar de una manera algo descompuesta. Creyó Jacinta que deliraba, y se +incorporó en su cama; mas no era delirio, sino inquietud con algo de +impertinencia. Procuró calmarle con palabras cariñosas; pero él no se +daba a partido. «¿Quieres que llame?».--«No; es tarde, y no quiero +alarmar... Es que estoy nervioso. Se me ha espantado el sueño. Ya se ve; +todo el día en este pozo del aburrimiento. Las sábanas arden y mi cuerpo +está frío». + +Jacinta se echó la bata, y corrió a sentarse al borde del lecho de su +marido. Pareciole que tenía algo de calentura. Lo peor era que sacaba +los brazos y retiraba las mantas. Temerosa de que se enfriara, apuró +todas las razones para sosegarle, y viendo que no podía ser, quitose la +bata y se metió con él en la cama, dispuesta a pasar la noche +abrigándole por fuerza como a los niños, y arrullándole para que se +durmiera. Y la verdad fue que con esto se sosegó un tanto, porque le +gustaban los mimos, y que se molestaran por él, y que le dieran tertulia +cuando estaba desvelado. ¡Y cómo se hacía el nene, cuando su mujer, con +deliciosa gentileza materna, le cogía entre sus brazos y le apretaba +contra sí para agasajarle, prestándole su propio calor! No tardó Juan en +aletargarse con la virtud de estos melindres. Jacinta no quitaba sus +ojos de los ojos de él, observando con atención sostenida si se dormía, +si murmuraba alguna queja, si sudaba. En esta situación oyó claramente +la una, la una y media, las dos, cantadas por la campana de la Puerta +del Sol con tan claro timbre, que parecían sonar dentro de la casa. En +la alcoba había una luz dulce, colada por pantalla de porcelana. + +Y cuando pasaba un rato largo sin que él se moviera, Jacinta se +entregaba a sus reflexiones. Sacaba sus ideas de la mente, como el avaro +saca las monedas, cuando nadie le ve, y se ponía a contarlas y a +examinarlas y a mirar si entre ellas había alguna falsa. De repente +acordábase de la jugarreta que le tenía preparada a su marido, y su alma +se estremecía con el placer de su pueril venganza. El _Pituso_ se le +metía al instante entre ceja y ceja. ¡Le estaba viendo! La contemplación +ideal de lo que aquellas facciones tenían de desconocido, el trasunto de +las facciones de la madre, era lo que más trastornaba a Jacinta, +enturbiando su piadosa alegría. Entonces sentía las cosquillas, pues no +merecen otro nombre, las cosquillas de aquella infantil rabia que solía +acometerla, sintiendo además en sus brazos cierto prurito de apretar y +apretar fuerte para hacerle sentir al infiel el furor de la paloma que +la dominaba. Pero la verdad era que no apretaba ni pizca, por miedo de +turbarle el sueño. Si creía notar que se estremecía con escalofríos, +apretaba sí dulcemente, liándose a él para comunicarle todo el calor +posible. Cuando él gemía o respiraba muy fuerte, le arrullaba dándole +suaves palmadas en la espalda, y por no apartar sus manos de aquella +obligación, siempre que quería saber si sudaba o no, acercaba su nariz o +su mejilla a la frente de él. + +Serían las tres cuando el Delfín abrió los ojos, despabilándose +completamente, y miró a su mujer, cuya cara no distaba de la suya el +espacio de dos o tres narices. «¡Qué bien me encuentro ahora!--le dijo +con dulzura--. Estoy sudando; ya no tengo frío. ¿Y tú no duermes? ¡Ah! +La gran lotería es la que me ha tocada a mí. Tú eres mi premio gordo. +¡Qué buena eres!». + +--¿Te duele la cabeza? --No me duele nada. Estoy bien; pero me he +desvelado; no tengo sueño. Si no lo tienes tú tampoco, cuéntame algo. A +ver dime a dónde fuiste esta mañana. + +--A contar los frailes, que se ha perdido uno. Así nos decía mamá cuando +mis hermanas y yo le preguntábamos dónde había ido. + +--Respóndeme al derecho. ¿A dónde fuiste? + +Jacinta se reía, porque le ocurrió dar a su marido un bromazo muy +chusco. + +«¡Qué alegre está el tiempo! ¿De qué te ríes?». + +--Me río de ti... ¡Qué curiosos son estos hombres! ¡Virgen María!, todo +lo quieren saber. + +--Claro, y tenemos derecho a ello. --No puede una salir a compras... +--Dale con las tiendas. Competencia con mamá y Estupiñá; eso no puede +ser. Tú no has ido a compras. + +--Que sí. --¿Y qué has comprado? + +--Tela. --¿Para camisas mías? Si tengo... creo que son veintisiete +docenas. + +--Para camisas tuyas, sí; pero te las hago chiquititas. + +--¡Chiquititas! --Sí, y también te estoy haciendo unos baberos muy +monos. + +--¡A mí, baberos a mí! + +--Sí, tonto; por si se te cae la baba. + +--¡Jacinta! --Anda... y se ríe el muy simple. ¡Verás qué camisas! Sólo +que las mangas son así... no te cabe más que un dedo en ellas. + +--¿De veras que tú?... A ver ponte seria... Si te ríes no creo nada. + +--¿Ves que seria me pongo?... Es que me haces reír tú... Vaya, te +hablaré con formalidad. Estoy haciendo un ajuar. + +--Vamos, no quiero oírte... ¡Qué guasoncita! + +--Que es verdad. --Pero. --¿Te lo digo? Di si te lo digo. + +Pasó un ratito en que se estuvieron mirando. La sonrisa de ambos parecía +una sola, saltando de boca a boca. + +--¡Qué pesadez!... di pronto... + +--Pues allá va... Voy a tener un niño. + +--¡Jacinta! ¿Qué me cuentas?... Estas cosas no son para bromas--dijo +Santa Cruz con tal alborozo, que su mujer tuvo que meterle en cintura. + +--Eh, formalidad. Si te destapas me callo. + +--Tú bromeas... Pues si fuera eso verdad, no lo habrías cantado poco... +¡con las ganitas que tú tienes! Ya se lo habrías dicho hasta a los +sordos. Pero di, ¿y mamá lo sabe? + +--No, no lo sabe nadie todavía. + +--Pero mujer... Déjame, voy a tirar de la campanilla. + +--Tonto... loco... estate quieto o te pego. + +--Que se levanten todos en la casa para que sepan... Pero, ¿es farsa +tuya? Sí, te lo conozco en los ojos. + +--Si no te estás quieto, no te digo más... + +--Bueno, pues me estaré quieto... Pero responde, ¿es presunción tuya +o...? + +--Es certeza. --¿Estás segura? Tan segura como si le estuviera viendo, y +le sintiera correr por los pasillos... ¡Es más salado, más pillín...!, +bonito como un ángel, y tan granuja como su papá. + +--¡Ave María Purísima, qué precocidad! Todavía no ha nacido y ya sabes +que es varón, y que es tan granuja como yo. + +La Delfina no podía tener la risa. Tan pegados estaban el uno al otro, +que parecía que Jacinta se reía con los labios de su marido, y que este +sudaba por los poros de las sienes de su mujer. + +«¡Vaya con mi señora, lo que me tenía guardado!» añadió con +incredulidad. + +--¿Te alegras? --¿Pues no me he de alegrar? Si fuera cierto, ahora mismo +ponía en planta a toda la familia para que lo supieran; de fijo que papá +se encasquetaba el sombrero y se echaba a la calle, disparado, a comprar +un nacimiento. Pero vamos a ver, explícate, ¿cuándo será eso? + +--Pronto. --¿Dentro de seis meses? ¿Dentro de cinco? + +--Más pronto. --¿Dentro de tres? + +--Más prontísimo... está al caer, al caer. + +--¡Bah!... Mira, esas bromas son impertinentes. ¿Con que fuera de +cuenta? Pues nada, no se te conoce. + +--Porque lo disimulo. --Sí; para disimular estás tú. Lo que harías tú, +con las ganas que tienes de chiquillos, sería salir para que todo el +mundo te viera con tu bombo, y mandar a Rossini con un suelto a _La +Correspondencia_. + +--Pues te digo que ya no hay día seguro. Nada, hombre, cuando le veas te +convencerás. + +--¿Pero a quién he de ver? + +--Al... a tu hijito, a tu nenín de tu alma. + +--Te digo formalmente que me llenas de confusión, porque para chanza me +parece mucha insistencia; y si fuera verdad, no lo habrías tenido tan +guardado hasta ahora. + +Comprendiendo Jacinta que no podía sostener más tiempo el bromazo, quiso +recoger vela, y le incitó a que se durmiera, porque la conversación +acalorada podía hacerle daño. + +«Tiempo hay de que hablemos de esto--le dijo--; y ya... ya te irás +convenciendo». + +--_Güeno_ --replicó él con puerilidad graciosa tomando el tono de un +niño a quien arrullan. + +--A ver si te duermes... Cierra esos ojitos. ¿Verdad que me quieres? + +--Más que a mi vida. Pero, hija de mi alma, ¡qué fuerza tienes! ¡Cómo +aprietas! + +--Si me engañas te cojo y... así, así... + +--¡Ay! --Te deshago como un bizcocho. --¡Qué gusto! --Y ahora, a +_mimir_... + +Este y otros términos que se dicen a los niños les hacían reír cada vez +que los pronunciaban; pero la confianza y la soledad daban encanto a +ciertas expresiones que habrían sido ridículas en pleno día y delante de +gente. Pasado un ratito, Juan abrió los ojos, diciendo en tono de +hombre: + +«¿Pero de veras que vas a tener un chico?...». + +--_Chí_... y a _mimir_... _ro_... _ro_... + +Entre dientes le cantaba una canción de adormidera, dándole palmadas en +la espalda. + +«¡Qué gusto ser _bebé_!--murmuró el Delfín--, ¡sentirse en los brazos de +la mamá, recibir el calor de su aliento y...!». + +Pasó otro rato, y Juan, despabilándose y fingiendo el lloriqueo de un +tierno infante en edad de lactancia, chilló así: + +--Mama... mama... --¿Qué? --Teta. Jacinta sofocó una carcajada. + +--_Ahola_ no... teta caca... cosa fea... + +Ambos se divertían con tales simplezas. Era un medio de entretener el +tiempo y de expresar su cariño. + +--Toma teta--díjole Jacinta metiéndole un dedo en la boca; y él se lo +chupaba diciendo que estaba muy rica, con otras muchas tontadas, +justificadas sólo por la ocasión, la noche y la dulce intimidad. + +--¡Si alguien nos oyera, cómo se reiría de nosotros! + +--Pero como no nos oye nadie... Las cuatro: ¡qué tarde! + +--Di qué temprano. Ya pronto se levantará Plácido para ir a despertar al +sacristán de San Ginés. ¡Qué frío tendrá!... + +--¡Cuánto mejor nosotros aquí, tan abrigaditos! + +--Me parece que de esta me duermo, vida. + +--Y yo también, corazón. + +Se durmieron como dos ángeles, mejilla con mejilla. + + + + +---iii-- + + +24 de Diciembre. + +Por la mañana encargó Barbarita a Jacinta ciertos menesteres domésticos +que la contrariaron; pero la misma retención en la casa ofreció +coyuntura a la joven para dar un paso que siempre le había inspirado +inquietud. Díjole Barbarita que no saliera en todo aquel día, y como +tenía que salir forzosamente, no hubo más remedio que revelar a su +suegra el lío que entre manos traía. Pidiole perdón por no haberle +confiado aquel secreto, y advirtió con grandísima pena que su suegra no +se entusiasmaba con la idea de poseer a Juanín. «¿Pero tú sabes lo grave +que es eso?... así, sin más ni más... un hijo llovido. ¿Y qué pruebas +hay de que sea tal hijo?... ¿No será que te han querido estafar? ¿Y +crees tú que se parece realmente? ¿No será ilusión tuya?... Porque todo +eso es muy vago... Esos hallazgos de hijos parecen cosa de novela...». + +La Delfina se descorazonó mucho. Esperaba una explosión de júbilo en su +mamá política. Pero no fue así. Barbarita, cejijunta y preocupada, le +dijo con frialdad: «No sé qué pensar de ti; pero en fin, tráetelo y +escóndelo hasta ver... la cosa es muy grave. Diré a tu marido que +Benigna está enferma y has ido a visitarla». Después de esta +conversación, fue Jacinta a la casa de su hermana a quien también confió +su secreto, concertando con ella el depositar el niño allí hasta que +Juan y D. Baldomero lo supieran. «Veremos cómo lo toman» añadió dando un +gran suspiro. Estaba Jacinta aquella tarde fuera de sí. Veía al _Pituso_ +como si lo hubiera parido, y se había acostumbrado tanto a la idea de +poseerlo, que se indignaba de que su suegra no pensase lo mismo que +ella. + +Juntose Rafaela con su ama en la casa de Benigna, y helas aquí por la +calle de Toledo abajo. Llevaban plata menuda para repartir a los pobres, +y algunas chucherías, entre ellas la sortija que la señorita había +prometido a Adoración. Era una soberbia alhaja, comprada aquella mañana +por Rafaela en los bazares de _Liquidación por saldo, a real y medio la +pieza_, y tenía un diamante tan grande y bien tallado, que al mismo +Regente le dejaría bizco con el fulgor de sus luces. En la fabricación +de esta soberbia piedra había sido empleado el casco más valioso de un +fondo de vaso. Apenas llegaron a los corredores del primer patio, +viéronse rodeadas por pelotones de mujeres y chicos, y para evitar +piques y celos, Jacinta tuvo que poner algo en todas las manos. Quién +cogía la peseta, quién el duro o el medio duro. Algunas, como Severiana, +que, dicho sea entre paréntesis, tenía para aquella noche una magnífica +lombarda, lomo adobado y el besugo correspondiente, se contentaban con +un saludo afectuoso. Otros no se daban por satisfechos con lo que +recibían. A todos preguntaba Jacinta que qué tenían para aquella noche. +Algunas entraban con el besugo cogido por las agallas; otras no habían +podido traer más que cascajo. Vio a muchas subir con el jarro de leche +de almendras, que les dieran en el café de los Naranjeros, y de casi +todas las cocinas salía tufo de fritangas y el campaneo de los +almireces. Este besaba el duro que la señorita le daba, y el otro +tirábalo al aire para cogerlo con algazara, diciendo: «¡Aire, aire, a la +plaza!». Y salían por aquellas escaleras abajo camino de la tienda. +Había quien preparaba su banquete con un _hocico con carrilleras_, una +libra de _tapa del cencerro_, u otras despreciadas partes de la res +vacuna, o bien con asadura, bofes de cerdo, sangre frita y desperdicios +aún peores. Los más opulentos dábanse tono con su pedazo de turrón del +que se parte con martillo, y la que había traído una granada tenía buen +cuidado de que la vieran. Pero ningún habitante de aquellas regiones de +miseria era tan feliz como Adoración, ni excitaba tanto la envidia entre +las amigas, pues la rica alhaja que ceñía su dedo y que mostraba con el +puño cerrado, era fina y de ley y había costado unos grandes dinerales. +Aun las pequeñas que ostentaban zapatos nuevos, debidos a la caridad de +_doña_ Jacinta, los habrían cambiado por aquella monstruosa y +relumbrante piedra. La poseedora de ella, después que recorrió ambos +corredores enseñándola, se pegó otra vez a la señorita, frotándose el +lomo contra ella como los gatos. + +«No me olvidaré de ti, Adoración» le dijo la señorita, que con esta +frase parecía anunciar que no volvería pronto. + +En ambos patios había tal ruido de tambores, que era forzoso alzar la +voz para hacerse oír. Cuando a los tamborazos se unía el estrépito de +las latas de petróleo, parecía que se desplomaban las frágiles casas. En +los breves momentos que la tocata cesaba, oíase el canto de un mirlo +silbando la frase del himno de Riego, lo único que del tal himno queda +ya. En la calle de Mira del Río tocaba un pianillo de manubrio, y en la +calle del Bastero otro, armándose entre los dos una zaragata musical, +como si las dos piezas se estuvieran arañando en feroz pelea con las +uñas de sus notas. Eran una polka y un andante patético, enzarzados como +dos gatos furibundos. Esto y los tambores, y los gritos de la vieja que +vendía higos, y el clamor de toda aquella vecindad alborotada, y la risa +de los chicos, y el ladrar de los perros pusiéronle a Jacinta la cabeza +como una grillera. + +Repartidas las limosnas, fue al 17, donde ya estaba Guillermina, +impaciente por su tardanza. Izquierdo y el _Pituso_ estaban también; el +primero fingiéndose muy apenado de la separación del chico. Ya la +fundadora había entregado el _triste estipendio_. + +«Vaya, abreviemos» dijo esta cogiendo al muchacho que estaba como +asustado. + +--¿Quieres venirte conmigo? --_Mela pa ti_... --replicó el _Pituso_ con +brío, y se echó a reír, alabando su propia gracia. + +Las tres mujeres se rieron mucho también de aquella salida tan fina, e +Izquierdo, rascándose la noble frente, dijo así: + +«La señorita... a cuenta que ahora le enseñará a no soltar +exprisiones». + +--Buena falta le hace... En fin, vámonos. + +Juanín hizo alguna resistencia; pero al fin se dejó llevar, seducido con +la promesa de que le iban a comprar un nacimiento y muchas cosas buenas +para que se las comiera todas. + +«Ya le he prometido al Sr. de Izquierdo--dijo Guillermina--, que se le +procurará una colocación, y por de pronto ya le he dado mi tarjeta para +que vaya a ver con ella a uno de los artistas de más fama, que está +pintando ahora un magnífico _Buen Ladrón_. Vaya... quédese con Dios». + +Despidiose de ellas el futuro modelo con toda la urbanidad que en él era +posible, y salieron. Rafaela llevaba en brazos el chico. Como a fines de +Diciembre son tan cortos los días, cuando salieron de la casa ya se +echaba la noche encima. El frío era intenso, penetrante y traicionero +como de helada, bajo un cielo bruñido, inmensamente desnudo y con las +estrellas tan desamparadas, que los estremecimientos de su luz parecían +escalofríos. En la calle del Bastero se insurreccionó el _Pituso_. Su +bellísima frente ceñuda indicaba esta idea: «¿Pero a dónde me llevan +estas tías?». Empezó a rascarse la cabeza, y dijo con sentimiento: _«Pae +Pepe...»._ --¿Qué te importa a ti tu papá Pepe? ¿Quieres un rabel? Di lo +que quieres. + +--_Quelo citunas_ --replicó alargando la jeta--. No, _citunas_ no; un +pez. + +--¿Un pez?... ahora mismo--le dijo su futura mamá, que estaba +nerviosísima, sintiendo toda aquella vibración glacial de las estrellas +dentro de su alma. + +En la calle de Toledo volvieron a sonar los cansados pianitos, y también +allí se engarfiñaron las dos piezas, una tonadilla de la _Mascota_ y la +sinfonía de _Semíramis_. Estuvieron batiéndose con ferocidad, a +distancia como de treinta pasos, tirándose de los pelos, dándose +dentelladas y cayendo juntas en la mezcla inarmónica de sus propios +sonidos. Al fin venció _Semíramis_, que resonaba orgullosa marcando sus +nobles acentos, mientras se extinguían las notas de su rival, gimiendo +cada vez más lejos, confundidas con el tumulto de la calle. + +Érales difícil a las tres mujeres andar aprisa, por la mucha gente que +venía calle abajo, caminando presurosa con la querencia del hogar +próximo. Los obreros llevaban el saquito con el jornal; las mujeres +algún comistrajo recién comprado; los chicos, con sus bufandas +enroscadas en el cuello, cargaban rabeles, nacimientos de una tosquedad +prehistórica o tambores que ya iban bien baqueteados antes de llegar a +la casa. Las niñas iban en grupo de dos o de tres, envuelta la cabeza en +toquillas, charlando cada una por siete. Cuál llevaba una botella de +vino, cuál el jarrito con leche de almendra; otras salían de las tiendas +de comestibles dando brincos o se paraban a ver los puestos de +panderetas, dándoles con disimulo un par de golpecitos para que sonaran. +En los puestos de pescado los maragatos limpiaban los besugos, arrojando +las escamas sobre los transeúntes, mientras un ganapán vestido con los +calzonazos negros y el mandil verde rayado berreaba fuera de la puerta: +«¡Al vivo de hoy, al vivito!»... Enorme farolón con los cristales muy +limpios alumbraba las pilas de lenguados, sardinas y pajeles, y las +canastas de almejas. En las carnicerías sonaban los machetazos con sorda +trepidación, y los platillos de las pesas, subiendo y bajando sin cesar, +hacían contra el mármol del mostrador los ruidos más extraños, notas de +misteriosa alegría. En aquellos barrios algunos tenderos hacen gala de +poseer, además de géneros exquisitos, una imaginación exuberante, y para +detener al que pasa y llamar compradores, se valen de recursos teatrales +y fantásticos. Por eso vio Jacinta de puertas afuera pirámides de +barriles de aceitunas que llegaban hasta el primer piso, altares hechos +con cajas de mazapán, trofeos de pasas y arcos triunfales festoneados +con escobones de dátiles. Por arriba y por abajo banderas españolas con +poéticas inscripciones que decían: el _Diluvio en mazapán, o Turrón del +Paraíso_ _ terrenal_... Más allá _Mantecadas de Astorga bendecidas por +Su Santidad Pío IX_. En la misma puerta uno o dos horteras vestidos +ridículamente de frac, con chistera abollada, las manos sucias y la cara +tiznada, gritaban desaforadamente ponderando el género y dándolo a +probar a todo el que pasaba. Un vendedor ambulante de turrón había +discurrido un rótulo peregrino para anonadar a sus competidores los +orgullosos tenderos de establecimiento. ¿Qué pondría? Porque decir que +el género era muy bueno no significaba nada. Mi hombre había clavado en +el más gordo bloque de aquel almendrado una banderita que decía: +_Turrón higiénico_. Con que ya lo veía el público... El otro turrón +sería todo lo sabroso y dulce que quisieran; mas no era _higiénico_. + +--_Quelo_ un pez... --gruñó el _Pituso_ frotándose con mal humor los +ojos. + +--Mira--le decía Rafaela--, tu mamá te va a comprar un pez de dulce. + +--_Pae Pepe_... --repitió el chico llorando. + +--¿Quieres una pandereta?... sí, una pandereta grande, que suene mucho. + +Las tres hacían esfuerzos para acallarle, ofreciéndole cuanto había que +ofrecer. Después de comprada la pandereta, el chico dijo que quería una +naranja. Le compraron también naranjas. La noche avanzaba, y el tránsito +se hacía difícil por la acera estrecha, resbaladiza y húmeda, tropezando +a cada instante con la gente que la invadía. + +«Verás, verás, ¡qué nacimiento tan bonito!--le decía Jacinta para +calmarle--¡Y qué niños tan guapos! Y un pez grande, tremendo, todo de +mazapán, para que te lo comas entero». + +--_¡Gande, gande!_ A ratos se tranquilizaba, pero de repente le entraba +el berrinche y se ponía a dar patadas en el aire. Rafaela, que era una +mujer de poquísimas fuerzas, ya no podía más. Guillermina se lo quitó de +los brazos, diciendo: + +«Dámele acá... no puedes ya con tu alma... Ea, caballerito; a callar se +ha dicho...». + +El _Pituso_ le dio un porrazo en la cabeza. + +«Mira que te estrello... Verás la azotaina que te vas a llevar... ¡Y qué +gordo está el tunante!, parece mentira...». + +--_Quelo un batón_... ¡hostia! + +--¿Un bastón?... también te lo compramos, hijo, si te estás calladito... +A ver, dónde encontraremos bastones ahora... + +--Buena falta le hace--dijo Guillermina, y de los de acebuche, que +escuecen bien, para enseñarle a no ser mañoso. + +De esta manera llegaron a los portales y a la casa de Villuendas, ya +cerrada la noche. Entraron por la tienda, y en la trastienda Jacinta se +dejó caer fatigadísima sobre un saco lleno de monedas de cinco duros. Al +_Pituso_ le depositó Guillermina sobre un voluminoso fardo que +contenía... ¡mil onzas! + + + + +--iv-- + + +Los dependientes que estaban haciendo el recuento y balance, metían en +las arcas de hierro los cartuchos de oro y los paquetes de billetes de +Banco, sujetos con un elástico. Otro contaba sobre una mesa pesetas +gastadas y las cogía después con una pala como si fueran lentejas. +Manejaban el _género_ con absoluta indiferencia, cual si los sacos de +monedas lo fueran de patatas, y las resmas de billetes, papel de +estraza. A Jacinta le daba miedo ver aquello, y entraba siempre allí con +cierto respeto parecido al que le inspiraba la iglesia, pues el temor de +llevarse algún billete de cuatro mil reales pegado a la ropa le ponía +nerviosa. + +Ramón Villuendas no estaba; pero Benigna bajó al momento, y lo primero +que hizo fue observar atentamente la cara sucia de aquel aguinaldo que +su hermana le traía. + +«Qué, ¿no le encuentras parecido?» díjole Jacinta algo picada. + +--La verdad, hija... no sé qué te diga... + +--Es el vivo retrato--afirmó la otra, queriendo cerrar la puerta, con +una opinión absoluta, a todas las dudas que pudieran surgir. + +--Podrá ser... Guillermina se despidió rogando a los dependientes que le +cambiaran por billetes tres monedas de oro que llevaba. «Pero me habéis +de dar premio--les dijo--. Tres reales por ciento. Si no, me voy a la +Lonja del Almidón, donde tienen más caridad que vosotros». + +En esto entró el amo de la casa, y tomando las monedas, las miró +sonriendo. + +«Son falsas... tienen hoja». + +--Usted sí que tiene hoja --replicó la santa con gracia, y los demás se +reían--. Una peseta de premio por cada una. + +--¡Cómo va subiendo!... Usted nos tira al degüello. + +--Lo que merecéis, publicanos. + +Villuendas tomó de un cercano montón dos duros y los añadió a los +billetes del cambio. + +«Vaya... para que no diga...». + +--Gracias... Ya sabía yo que usted... + +--A ver, doña Guillermina, espere un ratito--añadió Ramón--. ¿Es cierto +lo que me han contado, que usted, cuando no cae bastante dinero en la +suscrición para la obra, le cuelga a San José un ladrillo del pescuezo +para que busque cuartos? + +--El señor San José no necesita de que le colguemos nada, pues hace +siempre lo que nos conviene... Con que buenas noches; ahí les queda ese +caballerito. Lo primero que deben hacer es ponerle a remojo para que se +le ablande la mugre. + +Ramón miró al _Pituso_. Su semblante no expresaba tampoco una convicción +muy profunda respecto al parecido. Sonreía Benigna, y si no hubiera sido +por consideración a su querida hermana, habría dicho del _Pituso_ lo que +de las monedas que no sonaban bien: _Es falso_, o por lo menos, _tiene +hoja_. + +«Lo primero es que le lavemos». + +--No se va a dejar--indicó Jacinta--. Este no ha visto nunca el agua. +Vamos, arriba. + +Subiéronle, y que quieras que no, le despojaron de los pingajos que +vestía y trajeron un gran barreño de agua. Jacinta mojaba sus dedos en +ella diciendo con temor: «¿estará muy fría?, ¿estará muy caliente? +¡Pobre ángel, qué mal rato va a pasar!». Benigna no se andaba en tantos +reparos, y ¡pataplum!, le zambulló dentro, sujetándole brazos y piernas. +¡Cristo! Los chillidos del _Pituso_ se oían desde la Plaza Mayor. +Enjabonáronle y restregáronle sin miramiento alguno, haciendo tanto caso +de sus berridos como si fueran expresiones de alegría. Sólo Jacinta, más +piadosa, agitaba el agua queriendo hacerle creer que aquello era muy +divertido. Sacado al fin de aquel suplicio y bien envuelto en una sábana +de baño, Jacinta le estrechó contra su seno diciéndole que ahora sí que +estaba guapo. El calorcillo calmaba la irritación de sus chillidos, +cambiándolos en sollozos, y la reacción, junto con la limpieza, le animó +la cara, tiñéndosela de ese rosicler puro y celestial que tiene la +infancia al salir del agua. Le frotaban para secarle y sus brazos +torneados, su fina tez y hermosísimo cuerpo producían a cada instante +exclamaciones de admiración. «¡Es un niño Jesús... es una divinidad este +muñeco!». + +Después empezaron a vestirle. Una le ponía las medias, otra le entraba +una camisa finísima. Al sentir la molestia del vestir volviole el mal +humor, y trajéronle un espejo para que se mirara, a ver si el amor +propio y la presunción acallaban su displicencia. + +«Ahora, a cenar... ¿Tienes ganita?». + +El _Pituso_ abría una boca descomunal y daba unos bostezos que eran la +medida aproximada de su gana de comer. + +«Ay, ¡qué ganitas tiene el niño! Verás... Vas a comer cosas ricas...». + +--¡Patata!--gritó con ardor famélico. + +--¿Qué patatas, hombre? Mazapán, sopa de almendra... + +--¡Patata, hostia! --repitió él pataleando. + +--Bueno, patatitas, todo lo que tú quieras. + +Ya estaba vestido. La buena ropa le caía tan bien que parecía haberla +usado toda su vida. No fue algazara la que armaron los niños de +Villuendas cuando le vieron entrar en el cuarto donde tenían su +nacimiento. Primero se sorprendieron en masa, después parecía que se +alegraban; por fin determináronse los sentimientos de recelo y +suspicacia. La familia menuda de aquella casa se componía de cinco +cabezas, dos niñas grandecitas, hijas de la primera mujer de Ramón, y +los tres hijos de Benigna, dos de los cuales eran varones. + +Juanín se quedó pasmado y lelo delante del nacimiento. La primera +manifestación que hizo de sus ideas acerca de la libertad humana y de la +propiedad colectiva consistió en meter mano a las velas de colores. Una +de las niñas llevó tan a mal aquella falta de respeto, y dio unos +chillidos tan fuertes que por poco se arma allí la de San Quintín. + +«¡Ay Dios mío! --exclamó Benigna--. Vamos a tener un disgusto con este +salvajito...». + +--Yo le compraré a él muchas velas--afirmó Jacinta--. ¿Verdad, hijo, que +tú quieres velas? + +Lo que él quería principalmente era que le llenaran la barriga, porque +volvió a dar aquellos bostezos que partían el alma. «A comer, a comer» +dijo Benigna, convocando a toda la tropa menuda. Y los llevó por delante +como un hato de pavos. La comida estaba dispuesta para los niños, porque +los papás cenarían aquella noche en casa del tío Cayetano. + +Jacinta se había olvidado de todo, hasta de marcharse a su casa, y no +supo apreciar el tiempo mientras duró la operación de lavar y vestir al +_Pituso_. Al caer en la cuenta de lo tarde que era, púsose +precipitadamente el manto, y se despidió del _Pituso_, a quien dio +muchos besos. «¡Qué fuerte te da, hija!» le dijo su hermana sonriendo. +Y razón tenía hasta cierto punto, porque a Jacinta le faltaba poco para +echarse a llorar. + +Y Barbarita, ¿qué había hecho en la mañana de aquel día 24? Veámoslo. +Desde que entró en San Ginés, corrió hacia ella Estupiñá como perro de +presa que embiste, y le dijo frotándose las manos: «Llegaron las ostras +gallegas. ¡Buen susto me ha dado el salmón! Anoche no he dormido. Pero +con seguridad le tenemos. Viene en el tren de hoy». + +Por más que el gran Rossini sostenga que aquel día oyó la misa con +devoción, yo no lo creo. Es más; se puede asegurar que ni cuando el +sacerdote alzaba en sus dedos al Dios sacramentado, estuvo Plácido tan +edificante como otras veces, ni los golpes de pecho que se dio +retumbaban tanto como otros días en la caja del tórax. El pensamiento se +le escapaba hacia la liviandad de las compras, y la misa le pareció +larga, tan larga, que se hubiera atrevido a decir al cura, en confianza, +que se _menease_ más. Por fin salieron la señora y su amigo. Él se +esforzaba en dar a lo que era gusto las apariencias del cumplimiento de +un deber penoso. Se afanaba por todo, exagerando las dificultades. «Se +me figura--dijo con el mismo tono que debe emplear Bismarck para decir +al emperador Guillermo que desconfía de la Rusia--, que los pavos de la +_escalerilla_ no están todo lo bien cebados que debíamos suponer. Al +salir hoy de casa les he tomado el peso uno por uno, y francamente, mi +parecer es que se los compremos a González. Los capones de este son muy +ricos... También les tomé el peso. En fin, usted lo verá». + +Dos horas se llevaron en la calle de Cuchilleros, cogiendo y soltando +animales, acosados por los vendedores, a quienes Plácido trataba a la +baqueta. Echábaselas él de tener un pulso tan fino para apreciar el +peso, que ni un adarme se le escapaba. Después de dejarse allí bastante +dinero, tiraron para otro lado. Fueron a casa de Ranero para elegir +algunas culebras del legítimo mazapán de Labrador, y aún tuvieron tela +para una hora más. «Lo que la señora debía haber hecho hoy--dijo +Estupiñá sofocado, y fingiéndose más sofocado de lo que estaba--, es +traerse una lista de cosas, y así no se nos olvidaba nada». + +Volvieron a la casa a las diez y media, porque Barbarita quería +enterarse de cómo había pasado su hijo la noche, y entonces fue cuando +Jacinta reveló lo del _Pituso_ a su mamá política, quedándose esta tan +sorprendida como poco entusiasmada, según antes se ha dicho. Sin cuidado +ya con respecto a Juan, que estaba aquel día mucho mejor, doña Bárbara +volvió a echarse a la calle con su escudero y canciller. Aún faltaban +algunas cosillas, la mayor parte de ellas para regalar a deudos y amigos +de la familia. Del pensamiento de la gran señora no se apartaba lo que +su nuera le había dicho. ¿Qué casta de nieto era aquel? Porque la cosa +era grave... ¡Un hijo del Delfín! ¿Sería verdad? Virgen Santísima, ¡qué +novedad tan estupenda! ¡Un nietecito por detrás de la Iglesia! ¡Ah!, +las resultas de los devaneos de marras... Ella se lo temía... Pero ¿y si +todo era hechura de la imaginación exaltada de Jacinta y de su angelical +corazón? Nada, nada, aquella misma noche al acostarse, le había de +contar todo a Baldomero. + +Nuevas compras fueron realizadas en aquella segunda parte de la mañana, +y cuando regresaban, cargados ambos de paquetes, Barbarita se detuvo en +la plazuela de Santa Cruz, mirando con atención de compradora los +nacimientos. Estupiñá se echaba a discurrir, y no comprendía por qué la +señora examinaba con tanto interés los puestos, estando ya todos los +chicos de la parentela de Santa Cruz _surtidos de aquel artículo_. +Creció el asombro de Plácido cuando vio que la señora, después de tratar +como en broma un portal de los más bonitos, lo compró. El respeto selló +los labios del amigo, cuando ya se desplegaban para decir: «¿Y para +quién es este Belén, señora?». + +La confusión y curiosidad del anciano llegaron al colmo cuando +Barbarita, al subir la escalera de la casa, le dijo con cierto misterio: +«Dame esos paquetes, y métete este armatoste debajo de la capa. Que no +lo vea nadie cuando entremos». ¿Qué significaban estos tapujos? +¡Introducir un Belén cual si fuera matute! Y como expertísimo +contrabandista, hizo Plácido su alijo con admirable limpieza. La señora +lo tomó de sus manos, y llevándolo a su alcoba con minuciosas +precauciones para que de nadie fuera visto, lo escondió, bien cubierto +con un pañuelo, en la tabla superior de su armario de luna. + +Todo el resto del día estuvo la insigne dama muy atareada, y Estupiñá +saliendo y entrando, pues cuando se creía que no faltaba nada, salíamos +con que se había olvidado lo más importante. Llegada la noche, inquietó +a Barbarita la tardanza de Jacinta, y cuando la vio entrar fatigadísima, +el vestido mojado y toda hecha una lástima, se encerró un instante con +ella, mientras se mudaba, y le dijo con severidad: + +«Hija, pareces loca... Vaya por dónde te ha dado... por traerme nietos a +casa... Esta tarde tuve la palabra en la boca para contarle a Baldomero +tu calaverada; pero no me atreví... Ya debes suponer si la cosa me +parece grave...». + +Era crueldad expresarse así, y debía mi señora doña Bárbara considerar +que allá se iban compras con compras y manías con manías. Y no paró aquí +el réspice, pues a renglón seguido vino esta observación, que dejó +helada a la infeliz Jacinta: «Doy de barato que ese muñeco sea mi nieto. +Pues bien: ¿no se te ocurre que el trasto de su madre puede reclamarlo +y metemos en un pleitazo que nos vuelva locos?». + +--¿Cómo lo ha de reclamar si lo abandonó?--contestó la otra sofocada, +queriendo aparentar un gran desprecio de las dificultades. + +--Sí, fíate de eso... Eres una inocente. + +--Pues si lo reclama, no se lo daré--manifestó Jacinta con una +resolución que tenía algo de fiereza--. Diré que es hijo mío, que le he +parido yo, y que prueben lo contrario... a ver, que me lo prueben. + +Exaltada y fuera de sí, Jacinta, que se estaba vistiendo a toda prisa, +soltó la ropa para darse golpes en el pecho y en el vientre. Barbarita +quiso ponerse seria; pero no pudo. + +«No, tú eres la que tienes que probar que lo has parido... Pero no +pienses locuras, y tranquilízate ahora, que mañana hablaremos». + +--¡Ay, mamá!--dijo la nuera enterneciéndose--. ¡Si usted le viera...! + +Barbarita, que ya tenía la mano en el llamador de la puerta para +marcharse, volvió junto a su nuera para decirle: «¿Pero se parece?... +¿Estás segura de que se parece?...». + +--¿Quiere usted verlo?, sí o no. + +--Bueno, hija, le echaremos un vistazo... No es que yo crea... Necesito +pruebas; pero pruebas muy claritas... No me fío yo de un parecido que +puede ser ilusorio, y mientras Juan no me saque de dudas seguiré +creyendo que a donde debe ir tu _Pituso_ es a la Inclusa. + + + + +--v-- + + +¡Excelente y alegre cena la de aquella noche en casa de los opulentos +señores de Santa Cruz! Realmente no era cena sino comida retrasada, pues +no gustaba la familia de trasnochar, y por tanto, caía dentro de la +jurisdicción de la vigilia más rigurosa. Los pavos y capones eran para +los días siguientes, y aquella noche cuanto se sirvió en la mesa +pertenecía a los reinos de Neptuno. Sólo se sirvió carne a Juan, que +estaba ya mejor y pudo ir a la mesa. Fue verdadero festín de cardenales, +con desmedida abundancia de peces, mariscos y de cuanto cría la mar, +todo tan por lo fino y tan bien aderezado y servido que era una gloria. +Veinticinco personas había en la mesa, siendo de notar que el conjunto +de los convidados ofrecía perfecto muestrario de todas las clases +sociales. La enredadera de que antes hablé había llevado allí sus +vástagos más diversos. Estaba el marqués de Casa-Muñoz, de la +aristocracia monetaria, y un Álvarez de Toledo, hermano del duque de +Gravelinas, de la aristocracia antigua, casado con un Trujillo. +Resultaba no sé qué irónica armonía de la conjunción aquella de los dos +nobles, oriundo el uno del gran Alba, y el otro sucesor de D. Pascual +Muñoz, dignísimo ferretero de la calle de Tintoreros. Por otro lado nos +encontramos con Samaniego, que era casi un hortera, muy cerca de +Ruiz-Ochoa, o sea la alta banca. Villalonga representaba el Parlamento, +Aparisi el Municipio, Joaquín Pez el Foro, y Federico Ruiz representaba +muchas cosas a la vez: la Prensa, las Letras, la Filosofía, la Crítica +musical, el Cuerpo de Bomberos, las Sociedades Económicas, la +Arqueología y los Abonos químicos. Y Estupiñá, con su levita nueva de +paño fino, ¿qué representaba? El comercio antiguo, sin duda, las +tradiciones de la calle de Postas, el contrabando, quizás _la religión +de nuestros mayores_, por ser hombre tan sinceramente piadoso. D. Manuel +Moreno Isla no fue aquella noche; pero sí Arnaiz el gordo, y Gumersindo +Arnaiz, con sus tres pollas, Barbarita II, Andrea e Isabel; mas a sus +tres hermanas eclipsaba Jacinta, que estaba guapísima, con un vestido +muy sencillo de rayas negras y blancas sobre fondo encarnado. También +Barbarita tenía buen ver. Desde su asiento al extremo de la mesa, +Estupiñá la flechaba con sus miradas, siempre que corrían de boca en +boca elogios de aquellos platos tan ricos y de la variedad inaudita de +pescados. El gran Rossini, cuando no miraba a su ídolo, charlaba sin +tregua y en voz baja con sus vecinos, volviendo inquietamente a un lado +y otro su perfil de cotorra. + +Nada ocurrió en la cena digno de contarse. Todo fue alegría sin nubes, y +buen apetito sin ninguna desazón. El pícaro del Delfín hacía beber a +Aparisi y a Ruiz para que se alegraran, porque uno y otro tenían un vino +muy divertido, y al fin consiguió con el _Champagne_ lo que con el +Jerez no había conseguido. Aparisi, siempre que se ponía peneque, +mostraba un entusiasmo exaltado por las glorias nacionales. Sus +_jumeras_ eran siempre una fuerte emersión de lágrimas patrióticas, +porque todo lo decía llorando. Allí brindó por _los héroes de +Trafalgar_, por _los héroes del Callao_ y por otros muchos héroes +marítimos; pero tan conmovido el hombre y con los músculos olfatorios +tan respingados, que se creería que Churruca y Méndez Núñez eran sus +papás y que olían muy mal. A Ruiz también le daba por el patriotismo y +por los héroes; pero inclinándose a lo terrestre y empleando un cierto +tono de fiereza. Allí sacó a Tetuán y a Zaragoza poniendo al extranjero +como chupa de dómine, diciendo, en fin, que _nuestro porvenir está en +África_, y que el Estrecho es un arroyo español. De repente levantose +Estupiñá el grande, copa en mano, y no puede formarse idea de la +expectación y solemnísimo silencio que precedieron a su breve discurso. +Conmovido y casi llorando, aunque no estaba _ajumao_, brindó por la +noble compañía, por los nobles señores de la casa y por... aquí una +pausa de emoción y una cariñosa mirada a Jacinta... y porque la noble +familia tuviera pronto sucesión, como él esperaba... y sospechaba... y +creía. + +Jacinta se puso muy colorada, y todos, todos los presentes, incluso el +Delfín, celebraron mucho la gracia. Después hubo gran tertulia en el +salón; pero poco después de las doce se habían retirado todos. Durmió +Jacinta sin sosiego, y a la mañana siguiente, cuando su marido no había +despertado aún, salió para ir a misa. Oyola en San Ginés, y después fue +a casa de Benigna, donde encontró escenas de desolación. Todos los +sobrinitos estaban alborotados, inconsolables, y en cuanto la vieron +entrar corrieron hacia ella pidiendo justicia. ¡Vaya con lo que había +hecho Juanín!... ¡Ahí era nada en gracia de Dios! Empezó por arrancarles +la cabeza a las figuras del nacimiento... y lo peor era que se reía al +hacerlo, como si fuera una gracia. ¡Vaya una gracia! Era un +sinvergüenza, un desalmado, un asesino. Así lo atestiguaban Isabel, +Paquito y los demás, hablando confusa y atropelladamente, porque la +indignación no les permitía expresarse con claridad. Disputábanse la +palabra y se cogían a la tiita, empinándose sobre las puntas de los +pies. Pero ¿dónde estaba el muy bribón? Jacinta vio aparecer su cara +inteligente y socarrona. Cuando él la vio, quedose algo turbado, y se +arrimó a la pared. Acercósele Jacinta, mostrándole severidad y +conteniendo la risa... pidiole cuentas de sus horribles crímenes. +¡Arrancar la cabeza a las figuras!... Escondía el +_Pituso_ la cara muy avergonzado, y se metía el dedo en la nariz... La +mamá adoptiva no había podido obtener de él una respuesta, y las +acusaciones rayaban en frenesí. Se le echaban en cara los delitos más +execrables, y se hacía burla de él y de sus hábitos groseros. + +«Tiita, ¿no sabes? --decía Ramona riendo--. Se come las cáscaras de +naranja...». + +--¡Cochino! Otra voz infantil atestiguó con la mayor solemnidad que +había visto más. Aquella mañana, Juanín estaba en la cocina royendo +cáscaras de patata. Esto sí que era marranada. + +Jacinta besó al delincuente, con gran estupefacción de los otros chicos. + +«Pues tienes bonito el delantal». Juanín tenía el delantal como si +hubiera estado fregando los suelos con él. Toda la ropa estaba +igualmente sucia. + +--Tiita--le dijo Isabelita haciéndose la ofendida--. + +Si vieras... No hace más que arrastrarse por los suelos y dar coces +como los burros. Se va a la basura y coge los puñados de ceniza para +echárnosla por la cara... + +Entró Benigna, que venía de misa, y corroboró todas aquellas denuncias, +aunque con tono indulgente. + +«Hija, no he visto un salvaje igual. El pobrecito... bien se ve entre +qué gentes se ha criado». + +--Mejor... Así le domesticaremos. + +--¡Qué palabrotas dice!... ¡Ramón se ha reído más...! No sabes la gracia +que le hace su lengua de arriero. Anoche nos dio malos ratos, porque +llamaba a su _Pae Pepe_ y se acordaba de la pocilga en que ha vivido... +¡Pobrecito! Esta mañana se me orinó en la sala. Llegué yo y me lo +encontré con las enaguas levantadas... Gracias que no se le antojó +hacerlo sobre el _puff_... lo hizo en la coquera... He tenido que cerrar +la sala, porque me destrozaba todo. ¿Has visto cómo ha puesto el +nacimiento? A Ramón le hizo muchísima gracia... y salió a comprar más +figuras; porque si no, ¿quién aguanta a esta patulea? No puedes +figurarte la que se armó aquí anoche. Todos llorando en coro, y el otro +cogiendo figuras y estrellándolas contra el suelo. + +--¡Pobrecillo!--exclamó Jacinta prodigando caricias a su hijo adoptivo y +a todos los demás, para evitar una tempestad de celos--. ¿Pero no veis +que él se ha criado de otra manera que vosotros? Ya irá aprendiendo a +ser fino. ¿Verdad, hijo mío? (Juan decía que sí con la cabeza y +examinaba un pendiente de Jacinta)... Sí; pero no me arranques la +oreja... Es preciso que todos seáis buenos amiguitos, y que os llevéis +como hermanos. ¿Verdad, Juan, que tú no vuelves a romper las figuras?... +¿Verdad que no? Vaya, él es formal. Ramoncita, tú que eres la mayor, +enséñale en vez de reñirle. + +--Es muy fresco: también se quería comer una vela--dijo Ramoncita +implacable. + +--Las velas no se comen, no. Son para encenderlas... Veréis qué pronto +aprende él todas las cosas... Si creeréis que no tiene talento. + +--No hay medio de hacerle comer más que con las manos--apuntó Benigna +riendo. + +--Pero mujer, ¿cómo quieres que sepa...? Si en su vida ha visto él un +tenedor... Pero ya aprenderá... ¿No observas lo listo que es? + +Villuendas entró con las figuras. + +«Vaya, a ver si estas se salvan de la guillotina». + +Mirábalas el _Pituso_ sonriendo con malicia, y los demás niños se +apoderaron de ellas, tomando todo género de precauciones para librarlas +de las manos destructoras del salvaje, que no se apartaba de su madre +adoptiva. El instinto, fuerte y precoz en las criaturas como en los +animalitos, le impulsaba a pegarse a Jacinta y a no apartarse de ella +mientras en la casa estaba... + +Era como un perrillo que prontamente distingue a su amo entre todas las +personas que le rodean, y se adhiere a él y le mima y acaricia. + +Creíase Jacinta madre, y sintiendo un placer indecible en sus entrañas, +estaba dispuesta a amar a aquel pobre niño con toda su alma. Verdad que +era hijo de otra. Pero esta idea, que se interponía entre su dicha y +Juanín, iba perdiendo gradualmente su valor. ¿Qué le importaba que fuera +hijo de otra? Esa otra quizá había muerto, y si vivía lo mismo daba, +porque le había abandonado. Bastábale a Jacinta que fuera hijo de su +marido para quererle ciegamente. ¿No quería Benigna a los hijos de la +primera mujer de su marido como si fueran hijos suyos? Pues ella quería +a Juanín como si le hubiera llevado en sus entrañas. ¡Y no había más que +hablar! Olvido de todo, y nada de celos retrospectivos. En la excitación +de su cariño, la dama acariciaba en su mente un plan algo atrevido. «Con +ayuda de Guillermina--pensaba--, voy a hacer la pamema de que he sacado +este niño de la Inclusa, para que en ningún tiempo me lo puedan quitar. +Ella lo arreglará, y se hará un documento en toda regla... Seremos +falsarias y Dios bendecirá nuestro fraude». + +Le dio muchos besos, recomendándole que fuera bueno, y no hiciese +porquerías. Apenas se vio Juanín en el suelo, agarró el bastón de +Villuendas y se fue derecho hacia el nacimiento en la actitud más +alarmante. Villuendas se reía sin atajarle, gritando: «¡Adiós, mi +dinero!, ¡eh!... ¡socorro!, ¡guardias...!». + +Chillido unánime de espanto y desolación llenó la casa. Ramoncita +pensaba seriamente en que debía llamarse a la Guardia Civil. + +«Pillo, ven acá; eso no se hace» gritó Jacinta corriendo a sujetarle. + +Una cosa agradaba mucho a la joven. Juanín no obedecía a nadie más que a +ella. Pero la obedecía a medias, mirándola con malicia, y suspendiendo +su movimiento de ataque. + +«Ya me conoce--pensaba ella--. Ya sabe que soy su mamá, que lo seré de +veras... Ya, ya le educaré yo como es debido». + +Lo más particular fue que cuando se despidió, el _Pituso_ quería irse +con ella. «Volveré, hijo de mi alma, volveré... ¿Veis cómo me quiere?, +¿lo veis?... Con que portarse bien todos, y no regañar. Al que sea malo, +no le quiero yo...». + + + + +--vi-- + + +No se le cocía el pan a Barbarita hasta no aplacar su curiosidad viendo +aquella alhaja que su hija le había comprado, un nieto. Fuera este +apócrifo o verdadero, la señora quería conocerle y examinarle; y en +cuanto tuvo Juan compañía, buscaron suegra y nuera un pretexto para +salir, y se encaminaron a la morada de Benigna. Por el camino, Jacinta +exploró otra vez el ánimo de su tía, esperando que se hubieran disipado +sus prevenciones; pero vio con mucho disgusto que Barbarita continuaba +tan severa y suspicaz como el día precedente. «A Baldomero le ha sabido +esto muy mal. Dice que es preciso garantías... y, francamente, yo creo +que has obrado muy de ligero...». + +Cuando entró en la casa y vio al _Pituso_, la severidad, lejos de +disminuir, parecía más acentuada. Contempló Barbarita sin decir palabra +al que le presentaban como nieto, y después miró a su nuera, que estaba +en ascuas, con un nudo muy fuerte en la garganta. Mas de repente, y +cuando Jacinta se disponía a oír denegaciones categóricas, la abuela +lanzó una fuerte exclamación de alegría, diciendo así: + +«¡Hijo de mi alma!... ¡amor mío!, ven, ven a mis brazos». + +Y lo apretó contra sí tan enérgicamente, que el _Pituso_ no pudo menos +de protestar con un chillido. + +«¡Hijo mío!... corazón... gloria, ¡qué guapo eres!... Rico, tesoro; un +beso a tu abuelita». + +--¿Se parece?--preguntó Jacinta no pudiendo expresarse bien, porque se +le caía la baba, como vulgarmente se dice. + +--¡Que si se parece! --observó Barbarita tragándole con los ojos--. +Clavado, hija, clavado... ¿Pero qué duda tiene? Me parece que estoy +mirando a Juan cuando tenía cuatro años. + +Jacinta se echó a llorar. «Y por lo que hace a esa fantasmona...--agregó +la señora examinando más las facciones del chico--, bien se le conoce en +este espejo que es guapa... Es una perfección este niño». + +Y vuelta a abrazarle y a darle besos. + +«Pues nada, hija --añadió después con resolución--, a casa con él». + +Jacinta no deseaba otra cosa. Pero Barbarita corrigió al instante su +propia espontaneidad, diciendo: «No... no nos precipitemos. Hay que +hablar antes a tu marido. Esta noche sin falta se lo dices tú, y yo me +encargo de volver a tantear a Baldomero... Si es clavado, pero +clavado...». + +--¡Y usted que dudaba! --Qué quieres... Era preciso dudar, porque estas +cosas son muy delicadas. Pero la procesión me andaba por dentro. +¿Creerás que anoche he soñado con este muñeco? Ayer, sin saber lo que +hacía compré un nacimiento. Lo compré maquinalmente, por efecto de un no +sé qué... mi resabio de compras movido del pensamiento que me dominaba. + +--Bien sabía yo que usted cuando le viera... + +--¡Dios mío! ¡Y las tiendas cerradas hoy!--exclamó Barbarita en tono de +consternación--. Si estuvieran abiertas, ahora mismo le compraba un +vestidito de marinero con su gorra en que diga: _Numancia_. ¡Qué bien le +estará! Hijo de mi corazón, ven acá... No te me escapes; si te quiero +mucho, ¡si soy tu abuelita...! Me dicen estos tontainas que has roto el +camello del Rey negro. Bien, vida mía, bien roto está. Ya le compraré yo +a mi niño una gruesa de camellos y de reyes negros, blancos y de todos +los colores. + +Jacinta tenía ya celos. Pero consolábase de ellos viendo que Juanín no +quería estar en el regazo de su abuela y se deslizaba de los brazos de +esta para buscar los de su mamá verdadera. En aquel punto de la escena +que se describe, empezaron de nuevo las acusaciones y una serie de +informes sobre los distintos actos de barbarie consumados por Juanín. +Los cinco fiscales se enracimaban en torno a las dos damas, formulando +cada cual su queja en los términos más difamatorios. ¡Válganos Dios lo +que había hecho! Había cogido una bota de Isabelita y tirádola dentro de +la jofaina llena de agua para que nadase como un pato. «¡Ay, qué rico!» +clamaba Barbarita comiéndosele a besos. Después se había quitado su +propio calzado, porque era un marrano que gustaba de andar descalzo con +las patas sobre el suelo. «¡Ay, qué rico!...». Quitose también las +medias y echó a correr detrás del gato, cogiéndolo por el rabo y dándole +muchas vueltas... Por eso estaba tan mal humorado el pobre animalito... +Luego se había subido a la mesa del comedor para pegarle un palo a la +lámpara... «¡Ay, qué rico!». + +«¡Cuidado que es desgracia!--repitió la señora de Santa Cruz dando un +gran suspiro--, ¡las tiendas cerradas hoy!... Porque es preciso +comprarle ropita, mucha ropita... Hay en casa de Sobrino unas medidas de +colores y unos trajecitos de punto que son una preciosidad... Ángel, +ven, ven con tu abuelita... ¡Ah!, ya conoce el muy pillo lo que has +hecho por él, y no quiere estar con nadie más que contigo». + +--Ya lo creo...--indicó Jacinta con orgullo--. Pero no; él es bueno +¿sí?, y quiere también a su abuelita, ¿verdad? + +Al retirarse, iban por la calle tan desatinadas la una como la otra. Lo +dicho dicho: aquella misma noche hablarían las dos a sus respectivos +maridos. + +Aquel día, que fue el 25, hubo gran comida, y Juanito se retiró temprano +de la mesa muy fatigado y con dolor de cabeza. Su mujer no se atrevió a +decirle nada, reservándose para el día siguiente. Tenía bien preparado +todo el discurso, que confiaba en pronunciarlo entero sin el menor +tropiezo y sin turbarse. El 26 por la mañana entró D. Baldomero en el +cuarto de su hijo cuando este se acababa de levantar, y ambos estuvieron +allí encerrados como una media hora. Las dos damas esperaban ansiosas en +el gabinete el resultado de la conferencia, y las impresiones de +Barbarita no tenían nada de lisonjeras: «Hija, Baldomero no se nos +presenta muy favorable. Dice que es necesario probarlo... ya ves tú, +probarlo; y que eso del parecido será ilusión nuestra... Veremos lo que +dice Juan». + +Tan anhelantes estaban las dos, que se acercaron a la puerta de la +alcoba por ver si pescaban alguna sílaba de lo que el padre y el hijo +hablaban. Pero no se percibía nada. La conversación era sosegada, y a +veces parecía que Juan se reía. Pero estaba de Dios que no pudieran +salir de aquella cruel duda tan pronto como deseaban. Pareció que el +mismo demonio lo hizo, porque en el momento de salir D. Baldomero del +cuarto de su hijo, he aquí que se presentan en el despacho Villalonga y +Federico Ruiz. El primero cayó sobre Santa Cruz para hablarle de los +préstamos al Tesoro que hacía con dinero suyo y ajeno, ganándose el +ciento por ciento en pocos meses, y el segundo se metió de rondón en el +cuarto del Delfín. Jacinta no pudo hablar con este; pero se sorprendió +mucho de verle risueño y de la mirada maliciosa y un tanto burlona que +su marido le echó. + +Fueron todos a almorzar y el misterio continuaba. Cuenta Jacinta que +nunca como en aquella ocasión sintió ganas de dar a una persona de +bofetadas y machacarla contra el suelo. Hubiera destrozado a Federico +Ruiz, cuya charla insustancial y mareante, como zumbido de abejón, se +interponía entre ella y su marido. El maldito tenía en aquella época la +demencia de _los castillos_; estaba haciendo averiguaciones sobre todos +los que en España existen más o menos ruinosos, para escribir una gran +obra heráldica, arqueológica y de castrametación sentimental, que aunque +estuviese bien hecha no había de servir para nada. Mareaba a Cristo con +sus aspavientos por si tales o cuales ruinas eran bizantinas, mudéjares +o lombardas con influencia mozárabe y perfiles románicos. «¡Oh!, ¡el +castillo de Coca!, ¿pues y el de Turégano?... Pero ninguno llegaba a los +del Bierzo... ¡Ah!, ¡el Bierzo!... la riqueza que hay en ese país es un +asombro». Luego resultaba que la tal _riqueza_ era de muros +despedazados, de aleros podridos y de bastiones que se caían piedra a +piedra. Ponía los ojos en blanco, las manos en cruz y los hombros a la +altura de las orejas para decir: «hay una ventana en el Castillo de +Ponferrada que... vamos... no puedo expresar lo que es aquello...». +Creeríase que por la tal ventana se veía al Padre Eterno y a toda la +Corte Celestial. «Caramba con la ventana--pensaba Jacinta, a quien le +estaba haciendo daño el almuerzo--. Me gustaría de veras si sirviera +para tirarte por ella a la calle con todos tus condenados castillos». + +Villalonga y D. Baldomero no prestaban ni pizca de atención a los +entusiasmos de su insufrible amigo, y se ocupaban en cosas de más +sustancia. + +«Porque, figúrese usted... el Director del Tesoro acepta el préstamo en +consolidado que está a 13... y extiende el pagaré por todo el valor +nominal... al interés del 12 por 100. Usted vaya atando cabos...». + +--Es escandaloso... ¡Pobre país!... + +Un instante se vieron solos Juanito y su mujer, y pudieron decirse +cuatro palabras. Jacinta quiso hacerle una pregunta que tenía preparada; +pero él se anticipó dejándola yerta con esta cruelísima frase, dicha en +tono cariñoso: «Nena, ven acá, ¿con que hijitos tenemos?». + +Y no era posible explicarse más, porque la tertulia se enzarzó y +vinieron otros amigos que empezaron a reír y a bromear, tomándole el +pelo a Federico Ruiz con aquello de los castillos y preguntándole con +seriedad si los había estudiado todos sin que se le escapase alguno en +la cuenta. Después la conversación recayó en la política. Jacinta estaba +desesperada, y en los ratos que podía cambiar una palabrita con su +suegra, esta poníale una cara muy desconsolada, diciéndole: «Mal +negocio, hija, mal negocio». + +Por la noche, comensales otra vez, y luego tertulia y mucha gente. Hasta +las doce duró aquel martirio. Se marcharon al fin uno a uno. + +Jacinta les hubiera echado, abriendo todas las ventanas y sacudiéndoles +con una servilleta, como se hace con las moscas. Cuando su marido y +ella se quedaron solos, parecíale la casa un paraíso; pero sus +ansiedades eran tan grandes que no podía saborear el dulce aislamiento. +¡Solos en la alcoba! Al fin... + +Juan cogió a su mujer cual si fuera una muñeca, y le dijo: + +«Alma mía, tus sentimientos son de ángel; pero tu razón, allá por esas +nubes, se deja alucinar. Te han engañado; te han dado un soberbio timo». + +--Por Dios, no me digas eso --murmuró Jacinta, después de una pausa en +que quiso hablar y no pudo. + +--Si desde el principio hubieras hablado conmigo...--añadió el Delfín +muy cariñoso--. Pero aquí tienes el resultado de tus tapujos... ¡Ah, las +mujeres!, todas ellas tienen una novela en la cabeza, y cuando lo que +imaginan no aparece en la vida, que es lo más común, sacan su +composicioncita. + +Estaba la infeliz tan turbada que no sabía qué decir: «Ese José +Izquierdo...». + +--Es un tunante. Te ha engañado de la manera más chusca... Sólo tú, que +eres la misma inocencia puedes caer en redes tan mal urdidas... Lo que +me espanta es que Izquierdo haya podido tener ideas... Es tan bruto; +pero tan bruto, que en aquella cabeza no cabe una invención de esta +clase. Por lo bestia que es, parece honrado sin serlo. No, no discurrió +él tan gracioso timo. O mucho me engaño, o esto salió de la cabeza de un +novelista que se alimenta con judías. + +--El pobre Ido es incapaz... --De engañar a sabiendas, eso sí. Pero no +te quepa duda. La primitiva idea de que ese niño es mi hijo debió ser +suya. La concebiría como sospecha, como inspiración +artístico-flatulenta, y el otro se dijo: «Pues toma, aquí hay un +negocio». Lo que es a _Platón_ no se le ocurre; de eso estoy seguro. + +Jacinta, anonadada, quería defender su tema a todo trance. «Juanín es tu +hijo, no me lo niegues» replicó llorando. + +--Te juro que no... ¿Cómo quieres que te lo jure?... ¡Ay Dios mío!, +ahora se me está ocurriendo que ese pobre niño es el hijo de la hijastra +de Izquierdo. ¡Pobre Nicolasa! Se murió de sobreparto. Era una excelente +chica. Su niño tiene, con diferencia de tres meses, la misma edad que +tendría el mío si viviese. + +--¡Si viviese! --Si viviese... sí... Ya ves cómo te canto claro. Esto +quiere decir que no vive. + +--No me has hablado nunca de eso --declaró severamente Jacinta--. Lo +último que me contaste fue... qué sé yo... No me gusta recordar esas +cosas. Pero se me vienen al pensamiento sin querer. «No la vi más, no +supe más de ella; intenté socorrerla y no la pude encontrar». A ver, +¿fue esto lo que me dijiste? + +--Sí, y era la verdad, la pura verdad. Pero más adelante hay otro +episodio, del cual no te he hablado nunca, porque no había para qué. +Cuando ocurrió, hacía ya un año que estábamos casados; vivíamos en la +mejor armonía... Hay ciertas cosas que no se deben decir a una esposa. +Por discreta y prudente que sea una mujer, y tú lo eres mucho, siempre +alborota algo en tales casos; no se hace cargo de las circunstancias, ni +se fija en los móviles de las acciones. Entonces callé, y creo +firmemente que hice bien en callar. Lo que pasó no es desfavorable para +mí. Podía habértelo dicho; pero ¿y si lo interpretabas mal? Ahora ha +llegado la ocasión de contártelo, y veremos qué juicio formas. Lo que sí +puedo asegurarte es que ya no hay más. Esto que te voy a decir es el +último párrafo de una historia que te he referido por entregas. Y se +acabó. Asunto agotado... Pero es tarde, hija mía, nos acostaremos, +dormiremos y mañana... + + + + +--vii-- + + +«No, no, no--gritó Jacinta más bien airada que impaciente--. Ahora +mismo... ¿Crees que yo puedo dormir en esta ansiedad?». + +--Pues lo que es yo, chiquilla, me acuesto--dijo el Delfín, +disponiéndose a hacerlo--. Si creerás tú que te voy a revelar algo que +pone los pelos de punta. ¡Si no es nada...!, te lo cuento porque es la +prueba de que te han engañado. Veo que pones una cara muy tétrica. Pues +si no fuera porque el lance es bastante triste, te diría que te +rieras... ¡Te has de quedar más convencida...! Y no te apures por la +_plancha_, hija. Ahí tienes lo que las personas sacan de ser demasiado +buenas. Los ángeles, como que están acostumbrados a volar, no andan por +la tierra sin dar un traspié a cada paso. + +Se había acostumbrado de tal modo Jacinta a la idea de hacer suyo a +Juanín, de criarle y educarle como hijo, que le lastimaba al sentirlo +arrancado de sí por una prueba, por un argumento en que intervenía la +aborrecida mujer aquella cuyo nombre quería olvidar. Lo más particular +era que seguía queriendo al _Pituso_, y que su cariño y su amor propio +se sublevaban contra la idea de arrojarle a la calle. No le abandonaría +ya, aunque su marido, su suegra y el mundo entero se rieran de ella y la +tuvieran por loca y ridícula. + +«Y ahora--siguió Santa Cruz, muy bien empaquetado entre sus sábanas--, +despídete de tu novela, de esa grande invención de dos ingenios, Ido del +Sagrario y José Izquierdo... Vamos allá... Lo último que te dije +fue...». + +--Fue que se había marchado de Madrid y que no pudiste averiguar a +dónde. Esto me lo contaste en Sevilla. + +--¡Qué memoria tienes! Pues pasó tiempo, y al año de casados, un día, de +repente, plaf... entras tú en mi cuarto y me das una carta. + +--¿Yo? --Sí, una cartita que trajeron para mí. La abro, me quedo así un +poco atontado... Me preguntas qué es, y te digo: «Nada, es la madre del +pobre Valledor que me pide una recomendación para el alcalde...». Cojo +mi sombrero y a la calle. + +--¡Volvía a Madrid, te llamaba, te escribía!...--observó Jacinta, +sentándose al borde del lecho, la mirada fija, apagada la voz. + +--Es decir, hacía que me escribieran, porque la pobrecilla no sabe... +«Pues señor, no hay más remedio que ir allá». Cree que tu pobre marido +iba de muy mal humor. No puedes figurarte lo que le molestaba la +resurrección de una cosa que creía muerta y desaparecida para siempre. +«¿Por dónde saldrá ahora?... ¿Para qué me llamará?». Yo decía también: +«De fijo que hay muchacho por en medio». Esta sucesión me cargaba. «Pero +en fin, ¡qué remedio!...» pensaba al subir por aquellas oscuras +escaleras. Era una casa de la calle de Hortaleza, al parecer de +huéspedes. En el bajo hay tienda de ataúdes. ¿Y qué era?, que la infeliz +había venido a Madrid con su hijo, con el mío: ¿por qué no decirlo +claro?, y con un hombre, el cual estaba muy mal de fondos, lo que no +tiene nada de particular... Llegar y ponerse malo el pobre niño fue todo +uno. Viose la pobre en un trance muy apurado. ¿A quién acudir? Era +natural: a mí. Yo se lo dije. «Has hecho perfectamente...». La más negra +era que el garrotillo le cogió al pobrecillo nene tan de filo, que +cuando yo llegué... te va a dar mucha pena, como me la dio a mí... pues +sí, cuando llegué, el pobre niño estaba expirando. Lo que yo le decía al +verla hecha un mar de lágrimas: «¿Por qué no me avisaste antes?». Claro, +yo habría llevado uno o dos buenos médicos y quién sabe, quién sabe si +le hubiéramos salvado. + +Jacinta callaba. El terror no la dejaba articular palabra. + +«¿Y tú no lloraste?» fue lo primero que se le ocurrió decir. + +--Te aseguro que pasé un rato... ¡ay qué rato! ¡Y tener que disimular en +casa delante de ti! Aquella noche ibas tú al Real. Yo fui también; pero +te juro que en mi vida he sentido, como en aquella noche, la tristeza +agarrada a mi alma. Tú no te acordarás... No sabías nada. + +--Y... --Y nada más. Le compré la cajita azul más bonita que había en la +tienda de abajo, y se le llevó al cementerio en un carro de lujo con dos +caballos empenachados, sin más compañía que la del hombre de Fortunata y +el marido, o lo que fuera, de la patrona. En la Red de San Luis, mira lo +que son las casualidades, me encontré a mamá... Díjome: «¡Qué pálido +estás!». «Es que vengo de casa de Moreno Vallejo a quien le han cortado +hoy la pierna». En efecto, le habían cortado la pierna, a consecuencia +de la caída del caballo. Diciéndolo, miré desaparecer por la calle de +la Montera abajo el carro con la cajita azul... ¡Cosas del mundo! Vamos +a ver: si yo te hubiera contado esto, ¿no habrían sobrevenido mil +disgustos, celos y cuestiones? + +--Quizás no--dijo la esposa dando un gran suspiro--. Según lo que venga +detrás. ¿Qué pasó después? + +--Todo lo que sigue es muy soso. Desde que se dio tierra al pequeñuelo, +yo no tenía otro deseo que ver a la madre tomando el portante. Puedes +creérmelo: no me interesaba nada. Lo único que sentía era compasión por +sus desgracias, y no era floja la de vivir con aquel bárbaro, un tiote +grosero que la trataba muy mal y no la dejaba ni respirar. ¡Pobre mujer! +Yo le dije, mientras él estaba en el cementerio: «¿Cómo es que vives con +este animal y le aguantas?». Y respondiome: «No tengo más amparo que +esta fiera. No le puedo ver; pero el agradecimiento...». Es triste cosa +vivir de esta manera, aborreciendo y agradeciendo. Ya ves cuánta +desgracia, cuánta miseria hay en este mundo, niña mía... Bueno, pues +sigo diciéndote que aquella infeliz pareja me dio la gran jaqueca. El +tal, que era mercachifle de estos que ponen puestos en las ferias, +pretendía una plaza de contador de la depositaría de un pueblo. +¡Valiente animal! Me atosigaba con sus exigencias, y aun con amenazas, y +no tardé en comprender que lo que quería era sacarme dinero. La pobre +Fortunata no me decía nada. Aquel bestia no le permitía que me viera y +hablara sin estar él presente, y ella, delante de él, apenas alzaba del +suelo los ojos; tan aterrorizada la tenía. Una noche, según me contó la +patrona, la quiso matar el muy bruto. ¿Sabes por qué?, porque me había +mirado. Así lo decía él... Me puedes creer, como esta es noche, que +Fortunata no me inspiraba sino lástima. Se había desmejorado mucho de +físico, y en lo espiritual no había ganado nada. Estaba flaca, sucia, +vestía de pingos que olían mal, y la pobreza, la vida de perros y la +compañía de aquel salvaje habíanle quitado gran parte de sus atractivos. +A los tres días se me hicieron insoportables las exigencias de la fiera, +y me avine a todo. No tuve más remedio que decir: «Al enemigo que huye, +puente de plata»; y con tal de verles marchar, no me importaba el +sablazo que me dieron. Aflojé los cuartos a condición de que se habían +de ir inmediatamente. Y aquí paz y después gloria. Y se acabó mi cuento, +niña de mi vida, porque no he vuelto a saber una palabra de aquel +respetable tronco, lo que me llena de contento. + +Jacinta tenía su mirada engarzada en los dibujos de la colcha. Su marido +le tomó una mano y se la apretó mucho. Ella no decía más que «¡Pobre + +_Pituso_, pobre Juanín!». De repente una idea hirió su mente como un +latigazo, sacándola de aquel abatimiento en que estaba. Era la +convicción última que se revolvía furiosa en las agonías del +vencimiento. No existe nada que se resigne a morir, y el error es quizás +lo que con más bravura se defiende de la muerte. Cuando el error se ve +amenazado de esa ridiculez a que el lenguaje corriente da el nombre de +_plancha_, hace desesperados esfuerzos, azuzado por el amor propio, para +prolongar su existencia. De los escombros de sus ilusiones deshechas +sacó, pues, Jacinta el último argumento, el último; pero lo esgrimió con +brío, quizás por lo mismo que ya no tenía más. «Todo lo que has dicho +será verdad: no lo pongo en duda. Pero yo no te digo sino una cosa: ¿Y +el parecido?». + +Lo mismo fue oír esto el Delfín, que partirse de risa. + +«¡El parecido! Si no hay tal parecido ni lo puede haber. Sólo existe en +tu imaginación. Los chicos de esa edad se parecen siempre a quien quiere +el que los mira. Obsérvale bien ahora, examínale las facciones con +imparcialidad, pero con imparcialidad y conciencia, ¿sabes?... y si +después de esto sigues encontrando parecido, es que hay brujería en +ello». + +Jacinta le contemplaba en su mente con aquella imparcialidad tan +recomendada, y... la verdad... el parecido subsistía... aunque un +poquillo borroso y desvaneciéndose por grados. En la desesperación de su +inevitable derrota, encontró aún la dama otro argumento. + +«Tu mamá también le encontró un gran parecido». + +--Porque tú le calentaste la cabeza. Tú y mamá sois dos buenas +maniáticas. Yo reconozco que en esta casa hace falta un chiquitín. +También yo lo deseo tanto como vosotras; pero esto, hija de mi alma, no +se puede ir a buscar a las tiendas, ni lo debe traer Estupiñá debajo de +la capa, como las cajas de cigarros. El parecido, convéncete tontuela, +no es más que la exaltación de tu pensamiento por causa de esa maldita +novela del niño encontrado. Y puedes creerlo, si como historia el caso +es falso, como novela es cursi. Si no, fíjate en las personas que te han +ayudado al desarrollo de tu obra: Ido del Sagrario, un flatulento; José +Izquierdo, un loco de la clase de cabellerías; Guillermina, una loca +santa, pero loca al fin. Luego viene mamá, que al verte a ti chiflada, +se chifla también. Su bondad le oscurece la razón, como a ti, porque +sois tan buenas que a veces, créelo, es preciso ataros. No, no te rías; +a las personas que son muy buenas, muy buenas, llega un momento en que +no hay más remedio que atarlas. + +Jacinta le sonreía con tristeza, y su marido le hizo muchas caricias, +afanándose por tranquilizarla. Tanto le rogó que se acostara, que al fin +accedió a ello. + +«Mañana--dijo ella--, irás conmigo a verle». + +--A quién... ¿al chiquillo de Nicolasa?... ¡Yo! + +--Aunque no sea más que por curiosidad... Considéralo como una compra +que hemos hecho las dos maniáticas. Si compráramos un perrito, ¿no +querrías verle? + +--Bueno, pues iré. Falta que mamá me deje salir mañana... y bien podría, +que este encierro me va cargando ya. + +Acostose Jacinta en su lecho, y al poco rato observó que su esposo +dormía. Ella tenía poco sueño y pensaba en lo que acababa de oír. ¡Qué +cuadro más triste y qué visión aquella de la miseria humana! También +pensó mucho en el _Pituso_. «Se me figura que ahora le quiero más. +¡Pobrecito, tan lindo, tan mono y no parecerse...! Pero si yo me +confirmo en que se parece... ¡Que es ilusión! ¿Cómo ha de ser ilusión? +No me vengan a mí con cuentos. Aquellos plieguecitos de la nariz cuando +se ríe... aquel entrecejo...». Y así estuvo hasta muy tarde. + +El 28 por la mañana, ya de vuelta de misa, entró Barbarita en la alcoba +del matrimonio joven a decirles que el día estaba muy bueno, y que el +enfermo podía salir bien abrigado. «Os cogéis el coche y vais a dar una +vuelta por el Retiro». Jacinta no deseaba otra cosa, ni el Delfín +tampoco. Sólo que en vez de ir al Retiro, se personaron en casa de Ramón +Villuendas. Hallábase este en el escritorio; pero cuando les vio entrar +subió con ellos, deseando presenciar la escena del reconocimiento, que +esperaba fuera patética y teatral. Mucho se pasmaron él y Benigna de que +Juan viera al pequeñuelo con sosegada indiferencia, sin hacer ninguna +demostración de cariño paternal. + +«Hola, barbián--dijo Santa Cruz sentándose y cogiendo al chico por ambas +manos--. Pues es guapo de veras. Lástima que no sea nuestro... No te +apures, mujer, ya vendrá el verdadero _Pituso_, el legítimo, de los +propios cosecheros o de la propia tía Javiera». + +Benigna y Ramón miraban a Jacinta. + +«Vamos a ver--prosiguió el otro constituyéndose en tribunal--. Vengan +ustedes aquí y digan imparcialmente, con toda rectitud y libertad de +juicio, si este chico se parece a mí». + +Silencio. Lo rompió Benigna para decir: + +«Verdaderamente... yo... nunca encontré tal parecido». + +--¿Y tú?--preguntó Juan a Ramón. + +--Yo... pues digo lo mismo que Benigna. + +Jacinta no sabía disimular su turbación. + +«Ustedes dirán lo que quieran... pero yo... Es que no se fijan bien... Y +en último caso, vamos a ver, ¿me negarán que es monísimo?». + +--¡Ah!, eso no... y que tiene que ser un gran pillete. Tiene a quien +salir. Su padre fue primero empleado en el _gas_; después punto figurado +en la casa de juego del _pulpitillo_. + +--¡Punto figurado! ¿Y qué es eso? + +--¡Oh!, una gran posición... El papá de este niño, si no me engaño, debe +de estar ahora tomando aires en Ceuta. + +--Eso, eso no--indicó Jacinta con rabia--. ¿También quieres tú infamar a +mi niño? Dámele acá... ¿No es verdad, hijo, que tu papá no...? + +Todos se echaron a reír. Consolábase ella de su desairada situación +besándole y diciendo: + +«Mirad cómo me quiere. Pues no, no le abandono, aunque lo mande quien lo +mande. Es mío». + +--Como que te ha costado tu dinero. + + + + +--viii-- + + +El chico le echó los brazos al cuello y miró a los demás con rencor, +como indignado de la nota infamante que se quería arrojar sobre su +estirpe. Los otros niños se le llevaron para jugar, no sin que antes le +hiciera Jacinta muchas carantoñas, por lo cual dijo Benigna que no +_debía darle tan fuerte_. + +«Cállate tú... Digo que no le abandono. Me le llevaré a casa». + +--¿Estás loca? --insinuó el Delfín con severidad. + +--No, que estoy bien cuerda. --Vamos, ten discreción... No digo yo +tampoco que se le eche a la calle; pero en el Hospicio, bien +recomendado, no lo pasaría mal. + +--¡En el Hospicio! --exclamó Jacinta con la cara muy encendida--, ¡para +que me le manden a los entierros... y le den de comer aquellas +bazofias...! + +--¿Pero tú qué crees? Eres una criatura. ¿De dónde sacas que así se +toman niños ajenos? Chica, chica, estás en pleno romanticismo. + +Benigna y su marido manifestaron con enérgicos signos de cabeza que +aquello del romanticismo estaba muy bien dicho. + +«Pero si yo también le quiero proteger--afirmó Juan apreciando los +sentimientos de su mujer y disculpando su exageración--. Ha sido una +suerte para él haber caído en nuestras manos librándose de las de +Izquierdo. Pero no disloquemos las ideas. Una cosa es protegerle y otra +llevárnosle a casa. Aunque yo quisiera darte ese gusto, falta que mi +padre lo consintiera. Tus buenos sentimientos te hacen delirar, ¿verdad, +Benigna? Yo le he dicho que a las personas muy buenas, muy buenas, es +menester atarlas algunas veces. Esta es un ángel, y los ángeles caen en +la tontería de creer que el mundo es el cielo. El mundo no es el cielo, +¿verdad, Ramón?, y nuestras acciones no pueden ser basadas en el +criterio angelical. Si todo lo que piensan y sienten los ángeles, como +mi mujer, se llevara a la práctica, la vida sería imposible, +absolutamente imposible. Nuestras ideas deben inspirarse en las ideas +generales, que son el ambiente moral en que vivimos. Yo bien sé que se +debe aspirar a la perfección; pero no dando de puntapiés a la armonía +del mundo, ¡pues bueno estaría!... a la armonía del mundo, que es... +para que lo sepas... un grandioso mecanismo de imperfecciones, +admirablemente equilibradas y combinadas. Vamos a ver, te he convencido, +¿sí o no? + +--Así, así --replicó Jacinta muy triste, un poco aturdida por las +paradojas de su marido. Jacinta tenía idea tan alta de los talentos y de +las sabias lecturas del Delfín, que rara vez dejaba de doblegarse ante +ellas, aunque en su fuero interno guardase algunos juicios +independientes que la modestia y la subordinación no le permitían +manifestar. No habían transcurrido diez segundos después de aquel _así, +así_, cuando se oyó una gran chillería. «¿Qué es, qué hay?». ¡Qué había +de ser sino alguna barbaridad de Juanín! Así lo comprendió Benigna, +corriendo alarmada al comedor, de donde el temeroso estrépito venía. + +--¡Bien por los chicos valientes! --dijo Santa Cruz, a punto que Ramón +Villuendas se despedía para bajar al escritorio. Jacinta corrió al +comedor y a poco volvió aterrada. + +«¿No sabes lo que ha hecho? Había en el comedor una bandeja de arroz con +leche. Juanín se sube sobre una silla y empieza a coger el arroz con +leche a puñados... así, así, y después de hartarse, lo tira por el suelo +y se limpia las manos en las cortinas». + +Oyose la voz de Benigna, hecha una furia: «Te voy a matar... +¡indecente!, ¡cafre!». Los demás chicos aparecieron chillando. Jacinta +les regañó: «Pero vosotros, tontainas, ¿no veíais lo que estaba +haciendo? ¿Por qué no avisasteis? ¿Es que le dejáis enredar para después +reíros y armar estos alborotos?». + +--Mujer, llévate, llévate de una vez de mi casa este cachorro de +tigre--dijo Benigna, entrando muy soliviantada--. ¡Virgen del Carmen, mi +bandeja de arroz con leche! + +Los chicos de Villuendas saltaban gozosos. + +«Vosotros tenéis la culpa, bobones; vosotros que le azuzáis» díjoles la +tiita, que en alguien tenía que descargar su enfado. + +«Tú le tienes que lavar --manifestó Benigna, sin cejar en su cólera--, +tú, tú. ¡Cómo me ha puesto las cortinas!». + +--Bueno, mujer, le lavaré. No te apures. + +--Y vestirle de limpio. Yo no puedo. Bastante tengo con los míos... Y +nada más. + +--Vaya, no alborotes tanto, que todo ello es poca cosa. + +Jacinta y su marido fueron al comedor, donde le encontraron hecho un +adefesio, cara, manos y vestido llenos de aquella pringue. + +«Bien, bien por los hombres bravos--gritó Juan en presencia de la +fiera--. Mano al arroz con leche. Me hace gracia este muchacho». + +--Te voy a matar, pillo--le dijo su mamá adoptiva, arrodillándose ante +él y conteniendo la risa--. Te has puesto bonito... verás que jabonadura +te vas a llevar. + +Mientras duró el lavatorio, los Villuendas chicos se enracimaban en +torno a su tiito, subiéndosele a las rodillas y colgándosele de los +brazos para contarle las grandes cochinadas que hacía el bruto de +Juanín. No sólo se comía las velas, sino que lamía los platos, y +_dimpués_... tiraba los tenedores al suelo. Cuando su papá Ramón le +reprendía, le enseñaba la lengua, diciendo _hostias_ y otras +_isprisiones_ feas, y _dimpués_... hacía una cosa muy indecente, ¡vaya!, +que era levantarse el vestido por detrás, dar media vuelta echándose a +reír y enseñar el culito. + +Santa Cruz no podía permanecer serio. Volvió al fin Jacinta, trayendo de +la mano al delincuente ya lavado y vestido de limpio, y a poco entró +Benigna, completamente aplacada, y encarándose con su cuñado, le dijo +con la mayor severidad: «¿Tienes ahí un duro? No tengo suelto». Juan se +apresuró a sacar el duro, y en el mismo momento en que lo ponía en la +mano de Benigna, Jacinta y los chicos soltaron una carcajada. Santa Cruz +cayó de su burro. + +«Me la has dado, chica. No me acordaba de que es hoy día de Inocentes. +Buena ha sido, buena. Ya me extrañó a mi un poco que en esta casa del +dinero no hubiera suelto». + +--Tomad--dijo Benigna a los niños--; vuestro tiito os convida a dulces. + +--Para inocentadas--indicó Juan riendo--, la que nos ha querido dar mi +mujer. + +--A mí no--replicó Benigna--. Aquí hemos hablado mucho de esto, y la +verdad, él podría ser auténtico; pero la tostada del parecido no la +encontrábamos. Y pues resulta que esta preciosa fierecita no es de la +familia... yo me alegro, y pido que me hagan el favor de quitármela de +casa. Bastantes jaquecas me dan las mías. + +Jacinta y su marido le rogaron al retirarse que le tuviese un día más. +Ya decidirían. + +Cosas muy crueles había de oír Jacinta aquel día, pero de cuanto oyó +nada le causara tanto asombro y descorazonamiento como estas palabras +que Barbarita le dijo al oído: + +«Baldomero está incomodado con tu bromazo. Juan le habló claro. No hay +tal hijo ni a cien mil leguas. La verdad, tú te precipitaste; y en +cuanto al parecido... Hablando con franqueza, hija; no se parece nada, +pero nada». + +Era lo que le quedaba por oír a Jacinta. + +«Pero usted... ¡por la Virgen santísima! también...--atreviose a decir +cuando el espanto se lo permitió--, también usted creyó...». + +--Es que se me pegaron tus ilusiones --replicó la suegra esforzándose en +disculpar su error--. Dice Juan que es manía; yo lo llamo ilusión, y las +ilusiones se pegan como las viruelas. Las ideas fijas son contagiosas. +Por eso, mira tú, por eso tengo yo tanto miedo a los locos y me asusto +tanto de verme a su lado. Es que cuando alguno está cerca de mí y se +pone a hacer visajes, me pongo también yo a hacer lo mismo. Somos monos +de imitación... Pues sí, convéncete, lo del parecido es ilusión, y las +dos... lo diré muy bajito, las dos hemos hecho una soberbia plancha. ¿Y +ahora, qué hacer? No se te pase por la cabeza traerle aquí. Baldomero no +lo consiente, y tiene mucha razón. Yo... si he de decirte la verdad, le +he tomado cariño. ¡Ay!, sus salvajadas me divierten. ¡Es tan mono! ¡Qué +ojitos aquellos!, ¿pues y los plieguecitos de la nariz?... y aquella +boca, aquellos labios, el piquito que hace con los labios, sobre todo. +Ven acá y verás el nacimiento que le compré. + +Llevó a Jacinta a su cuarto de vestir y después de mostrarle el +nacimiento, le dijo: «Aquí hay más contrabando. Mira. Esta mañana fui a +las tiendas, y... aquí tienes: medias de color, un traje de punto, azul, +a estilo inglés. Mira la gorra que dice _Numancia_. Este es un capricho +que yo tenía. Estará saladísimo. Te juro que si no le veo con el +letrero en la frente, voy a tener un disgusto». + +Jacinta oyó y vio esto con melancolía. + +«¡Si supiera usted lo que hizo esta mañana!» dijo; y contó el lance del +arroz con leche. + +--¡Ay, Dios mío, qué gracioso!... Es para comérselo... Yo, te digo la +verdad, le traería a casa si no fuera porque a Baldomero y a Juan no les +gustan estos tapujos... ¡Ay!, de veras te lo digo. No puede una vivir +sin tener algún ser pequeñito a quien adorar. ¡Hija de mi alma!, es una +gran desgracia para todos que tú no nos _des_ algo. + +A Jacinta se le clavó esta frase en el corazón, y estuvo temblando un +rato en él y agrandando la herida, como sucede con las flechas que no se +han clavado bien. + +«Pues sí, esta casa es muy... muy sosona. Le falta una criatura que +chille y alborote, que haga diabluras, que nos traiga a todos mareados. +Cuando le hablo de esto a Baldomero, se ríe de mí; pero bien se le +conoce que es hombre dispuesto a andar por esos suelos a cuatro pies, +con los chicos a la pela». + +--Puesto que Benigna no le quiere tener --dijo la nuera--, ni es posible +tampoco tenerle aquí, le pondremos en casa de Candelaria. Yo le pasaré +un tanto al mes a mi hermana para que el huésped no sea una carga +pesada... + +--Me parece muy bien pensado; pero muy bien pensado. Estás como las +gatas paridas, escondiendo las crías hoy aquí, mañana allá. + +--¿Y qué remedio hay?... Porque lo que es al Hospicio no va. Eso que no +lo piensen... ¡Qué cosas se le ocurren a mi marido! Ya, como a él no le +han hecho ir nunca a los entierros, pisando lodos, aguantando la lluvia +y el frío, le parece muy natural que el otro pobrecito se críe entre +ataúdes... Sí, está fresco. + +--Yo me encargo de pagarle la pensión en casa de Candelaria--dijo +Barbarita, secreteándose con su hija como los chiquillos que están +concertando una travesura--. Me parece que debo empezar por comprarle +una camita. ¿A ti qué te parece? + +Replicó la otra que le parecía muy bien y se consoló mucho con esta +conversación, dándose a forjar planes y a imaginar goces maternales. +Pero quiso su mala suerte que aquel mismo día o el próximo cortase el +vuelo de su mente D. Baldomero, el cual la llamó a su despacho para +echarle el siguiente sermón: + +«Querida, me ha dicho Bárbara que estás muy confusa por no saber qué +hacer con ese muchacho. No te apures; todo se arreglará. + +Porque tú te ofuscaras, no vamos a echarle a la calle. Para otra vez, +bueno será que no te dejes llevar de tu buen corazón... tan a paso de +carga, porque todo debe moderarse, hija, hasta los impulsos sublimes... +Dice Juan, y está muy en lo justo, que los procedimientos angelicales +trastornan la sociedad. Como nos empeñemos todos en ser perfectos, no +nos podremos aguantar unos a otros, y habría que andar a bofetadas... +Bueno, pues te decía, que ese pobre niño queda bajo mi protección; pero +no vendrá a esta casa, porque sería indecoroso, ni a la casa de ninguna +persona de la familia, porque parecería tapujo». + +No estaba conforme con estas ideas Jacinta; pero el respeto que su padre +político le inspiraba le quitó el resuello, imposibilitándola de +expresar lo mucho y bueno que se le ocurría. + +«Por consiguiente --prosiguió el respetable señor tomándole a su nuera +las dos manos--, ese caballerito que compraste será puesto en el asilo +de Guillermina... No hay que fruncir las cejas. Allí estará como en la +gloria. Ya he hablado con la santa. Yo le pensiono, para que se le dé +educación y una crianza conveniente. Aprenderá un oficio, y quién sabe, +quién sabe si una carrera. Todo está en que saque disposición. Paréceme +que no te entusiasmas con mi idea. Pero reflexiona un poquito y verás +que no hay otro camino... Allí estará tan ricamente, bien comido, bien +abrigado... Ayer le di a Guillermina cuatro piezas de paño del Reino +para que les haga chaquetas. Verás que guapines les va a poner. ¡Y que +no les llenan bien la barriga en gracia de Dios! Observa, si no, los +cachetes que tienen, y aquellos colores de manzana. Ya quisieran muchos +niños, cuyos papás gastan levita y cuyas mamás se zarandean por ahí, +estar tan lucidos y bien apañados como están los de Guillermina». + +Jacinta se iba convenciendo, y cada vez sentía menos fuerza para +oponerse a las razones de aquel excelente hombre. + +«Sí; aquí donde me ves--agregó Santa Cruz con jovialidad--, yo también +le tengo cariño a ese muñeco... quiero decir que no me libré del +contagio de vuestra manía de meter chicos en esta casa. Cuando Bárbara +me lo dijo, estaba ella tan creída de que era mi nieto, que yo también +me lo tragué. Verdad que exigí pruebas... pero mientras venían tales +pruebas, perdí la chaveta... ¡cosas de viejo!, y estuve todo aquel día +haciendo catálogos. Yo procuraba no darle mucha cuerda a Bárbara, ni +dejarme arrastrar por ella, y me decía: «Tengamos serenidad y no +chocheemos hasta ver...». Pero pensando en ello, te lo digo ahora en +confianza, salí a la calle, me reía solo, y sin saber lo que me hacía, +me metí en el Bazar de la Unión y...». + +Don Baldomero, acentuando más su sonrisa paternal, abrió una gaveta de +su mesa y sacó un objeto envuelto en papeles. + +«Y le compré esto... Es un acordeón. Pensaba dárselo cuando lo trajerais +a casa... Verás qué instrumento tan bonito y qué buenas voces... +veinticuatro reales». + +Cogiendo el acordeón por las dos tapas, empezó a estirarlo y a +encogerlo, haciendo _flin flan_ repetidas veces. Jacinta se reía y al +propio tiempo se le escaparon dos lágrimas. Entró entonces de improviso +Barbarita, diciendo: «¿Qué música es esta?... A ver, a ver». + +--Nada, querida--declaró el buen señor acusándose francamente--. Que a +mí también se me fue el santo al Cielo. No lo quería decir. Cuando tú me +saliste con que lo del nieto era una novela, _flin flan_, me dio la idea +de tirar esta música a la calle, sin que nadie la viera; pero ya que se +compró para él, _flin flan_, que la disfrute... ¿no os parece? + +--A ver, dame acá--indicó Barbarita contentísima, ansiosa de tañer el +pueril instrumento--. ¡Ah!, calavera, así me gastas el dinero en vicios. +Dámelo... lo tocaré yo... _flin flan_... ¡Ay!, no sé qué tiene esto... +¡da un gusto oírlo! Parece que alegra toda la casa. + +Y salió tocando por los pasillos y diciendo a Jacinta: «Bonito +juguete... ¿verdad? Ponte la mantilla, que ahora mismo vamos a +llevárselo, _flin flan_...». + + + + + +-XI- + +Final, que viene a ser principio + + + + +--i-- + + +Quien manda, manda. Resolviose la cuestión del _Pituso_ conforme a lo +dispuesto por don Baldomero, y la propia Guillermina se lo llenó una +mañanita a su asilo, donde quedó instalado. Iba Jacinta a verle muy a +menudo, y su suegra la acompañaba casi siempre. El niño estaban tan +mimado, que la fundadora del establecimiento tuvo que tomar cartas en el +asunto, amonestando severamente a sus amigas y cerrándoles la puerta no +pocas veces. En los últimos días de aquel infausto año, entráronle a +Jacinta melancolías, y no era para menos, pues el desairado y risible +desenlace de la novela _Pitusiana_ hubiera abatido al más pintado. +Vinieron luego otras cosillas, menudencias si se quiere, pero como caían +sobre un espíritu ya quebrantado, resultaban con mayor pesadumbre de la +que por sí tenían. Porque Juan, desde que se puso bueno y tomó calle, +dejó de estar tan expansivo, sobón y dengoso como en los días del +encierro, y se acabaron aquellas escenas nocturnas en que la confianza +imitaba el lenguaje de la inocencia. El Delfín afectaba una gravedad y +un seso propios de su talento y reputación; pero acentuaba tanto la +postura, que parecía querer olvidar con una conducta sensata las +chiquilladas del periodo catarral. Con su mujer mostrábase siempre +afable y atento, pero frío, y a veces un tanto desdeñoso. Jacinta se +tragaba este acíbar sin decir nada a nadie. Sus temores de marras +empezaban a condensarse, y atando cabos y observando pormenores, trataba +de personalizar las distracciones de su marido. Pensaba primero en la +institutriz de las niñas de Casa-Muñoz, por ciertas cosillas que había +visto casualmente, y dos o tres frases, cazadas al vuelo, de una +conversación de Juan con su confidente Villalonga. Después tuvo esto por +un disparate y se fijó en una amiga suya, casada con Moreno Vallejo, +tendero de novedades de muy reducido capital. Dicha señora gastaba un +lujo estrepitoso, dando mucho que hablar. Había, pues, un amante. A +Jacinta se le puso en la cabeza que este era el Delfín, y andaba +desalada tras una palabra, un acento, un detalle cualquiera que se lo +confirmase. Más de una vez sintió las cosquillas de aquella rabietina +infantil que le entraba de sopetón, y daba patadillas en el suelo y +tenía que refrenarse mucho para no irse hacia él y tirarle del pelo +diciéndole: _pillo... farsante_, con todo lo demás que en su gresca +matrimonial se acostumbra. Lo que más la atormentaba era que le quería +más cuando él se ponía tan juicioso haciendo el bonitísimo papel de una +persona que está en la sociedad para dar ejemplo de moderación y buen +criterio. Y nunca estaba Jacinta más celosa que cuando su marido se daba +aquellos aires de formalidad, porque la experiencia le había enseñado a +conocerle, y ya se sabía, cuando el Delfín se mostraba muy decidor de +frases sensatas, envolviendo a la familia en el incienso de su +argumentación paradójica, _picos pardos_ seguros. + +Vinieron días marcados en la historia patria por sucesos resonantes, y +aquella familia feliz discutía estos sucesos como los discutíamos todos. +¡El 3 de Enero de 1874!... ¡El golpe de Estado de Pavía! No se hablaba +de otra cosa, ni había nada mejor de qué hablar. Era grato al +temperamento español un cambio teatral de instituciones, y volcar una +situación como se vuelca un puchero electoral. Había estado +admirablemente hecho, según D. Baldomero, y el ejército había salvado +_una vez más_ a la desgraciada nación española. El consolidado había +llegado a 11 y las acciones del Banco a 138. El crédito estaba hundido. +La guerra y la anarquía no se acababan; habíamos llegado al _período +álgido del incendio_, como decía Aparisi, y pronto, muy pronto, el que +tuviera una peseta la enseñaría como cosa rara. + +Deseaban todos que fuese Villalonga a la casa para que les contara la +memorable sesión de la noche del 2 al 3, porque la había presenciado en +los escaños rojos. Pero el representante del país no aportaba por allá. +Por fin se apareció el día de Reyes por la mañana. Pasaba Jacinta por el +recibimiento, cuando el amigo de la casa entró. + +«Tocaya, buenos días... ¿cómo están por aquí? ¿Y el monstruo, se ha +levantado ya?». + +Jacinta no podía ver al dichoso tocayo. Fundábase esta antipatía en la +creencia de que Villalonga era el corruptor de su marido y el que le +arrastraba a la infidelidad. + +«Papá ha salido --díjole no muy risueña--. ¡Cuánto sentirá no verle a +usted para que le cuente eso!... ¿Tuvo usted mucho miedo? Dice Juan que +se metió usted debajo de un banco». + +--¡Ay, qué gracia! ¿Ha salido también Juan? + +--No, se está vistiendo. Pase usted. + +Y fue detrás de él, porque siempre que los dos amigos se encerraban, +hacía ella los imposibles por oír lo que decían, poniendo su orejita +rosada en el resquicio de la mal cerrada puerta. Jacinto esperó en el +gabinete, y su tocaya entró a anunciarle. + +«Pero qué, ¿ha venido ya ese pelagatos?». + +--Sí... resalao... aquí estoy. + +--Pasa, danzante... ¡Dichosos los ojos... + +El amigote entró. Jacinta notaba en los ojos de este algo de intención +picaresca. De buena gana se escondería detrás de una cortina para +estafarles sus secretos a aquel par de tunantes. Desgraciadamente tenía +que ir al comedor a cumplir ciertas órdenes que Barbarita le había +dado... Pero daría una vueltecita, y trataría de pescar algo... + +«Cuenta, chico, cuenta. Estábamos rabiando por verte». + +Y Villalonga dio principio a su relato delante de Jacinta; pero en +cuanto esta se marchó, el semblante del narrador inundose de malicia. +Miraron ambos a la puerta; cerciorose el compinche de que la esposa se +había retirado, y volviéndose hacia el Delfín, le dijo con la voz +temerosa que emplean los conspiradores domésticos: + +«¿Chico, no sabes... la noticia que te traigo...? ¡Si supieras a quién +he visto! ¿Nos oirá tu mujer?». + +--No, hombre, pierde cuidado --replicó Juan poniéndose los botones de la +pechera--. Claréate pronto. + +--Pues he visto a quien menos puedes figurarte... Está aquí. + +--¿Quién? --Fortunata... Pero no tienes idea de su transformación. ¡Vaya +un cambiazo! Está guapísima, elegantísima. Chico, me quedé turulato +cuando la vi. + +Oyéronse los pasos de Jacinta. Cuando apareció levantando la cortina, +Villalonga dio una brusca retorcedura a su discurso: «No, hombre, no me +has entendido; la sesión empezó por la tarde y se suspendió a las ocho. +Durante la suspensión se trató de llegar a una inteligencia. Yo me +acercaba a todos los grupos a oler aquel guisado... ¡jum!, malo, malo; +el ministerio Palanca se iba cociendo, se iba cociendo... A todas +esas... ¡figúrate si estarían ciegos aquellos hombres!... a todas estas, +fuera de las Cortes se estaba preparando la máquina para echarles la +zancadilla. Zalamero y yo salíamos y entrábamos a turno para llevar +noticias a una casa de la calle de la Greda, donde estaban Serrano, +Topete y otros. 'Mi general, no se entienden. Aquello es una balsa de +aceite... hirviendo. Tumban a Castelar. En fin, se ha de ver ahora'. +'Vuelva usted allá. ¿Habrá votación?'.--'Creo que sí'. --'Tráiganos +usted el resultado'». + +--El resultado de la votación --indicó Santa Cruz--, fue contrario a +Castelar. Di una cosa, ¿y si hubiera sido favorable? + +--No se habría hecho nada. Tenlo por cierto. Pues como te decía, habló +Castelar... + +Jacinta ponía mucha atención a esto; pero entró Rafaela a llamarla y +tuvo que retirarse. + +«Gracias a Dios que estamos solos otra vez--dijo el compinche después +que la vio salir--. ¿Nos oirá?». + +--¿Qué ha de oír?... ¡Qué medroso te has vuelto! Cuenta, pronto. ¿Dónde +la viste? + +--Pues anoche... estuve en el Suizo hasta las diez. Después me fui un +rato al Real, y al salir ocurriome pasar por _Praga_ a ver si estaba +allí Joaquín Pez, a quien tenía que decir una cosa. Entro y lo primero +que me veo es una pareja... en las mesas de la derecha... Quedeme +mirando como un bobo... Eran un señor y una mujer vestida con una +elegancia... ¿cómo te diré?, con una elegancia improvisada. «Yo conozco +esa cara», fue lo primero que se me ocurrió. Y al instante caí... «¡Pero +si es esa condenada de Fortunata!». Por mucho que yo te diga, no puedes +formarte idea de la metamorfosis... Tendrías que verla por tus propios +ojos. Está de rechupete. De fijo que ha estado en París, porque sin +pasar por allí no se hacen ciertas transformaciones. Púseme todo lo +cerca posible, esperando oírla hablar. «¿Cómo hablará?» me decía yo. +Porque el talle y el corsé, cuando hay dentro calidad, los arreglan los +modistos fácilmente; pero lo que es el lenguaje... Chico, habías de +verla y te quedarías lelo, como yo. Dirías que su elegancia es de lance +y que no tiene aire de señora... Convenido; no tiene aire de señora; ni +falta... pero eso no quita que tenga un aire seductor, capaz de... +Vamos, que si la ves, tiras piedras. Te acordarás de aquel cuerpo sin +igual, de aquel busto estatuario, de esos que se dan en el pueblo y +mueren en la oscuridad cuando la civilización no los busca y los +_presenta_. Cuántas veces lo dijimos: «¡Si este busto supiera +explotarse...!». Pues ¡hala!, ya lo tienes en perfecta explotación. ¿Te +acuerdas de lo que sostenías?... «El pueblo es la cantera. De él salen +las grandes ideas y las grandes bellezas. Viene luego la inteligencia, +el arte, la mano de obra, saca el bloque, lo talla»... Pues chico, ahí +la tienes bien labrada... ¡Qué líneas tan primorosas!... Por supuesto, +hablando, de fijo que mete la pata. Yo me acercaba con disimulo. +Comprendí que me había conocido y que mis miradas la cohibían... +¡Pobrecilla! Lo elegante no le quitaba lo ordinario, aquel no sé qué de +pueblo, cierta timidez que se combina no sé cómo con el descaro, la +conciencia de valer muy poco, pero muy poco, moral e intelectualmente, +unida a la seguridad de esclavizar... ¡ah, bribonas!, a los que valemos +más que ellas... digo, no me atrevo a afirmar que valgamos más, como no +sea por la forma... En resumidas cuentas, chico, está que _ahuma_. Yo +pensaba en la cantidad de agua que había precedido a la transformación. +Pero ¡ah!, las mujeres aprenden esto muy pronto. Son el mismo demonio +para asimilarse todo lo que es del reino de la _toilette_. En cambio, yo +apostaría que no ha aprendido a leer... Son así; luego dicen que si las +pervertimos. Pues volviendo a lo mismo, la metamorfosis es completa. +Agua, figurines, la fácil costumbre de emperejilarse; después seda, +terciopelo, el sombrerito... + +--¡Sombrero!--exclamó Juan en el colmo de la estupefacción. + +--Sí; y no puedes figurarte lo bien que le cae. Parece que lo ha llevado +toda la vida... ¿Te acuerdas del pañolito por la cabeza con el pico +arriba y la lazada?... ¡Quién lo diría! ¡Qué transiciones!... Lo que te +digo... Las que tienen genio, aprenden en un abrir y cerrar de ojos. La +raza española es tremenda, chico, para la asimilación de todo lo que +pertenece a la forma... ¡Pero si habías de verla tú...! Yo, te lo +confieso, estaba pasmado, absorto, embebe... + +¡Ay Dios mío!, entró Jacinta, y Villalonga tuvo que dar un quiebro +violentísimo... + +«Te digo que estaba embebecido. El discurso de Salmerón fue admirable... +pero de lo más admirable... Aún me parece que estoy viendo aquella cara +de _hijo del desierto_, y aquel movimiento horizontal de los ojos y la +gallardía de los gestos. Gran hombre; pero yo pensaba: 'No te valen tus +filosofías; en buena te has metido, y ya verás la que te tenemos +armada'. Habló después Castelar. ¡Qué discursazo!, ¡qué valor de +hombre!, ¡cómo se crecía! Parecíame que tocaba al techo. Cuando +concluyó: 'A votar, a votar...'». + +Jacinta volvió a salir sin decir nada. Sospechaba quizás que en su +ausencia los tunantes hablaban de otro asunto, y se alejó con ánimo de +volver y aproximarse cautelosa. + +«Y aquel hombre... ¿quién era?» preguntó el Delfín que sentía el ardor +de una curiosidad febril. + + + + +--ii-- + + +Te diré... desde que le vi, me dije: «Yo conozco esa cara». Pero no pude +caer en quién era. Entró Pez y hablamos... Él también quería +reconocerle. Nos devanábamos los sesos. Por fin caímos en la cuenta de +que habíamos visto a aquel sujeto días antes en el despacho del director +del Tesoro. Creo que hablaba con este del pago de unos fusiles +encargados a Inglaterra. Tiene acento catalán, gasta bigote y perilla... +cincuenta años... bastante antipático. Pues verás; como Joaquín y yo la +mirábamos tanto, el tío aquel se escamaba. Ella no _se timaba_... +parecía como vergonzosa... ¡y qué mona estaba con su vergüenza! ¿Te +acuerdas de aquel palmito descolorido con cabos negros? Pues ha mejorado +mucho, porque está más gruesa, más llena de cara y de cuerpo. + +Santa Cruz estaba algo aturdido. Oyose la voz de Barbarita, que entraba +con su nuera. + +«Salí de estampía...--siguió Villalonga--a anunciar a los amigos que +había empezado la votación... A los pies de usted, Barbarita... Yo bien, +¿y usted? Aquí estaba contando... Pues decía que eché a correr...». + +--Hacia la calle de la Greda. --No... los amigos se habían trasladado a +una casa de la calle de Alcalá, la de Casa-Irujo, que tiene ventanas al +parque del ministerio de la Guerra... Subo y me les encuentro muy +desanimados. Me asomé con ellos a las ventanas que dan a Buenavista, y +no vi nada... «¿Pero a cuándo esperan? ¿En qué están pensando?...». +Francamente, yo creí que el golpe se había chafado y que Pavía no se +atrevía a echar las tropas a la calle. Serrano, impaciente, limpiaba los +cristales empañados, para mirar, y abajo no se veía nada. «Mi general +--le dije--, yo veo una faja negra, que así de pronto, en la oscuridad +de la noche, parece un zócalo... Mire usted bien, ¿no será una fila de +hombres?».--«¿Y qué hacen ahí pegados a la pared?».--«Vea usted, vea +usted, el zócalo se mueve. Parece una culebra que rodea todo el edificio +y que ahora se desenrosca... ¿Ve usted?... la punta se extiende hacia +las rampas».--«Soldados son--dijo en voz baja el general, y en el mismo +instante entró Zalamero con medio palmo de lengua fuera, diciendo: «La +votación sigue: la ventaja que llevaba al principio Salmerón, la lleva +ahora Castelar... nueve votos... Pero aún falta por votar la mitad del +Congreso...». Ansiedad en todas las caras... A mí me tocaba entonces ir +allá, para traer el resultado final de la votación... Tras, tras... cojo +mi calle del Turco, y entrando en el Congreso, me encontré a un +periodista que salía: «La proposición lleva diez votos de ventaja. +Tendremos ministerio Palanca». ¡Pobre Emilio!... Entré. En el salón +estaban votando ya las filas de arriba. Eché un vistazo y salí. Di la +vuelta por la curva, pensando lo que acababa de ver en Buenavista, la +cinta negra enroscada en el edificio... Figueras salió por la +escalerilla del reloj, y me dijo: «Usted qué cree, ¿habrá trifulca esta +noche?». Y le respondí: «Váyase usted tranquilo, maestro, que no habrá +nada...». «Me parece--dijo con socarronería--que esto se lo lleva +Pateta». Yo me reí. Y a poco pasa un portero, y me dice con la mayor +tranquilidad del mundo, que por la calle del Florín había tropa. «¿De +veras? Visiones de usted. ¡Qué tropa ni qué niño muerto!». Yo me hacía +de nuevas. Asomé la jeta por la puerta del reloj. «No me muevo de +aquí--pensé, mirando la mesa--. Ahora veréis lo que es canela...». +Estaban leyendo el resultado de la votación. Leían los nombres de todos +los votantes sin omitir uno. De repente aparecen por la puerta del +rincón de Fernando el Católico varios quintos mandados por un oficial, y +se plantan junto a la escalera de la mesa. Parecían comparsas de teatro. +Por la otra puerta entró un coronel viejo de la Guardia Civil. + +«El coronel Iglesias--dijo Barbarita, que deseaba terminase el relato--. +De buena escapó el país... Bien, Jacinto, supongo que almorzará usted +con nosotros». + +--Pues ya lo creo--dijo el Delfín--. Hoy no le suelto; y pronto mamá, +que es tarde. + +Barbarita y Jacinta salieron. «¿Y Salmerón qué hizo?». + +--Yo puse toda mi atención en Castelar, y le vi llevarse la mano a los +ojos y decir: ¡qué ignominia! En la mesa se armó un barullo espantoso... +gritos, protestas. Desde el reloj vi una masa de gente, todos en pie... +No distinguía al presidente. Los quintos inmóviles... De repente ¡pum!, +sonó un tiro en el pasillo... + +--Y empezó la desbandada... Pero dime otra cosa, chico. No puedo apartar +de mi pensamiento... ¿Decías que llevaba sombrero? + +--¿Quién?... ¡Ah, aquella! + +--Sí, sombrero, y de muchísimo gusto--dijo el compinche con tanto +énfasis como si continuara narrando el suceso histórico--, y vestido +azul elegantísimo y abrigo de terciopelo... + +--¿Tú estás de guasa? Abrigo de terciopelo. + +--Vaya... y con pieles, un abrigo soberbio. Le caía tan bien... que... + +Entró Jacinta sin anunciarse ni con ruido de pasos ni de ninguna otra +manera. Villalonga giró sobre el último concepto como una veleta +impulsada por fuerte racha de viento. + +«El abrigo que yo llevaba... mi gabán de pieles... quiero decir, que en +aquella marimorena me arrancaron una solapa... la piel de una solapa +quiero decir...». + +--Cuando se metió usted debajo del banco. + +--Yo no me metí debajo de ningún banco, tocaya. Lo que hice fue ponerme +en salvo como los demás por lo que pudiera tronar. + +--Mira, mira, querida esposa--dijo Santa Cruz, mostrando a su mujer el +chaleco, que se quitó apenas puesto--. Mira cómo cuelga ese último botón +de abajo. Hazme el favor de pegárselo o decirle a Rafaela que se lo +pegue, o en último caso llamar al coronel Iglesias. + +--Venga acá--dijo Jacinta con mal humor, saliendo otra vez. + +--En buen apuro me vi, camaraíta --dijo Villalonga conteniendo la +risa--. ¿Se enteraría? Pues verás; otro detalle. Llevaba unos pendientes +de turquesas, que eran la gracia divina sobre aquel cutis moreno pálido. +¡Ay, qué orejitas de Dios y qué turquesas! Te las hubieras comido. +Cuando les vimos levantarse, nos propusimos seguir a la pareja para +averiguar dónde vivía. Toda la gente que había en Praga la miraba, y +ella más parecía corrida que orgullosa. Salimos... tras, tras... calle +de Alcalá, Peligros, Caballero de Gracia, ellos delante, nosotros +detrás. Por fin dieron fondo en la calle del Colmillo. Llamaron al +sereno, les abrió, entraron. + +En una casa que está en la acera del Norte entre la tienda de figuras de +yeso y el establecimiento de burras de leche... allí. + +Entró Jacinta con el chaleco. + +--Vamos... a ver... ¿Manda usía otra cosa? + +--Nada más, hijita; muchas gracias. Dice este monstruo que no tuvo miedo +y que se salió tan tranquilo... yo no lo creo. + +--¿Pero miedo a qué?... Si yo estaba en el ajo... Os diré el último +detalle para que os asombréis. Los cañones que puso Pavía en las +boca-calles estaban descargados. Y ya veis los que pasó dentro. Dos +tiros al aire, y lo mismo que se desbandan los pájaros posados en un +árbol cuando dais debajo de él dos palmadas, así se desbandó la asamblea +de la República. + +--El almuerzo está en la mesa. Ya pueden ustedes venir--dijo la esposa, +que salió delante de ellos muy preocupada. + +--¡Estómagos, a defenderse! + +Algunas palabras había cogido la Delfina al vuelo que no tenían, a su +parecer, ninguna relación con aquello de las Cortes, el coronel Iglesias +y el ministerio Palanca. Indudablemente había moros por la costa. Era +preciso descubrir, perseguir y aniquilar al corsario a todo trance. En +la mesa versó la conversación sobre el mismo asunto, y Villalonga, +después de volver a contar el caso con todos sus pelos y señales para +que lo oyera D. Baldomero, añadió diferentes pormenores que daban color +a la historia. + +--¡Ah! Castelar tuvo golpes admirables. «¿Y la Constitución +federal?...». --«La quemasteis en Cartagena». + +--¡Qué bien dicho! --El único que se resistía a dejar el local fue Díaz +Quintero, que empezó a pegar gritos y a forcejear con los guardias +civiles... Los diputados y el presidente abandonaron el salón por la +puerta del reloj y aguardaron en la biblioteca a que les dejaran salir. +Castelar se fue con dos amigos por la calle del Florín, y retirose a su +casa, donde tuvo un fuerte ataque de bilis. + +Estas referencias o noticias sueltas eran en aquella triste historia +como las uvas desgranadas que quedan en el fondo del cesto después de +sacar los racimos. Eran las más maduras, y quizás por esto las más +sabrosas. + + + + +--iii-- + + +En los siguientes días, la observadora y suspicaz Jacinta notó que su +marido entraba en casa fatigado, como hombre que ha andado mucho. Era la +perfecta imagen del corredor que va y viene y sube escaleras y recorre +calles sin encontrar el negocio que busca. Estaba cabizbajo como los que +pierden dinero, como el cazador impaciente que se desperna de monte en +monte sin ver pasar alimaña cazable; como el artista desmemoriado a +quien se le escapa del filo del entendimiento la idea feliz o la imagen +que vale para él un mundo. Su mujer trataba de reconocerle, echando en +él la sonda de la curiosidad cuyo plomo eran los celos; pero el Delfín +guardaba sus pensamientos muy al fondo y cuando advertía conatos de +sondaje, íbase más abajo todavía. + +Estaba el pobre Juanito Santa Cruz sometido al horroroso suplicio de la +idea fija. Salió, investigó, rebuscó, y la mujer aquella, visión +inverosímil que había trastornado a Villalonga, no parecía por ninguna +parte. ¿Sería sueño, o ficción vana de los sentidos de su amigo? La +portera de la casa indicada por Jacinto se prestó a dar cuantas noticias +se le exigían, mas lo único de provecho que Juan obtuvo de su +indiscreción complaciente fue que en la casa de huéspedes del segundo +habían vivido un señor y una señora, «guapetona ella» durante dos días +nada más. Después habían desaparecido... La portera declaraba con +notoria agudeza que, a su parecer, el señor se había largado por el +tren, y la _individua_, señora... o lo que fuera... _andaba por Madrid_. +¿Pero dónde demonios andaba? Esto era lo que había que averiguar. Con +todo su talento no podía Juan darse explicación satisfactoria del +interés, de la curiosidad o afán amoroso que despertaba en él una +persona a quien dos años antes había visto con indiferencia y hasta con +repulsión. La forma, la pícara forma, alma del mundo, tenía la culpa. +Había bastado que la infeliz joven abandonada, miserable y quizás mal +oliente se trocase en la aventurera elegante, limpia y seductora, para +que los desdenes del hombre del siglo, que rinde culto al arte personal, +se trocaran en un afán ardiente de apreciar por sí mismo aquella +transformación admirable, prodigio de esta nuestra edad de seda. «Si +esto no es más que curiosidad, pura curiosidad...--se decía Santa Cruz, +caldeando su alma turbada--. Seguramente, cuando la vea me quedaré como +si tal cosa; pero quiero verla, quiero verla a todo trance... y +mientras no la vea, no creeré en la metamorfosis». Y esta idea le +dominaba de tal modo, que lo infructuoso de sus pesquisas producíale un +dolor indecible, y se fue exaltando, y por último figurábase que tenía +sobre sí una grande, irreparable desgracia. Para acabar de aburrirle y +trastornarle, un día fue Villalonga con nuevos cuentos. «He averiguado +que el hombre aquel es un trapisondista... Ya no está en Madrid. Lo de +los fusiles era un timo... letras falsificadas». + +--Pero ella... --A ella la ha visto ayer Joaquín Pez... Sosiégate, +hombre, no te vaya a dar algo. ¿Dónde dices? Pues por no sé qué calle. +La calle no importa. Iba vestida con la mayor humildad... Tú dirás como +yo, ¿y el abrigo de terciopelo?... ¿y el sombrerito?... ¿y las +turquesas?... Paréceme que me dijo Joaquín que aún llevaba las +turquesas... No, no, no dijo esto, porque si las hubiera llevado, no las +habría visto. Iba de pañuelo a la cabeza, bien anudado debajo de la +barba, y con un mantón negro de mucho uso, y un gran lío de ropa en la +mano... ¿Te explicas esto? ¿No? Pues yo sí... En el lío iba el abrigo, y +quizás otras prendas de ropa... + +--Como si lo viera--apuntó Juanito con rápido discernimiento--. Joaquín +la vio entrar en una casa de préstamos. + +--Hombre, ¡qué talentazo tienes!... Verde y con asa... + +--¿Pero no la vio salir; no la siguió después para ver dónde vive? + +--Eso te tocaba a ti... También él lo habría hecho. Pero considera, alma +cristiana, que Joaquinito es de la Junta de Aranceles y Valoraciones, y +precisamente había junta aquella tarde, y nuestro amigo iba al +ministerio con la puntualidad de un Pez. + +Quedose Juan con esta noticia más pensativo y peor humorado, sintiendo +arreciar los síntomas del mal que padecía, y que principalmente se +alojaba en su imaginación, mal de ánimo con mezcla de un desate nervioso +acentuado por la contrariedad. ¿Por qué la despreció cuando la tuvo como +era, y la solicitaba cuando se volvió muy distinta de lo que había +sido?... El pícaro ideal, ¡ay!, el eterno _¿cómo será?_ Y la pobre +Jacinta, a todas estas, descrismándose por averiguar qué demonches de +antojo o manía embargaba el ánimo de su inteligente esposo. Este se +mostraba siempre considerado y afectuoso con ella; no quería darle +motivo de queja; mas para conseguirlo, necesitaba apelar a su misma +imaginación dañada, revestir a su mujer de formas que no tenía, y +suponérsela más ancha de hombros, más alta, más mujer, más pálida... y +con las turquesas aquellas en las orejas... Si Jacinta llega a descubrir +este arcano escondidísimo del alma de Juanito Santa Cruz, de fijo pide +el divorcio. Pero estas cosas estaban muy adentro, en cavernas más +hondas que el fondo de la mar, y no llegara a ella la sonda de Jacinta +ni con todo el plomo del mundo. + +Cada día más dominado por su frenesí investigador, visitó Santa Cruz +diferentes casas, unas de peor fama que otras, misteriosas aquellas, +estas al alcance de todo el público. No encontrando lo que buscaba en lo +que parece más alto, descendió de escalón en escalón, visitó lugares +donde había estado algunas veces y otros donde no había estado nunca. +Halló caras conocidas y amigas, caras desconocidas y repugnantes, y a +todas pidió noticias, buscando remedio al tifus de curiosidad que le +consumía. No dejó de tocar a ninguna puerta tras de la cual pudieran +esconderse la vergüenza perdida o la perdición vergonzosa. Sus +explicaciones parecían lo que no eran por el ardor con que las +practicaba y el carácter humanitario de que las revestía. Parecía un +padre, un hermano que desalado busca a la prenda querida que ha caído en +los dédalos tenebrosos del vicio. Y quería cohonestar su inquietud con +razones filantrópicas y aun cristianas que sacaba de su entendimiento +rico en sofisterías. «Es un caso de conciencia. No puedo consentir que +caiga en la miseria y en la abyección, siendo, como soy, responsable... +¡Oh!, mi mujer me perdone; pero una esposa, por inteligente que sea, no +puede hacerse cargo de los motivos morales, sí, morales que tengo para +proceder de esta manera». + +Y siempre que iba de noche por las calles, todo bulto negro o pardo se +le antojaba que era la que buscaba. Corría, miraba de cerca... y no era. +A veces creía distinguirla de lejos, y la forma se perdía en el gentío +como la gota en el agua. Las siluetas humanas que en el claro oscuro de +la movible muchedumbre parecen escamoteadas por las esquinas y los +portales, le traían descompuesto y sobresaltado. Mujeres vio muchas, a +oscuras aquí, allá iluminadas por la claridad de las tiendas; mas la +suya no parecía. Entraba en todos los cafés, hasta en algunas tabernas +entró, unas veces solo, otras acompañado de Villalonga. Iba con la +certidumbre de encontrarla en tal o cual parte; pero al llegar, la +imagen que llevaba consigo, como hechura de sus propios ojos, se +desvanecía en la realidad. «¡Parece que donde quiera que voy --decía con +profundo tedio--llevo su desaparición, y que estoy condenado a +expulsarla de mi vista con mi deseo de verla!». Decíale Villalonga que +tuviera paciencia; pero su amigo no la tenía; iba perdiendo la serenidad +de su carácter, y se lamentaba de que a un hombre tan grave y bien +equilibrado como él le trastornase tanto un mero capricho, una tenacidad +del ánimo, desazón de la curiosidad no satisfecha. «Cosas de los +nervios, ¿verdad Jacintillo? Esta pícara imaginación... Es como cuando +tú te ponías enfermo y delirante esperando ver salir una carta que no +salía nunca. Francamente, yo me creía más fuerte contra esta horrible +neurosis de la carta que no sale». + +Una noche que hacía mucho frío, entró el Delfín en su casa no muy tarde, +en un estado lamentable. Se sentía mal, sin poder precisar lo que era. +Dejose caer en un sillón y se inclinó de un lado con muestras de +intensísimo dolor. Acudió a él su amante esposa, muy asustada de verle +así y de oír los ayes lastimeros que de sus labios se escapaban, junto +con una expresión fea que se perdona fácilmente a los hombres que +padecen. «¿Qué tienes, nenito?». El Delfín se oprimía con la mano el +costado izquierdo. Al pronto creyó Jacinta que a su marido le habían +pegado una puñalada. Dio un grito... miró; no tenía sangre... + +«¡Ah! ¿Es que te duele?... ¡Pobrecito niño! Eso será frío... Espérate, +te pondré una bayeta caliente... te daremos friegas con... con +árnica...». + +Entró Barbarita y miró alarmada a su hijo, pero antes de tomar ninguna +disposición, echole una buena reprimenda porque no se recataba del +crudísimo viento seco del Norte que en aquellos días reinaba. Juan +entonces se puso a tiritar, dando diente con diente. El frío que le +acometió fue tan intenso que las palabras de queja salían de sus labios +como pulverizadas. La madre y la esposa se miraron con terror +consultándose recíprocamente en silencio sobre la gravedad de aquellos +síntomas... Es mucho Madrid este. Sale de caza un cristiano por esas +calles, noche tras noche. ¿En dónde estará la res? Tira por aquí, tira +por allá, y nada. La res no cae. Y cuando más descuidado está el +cazador, viene callandito por detrás una pulmonía de la finas, le +apunta, tira, y me le deja seco. + +Madrid.--Enero de 1886. + +FIN DE LA PRIMERA PARTE + + * * * * * + + + + + +Parte segunda + + + +-I- + +Maximiliano Rubín + + + + +--i-- + + +La venerable tienda de tirador de oro que desde inmemorial tiempo estuvo +en los soportales de Platerías, entre las calles de la Caza y San Felipe +Neri, desapareció, si no estoy equivocado, en los primeros días de la +revolución del 68. En una misma fecha cayeron, pues, dos cosas +seculares, el trono aquel y la tienda aquella, que si no era tan antigua +como la Monarquía española, éralo más que los Borbones, pues su +fundación databa de 1640, como lo decía un letrero muy mal pintado en la +anaquelería. Dicho establecimiento sólo tenía una puerta, y encima de +ella este breve rótulo: _Rubín_. + +Federico Ruiz, que tuvo años ha la manía de escribir artículos sobre los +_Oscuros pero indudables vestigios de la raza israelita en la moderna +España_ (con los cuales artículos le hicieron un folletito los editores +de la Revista que los publicó gratis), sostenía que el apellido de Rubín +era judío y fue usado por algunos conversos que permanecieron aquí +después de la expulsión. «En la calle de Milaneses, en la de Mesón de +Paños y en Platerías se albergaban diferentes familias de _ex-deicidas_, +cuyos últimos vástagos han llegado hasta nosotros, ya sin carácter +_fisonómico ni etnográfico_». Así lo decía el fecundo publicista, y +dedicaba medio artículo a demostrar que el verdadero apellido de los +Rubín era _Rubén_. Como nadie le contradecía, dábase él a probar cuanto +le daba la gana, con esa buena fe y ese honrado entusiasmo que ponen +algunos sabios del día en ciertos trabajos de erudición que el público +no lee y que los editores no pagan. Bastante hacen con publicarlos. No +quisiera equivocarme; pero me parece que todo aquel judaísmo de mi amigo +era pura fluxión de su acatarrado cerebro, el cual eliminaba aquellas +enfadosas materias como otras muchas, según el tiempo y las +circunstancias. Y me consta que D. Nicolás Rubín, último poseedor de la +mencionada tienda, era cristiano viejo, y ni siquiera se le pasaba por +la cabeza que sus antecesores hubieran sido fariseos con rabo o sayones +narigudos de los que salen en los pasos de Semana Santa. + +La muerte de este D. Nicolás Rubín y el acabamiento de la tienda fueron +simultáneos. + +Tiempo hacía que las deudas socavaban la casa, y se sostenía apuntalada +por las consideraciones personales que los acreedores tenían a su dueño. +El motivo de la ruina, según opinión de todos los amigos de la familia, +fue la mala conducta de la esposa de Nicolás Rubín, mujer desarreglada y +escandalosa, que vivía con un lujo impropio de su clase, y dio mucho que +hablar por sus devaneos y trapisondas. Diversas e inexplicables +alternativas hubo en aquel matrimonio, que tan pronto estaba unido como +disuelto de hecho, y el marido pasaba de las violencias más bárbaras a +las tolerancias más vergonzosas. Cinco veces la echó de su casa y otras +tantas volvió a admitirla, después de pagarle todas sus trampas. Cuentan +que Maximiliana Llorente era una mujer bella y deseosa de agradar, de +esas que no caben en la estrechez vulgar de una tienda. Se la llevó Dios +en 1867, y al año siguiente pasó a mejor vida el pobre Nicolás Rubín, de +una rotura de varisis, no dejando a sus hijos más herencia que la +detestable reputación doméstica y comercial, y un pasivo enorme que +difícilmente pudo ser pagado con las existencias de la tienda. Los +acreedores arramblaron por todo, hasta por la anaquelería, que sólo +sirvió para leña. Era contemporánea del Conde-Duque de Olivares. + +Los hijos de aquel infortunado comerciante eran tres. Fijarse bien en +sus nombres y en la edad que tenían cuando acaeció la muerte del padre. + +_Juan Pablo_, de veintiocho años. + +_Nicolás_, de veinticinco. + +_Maximiliano_, de diecinueve. + +Ninguno de los tres se parecía a los otros dos ni en el semblante ni en +la complexión, y sólo con muy buena voluntad se les encontraba el aire +de familia. De esta heterogeneidad de las tres caras vino sin duda la +maliciosa versión de que los tales eran hijos de diferentes padres. +Podía ser calumnia, podía no serlo; pero debe decirse para que el lector +vaya formando juicio. Algo tenían de común, ahora que recuerdo, y era +que todos padecían de fuertes y molestísimas jaquecas. Juan Pablo era +guapo, simpático y muy bien plantado, de buena estatura, ameno y fácil +en el decir, de inteligencia flexible y despierta. Nicolás era +desgarbado, vulgarote, la cara encendida y agujereada como un cedazo a +causa de la viruela, y tan peludo, que le salían mechones por la nariz y +por las orejas. Maximiliano era raquítico, de naturaleza pobre y +linfática, absolutamente privado de gracias personales. Como que había +nacido de siete meses y luego se le criaron con biberón y con una cabra. + +Cuando murió el padre de estos tres mozos, Nicolás, o sea el peludo +(para que se les vaya distinguiendo), se fue a vivir a Toledo con su +tío D. Mateo Zacarías Llorente, capellán de _Doncellas Nobles_, el cual +le metió en el Seminario y le hizo sacerdote; Juan Pablo y Maximiliano +se fueron a vivir con su tía paterna doña Guadalupe Rubín, viuda de +Jáuregui, conocida vulgarmente por _Doña Lupe la de los pavos_, la cual +vivió primero en el barrio de Salamanca y después en Chamberí, señora de +tales circunstancias, que bien merece toda la atención que le voy a +consagrar más adelante. En un pueblo de la Alcarria tenían los hermanos +Rubín una tía materna, viuda, sin hijos y rica; mas como estaba +vendiendo vidas, la herencia de esta señora no era más que una esperanza +remota. + +No había más remedio que trabajar, y Juan Pablo empezó a buscarse la +vida. Odiaba de tal modo las tiendas de tiradores de oro, que cuando +pasaba por alguna, parecía que le entraba la jaqueca. Metiose en un +negocio de pescado, uniéndose a cierto individuo que lo recibía en +comisión para venderlo al por mayor por seretas de fresco y barriles de +escabeche en la misma estación o en la plaza de la Cebada; pero en los +primeros meses surgieron tales desavenencias con el socio, que Juan +Pablo abandonó la pesca y se dedicó a viajante de comercio. Durante un +par de años estuvo rodando por los ferrocarriles con sus cajas de +muestras. De Barcelona hasta Huelva, y desde Pontevedra a Almería no le +quedó rincón que no visitase, deteniéndose en Madrid todo el tiempo que +podía. Trabajó en sombreros de fieltro, en calzado de Soldevilla, y +derramó por toda la Península, como se esparce sobre el papel la +arenilla de una salvadera, diferentes artículos de comercio. En otra +temporada corrió chocolates, pañuelos y chales _galería_, conservas, +devocionarios y hasta palillos de dientes. Por su diligencia, su +honradez y por la puntualidad con que remitía los fondos recaudados, sus +comitentes le apreciaban mucho. Pero no se sabe cómo se las componía, +que siempre estaba _más pobre que las ratas_, y se lamentaba con +amanerado pesimismo de su pícara suerte. Todas sus ganancias se le iban +_por entre los dedos_, frecuentando mucho los cafés en sus ratos de +descanso, convidando sin tasa a los amigos y dándose la mejor vida +posible en las poblaciones que visitaba. A los funestos resultados de +este sistema llamaba él _haber nacido con mala sombra_. La misma +heterogeneidad y muchedumbre de artículos que corría mermó pronto los +resultados de sus viajes y algunas casas empezaron a retirarle su +confianza, y el aburrido viajante, siempre de mal temple y echando +maldiciones y ternos contra los mercachifles, aspiraba a un cambio de +vida y a ocupación más lucrativa y noble. + +Día memorable fue para Juan Pablo aquel en que tropezó con un cierto +amigote de la infancia, camarada suyo en San Isidro. El amigo era +diputado de los que llamaban _cimbros_, y Juan Pablo, que era hombre de +mucha labia, le encareció tanto su aburrimiento de la vida comercial y +lo bien dispuesto que estaba para la administrativa, que el otro se lo +creyó, y hágote empleado. Rubín fue al mes siguiente inspector de +policía en no sé qué provincia. Pero su infame estrella se la había +jurado: a los tres meses cambió la situación política, y mi Rubín +cesante. Había tomado el gusto a la carne de nómina, y ya no podía ser +más que empleado o pretendiente. No sé qué hay en ello, pero es lo +cierto que hasta la cesantía parece que es un goce amargo para ciertas +naturalezas, porque las emociones del pretender las vigorizan y entonan, +y por eso hay muchos que el día que les colocan se mueren. La +irritabilidad les ha dado vida y la sedación brusca les mata. Juan Pablo +sentía increíbles deleites en ir al café, hablar mal del Gobierno, +anticipar nombramientos, darse una vuelta por los ministerios, acechar +al protector en las esquinas de Gobernación o a la salida del Congreso, +dar el salto del tigre y caerle encima cuando le veía venir. Por fin +salió la credencial. Pero, ¡qué demonio!, siempre la condenada suerte +persiguiéndole, porque todos los empleos que le daban eran de lo más +antipático que imaginarse puede. Cuando no era algo de la policía +secreta, era cosa de cárceles o presidios. + +Entretanto cuidaba de su hermano pequeño, por quien sentía un cariño que +se confundía con la lástima, a causa de las continuas enfermedades que +el pobre chico padecía. Pasados los veinte años, se vigorizó un poco, +aunque siempre tenía sus arrechuchos; y viéndole más entonado, Juan +Pablo determinó darle una carrera para que no se malograse como él se +malogró, por falta de una dirección fija desde la edad en que se plantea +el porvenir de los hombres. Achacaba el mayor de los Rubín su desgracia +a la disparidad entre sus aptitudes innatas y los medios de +exteriorizarse. «¡Oh, si mi padre me hubiera dado una +carrera!---pensaba---, yo sería hoy algo en el mundo...». + +No tardó en recibir un nuevo golpe, pues cuando soñaba con un ascenso le +limpiaron otra vez el comedero. Y he aquí a mi hombre paseándose por +Madrid con las manos en los bolsillos, o viendo correr tontamente las +horas en este y el otro café, hablando de la situación ¡siempre de la +situación, de la guerra y de lo infames, indecentes y mamarrachos que +son los políticos españoles! ¡Duro en ellos! Así se desahogan los +espíritus alborotados y tempestuosos. Y por aquella vez no había +esperanzas para Juan Pablo, porque los _suyos_, los que él llamaba con +tanto énfasis los _míos_, estaban por los suelos, y había lo que llaman +_racha_ en las regiones burocráticas. A veces exploraba el mísero +cesante su conciencia, y se asombraba de no encontrar en ella nada en +qué fundar terminantemente su filiación política. Porque ideas fijas... +Dios las diera; había leído muy poco y nutría su entendimiento de lo que +en los cafés escuchaba y de lo que los periódicos le decían. No sabía +fijamente si era liberal o no, y con el mayor desparpajo del mundo +llamaba _doctrinario_ a cualquiera sin saber lo que la palabra +significaba. Tan pronto sentía en su espíritu, sin saber por qué ni por +qué no, frenético entusiasmo por los derechos del hombre; tan pronto se +le inundaba el alma de gozo oyendo decir que el Gobierno iba a dar mucho +estacazo y a pasarse los tales derechos por las narices. + +En tal situación, presentose inopinadamente en Madrid Nicolás Rubín, el +curita peludo, que también tenía sus pretensiones de ingresar no sé si +en el clero castrense o en el catedral, y ambos hermanos celebraron unos +coloquios muy reservados, paseando solos por las afueras. De resultas de +esto, Juan Pablo apareció un día en el café con cierta animación, mucho +desenfado en sus juicios políticos, dándolas de profeta y expresando más +altaneramente que nunca su desprecio de la situación dominante. A los +que de esta manera se conducen, se les mira en los cafés con un poquillo +de respeto y aun con cierta envidia, suponiéndoles conocedores de +secretos de Estado o de alguna intriga muy gorda. «El amigo +Rubín--dijo, en ausencia de él D. Basilio Andrés de la Caña, que era +uno de los puntos fijos en la mesa--, me parece a mí que no juega +limpio con nosotros. Si le van a colocar que lo diga de una vez. ¿Qué +tenemos, viene _la federal_ o qué? _¡Misterios! ¡Meditemos!_... ¿O es +que le lleva cuentos a don Práxedes? Bueno, señores, que se los lleve. +No me importa el espionaje». + +Esto pasaba a fines de 1872. De pronto Rubín dijo que iba al extranjero +a reanudar sus trabajos de viajante de comercio. Desapareció de Madrid, +y al cabo de meses se susurró en la tertulia del café que estaba en la +facción, y que D. Carlos le había nombrado algo como contador o +intendente en su Cuartel Real. Súpose más tarde que había ido a +Inglaterra a comprar fusiles, que hizo un alijo cerca de Guetaria, que +vino disfrazado a Madrid y pasó a la Mancha y Andalucía en el verano del +73, cuando la Península, ardiendo por los cuatro costados, era una +inmensa pira a la cual cada español había llevado su tea y el Gobierno +soplaba. + + + + +--ii-- + + +Juan Pablo, que siempre se había equivocado en lo referente a sí mismo y +andaba por caminos torcidos, acertó al disponer que su hermano pequeño +siguiese la carrera de Farmacia. Muchas personas que no hacen más que +disparates, poseen esta perspicacia del consejo y de la dirección de los +demás, y no dando pie con bola en los destinos propios, ven claro en los +del prójimo. En tal decisión tuvo además bastante parte un grande amigo +del difunto Nicolás Rubín y de toda la familia (el farmacéutico +Samaniego, dueño de la acreditada botica de la calle del Ave María), +prometiendo tomar bajo sus auspicios a Maximiliano, llevársele de +mancebo o practicante con la mira de que, andando el tiempo, se quedase +al frente del establecimiento. + +Empezó Maximiliano sus estudios el 69, y su hermano y su tía le +ponderaban lo bonita que era la Farmacia y lo mucho que con ella se +ganaba, por ser muy caros los medicamentos y muy baratas las primeras +materias: agua del pozo, ceniza del fogón, tierra de los tiestos, +etcétera... El pobre chico, que era muy dócil, con todo se mostraba +conforme. Lo que es entusiasmo, hablando en plata, no lo tenía por esta +carrera ni por otra alguna; no se había despertado en él ningún afán +grande ni esa curiosidad sedienta de que sale la sabiduría. Era tan +endeble que la mayor parte del año estaba enfermo, y su entendimiento no +veía nunca claro en los senos de la ciencia, ni se apoderaba de una idea +sino después de echarle muchas lazadas como si la amarrara. Usaba de su +escasa memoria como de un ave de cetrería para cazar las ideas; pero el +halcón se le marchaba a lo mejor, dejándole con la boca abierta y +mirando al cielo. + +Fueron penosísimos los primeros pasos en la carrera. La pereza y la +debilidad le retenían en el lecho por las mañanas más tiempo del +regular, y la pobre doña Lupe pasaba la pena negra para sacarle de las +sábanas. Levantábase ella muy temprano, y se ponía a dar golpes con el +almirez junto a la misma cabeza del durmiente, que las más de las veces +no se daba por entendido de tal estruendo. Luego le hacía cosquillas, +acostaba al gato con él, le retiraba las sábanas con la debida +precaución para que no se enfriase. El sueño se cebaba de tal modo en +aquel cuerpo, por las exigencias de la reparación orgánica, que el +despertar del estudiante era obra de romanos y una de las cosas en que +más energía y constancia desplegaba doña Lupe. + +El muchacho estudiaba y quería cumplir con su deber; pero no podía ir +más allá de sus alcances. Doña Lupe le ayudaba a estudiar las +lecciones, animábale en sus desfallecimientos, y cuando le veía apurado +y temeroso por la proximidad de los exámenes, se ponía la mantilla y se +iba a hablar con los profesores. Tales cosas les decía, que el chico +pasaba, aunque con malas notas. Como no estuviese enfermo, asistía +puntualmente a clase, y era de los que traían mayor trajín de notas, +apuntes y cuadernos. Entraba en el aula cargado con aquel fardo, y no +perdía sílaba de lo que el profesor decía. + +Era de cuerpo pequeño y no bien conformado, tan endeble que parecía que +se lo iba a llevar el viento, la cabeza chata, el pelo lacio y ralo. +Cuando estaban juntos él y su hermano Nicolás, a cualquiera que les +viese se le ocurriría proponer al segundo que otorgase al primero los +pelos que le sobraban. Nicolás se había llevado todo el cabello de la +familia, y por esta usurpación pilosa, la cabeza de Maximiliano +anunciaba que tendría calva antes de los treinta años. Su piel era +lustrosa, fina, cutis de niño con transparencias de mujer desmedrada y +clorótica. Tenía el hueso de la nariz hundido y chafado, como si fuera +de sustancia blanda y hubiese recibido un golpe, resultando de esto no +sólo fealdad sino obstrucciones de respiración nasal, que eran sin duda +la causa de que tuviera siempre la boca abierta. Su dentadura había +salido con tanta desigualdad que cada pieza estaba, como si dijéramos, +donde le daba la gana. Y menos mal si aquellos condenados huesos no le +molestaran nunca; ¡pero si tenía el pobrecito cada dolor de muelas que +le hacía poner el grito más allá del Cielo! Padecía también de corizas y +las empalmaba, de modo que resultaba un coriza crónico, con la +pituitaria echando fuego y destilando sin cesar. Como ya iba aprendiendo +el oficio, se administraba el yoduro de potasio en todas las formas +posibles, y andaba siempre con un canuto en la boca aspirando brea, +demonios o no sé qué. + +Dígase lo que se quiera, Rubín no tenía ilusión ninguna con la Farmacia. +Mas no estaba vacía de aspiraciones altas el alma de aquel joven, tan +desfavorecido por la Naturaleza que física y moralmente parecía hecho de +sobras. A los dos o tres años de carrera, aquel molusco empezó a sentir +vibraciones de hombre, y aquel ciego de nacimiento empezó a entrever las +fases grandes y gloriosas del astro de la vida. Vivía doña Lupe en +aquella parte del barrio de Salamanca que llamaban _Pajaritos_. +Maximiliano veía desde la ventana de su tercer piso a los alumnos de +Estado Mayor, cuando la Escuela estaba en el 40 antiguo de la calle de +Serrano; y no hay idea de la admiración que le causaban aquellos +jóvenes, ni del arrobamiento que le producía la franja azul en el +pantalón, el ros, la levita con las hojas de roble bordadas en el +cuello, y la espada... ¡tan chicos algunos y ya con espada! Algunas +noches, Maximiliano soñaba que tenía su tizona, bigote y uniforme, y +hablaba dormido. Despierto deliraba también, figurándose haber crecido +una cuarta, tener las piernas derechas y el cuerpo no tan caído para +adelante, imaginándose que se le arreglaba la nariz, que le brotaba el +pelo y que se le ponía un empaque marcial como el del más pintado. ¡Qué +suerte tan negra! Si él no fuera tan desgarbado de cuerpo y le hubieran +puesto a estudiar aquella carrera, ¡cuánto se habría aplicado! +Seguramente, a fuerza de sobar los libros, le habría salido el talento, +como se saca lumbre a la madera frotándola mucho. + +Los sábados por la tarde, cuando los alumnos iban al ejercicio con su +fusil al hombro, Maximiliano se iba tras ellos para verles maniobrar, y +la fascinación de este espectáculo durábale hasta el lunes. En la clase +misma, que por la placidez del local y la monotonía de la lección +convidaba a la somnolencia, se ponía a jugar con la fantasía y a +provocar y encender la ilusión. El resultado era un completo éxtasis, y +al través de la explicación sobre las propiedades terapéuticas de las +tinturas madres, veía a los alumnos militares en su estudio táctico de +campo, como se puede ver un paisaje al través de una vidriera de +colores. + +Los chicos de la clase de Botánica se entretenían en ponerse motes +semejantes a las nomenclaturas de Linneo. A un tal Anacleto que se las +tiraba de muy fino y muy señorito, le llamaban _Anacletus +obsequiosissimus_; a Encinas, que era de muy corta estatura, le llamaban +_Quercus gigantea_. Olmedo era muy abandonado y le caía admirablemente +el _Ulmus sylvestris_. Narciso Puerta era feo, sucio y mal oliente. +Pusiéronle _Pseudo-Narcissus odoripherus_. A otro que era muy pobre y +gozaba de un empleíto, le pusieron _Christophorus oficinalis_ y por +último, a Maximiliano Rubín, que era feísimo, desmañado y de muy cortos +alcances, se le llamó durante toda la carrera _Rubinius vulgaris_. + +Al entrar el año de 1874, tenía Maximiliano veinticinco y no +representaba aún más de veinte. Carecía de bigote, pero no de granos que +le salían en diferentes puntos de la cara. A los veintitrés años tuvo +una fiebre nerviosa que puso en peligro su vida; pero cuando salió de +ella parecía un poco más fuerte; ya no era su respiración tan fatigosa +ni sus corizas tan tenaces, y hasta los condenados raigones de sus +muelas parecían más civilizados. No usaba ya el ioduro tan a pasto ni el +canuto de brea, y sólo las jaquecas persistían, como esos amigos +machacones cuya visita periódica causa espanto. Juan Pablo estaba +entonces en el Cuartel Real, y doña Lupe dejaba a Maximiliano en +libertad, porque le creía inaccesible a los vicios por razón de su +pobreza física, de su natural apático y de la timidez que era el +resultado de aquellas desventajas. Y además de libertad, dábale su tía +algún dinero para sus placeres de mozo, segura de que no había de +gastarlo sino con mucho pulso. Inclinábase el chico a economizar, y +tenía una hucha de barro en la cual iba metiendo las monedas de plata y +algún centén de oro que le daban sus hermanos cuando venían a Madrid. En +la ropa era muy mirado, y gustaba de hacerse trajes baratos y de moda, +que cuidaba como a las niñas de sus ojos. De esto le sobrevino alguna +presunción, y gracias a ella su figura no parecía tan mala como era +realmente. Tenía su buena capa de embozos colorados; por la noche se +liaba en ella, metíase en el tranvía y se iba a dar una vuelta hasta las +once, rara vez hasta las doce. Por aquel tiempo se mudó doña Lupe a +Chamberí, buscando siempre casas baratas, y Maximiliano fue perdiendo +poco a poco la ilusión de los alumnos de Estado Mayor. + +Su timidez, lejos de disminuir con los años, parecía que aumentaba. +Creía que todos se burlaban de él considerándole insignificante y para +poco. Exageraba sin duda su inferioridad, y su desaliento le hacía huir +del trato social. Cuando le era forzoso ir a alguna visita, la casa en +que debía entrar imponíale miedo, aun vista por fuera, y estaba dando +vueltas por la calle antes de decidirse a penetrar en ella. Temía +encontrar a alguien que le mirara con malicia, y pensaba lo que había de +decir, aconteciendo las más de las veces que no decía nada. Ciertas +personas le infundían un respeto que casi casi era pánico, y al verlas +venir por la calle se pasaba a la otra acera. Estas personas no le +habían hecho daño alguno; al contrario, eran amigos de su padre, o de +doña Lupe o de Juan Pablo. Cuando iba al café con los amigos, estaba muy +bien si no había más que dos o tres. En este caso hasta se le soltaba la +lengua y se ponía a hablar sobre cualquier asunto. Pero como se +reunieran seis u ocho personas, enmudecía, incapaz de tener una opinión +sobre nada. Si se veía obligado a expresarse, o porque se querían +_quedar con él_ o porque sin malicia le preguntaban algo, ya estaba mi +hombre como la grana y tartamudeando. + +Por esto le gustaba más, cuando el tiempo no era muy frío, vagar por las +calles, embozadito en su pañosa, viendo escaparates y la gente que iba y +venía, parándose en los corros en que cantaba un ciego, y mirando por +las ventanas de los cafés. En estas excursiones podía muy bien emplear +dos horas sin cansarse, y desde que se daba cuerda y cogía impulso, el +cerebro se le iba calentando, calentando hasta llegar a una presión +altísima en que el joven errante se figuraba estar persiguiendo +aventuras y ser muy otro de lo que era. La calle con su bullicio y la +diversidad de cosas que en ella se ven, ofrecía gran incentivo a aquella +imaginación, que al desarrollarse tarde, solía desplegar los bríos de +que dan muestras algunos enfermos graves. Al principio no le llamaban la +atención las mujeres que encontraba; pero al poco tiempo empezó a +distinguir las guapas de las que no lo eran, y se iba en seguimiento de +alguna, por puro éxtasis de aventura, hasta que encontraba otra mejor y +la seguía también. Pronto supo distinguir de _clases_, es decir, llegó a +tener tan buen ojo, que conocía al instante las que eran honradas y las +que no. Su amigo _Ulmus sylvestris_, que a veces le acompañaba, indújole +a romper la reserva que su encogimiento le imponía, y Maximiliano +conoció a algunas que había visto más de una vez y que le habían +parecido muy guapetonas. Pero su alma permanecía serena en medio de sus +tentativas viciosas: las mismas con quienes pasó ratos agradables le +repugnaban después, y como las viera venir por la calle, les huía el +bulto. + +Agradábale más vagar solo que en compañía de Olmedo, porque este le +distraía, y el goce de Maximiliano consistía en pensar e imaginar +libremente y a sus anchas, figurándose realidades y volando sin tropiezo +por los espacios de lo posible, aunque fuera improbable. Andar, andar y +soñar al compás de las piernas, como si su alma repitiera una música +cuyo ritmo marcaban los pasos, era lo que a él le deleitaba. Y como +encontrara mujeres bonitas, solas, en parejas o en grupos, bien con +toquilla a la cabeza o con manto, gozaba mucho en afirmarse a sí mismo +que _aquellas eran honradas_, y en seguirlas hasta ver a dónde iban. +«¡Una honrada! ¡Que me quiera una honrada!». Tal era su ilusión... Pero +no había que pensar en tal cosa. Sólo de pensar que le dirigía la +palabra a una honrada, le temblaban las carnes. ¡Si cuando iba a su casa +y estaban en ella Rufinita Torquemada o la señora de Samaniego con su +hija Olimpia, se metía en la cocina por no verse obligado a +saludarlas...! + + + + +--iii-- + + +De esta manera aquel misántropo llegó a vivir más con la visión interna +que con la externa. El que antes era como una ostra había venido a ser +algo como un poeta. Vivía dos existencias, la del pan y la de las +quimeras. Esta la hacía a veces tan espléndida y tal alta, que cuando +caía de ella a la del pan, estaba todo molido y maltrecho. Tenía +Maximiliano momentos en que se llegaba a convencer de que era otro, esto +siempre de noche y en la soledad vagabunda de sus paseos. Bien era +oficial de ejército y tenía una cuarta más de alto, nariz aguileña, +mucha fuerza muscular y una cabeza... una cabeza que no le dolía nunca; +o bien un paisano pudiente y muy galán, que hablaba por los codos sin +turbarse nunca, capaz de echarle una flor a la mujer más arisca, y que +estaba en sociedad de mujeres como el pez en el agua. Pues como dije, se +iba calentando de tal modo los sesos, que se lo llegaba a creer. Y si +aquello le durara, sería tan loco como cualquiera de los que están en +Leganés. La suerte suya era que aquello se pasaba, como pasaría una +jaqueca; pero la alucinación recobraba su imperio durante el sueño, y +allí eran los disparates y el teje maneje de unas aventuras generalmente +muy tiernas, muy por lo fino, con abnegaciones, sacrificios, heroísmos y +otros fenómenos sublimes del alma. Al despertar, en ese momento en que +los juicios de la realidad se confunden con las imágenes mentirosas del +sueño y hay en el cerebro un crepúsculo, una discusión vaga entre lo que +es verdad y lo que no lo es, el engaño persistía un rato, y Maximiliano +hacía por retenerlo, volviendo a cerrar los ojos y atrayendo las +imágenes que se dispersaban. «Verdaderamente--decía él--, ¿por qué ha de +ser una cosa más real que la otra? ¿Por qué no ha de ser sueño lo del +día y vida efectiva lo de la noche? Es cuestión de nombres y de que +diéramos en llamar _dormir_ a lo que llamamos _despertar_, y _acostarse_ +al _levantarse_... ¿Qué razón hay para que no diga yo ahora mientras me +visto: 'Maximiliano, ahora te estás echando a dormir. Vas a pasar mala +noche, con pesadilla y todo, o sea con clase de _Materia farmacéutica +animal_...?'». + +El tal _Ulmus sylvestris_ era un chico simpático, buen mozo, alegre y de +cabeza un tanto ligera. De todos los compañeros de _Rubinius vulgaris_, +aquel era el que más le quería, y Maximiliano le pagaba con un cariño +que tenía algo de respeto. Llevaba Olmedo una vida muy poco ejemplar, +mudando cada mes de casa de huéspedes, pasándose las noches en lugares +pecaminosos, y haciendo todos los disparates estudiantiles, como si +fueran un programa que había que cumplir sin remedio. Últimamente vivía +con una tal Feliciana, graciosa y muy corrida, dándose importancia con +ello, como si el _entretener_ mujeres fuese una carrera en que había que +matricularse para ganar título de hombre hecho y derecho. Dábale él lo +poco que tenía, y ella afanaba por su lado para ir viviendo, un día con +estrecheces, otro con rumbo y siempre con la mayor despreocupación. +Tomaba él en serio este género de vida, y cuando tenía dinero, invitaba +a sus amigos a _tomar un bacalao_ en su _hotel_, dándose unos aires de +hombre de mundo y pillín, con cierta imitación mala del desgaire +parisiense que conocía por las novelas de Paul de Kock. Feliciana era +de Valencia, y ponía muy bien el arroz; pero el servicio de la mesa y +la mesa misma tenían que ver. Y Olmedo lo hacía todo tan al vivo y tan +con arreglo a programa, que se emborrachaba sin gustarle el vino, +cantaba flamenco sin saberlo cantar, destrozaba la guitarra y hacía +todos los desatinos que, a su parecer, constituían el rito de perdido; +pues a él se le antojó ser perdido, como otros son masones o caballeros +cruzados, por el prurito de desempeñar papeles y de tener una +significación. Si existiera el uniforme de perdido, Olmedo se lo hubiera +puesto con verdadero entusiasmo, y sentía que no hubiese un distintivo +cualquiera, cinta, plumacho o galón, para salir con él, diciendo +tácitamente: «Vean ustedes lo perdulario que soy». Y en el fondo era un +infeliz. Aquello no era más que una prolongación viciosa de la _edad del +pavo_. + +Maximiliano no iba nunca a las francachelas de su amigo, aunque este le +convidaba siempre. Pero se informaba de la salud de Feliciana, como si +fuera una señora, y Olmedo también tomaba esto en serio, diciendo: «La +tengo un poquillo delicada. Hoy le he dicho a Orfila que se pase por +casa». Este Orfila era un estudiantillo de último año de Medicina, que +se llamaba lo mismo que el célebre doctor, y curaba, es decir, recetaba +a los amigos y a las amigas de los amigos. + +Un día, al salir de clase, dijo Olmedo a Rubín: «Vete por casa si +quieres ver una mujer... hasta allí. Es una amiga de Feliciana, que se +ha ido a nuestro _hotel_ unos días mientras encuentra colocación». + +--¿Es honrada?--preguntó Rubín, mostrando en su tono la importancia que +daba a la honradez. + +--¡Honrada!, ¡qué narices!--exclamó el perdis riendo--. ¿Pero tú crees +que hay alguna mujer que sea... lo que se llama honrada? + +Esto lo dijo con aplomo filosófico, el sombrero inclinado sobre la sien +derecha como distintivo de sus ideas acerca de la depravación humana. Ya +no había mujeres honradas: lo decía un conocedor profundo de la sociedad +y del vicio. El escepticismo de Olmedo era signo de infancia, un +desorden de transición fisiológica, algo como una segunda dentición. +Todo se reduce a echar muchas babas, y luego ya viene el hombre con +otras ideas y otra manera de ser. + +«¡Con que no es honrada!...» apuntó Maximiliano, que habría deseado que +todas las hembras lo fueran. + +--¿Qué ha de ser, hombre?... ¡Buena púa está! Llegó a Madrid no hace +mucho tiempo con un barbián... creo que tratante en fusiles. ¡Traían un +tren, chico!... La vi una noche... Te juro que daba el puro opio. +Parecía del propio París... Pero yo no sé lo que pasó, ¡narices! + +Aquel señor no jugaba limpio, y una mañana se largó dejando un pico muy +grande en la casa de huéspedes, y otro pico no sé dónde, y picos y +picos... Total, que la pobre tuvo que empeñar todos sus trapos y se +quedó con lo puesto, nada más que con lo puesto, cuando lo tiene puesto +se entiende. Feliciana se la encontró no sé dónde hecha un mar de +lágrimas, y le dijo: «vente a mi casa». ¡Allí está! Hace sus saliditas, +ojo al Cristo, para lo cual Feliciana le presta su ropa. No te creas; es +una chica muy buena. ¡Tiene un ángel...! + +Por la noche fue Maximiliano al _hotel_ de Feliciana, tercer piso en la +calle de Pelayo, y al entrar, lo primero que vio... Es que junto a la +puerta de entrada había un cuartito pequeño, que era donde moraba la +huéspeda, y esta salía de su escondrijo cuando Rubín entraba. Feliciana +había salido a abrir con el quinqué en la mano, porque lo llevaba para +la sala, y a la luz vivísima del petróleo sin pantalla, encaró +Maximiliano con la más extraordinaria hermosura que hasta entonces +habían visto sus ojos. Ella le miró a él como a una cosa rara, y él a +ella como a sobrenatural aparición. + +Pasó Rubín a la salita, y dejando su capa, se sentó en un sillón de hule +cuyos muelles asesinaban la parte del cuerpo que sobre ellos caía. +Olmedo quería que su amigo jugase con él a la siete y media; pero como +Maximiliano se negase a ello, empezó a hacer solitarios. Puso Feliciana +sobre la luz una pantalla de figurines vestidos con pegotes de trapo, y +después se echó con indolencia en la butaca, abrigándose con su mantón +alfombrado. + +«Fortunata--gritó llamando a su amiga, que daba vueltas por toda la casa +como si buscara alguna cosa--. ¿Qué se te ha perdido?». + +--Chica, mi toquilla azul.--¿Vas a salir ya?--Sí: ¿qué hora es? + +Rubín se alegró de aquella ocasión que se le presentaba de prestar un +servicio a mujer tan hermosa, y sacando su reloj con mucha solemnidad, +dijo: «Las nueve menos siete minutos... y medio». No podía decirse la +hora con exactitud más escrupulosa. + +«Ya ves--dijo Feliciana--. tienes tiempo... Hasta las diez. Con que +salgas de aquí a las diez menos cuarto... ¿Pero esa toquilla?... Mírala, +mírala en esa silla junto a la cómoda». + +--¡Ay!, hija... si llega a ser perro me muerde. + +Se la puso, envolviéndose la cabeza, echando miradas a un espejo de +marco negro que sobre la cómoda estaba, y después se sentó en una silla +a hacer tiempo. Entonces Maximiliano la miró mejor. No se hartaba de +mirarla, y una obstrucción singular se le fijó en el pecho, cortándole +la respiración. ¿Y qué decir? Porque había que decir algo. El pobre +joven se sentía delante de aquella hermosura más cortado que en la +visita de más campanillas. + +«Bien puedes abrigarte» indicó Feliciana a su amiga; y Rubín vio el +cielo abierto, porque pudo decir en tono de sentencia filosófica: + +--Sí, está la noche fresquecita. + +--Llévate el llavín...--añadió Feliciana--. Ya sabes que el sereno se +llama Paco. Suele estar en la taberna. + +La otra no desplegaba sus labios. Parecía que estaba de muy mal humor. +Maximiliano contemplaba como un bobo aquellos ojos, aquel entrecejo +incomparable y aquella nariz perfecta, y habría dado algo de mucho +precio porque ella se hubiese dignado mirarle de otra manera que como se +mira a los bichos raros. «¡Qué lástima que no sea honrada!--pensaba--. Y +quién sabe si lo será, quiero decir que conserve la honradez del alma en +medio de...». + +Estaba muy fija en él la idea aquella de las dos honradeces, en algunos +casos armonizadas, en otros no. Habló Fortunata poco y vulgar; todo lo +que dijo fue de lo menos digno de pasar a la historia: que hacía mucho +frío, que se le había descosido un mitón, que aquel llavín parecía la +_maza de Fraga_, que al volver a casa entraría en la botica a comprar +unas pastillas para la tos. + +Maximiliano estaba encantado, y no atreviéndose a desplegar los labios, +daba su asentimiento con una sonrisa, sin quitar los extáticos ojos de +aquel semblante que le parecía angelical. Y cuanto ella dijo lo oyó como +si fuera una sarta de conceptos ingeniosísimos. «¡Si es un ángel!... No +ha dicho ni una palabra malsonante... ¡Y qué metal de voz! No he oído en +mi vida música tan grata... ¿Cómo será el decir esta mujer un _te +quiero_, diciéndolo con verdad y con alma?». Esta idea produjo en la +mente de Rubín sacudidas que le duraron mediano rato. Le corrió un frío +por el espinazo y vínole cierto picor a la nariz como cuando se ha +bebido gaseosa. + +Cansado de hacer solitarios, Olmedo se puso a contar cuentos indecentes, +lo que a Maximiliano le pareció muy mal. Otras noches había oído +anécdotas parecidas y se había reído; pero aquella noche se ponía de +todos colores deseando que a su condenado amigo se le secara la boca. +«¡Qué desvergüenza contar aquellas marranadas delante de personas... de +personas decentes, sí señor!». Estaba Rubín tan desconcertado como si +las dos mujeres allí presentes fuesen remilgadas damas o alumnas de un +colegio monjil; pero su timidez le impedía mandar callar a Olmedo. +Fortunata no se reía tampoco de aquellos estúpidos chistes; pero más +bien parecía indiferente que indignada de oírlos. Estaba distraída +pensando en sus cosas. ¿Qué cosas serían aquellas? Diera Maximiliano +por saberlas... su hucha con todo lo que contenía. Al acordarse de su +tesoro tuvo otra sacudida, y se removió en el asiento lastimándose mucho +con el duro contacto de aquellos mal llamados muelles. + +«Pero el cuento más salado ¡narices!--dijo Olmedo--, es el del panadero. +¿Lo sabes tú? Cuando aquel obispo fue a la visita pastoral y se acostó +en la cama del cura... Veréis...». + +Fortunata se levantó para marcharse. Ocurriole a Maximiliano salir +detrás de ella para ver dónde iba. Era la manera especial suya de hacer +la corte. En su espíritu soñador existía la vaga creencia de que +aquellos seguimientos entrañaban una comunicación misteriosa, quizás +magnética. Seguir, mirando de lejos, era un lenguaje o telegrafía _sui +generis_, y la persona seguida, aunque no volviese la vista atrás, debía +de conocer en sí los efectos del fluido de atracción. Salió Fortunata +despidiéndose muy fríamente, y a los dos minutos se despidió también +Maximiliano con ánimo de alcanzarla todavía en el portal. Pero aquel +condenado _Ulmus sylvestris_ le entretuvo a la fuerza, cogiéndole una +mano y apretándosela con bárbaros alardes de vigor muscular, para reírse +con los chillidos de dolor que daba el pobre _Rubinius vulgaris_. «¡Qué +asno eres!--exclamaba este, retirando al fin su mano magullada, con los +dedos pegados unos a otros--. ¡Vaya unas gracias!.. + +Esto y contar porquerías es tu fuerte. Mejor te pusieras a estudiar». + +--_Niño del mérito, papos-castos_, ¿quieres hacer el favor de tocarme +las narices? + +--No te hagas ordinario--dijo Rubín con bondad--. Si no lo eres, si +aunque quieras parecerlo no lo puedes conseguir. + +Esto lastimó el amor propio de Olmedo más que si su amigo le hubiera +llenado de insultos, porque todo lo llevaba con paciencia menos que se +le rebajase un pelo de la graduación de perdis que se había dado. Le +supo tan mal la indulgencia de Rubín, que salió tras él hasta la puerta, +diciéndole entre otras tonterías: «¡Valiente hipócrita estás tú... +narices! Estos silfidones, a lo mejor la pegan». + + + + +--iv-- + + +Maximiliano bajó la escalera como la baja uno cuando tiene ocho años y +se le ha caído el juguete de la ventana al patio. Llegó sin aliento al +portal, y allí dudó si debía tomar a la derecha o a la izquierda de la +calle. El corazón le dijo que fuera hacia la calle de San Marcos. Apretó +el paso pensando que Fortunata no debía de andar muy a prisa y que la +alcanzaría pronto. «¿Será aquella?». Creyó ver la toquilla azul; pero al +acercarse notó que no era la nube de su cielo. Cuando veía una mujer +_que _ _ pudiera ser ella_, acortaba el paso por no aproximarse +demasiado, pues acercándose mucho no eran tan misteriosos los encantos +del seguimiento. Anduvo calles y más calles, retrocedió, dio vueltas a +esta y la otra manzana, y la _dama nocturna_ no parecía. Mayor +desconsuelo no sintió en su vida. Si la encontrara era capaz hasta de +hablarle y decirle algún amoroso atrevimiento. Se agitó tanto en aquel +paseo vagabundo, que a las once ya no se podía tener en pie, y se +arrimaba a las paredes para descansar un rato. Irse a su casa sin +encontrarla y darse un buen trote con ella... a distancia de treinta +pasos, dábale mucha tristeza. Pero al fin se hizo tan tarde y estaba tan +fatigado, que no tuvo más remedio que coger el tranvía de Chamberí y +retirarse. Llegó y se acostó, deseando apagar la luz para pensar sobre +la almohada. Su espíritu estaba abatidísimo. Asaltáronle pensamientos +tristes, y sintió ganas de llorar. Apenas durmió aquella noche, y por la +mañana hizo propósito de ir al _hotel_ de Feliciana en cuanto saliera de +clase. + +Hízolo como lo pensó, y aquel día pudo vencer un poco su timidez. +Feliciana le ayudaba, estimulándole con maña, y así logró Rubín decir a +la otra algunas cosas que por disimulo de sus sentimientos quiso que +fueran maliciosas. «Tardecillo vino usted anoche. A las once no había +vuelto usted todavía». Y por este estilo otras frases vulgares que +Fortunata oía con indiferencia y que contestaba de un modo desdeñoso. +Maximiliano reservaba las purezas de su alma para ocasión más oportuna, +y con feliz instinto había determinado iniciarse como uno de tantos, +como un cualquiera que no quería más que divertirse un rato. Dejoles +solos la tunanta de Feliciana, y Rubín se acobardó al principio; pero de +repente se rehízo. No era ya el mismo hombre. La fe que llenaba su alma, +aquella pasión nacida en la inocencia y que se desarrolló en una noche +como árbol milagroso que surge de la tierra cargado de fruto, le removía +y le transfiguraba. Hasta la maldita timidez quedaba reducida a un +fenómeno puramente externo. Miró sin pestañear a Fortunata, y cogiéndole +una mano, le dijo con voz temblorosa: «Si usted me quiere querer, yo... +la querré más que a mi vida». + +Fortunata le miró también a él, sorprendida. Le parecía imposible que el +_bicho raro_ se expresase así... Vio en sus ojos una lealtad y una +honradez que la dejaron pasmada. Después reflexionó un instante, +tratando de apoyarse en un juicio pesimista. Se habían burlado tanto de +ella, que lo que estaba viendo no podía ser sino una nueva burla. Aquel +era, sin duda, más pillo y más embustero que los demás. Consecuencia de +tales ideas fue la sonora carcajada que soltó la mujer aquella ante la +faz compungida de un hombre que era todo espíritu. Pero él no se +desconcertó, y la circunstancia de verse escuchado con atención, dábale +un valor desconocido. ¡Ánimo! «Si usted me quiere, yo la adoraré, yo la +idolatraré a usted...». + +Revelaba la tal mujer un gran escepticismo, y lo que hacía la muy pícara +era tomar a risa la pasión del joven. + +«¿Y si lo probara?--dijo Maximiliano con seriedad que le dio, ¡parece +mentira!, un tornasol de hermosura--; ¿si le probara a usted de un modo +que no dejase lugar a dudas...?». + +--¿Qué?--¡Que la idolatraré!... no, que ya la estoy idolatrando. + +--¡_Tie_ gracia!... ¡idolatrando!, ¡ja, ja!--repitió la otra, y devolvía +la palabra como se devuelve una pelota en el juego. + +Maximiliano no insistió en emplear vocablos muy expresivos. Comprendió +que lo ridículo se le venía encima. No dijo más que: «Bueno, seremos +amigos... Me contento con eso por hoy. Yo soy un infeliz, quiero decir, +soy bueno. Hasta ahora no he querido a ninguna mujer». + +Fortunata le miraba y, francamente, no podía acostumbrarse a aquella +nariz chafada, a aquella boca tan sin gracia, al endeble cuerpo que +parecía se iba a deshacer de un soplo. ¡Que siempre se enamoraran de +ella tipos así! Obligada a disimular y a hacer ciertos papeles, aunque +en verdad no los hacía muy bien, siguió la conversación en aquel +terreno. + +«Esta noche quiero hablar con usted--dijo Rubín categóricarnente--. +Vendré a las ocho y media. ¿Me da usted palabra de no salir... o de +esperarme para salir conmigo?». + +Diole ella la palabra que con tanta necesidad le pedía el joven, y así +concluyó la entrevista. Rubín se fue corriendo a su casa. + +¡Qué chico! Si parecía otro. Él mismo notaba que algo se había abierto +dentro de sí, como arca sellada que se rompe, soltando un mundo de +cosas, antes comprimidas y ahogadas. Era la crisis, que en otros es +larga o poco acentuada, y allí fue violenta y explosiva. ¡Si hasta le +parecía que tenía talento...! Como que aquella tarde se le ocurrieron +pensamientos magníficos y juicios de una originalidad sorprendente. +Había formado de sí mismo un concepto poco favorable como hombre de +inteligencia; pero ya, por efecto del súbito amor, creíase capaz de dar +quince y raya a más de cuatro. La modestia cedió el puesto a un cierto +orgullo que tomaba posesión de su alma... «Pero ¿y si no me +quiere?--pensaba desanimándose y cayendo a tierra con las alas rotas--. +Es que me tendrá que querer... No es el primer caso... Cuando me +conozca...». + +Al mismo tiempo la apatía y la pereza quedaban vencidas... Andábanle por +dentro comezones y pruritos nuevos, un deseo de hacer algo, y de probar +su voluntad en actos grandes y difíciles... Iba por la calle sin ver a +nadie, tropezando con los transeúntes, y a poco se estrella contra un +árbol del paseo de Luchana. Al entrar en la calle de Raimundo Lulio vio +a su tía en el balcón tomando el sol. Verla y sentir un miedo muy +grande, pero muy grande, fue todo uno. «¡Si mi tía lo sabe...!». Pero +del miedo salió al instante la reacción de valor, y apretó los puños +debajo de la capa, los apretó tanto que le dolieron los dedos. «Si mi +tía se opone, que se oponga y que se vaya a los demonios». Nunca, ni aun +con el pensamiento, había hablado Maximiliano de doña Lupe con tan poco +respeto. Pero los antiguos moldes estaban rotos. Todo el mundo y toda la +existencia anteriores a aquel estado novísimo se hundían o se disipaban +como las tinieblas al salir el sol. Ya no había tía, ni hermanos, ni +familia, ni nada, y quien quiera que se le atravesase en su camino era +declarado enemigo. Maximiliano tuvo tal acceso de coraje, que hasta se +ofreció a su mente con caracteres odiosos la imagen de doña Lupe, de su +segunda madre. Al subir las escaleras de la casa se serenó, pensando que +su tía no sabía nada, y si lo sabía, que lo supiera, ¡ea!... «¡Qué +carácter estoy echando!» se dijo al meterse en su cuarto. + +Cerró cuidadosamente la puerta y cogió la hucha. Su primer impulso fue +estrellarla contra el suelo y romperla para sacar el dinero; y ya la +tenía en la mano para consumar tan antieconómico propósito, cuando le +asaltaron temores de que su tía oyera el ruido y entrase y le armara un +cisco. Acordose de lo orgullosa que estaba doña Lupe de la hucha de su +sobrino. Cuando iban visitas a la casa la enseñaba como una cosa rara, +sonándola y dando a probar el peso, para que todos se pasmaran de lo +arregladito y previsor que era el niño. «Esto se llama formalidad. Hay +pocos chicos que sean así...». + +Maximiliano discurrió que para realizar su deseo, necesitaba comprar +otra hucha de barro exactamente igual a aquella y llenarla de cuartos +para que sonara y pesara... Se estuvo riendo a solas un rato, pensando +en el chasco que le iba a dar a su tía... ¡él, que no había cometido +nunca una travesura...!, lo único que había hecho, años atrás, era +robarle a su tía botones para coleccionarlos. ¡Instintos de +coleccionista, que son variantes de la avaricia! Alguna vez llegó hasta +cortarle los botones de los vestidos; pero con un solfeo que le dieron +no le quedaron ganas de repetirlo. Fuera de esto, nada; siempre había +sido la misma mansedumbre, y tan económico que su tía le amaba más quizá +por la virtud del ahorro que por las otras. + +«Pues señor; manos a la obra. En la cacharrería del paseo de Santa +Engracia hay huchas exactamente iguales. Compraré una; miraré bien esta +para tomarle bien las medidas». + +Estaba Maximiliano con la hucha en la mano mirándola por arriba y por +abajo, como si la fuera a retratar, cuando se abrió la puerta y entró +una chiquilla como de doce años, delgada y espigadita, los brazos +arremangados, muy atusada de flequillo y sortijillas, con un delantal +que le llegaba a los pies. Lo mismo fue verla Maximiliano, que se turbó +cual si le hubieran sorprendido en un acto vergonzoso. + +«¿Qué buscas tú aquí, chiquilla sin vergüenza?». + +Por toda contestación, la rapaza le enseñó medio palmo de lengua, +plegando los ojos y haciendo unas muecas de careta fea de lo más +estrafalario y grotesco que se puede imaginar. + +--Sí, bonita te pones... Lárgate de aquí, o verás... + +Era la criada de la casa. Doña Lupe odiaba a las mujeronas, y siempre +tomaba a su servicio niñas para educarlas y amoldarlas a su gusto y +costumbres. Llamábanla Papitos no sé por qué. Era más viva que la +pólvora, activa y trabajadora cuando quería, holgazana y mañosa algunos +días. Tenía el cuerpo esbelto, las manos ásperas del trabajo y el agua +fría, la cara diablesca, con unos ojos reventones de que sacaba mucho +partido para hacer reír a la gente, la boca hocicuda y graciosa, con un +juego de labios y unos dientes blanquísimos que eran como de encargo +para producir las muecas más extravagantes. Los dos dientes centrales +superiores eran enormes, y se le veían siempre, porque ni cuando estaba +de morros cerraba completamente la boca. + +Oída la conminación que le hizo Maximiliano, Papitos se desvergonzó más. +Ella las gastaba así. Cuanto más la amenazaban más pesadita se ponía. +Volvió a echar fuera una cantidad increíble de lengua, y luego se puso a +decir en voz baja: «Feo, feo...» hasta treinta o cuarenta veces. Esta +apreciación, que no era contraria a la verdad ni mucho menos, nunca +había inspirado a Rubín más que desprecio; pero en aquella ocasión le +indignó tanto, vamos... que de buena gana le hubiera cortado a Papitos +toda aquella lenguaza que sacaba. + +«¡Si no te largas, de la patada que te doy...!». + +Fue tras ella; pero Papitos se puso a salvo. Parecía que volaba. Desde +el fondo del pasillo, en la puerta de la cocina, repetía sus burlas, +haciendo con las manos gestos de mico. Volvió él a su cuarto muy +incomodado y a poco entró ella otra vez. + +«¿Qué buscas aquí?». + +--Vengo _a por_ la lámpara para aviarla... + +El motivo de haber dicho esto la chiquilla con relativo juicio y +serenidad, fue que se oyeron los pasos de doña Lupe, y su voz temerosa: +«Mira, Papitos, que voy allá...». + +--Tía, venga usted... Está de jarana... + +--¡Acusón!--le dijo por lo bajo la chicuela al coger la lámpara--, feón. + +--La culpa la tienes tú--añadió severamente doña Lupe, en la puerta--, +porque te pones a jugar con ella, le ríes las gracias, y ya ves. Cuando +quieres que te respete, no puede ser. Es muy mal criada. + +La tía y el sobrino hablaron un instante. + +«¿También vendrás tarde esta noche? Mira que las noches están muy frías. +Estas heladas son crueles. Tú no estás para valentías». + +--No, si no siento nada. Nunca he estado mejor--dijo Rubín, sintiendo +que la timidez le ganaba otra vez. + +--No hagamos simplezas... Hace un frío horrible. ¡Qué año tan malo! +¿Creerás que anoche no pude entrar en calor hasta la madrugada? Y eso +que me eché encima cuatro mantas. ¡Qué atrocidad! Como que estamos entre +las _Cátedras de Roma y Antioquía_, que es, según decía mi Jáuregui, el +peor tiempo de Madrid. + + + + +--v-- + + +¿Va usted esta noche a casa de doña Silvia?--preguntole Rubín. + +--Eso pienso. Si tú sales me dejarás allá, y luego irás a buscarme a las +once en punto. + +Esto contrariaba a Maximiliano, porque le tasaba el tiempo; pero no dijo +nada. + +--Y esta tarde, ¿sale usted?--preguntó luego deseando que su tía saliese +antes de comer, para verificar, mientras ella estuviese fuera, la +sustitución de las huchas. + +--Puede que me llegue un ratito a casa de Paca Morejón. + +«Yo la acompañaré a usted... Tengo que ir a ver a Narciso para que me +preste unos apuntes. La dejaré a usted en la calle de la Habana». + +Doña Lupe fue a la cocina y le armó una gran chillería a Papitos porque +había dejado quemar el principio. Pero la chica estaba muy acostumbrada +a todo, y se quedaba tan fresca. Como que acabadita de oírse llamar con +las denominaciones más injuriosas y de recibir un pellizco que le +atenazaba la carne, poníase detrás de su ama a hacer visajes y a sacar +la lengua, mientras se rascaba el brazo dolorido. + +«Si creerás tú que no te estoy viendo, bribona» decía doña Lupe sin +volverse, entre risueña y enojada. Y no se podía pasar sin ella. +Necesitaba tener una criatura a quien reprender y enseñar por los +procedimientos suyos. + +Púsose la mantilla doña Lupe, y tía y sobrino salieron. La primera se +quedó en la calle de Arango, y el segundo se fue a comprar la hucha y +tornó a su casa. Había llegado la ocasión de consumar el atentado, y el +que durante la premeditación se mostraba tan valeroso, cuando se +aproximaba el instante crítico sentía vivísima inquietud. Empezó por +asegurarse de la curiosidad de Papitos, echando la llave a la puerta +después de encender la luz; pero ¿cómo asegurarse de su propia +conciencia que se le alborotaba, pintándole la falta proyectada como +nefando delito? Comparó las dos huchas, observando con satisfacción que +eran exactamente iguales en volumen y en el color del barro. No era +posible que nadie adviniese la sustitución. Manos a la obra. Lo primero +era romper la primitiva para coger el oro y la plata, pasando a la nueva +la calderilla, con más de dos pesetas en _perros_ que al objeto había +cambiado en la tienda de comestibles. Romper la olla sin hacer ruido era +cosa imposible. Permaneció un rato sentado en una silla junto a la cama, +con las dos huchas sobre esta, acariciando suavemente la que iba a ser +víctima. Su mirada vagaba alrededor de la luz, cazando una idea. La luz +iluminaba la mesilla cubierta de hule negro, sobre el cual estaban los +libros de estudio, forrados con periódicos y muy bien ordenados por doña +Lupe; dos o tres frascos de sustancias medicinales, el tintero y varios +números de _La Correspondencia_. La mirada del joven revoloteó por la +estrecha cavidad del cuarto, como si siguiera las curvas del vuelo de +una mosca, y fue de la mesa a la percha en que pendían aquellos moldes +de sí mismo, su ropa, el chaqué que reproducía su cuerpo y los +pantalones que eran sus propias piernas colgadas como para que se +estiraran. Miró después la cómoda, el baúl y las botas que sobre él +estaban, sus propios pies cortados, pero dispuestos a andar. Un +movimiento de alegría y la animación de la cara indicaron que +Maximiliano había atrapado la idea. Bien lo decía él: con aquellas cosas +se había vuelto de repente hombre de talento. Levantose, y cogiendo una +bota salió y fue a la cocina, donde estaba Papitos cantando. + +«Chiquilla, ¿me das la mano del almirez? Esta bota tiene un clavo +tremendo, pero tremendo, que me ha dejado cojo». + +Papitos cogió la mano del almirez, haciendo el ademán de machacar al +señorito la cabeza. + +«Vamos, niña, estate quieta. Mira que le cuento todo a la tía. Me +encargó que tuviera cuidado contigo, y que si te movías de la cocina, te +diera dos coscorrones». + +Papitos se puso a picar la escarola, sin dejar de hacer visajes. + +«Y yo le diré--replicó--, yo le diré lo que hace... el muy +trapisondista...». + +Maximiliano se estremeció. «Tonta, ¿qué es lo que yo hago?...» dijo +sorteando su turbación. + +--Encerrarse en su cuarto, _¡ay olé! ¡ay olé!_... para que nadie le +vea; pero yo le he visto por el agujero de la llave... _¡ay olé! ¡ay +olé!_... + +--¿Qué?--Escribiéndole cartas a la novia. + +--Mentira... ¿yo...? Quita allá, enredadora... + +Volvió a su cuarto, llevando la mano del almirez, y echada otra vez la +llave, tapó el agujero con un pañuelo. + +«Ella no mirará; pero por si se le ocurre...». + +El tiempo apremiaba y doña Lupe podía venir. Cuando cogió la hucha +llena, el corazón le palpitaba y su respiración era difícil. Dábale +compasión de la víctima, y para evitar su enternecimiento, que podría +frustrar el acto, hizo lo que los criminales que se arrojan frenéticos a +dar el primer golpe para perder el miedo y acallar la conciencia, +impidiéndose el volver atrás. Cogió la hucha y con febril mano le atizó +un porrazo. La víctima exhaló un gemido seco. Se había cascado, pero no +estaba rota aún. Como este primer golpe fue dado sobre el suelo, le +pareció a Maximiliano que había retumbado mucho, y entonces puso sobre +la cama el cacharro herido. Su azoramiento era tal que casi le pega a la +hucha vacía en vez de hacerlo a la llena; pero se serenó, diciendo: +«¡Qué tonto soy! Si esto es mío, ¿por qué no he de disponer de ello +cuando me dé la gana?». Y leña, más leña... La infeliz víctima, aquel +antiguo y leal amigo, modelo de honradez y fidelidad, gimió a los +fieros golpes, abriéndose al fin en tres o cuatro pedazos. Sobre la cama +se esparcieron las tripas de oro, plata y cobre. Entre la plata, que era +lo que más abundaba, brillaban los centenes como las pepitas amarillas +de un melón entre la pulpa blanca. Con mano trémula, el asesino lo +recogió todo menos la calderilla, y se lo guardó en el bolsillo del +pantalón. Los cascos esparcidos semejaban pedazos de un cráneo, y el +polvillo rojo del barro cocido que ensuciaba la colcha blanca pareciole +al criminal manchas de sangre. Antes de pensar en borrar las huellas del +estropicio, pensó en poner los cuartos en la hucha nueva, operación +verificada con tanta precipitación que las piezas se atragantaban en la +boca y algunas no querían pasar. Como que la boca era un poquitín más +estrecha que la de la muerta. Después metió el cobre de las dos pesetas +que había cambiado. + +No había tiempo que perder. Sentía pasos. ¿Subiría ya doña Lupe? No, no +era ella; pero pronto vendría y era forzoso despachar. Aquellos cascos, +¿dónde los echaría? He aquí un problema que le puso los pelos de punta +al asesino. Lo mejor era envolver aquellos despojos sangrientos en un +pañuelo y tirarlos en medio de la calle cuando saliera. ¿Y la sangre? +Limpió la colcha como pudo, soplando el polvo. Después advirtió que su +mano derecha y el puño de la camisa conservaban algunas señales, y se +ocupó en borrarlas cuidadosamente. También la mano del almirez necesitó +de un buen limpión. ¿Tendría algo en la ropa? Se miró bien de pies a +cabeza. No había nada, absolutamente nada. Como todos los matadores en +igual caso, fue escrupuloso en el examen; pero a estos desgraciados se +les olvida siempre algo, y donde menos lo piensan se conserva el dato +acusador que ilumina a la justicia. + +Lo que desconcertó a Rubín cuando creyó concluida su faena, fue la +aprensión de advertir que la hucha nueva no se parecía nada a la +sacrificada. ¿Cómo antes del crimen las vio tan iguales que parecían una +misma? Error de los sentidos. También podía ser error la diferencia que +después del crimen notaba. ¿Se equivocó antes o se equivocaba después? +En la enorme turbación de su ánimo no podía decidir nada. «Pero si, +basta tener ojos--decía--, para conocer que esta hucha no es aquella... +En esta el barro es más recocho, de color más oscuro, y tiene por aquí +una mancha negra... A la simple vista se ve que no es la misma... Dios +nos asista. ¿A ver el peso?... Pues el peso me parece que es menor en +esta... No, más bien mayor, mucho mayor... ¡Fatalidad!». + +Quedose parado un largo rato mirando a la luz y viendo en ella a doña +Lupe en el acto de coger la hucha falsa y decir: «Pero esta hucha... no +sé... me parece... no es la misma». Dando un gran suspiro, envolvió +rápidamente en un pañuelo los destrozados restos de la víctima, y los +guardó en la cómoda hasta el momento de salir. Puso la nueva hucha en el +sitio de costumbre, que era el cajón alto de la cómoda, abrió la puerta, +quitando el pañuelo que tapaba el agujero de la llave, y después de +llevar a la cocina el instrumento alevoso, volvió a su cuarto con idea +de contar el dinero... Pero si era suyo, ¿a qué tanto miedo y zozobra? +Él no había robado nada a nadie, y sin embargo, estaba como los +ladrones. Más derecho era referir a su tía lo que le pasaba, que no +andar con tapujos. ¡Sí, pues buena se pondría doña Lupe si él le contara +su aventura y el empleo que daba a sus ahorros! Valía más callar, y +adelante. + +No pudo entretenerse en contar su tesoro, porque entró doña Lupe, +dirigiéndose inmediatamente a la cocina. Maximiliano se paseaba en su +cuarto esperando que le llamasen a comer, y hacía cálculos mentales +sobre aquella desconocida suma que tanto le pesaba. «Mucho debe de ser, +pero mucho--calculaba--; porque en tal tiempo eché un dobloncito de +cuatro, y en cual tiempo otro. Y cuando tomé la medicina aquella que +sabía tan mal, me dio mi tía dos duritos, y cada vez que había que tomar +purga un durito o medio durito. Lo que es en monedas de a cinco, puede +que pasen de quince». + +Sintió que le renacía el valor. Pero cuando le llamaron a comer, y fue +al comedor y se encaró con su tía, pensó que esta le iba a conocer en la +cara lo que había hecho. Mirábale ella lo mismo que el día infausto en +que le robara los botones arrancándolos de la ropa... Y al sobrinito se +le alborotó la conciencia, haciéndole ver peligros donde no los había. +«Me parece--cavilaba, tragando la sopa--, que la colcha no ha quedado +muy limpia... Caspitina, se me olvidó una cosa; pero una cosa muy +importante... ver si habían caído pedacitos de barro en alguna parte. +Ahora recuerdo que oí el _tin_, como si un casquillo saltara en el +momento del golpe y fuera a chocar disparado con el frasco de ioduro. En +el suelo quizás... ¡y mi tía barre todos los días!... ¡Cómo me mira! Si +sospechará algo... Lo que ahora me faltaba era que mi tía hubiese pasado +por la tienda al volver de casa de las de Morejón, y le hubiera dicho el +tendero: «Aquí estuvo su sobrino a cambiar dos pesetas en calderilla». + +El mirar escrutador de doña Lupe no tenía nada de particular. +Acostumbrada ella a estudiarle la cara, para ver cómo andaba de salud, y +el tal semblante era un libro en que la buena señora había aprendido más +Medicina que Farmacia su sobrino en los textos impresos. + +«Me parece que tú no andas bien...--le dijo--. Cuando entré te sentí +toser... Estas heladas... + +Por Dios, ten mucho cuidado; no tengamos aquí otra como la del año +pasado, que empalmaste cuatro catarros y por poco pierdes el curso. No +olvides de liarte un pañuelo de seda en la cabeza, de noche, cuando te +acuestes; y yo que tú empezaría a tomar el agua de brea... No hagas +ascos. Es bueno curarse en salud. Por sí o por no, mañana te traigo las +pastillas de Tolú». + +Con esto se tranquilizó el joven comprendiendo que las miradas no eran +más que la inspección médica de todos los días. Comieron y se prepararon +para salir. El criminal se embozó bien en la capa y apagó la luz de su +cuarto para coger los restos de la víctima y sacarlos ocultamente. Como +las monedas que en el bolsillo del pantalón llevaba no eran paja, se +denunciaban sonando una contra otra. Por evitar este ruido inoportuno, +Maximiliano se metió un pañuelo en aquel bolsillo, atarugándolo bien +para que las piezas de plata y oro no chistasen, y así fue en efecto, +pues en todo el trayecto desde Chamberí hasta la casa de Torquemada el +oído de doña Lupe, que siempre se afinaba con el rumor de dinero como el +oído de los gatos con los pasos del ratón, y hasta parecía que entiesaba +las orejas, no percibió nada, absolutamente nada. El sobrinito, cuando +creía que las monedas se movían, atarugaba el bolsillo como quien ataca +un arma. ¡Creeríase que le había salido un tumor en la pierna!... + + + + +-II- + +Afanes y contratiempos de un redentor + + + + +--i-- + + +Grande fue el asombro de Fortunata aquella noche cuando vio que +Maximiliano sacaba puñados de monedas diferentes, y contaba con rapidez +la suma, apartando el oro de la plata. A la sorpresa un tanto alegre de +la joven, siguió pronto sospecha de que su improvisado amigo hubiese +adquirido aquel caudal por medios no muy limpios. Creyó ver en él un +hijo de familia que, arrastrado de la pasión y cegado por la tontería, +se había incautado de la caja paterna. Esta idea la mortificó mucho, +haciéndole ver la cruel insistencia con que su destino la maltrataba. +Desde que fue lanzada a los azares de aquella vida, se había visto +siempre unida a hombres groseros, perversos o tramposos, _lo peor de +cada casa_. + +No dejó entrever a Maximiliano sus sospechas sobre la procedencia del +dinero, que, viniera de donde viniese, no podía ser mal recibido, y poco +a poco se fue tranquilizando al ver que el apreciable muchacho hacía +alarde de poseer ideas económicas enteramente contrarias a las de sus +predecesores. «Esto--dijo mostrándole un grupito de monedas de oro--, es +para que desempeñes la ropa que te sea más necesaria... Los trajes de +lujo, el abrigo de terciopelo, el sombrero y las alhajas se sacarán más +adelante, y se renovará el préstamo para que no se pierdan. Olvídate por +ahora de todo lo que es pura ostentación. Acabose el barullo. Se gastará +nada más que lo que se tenga, para no hacer ni una trampa, pero ni una +sola trampa. Fíjate bien». Esta sensatez era cosa nueva para Fortunata, +y empezó a corregir algo sus primeras ideas acerca de su amante y a +considerarle mejor que los demás. En los días siguientes Olmedo confirmó +esta buena opinión, hablándole con vivos encarecimientos de la +formalidad de aquel chico y de lo muy arregladito que era. + +Quedó convenido entre Fortunata y su protector tomar un cuarto que +estaba desalquilado en la misma casa. Rubín insistió mucho en la +modestia y baratura de los muebles que se habían de poner, porque... +(para que se vea si era juicioso) «conviene empezar por poco». Después +se vería, y el humilde hogar iría creciendo y embelleciéndose +gradualmente. Aceptaba ella todo sin entusiasmo ni ilusión alguna, más +bien _por probar_. Maximiliano le era poco simpático; pero en sus +palabras y en sus acciones había visto desde el primer momento la +persona decente, novedad grande para ella. Vivir con una persona +decente despertaba un poco su curiosidad. Dos días estuvo ocupada en +instalarse. Los muebles se los alquiló una vecina que había levantado +casa, y Rubín atendió a todo con tal tino, que Fortunata se pasmaba de +sus admirables dotes administrativas, pues no tenía ni idea remota de +aquel ingenioso modo de defender una peseta, ni sabía cómo se recorta un +gasto para reducirlo de seis a cinco, con otras artes financieras que el +excelente chico había aprendido de doña Lupe. + +Tratando de medir el cariño que sentía por su amiga, Maximiliano hallaba +pálida e inexpresiva la palabra querer, teniendo que recurrir a las +novelas y a la poesía en busca del verbo amar, tan usado en los +ejercicios gramaticales como olvidado en el lenguaje corriente. Y aun +aquel verbo le parecía desabrido para expresar la dulzura y ardor de su +cariño. Adorar, idolatrar y otros cumplían mejor su oficio de dar a +conocer la pasión exaltada de un joven enclenque de cuerpo y robusto de +espíritu. + +Cuando el enamorado se iba a su casa, llevaba en sí la impresión de +Fortunata transfigurada. Porque no ha habido princesa de cuento oriental +ni dama del teatro romántico que se ofreciera a la mente de un caballero +con atributos más ideales ni con rasgos más puros y nobles. Dos +Fortunatas existían entonces, una la de carne y hueso, otra la que +Maximiliano llevaba estampada en su mente. De tal modo se sutilizaron +los sentimientos del joven Rubín con aquel extraordinario amor, que este +le inspiraba no sólo las buenas acciones, el entusiasmo y la abnegación, +sino también la delicadeza llevada hasta la castidad. Su naturaleza +pobre no tenía exigencias; su espíritu las tenía grandes, y estas eran +las que más le apremiaban. Todo lo que en el alma humana puede existir +de noble y hermoso brotó en la suya, como los chorros de lava en el +volcán activo. Soñaba con redenciones y regeneraciones, con lavaduras de +manchas y con sacar del pasado negro de su amada una vida de méritos. El +generoso galán veía los más sublimes problemas morales en la frente de +aquella infeliz mujer, y resolverlos en sentido del bien parecíale la +más grande empresa de la voluntad humana. Porque su loco entusiasmo le +impulsaba a la salvación social y moral de su ídolo, y a poner en esta +obra grandiosa todas las energías que alborotaban su alma. Las +peripecias vergonzosas de la vida de ella no le desalentaban, y hasta +medía con gozo la hondura del abismo del cual iba a sacar a su amiga; y +la había de sacar pura o purificada. En aquellas confidencias que ambos +tenían, creía Maximiliano advertir en la pecadora un cierto fondo de +rectitud y menos corrupción de lo que a primera vista parecía. + +¿Se equivocaría en esto? A veces lo sospechaba; pero su buena fe +triunfaba al instante de esta sospecha. Lo que sí podía sostener sin +miedo a equivocarse era que Fortunata tenía vivos deseos de mejorar su +personalidad, es decir, de adecentarse y pulirse. Su ignorancia era, +como puede suponerse, completa. Leía muy mal y a trompicones, y no sabía +escribir. + +Lo esencial del saber, lo que saben los niños y los paletos, ella lo +ignoraba, como lo ignoran otras mujeres de su clase y aun de clase +superior. Maximiliano se reía de aquella incultura rasa, tomando en +serio la tarea de irla corrigiendo poco a poco. Y ella no disimulaba su +barbarie; por el contrario, manifestaba con graciosa sinceridad sus +ardientes deseos de adquirir ciertas ideas y de aprender palabras finas +y decentes. Cada instante estaba preguntando el significado de tal o +cual palabra, e informándose de mil cosas comunes. No sabía lo que es el +Norte y el Sur. Esto le sonaba a cosa de viento; pero nada más. Creía +que un senador es algo del Ayuntamiento. Tenía sobre la imprenta ideas +muy extrañas, creyendo que los autores mismos ponían en las páginas +aquellas letras tan iguales. No había leído jamás libro ninguno, ni +siquiera novela. Pensaba que Europa es un pueblo y que Inglaterra es un +país de acreedores. Respecto del sol, la luna y todo lo demás del +firmamento, sus nociones pertenecían al orden de los pueblos +primitivos. Confesó un día que no sabía quién fue Colón. Creía que era +un general, así como O'Donnell o Prim. En lo religioso no estaba más +aventajada que en lo histórico. La poca doctrina cristiana que aprendió +se le había olvidado. Comprendía a la Virgen, a Jesucristo y a San +Pedro; les tenía por muy buenas personas, pero nada más. Respecto a la +inmortalidad y a la redención, sus primeras ideas eran muy confusas. +Sabía que arrepintiéndose uno, bien arrepentido, se salva; eso no tenía +duda, y por más que dijeran, nada que se relacionase con el amor era +pecado. + +Sus defectos de pronunciación eran atroces. No había fuerza humana que +le hiciera decir _fragmento, magnífico, enigma_ y otras palabras +usuales. Se esforzaba en vencer esta dificultad, riendo y machacando en +ella; pero no lo conseguía. Las _eses_ finales se le convertían en +_jotas_, sin que ella misma lo notase ni evitarlo pudiera, y se comía +muchas sílabas. Si supiera ella qué bonita boca se le ponía al +comérselas, no intentara enmendar su graciosa incorrección. Pero +Maximiliano se había erigido en maestro, con rigores de dómine e ínfulas +de académico. No la dejaba vivir, y estaba en acecho de los solecismos +para caer sobre ellos como el gato sobre el ratón. «No se dice +_diferiencia_, sino diferencia. No se dice _Jacometrenzo_, ni _Espiritui +Santo_, ni _indilugencias_. Además _escamón_ y _escamarse_ son palabras +muy feas, y llamar _tiologías_ a todo lo que no se entiende es una +barbaridad. Repetir a cada instante _pa chasco_ es costumbre ordinaria», +etc... + +Lo mejorcito que aquella mujer tenía era su ingenuidad. Repetidas veces +sacó Maximiliano a relucir el caso de la deshonra de ella, por ser muy +importante este punto en el plan de regeneración. El inspirado y +entusiasta mancebo hacía hincapié en lo malos que son los señoritos y en +la necesidad de una ley a la inglesa que proteja a las muchachas +inocentes contra los seductores. Fortunata no entendía palotada de estas +leyes. Lo único que sostenía era que el tal Juanito Santa Cruz era el +único hombre a quien había querido de verdad, y que le amaba siempre. +¿Por qué decir otra cosa? Reconociendo el otro con caballeresca lealtad +que esta consecuencia era laudable, sentía en su alma punzada de celos, +que trastornaba por un instante sus planes de redención. + +«¿Y le quieres tanto, que si le vieras en algún peligro le salvarías?». + +--Claro que sí... me lo puedes creer. Si le viera en un peligro, le +sacaría en bien, aunque me perdiera yo. No sé decir más que lo que me +sale de _entre mí_. Si no es verdad esto, que no llegue a la noche con +salud. + +Se puso tan guapa al hacer esta declaración, que Rubín la miró mucho +antes de decir: + +«No, no jures; no necesitas jurarlo. Te creo. Di otra cosa. Y si ahora +entrara por esa puerta y te dijera: 'Fortunata, ven' ¿irías?». + +Fortunata miró a la puerta. Rubín tragaba saliva y buscaba en el sitio +donde tenemos el bigote algo que retorcer, y encontrando sólo unos pelos +muy tenues, los martirizaba cruelmente. + +«Eso... según...--dijo ella plegando su entrecejo--. Me iría o no me +iría...». + + + + +--ii-- + + +Maximiliano quería saberlo todo. Era como el buen médico que le pide al +enfermo las noticias más insignificantes del mal que padece y de su +historia para saber cómo ha de curarle. Fortunata no ocultaba nada, eso +bueno tenía, y el doctor amante se encontraba a veces con más quizás de +lo necesario para la prodigiosa cura. ¡Y qué horrorizado se quedaba +oyendo contar lo mal que se portó el seductor de aquella hermosura! El +honradísimo aprendiz de farmacéutico no comprendía que pudieran existir +hombres tan malos, y las penas todas del infierno parecíanle pocas para +castigarles. Criminal más perverso que los asesinos y ladrones era, +según él, el señorito seductor de doncella pobre, que le hacía creer que +se iba a casar con ella, y después la dejaba plantada en medio del +arroyo con su chiquillo o con las vísperas. ¿Por cuánto haría esto él, +Maximiliano Rubín?... El tal Juanito Santa Cruz era, pues, el hombre más +infame, más execrable y vil que se podía imaginar. Pero la misma +ofendida no extremaba mucho, como parecía natural, los anatemas contra +el seductor, por cuya razón tuvo Maximiliano que redoblar su furia +contra él, llamándole monstruo y otras cosas muy malas. Fortunata veíase +forzada a repetirlo; pero no había medio de que pronunciara la palabra +_monstruo_. Se le atravesaba como otras muchas, y al fin, después de mil +tentativas que parecían náuseas, la soltaba entre sus bonitísimos +dientes y labios, como si la escupiera. + +Prefería contar particularidades de su infancia. Su difunto padre poseía +un cajón en la plazuela y era hombre honrado. Su madre tenía, como +Segunda, su tía paterna, el tráfico de huevos. Llamábanla a ella desde +niña la _Pitusa_, porque fue muy raquítica y encanijada hasta los doce +años; pero de repente dio un gran estirón y se hizo mujer de talla y de +garbo. Sus padres se murieron cuando ella tenía doce años... Oía estas +cosas Maximiliano con mucho placer. Pero con todo, mandábala que fuese +al grano, a las cosas graves, como lo referente al hijo que había +tenido. Cuando parte de esta historia fue contada, al joven le faltó +poco para que se le saltaran las lágrimas. La tierna criatura sin más +amparo que su madre pobre, la aflicción de esta al verse abandonada, +eran en verdad un cuadro tristísimo que partía el corazón. ¿Por qué no +le citó ante los tribunales? Es lo que debía haber hecho. A estos +tunantes hay que tratarles a la baqueta. Otra cosa. ¿Por qué no se le +ocurrió darle un escándalo, ir a la casa con el crío en brazos y +presentarse a doña Bárbara y a D. Baldomero y contarles allí bien +clarito la gracia que había hecho su hijo?... Pero no, esto no hubiera +sido muy conforme con la dignidad. Más valía despreciarle, dejándole +entregado a su conciencia, sí, a su conciencia, que buen jaleo le había +de armar tarde o temprano. + +Fortunata, al oír esto, fijaba sus ojos en el suelo, repitiendo como una +máquina aquello de que lo mejor era el desprecio. Sí, despreciarle, +repetía el otro, pues era ignominia solicitar su protección. Aunque le +dieran lo que le dieran, no era capaz Fortunata de decir _ignominia_. +Maximiliano insistió en que había sido una gran falta pedir amparo al +mismo Juanito Santa Cruz, a aquel infame, cuando volvió ella a Madrid y +le cayó su niño enfermo. + +«Pero, tontín, si no es por él, no hubiéramos tenido con qué enterrarle» +dijo Fortunata saliendo a la defensa de su propio verdugo. + +--Primero le dejo yo insepulto, que recurrir... La dignidad, hija, es +antes que todo. Fíjate bien en esto. Lo que quiero saber ahora es qué +sujeto era ese con quien te uniste después, el que te sacó de Madrid y +te llevó de pueblo en pueblo como los trastos de una feria. + +--Era un hombre traicionero y malo--dijo Fortunata con desgana, como si +el recuerdo de aquella parte de su vida le fuera muy desagradable--. Me +fui con él porque me vi perdida, y no tenía a dónde volverme. Era +hermano de un vecino nuestro en la Cava de San Miguel. Primeramente tuvo +un cajón de casquería en la plaza, y después puso tienda de quincalla +iba a todas las ferias con un sin fin de arcas llenas de baratijas, y +armaba tiendas. Le llamaban _Juárez el negro_ por tener la color muy +morena. Viéndome tan mal, me ofreció el oro y el moro, y que iba a hacer +y a acontecer. Mi tía me echó de la casa y mi tío se desapareció. Yo +estaba enferma, y Juárez me dijo que si me iba con él, me llevaría a +baños. Decía que ganaba montes y montones en las romerías, y que yo iba +a estar como una reina. No se podía casar conmigo porque era casado, +pero en cuantito que se muriera su mujer, que era una borrachona, +cumpliría, si señor, cumpliría conmigo. + +Y siguió relatando con rapidez aquella página fea, deseando concluirla +pronto. Lo del señorito Santa Cruz, siendo tan desastroso, lo refería +con prolijidad y aun con cierta amarga complacencia; pero lo de _Juárez +el negro_ salía de sus labios como una confesión forzada o testimonio +ante tribunales, de esos que van quemando la boca a medida que salen. +¡Cuánto le pesó ponerse en manos de aquel hombre! Era un perdido, un +charrán, una mala persona. Hubiérase resistido a seguirle, si no le +empujaran a ello los parientes con quienes vivía, los cuales no tenían +maldita gana de mantenerle el pico. Pronto vio que todo lo que ofrecía +_Juárez el negro_ era conversación. No ganaba un cuarto; con el mundo +entero armaba camorra, y todo el veneno que iba amasando en su maldecida +alma, por la mala suerte, lo descargaba sobre su querida... En fin, vida +más arrastrada no la había pasado ella nunca ni esperaba volverla a +pasar... Con el dinero que Juanito Santa Cruz les dio, cuando estuvieron +en Madrid y se murió el niñito, hubiera podido el muy bestia de Juárez +arreglar su comercio; pero ¿qué hizo? Beber y más beber. El vinazo y el +aguardientazo le remataron. Una mañana despertó ella oyéndole dar unos +grandes gruñidos... así como si le estuvieran apretando el tragadero. +¿Qué era? Que se estaba muriendo. Saltó espantada de la cama, y llamó a +los vecinos. No hubo tiempo de _suministrarle_ y sólo le cogió la +Unción. Esto pasaba en Lérida. A los dos días, vendió sus cuatro trastos +y con los cuartos que pudo juntar plantose en Barcelona. Había hecho +juramento de no volver a tratar con animales. Libertad, libertad y +libertad era lo que le pedían el cuerpo y el alma. + +La verdad ante todo. ¿Para qué decir una cosa por otra? La franqueza es +una virtud cuando no se tienen otras, y la franqueza obligaba a +Fortunata a declarar que en la primera temporada de anarquía moral se +había divertido algo, olvidando sus penas como las olvidan los +borrachos. Su éxito fue grande, y su falta de educación ayudaba a +cegarla. Llegó a creer que encenegándose mucho se vengaba de los que la +habían perdido, y solía pensar que si el pícaro Santa Cruz la veía hecha +un brazo de mar, tan elegantona y triunfante, se le antojaría quererla +otra vez. ¡Pero sí, para él estaba...! Contó a renglón seguido tantas +cosas, que Maximiliano se sintió lastimado. Tuvo precisión de _echar un +velo, _ como dicen los retóricos, sobre aquella parte de la historia de +su amada. El velo tenía que ser muy denso porque la franqueza de +Fortunata arrojaba luz vivísima sobre los sucesos referidos, y su +pintoresco lenguaje los hacía reverberar... Dio ella entonces algunos +cortes a su relación, comiéndose no ya las letras sino párrafos y +capítulos enteros, y he aquí en sustancia lo que dijo: Torrellas, el +célebre paisajista catalán, era tan celoso que no la dejaba vivir. +Inventaba mil tormentos armándole trampas para ver si caía o no caía. +Tan odioso llegó a serle aquel hombre, que al fin se dejó ella caer. +Metiose adrede en la trampa, conociéndola, por gusto de jugarle una +partida al muy majadero, porque así se vengaba de las muchas que le +habían jugado a ella. Y nada más... Total, que por poco la mata el +condenado pintor de árboles... Lo que más quemaba a este era que la +infidelidad había sido con un íntimo amigo suyo, pintor también, autor +del cuadro de David mirando a... Fortunata no se acordaba del nombre, +pero era una que estaba bañándose... A ninguno de los dos artistas +quería ella; por ninguno de los dos hubiera dado dos cuartos, si se +compraran con dinero. Más que ellos valían sus cuadros. Desde que engañó +al primero con el segundo, se le puso en la cabeza la idea de pegársela +a los dos con otro, y la satisfacción de este deseo se la proporcionó un +empleado joven, pobre y algo simpático que se parecía mucho a Juanito +Santa Cruz. + +Otro velo... Maximiliano se vio precisado a echar otro velo... «Cállate, +hazme el favor de callarte» le dijo, pensando que, según iba saliendo la +historia, necesitaba lo menos una pieza de tul. Pero ella siguió +narrando. Pues como iba diciendo, el tal joven salió también un buen +punto. Una mañana, mientras ella dormía, le empeñó todas sus alhajas, +para jugar. Y aquí paz... Vino después un viejo que le daba mucho dinero +y la llevó a París donde se engalanó y afinó extraordinariamente su +gusto para vestirse. ¡Viejo más cuco!... Había sido general carcunda en +la otra guerra, y trataba mucho con gente de sotana. Era muy vicioso y +le daba muchas jaquecas con _tantismas_ incumbencias como tenía. Un día +se quemó ella y le plantó en la calle. Sucesor, Camps, que le puso casa +con gran rumbo. Parecía hombre muy rico; pero luego resultó que era un +trampa-larga. Antes de venir a Madrid le dio a ella olor de chubasco, y +a poco de estar aquí vio que se venía la tempestad encima. Camps traía +recomendaciones para el director del Tesoro, y quiso cobrar unos pagarés +falsos de fusiles que se suponían comprados por el Gobierno. Una noche +entró en casa muy enfurruñado, trincó una maleta pequeña, llenola de +ropa, pidió a Fortunata todo el dinero que tenía y dijo que iba al +Escorial. Escorial fue, que no ha vuelto a parecer. Lo demás bien lo +sabía Maximiliano... El sucesor de Camps había sido él, y ya se le +conocía en cierto resplandor de sus ojos el orgullo que la herencia le +produjera. Porque bien claro lo había dicho Fortunata. ¡Gracias a Dios +que encontraba en su camino una persona decente! + +Sentíase Maximiliano poseedor de una fuerza redentora, hermana de las +fuerzas creadoras de la Naturaleza. ¡Ya vería el mundo la irradiación de +bondad y de verdad que él iba a arrojar sobre aquella infeliz víctima +del hombre! + +Desde que la conoció y sintió que el Cielo se le metía en su alma, todo +en él fue idealismo, nobleza y buenas acciones. ¡Qué diferencia entre él +y los perdularios en cuyas manos estuvo aquella pobrecita! Por mucho que +se buscara en la vida de Rubín, no se encontrarían más que dolores de +cabeza y otras molestias físicas; pero a ver, que le sacaran algún acto +ignominioso, ni siquiera una falta. + + + + +--iii-- + + +Una de las cosas a que Maximiliano daba más importancia para poner en +ejecución su plan redentorista era que Fortunata le amara, porque sin +esto la sublime obra iba a tener sus dificultades. Si Fortunata se +prendaba de él, aunque se prendara por lo moral, que es la menor +cantidad de amor posible, no era tan difícil que él la convirtiera al +bien por la atracción de su alma. De esta necesidad de amor previo +emanaba la insistencia con que Maximiliano le preguntaba a su ídolo si +le quería ya algo, si le iba queriendo. Algunas veces contestaba ella +que sí con esa facilidad mecánica y rutinaria de los niños aplicados que +se saben la lección; otras veces, más sincera y reflexiva, respondía que +el cariño no depende de la voluntad ni menos de la razón, y por esto +acontece que una mujer, que no tiene pelo de tonta, se enamorisca de +cualquier pelagatos, y da calabazas a las personas decentes. Aseguraba +estar muy agradecida a Maximiliano por lo bien que se había portado con +ella, y de aquella gratitud saldría, con el trato, el querer. Según +Rubín, el orden natural de las cosas en el mundo espiritual establece +que el amor nazca del agradecimiento, aunque también nace de otros +padres. El corazón le decía, como él dice las cosas, a la calladita, que +Fortunata le había de querer de firme; y esperaba con paciencia el +cumplimiento de esta dulce profecía. Sin embargo, no las tenía todas +consigo, porque como se dan casos de que salga fallido lo que el corazón +anuncia, pasaba el pobre chico horas de verdadera angustia, y a solas en +su casa, se metía en unos cálculos muy hondos para averiguar el estado +de los sentimientos de su querida. Rápidamente pasaba de la duda más +cruel a las afirmaciones terminantes. Tan pronto pensaba que no le +quería ni pizca, como que le empezaba a querer, y todo era discutir y +analizar palabras, gestos y actos de ella, interpretándolos de una +manera o de otra. «¿Por qué me dijo tal o cual cosa? ¿Qué querría +expresar con aquella reticencia?... Y aquella carcajadita, ¿qué +significaba?... Ayer, cuando me abrió la puerta, no me dijo nada... Pero +cuando me marché díjome que me abrigara bien». + +La casa estaba en una de las muchas rinconadas de la antigua calle de +San Antón. En el portal había una relojería entre cristales, quedando +tan poco espacio para la entrada, que los gordos tenían que pasar de +medio lado; en el piso bajo y tienda una bollería que inundaba la casa +de emanaciones de canela y azúcar. En el piso principal radicaba una +casa de préstamos con farolón a la calle, y en ciertos días había en los +balcones ventilación de capas empeñadas. Más arriba los pisos estaban +divididos en viviendas estrechas y de poco precio. Había derecha, +izquierda y dos interiores. Los vecinos eran de dos clases: mujeres +sueltas, o familias que tenían su comercio en el próximo mercado de San +Antón. Hueveras y verduleras poblaban aquellos reducidos aposentos, +echando sus hijos a la escalera para que jugasen. En uno de los segundos +exteriores vivía Feliciana, y Fortunata en un tercero interior. Lo +alquiló Rubín por encontrarlo tan a mano, con intención de tomar +vivienda mejor cuando variaran las circunstancias. + +Pasaba Maximiliano allí todo el tiempo de que podía disponer. Por la +noche estaba hasta las doce y a veces hasta la una, no faltando ni aun +cuando se veía acometido de sus terribles jaquecas. La sorpresa y +confusión que a doña Lupe causaba esto no hay para qué decirlas, y no se +satisfacía con las explicaciones que su sobrinito daba. «Aquí hay gato +encerrado--decía la astuta señora--, o en términos más claros, _gata +encerrada_». + +Cuando Maximiliano iba con jaqueca a la casa de su amante, esta le +cuidaba casi tan bien como la propia doña Lupe, y hacía los imposibles +por conseguir que no metieran bulla los chicos de la huevera. Esto lo +agradecía tanto el enfermo que se le aumentaba el amor, si fuera capaz +de aumento lo que ya era tan grande. Observó con satisfacción que +Fortunata salía a la calle lo menos posible. Por la mañana bajaba a +hacer su compra, con su cesto al brazo, y al cuarto de hora volvía. Ella +misma se hacía la comida y limpiaba la casa, en cuyas operaciones se le +iba casi todo el día. No recibía visitas de mujeres de conducta dudosa, +y la suya era estrictamente ajustada a las prácticas de una vida +regular. «Tiene la honradez en la médula de los huesos--decía +Maximiliano rebosando alegría--. Le gusta tanto trabajar, que cuando +tiene hecha una cosa la desbarata y la vuelve a hacer por no estar +ociosa. El trabajo es el fundamento de la virtud. Lo que digo, esta +mujer ha sido mala a la fuerza». + +En medio de estos dulcísimos ensueños de su alma arrebatada, sentía +Maximiliano unos saetazos que le hacían volver sobresaltado a la +realidad. Era como la feroz picada de un mosquito cuando estamos +empezando a dormirnos dulcemente... Por mucho que se estirase el dinero +sacado de la hucha, al fin se tenía que concluir, porque todo es finito +en este mundo, y el metálico precisamente es una de las cosas más +finitas que se pueden imaginar... ¡María Santísima!, cuando el temido +momento llegase... ¡cuando la última peseta del último duro fuera +cambiada...! Si el mosquito le picaba a Maximiliano cuando estaba en su +cama dormido o preparándose a ello, incorporábase tan desvelado cual si +fueran las doce del día, o se ponía a dar vueltas en el lecho y a +calentarlo con el ardor de su febril zozobra. A veces invocaba al Cielo +con íntimo fervor de oración. Esperaba que la obra generosa que había +emprendido pesase mucho en las recónditas intenciones de la Providencia +para que Esta le sacase del atolladero en que los amantes iban a caer. +Él no era un granuja; ella se estaba portando bien, y con su conducta +echaba velos y más velos sobre lo pasado. Si la Providencia no tenía en +cuenta estas circunstancias, ¿de qué le valía a uno portarse bien y ser +un modelo de orden y buena fe? Esto es claro como el agua. Fortunata +pensaba lo mismo, cuando él le confiaba sus temores. Tenía que ser así, +o todo lo que se habla de la Providencia es patraña. Pronto diré cómo se +salieron con la suya, con lo cual se demostró que tenían allá arriba, en +los mismos cielos, alguna entidad de peso que les protegía. Bien ganada +se tenían esta protección, porque él, enaltecido por su cariño, ella, +aspirando a la honradez y ensayándose en practicarla, eran dos seres que +valían cualquier dinero, o en otros términos, dignos de que se les +facilitaran los medios de continuar su campaña virtuosa. + + + + +--iv-- + + +La única visita que recibían era la de Feliciana y Olmedo. Ni una ni +otro agradaban mucho a Maximiliano: ella por ser ordinaria y de +sentimientos innobles, incapaz de apetecer la honradez como estado +permanente; él por ser muy atropellado, muy hablador, muy amigo de +contar cuentos sucios y de decir palabras indecentes. Entraba siempre +con el sombrero echado atrás, afectando una grosería de maneras que no +tenía, imitando los modales y hasta el andar de los borrachos, +arrastrando las palabras, pero absteniéndose de beber con disculpa de +mal de estómago, en realidad porque se mareaba y embrutecía a la segunda +copa. En confianza dijo Maximiliano a Fortunata que debían mudarse de +casa para no tener vecinos tan contrarios al método de personas decentes +que se habían impuesto. + +De todo lo que el enamorado pensaba hacer para la redención de su +querida, nada le parecía tan urgente como enseñarla a escribir y a leer +bien. Todas las mañanas la tenía media hora haciendo palotes. Fortunata +deseaba aprender; pero ni con la paciencia ni con la atención sostenida +se desarrollaban sus talentos caligráficos. Estaban ya muy duros +aquellos dedos para tales primores. El hábito del trabajo en su infancia +había dado robustez a sus manos, que eran bonitas, aunque bastas, cual +manos de obrera. No tenía pulso para escribir, se manchaba de tinta los +dedos y sudaba mucho, poniéndose sofocada y haciendo con los labios una +graciosa trompeta en el momento de trazar el palote. + +«Nada de hociquitos, hija de mi alma; eso es muy feo--le decía el +profesor acariciándole la cabeza--. No agarrotes los dedos... Si es cosa +sencillísima, y lo más fácil...». + +Ya se ve, para él era fácil; pero ella, que en su vida las había visto +más gordas, hallaba en la escritura una dificultad invencible. Decía con +tristeza que no aprendería jamás, y se lamentaba de que en su niñez no +la hubieran puesto a la escuela. La lectura la cansaba también y la +aburría soberanamente, porque después de estarse un mediano rato sacando +las sílabas como quien saca el agua de un pozo, resultaba que no +entendía ni jota de lo que el texto decía. Arrojaba con desprecio el +libro o periódico, diciendo que ya no estaba la Magdalena para +tafetanes. + +Si en el orden literario no mostraba ninguna aplicación, en lo tocante +al arte social no sólo era aplicadísima, sino que revelaba aptitudes +notables. Las lecciones que Maximiliano le daba referentes a cosas de +urbanidad y a conocimientos rudimentarios de los que exige la buena +educación eran tan provechosas, que le bastaban a veces indicaciones +leves para asimilarse una idea o un conjunto de ideas. «Aunque te +estorbe lo negro--le decía él--, me parece que tú tienes talento». En +poco tiempo le enseñó todas las fórmulas que se usan en una visita de +cumplido, cómo se saluda al entrar y al despedirse, cómo se ofrece la +casa y otras muchas particularidades del trato fino. Y también aprendió +cosas tan importantes como la sucesión de los meses del año, que no +sabía, y cuál tiene treinta y cuál treinta y un días. Aunque parezca +mentira, este es uno de los rasgos característicos de la ignorancia +española, más en las ciudades que en las aldeas, y más en las mujeres +que en los hombres. Gustaba mucho de los trabajos domésticos, y no se +cansaba nunca. Sus músculos eran de acero, y su sangre fogosa se avenía +mal con la quietud. Como pudiera, más se cuidaba de prolongar los +trabajos que de abreviarlos. Planchar y lavar le agradaba en extremo, y +entregábase a estas faenas con delicia y ardor, desarrollando sin +cansarse la fuerza de sus puños. Tenía las carnes duras y apretadas, y +la robustez se combinaba en ella con la agilidad, la gracia con la +rudeza para componer la más hermosa figura de salvaje que se pudiera +imaginar. Su cuerpo no necesitaba corsé para ser esbeltísimo. Vestido +enorgullecía a las modistas; desnudo o a medio vestir, cuando andaba por +aquella casa tendiendo ropa en el balcón, limpiando los muebles o +cargando los colchones cual si fueran cojines, para sacarlos al aire, +parecía una figura de otros tiempos; al menos, así lo pensaba Rubín, que +sólo había visto belleza semejante en pinturas de amazonas o cosa tal. +Otras veces le parecía mujer de la Biblia, la Betsabée aquella del baño, +la Rebeca o la Samaritana, señoras que había visto en una obra +ilustrada, y que, con ser tan barbianas, todavía se quedaban dos dedos +más abajo de la sana hermosura y de la gallardía de su amiga. + +En los comienzos de aquella vida, Maximiliano abandonó mucho sus +estudios; pero cuando fue metodizando su amor, la conciencia de la +misión moral que se proponía cumplir le estimuló al estudio, para +hacerse pronto hombre de carrera. Y era muy particular lo que le +ocurría. Se notaba más despierto, más perspicaz para comprender, más +curioso de los secretos de la ciencia, y le interesaba ya lo que antes +le aburriera. En sus meditaciones, solía decir que _le había entrado +talento_, como si dijese que le había entrado calentura. Indudablemente +no era ya el mismo. En media hora se aprendía una lección que antes le +llevaba dos horas y al fin no la sabía. Creció su admiración al +observarse en clase contestando con relativa facilidad a las preguntas +del profesor y al notar que se le ocurrían apreciaciones muy juiciosas; +y el profesor y los alumnos se pasmaban de que _Rubinius vulgaris_ se +hubiera despabilado como por ensalmo. Al propio tiempo hallaba vivo +placer en ciertas lecturas extrañas a la Farmacia, y que antes le +cautivaban poco. Algunos de sus compañeros solían llevar al aula, para +leer a escondidas, obras literarias de las más famosas. Rubín no fue +nunca aficionado a introducir de contrabando en clase, entre las páginas +de la _Farmacia químico-orgánica_, el _Werther_ de Goëthe o los dramas +de Shakespeare. Pero después de aquella sacudida que el amor le dio, +entrole tal gusto por las grandes creaciones literarias, que se +embebecía leyéndolas. Devoró el _Fausto_ y los poemas de Heine, con la +particularidad de que la lengua francesa, que antes le estorbaba, se le +hizo pronto fácil. En fin, que mi hombre había pasado una gran crisis. +El cataclismo amoroso varió su configuración interna. Considerábase como +si hubiera estado durmiendo hasta el momento en que su destino le puso +delante la mujer aquella y el problema de la redención. + +«Cuando yo era tonto--decía sin ocultarse a sí mismo el desprecio con +que se miraba en aquella época que bien podría llamarse antediluviana--, +cuando yo era tonto, éralo por carecer de un objeto en la vida. Porque +eso son los tontos, personas que no tienen misión alguna». + +Fortunata no tenía criada. Decía que ella se bastaba y se sobraba para +todos los quehaceres de casa tan reducida. Muchas tardes, mientras +estaba en la cocina, Maximiliano estudiaba sus lecciones, tendido en el +sofá de la sala. Si no fuera porque el espectro de la hucha se le solía +aparecer de vez en cuando anunciándole el acabamiento del dinero +extraído de ella, ¡cuán feliz habría sido el pobre chico! A pesar de +esto, la dicha le embargaba. Entrábale una embriaguez de amor que le +hacía ver todas las cosas teñidas de optimismo. No había dificultades, +no había peligros ni tropiezos. El dinero ya vendría de alguna parte. +Fortunata era buena, y bien claros estaban ya sus propósitos de +decencia. Todo iba a pedir de boca, y lo que faltaba era concluir la +carrera y... Al llegar aquí, un pensamiento que desde el principio de +aquellos amores tenía muy guardadito, porque no quería manifestarlo sino +en sazón oportuna, se le vino a los labios. No pudo retener más tiempo +aquel secreto que se le salía con empuje, y si no lo decía reventaba, +sí, reventaba; porque aquel pensamiento era todo su amor, todo su +espíritu, la expresión de todo lo nuevo y sublime que en él había, y no +se puede encerrar cosa tan grande en la estrechez de la discreción. +Entró la pecadora en la sala, que hacía también las veces de comedor, a +poner la mesa, operación en extremo sencilla y que quedaba hecha en +cinco minutos. Maximiliano se abalanzó a su querida con aquella especie +de vértigo de respeto que le entraba en ocasiones, y besándole +castamente un brazo que medio desnudo traía, cogiéndole después la mano +basta y estrechándola contra su corazón, le dijo: + +«Fortunata, yo me caso contigo». + +Ella se echó a reír con incredulidad; pero Rubín repitió el _me caso +contigo_ tan solemnemente, que Fortunata lo empezó a creer. «Hace +tiempo--añadió él--, que lo había pensado... Lo pensé cuando te conocí, +hace un mes... Pero me pareció bien no decirte nada hasta no tratarte un +poco... O me caso contigo o me muero. Este es el dilema». + +--_Tie_ gracia... ¿Y qué quiere decir _dilema_? + +--Pues esto: que o me caso o me muero. Has de ser mía ante Dios y los +hombres. ¿No quieres ser honrada? Pues con el deseo de serlo y un +nombre, ya está hecha la honradez. Me he propuesto hacer de ti una +persona decente y lo serás, lo serás si tú quieres... + +Inclinose para coger los libros que se habían caído al suelo. Fortunata +salió para traer lo que en la mesa faltaba, y al entrar le dijo: + +--Esas cosas se calculan bien... no por mí, sino por ti. + +--¡Ah!, ya lo tengo pensado; pero muy bien pensado... ¿Y a ti, te había +ocurrido esto? + +--No... no me pasaba por la imaginación. Tu familia ha de hacer la +contra. + +--Pronto seré mayor de edad--afirmó Rubín con brío--. Opóngase o no, lo +mismo me da... + +Fortunata se sentó a su lado, dejando la mesa a medio poner y la comida +a punto de quemarse. Maximiliano le dio muchos abrazos y besos, y ella +estaba como aturdida... poco risueña en verdad, esparciendo miradas de +un lado para otro. La generosidad de su amigo no le era indiferente, y +contestó a los apretones de manos con otros no tan fuertes, y a las +caricias de amor con otras de amistad. Levantose para volver a la +cocina, y en ella su pensamiento se balanceó en aquella idea del +casorio, mientras maquinalmente echaba la sopa en la sopera... «¡Casarme +yo!... _¡pa chasco...!_, ¡y con este encanijado...! ¡Vivir siempre, +siempre con él, todos los días... de día y de noche!... ¡Pero calcula +tú, mujer... ser honrada, ser casada, señora de Tal... persona +decente...!». + + + + +--v-- + + +Maximiliano solía contar algunos particulares de la familia de Rubín, +por lo cual tenía ella noticias de doña Lupe, de Juan Pablo y del cura. +Con los detalles que el joven iba dando de sus parientes, ya Fortunata +les conocía como si les hubiera tratado. Aquella noche, excitado por el +entusiasmo que le produjo la resolución de casamiento, se dejó decir, +tocante a su tía, algo que era quizá indiscreto. Doña Lupe prestaba +dinero, por mediación de un tal Torquemada, a militares, empleados y a +todo el que cayese. Hablando con completa sinceridad, Maximiliano no +_era partidario_ de aquella manera de constituirse una renta; pero él +¿qué tenía que ver con los actos de su señora tía? Esta le amaba mucho y +probablemente le haría su heredero. Tenía una papelera antigua, negra y +muy grande, de hierro, frente a su cama, donde guardaba el dinero y los +pagarés de los préstamos. Gastaba lo preciso y de mes en mes su fortuna +aumentaba, sabe Dios cuánto. Debía de ser muy rica, pero muy rica, +porque él veía que Torquemada le llevaba _resmas_ de billetes. En cuanto +a su hermano Juan Pablo, ya se sabía a ciencia cierta que estaba con los +carlistas, y si estos triunfaban, ocuparía una posición muy alta. Su +hermano Nicolás había de parar en canónigo, y quién sabe, quién sabe si +en obispo... En fin, que por todos lados se ofrecía a la joven pareja +horizontes sonrosados. En estas y otras conversaciones se pasaron la +primera noche, hasta que se retiró Maximiliano a su casa, quedándose +Fortunata tan pensativa y preocupada que se durmió muy tarde y pasó la +noche intranquila. + +El amante también estaba poco dispuesto al sueño; mas era porque el +entusiasmo le hacía cosquillas en el epigastrio, atravesándole un bulto +en el vértice de los pulmones, con lo que le pesaba el respirar, y +además poníale candelas encendidas en el cerebro. Por más que él soplaba +para apagarlas y poder dormirse, no lo podía conseguir. Su tía estaba +con él un poco seria. Sin duda sospechaba algo, y como persona de mucho +pesquis, no se tragaba ya aquellas bolas del estudiar fuera de casa y de +los amigos enfermos a quienes era preciso velar. A los dos días de aquel +en que el exaltado mozo se arrancó a prometer su mano, doña Lupe tuvo +con él una grave conferencia. El semblante de la señora no revelaba tan +sólo recelo, sino profunda pena, y cuando llamó a su sobrino para +encerrarse con él en el gabinete, este sintió desvanecerse su valor. +Quitose la señora el manto y lo puso sobre la cómoda bien doblado. +Después de clavar en él los alfileres, mirando a su sobrino de un modo +que le hizo estremecer, le dijo: «Tengo que hablarte _detenidamente_». +Siempre que su tía empleaba el _detenidamente_, era para echarle un +réspice. + +«¿Tienes hoy jaqueca?» le preguntó después doña Lupe. + +Maximiliano estaba muy bien de la cabeza; pero para colocarse en buena +situación, dijo que sentía principios de jaqueca. Así doña Lupe tendría +compasión de él. Dejose caer en un sillón y se comprimió la frente. + +«Pues se trata de una mala noticia--aseveró la viuda de Jáuregui--, +quiero decir, mala, precisamente mala no... aunque tampoco es buena». + +Rubín, sin comprender a qué podía referirse su tía, barruntó que nada +tenía que ver aquello con sus amores clandestinos, y respiró. La +opresión del epigastrio se le hizo más ligera, y se acabó de +tranquilizar al oír esto: + +«La noticia no ha de afectarte mucho. ¿Para qué tanto rodeo? Tu tía doña +Melitona Llorente ha pasado a mejor vida. Mira la carta en que me lo +dice el señor cura de Molina de Aragón. Murió como una santa, recibió +todos los Sacramentos y dejó treinta mil reales para misas». + +Maximiliano conocía muy poco a su tía materna. La había visto sólo dos o +tres veces siendo muy niño, y no vivía en su imaginación sino por las +rosquillas y el arrope que mandaba de regalo todos los años en vida de +D. Nicolás Rubín. La noticia del fallecimiento de esta buena señora le +afectó poco. + +«Todo sea por Dios» murmuró por decir algo. + +Doña Lupe se volvió de espaldas para abrir el cajón de la cómoda y en +esta postura le dijo: + +«Tú y tus hermanos heredáis a Melitona, que por mis cuentas debía tener +un capitalito sano de veinte o veinticinco mil duros». + +Maximiliano no oyó bien por estar su tía de espaldas, y aquello le +interesaba tanto que se levantó, puso un codo sobre la cómoda y allí se +hizo repetir el concepto para enterarse bien. + +«Esas son mis cuentas--agregó doña Lupe--; pero ya ves que en los +pueblos no se sabe lo que se tiene y lo que no se tiene. Probablemente +la difunta emplearía algún dinero en préstamos, que es como tirarlo al +viento. Se cobra tarde y mal, cuando se cobra. De modo que no os hagáis +muchas ilusiones. Cuando Juan Pablo venga a Madrid irá a Molina de +Aragón a enterarse del testamento y recoger lo que es vuestro». + +--Pues que vaya inmediatamente--dijo Maximiliano dando una palmada sobre +la cómoda--; pero aquello de llegar y en la misma estación coger el +billete y zas... al tren otra vez. + +--Hombre, no tanto. Tu hermano está en Bayona. Lo mejor es que se pase +por Molina antes de venir a Madrid. Le escribiré hoy mismo. Sosiégate; +tú eres así, o la apatía andando o la pura pólvora... Eso es ahora, que +antes, para mover un pie le pedías licencia al otro. Te has vuelto muy +atropellado. + +Le miró de un modo tan indagador, que al pobre chico se le volvieron a +abatir los ánimos. Era hombre de carácter siempre que su tía no le +clavase la flecha de sus ojuelos pardos y sagaces, y viose tan perdido +que se apresuró a variar la conversación, preguntando a su tía cuántos +años tenía doña Melitona. Estuvo la señora de Jáuregui un ratito +haciendo cuentas, estirado el labio inferior, la cabeza oscilando como +un péndulo y los ojos vueltos al techo, hasta que salió una cifra, de la +cual Maximiliano no se hizo cargo. Volvió después doña Lupe a tomar en +boca la metamorfosis de su sobrino, deslizando algunas bromitas, que a +este le supieron a cuerno quemado. «Ya se ve, con esos estudios que +haces ahora en casa de los amigos, te habrás vuelto un pozo de +ciencia... A mí no me vengas con fábulas. Tú te pasas el día y la mitad +de la noche en alguna conspiración... porque por el lado de las mujeres +no temo nada, francamente. Ni a ti te gusta eso, ni puedes aunque te +gustara...». + +Aquel _ni puedes_ incomodaba tanto al joven y le parecía tan humillante, +que a punto estuvo de dar a su tía un mentís como una casa. Pero no pasó +de aquí, pues doña Lupe tuvo que ocuparse de cosas más graves que +averiguar si su sobrino podía o no podía. Papitos fue quien le salvó +aquel día, atrayendo a sí toda la atención del ama de la casa. Porque la +mona aquella tenía días. Algunos lo hacía todo tan bien y con tanta +diligencia y aseo, que doña Lupe decía que era una perla. Pero otros no +se la podía aguantar. Aquel día empezó de los buenos y concluyó siendo +de los peores. Por la mañana había cumplido admirablemente; estuvo muy +suelta de lengua y de manos, haciendo garatusas y dando brincos en +cuanto la señora le quitaba la vista de encima. Semejante fiebre era +señal de próximos trastornos. En efecto, por la tarde dividió en dos la +tapa de una sopera, y desde entonces todo fue un puro desastre. Cuando +se enfurruñaba creeríase que hacía las cosas mal adrede. Le mandaban +esto y se salía con lo otro. No se pueden contar las faltas que cometió +en una hora. Bien decía doña Lupe que tenía los demonios metidos en el +cuerpo y que era mala, pero mala de veras, una sinvergüenza, una mal +criada y una calamidad... _en toda la extensión de la palabra_. Y +mientras más repelones le daban, peor que peor. Pasó tanta agua del +puchero del agua caliente al puchero de la verdura, que esta quedó +encharcada. Los garbanzos se quemaron, y cuando fueron a comerlos +amargaban como demonios. La sopa no había cristiano que la pasara de +tanta sal como le echó aquella condenada. Luego era una insolente, +porque en vez de reconocer sus torpezas decía que la señora tenía la +culpa, y que ella, la muy piojosa, no estaría allí ni un día más porque +_misté... en cualsiquiera parte la tratarían mejor_. + +Doña Lupe discutía con ella violentamente, argumentando con crueles +pellizcos, y añadiendo que estaba autorizada por la madre para +descuartizarla si preciso era. A lo que Papitos contestaba echando +lumbre por los ojos: «¡Ay, hija, no me descuartice usted tanto!». Este +solía ser el periodo culminante de la disputa, que concluía dándole la +señora a su sirviente una gran bofetada y rompiendo la otra a llorar... +Los disparates seguían, y al servir la mesa ponía los platos sobre ella +sin considerar que no eran de hierro. Doña Lupe la amenazaba con +mandarla a la _galera_ o con llamar una pareja, con escabecharla y +ponerla en salmuera, y poco a poco se iba aplacando la fierecilla hasta +que se quedaba como un guante. + + + + +--vi-- + + +Maximiliano, gozoso de ver que su tía con aquel gran alboroto, no se +ocupaba de él, poníase de parte de la autoridad y en contra de Papitos. +Sí, sí; era muy mala, muy descarada, y había que atarla corto. Azuzaba +la cólera de doña Lupe para que esta no se revolviese contra él +hablándole de su cambio de costumbres y de lo que hacía fuera de casa. + +Doña Lupe fue aquella noche a casa de las de la Caña, y se estuvo allá +las horas muertas. Maximiliano entró a las once. Había dejado a +Fortunata acostada y casi dormida, y se retiró decidido a afrontar las +chafalditas de su tía y a explicarse con ella. Porque después del caso +de la herencia, ya no podía dudar de que la Providencia le favorecía, +abriéndole camino. Nunca había sido él muy religioso; pero aquella noche +parecíale desacato y aun ingratitud no consagrar a la divinidad un +pensamiento, ya que no una oración. Estaba como un demente. Por el +camino miraba a las estrellas y las encontraba más hermosas que nunca, y +muy mironas y habladoras. A Fortunata, sin mentarle la herencia por +respeto a la difunta, le dijo algo de sus fincas de Molina de Aragón, y +de que si el dinero en hipotecas era el mejor dinero del mundo. A veces +su imaginación agrandaba las cifras de la herencia, añadiéndole ceros, +«porque esa gente de los pueblos no gasta un cuarto, y no hace más que +acumular, acumular...». + +Los faroles de la calle le parecían astros, los transeúntes excelentes +personas, movidas de los mejores deseos y de sentimientos nobilísimos. +Entró en su casa resuelto a espontanearse con su tía... «¿Me +atreveré?--pensaba--. Si me atreviera... ¿Y qué hay de malo en esto? En +último caso, ¿qué puede hacer mi tía? ¿Acaso me va a comer? Si me niega +el derecho de casarme con quien me dé la gana, ya le diré yo cuántas son +cinco. No se conoce el genio de las personas hasta que no llega la +ocasión de mostrarlo». A pesar de estas disposiciones belicosas, cuando +Papitos le dijo que la señora no había vuelto todavía, quitósele de +encima un gran peso, porque en verdad la revelación del secreto y el +cisco que había de seguirle eran para acoquinar al más pintado. No le +arredraba el miedo de ser vencido, porque su amor y su misión le darían +seguramente coraje; pero convenía proceder con tacto y diplomacia, +pensar bien lo que iba a decir para no ofender a su tía, y, si era +posible, ponerla de su parte en aquel tremendo pleito. + +Se fue a la cocina detrás de Papitos, siguiendo una costumbre antigua de +hacer tertulia y de entretenerse en pláticas sabrosas cuando se +encontraban solos. Un año antes, la criadita y el estudiante se pasaban +las horas muertas en la cocina, contándose cuentos o proponiéndose +acertijos. En estos era fuerte la chiquilla. Sus carcajadas se oían +desde la calle cuando repetía la adivinanza, sin que el otro la pudiera +acertar. Maximiliano se rascaba la cabeza, aguzando su entendimiento; +pero la solución no salía. Papitos le llamaba zote, bruto y otras cosas +peores sin que él se ofendiera. Tomaba su revancha en los cuentos, pues +sabía muchos, y ella los escuchaba con embeleso, abierta la boca de par +en par y los ojos clavados en el narrador. Aquella noche estaba Papitos +de muy mal temple por la soba que se había llevado, y le tenía mucha +tirria al señorito porque no se puso de su parte en la contienda, como +otras veces. «Feo, tonto--le dijo aguzando la jeta cuando le vio +sentarse en la mesilla de pino de la cocina--. Acusón, patoso... memo en +polvo». + +Maximiliano buscaba una fórmula para pedirle perdón sin menoscabo de su +dignidad de señorito. Sentíase con impulsos de protección hacia ella. +Verdad que habían jugado juntos; que el año anterior, a pesar de la +diferencia de edades, eran tan niños el uno como el otro, y se +entretenían en enredos inocentes. Pero ya las cosas habían cambiado. Él +era hombre, ¡y qué hombre!, y Papitos una chiquilla retozona sin pizca +de juicio. Pero tenía buena índole, y cuando sentara la cabeza y diera +un estirón sería una criada inapreciable. La chiquilla, después que le +dijo todas aquellas injurias, se puso a repasar una media, en la cual +tenía metida la mano izquierda como en un guante. Sobre la mesa estaba +su estuche de costura, que era una caja de tabacos. Dentro de ella había +carretes, cintajos, un canuto de agujas muy roñoso, un pedazo de cera +blanca, botones y otras cosas pertinentes al arte de la costura. La +cartilla en que Papitos aprendía a leer estaba también allí, con las +hojas sucias y reviradas. El quinqué de la cocina con el tubo ahumado y +sin pantalla, iluminaba la cara gitanesca de la criada, dándole un tono +de bronce rojizo, y la cara pálida y serosa del señorito con sus ojeras +violadas y sus granulaciones alrededor de los labios. + +«¿Quieres que te tome la lección?» dijo Rubín cogiendo la cartilla. + +--Ni falta... canijo, espátula, _paice_ un garabito... No quiero que me +tome _lición_--replicó la chica remedándole la voz y el tono. + +--No seas salvaje... Es preciso que aprendas a leer, para que seas mujer +completa--dijo Rubín esforzándose en parecer juicioso--. Hoy has estado +un poco salida de madre, pero ya eso pasó. Teniendo juicio, se te mirará +siempre como de la familia. + +--_¡Mia este!_... Me zampo yo a la familia...--chilló la otra +remedándole y haciendo las morisquetas diabólicas de siempre. + +--No te abandonaremos nunca--manifestó el joven henchido de deseos de +protección--. ¿Sabes lo que te digo?... Para que lo sepas, chica, para +que lo sepas, ten entendido que cuando yo me case... cuando yo me case, +te llevaré conmigo para que seas la doncella de mi señora. + +Al soltar la carcajada se tendió Papitos para atrás con tanta fuerza, +que el respaldo de la silla crujió como si se rompiera. + +--¡Casarse él, _vusté_!... memo, más que memo, ¡casarse!--exclamó--. Si +la señorita dice que _vusté_ no se puede casar... Sí, se lo decía a +doña Silvia la otra noche. + +La indignación que sintió Maximiliano al oír este concepto fue tan viva, +que de manifestarse en hechos habría ocurrido una catástrofe. Porque tal +ultraje no podía contestarse sino agarrando a Papitos por el pescuezo y +estrangulándola. El inconveniente de esto consistía en que Papitos tenía +mucha más fuerza que él. + +--Eres lo más animal y lo más grosero...--balbució Rubín--, que he visto +en mi vida. Si no te curas de esas tonterías, nunca serás nada. + +Papitos alargó el brazo izquierdo en que tenía la media, y asomando sus +dedos por los agujeros, le cogió la nariz al señorito y le tiró de ella. + +--¡Que te estés quieta!... ¡vaya!... Tú no te has llevado nunca una +solfa buena, y soy yo quien te la va a dar... ¿Y por qué son esas risas +estúpidas?... ¿Porque he dicho que me caso? Pues sí señor, me caso +porque me da la gana. + +Tiempo hacía que Maximiliano deseaba hablar de aquella manera con +alguien, y manifestar su pensamiento libre y sin turbación. La +confidencia que tan difícil era con otra persona, resultaba fácil con la +cocinerita, y el hombre se creció después de dichas las primeras +palabras. + +«Tú eres una inocente--le dijo poniéndole la mano en el hombro--, tú no +conoces el mundo, ni sabes lo que es una pasión verdadera». + +Al llegar a este punto, Papitos no entendió ni jota de lo que su +señorito le decía... Era un lenguaje nuevo, como eran nuevas la +expresión de él y la cara seria que puso. No ponía aquella cara cuando +contaba los cuentos. + +«Porque verás tú--continuó Rubín, expresándose con alma--; el amor es la +ley de las leyes, el amor gobierna el mundo. Si yo encuentro la mujer +que me gusta, que es la mitad, si no la totalidad de mi vida, una mujer +que me transforme, inspirándome acciones nobles y dándome cualidades que +antes no tenía, ¿por qué no me he de casar con ella? A ver, que me lo +digan; que me den una razón, media razón siquiera... Porque tú no me has +de salir con argumentos tontos; tú no has de participar de esas +preocupaciones por las cuales...». + +Al llegar aquí, el orador se embarulló algo, y no ciertamente por miedo +a la dialéctica de su contrario. Papitos, después de asombrarse mucho de +la solemnidad con que el señorito hablaba y de las cosas incomprensibles +que le decía, empezó a aburrirse. Siguió Maximiliano descargando su +corazón, que otra coyuntura de desahogo como aquella no se le volvería a +presentar, y por fin la niña estiró el brazo izquierdo sobre la mesa, y +como estaba tan fatigada del ajetreo de aquel día y de los coscorrones, +hizo del brazo almohada y reclinó su cabeza en ella. En aquel momento, +Maximiliano, exaltado por su propia elocuencia, se dejó decir: «La única +razón que me dan es que si ha sido o no ha sido esto o lo otro. Respondo +que es falso, falsísimo. Si hay en su existencia días vergonzosos, y no +diré tanto como vergonzosos, días borrascosos, días desventurados, ha +sido por ley de la necesidad y de la pobreza, no por vicio... Los +hombres, los señoritos, esa raza de Caín, corrompida y miserable, tienen +la culpa... Lo digo y lo repito. La responsabilidad de que tanta mujer +se pierda recae sobre el hombre. Si se castigara a los seductores y a +los petimetres... la sociedad...». + +Papitos dormía como un ángel, apoyada la mejilla sobre el brazo tieso, y +conservando en la mano de él la media, por cuyos agujeros asomaban los +dedos. Dormía con plácido reposo, la cara seria, como si aprobase +inconscientemente las perrerías que el otro decía de los seductores, y +aprovechara la lección para cuando le tocara. El propio calor de sus +palabras llevó a Maximiliano a una exaltación que parecía insana. No +podía estar quieto ni callado. Levantose y fue por los pasillos +adelante, hablando solo en baja voz o haciendo gestos. El pasillo estaba +oscuro; pero él conocía tan bien todos los rincones, que andaba por +ellos sin vacilación ni tropiezo. Entró en la sala que también estaba a +oscuras, penetró en el gabinete de su tía, que a la misma boca de lobo +se igualara en lo tenebroso, y allí se le redobló la facundia, y la +energía de sus declamaciones rayaba en frenesí. Apoyando las cláusulas +con enfático gesto, se le ocurrían frases de admirable efecto +contundente, frases capaces de tirar de espaldas a todos los individuos +de la familia si las oyeran. ¡Qué lástima que no estuviera allí su +tía...! Como si la estuviera viendo, le soltó estas atrevidas +expresiones: «Y para que lo sepa usted de una vez, yo no cedo ni puedo +ceder, porque sigo en esto el impulso de mi conciencia, y contra la +conciencia no valen pamplinas, ni ese cúmulo, ese cúmulo, sí señora, +de... preocupaciones rancias que usted me opone. Yo me caso, me caso, y +me caso, porque soy dueño de mis actos, porque soy mayor de edad, porque +me lo dicta mi conciencia, porque me lo manda Dios; y si usted lo +aprueba, ella y yo le abriremos nuestros amantes brazos y será usted +nuestra madre, nuestra consejera, nuestra guía...». + +Vamos, que sentía de veras no estuviese delante de él en el sillón de +hule la propia viuda de Jáuregui en imagen corpórea, porque de fijo le +diría lo mismo que estaba diciendo ante su imagen figurada y supuesta. +Después salió otra vez al pasillo, donde continuó la perorata, +paseándose de un extremo a otro, y gesticulando a favor de la oscuridad. +La soledad, el silencio de la noche y la poca luz favorecen a los +tímidos para su comedia de osados y lenguaraces, teniéndose a sí mismos +por público y envalentonándose con su fácil éxito. Maximiliano hablaba +quedito; sus fuertes manotadas no correspondían al diapasón bajo de las +palabras, cuya vehemencia sofocada las hacía parecer como un ensayo. + +Cuando doña Lupe llamó a la puerta, su sobrino le abrió, y pasmose ella +de que estuviera en pie todavía. «¡Qué despabilado está el tiempo!» dijo +la señora con cierto retintín, que hizo estremecer al joven, limpiando +súbitamente su espíritu de toda idea de independencia, como se limpia de +sombras un farol cuando aparece dentro de él la llama del gas. Al oír la +campanilla, acudió la chica dando traspiés y restregándose los ojos. +Doña Lupe no dijo más que: «a la cama todo Cristo». Era muy tarde y +Papitos tenía que madrugar. El sobrino y la cocinerita entraron sin +hacer ruido en sus respectivas madrigueras, como los conejos cuando oyen +los pasos del cazador. + + + + +--vii-- + + +La declaración de Maximiliano había puesto a Fortunata en perplejidad +grande y penosa. Aquella noche y las siguientes durmió mal por la viveza +del pensar y las contradictorias ideas que se le ocurrían. Después de +acostada tuvo que levantarse y se arrojó, liada en una manta, en el +sofá de la sala; pero no se quedaban las cavilaciones entre las sábanas, +sino que iban con ella a donde quiera que iba. La primera noche +dominaron al fin, tras largo debate, las ideas afirmativas. «¡Casarme +yo, y casarme con un hombre de bien, con _una persona decente_...!». Era +lo más que podía desear... ¡Tener un nombre, no tratar más con gentuza, +sino con caballeros y señoras! Maximiliano era un bienaventurado, y +seguramente la haría feliz. Esto pensaba por la mañana, después de +lavarse y encender la lumbre, cuando cogía la cesta para ir a la compra. +Púsose el manto y el pañuelo por la cabeza, y bajó a la calle. Lo mismo +fue poner el pie en la vía pública que sus ideas variaron. + +«¡Pero vivir siempre con este chico... tan feo como es! Me da por el +hombro, y yo le levanto como una pluma. Un marido que tiene menor fuerza +que la mujer no es, no puede ser marido. El pobrecillo es un bendito de +Dios; pero no le podré querer aunque viva con él mil años. Esto será +ingratitud, pero ¿qué le vamos a hacer?, no lo puedo remediar...». + +Tan distraída estaba, que el carnicero le preguntó tres veces lo que +quería sin obtener respuesta. Por fin se enteró. «Hoy no llevo más que +media libra de falda para el cocido y una chuletita de lomo. Señor Paco, +pésemelo bien». + +--Tome usted, simpatía, y mande. + +También compró dos onzas de tocino; luego una brecolera en el puesto de +verduras de la carnicería, y en la tienda de la esquina, arroz, cuatro +huevos y una lata de pimientos morrones. Al volver a su casa, revisó la +lumbre y se puso a limpiar y a barrer. Mientras quitaba el polvo a los +muebles, volvió al tema: «No se encuentra todos los días un hombre que +quiera echarse encima una carga como esta». + +Hizo la cama y después empezó a peinarse. Al ver en el espejo su linda +cara pálida, diole por emplear argumentos comparativos: «Porque ¡María +_Santisma_!, si Maximiliano apostaba a feo, no había quien le ganara... +¡Y qué mal huelen las boticas! Debió de haber seguido otra carrera... +Dios me favorezca... Si tuviera algún hijo me acompañaría con él; +pero... ¡quia!...». + +Después de esta reticencia, que por lo terminante parecía hija de una +convicción profunda, siguió contemplando y admirando su belleza. Estaba +orgullosa de sus ojos negros, tan bonitos que, según dictamen de ella +misma, _le daban la puñalada al Espiritui Santo_. La tez era una +preciosidad por su pureza mate y su transparencia y tono de marfil +recién labrado; la boca, un poco grande, pero fresca y tan mona en la +risa como en el enojo... ¡Y luego unos dientes! «Tengo los +dientes--decía ella mostrándoselos--, como pedacitos de leche cuajada». + +La nariz era perfecta. «Narices como la mía, pocas se ven»... Y por fin, +componiéndose la cabellera negra y abundante como los malos +pensamientos, decía: «¡Vaya un pelito que me ha dado Dios!». Cuando +estaba concluyendo, se le vino a las mientes una observación, que no +hacía entonces por primera vez. Hacíala todos los días, y era esta: +«¡Cuánto más guapa estoy ahora que... antes! He ganado mucho». + +Y después se puso muy triste. Los pedacitos de leche cuajada +desaparecieron bajo los labios fruncidos, y se le armó en el entrecejo +como una densa nube. El rayo que por dentro pasaba decía así: «¡Si me +viera ahora...!». Bajo el peso de esta consideración estuvo un largo +rato quieta y muda, la vista independiente a fuerza de estar fija. +Despertó al fin de aquello que parecía letargo, y volviendo a mirarse, +animose con la reflexión de su buen palmito en el espejo. «Digan lo que +quieran, lo mejor que tengo es el entrecejo... Hasta cuando me enfado es +bonito... ¿A ver cómo me pongo cuando me enfado? Así, así... ¡Ah, +llaman!». + +El campanillazo de la puerta la obligó a dejar el tocador. Salió a abrir +con la peineta en una mano y la toalla por los hombros. Era el redentor, +que entró muy contento y le dijo que acabara de peinarse. Como faltaba +tan poco, pronto quedó todo hecho. Maximiliano la elogió por su +resolución de no tomar peinadoras. + +¿Por qué las mujeres no se han de peinar solas? La que no sabe que +aprenda. Eso mismo decía Fortunata. El pobre chico no dejaba de expresar +su admiración por el buen arreglo y economía de su futura, haciendo por +sus propias manos la tarea que desempeñan mal esas bergantas ladronas +que llaman criadas de servir. Fortunata aseguraba que aquella costumbre +suya no tenía mérito porque el trabajo le gustaba. «Eres una +alhajita--le decía su amante con orgullo--. En cuanto a las peinadoras, +todas son unas grandes alcahuetas, y en la casa donde entran no puede +haber paz». + +Más adelante tomarían alguna criada, porque no convenía tampoco que ella +se matase a trabajar. Estarían seguramente en buena posición, y puede +que algunos días tuvieran convidados a su mesa. La servidumbre es +necesaria, y llegaría un día seguramente en que no se podrían pasar sin +una niñera. Al oír esto, por poco suelta la risa Fortunata; pero se +contuvo, concretándose a decir en su interior: «¡Para qué querrá niñeras +este desventurado...!». + +A renglón seguido, sacó el joven a relucir el tema del casorio, y dijo +tales cosas que Fortunata no pudo menos de rendir el espíritu a tanta +generosidad y nobleza de alma. «Tu comportamiento decidirá de su +suerte--afirmó él--, y como tu comportamiento ha de ser bueno, porque tu +alma tiene todos los resortes del bien, estamos al cabo de la calle. Yo +pongo sobre tu cabeza la corona de mujer honrada; tú harás porque no se +te caiga y por llevarla dignamente. Lo pasado, pasado está, y el +arrepentimiento no deja ni rastro de mancha, pero ni rastro. Lo que diga +el mundo no nos importe. ¿Qué es el mundo? Fíjate bien y verás que no es +nada, cuando no es la conciencia». + +A Fortunata se le humedecieron los ojos, porque era muy accesible a la +emoción, y siempre que se le hablaba con solemnidad y con un sentido +generoso, se conmovía aunque no entendiera bien ciertos conceptos. La +enternecían el tono, el estilo y la expresión de los ojos. Creyó +entonces caso de conciencia hacer una observación a su amigo. + +«Piensa bien lo que haces--le dijo--, y no comprometas por mí tu...». + +Quería decir dignidad; pero no dio con la palabra por el poco uso que en +su vida había hecho de vocablos de esta naturaleza. Pero se dio sus +mañas para expresar toscamente la idea, diciendo: «Calcula que los que +me conozcan te van a llamar _el marido de la Fortunata_, en vez de +llamarte por tu nombre de pila. Yo te agradezco mucho lo que haces por +mí; pero como te estimo no quiero verte con...». + +Quería decir con un estigma en la frente; pero ni conocía la palabra ni +aunque la conociera la habría podido decir correctamente. «No quiero +que te tomen el pelo por mí», fue lo que dijo, y se quedó tan fresca, +esperando convencerle. Pero Maximiliano, fuerte en su idea y en su +conciencia, como dentro de un doble baluarte inexpugnable, se echó a +reír. Semejantes argumentos eran para él como sería para los poseedores +de Gibraltar ver que les quisiera asaltar un enemigo armado con una +caña. ¡Valiente caso hacía él de las estupideces del vulgo!... Cuando su +conciencia le decía: «mira, hijo, este es el camino del bien; vete por +él», ya podía venir todo el género humano a detenerle; ya podían +apuntarle con un cañón rayado. Porque él iba sacando un carácter de que +aún no se había enterado la gente, un carácter de acero, y todo lo que +se decía de su timidez era conversación. «Que tú seas buena, honrada y +leal es lo que importa: lo demás corre de mi cuenta, déjame a mí, tú +déjame a mí». + +Poco después almorzaba Fortunata, y Maximiliano estudiaba, cambiando de +vez en cuando algunas palabras. Toda aquella tarde dominaron en el +espíritu de la joven las ideas optimistas, porque él se dejó decir algo +de su herencia, de tierras e hipotecas en Molina de Aragón, asegurando +que _sus viñas podían darle tanto más cuanto_. Por la noche avisaron +para que les trajeran café, y vino el mozo de _la Paz_ con él. Olmedo y +Feliciana entraron de tertulia. Estaban de monos y apenas se hablaban, +señal inequívoca de pelotera doméstica. Y es que si los estados más +sólidos se quebrantan cuando la hacienda no marcha con perfecta +regularidad, aquella casa, hogar, familia o lo que fuera, no podía menos +de resentirse de las anomalías de un presupuesto cuyo carácter +permanente era el déficit. Feliciana tenía ya pignorado lo mejorcito de +su ropa, y Olmedo había perdido el crédito de una manera absoluta. Por +la falta de crédito se pierden las repúblicas lo mismo que las +monarquías. Y no se hacía ya ilusiones el bueno de Olmedo acerca de la +catástrofe próxima. Sus amigos, que le conocían bien, descubrían en él +menos entereza para desempeñar el papel de libertino, y a menudo se le +clareaba la buena índole al través de la máscara. A Maximiliano le +contaron que habían sorprendido a Olmedo en el Retiro estudiando a +hurtadillas. Cuando le vieron sus amigos, escondió los libros entre el +follaje, porque le sabía mal que le descubrieran aquella flaqueza. Daba +mucha importancia a la consecuencia en los actos humanos, y tenía por +deshonra el soltar de improviso la casaca e insignias de perdulario. +¿Qué diría la gente, qué los amigos, qué los mocosos, más jóvenes que +él, que le tomaban por modelo? Hallábase en la situación de uno de esos +chiquillos que para darse aires de hombres encienden un cigarro muy +fuerte y se lo empiezan a fumar y se marean con él; pero tratan de +dominar las náuseas para que no se diga que se han emborrachado. Olmedo +no podía aguantar más la horrible desazón, el asco y el vértigo que +sentía; pero continuaba con el cigarro en la boca haciendo que tiraba de +él, pero sin chupar cosa mayor. + +Feliciana, por su parte, había empezado a campar por sus respetos. Lo +dicho, la honradez y el amor eran cosas muy buenas; pero no daban de +comer. El calavera de oficio no se permitió aquella noche ninguna +barrabasada. Sólo al entrar, y cuando los cuatro se sentaron a tomar +café dijo con su habitual desenfado: «Narices, ya está reunido aquí +toíto el _Demi-Monde_». Fortunata y Feliciana no comprendieron; pero +Rubín se puso encarnado y se incomodó mucho; porque aplicar tales +vocablos a personas dispuestas a unirse en santo vínculo le parecía una +falta de respeto, una grosería y una cochinada, sí señor, una +cochinada... Mas se calló por no armar camorra ni quitar a la reunión +sus tonos de circunspección y formalidad. Acordose de que nada había +dicho a su amigo del casorio proyectado, siendo evidente que Olmedo +habló en términos tan _liberales_ por ignorancia. Determinó, pues, +revelarle su pensamiento en la primera ocasión, para que en lo sucesivo +midiera y pesara mejor sus palabras. + + + + +--viii-- + + +Aquella noche fue también mala para Fortunata, pues se la pasó casi toda +cavilando, discurriendo sobre si _el otro_ se acordaría o no de ella. +Era muy particular que no le hubiese encontrado nunca en la calle. Y por +falta de mirar bien a todos lados no era ciertamente. ¿Estaría malo, +estaría fuera de Madrid? Más adelante, cuando supo que en Febrero y +Marzo había estado Juanito Santa Cruz enfermo de pulmonía, acordose de +que aquella noche lo había soñado ella. Y fue verdad que lo soñó a la +madrugada, cuando su caldeado cerebro se adormeció, cediendo a una como +borrachera de cavilaciones. Al despertar ya de día, el reposo profundo +aunque breve había vuelto del revés las imágenes y los pensamientos en +su mente. «A mi boticarito me atengo--dijo después que echó el Padre +Nuestro por las ánimas, de que no se olvidaba nunca--. Viviremos tan +apañaditos». Levantose, encendió su lumbre, bajó a la compra, y de +tienda en tienda pensaba que Maximiliano podía dar un estirón, echar más +pecho y más carnes, ser más hombre, en una palabra, y curarse de aquel +maldito romadizo crónico que le obligaba a estarse sonando +constantemente. De la bondad de su corazón no había nada que decir, +porque era un santo, y como se casara de verdad, su mujer había de +hacer de él lo que quisiera. Con cuatro palabritas de miel, ya estaba él +contento y achantado. Lo que importaba era no llevarle la contraria en +todo aquello de la conciencia y de las misiones... aquí un adjetivo que +Fortunata no recordaba. Era _sublimes_; pero lo mismo daba; ya se sabía +que era una cosa muy buena. + +Aquel día la compra duró algo más, pues habiéndole anunciado Maximiliano +que almorzaría con ella, pensaba hacerle un plato que a entrambos les +gustaba mucho, y que era la especialidad culinaria de Fortunata, el +arroz con menudillos. Lo hacía tan ricamente, que era para chuparse los +dedos. Lástima que no fuera tiempo de alcachofas, porque las hubiera +traído para el arroz. Pero trajo un poco de cordero que le daba mucho +aquel. Compró chuletas de ternera, dos reales de menudillos y unas +sardinas escabechadas para segundo plato. + +De vuelta a su casa armó los tres pucheros con el minucioso cuidado que +la cocina española exige, y empezó a hacer su arroz en la cacerola. +Aquel día no hubo en la cocina cacharro que no funcionara. Después de +freír la cebolla y de machacar el ajo y de picar el menudillo, cuando +ninguna cosa importante quedaba olvidada, lavose la pecadora las manos y +se fue a peinar, poniendo más cuidado en ello que otros días. Pasó el +tiempo; la cocina despedía múltiples y confundidos olores. ¡Dios, con +la faena que en ella había! Cuando llegó Rubín, a las doce, salió a +abrirle su amiga con semblante risueño. Ya estaba la mesa puesta, porque +la mujer aquella multiplicaba el tiempo, y como quisiera, todo lo hacia +con facilidad y prontitud. Dijo el enamorado que tenía mucha hambre, y +ella le recomendó una chispita de paciencia. Se le había olvidado una +cosa muy importante, el vino, y bajaría a buscarlo. Pero Maximiliano se +prestó a desempeñar aquel servicio doméstico, y bajó más pronto que la +vista. + +Media hora después estaban sentados a la mesa en amor y compaña; pero en +aquel instante se vio Fortunata acometida bruscamente de unos +pensamientos tan extraños, que no sabía lo que le pasaba. Ella misma +comparó su alma en aquellos días a una veleta. Tan pronto marcaba para +un lado como para otro. De improviso, como si se levantara un fuerte +viento, la veleta daba la vuelta grande y ponía la punta donde antes +tenía la cola. De estos cambiazos había sentido ella muchos; pero +ninguno como el de aquel momento, el momento en que metió la cuchara +dentro del arroz para servir a su futuro esposo. No sabría ella decir +cómo fue ni cómo vino aquel sentimiento a su alma, ocupándola toda; no +supo más sino que le miró y sintió una antipatía tan horrible hacia el +pobre muchacho, que hubo de violentarse para disimularla. + +Sin advertir nada, Maximiliano elogiaba el perfecto condimento del +arroz; pero ella se calló, echando para adentro, con las primeras +cucharadas, aquel fárrago amargo que se le quería salir del corazón. Muy +_para entre sí_, dijo: «Primero me hacen a mí en pedacitos como estos, +que casarme con semejante hombre... ¿Pero no le ven, no le ven que ni +siquiera parece un hombre?... Hasta huele mal... Yo no quiero decir lo +que me da cuando calculo que toda la vida voy a estar mirando delante de +mí esa nariz de rabadilla». + +«Parece que estás triste, moñuca» le dijo Rubín, que solía darle este +cariñoso mote. + +Contestó ella que el arroz no había quedado tan bien como deseara. +Cuando comían las chuletas, Maximiliano le dijo con cierta pedantería de +dómine: «Una de las cosas que tengo que enseñarte es a comer con tenedor +y cuchillo, no con tenedor sólo. Pero tiempo tengo de instruirte en esa +y en otras cosas más». + +También le cargaba a ella tanta corrección. Deseaba hablar bien y ser +persona fina y decente; pero ¡cuánto más aprovechadas las lecciones si +el maestro fuera otro, sin aquella destiladera de nariz, sin aquella +cara deslucida y muerta, sin aquel cuerpo que no parecía de carne, sino +de cordilla! + +Esta antipatía de Fortunata no estorbaba en ella la estimación, y con la +estimación mezclábase una lástima profunda de aquel desgraciado, +caballero del honor y de la virtud, tan superior moralmente a ella. El +aprecio que le tenía, la gratitud, y aquella conmiseración inexplicable, +porque no se compadece a los superiores, eran causa de que refrenase su +repugnancia. No era ella muy fuerte en disimular, y otro menos alucinado +que Rubín habría conocido que el lindísimo entrecejo ocultaba algo. Pero +veía las cosas por el lente de sus ideas propias, y para él todo era +como debía ser y no como era. Alegrose mucho Fortunata de que el +almuerzo concluyese, porque eso de estar sosteniendo una conversación +seria y oyendo advertencias y correcciones no la divertía mucho. +Gustábale más el trajín de recoger la loza y levantar la mesa, operación +en que puso la mano no bien tomaron el café. Y para estar más tiempo en +la cocina que en la sala, revisó los pucheros, y se puso a picar la +ensalada cuando aún no hacía falta. De rato en rato daba una vuelta por +la sala, donde Maximiliano se había puesto a estudiar. No le era fácil +aquel día fijar su atención en los libros. Estaba muy distraído, y cada +vez que su amiga entraba, toda la ciencia farmacéutica se desvanecía de +su mente. A pesar de esto quería que estuviese allí, y aun se enojó algo +por lo mucho que prolongaba los ratos de cocina. «Chica, no trabajes +tanto, que te vas a cansar. Trae tu labor y siéntate aquí». + +«Es que si me pongo aquí no estudias, y lo que te conviene es estudiar +para que no pierdas el año--replicó ella--. ¡Pues si lo pierdes y tienes +que volverlo a estudiar...!». + +Esta razón hizo efecto grande en el ánimo de Rubín. «No importa que +estés aquí. Con tal que no me hables, estudiaré. Viéndote, parece que +comprendo mejor las cosas, y que se me abren las compuertas del +entendimiento. Te pones aquí, tú a tu costura, yo a mis libros. Cuando +me siento muy torpe, ¡pim!, te miro y al momento me despabilo». + +Fortunata se rió un poco, y ausentándose un instante, trajo la costura. + +«¿Sabes?--le dijo Rubín, apenas ella se sentó--. Mi hermano Juan Pablo +se fue a Molina a arreglar eso de la herencia de la tía Melitona. Mi tía +Lupe le escribió y antes de venir a Madrid se plantó allá. Escribe +diciendo que no habrá grandes dificultades». + +--¿De veras?, ¡vamos!... Más vale así. + +--Como lo oyes. Aún no puedo decir lo que nos tocará a cada hermano. Lo +que sí te aseguro es que me alegro de esto por ti, exclusivamente por +ti. Luego te quejarás de la Providencia. Porque cuanto más aseguradas +están las materialidades de la vida, más segura es la conservación del +honor. La mitad de las deshonras que hay en la vida no son más que +pobreza, chica, pobreza. Créete que ha venido Dios a vernos, y si ahora +no nos portamos bien, merecemos que nos arrastren. + +Fortunata hubiera dicho para sí: «¡Vaya un moralista que me ha salido!» +pero no tenía noticia de esta palabra, y lo que dijo fue: «Ya estoy de +_misionero_ hasta aquí», usando la palabra _misionero_ con un sentido +doble, a saber: el de predicador y el de agente de aquello que Rubín +llamaba _su misión_. + + + + +--ix-- + + +Maximiliano comunicó a Olmedo sus planes de casamiento encargándole el +mayor sigilo, porque no convenía que se divulgasen antes de tiempo, para +evitar maledicencias tontas. Creyó el gran perdis que su amigo estaba +loco, y en el fondo de su alma le compadecía, aunque admiraba el +atrevimiento de Rubín para hacer la más grande y escandalosa calaverada +que se podía imaginar. ¡Casarse con una...! Esto era un colmo, el colmo +del _buen fin_, y en semejante acto había una mezcla horrenda de +ignominia y de abnegación sublime, un no sé qué de osadía y al mismo +tiempo de bajeza, que levantó al bueno de Rubín, a sus ojos, de aquel +fondo de vulgaridad en que estaba. Porque Rubín podía ser un tonto; pero +no era un tonto vulgar, era uno de esos tontos que tocan lo sublime con +la punta de los dedos. Verdad que no llegan a agarrarlo; pero ello es +que lo tocan. Olmedo, al mismo tiempo que sondeaba la inmensa gravedad +del propósito de su amigo, no pudo menos de reconocer que a él, Olmedo, +al perdulario de oficio, no se le había pasado nunca por la cabeza una +majadería de aquel calibre. + +«Descuida, chico, lo que es por mí no lo sabrá nadie, ¡qué narices! Soy +tu amigo ¿sí o no?, pues basta ¡narices! Te doy mi palabra de honor; +estate tranquilo». + +La palabra de _Ulmus sylvestris_, cuando se trataba de algo comprendido +en la jurisdicción de la picardía, era sagrada. Pero en aquella ocasión +pudo más el prurito chismográfico que el fuero del honor picaresco, y el +gran secreto fue revelado a Narciso Puerta _(Pseudo-Narcisus +odoripherus)_ con la mayor reserva, y previo juramento de no +transmitirlo a nadie. «Te lo digo en confianza, porque sé que ha de +quedar de ti para mí». + +«Descuida, chico, no faltaba más... Ya tú me conoces». + +En efecto, Narciso no lo dijo a nadie, con una sola excepción. Porque, +verdaderamente, ¿qué importaba confiar el secretillo a una sola persona, +a una sola, que de fijo no lo había de propalar? + +«Te lo digo a ti sólo, porque sé que eres muy discreto--murmuró Narciso +al oído de su amigo Encinas _(Quercus gigantea)_--. Cuidado con lo que +te encargo... pero mucho cuidado. Sólo tú lo sabes. No tengamos un +disgusto». + +--Hombre, no seas tonto... Parece que me conoces de ayer. Ya sabes que +soy un sepulcro. + +Y el sepulcro se abrió en casa de las de la Caña, con la mayor reserva +se entiende, y después de hacer jurar a todos de la manera más solemne +que guardarían aquel profundo arcano. «¡Pero qué cosas tiene usted, +Encinas! No nos haga usted tan poco favor. Ni que fuéramos chiquillas, +para ir con el cuento y comprometerle a usted...». + +Pero una de aquellas señoras creía que era pecado mortal no indicar algo +a doña Lupe, porque esta al fin lo tenía que saber, y más valía +prepararla para tan tremendo golpe. ¡Pobre señora! Era un dolor verla +con aquella tranquilidad, tan ajena a la deshonra que la amenazaba. +Total, que la noticia llegó a la sutil oreja de doña Lupe a los tres +días de haber salido del labio tímido de _Rubinius vulgaris_. + +Cuentan que doña Lupe se quedó un buen rato como quien ve visiones. +Después dio a entender que algo barruntaba ella, por la conducta anómala +de su sobrino. ¡Casarse con una que ha tenido que ver con muchos +hombres! ¡Bah!, no sería cierto quizás. Y si lo era, pronto se había de +saber; porque, eso sí, a doña Lupe no se le apagaría en el cuerpo la +bomba, y aquella misma noche o al día siguiente por la mañana, +Maximiliano y ella se verían las caras... Que la señora viuda de +Jáuregui estaba volada, lo probó la inseguridad de su paso al recorrer +la distancia entre el domicilio de las de la Caña y el suyo. Hablaba +sola, y se le cayó el paraguas dos veces, y cuando se bajó a recogerlo, +se le cayó el pañuelo, y por fin, en vez de entrar en el portal de su +casa, entró en el próximo. ¡Como estuviera en casa el muy hipocritón, su +tía le iba a poner verde! Pero no estaría seguramente, porque eran las +once de la noche, y el señoritingo no entraba ya nunca antes de las doce +o la una... ¡Quién lo había de decir; pero quién lo había de decir...!, +aquel cuitado, aquella calamidad de chico, aquella inutilidad, tan +fulastre y para poco que no tenía aliento para apagar una vela, y que a +los dieciocho años, sí, bien lo podía asegurar doña Lupe, no sabía lo +que son mujeres y creía que los niños que nacen vienen de París; aquel +hombre fallido enamorarse así, ¡y de quién!, ¡de una mujer perdida...!, +pero perdida... en toda la extensión de la palabra. + +«¿Ha venido el señorito?» preguntó a su criada, y como esta le +contestara que no, frunció los labios en señal de impaciencia. + +El desasosiego y la ira habrían llegado qué sé yo a dónde, si no se +desahogaran un poco sobre la inocente cabeza de Papitos, y se dice la +cabeza, porque esta fue lo que más padeció en aquel achuchón. Ha de +saberse que Papitos era un tanto presumida, y que siendo su principal +belleza el cabello negro y abundante, en él ponía sus cinco sentidos. Se +peinaba con arte precoz, haciéndose sortijillas y patillas, y para +rizarse el fleco, no teniendo tenazas, empleaba un pedazo de alambre +grueso, calentándolo hasta el rojo. Hubiera querido hacer estas cosas +por la mañana; pero como su ama se levantaba antes que ella, no podía +ser. La noche, cuando estaba sola, era el mejor tiempo para dedicarse +con entera libertad a la peluquería elegante. Un pedazo de espejo, un +batidor desdentado, un poco de tragacanto y el alambre gordo le +bastaban. Por mal de sus pecados, aquella noche se había trabajado el +pelo con tanta perfección, que... «¡hija, ni que fueras a un baile!» se +había dicho ella a sí misma, con risa convulsiva, al mirarse en el +espejo por secciones de cara, porque de una vez no se la podía mirar +toda. + +«Puerca, fantasmona, mamarracho--gritó doña Lupe destruyendo con +manotada furibunda todos aquellos perfiles que la chiquilla había hecho +en su cabeza--. En esto pasas el tiempo... ¿No te da vergüenza de andar +con la ropa llena de agujeros, y en vez de ponerte a coser te da por +atusarte las crines? ¡Presumida, sinvergüenza! ¿Y la cartilla? Ni +siquiera la habrás mirado... Ya, ya te daré yo pelitos. Voy a llevarte +a la barbería y a raparte la cabeza, dejándotela como un huevo». + +Si le hubieran dicho que le cortaban la cabeza, no hubiera sentido la +chica más terror. + +«Eso, ahora el moquito y la lagrimita, después me envenenas la sangre +con tus peinados indecentes. Pareces la mona del Retiro... Estás +bonita... sí... Pero qué, ¿también te has echado pomada?». + +Doña Lupe se olió la mano con que había estropeado impíamente el +criminal flequillo. Al acercar la mano a su nariz, hízolo con ademán tan +majestuoso, que es lástima no lo reprodujera un buen maestro de +escultura. + +«Gorrina... me has pringado la mano... ¡Uy, qué pestilencia!... ¿De +dónde has sacado esta porquería?». + +--Me la dio el _sito_ Maxi--respondió Papitos con humildad... + +Esto llevó bruscamente las ideas de doña Lupe a la verdadera causa de su +ira. Ocurriósele hacer un reconocimiento en el cuarto de su sobrino, lo +que agradeció mucho Papitos, porque de este modo tenía fin de inmediato +el sofoco que estaba pasando. «Vete a la cocina» le dijo la señora; y no +necesitó repetírselo, porque se escabulló como un ratoncillo que siente +ruido. Doña Lupe encendió luz en el cuarto de Maximiliano, y empezó a +observar. «¡Si encontrara alguna carta!--pensó--. ¡Pero quia! Ahora +recuerdo que me han dicho que esa tarasca no sabe escribir. Es un +animal en toda la extensión de la palabra». + +Registra por aquí, registra por allá, nada encontraba que sirviera de +comprobación a la horrible noticia. Abrió la cómoda, valiéndose de las +llaves de la suya, y allí tampoco había nada. La hucha estaba en su +sitio y llena, quizás más pesada que antes. Retratos, no los vio por +ninguna parte. Hallábase doña Lupe engolfada en su investigación +policíaca, sin descubrir rastro del crimen, cuando entró Maximiliano. +Papitos le abrió la puerta; dirigiose a su cuarto sorprendido de ver luz +en él, y al encarar con su tía, que estaba revolviendo el tercer cajón +de la cómoda, comprendió que su secreto había sido descubierto, y le +corrieron escalofríos de muerte por todo el cuerpo. Doña Lupe supo +contenerse. Era persona de buen juicio y muy oportunista, quiero decir +que no gustaba de hacer cosa ninguna fuera de sazón, y para calentarle +las orejas a su sobrino no era buena hora la media noche. Porque +seguramente ella había de alzar la voz y no convenía el escándalo. +También era probable que al chico le diera una jaqueca muy fuerte si le +sofocaban tan a deshora, y doña Lupe no quería martirizarle. Lelo y mudo +estaba el estudiante en la puerta de su cuarto, cuando su tía se volvió +hacia él, y echándole una mirada muy significativa, le dijo: + +«Pasa; yo me voy. Duerme tranquilo, y mañana te ajustaré las +cuentas...». Se fue hacia su alcoba; pero no había dado diez pasos, +cuando volvió airada amenazándole con la mano y con un grito: +«¡Grandísimo pillo!... Pero tente boca. Quédese esto para mañana... A +dormir se ha dicho». + +No durmió Maximiliano pensando en la escena que iba a tener con su tía. +Su imaginación agrandaba a veces el conflicto haciéndolo tan +hermosamente terrible como una escena de Shakespeare; otras lo reducía a +proporciones menudas. «¿Y qué, señora tía, y qué?--decía alzando los +hombros dentro de la cama, como si estuviera en pie--. He conocido una +mujer, me gusta y me quiero casar con ella. No veo el motivo de tanta... +Pues estamos frescos... ¿Soy yo alguna máquina?... ¿no tengo mi libre +albedrío?... ¿Qué se ha figurado usted de mí?». A ratos se sentía tan +fuerte en su derecho, que le daban ganas de levantarse, correr a la +alcoba de su tía, tirarle de un pie, despertarla y soltarle este +jicarazo: «Sepa usted que al son que me tocan bailo. Si mi familia se +empeña en tratarme como a un chiquillo, yo le probaré a mi familia que +soy hombre». Pero se quedó helado al suponer la contestación de su tía, +que seguramente sería esta: «¿Qué habías tú de ser hombre, qué habías de +ser...?». + +Cuando el buen chico se levantó al día siguiente, que era domingo, ya +doña Lupe había vuelto de misa. Entrole Papitos el chocolate, y, la +verdad, no pudo pasarlo, porque se le había puesto en el epigastrio la +tirantez angustiosa, síntoma infalible de todas las situaciones +apuradas, lo mismo por causa de exámenes que por otro temor o sobresalto +cualquiera. Estaba lívido, y la señora debió de sentir lástima cuando le +vio entrar en su gabinete, como el criminal que entra en la sala de +juicio. La ventana estaba abierta, y doña Lupe la cerró para que el +pobrecillo no se constipase, pues una cosa es la salud y otra la +justicia. Venía el delincuente con las manos en los bolsillos y una +gorrita escocesa en la cabeza, las botas nuevas y la ropa de dentro de +casa, tan mustio y abatido que era preciso ser de bronce para no +compadecerle. Doña Lupe tenía una falda de diario con muchos y grandes +remiendos admirablemente puestos, delantal azul de cuadros, toquilla +oscura envolviendo el arrogante busto, pañuelo negro en la cabeza, +mitones colorados y borceguíes de fieltro gruesos y blandos, tan blandos +que sus pasos eran como los de un gato. El gabinetito era una pieza muy +limpia. Una cómoda y el armario de luna de forma vulgar eran los +principales muebles. El sofá y sillería tenían forro de _crochet_ a +estilo de casa de huéspedes, todo hecho por la señora de la casa. + +Pero lo que daba cierto aspecto grandioso al gabinete era el retrato +del difunto esposo de doña Lupe, colgado en el sitio presidencial, un +cuadrángano al óleo, perverso, que representaba a D. Pedro Manuel de +Jáuregui, alias _el de los Pavos_, vestido de comandante de la Milicia +Nacional, con su morrión en una mano y en otra el bastón de mando. +Pintura más chabacana no era posible imaginarla. El autor debía de ser +una especialidad en las muestras de casas de vacas y de burras de leche. +Sostenía, no obstante, doña Lupe que el retrato de Jáuregui era una obra +maestra, y a cuantos lo contemplaban les hacía notar dos cosas +sobresalientes en aquella pintura, a saber: que donde quiera que se +pusiese el espectador los ojos del retrato miraban al que le miraba, y +que la cadena del reloj, la gola, los botones, la carrillera y placa del +morrión, en una palabra, toda la parte metálica estaba pintada de la +manera más extraordinaria y magistral. + +Las fotografías que daban guardia de honor al lienzo eran muchas, pero +colgadas con tan poco sentimiento de la simetría, que se las creería +seres animados que andaban a su arbitrio por la pared. + +«Muy bien, Sr. D. Maximiliano, muy bien--dijo doña Lupe mirando +severísimamente a su sobrino--. Siéntate que hay para rato». + + + + +--III-- + +Doña Lupe la de los Pavos + + + + +--i-- + + +Maximiliano no se sentó, doña Lupe sí, y en el centro del sofá debajo +del retrato, como para dar más austeridad al juicio. Repitió el «muy +bien, Sr. D. Maximiliano» con retintín sarcástico. Por lo general, +siempre que su tía le daba tratamiento, llamándole _señor don_, el pobre +chico veía la nube del pedrisco sobre su cabeza. + +«¡Estarse una matando toda la vida--prosiguió ella--, para sacar +adelante al dichoso sobrinito, sortearle las enfermedades a fuerza de +mimos y cuidados, darle una carrera quitándome yo el pan de la boca, +hacer por él lo que no todas las madres hacen por sus hijos para que al +fin!... ¡Buen pago, bueno!... No, no me expliques nada, si estoy +perfectamente informada. Sé quién es esa... dama ilustre con quien te +quieres casar. Vamos, que buena doncella te canta... ¿Y creerás que +vamos a consentir tal deshonra en la familia? Dime que todo es una +chiquillada y no se hable más del asunto». + +Maximiliano no podía decir tal cosa; pero tampoco podía decir otra, +porque si en el fondo de su ánimo empezaban a levantarse olas de +entereza, esas olas reventaban y se descomponían antes de llegar a la +orilla, o sea a los labios. Estaba tan cortado, que sintiendo dentro de +sí la energía no la podía mostrar por aquella pícara emoción nerviosa +que le embargaba. Dejó esparcir sus miradas por la pared testera, como +buscando por allí un apoyo. En ciertas situaciones apuradas y en los +grandes estupores del alma, las miradas suelen fijarse en algo +insignificante y que nada tiene que ver con la situación. Maximiliano +contempló un rato el grupo fotográfico de las chicas de Samaniego, +Aurora y Olimpia, con mantilla blanca, enlazados los brazos, la una muy +adusta, la otra sentimental. ¿Por qué miraba aquello? Su turbación le +llevaba a colgar las miradas aquí y allí, prendiendo el espíritu en +cualquier objeto, aunque fueran las cabezas de los clavos que sostenían +los retratos. + +«Explícate, hombre--añadió doña Lupe, que era viva de genio--. ¿Es una +niñería?». + +--No, señora--respondió el acusado, y esta negación, que era afirmación, +empezó a darle ánimos, aligerándole un poco la angustia aquella de la +boca del estómago. + +--¿Estás seguro de que no es chiquillada? ¡Valiente idea tienes tú del +mundo y de las mujeres, inocente!... Yo no puedo consentir que una +pindonga de esas te coja y te engañé para timarte tu nombre honrado, +como otros timan el reloj. A ti hay que tratarte siempre como a los +niños atrasaditos que están a medio desarrollar. Hay que recordar que +hace cinco años todavía iba yo por la mañana a abrocharte los calzones, +y que tenías miedo de dormir solo en tu cuarto. + +Idea tan desfavorable de su personalidad exasperaba al joven. Sentía +crecer dentro la bravura; pero le faltaban palabras. ¿Dónde demonios +estaban aquellas condenadas palabras que no se le ocurrían en trance +semejante? El maldito hábito de la timidez era la causa de aquel +silencio estúpido. Porque la mirada de doña Lupe ejercía sobre él +fascinación singularísima, y teniendo mucho que decir, no lograba +decirlo. «¿Pero qué diría yo?... ¿Cómo empezaría yo?» pensaba fijando la +vista en el retrato de Torquemada y su esposa, de bracete. + +--Todo se arreglará--indicó doña Lupe en tono conciliador--, si consigo +quitarte de la cabeza esas humaredas. Porque tú tienes sentimientos +honrados, tienes buen juicio... Pero siéntate. Me da fatiga de verte en +pie. + +--Es menester que usted se entere bien--dijo Maximiliano al sentarse en +el sillón, creyendo haber encontrado un buen cabo de discurso para +empezar--; se entere bien de las cosas... Yo... pensaba hablar a +usted... + +--¿Y por qué no lo hiciste? ¡Qué tal sería ello!... ¡Vaya, que un chico +delicadito como tú, meterse con esas viciosonas...! Y no te quepa +duda... Así, pronto entregarás la pelleja. Si caes enfermo, no vengas a +que te cuide tu tía, que para eso sí sirvo yo, ¿eh?, para eso sí sirvo, +ingrato, tunante... ¿Y te parece bien que cuando me miro en ti, cuando +te saco adelante con tanto trabajo y soy para ti más que una madre; te +parece bien que me des este pago, infame, y que te me cases con una +mujer de mala vida? + +Rubín se puso verde y le salió un amargor intensísimo del corazón a los +labios. + +«No es eso, tía, no es eso--sostuvo, entrando en posesión de sí mismo--. +No es mujer de mala vida. La han engañado a usted». + +--El que me ha engañado eres tú con tus encogimientos y tus timideces... +Pero ahora lo veremos. No creas que vas a jugar conmigo; no creas que te +voy a dejar hacer tu gusto. ¿Por quién me tomas, bobalicón?... ¡Ah, si +yo no hubiera tenido tanta confianza...! ¡Pero si he sido una tonta; si +me creí que tú no eras capaz de mirar a una mujer! Buena me la has dado, +buena. Eres un apunte... en toda la extensión de la palabra. + +Maximiliano, al oír esto, estaba profundamente embebecido, mirando el +retrato de Rufinita Torquemada. La veía y no la veía, y sólo +confusamente y con vaguedades de pesadilla, se hacía cargo de la +actitud de la señorita aquella, retratada sobre un fondo marino y +figurando que estaba en una barca. Vuelto en sí, pensó en defenderse; +pero no podía encontrar las armas, es decir, las palabras. Con todo, ni +por un instante se le ocurría ceder. Flaqueaba su máquina nerviosa; pero +la voluntad permanecía firme. + +«A usted la han informado mal--insinuó con torpeza--, respecto a la +persona... que... Ni hay tal vida airada ni ese es el camino... Yo +pensaba decirle a usted: 'Tía, pues yo... quiero a esta persona, y... mi +conciencia...'». + +--Cállate, cállate y no me saques la cólera, que al oírte decir que +quieres a una tiota chubasca, me dan ganas de ahogarte, más por tonto +que por malo... y al oírte hablar de conciencia en este tratado, me dan +ganas de... Dios me perdone... ¿Sabes lo que te digo?--añadió alzando la +voz--, ¿sabes lo que te digo? Que desde este momento vuelvo a tratarte +como cuando tenías doce años. Hoy no me sales de casa. Ea, ya estoy yo +en funciones con mis disciplinas... Y desde mañana me vuelves a tomar el +aceite de hígado de bacalao. Vete a tu cuarto y quítate las botas. Hoy +no me pisas la calle. + +Dios sabe lo que iba a contestar el acusado. Quedó suelta en el aire la +primera palabra, porque llegó una visita. Era el Sr. de Torquemada, +persona de confianza en la casa, que al entrar iba derecho al gabinete, +a la cocina, al comedor o a donde quiera que la señora estuviese. La +fisonomía de aquel hombre era difícil de entender. Sólo doña Lupe, en +virtud de una larga práctica, sabía encontrar algunos jeroglíficos en +aquella cara ordinaria y enjuta, que tenía ciertos rasgos de tipo +militar con visos clericales. Torquemada había sido alabardero en su +mocedad, y conservando el bigote y perilla, que eran ya entrecanos, +tenía un no sé qué de eclesiástico, debido sin duda a la mansedumbre +afectada y dulzona, y a un cierto subir y bajar de párpados con que +adulteraba su grosería innata. La cabeza se le inclinaba siempre al lado +derecho. Su estatura era alta, mas no arrogante; su cabeza calva, crasa +y escamosa, con un enrejado de pelos mal extendidos para cubrirla. Por +ser aquel día domingo, llevaba casi limpio el cuello de la camisa, pero +la capa era el número dos, con las vueltas aceitosas y los ribetes +deshilachados. Los pantalones, mermados por el crecimiento de las +rodilleras, se le subían tanto que parecía haber montado a caballo sin +trabillas. Sus botas, por ser domingo, estaban aquel día embetunadas y +eran tan chillonas que se oían desde una legua. + +«¿Y cómo está la familia?» preguntó al tomar asiento, después de dar su +mano siempre sudorosa a doña Lupe y al sobrino. + +--Perfectamente bien--dijo la señora observando con ansiedad el +semblante de Torquemada--. ¿Y en casa? + +--No hay novedad, a Dios gracias. Doña Lupe esperaba aquel día noticia +de un asunto que le interesaba mucho. Como siempre se ponía en lo peor +para que las desgracias no la cogieran desprevenida, pensó, al ver +entrar a su agente, que le traía malas nuevas. Temió preguntarle. La +cara de militar adulterado no expresaba más que un interés decidido por +la familia. Al fin Torquemada, que no gustaba de perder el tiempo, dijo +a su amiga: + +«Vamos, doña Lupe, que hoy estamos de buena. ¿A que no me acierta usted +la peripecia que le traigo?». + +La fisonomía de la señora se iluminó, pues sabía que su amigo llamaba +peripecia a toda cobranza inesperada. Echose él a reír, y metió mano al +bolsillo interior de su americana. + +«¡Ay! No me lo diga usted, D. Francisco--exclamó doña Lupe con +incredulidad, cruzando las manos--. ¿Ha pagado...?». + +--Lo va usted a ver... Yo... tampoco lo esperaba. Como que fui anoche a +decirle que el lunes se le embargaría. Hoy por la mañana, cuando me +estaba vistiendo para ir a misa, me le veo entrar. Creí que venía a +pedirme más prórrogas. Como siempre nos está engañando, que hoy, que +mañana... Yo no le creo ni la Biblia. Es muy fabulista. Pero en fin, +pedradas de estas nos den todos los días. «Señor de Torquemada--me dice +muy serio--, vengo a pagarle a usted...». Me quedé lo que llaman +atónito. Como que no esperaba la peripecia. Finalmente, que me dio el +_guano_, o sean ocho mil reales, cogió su pagaré, y a vivir. + +--Lo que yo le decía a usted--observó doña Lupe casi sin poder hablar, +con la alegría atravesada en la garganta--. El tal Joaquinito Pez es una +persona decente. Él pasa sus apurillos como todos esos hijos de familia +que se dan buena vida, y un día tienen, otro no. De fijo que será +jugador... + +Torquemada hizo una separación de billetes, dando la mayor parte a doña +Lupe. + +«Los seis mil reales de usted... dos mil míos. Buen chiripón ha sido +este. Yo los contaba, como quien dice, perdidos, porque el tal +Joaquinito está, según oí, con el agua al cuello. ¿Quién será el +desgraciado a quien ha dado el sablazo? A bien que a nosotros no nos +importa». + +--Como no le hemos de prestar más... + +--Mire usted, doña Lupe--dijo Torquemada, haciendo una perfecta _o_ con +los dedos pulgar e índice y enseñándosela a su interlocutora. + + + + +--ii-- + + +Doña Lupe contempló la _o_ con veneración y escuchó: + +«Mire usted, señora, estos señoritos disolutos son buenos parroquianos, +porque no reparan en el materialismo del premio y del plazo; pero al fin +la dan, y la dan gorda. Hay que tener mucho ojo con ellos. Al principio, +el embargo les asusta; pero como lleguen a perder el punto una vez, lo +mismo les da _fu_ que _fa_. Aunque usted les ponga en la publicidad de +la _Gaceta_, se quedan tan frescos. Vea usted al marquesito de +Casa-Bojío; le embargué el mes pasado; le vendí hasta la lámina en que +tenía el árbol genealógico. Pues, finalmente, a los tres días me le vi +en un faetón, como si tal cosa, y pasó por junto a mí y las ruedas me +salpicaron el barro de la calle... No es que me importe el materialismo +del barro; lo digo para que se vea lo que son... ¿Pues creerá usted que +encontró después quien le prestara? Ello fue al cuatro mensual; pero aun +al cinco sería, como quien dice, el todo por el todo. Verdad que no +molestan, y si a mano viene, cuando piden prórroga, por tenerle a uno +contento le dan un destinillo para un sobrino, como hizo el chico de Pez +conmigo... pero el materialismo del destino no importa; a lo mejor la +pegan y de canela fina, créame usted. Por eso, ya puede venir ahora a +tocar a esta puerta, que le he de mandar a plantar cebollino». + +Al llegar aquí Torquemada sacó su sebosa petaca. Como tenía tanta +confianza, iba a echar un cigarro; ofreció a Maximiliano, y doña Lupe +respondió bruscamente por él diciendo con desdén: «Este no fuma». + +Las operaciones previas de la fumada duraban un buen rato, porque +Torquemada le variaba el papel al cigarrillo. Después encendió el +fósforo raspándolo en el muslo. «Como seguro--prosiguió--, aunque da +mucho que hacer, el _chico_ de la tienda de ropas hechas, José María +Vallejo. Allí me tiene todos los primeros de mes, como un perro de +presa... Mil duros me tiene allí, y no le cobro más que veintiséis todos +los meses. ¿Que se atrasa? «Hijo, yo tengo un gran compromiso y no te +puedo aguardar». Cojo media docena de capas, y me las llevo, y tan +fresco... Y no lo hago por el materialismo de las capas, sino para que +mire bien el plazo. Si no hay más remedio, señora. Es menester tratarles +así, porque no guardan consideración. Se figuran que tiene uno el dinero +para que ellos se diviertan. ¿Se acuerda usted de aquellos estudiantes +que nos dieron tanta guerra?, fue el primer dinero de usted que coloqué. +¡Aquel Cienfuegos, aquel Arias Ortiz! Vaya unos peines. Si no es por mí, +no se les cobra... + +Y eran tan tunantes, que después que iban a casa llorándome tocante a la +prórroga, me los encontraba en el café atizándose bisteques... y vengan +copas de ron y marrasquino... Lo mismo que aquel tendero de la calle +Mayor, aquel Rubio que tenía peletería, ¿se acuerda usted? Un día, +finalmente, me trajo su reloj, los pendientes de su mujer, y doce cajas +de pieles y manguitos, y aquella misma tarde, aquella mismísima tarde, +señora, me le veo en la Puerta del Sol, encaramándose en un coche para +ir a los Toros... Si son así... quieren el dinero, como quien dice, para +el materialismo de tirarlo. Por eso estoy todo el santo día vigilando a +José María Vallejo, que es un buen hombre, sin despreciar a nadie. Voy a +la tienda y veo si hay gente, si hay movimiento; echo una guiñada al +cajón; me entero de si el chico que va a cobrar las cuentas trae +_guano_; sermoneo al principal, le doy consejos, le recomiendo que al +que paga no le crucifique. ¡Si es la verdad, si no hay más camino...! +Finalmente, el que se hace de manteca pronto se lo meriendan. Y no lo +agradecen, no señora, no agradecen el interés que me tomo por ellos. +Cuando me ven entrar, ¡si viera usted qué cara me ponen! No reparan que +están trabajando con mi dinero. Y finalmente, ¿qué eran ellos? Unos +pobres pelagatos. Les parece que porque me dan veintiséis duros al mes, +ya han cumplido... Dicen que es mucho y yo digo que me lo tienen que +agradecer, porque los tiempos están malos, pero muy malos». + +En toda la parte del siglo XIX que duró la larguísima existencia +usuraria de D. Francisco Torquemada, no se le oyó decir una sola vez +siquiera que los tiempos fueran buenos. Siempre eran malos, pero muy +malos. Aun así, el 68 ya tenía Torquemada dos casas en Madrid, y había +empezado sus negocios con doce mil reales que heredó su mujer el 51. Los +un día mezquinos capitales de doña Lupe, él se los había centuplicado en +un par de lustros, siendo esta la única persona que asociaba a sus +oscuros negocios. Cobrábale una comisión insignificante, y se tomaba por +los asuntos de ella tanto interés como por los propios, en razón a la +gran amistad que había tenido con el difunto Jáuregui. + +«Y con esta fecha y con esta facha me voy» dijo levantándose y +colgándose la capa que se le caía del hombro izquierdo. + +--¿Tan pronto?--Señora, que no he oído misa. Lo que le decía a usted, +estaba vistiéndome para salir a oírla, cuando entró Joaquinito a darme +la gran peripecia. + +--¡Buena ha sido, buena!--exclamó doña Lupe, oprimiendo contra su seno +la mano en que tenía los billetes, tan bien cogidos que no se veía el +papel por entre los dedos. + +--Quédate con Dios--dijo Torquemada a Maximiliano que sólo contestó al +saludo con un _ju ju_... + +Y salió al recibimiento, acompañado de doña Lupe. Maximiliano les sintió +cuchicheando en la puerta. Por fin se oyeron las botas chillonas del +ex-alabardero bajando la escalera, y doña Lupe reapareció en el +gabinete. El júbilo que le causaba la cobranza de aquel dinero que creía +perdido era tan grande, que sus ojos pardos le lucían como dos carbones +encendidos, y su boca traía bosquejada una sonrisa. Desde que la vio +entrar, conoció Maximiliano que su cólera se había aplacado. El _guano_, +como decía Torquemada, no podía menos de dulcificarla; y llegándose a +donde estaba el delincuente, que no se había movido de la butaca, le +puso una mano en el hombro, empuñando fuertemente en la otra los +billetes, y le dijo: + +«No, no te sofoques... no es para tomarlo así. Yo te digo estas cosas +por tu bien...». + +--Yo, realmente--repuso Maximiliano con serenidad, que más le asombró a +él mismo que a doña Lupe--, no me he sofocado... yo estoy tranquilo, +porque mi conciencia... + +Aquí se volvió a embarullar. Doña Lupe no le dio tiempo a desenvolverse +porque se metió en la alcoba, cerrando las vidrieras. Desde el gabinete +la sintió Maximiliano trasteando. + +Guardaba el dinero. Abriendo después la puerta, mas sin salir de la +alcoba, la señora siguió hablando con su sobrino: + +«Ya sabes lo que te he dicho. Hoy no me sales a la calle... Y desde +mañana empezarás a tomarme el aceite de hígado de bacalao, porque todo +eso que te da no es más que debilidad del cerebro... Luego seguiremos +con el fosfato, otra vez con el fosfato. No debiste dejar de +tomarlo...». + +Maximiliano, como no tenía delante a su tía, se permitió una sonrisa +burlona. Miraba en aquel momento a su tío el Sr. de Jáuregui, que le +miraba también a él, como es consiguiente. No pudo menos de observar que +el digno esposo de su tía era horrendo; ni comprendía cómo doña Lupe no +se moría de miedo cuando se quedaba sola, de noche, en compañía de +semejante espantajo. + +«Con que ya sabes--dijo al aparecer en la puerta, abrochándose su cuerpo +de merino negro, pues se estaba disponiendo para salir--. Ya puedes ir a +quitarte las botas. Estás preso». + +Fuese el joven a su cuarto sin decir nada, y doña Lupe se quedó pensando +en lo dócil que era. El rigor de su autoridad, que el muchacho acataba +siempre con veneración, sería remedio eficaz y pronto del desorden de +aquella cabeza. Bien lo decía ella. «En cuanto yo le doy cuatro gritos, +le pongo como una liebre. Trabajo les mando a esas lobas que me le +quieran trastornar». + +«¡Papitos...!» gritó la señora, y al punto se oyeron las patadas de la +chica en el pasillo como las de un caballo en el Hipódromo. Presentose +con una patata en la mano y el cuchillo en la otra. + +«Mira--le dijo su ama con voz queda--. Ten cuidado de ver lo que hace el +señorito Maxi mientras yo estoy fuera. A ver si escribe alguna carta o +qué hace». + +La mona se dio por enterada, y volvió a la cocina dando brincos. + +«A ver--dijo la señora hablando consigo misma--, ¿se me olvidará algo?.. +¡Ah!, el portamonedas. ¿Qué hay que traer?... Fideos, azúcar... y nada +más. ¡Ah!, el aceite de hígado de bacalao: lo que es eso no se lo +perdono. A cucharetazos es como se cura esto. Y ahora no habrá el +realito de vellón por cada toma. Ya es un hombre, quiero decir, ya no es +un chiquillo». + +Figúrese el lector cuál sería el asombro de doña Lupe _la de los Pavos_, +cuando vio entrar en la sala a su sobrino, no con zapatillas ni en tren +de andar por casa, sino empaquetado para salir, con su capa de vueltas +encarnadas, su chaqué azul y su honguito de color de café. Tan +estupefacta y colérica estaba por la desobediencia del mancebo, que +apenas pudo balbucir una protesta: «Pe... pero...». + +«Tía--dijo Maximiliano con voz alterada y temblorosa--, no pue... no +puedo obedecer a usted... Soy mayor de edad. He cumplido veinticinco +años... Yo la respeto a usted; respéteme usted a mí». + +Y sin esperar respuesta, dio media vuelta y salió de la casa a toda +prisa, temiendo sin duda que su tía le agarrase por los faldones. + +Bien claro explicaba él su conducta, chismorreando consigo mismo: «Yo no +sé defenderme con palabras; yo no puedo hablar, y me aturullo y me turbo +sólo de que mi tía me mire; pero me defenderé con hechos. Mis nervios me +venden; pero mi voluntad podrá más que mis nervios, y lo que es la +voluntad, bien firme la tengo ahora. Que se metan conmigo; que venga +todo el género humano a impedirme esta resolución; yo no discutiré, yo +no diré una palabra; pero a donde voy, voy, y al que se me ponga por +delante, sea quien sea, le piso y sigo mi camino». + + + + +--iii-- + + +Doña Lupe se quedó que no sabía lo que le pasaba. + +«¡Papitos, Papitos!... No, no te llamo... vete... ¿Pero has visto qué +insolente? Si no es él, no es él... Es que me le han vuelto del revés, +me le han embrujado. ¿Habrá tunante? Si estoy por seguirle y avisar a +una pareja de Orden Público para que me le trinquen... Pero a la noche +nos veremos las caras. Porque tú has de volver, tú tienes que volver, +sietemesino hipócrita... Papitos, toma, toma; bájate por los fideos y el +azúcar. Yo no salgo, no puedo salir. Creo que me va a dar algo... Mira, +te pasas por la botica y pides un frasco de aceite de hígado de bacalao, +del que yo traía. Ya saben ellos. Dices que yo iré a pagarlo... Oye, +oye, no traigas eso. ¡Si no lo va a querer tomar...! Tráete una vara. +No, no traigas tampoco vara... Te pasas por la droguería y pides diez +céntimos de sanguinaria. A mí me va a dar algo...». + +Estaba en efecto amenazada de un arrebato de sangre, y la cosa no era +para menos. Nunca había visto en su sobrino un rasgo de independencia +como el que acababa de ver. Había sido siempre tan poquita cosa, que +donde le ponían allí se estaba. Voluntad propia, no la tuvo jamás. En +ningún tiempo fue preciso ponerle la mano encima, porque un fruncimiento +de cejas bastaba para traerle a la obediencia. ¿Qué había pasado en +aquel cordero para convertirle en algo así como un leoncillo? La mente +de doña Lupe no podía descifrar misterio tan grande. Tras de la cólera y +la confusión vino el abatimiento, y se sentía tan rendida físicamente +como si hubiera estado toda la mañana ocupada en alguna faena penosa. + +Quitose con pausa los trapitos domingueros que se había empezado a +poner, y volvió a llamar a la mona para decirle: «No hagas más que unas +sopas de ajo. El señoritingo no vendrá a almorzar, y si viene le acusaré +las cuarenta». + +Tomando la sillita baja, que usaba cuando cosía, la colocó junto al +balcón. Le dolía la cintura y al sentarse exhaló un ¡ay! Para coser +usaba siempre gafas. Se las puso, y sacando obra de su cesta de costura, +empezó a repasar unas sábanas. No le repugnaba a doña Lupe trabajar los +domingos, porque sus escrúpulos religiosos se los había quitado Jáuregui +en tantos años de propaganda matrimonial progresista. Púsose, pues, a +zurcir en su sitio de costumbre, que era junto a la vidriera. En el +balcón tenía dos o tres tiestos, y por entre las secas ramas veía la +calle. Como el cuarto era principal, desde aquel sitio se vería muy bien +pasar gente en caso de que la gente quisiese pasar por allí. Pero la +calle de Raimundo Lulio y la de Don Juan de Austria, que hace ángulo con +ella, son de muy poco tránsito. Parece aquello un pueblo. La única +distracción de doña Lupe en sus horas solitarias era ver quién entraba +en el taller de coches inmediato o en la imprenta de enfrente, y si +pasaba o no doña Guillermina Pacheco en dirección del asilo de la calle +de Alburquerque. Lugar y ocasión admirables eran aquellos para +reflexionar, con los trapos sobre la falda, la aguja en la mano, los +espejuelos calados, la cesta de la ropa al lado, el gato hecho una +pelota de sueño a los pies de su ama. Aquel día doña Lupe tenía, más que +nunca, materia larga de meditaciones. + +«¡Que se esté una sacrificada toda la vida para esto!... Él no lo sabe, +¿qué ha de saber, si es un tontín? Le ponen el plato delante, ¿y qué +sabe las agonías que ha costado ponérselo?... Pues si le dijera yo que +cada garbanzo, algunos días, tiempo ha, tenía el valor de una perla... +según lo que costaba traerlo a casa...! No sé qué habría sido de mí sin +el Sr. de Torquemada, ni qué hubiera sido de Maxi sin mí. ¡Lucida +existencia sería la suya si no hubiera tenido más arrimo que el de sus +hermanos! Dime, bobo de Coria, ¿si yo no hubiera trabajado como una +negra para defender el panecillo y poner esta casa en el pie que tiene; +si no discurriera tanto como discurro, calentándome los sesos a todas +horas y empleando en mil menudencias estas entendederas que Dios me ha +dado, ¿qué habría sido de ti, ingratuelo?... ¡Ah! ¡Si viviera mi +Jáuregui!». + +El recuerdo de su difunto, que siempre se avivaba en la mente de doña +Lupe cuando se veía en algún conflicto, la enterneció. En todas sus +aflicciones se consolaba con la dulce memoria de su felicidad +matrimonial, pues Jáuregui había sido el mejor de los hombres y el +número uno de los maridos. «¡Ay, mi Jáuregui!» exclamaba echando toda +el alma en un suspiro. + +Don Pedro Manuel de Jáuregui había servido en el Real Cuerpo de +Alabarderos. Después se dedicó a negocios, y era tan honrado, pero tan +sosamente honrado, que no dejó al morir más que cinco mil reales. +Oriundo de la provincia de León, recibía partidas de huevos y otros +artículos de recoba. Todos los paveros leoneses, zamoranos y segovianos +depositaban en sus manos el dinero que ganaban, para que lo girase a los +pueblos productores del artículo, y de aquí vino el apodo que le dieron +en Puerta Cerrada y que heredó doña Lupe. También recibía Jáuregui, por +Navidad, remesas de mantecadas de Astorga, y a su casa iban a cobrar y a +dejar fondos todos los ordinarios de la maragatería. En política hizo +gran papel D. Pedro por ser uno de los corifeos de la Milicia Nacional, +y era tan sensato, que la única vez que se sublevó lo hizo al grito +mágico de ¡Viva Isabel II! Falleció aquel bendito, y doña Lupe se +hubiera muerto también si el dolor matara. Y no se vaya a creer que le +faltaron pretendientes a la viudita, pues había, entre otros, un D. +Evaristo Feijoo, coronel de ejército, que le rondaba la calle y no la +dejaba vivir. Pero la fidelidad a la memoria de su feo y honrado +Jáuregui se sobreponía en doña Lupe a todos los intereses de la tierra. +Después vino la crianza y cuidado de su sobrinito, que le dieron esa +distracción tan saludable para las desazones del alma. Torquemada y los +negocios ayudáronla también a entretener su existencia y a conllevar su +dolor... Pasó tiempo, ganó dinero, y lentamente vino la situación en que +la he descrito. Frisaba ya doña Lupe en los cincuenta años, mas estaba +tan bien conservada, que no parecía tener más de cuarenta. Había sido en +su mocedad frescachona de cuerpo y enjuta de rostro, y tenía cierto +parecido remoto con Juan Pablo. Sus ojos pardos conservaban la viveza de +la juventud; pero tenía cierta adustez jurídica en la cara, acentuada de +líneas y seca de color. Sobre el labio superior, fino y violado cual los +bordes de una reciente herida, le corría un bozo tenue, muy tenue, como +el de los chicos precoces, vello finísimo que no la afeaba ciertamente; +por el contrario, era quizás la única pincelada feliz de aquel rostro +semejante a las pinturas de la Edad Media, y hacía la gracia el tal bozo +de ir a terminarse sobre el pico derecho de la boca con una verruguita +muy mona, de la cual salían dos o tres pelos bermejos que a la luz +brillaban retorcidos como hilillos de cobre. El busto era hermoso, +aunque, como se verá más adelante, había en él algo y aun algos de +falseamiento de la verdad. + +Descollaba doña Lupe por la inteligencia y por el prurito de mostrarla a +cada instante. + +Así como a otras el amor propio les inspira la presunción, a la viuda de +Jáuregui le infundía convicciones de superioridad intelectual y el deseo +de dirigir la conducta ajena, resplandeciendo en el consejo y en todo lo +que es práctico y gubernativo. Era una de esas personas que, no habiendo +recibido educación, parece que la han tenido cumplidísima, por lo bien +que se expresan, por la firmeza con que se imponen un carácter y lo +sostienen, y por lo bien que disfrazan con las retóricas sociales las +brutalidades del egoísmo humano. + +De la memoria de su Jáuregui llevó el pensamiento a su sobrino. Eran sus +dos amores. Subiéndose las gafas que se le habían deslizado hasta la +punta de la nariz, prosiguió así: «Pues conmigo no juega. Le pongo en la +calle como tres y dos son cinco. Tendré que hacer un esfuerzo, porque le +quiero como debe de quererse a los hijos... ¡Yo que tenía la ilusión de +casarle con Rufina o al menos con Olimpia!... No, me gusta mucho más +Rufina Torquemada. Cuidado que soy tonta. Al verle tan huraño, y que se +escondía cuando entraba doña Silvia con su hija, creía que hablarle a +este chico de mujeres era como mentarle al diablo la cruz. Fíese usted +de apariencias. Y ahora resulta que hace meses sostiene a una mujer, y +se pasa el día entero con ella y... Vamos, yo tengo que ver esto para +creerlo... Y otra cosa: ¿cómo se las arreglará para mantenerla?... La +hucha está allí con su peso de siempre...». + +Doña Lupe, al llegar aquí, se engolfó en cavilaciones tan abstrusas que +no es posible seguirla. Su mente se sumergía y salía a flote, como un +madero arrojado en medio de las bravas olas. La buena señora estuvo así +toda la tarde. Llegada la noche, deseaba ardientemente que el sobrino +entrase de la calle para descargar sobre él todo el material de lavas +que el volcán de su pecho no podía contener. Entró el sietemesino muy +tarde, cuando su tía estaba ya comiendo y se había servido el cocido. +Maximiliano se sentó a la mesa sin decir nada, muy grave y algo azorado. +Empezó a comer con apetito la sopa fría, echando miradas indagatorias e +inquietas a su señora tía, que evitaba el mirarle... _por no romper_... +«Debo contenerme--pensaba ella--, hasta que coma... Y parece que tiene +ganitas...». A ratos el joven daba hondos suspiros mirando a su tía, +cual si deseara tener una explicación con ella. Más de una vez quiso +doña Lupe romper en denuestos; pero el silencio y la compostura de su +sobrino la contenían, haciéndole temer que se repitiera el rasgo varonil +de aquella mañana. Por fin, apenas cató el joven unas pasas que de +postre había, se levantó para ir a su cuarto; y apenas le vio doña Lupe +de espalda, se le encendieron bruscamente los ánimos y corrió tras él, +conteniendo las palabras que a la boca se le salían. Estaba el pobre +chico encendiendo el quinqué de su cuarto, cuando la señora apareció en +la puerta, gritando con toda la fuerza de sus pulmones: «Zascandil». + +No se inmutó Maximiliano ni aun cuando doña Lupe, repitiendo su +apóstrofe, llegó al cuarto o al quinto _zascandil_. Y como si esta +palabra fuera el tapón de su ira, tras ella corrieron en vena abundante +las quejas por lo que el chico había hecho aquella mañana. «Y no quiero +hablar ahora del motivo--añadió ella--; de esa moza que te has echado... +y que sin duda empieza por pegarte su mala educación. Voy a la patochada +de esta mañana. ¿Crees que tu tía es algún trapo viejo?». + +El muchacho se sentó en la silla que junto a la cama estaba, y apoyando +el codo en esta, aguantó el achuchón, sin mirar a su juez. Tenía un +palillo entre los dientes, y lo llevaba de un lado para otro de la boca +con nerviosa presteza. Ya se le había quitado el gran temor que la +hermana de su padre le infundía. Como ciertos cobardes se vuelven +valientes desde que disparan el primer tiro, Maximiliano, una vez que +rompió el fuego con la hombrada de aquella mañana, sentía su voluntad +libre del freno que le pusiera la timidez. Dicha timidez era un fenómeno +puramente nervioso, y en ella tenían no poca parte también sus +rutinarios hábitos de subordinación y apocamiento. Mientras no hubo en +su alma una fuerza poderosa, aquellos hábitos y la diátesis nerviosa +formaron la costra o apariencia de su carácter; pero surgió dentro la +energía, que estuvo luchando durante algún tiempo por mostrarse, +rompiendo la corteza. La timidez o falsa humildad endurecía esta, y como +la energía interior no encontraba un auxilio en la palabra, porque la +sumisión consuetudinaria y la cortedad no le habían permitido educarla +para discutir, pasaba tiempo sin que la costra se rompiera. Por fin, lo +que no pudieron hacer las palabras, lo hizo un acto. Roto el cascarón, +Maximiliano se encontró más valiente y dispuesto a medirse con la fiera. +Lo que antes era como levantar una montaña, parecíale ya como alzar del +suelo un pañuelo. + +Oyó en calma los desahogos de su tía. ¡Cuántos argumentos se podían +oponer a los que la buena señora disparaba con más ardor que lógica! +Pero lo que es en argumentar con palabras ¡qué diablo!, todavía no +estaba él fuerte. Argumentaba con hechos. En esto sí que se pintaba +solo. Cuando su tía tomó respiro dejándose caer sofocada en la silla +próxima a la mesa, Maximiliano rompió a hablar a su vez; pero no era +aquello razonar, era como si cogiera su corazón y lo volcara sobre la +cama, lo mismo que había volcado la hucha después de cascarla. + +«La quiero tanto--dijo sin mirar a su tía, y encontrando palabras +relativamente fáciles para expresar sus sentimientos--, la quiero tanto, +que toda mi vida está en ella, y ni ley ni familia ni el mundo entero me +pueden apartar de ella... Si me ponen en esta mano la muerte y en esta +otra dejar de quererla y me obligan a escoger, preferiré mil veces +morirme, matarme o que me maten... La quise desde el momento en que la +vi, y no puedo dejar de quererla, sino dejando de vivir... de modo que +es tontería oponerse a lo que tengo pensado, porque salto por encima de +todo y si me ponen delante una pared la paso... ¿Ve usted cómo rompen +los jinetes del Circo de Price los papeles que les ponen delante cuando +saltan sobre los caballos? Pues así rompo yo una pared si me la ponen +entre ella y yo». + + + + +--iv-- + + +Este símil hubo de impresionar vivamente a la gran doña Lupe, que +contempló un rato a su sobrino con más lástima que ira. + +«Yo me he llevado chascos en mi vida--dijo meneando la cabeza como los +muñecos que tienen un alambre en el pescuezo--; pero un chasco como este +no me lo he llevado nunca. Me la has dado completa, a fondo, de +maestro... Cierto que no tengo poder sobre ti... Si te pierdes, bien +perdido estás. No me vengas a mí después con arrumacos. Te crié, te +eduqué, he sido para ti una madre. ¿No te parece que debías haberme +dicho: 'pues tía, esto hay'?». + +--Cierto que sí--replicó vivamente Maximiliano--, pero me daba reparo, +tía. Ahora que me he soltado paréceme la cosa más fácil del mundo. De +esta falta le pido a usted perdón, porque reconozco que me porté mal. +Pero se me trababa la lengua cuando quería decir algo, y me entraban +sudores... Me acostumbré a no hablar a usted más que de si me dolía o no +la cabeza, de que se me había caído un botón, de si llovía o estaba seco +y otras tonterías así... Oiga usted ahora, que después de callar tanto +me parece que reviento si no le cuento a usted todo. La conocí hace tres +meses. Estaba pobre, había sido muy desgraciada... + +--Sí, sí, me han dicho que es muy corrida. Tienes buenas +tragaderas--afirmó doña Lupe con crueldad. + +--No haga usted caso... los hombres son muy malos. ¿No conviene usted +conmigo en que los hombres son muy malos? Y dígame usted ahora. ¿No es +acción noble traer al buen camino a una alma buena que se ha +descarriado? + +--¡Y tú, tú--chilló la de Jáuregui con espanto, persignándose--, te has +metido a pastor! + +--Pero aguárdese usted, tía. No juzgue usted las cosas tan de +ligero--insistió Maximiliano, apurado por no saber expresarse bien--. +¡Si ella está arrepentida! Ni ha sido tampoco tan mala como a usted le +han dicho. Si es un ángel... + +--¡De cornisa! Buen provecho. + +--Créame usted, y cuando la conozca... + +--¡Yo... conocerla yo! De eso está libre... Repito que buen provecho te +haga tu oveja, mejor dicho, tu cabra descarriada. + +--Pero si no es eso... es que yo no me expreso bien. Dígame una cosa, +¿el querer ser honrada no es lo mismo que serlo? ¿Dice usted que no? +Pues yo no lo veo así, yo no lo veo así. + +--¿Cómo ha de ser lo mismo querer ser una cosa que serlo? + +--En el terreno moral sí... Si conmigo es honrada y sin mí podría no +serlo, ¿cómo quiere usted que yo le diga, anda y vete a los demonios? +¿No es más natural y humano que la acoja y la salve? Pues qué, las obras +grandes y ¿cómo diré?... cristianas, ¿se han de mirar por el lado del +egoísmo? + +Creyó el pobre muchacho que había puesto una pica en Flandes con este +argumento, y observó el efecto que en su tía había hecho. La verdad es +que doña Lupe se quedó un instante algo confusa sin saber qué responder. +Al fin le contestó con desdén: + +«Estás loco. Esas cosas no se le ocurren a nadie que tenga sesos. Me +voy, te dejo, porque si estoy aquí, te pego, no tengo más remedio que +romperte encima el palo de una escoba, y la verdad, si eres poco hombre +para ese amor tan sublime, aún lo eres menos para recibir una paliza». + +Maximiliano la sujetó por el vestido y la obligó a sentarse otra vez. + +«Óigame usted... tía. Yo la quiero a usted mucho; yo le debo a usted la +vida, y aunque usted se empeñe en reñir conmigo, no lo ha de +conseguir... Vamos a ver. Lo que yo hago ahora, lo que la tiene a usted +tan enojada es, según voy viendo, una acción noble, y mi conciencia me +la aprueba, y estoy satisfecho de ella como si tuviera a Dios dentro de +mí diciéndome: _bien, bien_... Porque usted no me puede hacer creer que +estamos en el mundo sólo para comer, dormir, digerir la comida y +pasearnos. No; estamos para otra cosa. Y si yo siento dentro de mí una +fuerza muy grande, pero muy grande, que me impulsa a la salvación de +otra alma lo he de realizar, aunque se hunda el mundo». + +--Lo que tú tienes--afirmó doña Lupe queriendo sostener su papel--, es +la tontería que te rebosa por todo el cuerpo... y nada más. No me +engatusarás con palabritas. Vaya que de la noche a la mañana has +aprendido unos términos y unos floreos de frases que me tienen +pasmada... Estás hecho un poeta... en toda la extensión de la palabra; +yo siempre he tenido a los poetas por unos grandes embusteros... tontos +de atar... Tú no eres ya el sobrinito que yo crié. ¡Cómo me has +engañado!... ¡Una mujer, una manceba, un belén...!, y ahora viene la de +me caso, y a Roma por todo. Anda, ya no te quiero; ya no soy tu tiita +Lupe... No te echo de mi casa por lástima, porque espero que todavía has +de arrepentirte y me has de pedir perdón. + +Maximiliano, ya completamente sereno, movió la cabeza expresando duda. + +«El perdón ya lo pedí por haber callado, y ya no tengo que pedir más +perdones. Todavía hay algo que usted no sabe y que le quiero decir. +¿Cómo la he mantenido durante tres meses? ¡Ay, tía! Rompí la hucha; +tenía tres mil y pico de reales, lo bastante para que viva con modestia, +porque es muy económica, sumamente económica, tía, y no gasta más que lo +preciso». + +Esta revelación hizo vacilar un momento la ira de doña Lupe. ¡Era +económica!... El joven sacó la hucha, y mostrándola a su tía, reveló el +suceso como la cosa más natural del mundo, reproduciéndolo a lo vivo. +«Mire usted, cogí la hucha vieja, después de traer esta, que es +enteramente igual. Machaqué la llena; cogí el oro y la plata y pasé a +esta el cobre, añadiendo dos pesetas en cuartos para que pesara lo +mismo... ¿Quiere usted verlo?». + +Antes que doña Lupe respondiera, Maximiliano estrelló la hucha contra el +suelo, y las piezas de cobre inundaron la habitación. + +«Ya veo, ya veo que no tienes desperdicio--observó doña Lupe recogiendo +la calderilla--. ¿Y cuando se te acabe el dinero? ¿Vendrás a que yo te +dé? ¡Ay, qué equivocado estás!». + +--Cuando se me acabe, Dios me socorrerá por algún lado--dijo Maximiliano +con fe. + +Estaba excitadísimo y tenía el rostro encendido. Doña Lupe no había +visto nunca tanto brillo en aquellos ojos ni animación semejante en +aquella cara. Cuando entre los dos hubieron recogido las piezas, la tía +las envolvió en un número de _La Correspondencia_, y arrojando el +paquete sobre la cómoda, dijo con soberano menosprecio: + +«Ahí tienes para el regalo de boda». + +Maximiliano guardó en la cómoda el pesado paquete, y después se puso la +capa. Doña Lupe no se atrevió a retenerle, pues aunque su corazón se +llenó de sentimientos de soberbia y autoridad, nada de esto pudo +traducirse al exterior, porque en el momento de intentarlo, un freno +inexplicable la contuvo. Sentía desvanecida su autoridad sobre el +enamorado joven; veía una fuerza efectiva y revolucionaria delante de su +fuerza histórica, y si no le tenía miedo, era innegable que aquel +repentino tesón la infundía algún respeto. + +Aquella mujer que dormía a pierna suelta después de haber estrangulado, +en connivencia con Torquemada, a un infeliz deudor, estaba intranquila +ante los problemas de conciencia que le había planteado su sobrino tan +candorosamente. Si quería tanto a esa mujer, ¿con qué derecho oponerse a +que se casara con ella? Y si tenía la tal inclinaciones honradas, y buen +síntoma de honradez era el ser tan económica, ¿quién cargaba con la +responsabilidad de atajarla en el camino de la reforma? Doña Lupe empezó +a llenarse de escrúpulos. Su corazón no era depravado sino en lo tocante +a préstamos; era como los que tienen un vicio, que fuera de él, y cuando +no están atacados de fiebre, son razonables, prudentes y discretos. + +Al día siguiente, después de otro altercado con su sobrino, apuntaron +vagamente en su alma las ideas de transacción. Ya no cabía duda de que +la pasión de Maximiliano era tenaz y profunda, y de que le prestaba +energías incontrastables. Ponerse frente a ella era como ponerse delante +de una ola muy hinchada en el momento de reventar. Doña Lupe reflexionó +mucho todo aquel día, y como tenía un gran sentido de la realidad, +empezó a reconocer el poder que ejercen sobre nuestras acciones los +hechos consumados, y el escaso valor de las ideas contra ellos. Lo de +Maxi sería un disparate, ella seguía creyendo que era una burrada atroz; +mas era un hecho, y no había otro remedio que admitirlo como tal. Pensó +entonces con admirable tino que cuando en el orden privado, lo mismo +que en el público, se inicia un poderoso impulso revolucionario, lógico, +motivado, que arranca de la naturaleza misma de las cosas y se fortifica +en las circunstancias, es locura plantársele delante; lo práctico es +sortearlo y con él dejarse ir aspirando a dirigirlo y encauzarlo. Pues a +sortear y dirigir aquella revolución doméstica; que atajarla era +imposible, y el que se le pusiera delante, arrollado sería sin +remedio... De esta idea provino la relativa tolerancia con que habló a +su sobrino en la segunda noche de confianzas, la maña con que le fue +sacando noticias y pormenores de su novia, sin aparentar curiosidad, +aventurándose a darle algunos consejos. Verdad que entre col y col le +soltaba ciertas frescuras; pero esto era muy estudiado para que Maxi no +viera el juego. «No cuentes conmigo para nada; allá te las hayas... Ya +te he dicho que no quiero saber si tu novia tiene los ojos negros o +amarillos. A mí no me vengas con zalamerías. Te oigo por consideración; +pero no me importa. ¿Que la vaya yo a ver? ¡Estás tú fresco...!». + +A Maximiliano le había dado su metamorfosis una penetración +intermitente. En ocasiones poseía la vista rápida y segura del ingenio +superior; en ocasiones era tan ciego que no veía tres sobre un burro. +Las pasiones exaltadas producen estas pasmosas diferencias en la +eficacia de una facultad, y hacen a los hombres romos o agudos cual si +estuviera el espíritu sometido a una influencia lunática. Aquel día leyó +el joven en el corazón de doña Lupe y apreció sus disposiciones +pacificadoras, a pesar de las frases estudiadas con que las quería +disimular. Hizo además un razonamiento que demuestra la agudeza genial +que adquiría en ciertos momentos de verdadero estro, adivinando por arte +de inspiración los arcanos del alma de sus semejantes. El razonamiento +fue este: «Mi tía se ablanda; mi tía se da a partido. Y como Fortunata +no le debe dinero, ni se lo deberá nunca, porque estoy yo para +impedirlo, ha de llegar día en que sean amigas». + + + + +--v-- + + +Porque doña Lupe era tal y como su sobrino la pintaba en aquella breve +consideración; era juiciosa, razonable, se hacía cargo de todo, miraba +con ojos un tanto escépticos las flaquezas humanas, y sabía perdonar las +ofensas y hasta las injurias; pero lo que es una deuda no la perdonaba +nunca. Había en ella dos personas distintas, la mujer y la prestamista. +El que quisiera estar bien con ella y gozar de su amistad, tuviese mucho +cuidado de que las dos naturalezas no se confundieran nunca. Un simple +pagaré, extendido y firmado de la manera más cordial del mundo, bastaba +a convertir la amiga en basilisco, la mujer cristiana en inquisidora. + +La doble personalidad de esta señora tenía un signo externo en su +cuerpo, una representación fatal, obra de la cirugía, que en este punto +fue una ciencia justiciera y acusadora. A doña Lupe le faltaba un pecho, +por amputación a consecuencia del tumor scirroso de que padeció en vida +de su marido. Como presumía de buen cuerpo y usaba corsé dentro de casa, +aquella parte que le faltaba la suplió con una bien construida pelota de +algodón en rama. A la vista, después de vestida, ofrecía gallardo +conjunto; pero tras de la ropa, sólo la mitad de su seno era de carne; +la otra mitad era insensible y bien se le podía clavar un puñal sin que +le doliese. Lo mismo era su corazón; la mitad de carne, la mitad de +algodón. La índole de las relaciones que con las personas tuviese +determinaba el predominio de tal o cual mitad. No mediando ningún +pagaré, daba gusto de tratar con aquella señora; mas como las +circunstancias la hicieran _inglesa_, ya estaba fresco el que se metiese +con ella. + +Y no había sido así en vida de su marido. Verdad que en aquel tiempo +venturoso, no manejaba más dinero que el que Jáuregui le daba para el +gasto de la casa. Después de viuda, viéndose con cuatro cachivaches y +cinco mil reales, imaginó fundar una casa de huéspedes, pero Torquemada +se lo quitó de la cabeza, ofreciéndose a colocarle sus dineros con buen +interés y toda la seguridad posible. El éxito y las ganancias +engolosinaron a doña Lupe, que adquirió gradual y rápidamente todas las +cualidades del perfecto usurero, y echó el medio pecho de algodón, +haciéndose insensible, implacable y dura cuando de la cobranza puntual +de sus créditos se trataba. Los primeros años de esta vida pasó la +señora grandes apuros, porque los réditos, aun con ser tan crecidos, no +le bastaban al sostenimiento de su casa. Pero a fuerza de orden y +economía fue saliendo adelante, y aun hizo verdaderos milagros +atendiendo a las medicinas que Maximiliano necesitaba y a los +considerables gastos de su carrera. Quería mucho a su sobrino y se +afanaba porque nada le faltara. Este mérito grande no se le podía negar. +Lo que dijo del garbanzo que tenía el valor de una perla, es muy cierto. +Pero no lo es que hubiese practicado la usura por el solo interés de dar +carrera al sietemesino. Esto se lo decía ella a sí propia en sus +soliloquios; pero era uno de esos sofismas con que quiere cohonestarse y +ennoblecerse el egoísmo humano. Doña Lupe _trabajaba en préstamos_ por +pura afición que le infundió Torquemada, y sin sobrino y sin necesidades +habría hecho lo mismo. + +Cuando vinieron los años bonancibles y el capitalito de la viuda +ascendió a dos mil duros, iniciose un periodo de buena suerte que debía +de ser pronto increíble prosperidad. Cayó en las combinadas redes de los +dos prestamistas un pobre señor, más desgraciado que perverso (que había +sido director general y vivía con gran rumbo a pesar de estar a la +cuarta pregunta), y no quiero decir cómo le pusieron. Los dos mil duros +de doña Lupe crecieron como la espuma en el término de tres años, +renovando obligaciones, acumulando intereses y aumentando estos cada año +desde dos por ciento mensual, que era el tipo primitivo, a cuatro. A la +pobre víctima le sacó Torquemada mucho más, porque se adjudicó sus +muebles riquísimos por un pedazo de pan; pero el tal se lo tenía muy +bien merecido. Después se rehízo con un destino en la administración de +Cuba; se volvió a perder, tornó a reponerse en Filipinas, y ahora está +por cuarta vez en poder de los vampiros. Como ya no hay dinero en las +colonias, parece difícil que este desventurado haga la quinta pella. +Dicen que América para los americanos. ¡Vaya una tontería! América para +los usureros de Madrid. + +En la fecha en que nuestra narración coge a doña Lupe, tenía ya un +caudalito de diez mil duros, parte asegurado en acciones del Banco y +parte en préstamos con pagaré legalizado, figurando mucha mayor cantidad +de la percibida por el deudor. El ex-alabardero era enemigo _del +materialismo_ de las hipotecas con seguridad legal y rédito prudente. +Los préstamos arriesgados con premio muy subido eran su delicia y su +arte predilecto, porque aun cuando alguno no se cobrase hasta la víspera +del Juicio Final, la mayor parte de las víctimas caían atontadas por el +miedo al escándalo, y se doblaba el dinero en poco tiempo. Tenía olfato +seguro para rastrear a las personas pundonorosas, de esas que entregan +el pellejo antes que permitir andar en lenguas de la fama, y con estas +se metía hasta el fondo, _se atracaba de deudor_. + +Poco a poco fue transmitiendo su manera de ser, de obrar y sentir a su +compinche, como se pasa la imagen de un papel a otro por medio del calco +o el estarcido. Cada vez que D. Francisco le llevaba dinero cobrado, un +problema de usura resuelto y finiquito, se alegraba tanto la viudita que +se le abrían los poros, y por aquellas vías se le entraba el carácter de +Torquemada a posesionarse del suyo e informarlo de nuevo. + +La esposa de Torquemada estaba hecha tan a semejanza de este, que doña +Lupe la oía y la trataba como al propio don Francisco. Y con el trato +frecuente que las dos señoras tenían, doña Silvia llegó también a +ejercer gran influencia sobre su amiga, imprimiendo en esta algunos +rasgos de su fisonomía moral. Era hombruna, descarada y cuando se ponía +en jarras hacía temblar a medio mundo. Más de una vez aguardó en la +calle a un acreedor, con acecho de asesino apostado, para insultarle sin +piedad delante de la gente que pasaba. A esto no llegó ni podía llegar +la de Jáuregui, porque tenía ciertas delicadezas de índole y de +educación que se sobreponían a sus enconos de usurera. Pero sí fueron +juntas alguna vez a la casa de una infeliz viuda que les debía dinero, y +después de apremiarla inútilmente para que les pagara, echaron miradas +codiciosas hacia los muebles. Las dos harpías cambiaron breves palabras +frente a la víctima, que por poco se muere del susto. «A usted le +conviene esta copa-brasero--dijo doña Silvia--, y a mí aquella cómoda». +Hicieron subir a los mozos de cordel y se llevaron los citados objetos, +después de quitarle a la cómoda la ropa y a la copa el fuego. La deudora +se avino a todo por perder de vista a las dos infernales mujeres que +tanto pavor le causaban. + +La copa aquella estaba en la sala de doña Lupe; mas no se encendía +nunca. Maximiliano sabía su procedencia, así como la de un bargueño y un +armario soberbio que en la alcoba estaban. La mesa en que el estudiante +escribía entró en la casa de la misma manera, y la vajilla buena que se +usaba en ciertos días fue adquirida por la quinta parte de su valor, en +pago de un pico que adeudaba una amiga íntima. Doña Silvia había hecho +el negocio, que doña Lupe no se atreviera a tanto. Un centro de plata, +dos bandejas del mismo metal y una tetera que la señora mostraba con +orgullo, habían ido a la casa empeñadas también por una amiga íntima y +allí se quedaron por insolvencia. Maximiliano se había enterado de +muchos pormenores concernientes a los manejos de su tía. Las alhajas, +vestidos de señora, encajes y mantones de Manila que pasaban a ser +suyos, tras largo cautiverio, vendíalos por conducto de una corredora +llamada Mauricia la Dura. Esta iba a la casa con frecuencia en otros +tiempos; pero ya apenas _corría_, y doña Lupe la echaba muy de menos, +porque aunque era muy alborotada y disoluta, cumplía siempre bien. +Asimismo había podido observar Maximiliano en su propia casa lo +implacable que era su tía con los deudores, y de este conocimiento vino +el inspirado juicio que formuló de esta manera: «Si me caso con +Fortunata y si la suerte nos trae escaseces, antes pediremos limosna por +las calles que pedir a mi tía un préstamo de dos pesetas... Mientras más +amigos, más claros». + + + + +-IV- + +Nicolás y Juan Pablo Rubín.--Propónense nuevas artes y medios de +redención + + + + +--i-- + + +Hallábase doña Lupe, en el fondo de su alma, inclinada a la transacción +lenta que imponían las circunstancias; mas no quiso dar su brazo a +torcer ni dejar de mostrar una inflexibilidad prudente, hasta tanto que +viniese Juan Pablo y hablaran tía y sobrino de la inaudita novedad que +había en la familia. Una mañana, cuando Maximiliano estaba aún en la +cama no bien dormido ni despierto, sintió ruido en la escalera y en los +pasillos. Oyó primero patadas y gritos de mozos que subían baúles, +después la voz de su hermano Juan Pablo; y lo mismo fue oírla, que +sentir renovado en su alma aquel pícaro miedo que parecía vencido. + +No tenía malditas ganas de levantarse. Oyó a su tía regateando con los +mozos por si eran tres o eran dos y medio. Después, le pareció que Juan +Pablo y su tía hablaban en el comedor. ¡Si le estaría contando +aquello...! Seguramente, porque su tía era muy novelera, y no le gustaba +de que ciertas cosas se le enranciaran dentro del cuerpo. Oyó luego que +su hermano se lavaba en el cuarto inmediato, y cuando doña Lupe entró +para llevarle toallas, cuchichearon largo rato. Maximiliano calculó que +probablemente hablarían de la herencia; pero no las tenía todas consigo. +Trataba de darse ánimos considerando que su hermano era el más simpático +de la familia, el de más talento y el que mejor se hacía cargo de las +cosas. + +Levantose al fin de mala gana. Ya lavado y vestido, vacilaba en salir, y +se estuvo un ratito con la mano en el picaporte. Doña Lupe tocó a la +puerta, y entonces ya no hubo más remedio que salir. Estaba pálido y +daba lástima verle. Abrazó a su hermano, y en el mirar de este, en el +tono de sus palabras, conoció al punto que sabía la grande, increíble +historia. No tenía ganas el joven de explicaciones ni disputas aquella +hora, y como era un poco tarde se apresuró a irse a la clase. Mas no +tuvo sosiego en ella, ni cesó de pensar en lo que su hermano diría y +haría. Esta perplejidad le arrancaba suspiros. El miedo, el pícaro miedo +era su principal enemigo. Conveníale, pues, quitarse pronto la máscara +ante su hermano como se la había quitado ante doña Lupe, pues hasta que +lo hiciera no se reintegraría en el uso de su voluntad. Si Juan Pablo +salía por la tremenda, quizás era mejor, porque así no estaba +Maximiliano en el caso de guardarle consideraciones; pero si se ponía +en un pie de astucias diplomáticas, fingiendo ceder para resistir con la +inercia, entonces... Esto ¡ay!, lo temía más que nada. + +Pronto había de salir de dudas. Cuando Maximiliano entró a almorzar, ya +estaba Juan Pablo sentado a la mesa, y a poco llegó doña Lupe con una +bandeja de huevos fritos y lonjas de jamón. Gozosa estaba aquel día la +señora, porque Papitos se portaba bien, como siempre que había aumento +de trabajo. «Es tan novelera esta mona--decía--, que cuando tenemos +mucho que hacer parece que se multiplica. Lo que ella quiere es lucirse, +y como vea ocasiones de lucimiento, es un oro. Cuando menos hay que +hacer es cuando la pega. Me la traje a casa hecha una salvajita, y poco +a poco le he ido quitando mañas. Era golosa, y siempre que iba a la +tienda por algo, lo había de catar. ¿Creerás que se comía los fideos +crudos?... La recogí de un basurero de Cuatro Caminos, hambrienta, +cubierta de andrajos. Salía a pedir y por eso tenía todos los malos +hábitos de la vagancia. Pero con mi sistema la voy enderezando. Porrazo +va, porrazo viene, la verdad es que sacaré de ella una mujer en toda la +extensión de la palabra». + +--Está tan malo el servicio en Madrid--observó Juan Pablo--, que no debe +usted mirarle mucho los defectos. + +Durante todo el almuerzo hablaron del servicio, y a cada cosa que decían +miraban a Maximiliano como impetrando su asentimiento. El joven observó +que su hermano estaba serio con él, pero aquella seriedad indicaba que +le reconocía hombre, pues hasta entonces le trató siempre como a un +niño. El estudiante esperaba burlas, que era lo que más temía, o una +reprimenda paternal. Ni una cosa ni otra se apuntaba en el lenguaje +indiferente y frío de Juan Pablo. Este, después de almorzar, sintiose +amagado de la jaqueca y se echó de muy mal humor en su cama. Toda la +tarde y parte de la noche estuvo entre las garras de aquella desazón más +molesta que grave. No eran sus ataques tan penosos como los de +Maximiliano, y generalmente le era fácil anegar el dolor hemicráneo en +la onda del sueño. Ya sabía que el cansancio de los viajes consecutivos +le producía el ataque, y que este se pasaba en la noche mas no por esto +lo llevaba con paciencia. Renegando de su suerte estuvo hasta muy tarde, +y al fin descansó con sosegado sueño. + +En tanto, doña Lupe hacía mil consideraciones sobre el apático desdén +con que Juan Pablo recibiera la noticia de _aquello_. Había fruncido el +ceño; después había opinado que su hermano era loco, y por fin, alzando +los hombros, dijo: «¿Yo qué tengo que ver? Es mayor de edad. Allá se las +haya». + +Lo mismo Maximiliano que su tía habían notado que Juan Pablo estaba +triste. Primero lo atribuyeron a cansancio; pero notaron luego que +después de las doce horas de sueño reparador, estaba más triste aún. No +sostenía ninguna conversación. Parecía que nada le interesaba, ni aun la +herencia, de la que hablaba poco, aunque siempre en términos precisos. + +«¿Sabes que tu hermano lo ha tomado con calma?» dijo doña Lupe a Maxi +una noche. + +--¿Qué?--El asunto tuyo. Dos veces le he hablado. ¿Y sabes lo que hace? +Alzar los hombros, sacudir la ceniza del cigarro con el dedo meñique, y +decir que ahí se las den todas. + +El enamorado oía con júbilo estas palabras, que eran para él un gran +consuelo. Indudablemente Juan Pablo observaba la prudente regla de +respetar los sentimientos y propósitos ajenos para que le respetaran los +suyos. Hablaba tan poco, que doña Lupe tenía que sacarle las palabras +con cuchara. «O está también haciendo el trovador--decía doña Lupe--, o +le pasa algo. Estoy yo divertida con mis sobrinos. Todos están con +murria. Al menos Maxi es franco y dice lo que quiere». + +Hubiera hurgado doña Lupe a su sobrino mayor para que le relevase la +causa de su tristeza; pero como presumía fuese cosa de política, no +quiso tocar este punto delicado por no armar camorra con Juan Pablo, +que era o había sido carlista, al paso que doña Lupe era liberal, cosa +extraña, liberal _en toda la extensión de la palabra_. Después de servir +a D. Carlos en una posición militar administrativa, Rubín había sido +expulsado del Cuartel Real. Sus íntimos amigos le oyeron hablar de +calumnias y de celadas traidoras; pero nada se sabía concretamente. +Dejaba escapar de su pecho exclamaciones de ira, juramentos de venganza +y apóstrofes de despecho contra sí mismo. «¡Bien merecido lo tengo por +meterme con esa gente!». Cuando llegó a Madrid echado de la corte de D. +Carlos, fue a casa de su tía, según costumbre antigua; pero apenas +paraba en la casa. Dormía fuera, comía también fuera, casi siempre en +los cafés o en casa de alguna amiga, y doña Lupe se desazonaba juzgando +con razón que semejante vida no se ajustaba a las buenas prácticas +morales y económicas. De repente, el misántropo volvió al Norte, +diciendo que regresaría pronto, y mientras estuvo fuera se supo la +muerte de Melitona Llorente. La primera noticia que de la herencia tuvo +Juan Pablo diósela su tía paterna por una carta que le dirigió a Bayona. +Preparábase a volver a España, y la carta aquella con la noticia que +llevaba aceleró su vuelta. Entró por Santander, se fue a Zaragoza por +Miranda y de allí a Molina de Aragón. Diez días estuvo en esta villa, +donde ninguna dificultad de importancia le ofreció la toma de posesión +del caudal heredado. Este ascendía a unos treinta mil duros entre +inmuebles y dinero dado a rédito sobre fincas; y descontadas las mandas +y los derechos de traslación de dominio, quedaban unos veintisiete mil +duros. Cada hermano cobraría nueve mil. Juan Pablo, al llegar a Madrid, +escribió a Nicolás para que también viniese, con objeto de estar +reunidos los tres hermanos y tratar de la partición. + +He dicho que doña Lupe rehuía el hablar de política con Juan Pablo. En +realidad, ella no entendía jota de política, y si era liberal, éralo por +sentimiento, como tributo a la memoria de su Jáuregui y por respeto al +uniforme de miliciano nacional que este tan gallardamente ostentaba en +su retrato. Pero si le hubieran dicho que explicara los puntos +esenciales del dogma liberal, se habría visto muy apurada para +responder. No sabía más sino que aquellos malditos _carcas_ eran unos +indecentes que nos querían traer la Inquisición y las _caenas_. Había +respirado aquella señora aires tan progresistas durante su niñez y en +los gloriosos veinte años de su unión con Jáuregui, que no quería ni oír +hablar de absolutismo. No comprendía cómo su sobrino, un muchacho tan +listo, había cometido la borricada de hacerse súbdito de aquel zagalón +de D. Carlos, un perdido, un zafiote, un déspota _en toda la extensión +de la palabra_. + +En la cuestión religiosa, las ideas de doña Lupe se adaptaban al +criterio de su difunto esposo, que era el más juicioso de los hombres y +sabía dar _a Dios lo que es de Dios y al César_, etc... Este estribillo +lo repetía muy orgullosamente la viuda siempre que saltaba una +oportunidad, añadiendo que creía cuanto la Santa Madre Iglesia manda +creer; pero que mientras menos trato tuviera con curas, mejor. Oía su +misa los domingos y confesaba muy de tarde en tarde; mas de este paso +regular no la sacaba nadie. + +Desde un día en que disputando con su sobrino sobre este tema, se +amontonaron los dos y por poco se tiran los trastos a la cabeza, no +quiso doña Lupe volver a mentar a los _carcundas_ delante de Juan Pablo. +Y cuando le vio venir del Cuartel Real, corrido y humillado, tuvo la +señora una alegría tal que con dificultad podía disimularla. Se acordaba +de su Jáuregui y de las cosas oportunas y sapientísimas que este decía +sobre todo desgraciado que se metía con curas, pues era lo mismo que +acostarse con niños. «Y no aprenderá--pensaba doña Lupe--; todavía es +capaz de volver a las andadas, y de ir allá a quitarle motas al zángano +de Carlos _Siete_. + + + + +--ii-- + + +Durmiose Maxi aquella noche arrullado por la esperanza. Síntoma de +conciliación era que su tía no le hablaba ya con ira, y aun parecía +tenerle en verdadero concepto de hombre o de varón. A veces, hasta +parecía que la insigne señora le tenía cierto respeto. ¡Si no hay como +mostrarse duro y decidido para que le respeten a uno...! Por lo demás, +doña Lupe había vuelto a cuidarle con su acostumbrada solicitud. Le +ponía en la mesa los platos de su gusto, y en su cuarto nada faltaba +para su regalo y comodidad. En fin, que el pobre chico estaba +satisfecho; sentía que el terreno se solidificaba bajo sus plantas, y se +reconocía más árbitro de su destino, y casi triunfante en la descomunal +batalla que estaba dando a su familia. + +En cuanto a Juan Pablo, no había nada que temer. Los dos hermanos no +tenían ocasiones de hablar mucho, porque el primogénito, después de +almorzar, se marchaba a uno de los cafés de la Puerta del Sol y allí se +estaba las horas muertas. Por la noche o venía muy tarde o no venía. La +idea de que su hermano andaba de picos pardos regocijaba a Maxi porque +«ahora se verá--decía--, quién es más juicioso, quién cumple mejor las +leyes de la moral. Que no nos venga aquí echándosela de plancheta con +su _neísmo_». + +En suma, que mi hombre se veía más respetado y considerado desde que se +las tuvo tiesas con su tía la mañana de marras. La única persona que no +participaba ni poco ni mucho de este respeto era Papitos, que cada día +le trataba con familiaridad más chocarrera. «Feo, cara de pito, memo en +polvo--decíale sacando un trozo de lengua tal que casi parecía +inverosímil--. Valiente mico está _vusté_... Verá cómo no le dejan +casar... Sí, para _vusté_ estaba. Bobo, más que bobo». Maximiliano la +despreciaba y se lo decía: «Lárgate de aquí, sinvergüenza, o te quito +todas las muelas de una bofetada». «_¿Vusté, vusté?_, ja, ja. Si le +cojo, del primer borleo va a parar al tejado». + +Más valía no hacerle caso. Era una inocente que no sabía lo que se +decía. Estaba Papitos arreglando el cuarto de _sito_ Maxi, donde se puso +la cama para el cura, que debía llegar al día siguiente por la mañana. +No veía el estudiante con buenos ojos este arreglo, porque siempre que +su hermano Nicolás venía a Madrid y dormía en aquel cuarto le espantaba +el sueño con sus ronquidos. Eran sus fauces y conducto nasal trompeta de +Jericó con diferentes registros a cual peor. Maxi se ponía tan nervioso, +que a veces tenía que salirse de la cama y del cuarto. Lo que más le +incomodaba era que a la mañana siguiente el cura sostenía que no había +dormido nada. + +Indicó a doña Lupe que le librara de este martirio poniendo a Nicolás en +otra habitación. ¿Pero dónde, si no había más aposentos en la casa? La +señora le prometió ponerle la cama en su propia alcoba si el cura +roncaba mucho la primera noche. «Pero ahora que me acuerdo, yo también +ronco... En fin, ya se arreglará. Aunque sea en la sala te podrás +quedar». + +Llegó Nicolás Rubín a la mañanita siguiente, y Maxi le vio entrar como +un enemigo más con quien tendría que batirse. El carácter sacerdotal de +su hermano le impresionaba, pues por mucho que su tía y él hablaran +contra el _neísmo_, un cura siempre es una autoridad en cualquier +familia. A este hermano le quería Maxi menos que a Juan Pablo, sin duda +por haber vivido ausente de él durante su niñez. + +Los dos hermanos mayores almorzaron juntos, mas no hablaron ni palotada +de política, por no chocar con doña Lupe. Precisamente Nicolás fue quien +metió a Juan Pablo por el aro carlista, prometiéndole villas y +castillos. Habíale dado recomendaciones para elevadas personas del +Cuartel Real y para unos clérigos de caballería que residían en Bayona. +Pero nada, como digo, se habló en la mesa. No se les ocultaba que su tía +sabía hacer guardar los respetos debidos a la entidad de Jáuregui, +presente siempre en la casa por ficción mental, de que era símbolo el +feo retrato que en el gabinete estaba. Hablaban del tiempo, de lo mal +que se vivía en Toledo, de que el viento se había llevado toda la flor +del albaricoque, y de otras zarandajas, honrando sin melindres el buen +almuerzo. + +De sobremesa, Juan Pablo propuso, puesto que estaban todos reunidos, +tratar algunos puntos de la herencia, que debían ponerse en claro. Él no +quería propiedad rústica, y si sus hermanos lo aprobaban, recibiría su +parte en metálico e hipotecas. Otras hipotecas y las tierras serían para +Nicolás y Maximiliano. Estos se conformaron con lo que su hermano +proponía, y a doña Lupe le dieron ganas de tomar cartas en el asunto; +pero no se atrevió a intervenir en un negocio que no le incumbía. No +tuvo más remedio que tragar saliva y callarse. Después le dijo a +Maximiliano: «Habéis sido unos tontos. Tu hermano quiere su parte en +metálico para gastarla en cuatro días. Es una mano rota. ¿A mí qué me va +ni me viene? Pues más te habría valido recibir lo tuyo en dinero +contante, que bien colocado por mí, te habría dado una rentita bien +segura. Y si no, lo has de ver. Yo quiero saber cómo te las vas tú a +gobernar con tanto olivo, tanto parral y ese pedazo de monte bajo que +dicen que te toca. Lo mismo que el majagranzas de Nicolás; a todo decía +que sí. Por de pronto tendréis que tomar un administrador que os robará +los ojos, y os dará cada cuenta que Dios tirita. ¡Qué par de zopencos +sois! Yo te miraba y te quería comer con los ojos, dándote a entender +que te resistieras; y tú, hecho un marmolillo... Y luego quieres +echártela de hombre de carácter. Bonito camino, sí señor, bonito camino +tomas». + +Otra cosa había propuesto también el primogénito, a la que accedieron +gustosos los otros dos hermanos. Cuando murió D. Nicolás Rubín, todos +los _ingleses_ cobraron con las existencias de la tienda, a excepción de +uno, que había sido el mejor y más fiel amigo del difunto en sus días +buenos y malos. Este acreedor era Samaniego, el boticario de la calle +del Ave María, y su crédito ascendía, con el interés vencido de seis por +ciento, a sesenta y tantos mil reales. Propuso Juan Pablo satisfacerlo +como un homenaje a la justicia y a la buena memoria de su querido padre, +y se votó afirmativamente por unanimidad. La misma doña Lupe aprobó este +acuerdo, que si recortaba un poco el capital de la herencia, era un acto +de lealtad y como una consagración póstuma de la honradez de su infeliz +hermano. Samaniego no había reclamado nunca el pago de su deuda, y esta +delicadeza pesaba más en el ánimo de los Rubín para pagarle. Ambas +familias se visitaban a menudo, tratándose con la mayor cordialidad, y +aun se llegó a decir que Juan Pablo no miraba con malos ojos a la mayor +de las hijas del boticario, llamada Aurora, y de cuyas virtudes, talento +y aptitud para el trabajo se hacía toda lenguas doña Lupe. + +Aprobadas la partición propuesta por Juan Pablo y la cancelación del +crédito de Samaniego. + +Maximiliano, con estas cosas, se sentía cada vez más fuerte. Había +tomado acuerdos en consejo de familia, luego era hombre. Si tenía la +personalidad legal, ¿cómo no tener la otra? Figurábase que algo crecía y +se vigorizaba dentro de él, y hasta llegó a imaginar que si le pusieran +en una báscula había de pesar más que antes de aquellas determinaciones. +Sin duda tenía también más robustez física, más dureza de músculos, más +plenitud de pulmones. No obstante, estaba sobre ascuas hasta que su +hermano el cleriguito no se explicase. Podría suceder muy bien que +cuando todo iba como una seda, saliese con ciertas _mistiquerías_ +propias de su oficio, sacando el Cristo de debajo de la sotana y +alborotando la casa. + +La noche del mismo día en que se trató de la herencia, supo Nicolás lo +que pasaba, y no lo tomó con tanta calma como Juan Pablo. Su primer +arranque fue de indignación. Tomó una actitud consternada y meditabunda, +haciendo el papel de hombre entero, a quien no asustan las dificultades +y que tiene a gala el presentarles la cara. Las relaciones entre Nicolás +y la viuda, que habían sido frías hasta un par de meses antes de los +sucesos referidos, eran en la fecha de estos muy cordiales, y no porque +tía y sobrino tuviesen conformidad de genio, sino por cierta +coincidencia en procederes económicos que atenuaba la gran disparidad +entre sus caracteres. Doña Lupe no había simpatizado nunca con Nicolás; +primero, porque las sotanas en general no la hacían feliz; segundo, +porque aquel sobrino suyo no se dejaba querer. No tenía las seducciones +personales de Juan Pablo, ni la humildad del pequeño. Su fisonomía no +era agradable, distinguiéndose por lo peluda, como antes se indicó. Bien +decía doña Lupe que así como el primogénito se llevara todos los +talentos de la familia, Nicolás se había adjudicado todos los pelos de +ella. Se afeitaba hoy, y mañana tenía toda la cara negra. Recién +afeitado, sus mandíbulas eran de color pizarra. El vello le crecía en +las manos y brazos como la yerba en un fértil campo, y por las orejas y +narices le asomaban espesos mechones. Diríase que eran las ideas, que +cansadas de la oscuridad del cerebro se asomaban por los balcones de la +nariz y de las orejas a ver lo que pasaba en el mundo. + +Cargábanle a doña Lupe sus pretensiones sermonarias y cierta grosería +entremezclada con la soberbia clerical. Las relaciones entre una y otro +eran puramente de fórmula, hasta que a Nicolás, en uno de los viajes que +hizo a Madrid, se le ocurrió entregar a la tía sus ahorros para que se +los colocara, y véase aquí cómo se estableció entre estas dos personas +una corriente de simpatía convencional que había de producir la amistad. +Era como dos países separados por esenciales diferencias de raza y +antagonismos de costumbres, y unidos luego por un tratado de comercio. +Lo contrario pasó entre Juan Pablo y doña Lupe. Esta le tuvo en otro +tiempo mucho cariño y apreciaba sus grandes atractivos personales; pero +ya le iba dando de lado en sus afectos. No le perdonaba sus hábitos de +despilfarro y el poco aprecio que hacía del dinero gastándolo tan sin +sustancia. Ni una sola vez, ni una, le había dado un pico para que se lo +colocase a rédito. Siempre estaba a la cuarta pregunta, y como pudiera +sacarle a su tía alguna cantidad por medio de combinaciones dignas del +mejor hacendista, no dejaba de hacerlo, y a la viuda se le requemaba la +sangre con esto. Véase, pues, cómo se entendía mejor con el más +antipático de sus sobrinos que con el más simpático. + + + + +--iii-- + + +Conocedor Nicolás de la tremenda noticia, le faltó tiempo para pegar la +hebra de su soporífero sermón, sólo interrumpido cuando Papitos trajo la +ensalada. Porque Nicolás Rubín no podía dormir si no le ponían delante a +punto de las once una ensalada de lechuga o escarola, según el tiempo, +bien aliñada, bien meneada, con el indispensable ajito frotado en la +ensaladera, y la golosina del apio en su tiempo. Había comido muy bien +el dichoso cura, circunstancia que no debe notarse, pues no hay memoria +de que dejara de hacerlo cumplidamente ningún día del año. Pero su +estómago era un verdadero molino, y a las tres horas de haberse llenado, +había que cargarlo otra vez. «Esto no es más que debilidad--decía +poniendo una cara grave y a veces consternada--, y no hay idea de los +esfuerzos que he hecho por corregirla. El médico me manda que coma poco +y a menudo». + +Cayó sobre aquel forraje de la ensalada, e inclinaba la cara sobre ella +como el bruto sobre la cavidad del pesebre lleno de yerba. + +«Le diré a usted, tía--murmuraba con el gruñido que la masticación le +permitía--. Yo no soy de mucho comer, aunque lo parezca». + +--Podías serlo más. Come, hijo, que el comer no es pecado gordo. + +--Le diré a usted, tía... + +No le dijo nada, porque la operación aquella de mascar los jugosos +tallos de la escarola absorbía toda su atención. Los gruesos labios le +relucían con la pringue, y esta se le escurría por las comisuras de la +boca formando un hilo corriente, que hubiera descendido hasta la +garganta si los cañones de la mal rapada barba no lo detuvieran. Tenía +puesto un gorro negro de lana con borlita que le caía por delante al +inclinar la cabeza, y se retiraba hacia atrás cuando la alzaba. A doña +Lupe (no lo podía remediar) le daba asco el modo de comer de su sobrino, +considerando que más le valía saber menos de cosas teológicas y un +poquito más de arte de urbanidad. Como estaban los dos solos, dábale +bromas sobre aquello del comer poco y a menudo; pero él se apresuró a +variar la conversación, llevándola al asunto de Maxi. + +«Una cosa muy seria, tía, pero que muy seria». + +--Sí que lo es; pero creo muy difícil quitársela de la cabeza. + +--Eso corre de mi cuenta... ¡Oh! Si no tuviera yo otras montañas que +levantar en vilo...--dijo el clérigo apartando de sí la ensaladera, en +la cual no quedaba ni una hebra--. Verá usted... verá usted si le vuelvo +yo del revés como un calcetín. Para esas cosas me pinto... + +No pudo concluir la frase, porque le vino de lo hondo del cuerpo a la +boca una tan voluminosa cantidad de gases, que las palabras tuvieron que +echarse a un lado para darle salida. Fue tan sonada la regurgitación, +que doña Lupe tuvo que apartar la cara, aunque Nicolás se puso la palma +de la mano delante de la boca a guisa de mampara. Este movimiento era +una de las pocas cosas relativamente finas que sabía. + +«...me pinto solo--terminó, cuando ya los fluidos se habían difundido +por el comedor--. Verá usted, en cuanto llegue le echo el toro... ¡Oh!, +es mi fuerte. Me parece que ya está ahí». + +Oyose la campanilla, y la misma doña Lupe abrió a su sobrino. Lo mismo +fue entrar este en el comedor que conocer en la cara impertinente de su +hermano que ya sabía _aquello_... No le dio Nicolás tiempo a prepararse, +porque de buenas a primeras le embocó de este modo: + +«Siéntese usted aquí, caballerito, que tenemos que hablar. Vaya, que me +ha dejado frío lo que acabo de saber. Estamos bien. Con que...». + +La mano tiesa volvió a ponerse delante de la boca, a punto que se +atascaban las palabras, sufriendo la cabeza como una trepidación. + +«Con que aquí hace cada cual lo que le da la gana, sin tener en cuenta +las leyes divinas ni humanas, y haciendo mangas y capirotes de la +religión, de la dignidad de la familia...». + +Maximiliano, que al principiar el réspice, estaba anonadado, se rehízo +de súbito, y todas las fuerzas de su espíritu se pronunciaron con +varonil arranque. Tal era el síntoma característico del _hombre nuevo_ +que en él había surgido. Roto el hielo de la cortedad desde el momento +en que la tremenda cuestión salía a _vista pública_, le brotaban del +fondo del alma aquellos alientos grandes para su defensa. Discutir, eso +no; pero lo que es obrar, sí, o al menos demostrar con palabras breves y +enfáticas su firme propósito de independencia... + +«¡Bah!--exclamó apartando la vista de su hermano con un movimiento +desdeñoso de la cabeza--. No quiero oír sermones. Yo sé bien lo que debo +hacer». + +Dijo, y levantándose se marchó a su cuarto. + +--Bien, muy bien--murmuró el cura quedándose corrido, mirando a doña +Lupe y a Papitos, la cual se pasmaba de aquel mirar que parecía una +consulta--. Y qué mal educadito y que rabiosito se ha vuelto. Bien, muy +bien; pero muy... + +Un metro cúbico de gas se precipitó a la boca con tanta violencia, que +Nicolás tuvo que ponerse tieso para darle salida franca, y a pesar de lo +furioso que estaba, supo cuidar de que la mano desempeñara su +obligación. Doña Lupe también parecía indignada, aunque si se hubiera +ido a examinar bien el interior de la digna señora, se habría visto que +en medio del enojo que su dignidad le imponía, nacía tímidamente un +sentimiento extraño de regocijo por aquella misma independencia de su +sobrino. ¡Si sería efectivamente un hombre, un carácter entero...! +Siempre le disgustó a ella que fuera tan encogido y para poco. ¿Por qué +no se había de alegrar de ver en él un rasgo siquiera de personalidad +árbitra de sí misma? «Hay que ver por dónde sale este demonches de +chico--pensaba con cierta travesura--. ¡Y qué geniazo va sacando!». + +«Pero muy bien, perfectamente bien--dijo el cura apoyando las manos en +los brazos del sillón, para enderezar el cuerpo--. Verás ahora, +grandísimo piruétano, cómo te pongo yo las peras a cuarto. Tía, buenas +noches. Ahora va a ser la gorda. Acostados los dos, hablaremos». + +Encerrose Nicolás en su alcoba, que era la de su hermano, y ambos se +metieron en la cama. Doña Lupe se puso fuera a escuchar. Al principio no +oyó más que el crujir de los hierros de la cama del clérigo, que era muy +mala y endeble, y en cuanto se movía el desgraciado ocupador de ella +volvíase toda una pura música, la que unida al ruido de los muelles del +colchón veterano, hubiera quitado el sueño a todo hombre que no fuese +Nicolás Rubín. Después oyó doña Lupe la voz de Maxi, opaca, pero entera +y firme. Nicolás no le dejaba meter baza; pero el otro se las tenía +tiesas... ¡Terrible duelo entre el sermón y el lenguaje sincero de los +afectos! Ponía singular atención doña Lupe a la voz del sietemesino, y +se hubiera alegrado de oír algo estupendo, categórico y que se saliera +de lo común; pero no podía distinguir bien los conceptos, porque la voz +de Maxi era muy apagada y parecía salir de la cavidad de una botella. En +cambio los gritos del cura se oían claramente desde el pasillo. «Miren +por dónde sale ahora este...--pensó doña Lupe volviendo la cara con +desdén--. ¡Qué tendrán que ver Santo Tomás ni el padre Suárez con...!». +Al fin dejó de oírse la voz cavernosa del sacerdote, y en cambio se +percibió un silbido rítmico, al que siguieron pronto mugidos como los +del aire filtrándose por los huecos de un torreón en ruinas. + +«Ya está roncando ese...--dijo doña Lupe retirándose a su alcoba--. ¡Qué +noche va a pasar el otro pobre!». + +Serían las nueve de la mañana siguiente, cuando Nicolás pidió a Papitos +su chocolate. Salió del cuarto con la cara muy mal lavada, y algunas +partes de ella parecían no haber visto más agua que la del bautismo. + +«¿Ese chocolate?» preguntó en el comedor, resobándose las manos una con +otra, como si quisiera sacar fuego de ellas. + +--Ahora mismo. El chocolate había de ser con canela, hecho con leche, +por supuesto, y en ración de dos onzas. Le habían de acompañar un bollo +de tahona, varios bizcochitos y agua con azucarillo. Y aún decía Nicolás +que tomaba chocolate no por tomarlo, sino nada más que por fumarse un +cigarrillo encima. + +--¿Y qué resultó anoche?--preguntó doña Lupe al ponerle delante todo +aquel cargamento. + +--Pues nada, que no hay quien le apee--respondió el clérigo, sumergiendo +el primer bizcochito en el espeso líquido--. Lo que usted decía: no es +posible quitárselo de la cabeza. Una de dos, o matarle o dejarle, y como +no le hemos de matar... Al fin convenimos en que yo vería hoy a esa... +cabra loca. + +--No me parece mal.--Y según la impresión que me haga, determinaremos. + +--¿Vais juntos?--No, yo solo, quiero ir solo. Además él está hoy con +jaqueca. + +--¿Con jaqueca? ¡Pobrecito! + +Doña Lupe corrió a ver a Maximiliano, que después de empezar a vestirse, +había tenido que echarse otra vez en la cama. Provocado sin duda por las +emociones de aquellos días, por el largo debate con su hermano Nicolás, +y más aún quizás por los insufribles ronquidos de este, apareció el +temido acceso. Desde media noche sintió Maxi un entorpecimiento +particular dentro de la cabeza, acompañado del presagio del mal. La +atonía siguió, con el deseo de sueño no satisfecho y luego una punzada +detrás del ojo izquierdo, la cual se aliviaba con la compresión bajo la +ceja. El paciente daba vueltas en la cama buscando posturas, sin +encontrar la del alivio. Resolvíase luego la punzada en dolor +gravitativo, extendiéndose como un cerco de hierro por todo el cráneo. +El trastorno general no se hacía esperar, ansiedad, náuseas, ganas de +moverse, a las que seguían inmediatamente ganas más vivas todavía de +estarse quieto. Esto no podía ser, y por fin le entraba aquella desazón +epiléptica, aquel maldito hormigueo por todo el cuerpo. Cuando trató de +levantarse parecíale que la cabeza se le abría en dos o tres cascos, +como se había abierto la hucha a los golpes de la mano del almirez. +Sintió entrar a su tía. Doña Lupe conocía tan bien la enfermedad, que no +tenía más que verle para comprender el periodo de ella en que estaba. + +«¿Tienes ya el clavo?--le preguntó en voz muy baja--. Te pondré +láudano». + +Había aparecido el clavo, que era la sensación de una baguetilla de +hierro caliente atravesada desde el ojo izquierdo a la coronilla. +Después pasaba al ojo derecho este suplicio, algo atenuado ya. Doña +Lupe, tan cariñosa como siempre, le puso láudano, y arreglando la cama y +cerrando bien las maderas, le dejó para ir a hacer una taza de té, +porque era preciso que tomase algo. El enfermo dijo a su tía que si iba +Olmedo a buscarle para ir a clase, le dejase pasar para hacerle un +encargo. Fue Olmedo, y Maximiliano le rogó corriese a avisar a Fortunata +la visita del clérigo, para que estuviese prevenida. «Oye, adviértele +que tenga mucho cuidado con lo que dice; que hable sin miedo y con +sinceridad; basta con esto. Dile cómo estoy y que no la podré ver hasta +mañana». + + + + +--iv-- + + +El aviso, puntualmente transmitido por Olmedo, de la visita del cura +puso a Fortunata en gran confusión. Pareciole al pronto un honor harto +grande, luego compromiso, porque la visita de persona tan respetable +indicaba que la cosa iba de veras. No se conceptuaba, además, con +bastante finura para recibir a sujetos de tanta autoridad. «¡Un señor +eclesiástico!... ¡qué vergüenza voy a pasar! Porque de seguro me +preguntará cosas como cuando una se va a confesar... ¿Y cómo me pondré? +¿Me vestiré con los trapitos de cristianar, o de cualquier manera?... +Quizás sea mejor ponerme hecha un pingo, a lo pobre, para que no crea... +No, no es propio. Me vestiré decente y modestita». Despachados los más +urgentes quehaceres del día, peinose con mucha sencillez, se puso su +vestido negro, las botas nuevas; púsose también su pañuelo de lana +oscuro, sujeto con un imperdible de metal blanco que representaba una +golondrina, y mirándose al espejo, aprobó su perfecta facha de mujer +honesta. Antes de arreglarse había almorzado precipitadamente, con poca +gana, porque no le gustaban visitas tan serias, ni sabía lo que en ellas +había de decir. La idea de soltar alguna barbaridad o de no responder +derechamente a lo que se le preguntara, le quitó el apetito... Y bien +mirado, ¿qué necesidad tenía ella de visitas de curas? Pero no tuvo +tiempo de pensar mucho en esto, porque de repente... tilín. Era +próximamente la una y media. + +Corrió a abrir la puerta. El corazón le saltaba en el pecho. La figura +negra avanzó por el pasillo para entrar en la salita. Fortunata estaba +tan turbada que no acertó a decirle que se sentase y dejara la canaleja. +Maxi, que al hablar de la familia se dejaba guiar más por el amor propio +que por la sinceridad, le había hecho mil cuentos hiperbólicos de +Nicolás, pintándole como persona de mucha virtud y talento, y ella se +los había creído. Por esto se desilusionó algo al ver aquella figura +tosca de cura de pueblo, aquellas barbas mal rapadas y la abundancia de +vello negro que parecía cultivado para formar cosecha. La cara era +desagradable, la boca grande y muy separada de la nariz corva y chica; +la frente espaciosa, pero sin nobleza; el cuerpo fornido, las manos +largas, negras y poco familiarizadas con el jabón; la tez morena, +áspera y aceitosa. El ropaje negro del cura revelaba desaseo, y este +detalle bien observado por Fortunata la ilusionó otra vez respecto a la +santidad del sujeto, porque en su ignorancia suponía la limpieza reñida +con la virtud. Poco después, notando que su futuro hermano político +olía, y no a ámbar, se confirmó en aquella idea. + +«Parece que está usted como asustada--dijo Nicolás con fría sonrisa +clerical--. No me tenga usted miedo. No me como a la gente. ¿Se figura +usted a lo que vengo?». + +--Sí señor... no... digo, me figuro. Maximiliano... + +--Maximiliano es un tarambana--afirmó el clérigo con la seguridad +burlesca del que se siente frente a un interlocutor demasiado débil--, y +usted lo debe conocer como lo conozco yo. Ahora ha dado en la simpleza +de casarse con usted... No, si no me enfado. No crea usted que la voy a +reñir. Yo soy moro de paz, amiga mía, y vengo aquí a tratar la cosa por +las buenas. Mi idea es esta: ver si es usted una persona juiciosa, y si +como persona juiciosa comprende que esto del casorio es una botaratada; +ni más ni menos... Y si lo reconoce así, pretendo, esta, esta es la +cosa, que usted misma sea quien se lo quite de la cabeza... ni menos ni +más. + +Fortunata conocía _La Dama de las Camelias_, por haberla oído leer. +Recordaba la escena aquella del padre suplicando a la _dama_ que le +quite de la cabeza al chico la tontería de amor que le degrada, y sintió +cierto orgullo de encontrarse en situación semejante. Más por coquetería +de virtud que por abnegación, aceptó aquel bonito papel que se le +ofrecía, ¡y vaya si era bonito! Como no le costaba trabajo desempeñarlo +por no estar enamorada ni mucho menos, respondió en tono dulce y grave: + +«Yo estoy dispuesta a hacer todo lo que usted me mande». + +--Bien, muy bien, perfectamente bien--dijo Nicolás, orgulloso de lo que +creía un triunfo de su personalidad, que se imponía sólo con +mostrarse--. Así me gusta a mí la gente. ¿Y si le mando que no vuelva a +ver más a mi hermano, que se escape esta noche para que cuando él vuelva +mañana no la encuentre? + +Al oír esto, Fortunata vaciló. + +«Lo haré, sí, señor--contestó al fin, cuidando luego de buscar +inconvenientes al plan del sacerdote--. ¿Pero a dónde iré yo que él no +venga tras de mí? Al último rincón de la tierra ha de ir a buscarme. +Porque usted no sabe lo desatinado que está por... esta su servidora». + +--¡Oh!, lo sé, lo sé... A buena parte viene. ¿De modo que usted cree que +no adelantamos nada con darle esquinazo?... Esta es la cosa. + +--Nada, señor, pero nada--declaró ella, disgustada ya del papel de _Dama +de las Camelias_, porque si el casarse con Maximiliano era una solución +poco grata a su alma, la vida pública la aterraba en tales términos, que +todo le parecía bien antes que volver a ella. + +--Bien, perfectamente bien--afirmó Nicolás dándose aires de persona que +medita mucho las cosas, y razona a lo matemático--. Ya tenemos un punto +de partida, que es la buena disposición de usted... esta es la cosa. +Respóndame ahora. ¿No tiene usted quién la ampare si rompe con mi +hermano? + +--No señor.--¿No tiene usted familia?--No señor.--Pues está usted +aviada... De forma y manera--dijo cruzando los brazos y echando el +cuerpo atrás--, que en tal caso no tiene más remedio que... que echarse +a la buena vida... al amor libre... a... Ya usted me entiende. + +--Sí, señor, entiendo... no tengo más camino--manifestó la joven con +humildad. + +--¡Tremenda responsabilidad para mí!--exclamó el curita moviendo la +cabeza y mirando al suelo, y lo repitió hasta unas cinco veces en tono +de púlpito. + +En aquel instante le vinieron al pensamiento ideas distintas de las que +había llevado a la visita, y más conformes con su empinada soberbia +clerical. Había ido con el propósito de romper aquellos lazos, si la +novia de su hermano no se prestaba medianamente a ello; pero cuando la +vio tan humilde, tan resignada a su triste suerte, entrole apetito de +componendas y de mostrar sus habilidades de zurcidor moral. «He aquí una +ocasión de lucirme--pensó--. Si consigo este triunfo, será el más grande +y cristiano de que puede vanagloriarse un sacerdote. Porque figúrense +ustedes que consigo hacer de esta samaritana una señora ejemplar y tan +católica como la primera... figúrenselo ustedes...». Al pensar esto, +Nicolás creía estar hablando con sus colegas. Tomaba en serio su oficio +de pescador de gente, y la verdad, nunca se le había presentado un pez +como aquel. Si lo sacaba de las aguas de la corrupción, «¡qué victoria, +señores, pero qué pesca!». En otros casos semejantes, aunque no de tanta +importancia, en los cuales había él mangoneado con todos sus ardides +apostólicos, alcanzó éxitos de relumbrón que le hicieron objeto de +envidia entre el clero toledano. Sí; el curita Rubín había reconciliado +dos matrimonios que andaban a la greña, había salvado de la prostitución +a una niña bonita, había obligado a casarse a tres seductores con las +respectivas seducidas; todo por la fuerza persuasiva de su dialéctica... +«Soy de encargo para estas cosas» fue lo último que pensó, hinchado de +vanidad y alegría como caudillo valeroso que ve delante de sí una gran +batalla. Después se frotó mucho las manos, murmurando: + +«Bien, bien; esta es la cosa». Era el movimiento inicial del obrero que +se aligera las manos antes de empezar una ruda faena, o del cavador que +se las escupe antes de coger la azada. Después dijo bruscamente y +sonriendo: + +«¿Me permite usted echar un cigarrillo?». + +--Sí, señor, pues no faltaba más...--replicó Fortunata, que esperaba el +resultado de aquel meditar y del frote de las manos. + +--Pues sí--declaró gravemente Nicolás, chupando su cigarrillo--, me +falta valor para lanzarla a usted al mundo malo; mejor dicho, la caridad +y el ministerio que profeso me vedan hacerlo. Cuando un náufrago quiere +salvarse, ¿es humano darle una patada desde la orilla? No; lo humano es +alargarle una mano o echarle un palo para que se agarre... esta es la +cosa. + +--Sí, señor--indicó Fortunata agradecida--, porque yo soy náu... + +Iba a decir _náufraga_; pero temiendo no pronunciar bien palabra tan +difícil, la guardó para otra ocasión, diciendo para sí: «No metamos la +pata sin necesidad». + +«Pues lo que yo necesito ahora--agregó Rubín terciándose el manteo sobre +las piernas, y accionando como un hombre que necesita tener los brazos +libres para una gran faena--, es ver en usted señales claras de +arrepentimiento y deseo de una vida regular y decente; lo que yo +necesito ahora es leer en su interior, en su corazón de usted. Vamos +allá. ¿Hace mucho tiempo que no se confiesa usted?». + +La Samaritana se puso colorada, porque le daba vergüenza de decir que +hacía lo menos diez o doce años que no se había confesado. Por fin lo +declaró. + +«Perfectamente--dijo Nicolás, acercando su sillón al sofá en que la +joven estaba--. Le prevengo a usted que tengo mucha experiencia de esto. +Hace cinco años que practico el confesonario, y que las cazo al vuelo. +Quiero decir que a mí no hay mujer que me engañe». + +Fortunata tuvo miedo y Nicolás aproximó más el sillón. Aunque estaban +solos, ciertas cosas debían decirse en voz baja. + +«Vamos a ver, ¿quién fue el primero?» preguntó el presbítero llevándose +la mano tiesa a la boca, porque con la pregunta querían salir también +ciertos gases. + +Contó ella lo de Juanito Santa Cruz, pasando no poca vergüenza, y dando +a conocer la triste historia incoherente. + +«Abrevie usted. Hay muchos pormenores que ya me los sé, como me sé el +Catecismo... Que le dio a usted palabra de casamiento y que usted fue +tan boba que se lo creyó. Que un día la cogió descuidada y sola... Bah, +bah... lo de siempre. Después habrá usted conocido a otros muchos +hombres, ¿a cuántos próximamente?». + +Fortunata miró al techo, haciendo un cálculo numérico. + +«Es difícil decir... Lo que es conocer...». + +El sacerdote se sonrió. «Quiero decir tratar con intimidad; hombres con +quienes ha vivido usted en relaciones de un mes, de dos... esta es la +cosa. No me refiero a los conocimientos de un instante, que eso vendrá +después». + +«Pues serán...» dijo ella pasando un rato muy malo. + +--Vamos, no se asuste usted del número. + +--Pues podrán ser... como unos ocho... Deje usted que me acuerde bien... + +--Basta ya; lo mismo da ocho que doce o que ochocientos doce. ¿Le +repugna a usted la memoria de esos escándalos? + +--¡Oh!, sí, señor... Crea usted que... + +--Que no los puede ver ni pintados. Lo creo... ¡Valientes pillos! Sin +embargo, dígame usted: ¿No volvería a tener amistad con alguno de ellos, +si la solicitara? + +Con ninguno...--dijo Fortunata.--¿De veras? Piénselo usted bien. + +Fortunata lo pensó, y al cabo de un ratito, la lealtad y buena fe con +que se confesaba mostráronse en esta declaración: + +«Con uno... qué sé yo... Pero no puede ser». + +--Déjese usted de que pueda o no pueda ser. Ese uno, esa excepción de su +hastío es el primero, ese tal D. Juanito. No necesita usted +confirmarlo. Me sé estas historias al dedillo. ¿No ve usted, hija mía, +que he sido confesor de las Arrepentidas de Toledo durante cinco años +largos de talle? + +--Pero no puede ser. Está casado, es muy feliz, y no se acuerda de mí. + +--A saber, a saber... Pero en fin, usted confiesa que es el único sujeto +a quien de veras quiere, el único por quien de veras siente apetito de +amores y esa cosa, esa tontería que ustedes las mujeres... + +--El único.--Y a los demás que los parta un rayo. + +--A los demás, nada.--¿Y a mi hermano?... esta es la cosa. + +Lo brusco de la pregunta aturdió a la penitente. No la esperaba, ni se +acordaba para nada en aquel momento del pobre Maxi. Como era tan sincera +no pensó ni por un momento en alterar la verdad. Las cosas claras. +Además, el clérigo aquel parecíale muy listo, y si le decía una cosa por +otra conocería el embuste. + +«Pues a su hermano de usted, tampoco». + +--Perfectamente--dijo el curita, acercando su sillón todo lo más que +acercarse podía. + + + + +--v-- + + +Para que ningún malicioso interprete mal las bruscas aproximaciones del +sillón de Nicolás Rubín al asiento de su interlocutora, conviene hacer +constar de una vez que era hombre de temple fortísimo, o más propiamente +hablando, frigidísimo. La belleza femenina no le conmovía o le conmovía +muy poco, razón por la cual su castidad carecía de mérito. La carne que +a él le tentaba era otra, la de ternera por ejemplo, y la de cerdo más, +en buenas magras, chuletas riñonadas o solomillo bien puesto con +guisantes. Más pronto se le iban los ojos detrás de un jamón que de una +cadera, por suculenta que esta fuese, y la mejor _falda_ para él era la +que da nombre al guisado. Jactábase de su inapetencia mujeril haciendo +de ella una estupenda virtud; pero no necesitaba andar a cachetes con el +demonio para triunfar. Las embestidas del sillón eran simplemente un +hábito de confianza, adquirido con el uso del secreto penitenciario. + +«Lo que se llama querer...--dijo Fortunata haciendo esfuerzos para +expresarse claramente--, querer, ¿entiende usted?, no; pero aprecio, +estimación sí». + +--¿De modo que no hay lo que llaman ilusión?... + +--No señor.--Pero hay esa afición tranquila, que puede ser principio de +una amistad constante, de ese afecto puro, honesto y reposado que hace +la felicidad de los matrimonios. + +Fortunata no se atrevió a responder claro. + +Le parecía mucho lo que el eclesiástico proponía. Recortándolo algo se +podía aceptar. + +«Puedo llegar a quererle con el trato...». + +--Perfectamente... Porque es preciso que usted se fije bien en una cosa: +eso de la ilusión es pura monserga, eso es para bobas. Ilusionarse con +un caballerete porque tenga los ojos así o asado, porque tenga el +bigotito de esta manera, el cuerpo derecho y el habla dengosa, es propio +de hembras salvajes. Amar de ese modo no es amar, es perversión, es +vicio, hija mía. El verdadero amor es el espiritual, y la única manera +de amar es enamorarse de la persona por las prendas del alma. Las +mujeres de estos tiempos se dejan pervertir por las novelas y por las +ideas falsas que otras mujeres les imbuyen acerca del amor. ¡Patraña y +propaganda indecente que hace Satanás por mediación de los poetas, +novelistas y otros holgazanes! Diranle a usted que el amor y la +hermosura física son hermanos, y le hablarán a usted de Grecia y del +naturalismo pagano. No haga usted caso de patrañas, hija mía, no crea en +otro amor que en el espiritual, o sea en las simpatías de alma con +alma... + +La prójima adivinaba más que entendía esto, que era contrario a sus +sentimientos; pero como lo decía un sabio, no había más remedio que +contestar a todo que sí. Viendo que hacía indicaciones afirmativas con +la cabeza, el cura se animaba, añadiendo con énfasis: + +«Sostener otra cosa es renegar del catolicismo y volver a la +mitología... esta es la cosa». + +--Claro--apuntó la joven; pero en su interior se preguntaba qué quería +decir aquello de la mitología... porque de seguro no sería cosa de +mitones. + +Aquel clérigo, arreglador de conciencias, que se creía médico de +corazones dañados de amor, era quizás la persona más inepta para el +oficio a que se dedicaba, a causa de su propia virtud, estéril y +glacial, condición negativa que, si le apartaba del peligro, cerraba sus +ojos a la realidad del alma humana. Practicaba su apostolado por +fórmulas rutinarias o rancios aforismos de libros escritos por santos a +la manera de él, y había hecho inmensos daños a la humanidad arrastrando +a doncellas incautas a la soledad de un convento, tramando casamientos +entre personas que no se querían, y desgobernando, en fin, la máquina +admirable de las pasiones. Era como los médicos que han estudiado el +cuerpo humano en un atlas de Anatomía. Tenía recetas charlatánicas para +todo, y las aplicaba al buen tun tun, haciendo estragos por donde quiera +que pasaba. + +«De esta manera, hija mía--añadió lleno de fatuidad--, puede darse el +caso de que una mujer hermosa llegue a amar entrañablemente a un hombre +feo. El verdadero amor, fíjese usted en esto y estámpelo en su memoria, +es el de alma por alma. Todo lo demás es obra de la imaginación, la +loca de la casa. + +A Fortunata le hizo gracia esta figura. + +«¿Quién hace caso de la imaginación?--prosiguió él, oyéndose, y muy +satisfecho del efecto que creía causar--. Cuando la loca le alborote a +usted, no se dé por entendida, hija. ¿Haría usted caso de una persona +que pasara ahora por la calle diciendo disparates? Pues lo mismo es, +exactamente lo mismo. A la imaginación se la mira con desprecio, y se +hace lo contrario de lo que ella inspira. Comprendo que usted, por la +vida mala que ha llevado y por no haber tenido a su lado buenos +ejemplos, no podrá durante algún tiempo meter en cintura a la loca de la +casa; pero aquí estamos para enseñarla. Aquí me tiene a mí, y me parece +que sé lo que traigo entre manos... Empecemos. Para que usted sea digna +de casarse con un hombre honrado, lo primerito es que me vuelva los ojos +a la religión, empezando por edificarse interiormente. + +--Sí señor--respondió humildemente la prójima, que entendía lo de la +religión; pero no lo de la edificación. Para ella edificar era lo mismo +que hacer casas, + +--Bien. ¿Está usted dispuesta a ponerse bajo mi dirección y a hacer todo +lo que yo le mande?--propuso el cura con la hinchazón de vanidad que le +daba aquel papel sublime de lañador de almas cascadas. + +--Sí señor.--¿Y cómo estamos de doctrina cristiana? + +Dijo esto con un tonillo de superioridad impertinente, lo mismo que +dicen algunos médicos: «a ver la lengua». + +--Yo... la _dotrina_--replicó la penitente temblando...--muy mal. No sé +nada. + +El capellán no hizo aspavientos. Al contrario, le gustaba que sus +catecúmenos estuvieran rasos y limpios de toda ciencia, para poder él +enseñárselo todo. Después meditó un rato, las manos cruzadas y dando +vuelta a los pulgares uno sobre otro. Fortunata le miraba en silencio. +No podía dudar de que era hombre muy sabedor de cosas del mundo y de las +flaquezas humanas, y pensó que le convenía ponerse bajo su dirección. En +aquel momento hallábase bajo la influencia de ideas supersticiosas +adquiridas en su infancia respecto a la religión y al clero. Su +catecismo era harto elemental y se reducía a dos o tres nociones +incompletas, el Cielo y el Infierno, padecer aquí para gozar allá, o lo +contrario. Su moral era puramente personal, intuitiva y no tenía nada +que ver con lo poco que recordaba de la doctrina cristiana. Formó del +hermano de Maxi buen concepto, porque se lavaba poco y sabía mucho y no +reñía a las pecadoras, sino que las trataba con dulzura, ofreciéndoles +el matrimonio, la salvación, y hablándoles del alma y otras cosas muy +bonitas. + +«Todo depende de que usted sepa mandar a paseo a la loquilla--continuó +Nicolás saliendo de su abstracción--. Ya sabe usted lo que Jesús le dijo +a la samaritana cuando habló con ella en el pozo, en una situación +parecida a la que ahora tenemos usted y yo...». + +Fortunata se sonrió, afectando entender la cita; pero se había quedado a +oscuras. + +«Si usted quiere mejorar de vida y edificársenos interiormente para +adquirir la fuerza necesaria, aquí me tiene. ¿Pues para qué estamos? +Cuando yo considere segura la reforma de usted, quizás no ponga tantos +peros al casorio con mi hermano. El pobre está loco por usted; me dijo +anoche que si no le dejamos casar se muere. Mi tía quiere quitárselo de +la cabeza; mas yo le dije: «Calma, calma, las cosas hay que verlas +despacio. No nos precipitemos, tía», y por eso me vine aquí. Me +comprometo a curarle a usted esa enfermedad de la imaginación que +consiste en tener cariño al hombre indigno que la perdió. Conseguido +esto, amará usted al que ha de ser su marido, y lo amará con ilusión +espiritual, no de los sentidos... ni más ni menos. ¡Oh, he alcanzado yo +tantos triunfos de estos; he salvado a tanta gente que se creía dañada +para siempre! Convénzase usted, en esto, como en otras cosas, todo es +ponerse a ello, todo es empezar... Imagínese usted lo bien que estará +cuando se nos reforme; vivirá feliz y considerada, tendrá un nombre +respetable, y habrá quien la adore, no por sus gracias personales, que +maldito lo que significan, sino por las espirituales, que es lo que +importa. Al principio tendrá usted que hacer algunos esfuerzos; será +preciso que se olvide de su buen palmito. Esto es quizás lo más difícil, +pero hagámonos la cuenta de que la única hermosura verdad es la del +alma, hija mía, porque de la del cuerpo dan cuenta los gusanos...». + +Esto le pareció muy bien a la pecadora, y decía que sí con la cabeza. + +«Pues vamos a cuentas. ¿Usted quiere que establezcamos la posibilidad, +esta es la cosa, la posibilidad de casarse con un Rubín?». + +--Sí señor--respondió Fortunata con cierto miedo, espantada aún por +aquello de los gusanos. + +--Pues es preciso que se nos someta usted a la siguiente prueba--dijo el +cura, tapándose un bostezo, porque eran ya las cuatro y no habría tenido +inconveniente en tomar una friolera--. Hay en Madrid una institución +religiosa de las más útiles, la cual tiene por objeto recoger a las +muchachas extraviadas y convertirlas a la verdad por medio de la +oración, del trabajo y del recogimiento. Unas, desengañadas de la poca +sustancia que se saca al deleite, se quedan allí para siempre; otras +salen ya _edificadas_, bien para casarse, bien para servir en casas de +personas respetabilísimas. Son muy pocas las que salen para volver a la +perdición. También entran allí señoras decentes a expiar sus pecados, +esposas ligeras de cascos que han hecho alguna trastada a sus maridos, y +otras que buscan en la soledad la dicha que no tuvieron en el bullicio +del mundo. + +Fortunata seguía dando cabezadas. Había oído hablar de aquella casa, que +era el convento de las Micaelas. + +«Perfectamente; así se llama. Bueno, usted va allá y la tenemos +encerradita durante tres, cuatro meses o más. El capellán de la casa es +tan amigo mío, que es como si fuera yo mismo. Él la dirigirá a usted +espiritualmente, puesto que yo no puedo hacerlo porque tengo que +volverme a Toledo. Pero siempre que venga a Madrid, he de ir a tomarle +el pulso y a ver cómo anda esa educación, sin perjuicio de que antes de +entrar en el convento, le he de dar a usted un buen recorrido de +doctrina cristiana para que no se nos vaya allá enteramente cerril. Si +pasado un plazo prudencial, me resulta usted en tal disposición de +espíritu que yo la crea digna de ser mi hermana política, podría quizás +llegar a serlo. Yo le respondo a usted de que, como este indigno +capellán dé el pase, toda la familia dirá _amén_». + +Estas palabras fueron dichas con sencillez y dulzura. Eran una de sus +mejores y más estudiadas recetas, y tenía para ello un tonillo de +convicción que hacía efecto grande en las inexpertas personas a quienes +se dirigían. + +En Fortunata fue tan grande el efecto, que casi casi se le saltaron las +lágrimas. Indudablemente era muy de agradecer el interés que aquel +bondadoso apóstol de Cristo se tomaba por ella. Y todo sin regaños, sin +manotadas, tratándola como un buen pastor trataría a la más querida de +sus ovejas. A pesar de esta excelente disposición de su ánimo, la +infeliz vacilaba un poco. De una parte le seducía la vida retirada, +silenciosa y cristiana del claustro. Bien pudiera ser que allí se +cerrase por completo la herida de su corazón. Había que probarlo al +menos. De otra parte la aterraba lo desconocido, las monjas... ¿cómo +serían las monjas?, ¿cómo la tratarían? Pero Nicolás se adelantó a sus +temores, diciéndole que eran las señoras más indulgentes y cariñosas que +se podían ver. A la samaritana se le aguaron los ojos, y pensó en lo que +sería ella convertida de _chica_ en señora, la imaginación limpia de +aquella maleza que la perdía, la conciencia hecha de nuevo, el +entendimiento iluminado por mil cosas bonitas que aprendería. La misma +imaginación, a quien el maestro había puesto que no había por donde +cogerla, fue la que le encendió fuegos de entusiasmo en su alma, +infundiéndole el orgullo de ser otra mujer distinta de lo que era. + +«Pues sí, pues sí... quiero entrar en las Micaelas» afirmó con arranque. + +--Pues nada, a purificarse tocan. ¿Ve usted cómo nos hemos +entendido?--dijo el clérigo con alegría, levantándose--. Cansado ya de +tanto discutir, yo le dije a mi hermano: Si tu pasión es tan fuerte que +no la puedes combatir, pon el pleito en mis manos, tonto, que yo te lo +arreglaré. Si es mi oficio; si para eso estamos; si no sé hacer otra +cosa... ¿Para qué serviría yo si no sirviera para enderezar torceduras +de estas? + +El orgullo se le rezumía por todos los poros como si fuera sudor; los +ojos le brillaban. Cogió la canaleja, diciendo: + +«Volveré por aquí. Hablaré a mi hermano y a mi tía. Tenemos ya una gran +base de arreglo, que es su conformidad de usted con todo lo que le mande +este pobre sacerdote». + +Fortunata al darle la mano se la besó. + +Las últimas palabras de la visita fueron referentes al mal tiempo, a que +él no podía estar en Madrid sino dos semanas, y por fin a la jaqueca que +tenía Maximiliano aquel día. + +«Es mal de familia. Yo también las padezco. Pero lo que principalmente +me trae descompuesto ahora es un pícaro mal de estómago... debilidad, +dicen que es debilidad... Tengo que comer muy a menudo y muy poca +cantidad... esta es la cosa... Es efecto del excesivo trabajo... ¡qué le +vamos a hacer! Al llegar esta hora se me pone aquí un perrito... lo +mismo que un perrito que me estuviera mordiendo. Y como no le eche algo +al condenado, me da muy mal rato». + +--Si quiere usted... aguarde usted... yo...--dijo Fortunata pasando +revista mental a su pobre despensa. + +--Quite usted allá, criatura... No faltaba más... ¿Piensa que no me +puedo pasar...? No es que yo apetezca nada; lo tomo hasta con asco; pero +me sienta bien, conozco que me sienta bien. + +--Si quiere usted, traeré... No tengo en casa; pero bajaré a la +tienda... + +--Quite usted allá... no me lo diga ni en broma... Vaya, abur, abur... Y +cuidarse, cuidarse mucho, ¿eh?, que andan pulmonías. + +El clérigo salió y fue a casa de un amigo donde le solían dar, en +aquella crítica hora, el remedio de su debilidad de estómago. + + + + +--vi-- + + +En la noche de aquel memorable día, y cuando la jaqueca se le calmó, +pudo enterarse Maxi de que su hermano había ido a la calle de Pelayo, y +de que sus impresiones «no habían sido malas» según declaración del +propio cura. Daba este mucha importancia a su apostolado, y cuando le +caía en las manos uno de aquellos negocios de conquista espiritual, +exageraba los peligros y dificultades para dar más valor a su victoria. +El otro se abrasaba en impaciencia; mas no conseguía obtener de Nicolás +sino medias palabras. «Allá veremos... estas no son cosas de juego... Ya +tengo las manos en la masa... no es mala masa; pero hay que trabajarla a +pulso... esta es la cosa. He de volver allá... Es preciso que tengas +paciencia... ¿pues tú qué te crees?». El pobre chico no veía las santas +horas de que llegase el día para saber por ella pormenores de la +conferencia. Fortunata le vio entrar sobre las diez, pálido como la +cera, convaleciente de la jaqueca, que le dejaba mareos, aturdimiento y +fatiga general. Se echó en el sofá; cubriole su amiga la mitad del +cuerpo con una manta, púsole almohadas para que recostase la cabeza, y a +medida que esto hacía, le aplacaba la curiosidad contándole +precipitadamente todo. + +Aquella idea de llevarla al convento como a una casa de purificación, +pareciole a Maxi prueba estupenda del gran talento catequizador de su +hermano. A él le había pasado vagamente por la cabeza algo semejante; +mas no supo formularlo. ¡Qué insigne hombre era Nicolás! ¡Ocurrirle +aquello!... Tamizada por la religión, Fortunata volvería a la sociedad +limpia de polvo y paja, y entonces ¿quién osaría dudar de su +honorabilidad? El espíritu del sietemesino, revuelto desde el fondo a la +superficie por la pasión, como un mar sacudido por furioso huracán, se +corría, digámoslo así, de una parte a otra, explayándose en toda idea +que se le pusiese delante. Así, lo mismo fue presentársele la idea +religiosa, que tenderse hacia ella y cubrirla toda con impetuosa y +fresca onda. ¡La religión, qué cosa tan buena!... ¡Y él, tan torpe, que +no había caído en ello! No era torpeza sino distracción. Es que andaba +muy distraído. Y su manceba, que más bien era ya novia, se le apareció +entonces con aureola resplandeciente y se revistió de ideales atributos. +Creeríase que el amor que le inspiraba se iba a depurar aún más, +haciéndose tan sutil como aquel que dicen le tenía a Beatriz el Dante, o +el de Petrarca por Laura, que también era amor de lo más fino. + +Nunca había sido Maximiliano muy dado a lo religioso; pero en aquel +instante le entraron de sopetón en el espíritu unos ardores de piedad +tan singulares, unas ganas de tomarse confianzas con Cristo o con la +Santísima Trinidad, y aun con tal o cual santo, que no sabía lo que le +pasaba. El amor le conducía a la devoción, como le habría conducido a la +impiedad, si las cosas fuesen por aquel camino. Tan bien le pareció el +plan de su hermano, que el gozo le reprodujo el dolor de cabeza, aunque +levemente. Comprimiéndose con dos dedos de la mano la ceja izquierda, +habló a Fortunata de lo buenas que debían de ser aquellas madres +Micaelas, de lo bonito que sería el convento, y de las preciosas y +utilísimas cosas que allí aprendería, soltando como por ensalmo la +cáscara amarga y trocándose en señora, sí, en señora tan decente, que +habría otras lo mismo, pero más no... más no. + +A Fortunata se le comunicó el entusiasmo. ¡La religión! Tampoco ella +había caído en esto. ¡Cuidado que no ocurrírsele una cosa tan +sencilla...! Lo particular era que veía su purificación como se ve un +milagro cuando se cree en ellos, como convertir el agua en vino o hacer +de cuatro peces cuarenta. + +«Dime una cosa--preguntó a Maxi, acordándose de que era bella--. ¿Y me +pondrán tocas blancas?». + +--Puede que sí--replicó él con seriedad--. No puedo asegurártelo; pero +es fácil que sí te las pongan. + +Fortunata cogió una toalla y echándosela por la cabeza, se fue a mirar +al espejo. Acordose entonces de una cosa esencial, esto es, que en la +nueva existencia, la hermosura física no valía un pito y que lo que +importaba y tenía valor era la del alma. Observando la cara que tenía +Maxi aquel día y lo pálido que estaba, consideró que las prendas morales +del joven empezaban a transparentarse en su rostro, haciéndole menos +desagradable... Entrevió una mudanza radical en su manera de ver las +cosas. + +«¡Quién sabe--se dijo--, lo que pasará después de estar allí tratando +con las monjas, rezando y viendo a todas horas la custodia! De seguro me +volveré otra sin sentirlo. Yo saco la cuenta de lo bueno que puede +sucederme, por lo malo que me ha sucedido. Calculo que esto es como +cuando una teme llegar a la cosa más mala del mundo y dice una: 'jamás +llegaré a eso'. Y ¿qué pasa?, que luego llega una y se asombra de verse +allí, y dice: 'parecía mentira'. Pues lo mismo será con lo bueno. Dice +una: 'jamás llegaré tan arriba', y sin saber cómo, arriba se encuentra». + +Maximiliano se quedó a almorzar; pero la irritación de su estómago y la +desgana hubieron de contenerle en la más prudente frugalidad. Ella en +cambio tenía buen apetito, porque había trabajado mucho aquella mañana y +quizás porque estaba contenta y excitada. De aquí tomó pie el redentor +para hablar de lo mucho que comía su hermano Nicolás. Esto desilusionó +un poco a Fortunata, que se quedó como lela, mirando a su amante, y +deteniendo el tenedor a poca distancia de la boca. Creía ella que los +curas de mucho saber y virtud debían de conocerse en el poco uso que +hacían del agua y jabón, y también en que su alimento no podía ser sino +yerbas cocidas y sin sal. + +Toda la tarde estuvieron platicando acerca de la ida al convento y +también sobre cosas relacionadas con la parte material de su existencia +futura. «En la partición--dijo con cierto énfasis Maximiliano--, me +tocan fincas rústicas. Mi tía se enfadó porque deseaba para mí el dinero +contante; pero yo no soy de su opinión; prefiero los inmuebles». + +Fortunata apoyó esta idea con un signo de cabeza; mas no estaba segura +de lo que significaba la palabra _inmueble_, ni quería tampoco +preguntarlo. Ello debía de ser lo contrario de muebles. Maxi la sacó de +dudas más tarde, hablando de sus olivares y viñas y de la buena cosecha +que se anunciaba; por lo cual vino a entender que inmuebles es lo mismo +que decir árboles. También ella prefería las propiedades de campo a +todas las demás clases de riqueza. Después que se retiró su amante, se +quedó pensando en su fortuna, y todo aquel fárrago de olivos, parrales y +carrascales que tenía metido en la cabeza le impidió dormir hasta muy +tarde, enderezando aún más sus propósitos por la vía de la honradez. + +«A ver, ¿qué tal?... ¿cómo es?... ¿es guapa?» había preguntado doña Lupe +a Nicolás con vivísima curiosidad. + +Aunque el insigne clérigo no tenía cierta clase de pasiones, sabía +apreciar el género a la vista. Hizo con los dedos de su mano derecha un +manojo, y llevándolos a la boca los apartó al instante, diciendo: + +«Es una mujer... hasta allí». + +Doña Lupe se quedó desconcertada. A los peligros ya conocidos debían +unirse los que ofrece por sí misma toda belleza superior dentro de la +máquina del matrimonio. «Las mujeres casadas _no deben_ ser muy +hermosas» dijo la señora promulgando la frase con acento de convicción +profunda. + +Hízole otras mil preguntas para aplacar su ardentísima curiosidad; cómo +estaba vestida y peinada; qué tal se expresaba; cómo tenía arreglada la +casa, y Nicolás respondía echándoselas de observador. Sus impresiones no +habían sido malas, y aunque no tenía bastantes datos para formar juicio +del verdadero carácter de la prójima, podía anticipar, fiado en su +experiencia, en su buen ojo y en un cierto no sé que, presunciones +favorables. Con esto la curiosidad de doña Lupe se acaloraba más, y ya +no podía tener sosiego hasta no meter su propia nariz en aquel guisado. +Visitar a la tal no le parecía digno, habiendo hecho tantos aspavientos +en contra suya; pero estar muchos días sin verla y averiguarle las +faltas, si las tenía, era imposible. Hubiera deseado verla _por un +agujerito_. Con el sobrinillo no quería la señora dar su brazo a torcer, +y siempre se mostraba intolerante, aunque ya con menos fuego. Pareciole +buena idea aquello de purificarla en las Micaelas, y aunque a nadie lo +dijo, para sí consideraba aquel camino como el único que podía conducir +a una solución. Rabiaba por echarle la vista encima al _basilisco_, y +como su sobrino no le decía que fuera a verla, este silencio hacíala +rabiar más. Un día ya no pudo contenerse, y cogiendo descuidado a Maxi +en su cuarto, le embocó esto de buenas a primeras: «No creas que voy yo +a rebajarme a eso...». + +--¿A qué, señora? + +--A visitar a tu... no puedo pronunciar ciertas palabras. Me parece +indecoroso que yo vaya allá, a pesar de todos esos proyectos de legía +eclesiástica que le vais a dar. + +--Señora, si yo no he dicho a usted nada... + +--Te digo que no iré... no iré. + +--Pero tía...--No hay tía que valga. No me lo has dicho; pero lo deseas. +¿Crees que no te leo yo los pensamientos? ¡Qué podrás tú disimular +delante de mí! Pues no, no te sales con la tuya. Yo no voy allá sino en +el caso de que me llevéis atada de pies y manos. + +--Pues la llevaremos atada de manos y pies--dijo Maxi, riendo. + +Lo deseaba, sí; pero como tenía su criterio formado y su invariable +línea de conducta trazada, no daba un valor excesivo a lo que de la +visita pudiera resultar. Véase por dónde la fuerza de las circunstancias +había puesto a doña Lupe en una situación subalterna, y el pobre chico, +que meses antes no se atrevía a chistar delante de ella, miraba a su tía +de igual a igual. La dignidad de su pasión había hecho del niño un +hombre, y como el plebeyo que se ennoblece, miraba a su antiguo +autócrata con respeto, pero sin miedo. + +Como Nicolás visitaba algunos días a Fortunata para enseñarle la +doctrina cristiana, doña Lupe se ponía furiosa. Tantas idas y venidas +decía ella que le tenían revuelto el estómago. Pero el sentimiento que +verdaderamente la hacía chillar era como envidia de que fuese Nicolás y +no pudiera ir ella. Por este motivo andaban tía y sobrino algo +desavenidos. Corría Marzo, y el día de San José dijo Nicolás en la mesa: +«Tía, ya hay fresa». Pero la indirecta no hizo efecto en la económica +viuda. Volvió a la carga el clérigo en diferentes ocasiones: «¡Qué fresa +más rica he visto hoy! Tía, ¿a cómo estará ahora la fresa?». + +--No lo sé, ni me importa--replicó ella--, porque como no la pienso +traer hasta que no se ponga a tres reales... + +Nicolás dio un suspiro, mientras doña Lupe decía para sí: «Como no comas +más fresa que la que yo te ponga, tragaldabas, aviado estás». + +Y como doña Lupe era algo golosa, trajo un día un cucurucho de fresa, +bien escondido entre la mantilla; mas no lo puso en la mesa. Concluida +la comida, y mientras Nicolás leía _La Correspondencia _ o _ El +Papelito_ en el comedor, doña Lupe se encerraba en su cuarto para +comerse la fresa bien espolvoreada con azúcar. En cuanto el cura se +echaba a la calle, salía doña Lupe de su escondite para ofrecer a +Maximiliano un poco de aquella sabrosa fruta, y entraba en su cuarto con +el platito y la cucharilla. Agradecía mucho estas finezas el chico, y se +comía la golosina. Mirábale comer su tía con expectante atención, y +cuando quedaban en el plato no más que seis o siete fresas, se lo +quitaba de las manos diciendo: «Esto para Papitos que está con cada ojo +como los de un besugo». + +La chiquilla se comía las fresas, y después, con los lengüetazos que le +daba al plato, lo dejaba como si lo hubiera lavado. + + + + +--vii-- + + +Juan Pablo prestaba atención muy escasa al asunto de Maximiliano y a +todos los demás asuntos de la familia, como no fuera el de la herencia. +Su anhelo era cobrar pronto para pagar sus trampas. Entraba de noche muy +tarde, y casi siempre comía fuera, lo que agradecía mucho doña Lupe, +pues Nicolás con su voracidad puntual le desequilibraba el presupuesto +de la casa. La misantropía que le entró a Juan Pablo desde su desairado +regreso del Cuartel Real no se alteró en aquellos días que sucedieron a +la herencia. Hablaba muy poco, y cuando doña Lupe le nombraba el casorio +de Maxi, como cuando se le pega a uno un alfilerazo para que no se +duerma, alzaba los hombros, decía palabras de desdén hacia su hermano y +nada más. «Con su pan se lo coma... ¿Y a mí qué?». + +De carlismo no se hablaba en la casa, porque doña Lupe no lo consentía. +Pero una mañana, los dos hermanos mayores se enfrascaron de tal modo en +la conversación, más bien disputa, que no hicieron maldito caso de la +señora. Juan Pablo estaba lavándose en su cuarto, entró Nicolás a +decirle no sé qué, y por si el cura Santa Cruz era un bandido o un loco, +se fueron enzarzando, enzarzando hasta que... + +«¿Quieres que te diga una cosa?--gritaba el primogénito, +descomponiéndose--. Pues don Carlos no ha triunfado ya por vuestra +culpa, por culpa de los curas. Hay que ir allá, como he ido yo, para +hacerse cargo de las intrigas de la gentualla de sotana, que todo lo +quiere para sí, y no va más que a desacreditar con calumnias y chismes a +los que verdaderamente trabajan. Yo no podía estar allí; me ahogaba. Le +dije a Dorregaray: 'mi general, no sé cómo usted aguanta esto', y él se +alzaba de hombros, ¡poniéndome una cara...! No pasaba día sin que los +lechuzos le llevaran un cuento a don Carlos. Que Dorregaray andaba en +tratos con Moriones para rendirse, que Moriones le había ofrecido diez +millones de reales, en fin, mil indecencias. Cuando llegó a mi noticia +que me acusaban de haber ido al Cuartel General de Moriones a llevar +recados de mi jefe, me volé, y aquella misma tarde, habiéndome +encontrado a la camarilla en el atrio de la iglesia de San Miguel, me +lié la manta a la cabeza, y por poco se arma allí un Dos de Mayo. «Aquí +no hay más traidores que ustedes. Lo que tienen es envidia del traidor, +si le hubiera, por el provecho que saque de su traición. No digo yo por +diez millones; pero por diez mil ochavos venderían ustedes al Rey, y +toda su descendencia; ladrones infames, tíos de Judas». En fin, que si +no acierta a pasar el coronel Goiri, que me quería mucho, y me coge a la +fuerza y me arranca de allí y me lleva a mi casa, aquella tarde sale el +redaño de un cura a ver la puesta del sol. Estuve tres días en cama con +un amago de ataque cerebral. Cuando me levanté, pedí una audiencia a Su +Majestad. Su contestación fue ponerme en la mano el canuto y el +pasaporte para la frontera. En fin, que los _engarza-rosarios_ dieron +conmigo en tierra, porque no me prestaba a ayudarles en sus +maquinaciones contra los leales y valientes. Por las sotanas se perdió +don Carlos V, y al VII no le aprovechó la lección. Allá se las haya. ¿No +querías religión?, pues ahí la tienes; atrácate de curas, indigéstate y +revienta. + +--Es una apreciación tuya--dijo Nicolás moderando su ira--, que no me +parece muy fundada... esta es la cosa. + +--¿Tú qué sabes lo que es el mundo y la realidad? Estás en babia. + +--Y tú, me parece que estás algo ido, porque cuidado que has dicho +disparates. + +--Cállate la boca, estúpido...--dijo Nicolás, sulfurándose. + +--¿Sabes lo que te digo?--gritó Juan Pablo, alzando arrogante la voz--, +que a mí no se me manda callar, ¿estamos? He tenido el honor de decirle +cuatro frescas al obispo de Persépolis, y quien no teme a las sotanas +moradas, ¿qué miedo ha de tener a las negras?... + +--Pues yo te digo...--agregó Nicolás descompuesto, trémulo y no sabiendo +si amenazar con los puños o simplemente con las palabras--, yo te digo +que eres un chisgarabís. + +--¿Qué alboroto es este?--clamó doña Lupe entrando a poner paz--. ¡Vaya +con los caballeros estos! Ya les dije otra vez a los señores ojalateros, +que cuando quisieran disputar por alto se fueran a hacerlo a la calle. +En mi casa no quiero escándalos. + +--Es que con este bruto no se puede discutir...--dijo Nicolás, que casi +no podía respirar de tan sofocado como estaba. + +Juan Pablo no decía nada, y siguió vistiéndose, volviendo la espalda a +su hermano. + +«¡Vaya un genio que has echado!--le dijo doña Lupe, sin que él la +mirara--. Podías considerar que tu hermano es sacerdote... Y sobre todo, +no vengas echándotela de plancheta; porque si te salió mal el pase a _la +infame facción_, y has tenido que volverte con las manos en la cabeza, +¿qué culpa tenemos los demás?». + +Juan Pablo no se dignó contestar. Doña Lupe cogió por un brazo al cura y +se lo llevó consigo temerosa de que se enzarzaran otra vez. En el +comedor estaba Maximiliano sentado ya para almorzar. Había oído la +reyerta sin dársele una higa de lo que resultara. Allá ellos. A Nicolás +no le quitó su berrinchín el apetito, pues ninguna turbación del ánimo, +por grande que fuera, le podía privar de su más característica +manifestación orgánica. Los tres oyeron gritos en la calle, y doña Lupe +puso atención, creyendo que era un _extraordinario_ de periódico +anunciando triunfos del ejército liberal sobre los carlistas. En +aquellos días del año 1874, menudeaban los suplementos de periódico, +manteniendo al vecindario en continua ansiedad. + +«Papitos--dijo la señora--, toma dos cuartos y bájate a comprar el +_extraordinario de la Gaceta_. Veréis cómo habla de alguna buena tollina +que les han dado a los _tersos_». + +Nicolás que tenía un oído sutilísimo, después de callar un rato y hacer +callar a todos, dijo: «Pero, tía, no sea usted chiflada. Si no hay tal +pregón de _extraordinario_. Lo que dice la voz, claramente se oye... El +_freeeesero... fresa_». + +--Puede que así sea--replicó doña Lupe, guardando su portamonedas más +pronto que la vista--. Pero está tan verde, que es un puro vinagre... + +--Todo sea por Dios--se dejó decir Nicolás suspirando--. Peor lo pasó +Jesús, que pidió agua y le dieron hiel. + +Mascando el último bocado, salió Maximiliano para irse a clase, llevando +la carga de sus libros, y mucho después almorzó Juan Pablo solo. +Aquellos almuerzos servidos a distintas horas molestaban mucho a doña +Lupe. ¿Se creían sus sobrinos que aquella casa era una posada? El único +que tenía consideración, el que menos guerra daba y el que menos comía +era Maxi, el de la pasta de ángel, siempre comedido, aun después de que +le volvieron tarumba los ojos de una mujer. Sobre esto reflexionaba doña +Lupe aquella tarde, cosiendo en la sillita, junto al balcón de la calle, +sin más compañía que la del gato. + +«Dígase lo que se quiera, es el mejor de los tres--pensaba, metiendo y +sacando la aguja--, mejor que el egoistón de Nicolás, mejor que el +tarambana de Juan Pablo... ¿Que se quiere casar con una...? Hay que ver, +hay que ver eso. No se puede juzgar sin oír... Podría suceder que no +fuera... Se dan casos... ¡Vaya!... Y está enamorado como un tonto... ¿Y +qué le vamos a hacer? Dios nos tenga de su mano». + +Entró Nicolás de la calle y preguntado por doña Lupe, dijo que venía de +casa del _basilisco_. Aquel día se mostró más satisfecho, llegando a +asegurar que su catecúmena comprendía bien las cosas de religión, y que +en lo moral parecía ser _de buena madera_, con lo que llegó a su colmo +la curiosidad de la viuda y ya no le fue posible sostener por más tiempo +el papel desdeñoso que representaba. + +«Tanto te empeñarás--dijo al estudiante aquella noche--, que al fin lo +vas a conseguir». + +--¿Qué, tía?--Que vaya yo en persona a ver a esa... Pero conste que si +voy es contra mi voluntad. + +Maximiliano, que era bondadoso y quería estar bien con ella, no quiso +manifestarle indiferencia. «Pues sí, tía, si usted va a verla, se lo +agradeceremos toda nuestra vida». + +--Ninguna falta me hacen vuestros agradecimientos, si es que me decido a +ir, que todavía no lo sé... + +--Sí, tía.--Ni voy, si es que me decido, porque me lo agradezcáis, sino +por medir con mis propios ojos toda la hondura del abismo en que te +quieres arrojar, a ver si hallo aún modo de apartarte de él. + +--Mañana mismo, tía; yo la acompaño a usted--dijo entusiasmado el +chico--. Verá usted mi abismo, y cuando lo vea me empujará. + +Y fue al día siguiente doña Lupe, vestida con los trapitos de +cristianar, porque antes había ido a la gran función del asilo de doña +Guillermina, por invitación de esta, de lo que estaba muy satisfecha. +Quería dar el golpe, y como tenía tanto dominio sobre sí y se expresaba +con tanta soltura, juzgaba fácil darse mucho lustre en la visita. + +Así fue en efecto. Pocas veces en su vida, ni aun en los mejores días de +Jáuregui, se dio doña Lupe tanto pisto como en aquella entrevista, pues +siendo el _basilisco_ tan poco fuerte en artes sociales y hallándose tan +cohibida por su situación y su mala fama, la otra se despachó a su gusto +y se empingorotó hasta un extremo increíble. Trataba doña Lupe a su +presunta sobrina con urbanidad; pero guardando las distancias. Había de +conocerse hasta en los menores detalles, que la visitada era una moza de +cáscara amarga, con recomendables pretensiones de decencia, y la +visitante una señora, y no una señora cualquiera, sino la señora de +Jáuregui, el hombre más honrado y de más sanas costumbres que había +existido en todo tiempo en Madrid o por lo menos en Puerta Cerrada. Y su +condición de dama se probaba en que después de haber hecho todo lo +posible, en la primera parte de la visita, por mostrar cierta severidad +de principios, juzgó en la segunda que venía bien caerse un poco del +lado de la indulgencia. El verdadero señorío jamás se complace en +humillar a los inferiores. Doña Lupe se sintió con unas ganas tan vivas +de protección con respecto a Fortunata, que no podría llevarse cuenta de +los consejos que le dio y reglas de conducta que se sirvió trazarle. Es +que se pirraba por proteger, dirigir, aconsejar y tener alguien sobre +quien ejercer dominio... + +Una de las cosas que más gracia le hicieron en Fortunata, fue su timidez +para expresarse. Se le conocía en seguida que no hablaba como las +personas finas, y que tenía miedo y vergüenza de decir disparates. Esto +la favoreció en opinión de doña Lupe, porque el desenfado en el lenguaje +habría sido señal de anarquía en la voluntad. «No se apure usted--le +decía la viuda, tocándole familiarmente la rodilla con su abanico--; que +no es posible aprender en un día a expresarse como nosotras. Eso vendrá +con el tiempo y el uso y el trato. Pronunciar mal una palabra no es +vergüenza para nadie, y la que no ha recibido una educación esmerada no +tiene la culpa de ello». + +Fortunata estaba pasando la pena negra con aquella visita de _tantismo +cumplido_, y un color se le iba y otro se le venía, sin saber cómo +contestar a las preguntas de doña Lupe ni si sonreír o ponerse seria. Lo +que deseaba era que se largara pronto. Hablaron de la ida al convento, +resolución que la tía de Maxi alabó mucho, esforzándose en sacar de su +cabeza los conceptos más alambicados y los vocablos más requetefinos. A +tal extremo hubo de llegar en esto, que Fortunata quedose en ayunas de +muchas cosas que le oyó. Por fin llegó el instante de la despedida, que +Fortunata deseaba con ansia y temía, considerándose incapaz de decir con +claridad y sosiego todas aquellas fórmulas últimas y el ofrecimiento de +la casa. La de Jáuregui lo hizo como persona corrida en esto; Fortunata +tartamudeó, y todo lo dijo al revés. + +Maximiliano habló poco durante la visita. No hacía más que estar _al +quite_, acudiendo con el capote allí donde Fortunata se veía en peligro +por torpeza de lenguaje. Cuando salió doña Lupe, creyó que debía +acompañarla hasta la calle, y así lo hizo. + +«Si es una bobona...--dijo la viuda a su sobrino--; tal para cual... +Parece que la han cogido con lazo. En manos de una persona inteligente, +esta mujer podría enderezarse, porque no debe de tener mal fondo. Pero +yo dudo que tú...». + + + + +--viii-- + + +Doña Lupe era persona de buen gusto y apreció al instante la hermosura +del _basilisco_ sin ponerle reparos, como es uso y costumbre en juicios +de mujeres. Aun aquellas que no tienen pretensiones de belleza se +resisten a proclamar la ajena. «Es bonita de veras--decía para sí la +viuda, camino de su casa--, lo que se llama bonita. Pero es una salvaje +que necesita que la domestiquen». Los deseos de aprender que Fortunata +manifestaba le agradaron mucho, y sintió que se agitaban en su alma, con +pruritos de ejercitarse, sus dotes de maestra, de consejera, de +protectora y jefe de familia. Poseía doña Lupe la aptitud y la vanidad +educativas, y para ella no había mayor gloria que tener alguien sobre +quien desplegar autoridad. Maxi y Papitos eran al mismo tiempo hijos y +alumnos, porque la señora se hacía siempre querer de los seres +inferiores a quienes educaba. El mismo Jáuregui había sido también, al +decir de la gente, tan discípulo como marido. + +Volvió, pues, a su casa la tía de Maximiliano revolviendo en su mente +planes soberbios. La pasión de domesticar se despertaba en ella delante +de aquel magnífico animal que estaba pidiendo una mano hábil que lo +desbravase. Y véase aquí cómo a impulsos de distintas pasiones, tía y +sobrino vinieron a coincidir en sus deseos; véase cómo la tirana de la +casa concluyó por mirar con ojos benévolos a la misma persona de quien +había dicho tantas perrerías. Mucho agradecía esto el joven, y juzgando +por sí mismo, creía que la indulgencia de doña Lupe se derivaba de un +afecto, cuando en rigor provenía de esa imperiosa necesidad que sienten +los humanos de ejercitar y poner en funciones toda facultad grande que +poseen. Por esto la viuda no cesaba de pensar en el gran partido que +podía sacar de Fortunata, desbastándola y puliéndola hasta tallarla en +señora, e imaginaba una victoria semejante a la que Maximiliano +pretendía alcanzar en otro orden. La cosa no sería fácil, porque el +animal debía tener muchos resabios; pero mientras más grandes fueran las +dificultades, más se luciría la maestra. De repente le entraban a la +señora de Jáuregui recelos punzantes, y decía: «Si no puede ser, si es +mucha mujer para medio hombre. Si no existiera este maldito +desequilibrio de sangre, él con su cariño y yo con lo mucho que sé, +domaríamos a la fiera; pero esta moza se nos tuerce el mejor día, no hay +duda de que se nos tuerce». + +Media semana estuvo en esta lucha, ya queriendo ceder para oficiar de +maestra, ya perseverando en sus primitivos temores e inclinándose a no +intervenir para nada... Pero con las amigas tenía que representar otros +papeles, pues era vanidosa fuera de casa, y no gustaba nunca de aparecer +en situación desairada o ridícula. Cuidaba mucho de ponerse siempre muy +alta, para lo cual tenía que exagerar y embellecer cuanto la rodeaba. +Era de esas personas que siempre alaban desmedidamente las cosas +propias. Todo lo suyo era siempre bueno: su casa era la mejor de la +calle, su calle la mejor del barrio, y su barrio el mejor de la villa. +Cuando se mudaba de cuarto, esta supremacía domiciliaria iba con ella a +donde quiera que fuese. Si algo desairado o ridículo le ocurría, lo +guardaba en secreto; pero si era cosa lisonjera, la publicaba poco menos +que con repiques. Por esto cuando se corrió entre las familias amigas +que el sietemesino se quería casar con una tarasca, no sabía _la de los +Pavos_ cómo arreglarse para quedar bien. Dificilillo de componer era +aquello, y no bastaba todo su talento a convertir en blanco lo negro, +como otras veces había hecho. + +Varias noches estuvo en la tertulia de las de la Caña completamente +achantada y sin saber por dónde tirar. Pero desde el día en que vio a +Fortunata, se sacudió la morriña, creyendo haber encontrado un punto de +apoyo para levantar de nuevo el mundo abatido de su optimismo. ¿En qué +creeréis que se fundó para volver a tomar aquellos aires de persona +superior a todos los sucesos? Pues en la hermosura de Fortunata. Por +mucho que se figuraran de su belleza, no tendrían idea de la realidad. +En fin, que había visto mujeres guapas, pero como aquella ninguna. Era +una divinidad _en toda la extensión de la palabra_. + +Pasmadas estaban las amigas oyéndola, y aprovechó doña Lupe este asombro +para acudir con el siguiente ardid estratégico: «Y en cuanto a lo de su +mala vida, hay mucho que hablar... No es tanto como se ha dicho. Yo me +atrevo a asegurar que es muchísimo menos». + +Interrogada sobre la condición moral y de carácter de la divinidad, hizo +muchas salvedades y distingos: «Eso no lo puedo decir... No he hablado +con ella más que una vez. Me ha parecido humilde, de un carácter +apocado, de esas que son fáciles de dominar por quien pueda y sepa +hacerlo». Hablando luego de que la metían en las Micaelas, todas las +presentes elogiaron esta resolución, y doña Lupe se encastilló más en su +vanidad, diciendo que había sido idea suya y condición que puso para +transigir, que después de una larga cuarentena religiosa podía ser +admitida en la familia, pues las cosas no se podían llevar a punto de +lanza, y eso de tronar con Maximiliano y cerrarle la puerta, muy pronto +se dice; pero hacerlo ya es otra cosa. + +Entre tanto, acercábase el día designado para llevar el _basilisco_ a +las Micaelas. Nicolás Rubín había hablado al capellán, su compañero de +Seminario, el cual habló a la Superiora, que era una dama ilustre, amiga +íntima y pariente lejana de Guillermina Pacheco. Acordada la admisión en +los términos que marca el reglamento de la casa, sólo se esperaba para +realizarla a que pasasen los días de Semana Santa. El Jueves salieron +Maxi y su amiga a andar algunas estaciones, y el Viernes muy tempranito +fueron a la Cara de Dios, dándose después un largo paseo por San +Bernardino. Fortunata estaba, con la religión, como chiquillo con +zapatos nuevos, y quería que su amante le explicase lo que significan el +Jueves Santo y las Tinieblas, el Cirio Pascual y demás símbolos. Maxi +salía del paso con dificultad, y allá se las arreglaba de cualquier +modo, poniendo a los huecos de su ignorancia los remiendos de su +inventiva. La religión que él sentía en aquella crisis de su alma era +demasiado alta y no podía inspirarle verdadero interés por ningún culto; +pero bien se le alcanzaba que la inteligencia de Fortunata no podía +remontarse más arriba del punto a donde alcanzan las torres de las +iglesias católicas. Él sí; él iba lejos, muy lejos, llevado del +sentimiento más que de la reflexión, y aunque no tenía base de estudios +en qué apoyarse, pensaba en las causas que ordenan el universo e +imprimen al mundo físico como al mundo moral movimiento solemne, regular +y matemático. «Todo lo que debe pasar, pasa--decía--, y todo lo que debe +ser, es». Le había entrado fe ciega en la acción directa de la +Providencia sobre el mecanismo funcionante de la vida menuda. La +Providencia dictaba no sólo la historia pública sino también la privada. +Por debajo de esto ¿qué significaban los símbolos? Nada. Pero no quería +quitarle a Fortunata su ilusión de las imágenes, del _gori gori_ y de +las pompas teatrales que se admiran en las iglesias, porque, ya se ve... +la pobrecilla no tenía su inteligencia cultivada para comprender ciertas +cosas, y a fuer de pecadora, convenía conservarla durante algún tiempo +sujeta a observación, en aquel orden de ideas relativamente bajo, que +viene a ser algo como sanitarismo moral o policía religiosa. + +El entusiasmo que la joven sentía era como los encantos de una moda que +empieza. Iban, pues, los dos amantes, como he dicho, por aquellos +altozanos de Vallehermoso, ya entre tejares, ya por veredas trazadas en +un campo de cebada, y al fin se cansaron de tanta charla religiosa. A +Rubín se le acabó su saber de liturgia, y a Fortunata le empezaba a +molestar un pie, a causa de la apretura de la bota. El calzado estrecho +es gran suplicio, y la molestia física corta los vuelos de la mente. +Habían pasado por junto a los cementerios del Norte, luego hicieron alto +en los depósitos de agua; la samaritana se sentó en un sillar y se quitó +la bota. Maximiliano le hizo notar lo bien que lucía desde allí el +apretado caserío de Madrid con tanta cúpula y detrás un horizonte +inmenso que parecía la mar. Después le señaló hacia el lado del Oriente +una mole de ladrillo rojo, parte en construcción, y le dijo que aquel +era el convento de las Micaelas donde ella iba a entrar. Pareciéronle a +Fortunata bonitos el edificio y su situación, expresando el deseo de +entrar pronto, aquel mismo día si era posible. Asaltó entonces el +pensamiento de Rubín una idea triste. Bueno era lo bueno, pero no lo +demasiado. Tanta piedad podía llegar a ser una desgracia para él, porque +si Fortunata se entusiasmaba mucho con la religión y se volvía santa de +veras, y no quería más cuentas con el mundo, sino quedarse allí +encerradita adorando la custodia durante todo el resto de sus días... +¡Oh!, esta idea sofocó tanto al pobre redentor, que se puso rojo. Y bien +podía suceder, porque algunas que entraban allí cargadas de pecados se +corregían de tal modo y se daban con tanta gana a la penitencia, que no +querían salir más, y hablarles de casarse era como hablarles del +demonio... Pero no, Fortunata no sería así; no tenía ella cariz de +volverse santa _en toda la extensión de la palabra_, como diría doña +Lupe. Si lo fuera, Maximiliano se moriría de pena, se volvería entonces +protestante, masón, judío, ateo. + +No manifestó estos temores a su querida, que estaba con un pie calzado y +otro descalzo, mirando atentamente las idas y venidas de una procesión +de hormigas. Únicamente le dijo: «Tiempo tienes de entrar. No conviene +tampoco que te dé muy fuerte». + +Era preciso seguir. Volvió a ponerse la bota y... ¡ay!, ¡qué dolor!, lo +malo fue que aquel día, Viernes Santo, no había coches, y no era posible +volver a casa de otra manera que a pie. + +«Nos hemos alejado mucho--dijo Maximiliano ofreciéndole su brazo--. +Apóyate y así no cojearás tanto... ¿Sabes lo que pareces así, llevada a +remolque?... pues una embarazada fuera de cuenta, que ya no puede dar un +paso, y yo parezco el marido que pronto va a ser padre». No pudo menos +de hacerla reír esta idea, y recordando que la noche anterior, +Maximiliano, en las efusiones epilépticas de su cariño, había hablado +algo de sucesión, dijo para su sayo: «De eso sí que estás tú libre». + +El jueves siguiente fue conducida Fortunata a las Micaelas. + + + + +-V- + +Las Micaelas por fuera + + + + +--i-- + + +Hay en Madrid tres conventos destinados a la corrección de mujeres. Dos +de ellos están en la población antigua, uno en la ampliación del Norte, +que es la zona predilecta de los nuevos institutos religiosos y de las +comunidades expulsadas del centro por la incautación revolucionaria de +sus históricas casas. En esta faja Norte son tantos los edificios +religiosos que casi es difícil contarlos. Los hay para monjas reclusas, +y para las religiosas que viven en comunicación con el mundo y en +batalla ruda con la miseria humana, en estas órdenes modernas derivadas +de la de San Vicente de Paúl, cuya mortificación consiste en recoger +ancianos, asistir enfermos o educar niños. Como por encanto hemos visto +levantarse en aquella zona grandes pelmazos de ladrillo, de dudoso valer +arquitectónico, que manifiestan cuán positiva es aún la propaganda +religiosa, y qué resultados tan prácticos se obtienen del ahorro +espiritual, o sea la limosna, cultivado por buena mano. Las _Hermanitas +de los Pobres_, las _Siervas de María_ y otras, tan apreciadas en +Madrid por los positivos auxilios que prestan al vecindario, han labrado +en esta zona sus casas con la prontitud de las obras de contrata. De +institutos para clérigos sólo hay uno, grandón, vulgar y triste como un +falansterio. Las Salesas Reales, arrojadas del convento que les hizo +doña Bárbara, tienen también domicilio nuevo, y otras monjas históricas, +las que recogieron y guardaron los huesos de D. Pedro el Cruel, acampan +allá sobre las alturas del barrio de Salamanca. + +La planicie de Chamberí, desde los Pozos y Santa Bárbara hasta más allá +de Cuatro Caminos, es el sitio preferido de las órdenes nuevas. Allí +hemos visto levantarse el asilo de Guillermina Pacheco, la mujer +constante y extraordinaria, y allí también la casa de las Micaelas. +Estos edificios tienen cierto carácter de improvisación, y en todos, +combinando la baratura con la prisa, se ha empleado el ladrillo al +descubierto, con ciertos aires mudéjares y pegotes de gótico a la +francesa. Las iglesias afectan, en las frágiles escayolas que las +decoran interiormente, el estilo adamado con pretensiones de elegante de +la basílica de Lourdes. Hay, pues, en ellas una impresión de aseo y +arreglo que encanta la vista, y una deplorable manera arquitectónica. La +importación de los nuevos estilos de piedad, como el del Sagrado +Corazón, y esas manadas de curas de babero expulsados de Francia, nos +han traído una cosa buena, el aseo de los lugares destinados al culto; y +una cosa mala, la perversión del gusto en la decoración religiosa. +Verdad que Madrid apenas tenía elementos de defensa contra esta +invasión, porque las iglesias de esta villa, además de muy sucias, son +verdaderos adefesios como arte. Así es que no podemos alzar mucho el +gallo. El barroquismo sin gracia de nuestras parroquias, los canceles +llenos de mugre, las capillas cubiertas de horribles escayolas +empolvadas y todo lo demás que constituye la vulgaridad indecorosa de +los templos madrileños, no tiene que echar nada en cara a las +cursilerías de esta novísima monumentalidad, también armada en yesos +deleznables y con derroche de oro y pinturas al temple, pero que al +menos despide olor de aseo, y tiene el decoro de los sitios en que anda +mucho la santidad de la escoba, del agua y el jabón. + +El caserón que llamamos _Las Micaelas_ estaba situado más arriba del de +Guillermina, allá donde las rarificaciones de la población aumentan en +términos de que es mucho más extenso el suelo baldío que el edificado. +Por algunos huecos del caserío se ven horizontes esteparios y luminosos, +tapias de cementerios coronadas de cipreses, esbeltas chimeneas de +fábricas como palmeras sin ramas, grandes extensiones de terreno mal +sembrado para pasto de las burras de leche y de las cabras. Las casas +son bajas, como las de los pueblos, y hay algunas de corredor con +habitaciones numeradas, cuyas puertas se ven por la medianería. El +edificio de las Micaelas había sido una casa particular, a la que se +agregó un ala interior costeando dos lados de la huerta en forma de +medio claustro, y a la sazón se le estaba añadiendo por el lado opuesto +la iglesia, que era amplia y del estilo de moda, ladrillo sin revoco +modelado a lo mudéjar y cabos de cantería de Novelda labrada en ojival +constructivo. Como la iglesia estaba aún a medio hacer, el culto se +celebraba en la capilla provisional, que era una gran crujía baja, a la +izquierda de la puerta. + +En el arreglo de esta crujía para convertirla en templo interino, +manifestábase el buen deseo, la pulcritud y la inocencia artística de +las excelentes señoras que componían la comunidad. Las paredes estaban +estucadas, como las de nuestras alcobas, porque este es un género de +decoración barato en Madrid y sumamente favorable a la limpieza. En el +fondo estaba el altar, que era, ya se sabe, blanco y oro, de un estilo +tan visto y tan determinado, que parece que viene en los figurines. A +derecha e izquierda, en cromos chillones de gran tamaño, los dos +Sagrados Corazones, y sobre ellos se abrían dos ventanas enjutísimas, +terminadas por arriba en corte ojival, con vidrios blancos, rojos y +azules, combinados en rombo, como se usan en las escaleras de las casas +modernas. + +Cerca de la puerta había una reja de madera que separaba el público de +las monjas los días en que el público entraba, que eran los jueves y +domingos. De la reja para adentro, el piso estaba cubierto de hule, y a +los costados de lo que bien podremos llamar nave había dos filas de +sillas reclinatorios. A la derecha de la nave dos puertas, no muy +grandes: la una conducía a la sacristía, la otra a la habitación que +hacía de coro. De allí venían los flauteados de un harmonium tañido +candorosamente en los acordes de la tónica y la dominante, y con las +modulaciones más elementales; de allí venían también los exaltados +acentos de las dos o tres monjas cantoras. La música era digna de la +arquitectura, y sonaba a zarzuela sentimental o a canción de las que se +reparten como regalo a las suscritoras en los periódicos de modas. En +esto ha venido a parar el grandioso canto eclesiástico, por el abandono +de los que mandan en estas cosas y la latitud con que se vienen +permitiendo novedades en el severo culto católico. + +La pecadora fue llevada a las Micaelas pocos días después de la Pascua +de Resurrección. Aquel día, desde que despertó, se le puso a Maxi la +obstrucción en la boca del estómago, pero tan fuerte como si tuviera +entre pecho y espalda atravesado un palo. Molestia semejante sentía en +los días de exámenes, pero no con tanta intensidad. Fortunata parecía +contenta, y deseaba que la hora llegase pronto para abreviar la +expectación y perplejidad en que los dos amantes estaban, sin saber qué +decirse. A ella por lo menos no se le ocurría nada que decirle, y aunque +a él se le pasaban por el magín muchas cosas, tenía cierta aversión +innata a lo teatral, y no gustaba de hablar gordo en ciertas ocasiones. +Si ha de decirse verdad, Maxi inspiraba aquel día a su novia un +sentimiento de cariño dulce y sosegado, con su poquillo de lástima. Y él +procuraba dar a la conversación tono familiar, hablando del tiempo o +recomendando a la joven que tuviese cuidado de no olvidar alguna +importante prenda de ropa. Nicolás, que estaba presente, no habría +permitido tampoco zalamerías de amor ni besuqueo, y ayudaba a recoger y +agrupar todas las cosas que habían de llevarse, añadiendo observaciones +tan prácticas como esta: «Ya sabe usted que ni perfumes ni joyas ni +ringorrangos de ninguna clase entran en aquella casa. Todo el bagaje +mundano se arroja a la puerta». + +Cuando vino el mozo que debía llevar el baúl, Fortunata estaba ya +dispuesta, vestida con la mayor sencillez. Maximiliano miró diferentes +veces su reloj sin enterarse de la hora. Nicolás, que estaba más sereno, +miró el suyo y dijo que era tarde. Bajaron los tres, y fueron +pausadamente y sin hablar hacia la calle de Hortaleza a tomar un coche +simón. Instalose el joven con no poco trabajo en la bigotera, porque las +faldas de su futura esposa y la ropa talar del clérigo estorbaban lo que +no es decible la entrada y la salida; y si el trayecto fuera más largo, +el martirio de aquellas seis piernas que no sabían cómo colocarse habría +sido muy grande. La neófita miraba por la ventanilla, atraída vagamente +y sin interés su atención por la gente que pasaba. Creeríase que miraba +hacia fuera por no mirar hacia dentro; Maximiliano se la comía con los +ojos, mientras el presbítero procuraba en vano animar la conversación +con algunas cuchufletas bien poco ingeniosas. + +Llegaron por fin al convento. En la puerta había dos o tres mendigas +viejas, que pidieron limosna, y a Maximiliano le faltó tiempo para +dársela. Le amargaba extraordinariamente la boca, y su voz ahilada salía +de la garganta con interrupciones y síncopas como la de un asmático. Su +turbación le obligaba a refugiarse en los temas vulgares... «¡Vaya que +son pesados estos pobres!... Parece que hay misa, porque se oye la +campanilla de alzar... Es bonita la casa, y alegre, sí señor, alegre». + +Entraron en una sala que hay a la derecha, en el lado opuesto a la +capilla. En dicha sala recibían visitas las monjas, y las recogidas a +quienes se permitía ver a su familia los jueves por la tarde, durante +hora y media, en presencia de dos madres. Adornada con sencillez rayana +en pobreza, la tal sala no tenía más que algunas estampas de santos y un +cuadrote de San José, al óleo, que parecía hecho por la misma mano que +pintó el Jáuregui de la casa de doña Lupe. El piso era de baldosín, bien +lavado y frotado, sin más defensa contra el frío que dos esteritas de +junco delante de los dos bancos que ocupaban los testeros principales. +Dichos bancos, las sillas y un canapé de patas curvas eran piezas +diferentes, y bien se conocía que todo aquel pobre menaje provenía de +donativos o limosnas de esta y la otra casa. Ni cinco minutos tuvieron +que esperar, porque al punto entraron dos madres que ya estaban +avisadas, y casi pisándoles los talones entró el señor capellán, un +hombrón muy campechano y que de todo se reía. Llamábase D. León Pintado, +y en nada correspondía la persona al nombre. Nicolás Rubín y aquel +pasmarote tan grande y tan jovial se abrazaron y se saludaron +tuteándose. Una de las dos monjas era joven, coloradita, de boca +agraciada y ojos que habrían sido lindísimos si no adolecieran de +estrabismo. La otra era seca y de edad madura, con gafas, y daba bien +claramente a entender que tenía en la casa más autoridad que su +compañera. A las palabras que dijeron, impregnadas de esa cortesía +dulzona que informa el estilo y el metal de voz de las religiosas del +día, iba la neófita a contestar alguna cosa apropiada al caso; pero se +cortó y de sus labios no pudo salir más que un _ju ju_, que las otras no +entendieron. La sesión fue breve. Sin duda las madres Micaelas no +gustaban de perder el tiempo. «Despídase usted» le dijo la seca, +tomándola por un brazo. Fortunata estrechó la mano de Maxi y de Nicolás, +sin distinguir entre los dos, y dejose llevar. _Rubinius vulgaris_ dio +un paso, dejando solos a los dos curas que hablaban cogiéndose +recíprocamente las borlas de sus manteos, y vio desaparecer a su amada, +a su ídolo, a su ilusión, por la puerta aquella pintada de blanco, que +comunicaba la sala con el resto de la religiosa morada. Era una puerta +como otra cualquiera; pero cuando se cerró otra vez, pareciole al +enamorado chico cosa diferente de todo lo que contiene el mundo en el +vastísimo reino de las puertas. + + + + +--ii-- + + +Echó a andar hacia Madrid por el polvoriento camino del antiguo Campo de +Guardias, y volviendo a mirar su reloj por un movimiento maquinal, +tampoco entonces se hizo cargo de la hora que era. No se dio cuenta de +que su hermano y D. León Pintado, entretenidos en una conversación +interesante y parándose cada diez palabras, se habían quedado atrás. +Hablaban de las oposiciones a la lectoral de Sigüenza y de las peloteras +que ocurrieron en ella. El capellán, como candidato reventado, ponía de +oro y azul al obispo de la diócesis y a todo el cabildo. Maximiliano, +sin advertir las paradas, siguió andando hasta que se encontró en su +casa. Abriole doña Lupe la puerta y le hizo varias preguntas: «Y qué +tal, ¿iba contenta?». Revelaban estas interrogaciones tanto interés como +curiosidad, y el joven, animado por la benevolencia que en su tía +observaba, departió con ella, arrancándose a mostrarle algunas de las +afiladas púas que le rasguñaban el corazón. Tenía un presentimiento vago +de no volverla a ver, no porque ella se muriese, sino porque dentro del +convento y contagiada de la piedad de las monjas, podía chiflarse +demasiado con las cosas divinas y enamorarse de la vida espiritual hasta +el punto de no querer ya marido de carne y hueso, sino a Jesucristo, que +es el esposo que a las monjas de verdadera santidad les hace tilín. Esto +lo expresó irreverentemente con medias palabras; pero doña Lupe sacó +toda la sustancia a los conceptos. «Bien podría suceder eso--le dijo con +acento de convicción, que turbó más a Maximiliano--, y no sería el +primer caso de mujeres malas... quiero decir ligeras... que se han +convertido en un abrir y cerrar de ojos, volviéndose tan del revés, que +luego no ha habido más remedio que canonizarlas». + +El redentor sintió frío en el corazón. ¡Fortunata canonizada! Esta idea, +por lo muy absurda que era, le atormentó toda la mañana. «Francamente +--dijo al fin, después de muchas meditaciones--, tanto como canonizar, +no; pero bien podría darle por el misticismo y no querer salir, y +quedarme yo _in albis_». Vamos, que semejante idea le aterraba! En tal +caso no tenía más remedio que volverse él santito también, dedicarse a +la Iglesia y hacerse cura... ¡Jesús qué disparate! ¡Cura!, ¿y para qué? +De vuelta en vuelta, su mente llegó a un torbellino doloroso en el cual +no tuvo ya más remedio que ahogar las ideas, para librarse del tormento +que le ocasionaban. Intentó estudiar... Imposible. Ocurriole escribir a +Fortunata, encargándole que no hiciera caso alguno de lo que le dijesen +las monjas acerca de la vida espiritual, la gracia y el amor místico... +Otro disparate. Por fin se fue calmando, y la razón se clareaba un poco +tras aquellas nieblas. + +Las once serían ya, cuando desde su cuarto sintió un grande altercado +entre doña Lupe y Papitos. El motivo de aquella doméstica zaragata fue +que a Nicolás Rubín se le ocurrió la idea trágica de convidar a almorzar +a su amigo el padre Pintado, y no fue lo peor que se le ocurriera, sino +que se apresurase a ejecutarla con aquella frescura clerical que en tan +alto grado tenía, metiendo a su camarada por las puertas de la casa sin +ocuparse para nada de si en esta había o no los bastimentos necesarios +para dos bocas de tal naturaleza. + +Doña Lupe que tal vio y oyó, no pudo decir nada, por estar el otro +clérigo delante; pero tenía la sangre requemada. Su orgullo no le +permitía desprestigiar la casa, poniéndoles un artesón de bazofia para +que se hartaran; y afrontando despechada el conflicto, decía para su +sayo cosas que habrían hecho saltar a toda la curia eclesiástica. «No sé +lo que se figura este heliogábalo... cree que mi casa es la posada del +Peine. Después que él me come un codo, trae a su compinche para que me +coma el otro. Y por las trazas, debe tener buen diente y un estómago +como las galerías del Depósito de aguas... ¡Ay, Dios mío!, ¡qué egoístas +son estos curas...! Lo que yo debía hacer era ponerle la cuentecita, y +entonces... ¡ah!, entonces sí que no se volvía a descolgar con +invitados, porque es _Alejandro en puño_ y no le gusta ser rumboso sino +con dinero ajeno». + +El volcán que rugía en el pecho de la señora de Jáuregui no podía +arrojar su lava sino sobre Papitos, que para esto justamente estaba. +Había empezado aquel día la monilla por hacer bien las cosas; pero la +riñó su ama tan sin razón, que... ¡diablo de chica!, concluyó por +hacerlo todo al revés. Si le ordenaban quitar agua de un puchero, echaba +más. En vez de picar cebolla, machacaba ajos; la mandaron a la tienda +por una lata de sardinas y trajo cuatro libras de bacalao de Escocia; +rompió una escudilla, y tantos disparates hizo que doña Lupe por poco le +aporrea el cráneo con la mano del almirez. «De esto tengo la culpa yo, +grandísima bestia, por empeñarme en domar acémilas y en hacer de ellas +personas... Hoy te vas a tu casa, a la choza del muladar de Cuatro +Caminos donde estabas, entre cerdos y gallinas, que es la sociedad que +te cuadra...». Y por aquí seguía la retahíla... ¡Pobre Papitos! +Suspiraba y le corrían las lágrimas por la cara abajo. Había llegado ya +a tal punto su azoramiento, que no daba pie con bola. + +Entre tanto los dos curas estaban en la sala, fumando cigarrillos, las +canalejas sobre sillas, groseramente espatarrados ambos en los dos +sillones principales, y hablando sin cesar del mismo tema de las +oposiciones de Sigüenza. La culpa de todo la tenía el deán, que era un +trasto y quería la lectoral a todo trance para su sobrinito. ¡Valientes +perros estaban tío y sobrino! Este había hecho discursos racionalistas, +y cuando la _Gloriosa_ dio vivas a Topete y a Prim en una reunión de +demócratas. Doña Lupe entró al fin haciendo violentísimas contorsiones +con los músculos de su cara para poder brindarles una sonrisa en el +momento de decir que ya podían pasar... que tendrían que dispensar +muchas faltas, y que iban a hacer penitencia. + +Y mientras se sentaban, miró con terror al amigo de su sobrino, que era +lo mismo que un buey puesto en dos pies, y pensaba que si el apetito +correspondía al volumen, todo lo que en la mesa había no bastara para +llenar aquel inmenso estómago. Felizmente, Maxi estaba tan sin gana, que +apenas probó bocado; doña Lupe se declaró también inapetente, y de este +modo se fue resolviendo el problema y no hubo conflicto que lamentar. El +padre Pintado, a pesar de ser tan proceroso, no era hombre de mucho +comer y amenizó la reunión contando otra vez... las oposiciones de +Sigüenza. Doña Lupe, por cortesía, afirmaba que era una barbaridad que +no le hubieran dado a él la lectoral. + +La ira de la señora de Jáuregui no se calmó con el feliz éxito del +almuerzo... y siguió machacando sobre la pobre Papitos. Esta, que +también tenía su genio, hervía interiormente en despecho y deseos de +revancha. «¡Miren la tía bruja--decía para sí, bebiéndose las +lágrimas--, con su teta menos...! Mejor tuviera vergüenza de ponerse la +teta de trapo para que crea la gente que tiene las dos de verdad, como +las tienen todas y como las tendré yo el día de mañana...». Por la +tarde, cuando la señora salió, encargando que le limpiara la ropa, +ocurriole a la mona tomar de su ama una venganza terrible; pero una de +esas venganzas que dejan eterna memoria. Se le ocurrió poner, colgado en +el balcón, el cuerpo de vestido que pegada tenía la _cosa falsa_ con que +doña Lupe engañaba al público. La malicia de Papitos imaginaba que +puesto en el balcón el testimonio de la falta de su señora, la gente que +pasase lo había de ver y se había de reír mucho. Pero no ocurrieron de +este modo las cosas, porque ningún transeúnte se fijó en el pecho +postizo, que era lo mismo que una vejiga de manteca; y al fin la +chiquilla se apresuró a quitarlo, discurriendo con buen juicio que si +doña Lupe al entrar veía colgado del balcón aquel acusador de su +defecto, se había de poner hecha una fiera, y sería capaz de cortarle a +su criada _las dos cosas de verdad_ que pensaba tener. + + + + +--iii-- + + +A la mañana siguiente, Maximiliano encaminó sus pasos al convento, no +por entrar, que esto era imposible, sino por ver aquellas paredes tras +de las cuales respiraba la persona querida. La mañana estaba deliciosa, +el cielo despejadísimo, los árboles del paseo de Santa Engracia +empezaban a echar la hoja. Detúvose el joven frente a las Micaelas, +mirando la obra de la nueva iglesia que llegaba ya a la mitad de las +ojivas de la nave principal. Alejándose hasta más allá de la acera de +enfrente, y subiendo a unos montones de tierra endurecida, se veía, por +encima de la iglesia en construcción, un largo corredor del convento, y +aun se podían distinguir las cabezas de las monjas o recogidas que por +él andaban. Pero como la obra avanzaba rápidamente, cada día se veía +menos. Observó Maxi en los días sucesivos que cada hilada de ladrillos +iba tapando discretamente aquella interesante parte de la interioridad +monjil, como la ropa que se extiende para velar las carnes descubiertas. +Llegó un día en que sólo se alcanzaban a ver las zapatas de los maderos +que sostenían el techo del corredor, y al fin la masa constructiva lo +tapó todo, no quedando fuera más que las chimeneas, y aun para columbrar +estas era preciso tomar la visual desde muy lejos. + +Al Norte había un terreno mal sembrado de cebada. Hacia aquel ejido, en +el cual había un poste con letrero anunciando venta de solares, caían +las tapias de la huerta del convento, que eran muy altas. Por encima de +ellas asomaban las copas de dos o tres soforas y de un castaño de +Indias. Pero lo más visible y lo que más cautivaba la atención del +desconsolado muchacho era un motor de viento, sistema Parson, para +noria, que se destacaba sobre altísimo aparato a mayor altura que los +tejados del convento y de las casas próximas. El inmenso disco, +semejante a una sombrilla japonesa a la cual se hubiera quitado la +convexidad, daba vueltas sobre su eje pausada o rápidamente, según la +fuerza del aire. La primera vez que Maxi lo observó, movíase el disco +con majestuosa lentitud, y era tan hermoso de ver con su coraza de +tablitas blancas y rojas, parecida a un plumaje, que tuvo fijos en él +los tristes ojos un buen cuarto de hora. Por el Sur la huerta lindaba +con la medianería de una fábrica de tintas de imprimir, y por el Este +con la tejavana perteneciente al inmediato taller de cantería, donde se +trabajaba mucho. Así como los ojos de Maximiliano miraban con +inexplicable simpatía el disco de la noria, su oído estaba preso, por +decirlo así, en la continua y siempre igual música de los canteros, +tallando con sus escoplos la dura berroqueña. Creeríase que grababan en +lápidas inmortales la leyenda que el corazón de un inconsolable poeta +les iba dictando letra por letra. Detrás de esta tocata reinaba el +augusto silencio del campo, como la inmensidad del cielo detrás de un +grupo de estrellas. + +También se paseaba por aquellos andurriales, sin perder de vista el +convento; iba y venía por las veredas que el paso traza en los terrenos, +matando la yerba, y a ratos sentábase al sol, cuando este no picaba +mucho. Montones de estiércol y paja rompían a lo lejos la uniformidad +del suelo; aquí y allí tapias de ladrillo de color de polvo, letreros +industriales sobre faja de yeso, casas que intentaban rodearse de un +jardinillo sin poderlo conseguir; más allá tejares y las casetas +plomizas de los vigilantes de consumos, y en todo lo que la vista abarca +un sentimiento profundísimo de soledad expectante. Turbábala sólo algún +perro sabio de los que, huyendo de la estricnina municipal, se pasean +por allí sin quitar la vista del suelo. A veces el joven volvía al +camino real y se dejaba ir un buen trecho hacia el Norte; pero no tenía +ganas de ver gente y se echaba fuera, metiéndose otra vez por el campo +hasta divisar las arcadas del acueducto del Lozoya. La vista de la +sierra lejana suspendía su atención, y le encantaba un momento con +aquellos brochazos de azul intensísimo y sus toques de nieve; pero muy +luego volvía los ojos al Sur, buscando los andamiajes y la mole de las +Micaelas, que se confundía con las casas más excéntricas de Chamberí. + +Todas las mañanas antes de ir a clase, hacía Rubín esta excursión al +campo de sus ilusiones. Era como ir a misa, para el hombre devoto, o +como visitar el cementerio donde yacen los restos de la persona querida. +Desde que pasaba de la iglesia de Chamberí veía el disco de la noria, y +ya no le quitaba los ojos hasta llegar próximo a él. Cuando el motor +daba sus vueltas con celeridad, el enamorado, sin saber por qué y +obedeciendo a un impulso de su sangre, avivaba el paso. No sabía +explicarse por qué oculta relación de las cosas la velocidad de la +máquina le decía: «apresúrate, ven, que hay novedades». Pero luego +llegaba y no había novedad ninguna, como no fuera que aquel día soplaba +el viento con más fuerza. Desde la tapia de la huerta oíase el rumor +blando del volteo del disco, como el que hacen las cometas, y sentíase +el crujir del mecanismo que transmite la energía del viento al vástago +de la bomba... Otros días le veía quieto, amodorrado en brazos del aire. +Sin saber por qué, deteníase el joven; pero luego seguía andando +despacio. Hubiera él lanzado al aire el mayor soplo posible de sus +pulmones para hacer andar la máquina. Era una tontería; pero no lo podía +remediar. El estar parado el motor parecíale señal de desventura. + +Pero lo que más tormento daba a Maximiliano era la distinta impresión +que sacaba todos los jueves de la visita que a su futura hacía. Iba +siempre acompañado de Nicolás, y como además no se apartaban de la +recogida las dos monjas, no había medio de expresarse con confianza. El +primer jueves encontró a Fortunata muy contenta; el segundo, estaba +pálida y algo triste. Como apenas se sonreía, faltábale aquel rasgo +hechicero de la contracción de los labios, que enloquecía a su amante. +La conversación fue sobre asuntos de la casa, que Fortunata elogió +mucho, encomiando los progresos que hacía en la lectura y escritura, y +jactándose del cariño que le habían tomado las señoras. Como en uno de +los sucesivos jueves dijera algo acerca de lo que le había gustado la +fiesta de Pentecostés, la principal del año en la comunidad, y después +recayera la conversación sobre temas de iglesia y de culto, expresándose +la neófita con bastante calor, Maximiliano volvió a sentirse atormentado +por la idea aquella de que su querida se iba a volver mística y a +enamorarse perdidamente de un rival tan temible como Jesucristo. Se le +ocurrían cosas tan extravagantes como aprovechar los pocos momentos de +distracción de las madres para secretearse con su amada y decirle que no +creyera en aquello de la Pentecostés, figuración alegórica nada más, +porque no hubo ni podía haber tales lenguas de fuego ni Cristo que lo +fundó; añadiendo, si podía, que la vida contemplativa es la más estéril +que se puede imaginar, aun como preparación para la inmortalidad, porque +las luchas del mundo y los deberes sociales bien cumplidos son lo que +más purifica y ennoblece las almas. Ocioso es añadir que se guardó para +sí estas doctrinas escandalosas porque era difícil expresarlas delante +de las madres. + + + + +-VI- + +Las Micaelas por dentro + + + + +--i-- + + +Cuando las dos madres aquellas, la bizca y la seca, la llevaron adentro, +Fortunata estaba muy conmovida. Era aquella sensación primera de miedo y +vergüenza de que se siente poseído el escolar cuando le ponen delante de +sus compañeros, que han de ser pronto sus amigos, pero que al verle +entrar le dirigen miradas de hostilidad y burla. Las recogidas que +encontró al paso mirábanla con tanta impertinencia, que se puso muy +colorada y no sabía qué expresión dar a su cara. Las madres, que tantos +y tan diversos rostros de pecadoras habían visto entrar allí, no +parecían dar importancia a la belleza de la nueva recogida. Eran como +los médicos que no se espantan ya de ningún horror patológico que vean +entrar en las clínicas. Hubo de pasar un buen rato antes de que la joven +se serenase y pudiera cambiar algunas palabras con sus compañeras de +lazareto. Pero entre mujeres se rompe más pronto aún que entre +colegiales ese hielo de las primeras horas, y palabra tras palabra +fueron brotando las simpatías, echando el cimiento de futuras +amistades. + +Como ella esperaba y deseaba, pusiéronle una toca blanca; mas no había +en el convento espejos en que mirar si caía bien o mal. Luego le +hicieron poner un vestido de lana burda y negra muy sencillo; pero +aquellas prendas sólo eran de indispensable uso al bajar a la capilla y +en las horas de rezo, y podía quitárselas en las horas de trabajo, +poniéndose entonces una falda vieja de las de su propio ajuar y un +cuerpo, también de lana, muy honesto, que recibían para tales casos. Las +recogidas dividíanse en dos clases, una llamada las _Filomenas_ y otra +las _Josefinas_. Constituían la primera, las mujeres sujetas a +corrección; la segunda componíase de niñas puestas allí por sus padres, +para que las educaran, y más comúnmente por madrastras que no querían +tenerlas a su lado. Estos dos grupos o familias no se comunicaban en +ninguna ocasión. Dicho se está que Fortunata pertenecía a la clase de +las _Filomenas_. Observó que buena parte del tiempo se dedicaba a +ejercicios religiosos, rezos por la mañana, doctrina por la tarde. +Enterose luego de que los jueves y domingos había adoración del +Sacramento, con larguísimas y entretenidas devociones, acompañadas de +música. En este ejercicio y en la misa matinal, las recogidas, como las +madres, entraban en la iglesia con un gran velo por la cabeza, el cual +era casi tan grande como una sábana. + +Lo tomaban en la habitación próxima a la entrada, y al salir lo volvían +a dejar después de doblarlo. + +Acostumbrada la prójima a levantarse a las nueve o las diez de la +mañana, éranle penosos aquellos madrugones que en el convento se usaban. +A las cinco de la mañana ya entraba Sor Antonia en los dormitorios +tocando una campana que les desgarraba los oídos a las pobres +durmientes. El madrugar era uno de los mejores medios de disciplina y +educación empleados por las madres, y el velar a altas horas de la noche +una mala costumbre que combatían con ahínco, como cosa igualmente nociva +para el alma y para el cuerpo. Por esto, la monja que estaba de guardia +pasaba revista a los dormitorios a diferentes horas de la noche, y como +sorprendiese murmullos de secreteo, imponía severísimos castigos. + +Los trabajos eran diversos y en ocasiones rudos. Ponían las maestras +especial cuidado en desbastar aquellas naturalezas enviciadas o fogosas, +mortificando las carnes y ennobleciendo los espíritus con el cansancio. +Las labores delicadas, como costura y bordados, de que había taller en +la casa, eran las que menos agradaban a Fortunata, que tenía poca +afición a los primores de aguja y los dedos muy torpes. Más le agradaba +que la mandaran lavar, brochar los pisos de baldosín, limpiar las +vidrieras y otros menesteres propios de criadas de escalera abajo. En +cambio, como la tuvieran sentada en una silla haciendo trabajos de marca +de ropa se aburría de lo lindo. También era muy de su gusto que la +pusieran en la cocina a las órdenes de la hermana cocinera, y era de ver +cómo fregaba ella sola todo el material de cobre y loza, mejor y más +pronto que dos o tres de las más diligentes. + +Mucho rigor y vigilancia desplegaban las madres en lo tocante a +relaciones entre las llamadas arrepentidas, ya fuesen _Filomenas_ o +_Josefinas_. Eran centinelas sagaces de las amistades que se pudieran +entablar y de las parejas que formara la simpatía. A las prójimas +antiguas y ya conocidas y probadas por su sumisión, se las mandaba a +acompañar a las nuevas y sospechosas. Había algunas a quienes no se +permitía hablar con sus compañeras sino en el corro principal en las +horas de recreo. + +A pesar de la severidad empleada para impedir las parejas íntimas o +grupos, siempre había alguna infracción hipócrita de esta observancia. +Era imposible evitar que entre cuarenta o cincuenta mujeres hubiese dos +o tres que se pusieran al habla, aprovechando cualquier coyuntura +oportuna en las varias ocupaciones de la casa. Un sábado por la mañana +Sor Natividad, que era la Superiora (por más señas la madrecita seca que +recibió a Fortunata el día de su entrada), mandó a esta que brochase +los baldosines de la sala de recibir. Era Sor Natividad vizcaína, y tan +celosa por el aseo del convento que lo tenía siempre como tacita de +plata, y en viendo ella una mota, un poco de polvo o cualquier suciedad, +ya estaba desatinada y fuera de sí, poniendo el grito en el Cielo como +si se tratara de una gran calamidad caída sobre el mundo, otro pecado +original o cosa así. Apóstol fanático de la limpieza, a la que seguía +sus doctrinas la agasajaba y mimaba mucho, arrojando tremendos anatemas +sobre las que prevaricaban, aunque sólo fuera venialmente, en aquella +moral cerrada del aseo. Cierto día armó un escándalo porque no habían +limpiado... ¿qué creeréis?, las cabezas doradas de los clavos que +sostenían las estampas de la sala. En cuanto a los cuadros, había que +descolgarlos y limpiarlos por detrás lo mismo que por delante. «Si no +tenéis alma, ni un adarme de gracia de Dios--les decía--, y no os habéis +de condenar por malas, sino por puercas». El sábado aquel mandó, como +digo, dar cera y brochado al piso de la sala, encargando a Fortunata y a +otra compañera que se lo habían de dejar _lo mismo que la cara del Sol_. + +Era para Fortunata este trabajo no sólo fácil, sino divertido. Gustábale +calzarse en el pie derecho el grueso escobillón, y arrastrando el paño +con el izquierdo, andar de un lado para otro en la vasta pieza, con +paso de baile o de patinación, puesta la mano en la cintura y +ejercitando en grata gimnasia todos los músculos hasta sudar +copiosamente, ponerse la cara como un pavo y sentir unos dulcísimos +retozos de alegría por todo el cuerpo. La compañera que Sor Natividad le +dio en aquella faena era una _filomena_ en cuyo rostro se había fijado +no pocas veces la neófita, creyendo reconocerlo. Indudablemente había +visto aquella cara en alguna parte, pero no recordaba dónde ni cuándo. +Ambas se habían mirado mucho, como deseando tener una explicación; pero +no se habían dirigido nunca la palabra. Lo que sí sabía Fortunata era +que aquella mujer daba mucha guerra a las madres por su carácter +alborotado y desigual. + +Desde que la Superiora las dejó solas, la otra rompió a patinar y a +hablar al mismo tiempo. Parándose después ante Fortunata, le dijo: +«Porque nosotras nos conocemos, ¿eh? A mí me llaman _Mauricia la Dura_. +¿No te acuerdas de haberme visto en casa de la Paca?». + +«¡Ah... sí!...» indicó Fortunata, y cargando sobre el pie derecho, tiró +para otro lado frotando el suelo con amazónica fuerza. + +Mauricia la Dura representaba treinta años o poco más, y su rostro era +conocido de todo el que entendiese algo de iconografía histórica, pues +era el mismo, exactamente el mismo de Napoleón Bonaparte antes de ser +Primer Cónsul. Aquella mujer singularísima, bella y varonil tenía el +pelo corto y lo llevaba siempre mal peinado y peor sujeto. Cuando se +agitaba mucho trabajando, las melenas se le soltaban, llegándole hasta +los hombros, y entonces la semejanza con el precoz caudillo de Italia y +Egipto era perfecta. No inspiraba simpatías Mauricia a todos los que la +veían; pero el que la viera una vez, no la olvidaba y sentía deseos de +volverla a mirar. Porque ejercían indecible fascinación sobre el +observador aquellas cejas rectas y prominentes, los ojos grandes y +febriles, escondidos como en acecho bajo la concavidad frontal, la +pupila inquieta y ávida, mucho hueso en los pómulos, poca carne en las +mejillas, la quijada robusta, la nariz romana, la boca acentuada +terminando en flexiones enérgicas, y la expresión, en fin, soñadora y +melancólica. Pero en cuanto Mauricia hablaba, adiós ilusión. Su voz era +bronca, más de hombre que de mujer, y su lenguaje vulgarísimo, revelando +una naturaleza desordenada, con alternativas misteriosas de depravación +y de afabilidad. + + + + +--ii-- + + +Después que se reconocieron, callaron un rato, trabajando las dos con +igual ahínco. Un tanto fatigadas se sentaron en el suelo, y entonces +Mauricia, arrastrándose hasta llegar junto a su compañera, le dijo: + +«Aquel día... ¿sabes?, acabadita de marcharte tú, estuvo en casa de la +Paca Juanito Santa Cruz». + +Fortunata la miró aterrada. + +«¿Qué día?» fue lo único que dijo. + +--¿No te acuerdas? El día que estuviste tú, el día en que te conocí... +_Paices_ boba. Yo me lié con la Visitación, que me robó un pañuelo, la +muy ladrona sinvergüenza. Le metí mano, y... ¡ras!, le trinqué la oreja +y me quedé con el pendiente en la mano, partiéndole el pulpejo... por +poco me traigo media cara. Ella me mordió un brazo, mira... todavía está +aquí la señal; pero yo le dejé sellaíto un ojo... todavía no lo ha +abierto, y le saqué una tira de pellejo ¡ras!, desde semejante parte, +aquí por la sien... hasta la barba. Si no nos apartan, si no me coges tú +a mí por la cintura, y Paca a ella, la reviento... creételo. + +--Ya me acuerdo de aquella trifulca--dijo Fortunata mirando a su +compañera con miedo. + +--A mí, la que me la hace me la paga. No sé si sabes que a la Matilde, +aquella silfidona rubia... + +--No sé, no la conozco.--Pues allá se me vino con unos chismajos, porque +yo _hablaba_ entonces con el chico de Tellería y... Pues la cogí un día, +la tiré al suelo, me estuve paseando sobre ella todo el tiempo que me +dio la gana... y luego, cogí una badila y del primer golpe le abrí un +ojal en la cabeza, del tamaño de un duro... La llevaron al hospital... +Dicen que por el boquete que le hice se le veía la sesada... Buen repaso +le di. Pues otro día, estando en el Modelo... verás... me dijo una tía +muy pindongona y muy facha que si yo era no sé qué y no sé cuánto, y de +la primer bofetada que le alumbré fue rodando por el suelo con las patas +al aire. Nada, que tuvieron que atarme... Pues volviendo a lo que decía. +Aquel día que tuve la zaragata con Visitación... + +Sintieron venir a la Superiora, y rápidamente se levantaron y se +pusieron a brochar otra vez. La monja miró el piso, ladeando la cara +como los pájaros cuando miran al suelo, y se retiró. Un rato después, +las dos arrepentidas volvieron a pegar su hebra. + +«No aportaste más por allí. Yo le pregunté después a la Paca si había +vuelto por allí el _chico_ de Santa Cruz, y me contestó: 'Calla hija, si +han dicho aquí anoche que está con _plumonía_...'. Pobrecito, por poco +no lo cuenta. Estuvo si se las lía, si no se las lía... Por ti pregunté +a la Feliciana una tarde que fui a enseñarle los mantones de Manila que +yo estaba corriendo, y me dijo que te ibas a casar con un boticario... +ya, el sobrino de doña Lupe _la de los Pavos_... ¡Ah!, chica, si esa tal +doña Lupe es lo que más conozco... Pregúntale por mí. Le he vendido más +alhajas que pelos tengo en la cabeza. ¡Ah!, entonces sí que estaba yo +bien; pero de repente me trastorné, y caí tan enferma del estómago, que +no podía pasar nada, y lo mismo era entrarme bocado en él o gota de +agua, que parecía que me encendían lumbre; y mi hermana Severiana, que +vive en la calle de Mira el Río, me llevó a su casa, y allí me entraron +unos calambres que creí que espichaba; y una noche, viendo que aquello +no se me quería calmar, salí de estampía, y en la taberna me atizé tres +copas de aguardiente, arreo, tras, tras, tras, y salí, y en medio a +medio de la calle caíme al suelo, y los chiquillos se me ajuntaron a la +redonda, y luego vinieron los guindillas y me soplaron en la prevención. +Severiana quiso llevarme otra vez a su casa; pero entonces una señora +que conocemos, esa doña Guillermina... la habrás oído nombrar... me +cogió por su cuenta y me trajo a este _establecimiento_. La doña +Guillermina es una que se ha echado mismamente a pobre, ¿sabes?, y pide +limosna y está haciendo un palación ahí abajo para _los huérfanos_. Mi +hermana y yo nos criamos en su casa, ¡gran casa la de los señores de +Pacheco! Personas muy ricas, no te creas, y mi madre era la que les +planchaba. Por eso nos tiene tanta ley doña Guillermina, que siempre que +me ve con miseria me socorre, y dice que mientras más mala sea yo más me +ha de socorrer. Pues que quise que no, aquí me metieron... Ya me habían +metido antes; pero no estuve más que una semana, porque me escapé +subiéndome por la tapia de la huerta como los gatos». + +Esta historia, contada con tan aterradora sinceridad, impresionó mucho a +la otra _filomena_. Siguieron ambas bailando a lo largo de la sala, +deslizándose sobre el ya pulimentado piso, como los patinadores sobre el +hielo, y Fortunata, a quien le escarbaba en el interior lo que referente +a ella habla dicho Mauricia la Dura, quiso aclarar un punto importante, +diciéndole: + +«Yo no fui más que dos veces a casa de la Paca, y por mi gusto no +hubiera ido ninguna. La necesidad, hija... Después no volví más porque +me salieron relaciones con el chico con quien me voy a casar». + +Después de una pausa, durante la cual viniéronle al pensamiento muchas +cosas pasadas, creyó oportuno decir algo, conforme a las ideas que +aquella casa imponía: «¿Y para qué me buscaba a mí ese hombre?... ¿para +qué? Para perderme otra vez. Con una basta». + +--Los hombres son muy caprichosos--dijo en tono de filosofía Mauricia la +Dura--, y cuando la tienen a una a su disposición, no le hacen más caso +que a un trasto viejo; pero si una habla con otro, ya el de antes quiere +arrimarse, por el aquel de la golosina que otro se lleva. Pues digo... +si una se pone a ser verbigracia honrada, los muy peines no pasan por +eso, y si una se mete mucho a rezar y a confesar y comulgar, se les +encienden más a ellos las querencias, y se pirran por nosotras desde que +nos convertimos por lo eclesiástico... Pues qué, ¿crees tú que Juanito +no viene a rondar este convento desde que sabe que estás aquí? _Paices_ +boba. Tenlo por cierto, y alguno de los coches que se sienten por ahí, +créete que es el suyo. + +--No seas tonta... no digas burradas--replicó la otra palideciendo--. No +puede ser... Porque mira tú, él cayó con la pulmonía en Febrero... + +--Bien enterada estás.--Lo sé por Feliciana, a quien se lo contó, _días +atrás_, un señor que es amigo de Villalonga. Pues verás, él cayó con la +pulmonía en Febrero, y en este _entremedio_ conocí yo al chico con quien +hablo... El otro estuvo dos meses muy malito... si se va si no se va. +Por fin salió, y en Marzo se fue con su mujer a Valencia. + +--¿Y qué?--Que todavía no habrá vuelto. + +--_Paices_ boba... Esto es un decir. Y si no ha vuelto, volverá... +Quiere decirse que te hará la rueda cuando venga y se entere de que +ahora vas para santa. + +--Tú sí que eres boba... déjame en paz. Y suponiendo que venga y me +ronde... ¿A mí qué? + +Sor Natividad examinó el brochado y vio «que era bueno». Satisfacción de +artista resplandecía en su carita seca. Miró al techo tratando de +descubrir alguna mota producida por las moscas; pero no había nada, y +hasta las cabezas de los clavos de la pared, limpiados el día antes, +resplandecían como estrellitas de oro. La Superiora volvía las gafas a +todas partes buscando algo que reprender; pero nada encontró que +mereciese su crítica estrecha. Dispuso que antes de entrar los muebles +los limpiasen y frotasen bien para que todo el polvo quedase fuera; pero +encargó mucho que aquella operación se hiciese _al hilo_ de la madera; y +como las dos trabajadoras no entendiesen bien lo que esto significaba, +cogió ella misma un trapo y prácticamente les hizo ver con la mayor +seriedad cuál era su sistema. Cuando se quedaron solas otra vez, +Mauricia dijo a su amiga: «Hay que tener contenta a esta _tía chiflada_, +que es buena persona, y como le froten los muebles _al hilo_, la tienes +partiendo un piñón». + +Mauricia tenía días. Las monjas la consideraban lunática, porque si las +más de las veces la sometían fácilmente a la obediencia, haciéndola +trabajar, entrábale de golpe como una locura y rompía a decir y hacer +los mayores desatinos. La primera vez que esto pasó, las religiosas se +alarmaron; mas domada la furia sin que fuese preciso apelar a la fuerza, +cuando se repetían los accesos de indisciplina y procacidad no les daban +gran importancia. Era un espectáculo imponente y aun divertido el que de +tiempo en tiempo, comúnmente cada quince o veinte días, daba Mauricia a +todo el personal del convento. La primera vez que lo presenció +Fortunata, sintió verdadero terror. + +Iniciábasele aquel trastorno a Mauricia como se inician las +enfermedades, con síntomas leves, pero infalibles, los cuales se van +acentuando y recorren después todo el proceso morboso. El periodo +prodrómico solía ser una cuestión con cualquier recogida por el +chocolate del desayuno, o por si al salir le tropezaron y la otra lo +hizo con mala intención. Las madres intervenían, y Mauricia callaba al +fin, quedándose durante dos o tres horas taciturna, rebelde al trato, +haciéndolo todo al revés de como se le mandaba. Su diligencia pasmosa +trocábase en dejadez; y como las madres la reprendieran, no les +respondía nada cara a cara; pero en cuanto volvían la espalda, dejaba +oír gruñidos, masticando entre ellos palabras soeces. A este periodo +seguía por lo común una travesura ruidosa y carnavalesca, hecha de +improviso para provocar la risa de algunas _Filomenas_ y la indignación +de las señoras. Mauricia aprovechaba el silencio de la sala de labores +para lanzar en medio de ella un gato con una chocolatera amarrada a la +cola, o hacer cualquier otro disparate más propio de chiquillos que de +mujeres formales. Sor Antonia, que era la bondad misma, mirábala con +toda la severidad que cabía en su carácter angelical, y Mauricia le +devolvía la mirada con insolente dureza, diciendo: «Si no he sido +_yio_... _amos_, si no he sido _yio_... ¿Para qué me mira usted +tantooo?... ¿Es que me quiere retrataaar...?». + +Aquel día, Sor Antonia llamó a la Superiora, que era una vizcaína muy +templada. Esta dijo al entrar: «¿Ya está otra vez suelto el +enemigo?...». Y decretó que fuese encerrada en el cuarto que servía de +prisión cuando alguna recogida se insubordinaba. Aquí fue el estallar la +fiereza de aquella maldita mujer. «¡Encerrarme a mí!... ¿De veee... ras? +No me lo diga usted... prenda». + +--Mauricia--dijo con varonil entereza la monja, soltando una expresión +de su tierra--, déjese usted de _chínchirri-máncharras_, y obedezca. Ya +sabe usted que no nos asusta con sus botaratadas. Aquí no tenemos miedo +a ninguna tarasca. Por compasión y caridad no la echamos a la calle, ya +lo sabe usted... Vamos, hija, pocas palabras y a hacer lo que se le +manda. + +A Mauricia le temblaba la quijada, y sus ojos tomaban esa opacidad +siniestra de los ojos de los gatos cuando van a atacar. Las recogidas la +miraban con miedo, y algunas monjas rodearon a la Superiora para hacerla +respetar. + +«Vaya con lo que sale ahora la tía chiflada... ¡Encerrarme a mí! A donde +voy es a mi casa, ¡hala...!, a mi casa, de donde me sacaron engañada +estas indecentonas, sí señor, engañada, porque yo era honrada como un +sol, y aquí no nos enseñan más que peines y peinetas... ¡Ja ja ja!... +Vaya con las señoras virtuosas y _santifiquísimas_. ¡Ja ja ja!...». + +Estos monosílabos guturales los emitía con todo el grueso de su +gruesísima voz, y con tal acento de sarcasmo infame y de grosería, que +habrían sacado de quicio a personas de menos paciencia y flema que Sor +Natividad y sus compañeras. Estaban tan hechas a ser tratadas de aquel +modo y habían domado fieras tan espantables, que ya las injurias no les +hacían efecto. «Vamos--dijo la Superiora frunciendo el ceño--; callando, +y baje usted al patio». + +--Pues me gusta la santidad de estas traviatonas de iglesia... ¡Ja ja +ja!...--gritó la infame puesta en jarras y mirando en redondo a todo el +concurso de recogidas--. Se encierran aquí para retozar a sus anchas con +los curánganos de babero... ¡Ja ja ja!... ¡qué peines!... y con los que +no son de babero. + +Muchas recogidas se tapaban los oídos. Otras, suspensa la mano sobre el +bastidor, miraban a las monjas y se pasmaban de su serenidad. En aquel +instante apareció en la sala una figura extraña. Era Sor Marcela, una +monja vieja, coja y casi enana, la más desdichada estampa de mujer que +puede imaginarse. Su cara, que parecía de cartón, era morena, dura, +chata, de tipo mongólico, los ojos expresivos y afables como los de +algunas bestias de la raza cuadrumana. Su cuerpo no tenía forma de +mujer, y al andar parecía desbaratarse y hundirse del lado izquierdo, +imprimiendo en el suelo un golpe seco que no se sabía si era de pie de +palo o del propio muñón del hueso roto. Su fealdad sólo era igualada por +la impavidez y el desdén compasivo con que miró a Mauricia. + +Sor Marcela traía en la mano derecha una gran llave, y apuntando con +ella al esternón de la delincuente, hizo un castañeteo de lengua y no +dijo más que esto: «Andando». + +Quitose la fiera con rápido movimiento su toca, sacudió las melenas y +salió al corredor, echando por aquella boca insolencias terribles. La +coja volvió a indicarle el camino, y Mauricia, moviendo los brazos como +aspas de molino de viento, se puso a gritar: + +«¡Peines y peinetas!... ¿Pues no me quieren deshonrar y encerrarme como +si yo fuera una _criminala_? ¡Tunantas!... cuando si yo quisiera, de +tres bofetadas las tumbaba a todas patas arriba...». + +A pesar de estas fierezas, la coja la llevaba por delante con la misma +calma con que se conduce a un perro que ladra mucho, pero que se sabe no +ha de morder. A mitad de la escalera se volvió la harpía, y mirando con +inflamados ojos a las monjas que en el corredor quedaban, les decía en +un grito estridente: «¡Ladronas, más que ladronas!... ¡Grandísimas +púas!...». + +Dicho esto, la coja le ponía suavemente la mano en la espalda, +empujándola hacia adelante. En el patio tuvo que cogerla por un brazo, +porque quería subir de nuevo. + +«Si no te hacen caso, estúpida--le dijo--, si no eres tú la que hablas +sino el demonio que te anda dentro de la boca. Cállate ya por amor de +Dios y no marees más». + +--El demonio eres tú--replicó la fiera, que parecía ya, por lo muy +exaltada, irresponsable de los disparates que decía--. Facha, +mamarracho, esperpento... + +--Echa, echa más veneno--murmuraba Sor Marcela con tranquilidad, +abriendo la puerta de la prisión--. Así te pasará más pronto el +arrechucho. Vaya, adentro, y mañana como un guante. A la noche te traeré +de comer. Paciencia, hija... + +Mauricia ladró un poco más; pero con tanto furor de palabras no hacía +resistencia verdadera, de modo que aquella pobre vieja inválida la +manejaba como a un niño. Bastó que esta la cogiese por un brazo y la +metiera dentro del encierro, para que la prisión se efectuase sin ningún +inconveniente, después de tanta bulla. Sor Marcela echó la llave dando +dos vueltas, y la guardó en su bolsillo. Su rostro, tan parecido a una +máscara japonesa, continuaba imperturbable. Cuando atravesaba el patio +en dirección a la escalera, oyó el _ja ja ja_ de Mauricia, que estaba +asomada por uno de los dos tragaluces con barras de hierro que la puerta +tenía en su parte superior. La monja no se detuvo a oír las injurias que +la fiera le decía. + +«¡Eh!... coja... galápago, vuelve acá y verás qué morrazo te doy... ¡Qué +facha!, cañamón, pata y media...». + + + + +--iii-- + + +La faz napoleónica, lívida y con la melena suelta, volvió a asomar en la +reja a la caída de la tarde. Y Sor Marcela pasó repetidas veces por +delante de la cárcel, volviendo de registrar los nidos de las gallinas, +por ver si tenían huevos, o de regar los pensamientos y francesillas que +cultivaba en un rincón de la huerta. El patio, que era pequeño y se +comunicaba con la huerta por una reja de madera casi siempre abierta, +estaba muy mal empedrado, resultando tan irregular el paso de la coja, +que los balanceos de su cuerpo semejaban los de una pequeña embarcación +en un mar muy agitado. Muy a menudo andaba Sor Marcela por allí, pues +tenía la llave de la leñera y carbonera, la del calabozo y la de otra +pieza en que se guardaban trastos de la casa y de la iglesia. + +Ya cerca de la noche, como he dicho, Mauricia no se quitaba de la reja +para hablar a la monja cuando pasaba. Su acento había perdido la +aspereza iracunda de por la mañana, aunque estaba más ronca y tenía +tonos de dolor y de miseria, implorando caridad. La fiera estaba domada. +Fuertemente asida con ambas manos a los hierros, la cara pegada a estos, +alargando la boca para ser mejor oída, decía con voz plañidera: + +«Cojita mía... cañamoncito de mi alma, ¡cuánto te quiero!... Allá va el +patito con sus meneos; una, dos, tres... Lucero del convento, ven y +escucha, que te quiero decir una cosita». + +A estas expresiones de ternura, mezcladas de burla cariñosa, la monja no +contestaba ni siquiera con una mirada. Y la otra seguía: + +«¡Ay, mi galapaguito de mi alma, qué enfadadito está conmigo, que le +quiero tanto!... Sor Marcela, una palabrita, nada más que una palabrita. +Yo no quiero que me saques de aquí, porque me merezco la encerrona. Pero +¡ay niñita mía, si vieras qué mala me he puesto! _Paice_ que me están +arrancando el estómago con unas tenazas de fuego... Es de la tremolina +de esta mañana. Me dan tentaciones de ahorcarme colgándome de esta reja +con un cordón hecho de tiras del refajo. Y lo voy a hacer, sí, lo hago y +me cuelgo si no me miras y me dices algo... Cojita graciosa, enanita +remonona, mira, oye: si quieres que te quiera más que a mi vida y te +obedezca como un perro, hazme un favor que voy a pedirte; tráeme nada +más que una lagrimita de aquella gloria divina que tú tienes, de aquello +que te recetó el médico para tu mal de barriga... Anda, ángel, mira que +te lo pido con toda mi alma, porque esta penita que tengo aquí no se me +quiere quitar, y parece que me voy a morir. Anda, rica, cañamón de los +ángeles; tráeme lo que te pido, así Dios te dé la vida celestial que te +tienes ganada, y tres más, y así te coronen los serafines cuando entres +en el Cielo con tu patita coja...». + +La monja pasaba... trun, trun... hiriendo los guijarros con aquel pie +duro que debía ser como la pata de una silla; y no concedía a la +prisionera ni respuesta ni mirada. Al anochecer, bajó con la cena para +la presa, y abriendo la puerta penetró en el lóbrego aposento. Por el +pronto no vio a Mauricia, que estaba acurrucada sobre unas tablas, las +rodillas junto al pecho, las manos cruzadas sobre las rodillas, y en las +manos apoyada la barba. + +«No veo. ¿Dónde estás?» murmuró la coja sentándose sobre otro rimero de +tablas. + +Contestó Mauricia con un gruñido, como el de un mastín a quien dan con +el pie para que se despierte. Sor Marcela puso junto a sí un plato de +menestra y un pan. «La Superiora--dijo--, no quería que te trajera más +que pan y agua; pero intercedí por ti... No te lo mereces. Aunque me +proponga no tener entrañas, no lo puedo conseguir. A ti te manejo yo a +mi modo y sé que mientras peor se te trate, más rabiosa te pones... Y +para que veas, hija, hasta dónde llevo mi condescendencia...» añadió +sacando de debajo del manto un objeto... + +Creyérase que Mauricia lo había olido, porque de improviso alzó la +cabeza, adquiriendo tal animación y vida su cara que parecía +_mismamente_ la del otro cuando, señalando las pirámides, dijo lo de los +_cuarenta siglos_. La mazmorra estaba oscura, mas por la puerta entraba +la última claridad del día, y las dos mujeres allí encerradas se podían +ver y se veían, aunque más bien como bultos que como personas. Mauricia +alargó las manos con ansia hasta tocar la botella, pronunciando palabras +truncadas y balbucientes para expresar su gratitud; pero la monja +apartaba el codiciado objeto. + +«¡Eh!... las manos quietas. Si no tenemos formalidad, me voy. Ya ves que +no soy tirana, que llevo la caridad hasta un límite que quizás sea +imprudente. Pero yo digo: 'Dándole un poquito, nada más que una miajita, +la consuelo, y aquí no puede haber vicio'. Porque yo sé lo que es la +debilidad de estómago y cuánto hace sufrir. Negar y negar siempre al +preso pecador todo lo que pide, no es bueno. El Señor no puede negar +esto. Tengamos misericordia y consolemos al triste». + +Diciendo esto sacó un cortadillo y se preparó a escanciar corta porción +del precioso licor, el cual era un coñac muy bueno que solía usar para +combatir sus rebeldes dispepsias. Luego cayó en la cuenta de que antes +debía comerse Mauricia el plato de menestra. La presa lo comprendió así, +apresurándose a devorar la cena para abreviar. + +«Esto que te doy--añadió la monja--, es una reparación de los nervios y +un puntal del ánimo desmayado. No creas que lo hago a escondidas de la +Superiora, pues acaba de autorizarme para darte esta golosina, siempre +que sea en la medida que separa la necesidad del apetito y el remedio +del deleite. Yo sé que esto te entona y te da la alegría necesaria para +cumplir bien con los deberes. Mira tú por dónde lo que algunos podrían +tener por malo, es bueno en medida razonable». + +Mauricia estaba tan agradecida, que no acertaba a expresar su gratitud. +La cojita echó en el cortadillo una cantidad, así como un dedo, +inclinando la botella con extraordinario pulso para que no saliera más +de lo conveniente; y al dárselo a la presa, le repitió el sermón. ¡Y +cómo se relamía la otra después de beber, y qué bien le supo! Conocía +muy bien al galapaguito para atreverse a pedir más. Sabía, por +experiencia de casos análogos, que no traspasaba jamás el límite que su +bondad y su caridad le imponían. Era buena como un ángel para conceder, +y firme como una roca para detenerse en el punto que debía. + +«Ya sé--dijo tapando cuidadosamente la botella--, que con este consuelo +de tus nervios desmayados estarás más dispuesta, y la reparación del +cuerpo ayuda la del alma». + +En efecto, Mauricia empezó a sentirse alegre, y con la alegría vínole +una viva disposición del ánimo para la obediencia y el trabajo, y tantas +ganas le entraron de todo lo bueno, que hasta tuvo deseos de rezar, de +confesarse y de hacer devociones exageradas como las que hacía Sor +Marcela, que, al decir de las recogidas, llevaba cilicio. + +«Dígale por Dios a la Superiora que estoy arrepentida y que me +perdone... que yo cuando me da el toque y me pongo a despotricar soy un +papagayo, y la lengua se lo dice sola. Sáqueme pronto de aquí, y +trabajaré como nunca, y si me mandan fregar toda la casa de arriba a +abajo, la fregaré. Échenme penitencias gordas y las cumpliré en un decir +luz». + +--Me gusta verte tan entrada en razón--le dijo la madre, recogiendo el +plato--; pero por esta noche no saldrás de aquí. Medita, medita en tus +pecados, reza mucho y pídele al Señor y a la Santísima Virgen que te +iluminen. + +Mauricia creía que estaba ya bastante iluminada, porque la excitación +encendía sus ideas dándole un cierto entusiasmo; y después de hacer un +poco de ejercicio corporal colgándose de la reja, porque sus miembros +apetecían estirarse, se puso a rezar con toda la devoción de que era +capaz, luchando con las varias distracciones que llevaban su mente de un +lado para otro, y por fin se quedó dormida sobre el duro lecho de +tablas. Sacáronla del encierro al día siguiente temprano, y al punto se +puso a trabajar en la cocina, sumisa, callada y desplegando maravillosas +actividades. Después de cumplir una condena, lo que ocurría +infaliblemente una vez cada treinta o cuarenta días, la mujer +napoleónica estaba cohibida y como avergonzada entre sus compañeras, +poniendo toda su atención en las obligaciones, demostrando un celo y +obediencia que encantaban a las madres. Durante cuatro o cinco días +desempeñaba sin embarazo ni fatiga la tarea de tres mujeres. Pasadas dos +semanas, advertían que se iba cansando; ya no había en su trabajo +aquella corrección y diligencia admirables; empezaban las omisiones, los +olvidos, los descuidillos, y todo esto iba en aumento hasta que la +repetición de las faltas anunciaba la proximidad de otro estallido. Con +Fortunata volvió a intimar después de la escena violenta que he +descrito, y juntas echaron largos párrafos en la cocina, mientras +pelaban patatas o fregaban los peroles y cazuelas. Allí gozaban de +cierta libertad, y estaban sin tocas y en traje de _mecánica_ como las +criadas de cualquier casa. + +«Yo tengo una niña--dijo Mauricia en una de sus confidencias--. La puse +por nombre Adoración. ¡Es más mona...! Está con mi hermana Severiana, +porque yo, como gasto este geniazo, le doy malos ejemplos sin querer, +¿tú sabes?, y mejor vive el angelito con Severiana que conmigo. Esa doña +Jacinta, esposa de tu señor, quiere mucho a mi niña, y le compra ropa y +le da el toque por llevársela consigo; como que está rabiando por tener +chiquillos y el Señor no se los quiere dar. Mal hecho, ¿verdad? Pues los +hijos deben ser para los ricos y no para los pobres, que no los pueden +mantener». + +Fortunata se manifestó conforme con estas ideas. Algo había oído ella +contar del desmedido afán de aquella señora por tener hijos; pero +Mauricia le dijo algo más, contándole también el caso del _Pituso_, a +quien Jacinta quiso recoger creyéndolo hijo de su marido y de la propia +Fortunata. Tal efecto hizo en esta la historia de aquel increíble caso +de delirio maternal y de pasión no satisfecha, que estuvo tres días sin +poder apartarlo del pensamiento. + + + + +--iv-- + + +Desde el corredor alto se veía parte del Campo de Guardias, el Depósito +de aguas del Lozoya, el cementerio de San Martín y el caserío de Cuatro +Caminos, y detrás de esto los tonos severos del paisaje de la Moncloa y +el admirable horizonte que parece el mar, líneas ligeramente onduladas, +en cuya aparente inquietud parece balancearse, como la vela de un barco, +la torre de Aravaca o de Húmera. Al ponerse el sol, aquel magnífico +cielo de Occidente se encendía en espléndidas llamas, y después de +puesto, apagábase con gracia infinita, fundiéndose en las palideces del +ópalo. Las recortadas nubes oscuras hacían figuras extrañas, +acomodándose al pensamiento o a la melancolía de los que las miraban, y +cuando en las calles y en las casas era ya de noche, permanecía en +aquella parte del cielo la claridad blanda, cola del día fugitivo, la +cual lentamente también se iba. + +Estas hermosuras se ocultarían completamente a la vista de _Filomenas_ y +_Josefinas_ cuando estuviera concluida la iglesia en que se trabajaba +constantemente. Cada día, la creciente masa de ladrillos tapaba una +línea de paisaje. + +Parecía que los albañiles, al poner cada hilada, no construían, sino que +borraban. De abajo arriba, el panorama iba desapareciendo como un mundo +que se anega. Hundiéronse las casas del paseo de Santa Engracia, el +Depósito de aguas, después el cementerio. Cuando los ladrillos rozaban +ya la bellísima línea del horizonte, aún sobresalían las lejanas torres +de Húmera y las puntas de los cipreses del Campo Santo. Llegó un día en +que las recogidas se alzaban sobre las puntas de los pies o daban saltos +para ver algo más y despedirse de aquellos amigos que se iban para +siempre. Por fin la techumbre de la iglesia se lo tragó todo, y sólo se +pudo ver la claridad del crepúsculo, la cola del día arrastrada por el +cielo. + +Pero si ya no se veía nada, se oía, pues el tiqui tiqui del taller de +canteros parecía formar parte de la atmósfera que rodeaba el convento. +Era ya un fenómeno familiar, y los domingos, cuando cesaba, la falta de +aquella música era para todas las habitantes de la casa la mejor +apreciación de día de fiesta. Los domingos, empezaba a oírse desde las +dos el tambor que ameniza el Tío Vivo y balancines que están junto al +Depósito de aguas. Este bullicio y el de la muchedumbre que concurre a +los merenderos de los Cuatro Caminos y de Tetuán, duraba hasta muy +entrada la noche. Mucho molestó en los primeros tiempos a algunas +monjas el tal tamboril, no sólo por la pesadez de su toque, sino por la +idea de lo mucho que se peca al son de aquel mundano instrumento. Pero +se fueron acostumbrando, y por fin lo mismo oían el rumor del Tío Vivo +los domingos, que el de los picapedreros los días de labor. Algunas +tardes de día de fiesta, cuando las recogidas se paseaban por la huerta +o el patio, la tolerancia de las madres llegaba hasta el extremo de +permitirles bailar una chispita, con decencia se entiende, al son de +aquellas músicas populares. ¡Cuántas memorias evocadas, cuántas +sensaciones reverdecidas en aquellos poquitos compases y vueltas de las +pobres reclusas! ¡Qué recuerdo tan vivo de las polkas bailadas con +horteras en el salón de la Alhambra, de tarde, levantando mucho polvo +del piso, las manos muy sudadas y chupando caramelos revenidos! Y lo +peor de todo y lo que en definitiva las había perdido era que aquellos +benditos horteras iban todos con buen fin. El buen fin precisamente, +disculpando los malos medios, era la más negra. Porque después, ni fin +ni principio ni nada más que vergüenza y miseria. + +La monja que más empeñadamente abogaba porque se las dejase zarandearse +un ratito era Sor Marcela, que por su cojera y su facha parecía incapaz +de apreciar el sentimiento estético de la danza. Pero la mujer aquella +con su aplastada cara japonesa, sabía mucho del mundo y de las pasiones +humanas, tenía el corazón rebosando tolerancia y caridad, y sostenía +esta tesis: que la privación absoluta de los apetitos alimentados por la +costumbre más o menos viciosa, es el peor de los remedios, por engendrar +la desesperación, y que para curar añejos defectos es conveniente +permitirlos de vez en cuando con mucha medida. + +Un día sorprendió a Mauricia en la carbonera fumándose un cigarrillo, +cosa ciertamente fea e impropia de una mujer. La coja no se apresuró a +quitarle el cigarro de la boca, como parecía natural. Sólo le dijo: +«¡Qué cochina eres! No sé cómo te puede gustar eso. ¿No te mareas?». +Mauricia se reía; y cerrando fuertemente un ojo porque el humo se le +había metido en él, miró a la monja con el otro, y alargándole el +cigarro, le dijo: «Pruebe, señora». ¡Cosa inaudita! Sor Marcela dio una +chupada y después arrojó el cigarro, haciendo ascos, escupiendo mucho y +poniendo una cara tan fea como la de esos fetiches monstruosos de las +idolatrías malayas. Mauricia lo recogió y siguió chupando, alternando un +ojo con otro en el cerrarse y en el mirar. Después hablaron de la +procedencia del pitillo. La otra no quería confesarlo; pero la +madrecita, que sabía tanto, le dijo: «Los albañiles te lo han tirado +desde la obra. No lo niegues. Ya te vi haciéndoles garatusas. Si la +Superiora sabe que andas en telégrafos con los albañiles, buena te la +arma... y con razón. Tira ya el tabacazo, indecente... ¡Ay, qué asco! Me +ha dejado la boca perdida. No comprendo cómo os puede gustar ese ardor, +ese picor de mil demonios. Los hombres, como si no tuvieran bastantes +vicios, los inventan cada día...». Mauricia tiró el cigarro y apagolo +con el pie. + +Fortunata, al mes de estar allí, tuvo otra amiga con quien intimó +bastante. Doña Manolita era _señora_ en regla, puesto que era casada, +ayudaba a las monjas en las clases de lectura y escritura, y ponía un +empeño particular en enseñar a Fortunata, de lo que principalmente vino +su amistad. Permitían las madres a aquella recogida cierta latitud en la +observancia de las reglas; se la dejaba sola con una o dos _filomenas_ +durante largo rato, bien en la sala de estudio, bien en la huerta; se le +permitía ir al departamento de _Josefinas_, y como tenía habitación +aparte y pagaba buena pensión, gozaba de más comodidad que sus +compañeras de encierro. + +Fortunata y ella, una vez que se conocieron, no tardaron en referirse +sus respectivas historias. La que ya conocemos salió descarnada; pero +Manolita adornó la suya tanto y de tal modo la quiso hacer patética, que +no la conocería nadie. Según su relato, no había pecado, todo había sido +pura equivocación; pero su marido, que era muy bruto y tenía la culpa, +sí, él tenía la culpa, de las equivocaciones, o si se quiere, malas +tentaciones de ella, la había metido allí sin andarse con rodeos. Como +aquella señora había ocupado una regular posición, contaba con embeleso +cosas del mundo y sus pompas, de los saraos a que asistía, de los muchos +y buenos vestidos que usaba. Porque su marido era comerciante de +novedades, hombre inferior a ella por el nacimiento; como que su papá +era oficial primero de la Dirección de la Deuda. Oyendo estas +ponderaciones orgullosas, Fortunata se echaba a pensar qué cosa tan +empingorotada sería aquel destino del papá de su amiga. + +Pero lo mejor fue que en la conversación salió de repente una cosa +interesantísima. Manolita conocía a los de Santa Cruz. ¡Vaya!, si su +marido, Pepe Reoyos, era íntimo, pero íntimo, de D. Baldomero. Y ella, +la propia Manolita, visitaba mucho a doña Bárbara. De aquí saltó la +conversación a hablar de Jacinta. ¡Ah! Jacinta era una mujer muy mona: +lo tenía todo, bondad, belleza, talento y virtud. El danzante de Juan no +merecía tal joya, por ser muy dado a picos pardos. Pero fuera de esto, +era un excelente chico, y muy simpático, pero mucho. + +«Ya sabrá usted--dijo luego--, que cayó malo con pulmonía en Febrero de +este año. Por poco se muere. En esta casa, que debe mucha protección a +los señores de Santa Cruz, pusieron al Señor de Manifiesto, y cuando +estuvo fuera de peligro, Jacinta costeó unas funciones solemnes. Como +que vino el obispo auxiliar a decirnos la misa...». + +--¿De veras?... _tie_ gracia. + +--Como usted lo oye. ¡Lo que usted se perdió! Jacinta es una de las +señoras que más han ayudado a sostener esta casa. Ya se ve, como no +tiene hijos... no sabe en qué gastar el dinero. ¿Se ha fijado usted en +aquellos grandes ramos, monísimos, con flores de tisú de oro y hojas de +plata? + +--Sí--replicó Fortunata que atendía con toda su alma--. ¡Los que se +pusieron en el altar el día de Pentecostés! + +--Los mismos. Pues los regaló Jacinta. Y el manto de la Virgen, el manto +de brocado con ramos... ¡qué mono!, también es donativo suyo, en acción +de gracias por haberse puesto bueno su marido. + +Fortunata lanzó una exclamación de pasmo y maravilla. ¡Cosa más rara! ¡Y +ella había tenido en su mano, días antes, para limpiarle unas gotas de +cera, aquel mismo manto que había servido para pagar, digámoslo así, la +salvación del chico de Santa Cruz! Y no obstante, todo era muy natural, +sólo que a ella se le revolvían los pensamientos y le daba qué pensar, +no el hecho en sí, sino la casualidad, eso es, la casualidad, el haber +tenido en su mano objetos relacionados, por medio de una curva social, +con ella misma, sin que ella misma lo sospechara. + +--Pues no sabe usted lo mejor--añadió Manolita, gozándose en el asombro +de la otra, el cual más bien parecía espanto--. La custodia, sabe usted, +la custodia en que se pone al propio Dios, también vino de allá. Fue +regalo de Barbarita, que hizo promesa de ofrecerla a estas monjas si su +hijo se ponía bueno. No vaya usted a creer que es de oro; es de plata +sobredorada; pero muy _mona_, ¿verdad? + +Fortunata tenía sus pensamientos tan en lo hondo, que no paró mientes en +la increíble tontería de llamar mona a una custodia. + + + + +--v-- + + +Y no pudo en muchos días apartar de su pensamiento las cosas que le +refirió doña Manolita que, entre paréntesis, no acababa de serle +simpática, y lo que más metida en reflexiones la traía no era +precisamente que aquellos hechos de regalar la custodia y el manto se +hubieran verificado, sino la casualidad... «_Tie_ gracia». Si hubiera +ella ido al convento algunos días antes, habría asistido a la solemne +misa, con obispo y todo, que se dijo en acción de gracias por haberse +puesto bueno el tal... Esto tenía más gracia. Y por su parte Fortunata, +que sabía perdonar las ofensas, no habría tenido inconveniente en unir +sus votos a los de todo el personal de la casa... Esto tenía más gracia +todavía. + +Pero lo que produjo en su alma inmenso trastorno fue el ver a la propia +Jacinta, viva, de carne y hueso. Ni la conocía ni vio nunca su retrato; +pero de tanto pensar en ella había llegado a formarse una imagen que, +ante la realidad, resultó completamente mentirosa. Las señoras que +protegían la casa sosteniéndola con cuotas en metálico o donativos, eran +admitidas a visitar el interior del convento cuando quisieren; y en +ciertos días solemnes se hacía limpieza general y se ponía toda la casa +como una plata, sin desfigurarla ni ocultar las necesidades de ella, +para que las protectoras vieran bien a qué orden de cosas debían aplicar +su generosidad. El día de Corpus, después de misa mayor, empezaron las +visitas que duraron casi toda la tarde. Marquesas y duquesas, que habían +venido en coches blasonados, y otras que no tenían título pero sí mucho +dinero, desfilaron por aquellas salas y pasillos, en los cuales la +dirección fanática de Sor Natividad y las manos rudas de las recogidas +habían hecho tales prodigios de limpieza que, según frase vulgar, se +podía comer en el suelo sin necesidad de manteles. Las labores de +bordado de las _Filomenas_, las planas de las _Josefinas_ y otros +primores de ambas estaban expuestos en una sala, y todo era plácemes y +felicitaciones. Las señoras entraban y salían, dejando en el ambiente de +la casa un perfume mundano que algunas narices de reclusas aspiraban con +avidez. Despertaban curiosidad en los grupos de muchachas los vestidos y +sombreros de toda aquella muchedumbre elegante, libre, en la cual había +algunas, justo es decirlo, que habían pecado mucho más, pero muchísimo +más que la peor de las que allí estaban encerradas. Manolita no dejó de +hacer al oído de su amiga esta observación picante. En medio de aquel +desfile vio Fortunata a Jacinta, y Manolita (marcando esta sola +excepción en su crítica social), cuidó de hacerle notar la gracia de la +señora de Santa Cruz, la elegancia y sencillez de su traje, y aquel aire +de modestia que se ganaba todos los corazones. Desde que Jacinta +apareció al extremo del corredor, Fortunata no quitó de ella sus ojos, +examinándole con atención ansiosa el rostro y el andar, los modales y el +vestido. Confundida con otras compañeras en un grupo que estaba a la +puerta del comedor, la siguió con sus miradas, y se puso en acecho junto +a la escalera para verla de cerca cuando bajase, y se le quedó, por fin, +aquella simpática imagen vivamente estampada en la memoria. + +La impresión moral que recibió la samaritana era tan compleja, que ella +misma no se daba cuenta de lo que sentía. Indudablemente su natural +rudo y apasionado la llevó en el primer momento a la envidia. Aquella +mujer le había quitado lo suyo, lo que, a su parecer, le pertenecía de +derecho. Pero a este sentimiento mezclábase con extraña amalgama otro +muy distinto y más acentuado. Era un deseo ardentísimo de parecerse a +Jacinta, de ser como ella, de tener su aire, su _aquel_ de dulzura y +señorío. Porque de cuantas damas vio aquel día, ninguna le pareció a +Fortunata tan señora como la de Santa Cruz, ninguna tenía tan impresa en +el rostro y en los ademanes la decencia. De modo que si le propusieran a +la prójima, en aquel momento, transmigrar al cuerpo de otra persona, sin +vacilar y a ojos cerrados habría dicho que quería ser Jacinta. + +Aquel resentimiento que se inició en su alma iba trocándose poco a poco +en lástima, porque Manolita le repitió hasta la saciedad que Jacinta +sufría desdenes y horribles desaires de su marido. Llegó a sentar como +principio general que todos los maridos quieren más a sus mujeres +eventuales que a las fijas, aunque hay excepciones. De modo que Jacinta, +al fin y al cabo y a pesar del Sacramento, era tan víctima como +Fortunata. Cuando esta idea se cruzó entre una y otra, el rencor de la +pecadora fue más débil y su deseo de parecerse a aquella otra víctima +más intenso. + +En los días sucesivos figurábase que seguía viéndola o que se iba a +aparecer por cualquier puerta cuando menos lo esperase... El mucho +pensar en ella la llevó, al amparo de la soledad del convento, a tener +por las noches ensueños en que la señora de Santa Cruz aparecía en su +cerebro con el relieve de las cosas reales. Ya soñaba que Jacinta se le +presentaba a llorarle sus cuitas y a contarle las perradas de su marido, +ya que las dos cuestionaban sobre cuál era más víctima; ya, en fin, que +transmigraban recíprocamente, tomando Jacinta el exterior de Fortunata y +Fortunata el exterior de Jacinta. Estos disparates recalentaban de tal +modo el cerebro de la reclusa, que despierta seguía imaginando desvaríos +del mismo si no de mayor calibre. + +Cortaban estas cavilaciones las visitas de Maximiliano todos los jueves +y domingos, entre las cuatro y seis de la tarde. Veía la joven con gusto +llegar la ocasión de aquellas visitas, las deseaba y las esperaba, +porque Maximiliano era el único lazo efectivo que con el mundo tenía, y +aunque el sentimiento religioso conquistara algo en ella, no la había +desligado de los intereses y afectos mundanos. Por esta parte bien podía +estar tranquilo el bueno de Rubín, porque ni una sola vez, en los +momentos de mayor fervor piadoso, le pasó a la pecadora por el magín la +idea de volverse santa a machamartillo. + +Veía, pues, a Maximiliano con gusto, y aun se le hacían cortas las horas +que en su compañía pasaba hablando de doña Lupe y de Papitos, o haciendo +cálculos honestos sobre sucesos que habían de venir. Cierto que +físicamente el apreciable chico le desagradaba; pero también es verdad +que se iba acostumbrando a él, que sus defectos no le parecían ya tan +grandes y que la gratitud iba ahondando mucho en su alma. Si hacía +examen de corazón, encontraba que en cuestión de amor a su redentor +había ganado muy poco; pero el aprecio y estimación eran seguramente +mayores, y sobre todo, lo que había crecido y fortalecídose en su +pensamiento era la conveniencia de casarse para ocupar un lugar honroso +en el mundo. A ratos se preguntaba con sinceridad de dónde y cómo le +había venido el fortalecimiento de aquella idea; mas no acertaba a darse +respuesta. ¿Era quizás que el silencio y la paz de aquella vida hacían +nacer y desarrollarse en ella la facultad del sentido común? Si era así, +no se daba cuenta de semejante fenómeno, y lo único que su rudeza sabía +formular era esto: «Es que de tanto pensar me ha entrado talento, como a +Maximiliano le entró de tanto quererme, y este talento es el que me dice +que me debo casar, que seré tonta de remate si no me caso». + +Feliz entre todos los mortales se creía el buen estudiante de Farmacia, +viendo que su querida no rechazaba la idea de dar por concluida la +cuarentena y apresurar el casamiento. Sin duda estaba ya su alma más +limpia que una patena. Lo malo era que el tontaina de Nicolás, a los +cinco meses de estar la pobre chica en el convento, decía que no era +bastante y que por lo menos debían esperar al año. Maximiliano se ponía +furioso, y doña Lupe, consultada sobre el particular, dio su dictamen +favorable a la salida. Aunque dos o tres veces, llevada por su sobrino +había visitado al _basilisco_, no había podido averiguar si estaba ya +bien despercudida de las máculas de marras, pero ella quería ejercitar, +como he dicho antes, su facultad educatriz, y todo lo que se tardase en +tener a Fortunata bajo su jurisdicción, se detenía el gran experimento. +Desconfiaba algo la buena señora de la eficacia de los institutos +religiosos para enderezar a la gente torcida. Lo que allí aprendían, +decía, era el arte de disimular sus resabios con formas hipócritas. En +el mundo, en el mundo, en medio de las circunstancias es donde se +corrigen los defectos, bajo una dirección sabia. Muy santo y muy bueno +que al raquitismo se apliquen los reconstituyentes; pero doña Lupe +opinaba que de nada valen estos si no van acompañados del ejercicio al +aire libre y de la gimnasia, y esto era lo que ella quería aplicar, el +mundo, la vida y al mismo tiempo principios. + + + + +--vi-- + + +Con las _Josefinas_ no tenía Fortunata relación alguna. Eran todas niñas +de cinco a diez o doce años, que vivían aparte ocupando las habitaciones +de la fachada. Comían antes que las otras en el mismo comedor, y bajaban +a la huerta a hora distinta que las _Filomenas_. Toda la mañana estaban +las niñas diciendo a coro sus lecciones, con un chillar cadencioso y +plañidero que se oía en toda la casa. Por la tarde cantaban también la +doctrina. Para ir a la iglesia, salían de su departamento +procesionalmente, de dos en dos, con su pañuelo negro a la cabeza, y se +ponían a los lados del presbiterio capitaneadas por las dos monjas +maestras. + +Como Fortunata hacía cada día nuevas relaciones de amistad entre las +_Filomenas_, debo mencionar aquí a dos de estas, quizás las más jóvenes, +que se distinguían por la exageración de sus manifestaciones religiosas. +Una de ellas era casi una niña, de tipo finísimo, rubia, y tenía muy +bonita voz. Cantaba en el coro los estribillos de muy dudoso gusto con +que se celebraba la presencia del Dios Sacramentado. Llamábase Belén, y +en el tiempo que allí había pasado dio pruebas inequívocas de su deseo +de enmienda. Sus pecados no debían de ser muchos, pues era muy joven; +pero fueran como se quiera, la chica parecía dispuesta a no dejar en su +alma ni rastro de ellos, según la vida de perros que llevaba, las +atroces penitencias que hacía y el frenesí con que se consagraba a las +tareas de piedad. Decíase que había sido corista de zarzuela, pasando de +allí a peor vida, hasta que una mano caritativa la sacó del cieno para +ponerla en aquel seguro lugar. Inseparable de esta era Felisa, de alguna +más edad, también de tipo fino y como de señorita, sin serlo. Ambas se +juntaban siempre que podían, trabajaban en el mismo bastidor y comían en +el propio plato, formando pareja indisoluble en las horas de recreo. La +procedencia de Felisa era muy distinta de la de su amiguita. No había +pertenecido al teatro más que de una manera indirecta, por ser doncella +de una actriz famosa, y en el teatro tuvo también su perdición. Llevola +a las Micaelas doña Guillermina Pacheco, que la cazó, puede decirse, en +las calles de Madrid, echándole una pareja de Orden Público, y sin más +razón que su voluntad, se apoderó de ella. Guillermina las gastaba así, +y lo que hizo con Felisa habíalo hecho con otras muchas, sin dar +explicaciones a nadie de aquel atentado contra los derechos +individuales. + +Si querían ver incomodadas a Felisa y Belén, no había más que hablarles +de volver al mundo. ¡De buena se habían librado! Allí estaban tan +ricamente, y no se acordaban de lo que dejaron atrás más que para +compadecer a las infelices que aún seguían entre las uñas del demonio. +No había en toda la casa, salvo las monjas, otras más rezonas. Si las +dejaran, no saldrían de la capilla en todo el día. Los largos ejercicios +piadosos de las distintas épocas del año, como octava de Corpus, +sermones de Cuaresma, flores de María, les sabían siempre a poco. Belén +ponía con tanto calor sus facultades musicales al servicio de Dios, que +cantaba coplitas hasta quedarse ronca, y cantaría hasta morir. Ambas +confesaban a menudo y hacían preguntas al capellán sobre dudas muy +sutiles de la conciencia, pareciéndose en esto a los estudiantes +aplicaditos que acorralan al profesor a la salida de clase para que les +aclare un punto difícil. Las monjas estaban contentas de ellas, y aunque +les agradaba ver tanta piedad, como personas expertas que eran y +conocedoras de la juventud, vigilaban mucho a la pareja, cuidando de que +nunca estuviese sola. Felisa y Belén, juntas todo el día, se separaban +por las noches, pues sus dormitorios eran distintos. Las madres +desplegaban un celo escrupuloso en separar durante las horas de descanso +a las que en las de trabajo propendían a juntarse, obedeciendo las +naturales atracciones de la simpatía y de la congenialidad. + +Los lazos de afecto que unían a Fortunata con Mauricia eran muy +extraños, porque a la primera le inspiraba terror su amiga cuando +estaba en el _ataque_; enojábanla sus audacias, y sin embargo, algún +poder diabólico debía de tener la Dura para conquistar corazones, pues +la otra simpatizaba con ella más que con las demás y gustaba +extraordinariamente de su conversación íntima. Cautivábale sin duda su +franqueza y aquella prontitud de su entendimiento para encontrar razones +que explicaran todas las cosas. La fisonomía de Mauricia, su expresión +de tristeza y gravedad, aquella palidez hermosa, aquel mirar profundo y +acechador la fascinaban, y de esto procedía que la tuviese por autoridad +en cuestiones de amores y en la definición de la moral rarísima que +ambas profesaban. Un día las pusieron a lavar en la huerta. Estaban en +traje de _mecánica_, sin tocas, sintiendo con gusto el picor del sol y +el fresco del aire sobre sus cuellos robustos. Fortunata hizo a su amiga +algunas confidencias acerca de su próxima salida y de la persona con +quien iba a casarse. + +«No me digas más, chica... te conviene, te conviene. ¡Peines y peinetas! +A doña Lupe la conozco como si la hubiera parido. Cuando la veas, +pregúntale por Mauricia la Dura, y verás cómo me pone en las nubes. +¡Ah!, ¡cuánta guita le he llevado! A mí me llaman la _dura_; pero a ella +debieran llamarla la _apretada_. Chica, es así... (diciendo esto +mostraba a su amiga el puño fuertemente cerrado). Pero es mujer de +mucho caletre y que se sabe timonear. ¿Qué te crees tú? Tiene millones +escondidos en el Banco y en el Monte. ¡Digo! Si sabe más que Cánovas esa +tía. Al sobrino le he visto algunas veces. Oí que es tonto y que no +sirve para nada. Mejor para ti; ni de encargo, chica. No podías pedir a +Dios que te cayera mejor breva. Tú bien puedes hacer caso de lo que yo +te diga, pues tengo yo mucha linterna... _amos_, que veo mucho. Créelo +porque yo te lo digo: si tu marido es un _alilao_, quiere decirse, si se +deja gobernar por ti y te pones tú los pantalones, puedes cantar el +aleluya, porque eso y estar en la gloria es lo mismo. Hasta para ser +_mismamente_ honrada te conviene». + +En el vivo interés que este diálogo tenía para las dos mujeres, a veces +los cuatro vigorosos brazos metidos en el agua se detenían, y las manos +enrojecidas dejaban en paz por un momento el envoltorio de ropa anegada, +que chillaba con los hervores del jabón. Puestas una frente a otra a los +dos lados de la artesa, mirábanse cara a cara en aquellos cortos +intervalos de descanso, y después volvían con furor al trabajo sin parar +por eso la lengua. + +«Hasta para ser honrada--repitió Fortunata, echando todo el peso de su +cuerpo sobre las manos, para estrujar el rollo de tela como si lo +amasara--. De eso no se hable, porque hazte cuenta... yo, una vez que +me case, honrada tengo que ser. No quiero más belenes». + +--Sí, es lo mejor para vivir una... tan ancha--dijo Mauricia--. Pero a +saber cómo vienen las cosas... porque una dice: «esto deseo», y después +se pone a hacerlo y ¡tras!, lo que una quería que saliera pez sale rana. +Tú estás en grande, chica, y te ha venido Dios a ver. Puedes hacer +rabiar al chico de Santa Cruz, porque en cuanto te vea hecha una persona +decente se ha de ir a ti como el gato a la carne. Créetelo porque te lo +digo yo. + +--Quita, quita; si él no se acuerda ya ni del santo de mi nombre. + +--_Paices_ boba, ¿qué apuestas a que en cuanto te echen el Sacramento, +pierde pie...? No conoces tú el peine. + +--Verás cómo no pasa eso. + +--¿Qué apuestas? Sí, porque creerás que ahora mismo no te anda rondando. +Como si lo viera. ¡Y me harás creer tú a mí que no piensas en él!... +Cuando una está encerrada entre tanta cosa de religión, misa va y misa +viene, sermón por arriba y sermón por abajo, mirando siempre a la +custodia, respirando tufo de monjas, vengan luces y tira de incensario, +_paice_ que le salen a una _de entre sí_ todas las cosas malas o buenas +que ha pasado en el mundo, como las hormigas salen del agujero cuando se +pone el Sol, y la religión lo que hace es refrescarle a una la +entendedera y ponerle el corazón más tierno. + +Alentada por esta declaración arrancose Fortunata a revelar que, en +efecto, pensaba algo, y que algunas noches tenía sueños extravagantes. A +lo mejor soñaba que iba por los portales de la calle de la Fresa y +¡plan!, se le encontraba de manos a boca. Otras veces le veía saliendo +del Ministerio de Hacienda. Ninguno de estos sitios tenía significación +en sus recuerdos. Después soñaba que era ella la esposa y Jacinta la +querida del tal, unas veces abandonada, otras no. La manceba era la que +deseaba los chiquillos y la esposa la que los tenía. «Hasta que un +día... me daba tanta lástima que le dije, digo: 'Bueno, pues tome usted +una criatura para que no llore más'». + +--¡Ay, qué salado!--exclamó Mauricia--. Es buen golpe. Lo que una sueña +tiene su aquel. + +--¡Vaya unos disparates! Como te lo digo, me parecía que lo estaba +viendo. Yo era la señora por delante de la Iglesia, ella por detrás, y +lo más particular es que yo no le tenía tirria, sino lástima, porque yo +paría un chiquillo todos los años, y ella... ni esto... A la noche +siguiente volvía a soñar lo mismo, y por el día a pensarlo. ¡Vaya unas +papas! ¿Qué me importa que _la_ Jacinta beba los vientos por tener un +chiquillo sin poderlo conseguir, mientras que yo?... + +--Mientras que tú los tienes siempre y cuando te dé la gana. Dilo tonta, +y no te acobardes. + +--Quiere decirse que ya lo he tenido y bien podría volverlo a tener. + +--¡Claro! Y que no rabiará poco la otra cuando vea que lo que ella no +puede, para ti es coser y cantar... Chica, no seas tonta, no te rebajes, +no le tengas lástima, que ella no la tuvo de ti cuando te birló lo que +era tuyo y muy tuyo... Pero a la que nace pobre no se la respeta, y así +anda este mundo pastelero. Siempre y cuando puedas darle un disgusto, +dáselo, por vida del santísimo peine... Que no se rían de ti porque +naciste pobre. Quítale lo que ella te ha quitado, y adivina quién te +dio. + +Fortunata no contestó. Estas palabras y otras semejantes que Mauricia le +solía decir, despertaban siempre en ella estímulos de amor o +desconsuelos que dormitaban en lo más escondido de su alma. Al oírlas, +un relámpago glacial le corría por todo el espinazo, y sentía que las +insinuaciones de su compañera concordaban con sentimientos que ella +tenía muy guardados, como se guardan las armas peligrosas. + + + + +--vii-- + + +Sorprendidas por una monja en esta sabrosa conversación que las hacía +desmayar en el trabajo, tuvieron que callarse. Mauricia dio salida al +agua sucia, y Fortunata abrió el grifo para que se llenara la artesa con +el agua limpia del depósito de palastro. Creeríase que aquello +simbolizaba la necesidad de llevar pensamientos claros al diálogo un +tanto impuro de las dos amigas. La artesa tardaba mucho en llenarse, +porque el depósito tenía poca agua. El gran disco que transmitía a la +bomba la fuerza del viento, estaba aquel día muy perezoso, moviéndose +tan sólo a ratos con indolente majestad; y el aparato, después de gemir +un instante como si trabajara de mala gana, quedaba inactivo en medio +del silencio del campo. Ganas tenían las dos recogidas de seguir +charlando; pero la monja no las dejaba y quiso ver cómo aclaraban la +ropa. Después las amigas tuvieron que separarse, porque era jueves y +Fortunata había de vestirse para recibir la visita de los de Rubín. +Mauricia se quedó sola tendiendo la ropa. + +Maximiliano dijo categóricamente aquella tarde que por acuerdo de la +familia y con asentimiento de la Superiora, en el próximo mes de +Setiembre se daría por concluida la reclusión de Fortunata, y esta +saldría para casarse. Las madres no tenían queja de ella y alababan su +humildad y obediencia. No se distinguía, como Belén y Felisa, por su +ardiente celo religioso, lo que indicaba falta de vocación para la vida +claustral; pero cumplía sus deberes puntualmente, y esto bastaba. Había +adelantado mucho en la lectura y escritura, y se sabía de corrido la +doctrina cristiana, con cuya luz las Micaelas reputaban a su discípula +suficientemente alumbrada para guiarse en los senderos rectos o +tortuosos del mundo; y tenían por cierto que la posesión de aquellos +principios daba a sus alumnas increíble fuerza para hacer frente a todas +las dudas. En esto hay que contar con la índole, con el esqueleto +espiritual, con esa forma interna y perdurable de la persona, que suele +sobreponerse a todas las transfiguraciones epidérmicas producidas por la +enseñanza; pero con respecto a Fortunata, ninguna de las madres, ni aun +las que más de cerca la habían tratado, tenían motivos para creer que +fuera mala. Considerábanla de poco entendimiento, docilota y fácilmente +gobernable. Verdad que en todo lo que corresponde al reino inmenso de +las pasiones, las monjas apenas ejercitaban su facultad educatriz, bien +porque no conocieran aquel reino, bien porque se asustaran de asomarse a +sus fronteras. + +Debe decirse que aquella tarde, cuando Maximiliano habló a su futura de +próxima salida, los sentimientos de ella experimentaron un retroceso. +¡Salir, casarse!... En aquel instante parecíale su dichoso novio más +antipático que nunca, y advirtió con miedo que aquellas regiones +magníficas de la hermosura del alma no habían sido descubiertas por +ella en la soledad y santidad de las Micaelas, como le anunciara Nicolás +Rubín, a pesar de haber rezado tanto y de haber oído _tantismos_ +sermones. Porque lo que el capellán decía en el púlpito era que debemos +hacer todo lo posible para salvarnos, que seamos buenos y que no +pequemos; también decía que se debe amar a Dios sobre todas las cosas y +que Dios es _hermosismo_ en sí y tal como el alma le ve; pero a ella se +le figuraba que por bajo de esto quedaba libre el corazón para el amor +mundano, que este entra por los ojos o por la simpatía, y no tiene nada +que ver con que la persona querida se parezca o no se parezca a los +santos. De este modo caía por tierra toda la doctrina del cura Rubín, el +cual entendía tanto de amor como de herrar mosquitos. + +En resumen, que los sentimientos de la prójima hacia su marido futuro no +habían cambiado en nada. No obstante, cuando Maximiliano le dijo que ya +tenía elegida la casita que iba a alquilar y le consultó acerca de los +muebles que compraría, aquella presunción o sentimiento de su hogar +honrado despertó en el ánimo de Fortunata la dignidad de la nueva vida, +se sintió impulsada hacia aquel hombre que la redimía y la regeneraba. +De este modo vino a mostrarse complacidísima con la salida próxima, y +dijo mil cosas oportunas acerca de los muebles, de la vajilla y hasta de +la batería de cocina. + +Despidiéronse muy gozosos, y Fortunata se retiró con la mente hecha a +aquel orden de ideas. ¡Un hogar honrado y tranquilo!... ¡Si era lo que +ella había deseado toda su vida!... ¡Si jamás tuvo afición al lujo ni a +la vida de aparato y perdición!... ¡Si su gusto fue siempre la oscuridad +y la paz, y su maldito destino la llevaba a la publicidad y a la +inquietud!... ¡Si ella había soñado siempre con verse rodeada de un +corro chiquito de personas queridas, y vivir como Dios manda, queriendo +bien a los suyos y bien querida de ellos, pasando la vida sin afanes!... +¡Si fue lanzada a la vida mala por despecho y contra su voluntad, y no +le gustaba, no señor, no le gustaba!... Después de pensar mucho en esto +hizo examen de conciencia, y se preguntó qué había obtenido de la +religión en aquella casa. Si en lo tocante a prendarse de las guapezas +del alma había adelantado poco, en otro orden algo iba ganando. Gozaba +de cierta paz espiritual, desconocida para ella en épocas anteriores, +paz que sólo turbaba Mauricia arrojando en sus oídos una maligna frase. +Y no fue esto la única conquista, pues también prendió en ella la idea +de la resignación y el convencimiento de que debemos tomar las cosas de +la vida como vienen, recibir con alegría lo que se nos da, y no aspirar +a la realización cumplida y total de nuestros deseos. Esto se lo decía +aquella misma claridad esencial, aquella _idea blanca_ que salía de la +custodia. Lo malo era que en aquellas largas horas, a veces aburridas, +que pasaba de rodillas ante el Sacramento, la faz envuelta en un gran +velo al modo de mosquitero, la pecadora solía fijarse más en la +custodia, marco y continente de la sagrada forma, que en la forma misma, +por las asociaciones de ideas que aquella joya despertaba en su mente. + +Y llegaba a creerse la muy tonta que la forma, _la idea blanca_, le +decía con familiar lenguaje semejante al suyo: «No mires tanto este +cerco de oro y piedras que me rodea, y mírame a mí que soy la verdad. Yo +te he dado el único bien que puedes esperar. Con ser poco, es más de lo +que te mereces. Acéptalo y no me pidas imposibles. ¿Crees que estamos +aquí para mandar, verbi gracia, que se altere la ley de la sociedad sólo +porque a una marmotona como tú se le antoja? El hombre que me pides es +un señor de muchas campanillas y tú una pobre muchacha. ¿Te parece fácil +que Yo haga casar a los señoritos con las criadas o que a las muchachas +del pueblo las convierta en señoras? ¡Qué cosas se os ocurren, hijas! Y +además, tonta, ¿no ves que es casado, casado por mi religión y en mis +altares?, ¡y con quién!, con uno de mis ángeles hembras. ¿Te parece que +no hay más que enviudar a un hombre para satisfacer el antojito de una +corrida como tú? Cierto que lo que a mí me conviene, como tú has dicho, +es traerme acá a Jacinta. Pero eso no es cuenta tuya. Y supón que la +traigo, supón que se queda viudo. ¡Bah! ¿Crees que se va a casar +contigo? Sí, para ti estaba. ¡Pues no se casaría si te hubieras +conservado honrada, _cuanti más_, sosona, habiéndote echado tan a +perder! Si es lo que Yo digo: parece que estáis locas rematadas, y que +el vicio os ha secado la mollera. Me pedís unos disparates que no sé +cómo los oigo. Lo que importa es dirigirse a Mí con el corazón limpio y +la intención recta, como os ha dicho ayer vuestro capellán, que no habrá +inventado la pólvora; pero, en fin, es buen hombre y sabe su obligación. +A ti, Fortunata, te miré con _indilugencia_ entre las descarriadas, +porque volvías a Mí tus ojos alguna vez, y Yo vi en ti deseos de +enmienda; pero ahora, hija, me sales con que sí, serás honrada, todo lo +honrada que Yo quiera, siempre y cuando que te dé el hombre de tu +gusto... ¡Vaya una gracia!... Pero en fin, no me quiero enfadar. Lo +dicho, dicho: soy infinitamente misericordioso contigo, dándote un bien +que no mereces, deparándote un marido honrado y que te adora, y todavía +refunfuñas y pides más, más, más... Ved aquí por qué se cansa Uno de +decir que sí a todo... No calculan, no se hacen cargo estas +desgraciadas. Dispone Uno que a tal o cual hombre se le meta en la +cabeza la idea de regenerarlas, y luego vienen ellas poniendo peros. Ya +salen con que ha de ser bonito, ya con que ha de ser Fulano y si no, +no. Hijas de mi alma, Yo no puedo alterar mis obras ni hacer mangas y +capirotes de mis propias leyes. ¡Para hombres bonitos está el tiempo! +Con que resignarse, hijas mías, que por ser cabras no ha de abandonaros +vuestro pastor; tomad ejemplo de las ovejas con quien vivís; y tú, +Fortunata, agradéceme sinceramente el bien inmenso que te doy y que no +te mereces, y déjate de hacer melindres y de pedir gollerías, porque +entonces no te doy nada y tirarás otra vez al monte. Con que, +cuidadito...». + +Cuando las recogidas, al retirarse, se quitaban el velo, las más +próximas a Fortunata notaron que esta se sonreía. + + + + +--viii-- + + +Es cosa muy cargante para el historiador verse obligado a hacer mención +de muchos pormenores y circunstancias enteramente pueriles, y que más +bien han de excitar el desdén que la curiosidad del que lee, pues aunque +luego resulte que estas nimiedades tienen su engranaje efectivo en la +máquina de los acontecimientos, no por esto parecen dignas de que se las +traiga a cuento en una relación verídica y grave. Ved, pues, por qué +pienso que se han de reír los que lean aquí ahora que Sor Marcela tenía +miedo a los ratones; y no valdrá seguramente añadir que el miedo de la +cojita era grande, espantoso, ocasionado a desagradables incidentes y +aun a derivaciones trágicas. Como ella sintiera en la soledad de su +celda el bulle bulle del maldecido animal, ya no pegaba los ojos en toda +la noche. Le entraba tal rabia, que no podía ni siquiera rezar, y la +rabia, más que contra el ratón, era contra Sor Natividad, que se había +empeñado en que no hubiera gatos en el convento, porque el último que +allí existió no participaba de sus ideas en punto al aseo de todos los +rincones de la casa. + +En una de aquellas noches de Agosto le dio el diminuto roedor tanta +guerra a la madrecita, que esta se levantó al amanecer con la firmísima +resolución de cazarlo y hacer el más terrible de los escarmientos. Era +tan insolente el tal, que después de ser día claro se paseaba por la +celda muy tranquilo y miraba a Sor Marcela con sus ojuelos negros y +pillines. «Verás, verás--dijo esta subiéndose con gran trabajo a la +cama, porque la idea de que el ratón se acercase a uno de sus pies, +aunque fuera el de palo, causábale terror--, lo que es hoy no te +escapas... déjate estar, que ya te compondremos». + +Llamó a Fortunata y a Mauricia, y en breves palabras las puso al +corriente de la situación. Ambas recogidas, particularmente la Dura, no +querían otra cosa. O se apoderaban del enemigo, o no eran ellas quienes +eran. Bajó Sor Marcela a la iglesia, y las dos mujeres emprendieron su +campaña. No quedó trasto que no removieran, y para separar de su sitio +la cómoda, que era pesadísima, estuvieron haciendo esfuerzos varoniles +cosa de un cuarto de hora, no acabando antes porque la risa les cortaba +las fuerzas. Por fin, tanto trabajaron que cuando Sor Marcela salió de +la iglesia, una monja le dio la feliz noticia de que el ratón había sido +cogido. Subió la enana a su celda, y la algazara de las recogidas le +anunciaba por el camino las diabluras de Mauricia, que tenía el ratón +vivo en la mano y asustaba con él a sus compañeras. + +Costó algún trabajo restablecer el orden y que Mauricia diese muerte a +la víctima y la arrojase. Sor Marcela dispuso que le volviesen a poner +los trastos de la celda lo mismo que estaban, y acabose el cuento del +ratón. + +El día siguiente fue uno de los más calurosos de aquel verano. En las +habitaciones que caían al Mediodía era imposible parar, porque faltaba +el aire respirable. Donde quiera que daba el sol, el ambiente seco, +quieto y abrasado tostaba. Ni aun las ramas más altas de los árboles de +la huerta se movían, y el disco de Parson, inmóvil, miraba a la +inmensidad como una pupila cuajada y moribunda. De doce a tres, se +suspendía todo trabajo en la casa, porque no había cuerpo ni espíritu +que lo resistiera. + +Algunas monjas se retiraban a su celda a dormir la siesta; otras se iban +a la iglesia que era lo más fresco de la casa, y sentadas en las +banquetas, apoyando en la pared su espalda, o rezaban con somnolencia, o +descabezaban un sueñecillo. + +Las _Filomenas_ caían también rendidas de cansancio. Algunas se iban a +sus dormitorios, y otras tendíanse en el suelo de la sala de labores o +de la escuela. Las monjas que las vigilaban permitían aquella infracción +a la regla, porque ellas tampoco podían resistir, y cerrando dulcemente +sus ojos y arrullándose en un plácido arrobo, conservaban en las +facciones, como una careta, el mohín de la maestra, cuya obligación es +mantener la disciplina. + +En la sala de escuela había dos o tres grupos de mujeres sentadas en los +bancos, con la cabeza y el busto descansando sobre las mesas. Algunas +roncaban con estrépito. La monja se había dormido también con la cabeza +echada hacia atrás y la boca abierta. En una de las carpetas de estudio, +dos recogidas velaban: una era Belén, que leía en su libro de rezos, y +la otra Mauricia la Dura, que tenía la cabeza inclinada sobre la +carpeta, apoyando la frente en un puño cerrado. Al principio, su vecina +Belén creyó que rezaba, porque oyó cierto murmullo y algún silabeo +fugaz. Pero luego observó que lo que hacía Mauricia era llorar. + +«¿Qué tienes, mujer?» le dijo Belén, alzándole a viva fuerza la cabeza. + +La pecadora no contestó nada; mas la otra pudo observar que su rostro +estaba tan bañado en lágrimas como si le hubiesen echado por la frente +un cubo de agua, y sus ojos encendidos y aquella grandísima humedad +igualaban el rostro de Mauricia al de la Magdalena; así al menos lo vio +Belén. Tantas preguntas le hizo esta y tanto cariño le mostró, que al +fin obtuvo respuesta de la pobre mujer desolada, que no parecía tener +consuelo ni hartarse nunca de llorar. + +«¿Qué he de tener, desgraciada de mí?--exclamó al fin bebiéndose sus +lágrimas--, sino que hoy, sin saber por qué ni por qué no, me veo tal y +como soy; soy mala, mala, más que mala, y se me vienen al filo del +pensamiento toditos los pecados que he cometido, desde el primero hasta +el último...». + +--Pues, hija--arguyó Belén con aquel sonsonete que había aprendido y que +tan bien se acomodaba a su figura angelical y a sus moditos +insinuantes--, ten entendido que aunque tus crímenes fueran tantos como +las arenas de la mar, Dios te los perdonará si te arrepientes de ellos. + +Oír esto Mauricia y dar un gran berrido y soltar otra catarata de +lágrimas fue todo uno. + +«No, no, no--murmuró luego entre sollozos tales que parecía que se +ahogaba--. A mí no me puede perdonar, a mí no, porque he sido muy +arrastrada, pero mucho, y cuanto pecado hay, chica, lo he cometido yo... +Y si no, di uno, nómbrame el que quieras, y de seguro que lo tengo +metido aquí...». + +--Qué cosas tienes, mujer--observó Belén muy apurada, acordándose de +cuando fue corista y representándose con terror el escenario de la +Zarzuela--; otras han hecho también pecados feos, pero los han llorado +como tú, y cátalas perdonadas. + +Mauricia tenía un pañuelo en la mano; pero con la humedad del lloro y +del sudor era ya como una pelota. Amasábalo en la mano y se lo pasaba +por la angustiada frente. + +«¿Pero cómo te ha dado así... tan de repente?--dijo la otra confusa. +¡Ah!, es que Dios toca en el corazón cuando menos lo piensa una. Llora, +hija, desahógate, y no te asustes... ¿Sabes lo que vas a hacer? Mañana +te confiesas... Puede que se te haya quedado algo por decir y confesar, +porque siempre se queda algo sin saber cómo, y esos pozos son lo que más +atormenta... pues dilo todo, rebaña bien... Así lo hice yo, y hasta que +lo hice no tuve tranquilidad. Luego el perro de Satanás me atormentaba +por vengarse, y cuando empezaba la misa, a mí me parecía que alzaban el +telón, y cuando yo rompía a cantar, se me venía a la boca aquello de _El +_ _ Siglo_, que dice: _'Somos figurines vivos...'_. Y un día por poco +no lo suelto... Pillinadas del diablo; pero no podía conmigo ni con mi +fe, y tanto hice que lo metí en un puño, y ahora, que se atreva, ¿a que +no se atreve?... Llora, hija, llora todo lo que quieras, que Dios te +iluminará y te dará su gracia». + +Ni por esas. Mientras más consuelos le daba Belén, más inconsolable +estaba la otra, y más caudaloso era el río de sus lágrimas. Sor Antonia, +la madre que gobernaba allí, se despertó, y para disimular su descuido, +dio una fuerte voz, sin incomodarse mucho con las durmientes y añadiendo +que hacía un calor horrible. Un instante después, Belén y la monja +cuchichearon, sin duda a propósito de Mauricia a quien miraban. Tenía +Belén vara alta con las señoras, por su humildad y devoción y por la +diligencia con que iba a contarles cuanto hacían y decían sus +compañeras. + +Era domingo, y a las cuatro toda la comunidad entró en la iglesia donde +había ejercicio y sermón. Las _Filomenas_ ocuparon su sitio detrás de +las monjas, unas y otras con los velos por la cabeza. Las _Josefinas_ +permanecían en la habitación que hacía de coro. Belén y las damas +cantoras entonaban inocentes romanzas, mientras duró el Manifiesto, en +las cuales se decía que tenían el _pecho ardiendo en llamas de amor_ y +otras candideces por el estilo. La que tocaba el _harmonium_ hacía en +los descansos unos ritornellos muy cursis. Pero a pesar de estas +profanaciones artísticas, la iglesita estaba muy mona, como diría +Manolita, apacible, misteriosa y relativamente fresca, inundada de la +fragancia de las flores naturales. + +A Fortunata le tocó al lado Mauricia. Cuenta la que después fue señora +de Rubín que en una ocasión que miró a su compañera, hubo de observar al +través del velo suyo y del de ella una expresión tan particular que se +quedó atónita. Mauricia, al entrar, lloraba; pero al cabo de un rato más +bien parecía reírse con contenida y satánica risa. Fortunata no pudo +comprender el motivo de esto, y creyó que la oscuridad del velo le +desfiguraba la realidad de la cara de su pareja. Volvió a mirar con +disimulo, haciendo que se volvía para ahuyentar una mosca, y... ello +podría ser ilusión, pero los ojos de Mauricia parecían dos ascuas. En +fin, todo sería aprensión. + +Subió D. León Pintado al púlpito y echó un sermonazo lleno de los +amaneramientos que el tal usaba en su oratoria. Lo que aquella tarde +dijo habíalo dicho ya otras tardes, y ciertas frases no se le caían de +la boca. Tronó, como siempre, contra los librepensadores, a quienes +llamó _apóstoles del error_ unas mil y quinientas veces. Al salir de la +iglesia, Fortunata echó, como de costumbre, una mirada al público, que +estaba tras de la verja de madera, y vio a Maximiliano, que no faltaba +ningún domingo a aquella amorosa cita muda. Le vio con simpatía. Notaba +gozosa que empezaban a perder valor ante sus ojos los defectos físicos +del apreciable joven. ¡Si serían aquellos los brotes del amor por la +hermosura del alma! Lo que más consolaba a Fortunata era la esperanza +cada día más firme, porque el capellán se lo había dicho no pocas veces +en el confesonario, de que cuando se casase y viviese santamente con su +marido a la sombra de las leyes divinas y humanas, le había de amar; +pero no así de cualquier modo, sino con verdadero calor y arranque del +alma. También le decía esto la forma, _la idea blanca_ encerrada en la +custodia. + + + + +--ix-- + + +Llegada la noche, y recogidas las _Josefinas_ a su dormitorio, las +madres permitieron que las _Filomenas_ estuvieran en la huerta hasta más +tarde de lo reglamentario, por ver si salía un poco de fresco. Eran ya +las nueve, y la tierra abrasaba; el aire no se movía; las estrellas +parecían más próximas según el fulgor vivísimo con que brillaban, y +veíase entre las grandes y medianas mayor número, al parecer, de las +pequeñitas, tantas, tantas que era como un polvo de plata esparcido +sobre aquel azul intensísimo. + +La luna nueva se puso temprano, bajando al horizonte como una hoz, +rodeada de aureola blanquecina que anunciaba más calor para el día +siguiente. + +Las recogidas formaban diferentes grupos sentadas en el suelo y en la +escalera de madera que comunica el corredor principal con la huerta, y +se quitaban las tocas para disminuir el calor de la piel. Algunas +miraban el motor de viento que seguía inmóvil. Al borde del estanque que +está al pie del aparato, había tres mujeres, Fortunata, Felisa y doña +Manolita, sentadas sobre el muro de ladrillo, gozando de la frescura del +agua próxima. Aquel era el mejor sitio; pero no lo decían, porque el +egoísmo les hacía considerar que si se enracimaban allí todas las +mujeres, el escaso fresco del agua se repartiría más y tocarían a menos. +En el opuesto lado de la huerta, que era el sitio más apartado y feo, +había un tinglado, bajo el cual se veían tiestos vacíos o rotos, un +montón de mantillo que parecía café molido, dos carretillas, regaderas y +varios instrumentos de jardinería. En otro tiempo hubo allí un cubil, y +en el cubil un cerdo que se criaba con los desperdicios; pero el +Ayuntamiento mandó quitar el animal de San Antón, y el cubil estaba +vacío. + +Desde el anochecer se puso allí Mauricia la Dura, sola, sobre el montón +de mantillo; y como era el sitio más caldeado, nadie la quiso +acompañar. + +Alguna se le aproximó en son de burla; pero no pudo obtener de ella una +sola palabra. Estaba sentada a lo moro, con los brazos caídos, la cabeza +derecha, más napoleónica que nunca, la vista fija enfrente de sí con +dispersión vaga más bien de persona soñadora que meditabunda. Parecía +lela o quizás tenía semejanza con esos penitentes del Hindostán que se +están tantísimos días seguidos mirando al cielo sin pestañear, en un +estado medio entre la modorra y el éxtasis. Ya era tarde cuando se le +acercó Belén sentándosele al lado. La miró atentamente, preguntándole +que qué hacía allí y en qué pensaba, y por fin Mauricia desplegó sus +labios de esfinge, y dijo estas palabras que le produjeron a Belencita +una corriente fría en el espinazo: + +«He visto a Nuestra Señora». + +--¿Qué dices, mujer, qué te pasa?--le preguntó la ex-corista con +ansiedad muy viva. + +--He visto a la Virgen--repitió Mauricia con una seguridad y aplomo que +dejaron a la otra como quien no sabe lo que le pasa. + +--¿Tú estás segura de lo que dices? + +--¡Oh!... Así me muera si no es verdad. Te lo juro por estas +cruces--dijo la iluminada con voz trémula, besándose las manos--. La he +visto... bajó por allí, donde está el abanicón de la noria... Bajaba en +mitad de una luz... ¿cómo te lo diré?... de una luz que no te puedes +figurar... de una luz que era, verbi gracia como las puras mieles... + +--¡Como las mieles!--repitió Belén no comprendiendo. + +--Pues... tan dulce que... Después vino andando, andando hacia acá y se +puso allí, delantito. Pasó por entre vosotras y vosotras no la veíais. +Yo sola la veía... No traía el niño Dios en brazos. Dio dos o tres +pasitos más y se paró otra vez. Mira, ¿ves aquella piedrecita?, pues +allí... y me estuvo mirando... Yo no podía respirar. + +--¿Y te dijo algo, te dijo algo?--preguntó Belén toda ojos, pálida como +una muerta. + +--Nada... pero lloraba mirándome... ¡Se le caían unos lagrimones...! No +traía nene Dios; _paicía_ que se lo habían quitado. Después dio la +vuelta para allá y volvió a pasar entre vosotras sin que la vierais, +hasta llegar _mismamente_ a aquel árbol... Allí vi muchos angelitos que +subían y bajaban corre que corre del tronco a las ramas y... + +--Y de las ramas al tronco...--Y después... ya no vi nada... Me quedé +como ciega... quiere decirse, enteramente ciega; estuve un rato sin ver +gota, sin poder moverme. Sentía aquí, entre mí, una cosa... + +--Como una pena...--Como pena no, un gusto, un consuelo... + +Se acercó entonces Fortunata, y ambas callaron. + +--Si están de secreto, me voy. + +--Yo creo--dijo Belén, después de una grave pausa--, que eso debes +consultarlo con el confesor. + +Mauricia se levantó y andando lentamente retirose a la habitación donde +dormía y tenía su ropa. Creyeron las otras dos que se había ido a +acostar, y quedáronse allí haciendo comentarios sobre el extraño caso, +que Belén transmitió a Fortunata con todos sus pelos y señales. Belén lo +creía o afectaba creerlo, Fortunata no. Pero de pronto vieron que la +Dura volvía y se sentaba de nuevo sobre el montón de mantillo. Miráronla +con recelo y se alejaron. + +De pronto sonó en la huerta un ¡ah! prolongado y gozoso, como los que +lanza la multitud en presencia de los fuegos artificiales. Todas las +recogidas miraban al disco, que se había movido solemnemente, dando dos +vueltas y parándose otra vez. «Aire, aire» gritaron varias voces. Pero +el motor no dio después más que media vuelta, y otra vez quieto. El +vástago de hierro chilló un instante, y las que estaban junto al +estanque oyeron en lo profundo de la bomba una regurgitación tenue. El +caño escupió un salivazo de agua, y todo quedó después en la misma +quietud chicha y desesperante. + +Belén se había puesto a charlar por lo bajo con una monja llamada Sor +Facunda, que era la marisabidilla de la casa, muy leída y escribida, +bondadosa e inocente hasta no más, directora de todas las funciones +extraordinarias, camarera de la Virgen y de todas las imágenes que +tenían alguna ropa que ponerse, muy querida de las _Filomenas_ y aún más +de las _Josefinas_, y persona tan candorosa, que cuanto le decían, sobre +todo si era bueno, se lo creía como el Evangelio. Basta decir en elogio +de la _sancta simplicitas_ de esta señora, que en sus confesiones jamás +tenía nada de qué acusarse, pues ni con el pensamiento había pecado +nunca; mas como creyera que era muy desairado no ofrecer nada +absolutamente ante el tribunal de la penitencia, revolvía su magín +buscando algo que pudiera tener siquiera un tufillo de maldad, y se +rebañaba la conciencia para sacar unas cosas tan sutiles y sin +sustancia, que el capellán se reía para su sotana. Como el pobre D. León +Pintado tenía que vivir de aquello, lo oía seriamente, y hacía que +tomaba muy en consideración aquellos pecados tan superfirolíticos que no +había cristiano que los comprendiera... Y la monja se ponía muy +compungida, diciendo que no lo volvería a hacer; y él, que era muy tuno, +decía que sí, que era preciso tener cuidado para otra vez, y que patatín +y que patatán... Tal era Sor Facunda, dama ilustre de la más alta +aristocracia, que dejó riquezas y posición por meterse en aquella vida, +mujer pequeñita, no bien parecida, afable y cariñosa, muy aficionada a +hacerse querer de las jóvenes. Llevaba siempre tras sí, en las horas de +recreo, un hato de niñas precozmente místicas, preguntonas, rezonas y +cuya conducta, palabras y entusiasmos pertenecían a lo que podría +llamarse _el pavo_ de la santidad. + +Difícil es averiguar lo que pasó en el cotarro que formaban Sor Facunda +y sus amiguitas. Ello fue que Belén, temblando de emoción y con la cara +ansiosa, dijo a la monja: «Mauricia ha visto a la Virgen...». Y poco +después repetían las otras con indefinible asombro: «¡Ha visto a la +Virgen!». + +Sor Facunda, seguida de su escolta, se acercó a Mauricia, a quien miró +un buen rato sin decirle palabra. Estaba la infeliz mujer en la misma +postura morisca, la cabeza apoyada sobre las rodillas. Parecía llorar. + +«Mauricia--le dijo en tono lacrimoso la monja, con aquella buena fe que +en ella equivalía a la gracia divina--. Porque hayas sido muy mala no +vayas a creerte que Dios te niega su perdón». + +Oyose un gran bramido, y la reclusa mostró su cara inundada de llanto. +Dijo algunas palabras ininteligibles y estropajosas, a las que Sor +Facunda y compañía no sacaron ninguna sustancia. De repente se levantó. +Su rostro, a la claridad de la luna, tenía una belleza grandiosa que las +circunstantes no supieron apreciar. Sus ojos despedían fulgor de +inspiración. Se apretó el pecho con ambas manos en actitud semejante a +las que la escultura ha puesto en algunas imágenes, y dijo con acento +conmovedor estas palabras: + +«¡Oh mi señora!... te lo traeré, te lo traeré...». + +Echando a correr hacia la escalera con gran presteza, pronto +desapareció. Sor Facunda habló con las otras madres. Cuando toda la +comunidad, a la voz de la Superiora, se recogía abandonando la huerta y +subiendo lentamente a las habitaciones (la mayor parte de las mujeres de +mala gana, porque el calor de la noche convidaba a estar al aire libre), +corrió la voz de que la visionaria se había acostado. + +Fortunata, que pocos días antes fue trasladada al dormitorio en que +estaba Mauricia, vio que esta se había acostado vestida y descalza. +Acercose a ella y por su bronca respiración creyó entender que dormía +profundamente. Mucho le daba qué pensar el singular estado en que su +amiga se había puesto, y esperaba que le pasaría pronto, como otros +_toques_ semejantes aunque de diverso carácter. Largo tiempo estuvo +desvelada, pensando en aquello y en otras cosas, y a eso de las doce, +cuando en el dormitorio y en la casa toda reinaban el silencio y la paz, +notó que Mauricia se levantaba. Pero no se atrevió a hablarle ni a +detenerla, por no turbar el silencio del dormitorio, iluminado por una +luz tan débil que le faltaba poco para extinguirse. Mauricia atravesó +la estancia sin hacer ruido, como sombra, y se fue. Poco después +Fortunata sentía sueño y se aletargaba; mas en aquel estado indeciso +entre el dormir y el velar, creyó ver a su compañera entrar otra vez en +el dormitorio sin que se le sintieran los pasos. Metiose debajo de la +cama, donde tenía un cofre; revolvió luego entre los colchones... +Después Fortunata no se hizo cargo de nada, porque se durmió de veras. + +Mauricia salió al corredor, y atravesándolo todo, se sentó en el primer +peldaño de la escalera. + +«Te digo que me atreveré...». + +¿Con quién hablaba? Con nadie, porque estaba enteramente sola. No tenía +más compañía en aquella soledad que las altas estrellas. + +«¿Qué dices?--preguntó después como quien sostiene un diálogo--. Habla +más alto, que con el ruido del órgano no se oye. ¡Ah!, ya entiendo... +Estate tranquila, que aunque me maten, yo te lo traeré. Ya sabrán quién +es Mauricia la Dura, que no teme ni a Dios... Ja ja ja... Mañana, cuando +venga el capellán y bajen esas tías pasteleras a la iglesia, ¡qué chasco +se van a llevar!». + +Soltando una risilla insolente, se precipitó por la escalera abajo. ¿Qué +demonios pasaba en aquel cerebro?... Entró por la puerta pequeña que +comunica el patio con el largo pasillo interior del edificio, y una vez +allí pasó sin obstáculo al vestíbulo, tentando la pared porque la +oscuridad era completa. Se le oía un cierto rechinar de dientes y algún +monosílabo gutural que lo mismo pudiera ser signo de risa que de cólera. +Por fin llegó palpando paredes a la puerta de la capilla, y buscando la +cerradura con las manos, empezó a rasguñar en el hierro. La llave no +estaba puesta... «¡Peines y peinetas, dónde estará la condenada llave!» +murmuró con un rugido de hondísimo despecho. Probó a abrir valiéndose de +la fuerza y de la maña. Pero ni una ni otra valían en aquel caso. La +puerta del sagrado recinto estaba bien cerrada. Siguió la infeliz mujer +exhalando gemidos, como los de un perro que se ha quedado fuera de su +casa y quiere que le abran. Después de media hora de inútiles esfuerzos, +desplomose en el umbral de la puerta, e inclinando la cabeza se durmió. +Fue uno de esos sueños que se parecen al morir instantáneo. La cabeza +dio contra el canto como una piedra que cae, y la torcida postura en que +quedaba el cuerpo al caer doblándose con violencia, fue causa de que el +resuello se le dificultara, produciéndose en los conductos de la +respiración silbidos agudísimos, a los que siguió un estertor como de +líquidos que hierven. + +Aletargada profundamente, Mauricia hizo lo que no había podido hacer +despierta, y prosiguió la acción interrumpida por una puerta bien +cerrada. Faltó el hecho real, pero no la realidad del mismo en la +voluntad. Entró, pues, la tarasca en la iglesia y allí pudo andar sin +tropiezo, porque la lámpara del altar daba luz bastante para ver el +camino. Sin vacilar dirigió sus pasos al altar mayor, diciendo por el +camino: «Si no te voy a hacer mal ninguno, Diosecito mío; si voy a +llevarte con tu mamá que está ahí fuera llorando por ti y esperando a +que yo te saque... ¿Pero qué?... no quieres ir con tu mamaíta... Mira +que te está esperando... tan guapetona, tan maja, con aquel manto todito +lleno de estrellas y los pies encima del _biricornio_ de la luna... +Verás, verás, qué bien te saco yo, monín... Si te quiero mucho; ¿pero no +me conoces?... Soy Mauricia la Dura, soy tu amiguita». + +Aunque andaba muy aprisa, tardaba mucho tiempo en llegar al altar, +porque la capilla, que era tan chica, se había vuelto muy grande. Lo +menos había media legua desde la puerta al altar... Y mientras más +andaba, más lejos, más lejos... Llegó por fin y subió los dos, tres, +cuatro escalones, y le causaba tanta extrañeza verse en aquel sitio +mirando de cerca la mesa aquella cubierta con finísimo y albo lienzo, +que un rato estuvo sin poder dar el último paso. Le entró una risa +convulsiva cuando puso su mano sobre el ara sagrada... «¿Quién me había +de decir?... ¡oh, mi re--Dios de mi alma que yo... ji ji ji!...». Apartó +el Crucifijo que está delante de la puerta del sagrario, alargó luego el +brazo; pero como no alcanzaba, alargábalo más y más, hasta que llegó a +dolerle mucho de tantos estirones... Por fin, gracias a Dios, pudo abrir +la puerta que sólo tocan las manos ungidas del sacerdote. Levantando la +cortinilla, buscó un momento en el misterioso, santo y venerado hueco... +¡Oh!, no había nada. Busca por aquí, busca por allí y nada... Acordose +de que no era aquel el sitio donde está la custodia, sino otro más alto. +Subió al altar, puso los pies en el ara santa... Busca por aquí, por +allí... ¡Ah!, por fin tropezaron sus dedos con el metálico pie de la +custodia. Pero qué frío estaba, tan frío que quemaba. El contacto del +metal llevó por todo lo largo del espinazo de Mauricia una corriente +glacial... Vaciló. ¿Lo cogería, sí o no? Sí, sí mil veces; aunque +muriera, era preciso cumplir. Con exquisito cuidado, más con gran +decisión, empuñó la custodia bajando con ella por una escalera que antes +no estaba allí. Orgullo y alegría inundaron el alma de la atrevida mujer +al mirar en su propia mano la representación visible de Dios... ¡Cómo +brillaban los rayos de oro que circundan el viril, y qué misteriosa y +plácida majestad la de la hostia purísima, guardada tras el cristal, +blanca, divina y con todo el aquel de persona, sin ser más que una +sustancia de delicado pan! + +Con increíble arrogancia Mauricia descendía, sin sentir peso alguno. +Alzaba la custodia como la alza el sacerdote para que la adoren los +fieles... «¿Veis cómo me he atrevido?--pensaba--. ¿No decías que no +podía ser?... Pues pudo ser, ¡qué peine!». Seguía por la iglesia +adelante. La purísima hostia, con no tener cara, miraba cual si tuviera +ojos... y la sacrílega, al llegar bajo el coro, empezaba a sentir miedo +de aquella mirada. «No, no te suelto, ya no vuelves allí... ¡A casa con +tu mamá...! ¿sí? ¿Verdad que el niño no llora y quiere ir con su +mamá?...». Diciendo esto, atrevíase a agasajar contra su pecho la +sagrada forma. Entonces notó que la sagrada forma no sólo tenía ya ojos +profundos tan luminosos como el cielo, sino también voz, una voz que la +tarasca oyó resonar en su oído con lastimero son. Había desaparecido +toda sensación de la materialidad de la custodia; no quedaba más que lo +esencial, la representación, el símbolo puro, y esto era lo que Mauricia +apretaba furiosamente contra sí. «Chica--le decía la voz--, no me +saques, vuelve a ponerme donde estaba. No hagas locuras... Si me sueltas +te perdonaré tus pecados, que son tantos que no se pueden contar; pero +si te obstinas en llevarme, te condenarás. Suéltame y no temas, que yo +no le diré nada a D. León ni a las monjas para que no te riñan... +Mauricia, chica, ¿qué haces...? ¿Me comes, me comes...?». + +Y nada más... ¡Qué desvarío! Por grande que sea un absurdo siempre tiene +cabida en el inconmensurable hueco de la mente humana. + + + + +--x-- + + +Por la mañana tempranito, la Superiora y Sor Facunda se tropezaron al +salir de sus respectivas celdas. + +«Créame usted--dijo Sor Facunda--, algo hay de extraordinario. +Consultaré ahora mismo con D. León. El caso de Mauricia debe de +examinarse detenidamente». + +Sor Natividad, que era mujer de mucho entendimiento y estaba +acostumbrada a los pueriles entusiasmos de su compañera, no hizo más que +sonreír con bondad. Hubiera dicho a Sor Facunda: «qué tonta es usted, +hija»; pero no le dijo nada; y sacando un manojo de llaves se fue hacia +el guardarropa. + +«¿Pero en dónde está esa loca?» preguntó después. + +--No parece por ninguna parte--dijo Fortunata, que por orden de Sor +Marcela había bajado en busca de su amiga--. Arriba no está. + +En los dormitorios de las _Filomenas_ había gran tráfago. Todas se +lavaban la cara y las manos, riñendo por el agua, cuestionando sobre si +tú me quitaste la toalla o si esa es mi agua. «Que no, que mi agua es +esta». Otra sacaba de debajo de la cama un zoquete de pan y empezaba a +comérselo. «¡Ay, qué hambre tengo...!, con estos calores, cuidado que +suda una; no se puede vivir... ¡Y ponerse ahora la toca!». + +Sor Antonia entraba, imponía silencio y les daba prisa. Oíase el +esquilón de la capilla. El sacristán se había asomado varias veces por +la reja de la sacristía que da al vestíbulo diciendo sucesivamente: +«Todavía no ha venido don León...» «ya está ahí D. León...» «ya se está +vistiendo». Oíanse en la parte alta los pasos de toda la comunidad que +iba hacia el templo a oír la primera misa. Delante fueron las +_Josefinas_, soñolientas aún y dando bostezos, empujándose unas a otras. +Seguían las _Filomenas_ con cierto orden, las más diligentes dando prisa +a las perezosas. Donde hay muchas mujeres, tiene que haber ese rumor de +colegio, que se hace superior a la disciplina más severa. Entre chacota +y risas se oía el rumorcillo aquel: «Mauricia... ¿no sabéis? Vio anoche +la propia figura de la Virgen». + +--Mujer, quita allá.--Mi palabra... Pregúntaselo a Belén. + +--¡Bah!, ni que fuéramos tontas... + +--¿La cara de la Virgen?... Vaya... Sería la de Nuestra Señora del +Aguardiente. + +Pero Sor Facunda y las de su cotarro iban por la escalera abajo +diciendo que el hecho podía ser falso, y podía también no serlo; y que +el ser Mauricia muy pecadora no significaba nada, porque de otras +muchísimo más perversas se había valido Dios para sus fines. + +Dijo la misa D. León, que parecía _el padre fuguilla_ por la presteza +con que despachaba. Había sido cura de tropa, y a las monjas no les +acababa de gustar la marcial diligencia de su capellán. Más tarde +celebraba don Hildebrando, cura francés de los de babero, el cual era lo +contrario que Pintado, pues estiraba la misa hasta lo increíble. + +Cuando la comunidad salía de la capilla, doña Manolita, que había +entrado de las últimas, sofocada, se acercó a la Superiora y le dijo que +Mauricia estaba en la huerta sobre el montón de mantillo. + +--Ya... en la basura--replicó Sor Natividad frunciendo el ceño--; es su +sitio. + +Bajaron las recogidas al refectorio a tomar el chocolate con rebanada de +pan. Animación mundana reinaba en el frugal desayuno, y aunque las +monjas se esforzaban por mantener un orden cuartelesco, no lo podían +conseguir. + +«Ese plato es el mío. Dame mi servilleta... Te digo que es la mía... +¡Vaya! ¡Ay, San Antonio, qué duro está el pan!... Este sí que es de la +boda de San Isidro. + +--¡A callar! + +Algunas tenían un apetito voraz; se habrían comido triple ración, si se +la dieran. + +Inmediatamente después empezaba a distribuirse toda aquella tropa +mujeril, como soldados que se incorporan a sus respectivos regimientos. +Estas bajaban a la cocina, aquellas subían a la escuela y salón de +costura, y otras, quitándose las tocas y poniéndose la falda de +_mecánica_, se dedicaban a la limpieza de la casa. + +Estaba la Superiora hablando con Sor Antonia en la puerta de una celda, +cuando llegó muy apurada una reclusa, diciendo: «Le he mandado que venga +y no quiere venir. Me ha querido pegar. ¡Si no echo a correr...! Después +cogió un montón de aquella basura y me lo tiró. Mire usted...». + +La recogida enseñó a las madres su hombro manchado de mantillo. + +«Tendré que ir yo... ¡Ay, qué mujer!... ¡qué guerra nos da!--dijo la +Superiora...--. ¿Dónde está Sor Marcela? Que traiga la llave de la +perrera. Hoy tendremos _chínchirri-máncharras_... Está más tocada que +nunca. Dios nos dé paciencia. + +--¡Y Sor Facunda que me ha dicho ahora mismo--indicó Sor Antonia con +franca risa y bizcando más los ojos--, que Mauricia había visto a la +Virgen! + +La Superiora respondió a aquella risa con otra menos franca. Tres o +cuatro _Filomenas_ de las más hombrunas bajaron a la huerta con orden +expresa de traer a la visionaria. + +--¡Pobre mujer y qué perdida se pone!--observó Sor Natividad dentro del +corrillo de monjas que se iba formando--. Males de nervios, y nada más +que males de nervios. + +Y al decirlo, sus miradas chocaron con las de Sor Facunda, que se +acercaba con semblante extraordinariamente afligido. + +«¿Pero no ha consultado usted este caso con el señor capellán?» le dijo. + +--Sí--replicó Sor Natividad con un poco de humorismo--, y el capellán me +ha dicho que la meta en la perrera. + +--¡Encerrarla porque llora!...--exclamó la otra que en su timidez no se +atrevía a contradecir a la Superiora--. El caso merecía examinarse. + +--Para preverlo todo--indicó la vizcaína--, avisaremos también al +médico. + +--¿Y qué tiene que ver el médico...? En fin, yo no sé. Quien manda, +manda. Pero me parecía... Ello podrá ser cosa física; pero ¿si no lo +fuera? Si efectivamente Mauricia... No es que yo lo afirme; pero tampoco +me atrevo a negarlo. Aquel llorar continuo, ¿qué puede ser sino +arrepentimiento? A saber los medios que el Señor escoge... + +Y se retiró a su celda. Casi casi se dieron un encontronazo Sor Facunda +alejándose y Sor Marcela que al corrillo se acercaba, dando balances y +golpeando el suelo duramente con su pie de madera. Su semblante +descompuesto por la ira estaba más feo que nunca; con la prisa que traía +apenas podía respirar, y las primeras frases le salieron de la boca +desmenuzadas por el enojo: «Ya, ya sabemos... ¡San Antonio!... +bribona... parece mentira... ¡Ay, Dios mío!, si es para volverse +loca...». + +Habló algunas palabras en voz muy baja con la Superiora, quien al oírlas +puso una cara que daba miedo. + +«Yo... bien lo sabe usted...--balbució Sor Marcela--, lo tenía para mi +mal del estómago... coñac superior». + +--Pero esa maldita ¿cómo...? Si esto parece... ¡Jesús me valga! Estoy +horrorizada. ¿Pero cuándo...? + +--Es muy sencillo... hágase usted cargo. Anteayer, ¡San Antonio +bendito!, cuando estuvo en mi celda moviendo los trastos para coger el +ratón. + +A la Superiora se le escapó, sin poderlo remediar, una ligera +sonrisilla; mas al punto volvió a poner cara de palo. Y la enana corrió +hacia donde estaban las recogidas, y lo mismo que dijera a Sor Natividad +se lo repitió a Fortunata, sin poner un freno a su ira: «¿Habrase visto +diablura semejante?... ¿Qué te parece? ¡Estamos todas horripiladas!». + +Fortunata no dijo nada y se puso muy seria. Quizás no la cogía de nuevo +la declaración de la monja. Obedeciendo a esta subió al dormitorio en +busca de pruebas del nefando crimen imputado a su amiga. + +«Ahí tienen ustedes--decía la Superiora a las que más cerca de ella +estaban--, cómo esa arrastrada ha visto visiones... ¡Ya!, ¡qué no vería +ella!... ¿Pero no viene al fin? Yo le juro que no vuelve a hacernos +otra. Es preciso ajustarle bien las cuentas...». + +La cojita se presentó otra vez en el corrillo mostrando la enorme llave +de la perrera; la esgrimía como si fuera una pistola, con amenaza +homicida. Realmente estaba furiosa, y el topetazo de su pie duro sobre +el suelo tenía una violencia y sonoridad excepcionales. En esto llegó +Fortunata trayendo una botella, que al punto le arrebató Sor Marcela. + +«¡Vacía, enteramente vacía!--exclamó esta levantándola en alto y +mirándola al trasluz--. Y estaba casi llena, pues apenas...». + +Aplicó después su nariz chafada a la boca de la botella, diciendo con +lastimera entonación: «No ha dejado más que el olor... ¡Bribonaza!, ya +te daría yo bebida...». De la nariz de la coja pasó el cuerpo del delito +a la de Sor Natividad y de esta a otras narices próximas, resultando, de +la apreciación del tufo, mayor severidad en el comentario del crimen. + +«¡Qué asco! Buen pechugón se ha dado...--exclamó la Superiora--. Ya, +¡cómo estará aquel cuerpo con todo ese líquido ardiente! Nunca nos había +pasado otra... La arreglaremos, la arreglaremos. ¿Pero viene o no?». + +Bajaba ya, decidida a abreviar la tardanza del acto de justicia, cuando +se oyó un gran tumulto. Las tres mujeronas que habían ido en busca de la +delincuente, pasaban de la huerta al patio por la puertecilla verde, +huyendo despavoridas y dando voces de pánico. Sonó en dicha puerta el +estampido de un fuerte cantazo. + +«¡Que nos mata, que nos mata!» gritaban las tres, recogiendo sus faldas +para correr más fácilmente por la escalera arriba. Asomáronse las madres +al barandal del corredor que sobre el patio caía, y vieron aparecer a +Mauricia, descalza, las melenas sueltas, la mirada ardiente y +extraviada, y todas las apariencias, en fin, de una loca. La Superiora, +que era mujer de genio fuerte, no se pudo contener y desde arriba gritó: +«Trasto... infame, si no te estás quieta, verás». + +«Una pareja, una pareja de Orden Público» apuntaron varias voces de +monjas. + +--No... veréis... Si yo me basto y me sobro...--indicó la Superiora, +haciendo alarde de ser mujer para el caso--. Lo que es conmigo no juega. + +Púsose Mauricia de un salto en el rincón frontero al corredor donde las +madres estaban, y desde allí las miró con insolencia, sacando y +estirando la lengua, y haciendo muecas y gestos indecentísimos. + +«¡Tiorras, so tiorras!» gritaba, e inclinándose con rápido movimiento, +cogió del suelo piedras y pedazos de ladrillo, y empezó a dispararlos +con tanto vigor como buena puntería. Las monjas y las recogidas, que al +sentir el alboroto salieron en tropel a los corredores del principal y +del segundo piso, prorrumpieron en chillidos. Parecía que se venía el +mundo abajo. ¡Dios mío, qué bulla! Y a las exclamaciones de arriba +respondía la tarasca con aullidos salvajes. + +Unas se agachaban resguardándose tras el barandal de fábrica cuando +venía la pedrada; otras asomaban la cabeza un momento y la volvían a +esconder. Los proyectiles menudeaban, y con ellos las voces de aquella +endemoniada mujer. Parecía una amazona. Tenía un pecho medio +descubierto, el cuerpo del vestido hecho girones y las melenas cortas le +azotaban la cara en aquellos movimientos del hondero que hacía con el +brazo derecho. Su catadura les parecía horrible a las señoras monjas; +pero estaba bella en rigor de verdad, y más arrogante, varonil y +napoleónica que nunca. + +Sor Marcela intentó bajar valerosa, pero a los tres peldaños cogió miedo +y viró para arriba. Su cara filipina se había puesto de color de +mostaza inglesa. + +«¡Verás tú si bajo, infame diablo!» era su muletilla; pero ello es que +no bajaba. + +Por una reja de la sacristía que da al patio, asomó la cara del +sacristán, y poco después la de D. León Pintado. Dos monjas que estaban +de turno en la portería se asomaron también por otra ventana baja; pero +lo mismo fue verlas Mauricia que empezar también a mandarles piedras. +Nada, que tuvieron que retirarse. Asustadas las infelices, quisieron +pedir auxilio. En aquel instante llamó alguien a la puerta del convento, +y a poco entró una señora, de visita, que pasó al salón, y enterándose +de lo que ocurría, asomose también a la ventana baja. Era Guillermina +Pacheco, que se persignó al ver la tragedia que allí se había armado. + +«¡En el nombre del...! ¡Pero tú!... ¡Mauricia!... ¿cómo se entiende?... +¿qué haces?... ¿estás loca?». + +La portera y la otra monja no la pudieron contener, y Guillermina salió +al patio por la puerta que lo comunica con el vestíbulo. + +«Guillermina--gritó Sor Natividad desde arriba--, no salgas... +Cuidado... mira que es una fiera... Ahí tienes, ahí tienes la alhaja que +tú nos has traído... Retírate por Dios, mira que está loca y no +repara... Hazme el favor de llamar a una pareja de Orden Público». + +--¿Qué pareja ni pareja?--dijo Guillermina incomodadísima--. +¡Mauricia!... ¡cómo se entiende! + +Pero no había tenido tiempo de decirlo cuando una peladilla de arroyo le +rozó la cara. Si le da de lleno la descalabra. + +«¡Jesús!... Pero no, no es nada». + +Y llevándose la mano a la parte dolorida, clamó: «Infame, a mí, a mí me +has tirado!». + +«A usted, sí, y a todo el género mundano--gritó con voz tan ronca, que +apenas se entendía--, so tía pastelera... Váyase pronto de aquí». + +Las monjas horrorizadas elevaban sus manos al Cielo; algunas lloraban. +En esto, D. León Pintado había abierto con no poco trabajo la reja de la +sacristía; saltó al patio, única manera de comunicarse con el convento +desde la sacristía, y abalanzándose a Mauricia le sujetó ambos brazos. + +«¡Suéltame, León, capellán de peinetas!» rugió la visionaria... + +Pero Pintado tenía manos de hierro, aunque era de pocos ánimos, y una +vez lanzado al heroísmo, no sólo sujetó a Mauricia, sino que le aplicó +dos sonoras bofetadas. La escena era repugnante. Tras el capellán salió +también su acólito, y mientras los dos arreglaban a la Dura, las monjas, +viendo sojuzgado al enemigo, arriesgáronse a bajar y acudieron a +Guillermina, que con el pañuelo se restañaba la sangre de su leve +herida. Con cierta tranquilidad, y más risueña que enojada, la fundadora +dijo a sus amigas: «¡Cuidado que pasan unas cosas...! Yo venía a que me +dierais los ladrillos y el cascote que os sobran, y mirad qué pronto me +he salido con la mía... Nada, ponedla ahora mismo en la calle, y que se +vaya a los quintos infiernos, que es donde debe estar». + +«Ahora mismo. D. León, no la maltrate usted» dijo la Superiora. + +--¡Zángano!... ¡mala puñalada te mate!...--bramaba Mauricia, que ya +tenía pocas fuerzas y había caído al suelo--. ¡Un sacerdote pegando a +una... señora! + +--Que le traigan su ropa--gritó Sor Natividad--. Pronto, pronto. Me +parece mentira que la veré salir... + +Mauricia ya no se defendía. Había perdido su salvaje fuerza; pero su +semblante expresaba aún ferocidad y desorden mental. + +Luego se vio que desde el corredor alto tiraban un par de botas, luego +un mantón... + +--Bajarlo, hijas, bajarlo--dijo desde el patio la Superiora, mirando +hacia arriba y ya recobrada la serenidad con que daba siempre sus +órdenes. Fortunata bajó un lío de ropa, y recogiendo las botas, se lo +dio todo a Mauricia, es decir, se lo puso delante. La espantosa escena +descrita había impresionado desagradablemente a la joven, que sintió +profunda compasión de su amiga. Si las monjas se lo hubieran permitido, +quizás ella habría aplacado a la bestia. + +«Toma tu ropa, tus botas--le dijo en voz baja y en tono apacible--. +Pero, hija, ¡cómo te has puesto!... ¿No conoces ya que has estado +trastornada?». + +--Quítate de ahí, pendoncillo... quítate o te... + +--Dejarla, dejarla--dijo la Superiora--. No decirle una palabra más. A +la calle, y hemos concluido. + +Con gran dificultad se levantó Mauricia del suelo y recogió su ropa. Al +ponerse en pie pareció recobrar parte de su furor. + +«Que se te queda este lío». + +--Las botas, las botas. La tarasca lo recogió todo. Ya salía sin decir +nada, cuando Guillermina la miró severamente. + +«¡Pero qué mujer esta! Ni siquiera sabe salir con decencia». + +Iba descalza, cogidas las botas por los tirantes. + +--Póngase usted las botas--le gritó la Superiora. + +--No me da la gana. Abur... ¡Son todas unas judías pasteleras...! + +--Paciencia, hija, paciencia... necesitamos mucha paciencia--dijo Sor +Natividad a sus compañeras, tapándose los oídos. + +Se le franquearon todas las puertas, abriéndolas de par en par y +resguardándose tras las hojas de ellas, como se abren las puertas del +toril para que salga la fiera a la plaza. La última que cambió algunas +palabras con ella fue Fortunata, que la siguió hasta el vestíbulo movida +de lástima y amistad, y aún quiso arrancarle alguna declaración de +arrepentimiento. Pero la otra estaba ciega y sorda; no se enteraba de +nada, y dio a su amiga tal empujón, que si no se apoya en la pared cae +redonda al suelo. + +Salió triunfante, echando a una parte y otra miradas de altivez y +desprecio. Cuando vio la calle, sus ojos se iluminaron con fulgores de +júbilo y gritó: «¡Ay, mi querida calle de mi alma!». Extendió y cerró +los brazos, cual si en ellos quisiera apretar amorosamente todo lo que +veían sus ojos. Respiró después con fuerza, parose mirando azorada a +todos lados, como el toro cuando sale al redondel. Luego, orientándose, +tiró muy decidida por el paseo abajo. Era cosa de ver aquella mujerona +descalza, desgarrada, melenuda, despidiendo de sus ojos fiereza, con un +lío bajo el brazo y las botas colgando de una mano. Las pocas personas +que por allí pasaban, miráronla con asombro. Al llegar junto a los +almacenes de la Villa, pasó junto a varios chicos, barrenderos, que +estaban sentados en sus carretillas con las escobas en la mano. +Tuviéronla ellos por persona de poco más o menos y se echaron a reír +delante de su cara napoleónica. + +«Vaya, que buena _curda_ te llevas, ¡oleeé!...». + +Y ella se les puso delante en actitud arrogantísima, alzó el brazo que +tenía libre y les dijo: + +«¡Apóstoles del error!». + +Prorrumpiendo al mismo tiempo en estúpida risa, pasó de largo. A los +barrenderos les hizo aquello mucha gracia, y poniéndose en marcha con +las carretillas por delante y las escobas sobre ellas, siguieron detrás +de Mauricia, como una escolta de burlesca artillería, haciendo un ruido +de mil demonios y disparándole bala rasa de groserías e injurias. + + + + +-VII- + +La boda y la luna de miel + + + + +--i-- + + +Por fin se acordó que Fortunata saldría del convento para casarse en la +segunda quincena de Setiembre. El día señalado estaba ya muy próximo, y +si el pensamiento de la reclusa no se había familiarizado aún de una +manera terminante con la nueva vida que la esperaba, no tenía duda de +que le convenía casarse, comprendiendo que no debemos aspirar a lo +mejor, sino aceptar el bien posible que en los sabios lotes de la +Providencia nos toca. En las últimas visitas, Maxi no hablaba más que de +la proximidad de su dicha. Contole un día que ya tenía tomada la casa, +un cuarto precioso en la calle de Sagunto, cerca de su tía; otro la +entretuvo refiriéndole pormenores deliciosos de la instalación. Ya se +habían comprado casi todos los muebles. Doña Lupe, que se pintaba sola +para estas cosas, recorría diariamente las almonedas anunciadas en _La +Correspondencia_, adquiriendo gangas y más gangas. La cama de matrimonio +fue lo único que se tomó en el almacén; pero doña Lupe la sacó tan +arreglada, que era como de lance. Y no sólo tenían ya casa y muebles, +sino también criada. Torquemada les recomendó una que servía para todo y +que guisaba muy bien, mujer de edad mediana, formal, limpia y sentada. +Bien podía decirse de ella que era también ganga como los muebles, +porque el servicio estaba muy malo en Madrid, pero muy malo. Nombrábase +Patricia, pero Torquemada la llamaba _Patria_, pues era hombre tan +económico que ahorraba hasta las letras, y era muy amigo de las +abreviaturas por ahorrar saliva cuando hablaba y tinta cuando escribía. + +Otra tarde le dio Maxi una hermosa sorpresa. Cuando Fortunata entró en +el convento, las papeletas de alhajas y ropas de lujo que estaban +empeñadas quedaron en poder del joven, que hizo propósito de liberar +aquellos objetos en cuanto tuviese medios para ello. Pues bien, ya podía +anunciar a su amada con indecible gozo que cuando entrara en la nueva +casa, encontraría en ella las prendas de vestir y de adorno que la +infeliz había arrojado al mar el día de su naufragio. Por cierto que las +alhajas le habían gustado mucho a doña Lupe por lo ricas y elegantes, y +del abrigo de terciopelo dijo que con ligeras reformas sería una pieza +espléndida. Esto le llevó naturalmente a hablar de la herencia. Ya había +cogido su parte, y con un pico que recibió en metálico había redimido +las prendas empeñadas. Ya era propietario de inmuebles, y más valía esto +que el dinero contante. Y a propósito de la herencia, también le contó +que entre su hermano mayor y doña Lupe habían surgido ruidosas +desavenencias. Juan Pablo empleó toda su parte en pagar las deudas que +le devoraban y un descubierto que dejara en la administración carlista. +No bastándole el caudal de la herencia, había tenido el atrevimiento de +pedir prestada una cantidad a doña Lupe, la cual se voló ¡y le dijo +tantas cosas...! Total, que tuvieron una fuerte pelotera, y desde +entonces no se hablaban tía y sobrino, y este se había ido a vivir con +una querida. «¡Y viva la moralidad! ¡Y tradicionalista me soy!». + +Charlaron otro día de la casa, que era preciosa, con vistas muy buenas. +Como que del balcón del gabinete se alcanzaba a ver un poquito del +Depósito de aguas; papeles nuevos, alcoba estucada, calle tranquila, +poca vecindad, dos cuartos en cada piso, y sólo había principal y +segundo. A tantas ventajas se unía la de estar todo muy a la mano: +debajo carbonería, a cuatro pasos carnicería, y en la esquina próxima +tienda de ultramarinos. + +No podía olvidárseles el importante asunto de la carrera de _Rubinius +vulgaris_. A mediados de Setiembre se había examinado de la única clase +que le faltaba para aprobar el último año, y lo más pronto que le fuera +posible tomaría el grado. Desde luego entraría de practicante en la +botica de Samaniego, el cual estaba gravemente enfermo, y si se moría, +la viuda tendría que confiar a dos licenciados la explotación de la +farmacia. Maxi entraría seguramente de segundo, con el tiempo llegaría a +ser primero, y por fin amo del establecimiento. En fin, que todo iba +bien y el porvenir les sonreía. + +Estas cosas daban a Fortunata alegría y esperanza, avivando los +sentimientos de paz, orden y regularidad doméstica que habían nacido en +ella. Con ayuda de la razón, estimulaba en su propia voluntad la +dirección aquella, y se alegraba de tener casa, nombre y decoro. + +Dos días antes de la salida, confesó con el padre Pintado; expurgación +larga, repaso general de conciencia desde los tiempos más remotos. La +preparación fue como la de un examen de grado, y el capellán tomo aquel +caso con gran solicitud y atención. Allí donde la penitente no podía +llegar con su sinceridad, llegaba el penitenciario con sus preguntas de +gancho. Era perro viejo en aquel oficio. Como no tenía nada de gazmoño, +la confesión concluyó por ser un diálogo de amigos. Diole consejos sanos +y prácticos, hízole ver con palmarios ejemplos, algunos del orden +humorístico, la perdición que trae a la criatura el dejarse mover de +los sentidos, y le pintó las ventajas de una vida de continencia y +modestia, dando de mano a la soberbia, al desorden y a los apetitos. +Descendiendo de las alturas espirituales al terreno de la filosofía +utilitaria, don León demostró a su penitente que el portarse bien es +siempre ventajoso, que a la larga el mal, aunque venga acompañado de +triunfos brillantes, acaba por infligir a la criatura cierto grado de +penalidad sin esperar a las de la otra vida, que son siempre infalibles. +«Hágase usted la cuenta--le dijo también--, de que es otra mujer, de que +se ha muerto y resucitado en otro mundo. Si encuentra usted algún día +por ahí a las personas que en aquella pasada vida la arrastraron a la +perdición, figúrese que son fantasmas, sombras, así como suena, y no las +mire siquiera». Por fin, encomendole la devoción de la Santísima Virgen, +como un ejercicio saludable del espíritu y una predisposición a las +buenas acciones. La penitente se quedó muy gozosa, y el día que hizo la +comunión se observó con una tranquilidad que nunca había tenido. + +La despedida de las monjas fue muy sentida. Fortunata se echó a llorar. +Sus compañeras Belén y Felisa le dieron besos, regaláronle estampitas y +medallas, asegurándole que rezarían por ella. Doña Manolita mostrose +envidiosa y desconsolada. Ella también saldría, pues sólo estaba allí +por equivocación; pronto se habían de ver claras las cosas, y el asno +de su marido vendría a pedirle perdón y a sacarla de aquel encierro. Sor +Marcela, Sor Antonia, la Superiora y las demás madres mostráronse muy +afables con ella, asegurando que era de las recogidas que les habían +dado menos que hacer. Despidiéronla con sentimiento de verla salir; pero +dándole parabienes por su boda y el buen fin que su reclusión había +tenido. + +En la sala esperaban Maximiliano y doña Lupe, que la recogieron y se la +llevaron en un coche de alquiler. Estaba convenido de antemano llevarla +a la casa del novio, cosa verdaderamente un poco irregular; pero como +ella no tenía en Madrid parientes, al menos conocidos, doña Lupe no vio +solución mejor al problema de alojamiento. La boda se verificaría el +lunes 1.º de Octubre, dos días después de la salida de las Micaelas. + +Sentía la señora de Jáuregui el goce inefable del escultor eminente a +quien entregan un pedazo de cera y le dicen que modele lo mejor que +sepa. Sus aptitudes educativas tenían ya materia blanda en quien +emplearse. De una salvaje _en toda la extensión de la palabra_, formaría +una señora, haciéndola a su imagen y semejanza. Tenía que enseñarle +todo, modales, lenguaje, conducta. Mientras más pobreza de educación +revelaba la alumna, más gozaba la maestra con las perspectivas e +ilusiones de su plan. + +Aquella misma mañana, cuando estaban almorzando, tuvo ya ocasión, con +tanto regocijo en el alma como dignidad en el semblante, de empezar a +aplicar sus enseñanzas. «No se dice _armejas_ sino _almejas_. Hija, hay +que irse acostumbrando a hablar como Dios manda». Quería doña Lupe que +Fortunata se prestase a reconocerla por directora de sus acciones en lo +moral y en lo social, y mostraba desde los primeros momentos una +severidad no exenta de tolerancia, como cumple a profesores que saben al +pelo su obligación. + +Destinósele una habitación contigua a la alcoba de la señora, y que le +servía a esta de guardarropa. Había allí tantos cachivaches y tanto +trasto, que la huéspeda apenas podía moverse; pero dos días se pasan de +cualquier manera. Durante aquellos dos días, hallábase la joven muy +cohibida delante de la que iba a ser su tía, porque esta no bajaba del +trípode ni cesaba en sus correcciones; y rara vez abría la boca +Fortunata sin que la otra dejara de advertirle algo, ya referente a la +pronunciación, ya a la manera de conducirse, mostrándose siempre +autoritaria, aunque con estudiada suavidad. «En los conventos--decía--, +se corrigen muchos defectos; pero también se adquieren modales +encogidos. Suéltese usted, y cuando salude a las visitas, hágalo con +serenidad y sin atropellarse». + +Estas cosas ponían a Fortunata de mal humor, y su encogimiento crecía. + +Consideraba que cuando estuviera en su casa, se emanciparía de aquella +tutela enojosa, sin chocar, por supuesto, porque además doña Lupe le +parecía mujer de gran utilidad, que sabía mucho y aconsejaba algunas +cosas muy puestas en razón. + +Molestaban a Fortunata las visitas que, según ella, sólo iban por +curiosear. Doña Silvia no había podido resistir la curiosidad y se +plantó en la casa el mismo día en que la novia salió del convento. Al +otro día fue Paquita Morejón, esposa de D. Basilio Andrés de la Caña, y +ambas parecieron a Fortunata impertinentes y entrometidas. Su finura +resultole afectada, como de personas ordinarias que se empeñan en no +parecerlo. + +Las visitas le daban cumplida enhorabuena por su boda. En los ojos se +les leía este pensamiento: «¡Vaya una ganga la de usted!». La señora de +D. Basilio repitió la visita el segundo día. Iba vestida de pingajos de +seda mal arreglados, queriendo aparentar. Hízose muy pegajosa; quería +intimar y elogiaba la hermosura de la novia, como un medio indirecto de +expresar las deficiencias de la misma en el orden moral. + +Otra visita notable fue la de Juan Pablo, a quien llevó su hermano. Doña +Lupe y el mayor de los Rubines no se hablaban después de la marimorena +que tuvieron al repartir la herencia. Con gran sorpresa de la novia, +Juan Pablo estuvo afectuoso con ella. Creeríase que intentaba hacer +rabiar a su tía, concediendo su benevolencia a la persona de quien +aquella había dicho tantas perrerías. Durante la visita, que no fue +breve, sentose Fortunata en el borde de una silla, como una paleta, algo +atontada y no sabiendo qué decir para sostener la conversación con un +hombre que se expresaba tan bien. Al despedirse, diole Juan Pablo un +fuerte apretón de manos, diciéndole que asistiría a la boda. + +Luego fueron tía y sobrina a ver la casa matrimonial. Doña Lupe le +mostró uno por uno los muebles, haciéndole notar lo buenos que eran, y +que su colocación, dispuesta por ella, no podía ser más acertada. El +juicio sobre cada parte de la casa y sobre los trastos y su distribución +dábalo ya por anticipado doña Lupe, de modo que la otra no tuviese que +decir más que «sí... verdad...». + +De vuelta, ya avanzada la tarde, a la calle de Raimundo Lulio, se +ocuparon en disponer varias cosas para el día siguiente. Maximiliano +había ido a invitar a algunos amigos, y doña Lupe salió también diciendo +que volvería antes de anochecido. Quedose sola Fortunata, y se puso a +hacer en su vestido de gro negro, que había de lucir en la ceremonia, +ciertos arreglos de escasa importancia. No tenía más compañía que la de +Papitos, que se escapaba de la cocina para ponerse al lado de la +señorita, cuya hermosura admiraba tanto. El peinado era la principal +causa de la estupefacción de la chiquilla, y habría dado esta un dedo de +la mano por poder imitarlo. Sentose a su lado y no se hartaba de +contemplarla, llenándose de regocijo cuando la otra solicitaba su ayuda, +aunque sólo fuera para lo más insignificante. En esto llamaron a la +puerta; corrió a abrir la mona, y Fortunata no supo lo que le pasaba +cuando vio entrar en la sala a Mauricia la Dura. + + + + +--ii-- + + +El sentimiento que le inspiraba aquella mujer en las Micaelas; la +inexplicable mescolanza de terror y atracción prodújose en aquel +instante en su alma con mayor fuerza. Mauricia le infundía miedo y al +propio tiempo una simpatía irresistible y misteriosa, cual si le +sugiriera la idea de cosas reprobables y al mismo tiempo gratas a su +corazón. Miró a su amiga sin hablarle, y esta se le acercó sonriendo, +como si quisiera decir: «Lo que menos esperabas tú era verme aquí +ahora...». + +--¿De veras eres tú...? + +Y observó que Mauricia traía unos zapatos muy bonitos de cuero +amarillo, atados con cordones azules terminados en madroños. + +--¡Y qué bien calzada!... + +--¿Qué te creías tú? + +Después le miró la cara. Estaba muy pálida; los ojos parecían más +grandes y traicioneros, acechando en sus profundos huecos violados bajo +la ceja recta y negra. La nariz parecía de marfil, la boca más acentuada +y los dos pliegues que la limitaban más enérgicos. Todo el semblante +revelaba melancolía y profundidad de pensamiento, al menos así lo +consideró Fortunata sin poder expresar por qué. Traía Mauricia un mantón +nuevo y a la cabeza un pañuelo de seda de fajas azul-turquí y rojo vivo, +delantal de cuadritos y falda de tartán, y en la mano un bulto atado con +un pañuelo por las cuatro puntas. + +«¿No está doña Lupe?» dijo sentándose sin ninguna ceremonia. + +--Ya le he dicho que no--replicó Papitos con mal modo. + +--No te he preguntado a ti, refistolera, métome-en-todo. Lárgate a tu +cocina, y déjanos en paz. + +Papitos se fue refunfuñando. + +--¿Qué traes por aquí?--le preguntó Fortunata, que desde que la vio +entrar, sentía palpitaciones muy fuertes. + +--Pues nada... Estoy otra vez corriendo prendas, y aquí traigo unos +mantones para que los vea esa tía pastelera... + +--¡Qué manera de hablar! Corrígete, mujer... ¿Te has olvidado ya de la +que hiciste en el convento? ¡Vaya un escándalo! Lo sentí mucho por ti. +Aquel día me puse mala. + +--Chica, no me hables... Vaya, que me trastorné de veras. Pero una +tentación cualquiera la tiene. ¿Y qué, dije muchas barbaridades? Yo no +me acuerdo. No estaba en mí, no sabía lo que hacía. Sólo me acuerdo de +que vi a la Pura y Limpia, y después quise entrar en la iglesia y coger +al Santísimo Sacramento... soñé que me comía la hostia... Nunca me ha +dado un toque tan fuerte, chica... ¡Qué cosas se le ocurren a una cuando +se sube el mengue a la cabeza! Créemelo porque yo te lo digo: cuando se +me serenó el sentido, estaba abochornada... El único a quien guardaba +rencor era al tío capellán. Me lo hubiera comido a bocados. A las +señoras no. Me daban ganas de ir a pedirles perdón; pero por el aquel de +la _dinidá_ no fui. Lo que más me escocía era haberle tirado un +ladrillazo a doña Guillermina. Esto sí que no me lo paso, no me lo +paso... Y le he cogido tal miedo, que cuando la veo venir por la calle, +se me sube toda la color a la cara, y me voy por otro lado para que no +me vea. A mi hermana le ha dicho que me perdona, ¿ves?, y que todavía +cuenta hacer algo por mí. + +--Es que eres atroz...--le dijo Fortunata--. Si no te quitas ese vicio, +vas a parar en mal. + +--Quita, mujer, y no me digas nada... Pues si desde que salí de las +Micaelas no he vuelto a catarlo... Soy ahora, como quien dice, otra. No +quiero vivir con mi hermana, porque Juan Antonio y yo no casamos bien; +pero a persona decente no me gana nadie ahora. Créetelo porque yo te lo +digo. No lo vuelvo a catar. Y si no, tú lo has de ver... Y pasando a +otra cosa, ya sé que te casas mañana. + +--¿Por dónde lo has sabido? + +--Eso, acá yo... Todo se sabe--replicó la Dura con malicia--. Vaya, que +te ha caído la lotería. Yo me alegro, porque te quiero. + +En esto Mauricia se inclinó bruscamente y recogió del suelo un objeto +pequeño. Era un botón. + +«Buen agüero, mira--dijo mostrándolo a Fortunata--. Señal de que vas a +ser dichosa». + +--No creas en brujerías.--¿Que no crea?... _Paices_ boba. Cuando una se +encuentra un botón, quiere decirse que a una le va a pasar algo. Si el +botón es como este, blanco y con cuatro _ujeritos_, buena señal; pero si +es negro y con tres, mala. + +--Eso es un disparate.--Chica, es el Evangelio. Lo he probado la mar de +veces. Ahora vas a estar en grande. ¿Sabes una cosa? + +Dijo esto último con tal intención, que Fortunata, cuya ansiedad crecía +sin saber por qué, vio tras el _sabes una cosa_ una confidencia de +extraordinaria gravedad. + +--¿Qué?--Que te quemas.--¿Cómo que me quemo? + +--Nada, mujer, que te quemas, que le tienes muy cerca. Te gustan las +cosas claras, ¿verdad?, pues allá va. Volvió de Valencia muy bueno y muy +enamoradito de ti. Lo que yo te decía, chica, lo mismo fue enterarse de +que estabas en las Micaelas haciéndote la católica, que se le encendió +el celo, y todas las tardes pasaba por allí en su _featón_. Los hombres +son así: lo que tienen lo desprecian, y lo que ven guardado con llave y +candados, eso, eso es lo que se les antoja. + +--Quita, quita...--dijo Fortunata, queriendo aparecer serena--. No me +vengas con cuentos. + +--Tú lo has de ver.--¿Cómo que lo he de ver? Vaya, que tienes unas +cosas... + +Mauricia se echó a reír con aquel desparpajo que a su amiga le parecía +el humorismo de un hermoso y tentador demonio. En medio de la infernal +risa, brotaba esta frase que a Fortunata le ponía los pelos de punta: +«¿Te lo digo?... ¿te lo digo?». + +--¿Pero qué? + +Se miraron ambas. Dentro de los cóncavos y amoratados huecos de los +ojos, acechaban las pupilas de Mauricia con ferocidad de pájaro cazador. + +«¿Te lo digo?... Pues el tal sabe echar por la calle de enmedio. Vaya, +que es listo y ejecutivo. Te ha armado una trampa, en la cual vas a +caer... Como que ya has metido la patita dentro». + +--¿Yo...?--Sí... tú. Pues ha alquilado el cuarto de la izquierda de la +casa en que vas a vivir; el tuyo es el de la derecha. + +--¡Bah!... no digas desatinos--replicó Fortunata, queriendo echárselas +de valiente. + +Deslizose de sus rodillas al suelo la falda de gro negro que estaba +arreglando. + +«Como lo oyes, chica... Allí le tienes. Desde que entres en tu casa, le +sentirás la respiración». + +--Quita, quita... no quiero oírte. + +--Si sabré yo lo que me digo. Para que te enteres: hace media hora que +he estado hablando con él en casa de una amiga. Si no caes en la trampa, +creo que el pobrecito revienta... tan dislocado está por ti. + +--El cuarto de al lado... a mano izquierda cuando entramos... el mío a +esta mano; de modo que... No me vuelvas loca... + +--Lo ha tomado por cuenta de él una que llaman Cirila... Tú no la +conoces; yo sí: ha sido también corredora de alhajas y tuvo casa de +huéspedes. Está casada con uno que fue de la ronda secreta, y ahora tu +señor me le ha colocado en el tren. + +Fortunata sintió que se congestionaba. Su cabeza ardía. + +«Vaya, todo eso es cuento... ¿Piensas que me voy a creer esas bolas?... +¡Como no se acuerde él de mí...!, ni falta. + +--Tú lo has de ver. ¡Ay qué chico! Da pena verle... loquito por ti... y +arrepentido de la partida serrana que te jugó. Si la pudiera reparar, la +repararía. Créetelo porque yo te lo digo. + +En esto entró Papitos con pretexto de preguntar una cosa a la señorita, +pero realmente con el único objeto de curiosear. Lo mismo fue verla +Mauricia que echarle los tiempos del modo más despótico. + +«Mira, chiquilla, si no te largas, verás». + +La amenazó con un movimiento del brazo, precursor de una gran bofetada; +pero la mona se le rebeló, chillando así: «No me da la gana... ¿Y a +usted qué?... ¡Mía esta!...». Fortunata le dijo: «Papitos, vete a la +cocina», y obedeció la rapaza, aunque de muy mala gana. + +«Pues yo...--prosiguió Fortunata--, si es verdad, le diré a mi marido +que tome otra casa». + +--Tendrías que cantarle el motivo. + +--Se lo cantaré... vaya.--Bonita escandalera armarías... Nada, hija, +que la trampa te la ponen donde quiera que vayas, y ¡pum!... ídem de +lienzo. + +--Pues ea... no me casaré--dijo la novia en el colmo ya de la confusión. + +--¡Quia! Por tonta que te quieras volver, no harás tal... ¿Crees que +esas brevas caen todos los días? Que se te quite de la cabeza... +Casadita, puedes hacer lo que quieras, guardando el aparato de la +_comenencia_. La mujer soltera es una esclava; no puede ni menearse. La +que tiene un peine de marido, tiene bula para todo. + +Fortunata callaba, mirando vagamente al suelo, con la barba apoyada en +la mano. + +«¿Qué miras?--dijo la Dura inclinándose--. ¡Ah!, otro botón... y este es +negro, con tres _ujeros_... Mala señal, chica. Esto quiere decir que si +no te casas, mereces que te azoten». + +Recogiendo el botón, lo miraba de cerca. Anochecía, y la sala se iba +quedando a oscuras. Poco después Fortunata veía sólo el bulto de su +amiga y los zapatos amarillos. Empezaba a cogerle miedo; pero no deseaba +que se marchase, sino que hablara más y más del mismo temeroso asunto. + +«Te digo que no me caso» repitió la joven, sintiendo que se renovaba en +su alma el horror al matrimonio con el chico de Rubín. Y las ideas tan +trabajosamente construidas en las Micaelas, se desquiciaron de repente. +Aquel altarito levantado a fuerza de meditaciones y de gimnasias de la +razón, se resquebrajaba como si le temblara el suelo. + +«El cuarto de la izquierda... de modo que... Eso es estar vendida... Una +puerta aquí, otra allí...». + +--Lo que te digo, una patita en la trampa; sólo te falta meter la otra. + +Y rompió a reír de nuevo con aquella franqueza insolente que a Fortunata +le agradaba, cosa extraña, despertando en su alma instintos de dulce +perversidad. + +«Nada, yo no me caso, que no me caso, ¡ea!--declaró la novia +levantándose y dando pasos de aquí para allí, cual si moviéndose +quisiera infundirse la energía que le faltaba». + +--Como lo vuelvas a decir...--añadió Mauricia haciendo un gesto de +burlesca amenaza--. ¿Piensas que una ganga como esta se encuentra detrás +de cada esquina? Nada, chica, a casarse tocan. En ese espejo quisieran +verse otras. Y para acabar, chica, cásate, y haz por no caer en la +trampa. Vaya, ponte a ser honrada, que de menos nos hizo Dios... Oye lo +que te digo, que es el Evangelio, chica, el puro Evangelio: + +Fortunata se detuvo ante su amiga, y esta la obligó a sentarse otra vez +a su lado. + +«Nada, te casas... porque casarte es tu salvación. Si no, vas a andar de +mano en mano hasta la consunción de los siglos. Tú no seas boba; si +quieres ser honrada, _serlo_, hija. Descuida, que no te pondrán un puñal +al pecho para que peques». + +--Pues sí--dijo Fortunata animándose--, ¿qué me importa a mí la trampa? +Como yo no quiera caer... + +--Claro... El otro ahí junto... pues que le parta un rayo. ¿A ti qué? Tú +di «soy honrada», y de ahí no te saca nadie. A los pocos días le dices a +tu esposo de tu alma que la casa no te gusta, y tomáis otra. + +--Di que sí... tomamos otra, y se acabó la trampa--observó la novia +tomando en serio los consejos de su amiga. + +--Verdad que él no se acobardará, y a donde vayas, él detrás. Créeme que +está loco, Y te digo más. La criada que tienes, esa Patricia que le +recomendó a doña Lupe el señor de Torquemada, está vendida. + +--¡Vendida!... ¡Ah!...--exclamó Fortunata con nuevo terror--. Mira tú +por qué esa mujer no me gustó cuando la vi esta mañana. Es muy adulona, +muy relamida, y tiene todo el aire de un serpentón... Pues nada, le diré +a mi marido que no me gusta, y mañana mismo la despido. + +--Eso... y viva el _caraiter_. Tú mira bien lo que te digo: siempre y +cuando quieras ser honrada, _serlo_; pero dejarte de casar, ¡dejar de +casarte!, que no se te pase por la cabeza, hija de mi alma. + +Fortunata parecía recobrar la calma con esta exhortación de su amiga, +expresada de una manera cariñosa y fraternal. + +«Otra cosa se me ocurre--indicó luego con la alegría del náufrago que ve +flotar una tabla cerca de sí--. Le diré a mi marido que estoy mala y que +me lleve a vivir al pueblo ese donde ha cogido la herencia». + +--¡Pueblo!... ¿Y qué vas a hacer tú en un pueblo?--dijo Mauricia con +expresión de desconsuelo, como una madre que se ocupa del porvenir de su +hija--. Mira tú, y créelo porque yo te lo digo: más difícil es ser +honrada en un pueblo chico que en estas ciudades grandes donde hay mucho +personal, porque en los pueblos se aburre una; y como no hay más que dos +o tres sujetos finos y siempre les estás viendo, ¡qué peine!, acabas por +encapricharte con alguno de ellos. Yo conozco bien lo que son los +pueblos de corto personal. Resulta que el alcalde, y si no el alcalde el +médico y si no el juez, si lo hay, te hacen tilín, y no quiero decirte +nada. En último caso, tanto te aburres, que te da un _toque_ y caes con +el señor cura... + +--Quita, quita, ¡qué asco! + +--Pues chica, no pienses en salir de Madrid--agregó la tarasca +cogiéndola por un brazo, atrayéndola a sí y sentándola sobre sus +rodillas--. Hija de mi vida, ¿a quién quiero yo? A ti nada más. Lo que +yo te diga es por tu bien. + +Déjate llevar; cásate, y si hay trampa, que la haya. Lo que debe pasar, +pasa... Deja correr y haz caso de mí, que te he tomado cariño y soy +_mismamente_ como tu madre. + +Fortunata iba a responder algo; pero la campanilla anunció que se +aproximaba doña Lupe. + +Cuando esta penetró en la sala, ya sabía por Papitos quién estaba allí. + +--¿En dónde está esa loca?--entró diciendo--. ¡Pero qué oscuridad! No +veo gota. Mauricia... + +--Aquí estoy, mi señora doña Lupe. Ya nos podían traer una luz. + +Fortunata fue por la luz, y en tanto la viuda dijo a su corredora: + +«¿Qué traes por acá? ¡Cuánto tiempo...! ¿Y qué tal? ¿Te has enmendado? +Porque el padre Pintado le contó a Nicolás horrores de ti...». + +--No haga caso, señora. D. León es muy fabulista y boquea más de la +cuenta. Fue un pronto que tuve. + +--¡Vaya unos prontos!... ¿Y qué traes ahí? + +Entró Fortunata con la lámpara encendida, y la tarasca empezó a mostrar +mantones de Manila, un tapiz japonés, una colcha de malla y felpilla. + +«Mire, mire qué primores. Este pañolón es de la señá marquesa de +Tellería. Lo da por un pedazo de pan. Anímese, señora, para que haga un +regalo a su sobrina, el día de mañana, que así sea el _escomienzo_ de +todas las felicidades». + +--¡Quita allá!... ni para qué quiere esta mantones. ¡Buenos están los +tiempos! ¿Y qué precio?... ¡Cincuenta duros! Ajajá... ¡qué gracia! Los +tengo yo del propio Senquá, mucho más floreados que ese y los doy a +veinticinco. + +--Quisiera verlos... ¿Sabe lo que le digo? Que me caiga muerta aquí +mismo, si no es verdad que me han ofrecido treinta y ocho y no lo he +querido dar... Mire, por estas cruces. + +Y haciendo la cruz con dos dedos, se la besó. + +--«A buena parte vienes!... Si estoy yo de mantones...». + +--Pero no serán como este.--Mejores, cien veces mejores... Pero me +alegro de que hayas venido: te voy a dar un aderezo para que me lo +corras. + +Y siguieron picoteando de este modo hasta que entró Maximiliano, y doña +Lupe mandó sacar la sopa. El novio, enterándose de que había visita en +la sala, acercose despacito a la puerta para ver quién era. «Es +Mauricia» le dijo su prometida saliéndole al encuentro. + +Ambos se fueron al comedor, esperando allí a que su tía despachase a la +corredora. Cuando esta se fue no quiso Fortunata salir a despedirla, por +temor de que dijese algo que la pudiera comprometer. + + + + +--iii-- + + +Maximiliano habló a su futura de las invitaciones que había hecho, y +ella le oía como quien oye llover; mas no reparó el joven en esta +distracción por lo muy exaltado que estaba. Como era tan idealista, +quería hacer el papel de novio con todas las reglas recomendadas por el +uso, y aunque se vio solo en el comedor con su amada, tratábala con +aquellos miramientos que impone el pudor más exquisito. No se decidía ni +a besarla, gozando con la idea de poder hacerlo a sus anchas después de +recibidas las bendiciones de la Iglesia, y aun de hacerle otras caricias +con la falsa ilusión de no habérselas hecho antes. Mientras comían, +Fortunata se sintió anegada en tristeza, que le costaba trabajo +disimular. Inspirábale el próximo estado tanto temor y repugnancia, que +le pasó por el pensamiento la idea de escaparse de la casa, y se dijo: +«No me llevan a la Iglesia ni atada». Doña Lupe, que gustaba tanto de +hacer papeles y de poner en todos los actos la corrección social, no +quería que los novios se quedasen solos ni un momento. Había que emplear +una ficción moral como tributo a la moral misma y en prueba de la +importancia que debemos dar a la forma en todas nuestras acciones. + +Fortunata estuvo muy desvelada aquella noche. Lloraba a ratos como una +Magdalena, y poníase luego a recordar cuanto le dijo el padre Pintado y +el remedio de la devoción a la Santísima Virgen. Durmiose al fin +rezando, y soñó que la Virgen la casaba, no con Maxi, sino con su +verdadero hombre, con el que era suyo a pesar de los pesares. Despertó +sobresaltada, diciendo: «Esto no es lo convenido». En el delirio de su +febril insomnio, pensó que D. León la había engañado y que la Virgen se +pasaba al enemigo, «Pues para esto no se necesitaba tanto Padre Nuestro +y tanta Ave María...». Por la mañana reíase de aquellos disparates, y +sus ideas fueron más reposadas. Vio claramente que era locura no seguir +el camino por donde la llevaban, que era sin duda el mejor. «¡Hala!, +honrada a todo trance. Ya me defenderé de cuantas trampas se me quieran +armar». + +Doña Lupe dejó las ociosas plumas a las cinco de la mañana cuando aún no +era de día, y arrancó de la cama a Papitos, tirándole de una oreja, para +que encendiera la lumbre. ¡Flojita tarea la de aquel día; un almuerzo +para doce personas! Llamó a Fortunata para que se fuera arreglando, y +acordaron dejar dormir a Maxi hasta la hora precisa, porque los +madrugones le sentaban mal. Dio varias disposiciones a la novia para que +trabajara en la cocina, y se fue a la compra con Papitos, llevando el +cesto más grande que en la casa había. + +Lo que doña Lupe llamaba el _menudo_ era excelente: riñones salteados, +sesos, merluza o pajeles, si los había, chuletas de ternera, filete a la +inglesa... Esto corría de cuenta de la viuda, y Fortunata se comprometió +a hacer una paella. A las ocho ya estaba doña Lupe de vuelta, y parecía +una pólvora; tal era su actividad. Como que a las diez debían ir a la +Iglesia. «Pero no, no iré, porque si voy, de fijo me hace Papitos algún +desaguisado». La suerte fue que vino Patricia, y entonces se decidió la +señora a asistir a la ceremonia. + +Púsose la novia su vestido de seda negro, y doña Lupe se empeñó en +plantarle un ramo de azahar en el pecho. Hubo disputa sobre esto... que +sí, que no. Pero la señora de D. Basilio había traído el ramo y no se la +podía desairar. Como que era el mismo ramo que ella se había puesto el +día de su boda. Fortunata estaba guapísima, y Papitos buscaba mil +pretextos para ir al gabinete y admirarla aunque sólo fuera un instante. +«Esta sí que no tiene algodón en la delantera» pensaba. + +La de Jáuregui se puso su _visita_ adornada con abalorio, y doña Silvia +se presentó con pañuelo de Manila, lo que no agradó mucho a la viuda, +porque parecía boda de pueblo. Torquemada fue muy majo; llevaba el hongo +nuevo, el cuello de la camisa algo sucio, corbata negra deshilachada y +en ella un alfiler con magnífica perla que había sido de la marquesa de +Casa-Bojío. El bastón de roten y las enormes rodilleras de los calzones +le acababan de caracterizar. Era hombre muy humorístico y tenía una +baraja de chistes referentes al tiempo. Cuando diluviaba, entraba +diciendo: «Hace un polvo atroz». Aquel día hacía mucho calor y sequedad, +motivo sobrado para que mi hombre se luciera: «¡Vaya una nevada que está +cayendo!». Estas gracias sólo las reían doña Silvia y doña Lupe. + +Maxi llevaba su levita nueva y la chistera que aquel día se puso por +primera vez. Extrañaba mucho aquel desusado armatoste, y cuando se lo +veía en la sombra, parecíale de tres o cuatro palmos de alto. Dentro de +casa, creía que tocaba con su sombrero al techo. Pero en orden de +chisteras, la más notable era la de D. Basilio Andrés de la Caña, que lo +menos era de catorce modas atrasadas, y databa del tiempo en que Bravo +Murillo le hizo ordenador de pagos. Las botas miraban con envidia al +sombrero por el lustre que tenía. Nicolás Rubín presentose menos +desaseado que otras veces, sintiendo no haber podido traer a D. León. +_Ulmus Sylvestris, Quercus gigantea_, y _Pseudo Narcissus odoripherus_ +presentáronse muy guapetones, de levitín, y alguno de ellos con guantes +acabados de comprar, y rodearon a la novia, y la felicitaron y aun le +dieron bromas, viéndose ella apuradísima para contestarles. Por fin, +doña Lupe dio la voz de mando, y a la iglesia todo el mundo. + +Fortunata tenía la boca extraordinariamente amarga, cual si estuviera +mascando palitos de quina. Al entrar en la parroquia sintió horrible +miedo. Figurábase que su enemigo estaba escondido tras un pilar. Si +sentía pasos, creía que eran los de él. La ceremonia verificose en la +sacristía, y duró poco tiempo. Impresionaron mucho a la novia los +símbolos del Sacramento, y por poco se cae redonda al suelo. Y al propio +tiempo sentía en sí una luz nueva, algo como un sacudimiento, el choque +de la dignidad que entraba. La idea del señorío enderezó su espíritu, +que estaba como columna inclinada y próxima a perder el equilibrio. +¡Casada!, ¡honrada o en disposición de serlo! Se reconocía otra. Estas +ideas, que quizás procedían de un fenómeno espasmódico, la confortaron; +pero al salir volvió a sentirse acometida del miedo. ¡Si por acaso el +enemigo se le aparecía...! Porque Mauricia le había dicho que rondaba, +que rondaba, que rondaba... ¡Aquí de la Virgen! Pero ¡qué cosas! ¡Si +María Santísima protegía ahora al enemigo! Esta idea extravagante no la +podía echar de sí. ¿Cómo era posible que la Virgen defendiera el pecado? +¡Tremendo disparate!, pero disparate y todo, no había medio de +destruirlo. + +De regreso a la casa, doña Lupe no cabía en su pellejo; de tal modo se +crecía y se multiplicaba atendiendo a tantas y tan diferentes cosas. Ya +recomendaba en voz baja a Fortunata que no estuviese tan displicente con +doña Silvia; ya corría al comedor a disponer la mesa; ya se liaba con +Papitos y con Patricia, y parecía que a la vez estaba en la cocina, en +la sala, en la despensa y en los pasillos. Creeríase que había en la +casa tres o cuatro viudas de Jáuregui funcionando a un tiempo. Su mente +se acaloraba ante la temerosa contingencia de que el almuerzo saliera +mal. Pero si salía bien, ¡qué triunfo! El corazón le latía con fuerza, +comunicando calor y fiebre a toda su persona, y hasta la pelota de +algodón parecía recibir también su parte de vida, palpitando y +permitiéndose doler. Por fin, todo estuvo a punto. Juan Pablo, que no +había ido a la iglesia, pero que se había unido a la comitiva al volver +de ella, buscaba un pretexto para retirarse. Entró en el comedor cuando +sonaba el pataleo de las sillas en que se iban acomodando los +comensales, y contó... «Me voy--dijo--, para no hacer trece». Algunos +protestaron de tal superstición, y otros la aplaudieron. A D. Basilio le +parecía esto incompatible con las luces del siglo, y lo mismo creía doña +Lupe; pero se guardó muy bien de detener a su sobrino por la ojeriza que +le tenía, y Juan Pablo se fue, quedando en la mesa los comensales en la +tranquilizadora cifra de doce. + +Durante el almuerzo, que fue largo y fastidioso, Fortunata siguió muy +encogida, sin atreverse a hablar, o haciéndolo con mucha torpeza cuando +no tenía más remedio. Temía no comer con bastante finura y revelar +demasiado su escasa educación. El temor de parecer ordinaria era causa +de que las palabras se detuvieran en sus labios en el momento de ser +pronunciadas. Doña Lupe, que la tenía al lado, estaba al quite para +auxiliarla si fuera menester, y en los más de los casos respondía por +ella, si algo se le preguntaba, o le soplaba con disimulo lo que debía +de decir. + +A un tiempo notaron Fortunata y doña Lupe que Maximiliano no se sentía +bien. El pobrecito quería engañarse a sí mismo, haciéndose el valiente; +mas al fin se entregó. «Tú tienes jaqueca» le dijo su tía. «Sí que la +tengo--replicó él con desaliento, llevándose la mano a los ojos--; pero +quería olvidarla a ver si no haciéndole caso, se pasaba. Pero es inútil; +no me escapo ya. Parece que se me abre la cabeza. Ya se ve, la agitación +de ayer, la mala noche, porque a las tres de la mañana desperté creyendo +que era la hora, y no volví a dormir». + +Hubo en la mesa un coro compasivo. Todos dirigían al pobre jaquecoso +miradas de lástima y algunos le proponían remedios extravagantes. + +«Es mal de familia--observó Nicolás--, y con nada se quita. Las mías +han sido tan tremendas, que el día que me tocaba, no podía menos que +compararme a San Pedro Mártir, con el hacha clavada en la cabeza. Pero +de algún tiempo a esta parte se me alivian con jamón». + +--¿Cómo es eso?... ¿aplicándose una tajada a la cabeza? + +--No, hija... comiéndolo...--¡Ah!, uso interno...--Vale más que te +retires--dijo Fortunata a su marido, cuyo sufrimiento crecía por +instantes. + +Doña Lupe fue de la misma opinión, y Maximiliano pidió permiso para +retirarse, siéndole concedido con otro coro de lamentaciones. El +almuerzo tocaba ya a su fin. Fortunata se levantó para acompañar a su +marido, y no hay que decir que, sintiendo el motivo, se alegraba de +abandonar la mesa, por verse libre de la etiqueta y de aquel suplicio de +las miradas de tanta gente. Maxi se echó en su cama; su mujer le arropó +bien, y cerrando las maderas, fue a la cocina a hacer un té. Allí +tropezó con doña Lupe, que le dijo: + +«Primero es el café. Ya lo están esperando. Ayúdame, y luego harás el té +para tu marido. Lo que él necesita más es descanso». + +La sobremesa fue larga. Pegaron la hebra D. Basilio y Nicolás sobre el +carlismo, la guerra y su solución probable, y se armó una gran +tremolina, porque intervinieron los farmacéuticos, que eran atrozmente +liberales, y por poco se tiran los platos a la cabeza. Torquemada +procuraba pacificar, y entre unos y otros molestaban mucho al enfermo +con la bulla que hacían. Por fin, a eso de las cuatro fueron desfilando, +teniendo la desposada que oír los plácemes empalagosos que le dirigían, +confundidos con bromas de mal gusto, y contestar a todo como Dios le +daba a entender. La tarde pasola Maxi muy mal; le dieron vómitos y se +vio acometido de aquel hormigueo epiléptico que era lo que más le +molestaba. Al anochecer se empeñó en que se había de ir a la nueva casa, +y su mujer y su tía no podían quitárselo de la cabeza. + +«Mira que te vas a poner peor. Duerme aquí, y mañana...». + +--No, no quiero. Me siento algo aliviado. El periodo más malo pasó ya. +Ahora el dolor está como indeciso, y dentro de media hora aparecerá en +el lado derecho, dejándome libre el izquierdo. Nos vamos a casa, me +acuesto entre sábanas y allí pasaré lo que me resta. + +Fortunata insistía en que no se moviese, pero él se levantó y se puso la +capa. No hubo más remedio que emprender la marcha para la otra casa. + +«Tía--dijo Maxi--, que no se olvide el frasco de láudano. Cógelo tú, +Fortunata, y llévalo. Cuando me meta en la cama, trataré de dormir, y +si no lo consigo, echarás seis gotas, cuidado... seis gotas nada más de +esta medicina en un vaso de agua, y me las darás a beber». + +Muy abrigado y la cabeza bien envuelta para que no le diese frío, +lleváronle a la casa matrimonial, que fue estrenada en condiciones poco +lisonjeras. La distancia entre ambos domicilios era muy corta. Al +atravesar la calle de Santa Feliciana, Fortunata creyó ver... juraría... +Le corrió una exhalación fría por todo el cuerpo. Pero no se atrevía a +mirar para atrás con objeto de cerciorarse. Probablemente no era más que +delirio y azoramiento de su alma, motivados por las mil andróminas que +le había contado Mauricia. + +Llegaron, y como todo estaba preparado para pernoctar, nada echaron de +menos. Sólo se hablan olvidado unas bujías y Patricia bajó a traerlas. +Acostado Maxi, sucedió lo que se temía: que se puso peor, y vuelta a los +vómitos y a la desazón espasmódica. «Tú no quieres hacer caso de mí... +¡Cuánto mejor que hubieras dormido en casa esta noche! Ahí tienes el +resultado de tu terquedad». Después de expresar su opinión autoritaria +de esta manera, doña Lupe, viendo a su sobrino más tranquilo y como +vencido del sopor, empezó a dar instrucciones a Fortunata sobre el +gobierno de la casa. No aconsejaba, sino que disponía. Por dar órdenes, +hasta le dijo lo que había de mandar traer de la plaza al día +siguiente, y al otro y al otro. «Y cuidado con dejar de tomarle la +cuenta a la muchacha, al céntimo, pues Torquemada dice que no la abona y +no hay que fiar... Si te falta algún cacharro en la cocina, no lo +compres; yo te lo compraré, porque a ti te clavan... Nada de comprar +petróleo en latas... el fuego me horripila. Desde mañana vendrá el +petrolero de casa y le tomas lo que se gaste en el día... Patatas y +jabón, una arroba de cada cosa. Cuidado cómo te sales de un diario de +dieciséis reales todo lo más... El día que sea conveniente un +extraordinario, me lo avisas... Yo iré con Papitos a la plaza de San +Ildefonso, y te traeré lo que me parezca bien... A Maxi le pones mañana +dos huevitos pasados, ya sabes, y un sopicaldo. Los demás días su +chuletita con patatas fritas. No compres nunca merluza en Chamberí. +Papitos te la traerá. Mucho ojo con este carnicero, que es más ladrón +que Judas. Si tienes alguna cuestión con él, nómbrame a mí y le verás +temblar...». Y por aquí siguió amonestando y apercibiendo con ínfulas de +verdadera ama y canciller de toda la familia. La suerte que se marchó. + +Serían las diez cuando la desposada se quedó sola con su marido y con +Patricia. Maxi no acababa de tranquilizarse, por lo que fue preciso +apelar al remedio heroico. El mismo enfermo lo pidió, dejando oír una +voz quejumbrosa que salía de entre las sábanas, y que por su tenuidad +no parecía corresponder a la magnitud del lecho. Fortunata cogió el +cuenta gotas y acercando la luz preparó la pócima. En vez de siete gotas +no puso más que cinco. Le daba miedo aquella medicina. Tomola Maxi y al +poco rato se quedaba dormido con la boca abierta, haciendo una mueca que +lo mismo podía ser de dolor que de ironía. + + + + +--iv-- + + +Al ver dormido a su esposo, pareciole a Fortunata que se alejaba; +encontrose sola, rodeada de un silencio alevoso y de una quietud +traidora. Dio varias vueltas por la casa, sin apartar el pensamiento y +las miradas de los tabiques que separaban su cuarto del inmediato, y los +tales tabiques se le antojaron transparentes, como delgadas gasas, que +permitían ver todo lo que de la otra parte pasaba. Andando de puntillas +por los pasillos y por la sala, percibió rumor de voces. Si aplicara el +oído a la pared, oiría quizás claramente; pero no se atrevió a +aplicarlo. Por la ventana del comedor que daba a un patio medianero, +veíase otra ventana igual con visillos en los cristales. Allí lucía una +lámpara con pantalla verde, y alrededor de ella pasaban bultos, sombras, +borrosas imágenes de personas, cuyas caras no se podían distinguir. + +Después de hacer estas observaciones, fue a la cocina, donde estaba la +criada preparando los trastos para el día siguiente. Era tan hacendosa y +tan corrida en el oficio, que la misma doña Lupe se sorprendía de verla +trabajar, porque despachaba las cosas en un decir Jesús, sin +atropellarse. Pero a Fortunata le era antipática por aquella amabilidad +empalagosa tras de la cual vislumbraba la traición. + +«Patricia--le dijo su ama, afectando una curiosidad indiferente--. ¿Sabe +usted qué gente es esa del cuarto de al lado?». + +--Señorita--replicó la criada sin dejarla concluir--; como estoy aquí +desde el día antes de salir usted del convento, ya conozco a toda la +vecindad... ¿sabe? En ese cuarto vive una señora muy fina que la llaman +doña Cirila. Su marido es no sé qué del tren. Tiene una gorra con +galones y letras. Esta noche, cuando bajé por las bujías, me encontré a +la vecina en la tienda y me preguntó por el señorito. Dijo que cualquier +cosa que se ofreciera... ¿sabe? Es muy amable. Ayer entró aquí a ver la +casa, y yo pasé a la suya... Dice que tiene muchas ganas de hacerle a +usted la visita. + +--¡A mí!--replicó Fortunata sentándose en la silla de la cocina, junto a +la mesa de pino blanco--. ¡Qué confianzudo está el tiempo! Y usted, +¿para qué se ha metido allá, sin más ni más?... ¿Qué sabía usted si a mí +me gustaba o no me gustaba entrar en relaciones...? + +--Yo... señorita... calculé que... + +--Nada, estoy vendida...--pensó Fortunata--, y esta mujer es el mismo +demonio. + +Un rato estuvo meditando, hasta que Patricia, mientras ponía los +garbanzos de remojo, la sacó de su abstracción con estas mañosas +palabras: + +«Díjome doña Cirila que es usted muy linda, ¿sabe?... que esta mañana la +vio a usted en la iglesia y que le fue muy simpática. Verá usted, cuando +la trate, que también ella se deja querer. Dice que se alegrará mucho de +que usted pase a su casa cuando guste... con confianza, y que de noche +están jugando a la brisca hasta las doce». + +--¡Que pase yo allá!... ¡yo! + +--Claro... y esta noche misma puede pasar, puesto que el señorito duerme +y no son más que las diez... Digo, si quiere distraerse un rato. + +«¿Pero qué está usted diciendo? ¡Distraerme yo!». + +Fortunata se habría dejado llevar del primer impulso de cólera, si en su +alma no hubiera nacido otro impulso de tolerancia, unido a cierta +relajación de conciencia. Se calló, y en aquel instante llamaron a la +puerta. + +«¡Llaman!... No abra usted, no abra usted» dijo con presentimiento de +un cercano peligro. + +--¿Por qué, señorita?... ¿A qué esos miedos...? Miraré por el +ventanillo. + +Y fue hacia el recibimiento. Desde la cocina oyó Fortunata cuchicheo en +la puerta. Duró poco, y la criada volvió diciendo: + +«Los de al lado... la misma señorita Cirila fue la que llamó. Nada; que +si teníamos por casualidad azucarillos... Le he dicho que no. Me +preguntó cómo seguía el señorito. Le contesté que duerme como un lirón». + +Fortunata salió de la cocina sin decir nada, cejijunta y con los labios +temblorosos. Fue a la alcoba y observó a su marido que dormía +profundamente, pronunciando en su delirio opiáceo palabras amorosas +entremezcladas con términos de farmacia: «Ídolo... De acetato de +morfina, un centigramo... Cielo de mi vida... Clorhidrato de amoniaco, +tres gramos... disuélvase...». + +Volviendo a la cocina, mandó a la criada que se acostase; pero la señora +Patria no tenía sueño. «Mientras la señorita no se acueste, ¿para qué me +he de acostar yo? Podría ofrecerse algo». Y la muy picarona quería +entablar conversación con su ama; mas esta no le respondía a nada. De +pronto, el despierto oído de Fortunata, cuyo pensamiento estaba +reconcentrado en la trampa que a su parecer se le armaba, creyó sentir +ruido en la puerta. Parecía como si cautelosamente probaran llaves +desde fuera para abrirla. Fue allá muerta de miedo, y al acercarse cesó +el ruido; ella no las tenía todas consigo, y llamó a Patria: «Juraría +que alguien anda en la puerta... Pero qué, ¿no ha echado usted el +cerrojo?». + +Observó entonces que el cerrojo no estaba echado, y lo corrió con mucho +cuidado para no hacer ruido. + +«¡Vaya, que si yo me fiara de usted para guardar la casa!... A ver, +atención... ¿No siente usted un ruidito como si alguien estuviera +tentando la cerradura?... ¿Ve usted?, ahora empujan... ¿qué es esto?». + +--Señorita... ¿sabe?, es el viento que rebulle en la escalera. No sea +usted tan medrosica... + +Lo más particular era que la misma Fortunata, al correr el cerrojo con +tanto cuidado, había sentido, allá en el más apartado escondrijo de su +alma, un travieso anhelo de volverlo a descorrer. Podría ser ilusión +suya; pero creía ver, cual si la puerta fuera de cristal, a la persona +que tras esta, a su parecer, estaba... Le conocía, ¡cosa más rara!, en +la manera de empujar, en la manera de rasguñar la fechadura en la manera +de probar una llave que no servía. Durante un rato, señora y criada no +se miraron. A la primera le temblaban las manos y le andaba por dentro +del cráneo un barullo tumultuoso. La sirviente clavaba en la señora sus +ojos de gato, y su irónica sonrisa podría ser lo mismo el único aspecto +cómico de la escena que el más terrible y dramático. Pero de repente, +sin saber cómo, criada y ama cruzaron sus miradas, y en una mirada +pareció que se entendieron. Patria le decía con sus ojuelos que +arañaban: «Abra usted, tonta, y déjese de remilgos». La señora decía: +«¿Le parece a usted bien que abra?... ¿Cree usted que...?». + +Pero a Fortunata la ganó de súbito el decoro, y tuvo un rechazo de honor +y dignidad. + +«Si esto sigue--dijo--, despertaré a mi marido. ¡Ah!, ya parece que se +retira el ladrón, pues ladrón debe de ser...». + +Tocó el cerrojo para cerciorarse de que estaba corrido, y se fue a la +sala. Patricia volvió a la cocina. + +«En todo caso, es demasiado pronto» pensó Fortunata sentándose en una +silla y poniéndose a pensar. Fue como una concesión a las ideas malas +que con tanta presteza surgían de su cerebro, como salen del hormiguero +las hormigas, en larga procesión, negras y diligentes. Después trató de +rehacerse de nuevo: «Resueltamente, mañana le digo a mi marido que la +casa no me gusta y que es preciso que nos mudemos. Y a esta sinvergüenza +la planto en la calle». + +¡Qué cosas pasan! De improviso, obedeciendo a un movimiento +irresistible, casi puramente mecánico y fatal, Fortunata se levantó y +saliendo de la sala, se acercó a la puerta. En aquel acto, todo lo que +constituye la entidad moral había desaparecido con total eclipse del +alma de la infortunada mujer; no había más que el impulso físico, y lo +poco que de espiritual había en ello, engañábase a sí mismo creyéndose +simple curiosidad. Aplicó el oído a la rejilla... Pues sí, la persona, +el ladrón o lo que fuera, continuaba allí. Instintivamente, como el +suicida pone el dedo en el gatillo, llevó la mano al cerrojo; pero así +como el suicida, instintivamente también, se sobrecoge y no tira, apartó +su mano del cerrojo, el cual tenía el mango tieso hacia adelante como un +dedo que señala. + +Entonces, por los huecos de la rejilla, de fuera adentro, penetraron +estas palabras adelgazadas por la voz, cual si hubieran de pasar por un +tamiz finísimo: «Nena, nena... ahora sí que no te me escapas». + +Fortunata no hizo movimiento alguno. Se había convertido en estatua. +Creía estar sola, y vio que Patria se acercaba pasito a pasito, pisando +como los gatos. No con el lenguaje, sino con aquella cara gatesca y +aquella boca que parecía que se estaba siempre relamiendo, decía: +«Señorita, abra usted y no haga más papeles. Si al fin ha de abrir +mañana, ¿por qué no abre esta noche?». + +Como si esto hubiera sido expresado con la voz, con la voz respondió la +señora: «No, no abro». + +--Vaya por Dios... Largo y temeroso silencio siguió a esto. Después +sintieron que se abría y se cerraba la puerta del cuarto vecino. +Fortunata respiró. El _otro_, cansado de esperar, se retiraba. + +«Vaya por Dios» repitió Patria, como si dijera: «Tanto repulgo para +caerse luego...». + +Pasado un cuarto de hora, sintieron que se abría otra vez la puerta de +la izquierda. Corrió Fortunata al ventanillo, miró con cuidado y... el +_otro_ salía embozado en su capa con vueltas encarnadas. La emoción que +sintió al verle fue tan grande, que se quedó como yerta, sin saber dónde +estaba. Hacía tres años que no le había visto... Observó un hecho muy +desagradable: al salir el tal, no había mirado a la puerta de la +derecha, como parecía natural... Estaba enojado sin duda... + +Y movida del mismo impulso mecánico, la señora de Rubín corrió al balcón +de la sala, y abrió quedamente la madera... En efecto, le vio atravesar +la calle y doblar la esquina de la de Don Juan de Austria. Tampoco había +mirado para los balcones de la casa, como es natural mire el chasqueado +expugnador de una plaza, al retirarse de sus muros. + +Patricia se permitió la confianza de poner su mano en el hombro de su +ama, diciéndole: + +«Ahora sí que nos podemos acostar. ¡Qué susto hemos pasado!». Fortunata +le respondió: «¿Susto yo?... ¡quia!». Todo esto se decía con un +cuchicheo cauteloso, y lo mismo lo habrían dicho aunque no hubiera allí +un enfermo cuyo sueño había que respetar. La criada se deslizó +blandamente por los oscuros pasillos y el ama entró en la alcoba. Al ver +a su marido, sintió como si lo que está a cien mil leguas de nosotros se +nos pusiera al lado de repente. Maxi había dado vueltas en el lecho y +dormía como los pájaros, con la cabeza bajo el ala. El mezquino cuerpo +se perdía en la anchura de aquella cama tan grande, y allí podía +pasearse en sueños el esposo como en los inconmensurables espacios del +Limbo. + +La esposa no se acostó, y acercando una butaca a la cama, y echándose en +ella, cerró los ojos. Y allá de madrugada fue vencida del sueño, y se le +armó en el cerebro un penoso tumulto de cerrojos que se descorrían, de +puertas que se franqueaban, de tabiques transparentes y de hombres que +se colaban en su casa filtrándose por las paredes. + + + + +--v-- + + +A la mañana siguiente, Maxi estaba mejor, pero rendidísimo. Daba lástima +verle. Su palidez era como la de un muerto; tenía la lengua blanca, +mucha debilidad y ningún apetito. + +Diéronle algo de comer, y Fortunata opinó que debía quedarse en la cama +hasta la tarde. Esto no le disgustaba a Maxi, porque sentía cierto +alborozo infantil de verse en aquel lecho tan grandón y rodar por él. La +mujer le cuidaba como se cuida a un niño, y se había borrado de su mente +la idea de que era un hombre. + +Vino doña Lupe muy temprano, y enterada que Maxi estaba bien, empezó a +dar órdenes y más órdenes, y a incomodarse porque ciertas cosas no se +habían hecho como ella mandara. Iba de la sala a la cocina y de la +cocina a la sala, dictando reglas y pragmáticas de buen gobierno. Maxi +se quejaba de que su mujer estaba más tiempo fuera de la alcoba que en +ella, y la llamaba a cada instante. + +«Gracias a Dios, hija, que pareces por aquí. Ni siquiera me has dado un +beso. ¡Qué día de boda, hija, y qué noche! Esta maldita jaqueca... pero +ya pasó, y ahora lo menos en quince días no me volverá a dar... ¡Vamos!, +ya estás otra vez queriendo marcharte a la cocina. ¿No está ahí esa +señora Patria?». + +--Ha ido a la compra. La que está es tu tía, por cierto dando +_tantismas_ órdenes, que no sabe una a cuál atender primero. + +--Pues déjala. Tú, a todo di que sí, y luego haces lo que quieras, +pichona. Ven acá... Que trabaje Patria; para eso está. ¡Qué bien sirve! +¿verdad? Es una mujer muy lista. + +--Ya lo creo...--¿Te vas de veras?--Sí, porque si no, tu tía me va a +echar los tiempos. + +--¡Pues me gusta!... Entonces me levanto, y me voy también a la cocina. +Yo quiero estarte mirando hasta que me harte bien. Ahora eres mía; soy +tu dueño único, y mando en ti. + +--Vuelvo al momentito, rico...--Estos momentitos me cargan--dijo él +nadando en las sábanas como si fueran olas. + +Toda la mañana tuvo Fortunata el pensamiento fijo en la casa vecina. +Mientras almorzaba sola, miraba por la ventana del patio, pero no vio a +nadie. Parecía vivienda deshabitada. Siempre que pasaba por la sala +echaba la esposa de Rubín miradas furtivas a la calle. Ni un alma. Sin +duda la trampa se armaba sólo por las noches. + +A la tarde, hallándose sola con Patricia en la cocina, tuvo ya las +palabras en la boca para preguntarle: «¿y los de al lado?». Pero no +desplegó sus labios. Debió de penetrar la maldita gata aquella en el +pensamiento de su ama, pues como si contestara a una pregunta, le dijo +de buenas a primeras: + +«Pues ahorita, cuando bajé a la carnicería, ¿sabe?, encontreme a la +señorita Cirila. Me preguntó por el señorito, y dijo que pasaría a verla +a usted, sin decir cuándo ni cuándo no. + +--No me venga usted con cuentos de... esa familiona--contestó Fortunata, +cuyo ánimo estaba bastante aplacado para poder tomar aquella correcta +actitud--. Ni qué me importa a mí... ¿me entiende usted? + +Maximiliano se levantó, dio algunas vueltas; pero estaba tan débil, que +tuvo que volver a acostarse. Ella, en tanto, seguía observando. No se +oía en la vecindad ningún rumor. Por la noche igual silencio. Parecía +que a la doña Cirila, a su marido, el de la gorra con letras, y a los +amigos que les visitaban, se les había tragado la tierra. Por la noche, +sintió Fortunata tristeza y desasosiego tan grandes, que no sabía lo que +le pasaba. Se habría podido creer que la contrariaba el no ver a nadie +de la casa próxima, el no sentir pisadas, ni ruido de puertas, ni nada. +Maximiliano, que desde media tarde había vuelto a nadar entre las +agitadas sábanas del lecho, y estaba tan impertinente como un niño +enfermo que ha entrado en la convalecencia, dijo a su consorte, ya cerca +de las diez, que se acostase, y esta obedeció; mas la repugnancia y +hastío que inundaban su alma en aquel instante eran de tal modo +imperiosos, que le costó trabajo no darlos a conocer. Y el pobre chico +no se encontraba en aptitud de expresarle su desmedido amor de otro modo +que por manifestaciones relacionadas exclusivamente con el pensamiento y +con el corazón. Palabras ardientes sin eco en ninguna concavidad de la +máquina humana, impulsos de cariño propiamente ideales, y de aquí no +salía, es decir, no podía salir. Fortunata le dijo con expresión +fraternal y consoladora: «Mira, duérmete, descansa y no te acalores. +Anoche has estado muy malito, y necesitas unos días para reponerte. +Hazte cuenta que no estoy aquí, y a dormir se ha dicho». Si lo +tranquilizó, no se sabe; pero ello es que se quedó dormida, y no +despertó hasta las siete de la mañana. + +Maxi se quedó más tiempo en la cama, hartándose de sueño, aquel reparo +que su desmedrada constitución reclamaba. Púsose Fortunata a arreglar la +casa y mandó a Patricia a la compra, cuando he aquí que entra doña Lupe +toda descompuesta: «¿No sabes lo que pasa? Pues una friolera. Déjame +sentar que vengo sofocadísima. Vaya que dan que hacer mis dichosos +sobrinos. Anoche han puesto preso a Juan Pablo. Ha venido a decírmelo +ahora mismo D. Basilio. Entraron los de la policía en la casa de esa +mujer con quien vive ahora, ¿te vas enterando?, y después de registrar +todo y de coger los papeles, trincaron a mi sobrino, y en el Saladero me +le tienes... Vamos a ver, ¿y qué hago yo ahora? Francamente, se ha +portado muy mal conmigo; es un mal agradecido y un manirroto. Si sólo se +tratara de tenerle unos días en la cárcel, hasta me alegraría, para que +escarmiente y no vuelva a meterse donde no le llaman. Pero me ha dicho +D. Basilio que a todos los presos de anoche... han cogido a mucha +gente... les van a mandar nada menos que a las islas Marianas; y aunque +Juan Pablo se tiene bien merecido este paseo, francamente, es mi +sobrino, y he de hacer cuanto pueda para que le pongan en libertad». + +Maxi, que oyera desde la alcoba algunas palabras de este relato, llamó; +y doña Lupe lo repitió en su presencia, añadiendo: + +«Es preciso que te levantes ahora mismo y vayas a ver a todas las +personas que puedan interesarse por tu hermano, que bien ganado se tiene +el achuchón, ¡pero qué le hemos de hacer!... Tú verás a D. León Pintado, +para que te presente al Doctor Sedeño, el cual te presentará a D. Juan +de Lantigua, que aunque es un señor muy _neo_, tiene influencia por su +respetabilidad. Yo pienso ver a Casta Moreno para que interceda con D. +Manuel Moreno Isla, y este le hable a Zalamero, que está casado con la +chica de Ruiz Ochoa. Cada uno por su lado, beberemos los vientos para +impedir que le plantifiquen en las islas Marianas». Vistiose el joven a +toda prisa, y doña Lupe, en tanto, dispuso que no se hiciese almuerzo en +la cocina de Fortunata, y que esta y su marido almorzaran con ella, para +estar de este modo reunidos en día de tanto trajín. Maxi salió después +de desayunarse, y su mujer y su tía se fueron a la otra casa. Por el +camino, doña Lupe decía: «Es lástima que Nicolás se haya ido a Toledo +hace dos días, pues si estuviera aquí, él daría pasos por su hermano, y +con seguridad le sacaría hoy mismo de la cárcel, porque los curas son +los que más conspiran y los que más pueden con el Gobierno... Ellos la +arman, y luego se dan buena maña para atarles las manos a los ministros +cuando tocan a castigar. Así está el país que es un dolor... todo tan +perdido... ¡Hay más miseria...!, y las patatas a seis reales arroba, +cosa que no se ha visto nunca». + +Púsose la viuda en movimiento con aquella actividad valerosa que le +había proporcionado tantos éxitos en su vida, y Fortunata y Papitos +quedaron encargadas de hacer el almuerzo. A la hora de este, volvió doña +Lupe sofocada, diciendo que Samaniego, el marido de Casta Moreno, se +hallaba en peligro de muerte y que por aquel lado no podía hacerse nada. +Casta no estaba en disposición de acompañarla a ninguna parte. Tocaría, +pues, a otra puerta, yéndose derechita a ver al Sr. de Feijoo, que era +amigo suyo y había sido su pretendiente, y tenía gran amistad con don +Jacinto Villalonga, íntimo del Ministro de la Gobernación. A poco llegó +don Basilio diciendo que Maxi no venía a almorzar. «Ha ido con D. León +Pintado a ver a no sé qué personaje, y tienen para un rato». + +Fortunata determinó volverse a su casa, pues tenía algo que hacer en +ella, y repitiéndole a Papitos las varias disposiciones dictadas por la +autócrata en el momento de su segunda salida, se puso el mantón y cogió +calle. No tenía prisa y se fue a dar un paseíto, recreándose en la +hermosura del día, y dando vueltas a su pensamiento, que estaba como el +Tío Vivo, dale que le darás, y torna y vira... Iba despacio por la calle +de Santa Engracia, y se detuvo un instante en una tienda a comprar +dátiles, que le gustaban mucho. Siguiendo luego su vagabundo camino, +saboreaba el placer íntimo de la libertad, de estar sola y suelta +siquiera poco tiempo. La idea de poder ir a donde gustase la excitaba +haciendo circular su sangre con más viveza. Tradújose esta disposición +de ánimo en un sentimiento filantrópico, pues toda la calderilla que +tenía la iba dando a los pobres que encontraba, que no eran pocos... Y +anda que andarás, vino a hacerse la consideración de que no sentía +malditas ganas de meterse en su casa. ¿Qué iba ella a hacer en su casa? +Nada. Conveníale sacudirse, tomar el aire. Bastante esclavitud había +tenido dentro de las Micaelas. ¡Qué gusto poder coger de punta a punta +una calle tan larga como la de Santa Engracia! El principal goce del +paseo era ir solita, libre. Ni Maxi ni doña Lupe ni Patricia ni nadie +podían contarle los pasos, ni vigilarla ni detenerla. + +Se hubiera ido así... sabe Dios hasta dónde. Miraba todo con la +curiosidad alborozada que las cosas más insignificantes inspiran a la +persona salida de un largo cautiverio. Su pensamiento se gallardeaba en +aquella dulce libertad, recreándose con sus propias ideas. ¡Qué bonita, +_verbi gracia_, era la vida sin cuidados, al lado de personas que la +quieren a una y a quien una quiere...! Fijose en las casas del barrio de +las Virtudes, pues las habitaciones de los pobres le inspiraban siempre +cariñoso interés. Las mujeres mal vestidas que salían a las puertas y +los chicos derrotados y sucios que jugaban en la calle atraían sus +miradas, porque la existencia tranquila, aunque fuese oscura y con +estrecheces, le causaba envidia. Semejante vida no podía ser para ella, +porque estaba fuera de su centro natural, Había nacido para menestrala; +no le importaba trabajar _como el obispo_ con tal de poseer lo que por +suyo tenía. Pero alguien la sacó de aquel su primer molde para lanzarla +a vida distinta; después la trajeron y la llevaron diferentes manos. Y +por fin, otras manos empeñáronse en convertirla en señora. La ponían en +un convento para moldearla de nuevo, después la casaban... y tira y +dale. Figurábase ser una muñeca viva, con la cual jugaba una entidad +invisible, desconocida, y a la cual no sabía dar nombre. + +Ocurriole si no tendría ella _pecho_ alguna vez, quería decir +iniciativa... si no haría alguna vez lo que le saliera _de entre sí_. +Embebecida en esta cavilación llegó al Campo de Guardias, junto al +Depósito. Había allí muchos sillares, y sentándose en uno de ellos, +empezó a comer dátiles. Siempre que arrojaba un hueso, parecía que +lanzaba a la inmensidad del pensar general una idea suya, calentita, +como se arroja la chispa al montón de paja para que arda. + +«Todo va al revés para mí... Dios no me hace caso. Cuidado que me pone +las cosas mal... El hombre que quise, ¿por qué no era un triste albañil? +Pues no; había de ser señorito rico, para que me engañara y no se +pudiera casar conmigo... Luego, lo natural era que yo le aborreciera... +pues no señor, sale siempre la mala, sale que le quiero más... Luego lo +natural era que me dejara en paz, y así se me pasaría esto; pues no +señor, la mala otra vez; me anda rondando y me tiene armada una +trampa... También era natural que ninguna persona decente se quisiera +casar conmigo; pues no señor, sale Maxi y... ¡tras!, me pone en el +disparadero de casarme, y nada, cuando apenas lo pienso, bendición al +canto... ¿Pero es verdad que estoy casada yo?...». + + + + +--vi-- + + +Miraba el hueso del dátil que se acababa de comer, y como si el hueso le +dijera que sí, hizo ella un signo afirmativo y algo desconsolado... +«¡Vaya si lo estoy!». Quedose tan profundamente ensimismada, que olvidó +dónde estaba. Pero levantándose de repente, echó a andar hacia abajo, +como los que llevan en el cerebro ese cascabel que se llama _idea fija_. +Había subido la luenga calle con aires de paseante, distraída, alegre, +vago el mirar; bajábala como los monomaniacos. Al llegar frente a la +iglesia, sacola de este embebecimiento un ruido de pasos que sintió tras +sí. «Estos pasos son los suyos--pensó--; pues lo que es yo no miro para +atrás. ¿Qué haré? Aprisita, aprisita». + +La curiosidad pudo más que nada y Fortunata miró; no era. Más adelante +sintió otra vez pasos persistentes y vio una sombra que se extendía por +la calle, paralela a su sombra. Aquel sí era... ¿Miraría? No; más valía +no darse por entendida... Por fin, la pícara curiosidad... Miró y +tampoco era. Al llegar a su casa estaba más tranquila. Cuando Patria +abrió la puerta, le preguntó: «¿Ha venido alguien? ¿El señorito +está?...». + +--El señorito no viene hasta la noche. Mandó un recado para que no le +esperase usted. + +Y la taimada gata se sonreía de un modo tan zalamero, que Fortunata no +pudo menos de preguntarle: «¿Quién está ahí?». + +Volvió a sonreír Patricia con infernal malicia, y... «¿Qué... pero +qué...?» balbució la señora acercándose de puntillas a la puerta de la +sala. Empujola suavemente hasta abrir un poquito. No veía nada. Abrió +más, más... Estaba pálida como si se hubiera quedado sin sangre... Abrió +más... acabáramos. En el sofá de la sala, tranquilamente sentado... +¡Dios!, _el otro_. Fortunata estuvo a punto de perder el conocimiento. +Le pasó un no sé qué por delante de los ojos, algo como un velo que baja +o un velo que sube. No dijo nada. Él, pálido también, se levantó y dijo +claramente: «Adelante, _nena_». + +Fortunata no daba un paso. De repente (el demonio explicara aquello), +sintió una alegría insensata, un estallido de infinitas ansias que en su +alma estaban contenidas. Y se precipitó en los brazos del Delfín, +lanzando este grito salvaje: «¡Nene!... ¡bendito Dios!». + +Olvidados de todo, los amantes estuvieron abrazados largo rato. La +prójima fue quien primero habló, diciendo: «Nene, me muero por ti...». + +«Ven acá» dijo Santa Cruz cogiéndola por una brazo. Dejábase llevar +ella, como la cosa más natural del mundo. Franquearon la puerta de la +casa, que estaba abierta. Y la del cuarto de la izquierda, ¡qué +casualidad!, abierta también. + +Luego que pasaron, alguien cerró. En aquella morada reinaba una +discreción alevosa. Juan la llevó a una salita muy bien puesta, junto a +la cual había una alcoba perfectamente arreglada. Sentáronse en el sofá +y se volvieron a abrazar. Fortunata estaba como embriagada, con cierto +desvarío en el alma, perdida la memoria de los hechos recientes. Toda +idea moral había desaparecido como un sueño borrado del cerebro al +despertar; su casamiento, su marido, las Micaelas, todo esto se había +alejado y puéstose a millones de leguas, en punto donde ni aun el +pensamiento lo podía seguir. Su amante le dijo con simpática voz: +«¡cuánto tenemos que hablar!» y a ella le entró una risa convulsiva, que +difícilmente podía expresarse: «Ji ji ji... ¡tres años!... no, más años, +más porque ji ji ji... ¿Ves cómo tiemblo? No sé lo que me pasa... pues +sí, más tiempo, porque cuando estuve aquí con ji ji ji... _Juárez el +Negro_, te vi y no te vi... y siempre él delante, y un día que le dije +que te quería, sacó un cuchillo muy grande, ji ji ji... y me quiso +matar... Yo muriéndome por hablarte y él que no... que no... Nuestro +_nenín_ muerto, y yo más muerta, ji ji; y en Barcelona me acordaba de ti +y te mandaba besos por el aire, y en Zaragoza... besos por el aire... ji +ji, y en Madrid lo mismo. Y cuando me metieron en el convento, +también... ji ji ji... besos por el aire... y tú sin acordarte de mí, +malo...». + +--¡Sin acordarme! Desde que volví de Valencia te estoy dando caza... ¡Lo +que he pasado, hija! Ya te contaré. Y al fin te he cogido... ¡ah, buena +pieza! Ahora me las pagarás todas juntas... ¡Cuánto me has hecho +sufrir!... ¡Más maldiciones le he echado a ese dichoso convento...! Pero +qué guapa estás, nena. + +--_Chi_. + +--Estás hermosísima.--_Chi_... para ti. + +El frío aquel de fiebre se trocó de improviso en calor violentísimo, y +la risa convulsiva en explosión de llanto. + +«No es día de llorar, sino de estar alegre». + +--¿Sabes de qué me acuerdo? De mi _nenín_ tan gracioso... Si hubiera +vivido, le habrías querido tú, ¿verdad? Me parece que le veo, cuando se +le llevaron en la cajita azul... Aquella misma noche fue cuando Juárez +el Negro me sacó un cuchillote tan grande, y me dijo con aquel vocerrón: +«Brr... son las ocho; reza lo que tengas que rezar, porque antes de las +nueve te mato». Estaba furioso de celos... ¡Ay, qué miedo tan atroz! + +--¡Cuánto tenemos que contar!... yo a ti, tú a mí. Ya sé que te has +casado. Has hecho bien. + +Este _has hecho bien_ le cayó a la prójima como una gota fría en el +corazón, trayéndola bruscamente a la realidad. Enjugando sus lágrimas, +se acordó de Maxi, de su boda; y su casa, que se había alejado cien +millas de leguas, se puso allí, a cuatro pasos, fúnebre y antipática. El +rechazo de su alma ante este fenómeno le secó en un instante todas las +lágrimas. + +«¿Y por qué hice bien?». + +--Porque así eres más libre y tienes un nombre. Puedes hacer lo que +quieras, siempre que lo hagas con discreción. He oído que tu marido es +un buen chico, que ve visiones... + +Al oír esto, vio Fortunata levantarse en su espíritu la imagen ideal, o +más bien, el espectro de su perversidad. Lo que acababa de hacer era de +lo que apenas tiene nombre, por lo muy extraordinario y anormal, en el +registro de las maldades humanas. El lugar, la ocasión daban a su acto +mayor fealdad, y así lo comprendió en un rápido examen de conciencia; +pero tenía la antigua y siempre nueva pasión tanto empuje y lozanía, que +el espectro huyó sin dejar rastro de sí. Se consideraba Fortunata en +aquel caso como ciego mecanismo que recibe impulso de sobrenatural mano. +Lo que había hecho, hacíalo, a juicio suyo, por disposición de las +misteriosas energías que ordenan las cosas más grandes del universo, la +salida del Sol y la caída de los cuerpos graves. Y ni podía dejar de +hacerlo, ni discutía lo inevitable, ni intentaba atenuar su +responsabilidad, porque esta no la veía muy clara, y aunque la viese, +era persona tan firme en su dirección, que no se detenía ante ninguna +consecuencia, y se _conformaba_, tal era su idea, _con ir al infierno_. + +«Esto de alquilar la casa próxima a la tuya--dijo Santa Cruz--, es una +calaverada que no puede disculparse sino por la demencia en que yo +estaba, niña mía, y por mi furor de verte y hablarte. Cuando supe que +habías venido a Madrid, ¡me entró un delirio...! Yo tenía contigo una +deuda del corazón, y el cariño que te debía me pesaba en la conciencia. +Me volví loco, te busqué como se busca lo que más queremos en el mundo. +No te encontré; a la vuelta de una esquina me acechaba una pulmonía para +darme el estacazo... caí». + +--¡Pobrecito mío!... Lo supe, sí. También supe que me buscaste. ¡Dios te +lo pague! Si lo hubiera sabido antes, me habrías encontrado. + +Esparció sus miradas por la sala; pero la relativa elegancia con que +estaba puesta no la afectó. En miserable bodegón, en un sótano lleno de +telarañas, en cualquier lugar subterráneo y fétido habría estado +contenta con tal de tener al lado a quien entonces tenía. No se hartaba +de mirarle. + +«¡Qué guapo estás!». + +--¿Pues y tú? ¡Estás preciosísima!... Estás ahora mucho mejor que antes. + +--¡Ah!, no--repuso ella con cierta coquetería--. ¿Lo dices porque me he +civilizado algo? ¡Quia!, no lo creas: yo no me civilizo, ni quiero; soy +siempre pueblo; quiero ser como antes, como cuando tú me echaste el +lazo y me cogiste. + +--¡Pueblo!, eso es--observó Juan con un poquito de pedantería--; en +otros términos: lo esencial de la humanidad, la materia prima, porque +cuando la civilización deja perder los grandes sentimientos, las ideas +matrices, hay que ir a buscarlos al bloque, a la cantera del pueblo. + +Fortunata no entendía bien los conceptos; pero alguna idea vaga tenía de +aquello. + +«Me parece mentira--dijo él--, que te tengo aquí, cogida otra vez con +lazo, fierecita mía, y que puedo pedirte perdón por todo el mal que te +he hecho...». + +--Quita allá... ¡perdón!--exclamó la joven anegándose en su propia +generosidad--. Si me quieres, ¿qué importa lo pasado? + +En el mismo instante alzó la frente, y con satánica convicción, que +tenía cierta hermosura por ser convicción y por ser satánica, se dejó +decir estas arrogantes palabras: + +«Mi marido eres tú... todo lo demás... ¡papas!». + +Elástica era la conciencia de Santa Cruz, mas no tanto que no sintiera +cierto terror al oír expresión tan atrevida. Por corresponder, iba él a +decir _mi mujer eres tú_; pero envainó su mentira, como el hombre +prudente que reserva para los casos graves el uso de las armas. + + + + +--vii-- + + +Ya de noche pasó Fortunata a su casa. Su marido no había llegado aún. +Mientras le esperaba, la pecadora volvió a ver el espectro aquel de su +perversidad; pero entonces le vio más claro, y no pudo tan fácilmente +hacerle huir de su espíritu. «Me han engañado--pensaba--, me han llevado +al casorio, como llevan una res al matadero, y cuando quise recordar, ya +estaba degollada... ¿Qué culpa tengo yo?». La casa estaba a oscuras y +encendió luz. Al arrojar la cerilla en el suelo, esta cayó encendida, y +Fortunata la miró con vivo interés, recordando una de las supersticiones +que le habían enseñado en su juventud. «Cuando la cerilla cae +prendida--se dijo--y con la llama vuelta para una, buena suerte». + +Maxi entró cansado y meditabundo; pero al ver a su mujer se puso alegre. +¡Todo un día sin verla! Le había traído un paquete de rosquillas. ¿Y +Juan Pablo? Al fin se arreglaría todo. Seguramente no iba a las islas +Marianas, pero quizás le tendrían en el Saladero quince o veinte días. +«Y merecido, hija. ¿Para qué se mete a buscarle el pelo al huevo?». + +Mientras comieron, Fortunata contemplaba a su marido, más que en la +realidad, en sí misma, y de este examen surgía un tedio abrumador, y la +antipatía de marras, pero tan agrandada, tanto, que ya no cabía más. Y +la perversa no trató de combatir aquel sentimiento; se recreaba en él +como en una monstruosidad que tiene algo de seductora. + +«Alma mía--le dijo su marido cuando acababan de comer--, veo con gusto +que no te falta apetito. ¿Quieres que nos vayamos ahora a un café?». + +--No--replicó ella secamente--. Estoy rendidísima. ¿No ves que se me +cierran los párpados? Lo que quiero es dormir. + +--Bueno, mejor; yo también lo deseo. + +Acostáronse, y el tiempo que aún estuvo despierta empleolo Fortunata en +hacer comparaciones. El cuerpo desmedrado de Maxi le producía, al tocar +el suyo, crispamientos nerviosos. Y también se dio a pensar en lo +molesto y difícil que era para ella tener que vivir dos vidas +diferentes, una verdadera, otra falsa, como las vidas de los que +trabajan en el teatro. A ella le era muy difícil representar y fingir, +por lo que su tormento se crecía considerablemente. «No podré, no +podré--pensaba al dormirse--hacer esta comedia mucho tiempo». A la +madrugada despertó después de un profundísimo y reparador sueño, y +entonces le dio por llorar, haciendo cálculos, representándose con gran +poder de la mente escenas probables, y condoliéndose de no poder ver a +su amante a todas horas. + +En los siguientes días, las escapadas al cuarto vecino tenían lugar a +horas varias, cuando Maxi salía. Iba a estudiar con un amigo para tomar +el grado, y además solía ir a la farmacia de Samaniego. Ya estaba +acordado que tendría plaza en el establecimiento. Aunque sus ausencias +eran seguras, ambos criminales determinaron poner el nido más lejos. En +tanto, Patricia hacía lo que le daba la gana. Las disposiciones de +Fortunata y aun de la misma doña Lupe eran letra muerta. Robaba +descaradamente, y su ama no se atrevía a reprenderla. Santa Cruz, que +era el autor de todo aquel fregado, no sabía cómo arreglarlo, cuando su +amiga le consultaba. El plan más prudente era tomar otro cuarto y +despedir luego a Patricia, dándole una buena propina para que se +callara. + +Algunos días el Delfín ofrecía regalos y dinero a su amante; pero esta +no quería tomar nada. Se le había encajado en la cabeza una manía +estrambótica, de que ambos se reían mucho, cuando ella la contaba. Pues +la manía era que Juanito _no debía_ ser rico. Para que las cosas fueran +en regla, _debía_ ser pobre, y entonces ella trabajaría _como una negra_ +para mantenerle. «Si tú hubieras sido albañil, carpintero o, pongo por +caso, celador del resguardo, otro gallo me cantara».--«Vaya por dónde te +ha dado ahora».--«Y nada más». No había medio de quitarle de la cabeza +aquella corrección de las obras de la Providencia. + +«En resumidas cuentas--le decía él--, eres una inocentona. Pero, di, ¿no +te gusta el lujo?». + +--Cuando no estoy contigo, me gusta algo, no mucho. Nunca me he chiflado +por los trapos. Pero cuando te tengo, lo mismo me da oro que cobre; seda +y percal todo es lo mismo. + +--Háblame con franqueza. ¿No necesitas nada? + +--«Nada; me lo puedes creer».--«¿Ese alma de Dios te da todo lo que +necesitas?».--«Todo; me lo puedes creer».--«Quiero regalarte un +vestido».--«No me lo pondré».--«Y un sombrero».--«Lo convertiré en +espuerta».--«¿Has hecho voto de pobreza?».--«Yo no he hecho voto de +nada. Te quiero porque te quiero, y no sé más». + +«Nada, enteramente primitiva» pensaba el Delfín, el bloque del pueblo, +al cual se han de ir a buscar los sentimientos que la civilización deja +perder por refinarlos demasiado. + +Un día hablaban de Maximiliano. «¡Infeliz chico!--decía Fortunata--, el +odio que le he tomado, no es odio verdadero sino lástima. Siempre me fue +muy antipático. Me dejé meter en las Micaelas y me dejé casar... ¿Sabes +tú cómo fue todo eso?, pues como lo que cuentan de que _manetizan_ a una +persona y hacen de ella lo que quieren; lo mismito. Yo, cuando no se +trata de querer, no tengo voluntad. Me traen y me llevan como una +muñeca... Y ahora, créete que me entran remordimientos de engañar a ese +pobre chico. Es un angelón sin pena ni gloria. Danme ganas a veces de +desengañarle, y la verdad... Porque lo que es acariciarle, no puedo, se +me resiste, no está en mi natural. Le pido a la Virgen que me dé fuerzas +para cantar claro». + +--¡A la Virgen!... ¿pero tú crees?...--dijo Santa Cruz pasmado, pues +tenía a Fortunata por heterodoxa. + +--¿Pues no he de creer? Lo que me aconseja la Virgen siempre que le rezo +con los ojos cerrados, es que te quiera mucho y me deje querer de ti... +La tienes de tu parte, chiquillo... ¿De qué te espantas? Pues digo; yo +le rezo a la Virgen y ella me protege, aunque yo sea mala. ¡Quién sabe +lo que resultará de aquí, y si las cosas se volverán algún día lo que +_deben_ ser! Y si te hablo con franqueza, a veces dudo que yo sea +mala... sí, tengo mis dudas. Puede que no lo sea. La conciencia se me +vuelve ahora para aquí, después para allá; estoy dudando siempre, y al +fin me hago este cargo: _querer a quien se quiere no puede ser cosa +mala_. + +--Oye una cosa--dijo el Delfín, que se recreaba en las singularísimas +nociones de aquel espíritu--. ¿Y si tu marido descubriera esto y me +quisiera matar? + +--¡Ay!, no me lo digas... ni en broma me lo digas. Me tiraba a él como +una leona y le destrozaba... ¿Ves cómo se coge un langostino y se le +arrancan las patas, y se le retuerce el corpacho y se le saca lo que +tiene dentro?, pues así. + +--Pero vamos a ver, nena: ¿No me guardas rencor por haberte abandonado, +dejándote en la miseria, con tus _vísperas_ de chiquillo y en poder de +_Juárez el Negro_? + +--Ningún rencor te guardo: Entonces estaba rabiosa. La rabia y la +miseria me llevaron con _Juárez el Negro_. ¿Creerás lo que te voy a +decir? Pues me fui con él por lo mucho que le aborrecía. Cosa rara, +¿verdad?... Y como no tenía un triste pedazo de pan que llevar a la +boca, y él me lo daba, ahí tienes... Yo dije: «me vengaré yéndome con +este animal». Cuando tuve a mi niño, me consolaba con él; pero luego se +me murió; y cuando reventó Juárez, como yo me pensé que ya no me +querías, dije: «pues ahora me vengaré siendo todo lo mala que pueda». + +--¿Pero qué ideas tienes tú de las maneras de tomar venganza? + +--No me preguntes nada... no sé... Vengarse es hacer lo que no se +debe... lo más feo, lo más... + +--¿Y de quién te vengas así, criatura? + +--Pues de Dios, de... de qué sé yo... no me preguntes, porque para +explicártelo, tendría que ser sabia como tú, y yo no sé jota, ni aprendo +nada, aunque doña Lupe y las monjas, frota que frota, me hayan sacado +algún lustre... enseñándome a no decir tanto disparate. + +Santa Cruz estuvo un gran rato pensativo. + +Un día hablaron también de Jacinta... No gustaba Juan que la +conversación fuese llevada a este terreno; pero Fortunata, siempre que +tenía ocasión, íbase a él derecha. A sus preguntas, contestaba el otro +evasivamente. + +«Mira, nena; deja a mi mujer en su casa». + +--Pues asegúrame que no la quieres. + +--La quiero, sí... ¿a qué engañarte?... pero de una manera muy distinta +que a ti. Le guardo todas las consideraciones que ella se merece, +porque... no puedes figurarte lo buena que es. + +Fortunata siguió inquiriendo con molesta curiosidad todo lo que quería +saber respecto a la intimidad de los esposos; pero el otro se escurría +gallardamente, dejando a salvo, hasta donde era posible en aquel +criminal coloquio, la personalidad sagrada de su mujer. + +«La pobrecilla--dijo al fin--, tiene una pasión que la domina, mejor +dicho, una manía que la trae trastornada». + +--¿Qué es?--La manía de los hijos. Dios no quiere y ella se empeña en +que sí. De la pena que le causa su esterilidad, se ha desmejorado, ha +enflaquecido, y hace algún tiempo que se está llenando de canas. Es ya +pasión de ánimo. ¿Te enteraste de lo que pasó? Pues le dieron el gran +timo. Tu tío José Izquierdo, de compinche con otro loco, le hizo creer +que un chiquillo de tres años que consigo tenía, era nuestro Juanín. Mi +mujer perdió la chaveta, quiso adoptarlo y nada menos que llevárnoslo a +casa. Por pronto que se descubrió el enredo, no se pudo evitar que tu +tío le estafase seis mil reales. + +--_Tie_ gracia. Ya sabía yo esa historia. El niño ese debe de ser el de +Nicolasa, la entenada del tío Pepe. Nació seis días después que el +nuestro, y era hijo de uno que encendía los faroles del gas... Pero no +comprendo una cosa. A mí me parece que tu mujer debía de querer a ese +nene por creerlo tuyo y aborrecerlo por ser de otra madre. Yo juzgo por +mí. + +--Calla, tonta, mi mujer se vuelve loca por todos los niños del +universo, sean de quien fueren. Y al supuesto Juanín, bastara que le +tuviera por mío, para que le adorara. Ella es así; si no tienes tú idea +de lo buena que es. ¡Pues si pariera...! Santo Cristo, no quiero +pensarlo. De seguro perdía el juicio, y nos lo hacía perder a todos. +Querría a mi hijo más que a mí y más que al mundo entero. + +Quedose Fortunata, al oír esto, risueña y pensativa. ¿Qué estaba +tramando aquella cabeza llena de extravagancias? Pues esto: + +«Escucha, nenito de mi vida, lo que se me ha ocurrido. Una gran idea; +verás. Le voy a proponer un trato a tu mujer. ¿Dirá que sí?». + +--Veamos lo que es.--Muy sencillo. A ver qué te parece. Yo le cedo a +ella un hijo tuyo y ella me cede a mí su marido. Total, cambiar un nene +chico por el nene grande. + +El Delfín se rió de aquel singular convenio, expresado con cierto +donaire. + +--¿Dirá que sí?... ¿Qué crees tú?--preguntó Fortunata con la mayor buena +fe, pasando luego de la candidez al entusiasmo para decir: + +--Pues mira, tú te reirás todo lo que quieras; pero esto es una gran +idea. + +El ilustrado joven se zambulló en un mar de meditaciones. + + + + +--viii-- + + +Las visitas a la casa de Cirila prosiguieron durante dos semanas; pero +bien se demostró en la práctica que aquello no podía seguir, y tomaron +otro cuarto. Patricia se había hecho insoportable, y doña Lupe, +descolgándose en la casa a horas intempestivas, llevada de su afán de +mangonear, dificultaba las escapatorias de su sobrina. En tanto, +Fortunata no trataba a Maximiliano desconsideradamente; pero su frialdad +sería capaz de helar el fuego mismo. Habría preferido él mil veces que +su mujer le tirase los trastos a la cabeza, a que le tratara con aquella +cortesía desdeñosa y glacial. Rarísima vez se daba el caso de que ella +le hiciese una caricia; para obtenerla, tenía Maxi que echarle +memoriales, y lo que lograba era como limosna. Es que Fortunata no +servía para cortesana, y sus fingimientos eran tan torpes que daba +lástima verla fingir. + +El joven farmacéutico tenía momentos de horrible tristeza, y cavilaba +mucho. De tal estado pasó a la observación, desarrollándosele esta +facultad de un modo pasmoso. Siempre que estaba en casa, no quitaba los +ojos de su mujer, estudiándole los movimientos, las miradas, los pasos y +hasta el respirar. Cuando comían, le examinaba la manera de comer; +cuando estaban en el lecho, la manera de dormir. + +Fortunata no le miraba nunca. Este hecho, cuidadosamente observado, +produjo en el infeliz muchacho indecible melancolía. ¡Haber comprado +aquellos ojos con su mano, su honra y su nombre para que se empleasen en +mirar a una silla antes que en mirarle a él! Esto era tremendo, pero +tremendo, y cierto día agitó su alma un furor insano; mas no quiso +manifestarlo, y lo desahogó a solas mordiéndose los puños. + +«¿Por qué no me miras?» le preguntó una noche, con semblante ceñudo. + +--Porque... No dijo más; se comió el resto de la frase. Dios sabe lo que +iba a decir. + +Bebía los vientos el desgraciado chico por hacerse querer, inventando +cuantas sutilezas da de sí la manía o enfermedad de amor. Indagaba con +febril examen las causas recónditas del agradar, y no pudiendo conseguir +cosa de provecho en el terreno físico, escudriñaba el mundo moral para +pedirle su remedio. Imaginó enamorar a su esposa por medios +espirituales. Hallábase dispuesto, él que ya era bueno, a ser santo, y +hacía estudio de lo que a su mujer le era grato en el orden del +sentimiento para realizarlo como pudiera. Gustaba ella de dar limosna a +cuantos pobres encontrase; pues él daría más, mucho más. Ella solía +admirar los casos de abnegación; pues él se buscaría una coyuntura de +ser heroico. A ella le agradaba el trabajo; pues él se mataría a +trabajar. De este modo devastaba el infeliz su alma, arrancando todo lo +bueno, noble y hermoso para ofrecérselo a la ingrata, como quien tala un +jardín para ofrecer en un solo ramo todas las flores posibles. + +«Ya no me quieres--le dijo un día con inmensa tristeza--, ya tu corazón +voló, como el pajarito a quien le dejan abierta la jaula. Ya no me +quieres». + +Y ella le respondía que sí; ¡pero de qué manera! Más valía que dijese +terminantemente que no. «¿Por qué te vas tan lejos de mí? Parece que te +causo horror. Cuando entro, te pones seria; cuando crees que no me fijo +en ti, estás ensimismada y te sonríes como si en espíritu hablaras con +alguien». + +Otra cosa le mortificaba. Cuando salían juntos a paseo, todo el mundo se +fijaba en Fortunata, admirando su hermosura; luego le miraban a él. +Suponía Maxi que todos hacían la observación de que no era él hombre +para tal hembra. Algunos se permitían examinarle de una manera +insolente. Si iban al café, estaban poco tiempo, porque los amigos se +enracimaban alrededor de Fortunata sin hacer maldito caso de su marido, +y este tragaba mucha bilis. Lo que desorientaba más a Maxi era que ella +no _tomaba varas_ con nadie, y siempre que él decía _vámonos_, estaba +dispuesta a retirarse. + +Buscaba el farmacéutico algo en qué fundar las conjeturas que empezaban +a devorarle, y no lo encontraba. Ideó consultar el caso con su tía; pero +no quiso dar su brazo a torcer, y temblaba de que doña Lupe le dijese: +«¿Ves?, ¡por no hacer caso de mí!». ¡Celos! ¿Y de quién? Fortunata +mostrábase con todos tan fría como con él. Solía esparcir +melancólicamente sus miradas por la calle, entre el gentío, sin fijarse +en nadie, cual si buscaran a alguien que no quería dejarse ver. Y +después las miradas volvían a sí misma con mayor tristeza. + +También atormentaban al joven los elogios que sus amigos le hacían de +ella. «¡Qué mujer te tienes!» le decía _Pseudo-Narcissus odoripherus_. +Y _Quercus gigantea_ le silbaba en el oído estas fúnebres palabras: «Es +mucha hembra para ti, barbián. Ándate con mucho ojo». + +Pero doña Lupe le infundía ideas optimistas. ¡Parecía mentira! La +perspicaz, la sabia y experimentada señora de Jáuregui dijo más de una +vez a su sobrino: «¡Qué trabajadora es tu mujer! Siempre que vengo aquí +me la encuentro planchando o lavando. Francamente, no creí... Te +ayudará, te ayudará. Y luego tan calladita... Hay días que no le oigo el +metal de voz». + +Con unas cosas y otras, el pobre chico apenas podía estudiar, y con +mucho trabajo se preparaba para la licenciatura. El asunto de su +colocación se había resuelto ya, porque habiendo fallecido Samaniego a +fines de Octubre, su viuda organizó el personal de la botica, dando una +plaza a Maximiliano. Se convino entre doña Casta Moreno y doña Lupe que +cuando el chico tomara el grado, se le fijaría sueldo, y que pasado un +año de práctica, tendría participación en las ganancias. Por el lado +económico todo iba a pedir de boca, porque mientras llegaba el día de +ganar con su profesión, podía vivir bien con la corta renta de la +herencia. Lo malo era que desde que ingresara en la botica, seríale +preciso ausentarse de su casa días enteros, y esto le ponía en ascuas. +Ocurriósele entonces lo que se le ocurre a cualquier celoso, salir un +día, diciendo que iba a la farmacia, y volver en seguida. Hízolo una +vez, y no sorprendió nada: Fortunata estaba en la cocina. Repitió la +treta, y lo mismo: estaba cosiendo. A la tercera, Fortunata había +salido. Dos horas después entró, trayendo un paquete en la mano. «¿Que +de dónde vengo? Pues de comprar unas cosillas. ¿No me dijiste que +querías una corbata? Mírala». + +Una noche entró Maximiliano bastante excitado. Le tomó la mano a su +mujer, y haciéndola sentar a su lado, le dijo a boca de jarro: «Hoy he +conocido a ese pillo que te deshonró». + +Fortunata se quedó como muerta. + +«Pues qué... ¿no está enfermo?». + +Se le escapó esta espontaneidad, y cuando quiso contenerla ya era tarde. +Hacía una semana que Santa Cruz no iba a las citas, y le había enviado, +por medio de Cirila, un recadito. Se había caído del caballo en la Casa +de Campo, estropeándose ligeramente un brazo. + +«¿Enfermo?--dijo Maxi, clavando en ella sus ojos de iluminado--. En +efecto, tenía un brazo en cabestrillo. ¿Pero tú por dónde sabes...?». + +--No, no, yo no sabía nada--replicó Fortunata enteramente aturdida. + +--¡Tú lo has dicho!--exclamó Rubín con la mirada terrorífica--. ¿Por +dónde lo sabes? + +La prójima se puso como la grana; después volvió a palidecer. Buscaba +una salida de aquel compromiso, y al fin la encontró: «¡Ah!». + +--¿Qué?--¿Dices que cómo lo sé, tontín?... Pues muy sencillo. Si lo +traía el periódico... Tu tía lo leyó anoche. Mira, aquí está: que se +cayó del caballo paseando por la Casa de Campo. + +Y recobrando su serenidad, revolvió en la mesa y cogió _El Imparcial_ +que, en efecto, traía la noticia: «Mira... ¿lo ves?... convéncete». + +Maxi, después de leer, siguió diciendo: «Le vi en el Saladero; allí +debiera estar ese canalla toda su vida. Olmedo, que iba conmigo, me le +enseñó. Fue a ver a mi hermano; él iba a visitar a un tal Moreno Vallejo +que también está preso por conspirar. ¡Y el tal Santa Cruz es de lo más +cargante...!». + +Fortunata se tapaba la cara con el periódico, fingiendo que leía. Maxi +le arrebató el papel de un manotazo. + +«Te has quedado así como... estupefacta». + +--Déjame en paz--replicó ella con un despego que a su marido le llegó al +alma. + +--¡Qué modales, hija! Ya ni consideración. + +Fortunata parecía que tenía sellada la boca. Comieron sin chistar; él se +puso luego a estudiar y ella a coser, sin que el fúnebre silencio se +rompiera. Acostáronse, y lo mismo. Ella volvió la espalda a su marido, +insensible a los suspiros que daba. Desvelados estuvieron ambos largo +rato, cada cual por su lado, muy cerca materialmente uno de otro, pero +en espíritu Fortunata se había ido a los antípodas. + +Dos o tres días después, volviendo del Saladero, a donde fue para decir +a su hermano que pronto le soltarían, vio Maximiliano a Santa Cruz +guiando un faetón por la calle de Santa Engracia arriba. Ya tenía el +brazo bueno. Miró a Maxi, y este le miró a él. Desde lejos, porque el +coche iba bastante a prisa, observó Rubín que este entraba por la calle +de Raimundo Lulio. ¿Pasaría luego a la de Sagunto? Nunca como en aquel +momento sintió el exaltado chico ganas de tener alas. Apresuró el paso +todo lo que pudo, y al llegar a su calle... ¡Dios!... lo que se temía... +Fortunata en el balcón, mirando por la calle del Castillo hacia el paseo +de la Habana, por donde seguramente había seguido el coche. Subió el +joven farmacéutico tan rápidamente la escalera, que al llegar arriba no +podía respirar. Es que para ser celoso se necesitan buenos pulmones. +Cayose más bien que se sentó en una silla, y su mujer y Patricia +acudieron a él creyendo que le daba algún accidente. No podía hablar y +se golpeaba la cabeza con los puños. Cuando su mujer se quedó sola con +él sintió Rubín que aquella furibunda cólera se trocaba en un dolor +cobarde. El alma se le desgajaba y sacudía resistiéndose a albergar en +su seno la ira. Los ojos se le llenaron de lágrimas, las rodillas se le +doblaron. Cayendo a los pies de su mujer, le besuqueó las manos. «Ten +piedad de mí--le dijo con aflicción más de niño que de hombre--. Por tu +vida... la verdad, la verdad. Ese señor... tú esperándole... él pasaba +por verte. Tú no me quieres, tú me estás engañando... le quieres otra +vez... le has visto en alguna parte. La verdad... Más quiero morirme de +pena que de vergüenza. Fortunata, yo te saqué de las barreduras de la +calle, y tú me cubres a mí de fango. Yo te di mi honor limpio, y me lo +devuelves sucio. Yo te di mi nombre, y haces de él una caricatura. El +último favor te pido... la verdad, dime la verdad». + + + + +--ix-- + + +Fortunata movió la lengua y agitó los labios. En la punta de aquella +tenía la verdad, y por instantes dudó si soltarla o meterla para +adentro. La verdad quería salir. Las palabras se alinearon mudas y +decían: «Sí, es cierto que te aborrezco. Vivir contigo es la muerte. Y a +él le quiero más que a mi vida». La batalla fue breve, y Fortunata +volvió la terrible verdad a los senos de su espíritu. La aflicción de +Maxi exigía la mentira, y su mujer tuvo que decírsela... mentiras de +esas que inspiran viva compasión al que las dice y consuelan poco al que +las oye. Echábalas de sí como enfermera que administra la inútil +medicina al agonizante. + +«Dímelo de otra manera y te creeré--manifestó Rubín--. Dilo con un +poquito de calor, siquiera como me lo decías antes. Tú no sabes el daño +que me haces. Me estás haciendo creer que no hay Dios, que portarse bien +y portarse mal todo es lo mismo». + +La compasión venció a la delincuente y se mostró tan afable aquella +tarde y noche, que Maximiliano hubo de tranquilizarse. El pobrecito +estaba destinado a no tener rato bueno, pues a punto que su espíritu +recibía algún alivio, se le inició la jaqueca. La noche fue cruel, y +Fortunata esmerose en cuidarle. En medio de sus dolores cefalálgicos, el +infortunado joven se caldeaba más la mente arbitrando remedios o +paliativos de la ansiedad que le dominaba. A poco de vomitar, dijo a su +mujer: «Se me ocurre una idea que resolverá las dificultades... Nos +iremos a Molina de Aragón, donde tengo mis fincas. Abandono la carrera y +me dedico a labrador... Quieres, ¿sí o no? Allí viviré con +tranquilidad». Fortunata se mostró conforme, si bien recordaba lo que +Mauricia le había dicho de la vida de los pueblos. Sólo descuartizada +iría ella a vivir al campo; pero aquella noche no tenía más remedio que +decir _sí_ a todo. + +En los siguientes días notaba el pobre Maxi que su descaecimiento +aumentaba de una manera alarmante como si le sangraran, y asustadísimo +fue a consultar con Augusto Miquis, el cual le dijo que hubiera sido +mejor consultara antes de casarse, pues en tal caso le habría ordenado +terminantemente el celibato. Esto redobló sus tristezas; mas cuando +Miquis le propuso como único remedio de su mal la rusticación, cobró +esperanzas, confirmándose en la idea de abandonar la corte y sepultarse +para siempre en sus estados de Molina. + +La segunda vez que habló de esto a su mujer, no la encontró tan bien +dispuesta. «¿Y tus estudios, y tu carrera? Aconséjate con tu tía, y ella +te dirá que lo que estás pensando es un disparate». Maxi estaba muy +caviloso por ciertas cosas que en su mujer notaba. Hacía días que apenas +levantaba ella los ojos del suelo y su mirar revelaba una gran +pesadumbre. De repente, una tarde que volvía Rubín de la botica, al +subir la escalera la oyó cantar. Entró, y la cara de Fortunata +resplandecía de contento y animación. ¿Qué había pasado? Maxi no lo pudo +penetrar, aunque sus celos, aguzadores de la inteligencia, le apuntaban +presunciones que bien podrían contener la verdad. Esta era que la +prójima había recibido, por conducto de Patria, una esquelita en que se +le anunciaba la reapertura del curso amoroso, interrumpido durante una +quincena. «Esta alegría--pensaba Maxi--, ¿por qué será?». Y +comprendiendo por instinto de celoso que echaba un jarro de agua fría +sobre aquel contento, dijo a Fortunata: «Ya está decidido que nos iremos +al pueblo. Lo he consultado con mi tía y ella lo aprueba». + +No era verdad que había consultado con doña Lupe, mas lo decía para dar +a su proposición autoridad indiscutible. + +«Te irás tú...» dijo ella sonriendo. + +--No--agregó él conteniendo la amargura que de su alma se desbordaba--, +los dos. + +--Tú te has vuelto loco--observó Fortunata riendo con cierto descaro--. +Yo creí... ¿Pero lo dices con formalidad? + +--¡Toma!... ¿Y tú no me dijiste que irías también y que querías ser +paleta? + +--Sí; pero fue porque me pensé que era conversación. ¡Encerrarme yo en +un pueblo! ¡Qué talento tienes! + +De tal modo se demudó el rostro del joven, que Fortunata, que ya +empezaba a decir algunas bromas sobre aquel asunto, se recogió en sí. +Maxi no dijo una palabra, y de pronto salió disparado de la casa, cerró +con estruendo la puerta y bajó la escalera de cuatro en cuatro peldaños. +Asustose Fortunata, y asomándose al balcón, viole recorrer +apresuradamente la calle de Sagunto y después tomar por la de Santa +Engracia, hacia abajo. Ella salió después, tomando por la misma calle, +pero hacía arriba, en dirección de Cuatro Caminos. + +Las seis de la tarde serían cuando Rubín volvió a su casa. Estaba +lívido, y de lívido pasó a verde, cuanto Patricia le dijo que la +señorita había salido a compras. Dejándose llevar de su insensato +recelo, interrogó a la criada, tratando de averiguar por ella. Pero a +buena parte iba. Patricia tenía la discreción del traidor, y cuanto dijo +fue encaminado a introducir en el cerebro de Maxi el convencimiento de +que su mujer era punto menos que canonizable. Cuando la criminal entró, +el marido había mandado encender luz y estaba sentado junto a la mesa de +la sala. «¿De dónde vienes?» le preguntó.--«Me parece--replicó ella--, +haberte dicho que iba a comprar este retor». Mostró un envoltorio, +después un paquetito, y otro. «¿Ves?... la sopa Juliana que tanto te +gusta...». + +--Yo también--dijo Maximiliano de una manera siniestra--, te he comprado +a ti esta tarde un regalito... Mira. + +Alargó el brazo para sacar de debajo de la mesa algo que ocultó al +entrar. Era un objeto envuelto en papeles, que descubrió lentamente, +cuando ella se inclinaba risueña para verlo. + +«¿A ver... qué es?... ¡Ay!, un revólver...». + +--Sí, para matarte y matarme...--dijo Maxi en un tono que no pudo ser +tan lúgubre como él deseaba, pues el arma empezó a causarle miedo, a +causa de que en su vida había tenido en las manos un chisme de tal +clase... + +--¡Qué cosas tienes!--dijo ella palideciendo--. Tú no sabes lo que te +pescas... Pareces tonto... Matarme a mí, ¿y por qué?... + +Le echó una mirada dulce y penetrante, el mismo mirar con que le había +hecho su esclavo. El pobre chico sintió como si le pusieran un grillete +en el alma. + +«Vaya que se te ocurren unos disparates, hijo... Soy muy miedosa, y de +sólo ver eso me pongo a temblar. Bonita manera tienes de hacer que yo te +quiera, sí señor, bonita manera». + +Acercó tímidamente su mano al mango del arma. «Puedes cogerlo, está +descargado» dijo Maxi, que de un salto se había dejado caer del furor a +la piedad. + +--Eres un niño--declaró ella, cogiendo el arma--, y como niño hay que +tratarte. Venga acá ese chisme: lo guardaré para el caso de que entren +ladrones en casa. + +Y se lo llevó sin que él hiciese resistencia. Después de guardarlo con +llave en un baúl lleno de cosas viejas, volvió al lado de su marido, que +se había quedado absorto, midiendo sin duda con azorado pensamiento la +enorme distancia que en su ser había entre los arranques de la voluntad +y la ineficacia de su desmayada acción. + +Aquella noche no ocurrió nada; pero a la tarde siguiente, +_Pseudo-Narcissus odoripherus_, fue a buscarle a la botica de +Samaniego, y le dijo que Fortunata tenía citas con un señor en una casa +del paseo de Santa Engracia, un poquito más arriba de los almacenes de +la Villa. + + + + +--x-- + + +Tomó Maxi un coche para ir a Chamberí y a su casa. Después de entrar en +ella e informarse de que la señorita no estaba, subió lentamente hacia +la iglesia, y al pasar por delante de ella y ver una cruz de hierro que +hay en el atrio, vínole al pensamiento la idea de que debía haberse +traído el revólver. Retrocedió, y a mitad del camino acordose de que su +mujer había guardado el arma. ¡Qué tonto estuvo él en permitírselo! +Volvió a tomar la dirección Norte, sintiendo en su alma el suplicio +indecible que producía la conjunción de dos sentimientos tan opuestos +como el anhelo de la verdad y el terror de ella. Al distinguir el motor +de noria que se destacaba sobre la casa de las Micaelas, no pudo +reprimir un ahogo de pena que le hizo sollozar. El disco no se movía. + +Pasó el joven más allá de los Almacenes de la Villa y examinó las casas +de un solo piso alto que allí existen. Como ignoraba cuál era la que +servía de abrigo a los adúlteros, resolvió vigilarlas todas. La noche se +venía encima y Maxi deseaba que viniese más aprisa para dejar de ver el +disco, que le parecía el ojo de un bufón testigo, expresando todo el +sarcasmo del mundo. Maldición sacrílega escapose de sus labios, y renegó +de que hubieran venido a estar tan cerca su deshonra y el santuario +donde le habían dorado la infame píldora de su ilusión. En otros +términos: él había ido allí en busca de una hostia, y le habían dado una +rueda de molino... y lo peor era que se la había tragado. + +Después de mucho pasear vio el faetón de Santa Cruz, guiado por el +lacayo, despacio, como para que no se enfriaran los caballos. Ya no +quedaba duda. El coche le esperaba. Violo subir hasta Cuatro Caminos, +donde se detuvo para encender las luces. Después bajó, y al llegar a los +Almacenes de la Villa, otra vez para arriba. Maxi no le perdía de vista. +El cochero daba a conocer su aburrimiento e impaciencia. En una de las +vueltas del vehículo, Rubín sorprendió en aquel hombre una mirada +dirigida a una de las casas. «Aquí es... aquí está». Fijose cerca de +allí, reduciendo el espacio de su paseo vigilante. Eran las siete. + +Por fin, en un momento en que Maxi iba de Sur a Norte vio, a bastante +distancia, a un hombre que salía de la casa. Era él, Santa Cruz, el +mismo, vestido de americana y hongo. Detúvose en la puerta buscando con +la vista su carruaje. Las dos luces brillaban allá arriba. Dirigiose +hacia Cuatro Caminos... Detrás, avivando el paso, el odio personificado +en Maximiliano. + +La vía estaba solitaria. Pasaba muy poca gente, y hacía bastante frío. +El Delfín sintió aquellos pasos detrás de sí, y una misteriosa +aprensión, la conciencia tal vez, le dijo de quién eran. Volviose a +punto que la temblorosa voz del otro decía: «Oiga usted». Parose en +firme Santa Cruz, y aunque no le conocía bien, le tuvo por quien era sin +dudar un momento. + +«¿Qué se le ofrece a usted?». + +--¡Canalla!... ¡indecente!--exclamó Rubín con más fiereza en el tono que +en la actitud. + +No esperó Santa Cruz a oír más, ni su amor propio le permitía dar +explicaciones, y con un movimiento vigoroso de su brazo derecho rechazó +a su antagonista. Más que bofetada fue un empujón; pero el endeble +esqueleto de Rubín no pudo resistirlo; puso un pie en falso al +retroceder y se cayó al suelo, diciendo: «Te voy a matar... y a ella +también». Revolcose en la tierra; se le vio un instante pataleando a +gatas, diciendo entre mugidos... «¡ladrón, ratero... verás!...». Santa +Cruz estuvo un rato contemplándole con la calma fría del ofuscado +asesino, y cuando vio que al fin conseguía levantarse, se fue hacia él y +le cogió por el pescuezo, apretándole sañudamente cual si quisiera +ahogarle de veras... Reteniéndole contra el suelo, gritaba: «Estúpido... +escuerzo... ¿quieres que te patee...?». + +De la oprimida garganta del desdichado joven salía un gemido, estertor +de asfixia. Sus ojos reventones se clavaban en su verdugo con un +centelleo eléctrico de ojos de gato rabioso y moribundo. La única +defensa del que estaba debajo era clavar sus uñas, afilándolas con el +pensamiento, en los brazos, en las piernas, en todo lo que alcanzaba del +vencedor; y logrando alzarse un poco con nervioso coraje, trató de +hacerle molinete para derribarle. Derribados los dos, lucharían quizás +más proporcionadamente. ¡Pobre razón aplastada por la soberbia! ¿Dónde +está la justicia? ¿dónde está la vindicta del débil? En ninguna parte. + +El furor del Delfín no fue tanto que se le ocultara el peligro de llegar +a un homicidio, abusando de su superioridad. «Este al fin es un hombre, +aunque parece un insecto» pensó. Y con desdén que tenía algo de lástima, +hubo de soltar su presa, que cayó inerte a un lado del camino, en una +especie de hoyo o surco. Al verle como un bulto, Juan sintió algo de +miedo. «Si le habré matado sin querer... Y en todo caso... ha sido en +defensa propia». Pero la víctima exhaló un mugido, y revolcándose como +los epilépticos, repitió: «Ladrón... asesino». El Delfín se acercó y +poniéndole un pie sobre el pecho, cuidando de no apretar, dijo: «Si no +te callas, cucaracha, te aplasto». + +Levantose Rubín de un salto. Era todo uñas y todo dientes; sacaba las +armas del débil; pero con tanta fiereza, que si coge al otro le arranca +la piel. Santa Cruz acudió pronto a la defensa. «Te digo que te pateo... +si vuelves...». Le levantó como una pluma y le lanzó violentamente donde +antes había caído. Era un solar o campo mal labrado, más allá de la +última casa. La víctima no daba acuerdo de sí, y aprovechando aquel +momento el bárbaro señorito, que vio pasar su coche, lo detuvo, montose +en él de un salto y ¡hala!, partieron los caballos a escape. + +Un hombre se había detenido ante los combatientes en el último instante +de la reyerta; acercose a Maxi y le miró con recelo. Creyendo que estaba +mortalmente herido, no quería meterse en líos con la justicia. Cuando le +oyó hablar, acercose más. «Buen hombre, ¿qué es eso?... ¡Pobre chico! Si +no parece chico, sino un viejo... ¡Vaya, que pegar así a un pobre +anciano!». Luego llegó otro hombre, que se destacó de un grupo de +obreros que subían. Auxiliado por este, Maxi logró levantarse y corrió +un buen trecho por el camino abajo, gritando: «¡Ladrón!... ¡a ese!... +¡al asesino!...». Pero el coche estaba ya más allá de la iglesia. +Formose en torno a la víctima un corro de cuatro, seis, diez personas de +ambos sexos. Mirábales como si fueran amigos que habían de darle la +razón reconociendo en él a la justicia pateada y a la humanidad +escarnecida. Parecía un insensato. Su descompuesto rostro daba miedo, y +su ahilada voz excitaba la mayor extrañeza. + +Porque el ardor de la lucha había determinado como una relajación de la +laringe, en términos que la voz se le había vuelto enteramente de +falsete. Salían de su garganta las palabras como el acento de un +impúber. «¿En dónde se ha metido?... ¿en dónde?... ¿No es verdad, +señores, que es un miserable?... ¿un secuestrador?... Me ha quitado lo +mío, me ha robado... Él la arrojó a la basura... yo la recogí y la +limpié... él me la quitó y la... volvió a arrojar... la volvió a +arrojar. ¡Trasto infame!... Pero yo tengo que hacer dos muertes. Iré al +patíbulo... no me importa ir al patíbulo, señores... digo que quiero ir +al palo... pero ellos por delante, ellos por delante...». + +Los que le rodeaban le tenían lástima. Desconociendo el motivo de la +zaragata, cada cual decía lo que le parecía. «_Sobre vino_ una +pendencia».--«No, cuestión de faldas; ¿verdad?».--«¡Quita allá!, ¿pero +no ves que es marica?». + +Las mujeres le miraban con más interés. «Tiene usted sangre en la +frente» le dijo una. Era una rozadura de que el joven no se había dado +cuenta. Llevose la mano a la cabeza y la retiró manchada de sangre. Notó +que el brazo derecho le dolía horriblemente. + +«Vamos, vamos--le dijo uno--, véngase usted a la Casa de Socorro». + +--Gatera... miserable...--Vamos; ya eso se acabó... ¿En dónde tiene +usted el sombrero? + +Maxi no dijo nada ni se cuidó del sombrero. De repente rompió en +aullidos, pues no parecían otra cosa los esfuerzos de su voz para hablar +a gritos. Los circunstantes podían oírle difícilmente estos conceptos: +«Partirle el corazón es poco; es menester... machacárselo». + +Dos hombres le llevaban calle abajo, cada cual agarrándole de un brazo, +y él, mirando con estupidez a sus conductores, +repetía:--¡machacárselo!--. A ratos se paraba, prorrumpiendo en risas de +demente. Ya cerca de la iglesia aparecieron dos individuos de Orden +Público, que viendo a Maxi en aquel estado, le recibieron muy mal. +Pensaron que era un pillete, y que los golpes que había recibido le +estaban muy bien merecidos... Le cogieron por el cuello de la americana +con esa paternal zarpa de la justicia callejera. «¿Qué tiene usted?» le +preguntó uno de ellos, mal humorado. Maxi contestó con la misma risa +insana y delirante; viendo lo cual el polizonte, apretó la zarpa, como +expresión de los rigores que la justicia humana debe emplear con los +criminales. + +«¿Y el agresor?». + +--¡Machacárselo!... Llegó a la Casa de Socorro, ya con una procesión de +gente tras sí. El médico de guardia conocía a Maxi, y después de +curarle la contusión de la cabeza, que no tenía importancia, le mandó a +su casa al cuidado de los guardias de Orden Público. + + + + +--xi-- + + +Cuando entró el malaventurado chico en su casa, Fortunata no había +aparecido aún. Lo mismo fue verle Patricia en aquel lastimoso estado, +que correr a dar aviso a doña Lupe, la cual no tardó en presentarse +alborotada y afligida. Lo primero que hizo, conforme a su gran carácter, +fue sobreponerse a los sucesos, no amilanarse por la vista de la sangre +y dictar atinadas órdenes preliminares, como acostar a Maximiliano, +traer provisión de árnica, reconocerle bien las contusiones que tenía y +llamar un médico. + +«¿Pero y Fortunata?». + +--Salió a hacer unas compras--dijo Patricia. + +--¡Es particular! Las ocho y media de la noche. + +En vano intentó doña Lupe saber lo que había ocurrido de los propios +labios del joven. Este no decía más que «¡machacárselo!» con aquella voz +de falsete, que era otra novedad para su tía. Acostáronle con no poco +trabajo, y le llenaron de bizmas. El médico de la Casa de Socorro vino y +ordenó el reposo. Temía que hubiese algo de conmoción cerebral; pero +probablemente concluiría todo con una fuerte jaqueca. También propinó el +bromuro potásico a fuertes dosis, y a la primera toma se adormeció el +herido, pronunciando palabras sueltas, de las cuales nada pudo sacar en +claro la señora de Jáuregui. ¡Y a todas estas la otra sin parecer! + +Por fin, a eso de las nueve y media, cuando el médico se fue, sintió +doña Lupe un rebullicio, luego cuchicheos en el pasillo. Fortunata había +entrado, y hablaba muy bajito con Patria. La mente de la viuda, en la +cual hasta entonces todo era confusión y vaguedades, empezó a dar de sí +los juicios más extraños, ideas de atrevido alcance y de un pesimismo +aterrador. Salió paso a paso a la sala, deseosa de sorprender aquel +secreteo. Fortunata entró, pálida como un cirio y con ojos aterrados; +mas doña Lupe no le dijo nada. La vio que avanzaba hacia el gabinete, +que daba algunos pasos hacia la alcoba deteniéndose en la puerta, y que +desde allí alargaba el cuerpo para mirar a su marido. ¿Por qué no entró? +¿Qué temor la detenía? La alcoba estaba casi a oscuras, pues apenas +llegaba a ella la claridad de la lámpara encendida en la sala. Doña Lupe +llevó al gabinete la luz. Quería observar lo que hacía su sobrina, y por +de pronto le llamó la atención su actitud extraña, no muy conforme con +los sentimientos naturales en una esposa en situación tan aflictiva. +Una vez que le miró bien de lejos, Fortunata, sin hacer maldito caso de +persona tan respetable como su tía política, volvió a la sala, que ya +estaba medio a oscuras, y se sentó en una silla. Todavía no se había +quitado el manto, y parecía que iba a volver a la calle. Apoyada la +mejilla en la mano, permaneció inmóvil como un cuarto de hora. El +silencio que en las tres piezas reinaba sólo se interrumpía con tal cual +palabra estropajosa pronunciada por Maxi, y con el paso gatuno de la +sirviente que atravesaba la sala para ir a recibir órdenes de la única +persona que aquella noche mandara en la casa. Si el estado del enfermo +permitiera alzar la voz, ¡ay!, doña Lupe haría retemblar la casa con el +estruendo de su palabra autoritaria y fiscalizadora; pero no podía ser. +¡Qué cosas había de oír su sobrina! Resolvió, pues, la tía dejar la +discusión para el día siguiente; mas tanto la apremiaron la curiosidad y +el enojo, que no pudo menos de personarse, pasito a paso, en la sala, y +decir a Fortunata, con voz oprimida: «Explícame esto». + +--¿Esto?...--murmuró la prójima, alzando la cara, como quien despierta. + +--Esto, sí... Maximiliano maltratado... tú entrando en casa tan tarde y +con esos modos de traidora de melodrama. + +Fortunata, después de mirar de hito en hito a doña Lupe por espacio +como de un minuto, volvió a apoyar la mejilla en el puño sin decir una +palabra. + +«Pues me he enterado... Me gusta...». + +Y fue a la alcoba, porque se oyó la voz de Maxi llamando. Poco después +se le sintió vomitar. Fortunata prestó atención a lo que allí pasaba; +pero sin abandonar su postura de esfinge. + +Cuando la viuda volvió a la sala, ya eran más de las diez. + +«¡Las diez dadas!--dijo con aquella voz tan severa que habría hecho +estremecer a una piedra--. Y no te has quitado el manto. ¿Es que piensas +volver... de compras? El pobre Maxi, al despertar hace un rato, me +preguntó si habías venido, y le dije que no. Me dio vergüenza de decirle +que sí, porque habría sido preciso añadir que sólo con la manera de +entrar te declaras culpable... Él dijo: 'Más vale que no venga...'. ¿Y +tú no conoces que así no se puede seguir?... ¿que es preciso que me +expliques esto? Habla, hija, habla o yo veré lo que tengo que hacer». + +Fortunata, después de mirarla con una emoción que doña Lupe no podría +definir, volvió a apoyar la cara en la mejilla, y dando un gran suspiro, +se acorazó dentro de aquel silencio lúgubre, que desesperaría a la misma +paciencia. + +«¡Esto es para volverse loca!...--expresó doña Lupe con un gesto +iracundo--. ¿Creerás tú, creerá usted que conmigo valen marrullerías? +Sepa usted que...». + +La ira se le desbordaba, y para contenerla volvió a la alcoba. Su mente +acalorada revolvía estas ideas: «Salió lo que yo me temía... Si lo dije, +si esta mujer nos había de dar al fin un disgusto... ¡Ay, qué ojo tengo! +A mí no me entraba, no me entraba; y siempre lo dije: 'ni con Micaelas +ni sin Micaelas, podremos hacer de una mujer mala una esposa decente'. +Ahí está, ahí está, ahí la tienen. Vean si acerté; vean si eran +preocupaciones mías...». + +Lo que más ensoberbecía a doña Lupe era el chasco que se había llevado, +pues aunque dijera otra cosa, ello es que había creído a Fortunata +radicalmente reformada. No pudo contener su arranque, y volvió a la +sala. «Pero se explica usted, ¿sí o no?...». + +Reparó entonces que hablaba con una sombra. Fortunata no estaba allí. +Salió doña Lupe al pasillo, y vio luz en un cuartito interior, donde la +mujer de Maxi guardaba su ropa. Empujó la puerta. Allí estaba, ya sin +mantilla, sacando ropa del armario y metiéndola en un mundo. + +«¿Pero querrá usted al fin sacarme de dudas?--dijo sin recatarse ya de +alzar la voz--. Esto es vergonzoso. Si usted se obstina en callarse, +creeré que la causante de toda esta tragedia es usted y nada más que +usted». + +Fortunata se volvió hacia ella. Su palidez era como la de un muerto. + +«Vamos a ver--añadió la de Jáuregui manoteando--. Si mi sobrino me +vuelve a preguntar si ha entrado usted, ¿qué le digo?». + +--Dígale usted--replicó la esposa en voz más baja y expresándose con +mucha dificultad--; dígale usted que no he venido, porque me marcharé en +cuanto sea de día. + +--Yo no entiendo una palabra... ¡qué ha pasado, Santo Dios!... ¿Quién +maltrató a Maxi? + +Fortunata dio un gran suspiro. «¡Qué farsa! Voy a dar parte a la +justicia. Veremos si al juez le contesta de esa manera. Que usted es +culpable, bien a la vista está. Si no, ¿por qué se marcha usted?». + +--Porque me debo ir--replicó la otra mirando al suelo. + +No dijo más. Fuera de sí, doña Lupe le echó la zarpa a un brazo y +sacudiéndola fuertemente, le soltó esta imprecación: + +«¡Ah!, maldita... bien claro se ve que es usted una bribona... una +bribona en toda la extensión de la palabra... que lo ha sido siempre y +lo será mientras viva... A todos engañó usted menos a mí... a mí no... +Yo la vi venir». + +Abrumada por su conciencia, Fortunata no pudo contestar nada. Si doña +Lupe se hubiera abalanzado a ella para pegarle, se habría dejado +castigar. + +«Hace usted bien en largarse--añadió la otra ya en la puerta--. No seré +yo quien la detenga... Viento fresco. ¡Qué casa esta y qué matrimonio! +Nada me coge de nuevo... porque, lo repito, a todos engañó usted menos a +mí». + +Y era mentira, porque la primera engañada fue ella. ¡Valiente fiasco +habían tenido sus facultades educatrices! La idea de este fracaso +encendía su furor más que el delito mismo que en su sobrina sospechaba. + +Volviendo a la sala, apoderose de la señora de Jáuregui el frenesí de +las disposiciones. La primera fue que se quedaría allí aquella noche. +Después mandó a Patricia a su casa con un recado, llamando a Nicolás, +que aquel día había llegado de Toledo. «Que venga mi sobrino +inmediatamente, y si está durmiendo, encargue usted a Papitos que le +despierte». + +Fortunata seguía en el cuarto de la ropa; mas adelantaba muy poco en el +arreglo de su equipaje, porque a lo mejor se quedaba inmóvil, sentada +sobre un baúl, mirando al suelo o a la vela, que ardía con pábilo muy +larguilucho y negro, chorreando goterones de grasa. Desde que empezó a +faltar, no había sentido remordimientos como los de aquella noche. El +espectro de su maldad no había hecho antes más que presentarse como en +broma, y érale a ella muy fácil espantarlo; pero ya no acontecía lo +mismo. El espectro venía y se sentaba con ella y con ella se levantaba; +cuando se ponía a guardar ropa, la ayudaba; al suspirar, suspiraba; los +ojos de ella eran los de él, y, en fin, la persona de ambos parecía una +misma persona. Y la atormentaban, juntamente con los revuelcos de su +conciencia, ansias de amor, deseos vivísimos de normalizar su vida +dentro de la pasión que la dominaba. Acordose de que su amante le había +ofrecido ponerle casa, y establecer entre ambos una familiaridad regular +dentro de la irregularidad. ¿Pero esto podría ser? Las ansias amorosas +se cruzaban en su espíritu con temores vagos, y al fin venía a +considerarse la persona más desgraciada del mundo, no por culpa suya, +sino por disposición superior, por aquella mecánica espiritual que la +empujaba de un modo irresistible. No pensó en dormir aquella noche, y +anhelaba que viniese el día para marcharse, porque el sentir la voz +doliente de su marido producíale atroz martirio. Habría dado diez años +de su vida porque lo que pasó no hubiera pasado. Pero ya que no lo podía +remediar, ¡ojalá que las heridas de Maxi fuesen de poca importancia! +Después de esto, su más vivo deseo era coger la puerta y huir para +siempre de la casa aquella. Antes morir que continuar la farsa de un +matrimonio imposible. + +De estas meditaciones la sacó doña Lupe, que después de media noche +volvió a entrar en el cuarto. Envolvíase toda en una manta, lo que le +daba cierto aspecto temeroso y lúgubre como de alma del otro mundo. + +«Al pobre Maxi--dijo--, le da ahora por llorar... No cesa de preguntarme +si ha venido usted... Francamente, no sé qué responderle». + +--Dígale usted que me he muerto--replicó Fortunata. + +--Y positivamente sería lo mejor... ¿Ha arreglado usted ya sus baúles? + +--Me falta poco... Mire, mire... no me llevo nada que no sea mío. + +--¿Y sus alhajas?--preguntó la viuda que custodiaba en su casa las de +más valor. + +--¿Mis alhajas?--observó la otra vacilando primero y asegurándose al +fin--. No son mías. Son de él, de Maxi, que las desempeñó. Se las dejo +todas. + +--¿De modo que no se lleva usted más que su ropa? + +--Nada más. Hasta el portamonedas, con el último dinero que me dio, lo +dejo aquí sobre la cómoda. Véalo usted. + +Cogió la prudente señora el portamonedas que estaba aún bien repleto y +se lo guardó. + + + + +--xii-- + + +Hay motivos para creer que cuando Papitos entró a media noche en el +cuarto de Nicolás Rubín y le dijo sacudiéndole fuertemente: «Señor, +señor, su tía que vaya allá ahora mismo», el santo varón soltó un +bramido y dio media vuelta volviendo a caer en profundo sueño. Es +probable que a la segunda acometida de Papitos, el clérigo se +desperezara, y que ahuyentase a la mona con otro fuerte berrido, +agasajando en su empañado cerebro la idea de que su tía debía esperar +hasta la mañana siguiente. Y el fundamento de estas apreciaciones es que +Nicolás no se presentó en la casa de su hermano Maxi hasta las siete +dadas. Tanta pachorra sacaba de quicio a doña Lupe, que poniendo el +grito en el Cielo, decía: «Estoy destinada a ser la víctima de estos +tres idiotas... Cada uno por su lado me consumen la vida, y entre los +tres juntos van a acabar conmigo... ¡Qué familia, Señor, qué familia! Si +me viera mi Jáuregui, otro gallo me cantara. ¡Pero hombre de Dios, vaya +que tienes una calma! No sé cómo con ella y lo que comes no estás más +gordo... Te llamo a las once de la noche y esta es la hora en que te +descuelgas por aquí... ¿Tú sabes lo que pasa?». + +Esto lo decía en la sala, al ver entrar a Nicolás, cuyos ojos tenían aún +señales evidentes de lo bien que había dormido. Al sentir el coloquio, +salió la pecadora de su escondite, y acercándose a la puerta de la sala +trató de escuchar. Pero tía y sobrino siguieron hablando muy bajito, y +nada pudo percibir. Después el clérigo, a instancias de su tía, salió +al pasillo, y Fortunata metiose rápidamente en su escondite para +esperarle allí. + +El cuarto aquel estaba casi completamente a oscuras en las primeras +horas del día. Los que entraban no veían a quien dentro estuviera. La +vela, que ardió gran parte de la noche, se había consumido. Desde +dentro, vio Fortunata al cura, sombra negra en el cuadro luminoso de la +puerta, y esperó a que entrase o a que dijese algo. Como el que recela +penetrar en la madriguera de una bestia feroz, Nicolás permaneció en la +puerta, y desde ella lanzó en medio de la oscuridad estas palabras: +«Mujer, ¿está usted aquí?... No veo nada». + +--Aquí estoy, sí señor--murmuró ella. + +--Mi tía--añadió el clérigo--, me ha contado los horrores de esta +noche... Mi hermano maltratado, herido; usted entrando en casa a +deshora, y entrando para recoger su ropa y marcharse, rompiendo la +armonía conyugal y dejándonos a todos en la mayor confusión. ¿Me querrá +usted explicar a mí este turris-burris? + +--Sí señor--replicó la voz con miedo y turbación indecibles. + +--¿Y si ha tenido usted parte en esta infamia? + +--Yo... en lo de los golpes no he tenido parte--apuntó con rápida frase +la voz. + +--Vamos a cuentas--dijo el clérigo avanzando un poco, precedido de sus +manos que palpaban en las tinieblas--. Hace algunos días... lo he +sabido ayer por casualidad... mi hermano sospechaba que usted no le era +fiel; esta es la cosa. ¿Tenía fundamento esta sospecha? + +La voz no dijo nada, y hubo un ratito de temerosa expectativa. + +«¿Pero no contesta usted?--interrogó Nicolás con acento airado--. ¿Por +quién me toma? Hágase usted cargo de que está en el confesonario. No +hago la pregunta como persona de la familia ni como juez, sino como +sacerdote. ¿Tenía fundamento la sospecha?». + +Después de otro ratito, que al cura se le hizo más largo que el primero, +la voz respondió tenuemente: + +«Sí señor». + +--Ya veo--afirmó Rubín con ira--, que nos ha engañado usted a todos, a +mí el primero, a las señoras Micaelas, a mi amigo Pintado y a toda mi +familia después. Es usted indigna de ser nuestra hermana. Vea usted qué +bonito papel hemos hecho. ¡Y yo que respondí...! En mi vida me ha pasado +otra. La tuve a usted por extraviada, no por corrompida, y ahora veo que +es usted lo que se llama un monstruo. + +Dio entonces un paso más, cerrando un poco la puerta, y tentó la pared +por si hallaba silla o banco en qué sentarse. + +«Hablando en plata, usted no quiere a mi hermano... Ábrete, +conciencia». + +--No señor--dijo la voz prontamente y sin hacer ningún esfuerzo. + +--No le ha querido nunca... esta es la cosa. + +--No señor.--Pero usted me dijo que esperaba tomarle cariño conforme le +fuera tratando. + +--Sí lo dije.--Pero no ha resultado... No ha resultado. ¡Chasco como +este...! Se dan casos... De modo que nada. + +--Nada.--¡Perfectamente! Pero usted olvida que es casada y que Dios le +manda querer a su marido, y si no le quiere, serle fiel de cuerpo y de +pensamiento. ¡Bonita plancha, sí señor, bonita!... En mi vida me ha +pasado otra. Y usted, pisoteando el honor y la ley de Dios, se ha +prendado de cualquier pelagatos... ya se ve: su pasado licencioso le +envenena el alma, y la purificación fue una pamema. ¡No haber visto +esto, Señor, no haberlo visto! + +Estaba tan furioso el cura por lo mal que le había salido aquella +compostura, y su amor propio de arreglador padecía tanto, que no pudo +menos de desahogar su despecho con estas coléricas razones: «Pues sépase +usted que está condenada, y no le dé vueltas: condenada». + +No se sabe si este procedimiento del terror hizo su efecto, porque +Fortunata no contestó nada. La expresión de sus sentimientos acerca del +tremendo anatema perdiose en la oscuridad de aquella caverna. + +«Al menos, desdichada, confiese usted su delito--dijo Rubín, que +deslizándose en las tinieblas había encontrado un cajón en que +sentarse--. No me oculte usted nada. ¿Cuántas veces, cuántas veces ha +faltado usted a su marido?». + +La contestación tardaba. Nicolás repitió la pregunta hasta tres veces +suavizando el tono, y al fin oyó un susurro que decía: «Muchas». + +Cuenta el padre Rubín que aquel + +_muchas_ le dio escalofríos, y que le pareció el rumorcillo que hacen +las correderas cuando en tropel se escurren por las paredes. + +--¿Con cuántos hombres? + +--Con uno solo...--¡Con uno sólo!... ¿De veras? ¿Le conoció usted +después de casada? + +--No señor. Le conozco hace mucho tiempo... le he querido siempre. + +--¡Ah! ya... la historia vieja... perfectamente--dijo el cura, cuyo amor +propio se erguía al encontrar un medio de aparecer previsor--. Eso ya me +lo temía yo. ¡El amorcito primero...! ¿No lo dije, no se lo dije a +usted? Por ahí está el peligro. He visto muchos casos. Bueno. ¿Y ese +pelafustán es el de marras? + +Fortunata contestó que sí, sin comprender lo que quería decir de marras. + +«Y ese ha sido el miserable que abusando de su fuerza maltrató al pobre +Maxi, débil y enfermizo... ¡Ay, mundo amargo!». + +--Él fue... pero Maxi le provocó...--dijo la voz--. Esas cosas vienen +sin saber cómo... Yo lo presencié desde la ventana. + +--¿Desde qué ventana? + +--De la casa aquella.--¿Casita tenemos?... Sí... sí, lo de siempre. Lo +había previsto yo. No crea usted que me coge de nuevo. ¡Casita y +todo!... ¡Cuánta infamia! ¿Y no siente usted remordimientos? Cualquier +persona que tuviera alma estaría en tal caso llena de tribulación... +pero usted tan fresca. + +--Yo lo siento... lo siento... Quisiera que eso no hubiera pasado. + +--Eso, que no hubiera pasado el lance, para continuar pecando a la +calladita. Y siga el fandango. También esta clase de perversidad me la +sé de memoria. + +Fortunata se calló. Fuera que los ojos del clérigo se acostumbraran a la +oscuridad, fuera que entrase en el cuarto más luz, ello es que Nicolás +empezó a distinguir a su hermana política, sentada sobre el baúl, con un +pañuelo en la mano. A ratos se lo llevaba al rostro como para secar sus +lágrimas. Cierto es que Fortunata lloraba; pero algunas veces la causa +de la aproximación del pañuelo a la cara era la necesidad en que la +joven se veía de resguardar su olfato del olor desagradable que las +ropas negras y muy usadas del clérigo despedían. + +«Esas lágrimas que usted derrama, ¿son de arrepentimiento sincero? ¡A +saber...! Si usted se nos arrepintiera de verdad, pero de verdad, con +contrición ardiente, todavía esto podría arreglarse. Pero sería preciso +que se nos sometiera a pruebas rudas y concluyentes... esta es la cosa. +¿Volvería usted a las Micaelas?». + +--¡Oh!, no señor--replicó la pecadora con prontitud. + +--Pues entonces, que se la lleve a usted el demonio--gritó el clérigo +con gesto de menosprecio. + +--Le diré a usted... yo me arrepiento; pero... + +--Qué peros ni qué manzanas...--manifestó Rubín, manoteando con groseros +modales--. Reniegue usted de su infame adulterio; reniegue también del +hombre malo que la tiene endemoniada. + +--Eso...--¿Eso qué?... ¡Vaya con la muy...! Y me lo dice así, con ese +cinismo. + +Fortunata no sabía lo que quiere decir cinismo, y se calló. + +«Todo induce a creer que usted se prepara a reincidir, y que no hay +quien le quite de la cabeza esa maldita ilusión». + +El gran suspiro que dio la otra confirmó esta suposición mejor que las +palabras. + +«De modo que, aun viéndose perdida y deshonrada por ese miserable, +todavía le quiere usted. Buen provecho le haga». + +--No lo puedo remediar. Ello está _entre_ mí y no puedo vencerlo. + +--Ya... la historia de siempre. Si me la sé de memoria... Que quieren +sólo a aquel y no pueden desterrarlo del pensamiento, y que patatín y +que patatán... En fin, todo ello no es más que falta de conciencia, +podredumbre del corazón, subterfugios del pecado. ¡Ay, qué mujeres! +Saben que es preciso vencer y desarraigar las pasiones; pues no señor, +siempre aferradas a la ilusioncita... Tijeretas han de ser... En +resumidas cuentas, que usted no quiere salvarse. La pusimos en el camino +de la regeneración, y le ha faltado tiempo para echarse por los senderos +de la cabra. ¡Al monte, hija, al monte! Bueno; allá se entenderá usted +con Dios. Ya me estoy riendo del chasco que se va usted a llevar. Porque +ahora, como si lo viera, se lanzará otra vez a la vida libre. +Divertirse... ¡ea!... Por de pronto habrá un arreglito, y ese tunante le +dará alguna protección; tendrá usted casa en que vivir... Y ahora que me +acuerdo, ¿ese hombre es casado? + +--Sí señor--dijo Fortunata con pena. + +--¡Ave María Purísima!--exclamó el cura llevándose ambas manos a la +cabeza--. ¡Qué horror y qué sociedad! Otra víctima; la esposa de ese +señor... Y usted tan fresca, sembrando muertes y exterminios por donde +quiera que va... + +Esta frase de sermón aterró un poco a Fortunata. + +«Tendrá usted su castigo y pronto. La historia de siempre... ¡Qué +mujeres, Señor, qué mujeres! Váyase usted a correr aventuras, deshonre a +su marido, perturbe dos matrimonios; ya vendrá, ya vendrá el estallido. +No le arriendo la ganancia. El amancebamiento ahora, después la +prostitución, el abismo. Sí, ahí lo tiene usted, mírelo abierto ya, con +su boca negra, más fea que la boca de un dragón. Y no hay remedio, a él +va usted de cabeza... porque ese hombre la abandonará a usted... Son +habas contadas». + +Fortunata tenía la cabeza próxima a las rodillas. Estaba hecha un +ovillo, y sus sollozos declaraban la agitación de su alma. + +«¡Ah, mujer infeliz!--añadió el clérigo con solemnidad, levantándose--; +no sólo es usted una bribona, sino una idiota. Todas las enamoradas lo +son porque se les seca el entendimiento. Las saca uno del purgatorio del +deleite y allá se van otra vez. Tú te lo quieres, pues tú te lo ten. En +el Infierno le ajustarán a usted las cuentas. Váyase usted luego allá +con sofismas y con zalamerías de amor... Esto se acabó. Ni yo tengo que +hacer nada con usted, ni usted tiene nada que hacer en esta casa. +Cuenta concluida. Al arroyo, hija; divertirse; usted sale de aquí, y +cuando se vaya, sahumaremos, sí, sahumaremos... Perfec... tamente». + +Esto lo dijo en la puerta y luego se retiró sin añadir una palabra más. +Doña Lupe le aguardaba en la sala para saber si había sido más +afortunado que ella en la averiguación de la verdad, y allí se +estuvieron picoteando un buen rato. Después oyeron ruido, sintieron la +voz de Fortunata que hablaba quedito con Patricia, diciéndole quizás +cómo y cuándo mandaría a buscar su ropa. Tía y sobrino asomáronse luego +a los cristales del balcón y la vieron atravesar la calle presurosa, y +doblar la esquina sin dirigir una mirada a la casa que abandonaba para +siempre. + +Nicolás repetía una figura de que estaba satisfecho: «Sahumar, sahumar y +sahumar». Y a propósito de espliego, a él, físicamente, tampoco le +vendría mal... esto sin ofender a nadie. + +Madrid.--Mayo de 1886. + +FIN DE LA PARTE SEGUNDA + + * * * * * + + + + + +Parte tercera + + + + +--I-- + +Costumbres turcas + + + + +---i--- + + +Juan Pablo Rubín no podía vivir sin pasarse la mitad de las horas del +día o casi todas ellas en el café. Amoldada su naturaleza a este género +de vida, habríase tenido por infeliz si el trabajo o las ocupaciones le +obligaran a vivir de otro modo. Era un asesino implacable y reincidente +del tiempo, y el único goce de su alma consistía en ver cómo expiraban +las horas dando boqueadas, y cómo iban cayendo los periodos de fastidio +para no volver a levantarse más. Iba al café al medio día, después de +almorzar, y se estaba hasta las cuatro o las cinco. Volvía después de +comer, sobre las ocho, y no se retiraba hasta más de media noche o hasta +la madrugada, según los casos. Como sus amigos no eran tan constantes, +pasaba algunos ratos solo, meditando en problemas graves de política +religión o filosofía, contemplando con incierto y soñoliento mirar las +escayolas de la escocia, las pinturas ahumadas del techo, los fustes de +hierro y las mediascañas doradas. Aquel recinto y aquella atmósfera +éranle tan necesarios a la vida, por efecto de la costumbre, que sólo +allí se sentía en la plenitud de sus facultades. Hasta la memoria le +faltaba fuera del café, y como a veces se olvidara súbitamente en la +calle de nombres o de hechos importantes, no se impacientaba por +recordar, y decía muy tranquilo: «En el café me acordaré». En efecto, +apenas tomaba asiento en el diván, la influencia estimulante del local +dejábase sentir en su organismo. Heridos el olfato y la vista, pronto se +iban despertando las facultades espirituales, la memoria se le +refrescaba y el entendimiento se le desentumecía. Proporcionábale el +café las sensaciones íntimas que son propias del hogar doméstico, y al +entrar le sonreían todos los objetos, como si fueran suyos. Las personas +que allí viera constantemente, los mozos y el encargado, ciertos +parroquianos fijos, se le representaban como unidos estrechamente a él +por lazos de familia. Hasta con la jorobadita que vendía en la puerta +fósforos y periódicos tenía cierto parentesco espiritual. + +Pero aunque Juan Pablo se encariñaba de este modo con el local, había +cambiado de café bastantes veces en el espacio de cinco años. + +Equivalía esto a mudar de vivienda, y como todos los cafés de Madrid se +parecen, lo mismo que se parecen las casas, Juan Pablo llevaba en sí +propio su domesticidad, y a los dos días de frecuentar un café, ya se +encontraba en él como en familia. Los cambios eran determinados por +ciertas corrientes de emigración que hay en la sociedad de los vagos y +que no se sabe a qué obedecen. Unas veces el impulso partía de algunos +amigos inconstantes, tocados de la manía de la variedad; otras la +emigración era motivada por una cuestión muy desagradable con _aquel +señor de la mesa próxima_. Ya provenía de que el amo del café _se portó +cochinamente_ cobrando a la tertulia unas copas, que se habían roto al +discutir las verdaderas causas de la muerte de Concha en Montemuru; ya, +por fin, de un desmejoramiento progresivo e intolerable del _género_, +razón por la cual desearan muchos estrenar los establecimientos nuevos o +renovados. Juan Pablo no gustaba de iniciar ninguna corriente de +emigración; pero las seguía casi siempre. En estas corrientes es fácil +que se pierda alguno de la partida, o por rebelde a las mudanzas o +porque las deudas le cautivan en el antiguo local y allí le hipotecan la +asistencia, pero en cambio siempre se gana algún tertulio nuevo que +viene a refrescar las ideas y las bromas. + +Quien se hubiera tomado el trabajo de seguir los pasos de Rubín desde +el 69 al 74, le habría visto parroquiano del café de San Antonio en la +Corredera de San Pablo, después del Suizo Nuevo, luego de Platerías, del +Siglo y de Levante; le vería, en cierta ocasión, prefiriendo los cafés +cantantes y en otra abominando de ellos; concurriendo al de Gallo o al +de la Concepción Jerónima cuando quería hacerse el invisible, y por fin, +sentar sus reales en uno de los más concurridos y bulliciosos de la +Puerta del Sol. + +Al medio día era siempre de los retrasados, porque se levantaba tarde; +por la noche era infaliblemente el primero. Rara vez, al entrar, +encontraba ya allí a D. Evaristo González Feijoo o a Leopoldo Montes. La +tertulia de la noche tenía su personal distinto de la del día, y eran +pocos los que asistían a una y otra. Sólo Rubín era punto fijo en ambas. +La peña aquella ocupaba tres mesas, y antes de que los parroquianos +llegaran, el mozo les ponía a todos el servicio. Juan Pablo entraba a +las ocho, cuando aún no había en el local más que tres o cuatro +personas, y los mozos estaban de conversación sentados junto al +mostrador. En este, el amo o encargado preparaba los servicios, poniendo +pilas de platillos de azúcar. Cada instante se abría la puerta de +cristales para dar paso a algún parroquiano (que entraba quitándose la +bufanda o desembozándose), y luego se cerraba con fuerte batacazo, para +volverse a abrir en seguida con estridente chirrido de goznes mohosos. +Era un estribillo abrumador... _Chirris_... entrada del individuo con su +puro de estanco en la boca... después _pum_ y otra vez _chirris_... + +El amo saludaba desde el mostrador a algún parroquiano que le caía +cerca. Los más gustaban de que se les sirviera el café sin ninguna +tardanza, y daban palmadas si el chico no venía pronto. Juan Pablo +entraba despacio y muy serio, como hombre que va a cumplir una +obligación sagrada. Dirigía el paso gravemente hacia las mesas de la +derecha y se sentaba siempre en el propio sitio con matemática +exactitud. El mozo le saludaba en el momento de dar un restregón con el +paño a la mesa, y él, contestando con cierta dignidad, frotábase las +manos, se acomodaba bien en el asiento, conservando la capa sobre los +hombros; después acercaba el vaso, poniendo a la derecha, a la discreta +distancia a que se pone el tintero para escribir, el platillo del +azúcar, y luego atendía a la operación de verter en el vaso la leche y +el café, poniendo mucho cuidado en que las proporciones de ambos +líquidos fueran convenientes y en que el vaso se llenara sin rebosar. +Esto era elemental. Después cogía la cuchara con la mano izquierda y con +la derecha iba echando pausadamente los terrones, dirigiendo miradas +indulgentes a todo el local y a las personas que entraban. Como +veterano del café sabía tomarlo con aquella lentitud y arte que +corresponden a todo acto importante. + +Imposible que la historia siga a este hombre en todos sus periodos +cafeteros. Pero no se puede pasar en silencio la etapa aquella de la +Puerta del Sol, en que Rubín tenía por tertulios y amigos a D. Evaristo +González Feijoo, a don Basilio Andrés de la Caña; a Melchor de Relimpio +y a Leopoldo Montes, personas todas muy dadas a la política, y que +hablaban del país como de cosa propia. Teniendo todos la misma manía, +cada cual cultivaba una especialidad, pues Leopoldo Montes llevaba un +día y otro infaliblemente, noticias de crisis; D. Basilio descendía +siempre a menudencias de personal; Relimpio era procaz y malicioso en +sus juicios; Rubín descollaba por suponerse que todo lo sabía y que se +anticipaba a los sucesos _viéndolos venir_, y por último, Feijoo era +profundamente escéptico, y tomaba a broma todas las cosas de la +política. + +Allí brillaba espléndidamente esa fraternidad española en cuyo seno se +dan mano de amigo el carlista y el republicano, el progresista de cabeza +dura y el moderado implacable. Antiguamente, los partidos separados en +público, estábanlo también en las relaciones privadas; pero el progreso +de las costumbres trajo primero cierta suavidad en las relaciones +personales, y por fin la suavidad se trocó en blandura. Algunos creen +que hemos pasado de un extremado mal a otro, sin detenernos en el medio +conveniente, y ven en esta fraternidad una relajación de los caracteres. +Esto de que todo el mundo sea amigo particular de todo el mundo es +síntoma de que las ideas van siendo tan sólo un pretexto para conquistar +o defender el pan. Existe una confabulación tácita (no tan escondida que +no se encuentre a poco que se rasque en los políticos), por la cual se +establece el turno en el dominio. En esto consiste que no hay +aspiración, por extraviada que sea, que no se tenga por probable; en +esto consiste la inseguridad, única cosa que es constante entre +nosotros, la ayuda masónica que se prestan todos los partidos desde el +clerical al anarquista, lo mismo dándose una credencial vergonzante en +tiempo de paces, que otorgándose perdones e indultos en las guerras y +revoluciones. Hay algo de seguros mutuos contra el castigo, razón por la +cual se miran los hechos de fuerza como la cosa más natural del mundo. +La moral política es como una capa con tantos remiendos, que no se sabe +ya cuál es el paño primitivo. + +Hablando de esto, Feijoo y Rubín achacaban la relajación de los +caracteres a los desengaños. «Yo--decía Feijoo--, soy progresista +desengañado, y usted tradicionalista arrepentido. Tenemos algo de común: +el creer que todo esto es una comedia y que sólo se trata de saber a +quién le toca mamar y a quién no». + + + + +--ii-- + + +Don Evaristo González Feijoo merece algo más que una mención en +este relato. Era hombre de edad, solterón, y vivía desahogadamente de +sus rentas y de su retiro de coronel del ejército. A poco de la guerra +de África, abandonó el servicio activo. Era el único individuo de la +tertulia que no tenía trampas ni apuros de dinero. Su existencia plácida +y ordenada, reflejábase en su persona pulcra, robusta y simpática. Su +facha denunciaba su profesión militar y su natural hidalgo; tenía bigote +blanco y marcial arrogancia, continente reposado, ojos vivos, sonrisa +entre picaresca y bondadosa; vestía con mucho esmero y limpieza, y su +palabra era sumamente instructiva, porque había viajado y servido en +Cuba y en Filipinas; había tenido muchas aventuras y visto muchas y muy +extrañas cosas. No se alteraba cuando oía expresar las ideas más +exageradas y disolventes. Lo mismo al partidario de la inquisición que +al petrolero más rabioso, les escuchaba Feijoo con frialdad benévola. +Era indulgente con los entusiasmos, sin duda porque él también los había +_padecido_. Cuando alguno se expresaba ante él con fe y calor, oíale con +la paciencia compasiva con que se oye a los locos. También él había +sido loco; pero ya había recobrado la razón, y la razón en política era, +según él, la ausencia completa de fe. + +En las tertulias de los cafés hay siempre dos categorías de individuos, +una es la de los que ponen la broza en la conversación, llevando +noticias absurdas o diciendo bromas groseras sobre personas y cosas; +otra es la de los que dan la última palabra sobre lo que se debate, +soltando un juicio doctoral y reduciendo a su verdadero valor las bromas +y los dicharachos. Donde quiera que hay hombres, hay autoridad, y estas +autoridades de café, definiendo a veces, a veces profetizando y siempre +influyendo, por la sensatez aparente de sus juicios, sobre la vulgar +multitud, constituyen una especie de opinión, que suele traslucirse a la +prensa, allí donde no existe otra de mejor ley. + +Bueno. Los que ejercen autoridad en los círculos o tertulias de café +suelen sentarse en el diván, esto es, de espaldas a la pared, como si +presidieran o constituyesen tribunal. Juan Pablo y Feijoo pertenecían a +esta categoría; pero el segundo no se sentaba nunca en el diván, porque +le daba calor la pana, sino en una de las sillas de fuera, tomando café +en un ángulo de la mesa y volviendo la espalda a los individuos de la +mesa inmediata. + +En cambio, D. Basilio Andrés de la Caña, que era vulgo, se sentaba +siempre en el diván. Gustaba de ocupar posiciones superiores a las que +merecía, y recostaba en el marco de los espejos su cabeza calva y +lustrosa. Usaba gafas, y su nariz pequeña podría pasar por signo o +emblema de agudeza. Entornaba los ojos cuando daba una respuesta +difícil, como hombre que quiere reconcentrar bien las ideas. Su frente +era espaciosísima y su fisonomía de esas que parecen revelar un +entendimiento profundo y sintético. Tenía algún parecido con Cavour, de +lo que provenían las bromas un tanto pesadas que le daban. Para juzgar +su talento, acudiremos a un dicho de Melchor de Relimpio: «El mejor +negocio que se podría hacer en estos tiempos, ¿a que no saben ustedes +cuál es? Pues abrirle la cabeza a D. Basilio y sacarle toda la paja que +hay dentro para venderla». + +Y don Basilio, que tenía ciertas marrullerías de asno viejo, sacaba +partido de su fisonomía engañosa y de aquel aire de _hombre conspicuo_ +que le daban su calva de calabaza, su frente abovedada, sus anteojos y +su nariz chiquita y prismática. Más de una vez, los ministros a quienes +se presentó experimentaron los efectos de fascinación que aquella +carátula ejercía sobre el vulgo, y le tomaron por una eminencia no +comprendida. Cráneo y entrecejo eran un timo frenopático. Siempre que +discutía tomaba un tono tan solemne, que muchos incautos le miraban con +respeto. Consideraba la risa como un acto impropio de la dignidad +humana, y habíala desterrado casi en absoluto de su cara, tomando por +modelo una página del Nomenclátor o de la Memoria de la Deuda Pública. + +Dos fases tenía la vida de este hombre: el periodismo y la empleomanía. +En la prensa, siempre estuvo encargado de la parte extranjera y de las +cuestiones de Hacienda. Ni para una ni para otra cosa se necesitaba en +el periodismo antiguo saber escribir. Pero la Caña tomaba tan en serio +estas dos ramas del conocimiento humano, que cuando trabajaba parecía +que estaba escribiendo la _Crítica de la razón pura_. Su sueldo en las +redacciones no pasó nunca de treinta duros, cuando le pagaban. De las +redacciones pasaba a las oficinas, y de las oficinas a las redacciones; +de modo que cuando estaba cesante y la familia pereciendo, alegrábanse +las Musas de la política extranjera y de la ciencia fiscal. Siempre fue +mi hombre _arrimado a la cola_, como decían sus amigos; es decir, muy +moderado, porque siempre le colocaban los doctrinarios. Su primer +destino se lo dio Mon, y estuvo en Hacienda con ciertas alternativas +hasta el periodo largo de la Unión Liberal. Esta época fue su _crujía_ +funesta, y vivió míseramente de la pluma, preguntando todos los días a +la conclusión del artículo: «¿qué hará la Rusia?» y respondiéndose con +la más deliciosa buena fe: «no lo sabemos». A Inglaterra la llamaba +siempre el _Gabinete de Saint-James_, y a Francia el _Gabinete de las +Tullerías_. + +Durante el periodo revolucionario, pasó el pobre D. Basilio una +trinquetada horrible, porque no quiso venderse ni abdicar sus ideas. +Únicamente consintió en trabajar en un periódico liberal templado; +pero... bien claro se lo dijo al director... nada más que para tratar de +las cuestiones financieras, con exclusión absoluta de toda idea +política. Dicho y hecho: la Caña se largaba todos los días un articulazo +que no leía nadie, criticando la gestión de la Hacienda; pero no así +como se quiera, sino con números. «Con los números no se juega» decía +él, y le metía mano al presupuesto y lo desmenuzaba como si fuera la +cuenta de la lavandera. «Si esta gente no comprende--decía en el café +inflado de autoridad--, que sin presupuesto no hay política posible, ni +hay país, ni nada. Estoy harto de decírselo todos los días. Y nada; como +si se lo dijera a este mármol. Señores, yo les juro que he examinado una +por una todas las cifras, y créanmelo, parece mentira que ese buñuelo +haya salido de las oficinas de Hacienda. Pero si es lo que yo digo: ese +señor (el Ministro del ramo) no sabe por dónde anda, ni en su vida las +ha visto más gordas... ¡Cuidado que lo vengo demostrando como tres y dos +son cinco! Pero nada... no lo quieren entender». + +Después de expresar con un gran suspiro la lástima que tenía de este +pobre país, seguía tomando su café con indolencia, pero con apetito, +porque para D. Basilio era verdadero alimento, y lo tomaba colmado, en +vaso, y dejando rebosar todo lo posible en el plato para trasegarlo +después frío al vaso. En los últimos años de la Revolución, D. Manuel +Pez diole un destinillo en el Gobierno civil, y él lo aceptó como ayuda +hasta que vinieran tiempos mejores; pero estaba descontento, no sólo por +lo mezquino del sueldo, sino por razones de dignidad. Los amigos que le +oían quejarse, comparando la exigüidad de la paga con la muchedumbre de +bocas que constituían su familia, le consolaban cada cual a su manera; +pero él decía invariablemente: «y sobre todo, me lo pueden creer, lo que +más me contrista es no estar _en mi ramo_». Su ramo era la Hacienda. + +La conversación del círculo, que empezaba casi siempre con el tema de la +guerra, pasaba insensiblemente al de los empleos. Leopoldo Montes, +cesante eterno, Relimpio, y otros que tenían entre los dientes alguna +piltrafa del presupuesto, se arrojaban con deleite famélico sobre aquel +tema picante. «Usted, ¿cuánto tiene?». + +--Yo _catorce_; pero me corresponden _dieciséis_; Fulano, que estaba por +debajo de mí en la Ordenación de pagos, tiene ya _veinte_, y yo llevo +diez años con _catorce_. + +--Pues yo--decía D. Basilio--, cuando estaba _en mi ramo_, llegué a +_veinticuatro_ por mis pasos contados. Con este desbarajuste que hay +ahora, no se sabe ya por dónde anda uno. El día que vuelva a _mi ramo_, +no admito credencial que sea inferior a _treinta_. + +--Pero como aquí se hacen mangas y capirotes de los _derechos +adquiridos_... ¡qué país! Yo entré en Penales con _ocho_, después me +pasaron a Instrucción Pública con _diez_, luego cesante, y al fin, para +no morirme de hambre, tuve que aceptar _seis_ en Loterías. + +--Pues yo--murmuraba una voz que parecía salida de una botella, voz +correspondiente a una cara escuálida y cadavérica, en la cual estaban +impresas todas las tristezas de la Administración española--, sólo pido +dos meses, dos meses más de activo para poderme jubilar por Ultramar. He +pasado el charco siete veces, estoy sin sangre, y ya me corresponde +retirarme a descansar con _doce_. ¡Maldita sea mi suerte! + +El cesante más digno de conmiseración es aquel que sólo pide unos +cuantos días más de empleo para poder reclinar sobre la almohada de las +Clases Pasivas una frente cargada de años, de sustos y de servicios. + + + + +--iii-- + + +De ocho a diez estaba el café completamente lleno, y los +alientos, el vapor y el humo hacían un potaje atmosférico que +indigestaba los pulmones. A las nueve, cuando aparecían _La +Correspondencia_ y los demás periódicos de la noche, aumentaba el +bullicio. La jorobada y un su hermano, también algo cargado de espaldas, +entraban con las manos de papel, y dando brazadas por entre las mesas +del centro, iban alargando periódicos a todo el que los pedía. Poco +después empezaba a clarear la concurrencia; algunos se iban al teatro, y +las peñas de estudiantes se disolvían, porque hay muchos que se van a +estudiar temprano. En todos los cafés son bastantes los parroquianos que +se retiran entre diez y once. A las doce vuelve a animarse el local con +la gente que regresa del teatro y que tiene costumbre de tomar chocolate +o de cenar antes de irse a la cama. Después de la una sólo quedan los +enviciados con la conversación, los adheridos al diván o a las sillas +por una especie de solidificación calcárea, las verdaderas ostras del +café. + +Juan Pablo no se iba hasta que cerraban las puertas, y de todos sus +amigos el único que tan a deshora le acompañaba era Melchor de Relimpio. +Iban juntos hacia su barrio y a veces el uno dejaba al otro en la +puerta de su casa, sin cesar de charlar hasta el momento en que venía el +sereno a abrir. Si la noche estaba buena, solían darse una hora más de +palique vagando por las calles. + +¿De qué hablaban aquellos hombres durante tantas y tantas horas? El +español es el ser más charlatán que existe sobre la tierra, y cuando no +tiene asunto de conversación, habla de sí mismo; dicho se está que ha de +hablar mal. En nuestros cafés se habla de cuanto cae bajo la ley de la +palabra humana desde el gran día de Babel, en que Dios hizo las +opiniones. Óyense en tales sitios vulgaridades groseras, y también +conceptos ingeniosos, discretos y oportunos. Porque no sólo van al café +los perdidos y maldicientes; también van personas ilustradas y de buena +conducta. Hay tertulias de militares, de ingenieros; las de empleados y +estudiantes son las que más abundan, y los provincianos forasteros +llenan los huecos que aquellos dejan. En un café se oyen las cosas más +necias y también las más sublimes. Hay quien ha aprendido todo lo que +sabe de filosofía en la mesa de un café, de lo que se deduce que hay +quien en la misma mesa pone cátedra amena de los sistemas filosóficos. +Hay notabilidades de la tribuna o de la prensa, que han aprendido en los +cafés todo lo que saben. Hombres de poderosa asimilación ostentan cierto +caudal de conocimientos, sin haber abierto un libro, y es que se han +apropiado ideas vertidas en esos círculos nocturnos por los estudiosos +que se permiten una hora de esparcimiento en tertulias tan amenas y +fraternales. También van sabios a los cafés; también se oyen allí +observaciones elocuentes y llenas de sustancia, exposiciones sintéticas +de profundas doctrinas. No es todo frivolidad, anécdotas callejeras y +mentiras. El café es como una gran feria en la cual se cambian infinitos +productos del pensamiento humano. Claro que dominan las baratijas; pero +entre ellas corren, a veces sin que se las vea, joyas de inestimable +precio. + +La mesa presidida por Juan Pablo Rubín era la segunda, entrando, a mano +derecha. La inmediata pertenecía al mismo círculo de amigos; después +seguía la de los _curas de tropa_, llamada así porque a ella se +arrimaban tres o cuatro sacerdotes, de estos que podríamos llamar +sueltos, y que durante la noche y parte del día hacían vida laica. A +esta mesa solía ir Nicolás Rubín, vestido de seglar como los otros, +sirviendo de transición entre aquel círculo y el próximo, donde su +hermano estaba. Las dos tertulias vecinas vivían en excelentes +relaciones, y a veces se entremezclaban los apreciables sujetos que las +componían. A la mesa de los presbíteros seguían dos de escritores, +periodistas y autores dramáticos. Federico Ruiz iba por allí muy a +menudo, y como era hombre tan comunicativo, metía baza con los curas, de +lo que resultó que estos se familiarizaran por una banda con la gente de +pluma, y por otra con los amigos de Rubín y Feijoo. A los escritores +seguían los _chicos de caminos_, que ocupaban las tres mesas del ángulo. +Allí empezaba lo que llamaban el _martillo_, o sea el crucero del +vastísimo local. Dicho crucero era como un segundo departamento del +café, y estaba invadido por estudiantes, en su mayoría gallegos y +leoneses, que metían una bulla infernal. + +Como todo esto que cuento se refiere al año 74, natural es que en el +café se hablara principalmente de la guerra civil. En aquel año +ocurrieron sucesos y lances muy notables, como el sitio de Bilbao, la +muerte de Concha, y por fin, el pronunciamiento de Sagunto. Raro era el +día que no echaban los periódicos un extraordinario anunciando batallas, +desembarcos de armas, movimientos de tropas, cambios de generales y +otras cosas que por lo común daban pie a inacabables comentarios. + +«¿Se ha enterado usted, Rubín?--decía Feijoo al tomar asiento junto al +ángulo de la mesa, y quitando de la boca del vaso el platillo del +azúcar--. Parece que Mendiry se ha corrido hacia Viana». + +--Descuide usted--replicaba Juan Pablo con suficiencia. No saldrán del +circulito de las Provincias Vascongadas y Navarra. Les conozco bien... +Todos los jefes no van más que a hacer su pella... El día en que haya un +gobierno que les quiera comprar, se acabó la guerra. + +--¡Pero, hombre...!--No hay más que hablar. Pillería aquí, pillería +allá, y todo una gran pillería. + +--Aquí no hay más que mucha hambre--decía uno de los curas de tropa +alzando la voz en la mesa inmediata--. La guerra no se acaba porque los +militares van muy a gusto en el machito. Los de acá y los de allá no +están por la paz. ¿Pero qué me dicen ustedes a mí que he visto aquello? +Yo he servido en el _cuarto montado_, he visto de cerca la guerra... y +esta seguirá jorobándonos mientras unos y otros mamen de ella. + +--¡Qué fuerte está el señor capellán!--dijo Feijoo sonriendo, y no dijo +más porque entró D. Basilio y en tono de gran misterio se expresó de +este modo: + +«Cuando digo que hay novedades...». + +Después que le sirvieron el café, agachó la cabeza, y en el círculo que +formaban las cuatro o cinco cabezas de sus amigos que se alargaron para +oírle, hizo la confidencia: + +«Se lo digo a ustedes en gran reserva». + +--¿Pero qué es?--_¡Misterios!_... Sagasta está disgustado. Me lo ha +dicho su secretario particular. + +--¡Ah!, yo también lo oí--indicó Relimpio--. Es cierto... como que tiene +dolor de muelas. + +--El motivo--añadió la Caña radiante--, no lo sé. Cada uno piense como +quiera. Yo lo único que me permito decir es que esto está muy malo... +pero muy malo, y que hay mar de fondo. + +--¿Pero no sabe usted más?--le preguntó Feijoo de una manera +apremiante--. Yo creí que nos iba usted a dar noticia de la conferencia +del Duque con Elduayen... Y ahora sale con que Sagasta está +malhumorado... Dios nos asista... Pero lo de la conferencia, ¿es cierto +o no? + +Don Basilio solía llevar en la boca un palillo de dientes, y tomándolo +entre los dedos lo mostraba, accionando con él, como si formara parte +del argumento. + +«Lo que yo sé--afirmó con acento patético, ofreciendo el palillo a la +admiración de sus amigos--, lo que yo sé es que esto está muy malo. Digo +con Lorenzana: _Meditemos_». + +El círculo de cabezas volvió a formarse, y en él echó D. Basilio su +aliento, como los saludadores, antes de echar sus palabras. Era el tal +aliento poco grato a la nariz de Feijoo, por lo cual este se retiró +discretamente. + +Don Basilio estuvo vacilando entre su conciencia, que le exigía callar, +y el deseo de satisfacer la curiosidad de sus amigos. Por fin se +violentó un poco para decir: + +«Esta tarde Romero Ortiz salió del ministerio a las cuatro, y al pasar +en coche por la calle del Amor de Dios, vio a un amigo, paró el coche, +el amigo entró, y fueron...». + +--¿Pero quién era el amigo? + +--Todo no se ha de decir... Pues bien; allá va: era _el pollo Romero_. +Fueron... esta sí que es gorda... a casa de D. Antonio Cánovas... Madera +Baja, 1. + +Dicho esto, la Caña se quedó muy serio, saboreando el efecto que debían +causar sus palabras. Volvió a poner el palillo entre los dientes y +miraba a sus amigos con cierta lástima. + +«¿Y qué?--dijo Rubín con desabrimiento--. No veo la tostada». + +--Pues, amigo mío--replicó D. Basilio en el tono de un hombre superior +que no quiere incomodarse--, si usted no quiere ver la tostada, ¿yo qué +le voy a hacer? + +--¿Y qué más da que vayan o no a casa de Cánovas? + +--Nada, nada... la cosa no tiene malicia. Flojilla cosa es... ¿De qué +pan hago las migas, compadre? Del tuyo que con el viento no se oye. + +Después se permitió echarse a reír, cosa en él extrañísima y desusada. + +«Este D. Basilio...».--Amigo--manifestó Feijoo con su franqueza +habitual--. Confiese usted que la noticia que nos ha traído podría ser +una sandez. + +--Bueno, mi Sr. D. Evaristo, usted crea lo que quiera. Yo me lavo las +manos. + +Esto de lavarse las manos lo repetía mucho la Caña; pero los hechos no +correspondían a las palabras como lo demostraba la simple observación. +«Ustedes podrán creer lo que les acomode--repetía el escritor de +Hacienda, intentando elevar su dignidad de noticiero sobre la chacota de +sus amigos--, pero lo que yo sostengo es que antes de un mes está el +Príncipe Alfonso en el trono». + +Risa general. D. Basilio se ponía colorado y después palidecía. Sus +labios temblaban al aplicarse al borde del vaso. + +--¿A que no?--dijo con rabia Juan Pablo--. Eso, nunca. Antes que eso, +que vuelvan los cantonales. ¡Ni que fuéramos bobos en España! Señores, +¿a ustedes les cabe en la cabeza que venga aquí el Príncipe Alfonso? Y +detrás doña Isabel. ¡Bonito porvenir!... Otra vez el _moderantismo_. +Pero yo pregunto--añadió con exaltación, dejando caer la capa y echando +atrás el sombrero--, yo pregunto: ¿qué gente tiene a su lado el +Príncipe? A ver; responderme. + +Don Basilio, no se atrevía a responder. Contentábase con tomar aires de +hombre profundo, que no se resuelve a soltar el enjambre de ideas que le +zumban en el cerebro. + +--Responderme.--Nadie... cuatro gatos--dijo Montes. + +--Los que no supieron defender a su madre cuando la echamos, señores... +Y ahora... Si quiere D. Basilio, pasaremos revista a todos los +personajes del _alfonsismo_. Vamos, vengan ratas. + +Don Basilio, por su gusto, se habría metido debajo de la mesa. No hacía +más que morder el palillo y gruñir como un mastín que no se decide a +ladrar ni quiere tampoco callarse. + +«El _alfonsismo_ es un crimen» afirmó con la mayor suficiencia Leopoldo +Montes, que no se paraba en barras para expresar una opinión. + +--Pero un crimen _de lesa nación_--agregó Rubín--. Es lo que yo le decía +anoche a Relimpio, que también se va cayendo de ese lado. ¡En estos +momentos, cuando no se sabe lo que saldrá de la guerra...! Pues qué, si +D. Carlos no fuera un necio, ¿no estaría ya en Madrid? + +--Pero, y eso ¿qué prueba?--arguyó al fin D. Basilio, viendo una salida +favorable de la confusión en que su contrincante le metía--; ¿qué tiene +que ver...? Lógica, señores, lógica. + +--Nada, hombre, que no viene acá el niño ese... que no viene... Yo pongo +mi cabeza. + +--Pero...--No hay pero... Que no viene, y no le dé usted vueltas, Sr. de +la Caña. + +--Deme usted razones.--Que no viene... Usted se convencerá, usted lo +verá... Al tiempo... + +--Pues al tiempo. + +--Que no, hombre, que no. Si hasta que venga el Príncipe no le llevan a +usted _a su ramo_, menudo pelo va usted a echar... + +--Si no se trata aquí de que yo eche pelo ni de que no eche +pelo--manifestó D. Basilio incomodándose un poco y mostrando el palillo +deshilachado. + +Pero Rubín se puso a hablar con Feijoo, que le preguntaba por aquel +inexplicable casamiento de su hermano con una mujer maleada. Don Basilio +pegó la hebra con los curas de tropa y con Nicolás Rubín. En aquel +círculo le hacían más caso que en el suyo, y se despachaba más a su +gusto. Divididas las opiniones, el capellán del _cuarto montado_ votaba +por el Príncipe; pero el cura Rubín y otros dos que allí había bufaban +sólo de oír hablar del _alfonsismo_. D. Basilio, inclinándose de aquel +lado, apoyado en el codo, les revelaba secretos con muchísima reserva. +Ya no faltaba más que dar algunos perfiles a la cosa. Todo dispuesto, y +el primerito que estaba en el ajo era Serrano. + +«Lo que ustedes oyen... Al tiempo... Ustedes lo han de ver... y pronto, +muy pronto». + +Después se incautaba con disimulo de todos los terrones de azúcar que +podía, y se marchaba a su casa, despidiéndose de cada uno +particularmente con apretón de manos a espaldarazo. + + + + +--iv-- + + +Rubín, después de su fracaso en el campo y corte de D. Carlos, +había tomado en aborrecimiento a los hombres del bando absolutista; pero +conservaba las ideas autoritarias y la opinión de que no se puede +gobernar bien sino dando muchos palos. Toda la parte religiosa del +programa carlista la descartaba, quedándose tan sólo con la política, +porque ya había visto prácticamente que los curas lo echan todo a +perder. Decía que su ideal era _un gobierno de leña_, que hiciera las +leyes y nos las aplicara sin contemplaciones, mirando siempre a la +justicia, con una tranca muy grande y siempre alzada en la mano. Este +sistema autocrático comprendía las maneras de gobernar más que las ideas +y soluciones teóricas, porque entre las que profesaba Rubín habíalas +marcadamente avanzadas, populares y aun socialistas. Uno de sus temas +era este: «Conviene que todo el mundo coma... porque el hambre y la +pobretería son lo que más estorba la acción de los gobiernos, lo que da +calor a las revoluciones, manteniendo a la nación en la intranquilidad y +el desbarajuste». Este socialismo sin libertad, combinado con el +absolutismo sin religión, formaba en la cabeza de aquel buen hombre un +revoltijo de mil demonios. + +Otro de sus temas era: _No más pillos y pena de muerte al ladrón_. O más +claro: castigo inmediato y cruel a todos los que van al gobierno con el +único fin de hacer chanchullos. La ráfaga de ambición que pasa por la +mente de todo español con más o menos frecuencia haciéndole decir _si yo +fuera poder_, le soplaba a Rubín dos o tres veces cada día, más bien +como sueño que como esperanza; pero en sus horas de soledad se adormecía +con aquella idea y la trabajaba, batiéndola, como se bate la clara de +huevo para que crezca y se abulte y forme espumarajos. La conclusión de +este meneo mental era que «aquí lo que hace falta es un hombre de +riñones, un tío de mucho talento con cada riñón como la cúpula del +Escorial». + +Su prisión por sospechas de conspiración acentuole la soberbia y la +murria soñadora, revolviendo más al propio tiempo el pisto manchego de +su programa político-social. Salió de la cárcel con la cabeza más +aturullada y los ánimos más encendidos. Entrole entonces cierto afán por +las lecturas, porque reconocía su ignorancia y la necesidad de entender +las ideas de los grandes hombres y los sucesos notables que habían +pasado en el mundo. Durante un par de semanas leyó mucho, devorando +obras diferentes, y como tenía facilidad de asimilación y mucha labia, +lo que leía por las mañanas lo desembuchaba por las noches en el café +convertido en pajaritas. Pajaritas eran sus conceptos; pero no por +serlo, dejaban de cautivar a D. Basilio, a Leopoldo Montes y al mismo +Feijoo. + +Un día se despertó pensando que debía _empollar_ algo de sistemas +filosóficos y de historia de las religiones. El móvil de esto no era +simplemente el amor al saber, sino un maligno deseo de tener argumentos +con qué apabullar a los curas de la mesa próxima, que sólo por ser +curas, aunque sueltos, le eran antipáticos, pues odiaba a la clase +entera desde aquella trastada que los sotanas le hicieron en el Norte. + +Poco a poco, a medida que iba acopiando argumentos, fue Rubín +corriéndose a lo largo del diván, hasta que llegó a presidir la mesa de +los capellanes. Eran estos tres, cuatro cuando iba Nicolás Rubín, todos +de buena sombra y muy echados para adelante. Ninguno de ellos se mordía +la lengua fuera cual fuese el tema de que se tratara. El más calificado +era un viejo catarroso, andaluz, gran narrador de anécdotas, mal +hablado, y en el fondo buena persona. Retirábase a las once y decía sus +misitas por la mañana. El segundo era cura de tropa, echado del servicio +por no sé qué desafueros, y el tercero ex-capellán de un vapor correo +expulsado porque le cogieron contrabando de tabaco. Estos dos eran +buenos peines; habían corrido mucho mundo, y estaban sin licencias, +ladrando de hambre, echados de todas las iglesias y sin encontrar +amparo en parte alguna. Tal situación les agriaba el carácter, +haciéndoles parecer peores de lo que eran. Jamás se vestían de hábitos; +pero conservaban la cara afeitada, como para estar disponibles en el +caso de que los admitiesen otra vez en el oficio. + +No sé cómo se llamaba el viejo catarroso, porque todos allí le nombraban +_Pater_; hasta el mozo que le servía, dábale este apodo. El ex-castrense +se llamaba Quevedo y era del propio Perchel, feo como un susto, picado +de viruelas, de mirada aviesa y con una cara de secuestrador, que daría +espanto al infeliz que se la encontrase en mitad de un camino solitario. +Bebía aguardiente aquel clérigo como si fuera agua, y su lenguaje era un +ceceo con gargarismos. Contaba hechos de armas y aventuras de cuartel +con una gracia burda y una sinceridad zafia que levantaban ampolla. El +otro se llamaba Pedernero y era del propio Ceuta, hijo de una _oficiala_ +del Fijo, joven y simpático, de modales mucho más finos que sus colegas, +listo como un chorro de pólvora, y con un pico de oro que daba gusto. +Para él no tenían secretos la vida humana ni la juventud: Su compañero +Quevedo solía envolverse en formas hipócritas; Pedernero no. Se +presentaba sin máscara, tal como era, empezando por decir que el +Superior había hecho muy bien en quitarle las licencias. + +El llamado _Pater_ afectaba cierto magisterio episcopal con los otros +dos; les reprendía cuando decían alguna barbaridad y les daba buenos +consejos, profesando el principio de que todo era tolerable cuando se +trataba en broma. Él, por ejemplo, hablaba y oía, sobre todo oía, muchas +cosas malas; pero su vida permanecía pura. Tenía la cara redonda, blanca +y risueña, y cuando estaba sin sombrero parecía una mujer cincuentona, +ama de canónigo. No gustaba de que le armasen en la mesa disputas +violentas, sino que se mantuviera la tertulia en el terreno de las +hablillas sabrosas y de las chirigotas picantes, aunque fuesen sucias. +Pues bien; en este círculo fue donde se coló Juan Pablo, con su +clerofobia y su pegadizo saber de teología y filosofía católica. + +Empezó dando puntadas. Como al principio era su charla frívola y de +gacetilla, todos se reían y el _Pater_ estaba en sus glorias. Pero poco +a poco iba sacando Rubín proposiciones serias. El poder temporal del +Papa fue puesto por los suelos, sin que ninguno de los tonsurados +hiciese una defensa formal. El _Pater_ y Quevedo tomaban la cuestión con +calma, oponiendo a los ataques de Rubín argumentos evasivos en estilo +joco-serio. Pedernero lo echaba todo a chacota; pero una noche que llevó +Rubín, bien fresquecito y pegado con saliva, el tema de la pluralidad de +mundos habitados, Pedernero empezó a despabilarse. Era doctor en +Teología, y aunque había ahorcado los libros hacía mucho tiempo, algo +recordaba, y tenía además grandes dotes de polemista. Rubín salió un +tanto contuso; pero en retirada se defendía bien con su flexibilidad y +agudeza. Más adelante llevó un arsenal de argumentos contra la +revelación. «Esto no lo creen ya más que los adoquines...». Todo el +Viejo Testamento no era más que un fraude, una imitación de las +teogonías india y persa. Bien se veía la reproducción de los mismos +mitos y símbolos. El pecado original, la expulsión del paraíso, la +encarnación, la redención, eran una serie de representaciones poéticas y +naturalistas que se reproducían al través de los siglos, «lo mismo a +orillas del Éufrates que del Nilo que del Jordán». + +«¿Sí?, pues ahora lo verás». Esto se dijo Pedernero, cuyo amor propio de +teólogo contrabandista se picó extraordinariamente. En dos o tres días +refrescó sus lecturas, rehízo su erudición descompuesta en los viajes y +en la vida de libertino, y bien preparado acudió al torneo a que el otro +le retaba con sabidurías de tercera mano, aprendidas en los libritos +franceses de ciencia popular a treinta céntimos el tomo. Pues amigo, una +noche el ex-capellán del vapor-correo se lió la manta y le dio tal +paliza a Rubín, que este hubo de salir con las manos en la cabeza. Había +que ver a Pedernero transfigurado, hecho un orador ardiente y lleno de +arrogante facundia. El auditorio se estrechaba, y de las mesas próximas +y de los veladores del centro acudía gente, apelmazándose en torno a los +bravos contrincantes. Rubín era agudo, ágil, guerrillero de la +discusión; el otro dominaba el asunto y era firme y sobrio de palabras, +seguro en la dialéctica. + +No pararon aquí las cosas. Rubín, lleno de despecho, resobaba sus +libritos de a treinta céntimos para buscar armas contra la Iglesia. +Apenas las esgrimía, Pedernero le reventaba. Su argumentación era la +maza de Fraga. El _Pater_ no cabía en sí de gozo y bailaba en el +asiento; Quevedo alargaba el hocico, y hasta se atrevía a decir _mu_, +repitiendo las admirables razones de su amigo. Los demás tertulios se +envalentonaban adhiriéndose algunos al bando de Pedernero, otros al de +Rubín, no por convicción, sino por divertirse y aumentar la jarana. +Además de los tres curas, eran parroquianos de aquella mesa las +siguientes personas: un agente de Bolsa riquísimo que, con el _Pater_, +llevaba diez años de concurrir todas las noches a aquel mismo sitio, un +bajo de ópera retirado, un funcionario de poco sueldo y el dueño de un +acreditado molino de chocolate. Los curas y estos cuatro señores +formaban la partida más fraternal que puede imaginarse. Llevando cada +cual un bocado sabroso al festín de la murmuración pasaban dulcemente +las horas, amigos allí, distantes unos de otros en el comercio de la +vida ordinaria. + +Rubín, al verse vencido, pues hasta el agente de Bolsa, que era el más +libre-pensador de todos, se cayó del lado de Pedernero, buscaba camorra, +empleando argumentos de mala fe y personalizando la disputa. El bajo de +ópera se creía en el deber de apoyar la idea religiosa, por haberla +expresado tantas veces con su sábana por la cabeza, haciendo el +respetable papel de sumo sacerdote; y el del molino de chocolate azuzaba +a los dos por ver si la cosa se enfurruñaba y no quedaban más que los +rabos. Oíanse en aquella parte del café cláusulas furibundas, +proposiciones que parecían dichas en un púlpito, y descollaba sobre el +tumulto la valiente voz de Pedernero gritando: + +«Yo le digo a usted que ningún Santo Padre ha podido sostener ese +disparate. No jorobar. Yo le reto a usted a que me traiga el texto, y si +no lo trae, es prueba de que lo inventa usted». + +Aquella noche quedó la cosa mal, y el tono de los contendientes, así +como la atmósfera caldeada que en la tertulia reinó, hacían temer una +escena desagradable. La catástrofe tuvo lugar a la noche siguiente, pues +habiéndose permitido Rubín algunas reticencias desfavorables a la +reputación de la Virgen María, saltó Pedernero de su asiento, trémulo y +descompuesto, en estado de horrible agitación, y lanzó a su contrario +anatema tan furibundo que los amigos tuvieron que sujetarles. + +«Porque yo soy un lipendi. Yo reconozco--gritaba el capellán +ahogándose--, que soy un mal sacerdote; pero delante de mí no hay un +judío sin vergüenza que se atreva a hablar mal de la Virgen. O se traga +usted esas infamias o le rompo el alma... ahora mismo». + +No puede describirse lo que allí pasó. Voces, gritos, patadas, capas +rotas, vasos volcados, terrones por el suelo. Trincando una botella, +Rubín apuntó al cura con tal desacierto que quedó descalabrado... el +infeliz bajo de ópera. El zipizape fue de lo más célebre... D. Basilio +tiró de los faldones a Rubín y por poco se queda con ellos en la mano. +Todo el café se alborotó. El amo intervino... + +Emigración. Desde el día siguiente Juan Pablo trasladó sus reales a otro +café. + + + + +--v-- + + +El primero que hubo de seguirle fue don Evaristo González Feijoo, a +quien era indiferente este o el otro establecimiento. Instaláronse por +el pronto en Fornos, y allí esperaron. A la segunda noche fue Leopoldo +Montes, y a la tercera D. Basilio, que les encontró discutiendo de qué +café se posesionarían definitivamente. + +El escritor de Hacienda se apresuró a dar su opinión favorable al café +de Santo Tomás, porque allí daban más azúcar que en ninguna parte. +Replicó a esto Montes que no había que mirar el caso _bajo el prisma +exclusivo_ del azúcar y que el género que más importaba era el café. El +de la Aduana estuvo a punto de triunfar; pero lo desecharon por no estar +siempre entre franceses, así como se excluyó el Imperial por los +toreros, y otro por las cursis que lo invadían. Feijoo se habría quedado +allí; pero a Rubín le eran antipáticos los alumnos de escuelas +preparatorias militares que iban a Fornos a primera hora. Molestábale +también la costumbre que allí había de quitar gas a las diez de la noche +cuando se iban los tales alumnos. El local se quedaba medio a oscuras, +no volviendo a ser bien alumbrado hasta las doce, hora en que venían a +cenar los bolsistas. A Rubín le cargaban también los dichosos bolsistas, +que no hablaban más que de dinero. + +Decidieron por fin establecerse en el Siglo de la calle Mayor, donde se +encontraron bastantes personas conocidas. Rubín necesitaba algunos días +para la aclimatación en nuevo local. Al principio cambiaba +frecuentemente de mesa, bien porque el sitio era expuesto a las +corrientes de aire, bien por ciertas vecindades un poco molestas. Una de +las primeras noches, cuando aún no habían llegado los amigos, Rubín +estaba solo en la mesa, y ponía su atención en dos grupos inmediatos a +él. En ambos era vivo y animado el diálogo. En el de la derecha decían: +«Hoy he hecho yo unas cincuenta arrobas a veinticinco reales. Pero está +la plaza perdida. Los paletos van aprendiendo mucho. Hoy han dicho que +no traen más escarola si no se la ponemos a diez». En el grupo de la +izquierda, compuesto de tres individuos, oyó Rubín lo siguiente: «Te +aseguro que yo admito la metempsícosis, según la entendían los egipcios +y los caldeos». Comprendió Rubín que los de la derecha eran asentadores +de víveres y los de la izquierda filósofos de café. En el del Siglo +había una gran reunión de espiritistas, a la que concurría por aquella +fecha Federico Ruiz. Viole Rubín, y se acercó a la tertulia, teniendo el +gusto de discutir con los individuos más entusiastas de aquella secta. +Entendía Juan Pablo que esto de ir corriéndola de mundo en mundo después +que uno se muere es muy aceptable; pero lo del _periespíritu_ no lo +tragaba, ni la guasa de que vengan Sócrates y Cervantes a ponerse de +cháchara con nosotros cuando nos place. Vamos; esto es para bobos. Uno +de los más chiflados de la escuela se esforzaba en convencer a Rubín, +tomando ese tonillo de unción y ese amaneramiento de cuello torcido y +ojos bajos en que cae todo propagandista de doctrina religiosa, +cualquiera que sea. Feijoo aparentaba creer, por darles cuerda y oírles +desatinar. A aquel círculo iba Federico Ruiz siempre con prisa y con el +tiempo tasado, porque a tal hora tenía que asistir a una junta para +tratar de la erección del monumento a Jovellanos; después a otra para +ocuparse del banquete que se había de dar a los pescadores de provincias +que vendrían al Congreso de piscicultura. Hombre más atareado no se vio +jamás en nuestro país, y como tenía tantas cosas en el caletre, para no +olvidar muchas de ellas se veía obligado a apuntárselas con lápiz en los +puños de la camisa. Cuando no tenía que ir a la _Sociedad Económica_ a +defender su voto particular como individuo de la comisión informadora de +reformas sociales, iba al _Fomento de las Ciencias_ a dar su conferencia +sobre la utilidad de elevar a estudio serio el arte de la panificación. +Entre col y col, Ruiz pasaba un rato con sus amigos los espiritistas, y +les alentaba a organizarse, a establecerse, a alquilar un local, y sobre +todo a fundar un órgano en la prensa. Nada adelantarían sin órgano. + +Iba también a aquel corrillo Aparisi el concejal, a quien tenían ya +medio trastornado los apóstoles, Pepe Samaniego, que no se dejaba +embaucar, y Dámaso Trujillo, el dueño de la zapatería titulada _Al ramo +de azucenas_, que todo se lo creía como un bendito, y a solas en su casa +hacía experimentos con una banqueta de zapatero. En la mesa próxima +había empleados de Hacienda, Gobernación y Ultramar, y una tanda de +cesantes. Entre ellos vio Rubín al individuo a quien sólo faltaban dos +meses de empleo para poder pedir su jubilación. Tenía pintada en su cara +la ansiedad más terrible; su piel era como la cáscara de un limón +podrido, sus ojos de espectro, y cuando se acercaba a la mesa de los +espiritistas, parecía uno de aquellos seres muertos hace miles de años, +que vienen ahora por estos barrios, llamados por el toque de la pata de +un velador. El clima de Cuba y Filipinas le había dejado en los huesos, +y como era todo él una pura mojama, relumbraban en su cara las miradas +de tal modo que parecía que se iba a comer a la gente. A un guasón se le +ocurrió llamarle Ramsés II, y cayó tan en gracia el mote, que Ramsés II +se quedó. Pasando con desdén por junto a los espiritistas, se sentaba en +el círculo de los empleados, oyendo más bien que hablando, y +permitiéndose hacer tal cual observación con voz de ultratumba, que +salía de su garganta como un eco de las frías cavernas de una pirámide +egipcia. «Dos meses, nada más que dos meses me faltan, y todo se vuelve +promesas, que hoy, que mañana, que veremos, que no hay vacante...». + +Feijoo se arrimaba a él y le daba conversación, por lástima, animándole +y procurando distraerle de su tema; pero Ramsés II, cuyo verdadero +nombre era Villaamil, no tenía más consuelo que aplicar su oreja seca y +amarilla a la conversación, por si escuchaba algo de crisis o de +trifulca próxima que diese patas arriba con todo. Lo que él quería era +que se armase gorda, pero muy gorda, a ver si... + +«¿Pero a usted quién le recomienda?» le preguntó una noche Juan Pablo. + +--A mí D. Claudio Moyano.--Pues entonces ya está usted fresco. + +--Dicen que traen al Príncipe...--indicó Ramsés II con timidez. + +--Sí; lo traerán los rusos... por las ventas de Alcorcón. Aviado está +usted si espera a que venga el Príncipe... Aquí lo que viene es la +liquidación social... y después, sabe Dios. Saldrá el hombre que hace +falta, un tío con un garrote muy grande y con cada riñón... así. + +Ramsés II bajaba la cabeza. D. Basilio era su único amigo, porque +también allí ponía el paño al púlpito para anunciar la venida del +Príncipe... «Por supuesto--añadía--, tiene que venir con la estaca de +que habla el amigo Juan Pablo». + +Rubín se encontraba bien en aquel círculo, pero una noche acertó a ver +en las mesas de enfrente a un hombre que le desconcertó por completo. +Era un amigo suyo que le había prestado dinero. La secreta antipatía que +inspira el acreedor manifestábase en el alma de Rubín en forma de un +odio recóndito, nacido quizás del sentimiento de humillación que +producen las deudas a toda persona de amor propio muy susceptible. El +tal era Cándido Samaniego, hombre medio curial y medio negociante, en su +trato afable, en sus negocios duro. Muchas veces renovó a Juan Pablo sus +pagarés, y últimamente le había apremiado con cierta acritud. Rubín +condensaba sus sentimientos respecto al prestamista en esta frase: +«Pagarle y después romperle la cabeza». Desde que le veía en las mesas +de enfrente, sentía una desazón profundísima, mal de estómago y como +ganas de enfadarse. Poníase tan nervioso, que le habría tirado un +botellazo al primer espiritista que hablase de llamar a Epaminondas para +consultarle sobre la marcha de los carlistas por el Baztán. + +Y el pérfido _inglés_ se dejaba caer hacia aquellas mesas pretextando +tener que hablar a su primo Pepe; pero con intención de aproximarse a +Juan Pablo, ver lo que hacía y cruzar con él algunas palabras. El +infeliz deudor hacía de tripas corazón, y poniéndole cara risueña, +convidábale a tomar algo; mas el usurero le daba las gracias, y si tenía +ocasión le soltaba indirectas tan suaves como esta: «Mire usted que no +puedo más. Siempre me está usted diciendo que la semana que entra, y +francamente... sentiré verme obligado a dar un paso que...». + +A Rubín se le hacía acíbar el café y la tertulia un infierno. Érale +insoportable la presencia de aquel hombre a quien no podía mandar a +paseo, imagen viva del desorden de su vida, que se le aparecía como el +espectro de una víctima cuando más contento estaba. La única delicia de +su triste existencia era el café. Aquel sueño plácido, Samaniego se lo +trocaba en angustiosa pesadilla. No pudo más, y una noche, sin decir +nada, levantó el vuelo hacia otras regiones. + + + + +--vi-- + + +En esta nueva emigración, deseando estar lo más lejos posible del +Siglo, se fue a San Joaquín, en la calle de Fuencarral, y no se corrió +más al Norte porque no había cafés en las latitudes altas de Madrid. +Pero en esta deserción, ya no le acompañaron ni D. Basilio Andrés de la +Caña, ni Montes; éste porque San Joaquín estaba _donde Cristo dio las +tres voces_, aquél porque ya se iba cargando de la pertinencia con que +Rubín se burlaba de sus profecías sobre la proximidad de la +Restauración. El mismo D. Evaristo Feijoo le siguió de mal humor, +diciéndole con desabrimiento que no le gustaban los cafés de piano, y +que el _género_ y la sociedad no debían ser de lo mejor en aquellas +alturas. Estuvieron solos algunos días. No veían por allí caras de +amigos, hasta que una noche se apareció en el local una pareja conocida. +Eran Feliciana y Olmedo, el estudiante de farmacia amigo de Maxi. Ya no +vivían juntos, porque Olmedo había dado un cambiazo en sus costumbres +volviéndose aplicadísimo a cara descubierta. No se recataba ya para +estudiar, y hacía público alarde, con la mayor desvergüenza, de su +decidida inclinación a tomar el grado aquel mismo año, llegando hasta la +audacia de escribir un trabajo muy bueno sobre la dextrina, e +ilusionándose con la idea de hacer oposición a una cátedra. Pero no se +había encontrado a su antiguo amor, hecha un pingo, y la convidó a tomar +un café en aquel apartado establecimiento. Más de dos horas estuvieron +charlando los que fueron amantes, y ella no paraba el pico refiriendo +los malos tratos que le daba el hombre que a la sazón era su dueño. +Volvieron dos noches después a la misma mesa, y Rubín trabó conversación +con ellos. Hablaron de la boda de Maximiliano y de los increíbles +sucesos que después vinieron, diciendo Juan Pablo que su cuñadita era +una buena pieza. + +«Pero, hombre--dijo Feijoo a su amigo--. Y usted, ¿para qué dejó casar a +su hermano?». + +--A mi hermano le falta un tornillo... + +--¡Ah!, como guapa, ya lo es--agregó D. Evaristo con cierto +entusiasmo--. La he visto ayer... mejor dicho, la he visto varias +veces. + +--¿Dónde?--En su casa. Es largo de contar... dejémoslo para otra noche. + +Era sin duda cosa delicada para dicha delante de testigos, y estos eran: +Olmedo con Feliciana, el pianista ciego, que en los descansos solía +agregarse a aquella plácida tertulia, y una señora jamona, fiel +parroquiana del café de nueve a doce. La llamaban doña María de las +Nieves, y era una de las figuras más notables que presenta Madrid en la +variadísima serie de los tipos de café. Iba algunas veces sola, otras +con una mujer de mantón borrego que parecía verdulera acomodada. Llevaba +toquilla de color corinto, que se quitaba al sentarse, y al punto se le +armaba en la mesa una tertulia de hombres, compuesta de los siguientes +personajes: un portero del Colegio de Sordo-Mudos, un empleado del +Tribunal de Cuentas, un teniente viejo, de la clase de tropa, retirado +del servicio, y dos individuos que tenían puesto de carne y frutas en la +plaza de San Ildefonso. En esta sociedad reinaba doña Nieves como en un +salón, siendo ella la que pronunciaba las frases maliciosas y +chispeantes sobre el suceso del día, y los otros los que las reían. +Corríase algunas veces hacia la mesa inmediata, sobre todo a última +hora, cuando sus amigos, gente que tenía que madrugar, empezaba a +desertar del local. Entonces se formaba una segunda peña. Doña Nieves, +bien digerido el café, tomaba chocolate, y acompañábanla Juan Pablo, +Feijoo, el pianista ciego, Feliciana, Olmedo y algún otro. El mozo +mismo, que había llegado a familiarizarse con aquella sociedad, se +agregaba también, tomando asiento a un extremo del corro para escuchar y +aplaudir. Doña Nieves era propietaria de algunos puestos del mercado y +los arrendaba; por esto, así como por sus muchas relaciones, los +diferentes tratos en que andaba y los anticipos que hacía a las +placeras, ejercía cierto caciquismo en la plazuela. Se hacía respetar de +los guindillas, protegiendo al débil contra el fuerte y los +contraventores de las Ordenanzas urbanas contra la tiranía municipal. + +Al pianista ciego le daba el cafetero siete reales y la cena. Por el día +se dedicaba a afinar. Era casado y con ocho de familia. Tocaba piezas de +ópera y de zarzuelas francesas como una máquina, con ejecución fácil, +aunque incorrecta, sin gusto ni sentimiento. A pesar de esto, en ciertos +pasajes muy naturalistas en que imitaba una tempestad o _las campanadas +de incendios_ que da cada parroquia, le aplaudía mucho el público, y a +última hora le pedían siempre habaneras. + +La verdad es que todo esto, doña Nieves y las placeras sus amigas, las +mujeres de equívoca decencia que iban allí acompañadas de madres +postizas, el mozo y sus familiaridades, el pianista y sus habaneras, +aburrían a Juan Pablo soberanamente. Para colmo de hastío, Feijoo no era +puntual y faltaba muchas noches. En cambio, Feliciana y Olmedo iban con +más frecuencia, llevando ella una amiguita que acababa de salir de San +Juan de Dios. + +En las últimas semanas del 74, Rubín volvió a sentir comezón de +lecturas. Quería instruirse a todo trance, labor inmensa y difícil por +carecer de base, pues su padre, con la idea de que al comerciante le +estorba el latín, no le permitió aprender más que las cuatro reglas y un +poco de francés. No tenía biblioteca, y un amigo le proporcionaba +libros. Fue a verle, escogió los que más despertaron su curiosidad por +los títulos, y consagró a la lectura todo el tiempo que le dejaban libre +el café y el sueño. Tantas ideas adquirió que se sentía con vivas ansias +de devolverlas por medio de la propaganda. O predicaba o reventaba. +Lástima grande no volver a la tertulia de Pedernero para ponerle verde, +porque ya sabía lo bastante para pasarse a todos los teólogos por la +nariz. + +Las lecturas de Rubín fueron como un descubrimiento. Ya sospechaba él +aquello; pero no se atrevía a expresarlo. El hallazgo era negativo, es +decir, había descubierto que la mejor organización de los estados es la +desorganización; la mejor de las leyes la que las anula todas, y el +único gobierno _serio_ el que tiene por misión no gobernar nada, +dejando que las energías sociales se manifiesten como les da la gana. La +anarquía absoluta produce el orden verdadero, el orden racional y +propiamente humano. Las sociedades, claro, tienen sus edades como las +personas: hay sociedades que están mamando, sociedades que andan a +gatas, sociedades pollas, sociedades jóvenes, y por fin, las maduras y +dueñas de sí; sociedades con barbas, en una palabra, y también con +algunas canas. Tocante a religiones y prácticas sociales que de ellas se +derivan, Juan Pablo iba muy lejos, pero muy lejos; como que no le +costaba nada el billete para tan largo viaje. Sólo en la edad pueril, +cuando a la sociedad se le cae la baba y vive bajo la férula del dómine, +se comprende que exista y tenga prosélitos la institución llamada +matrimonio, unión perpetua de los sexos, contraviniendo la ley de +Naturaleza... ¿y a santo de qué?, vamos a ver... Eso sí, por encima de +todo la Naturaleza. Estudiando bien la vida total, el entendimiento se +limpia de las telarañas que en él han tejido los siglos. La Naturaleza +es la verdadera luz de las almas, el Verbo, el legítimo Mesías, no el +que ha de venir sino el que está siempre viniendo. Ella se hizo a sí +propia, y en sus devoluciones eternas, concibiendo y naciendo sin cesar, +es siempre hija y madre de sí misma. ¿Qué tal? Toma canela fina. + +Encontrábase mi hombre con fuerza dialéctica y entusiasmo bastantes para +predicar y extender por todo el mundo aquellas verdades. Pero como no +tenía más público que la tertulia del café, con ese inocente auditorio +tuvo que contentarse. ¿Y qué? ¡Cuánto mejor no era sembrar la nueva +doctrina en entendimientos sencillos y absolutamente incultivados! Pues +el mismo Jesucristo ¿no escogió por discípulos a unos infelices +pescadores, hombres rudos que no conocían ninguna letra, y a mujeres de +mala vida? Ved aquí por dónde doña Nieves y las placeras sus amigas, +Feliciana y la parroquiana de San Juan de Dios, el camarero, el pianista +fueron escogidos para que Juan Pablo sembrara en ellos la primera +simiente de aquel Evangelio al natural. Por espacio de muchas noches +hizo propaganda acalorada. A veces se tenía que incomodar, porque le +hacían observaciones estúpidas o socarronas. Como se expresaba muy bien, +oíanle todos con gran atención, y las chicas del partido le ponían +buenos ojos. El mozo era el más entusiasmado y decía: «¡Qué pico tiene +este señor de Rubín!». + +Pasaba lo de la anarquía y aun lo del matrimonio; pero en llegando a que +todo es Naturaleza, reinaba gran confusión en el auditorio, y doña +Nieves, tomando el caso a broma, pedía mayor claridad. + +«Pero a ver, D. Juan Pablo, explíquese mejor... porque eso de que todos +seamos todo no lo calo yo bien...». + +--Lo primero, hijas mías--decía con unción el expositor--, es limpiar el +_intellectus_ de errores adquiridos en la infancia, de prejuicios y +muletillas; lo primero es _querer entender_. No admito argumentos que no +sean racionales. + +--Y cuando nos morimos--preguntó una de las samaritanas--, ¿qué pasa? + +--Hija, cuando nos morimos, pasamos a fundirnos en el grandioso conjunto +universal... + +--_Mia_ ésta... ¿Pues qué querías tú, seguir gozando y divirtiéndote por +allá? + +--¿Y Dios?--¡Dios!... francamente, no me gusta, por consideraciones que +se deben a toda gran idea histórica, no me gusta, digo, hablar mal de +Él... Me concreto, pues, a negarle... respetuosamente. + +--¡Otra!, ¡qué cosas se le ocurren! De modo que la misa no es nada +tampoco... + +--¡María Santísima!, con lo que sale usted ahora. La misa... es un rito, +uno de tantos ritos. + +--¿Y lo mismo da oírla que no? ¿Y para qué son los funerales? + +--Otro rito... La que no pueda o no sepa dar a la Naturaleza lo que es +de la Naturaleza y a la historia lo que es de la historia, que se +calle... No hay tal muerte, hijas mías: la que tenga oídos, oiga... Esta +es la verdad; morirse es cumplir una ley de armonía. + +--¡Vaya un lío que me arman ustedes! + +Una de las placeras que presentes estaban tenía muy abultado el seno. En +cierta ocasión, estando confesándose, le dijo el cura: «sea usted +modesta en el vestir y no haga ostentación de esas +_naturalezas_...».--«¿Qué, señor?».--«Eso, la delantera». Por esto, al +oír hablar de Naturaleza y de pecado, creyó que se referían a aquellas +partes que debe cubrir el recato, y dijo escandalizada: + +«¡Vaya unas conversaciones indecentes que sacan ustedes!». + +«Indecentes no, hija». + +--Lo que yo dijo y sostengo--manifestó una de las samaritanas, tirando +por la calle de enmedio--, es que este D. Juan Pablo está _guillado_. + +Loco, tal vez no; pero fatigado sí de sus inútiles esfuerzos. Ni +abriendo con martillo un boquete en aquellas cabezas de piedra, lograría +meter la luz de la verdad. Corriéndose al velador inmediato, donde +estaba cenando el ciego, mandó al mozo que le pusiese allí su chocolate. +El ciego volvió hacia él sus ojos vacíos y muertos, su cara que parecía +un quinqué sin encender, y le dijo con profundísima tristeza: + +«¿Pero es verdad, D. Juan Pablo, lo que usted nos cuenta? ¿Lo cree usted +así, o es que quiere entretenerse y divertirse con nosotros, ignorantes? +Me ha llenado usted de dudas. + +¿Será verdad que cuando uno se muere se convierte en escarola?». + +Juan Pablo miró al ciego, y se helaron en sus labios las palabras con +que iba a espetarle nuevamente su cruel filosofía. Era Rubín hombre de +buen corazón, y le pareció poco humano aumentar las tinieblas de aquella +triste y miserable vida. Pero al propio tiempo su conciencia no le +permitía desmentir lo que acababa de sostener. La dignidad por delante. +Estuvo luchando un rato entre la piedad y el deber, y como el ciego +volviese a preguntarle con insistente afán: «¿pero es cierto que al +morir nos convertimos en berzas...?» le replicó el apóstol: + +«Le diré a usted... hay opiniones... No haga caso. Si no fuera por estas +bromas, ¿cómo se pasaba el rato?». + +No siguieron estas conversaciones filosóficas, porque sobrevino lo de +Sagunto, y este suceso absorbió la atención general en todos los cafés, +desde el más grande al más chico. Rubín estaba furioso, y sostenía que +el Gobierno no tenía vergüenza si no fusilaba en el acto... pero en el +acto... a Martínez Campos, a Jovellar y todos los demás que habían +andado en aquel lío. Cuando sus amigos no le querían oír sobre este +particular, hablaba solo. Desmentía categóricamente cuantas noticias +llegaban al café. Todo era falso. Antes que el Príncipe viniera, habría +un levantamiento general, y los carlistas harían el último esfuerzo. +Negaba que D. Alfonso hubiera llegado a Marsella, que se embarcase para +Barcelona en la _Navas de Tolosa_, y viéndolo entrar en Madrid habría de +negar que estaba entre nosotros. Pero una noche, después de largas +ausencias, llegó Feijoo al café, y sentándose los dos aparte, le dijo: + +«Hombre, he visto a Jacinto Villalonga; he hablado largamente con él. Ya +sabe usted que es de la situación y muy amigo mío. Por supuesto, no +acepta la Dirección que se le ha ofrecido, porque prefiere andar suelto. +Es uña y carne de Romero Robledo. Y voy a lo que iba... Le he hablado de +usted...». + +--¡De mí!--Sí; es preciso colocarse. Usted no puede continuar así. + +--Mire usted, amigo Feijoo--dijo Rubín masticando las palabras para +salir de aquel atolladero--. Yo no puedo admitir... ¿Y el decoro de los +hombres? ¡Yo he profesado toda mi vida...! + +--Música, música.--Yo no soy de esos que hablan mal de una situación, y +luego van a quitarles motas al que antes desollaron. + +--Música, música.--En fin, que yo agradezco... pero no puede ser... Me +ofendería, sí señor, me ofendería. + +--De modo--exclamó Feijoo en voz alta, abriendo los brazos y tomando un +tono que no se podría decir si era de indignación o de burla--, de modo +que ya no hay patriotismo. + +--¡Otra!... Patriotismo sí hay; pero yo... + +--Usted hará lo que yo le mande, y tendremos credencial. + +Rubín siguió toda la noche afectando mal humor, una severidad torva, el +malestar de la persona a quien ponen un puñal al pecho para que consume +un acto contrario a sus convicciones. Al retirarse a casa, se comparaba +con Wamba y decía para su sayo: «Cómo ha de ser... paciencia. Tengo que +ser alfonsino... a la fuerza. ¡Vaya un compromiso... Re-Dios, qué +compromiso...!». + + + + +-II- + +La restauración vencedora + + + + +--i-- + + +Me ha contado Jacinta que una noche llegó a tal grado su irritación +por causa de los celos, de la curiosidad no satisfecha y de la forzada +reserva, que a punto estuvo de estallar y descubrirse, haciendo pedazos +la máscara de tranquilidad que ante sus suegros se ponía. Porque la peor +de sus mortificaciones era tener que desempeñar el papel de mujer +venturosa, y verse obligada a contribuir con sus risitas a la felicidad +de D. Baldomero y doña Bárbara, tragándose en silencio su amargura. Ya +no le quedaba duda de que su marido _entretenía_, como se dice ahora, a +una mujer, y de estos entretenimientos no tenían ni siquiera sospechas +los bienaventurados papás. Sabía que la tarasca que le robaba su marido +era la misma con quien tuvo amores antes de casarse, la madre del +_Pituso_ muerto, la condenada Fortunata que le había dado tantas +jaquecas. Deseaba verla... pero no; más valía que no la viera jamás, +porque si la veía, de fijo se le iba el santo al Cielo. + +La noche a que Jacinta se refería, contando estas cosas, noche +tristísima para ella por haber adquirido recientemente noticias +fidedignas de la infidelidad de su marido, hubo en la casa gran +regocijo. Aquel día había entrado en Madrid el Rey Alfonso XII, y D. +Baldomero estaba con la Restauración como chiquillo con zapatos nuevos. +Barbarita también reventaba de gozo y decía: «¡Pero qué chico más salado +y más simpático!». Jacinta tenía que entusiasmarse también, a pesar de +aquella procesión que por dentro le andaba, y poner cara de pascua a +todos los que entraron felicitándose del suceso. El marqués de +Casa-Muñoz oficiaba de chambelán palatino. Había tenido la dicha +inmensa de estar en Palacio formando parte de una de las comisiones, y +el Rey habló con él... Contaba el caso el marqués, haciendo notar bien +el tono familiar con que se había expresado S. M. «Hola, marqués, ¿cómo +va?». Nada, lo mismo que si me hubiera tratado toda la vida. + +Aparisi sostuvo poco después que él había previsto todo lo que estaba +pasando. Él no era partidario de la Restauración; pero había que +respetar los hechos consumados. D. Baldomero no cesaba de exclamar: +«_Veremos a ver_ si ahora, ¡qué dianches!, hacemos algo; si esta nación +entra por el aro...». Jacinta se indignaba en su interior. Tenía un +volcán en el pecho, y la alegría de los demás la mortificaba. Por su +gusto se hubiera echado a llorar en medio de la reunión; mas érale +forzoso contenerse y sonreír cuando su suegro la miraba. Retorciendo en +su corazón la cuerda con que a sí propia se ahogaba, se decía: «Pero a +este buen señor, ¿qué le va ni le viene con el Rey?... ¡qué les +importa!... Yo estoy volada, y aquí mismo me pondría a dar chillidos, si +no temiera escandalizar. ¡Esto es horrible!...». + +Don Alfonso érale antipático, porque su imagen estaba asociada a la +horrible pena que la infeliz sufría. Aquella mañana fue con Barbarita a +casa de Eulalia Muñoz, que vivía en la Calle Mayor, a ver la entrada del +Rey. Amalia Trujillo la tomó por su cuenta, y la estuvo adulando antes +de darle el gran susto. Hallábanse las dos solas en el balcón de la +alcoba de Eulalia, y ya sonaban los clarines anunciando la proximidad +del Rey, cuando Amalia, ¡plum!, le soltó el pistoletazo. «Tu marido +_entretiene_ a una mujer, a una tal Fortunata, guapísima... de pelo +negro... Le ha puesto una casa muy lujosa, calle tal, número tantos... +En Madrid lo sabe todo el mundo, y conviene que tú también lo sepas». +Quedose yerta. Cierto que sospechaba; pero la noticia, dada así con +tales detalles, como el pelo negro, el número de la casa, era un +jicarazo tremendo. Desde aquel aciago instante, ya no se enteró de lo +que en la calle ocurría. El Rey pasó, y Jacinta le vio confusa y +vagamente, entre la agitación de la multitud y el _tururú_ de tantas +cornetas y músicas. Vio que se agitaban pañuelos, y bien pudo suceder +que ella agitara el suyo sin saber lo que hacía... Todo el resto del día +estuvo como una sonámbula. + +Entró Guillermina, que también hubo de llevar sus notas de alegría al +concierto general. «Ya era tiempo--dijo antes de meterse en el rincón en +que solía estar--. No aguardo sino a que descanse del viaje para ir a +echarle el toro... Me tiene que dar para concluir el piso bajo. Y lo +hará, porque le hemos traído con esa condición: que favorezca la +beneficencia y la religión. Dios le conserve». + +Jacinta la siguió al gabinete próximo, y allí estuvieron las dos de +cháchara por espacio de una hora larga. Guillermina decía: «Paciencia, +hija, paciencia, y todo se arreglará; yo te lo prometo». Ya cerca de las +doce entró Juan, y su mujer le miró con severidad sin decirle nada... +«Es que te voy a aborrecer--pensó--, como no te enmiendes. Pues no +faltaba otra cosa... Y lo que es esta noche te como... No me engatusarás +con tus zalamerías». + +Juan, aunque bien hubiera querido contradecir los optimismos de su padre +y amigos, no se atrevió a ello, porque el empuje de aquella opinión era +demasiado fuerte para luchar con él. Hasta los últimos días del 74 había +defendido la Restauración. Después de hecha, encontró mal que la +hicieran los militares, y en esto fundó sus críticas del suceso +consumado. + +«Aquí siempre se han hecho las mudanzas de esa manera--dijo el señor de +Santa Cruz con patriarcal buena fe--. Es nuestra manera de matar pulgas. +Pues qué, ¿querías tú que las Cortes...? Estás fresco». + +Después sostuvo el Delfín, con ejemplos de Francia e Inglaterra, que +ninguna Restauración había prevalecido; mas todos se negaron a seguirle +por los vericuetos históricos. D. Baldomero, sin meterse en dibujos, +dijo una cosa muy sensata, producto de su observación de tanto tiempo: +«Yo no sé lo que sucederá dentro de viente, dentro de cincuenta años. En +la sociedad española no se puede nunca fiar tan largo. Lo único que +sabemos es que nuestro país padece alternativas o fiebres intermitentes +de revolución y de paz. En ciertos periodos todos deseamos que haya +mucha autoridad. ¡Venga leña! Pero nos cansamos de ella y todos queremos +echar el pie fuera del plato. Vuelven los días de jarana, y ya estamos +suspirando otra vez porque se acorte la cuerda. Así somos, y así creo +que seremos hasta que se afeiten las ranas». + +--Es la condición humana. Así viven y se educan las sociedades--dijo el +Delfín--. Lo que a mí no me gusta es que esto se haga por otra vía que +la de la Ley. + +«¡Pillo, tunante!--pensaba Jacinta comiéndose las palabras, y con las +palabras la hiel que se le quería salir--. ¿Qué sabes tú lo que es ley? +¡Farsante, demagogo, anarquista! Cómo se hace el purito... Quien no te +conoce...». + +Cuando se retiraron a su alcoba, Jacinta se esforzaba en aumentar su +furor; quería cultivarlo, o alimentarlo como se alimenta una llama, +arrojando en ella más combustible. «Esta noche me le como. Quisiera +estar más furiosa de lo que estoy, para no dejarme engolosinar. Y eso +que lo estoy bastante. Pero aún me vendría bien un poquito más de ira. +Es un falso, un hipócrita, y si no le aborrezco, no tengo perdón de +Dios». + +En esto, sintió que Juan la abrazaba por la cintura... «Quítate, +déjame...--gritó ella--. Estoy muy incomodada; ¿pero no ves que estoy +muy incomodada?». + +Juan la vio temblorosa y sin poder respirar. «Perdone uste, señora» +replicó bromeando. + +Jacinta tuvo ya en la punta de la lengua el _lo sé todo_; pero se acordó +de que noches antes su marido y ella se habían reído mucho de esta +frase, observándola repetida en todas las comedias de intriga. La +irritada esposa creyó más del caso decir: «Te aborreceré, ya te estoy +aborreciendo». Santa Cruz, que estaba de buenas, repitió con buena +sombra otra frase de las comedias: «_Ahora lo comprendo todo_. Pero la +verdad, chica, es que no comprendo nada». + +Turbada en sus propósitos de pelea por el buen genio y los cariñosos +modos que el pérfido traía aquella noche, Jacinta rompió a llorar como +un niño. Juan le hizo muchas caricias, besos por aquí y allí, en el +cuello y en las manos, en las orejas y en la coronilla; besos en un codo +y en la barba, acompañados del lenguaje más finamente tierno que se +podría imaginar. + +«No aguanto más, no puedo aguantar más» era lo único que ella decía con +angustioso hipo, mojándole a él la cara y las manos con tanta y tanta +lágrima. No podía tener consuelo. Todo aquel llanto era el disimulo de +tantísimos días, sospechar callando, sentirse herida y no poder decir ni +siquera ¡ay! «Esto es horrible, esto es espantoso; no hay mujer más +desgraciada que yo... Y lo que es ahora, te aborreceré de veras, porque +yo no puedo querer a quien no me quiere. Te quería más que a mi vida. +¡Qué tonta he sido! A los hombres hay que tratarlos sin consideración... +Ya no más, ya no más... Estoy volada, y lo que es esta no te la +perdono... digo que no te la perdono». + +Algún trabajo le costó a Santa Cruz que su mujer repitiese lo que le +había dicho una amiga aquella mañana. Y cuando él lo negaba, la ofendida +esposa, que sentía en su alma la convicción profundísima de la +autenticidad del hecho, irritábase más: «No lo niegues, no me lo +niegues, pues yo sé que es cierto. Hace tiempo que te lo he conocido». + +--¿En qué...?--En muchas cosas.--Dímelas--indicó él poniéndose serio. + +--Si siempre has de negarlo... Pero no, no me engañas más. + +--Si no pienso engañarte...--Lo que Amalia me ha dicho--afirmó Jacinta +con súbita ira, llena de dignidad, poniéndose en pie y afianzando con un +gesto admirable su aseveración--, es verdad. Yo digo que es verdad y +basta. + +Grave y mirándola a los ojos, el anarquista replicó en tono muy seguro: + +«Bueno, pues es verdad. Yo te declaro que es verdad». + + + + +--ii-- + + +Quedose Jacinta como una estatua, y al fin, volviendo la espalda a +su marido, hizo un ademán de salir. Él la cogió por una mano, y quiso +abrazarla. Ella no se dejó. En medio del estrujón frustrado, sólo pudo +articular la esposa muy vagamente estas palabras: «Me voy». Lo que más +la irritaba era que el tunante, después de lo que había dicho, tuviera +todavía humor de bromas y pusiera aquella cara de pillín, como si se +tratara de una cosa de juego. Porque se sonreía, y tranquilo en +apariencia, díjole en tono de seriedad cómica: + +«Señora, acuéstese usted». + +--¿Yo...?--Se lo mando a usted... Acuéstese usted al momento. + +No le fue a ella posible entonces librarse de un abrazo apretado, y en +aquel segundo estrujón, oyó estas cariñosas palabras: + +«¿No vale más que nos expliquemos como buenos amigos? Hijita de mi alma, +si te enfurruñas, no llegaremos a entendernos». + +Jacinta fue bruscamente desarmada. Quedose como el combatiente de los +cuentos de niños, a quien por obra de magia se le convierte la espada en +alfiler y el escudo en dedal. + +El Delfín había entrado, desde los últimos días del 74, en aquel periodo +sedante que seguía infaliblemente a sus desvaríos. En realidad no era +aquello virtud, sino cansancio del pecado; no era el sentimiento puro y +regular del orden, sino el hastío de la revolución. Verificábase en él +lo que D. Baldomero había dicho del país; que padecía fiebres +alternativas de libertad y de paz. A los dos meses de una de las más +graves distracciones de su vida, su mujer empezaba a gustarle lo mismito +que si fuera la mujer de otro. La bondad de ella favorecía este +movimiento centrípeto, que se había determinado por quinta o sexta vez +desde que estaban casados. Ya en otras ocasiones pudo creer Jacinta que +la vuelta a los deberes conyugales sería definitiva; pero se equivocó, +porque el Delfín, que tenía en el cuerpo el demonio malo de la variedad, +cansábase de ser bueno y fiel, y tornaba a dejarse mover de la fuerza +centrífuga. Mas era tanta la alegría de la esposa al verle enmendado, +que no pensaba que aquella enmienda fuera como un descanso, para +emprenderla después con más brío por esos mundos de Dios. También esto +concordaba con un pensamiento de D. Baldomero, que decía: «Cuando el +país remite, y fortalece con su opinión la autoridad, no es que ame +verdaderamente el orden y la ley, sino que se pone en cura y hace sangre +para saciar después con mejor gusto el apetito de las trifulcas». + +Quedó, como he dicho, tan desarmada Jacinta, que no podía ser más. Pero +creyendo que su dignidad le ordenaba seguir muy colérica, dijo todas las +palabras necesarias para mostrarlo, por ejemplo: «Me acostaré o no me +acostaré, según me acomode. ¿A ti qué te importa? No parece si no que... +Conmigo no se juega, ¿estamos?... ¿Pues qué se ha figurado este tonto? +Hemos concluido, te digo que hemos concluido... Bien, me acuesto porque +quiero, no porque tú me lo mandes... ¡Vaya!...». + +Poco después se oía en la alcoba lo siguiente: «Que te estés quieto... +No vayas a creerte que ahora te voy a perdonar. No, si no me +engatusas... ni hay _tilín_ que valga. Ya van quince y raya. No están +los tiempos para perdones, caballerito. Haz el favor, te digo... No +quiero verte, no quiero oírte, ni me importa que me quieras o no. Si me +quieres, rabia y rabia; mejor. Yo me reiré viéndote padecer. Con que lo +dicho, déjame en paz. Tengo un sueño espantoso... ¿No ves cómo se me +cierran los ojos?». + +Y era mentira. Lejos de tener ganas de dormir, estaba muy despabilada y +nerviosa. + +«Tú no tienes sueño; ¿a que no lo tienes?--le decía él--. ¿A que te +despabilo y te pongo como un lucero?». + +--¿A que no? ¿Cómo? + +--Contándote toda la verdad de lo que te dijo Amalia, haciendo una +confesión general para que veas que no soy tan malo como crees. + +--¡Ah!, sí; ven, ven, hijito--exclamó ella alargando sus brazos +desnudos--. Confiésame todo; pero con nobleza. Nada de comedias... +porque tú eras muy comiquito. Gracias que yo te conozco ya las +marrullerías, y algunas bolas me trago; pero otras no. ¿De veras que vas +a contármelo todo? + +La idea de perdonar electrizaba a Jacinta, poniéndola tan nerviosa que +echaba chispas. No cabía en sí de inquietud, pensando en lo grande del +perdón que tenía que dar en pago de lo enorme de la sinceridad que se le +ofrecía. + +Y su zozobra era tal, que por poco se echa de la cama, cuando Juan se +apartó de ella para ir hacia la suya... «¿Pero qué?--pensó--, ¿se +arrepiente este tuno de lo que ha dicho?... ¿Es que no quiere contarme +nada?...». + +«Abur, hombre» dijo en alta voz con despecho. + +--Si vuelvo, si voy allá en seguida... Mi mujer gasta un genio muy vivo. + +--Es que si cuentas, cuentas pronto; y si no, lo dices, para dormirme. +No estoy yo aquí esperando a que al señorito le dé la gana de tenerme en +vela toda la noche. + +--Cállese usted, _so tía_...--Diciendo esto, volvió hacia ella, +sentándose en el lecho y haciéndole mil ternezas. + +--¡Ah!, esto está perdido--murmuró Jacinta en los respiros que las +caricias de su marido le dejaban, ahogándola...--. Mira, estate quieto y +no me sofoques. No tengo yo gana de bromas. + +--Vamos al caso, niñita mía. Para que yo te cuente lo que deseas saber, +es preciso que tú me cuentes antes a mí otra cosa. Dices que tú +sospechabas esto que ha pasado, mejor, que lo adivinabas. ¿En qué te +fundabas tú para adivinarlo?... ¿qué observaste y qué supiste? + +--¡Ay!... ¡con lo que sale ahora este bobo...! ¿Crees que una mujer +celosa necesita ver nada? Lo olfatea, lo calcula y no se equivoca... Se +lo dice el corazón. + +--El corazón no dice nada. Eso es una frase. + +--Cuando te vuelves faltón, la menor palabra, cualquier gesto tuyo me +sirven para leerte los pensamientos. ¿Y te parece que es poco dato el +ver cómo me tratas a mí? Hasta la manera de entrar aquí es un dato. +Hasta una ternura, una palabra cariñosa te venden, porque al punto se ve +que son sobras de otra parte, traídas aquí por deber y para cubrir el +expediente... Palabras y caricias vienen muy usadas. + +--¡Cuánto sabes!--Más sabes tú... No, no, más sé yo. En la desgracia se +aprende... Muchas veces me callo por no escandalizar; pero por dentro +siento algo que me está rallando así, así... muele que te muele... ¡Pues +tengo yo un olfato...! Cuando estás faltoncito, si no lo conociera por +otras cosas, lo conocería por el perfume que traes algunas veces en la +ropa... Otro dato: Una noche traías en el pañuelo de seda del cuello, +¿qué crees?, pues un cabello negro, grande. Lo saqué con las puntas de +los dedos y lo estuve mirando. Me daba tanto asco como si me lo hubiera +encontrado en la sopa. No chisté. Otra noche dijiste en sueños palabras +de las que se dicen cuando un hombre se pega con otro. Yo me asusté. Fue +aquella noche que entraste muy nervioso y con un dolor en el brazo. Tuve +que ponerte árnica. Me contaste que viniendo no sé por dónde te salió un +borracho, y tuviste que andar a trompazos con él. Traías tierra en la +americana azul. Toda la noche estuviste muy inquieto, ¿no te acuerdas? + +--Me acuerdo, sí--dijo el Delfín, renovando en su mente el lance con +Maximiliano. + +--Pues verás. Otra noche, cuando te desnudabas, plin... cayó al suelo un +botón. Vino saltando hasta cerca de mi cama. Parecía que me miraba. Era +de níquel, labrado, con muchos garabatos. Cuando te dormiste, me eché de +la cama y lo cogí. Era un botón de mujer, de los que se usan ahora en +las chaquetillas. Lo tengo guardado. Estas ignominias se guardan para en +su día sacarlas y decir: ¿me negarás esto?... ¡Y tú siempre tan +comediante! ¡Yo pasaba unas fatigas...!, pero nunca quise rebajarme al +espionaje. Se me ocurrió preguntar al cochero. Con una buena propinilla, +Manuel no me habría ocultado lo que supiera. Pero por respeto a ti y a +mí misma y a la familia, no hice nada. ¡Contarle a tu mamá mis +sospechas!... ¿Para qué?, ¿para disgustarla sin ventaja ninguna?... +Guillermina, con quien únicamente me clareaba, decíame siempre: +«paciencia, hija, paciencia». Y por fin llegaba yo a tenerla, y el +molinillo que me daba vueltas en el corazón, molía, haciéndomelo polvo, +y yo aguanta que aguanta, siempre callada, poniendo cara de Pascua y +tragando hiel, tragando hiel. Esta mañana, cuando Amalia me dijo lo que +me dijo, toda la sangre se me hizo como un veneno, y me propuse +aborrecerte, pero aborrecerte en toda regla, no creas... y no perdonarte +aunque te me pusieras delante de rodillas. ¡Pero es una tan débil...! +¡Si merecemos todo lo que nos pasa...! Es la mayor desgracia ser así, +tan simplona... Como que estamos a merced de esas... secuestradoras, que +de tiempo en tiempo nos prestan a nuestros propios maridos para que no +alborotemos... + + + + +--iii-- + + +Esta última queja puso al señorito de Santa Cruz un tanto +pensativo y desconcertado. No desconocía él la situación poco airosa en +que estaba ante Jacinta, cuya grandeza moral se elevaba ante sus ojos +para darle la medida de su pequeñez. Era muy soberbio, y el amor propio +descollaba en él sobre la conciencia y sobre los sentimientos todos; de +manera que nada le molestaba tanto como verse y reconocerse inferior a +su mujer. Cuando, media hora antes, prometió confesar sus faltas, hízolo +movido de orgullo, para engalanarse con la sinceridad, a la manera del +fatuo que se da tono con una cruz. La confesión de la culpa ennoblece +siempre, y como demasiado sabía él que todo lo noble hallaba eco en el +gran corazón de Jacinta, se dijo: «aquí me viene bien un _rasgo_». Pero +el momento de la confesión se acercaba, y el pecador estaba algo +confuso, sin saber cómo iba a salir de ella. Lo que él quería era quedar +bien, remontarse hasta su mujer, y superarla si era posible, presentando +sus faltas como méritos, y retocando toda la historia de modo que +pareciese blanco y hasta noble lo que con los datos sueltos del botón y +el cabello era negro y deshonroso. No tenía que calentarse mucho los +sesos para salir del paso, porque para tales escamoteos tenía su +entendimiento una aptitud particular. Su imaginación despiertísima se +pintaba sola para hacer pasar de un cubilete a otro las ideas. Lo que él +no podía sufrir era que se le tuviese por hombre vulgar, por uno de +tantos. Hasta las acciones más triviales y comunes, si eran suyas, +quería que pasasen por actos deliberadamente admirables y que en nada se +parecían a lo que hace todo el mundo. Rápidamente, con aquella presteza +de juicio del artista improvisador, hizo su composición, y allá te van +las confidencias... Jacinta se había de quedar tamañita. Ya vería ella +qué marido tenía, qué ser superior, qué persona tan extraordinaria. Hay +una moral gruesa, la que comprende todo el mundo, incluso los niños y +las mujeres. Hay otra moral fina, exquisita, inapreciable para el vulgo: +es la que sólo pueden gustar los paladares muy sensibles... Vamos allá. + +«Preparémonos a oír tus papas» dijo ella. + +--De todo lo que has dicho, parece deducirse que yo soy un miserable, +un cualquiera, uno de tantos. Pues ahora lo veremos. He guardado reserva +contigo, porque creí que no me comprenderías. Veremos si me comprendes +ahora. Es cierto que hace dos meses, me encontré otra vez a... + +--Haz el favor de no nombrarla--suplicó Jacinta con viveza--. Ese nombre +me hace el efecto de la picadura de una víbora. + +--Bueno, pues voy al grano... Encontrémela casada. + +--¡Casada!--Sí, con un simple. La metieron en un convento, la casaron +después como por sorpresa... Chica, una historia de intrigas, violencias +y atrocidades que horroriza. + +--¡Pobre mujer!--exclamó ella, respondiendo al intento de Juan, que +empezaba por hacer a la otra digna de lástima--. Pero bien merecido le +está por su mala conducta. + +--Espérate un poco, hija. Mujer tan desgraciada no creo que haya nacido. + +--Ni más mala tampoco.--Sobre eso hay mucho que decir. No es maldad lo +que hay en ella, es falta de ideas morales. Si no ha visto nunca más que +malos ejemplos; ¡si ha vivido siempre con tunantes...! Yo pongo en su +lugar a la mujer más perfecta, a ver lo que hacía. No, no es lo que +crees. Digo más, sería muy buena, si la dirigieran al bien. Pero hazte +cargo: después de andar de mano en mano, este la coge, este la suelta, +la casan con un hombre que no es hombre, con un hombre que no puede ser +marido de nadie... + +Jacinta abrió la boca; tan grande era su pasmo. + +«Y ese majadero la martirizaba de tal modo desde el primer día de +matrimonio, que la infeliz, prefiriendo la libertad en la ignominia a +una esclavitud insoportable, se escapa de la casa, y se echa otra vez a +la calle, como en sus peores tiempos. En esto me encuentra y me pide +amparo». + +Jacinta no había cerrado todavía la boca. + +«En tal situación--prosiguió Juan, hallándose ya en plena posesión de su +tesis y con los cubiletes en la mano--, yo te planteo el problema a +ti... vamos a ver... Figúrate que eres hombre; figúrate que te +encuentras delante de aquella infeliz mujer, que te pide socorro, una +defensa contra la miseria y la deshonra, y al verla delante, tú te +reconoces autor de todas sus desdichas, porque tú la perdiste, porque de +ti le vienen todos sus males. Yo quiero que me digas con lealtad qué +harías, qué harías tú en este trance. Pero cierra ya esa boca; basta ya +de asombro y contéstame». + +--Pues yo... ¿qué haría? Echar mano al bolsillo, darle cuatro o cinco +duros, y marcharme a mi casa. + +--Esa fue mi primera idea. Pero ciertas deudas, señora mía--dijo Santa +Cruz triunfante--, no se saldan con cuatro ni con cinco duros. + +--Pues mil, dos mil, cien mil reales, vamos. + +--Tampoco. Yo pensé que debía poner a aquella infeliz en camino de +adquirir una posición decente y estable. Buscarle un marido, no podía +ser; estaba casada. Procurarle una manera de vivir con independencia y +honradez... ¡ah!, esto es muy difícil. No tiene educación; no sabe +trabajar en nada que produzca dinero. No hay para ella más recurso que +comer de su belleza. Pero en esto mismo hay distintos grados de +ignominia. No empieces a hacerte cruces, hija. Las cosas hay que +tomarlas como son; otra cosa es empeñarse en sostener una filosofía +cursi. Yo le dije: «bueno, pues te pongo una casa, y arréglatelas como +puedas...». No, si no es para que hagas tantas cruces, lo repito. Hay +que ponerse en la realidad, niñita. No mires esto con ojos de mujer; +ponte en mi caso; figúrate que eres hombre... + +--Estoy asombrada de la vuelta que le das a tus caprichos, y de lo bien +que te las compones para hacer pasar por protección desinteresada lo que +en realidad es amor que tenías o tienes a esa maldita. + +--Pues a eso voy ahora. Aquí te quiero ver... Atención. Yo te juro que +no despertaba en mí ni el amor más insignificante, ni tan siquiera un +capricho de momento. No hay ejemplo de una frialdad como la que yo +sentía ante ella. Bien me lo puedes creer. No sólo no me inspiraba +pasión, sino que hasta me repugnaba. + +--Eso--dijo la esposa--, que te lo crea otro, que lo que es yo... + +--¡Qué tonta eres! Tu incredulidad nace de la idea equivocada que tienes +de esa mujer. Te la has figurado como un monstruo de seducciones, como +una de esas que, sin tener pizca de educación ni ningún atractivo moral, +poseen un sin fin de artimañas para enloquecer a los hombres y +esclavizarles volviéndoles estúpidos. Esta casta de perdidas que en +Francia tanto abunda, como si hubiera allí escuela para formarlas, +apenas existe en España, donde son contadas... todavía, se entiende, +porque ello al fin tiene que venir, como han venido los ferrocarriles... +Pues digo que Fortunata no es de esas, no posee más educación que la +cara bonita; por lo demás, es sosa, vulgar, no se le ocurre ninguna +picardía de las que trastornan a los hombres; y en cuanto a formas... no +hablo del cuerpo y talle... sigue tan tosca como cuando la conocí. No +aprende; no se le pega nada. Y como para todo se necesita talento, una +especialidad de talento, resulta que esa infeliz que tanto te da que +pensar, no sirve absolutamente para diablo, ¿me entiendes? Si todas +fueran como ella, apenas habría escándalos en el mundo, y los +matrimonios vivirían en paz, y tendríamos muchísima moralidad. En una +palabra, chiquilla, no hay en ella complexión viciosa; tiene todo el +corte de mujer honrada; nació para la vida oscura, para hacer calceta y +cuidar muchachos. + +Al llegar aquí Juan se asustó, creyendo que se le había ido un poco la +lengua, y cayó en la cuenta de que si Fortunata era como él decía, si no +tenía _complexión viciosa_, mayor, mucho mayor era la responsabilidad de +él por haberla perdido. Jacinta hubo de pensar esto mismo, y no tardó en +manifestárselo. Pero el prestidigitador acudió a defender la suerte con +la presteza de su flexible ingenio. + +«Es verdad--le dijo--, y esto aumentaba mis remordimientos. No tenía más +remedio que hacer en obsequio suyo lo que no habría hecho por otra. +Ponte tú en mi caso, figúrate que eres yo, y que te ha pasado todo lo +que me ha pasado a mí. Puedes hacerte cargo de mi tormento, y de lo que +yo sufriría teniendo que considerar y proteger, por escrúpulo de +conciencia, a una mujer que no me inspira ningún afecto, ninguno, y que +últimamente me inspiraba antipatía, porque Fortunata, créelo como el +Evangelio, es de tal condición, que el hombre más enamorado no la +resiste un mes. Al mes, todos se rinden, es decir, echan a correr...». + +Jacinta había empezado a dar pataditas, haciendo saltar el edredón que +a los pies tenía. Era su manera de expresar la alegría bulliciosa cuando +estaba acostada. Porque siendo verdad lo que Juan decía, la temida rival +era como los espantajos puestos en el campo, de los cuales se ríen hasta +los pájaros cuando los examinan de cerca. Pero aún le quedaba una duda, +¿Era aquello verdad o no? Para mentira estaba demasiado bien hiladito. + +--¿Y ella te quiere todavía?--preguntó con la picardía de un juez de +instrucción. + +El esposo se hizo repetir la pregunta, sin otro objeto que retrasar la +respuesta, que debía ser muy pensada. + +--Pues te diré... que sí. Tiene esa debilidad. Otras mujeres, las de +complexión viciosa, son en sus pasiones tan vehementes como +inconstantes. Pronto olvidan al que adoraron y cambian de ilusión como +de moda. Esta no. + +--Esta no--repitió Jacinta, asustada de ver a su enemiga tan distinta de +como ella se la figuraba. + +--No. Ha dado en la tontería de quererme siempre lo mismo, como antes, +como la primera vez. Aquí tienes otra cosa que me anonada, que me obliga +a ser indulgente. Ponte en mi lugar, hija. Porque si yo viera que +coqueteaba con otros hombres, anda con Dios. Pero si no hay quien la +apee de una fidelidad que no viene al caso. ¡Fiel a mí! ¿a santo de qué? +¡Te aseguro que me ha hecho cavilar más esa sosona! Ha pasado por +tantas manos, y siempre fiel, consecuente como un clavo, que se está +donde le clavan. Ni el deshonor, ni el matrimonio la han curado de esta +manía. ¿No te parece a ti que es manía? + +A Jacinta le acudieron tantas ideas a la mente, que no sabía con cuál +quedarse, y estaba perpleja y muda. + +«¡Hay tantos--exclamó Santa Cruz en el tono que se da a las cosas muy +filosóficas--, hay tantos a quienes hace infelices la inconstancia de +las mujeres, y a mí me hace padecer una fidelidad que no solicito, que +no me hace falta, que no me importa para nada!». + +Jacinta dio un gran suspiro.--Pero al tener conciencia, el tener un +sentido moral muy elevado--añadió el Delfín dominando la suerte--, como +lo tengo yo, me ha puesto en una situación equívoca frente a ti. Yo +necesitaba darte explicaciones. Ya te las he dado, y por ellas habrás +visto que no se debe juzgar los actos de los hombres por lo que parece, +sino que es preciso ir al fondo, hija, al fondo de las cosas. ¿Con que +te vas enterando? A lo mejor se lleva uno cada chasco... ¡Cuántas veces +pensamos mal de un sujeto, fundándonos en hablillas del vulgo o en +cualquier dato inseguro, como por ejemplo, un pelo, un botón!... y +después de mirar bien el hecho, ¿qué resulta?, que no basta para +muestra un botón, que el que se cuelga de un cabello se cae; en una +palabra, niña mía, que lo aparentemente deshonroso puede no serlo, y que +la realidad, en vez de arrojar vergüenza sobre el sujeto, lo que hace es +enaltecerlo y quizás honrarle. + +--Poco a poco--dijo la esposa prontamente--, que para mí sigue siendo +turbio. Me parece que en todo lo que has dicho hay demasiada +composición. No me fío yo, no me fío, porque para fabricar estos arcos +triunfales de frases y entrar por ellos dándote mucho tono, te pintas tú +solo. Lo cierto es que le has puesto la casa, la has visitado y te has +divertido en grande con ella. ¡Vaya una conciencia la tuya, vaya una +manera de pagarle su fidelidad, tirando por el suelo la que me debes a +mí!... ¿Qué moral es esta? No escamotees la verdad. Esa mujer es una +bribona, y tú serías un simple si no fueras también un solemnísimo +pillo. + +--Párese usted un poco, _camaraíta_--replicó Santa Cruz algo +desconcertado--. ¿Qué palabras usaré yo para pintarte la situación en +que me encontraba? Es que el caso es de los más raros que se pueden +ofrecer... Para que veas que soy sincero y leal, te diré que hubo en mí +algo de flaqueza, sí, flaqueza que nacía de la compasión. No tuve valor +para resistir a las... ¿cómo diré?... a las sugestiones apasionadas de +quien tiene por mí una idolatría que yo no merezco. + +Pero te juro que lo hice sin ilusión, con fastidio, como el que cumple +un deber, pensando en mi mujer, viéndote a ti más que a la que tan cerca +tenía, y deseando que aquella comedia concluyera. + +Ambos estuvieron callados un mediano rato. ¿Creía Jacinta aquellas +cosas, o aparentaba creerlas como Sancho las bolas que D. Quijote le +contó de la cueva de Montesinos? Lo último que Juan dijo fue esto: +«Ahora juzga tú como te parezca bien lo que acabo de confesarte, y +compara lo bueno que hay en ello con lo malo que habrá también. Yo me +entrego a ti». + +--Romper, romper para siempre toda clase de relaciones con esa calamidad +es lo que importa--manifestó la Delfina inquietísima, dando vueltas en +el lecho--. Que no la veas más, que ni siquiera la saludes si te la +encuentras por la calle... ¡Oh, qué mujer!, es mi pesadilla. + +--Da por hecho el rompimiento, pero definitivo, absoluto. Lo deseo tanto +como tú; me lo puedes creer. + +Lo decía con tal expresión de ingenuidad, que Jacinta sintió grande +alegría. + +«Sí, hija, no aguanto más. Que se vaya con su constancia a los quintos +infiernos». + +--¿Y si da en perseguirte?--Seré capaz hasta de recurrir a la policía. + +--¿De modo que no vuelves más a esa casa?... Di que no vuelves, dime que +no la quieres. + +--¡Bah! Demasiado lo sabes. No volveré más que a despedirme. + +--No; escríbele una carta. Las despedidas cara a cara no son buenas para +romper. + +--Haré lo que tú quieras, lo que tú me mandes, niñita de mi alma, +monísima... más salada que el terrón de los mares. + + + + +--iv-- + + +A la siguiente mañana, Jacinta se levantó muy gozosa, con los +espíritus avispados, y muchas ganitas de hablar y de reír sin motivo +aparente. Barbarita, que entró de la calle a las diez, le dijo: «¡Qué +retozona estás hoy!... Oye. Al volver de San Ginés, me encontré con +Manolo Moreno, que llegó ayer de Londres. Le he convidado a almorzar». + +Jacinta fue a su tocador. Aún dormía su marido, y ella se empezó a +arreglar. A poco entró una visita, que Jacinta recibió en su gabinete. +Era Severiana, que dos veces por semana llevaba a Adoración a que la +viese su protectora. Ya se sabe que la Delfina, no pudiendo adoptar al +_Pituso_ y tomarlo por hijo, y sintiendo más fuerte e imperioso en su +alma el anhelo de la maternidad, dio en proteger a la preciosísima y +cariñosa hija de Mauricia la Dura. Para Jacinta no había goce más grande +y puro que acariciar un pequeñuelo, darle calor y comunicarle aquel +sentimiento de bondad que se desbordaba de su alma. Agradábale tanto la +niña aquella, que se la habría llevado consigo si sus suegros y su +marido lo permitieran; pero no siendo posible esto, se consolaba +vistiéndola como una señorita, pagándole el colegio y pasando un ratito +con ella. Gozaba en ver su belleza, en aspirar la fragancia de su +inocencia y en examinarla para cerciorarse de sus adelantos. + +«Hola, ven acá, mujer, dame un beso y un abrazo» le dijo la señorita, +atrayéndola a sí con maternal cariño. + +Adoración se frotó bien la cara y el cuerpo contra la cintura y falda de +su protectora. + +«Dice que lo que le pide a la Virgen--declaró Severiana con esa +adulación de los humildes muy favorecidos y que aún quieren serlo más--, +es no separarse nunca, nunca de la señorita... para estarla mirando +siempre». + +--Ya sé que me quiere mucho, y yo la quiero a ella, si es buena y +estudia. ¡Qué elegante estás!... No te había visto el vestido nuevo. + +--Anoche soñaba con la ropa nueva--dijo Severiana--, y ayer, cuando se +la puso, no hacía más que mirarse al espejo. Si la tocábamos ¡ay!, nos +quería pegar... Lo que ella deseaba era que la señorita la viera tan +maja, ¿verdad, rica? + +--No me gusta tanto afán por las composturas. Ahora lo que yo quiero es +ver qué tal andan esas lecciones... Hoy no tengo tiempo de hacer +preguntas; pero otro día, el jueves, veremos cómo está ese catecismo. + +--¡Ah!, señorita, se lo sabe de corrido. Nos tiene mareados con lo que +hicieron aquellos que se comían el maná y lo de Noé en el arca, con +tantos animales como metió en ella. ¿Pues y leer? Lee mejor que mi +marido. + +--Eso me gusta... El mes que entra la pondremos en un colegio, interna. +Ya es grandecita... es preciso que vaya aprendiendo los buenos +modales... su poquito de francés, su poquito de piano... Quiero educarla +para maestrita o institutriz, ¿verdad? + +Adoración la miraba como en éxtasis. + +«¿Y esa mujer?» preguntó luego Jacinta a Severiana, refiriéndose a la +madre de Adoración. + +«Señora, no me la nombre. A poco de salir de las Micaelas, parecía algo +enmendada. Volvió a correr pañuelos de Manila y algunas prendas; estaba +en buena conformidad; pero ya la tenemos otra vez en danza con el +maldito vicio. Anteanoche la recogieron tiesa en la calle de la +Comadre... ¡Qué vergüenza...!». + +Jacinta hizo un gesto de pena. «¡Pobrecita mía!» exclamó abrazando más +estrechamente a su protegida. + +--Por esto--añadió la otra--, yo quería hablar a la señorita para ver si +doña Guillermina tenía proporción de meterla en cualquier parte donde la +sujetaran. En las Micaelas no puede ser, a cuento de que allí la +tuvieron que echar por escandalosa... Pero bien la podrían poner, si a +mano viene, en un hospicio, o casa de orates, al menos para que no diera +malos ejemplos. + +--Veremos...--dijo distraída Jacinta levantándose, porque había oído el +repique del timbre con que su marido llamaba. + +Faltaba algo antes de que Adoración se despidiera. Su protectora le daba +siempre una golosina, y aquel día hubo de olvidarse. Quedose parada la +niña en medio del gabinete aun después de los últimos besos de la +despedida. Jacinta cayó en la cuenta de su distracción. «Espérate un +momento». A poco volvió con lo que la chiquilla deseaba, y repetida la +recomendación de portarse bien y estudiar mucho, acompañolas hasta la +puerta. Cuando Severiana y su sobrinita salían, entraba Moreno-Isla, y +Jacinta que le vio subir, se detuvo en el recibimiento. Subía despacio y +jadeante, a causa de la afección al corazón que padecía. Estaba muy +envejecido, de mal color, y con más aire extranjero que antes. + +«¡Oh, puerta del paraíso!, ¡qué manos te abren...! Dispense usted... Me +canso horriblemente» dijo Moreno, saludándola con tanta urbanidad como +afecto. + +Estupiñá, que entraba detrás, le echó también un gran saludo a D. +Manuel, permitiéndose abrazarle, porque eran antiguos amigos. + +«Estás hecho un pollo» le dijo Moreno, palmoteándole en los hombros. + +--Vamos tirando... ¿Y usted...? + +--Así, así.--¡Siempre por esas tierras de extranjis!... Caramba, también +es gusto, teniendo aquí tantos que le quieren bien... + +El forastero le contestó con la benevolencia un tanto fría que saben +emplear los superiores bien educados. Separáronse en el pasillo, porque +Estupiñá tenía que ir hacia el comedor. Moreno siguió a Jacinta hasta el +salón y de allí al gabinete. + +«No me había dicho Guillermina que estaba usted en Madrid. Lo supe hoy +por mamá» dijo ella por decir algo. + +--¿Guillermina? ¡Buena tiene ella la cabeza para acordarse de +anunciarme! ¿Sabe usted que cada vez que vengo a España me la encuentro +más tocada? Ayer, cuando entré en casa, lo primero que hizo, mientras me +saludaba, fue un registro de todos los bolsillos de mi ropa. Me +desplumó. Lo que yo decía: «apenas se pone el pie en España, no se da un +paso sin tropezar con bandoleros». Ahora pretende que entre todos los +parientes le hagamos un piso... friolera. + +--¡Pobrecilla! Es una santa. Llegó entonces D. Baldomero, anunciándose +antes de entrar con estas alegres voces: «¿En dónde está ese +anti-patriota?». Cuando apareció en la puerta, con los brazos abiertos, +fue Moreno a dejarse estrechar en ellos. + +«Bien, padrino; está usted hecho un muchacho». + +--¿Y tú, perdido? Me dijeron que estabas algo delicado. + +--Me canso horriblemente--replicó el forastero, tocándose el corazón--. +Algo aquí... Pero dicen que es nervioso. + +--Sí, sí, nervioso--afirmó Santa Cruz como si tuviera en el dedillo toda +la medicina. + +--Nervioso, claro--repitió Jacinta; y Barbarita, que a la sazón entraba, +también dijo: «¿Qué ha de ser sino nervioso...?». + +--Vaya, vaya con este perdis--decía D. Baldomero mirando mucho a su +amigo y pariente y no atreviéndose a decir que le encontraba muy +desmejorado--. Siempre tan extranjerote. + +--No quiere nada con nosotros--dijo Barbarita, examinándole la ropa--. +Mira, mira que levita gris cerrada... y botines blancos... Pero, Manolo, +¡qué zapatones usan por allá! Esos guantes pasarían aquí por guantes de +cochero. + +Moreno se echó a reír. Su persona tenía tal aire inglés, que quien le +viera, tomaríale por uno de esos lores aburridos y millonarios que andan +por el mundo sacudiéndose la morriña que les consume. Hasta cuando +hablaba desmentía, no por afectación, sino por hábito, su progenie +española, porque arrastraba un poco las erres y olvidaba algunos +vocablos de los menos usuales. Se había educado en el célebre colegio de +Eton; a los treinta años volvió a Inglaterra y allí vivía de continuo, +salvo las cortas temporadas que pasaba en Madrid. Poseía el arte de la +buena educación en su forma más exquisita, y una soltura de modales que +cautivaba. Era ahijado de D. Baldomero I, y por esto seguía llamando +_padrino_ a D. Baldomero II. + +--Ya saben ustedes que no transijo con la patria--dijo sonriendo--. +Mientras más la visito, menos me gusta. Por respeto a mi padrino, no me +atrevo a decir más. + +Los gustos extranjeros de aquel hombre y el desamor que a su patria +mostraba, eran ocasión de empeñadas reyertas entre él y D. Baldomero, +que defendía todo _lo del Reino_ con sincero entusiasmo. A veces perdía +los estribos el buen español, sosteniendo que en todo lo _de fuera_ hay +mucho de farsa, y Moreno, extremando sus antipatías, sostenía que en +España no hay más que tres cosas buenas: la Guardia Civil, las uvas de +albillo y el Museo del Prado. + +«Vamos a ver--dijo D. Baldomero con alegría, que le retozaba en la +cara--. ¿Qué me dices del Rey que hemos traído? Ahora sí que vamos a +estar en grande. Verás cómo prospera el país y se acaban las guerras». + +--Es guapo chico. Varios españoles residentes en Londres le acompañamos +en el tren hasta Dover. Yo le regalé un magnífico reloj... Es muy +despejado chico, pero muy despejado. ¡Lástima de Rey! Yo le dije: +«Vuestra Majestad va a gobernar el país de la ingratitud; pero Vuestra +Majestad vencerá a la hidra». Esto lo dije por cortesía; pero yo no creo +que pueda barajar a esta gente. Él querrá hacerlo bien; pero falta que +le dejen. + +En esto entró Juan, y él y su pariente se dieron los abrazos de +ordenanza. Para ponerse a almorzar no faltaba más que Villalonga. + +«¿Pero qué?--dijo el Delfín--, ¿le esperamos? Sabe Dios a qué hora +vendrá. Anoche se retiraría a las tres de la tertulia del Ministro de la +Gobernación, y estará todavía en la cama». + +Acordaron, pues, no aguardar más, y durante el cordial almuerzo, que +quieras que no, la conversación versó sobre si en España es todo malo, o +si en Francia e Inglaterra es de buena ley todo lo que admiramos. +Moreno-Isla no cedía una pulgada de terreno antipatriótico en que su +terquedad se encerraba. + +«Miren ustedes... hablando ahora con toda seriedad--dijo, después de +apurar bien el tema de las comidas, y pasando a ciertas ideas de cultura +general--. Yo he hecho una observación que nadie me desmentirá. Desde +que se pasa la frontera para allá y se entra en Francia, no le pica a +usted una pulga». _(Risas)_. + +«¡Pero qué tendrán que ver las pulgas...!». + +--¿Y sostienes tú que en Francia no hay pulgas? + +--No las hay, créame usted, padrino, no las hay. Es un resultado del +aseo general, de la limpieza de las casas y de las personas. Vaya usted +a San Sebastián. Se lo comen vivo... + +--Hombre, por Dios, ¡qué argumentos!... + +Sonó la campanilla. «¡Ahí está!» dijeron todos, y Barbarita miró al +lugar vacío que estaba destinado a Villalonga en la mesa. Este entró muy +alegre, saludando a la familia, y dando un apretón de manos a Moreno. + +«Indulgencia, señora. He venido volando por no hacerme esperar». + +--Amigo, desde que está usted en candelero, no hay quien le vea. ¡Qué +caro se cotiza! + +--Es que no me dejan vivir. Anoche duró el jubileo hasta las tres. +Doscientas personas entrando y saliendo. Y que no pretenden nada... + +--Preparando las elecciones, ¿eh? + +--¡Oh!, pues si pasamos al terreno político...--indicó Moreno. + +--No, no pases--replicó Santa Cruz--. En ese terreno concedo, concedo... + +Después hubo debate sobre quesos, diciendo D. Baldomero que los del +Reino son también muy buenos. Luego tratose de las casas, que Moreno +calificó de inhabitables. «Por eso todo el mundo vive en la calle». + +«Pues mire usted--dijo Villalonga--: las casas serán todo lo malas que +usted quiera; pero hay en las del extranjero una costumbre que maldita +la gracia que tiene. Me refiero a la falta de maderas en los balcones y +ventanas, por lo cual entra la luz desde que Dios amanece, y no puede +usted pegar los ojos». + +--¿Pero usted cree que por allá hay alguien que se esté durmiendo hasta +el medio día? + +Sobre esto se habló mucho, y el forastero sacó a relucir otras cosas. +«Yo de mí sé decir que cuando paso la frontera para acá recibo las más +tristes impresiones. Habrá algo que admirar; a mí se me esconde, y no +veo más que la grosería, los malos modos, la pobreza, hombres que +parecen salvajes, liados en mantas; mujeres flacas... Lo que más me +choca es lo desmedrado de la casta. Rara vez ve usted un hombrachón +robusto y una mujer fresca. No lo duden ustedes, nuestra raza está mal +alimentada, y no es de ahora; viene pasando hambres desde hace siglos... +Mi país me es bastante antipático, y desde que me meto en el _express_ +de Irún ya estoy renegando. Por la mañana, cuando despierto en la Sierra +y oigo pregonar el _botijo e leche_, me siento mal; créanlo ustedes... +Al llegar a Madrid, y ver la gente de capa, las mujeres con mantones, +las calles mal adoquinadas, y los caballos de los coches como +esqueletos, no veo la hora de volverme a marchar». + +--¡Hombre, en qué tonterías te fijas!--observó D. Baldomero, continuando +la apología de la patria en términos calurosos que el otro oía con +benevolencia. + +Cuando tomaban el café, notaron todos que Moreno se sentía mal; pero él +disimulaba, y llevándose la mano al corazón, decía otra vez: «Algo +aquí... No es nada. Nervioso quizás. Lo que más me molesta es el ruido +de la circulación de la sangre. Por eso me gusta tanto viajar... Con el +ruido del tren, no oigo el mío». + +Hubo un momento de silencio y tristeza en la mesa; pero aquello pasó, y +siguieron charlando. Jacinta observaba que alguien le hacía telégrafos +desde la puerta, alzando un poco el cortinón. Salió: era Guillermina. + +«No, yo no paso. Tengo que irme al momento a la obra--le dijo con +secreteo--. Vengo para encargarte que le hables. Saca la conversación +como puedas, y que se entere bien de la necesidad en que estamos». + +--Moreno ayudará--díjole su amiguita, llevándola a otra pieza para +hablar con más libertad. + +--No sé... está incomodado conmigo... Esta mañana hemos reñido... La +verdad... me enfadé, me tuve que enfadar. Figúrate que esta vez viene +más hereje que nunca. Cada uno es dueño de condenarse; ¿pero a qué viene +decirme a mí cosas contra la religión? + +--¡Qué malo!--Y tantas fueron sus burlas y sacrilegios que... Dios me lo +perdone... me incomodé. Le dije que no me hacía falta su dinero para +nada, y que tendría miedo de tomarlo en mis manos, por ser dinero de +Satanás. Pero esto es un dicho, ¿sabes? + +--Claro.--¿Y aquí no ha hablado de religión? + +--No; ni jota. Mamá no se lo toleraría. Ha hablado de que en España hay +más pulgas que en Francia. + +--¡Dale! ¡Qué importará que haya pulgas con tal que haya cristiandad! +Las cosas que dicen estos herejotes nos indignarían si no las tomáramos +a risa. Tú no sabes bien lo protestante y calvinista que viene ahora. Me +horripilé oyéndole. Pero en fin, allá se entenderá con Dios; y entre +tanto, lo que importa es que afloje los cuartos para mi obra. Y que le +ha de valer para su alma, aunque él no quiera... Con que a ver si me le +catequizas. + +--Haré lo que pueda... Veremos, le diré algo... + +--No vayas a olvidarte... Adiós, hija de mi alma. Me voy; esta noche me +contarás lo que te diga. Creo que no nos dejará mal, porque en el fondo +es un buenazo. A poco que se le raspe la corteza de hereje, sale aquella +pasta de ángel de otros tiempos. Quédate con Dios. + +Volvió Jacinta al comedor. Si cumplió o no el encargo de Guillermina, +lo veremos a su tiempo. Más que reunir dinero para el asilo, preocupaba +a la dama el ver resuelto según su deseo lo que ella y su marido habían +tratado la noche anterior. Movida de este afán, así que se marcharon +Moreno y Villalonga, cogió por su cuenta al Delfín, y otra vez trataron +ambos la cuestión de la ruptura. De acuerdo estaban en lo principal, +discrepando sólo en el procedimiento más adecuado, pues ella opinaba por +una carta y él por una entrevista de despedida. Al fin, tras laboriosa +discusión, prevaleció este criterio, como verá el que siga leyendo. + + + + +-III- + +La revolución vencida + + + + +--i-- + + +Quien supiera o pudiera apartar el ramaje vistoso de ideas más o +menos contrahechas y de palabras relumbrantes, que el señorito de Santa +Cruz puso ante los ojos de su mujer en la noche aquella, encontraría la +seca desnudez de su pensamiento y de su deseo, los cuales no eran otra +cosa que un profundísimo hastío de Fortunata y las ganas de perderla de +vista lo más pronto posible. ¿Por qué lo que no se tiene se desea, y lo +que se tiene se desprecia? Cuando ella salió del convento con corona de +honrada para casarse; cuando llevaba mezcladas en su pecho las azucenas +de la purificación religiosa y los azahares de la boda, parecíale al +Delfín digna y lucida hazaña arrancarla de aquella vida. Hízolo así con +éxito superior a sus esperanzas, pero su conquista le imponía la +obligación de sostener indefinidamente a la víctima, y esto, pasado +cierto tiempo, se iba haciendo aburrido, soso y caro. Sin variedad era +él hombre perdido; lo tenía en su naturaleza y no lo podía remediar. +Había que cambiar de forma de Gobierno cada poco tiempo, y cuando estaba +en república, ¡le parecía la monarquía tan seductora...! Al salir de su +casa aquella tarde, iba pensando en esto. Su mujer le estaba gustando +más, mucho más que aquella situación revolucionaria que había +implantado, pisoteando los derechos de dos matrimonios. + +«¿Quién duda--seguía pensando--, que es prudente evitar el escándalo? Yo +no puedo parecerme a este y el otro y el de más allá, que viven en la +anarquía, señalados de todo el mundo. Hay otra razón, y es que se me +está volviendo antipática, lo mismo que la otra vez. La pobrecilla no +aprende, no adelanta un solo paso en el arte de agradar; no tiene +instintos de seducción, desconoce las gaterías que embelesan. Nació para +hacer la felicidad de un apreciable albañil, y no ve nada más allá de su +nariz bonita. ¿Pues no le ha dado ahora por hacerme camisas? ¡Buenas +estarían!... Habla con sinceridad; pero sin gracia ni _esprit_. ¡Qué +diferente de Sofía la Ferrolana, que, cuando Pepito Trastamara la trajo +del primer viaje a París, era una verdadera Dubarry españolizada! Para +todas las artes se necesitan facultades de asimilación, y esta marmotona +que me ha caído a mí es siempre igual a sí misma. Con decir que hace +días le dio por estar rezando toda la tarde... ¿y para qué?... para +pedirle a Dios chiquillos... + +¡Al Demonio se le ocurre...! En fin, que no puedo ya más, y hoy mismo se +acaba esta irregularidad. ¡Abajo la república!». + +Pensando de este modo, había llegado a la casa de su querida, y en el +momento de poner la mano en el llamador, un hecho extraño cortó +bruscamente el hilo de sus ideas. Antes de que llamara, se abrió la +puerta, dando paso a un señor mayor, de muy buena presencia, el cual +salió, saludando a Santa Cruz con una cortés inclinación de cabeza. La +misma Fortunata le había abierto la puerta y le despedía. + +Juan entró. La salida de aquel señor le produjo en un instante dos +sentimientos distintos que se sucedieron con brevedad. El primero fue +algo de enojo, el segundo satisfacción de que el acaso le proporcionase +un buen apoyo para el rompimiento que deseaba... «Me parece que yo +conozco a este señor tan terne. Le he visto, le he visto en alguna +parte--pensaba entrando hacia la sala--. ¡Si tendremos gatuperio...! +Estaría bueno. Pero más vale así». + +Y en alta voz y de mal modo, preguntó a Fortunata: «¿Quién es ese +viejo?». + +--Yo creí que le conocías. D. Evaristo Feijoo, coronel o no sé qué de +milicia... Es grande amigo de Juan Pablo. + +--¿Y quién es Juan Pablo? ¡Vaya unos conocimientos que me quieres +colgar...! + +--Mi cuñado. + +--¿Y cuándo he conocido yo a tu cuñado, ni qué me importa?... Estamos +bien. ¿Y a qué venía aquí ese señor... Feijoo, dices? Me parece que es +amigo de Villalonga. + +--Ha venido a visitarme, y esta es la tercera vez... Es un señor muy +bueno y muy fino. ¿Qué te crees, que viene a hacerme el amor? ¡Qué +tontito! Pero en resumidas cuentas, si te parece que no debo recibirle, +no lo haré más. Y aquí paz... + +--No, no; recíbele todo lo que quieras--dijo él variando de táctica con +la rapidez del genio--. Si, como dices, es una persona formal, podría +ser que te conviniera cultivar su amistad. + +Fortunata no comprendió bien, y él se envalentonó con el silencio de +ella. + +«Porque, hija mía, yo debo decirte que no podemos seguir así». + +Pensaba el muy tuno que lo mejor era cortar por lo sano, planteando la +cuestión desde el primer momento con limpieza y claridad. + +La salita en que estaba tenía ese lujo allegadizo que sustituye al +verdadero allí donde el concubinato elegante vive aún en condiciones de +timidez y más bien como ensayo. Había muebles forrados de seda y +cortinas hermosas; pero aquellos eran feotes, de amaranto combinado con +verde-limón; las cortinas estaban torcidas, las guardamalletas mal +colocadas, la alfombra mal casada; y las jardineras de bazar, con +begonias de trapo, cojeaban. El reloj de la consola no había sabido +nunca lo que es dar la hora. Era dorado, con figuras como de pastores, +haciendo juego con candelabros encerrados en guardabrisas. Había +laminitas compradas en baratillos, con marcos de cruceta, y otras mil +porquerías con pretensiones de lujo y riqueza, todo ello anterior a la +transformación del gusto que se ha verificado de diez años a esta parte. +Santa Cruz miraba esta sala con cierto orgullo, viendo en ella como un +testimonio de su esplendidez; pero al mismo tiempo solía ridiculizar a +Fortunata por su mal gusto. Ciertamente que para vestirse tenía +instintos de elegancia; pero en muebles y decoración de casa desbarraba. +En suma, que ella tendría todas las cualidades que quisiera; pero lo que +es _chic_ no tenía. + +Sentado en el sofá y con el sombrero puesto, Juan contempló aquel día +todo lo que allí había, gozándose en la idea de que lo miraba por última +vez. Fortunata estaba en pie, delante de él, y luego se sentó en una +banqueta, fijando los ojos en su amante, como en expectativa de algo muy +grave que de él esperaba oír. + +«Si esta pavisosa--pensó Santa Cruz mirándola también--, viera con qué +donaire se sienta en un _puff_ Sofía la Ferrolana, tendría mucho que +aprender. Lo que es esta, ni a palos aprenderá nunca esas blanduras de +la gata, esos arqueos de un cuerpo pegadizo y sutil que acaricia el +asiento ¡Ah!, ¡qué bestias nos hizo Dios!...». + +Y en alta voz: «Dime, ¿por qué no te has puesto la bata de seda, como te +he mandado?». + +--¡Qué cosas tienes!... No la quiero estropear. + +--Eso es...--dijo el otro riendo sin delicadeza--, guárdala para los +días de fiesta. Así me gusta a mí la gente, arregladita... Y cuando yo +vengo aquí te pones la batita de lana, que unos días apesta a canela y +otros a petróleo... + +--Mentira--replicó Fortunata, oliendo su propio vestido--. Está bien +limpia. ¿Para qué dices lo que no es? + +--No, lo que es dentro de casa, tú estás por aquello de _ya engañé_. +Eso; ponte bien ordinaria y todo lo cursi que puedas. + +--¡Ay qué gracia!... pues hoy no me he puesto la bata de seda, porque he +estado toda la mañana en la cocina. + +--¿Haciendo qué?--Escabeche de besugo.--Bien; me gusta. _Jormiguita_ +para cuando vengan los malos tiempos--dijo el Delfín con benévola +ironía--. Pues hija, yo tengo que hablarte hoy con claridad. Te quiero +demasiado para andar en misterios contigo. Tú eres razonable, te haces +cargo de las cosas y comprenderás que tengo razón en lo que te voy a +decir. + +Este lenguaje desconcertó a Fortunata, porque le recordaba el otra vez +usado para licenciarla. Pero él creyó oportuno mostrarse cariñoso, y la +hizo sentar a su lado para pasarle la mano por la cara y hacerle algunas +zalamerías de las que se emplean con los niños cuando se les quiere +hacer tomar una medicina. + +«Ven acá, y no te asustes. Yo no quiero más que tu bien. No dirás que no +he hecho por ti cuanto estaba en mi mano. Por mi parte, bien lo sabes +tú, seguiríamos lo mismo; pero mi mujer se ha enterado... anoche hemos +tenido una bronca espantosa, pero espantosa, chica; no puedes figurarte +cómo se puso. Se desmayó; tuvimos que llamar al médico. La más negra fue +que mis papás se enteraron también del motivo, y... una chilla por aquí, +otra por allá; mi padre furioso... entre todos me querían comer». + +Fortunata estaba tan absorta y aterrada, que no podía pronunciar palabra +alguna. + +«Ya te he dicho que lo paso todo, menos dar un disgusto a mis padres. +Así es que anoche me planté conmigo mismo, y dije: 'Aunque me muera de +pena, esto se tiene que acabar'. Sé que me costará una enfermedad. El +golpe será rudo. No se arranca fibra tan sensible sin que duela mucho. +Pero es preciso, y para estos casos son los caracteres...». + +Mientras ella empezaba a lloriquear, Juan se decía: «Ahora viene la +lagrimita. Es infalible. Preparémonos». + +«Tonta, no llores, no te aflijas--añadió besándola--. Mira que yo estoy +con el alma en un hilo, y si te veo flaquear, soy hombre perdido». + +Procuraba mostrarse a dos dedos de romper en llanto, y ponía una cara +muy triste. + +«No creas--balbució la prójima entre sollozos--. Te veía venir. Hace +días que la estás tú tramando... Bueno, hemos concluido». + +--No, si yo te querré siempre, nena negra. Sólo que no puedo visitarte +más. Alguna vez... no digo que no... Pero así, con esta manera de +vivir... imposible. Madrid, que parece grande, es muy chico, es una +aldea. Aquí todo se hace público, y al fin no hay más remedio que bajar +la cabeza. Yo soy casado, tú también; estamos pateando todas las leyes +divinas y humanas. Si hubiera muchos como nosotros, pronto la sociedad +sería peor que un presidio, un verdadero infierno suelto. ¿No has +pensado tú alguna vez en esto? + +Lo que Fortunata había pensado era que el amor salva todas las +irregularidades, mejor dicho, que el amor lo hace todo regular, que +rectifica las leyes, derogando las que se le oponen. Lo había dicho +varias veces a su amante, expresándose de una manera ruda; pero en aquel +lance, parecíale ridículo volver sobre aquella idea verdadera o falsa +del amor, porque en su buen instinto comprendía que toda aquella +hojarasca de leyes divinas, principios, conciencia y demás, servía para +ocultar el hueco que dejaba el amor fugitivo. Pero ella no lo seguiría +jamás al terreno de la controversia, porque no sabía desenvolverse con +tanta palabra fina. + +«Ya me lo decía el corazón» exclamaba, apretando el pañuelo contra sus +ojos. + +--No se puede uno sustraer a los principios--prosiguió él--. Las +conveniencias sociales, nena mía, son más fuertes que nosotros, y no +puede uno estar riéndose de ellas mucho tiempo, porque a lo mejor viene +el garrotazo, y hay que bajar la cabeza. Yo quisiera que tú te +penetraras bien de esto... Nunca te he dicho nada; pero a veces, aquí +mismo he sentido mi conciencia tan alborotada, que... + +Fortunata le miró de un modo que le hizo callar... «¡A buenas horas y +con sol!--quería decir aquella mirada--. Después que hemos cometido +todos los crímenes, ahora salimos con escrúpulos... Y yo pago la falta +de los dos...». + +«Bien merecido me lo tengo--declaró en un arranque de dolor combinado +con la rabia--, porque los dos hemos sido malos; pero yo he sido más +mala que tú... yo dejo tamañitas a todas... ¡Dios, con la que yo hice!, +¡portarme como me porté con aquella familia! Tú me decías que no era +nada, cuando yo me ponía triste... pensando en lo que había hecho, sí, y +te reías... te reías». + +--Sí... pero...--Repito que te reías... ¡pero cómo!, a carcajadas, +llamándome simple y qué sé yo qué... Bien, bien; bastante hemos +hablado... Te vas, pues muy santo y muy bueno. Lo sentiré; calcula si lo +sentiré... pero ya me iré consolando. No hay mal que cien años dure. +¡Aire, aire! + +Se limpiaba rápidamente las lágrimas, fingiendo una fortaleza que no +tenía. + +«Nos separaremos como amigos--dijo Santa Cruz tomándole una mano, que +ella separó prontamente--, y me retiro dándote un buen consejo». + +--¿Cuál?--preguntó ella más airada que dolorida. + +--Que te unas... que procures unirte otra vez con tu marido. + +--¡Yo...!--exclamó la señora de Rubín con indecible terror--. ¡Después +de...! + +--Ya te serenarás, hija. ¡El tiempo! ¿Sabes tú los milagros que ese +señor hace? Tú lo has dicho: no hay mal que cien años dure, y cuando se +tocan de cerca los grandes inconvenientes de vivir lejos de la ley, no +hay más remedio que volver a ella. Ahora te parece imposible; pero +volverás. Si es lo natural, es lo fácil, lo fácil... Solemos decir: «tal +cosa no llega nunca». Y sin embargo llega, y apenas nos sorprende por la +suavidad con que ha venido. + +Levantose la joven disparada, y se metió en su gabinete. Estaba como una +loca. Juan la siguió, temiendo que le acometiese un acceso de +desesperación. Ambos se encontraron en la puerta de la alcoba. Él +entraba, ella salía. + +«¿Sabes lo que te digo?...--gritó Fortunata con la voz ronca de despecho +y dolor--. Que ya estás demás aquí». + +--Pero no te irrites...--¡Fuera, fuera!--gritaba ella empujándole con +ruda energía. + +Santa Cruz reconoció aquella fuerza casi superior a la suya, y no tenía +gran empeño en oponerse a ella. Por punto, hizo como que sus brazos +intentaban someter a los de su querida. Esta pudo más y cerró +violentamente la puerta de la alcoba. El Delfín tocó en los cristales, +diciendo: «Si no hay motivo para tanta bulla... Nena, nena negra, +abre... Ten calma y no te sofoques... ¡Bah!, siempre eres así...». + +Pero de dentro de la alcoba no venía ninguna respuesta, ni una voz +siquiera. Juan aplicó el oído, creyendo sentir sollozos... gemidos +sofocados. Pronto comprendió que no podía apetecer mejor coyuntura para +plantarse rápidamente en la calle y dar por terminado el enojoso trámite +de la ruptura. + +«Pero aún me falta la última parte--pensó echando mano a su cartera--. +No puedo abandonarla así...». Después de meditar un rato, volvió a +guardar la cartera y se dijo: «Mejor será que me vaya... Se lo mandaré +en una carta... Adiós. No dirá Jacinta que...». + +Salió de puntillas, como se sale de la casa en que hay un enfermo grave. + + + + +--ii-- + + +En el resto de aquel aciago día, dicho se está que la pobre señora +de Rubín se entregó a las mayores extravagancias, pues tal nombre +merecen sin duda actos como no querer comer, estar llorando a moco y +baba tres horas seguidas, encender la luz cuando aún era día claro, +apagarla después que fue noche por gusto de la oscuridad, y decir mil +disparates en alta voz, lo mismo que si delirara. La criada intentó +tranquilizarla; pero los consuelos verbales la irritaban más. A eso de +las nueve, la dolorida se levantó con resolución del sofá en que se +había echado, y a tientas, porque el gabinete estaba oscurísimo, buscó +su mantón. «Ya verán, ya verán» murmuraba en su agitación epiléptica; y +a tientas buscó también las botas y se las puso. Pañuelo a la cabeza, +mantón bien recogido sobre los hombros, y a la calle... Salió con +rapidez y determinación, como quien sabe a dónde va y obedece a uno de +esos formidables impulsos en línea recta que conducen a toda acción +terminante. Ni tiempo dio a que Dorotea pudiera detenerla, porque cuando +esta la vio, ya estaba abriendo la puerta y salía como una saeta. + +Eran las nueve de la noche. Fortunata atravesó con paso ligero la calle +de Hortaleza, la Red de San Luis. No debía de estar muy trastornada +cuando en vez de tomar por la calle de la Montera, en la cual el gentío +estorbaba el tránsito, fue a buscar la de la Salud y bajó por ella, +considerando que por tal camino ganaba diez minutos. De la calle del +Carmen pasó a la de Preciados, sin perder ni un momento el instinto de +la viabilidad. Atravesó la Puerta del Sol por frente a la casa de +Cordero, y ya la tenéis subiendo por la calle de Correos hacia la +plazuela de Pontejos. Ya llegaba, y a medida que veía más cerca el +objeto de su viaje, parecía como que se le iba acabando la cuerda +epiléptica que la impulsaba a la febril marcha. Vio el portal de la casa +de Santa Cruz, y sus miradas se internaron con recelo por aquella +cavidad ancha, de estucadas paredes, y alumbrada por mecheros de gas. +Ver esto y pararse en firme, con cierta frialdad en el alma, sintiendo +el choque interior de toda velocidad bruscamente enfrenada, fue todo +uno. + +Ver el portal fue para la prójima, como para el pájaro, que ciego y +disparado vuela, topar violentamente contra un muro. Los que obran bajo +la acción de impulsos cerebrales, irresistibles y mecánicos, como los +instintos que atañen a la conservación, van muy bien en su carrera +mientras no ven el fin más que en la representación falsa que de él les +da su deseo; pero cuando la realidad de aquel fin se les pone delante, +ofreciéndoseles como acción sometida a las leyes generales, no hay +velocidad que no tenga su rechazo. ¿Cuál era el intento de Fortunata y +qué iba a hacer allí? ¡Friolera!... Pues nada más que entrar en la casa +sin pedir permiso a nadie, llamar, colarse de rondón, dando gritos y +atropellando a todo el que encontrara, llegarse a Jacinta, cogerla por +el moño y... Esto de cogerla por el moño no se determinó bien en su +voluntad; pero sí que le diría mil cosas amargas y violentas. Tal +pensaba cuando le entró aquel desatino de salir de su casa y correr +hacia la plazuela de Pontejos. Y cuando bajaba por la calle de la Salud, +iba pensando así: «No se me quedará en el cuerpo nada, nada. Ella es la +que me hace desgraciada, robándome a mi marido... Porque es mi marido: +yo he tenido un hijo suyo y ella no... Vamos a ver, ¿quién tiene más +derecho? Entrañas por entrañas, ¿cuáles valen más?». Estos enormes +disparates, nacidos del trastorno que en su cerebro reinara, +persistieron cuando estaba parada y atónita delante del portal de los de +Santa Cruz. + +«Pues no sé por qué no entro y armo la escandalera que debo armar...». + +Pero la contenía un cierto respeto que no acertaba a explicarse. Se +alejó, y desde la acera de enfrente miró hacia la casa, diciendo para +sí: «Habrá luz en el gabinete de Jacinta, donde estarán de tertulia». +Pero no vio nada. Todo cerrado; todo a oscuras... «¡Si habrán salido...! +No, estarán ahí burlándose de mí, riéndose de la trastada que me han +hecho... Buenos son todos: ¡tales hijos, tales padres!». Volvió a sentir +el insensato anhelo de entrar en la casa, y dio tres o cuatro pasos +hacia ella; pero retrocedió por segunda vez. «¿A ver quién sale?». Era +un viejo que se detenía en el portal y echaba un párrafo con Deogracias. +La joven reconoció a Estupiñá, que había sido vecino suyo cuando ella +vivía en la Cava, donde tuvieron principio sus interminables desgracias. +Plácido se embozó en su capa tomando hacia la calle del Vicario Viejo. +Siguiole Fortunata con la vista hasta verle desaparecer, y poco después +volvió a su acecho. ¿Quién salía? Un caballero con botines blancos que +parecía extranjero. El tal pasó junto a ella, la miró, casi casi se +detuvo un instante para verla mejor; después siguió su camino. Otras +personas salían o entraban. Aunque en el pensamiento de Fortunata iba +condensándose la imposibilidad de entrar, continuaba allí clavada sin +saber por qué. No se podía marchar, aunque iba comprendiendo que la idea +que a tal sitio la llevó era una locura, como las que se hacen en +sueños. Uno de los muchos desvaríos que se sucedieron en su mente fue +imaginar que tal o cual hombre de los que vio salir era amante de +Jacinta. «Porque a mí no me digan que es virtuosa... Vaya unos embustes +que corre la gente. No se puede creer nada. ¿Virtuosa?, _tie_ gracia... +Ninguna de estas casadas ricas lo es ni lo puede ser. Nosotras las del +pueblo somos las únicas que tenemos virtud, cuando no nos engañan. Yo, +por ejemplo... verbigracia, yo». Entrole una risa convulsiva. «¿Y de qué +te ríes, pánfila?--se dijo a sí misma--. Más honrada eres tú que el sol, +porque no has querido ni quieres más que a uno. ¿Pero estas... estas?... +Ja ja ja. Cada trimestre hombre nuevo, y virtuosa me soy. ¿Por qué? Pues +porque no dan escándalos, y todo se lo tapan unas con otras. ¡Ah!, +señora doña Jacinta, guárdese el mérito para quien lo crea; usted +caerá... tiene usted que caer, si no ha caído ya». + +De pronto vio que al portal se acercaba un coche. ¿Traería gente o venía +a tomarla? A tomarla porque no salió nadie; el lacayo entró en la casa, +y Deogracias se puso a hablar con el cochero. «Van a salirse dijo la +infeliz, sintiendo otra vez los ardientes impulsos que la sacaron de su +casa--. Ahora sí que no se me escapan... Me voy encima, y a las dos las +afrento... tal suegra para tal nuera... ¡buen par de cuñas están!... +¡Cuánto tardan! La cabeza se me abrasa, y parece que me vuelvo toda +uñas...». + +Salieron las señoras. Fortunata vio primero a una de pelo blanco, +después a Jacinta, después a una pollita que debía de ser su hermana...; +vio terciopelo, pieles blancas, sedas, joyas, todo rápidamente y como +por magia. Las tres entraron en el coche, y el lacayo cerró la +portezuela. ¡Pero qué cosas! Lo mismo fue ver a las tres damas, que a +Fortunata le entró un fuerte miedo. ¡Y ella que pensaba clavarles las +puntas de sus dedos como garfios de acero! Lo que sintió era más bien +terror, como el que infunde un súbito y horrendo peligro, y tan +impotente se vio su voluntad ante aquel pánico, que echó a correr y +alejose a escape, sin atreverse ni siquiera a mirar hacia atrás. Oyó el +ruido del coche que rodaba por la calle abajo, y aún lo vio pasar por +delante con tan rápida vuelta que por poco la arrolla. «¡Eh!...» gritó +el cochero, y la señora de Rubín dio un grito, saltando hacia atrás... +¡Qué susto, pero qué susto, Señor!... Siguió hacia la Puerta del Sol, +dándose cuenta de aquel miedo intensísimo que había sentido y +preguntándose si en él había también algo de vergüenza. Pero no le era +difícil discernir si su espanto era como el del exaltado cristiano que +ve al demonio, o como el de este cuando le presentan una cruz. + +Dejándose llevar de sus propios pasos, se encontró sin saber cómo en el +centro de la Puerta del Sol. Inconscientemente se sentó en el brocal de +la fuente y estuvo mirando los espumarajos del agua. Un individuo de +Orden Público la miró con aire suspicaz; pero ella no hizo caso y +continuó allí largo rato, viendo pasar tranvías y coches en derredor +suyo como si estuviera en el eje de un Tío Vivo. El frío y la impresión +de humedad la obligaron a ausentarse y se alejó envolviéndose bien en su +mantón y tapándose la boca. Casi no se le veían más que los ojos, y como +estos eran tan bonitos, muchos se le ponían al lado y le pedían permiso +para acompañarla, diciéndole mil cuchufletas. Recordó entonces otros +tiempos infelices, y la idea de tener que volver a ellos le produjo +dolor muy vivo, despejándole la cabeza de las quimeras que se le habían +metido en ella. El sentimiento de la realidad iba poco a poco recobrando +su imperio. Mas la realidad érale odiosa y trataba de mantenerse en +aquel estado delirante. Un individuo de los que la siguieron se aventuró +a detenerla en toda regla, llamándola por su nombre. + +«¡Pero qué tapadita va usted!... Fortunata». + +Detúvose ella ante el que esto dijo. Pensando en quién podría ser, +estuvo un ratito como lela mirando a la persona que enfrente tenía. «Yo +quiero conocer esta cara--se dijo--. ¡Ah!, es D. Evaristo». + +--Hija, muy distraidita va usted... + +--Voy a mi casa. + +--¡Por aquí!--exclamó Feijoo con asombro--. Pues el camino que lleva +usted es el del Teatro Real. + +--Es que...--replicó ella mirando las casas--me había equivocado... No +sé lo que me pasa... + +--Vamos por aquí; la acompañaré a usted--dijo D. Evaristo con bondad--. +Capellanes, Rompelanzas, Olivo, Ballesta, San Onofre, Hortaleza, Arco. + +--Ese es el camino; pero no dude usted lo que le digo... + +--¿Qué?, hija mía. + +--Que yo soy honrada, que siempre lo he sido. + +Feijoo miró a su amiga. Francamente, aquellos ojos tan bonitos le habían +hecho siempre muchísima gracia; pero no le hacía maldita la exaltación +que en ellos notaba aquella noche. + +La abandonada se volvió a tapar la boca con el mantón, y su acompañante +no chistaba. Mas como ella se detuviera de nuevo para repetir aquel +concepto de la honradez, Feijoo, que era hombre muy franco, no pudo +menos de decirle: + +«Amiguita, usted no está buena, quiero decir, a usted le ha pasado algo +muy gordo. Confiese usted a mí, que soy un amigo leal, y le daré buenos +consejos». + +--¿Pero duda usted--dijo Fortunata, apoyándose en la pared--, que yo +haya sido siempre...? + +--¿Honrada? ¿Cómo he de dudar eso, hija mía?, pues no faltaba más. Lo +que dudo es que usted tenga buena salud. Está usted fatigada, y me +parece que debemos tomar un coche... ¡Eh!, cochero... + +La de Rubín se dejó llevar, y maquinalmente entró en el simón. Alguna +vez había hecho lo mismo con un cualquiera encontrado en la calle. + +Feijoo le habló dentro del coche con paternal cariño; pero ella no +contestaba de una manera completamente acorde. De pronto le miró en la +oscuridad del vehículo, diciéndole: «¿Y tú, quién eres?... ¿A dónde me +llevas? ¿Por quién me has tomado? ¿No sabes que soy honrada?». + +--¡Ay, Dios mío!--murmuró el buen D. Evaristo con hondísimo disgusto--. +Esa cabeza no está buena, ni medio buena... + +Por fin llegaron, y los dos subieron. La criada les abrió. «Ahora--dijo +el simpático coronel retirado--, a acostarse. ¿Quiere usted que le +traiga un médico?». + +Sin contestar, metiose ella en su alcoba. Feijoo la siguió, afligidísimo +de verla en tan lastimoso estado. Después, él y la criada, cuchichearon. + +--Rompimiento... Le ha dado otra vez el canuto ese bergante--decía D. +Evaristo--. Si no es más que eso, la trinquetada pasará. + +Despidiose hasta el día siguiente, y la dolorida se acostó diciendo a la +criada mientras la ayudaba a desnudarse: «Honrada soy, y lo he sido +siempre. ¿Qué?... ¿lo dudas tú?». + +--Yo... no señorita; ¿qué he de dudarlo?--replicó la criada, volviendo +la cara para disimular una sonrisa. + +Durmiose pronto la infeliz señora de Rubín; pero a la media hora ya +estaba despierta y muy excitada. Dorotea, que se quedó junto a ella, la +oyó cantando, a media voz y con las manos cruzadas, las coplas místicas +de las Micaelas. + + + + +-IV- + +Un curso de filosofía práctica + + + + +--i-- + + +Dos o tres veces fue D. Evaristo al siguiente día a enterarse de la +salud de Fortunata; pero no la pudo ver. Dorotea le dijo que la señorita +no quería ver a nadie, y que de tanto pensar que era honrada, le dolía +horriblemente la cabeza. Al otro día la señorita estaba un poco mejor, +se había levantado y apetecido un sopicaldo. «Pero sigue con la misma +idea--añadió no sin malicia la chica, que era graciosa y avisada--. Se +lo prevengo, señor, para que le lleve el genio y le diga que sí». + +--Descuida, hija--replicó el caballero--, que por mí no ha de quedar. +¿Puedo verla? ¿No la molestaré mucho? ¿Sabe que estoy aquí? + +--Ya lo sabe. Espérese un ratito y pasará. + +Quedose solo en el comedor mi hombre, y después de quince minutos de +espera, Dorotea le mandó pasar. Estaba Fortunata en su gabinete, tendida +en el sofá, la cabeza reclinada sobre un almohadón de raso azul. Tenía +puesta la bata de seda y un pañuelo blanco finísimo a la cabeza, tan +ajustado, que no se le veía más que el óvalo del rostro. Estaba ojerosa, +pálida y muy abatida. Como D. Evaristo se preciaba de saber algo de +medicina, tomole el pulso. + +«Si está usted como un reloj, hija. Si no tiene fiebre ni ese es el +camino... ¡Bah!, coqueterías... un poco de rabietina y nada más. Y que +está usted guapísima con ese pañolito, ya, ya. No se le ven ni el pelo +ni las orejas. Parece una hermana de la Caridad... ¡Vaya con los males +de esta señora!». + +--Ayer estuve muy malita--dijo ella con voz apagada--. La cabeza se me +partía, y como no me podía quitar de _entre mí_ aquella idea, y dale con +lo mismo... ¡Lo que una piensa!... Tengo que declarar que soy... + +--Honrada, sí, hoy más que ayer y mañana más que hoy. Por sabido se +calla. + +--No, hombre, no digo eso.--¿Cómo que no?--Lo que soy es muy mala, la +mujer más mala que ha nacido. ¿Pero usted sabe bien lo que yo he hecho? +Lo que me pasa me lo tengo bien ganado, sí, bien ganado me lo tengo, +¡porque cuidado que he hecho yo perrerías en este mundo...! + +--¡Quite usted allá!... No habrá sido tanto. + +--Vamos ahora a otra cosa--dijo la joven, sacando de debajo del manto +una mano, en la que tenía una carta--. Ayer me mandó esto. + +--¿Quién? ¡Ah! Santa Cruz. + +--No la he leído hasta esta mañana. Aquí se despide otra vez, dándome +consejos y echándoselas de santo varón. Me manda dentro de la carta +cuatro mil reales. + +--Vamos... No se ha corrido que digamos. + +--Quiero escribirle hoy mismo--indicó ella animándose un poco--. +Escribirle, no... nada más que meter los dos billetes de dos mil reales +dentro de un sobre y devolvérselos. + +--Hija mía, párese usted y piense bien lo que hace--dijo el amigo, +acercándose cariñosamente a ella--. Eso de devolver dinero es un +romanticismo impropio de estos tiempos. Sólo se devuelve el dinero que +se ha robado, y usted tenía derecho a que él le diera, no sólo eso, sino +muchísimo más. Con que déjese usted de _rasgos_ si no quiere que la +silbe, porque esas simplezas no se ven ya más que en las comedias malas. +Nada, yo me he propuesto sacarla a usted del terreno de la tontería y +ponerla sólidamente sobre el terreno práctico. + +--Lo que es el dinero no lo tomo--declaró la enferma del corazón, +alargando los labios como los niños mimosos. + +--¡Ay, qué gracia!... Eso es, y coma usted mimitos--dijo el coronel, +haciendo también con sus labios la trompeta más larga que le fue +posible--. ¡Devolverle los santos cuartos! Sí, para que se ría más. Eso +es lo que él quiere... ¿Tiene usted ahorros? + +--Tendré unos treinta duros. + +--Pues eso y nada... ¿De qué va usted a vivir ahora? + +--Quiero ser honrada.--Magnífico... sublime. Lo que no veo tan claro es +que para ser honrada sea preciso no comer... ¿Acaso piensa usted +trabajar? ¿En qué?... Al menos, con esos cuatro mil reales tiene tiempo +de pensarlo y vivir algunos meses. Con que a guardar los _monises_, y no +se hable más del asunto. + +No se convenció Fortunata, que era algo terca; pero aplazó la devolución +de los billetes para el día siguiente. Como tenía clavada en su mente la +injuria recibida, sin querer hablaba de ella. + +«¡Vaya la que me ha hecho!--murmuró después de una pausa, mirando al +suelo--. ¡Qué manera de pagarme! ¡Yo, que lo dejé todo por él, y a los +que me habían hecho decente les di una patada!... Perdone usted si hablo +mal. Soy muy ordinaria. Es mi ser natural; y como a los que me querían +afinar y hacerme honrada les di con su honradez en los hocicos... ¡Qué +ingrata, ¿verdad?, qué indecente he sido! Todo por querer más de lo que +es debido, por querer como una leona. Y para que calcule usted si soy +simple, aquí, donde usted me ve, si ese hombre me vuelve a decir tan +siquiera media palabra, le perdono y le quiero otra vez». + +--Sí, ya se conoce que es usted más tierna que el requesón--dijo D. +Evaristo, meditando. + +--Es que los demás me parece que no son tales hombres. Para mí hay dos +clases de hombres; él a este lado, todos los demás al otro. No voy de +aquí a esa puerta por todos ellos. Soy así, no lo puedo remediar. + +--No me dice usted nada que yo no sepa. He visto mucho mundo--afirmó +Feijoo, con tolerancia de sacerdote hecho al confesonario--. Las +personas que son como usted suelen pasar una vida de perros. No hay +mayor desgracia que tener el corazón demasiado grande. Cerebro grande, +estómago grande, hígado grande, son males también; pero menores. Y yo he +de poder poco o le he de recortar a usted el corazón, para que haya +equilibrio. + +--¿Equi...?--Equilibrio.--Ya; no lo digo bien; pero comprendo lo que es. +¿Y cómo me va usted a recortar? + +--¡Oh! Se necesitan muchas lecciones... es la única manera de que usted +no sea desgraciada toda la vida. ¡Ah!, este mundo es una gaita con +muchos agujeros, y hay que templar, templar para que suene bien. Usted +no sabe de la misa la media. Parece que acaba de nacer, y que la han +puesto de patitas en el mundo. ¿Qué resulta?, que no sabe por dónde +anda. Devuelve el dinero que le dan, y se chifla dos, tres veces por una +misma persona. ¡Bonito porvenir! Yo le voy a enseñar a usted una cosa +que no sabe. + +--¿Qué?--Vivir... Vivir es nuestra primera obligación en este valle de +lágrimas, y sin embargo... ¡qué pocos hay que sepan desempeñarla!... Se +lo dice a usted un hombre que ha visto mucho mundo, que ha tenido, como +usted, un corazón del tamaño de hoy y mañana. Conque prepararse, que +empiezo mis lecciones. + +--¿Y seré feliz?--dijo Fortunata con expectación supersticiosa, como si +le estuvieran echando las cartas. + +--Por de pronto, de lo que yo trato es de que sea usted práctica. + +--¡Práctica!--replicó ella arrugando la nariz con salero, como hacía +siempre que afectaba no comprender una cosa y burlarse de ella al mismo +tiempo--. Práctica, ¿qué quiere decir eso? + +--¿Y no lo sabe?... ¡No se haga usted más tonta de lo que es!--indicó D. +Evaristo arrugando también su nariz. + +--Pues nos haremos _pléiticas_--dijo la señora de Rubín, ridiculizando +la palabra para ridiculizar la idea. + +Poco más duró aquella visita, porque el señor de Feijoo no quería +molestar. Despidiose, prometiendo volver pronto. Por él, volvería dentro +de una hora. «Amiguita, usted no puede estar mucho tiempo sola, porque +esa cabeza se pone a trabajar... Como usted no me eche, aquí me tendrá +otra vez esta tarde». + +Y volvió cerca de anochecido trayendo un ramo de flores, y poco después +fue un mozo de cuerda con dos o tres tiestos. A Fortunata le gustaban +mucho las flores, así vivas como cortadas; tenía los balcones llenos de +macetas y se pasaba buena parte de la mañana cuidándolas. Mucho +agradeció al buen caballero tales obsequios, que tenían mayor precio en +la estación que corría. Las flores del ramo eran de las más bellas, +raras y valiosas que hay en invierno. De lo que sobre plantas se habló +aquella tarde, coligió D. Evaristo que su amiga tenía gustos un poco +desacordes con el gusto corriente. No le hacía gracia ninguna flor que +no tuviese fragancia, y particularmente las camelias le eran +antipáticas. Entre la mejor de las camelias y el más amarillo y sosón de +los girasoles, no hallaba gran diferencia en cuanto al mérito. Diéranle +a ella un buen clavel, un nardo, una rosa de la tierra, y en fin, todas +aquellas flores que _ilusionan el sentido_ en cuanto uno se acerca a +ellas... + +--¿Y qué tal nos encontramos esta tarde?--dijo D. Evaristo inclinándose +para verle la cara. + +Echábaselas de médico; pero examinaba la cara por lo bonita que le +parecía, no por buscar en ella síntomas hipocráticos; y como avanzara la +noche y no había luz, tenía que acercarse mucho para ver bien. +Continuaba ella en el propio sitio y postura que por la mañana. + +--Estoy lo mismo--replicó sin moverse--. Desde que usted se fue, estuve +llorando hasta ahorita. + +--Pues no hay que devanarse los sesos para encontrar el remedio. Con no +moverme de aquí... Pero podría ser el remedio peor que la enfermedad, y +al fin tendría usted que llorar para que me marchase... Vamos, hija, +modere esos suspiros tan fuertes, que parece se le va a salir el alma +por la boca. Ya nos iremos consolando. El tiempo es un médico que se +pinta solo para curar estas cosas; y todavía he de ver yo a mi amiga más +contenta que unas Pascuas, sin acordarse para nada de lo que tanto la +aflige hoy. Y pronto, muy pronto... Y es preciso distraerse. ¿Sabe usted +jugar al tresillo? + +--¿Yo? No sé más que el tute. _Ese_ quiso enseñarme el tresillo; pero +nunca lo pude aprender. No sabe usted bien lo torpe que soy. + +--¿Le gusta a usted el teatro? + +--Eso sí, sobre todo los dramas en que hay cosas que la hacen llorar a +una. + +--¡Ave María Purísima!... Esas obras en que sale aquello de «¡hijo +mío!... ¡padre mío!...». + +--Esas, y otras en que hay pasos de mucha aflicción, y sacan las +espadas, y se desmaya una actriz porque le quitan el hijo. + +--¡Alabado sea el Santísimo!...--dijo Feijoo con socarronería--. En eso +sí que son contrarios nuestros gustos, porque yo, en cuanto veo que los +actores pegan gritos y las actrices principian a hacerme pucheritos, ya +estoy bufando en mi butaca y mirando para la puerta... Nada de lágrimas. +Lo que le conviene a usted ahora es reírse con las piececitas de Lara y +Variedades. Para dramas, hija, los de la realidad... ¿Le gustan a usted +los bailes de máscaras? + +--Se va usted a reír--replicó Fortunata incorporándose--. En el poco +tiempo que anduve yo suelta en Barcelona, de la ceca a la meca, solía ir +a bailes y divertirme algo; después no... Este año me llevó Juan dos +veces, y otra vez fui yo sola con una amiga, por ver si le sorprendía +pegándomela con algún trasto... ¿Creerá usted que no me he divertido ni +esto? La careta me da un calor que me abrasa... me la quiero quitar. +Pues digo... si me pongo a dar bromas, yo misma me río de mi poca +gracia. No puede usted figurarse lo _desaborida_ que soy. No se me +ocurre nada más que sandeces. Juan me decía que no sirvo para nada, y +que no me merezco el palmito que tengo. Él se empeñaba en que yo fuera +de otro modo; pero la cabra siempre tira al monte. Pueblo nací y pueblo +soy; quiero decir, ordinariota y salvaje... ¡Ah, si viera usted lo +furioso que se ponía cuando le decía yo que me gusta un guisado de falda +y pechos como los que se comen en los bodegones! + +Pues nada; que tenía que esconderme para comer a mi gusto. ¿Y cuando me +sermoneaba porque no tengo ese aire de francesa que tiene la Antoñita, +esa que está con Villalonga, y otra que llaman Sofía la Ferrolana? +«Hasta en la manera de sentarse se diferencian de ti--me decía--. Fíjate +bien en aquel aire de abandono o de viveza según los casos; en aquella +gracia, en aquel modo de andar por la calle. Tú cuando vas por ahí con +tu velito y ese pasito reposado, sin mirar a nadie, parece que vas de +casa en casa pidiendo para una misa». ¿Ve usted lo que me decía? ¿Y +cuando se empeñaba en que me pusiera yo esos cuerpos tan ceñidos, tan +ceñidos que con ellos parece que enseña una todo lo que Dios le ha +dado?... + +--Esta mujer me vuelve loco--pensaba Feijoo, experimentando, al oír a +Fortunata, una sensación de inefable contento--. Si estoy chocho, si no +sé lo que me pasa... ¡Ay Dios mío, a mi edad!... No hay remedio, me +declaro... Pero no, refrénate, compañero, aún no es tiempo... + +Al buen señor se le ponían los ojos encandilados oyéndole contar +aquellas cosas con tan encantadora sinceridad. Sonrisa de alegría y +esperanza contraía sus labios, mostrando su dentadura intachable. Su +cara, que era siempre sonrosada, poníasele encendida, con verdaderos +ardores de juventud en las mejillas. Era, en suma, el viejo más guapo, +simpático y frescachón que se podía imaginar; limpio como los chorros +del oro, el cabello rizado, el bigote como la pura plata; lo demás de la +cara tan bien afeitadito, que daba gloria verle; la frente espaciosa y +de color marfil, con las arrugas finas y bien rasgueadas. Pues de +cuerpo, ya quisieran parecérsele la mayor parte de los muchachos de hoy. +Otro más derecho y bien plantado no había. + +«No, lo que es hoy no le digo nada--pensaba--. Temo hacer el bisoño. +Calma, compañero, y repliégate un poco; tiempo tienes de picar espuelas. +Hoy lo recibiría mal. Está muy reciente la herida». + + + + +--ii-- + + +Pues lo que es hoy sí que no me quedo con esto dentro del +cuerpo--pensó mi hombre al otro día, entrando en la sala, hecho un sol +de limpio y despidiendo, como todas las mañanas al salir de su casa, un +fuerte olor a _colonia_--. ¿Y dónde está?, ¿qué hace que no sale? Es un +encanto esa mujer, y tengo al tal Santa Cruz por el gaznápiro más grande +que come pan... ¡Cuánto me hace esperar! Paréceme que oigo trastazos +como de dar con el zorro en los muebles. Estará de limpieza, aunque hoy +no es sábado. Pero no importa que no sea sábado. Eso le conviene: +trabajar, hacer ejercicio, distraerse, andar de aquí para allí. +¡Magnífico!... Sí, sí, sin duda está de limpieza. Es un diamante en +bruto esa mujer. Si hubiera caído en mis manos, en vez de caer en las de +ese simplín, ¡qué facetas, Dios mío, qué facetas le habría tallado +yo!... Y sigue el traqueteo allá dentro. Parece que arrastran muebles... +Bien, muy bien, dale duro. Para cosas del corazón, sudar, sudar. ¡Ay qué +contento estoy hoy! Tiempo hacía, compañero, mucho tiempo hacía que no +te sentías tan feliz como te sientes hoy. Desde que estuviste en +Filipinas... Pues ahora parece que están moviendo la cama de hierro. +¡Cómo rechina el metal!... ¡Ah!, por fin sale...». + +--Dispénseme usted, amigo D. Evaristo--dijo Fortunata apareciendo en la +puerta del gabinete, con bata de diario, un delantal muy grande y +pañuelo liado a la cabeza--. Estoy de limpia». Tras ella se veía una +atmósfera polvorienta, turbia y luminosa; el sol entraba por el balcón, +de par en par abierto. + +«Porque yo tengo esta costumbre... Cuando me siento con ganas de llorar +y dada a todos los demonios, ¿sabe usted qué hago?, pues coger el zorro, +las escobas, una esponja grande y un cubo de agua. Siempre que tengo una +pena muy grande le meto mano al polvo». + +--Pues ¡ay, hija mía!, la compadezco a usted... porque la casa está como +una plata... + +--¡Cómo ha de ser!... Sí, esta es mi única distracción. Y no sé ninguna +labor delicada; no sé coser en fino; no bordo ni toco el piano. Tampoco +pinto platos como esa Antonia, amiga de Villalonga, la cual está siempre +de pinceles; yo apenas sé leer y no le saco sentido a ningún libro... +¿qué he de hacer?, fregar y limpiar. Con esto no me acuerdo de otras +cosas. + +--Me la comería--pensó D. Evaristo, que la contemplaba embobado, sin +decir nada. + +--Conque lo mejor es que se vaya usted ahora, y vuelva más tarde. Le +vamos a llenar de polvo y basura. + +--No, hija, yo no me voy de aquí. + +--¡Uy!... Cómo huele usted a _colonia_. Ese olor sí que me gusta... Pero +le vamos a poner perdido. Mire que ahora empezaremos con la sala. + +--No me importa--replicó el buen señor con sonrisa inefable--. ¿Me +empolva?, mejor. Yo me sacudiré. + +--Como usted quiera... Pues ándese por ahí... Yo no tengo aquí _álbumes_ +ni libros para que se entretenga. + +--Maldita la falta que me hacen a mí los _álbumes_... Siga, siga usted y +trabaje firme. Eso, eso es lo que nos conviene. Luego hablaremos. Yo no +tengo absolutamente nada que hacer... + +Y dos horas más tarde estaban sentados ambos en el gabinete, uno frente +a otro, ella en el mismo pergenio en que antes se presentara, y algo +fatigada... + +«¡Debo tener una facha...!--dijo levantándose para mirarse al espejo que +sobre el sofá estaba--. ¡María Santísima! ¿Ve usted las pestañas cómo +las tengo, llenas de polvo?». + +--No estarían así sino fueran tan negras y tan grandes y hermosas... + +--Quisiera aviarme un poco. Es una falta recibir visitas con esta facha. + +--Por mí no se apure usted... Me agrada más verla así. Descanse ahora y +echemos un parrafito. Voy a permitirme una pregunta. ¿Qué piensa usted +hacer ahora? + +Fortunata, que se inclinaba hacia adelante para oír mejor, dejó caer la +cabeza sobre el respaldo; la mejor manera de expresar que no había +pensado nada sobre aquel punto. + +--¿Piensa usted pedir perdón a su marido y reconciliarse con él? + +--¡Jesús! ¡Y qué cosas se le ocurren!--exclamó ella, llevándose las +manos a la cabeza, cual si oyera el mayor de los absurdos. + +--Pues me parece que no he dicho ningún disparate. + +--Antes que volver con Maximiliano--afirmó Fortunata poniendo la cara +más seria que sabía poner--, todo lo paso, todo... + +--Incluso la miseria, la deshonra... + +--Sí señor.--Bueno. Pues quiere decir que cuando se acabe lo poquito que +usted tiene... y supongo que no habrá insistido en devolver los cuatro +mil reales... pues cuando se acabe, no tendrá usted más remedio que +buscarse la vida como pueda. Usted no sabe ningún trabajo honrado que +produzca dinero; conque claro es... si me aciertas lo que llevo en la +mano te doy un racimo. + +Fortunata frunció el ceño, y sin levantar las miradas del suelo, doblaba +y desdoblaba un pico del delantal. + +--Eso no tiene vuelta de hoja, compañera. O a casa con su marido, o a la +calle con Juan, Pedro y Diego, a ver si sale algún primo con quien ir +tirando. De este camino malo parten varios senderos, y no todos +concluyen en el hospital y en la abyección. De modo que piénselo usted. +Por más que se devane los sesos, no podrá salir de este dilema. + +--¿De este qué?--Dilema; quiere decir que a fondo o a Flandes. + +--Yo quiero ser honrada--afirmó la joven con la mayor seriedad del +mundo, atormentando más la punta del delantal. + +--¿Honrada?, me parece muy bien. Y dígame usted con toda franqueza: +¿honrada comiendo o sin comer? + +Fortunata se sonrió un poco. Aquella sonrisa iluminó su pena un +instante; pero pronto quedó su rostro envuelto otra vez en seriedad +sombría, señal de la duda horrible que agitaba su alma. + +--Eso de la honradez es muy bonito--prosiguió Feijoo--. No hay nada que +se diga tan fácilmente y que luego resulte más difícil en la práctica. +Yo creo que usted ha querido decir honradez relativa... + +--No; yo quiero ser honrada a carta cabal, honrada, honrada. + +--¿Sin volver con su marido? + +--Sin volver con mi marido. Feijoo hizo con los labios, con los ojos, +con todos los músculos de su cara un mohín muy humano y expresivo, signo +perteneciente al lenguaje universal y a la mímica de todos los países, +el cual quería decir: + +«Hija mía, no lo entiendo...». + +Ni Fortunata lo entendía tampoco, por lo cual estaba verdaderamente +anonadada. Faltábale poco para echarse a llorar. + +«Vamos, vamos--dijo el coronel sacudiendo toda aquella argumentación +capciosa, como se sacuden las moscas--; hablemos claro y seamos +prácticos sin miedo a la situación verdadera. Las cosas son como son, no +como deseamos que sean. ¡Qué más quisiéramos sino que usted pudiera ser +tan honrada y pura como el sol! Pero _tarde piache_, como dijo el pájaro +cuando se lo estaban comiendo. De lo que tratamos ahora es de que usted +sea lo menos deshonrada posible. Porque me río yo de las virtudes que +sólo están en el pico de la lengua. ¿Y el vivir y el comer? + +Usted, compañera, no tiene ahora más remedio que aceptar el amparo de un +hombre. Sólo falta que la suerte le depare un buen hombre. ¿Se echará +usted a buscarlo por ahí entre sus relaciones, o saldrá a pescar un +desconocido por las calles, teatros y paseos? A ver... Dígolo porque si +quiere usted ahorrarse ese trabajo, figúrese que aburrida ha salido por +esos mundos, que ha echado el anzuelo, que le han picado, que tira para +arriba, y que ¡oh, sorpresa!, me ha pescado a mí. Aquí me tiene usted +fuera del agua dando coletazos de gusto por verme tan bien pescado. Soy +algo viejo, pero sin vanidad creo que sirvo para todo, y por fuera y por +dentro valgo más que la mayoría de los muchachos. No tengo nada que +hacer, vivo de mis rentas, soy solo en el mundo, me doy buena vida y +puedo dársela a quien me acomoda. Conque a decidirse. Modestia a un +lado, dígole a usted que dificilillo le sería, en su situación, +encontrar un acomodo mejor. Bien lo comprenderá cuando le pasen las +tristezas, que ojalá sea pronto. Ahora no tiene la cabeza despejada. Y +no vacilo en decirlo--agregó alzando la voz, como si se incomodara--. Le +ha caído a usted la lotería, y no así un premio cualquiera, sino el +gordo de Navidad». + +--Quiero ser honrada--repitió Fortunata sin mirarle, como los niños +mimosos que insisten en decir la cosa fea por que les reprenden. + +--No seré yo quien le quite a usted eso de la cabeza--dijo el caballero +sonriendo, sin dudar de su victoria--. Y bien podría ser que hubiera +usted descubierto la cuadratura del círculo. + +--¿Qué dice?--Nada... También se me ocurre que dentro de mi proposición +puede usted ser todo lo honrada que quiera. Mientras más, mejor... En +fin, no quiero marearla a usted más, y la dejo sola para que piense en +lo que le he dicho. Siga limpiando, trabaje, dé bofetadas a los muebles, +fregotee hasta que le escuezan los dedos; mecánica, mucha mecánica, y +mientras tanto, piense bien en esto, y mañana o pasado mañana... no hay +prisa... vengo por la _rimpuesta_, como dice el payo... + + + + +--iii-- + + +Como lo que debe suceder sucede, y no hay bromas con la realidad, +las cosas vinieron y ocurrieron conforme a los deseos de D. Evaristo +González Feijoo. Bien sabía él que no podía ser de otro modo, a menos +que aquella mujer estuviese loca. ¿Qué salida tenía fuera de la +propuesta por él? Ninguna. ¿Qué honradez era aquella que apetecía, no +sabiendo trabajar, no queriendo volver con su marido y no teniendo +malditas ganas de irse a un yermo a comer raíces? Moraleja: Lo que tenía +que llegar, por la sucesión infalible de las necesidades humanas, llegó. +«Y para que veas si sé yo hacer las cosas y me intereso por ti--le dijo +un día D. Evaristo tuteándola ya--; me propongo evitar el escándalo por +ti y por mí. Pondré singular cuidado en que ignore esto Juan Pablo +Rubín, que fue quien me presentó a ti, en la calle, ¿te acuerdas?, y de +ahí viene nuestro dichoso conocimiento. Estas relaciones las hemos de +esconder y reservar hasta donde sea humanamente posible. Verás qué bien +vamos a estar. Yo te enseñaré a ser práctica, y cuando pruebes el ser +práctica, te ha de parecer mentira que hayas hecho en tu vida tantísimas +tonterías contrarias a la ley de la realidad». + +Fortunata, preciso es decirlo, no estaba contenta, ni aun medianamente. +Hallábase más bien resignada y se consolaba con la idea de que dentro de +su desgracia no había solución mejor que aquella, y de que vale más caer +sobre un montón de paja que sobre un montón de piedras. En los primeros +días tuvo horas de melancolía intensísima, en las cuales su conciencia, +confabulada con la memoria, le representaba de un modo vivo todas las +maldades que cometiera en su vida, singularmente la de casarse y ser +adúltera con pocas horas de diferencia. Pero de repente, sin saber cómo +ni por qué, todo se le volvía del revés allá en las cavidades +desconocidas de su espíritu, y la conciencia se le presentaba limpia, +clara y firme. Juzgábase entonces sin culpa alguna, inocente de todo el +mal causado, como el que obra a impulsos de un mandato extraño y +superior. «Si yo no soy mala--pensaba--. ¿Qué tengo yo de malo aquí +_entre mí_? Pues nada». + +Con estos diferentes estados de su espíritu se relacionaban ciertas +intermitencias de manía religiosa. En las horas en que se sentía muy +culpable, entrábale temor de los castigos temporales y eternos. +Acordábase de cuanto le enseñaron D. León y las Micaelas, y volvían a su +mente las impresiones de la vida del convento con frescura y claridad +pasmosas. Cuando le daba por ahí, iba a misa, y aun se le ocurría +confesarse; pero de pronto le entraba miedo y lo dejaba para más +adelante. Luego venía la contraria, o sea el sentimiento de su +inculpabilidad, como una reversión mecánica del estado anterior, y todas +las somnolencias y aprensiones místicas huían de su mente. Se pasaba +entonces dos o tres días en completa tranquilidad, sin rezar más que los +Padrenuestros que por rutina le salían de entre dientes todas las +mañanas. Su conciencia giraba sobre un pivote, presentándole, ya el lado +blanco, ya el lado negro. A veces esta brusca revuelta dependía de una +palabra, de una idea caprichosa que pasaba volando por su espíritu, como +pasa un pájaro fugaz por la inmensidad del Cielo. Entre creerse un +monstruo de maldad o un ser inocente y desgraciado, mediaban a veces el +lapso de tiempo más breve o el accidente más sencillo; que se +desprendiese una hoja del tallo ya marchito de una planta cayendo sin +ruido sobre la alfombra; que cantase el canario del vecino o que pasara +un coche cualquiera por la calle, haciendo mucho ruido. + +Estaba muy agradecida al señor de Feijoo, que se portaba con ella como +un caballero, y no tenía nada de quisquilloso, ni las impertinencias que +suelen gastar los hombres. El primer día le leyó la cartilla, que era +muy breve: «Mira, yo te dejo en absoluta libertad. Puedes salir y entrar +a la hora que quieras, y hacer lo que te dé tu real gana. No soy +partidario del sistema preventivo. Quiero que seas leal conmigo, como yo +lo soy contigo. En cuanto te canses avisas... Aquí no me entres a ningún +hombre, porque si algún día descubro gatuperio, me marcho tan calladito +y no me vuelves a ver... Lo mismo haré si lo descubro fuera. Si te +portas bien, no dejaré de protegerte, ni aun en el caso de que me fuera +preciso dejarte». + +Lo que propiamente llamamos amor, la verdad, Fortunata no lo sentía por +su amigo; pero sí le tenía respeto, y el cariño apacible a que era +acreedor por su hidalgo comportamiento. Teníale ella por la persona más +decente que había tratado en su vida. ¡Y cuánto sabía! ¡Qué experiencia +del mundo la suya, y con qué habilidad se las gobernaba! Para poner en +ejecución aquel plan de reserva de que hablara al principio, mandole +tomar un cuartito modesto. No por economía, pues bien podía él pagar una +casa como la que Santa Cruz pagaba; era por recato. Lo de la honradez, +que ella anhelaba ignorando el valor exacto de las palabras, no tenía +sentido; pero ya que no fuese honrada, al menos pareciéralo, y esto iba +ganando, que no era floja ganancia. Un cuartito modesto en un barrio +apartado era ya señal de que al menos se evitaba el escándalo. A poco de +instalada en su nuevo domicilio, D. Evaristo le compró una buena máquina +de Singer, con lo que ella se entretenía mucho. La visita del protector +era diaria, pero sin hora fija. Unas veces iba de tarde, otras de noche. +Pero siempre se retiraba a su casa a dormir. Convenía que Fortunata +tuviese una criada fiel, discreta y de cierta responsabilidad. Feijoo +estuvo cosa de un mes buscándola y al fin pudo encontrarla. + +Si Fortunata, empezando por conformarse, acabó por sentirse bien, D. +Evaristo estuvo desde luego muy a gusto en aquella vida. «Yo no soy +celoso--le decía--, y aunque no pongo mi mano en el fuego por ninguna +mujer, creo que no me faltarás, como no se descuelgue otra vez el +danzante de marras. A este sí que le tengo miedo». Y ella declaraba con +su sinceridad de siempre que, en efecto, le conservaba ley al maldito +autor de sus desgracias... no lo podía remediar; pero que si la buscaba +otra vez, ya sabría ella resistir y darle con toda la fuerza de su +honradez en los hocicos, para que no volviera a ser pillo. Al oír esto, +Feijoo se mostraba benévolamente incrédulo y decía: «Pidámosle a Dios +que no te busque, por si acaso; que a Segura llevan preso». + +Vivían retiradamente, y no se presentaban juntos en ninguna parte. La +calaverada de Feijoo no fue descubierta por sus amigos más sagaces; +Fortunata no daba que hablar a nadie, y la familia de su marido creía +que había desaparecido de Madrid. Con este sistema de cautela y recato, +les iba tan bien que D. Evaristo no cesaba de congratularse. «¿Ves, +chulita, cómo de este modo estamos en el Paraíso? Así se consiguen dos +cosas, la tranquilidad dentro, el decoro fuera. ¿Qué necesidad tengo yo +de que me llamen _viejo verde_? Y tú, ¿por qué has de andar en lenguas +de la gente? Aquí tienes lo que yo te quería enseñar, ser persona +práctica. Al mundo hay que tratarlo siempre con muchísimo respeto. Yo +bien sé que lo mejor es que uno sea un santo; pero como esto es +dificilillo, hay que tener formalidad y no dar nunca malos ejemplos. +Fíjate bien en esto; la dignidad siempre por delante, compañera». + +Hablando de esto, se animaba llegando hasta la elocuencia. «Porque mira +tú, chulita, no predico yo la hipocresía. En cierta clase de faltas, la +dignidad consiste en no cometerlas. No transijo, pues, con nada que sea +apropiarse lo ajeno, ni con mentiras que dañan al honor del prójimo, ni +con nada que sea vil y cobarde; tampoco transijo con menospreciar la +disciplina militar: en esto soy muy severo; pero en todo aquello que se +relaciona con el amor, la dignidad consiste en guardar el decoro... +porque no me entra ni me ha entrado nunca en la cabeza que sea pecado, +ni delito, ni siquiera falta, ningún hecho derivado del amor verdadero. +Por eso no me he querido casar... Claro, es preciso contener algo a la +gente y asustar a los viciosos; por eso se hicieron diez mandamientos en +vez de ocho, que son los legítimos; los otros dos no me entran a mí. +¡Ah!, chulita, dirás que yo tengo la moral muy rara. La verdad, si me +dicen que Fulano hizo un robo, o que mató o calumnió o armó cualquier +gatería, me indigno, y si le cogiera, créelo, le ahogaría; pero vienen y +me cuentan que tal mujer le faltó a su marido, que tal niña se fugó de +la casa paterna con el novio, y me quedo tan fresco. Verdad que por el +decoro debido a la sociedad, hago que me espanto, y digo: «¡Qué +barbaridad, hombre, qué barbaridad!». Pero en mi interior me río y digo: +«ande el mundo y crezca la especie, que para eso estamos...». + +Todo esto le pareció a Fortunata muy peregrino cuando lo oyó por primera +vez; pero a la segunda, encontrolo conforme con algo que ella había +pensado. ¿Pero no sería un disparate? Porque era imposible que ella y +Feijoo tuviesen razón contra el mundo entero. + +«Conque ya sabes--añadió el coronel--; el día en que se te antoje +faltarme, me lo dices. Yo no creo en las fidelidades absolutas. Yo soy +indulgente, soy hombre, en una palabra, y sé que decir _humanidad_ es lo +mismo que decir _debilidad_... Pues vienes y me lo cuentas a mí, en mis +barbas; nada de tapujos... ¿Creerás que voy a venir con un revólver para +pegarte un tirito y pegarme yo otro?... ¡Valiente asno sería si lo +hiciera! No. En nombre de la humanidad y de la especie te miraré con +benevolencia... Cierto que me ha de escocer algo. Pero cogeré mi +sombrero y me marcharé de tu casa, sin que eso quiera decir que te +abandone, pues lo que haré será jubilarte, señalándote media paga». + +--¡Pero qué hombre más raro, y qué manera de querer!--pensaba Fortunata. + + + + +--iv-- + + +Aquel día comieron juntos; expansión que D. Evaristo se permitía +algunas veces. Dijo ella que sabía _poner unas judías_ estofadas a +estilo de taberna, que era lo que había que comer. + +Quiso Feijoo probar también aquel plato, porque le gustaban algunas +comidas españolas. Fortunata tenía una despensa admirablemente provista, +y en ropa y trapos gastaba muy poco. Él era tan listo y tan práctico, +que supo sin esfuerzo hacerle disminuir el inútil y ruinoso renglón de +las modas. En la cuestión de _bucólica_, sí que no le ponía tasa, y le +recomendaba que trajese siempre lo mejor y más adecuado a cada estación. +Pero ella no necesitaba que su señor le hiciera estas advertencias, +porque, madrileña neta y de la Cava de San Miguel nada menos, sabía lo +que se debe comer en cada época. No era glotona; pero sí inteligente en +víveres y en todo lo que concierne a la bien provista plaza de Madrid. + +Y la verdad era que con aquella vida tranquila y sosegada, eminentemente +práctica, se iba poniendo tan lucida de carnes, tan guapa y hermosota +que daba gloria verla. Siempre tuvo la de Rubín buena salud; pero nunca, +como en aquella temporada, vio desarrollarse la existencia material con +tanta plenitud y lozanía. Feijoo, al contemplarla, no podía por menos de +sentirse descorazonado. «Cada día más guapa--pensaba--, y yo cada día +más viejo». Y ella, cuando se miraba al espejo, no se resistía a la +admiración de su propia imagen. Algunos días le pasaba por bajo del +entrecejo la observación aquella de otros tiempos: «¡Si me viera +ahora...!». + +Pero al punto trataba de alejar estas ideas, que no le traían más que +tristezas y cavilaciones. + +Vivía en la calle de Tabernillas (Puerta de Moros), que para los +madrileños del centro es _donde Cristo dio las tres voces y no le +oyeron_. Es aquel barrio tan apartado, que parece _un pueblo_. +Comunícase, de una parte con San Andrés, y de otra con el Rosario y la +V.O.T. El vecindario es en su mayoría pacífico y modestamente acomodado; +asentadores, placeros, trajineros. Empleados no se encuentran allí, por +estar aquel caserío lejos de toda oficina. Es el arrabal alegre y bien +asoleado, y corriéndose al Portillo de Gilimón, se ve la vega del +Manzanares, y la Sierra, San Isidro y la Casa de Campo. Hacia los +taludes del Rosario la vecindad no es muy distinguida, ni las vistas muy +buenas, por caer contra aquella parte las prisiones militares y +encontrarse a cada paso mujeres sueltas y soldados que se quieren +soltar. Al fin de la calle del Águila también desmerece mucho el +vecindario, pues en la explanada de Gilimón, inundada de sol a todas las +horas del día, suelen verse cuadros dignos del Potro de Córdoba y del +Albaicín de Granada. Por la calle de la Solana, donde habita tanta +pobretería, iba Fortunata a misa a la Paloma, y se pasmaba de no +encontrar nunca en su camino ninguna cara conocida. Ciertamente, cuando +un habitante del centro o del Norte de la Villa visita aquellos barrios, +ni las casas ni los rostros le resultan Madrid. En un mes no pasó +Fortunata más acá de Puerta de Moros, y una vez que lo hizo, detúvose en +Puerta Cerrada. Al sentir el mugido de la respiración de la capital en +sus senos centrales, volviose asustada a su pacífica y silenciosa calle +de Tabernillas. + +Don Evaristo vivía, desde que obtuvo el retiro, en el segundo piso de un +caserón aristocrático de la calle de Don Pedro. Era uno de esos palacios +grandones y sin arquitectura, construidos por la nobleza. En el +principal había una embajada, y cuando en ella se celebraba sarao, +decoraban la escalera con tiestos y le ponían alfombra. Habíase +acostumbrado Feijoo a la amplitud desnuda de sus habitaciones, a las +grandes vidrieras, a la altura de techos, y no podía vivir en _estas +casas de cartón_ del Madrid moderno. Su domicilio tenía algo de +convento, y su vecino en el segundo de la izquierda era un arqueólogo, +poseedor de colecciones maravillosas. En toda la casa no se oía ni el +ruido de una mosca, pues el Ministro Plenipotenciario del principal era +hombre solo, y fuera de las noches de recepción, que eran muy contadas, +creeríase que allí no vivía nada. + +Por la solitaria calle de las Aguas se comunicaba brevemente Feijoo con +su ídolo. No me vuelvo atrás de lo que esta expresión indica, pues el +buen señor llegó a sentir por su protegida un amor entrañable, no todo +compuesto de fiebre de amante, sino también de un cierto cariño +paternal, que cada día se determinaba más. «¡Qué lástima, +compañero!--pensaba--, que no tengas veinte años menos... De veras que +es una lástima. ¡Si a esta la cojo yo antes...! Así como otros +estropearon con sus manos inhábiles esta preciosísima _individua_, yo le +hubiera dado una configuración admirable. ¡Qué española es, y qué chocho +me estoy volviendo!». + +Al mes, ya Feijoo no podía vivir sin aumentar indefinidamente las horas +que al lado de ella pasaba. Muchos días comían o almorzaban juntos, y +como ambos amantes habían convenido en enaltecer y restaurar +prácticamente la hispana cocina, hacía la _individua_ unos guisotes y +fritangas, cuyo olor llegaba más allá de San Francisco el Grande. De +sobremesa, si no jugaban al tute, el buen señor le contaba a su querida +aventuras y pasos estupendos de su dramática vida militar. Había estado +en Cuba en tiempo de la expedición de Narciso López, y trabajó mucho en +la persecución y captura del famoso insurgente. Fortunata le oía +embelesada, puestos los codos sobre la mesa, la cara sostenida en las +manos, los ojos clavados en el narrador, quien bajo la influencia de la +atención ingenua de su amada, se sentía más elocuente, con la memoria +más fresca y las ideas más claras. «Tú no puedes hacerte cargo de +aquellas noches de luna en Cuba, de aquella bóveda de plata +resplandeciente, de aquellos manglares que son jardines en medio de los +espejos de la mar... Pues aquella noche de que te hablo, estábamos +acechando junto a un río, porque sabíamos que por allí habían de pasar +los insurgentes. Oímos un chapoteo en el agua; creímos que era un caimán +que se escurría entre las cañas bravas. De repente, pim... un tiro. +¡Ellos!... Al instante toda nuestra gente se echa los fusiles a la cara. +Ta-ra-ra-trap... Un negrazo salta sobre mí, y zas, le meto el machete +por el ombligo y se lo saco por el lomo... No me he visto en otra, +hija». + +También había estado en la expedición a Roma el 48. ¡Oh, Roma! Aquello +sí que era cosa grande. ¡Qué bonito aquel paso de Pío IX bendiciendo a +las tropas! Y la conversación rodaba, sin saber cómo, de la bendición +papal a los amoríos del narrador. En esto era la de no acabar, y de la +cuenta total salían a siete aventuras por año, con la particularidad de +que eran en las cinco partes del mundo, porque Feijoo, que también había +estado en Filipinas, tuvo algo que ver con chinas, javanesas y hasta con +joloanas. Una salvaje le había trastornado el seso, demostrando que en +las islas de la Polinesia se dan casos de coquetería no menos refinada +que la de los salones europeos. «¡Ay, qué bueno!--exclamaba Fortunata +riendo con toda su alma, al oír ciertos lances--. ¡Si eso parece de +acá...! ¡Pero qué lista...! ¿Has visto? ¡Y luego dicen...!». + +De europeas no había que hablar. Contó el ex-coronel aventuras con +solteras y casadas, que a su amiga le parecían mentira, y no las habría +creído si no las oyera de labios de persona tan verídica y formal. +--«¿Pero has visto? Si eso se dice, no se cree... Y si lo escriben, +pensarán que es fábula mal inventada. ¡Qué cosas hacen las mujeres! Bien +dicen que somos el Demonio». + +Debo advertir que nada refería Feijoo que no fuese verdad, porque ni +siquiera recargaba sus cuadros y retratos del natural. Lo mismo hacía +Fortunata, cuando le tocaba a ella ser narradora, incitada por su +protector a mostrar algún capítulo de la historia de su vida, que en +corto tiempo ofrecía lances dignos de ser contados y aun escritos. No se +hacía ella de rogar, y como tenía la virtud de la franqueza, y no +apreciaba bien, por rudeza de paladar moral, la significación buena o +mala de ciertos hechos, todo lo desembuchaba. A veces sentía D. Evaristo +gran regocijo oyéndola, a veces verdadero terror; pero de todas estas +sesiones salía al fin con impresiones de tristeza, y pensaba así: «Si +hubiera caído antes en mis manos, si yo la hubiera cogido antes, todas +esas ignominias se habrían evitado... ¡Qué lástima, compañero, qué +lástima!... Y lo más raro es que después de tanto manosear hayan quedado +intactas ciertas prendas, como la sinceridad, que al fin es algo y la +constancia en el amor a uno solo...». + +Ambos evitaban que en sus conversaciones surgieran ciertos nombres; pero +una noche se habló, no sé por qué, de Juanito Santa Cruz. «Anda--dijo +Fortunata--, que ya se habrá cansado otra vez de la tonta de su mujer. A +bien que ella se tomará la revancha...». + +--No lo creo...--Pues yo sí...--afirmó la prójima fingiendo +convicción--. ¡Bah! No hay mujer casada que no peque... Ya saben tapar +bien esas señoras ricas. + +--No me gusta, hija, que hables así de persona alguna y menos de esa. Yo +me explico que no la quieras bien; pero observa que es inocente de las +trastadas que te ha hecho su marido. + +Feijoo conocía a algunas personas de la familia de Santa Cruz. A Jacinta +y a Juan no les había hablado nunca; pero sí a D. Baldomero y algo a +Barbarita. Trataba al gordo Arnaiz, y a otros muy allegados a la +familia, como el marqués de Casa-Muñoz y Villalonga; y el mismo Plácido +Estupiñá no era un desconocido para él. + +«Es preciso que te acostumbres--prosiguió con cierta severidad--, a no +hacer juicios temerarios, huyendo de cuanto pueda herir o lastimar a una +familia respetable. Dobla la hoja y hazte cuenta de que esa gente se ha +ido a Ultramar, o se ha muerto». + +--Te diré una cosa que ha de pasmarte--indicó Fortunata con la expresión +grave que tomaba cuando hacía una declaración de extremada y casi +increíble sinceridad--. Pues el día en que vi por primera vez a Jacinta, +me gustó... sin que por gustarme dejara de aborrecerla. Una noche me +acosté con el corazón tan requemado de celos, que me sentía capaz... +hasta de matarla... mira tú. + +--¡Bah!, no digas tonterías... No me hace gracia que te pongas así... +Eso de matar a la rival es hasta cursi... + +--Pero si no he acabado... déjame que te cuente lo mejor. La aborrezco y +me agrada mirarla, quiere decirse, que me gustaría parecerme a ella, ser +como ella, y que se me cambiara todo mi ser natural hasta volverme tal y +como ella es. + +--Eso sí que no lo entiendo--dijo Feijoo cayendo en un mar de +meditaciones--. Caprichos del corazón. + +Y al levantarse, apoyando las manos en los brazos del sillón, notó ¡ay!, +que el cuerpo le pesaba más; pero mucho más que antes. + + + + +--v-- + + +No pararon aquí las observaciones referentes a su decaimiento +físico. Una mañana, al levantarse, notó que la cabeza se le mareaba. +Jamás había sentido cosa semejante. En la calle advirtió que para andar +completamente derecho, necesitaba pensarlo y proponérselo. Pasando junto +a la carcomida puerta del convento de la Latina, no pudo menos que +mirarse en ella como en un espejo. Se vio allí bien claro, cual vestigio +honroso conservado sólo por indulgencia del tiempo. «Todo envejece +--pensó--, y cuando las piedras se gastan, ¡cómo no ha de gastarse el +cuerpo del hombre!». + +Y los síntomas de decadencia aumentaban con rapidez aterradora. Dos días +después notó Feijoo que no oía bien. El sonido se le escapaba, como si +el mundo todo con su bulla y las palabras de los hombres se hubieran ido +más lejos. Fortunata tenía que gritar para que él se enterase de lo que +decía. A lo penoso de esta situación uníase lo que tiene de ridículo. +Verdad que aún andaba al paso de costumbre; pero el cansancio era mayor +que antes, y cuando subía escaleras, el aliento le faltaba. Mirábase al +espejo por las mañanas, y en aquella consulta infalible notaba fláccidas +y amarillentas sus mejillas, antes lozanas; la frente se apergaminaba, y +tenía los ojos enrojecidos y llorones. Al ponerse las botas, la rodilla +derecha le dolía como si le metieran por la choquezuela una aguja +caliente, y siempre que se inclinaba, un músculo de la espalda, cuyo +nombre no sabía él, producíale molestia lacerante, que fuera terrible si +no pasara pronto... «¡Qué bajón tan grande, compañero--se decía--, pero +qué bajón! Y esto va a escape. Ya se ve. La locurilla me ha cogido ya +con los huesos duros y con muchas Navidades encima... Pero francamente, +este bajoncito no me lo esperaba yo todavía...». + +Esto le ocasionó grandes tristezas que al principio trataba de disimular +delante de su querida; pero una tarde que estaban sentados junto al +balcón, se le abatieron tanto los espíritus que no pudo contener su pena +y la confió a su amiga: «Chulita, habrás notado que yo... pues... habrás +visto que mi salud no es buena. Y entre paréntesis, ¿qué edad me echas +tú?». + +--Sesenta--dijo ella seriamente con la reserva mental de que se quedaba +algo corta. + +--Hace unos días que he entrado en lo sesenta y nueve... Dentro de nada +setenta... ¿Sabes que de quince días a esta parte me parece que he +envejecido de golpe y porrazo veinte años? Yo me conservaba en mis +apariencias y en mis bríos de cincuenta, cuando de improviso la +naturaleza ha dicho: «¡Que me voy... que no puedo más...!». + +Fortunata había notado el bajón; pero, como es natural, no hablaba de +semejante cosa. + +«Lo que más me carga--dijo D. Evaristo con rabia, dando un puñetazo en +el brazo del sillón--, es que la vista... Yo siempre he tenido una vista +como un lince. Figúrate que en la Habana veía, desde el castillo de +Atarés, las señales del vigía del Morro, distinguiendo perfectamente los +colores de las banderas. Pues desde ayer noto no sé qué. Algunos objetos +se me oscurecen completamente, y cuando me da el sol, me pican los +ojos... Desde mañana pienso usar gafas verdes. Estaré bonito. En cuanto +al oído, ya te habrás enterado. Hace días era el izquierdo, ahora es el +derecho; he ascendido: era teniente y soy ya capitán. Te aseguro que +estoy divertido. Pero es insigne majadería rebelarse contra la +naturaleza. Tiene ella sus fueros, y el que los desconoce, lo paga. Yo +he sido en esto poco práctico, siéndolo tanto en otras cosas; pero ya +que se me olvidaron los papeles en el caso este de hacer el pollo a los +sesenta y nueve años, voy a recogerlos para prevenir las malas +consecuencias. Ahora es preciso que me ocupe más de ti que de mí. Yo, +poco puedo durar...». + +--No... ¡qué tontuna!--dijo Fortunata, aquella vez más piadosa que +sincera. + +--A mí no me vengas tú con zalamerías. Por mucho que tire... pon que +tire un año, dos; eso si no me quedo el mejor día hecho un monigote y en +tal estado que tengas tú que sonarme y ponerme la cuchara en la boca. De +todas maneras, ya tengo poca cuerda, chulita de mi alma, y tengo que +pensar mucho en ti, que la tienes todavía para rato, pues ahora estás en +la flor de tus años y en lo mejor de tu hermosura. + +Y otro día, subiendo la escalera, notaba que casi la subía más con los +brazos que con las piernas, pues tenía que ampararse del pasamanos, +haciendo mucha fuerza en él. «Esto va por la posta. Si me descuido, no +tengo tiempo ni de dejar a esta infeliz bien defendida de los pillos y +de las propias debilidades de su carácter. ¡Pobre chulita! Hay que mirar +mucho cómo la dejo, porque esta al son que la tocan baila. Lo que se me +ha ocurrido para asegurarla contra incendios, es decir, contra los +_rasgos_ de todas clases, quizás no le guste; de fijo que no le gustará. +Pero ya irá comprendiendo que no hay otro camino... ¡Ay de mí, que aún +me falta un tramo! Dios nos asista. ¡Quién me había de decir a mí...!». + +Al entrar en la casa, pasó insensiblemente del soliloquio al discurso, +dando voz a sus meditaciones. «¡Quién me había de decir a mí que +llegaría a ocuparme de que existan boticas en el mundo! Yo que jamás +caté píldora, ni pastilla, ni glóbulo, tengo mi alcoba llena de +potingues; y si fuera a hacer todo lo que el médico me dice, no duraría +tres días. ¡Y quién me había de decir a mí que le haría ascos a la +comida, yo que jamás le he preguntado a ningún plato por sus +intenciones! El estómago se me quiere jubilar antes que lo demás del +cuerpo, y ya debes suponer que faltando el jefe de la oficina... En fin, +qué le hemos de hacer». + +Al llegar aquí, D. Evaristo tenía que alzar mucho la voz para hacerse +oír, porque en la calle se situó un pianito de manubrio, tocando polkas +y walses. Las del tercero, que eran las amas o sobrinas del ecónomo de +San Andrés, que allí vivía, se pusieron a bailar, y al poco rato +hicieron lo propio de los del segundo de la derecha. En el principal y +segundo de la casa de enfrente armose igual jaleo, y como los chicos +alborotaban tanto en la calle, la gritería era espantosa y D. Evaristo y +su amiga tuvieron que callarse, mirándose y riendo. + +«Pues sobre que estoy sordo--dijo el simpático viejo--, la vecindad no +nos deja oírnos. Callémonos, que tiempo hay de hablar». + +Fijó sus tristes miradas en el suelo y Fortunata, con los brazos +cruzados, mirábale atenta, contemplando los estragos de la degeneración +senil en su fisonomía, mientras se alejaban y extinguían en la calle los +picantes ritmos del baile. La tarde caía; pronto iba a ser de noche, y +como Feijoo tenía horror a la oscuridad, su amiga encendió luz, que puso +en la mesa de camilla, y cerró después las maderas. + +«¿En dónde has estado hoy?» le preguntó D. Evaristo, que casi todas las +noches le hacía la misma pregunta, no por fiscalizar sus actos, sino +porque de aquella interrogación salía casi siempre una plática +agradable. + +--Pues hoy al mediodía subí a casa de las del cura--dijo ella sonriendo +y pasándole el brazo por encima de los hombros--. Son dos sobrinas o qué +sé yo qué, guapillas, y se parecen aunque no son hermanas. Ayer +estuvieron aquí y me dijeron si les quería pespuntar y dobladillar unas +tiras para tableado de vestidos. Se componen mucho y tienen arriba la +mar de figurines. Están haciendo dos trajes, y si vieras... no pude por +menos de reírme; porque del terciopelo que les sobra hacen trajes para +Niños Jesús y para Vírgenes. Todo lo aprovechan, y hasta una hebilla de +sombrero que no puedan gastar, se la plantan a cualquier santo en la +cintura. + +Había hecho Fortunata algunas relaciones en la vecindad más próxima. Se +visitaba con los inquilinos de la casa, y con alguna familia de la +inmediata, gente muy llana, muy neta; como que a todas las visitas iba +la prójima con mantón y pañuelo a la cabeza. En el tiempo que duró +aquella cómoda vida volvieron a determinarse en ella las primitivas +maneras, que había perdido con el roce de otra gente de más afinadas +costumbres. El ademán de llevarse las manos a la cintura en toda ocasión +volvió a ser dominante en ella, y el hablar arrastrado, dejoso y +prolongando ciertas vocales, reverdeció en su boca, como reverdece el +idioma nativo en la de aquel que vuelve a la patria tras larga ausencia. +La gente más fina de aquella vecindad, o la que más procuraba serlo, era +la familia del cura, y estas dos sobrinas eclesiásticas se esforzaban en +hacer contrastar su lenguaje atildado con el de su hermosa vecina. + +«Pero ¿no sabes, _hijo_, lo que me han dicho hoy?--prosiguió Fortunata +conteniendo la risa--. ¡Ay qué gracia!... Te lo contaré para que te +rías. La mayor, que es la más estirada, levantó las cejas, y mirándome +como con lástima, y echando aquella voz tan fina, pero tan fina que +parece que se la han hecho las arañas, fue y me dijo, dice: '¿Pero ese +señor, no se casa con usted?'. Por poco suelto el trapo... Yo le +contesté 'puede' y siguió con el sermón. Para que me dejara en paz le +dije al fin que sí, que nos íbamos a casar, que ya estábamos sacando los +papeles y que pronto se echarían las proclamas». + +--Bien contestado... ¡Qué ganas de meterse en lo que no les importa! + +--Y ahora te pregunto yo--dijo Fortunata más cariñosa, pero bastante más +seria--. Si yo fuera soltera, ¿te casarías conmigo? + +--Sobre eso ya sabes cuáles son mis ideas--replicó él de buen humor--. +¿Crees que han variado desde que estoy enfermo, y que los hombres +piensan de un modo cuando tienen el estómago como un reloj, y de otro +cuando la maquina principia a descomponerse? Algo de esto pasa, chulita, +y una cosa es hablar desde la altura de una salud perfecta y otra al +borde del hoyo... Pero en esto del matrimonio te aseguro que no han +variado mis ideas. Sigo creyendo que el casarse es estúpido, y me iré +para el otro barrio sin apearme de esto. ¡Qué quieres! Yo he visto mucho +mundo... A mí no me la da nadie. Sé que es condición precisa del amor la +no duración, y que todos los que se comprometen a adorarse mientras +vivan, el noventa por ciento, créetelo, a los dos años se consideran +prisioneros el uno del otro, y darían algo por soltar el grillete. Lo +que llaman infidelidad no es más que el fuero de la naturaleza que +quiere imponerse contra el despotismo social, y por eso verás que soy +tan indulgente con los y las que se pronuncian. + +Por aquí siguió en su ingenioso tema; pero Fortunata no entendía bien +estas teorías, sin duda por el lenguaje que empleaba su amigo. A poco de +esto se puso ella a cenar. Feijoo no tomaba más que un huevo pasado y +después chocolate, porque su estómago no le permitía ya las cenas +pesadas. Pero en su frugal colación gozaba viendo comer a su protegida, +cuyo apetito era una bendición de Dios. + +«Hija, tienes un apetito modelo. Te estoy mirando, y al paso que te +envidio, me felicito de verte tan bien agarrada a la vida. Así, así me +gusta... No te dé vergüenza de comer bien, y puesto que lo hay, aplícate +todo lo que puedas, que día vendrá... ojalá que no. Ya ves qué +contraste; yo voy para abajo, tú para arriba. ¡Cuando digo que tienes lo +mejor de la vida por delante...! Y buena tonta serás si no engordas todo +lo que puedas, y te pones las carnes aún más duras y apretadas si es +posible. Figúrate si con esas tragaderas estarás bien dispuesta para el +amor». + +Después de esto y mientras Fortunata se comía una cantidad inapreciable +de pasas y almendras, cogiéndolas del plato una a una y llevándoselas a +la boca sin mirarlas, el bondadoso anciano siguió sus habladurías con +cierto desconcierto, y como desvariando. A ratos parecía incomodado, y +expresándose cual si refutara opiniones que acabara de oír, daba +palmetazos en los brazos del sillón: + +«Si siempre he sostenido lo mismo, si no es de ahora esta opinión. El +amor es la reclamación de la especie que quiere perpetuarse, y al +estímulo de esta necesidad tan conservadora como el comer, los sexos se +buscan y las uniones se verifican por elección fatal, superior y extraña +a todos los artificios de la Sociedad. Míranse un hombre y una mujer. +¿Qué es? La exigencia de la especie que pide un nuevo ser, y este nuevo +ser reclama de sus probables padres que le den vida. Todo lo demás es +música; fatuidad y palabrería de los que han querido hacer una Sociedad +en sus gabinetes, fuera de las bases inmortales de la Naturaleza. ¡Si +esto es claro como el agua! Por eso me río yo de ciertas leyes y de todo +el código penal social del amor, que es un fárrago de tonterías +inventadas por los feos, los mamarrachos y los sabios estúpidos que +jamás han obtenido de una hembra el más ligero favorcito». + +Fortunata le miraba con sorpresa mezclada de temor, el codo en la mesa, +derecho el busto, en una actitud airosa y elegante, llevando +pausadamente del plato a la boca, ahora una pasita, ahora una +almendrita. Feijoo le cogió la barbilla entre sus dedos, diciéndole con +cariño: «¿Verdad, chulita, que tengo razón? ¿Verdad que sí?... ¡Ay, qué +será de ti, chulita, cuando yo me muera!... ¿Y en lo que me queda de +vida, si esta se prolonga y voy más para abajo todavía...? Hay que +preverlo todo, compañera. ¡Me ha entrado un desasosiego...! ¡Qué gruesa +estás y qué hermosota, y yo... yo... concluido, absolutamente concluido! +Soy un reloj que tocó su última campanada, y aunque anda un poco +todavía, ya no da la hora». + +--No--murmuró ella frotándole el pecho con su cabeza--, no... Todavía... + +--¡Ay, qué ilusión! Yo acabé. El estómago me pide el retiro. Hay algo en +mí que ha hecho dimisión; pero dimisión irrevocable; efectividad +concluida, funciones que pasaron a la historia. Es preciso prevenir... +mirar por ti, asegurarte contra la tontería. + +Fortunata se reía, y para calmarle aquel desasosiego que sus +estrafalarios pensamientos y aprensiones le causaban, prodigole aquella +noche, hasta que se separaron, los cariños y cuidados de una hija +amantísima con el mejor de los padres. + + + + +--vi-- + + +Al siguiente día, Feijoo le dijo al entrar: «Hoy es la primera vez +que he tenido que tomar un coche desde la Plaza Mayor aquí. Hasta ahora +las piernas se han defendido; estas piernas que han hecho marchas de +seis leguas en una noche... Tengo el simón a la puerta. Vente conmigo y +vamos a dar una vuelta por las rondas del Sur». Fortunata no pensaba más +que en complacerle, y accedió con algún recelo, pues siempre que +paseaban juntos, aunque fuera por sitios apartados, temía encontrarse a +Maximiliano o a doña Lupe a la vuelta de una esquina. Esta idea le hacía +temblar. + +Pasearon un buen ratito, sin que tuvieran ningún encuentro desagradable. +Dos días después, don Evaristo no fue a verla, y en su lugar llegó el +criado con una breve esquelita, llamándola. El señor había pasado muy +mala noche, y el médico le había ordenado que se quedase en la cama. +Corrió allá Fortunata muy afligida, y le vio incorporado en el lecho, +afectando tranquilidad y alegría. «No es nada de particular--le dijo, +haciéndola sentar a su lado--. El médico se empeña en que no salga. Pero +no estoy mal; casi casi estoy mejor que los días pasados. Sólo que como +no tengo costumbre de encamarme... Desde que pasé la fiebre amarilla en +Cuba hace cuarenta años, no sabía yo lo que son sábanas a las cuatro de +la tarde. ¡Qué ganas tenía de verte! Anoche me entró como una +angustia... Creí que me moría sin dejarte arreglada una vida práctica, +esencialmente práctica. Por lo que pueda tronar, te voy a decir lo que +desde hace días tengo pensado. Verás qué plan. Al principio puede que te +escueza un poco; pero... no hay otro remedio, no hay otro remedio». + +Inclinose del lado en que la joven estaba, para poner su boca lo más +cerca posible del oído de ella, y le disparó cara a cara estas palabras: + +«Resultado de lo mucho que cavilo por ti. Es preciso que te vuelvas a +unir a tu marido». + +Contra lo que el simpático viejo esperaba Fortunata no hizo aspavientos +de sorpresa. + +Puso, sí, una carita muy monamente apenada, y alzando la voz, dijo: + +«Pero eso, ¿cabe en lo posible?». + +--No necesitas alzar mucho la voz. Hoy estoy mucho mejor de la sordera. +Por este oído izquierdo me entra todo perfectamente, y no sale por el +otro... ¿Dices que si cabe en lo posible? De eso se trata; de hacerle +hueco. Ya he tanteado el terreno. Esta mañana estuvo Juan Pablo a verme +y le eché una chinita. Has de saber que anteayer me encontré a doña Lupe +en la calle y le arrojé otra chinita. + +--¿Ellos saben...?--preguntó la señora de Rubín con los labios muy +secos. + +--¿Esto?... Creo que no. Quizás lo sospechen; pero oficialmente no saben +nada. + +--¡Ay!, no me podías decir nada--manifestó la joven dándose un +lengüetazo en los labios, que se le secaban más todavía--, nada que me +fuera más antipático, más... + +--Yo lo comprendo...--Si tú no te has de morir--dijo Fortunata +irguiéndose con brío, en son de protesta--. ¡Si te pondrás bueno...! + +Feijoo había cerrado los ojos, y se sonreía en las tinieblas de su +meditación. La chulita callaba mirándole. Con aquella sonrisa, que +parecía la que les queda a algunas caras después que se han muerto, +contestaba D. Evaristo mejor que con palabras. + +«¿Y a Nicolás le has echado otra chinita?» preguntó ella después de una +pausa, queriendo alegrar conversación tan lúgubre. + +--No, porque no le he visto. Es el más bruto de los tres. Tú créeme; si +ganamos a doña Lupe, todos los demás bajarán la cabeza, incluso tu +marido. Doña Lupe es la que manda allí, y peor para ellos si no mandara. + +--¡Oh!, yo dudo mucho que quieran... Les jugué una partida muy +serrana--afirmó ella, gozosa de encontrar un argumento contra aquel plan +tan contrario a su gusto--, pero muy serrana. Lo que yo hice es de eso +que no se perdona. + +--Todo se perdona, hija, todo, todo--dijo el enfermo con indulgencia +empapada en escepticismo--. Por muy grande que nos figuremos la masa de +olvido derramado en la sociedad como elemento reparador, esa masa supera +todavía a todos nuestros cálculos. El bien y la gratitud son limitados; +siempre los encontramos cortos. El olvido es infinito. De él se deriva +el _vuelva a empezar_, sin el cual el mundo se acabaría. + +--¡Oh!, no, no es posible... No tienen vergüenza si me perdonan. + +--Eso, allá ellos... Lo que me importa a mí es que tú quedes en una +situación correcta y sobre todo... práctica. Tienes tú en ti misma poca +defensa contra los peligros que a la vida ofrece continuadamente el +entusiasmo. Si te dejo sola, aunque te asegure la subsistencia, te +arrastrarán otra vez las pasiones y volverás a la vida mala. Necesita mi +niña un freno, y ese freno, que es la legalidad, no le será molesto si +lo sabe llevar... si sigue los consejos que voy a darle. Tonta, +tontaina, si todo en este mundo depende del modo, del estilo... Nada es +bueno ni malo por sí. ¿Me entiendes? Ojo al corazón es lo primero que te +digo. No permitas que te domine. Eso de echar todo por la ventana en +cuanto el señor corazón se atufa, es un disparate que se paga caro. Hay +que dar al corazón sus miajitas de carne; es fiera y las hambres largas +le ponen furioso; pero también hay que dar a la fiera de la sociedad la +parte que le corresponde, para que no alborote. Si no, lo echas todo a +rodar, y no hay vida posible. A ti te asusta el hacer vida común con tu +marido porque no le quieres... + +--Ni tanto así; no le quiero, ni es posible que le quiera nunca, nunca, +nunca. + +--Corriente. Pues todo se arreglará, hija, todo se arreglará... No te +apures ni pongas esa cara tan afligida. Hablaremos despacio. Por hoy no +quiero calentarte la cabeza, ni calentármela yo, que bastante he +charlado ya, y empiezo a sentirme mal. Está la cosa aprobada en +principio... en principio. + +Quedose dormido el buen señor, que por haber pasado muy mala noche, +tenía sueño atrasado, y Fortunata permaneció a su lado sin chistar ni +moverse por no turbar su descanso. Examinaba la habitación y habría +deseado poder escudriñar la casa toda. De lo que en la alcoba observó, +hubo de sacar el conocimiento de que la casa estaba muy bien puesta. D. +Evaristo, que tan práctico quería ser en la vida social, debía de serlo +más en la doméstica, y, conforme a sus ideas, lo primero que tiene que +hacer el hombre en este valle de inquietudes es buscarse un buen agujero +donde morar, y labrar en él un perfecto molde de su carácter. Soltero y +con fortuna suficiente para quien no tiene mujer ni chiquillos ni +familia próxima, Feijoo vivía en dichosa soledad, bien servido por +criados fieles, dueño absoluto de su casa y de su tiempo, no privándose +de nada que le gustase, y teniendo todos los deseos cumplidos en el filo +mismo de su santísima voluntad. Más que por el lujo, despuntaba la casa +por la comodidad y el aseo. Gobernábala una tal doña Paca, gallega, que +tuvo casa de huéspedes distinguidos y recomendados, en la cual vivió +Feijoo mucho tiempo, y completaban la servidumbre una cocinera bastante +buena y un criado muy callado y ya algo viejo, que había sido asistente +de su amo. + +Este despertó como a la media hora de haberse dormido, y restregándose +los ojos y gruñendo un poco, hubo de asombrarse de ver allí a su amiga, +y alargó la cabeza para mirarla. Viéndola reír, se expresó así: + +«Pues con el sueñecito que he echado perdí la situación, chica, y al +despertar, no me acordaba de que habías quedado ahí... Y viéndote ahora, +me decía yo, en ese estado de torpeza que divide el dormir del velar: +'¿pero es ella la que veo? ¿Cómo y cuándo ha venido a mi casa?'». + +Sacó su mano de entre las sábanas para tomar la de ella, y recogiendo al +punto las ideas que se habían dispersado, le dijo: «Fíjate bien en una +cosa, y es que doña Lupe _la de los Pavos_, que es la persona de más +entendimiento en toda esa familia, no se ha de llevar mal contigo, si +tienes tacto. Lo que a doña Lupe le gusta es mangonear, dirigir la casa, +y echárselas de consejera y maestra. Hay que darle cuerda por ahí, y +dejarla que mangonee todo lo que quiera. El gobierno de la casa lo ha de +llevar mucho mejor que tú, porque es mujer que lo entiende: la traté un +poco cuando vivía su marido, que era amigo y paisano mío. Por cierto que +cuando se quedó viuda, dio en la flor de decir que yo le hacía el oso. +¡Tontería y fatuidad suya!... Pero en fin, es mujer de gobierno. De modo +que dejándola que se explaye a su gusto en todo lo que sea el mete y +saca de la vida doméstica, podrás conservar tu independencia en lo +demás. No sé si me entiendes ahora; pero ya te lo explicaré mejor. En +último caso, si algún día tuvieras un choque con ella, te plantas y le +dices: «ea, señora, yo no me meto en lo que es de su incumbencia de +usted. No se meta usted en lo que es de la mía». + +Se había hecho de noche y los dos interlocutores no se veían. Feijoo +llamó para que trajeran luz, y cuando la trajo doña Paca, la primera +claridad que se esparció por el aposento sirvió al ama de llaves para +examinar con rápida inspección el rostro de la amiga de su señor, +diciéndose: «esta es la pájara que nos le ha trastornado». Aquel +curioseo receloso de criado que espera heredar, fue seguido de +diferentes pretextos para permanecer allí con idea de pescar algo de la +conversación. Pero mientras Paca estuvo en la alcoba haciendo que +ordenaba las cosas, moviendo los trastos y revisando las medicinas, D. +Evaristo no desplegó los labios. Miraba a su ama de llaves, y su sonrisa +maliciosa quería decir: «tú te cansarás». + +Así fue. Retirose la dueña, y D. Evaristo volvió a su tema: «Lo primero +que has de tener presente es que siempre, siempre, en todo caso y +momento, hay que guardar el decoro. Mira, chulita, no me muero hasta que +no te deje esta idea bien metida en la cabeza. Apréndete de memoria mis +palabras, y repítelas todas las mañanas a renglón seguido del +Padre-nuestro». + +Como un dómine que repite la declinación a sus discípulos, machacando +sílaba tras sílaba, cual si se las claveteara en el cerebro a golpes de +maza, D. Evaristo, la mano derecha en el aire, actuando a compás como un +martillo, iba incrustando en el caletre de su alumna estas palabras: + +«Guardando... las... apariencias, observando... las reglas... del +respeto que nos debemos los unos a los otros... y... sobre todo, esto es +lo principal... no descomponiéndose nunca, oye lo que te digo... no +descomponiéndose nunca... (A la segunda repetición del concepto, la mano +del dómine quedábase suspendida en el aire; y sus cejas arqueadas en +mitad de la frente, sus ojos extraordinariamente iluminados denotaban la +importancia que daba a este punto de la lección)... no descomponiéndose +nunca, se puede hacer todo lo que se quiera». + +Después le entró tos. Doña Paca se apareció dando gruñidos y diciendo +que la tos provenía de tanto hablar, contra lo que el médico ordenaba. +«A usted no le ha de matar la enfermedad, sino la conversación... A ver +si toma el jarabe y cierra el pico». Para atenuar el efecto de esa +salida un tanto descortés, estando presente una visita, la señora +aquella agració a la intrusa con una sonrisilla forzada. ¿Cuál de las +dos daría al enfermo la cucharada de jarabe? Quiso hacerlo el ama de +llaves; pero Fortunata estuvo más lista. La otra tomó su desquite, +arrojando una observación de autoridad displicente a la cara de la +entrometida. «Eso es, dele el cloral en vez del jarabe, y la +hacemos...». + +«¿Pero no es esta la medicina?». + +--Esa es, sí... pero podía usted haberse equivocado. Para eso estoy yo +aquí. + +--Que me dé lo que quiera--gruñó Feijoo con burlesca incomodidad--. ¿A +usted qué le importa, señora doña Francisca?... + +--Es que...--Bueno; aunque me envenenara. Mejor. + + + + +--vii-- + + +Al verse otra vez en su casa y sola, Fortunata no podía con la +gusanera de pensamientos que _le llenaba toda la caja de la cabeza_. +¡Volver con su marido! ¡Ser otra vez la señora de Rubín! Si un mes antes +le hubieran hablado de tal cosa, se habría echado a reír. La idea +continuaba teniendo para ella una extrañeza dolorosa; pero después de lo +que oyó al buen amigo no le parecía tan absurda. ¿Llegaría aquello a ser +posible y hasta conveniente? Un cuchicheo de su alma le dijo que sí, +aunque las antipatías que los Rubín le inspiraban no se extinguieran. +Que D. Evaristo se moría pronto era cosa indudable: no había más que +verle. ¿Qué iba a ser de ella, privada de la dirección y consejo de tan +excelente hombre?... ¡Cuidado que sabía el tal! Toda la ciencia del +mundo la poseía al dedillo, y la naturaleza humana, _el aquel de la +vida_, que para otros es tan difícil de conocer, para él era como un +catecismo que se sabe de memoria. ¡Qué hombre! + +Así como en las mutaciones de cuadros disolventes, a medida que unas +figuras se borran van apareciendo las líneas de otras, primero una +vaguedad o presentimiento de las nuevas formas, después contornos, luego +masas de color, y por fin, las actitudes completas, así en la mente de +Fortunata empezaron a esbozarse desde aquella noche, cual apariencias +que brotan en la nebulosa del sueño, las personas de Maxi, de doña Lupe, +de Nicolás Rubín y hasta de la misma Papitos. Eran ellos que salían +nuevamente a luz, primero como espectros, después como seres reales con +cuerpo, vida y voz. Al amanecer, inquieta y rebelde al sueño, oíales +hablar y reconocía hasta los gestos más insignificantes que modelaban la +personalidad de cada uno. + +Levantose la chulita muy tarde y recibió un recado de su amigo +diciéndole que estaba mejor y que se levantaría y saldría a la calle con +permiso del tiempo. Esperó su visita, y en tanto no cesaba de cavilar en +lo mismo. La gratitud que hacia Feijoo sentía, era más viva aún que +antes, y habría deseado que la vida que con él llevaba continuase, pues +aunque algo tediosa, era tan pacífica que no debía ambicionar otra +mejor. «Si dura mucho esto, ¿llegaré a cansarme y a no poder sufrir esta +sosería? + +Puede que sí». El apetito del corazón, aquella necesidad de querer +fuerte, le daba sus desazones de tiempo en tiempo, produciéndole la +ilusión triste de estar como encarcelada y puesta a pan y agua. Pero no +se conformaba; quizás cada día la conformidad era menor... quizás veía +con agrado en las lontananzas de su imaginación algo nuevo y desconocido +que interesara profundamente su alma, y pusiera en ejercicio sus +facultades, que se desentumecían después de una larga inactividad. + +Don Evaristo llegó en coche a eso de las cuatro muy animado, y le mandó +que le hiciera un chocolatito para las cinco. Esmerose ella en esto, y +cuando el buen señor tomaba con gana su merienda, le dijo entre otras +cosas que, si seguía mejor, al día siguiente hablaría con Juan Pablo, +planteándole la cuestión resueltamente. «Y también te digo una cosa. No +veo la causa de que tu marido te sea tan odioso. Podrá no ser simpático; +pero no es mala persona. Podrá no ser un Adonis; pero tampoco es el +coco. Mujeres hay casadas con hombres infinitamente peores, y viven con +ellos; allá tendrán sus encontronazos; pero se arreglan y viven... Tú no +seas tonta, que no sabes la ganga que es tener un hombre y una chapa +decorosa en el casillero de la sociedad. Si sacas partido de esto, serás +feliz. Casi estoy por decirte que mejor te cuadra un marido como el que +tienes, que otro de mejor lámina, porque con un poco de muleta harás de +él lo que quieras. Me han dicho que desde la separación está muy +taciturno, muy dado a sus estudios, y que no se le conocen trapicheos ni +distracciones... Por grandes que sean sus resentimientos, chica, creo +que en cuanto le hablen de volver contigo, se le hace la boca agua». + +Fortunata, sonriendo, dio a entender su incredulidad. + +«¿Que no? ¡Ay, chulita!, tú no conoces la naturaleza humana. Cree lo que +te he dicho. Maximiliano te abrirá los brazos. ¿No ves que es como tú, +un apasionado, un sentimental? Te idolatra, y los que aman así, con esa +locura, se pirran por perdonar. ¡Ah, perdonar! Todo lo que sea _rasgos_ +les vuelve locos de gusto. Tú déjate querer, grandísima tonta, y hazte +cargo de que se te presenta un ancho horizonte de vida... si lo sabes +aprovechar». + +Esto del horizonte avivó en la mente de la joven aquel naciente anhelo +de lo desconocido, del querer fuerte sin saber cómo ni a quién. Lo que +no podía era compaginar esperanza tan incierta con la vida de familia +que se le recomendaba. Pero algo y aun algos se le iba clareando en el +entendimiento. + +Feijoo mejoró sensiblemente en los días que siguieron al arrechucho +aquel. Recobró parte de sus fuerzas, algo del buen humor, y las +presunciones de próxima muerte se desvanecieron en su espíritu. Mas no +por esto desistió de llevar adelante un plan que había llegado a ser +casi una manía, absorbiendo todos sus pensamientos. Decidido a hablar +con Juan Pablo, fue a verle una mañana al café de Madrid, donde tenía un +rato de tertulia antes de entrar en la oficina, pues al fin ¡miseria +humana!, hubo de aceptar la credencialeja de doce mil que le había dado +Villalonga, por recomendación del mismo Feijoo. No estaba contento ni +mucho menos con esto del orgulloso Rubín, y se quejaba de que una +amistad sagrada le hubiera puesto en el compromiso de aceptar el turrón +alfonsino. Por supuesto que la situación no duraba ni podía durar. +Cánovas no sabía por dónde andaba. Entre tanto, y supiera o no don +Antonio lo que traía entre manos, ello es que Juan Pablo se había +comprado una chistera nueva, y tenía el proyecto de trocar su capa, algo +deshilachada de ribetes y mugrienta de forros, por otra nueva. Eso al +menos iba ganando el país. + +Pero de todas las mejoras de ropa que publicaban en los _círculos +políticos_ y en las calles de Madrid el cambio de instituciones, ninguna +tan digna de pasar a la historia como el estreno de levita de paño fino +que transformó a don Basilio Andrés de la Caña a los seis días de +colocado. Hundiose en los abismos del ayer la levita antigua, con toda +su mugre, testimonio lustroso de luengos años de cesantía y de arrastrar +las mangas por las mesas de las redacciones. Completaba el buen ver de +la prenda un sombrero de moda, y el gran D. Basilio parecía un sol, +porque su cara echaba lumbre de satisfacción. Desde que entró a servir +_en su ramo_ y en la categoría que le cuadraba, estaba el hombre que no +cabía en su chaleco. Hasta parecía que había engordado, que tenía más +pelo en la cabeza, que era menos miope, y que se le habían quitado diez +años de encima. Se afeitaba ya todos los días, lo que en realidad le +quitaba el parecido consigo mismo. No quiero hablar de las otras muchas +levitas y gabanes flamantes que se veían por Madrid, ni de las señoras +que trocaban sus anticuados trajes por otros elegantes y de última +novedad. Este es un fenómeno histórico muy conocido. Por eso cuando pasa +mucho tiempo sin cambio político, cogen el cielo con las manos los +sastres y mercaderes de trapos, y con sus quejas acaloran a los +descontentos y azuzan a los revolucionarios. «Están los negocios muy +parados» dicen los tenderos; y otro resuella también por la herida +diciendo: «No se protege al comercio ni a la industria...». + +Cuando Feijoo entró en el café de Madrid, Juan Pablo no había llegado +aún, y decidió esperarle en el sitio que su amigo acostumbraba ocupar. A +poco entró D. Basilio presuroso, de levita nueva, el palillo entre los +dientes, y se dirigió al mostrador con ademanes gubernamentales. «Que me +lleven el café a la oficina» dijo en voz alta, mirando el reloj y +haciendo un gesto, por el cual los circunstantes podrían comprender, sin +necesidad de más explicaciones, el cataclismo que iba a ocurrir en la +Hacienda si D. Basilio se retrasaba un minuto más. + +«Hola, D. Evaristo--dijo deteniéndose un instante a estrecharle la +mano--. ¿Cómo va la salud...? ¿Bien? Me alegro... Conservarse... Muy +ocupado... Junta en el despacho del jefe... Abur». + +--Buen pelo echamos, ¿eh?... Sea enhorabuena. Yo tal cual. Adiós. + +Al quedarse otra vez solo, D. Evaristo arrugó el ceño. Ocurriósele una +contrariedad que entorpecería su plan. Al ir hacia el café había +preparado por el camino el discurso que le espetaría a Juan Pablo. Este +discurso empezaba así: «Amigo mío, me he enterado de que la pobre mujer +de su hermano de usted vive en el más grande apartamiento, arrepentida +ya de su falta, indigente y sin amparo alguno...» y por aquí seguía. +Pero esto era insigne torpeza, porque si después de encarecer lo tronada +y hambrienta que estaba Fortunata, ¡la veían tan hermosa...! No, de +ninguna manera. Facilillo era compaginar la lozanía de la señora de +Rubín con su desgracia. ¿Y cómo evitar que del indicio de aquellas +apretadas carnes y de aquel color admirable indujeran los parientes la +certeza de una vida regalona, alegre y descuidada?... Uno rato estuvo mi +hombre discurriendo cómo probar que no es cosa del otro jueves que las +personas afligidas engorden, y aún no había logrado construir su plan +lógico, cuando llegó Juan Pablo, frotándose las manos, y dejando ver en +su cara la satisfacción íntima que el simple hecho de entrar en el café +le producía. Era como el tinte de placidez que toma la cara del buen +burgués al penetrar en el hogar doméstico. Saludáronse los dos amigos +con el afecto de siempre. Después de oír, acerca de su salud, todas las +vulgaridades hipocráticas con que el sano trastea al enfermo, como +aquello de _es nervioso... pasee usted... yo también estuve así_, Feijoo +abordó la cuestión, y por zancas y barrancas, soltando lo primero que se +le ocurría, llegó a decir que él se había propuesto, por pura caridad, +negociar la reconciliación. + +«¡Probrecilla!--dijo Rubín, echando los terrones de azúcar en el vaso, +con aquella pausa que constituía un verdadero placer--. Dice usted que +pasando miserias y muy arrepentida... ¡Cuánto se habrá desmejorado!». + +--Le diré a usted... Precisamente desmejorarse, no; lo que está es así, +muy... ensimismada. Pero sigue tan guapa como antes. + +--¿Y Santa Cruz, no...?--Quite usted, hombre. Si hace la mar de tiempo +que tronaron. A poco de las trapisondas de marras... Desde entonces su +cuñada de usted ha vivido apartada del bullicio, llorando sus faltas y +comiéndose los ahorros que tenía, hasta que han venido los apuros. Ha +sido una casualidad que yo me enterara. Verá usted... me la encontré +hace días... contome sus cuitas... Me dio mucha pena. Hágase usted cargo +de lo que sufrirá una criatura con la conciencia alborotada y en esta +situación... + +--¡Ah! Sr. D. Evaristo, a mí no me la da usted... Usted es muy tunante y +las mata callando... + +Al oír esto, la diplomacia de Feijoo se alarmó, creyendo llegada la +ocasión de sacar, si no todo el Cristo, la cabeza de él. + +«Mire usted, compañero--le dijo con reposado acento--; cuando trato las +cosas en serio, ya sabe usted que las bromas me parecen impertinentes, +¿estamos? Es poco delicado en usted suponer que he tenido algún lío con +esa señora, y que lo disimilo con la hipocresía de querer reconciliar el +matrimonio. Vamos, que se pasa usted de pillín...». + +--Era un suponer, D. Evaristo--manifestó Rubín desdiciéndose. + +--Pues hacía yo bonito papel... Hombre, muchas gracias... + +--No, no he dicho nada...--Además, diferentes veces me ha oído usted +decir que hace tiempo que me corté la coleta. + +--Sí, sí.--Y si en mis treinta, y en mis cuarenta y aun en mis +cincuenta, he toreado de lo fino, lo que es ahora... ¡Pues estoy yo +bueno para fiestas con mis sesenta y nueve años y estos achaques...! +Hágame usted más favor, y cuando le digo una cosa, créamela, porque para +eso son los buenos amigos, para creerle a uno... + +--Tiene usted razón, y lo que siento ¡qué cuña!, es que no viera en mi +reticencia una broma... + +--Me parecía a mí que el asunto, por tratarse de una persona de la +familia de usted y por iniciarlo yo, no era para bromear. + +Rubín creyó o aparentó creer, y puso la atención más filosófica del +mundo en lo que su amigo siguió diciendo sobre materia tan importante. Y +aquí viene bien un dato: Juan Pablo había recibido de Feijoo algunos +préstamos a plazo indefinido. Este excelente hombre, viendo sus +angustias, halló una manera delicada de suministrarle la cantidad +necesaria para librarse de Cándido Samaniego, que le perseguía con saña +inquisidora. Estas caridades discretas las hacía muy a menudo Feijoo con +los amigos a quienes estimaba, favoreciéndoles sin humillarles. Por +supuesto, ya sabía él que aquello no era prestar, sino hacer limosna, +quizás la más evangélica, la más aceptable a los ojos de Dios. Y no se +dio el caso de que recordase la deuda a ninguno de los deudores, ni aun +a los que luego fueron ingratos y olvidadizos. Juan Pablo no era de +estos, y se ponía gustoso, con respecto a su generoso _inglés_, en ese +estado de subordinación moral, propio del insolvente a quien se le dan +todas las largas que él quiere tomarse. Demasiado sabía que un hombre de +quien se han recibido tales favores hay que creerle siempre todo lo que +dice, y que se contrae con él la obligación tácita de ser de su opinión +en cualquier disputa, y de ponerse serio cuando él recomienda la +seriedad. Allá en su interior pensaría Rubín lo que quisiese; pero de +dientes afuera se mantuvo en el papel que le correspondía. + +«Por mi parte, no he de poner inconvenientes... Qué quiere usted que le +diga. No sé lo que pensará Maximiliano. Desde aquellas cosas, no le he +oído mentar a su mujer... Si algo se ha de hacer, crea usted que no se +dará un paso si mi tía no va por delante... Yo estoy un poco torcido con +ella... Lo mejor es que le hable usted». + +Después se enteró Feijoo con mucha maña de ciertas particularidades de +la familia. Maxi había tomado el grado y estaba ya practicando en la +botica de Samaniego, a las órdenes de un tal Ballester, encargado del +establecimiento. + +Supo además el anciano que doña Lupe no vivía ya en Chamberí, sino en la +calle del Ave María, y que todo el tiempo que le dejaba libre a Maxi la +farmacia, lo empleaba en darse buenos atracones de lectura filosófica. +Le había dado por ahí. + +Luego hablaron de otras cosas. El filósofo cafetero dijo a su amigo que +cuando quisiera echar otro párrafo no le buscase más en el Café de +Madrid, porque allí había caído en un círculo de cazadores que le tenían +marcado y aburrido con la _perra pechona, el hurón_, y con _que si la +perdiz venía o no venía al reclamo_. No sabía aún a qué _local_ mudarse; +pero probablemente sería al Suizo Viejo, donde iban Federico Ruiz y +otros chicos atrozmente panteístas. De los antiguos cofrades sólo iban a +_Madrid_ D. Basilio, insufrible con su ministerialismo, Leopoldo Montes +y el _Pater_. Pero este se marcharía aquella misma noche a Cuevas de +Vera, su pueblo, a trabajar las elecciones de Villalonga. También charló +Juan Pablo de política, diciendo con mucho _tupé_ que el Gobierno +_estaba de cuerpo presente_, y que la situación duraría... a todo tirar, +a todo tirar, tres o cuatro meses. + + + + +--viii-- + + +La primera vez que D. Evaristo visitó a su dama después de esta +entrevista, abrazola gozoso, y le dijo: «Albricias... vamos bien, vamos +bien». + +--¿Pero qué... qué hay? ¿buenas noticias? + +--Oro molido; mejor dicho, excelentes impresiones. Tu marido... + +--¿Le ha visto usted?--No he tenido esa satisfacción. Pero me han +contado de él una cosa que es en extremo favorable. Te lo diré para que +no caviles. Maximiliano se ha dedicado a la filosofía... + +Fortunata se quedó mirando a su amigo, sin saber qué expresión tomar. No +veía la tostada, ni sabía en rigor lo que era la filosofía, aunque +sospechaba que fuese una cosa muy enrevesada, incomprensible y que +vuelve _gilís_ a los hombres. + +«No me llama la atención que te quedes con la boca abierta. Ya irás +comprendiendo... ¡Se da unos atracones de filosofía!, y me parece que +dijo Juan Pablo que era filosofía espiritualista...». + +--¡Ah!... ¿De esos que hablan con las patas de las mesas? ¡Alabado +sea...! + +--No, esos no. Pero estamos de enhorabuena: cualquiera que sea la secta +o escuela que le sorbe el seso a tu marido, tenemos ya noventa y seis +probabilidades contra cuatro de que te reciba con los brazos abiertos. +Tú lo has de ver. + +Fortunata dudaba que esto fuera así. La partida que ella le había jugado +a Maxi era demasiado serrana para que este la olvidara por lo que dicen +los libros. Al otro día entró el simpático amigo más alegre y excitado. +Su proyecto llegó a dominarle de tal modo, que no sabía pensar en otra +cosa, y de la mañana a la noche estaba dando vueltas al tema. Había +mejorado mucho su salud y al mismo tiempo no ponía tanto cuidado como +antes en el adorno de su persona. Desde que tomara con tanto cariño las +funciones paternales, se había dejado toda la barba, usaba hongo y una +gran bufanda alrededor del cuello. Salía a sus diligencias en coche +simón por horas. Cuando la prójima le vio entrar aquel día con el +sombrero echado hacia atrás, los ojos chispeantes, los movimientos +ágiles, comprendió que las noticias eran buenas. «Con estos +alegrones--dijo él abrazándola--, se rejuvenece uno. Chulita, otro +abrazo, otro. Vengo de hablar con la mismísima doña Lupe _la de los +Pavos_». Fortunata se asustó sólo de oír el nombre de su tía política. + +«Impresiones muy buenas--añadió el diplomático...--. Ha empezado por +ahuecar la voz, y por negarse a proponer la reconciliación. Pero +mientras más cerdea ella, más claro veo yo que hará lo que deseamos. +¡Oh!, entiendo bien a mi gente. También esta tiene sus filosofías +pardas, y a mí no me la da. Conozco las callejuelas de la naturaleza +humana mejor que los rincones de mi casa. Doña Lupe está deseando que +vuelvas; pero deseándolo, para que lo sepas. Se lo he conocido en la +cara y en el modo de decir que no... Yo no sé si te he contado que en un +tiempo, a poco de enviudar, tuvo sus pretensiones respecto a mí... +pretensiones honestas... Decía la muy fatua que yo le paseaba la calle. +¿Creerás que se le descompone la cara siempre que me ve?». + +Fortunata soltó la carcajada. «Dime, ¿y cuando te pretendía, ya le +habían cortado el pecho que le falte?». + +--Pues no lo sé. Por mí que le cortaran los dos... En fin, chica, que +esto marcha. Yo le dije que si había reconciliación, vivirías con ella, +pues yo estimaba muy conveniente esta vida común. Tan hueca se puso al +oírme decir esto, que aún creo que le nacía un pecho nuevo... Oye lo que +tienes que hacer cuando esto se realice: Yo te daré una cantidad que le +entregarás a ella el primer día, suplicándole que te la coloque. Te +niegas a admitirle recibo. Nada le gusta tanto como que tengan confianza +en ella en asuntos de dinero... ¡Ah!... leo en ella como leo en ti. ¿No +ves que la traté bastante en vida de Jáuregui, que, entre paréntesis, +era un hombre excelente? Ya te daré una lección larga sobre el tole tole +con que debes tratarla, una mezcla hábil de sumisión e independencia, +haciéndole una raya, pero una raya bien clarita, y diciéndole: «de aquí +para allá manda usted; de aquí para acá estoy yo...». Ahora la tecla que +me falta tocar es tu marido. He hablado pocas veces con él, apenas le +trato; pero no importa... + +La mejoría se acentuó tanto, que D. Evaristo atreviose a salir de noche, +y lo primero que hizo fue ir en busca de Juan Pablo. No le encontró en +el Suizo Viejo. Allí estaban Villalonga, Juanito Santa Cruz, Zalamero, +Severiano Rodríguez, el médico Moreno Rubio, Sánchez Botín, Joaquín Pez +y otros que tenían constituida la más ingeniosa y regocijada peña que en +los cafés de Madrid ha existido. Habían hecho un reglamento humorístico, +del cual cada uno de los socios tenía su ejemplar en el bolsillo. De +aquellas célebres mesas habían salido ya un ministro, dos subsecretarios +y varios gobernadores. Aunque era amigo de algunos, no quiso Feijoo +acercarse, y se fue a una mesa lejana. Junto a él, los ingenieros de +Caminos hablaban de política europea, y más acá los de Minas disputaban +sobre literatura dramática. No lejos de estos, un grupo de empleados en +la Contaduría central se ocupaba con gran calor de pozos artesianos, y +dos jueces de primera instancia, unidos a un actor retirado, a un +empresario de caballos para la Plaza de Toros y a un oficial de la +Armada, discutían si eran más bonitas las mujeres con _polisón_ o sin +él. Después llamó la atención de D. Evaristo la facha de un hombre que +iba por entre las mesas, el cual sujeto más bien parecía momia animada +por arte de brujería. «Yo conozco esta cara--se dijo Feijoo--. ¡Ah! ya; +es el que llamábamos _Ramsés II_, el pobre Villaamil que sólo necesitaba +dos meses para jubilarse». Acercose tímidamente este desgraciado a +Villalonga, que ya estaba levantado para marcharse; y en actitud +cohibida, echando los ojos fuera del casco, le habló de algo que debía +ser los maldecidos dos meses. Jacinto alzaba los hombros, respondiéndole +con benevolencia quejumbrosa. Parecía decirle: «¡Yo, qué más +quisiera...! He hecho todo lo posible... Veremos... he dado una nota... +Crea usted que por mí no queda... Si, ya sé, dos meses nada más...». Un +instante después _Ramsés II_ pasó junto a D. Evaristo, deslizándose por +entre las mesas y sillas como sombra impalpable. Llamole por su nombre +verdadero Feijoo, y acercose el otro a la mesa, inclinando, para ver +quién le llamaba, su cara amarilla, requemada por el sol de Cuba y +Filipinas. Se reconocieron. Villaamil, invitado por su amigo, dobló su +esqueleto para sentarse, y tomó café... con más leche que café... «¡Ah!, +¿buscaba usted a Juan Pablo? Pues del salto se ha ido al café de +Zaragoza. Dice que le cargan los ingenieros...». + +Como le convenía retirarse temprano, no fue D. Evaristo aquella noche al +indicado café. + +Las nueve serían de la siguiente, cuando entró en el establecimiento de +la Plaza de Antón Martín, que lleno de gente estaba, con una atmósfera +espesa y sofocante que se podía mascar, y un ensordecedor ruido de +colmena; bulla y ambiente que soportan sin molestia los madrileños, como +los herreros el calor y el estrépito de una fragua. Desembozándose, +avanzó el anciano por la tortuosa calle que dejaran libre las mesas del +centro, y miraba a un lado y otro buscando a su amigo. Ya tropezaba con +un mozo encargado de _servicio_, ya su capa se llevaba la toquilla de +una cursi; aquí se le interponía el brazo del vendedor de +_Correspondencias_ que alargaba ejemplares a los parroquianos, y allá le +hacían barricada dos individuos gordos que salían o cuatro flacos que +entraban. Por fin, distinguió a Juan Pablo en el rincón inmediato a la +escalera de caracol por donde se sube al billar. Acompañábanle en la +misma mesa dos personas: una mujer bastante bonita, aunque estropeada, y +un joven en quien al pronto reconoció D. Evaristo a Maximiliano. Los dos +hermanos sostenían conversación muy animada. La _indivudua_ eran el amor +de Juan Pablo, una tal Refugio, personaje de historia, aunque no +histórico, de cara graciosa y picante, con un diente de menos en la +encía superior. Feijoo no la había visto nunca, ni el filósofo de café +acostumbraba a presentarse en público en compañía de aquella Aspasia, +por cuya razón quedose Rubín un tanto cortado al ver a su amigo. + +Maximiliano saludó a D. Evaristo, preguntándole con mucho interés por su +salud, a lo que respondió el anciano con mucha viveza: «Ya ve usted... +_Cinco_ meses llevo así... un día caigo, otro me levanto... ¡_Cinco_ +meses!... Nada; que viene un día en que la máquina dice, 'hasta aquí +llegamos, compañero' y no se empeñe usted en remendarla, ni echarle +aceite. Que no anda, y que no anda, y se tiene que parar». + +--¿Pero qué es lo que usted tiene?--preguntó Maximiliano con presunción +de médico novel o de boticario incipiente, que unos y otros se desviven +por ser útiles a la humanidad. + +--¿Que qué tengo? ¡Ah!, una cosa muy mala. La peor de las enfermedades. +¡Sesenta años!, ¿le parece a usted poco? + +Todos se echaron a reír. «Me ha dicho mi hermano--añadió Maxi--, que +digiere usted mal». + +--Cinco meses lleva mi estómago de indisciplina--replicó el ladino +viejo, que quería sin duda meterle a Maxi en la cabeza aquello de los +cinco meses--. Ya no le hago caso. Me he rendido, y espero tranquilo el +_cese_. + +--Si quiere usted, le haré un preparado de peptona. + +--Gracias... Veremos lo que dice mi médico. + +--Poco mal y bien quejado--afirmó el otro Rubín, dándole palmadas en el +hombro. + +--Pero ustedes estaban hablando de algo que debía de ser +interesante--dijo Feijoo--. Por mí no se interrumpan. + +--Estábamos... pásmese usted... en las regiones etéreas. + +--Nada, es que me quiere convencer--manifestó Maximiliano con calor--, +de que todo es fuerza y materia. Yo le digo una cosa, «pues a eso que tú +llamas fuerza, lo llamo yo espíritu, el Verbo, el querer universal; y +volvemos a la misma historia, al Dios uno y creador y al alma que de él +emana». + +Don Evaristo, en tanto, miraba a Refugio, examinándole el rostro, la +boca, el diente menos. La muchacha sentía vergüenza de verse tan +observada, y no sabía cómo ponerse, ni qué dengues hacer con los labios +al llevarse a ellos la cucharilla con leche merengada. + +«Eso, eso... por ahí duele--dijo el ex-coronel, arrimándose al partido +de Maximiliano--. ¡El alma!... Estos señores materialistas creen que con +variar el nombre a las cosas han vuelto el mundo patas arriba». + +--Pero si ya te he dicho...--argüía sofocado Juan Pablo. + +--Déjame que acabe...--No es eso... ¡qué cuña! + +--Volvemos a lo mismo. ¿No me conozco yo en mí, uno, consciente, +responsable? + +--¡Otra te pego! Pero ven acá... + +--Aguarda. Si yo me reconozco íntimamente en la sustancia de mi yo... + +Se expresaba con exaltación sin dejar meter baza a su hermano, y este, +en cambio, no se la dejaba meter a él, y simultáneamente se quitaban la +palabra de la boca. + +--Espérate un poco... no es eso. + +--Allá voy... yo vivo en mi conciencia, por mí y antes y después de mí. + +--¡Ah!, pero lo primero es distinguir... Mira... + +--¡Buen par de chiflados estáis los dos!--dijo para sí D. Evaristo +mirando con curiosidad el portillo que en la dentadura tenía Refugio. + +--¡Dale, bola!...--replicó Maxi--. Si no es eso... Yo, ¿soy yo?... ¿me +reconozco como tal yo en todos mis actos? + +--No, yo no soy más que un accidente del concierto total; yo no me +pertenezco, soy un fenómeno. + +--¡Que yo soy un fenómeno!... ¡Ave-María Purísima, qué disparate! + +--Estás tú fresco... Lo permanente no soy yo, ¡qué cuña!, es el +conjunto... Yo lo reconozco así en el fenómeno pasajero de mi +conocimiento. + +¡Y estas cosas se decían en el rincón de un café, al lado de un +parroquiano que leía _La Correspondencia_ y de otro que hablaba del +precio de la carne! En una de las mesas próximas había un grupo de +individuos que tenían facha de matuteros o cosa tal. A la derecha +veíanse dos cursis acompañadas de una buscona y obsequiadas por un señor +que les decía mil tonterías empalagosas; enfrente una trinca en que se +disputaba acerca de Lagartijo y Frascuelo, con voces destempladas y +manotazos. Y por la escalera de caracol subían y bajaban constantemente +parroquianos, dando patadas que más parecían coces; y por aquella +espiral venían rumores de disputa, el chasquido de las bolas de billar, +y el canto del mozo que apuntaba. + +«Si se me permite dar una opinión--dijo Feijoo, que empezaba a marearse +con tanto barullo--, voto con el pollo». + +En esto sonó el piano, que se alzaba sobre una tarima en medio del café, +con la tapa triangular levantada para que hiciera más ruido; y empezó la +tocata, que era de piano y violín. La música, los aplausos, las voces y +el murmullo constante del café formaban un run run tan insoportable, que +el buen D. Evaristo creyó que se le iba la cabeza, y que caería redondo +al suelo si permanecía allí un cuarto de hora más. Decidió retirarse, +descontento de no haber encontrado solo a Juan Pablo, pues delante del +farmacéutico no podía hablar del espinoso asunto que entre manos traía. +Su enojo se trocó en alegría cuando Maxi, al verle en pie, dijo que él +también se iba porque era hora de volver a su farmacia. Salieron, pues, +juntos, y antes de llegar a la puerta, vio el anciano que le cortaba el +paso una figura macilenta y sepulcral. Era _Ramsés II_, que venía en +busca suya. «Señor D. Evaristo, por Dios, hable usted de mí al señor de +Villalonga» le dijo la momia, interponiéndose como si no quisiera darle +paso sino a cambio de una promesa. + +--Se hará, compañero, se hará; hablaremos a Villalonga--dijo D. Evaristo +embozándose--; pero ahora estoy de prisa... no puedo detenerme... Hijo, +vamos. + +Y abriéndose paso, salió con el chico de Rubín. + + + + +--ix-- + + +Al cual dijo en la puerta: «¿Hacia dónde va usted con su cuerpo?». + +--¿Yo? A la calle del Ave María. + +--¡Qué casualidad! Yo llevo esa dirección. Iremos juntos... Deje usted +que me emboce bien... Ahora deme usted el brazo. Las piernas no me +ayudan. Ya se ve... cinco meses... cabalitos... fíjese usted bien... sin +digerir. No sé cómo estoy vivo. Desde Octubre del año pasado no levanto +cabeza... ¡Pero qué ideas las de Juan Pablo! Parece mentira... ¡un +muchacho de entendimiento!... Usted sí que sabe por dónde anda. Sí; no +espere usted a llegar a viejo y a ver de cerca la muerte para creer que +somos algo más que montoncitos de basura animados por fuerza semejante a +la electricidad que hace hablar a un alambre. Eso se deja para los +tontos y perdularios, para la gente que no piensa. Usted está en lo +firme, y será capaz de acciones nobles, de acciones que, por lo mismo +que son tan elevadas, no están al alcance del vulgo. + +No comprendía Maximiliano a cuenta de qué era aquello; pero tenía su +espíritu admirablemente dispuesto para recibir toda sutileza que se le +quisiera echar; estaba hambriento de cosas ideales, y la meditación, el +estudio y la soledad habíanle dado una receptividad asombrosa para todo +lo que procediera del pensamiento puro. Por esta causa, sin entender de +qué se trataba, contestó humildemente: «Tiene usted mucha razón... pero +mucha razón». + +«El hombre que como usted--prosiguió don Evaristo--, no se deja +engatusar por las sabidurías modernas, está en disposición de hacer el +bien, pero no el bien de cualquier modo, sino sublimemente ¡caramba!, +mirando para el cielo, no para la tierra...». + +Tiempo hacía que Maxi se había dedicado a mirar al cielo. + +«Mire uste, Sr. D. Evaristo--dijo sintiéndose lleno y ahíto de aquella +espiritual sustancia, acopiada a fuerza de barajar sus tristezas con las +hojas de los libros--. La desgracia me ha hecho a mí volver los ojos a +las cosas que no se ven ni se tocan. Si no lo hubiera hecho así, me +habría muerto ya cien veces. ¡Y si viera usted qué distinto es el mundo +mirado desde arriba a mirado desde abajo! Me parecía a mí mentira que yo +había de ver apagarse en mí la sed de venganza, y el odio que me +embruteció. Y sin embargo, el tiempo, la abstracción, el pensar en el +conjunto de la vida y en lo grande de sus fines me han puesto como estoy +ahora». + +--Claro... ¿A qué vienen esos odios y esas venganzas de melodrama?--dijo +gozoso don Evaristo--. Para perderse nada más. ¡Dichoso el que sabe +elevarse sobre las pasiones de momento y atemperar su alma en las +verdades eternas! + +Y para su sayo habló de este modo: «Tan metafísico está este chico, que +nos viene como anillo al dedo». + +--En este bulle-bulle de las pasiones de los hombres del día--prosiguió +Maxi con cierto énfasis--, llega uno a olvidarse de que vivimos para +perdonar las ofensas y hacer bien a los que nos han hecho mal. + +--Tiene usted razón, hijo... y dichoso mil veces el que como usted, así, +tan jovencito, llega a posesionarse de esa idea y a hacerla efectiva en +la vida real. + +--La desgracia, un golpe rudo... ahí tiene usted el maestro. Se llega a +este estado padeciendo, después de pasar por todas las angustias de la +cólera, por los pinchazos que le da a uno el amor propio y por mil +amarguras... ¡Ay, señor don Evaristo! Parece mentira que yo esté tan +fresco después de haberme creído con derecho a matar a un hombre, +después de haberme ilusionado con la idea de cometer el crimen, +concluyendo por renunciar a ello. Mi conciencia está hoy tan tranquila +no habiendo matado, como firme y decidida estuvo cuando pensé matar... +Entonces no veía a Dios en mí; ahora sí que le veo. Créalo usted; hay +que anularse para triunfar; decir _no soy nada_ para serlo todo. + +Feijoo, en vista de estas buenas disposiciones, se fue derecho al bulto. +«A un espíritu tan bien fortalecido--le dijo--, se le puede hablar sin +rodeos. ¿Doña Lupe no ha tratado con usted de cierto asunto...?». + +Maximiliano se puso del color de la grana de su embozo, y contestó +afirmativamente con embarazo y turbación. + +«Por mi parte--añadió D. Evaristo--, haré todo lo que pueda para que +esto cuaje. Si ello tiene que suceder. Es lo práctico, amigo mío; y ya +que usted es tan místico, conviene que sea un poquito práctico... Por +una casualidad intervengo yo en esto... Le advierto a usted que ella +desea volver...». + +--¡Lo desea!--exclamó Rubín, dejando caer el embozo. + +--¡Toma! ¿Ahora salimos con eso? Pues si no lo deseara ¿cómo me había de +meter yo en semejante negocio? ¿No comprende usted...? + +--Sí... pero... No hay que confundir. El perdón puramente espiritual o +evangélico, ya lo tiene... Pero el otro perdón, el que llamaríamos +social, porque equivale a reconciliarse, es imposible. + +--Vamos, que no será tanto--dijo para sí don Evaristo, subiéndose el +embozo. + +--Es imposible--repitió Maxi. + +--Piénselo bien, piénselo bien; pregúnteselo a la almohada, compañero... +Yo creo que cuando usted madure la idea... + +--Me parece que aunque la estuviera madurando diez años... + +--En estas cosas hay que poner algo de caridad; no se puede proceder con +simple criterio de justicia. Convendría que usted hablase con ella... + +--¡Yo!... pero D. Evaristo... + +--Sí, no me vuelvo atrás. Quien tiene ideas como las que usted tiene, +¡caramba!, y sabe sentir y pensar con esa alteza de miras... eso es, con +esa espiritualidad de la... pues... de... claro... + +--¿Y cree usted que ella me podría dar explicaciones claras, pero muy +claras, de todo lo que ha hecho después que se separó de mí? + +--Hijo, yo creo que las dará... pero es claro que usted no debe apurar +mucho tampoco... O hay perdón o no hay perdón. La caridad por delante, +detrás la indulgencia, y ver si en efecto hay propósitos sinceros de +enmienda. Por lo que he oído, me parece que los hay; se lo digo a usted +de corazón. + +--Yo lo dudo.--Pues yo no. Juzgue usted mi opinión como quiera. Y sepa +que intervengo en esto por pura humanidad, porque se me ha ocurrido no +morirme sin dejar tras de mí una buena acción, ya que en la cuenta de mi +vida tengo tantas malas o insignificantes. No me gusta meterme en vidas +ajenas; pero en este caso, créalo usted... se me ha puesto en la cabeza +que a entrambos les conviene volver a unirse. + +Ya en este terreno, D. Evaristo se descubrió más: + +«Amigo--dijo parándose en la puerta de la botica--. Su mujer de usted me +ha parecido una mujer defectuosísima. Aunque la he tratado poco puedo +asegurar que tiene buen fondo; pero carece de fuerza moral. Será siempre +lo que quieran hacer de ella los que la traten». + +Maximiliano le miraba con ojos atónitos. Lo mismo pensaba él. + +«Yo le eché anteayer un largo sermón, recomendándole que se amoldara a +las realidades de la vida, que pusiera un freno a aquella +imaginacioncilla tan desenvuelta. 'Pero, hija mía, es preciso pensar lo +que se hace, y dejarse de tonterías'. Yo muy serio. Creo que algo he +conseguido. Usted lo ha de ver, compañero. Es lástima que teniendo buen +fondo, buen corazón... sólo que algo grande... y careciendo de las +malicias de otras, no posea un poco de juicio. Porque con un poco de +juicio, nada más que con un poco de juicio, no se pueden hacer las +tonterías que ella ha hecho... En fin, hijo, usted dirá que quién me +mete a mí a leñador, pero ¿qué quiere usted?, a los viejecillos nos +gusta arreglar a los jóvenes y marcarles el paso de esta vida para que +eviten los tropezones que hemos dado nosotros». + +Dijo esto último sonriendo con tal hombría de bien, que Maximiliano se +llenó de confusiones. No sabía qué contestar, y sentía que se le +apretaba la garganta. Despidiose D. Evaristo, dejando al pobre chico en +tal grado de aturdimiento, que durante muchos días hubo de revolver en +su mente indigestada los dejos de aquel coloquio que tuvo con el +respetable anciano, en una noche fría del mes de Marzo. + +Al siguiente día, D. Evaristo fue en coche a ver a Fortunata, a quien +encontró peinándose sola. Sentándose a su lado, y cogiéndola por un +brazo, la llamó a sí y le dio un beso, diciéndole: «El último beso... La +aventura del viejo Feijoo ha pasado a la historia... Entraremos pronto +en vida nueva, y de esto no quedará sino un recuerdo en mí y otro en +ti... Para el público nada. Estas cenizas sólo para nosotros esconden un +poco de calor». + +Fortunata, que tenía en cada mano una de las gruesas bandas de sus +cabellos negros, apartándolas como si fueran una cortina, no sabía si +reír o echarse a llorar... + +--¿Has hablado con él...?--dijo conmovida y al mismo tiempo sonriente. + +--Vete acostumbrando a tratarme de usted...--replicó él con cierta +severidad--. No se te escape una expresión familiar, porque entonces la +echamos a perder. Yo también te trataré de usted delante de gente... +Todo acabó... Fortunata, no soy para ti más que un padre... Aquel que te +quiso como quiere el hombre a la mujer, no existe ya... Eres mi hija. Y +no es que hagamos un papel aprendido, no; es que tú serás verdaderamente +para mí, de aquí en adelante, como una hijita, y yo seré para ti un +verdadero papaíto. Lo digo con toda mi alma. Yo no soy aquel; yo me +moriré pronto, y... + +Viéndole que se conmovía, la chulita no pudo aguantar más, y soltó el +trapo a llorar. Aquellas admirables guedejas sueltas la asemejaban a +esas imágenes del dolor que acompañan a los epitafios. Feijoo hizo un +mohín como de persona mayor que quiere dominar una debilidad pueril, y +le dijo: + +«Pero no, no me avergüenzo de que se me salte una lágrima. Yo juro por +Dios, en quien siempre he creído, que el cariño paternal es lo que me la +hace derramar. Todo lo que en mí existía de varón, capaz de amar, ha +desaparecido; todo murió, y no me queda de ello nada; ni aun siquiera lo +echo de menos. Nunca he sido padre; ahora siento que lo soy... y mi +corazón se llena de afectos desconocidos, tan puros, pero tan puros...». + +La prójima no había visto nunca a su amigo tan vencido de la emoción. +Tenía los ojos húmedos y le temblaban las manos. Sujetose ella en la +coronilla con una correa negra las crenchas de su abundante cabello, +porque no era posible repicar y andar en la procesión; no podía peinarse +y al mismo tiempo celebrar, entre lágrimas y castos apretones de mano, +la santificación de las relaciones que entre ambos habían existido. Poco +a poco se serenaron; don Evaristo, la hizo sentar a su lado en el sofá, +y con voz clara y firme le habló de esta manera: + +«Me parece que esto se arregla. ¡Cuánto me gustaría morirme dejándote en +una situación normal y decorosa!... Bien veo que no es fácil que tu +marido te sea simpático; pero eso no es inconveniente invencible. Hay +que transigir con las formas, y tomar las cosas de la vida como son. ¿Y +quién te dice que tratándole algo, no llegues a tenerle afecto? Porque +él es bueno y decente. Anoche le vi, y no me ha parecido tan raquítico. +Ha engordado; ha echado carnes, y hasta me pareció que tiene un aire más +arrogantillo, más...». + +Sonriendo tristemente, expresaba la joven su incredulidad. + +«En fin, tú lo has de ver. Y en último caso, hay que conformarse. La +vida regular y el transigir con las leyes sociales tienen tal +importancia, que hay que sacrificar el gusto, hija mía, y la ilusión... +No digo que se sacrifique todo, todo el gusto y toda la ilusión; pero +algo, no lo dudes, algo hay que sacrificar. De tener un marido, un +nombre, una casa decente, a andar con la _alquila_ levantada, como los +simones, a éste tomo, a éste dejo, va mucha diferencia para que no te +pares a pensar bien lo que haces... Vamos a ver. Es preciso preverlo +todo. Yo te voy a presentar los dos casos que se te pueden ofrecer en tu +vida legal, y para los dos te voy a dar mi consejo franco, leal, con un +gran sentido de la realidad. Primer caso: supongamos que al poco tiempo +de vivir con Maximiliano, encuentras que el muchacho se porta bien +contigo, vas viendo sus buenas cualidades, que se manifiestan en todos +los actos de la vida, y supongamos también que le vas teniendo algún +cariño...». + +Fortunata tenía la mirada fija en un punto del suelo, como una espada, +tan bien hundida que no la podía desclavar. Seguro de que le oía, aunque +no le miraba, Feijoo siguió hablando despacio, poniendo pausas entre las +cláusulas. + +«Supongamos esto... Pues tu deber en tal caso, es esforzarte en que ese +cariño... llamémosle amistad, se aumente todo lo posible. Trabaja +contigo misma para conseguirlo. ¡Ah!, hija mía, el trato hace milagros; +la buena voluntad también los hace. Evita al propio tiempo la ociosidad, +y verás cómo lo que te parece tan difícil te ha de ser muy fácil. Se han +dado casos, pero muchos casos, de mujeres unidas por fuerza a un hombre +aborrecido, y que le han ido tomando ley poquito a poco hasta llegar a +ponerse más tiernas que la manteca. No digo nada si tienes chiquillos, +porque entonces...». + +--¡Lo que es eso...!--indicó con viveza Fortunata. + +--¡Mira qué tonta! ¿Y qué sabes tú? No se puede asegurar tal cosa. La +Naturaleza sale siempre por donde menos se piensa... Y con chiquillos, +ya llevas más de la mitad del camino andado para llegar al sosiego que +te recomiendo, pues en criarlos y en cuidarlos se te desgastará el +sentimiento que de sobra tienes en esa alma de Dios, y te equilibrarás, +y no harás más tonterías... Bueno; ya hemos hablado del primer caso, que +es el mejor; pasemos al segundo. Te lo presento en la previsión de que +falle el primero, lo que bien pudiera suceder. Vamos allá... + +Fortunata esperaba con ansia la exposición del segundo caso, pero Feijoo +lo tomaba con calma, pues se quedó buen rato meditando, con el ceño +fruncido y la vista fija en el suelo. + +«Lo mejor--prosiguió--es lo que acabo de decirte; pero cuando no se +puede hacer lo mejor, se hace lo menos malo... ¿me entiendes? Suponiendo +que no te sea posible encariñarte con ese bendito, y que ni el trato ni +las buenas prendas de él te lo hagan menos antipático; suponiendo que la +vida llegue a serte insoportable, y... Vaya que esto es temerario, y se +necesita de toda mi entereza para aconsejarte. Pero yo, antes que todo, +veo lo práctico, lo posible, y no puedo aconsejar a nadie que se deje +morir ni que se suicide. No se deben imponer sacrificios superiores a +las fuerzas humanas. Si el corazón se te conserva en el tamaño que ahora +tiene, si no hay medio de recortarlo, si se te pronuncia, ¿qué le vamos +a hacer? Dentro del mal, veamos qué es lo mejor entre lo peor, y...». + +Feijoo rebuscaba las palabras más propias para expresar su pensamiento. +Las ideas se alborotaron un poco y necesitó someterlas para no +embarullarse. Dando un gran suspiro, se pasó la mano por la cabeza, +perdida la vista en el espacio. Saliendo al fin de su perplejidad, dijo +con voz cautelosa: + +«Y en un caso extremo, quiero decir, si te ves en el disparadero de +faltar, guardas el decoro, y habrás hecho el menor mal posible... El +decoro, la corrección, la decencia, este es el secreto, compañera». + +Detúvose asustado, a la manera del ladrón que siente ruido, y se volvió +a poner la mano sobre la cabeza, como invocando sus canas. Pero sus +canas no le dijeron nada. Al punto se envalentonó, y recobró la +seguridad de su lenguaje, diciendo: «Tú eres demasiado inexperta para +conocer la importancia que tiene en el mundo la forma. ¿Sabes tú lo que +es la forma, o mejor dicho, las formas? Pues no te diré que estas sean +todo; pero hay casos en que son casi todo. Con ellas marcha la sociedad, +no te diré que a pedir de boca, pero sí de la mejor manera que puede +marchar. ¡Oh!, los principios son una cosa muy bonita; pero las formas +no lo son menos. Entre una sociedad sin principios, y una sociedad sin +formas, no sé yo con cuál me quedaría». + + + + +--x-- + + +Fortunata había comprendido. Hacía signos afirmativos con la +cabeza, y cruzadas las manos sobre una de sus rodillas, imprimía a su +cuerpo movimientos de balancín o remadera. + +A Feijoo le había costado algún trabajo arrancarse a exponer su moral en +aquellas circunstancias, porque en la conciencia se le puso un nudo, que +le apretó durante breve rato; pero al punto lo deshizo evocando las +teorías que había profesado toda su vida. Lanzado, pues, el concepto más +peligroso, siguió luego como una seda, sin nudo y sin tropiezo. + +«Ya sabes cuáles son mis ideas respecto al amor. Reclamación imperiosa +de la Naturaleza... la Naturaleza diciendo _auméntame_... No hay medio +de oponerse... la especie humana que grita _quiero crecer_... ¿Me +entiendes? ¿Hablo con claridad? ¿Necesitaré emplear parábolas o +ejemplos?». + +Fortunata entendía, y seguía balanceándose de atrás adelante, acentuando +las afirmaciones con su cabeza despeinada. + +«Pues no te digo más. Esto es muy delicado, tan delicado como una +pistola montada al pelo, con la cual no se puede jugar. Siempre es +preferible el primer caso, el caso de la fidelidad, porque de este modo +cumples con la Naturaleza y con el mundo. El segundo término te lo pongo +como un _por si acaso_, y para que... pon en esto tus cinco sentidos... +para que si te ves en el trance, por exigencias irresistibles del +corazón, de echar abajo el principio, sepas salvar la forma...». + +Aquí volvió mi hombre a sentir el nudo; pero evocando otra vez su +filosofía de tantos años, lo desató. + +«Hay que guardar en todo caso las santas apariencias, y tributar a la +sociedad ese culto externo sin el cual volveríamos al estado salvaje. En +nuestras relaciones tienes un ejemplo de que cuando se quiere el secreto +se consigue. Es cuestión de estilo y habilidad. Si yo tuviera tiempo +ahora, te contaría infinitos casos de pecadillos cometidos con una +reserva absoluta, sin el menor escándalo, sin la menor ofensa del decoro +que todos nos debemos... Te pasmarías. Oye bien lo que te digo, y +apréndetelo de memoria. Lo primero que tienes que hacer es sostener el +_orden público_, quiero decir la paz del matrimonio, respetar a tu +marido y no consentir que pierda su dignidad de tal... Dirás que es +difícil; pero ahí está el talento, compañera... Hay que discurrir, y +sobre todo, penetrarse bien del propio decoro para saber mirar por el +ajeno... Lo segundo...». + +Aquí D. Evaristo se acercó más a ella, como si temiera que alguien le +pudiese oír, y con el dedo índice muy tieso iba marcando bien lo que le +decía. + +«Lo segundo es que tengas mucho cuidado en elegir, esto es +esencialísimo; mucho cuidado en ver con quién... en ver a quién...». + +La conclusión del concepto no salía, no quería salir. Viéndole Fortunata +en aquel apuro, acudió a remediarlo, diciendo: «Comprendido, +comprendido». + +--Bueno, pues no necesito añadir nada más... porque si caes en la +tentación de querer a un hombre indigno, adiós mi dinero, adiós +decoro... Y lo último que te recomiendo es que si logras conseguir que +no pueda tentarte otra vez el mameluco de Santa Cruz, habrás puesto una +pica en Flandes. + +Dicho esto, el anciano se levantó, y tomando capa y sombrero, se dispuso +a marcharse. De la puerta volvió hacia Fortunata, y alzando el bastón +con ademán de mando, le dijo: + +«Repito lo de antes. Aquello se acabó... y ahora soy tu padre, tú mi +hija... trátame de usted... ocupemos nuestros puestos... Aprendamos a +vivir vida práctica... Por de pronto, serenidad, y concluye de peinarte, +que es tarde. Yo me voy, que tengo mucho que hacer». + +Metiose el original moralista en su simón, y apenas había llegado a la +Plaza de los Carros, empezó a sentir en su alma una inquietud +inexplicable. Y tras la inquietud moral vino un cierto malestar físico, +con algo de temblor y escalofríos, acompañado de terror supersticioso... +Pero no podía definir la causa del miedo... El coche corría por la +Cava-Alta, y Feijoo se sentía cada vez peor. De improviso sintió como +una vibración intensísima en su interior, y un relámpago a manera de +lanceta fugaz atravesole de parte a parte. Creyó que una desconocida +lengua le gritaba: «¡Estúpido, vaya unas cosas que enseñas a tu +hija...!». Extendió la mano para detener al cochero y decirle que +volviera a la calle de Tabernillas; pero antes de realizar aquel +propósito, cesó la trepidación que en su alma había sentido, y todo +quedó en reposo... «¡Qué debilidades!--pensó--; estas son chocheces y +nada más que chocheces... ¿Pues no se me ocurrió volver allá para +desdecirme? No te reselles, compañero, y sostén ahora lo que has creído +siempre. Esto es lo práctico, es lo único posible... Si le recomendara +la virtud absoluta, ¿qué sería?, sermón absolutamente perdido. Así al +menos...». + +Y siguió tan satisfecho. Con el ajetreo que traía aquellos días, en los +cuales hizo dos visitas a doña Lupe, celebró muchas conferencias con +Juan Pablo y otra muy sustanciosa con Nicolás Rubín, que andaba desalado +detrás de una canonjía, tuvo el buen señor una recaída en su enfermedad. +Una tarde de fines de Marzo se sintió tan mal, que hubo de retirarse a +su casa y se acostó. Doña Paca advirtió en él, juntamente con los +síntomas de agravación, cierta alegría febril, lo que juzgó de malísimo +agüero, pues si su amo se volvía niño o demente cuando tan malito +estaba, señal era esto de la proximidad del fin. Toda la noche estuvo +dando vueltas de un lado para otro, queriendo levantarse, y renegando de +que le tuvieran prisionero en la cárcel de aquellas malditas sábanas. A +la madrugada, se nublaron sus sentidos, y a punto de perder el +conocimiento, se despidió del mundo sensible con este varonil concepto +que apenas salió del magín a los labios: «Ya me puedo morir tranquilo, +puesto que he sabido arrancarle al demonio de la tontería el alma que ya +tenía entre sus uñas...». + +Doña Paca y el criado, creyendo que su amo se quedaba en aquel espasmo, +empezaron a dar chillidos; llamaron al médico, dieron al señor muchas +friegas, y por fin volviéronle a la vida. Todos se pasmaron de verle +risueño y de oírle afirmar que no le dolía nada y que se sentía bien y +contento. Mas a pesar de esto, el doctor puso muy mala cara, +pronosticando que la debilidad cerebral y nerviosa acabaría pronto con +el enfermo. Por más que este se envalentonó, no pudo levantarse y las +fuerzas le iban faltando. Carecía en absoluto de apetito. Los amigos que +aquel día le acompañaban, convinieron en decirle de la manera más +delicada que se preparase espiritualmente para el traspaso final, +ocupándose del negocio de salvar su alma. Creyeron los más que D. +Evaristo se alborotaría con esto, pues siempre hizo alarde de libre +pensador; mas con gran sorpresa de todos, oyó la indicación del modo más +sereno y amable, diciendo que él tenía sus creencias, pero que al mismo +tiempo gustaba de cumplir toda obligación consagrada por el asentimiento +del mayor número. «Yo creo en Dios--dijo--, y tengo acá mi religión a mi +manera. Por el respeto que los hombres nos debemos los unos a los otros, +no quiero dejar de cumplir ningún requisito de los que ordena toda +sociedad bien organizada. Siempre he sido esclavo de las buenas formas. +Tráiganme ustedes cuantos curas quieran, que yo no me asusto de nada, ni +temo nada, y no desentono jamás. No descomponerse; ese es mi tema». + +Todos los presentes se maravillaron al oírle, y aquel mismo día se le +administraron los Sacramentos. Después se puso mucho mejor, lo cual dio +motivo a que le dijeran, como es uso y costumbre, que la religión es +medicina del cuerpo y del alma. Él aseguraba que no se moría de aquel +arrechucho, que tenía siete vidas como los gatos, y que era muy posible +que Dios le dejase tirar algún tiempo más para permitirle ver muchas y +muy peregrinas cosas. Así fue en efecto, pues en todo el año 75 que +corría no se murió el filósofo práctico. + +Durante la convalecencia de aquel ataque, no permitió que Fortunata +fuese a verle. Le escribía algunas cartitas, reiterándole sus consejos y +dándole otros nuevos para el día ya próximo en que la reconciliación +debía efectuarse. Al propio tiempo se ocupaba en la revisión de su +testamento y en tomar varias disposiciones benéficas que algunas +personas habían de agradecerle mucho. Tenía un pequeño caudal repartido +en diferentes préstamos hechos a amigos menesterosos. Algunos le habían +firmado pagarés de mil, de dos y hasta de tres mil reales. Todos estos +papeles fueron rotos. Dispuso cómo se habían de repartir las alhajas que +tenía, algunas de bastante valor, sortijas con hermosos solitarios, +botonaduras, y además cajitas primorosas de marfil y sándalo que había +traído de Filipinas, una hermosa espada, dos o tres bastones de mando +con puño de oro. Hizo la distribución de todo con un acierto que +declaraba su gran delicadeza y el aprecio que hacía de las amistades +consecuentes. + +Respecto a Fortunata lo dispuso tan bien que no cabía más. No le dejaba +en su testamento más que algunos regalitos, llamándola _ahijada_; pero, +por medio de un agente de Bolsa muy discreto, se hizo una operación en +que la chulita figuraba como compradora de cierta cantidad de acciones +del Banco, dándole además, de mano a mano, algunas cantidades en +billetes. No olvidó por esto D. Evaristo a sus parientes, que eran dos +sobrinas, residentes la una en Astorga, la otra en Ponferrada. Ambas +quedaban muy bien atendidas en el testamento; y en cuanto a los socorros +que anualmente les enviaba, no perdió aquel año la memoria de esta +obligación, a pesar de los muchos quebraderos de cabeza que tuvo. Doña +Paca y los dos criados también se llevarían un pellizco el día en que el +amo faltara. + +Indicáronle los clérigos de la parroquia si no dejaba algo para +sufragios por su alma, y él, con bondadosa sonrisa, replicó que no había +olvidado ninguno de los deberes de la cortesía social, y que para no +desafinar en nada, también quedaba puesto el rengloncito de las misas. + +Fue a verle una tarde Villalonga, y lo primero que le dijo Feijoo, +mientras se dejaba abrazar por él, fue esto: «Pero, hombre, ¿será usted +tan malo que no le dé la canonjía a mi recomendado?». + +--Por Dios, querido patriarca, tengamos paciencia... Haré lo que pueda. +Le puse una carta muy expresiva a Cárdenas mandándole la nota. Pero +considere usted que es un arco de iglesia. ¡Canonjía! Para mí la +quisiera yo. + +--Y para mí también... Pero en fin, ¿puede ser o no? Es un cleriguito de +las mejores condiciones. + +--Lo creo... ¡pero qué quiere usted! Estos cargos son muy solicitados, y +cuando vaca uno, hay cuatrocientos curas con los dientes de este tamaño. + +--Sí, pero mi presbítero es un cura apreciabilísimo, un santo varón... +Como que ayuna todos los días... + +--Ya... será un bacalao ese padre Rubín. ¿No le di ya a usted una +credencial de Penales para un Rubín? Usted por lo visto protege a esa +familia. + +--Yo no protejo familias, niño. Déjese usted de protecciones... Sólo que +me intereso por las personas de mérito. + +--Por mí no ha de quedar. Le daré otro achuchón a Cárdenas. Pero, lo que +digo, son plazas que tienen muchos golosos. Los pretendientes explotan +el valimiento y la influencia de las señoras. Casi siempre son las +faldas las que deciden quién se ha de sentar en los coros de las +catedrales. + +--Pues suponga usted, compañero, que yo tengo faldas, que soy una +dama... ea. + +--Pero si yo no lo he de decidir... + +--Mire usted que si no me nombra mi canónigo, no me muero, y le estaré +atormentando meses y meses. + +--Mejor... Viva usted mil años. + +--¿Y esas elecciones, van bien? + +--Como un acero. Tengo allá un padre cura que vale un imperio. Me está +haciendo unos arreglos en el distrito, que Dios tirita, y tirita toda la +Santísima Trinidad. Ese sí que merece, no digo yo canonjías, sino siete +mitras. + +--Le conozco, el _Pater_... fue capellán de mi regimiento. + +Villalonga se despidió reiterando sus buenos deseos respecto a Nicolás +Rubín. + +«¡Eh, Jacinto, por Dios, una palabra!--dijo D. Evaristo llamándole +cuando ya estaba en la puerta--. Por Dios y todos los santos, no me +olvide usted a ese desdichado... al pobre Villaamil, a ese que llaman +_Ramsés II_». + +--Está recomendado en una nota de _indispensables_. Conque más no puedo +hacer. + +--Mire usted que no me deja vivir... Todos los días viene tres veces. La +noche que me dieron el Viático, en el momento aquel, miré para este lado +y lo primero que vi fue a _Ramsés II_, con una vela en la mano. ¡Cómo me +miraba el infeliz!... Creo que no me morí de tanto como rezó Villaamil, +pidiendo a Dios que viviera. + +--Podrá ser... No le olvidaré. Abur, abur. + +Y D. Evaristo se quedó solo, pensativo y dulcemente ensimismado, +saboreando en su conciencia el goce puro de hacer a sus semejantes todo +el bien posible, o de haber evitado el mal en la medida que la +Providencia ha concedido a la iniciativa humana. + + + + +-V- + +Otra restauración + + + + +--i-- + + +Las personas muy rutinarias y ordenadas que se acostumbran a las +dulzuras tranquilas del método en la vida, concluyen, abusando en cierto +modo de la regularidad, por someter al casillero del tiempo, no sólo las +ocupaciones, sino los actos y funciones del espíritu y aun del cuerpo +que parecen más rebeldes al régimen de las horas. Así, pues, la gran +doña Lupe, cuya existencia era muy semejante a la de un reloj con alma, +había distribuido tan bien el tiempo, que hasta para pensar en cualquier +asunto de interés que sobreviniese, tenía marcada una parte del día y un +determinado sitio. Cuando era preciso meditar, por el picor de una de +esas ideas, hermanas del abejorro, que se plantan en el cerebro y no hay +medio de sacudirlas, o doña Lupe no meditaba, o tenía que hacerlo +sentada en la silleta junto a la ventana de la sala, los anteojos en el +caballete de la nariz, la cesta de la ropa delante y el gato muy +repantigado en un extremo de la alfombrita. La meditación era mucho más +honda y eficaz si la señora tenía metida toda la mano izquierda, hasta +más arriba de la muñeca, dentro de una media, y si las claraboyas de +esta eran bastante anchas para poder tener sobre ellas enrejados como +los de una cárcel. Tal era la fuerza del método, que doña Lupe no +pensaba a gusto sino allí, así como para hacer sus cálculos aritméticos +el mejor momento era cuando descascaraba los guisantes en la cocina (en +tiempo de guisantes), o cuando ponía los garbanzos de remojo. La +costumbre obraba estos prodigios, y lo mismo era ver la señora los +garbanzos y poner su mano en ellos, que se le llenaba el cerebro de +números y veía claro en sus negocios, si le convenía o no tal préstamo, +si debía quedarse o no con tal o cual alhaja. Al levantarse, por la +mañana temprano, preveía todos los sucesos y acciones del día que +empezaba, y se preparaba para ellos con una evocación mental de su +energía, y con la distribución metódica de las horas para todo lo +previsto y probable. Era esto como si _se diera cuerda_, acumulando en +sí la fuerza inteligente que necesitaba. + +Todas estas rutinas del pensamiento y de la acción fueron perturbadas +por la mudanza de casa, que se efectuó en Diciembre del 74, y no hay que +decir cuán gran sacrificio fue para doña Lupe este cambio. Era de esas +personas que aborrecen lo desconocido y que se encariñan con el rincón +en que viven. Mover los trastos era para ella algo semejante a incendio +o demolición; pero no había más remedio que dar el salto del Norte al +Sur de Madrid, pues teniendo Maximiliano que pasar la mayor parte del +tiempo en la botica de Samaniego, era una falta de caridad hacerle +recorrer dos veces al día los tres cuartos de legua que separan el +barrio de Chamberí del de Lavapiés. Cargó, pues, la señora de Jáuregui +con sus penates, y se instaló en un segundo de la calle del Ave-María. +Habríale gustado vivir en la misma casa de la botica; pero no había allí +ningún cuarto con papeles. Eligió un segundo de la finca inmediata, y +sus balcones caían al lado de los de su amiga Casta Moreno, viuda de +Samaniego. Los primeros días extrañaba la casa, teniéndola por peor que +la otra; mas pronto hubo de reconocer que era mucho mejor, más espaciosa +y bella, y en cuanto a los barrios, lo que la señora había perdido en +tranquilidad ganábalo en animación. Poco a poco se fue adaptando a su +nuevo domicilio, y cuando la sorprende de nuevo nuestro relato, sentada +junto a la ventana y recapacitando, con la mano dentro de la media, en +una fecha que debe caer allá por Marzo del 75, ya no se acordaba de la +vivienda de Chamberí en que la conocimos. + +La meditación y el zurcido no le impedían mirar de vez en cuando a la +calle, y la del Ave-María es mucho más _pasajera_ que la de Raimundo +Lulio. En una de aquellas miradas casi maquinales que la viuda echaba +hacia afuera, como para poner solución de continuidad al temeroso +problema que tenía entre ceja y ceja, vio pasar a una persona que le +retuvo un instante la atención. Era Guillermina Pacheco. «Parece que la +santa frecuenta ahora estos barrios--murmuró doña Lupe, alargando la +cabeza para observarla por la calle abajo--. Ya la he visto pasar cuatro +o cinco veces a distintas horas. Verdad que para ella no hay +distancias... Ahora que recuerdo, me ha dicho Casta que es pariente +suya, y he de preguntarle...». + +La fundadora inspiraba a doña Lupe grandes simpatías. De tanto verla +pasar por la calle de Raimundo Lulio, camino del asilo de la de +Alburquerque, llegó a imaginar que la trataba. Siempre que había función +pública en la capilla del asilo, iba doña Lupe, deseosa de introducirse +y de hacer migas con la santa. Admirábala mucho, no exclusivamente por +sus santidades, sino más bien por aquel desprecio del mundo, por su +actividad varonil y la grandeza de su carácter. Quizás la señora de +Jáuregui creía sentir también en su alma algo de aquella levadura +autocrática, de aquella iniciativa ardiente y de aquel poder +organizador, y esta especie de parentesco espiritual era quizás lo que +le infundía mayores ganas de tratarla íntimamente. Sólo le había hablado +una o dos veces en las funciones del asilo, así como por entrometimiento +y oficiosidad, y cuando en dichas fiestas veíala rodeada de damas _de la +grandeza_ y de señoronas ricas, que tenían el coche a la puerta, doña +Lupe habría dado el único pecho que poseía por meter las narices entre +aquella gente, codearse con ellas y mangonear en los petitorios. Porque +ella tenía la vanidad, muy bien fundada por cierto, de no desmerecer de +las tales señoras en punto a buena crianza y modales. Harto sabía, +además, que no todas habían nacido en doradas cunas, y que la finura es +lo que constituye la verdadera aristocracia en estos tiempos liberales. +No había razón para que ella, que sabía presentarse como la primera, +dejase de alternar con las damas que seguían a Guillermina cual las +ovejas siguen al pastor... A mayor abundamiento, en lo tocante a ropa +estaba a la sazón la viuda de Jáuregui en excelentes condiciones. Con su +talento y su economía se había agenciado un abrigo de terciopelo, con +pieles, que la más pintada no lo usara mejor. Y le había salido por poco +más de nada, atendido lo que generalmente cuestan estas piezas... Le +estaban arreglando una capota, que... vamos; el día que la estrenara +había de llamar la atención... Estas reflexiones fueron como un inciso +en lo que aquella tarde pensaba la señora, inciso que se abrió al ver +pasar a Guillermina, cerrándose cuando la virgen y fundadora desapareció +por la calle abajo. + +Vuelta a la meditación, tomando el hilo de ella en el mismo punto en que +lo había soltado... «Y aunque el Sr. de Feijoo lo niegue hoy, es tan +verdad que me rondaba la calle al año de perder a mi Jáuregui... tan +verdad como que nos hemos de morir. Y si no, ¿qué hacía plantado en +aquella dichosa esquina de la calle de Tintoreros? Esto fue poco antes +de la guerra de África, bien me acuerdo; y si el tal no se va a matar +moros, sabe Dios si... Pero esto no hace al caso, y vamos a lo otro. Que +es un caballero decentísimo, no tiene la menor duda. Jáuregui le +apreciaba mucho, y me decía que no tenía más contra que ser muy +mujeriego... Fuera de esto, hombre de veracidad, con una palabra como +los Evangelios, y cosa que él decía poniéndose formal era como si la +escribieran notarios... Con todo, ¡lo que me ha venido contando estos +días me parece tan extraño...! Que está arrepentida, que él la ha tomado +bajo su protección... Se la encontró en casa de unos vecinos, y le dio +lástima, y qué sé yo qué... Por más que diga ese santo varón, tales +arrepentimientos me parecen a mí las coplas de Calainos... Y si por +acaso... Quita, quita, pensamiento y no me tientes con una sospecha, que +parece tan verosímil... El mismo Feijoo quizás... puede... habrá +tenido... y ahora... Sobre esto quiero echar tierra, porque me volvería +loca. La verdad es que el pobre señor ha dado un bajón tremendo y no +debe de haber estado para morisquetas de algunos meses acá. ¡Si será +cierto lo que dice!... ¡Caridad, lástima, arrepentimiento... necesidad +de transigir, decoro, reconciliación...!». + +Otro inciso. Miró a la calle y vio por segunda vez a Guillermina que +subía. «¿Pero qué trae en la mano?, un palo y un garfio de hierro. ¡Vaya +con la santa esta! Algo que le han dado. Dicen que lo acepta todo. Véase +por dónde yo le podría ayudar a su obra, dándole media docena de llaves +viejas que tengo aquí. Aquella tabla que lleva parece una plantilla... +Toma, como que vendrá del almacén de maderas de la calle de Valencia. +Vaya unos trajines... Vea usted una cosa que a mí me gustaría, edificar +un _establecimiento_, pidiéndole dinero al Verbo... Lo haría yo tan +grande como el Escorial...». + +Cerrado el inciso, y otra vez al tema: «¡Vaya con lo que me ha dicho +esta mañana Nicolás: que Feijoo es el primer caballero de Madrid y que +le ha prometido una canonjía! Si se la dan, ya no me queda nada que ver. +Yo me alegraría, para quitarme esa carga de encima; pero ¡qué tiempos y +qué Gobiernos! ¡Ah!, si yo gobernara, si yo fuera ministra, ¡qué +derechitos andarían todos! Si esta gente no sabe... si salta a la vista +que no sabe. ¡Dar una canonjía a un clérigo joven, que entra en su casa +a la una de la noche y pasa el tiempo charlando en el café con los curas +de caballería que andan por ahí sueltos y sin licencias! Pero en fin, +allá te la dé Dios, y si pescas el turrón, hijo, buen provecho, y +escribe en llegando, y no parezcas más por aquí, egoistón, +tragaldabas... Pues digo, el otro, el Juanito Pablo, desde que tiene +empleo no pone los pies en casa. ¡Si comparado con sus hermanos, +Maximiliano es un ángel de Dios y un talentazo...! Voy a lo que me decía +Nicolás esta mañana... Que D. Evaristo es un cristiano rancio, y que +cuando le administraron, recibió al Señor con una edificación y una +santidad tan grandes, que todos los concurrentes al acto lloraban a moco +y baba. Vaya, no sería para tanto... exageración. En estas cosas de +santidad hay que llamar al tío Paco para que traiga la rebaja. Pero en +fin, pongamos que sea así, ¿y qué? Ahora lo que falta saber es si con +toda esa cristiandad nos querrá dar gato por liebre... ¡Lástima, +arrepentimiento!... Dios mío, o dame una luz clara sobre esto, o quítame +esta grillera de mi cabeza. Yo me vuelvo loca... Y no sé por qué me +devano los sesos, porque en rigor, ¿a mí qué me va ni me viene? Si +Maximiliano quiere humillarse después de las atrocidades que pasaron, yo +no debo meterme... Pero sí, sí me meteré. ¿Cómo consentir tal afrenta? +La muy bribona... ¡imaginar que su marido puede perdonarla después de la +trastada indecente que le hizo, después que el querindango atropelló a +este infeliz abusando de su fuerza...! ¡Qué infamia! Si yo no hubiera +estado un mes seguido trasteando a este chico para quitarle de la cabeza +la idea de la venganza... no sé qué catástrofes habrían sucedido. Quería +pegarle un tiro al otro, y hasta se le ocurrió hacer un cartucho de +dinamita para ponérselo en la puerta de su casa. Delirios... lo mejor es +el desprecio... A estos badulaques se les desprecia... Bueno está mi +sobrino para meterse en lances, él que se asusta de entrar en un cuarto +sin luz. ¡Pobrecillo Maxi!, ¡tiene un corazón de oro, y ahora que está +tan dado a estudiar lo del otro mundo, se le ocurren unas cosas...! +¡Vaya con lo que me decía anoche! 'Tía de mi alma, a fuerza de pensar y +padecer, he llegado a desprenderme de todas las pasiones, y a no sentir +en mí ni odio ni venganza'. Dice que la perdona cristianamente, por esto +y lo otro y qué sé yo qué... pero en cuanto a hacer vida común, ni que +se lo mande el Papa. Y a renglón seguido me marea para que la vaya a +ver. 'Tía, visítela usted, entérese... sondéela, a ver cómo se presenta. +Puede que sea verdad lo que dice D. Evaristo...'. Todas las noches la +misma canción. Al fin, si se pone muy pesadito, no tendré más remedio +que ir. Y no es flojo el paseo que tengo que dar, de aquí a Puerta de +Moros...». + + + + +--ii-- + + +Un lunes por la tarde, doña Lupe entró en su casa a eso de las +cinco. Venía muy emperifollada. «Papitos, ¿quién ha venido?». + +--Aquel señor de las barbas blancas. + +--¿Y nadie más? ¿No ha estado Mauricia? + +--No señora... Esta mañana la vi en la puerta del bodegón de la Plazuela +de Lavapiés. Vive por aquí cerca... «Señá Mauricia, mire que la señora +la está esperando...». Me contestó, dice: dile a esa _tiona_ que si +quiere correr los pañuelos que los corra ella, y que si no, que los +deje... + +«¡Habrá indecente!...» exclamó la señora algo distraída. + +Papitos, que aquella mañana había sido castigada porque trajo de la +plaza una merluza muy mala, creyó que a su ama no se le había pasado el +berrinchín, y temblaba mirándole las manos. Pero en el ánimo de doña +Lupe se había disipado la ira correccional, a causa de los sentimientos +de otro orden y del gran estupor que desde una hora antes reinaban en +él. + +«Oye, Papitos--le dijo--. Ven acá, y atiende bien a lo que te encargo. +Yo tengo que salir otra vez. Das de comer al señorito Nicolás y al +señorito Maxi; pero este vendrá mucho más tarde que su hermano. Fíjate +bien, y no salgas luego haciendo lo contrario de lo que te mando. + +Para principio del clérigo, pones la merluza mala que trajiste esta +mañana, ¿sabes?, y que está apestando... Le echas bastante sal, y +después la cargas de harina todo lo que puedas y la fríes. Ponle todas +las tajadas, y se las embaulará sin enterarse de si está buena o mala. +Es como los tiburones, que tragan todo lo que les echan. Para postre, +las nueces y el arrope, ¿sabes? Le pones en la mesa la orza, y que se +harte; a ver si lo acaba. Está fermentando y no hay quien lo pase... Si +el señorito Maxi viniese antes de que esté de vuelta, le pones de +principio una de las dos chuletas de ternera, la más crecidita, y de +postre le sacas las pastas que trajo el bollero esta mañana, y la carne +de membrillo que yo tomo. Conque a ver si lo haces todo al revés». + +Cuando le daban tales pruebas de confianza, delegando en ella la +autoridad, la mona se crecía, y aguzado su entendimiento por la vanidad, +desempeñaba sus obligaciones de un modo intachable. Doña Lupe, que ya la +conocía bien, estaba segura de que sus órdenes serían cumplidas. Papitos +hizo con la cabeza signos de inteligencia, y se sonreía la muy tunanta, +pensando sin duda, ¡aquí que no peco!... en la cantidad de sal que le +iba a echar a la merluza del señorito Nicolás. + +Doña Lupe permaneció un rato en la sala, sin moverse del sillón en que +se sentara al entrar, con el manto puesto, la mano en la mejilla, +pensando en lo mismo. No había vuelto aún de su asombro, ni volvería en +mucho tiempo. Fortunata, de cuya casa venía, le había dado mil duros +para que se los colocara del modo que lo creyera más conveniente... y +sin querer admitir recibo... Al pronto sospechó la señora de Jáuregui si +serían falsos los billetes... pero ¡quia, si eran más legítimos que el +sol! Tal prueba de confianza le llegaba al alma, porque no sólo era +confianza en su honradez, sino en su talento para hacer producir dinero +al dinero... Pues además, Fortunata, en el curso de la conversación, +había dado a entender que tenía acciones del Banco, sin decir cuántas. +¿De dónde había salido esta riqueza? Quizás Juanito Santa Cruz... quizás +Feijoo... Lo más particular era que doña Lupe, por impulsos de +tolerancia que habían surgido bruscamente en su espíritu, se esforzaba +en suponer a aquel caudal una procedencia decente. ¡Fascinación que la +moneda ejerce en ciertos caracteres, porque para estos lo bueno tiene +que tener buen origen!... «¿Y por qué no ha de ser verdad todo eso del +arrepentimiento?...--se decía--. Lo que no me explico es una cosa... El +primer día me dijo Feijoo que estaba miserable... pero miserable, y +comiéndose sus ahorros. ¡Pues si son estas las sobras...! En fin, +doblemos la hoja; pongámonos en un punto de vista imparcial, y no +hagamos juicios temerarios antes de tener datos seguros. ¿Quién se +atreve a condenar a un semejante sin oírlo? Sería una crueldad, una +injusticia. Eso de que siempre hayamos de pensar mal, me parece una +barbaridad... Pero me estoy aquí ensimismada, y si tardo, quizás no +encuentre en su casa a D. Francisco... Él dirá qué hacemos con todo este +_guano_». + +Al bajar la escalera, sus pensamientos tomaban otro giro. «¡Y qué guapa +está!... Es un horror de guapa. Y siempre tan modosita... Parece que no +rompe un plato. Cuando entré, por poco se desmaya. Y aquello no es +fingido... ella será todo lo que se quiera; pero no hace papeles, no +tiene talento para hacerlos. En cuanto a modales, ha olvidado todo lo +que le enseñé... será preciso volver a empezar... y de lenguaje seguimos +lo mismo. Ni la más ligera alusión a los sucesos del año pasado. Dirá, y +con razón, que peor es meneallo...». + +Como tres horas largas estuvo doña Lupe fuera de su casa. Cuando volvió, +Nicolás había comido y marchádose, y Maximiliano estaba concluyendo. La +primer pregunta que hizo el ama a Papitos fue referente a las órdenes +que le había dado. + +«No dejó ni rastro» replicó la muchacha, enseñando a su ama la fuente en +que había servido la merluza. + +--¿Y dijo algo? + +--No podía decir nada, porque no paraba de tragar. + +Doña Lupe se sonreía. Cerciorose de que a Maximiliano se le había +servido conforme a sus órdenes, y después de cambiar de ropa, dispuso su +propia comida, que era de lo más frugal. Cuando entró en el comedor, ya +Maxi no estaba allí, y media hora después encontrole en su cuarto, sin +luz, sentado junto a la mesa y de bruces en ella, con la cabeza +sostenida en las manos, y agarradas estas al cabello, como si se lo +quisiera arrancar. Viéndole tan sumergido en su tristeza, su señora tía +le dijo: «Vamos, hombre, no te pongas así. No hay que tomar las cosas +tan a pechos... Lo que está de Dios que sea, será. Cuando las cosas +vienen bien rodadas, no hay medio de evitarlas». + +«Y qué, ¿la ha visto usted?» dijo Maxi dejando al fin aquella posición +violenta, y mirando con ansiedad a su tía. + +--Sí... Me has mareado tanto... que al fin... Pues nada... la he visto y +no me ha comido. Es la misma panfilona inexperta de siempre. + +--¿Está desmejorada?--¿Desmejorada? Quítate de ahí. Lo que está es +guapísima. Por cada ojo parece que le salen cuantas estrellas hay en el +Cielo. A algunas personas la miseria les prueba bien. + +--Pero qué, ¿está miserable? ¿Pasa necesidades?--preguntó el chico, +moviéndose con inquietud en la silla--. Eso no debe consentirse... + +--No digo que tenga hambre... y tal vez... Su situación no debe ser muy +desahogada. Hoy a las cuatro de la tarde, según me dijo, no había +entrado en su cuerpo más que un poco de pan del día antes, un pedacito +de chocolate crudo, y al mediodía una corta ración de bofes. + +--¡Por Dios! ¿Y usted consiente eso? ¡Bofes...! + +--Será penitencia tal vez--replicó la viuda en aquel tono de convicción +ingenua que tomaba cuando quería jugar con la credulidad de su sobrino, +como el gato con la bola de papel. + +--Francamente, tía, eso de que pase hambres... Yo no la perdono, no +puede ser... le aseguro a usted que eso... _jamás, jamás, jamás_. + +--Ya te he dicho que no es prudente soltar _jamases_ tan a boca llena +sobre ningún punto que se refiera a las cosas humanas. Ya ves el bueno +de D. Juan Prim qué lucido ha quedado con sus _jamases_. + +--Pues a mí no me pasará lo que a D. Juan Prim, porque sé lo que digo... +Y como la restauración depende de mí, y yo no he de hacerla... Pero de +esto no se trata ahora. Aunque no ha de haber las paces, me duele que +pase hambre. Es preciso socorrerla. + +--Pues volveré allá. Pero se me ocurre una cosa. ¿Por qué no vas tú? + +--¡Yo!--exclamó el exaltado chico sintiendo que los cabellos se le +ponían de punta. + +--Sí, tú... porque estás acostumbrado a que todo te lo den bien amasado +y cocido... Esto es cosa delicada... Yo no quiero responsabilidades. Tú +no eres ya un niño, y debes decidir por ti mismo estas cosas. + +--¡Yo!, ¡que vaya yo!--murmuró el joven farmacéutico, sintiendo un +temblor, un frío... Se ponía malo de sólo pensarlo. + +--Tú, sí, tú... Déjate de miedos y vacilaciones. Si lo quieres hacer lo +haces, y si no lo dejas. + +--No tengo tiempo de ir--dijo Rubín tranquilizándose al encontrar tan +liviano pretexto. + +Volvió a insistir doña Lupe con lenguaje duro en que él debía decidir +por sí mismo aquel asunto de la reconciliación, ver a Fortunata y +proceder en conciencia según las impresiones que recibiera. Tanto y +tanto le predicó, que al cabo el pobre muchacho hizo propósito de ir; y +al día siguiente, en un rato que le dejó libre la botica, tomó el camino +de la calle de Tabernillas, más muerto que vivo, pensando en lo que +diría y lo que callaría, con la penita muy acentuada en la boca del +estómago, lo mismo que cuando iba a examinarse. Al llegar y reconocer el +número de la casa, entrole tal espanto, que se retiró, huyendo de la +calle y del barrio... + +Al día siguiente hizo un segundo esfuerzo y pudo entrar en el portal; +pero ante la vidriera que daba paso a la escalera, se detuvo. Le +aterraba la idea de subir, y de su mente se había borrado todo lo que +pensaba decirle. Aguardó un rato en espantosa lucha, hasta que le +asaltaron ideas alarmantes como esta: «Si ahora baja y me ve aquí...». Y +salió escapado por la calle adelante sin atreverse ni a mirar hacia +atrás. La tentativa del tercer día no tuvo mejor éxito, y aburrido al +fin y desconcertado, resolvió expresarse con su mujer por medio de una +carta. Andando hacia la calle del Ave-María, iba discurriendo que debía +poner en la carta mucha severidad, y un ligero matiz de indulgencia, un +grano nada más de sal de piedad para sazonarla. Diríale que no podía +admitirla en su casa; pero que con el tiempo... si daba pruebas de +arrepentimiento... En fin, que ya saldría la epístola tan guapamente. +Excitado por estas ideas y propósitos, entró en su casa, y al dirigirse +a su cuarto y oír la voz de su tía que desde la sala le llamaba, sintió +en el corazón como si se lo tocaran con la punta de un alfiler... Entró +en la sala, y... ¡lo que vieron sus ojos, Dios omnipotente!... ¡Dios que +haces posible lo imposible! En la sala estaba Fortunata, en pie, lívida +como los que van a ser ajusticiados... + +Maximiliano no cayó redondo por milagro de Dios... Dijo _¡ah!_... y se +quedó como una estatua. Tampoco ella chistaba nada y sus miradas caían +al suelo como pesas de plomo. Por fin el joven, en el último grado de la +turbación y del desconcierto, se aventuró a hablar, y dijo algo así como +_buenas tardes_... y después: _Yo creí que_... y luego: _De modo que +usted, tía..._ «No, yo no me meto en nada--declaró doña Lupe, que estaba +sentada como presidiendo--. Lo único que he dispuesto es traerla aquí +para que frente a frente decidáis... Fortunata, siéntate». + +Al recuerdo de su agravio sintió Maximiliano en su alma una reacción +brusca contra aquel misticismo recién aprendido, más hijo de la +necesidad que de la convicción. «Esto me parece prematuro» dijo, y salió +de la sala. + +Pronto se le reunió su tía en el despacho, y le dijo: «Me parece bien tu +severidad. Pero las circunstancias... ¿No me has dicho que era +indispensable pasarle un tanto diario para alimentos? ¿Y te parece a ti +que estamos en disposición de sostener dos casas?». + +Tenía el muchacho la cabeza tan alborotada, que no pudo hacerse cargo de +tales argumentos. Para él lo mismo era que su tía le hablase de dos +casas que de cuatro mil. «Déjeme usted--le dijo, casi sollozando--. +Estoy dejado de la mano de Dios». + +«Pues ya que está aquí, no se ha de marchar--prosiguió doña Lupe en voz +baja--. La pondremos en el cuartito próximo al mío. Y basta. ¡Ay!, ¡que +siempre me han de tocar a mí estos arreglos y composturas!... ¿Sabes lo +que te digo? Pues que aquí tenéis ocasión de deciros todas las perrerías +que queráis o de daros todas las explicaciones que juzguéis +convenientes. Yo me lavo mis manos. A mí no me metáis en vuestras +contradanzas. Si queréis llegar a un acuerdo, en hora buena sea, y si no +queréis, también. Bastante servicio os hago con prestaros mi casa para +que os toméis el pulso hasta ver si hay paces o no hay paces. Y por +Dios, no me des más jaquecas. Si pasan días y no salta la avenencia, se +acabó. Pero no me deis más jaquecas, por Dios, no me deis más jaquecas». + +Esto último lo dijo en alta voz, saliendo ya al pasillo, de modo que lo +oyeron muy bien, Papitos en un extremo de la casa, y Fortunata en otro. +Esta quedó desde aquella tarde en la casa, y su situación era de las +menos airosas, porque su marido apenas le hablaba. Nicolás hacía el +gasto de conversación en la mesa. Al segundo día, Fortunata dijo a doña +Lupe que se marchaba, lo que dio motivo a que la señora saliera por los +pasillos gritando: «Por Dios, no me deis más jaquecas... ya no puedo +más. Que cada cual haga lo que quiera». Pero a pesar de esto, la esposa +no se marchó. Al tercer día, en medio de la reserva y huraño silencio +que entre ambos cónyuges reinaba, empezó Maxi a soltar una que otra +palabra; luego ya no eran palabras, sino frases, y tras las cláusulas +frías vinieron las tibias. Por fin se permitió algún concepto jovial. Al +quinto día se sonreía mirando a su mujer. Al sexto, Fortunata le miraba +con atención cortés cuando decía algo; al sétimo, Maxi opinaba como ella +en toda discusión que en la mesa se trabase; al octavo le daba una +palmadita en el hombro; al noveno la señora de Rubín se interesaba +porque su marido se abrigase bien al salir, y al décimo estuvieron como +un cuarto de hora secreteándose a solas en un rincón de la sala; al +undécimo Maxi le apretó mucho la mano al entrar, y al duodécimo exclamó +doña Lupe como sacerdote que entona el _hosanna_: «Vaya que os ponéis +babosos. Por Dios, no me deis jaquecas. Si estáis reventando por hacer +las paces, ¿a qué tantos remilgos? Bien hago yo en no meterme en nada, +bendita de mí». + +Y de este modo se verificó aquella restauración, aquel restablecimiento +de la vida legal. Fue de esas cosas que pasan, sin que se pueda +determinar cómo pasaron, hechos fatales en la historia de una familia +como lo son sus similares en la historia de los pueblos; hechos que los +sabios presienten, que los expertos vaticinan sin poder decir en qué se +fundan, y que llegan a ser efectivos sin que se sepa cómo, pues aunque +se les sienta venir, no se ve el disimulado mecanismo que los trae. + + + + +--iii-- + + +En los primeros días que sucedieron a este gran suceso, nada +ocurrió digno de contarse. Y si algo hubo fue de puertas afuera. Voy a +ello. Una tarde estaban doña Lupe y Fortunata en la sala cosiendo unas +anillas a las magníficas cortinas de seda con que se había quedado la +señora por préstamo no satisfecho, cuando Papitos, que se había asomado +al balcón para descolgar la ropa puesta a secar, empezó a dar chillidos: +«Señoras, vengan, miren... ¡cuánta gente!... Han matado a uno». +Asomáronse las dos señoras y vieron que en la parte baja de la calle, +cerca de la esquina de la de San Carlos, había un gran corrillo que a +cada momento engrosaba más. «Hay un _cadávere_ difunto allí en mitad de +la gente» gritó Papitos que tenía medio cuerpo fuera del balcón.--Yo veo +un bulto tendido en el suelo--dijo doña Lupe.--¿Ves tú algo?... Será +algún borracho. Pero observa qué multitud se va reuniendo. Como que los +coches no pueden pasar... Y mira qué policías estos. Ni para un remedio. + +«Señora, mándeme por los fideos... Ya sabe que no hay...» dijo la mona. + +--Vamos... lo que tú quieres es curiosear... + +--Mándeme--repitió la chiquilla dando brincos entre risueña y +suplicante. + +--Pues anda--dijo doña Lupe, que aquel día estaba de buen humor--; si no +sales te vas a caer por el balcón. Pero ven prontito... y ten cuidado de +limpiarte bien los pies en los felpudos que hay en la portería, porque +hay muchos barros... Mira cómo pusiste la alfombra cuando volviste de +avisar al carbonero. + +Salió Papitos más pronta que la vista, y estuvo fuera como unos veinte +minutos. Su ama la vio entrar en la casa y fue a abrirle la puerta... +«¿Te has restregado bien las patas?». + +--Sí señora... mire.--Ahora aquí otra vez... ¿Sabes lo que debes hacer +siempre que subes?, refregarte bien en el limpia-barros del vecino, en +ese que está ahí. + +--¿En este?--dijo la mona, bailando el zapateado en el limpia-barros del +cuarto de la izquierda. + +--Porque todos los pisotones de menos que le demos al nuestro, eso vamos +ganando. + +--¿Sabe, señora, sabe?...--agregó Papitos, que a pesar de venir sofocada +de tanto correr, seguía bailoteando en el felpudo ajeno--. ¿No sabe lo +que hay allí? Es una mujer que parece está bebida; pero muy bebida... ¿Y +no acierta quién es?, la señá Mauricia. + +--¿Pero oyes, mujer, has oído?--dijo doña Lupe desde el pasillo +volviendo a la sala--. Mauricia... borracha... ahí tienes lo que reúne +tantísima gente. + +--¿Pero la viste bien?, ¿estás segura de que es ella?--preguntó +Fortunata pasado el primer momento de asombro. + +--Sí, señorita, ella es... + +--Pero hija--observó doña Lupe volviendo a asomarse con +oficiosidad...--cree que me hace esto una impresión... ¡Y los de Orden +Público que no parecen!... ¡Ah!, sí, la levantan... ¡Qué mujer!... Miren +que ponerse en ese estado. + +--Ahora se la llevan... Está como un cuerpo muerto--decía Fortunata, +acordándose de las escenas que había presenciado en el convento. + +--Sí, se la llevan a la Casa de Socorro o al hospital... Pero ¡quia!, +no... Suben. ¿Apostamos a que la traen a la botica? + +--Si tiene rajada la cabeza en salva la parte...--afirmó Papitos dando a +conocer gráficamente las dimensiones de la herida--. Y echaba la mar de +sangre... que corría por la calle abajo, como corre el agua cuando +llueve. + +Cuando pasaba bajo los balcones el cuerpo inerte de Mauricia la Dura, +cargado por los de Orden Público y escoltado por el gentío, Fortunata se +quitó del balcón, porque le faltaba ánimo para presenciar tal +espectáculo. Doña Lupe y Papitos sí que lo vieron todo, y esta tuvo aún +la pretensión de que su ama la dejase ir a la botica para ver la cura +que le hacían a _aquella borrachona_. Pero esto ya era mucha libertad, y +aunque la chiquilla imaginó diferentes pretextos para bajar, no se salió +con la suya. + +A la hora de comer, Maximiliano habló del caso, describiendo la cura y +haciendo augurios poco lisonjeros sobre la suerte de la enferma. + +«Tienes razón--observó la viuda--. Me parece que de este barquinazo no +sale. ¡Pobre mujer! ¡Tener ese vicio! De veras lo siento, pues no hay +otra como ella para correr alhajas». + +Refirió entonces Maxi un pasaje curiosísimo y reciente de la historia de +la tal Mauricia, que había sido contado aquella misma tarde, después de +la cura, por el Sr. de Aparisi, uno de los que solían ir de tertulia a +la botica. «Pues esa buena pieza, en una de las tremendas borrascas que +le produce el maldito vicio, fue recogida de la calle por los +protestantes, que tienen su capilla y casa en las Peñuelas». Enterose +doña Guillermina, la señora esa que pide para los huérfanos de la calle +de Alburquerque, y lo mismo fue saberlo, que volarse... Vean ustedes. +Plantose en la casa de los protestantes a reclamar a la tarasca. Tun, +tun... ¿quién?... yo... Y salió el pastor, que es uno que llaman D. +Horacio, que tiene el pelo colorado y ralo, como barbas de maíz; salió +también la pastora, su mujer, que es una tal doña Malvina... buenas +personas los dos, porque lo protestante no quita lo decente. Entre +paréntesis, se distinguen por su independencia en el vestir. Doña +Malvina le hace las levitas a D. Horacio, y D. Horacio le arregla los +sombreros a doña Malvina. Total, que estos inglesones lo entienden: no +gastan un cuarto en sastres ni modistas. Pero voy al cuento. Los +pastores se las tuvieron tiesas, y doña Guillermina más tiesas todavía. +Religión frente a religión, la cosa se iba poniendo fea. Los +protestantes decían que la mujer aquella les había pedido limosna y +protección; doña Guillermina lo negaba, acusándoles de haberla sonsacado +y de haber ido a buscarla a su propia casa. D. Horacio dijo que nones y +que haría valer sus derechos luteranos ante el mismo Tribunal Supremo; +amoscose la otra, y doña Malvina sacó el libro de la Constitución, a lo +que replicó Guillermina que ella no entendía de constituciones ni de +libros de caballerías. Por fin, acudió la católica al Gobernador, y el +Gobernador mandó que saliese Mauricia del poder de Poncio Pilatos, o sea +de D. Horacio. + +--¿Ves, qué cosas?--observó doña Lupe--. Ahí tienes los belenes que se +arman por la religión. Bien decía mi Jáuregui que él era muy liberal, +pero que no le petaba por la libertad de cultos. + +--Pues aguárdense ustedes, que falta lo mejor. D. Horacio, como inglés +que sabe respetar las leyes, obedeció la orden del Gobernador, +reservándose el sostener su derecho ante los tribunales. Pero cuando le +dijo a Mauricia que se marchara, esta no quiso, y empezó a poner de oro +y azul a doña Guillermina, hallándose esta presente, y a todas las +señoras de las Juntas católicas, diciendo que eran unas tales y unas +cuales. + +--¡Qué bribona! Si es atroz... le entran esos toques, y no sabe lo que +dice. + +--Doña Guillermina no se acobardó por esto, ni renunció a llevársela. Se +fue pian pianino, y se sentó en la puerta, en un guardacantón que hay +allí. Todos los días iba a ponerse en el mismo sitio, como un centinela. +El pastor y la pastora le decían que pasara y ella contestaba que muchas +gracias... Y por fin ayer se volvieron las tornas, porque Mauricia se +enfureció, y acometiendo a doña Malvina le llenó la cara de arañazos... +D. Horacio llama a los de Orden Público, y la tarasca se mete en la +capilla, rompe el púlpito, vuelca el tintero, hace pedazos todos los +libros, arma una barricada con las sillas, y coge la copa en que ellos +comulgan, y... la profana del modo más indecente. Costó trabajo echarla +a la calle... Al salir, ¡tras!... doña Guillermina, que me le echa un +cordel al pescuezo y se la lleva. Todo esto lo ha contado Aparisi, que +lo sabe por el mismo D. Horacio y por doña Guillermina, y porque tuvo +que intervenir como teniente alcalde que es del distrito... A Mauricia +la pusieron en casa de una hermana que vive ahí por la calle de Toledo; +y se conoce que allá tampoco la pueden sujetar, por lo que se ha visto +esta tarde. De la botica la llevaron a la Casa de Socorro. + +Esta relación era demasiado larga para los pulmones de Maximiliano, por +lo cual llegó al término de ella fatigadísimo. Todos se pasmaron del +cuento, y doña Lupe compadeció a la Dura, deplorando que con vicio tan +inmundo malograse las cualidades de inteligencia corredora que poseía. +En cuanto a Fortunata, se sentía profundamente lastimada, y deseaba que +su marido acabase de contar aquellos tristísimos lances, para que la +conversación recayese en otro asunto. Pero no fue posible, porque hasta +el término de la comida no se habló más que de Mauricia, de los +protestantes y del insano vicio de la embriaguez; y por fin, Nicolás +sacó a relucir sucesos ocurridos en las Micaelas, evocando el testimonio +de Fortunata. Esta, muy contra su voluntad, no tuvo más remedio que +referir los novelescos pasajes del ratón, las visiones y de la botella +de coñac; pero lo hizo a _grandes rasgos_, para acabar más pronto. + + + + +--iv-- + + +Aquella noche se fueron a Variedades, que está a dos pasos del +Ave-María. Otra ventaja de aquel barrio sobre Chamberí es que se puede +ir de noche a ver una piececita o a pasar un rato en cualquier café, sin +hacer caminatas de media legua, ni usar el tranvía. A Fortunata no le +gustaba ir al teatro ni presentarse en público. Sentía inexplicable +miedo de las miradas de la gente, y aunque pocos o ninguno la conocían, +figurábase que la conocían todos, y que de cada boca salía un comentario +acerca de ella. Por desgracia, asunto no faltaba. Pero si la miraban los +hombres, era para admirarla, y si cuchicheaban luego, rara vez decían +algo fundado en un conocimiento verdadero de la realidad. Otro motivo +del terror que el teatro y los sitios públicos le inspiraban era +encontrar _caras conocidas_, y este recelo la tenía como azorada y sobre +ascuas durante la función. + +En la casa se hallaba muy bien. Había tenido seguramente en su vida +temporadas de mayor felicidad, pero no de tan blando sosiego. Había +visto días, los menos, eso sí, en que brillaba echando chispas el sol +del alma, seguidos de otros en que se apagaba casi por completo; pero +nunca vio una tan inalterable y mansa corriente de días tibios, iguales, +de penumbra dulce y reparadora. Llevábase muy bien con doña Lupe, y con +su marido le pasaba lo más extraño que imaginar pudiera. No digamos que +le quería, según su concepto y definición del querer; pero le había +tomado un cierto cariño como de hermana o hermano. No era ni podía ser +el hombre por quien la mujer da su vida, encontrando espiritual goce en +este sacrificio; era simplemente un ser cuya conservación y bienestar +deseaba. Y así como se supone y casi se entrevé una tierra lejana cuando +se va navegando a la aventura, así entreveía ella la contingencia de +quererle con amor más firme, y de pasar a su lado toda la vida, llegando +a no desear nunca otra mejor. En vez de rehuir las obligaciones de su +casa, Fortunata hacía por extenderlas y aumentarlas, conociendo que el +trabajo le ayudaba a sostenerse en aquel equilibrio, sin balances de +dicha, pero también sin penas, el corazón adormecido y aplanado, como +bajó la acción de un bálsamo emoliente. Acordábase de los dos casos que +le había presentado el bueno de Feijoo, y pensaba si ocurriría lo que +ella tuvo por más inverosímil, esto es, que se realizara el primero. +¿Llegaría a conformarse con tal vida, y a contenerse con aquel fruto +desabrido del amor sin apetecer otro más dulzón y menos sano?... + +Maximiliano, en cambio, no podía vencer su inquietud. Ningún motivo +tenía para sospechar de su mujer, cuya conducta era absolutamente +correcta. Doña Lupe y él convinieron en que jamás Fortunata saldría sola +a la calle, y esto se cumplía al pie de la letra. Pero ni con tales +seguridades acababa de tranquilizarse. Deseaba ardientemente tener +hijos, por dos motivos: primero, para echarle a su cara mitad un lazo +más y ligaduras nuevas; segundo, para que la maternidad desgastase un +poco aquella hermosura espléndida que cada día deslumbraba más. La +desproporción entre las estaturas de uno y otro, y entre el conjunto de +su apariencia personal, mortificaba tanto al pobre chico, que hacía +esfuerzos imposibles y a veces ridículos para amenguar aquella falta de +armonía. Encargábase calzado con tacones altos, y se esmeraba en vestir +bien y en atender a ciertos perfiles de que sólo se ocupan los _dandys_. +Desgraciadamente, aunque Fortunata apenas se componía, la desproporción +era siempre muy visible. Pero Maxi veía con gozo que su esposa se +cuidaba poco de hacer resaltar su belleza, mirando con desdén las modas, +y se alegraba por dos razones también: porque así se igualarían algo los +dos consortes _o harían más juego_, y porque así la mirarían menos los +extraños. + +Desde la restauración de su legalidad doméstica había abandonalo por +completo las lecturas filosóficas, reverdeciendo en su alma el mal +curado dolor de su afrenta y los odios vengativos. Aquel ascetismo y +aquel _ver a Dios en sí_ fueron nada más que obra fugaz de la tristeza, +o quizás de las circunstancias, y existían en su mente como esas +lecciones, pegadas con saliva, que los estudiantes aprenden en los +apuros del examen. Sus nuevas obligaciones en la botica le llamaban del +lado de la química y de la farmacia, y se dedicó a esto con verdadero +ardor, deseando aprender. Decíale doña Lupe que inventase algún +específico, alguna papa cualquiera o antigualla que con nombre peregrino +y nuevo pasase por prodigioso hallazgo; pero él se resistía porque lo +consideraba impropio de la ciencia. Tía y sobrino tenían sobre esto +altercados muy vivos... «¡Como si fuera un crimen idear cualquier clase +de píldoras, cápsulas o grajeas, y allá te va un nombre!...». «Cápsulas +_hipoquitropíticas vegetales_... o _animales_, lo mismo da... del Doctor +Rubín... _infalibles_... contra cualquier cosa... contra la tisis... o +el moquillo de los perros... Lo que importa es _descubrir_ algo y +plantarle unas etiquetas muy chillonas con tu retrato... Eres un +mandria. Si no inventas tú un específico, al fin tendré que inventarlo +yo... Fortunata, dile que invente, hija, convéncele... Podéis ganar ríos +de oro». + +Pocas veces veía Fortunata al señor de Feijoo, que iba a la casa de +visita, ceremoniosamente, y se estaba allí como una hora, charlando más +con la señora de Jáuregui que con la de Rubín. El simpático viejo +parecía contento; pero los achaques le pesaban cada día más, y ya en +Abril no salía a la calle sino acompañado de un criado. En una de sus +visitas habló a solas con su amiga, en términos tan paternales que a +ella le faltó poco para llorar. Todo iba bien, perfectamente bien, y ya +se habría convencido la chulita del valor de sus lecciones y consejos. A +Maxi le agradaba poco la amistad de Feijoo, sin que a punto fijo supiera +por qué. Pero lo más particular era que a la misma Fortunata, al mes de +aquella vida, empezaron a serle menos gratas las visitas de D. Evaristo. +Su gratitud y afecto hacia él eran siempre los mismos; pero no podía +menos de considerar la presencia de su antiguo protector en la casa como +una monstruosidad. «¿Será verdad--pensaba--, como me ha dicho él, que de +estas barbaridades increíbles está llena la vida humana?... ¡Qué cosas +hay, pero qué cosas!... Un mundo que se ve, y otro que está debajo, +escondido... Y lo de dentro gobierna a lo de fuera... pues... claro... +no anda la muestra del reloj, sino la máquina que no se ve». + +Al anochecer entró doña Lupe, después de haberse limpiado el lodo de las +suelas en el felpudo del vecino. «Oye una cosa--dijo a Fortunata, +quitándose el manto--. He sabido esta tarde que Mauricia se está +muriendo. ¡Pobre mujer! Tenemos que ir a verla. No es lejos: calle de +Mira el Río». Diole esta noticia su amiga Casta Moreno, que la supo por +Cándido Samaniego. Doña Guillermina había sacado del Hospital a +Mauricia, trasladándola a casa de la hermana de esta, y la asistía el +médico de la Beneficencia Domiciliaria y de la Junta de señoras. La +infeliz tarasca viciosa, con estos cuidados y las ternezas de doña +Guillermina, y más aún, con la proximidad de la muerte, estaba que +parecía otra, curada de sus maldades y arrepentida _en toda la extensión +de la palabra_, diciendo que se quería morir lo más católicamente +posible, y pidiendo perdón a todos con unos ayes y una religiosidad tan +fervientes que partían el corazón. «Te digo que si esto es verdad, habrá +que alquilar balcones para verla morir. Mañana nos vamos allá». + +Doña Lupe no iba a ver a Mauricia por pura caridad. Tiempo hacía que +Guillermina la fascinaba, más por el señorío que por la virtud, y ya que +la gran fundadora iba a hacer patente su santidad, teniendo por corte a +las damas más encopetadas, en lugar accesible a doña Lupe, ¿por qué no +había esta de intentar meter la jeta? Pues qué, ¿no era ella también +_dama_? Sobre estos particulares habló largamente con Casta Moreno, que +algunas noches iba de tertulia con sus dos hijas a casa de Rubín, y la +viuda de Samaniego se hacía lenguas de Guillermina, conceptuándola +sobrenatural. ¡Y era pariente suya, lejana, por los Morenos! El amor +propio y el orgullo inflaban a doña Lupe cuando se consideraba +mangoneando en cosas de beneficencia elegante a las órdenes de la +ilustre fundadora. Una contra tendría esto si llegaba a realizarse, y +era que no había más remedio que dar algo de _guano_. + +A la mañana siguiente, vistiéndose para salir, pensó mi doña Lupe si +debería ponerse el abrigo de terciopelo. Pero pronto cayó en la cuenta +de que era un disparate. Sobre que se le mojaría, porque el día estaba +lluvioso, no era propio aquel regio atavío del lugar, personas y ocasión +de la visita. Tiempo tenía de darse pisto con el abrigo, la capota y +otras prendas. Encargó a Fortunata que se vistiese con sencillez, y ella +se puso algo más apañadita, de modo que resultase siempre la conveniente +distancia. + + + + +-VI- + +Naturalismo espiritual + + + + +--i-- + + +Al entrar en la calle de Mira el Río, encontraron a Severiana, a +quien doña Lupe había visto algunas veces. Llevaba un vaso con medicina, +tapado con un papel a estilo de botica antigua. Doña Lupe la interrogó, +y enterada la otra de que iban a ver a su hermana, hizo gustosamente de +introductora, guiándolas por el sucio portal, la menos sucia y tortuosa +escalera, hasta llegar al corredor. Ya se sabe que la vivienda de +Severiana era una de las mejores de aquel falansterio, y que por su +capacidad y arreglo bien podía pasar por lujosa en semejante vecindad. +Vivía en compañía con aquélla una tal doña Fuensanta, viuda de un +comandante, y la casa respondía a esta situación comanditaria, pues +constaba de dos salitas enteramente iguales, cada una con ventana a la +calle. Entre la puerta y la sala primera había un pasillo, en el cual se +veía la artesa de lavar y la entrada de la cocina, cuya reja daba al +corredor. Dos piezas interiores completaban el cuarto. Cuando +Guillermina, comprendiendo el fin próximo de Mauricia, indujo a +Severiana a sacarla del hospital por tercera vez y llevarla a su casa, +la señora viuda del comandante cedió su cuarto para tan benéfico objeto, +trasladando sus muebles al cuarto de otra vecina. Mauricia fue, pues, +instalada en la segunda de las dos salitas. Severiana tenía su cama en +la alcoba interior, y la sala primera estaba destinada a recibir +visitas, como lo declaraban el relativo lujo de la cómoda, las sillas de +Vitoria nuevecitas, el sofá de lo mismo, la mesa con cubierta de hule, +el cuadrito de los _dos corazones amantes_, el de la _Numancia_ en mar +de musgo, los retratos de militares cuñados de Severiana, la estera de +esparto flamante y sin ningún agujero, de empleitas rojas y amarillas, y +en fin, las laminotas que recientemente habían sido adquiridas en el +Rastro por una bicoca. Eran excelentes grabados ya pasados de moda, el +papel viejo y con manchas de humedad, los marcos de caoba, y +representaban asuntos que nada tenían de español, por cierto, las +batallas de Napoleón I, reproducidas de los un tiempo célebres retratos +de Horacio Vernet y el barón Gros. ¿Quién no ha visto el _Napoleón en +Eylau_, y _en Jena_, el _Bonaparte en Arcola_, la _apoteosis de +Austerlitz_ y la _Despedida de Fontainebleau_? + +Doña Lupe y Fortunata entraron, precedidas de Severiana, en el aposento +de la enferma, que estaba incorporada en la cama. Le habían cortado el +pelo días antes para poderle curar la herida de la cabeza; su perfil +romano se había acentuado; era más fina la nariz, la quijada inferior +abultaba más, y la extenuación le agrandaba los ojos. Las curvas airosas +de la boca eran más rasgueadas, y la decomisura de los labios, que +parecía obra de un agudo punzón, dábale cierto aspecto de grandeza caída +o de humillación sublimemente resignada. Las cárdenas ojeras le cogían +media cara; el superciliar salía como una visera; los ojos, hermosos y +ardientes, quedábanse allá dentro, y rodeados de aquella piel morada +relumbraban más, como si acecharan el acaso que iba a pasar. Las cejas +negras formaban una sola línea recta. La frente era espaciosa, con un +mechón de pelo negro... En fin, que la Dura completaba la historia +aquella expuesta en las paredes: era el _Napoleón en Santa Helena_. + +Cuando doña Lupe y Fortunata la saludaron, las estuvo mirando un rato, +como si tardara en reconocerlas. Después las nombró. ¡Qué voz! Siempre +fue ronca la voz de Mauricia; pero había bajado ya a lo más grave del +diapasón. «¡Dios mío!--se dijo Fortunata, oyéndola después de mirarla--, +¡si parece un hombre...!». Doña Lupe, en tanto, sentándose en una de las +sillas de paja, pronunciaba las frases de consuelo propias de la +ocasión, añadiendo: «Eso para que aprendas... y tengas formalidad. + +A ver si cuando salgas de esta, te sirve de escarmiento». + +Mauricia se volvió para Fortunata, que se había sentado junto a la +cabecera; la miró mucho, sin decir nada; después clavó sus ojos en el +techo, rezongando: «Sí... bien mala he sido, bien re-mala...». Y vuelta +otra vez hacia su amiga, le dirigió estas palabras: + +«Oye tú, arrepiéntete... pero con tiempo, con tiempo. No lo dejes para +última hora, porque... eso no vale. Tú tampoco eres trigo limpio, y el +día que hagas sábado en tu conciencia, vas a necesitar mucha agua y +jabón, mucha escoba y mucho estropajo...». + +Con tan buena fe lo dijo, que Fortunata no podía ofenderse. A doña Lupe +le pareció la amonestación muy impertinente y descortés, porque ¿a santo +de qué venía el hablar de pecados ajenos, teniendo tantos propios de qué +ocuparse? Verdad que su sobrina política no había sido un modelo; pero +ya estaba corregida y no había que volver sobre lo pasado. «Ya sabemos +que te tratan muy bien» dijo, para variar la conversación. + +--Gracias a la madre de los pobres--declaró Severiana, que estaba en pie +arreglando la cama--, no le falta nada. ¡Qué señora esa! + +--¡Una santa!--exclamó doña Lupe en el tono más encomiástico--. No le dé +usted otro nombre, porque ese es el que le cae bien... + +--Pero esta se ha cerrado a no comer--dijo la hermana mirándola--, y sin +comer no viven más que los camaleones. + +--Pero ayunas, ¿de verdad?.... + +--Para pasar el caldo tenemos que dárselo con Jerez... y por la mañana, +para que pase una tostadita, hay que darle un dedito de la horchata de +cepa, y por la noche otro dedito... + +--¿Pero de veras le dais... esa perdición?--preguntó alarmadísima doña +Lupe. + +--Lo ha mandado el médico. Dice que es medicina. Parece aquello de _al +revés te lo digo_. + +--¡Qué cosas!... ¿Y no te comerías tú--le propuso Fortunata--, un +muslito de gallina, una ruedita de merluza, una croquetita? + +Sólo de oír hablar de comida se ponía peor Mauricia. Le temblaban mucho +las manos, y de rato en rato le daban como ataques de asfixia, siendo su +respiración muy difícil, y quejándose de irresistible calor. Hallándose +presentes la de Jáuregui y su sobrina, estuvo la Dura un ratito como +quien desea romper a toser y no puede. Las tres mujeres la miraban con +pena, lamentándose de no saber aliviarle aquel ahogo... «Bebe un poco de +agua» le dijo Fortunata incorporándose. Pero aquello pasó, y la infeliz +volvió a hablar, cortando mucho las frases y tomando aire a cada +palabra. + +«Ayer me trajeron a la niña... ¡qué guapa y qué señorita está!...». + +--¿Pero no la tienes contigo?--preguntó la de Rubín. + +--No, señora. Si está en el colegio...--replicó Severiana--; interna en +el colegio de señoritas de doña Visitación. + +--Sí... más vale que esté... allá... _desapartada_ de mí. Ayer... ¡qué +pena!... no me conoció... ¡Tanto tiempo sin verme!... me tenía miedo... +¡pobrecita de mi alma!... miedo, así como se dice... Ni que su madre +fuera el coco... + +En esto oyeron pasos, y miraron todas a la puerta. Era doña Guillermina, +que entró, como siempre, muy apresurada, encendidas las mejillas, con su +perdurable mantón oscuro, sus zapatones, su falda de merino. Doña Lupe y +Fortunata se levantaron, y la fundadora saludó con aquella gracia y +amabilidad que eran iguales para el Rey y para el último de los +mendigos. Doña Lupe creyó que no la reconocería, pues sólo se habían +hablado una vez en la función del Asilo; pero sí la reconoció, y aun la +nombró, porque Guillermina era como los grandes capitanes, que tienen +memoria felicísima de nombres y fisonomías, y soldado con quien hablan +una vez, no se les despinta. «Mi sobrina» dijo la viuda presentándola, y +Guillermina la miró sonriendo. «No me es desconocida su cara... la he +visto en las Micaelas... Por muchos años». En seguida dirigiose a +Mauricia, apoyando ambas manos en la cama. «¿Y qué tal te encuentras +hoy? ¿Comerías algo?... Nada, este chubasco te pasará pronto. Mañana +recibirás a Dios. ¿Cómo va esa conciencia? Buen limpión te vamos a dar. +Eso te conviene más que nada. Yo te quería coger por mi cuenta y hacerte +confesar, porque diciéndole tú misma al Señor lo buena pieza que eres, +el Señor te daría su gracia... Con que prepararse. Esta tarde volverá el +padre Nones. Me ha dicho que te confesaste bien. Se me figura que aún +tendrás algunas heces que sacar, ¿eh?». + +Mauricia se sonreía, cortada y confusa. Con la cabeza dijo que sí. + +--Pues estos pozos endurecidos hay que echarlos fuera, porque el demonio +se agarra de cualquier cosa--dijo la santa, acariciándole la barba--. +Con que ya sabes... mañana tenemos aquí gran fiesta... ¿Te parece? Viene +a visitarte el que hizo los Cielos y la Tierra... Te parecerá a ti que +no lo mereces... Pues aunque no lo merezcas, él viene, y sabido se +tendrá por qué. + +La vivacidad, la gracia y el fervor con que Guillermina decía estas +cosas, impresionaron a las cuatro mujeres que las oían. Severiana +soltaba dos lagrimones. Fortunata sentía en su alma tanta admiración por +aquella mujer, que le habría besado la orla del vestido. «Luego dicen +que ya no hay gente buena en el mundo--pensaba--. ¿Pues y esta?... +¡Cuidado que mandar todo a paseo, casa, parientes, fortuna, querer, y +sacrificar su juventud para andar toda la vida entre miserias...!». +Asustábase de medir con el pensamiento la distancia que había entre ella +y la ilustre señora; distancia infinita sin duda, y que en manera alguna +podía acortarse, pues aunque la gente santa pecara, y ella hiciera +muchas obras de caridad, las dos almas no llegarían jamás a verse +próximas. + +La fundadora, con aquella actividad vivaracha que en todo ponía, dictó a +Severiana algunas disposiciones para la ceremonia que se preparaba. +«Aquí pondrás la mesilla que está en la otra sala, y se hará el altar. +Yo te mandaré un crucifijo, y buscaremos flores... La ropa de la cama +hay que ponerla limpia, y adornar todo el cuarto lo mejor que se +pueda...». + +Luego pasó a la sala, seguida de doña Lupe, que quería meter baza a todo +trance: «Tendremos sumo gusto en venir mañana. Aprecio mucho a Mauricia, +que a no ser por el maldito vicio, sería una buena mujer, trabajadora, +fiel... Y dígame usted: de noche habrá que velarla. Yo no tendría +inconveniente en quedarme alguna noche; y si no, mi sobrina...». + +--Dios se lo pague a usted... Se acepta, se acepta. Póngase usted de +acuerdo con Severiana. La comandanta y yo nos hemos quedado anoche. Se +necesitan dos personas, porque cuando le dan convulsiones, cuesta Dios y +ayuda sujetarla. + +--Verdaderamente--manifestó doña Lupe con adulación--; los ejemplos que +usted da, señora, hacen que todas las demás seamos mejores de lo que +seríamos si usted no existiera. + +La flor estaba bien ideada; pero Guillermina se echó a reír, +agradeciendo la flor, pero no queriéndola tomar. + +«¡Ejemplos yo! Eso quisiera. Me vendría bien que alguien me los diese a +mí. ¡Ay, hija! Estoy para que me enseñen, no para enseñar». + +--¿Usted qué ha de decir? Ni aun le gusta que le saquen la cuenta de +todo lo que vale... Pues, amiga, no sea usted tan buena y rebajaremos. + +--Quite usted, quite usted... Eso lo dice por disimular. ¡Sabe Dios las +misericordias que usted, a la calladita, habrá hecho en este mundo, con +esta misma Mauricia tal vez...! Y ahora me las quiere colgar a mí. + +--¡Yo!... ¡Jesús! No digo que no tenga yo también algunas buenas obras +en mi cuentecita del cielo; ¡pero compararme con usted...! Calle por +Dios, señora. + +--En fin, no es cosa de que nos pongamos a reñir por quién peca menos... +¿le parece a usted?--dijo la fundadora, uniendo la cortesía a la +modestia, y permitiéndose el característico guiñar de ojos, un tanto +picaresco--. Mi lema es este: «haga cada uno lo que pueda y lo que sepa, +y Dios verá». + +--Eso mismo pienso yo...--Conque, usted me dispensará... tengo mucho que +hacer. Hasta mañana; no faltar... + +Entre tanto, la de Rubín estaba sola con la enferma, porque Severiana se +fue a la cocina. Le arregló las almohadas, y después ambas se estuvieron +mirando. Fortunata pensaba en la simpatía inexplicable que aquella mujer +le había inspirado siempre, a pesar de ser tan loca y tan mala. ¿Sería +tal simpatía un parentesco de perversidad? Ejercía sobre ella una +atracción querenciosa, y como le dijera algún concepto lisonjero a su +corazón, sentíalo retumbar en su mente cual si fuera verdad pronunciada +por sobrenatural labio. Mil veces analizó la joven este poder fascinador +de su amiga, sin lograr encontrarle nunca el sentido. ¡Cosas del +espíritu, que no las entiende más que Dios! + +Mauricia parecía melancólica y sosegada. «¡Qué señora esa!--exclamó +Fortunata--. ¿Habrá nacido de madre como nosotras?». + +--Apuesto a que no--replicó la Dura--. ¡Qué mujer!... El día que me +quiso sacar de esos indinos protestantes, me entró el toque y la +insulté... ¡Qué mala fui!... (Iba a soltar un terno; pero se contuvo, +porque le estaba absolutamente prohibido pronunciar palabras feas, +siendo esto para ella un gran martirio, a causa de la poca variedad de +términos de su habitual lenguaje)... Y ella, como si le dijeran niña +bonita... + +No has visto otra. ¡_Mia _ que traerme aquí y cuidarme como me cuida!, +¡re...! No sé cómo hablar... ¡_Mia_ que esto que hace conmigo!... Es +prima hermana del Nazareno; no hay quien me lo quite de la cabeza... +Figúrate lo que suponemos nosotras al compás de ella... ¡nosotras que +hemos sido unos peines...! Es que ni arrepentidas valemos para +descalzarle el zapato. Pues déjate que venga la otra... también aquella +es de la piel de Cristo... + +--¿Quién?--La amiguita, la que protege a mi niña... + +Fortunata vio delante de sí, súbitamente, una oscura niebla que se le +iba encima... El corazón le dio un salto... «Jacinta--dijo--; pues qué, +¿también viene aquí esa?». + +--Ayer estuvo... Ella misma traía mi niña. Mira; créetelo porque te lo +digo yo: cuando entró _paicía_ que entraba una luz en el cuarto. + +Fortunata sentía ganas de echar a correr. + +«¿Pero todavía le tienes tirria?... ¡Ay, qué mala eres! Perdónala, que +bien lo merece. Te quitó tu hombre; pero ella no tenía culpa. ¡Qué +roña!... ¡ay!, se me escapó. Palabra fea, vuélvete para adentro; no, +quédate fuera... Pues chica, no seas pava... ¿crees tú, que el mejor día +no te vuelve a querer tu D. Juan?... Como si lo viera. Cuando una se va +a morir, ve las cosas claras, muy claritas; la muerte la alumbra a una, +y yo te digo que tu señor volverá contigo. + +Es ley, hija, es ley, que no puede faltar... Y si me apuras, te diré que +a Jacinta no se le importa un pito. A cuenta que no le quiere nada... +Estas casadas ricas, como viven con _tantismo_ regalo, no quieren a sus +maridos... quieren a otros. No lo digo por ella, Dios me oiga, aunque +sabe Dios lo que hará, lo cual no quita que sea mayormente un ángel y +que reparta muchas caridades». + +Fortunata no decía nada. La enferma se inclinó hacia ella, y dándose +unos aires evangélicos, en el tono que podría emplear un pastor de +almas, le amonestó así: «Arrepiéntete, chica, y no lo dejes para luego. +Vete arrepintiendo de todo, menos de querer a quien te sale de _entre +ti_, que esto no es, como quien dice, pecado. No robar, no _ajumarse_, +no decir mentiras; pero en el querer, ¡aire, aire!, y caiga el que +caiga. Siempre y cuando lo hagas así, tu miajita de cielo no te la quita +nadie». + +Algo iba a contestarle su amiga; pero no pudo porque entró doña Lupe +dándole prisa para marcharse. Era un poco tarde y tenían que ir a otra +parte antes de regresar a casa. Despidiéronse con promesa de volver al +día siguiente, y salieron. Por la calle hablaban de Guillermina, de +quien dijo la de Jáuregui: «Es una mujer esa que electriza; y cuando se +la trata, sin querer se vuelve una también algo santa... Cincuenta y +tres reales me debía Mauricia. + +Yo, de todas maneras, se los había perdonado; pero ahora, créelo, me +alegraría de que me debiera lo menos doscientos, para perdonárselos +también». + + + + +--ii-- + + +Dos horas antes de la señalada para que Mauricia recibiera a Dios, +ya estaba allí la fundadora. «Pero Severiana, ¿en qué estás +pensando?--fue lo primero que dijo al entrar por el pasillo--. Quita de +aquí esta artesa. ¡Vaya un adorno! Ropa sucia y agua de jabón...». + +--Señorita, lo iba a quitar... Pase usted. Me han dicho las vecinas que +las dos láminas de Napoleón que caen al lado del altar deben quitarse, +porque era muy protestante, _masónico_ y... + +--Déjate de tonterías... ¿Y cómo está esta pájara hoy? ¿Qué tal, hija? + +Aquel día estaba bastante aplanada, las manos más temblorosas, +respirando lentamente, aunque sin gran fatiga, con invencible tendencia +a permanecer muda y quieta, los ojos vagando por el techo o por la pared +de enfrente, cual si siguiera el vuelo de una mosca. + +Enterose la dama minuciosamente de cómo había pasado la noche, de +quiénes se quedaron a velarla, de lo que había dicho el médico en la +visita de la mañana. A todo contestó Severiana: el doctor había mandado +que se le diera doble dosis de _la nuez cómica_, seguir con las +cucharadas por la noche, las papeletitas por el día, y a sus horas el +Jerez o Pajarete. Guillermina, sin dejar de oír esto, empezaba a poner +su atención en otra cosa. Frente a la ventana y formando ángulo recto +con la cama habían puesto la mesa, que debía ser altar, y en ella estaba +de rodillas Juan Antonio, el marido de Severiana, fijando en la pared +todos los clavos que creía necesarios para suspender la decoración +proyectada. + +«No clavetee usted más, por Dios... Parece que va a derribar la casa... +Y que el ruido la molestará... ¿Pero qué van a poner ustedes ahí?». + +La comandanta entró con unos pedazos de damasco rojo y amarillo, que +habían sido cortinas cuarenta años antes, pasando después por distintos +usos. Con aquella tela se forraría la pared, formando la bandera +española, y en el centro se pondría una lámina del Cristo del Gran +Poder, propiedad de la portera. «No me parece mal--dijo Guillermina, +sacando del estuche sus anteojos y calándoselos--. A ver, Juan Antonio, +si se luce usted. ¿Y flores, no tenemos?». + +«De trapo... verá usted--replicó Severiana llevando a la señora a su +alcoba y mostrándole un montón de flores de papel dorado, tul y talco +extendidas sobre la cama. Había también allí cintas de cigarros, y esas +rosas con hojas plateadas que sirven para decorar los pitos de San +Isidro. «Esto es muy feo--opinó la santa--, ¿pero no hay naturales, o +siquiera ramaje?». + +--Sí señora... El vecino del 6, que es no sé qué de la Villa, me ha +prometido traer rama de pino y carrasca. Esto lo pondrá Juan Antonio por +arriba haciendo cenefas... + +--Buscar algún bonito tiesto de _bonibus_, hija; no se os ocurre +nada--dijo Guillermina, volviendo a la sala--, y en las ramas verdes +atáis flores de trapo, y resulta muy bonito--. Vaya, Juan Antonio, no +más clavazón; ya están bien sujetas las cortinas. Ahora, cuélgueme usted +la Virgen de las Angustias debajo del Señor, y a los lados... + +La comandanta entró trayendo un cuadrote que representaba a Pío IX +echando la bendición a las tropas españolas en Gaeta. Para hacer juego, +propuso Juan Antonio poner al otro lado la _Numancia_. Guillermina +vaciló en dar su asentimiento; pero al fin... una risita y un guiño +resolvieron la duda. «Poner el barquito, ponerlo, que todo lo de la mar +es de Dios». + +Salió luego al corredor, y habiendo notado que la escalera no estaba +barrida aún, llamó a la portera. «¿Pero usted en qué está pensando? ¿No +le han dicho que hoy viene el Señor a esta casa? ¡Y está ese portal que +da asco mirarlo! Coja usted la escoba mujer. Si no, la cogeré yo. Qué, +¿se cree usted que no lo hago como lo digo?». + +La portera vio que doña Guillermina se quitaba el manto... «No, +señorita, no sea tan viva de genio. Barreremos... pero ya verá lo que +tarda esta granujería en volver a ensuciarlo». + +--Pues lo vuelve usted a barrer. Bajó la señora al patio, donde había +entrado un ciego tocando la guitarra y estaban algunos chiquillos +jugando a los toros. «Eh, niños, hoy es preciso que tengamos mucha +formalidad. Y cuidadito con echarme basura en el portal y en la +escalera. Estas eneas y juncos que habéis esparcido en el patio, me los +vais a recoger y entregárselos a su dueño». + +Los chicos oyeron esto sin chistar. En el fondo del patio se había +establecido un sillero que hacía fondos de junco y tenía montones de +ellos arrimados a la pared, los unos teñidos de rojo y puestos a secar, +los otros sin teñir, cortados y apilados. Eran enemigos jurados de este +industrial los _chavales_ de la vecindad, que bonitamente le robaban los +juncos para sus juegos y diabluras. Al ver a la santa parlamentando con +ellos, salió de su tenducho y encarándose con la infantil cuadrilla, les +dijo: + +«Ya veis, gateras, lo que _vus_ dice la señorita. Que _vus_ estéis +quietos, que _vus_ estéis callados, que si no, _vus_ llevará a todos a +la cárcel». + +--Tiene razón el maestro Curtis--dijo la fundadora, poniendo la cara más +severa que le fue posible--. A la cárcel van atados codo con codo, si no +se portan hoy como es debido, hoy que viene a honrar esta casa el... + +La interrumpió un sacerdote anciano que entró y fue derecho hacia ella. +Era el Padre Nones. «Buenos días, maestra. Ya está usted en planta, +oficiando de capitana generala». + +--Tengo que estar en todo. Si yo no tratara de enseñar a esta gente la +buena crianza, vendría usted luego con el Santísimo y tendría que entrar +pisando lodo, y cuanta inmundicia hay. + +--¿Y qué importa?--observó Nones riendo. + +--Claro que no importa; pero ¿por qué no hemos de tener limpieza y +decoro delante del Señor, siquiera por estimación de nosotros mismos? Se +limpia la casa cuando vienen el teniente alcalde y el médico del +Ayuntamiento con sus bastones de borlas, y se ha de dejar sucia cuando +viene el... Pero cállese usted hombre, por amor de Dios--esto se lo +decía al ciego de la guitarra, que habiéndose enterado de la presencia +de la señora, quiso que esta conociera la suya, y se acercaba tanto, que +al fin parecía querer meterle por los ojos el mango del instrumento. Al +propio tiempo tocaba y cantaba hasta desgañitarse... + +«Que se calle usted... por amor de Dios... Nos deja sordos--dijo la +santa sacando su portamonedas--. + +Tenga, y a la calle a cantar. Hoy no quiero aquí fandangos. ¿Me +entiende?». + +Marchose el porfiado ciego, y la fundadora siguió hablando con el Padre +Nones: «Suba usted a ver si me la reconcilia y le da la última pasadita. +Paréceme que no está muy bien dispuesta. La encuentro peor de la +enfermedad del cuerpo; y en cuanto al alma, cada vez la entiendo menos. +¡Qué ideas tan extrañas! Arriba, arriba. Nos veremos luego. Yo no me voy +ya de la casa hasta que se acabe todo». + +Subió Nones, y la dama, después de recomendar al sillero y a otros +vecinos que barrieran la delantera de las respectivas puertas, iba a +subir también; pero le interceptaron el paso dos sujetos que bajaban. +Era el uno don José Ido del Sagrario, a quien no conocerían los testigos +de sus románticas hazañas al principio de esta historia, según estaba ya +de bien trajeado y limpio. Visto por detrás, parecía otra persona; mas +de frente, lo desengonzado de su cuerpo, la escualidez carunculosa de su +cara y el desarrollo cada vez mayor de la nuez, le declaraban idéntico a +sí mismo. El que le acompañaba era un infeliz músico, habitante en el +segundo patio y en el mismo cuchitril en que anidara antes Izquierdo. Lo +primero que se notaba en él era la gran bufanda que le envolvía el +cuello subiendo en sus vueltas hasta más arriba de las orejas, y +descendiendo hasta el pecho. Llevaba gorra con galón, y de la bufanda +para abajo toda la ropa era de purísimo verano, y además adelgazada por +el uso. Temblaba de frío, y con el brazo derecho oprimía los aros +broncíneos de un trombón, dirigiendo la abollada boca hacia adelante +como si quisiera bostezar con ella en vez de hacerlo con la suya propia. + +«Este amigo--dijo Ido, en son de presentación--, este amigo mío... un +italiano, señora... se llama el señor de Leopardi, un artista +desgraciado. Pues me ha dicho que si la señora quiere, naturalmente, se +pondrá en la escalera cuando pase el Santísimo y tocará la marcha +real...». + +El otro infeliz murmuró algo, con marcado acento extranjero, llevándose +a la gorra la temblorosa mano. + +«¡Pero qué cosas se le ocurren a este hombre! Ave María +Purísima--exclamó Guillermina con benevolencia--. Déjese usted de +marchas reales... No, no se quite la gorra; se va usted a constipar. +Caballeros, aquí, y durante la ceremonia, mientras menos música, mejor». + +Ido y Leopardi se miraron desconcertados. A la observación de la señora +no se ocultó lo mal que estaba de ropa el infeliz artista, y le dijo que +se fuera a su cuarto, que tocara allí el trombón todo lo que quisiese y +por fin que... «Yo veré si encuentro por ahí unos pantalones». + +Subió al principal, y de puerta en puerta exhortaba a los grupos de +mujeres que allí estaban peinándose. «A las doce... que no vea yo aquí +estos corrillos, ¿estamos? Y barrerme bien todo el corredor. La que +tenga velas que las saque; la que tenga flores o tiestos bonitos que los +lleve allá... Y todos estos pingajos que aquí veo colgados, están ahora +demás». + +«¿Sirven estos ramos de caracoles?» dijo la del guarda de consumos, +mostrándolos en la puerta de su casa. + +--Ya lo creo. Llévalos. Y tú, Rita, recógete esas melenas, mujer, que +pareces una cómica. Es preciso que estéis todas muy decentes. + +La mujer del sereno se disponía a encender el farol de su marido y a +ponerlo colgado del chuzo en la reja de la cocina. Otra preguntaba si +valía el quinqué de petróleo. A las niñas que debían salir al portal con +velas, se les pusieron los pañuelos de Manila llamados de talle, y la +que tenía botas nuevas se las calzaba; la que no, salía como estaba, con +las alpargatas llenas de agujeros. «No se quiere lujo, sino decencia» +repetía Guillermina, que comunicaba su actividad febril a todos los +vecinos y vecinas de la casa. Cuando volvía al cuarto de Severiana, +encontró al Padre Nones que salía. «Le he enderezado las ideas, maestra; +ahora está bien preparada--le dijo el clérigo que, por su alta estatura, +tenía que encorvarse para hablar con ella--. Voy a la iglesia. Dentro de +tres cuartos de hora estamos aquí». + +Entró la fundadora en la casa y vio el altar, que estaba muy bien. Juan +Antonio había claveteado las flores de trapo al borde de los lienzos de +damasco, formando como un marco. Resultaba un conjunto bonito y muy +simpático, y así lo declaró la señora, echándole sus gafas. Luego +cubrieron la mesa con una colcha muy hermosa que la comandanta, mujer de +gran habilidad, había hecho para rifarla. Era de cuadros de malla, +combinados con otros cuadros de _peluche_ carmesí. Encima se puso un +paño de altar traído de la parroquia, que tenía un hermoso encaje. +Trajeron luego las ramas de pino, y para colocarlas fue preciso +improvisar búcaros con barrilitos de aceitunas y de escabeche, que Juan +Antonio cubrió y decoró con pedazos de papeles pintados. Era papelista, +y en su arte, con paciencia y engrudo, hacía maravillas. Se colocaron +los ramos de caracoles, cajitas de dulce y estampas; y por fin, los +retratos de los dos sargentos hermanos de Juan Antonio, con su pantalón +rojo, muy a lo vivo, y los botones amarillos, asomaban por entre las +ramas de pino, como soldados que están en emboscada acechando al +enemigo. + +Poco después apareció Estupiñá, de capa verde, trayendo bajo los +pliegues de ella una cosa que abultaba mucho y que guardaba con respeto. +Era el crucifijo de bronce de Guillermina, hermosa escultura de bastante +peso, y que Plácido no quiso entregar a nadie sino a la misma dueña de +él. Esta salió al pasillo, recibió de manos de Rossini la sagrada +imagen, y quitándole el pañuelo de seda que la envolvía, entró con ella +en la sala, pareciéndose mucho, en tal momento, a una verdadera santa +escapada del Año Cristiano para recibir culto en el pintoresco altar, +que simbolizaba la ingenua sencillez y firmeza de las creencias del +pueblo. Puso el Cristo en su sitio, regocijándose mucho con la +admiración que producía el bronce en los circunstantes, y después salió +a dar órdenes a Estupiñá. «Vaya usted a la parroquia para que acompañe +al Santísimo, y diga que traigan pronto las velas que se han de repartir +aquí». + +En esto, ya habían entrado Fortunata y su tía, ambas de negro, muy +decentes, y mientras la de Jáuregui metía su cucharada en el corro de +Guillermina, la otra pasó a ver a Mauricia. Encontrola como aturdida, +sin saber lo que le pasaba. A las preguntas que le hizo, respondía con +la mayor concisión, porque el temor de decir alguna palabra fea +enfrenaba sus labios. Estaba reducida a usar tan sólo la tercera parte +de los vocablos que emplear solía, y aún no se le quitaban los +escrúpulos, sospechando que tuviese en algún eco infernal las voces más +comunes. Lo que Fortunata le oyó claramente fue esto: «¡Ay, qué gusto +salvarse!»... + +Pero al punto frunció Mauricia el ceño. Le había entrado la sospecha de +que la palabra _gusto_ fuese mala. Comunicó estos temores a su amiga, +quien la tranquilizó sonriendo, y por fin le dijo que siendo su +intención limpia, no importaba que se le saliese de la boca sin querer +algún término sucio. Creyolo así la enferma; pero no las tenía todas +consigo y estaba como bajo la presión de un gran temor. En un momento +que cogió a Fortunata sola, le dijo temblorosa: «Arrepiéntete de todo, +chica, pero de todo... Somos muy malas... tú no sabes bien lo malas que +somos». + + + + +--iii-- + + +Se acercaba la hora, y en el patio sonaba el rumor de emoción +teatral que acompaña a las grandes solemnidades. El pueblo ocupaba el +sitio infalible que la curiosidad dispone. En el portal no se cabía, y +todos los chicos del barrio se habían dado cita allí, cual si creyeran +que sin ellos no podía tener lucimiento alguno la ceremonia. Guillermina +recorría toda la _carrera_, desde la puerta del cuarto de Severiana +hasta la de la calle, dando órdenes, inspeccionando el público y +mandando que se pusieran en última fila las individualidades de uno y +otro sexo que no tenían buen ver. Había venido de la parroquia un hombre +asacristanado, y estaba repartiendo la carga de velas que trajo. + +En la parte del corredor que había de recorrer el Viático, mandó que se +pusieran las niñas que lucían pañuelo de talle, y como no tuvieran +velas, ordenó que se les diesen. Abocose a ella la comandanta, como un +edecán de parada, para decirle que en la calle, frente al mismo portal, +se había puesto un condenado pianito, tocando jotas, polkas, y _la +canción de la Lola_; que esto era una irreverencia y no se podía +consentir. A lo que replicó la santa que no debían ocuparse de lo que +pasase fuera; pero observando al punto que el profano instrumento +molestaba mucho y estorbaba la edificación del vecindario, por el +apetito que algunos sentían de ponerse a bailar, bajó al portal y habló +con el de Orden Público que allí estaba. Todos los individuos de este +cuerpo que conocían a Guillermina, la obedecían como al mismo +gobernador. Total, que el piano tuvo que salir pitando, y sus arpegios y +trinos se oían después perdidos y revueltos, como si alguien estuviera +barriendo sus notas por la calle de Toledo abajo. + +Llegó el momento hermoso y solemne. Oíase desde arriba el rumor popular; +y luego, en el seno de aquel silencio que cayó súbitamente sobre la casa +como una nube, la campanilla vibrante marcó el paso de la comitiva del +Sacramento. El altar estaba hecho un ascua de oro con tantísima luz, que +reflejaba en el talco de las flores. Había sido entornada la ventana, y +todos de rodillas esperaban. El _tilín_ sonaba cada vez más cerca; se le +sentía subir la escalera entre un traqueteo de pasos; después llegaba a +la puerta; vibraba más fuerte en el pasillo entre el muge-muge de los +latines que venía murmurando el acólito. Apareció por fin el Padre +Nones, tan alto que parecía llegaba al techo, un poco encorvado, la +cabeza blanca como el vellón del Cordero Pascual, llevando agasajado el +porta-formas entre los pliegues de la capa blanca. Arrodillose ante el +altar y allí estuvo rezando un ratito. Mauricia estaba en aquel instante +blanca, diáfana, y sus ojos entornados y como sin vida miraban al +sacerdote y lo que entre manos traía. Guillermina se le puso al lado y +acercó su rostro al de ella. Cuando el sacerdote se aproximaba, la santa +susurró al oído de la enferma, como secreto de ángeles, estas palabras: +«Abre la boca». El cura dijo: «_Corpus Domini Nostri_, etc.» y todo +quedó en silencio, y los párpados de Mauricia se abatieron, proyectando +sobre las ojeras la sombra de sus largas pestañas. + +Poco después salió la comitiva, precedida de la campanilla, entre la +calle formada por mujeres arrodilladas, con velas o sin ellas. Se sintió +que bajaba, que salía y se alejaba por la calle. Cuando ya no se oía más +el _tilín_, Guillermina, cesando de rezar, acercó su cara a la de +Mauricia y empezó a darle besos. Todas las demás, lloriqueando, la +felicitaban con ruidosos aspavientos, y por fin la misma santa hubo de +mandar que cesaran aquellas manifestaciones de regocijo, porque la +enferma se afectaba mucho, y podría resultarle algún retroceso +peligroso. Mas por efecto de la excitación, Mauricia no sentía dolor ni +molestia alguna; estaba como bajo la acción de fortísimo anestésico, de +los que producen efectos infalibles aunque pasajeros. Desde la edad de +doce años, en que la llevaron a comulgar por primera vez, no había +vuelto a verse en otra como aquella, y con la impresión recibida +retrogradaba su pensamiento a la infancia, llegando hasta adormecerse +por breves momentos en la ilusión de que era niña inocente y pura, y de +que, como entonces, ignoraba lo que son pecados gordos. + +También mandó Guillermina despejar la habitación y que se apagaran las +luces. Entre la mucha gente que había entrado, veíanse dos mujeres muy +bien vestidas a la chulesca, con mantón color café con leche, delantal +azul, falda de tartán, pañuelos de color chillón a la cabeza, el peinado +rematado en _quiquiriquí_ con peina de bolas, el calzado de la más +perfecta hechura y ajuste. Parecían deseosas de hablar a Mauricia; pero +no se atrevían a adelantarse hasta la cama. Guillermina, concluida la +ceremonia, no les quitaba ojo, y por fin resolvió darles el quién vive. +«Señoras mías--les dijo--, ¿qué bueno traen ustedes por aquí? Si han +venido por devoción, me parece muy bien. Pero si vienen a curiosear, +siento tener que decirles que tomen la puerta y que aquí no hacen falta +para nada». + +Salieron las tales muy corridas, echando de sus bocas, por la escalera +abajo, palabras absolutamente contrarias a los latines que pocos +momentos antes se habían oído en el propio sitio. Todas las que +presenciaron la _indirecta_ que les echó la señora, la celebraron mucho, +diciéndole doña Lupe al pasar a la sala: «Vaya unas despachaderas que +tiene usted, amiga mía. Eso se llama carácter». + +--Una de ellas--dijo Severiana--, es _Pepa la Lagarta_... mujer de +historia, ¿sabe?... la que dicen mató a su marido con una aguja de coser +serones... muy amigota de Mauricia, a quien debe quinientos reales... Y +no se los puede sacar... ¿Pero creen ustedes que no tiene dinero? Ya +quisiera yo... Gasta como una marquesa, y el mes pasado costeó, en San +Cayetano, una novena a la Virgen de las Angustias, que era lo que había +que ver... + +--¿Novena?--Sí, porque sanara el _Clavelero_, un chulito que tiene muy +guapín, el cual recibió un achuchón en la plaza de Leganés... como que +le entró el pitón por salva la parte... Pues el _Clavelero_ sanó. ¿Y +eso...? Vea usted, señora, ¡qué cosas hace la Virgen! + +--Ella se sabrá lo que le conviene, tonta. + +Poco después se retiró Guillermina. La casa volvió a tomar su aspecto +ordinario. La comandanta y doña Lupe estaban en la sala hablando de la +rifa de la maravillosa colcha que decoraba el altar. Fortunata y +Severiana acompañaban a Mauricia, que se aletargaba lentamente, pues no +había dormido nada la noche anterior. Doña Fuensanta, deseosa de mostrar +a la señora de Jáuregui sus habilidades, la invitó a pasar a la casa +inmediata. Hay que decir de paso que doña Lupe estaba algo +desilusionada, pues había creído que Guillermina iba siempre a sus +visitas benéficas con un regimiento de señoras. «¿Pero dónde están esas +_damas distinguidas_ de que hablan los periódicos? Por lo que voy +viendo, aquí no viene más _dama_ que yo». + +Viendo Fortunata que Mauricia se dormía profundamente, salió a la sala. +No había nadie. Acercose a la ventana, mirando a la calle por entre los +cristales, y allí estuvo un largo rato con la atención vagabunda y el +pensamiento adormilado, cuando un rumor en el pasillo la sacó de su +abstracción. Al volverse, se quedó atónita, viendo a Jacinta que, +detenida en la puerta, alargaba la cabeza para ver quién estaba allí. +Traía de la mano una niña, vestida a la moda, pero con sencillez y sin +pizca de afectación de elegancia. Avanzó hacia Fortunata; interrogándola +con aquella sonrisa angelical que vista una vez no se podía olvidar. +Sentía la de Rubín una gran turbación, mezcla increíble de cortedad de +genio y de temor ante la superioridad, y se puso muy colorada, después +como la cera. Debió Jacinta preguntarle algo; sin duda la otra no acertó +a responderle. La señora de Santa Cruz se acercó a la puerta que +comunicaba con la otra sala. Entonces Fortunata, que se hallaba detrás, +dijo: «Se ha quedado dormida». + +Volviéndose hacia ella, otra vez le echó Jacinta aquella mirada y +aquella sonrisa que la asesinaban. «En ese caso, esperaremos un poco», +indicó en voz casi imperceptible, sentándose en una de las sillas de +paja. Fortunata no sabía qué hacer. No tuvo valor para marcharse, y se +sentó en el sofá. Casi en el mismo instante la Delfina sintiose vacilar +en su asiento, porque la silla estaba inválida, y se pasó al sofá. +Halláronse las dos juntas, tocando falda con falda. Fortunata, por no +mirar a su rival, miraba a la niña, a quien aquella tenía en pie delante +de sí, cogiéndola de las manos. Observó la de Rubín el trajecito azul de +Adoración, sus botas, todo su decente atavío, y en aquella inspección +fisgona que hizo, sus miradas y las de Jacinta se encontraron alguna +vez. «¡Oh, si tú supieras al lado de quién estás!» pensaba Fortunata, y +aquí su temor se desvanecía un tanto, para dejar revivir la ira. «Si yo +te dijera ahora quién soy, padecerías quizás más de lo que yo padezco». +Adoración quería decir algo; pero Jacinta le tapaba la boca, y mirando a +la de Rubín se sonreía con esa ingenuidad que indica ganas de trabar +conversación. Comprendiolo la otra, diciendo para sí: «No, pues yo no he +de buscarte la lengua». La niña, aquel dato vivo de la bondad de la +Delfina, no podía menos de determinar en Fortunata un pensamiento +distinto de los anteriores. Pero sus renovados odios trataban de +envenenar la admiración: «¡Oh!, sí, señora--pensaba--. Ya sabemos que +tiene usted un sin fin de perfecciones. ¿A qué cacarearlo tanto...? Poco +falta para que lo canten los ciegos. Si estuviéramos como usted, entre +personas decentes, y bien casaditas con el hombre que nos gusta, y +teniendo todas las necesidades satisfechas, seríamos lo mismo. Sí, +señora; yo sería lo que es usted si estuviera donde usted está... Vaya, +que el mérito no es tan del otro jueves, ni hay motivo para tanto bombo +y platillo. Y si no, venga usted a mi puesto, al puesto que tuve desde +que me engañó _aquel_, y entonces veríamos las perfecciones que nos +sacaba la mona esta». + +Y las miradas de la de Santa Cruz volvieron a flecharla. Eran un +comentario que con los ojos ponía a la tontería o pueril gracia que +Adoración acababa de decirle. Sin saber cómo, aquel nuevo flechazo trajo +a la mente de Fortunata un pensamiento que en cierto modo se eslabonaba +con la presencia de la niña. Acordose de que Jacinta había querido +recoger a otro niño, creyéndolo hijo de su marido... «¡Y mío...! +¡creyéndolo el mío!». Desde la altura de esta idea, se despeñó en un +verdadero abismo de confusiones y contradicciones... ¿Habría hecho ella +lo mismo? «Vamos, que no... que sí... que no, y otra vez que sí...». ¡Y +si el _Pituso_ no hubiera sido una falsificación de Izquierdo; si en +aquel instante, en vez de mirar allí a la niña de Mauricia, viera a su +pobre Juanín...! Le entraron tan fuertes ganas de echarse a llorar, que +para contenerse evocó su coraje, tocando el registro de los agravios, +segura de que le sacarían del laberinto en que estaba. «Porque tú me +quitaste lo que era mío... y si Dios hiciera justicia, ahora mismo te +pondrías donde yo estoy, y yo donde tú estás, grandísima ladrona...». No +siguió, porque Jacinta, no pudiendo resistir más las ganas de entablar +conversación, la miró otra vez y le hizo esta preguntita: «¿Qué tal +estuvo la Comunión? Y Mauricia, ¿qué tal?...». He aquí a la prójima otra +vez turbada y sin saber lo que le pasaba. «Muy bien... pero muy bien... +Mauricia contenta...». + +Agradeció mucho Fortunata que en aquel momento se abriese suavemente la +puerta de la alcoba y apareciera la cabeza de Severiana. Hacia ella fue +corriendo Adoración. «Chitito--le dijo su tía, entrando pasito a paso--. +No hagas ruido, que tu mamá está dormida. Tiempo hace que no ha cogido +un sueño tan largo. ¡Ay, señorita, lo que se perdió usted! Ha estado +todo tan bien, que daba gusto». + +Mientras la Delfina y Severiana hablaban, Fortunata, que continuaba +sentada, examinó con curiosidad a la esposa de _aquel_, fijándose +detenidamente en el traje, en el abrigo, en el sombrero... No le parecía +propio venir de sombrero; pero por lo demás, no había nada que criticar. +El abrigo era perfecto. La de Rubín hizo propósito de encargarse el suyo +exactamente igual. Y la falda, ¡qué elegante! ¿Dónde se encontraría +aquella tela? Seguramente era de París. + +Oyose la voz ronca de Mauricia. Su hermana entró corriendo, y Jacinta +miraba por el hueco de la puerta entornada. Cuando Severiana volvió a la +sala, la señorita dijo: «Yo no entro. Pase usted con la pequeña. Yo me +quedo aquí». A pesar de lo trastornadas que estaban sus facultades, +Fortunata supo apreciar el verdadero sentido de aquella resistencia de +Jacinta a presentarse con la niña. Era un sentimiento de modestia y +delicadeza. Quería sustraerse a las manifestaciones de gratitud de la +pobre enferma, y evitarle a esta el sonrojo de su desairada situación +como madre. + +«¿Será por eso por lo que no quiere entrar?--se preguntó mirándola de +espaldas--. ¡Qué remilgos estos! Cuando digo que me cargan a mí estas +perfecciones... ¡Qué monas nos hizo Dios! Pues lo que es yo, sí entro». + +Severiana se acercó a la cama, llevando de la mano a la chiquilla. +«Mira, mira lo que te traigo... ¿Cuál visita te gusta más? ¿Esta o la +que estuvo antes?». + +Mauricia le echó los brazos a su hija y le dio muchos besos. Un poco +asustada, la nena besó también a su madre, sin efusión de cariño, y como +besan a cualquier persona los chicos obedientes, cuando se lo manda la +maestra. «¡Ay, qué mala he sido!--exclamó la enferma, también sin +efusión, como quien cumple un trámite...--. Niña de mi alma, bien haces +en querer a la señorita más que a mí, porque yo he sido más mala que +arrancada, ¡re...!». Atravesósele el vocablo, y ella hizo como que +escupía algo. Luego revolvió a todos lados sus miradas anhelantes, +diciendo: «Severiana, o tú, o cualquiera, ¡si quisierais darme!...». + +Doña Lupe y la comandanta habían entrado también. «¿Qué tal, Mauricia? +Hoy es para ti día feliz. Recibes a Dios, y ves a tu nena. ¡Oh, qué maja +está!». + +Pero la Dura tenía todo su ser embargado por la ardentísima ansiedad +física que experimentaba, y sus ojos de águila se fijaron en Severiana +que escanciaba en un vaso algo del contenido de una botella. El licor +brillaba con reflejos de topacio engastado en oro. «¡Cómo lo miras, +bribona!--pensó la escéptica y observadora doña Lupe--. Esa es la +Eucaristía que a ti te gusta, el Pajarete...». Y viéndoselo tomar, decía +la muy picarona: «Eso, saboréate bien, y relámete. No lo hacías así +cuando recibías a Dios...». + +Después del _trinquis_, Mauricia pareció como si resucitara, y su cara +resplandecía de animación y contento. Entonces sí demostró que en el +fondo de su ser existían instintos y sentimientos maternales; entonces +sí que abrazó y besó con efusión tiernísima a la hija que había llevado +en sus entrañas... Y tanto se excitó, que temiendo le diera un síncope, +quitáronle de los brazos a la nena. «Sí, que te lleven, que te quiten de +mi lado... No merezco tenerte... Me tienes miedo, rica... Como que +cuando seas mañosa, no te dirán 'que viene el coco', sino 'que viene tu +madre'. ¡Ay, qué pena!... Pero estoy conforme. Dicen que tengo que +salvar... ¡Ay, qué gusto! Y mi hija está mejor en la tierra con la +señorita que conmigo en el Cielo... Y nada más». + +Adoración rompió a llorar entre afligida y espantada. Total, que +tuvieron que llevársela, porque aquel espectáculo no podía prolongarse. +Mauricia seguía dando besos al aire y diciendo cosas que enternecían a +las demás... «Sí, sí--pensó doña Lupe, que también estaba conmovida--. +¡Cuánto quieres a tu hija!... ¡Te la beberías!». + +Fortunata no aguardó al fin de la escena. Sentía en su interior un +trastorno tan grande, que una de dos, o rompía en llanto o reventaba. +Refugiose en el cuarto interior, y echándose sobre un baúl, se echó a +llorar. Los sentimientos que desataban aquel raudal de lágrimas no eran +únicamente los producidos por la situación del momento; eran algo +antiguo y profundo, sedimentado en su alma, su tradicional desgracia, el +despecho combinado con un vago deseo de ser buena, «sin poderlo +conseguir... Cuidado que esto es de lo que se dice y no se cree». + +Muchas lágrimas había derramado cuando sintió el ruido del coche de +Jacinta que partía, y entonces salió a la sala. Doña Lupe se despedía de +la comandanta, ofreciéndole tomar diez papeletas de la rifa de la +colcha, y hacía una seña a su sobrina indicándole que era hora de +retirarse. Dieron un vistazo y un apretón de manos a la enferma, y +salieron. Cuando iban por la calle, doña Lupe, que comprendió cuánto +había impresionado a su sobrina el encuentro con la señora de Santa +Cruz, intentó dos o tres veces aludir a esto; pero la prudencia y un +sentimiento de delicadeza retuvieron su charlatana lengua. + + + + +--iv-- + + +En el portal de su casa se separaron; doña Lupe subió y Fortunata +fue a la botica, donde Maxi estaba solo, haciendo un emplasto. Contole +su mujer lo que había visto aquel día, recordando con feliz memoria +todos los pormenores. La visita de Jacinta fue omitida discretamente. Al +farmacéutico le agradaba que su cara mitad anduviera en aquellos trotes +de beneficencia, viese buenos ejemplos y se familiarizara con aquellos +cuadros hondamente humanos de la miseria y de la muerte, pues sin duda +serían más provechosos a su espíritu que los saraos, bullangas y +diversiones. + +A la hora de comer se hablaba de lo mismo, y ponderaba doña Lupe la +solemnidad conmovedora del acto de aquel día. Discutiose si debían +volver por la noche a la calle de Mira el Río o irse a Variedades a ver +una pieza; mas como Fortunata mostrase gran repugnancia a las funciones +teatrales, prevaleció lo primero, y Maxi, muy complacido de aquella +aplicación a las obras de piedad, prometió que las acompañaría y que +iría a recogerlas a las once. «Y como no haya esta noche quien se quede +a velar, me quedaré yo» dijo la viuda, a quien no se le cocía el pan +hasta no dar a Guillermina prueba palmaria de humildad y abnegación. +Opusiéronse a esto el sobrino y su mujer, diciendo el primero que bueno +era lo bueno, pero no lo demasiado. La de Jáuregui decía con deliciosa +modestia: «¡Si yo no lo hago por buscar un elogio; si no hay en esto el +menor asomo de mérito...! Yo resisto perfectamente una noche toledana, y +hasta dos y tres. De modo que...». + +Las nueve sería, cuando los tres entraban por el portal de la casa de +corredor, y no fue poco su asombro al ver en el patio resplandor de +hoguera y multitud de antorchas, cuyas movibles y rojizas llamas daban a +la escena temeroso y fantástico aspecto. ¿Qué era aquello? Que los +granujas de la vecindad habían pegado fuego a un montón de paja que en +mitad del patio había, y después robaron al maestro Curtis todas las +eneas que pudieron, y encendiéndolas por un cabo empezaron a _jugar al +Viático_, el cual juego consistía en formarse de dos en dos, llevando +los juncos a guisa de velas, y en marchar lentamente _echando latines_ +al son de la campanilla que uno de ellos imitaba y de la marcha real de +cornetas que tocaban todos. La diversión consistía en romper filas +inesperadamente, y saltar por encima de la hoguera. El que llevaba el +copón, bien abrigadito con un refajo atado al cuello, daba las zapatetas +más atrevidas que se podrían imaginar, y hasta vueltas de carnero, +poniendo todo su arte en recobrar la actitud reverente en el momento +mismo de tomar la vertical. En fin, que semejante escena daba una idea +de aquella parte del Infierno donde deben tener sus esparcimientos los +chiquillos del Demonio. Maximiliano y su mujer se detuvieron un rato a +ver aquello; pero doña Lupe dirigió a la infantil tropa miradas y +expresiones de desdén, diciendo que la culpa la tenían los padres que +tal sacrilegio consentían. + +Subieron, y cuando Fortunata pasó a la alcoba de Mauricia, que estaba +sola, retirose Maxi, diciendo que volvería a las once. Estaba aquella +noche la enferma sumamente inquieta, y lo poco que hablaba no era un +modelo de claridad. El temor de pronunciar palabras malas parecía +haberse desvanecido en ella, porque escupió de sus labios algunas que +ardían. La memoria no debía de estar muy firme, porque cuando su amiga +le dijo: «Sosiégate y acuérdate de lo de esta mañana» replicó: «¡Lo de +esta mañana...!, ¿qué ha sido...?». Y mirando con extraviados ojos al +techo, parecía entregarse al doloroso trabajo de recordar, cazando las +ideas como si fueran moscas. Más presente que la administración del +Sacramento tenía el _paso_ con su hija; ¡ay, qué paso!... «¿No vistes a +_la_ Jacinta?--preguntó a Fortunata, volviéndose de un costado y +poniéndole la mano en el hombro...--. ¿Habló contigo?... Tú eres una +sosona y no tienes genio... Si a mí me llega a pasar lo que te ha pasado +a ti con esa pastelera; si el hombre mío me lo quita una mona golosa, y +se me pone delante, ¡ay!, por algo me llaman Mauricia la Dura. Si me la +veo delante, digo, y me viene con palabras superfirolíticas... la trinco +por el moño y así, así, le doy cuatro vueltas hasta que la acogoto...». +Uniendo la acción a la palabra, Mauricia hacía contorsiones violentas, +se destapaba, rechinaba los dientes... no pudiendo sujetarla Fortunata, +llamó a Severiana: «¡Ay, venga usted! Está diciendo mil disparates... +por Dios, vea usted de reducirla... Dele algo para que se calme, +aguardiente...». + +«A mí no me puede nadie--gritó la infeliz con frenesí, los ojos +desencajados, forcejeando contra los cuatro brazos que la querían +sujetar--. Soy Mauricia la Dura, la que le abrió una ventana en el casco +a aquella ladrona que me robaba los pañuelos, la que le arrancó el moño +a la Pepa, la que le arañó la cara a doña Malvina la _protestanta_... +Suéltame tiorra pastelera, o de una mordida te arranco media cara. +¡Persona decente tú!... tú, que dejas un soldado pa tomar otro... tú que +tienes ya el corazón como la puerta de Alcalá, de tanta gente como ha +entrado por él... Ja, ja, ja... Loba, más que loba, so asquerosa, judía, +con más babas que un perro tiñoso... cara de escupidera, zurrón, celemín +de peinetas... verás qué recorrido te doy... así, así, y te arranco la +nariz, y te escupo los ojos, y te saco todo el mondongo...». Por fin no +eran voces humanas las que de sus labios llenos de espuma salían, sino +rugidos de fiera sujeta y acorralada. No pudiendo librar sus brazos de +los vigorosos que la contenían, sus dedos se agarraron con rabia +epiléptica a lo que encontraban, y querían deshacer y rasgar la sábana y +la colcha. El fatigoso mugido iba calmándose poco a poco, las +contorsiones eran menos violentas, y por fin, cayó en un colapso +profundísimo. La sedación era instantánea, y a la misma muerte se +parecía. + +La señora de Rubín estaba aterrada. Severiana le dijo: «ya ha tenido +esta noche tres achuchones de estos, y anteanoche tuvo seis. Si viniera +el médico la aplacaría dándole esos pinchacitos que llaman _yeciones_... +¿sabe?, una gotita de morfina». Sin duda por esta frecuencia de los +accesos veíalos Severiana con relativa calma, como los que se +acostumbran a los prodigios del dolor humano en las clínicas. A poco de +tranquilizarse Mauricia, la otra se dedicó a preparar la lámpara que +debía arder toda la noche, un vaso con agua, aceite y una mariposa +encima. + +Media hora estuvo la tarasca como dormida, pronunciando en sueños +retazos de palabras y fragmentos de cláusulas groseras, como retumban en +lontananza los dejos de la tempestad que ha pasado. Despertó luego, y +con voz sosegada dijo a su amiga: «¿Estás aquí?... ¡qué gusto me da +verte! De todas las personas que veo aquí, la que me gusta más eres tú. +Te quiero más que a mi hermana. Lo primerito que he de pedirle al Señor +cuando me meta en el Cielo, es que te haga feliz, dándote lo que es muy +re-tuyo, lo que te han quitado... Su Divina Majestad puede arreglarlo, +si quiere...». + +A Fortunata no se le ocurría nada que responder a estos disparates. + +«Porque tú has padecido... ¡pobrecita! Buenas perradas te han jugado en +esta vida. La pobre siempre debajo, y las ricas pateándole la cara. Pero +déjate estar, que el Señor te arreglará, haciendo justicia y dándote lo +que te quitaron. Lo sé, lo he soñado ahora, cuando me dormí pensando que +me moría y que entraba en el Cielo escoltada por la mar de angelitos... +¡tan monos...! Créetelo, porque yo te lo digo... Y yo, _mismamente_ le +he de decir a la Virgen y al Verbo y Gracia que te hagan feliz y se +acuerden de las amarguras que has pasado». + +Callose un instante, y después de los dos o tres suspiros que Fortunata +echó de su seno, volvió a hablar la enferma de este modo: «¿Has visto a +Jacinta?... porque ella fue quien trajo a mi niña. Es un serafín esa +mujer... Ahora cuando me pensé que estaba en el Cielo, la vi encima de +una nube con un velo blanco... Estaba allí, _entremedio_ de aquellos +grandes corros de ángeles. ¿Será que se va a morir? Lo sentiré por mi +niña. Pero Dios sabe más que nosotras, ¿verdad?, y lo que él hace, bien +sabido se lo tiene... Pero dime, ¿te habló ella? ¿Le soltaste alguna +patochada? Harías mal. Porque ella no tiene la culpa. Perdónala, chica, +perdónala; que lo primerito para salvarse es perdonar a una parte y +otra. Mírame a mí, que no hago más que lo que me manda el Padre Nones, y +he perdonado a la Pepa, a la Matilde, que me quiso envenenar, y a doña +Malvina la _protestanta_ y a todo el género mundano... ¡re...! Párate +boca que ya ibas a soltarlo... Pues sí, perdonar; créetelo porque yo te +lo digo. ¿Ves qué tranquila estoy? Pues a cuenta que lo mismo estarás +tú, y Dios te dará lo tuyo; eso no tiene duda... porque es de ley. Y por +la santidad que tengo entre mí, te digo que si el marido de la señorita +se quiere volver contigo y le recibes, no pecas, no pecas...». + +Fortunata creyó prudente mandarla callar, pues aquel concepto se +armonizaba mal con la santidad de que hacía gala su amiga. + +--Me parece--le dijo--, que si el Padre Nones te oye eso, te ha de +reprender... porque ya ves... quien manda manda, y está dispuesto que no +sean las cosas así. + +--¡Qué risa contigo! ¿Pues tú qué sabes? Yo estoy arrepentida de todo lo +malo que he hecho; yo he perdonado a todo Cristo. ¿Qué más quieren? Esto +que te cuento es, como quien dice, una idea. ¿No puede una tener una +idea?... Cuando me muera, veremos, créetelo... el Santísimo me dirá que +tengo razón... + +Callose fatigada, y Fortunata le impuso silencio. De repente determinose +una brusca sacudida en su espíritu, y tomándole la mano a su querida +amiga y apretándosela mucho, le dijo con expresión de terror: + +«¿Qué te parece a ti, me salvaré yo?». + +--¿Pues qué duda tiene?--replicó la otra tranquilizándola--Dicen que +aunque los pecados de una sean tantos como las arenas de la mar... +figúrate tú la cantidad de arenas que habrá en todita la mar... + +--¡Oh!... ¡si habrá arenas en todita la mar y sus arenales!--repitió +Mauricia con voz patética. + +--Pues aunque los pecados de una sean más que las arenas, Dios los +perdona cuando una se arrepiente de verdad. + +--¿Y crees tú que una idea, pongo por caso, es también pecado? + +--Según y conforme. Pero tú no tienes malas ideas. Estate tranquila. + +--Dios te oiga... Se me arranca el alma de verte penando... con un +hombre que no quieres... ¡qué traspaso! Chavala querida, muérete, y +vente conmigo. Verás qué bien vamos a estar las dos allá. ¡Porque te +quiero tanto...! Dame un abrazo, hija, y muérete conmigo. + +--No lo digas mucho--balbució Fortunata conmovidísima, acariciando a su +amiga--. Bien podría ser que me muriera pronto. Para lo que yo hago en +este mundo... no sé... valdría más... ¡Ay, qué desgraciada soy! + +--¡Re...! ¡Bendita sea tu alma! Lo primerito que le pido al Señor, lo +juro por estas cruces, es que te mueras. + +Las dos se echaron a llorar. En tanto doña Lupe sostenía una gallarda +disputa con Severiana. «Ya lo he dicho y no hay más que hablar. Yo me +quedo esta noche para que usted descanse un poco».--«Señora, no lo +consiento. Hay vecinas que se quieren quedar».--«¡Vecinas!... Aviada +está la enferma con las vecinas. ¡Son tan torpes y tan descuidadas...! +Verá usted cómo trabucan las medicinas y le encajan una por +otra».--«¡Oh!, no señora, no consiento que usted se moleste».--«Repito +que me quedo, ¡vaya! Si no hay en ello mérito alguno, ni sacrificio. No +me cuesta ningún trabajo estar en vela toda la noche. Y además, hija, +hay que hacer algo por el prójimo. Velaremos, pues, y no me hable usted +de gratitud que es ridículo hacer tanto aspaviento por lo que no vale +tres cominos». + +La viuda de Jáuregui no hacía gran sacrificio, y su determinación estaba +calculada con habilidad, pues como una de las vecinas le dijera que +Guillermina pensaba echar un guante al día siguiente para atender a las +apremiantes necesidades de algunos inquilinos de la casa, doña Lupe +pensó de esta suerte: «Con quedarme a velar, cumplo; y eso del guante no +va conmigo, porque en todo el día de mañana no aparezco por aquí, ni a +media legua a la redonda». + +Severiana explicó minuciosamente a la señora cuanto había que hacer, +advirtiéndole que la llamase si ocurría algo extraordinario. Otra vecina +se quedaba también, en calidad de ayudante. A las doce, Fortunata se +retiró a su casa con su marido, que fue a buscarla. Cogiditos del brazo +recorrieron el trayecto más tortuoso que largo que les separaba de su +domicilio, hablando de alcoholismo y de beneficencia domiciliaria, y +poniendo muy en duda que doña Lupe resistiese toda la noche sin +dormirse, pues era persona que en dando las diez ya estaba haciendo +cortesías aunque se encontrase en visita. + +A la mañana siguiente, determinó la esposa ir a enterarse de la noche +toledana que habría pasado doña Lupe, y Maximiliano no se opuso a ello. +Cumplidas las sabias órdenes que había dado la directora de la casa, +Fortunata salió con Papitos, y después de encaminarla a la compra, +indicándole algunas cosas que debía tomar, separose de ella en la +plazuela de Lavapiés para dirigirse a la calle Mira el Río. Encontró a +su tía en el cuarto de la comandanta en un estado verdaderamente +aflictivo, ojerosa, con la cabeza pesada y un humor poco dispuesto a las +bromas. + +«¡Bien por las valentías!...--le dijo Fortunata--. ¿Y qué tal se ha +portado la enferma?». + +--No me hables, hija; noche más perra no la he pasado en mi vida. No me +ha dejado ni siquiera descabezar un sueño de diez minutos. La maldita +parecía que lo hacía a propósito y por vengarse de lo muy derecha que la +he obligado a andar cuando me corría mantones... Figúrate; en un puro +delirio hasta que Dios amaneció. Juraría que todo el aguardiente que ha +bebido en su vida se le subió a la cabeza esta noche. Ya se levantaba, +ya se revolvía, echaba las piernazas fuera de la cama, y los brazos como +aspas de molino... ¡Luego unas voces y unos berridos...! Ya sabes el +diccionario que gasta... Y a lo mejor se quedaba como un gato que +acecha, los ojos como ascuas, y hablando bajito, bajito, y señalando +para la mesa en que está el altar y la lamparilla, decía: «Mírenlo, +mírenlo; allí está». ¡A mí me daba un miedo...! Prefería oírla gritar... +Créete que me horripilaba cuando le veía señalar a la luz y al altarito. + +Doña Lupe empezó a tomar el chocolate que le trajo doña Fuensanta, y a +renglón seguido continuó la relación, imitando la voz y la actitud de la +delirante. + +«Y se ponía así: 'Allí está, mírenlo... el _señor_ de Sor Natividad... +La bribona lo tiene preso... Bribona, más que loba...'. ¿Sabes tú quién +es el _señor_... con retintín, de Sor Natividad? Pues la custodia, hija, +el Santísimo... Y seguía: 'Ahora voy allá, te cojo, te saco y te echo al +pozo...'. ¡Al pozo!, ¿has visto?, ¡arrojar la custodia al pozo! Mira tú +si tendrá malas ideas... Luego dice que se salva. ¡Como no se salve +esa...! Me ha dicho Severiana que cuando delira fuerte, siempre se sale +con eso, con que va a sacar del Sagrario la custodia y a guardarla en su +baúl, o qué sé yo qué. Verás: soltaba una risa que a mí me ponía los +pelos de punta, y decía muy callandito: «¡Qué guapo estás con tu cara +blanca, con tu cara de hostia dentro del cerco de piedras finas!... ¡Oh, +qué reguapo estás! No creas que te robo las piedras... Para nada las +quiero... Me gustas... ¡te comería! No me digas que no te coja, porque +te cojo, aunque me muera y me eches al infierno... Sor Natividad te +falta; para que lo sepas; te falta con el Padre Pintado...'. En fin, +hija, que era un horror. Suprimo las flores que iba entreverando, porque +me ardería la boca». + +Doña Lupe hizo esfuerzos por atraer hacia su paladar, con la lengua y +con los rechupidos de sus labios, lo que en el fondo del pocillo +quedaba, y conseguido esto al fin, acabó así: «Con estos disparates +sacrílegos estuve toda la noche en vilo, horrorizada, el estómago +revuelto, y deseando que el día llegara». + +--Me lo figuraba--dijo Fortunata, y después le dio cuenta de lo que +había dispuesto y de lo que le indicó a Papitos que comprase. + +«¡Ay! Me parece que he estado un año fuera de mi casa. Me ocurría que no +sabríais desenvolveros y que la mona se declararía en cantón, haciendo +lo que le daba la gana. Ahora a casa, que es madre. Ya hemos cumplido. +Claro que esto no es ninguna santidad extraordinaria, ni un caso de +heroísmo; pero algo es algo...». + +Vieron entonces que Guillermina pasaba en dirección al cuarto de +Severiana, y doña Lupe corrió a recibir de su boca augusta los plácemes +que merecía. «¡Oh, qué buena es usted!--le dijo la santa, estrechándole +las manos--. ¡Quedarse aquí cuidando a esta pobre...! No, no diga usted +que esto no vale nada. Vaya si vale. ¡Dejar las comodidades de su casa +para velar a la cabecera de una infeliz...! Pues lo que yo sé es que no +lo hacen todas... Dios se lo pagará. Más de agradecer es esto que los +donativos que hacen otras... quedándose muy abrigaditas en sus camas... +porque esta es la verdadera caridad que sale del corazón... En fin, veo +que su modestia se ofende, amiga mía, y no quiero sacarle a usted los +colores a la cara. Gracias, gracias». + +Doña Lupe estaba muy satisfecha; pero sospechando que la fundadora iba a +sacar el temido guante, se despidió con prisa. «Amiga de mi alma, la +obligación me llama a mi choza...». + +--Sí, sí--le dijo Guillermina--. La obligación antes que nada. Hasta +luego. + +Y llevando aparte a Fortunata en el corredor, su tía le dijo: «Tú te +quedarás aquí un ratito; si hay petitorio, no quedaremos nosotras en mal +lugar. Le dices que apunte un duro por ti y otro por mí. Es bastante. +Bien debe saber que no somos potentadas. No me gustan guantes; pero sé +cumplir en todas las circunstancias y no hacer un mal papel. Un duro por +ti y otro por mí; no lo olvides. No digas si podemos o no podemos más. +Tú lo sueltas seco, sin achicarte ni engrandecerte; que ella, aunque se +le dé un ochavo, siempre da las gracias con la misma boquita de +merengue. Vaya... Mentira me parece que he de verme en mis cuatro +paredes...». + + + + +--v-- + + +Cuando Fortunata, después de un ratito de palique con la +comandanta, penetró en la otra casa, vio cosas que la pasmaron. +Guillermina, dejando su mantilla y su libro de misa sobre el sofá, +desempeñaba junto a Mauricia las obligaciones más penosas del arte de +cuidar enfermos, acometiendo con actividad maquinal las faenas más +repugnantes, como persona que tiene la obligación y la costumbre de +hacerlo. Severiana se esforzaba en impedirlo; pero Guillermina no cedía. +«Déjame tú... si a mí esto no me cuesta ningún trabajo... Vete a ver lo +que quiere Juan Antonio, que está dando voces hace un rato». La pobre +menestrala deseaba tener tres o cuatro cuerpos para atender todo. +«Hombre, ten consideración. ¿Cómo quieres que deje a la señora en...?». +Al ver la de Rubín este tráfago y la poca gente que había para tan +diversos quehaceres, brindose gustosa a ayudar. Lo que hacía Guillermina +era para asustar a cualquiera. Fortunata no se creía con valor para +tanto. Y sin embargo, al ver a la insigne dama aristocrática humillarse +de aquel modo, avergonzose de no tener valor para imitarla, y sacando +fuerzas de flaqueza, ofreció su ayuda. Como hija del pueblo, no quería +ser menos que la _señora de la grandeza_ en aquellos bajísimos +menesteres... «Quite usted allá, por Díos, hija...--replicó la santa--. +No faltaba más; no lo consiento... de ninguna manera. ¿Es que quiere +usted ayudarnos? Pues si tan buen deseo tiene, barra la sala, que va a +venir el médico». + +Apenas hubo cogido Fortunata la escoba, entró Severiana, y que quieras +que no, se la quitó de las manos. «No faltaba más... señorita. Se va +usted a poner perdida...». + +--Por Dios, déjeme usted que la ayude. ¿Quiere que le haga el almuerzo a +su marido? + +--¡Qué cosas tiene...! + +--¡Ay qué gracia!... ¿Cree usted que no sé?... La tortillita en la +fiambrera, y el pan abierto con la sardina dentro. Si he hecho yo en mi +vida más almuerzos de obreros que pelos tengo en la cabeza... + +--Hemos encendido la lumbre en la casa de la vecina. Allá está doña +Fuensanta; pero va a salir a la compra, y si usted hiciera el favor... + +Fortunata no necesitó más, y fue a la otra casa, donde encontró a la +comandanta muy afanada, porque no era un almuerzo, sino tres los que +tenía que preparar, el de Juan Antonio y el de dos obreros más, cuyas +respectivas mujeres se habían ido ya para la fábrica, dejándole aquel +encargo. «Váyase usted a la compra--le dijo--, que de las tortillas se +encarga una servidora...». Mucho agradeció esto doña Fuensanta, y +poniéndose su toquilla encarnada, quedándose con la bata de tartán y las +gruesas zapatillas de orillo, cogió el cesto y el portamonedas y fue a +pedir órdenes a Severiana, que estaba en la sala, dentro de una nube de +polvo. «Tráigame usted un codillo como el del otro día, para ponerlo en +sal... un cuarterón de agujas cortas... Tocino hay en casa... ¡Ah!, no +olvide las zanahorias, ni el cuarto de gallina... Si trae para usted +sesada de carnero, cómpreme otra a mí... + +Oiga, oiga; si ve una buena lengua, tráigamela descargada, y la +salaremos para las dos...». + +Salió la viuda del comandante renqueando por aquellas escaleras abajo, y +a poco partieron Juan Antonio y los otros dos obreros con sus saquitos +de comida en la mano. La señora de Rubín había desempeñado su cometido +con tanta presteza como acierto, y mientras se lavaba las manos, dejose +llevar por su vagabundo pensamiento a un orden de ideas que no era nuevo +en ella. «¡Si es lo que a mí me gusta, ser obrera, mujer de un +trabajador honradote que me quiera...! No le des vueltas, chica; pueblo +naciste y pueblo serás toda tu vida. La cabra tira al monte, y se te +despega el señorío, créetelo, se te despega...». + +Cuando pasó a decir a Severiana que estaba servida, esta había concluido +de limpiar la sala. Como había tan mal olor allí, trajeron una paletada +de carbones encendidos, y echando un puñado de espliego, la pasearon por +toda la casa, desde el pasillo hasta la cocina. Después del sahumerio, +Fortunata entró a ver a Mauricia, a quien encontró muy mal, en un estado +de decaimiento y postración muy visibles. El médico, que llegó entonces, +la examinó detenidamente, observando hinchazón en las piernas y en el +vientre. La parálisis agitante crecía de una manera aterradora. Antes de +partir, el doctor habló con Guillermina en la sala, diciéndole que +aquello no podía menos de acabar mal, y que a todo tirar, tiraría dos +días... Acercábase Fortunata para enterarse de esto, cuando vio entrar +inesperadamente a una persona cuya presencia le hizo el efecto de una +descarga eléctrica. + +«¡Jesús, esa mona otra vez...!, yo me voy». + +Jacinta y Guillermina hablaron un momento con el médico, que se despidió +luego. «Entraré un ratito a verla--dijo la Delfina a su amiga, +sentándose en el sofá--. ¿Va usted a estar aquí mucho tiempo?». + +--Tengo que pasar al otro corredor a ver al zapatero... Pobre hombre, no +ha querido ir al hospital. Yo no había visto nunca un caso de hidropesía +semejante. La barriga de ese infeliz era anoche como un tonel... Y ya le +han dado tres barrenos; pero el de ayer con tan mala fortuna, que no le +sacaron más que medio litro, y dicen que tiene en aquel cuerpo la +friolera de catorce litros... ¡Qué humanidad, Dios mío! + +Fortunata pasó a la otra sala, y a poco volvió diciendo que Mauricia +dormía profundamente. La fundadora hizo entonces una observación +humorística. Dirigiéndose a las dos, les dijo: «¿Oyen ustedes ese +trombón que toca la marcha real?». En efecto, se oía bien clara, aunque +lejana, la marcha real tocada con verdadero frenesí por Leopardi, que en +la repetición le ponía un lujo escandaloso de mordentes y apoyaturas. + +«Pues ese pobre hombre--añadió la santa conteniendo la risa--, desde que +se entera de que estoy aquí, se pone a tocar como un descosido. Es la +manera de recordarme que le prometí vestirle, porque el desventurado +está mejor de pulmones que de ropa. Mira--propuso a Jacinta, cogiéndole +un brazo--; en cuanto vayas hoy a tu casa, has de ver si tiene tu marido +algunos pantalones que no le sirvan... Puede que no tenga porque ¡ya +hemos hecho tantos escrutinios en su guardarropa!». + +--No sé, no sé--dijo la señora de Santa Cruz, procurando recordar...--me +parece. + +--Si no--manifestó prontamente la de Rubín--, yo traeré unos del mío... + +--Dios se lo pagará a usted... porque verdaderamente parte el corazón +ver a ese pobre hombre, en este tiempo, con unos calzones de hilo, de +los que traen los soldados de Cuba... + +Salió Guillermina para ir al almacén de maderas de la Ronda, y Jacinta +la acompañó hasta el corredor. Sentose Fortunata en el sofá, creyendo +que las dos se marchaban. Pero la de Santa Cruz, después de hablar con +su amiga de varias cosas, le dijo: «Aquí la espero a usted. Lleve mi +coche, y luego me recogerá y nos iremos juntas». Entró inmediatamente, +sentándose también en el sofá. + +¡Ponerse a su lado! ¡No conocerle en la cara que las dos no podían estar +juntas en parte alguna!... + +Esto pensaba la mujer de Maxi, que sintió deseos de huir, y luego +vergüenza y miedo de hacerlo. Si la otra le hablaba, no tendría más +remedio que responderle. «Pues si yo le dijera quién soy, la haría +temblar. Veríamos entonces quién temblaba más». + +Jacinta la miró. Ya el día anterior había despertado su curiosidad +hermosura tan expresiva. Y cuando sus ojos se encontraban con el rayo de +aquellos ojos negros, sentía una impresión no muy grata, al modo de esos +presentimientos inseguros que son, no como el contacto de un objeto, +sino como la sensación del aire que hace el objeto al pasar rápidamente. + +«Según ha dicho el médico--indicó la Delfina decidida a pegar la +hebra--, la pobre Mauricia no saldrá de esta». + +--No saldrá la pobre--opinó Fortunata algo cortada, porque le asaltaba +la idea de que su lenguaje no sería bastante fino. + +--Si sigue así, traeré esta tarde a la niña, para que la vea... De todos +modos, debo traerla ¿no le parece a usted? + +--Sí, tráigala. Jacinta sabía que aquella desconocida no era soltera, +porque había ofrecido unos pantalones _de su marido_. Hízole, pues, la +pregunta que ingenuamente se le salía siempre de los labios cuando se +encontraba delante de una casada: «¿Tiene usted niños?». + +--No señora--replicó la de Rubín con alguna sequedad. + +--Yo tampoco. Pero me gustan tanto los niños, que tengo verdadera manía +por ellos, y los ajenos me parece que deberían ser míos... y, créalo +usted, no tendría escrúpulo de conciencia en robar uno, si pudiera... + +--Pues yo también, si pudiera...--declaró Fortunata, que no quería ser +menos que su rival en aquello de la manía materna. + +--¿Pero es que se le han muerto a usted, o que no los ha tenido? + +--Tuve uno, sí señora... va para cuatro años... + +--¿Y en cuatro años no ha tenido usted más que uno? ¿Qué tiempo lleva +usted de matrimonio? Perdone mi indiscreción. + +--¿Yo?...--murmuró la otra vacilando--. Cinco años. Yo me casé antes que +usted... + +--¡Antes que yo!--Sí, señora... pues decía que tuve un niño y se me +murió, sí señora, y si me viviera, le digo a usted que... + +Como advirtiera la dama en los ojos de su interlocutora una lucidez y +movilidad singularísimas, sospechó si aquella mujer padecería +enajenación mental. Su tono y su mirar eran muy extraños, impropios del +lugar y de la sosegada conversación que ambas sostenían. «A esta mujer +hay que dejarla--pensó Jacinta--; me callaré». + +Guardaron silencio un rato mirando al suelo. Jacinta no pensaba en nada +importante; Fortunata sí, y por la mente le pasó toda su historia como +envuelta en una nube de fuego. Se le vinieron a la boca palabras duras +para increpar a aquella _mona del Cielo_, que le había quitado lo suyo. +¿Pues no era esto una gran injusticia? Los agravios se le revolvían en +el seno, saliéndole a los labios en esa forma descomedida y grosera de +las hijas del pueblo, cuando se ponen a reñir. «¡La cojo y la...!--decía +para sí clavándose las uñas en sus propios brazos--. ¿Que es un ángel? +Pues que lo sea... ¿Que es una santa? ¿Y a mí qué?...». Pero de los +labios para fuera, nada... «¡Qué cobarde soy! Con una palabra la haré +caer redonda, y me tendrá un miedo tan grande que no le darán ganas de +volverme a hacer preguntitas...». + +En esto _la mona del Cielo_, impaciente porque no venía Guillermina, +salió un instante al corredor. Al verse sola, creyó sentirse la otra con +más valor para dar un escándalo... Toda la rudeza, toda la pasión gozosa +de mujer del pueblo, ardiente, sincera, ineducada, hervía en su alma, y +una sugestión increíble la impulsaba a mostrarse tal como realmente era, +sin disimulo hipócrita. «¡Si no volverá!...» se dijo mirando al +corredor, y al decir esto su espíritu volvía sobre sí, penetrándose del +sentido lógico de las cosas... «Ella es una mujer de mérito y yo he sido +una perdida... Pero yo tengo razón, y perdida o no, la justicia está de +mi parte... porque ella sería yo, si estuviera en mi lugar...». + +En esto vio que _la mona_ volvía... Verla y cegarse fue todo uno. No +podía darse cuenta de lo que le pasó. Obedecía a un empuje superior a su +voluntad, cuando se lanzó hacia ella con la rapidez y el salto de un +perro de presa. Juntáronse, chocando en mitad del angosto pasillo. La +prójima le clavó sus dedos en los brazos, y Jacinta la miró aterrada, +como quien está delante de una fiera... Entonces vio una sonrisa de +brutal ironía en los labios de la desconocida, y oyó una voz asesina que +le dijo claramente: «Soy Fortunata». + +Jacinta se quedó sin habla... después lanzó un ¡ay! agudísimo, como la +persona que recibe la picada de una víbora. En tanto Fortunata movía la +cabeza afirmativamente con insolente dureza, repitiendo: «Soy... soy... +soy la...». Pero tan sofocada estaba, que no articuló las últimas +palabras. La Delfina bajó los ojos, y dando un tirón se soltó. Quiso +decir algo, no pudo. La otra se apartó, echando llamas de sus ojos y +resoplidos de su pecho, y andando hacia atrás siguió diciendo, sin que +las palabras llegaran a articularse: «Te cojo y te revuelco... porque si +yo estuviera donde tú estás, sería...». Aquí recobró el aliento, y pudo +decir: «¡Mejor que tú, mejor que tú...!». + +La de Santa Cruz recobró la serenidad, y entrando en la sala, volvió a +ponerse en el sofá. Su actitud revelaba tanta dignidad como inocencia. +Era la agredida, y no sólo podía serenarse más pronto, sino responder a +la ofensa con desdén soberano y aun con el perdón mismo. La otra sintió, +por el contrario, tremendo peso dentro de sí. ¡Ay, su acción +descompuesta y brutal le gravitó en el alma como si la casa se le +hubiera desplomado encima! No tuvo ánimo para entrar también; tembló de +pensar lo que diría Severiana si se enteraba; pues ¿y doña +Guillermina?... Refugiose en el cuarto de la comandanta, donde había +dejado velo y manguito. La cobardía que sintió impulsábala a correr +hacia la calle. Huir, sí, y no volver a poner los pies en aquella casa +ni en parte alguna donde pudiera tener tales encuentros... Salió sin +hacer ruido, deslizándose, y al pasar frente a la puerta, miró y la vio +allá dentro, al extremo del largo pasillo, que parecía un anteojo. La +veía de perfil, la mano en la mejilla, muy pensativa, y Jacinta no la +veía a ella. Bajó y se puso en la calle, acordándose de una de las +principales recomendaciones que le había hecho Feijoo: «No descomponerse +nunca». Pues bien se había descompuesto aquel día... «Pero +verdaderamente--discurrió tratando de serenarse--. Yo ¿qué le he hecho?, +nada... Únicamente decirle quién soy, para que me conozca...». + +¡Cosa extraña!, le entraron ganas de esperar para verla salir. Púsose de +centinela en la calle del Bastero, y cinco minutos después vio a la +fundadora entrar en la casa. «Han de subir por la calle de +Toledo--pensó--; desde allí las veré sin que me vean. Siguió a la calle +de Toledo, poniéndose en acecho en la acera de enfrente, junto a la +puerta de una taberna. Al cabo de un cuarto de hora, apareció por la +boca-calle la berlina con las dos damas. «Hablan de mí, y le está +contando cómo pasó el lance... me imita, remedando mi movimiento, cuando +la cogí por los brazos... ¿Qué dirán, Dios mío, qué dirán? Me parece +oírlas... Que soy un trasto y que me debían mandar a presidio». + + + + +--vi-- + + +Cuando subía la escalera de su casa, se iniciaba en la conciencia +de la joven una reprobación clara de lo que había hecho. «...Hubiera +sido mucho mejor--pensó deteniendo el paso y tardando un minuto de +escalón a escalón--, decirle aquello de _yo soy Fortunata_, con calma, +reparando bien qué cara ponía ella al oírlo, y luego quedarme tan +fresca, esperando a ver por qué registro salía, o echarle tres o cuatro +chinitas, diciéndole que yo también soy honrada, claro, y que su marido +es un tunante... a ver por dónde la tomaba». + +Al entrar en la casa, halló a doña Lupe muy incomodada con Papitos, +sobre cuya inocente cabeza descargaba el mal humor que la noche en vela +le produjo. Cuanto se había hecho en su ausencia le parecía mal, +dejándose decir que ni tan siquiera para una obra de caridad podía salir +de casa, pues en cuanto volvía la espalda, era todo un desbarajuste. +Fortunata comprendió que también quería meterse con ella; mas no +teniendo ganas de reñir, dejaba sin contestación sus refunfuños. «Mira +que es pifia mandar traer esta babilla y esta falda que no sirve ni para +el gato. Tienes la cabeza llena de viento. Nada, en cuanto yo me +descuido, ya no das pie con bola». + +Fortunata empezaba a sentirse mal. Tenía escalofríos, dolor de cabeza y +ganas de bostezar a cada momento. Conociole doña Lupe en la cara la +desazón, y le preguntó con gran interés: «¿Tienes ascos, mareos...?». + +--No sé lo que tengo; pero me acostaría de buena gana. + +Doña Lupe, al irse a la cocina, iba pensando que aquellos síntomas +podrían anunciar tal vez la probable reproducción del tipo de Rubín en +la especie humana; pero bien sabía la otra que no era nada de esto, y +sin más explicaciones echose, bien envuelta en una manta, en el sofá de +su cuarto. Después que se le aplacara el frío, sintió somnolencia, que +la llevó a un delirio tranquilo, reproduciendo en su mente la escena +aquella con varias adiciones de importancia. ¿Eran estas algo que con la +prisa no pudo decir, pero que debió haber dicho, o eran simplemente +desvaríos de su cerebro encendido por la calentura?... «¡Si creerá esta +señora que no hay en el mundo más mujeres honradas que ella!... Que se +le quite a usted eso de la cabeza. ¡Vaya con el modelo!... ¡A buena +parte viene usted...! ¿Sabe usted, niña, que como a mí se me meta en la +cabeza, le doy a usted honradez y virtudes por los hocicos hasta que no +quiera más? Porque eso es cuestión de decir: '¡Ea!'... Sí, y si me atufo +no hay quien me tosa. ¿Pues qué cree usted, que a mí me costaría trabajo +cuidar enfermos y dármelas de muy católica? Pues si a mano viene me +pondré el mejor día a cuidar y limpiar y revolver los enfermos más +podridos, y me vestiré una saya, y recogeré niños que no tengan padres, +que de eso y de mucho más soy yo capaz... ¡Vaya con la _mona del Cielo_! +Ea... no venga acá vendiendo mérito... ¡Y ángel me soy! Pues para que lo +sepa, también yo, si me da la gana de ser ángel, lo seré, y más que +usted, mucho más. Todas tenemos nuestro ángel en el cuerpo...». + +Después de esto, tornó a ver con claridad las cosas, y dejando vagar sus +miradas por la habitación solitaria y semioscura, pensaba en lo mismo, +pero apreciando mejor la realidad de las cosas. En aquella meditación, +lo que descollaba, después de vueltas mil, era un vivo deseo de ser no +sólo igual, sino superior a la otra. El cómo era lo difícil. «Porque lo +primero que tengo que hacer es querer a mi marido, y portarme bien para +que se olviden las maldades que he hecho...». + +El pensamiento, recorriendo todas las caras del tema, iba de las cosas +más sutiles a las más triviales. «Me tengo que hacer una falda +enteramente igual a la que llevaba ella... lo mismito, con aquel +tableado; y si encontrara tela igual... La verdad es que tiene la mona +un aire de señorío y de... de... ¿de qué?, de majestad, sí... ¡Bah!, +esto es idea, idea nada más de los que la miran, porque con aquello de +que es ángel... A saber si lo es realmente, que las apariencias +engañan...». + +Sacola de esta cavilación doña Lupe, que entró con pisadas de gato, y le +dijo que era preciso tomara algo. Negose Fortunata a comer cosa alguna, +y dijo que lo único que apetecía era una naranja para chuparla. +«¿Antojitos ya?» murmuró la tía sonriendo, y mandó a Papitos por la +naranja. + +Mientras la chupaba, haciéndole un agujerito y apretándola como aprietan +los chicos la teta, a la señora de Rubín le pasó por el cerebro otra +ráfaga de aquel furor que determinó el acto de la mañana: «Tu marido es +mío y te lo tengo que quitar... Pinturera... santurrona... ya te diré yo +si eres ángel o lo que eres... Tu marido es mío; me lo has robado... +como se puede robar un pañuelo. Dios es testigo, y si no, pregúntale... +Ahora mismo lo sueltas o verás, verás quién soy...». + +Quedose dormida, dejando caer al suelo la naranja. Despertó al sentir +sobre su frente la mano de su amante esposo, que había subido a comer, y +enterado de que estaba indispuesta, se asustó mucho, Doña Lupe quiso +hacerle concebir esperanzas de sucesión; pero él, moviendo la cabeza con +expresión escéptica y desconsolada, entró en la alcoba y le palpó la +frente a su mujer. + +«Hija de mi vida, ¿qué tienes?». + +Al oír esta terneza y al ver delante la figura de Maxi, Fortunata sintió +fuerte sacudida en su interior. Como una neurosis constitutiva de esas +que se manifiestan de repente, cuando menos se las espera, así se +presentó en el alma de la joven, a golpe, y a manera de explosión de +pólvora, la aversión que su marido le había inspirado en otro tiempo. Lo +primero que pensó fue cómo había retoñado tan de repente la infame +planta del odio que ella creía seca y muerta, o al menos moribunda. Le +miraba, y mientras más le miraba, peor... Se volvió del otro lado +respondiendo con sequedad: «Nada». + +--¿Sabes lo que dice la tía?... oye... + +La opinión de la tía aumentaba la malquerencia de la sobrina y el vivo +deseo de perder de vista a su marido. Cerrando los ojos, invocó a Dios y +a la Virgen, de quien esperaba auxilio para poder curarse de aquella +insana antipatía; pero ni por esas... «Si no le puedo ver; ¡si me iría +al fin del mundo por no verle...! ¡Y yo creí que le iba tomando cariño! +¡Buen cariño nos dé Dios! Ni sé yo en qué estaba pensando Feijoo... +Tonto él, y yo más tonta en hacerle caso». + +Maxi, al tomarle el pulso, echó por aquella boca una retahíla de frases +de medicina, concluyendo por decir: «Subiré esta noche un +antiespasmódico, jarabe de azahar con bromuro, y quizás, quizás unas +pildoritas de sulfato de quinina. Hay fiebre, aunque poca. Principio de +un fuerte catarro. Tú te has enfriado en aquella maldita casa de +corredor... o te habrás atufado con algún brasero». + +Fortunata pensó que, en efecto, se había atufado, pero no con brasero. +Cediendo a los ruegos de su marido y de doña Lupe, se acostó, y a prima +noche estaba más tranquila, desvelada, sin ningún apetito, oyendo con +desagrado el ruido de los platos y cucharas que del comedor venía a la +hora de cenar. Nicolás hablaba por los codos. «Mejor es que no tomes +nada, si no tienes gana--le dijo Maxi, que entró mascando el postre y +con un higo pasado en la mano--. Por si acaso, no bajaré esta noche a la +botica, y te acompañaré». La peor de las medicinas era esta, pues +gustaba la joven de estar sola, entretenida con sus pensamientos. Hizo +por dormirse; su marido le ató fuertemente un pañuelo a la cabeza, y +después se puso junto a la cama. Después de un breve sueño, vio ella la +escueta figura de Maxi dando paseos en la habitación. Tan pronto miraba +su persona como su sombra corriendo por la pared, larga, angulosa, +doblándose en las esquinas del muro. «¡Ah!... Jacinta, yo te quisiera +ver casada con este... Entonces me reiría, me estaría riendo tres años +seguidos». + +Maximiliano se desnudaba para acostarse. Al quitarse el chaleco, salían +de las boca-mangas los hombros, como alones de un ave flaca que no tiene +nada que comer. Luego, los pantalones echaron de sí aquellas piernas +como bastones que se desenfundan. Todas sus coyunturas funcionaban con +trabajo, cual si estuvieran mohosas, y el pelo se le había hecho tan +ralo, que su cabeza ofrecía una de esas calvas sin dignidad que suelen +verse en jóvenes de poca y mala sangre. Al meterse en la cama y estirar +los huesos, exhalaba un _¡ah!_ que no se sabía si era de dolor o de +gusto. Fortunata, fingiendo dormir, se volvió para el otro lado y a +media noche dormía de veras. + +A la madrugada abrió los ojos. La alcoba estaba en completa oscuridad. +Oyó la respiración de su marido, áspera a ratos, a ratos silbante y con +diversos flauteados, como si el aire encontrase en aquel pecho +obstrucciones gelatinosas y lengüetas metálicas. Incorporose Fortunata, +cediendo a un movimiento interior cuyo impulso inicial se determinó +cuando estaba dormida. Lo que pensaba entonces era por demás peregrino. +El disparate que se le había ocurrido, porque disparate era y de los +gordos, fue que debía echarse del lecho muy callandito, buscar a tientas +su ropa, vestirse... ir hacia la percha, coger su bata y ponérsela. El +mantón, ¿dónde estaba? No pudo recordarlo; pero lo buscaría, a tientas +también; y una vez hallado, saldría de la alcoba, cogería el llavín que +estaba colgado de un clavo en el recibimiento, y ¡aire!... ¡a la calle! +La idea de la evasión estuvo flameando un rato sobre sus sesos, como una +luz de alcohol, sin que pudiera entender cómo se había encendido +semejante idea. En el bolsillo de la bata tenía medio duro, una peseta, +y algunos cuartos, la vuelta del duro que dio a Papitos para que le +trajera... no recordaba qué. Pues con aquel dinero tenía bastante. ¿Para +qué más? ¿Y a dónde iría? A una casa de huéspedes. No... a casa de D. +Evaristo... No, porque D. Evaristo la reñiría. Esta idea de que la +reñiría su _padrino_ fue el golpe que le aclaró el sentido, porque la +idea de la fuga era un rastro del sueño. «¿Estoy despierta o dormida?» +se preguntaba al reconocer su desatino; y quedose un rato sentada en la +cama, con la mano en la mejilla. El pañuelo se le había desatado de la +cabeza, y deshecho el peinado, sus espesas guedejas le caían sobre los +hombros. «¡Qué marido este!--pensaba, recogiéndose el cabello--, ¡ni +atar un pañuelo sabe!». Después creyó ver ojos, que en aquella profunda +oscuridad la miraban. «Debo de estar soñando todavía. ¿Qué me miras tú? +¿Qué dices? ¿Que estoy guapa? Ya lo creo. Más que tu mujer». + +Y se volvió a acostar. Maximiliano, al revolverse, le dio un +encontronazo con un omoplato. «¡Ay!, me ha hecho ver las estrellas» dijo +para sí Fortunata, recogiéndose más en su lado. + +«¿Duermes, vidita?» murmuró el otro despertándose, y rechupando luego +como si tuviera una pastilla en la boca. + +Pero sin oír la respuesta, se volvió a dormir. + + + + +--vii-- + + +Al día siguiente Fortunata se sentía mejor; pero aún estaba en la +cama cuando su marido, después de dar una vuelta por la botica, subió a +verla. «¿Qué tal?--le dijo inclinándose sobre ella y besándola en +frente--. Te puedes levantar. + +El día está bueno. ¡Ay!, yo tengo menos salud que tú, y no me quejo +tanto. Siento tal debilidad que a veces me cuesta trabajo mover un dedo. +Todos los huesos me duelen, y la cabeza la siento a ratos como si +estuviera vacía, sin sesos... Pero no me duele, y esto es mala señal, +porque las jaquecas son un puntal de la vida. Yo no sé lo que me pasa. A +ratos me distraigo, me entra como un olvido, me quedo lelo sin saber +dónde estoy ni lo que hago... Pues digo, ¿y cuándo pierdo la memoria y +se me va de ella lo que más sé?... Tú estarás buena mañana; pero yo no +sé a dónde voy a parar con estas cosas. Dice Ballester que tome mucho +hierro, pero mucho hierro, y que esto es falta de glóbulos en la sangre, +y así debe de ser... Esta máquina mía nunca ha sido muy famosa, y ahora +está que no vale dos cuartos...». + +Fortunata le miraba y sentía una lástima profunda. Quizás esta lástima +refrescaba el cariño fraternal que había empezado a marchitarse. Pero no +estaba muy segura de esto, y cuando le vio salir, pensaba que si aquella +planta raquítica del cariño se agostaba, debía hacer ella esfuerzos +colosales por impedirlo. + +Poco después, hallándose en el gabinete sentada junto al balcón, por +donde entraba el sol, sintió en los pasillos ruidos de voces que al +pronto no se podía saber si eran de gozo o de ira. Pero ni tuvo tiempo +de asustarse porque vio entrar a Nicolás haciendo aspavientos de júbilo, +el rostro encendido, los ojos chispos, y llegándose a su cuñada le dio +un fuerte abrazo: + +«Denme todos la enhorabuena... Ya... al fin... No ha sido favor, sino +justicia. Pero estoy muy agradecido a las personas que...». + +--¡Gracias a Dios! Ya tenemos a Periquito hecho fraile--dijo doña Lupe, +que después de haber recibido el estrujón en el pasillo, entraba tras +él, radiante de dicha, porque se le quitaba de encima aquella fiera +boca--. ¿Y de dónde? + +--De Orihuela, tía--replicó el clérigo frotándose las manos--. Mala +catedral; pero ya veremos si sale una permuta. + +--Canónigo te vean mis ojos, que Papa como tenerlo en la mano. + +--¡Cuánto me alegro!--dijo Fortunata por decir algo, y miró a la calle +al través de los cristales, temiendo que le leyeran en la cara los +pensamientos que la canonjía de su cuñado le sugería. + +«¡Lo que es el mundo!--pensaba--. Razón tenía D. Evaristo. Hay dos +sociedades, la que se ve y la que está escondida. Si no hubiera sido por +mi maldad, ¡cuándo habría sido canónigo este tonto de capirote, +ordinario y hediondo! ¡Y él tan satisfecho!». + +--Me voy mañana mismo a que me den la colación... Pero antes convido a +todo el mundo. Juan Pablo no lo sabe todavía. ¡Que rabie!... + +Ayer me apostaba que no me la darían. Ese Villalonga es una gran +persona, y Feijoo lo que se llama un caballero, y el Ministro también... +¿Sabéis quién me dio la noticia? Pues Leopoldo Montes, que está ahora en +Gracia y Justicia. Corrí allá, y cuando el jefe del personal de +catedrales me dijo que eran ciertos los toros, creí que me daba un +desmayo. La credencial estaba allí, y no me la habían mandado por no +saber mis señas... Lo repito, convido a todo Cristo... a lo que +quieran... y convido a las de Torquemada, a Ballester... a doña Casta y +sus simpáticas hijas... + +--Para, hijo, para--dijo doña Lupe amoscándose--, que para esas +convidadas no te va a bastar el sueldo de un año; y si piensas que yo +cargo con el mochuelo de los gastos, te equivocas... + +Nicolás se calmó luego, tomando el tono que cuadra a un sacerdote y con +el cual sabía él muy bien rectificar la descompostura que le producían +la ira o el contento. «Nada, yo estoy satisfecho, y aunque creo que me +lo merezco por mis estudios y por los servicios que he prestado en el +confesonario, no he de tener orgullo; y desde ahora lo digo, me he de +llevar bien con mis compañeros de cabildo... esta es la cosa. A mí me +gusta la paz y concordia entre príncipes cristianos. Una vida +descansada, mi misita por las mañanas con la fresca, mi corito mañana y +tarde, mi altar mayor cuando me toque, mi paseíto por las tardes, y +vengan penas». + +Cuando estaban almorzando, Fortunata no podía alejar de sí este +comentario: «Si fue un bien que me adecentaras, estúpido, ya te lo he +pagado y no te debo nada». + +«Yo tengo que ir al Monte--le dijo más tarde doña Lupe--, que hoy +empiezan las subastas. Ten cuidado con Papitos, que estos días anda muy +salida. Tú la echas a perder con tus benevolencias. Date una vuelta por +la cocina y no le quites ojo. Hazle que ponga el bacalao de remojo o +ponlo tú. Y que cuando yo venga esté lavada toda la ropa». + +Quedose sola Fortunata con la chiquilla; pero no pudo vigilarla, porque +toda la tarde estuvieron entrando visitas. Primero fue doña Casta +Moreno, viuda de Samaniego, con sus hijas, dos jóvenes muy bien educadas +o que se lo creían ellas. La mamá pertenecía a la familia de los +Morenos, que en el primer tercio del siglo se dividieron en dos grandes +ramas, los _Morenos ricos_ y los _Morenos pobres_; pero habiendo nacido +en la primera de estas ramas, vino a parar a la segunda. Casó con +Samaniego, hombre de bien y muy entendido en Farmacia, pero que no supo +hacerse rico. Por los Trujillos, tenía doña Casta parentesco remoto con +Barbarita; pero habiendo sido muy amigas en la niñez, apenas se trataban +ya, porque la fortuna y las vicisitudes de la vida las habían alejado +considerablemente una de otra. Sus relaciones eran intermitentes. A +veces se veían y se saludaban; a veces no. Les pasaba lo que a muchas +personas que se han tratado en la infancia y que después están años y +más años sin verse. Resulta que cuando se encuentran dudan si hablarse o +no, y al fin no se hablan, porque ninguna se decide a ser la primera. + +Más cercano y claro era el parentesco de Casta con Moreno-Isla, el +cual, a pesar de ser _Moreno rico_, mantenía cierta comunicación de +familia con aquella _Moreno pobre_, visitándola alguna vez. Se tuteaban +por resabio de la niñez; pero sus relaciones eran frías, lo +absolutamente preciso para salvar el principio del linaje. La rama de +los Moreno-Isla establecía además un enlace remoto entre doña Casta y +Guillermina Pacheco; pero este parentesco era ya de los que no coge un +galgo. Guillermina y la viuda de Samaniego no se habían tratado nunca. + +Jactábase doña Casta de haber educado muy bien a sus dos hijas. La +mayor, Aurora, guapetona, viuda de un francés, era mujer de mucha +disposición para el trabajo. Había vivido algún tiempo en Francia, +dirigiendo un gran establecimiento de ropa blanca, y tenía hábitos +independientes y mucho tino mercantil. La segunda, Olimpia, había estado +asistiendo al Conservatorio siete años seguidos, y obtenido muchos +premios de piano. Su mamá quería que fuese profesora consumada, y para +demostrarlo en los exámenes y obtener buena nota, la hacía estudiar una +pieza, con la cual mortificaba a la vecindad día y noche, durante meses +y aun años. Contaba esta niña la serie de sus novios por los dedos de +las manos; pero lo que es a casarse no habían tocado todavía. + +Fortunata simpatizaba mucho con Aurora y muy poco con la mamá y con +Olimpia. Temía que se burlasen de ella, por su falta de educación, y que +la estimaran en poco, sabedoras de su pasado. Reconociendo que le eran +las tres muy superiores por la crianza y el acertado empleo de palabras +finas, a veces quedábase a oscuras de lo que hablaban, y sólo asentía +con movimientos de cabeza. Siempre era de la opinión de ellas, pues +aunque pensara de distinta manera, no se atrevía a expresar su +disentimiento. Aquella tarde, por causa de su situación de espíritu, +estaba la de Rubín más cohibida que nunca y deseando que se marchasen. +Pero desgraciadamente nunca estuvo doña Casta más habladora. Sentía +mucho no encontrar a Lupe, pues deseaba comunicarle noticias de la mayor +trascendencia. Aurora iba a ponerse al frente de un establecimiento de +ropa blanca, montado a estilo de los mejores que hay en París y Londres. +¿Qué tal? + +Esforzábase la mujer de Maxi en disimular el aburrimiento que esto le +causaba, y a la hipérbole de doña Casta respondía con exclamaciones de +pasmo y asentimiento. «Mi hija--añadió la viuda de Samaniego--, estará +encargada de la dirección de los _trousseaux_, canastillas de bautizo y +demás género elegante, y tendrá sueldo y participación en los +beneficios. El dueño de este gran establecimiento, que tanto ha de +llamar la atención, es Pepe Samaniego, a quien ha facilitado el dinero +para montarlo mi _primo_ D. Manuel Moreno-Isla, el hombre más bueno y +más generoso del mundo, y con un capital... ¡qué capital! Y vea usted, +es soltero... y se pasa la vida en Londres aburriéndose... Lo que yo +digo; podría haber hecho feliz a una joven, de las muchas que hay en la +familia... Siempre que viene a verme, le largo un _espich_ como él dice, +él se ríe, se ríe...». + +--¡Pero qué me importarán a mí todas estas cosas!--pensaba Fortunata, +que ya no podía sostener más tiempo el papel, ni sabía de dónde sacar +los monosílabos y las sonrisas. + +Por fin quiso Dios misericordioso que _las Samaniegas_ se marcharan; +pero no habían pasado diez minutos cuando entró D. Evaristo, con su +criado, que le sostenía por el brazo derecho, y Fortunata le condujo +hasta la sala en una de cuyas butacas se sentó el anciano pesadamente. + +«¿Doña Lupe...?». + +--No hay nadie--dijo ella, lo que significaba: estoy sola, puede usted +hablar con libertad. + +--¡Ah!, sola... ¿y qué tal...? Me dijeron que estabas... que estaba +usted algo mala... + +Después de decirle que su enfermedad no había sido nada, la chulita se +sentó junto a él, haciendo propósito de contarle la verdadera dolencia +que sufría, que era puramente moral, y con los más graves caracteres. +Pensaba preguntar a su sabio amigo y maestro, por qué todo aquel +desorden se había manifestado a consecuencia de las breves palabras que +cruzó con Jacinta. ¿Qué relación tenía aquella mujer con su conducta y +con sus sentimientos? Sobre esto le diría algo sustancioso aquel sagaz +conocedor del corazón humano y del mundo, porque ella se devanaba los +sesos y no podía dar con la razón de que _la mona_ le trastornase su +espíritu. Si era ángel, ¿por qué la hacía mala? ¿Por qué era con ella lo +que es el demonio con las criaturas, que las tienta y les inspira el +mal? Luego no era ángel. Otro punto oscuro quería consultarle, y era que +sentía deseos vivísimos de parecerse a aquella mujer, y ser, si no +mejor, lo mismo que ella. Luego Jacinta no era demonio. + +Lo difícil era explicar esto de modo que el amigo Feijoo lo entendiese, +porque ya se sabe que no se daba buena mano para encontrar las palabras +que en el lenguaje corriente expresan las cosas espirituales y +enrevesadas. + + + + +--viii-- + + +Lo peor del caso fue que aún no había empezado la consulta +cuando entró doña Lupe, quien invitó al Sr. de Feijoo a tomar chocolate. +No se hizo de rogar el buen caballero, y la misma viuda de Jáuregui se +lo sirvió. Mientras lo tomaba, hablaron de las visitas que tía y sobrina +hacían a la calle de Mira el Río. «Yo--declaraba doña Lupe--, reconozco +que no tengo valor ni estómago para practicar la caridad en ese grado. +Admiro mucho a _la amiga_ Guillermina; pero no la puedo imitar». Feijoo +expuso sobre aquel tema de la filantropía algunas consideraciones muy +sesudas, y despidiose, dando a cada una de las señoras un fuerte apretón +de manos. + +Aquella noche notó Fortunata en su marido algo que la puso en cuidado. +Durante la comida no había dicho una palabra; tenía el color arrebatado, +estaba muy inquieto, dando a cada instante suspiros hondísimos. Cuando +subió a acostarse no tenía ya el rostro encendido, sino de color de +cola. «¿Tienes jaqueca?» le preguntó su mujer, viéndole desplomarse en +una silla y apoyar la cabeza en las manos. Contestó Maxi que no, que la +cabeza no le dolía nada, y que lo que le aterraba era sentir el cráneo +vacío, _desalquilado_, como una casa _con papeles_. + +«Hace poco--dijo con desaliento amargo--, perdí la memoria de tal +modo... que... no sabía cómo te llamas tú. Venía subiendo la escalera, y +me entró tal rabia, que me pregunté a gritos: '¿Pero cómo se llama, cómo +se llama?...'. Me acordé al entrar en la casa. Hoy estaba haciendo una +medicina para un enfermo de los ojos, y en vez del sulfato de _atropina_ +puse el de _eserina_, que es la indicación contraria. Si no lo advierte +Ballester... ¡qué atrocidad!, dejo ciego al enfermo... No puedo +trabajar. Esta cabeza se me ha trastornado. Figúrate que a ratos...». + +Diciendo esto la miraba de hito en hito, y Fortunata no sabía disimular +bien el terror que aquellos ojos le causaban. + +«Figúrate que a ratos me siento tan estúpido, pero tan estúpido, que +creo tener por cabeza un pedazo de granito. No salta aquí una idea +aunque me dé con un martillo. Y otros ratos parece que me vuelvo el +hombre de más seso del mundo, ¡y se me ocurren unas cosas...! De tan +sublimes que son no las puedo expresar; me tiembla la lengua, me la +muerdo y escupo sangre... Después me quedo como el que sale de un +desmayo». + +--Acuéstate y descansa--le propuso su mujer compadecida y asustada--. +Eso no es más que cansancio de tanto discurrir. + +Maximiliano empezó a desnudarse, deteniéndose a cada momento. + +«En cuanto muevo un brazo--decía con terror--, me aumentan de tal modo +las palpitaciones que no puedo respirar. Ballester dice que es nervioso, +una hiperquinesia del corazón, producida por la dispepsia... gases... +Pero yo digo que no, que no, que esto es más grave. Es la aorta... Yo +tengo una aneurisma, y el mejor día, plaf... revienta...». + +--No seas aprensivo... Si no leyeras librotes de Medicina no se te +ocurrirían esos disparates--opinó ella sacándole los pantalones. + +Quedose con las piernas tiesas, en calzoncillos, esperando a que su +mujer le quitara también las botas. «Dios te lo pague, hija de mi vida. +Ayúdame, que bien lo necesita tu pobre marido. Estoy lucido, como hay +Dios». + +Fortunata le cogió gallardamente en brazos y le metió en la cama. Aún +podía ella más. Ambos se reían; pero después de la risa, Maximiliano dio +un suspiro, diciendo con la tristeza mayor del mundo: + +«¡Qué fuerza tienes!... ¡Y yo qué débil! ¡Y a este llaman sexo fuerte! +¡Valiente sexo el mío!». + +«Duérmete y no pienses en tonterías» indicó ella que, movida de piedad, +creyó oportuno y caritativo hacerle algunas caricias. + +--Si no fuera por ti--dijo él, como un niño mimoso--, no se me +importaría que la vida se me acabara... El mundo no vale nada sino por +el amor. Es lo único efectivo y real; lo demás es figurado. + +Acostose también ella, y estuvo dándole conversación hasta que le entró +sueño. ¡Pobre chico! La lástima que Fortunata sentía, apagaba en su +espíritu la aversión, o al menos la escondía, como en un repliegue, no +permitiéndole manifestarse. Y la compasión hacía que brotaran en su +voluntad aquellos deseos de virtud sublime que a ratos surgían como flor +de un minuto, criada por la emulación. La emulación o la manía imitativa +eran lo que determinaba la idea de que si su marido se ponía muy malo, +muy malo, ella sería la maravilla del mundo por el esmero en asistirle y +cuidarle. Mas para que el triunfo fuese completo era menester que a Maxi +le entrase una enfermedad asquerosa, repugnante y pestífera, de esas que +ahuyentan hasta a los más allegados. Ella, entonces, daría pruebas de +ser tan ángel como otra cualquiera, y tendría alma, paciencia, valor y +estómago para todo. «Y entonces vería _esa_ si aquí hay perfecciones o +no hay perfecciones, y que cada una es cada una... Lo malo sería que no +lo viese, porque acá no ha de venir...». + +Maximiliano la distrajo de esta meditación, dando quejidos profundos. Ya +conocía aquello su mujer y sabía el remedio, que era volverlo suavemente +del otro lado... + +«¡Qué sueño!--murmuró Maxi medio despierto--. Soñaba que te habías +marchado... y yo te había cogido de un pie, y tú tirabas, y yo tiraba +más, y tirando se me rompía la bolsa del aneurisma, y todo el cuarto se +llenaba de sangre, todo el cuarto, hasta el techo...». + +Le arrulló para que se durmiera, y ella se durmió también. Levantose +temprano porque tenía que trabajar. Después de las nueve, cuando entró +en la alcoba a ver si a su marido se le ofrecía alguna cosa, este se +estaba vistiendo, y en una disposición de ánimo muy distinta de la que +tuviera la noche anterior. No sólo parecía recobrado de su debilidad, +sino que estaba inquieto, ágil y como si acabara de tomar un excitante +muy enérgico. En cuanto entró su mujer, se fue derecho a ella, +abotonándose el cuello de la camisa, y en tono de acritud le dijo: + +«Oye... estaba deseando que vinieras para decirte que esas visitas del +señor de Feijoo me cargan. Anoche te lo iba a decir y se me olvidó... Ya +lo sabes... Sé que ayer tarde estuvo aquí otra vez y le dieron chocolate +con mojicón. Me lo contó mi hermano Juan, que pasaba por la calle cuando +él salía, y hablaron». + +Fortunata estaba pasmada de aquel exabrupto, y más aún del tono. Por las +mañanas, solía estar Maximiliano algo regañón y displicente; pero nunca +como aquel día. Volviéndose hacia el espejo para ponerse la corbata, +prosiguió diciendo: «Es que parece que hacen las cosas a propósito para +molestarme, para que rabie... Y no eres tú sola... mi tía también. Se +han propuesto sin duda hacerme perder la salud». + +En el espejo pudo ver Fortunata la cara pálida y contraída de Maxi, cuya +susceptibilidad nerviosa se manifestaba en un movimiento vibratorio de +cabeza, la cual parecía querer arrancarse por sí misma del tronco. +Disculpose ella como pudo; pero él, en vez de calmarse, siguió +quejándose de que le mortificaban adrede, de que se proponían acabar con +él. La esposa callaba, sospechando que su marido no tenía la cabeza +buena, y que sería peor llevarle la contraria. Desde entonces pudo +observar que por las mañanas se repetía en Maxi la misma excitación, y +la terquedad de que todas las personas de la familia se confabulaban +contra él para atormentarle. Unas veces tomaba pie de alguna falta +advertida en la ropa, botón caído, ojal roto, o cosa semejante. Otras, +era que le ponían un chocolate muy malo para que reventara... ¡como que +le quedan envenenar...!, o bien que dejaban los balcones y las puertas +abiertas para que entrase un aire colado y le partiese. Estas manías +iban de mal en peor, poniendo a doña Lupe de un humor acerbísimo y +haciéndole presagiar alguna desgracia. Llegó día en que Maxi se +expresaba con una violencia muy opuesta a su carácter pacífico, y cuando +no le contradecían, se contestaba él, echando leña por sí propio en la +hoguera de su ira; y por fin se iba refunfuñando, cerraba con golpe +formidable la puerta, y bajaba la escalera de cuatro en cuatro peldaños. + +Por las noches el lobo se trocaba en cordero. Creeríase que la fuerte +inervación de la mañana se iba gastando con los actos y movimientos de +la persona en el curso del día, y que esta llegaba a la noche en el +estado contrario, exhausta como el que ha trabajado mucho. Ya Fortunata +se había acostumbrado a este tira y afloja, y ninguna de las +extravagancias de su marido la cogía por sorpresa. Por las mañanas lo +mejor era no hacerle caso, aparentando sumisión a sus exigencias; por +las noches no había más remedio que halagarle y mimarle un poco; que +otra cosa habría sido cruel. + +Diferentes veces, en las intimidades con su cara mitad, Maximiliano +había expresado esas tristezas tan comunes en los matrimonios que no +tienen hijos. Fortunata no gustaba de este tópico; pero no tenía más +remedio que aceptarlo. Una noche lo acogió con verdadero entusiasmo, +porque llevaba a él una felicísima idea que aquel día había tenido. +«Mira tú--dijo a su esposo--; si Dios no quiere darnos una criatura, él +se sabrá por qué lo hace. Pero podemos adoptar uno, buscar un huerfanito +y traérnosle a casa. A mí me gustaría mucho, y a los dos nos +distraería. ¿Por qué no he de hacer yo, aunque soy pobre, lo que hacen +las señoras ricas, que no tienen hijos? Es muy soso un matrimonio sin +chiquitín». + +A Maximiliano le pareció bien la idea; pero doña Lupe, aunque no la +contradijo abiertamente, no pareció entusiasmarse con ella. Los +chiquillos ensucian la casa, todo lo revuelven y enredan, y dan enormes +disgustos con sus enfermedades y travesuras. Aunque expuso estas ideas +con mucha discreción, Fortunata se entristeció, porque se le había +metido en la cabeza desde la noche antes aquel tema de recoger un niño +huérfano, y encariñada con ella, le costaba mucho trabajo desecharla. +¡Manía de imitación! + + + + +--ix-- + + +Doña Lupe la invitó, dos días después de la tarde del choque con +Jacinta, a volver a visitar a Mauricia. ¡Qué diría doña Guillermina si +no volvían! Negose Fortunata no sé con qué pretexto, a ir allá, y fue +sola doña Lupe. Era el día de San Isidro y no había ventas en el Monte +de Piedad. A eso de las diez regresó muy afectada, y entrando en el +gabinete donde su sobrina estaba cosiendo, le dijo: «Hija, rézale un +Padre nuestro a la pobre Mauricia». + +--¡Se ha muerto!--exclamó Fortunata sintiendo una fuerte sacudida en su +alma. + +--Sí, a las diez y media. Parecía que estaba esperando a que llegara yo +para morirse... ¡pobrecilla! Vengo horrorizada. Si yo lo sé, no parezco +por allá. Estos cuadros no son para mí. Cuando llegué estaba en su sano +juicio. ¡Preguntome por ti con un interés...! Dijo que te quería más que +a nadie, y que en cuantito que entrara en el Cielo, le iba a pedir al +Señor que te hiciera feliz. Yo, francamente, al oír esto, vi que estaba +fatal, y Severiana me dijo que anoche creyeron por dos o tres veces que +se les quedaba en las manos. Le dieron congojas tan fuertes, que se le +acababa la respiración... Noté también que su voz parecía salir del +hueco de un cántaro muy hondo, y sonaba como lejos... La cara la tenía +muy arrebatada, y los ojos hundidos, pero muy brillantes. Guillermina +estaba sentada a su cabecera, y a cada rato le daba abrazos y besos, +diciéndole que pensara en Dios, que padeció tanto por salvarnos a +nosotros... De repente, se descompuso, hija; ¡pero de qué manera...! se +quedó amoratada, empezó a dar manotazos y a echar por aquella boca unas +flores, ¡unas berzas...! Era un horror. En esto llegó el Padre Nones, a +quien Guillermina había mandado llamar para que la auxiliase; pero todo +inútil. Ni la pobre enferma podía oír lo que le decían, ni estaba su +cabeza para cosas de religión. La santa tuvo una idea feliz. Le dio a +beber una copa de Jerez, llena hasta los bordes. Mauricia apretaba los +dientes; pero al fin, debió darle en la nariz el olorcillo, porque +abriendo la bocaza, se lo atizó de un trago. ¡Cómo se relamía la +infeliz! Se calmó y ¡pum!, la cabeza en la almohada. Entonces +Guillermina, poniéndole una cruz entre las manos, le preguntaba si creía +en Dios, si se encomendaba a Dios y a la Santísima Virgen, y a tales y +cuales santos del Cielo, y contestaba ella que sí moviendo la cabeza... +El Padre Nones estaba de rodillas, reza que te reza. Encendieron una +vela, y te aseguro que el tufillo de la cera, los rezos y aquel +espectáculo me levantaron el estómago y me han puesto los nervios como +cuerdas de guitarra. Yo no quería mirar; pero la curiosidad... eso es lo +que tiene... me hacía mirar. Los ojos de Mauricia se le habían hundido +hasta ponérsele en la nunca, y la nariz, aquella nariz tan bonita, se le +afiló como un cuchillo. Guillermina, alzando la voz, decíale que se +abrazara a la cruz, que Dios la perdonaba, que ella la envidiaba por +irse derechita a la gloria, y otras muchas cosas que la hacían a una +llorar. La cabeza de Mauricia se iba quedando quieta, quieta... Luego la +vimos mover los labios, y sacar la punta de la lengua como si quisiera +relamerse... Dejó oír una voz que parecía venir, por un tubo, del sótano +de la casa. A mí me pareció que dijo: _más, más_... Otras personas +que allí había aseguran que dijo: _ya_. Como quien dice: «Ya veo +la gloria y los ángeles». Bobería; no dijo sino _más_... a saber, +_más Jerez_. Guillermina y Severiana le acercaron un espejo a la +cara y lo tuvieron un ratito... Después todos empezaron a hablar en +alta voz. Ya estaba Mauricia en el otro mundo; se había quedado de un +color violado tirando a azul. A los diez minutos su fisonomía estaba +tan variada, que si la ves no la conoces. + +«Pero Guillermina... ¡Qué mujer esa!--prosiguió la de Jáuregui, después +de una triste pausa, poniendo los ojos en blanco--. ¿Creerás que la +amortajó con sus propias manos? No haría más si fuera su hija. Ella la +lavó... ella la vistió... ella le puso el hábito... y tan tranquila. Yo +habría querido ayudar; pero, francamente, no sirvo para esas cosas. Me +parecía natural el ofrecerme. Bien sabía yo que la santa no había de +ceder a nadie el llevar la batuta en aquella operación: lo ha tomado por +oficio. Pero me ofrecí, me ofrecí. Hay que estar en todo y quedar +siempre en buen lugar. Y créete que lo poco que hice tiene mérito, +porque en mí es un sacrificio cualquier niñería de este género, mientras +que en esa señora no lo es, por estar muy acostumbrada a revolverse +entre enfermos y difuntos, como las hermanas de la caridad. Habías de +verla. Y siempre con su carita tan sonrosada, y aquel pasito ligero y +vivaracho. Cuando concluyó, echamos las dos un largo párrafo en la +salita; hablamos de Mauricia, de la mucha miseria que hay en este +Madrid, y de que gracias a las buenas almas 'como usted' me dijo, se +remediaban muchos males. «¿Y la sobrinita, no ha venido?--me preguntó--. +El otro día me prometió unos pantalones de su marido». + +--¡Ah!, sí--recordó Fortunata--. No crea usted que lo he olvidado. Ya +los aparté. Son para un hombre que toca la corneta, el trombón o qué sé +yo qué. Se los mandaremos a Severiana. + +--Yo me encargo de eso--replicó doña Lupe, dando a entender que pensaba +volver allá. + +--No, los llevaré yo, bien envueltitos en un pañuelo--dijo la sobrina, a +quien de súbito entraron ganas de ir a la casa mortuoria--. Llevaremos +cada una nuestro duro, por si piden para el entierro. + +--Eso no está mal pensado. Pero a quien hay que darlos es a Guillermina +que es la que sabe agradecer. ¡Ah! Se me olvidaba decirte otra cosa. Me +invitó a ir a visitar su asilo, mejor dicho, nos invitó a las dos. +Iremos. Ese día estrenaré mi abrigo nuevo y tú la falda que te piensas +hacer. Habrá que echarle algo en el cepillo; pero no importa. Otros +petitorios me enfadan a mí; que a los cepillos no les temo. + +Papitos entró, y su ama le dijo que hiciera una taza de té, porque tenía +el estómago revuelto. La señora no se había quitado el manto ni los +guantes; pero cuando se aligeraba, charlando, de la carga que en su +espíritu tenía, pensó en mudarse de ropa. En la mano traía un lío. Eran +varias cosillas que de paso compró para engolosinar a Maxi. Ballester +había recomendado que se le diera carne cruda; pero como él se negaba a +comerla, doña Lupe discurrió el darle menudillos, corazones de aves, y +suprimir para él el cocido y los feculentos. Para postre le trajo +_bruños_ de Portugal. + +A nada de esto atendía Fortunata, por tener el pensamiento enteramente +ocupado con aquella idea de visitar el asilo de doña Guillermina. De +allí sacaría el huerfanito que quería prohijar. Pues digo... si estaba +todavía en el establecimiento aquel mismo nene que su tío Pepe Izquierdo +quiso venderle a Jacinta, ¡qué ocasión, Cristo!, ¡qué golpe! Que vieran, +sí, que vieran cómo también ella... + +Pero pronto había de ocurrir algo que desconcertó por completo el plan +de adoptar un huerfanito. Al día siguiente, resistiendo al empeño de +Maxi que quería llevarlas a San Isidro, fueron, como estaba concertado, +a la calle de Mira el Río. Temía Fortunata aquella visita por diferentes +motivos, no siendo el menor la pena que le causaría, ver los restos de +Mauricia. Temerosa y sobresaltada, quedose en la salita, donde estaba +doña Fuensanta con un pañuelo negro por los hombros. Severiana entraba y +salía. Sus ojos revelaban que había llorado, y también tenía un mantón +negro por los hombros. Por un resquicio de la puerta que comunicaba la +sala primera con la cámara mortuoria, vio Fortunata los pies de la Dura +en el ataúd, y no tuvo ánimo para acercarse a ver más. Dábale pena y +terror, y no podía olvidar las últimas palabras que le dijo su infeliz +amiga: «Lo primerito que le he de pedir al Señor es que te mueras tú +también, y estaremos juntas en el Cielo». Aunque se tenía por +desgraciada, la de Rubín se agarraba con el pensamiento a la vida. Lo +que dijo Mauricia era un disparate. Cada uno se muere cuando le toca, y +nada más. Doña Lupe, que pasó a ver a la difunta, se afectó tanto, que +no pudo permanecer allí. «Hija mía--dijo a su sobrina secreteándose--, +yo no puedo ver estas cosas fúnebres. Creo que me va a dar algo. La +muerte me aterra, y no es que yo sea aprensiva. No me causa espanto +ninguna enfermedad, como no sea el mal de miserere. Es lo que temo... En +fin, que yo me voy de aquí al Monte. Necesito que me dé el aire. Quédate +tú por el buen parecer; ahí dentro está la santa. Toma mi duro, por si +hay la consabida suscricioncita. En cuanto se lleven el cuerpo te vas a +casa. Abur». + +Cuando se fue la de Jáuregui, dejando sola a su sobrina, esta mudó de +sitio por no ver los pies de Mauricia, calzados con bonitas botas de +caña clara; pies preciosísimos que no darían ya un solo paso, Doña +Fuensanta salió y le dijo algunas palabras. Un ratito después, abriose +la puerta de la estancia mortuoria, y Fortunata tuvo un estremecimiento +nervioso, creyendo al pronto que era la propia Mauricia que aparecía... +Pero no, era Guillermina. Desde que dio esta el primer paso en la sala, +fijáronse sus ojos en la joven, quien otra vez tuvo miedo. La santa iba +derecha a ella, mirándola como no la había mirado nunca. + +Tocándole suavemente un brazo, le dijo: «Tengo que hablar con usted». + +«¡Conmigo!...».--Sí, con usted--y al decir esto le volvió a tocar. La +impresión de este contacto corríale por el brazo arriba hasta llegar al +corazón. + +«Dos palabritas--añadió la santa; y luego se corrigió así--: Algunas más +serán». + +Advertía Fortunata en aquella cara cierta severidad: iba a decir algo; +pero la otra no le dio tiempo, y tomándole el brazo, como se toma el de +los hombres, le dijo: + +«Venga usted por aquí. ¿Tiene prisa?». + +--No señora...--Yo no me había marchado por esperar a ver si usted +venía. Anoche también la esperé a usted, y no quiso venir. + +Condújola a la casa próxima, donde doña Fuensanta vivía, y entraron en +una salita bastante desordenada, en la cual había más baúles que sillas, +y dos cómodas. Guillermina cerró la puerta, e invitando a Fortunata a +ocupar una silla, sentose ella en un cofre. + + + + +--x-- + + +Fortunata no sabía qué decir, ni qué cara poner, ni para dónde +mirar; tanto la asustaba y sobrecogía la presencia de la respetable dama +y la presunción del grave negocio que en aquella conferencia se iba a +tratar. Guillermina, que no gustaba de perder el tiempo, abordó al +instante la cuestión de esta manera: «Yo tengo una amiga a quien quiero +mucho... la quiero tanto que daría mi vida por ella; y esta amiga tiene +un marido que... En una palabra, mi amiga ha padecido horriblemente con +ciertas... tonterías de su esposo... el cual es una excelente persona +también... entendámonos, y yo le quiero mucho... Pero en fin, los +hombres...». + +La señora de Rubín miraba los trastos que obstruían el cuarto. Sin duda +buscaba algún mueble debajo del cual se pudiera meter. + +«Vamos al caso--prosiguió la otra, dando un castañetazo con los +labios--. Yo soy muy clara en todas mis cosas; no me gustan comedias. Me +he comprometido a hablar con usted. + +Primero se convino en acudir a la señora de Jáuregui; pero luego creí +mejor embestirla a usted directamente, y apelar a su conciencia, porque +me parecía a mí que llamando a esa puerta, alguien me respondería desde +dentro. Yo no creo que haya nadie malo, malo de todas veras. ¡Me he +llevado tantos chascos!... tantas veces me ha pasado ver que una persona +con fama de perversa salía de buenas a primeras con un acto de los más +cristianos, que ya no me sorprendo de ver saltar el bien en donde menos +se piensa. Que usted ha tenido sus extravíos, todo el mundo lo sabe. +¿Para qué hemos de decir otra cosa?». + +--¡Claro!...--murmuró Fortunata sin enterarse del verdadero sentido de +las palabras. + +--Yo no tenía el gusto de conocer a usted... Le confieso que me quedé +pasmada cuando mi amiguita me dijo ayer quién era usted. Ni remota +sospecha tenía yo... ¡Si esto parece comedia! ¡Encontrarse aquí, en un +acto de caridad dos personas tan... no se me ofenda si digo tan opuestas +por sus antecedentes, por su manera de ser...! Y no quiero rebajar a +nadie. Todo lo contrario: se me figura, no sé por qué... esto es cosa de +presentimiento, de adivinación, de corazonada... se me figura que usted, +si la sacuden bien, así como otros cuando los apalean sueltan bellotas, +si la sacuden bien, digo, ha de dejar caer alguna flor. + +Fortunata dijo que sí con la cabeza, y el dogal que en el cuello sentía +empezó a aflojarse. + +«Por esto apelo a su conciencia, y le pido que me declare, la mano +puesta en el corazón, si esta temporada, en estos días, tiene algún +trato con el esposo de mi amiga... Porque esta es la idea que se le ha +metido ahora en la cabeza. Con que a ver, dígame usted si...». + +--¡Yo!--exclamó Fortunata, que casi perdió el miedo con el empuje de la +verdad que quería salir--. Yo... ¿ahora? ¿Está usted soñando? ¡Si hace +un siglo que ni siquiera le he visto...! + +--¿De veras?--preguntó la santa, guiñando los ojos. Aquel modo de mirar +extraía la verdad como con tenazas; y ciertamente, la pecadora sentía +que la mirada aquella la penetraba hasta lo más profundo, trincando todo +lo que encontraba. + +--¿Pero no lo cree?... ¿Pero lo duda?--añadió; y olvidándose de los +buenos modales, iba a hacer la cruz con los dedos y a besárselos jurando +_por esta_. + +El deseo de ser creída resplandecía de tal modo en sus ojos, que +Guillermina no pudo menos de ver asomada en ellos la conciencia. Pero +como disimulaba esto, permaneciendo fría y observadora, la otra se +impacientaba y enardecía, no sabiendo ya qué decir para convencerla. +«¿Por qué quiere usted que se lo jure?... + +¡Vamos, que dudar esto!... Ni verle, ni saber de él tan siquiera...». + +--No diga usted más--manifestó Guillermina con cierta solemnidad--. Me +basta. Lo creo. Si usted me hubiera dicho lo contrario, yo le habría +pedido que hiciese todo lo posible por devolver a esa pobrecilla la +tranquilidad, eso es. Pero si no hay nada, me guardo mi súplica por +ahora; únicamente me permito hacerla de un modo condicional, ¿qué le +parece a usted?, mirando a lo futuro, y para el caso de que lo que ahora +no sucede, sucediera mañana o pasado. + +La señora de Rubín miraba al suelo. Tenía el pañuelo metido en el puño y +este en la barba. + +«Pero ahora--agregó la santa mujer--, se me ocurre hacer otra +preguntita... Usted tenga mucha paciencia; buena jaqueca le ha caído +encima. Vamos a ver: si ya no hay nada absolutamente entre usted y el +marido de mi amiga, si todo pasó, ¿por qué guardamos ese rencor a una +persona que no nos hace ningún daño?... ¿Por qué el otro día, ahí en ese +pasillo, la trató usted de una manera tan descompuesta y le dijo... no +sé qué? Francamente, hija, esto nos ha parecido muy extraño, porque +usted es casada, y vive en paz con su marido, al menos así lo parece. Si +aquellas diabluras se acabaron, ¿a qué venía maltratar de palabra y +hasta de obra a la pobre Jacinta, cuando lo que procedía era pedirle +perdón?». + +--Eso fue que...--murmuró Fortunata, haciendo del pañuelo una perfecta +pelota--, eso fue... pues fue que... + +Y no había medio de pasar de aquí. Las lágrimas salían a sus ojos, y el +nudo de la garganta volvió a apretársele de un modo horrible. En toda su +vida, en tiempo alguno, habíase visto la infeliz en trance semejante. La +persona que familiar y cariñosamente llamaban algunos la _rata +eclesiástica_, infundíale más respeto que un confesor, más que un +obispo, más que el Papa. Y la _rata_ guiñaba más los ojos, y en su +bondad quiso abrir camino a la confesión. + +«Es que usted, como si lo viera, conserva resentimientos y quizá +pretensiones que son un gran pecado; es que usted no está curada de su +enfermedad del ánimo; es que usted, si no tiene ahora trato con aquel +sujeto, se halla dispuesta a volverlo a tener. Las cosas claritas». + +Fortunata no contestó. «¿He acertado? ¿He puesto el dedo en la parte más +sensible de la llaga? Franqueza, señora mía; que esto no ha de salir de +aquí. Yo me tomo estas libertades, porque sé que usted no se ha de +enfadar. Bien sé que abuso y que me pongo insoportable y machacona; pero +aguánteme usted por un momento; no hay más remedio... Con que a ver...». + +Tampoco dijo nada. Por fin, desliando el pañuelo y expresándose a +tropezones, quiso escapar por la tangente en esta forma: «Aquel día... +cuando le dije a esa señora... aquello... después me pesó». + +--¿Y por qué no le pidió usted perdón? + +--Digo que me pesó mucho.--Estamos en ello... corriente... pero conteste +claro, ¿por qué no le dio excusas? + +--Porque me marché a mi casa. + +--Bueno. ¿Y si ahora la viera usted? + +Silencio completo. Guillermina no tuvo paciencia para esperar más la +respuesta, y acalorándose expresó lo que sigue: «¿Pero usted no sabe que +esa señora es mujer legítima... mujer legítima de aquel caballero? +¿Usted no sabe que Dios les casó y su unión es sagrada? ¿No sabe que es +pecado, y pecado horrible, desear el hombre ajeno, y que la esposa +ofendida tiene derecho a ponerle a usted las peras al cuarto, mientras +que usted, con dos adulterios nada menos sobre su conciencia, la ofende +con sólo mirarla? Pero vamos a ver, ¿usted qué se ha llegado a figurar, +que estamos aquí entre salvajes y que cada cual puede hacer lo que le da +la gana, y que no hay ley, ni religión, ni nada? Pues estaríamos lucidos +con esas ideítas, sí señor... No extrañe usted que me enfade un poco, y +dispense». + +Fortunata estaba como si le hubieran vaciado sobre el cráneo una cesta +de piedras. Cada palabra de Guillermina fue como un guijarro. + +En aquel momento, cogido el pañuelo por las dos puntas hacía con él una +soga. No se puede saber si fueron espontaneidad aturdida o bien +reflexión deliberada estas palabras suyas: + +«Es que yo soy muy mala; no sabe usted lo mala que soy». + +--Sí, sí; ya voy viendo que no somos una perfección--indicó la santa +irguiéndose en el asiento como para mirarla más de lejos--. Cuando hay +arrepentimiento el Señor perdona. ¡Pero usted, por lo visto, tiene una +frescura para mirar estas cosas de la moral...!, frescura que no le +envidio. Usted está casada: ya que la conciencia no le remuerde por un +lado, ¿cómo no le escuece por el otro? + +--Me casé sin saber lo que hacía. + +--¡Qué angelito!... ¡sin saber lo que hacía! Pues qué, ¿casarse es un +acto insignificante y maquinal como beber un buche de agua? ¿Puede +alguien casarse sin saber que se casa?... Hija mía, ese argumento +guárdelo usted para cuando hable con tontas, que conmigo no vale. + +--Me casaron--agregó Fortunata, volviendo a hacer una pelota con el +pañuelo--me casaron sin que pueda decir cómo. Creí que me convenía y que +podría querer a mi marido. + +--¡Ay, qué gracioso!... ¡Qué monísima es la criatura!--exclamó la +fundadora con amable ironía y gracejo--. Estas... hartas de pecados son +muy saladas cuando se hacen las inocentes. ¡Creyó que le podría querer! +¿Y qué hizo usted para conseguirlo?... ¡Ah! Lo que usted quería, digamos +las cosas claras, lo que usted quería era casarse para tener un nombre, +independencia y poder corretear libremente. ¿Más clarito todavía? Pues +lo que usted deseaba era una bandera para poder ejercer la piratería con +apariencias de legalidad. ¡Desdichado hombre el que cargó con usted! De +veras que le cayó la lotería. Y dígame, ¿al fin no saltó por alguna +parte ese cariño que usted quería tener? + +--No señora--replicó Fortunata, rompiendo a llorar--. Pero si me habla +usted de esa manera, no podré seguir; tendré que retirarme. + +La santa se corrió en el cofre que le servía de asiento para aproximarse +a la silla en que estaba la otra. + +«Vamos, no llore usted--le dijo con bondad, poniéndole la mano en el +hombro--. No se ofenda por lo que he dicho. Ya le recomendé a usted que +me llevara con paciencia. Hay que tomarme o dejarme. Cuando me pongo a +sacar pecados no se me puede aguantar... Pues es claro, les duele; pero +luego sienten alivio. Y hasta ahora, nada me ha dicho usted en su +descargo». + +--¿Pero qué culpa tengo yo de no querer a mi marido?--manifestó la +pecadora de la manera sofocada e intermitente que el llanto le +permitía--. Yo no lo puedo remediar. Yo no me casé por lo que la señora +dice, sino porque estaba equivocada, porque veía las cosas de otro modo +que como son. A mi marido no le quiero, ni le querré nunca, aunque me lo +manden todos los santos de la Corte celestial. Por eso digo que soy muy +mala, muy mala. + +Guillermina dio un gran suspiro. En presencia de aquel terrible +antagonismo entre el corazón y las leyes divinas y humanas, problema +insoluble, su gran piedad inspirole una idea sublime. «Bien sé que es +difícil mandar al corazón. Pero eso mismo le da a usted motivo para +dejar de ser mala, como dice, y adquirir méritos inmensos. Pero, hija, +¿en qué ha estado pensando que no se le ha ocurrido esto? Cumplir +ciertos deberes, cuando el amor no facilita el cumplimiento, es la mayor +hermosura del alma. Hacer esto bastaría para que todas las culpas de +usted fueran lavadas. ¿Cuál es la mayor de las virtudes? La abnegación, +la renuncia de la felicidad. ¿Qué es lo que más purifica a la criatura?, +el sacrificio. Pues no le digo a usted más. Abra esos ojos, por amor de +Dios; abra ese corazón de par en par. Llénese usted de paciencia, cumpla +todos sus deberes, confórmese, sacrifíquese, y Dios la tendrá por suya, +pero por muy suya. Haga usted eso, pero claro, que se vea, que se palpe, +y el día en que usted sea como le propongo, yo... yo...». + +Al decir _yo_, Guillermina se ponía la mano en el pecho y daba a sus +ojos la expresión más hermosa. + +«Yo, yo... ese día, iré a confesarme con usted como usted se confiesa +ahora conmigo». + +Esto dejó a Fortunata tan desconcertada, que sus lágrimas se secaron de +improviso. Miraba con verdadero espanto a la _rata eclesiástica_. + +«No se asombre usted ni ponga esos ojazos--prosiguió esta--. Yo no he +tenido ocasión de tirar por el balcón a la calle una felicidad, ni una +ilusión, ni nada. Yo no he tenido lucha. Entré en este terreno en que +estoy como se pasa de una habitación a otra. No ha habido sacrificio, o +es tan insignificante, que no merece se hable de él. Ríase usted de mí, +si quiere; pero sepa que cuando veo a alguna persona que tiene la +posibilidad de sacrificar algo, de arrancarse algo que duele, le tengo +envidia... Sí; yo envidio a los malos, porque envidio la ocasión, que me +falta, de romper y tirar un mundo, y les miro y les digo: 'Necios, +tenéis en la mano la facultad del sacrificio y no la aprovecháis...'». + +Esta idea, a pesar de ser tan alta, fue muy inteligible para Fortunata, +a quien se acercó Guillermina, y echándole el brazo por los hombros, la +apretó suavemente contra sí. Nunca, en tiempo alguno, ni en el +confesionario, había sentido la prójima su corazón con tantas ganas de +desbordarse, arrojando fuera cuanto en él existía. La mirada sola de la +virgen y fundadora parecía extraerle la representación ideal que de sus +propias acciones y sentimientos tenía aquella infeliz en su espíritu, +como la tenemos todos, representación que se aclara o se oscurece, según +los casos, y que en aquel resplandecía como un foco de luz. + + + + +--xi-- + + +Abriose la puerta y entró Severiana llorando a gritos. Había +llegado el momento de que se llevaran el cuerpo de Mauricia, y este acto +tristísimo se conoció en los gemidos y sollozos de todas las mujeres que +en la casa mortuoria estaban. Cuando Guillermina y Fortunata salieron, +ya el ataúd era bajado en hombros de dos jayanes para ponerlo en el +carro humilde que esperaba en la calle. La curiosidad y el deseo de dar +el último adiós a su amiga empujaron a Fortunata hacia la escalera... +Alcanzó a ver las cintas amarillas sobre la tela negra, en la revuelta +de la escalera; pero fue un segundo no más. Después se asomó al balcón, +y vio cómo pusieron la caja en el carro, y cómo se puso en marcha este +sin más acompañamiento que el de un triste simón en que iban Juan +Antonio y dos vecinos. Se vio tan vivamente acometida de ganas de +llorar, que no recordaba haber llorado nunca tanto, en tan poco tiempo. + +Y no era sólo la pena de ver desaparecer para siempre a una persona +hacia la cual sentía amor, afición, querencia increíble; era además una +necesidad de desahogar su corazón por penas atrasadas y que sin duda no +estaban bien lloradas todavía. + +Pronto desapareció el carro, y de Mauricia no quedó más que un recuerdo, +todavía fresco; pero que se había de secar rápidamente. A los diez +minutos de haber salido el cuerpo, entró Severiana con los ojos +hinchados, y abrió todas las puertas, ventanas y balcones para que se +ventilara la casa. La comandanta empezaba a disponer el tren de +limpieza, y a sacar los trastos para barrer con desahogo. + +--¡Pobre Mauricia!--dijo Fortunata a Guillermina, secándose el llanto a +toda prisa, pues no le parecía bien ser ella la que más llorase--. Mire +usted, señora, a mí me pasaba con esa mujer una cosa rara. Sabiendo que +era muy mala, yo la quería... me era simpática, no lo podía remediar. Y +cuando me contaba las barbaridades que hizo en su vida, yo no sé... me +alegraba de oírla... y cuando me aconsejaba cosas malas, me parecía, acá +para entre mí, que no eran tan malas y que tenía razón en +aconsejármelas. ¿Cómo me explica usted esto? + +--¿Yo?... ¿que le explique yo?...--repuso la fundadora con cierto +aturdimiento--. Hay en el corazón misterios muy grandes, y en lo que +toca a la simpatía, misterios de misterios... ¡Pobre mujer! Y si viera +usted qué guapa era cuando polla. Se crió en casa de mis padres. +¡Lástima de chica! Su perfil elegante, la mirada, la expresión, eran de +lo poco que se ve. Después se echó a perder, y se le puso la cara dura y +hombruna, la voz ronca. Dicen que era el retrato vivo de Bonaparte, y +efectivamente... + +Guillermina miró las láminas napoleónicas, y Fortunata también, +reconociendo el parecido. Después la santa se despidió de Severiana, +diciéndole que volvería al día siguiente. Le recomendó la paciencia, y +tomando el brazo de la de Rubín, se fue con ella. Severiana y la +comandanta las escoltaron hasta el portal. + +«Tenemos mucho que hablar--le dijo Guillermina en la calle--; pero +mucho. Lo de hoy no ha sido más que desflorar el asunto. Me ha sabido a +nada. Y usted, ¿tendrá un poco más de paciencia para aguantarme? Porque +si no ha quedado harta de mí, le he de rogar que me dé otra audiencia. +¿Será usted tan buena que quiera tener conmigo otro rato de palique?». + +--Todos los que usted quiera--replicó la señora de Rubín, encantada con +la indulgencia y cortesía de la ilustre dama. + +--Bueno; ya fijaremos cuándo y cómo. ¿Va usted hacia su casa? Pues +iremos juntas, porque yo tengo que ir a la calle de Zurita a echarle un +réspice a mi herrero, y no hará usted nada demás si me acompaña un poco. +Pronto despacho, y la dejaré a usted en la puerta de su casa. + +Aceptada con sumo agrado la proposición, anduvieron juntas el torcido y +desigual camino que separa la vertiente de la Arganzuela del barranco de +Lavapiés. Hablaban de cosas que nada tenían de espirituales, de lo caro +que se estaba poniendo todo... La carne sin hueso, ¡quién lo había de +decir!, a peseta; la leche a diez cuartos; el pan de picos a diez y +seis, y de las casas no dijéramos; un cuarto que antes costaba ocho +reales, ya no se encontraba por catorce. Llegaron por fin a la calle de +Zurita y se metieron en una herrería, grande, negra, el piso cubierto de +carbón, toda llena de humo y de ruido. El dueño del establecimiento +avanzó a recibir a la señora, con su mandil de cuero ennegrecido, la +cara sudorosa y tiznada, y quitándose la porra, le dio sus excusas por +no haber entregado los clavos _bellotes_. + +«¿Pero y los gatillos, que es lo que hace más falta?--dijo la dama +amoscándose--. Hombre de Dios, usted se va a condenar por tantos +embustes como dice. ¿No me prometió que estarían por ayer? ¿Qué palabras +son esas? Vaya, que ni Job tendría paciencia para aguantarle a usted. +Están parados los carpinteros de armar, por causa de esa santa pachorra. +No me extraña que esté usted tan gordo, Sr. Pepe... Y póngase la gorra, +que está sudando y se puede constipar». + +El herrero se excusaba con voz balbuciente, y por fin hizo juramento de +dar los gatillos para el jueves, sí, para el jueves, con toda +seguridad... Había tenido un encargo con muchas prisas... pero en +seguida se pondría con los gatillos de la señora, y los tendría, los +tendría _por encima de la cabeza de Cristo_ para el día señalado. Volvió +la fundadora a sermonearle, pues no se contentaba con promesas, y se +despidió diciendo que si no estaban el jueves, se podía quedar con +ellos. Salió el Sr. Pepe, haciendo cortesías, hasta media calle, y las +dos señoras subieron despacio hacia la del Ave-María. + +«Bueno--dijo Guillermina--; antes de separarnos, quedaremos en algo. +¿Quiere usted ir a mi casa? ¿Sabe usted dónde vivo?». + +Fortunata dijo que sí. Santa Cruz le había dicho varias veces que la +_rata eclesiástica_ vivía en la casa inmediata a la suya, y que ella y +Barbarita se comunicaban por los miradores. Para fijar el día, tuvo que +pensarlo porque no quería dar cuenta a doña Lupe de tal visita, temerosa +de que metiera en ella su cucharada, y discurrió que era preciso escoger +un día en que _la de los pavos_ fuera al Monte de Piedad. + +«El viernes... ¿le parece a usted bien?, de diez a once de la mañana». + +--Perfectamente... Adiós, hija, conservarse. + +(Ya estaban en la puerta de la casa). Que la espero a usted. Que no me +dé un plantón. + +--¡Quia!... No faltaba más. + +Quedose un rato Fortunata en la puerta mirándola subir, calle arriba, y +después entró despacio, meditabunda. En todo el resto del día no la pudo +apartar de su mente. ¡Qué extraordinaria mujer aquella! Sentíala dentro +de sí, como si se la hubiera tragado, cual si la hubiera tomado en +comunión. Las miradas y la voz de la santa se le agarraban a su interior +como sustancias perfectamente asimiladas. Y por la noche, cuando Maxi se +durmió, y estaba ella dando vueltas en la cama sin poder coger el sueño, +vínole a la imaginación una idea que la hizo estremecer. Con tal +claridad veía a Guillermina como si la tuviera delante; pero lo raro no +era esto, sino que se le parecía también a Napoleón, como Mauricia la +Dura. ¿Y la voz?... La voz era enteramente igual a la de su difunta +amiga. ¿Cómo así, siendo una y otra personas tan distintas? Fuera lo que +fuese, la simpatía misteriosa que le había inspirado Mauricia, se pasaba +a Guillermina. ¿Cómo, pues, se podían confundir la que se señaló por sus +vergonzosas maldades y la santa señora que era la admiración del mundo? +«Yo no sé cómo es esto--discurría Fortunata--; pero que se parecen no +tiene duda. Y el habla de las dos me suena lo mismo... Señor, ¡qué será +esto!». + +Se devanaba los sesos en el torniquete de su desvelo para averiguar el +sentido de tal fenómeno, y llegó a figurarse que de los restos fríos de +Mauricia salía volando una mariposita, la cual mariposita se metía +dentro de la _rata eclesiástica_ y la transformaba... ¡Cosa más rara! +¡El mal extremado refundiéndose así y reviviendo en el bien más puro!... +¿Pero no podría ser que Mauricia, arrepentida y bien confesada y +absuelta, se hubiera trocado, al morir, en criatura sana y pura, tan +pura como la misma santa fundadora... o más, o más? «¡Qué confusión, +Dios mío! Y que no haya nadie que le explique a una estas cosas...». + +Después le causaba pavor la visión figurada de los pies de Mauricia... +En la oscuridad, que surcaban rayas luminosas, veía las botas elegantes +y pequeñas de la difunta... Los pies se movían, el cuerpo se levantaba, +daba algunos pasos, iba hacia ella y le decía: «Fortunata, querida amiga +de mi alma, ¿no me conoces? ¡Re...! Si no me he muerto, chica, si estoy +en el mundo, créetelo porque yo te lo digo. Soy Guillermina, doña +Guillermina, la _rata eclesiástica_. Mírame bien, mírame la cara, los +pies... las manos, el mantón negro... Estoy loca con este asilo +pastelero, y no hago más que pedir, pedir, pedir al Verbo y a la Verba. +Sr. Pepe, ¿me hace usted esos gatillos o no?... ¡peinetas se debían +volver!». + + + + +-VII- + +La idea... la pícara idea + + + + +--i-- + + +Guillermina vivía, como antes se ha dicho, en la calle de Pontejos, +pared por medio con los de Santa Cruz. Era aquella la antigua casa de +los Morenos; allí estuvo la banca de este nombre desde tiempos remotos, +y allí está todavía con la razón social de _Ruiz Ochoa_ y _Compañía_. El +edificio, por lo angosto y alto, parecía una torre. El jefe actual de la +banca no vivía allí; pero tenía su escritorio en el entresuelo; en el +principal moraba D. Manuel Moreno-Isla, cuando venía a Madrid, su +hermana doña Patrocinio, viuda, y su tía Guillermina Pacheco; en el +segundo vivía Zalamero, casado con la hija de Ruiz Ochoa, y en el +tercero, dos señoras ancianas, también de la familia, hermanas del +obispo de Plasencia, Fray Luis Moreno-Isla y Bonilla. + +Entró Guillermina en su casa a las nueve y media de aquel día que debía +de ser memorable. Tan temprano, y ya había andado aquella mujer medio +mundo, oído tres misas y visitado el asilo viejo y el que estaba en +construcción, despachando de paso algunas diligencias. Llegose un +instante a su gabinete, pensando en la visita que aquel día esperaba, +pero el interés de este asunto no le hizo olvidar los suyos propios, y +sin quitarse el manto, volvió a salir y fue al despacho de su sobrino. +«¿Se puede?» preguntó abriendo suavemente la puerta. + +«Pasa, _rata_» replicó Moreno, que se acababa de dar un baño y estaba +sentado, escribiendo en su pupitre, con bata y gorro, clavados los +lentes de oro en el caballete de la nariz. + +--Buenos días--dijo la santa entrando; él la miraba por encima de los +quevedos--. No vengo a molestarte... Pero ante todo. ¿Cómo estás hoy? +¿No se ha repetido el ahoguillo? + +--Estoy bien. Anoche he dormido. Me parece mentira que haya descansado +una noche. Todo lo llevo con paciencia; pero esos desvelos horribles me +matan. Hoy, ya lo ves, hablo un rato seguido y no me canso. + +--Vaya... cosas de los nervios... y resultado también de la vida ociosa +que llevas... Pero vamos a mi pleito. Sólo te quería decir que ya que no +me acabes el piso, me des siquiera unas vigas viejas que tienes en tu +solar de la calle de Relatores... Ayer fui a verlas. Si me las das, yo +las mandaré aserrar... + +--Vaya por las vigas, que no son viejas. + +--¡Si están medio podridas! + +--¡Qué han de estar! Pero en fin, tarasca, tuyas son--replicó Moreno +volviendo a escribir--. ¡Cuándo querrá Dios que acabes tu dichoso asilo, +a ver si descansa el género humano! Mira, no sabes lo antipática que te +haces con tus petitorios. Eres la pesadilla de todas las familias y +cuando te ven entrar, no lo dudes, aunque te pongan buena cara, ¡te +echan de dientes adentro cada maldición...! + +A estas palabras, dichas con seriedad que más bien parecía broma, +contestole Guillermina sentándose junto al pupitre, apoyando un codo en +él, y mirando frente a frente al sobrino, cuya barba acarició con sus +dedos, entre los cuales tenía enredado aún el rosario. + +«Todo eso lo dices por buscarme la lengua. Eres muy pillincito. Por de +pronto vengan esos maderos que no te sirven para nada». + +--Carga con ellos y así te perniquiebres--repuso D. Manuel sonriendo. + +--Pero no basta eso. Es preciso que pongas una orden a tu administrador +para que me los entregue. Aquí, en este papelito... Ya que tienes la +pluma en la mano no me voy sin la orden. Luego acabarás tu carta. + +Diciendo esto, cogía de la papelera un pliego timbrado y se lo ponía +delante, apartando con su propia mano la carta que estaba a medio +escribir. + +--¡Dios tenga compasión de mí! Y el diablo cargue con estas santas +cursis, con estas fundadoras de establecimientos que no sirven para +nada. + +--Escribe, tontito. Si todo eso que hablas es bulla. ¡Si eres lo más +bueno... y lo más cristiano...! + +--¡Cristiano yo!--exclamó el caballero enmascarando su benevolencia con +una fiereza histriónica--. ¡Cristiano yo! ¡Mal pecado! Para que no te +vuelvas a acercar más a mí, me voy a hacer protestante, judío, mormón... +Quiero que huyas de mí como de la peste. + +--Vamos, no tontees. Te advierto que de ninguna manera te has de librar +de mí, pues aunque te vuelvas el mismo Demonio, te he de pedir dinero y +te lo he de sacar. Vamos; ponme eso. + +--No me da la gana. Y diciéndolo empezaba a redactar la orden. + +--Así, así...--decía Guillermina dictando--. «Sr. D... haga usted el +favor de dar los palos...». + +--Por ahí... los palos... Leña, que te den leña es lo que a ti te viene +bien. + +Durante el silencio de la escritura, oyose en el pasillo próximo rumor +de faldas, voces de mujeres y estallido de besos. Moreno levantó la +pluma diciendo: «¿Quién es?». + +--No te interrumpas... ¿Qué te importa a ti? Debe de ser Jacinta. Sigue. + +--Pues que pase aquí. ¿Por qué no pasa? + +--Está hablando con tu hermana. ¡Jacinta, Jacintilla!, entra: el +monstruo quiere verte. + +Abriose la puerta y aparecieron Jacinta y Patrocinio, la hermana de +Moreno. Esta se reía de ver a su hermano enzarzado con la santa, y +riéndose se retiró. + +--Venga usted... Jacinta por Dios--dijo Moreno echando la firma al +documento--, y sáqueme de este Calvario. Crea usted que su amiguita me +está crucificando. + +«Calle usted, cicatero--le contestó la joven avanzando hacia la mesa--. +Usted es el que la crucifica a ella, porque pudiendo darle todo lo que +le pide, que bien de sobra lo tiene, no se lo da: y hace muy mal en +atormentarla si piensa dárselo al fin». + +--Vamos, usted se me ha pasado al enemigo. Ya no hay salvación--afirmó +él quitándose los lentes y frotándose los ojos, cansados de tanto +escribir--. Estamos perdidos. + +--¿Eh?, ¿qué tal? ¿Tengo buenos abogados?--dijo Guillermina recogiendo +su papel. + +--¡Cicatero!--repitió Jacinta--. ¡Negarle tres o cuatro mil tristes +duros para acabar el piso...!, ¡un hombre que no tiene hijos, que está +nadando en dinero! ¡Usted que antes era tan bueno, tan caritativo...! + +--Es que me he vuelto protestante, hereje, y me voy a volver judío, a +ver si esta calamidad me deja en paz. + +--No, no le dejaremos, ¿verdad?--insistió la santa--. Mira, Manolo: +Jacinta y yo pedimos ahora juntas. Aunque te vuelvas turco, ya te cayó +que hacer. + +--No, Jacinta no se mete en esos enredos--dijo Moreno mirándola +fijamente en los ojos. + +--Vaya que sí me meto. El asilo es mío; lo he comprado. + +--¿Sí?, pues si ha dado usted dos pesetas por él ha hecho un mal +negocio. Todavía está a la mitad y ya se está cayendo. + +--Primero te caerás tú. + +--Es mío--afirmó la señora de Santa Cruz avanzando más y poniendo la +palma de la mano sobre el pupitre--. A ver, rico avariento, dé usted +para la obra de Dios. + +--¡Otra! Ya he dado unas vigas que valen cualquier cosa--replicó Manolo, +mirando embelesado, tan pronto la cara de la mendicante como su mano de +ángel, sonrosada y gordita. + +--Eso no basta. Necesitamos acabar el piso principal, y... + +--Eso... eso...--interrumpió Guillermina--. Pero no te dará ni una mota. +¿Sabes? Se va a hacer mormón, y necesita el dinero para tantísimas +mujeres como tendrá que mantener. + +--Poco a poco, señoras mías--observó el rico avariento, echándose sobre +el respaldo del sillón--. La cosa varía de aspecto. ¡Jacinta metida a +santa fundadora! ¡Qué compromiso! Ahora sí que no sé cómo salir del +paso, porque ahora sí que me condeno de veras, si me obstino en la +negativa. Porque no hay duda de que esta mano que pide, mano del Cielo +es... + +--Y tan del Cielo--indicó la propia Delfina sacudiendo la mano--. +Decidirse pronto, caballero. Es la primera vez que ejerzo de santa. Si +me echa la limosnita, usted me estrena. + +--¿Sí?...--dijo él moviéndose en el sillón con gran desasosiego--. Pues +doy, pues doy. + +Guillermina empezó a dar palmadas, gritando: «Hosanna... ya le tenemos +cogido». Y con vivacidad, semejante a la de una jovenzuela, echó mano a +la llave que estaba puesta en uno de los cajones de la mesa. + +--Eh... ¿qué libertades son estas?--gritó su sobrino sujetándole la +mano. + +--El talonario del Banco...--decía la _rata eclesiástica_, luchando por +desasirse y por sofocar la risa--. Aquí, aquí lo tienes, perro hereje... +sácalo pronto y pon cuatro números, cuatro letras y el garabato de tu +firma. Jacinta, abre... sácalo... no tengas miedo. + +--Orden, orden, señoras--arguyó Moreno a quien la risa cortaba la +respiración--. Esto ya es un allanamiento, un escalo. Tengan calma, +porque si no me veré en el caso de llamar a una pareja. + +--¡El talonario, el talonario!--chillaba Jacinta, dando también +palmadas. + +--Paciencia, paciencia. No tengo aquí el talonario. Está abajo, en el +escritorio. Luego... + +--¡Bah!... ¡se está burlando de nosotras!... + +--No, no--dijo Guillermina con ardor--, ya no puede volverse atrás. + +--Yo no me voy ya sin la firma.--Más que la firma--manifestó Moreno muy +serio, poniéndose la mano sobre aquel corazón que no valía ya dos +cuartos--, vale mi palabra. + +Estaba pálido, casi blanco, del color del papel en que escribía. + +«¿De veras?».--No hay más que hablar.--Eso sí--dijo la santa--, él es un +pillo, un hereje; pero lo que es palabra, la tiene... + +Dichas otras cuantas bromas, retiráronse las dos santas fundadoras, +dejando al hereje con su médico. Iban tan contentas, que cuando entraron +en el cuarto de Guillermina, a esta le faltaba poco para ponerse a +bailar. + +«¿Pero de veras nos mandará el talón?» preguntó Jacinta, incrédula. + +--Como tenerlo en la mano... Has estado muy hábil... Como tiene conmigo +tanta confianza, se pone muy pesado. Pero a ti no te había de negar... +¡Qué alegría!... ¡Ya tenemos piso principal! ¡Viva San José bendito! +¡Vivaaaa!... ¡Viva la Virgen del Carmen!... ¡Vivaaaa! Porque a ellos se +le debe todo. Tarde o temprano, Manolo me habría dado esos cuartos. +¡Ah!, yo le conozco bien. ¡Si es un angelote, un bendito, un alma de +Dios...! + + + + +--ii-- + + +No les duró mucho el regocijo, porque oyeron el reloj de la Puerta +del Sol dando las diez, y ambas mudaron súbitamente la expresión de su +rostro. «Las diez, ya veremos si viene--dijo Guillermina, que aún +conservaba resplandores de alegría en su cara--. Prometió venir; pero +esa palabra no debe de ser tan de fiar como la de Manolo». + +Y permaneciendo ambas en pie, la fundadora dijo a su amiguita: + +«Esto no lo hago yo más que por ti... ¡meterme en vidas ajenas! La +impresión que saqué el otro día es que por el momento no es ella quien +te le distrae. Sería una actriz consumada si así no fuese. Como venga +hoy, le echaremos la sonda más abajo a ver si sale algo. De todas +suertes, ya la sermonearé bien para que le reciba a cajas destempladas, +si él intentara... ¿Creerás una cosa? ¿Que esa mujer no me parece +enteramente mala?». + +--Podrá ser... Pero si usted hubiera visto la cara que me puso el otro +día, una cara de rencor como usted no puede figurarse... + +--Dice que después le pesó... + +--¡Bribona!--exclamó Jacinta, frunciendo los labios y apretando los +puños. + +--Pero, en fin, hoy la tantearemos otra vez. + +Como quiera que sea, su sermoncito no hay quien se lo quite. Y por si +viene pronto... quedamos en que de diez a once... debes marcharte ya, no +sea que te pille aquí. + +Después de un rato de silencio, la Delfina dijo con resolución: «Yo no +me voy». + +--¡Hija, qué me dices!... ¿Estás loca? + +--Yo no me voy. Me esconderé en la alcoba. Quiero oír lo que diga... + +--Eso sí que no te lo consiento. ¿En mi casa escenas de comedia? No, no +lo esperes. + +--¡Pero qué tonta, y qué exagerada, y qué puntillosa es usted, hija! +¿Qué mal hay en eso?, a ver... Le digo a usted que no me voy. + +--Pues te quedas aquí... ¡Ah!, no, eso tampoco. Márchate, niña de mi +alma, y no me pongas en tan mal paso. No es de mi carácter eso. + +--Déjeme... ¡por Dios! ¿Pero qué le importa a usted?... vaya... Yo me +meto en la alcoba y me estoy allí como en misa. + +--Hija, ni en los teatros resulta eso con sentido común... Para salir +diciendo luego con voz hueca: «¡lo he oído todo!». + +--Yo no chistaré. No haré más que oír... Vamos, remilgada, déjeme usted. + +--Ya me figuraba yo que habías de salir con alguna tontería. Eres una +voluntariosa. De esa manera me agradeces lo que hago por ti... + +--¿Pero qué mal hay?... Vaya, que es usted terca. Pues que no me voy, +que no me voy. + +Sonó la campanilla. «¿Apostamos a que es ella?... Lo siento» dijo +Guillermina, asomándose a la puerta. + +Jacinta no creyó prudente discutir más, y sin decir nada metiose en la +alcoba, cerrando cuidadosamente las vidrieras. Guillermina, no +conformándose con el escondite, quiso salir con ánimo de recibir la +visita en otra habitación; mas dispuso la fatalidad que su prima +Patrocinio, al ver entrar a Fortunata, la tomara por una de las muchas +personas que iban allí a pedir socorros, y la introdujese, como si +dijéramos, a boca de jarro, en el gabinete de la santa. Esta se vio algo +confusa, sin saber cómo salir de aquel atolladero. «¡Ah!, ¿era usted?... +No la esperaba... Pase y tome asiento». + +Fortunata, que iba vestida con mucha sencillez, entró como entraría una +planchadora que va a entregar la ropa. Avanzaba tímidamente, +deteniéndose a cada palabra del saludo, y fue preciso que Guillermina la +mandase dos o tres veces sentarse para que lo hiciera. Su aire de +modestia, su encogimiento, que era el mejor signo de la conciencia de su +inferioridad, hacíanla en aquel instante verdadero tipo de mujer del +pueblo, que por incidencia se encuentra mano a mano con las personas de +clase superior. Mucho la cohibía el temor de no saber usar términos en +consonancia con los que emplearía la confesora, pues en todas las +ocasiones difíciles recobraba su popular rudeza, y se le iban de la +memoria las pocas enseñanzas de lenguaje y modales que había recibido en +su corta y accidentada vida de señora. + +Pero lo verdaderamente singular era que Guillermina, tan dueña de su +palabra normalmente, estaba también azorada aquel día, y no sabía cómo +desenvolverse. El escondite de su amiga la llenaba de confusión, porque +era un engaño, un fraude, una superchería indigna de personas formales. +Lo primero que a la santa se le ocurrió, para empezar, fue una +ampliación de lo que había dicho en la casa de Severiana. «Si quiere +usted que seamos amigas y que le dé buenos consejos, es preciso que +tenga conmigo mucha confianza y no me oculte nada, por feo y malo que +sea. Hay en su vida de usted un punto muy oscuro. Usted está casada y no +quiere a su marido; así me lo confesó el otro día. Crea que esto me ha +dado qué pensar. Dice usted que se casó sin saber lo que hacía... +Explicación escurridiza. Tengamos sinceridad, y hablemos claro. La +sinceridad es difícil; pero así como los niños, que confiesan por +primera vez, no confesarían si el cura no les sacara los pecadillos con +cuchara, así yo voy a ayudarle a usted preguntando y echándole el +anzuelo de la respuesta. Veremos si pica... Cuando usted se determinó a +casarse, ¿no hizo allá en el fondo de su pensamiento, la reserva de que +el matrimonio le permitiera pecar libremente, no digo que con este y con +el otro, sino con el que usted quería?». + +Fortunata miraba al techo, recordando. + +«¿No había esa reserva? A ver... busque usted bien; busque más adentro, +más abajo». + +--Puede que sí la hubiera--dijo la otra al fin, con voz muy apagada y +trémula--. Puede que sí... + +--¿Ve usted cómo salen las heces cuando se las quiere sacar? + +--Pero también le diré a usted que yo no contaba con volverle a ver... +Pensé que no se acordaba de mí. Yo me llegué a creer que podría ser +buena y honrada... me lo tragué. ¿Pero cómo fue ello?, que él me +buscó... sí señora, me buscó y me encontró. Sin saber cómo, de repente, +el casamiento y mi marido se me pusieron a cien mil leguas de distancia. +Yo no sé explicarlo, no sé explicarlo. + +En cuanto la conversación se corría del lado de Juanito Santa Cruz, +Guillermina se aterraba. Quería apartarla de aquel extremo peligroso, y +no sabía cómo llevar a su penitente a un terreno puramente ideal. + +«Pero su conciencia... eso es lo que quiero saber». + +--¡Mi conciencia!... esto sí que es raro... se lo cuento a usted como +pasó... no se me alborotaba cuando cometía yo aquellos pecados tan +refeos... Le diré a usted más, aunque se horrorice... mi conciencia me +aprobaba... vamos al caso, me decía una cosa muy atroz, me decía que mi +verdadero marido... + +--No siga usted--interrumpió la santa alarmadísima, creyendo sentir +ruido en la alcoba. Es horrible. No siga usted. ¡Virgen del Carmen! Está +usted muy dañada. + +--Parecíame a mí--prosiguió la penitente sin poder contener la efusión +de su sinceridad--, que aquel hombre me pertenecía a mí y que yo no +pertenecía al otro... que mi boda era un engaño, una ilusión, como lo +que sacan en los teatros. + +--Calle, cállese por Dios... + +--Pero aguárdese usted... A mí me había dado palabra de casamiento... +como esta es luz... Y me la había dado antes de casarse... Y yo había +tenido un niño... Y a mí me parecía que estábamos los dos atados para +siempre, y que lo demás que vino después no vale... eso es. + +Guillermina se llevó las manos a la cabeza... Discurrió que lo mejor era +diferir la conferencia para otro día, pretextando que tenía que salir. +«Eso es muy grave. Hay que tratarlo despacio. Cierto que una promesa +liga algo... No sostendré yo que ese joven se portó bien con usted. Pero +el tiempo, la sociedad... Y sobre todo, los derechos que usted podría +tener, los ha perdido con su mala conducta».--Yo no habría sido +mala--dijo la de Rubín envalentonándose, al ver en su confesora un +inexplicable aturdimiento--, si él no me hubiera plantado en medio del +arroyo con un hijo dentro de mí--la santa vacilaba; no sabía por dónde +romper. ¡Ah!, sin aquel peligroso testigo de Jacinta ya se habría +explicado ella bien, enseñando a la atrevida cuántas son cinco. + +--Usted, hija mía, está como trastornada--le dijo, buscando modos de +hacer insignificante la conversación--. El otro día me pareció usted más +razonable... ¿qué mosca la ha picado...? + +--¿Qué mosca?--dijo Fortunata con cierto extravío en la mirada--. ¿Qué +mosca?, pues una. + +--Porque usted no se hace cargo de que ha pasado tiempo, de que ese +hombre está casado con una mujer angelical, y que... + +En la fisonomía de la prójima se encendió de improviso una luz vivísima. +Fue como una aureola de inspiración que le envolvía toda la cara. Más +hermosa que nunca, sacó de su cabeza un gallardísimo argumento, y se lo +soltó a la otra como se suelta una bomba explosiva. + +¡Pruuun! Guillermina se quedó atontada cuando oyó esta atrocidad: + +«¡Angelical!... sí, todo lo angelical que usted quiera; pero _no tiene +hijos_. Esposa que no tiene hijos, no es tal esposa». + +Guillermina se quedó tan pasmada, que no pudo responder. + +«Es idea mía--prosiguió la otra con la inspiración de un apóstol y la +audacia criminal de un anarquista--. Dirá usted lo que guste; pero es +idea mía, y no hay quien me la quite de la cabeza... Virtuosa, sí; +estamos en ello; pero no le puede dar un heredero... Yo, yo, yo se lo he +dado, y se lo puedo volver a dar...». + +--Por Dios... cállese usted... no he visto otro caso... ¡Qué idea!... +¡qué atrevimiento! Está usted condenada. + +Y la virgen y confesora llegó a tal grado de confusión, que no daba ya +pie con bola. + +«Yo estaré todo lo condenada que usted quiera... pero es mi idea; con +esta idea me iré al Infierno, al Cielo o a donde Dios disponga que me +vaya... Porque eso de que yo sea mala, muy mala, todavía está por ver». + +La santa la miraba con verdadero espanto. Fortunata parecía estar fuera +de sí y como el exaltado artista que no tiene conciencia de lo que dice +o canta. + +«¿Por qué he de ser yo tan mala como parece?... ¿porque tengo una idea? +¿No puede una tener una idea?... ¿Dice usted que la otra es un ángel? Yo +no lo niego, yo no pretendo quitarle su mérito... Si a mí me gusta, si +quisiera parecerme a ella en algunas cosas, en otras no, porque ella +será para usted todo lo santa que se quiera, pero está por debajo de mí +en una cosa: _no tiene hijos_, y cuando tocan a tener hijos, no me +rebajo a ella, y levanto mi cabeza, sí señora... Y no los tendrá ya, +porque está probado, y por lo que hace a que yo los puedo tener, también +muy probado está. Es mi idea, es una idea mía. Y otra vez lo digo: la +esposa que no da hijos, no vale... Sin nosotras las que los damos, se +acabaría el mundo... Luego nosotras...». + +«Nada, nada, esta mujer está loca y no tendré más remedio que ponerla en +la calle--pensó Guillermina--. ¡Y qué trago estará pasando la otra +pobre, oyendo tales lindezas!». + +Notaba en ella cierta exaltación insana. No era la misma mujer con quien +había hablado dos días antes. Ya tenía la palabra en la boca para +despedirla con buen modo, cuando se sintió ruido como de mano golpeando +en los cristales de un mirador, y luego una voz que llamaba a +Guillermina. Asomose esta. Fortunata oyó claramente la voz de doña +Bárbara preguntando: «¿Está ahí Jacinta?». + + + + +--iii-- + + +La santa vaciló antes de dar respuesta. Por fin la dio: +«¿Jacinta?... No, aquí no está». Poco más hablaron las dos damas, y +Guillermina volvió al lado de la visita; pero la falsedad que se había +visto obligada a decir trastornaba de tal modo su espíritu, que no +parecía la misma mujer de siempre, segura, impávida y tan dueña de su +palabra como de sus actos. La mentira y el escondite escénico de su +amiga pusiéronla en la situación más crítica del mundo, porque se había +hecho a la verdad, y vivía en ella como los peces en el agua. Estaba la +pobre señora, con aquellos escrúpulos, como pez a quien sacan de su +elemento, y aún le pasó por el magín la pavorosa idea: _¡pecado mortal!_ +En fin que aquello se tenía que concluir. + +«Hija mía, usted está hoy un poco alucinada. Bien quisiera poderla oír, +consolarla... pero tiene que dispensarme por hoy... Otro día...». + +--¿Tiene usted que salir?--dijo la anarquista con pena--. Bueno, +volveré; yo tengo que contarle a usted una cosa... Si no se la cuento a +usted, lo sentiré... ¡Ay!, una cosa que me ha pasado ayer... ¡tremenda, +muy tremenda! + +Guillermina permaneció en pie, diciendo para sí: «¿qué será?». + +«Si persiste usted--agregó en voz alta--, en tener esas ideas +estrambóticas, es difícil que yo la consuele. No nos entenderemos +nunca». + +En aquel momento la pecadora clavaba sus ojos en la santa. Se le estaba +pareciendo a Mauricia. La cara no era la misma; pero la expresión sí... +y la voz, se le había enronquecido como la de las personas que beben +aguardiente. + +«¿En qué piensa usted? ¿Por qué me mira tanto?» le preguntó Guillermina, +que ya estaba impaciente por terminar.--La miro a usted porque me gusta +mirarla... Anoche y anteanoche, y todos los días desde aquel en que +hablamos, la tengo a usted metidita dentro de mis ojos, la veo cuando +duermo y cuando no duermo. Ayer, cuando me pasó lo que me pasó, dije: +«No tengo sosiego hasta que no se lo cuente a la señora». + +Guillermina, movida de gran curiosidad, se sentó, y tomándole una mano, +le dijo en voz queda: «Cuente usted... Ya oigo». + +«Pues ayer--refirió la joven con los ojos bajos, alzándolos al final de +cada frase, como si pusiera con ellos las comas, más que con el +acento--, pues ayer... iba yo tan tranquila por la calle de la +Magdalena, pensando en usted... porque siempre estoy pensando en usted +y... me paré a ver el escaparate de una tienda donde hay tubos y llaves +de agua... Ni sé por qué me paré allí, pues ¿qué me importan a mí los +tubos?... cuando sentí a mi espalda... mejor dicho aquí en el cuello, +una voz... ¡Ay, señora!, la voz me sonó aquí detrás junto a estos +pelitos que tenemos donde nace la cabellera, y fue como si me entraran +una aguja muy fina y muy fría... Me quedé helada... volvime... le vi... +se sonreía». + +Guillermina extendió la mano para taparle la boca; pero sin resultado. + +«Yo no podía hablar... Me quedé como una estatua; me dieron ganas de +llorar, de echar a correr o de no sé qué». + +--No le diría a usted nada de particular--indicó la santa muy asustada, +quitando gravedad al asunto--. Nada más que un saludo... + +--¿Qué saludo?... Verá usted. Me dijo: «¿Chiquilla, qué es de tu +vida?...». Yo no le pude contestar... Di media vuelta, y él me cogió una +mano. + +--Vamos, vamos, esto ya es demasiado--declaró Guillermina, levantándose +turbadísima--. Otro día me contará usted eso... + +--No, si no hay más... Yo retiré mi mano, y me fui sin decirle nada... +No tuve alma para seguir adelante sin mirar para atrás, y miré y le +vi... Me seguía, distante. Apresuré el paso y me metí en mi casa... + +--Muy bien hecho, muy bien hecho... + +--Pero aguárdese usted--dijo Fortunata que ya no estaba exaltada, sino +en un grado de humildad lastimosa, y su tono era el de los penitentes +muy afligidos, que no pueden con el peso de sus culpas--. Aún falta lo +mejor. Después que le vi, se me ha clavado de tal manera en el +pensamiento la idea de... Es una idea mía, idea mala, señora... pero +usted es una santa, y me la quitará de la cabeza... Por eso no tengo +sosiego hasta no decírsela... + +--Basta, basta; no quiero, no quiero. + +--Que sí quiere--insistió la joven reteniéndola por ambas manos, pues la +confesora hizo ademán de apartarse de ella. + +--Una idea infame... la idea de pecar otra vez...--dijo Guillermina, +balbuciente--. ¿Es eso?... + +--Eso es... pero verá la señora. Yo quiero echarla de mí; pero a veces +se me ocurre que no debo echarla, que no peco... + +--¡Jesús!--Que así debe ser, que así está dispuesto--añadió la señora de +Rubín, volviendo a exaltarse y a tomar la expresión del anarquista que +arroja la bomba explosiva para hacer saltar a los poderes de la tierra. +Es una idea mía, una idea muy perra, una idea negra como las niñas de +los ojos de Satanás... y no me la puedo arrancar. + +--Cállese usted... Guillermina puso cara de consternación y dio algunos +pasos, vacilando como una persona que se va a caer. Tiempo hacía, mucho +tiempo, que la insigne fundadora no se había encontrado en compromiso +semejante. Sentíase atada y sin libertad, y esto la ponía fuera de sí, +destruyendo aquella serenidad soberana que normalmente tenía. Aún +intentó un esfuerzo para dominar situación tan penosa, y echando miradas +de alarma a la vidriera de su alcoba, dijo: «Pero usted... no +reflexiona... que...». + +No pudo concluir esta frase trivial. La otra, que siendo cifra de todas +las debilidades humanas, parecía más fuerte que la gran doctora y santa, +se permitió sonreír oyéndola. «¿Y qué saco de reflexionar? Mientras más +reflexiono peor». + +--Veo que usted no tiene atadero... Con esas ideas, pronto volveríamos +al estado salvaje. + +Con sonrisa sarcástica y un expresivo alzar de hombros, dio a entender +Fortunata que por ella no había inconveniente en que la sociedad +volviera al estado salvaje... + +«Usted no tiene sentido moral; usted no puede tener nunca principios, +porque es anterior a la civilización; usted es una salvaje y pertenece +de lleno a los pueblos primitivos». Esto o cosa parecida le habría dicho +Guillermina si su espíritu hubiera estado en otra disposición. +Únicamente expresó algo que se relacionaba vagamente con aquellas ideas: +«Tiene usted las pasiones del pueblo, brutales y como un canto sin +labrar». + +Así era la verdad, porque el pueblo, en nuestras sociedades, conserva +las ideas y los sentimientos elementales en su tosca plenitud, como la +cantera contiene el mármol, materia de la forma. El pueblo posee las +verdades grandes y en bloque, y a él acude la civilización conforme se +le van gastando las menudas, de que vive. + +De repente Fortunata vaciló en su ánimo. Parecía una fuerza nerviosa que +caía en brusca sedación. La otra, en cambio, se creció de repente por +una sacudida de su conciencia. «Ya no más, no más mentira. No puedo, no +puedo...». + +Alzó los ojos al techo, cruzó las manos, su cara se puso muy encendida y +sus ojos iluminados. Quedose atónita la anarquista oyéndole decir estas +palabras con un acento que parecía ser de otro mundo: + +«Salva, Jesús mío, esta alma que se quiere perder, y apártame a mí de la +mentira». Después se llegó a ella y le cogió una mano, diciéndole con +profunda lástima: «¡Pobre mujer!, yo tengo la culpa de las atrocidades +que ha dicho usted, yo, yo, Dios me lo perdone, y la causa ha sido una +farsa, una mentira... La verdad ante todo. La verdad me ha salvado +siempre y me salvará ahora. Usted ha dicho cosas infernales que +desgarran el corazón de mi amiga, y las ha dicho porque creía que +hablaba sólo conmigo. Pues la he engañado a usted, porque Jacinta está +escondida en aquella alcoba». + +Diciéndolo, corrió hacia la puerta vidriera y la empujó. Fortunata, que +estaba sentada frente a la puerta aquella, levantose de golpe, +quedándose yerta y muda. Jacinta no aparecía. Se oyeron tan sólo sus +sollozos. Estaba sentada en una silla, apoyando la cabeza en la cama de +la santa. Esta se fue a ella y le dijo: «Perdónala, querida mía, que no +sabe lo que se dice». + +--Y usted...--añadió, saliendo a la puerta--, bien comprenderá que debe +retirarse. Hágame el favor... Quizás todo habría concluido de un modo +pacífico; pero la Delfina se levantó de repente, poseída de la rabia de +paloma que en ocasiones le entraba. ¡Ánimas benditas! De un salto salió +al gabinete. Estaba amoratada de tanto llorar y de tantísima cólera como +sentía... No podía hablar... se ahogaba. Tuvo que hacer como que escupía +las palabras para poder decir con gritos intermitentes: «¡Bribona... +infame, tiene el valor de creerse!... no comprende que no se la ha +mandado... a la galera, porque la justicia... porque no hay justicia... +Y usted... (por Guillermina) no sé cómo consiente, no sé cómo ha podido +creer... ¡Qué ignominia!... Esta mujerzuela aquí, en esta casa... ¡qué +afrenta!... ¡Ladrona...!». + +Fortunata, en el primer movimiento de sorpresa y temor, había dado una +vuelta y puéstose tras el sillón en que poco antes estaba sentada. +Apoyando las manos en el respaldo, agachó el cuerpo y meneó las caderas +como los tigres que van a dar el salto. Mirola Guillermina, sintiendo el +espanto más grande que en su vida había sentido... Fortunata agachó más +la cabeza... Sus ojos negros, situados contra la claridad del balcón, +parecía que se le volvían verdes, arrojando un resplandor de luz +eléctrica. Al propio tiempo dejó oír una voz ronca y terrible que decía: +«¡La ladrona eres tú... tú! Y ahora mismo...». + +La ira, la pasión y la grosería del pueblo se manifestaron en ella de +golpe, con explosión formidable. Volvió a la niñez, a aquella época en +que trabándose de palabras con alguna otra zagalona de la plazuela, se +agarraban por el moño y se sacudían de firme, hasta que los mayores las +separaban. No parecía ser quien era, ni debía de tener conciencia de lo +que hacía. Jacinta y Guillermina se acobardaron un momento; pero luego +la primera lanzó un grito de angustia, y la santa salió a pedir socorro. +No tuvo tiempo Fortunata de prolongar su altercado ni de volver en sí, +porque apareció en la puerta el criado de Moreno, que era un inglesote +como un castillo, y a poco vino también doña Patrocinio, y después el +mismo Moreno. + +La señora de Rubín no se dio cuenta de lo demás... Tenía después una +idea incierta de que la mano dura del inglés la había cogido por un +brazo, apretándoselo tanto que aún le dolía al día siguiente; de que la +sacaron del gabinete, de que le abrieron la puerta y de que se vio +bajando la escalera. + +Todos acudieron a la señora de Santa Cruz que había perdido el +conocimiento, y Moreno, poniendo una cara entre burlesca y consternada, +se dejó decir: «Estas cosas le pasan a mi querida tía por meterse a +redentora». + + + + +--iv-- + + +Bajó Fortunata los peldaños riendo... Era una risa estúpida +salpicada de interjecciones. «¡A mí, decirme...! Si no me echan, la +cojo... le levanto... pero no sé, no recuerdo bien si le arañé la cara. +¡A mí decirme! Si le pego un bocado no la suelto... Ja, ja, ja...». Le +temblaban tanto las piernas, que al llegar a la calle apenas podía +andar. La luz y el aire parecía que le despejaban algo la cabeza, y +empezó a darse cuenta de la situación. ¿Pero era verdad lo que había +dicho y hecho? No estaba segura de haberle pegado; pero sí de que le +dijo algo. ¿Y para qué la otra la había llamado a ella _ladrona_?... +Subió por la calle de la Paz, pasando a cada instante de una acera a +otra sin saber lo que hacía. + +«¿Pero yo qué he hecho?... ¡Oh!, bien hecho está... ¡Llamarme a mí +_ladrona_, ella que me ha robado lo mío!». Se volvió para atrás, y como +quien echa una maldición, dijo entre dientes: «Tú me llamarás lo que +quieras... Llámame tal o cual y tendrás razón... Tú serás un ángel... +pero tú no has tenido hijos. Los ángeles no los tienen. Y yo sí... Es mi +idea, una idea mía. Rabia, rabia, rabia... Y no los tendrás, no los +tendrás nunca, y yo sí... Rabia, rabia, rabia...». + +Más allá del Banco volvió a reírse. Su monólogo era así: «¡Lo mismo que +la otra, la _señora_ del Espíritu Santo...! Doña Mauricia, digo, +Guillermina la Dura... Quiere hacernos creer que es santa... ¡buen peine +está! Harta de retozar con los curas, se quiere hacer la obispa +catoliquísima y meterse en el confesonario... ¡Perdida, borrachona, +hipocritona!... púa de sacristía, amancebada con todos los clérigos... +con el Nuncio y con San José...». + +De pronto sus ideas variaron, y sintiendo dolorosa angustia en su alma, +como impresión de horrible vacío, pensaba así: «¿Pero a quién me volveré +ahora? ¡Dios mío, qué sola estoy! ¡Por qué te me has muerto, amiga de mi +alma, Mauricia!... Por más que digan, tú eras un ángel en la tierra, y +ahora estás divirtiéndote con los del Cielo; ¡y yo aquí tan solita! ¿Por +qué te has muerto? Vuélvete acá... ¿Qué es de mí? ¿Qué me aconsejas? +¿Qué me dices?... ¡Qué ganas siento de llorar! Sola, sin nadie que me +diga una palabra de consuelo... ¡Oh!, ¡qué amiga me he perdido!... +Mauricia, no estés más entre las ánimas benditas, y vuelve a vivir... +Mira que estoy huérfana, y yo y los huerfanitos de tu asilo estamos +llorando por ti... Los pobres que tú socorrías te llaman. Ven, ven... +Señor Pepe te ha hecho los gatillos... le vi esta mañana en la fragua, +machacando, tin, tan... Mauricia, amiga de mi alma, ven y las dos juntas +nos contaremos nuestras penas, hablaremos de cuando nos querían nuestros +hombres, y de lo que nos decían cuando nos arrullaban, y luego beberemos +aguardiente las dos, porque yo también quiero el aguardientito, como tú, +que estás en la gloria, y lo beberé contigo para que se me duerman mis +penas, sí, para que se me emborrachen mis penas». + +Entró por fin en casa. Enteramente trastornada, andaba como una máquina. +No había nadie más que Papitos, a quien vio, mas no le dijo nada. +Encerrose en su alcoba, tiró el manto y se echó en el sofá, dando un +rugido. Después de revolcarse como las fieras heridas, se puso boca +abajo, oprimiendo el vientre contra los muelles del sofá, y clavando los +dedos en un cojín. No tardó en caer en penoso letargo, lleno de visiones +disparatadas y horribles, sin darse cuenta del tiempo que estuvo en tal +disposición. Cuando volvió en sí, había poca luz en el cuarto. Fijándose +bien, pudo distinguir la cara escrutadora de doña Lupe que la +observaba... «¿Qué tienes?... Me has asustado. ¡Dabas unos mugidos...!, +y de pronto te echabas a reír, ¡y se te escapaban unas palabritas...!». +A las reiteradas y capciosas preguntas de su tía, contestaba +evasivamente y con mucha torpeza. «¿En dónde has estado hoy? Tú has +salido».--«Fui a comprar aquella tela...».--«¿Y dónde está?».--«¿Que +dónde está la tela?... Pues no sé...».--«Parece que estás en Babia. A ti +te pasa algo. Levántate de ese sofá». + +Pero no se levantaba. Empezó a sospechar la viuda que aquel espíritu +estaba perturbado, y tembló. Vinieron a su pensamiento pasadas +vergüenzas y desdichas, y se prometió vigilar mucho. Estuvo la señora de +morros toda la noche, y Fortunata de más morros todavía, sintiendo que +se apoderaba de su alma la aversión a toda aquella familia. No les podía +ver. Eran sus carceleros, sus enemigos, sus espías. A cualquier parte de +la casa que fuese, seguíala doña Lupe. Se sentía vigilada, y el rechinar +de las zapatillas de su tía le causaba violentísima ira. Al día +siguiente, después de almorzar, y cuando Maxi se había marchado a la +botica, tuvo tanto miedo Fortunata a que la ira estallase, que para +evitarlo se ató una venda a la cabeza, fingiendo jaqueca, y encerrándose +en su alcoba, acostose en su cama. A la media hora le entró, como el día +anterior, la embriaguez aquella, el desvanecimiento de las ideas, que se +emborrachaban con tragos de dolor y se dormían. + +En tal situación siente vivos impulsos de salir a la calle; se levanta, +se viste, pero no está segura de haberse quitado la venda. Sale, se +dirige a la calle de la Magdalena, y se para ante el escaparate de la +tienda de tubos, obedeciendo a esa rutina del instinto por la cual, +cuando tenemos un encuentro feliz en determinado sitio, volvemos al +propio sitio creyendo que lo tendremos por segunda vez. ¡Cuánto tubo!, +llaves de bronce, grifos, y multitud de cosas para llevar y traer el +agua... Detiénese allí mediano rato viendo y esperando. Después sigue +hacia la plaza del Progreso. En la calle de Barrionuevo, se detiene en +la puerta de una tienda donde hay piezas de tela desenvueltas y colgadas +haciendo ondas. Fortunata las examina, y coge algunas telas entre los +dedos para apreciarlas por el tacto. «¡Qué bonita es esta cretona!». +Dentro hay un enano, un monstruo, vestido con balandrán rojo y turbante, +alimaña de transición que se ha quedado a la mitad del camino darwinista +por donde los orangutanes vinieron a ser hombres. Aquel adefesio hace +allí mil extravagancias para atraer a la gente, y en la calle se +apelmazaban los chiquillos para verle y reírse de él. Fortunata sigue y +pasa junto a la taberna en cuya puerta está la gran parrilla de asar +chuletas, y debajo el enorme hogar lleno de fuego. La tal taberna tiene +para ella recuerdos que le sacan tiras del corazón... Entra por la +Concepción Jerónima; sube después por el callejón del Verdugo a la plaza +de Provincia; ve los puestos de flores, y allí duda si tirar hacia +Pontejos, a donde la empuja su pícara idea, o correrse hacia la calle de +Toledo. Opta por esta última dirección, sin saber por qué. Déjase ir por +la calle Imperial, y se detiene frente al portal del Fiel Contraste a +oír un pianito que está tocando una música muy preciosa. Éntranle ganas +de bailar, y quizás baila algo: no está segura de ello. Ocurre entonces +una de estas obstrucciones que tan frecuentes son en las calles de +Madrid. Sube un carromato de siete mulas ensartadas formando rosario. La +delantera se insubordina metiéndose en la acera, y las otras toman +aquello por pretexto para no tirar más. El vehículo, cargado de pellejos +de aceite, con un perro atado al eje, la sartén de las migas colgando +por detrás, se planta, a punto que llega por detrás el carro de la carne +con los cuartos de vaca chorreando sangre, y ambos carreteros empiezan a +echar por aquellas bocas las finuras de costumbre. No hay medio de abrir +paso, porque el rosario de mulas hace una curva, y dentro de ella es +cogido un simón que baja con dos señoras. Éramos pocos... A poco llega +un coche de lujo con un caballero muy gordo. Que si pasas tú, que si te +apartas, que sí y que no. El carretero de la carne pone a Dios de vuelta +y media. Palo a las mulas, que empiezan a respingar, y una de estas +coces coge la portezuela del simón y la deshace... Gritos, leña, y el +carromatero empeñado en que la cosa se arregla poniendo a Dios, a la +Virgen, a la hostia y al Espíritu Santo que no hay por dónde cogerlos. + +Y el pianito sigue tocando aires populares, que parecen encender con sus +acentos de pelea la sangre de toda aquella chusma. Varias mujeres que +tienen en la cuneta puestos ambulantes de pañuelos, recogen a escape su +comercio, y lo mismo hacen los de la _gran liquidación por saldo, a real +y medio la pieza_. Un individuo que sobre una mesilla de tijera exhibe +el gran invento para cortar cristal, tiene que salir a espeta perros; +otro que vende los lápices más fuertes del mundo (como que da con ellos +tremendos picotazos en la madera sin que se les rompa la punta), también +recoge los bártulos, porque la mula delantera se le va encima. Fortunata +mira todo esto y se ríe. El piso está húmedo y los pies se resbalan. De +repente, ¡ay!, cree que le clavan un dardo. Bajando por la calle +Imperial, en dirección al gran pelmazo de gente que se ha formado, viene +Juanito Santa Cruz. Ella se empina sobre las puntas de los pies para +verle y ser vista. Milagro fuera que no la viese. La ve al instante y se +va derecho a ella. Tiembla Fortunata, y él le coge una mano +preguntándole por su salud. Como el pianito sigue blasfemando y los +carreteros tocando, ambos tienen que alzar la voz para hacerse oír. Al +mismo tiempo Juan pone una cara muy afligida, y llevándola dentro del +portal del Fiel Contraste, le dice: «Me he arruinado, chica, y para +mantener a mis padres y a mi mujer, estoy trabajando de escribiente en +una oficina... Pretendo una plaza de cobrador del tranvía. ¿No ves lo +mal trajeado que estoy?» Fortunata le mira, y siente un dolor tan vivo +como si le dieran una puñalada. En efecto; la capa del señorito de Santa +Cruz tiene un siete tremendo, y debajo de ella asoma la americana con +los ribetes deshilachados, corbata mugrienta, y el cuello de la camisa +de dos semanas... Entonces ella se deja caer sobre él, y le dice con +efusión cariñosa: «Alma mía, yo trabajaré para ti; yo tengo costumbre, +tú no; sé planchar, sé repasar, sé servir... tú no tienes que +trabajar... yo para ti... Con que me sirvas para ir a entregar, basta... +no más. Viviremos en un sotabanco, solos y tan contentos». + +Entonces empieza a ver que las casas y el cielo se desvanecen, y Juan no +está ya de capa sino con un gabán muy majo. Edificios y carros se van, y +en su lugar ve Fortunata algo que conoce muy bien, la ropa de Maxi, +colgada de una percha, la ropa suya en otra, con una cortina de percal +por encima; luego ve la cama, va reconociendo pedazo a pedazo su alcoba; +y la voz de doña Lupe ensordece la casa riñendo a Papitos porque, al +aviar las lámparas, ha vertido casi todo el mineral... y gracias que es +de día, que si es de noche y hay luz, incendio seguro. + + + + +--v-- + + +Lo que había soñado se le quedó a la señora de Rubín tan impreso en +la mente cual si hubiera sido realidad. Le había visto, le había +hablado. Completó su pensamiento, amenazando con el puño cerrado a un +ser invisible: «Tiene que volver... ¿Pues tú qué creías? Y si él no me +busca, le buscaré yo... Yo tengo mi idea, y no hay quien me la quite». +Incorporose después, quedándose apoyada en un codo y mirando a los +ladrillos. Sus ojos se fijaron en un punto del suelo. Con rápido impulso +saltó hacia aquel punto y recogió un objeto. Era un botón... Mirolo +tristemente, y después lo arrojó con fuerza lejos de sí, diciendo: «es +negro y de tres _aujeritos_. Mala sombra». Vuelta otra vez a la +cavilación: «Porque si le encuentro y no quiere venir, me mato, juro que +me mato. No vivo más así, Señor; te digo que no me da la gana de vivir +más así. Yo veré el modo de buscar en la botica un veneno cualquiera que +acabe pronto... Me lo trago, y me voy con Mauricia». Esta idea parecía +darle cierto aplomo, y salió del cuarto. En pocas palabras la puso doña +Lupe al tanto de la gran burrada que había hecho Papitos. «Nada, hija, +que si es de noche y se vierte el mineral con la luz encendida, aquí +perecemos todos achicharrados... Es muy perra esta chica, y me va a +consumir la vida». + +Pasado el berrinche, se fijó en la cara de su sobrina, encontrando en +ella un oscurísimo jeroglífico que no podía descifrar: «Pero estate sin +cuidado que ya te lo acertaré yo... Conmigo no juegas tú». + +Aquella noche hizo Maxi mil extravagancias, y a la mañana siguiente se +puso tan encalabrinado y vidrioso, que no se le podía aguantar. «Hay que +tener mucha paciencia--dijo doña Lupe a Fortunata--. ¿Sabes lo que te +aconsejo? Que no le lleves la contraria en nada. Hay que decirle a todo +que sí, sin perjuicio de hacer lo que se deba. El pobrecito está mal. Me +ha dicho esta mañana Ballester que tiene algo de reblandecimiento +cerebral. Dios nos tenga de su mano». Sentía Fortunata vivos deseos de +salir a la calle, y no sabía qué pretexto inventar para procurarse +escapatorias. Ofrecíase a hacer compras de que doña Lupe tenía +necesidad, e inventaba menesteres que motivaran una salidita. La taimada +viuda de Jáuregui comprendió que una sujeción absoluta sería +perjudicial, y empezó a darle libertad. Un día le leyó la cartilla en +estos términos: «Puedes salir; no eres una chiquilla y ya sabes lo que +haces. Yo creo que no nos darás ningún disgusto, y que has de mirar por +el decoro de la familia lo mismo que miro yo. La dignidad, hija, la +dignidad es lo primero». Pero doña Lupe empezaba a hacérsele +horriblemente antipática, y por nada del mundo le habría hecho una +confidencia. Hablando con verdad, lo que más disgustada tenía a doña +Lupe era, no que Fortunata saliese, sino que no le comunicase nada de lo +que pensaba o sentía. El pensar que tal vez estaría a la sazón la señora +de Rubín jugando una gran trastada al decoro de la familia, la +mortificaba, sí, pero no tanto como el ver que no la consultaba ni le +pedía consejo sobre aquello desconocido y oscuro que sin duda le +ocurría. «El tapujito es lo que me revienta. Como yo lo descubra va a +ser sonada. En hora maldita entró aquí esta loquinaria. No, yo nunca la +tragué, el Señor es testigo... siempre me dio la cara. El ganso de +Nicolás fue quien lo echó a perder tomándolo por lo religioso... Si al +menos se llegara a mí y me dijera: «tía, yo me veo en este conflicto, yo +he faltado o voy a faltar, o puede que falte si no me atajan...». +Demasiado sabe ella que con este mundo que yo tengo y con lo bien que +discurro, gracias a Dios, le abriría camino para poner a salvo el honor +de la familia. Pero no... la muy bestia se empeña en gobernarse sola, ¿y +qué hará?... Alguna barbaridad, pero gorda. Si no, allá lo veremos». + +Fortunata se echó a la calle, y en la Plaza del Progreso vio muchos +coches; pero muchos. Era un entierro, que iba por la calle del Duque de +Alba hacia la de Toledo. Por las caras conocidas que fue viendo mientras +el fúnebre séquito pasaba, vino a comprender que el entierro era el de +Arnaiz el Gordo, que se había muerto el día antes. Pasaron los +Villuendas, los Trujillos, los Samaniegos, Moreno-Isla... Pues irían +también D. Baldomero y su hijo... quizás en los coches de delante, +haciendo cabecera... «Toma; también Estupiñá». Desde el simón en que iba +con uno de los _chicos_, el gran Plácido le echó una mirada de +indignación y desdén. Siguió ella tras el entierro, y al llegar a la +parte baja de la calle de Toledo, tomó a la derecha por la calle de la +Ventosa y se fue a la explanada del Portillo de Gilimón, desde donde se +descubre toda la vega del Manzanares. Harto conocía aquel sitio, porque +cuando vivía en la calle de Tabernillas, íbase muchas tardes de paseo a +Gilimón, y sentándose en un sillar de los que allí hay, y que no se sabe +si son restos o preparativos de obras municipales, estábase largo rato +contemplando las bonitas vistas del río. Pues lo mismo hizo aquel día. +El cielo, el horizonte, las fantásticas formas de la sierra azul, +revueltas con las masas de nubes, le sugerían vagas ideas de un mundo +desconocido, quizás mejor que este en que estamos; pero seguramente +distinto. El paisaje es ancho y hermoso, limitado al Sur por la fila de +cementerios, cuyos mausoleos blanquean entre el verde oscuro de los +cipreses. Fortunata vio largo rosario de coches como culebra que +avanzaba ondeando; y al mismo tiempo otro entierro subía por la rampa de +San Isidro, y otro por la de San Justo. Como el viento venía de aquella +parte, oyó claramente la campana de San Justo que anunciaba cadáver. + +«Estará con su papá--pensó ella--, y aunque al volver me vea, no ha de +decirme nada». + +Después de permanecer allí largo rato, fue a la Virgen de la Paloma, a +quien dijo cuatro cosas, y estaba rezándole, cuando sus ojos, al +resbalar por el suelo, tropezaron con un objeto que brillaba en medio de +los baldosines de mármol. Púsose un momento a gatas para cogerlo. Era un +botón. «¡Es blanco y de cuatro _aujeritos_! Buena sombra» dijo +guardándolo. + +Se fue a su casa, y al día siguiente salió a comprar tela para un +vestido. Estuvo en dos tiendas de la Plaza Mayor, tomó después por la +calle de Toledo, con su paquete en la mano, y al volver la esquina de la +calle de la Colegiata para tomar la dirección de su casa, recibió como +un pistoletazo esta voz que sonó a su lado: «¡Negra!». + +¡Ay Dios mío!, encontrársele así tan de sopetón, ¡precisamente en uno de +los pocos instantes en que no estaba pensando en él! Como que iba +discurriendo la combinación que le pondría al vestido. ¿Azul o plata +vieja? Le miró y se puso del color de la cera blanca. Él entonces detuvo +un simón que pasaba. Abrió la portezuela, y miró a su antigua amiga, +sonriendo; sonrisa que quería decir: ¿Vienes o no? Si estás rabiando por +venir... ¿a qué esa vacilación? + +La vacilación duraría como un par de segundos. Y después Fortunata se +metió en el coche, de cabeza, como quien se tira en un pozo. Él entró +detrás, diciendo al cochero: «Mira, te vas hacia las Rondas... paseo de +los Olmos... el Canal». + +Durante un rato se miraban, sonreían y no decían nada. A ratos Fortunata +se inclinaba hacia atrás, como deseando no ser vista de los transeúntes; +a ratos parecía tan tranquila, como si fuera en compañía de su marido. + +«Ayer te vi... digo, no te vi... Vi el entierro y me figuré que irías en +los coches de delante». + +Los ojos de ella le envolvían en una mirada suave y cariñosa. + +«¡Ah!, sí, el entierro del pobre Arnaiz... Dime una cosa, ¿me guardas +rencor?». + +La mirada se volvió húmeda. + +--¿Yo?... ninguno.--¿A pesar de lo mal que me porté contigo?... + +--Ya te lo perdoné.--¿Cuándo?--¡Cuándo! ¡Qué gracia! Pues el mismo día. + +--Hace tiempo, _nena negra_, que me estoy acordando mucho de ti--dijo +Santa Cruz con cariño que no parecía fingido, clavándole una mano en un +muslo. + +--¡Y yo!... Te vi en la calle Imperial... no, digo, soñé que te vi. + +--Yo te vi en la calle de la Magdalena. + +--¡Ah!, sí... la tienda de tubos; muchos tubos. + +Aun con este lenguaje amistoso, no se rompió la reserva hasta que no +salieron a la Ronda. Allí el aislamiento les invadía. El coche penetraba +en el silencio y en la soledad, como un buque que avanza en alta mar. + +--¡Tanto tiempo sin vernos!--exclamó Juan pasándole el brazo por la +espalda. + +--¡Tenía que ser, tenía que ser!--dijo ella inclinando su cabeza sobre +el hombre de él--. Es mi destino. + +--¡Qué guapa estás! ¡Cada día más hermosa! + +--Para ti toda--afirmó ella, poniendo toda su alma en una frase. + +--Para mí toda--dijo él, y las dos caras se estrujaron una contra +otra--. Y no me la merezco, no me la merezco. Francamente, chica, no sé +cómo me miras. + +--Mi destino, hijo, mi destino. Y no me pesa, porque yo tengo acá mi +idea, ¿sabes? + +Santa Cruz no pensó en rogarle que explicara su idea. La suya era esta: +«¡Pero qué hermosa estás! ¿Has hecho alguna picardía en el tiempo que ha +pasado sin que nos veamos?». + +--¿Picardías yo?... (extrañando mucho la pregunta). + +--Quiero decir: después que volviste con tu marido, ¿no has tenido por +ahí algún devaneo...? + +--¡Yo!--exclamó ella con el acento de la dignidad ofendida--; ¡pero +estás loco! Yo no tengo devaneos más que contigo... + +--¿De cuánto tiempo puedes disponer? + +--De todo el que tú quieras. + +--Podrías tener un disgusto en tu casa. + +--Es verdad... pero ¿y qué? + +Y en el acto se acordó de las amonestaciones de Feijoo. Claro; no había +necesidad de descomponerse, ni de faltar a la religión de las +apariencias. + +--Pues dispongo de una hora.--¿Y mañana?--¿Nos veremos mañana? No me +engañes, pero no me engañes--dijo ella suplicante--. Estoy acostumbrada +a tus papas... + +--No, ahora no... ¿Me quieres? + +--¡Qué pregunta!... Bien lo sabes tú, y por eso abusas. Yo soy muy tonta +contigo; pero no lo puedo remediar. Aunque me pegaras, te querría +siempre. ¡Qué burrada! Pero Dios me ha hecho así, ¿qué culpa tengo? + +Tanta ingenuidad, ya conocida del incrédulo Delfín, era una de las cosas +que más le encantaban en ella. Tiempo hacía que él notaba cierta +sequedad en su alma, y ansiaba sumergirla en la frescura de aquel afecto +primitivo y salvaje, pura esencia de los sentimientos del pueblo rudo. + +--¿Me engañarás otra vez, farsantuelo? (clavándole a su vez los dedos en +la rodilla). + +--No claves tanto, hija, que duele. Y ahora gocemos del momento +presente, sin pensar en lo que se hará o no se hará después. Eso depende +de las circunstancias. + +--¡Ah!, esas señoras circunstancias son las que me cargan a mí. Y yo +digo: «¿Pero, Señor, para qué hay en el mundo circunstancias?». No debe +haber más que _quererse_ y a vivir. + +--Tienes razón (abrazándola con nervioso frenesí y dándole la mar de +besos). _Quererse_ y a vivir. Eres el corazón más grande que existe. + +Fortunata se acordó otra vez de su amigo y maestro Feijoo. El corazón +grande era un mal y había que recortarlo. + +--Reconozco--prosiguió el Delfín--, que vales mucho más que yo, como +corazón; pero mucho más. Soy al lado tuyo muy poca cosa, _nena negra_. +No sé qué tienes en esos condenados ojos. Te andan dentro de ellos todas +las auroras de la gloria celestial y todas las llamas del Infierno... +Quiéreme, aunque no me lo merezco. + +--¡Me muero por ti! (tirándole suavemente de las barbas). Si no me +quieres, te irás al Infierno... para que lo sepas; te irás conmigo... te +llevaré yo, arrastrándote por estas barbas. + +Risas. «¡Qué feliz soy, pero qué feliz soy hoy, Dios mío!--exclamó la +joven, con semblante y ojos iluminados--. No me cambiaría por todos los +ángeles y serafines que están brincando delante de su Divina Majestad en +el Cielo; no me cambiaría, no me cambiaría». + +--Ni yo... hace tiempo que yo necesitaba una alegría. Estaba triste, y +decía: «A mí me falta algo; ¿pero qué es lo que me falta a mí?». + +--Yo también estaba triste. Pero el corazón me está diciendo hace +tiempo: «Tú volverás, tú volverás...». Y si una no volviera, ¿para qué +es vivir? Vivir para que llegue un día así; lo demás es estarse muriendo +siempre. + +--Es tarde, y no quiero que te comprometas. Precaución, chica. No +hagamos tonterías. + +Volviendo a acordarse de Feijoo, repitió ella: «Lo principal es no hacer +tonterías». + +--Quedamos en que...--Mañana, a la hora que te venga mejor. + +--Cochero, vuelva usted.--Déjame a la entrada de la calle de Valencia. + +--Donde tú quieras.--Y pasado mañana también--dijo tras una pausa y con +ansiedad la insensata mujer. + +--Y al otro, y al otro... Pero no muerdas... + +Miraba ella al porvenir, y su radiante felicidad se nublaba con la idea +de que los días venideros desmintieran aquel en que estaba. + +--Porque ahora no serás tan malito como antes. ¿Verdad, pillín mío?... +¿No serás, no, verdad, rico mío? + +--Que no, que no... Vas a ver... Tú te convencerás... + +--Júramelo... ¡Ah!, ¡qué tonta!, ¡como si los juramentos valieran! En +fin, que ahora tomaré mis precauciones... Si mi idea se cumple... + +--¿Y cuál es tu idea?, ¿qué idea es esa? + +--No te lo quiero decir... Es una idea mía: si te la dijera, te +parecería una barbaridad. No lo entenderías... ¿Pero qué te crees tú, +que yo no tengo también mi talento? + +--Lo que tú tienes, _nena negra_, es toda la sal de Dios (besándola con +romanticismo). + +--Pues eso... junto con la sal está la idea... Si mi idea se cumple... +No te quiero decir más. + +--Mañana me lo dirás. + +--No, mañana tampoco... El año que viene. + +--_Ya llegó el instante fiero_... + +--_Silvia de la despedida_. Déjame aquí. Adiós, hijo de mi vida. +Acuérdate de mí. ¡Que no fueran los minutos horas! Adiós... me muero por +ti. + +--Que no faltes. Y no te olvides del número. + +--¿Qué me he de olvidar, hombre? Primero me olvidaré de mi nombre. + +--A la una en punto. Adiós, negra salada. + +--Hasta mañana.--Hasta mañana. + + +Madrid.--Diciembre de 1886. + + +FIN DE LA PARTE TERCERA + + * * * * * + + + + +Parte cuarta + + + + +-I- + +En la calle del Ave-María + + + + +--i-- + + +Segismundo Ballester (el licenciado en Farmacia que estaba al +frente de la botica de Samaniego) tenía frecuentes altercados con Maxi +por los garrafales errores en que este incurría. Llegó el caso de +prohibirle que hiciese por sí solo ningún medicamento de cuidado. +«¡Carambita!, hijo, si da usted en confundirme los _alcoholatos_ con las +_tinturas alcohólicas_, apaga y vámonos. Este frasco es el _alcohol de +coclearia_, y este otro la _tintura de acónito_... Vea usted la receta y +fíjese bien... Si seguimos así, lo mejor sería que doña Casta cerrase el +establecimiento». + +Y expresándose así, con ínfulas y asperezas de dómine, Ballester le +quitó de las manos a su subalterno lo que entre ellas tenía. «Pero ¿qué +demonios ha echado usted aquí?--dijo luego con enojo, llevándose el +potingue a la nariz--. O esto es _valeriana_ o no sé lo que me pesco. + +¡Cuando digo...! Hoy está usted muy malo. Más vale que se retire a su +casa. Yo me las arreglo mejor solo. Cuidarse; llévese usted un +derivativo... Mire, mire, llévese también un preparado de hierro. El +derivativo se lo zampa en ayunas... Luego en cada comida se atiza una +píldora de _hierro reducido por el hidrógeno_, con _extracto de +ajenjos_... por la noche al acostarse se atiza usted otra... Con estos +calores, conviene no abusar mucho del hierro, ¿sabe?, y sobre todo, +paséese usted y no lea tanto». + +Relevado por su regente de la obligación de trabajar, Rubín se fue al +laboratorio, y tomando de debajo de la silla un librote, se puso a leer. +Profundísima tristeza se revelaba en su rostro enjuto y granuloso. Caía +en la lectura como en una cisterna; tan abstraído estaba y tan apartado +de todo lo que no fuera el torbellino de letras en que nadaban sus ojos +y con sus ojos su espíritu. Tomaba extrañas e increíbles posturas. A +veces las piernas en cruz subían por un tablero próximo hasta mucho más +arriba de donde estaba la cabeza; a veces una de ellas se metía dentro +de la estantería baja por entre dos garrafas de drogas. En los dobleces +del cuerpo, las rodillas juntábanse a ratos con el pecho, y una de las +manos servía de almohada a la nuca. Ya se apoyaba en la mesa sobre el +codo izquierdo, ya el sobaco derecho montaba sobre el respaldo de la +silla, como si esta fuera una muleta, ya en fin, las piernas se +extendían sobre la mesa cual si fueran brazos. La silla, sustentada en +las patas de atrás, anunciaba con lastimeros crujidos sus intenciones de +deshacerse; y en tanto el libro cambiaba de disposición con aquellos +extravagantes escorzos del cuerpo del lector. Tan pronto aparecía por +arriba, sostenido en una sola mano, como agarrado con las dos, más abajo +de donde estaban las rodillas; ya se le veía abierto con las hojas al +viento como si quisiera volar, ya doblado violentamente a riesgo de +desencuadernarse. Lo que nunca variaba ni disminuía era la atención del +lector, siempre intensa y fija al través de todos los sacudimientos de +la materia muscular, como el principio que sobrevive a las revoluciones. + +Ballester iba y venía, trabajando sin cesar, y cantaba entre dientes +estribillos de zarzuelas populares. Era un hombre simpático, no muy +limpio, de barba inculta, la nariz muy gruesa, personalidad negligente, +terminada por arriba en una caballera de matorral, que debía de tener +muy poco trato con los peines, y por abajo en anchas y muy usadas +pantuflas de pana, que iba arrastrando por los ladrillos de la rebotica +y laboratorio. + +«Pero, alma de Dios, ya que no trabaja usted... al menos despache +menudencias--dijo, parándose ante Rubín--. Mire, allí está esa mujer +esperando hace un cuarto de hora... Diez céntimos de diaquilón. En +aquella gaveta está. Vamos, menéese». + +Rubín salía a la tienda y despachaba. + +«¿En dónde están los frascos de _Emulsión Scott_?». + +--Mírelos, mírelos; si los tiene casi en la mano. Dígole que es preciso +cuidar esa cabeza... ¡Otra vez a leer! Bueno; usted se acordará de mí... +leer, leer, y el aparato cerebro-espinal que lo parta un rayo... Tararí, +tararí... + +Seguía cantando y el otro ¡plum!, se chapuzaba otra vez en su lectura. + +«¿Y qué lee?... vamos a ver--dijo Ballester mirando el libro--. _La +pluralidad de mundos habitados_... Bueno va... ¡Cualquier día me iba yo +a ocupar de si había personas en Júpiter! Cuando digo que usted, amigo +Rubín, va a acabar mal. Aquí para entre los dos: ¿a usted qué le va ni +qué le viene con que haya gente en Marte o deje de haberla? ¿Le van a +dar a usted algo por el descubrimiento? Tararí... tararí. Yo doy de +barato--añadió luego, poniéndose a machacar en el mortero--, yo doy de +barato que haya familia en las estrellas; es más, declaro que la hay. +Bueno, ¿y qué? La consecuencia es que estarían tan jorobados como +nosotros». + +Rubín no contestaba. A cierta hora, dejó el libro, metiéndolo en un +rincón de la anaquelería, que apestaba a fénico, entre dos potes de +este líquido; después se restregaba los ojos y estiraba los brazos y el +cuerpo todo, tardando lo menos cinco minutos en aquel desperezo que +activaba la circulación de su poca sangre. Cogía el hongo que de una +percha colgaba, y a la calle. Poco tenía que andar por ella para ir a su +casa. Entró en esta con la cabeza baja, las cejas fruncidas. Su tía le +dijo que Fortunata no había venido aún y que le esperarían para comer. +Maxi ocupó su sitio en la mesa, doña Lupe le recogió el sombreo, y +volviendo al poco rato, sentose en el sofá de paja; ambos esperaron un +rato en silencio. + +«Cuidado que hoy tarda más que nunca» observó doña Lupe; y como notase +en el rostro de su sobrino señales de desasosiego, se apresuró a +entablar conversación más amena. + +«Todo el día me he estado acordando de lo que hablamos anoche. ¡Ah!, si +tú fueras otro, si tú tuvieras ambición, pronto seríamos todos ricos. El +farmacéutico que no hace dinero en estos tiempos es porque tiene +vocación de pobre. Tú sabes bastante, y con un poco de trastienda y otro +poco de farsa y mucho anuncio, mucho anuncio, negocio hecho. Créeme, yo +te ayudaría». + +--No crea usted, tía, yo también he pensado en eso. Ayer se me ocurría +una aplicación del _hierro dializado_ a sin fin de medicamentos... Creo +que encontraría una fórmula nueva. + +--Estas cosas, hijo, o se hacen en gordo o no se hacen. Si inventas +algo, que sea _panacea_, una cosa que lo cure todo, absolutamente todo, +y que se pueda vender en líquido, en píldoras, pastillas, cápsulas, +jarabe, emplasto y en cigarros aspiradores. Pero hombre, en tantísima +droga como tenéis ¿no hay tres o cuatro que bien combinadas sirvan para +todos los enfermos? Es un dolor que teniendo la fortuna tan a la mano, +no se la coja. Mira el doctor Perpiñá, de la calle de Cañizares. Ha +hecho un capitalazo con ese jarabe... no recuerdo bien el nombre; es +algo así como _latro-faccioso_... + +--El _lacto-fosfato de cal perfeccionado_--dijo Maxi--. En cuanto a las +_panaceas_, la moral farmacéutica no las admite. + +--¡Qué tonto!... ¿Y qué tiene que ver la moral con esto? Lo que digo; no +saldrás de pobre en toda tu vida... Lo mismo que el tontaina de +Ballester: también me salió el otro día con esa música. ¿Nada os dice la +experiencia? Ya veis: el pobre Samaniego no dejó capital a su familia, +porque también tocaba la misma tecla. Como que en su tiempo no se +vendían en su farmacia sino muy contados específicos. Casta bufaba con +esto. También ella desea que entre tú y Ballester le inventéis algo, y +deis nombre a la casa, y llenéis bien el cajón del dinero... Pero buen +par de sosos tiene en su establecimiento... + +Charla que te charla, doña Lupe miraba al reloj del comedor, mas no +expresaba su impaciencia con palabras. Por fin sonó la campanilla +débilmente. Era Fortunata que, cuando iba tarde, llamaba con timidez y +cautela, como si quisiera que hasta la campanilla comentase lo menos +posible su tardío regreso al hogar doméstico. Papitos corrió a abrir, y +doña Lupe fue a la cocina. Maxi habló con su mujer en un tono que +indicaba la complacencia de verla, y se quejó suavemente de que no +hubiese entrado antes. Tenía ella los ojos encendidos como de haber +llorado, y no era difícil conocer que disimulaba una gran pena. Pero +Rubín no reparaba en lo cabizbaja y suspirona que estaba su mujer +aquella noche. Hacía algún tiempo que la facultad de observación se +eclipsaba en él; vivía de sí mismo, y todas sus ideas y sentimientos +procedían de la elaboración interior. La impulsión objetiva era casi +nula, resultando de esto una existencia enteramente soñadora. + +A doña Lupe sí que no se le escapaba nada, y de todo iba tomando notas. +Hablose en la mesa del tiempo, del gran calor que se había metido, +_impropio de la estación_, porque todavía no había entrado Julio, aunque +faltaban pocos días; de los trenes de ida y vuelta, y de la mucha gente +que salía para las provincias del Norte. Con cierta timidez, se aventuró +Fortunata a decir que su marido debía dejarse de píldoras, y decidirse +a ir a San Sebastián a tomar baños de mar. Mostrándose muy apático, dijo +el pobre chico que lo mismo era tomarlos en Madrid con las _algas +marinas del Cantábrico_, a lo que respondió su mujer con energía: «Eso +de las algas es conversación, y aunque no lo fuera, lo que más importa +es tomar las _brisas_». + +Picando con el tenedor en el plato, para coger los garbanzos uno a uno, +la señora de Jáuregui se decía lo siguiente: «Te veo venir... buena +pieza. Ya sé yo las _brisas_ que tú quieres. Después de zarandearte +aquí, quieres zarandearte allá, porque se te va el amigo... Sí, lo sé +por Casta. Los señores de la Plazuela de Pontejos se marchan mañana. +Pero yo te respondo, picaronaza, de que con esa no te sales... ¡A San +Sebastián nada menos! Estás fresca... Ya te daré yo _brisas_...». + +Vino luego doña Casta con Olimpia a proponerles dar un paseo al Prado. +Rubín vacilaba; pero su mujer se negó resueltamente a salir. Fuese doña +Lupe con sus amigas, y Fortunata y Maxi estuvieron solos hasta media +noche en la sala, a oscuras, con los balcones abiertos, a causa del +calor que reinaba, hablando de cosas enteramente apartadas de la +realidad. Él proponía los temas más extravagantes, por ejemplo: «¿Cuál +de nosotros dos se morirá primero? Porque yo estoy muy delicado; pero +con estos achaques, quizás tenga tela para muchos años. Los +temperamentos delicados son los que más viven, y los robustos están más +expuestos a dar un estallido». Hacía ella esfuerzos por sostener plática +tan soporífera y desagradable. Otra proposición de Maxi: «Mira una cosa; +si yo no estuviera casado contigo, me consagraría por entero a la vida +religiosa. No sabes tú cómo me seduce, cómo me llama... Abstraerse, +renunciar a todo, anular por completo la vida exterior, y vivir sólo +para adentro... este es el único bien positivo; lo demás es darle +vueltas a una noria de la cual no sale nunca una gota de agua». + +Fortunata decía a todo que sí, y aparentando ocuparse de aquello, +pensaba en lo suyo, meciéndose en la dulce oscuridad y la tibia +atmósfera de la sala. Por los balcones entraba muy debilitada la luz de +los faroles de la calle. Dicha luz reproducía en el techo de la +habitación el foco de los candelabros, con las sombras de su armadura, y +esta imagen fantástica, temblando sobre la superficie blanca del cielo +raso, atraía las miradas de la triste joven, que estaba tendida en una +butaca con la cabeza echada hacia atrás. Maxi volvió a machacar: «Si no +fuera por ti, no se me importaría nada morirme, Es más, la idea de la +muerte es grata en mi alma. La muerte es la esperanza de realizar en +otra parte lo que aquí no ha sido más que una tentativa. Si nos +aseguraran que no nos moriríamos nunca, pronto se convertiría uno en +bestia, ¿no te parece a ti?». + +--¿Pues qué duda tiene?--respondía la otra maquinalmente, dejando a su +idea revolotear por el techo. + +--Yo pienso mucho en esto, y me entregaría desde luego a la vida +interior, si no fuera porque está uno atado a un carro de afectos, del +cual hay que tirar. + +--¡Ay, Dios mío, la que me espera mañana!--pensó la esposa. Era probado: +Siempre que su marido estaba por las noches muy dado a la somnolencia +espiritual, al día siguiente le entraba la desconfianza furibunda y la +manía de que todos se conjuraban contra él. + +Poco después de esto, dijo Maxi que se quería acostar. Fortunata +encendió luz, y él fue hacia la alcoba, arrastrando los pies como un +viejo. Mientras su mujer le desnudaba, el pobre chico la sorprendió con +estas palabras, que a ella le parecieron infernal inspiración de un +cerebro dado a los demonios: «Veremos si esta noche sueño lo mismo que +soñé anoche. ¿No te lo he contado? Verás. Pues soñé que estaba yo en el +laboratorio, y que me entretenía en distribuir bromuro potásico en +papeletas de un gramo... a ojo. Estaba afligido, y me acordaba de ti. +Puse lo menos cien papeletas, y después sentí en mí una sed muy rara, +sed espiritual que no se aplaca en fuentes de agua. Me fui hacia el +frasco del clorhidrato de morfina y me lo bebí todo. Caí al suelo, y en +aquel sopor... Tú vete haciendo cargo... en aquel sopor se me apareció +un ángel y me dijo, dice: 'José, no tengas celos, que si tu mujer está +encinta, es por obra del _Pensamiento puro_...'. ¿Ves qué disparates? Es +que ayer tarde trinqué la Biblia y leí el pasaje aquel de...». + +Maxi se estiró en la cama, y cerrando los ojos, cayó al instante en +profundo sueño, cual si se hubiera bebido todo el láudano de la +farmacia. + + + + +--ii-- + + +Fortunata no se acostó en la cama, porque hacía mucho calor. +Echose medio vestida en el sofá, y a la madrugada, después de haber +dormido algunos ratos, sintió que su marido estaba despierto. Oíale dar +suspiros y gruñir como una persona sofocada por la cólera. Sintiole +palpar en la mesa de noche buscando la caja de cerillas. Esta se cayó al +suelo, y en el suelo vio Fortunata la claridad lívida que los fósforos +despiden en la oscuridad. La mano de Maxi descendió buscando la caja, y +al fin pudo apoderarse de ella. Fortunata vio subir el azulado +resplandor, como difusa humareda. Este fenómeno desapareció con el +restallido del fósforo y la instantánea presencia de la luz alumbrando +la estancia. Los ojos del joven se esparcieron ansiosos por ella, y +viendo a su mujer acostada, dijo: «¡Ah!... estás ahí... ¡qué bien haces +el papel!». + +Para evitar cuestiones tan a deshora, la esposa fingió que dormía. Pero +entreabriendo los ojos le vio encender la vela. Púsose Maxi la ropa +necesaria para no levantarse desnudo, y se bajó de la cama +cautelosamente. Cogiendo la vela, salió al pasillo. Fortunata le sintió +reconociendo el cerrojo de la puerta, registrando el cuarto en que ella +tenía su ropa, y después el comedor y la cocina. Tantas veces había +hecho Maxi aquello mismo, que su mujer se había acostumbrado a tal +extravagancia. Era que le acometía la pícara idea de que alguien entraba +o quería entrar en la casa con intenciones de robarle su honor. + +Cuando Maxi volvió a la alcoba, ya principiaba a apuntar el día. «Si no +te cojo hoy, te cojo mañana--rezongaba--. No hay nada; pero yo sentí +pasos, yo sentí cuchicheos; tú saliste de aquí... Has vuelto a entrar y +estás ahí haciéndote la dormida para engañarme... Déjate estar... Yo +estoy con mucho ojo, y aunque parezca que no veo nada, lo veo todo... A +buena parte vienes... Que andaba un hombre por los pasillos, no tiene +duda. No vale el jurarme que no había nadie. Pues qué, ¿no tengo yo +oídos?... ¿Estoy yo tonto?». + +Decía esto sentado al borde del lecho, la vela en la mano, mirando a su +mujer, que continuaba fingiéndose dormida, con la esperanza de que se +aplacara. Pero esto no era fácil, y una vez desatada la insana manía, ya +había jaqueca para un rato. Acabando de vestirse, empezó a dar trancos +por la habitación, manoteando y hablando solo. + +«No, no, no... Si creen que me la dan, se equivocan. Lo más horrible es +que mi tía es encubridora... Pues qué, ¿entraría nadie en la casa si +ella no lo consintiera? Y Papitos también es encubridora. Buenas +propinas se calzará. Pero ya te arreglaré yo, _celestina_ menuda. Que no +me vengan con tonterías. Ayer noté yo bien marcadas en el felpudo de la +entrada las suelas de unas botas de persona fina. Dicen que el +aguador... ¡Qué aguador ni que niño muerto!... Y anteayer había en esa +misma alcoba la impresión, sí, la impresión de una persona que aquí +estuvo. No lo puedo explicar; era como huellas dejadas en el aire, como +un olor, como el molde de un cuerpo en el ambiente. No me equivoco; aquí +entró alguien. Lucido, lucido papel estoy haciendo. ¡Dios mío! ¿De qué +le vale a uno el poner su honor por encima de todas las cosas? Viene un +cualquiera y lo pisotea, y lo llena de inmundicia. Y no le basta a uno +vigilar, vigilar, vigilar. Yo no duermo nada, y sin embargo... Pero es +preciso vigilar más todavía y no perder de vista ni un momento a mi +mujer, a mi tía, a Papitos... Esta condenada Papitos es la que abre la +puerta, y yo la voy a reventar». + +Fortunata creyó al fin que convenía hacer que despertaba. Lo particular +era que en aquella crisis el desventurado joven no pasaba de las +extravagancias de lenguaje a las violencias de obra; todo era quejas +acerbísimas, afán angustioso por su honor y amenazas de que iba a hacer +y acontecer. + +«¿Qué disparates estás hablando ahí?--le dijo su mujer--. ¿Por qué no te +acuestas? Ya que tú no duermes, déjame dormir a mí». + +--¿Te parece que después de lo que has hecho, se puede dormir? ¡Qué +conciencias, válgame Dios, qué conciencias estas!... Tú lo negarás +ahora... ¿Quién andaba por los pasillos? Claro, el gato. El pobre minino +paga todas las culpas. ¿Y tú a qué saliste?, a jugar con el gato, +¿verdad?, justo. ¡Y eso me lo he de tragar yo! Lo que me anonada es que +mi tía consienta esto, mi tía que me quiere tanto. ¡Tú, ya sé que no me +quieres; pero mi tía...! Vamos que... Pues esa víbora de Papitos, con su +cara de mona... ¡Qué humanidad, Dios mío! El hombre honrado no tiene +defensa contra tanto enemigo; la traición le rodea; la deslealtad le +acecha. Aquellos en quienes más confía le venden. Donde menos lo piensa, +en el seno de la familia, salta un Judas. En la tierra no hay ni puede +haber honor. En el Cielo únicamente, porque Dios es el único que no nos +engaña, el único que no se pone careta de amor para darnos la puñalada. + +Fortunata se vistió a toda prisa. Sabía por experiencia que mientras más +le contradecía era peor. Un rato estuvo sentada en el sofá, oyéndole +disparatar y aguardando a que avanzara un poco la mañana par avisar a +doña Lupe. Antes de ir a lavarse, pasó por la alcoba de su tía, que ya +estaba vistiendo, y le dijo: «Hoy está atroz... ¡pobrecito!... A ver si +usted le puede calmar». + +--Voy, voy allá... Veo que sin mí no os podéis gobernar. Si yo +faltara... no quiero pensarlo. Mira, pon en planta a Papitos, y que +encienda lumbre... Le haremos chocolate en seguida; porque la debilidad +es lo que le pone así, y hay que meterle lastre en aquel pobre cuerpo. +Toma las llaves, saca de aquel chocolate que nos dio Ballester, +_chocolate con hierro dializado_... ¡Qué chico, vaya por dónde le da...! +Salgo al momento. + +Cuando su tía entró con el chocolate, Maxi seguía tan disparado como +antes. «Lo que yo extraño, tía, lo que yo no puedo explicarme--dijo +clavando en ella sus ojos que relampagueaban--, es que usted consienta +esto y lo encubra y me quiera matar, porque sépalo usted, para mí el +honor es primero que la vida». + +--Hijo de mi alma--le contestó doña Lupe poniendo el chocolate sobre la +mesa--, después hablaremos de eso... Yo te explicaré lo que hay, y te +convencerás de que todo es una figuración tuya. Toma primero el +chocolate, que estás muy débil... + +El joven se dejó caer en el sofá, inclinándose hacia la mesa próxima, en +que el desayuno estaba, y tomando un bizcocho lo mojó en el líquido +espeso. Antes de probarlo, se le fue la lengua otra vez acerca de lo +mismo, si bien en tono más tranquilo. «No sé cómo me va usted a +convencer, cuando yo tengo oídos, yo tengo ojos, y ante la evidencia, no +valen...». + +Hizo un gesto de repugnancia y horror al probar el bizcocho mojado. + +«Tía... ¡Fortunata!... ¿qué es esto?, ¿qué me dan?... Este chocolate +tiene arsénico». + +--¡Hijo, por María Santísima!--exclamó doña Lupe consternada, a punto +que entraba su sobrina. + +--¿Pero ustedes creen que a mí se me puede ocultar el gusto del +arsénico?...--dijo enteramente descompuesto, los ojos extraviados--. Y +no son tontas; ponen poca dosis... un centigramo, para irme matando +lentamente... Y apuesto a que ha sido Ballester el que les ha dado el +ácido arsenioso... porque también él está contra mí... ¿Qué infierno es +este, Dios mío?... + +--Vamos, esto no se puede sufrir. ¡Decir que le hemos envenenado el +chocolate...! + +--¡Gusto a arsénico!... clavado... ¡pero tan clavado...! + +Levantose en actitud de desesperación y volvió a la inquietud delirante +de sus paseos... + +«Tendré que dejarme morir de hambre... es horrible... Mi casa llena de +enemigos. Las personas que más me querían antes, ahora desean mi +muerte». + +--¡Conque arsénico...!--dijo Fortunata tomándolo a broma, con esperanza +de obtener así mejor efecto--. Para que veas que eres un simple y un +majadero, voy a tomarme yo el chocolate. + +Y en el acto empezó a tomarlo. Su marido la miraba atónito. + +«A ver si espichamos de una vez... Él podrá tener veneno, pero bien rico +está... ¿Te convences ahora?... Me tomaría otra jícara. No creas, me +vendría bien que esto matara, porque así me iba pronto de este mundo, +que maldita la gracia que tiene, con las jaquecas que me das y lo mucho +que nos haces sufrir». + +Doña Lupe, en tanto, trajo la cocinilla económica para hacer en +presencia de Maxi otro chocolate. Aun así, fue preciso sostener una +lucha penosa para que se decidiera a probarlo, pues insistía en que +también aquel tenía gusto a arsénico... «Aunque no tanto, convengo en +que no es tanto». Después, tomando tonos de transacción, les dijo: «Yo +creo que todo ello es cosa de Papitos... porque ustedes no saben lo +mala que es y la inquina que me tiene». + +--Vamos, que es para pegarte--le contestó doña Lupe--. ¡Tomarla así con +la pobre Papitos!... Mira, cuando te den manías, échame a mí toda la +culpa. Yo sé desenvolverme y probar mi inocencia. Y ahora, ¿por qué no +os vais los dos a dar un paseíto por el Retiro? Hasta las nueve no hace +calor; la mañana está deliciosa. + +Fortunata apoyó esta proposición, pero él no tenía ganas de salir. +Continuaba en el sofá, apoyado el codo en la mesilla y la cabeza en la +mano, mirando al suelo como si quisiera contar los juncos de la esterita +que había junto al sofá. Las dos mujeres se miraban, comunicándose con +los ojos malas impresiones. + +«Eso--murmuró él de una manera torva y recelosa--. Quieren echarme a la +calle, para...». + +--Pero alma de Dios, si va ella contigo... + +--¿Y a dónde me quiere llevar? Sabe Dios... Alguna trampa que me quieren +armar. Si sólo fuera para asesinarme, pase; ¡pero si es para atentar al +sagrado de mi honor...! + +--Todo sea por Dios.--¿No sabe usted, tía, que hace tres meses...? la +_Correspondencia_ lo trajo... una mujer llevó a su marido al Retiro, y +cuando iban por un paseo solitario salió el cómplice... sí, el cómplice, +que estaba escondido tras unas matas, y entre ella y aquel tuno cogieron +al pobre marido, le ataron de pies y manos y le arrojaron al +estanque... + +--¡Jesús, qué barbaridad! ¿De dónde has sacado esos desatinos? + +--La _Correspondencia_ no ha traído tal cosa--dijo Fortunata. + +--Vamos, lo habrás soñado tú. + +--Yo no lo he soñado--gritó él levantándose con golpe de resorte--. Es +verdad; lo he leído en la _Correspondencia_... y... ¡También me llaman +embustero! Yo no digo más que la verdad. Las embusteras son ustedes... +ustedes, con esas conciencias cargadas de crímenes... + +Doña Lupe cruzaba las manos y miraba al Cielo, invocando la justicia +divina. Fortunata expresaba un gran abatimiento, cual si su paciencia +tocase ya al punto en que agotarse debía. + +«Mira--dijo la viuda--, vete a la botica, ponte a trabajar, y con la +distracción se te despejará la cabeza». + +Sabía por experiencia la señora de Jáuregui que en los ataques fuertes +de su sobrino, Ballester era la única persona que le hacía entrar en +razón, desplegando ante él, ya la burla descarada, ya la autoridad seca +y hasta cruel. Las personas de la familia, a quienes él quería, eran las +más ineptas para dominarle, pues contra ellas iba la descarga de su +recelo furibundo. «Bueno, bajaré--dijo Maxi tomando su sombrero--. +Tengo que ajustarle las cuentas al señor de Ballester. De mí no se ríe +más... Y en último caso, que me lo diga cara a cara. ¿A que no se +atreve? Es un cobarde y un traidor, que vendiendo amistad, hiere por la +espalda». + +Tía y esposa no le dijeron nada, y fueron tras él. Cogiendo de la percha +del recibimiento la caña que usaba, salió dando un fuerte portazo. Bajó +rápidamente y estuvo hablando un rato con la portera. Desde el balcón le +vieron las dos señoras salir a la calle, pasar la acera de enfrente, +mirar hacia la casa... Ocultáronse ellas entonces, y asomándose con +cautela por entre los hierros, viéronle seguir, gesticulando y haciendo +molinete con el bastón. A cada instante se paraba y volvía hacia atrás. +Daba unos cuantos pasos y otra vez por la calle arriba. En una de estas +vueltas, salió Ballester a la puerta de la botica y le llamó con gesto +imperativo: «Aquí pronto... ¡Me gusta...! Venga usted aquí». + +En actitud semejante a la de un perro que ante el palo de su amo agacha +las orejas y arrastra el rabo por el suelo, entró Rubín en la botica +diciendo a su regente: «Buenos días, amigo Ballester. No le había visto. +Iba a tomar un poco el aire. Y usted, ¿qué tal?». + + + + +--iii-- + + +«Yo, bueno... conque a tomar el aire...--contestó Segismundo con +cara de muy mal genio--. + +El aire que me va usted a tomar ahora es ponerle las etiquetas a estos +frascos de jarabes... Y cuidado con equivocarse. Las etiquetas rojas son +las del _jarabe de corteza de naranja amarga con yoduro potásico_; las +verdes el mismo con _hierro dializado_. Como usted me trueque las +papeletas, le trituro». + +Poníase a trabajar, y, cosa por demás extraña, a pesar del desorden de +su cabeza, no cometía una sola equivocación, ni aun cuando le dieron +seis clases más de jarabes con sus correspondientes letreros de +diferentes colores. Ballester, que ya tenía noticia, por una esquelita +de doña Lupe, del rudo acceso de aquella mañana, le vigilaba +disimuladamente, mirándole por el rabillo del ojo, pero en una de las +vueltas que dio al laboratorio, Maxi dejó bruscamente el trabajo y se +fue a la calle sin sombrero. Al volver a la tienda y notar la ausencia +del joven, el regente se quedó muy tranquilo y no dijo más que: «Ya +voló... buena va». Tomaba con calma las extravagancias de su colega, y +su deseo era que una de aquellas escapatorias fuera la del humo. «Pero +no tendré yo esa suerte--decía--, y ya me lo volverán a traer para que +le amanse». + +Maxi subió a su casa. Al abrirle la puerta, no se admiró Fortunata de lo +descompuesto que venía, porque ya no eran nuevas aquellas inesperadas +apariciones. «Supongo--dijo él con trémulo labio--, que no me lo +negarás ahora... Puede que mi tía lo niegue... ¡es tan hipócrita...! +Pero tú no, tú eres mala y sincera. Cuando das el golpe mortal lo dices, +¿verdad? Y ahora ante los hechos palpables, evidentes, ¿qué tenéis que +decir?». + +«Otra vez... pero hijo...» chilló doña Lupe, saliendo al recibimiento. + +--Usted, tía, se empeñará en negarlo ahora... pero esta no lo niega. +Cierto que no le cogeré; porque habrá saltado por el balcón; pero no me +negarán que entró... Le he visto yo, le he visto pasar por delante de la +botica... En la escalera ha dejado su huella, su rastro, rastro y +huella, señores, que no se pueden confundir con nada... pero con nada. + +--¡Pues estamos divertidas!--dijo doña Lupe a Fortunata, que daba +suspiros mirando a su marido con lástima intensísima. + +--La que me las va a pagar todas juntas es esa indecente de +Papitos--gritó él, dando algunos pasos hacia la cocina. + +--¡Papitos!, está en la compra. ¡Pobre chica!... Ea, ya estamos hartas. +A ver si nos dejas en paz. Le encargaremos a Ballester que te amarre... +Niño, niño, se acabaron las tonterías. + +Diciendo esto le cogía por un brazo y le sacudía con ira materna y +correccional. «Mira que no te podemos sufrir... Lo que tú tienes es +mucho mimo». + +El desgraciado joven se dejó caer en un banco que en el recibimiento +había, el cual semejaba banco de iglesia, y allí se transformó la +máscara insana de su rostro, pasando de la furia a la consternación. +«Garantíceme usted... pues... que mi honor está... lo que llaman +intacto... y yo me tranquilizaré». + +«¡Tu honor! ¿Pero quién diablos se ha metido con él? Si todo es humo, +humo que hay dentro de esta cabeza». + +--¡Humo!... ¡ah!...--Sí, todo humo--dijo Fortunata, poniéndole +cariñosamente la mano en el hombro--. No pienses y no temerás nada. Es +la imaginación, nada más que la imaginación... la loca de la casa, como +decía tu hermano Nicolás. + +--¿Sabes lo que vamos a hacer?--indicó doña Lupe, algún tiempo después, +aprovechando la relativa calma que en su sobrino se notaba--. Pues vamos +a darle de almorzar. + +Su mujer le agarró por un brazo para llevarle a la mesa, y él no hizo +ninguna resistencia. Temían una y otra que no quisiese tomar nada, +fundándose en que la comida estaba envenenada; pero con gran sorpresa de +ambas, Maxi no manifestó recelo alguno sobre este particular. Tenía poco +apetito, y para que pasara algo, las dos hubieron de hacer a competencia +considerable gasto de palabras tiernas. Tan cariñosas se mostraron, que +Maxi comió más que otros días, sin hacer observación alguna ni quejarse +de lo mal condimentado que estaba todo. Hiciéronle café y esto fue lo +único que tomó con gana. De sobremesa, trató doña Lupe de alegrarse los +espíritus, charlando de cosas enteramente contrarias a aquella monserga +del honor; mas él daba a conocer con suspiros profundos que la tormenta +de su alma no estaba del todo extinguida. Pero la fuerza del ataque +había pasado, y pronto vendría la completa serenidad. Al despedirse para +volver a la botica, llevó a su mujer aparte y le dijo: «Prométeme no +salir esta tarde... prométeme no salir nunca sino conmigo». + +--¡Salir yo!, ¡qué disparates se te ocurren! No pienso en tal +cosa--replicó ella sonriendo--. Aquí me estaré esperándote. A la noche +iremos a casa de doña Casta. ¿Quieres? O a paseo. + +Mientras esto decía, doña Lupe, acechándola desde un rincón del pasillo, +fijaba en ella una mirada astuta. + +Aquella tarde estuvo Maxi en la botica bastante más calmado. En un rato +que tuvo libre, se fue al rincón del laboratorio en que guardaba sus +libros, y cogió uno disponiéndose a sumergirse en la lectura. Pero +Ballester tomó una vara; se fue derecho a él, y arrebatándole el libro, +le amenazó con castigarle. «Ea, dejémonos de sabidurías, que eso es lo +que nos trastorna. ¿A ver qué es esto?... ¡Hombre, qué bonito! + +_Errores de la teogonía egipcia y persa_... Esto reza el epígrafe del +capítulo... Pero, criatura, ¿que siempre ha de estar usted metiéndose en +lo que no le importa? ¿Qué le va a usted ni qué le viene con que +aquellos bárbaros, que ya se murieron hace miles de años, adoraran +muchos dioses?... Es gana de meterse en vidas ajenas. ¡Que tenían los +dioses por gruesas! Bueno, ¿y qué? ¿Acaso los tiene usted que mantener? +Lo que yo digo: es gana de entrometerse. No puedo ver tanta tontería +(exaltándose más a cada frase y llegando hasta la cólera); no puedo ver +que un cristiano se queme las cejas por averiguar cosas de las cuales ha +de sacar lo que el negro del sermón... Que le escondo los libros, que se +los quemo... Voy al momento». + +Esto último se lo decía a un parroquiano que mostraba una receta. + +«A ver, marmolillo (por Maxi) menéese usted. Alcánceme el alcanfor, el +nitro dulce, el polvo de regaliz...». + +Confeccionada la medicina en un dos por tres, volvió Ballester a coger +la vara, y continuó la filípica de este modo: + +«Lo mismo que la tontería en que ahora ha dado... que le van a quitar su +honor; que entran hombres en la casa... que por todas partes se le +tienden asechanzas a su honor... ¡Qué melodramáticos estamos y qué +simples _semos_! Parece mentira que tales absurdos se le ocurran a +quien está casado con una mujer, que es _la casta Susana_, sí señor, me +ratifico, _la casta Susana_, mujer que antes se dejaría descuartizar que +mirarle a la cara a un hombre. ¿Y si lo sabe usted, para qué arma esas +tragedias? ¡Ah!, si yo tuviera una hembra así, tan hermosa, tan +virtuosa; si yo tuviera a mi lado una virgen como esa, la adoraría de +rodillas y primero me apaleaban que darle un disgusto. ¡Su honor! Si +tiene usted más honor que... vamos, no sé con qué compararlo. Tiene +usted un honor más limpio que el sol... ¿qué digo sol, si el sol tiene +manchas? Más limpio que la limpieza. Y todavía se queja... Nada, yo le +voy a curar a usted con esta vara. En cuanto hable del honor, ¡zas!... +No hay otra manera. Lo que yo digo: esas cosas las hace usted por lo muy +mimadito que está. Tía que le cuida, mujer guapa que le mima también y +que se mira en las niñas de sus ojos... Como que es la verdad... +Carambita, pues si yo tuviera una mujer así...». + +Al llegar a esta parte de la reprimenda que Segismundo le espetaba más +en serio que un ladrillo, Rubín se había tranquilizado tanto, que casi +estaba dispuesto a oírle con benevolencia y hasta con jovialidad. Y +concluyó por sonreír, y al cabo de un gran rato le dijo: + +«Amigo Ballester, le convido a usted a Variedades esta noche. ¿Quiere?». + +--¿Pues no he de querer? Bueno va. Pedradas de esas vengan todos los +días, ilustre amigo mío. Iremos... en el bien entendido de que venga +Padilla esta noche a quedarse de guardia. Vamos ahora, mi queridísimo +colega, a hacer estas píldoras de _protoioduro de mercurio_. Prepare +usted el regaliz y el mucílago de goma arábiga. Receta de cuidado. Mucho +ojo... Le digo a usted que no hay ciencia más sublime que la Farmacia. +¡Cuánto más bonita que averiguar si hubo o no tantas o cuántas docenas +de dioses! Vamos allá; mucho cuidado con este precioso mercurial. Aviado +estará el enfermo para quien sea. No, no le arriendo la ganancia. Pero a +fe que se habrá divertido bastante en este mundo con las mozas guapas, y +si buenos azotes le cuesta ahora, buenas ínsulas se habrá calzado. +¡Eh!... cuidado con las dosis. No sea usted tan vivo de genio. Mire que +va a jorobar al paciente, y la saliva que eche va a llegar hasta aquí... +¡Qué hermosa es la Farmacia! Para mí hay dos artes, la Farmacia y la +Música. Ambas curan a la humanidad. La Música es la Farmacia del alma, y +la... viceversa, ya usted me entiende. Nosotros, ¿qué somos si no los +compositores del cuerpo? Usted es un Rossini, por ejemplo, yo un +Beethoven. En uno y otro arte todo es combinar, combinar. Llámanse notas +allá, aquí las llamamos drogas, sustancias; allá sonatas, oratorios y +cuartetos... aquí vomitivos, diuréticos, tónicos, etc... El _quid_ está +en saber herir con la composición la parte sensible... ¿Qué le parecen +a usted estas teorías?... Cuando desafinamos, el enfermo se muere. + +A poco llegó el practicante que sólo hacía servicio en la botica por las +noches, y llevándole aparte, le dijo Segismundo: «Amigo Padilla, hoy +mismo le voy a proponer a doña Casta que vengas de día, porque esta +calamidad de Rubín tiene la cabeza como un cesto, y me temo que si se +queda solo envenene a toda la parroquia». + + + + +--iv-- + + +Aquella noche, después de comer, fueron todos a casa de doña +Casta, donde debían reunirse para ir a paseo. Pero a poco de estar allí, +entró Ballester diciendo que se había levantado un airote muy fuerte y +amenazaba tormenta, por lo que unánimemente se acordó no salir; se +encendió luz en la sala, y doña Casta dijo a Olimpia que tocara la pieza +para que la oyeran Maximiliano y Ballester. + +Olimpia era la menor de las hijas de Samaniego, y hubiera causado gran +admiración en la época en que era de moda ser tísico, o al menos +parecerlo. Delgada, espiritual, ojerosa, con un corte de cara fino y de +expresión romántica, la niña aquella habría sido perfecta beldad +cincuenta años ha, en tiempo de los tirabuzones y de los talles de +sílfide. Quería doña Casta que sus niñas tuvieran un medio de ganarse la +vida para el día en que por cualquier contingencia empobreciesen, y +Olimpia fue llevada al Conservatorio desde edad temprana. Siete años +estuvo tecleando, y después tecleaba en casa bajo la dirección de un +reputado maestro que iba dos veces por semana. Tratábase de que ganara +premio en los exámenes, y para esto la niña estuvo por espacio de tres +años estudiando una dichosa pieza, que no acababa de dominar nunca. +Pieza por la mañana, pieza por tarde y noche. Ballester se la sabía ya +de memoria sin perder nota. No había logrado Olimpia _decir_ toda, toda +la pieza, desde el _adagio patético_ hasta el _presto con fuoco_, sin +equivocarse alguna vez, y siempre que tocaba delante de gente, se +embarullaba y hacía un pisto de notas que ni Cristo lo entendía. Por eso +doña Casta la mandaba tocar cuando había personas extrañas, para que +fuese perdiendo el miedo al _público_. + +La determinación de no salir a paseo puso a la señorita de mal talante, +porque no podía hablar con su novio, que a aquella hora estaba clavado +en la esquina de la calle de los Tres Peces, esperando a que saliese la +familia para incorporarse. Era un chico de mérito, que estudiaba el +último año de no sé qué carrera, y escribía artículos de crítica +(gratis) en diferentes periódicos. A pesar de sus notables prendas, +doña Casta no le veía con buenos ojos, porque la crítica, francamente, +como oficio para mantener una familia, no le parecía de lo más +lucrativo. Pero Olimpia estaba muy apasionada; leía todos los artículos +de su novio, que este le llevaba recortados de los periódicos y pegados +en cuartillas, y con esta lectura se iba ilustrando considerablemente. +Todo aquel fárrago de sentencias estéticas lo guardaba con las cartas y +los mechones de pelo. Doña Casta no permitía aún al apreciable joven +entrar en la casa. + +Tocó la niña su pieza con no poca fatiga, a ratos aporreando las teclas +como si las quisiera castigar por alguna falta que habían cometido, a +ratos acariciándolas para que sonaran suavemente con ayuda de pedal, +arqueando el cuerpo, ya de un lado, ya de otro, y poniendo cara afligida +o de mal genio, según el pasaje. Parecía que los dedos eran bocas, y que +estas bocas tenían hambre atrasada por las muchas notas que se comían. +En ciertas escalas difíciles algunas notas se anticipaban a sus +predecesoras y otras se quedaban rezagadas; pero cuando llegaba un +efecto fácil, la pianista decía «aquí que no peco», y se indemnizaba de +las pifias que cometiera antes. Durante el largo martirio de las teclas, +las exclamaciones de admiración no cesaban. «¡Qué dedos los de esta +chica!... Me río yo de Guelbenzu... ¡Y qué talento artístico, qué +expresión!» decía el gran tuno de Ballester. + +Y doña Casta: «Ahora viene el paso difícil, ahora... En este trozo no +tiene pero... ¡Qué limpieza... qué manera de frasear!...». Doña Lupe +también hacía aspavientos, y Fortunata se veía obligada a expresar su +entusiasmo, aunque no entendía una palabra de tal cencerrada, y en su +interior se pasmaba de que aquello se llamase _arte sublime_, y de que +las personas formales aplaudiesen música semejante a la de un taller de +calderería. Cualquier tonadilla de los pianitos de ruedas que van por la +calle le gustaba y la conmovía más. + +Olimpia tocaba con fe y emoción, presumiendo que el espejo de los +críticos la oía desde la calle. Cuando concluyó, estaba rendida, +sudorosa, le dolían todos los huesos y apenas podía respirar. Ni +siquiera tenía aliento para dar las gracias por las flores que todos le +echaban. La tos que le entró parecía anunciar un ataque de hemoptisis. +«Hija mía--le dijo su mamá, viéndola ir hacia el balcón--, no te asomes, +que estás sudando. Toma, ponte esta toquilla». + +Y se la ponía, y no pudiendo refrenar las ganas de salir al balcón, +salió con Fortunata, y ambas estuvieron contemplando el alma en pena que +se paseaba en la acera de enfrente. + +Al poco rato entró Aurora, la mayor de _las Samaniegas_, que era muy +distinta de su hermana, pelinegra, bien parecida sin ser una hermosura, +de esas que a un color anémico unen cierta robustez fofa y lozanía de +carnes incoloras. Su pecho era desproporcionadamente abultado, su cuello +corto, las caderas y el talle bien torneados, y las costuras de las +mangas parecían próximas a reventar por causa de la gordura creciente de +los brazos. La cabeza era bonita, de poco pelo y muy bien arreglada. +Tenía más entendimiento que su hermana; vestía con esa sencillez airosa +de las mujeres extranjeras que se ganan la vida en un mostrador de +tienda elegante, o llevando la contabilidad de un restaurant. Su traje +era siempre de un solo color, sin combinaciones, de un corte severo y +como expeditivo, traje de mujer joven que sale sola a la calle y trabaja +honradamente. + +Expliquemos esto. Aurora Samaniego tenía treinta años y era viuda de un +francés, que vino a España representando casas extranjeras de droguería. +A poco de casarse, allá por el 65, el francés se fue con su mujer a +Burdeos y allí heredó de sus padres un establecimiento de ropa blanca, +que mejoró a fuerza de trabajo, poniendo en él las bases de una fortuna. +Pero entre Bismark y Napoleón III lo echaron todo a perder, pues por +causa de estos dos personajes sobrevino la guerra de 1870, que tantas +esperanzas había de segar en flor. Fenelón, que era hombre bonísimo y de +inteligencia mercantil, tenía el defecto del _chauvinisme_. Empuñó las +armas, se agregó a un cuerpo de ejército, y a los primeros disparos, los +prusianos le dejaron seco. + +Viuda y con poco dinero, aunque también sin hijos, Aurora volvió a +Madrid, donde las disposiciones y hábitos de trabajo que había adquirido +no pudieron tener empleo por no existir aquí _grandes almacenes_, y los +que hay, están servidos por esos gandulones de horteras, que usurpan a +las muchachas el único medio decoroso de ganarse la vida. Había +aprendido la viuda de Fenelón cuanto hay que saber en lo concerniente al +ramo de ropa blanca; estaba fuerte en contabilidad; tenía nociones +claras del orden económico y del régimen a que debe sujetarse un negocio +bien montado, y hablaba el francés a la perfección. Pero todos estos +méritos habrían sido inútiles hasta el fin del mundo, si no se le +ocurriera a Pepe Samaniego establecer el comercio de ropa blanca _con +arreglo a los últimos adelantos del extranjero_, y llevar a él a persona +tan inteligente y para el caso como su prima. El plan era vastísimo. +Aurora estaría al frente del departamento de equipos de boda y +canastillas de bautizo, ropa de niños y de señora. El capital para la +instalación de esta importante industria habíalo facilitado D. Manuel +Moreno-Isla, que tenía confianza en la honradez y tino de Pepe +Samaniego. La tienda estaría en una casa nueva de la subida a Santa +Cruz, frente por frente a la calle de Pontejos, y sus escaparates serían +de seguro los más vistosos y elegantes de Madrid. Inauguración, el 1º de +Setiembre. Samaniego estaba en París haciendo compras, y en la fecha a +que esto se refiere, ya empezaban a venir algunas cajas. En la tienda +provisional, que estaba próxima a la definitiva, había ya mucho trabajo. +Aurora, al frente de una graciosa pléyade de oficiales habilísimas, +estaba disponiendo las piezas-modelo que se habían de presentar en los +primeros días, como muestras de las ricas confecciones de la casa. De +sol a sol vivía entre oleadas de batista con espuma de encajes +riquísimos, cortando y probando, puntada aquí, tijeretazo allá, +gobernando su hato de cosedoras con tanta inteligencia como autoridad. + +Por las noches, cuando llegaba a su casa, rendida, su madre gustaba de +que estuvieran presentes doña Lupe, Fortunata o las demás amigas, para +dar rienda suelta a su vanidad. En cuanto la veía entrar, se le +iluminaba el rostro, y ya no se hablaba más que del establecimiento +nuevo, y de las cosas no vistas que en él admiraría el Madrid elegante. +Las cuatro mujeres no paraban el pico hasta las doce, y por eso +Ballester, aquella noche, al ver que se armaba el nublado de ropa +blanca, cogió por un brazo a Maxi y le dijo: «Nosotros nos vamos a ver +una piececita en Variedades». Dicho se está que Olimpia, no participando +de la presunción ni del entusiasmo mercantil de su mamá, seguía posada +en el antepecho del balcón del gabinete, viendo pasar la sombra +melancólica del aburrido Aristarco, y arrojándole desde arriba alguna +palabrilla, para que endulzara el plantón. + +«Estarás muy cansada, siéntate--decía doña Casta a su hija, armando el +corrillo--. ¿Cómo va eso?». + +--Hoy han estado probando el gas en la nueva tienda. Será una cosa +espléndida. Ya están llegando cajas de novedades, cosas, ¡ay!, _por +ejemplo_, tan bonitas, que en Madrid no se ha visto nada igual. Aquí no +saben poner escaparates. Verán, verán el nuestro, con _todo lo que hay +de más lindo_, para llamar la atención, y hacer que la gente se pare y +entre a comprar algo. Después que entran, se les enseña más, se les +_hace ver_ esta y la otra cosa de precio, se les engatusa, y al fin +caen. Los tenderos de aquí apenas tienen el arte del _etalaje_, y en +cuanto al arte de vender, pocos lo poseen. Hay muchos que pertenecen +todavía a la escuela de Estupiñá, que reñía a los que iban a comprar. + +--Yo creo--dijo doña Lupe con expresión avariciosa--, que Pepe Samaniego +va a hacer un gran negocio. Madrid está por explotar. Todo consiste en +tener pesquis. ¡Oh!, pues en el ramo de Farmacia, Dios mío, hay una +verdadera mina. Yo estoy bregando con Maxi para que invente, para que +salga por ahí con su poco de _panacea_. Pero nos hemos vuelto todos muy +morales y muy rigoristas. Vean por qué esta nación no adelanta, y los +extranjeros nos explotan llevándose todo el dinero. + +Esta última frase llevó la conversación al primitivo terreno, del cual +se había desviado un poco con aquello de la panacea. + +«Por eso--dijo doña Casta--, un establecimiento montado como los mejores +del extranjero, no puede menos de hacerse de oro, pues habiéndolo aquí, +las señoras de la grandeza no tendrán que ir a Bayona y a Biarritz a +comprar la última novedad». + +Aurora vestía un traje de percal, azul claro, con cinturón de cuero, y +en este una gran hebilla. Su atavío era todo frescura, sencillez de +obrera elegante. Fue un rato para adentro a tomarse la colación o +golosina que su madre le guardaba siempre, y volvió con un platito en +una mano y una cucharilla en la otra. Era compota de ciruelas lo que +tomaba, con un pedazo de rosca. + +«¿Ustedes gustan?... Pues decía que en las cajas que están ahora en la +Aduana de Irún, vienen unos trajecitos de niño, de punto, que han de +hacer sensación. El modelo llegó ayer en gran velocidad, y también vino +un fichú del cual estamos haciendo imitaciones de clase inferior, con +puntilla ordinaria. Verán, verán ustedes... Pues el faldón de bautizo, +_por ejemplo_, que estamos arreglando con encaje _valenciennes_, no se +podrá poner menos de quinientos francos. (Aurora tenía la costumbre de +contar siempre por francos). Es verdaderamente encantador. Lo traeré +aquí cuando esté acabado para que lo vean ustedes». + +--Mejor será que vayamos nosotras allá--dijo doña Lupe--, y así veremos +y hociquearemos todo antes de que se abra al público. + +Fortunata decía también algo, aunque no mucho, porque lo de la tienda no +despertaba en ella gran interés. Después que apuró el platillo de la +compota, volvió Aurora para adentro, y trajo unas yemas en un papel. +¡Qué golosa era! Ofreció una a Fortunata, que la tomó, y doña Casta se +dispuso a obsequiar a sus amigos con vasos de agua. Ponía esta señora +sus cinco sentidos en los botijos para enfriar el agua, y tenía a gala +el que en ninguna parte la hubiese tan fresca y rica como en su casa. +Después de traer un plato con azucarillos, fue a escanciar el precioso +contenido de los botijos, pues eran varios, y en ellos graduaba la +temperatura, poniéndolos o no en el balcón, Doña Lupe la ayudaba en la +traída de aguas, y en tanto Aurora le pasó a Fortunata el brazo por la +cintura y ambas salieron al balcón de la sala. + +Cada cual se comía una yema de chocolate, y después tomaron otra de +coco. + +Lejos del oído impertinente de doña Lupe y doña Casta, Aurora se +secreteó con Fortunata: «Se han ido todos esta tarde... El primo Manolo +va también con ellos». + + + + +--v-- + + +Aquí cuadra bien decir que Fortunata y la viuda de Fenelón se +habían hecho muy amigas. Esta mostraba a la de Rubín una gran simpatía, +y con esta simpatía, la dulce confianza que de ella emanaba, y por fin, +con el verdadero derroche de indulgencia que en favor de sus faltas +hacía, apoderose poco a poco de todos sus secretos. Por de contado, +estas intimidades sólo tenían lugar a espaldas de doña Lupe y muy lejos +de doña Casta, pues ni una ni otra habrían consentido que tales temas se +trajesen a las honestas y decorosas conversaciones de aquella casa. + +Enlazadas por la cintura, brazo con brazo, estuvieron un rato las dos +mujeres sin decirse nada, comiéndose las yemas y mirando a la calle. De +pronto se echó a reír Aurora. + +«Mira el tonto de Ponce, haciéndole cucamonas a Olimpia. Yo creo que mi +hermana es la única mujer que en el mundo existe capaz de querer a un +crítico. Merecería en castigo casarse con él. _Solamente_, que como es +mi hermana, no le deseo esta catástrofe». + +«Vaya, que está apurado el hombre--decía Fortunata, riendo también--. Le +hace señas para que baje... Sí, ahora va a bajar. Estás tú fresco... +Será que quiere darle uno de esos artículos que escribe y en los cuales +cuenta el argumento de los dramas para que nos enteremos. Vaya, hombre, +no te apures, que ya le hablarás otra noche. Ahora no puede ser... ¡Qué +pesados son estos novios!, ¿verdad?». + +Pasado otro rato, y cuando los brazos soltaron las cinturas y ambas +estaban limpiándose los dedos en sus respectivos pañuelos, Aurora volvió +a decir: «Pues sí, todos partieron esta tarde y el primo Moreno con +ellos. Creo que van a San Juan de Luz». + +Fortunata volvió la cara para el balcón del gabinete, donde estaba +Olimpia. Después miró a su amiga, diciéndole en tono muy seco: «Van a +San Sebastián y a Biarritz, y a principios de Setiembre irán todos a +París». + +--Niñas--dijo doña Casta, tocándoles en los hombros--. ¿De qué agua +quieren ustedes?... ¿_Progreso_ o Lozoya? + +--Lo mismo me da--replicó Fortunata. + +--Toma Lozoya, y créeme--insinuó doña Lupe, con su vaso en la mano--. +Por más que diga esta, _Progreso_ es un poquito salobre. + +--Eso va en gustos... Y también influye el hábito--arguyó Casta con la +suficiencia y formalidad de un catador de vinos--. Como yo me he criado +bebiendo el agua de _Pontejos_, que es la misma que la de la Merced, que +hoy llaman _Progreso_, toda otra agua me parece que sabe a fango. + +No insistiré en lo mucho que se dijo sobre este tratado de las aguas de +Madrid. Mientras las dos señoras mayores cotorreaban dentro, Fortunata y +Aurora lo hacían en el balcón. Las once y media serían cuando sintieron +la voz de Ballester. Este y Maxi las miraban desde la acera de enfrente. +«Si bajan ustedes--dijo Rubín--, las espero aquí». + +--Olimpia--gritó Ballester--. Venimos de ver la obra que se estrenó +anteanoche. ¡Qué mala es! ¿Tiene usted ya noticias de ella? + +--¿Yo?... ¿Qué está usted diciendo? + +--Como usted se trata con autoridades... + +Al decir esto pasaba el crítico junto a él. + +«Oiga usted, Olimpa... La obra es una ferocidad; pero ciertos amigos del +autor la pondrán en las nubes. Quisiera yo verles para que me dijeran a +mí por qué engañan de este modo al público». + +--Déjeme usted en paz... ¡Qué tonto es usted!--replicó Olimpia, y se +metió para adentro. + +--¿Bajáis o no?--dijo Maxi; y su mujer le contestó que esperase en la +botica, que ellas bajarían. Aurora y Fortunata se reían mirando a +Ponce, que iba escapado por la calle arriba, como alma que lleva el +diablo. + +Retiráronse las de Rubín a su domicilio, teniendo ambas señoras la +satisfacción de ver a Maxi tan mejorado de los desórdenes cerebrales de +aquella mañana, que no parecía el mismo hombre. Síntomas favorables eran +la obediencia a cuanto se le mandaba, y lo juicioso y sosegado de sus +respuestas. Aquella noche durmió con tranquilidad, y nada ocurrió que +saliera del canon ordinario. A la tarde siguiente convinieron marido y +mujer en dar un paseo a prima noche. Fue ella a buscarle a la botica a +la hora concertada, y no le encontró. «Ha ido a cortarse el pelo--le +dijo Ballester, ofreciéndole una silla--. Con las murrias de estos +últimos tiempos, el pobre chico no caía en la cuenta de que se iba +pareciendo a los poetas melenudos... Le he mandado que se trasquilase +esta misma tarde. Tenga usted presente una cosa: hay que imponérsele, +combatirle el abandono, las lecturas y no consentir que se ensimisme. +Antes que dejarle caer en las melancolías, vale más darle un disgusto. +Yo siempre le hablo gordo, y crea usted... me ha cogido miedo. Es lo que +hace falta». + +--¡Pobrecito!...--exclamó Fortunata--. ¿Pero ve usted por dónde le ha +dado?... Yo no he visto un desatinar semejante. + +Segismundo, que en aquel momento tenía poco que hacer, dejolo todo por +atender cortésmente a la señora de su amigo y serle grato en lo que de +él dependiera. Era hombre que tenía que contenerse mucho para no ser +galante y aun atrevido con cualquier mujer en cuya presencia estuviese. +Con Fortunata se había permitido alguna vez tal cual broma; aquel día se +corrió más. Llevándose los dedos a su rebelde cabellera para hacer con +ellos púas de peine, se la atusó, y arqueando el cuerpo, inclinose hacia +la señora para decirle con retintín: + +«Muy triste está usted desde ayer... No, no me lo niegue... ¿Pues yo no +veo lo que pasa? Leo en las caras». + +--Pues en la mía poco habrá leído usted. + +--Más de lo que se piensa... Leo pasajes tiernísimos... estrofas de +despedida... ayes de soledad... + +--¡Ay, qué majadero!--¡Oh!, a mí no se me escapa nada. Convengo en que +no hay motivos para que usted esté tan patética... Pero hay otra cosa... +a mí me gusta remontarme a los orígenes, me gusta buscar el por qué, y +francamente, cuando miro ese por qué, no puedo menos que lamentar la +equivocación de que usted viene padeciendo desde tiempos remotos. + +Fortunata le miraba sonriendo, pues no creía que debía enojarse. + +«Sí, no puedo menos de deplorar--prosiguió el regente inflándose--, que +usted sea tan consecuente con personas que no lo merecen... Habiendo en +el mundo tanto corazón leal, ir a buscar precisamente el más inconstante +y...». + +--¿Qué disparates está usted diciendo? + +--¡Oh!, no son disparates--replicó el farmacéutico, dando algunos pasos +delante de ella y procurando que dichos pasos fueran todo lo airosos +posible--. Perdóneme usted mi atrevimiento. Yo las gasto así; siempre he +sido Juan Claridades, y cuando una idea quiere salir de mí, le abro la +puerta para que salga, porque si la dejo dentro, estallo... Pues +decía... ¿Se va usted a enfadar? + +--No, hombre, ¿qué me voy a enfadar yo? Suéltela, suéltela. + +--Pues decía... (Ballester tomaba una actitud que a él le parecía +aristocrática), decía que a quien debiera usted querer es a mí... Ya ve +usted que no me muerdo la lengua. + +--¡Ay, qué gracia! Me gusta usted por lo corto de genio. + +--Al pan pan y al vino vino. Queriéndome a mí, verá lo que es corazón +amante, consecuente y tropical. Pero le advierto una cosa... + +--¿Qué?--Que si se decide a quererme... usted no se decidirá, pero si se +decide, tenga cuidado de no decírmelo de sopetón... porque me moriré de +gusto... Sería como una descarga eléctrica. + +--Estese tranquilo... Sí, se lo iré diciendo poco a poco... +preparándole, como cuando se dan malas noticias... + +--No tanto, no tanto...--Vaya que es usted malo... Aquí, entre tanta +medicina, ¿no hay nada que le cure la cabeza? + +--¡Pues si lo hubiera, amiga mía, si lo hubiera...! Y creen muchos que +la peor cabeza de esta casa es la del pobre Maxi, cuando la mía es una +pajarera. Verdad que dos palabras de quien yo me sé me harían la persona +más cuerda y más feliz de la tierra... + +Viendo en esto que entraba Rubín, dio otro giro a su charla. «Aquí le +estaba diciendo a su cara mitad, que le voy a dar unas píldoras... +¡Dios, qué píldoras!». + +--¿Para ella?--No hombre, para usted.--¿Y de qué son?--Bueno va; ya +quiere saber de qué son. Carambita, cuando uno discurre algo nuevo, debe +reservarse el secreto. Es un específico. + +--Este Segismundo está ido--dijo Fortunata--. Vámonos. + +--Yo no tomo píldoras sin saber la composición--indicó Maxi con la mayor +buena fe. + +--Estos hombres felices son muy impertinentes. Todo lo quieren +averiguar... ¡Y ahora se va de paseíto con su tórtola! ¡Qué babosos... +_semos_! ¡Luego se queja el nene!... (tirándole de una oreja), se queja +de vicio... el niño mimado de la Providencia... Abur, divertirse. + +Salió a despedirles a la puerta de la botica, se puso muy tieso, y +estirándose todo lo posible sobre la base de sus zapatillas, les siguió +con la vista hasta que desaparecieron en lo alto de la calle. + + + + +--vi-- + + +Iban pasando los cansados días del verano, que es en Madrid la +estación de las tristezas, porque el sueño y el apetito escasean, la +sociedad disminuye, y los que aquí se quedan parece que comen el pan de +la emigración. En la familia de Rubín nada ocurría de particular, pues +Maxi no empeoraba, aunque todas las mañanas tenía su excitación +correspondiente, más o menos aparatosa; pero mientras no llegase a un +grado de furor como el de la célebre mañanita del arsénico, las dos +mujeres podían llevarlo con paciencia. De noche, las depresiones se +manifestaban levemente, y a veces no se conocían. Ballester había +conseguido, combinando la persuasión con la severidad, apartarle en +absoluto de toda lectura favorable a la concentración del ánimo. + +Entre Fortunata y doña Lupe no era todo concordia, como se puede haber +comprendido, pues la señora de Jáuregui, observadora sagaz, había +comprendido que desde principios de Junio su sobrina andaba en malos +pasos. Todas las personas relacionadas con la familia de Rubín sabían la +historia de la mujer de Maxi, y el dramático papel que desempeñaba en +ella el señorito de Santa Cruz. Algunas, quizás, tenían conocimiento de +aquella tercera salida de la aventurera al campo de su loca ilusión; +pero nadie se atrevió a llevar el cuento a _la de los Pavos_. Esta, no +obstante, lo sabía por obra del puro cálculo y de sus facultades +olfatorias. Arrancose una vez a _armar la gorda_ «para que no +crea--pensaba--que me trago sus mentiras y que estoy aquí haciendo el +papamoscas». Pero Fortunata, recordando al instante las lecciones de su +amigo Feijoo, trazó la raya divisoria que este le recomendara, y vino a +decir en sustancia: «de aquí para allá, señora, gobierna usted; de aquí +para acá, están _mis cosas_ y en ellas no tiene usted que meterse». + +No se dio por vencida la orgullosa viuda del alabardero, y volvió a la +carga dos o tres veces en esta forma: «Si el pobre Maxi estuviera bueno, +él te arreglara como cumple a todo hombre que se estima; pero no lo +está, y tengo que tomar yo a mi cargo el decoro de la familia. Me he +dicho mil veces: '¿daré el estallido o no daré el estallido?'. En la +situación de ese pobrecito, mi estallido sería su muerte. Por eso me +contengo y me trago todo el veneno. ¿Ves?, mi cabeza se está llenando +de canas desde que veo estas ignominias sin poderlas remediar...». + +Fortunata volvió el rostro para ocultar sus lágrimas. Esta escena +ocurría en el gabinete, hallándose las dos cosiendo sus trajes de +verano. + +«Después de lo que pasó en Noviembre del año pasado--prosiguió la viuda +con serenidad que espantaba--, después de tu enmienda verdadera o falsa; +después que se te perdonó (y por mi voto no se te habría perdonado); +después que echamos tierra al horrible crimen, me parece que estabas +obligada a portarte de otra manera. No vengas ahora con lagrimitas que +han de parecer de hipocresía. Porque yo digo una cosa. Óyeme +atentamente». + +Doña Lupe dejó la costura y se preparó a hablar, como los oradores de +profesión. «Yo me pongo en el caso de una mujer que siente una pasión +antigua, con raigones muy hondos y que no se pueden arrancar. Hay casos, +y verdaderamente, esto es para mirarlo despacio. Pues si tú hubieras +venido a mí y me hubieras dicho: 'Tía, esto me pasa. Me persiguen; yo no +sé si podré defenderme; soy débil; ayúdeme usted...'. ¡Oh!, la cosa +variaba mucho. Porque yo te habría dirigido, yo te habría dado +fortaleza, consuelo... Pero no; se te antoja campar por tus respetos, y +hacer y acontecer, como una mozuela sin juicio... Eso es un disparate: +ahí tienes, ahí tienes el motivo de todas tus desgracias al no contar +para nada con las personas que deben guiarte. Total; que cuando acudas +pidiendo socorro ya será tarde, y esas personas te dirán: 'Entiéndete +ahora, húndete, y cúbrete de vergüenza y date a los demonios'». + +Pronunciada esta elocuente filípica, continuó la señora un buen espacio +de tiempo dando resoplidos, y Fortunata no levantaba los ojos de su +costura. Discurría sobre la extrañeza de aquellos conceptos de la viuda, +que parecía dispuesta a ciertos temperamentos indulgentes en caso de que +se la consultara, y de que se la tuviera por dispensadora infalible de +protección y por sancionadora de las acciones. «Esta mujer quiere ser el +Papa--pensaba--, y con tal que la hagan Papa, se aviene a todo. Pero lo +que es por mí...». A Fortunata le repugnaba la moral despótica de doña +Lupe, en la cual entrevía más soberbia que rectitud, o una rectitud +adaptada jesuíticamente a la soberbia. No se conformaba esto con las +ideas absolutas de la joven criminal. Ella quería para sus actos la +absolución completa o la completa condenación. Infierno o Cielo, y nada +más. Tenía _su idea_ y para nada necesitaba de consejos ni de la +protección de nadie. Se las componía sola mucho mejor, y cualquiera que +fuese su cruz, no le hacía falta Cirineo. Sus acciones eran decisivas, +rectilíneas, iba a ellas disparada como proyectil que sale del cañón. + +Enterada doña Lupe, en aquellos secreteos que con su amiga Casta tenía, +de que los de Santa Cruz se habían marchado a veranear, tomó pie de esta +circunstancia para endilgarle a su sobrina otro discurso, aunque en tono +menos catilinario que los anteriores. + +Era aquella señora esencialmente gubernamental y edificaba siempre sobre +la base sólida de los hechos consumados todos sus planes y raciocinios. +«Mira tú por dónde podríamos llegar a entendernos--le dijo una tarde que +la volvió a coger a mano para el caso--. He sabido que la persona que te +trae dislocada no está ya en Madrid. ¿Qué mejor ocasión quieres para +emprender la reforma de tu estado interior, que está como una casa en +ruinas? Yo estoy dispuesta a ayudarte todo lo que pueda. No debiera +hacerlo; pero tengo caridad y me hago cargo de las flaquezas humanas. +Otra tomaría por la calle de en medio; yo creo que en cosas tan +delicadas se debe proceder con cierto ten con ten. Habrías de empezar +por ponerme en antecedentes, por confiarme hasta los menores detalles, +entiéndelo bien, hasta los menores detalles; por ponerme al tanto de lo +que piensas, de lo que sientes, de las tentaciones que te dan por la +mañana, por la tarde y por la noche; en fin, habías de declarar todos, +toditos los síntomas de esa maldita enfermedad, y darme palabra de hacer +cuanto yo te mandare». Hablaba, pues, la viuda como si tuviera en el +bolsillo las recetas para todos los casos patológicos del alma. + +Por cumplir, más que por gusto, Fortunata tuvo la condescendencia de +decir algo, reservando, como es natural lo más delicado. Doña Lupe se +entusiasmó tanto con aquella muestra de sumisión, que hizo gala de sus +facultades profesionales, y terminó así: «Te aseguro que si me obedeces, +te quitaré eso de la cabeza y serás lo que no eres, un modelo de mujeres +casadas. Por de pronto, me comprometo a que no vuelvas a caer, aun en el +caso de que se te tendiera el lazo otra vez. ¡Vaya, con el caballerito! +Es cosa de dar parte a la policía. Tú déjate llevar; pon el pleito en +mis manos, déjame a mí... y verás. ¿Apuestas a que me planto un día en +casa de doña Bárbara y le canto clarito? Tú no sabes quién soy, tú no me +conoces. ¡Y has sido tan tonta que no has querido valerte de mí...! Bien +merecido tienes lo que te pasa. Pues lo que es ahora, que quieras que +no, tomo cartas en el asunto... Has de concluir por adorarme como se +adora a una madre». + +Y al finalizar estaba doña Lupe radiante. Casi casi se aventuró a hacer +a su sobrina una maternal caricia; tales eran su gozo y satisfacción. Un +pensamiento se le salía del magín a cada instante; pero lo reservaba en +la hoja más escondida de su gramática parda. Ni la sombra de este +pensamiento dejaba entrever a Fortunata. + +Guardábalo para sí y se recreaba con él a solas. «¿Le habrá dado +dinero?». Siempre que se hacía esta pregunta, se contestaba +afirmativamente. «Tiene que haberle dado algo, quizás grandes +cantidades. ¿Pero dónde demonios las tiene? ¿Qué hace que no me las da +para que se las coloque?... Como si lo viera: es que tiene vergüenza de +poner en mis manos dinero adquirido por tales medios. Esta delicadeza la +honra... Y no es otra cosa; le da vergüenza de decírmelo. Pero al fin +ello saldrá». + +Y una tarde que el matrimonio había ido a paseo, la gran capitalista, no +pudiendo enfrenar por más tiempo su curiosidad, mandó a Papitos a un +recado, por quedarse sola, y con determinación admirable hizo un +registro en la cómoda y baúl de Fortunata. Valiéndose del sin fin de +llaves que tenía, abrió todos los cajones y revolvió en ellos +cuidadosamente, esmerándose en dejar las cosas, después de bien +examinadas, en la misma disposición que antes tenían. Este proceder +jesuítico lo practicaba siempre que metía sus manos escudriñadoras en +donde no debían estar. Busca por allí, busca por allá, y nada. Los +billetes se esconden tan fácilmente, que no hay manera de encontrarlos. +Pero tenía doña Lupe tan fino olfato para descubrir dinero, que estaba +segura de dar con los billetes si los había. «¿Tendralos cosidos en la +ropa?--pensó--. Puede ser. Esa socarrona parece que no sabe jota, ¡y +sabe más...!». En la cómoda no había nada que a dinero se pareciese, ni +tampoco cartas. Algunas joyas y chucherías vio, que le parecieron +recuerdo o prenda de amores; pero lo que es _guano_, ni el olor. + +«Es muy particular--gruñía la viuda, registrando el baúl, después del +reconocimiento minucioso que en la cómoda hizo--. ¡Y no se comprende que +siendo él tan rico y ella una pobre...!». El baúl, que sólo contenía +ropas viejas, no dio tampoco nada de sí. «Pues tiene que haber +algo...--rezongó la señora--, tiene que haber algo. En alguna parte está +el escondrijo. Dinero hay, o no hay dinero en el mundo». + +Cansada de su inútil escrutinio y guardando las llaves, que formaban +apretado racimo, digno del arsenal de una compañía de ladrones, doña +Lupe se sentó a meditar, y poniéndose una mano sobre el pecho de algodón +y acariciándoselo, se rascó con los dedos de la otra la frente, allí +donde principia el cabello, como quien estimula la generación de una +idea, y dijo: «Pues si efectivamente no le ha dado nada, hay que +reconocer que ese hombre es el mayor de los indecentes». + + + + +--vii-- + + +Apretaba el calor, y las escenas que he descrito se repetían, +reproduciéndose con ese amaneramiento que suele tomar la vida humana en +ciertos periodos, cual fatigado artista que descuida la renovación de la +forma. Los paseítos por la noche para tomar el tranvía del _barrio_; las +excursiones a algún teatro de verano; las tertulias en casa de Samaniego +o de Rubín; las garatusas del crítico en la calle; la romántica figura +de Olimpia colgada en el balcón como una muestra o insignia que dijera: +«aquí se ama por lo fino»; las extravagancias de Ballester; los espasmos +de Maxi, todo continuaba repitiéndose de día en día con regularidad de +programa. + +En Agosto ocurrió algo que no estaba en los papeles, y fue del modo +siguiente. Una mañana fue Torquemada a ver a doña Lupe para tratar de +negocios. Con su traje de verano, tenía el buen D. Francisco aspecto +semejante al de los militares que vienen de Cuba, pues a más del +trajecito azul, se había encasquetado un sombrero de paja de ala ancha. +Su camisa, de rayas coloradas, parecía la bandera de los Estados Unidos; +y para recalcar más su facha americana, llevaba una joya en la corbata y +una cadena de reloj interminable, que le daba muchas vueltas de una +parte a otra del pecho. Los pantalones eran tan cortos, que al sentarse +se le veía media pierna. Allí venía bien decir que el _difunto era más +chico_. Todo ello parecía prendas heredadas, o venidas a su poder por +embargo judicial, o cogidas a algún filibustero. Servíale el sombrero +de abanico, cuando estaba en visita, con la ventaja de que las personas +circunstantes participaban de la ventilación que daba aquella prenda +tropical tan bien manejada. + +Un rato llevaban de interesante conferencia, cuando sonó la campanilla, +y a poco entró Maxi en el gabinete, que era donde su tía y don Francisco +estaban. Fortunata estaba planchando. En cuanto vio llegar a su marido, +fue a ver qué se le ofrecía, pues algo desusado debía de ser. A tal +hora, las diez de la mañana, no venía jamás a casa el pobre chico. +Echándose un pañuelo por los hombros, porque el calor de la plancha la +obligaba a estar al fresco, pasó al gabinete. Lo mismo ella que su tía +se pasmaron de ver en el semblante del joven una alegría inusitada, Los +ojos le brillaban, y hasta en la manera de saludar a D. Francisco +advirtieron algo extraño, que las llenó de alarma. «Hola, D. Paco; yo +bien, ¿y usted?... Y doña Silvia y Rufinita, ¿siguen tomando los baños +del Manzanares?». Este lenguaje tan confianzudo, era lo más contrario al +temperamento y a la timidez de Maxi. + +«¿Qué traes por aquí a esta hora?» le preguntó su tía, disimulando su +sorpresa. + +Fortunata le examinaba atentamente, sentada lejos del grupo principal, +en una silla próxima a la puerta de la alcoba de doña Lupe. Él no se +sentó, y después de aquel saludo tan campechano que le echó al usurero, +se puso de espaldas al balcón con las manos en los bolsillos, mirando a +todos como quien espera recibir felicitaciones. «Pues nada--dijo--, que +estoy de enhorabuena». + +--Qué, ¿te ha caído la lotería? + +--No es eso... ¿Para qué quiero yo loterías? Ni falta... Es mucho más +que eso, porque he encontrado lo que buscaba. Ya le dije a usted que +estaba pensando, que sólo me faltaba una fórmula para completar... + +--¡La combinación!... Pues qué, ¿has encontrado la _panacea_?--expresó +la tía con incredulidad. + +--No es mal nombre si usted se lo quiere dar--dijo el pobre chico, +exaltándose más a cada palabra--. De _pan_, que significa todo... y +_akos_ que es lo mismo que decir _remedio_. Que lo sana y purifica todo, +vamos... + +--¡Gracias a Dios que haces algo de provecho!--declaró doña Lupe, +recelosa, observando las miradas de Maxi, cuyo resplandor de júbilo era +enteramente febril. + +--Anoche estuve toda la noche discurriendo muy intranquilo, los sesos +como ascuas, porque al plan, mejor dicho, al sistema no le faltaba más +que una fórmula para estar completo... ¡La maldita fórmula...! Por fin, +ahora, hace un ratito, se me ocurrió; di un brinco de alegría. +Ballester, que no comprende esto, ni lo comprenderá nunca, se enfadó +conmigo y no me quería dar papel y tinta para escribir la fórmula y +dejarla consignada... Temo que se me escape, que se me vaya de la +cabeza... Mi memoria es una jaula abierta, y los pájaros... pif... + +Doña Lupe y Fortunata se miraron con tristeza. «Bueno--dijo la tía, +viendo que le venía encima una nube--. Tranquilízate, escribirás la +fórmula, harás tu _panacea_, tendrá un gran éxito y ganaremos mucho +dinero». + +--¡Ah!...--exclamó él con la expresión que se da a toda idea de un +trabajo abrumador--. No crea usted... para exponer el sistema completo +con claridad bastante para que todos lo comprendan, se necesita quemarse +las cejas... ¡digo! Tendré que pasar las noches de claro en claro. No +importa; cuando esto empiece a correr, verán ustedes; adquiriré una +reputación y una gloria tan grandes, pero tan grandes que... + +--Adiós mi dinero--murmuró doña Lupe, y Fortunata dijo para sí algo +parecido. + +--El problema que quedaba por resolver--dijo Maxi acercándose a su tía y +dando castañetazos con los dedos--, era el de la emanación de las almas. +¿De dónde emana el alma? ¿Es parte de la sustancia divina, que se +encarna con la vida y se desencarna con la muerte para volver a su +origen?... ¿o es una creación accidental hecha por Dios, subsistiendo +siempre impersonal? Aquí estaba el intríngulis. + +Doña Lupe dio un gran suspiro, mirando a D. Francisco que guiñaba los +ojos de una manera entre burlesca y compasiva. + +«¡Hijo, por Dios!--dijo Fortunata acercándose--, no discurras esas cosas +que dan dolor de cabeza... Sí, está muy bien; pero todo lo que hay que +averiguar sobre esto, está ya averiguado... No te calientes la cabeza». + +--Querida mía (rechazándola con dulzura y tomando un tonillo enfático), +si en este _via crucis _ de trabajos y persecuciones que me espera; si +en el camino doloroso y glorioso de este apostolado, no me quieres +acompañar tú, lo sentiré por ti más que por mí; pero tú al fin vendrás. +¿Cómo no, si eres pecadora, y para los pecadores, para su redención y +para su salvación es para lo que yo pienso lo que pienso y propongo lo +que propongo? + +Fortunata volvió a la apartada silla en que antes estuvo, y doña Lupe, +después de llevarse las manos a la cabeza, hizo un gesto de conformidad +cristiana. Le faltaba poco para echarse a llorar. En este punto creyó +oportuno Torquemada intervenir, con esperanza de que sus discretas +razones enderezaran el torcido _intellectus_ del desdichado joven. «Mire +usted, amigo Maximiliano, yo creo que todo lo que debemos saber sobre +eso, ya nos lo han enseñado. Y lo que no, más vale que no lo sepamos... +porque el mucho apurar las cosas le quita a uno la fe. Esta vida no es +más que un mediano pasar: así lo encontramos y así lo hemos de dejar; y +por mucho que miremos para el Cielo no ha de caer el maná... «Ganarás el +pan con el sudor de tu frente», dijo quien dijo, y no hay más. ¿Qué saca +usted de ponerse a cavilar sobre si el alma es esto o aquello? Si al fin +nos hemos de morir... Tengamos la conciencia tranquila; no hagamos cosas +malas, y ruede la bola... y no temamos el materialismo de la muerte; que +al fin polvo somos, y...». + +--Basta, no siga usted--dijo Maxi, ceñudo, cortándole el discurso--. Si +usted es materialista, nunca nos entenderemos. + +--No, si lo que yo digo es que el alma tiene el pago que merece, y como +el cuerpo no es más que a la manera de un cascarón, cuando este se +pudre, a mí no me asusta el materialismo de hacerse uno polvo. + +--Ya... comprendido--dijo el otro con mayor exaltación, y acentuando la +contrariedad que experimentaba--. Usted es de la escuela de mi hermano +Juan Pablo: _fuerza y materia_. Ya discutiremos eso. Yo expondré mi +doctrina; que exponga Juan Pablo la suya, y veremos quién se lleva tras +sí a la señora humanidad. + +Diciendo esto giró sobre un tacón, y rápidamente salió, marchándose a su +cuarto. Su mujer fue tras él muy afligida. Maxi se sentó en la mesilla +en que tenía algunos libros y recado de escribir. Apoyando la mano en el +hombro de él, su mujer miró los garrapatos que trazaba con febril mano +sobre un papel. + +«Ved aquí fijados los puntos capitales--balbucía él, escribiendo--. +Solidaridad de sustancia espiritual. La encarnación es un estado +penitenciario o de prueba. La muerte es la liberación, el indulto o sea +la vida verdadera. Procuremos obtenerla pronto...». + +--Chico, descansa ahora un ratito--díjole su esposa, tratando de +quitarle la pluma de la mano--. Bastante has trabajado hoy con esos +cálculos tan difíciles... Mañana seguirás... No, no creas que me parece +mal; yo te ayudaré a pensar... hablaremos de esto. Yo también discurro. + +Contra lo que esperaba, Maxi no se irritó. Tenía su semblante expresión +seráfica; sus modales eran suaves y más parecía un iluminado antiguo, +cuya demencia se elaboraba en la soledad claustral, que el insensato de +estos tiempos, educado para el manicomio en los febriles apetitos de la +sociedad presente. + +«Tú también discurres--le dijo con dulzura--. Lo sé, tú piensas, porque +sientes; tú me comprendes, porque amas. Has pecado, has padecido; pecar +y padecer son dos aspectos de una misma cosa; por consiguiente, tienes +el sentimiento de la liberación... Usando una parábola, te escuece en +las muñecas el grillete de la vida». + +Fortunata se quedó en ayunas de toda esta cantinela, pero por no +contrariarle, respondía que sí. «Lo que es por padecer no ha de quedar, +porque toda mi vida ha sido un puro suplicio... Pero ahora no te ocupes +más de eso». + +Doña Lupe miraba por el hueco de la puerta entornada. + +«Tú me ayudarás--prosiguió Maxi con ráfagas de inspiración religiosa en +sus ojos encandilados--, tú me ayudarás a propagar esta gran doctrina, +resultado de tantas cavilaciones, y que no habría llegado a ser +completamente mía sin el auxilio del Cielo. El gran misterio de la +revelación se ha renovado en mí. Lo que sé, lo sé porque me lo ha dicho +quien todo se lo sabe». + +Observando entonces que su tía le miraba, extendió la mano para +llamarla, y le dijo: «Tía, pase usted... Aquí no hablamos en secreto. +También usted será conmigo en la inmensa... en la inmensa y dolorosa +propaganda... Por cierto que no me explico, que no sé cómo ustedes dejan +entrar aquí a ese materialista...». + +--¡Don Francisco...!, hijo, ¿pues qué mal puede hacerte? + +--Mucho, tía, mucho, porque todos los de esa infame secta no me pueden +ver ni pintado, y si ese hombre sigue entrando en esta casa con tanta +confianza, podría intentar el descrédito de mi sistema, robándome antes +mi honor. + +Y miraba a Fortunata como para buscar en su rostro la aseveración o +apoyo de lo que decía. Ella lo comprendió. «Tiene razón, tía... ese +materialista que no entre más aquí». + +--Pues no entrará, hijo, no entrará... Vaya. Yo le diré que se largue +con su materialismo a los infiernos. + +--¿Te sientes bien? ¿Quieres tomar algo?--le dijo su mujer con cariño. + +--Me siento tan bien como nunca me he sentido, créanmelo (demostrando en +su tono y semblante la placidez de su alma). Desde que di con la tan +rebuscada fórmula, paréceme que soy otro... Antes mi vida era un +martirio, ahora no me cambio por nadie. No me duele nada, me siento +bien, y para colmo de felicidad no tengo ganas de comer ni de dormir... + +--Pues es preciso que tomes algo.--No lo necesito... créanmelo. Verán +cómo no lo necesito. Si soy otro, si no tengo ya carne ni para nada la +quiero. No tengo más que el esqueleto, y él se basta para llevar el +alma. + +A Fortunata se le humedecieron los ojos. Poco después, cuando salió un +instante, encontró a doña Lupe lloriqueando. «Está perdido--le dijo la +señora de Jáuregui--, enteramente perdido... Ya esto no tiene +soldadura». + + + + + +--viii-- + + +Aquella tarde pasaron las dos pobres mujeres ratos muy malos. +Quedose él como aletargado en el sofá de la alcoba, más propiamente en +éxtasis, porque tenía los ojos abiertos, y no parecía enterarse de nada +de lo que a su alrededor pasaba. Fortunata tomó su costura y se le sentó +al lado, esperando a ver en qué paraba aquello. Doña Lupe entraba y +salía, dando suspiros y haciendo algún puchero. Al llegar la hora de +comer, Maxi se despabiló un poco, resistiéndose a tomar alimento. Ellas +no tenían ganas de probar bocado, y le instaban a él a que lo hiciese, +empleando los más extraños medios de persuasión. Por fin, doña Lupe +obtuvo resultado con este argumento: «No sé yo cómo vas a resistir esa +vida de trabajos sin comer algo. Se dice de Cristo que ayunaba; pero no +que estuviera días y días sin probar bocado. Al contrario, su +institución fundamental, la Eucaristía, la hizo cenando...». + +Con esto, Maxi se avino a tomar un plato de sopa y un poco de vino; pero +de aquí no le hicieron pasar. Después parecía más exaltado. Tomándole +las manos a su mujer, le dijo: + +«Yo no soy más que el precursor de esta doctrina; el verdadero Mesías de +ella vendrá después, vendrá pronto; ya está en camino. Quien todo se lo +sabe me lo ha dicho a mí». + +Fortunata no entendía palotada. + +Doña Lupe mandó recado a Ballester, que fue a verle después de +anochecido. No sabía vencer el farmacéutico su genio vivo y zumbón, ni +mostrarse tan habilidoso como el caso exigía, y aunque Fortunata le +tiraba de los faldones de la levita para que tomase un tono más +contemporizador, el maldito no se podía contener: «Vaya con la que saca +ahora... Pero, hombre de Dios, ¿a usted qué le importa que el alma venga +de acá o venga de allá? ¿Qué se mete usted en el bolsillo con esto? +¿Cree que le van a dar algo por el descubrimiento? Anteayer me dio usted +la gran jaqueca con aquello de _la cosa en sí_... Pues pongamos que sea +_la cosa en no_. Yo digo que esto es música pura; _la cosa en sí bemol_. +¡Ah, qué tontita es la criatura y qué refistolera! Porque esto de meter +las narices en la eternidad, es una cosa que a Dios le debe cargar +mucho. A nadie le gusta que le estén atisbando de cerca y viendo lo que +hace o deja de hacer. Por esto Dios, a todos los sobones y entrometidos +que le siguen los pasos y le cuentan las arrugas, les castiga +volviéndolos tontos. Conque, saque usted la consecuencia. Parece mentira +que un hombre que podría ser el más feliz del mundo, casado con esta +perla de Oriente y sobrino de esta tía, que es otra perla, se devane +los sesos por cosas que no le importan. ¡Si nadie se lo ha de +agradecer!... En fin, que si estas señoras me autorizan, yo le curo a +usted con el extracto de fresno administrado en vírgulas, uso externo, +por la mañana y por la tarde». + +Maxi le miraba con desdén, y el otro, viendo que sus cuchufletas no +hacían el efecto de costumbre, púsose más serio y tomó por otros rumbos. +Al salir, acompañado hasta la puerta por las dos señoras, les dijo: «Le +voy a dar la _hatchisschina_, o _extracto de cáñamo indiano_, que es +maravilloso para combatir el abatimiento del ánimo, causante de las +ideas lúgubres y de la manía religiosa. Efecto inmediato. Verán +ustedes... Si se le da a un anacoreta, en seguida se pone a bailar». + +Como la nueva fase del trastorno de Maxi era pacífica, tía y esposa +estaban en expectativa. Por las noches no se movía de la cama, y si bien +es verdad que hablaba solo, hacíalo en voz baja, en el tono de los +chicos que se aprenden la lección. A pesar de esto, Fortunata se ponía +tan nerviosa que no podía pegar los ojos en toda la noche, durmiendo +algunos ratos de día. El enfermo no iba ya a la botica, ni mostraba +deseos de ir a parte alguna, pareciendo caer en profunda apatía y +reconcentrar toda su existencia en el hervidero callado y recóndito de +sus propias ideas. Fuera de los paseos que daba en el comedor o en la +alcoba, no hacía ejercicio alguno, y después de la inapetencia de los +primeros días, le entró un apetito voraz, que las dos mujeres tuvieron +por buen síntoma. A la semana, manifestó deseos de salir; pero una y +otra trataron de disuadirle. Estaba tranquilo, y como hablara de algo +distinto de aquellas manías de la emanación del alma y de la doctrina +que iba a predicar, se expresaba con seso y hasta con donaire. Poco a +poco iban siendo menos los ratos de extravío, y se pasaba largas horas +completamente despejado y tratando de cualquier asunto con discreta +naturalidad. Fortunata hacía que le ayudase a estirar la ropa o a +devanar madejas, y él se prestaba a todo con sumisión; doña Lupe solía +encargarle que le arreglase alguna cuenta, y con esto se entretenía, y +nadie le tuviera por dañado en la parte más fina de la máquina humana. A +principios de Setiembre, habiendo llegado a estar tres días sin mentar +para nada aquel galimatías del alma, las dos señoras estaban muy alegres +confiando en que pasaría pronto el ramalazo. Volvieron los paseos de +noche, y por fin le permitieron salir solo, y reanudó sus trabajos en la +botica, cuidadosamente vigilado por Ballester. + +Fortunata tenía además otros motivos de hondísima pena. _Aquél _ no le +había escrito ni una sola carta, faltando a su solemne promesa. +¡Ingrato! ¿Qué le costaba poner dos letras diciendo, por ejemplo: _Estoy +bueno y te quiero siempre_? Pero nada, ni siquiera esto... Revelaba +estas tristezas a su única confidente, Aurora, en aquellos ratos de +charla sabrosa que las señoras mayores les permitían. La inauguración de +la tienda de Samaniego, que se verificó hacia el 15 de Setiembre, tuvo a +la viuda de Fenelón muy atareada en aquellos días. Pocas veces se vio en +un comercio de Madrid tanto movimiento ni más claras señales de que +había caído bien en la gracia y atención del público. Las novedades de +exquisito gusto, traídas de París por Pepe Samaniego, atraían mucha +gente, y las señoras se enracimaban y caían como las moscas en la miel. +Los dependientes no tenían manos para enseñar, y Aurora estaba rendida +de trabajo, porque los encargos de _trousseaux_ y _ajuares _ se sucedían +sin interrupción. Doña Casta no estaba tranquila el día en que no iba a +meter las narices en la tienda y taller, para traerle luego el cuento a +doña Lupe de los encargos que había, y de lo que se estaba haciendo para +la Casa Real y otras que sin ser reales tienen mucho dinero. Fortunata +iba poco, por propia inspiración y también por consejo de Aurora, pues +no convenía que la viesen allí las de Santa Cruz, que frecuentaban mucho +el taller y tienda. + +Los domingos pasaban juntas las dos amigas toda la tarde en la casa de +una o de otra, y allí era el comer dulces y el contarse cositas, +sentadas al balcón, viendo las idas y venidas del crítico desde la calle +de los Tres Peces a la de la Magdalena. Él no tendría criterio, pero lo +que es piernas... + +Un domingo de los últimos de Setiembre, la Fenelón llevó a la otra una +noticia importante: «Mañana vienen. Hoy ha estado Candelaria limpiando +toda la casa». + +Lo que Fortunata sintió era una combinación de pena y alegría que no la +dejaba hablar. Porque deseando que volviese, al mismo tiempo tenía +presentimientos de una nueva desgracia. ¡Cuidado que no haberle escrito +ni una sola letra, pero ni una...! Aurora convenía en que era una gran +bribonada. Después que pusieron a esto los comentarios propios del caso, +la de Fenelón dijo a su compinche algo más que fue oído con +extraordinaria curiosidad y atención: «¿Creerás que se me ha metido una +cosa en la cabeza?... Ello no será; pero bien podría ser. Ayer estuvo +doña Guillermina en la tienda. Pepe le había ofrecido una cantidad para +su obra, si salía bien la inauguración, y nada... que se plantó allí a +cobrar... Pues hablando de la familia, dijo que el primo Moreno viene +también mañana con ellos. Se fue con ellos y con ellos vuelve. Yo sé que +han pasado el verano en Biarritz, y después han ido todos a París... +¿Qué te parece a ti? El primo Manolo no viene a España más que, _por +ejemplo, _ en invierno; nunca ha venido en Setiembre. Y eso de pegarse a +la familia de Santa Cruz, ¡él, que gusta de andar siempre solo! Ello no +será; ¡pero hay tantas cosas que parece que no pueden ser y luego son! +Antes de que partieran, me pareció a mí, por ciertas cosas que vi y oí, +que al _buen hombre_ le gustaba demasiado Jacinta. ¡Si habrá algo...! ¿A +ti qué te parece?». + +Fortunata estaba absorta y como lela. Le parecía increíble lo que su +amiga contaba. + +«¡Porque es muy rara esa persecución! ¡Siempre con ellos... un hombre +que no hace su nido en ninguna parte...! Yo no sé, no sé. ¿Habrá +algo?... ¿Qué te parece a ti?». + +--Pues...--dijo la de Rubín pensándolo mucho--, a mí me parece que no. + +--Pues como haya algo, no se me ha de escapar, porque estoy allí, como +quien dice, en mi garita de vigilancia. Desde la ventana de mi +entresuelo, veo los miradores de la casa de Santa Cruz y los de Moreno. +Como haya telégrafos, cuenta que les atrapo el _juego_... A ti qué te +parece... ¿Habrá...? + +--Me parece que no--volvió a decir Fortunata, pensándolo cada vez más. + + + + +--ix-- + + +La noticia del regreso de los de Santa Cruz, que le fue comunicada +por Casta, avivó en la viuda de Jáuregui los deseos de emprender su +campaña reparadora en favor de su sobrina. Cogiola muy a mano aquel día +y le endilgó otra perorata: «Ahora o nunca. El enemigo en puerta. Estoy +a tus órdenes, por si quieres consejos o un plan de defensa en toda +regla». Dicho esto, trató de meterle los dedos en la boca para salir de +dudas respecto a si había recibido o no alguna cantidad gruesa de manos +de su amante. + +Fortunata no apartaba los ojos de la ropa que estaba repasando. +«Comprendo--expuso la señora con acento parlamentario--, que tengas +cortedad para confesarme ciertas cosas, y por mi parte, te soy franca: +no te tengo yo por peor de lo que eres; no creo, como podrían creerlo +otras personas, que tu debilidad es interesada, y que quieres a ese +hombre porque es rico, y que no lo querrías si fuese pobre. No, yo no te +hago ese disfavor... para que veas. Tengo la seguridad de que arrastrada +y todo como eres, loca y sin pizca de juicio, tus faltas nacen del amor +y no del interés; y los mismos disparates que haces por un hombre +poderoso, que te da grandes cantidades, lo harías si fuera un pobre +pelagatos y tuvieras que comprarle tú a él una cajetilla». + +--¿Qué está usted ahí hablando de grandes cantidades?--preguntó +Fortunata mirándola con sorpresa, y casi casi echándose a reír. + +--No, si esto no es para que me digas la cifra exacta. Cállatela... haz +el favor... que ciertas cosas vale más que se queden dentro. No vayas a +creerte que pretendo me entregues a mí esos capitales para +colocártelos... No, ya sabrás tú manejarte bien... + +--¿Pero qué está usted diciendo... señora?... + +--No, yo no digo nada. Me repugnaría, puedes creerlo, manejar esos +fondos. + +--¿Pero qué fondos, ni qué...? Usted está soñando. + +--Vaya... si pretenderás que me trague yo esa rueda de molino más grande +que esta casa. ¡Si me querrás hacer creer que no te da...! + +--¡A mí!--No me hagas tan tonta...--No sé de dónde ha sacado usted... +Para que lo sepa de una vez: No tengo nada. Me daría si me viera en una +necesidad. Me ha ofrecido... pero yo no he querido tomarlo. + +Iba doña Lupe a soltarle otra andanada. «Valiente turrón te ha caído, +grandísima idiota. Por no saber, no sabes ni siquiera perderte». Pero se +contuvo y se tragó su ira, desahogándola después en agitado soliloquio: +«No he visto otra. No tiene vergüenza, ni tampoco sentido común. ¡Qué +canalla y al mismo tiempo qué bestia! Si hubiera un Infierno para los +tontos, ahí debieras ir tú de cabeza». + +Maximiliano volvía lentamente a la vida regular, sin que esto quiera +decir que se le quitara de la cabeza la idea aquella. Habíase +transformado, y así como en las crisis hepáticas hay derrames de bilis, +en aquella crisis mental parecía haberse verificado un derrame de +sentimientos. No sólo era ya pacífico, sino tiernísimo, y sus afectos se +habían sutilizado, como el licor que pasa por el alambique. Las fórmulas +de cariño que con su tía y su mujer usaba eran extraordinariamente +suaves y hasta empalagosas; se afligía cuando causaba alguna molestia, y +agradeciendo mucho los cuidados que se le prodigaban, los rehuía como +pudiera. Iniciábase en él cierta tendencia a imponerse privaciones y +sufrimientos, y la mortificación, que antes le sublevaba, por liviana +que fuese, ya le complacía. Si en la conversación, o en aquellas +polémicas que con su familia tenía a las horas de comer, se le escapaba +una palabra más alta que otra, luego sentía remordimientos de haberla +pronunciado, y si no la recogía, pidiendo perdón de ella, era porque la +timidez le ponía un freno. + +Un día hubo de decirle a Papitos, porque no le había limpiado las botas: +«Vaya con la chiquilla esta... ¡Verás tú!». Y al salir de la casa +sintió tal pena de haberse expresado con displicencia y ardor, que le +faltaba poco para derramar una lágrima. «¡Cuándo se me quitará esta +costumbre viciosa de ultrajar a los humildes!... ¿Qué más da que estén +las botas con o sin betún? La que debe tener lustre es el alma, no el +calzado. Parece mentira que los humanos demos tal valor a estas +niñerías. ¡Injusto estuve con la pobre chiquilla! ¡Inocente y angelical +criatura! Soy un animal... ¿Pero quién es el guapo que de estrellas +abajo entiende y practica la justicia? El tenido por justo hace setenta +y dos barbaridades cada día. Trabajillo cuesta el desprenderse de esta +sarna moral, heredada, con la cual nace uno y con la cual vive hasta que +llega la hora de la liberación». + +«¿Qué trae usted ahí entre ceja y ceja? ¿Saco la vara?--le dijo +Ballester con aquella dureza que era, según él, el más eficaz +tratamiento--. Porque hoy me parece que venimos muy _evangelísticos_. +Cuidadito. Ya sabe usted cómo las gasto». + +--Pégueme usted. No me importa--le contestó Maxi, dejando el sombrero en +la percha--. Lo merezco, como lo merece toda persona que se enfada +porque no le han limpiado las botas. ¡Qué humanidad tan imbécil! Amigo +Segismundo, ¡qué hermosa es la muerte! + +--Si me vuelve usted a decir que es hermosa la muerte--replicó el otro +cogiendo la vara y esgrimiéndola cómicamente--, le lleno el cuerpo de +chichones. ¡Decir que es guapa esa tarasca, mamarracho, más fea que el +no comer! Mírela usted allí, mírela allí con esa cara que da asco... +mírela, y como diga que es guapa, le pulverizo. + +Señalaba a un emblema pintado en el techo de la botica, en el cual +estaban, decorativamente combinados, la serpiente de Esculapio, el reloj +de arena del Tiempo, un alambique, una retorta, el busto de Hipócrates y +una calavera. + +«Si quiere usted contemplar toda la gracia del mundo, míreme a mí--dijo +Ballester, que dejando la vara, dio una vuelta, cogiéndose los faldones +de la levita--. Estoy guapo, ¿sí o no?». + +Ballester ostentaba aquel día zapatillas nuevas, estrenaba traje de +lanilla de los más baratos, y se había ido a la peluquería, donde +después de cardarle la caballera, se la habían rizado con tenacillas. + +«Vaya, que está usted elegante» dijo Maxi, poniéndose a pesar unas dosis +para píldoras. + +--Pues más he de estarlo mañana. Mañana se casa mi hermanita con +Federico Ruiz, un chico de mucho talento. ¿Le conoce usted? Los +periódicos, que hablan constantemente de él, anteponen siempre a su +nombre algún mote muy salado. Ahora le llaman _el distinguido pensador_. +¿A que no le llaman a usted así, a pesar de lo mucho que piensa? Porque +usted no piensa con juicio y él sí. + +Por la noche estaban en la botica, además de Ballester, los dos +practicantes Padilla y Rubín. Como apareciese en la acera de enfrente el +célebre crítico, Segismundo se vio acometido a la ira cómica que le +producía la presencia de aquel personaje de tan indudable importancia en +la república de las letras. «Tengo a ese caballerito--decía--, sentado +en la boca del estómago... sobre todo, desde que elogió aquella obra tan +mala, estrenada este invierno, diciendo que en ella se _planteaba el +problema_, y qué sé yo qué. Veréis: Es aquel dramita moral en que se +recomienda el matrimonio y las buenas costumbres; como que allí resulta +que todos los solteros somos unos pillos; y porque un joven se retira +tarde y se gasta algún durete en picos pardos, me le llaman monstruo y +el papá le maldice... Hay una escena en que todos se desmayan, porque +sale uno muy malo, que resulta ser un hombre dedicado a la ciencia, el +cual dice con la mayor frescura que él no cree en Dios aunque le +fusilen. Total, que cuando la vi representar, pensé que me tragaba todos +los eméticos que hay en mi farmacia. La moraleja de la obra es que sin +religión no hay felicidad, y por eso la pone en las nubes este ángel de +Dios, que es el alcaloide de la cursilería». + +Cerró la noche y Ponce se acercó para telegrafiarse con su amada. Del +balcón descendía una cuerda, a la que el joven ataba un papel. + +«Le manda su último artículo--dijo el regente a sus amigos, acechando en +la puerta de la farmacia--. Ahora baja la cuerda con un dulce... Como +anoche, lo mismo que anoche. Veréis, veréis la broma que le tengo +preparada». + +Con nerviosa presteza fue a la rebotica y sacó del cajón un objeto del +tamaño de una yema, blanco y de apariencia azucarada. Padilla se +desternillaba de risa, y Maxi observaba con atención simpática. + +«Pero es preciso que me ayudéis. Tú, Padilla, que le conoces, sales, te +haces el encontradizo, le hablas de literatura dramática, le entretienes +un rato volviéndole la cara para allá; y entretanto, yo, con muchísimo +disimulo, me escurro pegado a la pared, en el momento en que baja el +bramante con el dulce. Quito la yema, ¿sabes?... y pongo esta. La hice +anoche. Es estricnina, a la dosis que se echa a los perros, bien +neutralizado el sabor con regaliz, y forrada de azúcar. Se la come y +revienta como un triquitraque». + +Padilla se partía de risa, y Maxi lo tomaba a broma. + +«Hombre, matarle no--dijo Padilla--. Si la hubieras hecho de jalapa, +escamonea o cosa así...». + +--No, chico; si yo lo que quiero es que reviente... Iré a presidio... me +pierdo. ¿Y qué? No se la perdono... ¡Ultrajar a los hombres de ciencia +y a los solteros! + +Llevando su broma hasta el fin, Ballester porfiaba que la yema era +venenosa; mas como el otro rechazara la complicidad en aquel homicidio, +diose a partido el exaltado boticario, diciendo que la pelotilla era de +azúcar con aceite de croto, que es el derivativo drástico por +excelencia. Maxi, que le había ayudado a hacerla, se sonreía. Como en +estos dimes y diretes se pasó bastante tiempo, cuando Ballester quiso +poner en ejecución la chuscada, ya había bajado el hilo con una yema de +coco, y el crítico se la estaba comiendo. El otro se consoló pensando +que otra noche consumaría su trágica venganza. «Él se la tiene que +comer...--dijo guardando la bola--. Como me llamo Segismundo, se la +tiene que tragar, y entonces diré como mi tocayo: '¡Vive Dios que pudo +ser!'». + + + + +--x-- + + +Aquella noche, cuando Maxi subió a comer, encontró a su mujer un +poco enferma. Le dolía la cabeza y tenía náuseas. Doña Lupe, que la +estaba observando siempre, veía en su mal un pretexto para esconder de +la familia los pesares que la consumían. «Lo que tú tienes--pensaba--, +es el afán de volver al reclamo. Estás luchando contigo misma. Quieres +ir y no te determinas». Algo de esto debía de ser, pues Fortunata se +metió en su alcoba, resistiéndose a tomar alimento. Maximiliano no le +instaba a que comiera, pues aquella actitud de su mujer tomábala él por +querencia de privaciones, por iniciación del aniquilamiento, o apetito +de muerte y liberación. Doña Lupe, fatigada de lidiar con tanta +insensatez de una y otra parte, se retiró, dejándoles solos y diciendo: +«Haced lo que queráis. Allá os arregléis a vuestro gusto. Yo estoy +rendida». Comió sola, y con Papitos les mandaba de algún plato, que +volvía casi intacto. Después entró un instante en la alcoba para +preguntarles qué tal estaban, y se fue a descansar. «No puedo resistir +más esta vida de perros--decía--. Dios tenga compasión de mí». + +Fortunata habría deseado que su marido se durmiese y la dejase en paz. +Pero no parecía él dispuesto a hacerle el gusto en esto. Presentábase +aquella noche bastante locuaz, lo que la disgustó mucho, pues pocas +veces se había sentido con menos ganas de conversación. A poco de +acostarse, observó que su marido, sentado frente a la mesa donde estaba +la luz, sacaba del bolsillo un paquete, después otro, objetos envueltos +en papeles, y los ponía frente a sí, como un hombre que se prepara a +trabajar. El ligero ruido estridente que hace el papel al ser +desdoblado, ruido que se acrecía con el silencio de la noche, molestaba +a Fortunata atrayendo su atención. Lo primero que hizo Maxi fue sacar de +un envoltorio de regular tamaño multitud de paquetes chicos muy bien +doblados, como los que en Farmacia se llaman _papeletas_, forma en que +se dividen y expenden las dosis de las medicinas en polvo. Pero después +vio la joven que desliaba otro paquete de forma larga y... ¡Ay, Dios +mío, era un cuchillo!... Lo estuvo él contemplando un rato por un lado y +por otro, y acercaba la yema del dedo a la punta como para probar si era +bien aguda. La esposa sintió sudor frío en todo su cuerpo... No pudo +contenerse, y como si despertase a un durmiente para librarle de los +fingidos horrores de angustiosa pesadilla, le dijo... «Maxi, hijo, ¿qué +haces?». Él la miró con gran tranquilidad. + +«Yo creí que dormías. ¿No tienes sueño? Pues charlaremos de cosas +agradables». + +--Como quieras. Pero más vale que te acuestes, y dejes las cosas +agradables para mañana. + +--No... de seguro que te gustará lo que voy a decirte. Espera un poco. + +Recogió todos sus paquetes y el cuchillo, y trasladándose a la silla que +estaba junto a la cama, lo puso todo sobre la mesa de noche. + +«Ajajá... Ahora verás--dijo sonriendo cariñosamente, como el que se +dispone a dar a la persona amada la sorpresa de un regalito--. Esto, ya +lo ves: es un puñal». + +Fortunata se estremeció como si la hoja fría le tocara las carnes, y se +puso a dar diente con diente. + +«Lo compré hoy en la tienda de espadas de la calle de Cañizares. Aquí +dice: _Toledo, 1873_. Es bonito, ¿verdad? Hace días que vengo pensando +en cuál es la mejor manera de hacerle al alma el gran favor de mandarla +para el otro barrio. ¿A ti que te parece? No decido nada sin tu consejo; +y lo que tú prefieras, eso preferiré yo». + +La infeliz mujer estaba tan medrosa, que apenas podía hablar. + +«Guarda eso, por Dios... Mira que me da mucho miedo». + +--¡Miedo!--exclamó él con asombro y desconsuelo--. Pues yo creí que +habría conseguido infundirte mi idea y que ya mi idea te era familiar. +¡Miedo a la muerte!, es decir, ¡miedo a la libertad y amor al calabozo! +¿Ahora salimos con eso? Si lo primero, mil veces te lo he dicho, es +mirar a la muerte como el fin de los padecimientos, como miran a la +playa los infelices que luchan con las olas, agarrados a un madero. + +--No, si no tengo miedo--dijo ella con deseos de tranquilizarle, porque +observó que se exaltaba--. Pero es que... esas cosas, más vale dejarlas +para de día. Ahora, a dormir. + +--¡Dormir!... Ahí tienes otra tontería. Dormir, ¿y qué saca uno de +dormir? Pues embrutecerse, olvidarse de lo principal, que es el +desprendimiento y la evasión. Querida mía, o estás conmigo o estás +contra mí; decídete pronto. ¿Estás dispuesta a tomar la llave de la +puerta y escaparte conmigo? ¿Sí? Pues lo primero es no tener horror a la +muerte, que es la puerta, estar siempre mirándola, y prepararse para +salir por ella cuando llegue la hora feliz de la liberación. + +Fortunata se arropó bien, porque le había entrado más frío. ¡Ay qué +miedo tan grande! + +«El momento de la liberación es aquel en que uno se considera +suficientemente purificado para apechugar con el paso de un mundo a +otro, y dar ese paso por sí mismo. Las religiones dominantes prohíben el +suicidio. ¡Qué tontas son! La mía lo ordena. Es el sacramento, es la +suprema alianza con la divinidad... Bueno; pues las personas que por +medio de la anulación social, y cultivando la vida interior, llegan a +purificarse, comprenden por su propio sentido cuándo llega el momento de +tomar el portante. La liberación no debiera llamarse suicidio. La +expresión mejor es esta: matar a la bestia carcelera. Llega un momento +en que el alma no puede ya aguantar la esclavitud, y es preciso +soltarse. ¿Cómo? Mira». + +Fortunata tiritaba, discurriendo si se levantaría para llamar a doña +Lupe. + +«Esto es un puñal... bien afilado... Hay que tener en cuenta que la +bestia se defiende, por muy decaída que esté. La carne es carne, y +mientras tenga vida hace la gracia de doler. Por eso conviene que la +liberación sea con el menor dolor posible, porque la misma alma, con +toda su fortaleza, se amilana, siente lástima de la bestia carcelera e +intercede por ella. Tú fíjate bien, y si el arma blanca no te gusta, me +lo dices con franqueza. ¿Prefieres el arma de fuego? Pueden fallar los +tiros, y entonces el alma se impacienta; suele suceder que la bala no +toma la dirección conveniente y queda la bestia a medio matar con medio +cuerpo muerto y medio cuerpo vivo. Por eso yo te traigo aquí los medios +tóxicos, que son callados y seguros». + +Empezó a mostrar aquellas papeletas tan bien hechas y bien dobladas, +sobre las cuales había escrito con clarísima letra el nombre de cada +droga. Mirábalas Fortunata con indecible terror, y se tapaba la nariz y +la boca, temerosa de que, respirando tales ingredientes, pudiera +envenenarse. + +«Vete enterando. Esta sustancia que ves aquí, blanca y en cristalitos, +es la _estricnina_... Muerte segura y tetánica, y que produce muchas +angustias, por lo cual no te la recomiendo. La _atropina_ es esta, y +esta la _cicutina_. ¿Ves?, polvos blancos. La _citutina_ tiene una +ventaja, y es que con ella se liberó el señor de Sócrates, lo que la +hace venerable. Ambos son venenos virosos, es a saber, que se queda uno +dormido y en sueños se acaba. Pero yo me pregunto: En las tinieblas del +sueño, ¿no producirán los pataleos de la bestia horribles martirios? +¿Qué te parece a ti? ¿Preferiremos la _digitalina_, que mata por +asfixia? ¿O nos fijaremos en los mercuriales? Míralos aquí: El _ioduro +de Mercurio_, rojo; el _cianuro de Mercurio_, blanco. También tengo un +preparado de fósforo, que mata por envenenamiento de la sangre. Pero lo +bueno está aquí, míralo; el verdadero _ojo de boticario_, la bendición +de Dios. Esto sí que mata, y pronto. ¿Ves este polvo gris? Es la +_gelsemina_, la maravilla de la toxicación. La bestia se estremece sólo +de verla; porque sabe que con esto no hay bromas. Muerte instantánea». + +--Basta, basta--dijo Fortunata, que ya no podía resistir más--. Si no +guardas todo eso, me levanto y me voy. + +Él la miró con semblante en que se pintaban un desconsuelo siniestro y +un asombro compasivo. Esta mirada le aumentó a ella el miedo, y +comprendiendo que era forzoso disimularlo, acariciándole la manía para +evitar cualquier barbaridad, le dijo: + +«Todo está muy bien... yo comprendo... Claro, la bestia hay que matarla. +Pero si quieres que yo te quiera, ha de ser con condición de que no me +traigas acá venenos...». + +--¡Ah!, corriente... Si prefieres las armas de fuego... Pero en este +caso hay que ejercitarse. Preciso es que mueras primero tú, después +yo... ¿Y si me falla el tiro y me quedo vivo y viene gente y me +sujetan...? + +--No, hijo no; cada cual coge una pistola, y apunta uno para el otro +como en los desafíos... Se da la señal, ¡pum!, y ya verás cómo quedan +las dos bestias. + +Maximiliano meditaba. «No me parece muy practicable tu solución». + +--Sí, chico, sí, te digo que sí. Hazme el favor de coger todos esos +polvos y tirarlos por la ventana al patio. No, mejor será que los +envuelvas en un paquete y me los des; yo los guardaré. Te prometo +guardarlos. Pero qué, ¿desconfías de mí?... Gracias, hombre. + +De veras que desconfiaba, porque cuando ella extendió sus manos para +coger las papeletas, acudió él a defenderlas como se defiende una +propiedad sagrada. «Tate, tate; déjame esto aquí. Yo lo guardaré...». + +--Bueno, mételo en el cajón de la mesa de noche, y también el +cuchillito. Yo te prometo no tocarlo. + +--¿Me lo juras?--Te lo juro... No parece sino que yo te he engañado +alguna vez. ¡Qué cosas tienes!... Pero te has de acostar... + +--Si no tengo sueño, a Dios gracias. Cuando duermo algo, sueño que soy +hombre, es decir, que la bestia me amarra, me azota y hace de mí lo que +le da la gana... ¡Infame carcelero! + +Impaciente, Fortunata se lanzó a las determinaciones que exigen los +casos graves. Echose de la cama tal como estaba, y casi a la fuerza, +mezclando los cariños con la autoridad, como se hace con los niños, le +hizo acostar. Quitole la ropa, le cogió en brazos, y después de meterle +en la cama, se abrazó a él sujetándole y arrullándole hasta que se +adormeciera. Decíale mil disparates referentes a aquello de la +liberación, de la hermosura de la muerte y de lo buena que es la matanza +de la bestia carcelera. «A cada bestia le llega su San Martín» repetía, +con otras frases que habrían sido humorísticas, si las circunstancias no +las hicieran lúgubres. + +Ella durmió muy poco. Al amanecer, viéndole en profundo letargo, +levantose cautelosamente y echó mano al puñal y las papeletas. Escondido +el primero, vació todo el contenido de las segundas en un periódico, +metiéndolo todo revuelto en un cucurucho para llevárselo a Ballester. +Con ayuda de doña Lupe, que se horripilaba oyendo contar el paso de la +noche anterior, pusieron en cada papelillo cantidad proporcionada de sal +o azúcar molida, y bien dobladitos como estaban, volvieron a meterlos en +la mesa de noche. Lo primero que él hizo al despertar fue ver si le +habían quitado su tesoro, y como extrañase no hallar el puñal, díjole su +mujer: «El puñal lo he guardado yo... Es monísimo. Descuida, que no lo +perderé. ¿Tienes o no confianza en mí? Tocante a esos polvos, encárgate +tú de guardarlos, y si el caso llega, chico, no seré yo quien les haga +ascos, porque, bien mirado, para lo que sirve esta vida... Lucidas +estamos; ¡siempre penando, siempre penando! Espera que te espera, y cada +día un desengaño... Te aseguro que el vivir es una broma pesada». + +--Dame un abrazo--le dijo Maxi arrojándose a ella medio vestido--. Así +te quiero. Tú has padecido, tú has pecado... luego eres mía. + +Y como en aquel momento entrara su tía trayéndole el chocolate, se fue +hacia ella, en pernetas, con intento de abrazarla, diciéndole: + +--También usted ha padecido, también usted ha pecado, querida tía. + +--¡Pecar yo!...--Y es usted de mi tanda.--Todo lo que quieras, con tal +que te tomes ahora este chocolatito. + +--Lo tomaré, lo tomaré, aunque no tengo apetito. Venga... Por aquello de +cumplir. + +--Dices bien; una cosa es enamorarse de la muerte, y otra cumplir +nuestras obligaciones mientras no llega el momento--dijo doña Lupe con +naturalidad--. De mí te sé decir que estoy harta de la vida, pero harta, +y si no he tomado ya una determinación es porque como tiene una tanto +que hacer, no le queda tiempo ni para pensar en lo que le conviene. Pero +ya lo arreglaremos, hijo, y a mí me tienes dispuesta a darle la morrada +a la bestia cuando menos ella se lo piense. Ya no la puedo sufrir. + +Tía y esposa, disimulando su tristeza, le contemplaban mientras tomó el +chocolate, admiradas de que lo tomase con ganas. Las ganas teníalas la +bestia, él no. + + + + +--xi-- + + +A eso de las diez salió Fortunata para llevar a Ballester el +paquete de sustancias venenosas. «Ahí tiene usted la que nos preparaba +su amigo--le dijo con desabrimiento--. ¡Vaya un cuidado que tiene usted! +Vea lo que llevó a casa...». + +Ballester examinaba las terribles drogas... Después se puso muy serio: +«Ese tonto de Padillita tiene la culpa. No sé cómo le permitió andar en +esto. Descuide usted, que le echaré hoy una buena peluca. Lo mejor será +que no trabaje más aquí; cualquier día nos mete en un conflicto... Pero +siéntese usted...». + +Al ofrecerle una silla, Ballester parecía poner especial cuidado en dar +a conocer sus botas nuevas, resplandecientes; en que Fortunata admirase +su levita y su cabellera rizada a fuego, la cual despedía fuerte olor a +heliotropo. En todo reparó ella, demostrándolo con una sonrisa +picaresca. + +«Se ríe usted de lo reguapo que me he puesto hoy, ¿verdad? Acostumbrada +a verme hecho un cavador... Pues le diré: hoy se casa mi hermana con ese +a quien llaman el _distinguido pensador_, Federico Ruiz. Voy a la boda, +y esta noche le traeré a usted los dulces». + +Fortunata volvió a su tema: «Es preciso tomar una determinación. Las +medicinas que usted le da, no le hacen ningún efecto. Hoy hemos hablado +mi tía y yo. Antes de llevarle a un manicomio, es preciso probar algún +otro medicamento. ¿No se decide usted a darle eso que decía?... no me +acuerdo cómo se llama... eso que suena así como un estornudo...». + +--¡Ah!, el _hatchiss_... lo prepararemos. Usted manda en esta casa... es +usted el ama, y me manda a mí, y si me pide una cataplasma hecha con +picadillo de mi corazón, al momento se la hago. + +--¿Ya está usted con sus guasas? + +--Y ahora me toca a mí pedirle un favor... + +--Usted dirá.--Esta noche traigo los dulces de la boda. Mando al segundo +una parte, otra la dejo aquí para los amigos que vengan. ¿Irá usted +arriba a casa de doña Casta, o vendrá aquí? + +--Iremos arriba... Si paseamos, puede que entremos aquí. Según esté ese. + +--Bueno; esta noche ha de venir mi amigo el crítico. Padilla le invitará +a entrar y le ofrecerá dulces. Quiero que se coma uno que tengo yo aquí +preparado para él... No sabe usted cuánto le odio. + +Fortunata, que tenía la cabeza caldeada con ideas de envenenamiento, se +asustó. + +«¿Pero qué demonios le va usted a dar a ese infeliz? Si es un buen +chico». + +--Nada, no se asuste usted... No es más que un derivativo... La fiesta +consiste en que luego le invite doña Casta a subir, y que suba... + +--No sea usted bruto. ¡Si es un chico muy bueno! Me han dicho que +mantiene a su madre... + +--¡Que mantiene a su madre! Pues estará lucida. ¿Y con qué la mantiene? +¿Con los artículos? + +--Le dan dos duros por cada uno. Ya ve usted. Y hace cuatro todas las +semanas. + +--Buen pelo, buen pelo... Pero en fin, aunque mantenga a su madre y a su +abuela y a toda su familia, y sea un excelente chico, yo le quiero dar +esta broma inocente. ¿Me hará usted el favor que le pido? + +--¿Cuál?--No le pido a usted que me dé un beso, porque si le pidiera ese +pedazo de la gloria, usted no me lo daría, y si me lo diera, al instante +me tendrían que poner en manos del amigo Ezquerdo... Pues mis +aspiraciones se concretan hoy, querida amiga, a que usted, si está aquí +cuando entre ese niño ilustrado, le ofrezca la yema que yo tengo +dispuesta. Dándosela usted no sospechará... Además, usted le dirá a doña +Casta o a Aurora que le inviten a subir para que oiga tocar la pieza... + +--Quítese usted de ahí... Yo no me meto en esas intrigas. ¡Pobre +muchacho! Me pongo de su parte. ¡Qué malo es usted! + +--Más mala es usted... En pago de su infamia le voy a dar una buena +noticia. + +--¿A mí noticias?...--Y tan buena que le ha de saber a usted mejor que +los dulces que le enviaré esta noche... ¡Ay!, me consuela una cosa, +amiga mía; y es que si conmigo es usted ingrata, lo es también con +otros. ¡Mal de muchos...! + +--¿Qué está diciendo? + +--Pues que bien le pasean a usted la calle... Y la niña sin parecer por +ninguna parte. El niño rompía el pescuezo mirando para los balcones, y +usted atormentándole con su ausencia. ¡Pobre señor!... toda la tarde +calle arriba calle abajo... + +Fortunata palideció, y con la mayor seriedad del mundo se dejó decir: + +«¿Quién... y cuándo?...». + +--No se haga usted la tonta... Pues ayer tarde, cuando se retiró, ¡iba +con una cara de mal humor...! Plantón como aquel no se ha llevado nunca. +Yo le miraba y me decía: «bien merecido te está... Aguántate, cachete... +Todos somos iguales». ¿Quiere usted que le dé un consejo? Pues trátele a +la baqueta. Que suspire, que pasee, que le tome la medida a la calle. +Toda la hiel no ha de ser para mí... ¿Quiere que le dé otro consejo? +Pues a usted le conviene un corazón como este que yo tengo aquí +guardadito, virgen, créalo usted, virgen. Acéptelo, y déjese de querer a +ingratos... + +Fortunata se había puesto tan desasosegada, que no oía las amorosas +confianzas del farmacéutico. «Abur, abur--dijo levantándose--. Tengo que +volverme a mi casa». + +--Vamos a ver... Y si vuelve esta tarde, ¿qué le digo? + +--Quítese usted allá...--indicó ella corriendo hacia la puerta, y el +otro detrás. + +--¿Qué le digo?... Porque aunque no le he hablado nunca, le hablaré, si +usted me lo manda. ¿Dígole que no parezca más por aquí?... ¡Ay, qué +mujer! Allá va como una exhalación. Está tocada, tan tocada como su +marido... Todo por no enamorarse de un hombre digno, como por ejemplo... +un servidor. ¡Ah! Segismundo, paciencia. Imita a los pescadores de caña; +espera, espera, que al fin ella picará. + +Doña Lupe, cuando entró su sobrina bastante sofocada por haber subido +muy aprisa la escalera, admirose de verla tan alegre. «Sabe Dios--dijo +para sí--; sabe Dios por qué estarán los tiempos tan divertidos... +Probablemente esta salidita, con pretexto de llevarle a Ballester los +polvos, sería para verle... Él le diría que pasaba a tal hora... ¡Y qué +colorada viene! Sin duda ha habido hocicadas en el portal». + +Maxi continuaba tranquilo. Más bien parecía un convaleciente que un +enfermo. Estaba muy débil y no apetecía más que sentarse junto a los +cristales del balcón del gabinete, contemplando con incierta mirada a +los transeúntes. Esto no le hacía maldita gracia a Fortunata, porque... +«si _al otro_ le da la gana de pasar también esta tarde y Maxi le ve, se +va a excitar mucho». Por tal motivo estuvo muy inquieta, y a cada +instante se asomaba y volvía para adentro, tratando de que su marido se +pusiese en otra parte. Pero al otro no le dio la gana de pasar aquella +tarde. Lo que hizo fue mandar un recadito a su amiga, sacándola del +purgatorio de incertidumbre y tristeza en que estaba. Servía de +Celestina para estas comunicaciones la tía de Fortunata, Segunda +Izquierdo, que en Mayo último se le había presentado, miserable y +llorosa, a que le diera una limosna. Desde entonces iba todas las +semanas, y su sobrina la socorría, unas veces con dinero, otras con +comida sobrante o alguna prenda de vestir. + +Santa Cruz la amparaba también, y ella se servía de su mendicidad para +introducir en la morada de Rubín los mensajes de amor; y tan ladinamente +lo hacía, que la sagaz doña Lupe no sospechaba nada. Pues aquella tarde, +después de mucho tiempo de entrar allí _con las manos vacías_, puso en +las de Fortunata una esquelita. Al fin, ¡oh, dicha increíble!... Cuando +pudo, leyó la feliz mujer el papelito, en el cual se le citaba a tal +hora y a tal sitio para el día siguiente. + +Por la noche fueron todos a casa de doña Casta, quien tomó por su cuenta +a Maxi, prodigándole mil cuidados, ofreciéndole golosinas, y tratando de +refrescarle el cerebro con una plácida disertación sobre las aguas de +Madrid, y sobre las propiedades por que se distinguen las de la +Acubilla, Abroñigal, y fuente de la Reina, de las de Lozoya. + +La viuda de Fenelón llegó a la hora de costumbre, y a poco subió el mozo +de la botica con la bandeja de dulces que mandaba Ballester. No tardaron +en presentarse el señor y la señora del tercero de la derecha. Él, por +una de esas ironías tan comunes en la vida, era el hombre más grave, +seco y desapacible del mundo, comadrón de oficio, y se llamaba _D. +Francisco de Quevedo_ (hermano del cura castrense, Quevedo, a quien +conocimos en la tertulia del café, junto con el _Pater_ y Pedernero). Su +mujer competía en elegancia con una boya de las que están ancladas en +el mar para amarrar de ellas los barcos. Su paso era difícil, lento y +pesado, y cuando se sentaba, no había medio de que se levantara sin +ayuda. Su cara redonda semejaba farol de alcaldía o Casa de Socorro, +porque era roja y parecía tener una luz por dentro; de tal modo +brillaba. Pues a esta monstruosidad la llamaba Ballester _doña +Desdémona_, por ser o haber sido Quevedo muy celoso, y con este mote la +designaré, aunque su verdadero nombre era doña Petra. No tenía niños +este matrimonio, y mientras D. Francisco se pasaba la vida sacando a luz +los hijos del hombre, su esposa sacaba y criaba pájaros, para lo cual +tenía muy buena mano. Estaba la casa llena de jaulas, y en ellas se +reproducían diversas familias y especies de aves cantoras. Y para colmo +de contrastes, era la señora del comadrón una mujer chistosísima, que +contaba las cosas con mucha sal. En cambio, D. Francisco de Quevedo no +tenía más chiste que el que podría tener un caimán. + + + + +--xii-- + + +Aurora y Fortunata, después de cumplir un rato con la visita, +riéndole las gracias a _doña Desdémona_, se fueron al balcón. La viuda +tenía que contar a su amiga cosa de mucha importancia, y al instante +empezó el secreto. «Ya no me queda duda. Ciertos son los toros. ¿Sabes +que el primo Moreno no sale de la tienda? Allí se va por las mañanas, y +no quita los ojos del portal de Santa Cruz, acechando si entran o salen. +El muy tonto, ¡qué mal lo disimula! Parece mentira que se chifle así un +hombre de su edad... porque anda ya cerca de los cincuenta; un hombre +enfermo... porque los médicos dirán lo que quieran, pero el mejor día +hace el _crac_... ¿Y qué más prueba de su embrutecimiento que estar +aquí?... ¿Por qué no se va al extranjero como otros años? Buen pajarraco +está. Ya ves; un hombre, _por ejemplo_, que podría haber hecho la +felicidad de cualquier muchacha honrada, se ve ahora sin amor, sin +familia propia, solo, triste... ¡Ah!, le conozco bien: es un disoluto, +un inmoral, un corrompido. No le gustan más que las casadas. Me lo ha +dicho a mí misma... a mí me lo ha dicho». + +--¿Pero tú...?--Espera, te contaré--dijo Aurora con cautela, +asegurándose de que ningún curioso se destacaba de la tertulia para +acecharlas--. Pues este primo Moreno, aunque pariente lejano, y más +lejano por ser rico y nosotras pobres, nos visitaba alguna vez... hará +de esto trece o catorce años. Mamá le consideraba mucho, y cuando venía +a casa le recibía poco menos que en palio. Tuvo mamá en un tiempo la +ilusión ¡qué tontería!, de casarme con él. Yo tenía dieciocho años, él +treinta y pico. ¿Te vas enterando? + +Fortunata atendía con toda su alma. + +«¿Quieres que te hable con franqueza? Pues a mí no me disgustaba; pero +nunca me dijo nada... Tenía buena figura y unos aires de caballero como +los tienen pocos... Mamá y papá hechos unos tontos con aquella +esperanza... ¡qué inocentes! Es muy lagarto ese hombre. ¡Casarse +conmigo! Sí, para mí estaba. A lo mejor, meses y meses sin parecer por +aquí. Yo me acordaba de él y de cuando venía a casa; como que al verle +entrar nos quedábamos todos turulatos y nos parecía que entraba por esa +puerta la Divina Majestad... Pues como te digo, dejó de venir. En aquel +tiempo conocí a Fenelón; fue mi novio y me pidió. Mamá tenía todavía +ilusiones; papá se había curado de ellas. Nos casamos... ¿Pues creerás +que al mes de casados, viene el primo a Madrid y empieza a hacerme la +corte por lo fino?». + +Fortunata parecía que estaba oyendo leer el relato más novelesco, según +el interés y asombro que mostraba. + +«Pues verás. Fenelón era un bendito; de estos que juzgan a todo el mundo +por sí mismos, y que no ven el mal aunque se lo cuelguen de la nariz. No +se enteraba de la persecución, y yo pasando la pena negra. ¡Ay hija, qué +peligro tan grande! Siempre que salía, ¡pin!, me le encontraba. Yo no +sé... parecía que me olía como los perros huelen la caza. Una tarde que +llovía, me cogió y casi a la fuerza me metió en su coche. Estuve a dos +dedos del abismo, casi a dedo y medio; pero no, no caí. ¡Dios mío, qué +hombre!, es absurdo». + +--¿Pero tú le querías?--preguntó la de Rubín, que con la idea del querer +resolvía todos los problemas. + +--Yo... te diré... me pasaba una cosa particular. Temblaba siempre que +nos encontrábamos... le tenía miedo, y... de ti para mí, me gustaba. +Pero, lo que yo digo, ¿por qué no se casó conmigo? + +--Claro.--Yo le hubiera querido mucho, y no le habría faltado por nada +de este mundo. Pero estos hombres, ¡qué malos son, pero qué malos! Pues +verás. Me voy a Burdeos con mi marido, pasan meses y meses, llega el +verano y nos vamos a pasar una corta temporada en Royan, un pueblo de +baños de mar. Pues, hija, estaba yo una tarde en el muelle viendo +desembarcar a los pasajeros que venían en el vaporcito de Burdeos, +cuando me veo al primo Moreno. Me quedé... ¡ay!, no te quiero decir +nada. + +--¿Y tu marido estaba contigo? + +--No; ese es el caso. Fenelón había ido a París a hacer compras. En +París estaba Moreno, le vio... y chitito callando se fue a Royan, +sabiendo que me cogía sola y descuidada. Descuido fue, que aquella vez, +hija, no pude zafarme como cuando la del coche... ¡Ay!, estas cosas te +las cuento a ti, porque sé que eres callada y no me has de hacer +traición. ¡Si mamá lo supiera...! En fin, que el muy tunante se divirtió +todo lo que quiso, y después la del humo. Llegó el 70, y al pobrecito +Fenelón le mataron esos infames prusianos. Fue un dolor... ¡ah! por ser +valiente, ¡por empeñarse en salir en una descubierta! Era un hombre tan +patriota, que por salvar a su querida Francia, habría dado él cien vidas +que tuviera... Pero vamos al otro, a ese solterón estragado... Cuando +enviudé, dije: «Pues ahora, si de veras le gusto...». ¡Quia! Me le +encontré en Madrid al año siguiente, y como si tal cosa. ¿Creerás que me +dijo algo de amor? ¿Creerás que se acordaba de cumplir las promesas que +me había hecho? Buen cumplimiento nos dé Dios. Hija, frialdad igual no +he visto. Te aseguro, que me dan ganas, _por ejemplo_, de clavarle un +puñal... Cierto que me ofreció lo que yo quisiera para establecerme... +pero no quise tomar nada de aquellas manos. ¡Monstruo! Cuando le dio al +primo Pepe el dinero para la gran tienda, puso por condición que me +había de colocar al frente de las labores... Pero no se lo agradezco, +palabra de honor, no se lo agradezco... + +--A tu primo no le gustan más que las casadas. + +¡Valiente tuno!--dijo Fortunata moviendo la cabeza, como quien comprende +tarde lo que debió de comprender antes. + +--Estos solterones vagabundos y ricos son así... Están viciosos, +estragados, mimosos; y como se han acostumbrado a hacer su gusto, piden +_mediodía a catorce horas_. Ahí le tienes ya, aburrido, enfermo; no sabe +qué hacerse; quiere calor de familia y no le encuentra en ninguna parte. +Bien merecido le está; me alegro. Que lo pague. Y para mayor desgracia, +se engolosina ahora con Jacinta. Lo que a él le enciende el amor es la +resistencia; y las que tienen fama de honradas, le entusiasman, y las +que sobre tener fama, lo son, le vuelven loco. Con Jacinta debe de haber +sostenido una guerra tremenda, sí, tremenda; pero al fin, ella se ha +rendido, no te quepa duda. Yo fui Metz, que cayó demasiado pronto; y +ella es Belfort, que se defiende; pero al fin cae también... ¡Ah!, las +señas son mortales. El primo va a la casa todos los días, y la acecha +cuando sale, para hacerse el encontradizo... Algunas tardes no parece +por la tienda. ¿Tendrán citas? He aquí mi idea. Te juro que lo he de +averiguar. Imposible que yo no lo averigüe. Aunque tuviera que perder mi +colocación, aunque me quedara sin camisa que ponerme... ¡Qué infamia! Y +miren la otra, la mosquita muerta, con su cara de Niño Jesús y su fama +de virtud. Sí; santidades a cuarto; véase la clase. Te aseguro que el +día en que esto estalle y haya la gran tragedia, será el día más feliz +de mi vida. ¿Pues qué cree ese? ¿Que se puede engañar, y engañar, y +engañar siempre, y burlarse de los pobres maridos? Pues ya cayó otro; +_solamente_ que ahora no da con mi Fenelón, que era un santo y no +sospechaba de nadie más que de los prusianos. Ahora da con un hombre +templado, tu amigo, que no se conformará con esta deshonra, ¿verdad? Te +aseguro que le va a arder el pelo al tal primito con todo su mal de +corazón y su extranjerismo. + +Fortunata no chistó. Aquella revelación le había dejado tan atontada, +cual si le descargasen un fuerte golpe en la cabeza. + +Jacinta... ¡Jesús!.. el modelito, el ángel, la mona de Dios... ¿Qué +diría Guillermina, la _obispa_, empeñada en convertir a la gente y en +ver la que peca y la que no peca?... ¿Qué diría?... ja, ja, ja... ¡Ya no +había virtud! ¡Ya no había más ley que el amor!... ¡Ya podía ella alzar +su frente! Ya no le sacarían ningún ejemplo que la confundiera y +abrumara. Ya Dios las había hecho a todas iguales... para poderlas +perdonar a todas. + + + + +-II- + +Insomnio + + + + +-i-- + + +A las doce de un hermoso día de Octubre, D. Manuel Moreno-Isla +regresaba a su casa, de vuelta de un paseíto por _Hide Park_ ... digo, +por el Retiro. Responde la equivocación del narrador al _quid pro quo_ +del personaje, porque Moreno, en las perturbaciones superficiales que +por aquel entonces tenía su espíritu, solía confundir las impresiones +positivas con los recuerdos. Aquel día, no obstante, el cansancio que +experimentaba, determinando en él un trabajo mental comparativo, +permitíale apreciar bien la situación efectiva y el escenario en que +estaba. «Muy mal debe andar la máquina, cuando a mitad de la calle de +Alcalá ya estoy rendido. Y no he hecho más que dar la vuelta al +estanque. ¡Demonio de neurosis o lo que sea! Yo, que después de darle la +vuelta a la _Serpentine_ me iba del tirón a _Cromwell road_... friolera; +como diez veces el paseo de hoy... yo que llegaba a mi casa dispuesto a +andar otro tanto, ahora me siento fatigado a la mitad de esta condenada +calle de Alcalá... ¡Tal vez consista en estos endiablados pisos, en +este repecho insoportable!... Esta es la capital de las setecientas +colinas. ¡Ah!, ya están regando esos brutos, y tengo que pasarme a la +otra acera para que no me atice una ducha este salvaje con su manga de +riego. 'Eso es, bestias, encharcad bien para que haya fango y +paludismo...'. Pues por aquí, los barrenderos me echan encima una nube +de polvo... 'Animales, respetad a la gente...'. Prefiero las duchas... +En fin, que este salvajismo es lo que me tiene a mí enfermo. No se puede +vivir aquí... Pues digo; otro pobre. No se puede dar un paso sin que le +acosen a uno estas hordas de mendigos. ¡Y algunos son tan insolentes!... +'Toma, toma tú también'. Como me olvide algún día de traer un bolsillo +lleno de cobre, me divierto. ¡Aquí no hay policía, ni beneficencia, ni +formas, ni civilización!... Gracias a Dios que he subido el repecho. +Parece la subida al Calvario, y con esta cruz que llevo a cuestas, +más... ¡Qué hermosos nardos vende esta mujer! Le compraré uno... 'Deme +usted un nardo. Una varita sola... Vaya, deme usted tres varitas. +¿Cuánto? Tome usted... Abur'. Me ha robado. Aquí todos roban... Debo de +parecer un San José; pero no importa... 'Yo no juego a la lotería; +déjeme usted en paz'. ¿Qué me importará a mí que sea mañana último día +de billetes, ni que el número sea bonito o feo...? Se me ocurre comprar +un billete, y dárselo a Guillermina. De seguro que le toca. ¡Es la +mujer de más suerte!... 'Venga ese décimo, niña... Sí, es bonito número. +¿Y tú por qué andas tan sucia?'. ¡Qué pueblo, válgame Dios, qué raza! Lo +que yo le decía anteayer a D. Alfonso: 'Desengáñese Vuestra Majestad, +han de pasar siglos antes de que esta nación sea presentable. A no ser +que venga el cruzamiento con alguna casta del Norte, trayendo aquí +madres sajonas'. Ya poco me falta. Francamente, es cosa de tomar un +coche; pero no, aguántate, que pronto llegarás... Un entierro por la +Puerta del Sol. No, lo que es aquí no me he de morir yo, para que no me +lleven en esas horribles carrozas... Dan las doce. Allá están los +cesantes mirando caer la bola. Buena bola os daría yo. Ahí viene +Casa-Muñoz. ¿Pero qué veo? ¿Es él? Ya no se tiñe. Ha comprendido que es +absurdo llevar el pelo blanco y las patillas negras. No me mira, no +quiere que le salude. Realmente es muy ridícula la situación de un +hombre que se tiñe, el día en que se decide a renunciar a la pintura, +porque la edad lo exige o porque se convence de que nadie cree en el +engaño... Allí va en un coche la duquesa de Gravelinas... No me ha +visto... 'Abur Feijoo...'. ¡Qué bajón ha dado ese hombre!... Vamos, ya +entro por mi calle de Correos. Si habrá venido a almorzar mi primo... Lo +que es hoy me tiene que hacer un reconocimiento en toda regla, porque me +siento muy mal... Que me ausculte bien, porque este corazón parece un +fuelle roto. ¿Será esto un fenómeno puramente moral? Puede ser. Ya veo +yo el remedio... ¡Pero qué verdes están las uvas, qué verdes! Los +balcones tan tristes como siempre. ¡Ah!... sale al mirador Barbarita +para hablar con la _rata eclesiástica_... 'Adiós, adiós... vengo de dar +mi paseíto... Estoy muy bien, hoy no me he cansado nada...'. ¡Qué +mentira tan grande he dicho! Me canso como nunca. Ahora, escalera de mi +casa, sé benévola conmigo. Subamos... ¡Ay, qué corazón, maldito fuelle! +Despacito, tiempo hay de llegar arriba. Si no llego hoy, llegaré mañana. +Seis escalones a la espalda. ¡Dios mío, lo que falta todavía!». + +Cuando llegó al principal, su hermana le esperaba en la puerta. «¿Te has +cansado mucho?».--Así, así. ¿Dónde está Tom? Que venga. + +Moreno entró en su habitación, seguido del criado. Este era inglés y le +acompañaba en todos su viajes. Decía el anti-patriota que los sirvientes +españoles son tan torpes que no saben ni cerrar una puerta. El suyo era +de esos que hacen de la servidumbre una profesión inteligente, y se +adelantan a los más insignificantes deseos de sus amos para +satisfacerlos. En inglés le dijo Moreno que echase agua en uno de los +búcaros que en la estancia había, para poner los nardos; y sin soltar +estos de la mano se dejó caer en el sofá. Vestía el caballero americana +oscura y pantalón de cuadros, sombrero de copa, y los indispensables +botines blancos cubriendo las botas holgadísimas, con suelas de un dedo +de grueso. «¿Ha venido mi primo?» preguntó a Tom dándole las flores. + +--El señor doctor está en la habitación de _miss_ Guillermina. + +--_Dígale usted_ que estoy aquí. + +La fatiga del paseo y de la escalera le duraba aún cuando vio entrar al +más simpático de los doctores, Moreno Rubio, despidiendo tufo de +alegría, como un preservativo contra las tristezas de la medicina. +Médico de gran saber y aplicación, había alcanzado mucha fama y tenía +una clientela brillantísima. + +«Hoy me vas a examinar bien...--le dijo su primo--. Figúrate que soy un +desconocido que se te presenta en tu consulta. Déjate de bromas conmigo, +y no me ocultes la verdad. Mira que te desacredito, si no lo haces así». + +--Bueno, hombre, descuida; te registraremos en toda regla--replicó el +médico sonriendo y sentándose junto a él--. ¿Te has cansado mucho? + +--¿No me ves? También es gana de hacer preguntas. En cuanto almorcemos, +me entrego a ti, como un cadáver de la sala de disección. + +--Pues mejor es antes (sacando la trompetilla y tornillándola). + +--Bueno, pues ya puedes empezar. (Quitándose la americana). ¿Me echo en +la cama? Es mejor, sí; aquí me tienes como un muerto, con las manos +cruzadas. + +--No, extiende los brazos. Así... + +El doctor abrió la camisa y aplicó un extremo de la trompeta, +inclinándose para poner su oído en el otro. «No te muevas... Ahora, +respira fuerte... da un suspiro, pero un suspiro grande, como los de los +enamorados». + +--Me parece que tú estás de guasa. Pepe, por Dios, mira que esto es +serio, muy serio. Llevo más de diez noches sin pegar los ojos, y tu +dichoso digital no me alivia nada. + +--Cállate, y déjame oír... + +--¿Qué notas?... ¿qué? + +--Pero ten paciencia. Aguarda... Pues esto está muy malo. Hay aquí +dentro un zipizape de mil demonios. + +--¿Qué clase de ruido sientes? La sístole es demasiado fuerte y... + +--Algo de eso.--El empuje de la corriente sanguínea... + +--Sí; pero prevalece un síntoma muy perro, un síntoma... + +--¿Cuál es?, dímelo. ¿Cómo se llama? + +--Amor.--¡Vaya! Llamaré otro médico. Tú no me sirves... con tus guasitas +de mal gusto. ¡Ni qué tendrá que ver...! + +--¡Pues no ha de tener que ver!--dijo Moreno Rubio poniéndose serio y +guardando su instrumento--. + +No sé qué te figuras tú. ¿Quieres romper de un golpe la armonía del +mundo espiritual con el mundo físico? Ya lo sabes; te lo he dicho mil +veces. No necesito auscultarle más. Tienes desórdenes en la circulación, +los cuales podrán ser muy graves si no cambias de vida. + +--No parece sino que hago yo la vida del perdido (levantándose y +volviéndose a poner su ropa). + +--Haces la vida del caprichoso, que es peor. Te conviene una +tranquilidad absoluta, renunciar a los deseos vehementes, a las +cavilaciones que la no satisfacción de ellos te produce; viajar menos, +ahogar todo apetito loco de los sentidos, renunciar a todos los +excitantes malsanos; no me refiero solamente al café y al té, sino más +principalmente a los excitantes imaginativos e ideales; huir de las +emociones, y cortarte la coleta de banderillero, con intención de no +dejártela crecer más; trazar una raya en tu vida y decir: «ni Cristo +pasó de la Cruz, ni yo paso de aquí». Si tuvieras treinta o treinta y +cinco años, te aconsejaría que te casaras; pero más vale que te hagas la +cuenta de que por reciente providencia judicial... o divina, han +desaparecido todas las mujeres que hay en el mundo, casadas, solteras y +viudas... + +--¡Bah!, ¡bah! Siempre la misma historia--dijo Moreno-Isla, tomándolo a +broma--. ¿Pero tú eres un médico o un confesor? + +--Las dos cosas--afirmó el otro con serenidad y energía--. Si no haces +lo que te he dicho, Manolo, si no lo haces, te mueres, y pronto. De modo +que ya sabes mi opinión. No vuelvas a consultarme. No sé más. He agotado +mi ciencia contigo. Si hay algún colega que encuentre el medio de poner +de acuerdo tus costumbres y tus pasiones con una ordenada y sana función +vascular, llámalo, y entiéndete con él. + +El criado anunció que el almuerzo estaba servido. «Vamos en +seguida--dijo el enfermo, cogiendo a su primo por el brazo--. Espérate +un poco, que te quiero consultar otra cosa». + +Detuviéronse un instante en la habitación, y D. Manuel, poniéndole una +cara muy seria, hizo a su primo esta pregunta: «Vamos a ver, sin guasa. +En mi estado, sea bueno, sea malo, en mi estado presente, fíjate bien, +tal como ahora estoy, ¿podría yo tener hijos?». + +Moreno Rubio soltó la carcajada. + +«Hombre, no digo que no. Podrías tener una escuela de párvulos». + +--Quiero decir... pero respóndeme en serio... quiero decir, si tal como +estoy, con la tubería descompuesta... + +--Ya lo creo, por poder...--Eso te lo digo, porque después de eso, me +decidiría a aceptar lo que propones, el retraimiento, cortar la coleta, +etc... + +--Mira, inocente, no te cuides de aumentar la especie. Mientras menos +seres humanos nazcan, mejor. Para lo que vale esta vida... + +--Creo lo mismo... pero a mí me gustaría tener la seguridad de que... Es +un ejemplo, un por si acaso nada más. No creas que me parece mal tu plan +de vida vegetativa. Yo lo adoptaría, sí señor; pero a su tiempo. + +--Primo--le dijo el otro mirándole con socarronería--; si quieres hijos, +haberlo pensado antes. + +--No, tonto, si no es que yo los quiera; ni maldita la falta que me +hacen a mí chiquillos. Si esto te lo pregunto hipotéticamente. Me basta +con tener conciencia de mi aptitud... Curiosidades de enfermo... + +--¿Que no vienen?--dijo, presentándose en la puerta, la hermana de +Moreno-Isla. + +--Vaya unas prisas. Ya vamos. ¡Para la gana que uno tiene...! + +--Pero la tengo yo, canastos--dijo el médico. + + + + +--ii-- + + +Por la tarde pidió Moreno su coche y estuvo haciendo visitas hasta +las siete. Comió en casa de los de Santa Cruz, y estos lo notaron +sombrío, padeciendo chocantes distracciones, y tan indiferente a todo, +que ni siquiera tomaba con calor la defensa de sus principios y gustos +extranjeros, cuando Barbarita, por combatirle la murria, sacaba a +relucir algún tema de entretenida polémica sobre este punto. Algo dijo, +sin embargo, que animó la desmayada conversación de aquella noche. +«¿Saben ustedes cuál es una de las cosas que me cargan más en España? La +costumbre que tienen las criadas de ponerse a cantar cuando trabajan. +Parecía natural que en mi casa me viera yo libre de este tormento. Pues +no señor. Tiene mi tía Guillermina una criadita cuya boca vale por dos +murgas. No vale mandarla callar. Obedece durante diez minutos, y de +repente vuelve otra vez con _el señor alcalde mayor_. Dice que se +olvida, Creánmelo ustedes. Le rompería la cabeza». + +--¡Y me quieres hacer creer que en el extranjero...! Pero Manolo... + +--¡Ah!, no, señora... esté usted segura de que si en Londres una criada +se permitiera cantar, pronto la pondrían de patitas en la calle. Es que +ni se les ocurre tal disparate. + +--Lo creo; tan sosas son.--Es que esta pícara raza, que no conoce el +valor del tiempo, tampoco conoce el del silencio. No podrá usted meterle +en la cabeza a esta gente la idea de que la persona que se pone a pegar +gritos cuando yo escribo, o cuando pienso, o cuando duermo, me roba. Es +una falta de civilización como otra cualquiera. Apoderarse del silencio +ajeno es como quitarle a uno una moneda del bolsillo. + +Estas cosas hacían gracia, y aquella noche las rieron más, para +animarle. Invitado por Juan a ir al Teatro Real, lo rehusó. Había en la +casa muy poca gente, Guillermina en su rincón, D. Valeriano Ruiz Ochoa y +Barbarita II. Barbarita I había concebido el loco proyecto de casar a +Moreno con esta sobrina suya, que era muy mona, y comunicado el +pensamiento a Jacinta, esta lo encontró de lo más insensato que se le +podría ocurrir a nadie. «¡Pero mamá, si mi hermana no tiene más que +dieciocho años, y Moreno anda ya cerca de los cincuenta, y además está +enfermo!». + +--Cierto que hay diferencia de edades--decía la señora riendo--, pero es +un gran partido. Ándate con repulgos y verás cómo le cae a tu hermana un +subteniente, un oficial de la clase de quintos u otra lotería semejante. +Este hombre es un buenazo muy rico, y eso que padece no es sino +aburrimiento, mal de soltería, lo que los ingleses llaman _esplín_. +Cásale, y se le quitan diez años de encima. + +Jacinta no se convencía, y en cuanto a la enfermedad, su opinión era muy +distinta de la de su suegra. Aquella noche le cogió por su cuenta para +echarle un buen réspice. Estaban en el despacho apartados de los dos +grupos de tresillistas (D. Baldomero, Ruiz Ochoa, su señora, Pepe +Samaniego y otros). Barbarita II y su hermana tenían delante a Moreno, +que en los primeros momentos de aquella situación, decía de dientes +para adentro: «Creo que si no estuviera presente la polla, le diría +algo. Me enfada esta niña con su inocencia y su cara bonita. Parece que +se la pone al lado como un escudo contra mí... Es fatalidad esta; las +pocas veces que la cojo sola, no adelanto nada. Si le digo cualquier +reticencia delicada, se hace la tonta. Evita el encontrarse sola +conmigo, y ahora trae siempre a rastras al espantajo angelical de su +hermana para asustarme». + +--Pero qué callado está usted...--observó Jacinta sonriendo--. ¿Qué?, +¿se siente usted peor? Dice mamá, que si usted se casa se le quitarán +diez años de encima. Conque, decidirse... + +La fisonomía del misántropo se iluminó al oír esta peregrina receta. + +«También yo lo creo--dijo--. Vea usted; un remedio que parece tan fácil, +es imposible». + +--Justo; como se ha concluido el género femenino... Tiene usted razón, +ya no hay mujeres. + +--Para mí como si no las hubiera... ¿Qué le dije a usted ayer? Ya no se +acuerda. Si ya se sabe: cosa que yo le diga a usted es como si la +escribiera en el agua. + +--De veras que se me ha olvidado. ¿Te acuerdas tú, Bárbara? + +--No, si Bárbara no estaba presente. + +--No importa. Todo lo que usted me dice a mí, al instante voy a +contárselo a mi hermana. + +--Sí, es usted muy cuentera. ¿Y por qué se lo cuenta usted a su hermana? + +--Porque le hace gracia. Moreno no pudo disimular la profunda tristeza +que se apoderaba de él. + +«¿Pero qué tiene usted?... Esta noche le encuentro más _esplinado_ que +nunca». + +--¿No nos contaba ayer que dejó tres novias en Londres?--apuntó +Barbarita, que gustaba de buscarle la lengua. + +--Sí; pero a esas no las quiero--replicó Moreno con la ingenuidad de un +niño. Y luego, revolcándose en aquella tristeza contra la cual nada +podía su dominio de hombre de sociedad, se espetó otro monólogo--: Ya +estoy entrando en el periodo pueril... La tontería y la incapacidad me +invaden... Esta mujer con su frialdad y su ironía me ha puesto el pie +sobre la cabeza y me la ha aplastado, como la Virgen la de la +serpiente... Ya empiezo a estar ridículo... + +--¿Por qué no le repite usted esta noche a mi hermana lo que le dijo la +semana pasada?--dijo Barbarita II al melancólico caballero. + +--¿Yo... que...? (asustado, como quien despierta de un sueño). Yo... no +le he dicho nada. + +--Sí, la semana pasada, cuando fuimos a la Casa de Campo, y se puso +usted a contar el cuento de aquella inglesona que le quiso pegar un tiro +porque le dijo no sé qué, en un tren. + +--No me acuerdo--dijo el misántropo con todas las apariencias de un +estúpido. + +--Este hombre--indicó Jacinta--, cuando tocan a olvidarse, no hay quien +le gane. Me dijo usted que se casaba si yo me comprometía a buscarle la +novia... + +--¡Ah!... Pues no; me desdigo, recojo la proposición. Si ha empezado +usted sus trabajos, delos por inútiles. Pagaré indemnización, si es +preciso. + +--Ya lo creo que es preciso... Poquito que había yo hecho ya. ¡Vaya que +la formalidad de usted...! + +Ambas se pusieron muy serias. Notaban en Moreno palidez mortal, gran +abatimiento, y un cierto olvido, extraño en él, de la atención constante +que se debe prestar a las señoras cuando se platica con ellas. Jacinta +se inclinó un poco hacia él, abriendo su abanico sobre las rodillas, y +le dijo en tono muy cariñoso: «Amigo mío, es preciso que usted se cuide, +y mire más por su salud. Esta tarde nos encontramos a Moreno Rubio en +casa de Amalia, y me dijo que lo que usted padece no es nada; pero que +si se descuida y no hace lo que él le manda, lo va a pasar mal. Usted no +es un niño, y debe comprenderlo. ¿Por qué no hace caso de lo que le +dicen las personas que le quieren bien y que se interesan por usted?». + +Moreno la miraba estático. Algunos monosílabos salieron de su boca; +pero aquellos pedazos rotos de su pensamiento más bien parecían de +aquiescencia que de protesta. Jacinta siguió hablándole en un tono +dulce, tiernísimo, y más bien parecía una madre que una amiga. + +«¡Cuánto nos alegraríamos de verle a usted bueno y sano, y qué fácil +sería con buena voluntad!... Porque lo que usted tiene no es más que +malas ideas. Así me lo dijo su primo, y viene bien esta opinión con lo +que yo creía. Es lástima que teniendo todos los medios de ser feliz no +lo sea. ¿Qué le falta a usted?...». + +Moreno sentía que el corazón se le hacía pedazos. «¿Pues no dice que qué +me falta?... Si me falta todo, absolutamente todo. ¡Ay, qué mujer!, si +sigue en esta cuerda, creo que me pongo más en ridículo». + +--¿Qué le falta a usted? Nada. Si no se le pusieran en la cabeza cosas +imposibles, estaría tan campante. Lo que tiene usted es mucho mimo. Es +como los chiquillos. + +«¡Ya lo creo; soy como los chiquillos!» pensaba el infeliz caballero. + +--Moreno Rubio lo ha dicho y tiene razón: usted tiene en su mano su +salud y su vida. Si las pierde es porque quiere. Parece mentira que un +hombre de su edad no sepa ponerse a las órdenes de la razón. + +«¡La razón! Buena tía indecente está» observó D. Manuel dentro de su +pensamiento. + +--Y sacudir las malas ideas y atemperar el espíritu; no desear lo que no +se puede tener, y hacer vida ramplona, sin empeñarse en que todas las +cosas se desquicien para acomodarse a su gusto y satisfacción. ¿Qué es +el _esplín_ más que soberbia? Sí, lo que usted tiene es soberbia, el +_usted_ satánico. Estos inglesotes se figuran que el mundo se ha hecho +para ellos... No, señor mío, hay que ponerse en fila y ser como los +demás... ¿Conque se cuidará usted, hará lo que le manda su primo y lo +que le mande yo?... porque yo también soy médica... Otra cosa; aquí en +España está usted siempre renegando y echando pestes. Esto no le gusta, +¿pues para qué vive aquí? ¿Por qué no se va a Inglaterra? + +--Ya me quiere echar... ¿ve usted...?--dijo Moreno mirando a Barbarita y +esforzándose en sonreír para ocultar su turbación--. Y luego quieren que +no viaje. + +--No, no le conviene andar siempre de ceca en meca, como un viajante de +comercio que va enseñando muestras. Márchese a su Londres, estese allí +quietecito, muy quietecito, y si se le presenta una inglesa fresca y de +buen genio, cásese, apechugue con ella, aunque sea protestante... ¡Ay, +Dios!, que no me oiga Guillermina; sí, cásese, y verá cómo se le pasan +todas las murrias, tendrá niños... Me comprometo a ser madrina del +primero... digo, si es que le bautizan. Y hasta madre me comprometo a +ser si me le dan... le tomo, aunque esté sin cristianar. Yo le +bautizaré. Pero no hay que hablar de esto. Me contento con ser madrina +del primer Morenito que nazca, y le diré a mi marido que me lleve a +Londres para el bautizo... + +Moreno se levantó. Se sentía muy mal, y las palabras de la Delfina le +excitaban extraordinariamente. + +«¿Pero se va usted...? ¿Se ha puesto malo? ¿Es que no le gustan mis +sermones?». + +«Si no me voy, la entrego--pensaba el misántropo, apretando los +labios...--. Esta pícara me está asesinando». + +--¿Te vas, Manolo?--le preguntó D. Baldomero desde el otro extremo de la +habitación. + +--¡Si me echan, padrino...! Su hijita de usted me quiere desterrar. + +--¡Ay, qué pillo!... Si es todo lo contrario. + +Barbarita I se adelantó, diciendo: «Extravagante, coge del brazo a la +polla, y paséate un momento de aquí a mi gabinete, y de mi gabinete +aquí. ¿Te sientes mal? Eso no es más que nervios. Distráete un poquito. +Bárbara, anda». + +Moreno le dio el brazo a Barbarita II, y empezaron los paseos. De su +conversación insustancial cogió al vuelo Jacinta algunas cláusulas, +cuando la pareja, en aquel ir y venir de su estancia a otra, pasaba +junto a ella. «¿Yo?, no... me lo puedo creer...». «¡Ay, qué cosas se le +ocurren!... ¡Pero qué malo es usted...!». «En cuanto vaya allá me voy a +convertir al judaísmo». «¡Jesús!...». «¿Que yo tengo novio? ¿De dónde ha +sacado eso?...». «Lo apuntaré para que no se me olvide...». «No, si a mí +no me gustan los pollos...». + +«Si ésta fuera más lista--dijo la señora de Santa Cruz a su nuera--, +creo que le cazaba». + +Pero Jacinta era muy incrédula en este particular, y miraba tristemente +a la pareja cuando pasaba. Al retirase, Moreno pudo hablarle un instante +sin testigos. + +«Se hará lo que usted desea... Se ha de cumplir todo el programa... +todo, hasta en lo que se refiere el _nene_. Tendrá usted su _Morenito_». + +Jacinta observó en su mirada una expresión tan tétrica, que no pudo +menos de decirse: «Está ya completamente trastornado». + +Moreno salió con paso inseguro... La cabeza se le desvanecía, y al bajar +la escalera tuvo que agarrarse al barandal para no caerse... «Cuando +digo que me he vuelto tonto, pero tonto de remate... Ya no sé pensar. No +sé adónde diablos se me ha ido la razón... Esta mujer me ha embrujado... +Nada, enteramente imbécil». + + + + +--iii-- + + +En la soledad de su alcoba, encontrose mi hombre más dueño de sí +mismo, habiendo vencido aquella turbación inexplicable con que saliera +de la casa de Santa Cruz. Despidió a su criado, después de quitarse la +ropa, y envuelto en su bata se tendió en el sofá. En aquellas tristes +horas engañaba el insomnio paseándose a ratos por la habitación, a ratos +echado y descabezando un ligero intranquilo sueño. Acudían entonces a su +memoria las acciones e imágenes de aquel día o de los anteriores, a +veces las de fechas muy remotas y que no tenían relación alguna con su +situación presente. Aquella noche, cosa rara, apenas salió el ayuda de +cámara, Moreno se quedó profundamente dormido en el sofá, sin soñar +nada; pero despertó a la media hora, no pudiendo apreciar el tiempo que +su letargo durara. Al despertar huyó de tal modo el sueño de su cerebro +y hallábase tan inquieto, que ni siquiera admitía como probable la idea +de dormir. A la manera que el jugador saca las piezas del ajedrez y las +va poniendo sobre el tablero de casillas blancas y negras, así fue +sacando sus ideas. Tenía por pareja a sí mismo en aquel juego... +«Adelante un peón». + +«¡Te has lucido! ¡Campaña como esta...! ¿Cuánto tiempo hace que estás en +España? A poco más, año completo. ¿Y para qué? Para nada. ¡Pobre hombre! +Lo que me pareció fácil, resulta no ya difícil, sino imposible... Para +más contrariedad, delante de esa bendita y maldita mujer, me convierto +en el más insípido de los colegiales. ¿Por qué es esto? Y dime otra +cosa, idiota, ¿qué tiene esa mona para que de este modo te hayas +embrutecido por ella? Otras son más guapas, otras tienen más ingenio, +otras hay más elegantes; y sin embargo, es el número uno, el número +único. De gustarme pasa a enloquecerme, y noto en mí lo que no había +notado nunca, una alegría, una tristeza... ganas de llorar, de reír, y +aun de hacer el tonto delante de ella. Nada, que a los cuarenta y ocho +años me sale el sarampión y la edad del pavo. Tampoco me había pasado +nunca lo que me pasa ahora, cortarme, sentir que quiero ser atrevido y +no puedo. Le voy a decir una galantería intencionada, y me sale una +simpleza. Me infunde un respeto que jamás conocí. La sigo a Biarritz, la +acompaño a París; y cuanto más la trato, más atado me veo por este +maldecido respeto... Me cortaría yo este respeto como se corta una mano +gangrenada. ¿A qué viene tal respeto? ¿Qué quiere decir esto? Sea lo que +quiera, de esa mujer digo yo lo que hasta ahora no he dicho de ninguna, +y es que si fuera soltera, me casaría con ella...». + +Se agitó tanto, que tuvo que levantarse y ponerse a pasear. «Vaya que +este mundo es una cosa divertida. Yo desgraciado; ella desgraciada, +porque su marido es un ciego y desconoce la joya que posee. De estas dos +desgracias podríamos hacer una felicidad, si el mundo no fuera lo que +es, esclavitud de esclavitudes y toda esclavitud... Me parece que la +estoy viendo cuando le dije aquello... ¡Qué risita, qué serenidad, y qué +contestación tan admirable! Me dejó pegado a la pared. Tan pegado estoy, +que no he vuelto por otra, y cuando preparo algo para decírselo, ¡anda +valiente!... le digo todo lo contrario. Que se vuelva uno tan estúpido, +es cosa que no me cabía en la cabeza. ¡Ay! Dios, si me muero, y el +pensamiento vive más allá de la muerte, estaré viendo toda la eternidad +esta carita graciosa, con su expresión celestial, estos ojos serenos y +risueños, esta cabellera oscura con ráfagas blancas que le hacen tanta +gracia... esta boca, que no habla sin que me duela el alma. ¡Pobre +ángel!, su única pasión es la maternidad, sed no satisfecha, desconsuelo +inmenso. Su pasión se me comunica y me abrasa; yo también quiero tener +un hijo, yo también. ¡Si me parece que le estoy viendo!, si está aquí, +en los linderos de la vida, mirándome, diciéndome que le traiga, y no +falta más que traerlo. Vendría si ella quisiera. Tengo la seguridad de +que vendría; es una idea que se me ha clavado aquí. Y yo le digo: 'Por +un niño, bien se podría dar la virtud...'. ¡Ah!, no tener valor para +decirle esto... ¿Pero cómo?, ¡si no hay palabra que se preste a +decirlo!...». + +La palpitación que sentía era tan fuerte que tuvo que sentarse. Se +ahogaba. En la región cardiaca, o cerca de ella, más al centro, sentía +el golpe de sangre, con duro y contundente compás. Era como si un +herrero martillase junto al mismo corazón, remachando a fuego una pieza +nueva que se acababa de echar. + +«Esto es horrible. Si rompe, que rompa de una vez. ¡Ay de mí!... Si me +quisiera, el corazón se me curaría; como que no es enfermedad lo que +tiene, sino impaciencia... hormiguilla... ¿Qué habré hecho yo para ser +tan desgraciado? Ahora caigo en la cuenta de que no me he divertido +nunca. Todas mis aventuras han sido el deseo corriendo detrás del +fastidio. ¡Y cree la gente que yo he sido un hombre feliz, que yo estoy +enfermo de congestión de goces! ¡Estúpidos!». + +Sin saber cómo ni por qué, ciertas impresiones de aquel día se +reprodujeron en su mente. Entre ellas la menos fugaz fue esta: Por la +mañana, entrando en el Retiro, se le puso delante uno de esos pobres +asquerosos que suelen pedir en los extremos de la población, y que a +veces se corren hasta el centro. Era un hombre cubierto de andrajos, y +que andaba con un pie y una muleta; la otra pierna era un miembro +repugnante, el muslo hinchado y cubierto de costras, el pie colgando, +seco, informe y sanguinolento. Mostraba aquello para excitar la +compasión. Era la pierna para él su modo de vivir, su finca, su oficio, +lo que para los mendigos músicos es la guitarra o el violín. Tales +espectáculos indignaban a Moreno, que al verse acosado por estos +industriales de la miseria humana, trinaba de ira. Pues cuando se volvía +para no verle, el maldito, haciendo un quiebro con su ágil muleta, se le +ponía otra vez delante, mostrándole la pierna. Al aburrido caballero se +le quitaban las ganas de dar limosna, y por fin la dio para librarse de +persecución tan terrorífica. Alejose del pordiosero, renegando. «¡Ni +esto es país, ni esto es capital, ni aquí hay civilización!... ¡Qué +ganas tengo de pasar el Pirineo!». + +Pues bien, aquella noche, se le representó el pobre paralítico con tanta +viveza, que casi casi creía verle en su alcoba. Hubo un instante en que +la alucinación de Moreno llegó a ser tan efectiva, que se incorporó, y +cogiendo un libro que en la próxima silla estaba... «Mira, si no te +marchas con tu pierna podrida...». Después cayó otra vez su cabeza en el +sofá y se puso la mano sobre los ojos. «El infeliz se ha de buscar la +vida de alguna manera. No tiene él la culpa de que no haya en esta +tierra maldita establecimientos de beneficencia. Si le veo mañana, le +doy un duro... Vaya si se lo doy... ¡Qué envidia le va a tener mi tía +Guillermina! Volvámonos ahora para la pared, a ver si me duermo un poco. +Así; cerraré los ojos. No, mejor será que los abra, y que me figure que +quiero despabilarme. + +Lo que se desea no se tiene nunca. Ea, figurémonos que hago esfuerzos +para no dormirme. ¿Y para qué quiero yo dormir? Mejor es estar así, +pensando uno en sus cosas. Estas rayas de papel, azules y verdes, se +quiebran a distancia de veinticinco centímetros; no, de veinte. La flor +gris alterna con la flor azul. Bonito dibujo. ¡Cómo se le quedaría la +cabeza al que lo inventó!... Y aquí hay una pequeña mancha... Creo que +si me pusiera a mirar la luz, me dormiría más pronto, Vuelta otra vez». + +Miró la luz puesta sobre la mesa central, grande, redonda y cubierta con +rico tapete. La lámpara era de aceite, compuesta de dos candilones de +bronce unidos por un vástago. Ambas luces tenían pantallas verdes, con +añadidura de raso del mismo color, al modo de faldones que caían por una +sola parte de las dos circunferencias. La claridad se esparcía por la +mesa, y el resto de la habitación estaba en penumbra manchada, con +verdosa pátina de tapiz viejo. Sobre la mesa había unos guantes, varios +libros, dos retratos en bonitos marcos, uno de ellos del gordo Arnaiz, +una papelera, juego de té de finísima porcelana, una cajita de marfil y +otros objetos muy lindos. «Aquel guante--dijo Moreno--, que monta sobre +la papelera, parece exactamente un lebrel que corre tras la caza... ¡Qué +silencio tan solemne hay ahora! El chorrear de la fuente de Pontejos, es +lo que se siente siempre, y alguno que otro coche que pasa por la +Puerta del Sol... Son los trasnochadores, que se retiran. Así iba yo en +mi _cab_ al salir del club de Picadilly... sólo que mi _cab_ corría como +una exhalación y estos carruajes andan poco y parece que se deshacen +sobre los adoquines. ¡Y cómo se me refrescan las memorias...! Parece que +estoy mirando a aquella prójima que se me apareció una noche en +Haymarket, al salir de aquel Bar... ¡No me ha ocurrido otra...! ¡Y cómo +se parecía a esta tonta de Aurora Fenelón! Todo pasó, todo va cayendo +atrás revolviéndose en la estela que deja el barco...». + +De repente dio un salto, y levantándose se puso a dar paseos. + +«Mañana mismo me voy--dijo--, sí, me voy para siempre. ¡Morirme yo aquí, +para que me lleven en esos carros tan cursis! No; gracias a Dios que +tomo una resolución; y lo que es esta viene fuertecilla. Me ha entrado +de repente y con un empuje... No veo la hora de que amanezca para +mandarle a Tom que haga el equipaje. Mañana haré mis compras. No puede +uno ir de España sin llevar los regalitos de abanicos y panderetas... +¡Ay, qué feliz me siento con esta idea que me ha dado! ¡Irme!... ¡Si +esto debiste resolverlo hace tiempo! ¿Para qué estás aquí, para +consumirte más? Vamos, no dirá ella que no la obedezco; sus deseos son +órdenes. Me ha dicho: 'Amigo mío, vete', y me voy. + +¿Me querrá cuando me vaya? ¿Pensará en mí...? Bien podría ser... ¡Si se +convenciera de que el amor que tiene a su marido es como echar rosas a +un burro para que se las coma, si se convenciera de esto...! Pero vaya +usted a esperar que se convenza. No puede ser. Quiere locamente a ese +mico, y se morirá queriéndole. A mí se me figura que le desprecia y le +ama: hay estos dualismos en el corazón humano. Pero yo digo: ¿no pasará +por su mente alguna vez la idea de quererme a mí? Me contentaría con +esto, con que la idea hubiera pasado una vez; vamos, dos veces. Bien +puede haber dicho: '¡qué bueno es este Moreno!, si yo fuera su mujer, no +me daría disgustos, y habríamos tenido un chiquillo, dos o más'. Quién +sabe... ¿Habrá dicho esto alguna vez? No sé por qué me figuro que sí lo +ha dicho. Qué sé yo... dentro de mí anida este convencimiento como un +germen de esperanza, como una semilla que está dentro de la tierra y que +no ha brotado pero que vive... Si me constara que ella se ha dicho esto, +yo al verla tan religiosa, me volvería el hombre más católico del +mundo... Por agradarle, ¡cuántas funciones y misas había de costear yo! +Y no haría esto con hipocresía, porque amándola, vendría la fe, la fe, +sí, que se ha ido yo no sé adónde... Creo que ya amanece. No tengo +sueño, ni lo tendré más. Mañana me voy, y me iría esta tarde, si tuviera +tiempo de arreglar el viaje... Y otra cosa. + +¿Iré a despedirme de ella? No sé qué determinar. Si la veo no me voy. +¿Pues por qué no? Me iré. Ella me ha dicho que me vaya, desea que me +vaya. De lejos la querré lo mismo que de cerca, y ella me querrá tal +vez. Seré para ella como un sueño, y los sueños suelen herir el corazón +más que la realidad». + +Volvió a echarse, y se entretuvo contemplando con errante mirada las +paredes de la habitación. Había allí un San José, cuadro grande, de +familia, que como pintura valía poco, pero Moreno lo tenía en gran +estima, porque estuvo muchos años en la alcoba donde él nació. Se +asociaba a las impresiones de su niñez aquel santo tan guapote, +reclinado sobre nubes, con su vara, su niño, y aquella capa amarilla +cuyos pliegues hacían competencia al celaje. Se le refrescó de tal modo +al buen caballero en aquel momento la memoria de su padre, que parecía +que le estaba viendo, y oyéndole el metal de voz. A su madre no la había +conocido, porque murió siendo él muy niño. También se acordó de cuando +su hermana y él (aquella misma hermana viuda que allí vivía), iban a la +casa del abuelito, en la Concepción Jerónima, cogidos de la mano. Y una +tarde, al revolver la calle Imperial, se perdieron, es decir, se perdió +ella, y él por poco se muere del susto. Pues un día que iba por la Plaza +de Provincia, vio el burro de un aguador, suelto: el dueño estaba en la +taberna próxima. Entráronle ganas a Manolito de montarse en el pollino, +y como lo pensó lo hizo. Pero el condenado animal, en cuanto sintió el +jinete salió escapado, y aunque el chico hacía esfuerzos por detenerlo, +no podía... Total, que llegó hasta la calle de Segovia, muy cerca del +puente. Y no fue que el burro se parara, sino que el jinete se cayó, +abriéndose la cabeza. Todavía tenía la señal. Por suerte, los hermanos +García, boteros, que tenían su taller de corambres debajo del +Sacramento, y le vieron caer, le conocían, y recogiéndole, le llevaron a +casa de su abuelito. ¡La que se armó allí! Acordábase D. Manuel de aquel +lance como si hubiera ocurrido el día anterior; veía a su abuelito, D. +Antonio Moreno, que todavía usaba chorreras, corbatín de suela y casaca +a todas las horas del día. Hasta en el almacén (droguería al por mayor), +estaba de frac. Pues luego vino el papá y estuvo dudando si pegarle o +no... Lo peor de todo, fue que al asno no se le vio más el pelo, y la +familia tuvo que pagar por él una fuerte indemnización. «Si parece que +fue ayer» decía Moreno, tocándose la frente, en el sitio donde estaba la +cicatriz. + +Cuando ya clareaba el día, sintió ruido en la casa; mas al punto +comprendió lo que era. «Ya está en pie la _rata eclesiástica_. Ahora se +va a oír siete misas lo menos... y a tratar de tú a la Santísima +Trinidad. ¡Pobrecilla, qué sacará de eso!... Pero en fin, saque o no +saque, es una felicidad ser así...». + + + + +--iv-- + + +Guillermina dio dos golpecitos en la puerta, y abriéndola un poco, +asomó por ella su cara sonrosada y sus ojos vivos. «Hijo, al ver la luz +en tu alcoba, dije: ese pobrecillo estará en vela todavía. Veo que +acerté. ¿Qué es eso?, ¿has pasado otra mala noche?». + +--Ya lo ves. Pasa. No he dormido nada. ¿Y tú? + +--¿Yo?, del lado que me acuesto, amanezco. No duermo más que cuatro +horas; pero van de un tirón. ¿No ves que llego a casa rendida? Y lo que +tengo que cavilar lo cavilo por el día. + +--¡Qué felicidad! ¿Te vas ahora a misa? + +--Sí, para lo que gustes mandar--replicó la santa; y su semblante recién +lavado despedía tanta frescura como regocijo. + +--¡Y tan tranquila...!, porque tú estás muy tranquila... con tus misas +por la mañana, y el resto del día dando cada sablazo que tiembla el +misterio. ¿Sabes una cosa?, te tengo envidia... me cambiaría por ti... + +--Pues tonto (avanzando hacia él), lo que yo hago es lo fácil, ¿qué más +tienes que... hacerlo? + +--Siéntate un ratito--dijo Moreno, haciéndolo en el sofá y dando una +palmada en el asiento--. Más santidad que en oír siete misas, hay en +practicar las obras de misericordia, acompañando a los enfermos y dando +un ratito de conversación a quien se ha pasado toda la noche en vela. +Dime una cosa. ¿Cómo llevas las obras de tu asilo? + +--¿Pues no lo sabes? (sentándose). Bien. Gracias a las almas +caritativas, la construcción va echado chispas. Jacinta lo ha tomado con +tanto calor, que hoy trabaja más que yo, y maneja el sable con un garbo +que me deja tamañita. + +--Tienes unas amigas que valen cualquier cosa. Esta noche he pensado en +ti y en tus devociones. Te asombrarás si te digo que desde la madrugada +se me ha metido aquí un sentimiento desconocido, algo como ganas de +hacerme religioso, de pensar en Dios, de dedicarme a obras de piedad... + +--¡Manolo!... (poniéndose muy seria). Si empiezas con tus bromitas, me +voy. + +--No, no es broma--replicó él; y tenía en su cara tal expresión de +abatimiento, que la santa se quedó como lela mirándole... + +--¿Pero estás de chanza o...? Manolo, ¿en qué piensas?... ¿Qué te pasa? + +--Hay horas en la vida, que parecen siglos por las mudanzas que traen. +Hace un rato, verás ¡qué cosa tan extraña! Me acordé de un pobre que me +pidió limosna esta mañana... Era un infeliz que tiene una pierna +deforme y repugnante, llena de úlceras... Me pidió limosna y le arrojé +una moneda de cobre, diciéndole con horror: «Quítese usted de delante de +mí, so pillete». Pues esta noche he tenido aquí la visita de aquel +hombre... Le he visto, como te estoy viendo a ti, y primero me inspiraba +repugnancia, después compasión, y acabé por decirle: «¿Quieres cambiarte +conmigo?». Porque con su pierna podrida, su muleta y su libertad, +disfruta él de una tranquilidad que yo no tengo. Su conciencia está como +un charco empozado en el cual no cae jamás la piedra más pequeña. ¡Pobre +de mí!, cambiaría con él; cambiaría mi riqueza por su mendicidad, mi +corazón enfermo por su pierna inerte, y mi desasosiego por su paz. ¿Qué +crees tú? + +--Creo que Dios te toca en el corazón--dijo la dama guiñando los ojos, y +poniendo sobre la cabeza del triste caballero su mano derecha, en la +cual tenía el libro de misa y el rosario--. No tienes tú cara de bromas. +Alguna procesión muy grande te anda por dentro. Y si otras veces te da +la vena por decirme herejías y hacerme rabiar, no creas que te he tenido +por malo. Eres un bendito; y si vivieras siempre con nosotras y no te +pasaras la vida entre protestantes y ateos, tú serías otro. + +--¿Pero no sabes que me voy mañana? + +--¿Te vas?, ¿de veras?--con vivo desconsuelo--. + +Mal negocio. Buscando siempre la frialdad; huyendo siempre del calor de +la familia. + +--No, si aquí es donde no me quieren--manifestó Moreno con aire sombrío. + +--¿Que no te queremos? Vaya con lo que sales... Tontín, no digas +disparates. + +--Mi vida está completamente truncada y rota. No hay manera de soldarla +ya... Cree que si me quisieran yo me quedaría aquí, yo sería bueno, y +por darte gusto a ti y a tus amigas, me haría muy religioso, muy amigo +de Dios y de la Virgen; emplearía todo mi dinero en obras de caridad, +protegería la devoción... + +El asombro de la santa era tan grande, que no lo podía expresar. Abría +la boca, maravillada, cual si presenciara un milagro. + +«Pero de veras que tú... Mira, hijo, si quieres que yo crea en ese +estado de tu espíritu, es preciso que me lo pruebes...». + +--¿Cómo he de probártelo? + +--Vamos a ver--dijo la virgen y fundadora, con resolución--. ¿A que no +haces una cosa? + +--¿A que sí la hago?--¿A que no te vienes conmigo a San Ginés? + +--A que sí. Levantose para tirar de la campanilla. + +«Necesito verlo para creerlo--dijo Guillermina, echando de sus ojos +chispazos de alegría--. Deja, yo llamaré a Tomás. El pobre chico no se +habrá levantado todavía». + +--Creo que sí... ¡Tom!... + +--Yo te haré el té... Vamos, vete vistiendo. + +Aquella salida matinal le agradaba, porque rompía las tediosas rutinas +de su existencia. + +«Vaya que si voy a la iglesia... (disponiéndose con actividad febril). Y +oiré todas las misas que quieras, y rezaré contigo... Dime, ¿no va +Jacinta a esta hora a San Ginés?». + +--Hombre, tan temprano no. Un poco más tarde que yo, suele ir Bárbara. + +--Pues me alegro de que seamos nosotros los primeros, los más +madrugadores, los más impacientes por cumplir y santificarnos... ¡Tom! + +El inglés entró, y a poco, cuando ya su amo estaba vestido, le trajo el +té. Guillermina, sirviéndole el desayuno, le decía: «Abrígate bien, que +las mañanas están frescas. No sea cosa que por empezar tu vida nueva, +vayas a coger una pulmonía». + +--Mejor... me he convencido de que vivir es la mayor de las sandeces--le +dijo él, bajando la escalera--. ¿Para qué vive uno? Para padecer. El +pobre de la pierna es el que lo pasa regularmente. Porque aquello no +duele. Lleva su pierna por delante como si fuera una cosa bonita que el +público desea conocer. + +--Hay mucha miseria--observó la dama, tomando el tema por otro lado--, y +los que tenemos qué comer nos quejamos de vicio. Mientras más padezcamos +aquí, más gozaremos allá. + +(El misántropo no dijo nada a esto. Seguía tan pensativo.) + +«El mendigo de la pierna se irá al Cielo derechito, con su muleta, y +muchos de los ricos que andan por ahí en carretela, irán tan muellemente +en ella a pasearse por los infiernos. Yo le pido a Dios que me dé la más +asquerosa de las enfermedades, y... no me quiere hacer caso; siempre tan +sana. Paciencia; Él nos da siempre lo que nos conviene». + +Tampoco a esto dijo nada Moreno. Entraron en San Ginés, y Guillermina se +fue derecha a la capilla de la Soledad, a punto que empezaba la primera +misa. Mientras esta duró, la ilustre dama, aunque no apartaba su +atención del Oficio, pudo advertir que su sobrino estaba tras ella, +cumpliendo con todo el ritual como cualquier devoto, arrodillándose y +levantándose en las ocasiones convenientes. Pero a la segunda misa +observole distraído e inquieto. Iba de un lado para otro, examinaba los +altares y las imágenes como si estuviera en un museo. Esto la disgustó, +y tal fue su incomodidad, que no se atrevió a comulgar aquel día, porque +no se encontraba con el espíritu absolutamente sereno y limpio. Ya en la +cuarta misa, el caballero aquel, no sólo se distraía sino que perturbaba +la devoción de los fieles, pasando delante de los altares, donde se +decía misa, sin hacer la más ligera genuflexión ni reverencia. «Tendré +que decirle que se vaya--pensaba la santa--. Esa no es manera de estar +en la iglesia». + +Hallábase Moreno contemplando una imagen yacente, encerrada en lujosa +urna de cristal, cuando sintió a su lado este susurro: + +«Bonita efigie ¿verdad? Es el Cristo que sacamos en la procesión del +Santo Entierro». + +Volviose y vio a su lado a Estupiñá, calado hasta las orejas el gorro +negro de punto, señalando la imagen con gesto de cicerone. + +«La mortaja de fina holanda la bordaron las señoras Micaelas, y es +regalo de doña Bárbara. Escultura soberbia... y es de movimiento, porque +le clavamos en la cruz o le _descendemos_ según conviene». + +Y como el caballero no le dijese nada, Plácido se alejó rezando entre +dientes. Sentose en un banco, y desde entonces, sin dejar de atender a +sus devociones, no le quitaba ojo al señor de Moreno, sin poder +explicarse su presencia en la parroquia. «Es lo que me quedaba que +ver--decía--, D. Manolo aquí... ¡él, que no tiene religión! Es que gusta +de ver las buenas imágenes... Por ahí empecé yo». + +Menudo réspice le echó la fundadora a su sobrino cuando salieron. «Pero, +hijo, me has quitado la devoción con tus paseos por la iglesia. Ya decía +yo que te habías de cansar». + +--Pues tía, para primer día de curso, no puedes quejarte. Todo es +empezar. Ya ves que oí una misita. ¿Qué querías? ¿Que fuera como tú? Te +aseguro que me satisfizo el ensayo. Pasé un rato muy agradable, en un +estado de tranquilidad que me ha hecho mucho bien. ¿Te quejas de que me +paseaba por la iglesia?... Es que cuando uno va a hacer vida nueva, le +gusta enterarse... Quería yo mirar bien las imágenes. Créelo; si +siguiera en Madrid, me haría amigo de todas ellas. Me gusta verlas tan +hermosas, con sus ropas de lujo y sus miradas fijas en un punto. Parece +que están viendo venir algo que no acaba de venir. Las que nos miran +parece que nos dicen algo cuando las miramos, y que efectivamente nos +han de consolar si les pedimos algo. Comprendo el misticismo; lo veo +claro... ¡Ay!, si yo me quedara aquí... + +--¿Por qué no te quedas?... ¡Qué tonto!--le dijo la santa con +desconsuelo. + +--¡Imposible!... me tengo que marchar... Y allá voy a estar muy triste; +como si lo viera... + +--Entonces... quédate. ¿Quieres que te dé una ocupación? Buena falta te +hace. Te nombro sobrestante de mis obras, administrador de mis colectas +y sacristán mayor de mi capilla nueva, cuando esté concluida. + +Moreno se echó a reír con gana. + +«¡Monaguillo mayor...! Lo aceptaría. Te juro que lo aceptaría... Me +estoy volviendo enteramente infantil. ¡Monaguillo en jefe! Y yo +encendería las velas, yo quitaría el polvo a las imágenes y las pondría +tan guapas; ¡yo charlaría con las beatas...! No lo creerás; pero dentro +de mí está naciendo algo que se compagina muy bien con ese oficio +humilde». + +--Si eres tú un buenazo. La ociosidad, lo mucho que te has divertido y +el _esplín_ inglés te ponen así. Y yo te juro que te aburrirás más si no +vuelves a Dios tus miradas. Haz lo que yo, Manolo; dale un puntapié al +mundo; hazte chiquito para ser grande; bájate para subir. Tú ya no eres +pollo; tú no te has de casar ya. Ni te conviene el andar siempre de +viaje, como una carta con el sobre mal puesto, que recorre todas las +estafetas del mundo. Mujeres, ¿para qué sirven sino de perdición? Ten un +cuarto de hora de arrojo, y ofrécele a Dios lo que te queda de vida. No +es esto decir que te metas fraile: hay mil maneras de ganarse la dicha +eterna. Oye lo que se me ocurre. ¿Por qué no dedicas tu dinero, tu +actividad y todo tu espíritu a una obra grande y santa, no a una obra +pasajera, sino a esas que quedan, para bien de la humanidad y gloria de +Dios? Levanta de nueva planta un buen edificio, un asilo para este o el +otro fin, por ejemplo, un gran manicomio en que se recoja y cuide a los +pobrecitos que han perdido la razón... + +--Tú tienes la manía de los edificios, y quieres pegármela a mí... + +--Es lo primero que se me ha ocurrido. ¿Te parece mala idea? Un +manicomio modelo, como los que habrás visto en el extranjero. Aquí +estamos en eso muy atrasados. Harías una inmensa obra de caridad, y +Madrid y España te bendecirán. + +--¡Un manicomio!--dijo Moreno, sonriendo de un modo que le heló la +sangre a su generosa tía--. Sí, no me parece mal. Y lo estrenaríamos tú +y yo... + + + + +--v-- + + +Despidiose Guillermina a la puerta de la casa, para ir al asilo, y +él subió. ¡Cosa más rara! Apenas se cansaba al acometer la escalera. +Sentíase muy bien aquella mañana, el espíritu confortado, la palpitación +muy adormecida, el apetito despierto. Al entrar en su casa, pidió más +té, y mientras Tom se lo servía, le dijo en español: + +«Mañana nos vamos. Haz el equipaje. Avisarás a Estupiñá... Que me haga +el favor de venir, para que me traiga de las tiendas algunas cosillas. +No puede uno ir de España a Inglaterra sin llevar a los amigos alguna +chuchería que tenga color local». + +Luego siguió hablando consigo mismo: «Es un mareo. Si no lleva usted +panderetas con figuras de toros, chulos u otras porquerías así, se lo +comen vivo. Veremos si encuentro algunas acuarelas. También necesito +mantas, moñas de toros, y trataré de encontrar algún cacharro de +carácter. No hay peor calamidad que ser amigo de coleccionistas». +Estupiñá, que en aquella temporada frecuentaba el trato de Moreno, por +haberle este confiado la administración de su casa de la Cava, se +presentó dispuesto a llevarle todo el contenido de las tiendas de Madrid +para que escogiese. Panderetas de las más abigarradas, abanicos y +algunos cuadritos fueron llegando sucesivamente en todo el transcurso +del día, y D. Manuel escogía y pagaba. Aquello le entretuvo +agradablemente, y se reía pensando en la felicidad que iba a repartir +entre sus amistades londonenses. «Esta suerte de picas con el caballo +pisándose las tripas está pintiparada para las de Simpson, que son tan +marimachos. Esta pandereta, con la chula tocando la guitarra, para +_miss_ Newton. Si ella viera los originales, ¡qué desilusión! Esta +pareja del andaluz a caballo y la maja en la reja pelando la pava, para +la sentimental y romancesca _mistress_ Mitchell, que pone los ojos en +blanco al hablar de España, el país del amor, del naranjo y de las +aventuras increíbles... ¡Ah!, este D. Quijote reventando a cuchilladas +los cueros de vino, para el amigo Davidson, que llama a D. Quijote _don +Cuiste_, y se las tira de hispanófilo... Bien, bien. De cacharros +estamos tal cual. Estos botijos son horribles. Toda la cerámica moderna +española no vale dos cuartos. A ver, Plácido, ¿serías tú capaz de +buscarme un vestido de torero completo?... Lo quiero para un amigo que +sueña con ponérselo en un baile de trajes... Estará hecho un mamarracho. +Pero a nosotros no nos importa. ¿Podrás buscármelo?». + +--Pues ya lo creo--dijo Plácido, para quien no había nunca dificultades +tratándose de compras--. ¿Usado o sin usar? + +--Hombre, sin usar... En fin, como le encuentres... + +Salió Estupiñá como si Mercurio le hubiera prestado sus alados +borceguíes, y a poco entró el doméstico, a quien su amo tenía también +ocupado en la busca de ciertos encargos. Tom se había aficionado mucho a +los toros; no perdía corrida, y entre sus amigos contaba a varias +eminencias del arte del cuerno. Por esto le dio Moreno el encargo de +buscarle alguna moña, de las que guardan los aficionados como veneradas +reliquias, y convenía que tuviesen manchas de sangre y muchos pisotones, +con señales de la trágica brega. Muy desconsolado entró el inglés, +diciendo que no encontraba moñas ni aun ofreciendo por ellas un ojo de +la cara. + +«Mira, chico--le dijo su amo--, no te apures. Puesto que no se +encuentran moñas, llevaremos otra cosa. ¿Has visto por ahí, en el Prado +y Recoletos, a un tío muy feo que lleva una cesta y en ella, puestos en +cañas, formando como un gran árbol, multitud de molinillos de papel +dorado y plateado y de todos los colores...? ¿sabes?, ¿molinillos que +dan vueltas con el viento, y que los niños compran por dos o tres +peniques? Pues tráete una docena, los llevamos y decimos que esas son +las moñas que se les ponen a los toros cuando salen a la plaza, brrrr... +reventando al mundo entero con aquellos cuernos tan afilados... Y se lo +creen... Si conoceré yo a mi gente». + +Tom se reía; pero en su interior rechazaba aquella superchería por dos +móviles de conciencia, el móvil de la rectitud inglesa y el de la +formalidad del aficionado a toros. Con el fraude propuesto por su amo se +cometían dos graves faltas, engañar a una nación y ultrajar el +respetable arte de la Tauromaquia, el verdadero _sport_ trágico. No sé +qué se decidió de esto. En tanto Rossini llenaba la casa de abanicos y +panderetas, y Moreno escogía y pagaba, entreteniéndose luego en +envolverlos en papeles y en ponerles rótulos con el nombre del +destinatario. + +Había resuelto hacer muy pocas visitas de despedida, pretextando el mal +estado de su salud. Después de almorzar, bajó al escritorio, y se ocupó +de liquidar y poner en claro su cuenta personal. No intervenía en ningún +negocio; y el trabajo de banca, que en otro tiempo le había gustado +tanto, aburríale ya. Pero aquel día pareció que se le despertaban las +aficiones, porque habló largamente de negocios con Ruiz Ochoa, +recomendándole no dejase de interesarse en alguna subasta de pastas de +oro para el Banco. «Me parece que este año he de comprar algún oro... +Bien podéis andar aquí con mucho pulso en eso de acuñar tanta plata, +porque este metal va para abajo y ha de ir mucho más. Al precio que +tienen aquí las libras, vale más expedir oro, y por mi parte, me he de +llevar todo el que pueda». En esto entró Ramón Villuendas, preguntando a +cómo tomaban las libras, y la conversación vino a recaer sobre el mismo +tema. Él estaba mandando oro y más oro... + +«Este pico, dádselo a Guillermina» dijo Moreno al ver, en la cuenta de +alquileres de sus casas, un sobrante con que no contaba. + +Entraron otras personas y se habló de muy diferentes cosas. Mientras +duró aquella conversación, pensaba Moreno si iría o no a despedirse de +los de Santa Cruz. Si no iba, se ofendería quizás su padrino, y yendo, +podían sobrevenirle contrariedades mayores, incluso la de arrepentirse +del viaje y aplazarlo... No había más remedio que ir. ¿Pero a qué hora? +¿A la de comer? Titubeaba, y de vuelta a su casa, estuvo discurriendo un +largo rato sobre aquel problema de la hora. «Adoptado un partido--se +dijo--, lo mejor será que no la vea más en carne y hueso, porque lo que +es en idea, viéndola estoy a todas horas. ¡Qué chiquillo me he +vuelto!... En fin, tengo tiempo de pensarlo de aquí a mañana, porque lo +que es hoy, no iré». + +A eso de las cinco fue el misántropo a una tienda de la Plaza Mayor a +ver las mantas granadinas con que quería obsequiar a sus amigos +ingleses. Allí estuvo un cuarto de hora, y el tendero le propuso +mandarle con Plácido lo mejor que tenía, para que escogiese. Ya era casi +de noche, y valía más que el señor examinase de día el género. Así se +convino y volviose a su casa. Al entrar en el portal sintió un golpecito +en el hombro. Era Jacinta que le pegaba un paraguazo. Quedose el buen +señor como si le hubieran dado un tiro. Quiso hablar y no pudo. Jacinta +le cogió del brazo, y rebasados los primeros escalones, empezó el +diálogo. + +«¿Con que al fin se va usted?». + +--Al fin me arranco. Ya era tiempo... + +--Pero qué, ¿se cansa usted mucho hoy...? Pues vamos despacio, más +despacio si usted quiere... ¡Ah!, ya me ha contado Guillermina que hoy +estuvo usted muy santito... Así me gusta a mí la gente. + +--¿Por qué no fue usted a verme?... ¡Estaba yo más salado...! + +--Si no lo sabía. ¿Vuelve usted mañana? + +--¿De veras que va usted a ir a verme?... ¡Cómo se reirá de mí! + +--¡Reírme! ¡Qué cosas se le ocurren! Iré a tomar ejemplo. + +--¿A que no va?--¿A que sí?--Pues allí me tendrá, haciéndole la +competencia a Estupiñá... Verá usted, verá usted... cada día más. + +--¡Cada día! ¿Pero no se va usted mañana? + +--Es verdad, no me acordaba... Bueno, pues no me iré. + +--Eso no; le conviene a usted marcharse, y allí seguirá haciendo su +noviciado. + +--Allá no vale.--¿Cómo que no vale?--Porque allá me cogen por su cuenta +unas amigas protestantes que tengo, y que quiera que no, me hacen +renegar... Usted tendrá la culpa; sobre su conciencia va. ¿Conque me +quedo o me voy? + +--Pues con esa responsabilidad tan grande no me atrevo a aconsejarle. +Haga usted lo que le parezca mejor... Vaya, por fin llegamos. ¿Se ha +cansado usted mucho? + +--Un poquitito... pero con usted siempre contento. ¿Quiere usted volver +a bajar? + +--¿Otra vez?--Sí, para volver a subir... Como si quisiera usted ir al +cuarto piso. + +--No me lo perdonaría, si usted me acompañaba, fatigándose tanto. + +Entraron, y Jacinta se metió en el cuarto de la santa. Moreno fuese al +suyo y se dejó caer en el sofá, echándose el sombrero para atrás. +Pensaba descansar un ratito y pasar luego a la habitación de +Guillermina. «No, no paso; no quiero verla más. ¿Para qué atormentarme? +Se acabó. Pongámosle encima una losa». Al poco rato, sintiendo que +Jacinta salía, acercose a la puerta con ánimo de verla. Pero no puedo +ver nada. Como aún no habían encendido la luz del recibimiento, sólo +columbró un bulto, una sobra y pudo oír dos o tres palabras que se +dijeron, al despedirse, Jacinta y la _rata eclesiástica_. Esta fue +entonces al cuarto de su sobrino, y hallole dando vueltas en él. «¿Qué +tal te encuentras, catecúmeno?» le dijo con mucho cariño. + +--Regular, casi bien... Espero dormir esta noche. + +--Recógete temprano.--Eso pienso hacer... y mañana... Oye una cosa: ¿no +te ha dicho Jacinta que mañana pienso volver a San Ginés? + +--No, no me lo ha dicho.--¿No te ha dicho que ella iría a verme tan +devoto? + +--No... no hemos hablado una palabra de ti. + +--¿Ni dijo que había subido conmigo y que...? + +--No... nada. Moreno sintió que la horrible pulsación de su pecho era +anegada por una onda glacial. En aquel punto tuvo que sentarse, porque +le flaqueaban las piernas, y se le desvanecía la cabeza. + +«Pues si quieres volver mañana, yo vendré a llamarte. Se entiende, si +pasas buena noche». + +--Iremos a pasar un rato--dijo Moreno de una manera lúgubre--, y a +echarle a mi desesperación una hora de esparcimiento, como se le echa +carne a una fiera para que no muerda. + +--Si tú le pidieras al Señor... pero bien pedido... que te curara esos +_esplines_, te los curaría... Pídeselo, hijo; ¡pero si sabré yo lo que +me digo! + +--¿Qué has de saber tú?... ¿Qué has de saber lo que hay del lado de allá +de la puerta negra? + +--¿Ahora sales con eso?... Tú podrás haber perdido parte de la fe; pero +toda no se pierde nunca. Esas cosas se dicen sin creer en ellas, por +fatuidad. Con todas sus bromas, si te rascan, aparece el creyente... + +--No, tonta, yo no creo en nada, en nada, en nada--le dijo Moreno con +énfasis, complaciéndose en mortificarla. + +--Todo sea por Dios... Entonces, ¿para qué vienes conmigo a la iglesia? + +--Toma, por distraerme un rato, por verte a ti, por ver a Estupiñá, +figuras raras de la humanidad, excentricidades, tipos, como todo esto +que yo llevo a Londres para los aficionados a lo característico y al +color local. + +Guillermina daba suspiros. No quería incomodarse. + +«Para rarezas tú...--dijo al fin echándose a reír--. A ti sí que te +debían enseñar por las ferias... _a dos reales, un real los niños y +soldados_. Cree que ganaba dinero el que te expusiera». + +--Con un cartelón que dijese: «se enseña aquí el hombre más desgraciado +del mundo». + +--Por su culpa, por su culpa; hay que añadir eso. Ser desgraciado y no +volver los ojos a Dios es lo último que me quedaba que ver. Eso es, +bruto, encenágate más; hazte más materialista y más gozón, a ver si te +sale la felicidad... Eres un soberbio, un tonto... Mira, sobrino, me +voy, porque si no me voy te pego con tu propio bastón. + +Y él estaba tan abstraído que ni siquiera la sintió salir. + + + + +--vi-- + + +Comió con regular apetito en compañía de su hermana y de +Guillermina. Cuando concluyeron, dijo a esta que había dado orden en el +escritorio de que le entregaran el sobrante de su cuenta personal, con +cuya noticia su puso la fundadora como unas castañuelas, y no pudiendo +contener su alegría, se fue derecha a él, y le dijo: «¡Cuánto tengo que +agradecer a mi querido ateo de mi alma! Sigue, sigue dándome esas +pruebas de tu ateísmo, y los pobres te bendecirán... ¿Ateo tú? ¡Ni +aunque me lo jures lo he de creer!». Moreno se sonreía tristemente. Tal +entusiasmo le entró a la santa, que le dio un beso... «Toma, perdido, +masón, luterano y anabaptista; ahí tienes el pago de tu limosna». + +Sentíase él tan propenso a la emoción, que cuando los labios de la santa +tocaron su frente, le entró una leve congoja y a punto estuvo de darlo a +conocer. Estrechó suavemente a la santa contra su pecho, diciéndole: «Es +que lo uno no quita lo otro, y aunque yo sea incrédulo, quiero tener +contenta a mi _rata eclesiástica_, por lo que pudiera tronar. Supongamos +que hay lo que yo creo que no hay... Podría ser... Entonces mi querida +_rata_ se pondría a roer en un rincón del cielo para hacer un agujerito, +por el cual me colaría yo...». + +--Y nos colaríamos todos--indicó la hermana de Moreno, gozosa, pues le +hacían mucha gracia aquellas bromas. + +--¡Vaya si le haré el agujerito!--dijo Guillermina--. Roe que te roe me +estaré yo un rato de eternidad, y si Dios me descubre y me echa una +peluca, le diré: «Señor, es para que entre mi sobrino, que era muy +ateo... de jarabe de pico, se entiende; y me daba para los pobres». El +Señor se quedará pensando un rato, y dirá: «Vaya, pues que entre sin +decir nada a nadie». + +A las diez estaba el misántropo en su habitación, disponiéndose para +acostarse. «¿Se te ofrece algo?» le dijo su hermana. + +--No. Trataré de dormir... Mañana a estas horas estaré oyendo cantar el +_botijo e leche_. ¡Qué aburrimiento! + +--Pero, hombre, ¿qué más te da? Con no comprárselo si no te gusta... Si +esa gente vive de eso, déjales vivir. + +--No, si yo no me opongo a que vivan todo lo que quieran--replicó Moreno +con energía--. Lo que no quita que me cargue mucho, pero mucho, oír el +tal pregón... + +--Vaya por Dios... Otras cosas hay peores y se llevan con paciencia. + +Después llegó Tom, y la hermana de Moreno se retiró a punto que entraba +Guillermina con la misma cantinela: «¿Quieres algo?... A ver si te +duermes, que no es mal ajetreo el que vas a llevar mañana. Mira; de +París telegrafías, para que sepamos si vas bien...». + +Daba algunos pasos hacia fuera y volvía: «Lo que es mañana no te llamo. +Necesitas descanso. Tiempo tienes, hijo, tiempo tienes de darte golpes +de pecho. Lo primero es la salud». + +--Esta noche sí que voy a dormir bien--anunció D. Manuel con esa +esperanza de enfermo que es gozo empapado en melancolía--. No tengo +sueño aún; pero siento dentro de mí un cierto presagio de que voy a +dormir. + +--Y yo voy a rezar porque descanses. Verás, verás tú. Mientras estés +allá, rezaré tanto por ti, que te has de curar, sin saber de dónde te +viene el remedio. Lo que menos pensarás tú, tontín, es que la _rata +eclesiástica_ te ha tomado por su cuenta y te está salvando sin que lo +adviertas. Y cuando te sientas con alguna novedad en tu alma, y te +encuentres de la noche a la mañana con todas esas máculas ateas bien +curadas, dirás «¡milagro, milagro!» y no hay tal milagro, sino que +tienes el padre alcalde, como se suele decir. En fin, no te quiero +marear, que es tarde... Acuéstate prontito, y duérmete de un tirón siete +horas. + +Le dio varios palmetazos en los hombros, y él la vio salir con +desconsuelo. Habría deseado que le acompañase algún tiempo más, pues sus +palabras le producían mucho bien. + +«Oye una cosa... Si quieres llamarme temprano, hazlo... Yo te prometo +que mañana estaré más formal que hoy». + +--Si estás despierto, entraré. Si no, no--dijo Guillermina volviendo--. +Más te conviene dormir que rezar. ¿Necesitas algo? ¿Quieres agua con +azúcar? + +--Ya está aquí. Retírate, que tú también has de dormir. Pobrecilla, no +sé cómo resistes... ¡Vaya un trabajo que te tomas!... + +Iba a decir «¿y todo para qué?» pero se contuvo. Nunca le había sido tan +grata la persona de su tía como aquella noche, y se sintió atraído hacia +ella por fuerza irresistible. Por fin se fue la santa, y a poco, Moreno +ordenó a su criado que se retirara. «Me acostaré dentro de un +ratito--dijo el caballero--; pues aunque creo que he de dormir, todavía +no tengo ni pizca de sueño. Me sentaré aquí y revisaré la lista de +regalos, a ver si se me queda alguno. ¡Ah!, conviene no olvidar las +mantas. La hermana de Morris se enfadará si no le llevo algo de mucho +carácter...». La idea de las mantas llevó a su mente, por +encadenamiento, el recuerdo de algo que había visto aquella tarde. Al ir +a la tienda de la Plaza Mayor en busca de aquel original artículo, +tropezó con una ciega que pedía limosna. Era una muchacha, acompañada +por un viejo guitarrista, y cantaba jotas con tal gracia y maestría, que +Moreno no pudo menos de detenerse un rato ante ella. Era horriblemente +fea, andrajosa, fétida, y al cantar parecía que se le salían del casco +los ojos cuajados y reventones, como los de un pez muerto. Tenía la cara +llena de cicatrices de viruelas. Sólo dos cosas bonitas había en ella: +los dientes, que eran blanquísimos, y la voz pujante, argentina, con +vibraciones de sentimiento y un dejo triste que llenaba el alma de +punzadora nostalgia. «Esto sí que tiene carácter» pensaba Moreno +oyéndola, y durante un rato tuviéronle encantado las cadencias +graciosas, aquel amoroso gorjeo que no saben imitar las celebridades del +teatro. La letra era tan poética como la música. + +Moreno había echado mano al bolsillo para sacar una peseta. Pero le +pareció mucho, y sacó dos peniques (digo, dos piezas del perro), y se +fue. + +Pues aquella noche se le representaron tan al vivo la muchacha ciega, su +fealdad y su canto bonito, que creía estarla viendo y oyendo. La popular +música revivió en su cerebro de tal modo, que la ilusión mejoraba la +realidad. Y la jota esparcía por todo su ser tristeza infinita, pero que +al propio tiempo era tristeza consoladora, bálsamo que se extendía +suavemente untado por una mano celestial. «Debí darle la peseta» pensó, +y esta idea le produjo un remordimiento indecible. Era tan grande su +susceptibilidad nerviosa, que todas las impresiones que recibía eran +intensísimas, y el gusto o pena que de ellas emanaban, le revolvían lo +más hondo de sus entrañas. Sintió como deseos de llorar... Aquella +música vibraba en su alma, como si esta se compusiera totalmente de +cuerdas armoniosas. Después alzó la cabeza y se dijo: «¿Pero estoy +dormido o despierto? De veras que debí darle la peseta... ¡Pobrecilla! +Si mañana tuviera tiempo, la buscaría para dársela». + +El reloj de la Puerta del Sol dio la hora. Después Moreno advirtió el +profundísimo silencio que le envolvía, y la idea de la soledad sucedió +en su mente a las impresiones musicales. Figurábase que no existía nadie +a su lado, que la casa estaba desierta, el barrio desierto, Madrid +desierto. Miró un rato la luz, y bebiéndola con los ojos, otras ideas le +asaltaron. Eran las ideas principales, como si dijéramos las ideas +inquilinas, palomas que regresaban al palomar después de pasearse un +poco por los aires. «Ella se lo pierde...--se dijo con cierta convicción +enfática--. Y en el desdén se lleva la penitencia, porque no tendrá +nunca el consuelo que desea... Yo me consolaré con mi soledad, que es el +mejor de los amigos. ¿Y quién me asegura que el año que viene, cuando +vuelva, no la encontraré en otra disposición? Vamos a ver... ¿por qué no +había de ser así? Se habrá convencido de que amar a un marido como el +que tiene es contrario a la naturaleza; y su Dios, aquel buen Señor que +está acostado en la urna de cristal, con su sábana de holanda finísima, +aquel mismo Dios, amigo de Estupiñá, le ha de aconsejar que me quiera. +¡Oh!, sí, el año que viene vuelvo... en Abril ya estoy andando para acá. +Ya verá mi tía si me hago yo místico, y tan místico, que dejaré +tamañitos a los de aquí... ¡Oh!... mi niña adorada bien vale una misa. Y +entonces gastaré un millón, dos millones, seis millones, en construir un +asilo benéfico. ¿Para qué dijo Guillermina? ¡Ah!, para locos; sí, es lo +que hace más falta... y me llamarán la _Providencia de los +desgraciados_, y pasmaré al mundo con mi devoción... Tendremos uno, dos, +muchos hijos, y seré el más feliz de los hombres... Le compraré al +Cristo aquel tan lleno de cardenales una urna de plata... y...». + +Se levantó, y después de dar dos o tres paseos, volvió a sentarse junto +a la mesa donde estaba la luz, porque había sentido una opresión +molestísima. Las pulsaciones, que un instante cesaron, volvieron con +fuerza abrumadora, acompañadas de un sentimiento de plenitud torácica. +«¡Qué mal estoy ahora!... pero esto pasará, y me dormiré. Esta noche voy +a dormir muy bien... Ya va pasando la opresión. Pues sí, en Abril +vuelvo, y para entonces tengo la seguridad de que...». + +Tuvo que ponerse rígido, porque desde el centro del cuerpo le subía por +el pecho un bulto inmenso, una ola, algo que le cortaba la respiración. +Alargó el brazo como quien acompaña del gesto un vocablo; pero el +vocablo, expresión de angustia tal vez, o demanda de socorro, no pudo +salir de sus labios. La onda crecía, la sintió pasar por la garganta y +subir, subir siempre. Dejó de ver la luz. Puso ambas manos sobre el +borde de la mesa, e inclinando la cabeza, apoyó la frente en ellas +exhalando un sordo gemido. Dejose estar así, inmóvil, mudo. Y en aquella +actitud de recogimiento y tristeza, expiró aquel infeliz hombre. + +La vida cesó en él, a consecuencia del estallido y desbordamiento +vascular, produciéndole conmoción instantánea, tan pronto iniciada como +extinguida. Se desprendió de la humanidad, cayó del gran árbol la hoja +completamente seca, sólo sostenida por fibra imperceptible. El árbol no +sintió nada en sus inmensas ramas. Por aquí y por allí caían en el mismo +instante hojas y más hojas inútiles; pero la mañana próxima había de +alumbrar innumerables pimpollos, frescos y nuevos. + +Ya de día, Guillermina se acercó a la puerta y aplicó su oído. No sentía +ningún rumor. No había luz. «Duerme como un bendito... Buen disparate +haría si le despertara». Y se alejó de puntillas. + + + + +-III- + +Disolución + + + + +--i-- + + +A mediados de Noviembre, Fortunata estaba algo desmejorada. +Observándola, Ballester se decía: «¡Cuando yo digo que me debía querer a +mí en vez de consumir su vida por ese botarate! ¡Qué mujeres estas! Son +como los burros, que cuando se empeñan en andar por el borde del +precipicio, primero lo matan a palos que tomar otro camino». + +Desde la rebotica, donde estaba trabajando, la vio pasar por la calle: +«Allá va la nave. Siempre tan puntual a la citita. Doña Lupe furiosa, el +pobre Rubín ido, y esta paloma volando al tejado del vecino. ¡Qué lejos +está ella de que le he descubierto el escondrijo! Trabajillo me costó; +pero me salí con la mía. Y no es que me proponga delatarla... cosa +impropia de un caballero como yo. Hágolo para mi gobierno. Yo soy así; +me gusta seguir los pasos de la persona que me interesa... De seguro que +al volver del tortoleo entra por aquí... ¡Ah!, qué memoria la tuya, +Segismundo; ya no te acordabas de que para hoy le prometiste tener +hechas las píldoras de _hatchisschina_, que le quieren dar al pobre +Maxi, a ver si le levantan y aclaran un poco aquellos espíritus tan +entenebrecidos. Vamos a ello, y que la alegría más expansiva y la más +placentera ilusión de vida _(sacando de un armario el frasco del +extracto indiano)_, iluminen el cacumen de mi infeliz amigo, a la acción +de este precioso excitante». + +Dos o tres horas después de esto, Fortunata entraba en la botica. El +farmacéutico observó pintada en su semblante la consternación. Sin duda +tenía una pena grande, grande, horrible, de esas que no pueden +expresarse sino con la imagen retórica de una espada traspasando el +pecho. «Amiga mía--le dijo Ballester--, no tema usted que la mortifique +con consuelos vulgares. Usted padece hoy, y no es cosa de poco más o +menos, sino alguna tribulación muy gorda lo que usted tiene dentro. No, +ni me lo niegue. Su cara de usted es para mí un libro, el más hermoso de +los libros. Leo en él todo lo que a usted le pasa. No valen evasivas. Ni +pretendo que me confíe sus penitas, hasta que no se convenza de que el +médico llamado a curárselas soy yo». + +--Vaya Ballester--dijo Fortunata con malísimo humor--. No estoy ahora +para bromas. + +--Lo creo... Tiene usted el corazón como si se lo estuvieran apretando +con una soga... + +--¡Ay!, sí...--exclamó con arranque la joven a quien faltaba poco para +echarse a llorar. + +--Y usted ha llorado, porque los ojos también lo están diciendo. + +--Sí, sí... pero déjese de tonterías y no se meta en lo que no le +importa. Está usted hoy muy agudo. + +--_Siempre lo fue don García_. Para otras personas tendrá usted +secretos, para mí no. Sé de dónde viene usted. Sé la calle, número de la +casa y piso... Y si me apura, sé lo que ha ocurrido. Desazón; que si tú, +que si yo; que no me quieres, que sí, que tira, que afloja, que vira, +que vuelta; que me engañas, que no, que tú más, y hemos concluido, y +adiós, y allá va la lagrimita. + +La señora de Rubín dejó caer la cabeza sobre el pecho, dando un chapuzón +en el lago negro de su tristeza. Ballester la miraba sin osar decirle +nada, respetando aquel dolor que por lo muy verdadero no podía +disimularse. Por fin, Fortunata, como quien vuelve en sí, se levantó de +la silla, y le dijo: + +--Esas píldoras, ¿las ha hecho usted? + +--Aquí están (entregándole la cajita). Y a propósito, a usted no le +vendrá mal tomarse una. + +--¿Yo?... Lo mío no va con píldoras... Quédese con Dios; me voy a mi +casa. + +--Consolarse--le dijo Segismundo en la puerta--. La vida es así; hoy +pena, mañana una alegría. Hay que tener calma, y tomar las cosas como +vienen, y no ligar todo nuestro ser a una sola persona. Cuando una vela +se acaba, debe encenderse otra... Conque tengamos valor, y aprendamos a +despreciar... Quien no sabe despreciar, no es digno de los goces del +amor... Y por último, simpática amiga mía, ya sabe que estoy a sus +órdenes, que tiene en mí el más rendido de los servidores para cuanto se +le ocurra, amigo diligente, reservadísimo, buena persona... Abur. + +Subió la joven a su casa. Doña Lupe no estaba, porque en aquellos días +iba infaliblemente a las subastas del Monte de Piedad. Maximiliano +permanecía largas horas en su despacho o en la alcoba, sin salir ni +siquiera a los pasillos, sumergido en una meditación que más bien +parecía somnolencia, por lo común echado en el sofá, la vista fija en un +punto del techo, al modo de penitente visionario. No molestaba a nadie; +no se resistía a tomar el alimento ni las medicinas, sometiéndose +silenciosamente a cuanto se le mandaba, como si lo dominante, en aquella +fase del proceso encefálico, fuera la anulación de la voluntad, el no +ser nada para llegar a serlo todo. Considerándose sola en la casa, +Fortunata anduvo de una parte a otra, buscando una ocupación que la +distrajera y consolara. Imposible. Mientras más trabajaba, con más +energía y claridad repetía su mente lo que le había pasado aquella +mañana. «Yo me voy a volver loca--se dijo poniéndose a mojar la ropa--. +Más loca estoy que el pobre Maxi, y esto me acaba de rematar». + +Sin que se interrumpiera la acción mecánica, el espíritu de la pobre +mujer reproducía fielmente la escena aquella, con las palabras, los +gestos y las inflexiones más insignificantes del diálogo. En medio de la +reproducción iban colocándose, como anotaciones puestas al acaso, los +comentarios que se le ocurrían. El trabajo de su cerebro era una +calenturienta y dolorosa mezcla de las funciones del juicio y de la +memoria, revolviéndose con desorden y alumbrándose unas a otras con +aquella claridad de relámpago que a cada instante despedían. + +«Tontería grande fue decírselo... Él está hace tiempo muy frío, y como +con ganas de romper. ¡Cansado otra vez!, cansado; y allá por Junio, sí, +bien me acuerdo de que era en Junio, porque estaban poniendo los palos +para el toldo de la procesión del Corpus, me dijo que nunca más me +dejaría, que se avergonzaba de haberme abandonado dos veces, ¡y qué sé +yo cuántas mentiras más!... Lo que hace ahora es buscar un pretexto para +llamarse andana... ¡Cristo!, ¡qué cara me puso cuando le dije +aquello...! 'No seas bobito, ni fíes tanto en la virtud de tu mujer. +¿Pues qué te crees? ¿Que no es ella como las demás? Para que lo sepas; +tu mujer te ha faltado con aquel señor de Moreno, que se murió de +repente, una noche. La suerte tuya fue que dio el estallido; y es que +los corazones revientan, de la fuerza del querer... Créete, como Dios es +mi padre, que la _mona del Cielo_ le quería también, y tenían sus +citas... no sé dónde... pero las tenían. Tan listo como eres, y a ti +también te la dan...'. ¡Bendito Dios, qué cara me puso! ¡Ah!, el amor +propio y la soberbia le salían a borbotones por la boca...». + +Después sentía claramente en su oído la vibración de aquella réplica que +la había hecho estremecer, que aún la alumbraba, porque las palabras se +repetían sin cesar como la pieza de una caja de música, cuyo cilindro, +sonada la última nota, da la primera. «¿Pero qué te has figurado, que mi +mujer es como tú? ¿De dónde has sacado esa historia infame? ¿Quién te ha +metido en la cabeza esas ideas? Mi mujer es sagrada. Mi mujer no tiene +mancilla. Yo no la merezco a ella, y por lo mismo la respeto y la admiro +más. Mi mujer, entiéndelo bien, está muy por encima de todas las +calumnias. Tengo en ella una fe absoluta, ciega, y ni la más ligera duda +puede molestarme. Es tan buena, que sobre serme fiel, tiene la costumbre +de entregarme todos sus pensamientos para que yo los examine. ¡Ojalá +pudiera yo entregarle los míos! Y ahora, cuando tú me traes esos +absurdos cuentos, me veo tan por bajo de ella, que no puede ser más. Tú +misma me estás castigando con eso de decirme que mi mujer es como tú, o +que en algo puede parecerse a ti. Me castigas porque me demuestras la +diferencia; te comparo con ella, y si pierdes en la comparación, échate +a ti la culpa... Para concluir, si vuelves a pronunciar delante de mí +una palabra sola referente a mi mujer, cojo mi sombrero... y no vuelves +a verme más en todos los días de tu vida». + +Comentario: «¡Y yo que me había hecho la ilusión de que no era honrada, +para salir ahora con que no tengo más remedio que confesar que lo es! +¿Habrá visto visiones Aurora? Lo asegura de un modo, que no sé... Puede +que se equivoque... Puede que el caballero ese estuviera prendado de +ella; eso no quiere decir que ella pecase ni mucho menos...». + +Otra vez sentía retumbar en su oído las tremendas palabras de _aquel_: +«Si vuelves a pronunciar delante de mí, _etc_...». Y el comentario +parecía producirse en el cerebro paralelamente a la repetición de la +filípica: «¡Ah!, tuno, no hablabas antes de ese modo. En Junio, sí, bien +me acuerdo, todo era _te quiero y te adoro_, y bastante que nos reíamos +de la _mona del Cielo_, aunque siempre la teníamos por virtuosa. ¿Que es +sagrada, dices?... ¿Entonces, para qué la engañas? ¡Sagrada! Ahora sales +con eso. _Cojo mi sombrero y no me vuelves a ver_... Eso es que tú lo +quieres hace tiempo. Estás buscando un motivo, y te agarras a lo que +dije. _Te comparo con ella, y si pierdes en la comparación, échate a ti +misma la culpa_. Eso es decirme que soy un trasto, que yo no puedo ser +honrada aunque quiera... ¡Cómo me requemaba oyendo esto y cómo me +requemo ahora mismo! Se me aprieta la garganta, y los ojos se me llenan +de lágrimas. ¡Decirme a mí esto, a mí, que me estoy condenando por +él...! Pero, Señor, ¡qué culpa tendré yo de que esa niña bonita sea +ángel! Hasta la virtud sirve para darme a mí en la cabeza. ¡Ingrato!». + +Reproducción de algo que ella le había contestado: «Mira; no lo tomes +tan a pechos. Podrá ser mentira. ¿Yo qué sé? No creerás que lo he +inventado yo. Para que veas que no me gustan farsas contigo; eso que te +incomoda tanto, es cosa de Aurora...». + +Y él: «Como la coja, le arranco la lengua. Es una víbora esa mujer, una +envidiosa, una intrigante. Ándate con cuidado con ella». + +Comentario: «De veras que estuve muy prudente. No se debe hablar mal de +nadie sin tener seguridad de lo que se dice. Desde aquel momento no me +volvió a mirar como me mira siempre. Le chafé su amor propio. Es como +cuando se sienta una, sin pensarlo, sobre un sombrero de copa, que no +hay manera, por más que se le planche después, de volverlo a poner como +estaba. Esta sí que no me la perdona. + +Perdona él todo; pero que le toquen a su soberbia no lo perdona. «¿Estás +enfadado?».--«¡Si te parece que no debo estarlo...!».--«Hazte el cargo +de que no he dicho nada».--«No puedo; me has ofendido; te has rebajado a +mis ojos. Como tú no tienes sentido moral, no comprendes esto. No +calculas el valor que se quitan a sí mismas las personas cuando hablan +más de la cuenta».--«No me digas esas cosas».--«Se me salen de la boca. +Desde que calumniaste a mi mujer, la veneración y el cariño que le tengo +se aumentan, y veo otra cosa; veo lo miserable que soy al lado suyo; tú +eres el espejo en que miro mi conciencia y te aseguro que me veo +horrible». + +Comentario: «Cuando toma este tonito, le pegaría... Eso es decirme que +soy una indecente. Y siempre que saca estas _tiologías_, es porque me +quiere dejar. Y yo no puedo vivir así, Dios mío; esto es peor que la +muerte». + +Reproducción: «¿Te vas ya?».--«¿Te parece que es temprano +todavía?».--«¿Vienes el lunes?».--«No puedo asegurártelo».--«Ya empiezas +con tus mañas».--«Tú sí que te pones pesada».--«No quiero disputar. Dime +lo que quieras».--«Si rompemos, no me eches a mí la culpa, porque eres +tú quien la tiene».--«¿Yo?».--«Sí, tú, por salir con alguna patochada +ordinaria».--«Bueno, lo que quieras... Tú siempre has de tener razón... +Adiós».--«Hasta la vista». + +Y al cabo de un rato, su mente saltó de improviso con una idea nueva, +expresada en medio de los ahogos de la desesperación, como un rayo que +atraviesa las nubes y momentáneamente las horada, las ilumina con sus +refulgentes dobleces. «¿Pero qué demonios es esto de la virtud, que por +más vueltas que le doy no puedo hacerme con ella y meterla en mí?». + +Entonces advirtió que no había mojado la ropa. Su tarea estaba por +empezar, y los rollos de camisas, chambras y demás prendas continuaban +delante de ella, muertos de risa, lo mismo que el barreño de agua. +Papitos, que entró en el comedor con los cuchillos ya limpios, fue el +choque que la hizo salir de su abstracción. + + + + +--ii-- + + +El día de San Eugenio propuso doña Casta ir de merienda al Pardo; +pero las de Rubín no querían ni oír hablar de nada que a diversión se +pareciese. Bueno tenían ellas el espíritu para meriendas. Fueron _las +Samaniegas_ con _doña Desdémona_, Quevedo y otros amigos. Por la noche, +doña Casta se empeñaba en que todas habían de comer bellota, de la +provisión que trajo. Estaban de tertulia en casa de Rubín. Sólo faltaba +Aurora, a quien Fortunata esperaba con ansia, y siempre que sentía pasos +en la escalera, iba a la puerta para abrirle antes de que llamase. Por +fin llegó la viuda de Fenelón, fatigadísima. Los encargos en aquel mes +eran considerables; las bodas aristocráticas menudeaban, y la pobre +Aurora no podía desenvolverse. Como que por cumplir y hacer las entregas +a tiempo se había traído alguna labor para trabajar en su casa. Velaría +hasta las doce o la una. Brindose la de Rubín a ayudarla, y con la venia +de las dos señoras mayores se fueron a la casa próxima. Fortunata +deseaba estar sola con su amiga para hablar largo y tendido sobre +diferentes cosas. + +Encendieron luz en el gabinete, y sobre una gran mesa que allí había, +por el estilo de las mesas de los sastres, Aurora, sacando sus avíos, se +puso a cortar y a preparar. Fortunata la ayudaba a desenvolver los +patrones y a hilvanarlos sobre la tela. A cada momento se arrancaba +Aurora del pecho una aguja enhebrada o se la clavaba en él, pues el +pecho era su acerico, y allí tenía también una batería de alfileres. +Extendiendo sus miradas sobre los patrones, con atención de artista, +cogiendo ora la aguja, ora las tijeras, ya inclinada sobre la mesa, ya +derecha y mirando desde lejos el efecto del corte; moviendo la cabeza +para obtener la oblicuidad de la mirada en ciertas ocasiones, empezó a +charlar, arrojando las palabras como un sobrante de la potencia +espiritual que aplicaba a su obra mecánica. + +«Hoy ha sido el funeral. ¡Cosa estupenda, según me ha dicho Candelaria! +El catafalco llegaba hasta el techo, y la orquesta era magnífica; muchas +luces... Ahí tienes para qué les sirve el dinero a esos _celibatarios_ +egoístas. Estaban las de Santa Cruz y Ruiz Ochoa, _las Trujillas_, y qué +sé yo quién más... Como no nos vemos desde hace muchos días, no te he +podido contar la impresión que recibí aquella mañana. Verás: pasaba yo a +eso de las ocho y media por la plaza de Pontejos para ir a mi obrador, +cuando vi que del portal salía despavorido el criado inglés... Según +después supe, iba en busca de mi primo Moreno Rubio, que vive en la +calle de Bordadores. Yo dije: '¿qué pasará?' y Samaniego salió de la +tienda preguntando: '¿qué hay?'--'¿Cómo que qué hay?'. El inglés +entonces, con un terror que no puedo pintarte, nos dijo: 'Señor muerto; +señor como muerto'. Corrió allá Pepe y yo detrás. En el portal había un +corrillo de gente; unos salían, otros entraban, y todos se lamentaban +del suceso. Subí con Pepe... la puerta estaba abierta. Los gritos de +Patrocinio Moreno se oían desde la escalera. ¡Ay, qué paso, hija! Yo +tenía un miedo que no te puedo ponderar. Acerqueme poco a poco a la +habitación. Allí estaba la santa, todavía con el manto puesto y el libro +de misa en la mano... Parecía una imagen. Y Moreno... no me quiero +acordar, sentado en una silla junto a la mesa... + +Dicen que le encontraron con la cabeza apoyada en las manos, seco, +rígido y sin sangre. No puedo pintarte el horror que me causó lo que vi. +Le habían incorporado en el asiento. Toda la pechera de la camisa estaba +manchada de sangre, la barba llena de cuajarones... los ojos abiertos. +(Aquí suspendió Aurora su trabajo, poniendo todo su espíritu en lo que +relataba...) No quise entrar. De la puerta me volví, y no sé cómo llegué +al taller, porque me iba cayendo por el camino; tal impresión me hizo. +Hay que reconocer que ese hombre tenía que concluir de mala manera; pero +eso no quita que una le tenga lástima. (Volvió a poner toda la atención +en su trabajo). Estuve muy mala aquel día, y a ratos me entraban ganas +de llorar. Mal se portó conmigo, muy mal... ¡Ah!, ya veo yo que todo se +paga en este mundo». + +--¡Pobre señor!--exclamó Fortunata--. A mí también me dio lástima cuando +lo supe. Pero, ¿no sabes una cosa?, que hoy hemos tenido la gran bronca +_ese_ y yo, porque le dije aquello... + +--¿Lo de...?--apuntó Aurora, suspendiendo otra vez el trabajo, y mirando +a su amiga con intención picaresca. + +--Sí... Se enfadó tanto, que concluimos mal. ¡Ay, qué pena tengo! Porque +si es calumnia, figúrate, ¡qué barbaridad ir con esa historia! + +--Calumnia no--dijo la de Fenelón, atendiendo más a su corte--. Podrá +ser equivocación. + +¿Quién demonios sabe lo que pasa en el interior de la _mona_? Que el +difunto Moreno andaba loco por ella, no tiene duda. Falta saber, _por +ejemplo_, si ella le correspondía o no. + +--Tú me dijiste que sí, y que tenían citas... + +--Sí; pero te lo dije como una suposición nada más--replicó la astuta +mujer con cierto despego, como si deseara mudar de conversación--. Tú te +precipitaste al llevarle ese cuento. Se habrá volado. Hay que tener +tacto, amiga mía, y no herir el amor propio de los hombres. Ya debías +suponer que le sabría mal. + +--¿Y tú qué crees?, hablando ahora como si estuviéramos delante de un +confesor. ¿Tú qué crees?, ¿es, como quien dice, ángel o qué? + +Aurora dejó las tijeras, y se clavó en el pecho la aguja enhebrada. +Después de calcular su respuesta, la soltó en esta forma: + +«Pues hablando con verdad, y sin asegurar nada terminantemente, te diré +que la tengo por virtuosa. Si mi primo hubiera vivido, no sé a dónde +habrían llegado las cosas. Él hacía el trovador de la manera más +infantil del mundo. ¡Quién lo diría...!, ¡un hombre tan corrido!... +Ella... no sé... creo que se reía de él... Y bien merecido le estaba, +por pillo. Quizás le miraba con alguna simpatía... pero lo que es citas, +amiga mía, me parece que no las hubo, digo, me parece; y si algo de esto +dije, fue como un _tal vez_, y me vuelvo atrás». + +Tornó a su faena dejando a la otra en la mayor confusión. + +«Y en último resultado--le dijo después--, ¿a ti qué más te da que sea +honrada o deje de serlo? Lo que te importa es que él te quiera a ti más +que a ella». + +--¡Oh!, no...--exclamó Fortunata con toda su alma--, es que si no fuera +honrada esa mujer, a mí me parecería que no hay honradez en el mundo y +que cada cual puede hacer lo que le da la gana... Paréceme que se rompe +todo lo que la ata a una; no sé si me explico; y que ya lo mismo da +blanco que negro. Créetelo; esa duda no se me va de la cabeza a ninguna +hora; siempre estoy pensando en lo mismo, y tan pronto me alegro de que +sea mala como de que no lo sea. ¡Ah!, no sabes tú lo que yo cavilo al +cabo del día. Las cosas que me pasan a mí no tienen nombre. + +--Pues para que te tranquilices de una vez--dijo la otra sin mirarla--. +Tenla por honrada, y cuando hables de esto con _él_, hazle entender que +lo crees así, y no aspires a que _él_ te dé su respeto; conténtate con +el amor. + +--Quítate de ahí, mujer--saltó Fortunata muy nerviosa--. Si esto se +acaba... ¡Si me está faltando ese perro! Si en quince días no le he +visto más que dos veces. Siempre llega tarde, y como de mala gana. ¡Oh!, +yo le conozco bien las mañas: me le sé de memoria. Nada, que quiere +echarme al agua otra vez, lo veo, lo estoy viendo. Hoy se lo dije +claro, y no me contestó nada. + +--Entonces tenemos a _la mona del Cielo_ de enhorabuena. + +--¡Ah!, no... Me parece que ahora la veleta marca para otro lado. Me +está faltando con alguna que ni su mujer ni yo conocemos. Más claro, a +las dos nos está dando el plantón _hache_, y yo estoy que no sé lo que +me pasa, más muerta que viva... llena de rabia, llena de celos. No he de +parar hasta cogerle, y de veras te digo que si le cojo, y si cojo a la +otra, me pierdo. Yo vengaré a _la mona del Cielo_, y me vengaré a mí. No +quisiera morirme sin este gusto. + +--Dime una cosa... ¿Te has fijado en determinada mujer?--le preguntó su +amiga mirándola de hito en hito. + +--No sé; esta noche se me ocurrió si será Sofía la Ferrolana, o la Peri, +o Antonia, esa que estaba con Villalonga. + +--Es natural, piensas en las que conoces. ¿Qué me das, querida mía, si +te lo averiguo? Al decir esto, Aurora abandonó todo trabajo y se puso +delante de su amiga en la actitud más complaciente. + +«¿Que qué te doy? Lo que tú quieras. Todo lo que tengo... Te lo +agradeceré eternamente». + +--Bueno; pues déjame a mí, que como yo coja el cabo del hilo, hemos de +llegar a la otra punta. Verás por qué lo digo; en mi taller hay una +chiquilla, muy graciosa por cierto, que me parece, me parece... + +--¡En tu taller...!--Sí; pero no te precipites... No es ella tal vez... +Quiero decir, que por ella he de coger el cabo del hilo, y verás... iré +tirando, tirando hasta dar con lo que queremos saber. Tú confíate en mí, +y no hagas nada por tu parte. Prométeme que no te has de meter en nada. +Sin esa condición, no cuentes conmigo. + +--Pues bien, yo te lo prometo. Pero me has de decir todo lo que vayas +averiguando. Te digo que si la cojo... No me importa ir al Modelo; te +juro que no me importa. Si ya me parece que la tengo entre mis uñas... + +Doña Casta entró, abriendo la puerta con su llavín. Era tarde, y +Fortunata tuvo que retirarse. Aurora se quedó trabajando un momento más, +y decía para sí: «Estas tontas son terribles, cuando les entra la rabia. +Pero ya se aplacará. Pues no faltaría más... Estaría bueno...». + + + + +--iii-- + + +Una tarde, doña Lupe vio entrar a su sobrina tan desolada, que no +pudo menos de írsele encima, llena de irascibilidad, no pudiendo sufrir +ya que no le confiase sus penas, cualquiera que fuese la causa de ellas. +«¿Te parece que estas son horas de venir? Y haz el favor, para otra +vez, de dejarte en la calle tus agonías y no ponérteme delante con esa +cara de viernes, pues bastantes espectáculos tristes tenemos en casa». + +Fortunata tenía su interior tan tempestuoso que no pudo contenerse, y +estalló con esa ira pueril que ocasiona las reyertas de mujeres en las +casas de vecindad. «Señora, déjeme usted en paz, que yo no me meto con +usted, ni me importa la cara que usted tenga o deje de tener. Pues +estamos bien... Que no pueda una ni siquiera estar triste, porque a la +señora esta le incomodan las caras afligidas... Me pondré a bailar, si +le parece». + +No estaba acostumbrada doña Lupe a contestaciones de este temple, y al +pronto se desconcertó. Por fin hubo de salir por este registro: «Eso de +que me ocupe o no me ocupe, no eres tú quien lo ha de decidir. ¿Pues +qué? ¿Han tocado ya a emanciparse? Estás fresca. ¿Crees que se te va a +tolerar ese cantonalismo en que vives? ¡Me gustan los humos de la loca +esta!... Ya te arreglaré, ya te arreglaré yo». + +Estaba la otra tan violenta y tenía los nervios tan tirantes, que al +apartar una silla la tiró al suelo, y al poner su manguito sobre la +cómoda, dio contra un vaso de agua que en ella había. + +«Eso es, rómpeme la sillita... Mira cómo has derramado el agua». + +--Mejor.--¿Sí?... Ya te mejoraré yo, ya te arreglaré. + +--Usted, señora, se arreglará sus narices, que a mí no me arregla +nadie... + +«No quiero incomodarme, no quiero alzar tampoco la voz--dijo doña Lupe +levantándose de su asiento--, porque no se entere ese desventurado». +Salió un momento con objeto de cerrar puertas para que no se oyera la +gresca, y a poco volvió al gabinete, diciendo: «Se ha quedado dormido. +Si te parece, haz bulla para que no descanse el pobrecito. Te estás +portando... ¡Silencio!». + +--Si es usted la que chilla... Yo bien callada entré. Pero se empeña en +buscarme el genio. + +--Mete ruido, mete ruido. Ni siquiera has de dejar dormir al pobre +chico. + +--Por mi parte, que duerma todo lo que quiera. + +--Y lo que más me subleva es tu terquedad--dijo doña Lupe bajando la +voz--, y ese empeño de gobernarte sola, sí, esa independencia +estúpida... Tú te lo guisas y tú te lo comes. Así te sabe a demonios. +Bien empleado te está todo lo que te pasa, muy bien empleado. + +Tanta turbación había en el alma de la esposa de Rubín, que la ira +estaba en ella como prendida con alfileres, y el menor accidente, una +nada, determinaba la transición de la rabia al dolor, y de la energía +convulsiva a la pasividad más desconsoladora. Algo se derrumbaba dentro +de ella, y perdiendo toda entereza, rompió a llorar como un niño a quien +le descubren una travesura gorda. Doña Lupe se vanaglorió mucho de aquel +cambio de tono, que consideraba obra de sus facultades persuasivas. +Fortunata se dejó caer en una silla, y más de un cuarto de hora estuvo +sin articular palabra, oprimiendo el pañuelo contra su cara. + +«Pues sí, tía... es verdad que debiera yo... contarle a usted... No lo +hice porque me parecía impropio. ¡Qué barbaridad! Traer a esta casa +cuentos de... Soy una miserable; yo no debo estar aquí... Hasta llorar +aquí por lo que lloro es una canallada. Pero no lo puedo remediar. El +alma se me deshace. Yo tengo que decirle a alguien que me muero de pena, +que no puedo vivir. Si no lo digo, reviento... Usted crea lo que +quiera... pero soy muy desgraciada. Yo sé que me lo merezco, que soy +mala, mala de encargo... pero soy muy desgraciada». + +--Ahí tienes--le dijo doña Lupe moviendo la mano derecha, con dos dedos +de ella muy tiesos, en ademán enteramente episcopal--; ahí tienes lo que +pasa por no hacer lo que yo te digo... Si hubieras seguido los consejos +que te di este verano, no te verías como te ves. + +La otra estaba tan sofocada, que su tía tuvo que traerle un vaso de +agua. + +--Serénate--le decía--, que ahora no te he de reñir, aunque bien lo +mereces. No, no necesitas explicarme lo que te pasa; justo castigo de +Dios. ¿Crees que no tengo yo pesquis? Me basta verte la cara. Ello tenía +que suceder, porque los malos pasos conducen siempre a malos fines... El +resultado es que sale todo lo que yo digo. El pecado trae la penitencia. +Otra vez te da carpetazo ese hombre, ¿acerté? + +--Sí, sí... ¡Pero qué infame!... + +--Anda, que los dos estáis buenos. Tal para cual. Las relaciones +criminales siempre acaban así. Uno se encarga de castigar al otro, y el +que castiga ya encontrará también su trancazo en alguna parte. Pues +estás lucida... Tras de cornuda, aporreada, y después sacada a bailar. + +--¡Pero qué infame!--volvió a decir Fortunata, mirando a su tía con los +ojos llenos de lágrimas--. ¿Pues no ha tenido el atrevimiento de +decirme, entre bromas y veras, que yo estaba enredada con Ballester? +Pretextos, _tiologías_ y nada más. De seguro que no lo cree. + +--Aguanta, que todo te lo tienes bien merecido. Ni vengas a que yo te +consuele... Acudiendo con tiempo, no digo que no. Abres ahora los ojos y +te encuentras horriblemente sola, sin familia, sin marido, sin mí. + +Fortunata, con un pánico semejante al de quien se está ahogando, +agarrose a la falda de doña Lupe, y vuelta a soltar un raudal de +lágrimas. + +«No, no, no... yo no quiero estar sola, triste de mí. Dígame usted algo, +siquiera que tenga paciencia, siquiera que me porte ahora bien... Sí, me +portaré bien; ahora sí, ahora sí». + +--Ahora sí. Vaya, hija, no madrugues tanto. Tú no te acuerdas de Santa +Bárbara sino cuando truena. ¿Qué sacaría yo de consolarte ahora y +corregirte, si el mejor día volvías a las andadas? + +--Ahora no... ahora no...--Quien no te conoce que te compre... Al +extremo a que han llegado las cosas, me parece que no debo intervenir +ya, ni tomar vela en ese entierro. Sería hasta indecoroso para mí. +Resultaría... así como cierta complicidad en tus crímenes. No, hija, has +acudido tarde... ¡Te he estado metiendo la indulgencia por los ojos, sin +que tú la quisieras ver, y ahora que te ahogas, vienes a mí...! ¡Ay!, no +puedo, no puedo. + +Y sin decir más, se fue a la cocina, pensando que toda severidad era +poco contra aquella mujer, y que convenía aterrorizarla, a ver si se +sometía al fin de una manera absoluta. + +Pronto se hizo de noche. Los días menguaban, entristeciendo el ánimo de +los que ya, por otros motivos, estaban tristes. A las seis y media la +casa estaba a oscuras, y doña Lupe retardaba el encender luces todo lo +posible. Fortunata, en el cuarto de su marido, y casi a tientas, llegó +al sofá donde él estaba echado, y le preguntó si tenía ganas de comer, +sin obtener respuesta. Oía los suspiros que daba el infeliz, y en una de +aquellas aproximaciones, Maxi cogiéndole las manos, se las apretó con +afecto. Algo había en el alma de Fortunata que respondía a tal +demostración de ternura. Sentía hacia él cariño semejante al que inspira +un niño enfermo, efusión de lástima que protege y que no pide nada. + +Doña Lupe trajo luz, y mirando a los esposos con sus ojos encandilados +por el vivo resplandor de la llama de petróleo, dijo, sin duda por +animar a Maxi con una broma: «¿Ya estáis haciendo los tortolitos?... Más +cuenta te tiene comer. ¿Quieres que esta coma aquí contigo?». + +--Sí, sí, yo comeré aquí--dijo la esposa prontamente--. Y él comerá +también, ¿verdad, hijo? ¿Verdad que comerás con tu mujer? Ella te +cortará los pedacitos de carne y te los irá dando. + +--Pues yo os mandaré la comida--indicó doña Lupe, poniendo la pantalla +al quinqué y acortando la llama--. Tengo hoy un arroz con menudillos que +es lo que hay que comer. + +En el rato que estuvieron solos, antes de que entrara Papitos con el +servicio y la sopa, Maxi endilgó a su mujer algunas frases enteramente +ceñidas al endiablado asunto que constituía su demencia. Fortunata le +apoyó en todo, mostrándose muy penetrada de la urgencia de establecer, +como realidad social, el principio de solidaridad de la sustancia +divina. A todo decía que sí, y mientras comían, notó que el enfermo se +animaba extraordinariamente, llegando hasta mostrarse alegre, locuaz y +poniendo un singular calor en sus proyectos de apostolado. En un momento +que salió afuera, preguntole Fortunata a su tía: «¿Y le dio usted al fin +esas píldoras?». + +«Sí por cierto. Esta mañana en ayunas se tomó una, y a las cuatro le di +otra. ¿No lo dispuso así Ballester...?». + +--Sí... Vea usted por qué está tan avispado. ¡Vaya con el cáñamo ese! +Pero los disparates son los mismos; sólo que ahora no ve las cosas de un +modo tan negro sino que las toma por lo risueño. + +Volvió al lado de él, y le fue dando los menudillos con el tenedor, y él +se los comía con gana, sin cesar de hablar y aun de reír. Su risa +plácida no parecía la de un demente. + +Fortunata sentía leve consuelo en su alma, y se decía: «¡Si Dios +quisiera que se pusiera bueno...! Pero cómo va Dios a hacer nada que yo +le pida... ¡Si soy lo más malo que Él ha echado al mundo! Para mí esta +casa se tiene que acabar. ¿A dónde me retiraré? ¿Qué será de mí? Pero a +donde quiera que vaya, me gustará saber de este pobrecito, el único que +me ha querido de verdad, el que me ha perdonado dos veces y me +perdonaría la tercera... y la cuarta... Yo creo que me perdonaría +también la quinta, si no tuviera esa cabeza como un campanario. Y esto +es por culpa mía. ¡Ay, Cristo, qué remordimiento tan grande! Iré con +este peso a todas partes, y no podré ni respirar». + +Después de comer, estaba él animadísimo, cual no lo había estado en +mucho tiempo, pero sus conceptos eran de lo más estrafalario que +imaginarse puede. Como entraran doña Silvia y Rufinita, de visita, doña +Lupe se fue con ellas a la sala, y los esposos se quedaron solos. Maxi +se levantó, y estiró todo el cuerpo, elevando los brazos. Los huesos +crujieron, hizo diferentes contorsiones que parecían un trabajo de +gimnasia, y luego volvió a sentarse, abrazando a su mujer y quedándose +ante ella (pues estaba sentado en una banqueta junto al sofá) en actitud +semejante a la que toman los amantes de teatro cuando van a decirse algo +muy bonito en décimas o quintillas. + + + + +--iv-- + + +«Vida mía--le dijo en el tono más dulce del mundo--, gracias mil +por el consuelo que me has dado con tus palabras». + +Fortunata no sabía qué palabras eran aquellas que le habían consolado; +pero lo mismo daba. Hizo un signo afirmativo, y adelante. + +«Porque estando tú conforme conmigo, no deseo más. Mis aspiraciones +están cumplidas. ¡Viva el gran principio de la liberación por el +desprendimiento, por la anulación!...». + +--¡Vivaaa...!--Así lo dirán las multitudes, cuando esta doctrina se +propague; pero esto no nos toca a nosotros, sino al que vendrá después. +Cumplamos tú y yo la ley de morir cuando nos creamos llegados al punto +de caramelo de la pureza. Matemos a la bestia cuando de ella esté +completamente desligada su prisionera, la sustancia espiritual, como del +erizo se desprende la castaña bien madura. + +--Nada, hijo, que la mataremos.--Me gusta verte así. ¿Hay nada más +hermoso que la muerte? ¡Morir, acabar de penar, desprenderse de todas +estas miserias, de tantos dolores y de toda la inmundicia terrenal! ¿Hay +nada que pueda compararse a este bien supremo?... ¿Concibe el alma nada +más sublime? + +--¿Y después?--dijo Fortunata, que aun sabiendo con quién hablaba, oía +con mucho gusto aquella manera de considerar la muerte. + +--¡Oh!, después, sentirse uno absolutamente puro, perteneciente a la +sustancia divina; reconocerse uno parte de ella, y todito con aquel gran +todo... ¡Qué dicha tan grande! + +--¡No padecer...!--murmuró la prójima inclinando su cabeza sobre el +pecho de él--. ¡No temer si le hacen a uno esta o la otra perrería...!, +no verse en agonías nunca y gozar, gozar, gozar... + +Su mente se dejó ir en alas de aquella sublime idea, perdiéndose en los +espacios invisibles y sin confines. + +«¡Sentir luego la irradiación del bien en sí, y contemplarse uno en +aquel todo etéreo y sustancial, infinitamente perfecto y sano, hermoso, +transparente y placentero...!». + +Esto era ya un poco metafísico, y Fortunata no lo comprendía bien. Lo +accesible para ella era la idea primera: morirse, desprenderse de las +lacerias de este mundo, y sentirse luego persona idéntica a la persona +viva, gozando todo lo que hay que gozar y amando y siendo amada con +arrobamientos que no se acaban nunca. + +«Querida mía--le dijo Maxi moviendo mucho la cabeza y los músculos de la +cara, señal de una fuerte excitación nerviosa--; los dos moriremos +después que hayamos cumplido nuestra misión. Y para que te penetres bien +de la tuya, te voy a decir lo que he sabido por revelación celestial». + +Fortunata se preparó a oír el gran disparate que su marido anunciaba, y +puso una carita muy gravemente atenta. + +«Pues yo sé una cosa que tú no sabes, aunque quizás lo presientes, y que +seguramente sabrás muy pronto. Quizás hayas empezado a notar algún +síntoma; pero aún tu espíritu no tendrá más presentimientos de este +gran suceso». + +La miraba de tal modo, que ella empezó a asustarse. ¿Qué sería, Dios, +qué sería? Maxi estuvo un rato en silencio, clavados en ella sus ojos +como saetas, y por fin le dijo estas palabras que la hicieron +estremecer: «Tú estás en cinta». + +Quedose un rato la infeliz mujer como petrificada. Trataba de tomarlo a +broma, trataba de negarlo; pero para ninguna de estas determinaciones +tenía valor. Terror inmenso llenaba su alma al ver que Maxi decía lo que +decía con expresión de la más grande seguridad. Pero lo último que a +Fortunata le quedaba que oír fue esto, dicho con exaltación de +iluminado, y con atroz recrudecimiento de las sacudidas nerviosas de la +cabeza: «Ha sido una revelación. El espíritu que me instruye me ha +traído anoche esta idea... Misterio bonitísimo, ¿verdad? Tú estás +embarazada... Y tú lo presumes; mejor dicho, lo sabes, te lo estoy +conociendo en la cara; lo ocultas porque ignoras que esto no ha de +arrojar ninguna deshonra sobre ti. El hijo que llevas en tus entrañas es +el hijo del Pensamiento Puro, que ha querido encarnarse para traer al +mundo su salvación. Fuiste escogida para este prodigio, porque has +padecido mucho, porque has amado mucho, porque has pecado mucho. +Padecer, amar y pecar... ve ahí los tres infinitivos del verbo de la +existencia. Nacerá de ti el verdadero Mesías. Nosotros somos nada más +que precursores, ¿te vas enterando?, nada más que precursores, y cuanto +des a luz, tú y yo habremos cumplido nuestra misión, y nos liberaremos +matando nuestras bestias». + +Del salto se puso Fortunata al otro extremo de la habitación. Habíale +entrado tal pánico, que por poco sale al pasillo pidiendo socorro. Maxi +tenía la cara descompuesta y transfigurada, y sus ojos parecían carbones +encendidos. Ni siquiera reparó que su mujer se había alejado de él, y +continuó hablando como si aún la tuviera al lado. La infeliz, turbada y +muerta de miedo, se acurrucó en el rincón opuesto, y cruzadas las manos, +miraba al desgraciado demente, diciendo para sí: «¿En qué lo habrá +conocido?... Dios, ¡qué hombre! ¿Será farsa todo esto de la locura? +¿Será que se finge así para poder matarme, sin que la justicia le +persiga...? ¡Pero cómo habrá descubierto...! ¡Si no lo he dicho a nadie! +¡Si no se me conoce nada todavía...! ¡Ah!, lo que este hombre tiene es +mucha picardía. Eso de la revelación lo dice para engañar a la gente... +Sin duda se lo figura, se lo teme, o me lo ha conocido no sé en qué... +¿Lo habré dicho yo en sueños?... Aunque no; podrá haberlo adivinado por +su propia locura. ¿No dicen que las grandes verdades las saben los niños +y los locos...? ¡Ay, qué miedo me ha entrado! Dios mío, líbrame de esta +tribulación. Este hombre me quiere matar y hace todas estas comedias +para vengarse en mí y asesinarme a lo bóbilis bóbilis...». + +El iluminado fue hacia su mujer, cogiéndola por un brazo. Tal temor +sentía ella, que hasta se encontró con fuerzas inferiores a las de su +marido, que era tan débil. «Moñuca mía--le dijo apretándole el brazo con +nerviosa energía, y mirándola con una expresión en que la desdichada +veía confundidos al amante y al asesino--. Nos liberaremos, por medio de +una sangría suelta, desde que hayas cumplido tu misión. ¿Cuándo será? +Allá por Febrero o Marzo». + +--Debe ser por Marzo--pensó Fortunata--; pero para ti estaba... Ya me +pondré yo en salvo. Mátate tú, si quieres, que yo tengo que vivir para +criarlo, ¡y voy a ser tan feliz con él...! Va a ser el consuelo de mi +vida. Para eso lo tengo, y para eso me lo ha dado Dios... ¿Ves cómo me +salí con mi idea?... Mi hijo es una nueva vida para mí. Y entonces no +habrá quien me tosa... ¡Oh!, si no lo sintiera aquí dentro, yo y tú +seríamos iguales, tan loco el uno como el otro, y entonces sí que +debíamos matarnos. + +Oíase el run run de las despedidas de doña Silvia y Rufinita en el +pasillo. A poco entró la de Jáuregui, y viéndola su sobrino, se volvió +al sofá, dejando a su mujer en pie en medio del cuarto. + +«¿Qué tal?--dijo doña Lupe--. ¿Hay sueño? Son las once». + +--Ha venido usted a turbar nuestra felicidad--replicó Maxi sentado, y +moviendo las piernas en el aire--. Mi elegida y yo deseamos estar solos, +enteramente solos. Los misterios inefables que a ella y a mí... + +--¿Pero qué volteretas son esas que das? (no sabiendo si reír o ponerse +seria). Pareces un saltimbanquis. + +--Que a ella y a mí se nos han revelado... los misterios inefables, +digo... nos llevan a un éxtasis delicioso, de que no pueden participar +las personas vulgares. + +--¡Llamarme a mí persona vulgar!... + +--La vulgaridad consiste en estar muy apegada a los bienes terrenos... +es decir, en hacerle mimos a la bestia. + +--¿Pero qué?, ¿también vas a dar vueltas de carnero?--dijo asustada doña +Lupe, viéndole apoyar las manos en el sofá y doblar luego la cabeza +hasta tocar con ella la gutapercha. + +--Lo que yo dé, a usted no le importa, mujer de poca fe... La noche está +fría y necesito que las extremidades entren en calor. Dentro del cráneo +me han encendido un hornillo. + +--¿Ve usted... ve usted...?--indicó Fortunata, no recatándose de decirlo +en alta voz--. El efecto de esas condenadas píldoras. Creo que no deben +dársele más. Ya ve usted cómo se pone: se le trastorna más el cerebro y +adivina los secretos. + +--¿Cómo que adivina los secretos...? Pero, niño, ¿qué haces? + +Rubín se sentaba y se levantaba, dando botes en el asiento, como un +jinete que monta a la inglesa. + +«Allá por Marzo será el gran suceso, la admiración del mundo--gruñía el +infeliz, dando vueltas sobre sí mismo--. Lo anunciará una estrella que +ha de aparecer por Occidente, y los Cielos y la tierra resonarán con +himnos de alegría». + +--¿Pero qué estás diciendo? Vamos, hijo de mi alma, estate tranquilo. + +--Lo que yo quisiera saber ahora es dónde está mi sombrero--dijo él, +mirando debajo de la mesa y del sofá. + +--¿Y para qué quieres el sombrero? + +--Quiero salir, tengo que ir a la calle. Pero lo mismo da salir con la +cabeza descubierta. Hace un calor horrible. + +--Sí, vámonos al Retiro. Fortunata, coge la vela; y tú por delante. + +Y agarrándose al brazo del joven sin ventura, le llevaron a la alcoba. +Del salto se plantó Maxi en la cama, quedándose un instante con los +brazos y las piernas en alto. Después dejaba caer pesadamente las +extremidades para volver a levantarlas. + +«¡Bonita noche nos va a hacer pasar!» exclamó doña Lupe cruzando las +manos. Fortunata, desalentada y meditabunda, se dejó caer en el sofá. + +«¿A que no me aciertan ustedes en dónde estoy?--dijo el pobre demente--. +Me he caído del Cielo sobre un tejado. ¿Qué hace mi mujer ahí que no +viene en mi socorro?». + +--Pues sí señor, ¡bonita noche!--repetía doña Lupe, echando un suspiro +por cada palabra. + +Intentaron acostarle. Pero no fue posible. Se les escapaba de las manos, +con viveza de niño, que a veces parecía agilidad de mono. Su risa +causaba espanto a las dos señoras, y últimamente no se le entendía una +palabra de las muchas que de su boca soltaba atropelladamente, +pronunciándolas de un modo primitivo, como los chiquillos que empiezan a +hablar. Por fin el desgaste nervioso hubo de rendirle, y se quedó quieto +en el sofá, con una pierna sobre la mesa, la otra en una silla, la +cabeza debajo de un cojín, y los brazos extendidos en cruz. Una mano +daba contra el suelo, y tenía la otra metida debajo del cuerpo, dando al +brazo una vuelta que parecía inverosímil. No quisieron ellas variarle la +difícil postura, temiendo que si le tocaban, se alborotaría de nuevo y +les daría otra jaqueca. Doña Lupe dormitaba, sentada en una silla junto +a la cama del matrimonio; pero Fortunata no pegó los ojos en toda la +noche. + +Ya amanecía cuando le acostaron. Apenas daba acuerdo de sí, y gemía, al +moverse, como si tuviera molido a palos su ruin y desdichado cuerpo. + + + + +--v-- + + +Creo que fue el día de la Concepción cuando Rubín salió de su +cuarto con un cuchillo en la mano detrás de Papitos, diciendo que la +había de matar. El susto de la tía y de Fortunata fue muy grande, y les +costó trabajo quitarle el arma homicida, que era un cuchillo de la mesa, +con el cual no era fácil quitar la vida a nadie. Pero el paso fue +terrible, y los chillidos de Papitos se oyeron en toda la vecindad. +Salió despavorida del cuarto del señorito, y él detrás, frío y resuelto, +como si fuera a hacer la cosa más natural del mundo. La mona se refugió +entre las faldas de su ama, gritando: «¡Que me mata, que me quiere +matar!» y Fortunata corrió a sujetarle, lo que no hubiera conseguido a +pesar de su superioridad muscular, sin la ayuda de doña Lupe. La +resistencia de él era puramente espasmódica, y mientras se defendía de +los cuatro brazos que querían contenerle y arrancarle el cuchillo, decía +con voz ronca: «Le siego el pescuezo y la...». Después se supo que +Papitos tenía la culpa, porque le había irritado, contradiciéndole +estúpidamente. Doña Lupe lo sospechó así, y mientras Fortunata se le +llevaba otra vez a su cuarto, procurando calmarle, la señora cogió a la +chiquilla por su cuenta, y con la persuasión de tres o cuatro pellizcos, +hízole confesar que ella era culpable de lo ocurrido. «Mire, +señora--replicaba ella bebiéndose las lágrimas--; él fue quien empezó, +porque yo no chisté. Estaba recogiendo el servicio, y él saltó contra +mí, diciéndome que para arriba y que para abajo... Yo no lo entendía y +me eché a reír... Pero _dimpués_ salió con unos disparates muy gordos. +¿Sabe, señora, lo que dijo? Que la señorita Fortunata iba a tener un +niño, y qué sé yo qué más. No pude _por menos_ de soltar la carcajada, y +entonces fue cuando _garró_ el cuchillo y salió tras de mí. Si no doy un +_blinco_, me divide». + +--Bueno; vete a la cocina, y aprende para otra vez. A todo lo que él +diga, por disparatado que sea, dices tú _amén_, y siempre _amén_. + +Aquel hecho era quizás síntoma de un nuevo aspecto de locura, y las dos +señoras no cabían ya en su pellejo, de temor y zozobra. No pasaron ocho +días sin que el caso se repitiera. Maxi pudo apoderarse de un cuchillo, +y fue hacia su tía, diciendo que la quería _liberar_. Gracias a que +estaba allí el Sr. Torquemada, no fue difícil desarmarle; pero el susto +no había quien se lo quitara a doña Lupe, que tuvo que tomarse una taza +de tila. Por cierto que la señora se conceptuaba infeliz entre todas +las señoras y damas de la tierra, por las muchas pesadumbres que sobre +su alma tenía. No era sólo el estado lastimosísimo del más querido de +sus sobrinos; otras cosas la mortificaban atrozmente, abatiendo su +grande espíritu. Entre Fortunata y ella mediaron ciertas palabras que +imposibilitaban absolutamente toda concordia. + +«¡Vaya--le dijo doña Lupe una noche--, que te estás luciendo! ¿A qué +esas reservas, cuando más indicada estaba la confianza? ¿Cómo es que lo +ha sabido Maximiliano, que está demente, antes que yo, que estoy en mi +sano juicio? ¿A qué esos escondites conmigo?». + +Después de una larga pausa, Fortunata, con muchísimo trabajo, se +determinó a responder esto: «Yo no se lo he dicho. Él lo adivinó. Esto +no podía yo decirlo a nadie de esta casa, y a él menos...». + +--¡Y a él menos!--repitió doña Lupe, clavando en la delincuente sus +miradas como flechas. + +--Sí, porque él no debía saberlo nunca--prosiguió la otra haciendo el +último esfuerzo--. A usted pensaba yo decírselo, pero no me determiné +por la vergüenza que me daba. Ahora que lo sabe, lo que tengo que hacer +es pedirle que tenga compasión de mí, recoger mi ropa y marcharme de +esta casa. Ahora sí que será para siempre. + +La viuda de Jáuregui se tomó tiempo para dar contestación a estas +gravísimas palabras. Un sin fin de ideas se le metió en la cabeza, y +estuvo aturdida largo rato, sin saber con cuál de ellas quedarse. El +rompimiento definitivo le arrancaba una tira de su corazón, con dolor +agudísimo, por no serle posible retener las cantidades que Fortunata +había puesto en sus manos. La elasticidad de su conciencia no llegaba +nunca a sus estirones a la apropiación de lo ajeno, ni directa ni +indirectamente. Lo ajeno era sagrado para ella, y aunque aumentase lo +suyo cuanto pudiera a costa del prójimo, jamás llegaba a la absorción de +lo que se le confiaba. Devolvería, pues, lo que se le había entregado, +con los aumentos que a su buena administración se debían. Cierto que +esta devolución era para ella un trance doloroso, algo como la +separación de un hijo que se va a la guerra a que le maten, pues aquel +_guano_, entregado a su dueño, pronto se perdería en el desorden y los +vicios. + +Pero si esta pena la estimulaba a transigir una vez más, su decoro y más +aún su amor propio se sublevaban airados contra aquella infame, que +traía al hogar doméstico hijos que no eran de su marido. Esto no se +podía sufrir sin cubrirse de baldón; esto no lo toleraría doña Lupe, +aunque tuviera que dar, no sólo el dinero ajeno, sino el propio... Tanto +como el propio, no, vamos; pero en fin, así lo pensaba para poder +expresar de una manera enfática su grandísimo enojo. + +¡Qué diría la gente!... ¡qué las amigas, ante quienes doña Lupe oficiaba +como guardadora de la moralidad y de los buenos principios! Cierto que +para el mundo la situación que crearía la maternidad de la de Rubín +sería una situación legal, toda vez que Maxi, enfermo y encerrado quizá +para entonces en un manicomio, no había de llamarse a engaño; pero en +este caso, la afrenta sería mayor por añadirse a ella la mentira. Y +todos tendrían a doña Lupe por encubridora, y le cortarían lindos sayos. +Si ya le parecía a ella oírlo: «Miren esa, tan orgullosa y rígida, +tapando el matute que la otra bribona ha introducido en su casa. Lo hará +por la cuenta que le tiene. El padre de la criatura es hombre rico y +habrá pagado bien el alijo». La idea de que pudieran decir esto hacía +brotar de la frente augusta de la viuda gotas de sudor del tamaño de +garbanzos. + +«Ella misma--pensó--, no se ha recatado para decirme que el pobre Maxi +está tan inocente de esto como yo. Lo cantará lo mismo a todo el mundo, +porque ella es así, muy bocona... Pero entre dos afrentas, prefiero que +le haya dado por pregonar la verdad, pues así no hará catálogos la +gente, ni tendrá nadie que decir si el chico es o no es...». + +De todo esto se deducía que aquella pícara había traído una maldición a +la casa; ella tenía la culpa de la demencia de Maxi. Bien lo vaticinó +doña Lupe: mucha mujer para tan poco hombre. Naturalmente, el pobre +chico tenía que morirse o perder la cabeza. Lo que había que desear ya +era que la prójima se perdiese completamente de vista; que entre la +familia y ella mediasen abismos infranqueables; que pudiera decir doña +Lupe a los amigos: «esa mujer se ha muerto para mí». La sombra de +Jáuregui parecía venir en ayuda de las determinaciones de su ilustre +viuda, porque a esta le faltaba poco para ver a su marido salirse de +aquel cuadro en que retratado estaba, tomar vida y voz para decirle: «Si +no arrojas de tu casa a esa pájara, me voy yo, me borro de este lienzo +en que estoy, y no me vuelves a ver más. O ella o yo». Y cuando la +pájara repitió que se marchaba, doña Lupe no pudo menos de decirle con +acritud: «¿Pero qué haces que no has echado ya a correr?... Francamente, +me pasma que tengas pachorra para estar aquí todavía. Otra de más +frescura no habrá». Llevándola a su gabinete le habló de la entrega de +las cantidades que en su poder tenía. Fortunata dijo con mucha calma y +frialdad que no se llevaba el dinero y que sólo tomaría los réditos. +«¿Cómo voy a colocarlo yo? Téngalo usted; yo guardo el recibo y vendré +todos los trimestres a recoger el premio». + +Doña Lupe abrió tanta boca, que por poco se le entra una mosca en ella. +Su primer impulso fue negarse a ser administradora y apoderada de +semejante persona; pero tal prueba de confianza la anonadaba. Insistió +en dar el dinero; insistió más la otra en dejarlo en manos que tan bien +lo sabían aumentar, y así quedó el asunto. _La de los Pavos_ temía que +entre ella y su sobrina quedase aquella relación, aquel cable +telegráfico, por donde vinieran a comunicarse la honradez más pura y la +inmoralidad. Conservar el dinero era sostener una especie de +parentesco... ¡Oh!, no, esto parecía como transacción con la afrenta. +Pero al propio tiempo, entregar los santos cuartos a su dueña era lo +mismo que tirarlos a la calle. Sus amantes se los gastarían en un decir +Jesús... y era lástima que tan bonito capital se destruyese. + +Mucho se disputó sobre esto, haciendo ambas alardes de delicadeza; pero, +al fin, el dinero quedó en poder de doña Lupe. Ascendía la suma a +treinta mil reales, los veinte mil dados por Feijoo, y diez mil y pico +que habían producido desde aquella fecha, colocados por Torquemada en +préstamos a militares. Precisamente en los días últimos del año, cuando +ocurrió lo que ahora se cuenta, casi toda la suma estaba sin colocar, y +la tenía la señora en su cómoda, esperando una _proporción_, que D. +Francisco tenía en tratos con un señor comandante. La suma que poseía +Fortunata en acciones del Banco, se conservaba en esta misma forma, +porque así lo había dispuesto D. Evaristo. Guardaba la tía de Maxi el +extracto de la inscripción en un hueco de su vargueño, y no se sacaba +sino al fin de los semestres, para ir al Banco a cobrar el dividendo. +Sobre esta clase de valores no hubo disputa entre las dos mujeres, +porque desde luego pensó Fortunata llevárselos, y la otra no gustaba de +conservar fondos de que no podía disponer para sus ingeniosas +combinaciones financieras. La custodia de la inscripción le molestaba y +la ponía tan en cuidado sin ningún beneficio, que no sintió verla salir +de su casa. Los treinta mil reales quedaron bien agasajaditos en un +rincón de la cómoda. Eran para doña Lupe como un hijo adoptivo a quien +quería como a los hijos propios. + + + + +--vi-- + + +La evasión (pues así debe llamársela) de su mujer, no fue notada +por Maxi en los primeros días. Pero cuando se hizo cargo de ella, +manifestó una inquietud que puso a la pobre doña Lupe en mayor +aburrimiento del que tenía. Pensó seriamente en llevar a su infeliz +sobrino a un manicomio. Mucha pena le daba separarse de él, entregándole +a la asistencia de gentes mercenarias; pero no había otro remedio. Para +tratar de esto y acordar lo más conveniente, llamó a Juan Pablo, que a +la sazón había pasado de Penales a Sanidad, y podría tal vez poner a su +hermano en Leganés, en un departamento de distinguidos, con pago de +media pensión o quizás sin pagar un cuarto. + +Entre tanto, Fortunata, al salir de la casa de su marido, y antes de +dirigirse a su nueva morada, encaminó sus pasos a la de D. Evaristo. Era +este la primera persona a quien tenía que consultar sobre la crítica +situación en que se encontraba. Referirle lo ocurrido era ya para ella +un verdadero castigo de su perversidad, porque de sólo pensar que lo +refería, le entraba espanto. ¡Bueno se iba a poner Feijoo, al saber que +la chulita había hecho mangas y capirotes de la doctrina práctica +expuesta con tanto ardor y cariño por el simpático anciano, cuando +dispuso la separación! ¡Cuánto mejor no haberse separado de aquel hombre +sin igual! ¡Ella le habría soportado en su vejez caduca, y habría sido +feliz cuidándole como se cuida a un niño inocente! Al llegar a la Plaza +de los Carros, y al ver la calle de Don Pedro, pensó que no tendría +valor para contarle a su amigo sus últimas calaveradas. Subió temblando +por la ancha escalera, que estaba aquel día alfombrada y con muchos +tiestos, porque la noche antes se había celebrado en la legación, con +gran comistraje y mucha fiesta, el aniversario del Emperador. + +Así se lo dijo doña Paca a Fortunata, cuando esta le preguntó por su +amo. «Anoche ha estado muy inquieto, porque hemos tenido convite y +recepción en el principal y los coches no cesaron de alborotar en la +calle hasta la madrugada. Esta casa es ordinariamente muy silenciosa; +pero cuando hay ruido, parece que se hunde el mundo. ¡Figúrese usted qué +nos importará a nosotros que cumpla no sé cuántos años ese señor +Emperador, a quien parta un rayo! ¡Valiente jaqueca nos dio anoche!... +Pase usted. Hoy le encontrará un poco aturdido a consecuencia de la mala +noche». + +Don Evaristo se hallaba ya en lastimoso estado. Las piernas las tenía +casi completamente paralizadas, y salía a paseo en un cochecillo o +sillón de ruedas, que empujaba su criado. Iba a las Vistillas a tomar el +sol, y a veces se extendía hasta la Plaza de Oriente por el Viaducto. Al +centro de la Villa no venía nunca, y para las relaciones y amistades que +en las partes más animadas de Madrid tenía, aquella existencia +paralítica y con tantos achaques, aquella vida circunscrita al barrio +extremo, eran como una muerte anticipada, pues del verdadero Feijoo, tal +como le conocimos, no quedaba ya más que una sombra. Estaba +completamente sordo, teniendo que auxiliarse de una trompetilla para +recoger algunos sonidos; su inteligencia sufría eclipses, y la memoria +se le perdía en ocasiones casi por completo, quedándose en la tristeza +del instante presente, sin ayer, sin historia, como si cayera de una +nube en mitad de la vida, a la manera de un bólido. Sus distracciones +eran ya puramente pueriles. Se pasaba las horas muertas haciendo el +juego del _bilboquet_, o bien entretenido en enredar con los muchos +gatos que había en la casa. Todas las crías de la hermosa _menina_ de +doña Paca se conservaban, al menos mientras les duraba el donaire de la +infancia gatesca. Sentado al sol junto al balcón en su sillón muy +cómodo, Feijoo arrojaba a sus graciosos amigos una pelota atada con un +hilo, y se divertía con las monísimas cabriolas y morisquetas que hacían +los pequeñuelos. Otras veces les tiraba la pelota a lo largo de la +enorme estancia, o ataba al hilo un pedazo de trapo, recogiéndolo como +recoge el pescador su aparejo, para verlos correr tras él. Cuando entró +Fortunata, el juego del hilo y de la pelota estaba suspendido, por ley +de variedad, y D. Evaristo tenía en la mano su _bilboquet_, saltando la +bola, y acertando muy raras veces a clavarla en el palo. Dos o tres +gatitos blancos con manchas grises enredaban sobre el buen señor. Uno se +le subía por la manta que le envolvía las piernas; otro estaba en su +regazo sentado sobre los cuartos traseros, refregándose las patas con la +lengua y el hocico con la pata; y un tercero se le había subido a un +hombro y allí seguía con vivaracha atención los brincos de la bola del +_bilboquet_, marcándolos con la pata en el aire. Lo que él quería era +meterte mano a la bola aquella tan bonita. + +Al ver entrar a su amiga, el inválido puso una cara muy risueña. Todos +los sentimientos los expresaba ya riendo. La mandó sentar a su lado, y +aun quiso seguir en su solaz inocente; pero tuvo que suspenderlo para +coger la trompetilla. Fortunata cogió en sus manos uno de los gatitos +para acariciarlo. + +«¿Qué hay?--dijo D. Evaristo mirándola de un modo que parecía indicar +agradecimiento de las caricias que al micho hacía--. ¡Ah!, ese es el más +tunante de todos... ¡Sabe más...!, ¡y tiene más picardías! Conque a ver, +chulita, ¿qué hay?». + +Fortunata no sabía cómo empezar. Contrariábala mucho tener que decir las +cosas a gritos, y temía que se enterasen los criados, la vecindad y +hasta el embajador con toda su gente extranjera. ¿Y cómo se podía contar +una cosa tan delicada dando berridos, al modo que cantan los serenos las +horas, o como los pregones de las calles? Algo dijo que llevó al ánimo +de don Evaristo el convencimiento de que su chulita se veía en un mal +paso. De repente soltó mi hombre la risa infantil y babosa, diciendo: +«¿Apostamos a que ha habido algún _rasgo_? Precisamente lo que más +prohibí, los dichosos _rasgos_, que siempre traen alguna desgracia». + +La consternada joven no podía asegurar que sus últimas diabluras +mereciesen la denominación y categoría de _rasgos_; pero indudablemente +eran una cosa muy mala. Sobre todo no había hecho maldito caso de las +sabias recetas de vida social que le diera su amigo. Para hacerle +comprender mejor que con largas explicaciones algo de lo que ocurría, +sacó la inscripción, que llevaba dentro de un sobre y este envuelto en +un papel. + +«¿Qué es eso, la inscripción?--dijo el anciano riéndose más--¿Pues +qué... ji ji ji... ha habido rompimiento con ese bendito?...». + +Y se puso la trompetilla en la oreja para coger con ella la respuesta. + +--Completamente ido de la cabeza... manicomio. + +--¡Que no come!--Al manicomio... que le van a poner en Leganés... + +--¡Ah! ¿Y doña Lupe? + +--Ella y yo... Fortunata hizo con sus dos dedos índices un signo muy +expresivo, poniéndolos punta con punta. + +--Habéis reñido... ji ji ji... ¡Qué cosas! Doña Lupe muy lagarta... + +El gatito que se había subido en el hombro del señor, estaba muy +preocupado con la trompetilla. Ignoraba sin duda lo que era aquello, y +quería saberlo a todo trance, porque alargaba la pata como para hacer +un reconocimiento de tan misterioso objeto. La curiosidad del animalito +interrumpía la audición, que era ya bastante penosa. Feijoo tomó la +inscripción diciendo: ¿Pero qué ocurre?... ¿doña Lupe...?, ji ji ji... +Todavía sostendrá que yo le hice el amor. No hay quien se lo quite de la +cabeza. Y todo porque me solía parar en la esquina de la calle de +Tintoreros, esperando a la mujer de Inza, ji ji ji... el de la tienda de +mantas. + +Después de esta brillante ráfaga de memoria, la preciosa facultad se +eclipsó por completo, y el ayer se borró absolutamente del espíritu del +buen caballero. Miraba a su chulita con estupidez y cierta expresión de +duda o sorpresa. Fortunata seguía pegando gritos; pero él no se +enteraba; lo poco que oía era como si oyese el ruido del viento: no le +sacaba sentido. Cansada de inútiles esfuerzos, la joven se calló, +mirando a su amigo con hondísima pena. Y mirándola él también, de +repente volvió a su risa pueril, motivada por las cosquillas que en el +cuello le hacía el gatito... «Si es un granuja este... si no me deja +vivir». Fortunata daba suspiros, sin que el anciano se enterase de esta +expresiva manifestación de disgusto, y al fin, ella, comprendiendo que +era inútil esperar de aquella ruina apuntalada un consuelo y un consejo, +decidió retirarse. Al darle un cariñoso abrazo, el anciano pareció +volver en sí, recobrando su acuerdo, y se le refrescó la memoria. +«Chulita, no te vayas--le dijo, dándole un palmetazo en el muslo--. +¡Ah... qué tiempos aquellos! ¿Te acuerdas? ¡Qué días tan felices! +Lástima que yo no hubiera tenido veinte años menos. Entonces sí que +habríamos sido dichosos». Ella decía que sí con la cabeza. Luego D. +Evaristo pareció instantáneamente asaltado por una idea que le +inquietaba. Después de meditar un instante, aprovechando aquella ráfaga +de inteligencia que cruzaba por su cerebro, cogió el sobre que contenía +la inscripción, y devolviéndoselo, le dijo: «No dejes esto aquí. Puedo +morirme de un momento a otro, y tu dinero corre peligro de extraviarse. +Es mejor que lo guardes tú. No tengas cuidado. Las acciones son +nominativas, y nadie más que tú puede disponer de su importe». Y como si +el despejo de su inteligencia no hubiera tenido más objeto que +permitirle aquella importante advertencia, en cuanto la hizo, la nube +invadió otra vez toda la caja del cerebro, volvió a la risa infantil, y +a preocuparse más de que la bola del _bilboquet_ se pinchase en el +palito que de todo lo que a su desgraciada amiga pudiera referirse. + +Salió, pues, Fortunata de la triste visita con la impresión de haber +perdido para siempre aquel grande y útil amigo, el hombre mejor que ella +tratara en su vida y seguramente también el más práctico, el más sabio +y el que mejores consejos daba. Verdad que ella hizo tanto caso de estos +consejos como de las coplas de Calaínos; pero no dejaba de conocer que +eran excelentes, y que debió al pie de la letra seguirlos. + + + + +--vii-- + + +De aquel anciano chocho y que más bien parecía un niño, no podía +la esposa de Rubín esperar ya ninguna protección ni amparo moral. Sólo +en muy contados momentos lúcidos se revelaba en él un recuerdo vago de +lo que había sido. Le lloró por muerto con verdadera efusión de hija +desconsolada, y se aterraba de la orfandad en que iba a quedar cuando +más necesitaba de una persona sesuda y discreta que la dirigiera. La +impresión de vacío y soledad que sacó de la casa, poníala en grandísima +tristeza. En la Cava Baja pasó por junto a un pianito que tocaba aires +de ópera con ritmo picante y amoroso. Esta música le llegaba al alma. +Parose un rato a oírla, y se le saltaron las lágrimas. Lo que sentía era +como si su espíritu se asomara al brocal de la cisterna en que estaba +encerrado, y desde allí divisara regiones desconocidas. La música +aquella le retozaba en la epidermis, haciéndola estremecer con un +sentimiento indefinible que no podía expresarse sino llorando. «Yo debo +de ser muy bruta--pensó, alejándose--, porque me gusta más esta música +de los pianitos de la calle que la pieza que toca Olimpia, y que dicen +que es cosa tan buena. A mí me parece que, cuando la oigo, me aporrean +los oídos con la mano del almirez». + +Había resuelto Fortunata, de acuerdo con su tía Segunda, albergarse en +la casa de esta, que vivía otra vez en la Cava. Allá se encaminó desde +la calle de Don Pedro, y antes de entrar en el portal de la pollería, el +mismo portal y el mismo edificio donde tuvo principio la historia de sus +desdichas, una vecina le dijo que Segunda estaba en el puesto de la +plazuela, comiendo con unas amigas. Fuese allá, y vio a su tía con otras +dos tarascas junto a una mesilla, comiendo un guiso de cordero en platos +de Talavera. Jarro de vino y botijo de agua completaban el servicio. Las +tres damas estaban con los moños al aire, hablando a un tiempo en alta +voz, con ese desparpajo y esa independencia de modales que caracterizan +a los vendedores ambulantes que viven siempre al aire libre, y tienen la +voz hecha a la gritería de los pregones. Segunda Izquierdo era una mujer +corpulenta y con la cara arrebatada, el pelo entrecano. Se parecía +bastante a su hermano José; pero no conservaba tan bien como este la +hermosura de aquella _raza de gente guapa_, porque las miserias, las +enfermedades y la vida aperreada de los últimos años habían hecho +efectos devastadores en su cara y cuerpo. Los que trataron a Segunda en +su edad de oro, apenas la conocían ya, porque su cara estaba toda llena +de costurones, y en el cuello y quijada inferior llevaba unas rúbricas +que daban fe de otros tantos abcesos tratados quirúrgicamente. El ojo +derecho no estaba ya todo lo abierto que debía, a causa de una rija, y +el párpado inferior del mismo había adquirido notoria semejanza con un +tomate, a consecuencia de la aplicación de un puño cerrado, de lo que +resultó una inflamación que vino a parar en endurecimiento. Ni aun su +hermosa dentadura conservaba Segunda, pues un año hacía que empezaban a +emigrar las piezas unas tras otras. El cuerpo se iba pareciendo al de +una vaca que se pusiera en dos pies. + +En cuanto vio venir a su sobrina, cogió de encima de la mesilla una +llave enorme, que parecía la llave de un castillo, y alargándosela le +dijo que subiera a la casa si quería. Las otras dos tiorras miraron a la +joven con descarada curiosidad. A una de ellas la conocía Fortunata, a +la otra no. Sentose un momento en una banqueta que le ofrecieron, porque +estaba cansada; pero sintiéndose molesta por las preguntas impertinentes +de las amigas de su tía, subió al cuarto que debía de ser su albergue... +hasta sabe Dios cuándo. Aquel barrio y los sitios aquellos éranle tan +familiares, que a ojos cerrados andaría por entre los cajones sin +tropezar. ¿Pues y la casa? En ella, desde el portal hasta lo más alto de +la escalera de piedra, veía pintada su infancia, con todos sus episodios +y accidentes, como se ven pintados en la iglesia los Pasos de la Pasión +y Muerte de Cristo. Cada peldaño tenía su historia, y la pollería y el +cuarto entresuelo y después el segundo tenían ese _revestimiento de una +capa espiritual_ que es propio de los lugares consagrados por la +religión o por la vida. «¡Las vueltas del mundo!--decía dando las de la +escalera y venciendo con fatiga los peldaños--. ¡Quién me había de decir +que pararía aquí otra vez!... Ahora es cuando conozco que, aunque poco, +algo se me ha pegado el señorío. Miro todo esto con cariño; ¡pero me +parece tan ordinario...! Aquellas dos tiburonas... ¡qué tipos!, pues ¿y +mi tía?...». + +El cuarto que entonces tenía Segunda en aquella casa era uno de los más +altos. Estaba sobre el de Estupiñá. No había llegado Fortunata al +segundo, cuando vio bajar a este, y le entraron ganas de saludarle. Puso +él una carátula durísima al verla; pero a pesar de esto, la joven sentía +ganas de decirle algo. Érale simpático; conocía sus apetitos +_parlamentarios_, y aunque por sus amistades con los de Santa Cruz podía +contarle ella en el número de sus enemigos, le miraba ella con buenos +ojos, teniéndole por hombre inofensivo y bondadoso. «Aunque usted no +quiera, D. Plácido, buenos días». El gran Rossini no se dignó volver +hacia ella su perfil de cotorra, y refunfuñando algo que la nueva +inquilina no pudo entender, siguió por la escalera abajo, haciendo sonar +con desusado estrépito los peldaños de piedra. + +Fortunata vio el cuarto. ¡Ay, Dios, qué malo era, y qué sucio y qué feo! +Las puertas parecía qué tenían un dedo de mugre, el papel era todo +manchas, los pisos desiguales. La cocina causaba horror. Indudablemente +la joven se había adecentado mucho y adquirido hábitos de señora, porque +la vivienda aquella se le presentaba inferior a su categoría, a sus +hábitos y a sus gustos. Hizo propósito de lavar las puertas y aun de +pintarlas, y de adecentar aquel basurero lo más posible, sin perjuicio +de buscar casa más a la moderna, quisiera o no Segunda vivir en su +compañía. El gabinetito que ella había de ocupar tenía, como la sala, +una gran reja para la Plaza Mayor. Estuvo un rato ocupada en hacer +mentalmente la colocación de sus muebles, la cama, la cómoda, una mesa y +dos sillas. Por cierto que todo esto tenía que comprarlo, pues de la +casa matrimonial no había de sacar nada. Recorriendo el cuarto, pensó +que si el casero se conformaba a hacer algunas reparaciones, no quedaría +mal. Era menester blanquear la cocina, tapar con yeso algunos agujeros +y enormes grietas que por todas partes había, empapelar el gabinete, que +iba a ser su alcoba, y pintar las puertas. Ya pensaba en la jaqueca que +le iba a dar al administrador, cuando se acordó (su gozo en un pozo) de +que el administrador era Estupiñá. «De seguro que en cuanto le hable de +obras en la casa, se va a poner hecho un tigre. Claro, me tiene tirria; +¿pues qué es él más que un servilón de los de Santa Cruz? Con todo, +pienso decirle algo, porque en último caso, con dejarle el cuarto hemos +concluido. Y ahora que recuerdo, esta casa era de D. Manuel +Moreno-Isla, que el año pasado le dio la administración a D. Plácido. +Me lo contó mi tía, y D. Plácido es tan tirano, que no da una paletada +de yeso aunque le fusilen. Falta saber de quién es ahora la casa... ¿La +habrá heredado doña Guillermina?...». Quedose meditando en que su +destino no le permitía salir de aquel círculo de personas que en los +últimos tiempos la había rodeado. Era como una red que la envolvía, y +como pensara escabullirse por algún lado, se encontraba otra vez cogida. +«No; habrán heredado la casa los señores de Ruiz Ochoa, o la mujer de +Zalamero... Y después de todo, ¿a mí qué me importa que herede la finca +Juan o Pedro? Yo no la he de heredar». + +Si tuviera agua en abundancia, se pondría al instante a lavar toda la +casa; pero desde el siguiente empezaría. Vio que la reja daba a un +balconcillo o terraza, y al punto determinó poner allí todos los tiestos +de flores que cupiesen. La vista del cuadrilátero de la plaza era +bonita, despejada y alegre. El jardín lucía muy bien desde arriba, con +sus dos fuentecillas y el caballo panzudo, del que Fortunata veía los +cuartos traseros, como los de un cebón, y el Rey aquel encima, con su +canuto en la mano. Acercábase Navidad, y ya estaban preparando los +puestos de Noche--Buena. Distinguió también a su tía y a las otras dos +matronas que, ayudadas de un jayán, estaban claveteando tablas y armando +un toldo. Poco después, mirando para la acera de la Casa-Panadería, +alcanzó a ver a Juan Pablo, sentado en uno de los puestos de +limpia-botas, y leyendo un periódico mientras le daba lustre al calzado. +Después le vio pasar a la acera de enfrente y seguir hasta el rincón de +la escalerilla, como si fuese al café de Gallo. + + + + +--viii-- + + +Como antes se ha dicho, a los pocos días de la desaparición de +su mujer, Maxi empezó a echarla de menos, mostrándose receloso, y +apeteciendo su compañía con cierta mimosidad impertinente que ponía +furiosa a doña Lupe. Juan Pablo y ella disertaron largamente sobre lo +que se debía hacer, y por fin el primogénito dijo que intentaría +aplicar a su hermano un buen sistema terapéutico, antes de recurrir al +extremo de encerrarle en un manicomio. No se habían probado las duchas, +ni el sacarle de paseo al campo, ni el bromuro de sodio, que estaba +dando tan buen resultado contra la peri-encefalitis difusa y contra la +meningo-encefalitis, etc... y siguió echando términos de medicina por +aquella boca, pues entonces le daba por leer libros de esta ciencia, y +con una idea tomada de aquí y otra de allá hacía unos pistos que eran lo +que había que ver. + +Dicho y hecho. Todas las mañanas iba Juan Pablo a buscar a su hermano, y +unas veces engañado, otras casi a la fuerza, le llevaba a San Felipe +Neri, y allí le arreaba una ducha escocesa capaz de resucitar a un +muerto. Algunas tardes sacábale a paseo por las afueras, procurando +entretener su imaginación con ideas y relatos placenteros, absolutamente +contrarios al fárrago de disparates que el infeliz chico había tenido +últimamente en su cerebro. A los quince días de este enérgico +tratamiento, mejoró visiblemente, y su hermano y médico estaba muy +satisfecho. Más de una vez se expresó Maxi durante el paseo como la +persona más razonable. De su mujer no hablaba nunca; pero como saltase +en la conversación algo que de cerca o de lejos se relacionara con ella, +se le veía caer en sombrías meditaciones y en un mutismo tétrico del +cual Juan Pablo, con todas su retóricas, no le podía sacar. Una mañana, +al salir de la ducha, y cuando el enfermo parecía entonado por la +reacción, ágil y con la cabeza muy despejada, se paró en la calle, y +cogiendo suavemente las solapas del gabán de su hermano, le dijo: «Pero +vamos a una cosa. ¿Por qué ni tú, ni mi tía, ni nadie queréis decirme +dónde está mi mujer? ¿Qué ha sido de ella? Tened franqueza, y no hagáis +más misterios conmigo... ¿Es que se ha muerto, y no me lo queréis decir? +¿Teméis que la noticia me altere?». + +Juan Pablo no supo qué contestarle. Viendo en la cara y en los ojos de +su hermano señales de nerviosa inquietud, trató de desviar la +conversación. Pero el otro se aferraba a ella repitiendo sus preguntas y +parándose a cada instante. «Pues mira--le respondió al fin haciendo un +gesto campechano--. Hazte cuenta que se ha muerto... porque lo que yo te +digo... ¿A ti qué más te da que viva o muera? ¿Para qué quieres tú +mujer? Las mujeres no sirven más que para dar disgustos, chico. Ve aquí +por lo que yo no he querido casarme nunca». + +--¡Muerta!--dijo Maxi sin alzar la voz, pero con extraordinaria luz en +los ojos--. ¡Muerta!... De modo que yo me puedo volver a casar. + +Al decir esto, se insubordinaba; no quería ir por la acera, sino por el +empedrado, dando manotadas y tropezando con algunos transeúntes. + +Juan Pablo le metió en un coche para llevarle a su casa. Enterada la +tía, apoyó la misma idea respecto a Fortunata, diciéndole: «Hijo, todos +nos tenemos que morir. No te asombres de que le haya tocado a ella la +china antes que a ti. Si Dios se la ha querido llevar, ¿qué quieres que +hagamos?, conformarnos, mandar decirle sus misas correspondientes... y +yo te aseguro que ya lleva dichas más de cuatro, y consolarnos poco a +poco, como podamos». + +Desde que ocurrió esto, la mejoría iniciada con el nuevo tratamiento +pareció desmentirse. El enfermo no alborotaba; pero volvió a chapuzarse +en hondísimas abstracciones. Sin duda en su cerebro había aparecido una +nueva idea, o reproducídose alguna de las antiguas, que ya se tenían por +abandonadas o dispersas. Durante muchos días no nombró a su mujer, hasta +que una noche, yendo de paseo con Juan Pablo por las calles, se paró y +le dijo: «¿Me quieres hacer creer que se ha muerto?... ¡Qué tontería! En +ese caso, ¿por qué no nos vestimos de luto?». + +--¡Qué atrasado de noticias estás! ¿No sabes que hay ahora una ley +prohibiendo el luto? + +--¡Una ley prohibiendo el luto! Si creerás que a mí me comulgas con +ruedas de molino. Mira, chico, aunque parece que estoy trastornado, veo +más claro que todos vosotros. + +Y no se habló más del asunto. Conviene apuntar, antes de pasar adelante, +que aquella abnegación de Juan Pablo y el asiduo interés que por la +salud de su hermano mostraba, serían absolutamente inexplicables, dado +el egoísmo del señor de Rubín, si no se acudiera, para encontrar la +causa, a ciertas ideas relacionadas con la economía política o la +ciencia que llaman financiera. Tiempo hacía que Juan Pablo tenía un +proyecto de conversión de su deuda flotante, proyecto vasto, para cuyo +éxito necesitaba el concurso de la casa Rostchild, por otro nombre, su +tía. Respecto a la necesidad del empréstito, no cabía la menor duda; era +cuestión de vida o muerte. Lo que restaba era que doña Lupe se prestase +a hacerlo, pues la garantía moral de una de las entidades contratantes +no era ni con mucho tan sólida como la de Inglaterra o Francia. Empezó, +pues, el primogénito de Rubín por prestarle en aquel delicado asunto de +la enfermedad de Maxi la oficiosa ayuda que se ha visto. Iba de continuo +a la casa, y en todo cuanto hablaba con su tía, era de la opinión de +esta, ya fuese de Política, ya de Hacienda lo que se tratara. Hizo +entusiastas elogios del Sr. de Torquemada; explanó acaloradamente la +necesidad de arreglar sus propios asuntos, con aquello de _año nuevo +vida nueva_, estableciendo en sus gastos un orden tan escrupuloso, que +no haría más el primer lord de la Tesorería inglesa. Cuando hallaba +ocasión, echaba una puntadita; pero doña Lupe tenía más conchas que un +galápago, y se hacía la tonta... pero tan tonta que habría que pegarle. + +Apretado por el crecimiento aterrador de su deuda flotante, el filósofo +desplegaba un tesón y constancia más que fraternales en el cuidado de +Maxi. En Enero del 76, había conseguido domarle hasta el punto de que le +llevaba consigo a la oficina, teníale allí ocupado en ordenar papeles o +en tomar algún apunte, y por las noches solía llevarle a la tertulia del +café, donde estaba el pobre chico como en misa, oyendo atentamente lo +que se decía, y sin desplegar sus labios. Rara vez sacaba de su cabeza +aquel viejo y maldecido tema de la _liberación voluntaria_ y de _la +muerte de la bestia carcelera_; pero una noche que estaban solos en el +café, lo sacó, como se trae del desván un trasto viejo y se le limpia el +polvo, a ver si lo ha deteriorado el tiempo o lo han roído los ratones. +Con gran serenidad, Juan Pablo, oficiando de maestro de filosofía, dijo +lo siguiente: «Mira, el dogma de la _solidaridad de sustancia_ ha sido +declarado cursi por todos los sabios de la época, congregados en un +concilio ecuménico, que acaba de celebrarse en... Basilea. Las +conclusiones son tremendas. Como no lees la prensa, no te enteras. Pues +se ha decretado que son mamarrachos netos todos los individuos que creen +en la _liberación por el desprendimiento_, y en que se debe dar _la +morcilla a la bestia_. A los que sostienen la herejía filosófica de que +va a venir un nuevo Mesías, encarnándose en una buena moza, etc., +etc..., se les declara memos de capirote y se les condena a comer +virutas». + +--Mira, tú--dijo Maximiliano con el acento más grave del mundo y como +quien hace una confidencia importante--. Eso del Mesías, acá para entre +los dos, no lo he creído yo nunca, ni era dogma ni cosa que lo valga. Lo +dije porque tuve un sueño, y al despertar se me quedó parte de él en la +cabeza, y me andaba aquí dentro como un cascabel. Lo que hay es que me +había entrado en aquellos días una idea de lo más estrafalario que te +puedas imaginar, una idea que debía de ser criada aquí en el seno +cerebral donde fermenta eso que llaman celos. ¿Qué creerás que era? Pues +que mi mujer me faltaba y estaba en cinta. ¿Ves qué disparate? + +--Ave María Purísima, ¡qué barbaridad! + +--Sentía en mí, detrás de aquella idea, una calentura de celos que me +abrasaba. Para averiguar si era fundada aquella pícara idea, fui ¿y qué +hice? Pues saqué la cancamurria del Mesías que iba a venir, diciéndole +que ella lo tenía en su seno y que el papá era el _Pensamiento Puro_... +En fin, que con esta farsa pensaba yo arrancarle la confesión de lo que +se me había metido entre ceja y ceja. ¿Qué resultó? Nada, porque aquella +noche me puse muy enfermo; pero después he comprendido mi desatino, he +visto claro, muy claro, y... Dios la perdone. + +Empezó a tomar su café, y en tanto Juan Pablo se decía con tristeza: +«¡Pero qué malo está esta noche! ¡Dios, qué malo!». Maxi repitió hasta +seis veces el _Dios la perdone_, y cuando entraron Leopoldo Montes y +otro amigo, se calló. A la hora y media de tertulia, dio en celebrar con +extrema hilaridad los donaires que Montes contaba. Después tomó parte en +la conversación, expresándose con tanta serenidad y con juicios tan +acertados, que se maravillaban de oírle todos los presentes. Juan Pablo +discurría así: «Pues no está tan _guillati_ como pensé, y lo que dijo +antes revela más bien talento agudísimo. ¡Por vida de la santísima uña +del diablo! Si consigo yo ponerte bueno, mi querida tía, _alias_ la +baronesa de Rothschild, no tendrá más remedio que hincar la jeta y darme +lo que necesito». + + + + +-IV- + +Vida nueva + + + + +--i-- + + +El 4 del mes de Enero, Fortunata sintió un campanillazo y salió a +abrir, mirando antes por el ventanillo, cubierto de una chapa de hierro +con agujeros (estilo primitivo). Era Estupiñá, que miraba a los tales +agujeritos del modo más autoritario. Abrió la joven, y el gran Plácido, +con gesto displicente, las cejas algo fruncidas, mostrando en una mano +el bastón cuyo puño era una cabeza de cotorra (regalo que le trajeron de +Sevilla los señoritos de Santa Cruz), alargó con la otra un papel que +tenía un sello. «El recibo del mes» dijo en tono de déspota asiático que +dicta una orden de pena de muerte. + +--Pase, D. Plácido (sonriendo con gracia). Tengo que hablarle. + +--Yo no paso. Vengan los cuartos. No tengo ganas de conversación. + +¡Decir aquel hombre que no tenía ganas de conversación era como si el +mar dijese que no tiene agua! Pero el tesón podía en él más que el +liviano apetito. + +«¡Jesús, qué mal genio ha echado este hombre! + +Si le voy a dar la _guita_. No tendrá usted mejores inquilinas que +nosotras». + +--Sí... Buenas jaquecas me ha dado la Segunda. No... Yo no paso; no sea +majadera. + +--Quiero que vea usted cómo está la casa, para que se convenza de que +aquí no pueden vivir cristianos. + +--Pues mudarse.--Pero, hijo, ¡qué _tiranístico_ se ha vuelto! No he +visto casero más malo... ¿Pero ni siquiera me blanqueará la cocina, que +parece una carbonería? ¡Y hay cada agujero!... Yo no puedo vivir entre +tanta suciedad. ¿Sabe lo que le digo? Que si no quiere usted hacer las +obras, las haré yo por mi cuenta... ¡vaya! + +--Eso es otra cosa. Siempre que sea bajo mi vigilancia y... + +--Pase, pase y verá... Al fin Plácido se dignó entrar por el pasillo +adelante. Fue a la cocina, echó un vistazo a la alcoba interior que +estaba llena de grietas... + +«No se pueden hacer obras cada vez que lo pide un inquilino, porque +sería el cuento de nunca acabar. Mañana, si a mano viene, se mudan +ustedes, y el que tome el cuarto, como vea la cal fresca, pide más +obras. No podemos. El mes pasado me gasté más de veinte mil reales en +reparaciones. Conque, despácheme, que tengo prisa». + +--¿Pero se ha vuelto usted cohete? Siéntese un momento. Dígame una +cosa... + +--No tengo que decir cosas. Que me voy... + +--¡Ay qué pólvora de hombre! Mire que así va a vivir poco. + +--Mejor. Bastante he vivido ya.--Siéntese. En seguidita le doy el +dinero. Pero dígame una cosa que quiero saber. ¿De quién es ahora esta +casa? + +--Eso a usted no le importa. ¿Cree que estoy yo para perder el tiempo? +La casa es de su amo. Le repito que no tengo ganas de conversación. ¿Es +que quiere usted comprar la finca? Vamos; al avío... Ya sabe que soy +hombre de pocas palabras. + +--¿De pocas?, ¡digo... pues si lo fuera de muchas...! Si usted el día +que nació estaba charlando por siete. Dígame... ¿de quién es la casa? + +--De su amo. Conque... Bastante hemos hablado... y finalmente: la finca +es magnífica; está tasada en treinta y cinco mil duros. Sólo el pedernal +de los cimientos y la berroqueña de la escalera valen un dineral. ¿Pues +y las paredes? El otro día, al abrir un hueco, los albañiles no le +podían meter el pico, Nada, que _talmente_ se rompen las herramientas en +este ladrillo recocho que parece un diamante... Pues para concluir... no +tengo ganas de conversación. Cuando se abrió el testamento del señor D. +Manuel Moreno-Isla, que en gloria esté, testamento hecho tres años ha, +se encontró que dejaba esta casa y el solar de la calle de Relatores a +doña Guillermina Pacheco, su tía... La señora ha hipotecado ambas fincas +para acabar el asilo, y por eso verá usted que este va echando chispas. +Lo acabarán este año... Conque... + +Extendió la mano, y con la otra mostraba el bastón, como si fuera un +bastón de autoridad. + +«¡Doña Guillermina mi casera!--dijo Fortunata, pensativa, entregando el +dinero--. Pues a ella le voy a pedir que me haga las obras. Es amiga +mía». + +--¡Qué ha de ser amiga de usted... qué ha de ser!--replicó Estupiñá con +sarcasmo--. Y si quiere usted verla furiosa, háblele de obras que no +sean las del asilo. Adiós; que haya salud... ¡Ah!, me olvidaba: cuidado +con los tiestos de la ventana. Como yo vea rezumos de agua, la echo a +usted; cuente que la echo... ¡María Santísima, y cuánta planta tiene +usted aquí! Es un jardín... Me parece mucho peso... ¡Qué vistas tan +hermosas! Mal año ha sido este para los puestos de Navidad. Están los +pobres vendedores que trinan. Ya se ve... con tanta agua... Y hoy me +parece que tenemos nieve. En toda mi vida no he visto un invierno tan +frío como este. ¿Sabe usted que se murió el sordo, el del puesto de +carne? Anoche... de repente. Yo le vi tan bueno y tan sano anteayer, +y... ¡qué vida esta!... En fin, voy a ver si les saco algo a los del +segundo de la izquierda. Me deben cinco meses. ¡Ay qué gente! Si la +señora me dejara, ya les habría puesto los trastos en la calle; pero mi +ama es así, no quiere desahucios.--«Por Dios Plácido, no les eches... +los pobrecitos ya pagarán; es que no pueden».--«Pero señora, con que me +dieran lo que gastan en aguardiente y lo que se dejan en la pastelería +de Botín...». Total, que con caseras como la mía, estos bribones de +inquilinos están como quieren. + +Tanto charló aquel hombre, que Fortunata, después de haberle rogado para +que entrara, le tuvo que echar con buen modo: «Pero don Plácido, mire +que se le va a hacer tarde...». + +--¡Ah!, sí... ¡la culpa la tiene usted que es lo más habladora...! Abur, +abur... + +Fortunata no salía nunca a la calle. Ella misma se arreglaba su comida, +y Segunda, que tenía puesto en la plazuela, le traía la compra. + +En los días que siguieron a la primera visita del administrador de la +casa, no pudo la prójima apartar de su pensamiento a la que por tan +breve espacio de tiempo fue su amiga. «¡Quién le había de decir a ella y +quién me había de decir que viviría en su casa! ¡Qué vueltas da el +mundo! En aquellos días, ni a mí se me pasaba por la cabeza venirme +aquí, ni esta casa era tampoco de ella. Y cuando don Plácido le cuente +que soy su inquilina, ¿qué dirá? ¿Se pondrá furiosa y querrá echarme a +la calle? Tal vez no, tal vez no...». Cuando esta idea u otra semejante +le refrescaba el recuerdo de la inaudita escena y altercado en el +gabinete de la santa, sentía la pobre mujer que la conciencia se le +alborotaba, y no podía aplacarla ni aun arguyéndose que _la otra la +había provocado_. «Me cegué, no supe lo que hice. De veras digo que si +tuviera ocasión, le habría de decir a doña Guillermina que me +perdonara». + +La soledad en que vivía, favoreciendo en ella esta resurrección mental +de lo pasado, inspirábale juicios muy claros de sus acciones y +sentimientos. Todo lo veía entonces transparentado por la luz de la +razón, a la distancia que permite apreciar bien el tamaño y forma de los +objetos, así como la paz del claustro permite a los fugitivos del mundo +ver los errores y maldades que cometieron en él. «¿Y a Jacinta, le +pediría yo perdón?» se preguntaba sin acertar con la respuesta. Tan +pronto se le ocurría que sí como que no. La Delfina la había ofendido y +ultrajado, cuando ella no hacía más que contarle a la santa sus penas y +el conflicto en que estaba. Por fin, a fuerza de meditar en ello, +amasando sus ideas con la tristeza que destilaba su alma, empezó a +prevalecer la afirmativa. Cierto que debía pedirle perdón por el intento +que tuvo de arañarle la cara, ¡qué barbaridad!, y por las palabras que +se dejó decir. Mas para que esta idea triunfase por completo, faltaba +aclarar el siguiente punto: + +¿Había faltado Jacinta con el señor de Moreno? + +Porque si había faltado, allá se iba la una con la otra, y tan buena era +Juana como Petra. Nunca pudo la señora de Rubín llegar en sus +cavilaciones a una solución terminante en este punto oscurísimo. Ya +afirmaba la culpabilidad de _la mona del Padre Eterno_, ya la negaba. +«Daría yo cualquier cosa--exclamaba invocando al Cielo--, por saber esa +verdad que ahora no saben más que Dios y ella, pues el tercero que la +sabía se ha muerto. Lo sabrá también el confesor de Jacinta, si es que +lo ha confesado. Pero nadie más, nadie más. Pues no sé qué daría yo por +salir de la duda. Esta curiosidad me quema la sangre... Flojilla +diferencia va de una cosa a otra... Si pecó, todo varía en mí, y no me +rebajo yo a pedirle perdón; pero si no faltó... ¡ay!, la dichosa _mona_ +me tiene debajo de su pie como tiene San Miguel al diablo». + +De aquí pasaba a otro eslabón de ideas: «Y ahora estamos las dos de un +color. A ninguna de las dos nos quiere. Estamos lucidas... Ambas nos +podríamos consolar... porque en mi terreno, yo soy también virtuosa, +quiere decirse que yo no le he faltado con nadie; y si ella se hace +cargo de esto, bien podría venir a mí, y entre las dos buscaríamos a la +pindongona que nos le entretiene ahora, y la pondríamos que no habría +por donde cogerla... Vamos a ver, ¿por qué Jacinta y yo, ahora que +estamos iguales, no habíamos de tratarnos? Por más que digan, yo me he +afinado algo. Cuando pongo cuidado digo muy pocos disparates. Como no se +me suba la mostaza a la nariz, no suelto ninguna palabra fea. Las +señoras Micaelas me desbastaron, y mi marido y doña Lupe me pasaron la +piedra pómez, sacándome un poco de lustre. ¿Por qué no nos habíamos de +tratar, olvidando aquellas bromas que nos dijimos?... Esto en el caso de +que sea honrada, porque si no, no me rebajo. Cada una tiene su aquel de +honradez». + +Pasaba sin pensarlo a otro eslabón. «Pero ella no querrá... Tiene mucho +orgullo y mucho tupé, mayormente ahora que se la comerá la envidia. +¡Ah!, que no me venga ahora hablando de sus derechos... ¿Qué derechos ni +qué pamplinas? Esto que yo tengo aquí _entre mí_, no es humo, no. ¡Qué +contenta estoy!... El día en que _esa_ lo sepa, va a rabiar tanto, que +se va a morir del berrinchín. Dirá que es mujer legítima... ¡Humo! Todo +queda reducido a unos cuantos latines que le echó el cura, y a la +ceremonia, que no vale nada... Esto que yo tengo, señora mía, es algo +más que latines; fastídiese usted... Los curas y los abogados, ¡mala +peste cargue con ellos!, dirán que esto no vale... Yo digo que sí vale; +es mi idea. Cuando lo natural habla, los hombres se tienen que callar la +boca». + +Y su convicción era tan profunda, que de ella tomaba fuerza para +soportar aquella vida solitaria y tristísima. + + + + + +--ii-- + + +Una mañana, al levantarse, vio que había caído durante la noche +una gran nevada. El espectáculo que ofrecía la plaza era precioso; los +techos enteramente blancos; todas las líneas horizontales de la +arquitectura y el herraje de los balcones perfilados con purísimas +líneas de nieve; los árboles ostentando cuajarones que parecían de +algodón, y el Rey Felipe III con pelliza de armiño y gorro de dormir. +Después de arreglarse volvió a mirar la plaza, entretenida en ver cómo +se deshacía el mágico encanto de la nieve; cómo se abrían surcos en la +blancura de los techos; cómo se sacudían los pinos su desusada +vestimenta; cómo, en fin, en el cuerpo del Rey y en el del caballo, se +desleían los copos y chorreaba la humedad por el bronce abajo. El suelo, +a la mañana tan puro y albo, era ya al mediodía charca cenagosa, en la +cual chapoteaban los barrenderos y mangueros municipales, disolviendo la +nieve con los chorros de agua y revolviéndola con el fango para echarlo +todo a la alcantarilla. Divertido era este espectáculo, sobre todo +cuando restallaban los airosos surtidores de las mangas de riego, y los +chicos se lanzaban a la faena, armados con tremendas escobas. Miraba +esto Fortunata, cuando de repente... ¡ay, Dios mío!, vio a su marido; +era él, Maximiliano, que entraba en la plaza por el arco del 7 de +Julio, y tuvo que retroceder saltando más que de prisa, porque el chorro +de agua le cortó el paso. Instintivamente se quitó la joven de su +ventana; pero después se volvió a asomar, diciéndose: «Si aquí no puede +verme... Lo que menos piensa él es que está tan cerca de mí... Vamos; da +la vuelta... Se ha metido por los soportales. Sin duda va al café de +Gallo a reunirse con su hermano, la otra cabeza de campanario. ¿Pero +cómo es que le dejan salir solo? ¿Se habrá puesto bueno? ¿Estará mejor? +¡Pobre chico!...». + +Y no se volvió a acordar más de él hasta la noche, cuando estaba +acostada, sola en la casa, pues su tía no había entrado aún. + +«Es una barbaridad que le dejen salir solo a la calle. El mejor día hace +cualquier desavío y da un disgusto... Pues ahora que le he visto suelto, +voy a tener miedo, y me pondré a discurrir si se meterá aquí el mejor +día... La suerte es que no sabrá dónde estoy; buen cuidado tengo yo de +que no lo sepa. ¿Pero quién está segura de ningún secreto en estos +tiempos? A lo mejor, cualquier chusco se lo canta y ya tenemos jaqueca +para rato... ¡Como no le dé por venir a matarme!... Eso tendrá que ver. +Pero muy descuidada habría de cogerme, porque le deshago yo de un par de +porrazos... Pero, ¿y si entra, se esconde, me acecha, y ¡pim!, me pega +un tiro?... No; yo tengo que estar con mucho cuidado. Ni a Cristo le +abro yo la puerta. Y voy a decirle a mi tía que necesito tomar una +criada. Una chiquilla modosa y dispuestilla, así como Papitos, me +vendría muy bien. ¡Sola todo el día en esta jaula!... ¡Ah!, gracias a +Dios; ya siento el llavín de mi tía, que entra. ¿Será ella o será alguno +que le ha quitado el llavín y viene a matarme?... Tía, tía, ¿es usted?». + +--Yo soy, ¿qué se te ocurre?... + +--Nada; ya estoy tranquila. Es que me da mucho miedo de estar sola, y me +parece que entran ladrones, asesinos y qué sé yo... + +Ninguna noche conciliaba el sueño antes de que diera las doce el reloj +de la Casa-Panadería. Oía claramente algunas campanadas; después el +sonido se apagaba alejándose, como si se balanceara en la atmósfera, +para volver luego y estrellarse en los cristales de la ventana. En el +estado incierto del crepúsculo cerebral, imaginaba Fortunata que el +viento venía a la plaza a jugar con la hora. Cuando el reloj empezaba a +darla, el viento la cogía en sus brazos y se la llevaba lejos, muy +lejos... Después volvía para acá, describiendo una onda grandísima, y +retumbaba ¡plam!, tan fuerte como si el sonoro metal estuviera dentro de +la casa. El viento pasaba con la hora en brazos por encima de la Plaza +Mayor y se iba hasta Palacio, y aún más allá, cual si fuera mostrando la +hora por toda la Villa y diciendo a sus habitantes: «Aquí tenéis las +doce, tan guapas». Y luego tornaba para acá, ¡plam!... ¡ay!, era la +última. El viento entonces se largaba refunfuñando. Otras noches se +entretenía la joven discurriendo que la hora de la Puerta del Sol y la +hora de la Panadería se enzarzaban. Empezaba esta, y le respondía la +otra. De tal modo se confundían los toques, que no conociera aquella +hora ni la misma noche que la inventó. Las doce de acá y las doce de +allá eran una disputa o guirigay de campanadas. «Vamos, que también se +oye la Merced... Tantísima hora, tantísima hora, y no sabe una si son +las doce o qué...». + +Para tener compañía y servicio, tomó por criada a una niña, hija de una +de las placeras amigas de Segunda. Llamábase Encarnación y parecía muy +formalita. Su ama le leyó la cartilla el primer día, diciéndole: «Mira, +si algún sujeto que tú no conoces, por ejemplo, un señorito flaco, de +mal color, así un poco alborotado, te pregunta en la calle si vivo yo +aquí, dices que no. No abras nunca la puerta a ninguna persona que no +sea de casa. Llaman, miras, y vienes y me dices: 'Señorita, es un hombre +o una mujer de estas y estas señas'. Conque fíjate bien en lo que te +mando. Tu tía te habrá hecho la misma recomendación. Si no nos obedeces, +¿sabes lo que hacemos? Pues cogerte y mandarte a la cárcel. Y no creas +que te van a sacar: allí te estarás lo menos, lo menos, tres años y +medio». + +La chica cumplía estas órdenes al pie de la letra. Un domingo llamaron. +«Señorita, ahí está un hombre con barbas largas, muy aseñorado... y +tiene la voz así, como _respetosa_». Miró Fortunata por los agujeros de +la chapa. Era Ballester. «Dile que pase». Se alegraba de verle para +saber lo que ocurría en la familia, y para que le contara por qué +demonios andaba suelto Maxi por esas calles. + +De tan gozoso, estaba turbado el bueno del farmacéutico. Venía vestido +con los trapitos de cristianar, peinado en la peluquería, con una raya +muy bien sacada desde la frente a la nuca, y las mechas negras +chorreando olorosa grasa, las botas nuevas y sombrero de copa muy +lustroso. «¡Qué deseos tenía de verla a usted...! No me atrevía a +venir... Pero doña Lupe me ha instado tanto para que venga, que al +fin... No, no, no tema que Maximiliano descubra dónde usted está. Hay +mucho cuidado para que no se entere de nada. Y eso que ahora, si viera +usted, ha recobrado la razón; parece que está juiciosísimo; habla de +todo con tino, y no hace ningún disparate». + +Fortunata estaba algo cohibida, pues a pesar de la convicción de que +hacía gala con respecto a ciertas legitimidades, le daba vergüenza de no +poder disimular ya su estado ante un amigo de la familia de Rubín. Se +puso muy colorada cuando Segismundo le dijo esto: «Doña Lupe me ha dado +un recadito para usted. Me ha encargado decirle si quiere que le avise a +D. Francisco de Quevedo... Es hombre que sabe su obligación; muy +cuidadoso y muy hábil...». + +--No sé, veremos... lo pensaré... todavía...--balbució ella cortadísima, +bajando los ojos. + +--¿Cómo todavía? Me ha dicho doña Lupe que será en Marzo. Estamos a 20 +de Febrero. No, no se descuide usted... que a lo mejor podría verse +sorprendida... Estas cosas deben prepararse con tiempo. + +Tomando una actitud galante, añadió: «Porque yo me intereso vivamente +por usted en todas las circunstancias, en todas absolutamente. Soy el +mismo Segismundo de siempre y cuando usted necesite de un amigo leal y +callado, acuérdese de mí...». + +Y elevando el tono casi hasta lo patético, saltó de repente con esto: +«No me vuelvo atrás de nada de lo que he dicho a usted en otras +ocasiones». Como ella aparentase no interesarse en este giro de la +conversación, volvió Ballester a tomar el tono fraternal de esta manera. +«Me voy a permitir hablar a Quevedo. Debemos estar prevenidos... Le diré +que venga a ver a usted... Es persona de confianza, y ya sabe él que no +tiene que decir nada al amigo Rubín». + +Lo que tenía a Fortunata muy sorprendida y maravillada era el interés +que mostraba hacia ella, según le dijo el regente, la viuda de Jáuregui. + +«Yo no sé lo que es, amiga mía; pero _la ministra_, de unos días a esta +parte me ha preguntado como unas seis veces si la había visto a usted... +'Yo no voy--me dijo--; pero hay que mirar algo por ella, y no +abandonarla como a un perro'. Por esto me decidí a venir, y ahora me +alegro, porque veo que usted me ha recibido, y que continuaremos siendo +buenos amigos. Quedamos en que vendrá Quevedo. Sí; preparémonos, porque +estas cosas unas veces se presentan bien y otras mal. No le faltará a +usted nada. ¡Qué caramba! Hay que afrontar las situaciones, y... ¡Oh!, +¡qué cabeza ésta! ¿Pues no se me olvidaba lo mejor? (metiéndose la mano +en el bolsillo). _La ministra_ me ha dado para usted este paquetito de +dinero. Por fuera está escrita la cantidad: mil doscientos cincuenta y +dos reales. Debe de ser lo que le corresponde a usted por réditos de +algún dinero. Para concluir: siempre que se le ofrezca a usted alguna +cosa, sea del orden que fuese, piensa usted un rato, y dice: '¿A quién +acudiré yo?, pues a ese tarambana de Segismundo'. Con mandarme un +recadito... Aunque yo cuidaré de venir algún domingo o los ratos que +tenga libres, porque ahora, como estoy solo con Padilla, dispongo de +muy poquito tiempo. Si pudiera, vendría mañana y tarde todos los días, +contando con su permiso. Pero en este pícaro mundo, se llega hasta donde +se puede, y el que, impulsado por el querer, va más allá del poder, cae +y se estrella». + +Repitió sus ofrecimientos y se fue, dejando a Fortunata la impresión de +que no estaba tan sola como creía, y de que el tal Segismundo era, en +medio de sus tonterías y extravagancias, un corazón generoso y leal. +Mucho le extrañaba a la infeliz joven que Aurora no hubiese ido a verla, +y sintió que se le olvidara, durante la visita del regente, preguntar a +este por _las Samaniegas_. Pero ya se lo preguntaría cuando volviese. + +Con el cambio de vida y domicilio, reanudó la señora de Rubín algunas +relaciones de familia que estaban absolutamente quebrantadas, siendo de +notar entre ellas la de José Izquierdo, que, empezando por ir a cenar +con su hermana y sobrina algunas noches, acabó, conforme a su genial +parasitario, por estar allí todo el tiempo que tenía libre. Fortunata +encontró a su tío transfigurado moralmente, con un reposo espiritual que +nunca viera en él, suelto de palabra, curado de su loca ambición y de +aquel negro pesimismo que le hacía renegar de su suerte a cada instante. +El bueno de _Platón_, encontrando al fin el descanso de su vida +vagabunda, se había sentado en una piedra del camino, a la sombra de +frondoso árbol cargado de fruto (valga la figura) sin que nadie le +disputase el hartarse de ella. No existía por aquel entonces en Madrid +un _modelo_ mejor, y los pintores se lo disputaban. Veíase Izquierdo +acosado, requerido; recibía esquelas y recados a toda hora, y le +desconsolaba el no tener tres o cuatro cuerpos para servir con ellos al +arte. Ni había oficio en el mundo que más le cuadrase, porque aquello no +era trabajar ¡qué demonio!, era _retratarse_, y el que trabajaba era el +pintor, poniendo en él sus cinco sentidos y mirándole como se mira a una +novia. En aquellos días de Febrero del 76, como se pusiera a hablar con +su hermana y sobrina de las muchas obras que traía entre manos, no +acababa. En tal estudio hacía de _Pae Eterno_, en el momento de estar +fabricando la luz; en otro de Rey D. Jaime, a caballo, entrando en +Valencia. Allí de Nabucodonosor andando a cuatro patas; aquí de un _tío +en pelota que le llaman_ Eneas, con su padre a _la pela_. «Pero lo mejor +que estamos pintando ahora... y que lo vamos sacando _de lo fino_..., es +aquel paso de Hernán-Cortés cuando manda dar fuego a las judías +naves...». Ganaba mi hombre todo lo que necesitaba, y era venturoso, y +la sujeción del día la compensaba con las largas expansiones de charla y +copas que se daba de noche en algún café, convidando a los amigos. A su +sobrina le prestaba servicios, haciéndole cuantos encargos eran +compatibles con sus tareas artísticas. Solía ella enviarle con algún +mensaje a casa de su costurera, o se valía de él para recados y compras. +Más de una vez le mandó a la gran tienda de Samaniego por tela o encajes +para el ajuar que estaba haciendo; pero siempre le encargaba que no la +descubriese allí, pues ya que Aurora no había ido a verla, lo que +propiamente era una falta de educación, y hablando mal y pronto, una +cochinada, no quería ella tampoco aparentar que solicitaba su amistad; y +si razones tenía _la Samaniega_ para retraerse, también ella las tenía +para no rebajarse. «A fina me ganará; pero a orgullosa no». + + + + +-V- + +La razón de la sinrazón + + + + +--i-- + + +La mejoría de Maximiliano continuaba, de lo cual coligieron su tía +y su hermano que la separación matrimonial había sido un gran bien, pues +sin duda la presencia y compañía de su mujer era lo que le sacaba de +quicio. Todo aquel invierno continuó el tratamiento de las duchas +circular y escocesa y el bromuro de sodio. Al principio, cuando no le +sacaba a paseo Juan Pablo, sacábale su misma tía, teniendo ocasión de +notar lo bien concertados que eran sus juicios. Observaron, no obstante, +que en el caletre del joven se escondía un pensamiento relativo al +paradero de su consorte, y temían que este pensamiento, aunque contenido +en proporciones menudas por el renacimiento armónico de la vida +cerebral, tuviera el mejor día fuerza expansiva bastante para volver a +trastornar toda la máquina. Pero estos temores no se confirmaron. En +Diciembre y Enero la mejoría fue tan notoria, que doña Lupe estaba +pasmada y contentísima. En Febrero ya le permitieron salir solo, pues +no se metía con nadie y se le habían acentuado considerablemente la +timidez y la docilidad. Era como un retroceso a la edad en que estudió +los primeros años de su carrera, y aun parecía que se renovaban en él +las ideas de aquellos lejanos días, y con las ideas el encogimiento en +el trato, la sobriedad de palabras y la falta de iniciativa. + +Su vida era muy metódica; no se le permitía leer nada, ni él lo +intentaba tampoco, y siempre que iba a la calle, doña Lupe le fijaba la +hora a que había de volver. Ni una sola vez dejó de entrar a la hora que +se le mandaba. Para que tales días se pareciesen más a los de marras, el +único gusto del joven era pasear por las calles sin rumbo fijo, a la +ventura, observando y pensando. Una diferencia había entre la +deambulación pasada y la presente. Aquella era nocturna y tenía algo de +sonambulismo o de ideación enfermiza; esta era diurna, y a causa de las +buenas condiciones del ambiente solar en que se producía, resultaba más +sana y más conforme con la higiene cerebro-espinal. En aquella, la mente +trabajaba en la ilusión, fabricando mundos vanos con la espuma que echan +de sí las ideas bien batidas; en esta trabajaba en la razón, +entreteniéndose en ejercicios de lógica, sentando principios y +obteniendo consecuencias con admirable facilidad. En fin, que en la +marcha que llevaba el proceso cerebral, le sobrevino el _furor de la +lógica_, y se dice esto así, porque cuando pensaba algo, ponía un +verdadero empeño maniático en que fuera pensado en los términos usuales +de la más rigurosa dialéctica. Rechazaba de su mente con tenaz +repugnancia todo lo que no fuera obra de la razón y del cálculo, no +desmintiendo esto ni en las cosas más insignificantes. + +Que al poco tiempo de sentir en sí este tic del razonamiento lo aplicó +al oscuro problema lógico de la ausencia de su mujer, no hay para qué +decirlo. «Que vive, no tiene duda; este es un principio inconcuso que ni +siquiera se discute. Ahora dilucidemos si está en Madrid o fuera de +Madrid. Si se hubiera ido a otra parte, alguna vez recibiría mi tía +cartas suyas. Es así que jamás llega a casa el cartero del exterior, y +cuando va es para traer alguna carta de las hermanas de mi tío Jáuregui; +luego... Pero propongamos la hipótesis de que dirige las cartas a otra +persona para que yo no me entere. Es inverosímil; pero propongámosla. En +tal caso, ¿qué persona sería esta? En todo rigor de lógica no puede ser +doña Casta, porque la señora de Samaniego no gusta de tales papeles. En +todo rigor de lógica tiene que ser Torquemada. Pero Torquemada, +anteayer, entró en el gabinete de mi tía, y yo, desde el pasillo, le oí +preguntarle claramente si había sabido de la señorita... Luego, +Torquemada no es. Luego, no siendo Torquemada, no hay intermediario de +cartas; y no habiendo intermediario de cartas, no puede haber +correspondencia; luego está en Madrid». + +Quedose muy satisfecho, y después de detenerse un rato a ver un +escaparate de estampas, volvió a pegar la hebra: «Podría ponerse en duda +que entre ella y mi tía haya comunicación, y en caso de que no la +hubiera, el problema de su residencia seguiría como boca de lobo; pero +yo sostengo que hay comunicación. Si no, ¿qué significa el papelito de +apuntes que sorprendí el otro día sobre la cómoda de mi tía, y en el +cual, pasando al descuido la vista, distinguí este renglón que decía: +_Corresponden a F. 1.252 reales_? _F._ quiere decir _ella_. Luego hay +comunicación entre mi tía y ella, y como esta comunicación no es postal, +resulta claro, como la luz del día, que reside en Madrid». + +Largos ratos se pasaba en este ejercicio de la razón. A veces se decía: +«Rechacemos todo lo fantástico. No admitamos nada que no se apoye en la +lógica. ¿De qué vive? ¿Vivirá honradamente? No aventuremos ningún juicio +temerario. Podrá vivir honradamente y podrá vivir de mala manera. Yo +llegaré a descubrir la verdad enterita, sin preguntar una palabra a +nadie. Pues todos callan ante mí, yo callo ante todos. Veo, oigo y +pienso. Así sabré todo lo que quiero. ¡Qué hermosa es la verdad, mejor +dicho, estos bordes del manto de la verdad que alcanzamos a ver en la +tierra, porque el cuerpo del manto y el de la verdad misma no se ven +desde estos barrios!... Dios mío, me asombro de lo cuerdo que estoy. La +gente me mira con lástima, como a un enfermo; pero yo, en mí, me recreo +en lo sano de mis juicios. Dichoso el que piensa bien, porque él está en +grande». + +Entró en el café del Siglo, donde creía encontrar a su hermano; pero +Leopoldo Montes le dijo que habiendo aceptado Villalonga la Dirección de +Beneficencia y Sanidad, había encargado a Juan Pablo un trabajo +delicadísimo y muy enojoso... cosa de poner en claro unas cuentas de +lazaretos; y me le tenía en la oficina de sol a sol. Allí le llevaban el +café. No le venía mal a Juan Pablo que el director le encargase trabajos +extraordinarios, pues esto significaba confianza, y tras la confianza +vendría un ascenso. Hablaron de empleos y de política, diciendo +Maximiliano cosas muy buenas. + +Refugio, la querida de Juan Pablo, estaba aquel invierno muy mal de +ropa, y no iba al café del Siglo, sino al de Gallo, porque le cogía +cerca (la pareja moraba en la Concepción Jerónima), y además porque la +sociedad modesta que frecuentaba aquel establecimiento, permitía +presentarse en él de trapillo o con mantón y pañuelo a la cabeza. +Agregábansele a Refugio algunas personas con quienes tenía amistad fácil +y adventicia, de esas que se contraen por vecindad de casa o de mesa de +café. Eran un portero de la Academia de la Historia con su esposa, y un +cobrador municipal de puestos del mercado, con la suya o lo que fuese. +Este matrimonio solía ir los domingos acompañado de toda la familia, a +saber: una abuela que había sido _víctima_ del 2 de Mayo, y siete +menores. El café se compone de dos crujías, separadas por gruesa pared y +comunicadas por un arco de fábrica; mas a pesar de esta rareza de +construcción, que le asemeja algo a una logia masónica, el local no +tiene aspecto lúgubre. En la segunda sala, donde se instalaba Refugio, +había siempre animación campechana y confianzuda, y como el espacio es +allí tan reducido, toda la parroquia venía a formar una sola tertulia. +En ella imperaba Refugio como en un salón elegante en el cual fuera +estrella de la moda, Dábase mucho lustre, tomando aires de señora, +alardeando de expresarse con agudeza y de decir gracias que los demás +estaban en la obligación de reír. Poníase siempre en un ángulo, que +tenía, por la disposición del local, honores de presidencia. Cuando Maxi +iba, su cuñada le hacía sentar a su lado, y le mimaba y atendía mucho, +con sentimientos compasivos y de protección familiar, permitiéndose +también tutearle y darle consejos higiénicos. Él se dejaba querer, y +apenas tomaba parte en la tertulia, como no fuera con los silogismos que +mentalmente hacía sobre todo lo que allí se charlaba. Una noche estaba +el pobre chico tomándose su café, muy callado, en la misma mesa de +Refugio, cuando se fijó en dos hombres que en la próxima estaban, uno de +los cuales no le era desconocido. Pensando, pensando, acertó al fin. Era +Pepe Izquierdo, tío de su mujer, a quien sólo había visto una vez, yendo +de paseo con Fortunata por las Rondas, y ella se lo presentó. Como en +Gallo había tanta confianza, pronto se comunicaron los de una y otra +mesa. Primero se hablaba de política, después de que la guerra se +acabaría a fuerza de dinero, y como la política y las guerras vienen a +ser las fibras con que se teje la Historia, hablose de la Revolución +francesa, época funesta en que, según el cobrador municipal, habían sido +guillotinadas _muchas almas_. Oír que se hablaba de Historia y no meter +baza, era imposible para Izquierdo; pues desde que se puso a _modelo_ +sabía que Nabucodonosor era un Rey que comía hierba; que D. Jaime entró +en Valencia a caballo, y que Hernán-Cortés era un _endivido_ muy +templado que se entretenía en quemar barcos. Los disparates que aquel +hombre dijo acerca del _Pronunciamiento_ de Francia, hicieron reír mucho +a todos, particularmente al portero de la Academia de la Historia, que +echaba al concurso miradas desdeñosas, no queriendo aventurar una +opinión, que habría sido lo mismo que arrojar margaritas a cerdos. Mas +el compañero de _Platón_, persona enteramente desconocida para Maxi, +debía de ser uno de los sujetos más eruditos que en aquel local se +habían visto nunca, y cuando rompió a hablar, se ganó la atención del +auditorio. Tenía la cara granulosa y el pescuezo como el de un pavo, con +una nuez muy grande, el pelo escobillón, y se expresaba en términos muy +distintos del gárrulo lenguaje de su amigo: «Al Rey Luis XVI--dijo--, y +a la Reina Doña María Antonieta les cortaron la cabeza, naturalmente, +porque no querían darle libertad al pueblo. Por eso hubo, naturalmente, +aquel gran pronunciamiento, y todo lo variaron, hasta los nombres de los +meses, señores, y hasta abolieron la vara de medir y pusieron el metro, +y la religión también fue abolida, celebrándose las misas, naturalmente, +a la diosa Razón». + +Tanta sabiduría impresionó a Maxi, que al punto se desató a charlar con +Ido del Sagrario, pues no era otro el docto amigo de Izquierdo, y +estuvieron poniendo comentarios a los trágicos sucesos del 93. «Porque +mire usted, cuando el pueblo se desmanda, los ciudadanos se ven +indefensos, y francamente, naturalmente, buena es la libertad; pero +primero es vivir. ¿Qué sucede? Que todos piden orden. Por consiguiente, +salta el dictador, un hombre que trae una macana muy grande, y cuando +empieza a funcionar la macana, todos la bendicen. O hay lógica o no hay +lógica. Vino, pues, Napoleón Bonaparte, y empezó a meter en cintura a +aquella gente. Y que lo hizo muy bien, y yo le aplaudo, sí señor, yo le +aplaudo». + +--Y yo también--dijo Maxi, con la mayor buena fe, observando que aquel +hombre razonaba discretamente. + +--¿Quiere esto decir que yo sea partidario de la tiranía?...--prosiguió +Ido--. No señor. Me gusta la libertad; pero respetando... respetando a +Juan, Pedro y Diego... y que cada uno piense como quiera, pero sin +desmandarse, sin desmandarse, mirando siempre para la ley. Muchos creen +que el ser liberal consiste en pegar gritos, insultar a los curas, no +trabajar, pedir aboliciones y decir que mueran las autoridades. No +señor. ¿Qué se desprende de esto? Que cuando hay libertad mal entendida +y muchas aboliciones, los ricos se asustan, se van al extranjero, y no +se ve una peseta por ninguna parte. No corriendo el dinero, la plaza +está mal, no se vende nada, y el bracero que tanto chillaba dando vivas +a la Constitución, no tiene qué comer. Total, que yo digo siempre: +«Lógica, liberales» y de aquí no me saca nadie. + +«Este hombre tiene mucho talento» pensaba Rubín, apoyando con +movimientos de cabeza la aseveración de aquel sujeto. + +Y cuando, al despedirse, Ido le dio su nombre, agregando que era +profesor de primeras letras en las escuelas católicas, Maximiliano +discurrió que no estaba en armonía la humildad del empleo con el saber y +la destreza dialéctica que aquel individuo mostraba. + +Al siguiente día por la tarde, Maxi fue a Gallo y no estaban, de las +personas conocidas, más que el cobrador municipal y José Izquierdo. Este +había dejado en la silla próxima un envoltorio. Mirolo el joven con +disimulo y vio que era algo como ropa o calzado, cubierto con un +pañuelo. Tan mal hecho estaba el atadijo, que al mover la silla se +descubrió una bota elegante con caña color de café. Al verla Rubín, +sintió como si le cayera una gota fría en el corazón. «Esa bota es de +ella... ¡ay, de ella es!... La conozco, como conozco las mías. No la +lleva a componer porque está casi nueva. La lleva de muestra para que le +hagan otro par. Es muy presumida en cuestiones de calzado. Le gusta +tener siempre tres o cuatro pares en buen uso. ¿Y por qué no las lleva +ella? Porque no sale. Luego está enferma... Enferma, ¿de qué?». + + + + +--ii-- + + +_Platón_ se despidió de su amigo, y cogió el lío diciendo que +tenía que ir a la calle del Arenal. + +«Justo--discurrió Maxi sin decir una palabra--. + +Allí está su zapatero. Arenal, 22... Lo que me falta saber, podría +averiguarlo siguiendo a ese bárbaro. Pero no... Con la lógica y sólo con +la lógica lo averiguaré. ¿Para qué quiero esta gran cordura que ahora +tengo? Con mi cabeza me gobierno yo solo». + +Después, cuando entraron Ido, Refugio y otras personas, estuvo muy +comunicativo, discurriendo admirablemente sobre todo lo que se trató, +que fue la insurrección de Cuba, el alza de la carne, lo que se debe +hacer para escoger un bonito número en la lotería, la frecuencia con que +se tiraba gente por el Viaducto de la calle de Segovia, el tranvía nuevo +que se iba a poner y otras menudencias. + +Un día de los primeros de Marzo, Maxi, al dirigirse al café, vio a +Izquierdo en los soportales de la Casa-Panadería, y a punto que le +saludaba, pasó y se detuvo el cobrador municipal. Este y José cambiaron +unas palabras. + +«En seguida voy al café--dijo el _modelo_, mostrando varios paquetes a +su amigo, que los miraba con curiosidad--. Subo a largar esto: Varas de +cinta... jabón... demonios, dátiles. Voy cargado como un santísimo +burro». + +Maximiliano siguió hacia el café, y observando que Platón tomaba hacia +la calle de Ciudad Rodrigo, miró su reloj. + +--¡Dátiles!... ¡Cuántos le he comprado yo! Las golosinas la venden. Se +despepita por ellas...--pensó el razonador, penetrando en el establecimiento, +sin ver nada de lo que en él había--. Come dátiles... luego no está mala; +los dátiles son muy indigestos. Y puesto que ella los come, la causa del no +salir, no es enfermedad... Luego, es otra cosa... + +Y viendo entrar a Izquierdo, volvió a mirar su reloj. «Ha tardado doce +minutos. Luego la casa está cerca... Doce minutos: pongamos cuatro para +subir la escalera, dos para bajarla... Y está cansado el hombre; debe de +ser alta la escalera... La casa está cerca. La descubriremos por la +lógica. Nada de preguntas, porque no me lo dirían; ni seguir a este +animal, porque eso no tendría mérito. Cálculo, puro cálculo...». + +Izquierdo y el cobrador municipal le convidaron a unas copas; pero él no +quiso aceptar, porque le repugnaba el aguardiente. Oyoles la +conversación sin aparentar oírla, aunque nada interesante tenía para él, +pues versó sobre si la Villa iba a suprimir tantas y tantas mulas del +ramo de jardines y paseos para repartirse la cebada entre los +concejales. Después el recaudador sacó a relucir no sé qué asunto de +familia, quejándose de las continuas enfermedades de su esposa, de lo +que Izquierdo tomó pie para decir unas cuantas barbaridades sobre las +ventajas de no tener familia que mantener. «Musotros los viudos estamos +como queremos» dijo volviéndose a Maxi y dándole un palmetazo en el +hombro. El pobre muchacho hizo como que aprobaba la idea, sonriendo, y +para sí dio unas cuantas vueltas al manubrio de la lógica: «Se te ha +encargado que no descubras nada; se te ha dicho que tengas cuidado con +lo que hablas delante de mí, dromedario, y tú, como todos, te empeñas en +meterme en la cabeza la idea de que estoy viudo. No cuentas con que mi +cabeza es un prodigio de claridad y raciocinio. A buena parte vienes. +Verás cómo destruyo tus sofismas y mentiras. Verás lo que puede el +cálculo de un cerebro lleno de luz... ¡Con que yo viudo! Lo mismo que mi +tía, que me dijo ayer: «desde que _enviudaste_, pareces otro...». Me +conviene hacerles creer que me lo trago. Con mi lógica me las arreglo +admirablemente y me río del mundo. ¡Qué bonita es la lógica; pero qué +bonita! ¡Y qué hermosura tener la cabeza como la tengo ahora, libre de +toda apreciación fantasmagórica, atenta a los hechos, nada más que a los +hechos, para fundar en ellos un raciocinio sólido!... Pero vámonos a mi +casa, que mi tía me espera». + +Tres días después de esto, al entrar en la botica, notó que Ballester y +Quevedo hablaban, y que al verle llegar a él, se callaron súbitamente. +Como había adquirido facilidad para la apreciación de los hechos, aquel +se le reveló claramente. Segismundo y el comadrón trataban de algo que +no querían oyese Maximiliano. + +Para disimular le preguntaron a él por su salud, y a poco dijo Quevedo +al farmacéutico en tono muy misterioso: «¿Ha preparado usted el +cornezuelo de centeno? Basta con eso por ahora». + +«Qué tal, ¿paseamos mucho, joven?--agregó en alta voz, volviendo hacia +Maxi su cara de caimán, en la cual la sonrisa venía a ser como una +expresión de ferocidad--. Vamos bien, vamos bien. Al fin podrá usted +volver a sus ocupaciones ordinarias. Ya decía yo que en cuanto estuviera +usted libre... por aquello de _muerto el perro se acabó la rabia_». +Rubín contestó afirmativamente y con amabilidad. Después observó que +Ballester sacaba de un cajón un paquetito de medicamento y se lo daba al +Sr. de Quevedo, diciéndole: «Lléveselo usted; lo he pulverizado yo mismo +con el mayor esmero. La antiespasmódica la llevaré yo». El comadrón tomó +el paquete y se fue. + +A poco entró _doña Desdémona_ preguntando por su marido, y pudo observar +el joven que Ballester le hizo señas, llamándole la atención sobre la +presencia de Maxi, pues la señora empezó diciendo: «¿Ha ido otra vez a +la Cava?». Aquello se arregló y _doña Desdémona_ invitole a que la +acompañase a su casa, lo que él hizo de bonísima gana, remolcándola del +brazo por la escalera arriba. Conversando estuvieron largo rato, y la +señora de Quevedo le enseñaba sus jaulas de pájaros, canarias en cría, +un jilguero que sacaba agua del pozo, y comía extrayendo el alpiste de +una caja, con otras curiosidades ornitológicas de que tenía llena la +casa. A la hora de comer entró Quevedo muy fatigado, diciendo: «No hay +nada todavía...». Y como vio allí al sobrino de doña Lupe, no dijo más. + +Cuando Maximiliano se retiró, iba desarrollando en su mente la más +prodigiosa cadena de razonamientos que en aquellas cavilaciones se había +visto. «¿Ves como salió? Lo que fulminó en mi cabeza como un resplandor +siniestro del delirio, ahora clarea como luz cenital que ilumina todas +las cosas. Vaya, hasta poeta me estoy volviendo. Pero dejémonos de +poesías; la inspiración poética es un estado insano. Lógica, lógica, y +nada más que lógica. ¿Cómo es que lo averiguado hoy por procedimientos +lógicos, fundados en datos e indicios reales, existió antes en mi mente +como los rastros que deja el sueño o como las ideas extravagantes de un +delirio alcohólico? Porque esto no es nuevo para mí. Yo lo pensé, yo lo +concebí envuelto en impresiones disparatadas y confundido con ideas +enteramente absurdas. ¡Misterios del cerebro, desórdenes de la ideación! +Es que la inspiración poética precede siempre a la verdad, y antes de +que la verdad aparezca, traída por la sana lógica, es revelada por la +poesía, estado morboso... En fin, que yo lo adiviné, y ahora lo sé. El +calor se transforma en fuerza. La poesía se convierte en razón. ¡Qué +claro lo veo ahora! Vive en la Cava, en la Cava, en la misma casa tal +vez donde vivió antes. Se esconde para que no la vea nadie. El suceso se +aproxima. La asiste Quevedo. Para ella son el cornezuelo de centeno y la +antiespasmódica. ¡Ah!, ¡cómo me río yo de estos imbéciles que creen que +me engañan!... ¡Engañarme a mí, que estoy ahora más cuerdo que la misma +cordura! ¡Dios mío, qué talento tengo! ¡Qué manera de discurrir!... +¡Estoy asombrado de mí mismo, y compadezco a mi tía, a Ballester, a +todos los que hacen delante de mí esta comedia! 'Todavía no hay nada', +fue lo que dijo Quevedo al volver a la Cava. Presunción equivocada, +falsos síntomas. Luego la cosa está próxima. Estamos en Marzo. Bien, no +me falta más que averiguar la casa. Si me dejara llevar de la +inspiración, aseguraría que es la misma casa aquella, la de los +escalones de piedra. Pero no; procedamos con estricta lógica, y no +aseguremos nada que no esté fundado en un dato real». + +Al día siguiente estuvo con su hermano en el café del Siglo, y después +en el de Gallo con Refugio. Era el 19 de Marzo, y los que se llamaban +José convidaban a toda la tertulia. Ido del Sagrario se negaba a tomar +copas y su amigo Izquierdo, que bebía aguardiente como si fuera agua, se +burlaba de la sobriedad del profesor de instrucción primaria, el cual +aseguró haber comido _fuerte_ y no hallarse muy bien del estómago. Poco +a poco se iba desprendiendo el buen Ido de la masa de gente que formaba +la tertulia, retirándose de silla en silla, hasta que Maxi le vio en la +mesa más lejana, ensimismado, los codos sobre el mármol y la cabeza en +las palmas de las manos. Fuese hacia él, movido de lástima, y le +preguntó lo que tenía. «Amigo--le dijo Ido con voz cavernosa, mostrando +su cara descompuesta--, ¿ve usted cómo me tiembla el párpado derecho? +Pues es señal de que me estoy poniendo malo... pero no tiene usted idea +de lo malo que me pongo». + +--Vamos, D. José, eso no es más que aprensión (tratando de llevarle al +grupo principal). + +--Déjeme usted... Se ríen de mí, porque desbarro mucho... Tiempo hacía +que no me daba esto; pero lo veo venir, lo veo venir... Ya, ya me entra, +y no lo puedo remediar. Tendré que ausentarme, para que no se burlen de +mí. Porque me pongo perdido... Me pongo como si bebiera mucho +aguardiente, y ya ve usted que no lo cato... no lo cato, créamelo usted, +caballero. Usted es el único que no se reirá de mí; usted comprende mi +desgracia y me compadece. + +--D. José... que se le quiten esas cosas de la cabeza--le dijo el otro, +oficiando de hombre sesudo y razonable. + +--¡Ah!... pues quíteme del campo de mi vida los hechos... (tocándole +amigablemente el brazo). Porque somos esclavos de las acciones ajenas, y +las nuestras no son la norma de nuestra vida. Así es el mundo. De nada +le vale a usted ser honrado, si la maldad de los demás le obliga a hacer +una barbaridad. + +--Eso está muy bien discurrido. + +--¡Oh!, la desgracia vuelve sabios a los tontos... No, no somos dueños +de nuestra vida. Estamos engranados en una maquinaria, y andamos +conforme nos lleva la rueda de al lado. El hombre que hace el disparate +de casarse, se engrana, se engrana, ¿me entiende usted?, y ya no es +dueño de su movimiento. + +--Entiendo, sí...--Pues no me acuse usted si oye que he cometido un +crimen (hablándole al oído), porque los que tenemos la desgracia de ser +esposos de una adúltera... Los que tenemos esa desgracia, no podemos +responder de aquel mandamiento que dice: _no matar_. Creo que es el +quinto. + +--Sí, el quinto es--dijo Maxi, que sentía una corriente fría pasándole +por el espinazo. + +--Y aquí donde usted me ve... (echándose para atrás y expresándose +siempre en voz muy baja), hoy mato yo... + +Esto, aunque dicho muy quedamente, fue oído de Izquierdo, que rompiendo +a reír, soltó esta andanada: «¡Pues no dice este judío _Dio_ que hoy +mata él!... ¿En qué plaza, camaraíta?». + +Las carcajadas atronaban el café, y Rubín se acercó al grupo principal, +diciendo con la mayor serenidad del mundo y en tono de benevolencia y +compasión: «Señores, no burlarse de este pobre señor que no tiene la +cabeza buena. Un trastorno mental es el mayor de los males, y no es +cristiano tomar estas cosas a broma. Denle un poco de agua con +aguardiente». + +Se la ofrecieron; pero Ido no la quiso tomar. Amorraba la cabeza entre +los brazos cruzados sobre el mármol, y el dueño del establecimiento, +mirándole con sorna, le decía: «Aquí no se duermen monas. A dormirlas a +la calle». Maxi trató de hacerle levantar la cabeza. «D. José, a usted +le convendría tomar duchas y también unas pildoritas de bromuro de +sodio. ¿Quiere que se las prepare? Es el tratamiento más eficaz para +combatir eso... Dígamelo usted a mí, que durante una temporada he estado +como usted... muchísimo peor. Yo inventaba religiones; yo quería que +todo el género humano se matara; yo esperaba el Mesías... Pues aquí me +tiene tan sano y tan bueno». + +Y volviendo al grupo principal: «Nada, hay que dejarle. Eso le pasará. +¡Pobrecito!, me da mucha lástima». + +De repente, D. José se levantó de su asiento y salió de estampía, entre +la risa y chacota de toda la partida. Maxi quiso salir detrás; pero +Refugio le tiró de los faldones y le hizo sentar a su lado: «Déjalo tú, +¿qué te importa?». Y apareció el tumulto, por la entrada de otros Pepes; +y el amo del café, que también era algo José, repartió puros y ron con +marrasquino. Algunos se empeñaron en que Maximiliano bebiese; pero ni él +quería, ni Refugio se lo hubiera permitido, atenta siempre a cuidar de +su preciosa salud. Lo que hacía el excelente muchacho era reír con la +mayor buena fe todas las gracias que allí se decían, hasta las más +zafias y groseras, aunque sin participar mucho de la estrepitosa alegría +de aquella gente. + + + + +--iii-- + + +Comió Rubín aquella noche sosegadamente con su tía, contándole +algo de lo que había visto y oído en el café, a lo que respondió la gran +señora expresándole su deseo de que no fuese más a aquel +establecimiento, por estar muy lejos, y porque en él siempre encontraría +una sociedad inculta y ordinaria. El joven parecía conformarse con esta +idea, y aseguró que no volvería más. Después fue con su tía a casa de +Samaniego, y mientras duró la tertulia, permaneció apartado de ella, +labrando y puliendo su idea. «Es en la casa de los escalones de +piedra... Después que echó aquel brindis estúpido, Izquierdo habló de +subir a gatas a casa de su hermana, y de bajar rodando por los +escalones de piedra... Ya sé, pues, dónde está. Ahora, hay que proceder +con sigilo y decisión. Llegó la hora de castigar. El honor me lo pide. +No soy un asesino, soy un juez. Aquel desgraciado hombre lo decía: +'Estamos engranados en la máquina, y la rueda próxima es la que nos hace +mover. Sus dientes empujan mis dientes, y ando'». + +--¿Por qué suspiras, hijo?--le preguntó su tía, observándole caviloso y +suspirante. + +Contestó evasivamente, y a poco se retiraron, no sin que _doña +Desdémona_ invitase al joven a pasar en su casa la mañana siguiente. Le +enseñaría todos sus pájaros y le daría de almorzar. Aceptada esta +fineza, Maxi se personó en casa de Quevedo desde las nueve, hora en que +la señora aquella se hallaba en la plenitud de sus funciones, limpiando +jaulas, revisando nidos, examinando huevos, y sosteniendo con este y el +otro volátil pláticas muy cariñosas. Su obesidad no le impedía ser ágil +y diligentísima en aquella faena. Gastaba una bata de color de almagre, +y como su figura era casi esférica, no parecía persona que anda, sino un +enorme queso de bola que iba rodando por las habitaciones y pasillos. No +tardó en asociar al chico a sus operaciones, enseñándole a distribuir el +alpiste a toda la familia. Con algunos sostenía _doña Desdémona_ +conversaciones maternales. + +«¿Qué dices tú, chiquitín de la casa?... gloria mía... A ver, ¿tiene el +niño mucha hambre...? ¡Ay qué pico me abre este hijo!». Y los trinos +ensordecían la casa. Con verdadero ahínco, Maximiliano seguía torneando +en su cabeza las ideas de la noche anterior. «La mataré a ella y me +mataré después, porque en estos casos hay que poner el pleito en manos +de Dios. La justicia humana no lo sabe fallar». + +--¡Qué mala es esta pájara!--decía _doña Desdémona_--, no sabe usted lo +mala que es. Ha matado ya tres maridos... y de los hijos no hace caso. +Si no fuera por el macho, que es, ahí donde usted lo ve, toda una +persona decente, los pobrecitos se morirían de hambre. + +--Hay que perdonarla--replicó Maxi con humorismo--, porque no sabe lo +que se hace... Y si la fuéramos a condenar, ¿quién le tiraría la primera +piedra? + +--Vamos ahora a los pericos, que ya están alborotados. + +«La lógica exige su muerte--pensaba Rubín colgando cuidadosamente una +jaula en que había muchos nidos--. Si siguiera viviendo, no se cumpliría +la ley de la razón». + +La renovación del alpiste y del agua daba a aquellos infelices y +graciosos seres aprisionados una alegría insensata; y poniéndose todos a +piar y a cantar a un tiempo, no era posible que se entendieran las +personas que entre ellos estaban. _Doña Desdémona_ hablaba por señas. +Maxi parecía contento, y hubiera vuelto a empezar todas las operaciones +por puro entretenimiento. Cuando llegó la hora de almorzar, tenía ya muy +buen apetito, y el comadrón y su esposa estuvieron muy amables con él, +diciéndole que le agradecerían fuese todos los días, si tenía gusto en +ello. Ya Quevedo no era celoso, y desde que su esposa se había +redondeado hasta hacer la competencia a los quesos de Flandes, se curó +el buen señor de sus murrias y no volvió a hacer el Otelo. Sin embargo, +a ninguno que no fuera el pobre Rubín, le habría permitido entrar +libremente en la casa, porque en verdad, no le consideraba a éste capaz +de comprometer la honra de ningún hogar donde penetrase. + +Doña Lupe entró muy gozosa, diciendo: «¿Qué tal se ha portado el +galán?». + +--Admirablemente, señora. Es lo más amable...--replicó _doña Desdémona_, +y llevándola aparte, añadió--: Si está bueno y sano... ¡Si viera usted +qué contento y qué tranquilo...! Nada, como la persona de más juicio. + +--Yo creo--dijo la de Jáuregui--, que si no está curado, le falta poco. +¿Y qué hay de eso? + +--Esta mañana volvió Quevedo. Todavía nada... Esperando por momentos... +Ella, con mucho miedo. + +Algo más cotorrearon, pero no hace al caso. Doña Lupe se llevó a su +sobrino al Monte de Piedad, y como aquel día las ventas fueron de muy +poco interés, tornaron pronto a casa, después de comprar fresa y +espárragos en un puesto de la calle de Atocha. Por la tarde, la señora +encargó a su sobrino que le hiciera unas cuentas algo complicadas, y él +las despachó con presteza y exactitud, sin equivocarse ni en un céntimo; +y como su tía se maravillase de aquel tino aritmético, el joven se echó +a reír, diciéndole: «¿Pero usted qué se ha figurado? Si tengo yo la +cabeza como no la he tenido nunca. Si estoy tan cuerdo, que me sobra +cordura para darla a muchos que por cuerdos pasan». + +Hacía muchísimo tiempo que doña Lupe no había visto al chico tan +despejado, con tanto reposo en el espíritu y el ánimo tan dispuesto a la +alegría, señales todas de reparación indudable. «Si no dudo que estés +bien... Cierto que ya quisieran muchos... Yo me alegro infinito de verte +así, y le pido a Dios que te conserve». + +--Crea usted que seguiré lo mismo. Yo reconozco en mi cabeza una fuerza +que nunca he tenido. Discurro admirablemente, y se lo voy a probar a +usted ahora mismo. Se pasmará usted al ver que si buena comedia han +hecho ustedes conmigo, mejor la he hecho yo con ustedes. Los engañadores +son los engañados. + +Doña Lupe empezó a alarmarse. + +--Pues verá usted (continuando en la mesa en que había hecho las cuentas +y con el papel de ellas entre las manos). Mi familia, Ballester y todas +las personas a quienes conozco fuera de casa, _bordaban_ admirablemente +su papel; y yo callado... haciéndome el tonto, mientras con la sola +fuerza del cálculo, descubría la verdad. + +Y doña Lupe tan parada, que no sabía qué decirle. + +«Y vea usted cómo le pruebo que mi cabeza da quince y raya hoy a las +cabezas mejor organizadas, incluso la de usted. Sin decir una palabra a +nadie, sin preguntar a bicho viviente, y fundándome sólo en algún +indicio que pescaba aquí y allí, sentando hechos y deduciendo +consecuencias, he descubierto la verdad... todo con la pura lógica, tía, +con la lógica seca. Atienda usted y asómbrese». + +Estaba, en efecto, la viuda ilustre tan asombrada como quien ve volar un +buey. + +«Pues por el orden siguiente, he ido descubriendo estos hechos: Que +Fortunata no se ha muerto, que está en Madrid, que vive cerca de la +Plaza Mayor, que vive en la Cava de San Miguel, en la casa de los +escalones de piedra, que está fuera de cuenta desde hace un mes, y que +D. Francisco de Quevedo la asiste». + +Doña Lupe no se atrevió a negar; tan abrumadoras eran las verdades que +su sobrino manifestaba. «Verás... Tú no debes ocuparte de eso... Te +concedo que vive, pero no sé dónde. Y en cuanto al embarazo, es error +tuyo y de tu maldita lógica. ¡Vaya con la salida! El diablo cargue con +tu lógica». + +--Si insiste usted, querida tía, en hacer comedias, creeré que quien ha +perdido el juicio es usted. Yo afirmo lo que he dicho, y tengo la +evidencia de que es verdad. Mí lógica no me engaña ni puede engañarme. +Con franqueza: ¿nota usted en mí algo que remotamente se parezca a falta +de juicio? + +Doña Lupe no supo qué responder. + +«¿He dicho algún disparate?... ¿Se atreve usted a sostener que lo he +dicho? Pues tomemos un coche y vamos a la Cava... ¡Ah!, no quiere usted. +Luego, yo he dicho la verdad, y la que falta ahora a ella, sin duda con +muy buen fin, es mi señora tía. ¿Quién es aquí el cuerdo y quién no lo +es?». + +--Pues repito que eso del estado interesante es una papa--dijo la viuda +llena de confusión--. Alguien ha querido darte un bromazo, que por +cierto es de muy mal gusto. + +--Yo le juro a usted que con nadie he hablado de este asunto, +absolutamente con nadie. El conocimiento adquirido es obra del cálculo +puro. Y ahora, por si alguien duda todavía de que yo sea la cordura +andando, voy a dar a todos la última prueba de ella. ¿Cómo? Pues no +volviendo a hablar de semejante asunto. Se acabó. Sigamos la vida +ordinaria... Aquí no ha pasado nada, tía; hágase usted cuenta de que no +hemos hablado nada. ¿No me dijo usted que tenía otra cuenta que +arreglar? Venga; estoy pronto, con una cabeza que es un acero para los +números, pues estos son la pura esencia de la lógica. + +Y se puso a trabajar en las operaciones aritméticas con tanta serenidad, +y un temple tan equilibrado, que doña Lupe salió de la estancia +haciéndose cruces y diciendo que si lo que acababa de oír se lo hubieran +contado los cuatro Evangelistas, no les habría dado crédito. Pero siendo +lo que refirió el sobrino un prodigio de capacidad intelectual, la +señora no las tenía todas consigo respecto al estado de aquella cabeza. +Entráronle alarmas, como las de los peores días pasados, y se puso de un +humor vidrioso no acertando a determinar si aquello de la lógica era una +crisis favorable, o por el contrario, traería nuevas complicaciones. + +Y no estuvo muy feliz Juan Pablo, en la elección de aquel día para hacer +a doña Lupe la proposición de empréstito, pues encontró a la capitalista +dada a todos los demonios. Era el hombre de menos suerte que existía, +pues nunca daba en el quid de la buena ocasión; lástima grande, porque +el discurso que llevaba preparado para convencer a la señora era +admirable, y una roca se ablandaría oyéndolo. Su tía no le dejó pasar +del exordio, negándose absolutamente a contratar ninguna clase de +préstamo ni en las condiciones más usurarias. Total: que salió Juan +Pablo de la casa renegando de su estrella, de su tía y de todo el género +humano, revolviendo en su mente propósitos de venganza con proyectos de +suicidio, pues estaba el infeliz como el náufrago que patalea en medio +de las olas, y ya no podía más, ya no podía más. Se ahogaba. + + + + +--iv-- + + +En la noche de aquel aciago día, que creyó deber marcar con la +piedra más negra que en su triste camino hubiera, Juan Pablo sostuvo en +el café del Siglo las teorías más disolventes. Con gran estupefacción de +D. Basilio Andrés de la Caña, que volvió a la tertulia, embistió contra +la propiedad individual, haciendo creer al propio sujeto y a otros tales +que se había dado un atracón de lecturas prudhonianas. No había visto un +solo libro, ni por el forro, y toda su argumentación ingeniosa sacábala +de la rabia que contra doña Lupe sentía, rencor satánico que habría +bastado para inspirar epopeyas. + +Como el gran principio de la propiedad individual no tenía en aquella +desigual contienda más defensor que D. Basilio, quedó maltrecho. La mesa +de mármol, en torno de la cual formaban animado círculo las caras de los +combatientes, estaba a última hora llena de cadáveres, revueltos con +las cucharillas, con los vasos que aún tenían heces de café y leche, con +la ceniza de cigarro, los periódicos y los platillos de metal blanco, en +los cuales la mano afanadora de D. Basilio no había dejado más que polvo +de azúcar. Dichos cadáveres, horriblemente destrozados, eran la +propiedad, todas las clases de propiedad posibles, el Estado, la Iglesia +y cuantas instituciones se derivan de estos dos principios, Matrimonio, +Ejército, Crédito público, etc... Con admiración de todos, Juan Pablo se +lanzó a la defensa del amor libre, de las relaciones absolutamente +espontáneas entre los sexos, y puso la patria potestad sobre la cabeza +de la madre. Al Papa le deshizo, y la tiara quedó pateada bajo la mesa, +con los pedazos de periódico, los salivazos y el palillo deshilachado de +D. Basilio, quien al fin, en el barullo de la derrota, arrojó lejos de +sí aquel marcador de sus argumentos. También andaba por el suelo la +corona real, triturada por las suelas de las botas, y el cetro de toda +autoridad corría la misma suerte. Las conteras de los bastones, +golpeando con furia el sucio entarimado, remataban las víctimas que iban +cayendo de la mesa, expirantes. Creeríase que Juan Pablo las estrujaba +con los codos, después de acribillarlas con su dialéctica, y cuando +cogía un lápiz y trazaba números con febril mano sobre el mármol, para +probar que no debe haber presupuesto, parecía un Fouquier de Thinville +firmando sentencias de muerte y mandando carne a la guillotina. + +¿Y qué menos podía hacer el desgraciado Rubín que descargar contra el +orden social y los poderes históricos la horrible angustia que llenaba +su alma? Porque estaba perdido, y la cruel negativa de su tía le puso en +el caso de escoger entre la deshonra y el suicidio. Antes de ir al café +había tenido un vivo altercado con Refugio, por pretender ésta que fuese +con ella a Gallo, y el disgusto con su querida, a quien tenía cariño, le +revolvió más la bilis. Sus amigos no podían con él; estaba furioso; poco +faltaba para que insultase a los que le contradecían, y su numen +paradójico se excitaba hasta un grado de inspiración que le hacía +parecer un propagandista de la secta de los _tembladores_. El que mejor +replicaba ¡parece increíble!, era Maxi, que se quedó en el café más +tiempo del acostumbrado, retenido por el interés de la polémica. +Defendía el joven Rubín los principios fundamentales de toda sociedad +con un ardor y una serena convicción que eran el asombro de cuantos le +oían. No se alteraba como el otro; argumentaba con frialdad, y sus +nervios, absolutamente pacíficos, dejaban a la razón desenvolverse con +libertad y holgura. La suerte de Rubín mayor fue que Rubín menor se +marchó a las diez, pues doña Lupe le tenía prescrito que no entrase en +casa tarde, y por nada del mundo desobedecería él esta pragmática. Había +vuelto a la docilidad de los tiempos que se podrían llamar +_antediluvianos_ o que precedieron a la catástrofe de su casamiento. +Dejando que su hermano se arreglara como pudiese con los demás +tratadistas de derecho público, abandonó el café con ánimo de irse +derechito a su casa. Atravesó la Plaza Mayor, desde la calle de Felipe +III a la de la Sal, y en aquel ángulo no pudo menos que pararse un rato, +mirando hacia las fachadas del lado occidental del cuadrilátero. Pero +esta suspensión de su movimiento fue pronto vencida del prurito de +lógica que le dominaba, y se dijo: «No; voy a casa, y han dado ya las +diez... Luego, no debo detenerme». Siguió por la calle de Postas y +Vicario Viejo, y antes de desembocar en la subida a Santa Cruz, vio +pasar a Aurora, que salía de la tienda de Samaniego para ir a su casa. +«¡Qué tarde va hoy!» pensó, siguiendo tras ella por la calle arriba, +hacia la plazuela de Santa Cruz, no por seguirla, sino porque ella iba +delante de él, sin verle. Andaba la viuda de Fenelón a buen paso, sin +mirar para ninguna parte, y llevaba en la mano un paquete, alguna obra +tal vez para trabajar en su casa el día siguiente, que era domingo, y +domingo de Ramos por más señas. + +Como iba más aprisa que él, pronto se aumentó la distancia que les +separaba. En vez de seguir por la calle de Atocha para tomar por la de +Cañizares, como parecía natural (este era el itinerario que usaba Maxi), +la joven se metió por el oscuro callejón del Salvador. En la sombra del +Ministerio de Ultramar la esperaba un hombre que la detuvo un instante: +diéronse las manos y siguieron juntos. «Hola, hola--se dijo Maxi +acechando--, ¿belenes tenemos?». Y viéndoles ir por el callejón +adelante, una idea o más bien sospecha encendió en él vivísima +curiosidad. Siguiéndoles a cierta distancia, se cercioró al punto de lo +que antes fuera presunción, y la certidumbre produjo en su alma +violentísima sacudida. «Es él, ese infame... La espera; van juntos... y +toman la vía más solitaria... Luego, son amantes... ¡Engañar a una pobre +mujer... un hombre casado!...». Determinose en él con poderosa fuerza el +rencor de otros tiempos, aquel rencor concentrado y sutil que era como +un virus ponzoñoso, tan pronto manifiesto como latente, y que al +derramarse por todo su ser, producía tantos y tan distintos fenómenos +cerebrales. Al propio tiempo se desbordaba en el alma del desdichado +joven un sentimiento quijotesco de la justicia, no tal como la estiman +las leyes y los hombres, sino como se ofrece a nuestro espíritu, +directamente emanada de la esencia divina. «Esto lo tolera y aun lo +aplaude la sociedad... Luego, es una sociedad que no tiene vergüenza. +¿Y qué defensa hay contra esto? En las leyes ninguna. ¡Ay, Dios mío, si +tuviera aquí un revólver, ahora mismo, ahora mismo, sin titubear un +instante, le pegaba un tiro por la espalda y le partía el corazón! No +merece que se le mate por delante. ¡Traidor, miserable, ladrón de +honras! ¡Y esa tonta que se deja engañar!... Pero ella no merece la +muerte, sino la galera, sí señor, la galera...». + +Al día siguiente del lastimoso lance ocurrido cerca de Cuatro Caminos, +no estaba Maxi más excitado y rencoroso que aquella noche lo estuvo. En +el tiempo transcurrido desde la noche aciaga de Noviembre, no había +visto a su ofensor sino muy contadas veces, y siempre de lejos; nunca le +había tenido así, tan a tiro... «¡Ay!, ¿por qué no traigo un +revólver?... Ahora mismo le dejaba seco. Si pasara por una armería, lo +compraba... Pero si no tengo dinero. La tía no me da más que los dos +reales para el café. Dios, ¡qué desesperación! Si me infundes la idea de +la justicia, idea lógica, perfectamente lógica, ¿por qué no me das los +medios para hacerla efectiva?... Verle expirar revolcándose en su +sangre; no tenerle ninguna lástima... ¡Que no vea yo esto, Dios!... ¡Que +no lo vea el mundo entero... porque el mundo entero se había de +regocijar...!». + +Después de recorrer la calle de Barrionuevo y la Plaza del Progreso, la +pareja tomó por la calle de San Pedro Mártir, buscando la vía menos +concurrida. «Van a tomar por la calle de la Cabeza--dijo Maxi--, por +donde no pasa un alma a estas horas. ¡Ah!, trasto, ladrón de honras, +asesino... La justicia caerá sobre ti algún día, si no hoy, mañana. Lo +que siento es que no sea por mi mano». Seguíales sin perderles de vista, +a bastante distancia... «Me duelen las contusiones que recibí aquella +noche, como si las acabara de recibir... Perdulario, cobarde, que te +ensañas con los débiles de cuerpo, con los enfermos que no se pueden +tener... A ti se te contesta con una bala... ¡plaf! Y se te deja seco... +Y yo me quedaría tan fresco si te pudiera dar lo que mereces... pero tan +fresco y tan satisfecho como se queda todo el que ha hecho un bien muy +grande, pero muy grande...». + +Al llegar a la calle del Ave María, Rubín se pasó a la acera de los +impares y se puso en acecho en la esquina de la calle de San Simón, en +la sombra. Detuviéronse: Aurora parecía decir a su galán que no siguiese +más. Era prudente esta indicación, y el galán se despidió apretándole la +mano. Maxi le miró subir hacia la calle de la Magdalena, y sentía deseos +de gritar e írsele encima: «Ratero de mi honor y de todos los honores... +ahora las vas a pagar todas juntas». Creía que se le afilaban las uñas +haciéndosele como garras de tigre. En un tris estuvo que Maxi diese el +salto y cayese sobre la presa. La lógica le salvó. «Soy mucho más débil, +y me destrozará... Un revólver, un rifle es lo que yo necesito». + +Cuando los amantes desaparecieron de su vista, Rubín penetró en su casa. +Lo más particular fue que la idea de su mujer se borró de su mente +durante aquel suceso, o quizás personificaba en Aurora la totalidad de +las deslealtades y traiciones femeninas. A solas en su cuarto, fue +acometido de una duda horrible. «Pero esto que me desvela ahora--se +decía revolviéndose en el lecho--, ¿es verdad, o lo he soñado yo? Sé que +entré, sé que caí en la cama, sé que dormí, y ahora me encuentro con +esta impresión espantosa en mi cerebro. ¿Es verdad que les he visto, al +infame y a ella, o lo he soñado? Que yo he tenido un sopor breve y +profundo, es indudable... Pues ya voy creyendo que ha sido sueño... Sí; +sueño ha sido... Aurora es honrada. Vaya con las cosas que sueña uno... +¡Pero no, Dios, si lo vi, si lo estoy viendo todavía, y si tengo +estampadas aquí las dos figuras...! Esto es para volverse loco... ¡y +sería lástima, ahora que estoy tan cuerdo...!». + +Todo el día siguiente estuvo con la misma confusión en su mente. ¿Lo +había visto, o lo había soñado? El Miércoles Santo enviole su tía con un +recado a casa de Samaniego, y después de estarse allí gran rato, oyendo +tocar la pieza, notó que doña Casta hablaba muy vivamente con +Aurora.--«Vaya, hija, que hoy nos has dado un buen plantón. ¡Tres horas +esperándote!... ¿A qué tienes tú que ir hoy al obrador, si hoy no se +trabaja?... Lo mismo que el Domingo de Ramos... Toda la tarde en el +obrador, y luego viene Pepe y me dice que ni has aparecido por allí ni +ese es el camino. ¿En dónde estuviste? ¡En casa de las de Reoyos! ¿Y qué +hacías tú tantas horas en casa de las de Reoyos? Tengo yo que +averiguarlo...». + +Aurora se defendía con ingenio y tesón, como quien sabe que es mayor de +edad y puede, cuando quiera, echar a rodar la autoridad materna; pero no +llegó el caso de hacerlo así. Maxi, aparentando poner sus cinco sentidos +en la pieza que tocaba Olimpia, no perdía sílaba de aquel doméstico +altercado. Gracias que la cuestión ocurrió cuando la niña tenía entre +sus dedos el _andante cantabile molto expresivo_, que si llega a +coincidir con el _allegro agitato_, ni Dios pesca una letra de lo que +hija y madre hablaron. Durante el _presto con fuoco_, Maxi se decía: +«Parece mentira que dudara yo un instante de que aquello era la pura +realidad... ¡Y lo creí sueño...!, ¡qué imbécil!... Un dato tomado de la +existencia positiva me ha quitado todas las dudas. Ahora no me basta con +la lógica, necesito ver algo más... y veré. ¡Qué lección para mi mujer! +¡Oh! Dios mío, ahora me asalta otra duda horrible. Si la mato no hay +lección. La enseñanza es más cristiana que la muerte, quizá más cruel, y +de seguro más lógica... Que viva para que padezca y padeciendo +aprenda... Pero a él debo matarle... ¡a él sí!». + +Oyendo el estrepitoso fin de la pieza, tuvo como un sopor de medio +minuto, y volvió de él asaltado por esta idea que le sacudía: «No, matar +no. Su maldad es necesaria para este gran escarmiento. La vida es lo que +duele y lo que enseña... La muerte para los buenos... para los +perversos, lógica, lógica». + +Apenas se había acabado la tocata, entró doña Casta a decirle: «Maxi, la +señora de Quevedo me ha llamado por la ventana del patio para decirme +que le mande a usted subir un momento. Tiene que enviar un recado a +Lupe». Subió el pobre chico, y _doña Desdémona_ le hizo esperar un +ratito, pues estaba ayudando a su marido a desnudarse. Acababa de +entrar, muy fatigado; le llamaron a las doce y hasta aquella hora no +había podido volver a casa. + +«Querido--dijo a Rubín la dama esférica, tocándole amistosamente en el +hombro--. Hágame el favor de decirle a Lupe que la pájara mala sacó +pollo esta mañana... un polluelo hermosísimo... con toda felicidad...». + +Maxi se rascó una oreja, y sacando de su alma a los labios una sonrisa +extraña, cuya significación no pudo entender la señora de Quevedo, «la +pájara mala--dijo con acento de niño mimoso--, enséñemela usted... y el +pollo... enséñemelo también». + +--No, no, ahora no--replicó _doña Desdémona_ empujándole hacia la +puerta--. Mañana los verá... Vaya ahora a decirle esto a su tía. + + + + +--v-- + + +El interés con que doña Lupe esperaba noticias de la pájara mala y +de si sacaba bien o mal el pollo, no podrá ser comprendido sin tener en +cuenta las grandes ideas que en aquellos días despuntaban en el caletre +de la insigne señora. Su entendimiento excelso sugeríale determinaciones +para todos los casos, y medios de armonizar los hechos con los +principios en la medida de lo posible. Era su lema que debemos partir +siempre de la realidad de las cosas, y sacrificar lo mejor a lo bueno, y +lo bueno a lo posible. Esto lo había aprendido en la experiencia de los +negocios, la cual se aplica con éxito a los asuntos morales, del mismo +modo que el ejercicio de las matemáticas y la agilidad gimnástica que +dan al entendimiento, facilitan el estudio de la filosofía. + +Pues pensando en su sobrina, vino a sentar ciertas bases que discutió +consigo misma, dándolas al fin por indestructibles, a saber: que aquello +no tenía remedio, que la deshonra era inevitable, si bien no recaía +sobre doña Lupe, pues a todo el mundo constaba que ella no alentó ni +favoreció jamás los desvaríos de Fortunata. Esto lo sabían hasta los +perros de la calle. Por consiguiente, bien podía la señora estar +tranquila sobre este particular. Segundo punto: Fortunata sería todo lo +mala que se quisiera suponer; pero había pertenecido a la familia, y la +persona más importante de esta no podía menos de echar una mirada a la +descarriada joven para enterarse de sus pasos, y tratar de impedir que +arrojase sobre el claro apellido de Rubín ignominias mayores. +Presentábase un problema grave, cuya solución no estaba al alcance de +los entendimientos vulgares. Aquel pequeñuelo que iba a presentarse en +el mundo era, por ley de la naturaleza, sucesor de los Santa Cruz, único +heredero directo de poderosa y acaudalada familia. Verdad que por la ley +escrita, el tal nene era un Rubín; pero la fuerza de la sangre y las +circunstancias habían de sobreponerse a las ficciones de la ley, y si el +señorito de Santa Cruz no se apresuraba a portarse como padre efectivo, +buscando medio de transmitir a su heredero parte del bienestar opulento +de que él disfrutaba, era preciso darle el título de monstruo. + +«¡Oh!, si a mí me hubiera pasado lo que le pasa a esa panfilona--se +decía--, ¿cómo no me había de señalar el otro una pensión de alimentos? + +Bonito genio tengo yo para estas cosas... ¡Ah! ¡Pues si esa hiciera caso +de mí, y se dejara llevar...! Lo que es ahora, yo le aseguro que sus dos +o tres mil duros de pensión no se los quitaba nadie... Lo primerito que +yo haría era plantarme en casa de doña Bárbara y leerle la cartilla bien +leída... Y lo haré, lo haré, aunque esa simple no me autorice. No lo +puedo remediar, la iniciativa me alborota todo el espíritu, y reviento +si no le doy salida... Y me inspira lástima lo que va a nacer, porque es +un dolor que viva pobre viniendo de quien viene. Pues el día de mañana +(pongo que sea varón), cuando crezca y sea preciso librarle de quintas, +¿qué va a hacer esa infeliz? No, esto no puede quedar así... ¡pobre +criaturita! Hay que hacer algo, y véase aquí cómo es una caritativa +cuando menos lo piensa... No, lo que es yo no me callo, yo me voy a ver +a doña Bárbara, y con esta labia que tengo y lo bien que pongo los +puntos, le haré ver el disparate de que su nieto esté peor que un +inclusero... porque ¿de qué va a vivir? Las acciones del Banco se las +comerán hijo y madre en un par de años, y con el rédito de los treinta +mil reales no tienen ni para sopas. Lo que es dinero de Maxi no lo han +de ver, de eso respondo, porque sería el colmo de la afrenta y de la +tontería... Nada, nada; que yo doy la campanada gorda, siempre y cuando +el señorito ese no le señale el estipendio en el término de un mes. +Vaya si la doy... Me pongo mi abrigo de terciopelo, mi capota, mis +guantes y ¡hala!... Ahora se me ocurre que debo empezar por darle una +embestida a mi amiga Guillermina, que se hará cargo de la justicia del +caso... Sí, ¡magnífica idea! Guillermina hablará con la otra y... Ahora, +ahora comprenderá esa loquinaria la diferencia que hay entre obrar ella +por cuenta propia y tenerme a mí por consejera y directora. ¿Apostamos a +que ella, si el otro no le da un cuarto, se deja estar con su santa +pachorra, sin atreverse a nada, tragando hiel y muriéndose de hambre? +Pero yo, cuando hago el bien, lo hago contra viento y marea, y se lo +meto en los hocicos a las personas tercas e inútiles que no saben hacer +nada por sí». + +Estas ideas, que fermentaron en el cerebro de aquella gran diplomática y +ministra durante todo el mes de Marzo, determinaron los recaditos que +mandó a Fortunata con Ballester, el encargo que hizo a Quevedo de +asistirla cuando el caso llegara, no vacilando en decir al feo y hábil +profesor de obstetricia que sus honorarios no serían perdidos. Algo la +desconcertó Maxi el día en que se mostró sabedor del secreto, pues la +señora, para hacer todos aquellos proyectos benéficos en interés del +vástago de Santa Cruz, _partía del principio_ de que su sobrino +desconocía en absoluto la verdad. Muchísimo se alegraba de verle tan +sereno; pero la sacaba de quicio el pensar que se volvería razonable +hasta el punto de compadecerse de su mujer, y asignarle alguna pequeña +renta para que no pidiera limosna o se prostituyese. No, el otro, el que +había roto los vidrios, era el que los tenía que pagar. + +A esta altura estaban sus cavilaciones, cuando Maxi le llevó la noticia +que le diera _doña Desdémona_. Lo primero en que doña Lupe puso su +atención inteligente fue en la cara del joven al dar el recado, y se +pasmó de su impavidez, a pesar de que demostraba penetrar el sentido +recto de la alegoría empleada por la señora de Quevedo. Después de +repetir textualmente el recado, añadió: «Ha sido esta mañana. D. +Francisco acababa de llegar y se estaba acostando». + +Doña Lupe no volvía de su asombro. «Vaya, que lo toma con calma. Más +vale así. ¿Y esto es cordura o qué es? Será lo que llaman filosofía... +Dios nos tenga de su mano, si después le da por la filosofía contraria». + +--¿Piensa usted ir a verla?--le preguntó después el chico con la mayor +naturalidad. + +--¿Yo?... pero qué cosas tienes... Veo que es inútil hacer comedias +contigo. Con ese talentazo que estás echando, nada se te escapa... +¡Verla yo! Sólo por curiosidad he querido saber lo que sé... De aquí en +adelante, como si no existiera. ¿No piensas tú lo mismo? + +--Exactamente lo mismo... ¿Ve usted lo frío y sereno que estoy? + +--Así me gusta. Esto se llama ser filósofo en toda la extensión de la +palabra, y elevarse sobre las miserias humanas--dijo la viuda con +emoción verdadera o falsa--. No vuelvas a acordarte más del santo de su +nombre... + +--Y aunque me acordara, tía, aunque me acordara... + +--¿Para qué?... Tú no has de verla. + +--Y aunque la viera, tía, aunque la viera... + +Doña Lupe se inquietó un poco oyendo esta frase, dicha con cierto +sentido de tenacidad maniática. Pero Maximiliano se apresuró a +tranquilizarla con otro argumento: «¿Pero no observa usted lo cuerdo que +estoy? Si no me he visto nunca así, ni en mis mejores tiempos... Ya +quisieran todos...». + +La señora tomó pie de esto último para variar la conversación: «Dices +bien. ¿Sabes que tu hermano Juan Pablo me parece a mí que no está bueno +de la cabeza? Hoy estuvo otra vez a darme la jaqueca... Pues que le he +de hacer el préstamo o se pega un tirito. ¡Como no se mate él! Es el +egoísmo andando. Se necesita atrevimiento. ¡Pedirme dinero un hombre +que, cuando debe, no hay medio de sacarle un real, y se enfada si una +reclama lo suyo! Dice que le van a hacer secretario de un gobierno de +provincia y qué sé yo qué... ¿Tú lo crees? Muy rebajada está la talla +de los empleados; pero no tanto...». + +En aquel segundo ataque desesperado que dio Juan Pablo a su tía, salió +de la casa el pobre hombre más muerto que vivo. Su tía no era ya +simplemente una mujer mala; era un monstruo, una furia, un dragón +mitológico. Aquel tiro con que él se amenazaba a sí mismo, ¡cuánto mejor +estaría empleado en ella! «Pero ese tiro, ¿me lo doy o no me lo doy?... +No tengo más remedio que dármelo--discurría entrando por la calle de la +Magdalena--. Por ninguna parte veo la solución. Sí, lo que es el tiro me +lo pego; vaya si me lo pego... Lo malo es que no tengo revólver... Se me +está figurando que al fin y al cabo no me pegaré tiro ninguno. Es uno +así, tan dejado, que no se arranca... Ya voy viendo yo que una cosa es +decir uno de buena fe que se mata, y otra cosa es hacerlo... Pero en +fin, yo sigo en mis trece, y al fin, me lo tendré que pegar, no habrá +más remedio». + + + + +--vi-- + + +Estuvo con un humor de mil diablos todo el Jueves y Viernes Santo. +El Sábado, a poco de entrar en la oficina, le llamó Villalonga a su +despacho. Rubín se dirigió allá palpitante de emoción. «¡Dios!--se +decía--; ¿será para darme la secretaría? ¡Qué cuña, si no es para esto, +qué cuña, ya no aguanto más! En cuanto salga del despacho del jefe, me +levanto la tapa de los sesos, como hay Dios. La contra es que no tengo +revólver... Me tiraré por el balcón... No, eso no; ¡me haría una +tortilla!... Vamos, que el corazoncito me anuncia secretaría... Ánimo, +chico, que hoy te va a sonreír la suerte». + +El director era hombre muy expeditivo, y sin hacerle sentar le dijo: +«Amigo Rubín, usted es listo y me conviene usted...». + +Rubín vio la cara del director como la del Padre Eterno que los pintores +ponen entre nubes, esmaltadas de angelitos. + +«Me conviene usted, y yo le voy a meter en carrera». + +--Muchas gracias, Sr. D. Jacinto. Ya sabe que estoy a sus órdenes. + +--Pues le voy a dar a usted la gran sorpresa. Yo necesito un hombre; y +como entiendo que usted sabrá desenvolverse en el destino delicadísimo +que le pienso dar... + +--La secretaría de...--No, amigo; es más. Yo, cuando encuentro una +persona que me entra por el ojo derecho, y que sirve, digo _copo_, y la +tomo para que me sirva a mí. Le juro a usted que me conviene, _camará_. +Allá va la bomba. Va usted a ser gobernador de una provincia de tercera +clase. + +Rubín no pudo decir nada. Creyó que se le caía encima el techo del +despacho y todo el Ministerio de la Gobernación. + +«Pues sí, gobernador de _mi_ provincia. Quiero ver cómo arreglo aquello. +Usted no tiene que entenderse más que conmigo. El Ministro me da vara +alta». + +--Señor director--balbució Rubín--, disponga usted de mí. + +--Pues será usted incluido en la combinación que va mañana a la firma +del Rey. Ya hablaremos, y le contaré a usted de cómo está aquello. Creo +que iremos bien. + +Luego echaron un cigarro, y hablaron algo del estado de la provincia, +desflorando el asunto. Empezó a entrar gente en el despacho, y Rubín se +retiró para comenzar sus preparativos. Estaba el hombre que no sabía lo +que le pasaba; creía soñar... se daba pellizcos a ver si estaba +despierto, anduvo algún tiempo por la calle como un insensato... se reía +solo... le dieron ganas de comprar un revólver para ponerse a disparar +tiros al aire... ¡Ah!, lo que debía hacer era meterle un par de balas en +el cuerpo a doña Lupe... sí, por mala, por tacaña... Pero no, no; +perdonar a todo el mundo... La vida es hermosa, y gobernar un pedazo de +país es el mayor de los deleites. A los individuos de Orden Público o de +la Guardia Civil que iba encontrando, les miraba ya como subalternos, y +por poco les manda prender a su tía y a Torquemada. + +En el café, aquella noche, hubo la gran escena. + +Al principio no dijo nada, esperando dar la sorpresa de sopetón; pero +sus amigos conocieron que no era el mismo hombre. Daba un sonsonete de +autoridad a sus palabras, medíalas mucho, tomaba el café con más pausa +que de costumbre, y a cada momento echaba una frasecilla de protección. +«Pero amigo Montes, no hay que apurarse... ya veremos, ya veremos si se +te puede meter en algún hueco... D. Basilio me tiene que dar unos datos +que necesito sobre la recaudación de la provincia de X... Oiga usted, +Relimpio, no se dé prisa a presentar la memoria, porque esta situación +dura. Cánovas tiene para un rato. Es hombre que entiende la aguja de +marear». Y como se suscitara un debate político de los más graves, Rubín +se puso de parte de los que defendían la tesis más razonable, +conciliadora y templada. «Pero ustedes, ¿qué creen, que una sociedad +puede vivir siempre soñando con trastornos? Seamos prácticos, señores, +seamos prácticos, y no confundamos las pandillas de politicastros con el +verdadero país». + +En esto llegó _La Correspondencia_, y a las primeras ojeadas conspicuas +que arrojó sobre las columnas de ella el buen D. Basilio, tropezó con la +combinación de gobernadores, y lanzando un berrido de sorpresa, se +restregó los ojos creyendo que leía mal. Mas convencido de que no era +error, lanzó otra exclamación más fuerte y al instante se enteraron +todos, y Juan Pablo fue objeto de aclamaciones y plácemes, unos +sinceros, otros con su poco de bien disimulada envidia. + +«Hace tiempo que el amigo Villalonga tenía empeño en eso. Hoy ha +machacado tanto que no he podido decirle que no». + +--¡Pero qué callado se lo tenía! + +De todos lados de la cámara... digo del café, vino gente a felicitar al +gobernador, y el mozo, a quien Juan Pablo debía el consumo de cinco +meses, y algunos picos, se puso más contento que si le hubiera caído la +lotería; y hasta el amo del establecimiento fue a dar un apretón de +manos a su parroquiano, diciéndole si podía colocar en las oficinas de +la provincia a un sobrinito suyo que tenía muy buena letra. + +«No le digo que sí ni que no, D. José. Veremos. Tengo la mar de +compromisos... Pero ya sabe usted que haré los imposibles por +servirle... Usted me manda». + +El hombre compensó con los goces de aquella noche los sufrimientos y +tristezas de tantísimos meses. Toda la gente que próxima estaba, +mirábale con cierta expresión de asombro y respeto, como se mira a quien +es, ha sido o va a ser algo en el mundo. En cuantos asuntos se trataron +aquella noche en el círculo, Rubín hizo gala de las ideas más sensatas. +Era preciso moralizar la administración provincial, desterrar abusos; +sobre todo, en el destierro de los abusos insistió mucho. Su plan de +conducta era muy político... contemporizar, contemporizar mientras se +pudiera, apurar hasta lo último el espíritu conciliador; y cuando se +cargara de razón, levantar el palo y deslomar a todo el que se +desmandase... Mucho respeto a las instituciones sobre que descansa el +orden social. Cuando va cundiendo el corruptor materialismo, es preciso +alentar la fe y dar apoyo a las conciencias honradas. Lo que es en su +provincia, ya se tentarían la ropa los _revolucionarios de oficio_ que +fueran a predicar ciertas ideas. ¡Bonito genio tenía él...! En fin, que +el pueblo español está ineducado y hay que impedir que cuatro pillastres +engañen a los inocentes... La mayoría es buena; pero hay mucho tonto, +mucho inocente, y el Gobierno debe velar por los tontos para que no sean +engañados... En cuanto a moralidad administrativa, no había que hablar. +Él no pasaba ni pasaría por ciertas cosas. Ya le había dicho a +Villalonga que aceptaba con la condición de que no le pondría veto a la +persecución y exterminio de los pillos... «A muchos que mangonean ahora, +les he de llevar _codo con codo_ a la cárcel de partido... Yo soy así; +hay que tomarme o dejarme». + +Don Basilio era de los que sinceramente se alegraban del _golpe de +suerte_ que había tenido Juan Pablo. Aquel destino no era _de su ramo_, +y por tanto, no lo envidiaba. Si se hubiera tratado de la dirección +económica de una provincia, D. Basilio habría sentido tristeza del bien +ajeno. Pero no le sacaran a él de sus números... Por cierto que el +Ministro le había encargado un trabajo que le traía marcado... _proyecto +de reglamento para la cobranza del subsidio industrial_... «Siempre me +caen a mí estos turrones. Ocurre en secretaría que no se conocen los +antecedentes de tal o cual cosa... '¡Ah!, la Caña lo sabrá'. Piden en el +Congreso una nota del estado en que se halla la codificación de +Hacienda. ¡Qué lío! Nadie sabe una palabra... '¡Ah!... a ver... la +Caña'. Y la Caña les saca del apuro. Que el Ministro quiere enterarse de +los trabajos hechos para el establecimiento del Registro fiscal, que es +el gran medio para descubrir la riqueza oculta... Pues toda la casa +revuelta; busca por aquí, busca por allá. Hasta que a uno se le ocurre +decir... 'Eso la Caña...' y efectivamente; como que la Caña es el que +hizo los primeros estudios del Registro fiscal». Total, que si por +desgracia llegaba a faltar D. Basilio del Ministerio de Hacienda, este +se venía abajo de golpe como un edificio al cual falta el cimiento. + +Leopoldo Montes aspiraba a que Rubín le llevase de secretario; pero esto +no era fácil. «Chico, yo se lo diré a Villalonga. Creo que me dan el +secretario hecho... Veremos si te meto de inspector de policía». Otros +tertuliantes sentían envidia, y aunque felicitaban y adulaban al +favorecido, al propio tiempo hacían pronósticos de las dificultades que +había de tener en el gobierno de su ínsula. Pero ello es que la lisonja +y la envidia, la codicia ambiciosa, la curiosidad y la novelería +aumentaban considerablemente el personal de la tertulia en el tiempo que +medió entre el nombramiento y la salida de Rubín para su destino. Mucho +ajetreo tuvo aquellos días para arreglar sus asuntos y proveerse de +ropa. Y no dejaron de molestarle también y entorpecerle ciertas +disensiones domésticas, pues Refugio, que ya se estaba dando pisto de +gobernadora, y se había despedido de sus amigas con ofrecimientos de +protección a todo el género humano, se quedó helada cuando su señor le +dijo que no la podía llevar... Pucheros, lloros, apóstrofes, quejas, +gritos... «Pero, hija de mi alma, hazte cargo de las cosas; no seas así. +¿No comprendes que no me puedo presentar en mi capital de provincia con +una mujer que no es mi mujer? ¡Qué diría la alta sociedad, y la pequeña +sociedad también, y la burguesía!... Me desprestigiaría, chica, y no +podríamos seguir allí. Esto no puede ser. Pues estaría bueno que un +gobernador, cuya misión es velar por la moral pública, diera tal +ejemplo. ¡El encargado de hacer respetar todas las leyes, faltando a las +más elementales!... ¡Bonita andaría la sociedad, si el representante del +Estado predicara prácticamente el concubinato! Ni que estuviéramos +entre salvajes... Convéncete de que no puede ser. Tú te quedas aquí y yo +te mandaré lo que vayas necesitando... Pero lo que es allá no me pongas +los pies... porque si lo hicieras, tu _chachito_ se vería en el caso de +cogerte... ya sabes que tengo mucho carácter... de cogerte y mandarte +para acá por tránsitos de la Guardia civil». + + + + +-VI- + +Final + + + + +--i-- + + +Fortunata sintió ruido en la puerta y esta voz: «¿Se +puede?».--«Pase usted, D. Segismundo» dijo reconociendo al regente de la +botica. Y entró el tal con cara risueña y actitud oficiosa, como de +persona que cree ser útil. Estaba la joven incorporada en su lecho, con +chambra y pañuelo a la cabeza. «¡Qué reguapa está!--pensaba Ballester al +saludarla, apretándole mucho la mano--. ¡Lástima de mujer!». + +«Ayer no pasó usted--le dijo ella con amabilidad--, porque yo no sabía +quién era, y no quiero recibir visitas. Estoy muerta de miedo, y por las +noches sueño que alguien viene a robármelo. ¿Quiere usted verle?...». + +A su lado estaba, durmiendo con plácido sueño, el recién venido +personaje, cuyas precoces gracias quería mostrar a su amigo. Así lo hizo +con más orgullo que vergüenza, y apartó las sábanas, dejando ver la +carita sonrosada y los puños cerrados del tierno niño. + +«¡Cuidado que es bonito!» dijo Ballester inclinándose--. + +Tiene a quien salir por una y otra banda. + +--Dos horas hace que está tan dormidito. ¡Qué ángel! ¡Y si viera usted +qué pillo es, y qué tragón! Viene determinado a darse buena vida. Si lo +viera usted cuando se pone a mirarme... ¡Pobrecito! Me quiere mucho. +Sabe que le quiero más que a mi vida, y que es para mí el mundo entero. + +--Ya sabe usted lo convenido. Seré padrino de Su Excelencia. Usted me lo +prometió la última vez que nos vimos. + +--Sí, sí, y no me vuelvo atrás. Usted será padrino. + +--Y después del primer nombre, que usted designará (poniéndose muy +inflado), llevará el mío, Segismundo. ¿Qué le parece a usted? + +--Muy bien. Se llamará Juan, después Evaristo, y después Segismundo. + +--Bueno; transijo con el tercer lugar en el escalafón, pero de ahí no +paso; como usted me quiera echar al cuarto, me sublevo. + +Ambos se rieron. Ballester se había sentado en una silla junto al lecho, +y no quitaba los ojos de aquella mujer, que le parecía entonces más +hermosa que nunca. «Le daría cuatro besos--pensaba--; pero de amistad, +de pura amistad, porque me interesa esta infeliz... y digan lo que +quieran, no es tan mala como se cree por ahí». Después empezó a dar +noticias de la familia y amigos, las cuales oía Fortunata con gran +curiosidad. «Doña Lupe, con toda su fiereza, no la olvida a usted. Todos +los días nos pide noticias a mí o a Quevedo, y pregunta también por el +muchacho, si es robusto, si mama bien, si tiene algún defecto +físico...». + +--¡Defecto!...--exclamó la madre indignada--. Si es una preciosidad. Más +perfecto es que las perfecciones. Se lo enseñaré a usted desnudo, para +que vea qué hermosura de hijo. Estoy loca con él. Me parece que han de +venir a quitármelo. Y no crea usted; ¡hay tanta envidiosona...! + +Dejando que pasara la racha de entusiasmo maternal, Ballester continuó +así: «Pero lo que la pasmará a usted es saber que el amigo Maxi está tan +mejorado, pero tan mejorado, que si le ve usted no le conoce». + +--¿Pero es de verdad?... Quia: guasas de usted. + +--No hija. Siempre que ocurre en la casa o en la vecindad algo difícil +de resolver, se le consulta a él. Está hecho un Salomón. _Doña +Desdémona_, cuando surge alguna dificultad en su república de pájaros, +le llama, y lo que él dice, se hace. + +--Vaya, que hoy estamos de vena. Ojalá fuera verdad lo que usted dice. +Yo me alegraría mucho, con tal que no se acordara de mí para nada, ni +supiera que estoy viva. + +--Pues eso sí que no lo logra usted... Todo lo sabe. + +--¡Ay, no me lo diga, por Dios! (asustadísima y palideciendo). No sabe +usted el miedo que me ha entrado. Ya no voy a tener un minuto de +tranquilidad. ¿Pero es eso verdad? No se divierta conmigo, Ballester; +mire que estoy temblando de miedo. + +--¿Miedo a qué? Si está muy razonable, y más tranquilo que nunca. Todas +sus ideas son ideas de benevolencia y tolerancia. Habla poco, y a lo +mejor se descuelga diciendo cosas muy buenas. No le suelta a usted un +disparate ni aunque se lo pida por favor. Respecto de usted, creo que el +sentimiento que tiene es la indiferencia, si es que la indiferencia se +puede llamar sentimiento. + +--No me fío, no me fío (meditaba, demostrando en el tono que no las +tenía todas consigo). Verá usted cómo el mejor día... + +La conversación pasó de Maximiliano a _las Samaniegas_, mostrando +Fortunata gran extrañeza de que Aurora no se acordase de ella. «Es una +mala crianza, porque bien sabe dónde estoy, y desde su obrador aquí se +viene en tres minutos. Y si no quería ella venir, ¿qué le costaba mandar +una oficiala a preguntar si vivo o si muero?... Crea usted que esto me +duele; porque yo, a quien me quiere como dos le quiero como catorce». + +Ballester contestó con un gran suspiro, al cual no dio su interlocutora +la interpretación conveniente. De pronto el farmacéutico mudó el tema: +«¡Ah!, me olvidaba de lo mejor. ¿Sabe usted que el crítico y yo nos +hemos hecho amigos? ¡Quién lo creería! ¡Tanto como yo le odiaba! Pues +verá usted. Padillita le metió un día en la botica, y yo empecé a darle +guasa con sus críticas, diciéndole que me gustaban mucho. Pues resulta +que es muy modesto y que se asusta cuando le elogian lo que escribe. +Poco a poco hemos ido intimando, y toda la inquina que le tenía se ha +evaporado. Es tan honradito el pobre Ponce, que todo lo que escribe es +de conciencia, y hasta cuando elogió el dramón aquel que a mí me sacaba +de quicio, lo hizo porque le salía de dentro. Y aunque le paguen tarde, +mal y nunca, él tan conforme en su _sacerdocio_; lo toma en serio, y le +parece que nadie ha de tener opinión sobre las obras si él no la da. Ha +hecho oposición a una placita en el Tribunal de Cuentas y la ha ganado. +¿Pues qué cree usted? El infeliz tiene que mantener a su madre, que está +enferma; y yo, desde que me contó su historia, no le cobro nada por las +medicinas. Le damos bromas con Olimpia y la pieza que toca, diciéndole +que su adorada es muy romántica y que no tenga miedo de casarse, porque +no come. Ni necesitan cocinera, ni cocina, ni siquiera cesto para la +compra. Yo le digo que abandone el _sacerdocio_ y que deje a los +autores y al público que se arreglen como quieran. Está conforme +conmigo, y por fin me ha revelado un secreto: ha escrito un drama y lo +tiene en el Español; y como se represente, el exitazo es seguro. La +noche del estreno pienso ir con todos mis amigos para armar un alboroto +y llamar al autor a la escena lo menos cuarenta veces. Me quiere leer la +obra y yo le he dicho que me la deje allí. Sin leerla, le diré que es +magnífica, y un amigo mío periodista pondrá un sueltecito con aquello de +que _en los círculos literarios se habla mucho, etc_... Le digo a usted que +me interesa mucho ese infeliz, y que haría yo algo por él si pudiera. En +_bálsamo tranquilo_ le tengo dado ya más de medio cuartillo, y el +extracto de belladona se lo lleva de calle, porque lo que padece la mamá +es reuma. También le he hecho una bizma para la cintura que vale +cualquier dinero. Yo soy así; al que me entra por el ojo derecho, le doy +hasta la camisa. ¡Y si viera usted qué cariño me ha tomado Ponce! +Echamos largos párrafos sobre el arte realista, y el ideal, y la emoción +estética, y cuanto yo digo, aunque sea un gran desatino, porque en mi +vida las he visto más gordas, lo escucha como el Evangelio, y yo me doy +con él un lustre que no hay más que ver. Fuera de estas tonterías de la +crítica, es un alma de Dios, muy agradecido, muy delicado, sin más +debilidad que la de querer a Olimpia y figurarse que un hombre de sesos +se puede casar con semejante inutilidad. Yo me he propuesto quitárselo +de la cabeza, y creo que lo voy consiguiendo. Porque yo le digo: «¿Con +qué se van a mantener? ¿Con la pieza?». Si se casa, van a ser cuatro de +familia; el matrimonio y la mamá de él, enferma, y una hermanita que, +según me ha contado Ponce, debe de tener hambre canina. De esto hablamos +largamente en la botica, que llamamos el _círculo literario_, y le voy +engatusando. Olimpia me sacaría los ojos si supiera las cosas que le +digo a su novio; pero que se fastidie. Ya le he conocido siete _osos_, y +lo que es a este no le pesca tampoco. Yo le he tomado bajo mi +protección, y le he de salvar. ¡Buen turrón le caía si se casara...!». + +--¡Qué risa con usted! ¡Pobre Ponce! Ya le decía yo que era un buen +chico, y usted empeñado en darle la morcilla. + +--¡Ah!, de buena escapó. Guardo la fatídica yema para otro, sí, para +otro, en quien ahora recaen todos mis odios. No me pregunte usted quién +es, porque no se lo he de decir... Se lo diré después que se la haya +zampado, porque se la tiene que comer, como este es día. + +En esto, el ruido de voces, que sonaba en la salita próxima aumentó +considerablemente, y a los oídos de Ballester llegaban estas palabras: +_envido a la chica, órdago a los pares_. + +«Es mi tío José--dijo Fortunata--, que está jugando al mus con su amigo. +Le mando que venga aquí para que me acompañe mientras estoy en la cama, +porque tengo mucho miedo, y para que no se aburra, hago que le traigan +una botella de cerveza y le permito que venga su amigo a hacerle +compañía». + +Ballester se asomó a la puerta entornada para ver a la pareja. No +conocía a ninguno de los dos; pero la cara de Ido del Sagrario no era +nueva para él, y creía haberla visto en alguna parte, aunque no +recordaba dónde ni cuándo. + + + + +--ii-- + + +La primera vez que Ballester vio a Izquierdo y a su docto amigo, +no les dijo más que algunas palabras dictadas por la buena crianza; pero +a la segunda se cruzó entre ellos tal tiroteo de cumplidos, +ofrecimientos y franquezas, que no había de tardar la amistad en unirles +a los tres con apretado lazo. + +Desde su alcoba, donde continuaba encamada, Fortunata se reía de las +ocurrencias de Segismundo buscándole la lengua a _Platón_ y a Ido del +Sagrario, a quien solía llamar _maestro_. Siempre que iba por las noches +el farmacéutico, les encontraba infaliblemente y se divertía con ellos +lo indecible. + +Mucho agradecía la desdichada joven aquellas visitas. Ballester era el +corazón más honrado y generoso del mundo, y tenía cierta vanidad en +tomar sobre sí el cumplimiento de los deberes que correspondían a otros +y que estos otros olvidaban. Y aunque alentara, con respecto a la señora +de Rubín, pretensiones amorosas a plazo largo, no dejaban por eso de ser +puros y desinteresados sus actos de caridad, y habrían sido lo mismo aun +en el caso de que su amiga espantara de fea y careciese de todo +atractivo personal. + +Fortunata iba adquiriendo confianza con él, y le revelaba sus +pensamientos sobre diferentes cosas. No obstante, algo había que no se +atrevía a manifestar, por no tener la seguridad de ser bien comprendida. +Ni Segunda ni José Izquierdo lo comprenderían tampoco. Y como le era +forzoso echar fuera aquellas ideas, porque no le cabían en la mente y se +le rebosaban, tenía que decírselas a sí misma para no ahogarse. «Ahora +sí que no temo las comparaciones. Entre ella y yo, ¡qué diferencia! Yo +soy madre del único _hijo de la casa_, madre soy, bien claro está, y no +hay más nieto de don Baldomero que este rey del mundo que yo tengo +aquí... ¿Habrá quien me lo niegue? Yo no tengo la culpa de que la ley +ponga esto o ponga lo otro. Si las leyes son unos disparates muy gordos, +yo no tengo nada que ver con ellas. ¿Para qué las han hecho así? La +verdadera ley es la de la sangre, o como dice Juan Pablo, la +Naturaleza, y yo por la Naturaleza le he quitado a la _mona del Cielo_ +el puesto que ella me había quitado a mí... Ahora la quisiera yo ver +delante para decirle cuatro cosas y enseñarle este hijo... ¡Ah!, ¡qué +envidia me va a tener cuando lo sepa!... ¡Qué rabiosilla se va a +poner!... Que se me venga ahora con leyes, y verá lo que le contesto... +Pero no, no le guardo rencor; ahora que he ganado el pleito y está ella +debajo, la perdono; yo soy así». + +«Pues él, ¡digo!, cuando lo sepa, ¿qué hará?, ¿qué pensará? ¡No acabo de +cavilar en esto, Dios mío! Él será un pillo, y un ingrato; pero lo que +es a su nene le tiene que querer. Como que se volverá loco con él. Y +cuando vea que es su retrato vivo ¡Cristo! ¡Pues digo, si doña Bárbara +le viera...! Y le verá, toma, le verá... Como hay Dios, que se vuelve +loca. ¡Qué contenta estoy, Señor, qué contenta! Yo bien sé que nunca +podré alternar con esa familia, porque soy muy ordinaria, y ellos muy +requetefinos; yo lo que quiero es que conste, que conste, sí, que una +servidora es la madre del heredero, y que sin una servidora no tendrían +nieto. Esta es mi idea, la idea que vengo criando aquí, desde hace +tantísimo tiempo, empollándola hasta que ha salido, como sale el +pajarito del cascarón... Bien sabe Dios que esto que pienso, no es +porque yo sea interesada. + +Para nada quiero el dinero de esa gente, ni me hace maldita falta: lo +que yo quiero es que conste... Sí, señora doña Bárbara, es usted mi +suegra por encima de la cabeza de Cristo Nuestro Padre, y usted salte +por donde quiera, pero soy la mamá de su nieto, de su único nieto». + +Quedábase muy convencida después de sentar estas arrogantes +afirmaciones, y la satisfacción le producía tal contento, que se ponía a +cantar en voz baja, arrullando a su hijo; y cuando este se dormía, +continuaba rezongando como la pájara en el nido. El gozo, algunas +noches, no la dejaba dormir, y se pasaba largas horas jugando con su +idea ya realizada, saltándola como Feijoo saltaba el _bilboquet_. + +Quevedo iba a verla todos los días, y aunque la encontraba muy bien, +ordenaba que no se levantase. ¡Qué aburrimiento estar tanto tiempo +prisionera! Gracias que con su chiquitín se entretenía. De noche le +ayudaba Segunda a fajarlo y limpiarlo; por el día Encarnación, que era +muy lista y se volvía loca de gusto cuando su ama le dejaba tener el +pequeñuelo en brazos durante algunos minutos. En sus ratos de alegría +delirante, Fortunata se acordaba mucho de Estupiñá. «Pero, tía, ¿no se +ha tropezado usted en la escalera con Plácido? Dígale que pase, que le +tengo que hablar». Respondía Segunda que no una ni dos veces, sino más +de veinte había encontrado al tal; pero que todas las chinitas que le +echaba para que subiese habían sido como si no. «Me puso una cara, +chica, cuando le conté la novedad, que parecía un juez de primera +_estancia_. Y ayer me dijo: '¡Quite usted allá, so chubasca, +encubridora; a usted y a la otra farfantona, las voy a poner en la +calle!'». + +--Ya se amansará. ¿Qué apostamos a que se amansa?--decía la joven +sonriendo--. Yo quiero que entre y vea esta estrella que se ha caído del +Cielo. + +Tanto hizo Segunda y tales enredos armó, que Estupiñá entró una mañana, +gruñendo y echándoselas de hombre de mal genio que tiene que contraer +todos los músculos de su cara para enfrenar su indignación. A cuanto le +decían Segunda y su hermano, respondía con bufidos; y si la señora de +Izquierdo no me le sujeta por un brazo, de fijo que echa a correr por +las escaleras abajo. «No se puede tratar con estas tías farfantonas... +Vaya usted al rábano. Vaya usted muy enhoramala». Pero dando estos +respiros a su ira verdadera o falsa, ello es que no se marchaba, y +Segunda le metió casi a la fuerza en la alcoba. Obedeciendo a un impulso +instintivo, Estupiñá se quitó el sombrero en el momento en que sentía +los chillidos del heredero de Santa Cruz que estaba pidiendo la teta con +mucha necesidad. Al ver que el hablador descubría su venerable cabeza, +Fortunata sintió en su alma inundación de alegría, y se dijo: «Eso es, +saluda a tu amito. Él te protegerá como te han protegido sus abuelos y +su padre». Plácido se inclinó para verle, y aunque se quería hacer el +hombre terrible, se le escapó esta frase: «Clavado, _talmente_ +clavado...». + +«¡Qué feo es!... ¿verdad, D. Plácido?--dijo la madre, radiante de +gozo--. ¿Qué, no le da un beso?... ¿Cree que le va a pegar algo? +Descuide, que lo bonito no se pega... ¿Sabe una cosa don Plácido? Me +parece que le va usted a querer... y él a usted también. ¿A que sí?». + +El hablador murmuraba algo que no se oía bien. Estuvo un momento como +indeciso entre el furor y la suavidad. Después rompió a hablar con +Segunda sobre si esta ponía o no ponía aquel año cajón en San Isidro, y +se retiró al fin, despidiéndose de una manera que bien podía pasar por +conciliadora. Fortunata estaba contentísima, y se decía: «De seguro que +ahora mismo va con el cuento. Es lo que yo quiero, que lleve el chisme». +Encadenando ideas, se daba a pensar en el gusto que tendría de ver a +doña Guillermina, presumiendo al mismo tiempo que si la viera había de +sentir mucha vergüenza. «Le pediré perdón por lo mal que me porté aquel +día, y me perdonará... como esta es luz. De fijo que me calienta las +orejas; pero paso por todo con tal de ver la cara que pone delante de +este hijo. A ver qué tiene que decir de mi idea. ¿Qué se le ocurrirá? +Alguna cosa que yo no entenderé ni la entenderá nadie... Diga lo que +quiera y tómelo por donde lo tome, Dios no puede volverse atrás de lo +que ha hecho; y aunque se hunda el mundo, este hijo es el _verídico +nieto natural_ de esos señores, D. Baldomero y doña Bárbara... y la +otra, con todo su ángel, no toca pito, no toca pito... eso es lo que yo +digo. Que me presente uno como este... No lo presentará, no. Porque Dios +me dijo a mí: _tú pitarás_; y a ella no le ha dicho tal cosa. Y si doña +Bárbara se chifló por el _Pituso_ falso, ¡cómo no se dislocará por el de +oro de ley! De lo contenta que estoy, creo que me voy a poner mala... Y +de fijo que Estupiñá lleva el cuento. La que yo quiero que lo sepa +primero de todos es mi amiga _la obispa_. ¿Apostamos a que viene a +verme? Ya... no se le queda a ella en el cuerpo el sermón que me tiene +preparado. ¡Vengan sermones! No me importa; mejor. Yo le diré que tiene +razón; pero que yo tengo el hijo, y allá se van hijos con razones». + +Esta visita teníala por infalible, pues la santa era muy amiga de echar +réspices y de enderezar a las que cometían pecados gordos. Tan segura +estaba de verla, que siempre que sonaba la campanilla creía que era +ella, y se preparaba a recibirla, arreglando la cama y poniéndose con la +mayor decencia posible, trémula de emoción y esperanza. + + + + +--iii-- + + +El bautizo se celebró con modestia suma en San Ginés, una mañana +de Abril, y le pusieron al chico los nombres de Juan Evaristo Segismundo +y algunos más. Ballester se corrió gallardamente aquel día a convidar a +Izquierdo y a Ido del Sagrario en el próximo café de Levante. Instó +mucho al _maestro_ a que tomara un _biftec_; pero D. José lo rehusó, +aunque buenas ganas tenía de aceptarlo. De solo oler la carne y ver la +sangre de ella y la grasa en el plato de sus amigos, le parecía que se +trastornaba. Su almuerzo fue un café con media tostada de abajo... y +otra media de arriba. Tras el café vinieron las incitantes copas, y +también les hizo escrúpulos el profesor; no así _el modelo_, que se +llenó el cuerpo de ron hasta que ya no podía más, sin que por eso se +perturbase su sólida cabeza, que debía de ser un alambique. Mientras +comían, vieron pasar a Maximiliano Rubín, que salía del café; pero como +él no aparentó verlos, no le dijeron nada. A eso de la una, Ballester se +fue a su botica y los dos Josés a la casa de la Cava. Era domingo y +ninguno de los dos tenía ocupaciones. Izquierdo mandó a Encarnación por +una _grande_ de cerveza, y sacando de una caja muy sucia el juego de +dominó, extendió y mezcló las fichas para empezar una partidita. Y +cuentan las crónicas _platónicas_, que antes de llegar a la mitad del +segundo juego, las pobres fichas se quedaron solas. Ido se había +levantado y daba paseos por la sala. Izquierdo se dejó caer sobre el +sofá de Vitoria y dormía como un _verídico_ bruto, el sombrero sobre los +ojos, la boca abierta y las cuatro patas estiradas. La señá Segunda se +llevó a Encarnación a la plazuela, porque la noche antes había habido +fuego en dos o tres puestos inmediatos al de ella, y se pasó la mañana +ayudando a sus compañeras a meter los trastos que se sacaron, y a +reparar lo que de reparación era susceptible. + +Fortunata estuvo aquel día aburridísima, con muchas ganas de levantarse. +Por respeto a las ordenanzas del señor de Quevedo, seguía en la cama, +pero ya no aguantaría aquella cárcel enojosa dos días más. Juan Evaristo +Segismundo, después que le trajeron de San Ginés, estaba tan guapote y +satisfecho, cual si tuviera conciencia de su dichoso ingreso en la +familia cristiana; y para celebrarlo, en cuantito llegó al lado de su +madre, buscó la despensa y se puso el cuerpo que no le cabía una gota +más de leche. Oía Fortunata los ronquidos del venerable _Platón_, cual +monólogo de un cerdo, y sentía también los paseos de Ido, y algún +monosílabo ininteligible, suspiros que parecían ayes de pena o +invocaciones poéticas; y cuando el profesor llegaba en su deambulación +febril a la puerta de la alcoba, creía distinguir sus manos o parte de +un brazo que subían hasta cerca del techo. Luego sonó la campanilla y D. +José fue a abrir. Fortunata creyó que era Encarnación que volvía de la +plazuela; pero se equivocaba. No tardó en oír cuchicheos en la puerta. +¿Quién sería? Después sintió pasos y un chillar de botas que la hicieron +estremecer, y se quedó muda de terror al ver en la puerta a Maximiliano. +Era él; así lo afirmó después de dudarlo un momento. La estupefacción +que sentía apenas le permitió dar un grito, y su primer movimiento fue +echarle los brazos al nene, decidida a _comerse a bocados_ a quien +intentase hacerle daño o quitárselo. Rubín estuvo más de un minuto sin +dar un paso, clavado en la puerta y destacándose dentro del marco de +ella como la figura de un cuadro. ¡Cosa rara! Ningún signo de hostilidad +se veía en su cara ni en su ademán. Miraba a su mujer con seriedad, pero +sin dureza, y cuando dio los primeros pasos para acercarse a la cama, su +expresión era casi indulgente. Pero ella no las tenía todas consigo, y +le miró como quien se dispone a una defensa enérgica. «Tío, tío--dijo +alzando la voz--. Encarnación...». Como ni Izquierdo ni la criada +respondieran, quiso llamar al esperpento aquel que en el cuarto se +paseaba. Mas al ir a pronunciar su nombre se le borró de la memoria. + +«¿Cómo diablos se llama este hombre?... Usted, venga acá... ¡Ah!, ya me +acuerdo. Señor Sagrario, haga el favor de despertar a mi tío». Pero ni +el tío despertaba, ni D. José se hacía cargo de que le llamaban. + +«Parece que me tienes miedo, y que pides socorro--le dijo Maxi con fría +bondad--. No te voy a comer. Estás equivocada si piensas que vengo de +malas. Si no se trata ya de matarte ni de matar a nadie... Esa idea +estúpida voló... por fortuna de todos». + +Diciendo esto se sentó en la silla, y quitándose el sombrero lo puso +sobre la cama. Fortunata le encontró más delgado; la calva parecía +mayor, y sus miradas tenían cierto reposo que la tranquilizó. + +«Aunque nadie me ha dicho una palabra--prosiguió Rubín--, sé todo lo que +te ha pasado; lo he sabido por mi propia razón, y vengo a compadecerte y +a hacerte un gran bien... Porque yo perdí la razón, bien lo sabes; pero +luego la volví a adquirir. Dios me la quitó y me la volvió a dar tan +completa, que en este momento estoy más cuerdo que tú y que toda la +familia. No te asombres, hija, que bien conocerás por lo que voy a +decirte que mi cabeza está buena, tan buena como nunca lo estuvo. Qué, +¿no lo crees?». + +Fortunata no sabía si creerlo o no. Su miedo no se había extinguido, y +esperaba que tras aquellas palabras tranquilas, vinieran otras airadas +y sin pies ni cabeza. No dijo nada, y siguió protegiendo a su hijo, en +actitud de defenderle al primer ataque. Maxi no parecía reparar en el +niño. Con gran serenidad habló así: + +«Tan sano estoy de la cabeza, que me hago cargo de tu situación y de la +mía. Ya entre tú y yo no puede haber nada. Nos casamos por debilidad +tuya y equivocación mía. Yo te adoraba; tú a mí no. Matrimonio +imposible. Tenía que venir el divorcio, y el divorcio ha venido. Yo me +volví loco, y tú te emancipaste. Los disparates que habíamos hecho los +enmendó la Naturaleza. Contra la Naturaleza no se puede protestar». + +Miraba el bulto que en la cama hacía Juan Evaristo; pero como su ademán +no tenía nada de hostil, Fortunata se iba sosegando. + +«¡Ya sé lo que hay aquí! ¡Pobre niño! Dios no ha querido que sea mío. Si +lo fuera, me querrías algo. Pero no lo es, todo el mundo lo sabe, y lo +sé yo también... Divorcio consumado. Más vale así. Yo no debí casarme +contigo. Bien lo pagué perdiendo la razón. ¿Qué debo hacer ahora que la +he recobrado? Pues ver las cosas de muy alto, y acatar los hechos, y +observar las lecciones tremendas que da Dios a las criaturas... Antes me +las dio a mí... ahora a ti. Prepárate. No vengo a hacerte daño, sino a +anunciarte la buena nueva de la lección, porque estas pedradas que +vienen de arriba sanan, curan y fortalecen». + +--Pero este hombre--se decía Fortunata--, ¿está cuerdo o está más loco +que antes? Buena jaqueca me está dando; pero como no pase de ahí, se le +puede aguantar. + +Algo quiso decir en alta voz; pero él no la dejaba meter baza, y como si +trajera un discurso preparado y no quisiera dejar de pronunciar ninguna +de sus partes, pegó en seguida la hebra: «¿Te acuerdas de cuando yo +estaba loco? Los ratos que te di te los tenías bien merecidos; porque en +realidad te portabas muy mal conmigo. Tu infidelidad se me había metido +a mí en la cabeza; no tenía ningún dato en qué fundarme; pero el +convencimiento de ella no lo podía echar de mí. No sé decir bien si soñé +que ibas a ser madre, o si me inspiraron esta idea los celos que tenía. +Porque yo tenía unos celos ¡ay!, que no me dejaban vivir. 'Mi mujer me +falta--decía yo--, no tiene más remedio que faltarme; no puede ser de +otra manera'. Y como por lo mucho que te quería, yo no encontraba a tu +pecado más solución que la muerte, ahí tienes por qué me nació en la +cabeza, lo mismo que nace el musgo en los troncos, aquella idea de la +liberación, pretextos y triquiñuelas de la mente para justificar el +asesinato y el suicidio. Era aquello un reflejo de las ideas comunes, el +pensar general modificado y adulterado por mi cerebro enfermo. ¡Ay, qué +malo me puse! Te digo que cuando inventé aquel sistema filosófico tan +ridículo, estaba en el periodo peorcito. No me quiero acordar. Los +disparates que yo decía los recuerdo como se recuerdan los de las +novelas que uno ha leído de niño; y ahora me río de ellos, y calculo +cuánto se reirían los demás. ¿Te acuerdas tú?». + +Fortunata respondió que sí con la cabeza. No le quitaba los ojos, +siguiendo atentamente sus movimientos por ver si se descomponía, y estar +preparada a cualquier agresión. + +«Después me atacó lo que yo llamo la _Mesianitis_... Era también una +modificación cerebral de los celos. ¡El Mesías... tu hijo, el hijo de un +padre que no era tu marido! Empezó por ocurrírseme que yo debía matarte +a ti y a tu descendencia, y luego esta idea hervía y se descomponía como +una sustancia puesta al fuego, y entre las espumas burbujeaba aquel +absurdo del Mesías. Examínalo bien, y verás que todo era celos, celos +fermentados y en putrefacción. ¡Ay, hija, qué malo es estar loco! Cuánto +mejor es estar cuerdo, aunque uno, al recobrar el juicio, se encuentre +apagado el hornillo de los afectos, toda la vida del corazón muerta, y +limitado a hacer una vida de lógica, fría y algo triste». + +Al oír esto, que Maxi expresó con cierta elocuencia, Fortunata volvió a +inquietarse, y llamó de nuevo a su tío, que seguía dando los ronquidos +por respuesta. El mismo resultado tuvieron las voces de «Señor Sagrario, +señor Sagrario... haga el favor de venir». D. José se asomó a la puerta, +echando a la pareja una mirada de maestro de escuela que inspecciona el +aula en que estudian sus alumnos, y vuelta a pasearse sin hacer caso de +nada. + +Rubín acercó más la silla, y Fortunata tuvo más miedo: «Pero todo +aquello de la liberación y del Mesías voló. Los hechos reales +sustituyeron a las figuraciones de mi cerebro... Dios me devolvió mi +razón, y me la devolvió corregida y aumentada. Con ella vi los hechos; +con ella descubrí lo que mi familia me ocultaba; con ella reconstruí mi +ser, que había pasado por tantos cataclismos; con ella me penetré bien +de nuestro divorcio y deseché dos y hasta tres veces la idea de +homicidio; con ella pude llegar a considerarte mujer extraña, madre de +hijos que yo no podía tener, y con ella me he revestido de serenidad y +conformidad. ¿No te admiras de verme como me ves? Más te asombrarías si +pudieras leer en mi pensamiento, y comprender esta elevación con que yo +miro todas las cosas, la calma con que te veo a ti, la indiferencia con +que veo a tu hijo... ¡Un ser más en el mundo! Cuando él ha venido sus +razones tendrá. ¿Qué derecho tengo yo a estorbarle la vida? ¿Qué derecho +a matarte a ti porque se la hayas dado? Fíjate bien: es muy grave eso +de decir: 'tal o cual persona no debió de nacer'». + +--¡Dios mío!--exclamó para sí Fortunata--. ¿Pero este hombre está cuerdo +o cómo está? ¿Eso que dice es razón, o los mayores disparates que en mi +vida le he oído...? + +--Yo pregunto--añadió Maxi acercándose más--. El derecho a nacer, ¿no es +el más sagrado de todos los derechos? ¿Quién me mete a mí a poner +estorbo a ningún nacimiento? Estaría gracioso... Nazcan y vivan, que +viviendo aprenderán. + +«Nada, para mí está peor que antes--pensaba la esposa--, y esto que dice +podrá ser cuerdo, pero yo no entiendo palotada». + +--Parece que me tienes miedo--le dijo él siempre serio y tranquilo--. No +sé por qué. Ya habrás visto que a razonable no me gana nadie. + +--Sí, es verdad; pero...--¿Pero qué...?--Tú dirás que gato escaldado del +agua fría huye (sonriéndose ligeramente, por primera vez en aquella +conferencia). Otra cosa: enséñame a tu hijo. + +Fortunata volvió a sentir terror, y al ver que Maxi alargaba las manos +hacia donde estaba el pequeñuelo, las apartó con las suyas, diciendo: +«Otro día le verás... Déjale... está dormido y me le vas a despertar». + +--¡Pero qué maniática eres!... Yo creí que después de haberme oído, te +convencerías de que mi razón está como un reloj y de que además me ha +entrado un gran talento. ¿Qué has visto en mí que te parezca sospechoso? +Nada absolutamente. Mis sentimientos son de paz; la última idea mala la +tuve hace días; pero la arranqué y estoy limpio de ira y de odio. Y para +decírtelo todo en una palabra: Fortunata, soy un santo. No es esto +jactancia, es la verdad... ¿Crees que voy a hacer daño a tu hijo? ¡Hacer +daño a una criatura! Eso no cabe en lo humano. Déjamele ver, y te diré +algo que te aprovechará. + +Fortunata, al fin, sospechando que la contrariedad podía irritarle, +permitiole ver al nene, sin acercarse mucho, y protegiéndole con sus +manos. No dijo nada mientras le miraba. Después volvió a su asiento y +estuvo un rato con la mirada perdida entre los ramos de la colcha, +ligeramente fruncido el ceño. + +«Se parece a tu verdugo. Lo malo no perece nunca. La maldad engendra y +los buenos se aniquilan en la esterilidad». + + + + +--iv-- + + +«Tío, por Dios, tío, despierte usted» volvió a decir Fortunata +gritando; y como asomase a la puerta la flácida y carunculosa efigie de +Ido del Sagrario, la joven le dijo: «¿Pero qué hace usted que no +despierta a mi tío?... ¡Qué sola me tienen aquí! ¡Y esa chiquilla que no +viene!». + +Ido refunfuñó algo que Fortunata no pudo entender. Mirando al profesor +con lástima, Maxi dijo a su esposa: «Este buen señor está tocado. Me da +mucha lástima, porque sé lo que es andar mal de la cabeza. Si él +quisiera seguir mi plan, yo me comprometía a ponerle como nuevo». + +Y en alta voz, viendo al desgraciado Ido llegar otra vez hasta la puerta +de la alcoba y mirar hacia dentro con los ojos de estúpido: «Señor D. +José, serénese, y aprenda a ver la vida como es... Es tontería creer que +las cosas son como nos las imaginamos y no como a ellas les da la gana +de ser. Al amor no se le dictan leyes. Si la mujer falta, divorcio al +canto, y dejar que obre la lógica, pues ella castiga sin palo ni +piedra». + +Y Fortunata se persignaba, llena de admiración, diciéndose: «¿Pero será +verdad, Dios mío, que a mi marido le ha entrado un gran talento, o estas +cosas que dice son farsa para tapar una mala idea? ¿Qué haré yo para que +se marche pronto? Porque a lo mejor me sale por malagueñas, y me da el +gran susto». + +«¡Se parece a tu enemigo!--repitió Maxi, volviendo a la idea que le +había excitado ligeramente--. Es una desgracia para él. Y si en lo moral +saca la casta, peor que peor. El niño inocente no es responsable de las +culpas del padre; pero hereda las malas mañas. ¡Pobre niño!, tengo +lástima de él. Si se te muere debes alegrarte, porque si vive te dará +muchos disgustos». + +A Fortunata le indignó esta idea; pero no se atrevió a contradecirla. +Que dijera todo lo que quisiese. Su plan era no contestarle nada, a ver +si se aburría y se marchaba pronto. + +«Tiene a quien salir--añadió Maxi con lúgubre ironía--. Su papá es de +oro... No necesitas decirme que no te hace caso... Harto lo sé. Ni +siquiera habrá venido a verle... También me lo figuro. No vendrá; ten +por cierto que no vendrá». + +--¡Quién sabe!...--se dejó decir la joven, sintiendo que se le apretaba +la garganta. + +--Te repito que no vendrá... Tengo mis razones para asegurarlo. + +--Claro... ¡qué ha de venir...! Ni falta. + +--Dices bien; ni falta. Gracias que te oigo una expresión filosófica. +Ese hombre tiene ahora otros entretenimientos. + +Fortunata sintió que toda la sangre se le subía al rostro, y se puso muy +sofocada. Rubín estiró el codo sobre el lecho, apoyándose en él con +actitud perezosa, semejante a la que tomaba en la botica cuando leía. + +«Es preciso que lo sepas pronto. Todo lo que tardes en saberlo, tardas +en regenerarte». + +La _Pitusa_ tenía mucho calor, y cogiendo un abanico que junto a la +almohada tenía, empezó a abanicarse. + +--Es preciso que lo sepas--volvió a decir Maxi con cierta frialdad +implacable, propia del hombre acostumbrado al asesinato--. Tu verdugo no +se acuerda ya de ti para nada, y ahora tiene amores con otra mujer. + +--¡Con otra mujer!--dijo ella, repitiendo la frase como una muletilla, a +la cual no se saca sentido. Sus miradas vagaban por los dibujos de la +colcha. + +--Sí, con otra mujer a quien tú conoces. + +El asesino le iba soltando a la víctima las palabras en dosis pequeñas, +y la miraba observando el efecto que le causaban. Fortunata quiso +sobreponerse a aquel suplicio, y sacudiendo la despeinada cabeza, como +para alejar y espantar una convicción que quería penetrar en ella, le +dijo: «¿Qué historias me vienes a contar ahí?... Déjame en paz». + +--Esto que te cuento no es un enredo; es verdad. Ese hombre está +enamorado de otra mujer, y tú la conoces. Aprende, pues. Ahí tienes la +maravillosa arma de la lógica humana, con la cual te hiero para sanarte. +Más vale morir aprendiendo, que vivir ignorando. Esta lección terrible +puede llevarte hasta la santidad, que es el estado en que yo me +encuentro. ¿Y quién me ha traído a mí a este bendito estado? Pues una +lección, una simple lección. + +Mira, Fortunata, bendito sea el cuchillo que sana. + +--Falta que sea verdad lo que cuentas--dijo la víctima defendiéndose. + +--Tú podrás creerlo o no creerlo, como un enfermo puede tomar o no la +medicina que el médico le da. Porque esto es la medicina de tu +conciencia. ¿Quieres otra? ¿Quieres el nombre de la que te ha robado lo +que tú robaste? Pues te lo voy a decir. + +Fortunata sintió como un desvanecimiento, y al incorporarse se le iba la +cabeza, y la habitación daba vueltas en torno suyo. Llevándose la mano a +los ojos, dijo a su marido: + +«Me lo tienes que decir». + +--Es una amiga tuya.--¡Amiga mía!--Sí, y su nombre empieza con A. + +--¡Aurora, Aurora es!--exclamó la joven dando un salto en su lecho, y +mirando a su marido como miran las personas de honor que han recibido +una bofetada. + +--Ella es.--Hace tiempo que el corazón me decía algo de esto, pero muy +bajito, y yo no lo quería creer. + +--Estoy tan seguro de lo que afirmo, que no puede ser más. + +--Tú me engañas, tú me engañas--replicó la joven en actitud de +Dolorosa--. Tú me quieres matar, y en vez de pegarme un tiro, me vienes +con esta historia. + +--Si lo tomas como golpe de muerte, tómalo--manifestó Rubín con +implacable frialdad. + +--¡Aurora... Aurora!... ¡Dios mío!, ¡qué idea tan perra...! (agitándose +extraordinariamente). Pero no puede ser. Este hombre está loco y no sabe +lo que se dice. + +--¿Que estoy loco?... (imperturbable). Bueno, defiéndete con eso. Pero +tú caerás, tú te convencerás. No tienes escape. La verdad se impone. Ahí +tienes un tiro que no yerra nunca. ¿Quieres más señas? Cuando Aurora +sale de su obrador, él la espera en la calle de Santo Tomás y van juntos +hacia el Ave-María. Los domingos, Aurora dice en su casa que va al +obrador, y a donde va es a... + +--Cállate; te digo que te calles--gritó Fortunata retorciéndose los +brazos--. Eres un mentiroso, un calumniador. + +--¿Pues qué querías tú...? (con sonrisa glacial). Hija, es preciso estar +a las agrias y a las maduras. ¿Qué querías? ¿Herir y que no te hirieran? +¿Matar y que no te mataran? El mundo es así. Hoy tiras tú la estocada, y +mañana eres tú quien la recibe... ¿Dudas todavía? + +La víctima no dijo nada. No dudaba, no; lo denunciado por aquel hombre, +que a veces parecía demente, a veces no, revestía las apariencias de un +hecho cierto. Algo tenía la infeliz joven en su cabeza que se lo +confirmaba, inundándola de luz. Recordó frases y actos, ató cabos, y... +nada, que era verdad, como hay Dios. El infeliz chico estaría todo lo +enfermo que se quisiera suponer; pero lo que decía, verdad era. + +«¿Lo dudas todavía?» volvió a preguntar él. + +--No sé, no sé... ¿Y si te has equivocado?... (con extremada inquietud y +ráfagas de ira). No sé qué pensar... Maxi, Maxi, si me hubieras dado un +tiro, me habrías matado menos. Te juro que si es verdad, esa mujer, esa +hipócrita, esa sinvergüenza que me vendía amistad, no se ha de reír de +mí. Te juro que le pateo el alma más pronto que lo digo (revolcándose en +el lecho). Esto no puede quedar así. La mato, le saco los ojos, le +arranco el corazón... Que me traigan mi ropa. Tío, chiquilla; quiero +levantarme. ¡Pero qué abandonada me tienen! + +--Comprendo que te dé tan fuerte. Así me dio a mí; pero luego me he +vuelto estoico. Aprende de mí. ¿No ves qué sereno estoy? He pasado por +todas las crisis de la ira, de la rabia y de la locura... + +--Porque tú no eres un hombre (interrumpiéndole). + +--Es que las lecciones me han valido. + +--Bueno; porque eres un santo... Yo no soy santa, ni quiero. + +--¿Y por qué no habías de serlo tú también? (tomándole las manos y +tratando de contener con suavidad sus movimientos de ira). ¿Por qué no +habías de aspirar al estado en que yo me encuentro? A él he llegado +pasando por la rabia, por la locura... Ahora mismo, no hace mucho, +cuando vi a ese diablo de hombre cometiendo una nueva infamia, sentí +otra vez la debilidad de espíritu que creía vencida... me entraron ganas +de pegarle un tiro, por librar a la humanidad de semejante monstruo... +Pero después he sabido vencerme y he dicho: Mejor castiga una +consecuencia lógica que un puñal. + +--¡Quiere decirse que le viste con ella y te quedaste tan fresco!--gritó +la joven, furibunda, echando llamaradas de los ojos. + +--No me quedé fresco... Me alboroté mucho; pero después vino la +reflexión. Lo que importa, me dije, no es que él muera, sino que ella +aprenda. Y tú has aprendido. + +--¡Pues si yo les llego a ver...! + +--Si les llegas a ver, acuérdate de mí. Hazte santa como yo... Les miras +y pasas... + +--Tú no eres hombre... Tú no eres nada--exclamó la joven con +desprecio--. A ella, a esa bribona es a quien yo quisiera arreglar. Si +la cojo, no lo cuenta. ¡Infame, arrastrada, indecente, engañarme así! + +--Tú, mira bien si tienes derecho a tratarla de ese modo. + +--¡Pues no he de tener! (ofuscándose por completo y sin reparar en lo +que decía). Me ha quitado lo mío. Yo seré mala; pero ella lo es más, +mucho más. + +--Comprendo tu exaltación. Yo, que no tenía otro móvil que la justicia, +cuando les vi, cuando me persuadí de que pecaban, creo que si tengo un +revólver, les suelto los seis tiros por la espalda. + +--Bien, bien--dijo la esposa con ferocidad--. ¿Por qué no lo hiciste? +Eres un tonto... Aunque después me hubieras matado a mí también. Tienes +derecho a hacerlo. + +--Les vi entrar en aquella casa... Fortunata abría los ojos con espanto. + +«Les esperé para verles salir. Calle tal, número tantos. Me escondí en +un portal. ¡Oh!, la suerte de ellos fue que no llevaba revólver...». + +--Yo te lo compraré... Hoy mismo, ahora mismo (agitándose en el lecho, +cogiendo a su hijo, volviéndolo a dejar, descubriéndose el pecho, +tapándoselo y sin saber qué hacer). + +--¡Matar!... ¿Lección a ella? ¿Y la tuya? + +--¿La mía, la mía? Ya la tengo, majadero. ¿Todavía quieres más lección? +A esa traicionera sí que se la voy a dar, y gorda. + +--Irás a presidio si matas.--Pues iré contenta.--¿Y tu hijito? Al oír +esto, Fortunata tuvo un retroceso en su salvaje idea, y cogiendo al +chiquillo, que empezaba a rezongar, se lo llevó al seno. + +La madre lloraba, el chico también, y el gran Ido apareció otra vez en +la puerta sin decir nada, contemplando a marido y mujer con miradas +semejantes a las de las estatuas de yeso o mármol, pues parecía no tener +niñas en los ojos. Gracias que la entrada de Segunda puso término a la +situación; y lo mismo fue ver a Rubín que volarse, soltando por aquella +boca sapos y culebras y echando la culpa de todo a su hermano y al +tagarote inútil de don José Ido, el cual, viéndose insultado, a su +parecer tan sin motivo, hacía contracciones casi inverosímiles con los +músculos de la cara, juntando un ojo con la boca y encaramando el otro +hasta la raíz del pelo. «Yo no sé lo que es--decía--, yo no sé lo que +es; pero hoy no tengo la cabeza buena... Y conste que si entró fue +porque quiso; que yo no le mandé entrar... y si la mata, sus razones +tendrá, naturalmente... ¡Vaya con la señora esta qué genio gasta!, ¡y +cómo me trata! ¿No sabe quién soy? Pues soy Josef... el Idumeo... +profesor en partos... intelectuales». + + + + +--v-- + + +«Cállese usted, so _guillati_--chillaba Segunda, que por los +movimientos amenazadores que hizo, parecía dispuesta a desbaratar con +un par de bofetadas la frágil persona del _profesor idumeo_--. La culpa +la tiene este morral que está aquí durmiéndola». + +Obra de romanos fue el despertar a _Platón_; por fin, su hermana le tiró +de una pata, mientras Encarnación tiraba de la otra, y el corpachón del +_modelo_, resbalando sobre el sofá, se desplomó con estruendo sobre el +piso. Un rato estuvo estirándose, refregándose los ojos con las manazas, +y escupiendo más _hostias_ que palabras. «¿Onde está el judío ladrón que +ha entrado sin mi premiso?, ¡hostia!, que le parto por la metá». El +lenguaje de Segunda no desmerecía del de su hermano por la finura ni por +lo escogido de las voces, lo que desagradaba extraordinariamente a Ido. +Maxi salió a la salita, y José Izquierdo se le cuadró ladrándole así: +«¡Ah!, era usté. Ora mismo a la calle... brrr... ¡Y que tengo yo un +genio mu blando...! Pues si le llego a ver antes ¡hostia!, me caso con +la santísima... si le llego a ver antes, por el judío balcón, ¡hostia!, +va solutamente a la calle». + +Sin demostrar temor alguno, Maximiliano sonreía. Se armó tal zaragata, +que tuvo que intervenir Ido con frases de concordia, y Segunda +manoteaba, echando la culpa al calzonazos de su hermano, y este +increpaba a Encarnación, y la chiquilla daba de rechazo contra Maxi; y +fue tal el vocerío que hubo de presentarse en la puerta, que estaba +abierta, Estupiñá, y penetró en la casa con ademanes policiacos, +mandando callar a todo el mundo y amenazando con traer una pareja. «Ya +decía yo que en este cuarto no habría paz, y como sigan así, pronto los +planto a todos en la calle». Se fue refunfuñando, y al anochecer, cuando +ya Ido y Maxi se habían marchado, y los hermanos Izquierdo estaban +comiendo, volvió a subir, con bastón de mando, y dijo despóticamente: +«Orden, orden y el primero que meta ruido, va a la cárcel». + +--Pues qué, D. Plácido, ¿va a venir el Viático? + +--Poco menos--replicó el hablador entrando sin pedir permiso y +dirigiéndose a la alcoba--. Que va a venir el ama, la señora casera. +Mucho orden, señores, mucha formalidad. + +Lo mismo fue oír _Platón_ que la señora de Pacheco venía, que el temor +de verla le intranquilizó y no tuvo ya sosiego. A trangullones despachó +la comida, apresurándose a largarse a la calle. Tal era su miedo de que +la señora le viese, que bajó la escalera a escape, y se le erizaba el +cabello pensando en que si Guillermina subía cuando él bajaba, no +tendría dónde meterse para evitar su encuentro. + +Desde la entrevista con su marido, Fortunata se puso tan inquieta, que +Segunda tuvo que enfadarse para impedir que se levantara, pues quería +hacerlo a todo trance. El chiquitín debía de encontrar novedad en lo +tocante a provisiones de boca, porque estaba mal humorado, como si +quisiera también echarse a la calle, en son de pronunciamiento. El aviso +de la visita de la santa calmó bastante a la madre; pero no al hijo, que +no entendía aún ni jota de santidades. Presentose la dama a las nueve, +acompañada de Estupiñá; y después de saludar a Segunda como si fuera +esta la señora más encopetada, pasó, y antes de decir nada a la que fue +su amiga, examinó bien a Juan Evaristo Segismundo. Segunda acercaba una +vela para que la dama pudiera ver bien las facciones del niño, quien no +parecía entusiasmado, ni mucho menos, con inspección tan impertinente ni +con la viveza de la luz, tan próxima a sus ojitos. + +«¡Qué mal genio tiene!» dijo la santa sentándose junto al lecho, +mientras Fortunata agasajaba a su hijo, y metiéndole el pecho en la +boca, trataba de aplacarle. Fue Guillermina muy parca en saludos y +demostraciones de afecto, y luego, cuando se quedaron solas la señora de +Rubín y la santa, esta no dijo nada de religión, ni mentó la virtud, ni +el pecado, ni cosa alguna concerniente al orden moral. Habló de si la +joven madre tenía o no mucha leche, y de si sentía esta o la otra +molestia, con otras cosas pertinentes al estado en que se hallaba. +Fortunata notó en la cara apacible de la fundadora cierta severidad +estudiada, y para romper aquel hielo, dijo lo siguiente, cuya +oportunidad podría dudarse: «Este sí que es el _Pituso_ legítimo, el de +la propia tía Javiera, ¿verdad, señora? ¡Ah!, ¿no sabe? En cuanto mi tío +José oyó decir que usted venía, salió de carrera, como alma que lleva el +diablo». + +--Por el miedo que me tiene. Buena nos la dio... Déjele usted estar, que +como yo le coja a mano, le he de decir cuatro cosas. + +Y cuando la madre puso al niño a su lado, ya harto y dormido, +Guillermina le volvió a mirar atentamente, observando sus facciones como +el numismático observa el borroso perfil y las inscripciones de una +moneda antigua para averiguar si es auténtica o falsificada. Después dio +un suspiro, y guiñando los ojos para mirar a Fortunata, se expresó así: +«¡Buena la hemos hecho, buena!...». + +Y ambas estuvieron calladas un rato, mirándose. + +--Señora--dijo de improviso la parida, como queriendo romper un secreto +que abruma--. Yo tengo que pedir a usted perdón... + +--¡A mí!, perdón... ¿de qué? + +--De las burradas que hice, de las atrocidades que dije aquella mañana +en su casa de usted. También a ella le pediría perdón si la viera... Me +porté mal, lo conozco. Yo no guardo rencor a nadie... digo, no se lo +guardo a ella, porque... + +¡Ay, señora, usted no sabe lo que pasa, usted no sabe que a las dos nos +está engañando... y sé quién es la que nos le entretiene, una culebra, +una hipocritona, que me vendía amistad...! Esto no quedará así, señora, +no quedará así... + +--No me traiga usted a mí cuentos, que no me dan frío ni calor (con +reprensión graciosa). Ahora lo que le conviene es tranquilidad; que +tiempo hay de ajustar cuentas atrasadas... + +Y volvió a mirar al chico, recreándose silenciosamente en su hermosura y +lozanía. Fortunata le bebía a ella las miradas, jactándose de adivinarle +el pensamiento, el cual bien podía ser este: «¡Si Jacinta le viera...!». +¿Pero cómo le había de ver? Esto sí que era imposible. «Por mí--pensaba +la _Pitusa_--, no habría inconveniente... ¡Pero cuánto sufrirá la +pobrecilla, si le ve! Y puede que se le antoje... Sí, para ella +estaba... Amiga mía, tenerlos, tenerlos... Esta le irá contando cómo es; +le dirá: 'tiene la boca así, los ojos asado, y en esto se parece a su +padre y en lo otro a su madre. Criatura más perfecta no ha echado Dios +al mundo'». + +«Cuando usted esté buena, hablaremos--indicó la santa con ánimo ya de +retirarse--. Yo tengo una idea... No es usted sola quien tiene ideas; +sólo que las mías no son malas, al menos no las tengo por tales. Y para +concluir por hoy, ¿necesita usted algo? Si no puede criar, no se apure, +le pondremos un ama a este caballerito, que me parece no habría de +hacerle ascos. Es preciso criarle bien». + +--Yo puedo, yo puedo... ¡vaya!--replicó la otra contrariada--. ¿Qué cree +usted? Soy muy fuerte. Mi hijo no lo cría nadie más que yo. + +--Pues alimentarse bien (recobrando su tono dulcemente autoritario). Y +cuidado con hacerme disparates. Obedecer al médico... Nada de arrebatos +de ira, ni devaneos. ¡Ah!, yo dudo mucho que usted sirva... + +Y sintiendo uno de aquellos arranques de inspiración que la embellecían +y sublimaban, le dijo esto, ya en pie para marcharse: + +«Porque ha de saber usted que Dios me ha hecho tutora de este hijo... +Sí, buena moza, no se espante ni me ponga esos ojazos. Su madre es +usted, pero yo tengo sobre él una parte de autoridad. Dios me la ha +dado. Si su madre le faltara, yo me encargo de darle otra, y también +abuela. Hijo mío, has venido al mundo con bendición, porque suceda lo +que suceda, no estarás nunca solo. Déjeme usted que le vea otra vez. No +me harto de mirarle. Quiero llevármele metido dentro de mis ojos. +¡Virgen del Carmen!, ¡qué lindísimo es...! Tiene a quien salir. Adiós, +adiós». + +Salió acompañada de Estupiñá, diciendo al modo de rezo: «Acatemos la +voluntad de Dios... Él sabrá por qué ha mandado acá este angelote. +Jacinta, furiosa, dice que Dios está chocho y que no hace más que +disparates... Pobrecilla... ¡Qué limitada inteligencia la nuestra! No +comprendemos nada, pero nada, de lo que Él hace, y nos devanamos los +sesos por adivinar el sentido de ciertas cosas que pasan, y mientras más +vueltas les damos menos las entendemos. Por eso yo corto por lo sano, y +todas mis _matemáticas_ se reducen a decir: «Cúmplase la voluntad del +Señor». + +Fortunata soñó aquella noche que entraban Aurora, Guillermina y Jacinta, +armadas de puñales y con caretas negras, y amenazándola con darle +muerte, le quitaban a su hijo. Después era Aurora sola la que cometía el +nefando crimen, penetrando de puntillas en la alcoba, dándole a oler un +maldecido pañuelo empapado en menjurje de la botica, y dejándola como +dormida, sin movimiento, pero con aptitud de apreciar lo que pasaba. +Aurora cogía al chiquillo y se lo llevaba, sin que su madre pudiera +impedirlo, ni siquiera gritar. Despertó acongojadísima. Se sentía mal, +propensa a desvaríos de la mente en cuanto se aletargaba, y con +muchísima sed. Esta llegó a ser tan fuerte, que no pudiendo despertar a +su tía dando con los nudillos en el tabique, tuvo al fin que levantarse +en busca de agua. Al volverse a acostar sintió bastante frío, y con +estas alternativas de frío y calor estuvo hasta la mañana. + + + + +--vi-- + + +Ballester fue temprano, y a ella le faltó tiempo para hablarle de +la visita de Maxi y de la historia que este le había llevado. Mucho se +incomodó el regente al enterarse de esto, y con desusada seriedad y +calor hubo de negar lo que su amigo contara de _la Samaniega_. + +«Mire, compañero--dijo ella--, mientras más se amontone usted para +negarlo, más creo yo en ello. Usted no habla nunca así; y cuando se pone +serio, no dice más que mentiras. Lo que quiere es que yo me serene. Se +lo agradezco; pero no puede ser. Y lo que es esa francesilla asquerosa +no se ríe de mí». + +Agotó el buen amigo toda su lógica para arrancarle aquella idea, sin +adelantar nada. «Y por fin--dijo tomando el tono festivo y maleante que +empleara con Maxi en otra ocasión--, ¿para qué hacemos caso de lo que +diga ese desventurado?... ¡Ay qué románticas y qué súpitas... _semos_! +Mi amigo Rubín, con esas apariencias que ahora tiene de hombre de seso, +está más _tocati_ que nunca. Todo lo dice al revés, y el otro día me +sostenía que _doña Desdémona_ es una mujer hermosa. Me parece que si +seguimos por ese camino, tendré que traerme acá la vara...». + +No afectaron a Fortunata estas bromas. + +Observábala él con atención seria, notando que una idea muy siniestra y +tenaz la dominaba, y que no era fácil quitársela de la cabeza. Temió que +aquel estado de ánimo influyese desfavorablemente en su salud, y para +prevenirlo metiole miedo. «Me ha dicho Quevedo que en estos días hay que +tener mucho cuidado con usted, y que no le permitirá levantarse hasta la +semana que viene. Cualquier disparate que usted hiciera podría sernos +fatal. Conque, hija mía (tomándole las manos), muchísimo cuidado. No le +digo que lo haga por mí. ¿Qué caso hace usted de este pobre boticarín? +Ninguno, y con razón, porque yo para usted no soy nadie... hágalo por mi +amigo Juan Evaristo, a quien quiero ya como si fuera hijo mío, sí, +sépalo usted, y me constituyo en su tutor; hágalo por él, y _tutti +contenti_». + +Parecía convencida, y Ballester se fue con la impresión de haber +triunfado. Tranquila estuvo toda la mañana; pero a eso del mediodía, al +despertar de un sueño breve, se sintió tan vivamente acometida de ganas +de salir a la calle, que no pudo sobreponerse a este ciego impulso. +Levantose, con gran sorpresa de Encarnación, única persona que en la +sala estaba, se peinó a la ligera y se puso su falda de merino oscuro, +pañuelo de crespón negro, otro de color a la cabeza, mitones colorados, +sus botas de caña clara, y... Pero antes de salir dedicó un gran rato a +su hijo, que habiendo despertado cuando la mamá se vestía, parecía +declarar con sus chillidos que le cargaba la salidita. Le convenció ella +dándole todo lo que quiso o lo que había, y el angelito se quedó dormido +en su cuna de mimbres. «Mira--dijo a Encarnación su ama--; yo voy a +salir. No estaré fuera sino poco tiempo, porque tomaré un coche, y haré +la diligencia en media hora. Tú no te separas de aquí, y si despierta el +niño, le arrullas y le meces, diciéndole que yo vendré en seguidita... +Cuidado cómo te separas de él. Oye; mientras yo esté fuera, no abres a +nadie... Mejor será otra cosa; yo cierro dando las dos vueltas y me +llevo la llave. Si viene Segunda, que espere en la escalera». Dio muchos +besos a su hijo, de quien por primera vez en aquella ocasión se +separaba, y salió, cerrando la puerta y llevándose la llave. «No sea +cosa que alguien venga y... No, no me le quitarán; pero se han dado +casos. Este ángel mío, veo que tiene muchos golosos. Y sobre todo esa +envidiosona de Jacinta es la que más miedo me da. De la pelusa que tiene +le van a salir más canas, y se va a poner como un alambre de flaca. +¿Pero qué remedio tiene sino conformarse...? Bastante he penado yo... +que pene ahora ella. ¡Ah!, siento pasos. Francamente, no quisiera que me +viera nadie, porque empezarán a decir que si salgo o no salgo, y no me +gustan _refirencias_. + +Me parece que es D. Plácido el que sube. Me guardaré un poquito hasta +que entre en su casa... Ya llega, abre su puerta. Ahora me escabullo, y +Dios me acompañe. Debiera llevar algo que duela... ¡Ah!, la llave. Es +mejor que la mano del almirez. Con esto y las uñas... yo le juro +que...». + +Tomó un coche y apenas entró en él se sintió tan mareada, a causa del +movimiento y de su propia debilidad, que hubo de cerrar los ojos e +inclinar la cabeza para no ver las casas volteando en torno suyo. «Debí +haber tomado un caldito antes de salir... Pero a buena hora me acuerdo. +En fin, esto pasará». Pasó ciertamente, y lo primero que hizo al +reponerse fue variar la orden que había dado al simón. Habíale dicho +_Ave María, 18_; pero tuvo una idea, y dijo _Cabeza, 10_, sacando la +suya por la ventanilla, alargando el brazo y tocando con la llave que en +la mano llevaba, al modo de un arma, el brazo del cochero. En la casa +últimamente designada estuvo como una media hora, y cuando bajó a tomar +de nuevo el carruaje, su cara pálida tenía transparencias de cera, los +labios no tenían color... «¿A dónde vamos, señora?» le preguntó el +cochero, viendo que pasaba tiempo sin que diera ninguna orden. «Subida a +Santa Cruz, esquina a la calle de Vicario Viejo». Y dicho esto, y al +rodar de la berlina, daba vueltas a este pensamiento: «Claro; lo que yo +dije. La Visitación a mí no me lo había de ocultar. ¡Y luego dice el +tonto de Ballester que mi marido está loco! Más razón tiene y más +talento que todos los cuerdos juntos... No se ha equivocado ni en tanto +así. Veinte duros le he dado a la Visitación por la cantinela... Claro; +a mí no me lo había de negar...». Y partiendo de esta idea, volvía a la +misma cien y cien veces, describiendo el doloroso círculo. + +Apeose en la subida a Santa Cruz, y subió al obrador de Samaniego, +entrando por el portal, que estaba en la calle de Vicario Viejo. Iba tan +decidida, que no tuvo ni la más ligera vacilación. La puerta del +entresuelo tenía mampara de hule, que al abrirse hacía sonar un timbre. +Fortunata había estado allí en los días que precedieron a la +inauguración de la tienda, y recordaba perfectamente todo. No había que +llamar, sino que se empujaba la mampara, sonaba un _plin_ muy fuerte, y +ya estaba uno dentro. Así lo hizo aquel día, y apenas recorrió el corto +pasillo que a la estancia principal conducía, encarose con Aurora que en +aquel momento iba desde el centro, donde estaba la mesa, hacia una de +las ventanas, llevando telas en la mano. Alrededor de la mesa vio +Fortunata como unas seis o siete oficialas, cosiendo, y en un sofá, +junto a la ventana apaisada que daba a la calle, estaban dos señoras, +examinando a la luz encajes y telas. + +«Buenos días» dijo la Rubín, deteniéndose un instante y recorriendo con +mirada fugaz todas las caras que delante tenía. Aurora, al verla, se +quedó tan inmutada, que no supo ni qué decir ni qué cara poner. «¡Ah!... +tú, Fortunata... ¡Cuánto tiempo...!». De improviso tomó un tonillo de +sequedad. «Dispensa... Estoy ocupada. Si quisieras volver a otra +hora...». Pero al instante cambió de registro. «¡Qué cara te vendes! +¿Has estado mala?». + +--Y tú, ¿cómo estás?... siempre tan famosa...--le dijo Fortunata +acercándose y poniendo una cara fingidamente amable; pero en la cual no +era difícil ver la cruel suavidad con que algunas fieras lamen a la +víctima antes de devorarla. + +--Y tú, ¿dónde te metes?--balbució Aurora muy cortada, sin saber para +dónde volverse. + +Por fin se dirigió a las señoras que allí estaban; pero no supo qué +decirles. Fortunata se le puso delante cuando volvía hacia la mesa +central. «Tenía que hablar contigo... Como no se te ve... ¡Ay, qué +amigas estas, se muere una sin que le digan nada!». + +Algo se tranquilizaba Aurora con este lenguaje, y sonriendo contestó: +«Hija, con tantas ocupaciones, no tiene una tiempo para visitas. Pensé +ir a verte... Pero siéntate». + +--Estoy bien así... Pronto despacho. + +Aurora se acercó otra vez a las señoras, y al volverse, su amiga le +tocó un brazo. «Tenía que hablarte dos palabras... una cosita que te +quería decir. Me estaba muriendo por verte. ¡Ingrata! ¡Sabiendo el gusto +que me da tu compañía...!». + +--Tienes razón--dijo la otra volviendo a inquietarse, porque en la cara +de su amiga advirtió algo que la puso en cuidado--. Todos los días +pensaba ir... + +--Sabiendo que te quiero tanto...--Y yo a ti... ¿Pero por qué no te +sientas? + +--No... Me voy en seguida. No he venido más que a traerte una cosa... + +--A traerme una cosa... ¡a mí! + +--Sí, verás. Y diciendo _verás_, hizo con el brazo derecho un raudo y +enérgico movimiento, y le descargó tan de lleno la mano sobre la cara, +que la otra no pudo resistir el impulso, y dando un grito, se cayó al +suelo. Fortunata dijo: «¡Toma, indecente, púa, ladrona!». + +Bofetada más sonora y tremenda no se ha dado nunca. Todas las ofícialas +corrieron espantadas al auxilio de su jefe; pero por pronto que +acudieron, no fue posible impedir que Fortunata, empuñando su llave con +la mano derecha, le descargase a la otra un martillazo en la frente; y +después, con indecible rapidez y coraje, le echó ambas manos al moño y +tiró con toda su fuerza. Los chillidos de Aurora se oían desde la +calle. Las dos señoras aquellas salieron a la escalera pidiendo socorro. +Gracias que las oficialas sujetaron a la fiera en el momento en que +clavaba sus garras en el pelo de la víctima, que si no, allí da cuenta +de ella. Sujetada por tantas manos, Fortunata hizo esfuerzos por +desasirse y seguir la gresca; pero al fin el número, que no el valor, +venció su increíble pujanza. A una de las modistillas la tiró patas +arriba de una manotada; a otra le puso un ojo como un tomate. Dando +resoplidos, lívida y sudorosa, los ojos despidiendo llamas, Fortunata +continuaba con su lengua la trágica obra que sus manos no podían +realizar. «Eso para que vuelvas, so tunanta, a meter tus dedos en el +plato ajeno... Embustera, timadora, comedianta, que eres capaz de +engañar al Verbo Divino. ¡Lástima de agua del bautismo la que te +echaron! Tramposa, chalana... Te pateo la cara aunque me deshonre las +suelas de las botas». + +Y tal esfuerzo hizo por desasirse, que a punto estuvo de lograrlo. Dos +de ellas habían acudido a levantar a Aurora, que continuaba dando gritos +de dolor. Si no se presentan Pepe Samaniego y un dependiente, sabe Dios +la que se arma allí. + +«¿Qué es esto? ¿Qué ha pasado aquí? ¿Quién es usted? ¿Qué busca usted?». + +--¡Quién soy!...--gritó Fortunata con desesperación--. Una persona +decente... + +--Sí, ya se conoce... Aurora, ¡por Dios!... ¿Qué es esto? + +--Una persona decente, que he venido a ajustarle la cuenta a este +serpentón que tiene usted en su casa. Y también es calumniadora. + +--Cállese usted y váyase muy enhoramala... ¿Pero qué es esto, Aurora?... +¡Jesús!, sangre en la cabeza. Una herida... Oiga usted, mujerzuela, +ahora mismo va usted a la cárcel... ¡Eh!, llamar a una pareja. + +La Fenelón estaba como desmayada, y sus alumnas le desabrocharon el +vestido para aflojarle el corsé. + +--Quien va a ir a la cárcel es esa--chilló la agresora, frenética, +revertida otra vez bruscamente a las condiciones de su origen, mujer del +pueblo, con toda la pasión y la grosería que el trato social había +disimulado en ella--. Yo no he faltado... A mí sí que me han faltado... +Esa bribona me ha engañado, nos ha engañado a las dos, porque somos dos +las agraviadas, dos, y usted debe saberlo... _Aquella_ es un ángel, yo +otro ángel, digo, yo no... Pero hemos tenido un hijo; _el hijo de la +casa_, y esta es una entrometida, fea, tiñosa y sin vergüenza que me la +tiene que pagar, me la tiene que pagar. + +--¡Si no se calla usted...!--dijo Samaniego, llegándose a ella con +ademán amenazador--. Vamos, que por ser usted mujer, no le sacudo el +polvo ahora mismo. + +--¿Usted a mí?... falta que pueda. Más le valdrá a usted no permitir las +indecencias que hace esta... + +--Le digo a usted que si no se calla... No me puedo contener... ¡Eh!, +llamar a una pareja. + +La escena tomó aún peor carácter con la aparición de doña Casta, que +hubo de llegar a la tienda en aquel instante, y enterada de la zaragata, +subió renqueando, y entró en el teatro del dramático suceso, dando +gritos. «¡Hija de mi alma!... ¡Pero qué!... ¡la han matado!... +¡Sangre!... ¡Ay, Dios mío! ¡Aurora... Aurora...! ¿Pero quién ha sido?... +¡Ah!, esa mujer...». + +--Sí, yo, yo he sido--le dijo Fortunata desde el rincón donde la tenían +acorralada--. Mejor cuenta le tendría a usted, so bruja, no ser tapadera +de las tunanterías de su niña... + +Doña Casta, acudiendo a su hija, no se hacía cargo de las flores que la +otra le echaba. Aurora volvió en sí exhalando gemidos. «No es nada, tía +--dijo Samaniego--. No se asuste usted... Una leve contusión, y el susto +correspondiente... ¿Pero no se calla esa salvaje?... A la prevención, a +la prevención...». + +--Dejarla; que se vaya...--murmuró Aurora con los ojos cerrados. + +--A la cárcel--gritaba ronca doña Casta. + +--No, a la cárcel no--dijo la víctima, haciendo gala de +generosidad...--dejarla, dejarla... Pepe, no le hagas nada. + +--No; si yo no le pego... Allá se entenderá con el juez. + +--No, juez no, juez no--decía la de Fenelón muy apurada--. La perdono. +Dejarla; que se vaya, que se vaya pronto; que yo no la vea. + +Fortunata, implacable, no se quería callar, y entre los que rodeaban a +la víctima se dividieron los pareceres respecto a lo que se debía hacer +con la agresora. Subió más gente, y el obrador, con tanto vocear y las +pisadas de los que entraban y salían, parecía un infierno. + + + + +--vii-- + + +La primera que llegó a la casa de la Cava, durante la ausencia de +la _Pitusa_, fue Guillermina. Después de llamar dos veces, la voz de +Encarnación le respondió al través de los agujeros de la chapa: «La +señorita ha salido. Me ha dejado encerrada». + +--¡Ha salido!... ¡Dios nos asista!... ¿Pero es eso verdad, o es que no +quiere recibirme? + +--No, señora, no está. Dijo que volvería pronto. Echó la llave con dos +vueltas. + +--¿Y el niño?--Sigue tan dormidito.--Esperaré un rato--dijo la santa +dando un suspiro; y cansada de estar en pie, se sentó en el más alto +escalón del tramo. Parecía una pobre que espera se abra la puerta para +pedir limosna--¿Pero dónde habrá ido esa loca?... Lo que yo digo: a +esta no la sujeta nadie. No va a poder criar a su hijo. Tiene a lo mejor +algunas corazonadas felices; pero cuando menos se piensa la pega... El +mejor día abandona a su niño o lo mete en la Inclusa... No, eso sí que +no se lo consentimos. Si el pobrecito tiene una madre descastada, no le +faltará quien mire por él. + +Cuando esto pensaba, sintió subir a otra persona. Era Ballester, quien +al verla, se quedó algo cortado. «¿Viene usted a esta casa?--le dijo la +dama--. Pues tómelo con paciencia, que el pájaro voló. La señora esa se +ha ido a la calle. Dentro están el chico y la criada; pero como se llevó +la llave, no podemos entrar. Aguante usted el plantón, como yo, si no +tiene prisa, que ya no puede tardar». + +--¡Pero si le habíamos prohibido que saliera! (asustadísimo y +disgustado). Anoche, según me dijo D. Francisco de Quevedo, estaba algo +excitada. Por eso yo venía a ver... ¡Qué disparates hace! + +--¡Ya lo creo que es disparate! ¿Y usted no sospecha dónde podrá estar? + +--Yo... nada. En fin, esperaremos. Sentose el regente dos escalones más +abajo, y la santa guiñó los ojos para mirarle. Como no se paraba en +barras cuando creía necesario interrogar a alguna persona, de buenas a +primeras acometió a Ballester en esta forma: «Dígame usted, caballero, +y dispense la confianza. ¿Es usted la persona que ahora... tiene más +ascendiente con esta mujer?». + +--Yo, señora... ascendiente no creo tenerlo... La conozco hace poco +tiempo. Soy su amigo; me intereso algo por ella. + +--No trato yo de que usted me diga qué clase de amistad es esa... + +--Las relaciones más puras... ¿Qué, no lo cree usted? + +--Sí, yo creo todo. Precisamente, tengo mucha fe (riendo con gracia); +pero no se trata ahora de esto. ¿A mí qué me importa? Lo que quiero +decir es que si usted tiene algún influjo sobre ella, debe aconsejarle +que... Porque el día mejor pensado, esta mujer vuelve a las andadas, y +se cansará de criar a su niñito. Lo mejor sería que le pusiera un ama, +entregándoselo a personas que le habrían de cuidar mejor que ella. +Aconséjele usted esto. + +--Yo... que quiere usted que le diga... creo que no le abandonará. Está +muy entusiasmada con él. + +--Sí; buen entusiasmo nos dé Dios. ¡Mire usted que esta...! ¡Marcharse a +paseo!, qué ganas de calle tenía. Ni sé cómo el angelito aguanta tanto +tiempo sin mamar... + +No había acabado de decirlo, cuando oyeron los chillidos del pobre niño. +No pudiendo contenerse, Guillermina se levantó y fue hacia la chapa +agujereada, y por allí echó estas vehementes expresiones: «¡Hijo mío, +esa loca que no viene!... tienes razón... ¡bribona! Aguárdate un +poquitín, un poquitín». Llamó para que viniese a la puerta la chiquilla, +y le dijo: «Oye, niña, a ver cómo le entretienes un momentito, que tu +ama no puede tardar. Mécele en su cunita, cántale algo, sosona». + +Y volviendo al peldaño, charló con su compañero de plantón: «¡Qué alma +de mujer...! ¡Ay!, tengo el genio tan vivo, que rompería la puerta, +cogería al niño y le llevaría a que le dieran de mamar... ¿Es usted +médico?». + +--No, señora; soy farmacéutico. + +Se calló porque sintieron pasos, ya muy cerca, como de una persona que +subía con cautela, y miraron a la meseta intermedia, esperando a que el +que subía diese la vuelta. La aparición de aquella persona les dejó a +ambos muy sorprendidos. Era Maximiliano, quien al ver a doña Guillermina +y a Segismundo sentados en la escalera, hizo el siguiente razonamiento: +«Dos personas que esperan y que se sientan cansadas. Luego, hace tiempo +que esperan, y la casa está cerrada». + +Un rato estuvo inmóvil sin saber si seguir subiendo o volverse para +abajo. El regente se reía y Guillermina le miraba con gracejo. + +«Nada--le dijo esta--, que tiene usted que esperar también. ¿Tiene usted +llave?». + +--¿Llave yo?--La del campo--indicó Ballester con mal humor, discurriendo +que maldita la falta que hacía Maxi allí--. Más vale que se vaya usted, +amigo Rubín, y vuelva, porque esto va largo. + +--Esperaré yo también--contestó el otro sentándose debajo de Ballester. + +Y volvieron a oírse los desesperados gritos del _Pituso_, y Guillermina +no disimulaba su impaciencia y zozobra. «Ya se ve, la pobre criatura +tiene ganita... ¡Cuidado que levantarse antes de tiempo y plantarse en +la calle...! Le digo a usted que le pegaría...». + +Maximiliano callaba, no quitándole los ojos a la santa, a quien nunca +había visto tan de cerca. + +--Pues estamos lucidos--añadió ella--. Ya somos tres. Y esto va picando +en historia. Siento pasos. Si será al fin esa veleta... + +Los pasos no parecían de mujer. ¿Quién sería? Miraron los tres, y +apareció José Izquierdo, quien al ver a doña Guillermina, se sobresaltó +extraordinariamente y miró para abajo, como si se quisiera tirar de +cabeza. Habría él dado cualquier cosa por tener dónde meterse. La santa +se reía en sus barbas, y por fin le dijo: «No me tenga usted miedo, +señor de _Platón_... ¿Por qué está usted tan asustado? No me como la +gente. Si somos amigos usted y yo...». + +--Señora--dijo el _modelo_ con un gruñido--, cuando el endivido tiene +necesidad, no pue ser caballero y hace cualquiera cosa. + +--Sí, hombre, ya lo sé; y aquel gran timo que usted nos dio está +olvidado... ¡Pues si viera usted qué guapo está el _Pituso_! + +--¿De veras? ¡Ay!, ¡probe piojín de mis entrañas! + +--Sí; se cría perfectamente. Y es tan listo y tan travieso que tiene +alborotado todo el asilo. + +--¡Ay!, cómo se le conoce la santísima sangre de su madre, que revolvía +medio mundo. Si tenía aquel chico un talento macho... vamos que... + +--Ahora está usted como quiere, Sr. de _Platón_, según he oído, ganando +unos grandes dinerales con la pintura. + +--Defendemos el santo garbanzo, señora... + +--Yo me alegro por diferentes motivos, pues estando usted tan en grande +no se le ocurrirá engañar a la gente. + +Izquierdo se rascaba una oreja, y la habría dado porque la santa mudara +de conversación. + +--Si la señora quiere, no miremos pa tras. + +--Si esto no es mirar _pa tras_... Vamos, que ahora, si usted estuviera +mal de fondos, bien podría intentar otro negocio como aquel... y no con +moneda falsa, sino con legítima. + +Ballester se reía y Maximiliano estaba muy serio, lo que reparó la +fundadora, apresurándose a decir: «Si no fuera por estas bromas, ¿cómo +pasaríamos el horrible plantón? Yo me consumo cuando tengo que esperar, +y cuando espero estúpidamente por la tontería de una persona, pierdo la +paciencia en absoluto...». + +Volvió a oírse la quejumbrosa cantinela de Juan Evaristo, y Guillermina +tiró de la campanilla para decir a la criada: «Mujer, entretenle; dile +cositas. Pareces tonta... ¡Hijo mío, ya viene, ya viene!... Verás qué +soba le doy cuando entre, por tenerte así tan solito, muertecito de +hambre... Señores (volviendo al escalón), ustedes me han de dispensar, y +si alguno se cansa, no esté aquí por hacerme compañía. Algo debe de +haberle pasado a esa mujer, cuando tarda tanto. Propongo que se nombre +una comisión, que vaya a hacer un reconocimiento a la calle y averigüe +dónde puede estar». Al decir esto, miraba a Maxi, dando a entender que +fuera él de la citada comisión. El joven no hizo ademán alguno que +indicara intención de moverse, y en la misma actitud perezosa en que +estaba, mirando de soslayo a sus compañeros de plantón, dijo así: «Hace +como unos cinco cuartos de hora iba en un coche por la calle de +Atocha... Entró por la calle de Cañizares... Hace como unos tres cuartos +de hora, vi el mismo coche atravesar la plaza de Santa Cruz hacia la +calle de Esparteros...». + +Ballester y Guillermina se miraron alarmados. «Pues propongo--repitió +ella--, que vaya una comisión a la calle de Esparteros... + +¿Y no vio usted si el coche se detuvo en alguna parte?». + +--No, señora... Yo creí que el coche venía hacia acá, pues aunque el +camino más directo desde la calle de Atocha es Plaza Mayor, Ciudad +Rodrigo y Cava, como en la entrada de la Plaza, por Atocha, están +adoquinando y no se puede pasar, dije yo: «Es que el cochero va a tomar +la calle Mayor». Pero por lo visto no ha venido aquí. Luego, ha ido a +otra parte. Quizás haya ido a visitar a alguna amiga: Aurora, por +ejemplo... + +Ballester y la santa volvieron a mirarse con inquietud. «Lo que este +chico dice--indicó el farmacéutico, comunicando a la dama sus temores--, +me parece tan lógico, que casi casi me inclino a tenerlo por cierto». + +Oyéronse pasos otra vez; pero eran muy pesados y los acompañaba un +carraspeo y resoplido de persona madura, por lo que nadie creyó fuera +Fortunata la que llegaba. «Es Sigunda», dijo izquierdo antes de verla, y +no se equivocó. La placera se puso en jarras al ver la escalonada +tertulia que allí había, y cuando apreció quién estaba sentada en el +lugar más alto, abrió medio palmo de boca, expresando su admiración de +esta manera: «¡Bendito Dios! ¡El ama de la casa sentadita en la +escalera, como una pobre que está esperando las sobras de la comida! +Pero qué, ¿no está esa diabla? + +¡Se ha escapado a la calle! Me lo temía. ¡Qué cabeza! ¡Si estaba ella +anoche muy encalabrinada...! Pero señora, ¿por qué no pasa a casa de D. +Plácido? Allí habrá sillas, al menos, y podrán la señora y los señores +sentarse a gusto...». + +--Hágame el favor de llamar en el tercero y ver si está Plácido. Tengo +la seguridad de que él la encuentra. + +Segunda llamó, y Plácido no estaba. + +«¿Quiere la señora que vaya a buscarla?... ¿Pero adónde?». + +--Yo iré--dijo Ballester, que no podía desechar la idea de que en el +obrador de Samaniego darían razón de la fugitiva. Pero aún hablaba con +Guillermina en secreto, cuando Segunda, que había bajado en busca de una +llave o ganzúa con que abrir la puerta, gritó desde el principal: «Ya +está aquí, ya está aquí». + +--¡Ah!, ¡gracias a Dios...!--exclamó Guillermina sin intención de doble +sentido--. Ya pareció la perdida. Veremos lo que trae. + +--Una de dos--dijo Ballester suspirando--: o trae la cara arañada, o +trae sangre o quizás piel humana en las uñas. + +--Es mucha mujer esta... Todos se levantaron menos Maximiliano, que +continuó echado apáticamente hasta que vio a su mujer. Esta subía +jadeante, sofocadísima, limpiándose con un pañuelo el sudor de la cara, +y levantándose las faldas para no pisárselas. En la mano traía la llave +de la casa. «¿Qué, he tardado?... Si no he tardado nada. Despaché en +seguida... ¡Ah!, doña Guillermina también aquí. Hija, yo creí +desocuparme más pronto... Y mi rey tiene hambre... ya le oigo llorar... +Voy, voy, hijo de mis entrañas... ¡Ay!, creí que no me dejaban venir. Si +me llevan a la cárcel, no sé... pobrecito mío». + +--Abra usted, abra pronto...--le dijo Guillermina empujándola--, +callejera, cabra montés. Está visto; no sirve usted para madre... ¡Ángel +de Dios!, hace dos horas que está rabiando... Si usted no se enmienda, +tendremos que mirar por él. + + + + +--viii-- + + +Abrió y entraron todos atropelladamente; Fortunata delante, +Guillermina agarrada a ella, y detrás Ballester, Maxi, Izquierdo y +Segunda. La madre corrió derecha a la alcoba, donde estaba el pequeño en +su cuna, dando unos gritos que enternecerían al caballo de bronce de +Felipe III. «Aquí estoy, rico mío, aquí está tu esclava... Ven, ven, +cielo de mi vida; toma la tetita, toma... ¡Ay qué hambre tan grande!... +¡Cuánto ha llorado mi ángel!... Yo desatinada por venir. ¡Qué contento +se pone mi niño!... Ya no llora más, ¿verdad? Ya no más...». + +Sin quitarse el mantón, había cogido al chiquillo, disponiéndose a +aplacar su gran necesidad. Se sentó en la cama, para dejar a Guillermina +la única silla que en la alcoba había. La santa no atendía más que al +pequeñuelo, observando si la ansiedad con que mamaba iba acompañada de +satisfacción: «Me temo que con esos arrebatos se quede usted sin leche». + +--¡Quia!, no señora... Vea usted, la tengo de sobra. Al contrario, creo +que si no me desahogo, me quedo seca. Estaba yo anoche, que no cabía en +mí. Me era tan preciso vengarme como el respirar y el comer. Pues verá +usted... después de darle una bofetada que debió de oírse en Tetuán, le +pegué un achuchón con la llave, y la descalabré... después metí mano a +las greñas... + +--Cállese usted por Dios, que me da horror de oírla. + +--Me querían llevar a la cárcel, y estuvieron cerca de una hora si me +llevan o no me llevan. Fueron los policías, y yo dije que estaba +criando. Total, que por fin me soltaron, y aquí me vine corriendo. ¡Si +no hay como ser así para que la respeten a una! Si no están allí las +condenadas modistas, me paseo por encima de su corpacho como por esa +sala. Porque mire usted que es remala; ¡engañar a dos, a dos, señora, a +mí y a la otra, que es un ángel, según dice todo el mundo! Dígale usted +que su cuenta con _la Samaniega_ está ajustada. + +--Me parece que está usted muy trastornada... Cállese, cállese y atienda +a su hijo... + +--Ya atiendo, señora, ya atiendo. ¿Pues no me ve?... Hijo, gloria de tu +madre, emperador del mundo... ¡Ay!, crea usted que si aquellos perros +guindillas no me dejan venir a dar de mamar a mi hijo, no sé lo que me +pasa... El mismo Samaniego fue quien me soltó, diciendo: «Que se vaya +noramala». Pues sí, señora, estoy contenta. Y crea usted que no me +alegro por interés... ¿Para qué quiero yo el dinero? Para nada. Me +alegro por tener _el hijo de la casa_, y esto no me lo quita nadie. Ni +con latines ni sin latines me lo quitan. ¿Verdad, señora? Usted está +ahora de mi parte. Y _ella_ también está ahora de mi parte, ¿verdad? + +--Cuando digo que usted no tiene la cabeza buena (bastante alarmada). +Cállese la boca. Tengamos formalidad (dándole palmadas en el hombro), +porque si no le cría bien, le pondremos ama; y en último caso, hasta le +recogeremos para tenerlo con nosotras. + +--¡Quia!... no señora... Yo no lo suelto (con gran excitación y +desbordamientos de alegría). ¡Estoy tan contenta!... Usted me va a +querer, señora ¿verdad? ¿Me querrá usted? Porque yo necesito que alguien +me quiera de firme. Verá usted qué bien me voy a portar ahora. +¿Hombres?, ni mirarlos. No quiero cuentas con ninguno. Mi hijito y nada +más. + +--Sí... quien te conozca que te compre. + +--¡Ah!, usted no me conoce, señora... ¿Cree que...? Ja, ja, ja... Mi +hijito, y aquí paz... Verá usted; nos haremos cargo de que es hijo de +las tres, y tendrá tres madres en vez de una... + +A la santa le hizo gracia aquella extraña idea. + +«Mire usted; después que Dios me ha dado al _hijo de la casa_, no le +guardo rencor a la otra... Porque yo soy tanto como ella por lo menos... +Como no sea más. Pero pongamos que soy lo mismo. No le guardo rencor, y +como me apuren mucho, hasta le tomaré cariño... Tres mamás va a tener +este rico, esta gloria: yo, que soy la mamá primera; ella la mamá +segunda, y usted la mamá tercera». + +«¡Pero, hija, qué alborotada está usted, y qué disparates dice! +(tomándole el pulso y examinando con alarma el brillo de sus ojos). +Extraño mucho que el pobre Juanín encuentre qué sacar de ese pecho...». + +Las demás personas que en la casa entraron estaban en la sala, sin +atreverse a pasar mientras durase aquel animado coloquio de la diabla y +la santa, cuyo lejano run run oían. Guillermina pasó a la salita en +busca de Ballester, que estaba muy cariacontecido junto a los cristales +de la ventana, mirando a la plaza, y le dijo: «Está esa mujer +excitadísima, y me temo que se seque... ¿Hay aquí antiespasmódica?». + +--Sí, sí, la preparé yo con muchísimo esmero; pero traeré más esta +noche. ¿Dice usted que está excitadísima? + +--Pero atroz... Cabeza trastornada; dice mil despropósitos. Entre usted. + +Cuando Ballester le propuso que tomara la medicina, replicó la joven: +«Lo que quiero es agua. Tengo una sed horrible... la boca seca». Bebió +con ansia, y entre tanto, la fundadora llevaba aparte a Ballester y le +decía: + +--Oiga usted. Y su marido, ese pobre hombre, ¿qué viene a buscar aquí? +¿Qué hace, qué dice, cómo ha tomado esto? + +--Señora--replicó el regente fluctuando entre la seriedad y la risa--. +¿Usted no lo entiende?... pues yo tampoco. Su natural es tímido. Por +eso, cuando veo que rompe a hablar con personas que no son de confianza, +me escamo mucho. De algún tiempo acá todo cuanto ese chico habla es tan +atinado, que podrían tenerlo por suyo los siete sabios de Grecia. + +--¿Pero no está...?--preguntó la dama llevándose a la sien su dedo +índice. + +--A saber... Él fue quien le trajo el cuento de lo del tal con la cual, +quiero decir, con la _Fenelona_. Yo no me fío de la cordura de este +caballerito, y siempre que le cojo a mano le registro, a ver si trae +algún arma. No me gusta nada verle aquí. + +Rubín e Izquierdo estaban sentados en el sofá de la sala, ambos +silenciosos, Fortunata llamó a Ballester y a _Platón_ para contarles lo +que había hecho, y en tanto Guillermina se fue a sentar junto a +Maximiliano, insinuándose con él por medio de una sonrisa de benignidad. +Quiso la dama hablarle, y no pudo decir una palabra, pues con todo su +talento y práctica del mundo no acertaba con la clave de las ideas que +ante aquel hombre, dada la situación de él, debía desarrollar. ¿Qué le +diría? ¡Este sí que era problema! ¿Qué tono tomaría? ¿Era cuerdo el tal +o no? Porque si había dificultades considerándole demente, tratándole +como sano las dificultades eran tales que rayaban en lo imposible. ¿Le +hablaría del niño?... Jesús qué disparate. ¿Le diría que su mujer era +una joya? ¡Qué barbaridad! ¿Acometería el estado real de las cosas? Ni +pensarlo. ¿Lo tomaría por el lado religioso y de la resignación? +Tampoco. ¿Por el lado mundano? Quia... Nunca se había visto la buena +señora enfrente de un problema de ciencia social tan enrevesado y +temeroso. Aquel enigma superaba a cuantos enigmas había visto ella en su +vida infatigable. + +«Vamos--pensó la fundadora--, ¿a que tirando por la calle de en medio +salgo bien? Es lo mejor, y este sistema siempre me ha dado resultados. +Oiga usted, caballerito...». + +--Señora... Y aquí se atascó el diálogo, porque la santa no se atrevía +a pasar adelante. Pero quiso Dios que la misma esfinge le abriese camino +diciéndole: «Yo conocía a usted de vista y de fama; pero nunca había +tenido el gusto de hablarle... Es usted una santa, y cuando se muera, la +canonizaremos y la pondremos en los altares». + +--Gracias; es favor--replicó ella con gracejo--. Y a mí me parece que el +santo es usted. + +--Yo... (sin maravillarse mucho de la lisonja). Pero de mí a usted hay +una gran diferencia. Cierto que yo he ganado algunas batallitas contra +mis pasiones; pero no he llegado, ni con mucho, al grado de perfección +que usted. Disto bastante todavía. Si con padecer se llegara, ya +estaríamos en el pináculo, porque yo he padecido mucho, señora. Usted se +pasmará de la serenidad que nota en mí. Todos se pasman, y no es para +menos. Porque aquí donde usted me ve, he estado loco, loco perdido... + +--Lo sé, lo sé... ¡Ay, qué dolor! + +--Y he ido pasando por este y el otro grado. Primero tuve el delirio +persecutorio, después el delirio de grandezas... Inventé religiones; me +creí jefe de una secta que había de transformar el mundo. Padecí también +furor de homicidio, y por poco mato a mi tía y a Papitos. Siguieron +luego depresiones horribles, ganas de morirme, manía religiosa, ansias +de anacoreta, y el delirio de la abnegación y el desprendimiento... + +Pero Dios quiso curarme, y poco a poco aquellos estados fueron pasando, +y la razón, que estaba muerta, empezó a nacer, primero chiquitita, y +después creció tanto, tanto, que se me hizo un cerebro nuevo, y fui otro +hombre, señora. Y me encontré entonces con la novedad de un gran +talento, perdóneme usted la inmodestia, con una gran aptitud para juzgar +de todas las cosas... + +Guillermina estaba pasmada y no se le ocurría nada que oponer a aquellas +razones. Expresábase él con admirable serenidad y con fácil y aun +ingeniosa palabra, sin atropellarse ni vacilar un instante, las +facciones reposadas, todo cortesía y aplomo. + +«Y cuando volví a la vida, porque volver a la vida fue aquello, +encontreme como el que sube a un monte muy alto, muy alto, y ve todas +las cosas de golpe, reducidas a mínimo tamaño. 'Aquello--decía yo--que +me pareció tan grande, vedlo allá tan chiquitín'. Híceme cargo de todo +lo que había pasado durante mi enfermedad, que más bien me parecía +sueño, y vi la infidelidad de esa desgraciada, vi también que tenía una +cría, y la claridad de aquella razón nueva y robusta que yo había +echado, me hizo ver un caso de aplicación de la justicia, y consideré +que era de mi deber contribuir a la extirpación del mal en la humanidad, +matando a esa infeliz, con lo cual la redimía, porque yo he dicho +siempre: 'Bienaventurados los que van al patíbulo, porque ellos en su +suplicio se arrepienten, y arrepintiéndose se salvan'». + +Guillermina iba a contestar algo a esto; pero el otro no la dejaba meter +baza. + +«Aguárdese usted un poquito, que falta la segunda parte. Pensaba yo cómo +realizaría aquel acto de justicia, cuando la casualidad, mejor será +decir la Providencia, me deparó una solución mejor y más cristiana que +la muerte. Esta pobre mujer no necesitaba de mi justicia. Dios mismo +había dispuesto su castigo y una lección tremenda. ¿Qué debía yo hacer? +Dejar que hiriera la lección. La infidelidad castiga la infidelidad. +¿Hay nada más lógico que esto? Yo debía, pues, dejar que obrase la +lógica. Di gracias a Dios por aquella luz que hizo venir a mí. Dios es +el único que castiga, ¿verdad, señora? ¡Y qué bien que lo sabe hacer! ¿A +qué usurparle sus funciones? Dios, realizando la justicia por medio de +los sucesos, lógicamente, es el espectáculo más admirable que pueden +ofrecer el mundo y la historia. Así es que yo me lavo las manos, y dejo +que la lección natural se produzca y la justicia se cumpla. ¿Es esto ser +razonable? ¿Es esto ser cuerdo...?». + +Hizo la pregunta cruzándose de brazos, y Guillermina después de vacilar, +le dijo: «Vaya si lo es. Y Cristo nos enseña que no debemos tomarnos la +justicia por nuestra mano, pues Dios castiga sin palo ni piedra, y Él +da a cada criatura lo que le conviene. Cuando alguna injusticia nos +envuelve, por picardías de los hombres, lo que debemos hacer es +aguantar, y cruzarnos de brazos y decir: 'Vengan palos. Mientras más me +humillen, más me levantaré después. Mientras más me azoten aquí, más +salud tendré allá'». + +--Eso mismo pienso yo. Los resentimientos que había en mi corazón, los +he ido desechando... La idea de matar la considero yo ineficaz y +absurda, como un medicamento equivocado. Sólo Dios mata, y Él es quien +siempre enseña. Yo he tenido celos horribles, yo he tenido rencores +ardientes; sin embargo, toda esta maleza va cayendo bajo el hacha de la +razón... Razón y nada más que razón. Ya no pienso en matar a nadie, ni +aun a los que tanto odié. Veo las admirables enseñanzas de Dios, veo a +los malos recibir su castigo, y procuro no merecerlo yo... Este es mi +sistema, esta es mi vida. + +Segismundo había llamado a Guillermina desde la puerta de la alcoba. +Allí cuchichearon algo referente a Fortunata, y habiéndole preguntado a +la santa su parecer respecto al joven Rubín, la fundadora se expresó de +este modo: «Lo último que me ha dicho es el colmo de la sabiduría y de +la cordura; pero...». + +--No las tiene usted todas consigo... Ni yo tampoco. + + + + +--ix-- + + +Izquierdo entró con una botella de cerveza y detrás el mozo del +café de Gallo con un _grande_ de limón, ponchera y copas. «La +señora--dijo él queriendo ser amable--, va a tomar un vasito de cerveza +con limón». + +--¡Quite usted allá!--replicó la dama--. Yo no bebo esas porquerías. Se +lo agradezco... + +A Fortunata la invitaron también; pero ella no quiso tampoco tomarlo, y +pidió leche. Ballester, atento a serle agradable, mandó a Encarnación +por la leche, y Guillermina se despidió para retirarse en el momento en +que entraba Plácido, que había subido presuroso y lleno de oficiosidad a +ponerse a sus órdenes. + +Segismundo observaba a su amiga, y a la verdad, no le parecía su estado +muy católico. El falso gozo que la hacía reír a cada instante no era +buena señal, y hubiera él deseado que hablase menos. Pero todo se volvía +contar el lance con Aurora, dándole proporciones trágicas, y una vez +concluido, lo empezaba de nuevo, revelando contra la que fue su amiga +una saña implacable. Ballester la contradecía suavemente, recomendándole +la prudencia, la tolerancia y el perdón de las injurias. No sabiendo ya +qué decirle, llegó hasta sacarle el ejemplo de Maximiliano, que llevaba +con tan cristiana mansedumbre el cargamento de sus agravios. La diabla, +al oír esto, se reía más, diciendo que su marido era un santo, un +verdadero santo, y que si le canonizaban y le ponían en los altares, +ella le rezaría y le escupiría. Esto no lo oyó Rubín, que a la sazón +estaba jugando a las damas con Izquierdo. + +Trajeron la leche, y cuando Encarnación se la servía a su ama, esta vio +que habían caído dos moscas; le entró mucho asco y puso a la chiquilla +como hoja de perejil, llamándola puerca y descuidada. El regente mandó +traer más leche, y dijo que la de las moscas se la bebería él, pues no +tenía asco de nada. Sacó los insectos con el dedo meñique, y su amiga le +criticó esta acción, llamándole sucio y tratándole con cierta sequedad. +Trajeron la leche bien tapada para que no cayeran moscas, y mientras +Fortunata se la bebía, Ballester se tomó la otra, diciendo bromas y +chuscadas, con las cuales no lograba disipar la negra tristeza en que la +joven había caído tras la ruidosa alegría. Mandola acostar, y +entretanto, pasó el farmacéutico a la sala, haciendo que atendía al +juego de las damas. No podía tener tranquilidad mientras Maxi estuviera +allí, ni se fiaba de sus apariencias resignadas y filosóficas. Con +disimulo, y fingiendo que le hacía cosquillas, por jugar, le tocó los +bolsillos, temeroso de que llevara algún arma. Pero nada encontró en su +disimulado reconocimiento. A pesar de todo, no quería Ballester irse +sin llevarle por delante, y tanto bregó con él, que hubo de conseguirlo. +Salió, pues, el regente haciendo propósito de volver, pues su amiga le +había puesto en cuidado. + +_Platón_ se fue también al anochecer, pero a las nueve regresó +encendiendo luz en la sala. No eran las nueve y cuarto, cuando +Fortunata, que había empezado a dormitar, sintió pasos, y vio que un +hombre entraba en la alcoba. «¿Quién es?--preguntó alarmada, echando los +brazos a su hijo--. ¡Ah!, eres tú, Maxi; no te había conocido. Está esto +tan oscuro...». + +La tos perruna de su tío la tranquilizó, diciéndole que no estaba sola. +Mandó a la chica que trajese luz, pues se le había despabilado el sueño, +y José, atento a custodiarla, se asomaba a cada instante a la alcoba. +Sentose Maximiliano junto a la cama como el día anterior, y +bondadosamente le dijo: «Esta tarde había aquí mucha gente y no pude +hablarte. Por eso he vuelto. Ya sé que tú y Aurora os pegasteis. Doña +Casta está furiosa, y mi tía, no puedes figurarte lo alborotada que está +contra ti. Sobre este suceso de hoy se me ocurre a mí una cosa que te +quiero comunicar». + +--Dímelo, dímelo prontito--indicó ella, que sin saber por qué, esperaba +de aquel hombre, a quien tenía en tan poco ideas extrañas y quizás +consoladoras. + +--Pues lo que has hecho esta tarde favorece a tu enemiga--afirmó Rubín +con severidad de médico, aguardando el efecto que tales palabras habían +de hacer en ella--. Sí; favorece a tu enemiga. Tú eres tonta y no +conoces la naturaleza humana. Yo, desde que entré en esta gran crisis de +la razón, todo lo veo claro, y la naturaleza humana no tiene secretos +para mí. + +Fortunata no comprendía. «Me explicaré mejor. Quiero decir que al +maltratar a tu rival le has dado la victoria sobre ti. El hombre a quien +queréis las dos pudo haber vacilado antes de elegir la que +definitivamente había de merecer su amor. Ahora no vacilará. Entre una +que se descompone y hace las brutalidades que tú hiciste y otra que +padece y es maltratada, el amor tiene que preferir a la víctima. Toda +víctima es por sí interesante. Todo verdugo es por sí odioso. En un +pleito de amor, la víctima gana siempre. Ésta es una verdad que está +escrita en el corazón humano como en un libro, y yo leo en él tan claro +como leemos una noticia en _El Imparcial_. Yo lo sé todo; nada se me +oculta. Demasiadas pruebas tienes de ello». + +A Fortunata le hizo esto tan mal efecto, que sintió ganas de coger la +palmatoria y tirársela a la cabeza. Respondió con despecho: «Pues si +gana ella, mejor. A mí no me importa nada que él la quiera ni que la +deje de querer...». + +--Y ahora la va a querer tanto--agregó Maxi impasible y frío--, la va a +querer tanto, que los amantes de Teruel van a ser paja al lado de ellos. +La querrá porque ha sido atropellada, y las víctimas siempre inspiran +amor. Créetelo porque te lo digo yo, que todo lo sé. La querrá con +locura, más que a ti, más que a su mujer; y hará con ella lo que no hizo +con ninguna. Abandonará a su mujer y a sus padres para vivir a sus +anchas con ella... Y serán felices y tendrán muchos hijitos. + +Lo que la de Rubín dijo no fue más que un mugido. Hizo ademán de coger +la palmatoria. Después se tapó la cara con la mano. + +«Yo te digo estas cosas porque son la verdad, y te pego con la verdad +para que la lección escueza. Así, así es como aprendes. Bonita +enseñanza, ¿verdad? Cierto que duele y hace sangre; pero padecer y +aprender son sinónimos. Por tu bien es. Tu conciencia se purificará, y +ojalá te murieras con esta pena, porque te irías derecha al Cielo». + +La joven lloraba con angustia, y él no parecía tenerle compasión. + +«Veo que me crees y haces bien. Lo que te he dicho ha salido siempre +verdad. Yo lo sé todo, y mi razón me presenta la vida como un panorama +ante los ojos. Es un don que recibí de Dios. Cuando estaba loco, +adivinaba por inspiración; bien lo sabes, y recordarás que te anuncié +todo lo que iba a pasar... La verdad venía entonces a mí envuelta en +una especie de simbolismo, como las verdades reveladas a los pueblos de +Oriente. Pero luego entré en la época de la razón, y la verdad se me +ofrece clara y desnuda, y desnuda y clara te la digo. ¿Acerté a +encontrarte cuando todos me decían que te habías muerto? ¿Acerté a +descubrir lo de Aurora con los detalles de casa, hora a que se reunían, +etcétera? Pues ya ves. Nada se me esconde, y lo que acabo de decirte es +el Evangelio. Has dado la victoria a tu enemiga... aguanta el golpe. Tu +víctima y tu verdugo serán felices y tendrán muchos hijos». + +--Cállate, cállate o verás...--dijo Fortunata amenazándole con el puño, +y tratando de vencer el terror sugestivo y supersticioso que su marido +le inspiraba--. Yo también sé verdades y te voy a decir una. + +--Pues dímela pronto.--Digo que eres un hombre sin honor... + +Maximiliano se estremeció ligeramente, pero nada más. Seguía oyendo. «¿Y +qué más?» dijo. + +--¿Te parece poco?--prosiguió la diabla, que de rabiosa que estaba, +tenía espuma de saliva en los labios--. Pues Ballester y doña +Guillermina lo decían hace poco: «Es un santo; pero no tiene el +sentimiento del honor». Conque ya sabes. Déjame en paz. No quiero verte +más. Unos dicen que estás cuerdo, y otros que estás loco. Yo creo que +estás cuerdo, pero que no eres hombre; has perdido la condición de +hombre, y no tienes... vamos al decir, amor propio ni dignidad... Conque +ahí tienes tu lección. Aguanta y vuelve por otra. ¿Qué creías?, ¿que yo +iba a sufrirte tus lecciones, y no te iba yo a dar las mías? + +--Lo que dices (con glacial estoicismo) es propio de una criatura llena +de debilidades y de impurezas, en quien la razón se halla en estado +embrionario, y que habla y obra siempre al impulso de las pasiones y del +vicio. + +--_¡Tiologías!_--gritó Fortunata exaltándose y moviendo los brazos como +una actriz en pasaje de empeño--. Si tú hubieras tenido tanto así de +dignidad, me habrías pegado un tiro... No lo has hecho. Mejor para mí. Y +otra cosa te digo. Si hubieras tenido un adarme de sangre de hombre, +cuando viste a ese y a esa, les habrías pegado seis tiros, dejándoles +secos a los dos. Pero tú no tienes sangre. Esa santidad y esa +cristiandad y esa pastelera razón son la horchata que tienes en las +venas... + +Izquierdo, que oía desde la puerta, se alarmó, creyendo oportuno evitar +aquel coloquio que tan mal giro tomaba: «Ea--dijo entrando--, bastante +hemos hablado. Y usted, señor de Maxi, haga el favor de tomar +soleta...». + +Le cogía por un brazo, sin que él hiciese resistencia. Rubín estaba algo +aturdido, como si analizara y descompusiera en su mente las acusaciones +de su mujer antes de darles la réplica que merecían. De repente, cual +movida de un impulso epiléptico, Fortunata se incorporó en el lecho, +echó los brazos hacia adelante, clavó los dedos de una mano en el hombro +de su marido con tanta fuerza que le tuvo atenazado, y comiéndoselo con +los ojos, le gritó de este modo: «Marido mío, ¿quieres que te quiera +yo?, ¿quieres que te quiera con el alma y la vida?... Di si quieres... +Yo me he portado mal contigo; pero ahora, si haces lo que te pido, me +portaré bien. Seré una santa como tú... Di si quieres...». + +Maxi la interrogaba con su mirada luminosa. + +«Di si quieres. Verás cómo lo cumplo. Seré una mujer modelo, y tendremos +hijos tú y yo... Pero has de hacer lo que te digo. Yo te juro que no me +volveré atrás, y te querré. Tú no sabes lo que es una mujer que se muere +por un hombre. ¡Pobretín, esa miel no la has catado nunca!... ¿No darías +tú algo porque yo te quisiera como tú me querías a mí?... ¿Te acuerdas +de cuando me adorabas, te acuerdas?... Pues figúrate que yo te adoro a +ti lo mismo y que te llevo estampado en mi corazón, como tú me llevabas +a mí...». + +Maximiliano empezó a inmutarse... La máscara fría y estoica parecía +deshacerse como la cera al calor, y sus ojos revelaban emoción que por +instantes crecía, como una ola que avanza engrosando. + +«Di si quieres...--repetía la diabla con exaltación delirante--. Déjate +de santidades y reconciliémonos y querámonos... Tú no lo has catado +nunca. No sabes lo que es ser querido... Verás... Pero ha de ser con una +condición... Que hagas lo que debiste hacer, matar a esa indina, +matarla... porque lo merece... Yo te compro el revólver... ahora +mismo...». + +Sus manos revolvieron temblorosas bajo las almohadas buscando el +portamonedas. De él sacó un billete de Banco. «Toma, ¿quieres más? +Compras un revólver... bien seguro... pero bien seguro... la acechas, y +plim... la dejas seca... Oye otra cosa: Para que se te quiten los +celitos, y cumplas con tu honor como un caballero, les matas a los dos, +¿sabes?, a ella y a él, que también lo merece, y después de muertos (con +salvaje sarcasmo), después de muertos, ¡que tengan los hijos en el otro +mundo!... ¿Con que lo harás? Hazlo por mí, y por su pobrecita mujer, que +es un ángel... las dos somos ángeles, cada una a su manera... Dime que +lo harás... ¡Y luego te querré tanto...! No viviré más que para ti... +¡Qué felices vamos a ser!... tendremos niños... hijos tuyos, ¿qué te +crees?...». + +Maxi, lelo y mudo, la miraba, y al fin sus ojos se humedecieron... Se +deshelaba. Quiso hablar y no pudo... La voz le hacía gargarismos. + +«Sí... quererte a ti--añadió ella--. No sé por qué lo dudas. ¡Ah!, no me +conoces... no sabes de lo que soy capaz... déjate de _tiologías_... ¡El +amor! Yo te enseñaré lo que es... No lo sabes, tontín... ¡la cosa más +rica...!». + +--Vamos, ¿qué _yeciones_ son estas?--clamó Izquierdo, tirando a Rubín de +un brazo--. Basta de música... A la calle, que esta chica está mu mala. + +--Tío, déjele usted, déjele usted... Es mi marido, y queremos estar +juntos... ¡Vaya!... + +Maxi se dejaba levantar del asiento como un saco. Se había quedado +inerte. De pronto, hubo algo en su espíritu que podría compararse a un +vuelco súbito, o movimiento de cosas que, girando sobre un pivote, +estaban abajo y se habían puesto arriba. Las manos le temblaban, sus +ojos echaron chispas, y cuando dijo _matarles, matarles_, su voz sonó en +falsete como en la noche aquella funesta, después del atropello de que +fue víctima en Cuatro Caminos. + +«Mátameles, sí...--añadió la diabla, retorciéndose las manos--. ¡Hijos +ella!... En el infierno los tendrá...». + +Cayó desplomada sobre las almohadas, chocando la cabeza contra los +hierros de la cama. + +Maxi alargó la mano y recogió el billete, que estaba aún sobre la +colcha. Y a punto que Izquierdo le sacaba, resonó la voz de Juan +Evaristo con agudísimo timbre, y entraba Segismundo, asombrándose mucho +de ver al filósofo otra vez allí. + + + + +--x-- + + +«¡Demonio de chico!--dijo a Izquierdo cuando volvía de acompañar +hasta la puerta al señor de Rubín--. Hay que tener mucho cuidado con él +y no perderle de vista cuando entra aquí. Y ella, ¿qué tal está?... +Buena moza, ¿cómo va ese valor?». + +La joven no respondía. Estaba como aletargada. Pero el chico siguió +chillando, y al reclamo de él, la madre abrió los ojos, y tomándole en +brazos, le acercó a su seno. Ballester mandó a la criada que quitara la +luz, que acaloraba mucho la alcoba, y se sentó donde antes había estado +Maxi. Luego sacó una cajita de medicinas y una botellita con poción. +«Aquí traigo otra antiespasmódica. La he hecho yo mismo, y traigo +también el _percloruro de hierro_ y la _ergotina_, por si acaso... Mucho +cuidado, hija mía, mucho reposo; que las emociones y los disparates de +hoy nos pueden traer un trastorno. Apuesto a que Maxi ha venido a +contarle a usted alguna otra tontería. Es preciso prohibirle la +entrada». + +Fortunata había vuelto a cerrar los ojos. El niño callaba y se oían sus +lengüetazos. + +«Buenas tragaderas tiene el amigo--dijo Ballester; y para sí, +contemplando a la diabla, que dormía o fingía dormir--: ¡Qué hermosa +está!... Le daría yo un par de besos... con la intención más pura del +mundo... He aquí una mujer que hoy no vale nada moralmente, y que +valdría mucho, si reventara ese maldito Santa Cruz, que la tiene +_sugestionada_... ¡Lástima de corazón echado a los perros...!». + +El chico rompió a llorar otra vez, y la madre parecía tan inquieta como +él. + +«Amigo Ballester... ¿sabe usted que me parece que me quedo sin leche?... +Mi hijo chupa, chupa y no saca...». + +--No asustarse. Es accidental. Procure usted dormir... A ver: ¿Maxi le +ha dicho a usted alguna tontería? + +--Tontería no... verdades... + +--¡Verdades!... (rompiendo a reír). ¿Y cómo sabe usted que son verdades? + +--Porque las grandes verdades las dicen los niños y los locos. + +--Es un refrán sin sentido común. Los locos no dicen más que disparates. + +--Es que mi marido no está loco... Tiene ahora mucho talento. Tal creo +yo. + +Juan Evaristo volvió a callar, pegándose al pezón con salvaje ahínco. + +«Tome usted un poco de esta bebida. La he preparado como para usted... +Está riquísima. Es preciso calmar los nervios». + +La chica trajo un vaso con cucharilla, y Fortunata tomó la +antiespasmódica. + +«¡Qué bueno es usted, Segismundo! ¡Qué agradecida estoy a lo que hace +por mí!». + +--Todo y mucho más se lo merece usted, carambita--replicó el +farmacéutico con efusión de cariño--. Hemos de ser muy amigos. + +--Amigos sí, porque lo que es querer... No vuelvo yo a querer a ningún +hombre, como no sea a mi marido, siempre y cuando haga lo que le mando. + +--¡A su marido! (tomándolo a broma). No me parece mal. Y ahora que está +hecho un santo... + +--Santo, no... ¡qué simplezas dice usted! + +--Santo; así como suena. De modo que será usted también santa... Pues yo +seré su discípulo. Nos iremos los tres a un desierto a hacer penitencia +y comer yerba. + +--Cállese usted.--Usted es la que se va a callar... a ver si se duerme y +se le calman los nervios. La salida de hoy no tendrá consecuencias. +¿Sabe usted lo que venía pensando?, que si encontraba mal a la buena +moza, me quedaría aquí esta noche. Y al salir de casa, le dije a mi +madre que quizás no volvería. Nada, que estoy decidido a cuidarla como +si fuera mi cara mitad. + +--No; si no es preciso que usted se moleste. Crea que me siento regular +esta noche, casi bien. Anoche ¿sabe?, estaba peor. + +--Pues me estaré hasta las doce o la una. Me pondré a leer _La +Correspondencia_ o a jugar al tute con el señor de Izquierdo. Y si la +veo a usted tranquila y dormida, me retiraré. Si no, aquí me estoy de +centinela. + +Así lo hizo, y no habiendo observado hasta más de media noche nada de +particular, salió de puntillas, dando a la placera instrucciones por si +la mamá o el niño tenían alguna novedad durante la noche. El _modelo_ se +fue también, y Segunda se metió en su cuchitril; mas apenas había +descabezado el primer sueño, la llamó Encarnación de parte de la +señorita, que se sentía mal. El chiquillo soltaba todos los registros de +su voz y no había manera de acallarle. Agotó la madre todos sus medios y +Encarnación los suyos, que eran cogerle en brazos y dar un paso adelante +y otro atrás, como si bailara, tratando de persuadirle con amorosas +palabras de que los niños deben estarse calladitos. + +«Paréceme--dijo Fortunata con terror--, que me estoy secando». + +--Pues si te secas--le contestó su tía, que hasta para consolar era +regañona y desapacible--, pues si te secas, ¡demonche!, mejor, ponemos +un ama, y a vivir... + +--Diga usted, tía, ¿ha venido mi marido? + +Segunda la miró asombrada. «¡Tu marido!... ¿sabes la hora que es? ¿Y +para qué quieres que venga acá ese tipo?». + +--Tenía que hablarle...--¡Santo Cristo de Burgos, cortinas verdes!... A +buenas horas nos entra la fineza... El demonio que te entienda, chica, +¡ahora clamas por tu marido! Para lo que ha de servirte, más vale que no +parezca por acá en mil años. + +--Es que le tenía que hablar. No ha estado aquí desde anoche. + +Segunda la volvió a mirar, echándose a reír con descarada grosería. +«Pero, chica, si ha estado aquí esta noche, y se fue a las diez...». + +--¡Ah!, ¿esta noche ha sido? Es que confundo yo las noches... Creí que +había habido un día entre medio. Cuando una está en la cama, se le va la +idea del tiempo... + +La criatura seguía alborotando, y su madre se quejaba de un desasosiego +que no podía explicar. «¡Cuánto siento que se haya ido Segismundo! Él me +recetaría alguna cosa, o al menos, diciéndome que esto no es nada, yo me +lo creería». + +Segunda propuso ir a llamarle; pero Fortunata no consintió en ello, +porque una noche, dijo, se pasaba de cualquier manera. Así fue, y la +verdad es que la pasaron todos muy mal, incluso Encarnación, que se +dormía en pie. + +A la mañana siguiente, subió Estupiñá a preguntar por toda la familia +con un interés del cual Segunda sabía sacar partido. «¿Cómo ha pasado la +noche la mamá? Y el niño, ¿qué tal? Ya me he enterado del _artículo_ de +amas, y tengo noticias de tres muy buenas, la una pasiega, otra de Santa +María de Nieva y la tercera de la parte de Asturias, con cada ubre como +el de una vaca suiza. ¡Género excelente!». + +«Pues no está demás que usted haya dado estos pasos, D. Plácido, porque +estoy en que se nos seca--dijo la placera, gozosa de meter su cucharada +en aquel asunto--; y si la señora (aludiendo a Guillermina), quiere que +se le ponga ama, yo soy de la misma conformidad». + +Plácido, después de cotorrear un poco con Segunda en la puerta de la +casa de esta, bajó a la suya, y en la salita, tapizada de carteles de +novenas y otras funciones eclesiásticas, estaba Guillermina, en pie, el +rosario y el libro de rezos en la mano. La casera y el administrador +cotorrearon otro poco, y el resultado de esta nueva conferencia fue que +Rossini volvió a subir presuroso y a tener otra hocicada con Segunda en +la puerta. «Dígame usted, ¿está durmiendo ahora? ¿Y el niño mama o no +mama?»--«Pues ahora están los dos callados... _Paice_ que +duermen».--«Pues silencio. Cuide usted de que no haya ruido en la +casa... Yo, verá usted, como salgan los chicos del latonero a alborotar +en la escalera, les deslomo». + +Y vuelta a bajar y a subir nuevamente con un mensaje. «Señá Segunda, +oiga. Que no deje usted de mandar recado hoy a ese señor de Quevedo, +para que la vea y nos diga si traemos el ama o no traemos el +ama».--«Bien está, bien».--«Yo estaré a la mira; ya las tengo +apalabradas, y las reconoceremos en mi casa. Buenas mujeres, y no tienen +pretensiones de cobrar un sentido. Como leche, señá Segunda, como leche, +creo que la asturiana nos ha de dar mejor resultado que ninguna. Tengo +yo un ojo... En fin, mucho cuidado». + +Y tornó a bajar con toda su oficiosidad y diligencia, dispuesto a subir +cien veces si fuese menester. Guillermina estuvo aún un ratito en casa +de su amigo, el cual no sabía qué hacerse al ver su pobre vivienda +honrada con persona tan excelsa. Habría traído de San Ginés, si pudiera, +el trono de la Virgen del Rosario, para que se sentara. Pues, digo, +cuando llamaron a la puerta y fue a abrir, y vio ante sí la simpática +figura de Jacinta, creyó el pobre hombre que toda la corte celestial +penetraba en su casa. No dijo nada la señorita; no hizo más que sonreír +de un modo que significaba: «¡Qué raro verme aquí!». Guillermina alzó la +voz desde la sala diciendo: «Pasa, aquí estoy...». Estupiñá, siempre +delicado, se apartó para dejarlas hablar a solas. Parecía que la santa +reprendía paternalmente a la otra: «Si ya te he dicho que lo dejes de mi +cuenta. Yo me entiendo. Si te empeñas en meter la cuchara, creo que lo +vas a echar a perder... No, no te dejo subir... ¿te parece fácil entrar +a verle sin que se entere su madre? Atrevidilla te has vuelto... ¿Que le +bajen aquí? ¡Vamos; las cosas que se te ocurren...! Tiempo tienes de +verle. Si empezamos a hacer disparates y a portarnos como dos +intrigantas que se meten donde no las llaman, merecemos que nos tome Ido +por tipos de sus novelas. Vámonos ahora a San Ginés, y luego sabremos la +opinión del señor de Quevedo. Descuida, que no se nos morirá de hambre». + +Salieron, y Plácido se fue con ellas a la iglesia, pues aunque ya había +estado en ella, érale muy grato acompañar a las señoras a misa. Oyeron +dos, y antes de salir, sentadas en un banco, la Delfina dijo a su amiga: +«¿Sabe usted que no he podido oír las misas con devoción, acordándome de +esa mujer? No la puedo apartar de mi pensamiento. Y lo peor es que lo +que hizo ayer me parece muy bien hecho. Dios me perdone esta barbaridad +que voy a decir: creo que con la justiciada de ayer, esa picarona ha +redimido parte de sus culpas. Ella será todo lo mala que se quiera; pero +valiente lo es. Todas deberíamos hacer lo mismo». + +La santa no respondió, porque dentro de la iglesia no gustaba de tratar +ciertos asuntos de reconocida profanidad; pero cuando salían por el +patio que da a la calle del Arenal, tomó el brazo de su amiguita, +diciéndole: «Bueno estuvo el lance, bueno. ¡Qué par de alhajas!». + +--¡Crea usted que a mí me daba una alegría cuando lo oí contar!... +Habría yo dado cualquier cosa por estar presente en aquella tragedia... + +--Quite allá... es repugnante... Dos mujeres pegándose... + +--Será lo que usted quiera; pero desde que me lo contaron, la bribona +antigua se ha crecido a mis ojos y me parece menos arrastrada que la +moderna. + +--Este mundo, hija mía, está lleno de maldades. A donde quiera que mira +una, no ve más que pecados, y pecados cada vez más gordos, porque la +humanidad parece que se vuelve de día en día más descarada y menos +temerosa de Dios... ¡Quién había de decir que esa muchacha, esa +Aurorita, que parecía tan buena, tan lista...! No, como lista, ya lo es; +aunque la otra lo ha sido más... ¿Y qué dice Bárbara?, estaba encantada +con ella, y todos los días iba al obrador a verla trabajar... Pero +cállate, que aquí viene tu señora suegra... + +Barbarita y la pareja se encontraron. + +«Ya no alcanzas la del señor cura... ¡Qué horas de ir a misa!». + +--Pero si no me han dejado salir en toda la mañana... Mira, Jacinta, +allí tienes a tu marido llama que te llama... Entré y... «Que dónde +estabas tú. Que qué tenías tú que hacer en la calle tan temprano». +Conque bien puedes darte prisa. + +--Que espere... Pues no faltaba más...--replicó Jacinta con tedio--. Que +tenga paciencia, que también la tienen los demás. + +--Y vosotras, ¿de dónde venís? + +--¿Nosotras? De ver amas de cría--dijo la santa sonriendo. + +--¡Amas de cría!...--Sí, no es broma... amas, amas, amas. + +--¡Qué graciosa estás hoy!... + +--Pues qué, ¿no te ha dicho esta tonta que hemos encontrado otro +_Pituso_? + +Barbarita se echó a reír con donaire. «Pero qué, ¿os han dado otro +timo?». + +--Quia; ahora no. Este es auténtico... este es de ley; _no tiene hoja_, +como el otro, por quien perdiste la chaveta. + +--¡Bah!, no quiero oírte...--repuso Barbarita con humor festivo, y se +separó de ellas para ir presurosa a la iglesia. + +--Oye... mira--dijo Guillermina llamándola...--Cuando salgas, date una +vuelta por las tiendas. Allí tienes a tu corredor, Estupiñá el Grande. +Aguarda, oye; te compras una buena cuna... + +La dama se reía; todas se reían. + + + + +--xi-- + + +El dictamen de Quevedo no fue alarmante con respecto a la madre; +pero al chico le dio el comadrón malas noticias, anunciándole que se +quedaba sin provisiones. Por la tarde, Plácido comunicó a la señora que +la mujer aquella se negaba a poner a su hijo en pechos de nodriza, +aunque esta fuese bajada del Cielo; insistía en que tenía leche; el niño +berreaba, dando a entender que su mamá faltaba descaradamente a la +verdad... «En fin, señora--agregó Estupiñá con oficiosidad sañuda--; que +a esa mujer hay que matarla. Es más mala que arrancada, y lo que ella +quiere es que la criaturita perezca...». + +Fue allá la fundadora, y se alegró de encontrar a Ballester en la sala. +«A ver si la convence usted de que no puede criar. La pobre, como tiene +la cabeza un tanto débil y trastornada, se figura que le van a quitar a +su hijo... Y no es eso, no es eso... Hay interés en que le críe bien». + +--Ya se lo he dicho... Casi he empleado las mismas palabras, señora... +Pero si viera usted... Hállase hoy en un estado de apatía y tristeza que +no me hace maldita gracia. No hay medio de sacarle una respuesta a nada +de lo que se le dice. Tiene el chico en brazos, y cuando le hablan de +amas o de que ella se está secando, le aprieta, le aprieta tanto contra +sí, que me temo que en una de estas le ahogue. + +--Todo sea por Dios... Entraré a ver a la fiera, y trataremos de +amansarla. + +Sin abandonar aquella actitud de desconfianza y miedo, Fortunata pareció +alegrarse de ver a Guillermina, que la saludó con extremada amabilidad, +demostrando un gran interés por ella y por su niño. + +«¡Qué gusto verla a usted!--exclamó la pecadora sin moverse--. Tenía yo +ganas de que viniera para decirle una cosa...». + +--Pues ya me la está usted diciendo, porque me voy a escape. + +La infeliz joven puso el nene a su lado, mostrando menos desconfianza; +pero le rodeó con su brazo en ademán de protección. + +«¿Pero me le quitará?... Diga si me le quería quitar... Fuera bromas. Lo +que usted me diga lo creeré». + +--Muchas gracias, amiga mía... Me toma por ladrona de chiquillos. No +sabía yo que soy bruja... + +--No; es que... verá. Yo pensaba que me lo iban a quitar, por lo mala +que he sido. Pero eso no tiene que ver, ¿verdad? Pues ahora soy mucho +más mala. ¡Ay!, señora, he cometido un pecado tan grande, tan regrande, +que no creo que me lo perdone Dios. + +--¿Apostamos a que es cualquier tontería? (inclinándose hacia ella y +acariciándole la barba). + +--¡Ay, señora, ojalá fuera tontería!... Voy a decírselo... Pero no me +riña mucho... Pues anoche estuvo aquí mi marido, hablamos, y le di +veinte duros para que comprara un revólver. El revólver es para matar a +_ese_ y a _esa_... sobre todo a la francesota, infame, traicionera... + +Guillermina recibió impresión muy fuerte con estas palabras; pero hizo +un esfuerzo por aparentar que no perdía su serenidad. «Fuertecillo es, +sí, señora... Pero su marido de usted no hará nada. He hablado con él y +me ha parecido muy razonable». + +--La razón es su tema... pero no hay que fiar... Lo que es los tiros, +crea usted que no se le escapan. Yo le calenté bien la cabeza... Toda +aquella sabiduría que ahora tiene se la quité con las cosas que le +dije... Se volvió loco otra vez, señora; le prometí quererle como él me +quiso a mí, y crea usted que hice la promesa con voluntad. + +--Me hace usted temblar (alarmándose). Vamos; el pecado ese es de lo más +atroz que puede haber. Él, si los mata, peca menos que usted, por +haberle mandado que lo hiciera, acalorándole con promesas. + +--Lo mismo me parece a mí, y por eso he estado con miedo toda la noche. + +--Si usted reconoce que ha hecho mal, y le pide perdón a Dios de su mala +intención y procura limpiarse de ella, Dios tendrá piedad de la +pecadora. + +--Es que... verá usted... estoy arrepentida por mitad. ¡Matarle a él!, +¿sabe usted que me da lástima? No, no, que no le mate... Pero lo que es +a esa bribona, tramposa, embustera... ¿Pues no tiene la poca vergüenza +de creer que tendrá hijos?... ¡Hijos ella...! Dígame usted, ¿qué se +pierde con que se vaya para el otro mundo un trasto semejante? + +Esto lo decía con tanta naturalidad, que Guillermina, por un instante, +no supo si indignarse o tomarlo a risa. «Vaya, que las ideas de usted me +gustan... Se me figura que marido y mujer allá se van... en sabiduría. +Si usted no se desdice al momento en todos esos disparates me voy y no +vuelve a verme en su vida más. No se puede tolerar esto...». + +--¿De modo que a esta tía _monstrua_ no se le da un castigo?... Eso sí +que está bueno. Y seguirá riéndose de nosotras... No lo entiendo. + +--Dios es el que castiga; nosotros aprendemos. + +Ambas callaron, mirándose. «Tengo que traerle a usted un confesor. Usted +no está buena ni del cuerpo ni del alma. Pues digo, si lo que Dios no +quiera, sobreviene la muerte a la hora menos pensada, y la coge así, le +cayó la lotería». + +--Si me muero, me llevo a mi hijo conmigo--dijo la diabla, volviéndole a +coger y estrechándole contra sí. + +--Otra barbaridad. Hoy estamos de vena. + +--¿Pues no es mío?, ¿no le he dado yo la vida? (con febril impaciencia y +ardor). + +--¡Cómo!... ¿darle vida usted? Hija, no tiene usted pocas pretensiones. +También quiere ponerse en competencia con el Creador del mundo y de +todas las cosas... Vamos, lo mejor es que me eche a reír... En fin, +estamos aquí como dos tontas, y hay que poner las cosas en su lugar. +Tiene usted que llamar a su marido y decirle que para quererle como Dios +manda, es preciso que no mate a nadie, absolutamente a nadie. ¿Lo hará +usted? + +--Si usted me lo manda, sí... ¡Ay!, yo creí que matar al que nos engaña, +al que nos vende, no es pecado... vamos, que no era pecado muy gordo, se +me subió la hiel a la cabeza. ¡Le tengo tanta rabia a ésa...! Digo yo +que se puede tener rabia a otra persona, desear que la maten, y sin +embargo no ser una mala. + +Incorporose para expresar con mímica más persuasiva un argumento que se +le había ocurrido y que creía de gran fuerza: «Vamos a ver, señora. ¿A +que la dejo callada ahora?, ¿a que, sabiendo usted tanto como sabe, no +me devuelve esta?». + +--¿Qué?--Esta razón. Vamos a ver. La señorita Jacinta es, como quien +dice, un ángel... Todos la llaman así... Bueno; pues con todo su mérito +y su _santificación_, ¿no se alegrarla ella de que me quitaran a mí de +en medio? + +Se volvió a reclinar en las almohadas, satisfecha, esperando la +respuesta, con la seguridad de que la santa no tenía más remedio que +mentir para no darle la razón. + +«¿Qué está usted diciendo?--replicó Guillermina indignada--. ¡Jacinta +desear que maten a nadie!... ¡O usted es tonta o ha perdido el juicio!». + +--Vamos... Pues bueno, diré otra cosa (retirándose a la segunda paralela +después de rechazada en la primera). ¿No se alegrará la señorita de que +yo me muera?... + +--¿Alegrarse... de que usted se muera... de que se la lleve Dios...? +(titubeando). Tampoco... tampoco... Jacinta no desea el mal del prójimo, +y sabe que debemos amar a nuestros enemigos y hacer bien a los que nos +aborrecen. + +Con un _ju ju_ melancólico expresaba Fortunata su incredulidad. + +«¡Ay!, ¿no lo cree?...». + +--¡Que me desea bien a mí! + +_Tie_ gracia. + +--Jacinta no sabe tener rencor... ni se acuerda de usted para nada... + +--Pero de eso a que me mire con buenos ojos... + +--Pues no faltaba más sino que la quisiera a usted como me quiere a +mí... Por cierto que ha hecho la niña merecimientos para ello. Con que +la perdone debe darse por satisfecha... + +--¿Y me perdona de verdad?... ¿pero es de verdad? + +--¿Pues qué duda tiene? Usted, como no sabe lo que es fe, ni temor de +Dios, ni nada, no comprende esto. + +--¿Y podría ser mi amiga?... + +--Hija, tanto como amiga... Eso ya es un poco fuerte (no pudiendo +contener la risa). Vamos, que no pide usted poco... Ahora quiere que +después de lo que ha pasado partan un piñón... + +--¡Amigas!...--repitió la diabla frunciendo las cejas--. Por más que +usted diga, no me puede ver, mayormente ahora que he tenido un hijo y +ella no... Y lo que es ahora, ya no lo tiene, está visto... Que no le dé +vueltas. + +Como Ballester se acercara a la puerta de la alcoba cuando oía reír a la +santa, esta le dijo: «Entre usted si quiere divertirse, pues esto es una +comedia. Su amiga de usted está por conquistar. ¡Qué ideas tiene! Por +cierto que yo le voy a traer al Padre Nones. Tenemos que darle una +limpia buena. En fin, me retiro, que con estas tonterías se me va la +mañana». + +Se levantó, y Fortunata le tiró del vestido para hacerla sentar otra +vez. «Una duda me queda, señora. Sáqueme de ella». + +--Veamos esa duda... otro despropósito. ¡Ay, qué cabeza! + +--Siéntese usted un momento, que le voy a hacer otra pregunta. Dígame +(bajando la voz), ¿Jacinta faltó o no faltó con aquel caballero? + +--¡Ave María Purísima!... ¿con qué caballero? + +--Con aquel que se murió de repente... + +--Cállese, cállese o le pego... + +--No, si yo no lo creo ya. Lo creía; pero como fue la indecente de +Aurora quien me lo dijo, ya dejé de creerlo... sólo que tenía un poquito +de duda. + +--¿Esa...? (con soberano desprecio). ¡Y se atrevía a decir...! + +--Si es lo más mala... Usted no puede figurarse lo mala que es (con la +mayor buena fe). Aquí donde usted me ve, yo, al lado de ella, soy un +ángel. + +--Lo creo (sonriendo). No nos ocupemos de esas miserias. ¡Jacinta +faltar! Estas pecadoras empedernidas creen que todas son como ellas... + +--No, si yo no lo creo, señora, si no lo creí (muy apurada). Ella fue la +que lo dijo y lo creía... ¿Sabe una cosa? (Atrayéndola a sí y hablándole +en secreto). Créame esto que le voy a decir... Uno de los motivos porque +le pegué fue el haber dicho eso, el haberme encajado la bola de que +Jacinta era como nosotras... Y dígame, ¿no merecía el morrazo que le di +con la llave por afrentar a nuestra amiguita?... ¿No lo merecía? Claro +que sí... + +Guillermina estaba confusa; no sabía si aprobar o desaprobar... + +«Quedamos en una cosa--dijo levantándose--; mañana vendrá el Padre Nones +para usted, y para este ternerito un ama asturiana que, según dice +Estupiñá...». + +--Ama, no... ¿para qué? Si puedo... ¿No ha visto lo satisfecho que está +el rey de la casa? ¿No es verdad, rico, que para nada te hacen falta +amas? Su mamá, su mamá le da al niño todo lo que quiere. + +--El Sr. de Quevedo sabe más que usted... Aquí no se hace más que lo que +yo mando--declaró la santa con aquel ademán y tono autoritarios a los +cuales nadie se podía oponer--. Si de aquí a mañana Quevedo no varía de +opinión, vendrá la nodriza. Usted se calla y obedece... Yo pago y +dispongo. Conque a cuidarse, y ya hablaremos. El _excelentísimo_ señor +de Ballester queda encargado de la ejecución del presente decreto. + + + + +--xii-- + + +Por la tarde llegó doña Lupe muy alarmada buscando a Maximiliano, +a quien suponía allí. No pasó de la sala, ni quiso ver a Fortunata, de +quien dijo que la compadecía, pero que no podía tener ninguna clase de +relaciones con ella. En la sala cuchicheó la _ministra_ con Segismundo +contándole lo ocurrido. Pues ahí era nada: Maximiliano había comprado un +revólver... ¿pero quién diablos le dio el dinero? Descubriolo la señora por +una casualidad... Le dio el olor, al verle entrar con un bulto entre +papeles. Lo peor del caso fue que no pudo quitárselo. Salió escapado de +la casa, y al poco rato los del herrero del bajo vinieron diciendo que +le habían visto en la Ronda, pegando tiros contra la tapia de la fábrica +del Gas, como para ejercitarse... ¡Ay!, _la de los Pavos_ estaba +aterrada. Toda aquella sabiduría lógica, que el pobre chico tenía en la +cabeza, se le había convertido en humo sin duda. Y lo peor era que no +había ido a almorzar, ni se sabía su paradero... «Tenemos que dar parte +a la policía, para evitar que haga cualquier barbaridad. Yo pensé que +habría venido aquí, y corrí desolada... ¿Dónde demonios estará? +Ballester, por Dios, averígüelo usted y sáqueme de este conflicto. Usted +es la única persona que le domina cuando se pone así... Salga a ver si +le encuentra; yo se lo ruego». A esto replicó el buen farmacéutico que +no podía repicar y andar en la procesión. Fuese la de Jáuregui +desconsoladísima, con intento de ver al Sr. de Torquemada, faro luminoso +que le marcaba el puerto en todas las borrascas de la vida. + +Fortunata había oído la voz de doña Lupe, y cuando esta se retiró, quiso +que Ballester le explicase qué traía por allí. + +«Pues nada, que _la ministra_ esa quiere meter las narices, y ver a +usted, y hablarle y decirle cosas que sin duda la marearán». + +--¡Ah!, que no entre... no la puedo ver. Creo que me pondré mala si la +veo. Y de mi marido, ¿qué dijo? + +--No le nombró.--Pues tampoco a Maxi le quiero ver... No sabe usted lo +mal que me sienta verle y hablar con él... Me trastorna. No les deje +usted pasar. Que se vayan a los infiernos. ¡Estoy tan tranquila aquí +solita con mi hijo, y los amigos que me protegen...! ¡Que no venga, por +Dios! ¿Usted me promete que no vendrán? + +Lo pedía con terror suplicante. Ballester, deshaciéndose en +demostraciones de caballerosidad protectora y de fraternal hidalguía, le +dijo que los Rubín grandes y chicos, así los de carne y hueso como los +que tenían pechos de algodón, no entrarían en aquella alcoba sino +pasando sobre su cadáver. + +Toda aquella tarde estuvo la joven con la idea fija de lo antipáticos +que eran los Rubín, y de lo que ella haría para no recibirlos si a verla +iban. El buen Segismundo se esforzaba en tranquilizarla sobre este +particular, y habiendo observado que el recuerdo de otras personas +excitaba y encendía su ánimo favorablemente, le habló de doña +Guillermina y de su hermosa vida. «¿Sabe lo que me dijo al salir? Pues +que si se le ofrece a usted algo no estando yo aquí, avise a D. +Plácido, al cual se ha encargado que se ponga a las órdenes de usted si +lo necesitara». + +--Claro--dijo Fortunata rebosando de orgullo inocente--; como que +Plácido es todo _de la casa_, y desde chiquito no hace más que llevar +recados de los señores, y servirles en mil menudencias. Es un buen +hombre, y yo le quiero mucho... Y a doña Bárbara, ¿la conoce usted? Yo +tampoco... Pero cuando Jacinta y yo seamos amigas, también lo seré de +doña Bárbara... Francamente, estoy admirada del cariño que le tengo +ahora a _la mona del Cielo_, cuando en otro tiempo, sólo de pensar en +ella me ponía mala. Verdad que no acababa de aborrecerla, quiere +decirse, que la aborrecía y me gustaba... cosa rara, ¿verdad? Ahora +seremos amigas, crea usted que seremos amigas... ¿Lo duda usted? + +--¿Cómo he de dudar eso, criatura? + +--Es que usted parece como que se sonríe un poquitín, cuando me lo oye +decir. + +--Está usted viendo visiones. Bueno va... + +--Pues, aunque usted se guasee, seremos amigas... y nadie tendrá que +decir de mí ni esto, para que usted lo sepa... Porque voy a portarme... +¡Cristo, cómo me voy a portar ahora! Mi hijo, mi hijo, y nada más... +Vaya, ¿me sostendrá usted que no se sonríe ahora? + +--Sí; pero es de satisfacción, por verla a usted tan regenerada... +¡Quién le tose a usted ahora, hallándose en relaciones con personas de +la corte celestial...! + +--Y nada más... ¿Pues qué se creía usted? + +Se sofocaba tanto, que el farmacéutico creyó prudente llevar la +conversación a un terreno insignificante; pero Fortunata se las componía +para volver a lo mismo, a que ella y la _Delfina_ iban a ser uña y +carne, y a que su conducta en lo sucesivo había de ser como de quien +está en escuela de serafines. «Aquí donde usted me ve, amigo Ballester, +yo también puedo ser ángel, poniéndome a ello. Todo está en ponerse... Y +es cosa muy sencilla. Al menos a mí me parece que no me ha de costar +ningún trabajo. Lo siento yo aquí _entre mí_». + +--Depende también de las personas con quien uno se junta--le dijo su +amigo muy serio--. Hablemos ahora de otra cosa. De ciertos atrevimientos +que yo tenía y tengo respecto a usted, no quiero decirle nada, porque se +nos va a hacer santa... Aunque todo podía conciliarse, me parece a mí, +ser santa y querer a este hijo de Dios... Pero en fin, vuelvo la hoja. +¿Sabe usted que si me descuido pierdo mi colocación en la botica de +Samaniego? Si doña Casta sabe que estas ausencias mías son para venir a +visitar a la que le tomó las medidas a su niña, al instante me limpia el +comedero. Por eso no puedo tirar mucho de la cuerda, y esta noche no +vendré. Tengo que quedarme de guardia. Yo rompería con todo, si no fuera +porque me será difícil encontrar colocación inmediatamente, y crea usted +que un periodo de vacaciones me balda... Por mí no me importaría; pero a +mi madre y a mi hermana no quiero hacerlas ayunar. El pobre _pensador_, +mi ilustre cuñado, está mal de intereses, y si yo no tiro del carro, los +ayes y lamentos pidiendo pan se han de oír en Algeciras. + +--Pero no sea usted tonto--dijo Fortunata con aquel arranque de +generosidad, que en ella era tan común--. Yo tengo _guita_. Si quiere +mandar a paseo a _las Samaniegas_, mándelas. Que se fastidien, que se +arruinen, que coman piedras... Yo le doy a usted lo que necesite para su +madre y para el _pensador_, hasta que encuentre otra botica. Tenga +confianza conmigo... O _semos_ o no _semos_. + +Ballester era tan delicado, que de sólo oír tal proposición, le salieron +los colores a la cara, y se excusó con expresiones de gratitud. Poco +después de anochecer se retiró dando las órdenes más rigurosas a los +hermanos Izquierdo con respecto a visitas. Si algún Rubín, fuese quien +fuese, se presentaba, no abrir. Dejó sobre la mesa de la sala un arsenal +de medicamentos, y a Fortunata le recomendó la quietud, y que _diese con +la puerta del cerebro en los hocicos_ a toda idea triste que se +presentara. + +Izquierdo se plantó de centinela en la sala, acompañado de una grande de +cerveza, y por si la grande no era bastante para pasar la noche, llevó +también una chica de añadidura. Segunda regresó a las diez, después de +la horita de tertulia que solía pasar en el puesto de carne, y viendo a +su sobrina muy despabilada, le dio un poco de palique: «¿Sabes a quién +he visto?, a la tía esa, _la de los Pavos_. Fue a buscarme al cajón, muy +ofendida porque el señor Ballester no la dejó entrar a verte. Anda a +caza del sobrino que se les escapó esta mañana, y todavía no ha +aparecido. ¿Sabes lo que me dijo? Te lo cuento para que te rías. Dice +que _las Samaniegas_ están trinando contigo, y que la viejona aquella, +doña Casta, no parará hasta no verte en el _modelo_. ¡Qué comedia! +Ríete, que eso es envidia. Pues verás, La tía esa indecente, _la +Fenelona_, francesota, más mala que el no comer, dice que este hijo que +tienes no es hijo de quien es, sino de D. Segismundo. Tú ríete, tonta, +que eso no es más que envidia». + +La prójima no chistó; pero bien se conocía que aquellas palabras habían +hecho en su espíritu un efecto desastroso. Cuando se quedó sola, no le +fue posible contener los impulsos de levantarse. La rabia surgió +terrible en su alma, y sin reparar en lo que hacía, incorporose en el +lecho, alargando las manos a la percha para coger su ropa... «Ahora +mismo, ahora mismo voy, y con esta zapatilla le aporreo la cara hasta +chafarle la nariz... trasto, indecente. ¡Decir eso...!, ¡una mentira tan +grande! ¿Pero qué hora es? ¡Si están dando las doce! Sea la hora que +quiera, saldré, no me puedo contener... Voy, entro en la casa, la saco a +rastras de la cama, me paseo por encima de su alma... ¡Decir eso, decir +eso...!, sin creerlo, porque ella no lo cree. ¡Lo dice por deshonrarme! +Antes calumnió a Jacinta, y ahora me calumnia a mí». + +Se sentó en la cama, entreviendo, a pesar de lo ofuscado que su espíritu +estaba, las dificultades de la empresa. «Si lo dejo para mañana, ya no +iré, porque me lo quitarán de la cabeza... Y yo le he de refregar la +jeta con la suela de mis botas. Si no lo hago, Dios mío, me va a ser +imposible ser ángel, y no podré tener santidad. Como no haga esto, +tendré que volver a ser mala; lo conozco en mí». + +Y tan pronto se ponía una pieza de ropa como se la quitaba, con +vacilación horrible, fluctuando entre los ímpetus formidables de su +deseo y el sentimiento de la imposibilidad. Por fin se vistió, y +saliendo a la sala, vio a su tío dormido, de bruces sobre la mesa, junto +a la luz, la botella grande a su lado, medio vacía. «Podría salir sin +que me sintiera nadie... ¿Y si despertara a mi tío y le dijera que +viniese conmigo...?». La idea de asociar a _Platón_ a su temeraria +empresa, hízole ver la realidad, y lo disparatado de aquella idea. +«Pues lo que es mañana temprano--se dijo volviendo a la alcoba--, mañana +tempranito, antes de que salga para el obrador, voy y la acogoto...». + +Al mirar a su hijo, la llama de su ira se avivó más. «¡Decir que no es +hijo de su padre...! ¡Qué infamia! La despedazaría sin compasión +ninguna. ¡Inocente!, ¡tan chiquito y ya le quieren deshonrar! Pero no le +deshonrarán, no, porque aquí está su madre para defenderle; y al que me +diga que este no es el _hijo de la casa_, le saco los ojos. _Él_ no +puede haberlo dicho... A mí me la soltó, pero fue así como en broma. +_Él_ no puede haberlo dicho, y si yo supiera que lo había dicho, juro +por esta cruz (haciéndola con los dedos y besándola), por esta cruz en +que te mataron, Cristo mío, juro que le he de aborrecer... pero +aborrecerle de cuajo, no de mentirijillas... ¡Ay, Dios mío! (echándose +en la cama, acongojadísima); si le dicen esta mentira tan gorda a +Guillermina y a Jacinta, ¿la creerán?... Puede que sí... Todo lo malo se +cree, y lo malo que de mí se diga, se cree más... Pero no, puede que no +lo crean... Es muy atroz el embuste. Esto no lo puede creer nadie, no +puede ser, no puede ser, y primero creerán que el mundo se vuelve del +revés, y que el día se hace noche, y el sol luna, y el agua fuego. Y si +alguien lo creyera, él lo desmentiría; estoy segura de que lo +desmentiría. Yo no he faltado, yo no he faltado (alzando la voz), y +quien diga que yo he faltado, miente, y merece que se le arranque la +lengua con unas tenazas de hierro echando fuego. Quieren que yo me +pierda; pero por más que hagan esos perros, no me quitarán, Dios mío, +que yo sea tan ángel como otra cualquiera. Que rabien, que rabien, +porque lo seré, lo seré». + +Estaba inquietísima, dando vueltas en la cama. El hijito pidió y tomó el +pecho; pero no debía de encontrar muy abundante el repuesto, cuando a +cada instante apartaba su boca, chillando desesperadamente. A sus gritos +de necesidad y desconsuelo, uníanse los de su madre, que decía: «Hijo de +mi alma... qué, ¿no hay?... Esa, esa bruja ratera tiene la culpa; ella +te lo ha quitado. Ya verás cómo la arregla tu mamá... Pobretín, tan +chiquitito y ya le quieren deshonrar... Y mi niño es el rey de España, y +nada tiene que ver con Ballester, que es su amiguito y nada más... Y mi +niño es de quien es, y no hay otro en _la casa_, ni le habrá, +¿verdad?... ¿verdad, gloria, cielo, alegría del mundo?». + + + + +--xiii-- + + +Todo esto era muy bonito y muy tierno; pero la leche no parecía, +por lo cual Juan Evaristo no se daba por satisfecho con aquellas +expresiones de tan poco valor en la práctica. Los alaridos que la madre +y el hijo daban, cada uno en su registro, no despertaron a José +Izquierdo, pues este era hombre que en cogiendo la mona, no le +enderezaba un cañón; pero sí sacaron de su letargo a Segunda, que fue a +ver lo que ocurría, y hallando a su sobrina medio vestida, se puso hecha +una furia y por poco le pega. «Mira que te estrello, si das en hacer +funciones de comedia--le dijo con aquellas formas exquisitas que +usaba--. ¿Pero no ves, burra, no ves que se te ha retirado la leche, y +el pobrecito no tiene qué mamar?». + +Por fortuna, entre las cosas que dejó Ballester en previsión de todos +los contratiempos posibles, había un biberón muy majo. Segunda, con +determinación rápida, lo llenó de leche (de la cual tenía por casualidad +un par de copas) y probó a dárselo al chico. Este al principio extrañaba +la dureza y frialdad de aquel pezón que en su boquita le metían. Hizo +algunos ascos, pero al fin pudo más el hambre que los remilgos, y apencó +con la teta artificial. «Mira, mira, qué pronto se hace a todo el +angelito. ¡Si es lo más noble...! Rico... ¡qué carpanta estábamos +pasando!». La madre le miraba con desconsuelo, aunque contenta de que se +hubiera encontrado forma y manera de vencer la dificultad. «¿Sabes una +cosa?--le dijo su tía, poniéndole las manos en la cara--. Tienes +calentura... Eso es por ponerte a pensar lo que no debes. ¡Si hicieras +caso de mí, ahora que vas a ser la reina del mundo...! Porque lo que es +tu tanto mensual te lo tienen que dar. De eso hablamos _la de los Pavos_ +y yo... ¡Vaya, pues no vas tú a ser ahora poco señora...! Chica, chica, +no te hagas de miel; levanta tu cabeza. ¡Aire!... ¿Pues no ves que las +señoronas esas te hacen la rueda? Como que será una potentada, y yo que +tú, no paraba hasta que la Jacinta viniera a besarme la zapatilla. Pues +qué... ¿crees que él no ha de venir también? Ya le llamará la sangre, y +en cuantito que vea a este retrato suyo, se le caerá la baba... y... +chica, créemelo, hasta coche vamos a tener... ¡qué comedia! ¡Cuando digo +que estaremos en grande! Vendrá, vendrá él, y te aseguro que si tarda +cuatro días es mucho tardar. ¿No ves que esa familia no tiene un nene +que la alegre?... ¡si se están todos muriendo de ganas de chiquillo...! +Tú, trabájalo bien, que nos ha venido Dios a ver con este hijo de +nuestras entrañas... Yo estoy muy orgullosa, porque él Santa Cruz es +como hay Dios; pero su poco de Izquierdo no se lo quita nadie: las dos +familias están de enhorabuena... Ya he empezado yo a sacudirme las +pulgas, y esta tarde le eché su puntadita a Plácido para que nos diera +la casa gratis... ¿Qué te crees?... Si están los Santa Cruz con tu hijo +como chiquillos con zapatos nuevos... Te diré una cosa que no sabes. +Ayer estuvo la Jacinta en casa de D. Plácido... Quería subir a verle; +pero esa otra, la santona, le dijo que otro día, por si tú te +remontabas... Conque vete enterando... ¡Ah! ¡Quién me lo había de +decir!... Todavía me he de ver yo cogida al brazo de don Baldomero, +dando vueltas en la Castellana... ¡y poco charol que me voy a dar...! Si +es una comedia... Tú date tono, no seas boba... que si sabemos +aprovecharnos, de esta hecha vamos para marquesas». + +Fortunata, desde que su tía empezó a hablar, lloraba a lágrima suelta; +pero al oír lo de que iban a ser marquesas, una ráfaga de jovialidad +pasó por encima de la onda de tristeza, y la joven se echó a reír con la +cara anegada en llanto. + +«No, no te rías; tanto como marquesas no; ni para qué queremos nosotras +ser _títulas_; pero lo que es nuestro coche no nos lo quita nadie... Yo +te aseguro que si hoy viene la Jacinta, tiene que subir... Verás qué +prontito viene el otro... Claro, cuando no esté aquí su mujer... Me +_paice_ a mí que su mujer, de esta hecha se tendrá que ir a plantar +cebollino. Tú, tú eres la que va a subir al trono ahora, o no hay +equidad en la tierra... Y no digan que eres casada y que tu hijo se +tiene que llamar Rubín... ¡Qué comedia! Tú eres mayormente viuda y +libre, porque a tu marido cuéntale como que está en gloria... Y bien +saben todos que a la vuelta lo venden tinto, y el chico en la cara trae +la casta, y lo que es la pensión verás cómo te la dan». + +Fortunata no se rió más, ni Segunda dijo nada que excitase su hilaridad. +Hasta la madrugada estuvo la tía acompañándola, y viéndola relativamente +sosegada, se fue a descabezar un sueño antes de bajar al mercado. A poco +de quedarse sola, la joven sintió dentro de sí una cosa extraña. Se le +nublaron los ojos, y se le desprendía algo en su interior, como cuando +vino al mundo Juan Evaristo; sólo que era sin dolor ninguno. No pudo +apreciar bien aquel fenómeno, porque se quedó desvanecida. Al volver en +sí advirtió que era ya día claro, y oyó el piar de los pajarillos que +tenían su cuartel general en los árboles de la Plaza Mayor y en las +crines de bronce del caballo de Felipe III. Fue a coger a su hijo en +brazos, y apenas podía con él. Le faltaban las fuerzas; ¡pero de qué +manera!, y hasta la vista parecía amenguársele y pervertírsele, porque +veía los objetos desfigurados y se equivocaba a cada momento, creyendo +ver lo que no existía. Se asustó mucho y llamó; pero nadie vino en su +auxilio. Después de llamar como unas tres veces, fue a llamar la cuarta, +y... aquello sí era grave; no tenía voz, no le sonaba la voz, se le +quedaba la intención de la palabra en la garganta sin poderla +pronunciar. Dio algunos toques con los nudillos en el tabique; pero al +fin su mano se quedó como si fuera de algodón; daba golpes con ella, y +los golpes no sonaban. También podía ser que sonaran y ella no los +oyera. Pero ¿cómo no los oía Segunda, que estaba al otro lado del +tabique? Luego, el brazo se puso también como carne muerta, +resistiéndose a moverse. «¿Será que me estoy muriendo?» pensó la joven, +echando miradas a su interior. Pero poco pudo ver allí, por estar el +interior a oscuras o fantásticamente iluminado. Todas sus ideas +sufrieron trastornos más o menos febriles, las imágenes se disfrazaron, +cual si fuesen a las máscaras, tomando cara y apariencia de lo que no +eran, y la única sensación dominante con alguna claridad en aquel +desorden fue la de estar inmóvil y rígida, con los movimientos +involuntarios suspendidos y los voluntarios desobedientes al deseo. A su +parecer no respiraba; el oído y la vista daban de rato en rato alguna +impresión fugaz de la vida exterior; pero estas impresiones eran como +algo que pasaba, siempre de izquierda a derecha. Creyó ver a Segunda y +oírla hablar con Encarnación; pero hablaban a la carrera, como seres +endemoniados, pasando y perdiéndose en un término vago que caía hacia la +mano derecha. El piar de pájaros también se precipitaba en aquel sombrío +confín, y los chillidos con que Juan Evaristo pedía su biberón. + +Pasado cierto tiempo, indeterminado para ella, recobró sus sentidos y +pudo moverse, apreciando fácilmente la realidad. «¿Quién eres tú? +--preguntó a Encarnación, única persona que estaba a su lado--. ¡Ah!, ya +te conozco... ¡Qué tonta soy! ¿No está mi tía?». Díjole la chiquilla que +la señá Segunda había bajado al mercado, y que subió con la leche para +el niño, y después se volvió a marchar. Sacó Fortunata de aquel +desvanecimiento una convicción que se afianzaba en su alma como las +ideas primarias, la convicción de que se iba a morir aquella mañana. +Sentía la herida allá dentro, sin saber dónde, herida o descomposición +irremediables, que la conciencia fisiológica revelaba con diagnóstico +infalible, semejante a inspiración o numen profético. La cabeza se le +había serenado; la respiración era fácil aunque corta; la debilidad +crecía atrozmente en las extremidades. Pero mientras la personalidad +física se extinguía, la moral, concentrándose en una sola idea, se +determinaba con desusado vigor y fortaleza. En aquella idea vaciaba, +como en un molde, todo lo bueno que ella podía pensar y sentir; en +aquella idea estampaba con sencilla fórmula el perfil más hermoso y +quizás menos humano de su carácter, para dejar tras sí una impresión +clara y enérgica de él. «Si me descuido--pensó con gran ansiedad--, me +cogerá la muerte, y no podré hacer esto... ¡qué gran idea!... +Ocurrírseme tal cosa es señal de que voy a ir derecha al Cielo... +Pronto, pronto, que la vida se me va...». Llamando a Encarnación, le +dijo: «Chiquilla, vete corriendito al cuarto de abajo, y le dices a D. +Plácido que le necesito... ¿entiendes?, que le necesito, que suba... +Anda, no te detengas. Ya debe de estar ahí, de vuelta de la iglesia, +tomándose su chocolate... Anda prontito, hija, y te lo agradeceré +mucho». + +En el tiempo que estuvo fuera Encarnación, la diabla no hizo más que dar +a su hijo muchos besos, diciéndole mil ternezas. El chico estaba +despierto, y callado la miraba, y aunque nada decía, a ella se le figuró +que hablaba... «Estarás tan ricamente... hijo mío. No te querrán tanto +como yo, pero sí un poquito menos... Me estoy muriendo... qué sé yo qué +tengo... La medicina esa... yo la tomaría... ¿dónde está?... +¡Encarnación!... Pero si ha ido abajo... Parece que me voy en sangre... +Hijo mío, Dios me quiere separar de ti; y ello será por tu bien... Me +muero; la vida se me corre fuera, como el río que va a la mar. Viva +estoy todavía por causa de esta bendita idea que tengo... ¡Ah!, qué idea +tan repreciosa... Con ella no necesito Sacramentos; claro, como que me +lo han dicho de arriba. Siento yo aquí en mi corazón la voz del ángel +que me lo dice. Tuve esta idea cuando estaba aquí sin habla, y al +despertar me agarré a ella... Es la llave de la puerta del Cielo... Hijo +mío, estate calladito, y no chistes, que si tu mamá se va es porque +Dios se lo manda... ¡Ah!, don Plácido, ¿está usted ahí?...». + +--Sí, señora--dijo el hablador entrando en la alcoba con los ademanes +más oficiosos del mundo--. ¿Qué se le ofrece a usted? La señora me ha +encargado... + +--Amigo, hágame el favor de traer pluma y papel... Espere; deme la +medicina, esos polvos amarillos... ¿cuáles?, no sé... Pero deje, deje, +que me tiene que escribir una carta. + +--¡Una carta!... Pero antes... (revolviendo en la mesa de noche). ¿Qué +medicamento quiere? + +--Ninguno, ¿ya para qué?... Ándese pronto, que me voy... que me muero. + +--¡Que se muere! Vamos... no bromee usted. + +--Don Plácido, si no me sirve para esto, llamaré a otra persona. Si +pudiera esperar a Ballester; pero no, no me da tiempo... + +--No, hija, no hay que apurarse. Voy por el tintero--y no tardó cinco +minutos en volver, y al entrar de nuevo en la alcoba, vio que Fortunata +se había incorporado en su cama con el chiquillo en brazos, y que +después, entre ella y Encarnación, le ponían bien abrigadito en su cuna +de mimbres, la cual venía a ser como un canasto. Le pusieron entre las +manos su biberón para que no alborotase, y cubriéronle con un pañuelo +finísimo de seda. Estupiñá no entendía una palabra, ni veía la relación +que la pluma y papel pudieran tener con lo que veía. «Don Plácido--dijo +Fortunata con mucha animación--; hágame el favor de escribir... Aquí no +hay mesa. Chiquilla, tráele el tablero de las damas. Déjate de +medicinas... ¿Para qué ya?... Vaya, D. Plácido, prepárese; verá qué +golpe... Se me ocurrió una idea, hace poco, cuando estaba sin habla, al +punto que me entraba también la idea de mi muerte... Ponga ahí lo que yo +le diga: «Señora doña Jacinta. Yo...». + +--Yo...--repitió Plácido. + +--No; hay que empezar de otra manera... No se me ocurre. ¡Qué torpe soy! +¡Ah!, sí, ponga usted. «Como el Señor se ha servido llevarme con Él, y +ahora se me alcanza lo mala que he sido...». ¿Qué tal?, ¿va bien así? + +--«Lo mala que he sido...». + +--En fin, siga usted poniendo lo que le digo... «No quiero morirme sin +hacerle a usted una fineza, y le mando a usted, por mano del amigo D. +Plácido, ese _mono del Cielo_ que su esposo de usted me dio a mí, +equivocadamente...». No, no, borre el _equivocadamente_; ponga: «que me +lo dio a mí robándoselo a usted...». No, D. Plácido, así no, eso está +muy mal... porque yo lo tuve... yo, y a ella no se le ha quitado nada. +Lo que hay es que yo se lo quiero dar, porque sé que ha de quererle, y +porque es mi amiga... Escriba usted. «Para que se consuele de los tragos +amargos que le hace pasar su maridillo, ahí le mando al verdadero +_Pituso_. Este no es falso, es legítimo y _natural_, como usted verá en +su cara. Le suplico...». + +--«Le suplico...».--Usted póngalo todo muy clarito, D. Plácido; yo le +doy la idea. Pues «le suplico que le mire como hijo y que le tenga por +_natural_ suyo y del padre... Y mande a su segura servidora y amiga, que +besa su mano...». ¿Qué tal? ¿Está con finura?... Ahora, veremos si puedo +echar mi nombre... Me tiembla mucho el pulso... Tráigame la pluma... + +Puso un garabato, y luego mandó a Estupiñá abriese la cómoda y sacara la +inscripción de las acciones del Banco. Después de revolver mucho, fue +encontrado el documento. «Eso--dijo Fortunata--, se lo da usted a mi +amiga doña Guillermina». + +--Pero no vale sin transferencia--replicó el hablador examinando el +papel. + +--¿Sin qué?--Sin transferencia en toda regla.--Pamplinas. Es mío, y yo +lo puedo dar a quien quiera. Coja usted la pluma, y ponga que es mi +voluntad que esas acciones sean para doña Guillermina Pacheco. Le echaré +muchas firmas debajo, y verá si vale. + +Aunque Estupiñá no creía válida aquella manera de testar, hizo lo que se +le mandaba. + +--Ahora, amigo--dijo ella, perdiendo gradualmente el uso de la +palabra--, coja usted a mi hijo y lléveselo... ¡ay!, déjemelo besar otra +vez... Aguarde a que me muera... No; lléveselo antes de que venga mi +tía, o mi marido, o doña Lupe... gente mala. Pueden venir, y ya ve +usted... qué compromiso. No me dejarán hacer mi gusto, me enfadaré, y no +me moriré tan santamente... como quiero morirme. + +No dijo más. Plácido, acercándose a contemplarla, se asustó +extraordinariamente. Creyó que estaba muerta o que le faltaba poco para +morirse; mandó a Encarnación en busca de Segunda y de José Izquierdo, y +cogiendo la cesta en que Juan Evaristo dormía, la puso en la sala. «No +me determino a llevármelo--pensó el buen viejo--. Pero al mismo tiempo, +si esos brutos se empeñan en impedirme que me lo lleve... ¡Ah!, no; yo +cargo con él, y que tiren por donde quieran». Cogió la cesta, y +bajándola a su casa con toda la rapidez que le permitían sus piernas no +muy fuertes, azorado como ladrón o contrabandista, volvió a subir y se +aproximó a la enferma, mirándola tan de cerca, que casi se tocaban cara +con cara. «Fortunata... _Pitusa_» murmuró echando _talmente_ la voz en +el oído de la joven. A la tercera o cuarta llamada, Fortunata movió +ligeramente los párpados, y desplegando los labios, apenas dijo: +«_Nene_...». + + + + + +--xiv-- + + +«¡Caracoles!, esta mujer se va... ¡Y yo solo aquí con ella!, y el +crío allá abajo. ¡Van a decir que le he robado! Anda, los ladrones serán +ellos. Que digan lo que quieran. ¿A mí, qué? Les presento el papelito +firmado por ella, y en paz. ¡Pobre mujer! (contemplándola horrorizado). +¡Virgen del Carmen, si se va en sangre!... Pero esta gentuza, ¿cómo es +que la abandona así? ¿No vieron el peligro? Y ese médico, ¿en qué está +pensando?... ¡Qué compromiso! ¿Y qué le diría yo?... Aquí hay medicinas; +se las daré. Pero ¿y si me equivoco? Cuidado con las drogas, Plácido, y +no hagas una barbaridad. Esperaremos. Pero qué... si cuando vengan ya +estará ella en el otro barrio. Dios la perdone y le dé lo que más le +convenga... Es preciso tratar de animarla... (hablándole al oído). +Fortunata, Fortunatita, abra usted los ojos, y no se nos muera así tan +tontamente... Le traeré el Viático, si quiera la Santa Unción... ¡Eh!, +hija, chica... Quia, no se entera... Esto está perdido. Hija mía, piense +usted en Dios y en la Santísima Virgen; invóqueles en esta hora tremenda +y la ampararán... Nada, como si le hablaran en griego; no oye, o es que +está tan aferrada a la maldad que no quiere que se le hable de religión. +Voy a tocar otro registro (con malicia). + +Fortunata, buena moza, mire usted quién está aquí... despierte y verá... +¿No le conoce? Es aquel sujeto, el Sr. D. Juanito que viene a ver a +su... dama... Mírele, mírele tan afligido de verla a usted malita. +(Hablando para sí). ¡Cómo se sonríe la picarona! ¡Ah!, está dañada hasta +el tuétano. Abre los ojos y le busca con las miradas. Es como los +borrachos, que aunque estén expirando, si les nombran vino, parece que +resucitan... ¡Como no se salve esta! Al infierno se va de cabeza... Vean +qué manera de arrepentirse. Le nombro a Nuestro Divino Redentor y a +María Santísima del Carmen, y como si tal cosa... Sorda como una tapia. +Pero le nombro al señorete, y ya la tiene usted tan avispada, queriendo +vivir, y sin duda con intenciones de pecar. ¡Ah!, cualquier día se salva +esta... Me parece que sube ya la tía. Oigo sus resoplidos como los de +una loba marina... Sí, aquí vienen (saliendo al pasillo y hablando con +Segunda, que subía sofocadísima precedida de Encarnación). ¡Vaya una +calma que tiene usted! Se ha puesto muy mala, pero muy mala». + +Apenas entró en la alcoba, Segunda empezó a dar gritos. «¡Hija de mi +alma, me la han matado, me la han matado, me la han asesinado! ¡Ay, qué +carnicería!, ¡cómo está!... Me la han matado... ¿Y el niño? Nos le han +robado, nos le han robado...». + +--Atienda a su sobrina, y vea si la puede salvar--dijo Estupiñá +cogiéndola por un brazo--, y déjese de asesinatos, y de robos de hijos, +y no sea usted mamarracho. + +--Niña de mi alma... ¿pero qué? Fortunata... ¿te han matado, o qué es +esto? A ver, cordera, ¿tienes heridas? _Paice_ que te han dado cien +puñaladas... Pero estás viva. Cuéntame qué ha sido, ¿quién ha sido? ¿Y +tu niño, nuestro niño, dónde está? ¿Te lo quitaron?... + +--Llame usted al médico--indicó Plácido con ira--. ¿Dónde vive? Yo le +avisaré... Y no se cuide del niño, que está mejor que quiere, y nada le +falta. + +--¿Pero dónde está?... D. Plácido, D. Plácido--exclamó Segunda, +descompuesta y furiosa--; me parece que va usted a ir al palo... Voy a +dar parte a la justicia. Usted es un forajido, sí señor, no me vuelvo +atrás... Usted nos ha birlado a la criatura. + +--¡Atiza!... Pero mujer de Barrabás (retirándose por miedo a que Segunda +le sacara los ojos). ¿Quiere usted callarse? ¿No ve que su sobrina se +muere? + +--Porque usted me la ha matado, so verdugo, caribe, usted, usted. + +--Dale con gracia... Habrá que ponerle un bozal. Voy a avisar a la Casa +de Socorro. + +--A la cárcel... es donde tiene que ir usted. + +Y en aquel momento entró José Izquierdo, a quien su hermana quiso +incitar para que acometiese al bueno de Estupiñá. _Platón_ vacilaba, no +dando a Segunda todo el crédito que esta creía merecer. + +«Ea, que me voy cargando... y quien va a traer el juez soy yo--afirmó el +anciano, dando una patada--. El chico está donde debe estar, y bien +saben que yo no miento. Y si no, pregúntenle a su madre». + +--Hija de mi vida--chillaba Segunda, abrazando y besando a su sobrina, +que si no era ya cadáver, lo parecía--. Dinos lo que te han hecho, +dímelo, corazón. ¡Ay, qué dolor de hija!... + +--Usted--dijo Plácido a Izquierdo autoritariamente--, corra a llamar a +ese señor boticario que suele venir, el que ahora la protege. Yo avisaré +a otra persona, y vamos a escape, que la muerte nos coge la delantera. + +Se escabulló sin esperar la opinión de Segunda. _Platón_, comprendiendo +por instinto antes que por criterio, que las órdenes de Estupiñá eran +más prácticas que las de la placera, salió y fue presuroso a la calle +del Ave María. + +La primera persona que llegó a la casa fue Guillermina, a quien Plácido +enteró por el camino de cuanto había ocurrido. Subiendo la escalera, la +santa dijo a su sacristán: «Entre usted en su casa a esperar a Jacinta +que vendrá en seguida. Adviértale que no quiero que suba. En cuanto +pueda, bajaré yo. A Jacinta que no se mueva de aquí y me aguarde». + +Cuando la fundadora entró, la enferma continuaba en el mismo estado. +Segunda, llena de consternación, no hablaba ya de asesinato, y aunque no +acababa de comprender el _robo del chiquillo_, no se atrevió a mentarlo +ante la señora casera. Había intentado hacerle tomar a Fortunata fuertes +dosis de _ergotina_; pero no pudo conseguirlo. Apretaba los dientes, y +no había medio de traerla a la razón. Guillermina tuvo más suerte o puso +en ejecución mejores medios, porque logró hacerle beber algo de aquel +eficaz medicamento. Hubo gran barullo, aplicación precipitada de +remedios diferentes, externos e internos. La santa y la placera, ambas +con igual ardor, trabajaron por atajar la vida que se iba; pero la vida +no quería detenerse, y ante la ineficacia de sus esfuerzos, las dos +mujeres se pararon rendidas y desconsoladas. Fortunata miraba con +expresión de gratitud a su amiga, y cuando esta le cogía la mano, +trataba de hablarle; pero apenas podía articular algún monosílabo. +Calladas, se hablaron mirándose. + +«El Padre Nones va a venir--dijo la santa--; le mandé recado al salir de +casa. Prepárese usted, hija mía, poniendo el pensamiento en Nuestro +Señor Jesucristo; y como le pida perdón de sus pecados con verdadera +contrición, se lo dará. ¿Se lo ha pedido usted?». + +Fortunata dijo que sí con la cabeza. + +«Mi amiguita se ha enterado del regalo que usted le ha hecho, y está tan +agradecida. Ha sido un rasgo feliz y cristiano». + +En las nieblas que envolvían su pensamiento, la infeliz joven, al oír +aquello del _rasgo_, se acordó de Feijoo y de sus prohibiciones; pero +este recuerdo no la hizo arrepentirse de su acción. + +«Jacinta me encarga que dé a usted las gracias. No le guarda ningún +rencor. Al contrario; usted ha sabido arreglarse para dejar buena +memoria de sí. Además, ella es de las pocas personas que saben perdonar. +Imítela usted ahora, que no le vendría mal en este instante sofocar sus +pasiones, amar a sus enemigos y hacer bien a los que la aborrecen. Hija +mía (abrazándola), ¿ha perdonado usted al hombre que tiene la culpa de +todos sus males y que la ha arrastrado tantas veces al pecado?». + +Fortunata dijo que sí con la cabeza, y sus miradas daban a entender que +aquel perdón era de los fáciles, porque el amor andaba de por medio. + +«¿Perdona usted también a esa mujer de quien se suponía ofendida, y a +quien usted ofendió de palabra y de obra, con o sin motivo?». + +Este perdón sí que era de los duros. Callose la santa observando a la +diabla intranquila. Esta tenía la cabeza echada hacia atrás, moviéndola +sobre la almohada con cierta inquietud, y sus miradas vagaban por el +techo. + +«¿Qué?, ¿duda usted?... Pues Dios, para perdonarnos, necesita saber si +perdonamos nosotros antes. ¿Para qué quiere usted ahora ese odio +mezquino? ¿De qué le sirve? De peso para impedirle subir al Cielo. Hay +que arrojar ese plomo (abrazándola con más cariño). Amiguita, hágalo por +mí, por _el mono del Cielo_, que debe quedar aquí rodeado de +bendiciones, no de maldiciones». + +Fortunata se estremeció desde el cabello hasta los pies... Su +respiración fatigosa indicaba el afán de vencer las resistencias físicas +que entorpecían la voz. «No necesita usted hablar--le dijo la santa--; +basta que manifieste su intención respondiéndome con la cabeza. ¿Perdona +usted a Aurora...?». La moribunda movió la cabeza de un modo que podría +pasar por afirmativo, pero con poco acento, como si no toda el alma, +sino una parte de ella afirmase. + +«Más, más claro». + +Fortunata acentuó un poquitito más, y sus ojos se humedecieron. + +«Así me gusta». + +Entonces resplandeció en la cara de la infeliz señora de Rubín algo que +parecía inspiración poética o religioso éxtasis, y vencida +maravillosamente la postración en que estaba, tuvo arranque y palabras +para decir esto: «Yo también... ¿no lo sabe usted...?, soy ángel...». + +Y algo más expresó; pero las palabras volvieron a ser ininteligibles, y +en la cara le quedó una expresión de dicha inefable y reposada. La santa +estuvo un instante sin saber qué actitud tomar. + +«¡Ángel!... sí--dijo al fin--; lo será, si se purifica bien. Amiga +querida, es preciso prepararse con formalidad. El Padre Nones va a +venir, y él le dará a usted consuelos que yo no puedo darle... Ahora +recuerdo que usted tenía una idea maligna, origen de muchos pecados. Es +preciso arrojarla y pisotearla... Busque, rebusque bien en su espíritu y +verá cómo la encuentra; es aquel disparate de que el matrimonio, cuando +no hay hijos, no vale... y de que usted, por tenerlos, era la verdadera +esposa de... Vamos (con extraordinaria ternura), reconozca usted que +semejante idea era un error diabólico a fuerza de ser tonto, y prométame +que ha de renegar de ella y que no la olvidará cuando el amigo Nones la +confiese. Mire usted que si se la lleva consigo le ha de estorbar mucho +por allá». + +La _Pitusa_ no expresaba nada, por lo cual su fervorosa amiga volvía al +ataque con más brío y pasión. «Fortunata, hija mía, por el cariño que me +tiene, y que yo no me merezco, por el que yo le he tomado y que le +conservaré toda mi vida, le pido que se arranque esa idea, y la arroje +aquí, como si fuera un adorno de los que se ponen las pecadoras, un +lunar postizo, un colorete. Eso no sirve allá, como no le sirva al +demonio para hacer de las suyas... Se la arranca usted, ¿sí o no? Hágalo +por mí, para que yo me quede tranquila». + +Fortunata volvió a tener la llamarada en sus ojos, al modo de un reflejo +de iluminación cerebral, y en su cuerpo vibraciones de gozo, como si +entrara alborotadamente en ella un espíritu benigno. La voluntad y la +palabra reaparecieron; pero sólo fue para decir: «Soy ángel... ¿no lo +ve?...». + +--Ángel, sí; bueno, esa convicción me gusta (con inquietud). Pero yo +quisiera... + +Interrumpió a la señora la aparición del Padre Nones, que no cabía por +la puerta, y tuvo que inclinarse para poder entrar. Toda la estancia se +llenó de una negrura triste y severa. «Aquí estoy, _maestra_» dijo el +anciano, y la dama se levantó para dejarle el asiento. Algo susurraron +los dos antes de que ella se retirara. Nones habló cariñosamente a la +enferma, que le miraba con empañados ojos, sin dar ninguna respuesta a +sus palabras... Por fin, echó una voz que parecía infantil, voz +quejumbrosa y dolorida, como de una tierna criatura lastimada. Lo que +Nones creyó entender entre aquellas articulaciones de indefinible +sentimiento fue esto: «¿No lo sabe?... soy ángel... yo también... _mona +del Cielo_». + +Y siguió su exhortación el cura, diciendo para sí: «Trabajo perdido... +cabeza trastornada». + +Y en alta voz: «Ángel, sí; pero es preciso, hija mía, confesar la fe de +Cristo, consagrar a ella nuestros últimos pensamientos y pedirle con el +corazón que nos perdone. Es tan bueno, tan bueno, que no niega su amparo +a ningún pecador que se llegue a Él por empedernido que sea... Lo +principal es tener un interior puro, un...». + +La miró alarmado. ¿Había dicho algo? Sí; pero Nones no pudo enterarse. +Fue sin duda aquello de _soy ángel_, y luego inclinó la cabeza como +quien se va a dormir. El sacerdote la miró más de cerca, y en alta voz +dijo: «Maestra, maestra, venga usted». + +Entró Guillermina y ambos la observaron. + +«Creo--dijo Nones--que ha concluido. No ha podido confesar... Cabeza +trastornada... ¡Pobrecita! Dice que es ángel... Dios lo verá...». + +La maestra y el cura se pusieron a rezar en voz alta. Segunda empezó a +escandalizar, y en aquel momento llegaba Segismundo, quien sabedor en la +escalera de lo que ocurría, entró en la casa y en la alcoba más muerto +que vivo. + + + + +--xv-- + + +Mientras estuvo allí el Padre Nones, Ballester se mantuvo en una +actitud consternada, contemplando el lastimoso cuadro con el respeto que +infunden los muertos, y encerrando su dolor en una compostura que tenía +cierta corrección. Pero cuando no quedaron allí más testigos que la +santa y Segunda, el buen farmacéutico creyó que no tenía para qué +sujetar la onda impetuosa que del corazón le salía, y llegándose al +cuerpo todavía caliente de su infeliz amiga, la abrazó, y estampó +multitud de besos en su frente y mejillas. + +«¡Ah!, señora--dijo a la fundadora, secándose las lágrimas--; veo que se +asombra usted de... de verme llorar así, y de estas demostraciones... Es +que yo la quería mucho... era mi amiga... iba a ser mi querida... +digo... no, dispense usted, éramos amigos... Usted no la conocía bien; +yo sí... Era un ángel... digo, debía serlo, podría serlo; dispense +usted, señora, no sé lo que me digo; porque me ha llegado al alma esta +desgracia. No la esperaba... Ha sido un descuido. Ella misma, con los +disparates que hacía... porque era de estos ángeles que hacen muchos +disparates... ¿me entiende usted?... ¡Pobre mujer... tan hermosa y tan +buena!... La hemorragia ha provenido sin duda de no haberse verificado +la involución... Me lo temía... La salida antes de tiempo, la agitación +moral... Añada usted descuidos, falta de asistencia, de vigilancia, y de +una autoridad que se le hubiera impuesto. ¡Ah!, si yo hubiera estado +aquí. Pero no podía, no podía. Mis obligaciones... ¡Ah!, señora, crea +usted que tengo el corazón destrozado, y que tardaré en consolarme de +esta pesadumbre... La había tomado yo tanto cariño, que a todas horas la +tenía en el pensamiento. Mi destino me ligaba a ella, y hubiéramos sido +felices, sí, felices, créalo usted... Nos habríamos ido a otro país, a +un país lejano, muy lejano. Con permiso de usted, la voy a besar otra +vez. No la había besado nunca. No me atrevía, ni ella lo habría +consentido, porque era la persona más honrada y honesta que usted puede +imaginar». + +Guillermina sentía tanto asombro como lástima ante las demostraciones de +aquel buen hombre que con tanta franqueza se expresaba. Poco a poco fue +tomando el dolor de Segismundo acentos más tranquilos, y sentado a la +cabecera del lecho mortuorio, habló con la santa de un asunto que +necesariamente y por la fuerza de la realidad se imponía. + +«¡Ah!, no señora; dispense usted. Los gastos del entierro los pago yo. +Quiero tener esa satisfacción. No me la quite usted, por Dios...». + +--Pero, hijo--replicó la fundadora--, si usted es un pobre. ¿Qué +necesidad tiene de ese gasto? Si no hubiera más remedio, muy santo y muy +bueno. Pero no sea usted tonto y guarde su dinero, que bastante falta le +hace. Esta obligación la pagará quien debe pagarla, y no digo más: al +buen entendedor... + +No dándose por vencido, Ballester persistió en su idea: pero Guillermina +hubo de machacar tanto, que al fin se la quitó de la cabeza. Segunda y +sus dos compañeras de plazuela amortajaron a la infeliz señora de Rubín, +y en tanto el farmacéutico se ocupaba con incansable actividad en los +preparativos del entierro, que debía de ser a la mañana siguiente. En +todo aquel día no abandonó la casa mortuoria. Al mediodía estaba solo en +ella, y el cuerpo de Fortunata, ya vestido con su hábito negro de los +Dolores, yacía en el lecho. Ballester no se saciaba de contemplarla, +observando la serenidad de aquellas facciones que la muerte tenía ya por +suyas, pero que no había devorado aún. Era el rostro como de marfil, +tocado de manchas vinosas en el hueco de los ojos y en los labios, y las +cejas parecían aún más finas, rasgueadas y negras de lo que eran en +vida. Dos o tres moscas se habían posado sobre aquellas marchitas +facciones. Segismundo sintió nuevamente deseos de besar a su amiga. ¿Qué +le importaban a él las moscas? Era como cuando caían en la leche. Las +sacaba, y después bebía como si tal cosa. Las moscas huyeron cuando la +cara viva se inclinó sobre la muerta, y al retirarse tornaron a posarse. +Entonces Ballester cubrió la faz de su amiga con un pañuelo finísimo. + +Guillermina volvió más tarde. Subía del cuarto de Plácido a decir a +Ballester algo referente al entierro. Un rato hablaron, y como ella se +mostrase recelosa de que el marido de la difunta fuese por allá y armara +un escándalo, el farmacéutico la tranquilizó diciéndole: «No tema usted +nada. Esta mañana hemos conseguido encerrarle. Está furioso el infeliz, +y costó Dios y ayuda quitarle un maldito revólver que ha comprado y con +el cual quiere fusilar a las pobres _Samaniegas_ y a otra persona que +suele pasear por el barrio. La célebre doña Lupe estaba con el alma en +un hilo. Acudimos Padilla y yo, y con gran trabajo pudimos desarmar al +filósofo y encerrarle en su cuarto, donde quedó dando cabezadas contra +las paredes y pegando unos gritos que se oían desde la calle». + +--Ya lo dije yo. Tanta y tanta lógica tenía que parar en eso... Conque +ya sabe usted. A las diez habrá misa y responso en el cementerio. Y se +ha dispuesto, por quien debe hacerlo, que el entierro sea de primera, +coche de lujo con seis caballos; irán los niños del Hospicio... Usted +dirá que esta ostentación no viene al caso. + +--No, yo no digo nada. + +--No tendría nada de particular que lo dijera, porque a primera vista es +absurdo. Pero la complicación de causas trae la complicación de efectos, +y por eso vemos en el mundo tantas cosas que nos parecen despropósitos y +que nos hacen reír. Vea usted por qué yo profeso el principio de que no +debemos reírnos de nada, y que todo lo que pasa, por el hecho de pasar, +ya merece algo de respeto. ¿Se va usted enterando? + +Algo más iba a decir; pero entró Plácido, sombrero en mano, y con +ciertos aires de ayudante de campo anunció a su generala que había +llegado doña Bárbara. + +Bajó, pues, la santa, y encontró a su amiga un poco adusta, observando +los cariñosos extremos de Jacinta con aquel canario de alcoba que estaba +en su poder, como si se lo hubiera encontrado en la calle o se lo +hubieran puesto en una cesta a la puerta de su casa. Algo le decían +también a la señora de Santa Cruz las facciones del chiquitín; pero +escarmentada y previsora, se contenía por no incurrir en la ridiculez de +un chasco semejante al de marras. Estaba, pues, la señora, indecisa, sin +resolverse a entusiasmarse; y las razones que Guillermina le dio para +convencerla no la sacaron de aquella actitud reservada y suspicaz. Los +afectos que se desbordaban del corazón de la Delfina eran combinación +armoniosa de alegría y de pena, por las circunstancias en que aquella +tierna criatura había ido a sus manos. No podía apartar su pensamiento +de la persona que un poco más arriba, en la misma casa, había dejado de +existir aquella mañana, y se maravillaba de notar en su corazón +sentimientos que eran algo más que lástima de la mujer sin ventura, pues +entrañaban tal vez algo de compañerismo, fraternidad fundada en +desgracias comunes. Recordaba, sí, que la muerta había sido su mayor +enemiga; pero las últimas etapas de la enemistad y el caso increíble de +la herencia del _Pituso_, envolvían, sin que la inteligencia pudiera +desentrañar este enigma, una reconciliación. Con la muerte de por medio, +la una en la vida visible y la otra en la invisible, bien podría ser que +las dos mujeres se miraran de orilla a orilla, con intención y deseos de +darse un abrazo. + +Las tres señoras dijeron a un tiempo: «¿y qué hacemos ahora?». Entablose +discusión breve sobre el punto a que llevarían aquella adquisición +preciosa. Guillermina cortó las dificultades, proponiendo que le +llevaran a su casa. Se dieron órdenes a Estupiñá para que fuesen +conducidas también al domicilio de la santa las tres mujeronas entre las +cuales sería elegida, a toda conciencia, la que había de criar al _mono +del Cielo_. + +Por la noche de aquel célebre día, hubo en la casa de Santa Cruz una +escena memorable. + +Jacinta y su suegra cogieron por su cuenta al Delfín, y le pusieron en +duro compromiso, refiriéndole lo ocurrido, mostrándole la carta +redactada por Estupiñá y obligándole (con lastimoso desdoro de su +dignidad) a manifestarse sinceramente consternado, pues el caso no era +para puesto en solfa, ni para rehuido con cuatro frases y un pensamiento +ingenioso. Había faltado gravemente, ofendiendo a su mujer legítima, +abandonando después a su cómplice, y haciendo a esta digna de compasión +y aun de simpatía, por una serie de hechos de que él era exclusivamente +responsable. Por fin, Santa Cruz, tratando de rehacer su destrozado amor +propio, negó unas cosas, y otras, las más amargas, las endulzó y confitó +admirablemente, para que pasaran, terminando por afirmar que el chico +era suyo y muy suyo, y que por tal lo reconocía y aceptaba, con +propósitos de quererle como si le hubiera tenido de su adorada y +legítima esposa. + +Cuando se quedaron solos los Delfines, Jacinta se despachó a su gusto +con su marido, y tan cargada de razón estaba y tan firme y valerosa, que +apenas pudo él contestarle, y sus triquiñuelas fueron armas impotentes y +risibles contra la verdad que afluía de los labios de la ofendida +consorte. Esta le hacía temblar con sus acerados juicios, y ya no era +fácil que el habilidoso caballero triunfara de aquella alma tierna, +cuya dialéctica solía debilitarse con la fuerza del cariño. Entonces se +vio que la continuidad de los sufrimientos había destruido en Jacinta la +estimación a su marido, y la ruina de la estimación arrastró consigo +parte del amor, hallándose por fin este reducido a tan míseras +proporciones, que casi no se le echaba de ver. La situación desairada en +que esto le ponía, inflamaba más y más el orgullo de Santa Cruz, y ante +el desdén no simulado, sino real y efectivo, que su mujer le mostraba, +el pobre hombre padecía horriblemente, porque era para él muy triste, +que a la víctima no le doliesen ya los golpes que recibía. No ser nadie +en presencia de su mujer, no encontrar allí aquel refugio a que +periódicamente estaba acostumbrado, le ponía de malísimo talante. Y era +tal su confianza en la seguridad de aquel refugio, que al perderlo, +experimentó por vez primera esa sensación tristísima de las irreparables +pérdidas y del vacío de la vida, sensación que en plena juventud +equivale al envejecer, en plena familia equivale al quedarse solo, y +marca la hora en que lo mejor de la existencia se corre hacia atrás, +quedando a la espalda los horizontes que antes estaban por delante. +Claramente se lo dijo ella, con expresiva sinceridad en sus ojos, que +nunca engañaban. «Haz lo que quieras. Eres libre como el aire. Tus +trapisondas no me afectan nada». Esto no era palabrería, y en las +pruebas de la vida real, vio el Delfín que aquella vez iba de veras. + +Durante algún tiempo, el _Delfinito_ siguió en casa de Guillermina, +donde estaba la nodriza, hasta que enteraron de todo a D. Baldomero, y +se le pudo llevar a la casa patrimonial. Jacinta vivía consagrada a él +en cuerpo y alma, y tenía la satisfacción de que todos en la casa le +querían, incluso su padre. A solas con él, la dama se entretenía +fabricando en su atrevido pensamiento edificios de humo con torres de +aire y cúpulas más frágiles aún, por ser de pura idea. Las facciones del +heredado niño no eran las de la otra, eran las suyas. Y tanto podía la +imaginación, que la madre putativa llegaba a embelesarse con el +artificioso recuerdo de haber llevado en sus entrañas aquel precioso +hijo, y a estremecerse con la suposición de los dolores sufridos al +echarle al mundo. Y tras estos juegos de la fantasía traviesa, venía el +discurrir sobre lo desarregladas que andan las cosas del mundo. También +ella tenía su idea respecto a los vínculos establecidos por la ley, y +los rompía con el pensamiento, realizando la imposible obra de volver el +tiempo atrás, de mudar y trastocar las calidades de las personas, +poniendo a este el corazón de aquel, y a tal otro la cabeza del de más +allá, haciendo, en fin, unas correcciones tan extravagantes a la obra +total del mundo, que se reiría de ellas Dios, si las supiera, y su +vicario con faldas, Guillermina Pacheco. Jacinta hacía girar todo este +ciclón de pensamientos y correcciones alrededor de la cabeza angélica de +Juan Evaristo; recomponía las facciones de este, atribuyéndole las suyas +propias, mezcladas y confundidas con las de un ser ideal, que bien +podría tener la cara de Santa Cruz, pero cuyo corazón era seguramente el +de Moreno... aquel corazón que la adoraba y que se moría por ella... +Porque bien podría Moreno haber sido su marido... vivir todavía, no +estar gastado ni enfermo, y tener la misma cara que tenía el Delfín, ese +falso, mala persona... «Y aunque no la tuviera, vamos, aunque no la +tuviera... ¡Ah!, el mundo entonces sería como debía ser, y no pasarían +las muchas cosas malas que pasan...». + + + + +--xvi-- + + +En el entierro de la señora de Rubín contrastaba el lujo del +carro fúnebre con lo corto del acompañamiento de coches, pues sólo +constaba de dos o tres. En el de cabecera iba Ballester, que por no ir +solo se había hecho acompañar de su amigo el crítico. En el largo +trayecto de la Cava al cementerio, que era uno de los del Sur, +Segismundo contó al buen Ponce todo lo que sabía de la historia de +Fortunata, que no era poco, sin omitir lo último, que era sin duda lo +mejor; a lo que dijo el eximio sentenciador de obras literarias, que +había allí elementos para un drama o novela, aunque a su parecer, el +tejido artístico no resultaría vistoso sino introduciendo ciertas +urdimbres de todo punto necesarias para que la vulgaridad de la vida +pudiese convertirse en materia estética. No toleraba él que la vida se +llevase al arte tal como es, sino aderezada, sazonada con olorosas +especias y después puesta al fuego hasta que cueza bien. Segismundo no +participaba de tal opinión, y estuvieron discutiendo sobre esto con +selectas razones de una y otra parte, quedándose cada cual con sus ideas +y su convicción, y resultando al fin que la fruta cruda bien madura es +cosa muy buena, y que también lo son las compotas, si el repostero sabe +lo que trae entre manos. + +En esto llegaron y se dio tierra al cuerpo de la señora de Rubín, +delante de las cuatro o cinco personas acompañantes, las cuales eran +Segismundo y el crítico, Estupiñá, José Izquierdo y el marido de una de +las placeras, amiga de Segunda. Ballester, afectadísimo, hacía de tripas +corazón, y se retiró el último. De regreso a Madrid en el coche, llevaba +fresca en su mente la imagen de la que ya no era nada. «Esta +imagen--dijo a su amigo--, vivirá en mí algún tiempo; pero se irá +borrando, borrando, hasta que enteramente desaparezca. Esta presunción +de un olvido posible, aun suponiéndolo lejano, me da más tristeza que +lo que acabo de ver... Pero tiene que haber olvido, como tiene que haber +muerte. Sin olvido, no habría hueco para las ideas y los sentimientos +nuevos. Si no olvidáramos no podríamos vivir, porque en el trabajo +digestivo del espíritu no puede haber ingestión sin que haya también +eliminación». + +Y más adelante: «Mire usted, amigo Ponce, yo estoy inconsolable; pero no +desconozco que, atendiendo al egoísmo social, la muerte de esa mujer es +un bien para mí (bienes y males andan siempre aparejados en la vida); +porque, créamelo usted, yo me preparaba a hacer grandes disparates por +esa buena moza; ya los estaba haciendo, y habría llegado sabe Dios a +dónde... ¡calcule usted qué atracción ejercía sobre mí! Me tengo por +hombre de seso, y sin embargo, yo me iba derecho al abismo. Tenía para +mí esa mujer un poder sugestivo que no puedo explicarle; se me metió en +la cabeza la idea de que era un ángel, sí, ángel disfrazado, como si +dijéramos, vestido de máscara para estampar a los tontos, y no me +habrían arrancado esta idea todos los sabios del mundo. Y aun ahora, la +tengo aquí fija y clara... Será un delirio, una aberración; pero aquí +dentro está la idea, y mi mayor desconsuelo es que no puedo ya, por +causa de la muerte, probarme que es verdadera... + +Porque yo me lo quería probar... y créalo usted, me hubiera salido con +la mía». + +A la semana siguiente, Ballester salió de la botica de Samaniego, porque +doña Casta se enteró de sus relaciones (que a ella se le antojaron +inmorales) con la infame que tan groseramente había atropellado a +Aurora, y no quiso más cuentas con él. Doña Lupe le rogó varias veces +que fuese a ver a Maximiliano, que continuaba encerrado en su cuarto, y +le daban la comida por un tragaluz, no atreviéndose a entrar ni la +señora ni Papitos, porque los aullidos que daba el infeliz eran señal de +agitación insana y peligrosa. Segismundo fue el primero que penetró en +la estancia, sin miedo alguno, y vio a Maxi en un rincón, hecho un +ovillo, con más apariencias de imbecilidad que de furia, demudado el +rostro y las ropas en desorden. + +«¿Qué?--le dijo el farmacéutico inclinándose y tratando de levantarle--. +¿Se va pasando eso?... Como hace días nos quiso usted morder, cuando le +quitamos el revólver, y daba mordiscos y patadas, y quería matar a todo +el género humano, tuvimos que encerrarle. Justo castigo de la +tontería... ¿Qué? ¿Ha perdido el uso de la palabra? Míreme de frente y +no hagamos visajes, que se pone muy feíto. ¿No me conoce? Soy Ballester, +y ahí tengo la vara aquella para enderezar a los niños mal criados». + +--Ballester--dijo Maxi mirándole fijamente y como quien vuelve de un +letargo. + +--El mismo, ¿y qué?... ¿Quiere que le dé noticias del mundo? Pues +prométame tener juicio. + +--¿Juicio...? Ya lo tengo, ya lo tengo. ¿Pues acaso he perdido yo alguna +vez ni tanto así del juicio? + +--¡Quia! Nada en gracia de Dios. ¡Usted perder el juicio! Bueno va... + +--Ello es que yo he dormido, amigo Ballester--dijo Rubín con relativa +serenidad levantándose--. Lo que recuerdo ahora es que yo estaba cuerdo, +más cuerdo que nadie, y de repente me entró el frenesí de matar. ¿Por +qué, por qué fue? + +--Eso, rásquese la cabecita a ver si hace memoria... fue porque _semos_ +muy tontos. Era usted el espejo de los filósofos, y ya iba para santo, +cuando de repente le dio por comprar un revólver... + +--¡Ah!... sí (abriendo espantado lo ojos), fue porque mi mujer me dio +palabra de quererme con verdadero amor, de quererme con delirio, ¿oye +usted?, como ella sabe querer. + +--Bueno va. Y ahora le quiere echar la culpa a la otra pobre. + +--Ella, sí, ella fue. Me arrebató... y arrebatado estoy. Tengo dentro de +mí el espíritu del mal... y apenas me queda un recuerdo vago de aquel +estado de virtud en que me hallaba. + +--¡Qué lástima, hijo, qué lástima! Tenemos que volver a las duchas y al +bromuro de sodio. Es lo mejor para echar virtud y filosofía. + +--Volveré--dijo Maxi con gravedad suma--, cuando haya cumplido la +promesa que a mi mujer hice. Mataré, gozaré después de aquel amor +inefable, infinito, que no he catado nunca y que ella me ofreció en +cambio del sacrificio que le hice de mi razón, y luego nos consagraremos +ella y yo a hacer penitencia y a pedir a Dios perdón de nuestra culpa. + +--¡Bonito programa, sí, señor, bonito contrato! Sólo que ya no puede +realizarse, porque falta una de las partes. + +--¿Qué parte?--La que ponía el amor, ese amor tan sublime y... +delirante. + +Maxi no comprendía, y Ballester, decidido a darle la noticia sin rodeos +ni atenuaciones, concluyó así: + +--Sí, su mujer de usted ya no existe. La pobrecita se nos ha muerto hace +hoy ocho días. + +Y al decirlo, se conmovió extraordinariamente, velándosele la voz. Maxi +prorrumpió en una risa desentonada. «Otra vez la misma comedia, otra +vez... Pero ahora, como entonces, no cuela, Sr. Ballester... ¿Apostamos +a que con mi lógica vuelvo a descubrir dónde está? ¡Ay, Dios mío!, ya +siento la lógica invadiendo mi cabeza con fuerza admirable, y el talento +vuelve... sí, me vuelve, aquí está, le siento entrar. ¡Bendito sea +Dios, bendito sea!». + +Doña Lupe, que escuchaba este coloquio desde el pasillo, aplicando su +oído a la puerta entornada, fue perdiendo el miedo al oír la voz serena +de su sobrino, y abrió un poquito, dejando ver su cara inteligente y +atisbadora. + +«Entre usted, doña Lupe--le dijo Segismundo--. Ya está bien. Pasó el +arrebato. Pero no quiere creer que hemos perdido a su esposa. Ya; como +la otra vez le engañamos... Pero él tuvo más talento que nosotros». + +--Y ahora también, y ahora también--afirmó Rubín con maniática +insistencia--. Empezaré al instante mis trabajos de observación y de +cálculo. + +--Pues no necesitará calentarse la cabeza, porque yo se lo probaré... yo +demostraré lo que he dicho. Doña Lupe, hágame el favor de traerle la +ropita, porque no está bien que salga a la calle con esa facha. + +--¿Pero a dónde le va usted a llevar? (alarmada). + +--Déjeme usted a mí, señá ministra. Yo me entiendo. ¿Teme que le robe +esta alhaja? + +--Mi ropa, tía, mi ropa--dijo Maxi tan animado como en sus mejores +tiempos, y sin ninguna apariencia de trastorno mental. + +Por fin, se hizo lo que Ballester deseaba; Maxi se vistió y salieron. En +el pasillo, Segismundo comunicó su pensamiento a doña Lupe: «Mire +usted, señora, yo tengo que ir al cementerio a ver la lápida que he +hecho poner en la sepultura de esa pobrecita. La costeo yo; he querido +darme esa satisfacción... una lápida preciosa, con el nombre de la +difunta y una corona de rosas...». + +--¡Corona de rosas!--exclamó _la de los Pavos_, que con toda su +diplomacia no supo disimular un ligero acento de ironía. + +--De rosas... ¿y qué más le da a usted...? (quemándose). ¿Acaso tiene +usted que pagarla?... Yo hubiera querido hacerla de mármol; pero no hay +posibles... y es de piedra de Novelda; tributo modesto y afectuoso de +una amistad pura... Era un ángel... Sí; no me vuelvo atrás, aunque usted +se ría. + +--No, si no me he reído. Pues no faltaba más. + +--Un ángel a su manera. En fin, dejemos esto y vamos a lo otro. Como ha +de influir mucho en el estado mental de este pobre chico el convencerse +de que su mujer no vive, le pienso llevar... para que lo vea, señora, +para que lo vea. + +Aprobó doña Lupe, y los dos farmacéuticos salieron y tomaron un simón. +Por el camino iba Maxi cabizbajo, y la aproximación al cementerio le +imponía, subyugando su ánimo con la gravedad que lleva en sí la idea del +morir. «Adelante, niño» le dijo su amigo cogiéndole por un brazo, y +llevándole dentro del camposanto. Atravesaron un gran patio lleno de +mausoleos de más o menos lujo, después otro patio que era todo nichos; +pasaron a un tercero en el cual había sepulturas abiertas, recién +ocupadas, y paráronse delante de una en la cual estaban aún los +albañiles, que acababan de poner una lápida y recogían las herramientas. + +«Aquí es--dijo Ballester, señalando la gran losa de cantería de Novelda, +en cuyo extremo superior había una corona de rosas, bastante bien +tallada, debajo del R.I.P. y luego un nombre y la fecha del +fallecimiento--¿Qué dice ahí?». + +Maximiliano se quedó inmóvil, clavados los ojos en la lápida... ¡Bien +claro lo rezaba el letrero! Y al nombre y apellido de su mujer se añadía +_de Rubín_. Ambos callaban; pero la emoción de Maxi era más viva y +difícil de dominar que la de su amigo. Y al poco rato, un llanto +tranquilo, expresión de dolor verdadero y sin esperanza de remedio, +brotaba de sus ojos en raudal que parecía inagotable. «Son las lágrimas +de toda mi vida--pudo decir a su amigo--, las que derramo ahora... Todas +mis penas me están saliendo por los ojos». + +Ballester se le llevó no sin trabajo, porque aún quería permanecer allí +más tiempo y llorar sin tregua. Cuando salían del cementerio, entraba un +entierro con bastante acompañamiento. + +Era el de D. Evaristo Feijoo. Pero los dos farmacéuticos no fijaron su +atención en él. En el coche, Maximiliano, con voz sosegada y dolorida, +expresó a su amigo estas ideas: + +«La quise con toda mi alma. Hice de ella el objeto capital de mi vida, y +ella no respondió a mis deseos. No me quería... Miremos las cosas desde +lo alto: no me podía querer. Yo me equivoqué, y ella también se +equivocó. No fui yo solo el engañado, ella también lo fue. Los dos nos +estafamos recíprocamente. No contamos con la Naturaleza, que es la gran +madre y maestra que rectifica los errores de sus hijos extraviados. +Nosotros hacemos mil disparates, y la Naturaleza nos los corrige. +Protestamos contra sus lecciones admirables que no entendemos, y cuando +queremos que nos obedezca, nos coge y nos estrella, como el mar estrella +a los que pretenden gobernarlo. Esto me lo dice mi razón, amigo +Ballester, mi razón, que hoy, gracias a Dios, vuelve a iluminarme como +un faro espléndido. ¿No lo ve usted?... ¿pero no lo ve?... Porque el que +sostenga ahora que estoy loco es el que lo está verdaderamente, y si +alguien me lo dice en mi cara, ¡vive Cristo, por la santísima uña de +Dios!, que me la ha de pagar». + +--Calma, calma, amigo mío (con bondad). Nadie le contradice a usted. + +--Porque yo veo ahora todos los conflictos, todos los problemas de mi +vida con una claridad que no puede provenir más que de la razón... Y +para que conste, yo juro ante Dios y los hombres que perdono con todo mi +corazón a esa desventurada a quien quise más que a mi vida, y que me +hizo tanto daño; yo la perdono, y aparto de mí toda idea rencorosa, y +limpio mi espíritu de toda maleza, y no quiero tener ningún pensamiento +que no sea encaminado al bien y a la virtud... El mundo acabó para mí. +He sido un mártir y un loco. Que mi locura, de la que con la ayuda de +Dios he sanado, se me cuente como martirio, pues mis extravíos, ¿qué han +sido más que la expresión exterior de las horribles agonías de mi alma? +Y para que no quede a nadie ni el menor escrúpulo respecto a mi estado +de perfecta cordura, declaro que quiero a mi mujer lo mismo que el día +en que la conocí; adoro en ella lo ideal, lo eterno, y la veo, no como +era, sino tal y como yo la soñaba y la veía en mi alma; la veo adornada +de los atributos más hermosos de la divinidad, reflejándose en ella como +en un espejo; la adoro, porque no tendríamos medio de sentir el amor de +Dios, si Dios no nos lo diera a conocer figurando que sus atributos se +transmiten a un ser de nuestra raza. Ahora que no vive, la contemplo +libre de las transformaciones que el mundo y el contacto del mal le +imprimían; ahora no temo la infidelidad, que es un rozamiento con las +fuerzas de la Naturaleza que pasan junto a nosotros; ahora no temo las +traiciones, que son proyección de sombra por cuerpos opacos que se +acercan; ahora todo es libertad, luz; desaparecieron las asquerosidades +de la realidad, y vivo con mi ídolo en mi idea, y nos adoramos con +pureza y santidad sublimes en el tálamo incorruptible de mi pensamiento. + +--Era un ángel--murmuró Ballester, a quien, sin saber cómo, se le +comunicaba algo de aquella exaltación. + +--Era un ángel--gritó Maxi dándose un fuerte puñetazo en la rodilla--. +¡Y el miserable que me lo niegue o lo ponga en duda se verá conmigo...! + +--¡Y conmigo!--repitió Segismundo, con igual calor--. Lástima de +mujer... ¡Si viviera! + + +--No, amigo, vivir no. La vida es una pesadilla... Más la quiero +muerta... + +--Y yo también--dijo Ballester, cayendo en la cuenta de que no debía +contrariarle--. La amaremos los dos como se ama a los ángeles. ¡Dichosos +los que se consuelan así! + +--¡Dichosos mil veces, amigo mío!--exclamó Rubín con entusiasmo--, los +que han llegado, como yo, a este grado de serenidad en el pensamiento. +Usted está aún atado a las sinrazones de la vida; yo me liberté, y vivo +en la pura idea. Felicíteme usted, amigo de mi alma, y deme un gran +abrazo, así, así, más apretado; más, más, porque me siento muy feliz, +muy feliz. + +Al entrar en su casa lo primero que dijo a doña Lupe fue esto: «Tía de +mi alma, yo me quiero retirar del mundo, y entrar en un convento donde +pueda vivir a solas con mis ideas». Vio el cielo abierto la de Jáuregui +al oírle expresarse de este modo, y respondió: «¡Ay, hijo mío, si ya te +tenía yo dispuesta tu entrada en un monasterio muy retirado y hermoso +que hay aquí, cerca de Madrid! Verás qué ricamente vas a estar. Hay en +él unos señores monjes muy simpáticos que no hacen más que pensar en +Dios y en las cosas divinas. ¡Cuánto me alegro de que hayas tomado esa +determinación! Anticipándome a tu deseo, te estaba yo preparando la ropa +que has de llevar». Apoyó Ballester la idea que a su amigo le había +entrado, y todo el día estuvo hablándole de lo mismo, temeroso de que se +desdijera; y para aprovechar aquella buena disposición, al día siguiente +tempranito, él mismo le llevó en un coche al sosegado retiro que le +preparaban. Maxi iba contentísimo y no hizo ninguna resistencia. Pero al +llegar, decía en alta voz como si hablara con un ser invisible: «¡Si +creerán estos tontos que me engañan! Esto es Leganés. Lo acepto, lo +acepto y me callo, en prueba de la sumisión absoluta de mi voluntad a +lo que el mundo quiera hacer de mi persona. No encerrarán entre murallas +mi pensamiento. Resido en las estrellas. Pongan al llamado Maximiliano +Rubín en un palacio o en un muladar... lo mismo da». + + +Madrid.--Junio de 1887. + +FIN DE LA NOVELA + + * * * * * + + + + + +End of Project Gutenberg's Fortunata y Jacinta, by Benito Pérez Galdós + +*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK FORTUNATA Y JACINTA *** + +***** This file should be named 17013-8.txt or 17013-8.zip ***** +This and all associated files of various formats will be found in: + https://www.gutenberg.org/1/7/0/1/17013/ + +Produced by Chuck Greif + +Updated editions will replace the previous one--the old editions +will be renamed. + +Creating the works from public domain print editions means that no +one owns a United States copyright in these works, so the Foundation +(and you!) can copy and distribute it in the United States without +permission and without paying copyright royalties. Special rules, +set forth in the General Terms of Use part of this license, apply to +copying and distributing Project Gutenberg-tm electronic works to +protect the PROJECT GUTENBERG-tm concept and trademark. Project +Gutenberg is a registered trademark, and may not be used if you +charge for the eBooks, unless you receive specific permission. If you +do not charge anything for copies of this eBook, complying with the +rules is very easy. You may use this eBook for nearly any purpose +such as creation of derivative works, reports, performances and +research. They may be modified and printed and given away--you may do +practically ANYTHING with public domain eBooks. 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You may copy it, give it away or +re-use it under the terms of the Project Gutenberg License included +with this eBook or online at www.gutenberg.org + + +Title: Fortunata y Jacinta + dos historias de casadas + +Author: Benito Pérez Galdós + +Release Date: November 5, 2005 [EBook #17013] +[Last updated on December 21, 2019] + +Language: Spanish + +Character set encoding: ISO-8859-1 + +*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK FORTUNATA Y JACINTA *** + + + + +Produced by Chuck Greif + + + + + +</pre> + +<hr /> + +<h1>Fortunata y Jacinta: (dos historias de casadas)</h1> + +<h2>por<br /> B. Pérez Galdós</h2> +<h3>Imprenta de La Guirnalda</h3> +<h3>Madrid</h3> +<h3>1887</h3> +<hr /> + +<h2>ÍNDICE</h2> +<table summary="indice" cellspacing="0" cellpadding="0"> +<tr><td> +<a href="#indice"><b>PARTE PRIMERA</b></a><br /> +<a href="#ia"><b>-I-</b></a> +<a href="#iia"><b>-II-</b></a> +<a href="#iiia"><b>-III-</b></a> +<a href="#iva"><b>-IV-</b></a> +<a href="#va"><b>-V-</b></a> +<a href="#via"><b>-VI-</b></a> +<a href="#viia"><b>-VII-</b></a> +<a href="#viiia"><b>-VIII-</b></a> +<a href="#ixa"><b>-IX-</b></a> +<a href="#xa"><b>-X-</b></a> +<a href="#xia"><b>-XI-</b></a><br /><br /> +<a href="#parte_segunda"><b>PARTE SEGUNDA</b></a><br /> +<a href="#ib"><b>-I-</b></a> +<a href="#iib"><b>-II-</b></a> +<a href="#iiib"><b>-III-</b></a> +<a href="#ivb"><b>-IV-</b></a> +<a href="#vb"><b>-V-</b></a> +<a href="#vib"><b>-VI-</b></a> +<a href="#viib"><b>-VII-</b></a><br /><br /> +<a href="#parte_tercera"><b>PARTE TERCERA</b></a><br /> +<a href="#ic"><b>-I-</b></a> +<a href="#iic"><b>-II-</b></a> +<a href="#iiic"><b>-III-</b></a> +<a href="#ivc"><b>-IV-</b></a> +<a href="#vc"><b>-V-</b></a> +<a href="#vic"><b>-VI-</b></a> +<a href="#viic"><b>-VII-</b></a><br /><br /> +<a href="#parte_cuarta"><b>PARTE CUARTA</b></a><br /> +<a href="#id"><b>-I-</b></a> +<a href="#iid"><b>-II-</b></a> +<a href="#iiid"><b>-III-</b></a> +<a href="#ivd"><b>-IV-</b></a> +<a href="#vd"><b>-V-</b></a> +<a href="#vid"><b>-VI-</b></a> +</td></tr> +</table> +<hr /> + +<h2><a name="indice" id="indice"></a>PARTE PRIMERA</h2> +<hr /> +<h2><a name="ia" id="ia"></a>-I-</h2> + +<h2>Juanito Santa Cruz</h2> + +<h2>-<span class="smcap">i</span>-</h2> + + +<p>Las noticias más remotas que tengo de la persona que lleva este nombre +me las ha dado Jacinto María Villalonga, y alcanzan al tiempo en que +este amigo mío y el otro y el de más allá, Zalamero, Joaquinito Pez, +Alejandro Miquis, iban a las aulas de la Universidad. No cursaban todos +el mismo año, y aunque se reunían en la cátedra de Camús, separábanse en +la de Derecho Romano: el chico de Santa Cruz era discípulo de Novar, y +Villalonga de Coronado. Ni tenían todos el mismo grado de aplicación: +Zalamero, juicioso y circunspecto como pocos, era de los que se ponen en +la primera fila de bancos, mirando con faz complacida al profesor +mientras explica, y haciendo con la cabeza discretas señales de +asentimiento a todo lo que dice. Por el contrario, Santa Cruz y +Villalonga se ponían siempre en la grada más alta, envueltos en sus +capas y más parecidos a conspiradores que a estudiantes. Allí pasaban el +rato charlando por lo bajo, leyendo novelas, dibujando caricaturas o +soplándose recíprocamente la lección cuando el catedrático les +preguntaba. Juanito Santa Cruz y Miquis llevaron un día una sartén (no +sé si a la clase de Novar o a la de Uribe, que explicaba Metafísica) y +frieron un par de huevos. Otras muchas tonterías de este jaez cuenta +Villalonga, las cuales no copio por no alargar este relato. Todos ellos, +a excepción de Miquis que se murió en el 64 soñando con la gloria de +Schiller, metieron infernal bulla en el célebre alboroto de la noche de +San Daniel. Hasta el formalito Zalamero se descompuso en aquella ruidosa +ocasión, dando pitidos y chillando como un salvaje, con lo cual se ganó +dos bofetadas de un guardia veterano, sin más consecuencias. Pero +Villalonga y Santa Cruz lo pasaron peor, porque el primero recibió un +sablazo en el hombro que le tuvo derrengado por espacio de dos meses +largos, y el segundo fue cogido junto a la esquina del Teatro Real y +llevado a la prevención en una cuerda de presos, compuesta de varios +estudiantes decentes y algunos pilluelos de muy mal pelaje. A la sombra +me lo tuvieron veinte y tantas horas, y aún durara más su cautiverio, si +de él no le sacara el día 11 su papá, sujeto respetabilísimo y muy bien +relacionado.</p> + +<p>¡Ay!, el susto que se llevaron D. Baldomero Santa Cruz y Barbarita no es +para contado. ¡Qué noche de angustia la del 10 al 11! Ambos creían no +volver a ver a su adorado nene, en quien, por ser único, se miraban y se +recreaban con inefables goces de padres chochos de cariño, aunque no +eran viejos. Cuando el tal Juanito entró en su casa, pálido y +hambriento, descompuesta la faz graciosa, la ropita llena de sietes y +oliendo a pueblo, su mamá vacilaba entre reñirle y comérsele a besos. El +insigne Santa Cruz, que se había enriquecido honradamente en el comercio +de paños, figuraba con timidez en el antiguo partido progresista; mas no +era socio de la revoltosa <i>Tertulia</i>, porque las inclinaciones +antidinásticas de Olózaga y Prim le hacían muy poca gracia. Su club era +el salón de un amigo y pariente, al cual iban casi todas las noches D. +Manuel Cantero, D. Cirilo Álvarez y D. Joaquín Aguirre, y algunas D. +Pascual Madoz. No podía ser, pues, D. Baldomero, por razón de afinidades +personales, sospechoso al poder. Creo que fue Cantero quien le acompañó +a Gobernación para ver a González Bravo, y éste dio al punto la orden +para que fuese puesto en libertad el revolucionario, el anarquista, el +descamisado Juanito.</p> + +<p>Cuando el niño estudiaba los últimos años de su carrera, verificose en +él uno de esos cambiazos críticos que tan comunes son en la edad +juvenil. De travieso y alborotado volviose tan juiciosillo, que al mismo +Zalamero daba quince y raya. Entrole la comezón de cumplir +religiosamente sus deberes escolásticos y aun de instruirse por su +cuenta con lecturas sin tasa y con ejercicios de controversia y palique +declamatorio entre amiguitos. No sólo iba a clase puntualísimo y cargado +de apuntes, sino que se ponía en la grada primera para mirar al profesor +con cara de aprovechamiento, sin quitarle ojo, cual si fuera una novia, +y aprobar con cabezadas la explicación, como diciendo: «yo también me sé +eso y algo más». Al concluir la clase, era de los que le cortan el paso +al catedrático para consultarle un punto oscuro del texto o que les +resuelva una duda. Con estas dudas declaran los tales su furibunda +aplicación. Fuera de la Universidad, la fiebre de la ciencia le traía +muy desasosegado. Por aquellos días no era todavía costumbre que fuesen +al Ateneo los sabios de pecho que están mamando la leche del +conocimiento. Juanito se reunía con otros cachorros en la casa del chico +de Tellería (Gustavito) y allí armaban grandes peloteras. Los temas más +sutiles de Filosofía de la Historia y del Derecho, de Metafísica y de +otras ciencias especulativas (pues aún no estaban de moda los estudios +experimentales, ni el transformismo, ni Darwin, ni Haeckel eran para +ellos, lo que para otros el trompo o la cometa. ¡Qué gran progreso en +los entretenimientos de la niñez! ¡Cuando uno piensa que aquellos mismos +nenes, si hubieran vivido en edades remotas, se habrían pasado el tiempo +mamándose el dedo, o haciendo y diciendo toda suerte de boberías...!</p> + +<p>Todos los dineros que su papá le daba, dejábalos Juanito en casa de +Bailly-Baillière, a cuenta de los libros que iba tomando. Refiere +Villalonga que un día fue Barbarita <i>reventando</i> de gozo y orgullo a la +librería, y después de saldar los débitos del niño, dio orden de que +entregaran a este todos los mamotretos que pidiera, aunque fuesen caros +y tan grandes como misales. La bondadosa y angelical señora quería poner +un freno de modestia a la expresión de su vanidad maternal. Figurábase +que ofendía a los demás, haciendo ver la supremacía de su hijo entre +todos los hijos nacidos y por nacer. No quería tampoco profanar, +haciéndolo público, aquel encanto íntimo, aquel himno de la conciencia +que podemos llamar los <i>misterios gozosos</i> de Barbarita. Únicamente se +clareaba alguna vez, soltando como al descuido estas entrecortadas +razones: «¡Ay qué chico!... ¡cuánto lee! Yo digo que esas cabezas tienen +algo, algo, sí señor, que no tienen las demás... En fin, más vale que le +dé por ahí».</p> + +<p>Concluyó Santa Cruz la carrera de Derecho, y de añadidura la de +Filosofía y Letras. Sus papás eran muy ricos y no querían que el niño +fuese comerciante, ni había para qué, pues ellos tampoco lo eran ya. +Apenas terminados los estudios académicos, verificose en Juanito un +nuevo cambiazo, una segunda crisis de crecimiento, de esas que marcan el +misterioso paso o transición de edades en el desarrollo individual. +Perdió bruscamente la afición a aquellas furiosas broncas oratorias por +un más o un menos en cualquier punto de Filosofía o de Historia; empezó +a creer ridículos los sofocones que se había tomado por probar que <i>en +las civilizaciones de Oriente el poder de las castas sacerdotales era un +poquito más ilimitado que el de los reyes</i>, contra la opinión de +Gustavito Tellería, el cual sostenía, dando puñetazos sobre la mesa, que +lo era <i>un poquitín menos</i>. Dio también en pensar que maldito lo que le +importaba que <i>la conciencia fuera la intimidad total del ser racional +consigo mismo</i>, o bien otra cosa semejante, como quería probar, +hinchándose de convicción airada, Joaquinito Pez. No tardó, pues, en +aflojar la cuerda a la manía de las lecturas, hasta llegar a no leer +absolutamente nada. Barbarita creía de buena fe que su hijo no leía ya +porque había agotado el pozo de la ciencia.</p> + +<p>Tenía Juanito entonces veinticuatro años. Le conocí un día en casa de +Federico Cimarra en un almuerzo que este dio a sus amigos. Se me ha +olvidado la fecha exacta; pero debió de ser esta hacia el 69, porque +recuerdo que se habló mucho de Figuerola, de la capitación y del derribo +de la torre de la iglesia de Santa Cruz. Era el hijo de D. Baldomero muy +bien parecido y además muy simpático, de estos hombres que se +recomiendan con su figura antes de cautivar con su trato, de estos que +en una hora de conversación ganan más amigos que otros repartiendo +favores positivos. Por lo bien que decía las cosas y la gracia de sus +juicios, aparentaba saber más de lo que sabía, y en su boca las +paradojas eran más bonitas que las verdades. Vestía con elegancia y +tenía tan buena educación, que se le perdonaba fácilmente el hablar +demasiado. Su instrucción y su ingenio agudísimo le hacían descollar +sobre todos los demás mozos de la partida, y aunque a primera vista +tenía cierta semejanza con Joaquinito Pez, tratándoles se echaban de ver +entre ambos profundas diferencias, pues el chico de Pez, por su ligereza +de carácter y la garrulería de su entendimiento, era un verdadero +botarate.</p> + +<p>Barbarita estaba loca con su hijo; mas era tan discreta y delicada, que +no se atrevía a elogiarle delante de sus amigas, sospechando que todas +las demás señoras habían de tener celos de ella. Si esta pasión de madre +daba a Barbarita inefables alegrías, también era causa de zozobras y +cavilaciones. Temía que Dios la castigase por su orgullo; temía que el +adorado hijo enfermara de la noche a la mañana y se muriera como tantos +otros de menos mérito físico y moral. Porque no había que pensar que el +mérito fuera una inmunidad. Al contrario, los más brutos, los más feos y +los perversos son los que se hartan de vivir, y parece que la misma +muerte no quiere nada con ellos. Del tormento que estas ideas daban a su +alma se defendía Barbarita con su ardiente fe religiosa. Mientras oraba, +una voz interior, susurro dulcísimo como chismes traídos por el Ángel de +la Guarda, le decía que su hijo no moriría antes que ella. Los cuidados +que al chico prodigaba eran esmeradísimos; pero no tenía aquella buena +señora las tonterías dengosas de algunas madres, que hacen de su cariño +una manía insoportable para los que la presencian, y corruptora para las +criaturas que son objeto de él. No trataba a su hijo con mimo. Su +ternura sabía ser inteligente y revestirse a veces de severidad dulce.</p> + +<p>¿Y por qué le llamaba todo el mundo y le llama todavía casi unánimemente +<i>Juanito</i> Santa Cruz? Esto sí que no lo sé. Hay en Madrid muchos casos +de esta aplicación del diminutivo o de la fórmula familiar del nombre, +aun tratándose de personas que han entrado en la madurez de la vida. +Hasta hace pocos años, al autor cien veces ilustre de <i>Pepita Jiménez</i>, +le llamaban sus amigos y los que no lo eran, <i>Juanito</i> Valera. En la +sociedad madrileña, la más amena del mundo porque ha sabido combinar la +cortesía con la confianza, hay algunos <i>Pepes, Manolitos</i> y <i>Pacos</i> que, +aun después de haber conquistado la celebridad por diferentes conceptos, +continúan nombrados con esta familiaridad democrática que demuestra la +llaneza castiza del carácter español. El origen de esto habrá que +buscarlo quizá en ternuras domésticas o en hábitos de servidumbre que +trascienden sin saber cómo a la vida social. En algunas personas, puede +relacionarse el diminutivo con el sino. Hay efectivamente Manueles que +nacieron predestinados para ser <i>Manolos</i> toda su vida. Sea lo que +quiera, al venturoso hijo de D. Baldomero Santa Cruz y de doña Bárbara +Arnaiz le llamaban <i>Juanito</i>, y <i>Juanito</i> le dicen y le dirán quizá +hasta que las canas de él y la muerte de los que le conocieron niño +vayan alterando poco a poco la campechana costumbre.</p> + +<p>Conocida la persona y sus felices circunstancias, se comprenderá +fácilmente la dirección que tomaron las ideas del joven Santa Cruz al +verse en las puertas del mundo con tantas probabilidades de éxito. Ni +extrañará nadie que un chico guapo, poseedor del arte de agradar y del +arte de vestir, hijo único de padres ricos, inteligente, instruido, de +frase seductora en la conversación, pronto en las respuestas, agudo y +ocurrente en los juicios, un chico, en fin, al cual se le podría poner +el rótulo social de <i>brillante</i>, considerara ocioso y hasta ridículo el +meterse a averiguar si hubo o no un idioma único primitivo, si el Egipto +fue una colonia bracmánica, si la China es absolutamente independiente +de tal o cual civilización asiática, con otras cosas que años atrás le +quitaban el sueño, pero que ya le tenían sin cuidado, mayormente si +pensaba que lo que él no averiguase otro lo averiguaría... «Y por último +—decía—pongamos que no se averigüe nunca. ¿Y qué...?». El mundo +tangible y gustable le seducía más que los incompletos conocimientos de +vida que se vislumbran en el fugaz resplandor de las ideas <i>sacadas a la +fuerza</i>, chispas obtenidas en nuestro cerebro por la percusión de la +voluntad, que es lo que constituye el estudio. Juanito acabó por +declararse a sí mismo que más sabe el que vive <i>sin querer saber</i> que el +que <i>quiere saber sin vivir</i>, o sea aprendiendo en los libros y en las +aulas. Vivir es relacionarse, gozar y padecer, desear, aborrecer y amar. +La lectura es vida artificial y prestada, el usufructo, mediante una +función cerebral, de las ideas y sensaciones ajenas, la adquisición de +los tesoros de la verdad humana por compra o por estafa, no por el +trabajo. No paraban aquí las filosofías de Juanito, y hacía una +comparación que no carece de exactitud. Decía que entre estas dos +maneras de vivir, observaba él la diferencia que hay entre comerse una +chuleta y que le vengan a contar a uno cómo y cuándo se la ha comido +otro, haciendo el cuento muy a lo vivo, se entiende, y describiendo la +cara que ponía, el gusto que le daba la masticación, la gana con que +tragaba y el reposo con que digería.</p> + + + +<hr /> +<h2>-<span class="smcap">ii</span>-</h2> + + +<p>Empezó entonces para Barbarita nueva época de sobresaltos. Si antes sus +oraciones fueron pararrayos puestos sobre la cabeza de Juanito para +apartar de ella el tifus y las viruelas, después intentaban librarle de +otros enemigos no menos atroces. Temía los escándalos que ocasionan +lances personales, las pasiones que destruyen la salud y envilecen el +alma, los despilfarros, el desorden moral, físico y económico. +Resolviose la insigne señora a tener carácter y a vigilar a su hijo. +Hízose fiscalizadora, reparona, entrometida, y unas veces con dulzura, +otras con aspereza que le costaba trabajo fingir, tomaba razón de todos +los actos del joven, tundiéndole a preguntas: «¿A dónde vas con ese +cuerpo?... ¿De dónde vienes ahora?... ¿Por qué entraste anoche a las +tres de la mañana?... ¿En qué has gastado los mil reales que ayer te +di?... A ver, ¿qué significa este perfume que se te ha pegado a la +cara?...». Daba sus descargos el delincuente como podía, fatigando su +imaginación para procurarse respuestas que tuvieran visos de lógica, +aunque estos fueran como fulgor de relámpago. Ponía una de cal y otra de +arena, mezclando las contestaciones categóricas con los mimos y las +zalamerías. Bien sabía cuál era el flanco débil del enemigo. Pero +Barbarita, mujer de tanto espíritu como corazón, se las tenía muy tiesas +y sabía defenderse. En algunas ocasiones era tan fuerte la acometida de +cariñitos, que la mamá estaba a punto de rendirse, fatigada de su +entereza disciplinaria. Pero, ¡quia!, no se rendía; y vuelta al ajuste +de cuentas, y al inquirir, y al tomar acta de todos los pasos que el +predilecto daba por entre los peligros sociales. En honor a la verdad, +debo decir que los desvaríos de Juanito no eran ninguna cosa del otro +jueves. En esto, como en todo lo malo, hemos progresado de tal modo, que +las barrabasadas de aquel niño bonito hace quince años, nos parecerían +hoy timideces y aun actos de ejemplaridad relativa.</p> + +<p>Presentose en aquellos días al simpático joven la coyuntura de hacer su +primer viaje a París, adonde iban Villalonga y Federico Ruiz +comisionados por el Gobierno, el uno a comprar máquinas de agricultura, +el otro a adquirir aparatos de astronomía. A D. Baldomero le pareció +muy bien el viaje del chico, para que viese mundo; y Barbarita no se +opuso, aunque le mortificaba mucho la idea de que su hijo correría en la +capital de Francia temporales más recios que los de Madrid. A la pena de +no verle uníase el temor de que le sorbieran aquellos gabachos y +gabachas, tan diestros en desplumar al forastero y en maleficiar a los +jóvenes más juiciosos. Bien se sabía ella que allá hilaban muy fino en +esto de explotar las debilidades humanas, y que Madrid era, comparado en +esta materia con París de Francia, un lugar de abstinencia y +mortificación. Tan triste se puso un día pensando en estas cosas y tan +al vivo se le representaban la próxima perdición de su querido hijo y +las redes en que inexperto caía, que salió de su casa resuelta a +implorar la misericordia divina del modo más solemne, conforme a sus +grandes medios de fortuna. Primero se le ocurrió encargar muchas misas +al cura de San Ginés, y no pareciéndole esto bastante, discurrió mandar +poner de Manifiesto la Divina Majestad todo el tiempo que el niño +estuviese en París. Ya dentro de la Iglesia, pensó que lo del Manifiesto +era un lujo desmedido y por lo mismo quizá irreverente. No, guardaría el +recurso gordo para los casos graves de enfermedad o peligro de muerte. +Pero en lo de las misas sí que no se volvió atrás, y encargó la mar de +ellas, repartiendo además aquella semana más limosnas que de costumbre.</p> + +<p>Cuando comunicaba sus temores a D. Baldomero, este se echaba a reír y le +decía: «El chico es de buena índole. Déjale que se divierta y que la +corra. Los jóvenes del día necesitan despabilarse y ver mucho mundo. No +son estos tiempos como los míos, en que no la corría ningún chico del +comercio, y nos tenían a todos metidos en un puño hasta que nos casaban. +¡Qué costumbres aquellas tan diferentes de las de ahora! La +civilización, hija, es mucho cuento. ¿Qué padre le daría hoy un par de +bofetadas a un hijo de veinte años por haberse puesto las botas nuevas +en día de trabajo? ¿Ni cómo te atreverías hoy a proponerle a un mocetón +de estos que rece el rosario con la familia? Hoy los jóvenes disfrutan +de una libertad y de una iniciativa para divertirse que no gozaban los +de antaño. Y no creas, no creas que por esto son peores. Y si me apuras, +te diré que conviene que los chicos no sean tan encogidos como los de +entonces. Me acuerdo de cuando yo era pollo. ¡Dios mío, qué soso era! Ya +tenía veinticinco años, y no sabía decir a una mujer o señora sino <i>que +usted lo pase bien</i>, y de ahí no me sacaba nadie. Como que me había +pasado en la tienda y en el almacén toda la niñez y lo mejor de mi +juventud. Mi padre era una fiera; no me perdonaba nada. Así me crié, así +salí yo, con unas ideas de rectitud y unos hábitos de trabajo, que ya +ya... Por eso bendigo hoy los coscorrones que fueron mis verdaderos +maestros. Pero en lo referente a sociedad, yo era un salvaje. Como mis +padres no me permitían más compañía que la de otros muchachones tan +ñoños como yo, no sabía ninguna suerte de travesuras, ni había visto a +una mujer más que por el forro, ni entendía de ningún juego, ni podía +hablar de nada que fuera mundano y corriente. Los domingos, mi mamá +tenía que ponerme la corbata y encasquetarme el sombrero, porque todas +las prendas del día de fiesta parecían querer escapárseme del cuerpo. Tú +bien te acuerdas. Anda, que también te has reído de mí. Cuando mis +padres me hablaron... así, a boca de jarro, de que me iba a casar +contigo, ¡me corrió un frío por todo el espinazo...! Todavía me acuerdo +del miedo que te tenía. Nuestros padres nos dieron esto amasado y +cocido. Nos casaron como se casa a los gatos, y punto concluido. Salió +bien; pero hay tantos casos en que esta manera de hacer familias sale +malditamente... ¡Qué risa! Lo que me daba más miedo cuando mi madre me +habló de casarme, fue el compromiso en que estaba de hablar contigo... +No tenía más remedio que decirte algo... ¡Caramba, qué sudores pasé! +'Pero yo ¿qué le voy a decir, si lo único que sé es <i>que usted lo pase +bien</i>, y en saliendo de ahí soy hombre perdido...?'.</p> + +<p>Ya te he contado mil veces la saliva amarga que tragaba ¡ay, Dios mío!, +cuando mi madre me mandaba ponerme la levita de paño negro para llevarme +a tu casa. Bien te acuerdas de mi famosa levita, de lo mal que me estaba +y de lo desmañado que era en tu presencia, pues no me arrancaba a decir +una palabra sino cuando alguien me ayudaba. Los primeros días me +inspirabas verdadero terror, y me pasaba las horas pensando cómo había +de entrar y qué cosas había de decir, y discurriendo alguna triquiñuela +para hacer menos ridícula mi cortedad... Dígase lo que se quiera, hija, +aquella educación no era buena. Hoy no se puede criar a los hijos de esa +manera. Yo ¡qué quieres que te diga!, creo que en lo esencial Juanito no +ha de faltarnos. Es de casta honrada, tiene la formalidad en la masa de +la sangre. Por eso estoy tranquilo, y no veo con malos ojos que se +despabile, que conozca el mundo, que adquiera soltura de modales...».</p> + +<p>—No, si lo que menos falta hace a mi hijo es adquirir soltura, porque +la tiene desde que era una criatura... Si no es eso. No se trata aquí de +modales, sino de que me le coman esas bribonas...</p> + +<p>—Mira, mujer, para que los jóvenes adquieran energía contra el vicio, +es preciso que lo conozcan, que lo caten, sí, hija, que lo caten. No hay +peor situación para un hombre que pasarse la mitad de la vida rabiando +por probarlo y no pudiendo conseguirlo, ya por timidez, ya por +esclavitud. No hay muchos casos como yo, bien lo sabes; ni de estos +tipos que jamás, ni antes ni después de casados, tuvieron trapicheos, +entran muchos en libra. Cada cual en su época. Juanito, en la suya, no +puede ser mejor de lo que es, y si te empeñas en hacer de él un +anacronismo o una rareza, un <i>non</i> como su padre, puede que lo eches a +perder.</p> + +<p>Estas razones no convencían a Barbarita, que seguía con toda el alma +fija en los peligros y escollos de la Babilonia parisiense, porque había +oído contar horrores de lo que allí pasaba. Como que estaba infestada la +gran ciudad de unas mujeronas muy guapas y elegantes que al pronto +parecían duquesas, vestidas con los más bonitos y los más nuevos arreos +de la moda. Mas cuando se las veía y oía de cerca, resultaban ser unas +tiotas relajadas, comilonas, borrachas y ávidas de dinero, que +desplumaban y resecaban al pobrecito que en sus garras caía. Contábale +estas cosas el marqués de Casa-Muñoz que casi todos los veranos iba al +extranjero.</p> + +<p>Las inquietudes de aquella incomparable señora acabaron con el regreso +de Juanito. ¡Y quién lo diría! Volvió mejor de lo que fue. Tanto hablar +de París, y cuando Barbarita creía ver entrar a su hijo hecho una +lástima, todo rechupado y anémico, se le ve más gordo y lucio que +antes, con mejor color y los ojos más vivos, muchísimo más alegre, más +hombre en fin, y con una amplitud de ideas y una puntería de juicio que +a todos dejaba pasmados. ¡Vaya con París!... El marqués de Casa-Muñoz +se lo decía a Barbarita: «No hay que <i>involucrar</i>, París es muy malo; +pero también es muy bueno».</p> + + + +<hr /> +<h2><a name="iia" id="iia"></a>-II-</h2> + +<h2>Santa Cruz y Arnaiz. Vistazo histórico sobre el comercio matritense</h2> + +<h2>-<span class="smcap">i</span>-</h2> + + +<p>Don Baldomero Santa Cruz era hijo de otro D. Baldomero Santa Cruz que en +el siglo pasado tuvo ya tienda de paños del Reino en la calle de la Sal, +en el mismo local que después ocupó D. Mauro Requejo. Había empezado el +padre por la más humilde jerarquía comercial, y a fuerza de trabajo, +constancia y orden, el hortera de 1796 tenía, por los años del 10 al 15, +uno de los más reputados establecimientos de la Corte en pañería +nacional y extranjera. Don Baldomero II, que así es forzoso llamarle +para distinguirle del fundador de la dinastía, heredó en 1848 el copioso +almacén, el sólido crédito y la respetabilísima firma de D. Baldomero I, +y continuando las tradiciones de la casa por espacio de veinte años más, +retirose de los negocios con un capital sano y limpio de quince millones +de reales, después de traspasar la casa a dos muchachos que servían en +ella, el uno pariente suyo y el otro de su mujer. La casa se denominó +desde entonces <i>Sobrinos de Santa Cruz</i>, y a estos sobrinos, D. +Baldomero y Barbarita les llamaban familiarmente <i>los Chicos</i>.</p> + +<p>En el reinado de D. Baldomero I, o sea desde los orígenes hasta 1848, la +casa trabajó más en géneros del país que en los extranjeros. Escaray y +Pradoluengo la surtían de paños, Brihuega de bayetas, Antequera de +pañuelos de lana. En las postrimerías de aquel reinado fue cuando la +casa empezó a trabajar en géneros <i>de fuera</i>, y la reforma arancelaria +de 1849 lanzó a D. Baldomero II a mayores empresas. No sólo realizó +contratos con las fábricas de Béjar y Alcoy para dar mejor salida a los +productos nacionales, sino que introdujo los famosos Sedanes para +levitas, y las telas que tanto se usaron del 45 al 55, aquellos +patencures, anascotes, cúbicas y chinchillas que ilustran la gloriosa +historia de la sastrería moderna. Pero de lo que más provecho sacó la +casa fue del ramo de capotes y uniformes para el Ejército y la Milicia +Nacional, no siendo tampoco despreciable el beneficio que obtuvo del +<i>artículo para capas</i>, el abrigo propiamente español que resiste a todas +las modas de vestir, como el garbanzo resiste a todas las modas de +comer. Santa Cruz, Bringas y Arnaiz el gordo, monopolizaban toda la +pañería de Madrid y surtían a los tenderos de la calle de Atocha, de la +Cruz y Toledo.</p> + +<p>En las contratas de vestuario para el Ejército y Milicia Nacional, ni +Santa Cruz, ni Arnaiz, ni tampoco Bringas daban la cara. Aparecía como +contratista un tal Albert, de origen belga, que había empezado por +introducir paños extranjeros con mala fortuna. Este Albert era hombre +muy para el caso, activo, despabilado, seguro en sus tratos aunque no +estuvieran escritos. Fue el auxiliar eficacísimo de Casarredonda en sus +valiosas contratas de lienzos gallegos para la tropa. El pantalón blanco +de los soldados de hace cuarenta años ha sido origen de grandísimas +riquezas. Los <i>fardos de Coruñas y Viveros</i> dieron a Casarredonda y al +tal Albert más dinero que a los Santa Cruz y a los Bringas los capotes y +levitas militares de Béjar, aunque en rigor de verdad estos comerciantes +no tenían por qué quejarse. Albert murió el 55, dejando una gran +fortuna, que heredó su hija casada con el sucesor de Muñoz, el de la +inmemorial ferretería de la calle de Tintoreros.</p> + +<p>En el reinado de D. Baldomero II, las prácticas y procedimientos +comerciales se apartaron muy poco de la rutina heredada. Allí no se supo +nunca lo que era un anuncio en el Diario, ni se emplearon viajantes para +extender por las provincias limítrofes el negocio. El refrán de <i>el buen +paño en el arca se vende</i> era verdad como un templo en aquel sólido y +bien reputado comercio. Los detallistas no necesitaban que se les +llamase a son de cencerro ni que se les embaucara con artes +charlatánicas. Demasiado sabían todos el camino de la casa, y las +metódicas y honradas costumbres de esta, la fijeza de los precios, los +descuentos que se hacían por pronto pago, los plazos que se daban, y +todo lo demás concerniente a la buena inteligencia entre vendedor y +parroquiano. El escritorio no alteró jamás ciertas tradiciones +venerandas del laborioso reinado de D. Baldomero I. Allí no se usaron +nunca estos copiadores de cartas que son una aplicación de la imprenta a +la caligrafía. La correspondencia se copiaba <i>a pulso</i> por un empleado +que estuvo cuarenta años sentado en la misma silla delante del mismo +atril, y que por efecto de la costumbre casi copiaba la carta matriz de +su principal sin mirarla. Hasta que D. Baldomero realizó el traspaso, no +se supo en aquella casa lo que era un metro, ni se quitaron a la vara de +Burgos sus fueros seculares. Hasta pocos años antes del traspaso, no usó +Santa Cruz los sobres para cartas, y estas se cerraban sobre sí mismas.</p> + +<p>No significaban tales rutinas terquedad y falta de luces. Por el +contrario, la clara inteligencia del segundo Santa Cruz y su +conocimiento de los negocios, sugeríanle la idea de que cada hombre +pertenece a su época y a su esfera propias, y que dentro de ellas debe +exclusivamente actuar. Demasiado comprendió que el comercio iba a sufrir +profunda transformación, y que no era él el llamado a dirigirlo por los +nuevos y más anchos caminos que se le abrían. Por eso, y porque ansiaba +retirarse y descansar, traspasó su establecimiento a los <i>Chicos</i> que +habían sido deudos y dependientes suyos durante veinte años. Ambos eran +trabajadores y muy inteligentes. Alternaban en sus viajes al extranjero +para buscar y traer las <i>novedades</i>, alma del tráfico de telas. La +concurrencia crecía cada año, y era forzoso apelar al reclamo, recibir y +expedir viajantes, mimar al público, contemporizar y abrir cuentas +largas a los parroquianos, y singularmente a las parroquianas. Como los +<i>Chicos</i> habían abarcado también el comercio de lanillas, merinos, telas +ligeras para vestidos de señora, pañolería, confecciones y otros +artículos de uso femenino, y además abrieron tienda al por menor y al +<i>vareo</i>, tuvieron que pasar por el inconveniente de las morosidades e +insolvencias que tanto quebrantan al comercio. Afortunadamente para +ellos, la casa tenía un crédito inmenso.</p> + +<p>La casa del gordo Arnaiz era relativamente moderna. Se había hecho +pañero porque tuvo que quedarse con las existencias de Albert, para +indemnizarse de un préstamo que le hiciera en 1843. Trabajaba +exclusivamente en género extranjero; pero cuando Santa Cruz hizo su +traspaso a los Chicos, también Arnaiz se inclinaba a hacer lo mismo, +porque estaba ya muy rico, muy obeso, bastante viejo y no quería +trabajar. Daba y tomaba letras sobre Londres y representaba a dos +Compañías de seguros. Con esto tenía lo bastante para no aburrirse. Era +hombre que cuando se ponía a toser hacía temblar el edificio donde +estaba; excelente persona, librecambista rabioso, anglómano y solterón. +Entre las casas de Santa Cruz y Arnaiz no hubo nunca rivalidades; antes +bien, se ayudaban cuanto podían. El gordo y D. Baldomero tratáronse +siempre como hermanos en la vida social y como compañeros queridísimos +en la comercial, salvo alguna discusión demasiado agria sobre temas +arancelarios, porque Arnaiz había hecho la gracia de leer a Bastiat y +concurría a los <i>meetings</i> de la Bolsa, no precisamente para oír y +callar, sino para echar discursos que casi siempre acababan en sofocante +tos. Trinaba contra todo arancel que no significara un simple recurso +fiscal, mientras que D. Baldomero, que en todo era templado, pretendía +que se conciliasen los intereses del comercio con los de la industria +española. «Si esos catalanes no fabrican más que adefesios —decía +Arnaiz entre tos y tos—, y reparten dividendos de sesenta por ciento a +los accionistas...».</p> + +<p>—¡Dale!, ya pareció aquello—respondía don Baldomero—Pues yo te +probaré...</p> + +<p>Solía no probar nada, ni el otro tampoco, quedándose cada cual con su +opinión; pero con estas sabrosas peloteras pasaban el tiempo. También +había entre estos dos respetables sujetos parentesco de afinidad, porque +doña Bárbara, esposa de Santa Cruz, era prima del gordo, hija de +Bonifacio Arnaiz, comerciante en pañolería de la China. Y escudriñando +los troncos de estos linajes matritenses, sería fácil encontrar que los +Arnaiz y los Santa Cruz tenían en sus diferentes ramas una savia común, +la savia de los Trujillos. «Todos somos unos—dijo alguna vez el gordo +en las expansiones de su humor festivo, inclinado a las sinceridades +democráticas—, tú por tu madre y yo por mi abuela, somos Trujillos +netos, <i>de patente</i>; descendemos de aquel Matías Trujillo que tuvo +albardería en la calle de Toledo allá por los tiempos del motín de capas +y sombreros. No lo invento yo; lo canta una escritura de juros que tengo +en mi casa. Por eso le he dicho ayer a nuestro pariente Ramón +Trujillo... ya sabéis que me le han hecho conde... le he dicho que +adopte por escudo un frontil y una jáquima con un letrero que diga: +<i>Pertenecí a Babieca</i>...».</p> + + + +<hr /> +<h2>-<span class="smcap">ii</span>-</h2> + + +<p>Nació Barbarita Arnaiz en la calle de Postas, esquina al callejón de San +Cristóbal, en uno de aquellos oprimidos edificios que parecen estuches o +casas de muñecas. Los techos se cogían con la mano; las escaleras había +que subirlas con el credo en la boca, y las habitaciones parecían +destinadas a la premeditación de algún crimen. Había moradas de estas, a +las cuales se entraba por la cocina. Otras tenían los pisos en declive, +y en todas ellas oíase hasta el respirar de los vecinos. En algunas se +veían mezquinos arcos de fábrica para sostener el entramado de las +escaleras, y abundaba tanto el yeso en la construcción como escaseaban +el hierro y la madera. Eran comunes las puertas de cuarterones, los +baldosines polvorosos, los cerrojos imposibles de manejar y las +vidrieras emplomadas. Mucho de esto ha desaparecido en las renovaciones +de estos últimos veinte años; pero la estrechez de las viviendas +subsiste.</p> + +<p>Creció Bárbara en una atmósfera saturada de olor de sándalo, y las +fragancias orientales, juntamente con los vivos colores de la pañolería +chinesca, dieron acento poderoso a las impresiones de su niñez. Como se +recuerda a las personas más queridas de la familia, así vivieron y viven +siempre con dulce memoria en la mente de Barbarita los dos maniquís de +tamaño natural vestidos de mandarín que había en la tienda y en los +cuales sus ojos aprendieron a ver. La primera cosa que excitó la +atención naciente de la niña, cuando estaba en brazos de su niñera, +fueron estos dos pasmarotes de semblante lelo y desabrido, y sus +magníficos trajes morados. También había por allí una persona a quien la +niña miraba mucho, y que la miraba a ella con ojos dulces y cuajados de +candoroso chino. Era el retrato de Ayún, de cuerpo entero y tamaño +natural, dibujado y pintado con dureza, pero con gran expresión. Mal +conocido es en España el nombre de este peregrino artista, aunque sus +obras han estado y están a la vista de todo el mundo, y nos son +familiares como si fueran obra nuestra. Es el ingenio bordador de los +pañuelos de Manila, el inventor del tipo de rameado más vistoso y +elegante, el poeta fecundísimo de esos madrigales de crespón compuestos +con flores y rimados con pájaros. A este ilustre chino deben las +españolas el hermosísimo y característico chal que tanto favorece su +belleza, el mantón de Manila, al mismo tiempo señoril y popular, pues lo +han llevado en sus hombros la gran señora y la gitana. Envolverse en él +es como vestirse con un cuadro. La industria moderna no inventará nada +que iguale a la ingenua poesía del mantón, salpicado de flores, +flexible, pegadizo y mate, con aquel fleco que tiene algo de los enredos +del sueño y aquella brillantez de color que iluminaba las muchedumbres +en los tiempos en que su uso era general. Esta prenda hermosa se va +desterrando, y sólo el pueblo la conserva con admirable instinto. Lo +saca de las arcas en las grandes épocas de la vida, en los bautizos y en +las bodas, como se da al viento un himno de alegría en el cual hay una +estrofa para la patria. El mantón sería una prenda vulgar si tuviera la +ciencia del diseño; no lo es por conservar el carácter de las artes +primitivas y populares; es como la leyenda, como los cuentos de la +infancia, candoroso y rico de color, fácilmente comprensible y +refractario a los cambios de la moda.</p> + +<p>Pues esta prenda, esta nacional obra de arte, tan nuestra como las +panderetas o los toros, no es nuestra en realidad más que por el uso; se +la debemos a un artista nacido a la otra parte del mundo, a un tal Ayún, +que consagró a nosotros su vida toda y sus talleres. Y tan agradecido +era el buen hombre al comercio español, que enviaba a los de acá su +retrato y los de sus catorce mujeres, unas señoras tiesas y pálidas como +las que se ven pintadas en las tazas, con los pies increíbles por lo +chicos y las uñas increíbles también por lo largas.</p> + +<p>Las facultades de Barbarita se desarrollaron asociadas a la +contemplación de estas cosas, y entre las primeras conquistas de sus +sentidos, ninguna tan segura como la impresión de aquellas flores +bordadas con luminosos torzales, y tan frescas que parecía cuajarse en +ellas el rocío. En días de gran venta, cuando había muchas señoras en la +tienda y los dependientes desplegaban sobre el mostrador centenares de +pañuelos, la lóbrega tienda semejaba un jardín. Barbarita creía que se +podrían coger flores a puñados, hacer ramilletes o guirnaldas, llenar +canastillas y adornarse el pelo. Creía que se podrían deshojar y +también que tenían olor. Esto era verdad, porque despedían ese tufillo +de los embalajes asiáticos, mezcla de sándalo y de resinas exóticas que +nos trae a la mente los misterios budistas.</p> + +<p>Más adelante pudo la niña apreciar la belleza y variedad de los abanicos +que había en la casa, y que eran una de las principales riquezas de +ella. Quedábase pasmada cuando veía los dedos de su mamá sacándolos de +las perfumadas cajas y abriéndolos como saben abrirlos los que comercian +en este artículo, es decir, con un desgaire rápido que no los estropea y +que hace ver al público la ligereza de la prenda y el blando rasgueo de +las varillas. Barbarita abría cada ojo como los de un ternero cuando su +mamá, sentándola sobre el mostrador, le enseñaba abanicos sin dejárselos +tocar; y se embebecía contemplando aquellas figuras tan monas, que no le +parecían personas, sino <i>chinos</i>, con las caras redondas y tersas como +hojitas de rosa, todos ellos risueños y estúpidos, pero muy lindos, lo +mismo que aquellas casas abiertas por todos lados y aquellos árboles que +parecían matitas de albahaca... ¡Y pensar que los árboles eran el té +nada menos, estas hojuelas retorcidas, cuyo zumo se toma para el dolor +de barriga...!</p> + +<p>Ocuparon más adelante el primer lugar en el tierno corazón de la hija +de D. Bonifacio Arnaiz y en sus sueños inocentes, otras preciosidades +que la mamá solía mostrarle de vez en cuando, previa amonestación de no +tocarlos; objetos labrados en marfil y que debían de ser los juguetes +con que los ángeles se divertían en el Cielo. Eran al modo de torres de +muchos pisos, o barquitos con las velas desplegadas y muchos remos por +una y otra banda; también estuchitos, cajas para guantes y joyas, +botones y juegos lindísimos de ajedrez. Por el respeto con que su mamá +los cogía y los guardaba, creía Barbarita que contenían algo así como el +Viático para los enfermos, o lo que se da a las personas en la iglesia +cuando comulgan. Muchas noches se acostaba con fiebre porque no le +habían dejado satisfacer su anhelo de coger para sí aquellas monerías. +Hubiérase contentado ella, en vista de prohibición tan absoluta, con +aproximar la yema del dedo índice al pico de una de las torres; pero ni +aun esto... Lo más que se le permitía era poner sobre el tablero de +ajedrez que estaba en la vitrina de la ventana enrejada (entonces no +había escaparates), todas las piezas de un juego, no de los más finos, a +un lado las blancas, a otro las encarnadas.</p> + +<p>Barbarita y su hermano Gumersindo, mayor que ella, eran los únicos hijos +de D. Bonifacio Arnaiz y de doña Asunción Trujillo. Cuando tuvo edad +para ello, fue a la escuela de una tal doña Calixta, sita en la calle +Imperial, en la misma casa donde estaba el Fiel Contraste. Las niñas con +quienes la de Arnaiz hacía mejores migas, eran dos de su misma edad y +vecinas de aquellos barrios, la una de la familia de Moreno, del dueño +de la droguería de la calle de Carretas, la otra de Muñoz, el +comerciante de hierros de la calle de Tintoreros. Eulalia Muñoz era muy +vanidosa, y decía que no había casa como la suya y que daba gusto verla +toda llena de unos pedazos de hierro <i>mu</i> grandes, <i>del tamaño de la +caña de doña Calixta</i>, y tan pesados, tan pesados que ni cuatrocientos +hombres los podían levantar. Luego había un sin fin de martillos, +garfios, peroles <i>mu grandes, mu grandes</i>... «más anchos que este +cuarto». Pues, ¿y los paquetes de clavos? ¿Qué cosa había más bonita? ¿Y +las llaves que parecían de plata, y las planchas, y los anafres, y otras +cosas lindísimas? Sostenía que ella no necesitaba que sus papás le +comprasen muñecas, porque las hacía con un martillo, vistiéndolo con una +toalla. ¿Pues y las agujas que había en su casa? No se acertaban a +contar. Como que todo Madrid iba allí a comprar agujas, y su papá se +carteaba con el fabricante... Su papá recibía miles de cartas al día, y +las cartas olían a hierro... como que venían de Inglaterra, donde todo +es de hierro, hasta los caminos... «Sí, hija, sí, mi papá me lo ha +dicho. Los caminos están embaldosados de hierro, y por allí encima van +los coches echando demonios».</p> + +<p>Llevaba siempre los bolsillos atestados de chucherías, que mostraba para +dejar bizcas a sus amigas. Eran tachuelas de cabeza dorada, corchetes, +argollitas pavonadas, hebillas, pedazos de papel de lija, vestigios de +muestrarios y de cosas rotas o descabaladas. Pero lo que tenía en más +estima, y por esto no lo sacaba sino en ciertos días, era su colección +de etiquetas, pedacitos de papel verde, recortados de los paquetes +inservibles, y que tenían el famoso escudo inglés, con la jarretiera, el +leopardo y el unicornio. En todas ellas se leía: Birmingham. «Veis... +este señor <i>Bermingán</i> es el que se cartea con mi papá todos los días, +en inglés; y son tan amigos, que siempre le está diciendo que vaya allá; +y hace poco le mandó, dentro de una caja de clavos, un jamón ahumado que +olía como a chamusquina, y un pastelón así, mirad, del tamaño del +brasero de doña Calixta, que tenía dentro muchas pasas chiquirrininas, y +picaba como la guindilla; pero <i>mu</i> rico, hijas, <i>mu</i> rico».</p> + +<p>La chiquilla de Moreno fundaba su vanidad en llevar papelejos con +figuritas y letras de colores, en los cuales se hablaba de píldoras, de +barnices o de ingredientes para teñirse el pelo. Los mostraba uno por +uno, dejando para el final el gran efecto, que consistía en sacar de +súbito el pañuelo y ponerlo en las narices de sus amigas, diciéndoles: +<i>goled</i>. Efectivamente, quedábanse las otras medio desvanecidas con el +fuerte olor de agua de Colonia o de los <i>siete ladrones</i>, que el pañuelo +tenía. Por un momento, la admiración las hacía enmudecer; pero poco a +poco íbanse reponiendo, y Eulalia, cuyo orgullo rara vez se daba por +vencido, sacaba un tornillo dorado sin cabeza, o un pedazo de talco, con +el cual decía que iba a hacer un espejo. Difícil era borrar la grata +impresión y el éxito del perfume. La ferretera, algo corrida, tenía que +guardar los trebejos, después de oír comentarios verdaderamente +injustos. La de la droguería hacía muchos ascos, diciendo: «¡Uy, cómo +apesta eso, hija, guarda, guarda esas ordinarieces!».</p> + +<p>Al siguiente día, Barbarita, que no quería dar su brazo a torcer, +llevaba unos papelitos muy raros de pasta, todos llenos de garabatos +chinescos. Después de darse mucha importancia, haciendo que lo enseñaba +y volviéndolo a guardar, con lo cual la curiosidad de las otras llegaba +al punto de la desazón nerviosa, de repente ponía el papel en las +narices de sus amigas, diciendo en tono triunfal: «¿Y eso?». Quedábanse +Castita y Eulalia atontadas con el aroma asiático, vacilando entre la +admiración y la envidia; pero al fin no tenían más remedio que humillar +su soberbia ante el olorcillo aquel de la niña de Arnaiz, y le pedían +por Dios que las dejase catarlo más. Barbarita no gustaba de prodigar su +tesoro, y apenas acercaba el papel a las respingadas narices de las +otras, lo volvía a retirar con movimiento de cautela y avaricia, +temiendo que la fragancia se marchara por los respiraderos de sus +amigas, como se escapa el humo por el cañón de una chimenea. El tiro de +aquellos olfatorios era tremendo. Por último, las dos amiguitas y otras +que se acercaron movidas de la curiosidad, y hasta la propia doña +Calixta, que solía descender a la familiaridad con las alumnas ricas, +reconocían, por encima de todo sentimiento envidioso, que ninguna niña +tenía cosas tan bonitas como la de la tienda de Filipinas.</p> + + + +<hr /> +<h2>-<span class="smcap">iii</span>-</h2> + + +<p>Esta niña y otras del barrio, bien apañaditas por sus respectivas mamás, +peinadas a estilo de maja, con peineta y flores en la cabeza, y sobre +los hombros pañuelo de Manila de los que llaman de talle, se reunían en +un portal de la calle de Postas para pedir <i>el cuartito para la Cruz de +Mayo</i>, el 3 de dicho mes, repicando en una bandeja de plata, junto a una +mesilla forrada de damasco rojo. Los dueños de la casa llamada <i>del +portal de la Virgen</i>, celebraban aquel día una simpática fiesta y ponían +allí, junto al mismo taller de cucharas y molinillos que todavía +existe, un altar con la cruz enramada, muchas velas y algunas figuras de +nacimiento. A la Virgen, que aún se venera allí, la enramaban también +con yerbas olorosas, y el fabricante de cucharas, que era gallego, se +ponía la montera y el chaleco encarnado. Las pequeñuelas, si los mayores +se descuidaban, rompían la consigna y se echaban a la calle, en reñida +competencia con otras chiquillas pedigüeñas, correteando de una acera a +otra, deteniendo a los señores que pasaban, y acosándoles hasta obtener +el ochavito. Hemos oído contar a la propia Barbarita que para ella no +había dicha mayor que pedir para la Cruz de Mayo, y que los caballeros +de entonces eran en esto mucho más galantes que los de ahora, pues no +desairaban a ninguna niña bien vestidita que se les colgara de los +faldones.</p> + +<p>Ya había completado la hija de Arnaiz su educación (que era harto +sencilla en aquellos tiempos y consistía en leer sin acento, escribir +sin ortografía, contar haciendo trompetitas con la boca, y bordar con +punto de marca el dechado), cuando perdió a su padre. Ocupaciones serias +vinieron entonces a robustecer su espíritu y a redondear su carácter. Su +madre y hermano, ayudados del gordo Arnaiz, emprendieron el inventario +de la casa, en la cual había algún desorden. Sobre las existencias de +pañolería no se hallaron datos ciertos en los libros de la tienda, y al +contarlas apareció más de lo que se creía. En el sótano estaban, muertos +de risa, varios fardos de cajas que aún no habían sido abiertos. Además +de esto, las casas importadoras de Cádiz, Cuesta y Rubio, anunciaban dos +remesas considerables que estaban ya en camino. No había más remedio que +cargar con todo aquel exceso de género, lo que realmente era una +contrariedad comercial en tiempos en que parecía iniciarse la +generalización de los abrigos <i>confeccionados</i>, notándose además en la +clase popular tendencias a vestirse como la clase media. La decadencia +del mantón de Manila empezaba a iniciarse, porque si los pañuelos +llamados de talle, que eran los más baratos, se vendían bien en Madrid +(mayormente el día de San Lorenzo, para la</p> + +<p><i>parroquia de la chinche</i>) y tenían regular salida para Valencia y +Málaga, en cambio el gran mantón, los ricos chales de tres, cuatro y +cinco mil reales se vendían muy poco, y pasaban meses sin que ninguna +parroquiana se atreviera con ellos.</p> + +<p>Los herederos de Arnaiz, al inventariar la riqueza de la casa, que sólo +en aquel artículo no bajaba de cincuenta mil duros, comprendieron que se +aproximaba una crisis. Tres o cuatro meses emplearon en clasificar, +ordenar, poner precios, confrontar los apuntes de don Bonifacio con la +correspondencia y las facturas venidas directamente de Cantón o +remitidas por las casas de Cádiz. Indudablemente el difunto Arnaiz no +había visto claro al hacer tantos pedidos; se cegó, deslumbrado por +cierta alucinación mercantil; tal vez sintió demasiado <i>el amor al +artículo</i> y fue más artista que comerciante. Había sido dependiente y +socio de la Compañía de Filipinas, liquidada en 1833, y al emprender por +sí el negocio de pañolería de Cantón, creía conocerlo mejor que nadie. +En verdad que lo conocía; pero tenía una fe imprudente en la perpetuidad +de aquella prenda, y algunas ideas supersticiosas acerca de la afinidad +del pueblo español con los espléndidos crespones rameados de mil +colores. «Mientras más chillones—decía—, más venta».</p> + +<p>En esto apareció en el extremo Oriente un nuevo artista, un genio que +acabó de perturbar a D. Bonifacio. Este innovador fue Senquá, del cual +puede decirse que representaba con respecto a Ayún, en aquel arte +budista, lo que en la música representaba Beethoven con respecto a +Mozart. Senquá modificó el estilo de Ayún, dándole más amplitud, +variando más los tonos, haciendo, en fin, de aquellas sonatas graciosas, +poéticas y elegantes, sinfonías poderosas con derroche de vida, +combinaciones nuevas y atrevimientos admirables. Ver D. Bonifacio las +primeras muestras del estilo de Senquá y chiflarse por completo, fue +todo uno. «¡Barástolis!, ¡esto es la gloria divina—decía—; es mucho +chino este...!». Y de tal entusiasmo nacieron pedidos imprudentes y el +grave error mercantil, cuyas consecuencias no pudo apreciar aquel +excelente hombre, porque le cogió la muerte.</p> + +<p>El inventario de abanicos, tela de nipis, crudillo de seda, tejidos de +Madrás y objetos de marfil también arrojaba cifras muy altas, y se hizo +minuciosamente. Entonces pasaron por las manos de Barbarita todas las +preciosidades que en su niñez le parecían juguetes y que le habían +producido fiebre. A pesar de la edad y del juicio adquirido con ella, no +vio nunca con indiferencia tales chucherías, y hoy mismo declara que +cuando cae en sus manos alguno de aquellos delicados campanarios de +marfil, le dan ganas de guardárselo en el seno y echar a correr.</p> + +<p>Cumplidos los quince años, era Barbarita una chica bonitísima, +torneadita, fresca y sonrosada, de carácter jovial, inquieto y un tanto +burlón. No había tenido novio aún, ni su madre se lo permitía. +Diferentes moscones revoloteaban alrededor de ella, sin resultado. La +mamá tenía sus proyectos, y empezaba a tirar acertadas líneas para +realizarlos. Las familias de Santa Cruz y Arnaiz se trataban con amistad +casi íntima, y además tenían vínculos de parentesco con los Trujillos. +La mujer de don Baldomero I y la del difunto Arnaiz eran primas +segundas, floridas ramas de aquel nudoso tronco, de aquel albardero de +la calle de Toledo, cuya historia sabía tan bien el gordo Arnaiz. Las +dos primas tuvieron un pensamiento feliz, se lo comunicaron una a otra, +asombráronse de que se les hubiera ocurrido a las dos la misma cosa... +«ya se ve, era tan natural...» y aplaudiéndose recíprocamente, +resolvieron convertirlo en realidad dichosa. Todos los descendientes del +extremeño aquel de los aparejos borricales se distinguían siempre por su +costumbre de trazar una línea muy corta y muy recta entre la idea y el +hecho. La idea era casar a Baldomerito con Barbarita.</p> + +<p>Muchas veces había visto la hija de Arnaiz al chico de Santa Cruz; pero +nunca le pasó por las mientes que sería su marido, porque el tal, no +sólo no le había dicho nunca media palabra de amores, sino que ni +siquiera la miraba como miran los que pretenden ser mirados. Baldomero +era juicioso, muy bien parecido, fornido y de buen color, cortísimo de +genio, sosón como una calabaza, y de tan pocas palabras que se podían +contar siempre que hablaba. Su timidez no decía bien con su corpulencia. +Tenía un mirar leal y cariñoso, <i>como el de un gran perro de aguas</i>.</p> + +<p>Pasaba por la honestidad misma, iba a misa todos los días que lo mandaba +la Iglesia, rezaba el rosario con la familia, trabajaba diez horas +diarias o más en el escritorio sin levantar cabeza, y no gastaba el +dinero que le daban sus papás. A pesar de estas raras dotes, Barbarita, +si alguna vez le encontraba en la calle o en la tienda de Arnaiz o en la +casa, lo que acontecía muy pocas veces, le miraba con el mismo interés +con que se puede mirar una saca de carbón o un fardo de tejidos. Así es +que se quedó como quien ve visiones cuando su madre, cierto día de +precepto, al volver de la iglesia de Santa Cruz, donde ambas confesaron +y comulgaron, le propuso el casamiento con Baldomerito. Y no empleó para +esto circunloquios ni diplomacias de palabra, sino que se fue al asunto +con estilo llano y decidido. ¡Ah, la línea recta de los Trujillos...!</p> + +<p>Aunque Barbarita era desenfadada en el pensar, pronta en el responder, y +sabía sacudirse una mosca que le molestase, en caso tan grave se quedó +algo mortecina y tuvo vergüenza de decir a su mamá que no quería maldita +cosa al chico de Santa Cruz... Lo iba a decir; pero la cara de su madre +pareciole de madera. Vio en aquel entrecejo la línea corta y sin curvas, +la barra de acero trujillesca, y la pobre niña sintió miedo, ¡ay qué +miedo! Bien conoció que su madre se había de poner como una leona, si +ella se salía con la inocentada de querer más o menos. Callose, pues, +como en misa, y a cuanto la mamá le dijo aquel día y los subsiguientes +sobre el mismo tema del casorio, respondía con signos y palabras de +humilde aquiescencia. No cesaba de sondear su propio corazón, en el cual +encontraba a la vez pena y consuelo. No sabía lo que era amor; tan sólo +lo sospechaba. Verdad que no quería a su novio; pero tampoco quería a +otro. En caso de querer a alguno, este alguno podía ser aquel.</p> + +<p>Lo más particular era que Baldomero, después de concertada la boda, y +cuando veía regularmente a su novia, no le decía de cosas de amor ni una +miaja de letra, aunque las breves ausencias de la mamá, que solía +dejarles solos un ratito, le dieran ocasión de lucirse como galán. Pero +nada... Aquel zagalote guapo y desabrido no sabía salir en su +conversación de las rutinas más triviales. Su timidez era tan +ceremoniosa como su levita de paño negro, de lo mejor de Sedán, y que +parecía, usada por él, como un reclamo del buen género de la casa. +Hablaba de los reverberos que había puesto el marqués de Pontejos, del +cólera del año anterior, de la degollina de los frailes, y de las muchas +casas magníficas que se iban a edificar en los solares de los derribados +conventos. Todo esto era muy bonito para dicho en la tertulia de una +tienda; pero sonaba a cencerrada en el corazón de una doncella, que no +estando enamorada, tenía ganas de estarlo.</p> + +<p>También pensaba Barbarita, oyendo a su novio, que la procesión iba por +dentro y que el pobre chico, a pesar de ser tan grandullón, no tenía +alma para sacarla fuera. «¿Me querrá?» se preguntaba la novia. Pronto +hubo de sospechar que si Baldomerito no le hablaba de amor +explícitamente, era por pura cortedad y por no saber cómo arrancarse; +pero que estaba enamorado hasta las gachas, reduciéndose a declararlo +con delicadezas, complacencias y puntualidades muy expresivas. Sin duda +el amor más sublime es el más discreto, y las bocas más elocuentes +aquellas en que no puede entrar ni una mosca. Mas no se tranquilizaba la +joven razonando así, y el sobresalto y la incertidumbre no la dejaban +vivir. «¡Si también le estaré yo queriendo sin saberlo!» pensaba. ¡Oh!, +no; interrogándose y respondiéndose con toda lealtad, resultaba que no +le quería absolutamente nada. Verdad que tampoco le aborrecía, y algo +íbamos ganando.</p> + +<p>Y en este desabridísimo noviazgo pasaron algunos meses, al cabo de los +cuales Baldomero se soltó y despabiló algo. Su boca se fue desellando +poquito a poco hasta que rompió, como un erizo de castaña que madura y +se abre, dejando ver el sazonado fruto. Palabra tras palabra, fue +soltando las castañas, aquellas ideas elaboradas y guardadas con +religiosa maternidad, como esconde Naturaleza sus obras en gestación. +Llegó por fin el día señalado para la boda, que fue el 3 de Mayo de +1835, y se casaron en Santa Cruz, sin aparato, instalándose en la casa +del esposo, que era una de las mejores del barrio, en la plazuela de la +Leña.</p> + + + +<hr /> +<h2>-<span class="smcap">iv</span>-</h2> + + +<p>A los dos meses de casados, y después de una temporadilla en que +Barbarita estuvo algo distraída, melancólica y como con ganas de llorar, +alarmando mucho a su madre, empezaron a notarse en aquel matrimonio, en +tan malas condiciones hecho, síntomas de idilio. Baldomero parecía otro. +En el escritorio canturriaba, y buscaba pretextos para salir, subir a la +casa y decir una palabrita a su mujer, cogiéndola en los pasillos o +donde la encontrase. También solía equivocarse al sentar una partida, y +cuando firmaba la correspondencia, daba a los rasgos de la tradicional +rúbrica de la casa una amplitud de trazo verdaderamente grandiosa, +terminando el rasgo final hacia arriba como una invocación de gratitud +dirigida al Cielo. Salía muy poco, y decía a sus amigos íntimos que no +se cambiaría por un Rey, ni por su tocayo Espartero, pues no había +felicidad semejante a la suya. Bárbara manifestaba a su madre con gozo +discreto, que Baldomero no le daba el más mínimo disgusto; que los dos +caracteres se iban armonizando perfectamente, que él era bueno como el +mejor pan y que tenía mucho talento, un talento que se descubría donde +y como debe descubrirse, en las ocasiones. En cuanto estaba diez minutos +en la casa materna, ya no se la podía aguantar, porque se ponía +desasosegaba y buscaba pretextos para marcharse diciendo: «Me voy, que +está mi marido solo».</p> + +<p>El idilio se acentuaba cada día, hasta el punto de que la madre de +Barbarita, disimulando su satisfacción, decía a esta: «Pero, hija, vais +a dejar tamañitos a los <i>Amantes de Teruel</i>». Los esposos salían a paseo +juntos todas las tardes. Jamás se ha visto a D. Baldomero II en un +teatro sin tener al lado a su mujer. Cada día, cada mes y cada año, eran +más tórtolos, y se querían y estimaban más. Muchos años después de +casados, parecía que estaban en la luna de miel. El marido ha mirado +siempre a su mujer como una criatura sagrada, y Barbarita ha visto +siempre en su esposo el hombre más completo y digno de ser amado que en +el mundo existe. Cómo se compenetraron ambos caracteres, cómo se formó +la conjunción inaudita de aquellas dos almas, sería muy largo de contar. +El señor y la señora de Santa Cruz, que aún viven y ojalá vivieran mil +años, son el matrimonio más feliz y más admirable del presente siglo. +Debieran estos nombres escribirse con letras de oro en los antipáticos +salones de la Vicaría, para eterna ejemplaridad de las generaciones +futuras, y debiera ordenarse que los sacerdotes, al leer la epístola de +San Pablo, incluyeran algún parrafito, en latín o castellano, referente +a estos excelsos casados. Doña Asunción Trujillo, que falleció en 1841 +en un día triste de Madrid, el día en que fusilaron al general León, +salió de este mundo con el atrevido pensamiento de que para alcanzar la +bienaventuranza no necesitaba alegar más título que el de autora de +aquel cristiano casamiento. Y que no le disputara esta gloria Juana +Trujillo, madre de Baldomero, la cual había muerto el año anterior, +porque Asunción probaría ante todas las cancillerías celestiales que a +ella se le había ocurrido la sublime idea antes que a su prima.</p> + +<p>Ni los años, ni las menudencias de la vida han debilitado nunca el +profundísimo cariño de estos benditos cónyuges. Ya tenían canas las +cabezas de uno y otro, y D. Baldomero decía a todo el que quisiera oírle +que amaba a su mujer <i>como el primer día</i>. Juntos siempre en el paseo, +juntos en el teatro, pues a ninguno de los dos le gusta la función si el +otro no la ve también. En todas las fechas que recuerdan algo dichoso +para la familia, se hacen recíprocamente sus regalitos, y para colmo de +felicidad, ambos disfrutan de una salud espléndida. El deseo final del +señor de Santa Cruz es que ambos se mueran juntos, el mismo día y a la +misma hora, en el mismo lecho nupcial en que han dormido toda su vida.</p> + +<p>Les conocí en 1870. D. Baldomero tenía ya sesenta años, Barbarita +cincuenta y dos. Él era un señor de muy buena presencia, el pelo +entrecano, todo afeitado, colorado, fresco, más joven que muchos hombres +de cuarenta, con toda la dentadura completa y sana, ágil y bien +dispuesto, sereno y festivo, la mirada dulce, siempre la mirada aquella +de perrazo de Terranova. Su esposa pareciome, para decirlo de una vez, +una mujer guapísima, casi estoy por decir monísima. Su cara tenía la +frescura de las rosas cogidas, pero no ajadas todavía, y no usaba más +afeite que el agua clara. Conservaba una dentadura ideal y un cuerpo +que, aun sin corsé, daba quince y raya a muchas fantasmonas exprimidas +que andan por ahí. Su cabello se había puesto ya enteramente blanco, lo +cual la favorecía más que cuando lo tenía entrecano. Parecía pelo +empolvado a estilo Pompadour, y como lo tenía tan rizoso y tan bien +partido sobre la frente, muchos sostenían que ni allí había canas ni +Cristo que lo fundó. Si Barbarita presumiera, habría podido recortar muy +bien los cincuenta y dos años plantándose en los treinta y ocho, sin que +nadie le sacara la cuenta, porque la fisonomía y la expresión eran de +juventud y gracia, iluminadas por una sonrisa que era la pura miel... +Pues si hubiera querido presumir con malicia, ¡digo...!, a no ser lo +que era, una matrona respetabilísima con toda la sal de Dios en su +corazón, habría visto acudir los hombres como acuden las moscas a una de +esas frutas que, por lo muy maduras, principian a arrugarse, y les +chorrea por la corteza todo el azúcar.</p> + +<p>¿Y Juanito? Pues Juanito fue esperado desde el primer año de aquel +matrimonio sin par. Los felices esposos contaban con él este mes, el que +viene y el otro, y estaban viéndole venir y deseándole como los judíos +al Mesías. A veces se entristecían con la tardanza; pero la fe que +tenían en él les reanimaba. Si tarde o temprano había de venir... era +cuestión de paciencia. Y el muy pillo puso a prueba la de sus padres, +porque se entretuvo diez años por allá, haciéndoles rabiar. No se dejaba +ver de Barbarita más que en sueños, en diferentes aspectos infantiles, +ya comiéndose los puños cerrados, la cara dentro de un gorro con muchos +encajes, ya talludito, con su escopetilla al hombro y mucha picardía en +los ojos. Por fin Dios le mandó en carne mortal, cuando los esposos +empezaron a quejarse de la Providencia y a decir que les había engañado. +Día de júbilo fue aquel de Septiembre de 1845 en que vino a ocupar su +puesto en el más dichoso de los hogares Juanito Santa Cruz. Fue padrino +del crío el gordo Arnaiz, quien dijo a Barbarita: «A mí no me la das tú. +Aquí ha habido matute. Este ternero lo has traído de la Inclusa para +engarnmos... ¡Ah!, estos proteccionistas no son más que contrabandistas +disfrazados».</p> + +<p>Criáronle con regalo y exquisitos cuidados, pero sin mimo. D. Baldomero +no tenía carácter para poner un freno a su estrepitoso cariño paternal, +ni para meterse en severidades de educación y formar al chico como le +formaron a él. Si su mujer lo permitiera, habría llevado Santa Cruz su +indulgencia hasta consentir que el niño hiciera en todo su real gana. +¿En qué consistía que habiendo sido él educado tan rígidamente por D. +Baldomero I, era todo blanduras con su hijo? ¡Efectos de la evolución +educativa, paralela de la evolución política! Santa Cruz tenía muy +presentes las ferocidades disciplinarias de su padre, los castigos que +le imponía, y las privaciones que le había hecho sufrir. Todas las +noches del año le obligaba a rezar el rosario con los dependientes de la +casa; hasta que cumplió los veinticinco nunca fue a paseo solo, sino en +corporación con los susodichos dependientes; el teatro no lo cataba sino +el día de Pascua, y le hacían un trajecito nuevo cada año, el cual no se +ponía más que los domingos. Teníanle trabajando en el escritorio o en el +almacén desde las nueve de la mañana a las ocho de la noche, y había de +servir para todo, lo mismo para mover un fardo que para escribir +cartas. Al anochecer, solía su padre echarle los tiempos por encender el +velón de cuatro mecheros antes de que las tinieblas fueran completamente +dueñas del local. En lo tocante a juegos, no conoció nunca más que el +mus, y sus bolsillos no supieron lo que era un cuarto hasta mucho +después del tiempo en que empezó a afeitarse. Todo fue rigor, trabajo, +sordidez. Pero lo más particular era que creyendo D. Baldomero que tal +sistema había sido eficacísimo para formarle a él, lo tenía por +deplorable tratándose de su hijo. Esto no era una falta de lógica, sino +la consagración práctica de la idea madre de aquellos tiempos, el +progreso. ¿Qué sería del mundo sin progreso?, pensaba Santa Cruz, y al +pensarlo sentía ganas de dejar al chico entregado a sus propios +instintos. Había oído muchas veces a los economistas que iban de +tertulia a casa de Cantero, la célebre frase <i>laissez aller, laissez +passer</i>... El gordo Arnaiz y su amigo Pastor, el economista, sostenían +que todos los grandes problemas se resuelven por sí mismos, y D. Pedro +Mata opinaba del propio modo, aplicando a la sociedad y a la política el +sistema de la medicina expectante. La naturaleza se cura sola; no hay +más que dejarla. Las fuerzas reparatrices lo hacen todo, ayudadas del +aire. El hombre se educa sólo en virtud de las suscepciones constantes +que determina en su espíritu la conciencia, ayudada del ambiente social. +D. Baldomero no lo decía así; pero sus vagas ideas sobre el asunto se +condensaban en una expresión de moda y muy socorrida: «el mundo marcha».</p> + +<p>Felizmente para Juanito, estaba allí su madre, en quien se equilibraban +maravillosamente el corazón y la inteligencia. Sabía coger las +disciplinas cuando era menester, y sabía ser indulgente a tiempo. Si no +le pasó nunca por las mientes obligar a rezar el rosario a un chico que +iba a la Universidad y entraba en la cátedra de Salmerón, en cambio no +le dispensó del cumplimiento de los deberes religiosos más elementales. +Bien sabía el muchacho que si hacía novillos a la misa de los domingos, +no iría al teatro por la tarde, y que si no sacaba buenas notas en +Junio, no había dinero para el bolsillo, ni toros, ni excursiones por el +campo con Estupiñá (luego hablaré de este tipo) para cazar pájaros con +red o liga, ni los demás divertimientos con que se recompensaba su +aplicación.</p> + +<p>Mientras estudió la segunda enseñanza en el colegio de Masarnau, donde +estaba a media pensión, su mamá le repasaba las lecciones todas las +noches, se las metía en el cerebro a puñados y a empujones, como se mete +la lana en un cojín. Ved por dónde aquella señora se convirtió en +sibila, intérprete de toda la ciencia humana, pues le descifraba al +niño los puntos oscuros que en los libros había, y aclaraba todas sus +dudas, allá como Dios le daba a entender. Para manifestar hasta dónde +llegaba la sabiduría enciclopédica de doña Bárbara, estimulada por el +amor materno, baste decir que también le traducía los temas de latín, +aunque en su vida había ella sabido palotada de esta lengua. Verdad que +era traducción libre, mejor dicho, liberal, casi demagógica. Pero Fedro +y Cicerón no se hubieran incomodado si estuvieran oyendo por encima del +hombro de la maestra, la cual sacaba inmenso partido de lo poco que el +discípulo sabía. También le cultivaba la memoria, descargándosela de +fárrago inútil, y le hacía ver claros los problemas de aritmética +elemental, valiéndose de garbanzos o judías, pues de otro modo no andaba +ella muy a gusto por aquellos derroteros. Para la Historia Natural, +solía la maestra llamar en su auxilio al león del Retiro, y únicamente +en la Química se quedaban los dos parados, mirándose el uno al otro, +concluyendo ella por meterle en la memoria las fórmulas, después de +observar que estas cosas no las entienden más que los boticarios, y que +todo se reduce a si se pone más o menos cantidad de agua del pozo. +Total: que cuando Juan se hizo bachiller en Artes, Barbarita declaraba +riendo que con estos teje-manejes se había vuelto, sin saberlo, una doña +Beatriz Galindo para latines y una catedrática universal.</p> + + + +<hr /> +<h2>-<span class="smcap">v</span>-</h2> + + +<p>En este interesante periodo de la crianza del heredero, desde el 45 para +acá, sufrió la casa de Santa Cruz la transformación impuesta por los +tiempos, y que fue puramente externa, continuando inalterada en lo +esencial. En el escritorio y en el almacén aparecieron los primeros +mecheros de gas hacia el año 49, y el famoso velón de cuatro luces +recibió tan tremenda bofetada de la dura mano del progreso, que no se le +volvió a ver más por ninguna parte. En la caja habían entrado ya los +primeros billetes del Banco de San Fernando, que sólo se usaban para el +pago de letras, pues el público los miraba aún con malos ojos. Se +hablaba aún de talegas, y la operación de contar cualquier cantidad era +obra para que la desempeñara Pitágoras u otro gran aritmético, pues con +los doblones y ochentines, las pesetas catalanas, los duros españoles, +los de veintiuno y cuartillo, las onzas, las pesetas columnarias y las +monedas macuquinas, se armaba un belén espantoso.</p> + +<p>Aún no se conocían el sello de correo, ni los sobres ni otras conquistas +del citado progreso. Pero ya los dependientes habían empezado a +sacudirse las cadenas; ya no eran aquellos parias del tiempo de D. +Baldomero I, a quienes no se permitía salir sino los domingos y en +comunidad, y cuyo vestido se confeccionaba por un patrón único, para que +resultasen uniformados como colegiales o presidiarios. Se les dejaba +concurrir a los bailes de Villahermosa o de candil, según las aficiones +de cada uno. Pero en lo que no hubo variación fue en aquel piadoso +atavismo de hacerles rezar el rosario todas las noches. Esto no pasó a +la historia hasta la época reciente del traspaso a <i>los Chicos</i>. +Mientras fue D. Baldomero jefe de la casa, esta no se desvió en lo +esencial de los ejes diamantinos sobre que la tenía montada el padre, a +quien se podría llamar <i>D. Baldomero el Grande</i>. Para que el progreso +pusiera su mano en la obra de aquel hombre extraordinario, cuyo retrato, +debido al pincel de D. Vicente López, hemos contemplado con satisfacción +en la sala de sus ilustres descendientes, fue preciso que todo Madrid se +transformase; que la desamortización edificara una ciudad nueva sobre +los escombros de los conventos; que el Marqués de Pontejos adecentase +este lugarón; que las reformas arancelarias del 49 y del 68, pusieran +patas arriba todo el comercio madrileño; que el grande ingenio de +Salamanca idease los primeros ferrocarriles; que Madrid se <i>colocase</i>, +por arte del vapor, a cuarenta horas de París, y por fin, que hubiera +muchas guerras y revoluciones y grandes trastornos en la riqueza +individual.</p> + +<p>También la casa de Gumersindo Arnaiz, hermano de Barbarita, ha pasado +por grandes crisis y mudanzas desde que murió D. Bonifacio. Dos años +después del casamiento de su hermana con Santa Cruz, casó Gumersindo con +Isabel Cordero, hija de D. Benigno Cordero, mujer de gran disposición, +que supo ver claro en el negocio de tiendas y ha sido la salvadora de +aquel acreditado establecimiento. Comprometido éste del 40 al 45, por +los últimos errores del difunto Arnaiz, se defendió con los <i>mahones</i>, +aquellas telas ligeras y frescas que tanto se usaron hasta el 54. El +género de China decaía visiblemente. Las galeras aceleradas iban +trayendo a Madrid cada día con más presteza las novedades parisienses, y +se apuntaba la invasión lenta y tiránica de los medios colores, que +pretenden ser signo de cultura. La sociedad española empezaba a presumir +de <i>seria</i>; es decir, a vestirse lúgubremente, y el alegre imperio de +los colorines se derrumbaba de un modo indudable. Como se habían ido las +capas rojas, se fueron los pañuelos de Manila. La aristocracia los cedía +con desdén a la clase media, y esta, que también quería ser aristócrata, +entregábalos al pueblo, último y fiel adepto de los matices vivos. Aquel +encanto de los ojos, aquel prodigio de color, remedo de la naturaleza +sonriente, encendida por el sol de Mediodía, empezó a perder terreno, +aunque el pueblo, con instinto de colorista y poeta, defendía la prenda +española como defendió el parque de Monteleón y los reductos de +Zaragoza. Poco a poco iba cayendo el chal de los hombros de las mujeres +hermosas, porque la sociedad se empeñaba en parecer grave, y para ser +grave nada mejor que envolverse en tintas de tristeza. Estamos bajo la +influencia del Norte de Europa, y ese maldito Norte nos impone los +grises que toma de su ahumado cielo. El sombrero de copa da mucha +respetabilidad a la fisonomía, y raro es el hombre que no se cree +importante sólo con llevar sobre la cabeza un cañón de chimenea. Las +señoras no se tienen por tales si no van vestidas de color de hollín, +ceniza, rapé, verde botella o pasa de corinto. Los tonos vivos las +encanallan, porque el pueblo ama el rojo bermellón, el amarillo tila, el +cadmio y el verde forraje; y está tan arraigado en la plebe el +sentimiento del color, que la <i>seriedad</i> no ha podido establecer su +imperio sino transigiendo. El pueblo ha aceptado el oscuro de las capas, +imponiendo el rojo de las vueltas; ha consentido las capotas, +conservando las mantillas y los pañuelos chillones para la cabeza; ha +transigido con los gabanes y aun con el <i>polisón</i>, a cambio de las +toquillas de gama clara, en que domina el celeste, el rosa y el amarillo +de Nápoles. El crespón es el que ha ido decayendo desde 1840, no sólo +por la citada evolución de la <i>seriedad</i> europea, que nos ha cogido de +medio a medio, sino por causas económicas a las que no podíamos +sustraernos.</p> + +<p>Las comunicaciones rápidas nos trajeron mensajeros de la potente +industria belga, francesa e inglesa, que necesitaban mercados. Todavía +no era moda ir a buscarlos al África, y los venían a buscar aquí, +cambiando cuentas de vidrio por pepitas de oro; es decir, lanillas, +cretonas y merinos, por dinero contante o por obras de arte. Otros +mensajeros saqueaban nuestras iglesias y nuestros palacios, llevándose +los brocados históricos de casullas y frontales, el tisú y los +terciopelos con bordados y aplicaciones, y otras muestras riquísimas de +la industria española. Al propio tiempo arramblaban por los espléndidos +pañuelos de Manila, que habían ido descendiendo hasta las gitanas. +También se dejó sentir aquí, como en todas partes, el efecto de otro +fenómeno comercial, hijo del progreso. Refiérome a los grandes +acaparamientos del comercio inglés, debidos al desarrollo de su inmensa +marina. Esta influencia se manifestó bien pronto en aquellos humildes +rincones de la calle de Postas por la depreciación súbita del género de +la China. Nada más sencillo que esta depreciación. Al fundar los +ingleses el gran depósito comercial de Singapore, monopolizaron el +tráfico del Asia y arruinaron el comercio que hacíamos por la vía de +Cádiz y cabo de Buena Esperanza con aquellas apartadas regiones. Ayún y +Senquá dejaron de ser nuestros mejores amigos, y se hicieron amigos de +los ingleses. El sucesor de estos artistas, el fecundo e inspirado +King-Cheong se cartea en inglés con nuestros comerciantes y da sus +precios en libras esterlinas. Desde que Singapore apareció en la +geografía práctica, el género de Cantón y Shangai dejó de venir en +aquellas pesadas fragatonas de los armadores de Cádiz, los Fernández de +Castro, los Cuesta, los Rubio; y la dilatada travesía del Cabo pasó a la +historia como apéndice de los fabulosos trabajos de Vasco de Gama y de +Alburquerque. La vía nueva trazáronla los vapores ingleses combinados +con el ferrocarril de Suez.</p> + +<p>Ya en 1840 las casas que traían directamente el género de Cantón no +podían competir con las que lo encargaban a Liverpool. Cualquier +mercachifle de la calle de Postas se proveía de este artículo sin ir a +tomarlo en los dos o tres depósitos que en Madrid había. Después las +corrientes han cambiado otra vez, y al cabo de muchos años ha vuelto a +traer España directamente las obras de King-Cheong; mas para esto ha +sido preciso que viniera la gran vigorización del comercio después del +68 y la robustez de los capitales de nuestros días.</p> + +<p>El establecimiento de Gumersindo Arnaiz se vio amenazado de ruina, +porque las tres o cuatro casas cuya especialidad era como una herencia o +traspaso de la Compañía de Filipinas, no podían seguir monopolizando la +pañolería y demás artes chinescas. Madrid se inundaba de género a precio +más bajo que el de las facturas de D. Bonifacio Arnaiz, y era preciso +realizar de cualquier modo. Para compensar las pérdidas de la +<i>quemazón</i>, urgía plantear otro negocio, buscar nuevos caminos, y aquí +fue donde lució sus altas dotes Isabel Cordero, esposa de Gumersindo, +que tenía más pesquis que este. Sin saber pelotada de Geografía, +comprendía que había un Singapore y un istmo de Suez.</p> + +<p>Adivinaba el fenómeno comercial, sin acertar a darle nombre, y en vez de +echar maldiciones contra los ingleses, como hacía su marido, se dio a +discurrir el mejor remedio. ¿Qué corrientes seguirían? La más marcada +era la de las <i>novedades</i>, la de la influencia de la fabricación +francesa y belga, en virtud de aquella ley de los grises del Norte, +invadiendo, conquistando y anulando nuestro ser colorista y romancesco. +El vestir se anticipaba al pensar y cuando aún los versos no habían sido +desterrados por la prosa, ya la lana había hecho trizas a la seda.</p> + +<p>«Pues apechuguemos con las <i>novedades</i>» dijo Isabel a su marido, +observando aquel furor de modas que le entraba a esta sociedad y el afán +que todos los madrileños sentían de ser elegantes <i>con seriedad</i>. Era, +por añadidura, la época en que la clase media entraba de lleno en el +ejercicio de sus funciones, apandando todos los empleos creados por el +nuevo sistema político y administrativo, comprando a plazos todas las +fincas que habían sido de la Iglesia, constituyéndose en propietaria del +suelo y en usufructuaria del presupuesto, absorbiendo en fin los +despojos del absolutismo y del clero, y fundando el imperio de la +levita. Claro es que la levita es el símbolo; pero lo más interesante de +tal imperio está en el vestir de las señoras, origen de energías +poderosas, que de la vida privada salen a la pública y determinan hechos +grandes. ¡Los trapos, ay! ¿Quién no ve en ellos una de las principales +energías de la época presente, tal vez una causa generadora de +movimiento y vida? Pensad un poco en lo que representan, en lo que +valen, en la riqueza y el ingenio que consagra a producirlos la ciudad +más industriosa del mundo, y sin querer, vuestra mente os presentará +entre los pliegues de las telas de moda todo nuestro organismo +mesocrático, ingente pirámide en cuya cima hay un sombrero de copa; toda +la máquina política y administrativa, la deuda pública y los +ferrocarriles, el presupuesto y las rentas, el Estado tutelar y el +parlamentarismo socialista.</p> + +<p>Pero Gumersindo e Isabel habían llegado un poco tarde, porque las +<i>novedades</i> estaban en manos de mercaderes listos, que sabían ya el +camino de París. Arnaiz fue también allá; mas no era hombre de gusto y +trajo unos adefesios que no tuvieron aceptación. La Cordero, sin +embargo, no se desanimaba. Su marido empezaba a atontarse; ella a <i>ver +claro</i>. Vio que las costumbres de Madrid se transformaban rápidamente, +que esta orgullosa Corte iba a pasar en poco tiempo de la condición de +aldeota indecente a la de capital civilizada. Porque Madrid no tenía de +metrópoli más que el nombre y la vanidad ridícula. Era un payo con +casaca de gentil-hombre y la camisa desgarrada y sucia. Por fin el +paleto se disponía a ser señor de verdad. Isabel Cordero, que se +anticipaba a su época, presintió la traída de aguas del Lozoya, en +aquellos veranos ardorosos en que el Ayuntamiento refrescaba y +alimentaba las fuentes del Berro y de la Teja con cubas de agua sacada +de los pozos; en aquellos tiempos en que los portales eran sentinas y en +que los vecinos iban de un cuarto a otro con el pucherito en la mano, +pidiendo por favor un poco de agua para afeitarse.</p> + +<p>La perspicaz mujer vio el porvenir, oyó hablar del gran proyecto de +Bravo Murillo, como de una cosa que ella había sentido en su alma. Por +fin Madrid, dentro de algunos años, iba a tener raudales de agua +distribuidos en las calles y plazas, y adquiriría la costumbre de +lavarse, por lo menos, la cara y las manos. Lavadas estas partes, se +lavaría después otras. Este Madrid, que entonces era futuro, se le +representó con visiones de camisas limpias en todas las clases, de +mujeres ya acostumbradas a mudarse todos los días, y de señores que eran +la misma pulcritud. De aquí nació la idea de dedicar la casa al género +blanco, y arraigada fuertemente la idea, poco a poco se fue haciendo +realidad. Ayudado por D. Baldomero y Arnaiz, Gumersindo empezó a traer +batistas finísimas de Inglaterra, holandas y escocias, irlandas y +madapolanes, <i>nansouk</i> y cretonas de Alsacia, y la casa se fue +levantando no sin trabajo de su postración hasta llegar a adquirir una +prosperidad relativa. Complemento de este negocio <i>en blanco</i>, fueron la +damasquería gruesa, los cutíes para colchones y la mantelería de +Courtray que vino a ser <i>especialidad</i> de la casa, como lo decía un +rótulo añadido al letrero antiguo de la tienda. Las puntillas y +encajería mecánica vinieron más tarde, siendo tan grandes los pedidos de +Arnaiz, que una fábrica de Suiza trabajaba sólo para él. Y por fin, las +crinolinas dieron al establecimiento buenas ganancias. Isabel Cordero, +que había presentido el Canal del Lozoya, presintió también el +miriñaque; que los franceses llamaban <i>Malakoff</i>, invención absurda que +parecía salida de un cerebro enfermo de tanto pensar en la dirección de +los globos.</p> + +<p>De la pañolería y artículos asiáticos, sólo quedaban en la casa por los +años del 50 al 60 tradiciones religiosamente conservadas. Aún había +alguna torrecilla de marfil, y buena porción de mantones ricos de alto +precio en cajas primorosas. Era quizás Gumersindo la persona que en +Madrid tenía más arte para doblarlos, porque ha de saberse que doblar un +crespón era tarea tan difícil como hinchar un perro. No sabían hacerlo +sino los que de antiguo tenían la costumbre de manejar aquel artículo, +por lo cual muchas damas, que en algún baile de máscaras se ponían el +chal, lo mandaban al día siguiente, con la caja, a la tienda de +Gumersindo Arnaiz, para que este lo doblase según arte tradicional, es +decir, dejando oculta la rejilla de a tercia y el fleco de a cuarta, y +visible en el cuartel superior el dibujo central. También se conservaban +en la tienda los dos maniquís vestidos de mandarines. Se pensó en +retirarlos, porque ya estaban los pobres un poco tronados; pero +Barbarita se opuso, porque dejar de verlos allí haciendo juego con la +fisonomía lela y honrada del Sr. de Ayún, era como si enterrasen a +alguno de la familia; y aseguró que si su hermano se obstinaba en +quitarlos, ella se los llevaría a su casa para ponerlos en el comedor, +haciendo juego con los aparadores.</p> + + + +<hr /> +<h2>-<span class="smcap">vi</span>-</h2> + + +<p>Aquella gran mujer, Isabel Cordero de Arnaiz, dotada de todas las +agudezas del traficante y de todas las triquiñuelas económicas del ama +de gobierno, fue agraciada además por el Cielo con una fecundidad +prodigiosa. En 1845, cuando nació Juanito, ya había tenido ella cinco, y +siguió pariendo con la puntualidad de los vegetales que dan fruto cada +año. Sobre aquellos cinco hay que apuntar doce más en la cuenta; total, +diez y siete partos, que recordaba asociándolos a fechas célebres del +reinado de Isabel II. «Mi primer hijo—decía—nació cuando vino la tropa +carlista hasta las tapias de Madrid. Mi Jacinta nació cuando se casó la +Reina, con pocos días de diferencia. Mi Isabelita vino al mundo el día +mismo en que el cura Merino le pegó la puñalada a Su Majestad, y tuve a +Rupertito el día de San Juan del 58, el mismo día que se inauguró la +traída de aguas».</p> + +<p>Al ver la estrecha casa, se daba uno a pensar que la ley de +impenetrabilidad de los cuerpos fue el pretexto que tomó la muerte para +mermar aquel bíblico rebaño. Si los diez y siete chiquillos hubieran +vivido, habría sido preciso ponerlos en los balcones como los tiestos, o +colgados en jaulas de machos de perdiz. El garrotillo y la escarlatina +fueron entresacando aquella mies apretada, y en 1870 no quedaban ya más +que nueve. Los dos primeros volaron a poco de nacidos. De tiempo en +tiempo se moría uno, ya crecidito, y se aclaraban las filas. En no sé +qué año, se murieron tres con intervalo de cuatro meses. Los que +rebasaron de los diez años, se iban criando regularmente.</p> + +<p>He dicho que eran nueve. Falta consignar que de estas nueve cifras, +siete correspondían al sexo femenino. ¡Vaya una plaga que le había caído +al bueno de Gumersindo! ¿Qué hacer con siete chiquillas? Para guardarlas +cuando fueran mujeres, se necesitaba un cuerpo de ejército. ¿Y cómo +casarlas bien a todas? ¿De dónde iban a salir siete maridos buenos? +Gumersindo, siempre que de esto se le hablaba, echábalo a broma, +confiando en la buena mano que tenía su mujer para todo. +«Verán—decía—, cómo saca ella de debajo de las piedras siete yernos de +primera». Pero la fecunda esposa no las tenía todas consigo. Siempre que +pensaba en el porvenir de sus hijas se ponía triste; y sentía como +remordimientos de haber dado a su marido una familia que era un problema +económico. Cuando hablaba de esto con su cuñada Barbarita, lamentábase +de parir hembras como de una responsabilidad. Durante su campaña +prolífica, desde el 38 al 60, acontecía que a los cuatro o cinco meses +de haber dado a luz, ya estaba otra vez en cinta. Barbarita no se +tomaba el trabajo de preguntárselo, y lo daba por hecho. «Ahora—le +decía—, vas a tener un muchacho». Y la otra, enojada, echando pestes +contra su fecundidad, respondía: «Varón o hembra, estos regalos debieran +ser para ti. A ti debiera Dios darte un canario de alcoba todos los +años».</p> + +<p>Las ganancias del establecimiento no eran escasas; pero los esposos +Arnaiz no podían llamarse ricos, porque con tanto parto y tanta muerte +de hijos y aquel familión de hembras la casa no acababa de florecer como +debiera. Aunque Isabel hacía milagros de arreglo y economía, el +considerable gasto cotidiano quitaba al establecimiento mucha savia. +Pero nunca dejó de cumplir Gumersindo sus compromisos comerciales, y si +su capital no era grande, tampoco tenía deudas. El <i>quid</i> estaba en +colocar bien las siete chicas, pues mientras esta tremenda campaña +matrimoñesca no fuera coronada por un éxito brillante, en la casa no +podía haber grandes ahorros.</p> + +<p>Isabel Cordero era, veinte años ha, una mujer desmejorada, pálida, +deforme de talle, como esas personas que parece se están desbaratando y +que no tienen las partes del cuerpo en su verdadero sitio. Apenas se +conocía que había sido bonita. Los que la trataban no podían +imaginársela en estado distinto del que se llama interesante, porque el +barrigón parecía en ella cosa normal, como el color de la tez o la +forma de la nariz. En tal situación y en los breves periodos que tenía +libres, su actividad era siempre la misma, pues hasta el día de caer en +la cama estaba sobre un pie, atendiendo incansable al complicado +gobierno de aquella casa. Lo mismo funcionaba en la cocina que en el +escritorio, y acabadita de poner la enorme sartén de migas para la cena +o el calderón de patatas, pasaba a la tienda a que su marido la enterase +de las facturas que acababa de recibir o de los avisos de letras. +Cuidaba principalmente de que sus niñas no estuviesen ociosas. Las más +pequeñas y los varoncitos iban a la escuela; las mayores trabajaban en +el gabinete de la casa, ayudando a su madre en el repaso de la ropa, o +en acomodar al cuerpo de los varones las prendas desechadas del padre. +Alguna de ellas se daba maña para planchar; solían también lavar en el +gran artesón de la cocina, y zurcir y echar un remiendo. Pero en lo que +mayormente sobresalían todas era en el arte de arreglar sus propios +perendengues. Los domingos, cuando su mamá las sacaba a paseo, en larga +procesión, iban tan bien apañaditas que daba gusto verlas. Al ir a misa, +desfilaban entre la admiración de los fieles; porque conviene apuntar +que eran muy monas. Desde las dos mayores que eran ya mujeres, hasta la +última, que era una miniaturita, formaban un rebaño interesantísimo que +llamaba la atención por el número y la escala gradual de las tallas. +Los conocidos que las veían entrar, decían: «ya está ahí doña Isabel con +el muestrario». La madre, peinada con la mayor sencillez, sin ningún +adorno, flácida, pecosa y desprovista ya de todo atractivo personal que +no fuera la respetabilidad, pastoreaba aquel rebaño, llevándolo por +delante como los paveros en Navidad.</p> + +<p>¡Y que no pasaba flojos apuros la pobre para salir airosa en aquel papel +inmenso! A Barbarita le hacía ordinariamente sus confidencias. «Mira, +hija, algunos meses me veo tan agonizada, que no sé qué hacer. Dios me +protege, que si no... Tú no sabes lo que es vestir siete hijas. Los +varones, con los desechos de la ropa de su padre que yo les arreglo, van +tirando. ¡Pero las niñas!... ¡Y con estas modas de ahora y este +suponer!... ¿Viste la pieza de merino azul?, pues no fue bastante y tuve +que traer diez varas más. ¡Nada te quiero decir del ramo de zapatos! +Gracias que dentro de casa la que se me ponga otro calzado que no sea +las alpargatitas de cáñamo, ya me tiene hecha una leona. Para llenarles +la barriga, me defiendo con las patatas y las migas. Este año he +suprimido los estofados. Sé que los dependientes refunfuñan; pero no me +importa. Que vayan a otra parte donde los traten mejor. ¿Creerás que un +quintal de carbón se me va como un soplo? Me traigo a casa dos arrobas +de aceite, y a los pocos días... pif... parece que se lo han chupado las +lechuzas. Encargo a Estupiñá dos o tres quintales de patatas, hija, y +como si no trajera nada». En la casa había dos mesas. En la primera +comían el principal y su señora, las niñas, el dependiente más antiguo y +algún pariente, como Primitivo Cordero cuando venía a Madrid de su finca +de Toledo, donde residía. A la segunda se sentaban los dependientes +menudos y los dos hijos, uno de los cuales hacía su aprendizaje en la +tienda de blondas de Segundo Cordero. Era un total de diez y siete o +diez y ocho bocas. El gobierno de tal casa, que habría rendido a +cualquiera mujer, no fatigaba visiblemente a Isabel. A medida que las +niñas iban creciendo, disminuía para la madre parte del trabajo +material; pero este descanso se compensaba con el exceso de vigilancia +para guardar el rebaño, cada vez más perseguido de lobos y expuesto a +infinitas asechanzas. Las chicas no eran malas, pero eran jovenzuelas, y +ni Cristo Padre podía evitar los atisbos por el único balcón de la casa +o por la ventanucha que daba al callejón de San Cristóbal. Empezaban a +entrar en la casa cartitas, y a desarrollarse esas intrigüelas inocentes +que son juegos de amor, ya que no el amor mismo. Doña Isabel estaba +siempre con cada ojo como un farol, y no las perdía de vista un momento. +A esta fatiga ruda del espionaje materno uníase el trabajo de exhibir y +airear el muestrario, por ver si caía algún parroquiano o por otro +nombre, marido. Era forzoso <i>hacer el artículo</i>, y aquella gran mujer, +negociante en hijas, no tenía más remedio que vestirse y concurrir con +su <i>género</i> a tal o cual tertulia de amigas, porque si no lo hacía, +ponían las nenas unos morros que no se las podía aguantar. Era también +de rúbrica el paseíto los domingos, en corporación, las niñas muy bien +arregladitas con cuatro pingos que parecían lo que no eran, la mamá muy +estirada de guantes, que le imposibilitaban el uso de los dedos, con +manguito que le daba un calor excesivo a las manos, y su buena +cachemira. Sin ser vieja lo parecía.</p> + +<p>Dios, al fin, apreciando los méritos de aquella heroína, que ni un punto +se apartaba de su puesto en el combate social, echó una mirada de +benevolencia sobre el muestrario y después lo bendijo. La primera chica +que se casó fue la segunda, llamada Candelaria, y en honor de la verdad, +no fue muy lucido aquel matrimonio. Era el novio un buen muchacho, +dependiente en la camisería de la viuda de Aparisi. Llamábase Pepe +Samaniego y no tenía más fortuna que sus deseos de trabajar y su +honradez probada. Su apellido se veía mucho en los rótulos del comercio +menudo. Un tío suyo era boticario en la calle del Ave María. Tenía un +primo pescadero, otro tendero de capas en la calle de la Cruz, otro +prestamista, y los demás, lo mismo que sus hermanos, eran todos +horteras. Pensaron primero los de Arnaiz oponerse a aquella unión; mas +pronto se hicieron esta cuenta: «No están los tiempos para hilar muy +delgado en esto de los maridos. Hay que tomar todo lo que se presente, +porque son siete a colocar. Basta con que el chico sea formal y +trabajador».</p> + +<p>Casose luego la mayor, llamada Benigna en memoria de su abuelito el +héroe de Boteros. Esta sí que fue buena boda. El novio era Ramón +Villuendas, hijo mayor del célebre cambiante de la calle de Toledo; gran +casa, fortuna sólida. Era ya viudo con dos chiquillos, y su parentela +ofrecía variedad chocante en orden de riqueza. Su tío D. Cayetano +Villuendas estaba casado con Eulalia hermana del marqués de Casa-Muñoz, +y poseía muchos millones; en cambio, había un Villuendas tabernero y +otro que tenía un tenducho de percales y bayetas llamado <i>El Buen +Gusto</i>. El parentesco de los Villuendas pobres con los ricos no se veía +muy claro; pero parientes eran y muchos de ellos se trataban y se +tuteaban.</p> + +<p>La tercera de las chicas, llamada Jacinta, pescó marido al año +siguiente. ¡Y qué marido!... Pero al llegar aquí, me veo precisado a +cortar esta hebra, y paso a referir ciertas cosas que han de preceder a +la boda de Jacinta.</p> + + + + +<hr /> +<h2><a name="iiia" id="iiia"></a>-III-</h2> + +<h2>Estupiñá</h2> + +<h2>-<span class="smcap">i</span>-</h2> + + +<p>En la tienda de Arnaiz, junto a la reja que da a la calle de San +Cristóbal, hay actualmente tres sillas de madera curva de Viena, las +cuales sucedieron hace años a un banco sin respaldo forrado de hule +negro, y este banco tuvo por antecesor a un arcón o caja vacía. Aquélla +era la sede de la inmemorial tertulia de la casa. No había tienda sin +tertulia, como no podía haberla sin mostrador y santo tutelar. Era esto +un servicio suplementario que el comercio prestaba a la sociedad en +tiempos en que no existían casinos, pues aunque había sociedades +secretas y clubs y cafés más o menos patrióticos, la gran mayoría de los +ciudadanos pacíficos no iba a ellos, prefiriendo charlar en las tiendas. +Barbarita tiene aún reminiscencias vagas de la tertulia en los tiempos +de su niñez. Iba un fraile muy flaco que era el padre Alelí, un señor +pequeñito con anteojos, que era el papá de Isabel, algunos militares y +otros tipos que se confundían en su mente con las figuras de los dos +mandarines.</p> + +<p>Y no sólo se hablaba de asuntos políticos y de la guerra civil, sino de +cosas del comercio. Recuerda la señora haber oído algo acerca de los +primeros fósforos o mistos que vinieron al mercado, y aun haberlos +visto. Era como una botellita en la cual se metía la cerilla, y salía +echando lumbre. También oyó hablar de las primeras alfombras de moqueta, +de los primeros colchones de muelles, y de los primeros ferrocarriles, +que alguno de los tertulios había visto en el extranjero, pues aquí ni +asomos de ellos había todavía. Algo se apuntó allí sobre el billete de +Banco, que en Madrid no fue papel-moneda corriente hasta algunos años +después, y sólo se usaba entonces para los pagos fuertes de la banca. +Doña Bárbara se acuerda de haber visto el primer billete que llevaron a +la tienda como un objeto de curiosidad, y todos convinieron en que era +mejor una onza. El gas fue muy posterior a esto.</p> + +<p>La tienda se transformaba; pero la tertulia era siempre la misma en el +curso lento de los años. Unos habladores se iban y venían otros. No +sabemos a qué época fija se referirían estos párrafos sueltos que al +vuelo cogía Barbarita cuando, ya casada, entraba en la tienda a +descansar un ratito, de vuelta de paseo o de compras: «¡Qué hermosotes +iban esta mañana los del <i>tercero de fusileros</i> con sus pompones +nuevos!»... «El Duque ha oído misa hoy en las Calatravas. Iba con Linaje +y con San Miguel»...</p> + +<p>«¿Sabe usted, Estupiñá, lo que dicen ahora? Pues dicen que los ingleses +proyectan construir barcos de <i>fierro</i>».</p> + +<p>El llamado Estupiñá debía de ser indispensable en todas las tertulias de +tiendas, porque cuando no iba a la de Arnaiz, todo se volvía preguntar: +«Y Plácido, ¿qué es de él?». Cuando entraba le recibían con +exclamaciones de alegría, pues con su sola presencia animaba la +conversación. En 1871 conocí a este hombre, que fundaba su vanidad en +<i>haber visto toda la historia de España</i> en el presente siglo. Había +venido al mundo en 1803 y se llamaba hermano de fecha de Mesonero +Romanos, por haber nacido, como este, el 19 de Julio del citado año. Una +sola frase suya probará su inmenso saber en esa historia viva que se +aprende con los ojos: «Vi a José I como le estoy viendo a usted ahora». +Y parecía que se relamía de gusto cuando le preguntaban: «¿Vio usted al +duque de Angulema, a lord Wellington?...». «Pues ya lo creo». Su +contestación era siempre la misma: «Como le estoy viendo a usted». Hasta +llegaba a incomodarse cuando se le interrogaba en tono dubitativo. «¡Que +si vi entrar a María Cristina!... Hombre, si eso es de ayer...». Para +completar su erudición ocular, hablaba del <i>aspecto que presentaba +Madrid</i> el 1.º de Septiembre de 1840, como si fuera cosa de la semana +pasada. Había visto morir a Canterac; ajusticiar a Merino, «nada menos +que sobre el propio patíbulo», por ser él hermano de la Paz y Caridad; +había visto matar a Chico..., precisamente ver no, pero oyó los tiritos, +hallándose en la calle de las Velas; había visto a Fernando VII el 7 de +Julio cuando salió al balcón a decir a los milicianos que <i>sacudieran</i> a +los de la Guardia; había visto a Rodil y al sargento García arengando +desde otro balcón, el año 36; había visto a O'Donnell y Espartero +abrazándose, a Espartero solo saludando al pueblo, a O'Donnell solo, +todo esto en un balcón, y por fin, en un balcón había visto también en +fecha cercana a otro personaje diciendo a gritos que se habían acabado +los Reyes. La historia que Estupiñá sabía estaba escrita en los +balcones.</p> + +<p>La biografía mercantil de este hombre es tan curiosa como sencilla. Era +muy joven cuando entró de hortera en casa de Arnaiz, y allí sirvió +muchos años, siempre bien quisto del principal por su honradez +acrisolada y el grandísimo interés con que miraba todo lo concerniente +al establecimiento. Y a pesar de tales prendas, Estupiñá no era un buen +dependiente. Al despachar, entretenía demasiado a los parroquianos, y si +le mandaban con un recado o comisión a la Aduana, tardaba tanto en +volver, que muchas veces creyó D. Bonifacio que le habían llevado preso. +La singularidad de que teniendo Plácido estas mañas, no pudieran los +dueños de la tienda prescindir de él, se explica por la ciega confianza +que inspiraba, pues estando él al cuidado de la tienda y de la caja, ya +podían Arnaiz y su familia echarse a dormir. Era su fidelidad tan grande +como su humildad, pues ya le podían reñir y decirle cuantas perrerías +quisieran, sin que se incomodase. Por esto sintió mucho Arnaiz que +Estupiñá dejara la casa en 1837, cuando se le antojó establecerse con +los dineros de una pequeña herencia. Su principal, que le conocía bien, +hacía lúgubres profecías del porvenir comercial de Plácido, trabajando +por su cuenta.</p> + +<p>Prometíaselas él muy felices en la tienda de bayetas y paños del Reino +que estableció en la Plaza Mayor, junto a la Panadería. No puso +dependientes, porque la cortedad del negocio no lo consentía; pero su +tertulia fue la más animada y dicharachera de todo el barrio. Y ved aquí +el secreto de lo poco que dio de sí el establecimiento, y la +justificación de los vaticinios de D. Bonifacio. Estupiñá tenía un vicio +hereditario y crónico, contra el cual eran impotentes todas las demás +energías de su alma; vicio tanto más avasallador y terrible cuanto más +inofensivo parecía. No era la bebida, no era el amor, ni el juego ni el +lujo; era la conversación. Por un rato de palique era Estupiñá capaz de +dejar que se llevaran los demonios el mejor negocio del mundo. Como él +pegase la hebra con gana, ya podía venirse el cielo abajo, y antes le +cortaran la lengua que la hebra. A su tienda iban los habladores más +frenéticos, porque el vicio llama al vicio. Si en lo más sabroso de su +charla entraba alguien a comprar, Estupiñá le ponía la cara que se pone +a los que van a dar sablazos. Si el género pedido estaba sobre el +mostrador, lo enseñaba con gesto rápido, deseando que acabase pronto la +interrupción; pero si estaba en lo alto de la anaquelería, echaba hacia +arriba una mirada de fatiga, como el que pide a Dios paciencia, +diciendo: «¿Bayeta amarilla? Mírela usted. Me parece que es angosta para +lo que usted la quiere». Otras veces dudaba o aparentaba dudar si tenía +lo que le pedían. «¿Gorritas para niño? ¿Las quiere usted de visera de +hule?... Sospecho que hay algunas, pero son de esas que no se usan +ya...».</p> + +<p>Si estaba jugando al tute o al mus, únicos juegos que sabía y en los que +era maestro, primero se hundía el mundo que apartar él su atención de +las cartas. Era tan fuerte el ansia de charla y de trato social, se lo +pedía el cuerpo y el alma con tal vehemencia, que si no iban habladores +a la tienda no podía resistir la comezón del vicio, echaba la llave, se +la metía en el bolsillo y se iba a otra tienda en busca de aquel licor +palabrero con que se embriagaba. Por Navidad, cuando se empezaban a +armar los puestos de la Plaza, el pobre tendero no tenía valor para +estarse metido en aquel cuchitril oscuro. El sonido de la voz humana, la +luz y el rumor de la calle eran tan necesarios a su existencia como el +aire. Cerraba, y se iba a dar conversación a las mujeres de los puestos. +A todas las conocía, y se enteraba de lo que iban a vender y de cuanto +ocurriera en la familia de cada una de ellas. Pertenecía, pues, Estupiñá +a aquella raza de tenderos, de la cual quedan aún muy pocos ejemplares, +cuyo papel en el mundo comercial parece ser la atenuación de los males +causados por los excesos de la oferta impertinente, y disuadir al +consumidor de la malsana inclinación a gastar el dinero. «D. Plácido, +¿tiene usted pana azul?».—«¡Pana azul!, ¿y quién te mete a ti en esos +lujos? Sí que la tengo; pero es cara para ti». —«Enséñemela usted... y +a ver si me la arregla»... Entonces hacía el hombre un desmedido +esfuerzo, como quien sacrifica al deber sus sentimientos y gustos más +queridos, y bajaba la pieza de tela. «Vaya, aquí está la pana. Si no la +has de comprar, si todo es gana de moler, ¿para qué quieres verla? +¿Crees que yo no tengo nada qué hacer?».—«Lo que dije; estas mujeres +marean a Cristo. Hay otra clase, sí señora. ¿La compras, sí o no? A +veinte y dos reales, ni un cuarto menos».—«Pero déjela ver... ¡ay qué +hombre! ¿Cree que me voy a comer la pieza?»... «A veinte y dos +realetes». —«¡Ande y que lo parta un rayo!».—«Que te parta a ti, mal +criada, respondona, tarasca...».</p> + +<p>Era muy fino con las señoras de alto copete. Su afabilidad tenía tonos +como este: «¿La cúbica? Sí que la hay. ¿Ve usted la pieza allá arriba? +Me parece, señora, que no es lo que usted busca... digo, me parece; no +es que yo me quiera meter... Ahora se estilan rayaditas: de eso no +tengo. Espero una remesa para el mes que entra. Ayer vi a las niñas con +el Sr. D. Cándido. Vaya, que están creciditas. ¿Y cómo sigue el señor +mayor? ¡No le he visto desde que íbamos juntos a la bóveda de San +Ginés!»... Con este sistema de vender, a los cuatro años de comercio se +podían contar las personas que al cabo de la semana traspasaban el +dintel de la tienda. A los seis años no entraban allí ni las moscas. +Estupiñá abría todas las mañanas, barría y regaba la acera, se ponía los +manguitos verdes y se sentaba detrás del mostrador a leer el <i>Diario de +Avisos</i>. Poco a poco iban llegando los amigos, aquellos hermanos de su +alma, que en la soledad en que Plácido estaba le parecían algo como la +paloma del arca, pues le traían en el pico algo más que un ramo de +oliva, le traían la palabra, el sabrosísimo fruto y la flor de la vida, +el alcohol del alma, con que apacentaba su vicio... Pasábanse el día +entero contando anécdotas, comentando sucesos políticos, tratando de tú +a Mendizábal, a Calatrava, a María Cristina y al mismo Dios, trazando +con el dedo planes de campaña sobre el mostrador en extravagantes líneas +tácticas; demostrando que Espartero debía ir necesariamente por aquí y +Villarreal por allá; refiriendo también sucedidos del comercio, llegadas +de tal o cual género; lances de Iglesia y de milicia y de mujeres y de +la corte, con todo lo demás que cae bajo el dominio de la bachillería +humana. A todas estas el cajón del dinero no se abría ni una sola vez, +y a la vara de medir, sumida en plácida quietud, le faltaba poco para +reverdecer y echar flores como la vara de San José. Y como pasaban meses +y meses sin que se renovase el género, y allí no había más que maulas y +vejeces, el trueno fue gordo y repentino. Un día le embargaron todo, y +Estupiñá salió de la tienda con tanta pena como dignidad.</p> + + + +<hr /> +<h2>-<span class="smcap">ii</span>-</h2> + + +<p>Aquel gran filósofo no se entregó a la desesperación. Viéronle sus +amigos tranquilo y resignado. En su aspecto y en el reposo de su +semblante había algo de Sócrates, admitiendo que Sócrates fuera hombre +dispuesto a estarse siete horas seguidas con la palabra en la boca. +Plácido había salvado el honor, que era lo importante, pagando +religiosamente a todo el mundo con las existencias. Se había quedado con +lo puesto y sin una mota. No salvó más mueble que la vara de medir. Era +forzoso, pues, buscar algún modo de ganarse la vida. ¿A qué se +dedicaría? ¿En qué ramo del comercio emplearía sus grandes dotes? +Dándose a pensar en esto, vino a descubrir que en medio de su gran +pobreza conservaba un capital que seguramente le envidiarían muchos: las +relaciones. Conocía a cuantos almacenistas y tenderos había en Madrid; +todas las puertas se le franqueaban, y en todas partes le ponían buena +cara por su honradez, sus buenas maneras y principalmente por aquella +bendita labia que Dios le había dado. Sus relaciones y estas aptitudes +le sugirieron, pues, la idea de dedicarse a corredor de géneros. D. +Baldomero Santa Cruz, el gordo Arnaiz, Bringas, Moreno, Labiano y otros +almacenistas de paños, lienzos o novedades, le daban piezas para que las +fuera enseñando de tienda en tienda. Ganaba el 2 por 100 de comisión por +lo que vendía. ¡María Santísima, qué vida más deliciosa y qué bien hizo +en adoptarla, porque cosa más adecuada a su temperamento no se podía +imaginar! Aquel correr continuo, aquel entrar por diversas puertas, +aquel saludar en la calle a cincuenta personas y preguntarles por la +familia era su vida, y todo lo demás era muerte. Plácido no había nacido +para el presidio de una tienda. Su elemento era la calle, el aire libre, +la discusión, la contratación, el recado, ir y venir, preguntar, +cuestionar, pasando gallardamente de la seriedad a la broma. Había +mañana en que se echaba al coleto toda la calle de Toledo de punta a +punta, y la Concepción Jerónima, Atocha y Carretas.</p> + +<p>Así pasaron algunos años. Como sus necesidades eran muy cortas, pues no +tenía familia que mantener ni ningún vicio como no fuera el de gastar +saliva, bastábale para vivir lo poco que el corretaje le daba. Además, +muchos comerciantes ricos le protegían. Este, a lo mejor, le regalaba +una capa; otro un corte de vestido; aquel un sombrero o bien comestibles +y golosinas. Familias de las más empingorotadas del comercio le sentaban +a su mesa, no sólo por amistad sino por egoísmo, pues era una diversión +oírle contar tan diversas cosas con aquella exactitud pintoresca y aquel +esmero de detalles que encantaba. Dos caracteres principales tenía su +entretenida charla, y eran: que nunca se declaraba ignorante de cosa +alguna, y que jamás habló mal de nadie. Si por acaso se dejaba decir +alguna palabra ofensiva, era contra la Aduana; pero sin individualizar +sus acusaciones.</p> + +<p>Porque Estupiñá, al mismo tiempo que corredor, era contrabandista. Las +piezas de Hamburgo de 26 hilos que pasó por el portillo de Gilimón, +valiéndose de ingeniosas mañas, no son para contadas. No había otro como +él para atravesar de noche ciertas calles con un bulto bajo la capa, +figurándose mendigo con un niño a cuestas. Ninguno como él poseía el +arte de deslizar un duro en la mano del empleado fiscal, en momentos de +peligro, y se entendía con ellos tan bien para este fregado, que las +principales casas acudían a él para desatar sus líos con la Hacienda. No +hay medio de escribir en el Decálogo los delitos fiscales. La moral del +pueblo se rebelaba, más entonces que ahora, a considerar las +defraudaciones a la Hacienda como verdaderos pecados, y conforme con +este criterio, Estupiñá no sentía alboroto en su conciencia cuando ponía +feliz remate a una de aquellas empresas. Según él, lo que la Hacienda +llama suyo no es suyo, sino de la nación, es decir, de Juan Particular, +y burlar a la Hacienda es devolver a Juan Particular lo que le +pertenece. Esta idea, sustentada por el pueblo con turbulenta fe, ha +tenido también sus héroes y sus mártires. Plácido la profesaba con no +menos entusiasmo que cualquier caballista andaluz, sólo que era de +infantería, y además no quitaba la vida a nadie. Su conciencia, envuelta +en horrorosas nieblas tocante a lo fiscal, manifestábase pura y luminosa +en lo referente a la propiedad privada. Era hombre que antes de guardar +un ochavo que no fuese suyo, se habría estado callado un mes.</p> + +<p>Barbarita le quería mucho. Habíale visto en su casa desde que tuvo el +don de ver y apreciar las cosas; conocía bien, por opinión de su padre y +por experiencia propia, las excelentes prendas y lealtad del hablador. +Siendo niña, Estupiñá la llevaba a la escuela de la rinconada de la +calle Imperial, y por Navidad iba con él a ver los nacimientos y los +puestos de la plaza de Santa Cruz. Cuando D. Bonifacio Arnaiz enfermó +para morirse, Plácido no se separó de él ni enfermo ni difunto hasta +que le dejó en la sepultura. En todas las penas y alegrías de la casa +era siempre el partícipe más sincero. Su posición junto a tan noble +familia era entre amistad y servidumbre, pues si Barbarita le sentaba a +su mesa muchos días, los más del año empleábale en recados y comisiones +que él sabía desempeñar con exactitud suma. Ya iba a la plaza de la +Cebada en busca de alguna hortaliza temprana, ya a la Cava Baja a +entenderse con los ordinarios que traían encargos, o bien a Maravillas, +donde vivían la planchadora y la encajera de la casa. Tal ascendiente +tenía la señora de Santa Cruz sobre aquella alma sencilla y con fe tan +ciega la respetaba y obedecía él, que si Barbarita le hubiera dicho: +«Plácido, hazme el favor de tirarte por el balcón a la calle», el +infeliz no habría vacilado un momento en hacerlo.</p> + +<p>Andando los años, y cuando ya Estupiñá iba para viejo y no hacía +corretaje ni contrabando, desempeñó en la casa de Santa Cruz un cargo +muy delicado. Como era persona de tanta confianza y tan ciegamente +adicto a la familia, Barbarita le confiaba a Juanito para que le llevase +y le trajera al colegio de Massarnau, o le sacara a paseo los domingos y +fiestas. Segura estaba la mamá de que la vigilancia de Plácido era como +la de un padre, y bien sabía que se habría dejado matar cien veces antes +que consentir que nadie tocase al <i>Delfín</i> (así le solía llamar) en la +punta del cabello. Ya era este un polluelo con ínfulas de hombre cuando +Estupiñá le llevaba a los Toros, iniciándole en los misterios del arte, +que se preciaba de entender como buen madrileño. El niño y el viejo se +entusiasmaban por igual en el bárbaro y pintoresco espectáculo, y a la +salida Plácido le contaba sus proezas taurómacas, pues también, allá en +su mocedad, había echado sus quiebros y pases de muleta, y tenía traje +completo con lentejuelas, y toreaba novillos por lo fino, sin olvidar +ninguna regla... Como Juanito le manifestara deseos de ver el traje, +contestábale Plácido que hacía muchos años su hermana la sastra (que de +Dios gozaba) lo había convertido en túnica de un Nazareno, que está en +la iglesia de Daganzo de Abajo.</p> + +<p>Fuera del platicar, Estupiñá no tenía ningún vicio, ni se juntó jamás +con personas ordinarias y de baja estofa. Una sola vez en su vida tuvo +que ver con gente de mala ralea, con motivo del bautizo del chico de un +sobrino suyo, que estaba casado con una tablajera. Entonces le ocurrió +un lance desagradable del cual se acordó y avergonzó toda su vida; y fue +que el pillete del sobrinito, confabulado con sus amigotes, logró +embriagarle, dándole subrepticiamente un Chinchón capaz de marear a una +piedra. Fue una borrachera estúpida, la primera y última de su vida; y +el recuerdo de la degradación de aquella noche le entristecía siempre +que repuntaba en su memoria. ¡Infames, burlar así a quien era la misma +sobriedad! Me le hicieron beber con engaño evidente aquellas nefandas +copas, y después no vacilaron en escarnecerle con tanta crueldad como +grosería. Pidiéronle que cantara la Pitita, y hay motivos para creer que +la cantó, aunque él lo niega en redondo. En medio del desconcierto de +sus sentidos, tuvo conciencia del estado en que le habían puesto, y el +decoro le sugirió la idea de la fuga. Echose fuera del local pensando +que el aire de la noche le despejaría la cabeza; pero aunque sintió +algún alivio, sus facultades y sentidos continuaban sujetos a los más +garrafales errores. Al llegar a la esquina de la Cava de San Miguel, vio +al sereno; mejor dicho, lo que vio fue el farol del sereno, que andaba +hacia la rinconada de la calle de Cuchilleros. Creyó que era el Viático, +y arrodillándose y descubriéndose, según tenía por costumbre, rezó una +corta oración y dijo: «¡que Dios le dé lo que mejor le convenga!». Las +carcajadas de sus soeces burladores, que le habían seguido, le volvieron +a su acuerdo, y conocido el error, se metió a escape en su casa, que a +dos pasos estaba. Durmió, y al día siguiente como si tal cosa. Pero +sentía un remordimiento vivísimo que por algún tiempo le hacía suspirar +y quedarse meditabundo. Nada afligía tanto su honrado corazón como la +idea de que Barbarita se enterara de aquel chasco del Viático. +Afortunadamente, o no lo supo, o si lo supo no se dio nunca por +entendida.</p> + + + +<hr /> +<h2>-<span class="smcap">iii</span>-</h2> + + +<p>Cuando conocí personalmente a este insigne hijo de Madrid, andaba ya al +ras con los sesenta años; pero los llevaba muy bien. Era de estatura +menos que mediana, regordete y algo encorvado hacia adelante. Los que +quieran conocer su rostro, miren el de Rossini, ya viejo, como nos le +han transmitido las estampas y fotografías del gran músico, y pueden +decir que tienen delante el divino Estupiñá. La forma de la cabeza, la +sonrisa, el perfil sobre todo, la nariz corva, la boca hundida, los ojos +picarescos, eran trasunto fiel de aquella hermosura un tanto burlona, +que con la acentuación de las líneas en la vejez se aproximaba algo a la +imagen de Polichinela. La edad iba dando al perfil de Estupiñá un cierto +parentesco con el de las cotorras.</p> + +<p>En sus últimos tiempos, del 70 en adelante, vestía con cierta +originalidad, no precisamente por miseria, pues los de Santa Cruz +cuidaban de que nada le faltase, sino por espíritu de tradición, y por +repugnancia a introducir novedades en su guardarropa. Usaba un sombrero +chato, de copa muy baja y con las alas planas, el cual pertenecía a una +época que se había borrado ya de la memoria de los sombreros, y una capa +de paño verde, que no se le caía de los hombros sino en lo que va de +Julio a Septiembre. Tenía muy poco pelo, casi se puede decir ninguno; +pero no usaba peluca. Para librar su cabeza de las corrientes frías de +la iglesia, llevaba en el bolsillo un gorro negro, y se lo calaba al +entrar. Era gran madrugador, y por la mañanita con la fresca se iba a +Santa Cruz, luego a Santo Tomás y por fin a San Ginés. Después de oír +varias misas en cada una de estas iglesias, calado el gorro hasta las +orejas, y de echar un parrafito con beatos o sacristanes, iba de capilla +en capilla rezando diferentes oraciones. Al despedirse, saludaba con la +mano a las imágenes, como se saluda a un amigo que está en el balcón, y +luego tomaba su agua bendita, fuera gorro, y a la calle.</p> + +<p>En 1869, cuando demolieron la iglesia de Santa Cruz, Estupiñá pasó muy +malos ratos.</p> + +<p>Ni el pájaro a quien destruyen su nido, ni el hombre a quien arrojan de +la morada en que nació, ponen cara más afligida que la que él ponía +viendo caer entre nubes de polvo los pedazos de cascote. Por aquello de +ser hombre no lloraba. Barbarita, que se había criado a la sombra de la +venerable torre, si no lloraba al ver tan sacrílego espectáculo era +porque estaba volada, y la ira no le permitía derramar lágrimas. Ni +acertaba a explicarse por qué decía su marido que D. Nicolás Rivero era +una gran persona. Cuando el templo desapareció; cuando fue arrasado el +suelo, y andando los años se edificó una casa en el sagrado solar, +Estupiñá no se dio a partido. No era de estos caracteres acomodaticios +que reconocen los hechos consumados. Para él la iglesia estaba siempre +allí, y toda vez que mi hombre pasaba por el punto exacto que +correspondía al lugar de la puerta, se persignaba y se quitaba el +sombrero.</p> + +<p>Era Plácido hermano de la Paz y Caridad, cofradía cuyo domicilio estuvo +en la derribada parroquia. Iba, pues, a auxiliar a los reos de muerte en +la capilla y a darles conversación en la hora tremenda, hablándoles de +lo tonta que es esta vida, de lo bueno que es Dios y de lo ricamente que +iban a estar en la gloria. ¡Qué sería de los pobrecitos reos si no +tuvieran quien les diera un poco de jarabe de pico antes de entregar su +cuello al verdugo!</p> + +<p>A las diez de la mañana concluía Estupiñá invariablemente lo que +podríamos llamar su jornada religiosa. Pasada aquella hora, desaparecía +de su rostro rossiniano la seriedad tétrica que en la iglesia tenía, y +volvía a ser el hombre afable, locuaz y ameno de las tertulias de +tienda. Almorzaba en casa de Santa Cruz o de Villuendas o de Arnaiz, y +si Barbarita no tenía nada que mandarle, emprendía su tarea para +<i>defender el garbanzo</i>, pues siempre hacía el papel de que trabajaba +como un negro. Su afectada ocupación en tal época era el corretaje de +dependientes, y fingía que los colocaba mediante un estipendio. Algo +hacía en verdad, mas era en gran parte pura farsa; y cuando le +preguntaban si iban bien los negocios, respondía en el tono de +comerciante ladino que no quiere dejar clarear sus pingües ganancias: +«Hombre, nos vamos defendiendo; no hay queja... Este mes he colocado lo +menos treinta chicos... como no hayan sido cuarenta...».</p> + +<p>Vivía Plácido en la Cava de San Miguel. Su casa era una de las que +forman el costado occidental de la Plaza Mayor, y como el basamento de +ellas está mucho más bajo que el suelo de la Plaza, tienen una altura +imponente y una estribación formidable, a modo de fortaleza. El piso en +que el tal vivía era cuarto por la Plaza y por la Cava séptimo. No +existen en Madrid alturas mayores, y para vencer aquellas era forzoso +apechugar con ciento veinte escalones, <i>todos de piedra</i>, como decía +Plácido con orgullo, no pudiendo ponderar otra cosa de su domicilio. El +ser <i>todas de piedra</i>, desde la Cava hasta las bohardillas, da a las +escaleras de aquellas casas un aspecto lúgubre y monumental, como de +castillo de leyendas, y Estupiñá no podía olvidar esta circunstancia que +le hacía interesante en cierto modo, pues no es lo mismo subir a su +casa por una escalera como las del Escorial, que subir por viles +peldaños de palo, como cada hijo de vecino.</p> + +<p>El orgullo de trepar por aquellas gastadas berroqueñas no excluía lo +fatigoso del tránsito, por lo que mi amigo supo explotar sus buenas +relaciones para abreviarlo. El dueño de una zapatería de la Plaza, +llamado Dámaso Trujillo, le permitía entrar por su tienda, cuyo rótulo +era <i>Al ramo de azucenas</i>. Tenía puerta para la escalera de la Cava, y +usando esta puerta Plácido se ahorraba treinta escalones.</p> + +<p>El domicilio del hablador era un misterio para todo el mundo, pues nadie +había ido nunca a verle, por la sencilla razón de que D. Plácido no +estaba en su casa sino cuando dormía. Jamás había tenido enfermedad que +le impidiera salir durante el día. Era el hombre más sano del mundo. +Pero la vejez no había de desmentirse, y un día de Diciembre del 69 fue +notada la falta del grande hombre en los círculos a donde solía ir. +Pronto corrió la voz de que estaba malo, y cuantos le conocían sintieron +vivísimo interés por él. Muchos dependientes de tiendas se lanzaron por +aquellos escalones de piedra en busca de noticias del simpático enfermo, +que padecía de un reuma agudo en la pierna derecha. Barbarita le mandó +en seguida su médico, y no satisfecha con esto, ordenó a Juanito que +fuese a visitarle, lo que el Delfín hizo de muy buen grado.</p> + +<p>Y sale a relucir aquí la visita del Delfín al anciano servidor y amigo +de su casa, porque si Juanito Santa Cruz no hubiera hecho aquella +visita, esta historia no se habría escrito. Se hubiera escrito otra, eso +sí, porque por do quiera que el hombre vaya lleva consigo su novela; +pero esta no.</p> + + + +<hr /> +<h2>-<span class="smcap">iv</span>-</h2> + + +<p>Juanito reconoció el número 11 en la puerta de una tienda de aves y +huevos. Por allí se había de entrar sin duda, pisando plumas y +aplastando cascarones. Preguntó a dos mujeres que pelaban gallinas y +pollos, y le contestaron, señalando una mampara, que aquella era la +entrada de la escalera del 11. Portal y tienda eran una misma cosa en +aquel edificio característico del Madrid primitivo. Y entonces se +explicó Juanito por qué llevaba muchos días Estupiñá, pegadas a las +botas, plumas de diferentes aves. Las cogía al salir, como las había +cogido él, por más cuidado que tuvo de evitar al paso los sitios en que +había plumas y algo de sangre. Daba dolor ver las anatomías de aquellos +pobres animales, que apenas desplumados eran suspendidos por la cabeza, +conservando la cola como un sarcasmo de su mísero destino. A la +izquierda de la entrada vio el Delfín cajones llenos de huevos, acopio +de aquel comercio. La voracidad del hombre no tiene límites, y sacrifica +a su apetito no sólo las presentes sino las futuras generaciones +gallináceas. A la derecha, en la prolongación de aquella cuadra lóbrega, +un sicario manchado de sangre daba garrote a las aves. Retorcía los +pescuezos con esa presteza y donaire que da el hábito, y apenas soltaba +una víctima y la entregaba agonizante a las desplumadoras, cogía otra +para hacerle la misma caricia. Jaulones enormes había por todas partes, +llenos de pollos y gallos, los cuales asomaban la cabeza roja por entre +las cañas, sedientos y fatigados, para respirar un poco de aire, y aun +allí los infelices presos se daban de picotazos por aquello de <i>si tú +sacaste más pico que yo... si ahora me toca a mí sacar todo el +pescuezo</i>.</p> + +<p>Habiendo apreciado este espectáculo poco grato, el olor de corral que +allí había, y el ruido de alas, picotazos y cacareo de tanta víctima, +Juanito la emprendió con los famosos peldaños de granito, negros ya y +gastados. Efectivamente, parecía la subida a un castillo o prisión de +Estado. El paramento era de fábrica cubierta de yeso y este de rayas e +inscripciones soeces o tontas. Por la parte más próxima a la calle, +fuertes rejas de hierro completaban el aspecto feudal del edificio. Al +pasar junto a la puerta de una de las habitaciones del entresuelo, +Juanito la vio abierta y, lo que es natural, miró hacia dentro, pues +todos los accidentes de aquel recinto despertaban en sumo grado su +curiosidad. Pensó no ver nada y vio algo que de pronto le impresionó, +una mujer bonita, joven, alta... Parecía estar en acecho, movida de una +curiosidad semejante a la de Santa Cruz, deseando saber quién demonios +subía a tales horas por aquella endiablada escalera. La moza tenía +pañuelo azul claro por la cabeza y un mantón sobre los hombros, y en el +momento de ver al Delfín, se infló con él, quiero decir, que hizo ese +característico arqueo de brazos y alzamiento de hombros con que las +madrileñas del pueblo se agasajan dentro del mantón, movimiento que les +da cierta semejanza con una gallina que esponja su plumaje y se ahueca +para volver luego a su volumen natural.</p> + +<p>Juanito no pecaba de corto, y al ver a la chica y observar lo linda que +era y lo bien calzada que estaba, diéronle ganas de tomarse confianzas +con ella.</p> + +<p>—¿Vive aquí—le preguntó—el Sr. de Estupiñá?</p> + +<p>—¿D. Plácido?... en lo <i>más último de arriba</i> —contestó la joven, +dando algunos pasos hacia fuera.</p> + +<p>Y Juanito pensó: «Tú sales para que te vea el pie. Buena bota»... +Pensando esto, advirtió que la muchacha sacaba del mantón una mano con +mitón encarnado y que se la llevaba a la boca. La confianza se +desbordaba del pecho del joven Santa Cruz, y no pudo menos de decir:</p> + +<p>—¿Qué come usted, criatura?</p> + +<p>—¿No lo ve usted? —replicó mostrándoselo—Un huevo.</p> + +<p>—¡Un huevo crudo! Con mucho donaire, la muchacha se llevó a la boca por +segunda vez el huevo roto y se atizó otro sorbo.</p> + +<p>—No sé cómo puede usted comer esas babas crudas—dijo Santa Cruz, no +hallando mejor modo de trabar conversación.</p> + +<p>—Mejor que guisadas. ¿Quiere usted?—replicó ella ofreciendo al Delfín +lo que en el cascarón quedaba.</p> + +<p>Por entre los dedos de la chica se escurrían aquellas babas gelatinosas +y transparentes. Tuvo tentaciones Juanito de aceptar la oferta; pero no; +le repugnaban los huevos crudos.</p> + +<p>—No, gracias. Ella entonces se lo acabó de sorber, y arrojó el +cascarón, que fue a estrellarse contra la pared del tramo inferior. +Estaba limpiándose los dedos con el pañuelo, y Juanito discurriendo por +dónde pegaría la hebra, cuando sonó abajo una voz terrible que dijo: +<i>¡Fortunaaá!</i> Entonces la chica se inclinó en el pasamanos y soltó un +<i>yia voy</i> con chillido tan penetrante que Juanito creyó se le desgarraba +el tímpano. El <i>yia</i> principalmente sonó como la vibración agudísima de +una hoja de acero al deslizarse sobre otra. Y al soltar aquel sonido, +digno canto de tal ave, la moza se arrojó con tanta presteza por las +escaleras abajo, que parecía rodar por ellas. Juanito la vio +desaparecer, oía el ruido de su ropa azotando los peldaños de piedra y +creyó que se mataba. Todo quedó al fin en silencio, y de nuevo emprendió +el joven su ascensión penosa. En la escalera no volvió a encontrar a +nadie, ni una mosca siquiera, ni oyó más ruido que el de sus propios +pasos.</p> + +<p>Cuando Estupiñá le vio entrar sintió tanta alegría, que a punto estuvo +de ponerse bueno instantáneamente por la sola virtud del contento. No +estaba el hablador en la cama sino en un sillón, porque el lecho le +hastiaba, y la mitad inferior de su cuerpo no se veía porque estaba +liado como las momias, y envuelto en mantas y trapos diferentes. Cubría +su cabeza, orejas inclusive, el gorro negro de punto que usaba dentro de +la iglesia. Más que los dolores reumáticos molestaba al enfermo el no +tener con quién hablar, pues la mujer que le servía, una tal doña +Brígida, patrona o ama de llaves, era muy displicente y de pocas +palabras. No poseía Estupiñá ningún libro, pues no necesitaba de ellos +para instruirse. Su biblioteca era la sociedad y sus textos las palabras +calentitas de los vivos. Su ciencia era su fe religiosa, y ni para rezar +necesitaba breviarios ni florilogios, pues todas las oraciones las +sabía de memoria. Lo impreso era para él música, garabatos que no sirven +de nada. Uno de los hombres que menos admiraba Plácido era Guttenberg. +Pero el aburrimiento de su enfermedad le hizo desear la compañía de +alguno de estos habladores mudos que llamamos libros. Busca por aquí, +busca por allá, y no se encontraba cosa impresa. Por fin, en polvoriento +arcón halló doña Brígida un mamotreto perteneciente a un exclaustrado +que moró en la misma casa allá por el año 40. Abriolo Estupiñá con +respeto, ¿y qué era? El tomo undécimo del <i>Boletín Eclesiástico de la +Diócesis de Lugo</i>. Apechugó, pues, con aquello, pues no había otra cosa. +Y se lo atizó todo, de cabo a rabo, sin omitir letra, articulando +correctamente las sílabas en voz baja a estilo de rezo. Ningún tropiezo +le detenía en su lectura, pues cuando le salía al encuentro un latín +largo y oscuro, le metía el diente sin vacilar. Las pastorales, +sinodales, bulas y demás entretenidas cosas que el libro traía, fueron +el único remedio de su soledad triste, y lo mejor del caso es que llegó +a tomar el gusto a manjar tan desabrido, y algunos párrafos se los +echaba al coleto dos veces, masticando las palabras con una sonrisa, que +a cualquier observador mal enterado le habría hecho creer que el tomazo +era de Paul de Kock.</p> + +<p>«Es cosa muy buena» dijo Estupiñá, guardando el libro al ver que Juanito +se reía.</p> + +<p>Y estaba tan agradecido a la visita del Delfín, que no hacía más que +mirarle recreándose en su guapeza, en su juventud y elegancia. Si +hubiera sido veinte veces hijo suyo, no le habría contemplado con más +amor. Dábale palmadas en la rodilla, y le interrogaba prolijamente por +todos los de la familia, desde Barbarita, que era el número uno, hasta +el gato. El Delfín, después de satisfacer la curiosidad de su amigo, +hízole a su vez preguntas acerca de la vecindad de aquella casa en que +estaba. «Buena gente—respondió Estupiñá—; sólo hay unos inquilinos que +alborotan algo por las noches. La finca pertenece al Sr. de Moreno Isla, +y puede que se la administre yo desde el año que viene. Él lo desea; ya +me habló de ello tu mamá, y he respondido que estoy a sus órdenes... +Buena finca; con un cimiento de pedernal que es una gloria... escalera +de piedra, ya habrás visto; sólo que es un poquito larga. Cuando +vuelvas, si quieres acortar treinta escalones, entras por el <i>Ramo de +azucenas</i>, la zapatería que está en la Plaza. Tú conoces a Dámaso +Trujillo. Y si no le conoces, con decir: «voy a ver a Plácido» te dejará +pasar.</p> + +<p>Estupiñá siguió aún más de una semana sin salir de casa, y el Delfín iba +todos los días a verle ¡todos los días!, con lo que estaba mi hombre +más contento que unas Pascuas, pero en vez de entrar por la zapatería, +Juanito, a quien sin duda no cansaba la escalera, entraba siempre por el +establecimiento de huevos de la Cava.</p> + + + +<hr /> +<h2><a name="iva" id="iva"></a>-IV-</h2> + +<h2>Perdición y salvamento del Delfín</h2> + +<h2>-<span class="smcap">i</span>-</h2> + + +<p>Pasados algunos días, cuando ya Estupiñá andaba por ahí restablecido +aunque algo cojo, Barbarita empezó a notar en su hijo inclinaciones +nuevas y algunas mañas que le desagradaron. Observó que el Delfín, cuya +edad se aproximaba a los veinticinco años, tenía horas de infantil +alegría y días de tristeza y recogimiento sombríos. Y no pararon aquí +las novedades. La perspicacia de la madre creyó descubrir un notable +cambio en las costumbres y en las compañías del joven fuera de casa, y +lo descubrió con datos observados en ciertas inflexiones muy +particulares de su voz y lenguaje. Daba a la <i>elle</i> el tono arrastrado +que la gente baja da a la <i>y</i> consonante; y se le habían pegado modismos +pintorescos y expresiones groseras que a la mamá no le hacían maldita +gracia. Habría dado cualquier cosa por poder seguirle de noche y ver con +qué casta de gente se juntaba. Que esta no era fina, a la legua se +conocía.</p> + +<p>Y lo que Barbarita no dudaba en calificar de encanallamiento, empezó a +manifestarse en el vestido. El Delfín se encajó una capa de esclavina +corta con mucho ribete, mucha trencilla y pasamanería. Poníase por las +noches el sombrerito pavero, que, a la verdad, le caía muy bien, y se +peinaba con los mechones ahuecados sobre las sienes. Un día se presentó +en la casa un sastre con facha de sacristán, que era de los que hacen +ropa ajustada para toreros, chulos y matachines; pero doña Bárbara no le +dejó sacar la cinta de medir, y poco faltó para que el pobre hombre +fuera rodando por las escaleras. «¿Es posible—dijo a su niño, sin +disimular la ira—, que se te antoje también ponerte esos pantalones +ajustados con los cuales las piernas de los hombres parecen zancas de +cigüeña?». Y una vez roto el fuego, rompió la señora en acusaciones +contra su hijo por aquellas maneras nuevas de hablar y de vestir. Él se +reía, buscando medios de eludir la cuestión; pero la inflexible mamá le +cortaba la retirada con preguntas contundentes. ¿A dónde iba por las +noches? ¿Quiénes eran sus amigos? Respondía él que los de siempre, lo +cual no era verdad, pues salvo Villalonga, que salía con él muy puesto +también de capita corta y pavero, los antiguos condiscípulos no +aportaban ya por la casa. Y Barbarita citaba a Zalamero, a Pez, al chico +de Tellería. ¿Cómo no hacer comparaciones? Zalamero, a los veintisiete +años, era ya diputado y subsecretario de Gobernación, y se decía que +Rivero quería dar a Joaquinito Pez un Gobierno de provincia. Gustavito +hacía cada artículo de crítica y cada estudio sobre los Orígenes de tal +o cual cosa, que era una bendición, y en tanto él y Villalonga ¿en qué +pasaban el tiempo?, ¿en qué?, en adquirir hábitos ordinarios y en +tratarse con zánganos de coleta. A mayor abundamiento, en aquella época +del 70 se le desarrolló de tal modo al Delfín la afición a los toros, +que no perdía corrida, ni dejaba de ir al apartado ningún día y a veces +se plantaba en la dehesa. Doña Bárbara vivía en la mayor intranquilidad, +y cuando alguien le contaba que había visto a su ídolo en compañía de un +individuo del arte del cuerno, se subía a la parra y... «Mira, Juan, +creo que tú y yo vamos a perder las amistades. Como me traigas a casa a +uno de esos tagarotes de calzón ajustado, chaqueta corta y botita de +caña clara, te pego, sí, hago lo que no he hecho nunca, cojo una escoba +y ambos salís de aquí pitando»... Estos furores solían concluir con +risas, besos, promesas de enmienda y reconciliaciones cariñosas, porque +Juanito se pintaba solo para desenojar a su mamá.</p> + +<p>Como supiera un día la dama que su hijo frecuentaba los barrios de +Puerta Cerrada, calle de Cuchilleros y Cava de San Miguel, encargó a +Estupiñá que vigilase, y este lo hizo con muy buena voluntad llevándole +cuentos, dichos en voz baja y melodramática: «Anoche cenó en la +pastelería del sobrino de Botín, en la calle de Cuchilleros... ¿sabe la +señora? También estaba el Sr. de Villalonga y otro que no conozco, un +tipo así... ¿cómo diré?, de estos de sombrero redondo y capa con +esclavina ribeteada. Lo mismo puede pasar por un <i>randa</i> que por un +señorito disfrazado».</p> + +<p>—¿Mujeres...?—preguntó con ansiedad Barbarita.</p> + +<p>—Dos, señora, dos—dijo Plácido corroborando con igual número de dedos +muy estirados lo que la voz denunciaba—. No les pude ver las estampas. +Eran de estas de mantón pardo, delantal azul, buena bota y pañuelo a la +cabeza... en fin, un par de reses muy bravas.</p> + +<p>A la semana siguiente, otra delación:</p> + +<p>«Señora, señora...».</p> + +<p>—¿Qué? —Ayer y anteayer entró el niño en una tienda de la Concepción +Jerónima, donde venden filigranas y corales de los que usan las amas de +cría...</p> + +<p>—¿Y qué? —Que pasa allí largas horas de la tarde y de la noche. Lo sé +por Pepe Vallejo, el de la cordelería de enfrente, a quien he encargado +que esté con mucho ojo.</p> + +<p>—¿Tienda de filigranas y de corales?</p> + +<p>—Sí, señora; una de estas platerías de puntapié, que todo lo que tienen +no vale seis duros.</p> + +<p>No la conozco; se ha puesto hace poco; pero yo me enteraré. Aspecto de +pobreza. Se entra por una puerta vidriera que también es entrada del +portal, y en el vidrio han puesto un letrero que dice: <i>Especialidad en +regalos para amas</i>... Antes estaba allí un relojero llamado Bravo, que +murió de miserere.</p> + +<p>De pronto los cuentos de Estupiñá cesaron. A Barbarita todo se le volvía +preguntar y más preguntar, y el dichoso hablador no sabía nada. Y +cuidado que tenía mérito la discreción de aquel hombre, porque era el +mayor de los sacrificios; para él equivalía a cortarse la lengua el +tener que decir: «no sé nada, absolutamente nada». A veces parecía que +sus insignificantes e inseguras revelaciones querían ocultar la verdad +antes que esclarecerla. «Pues nada, señora; he visto a Juanito en un +simón, solo, por la Puerta del Sol... digo... por la Plaza del Ángel... +Iba con Villalonga... se reían mucho los dos... de algo que les hacía +gracia...». Y todas las denuncias eran como estas, bobadas, +subterfugios, evasivas... Una de dos: o Estupiñá no sabía nada, o si +sabía no quería decirlo por no disgustar a la señora.</p> + +<p>Diez meses pasaron de esta manera, Barbarita interrogando a Estupiñá, y +este no queriendo o no teniendo qué responder, hasta que allá por Mayo +del 70, Juanito empezó a abandonar aquellos mismos hábitos groseros que +tanto disgustaban a su madre. Esta, que lo observaba atentísimamente, +notó los síntomas del lento y feliz cambio en multitud de accidentes de +la vida del joven. Cuánto se regocijaba la señora con esto, no hay para +qué decirlo. Y aunque todo ello era inexplicable llegó un momento en que +Barbarita dejó de ser curiosa, y no le importaba nada ignorar los +desvaríos de su hijo con tal que se reformase. Lentamente, pues, +recobraba el Delfín su personalidad normal. Después de una noche que +entró tarde y muy sofocado, y tuvo cefalalgia y vómitos, la mudanza +pareció más acentuada. La mamá entreveía en aquella ignorada página de +la existencia de su heredero, amores un tanto libertinos, orgías de mal +gusto, bromas y riñas quizás; pero todo lo perdonaba, todo, todito, con +tal que aquel trastorno pasase, como pasan las indispensables crisis de +las edades. «Es un sarampión de que no se libra ningún muchacho de estos +tiempos—decía—. Ya sale el mío de él, y Dios quiera que salga en bien.</p> + +<p>Notó también que el Delfín se preocupaba mucho de ciertos recados o +esquelitas que a la casa traían para él, mostrándose más bien temeroso +de recibirlos que deseoso de ellos. A menudo daba a los criados orden de +que le negaran y de que no se admitiera carta ni recado. Estaba algo +inquieto, y su mamá se dijo gozosa: «Persecución tenemos; pero él parece +querer cortar toda clase de comunicaciones. Esto va bien». Hablando de +esto con su marido, D. Baldomero, en quien lo progresista no quitaba lo +autoritario (emblema de los tiempos), propuso un plan defensivo que +mereció la aprobación de ella. «Mira, hija, lo mejor es que yo hable hoy +mismo con el Gobernador, que es amigo nuestro. Nos mandará acá una +pareja de orden público, y en cuanto llegue hombre o mujer de malas +trazas con papel o recadito, me lo trincan, y al Saladero de cabeza».</p> + +<p>Mejor que este plan era el que se le había ocurrido a la señora. Tenían +tomada casa en Plencia para pasar la temporada de verano, fijando la +fecha de la marcha para el 8 o el 10 de Julio. Pero Barbarita, con +aquella seguridad del talento superior que en un punto inicia y ejecuta +las resoluciones salvadoras, se encaró con Juanito, y de buenas a +primeras le dijo: «Mañana mismo nos vamos a Plencia».</p> + +<p>Y al decirlo se fijó en la cara que puso. Lo primero que expresó el +Delfín fue alegría. Después se quedó pensativo. «Pero deme usted dos o +tres días. Tengo que arreglar varios asuntos...».</p> + +<p>—¿Qué asuntos tienes tú, hijo? Música, música. Y en caso de que tengas +alguno, créeme, vale más que lo dejes como está.</p> + +<p>Dicho y hecho. Padres e hijo salieron para el Norte el día de San Pedro. +Barbarita iba muy contenta, juzgándose ya vencedora, y se decía por el +camino: «Ahora le voy a poner a mi pollo una calza para que no se me +escape más». Instaláronse en su residencia de verano, que era como un +palacio, y no hay palabras con qué ponderar lo contentos y saludables +que todos estaban. El Delfín, que fue desmejoradillo, no tardó en +reponerse, recobrando su buen color, su palabra jovial y la plenitud de +sus carnes. La mamá se la tenía guardada. Esperaba ocasión propicia, y +en cuanto esta llegó supo acometer la empresa aquella de la calza, como +persona lista y conocedora de las mañas del ave que era preciso +aprisionar. Dios la ayudaba sin duda, porque el pollo no parecía muy +dispuesto a la resistencia.</p> + +<p>«Pues sí—dijo ella, después de una conversación preparada con gracia—. +Es preciso que te cases. Ya te tengo la mujer buscada. Eres un +chiquillo, y a ti hay que dártelo todo hecho. ¡Qué será de ti el día en +que yo te falte! Por eso quiero dejarte en buenas manos... No te rías, +no; es la verdad, yo tengo que cuidar de todo, lo mismo de pegarte el +botón que se te ha caído, que de elegirte la que ha de ser compañera de +toda tu vida, la que te ha de mimar cuando yo me muera. ¿A ti te cabe en +la cabeza que pueda yo proponerte nada que no te convenga?... No. Pues a +callar, y pon tu porvenir en mis manos. No sé qué instinto tenemos las +madres, algunas quiero decir. En ciertos casos no nos equivocamos; somos +infalibles como el Papa».</p> + +<p>La esposa que Barbarita proponía a su hijo era Jacinta, su prima, la +tercera de las hijas de Gumersindo Arnaiz. ¡Y qué casualidad! Al día +siguiente de la conferencia citada, llegaban a Plencia y se instalaban +en una casita modesta, Gumersindo e Isabel Cordero con toda su caterva +menuda. Candelaria no salía de Madrid, y Benigna había ido a Laredo.</p> + +<p>Juan no dijo que sí ni que no. Limitose a responder por fórmula que lo +pensaría; pero una voz de su alma le declaraba que aquella gran mujer y +madre tenía tratos con el Espíritu Santo, y que su proyecto era un +verdadero caso de infalibilidad.</p> + + + +<hr /> +<h2>-<span class="smcap">ii</span>-</h2> + + +<p>Porque Jacinta era una chica de prendas excelentes, modestita, delicada, +cariñosa y además muy bonita. Sus lindos ojos estaban ya declarando la +sazón de su alma o el punto en que tocan a enamorarse y enamorar. +Barbarita quería mucho a todas sus sobrinas; pero a Jacinta la adoraba; +teníala casi siempre consigo y derramaba sobre ella mil atenciones y +miramientos, sin que nadie, ni aun la propia madre de Jacinta, pudiera +sospechar que la criaba para nuera. Toda la parentela suponía que los +señores de Santa Cruz tenían puestas sus miras en alguna de las chicas +de Casa-Muñoz, de Casa-Trujillo o de otra familia rica y titulada. +Pero Barbarita no pensaba en tal cosa. Cuando reveló sus planes a D. +Baldomero, este sintió regocijo, pues también a él se le había ocurrido +lo mismo.</p> + +<p>Ya dije que el Delfín prometió pensarlo; mas esto significaba sin duda +la necesidad que todos sentimos de no aparecer sin voluntad propia en +los casos graves; en otros términos, su amor propio, que le gobernaba +más que la conciencia, le exigía, ya que no una elección libre, el +simulacro de ella. Por eso Juanito no sólo lo decía, sino que parecía +como que pensaba, yéndose a pasear solo por aquellos peñascales, y se +engañaba a sí mismo diciéndose: «¡qué pensativo estoy!». Porque estas +cosas son muy serias, ¡vaya!, y hay que revolverlas mucho en el magín. +Lo que hacía el muy farsante era saborear de antemano lo que se le +aproximaba y ver de qué manera decía a su madre con el aire más grave y +filosófico del mundo: «Mamá, he meditado profundísimamente sobre este +problema, pesando con escrúpulo las ventajas y los inconvenientes, y la +verdad, aunque el caso tiene sus más y sus menos, aquí me tiene usted +dispuesto a complacerla».</p> + +<p>Todo esto era comedia, y querer echárselas de hombre reflexivo. Su madre +había recobrado sobre él aquel ascendiente omnímodo que tuvo antes de +las trapisondas que apuntadas quedan, y como el hijo pródigo a quien los +reveses hacen ver cuánto le daña el obrar y pensar por cuenta propia, +descansaba de sus funestas aventuras pensando y obrando con la cabeza y +la voluntad de su madre.</p> + +<p>Lo peor del caso era que nunca le había pasado por las mientes casarse +con Jacinta, a quien siempre miró más como hermana que como prima. +Siendo ambos de muy corta edad (ella tenía un año y meses menos que él) +habían dormido juntos, y habían derramado lágrimas y acusádose +mutuamente por haber secuestrado él las muñecas de ella, y haber ella +arrojado a la lumbre, para que se derritieran, los soldaditos de él. +Juan la hacía rabiar, descomponiéndole la casa de muñecas, ¡anda!, y +Jacinta se vengaba arrojando en su barreño de agua los caballos de Juan +para que se ahogaran... ¡anda! Por un rey mago, negro por más señas, +hubo unos dramas que acabaron en leña por partida doble, es decir, que +Barbarita azotaba alternadamente uno y otro par de nalgas como el que +toca los timbales; y todo porque Jacinta le había cortado la cola al +camello del rey negro; cola de cerda, no vayan a creer... «Envidiosa». +«Acusón»... Ya tenían ambos la edad en que un misterioso respeto les +prohibía darse besos, y se trataban con vivo cariño fraternal. Jacinta +iba todos los martes y viernes a pasar el día entero en casa de +Barbarita, y esta no tenía inconveniente en dejar solos largos ratos a +su hijo y a su sobrina; porque si cada cual en sí tenía el desarrollo +moral que era propio de sus veinte años, uno frente a otro continuaban +en la <i>edad del pavo</i>, muy lejos de sospechar que su destino les +aproximaría cuando menos lo pensasen.</p> + +<p>El paso de esta situación fraternal a la de amantes no le parecía al +joven Santa Cruz cosa fácil. Él, que tan atrevido era lejos del hogar +paterno, sentíase acobardado delante de aquella flor criada en su +propia casa, y tenía por imposible que las cunitas de ambos, reunidas, +se convirtieran en tálamo. Mas para todo hay remedio menos para la +muerte, y Juanito vio con asombro, a poco de intentar la metamorfosis, +que las dificultades se desleían como la sal en el agua; que lo que a él +le parecía montaña era como la palma de la mano, y que el tránsito de la +fraternidad al enamoramiento se hacía <i>como una seda</i>. La primita, +haciéndose también la sorprendida en los primeros momentos y aun la +vergonzosa, dijo también que aquello debía pensarse. Hay motivos para +creer que Barbarita se lo había hecho pensar ya. Sea lo que quiera, ello +es que a los cuatro días de romperse el hielo ya no había que enseñarles +nada de noviazgo. Creeríase que no habían hecho en su vida otra cosa más +que estar picoteando todo el santo día. El país y el ambiente eran +propicios a esta vida nueva. Rocas formidables, olas, playa con +caracolitos, praderas verdes, setos, callejas llenas de arbustos, +helechos y líquenes, veredas cuyo término no se sabía, caseríos rústicos +que al caer de la tarde despedían de sus abollados techos humaredas +azules, celajes grises, rayos de sol dorando la arena, velas de +pescadores cruzando la inmensidad del mar, ya azul, ya verdoso, terso un +día, otro aborregado, un vapor en el horizonte tiznando el cielo con su +humo, un aguacero en la montaña y otros accidentes de aquel admirable +fondo poético, favorecían a los amantes, dándoles a cada momento un +ejemplo nuevo para aquella gran ley de la Naturaleza que estaban +cumpliendo.</p> + +<p>Jacinta era de estatura mediana, con más gracia que belleza, lo que se +llama en lenguaje corriente una mujer <i>mona</i>. Su tez finísima y sus ojos +que despedían alegría y sentimiento componían un rostro sumamente +agradable. Y hablando, sus atractivos eran mayores que cuando estaba +callada, a causa de la movilidad de su rostro y de la expresión +variadísima que sabía poner en él. La estrechez relativa en que vivía la +numerosa familia de Arnaiz, no le permitía variar sus galas; pero sabía +triunfar del amaneramiento con el arte, y cualquier perifollo anunciaba +en ella una mujer que, si lo quería, estaba llamada a ser elegantísima. +Luego veremos. Por su talle delicado y su figura y cara porcelanescas, +revelaba ser una de esas hermosuras a quienes la Naturaleza concede poco +tiempo de esplendor, y que se ajan pronto, en cuanto les toca la primera +pena de la vida o la maternidad.</p> + +<p>Barbarita, que la había criado, conocía bien sus notables prendas +morales, los tesoros de su corazón amante, que pagaba siempre con creces +el cariño que se le tenía, y por todo esto se enorgullecía de su +elección. Hasta que ciertas tenacidades de carácter que en la niñez eran +un defecto, agradábanle cuando Jacinta fue mujer porque no es bueno que +las hembras sean todas miel, y conviene que guarden una reserva de +energía para ciertas ocasiones difíciles.</p> + +<p>La noticia del matrimonio de Juanito cayó en la familia Arnaiz como una +bomba que revienta y esparce, no desastres y muertes, sino esperanza y +dichas. Porque hay que tener en cuenta que el Delfín, por su fortuna, +por sus prendas, por su talento, era considerado como un ser bajado del +cielo. Gumersindo Arnaiz no sabía lo que le pasaba; lo estaba viendo y +aún le parecía mentira; y siendo el amartelamiento de los novios +bastante empalagoso, a él le parecía que todavía se quedaban cortos y +que debían entortolarse mucho más. Isabel era tan feliz que, de vuelta +ya en Madrid, decía que le iba a dar algo, y que seguramente su +empobrecida naturaleza no podría soportar tanta felicidad. Aquel +matrimonio había sido la ilusión de su vida durante los últimos años, +ilusión que por lo muy hermosa no encajaba en la realidad. No se había +atrevido nunca a hablar de esto a su cuñada, por temor de parecer +excesivamente ambiciosa y atrevida.</p> + +<p>Faltábale tiempo a la buena señora para dar parte a sus amigas del feliz +suceso; no sabía hablar de otra cosa, y aunque desmadejada ya y sin +fuerzas a causa del trabajo y de los alumbramientos, cobraba nuevos +bríos para entregarse con delirante actividad a los preparativos de +boda, al equipo y demás cosas. ¡Qué proyectos hacía, qué cosas +inventaba, qué previsión la suya! Pero en medio de su inmensa tarea, no +cesaba de tener corazonadas pesimistas, y exclamaba con tristeza: «¡Si +me parece mentira!... ¡Si yo no he de verlo!...». Y este presentimiento, +por ser de cosa mala, vino a cumplirse al cabo, porque la alegría +inquieta fue como una combustión oculta que devoró la poca vida que allí +quedaba. Una mañana de los últimos días de Diciembre, Isabel Cordero, +hallándose en el comedor de su casa, cayó redonda al suelo como herida +de un rayo. Acometida de violentísimo ataque cerebral, falleció aquella +misma noche, rodeada de su marido y de sus consternados y amantes hijos. +No recobró el conocimiento después del ataque, no dijo esta boca es mía, +ni se quejó. Su muerte fue de esas que vulgarmente se comparan a la de +<i>un pajarito</i>. Decían los vecinos y amigos que había <i>reventado de +gusto</i>. Aquella gran mujer, heroína y mártir del deber, autora de diez y +siete españoles, se embriagó de felicidad sólo con el olor de ella, y +sucumbió a su primera embriaguez. En su muerte la perseguían las fechas +célebres, como la habían perseguido en sus partos, cual si la historia +la rondara deseando tener algo que ver con ella. Isabel Cordero y D. +Juan Prim expiraron con pocas horas de diferencia.</p> + + + +<hr /> +<h2><a name="va" id="va"></a>-V-</h2> + +<h2>Viaje de novios</h2> + +<h2>-<span class="smcap">i</span>-</h2> + + +<p>La boda se verificó en Mayo del 71. Dijo D. Baldomero con muy buen +juicio que pues era costumbre que se largaran los novios, acabadita de +recibir la bendición, a correrla por esos mundos, no comprendía fuese de +rigor el paseo por Francia o por Italia, habiendo en España tantos +lugares dignos de ser vistos. Él y Barbarita no habían ido ni siquiera a +Chamberí, porque en su tiempo los novios se quedaban donde estaban, y el +único español que se permitía viajar era el duque de Osuna, D. Pedro. +¡Qué diferencia de tiempos!... Y ahora, hasta Periquillo Redondo, el que +tiene el bazar de corbatas al aire libre en la esquina de la casa de +Correos había hecho su viajecito a París... Juanito se manifestó +enteramente conforme con su papá, y recibida la bendición nupcial, +verificado el almuerzo en familia sin aparato alguno a causa del luto, +sin ninguna cosa notable como no fuera un conato de brindis de Estupiñá, +cuya boca tapó Barbarita a la primera palabra; dadas las despedidas, con +sus lágrimas y besuqueos correspondientes, marido y mujer se fueron a la +estación. La primera etapa de su viaje fue Burgos, a donde llegaron a +las tres de la mañana, felices y locuaces, riéndose de todo, del frío y +de la oscuridad. En el alma de Jacinta, no obstante, las alegrías no +excluían un cierto miedo, que a veces era terror. El ruido del ómnibus +sobre el desigual piso de las calles, la subida a la fonda por angosta +escalera, el aposento y sus muebles de mal gusto, mezcla de desechos de +ciudad y de lujos de aldea, aumentaron aquel frío invencible y aquella +pavorosa expectación que la hacían estremecer. ¡Y tantísimo como quería +a su marido!... ¿Cómo compaginar dos deseos tan diferentes; que su +marido se apartase de ella y que estuviese cerca? Porque la idea de que +se pudiera ir, dejándola sola, era como la muerte, y la de que se +acercaba y la cogía en brazos con apasionado atrevimiento, también la +ponía temblorosa y asustada. Habría deseado que no se apartara de ella, +pero que se estuviera quietecito.</p> + +<p>Al día siguiente, cuando fueron a la catedral, ya bastante tarde, sabía +Jacinta una porción de expresiones cariñosas y de íntima confianza de +amor que hasta entonces no había pronunciado nunca, como no fuera en la +vaguedad discreta del pensamiento que recela descubrirse a sí mismo. No +le causaba vergüenza el decirle al otro que le idolatraba, así, así, +clarito... al pan pan y al vino vino... ni preguntarle a cada momento si +era verdad que él también estaba hecho un idólatra y que lo estaría +hasta el día del Juicio final. Y a la tal preguntita, que había venido a +ser tan frecuente como el pestañear, el que estaba de turno contestaba +<i>Chí</i>, dando a esta sílaba un tonillo de pronunciación infantil. El +<i>Chí</i> se lo había enseñado Juanito aquella noche, lo mismo que el decir, +también en estilo mimoso, <i>¿me quieles?</i>, y otras tonterías y +chiquilladas empalagosas, dichas de la manera más grave del mundo. En la +misma catedral, cuando les quitaba la vista de encima el sacristán que +les enseñaba alguna capilla o preciosidad reservada, los esposos +aprovechaban aquel momento para darse besos a escape y a hurtadillas, +frente a la santidad de los altares consagrados o detrás de la estatua +yacente de un sepulcro. Es que Juanito era un pillín, y un goloso y un +atrevido. A Jacinta le causaban miedo aquellas profanaciones; pero las +consentía y toleraba, poniendo su pensamiento en Dios y confiando en que +Este, al verlas, volvería la cabeza con aquella indulgencia propia del +que es fuente de todo amor.</p> + +<p>Todo era para ellos motivo de felicidad. Contemplar una maravilla del +arte les entusiasmaba y de puro entusiasmo se reían, lo mismo que de +cualquier contrariedad. Si la comida era mala, risas; si el coche que +les llevaba a la Cartuja iba danzando en los baches del camino, risas; +si el sacristán de las Huelgas les contaba mil papas, diciendo que la +señora abadesa se ponía mitra y gobernaba a los curas, risas. Y a más de +esto, todo cuanto Jacinta decía, aunque fuera la cosa más seria del +mundo, le hacía a Juanito una gracia extraordinaria. Por cualquier +tontería que este dijese, su mujer soltaba la carcajada. Las crudezas de +estilo popular y aflamencado que Santa Cruz decía alguna vez, +divertíanla más que nada y las repetía tratando de fijarlas en su +memoria. Cuando no son muy groseras, estas fórmulas de hablar hacen +gracia, como caricaturas que son del lenguaje.</p> + +<p>El tiempo se pasa sin sentir para los que están en éxtasis y para los +enamorados. Ni Jacinta ni su esposo apreciaban bien el curso de las +fugaces horas. Ella, principalmente, tenía que pensar un poco para +averiguar si tal día era el tercero o el cuarto de tan feliz existencia. +Pero aunque no sepa apreciar bien la sucesión de los días, el amor +aspira a dominar en el tiempo como en todo, y cuando se siente +victorioso en lo presente, anhela hacerse dueño de lo pasado, indagando +los sucesos para ver si le son favorables, ya que no puede destruirlos y +hacerlos mentira. Fuerte en la conciencia de su triunfo presente, +Jacinta empezó a sentir el desconsuelo de no someter también el pasado +de su marido, haciéndose dueña de cuanto este había sentido y pensado +antes de casarse. Como de aquella acción pretérita sólo tenía leves +indicios, despertáronse en ella curiosidades que la inquietaban. Con los +mutuos cariños crecía la confianza, que empieza por ser inocente y va +adquiriendo poco a poco la libertad de indagar y el valor de las +revelaciones. Santa Cruz no estaba en el caso de que le mortificara la +curiosidad, porque Jacinta era la pureza misma. Ni siquiera había tenido +un novio de estos que no hacen más que mirar y poner la cara afligida. +Ella sí que tenía campo vastísimo en que ejercer su espíritu crítico. +Manos a la obra. No debe haber secretos entre los esposos. Esta es la +primera ley que promulga la curiosidad antes de ponerse a oficiar de +inquisidora.</p> + +<p>Porque Jacinta hiciese la primera pregunta llamando a su marido <i>Nene</i> +(como él le había enseñado), no dejó este de sentirse un tanto molesto. +Iban por las alamedas de chopos que hay en Burgos, rectas e inacabables, +como senderos de pesadilla. La respuesta fue cariñosa, pero evasiva. ¡Si +lo que la <i>nena</i> anhelaba saber era un devaneo, una tontería...!, cosas +de muchachos. La educación del hombre de nuestros días no puede ser +completa si este no trata con toda clase de gente, si no echa un vistazo +a todas las situaciones posibles de la vida, si no toma el tiento a las +pasiones todas. Puro estudio y educación pura... No se trataba de amor, +porque lo que es amor, bien podía decirlo, él no lo había sentido nunca +hasta que le hizo tilín la que ya era su mujer.</p> + +<p>Jacinta creía esto; pero la fe es una cosa y la curiosidad otra. No +dudaba ni tanto así del amor de su marido; pero quería saber, sí señor, +quería enterarse de ciertas aventurillas. Entre esposos debe haber +siempre la mayor confianza, ¿no es eso? En cuanto hay secretos, adiós +paz del matrimonio. Pues bueno; ella quería leer de cabo a rabo ciertas +paginitas de la vida de su esposo antes de casarse. ¡Como que estas +historias ayudan bastante a la educación matrimonial! Sabiéndolas de +memoria, las mujeres viven más avisadas, y a poquito que los maridos se +deslicen... ¡tras!, ya están cogidos.</p> + +<p>«Que me lo tienes que contar todito... Si no, no te dejo vivir».</p> + +<p>Esto fue dicho en el tren, que corría y silbaba por las angosturas de +Pancorvo. En el paisaje veía Juanito una imagen de su conciencia. La vía +que lo traspasaba, descubriendo las sombrías revueltas, era la +indagación inteligente de Jacinta. El muy tuno se reía, prometiendo, eso +sí, contar luego; pero la verdad era que no contaba nada de sustancia.</p> + +<p>«¡Sí, porque me engañas tú a mí!... A buena parte vienes... Sé más de lo +que te crees. Yo me acuerdo bien de algunas cosas que vi y oí. Tu mamá +estaba muy disgustada, porque te nos habías hecho muy chu... la... pito; +eso es».</p> + +<p>El marido continuaba encerrado en su prudencia; mas no por eso se +enfadaba Jacinta. Bien le decía su sagacidad femenil que la obstinación +impertinente produce efectos contrarios a los que pretende. Otra habría +puesto en aquel caso unos morritos muy serios; ella no, porque fundaba +su éxito en la perseverancia combinada con el cariño capcioso y +diplomático. Entrando en un túnel de la Rioja, dijo así:</p> + +<p>«¿Apostamos a que sin decirme tú una palabra, lo averiguo todo?».</p> + +<p>Y a la salida del túnel, el enamorado esposo, después de estrujarla con +un abrazo algo teatral y de haber mezclado el restallido de sus besos al +mugir de la máquina humeante, gritaba:</p> + +<p>«¿Qué puedo yo ocultar a esta mona golosa?... Te como; mira que te como. +¡Curiosona, fisgona, feúcha! ¿Tú quieres saber? Pues te lo voy a contar, +para que me quieras más».</p> + +<p>—¿Más? ¡Qué gracia! Eso sí que es difícil.</p> + +<p>—Espérate a que lleguemos a Zaragoza.</p> + +<p>—No, ahora. —¿Ahora mismo?</p> + +<p>—<i>Chí</i>.</p> + +<p>—No... en Zaragoza. Mira que es historia larga y fastidiosa.</p> + +<p>—Mejor... Cuéntala y luego veremos.</p> + +<p>—Te vas a reír de mí. Pues señor... allá por Diciembre del año +pasado... no, del otro... ¿Ves?, ya te estás riendo.</p> + +<p>—Que no me río, que estoy más seria que el Papamoscas.</p> + +<p>—Pues bueno, allá voy... Como te iba diciendo, conocí a una mujer... +Cosas de muchachos. Pero déjame que empiece por el principio. Érase una +vez... un caballero anciano muy parecido a una cotorra y llamado +Estupiñá, el cual cayó enfermo y... cosa natural, sus amigos fueron a +verle... y uno de estos amigos, al subir la escalera de piedra, encontró +una muchacha que se estaba comiendo un huevo crudo... ¿Qué tal?...</p> + + + +<hr /> +<h2>-<span class="smcap">ii</span>-</h2> + + +<p>—Un huevo crudo... ¡qué asco!—exclamó Jacinta escupiendo una +salivita—. ¿Qué se puede esperar de quien se enamora de una mujer que +come huevos crudos?...</p> + +<p>—Hablando aquí con imparcialidad, te diré que era guapa. ¿Te enfadas?</p> + +<p>—¡Qué me voy a enfadar, hombre! Sigue...</p> + +<p>Se comía el huevo, y te ofrecía y tú participaste...</p> + +<p>—No, aquel día no hubo nada. Volví al siguiente y me la encontré otra +vez.</p> + +<p>—Vamos, que le caíste en gracia y te estaba esperando.</p> + +<p>No quería el Delfín ser muy explícito, y contaba a grandes rasgos, +suavizando asperezas y pasando como sobre ascuas por los pasajes de +peligro. Pero Jacinta tenía un arte instintivo para el manejo del +gancho, y sacaba siempre algo de lo que quería saber. Allí salió a +relucir parte de lo que Barbarita inútilmente intentó averiguar... +¿Quién era la del huevo?... Pues una chica huérfana que vivía con su +tía, la cual era huevera y pollera en la Cava de San Miguel. ¡Ah! +¡Segunda Izquierdo!... por otro nombre la <i>Melaera</i>, ¡qué basilisco!... +¡qué lengua!... ¡qué rapacidad!... Era viuda, y estaba liada, así se +dice, con un picador. «Pero basta de digresiones. La segunda vez que +entré en la casa, me la encontré sentada en uno de aquellos peldaños de +granito, llorando».</p> + +<p>—¿A la tía? —No, mujer, a la sobrina. La tía le acababa de echar los +tiempos, y aún se oían abajo los resoplidos de la fiera... Consolé a la +pobre chica con cuatro palabrillas y me senté a su lado en el escalón.</p> + +<p>—¡Qué poca vergüenza!</p> + +<p>—Empezamos a hablar. No subía ni bajaba nadie. La chica era +confianzuda, inocentona, de estas que dicen todo lo que sienten, así lo +bueno como lo malo. Sigamos. Pues señor... al tercer día me la encontré +en la calle. Desde lejos noté que se sonreía al verme. Hablamos cuatro +palabras nada más; y volví y me colé en la casa; y me hice amigo de la +tía y hablamos; y una tarde salió el picador de entre un montón de +banastas donde estaba durmiendo la siesta, todo lleno de plumas, y +llegándose a mí me echó la zarpa, quiero decir, que me dio la manaza y +yo se la tomé, y me convidó a unas copas, y acepté y bebimos. No +tardamos Villalonga y yo en hacernos amigos de los amigos de aquella +gente... No te rías... Te aseguro que Villalonga me arrastraba a +aquella vida, porque se encaprichó por otra chica del barrio, como yo +por la sobrina de Segunda.</p> + +<p>—¿Y cuál era más guapa?</p> + +<p>—¡La mía!—replicó prontamente el Delfín, dejando entrever la fuerza de +su amor propio—, la mía... un animalito muy mono, una salvaje que no +sabía leer ni escribir. Figúrate, ¡qué educación! ¡Pobre pueblo!, y +luego hablamos de sus pasiones brutales, cuando nosotros tenemos la +culpa... Estas cosas hay que verlas de cerca... Sí, hija mía, hay que +poner la mano sobre el corazón del pueblo, que es sano... sí, pero a +veces sus latidos no son latidos, sino patadas... ¡Aquella infeliz +chica...! Como te digo, un animal; pero buen corazón, buen corazón... +¡pobre <i>nena</i>!</p> + +<p>Al oír esta expresión de cariño, dicha por el Delfín tan +espontáneamente, Jacinta arrugó el ceño. Ella había heredado la +aplicación de la palabreja, que ya le disgustaba por ser como desecho de +una pasión anterior, un vestido o alhaja ensuciados por el uso; y +expresó su disgusto dándole al pícaro de Juanito una bofetada, que para +ser de mujer y en broma resonó bastante.</p> + +<p>«¿Ves?, ya estás enfadada. Y sin motivo. Te cuento las cosas como +pasaron... Basta ya, basta de cuentos».</p> + +<p>—No, no. No me enfado. Sigue, o te pego otra.</p> + +<p>—No me da la gana... Si lo que yo quiero es borrar un pasado que +considero infamante; si no quiero tener ni memoria de él... Es un +episodio que tiene sus lados ridículos y sus lados vergonzosos. Los +pocos años disculpan ciertas demencias, cuando de ellas se saca el honor +puro y el corazón sano. ¿Para qué me obligas a repetir lo que quiero +olvidar, si sólo con recordarlo paréceme que no merezco este bien que +hoy poseo, tú, niña mía?</p> + +<p>—Estás perdonado—dijo la esposa, arreglándose el cabello que Santa +Cruz le había descompuesto al acentuar de un modo material aquellas +expresiones tan sabias como apasionadas—. No soy impertinente, no exijo +imposibles. Bien conozco que los hombres la han de correr antes de +casarse. Te prevengo que seré muy celosa si me das motivo para serlo; +pero celos retrospectivos no tendré nunca.</p> + +<p>Esto sería todo lo razonable y discreto que se quiera suponer; pero la +curiosidad no disminuía, antes bien aumentaba. Revivió con fuerza en +Zaragoza, después que los esposos oyeron misa en el Pilar y visitaron la +Seo.</p> + +<p>«Si me quisieras contar algo más de aquello...» indicó Jacinta, cuando +vagaban por las solitarias y románticas calles que se extienden detrás +de la catedral.</p> + +<p>Santa Cruz puso mala cara. «¡Pero qué tontín! Si lo quiero saber para +reírme, nada más que para reírme. ¿Qué creías tú, que me iba a +enfadar?... ¡Ay, qué bobito!... No, es que me hacen gracia tus +calaveradas. Tienen un <i>chic</i>. Anoche pensé en ellas, y aun soñé un +poquitito con la del huevo crudo y la tía y el mamarracho del tío. No, +si no me enojaba; me reía, créelo, me divertía viéndote entre esa +aristocracia, hecho un caballero, una persona decente, vamos, con el +pelito sobre la oreja. Ahora te voy a anticipar la continuación de la +historia. Pues señor... le hiciste el amor por lo fino, y ella lo +admitió por lo basto. La sacaste de la casa de su tía y os fuisteis los +dos a otro nido, en la Concepción Jerónima».</p> + +<p>Juanito miró fijamente a su mujer, y después se echó a reír. Aquello no +era adivinación de Jacinta. Algo había oído sin duda, por lo menos el +nombre de la calle. Pensando que convenía seguir el tono festivo, dijo +así:</p> + +<p>«Tú sabías el nombre de la calle; no vengas echándotelas de zahorí... Es +que Estupiñá me espiaba y le llevaba cuentos a mamá».</p> + +<p>—Sigue con tu conquista. Pues señor...</p> + +<p>—Cuestión de pocos días. En el pueblo, hija mía, los procedimientos son +breves. Ya ves cómo se matan. Pues lo mismo es el amor. Un día le dije: +«Si quieres probarme que me quieres, huye de tu casa conmigo». Yo pensé +que me iba a decir que no.</p> + +<p>—Pensaste mal... sobre todo si en su casa había... leña.</p> + +<p>—La respuesta fue coger el mantón, y decirme <i>vamos</i>. No podía salir +por la Cava. Salimos por la zapatería que se llama <i>Al ramo de +azucenas</i>. Lo que te digo; el pueblo es así, sumamente ejecutivo y +enemigo de trámites.</p> + +<p>Jacinta miraba al suelo más que a su marido.</p> + +<p>—Y a renglón seguido la consabida palabrita de casamiento—dijo +mirándole de lleno y observándole indeciso en la respuesta.</p> + +<p>Aunque Jacinta no conocía personalmente a ninguna víctima de las +palabras de casamiento, tenía una clara idea de estos pactos diabólicos +por lo que de ellos había visto en los dramas, en las piezas cortas y +aun en las óperas, presentados como recurso teatral, unas veces para +hacer llorar al público y otras para hacerle reír. Volvió a mirar a su +marido, y notando en él una como sonrisilla de hombre de mundo, le dio +un pellizco acompañado de estos conceptos, un tanto airados:</p> + +<p>«Sí, la palabra de casamiento con reserva mental de no cumplirla, una +burla, una estafa, una villanía. ¡Qué hombres!... Luego dicen... ¿Y esa +tonta no te sacó los ojos cuando se vio chasqueada?... Si hubiera sido +yo...».</p> + +<p>—Si hubieras sido tú, tampoco me habrías sacado los ojos.</p> + +<p>—Que sí... pillo... granujita. Vaya, no quiero saber más, no me cuentes +más.</p> + +<p>—¿Para qué preguntas tú? Si te digo que no la quería, te enfadas +conmigo y tomas partido por ella... ¿Y si te dijera que la quería, que +al poco tiempo de sacarla de su casa, se me ocurría la simpleza de +cumplir la palabra de casamiento que le di?</p> + +<p>—¡Ah, tuno!—exclamó Jacinta con ira cómica, aunque no enteramente +cómica—. Agradece que estamos en la calle, que si no, ahora mismo te +daba un par de repelones y de cada manotada me traía un mechón de +pelo... Con que casarte... ¡y me lo dices a mí!... ¡a mí!</p> + +<p>La carcajada lanzada por Santa Cruz retumbó en la cavidad de la +plazoleta silenciosa y desierta con ecos tan extraños, que los dos +esposos se admiraron de oírla. Formaban la rinconada aquella vetustos +caserones de ladrillo modelado a estilo mudéjar, en las puertas +gigantones o salvajes de piedra con la maza al hombro, en las cornisas +aleros de tallada madera, todo de un color de polvo uniforme y +tristísimo. No se veían ni señales de alma viviente por ninguna parte. +Tras las rejas enmohecidas no aparecía ningún resquicio de maderas +entornadas por el cual se pudiera filtrar una mirada humana.</p> + +<p>«Esto es tan solitario, hija mía—dijo el marido, quitándose el +sombrero y riendo—, que puedes armarme el gran escándalo sin que se +entere nadie».</p> + +<p>Juanito corría. Jacinta fue tras él con la sombrilla levantada. «Que no +me coges». —«A que sí».—«Que te mato...». Y corrieron ambos por el +desigual pavimento lleno de yerba, él riendo a carcajadas, ella +coloradita y con los ojos húmedos. Por fin, ¡pum!, le dio un +sombrillazo, y cuando Juanito se rascaba, ambos se detuvieron jadeantes, +sofocados por la risa.</p> + +<p>«Por aquí» dijo Santa Cruz señalando un arco que era la única salida.</p> + +<p>Y cuando pasaban por aquel túnel, al extremo del cual se veía otra +plazoleta tan solitaria y misteriosa como la anterior, los amantes, sin +decirse una palabra, se abrazaron y estuvieron estrechamente unidos, +besuqueándose por espacio de un buen minuto y diciéndose al oído las +palabras más tiernas.</p> + +<p>«Ya ves, esto es sabrosísimo. Quién diría que en medio de la calle podía +uno...».</p> + +<p>—Si alguien nos viera... —murmuró Jacinta ruborizada, porque en +verdad, aquel rincón de Zaragoza podía ser todo lo solitario que se +quisiese, pero no era una alcoba.</p> + +<p>—Mejor... si nos ven, mejor... Que se aguanten el gorro.</p> + +<p>Y vuelta a los abracitos y a los vocablos de miel.</p> + +<p>—Por aquí no pasa un alma... —dijo él—. Es más, creo que por aquí no +ha pasado nunca nadie. Lo menos hay dos siglos que no ha corrido por +estas paredes una mirada humana...</p> + +<p>—Calla, me parece que siento pasos.</p> + +<p>—Pasos... ¿a ver?... —Sí, pasos. En efecto, alguien venía. Oyose, sin +poder determinar por dónde, un arrastrar de pies sobre los guijarros del +suelo. Por entre dos casas apareció de pronto una figura negra. Era un +sacerdote viejo. Cogiéronse del brazo los consortes y avanzaron +afectando la mayor compostura. El clérigo, al pasar junto a ellos, les +miró mucho.</p> + +<p>«Paréceme—indicó la esposa, agarrándose más al brazo de su marido y +pegándose mucho a él—, que nos lo ha conocido en la cara».</p> + +<p>—¿Qué nos ha conocido?</p> + +<p>—Que estábamos... tonteando.</p> + +<p>—Psch... ¿y a mí, qué?</p> + +<p>—Mira—dijo ella cuando llegaron a un sitio menos desierto—, no me +cuentes más historias. No quiero saber más. Punto final.</p> + +<p>Rompió a reír, a reír, y el Delfín tuvo que preguntarle muchas veces la +causa de su hilaridad para obtener esta respuesta:</p> + +<p>«¿Sabes de qué me río? De pensar en la cara que habría puesto tu mamá si +le entras por la puerta una nuera de mantón, sortijillas y pañuelo a la +cabeza, una nuera que dice <i>diquiá luego</i> y no sabe leer».</p> + + + +<hr /> +<h2>-<span class="smcap">iii</span>-</h2> + + +<p>«Quedamos en que no hay más cuentos».</p> + +<p>—No más... Bastante me he reído ya de tu tontería. Francamente, yo creí +que eras más avisado... Además, todo lo que me puedas contar me lo +figuro. Que te aburriste pronto. Es natural... El hombre bien criado y +la mujer ordinaria no emparejan bien. Pasa la ilusión, y después ¿qué +resulta? Que ella huele a cebolla y dice palabras feas... A él... como +si lo viera... se le revuelve el estómago, y empiezan las cuestiones. El +pueblo es sucio, la mujer de clase baja, por más que se lave el palmito, +siempre es pueblo. No hay más que ver las casas por dentro. Pues lo +mismo están los benditos cuerpos.</p> + +<p>Aquella misma tarde, después de mirar la puerta del Carmen y los +elocuentes muros de Santa Engracia, que vieron lo que nadie volverá a +ver, paseaban por las arboledas de Torrero. Jacinta, pesando mucho sobre +el brazo de su marido, porque en verdad estaba cansadita, le dijo:</p> + +<p>«Una sola cosa quiero saber, una sola. Después punto en boca. ¿Qué casa +era esa de la Concepción Jerónima...?».</p> + +<p>—Pero, hija, ¿qué te importa?... Bueno, te lo diré. No tiene nada de +particular. Pues señor... vivía en aquella casa un tío de la tal, +hermano de la huevera, buen tipo, el mayor perdido y el animal más +grande que en mi vida he visto; un hombre que lo ha sido todo, +presidiario y revolucionario de barricadas, torero de invierno y +tratante en ganado. ¡Ah! ¡José Izquierdo!... te reirías si le vieras y +le oyeras hablar. Este tal le sorbió los sesos a una pobre mujer, viuda +de un platero y se casó con ella. Cada uno por su estilo, aquella pareja +valía un imperio. Todo el santo día estaban riñendo, de pico se +entiende... ¡Y qué tienda, hija, qué desorden, qué escenas! Primero se +emborrachaba él solo, después los dos a turno. Pregúntale a Villalonga; +él es quien cuenta esto a maravilla y remeda los jaleos que allí se +armaban. Paréceme mentira que yo me divirtiera con tales escándalos. ¡Lo +que es el hombre! Pero yo estaba ciego; tenía entonces la manía de lo +popular.</p> + +<p>—¿Y su tía, cuando la vio deshonrada, se pondría hecha una furia, +verdad?</p> + +<p>—Al principio sí... te diré...—replicó el Delfín buscando las +callejuelas de una explicación algo enojosa—. Pero más que por la +deshonra se enfurecía por la fuga. Ella quería tener en su casa a la +pobre muchacha, que era su machacante. Esta gente del pueblo es atroz. +¡Qué moral tan extraña la suya!, mejor dicho, no tiene ni pizca de +moral. Segunda empezó por presentarse todos los días en la tienda de la +Concepción Jerónima, y armar un escándalo a su hermano y a su cuñada. +«Que si tú eres esto, si eres lo otro...». Parece mentira; Villalonga y +yo, que oíamos estos <i>jollines</i> desde el entresuelo, no hacíamos más que +reírnos. ¡A qué degradación llega uno cuando se deja caer así! Estaba yo +tan tonto, que me parecía que siempre había de vivir entre semejante +chusma. Pues no te quiero decir, hija de mi alma... un día que se metió +allí el picador, el querindango de Segunda. Este caballero y mi amigo +Izquierdo se tenían muy mala voluntad... ¡Lo que allí se dijeron!... Era +cosa de alquilar balcones.</p> + +<p>—No sé cómo te divertía tanto salvajismo.</p> + +<p>—Ni yo lo sé tampoco. Creo que me volví otro de lo que era y de lo que +volví a ser. Fue como un paréntesis en mi vida. Y nada, hija de mi alma, +fue el maldito capricho por aquella hembra popular, no sé qué de +entusiasmo artístico, una demencia ocasional que no puedo explicar.</p> + +<p>—¿Sabes lo que estoy deseando ahora?—dijo bruscamente Jacinta.</p> + +<p>—Que te calles, hombre, que te calles. Me repugna eso. Razón tienes; tú +no eras entonces tú. Trato de figurarme cómo eras y no lo puedo +conseguir. Quererte yo y ser tú como a ti mismo te pintas son dos cosas +que no puedo juntar.</p> + +<p>—Dices bien, quiéreme mucho, y lo pasado pasado. Pero aguárdate un +poco: para dejar redondo el cuento, necesito añadir una cosa que te +sorprenderá. A las dos semanas de aquellos dimes y diretes, de tanta +bronca y de tanto escándalo entre los hermanos Izquierdo, y entre +Izquierdo y el picador, y tía y sobrina, se reconciliaron todos, y se +acabaron las riñas y no hubo más que finezas y apretones de manos.</p> + +<p>—Sí que es particular. ¡Qué gente!</p> + +<p>—El pueblo no conoce la dignidad. Sólo le mueven sus pasiones o el +interés. Como Villalonga y yo teníamos dinero largo para <i>juergas</i> y +cañas, unos y otros tomaron el gusto a nuestros bolsillos, y pronto +llegó un día en que allí no se hacía más que beber, palmotear, tocar la +guitarra, <i>venga de ahí</i>, comer magras. Era una orgía continua. En la +tienda no se vendía; en ninguna de las dos casas se trabajaba. El día +que no había comida de campo había cena en la casa hasta la madrugada. +La vecindad estaba escandalizada. La policía rondaba. Villalonga y yo +como dos insensatos...</p> + +<p>—¡Ay, qué par de apuntes!... Pero hijo, está lloviendo... a mí me ha +caído una gota en la punta de la nariz... ¿Ves?... Aprisita, que nos +mojamos.</p> + +<p>El tiempo se les puso muy malo, y en todo el trayecto hasta Barcelona no +cesó de llover. Arrimados marido y mujer a la ventanilla, miraban la +lluvia, aquella cortina de menudas líneas oblicuas que descendían del +Cielo sin acabar de descender. Cuando el tren paraba, se sentía el +gotear del agua que los techos de los coches arrojaban sobre los +estribos. Hacía frío, y aunque no lo hiciera, los viajeros lo tendrían +sólo de ver las estaciones encharcadas, los empleados calados y los +campesinos que venían a tomar el tren con un saco por la cabeza. Las +locomotoras chorreaban agua y fuego juntamente, y en los hules de las +plataformas del tren de mercancías se formaban bolsas llenas de agua, +pequeños lagos donde habrían podido beber los pájaros, si los pájaros +tuvieran sed aquel día.</p> + +<p>Jacinta estaba contenta, y su marido también, a pesar de la melancolía +llorona del paisaje; pero como había otros viajeros en el vagón, los +recién casados no podían entretener el tiempo con sus besuqueos y +tonterías de amor. Al llegar, los dos se reían de la formalidad con que +habían hecho aquel viaje, pues la presencia de personas extrañas no les +dejó ponerse babosos. En Barcelona estuvo Jacinta muy distraída con la +animación y el fecundo bullicio de aquella gran colmena de hombres. +Pasaron ratos muy dichosos visitando las soberbias fábricas de Batlló y +de Sert, y admirando sin cesar, de taller en taller, las maravillosas +armas que ha discurrido el hombre para someter a la Naturaleza. Durante +tres días, la historia aquella del huevo crudo, la mujer seducida y la +familia de insensatos que se amansaban con orgías, quedó completamente +olvidada o perdida en un laberinto de máquinas ruidosas y ahumadas, o en +el triquitraque de los telares. Los de Jacquard con sus incomprensibles +juegos de cartones agujereados tenían ocupada y suspensa la imaginación +de Jacinta, que veía aquel prodigio y no lo quería creer. ¡Cosa +estupenda! «Está una viendo las cosas todos los días, y no piensa en +cómo se hacen, ni se le ocurre averiguarlo. Somos tan torpes, que al ver +una oveja no pensamos que en ella están nuestros gabanes. ¿Y quién ha de +decir que las chambras y enaguas han salido de un árbol? ¡Toma, el +algodón! ¿Pues y los tintes? El carmín ha sido un bichito, y el negro +una naranja agria, y los verdes y azules carbón de piedra. Pero lo más +raro de todo es que cuando vemos un burro, lo que menos pensamos es que +de él salen los tambores. ¿Pues, y eso de que las cerillas se saquen de +los huesos, y que el sonido del violín lo produzca la cola del caballo +pasando por las tripas de la cabra?».</p> + +<p>Y no paraba aquí la observadora. En aquella excursión por el campo +instructivo de la industria, su generoso corazón se desbordaba en +sentimientos filantrópicos, y su claro juicio sabía mirar cara a cara +los problemas sociales. «No puedes figurarte—decía a su marido, al +salir de un taller—, cuánta lástima me dan esas infelices muchachas +que están aquí ganando un triste jornal, con el cual no sacan ni para +vestirse. No tienen educación, son como máquinas, y se vuelven tan +tontas... más que tontería debe de ser aburrimiento... se vuelven tan +tontas digo, que en cuanto se les presenta un pillo cualquiera se dejan +seducir... Y no es maldad; es que llega un momento en que dicen: 'Vale +más ser mujer mala que máquina buena'».</p> + +<p>—Filosófica está mi mujercita.</p> + +<p>—Vaya... di que no me he lucido... En fin, no se habla más de eso. Di +si me quieres, sí o no... pero pronto, pronto.</p> + +<p>Al otro día, en las alturas de Tibidabo, viendo a sus pies la inmensa +ciudad tendida en el llano, despidiendo por mil chimeneas el negro +resuello que declara su fogosa actividad, Jacinta se dejó caer del lado +de su marido y le dijo:</p> + +<p>«Me vas a satisfacer una curiosidad... la última».</p> + +<p>Y en el momento que tal habló arrepintiose de ello, porque lo que +deseaba saber, si picaba mucho en curiosidad, también le picaba algo el +pudor. ¡Si encontrara una manera delicada de hacer la pregunta...! +Revolvió en su mente todo lo que sabía y no hallaba ninguna fórmula que +sentase bien en su boca. Y la cosa era bastante natural. O lo había +pensado o lo había soñado la noche anterior; de eso no estaba segura; +mas era una consecuencia que a cualquiera se le ocurre sacar. El orden +de sus juicios era el siguiente: ¿Cuánto tiempo duró el enredo de mi +marido con esa mujer?, no lo sé. Pero durase más o durase menos, bien +podría suceder que... hubiera nacido algún chiquillo». Esta era la +palabra difícil de pronunciar, <i>¡chiquillo!</i>, Jacinta no se atrevía, y +aunque intentó sustituirla con <i>familia, sucesión</i>, tampoco salía.</p> + +<p>—No, no era nada. —Tú has dicho que me ibas a preguntar no sé qué.</p> + +<p>—Era una tontería; no hagas caso.</p> + +<p>—No hay nada que más me cargue que esto... decirle a uno que le van a +preguntar una cosa y después no preguntársela. Se queda uno confuso y +haciendo mil cálculos. Eso, eso, guárdalo bien... No le caerán moscas. +Mira, hija de mi alma, cuando no se ha de tirar no se apunta.</p> + +<p>—Ya tiraré... tiempo hay, hijito.</p> + +<p>—Dímelo ahora... ¿Qué será, qué no será?</p> + +<p>—Nada... no era nada. Él la miraba y se ponía serio. Parecía que le +adivinaba el pensamiento, y ella tenía tal expresión en sus ojos y en su +sonrisilla picaresca, que casi casi se podía leer en su cara la palabra +que andaba por dentro. Se miraban, se reían, y nada más. Para sí dijo la +esposa: «a su tiempo maduran las uvas. Vendrán días de mayor confianza, +y hablaremos... y sabré si hay o no algún <i>hueverito</i> por ahí».</p> + + + +<hr /> +<h2>-<span class="smcap">iv</span>-</h2> + + +<p>Jacinta no tenía ninguna especie de erudición. Había leído muy pocos +libros. Era completamente ignorante en cuestiones de geografía +artística; y sin embargo, apreciaba la poesía de aquella región costera +mediterránea que se desarrolló ante sus ojos al ir de Barcelona a +Valencia. Los pueblecitos marinos desfilaban a la izquierda de la vía, +colocados entre el mar azul y una vegetación espléndida. A trozos, el +paisaje azuleaba con la plateada hoja de los olivos; más allá las viñas +lo alegraban con la verde gala del pámpano. La vela triangular de las +embarcaciones, las casitas bajas y blancas, la ausencia de tejados +puntiagudos y el predominio de la línea horizontal en las +construcciones, traían al pensamiento de Santa Cruz ideas de arte y +naturaleza helénica. Siguiendo las rutinas a que se dan los que han +leído algunos libros, habló también de Constantino, de Grecia, de las +barras de Aragón y de los pececillos que las tenían pintadas en el lomo. +Era de cajón sacar a relucir las colonias fenicias, cosa de que Jacinta +no entendía palotada, ni le hacía falta. Después vinieron Prócida y las +Vísperas Sicilianas, D. Jaime de Aragón, Roger de Flor y el Imperio de +Oriente, el duque de Osuna y Nápoles, Venecia y el marqués de Bedmar, +Massanielo, los Borgias, Lepanto, D. Juan de Austria, las galeras y los +piratas, Cervantes y los padres de la Merced.</p> + +<p>Entretenida Jacinta con los comentarios que el otro iba poniendo a la +rápida visión de la costa mediterránea, condensaba su ciencia en estas o +parecidas expresiones: «¿Y la gente que vive aquí, será feliz o será tan +desgraciada como los aldeanos de tierra adentro, que nunca han tenido +que ver con el Gran Turco ni con la capitana de D. Juan de Austria? +Porque los de aquí no apreciarán que viven en un paraíso, y el pobre, +tan pobre es en Grecia como en Getafe».</p> + +<p>Agradabilísimo día pasaron, viendo el risueño país que a sus ojos se +desenvolvía, el caudaloso Ebro, las marismas de su delta, y por fin, la +maravilla de la región valenciana, la cual se anunció con grupos de +algarrobos, que de todas partes parecían acudir bailando al encuentro +del tren. A Jacinta le daban marcos cuando los miraba con fijeza. Ya se +acercaban hasta tocar con su copudo follaje la ventanilla; ya se +alejaban hacia lo alto de una colina; ya se escondían tras un otero, +para reaparecer haciendo pasos y figuras de minueto o jugando al +escondite con los palos del telégrafo.</p> + +<p>El tiempo, que no les había sido muy favorable en Zaragoza y Barcelona, +mejoró aquel día. Espléndido sol doraba los campos. Toda la luz del +cielo parecía que se colaba dentro del corazón de los esposos. Jacinta +se reía de la danza de los algarrobos, y de ver los pájaros posados en +fila en los alambres telegráficos. «Míralos, míralos allí. ¡Valientes +pícaros! Se burlan del tren y de nosotros».</p> + +<p>—Fíjate ahora en los alambres. Son iguales al pentagrama de un papel de +música. Mira cómo sube, mira cómo baja. Las cinco rayas parece que están +grabadas con tinta negra sobre el cielo azul, y que el cielo es lo que +se mueve como un telón de teatro no acabado de colgar.</p> + +<p>—Lo que yo digo—expresó Jacinta riendo—Mucha poesía, mucha cosa +bonita y nueva; pero poco que comer. Te lo confieso, marido de mi alma; +tengo un hambre de mil demonios. La madrugada y este fresco del campo, +me han abierto el apetito de par en par.</p> + +<p>—Yo no quería hablar de esto para no desanimarte. Pronto llegaremos a +una estación de fonda. Si no, compraremos aunque sea unas rosquillas o +pan seco... El viajar tiene estas peripecias. Ánimo chica, y dame un +beso, que las hambres con amor son menos.</p> + +<p>—Allá van tres, y en la primera estación, mira bien, hijo, a ver si +descubrimos algo. ¿Sabes lo que yo me comería ahora?</p> + +<p>—¿Un bistec? —No. —¿Pues qué? —Uno y medio. —Ya te contentarás con +naranja y media.</p> + +<p>Pasaban estaciones, y la fonda no parecía. Por fin, en no sé cuál +apareció una mujer, que tenía delante una mesilla con licores, +rosquillas, pasteles adornados con hormigas y unos... ¿qué era aquello? +«¡Pájaros fritos!—gritó Jacinta a punto que Juan bajaba del vagón—. +Tráete una docena... No... oye, dos docenas».</p> + +<p>Y otra vez el tren en marcha. Ambos se colocaron rodillas con rodillas, +poniendo en medio el papel grasiento que contenía aquel <i>montón de +cadáveres</i> fritos, y empezaron a comer con la prisa que su mucha hambre +les daba.</p> + +<p>«¡Ay, qué ricos están! Mira qué pechuga... Este para ti, que está muy +gordito».</p> + +<p>—No, para ti, para ti. La mano de ella era tenedor para la boca de él, +y viceversa. Jacinta decía que en su vida había hecho una comida que más +le supiese.</p> + +<p>«Este sí que está de buen año... ¡pobre ángel! El infeliz estaría ayer +con sus compañeros posado en el alambre tan contento, tan guapote, +viendo pasar el tren y diciendo «allá van esos brutos»... hasta que vino +el más bruto de todos, un cazador y... ¡prum!... Todo para que nosotros +nos regaláramos hoy. Y a fe que están sabrosos. Me ha gustado este +almuerzo.</p> + +<p>—Y a mí. Ahora veamos estos pasteles. El ácido fórmico es bueno para la +digestión.</p> + +<p>—¿El ácido qué...?</p> + +<p>—Las hormigas, chica. No repares, y adentro. Mételes el diente. Están +riquísimos.</p> + +<p>Restauradas las fuerzas, la alegría se desbordaba de aquellas almas. «Ya +no me marean los algarrobos—decía Jacinta—; bailad, bailad. ¡Mira qué +casas, qué emparrados! Y aquello, ¿qué es?, naranjos. ¡Cómo huelen!».</p> + +<p>Iban solos. ¡Qué dicha, siempre solitos! Juan se sentó junto a la +ventana y Jacinta sobre sus rodillas. Él le rodeaba la cintura con el +brazo. A ratos charlaban, haciendo ella observaciones cándidas sobre +todo lo que veía. Pero después transcurrían algunos ratos sin que +ninguno dijera una palabra. De repente volviose Jacinta hacia su marido, +y echándole un brazo alrededor del cuello, le soltó esta:</p> + +<p>«No me has dicho cómo se llamaba».</p> + +<p>—¿Quién? —preguntó Santa Cruz algo atontado.</p> + +<p>—Tu adorado tormento, tu... Cómo se llamaba o cómo se llama... porque +supongo que vivirá.</p> + +<p>—No lo sé... ni me importa. Vaya con lo que sales ahora.</p> + +<p>—Es que hace un rato me dio por pensar en ella. Se me ocurrió de +repente. ¿Sabes cómo? Vi unos refajos encarnados puestos a secar en un +arbusto. Tú dirás que qué tiene que ver... Es claro, nada; pero vete a +saber cómo se enlazan en el pensamiento las ideas. Esta mañana me acordé +de lo mismo cuando pasaban rechinando las carretillas cargadas de +equipajes. Anoche me acordé, ¿cuándo creerás? Cuando apagaste la luz. Me +pareció que la llama era una mujer que decía ¡ay!, y se caía muerta. Ya +sé que son tonterías, pero en el cerebro pasan cosas muy particulares. +¿Con que, <i>nenito</i>, desembuchas eso, sí o no?</p> + +<p>—¿Qué? —El nombre. —Déjame a mí de nombres.</p> + +<p>—¡Qué poco amable es este señor!—dijo abrazándole—. Bueno, guarda el +secretito, hombre, y dispensa. Ten cuidado no te roben esa preciosidad. +Eso, eso es, o somos reservados o no. Yo me quedo lo mismo que estaba. +No creas que tengo gran interés en saberlo. ¿Qué me meto yo en el +bolsillo con saber un nombre más?</p> + +<p>—Es un nombre muy feo... No me hagas pensar en lo que quiero +olvidar—replicó Santa Cruz con hastío—No te digo una palabra, ¿sabes?</p> + + +<p>—Gracias, amado pueblo... Pues mira, si te figuras que voy a tener +celos, te llevas chasco. Eso quisieras tú para darte tono. No los tengo +ni hay para qué.</p> + +<p>No sé qué vieron que les distrajo de aquella conversación. El paisaje +era cada vez más bonito, y el campo, convirtiéndose en jardín, revelaba +los refinamientos de la civilización agrícola. Todo era allí nobleza, o +sea naranjos, los árboles de hoja perenne y brillante, de flores +olorosísimas y de frutas de oro, árbol ilustre que ha sido una de las +más socorridas muletillas de los poetas, y que en la región valenciana +está por los suelos, quiero decir, que hay tantos, que hasta los poetas +los miran ya como si fueran cardos borriqueros. Las tierras labradas +encantan la vista con la corrección atildada de sus líneas. Las +hortalizas bordan los surcos y dibujan el suelo, que en algunas partes +semeja un cañamazo. Los variados verdes, más parece que los ha hecho el +arte con una brocha, que no la Naturaleza con su labor invisible. Y por +todas partes flores, arbustos tiernos; en las estaciones acacias +gigantescas que extienden sus ramas sobre la vía; los hombres con +zaragüelles y pañuelo liado a la cabeza, resabio morisco; las mujeres +frescas y graciosas, vestidas de indiana y peinadas con rosquillas de +pelo sobre las sienes.</p> + +<p>«¿Y cuál es —preguntó Jacinta deseosa de instruirse—el árbol de las +chufas?».</p> + +<p>Juan no supo contestar, porque tampoco él sabía de dónde diablos salían +las chufas. Valencia se aproximaba ya. En el vagón entraron algunas +personas; pero los esposos no dejaron la ventanilla. A ratos se veía el +mar, tan azul, tan azul, que la retina padecía el engaño de ver verde el +cielo.</p> + +<p>¡Sagunto! ¡Ay, qué nombre!, cuando se le ve escrito con las letras +nuevas y acaso torcidas de una estación, parece broma. No es de todos +los días ver envueltas en el humo de las locomotoras las inscripciones +más retumbantes de la historia humana. Juanito, que aprovechaba las +ocasiones de ser sabio sentimental, se pasmó más de lo conveniente de la +aparición de aquel letrero.</p> + +<p>«Y qué, ¿qué es?—preguntó Jacinta picada de la novelería—. ¡Ah! +Sagunto, ya... un nombre. De fijo que hubo aquí alguna marimorena. Pero +habrá llovido mucho desde entonces. No te entusiasmes, hijo, y tómalo +con calma. ¿A qué viene tanto <i>¡ah!, ¡oh!</i>...? Todo porque aquellos +brutos...».</p> + +<p>—¿Chica, qué estás ahí diciendo?</p> + +<p>—Sí, hijo de mi alma, porque aquellos brutos... no me vuelvo atrás... +hicieron una barbaridad. Bueno, llámalos héroes si quieres, y cierra +esa boca que te me estás pareciendo al Papamoscas de Burgos.</p> + +<p>Vuelta a contemplar el jardín agrícola en cuyo verdor se destacaban las +cabañas de paja con una cruz en el pico del techo. En los bardales vio +Jacinta unas plantas muy raras, de vástagos escuetos y pencas enormes, +que llamaron su atención. «Mira, mira, qué esperpento de árbol. ¿Será el +de los higos chumbos?».</p> + +<p>—No, hija mía, los higos chumbos los da esa otra planta baja, compuesta +de unas palas erizadas de púas. Aquello otro es la pita, que da por +fruto las sogas.</p> + +<p>—Y el esparto, ¿dónde está?</p> + +<p>—Hasta eso no llega mi sabiduría. Por ahí debe de andar.</p> + +<p>El tren describía amplísima curva. Los viajeros distinguieron una gran +masa de edificios cuya blancura descollaba entre el verde. Los grupos de +árboles la tapaban a trechos; después la descubrían. «Ya estamos en +Valencia, chiquilla; mírala allí».</p> + +<p>Valencia era la ciudad mejor situada del mundo, según dijo un agudo +observador, por estar construida en medio del campo. Poco después, los +esposos, empaquetados dentro de una tartana, penetraban por las calles +angostas y torcidas de la ciudad campestre. «¡Pero qué país, hijo!... Si +esto parece un biombo... ¿A dónde nos lleva este hombre?».—«A la fonda +sin duda».</p> + +<p>A media noche, cuando se retiraron fatigados a su domicilio después de +haber paseado por las calles y oído media <i>Africana</i> en el teatro de la +Princesa, Jacinta sintió que de repente, sin saber cómo ni por qué, la +picaba en el cerebro el gusanillo aquel, la idea perseguidora, la penita +disfrazada de curiosidad. Juan se resistió a satisfacerla, alegando +razones diversas. «No me marees, hija... Ya te he dicho que quiero +olvidar eso...».</p> + +<p>—Pero el nombre, <i>nene</i>, el nombre nada más. ¿Qué te cuesta abrir la +boca un segundo?... No creas que te voy a reñir, tontín.</p> + +<p>Hablando así se quitaba el sombrero, luego el abrigo, después el cuerpo, +la falda, el <i>polisón</i>, y lo iba poniendo todo con orden en las butacas +y sillas del aposento. Estaba rendida y no veía las santas horas de dar +con sus fatigadas carnes en la cama. El esposo también iba soltando +ropa. Aparentaba buen humor; pero la curiosidad de Jacinta le +desagradaba ya. Por fin, no pudiendo resistir a las monerías de su +mujer, no tuvo más remedio que decidirse. Ya estaban las cabezas sobre +las almohadas, cuando Santa Cruz echó perezoso de su boca estas +palabras:</p> + +<p>«Pues te lo voy a decir; pero con la condición de que en tu vida más... +en tu vida más me has de mentar ese nombre, ni has de hacer la menor +alusión... ¿entiendes? Pues se llama...».</p> + +<p>—Gracias a Dios, hombre. Le costaba mucho trabajo decirlo. La otra le +ayudaba.</p> + +<p>—Se llama <i>For</i>...</p> + +<p>—<i>For</i>... <i>narina</i>.</p> + +<p>—No. <i>For</i>... <i>tuna</i>...</p> + +<p>—<i>Fortunata</i>.</p> + +<p>—Eso... Vamos, ya estás satisfecha.</p> + +<p>—Nada más. Te has portado, has sido amable. Así es como te quiero yo.</p> + +<p>Pasado un ratito, dormía como un ángel... dormían los dos.</p> + + + +<hr /> +<h2>-<span class="smcap">v</span>-</h2> + + +<p>«¿Sabes lo que se me ha ocurrido?—dijo Santa Cruz a su mujer dos días +después en la estación de Valencia—. Me parece una tontería que vayamos +tan pronto a Madrid. Nos plantaremos en Sevilla. Pondré un parte a +casa».</p> + +<p>Al pronto Jacinta se entristeció. Ya tenía deseos de ver a sus hermanas, +a su papá y a sus tíos y suegros. Pero la idea de prolongar un poco +aquel viaje tan divertido, conquistó en breve su alma. ¡Andar así, +llevados en las alas del tren, que algo tiene siempre, para las almas +jóvenes, de dragón de fábula, era tan dulce, tan entretenido...!</p> + +<p>Vieron la opulenta ribera del Júcar, pasaron por Alcira, cubierta de +azahares, por Játiva la risueña; después vino Montesa, de feudal +aspecto, y luego Almansa en territorio frío y desnudo. Los campos de +viñas eran cada vez más raros, hasta que la severidad del suelo les dijo +que estaban en la adusta Castilla. El tren se lanzaba por aquel campo +triste, como inmenso lebrel, olfateando la vía y ladrando a la noche +tarda, que iba cayendo lentamente sobre el llano sin fin. Igualdad, +palos de telégrafo, cabras, charcos, matorrales, tierra gris, inmensidad +horizontal sobre la cual parecen haber corrido los mares poco ha; el +humo de la máquina alejándose en bocanadas majestuosas hacia el +horizonte; las guardesas con la bandera verde señalando el paso libre, +que parece el camino de lo infinito; bandadas de aves que vuelan bajo, y +las estaciones haciéndose esperar mucho, como si tuvieran algo bueno... +Jacinta se durmió y Juanito también. Aquella dichosa Mancha era un +narcótico. Por fin bajaron en Alcázar de San Juan, a media noche, +muertos de frío. Allí esperaron el tren de Andalucía, tomaron chocolate, +y vuelta a rodar por otra zona manchega, la más ilustre de todas, la +Argamasillesca.</p> + +<p>Pasaron los esposos una mala noche por aquella estepa, matando el frío +muy juntitos bajo los pliegues de una sola manta, y por fin llegaron a +Córdoba, donde descansaron y vieron la Mezquita, no bastándoles un día +para ambas cosas. Ardían en deseos de verse en la sin par Sevilla... +Otra vez al tren. Serían las nueve de la noche cuando se encontraron +dentro de la romántica y alegre ciudad, en medio de aquel idioma ceceoso +y de los donaires y chuscadas de la gente andaluza. Pasaron allí creo +que ocho o diez días, encantados, sin aburrirse ni un solo momento, +viendo los portentos de la arquitectura y de la Naturaleza, participando +del buen humor que allí se respira con el aire y se recoge de las +miradas de los transeúntes. Una de las cosas que más cautivaban a +Jacinta era aquella costumbre de los patios amueblados y ajardinados, en +los cuales se ve que las ramas de una azalea bajan hasta acariciar las +teclas del piano, como si quisieran tocar. También le gustaba a Jacinta +ver que todas las mujeres, aun las viejas que piden limosna, llevan su +flor en la cabeza. La que no tiene flor se pone entre los pelos +cualquier hoja verde y va por aquellas calles vendiendo vidas.</p> + +<p>Una tarde fueron a comer a un bodegón de Triana, porque decía Juanito +que era preciso conocer todo de cerca y codearse con aquel originalísimo +pueblo, artista nato, poeta que parece pintar lo que habla, y que +recibió del Cielo el don de una filosofía muy socorrida, que consiste en +tomar todas las cosas por el lado humorístico, y así la vida, una vez +convertida en broma, se hace más llevadera. Bebió el Delfín muchas +cañas, porque opinaba con gran sentido práctico que para asimilarse a +Andalucía y sentirla bien en sí, es preciso introducir en el cuerpo toda +la manzanilla que este pueda contener. Jacinta no hacía más que probarla +y la encontraba áspera y acídula, sin conseguir apreciar el olorcillo a +<i>pero de Ronda</i> que dicen que tiene aquella bebida.</p> + +<p>Retiráronse de muy buen humor a la fonda, y al llegar a ella vieron que +en el comedor había mucha gente. Era un banquete de boda. Los novios +eran españoles anglicanizados de Gibraltar. Los esposos Santa Cruz +fueron invitados a tomar algo, pero lo rehusaron; únicamente bebieron un +poco de Champagne, por que no dijeran. Después un inglés muy pesado, que +chapurraba el castellano con la boca fruncida y los dientes apretados, +como si quisiera mordiscar las palabras, se empeñó en que habían de +tomar unas cañas. «De ninguna manera... muchas gracias». —«¡Ooooh!, +sí»... El comedor era un hervidero de alegría y de chistes, entre los +cuales empezaban a sonar algunos de gusto dudoso. No tuvo Santa Cruz más +remedio que ceder a la exigencia de aquel maldito inglés, y tomando de +sus manos la copa, decía a media voz: «Valiente <i>curdela</i> tienes tú». +Pero el inglés no entendía... Jacinta vio que aquello se iba poniendo +malo. El inglés llamaba al orden, diciendo a los más jóvenes con su +boquita cerrada que tuvieran <i>fundamenta</i>. Nadie necesitaba tanto como +él que se le llamase al orden, y sobre todo, lo que más falta le hacía +era que le recortaran la bebida, porque aquello no era ya boca, era un +embudo. Jacinta presintió la jarana, y tomando una resolución súbita, +tiró del brazo a su marido y se lo llevó, a punto que este empezaba a +tomarle el pelo al inglés.</p> + +<p>«Me alegro—dijo el Delfín, cuando su mujer le conducía por las +escaleras arriba—; me alegro de que me hubieras sacado de allí, porque +no puedes figurarte lo que me iba cargando el tal inglés, con sus +dientes blancos y apretados, con su amabilidad y su zapatito bajo... Si +sigo un minuto más, le pego un par de trompadas... Ya se me subía la +sangre a la cabeza...».</p> + +<p>Entraron en su cuarto, y sentados uno frente a otro, pasaron un rato +recordando los graciosos tipos que en el comedor estaban y los equívocos +que allí se decían. Juan hablaba poco y parecía algo inquieto. De +repente le entraron ganas de volver abajo. Su mujer se oponía. +Disputaron. Por fin Jacinta tuvo que echar la llave a la puerta.</p> + +<p>«Tienes razón—dijo Santa Cruz dejándose caer a plomo sobre la +silla.—Más vale que me quede aquí... porque si bajo, y vuelve el +<i>mister</i> con sus finuras, le pego... Yo también sé <i>boxear</i>».</p> + +<p>Hizo el ademán del <i>box</i>, y ya entonces su mujer le miró muy seria.</p> + +<p>—Debes acostarte—le dijo. —Es temprano... Nos estaremos aquí de +tertulia... sí... ¿tú no tienes sueño? Yo tampoco. Acompañaré a mi cara +mitad. Ese es mi deber, y sabré cumplirlo, sí señora. Porque yo soy +esclavo del deber...</p> + +<p>Jacinta se había quitado el sombrero y el abrigo. Juanito la sentó sobre +sus rodillas y empezó a saltarla como a los niños cuando se les hace el +caballo. Y dale con la tarabilla de que él era esclavo de su deber, y de +que lo primero de todo es la familia. El trote largo en que la llevaba +su marido empezó a molestar a Jacinta, que se desmontó y se fue a la +silla en que antes estaba. Él entonces se puso a dar paseos rápidos por +la habitación.</p> + +<p>—Mi mayor gusto es estar al lado de mi adorada <i>nena</i>—decía sin +mirarla—. <i>Te amo con delirio</i> como se dice en los dramas. Bendita sea +mi madrecita... que me casó contigo...</p> + +<p>Hincósele delante y le besó las manos. Jacinta le observaba con atención +recelosa, sin pestañear, queriendo reírse y sin poderlo conseguir. Santa +Cruz tomó un tono muy plañidero para decirle:</p> + +<p>«¡Y yo tan estúpido que no conocí tu mérito!, ¡yo que te estaba mirando +todos los días, como mira el burro la flor sin atreverse a comérsela! ¡Y +me comí el cardo!... ¡Oh!, perdón, perdón... Estaba ciego, encanallado; +era yo muy <i>cañí</i>... esto quiere decir <i>gitano</i>, vida mía. El vicio y la +grosería habían puesto una costra en mi corazón... llamémosle +<i>garlochín</i>... Jacintilla, no me mires así. Esto que te digo es la pura +verdad. Si te miento, que me quede muerto ahora mismo. Todas mis faltas +las veo claras esta noche. No sé lo que me pasa; estoy como inspirado... +tengo más espíritu, créetelo... te quiero más, cielito, paloma, y te voy +a hacer un altar de oro para adorarte».</p> + +<p>«¡Jesús, qué fino está el tiempo!—exclamó la esposa que ya no podía +ocultar su disgusto—. ¿Por qué no te acuestas?».</p> + +<p>—Acostarme yo, yo... cuando tengo que contarte tantas cosas, +<i>chavala</i>!—añadió Santa Cruz, que cansado ya de estar de rodillas, +había cogido una banqueta para sentarse a los pies de su mujer—. +Perdona que no haya sido franco contigo. Me daba vergüenza de revelarte +ciertas cosas. Pero ya no puedo más: mi conciencia se vuelca como una +urna llena que se cae... así, así; y afuera todo... Tú me absolverás +cuando me oigas, ¿verdad? Di que sí... Hay momentos en la vida de los +pueblos, quiero decir, en la vida del hombre, momentos terribles, alma +mía. Tú lo comprendes... Yo no te conocía entonces. Estaba como la +humanidad antes de la venida del Mesías, a oscuras, apagado el gas... +sí. No me condenes, no, no, no me condenes sin oírme...</p> + +<p>Jacinta no sabía qué hacer. Uno y otro se estuvieron mirando breve rato, +los ojos clavados en los ojos, hasta que Juan dijo en voz queda:</p> + +<p>«¡Si la hubieras visto...! Fortunata tenía los ojos como dos estrellas, +muy semejantes a los de la Virgen del Carmen que antes estaba en Santo +Tomás y ahora en San Ginés. Pregúntaselo a Estupiñá, pregúntaselo si lo +dudas... a ver... Fortunata tenía las manos bastas de tanto trabajar, el +corazón lleno de inocencia...</p> + +<p>Fortunata no tenía educación; aquella boca tan linda se comía muchas +letras y otras las equivocaba. Decía <i>indilugencias, golver, asín.</i> Pasó +su niñez cuidando el <i>ganado</i>. ¿Sabes lo que es el ganado? Las gallinas. +Después criaba los palomos a sus pechos. Como los palomos no comen sino +del pico de la madre, Fortunata se los metía en el seno, ¡y si vieras tú +qué seno tan bonito!, sólo que tenía muchos rasguños que le hacían los +palomos con los garfios de sus patas. Después cogía en la boca un buche +de agua y algunos granos de algarroba, y metiéndose el pico en la +boca... les daba de comer... Era la paloma madre de los tiernos +pichoncitos... Luego les daba su calor natural... les arrullaba, les +hacía <i>rorrooó</i>... les cantaba canciones de nodriza... ¡Pobre +Fortunata, pobre <i>Pitusa</i>!... ¿Te he dicho que la llamaban la <i>Pitusa</i>? +¿No?... pues te lo digo ahora. Que conste... Yo la perdí... sí... que +conste también; es preciso que cada cual cargue con su +responsabilidad... Yo la perdí, la engañé, le dije mil mentiras, le hice +creer que me iba a casar con ella. ¿Has visto?... ¡Si seré pillín!... +Déjame que me ría un poco... Sí, todas las papas que yo le decía, se las +tragaba... El pueblo es muy inocente, es tonto de remate, todo se lo +cree con tal que se lo digan con palabras finas... La engañé, le +<i>garfiñé</i> su honor, y tan tranquilo. Los hombres, digo, los señoritos, +somos unos miserables; creemos que el honor de las hijas del pueblo es +cosa de juego... No me pongas esa cara, vida mía. Comprendo que tienes +razón; soy un infame, merezco tu desprecio; porque... lo que tú dirás, +una mujer es siempre una criatura de Dios, ¿verdad?... y yo, después que +me divertí con ella, la dejé abandonada en medio de las calles... +justo... su destino es el destino de las perras... Di que sí».</p> + + + +<hr /> +<h2>-<span class="smcap">vi</span>-</h2> + + + +<p>Jacinta estaba alarmadísima, medio muerta de miedo y de dolor. No sabía +qué hacer ni qué decir. «Hijo mío—exclamó limpiando el sudor de la +frente de su marido—, ¡cómo estás...! Cálmate, por María Santísima. +Estás delirando».</p> + +<p>—No, no; esto no es delirio, es arrepentimiento—añadió Santa Cruz, +quien, al moverse, por poco se cae, y tuvo que apoyar las manos en el +suelo—. ¿Crees acaso que el vino...? ¡Oh! no, hija mía, no me hagas ese +disfavor. Es que la conciencia se me ha subido aquí al cuello, a la +cabeza, y me pesa tanto, que no puedo guardar bien el equilibrio... +Déjame que me prosterne ante ti y ponga a tus pies todas mis culpas para +que las perdones... No te muevas, no me dejes solo, por Dios... ¿A dónde +vas? ¿No ves mi aflicción?</p> + +<p>—Lo que veo... ¡Oh! Dios mío. Juan, por amor de Dios, sosiégate; no +digas más disparates. Acuéstate. Yo te haré una taza de té.</p> + +<p>—¡Y para qué quiero yo té, desventurada!...—dijo el otro en un tono +tan descompuesto, que a Jacinta se le saltaron las lágrimas—. ¡Té...!, +lo que quiero es tu perdón, el perdón de la humanidad, a quien he +ofendido, a quien he ultrajado y pisoteado. Di que sí... Hay momentos en +la vida de los pueblos, digo, en la vida de los hombres, en que uno +debiera tener mil bocas para con todas ellas a la vez... expresar la, +la, la... Sería uno un coro... eso, eso... Porque yo he sido malo, no me +digas que no, no me lo digas...</p> + +<p>Jacinta advirtió que su marido sollozaba. ¿Pero de veras sollozaba o +era broma?</p> + +<p>«Juan, ¡por Dios!, me estás atormentando».</p> + +<p>—No, niña de mi alma —replicó él sentado en el suelo sin descubrir el +rostro, que tenía entre las manos—. ¿No ves que lloro? Compadécete de +este infeliz... He sido un perverso... Porque la <i>Pitusa</i> me +idolatraba... Seamos francos.</p> + +<p>Alzó entonces la cabeza, y tomó un aire más tranquilo.</p> + +<p>—Seamos francos; la verdad ante todo... me idolatraba. Creía que yo no +era como los demás, que era la caballerosidad, la hidalguía, la +decencia, la nobleza en persona, el acabose de los hombres... ¡Nobleza, +qué sarcasmo! Nobleza en la mentira; digo que no puede ser... y que no, +y que no. ¡Decencia porque se lleva una ropa que llaman levita!... ¡Qué +humanidad tan farsante! El pobre siempre debajo; el rico hace lo que le +da la gana. Yo soy rico... di que soy inconstante... La ilusión de lo +pintoresco se iba pasando. La grosería con gracia seduce algún tiempo, +después marca... Cada día me pesaba más la carga que me había echado +encima. El picor del ajo me repugnaba. Deseé, puedes creerlo, que la +<i>Pitusa</i> fuera mala para darle una puntera... Pero, quia... ni por +esas... ¿Mala ella? a buena parte... Si le mando echarse al fuego por +mí, ¡al fuego de cabeza! Todos los días jarana en la casa. Hoy acababa +en bien, mañana no... Cantos, guitarreo... José Izquierdo, a quien +llaman <i>Platón</i> porque comía en un plato como un barreño, arrojaba +chinitas al picador... Villalonga y yo les echábamos a pelear o les +reconciliábamos cuando nos convenía... La <i>Pitusa</i> temblaba de verlos +alegres y de verlos enfurruñados... ¿Sabes lo que se me ocurría? No +volver a aportar más por aquella maldita casa... Por fin resolvimos +Villalonga y yo largamos con viento fresco y no volver más. Una noche se +armó tal gresca, que hasta las navajas salieron, y por poco nadamos +todos en un lago de sangre... Me parece que oigo aquellas finuras: +«¡indecente, cabrón, <i>najabao, randa, murcia</i>...! No era posible +semejante vida. Di que no. El hastío era ya irresistible. La misma +<i>Pitusa</i> me era odiosa, como las palabras inmundas... Un día dije +<i>vuelvo</i>, y no volví más... Lo que decía Villalonga: cortar por lo +sano... Yo tenía algo en mi conciencia, un hilito que me tiraba hacia +allá... Lo corté... Fortunata me persiguió; tuve que jugar al escondite. +Ella por aquí, yo por allá... Yo me escurría como una anguila. No me +cogía, no. El último a quien vi fue Izquierdo; le encontré un día +subiendo la escalera de mi casa. Me amenazó; díjome que la <i>Pitusa</i> +estaba <i>cambrí</i> de cinco meses... <i>¡Cambrí de cinco meses...!</i> Alcé los +hombros... Dos palabras él, dos palabras yo... alargué este brazo, y +plaf... Izquierdo bajó de golpe un tramo entero... Otro estirón, y +plaf... de un brinco el segundo tramo... y con la cabeza para abajo...</p> + +<p>Esto último lo dijo enteramente descompuesto. Continuaba sentado en el +suelo, las piernas extendidas, apoyado un brazo en el asiento de la +silla. Jacinta temblaba. Le había entrado mortal frío, y daba diente con +diente. Permanecía en pie en medio de la habitación, como una estatua, +contemplando la figura lastimosísima de su marido, sin atreverse a +preguntarle nada ni a pedirle una aclaración sobre las extrañas cosas +que revelaba.</p> + +<p>«¡Por Dios y por tu madre! —dijo al fin movida del cariño y del +miedo—, no me cuentes más. Es preciso que te acuestes y procures +dormirte. Cállate ya».</p> + +<p>—¡Que me calle!... ¡que me calle! ¡Ah!, esposa mía, esposa adorada, +ángel de mi salvación... Mesías mío... ¿Verdad que me perdonas?... di +que sí.</p> + +<p>Se levantó de un salto y trató de andar... No podía. Dando una rápida +vuelta fue a desplomarse sobre el sofá, poniéndose la mano sobre los +ojos y diciendo con voz cavernosa: «¡Qué horrible pesadilla!». Jacinta +fue hacia él, le echó los brazos al cuello y le arrulló como se arrulla +a los niños cuando se les quiere dormir.</p> + +<p>Vencido al cabo de su propia excitación, el cerebro del Delfín caía en +estúpido embrutecimiento. Y sus nervios, que habían empezado a calmarse, +luchaban con la sedación. De repente se movía, como si saltara algo en +él y pronunciaba algunas sílabas. Pero la sedación vencía, y al fin se +quedó profundamente dormido. A media noche pudo Jacinta con no poco +trabajo llevarle hasta la cama y acostarle. Cayó en el sueño como en un +pozo, y su mujer pasó muy mala noche, atormentada por el desagradable +recuerdo de lo que había visto y oído.</p> + +<p>Al día siguiente Santa Cruz estaba como avergonzado. Tenía conciencia +vaga de los disparates que había hecho la noche anterior, y su amor +propio padecía horriblemente con la idea de haber estado ridículo. No se +atrevía a hablar a su mujer de lo ocurrido, y esta, que era la misma +prudencia, además de no decir una palabra, mostrábase tan afable y +cariñosa como de costumbre. Por último, no pudo mi hombre resistir el +afán de explicarse, y preparando el terreno con un sin fin de +zalamerías, le dijo:</p> + +<p>«Chiquilla, es preciso que me perdones el mal rato que te di anoche... +Debí ponerme muy pesadito... ¡Qué malo estaba! En mi vida me ha pasado +otra igual. Cuéntame los disparates que te dije, porque yo no me +acuerdo».</p> + +<p>—¡Ay! fueron muchos; pero muchos... Gracias que no había más público +que yo.</p> + +<p>—Vamos, con franqueza... estuve inaguantable.</p> + +<p>—Tú lo has dicho... —Es que no sé... En mi vida, puedes creerlo, he +cogido una turca como la que cogí anoche. El maldito inglés tuvo la +culpa y me la ha de pagar. ¡Dios mío, cómo me puse!... ¿Y qué dije, qué +dije?... No hagas caso, vida mía, porque seguramente dije mil cosas que +no son verdad. ¡Qué bochorno! ¿Estás enfadada? No, si no hay para qué...</p> + +<p>—Cierto. Como estabas... Jacinta no se atrevió a decir «borracho». La +palabra horrible negábase a salir de su boca.</p> + +<p>—Dilo, hija. Di <i>ajumao</i>, que es más bonito y atenúa un poco la +gravedad de la falta.</p> + +<p>—Pues como estabas <i>ajumaíto</i>, no eras responsable de lo que decías.</p> + +<p>—Pero qué, ¿se me escapó alguna palabra que te pudiera ofender?</p> + +<p>—No; sólo una media docena de voces elegantes, de las que usa la alta +sociedad. No las entendí bien. Lo demás bien clarito estaba, demasiado +clarito. Lloraste por tu <i>Pitusa</i> de tu alma, y te llamabas miserable +por haberla abandonado. Créelo, te pusiste que no había por dónde +cogerte.</p> + +<p>—Vaya, hija, pues ahora con la cabeza despejada, voy a decirte dos +palabritas para que no me juzgues por peor de lo que soy.</p> + +<p>Se fueron de paseo por las Delicias abajo, y sentados en solitario +banco, vueltos de cara al río, charlaron un rato. Jacinta se quería +comer con los ojos a su marido, adivinándole las palabras antes de que +las dijera, y confrontándolas con la expresión de los ojos a ver si eran +sinceras. ¿Habló Juan con verdad? De todo hubo. Sus declaraciones eran +una verdad refundida como las comedias antiguas. El amor propio no le +permitía la reproducción fiel de los hechos. Pues señor... al volver de +Plencia ya comprometido a casarse y enamorado de su novia, quiso saber +qué vuelta llevó Fortunata, de quien no había tenido noticias en tanto +tiempo. No le movía ningún sentimiento de ternura, sino la compasión y +el deseo de socorrerla si se veía en un mal paso. <i>Platón</i> estaba fuera +de Madrid y su mujer en el otro mundo. No se sabía tampoco a dónde +diantres había ido a parar el picador; pero Segunda había traspasado la +huevería y tenía en la misma Cava un poco más abajo, cerca ya de la +escalerilla, una covacha a que daba el nombre de <i>establecimiento</i>. En +aquella caverna habitaba y hacía el café que vendía por la mañana a la +gente del mercado. Cuatro cacharros, dos sillas y una mesa componían el +ajuar. En el resto del día prestaba servicios en la taberna del +<i>pulpitillo</i>. Había venido tan a menos en lo físico y en lo económico, +que a su antiguo tertulio le costó trabajo reconocerla.</p> + +<p>«¿Y la otra?...». porque esto era lo que importaba.</p> + + + +<hr /> +<h2>-<span class="smcap">vii</span>-</h2> + + +<p>Santa Cruz tardó algún tiempo en dar la debida respuesta. Hacía rayas en +el suelo con el bastón. Por fin se expresó así:</p> + +<p>«Supe que en efecto había...».</p> + +<p>Jacinta tuvo la piedad de evitarle las últimas palabras de la oración, +diciéndolas ella. Al Delfín se le quitó un peso de encima.</p> + +<p>«Traté de verla..., la busqué por aquí y por allá... y nada... Pero qué, +¿no lo crees? Después no pude ocuparme de nada. Sobrevino la muerte de +tu mamá. Transcurrió algún tiempo sin que yo pensara en semejante cosa, +y no debo ocultarte que sentía cierto escozorcillo aquí, en la +conciencia... Por Enero de este año, cuando me preparaba a hacer +diligencias, una amiga de Segunda me dijo que la <i>Pitusa</i> se había +marchado de Madrid. ¿A dónde? ¿Con quién? Ni entonces lo supe ni lo he +sabido después. Y ahora te juro que no la he vuelto a ver más ni he +tenido noticias de ella».</p> + +<p>La esposa dio un gran suspiro. No sabía por qué; pero tenía sobre su +alma cierta pesadumbre, y en su rectitud tomaba para sí parte de la +responsabilidad de su marido en aquella falta; porque falta había sin +duda. Jacinta no podía considerar de otro modo el hecho del abandono, +aunque este significara el triunfo del amor legítimo sobre el criminal, +y del matrimonio sobre el amancebamiento... No podían entretenerse más +en ociosas habladurías, porque pensaban irse a Cádiz aquella tarde y era +preciso disponer el equipaje y comprar algunas chucherías. De cada +población se habían de llevar a Madrid regalitos para todos. Con la +actividad propia de un día de viaje, las compras y algunas despedidas, +se distrajeron tan bien ambos de aquellos desagradables pensamientos, +que por la tarde ya estos se habían desvanecido.</p> + +<p>Hasta tres días después no volvió a rebullir en la mente de Jacinta el +gusanillo aquel. Fue cosa repentina, provocada por no sé qué, por esas +misteriosas iniciativas de la memoria que no sabemos de dónde salen. Se +acuerda uno de las cosas contra toda lógica, y a veces el encadenamiento +de las ideas es una extravagancia y hasta una ridiculez. ¿Quién creería +que Jacinta se acordó de Fortunata al oír pregonar las <i>bocas de la +Isla</i>? Porque dirá el curioso, y con razón, que qué tienen que ver las +bocas con aquella mujer. Nada, absolutamente nada.</p> + +<p>Volvían los esposos de Cádiz en el tren correo. No pensaban detenerse ya +en ninguna parte, y llegarían a Madrid de un tirón. Iban muy gozosos, +deseando ver a la familia, y darle a cada uno su regalo. Jacinta, aunque +picada del gusanillo aquel, había resuelto no volver a hablar de tal +asunto, dejándolo sepultado en la memoria, hasta que el tiempo lo +borrara para siempre. Pero al llegar a la estación de Jerez, ocurrió +algo que hizo revivir inesperadamente lo que ambos querían olvidar. Pues +señor... de la cantina de la estación vieron salir al condenado inglés +de la noche de marras, el cual les conoció al punto y fue a saludarles +muy fino y galante, y a ofrecerles unas cañas. Cuando se vieron libres +de él, Santa Cruz le echó mil pestes, y dijo que algún día había de +tener ocasión de darle el <i>par de galletas</i> que se tenía ganadas. «Este +danzante tuvo la culpa de que yo me pusiera aquella noche como me puse y +de que te contara aquellos horrores...».</p> + +<p>Por aquí empezó a enredarse la conversación hasta recaer otra vez en el +<i>punto negro</i>. Jacinta no quería que se le quedara en el alma una idea +que tenía, y a la primera ocasión la echó fuera de sí.</p> + +<p>«¡Pobres mujeres! —exclamó—. Siempre la peor parte para ellas».</p> + +<p>—Hija mía, hay que juzgar las cosas con detenimiento, examinar las +circunstancias... ver el medio ambiente... —dijo Santa Cruz preparando +todos los chirimbolos de esa dialéctica convencional con la cual se +prueba todo lo que se quiere.</p> + +<p>Jacinta se dejó hacer caricias. No estaba enfadada. Pero en su espíritu +ocurría un fenómeno muy nuevo para ella. Dos sentimientos diversos se +barajaban en su alma, sobreponiéndose el uno al otro alternativamente. +Como adoraba a su marido, sentíase orgullosa de que este hubiese +despreciado a otra para tomarla a ella. Este orgullo es primordial, y +existirá siempre aun en los seres más perfectos. El otro sentimiento +procedía del fondo de rectitud que lastraba aquella noble alma y le +inspiraba una protesta contra el ultraje y despiadado abandono de la +desconocida. Por más que el Delfín lo atenuase, había ultrajado a la +humanidad. Jacinta no podía ocultárselo a sí misma. Los triunfos de su +amor propio no le impedían ver que debajo del trofeo de su victoria +había una víctima aplastada. Quizás la víctima merecía serlo; pero la +vencedora no tenía nada que ver con que lo mereciera o no, y en el +altar de su alma le ponía a la tal víctima una lucecita de compasión.</p> + +<p>Santa Cruz, en su perspicacia, lo comprendió, y trataba de librar a su +esposa de la molestia de complacer a quien sin duda no lo merecía. Para +esto ponía en funciones toda la maquinaria más brillante que sólida de +su raciocinio, aprendido en el comercio de las liviandades humanas y en +someras lecturas. «Hija de mi alma, hay que ponerse en la realidad. Hay +dos mundos, el que se ve y el que no se ve. La sociedad no se gobierna +con las ideas puras. Buenos andaríamos... No soy tan culpable como +parece a primera vista; fíjate bien. Las diferencias de educación y de +clase establecen siempre una gran diferencia de procederes en las +relaciones humanas. Esto no lo dice el Decálogo; lo dice la realidad. La +conducta social tiene sus leyes que en ninguna parte están escritas; +pero que se sienten y no se pueden conculcar. Faltas cometí, ¿quién lo +duda?, pero imagínate que hubiera seguido entre aquella gente, que +<i>hubiera cumplido mis compromisos</i> con la <i>Pitusa</i>... No te quiero decir +más. Veo que te ríes. Eso me prueba que hubiera sido un absurdo, una +locura recorrer lo que, visto de allá, parecía el camino derecho. Visto +de acá, ya es otro distinto. En cosas de moral, lo recto y lo torcido +son según de donde se mire. No había, pues, más remedio que hacer lo que +hice, y salvarme... Caiga el que caiga. El mundo es así. Debía yo +salvarme, ¿sí o no? Pues debiendo salvarme, no había más remedio que +lanzarme fuera del barco que se sumergía. En los naufragios siempre hay +alguien que se ahoga... Y en el caso concreto del abandono, hay también +mucho que hablar. Ciertas palabras no significan nada por sí. Hay que +ver los hechos... Yo la busqué para socorrerla; ella no quiso parecer. +Cada cual tiene su destino. El de ella era ese: no parecer cuando yo la +buscaba».</p> + +<p>Nadie diría que el hombre que de este modo razonaba, con arte tan sutil +y paradójico, era el mismo que noches antes, bajo la influencia de una +bebida espirituosa, había vaciado toda su alma con esa sinceridad brutal +y disparada que sólo puede compararse al vómito físico, producido por un +emético muy fuerte. Y después, cuando el despejo de su cerebro le hacía +dueño de todas sus triquiñuelas de hombre leído y mundano, no volvió a +salir de sus labios ni un solo vocablo soez, ni una sola espontaneidad +de aquellas que existían dentro de él, como existen los trapos de +colorines en algún rincón de la casa del que ha sido cómico, aunque sólo +lo haya sido de afición. Todo era convencionalismo y frase ingeniosa en +aquel hombre que se había emperejilado intelectualmente, cortándose una +levita para las ideas y planchándole los cuellos al lenguaje.</p> + +<p>Jacinta, que aún tenía poco mundo, se dejaba alucinar por las dotes +seductoras de su marido. Y le quería tanto, quizás por aquellas mismas +dotes y por otras, que no necesitaba hacer ningún esfuerzo para creer +cuanto le decía, si bien creía por fe, que es sentimiento, más que por +convicción. Largo rato charlaron, mezclando las discusiones con los +cariños discretos (por que en Sevilla entró gente en el coche y no había +que pensar en la <i>besadera</i>), y cuando vino la noche sobre España, cuyo +radio iban recorriendo, se durmieron allá por Despeñaperros, soñaron con +lo mucho que se querían, y despertaron al fin en Alcázar con la idea +placentera de llegar pronto a Madrid, de ver a la familia, de contar +todas las peripecias del viaje (menos la escenita de la noche aquella) y +de repartir los regalos.</p> + +<p>A Estupiñá le llevaban un bastón que tenía por puño la cabeza de una +cotorra.</p> + + + +<hr /> +<h2><a name="via" id="via"></a>-VI-</h2> + +<h2>Más y más pormenores referentes a esta ilustre familia</h2> + +<h2>-<span class="smcap">i</span>-</h2> + + +<p>Pasaban meses, pasaban años, y en aquella dichosa casa todo era paz y +armonía. No se ha conocido en Madrid familia mejor avenida que la de +Santa Cruz, compuesta de dos parejas; ni es posible imaginar una +compatibilidad de caracteres como la que existía entre Barbarita y +Jacinta. He visto juntas muchas veces a la suegra y a la nuera, y por +Dios que se manifestaba muy poco en ellas la diferencia de edades. +Barbarita conservaba a los cincuenta y tres años una frescura +maravillosa, el talle perfecto y la dentadura sorprendente. Verdad que +tenía el cabello casi enteramente blanco; el cual más parecía empolvado +conforme al estilo Pompadour, que encanecido por la edad. Pero lo que la +hacía más joven era su afabilidad constante, aquel sonreír gracioso y +benévolo con que iluminaba su rostro.</p> + +<p>De veras que no tenían por qué quejarse de su destino aquellas cuatro +personas. Se dan casos de individuos y familias a quienes Dios no les +debe nada; y sin embargo, piden y piden.</p> + +<p>Es que hay en la naturaleza humana un vicio de mendicidad; eso no tiene +duda. Ejemplo los de Santa Cruz, que gozaban de salud cabal, eran ricos, +estimados de todo el mundo y se querían entrañablemente. ¿Qué les hacía +falta? Parece que nada. Pues alguno de los cuatro pordioseaba. Es que +cuando un conjunto de circunstancias favorables pone en las manos del +hombre gran cantidad de bienes, privándole de uno solo, la fatalidad de +nuestra naturaleza o el principio de descontento que existe en nuestro +barro constitutivo le impulsan a desear precisamente lo poquito que no +se le ha otorgado. Salud, amor, riqueza, paz y otras ventajas no +satisfacían el alma de Jacinta; y al año de casada, más aún a los dos +años, deseaba ardientemente lo que no tenía. ¡Pobre joven! Lo tenía +todo, menos chiquillos.</p> + +<p>Esta pena, que al principio fue desazón insignificante, impaciencia tan +sólo convirtiose pronto en dolorosa idea de vacío. Era poco cristiano, +al decir de Barbarita, desesperarse por la falta de sucesión. Dios, que +les diera tantos bienes, habíales privado de aquel. No había más remedio +que resignarse, alabando la mano del que lo mismo muestra su +omnipotencia dando que quitando.</p> + +<p>De este modo consolaba a su nuera, que más le parecía hija; pero allá en +sus adentros deseaba tanto como Jacinta la aparición de un muchacho que +perpetuase la casta y les alegrase a todos. Se callaba este ardiente +deseo por no aumentar la pena de la otra; mas atendía con ansia a todo +lo que pudiera ser síntoma de esperanzas de sucesión. ¡Pero quia! Pasaba +un año, dos, y nada; ni aun siquiera esas presunciones vagas que hacen +palpitar el corazón de las que sueñan con la maternidad, y a veces les +hacen decir y hacer muchas tonterías.</p> + +<p>«No tengas prisa, hija —decía Barbarita a su sobrina—. Eres muy joven. +No te apures por los chiquillos, que ya los tendrás, te cargarás de +familia, y te aburrirás como se aburrió tu madre, y pedirás a Dios que +no te dé más. ¿Sabes una cosa? Mejor estamos así. Los muchachos lo +revuelven todo y no dan más que disgustos. El sarampión, el +garrotillo... ¡Pues nada te quiero decir de las amas!... ¡qué +calamidad!... Luego estás hecha una esclava... Que si comen, que si se +indigestan, que si se caen y se abren la cabeza. Vienen después las +inclinaciones que sacan. Si salen de mala índole... si no estudian... +¡qué sé yo!...».</p> + +<p>Jacinta no se convencía. Quería canarios de alcoba a todo trance, aunque +salieran raquíticos y feos; aunque luego fueran traviesos, enfermos y +calaveras; aunque de hombres la mataran a disgustos. Sus dos hermanas +mayores parían todos los años, como su madre. Y ella nada, ni +esperanzas. Para mayor contrasentido, Candelaria, que estaba casada con +un pobre, había tenido dos de un vientre. ¡Y ella, que era rica, no +tenía ni siquiera medio!... Dios estaba ya chocho sin duda.</p> + +<p>Vamos ahora a otra cosa. Los de Santa Cruz, como familia respetabilísima +y rica, estaban muy bien relacionados y tenían amigos en todas las +esferas, desde la más alta a la más baja. Es curioso observar cómo +nuestra edad, por otros conceptos infeliz, nos presenta una dichosa +confusión de todas las clases, mejor dicho, la concordia y +reconciliación de todas ellas. En esto aventaja nuestro país a otros, +donde están pendientes de sentencia los graves pleitos históricos de la +igualdad. Aquí se ha resuelto el problema sencilla y pacíficamente, +gracias al temple democrático de los españoles y a la escasa vehemencia +de las preocupaciones nobiliarias. Un gran defecto nacional, la +empleomanía, tiene también su parte en esta gran conquista. Las oficinas +han sido el tronco en que se han injertado las ramas históricas, y de +ellas han salido amigos el noble tronado y el plebeyo ensoberbecido por +un título universitario; y de amigos, pronto han pasado a parientes. +Esta confusión es un bien, y gracias a ella no nos aterra el contagio de +la guerra social, porque tenemos ya en la masa de la sangre un +socialismo atenuado e inofensivo. Insensiblemente, con la ayuda de la +burocracia, de la pobreza y de la educación académica que todos los +españoles reciben, se han ido compenetrando las clases todas, y sus +miembros se introducen de una en otra, tejiendo una red espesa que +amarra y solidifica la masa nacional. El nacimiento no significa nada +entre nosotros, y todo cuanto se dice de los pergaminos es conversación. +No hay más diferencias que las esenciales, las que se fundan en la buena +o mala educación, en ser tonto o discreto, en las desigualdades del +espíritu, eternas como los atributos del espíritu mismo. La otra +determinación positiva de clases, el dinero, está fundada en principios +económicos tan inmutables como las leyes físicas, y querer impedirla +viene a ser lo mismo que intentar beberse la mar.</p> + +<p>Las amistades y parentescos de las familias de Santa Cruz y Arnaiz +pueden ser ejemplo de aquel feliz revoltijo de las clases sociales; mas, +¿quién es el guapo que se atreve a formar estadística de las ramas de +tan dilatado y laberíntico árbol, que más bien parece enredadera, cuyos +vástagos se cruzan, suben, bajan y se pierden en los huecos de un +follaje densísimo? Sólo se puede intentar tal empresa con la ayuda de +Estupiñá, que sabe al dedillo la historia de todas las familias +comerciales de Madrid, y todos los enlaces que se han hecho en medio +siglo. Arnaiz el gordo también se pirra por hablar de linajes y por +buscar parentescos, averiguando orígenes humildes de fortunas +orgullosas, y haciendo hincapié en la desigualdad de ciertos +matrimonios, a los cuales, en rigor de verdad, se debe la formación del +terreno democrático sobre que se asienta la sociedad española. De una +conversación entre Arnaiz y Estupiñá han salido las siguientes noticias:</p> + + + +<hr /> +<h2>-<span class="smcap">ii</span>-</h2> + + +<p>Ya sabemos que la madre de D. Baldomero Santa Cruz y la de Gumersindo y +Barbarita Arnaiz eran parientes y venían del Trujillo extremeño y +albardero. La actual casa de banca <i>Trujillo</i> y <i>Fernández</i>, de una +respetabilidad y solidez intachables, procede del mismo tronco. +Barbarita es, pues, pariente del jefe de aquella casa, aunque su +parentesco resulta algo lejano. El primer conde de Trujillo está casado +con una de las hijas del famoso negociante Casarredonda, que hizo +colosal fortuna vendiendo fardos de <i>Coruñas</i> y <i>Viveros</i> para vestir a +la tropa y a la Milicia Nacional. Otra de las hijas del marqués de +Casarredonda era duquesa de Gravelinas. Ya tenemos aquí, perfectamente +enganchadas, a la aristocracia antigua y al comercio moderno.</p> + +<p>Pero existe en Cádiz una antigua y opulenta familia comercial que sirvió +como ninguna para enredar más la madeja social. Las hijas del famoso +Bonilla, importador de pañolería y después banquero y extractor de +vinos, casaron: la una con Sánchez Botín, propietario, de quien vino la +generala Minio, la marquesa de Tellería y Alejandro Sánchez Botín, la +otra con uno de los Morenos de Madrid, co-fundador de los Cinco Gremios +y del Banco de San Fernando, y la tercera con el duque de Trastamara, de +donde vino Pepito Trastamara. El hijo único de Bonilla casó con una +Trujillo.</p> + +<p>Pasemos ahora a los Morenos, procedentes del valle de Mena, una de las +familias más dilatadas y que ofrecen más desigualdades y contrastes en +sus infinitos y desparramados miembros. Arnaiz y Estupiñá disputan, sin +llegar a entenderse, sobre si el tronco de los Morenos estuvo en una +droguería o en una peletería. En esto reina cierta oscuridad, que no se +disipará mientras no venga uno de estos averiguadores fanáticos que son +capaces de contarle a Noé los pelos que tenía en la cabeza y el número +de <i>eses</i> que hizo cuando cogió la primera <i>pítima</i> de que la historia +tiene noticia. Lo que sí se sabe es que un Moreno casó con una +Isla-Bonilla a principios del siglo, viniendo de aquí la Casa de giro +que del 19 al 35 estuvo en la subida de Santa Cruz junto a la iglesia, y +después en la plazuela de Pontejos. Por la misma época hallamos un +Moreno en la Magistratura, otro en la Armada, otro en el Ejército y otro +en la Iglesia. La Casa de banca no era ya <i>Moreno</i> en 1870, sino +<i>Ruiz-Ochoa</i> y <i>Compañía</i>, aunque uno de sus principales socios era don +Manuel Moreno-Isla. Tenemos diferentes estirpes del tronco remotísimo +de los Morenos. Hay los Moreno-Isla, los Moreno-Vallejo y los +Moreno-Rubio, o sea los Morenos ricos y los Morenos pobres, ya tan +distantes unos de otros que muchos ni se tratan ni se consideran afines. +Castita Moreno, aquella presumida amiga de Barbarita en la escuela de la +calle Imperial, había nacido en los Morenos ricos y fue a parar, con los +vaivenes de la vida, a los Morenos pobres. Se casó con un farmacéutico +de la interminable familia de los Samaniegos, que también tienen su +puesto aquí. Una joven perteneciente a los Morenos ricos casó con un +Pacheco, aristócrata segundón, hermano del duque de Gravelinas, y de +esta unión vino Guillermina Pacheco a quien conoceremos luego. Ved ahora +cómo una rama de los Morenos se mete entre el follaje de los +Gravelinas, donde ya se engancha también el ramojo de los Trujillos, el +cual venía ya trabado con los Arnaiz de Madrid y con los Bonillas de +Cádiz, formando una maraña cuyos hilos no es posible seguir con la +vista.</p> + +<p>Aún hay más. D. Pascual Muñoz, dueño de un acreditadísimo +establecimiento de hierros en la calle de Tintoreros, progresista de +inmenso prestigio en los barrios del Sur, verdadera potencia electoral y +política en Madrid, casó con una Moreno de no sé qué rama, emparentada +con Mendizábal y con Bonilla, de Cádiz. Su hijo, que después fue marqués +de Casa-Muñoz, casó con la hija de Albert, el que daba la cara en las +contratas de paños y lienzos con el Gobierno. Eulalia Moreno, hija +también del D. Pascual y hermana del actual marqués, se unió a D. +Cayetano Villuendas, rico propietario de casas, progresista rancio. +Dejamos sueltos estos cabos para tomarlos más adelante.</p> + +<p>Los Samaniegos, oriundos, como los Morenos, del país de Mena también son +ciento y la madre. Ya sabemos que la hija segunda de Gumersindo Arnaiz, +hermana de Jacinta, casó con Pepe Samaniego, hijo de un droguista +arruinado de la Concepción Jerónima... Hay muchos Samaniegos en el +comercio menudo, y leyendo el instructivo libro de los rótulos de +tiendas, se encuentra la <i>Farmacia de Samaniego</i> en la calle del Ave +María (cuyo dueño era el marido de Castita Moreno), y la <i>Carnicería de +Samaniego</i> en la de las Maldonadas. Sin rótulo hay un Samaniego +prestamista y medio curial, otro cobrador del Banco, otro que tiene +tienda de sedas en la calle de Botoneras y, por fin, varios que son +horteras en diferentes tiendas. El Samaniego agente de Bolsa es primo de +estos.</p> + +<p>La hija mayor de Gumersindo Arnaiz se casó con Ramón Villuendas, ya +viudo con dos hijos, célebre cambiante de la calle de Toledo, la casa de +Madrid que más trabaja en el negocio de moneda. Un hermano de este casó +con la hija de la viuda de Aparisi, dueño de la camisería en que fue +dependiente Pepe Samaniego. El tío de ambos, D. Cayetano Villuendas, +progresistón y riquísimo casero, era el esposo de Eulalia Muñoz, y su +gran fortuna procedía del negocio de curtidos en una época anterior a la +de Céspedes. Ya se ató el cabo que quedara pendiente poco ha.</p> + +<p>Ahora se nos presentan algunos ramos que parecen sueltos y no lo están. +¿Pero quién podrá descubrir su misterioso enlace con los revueltos y +cruzados vástagos de esta colosal enredadera? ¿Quién puede indagar si +Dámaso Trujillo, el que puso en la Plaza Mayor la zapatería <i>Al ramo de +azucenas</i>, pertenece al genuino linaje de los Trujillos antes +mencionados? ¿Cuál será el averiguador que se lance a poner en claro si +el dueño de <i>El Buen gusto</i>, un tenducho de mantas de la calle de la +Encomienda, es pariente indudable de los Villuendas ricos? Hay quien +dice que Pepe Moreno Vallejo, el cordelero de la Concepción Jerónima, es +primo hermano de D. Manuel Moreno-Isla, uno de los Morenos que atan +perros con longaniza; y se dice que un Arnaiz, empleado de poco sueldo, +es pariente de Barbarita. Hay un Muñoz y Aparisi, tripicallero en las +inmediaciones del Rastro, que se supone primo segundo del marqués de +Casa-Muñoz y de su hermana la viuda de Aparisi; y por fin, es preciso +hacer constar que un cierto Trujillo, jesuita, reclama un lugar en +nuestra enredadera, y también hay que dársele al Ilustrísimo Obispo de +Plasencia, fray Luis Moreno-Isla y Bonilla. Asimismo lleva en su árbol +el nombre de Trujillo, la mujer de Zalamero, subsecretario de +Gobernación; pero su primer apellido es Ruiz Ochoa y es hija de la +distinguida persona que hoy está al frente de la banca de Moreno.</p> + +<p>Barbarita no se trataba con todos los individuos que aparecen en esta +complicada enredadera. A muchos les esquivaba por hallarse demasiado +altos; a otros apenas les distinguía por hallarse muy bajos. Sus +amistades verdaderas, como los parentescos reconocidos, no eran en gran +número, aunque sí abarcaban un círculo muy extenso, en el cual se +entremezclaban todas las jerarquías. En un mismo día, al salir de paseo +o de compras, cambiaba saludos más o menos afectuosos con la de Ruiz +Ochoa, con la generala Minio, con Adela Trujillo, con un Villuendas +rico, con un Villuendas pobre, con el pescadero pariente de Samaniego, +con la duquesa de Gravelinas, con un Moreno Vallejo magistrado, con un +Moreno Rubio médico, con un Moreno Jáuregui sombrerero, con un Aparisi +canónigo, con varios horteras, con tan diversa gente, en fin, que otra +persona de menos tino habría trocado los nombres y tratamientos.</p> + +<p>La mente más segura no es capaz de seguir en su laberíntico enredo las +direcciones de los vástagos de este colosal árbol de linajes +matritenses. Los hilos se cruzan, se pierden y reaparecen donde menos se +piensa. Al cabo de mil vueltas para arriba y otras tantas para abajo, se +juntan, se separan, y de su empalme o bifurcación salen nuevos enlaces, +madejas y marañas nuevas. Cómo se tocan los extremos del inmenso ramaje +es curioso de ver; por ejemplo, cuando Pepito Trastamara, que lleva el +nombre de los bastardos de D. Alfonso XI, va a pedir dinero a Cándido +Samaniego, prestamista usurero, individuo de la <i>Sociedad protectora de +señoritos necesitados</i>.</p> + + + +<hr /> +<h2>-<span class="smcap">iii</span>-</h2> + + +<p>Los de Santa Cruz vivían en su casa propia de la calle de Pontejos, +dando frente a la plazuela del mismo nombre; finca comprada al difunto +Aparisi, uno de los socios de la Compañía de Filipinas. Ocupaban los +dueños el principal, que era inmenso, con doce balcones a la calle y +mucha comodidad interior. No lo cambiara Barbarita por ninguno de los +modernos hoteles, donde todo se vuelve escaleras y están además abiertos +a los cuatro vientos. Allí tenía número sobrado de habitaciones, todas +en un solo andar desde el salón a la cocina. Ni trocara tampoco su +barrio, aquel <i>riñón de Madrid</i> en que había nacido, por ninguno de los +caseríos flamantes que gozan fama de más ventilados y alegres. Por más +que dijeran, el barrio de Salamanca es <i>campo</i>... Tan apegada era la +buena señora al terruño de su arrabal nativo, que para ella no vivía en +Madrid quien no oyera por las mañanas el ruido cóncavo de las cubas de +los aguadores en la fuente de Pontejos; quien no sintiera por mañana y +tarde la batahola que arman los coches correos; quien no recibiera a +todas horas el hálito tenderil de la calle de Postas, y no escuchara por +Navidad los zambombazos y panderetazos de la plazuela de Santa Cruz; +quien no oyera las campanadas del reloj de la Casa de Correos tan claras +como si estuvieran dentro de la casa; quien no viera pasar a los +cobradores del Banco cargados de dinero y a los carteros salir en +procesión. Barbarita se había acostumbrado a los ruidos de la vecindad, +cual si fueran amigos, y no podía vivir sin ellos.</p> + +<p>La casa era tan grande, que los dos matrimonios vivían en ella +holgadamente y les sobraba espacio. Tenían un salón algo anticuado, con +tres balcones. Seguía por la izquierda el gabinete de Barbarita, luego +otro aposento, después la alcoba. A la derecha del salón estaba el +despacho de Juanito, así llamado no porque este tuviese nada que +despachar allí, sino porque había mesa con tintero y dos hermosas +librerías. Era una habitación muy bien puesta y cómoda. El gabinetito de +Jacinta, inmediato a esta pieza, era la estancia más bonita y elegante +de la casa y la única tapizada con tela; todas las demás lo estaban con +colgadura de papel, de un arte dudoso, dominando los grises y tórtola +con oro. Veíanse en esta pieza algunas acuarelas muy lindas compradas +por Juanito, y dos o tres óleos ligeros, todo selecto y de regulares +firmas, porque Santa Cruz tenía buen gusto dentro del gusto vigente. Los +muebles eran de raso o de felpa y seda combinadas con arreglo a la moda, +siendo de notar que lo que allí se veía no chocaba por original ni +tampoco por rutinario. Seguía luego la alcoba del matrimonio joven, la +cual se distinguía principalmente de la paterna en que en esta había +lecho común y los jóvenes los tenían separados. Sus dos camas de +palosanto eran muy elegantes, con pabellones de seda azul. La de los +padres parecía un andamiaje de caoba con cabecera de morrión y columnas +como las de un sagrario de Jueves Santo. La alcoba <i>de los pollos</i> se +comunicaba con habitaciones de servicio, y le seguían dos grandes piezas +que Jacinta destinaba a los niños... cuando Dios se los diera. +Hallábanse amuebladas con lo que iba sobrando de los aposentos que se +ponían de nuevo, y su aspecto era por demás heterogéneo. Pero el arreglo +definitivo de estas habitaciones vacantes existía completo en la +imaginación de Jacinta, quien ya tenía previstos hasta los últimos +detalles de todo lo que se había de poner allí cuando el caso llegara.</p> + +<p>El comedor era interior, con tres ventanas al patio, su gran mesa y +aparadores de nogal llenos de finísima loza de China, la consabida +sillería de cuero claveteado, y en las paredes papel imitando roble, +listones claveteados también, y los bodegones al óleo, no malos, con la +invariable raja de sandía, el conejo muerto y unas ruedas de merluza que +de tan bien pintadas parecía que olían mal. Asimismo era interior el +despacho de D. Baldomero.</p> + +<p>Estaban abonados los de Santa Cruz a un landó. Se les veía en los +paseos; pero su tren era de los que <i>no llaman la atención</i>. Juan solía +tener por temporadas un faetón o un tílburi, que guiaba muy bien, y +también tenía caballo de silla; mas le picaba tanto la comezón de la +variedad que a poco de montar un caballo, ya empezaba a encontrarle +defectos y quería venderlo para comprar otro. Los dos matrimonios se +daban buena vida; pero sin presumir, huyendo siempre de señalarse y de +que los periódicos les llamaran <i>anfitriones</i>. Comían bien; en su casa +había muy poca etiqueta y cierto patriarcalismo, porque a veces se +sentaban a la mesa personas de clase humilde y otras muy decentes que +habían venido a menos. No tenían cocinero de estos de gorro blanco, sino +una cocinera antigua muy bien amañada, que podía medir sus talentos con +cualquier <i>jefe</i>; y la ayudaban dos <i>pinchas</i>, que más bien eran +alumnas.</p> + +<p>Todos los primeros de mes recibía Barbarita de su esposo mil duretes. D. +Baldomero disfrutaba una renta de veinticinco mil pesos, parte de +alquileres de sus casas, parte de acciones del Banco de España y lo +demás de la participación que conservaba en su antiguo almacén. Daba +además a su hijo dos mil duros cada semestre para sus gastos +particulares, y en diferentes ocasiones le ofreció un pequeño capital +para que emprendiera negocios por sí; pero al chico le iba bien con su +dorada indolencia y no quería quebraderos de cabeza. El resto de su +renta lo capitalizaba D. Baldomero, bien adquiriendo más acciones cada +año, bien amasando para hacerse con una casa más. De aquellos mil duros +que la señora cogía cada mes, daba al Delfín dos o tres mil reales, que +con esto y lo que del papá recibía estaba como en la gloria; y los diez +y siete mil reales restantes eran para el gasto diario de la casa y para +los de ambas damas, que allá se las arreglaban muy bien en la +distribución, sin que jamás hubiese entre ellas el más ligero pique por +un duro de más o de menos. Del gobierno doméstico cuidaban las dos, pero +más particularmente la suegra, que mostraba ciertas tendencias al +despotismo ilustrado. La nuera tenía el delicado talento de respetar +esto, y cuando veía que alguna disposición suya era derogada por la +autócrata, mostrábase conforme. Barbarita era administradora general de +puertas adentro, y su marido mismo, después que religiosamente le +entregaba el dinero, no tenía que pensar en nada de la casa, como no +fuese en los viajes de verano. La señora lo pagaba todo, desde el +alquiler del coche a la peseta de <i>El Imparcial</i>, sin que necesitara +llevar cuentas para tan complicada distribución, ni apuntar cifra +alguna. Era tan admirable su tino aritmético, que ni una sola vez pasó +más allá de la indecisa raya que tan fácilmente traspasan los ricos; +llegaba el fin de mes y siempre había un <i>superávit</i> con el cual +ayudaba a ciertas empresas caritativas de que se hablará más adelante. +Jacinta gastaba siempre mucho menos de lo que su suegra le daba para +menudencias; no era aficionada a estrenar a menudo, ni a enriquecer a +las modistas. Los hábitos de economía adquiridos en su niñez estaban tan +arraigados que, aunque nunca le faltó dinero, traía a casa una costurera +para hacer trabajillos de ropa y arreglos de trajes que otras señoras +menos ricas suelen encargar fuera. Y por dicha suya, no tenía que +calentarse la cabeza para discurrir el empleo de sus sobrantes, pues +allí estaba su hermana Candelaria, que era pobre y se iba cargando de +familia. Sus hermanitas solteras también recibían de ella frecuentes +dádivas; ya los sombreritos de moda, ya el <i>fichú</i> o la manteleta, y +hasta vestidos completos acabados de venir de París.</p> + +<p>El abono que tomaron en el Real a un turno de palco principal fue idea +de D. Baldomero quien no tenía malditas ganas de oír óperas, pero quería +que Barbarita fuera a ellas para que le contase, al acostarse o después +de acostados, todo lo que había visto en el <i>Regio coliseo</i>. Resultó que +a Barbarita no la llamaba mucho el Real; mas aceptó con gozo para que +fuera Jacinta. Esta, a su vez, no tenía verdaderamente muchas ganas de +teatro; pero alegrose mucho de poder llevar al Real a sus hermanitas +solteras, porque las pobrecillas, si no fuera así, no lo catarían nunca. +Juan, que era muy aficionado a la música, estaba abonado a diario, con +seis amigos, a un palco alto de proscenio.</p> + +<p>Las de Santa Cruz no llamaban la atención en el teatro, y si alguna +mirada caía sobre el palco era para las pollas colocadas en primer +término con simetría de escaparate. Barbarita solía ponerse en primera +fila para echar los gemelos en redondo y poder contarle a Baldomero algo +más que cosas de decoraciones y del argumento de la ópera. Las dos +hermanas casadas, Candelaria y Benigna, iban alguna vez, Jacinta casi +siempre; pero se divertía muy poco. Aquella mujer mimada por Dios, que +la puso rodeada de ternura y bienandanzas en el lugar más sano, hermoso +y tranquilo de este valle de lágrimas, solía decir en tono quejumbroso +que <i>no tenía gusto para nada</i>. La envidiada de todos, envidiaba a +cualquier mujer pobre y descalza que pasase por la calle con un mamón en +brazos liado en trapos. Se le iban los ojos tras de la infancia en +cualquier forma que se le presentara, ya fuesen los niños ricos, +vestidos de marineros y conducidos por la institutriz inglesa, ya los +mocosos pobres, envueltos en bayeta amarilla, sucios, con caspa en la +cabeza y en la mano un pedazo de pan lamido. No aspiraba ella a tener +uno solo, sino que quería verse rodeada de una <i>serie</i>, desde el pillín +de cinco años, hablador y travieso, hasta el rorró de meses que no hace +más que reír como un bobo, tragar leche y apretar los puños. Su +desconsuelo se manifestaba a cada instante, ya cuando encontraba una +bandada que iba al colegio, con sus pizarras al hombro y el lío de +libros llenos de mugre, ya cuando le salía al paso algún precoz mendigo +cubierto de andrajos, mostrando para excitar la compasión sus carnes sin +abrigo y los pies descalzos, llenos de sabañones. Pues como viera los +alumnos de la Escuela Pía, con su uniforme galonado y sus guantes, tan +limpios y bien puestos que parecían caballeros chiquitos, se los comía +con los ojos. Las niñas vestidas de rosa o celeste que juegan a la rueda +en el Prado y que parecen flores vivas que se han caído de los árboles; +las pobrecitas que envuelven su cabeza en una toquilla agujereada; los +que hacen sus primeros pinitos en la puerta de una tienda agarrándose a +la pared; los que chupan el seno de sus madres mirando por el rabo del +ojo a la persona que se acerca a curiosear; los pilletes que enredan en +las calles o en el solar vacío arrojándose piedras y rompiéndose la ropa +para desesperación de las madres; las nenas que en Carnaval se visten de +chulas y se contonean con la mano clavada en la cintura; las que piden +para la Cruz de Mayo; los talluditos que usan ya bastón y ganan premios +en los colegios, y los que en las funciones de teatro por la tarde +sueltan el grito en la escena más interesante, distrayendo a los +actores y enfureciendo al público... todos, en una palabra, le +interesaban igualmente.</p> + + + +<hr /> +<h2>-<span class="smcap">iv</span>-</h2> + + +<p>Y de tal modo se iba enseñoreando de su alma el afán de la maternidad, +que pronto empezó a embotarse en ella la facultad de apreciar las +ventajas que disfrutaba. Estas llegaron a ser para ella invisibles, como +lo es para todos los seres el fundamental medio de nuestra vida, la +atmósfera. ¿Pero qué hacía Dios que no mandaba uno siquiera de los +chiquillos que en número infinito tiene por allá? ¿En qué estaba +pensando su Divina Majestad? Y Candelaria, que apenas tenía con qué +vivir, ¡uno cada año!... Y que vinieran diciendo que hay equidad en el +Cielo... Sí; no está mala justicia la de arriba... sí... ya lo estamos +viendo... De tanto pensar en esto, parecía en ocasiones monomaniaca, y +tenía que apelar a su buen juicio para no dar a conocer el desatino de +su espíritu, que casi casi iba tocando en la ridiculez. ¡Y le ocurrían +cosas tan raras...! Su pena tenía las intermitencias más extrañas, y +después de largos periodos de sosiego se presentaba impetuosa y aguda, +como un mal crónico que está siempre en acecho para acometer cuando +menos se le espera. A veces, una palabra insignificante que en la calle +o en su casa oyera o la vista de cualquier objeto le encendían de súbito +en la mente la llama de aquel tema, produciéndole opresiones en el pecho +y un sobresalto inexplicable.</p> + +<p>Se distraía cuidando y mimando a los niños de sus hermanas, a los cuales +quería entrañablemente; pero siempre había entre ella y sus sobrinitos +una distancia que no podía llenar. No eran suyos, no los había <i>tenido</i> +ella, no se los sentía unidos a sí por un hilo misterioso. Los +verdaderamente unidos no existían más que en su pensamiento, y tenía que +encender y avivar este, como una fragua, para forjarse las alegrías +verdaderas de la maternidad. Una noche salió de la casa de Candelaria +para volverse a la suya poco antes de la hora de comer. Ella y su +hermana se habían puesto de puntas por una tontería, porque Jacinta +mimaba demasiado a Pepito, nene de tres años, el primogénito de +Samaniego. Le compraba juguetes caros, le ponía en la mano, para que las +rompiera, las figuras de china de la sala y le permitía comer mil +golosinas. «¡Ah!, si fueras madre de verdad no harías esto...». —«Pues +si no lo soy, mejor... ¿A ti qué te importa?». —«A mí nada. Dispensa, +hija, ¡qué genio!». —«Si no me enfado...».—«¡Vaya, que estás +mimadita!».</p> + +<p>Estas y otras tonterías no tenían consecuencias, y al cuarto de hora se +echaban a reír, y en paz. Pero aquella noche, al retirarse, sentía la +Delfina ganas de llorar. Nunca se había mostrado en su alma de un modo +tan imperioso el deseo de tener hijos. Su hermana la había humillado, su +hermana se enfadaba de que quisiera tanto al sobrinito. ¿Y aquello qué +era sino celos?... Pues cuando ella tuviera un chico, no permitiría a +nadie ni siquiera mirarle... Recorrió el espacio desde la calle de las +Hileras a la de Pontejos, extraordinariamente excitada, sin ver a nadie. +Llovía un poco y ni siquiera se acordó de abrir su paraguas. El gas de +los escaparates estaba ya encendido, pero Jacinta, que acostumbraba +pararse a ver las novedades, no se detuvo en ninguna parte. Al llegar a +la esquina de la plazuela de Pontejos y cuando iba a atravesar la calle +para entrar en el portal de su casa, que estaba enfrente, oyó algo que +la detuvo. Corriole un frío cortante por todo el cuerpo; quedose parada, +el oído atento a un rumor que al parecer venía del suelo, de entre las +mismas piedras de la calle. Era un gemido, una voz de la naturaleza +animal pidiendo auxilio y defensa contra el abandono y la muerte. Y el +lamento era tan penetrante, tan afilado y agudo, que más que voz de un +ser viviente parecía el sonido de la prima de un violín herida +tenuemente en lo más alto de la escala. Sonaba de esta manera: +<i>miiii</i>... Jacinta miraba al suelo; porque sin duda el quejido aquel +venía de lo profundo de la tierra. En sus desconsoladas entrañas lo +sentía ella penetrar, traspasándole como una aguja el corazón.</p> + +<p>Busca por aquí, busca por allá, vio al fin junto a la acera por la parte +de la plaza una de esas hendiduras practicadas en el encintado, que se +llaman <i>absorbederos</i> en el lenguaje municipal, y que sirven para dar +entrada en la alcantarilla al agua de las calles. De allí, sí, de allí +venían aquellos lamentos que trastornaban el alma de la Delfina, +produciéndole un dolor, una efusión de piedad que a nada pueden +compararse. Todo lo que en ella existía de presunción materna, toda la +ternura que los éxtasis de madre soñadora habían ido acumulando en su +alma se hicieron fuerza activa para responder al <i>miiiii</i> subterráneo +con otro <i>miiii</i> dicho a su manera.</p> + +<p>¿A quién pediría socorro? «Deogracias» gritó llamando al portero. +Felizmente, el portero estaba en la esquina de la calle de la Paz +hablando con un conductor del coche-correo, y al punto oyó la voz de su +señorita. En cuatro trancos se puso a su lado.</p> + +<p>«Deogracias... eso... que ahí suena... mira a ver...» dijo la señorita +temblando y pálida.</p> + +<p>El portero prestó atención; después se puso de cuatro pies, mirando a su +ama con semblante de marrullería y jovialidad.</p> + +<p>«Pues... esto... ¡Ah!, son unos gatitos que han tirado a la +alcantarilla».</p> + +<p>—¡Gatitos!... ¿estás seguro... pero estás seguro de que son gatitos?</p> + +<p>—Sí, señorita; y deben ser de la gata de la librería de ahí enfrente, +que parió anoche y no los puede criar todos...</p> + +<p>Jacinta se inclinó para oír mejor. El <i>miiii</i> sonaba ya tan profundo que +apenas se percibía. «Sácalos» dijo la dama con voz de autoridad +indiscutible.</p> + +<p>Deogracias se volvió a poner en cuatro pies, se arremangó el brazo y lo +metió por aquel hueco. Jacinta no podía advertir en su rostro la +expresión de incredulidad, casi de burla. Llovía más, y por el +absorbedero empezaba a entrar agua, chorreando dentro con un ruido de +freidera que apenas permitía ya oír el ahilado <i>miiii</i>. No obstante, la +Delfina lo oía siempre bien claro. El portero volvió hacia arriba, como +quien invoca al Cielo, su cara estúpida, y dijo sonriendo:</p> + +<p>«Señorita, no se puede. Están muy hondos... pero muy hondos».</p> + +<p>—¿Y no se puede levantar esta baldosa?—indicó ella, pisando fuerte en +ella.</p> + +<p>—¿Esta baldosa?—repitió Deogracias, poniéndose de pie y mirando a su +ama como se mira a la persona de cuya razón se duda—. Por poderse... +avisando al Ayuntamiento... El teniente alcalde Sr. Aparisi, es vecino +de casa... Pero...</p> + +<p>Ambos aguzaban su oído. «Ya no se oye nada —observó Deogracias, +poniéndose más estúpido—. Se han ahogado...».</p> + +<p>No sabía el muy bruto la puñalada que daba a su ama con estas palabras. +Jacinta, sin embargo, creía oír el gemido en lo profundo. Pero aquello +no podía continuar. Empezó a ver la inmensa desproporción que había +entre la grandeza de su piedad y la pequeñez del objeto a que la +consagraba. Arreció la lluvia, y el absorbedero deglutaba ya una onda +gruesa que hacía gargarismos y bascas al chocar con las paredes de aquel +gaznate... Jacinta echó a correr hacia la casa y subió. Los nervios se +le pusieron tan alborotados y el corazón tan oprimido, que sus suegros y +su marido la creyeron enferma; y sufrió toda la noche la molestia +indecible de oír constantemente el <i>miiii</i> del absorbedero. En verdad +que aquello era una tontería, quizás desorden nervioso; pero no lo podía +remediar. ¡Ah! Si su suegra sabía por Deogracias lo ocurrido en la calle +¡cuánto se había de burlar! Jacinta se avergonzaba de antemano, +poniéndose colorada, sólo de considerar que entraba Barbarita +diciéndole con su maleante estilo: «Pero hija, ¿conque es cierto que +mandaste a Deogracias meterse en las alcantarillas para salvar unos +niños abandonados...?».</p> + +<p>Sólo a su marido, <i>bajo palabra de secreto</i>, contó el lance de los +gatitos. Jacinta no podía ocultarle nada, y tenía un gusto particular en +hacerle confianza hasta de las más vanas tonterías que por su cabeza +pasaban referentes a aquel tema de la maternidad. Y Juan, que tenía +talento, era indulgente con estos desvaríos del cariño vacante o de la +maternidad sin hijo. Aventurábase ella a contarle cuanto le pasaba, y +muchas cosas que a la luz del día no osara decir, decíalas en la +intimidad y soledad conyugales, porque allí venían como de molde, porque +allí se decían sin esfuerzo cual si se dijeran por sí solas, porque, en +fin, los comentarios sobre la sucesión tenían como una base en la +renovación de las probabilidades de ella.</p> + + + +<hr /> +<h2>-<span class="smcap">v</span>-</h2> + + + +<p>Hacía mal Barbarita, pero muy mal, en burlarse de la manía de su hija. +¡Como si ella no tuviera también su manía, y buena! Por cierto que +llevaba a Jacinta la gran ventaja de poder satisfacerse y dar realidad a +su pensamiento. Era una viciosa que se hartaba de los goces ansiados, +mientras que la nuera padecía horriblemente por no poseer nunca lo que +anhelaba. La satisfacción del deseo <i>chiflaba</i> a la una tanto como a la +otra la privación del mismo.</p> + +<p>Barbarita tenía la <i>chifladura</i> de las compras. Cultivaba el arte por el +arte, es decir, la compra por la compra. Adquiría por el simple placer +de adquirir, y para ella no había mayor gusto que hacer una excursión de +tiendas y entrar luego en la casa cargada de cosas que, aunque no +estaban demás, no eran de una necesidad absoluta. Pero no se salía nunca +del límite que le marcaban sus medios de fortuna, y en esto precisamente +estaba su magistral arte de marchante rica.</p> + +<p>El vicio aquel tenía sus depravaciones, porque la señora de Santa Cruz +no sólo iba a las tiendas de lujo, sino a los mercados, y recorría de +punta a punta los cajones de la plazuela de San Miguel, las pollerías de +la calle de la Caza y los puestos de la ternera fina en la costanilla de +Santiago. Era tan conocida <i>doña Barbarita</i> en aquella zona, que las +placeras se la disputaban y armaban entre sí grandes ciscos por la +preferencia de una tan ilustre parroquiana.</p> + +<p>Lo mismo en los mercados que en las tiendas tenía un auxiliar +inestimable, un ojeador que tomaba aquellas cosas cual si en ello le +fuera la salvación del alma. Este era Plácido Estupiñá. Como vivía en +la Cava de San Miguel, desde que se levantaba, a la primera luz del día, +echaba una mirada de águila sobre los cajones de la plaza. Bajaba cuando +todavía estaba la gente tomando la mañana en las tabernas y en los cafés +ambulantes, y daba un vistazo a los puestos, enterándose del cariz del +mercado y de las cotizaciones. Después, bien embozado en la pañosa, se +iba a San Ginés, a donde llegaba algunas veces antes de que el sacristán +abriera la puerta. Echaba un párrafo con las beatas que le habían cogido +la delantera, alguna de las cuales llevaba su chocolatera y cocinilla, y +hacía su desayuno en el mismo pórtico de la iglesia. Abierta esta, se +metían todos dentro con tanta prisa como si fueran a coger puesto en una +función de gran lleno, y empezaban las misas. Hasta la tercera o la +cuarta no llegaba Barbarita, y en cuanto la veía entrar, Estupiñá se +corría despacito hasta ella, deslizándose de banco en banco como una +sombra, y se le ponía al lado. La señora rezaba en voz baja moviendo los +labios. Plácido tenía que decirle muchas cosas, y entrecortaba su rezo +para irlas desembuchando.</p> + +<p>«Va a salir la de D. Germán en la capilla de los Dolores... Hoy reciben +congrio en la casa de Martínez; me han enseñado los despachos de +Laredo... llena eres de gracia; el Señor es contigo... coliflor no hay, +porque no han venido los arrieros de Villaviciosa por estar perdidos los +caminos... ¡Con estas malditas aguas...!, y bendito es el fruto de tu +vientre, Jesús...».</p> + +<p>Pasaba tiempo a veces sin que ninguno de los dos chistara, ella a un +extremo del banco, él a cierta distancia, detrás, ora de rodillas, ora +sentados. Estupiñá se aburría algunas veces por más que no lo declarase, +y le gustaba que alguna beata rezagada o beato sobón le preguntara por +la misa: «¿Se alcanza esta?». Estupiñá respondía que sí o que no de la +manera más cortés, añadiendo siempre en el caso negativo algo que +consolara al interrogador: «Pero esté usted tranquilo; va a salir en +seguida la del padre Quesada, que es una pólvora...». Lo que él quería +era ver si saltaba conversación.</p> + +<p>Después de un gran rato de silencio, consagrado a las devociones, +Barbarita se volvía a él diciéndole con altanería impropia de aquel +santo lugar:</p> + +<p>«Vaya, que tu amigo el Sordo nos la ha jugado buena».</p> + +<p>—¿Por qué, señora?</p> + +<p>—Porque te dije que le encargaras medio solomillo, y ¿sabes lo que me +mandó?, un pedazo enorme de contrafalda o babilla y un trozo de +espaldilla, lleno de piltrafas y tendones... Vaya un modo de portarse +con los parroquianos. Nunca más se le compra nada. La culpa la tienes +tú... Ahí tienes lo que son tus <i>protegidos</i>...</p> + +<p>Dicho esto, Barbarita seguía rezando y Plácido se ponía a echar pestes +mentalmente contra el Sordo, un tablajero a quien él... No le protegía; +era que <i>le había recomendado</i>. Pero ya se las cantaría él muy claras al +tal Sordo. Otras familias a quienes le recomendara, quejáronse de que +les había dado <i>tapa del cencerro</i>, es decir, pescuezo, que es la carne +peor, en vez de tapa verdadera. En estos tiempos tan desmoralizados no +se puede recomendar a nadie. Otras mañanas iba con esta monserga: «¡Cómo +está hoy el mercado de caza! ¡Qué perdices, señora! Divinidades, +verdaderas divinidades».</p> + +<p>—No más perdiz. Hoy hemos de ver si Pantaleón tiene buenos cabritos. +También quisiera una buena lengua de vaca, <i>cargada</i>, y ver si hay +ternera fina.</p> + +<p>—La hay tan fina, señora, que parece <i>talmente</i> merluza.</p> + +<p>—Bueno, pues que me manden un buen solomillo y chuletas riñonadas. Ya +sabes; no vayas a descolgarte con las agujas cortas del otro día. +Conmigo no se juega.</p> + +<p>—Descuide usted... ¿Tiene la señora convidados mañana?</p> + +<p>—Sí; y de pescados ¿qué hay?</p> + +<p>—He <i>apalabrado</i> el salmón por si viene mañana... Lo que tenemos hoy es +peste de langosta.</p> + +<p>Y concluidas las misas, se iban por la calle Mayor adelante en busca de +emociones puras, inocentes, logradas con la oficiosidad amable del uno y +el dinero copioso de la otra. No siempre se ocupaban de cosas de comer. +Repetidas veces llevó Estupiñá cuentos como este:</p> + +<p>«Señora, señora, no deje de ver las cretonas que han recibido los +<i>chicos</i> de Sobrino... ¡Qué divinidad!».</p> + +<p>Barbarita interrumpía un <i>Padrenuestro</i> para decir, todavía con la +expresión de la religiosidad en el rostro: «¿Rameaditas?, sí, y con +golpes de oro. Eso es lo que se estila ahora».</p> + +<p>Y en el pórtico, donde ya estaba Plácido esperándola, decía: «Vamos a +casa de los <i>chicos</i> de Sobrino».</p> + +<p>Los cuales enseñaban a Barbarita, a más de las cretonas, unos satenes de +algodón floreados que eran la gran novedad del día; y a la viciosa le +faltaba tiempo para comprarle un vestido a su nuera, quien solía pasarlo +a alguna de sus hermanas.</p> + +<p>Otra embajada: «Señora, señora, esta ya no se alcanza; pero pronto va a +salir la del sobrino del señor cura, que es otro padre Fuguilla por lo +pronto que la despacha. Ya recibió Pla los quesitos aquellos... no +recuerdo cómo se llaman».</p> + +<p>—Ahora y en la hora de nuestra muerte... sí, ya... ¡Si son como las +rosquillas inglesas que me hiciste comprar el otro día y que olían a +viejo...! Parecían de la boda de San Isidro.</p> + +<p>A pesar de este regaño, al salir iban a casa de Pla con ánimo de no +comprar más que dos libras de pasas de Corinto para hacer un pastel +inglés, y la señora se iba enredando, enredando, hasta dejarse en la +tienda obra de ochocientos o novecientos reales. Mientras Estupiñá +admiraba, de mostrador adentro, las grandes novedades de aquel Museo +universal de comestibles, dando su opinión pericial sobre todo, probando +ya una galleta de almendra y coco, que parecía <i>talmente</i> mazapán de +Toledo, ya apreciando por el olor la superioridad del té o de las +especias, la dama se tomaba por su cuenta a uno de los dependientes, que +era un Samaniego, y... adiós mi dinero. A cada instante decía Barbarita +que no más, y tras de la colección de purés para sopas, iban las <i>perlas +del Nizán</i>, el <i>gluten de la estrella</i>, las salsas inglesas, el <i>caldo +de carne de tortuga de mar</i>, la docena de botellas de Saint-Emilion, +que tanto le gustaba a Juanito, el bote de <i>champignons extra</i>, que +agradaban a D. Baldomero, la lata de anchoas, las trufas y otras +menudencias. Del portamonedas de Barbarita, siempre bien provisto, salía +el importe, y como hubiera un pico en la suma, tomábase la libertad de +suprimirlo <i>por pronto pago</i>.</p> + +<p>—Ea, chicos, que lo mandéis todo al momento <i>a casa</i>—decía con +despotismo Estupiñá al despedirse, señalando las compras.</p> + +<p>—Vaya, quedaos con Dios—decía doña Barbarita, levantándose de la silla +a punto que aparecía el principal por la puerta de la trastienda, y +saludaba con mil afectos a su parroquiana, quitándose la gorra de seda.</p> + +<p>—Vamos pasando hijo... ¡Ay, que <i>ladronicio</i> el de esta casa!... No +vuelvo a entrar más aquí... Abur, abur.</p> + +<p>—<i>Hasta mañana</i>, señora. A los pies de usted... Tantas cosas a D. +Baldomero... Plácido, Dios le guarde.</p> + +<p>—Maestro... que haya salud. Ciertos artículos se compraban siempre al +por mayor, y si era posible de primera mano. Barbarita tenía en la +médula de los huesos la fibra de comerciante, y se pirraba por sacar el +género <i>arreglado</i>. Pero, ¡cuán distantes de la realidad habrían quedado +estos intentos sin la ayuda del espejo de los corredores, Estupiñá el +Grande! ¡Lo que aquel santo hombre andaba para encontrar huevos frescos +en gran cantidad...! Todos los polleros de la Cava le traían en +palmitas, y él se daba no poca importancia, diciéndoles: «o tenemos +formalidad o no tenemos formalidad. Examinemos el artículo, y después se +discutirá... calma, hombre, calma». Y allí era el mirar huevo por huevo +al trasluz, el sopesarlos y el hacer mil comentarios sobre su probable +antigüedad. Como alguno de aquellos tíos le engañase, ya podía +encomendarse a Dios, porque llegaba Estupiñá como una fiera amenazándole +con el teniente alcalde, con la inspección municipal y hasta con la +horca.</p> + +<p>Para el vino, Plácido se entendía con los vinateros de la Cava Baja, que +van a hacer sus compras a Arganda, Tarancón o a la Sagra, y se ponía de +acuerdo con un medidor para que le tomase una partida de tantos o +cuantos cascos, y la remitiese por conducto de un carromatero ya +conocido. Ello había de ser género de confianza, <i>talmente</i> moro. El +chocolate era una de las cosas en que más actividad y celo desplegaba +Plácido, porque en cuanto Barbarita le daba órdenes ya no vivía el +hombre. Compraba el cacao superior, el azúcar y la canela en casa de +Gallo, y lo llevaba todo a hombros de un mozo, sin perderlo de vista, a +la casa del que hacía las tareas. Los de Santa Cruz no transigían con +los chocolates industriales, y el que tomaban había de ser hecho a +brazo. Mientras el chocolatero trabajaba, Estupiñá se convertía en +mosca, quiero decir que estaba todo el día dando vueltas alrededor de la +tarea para ver si se hacía <i>a toda conciencia</i>, porque en estas cosas +hay que andar con mucho ojo.</p> + +<p>Había días de compras grandes y otros de menudencias; pero días sin +comprar no los hubo nunca. A falta de cosa mayor, la viciosa no entraba +nunca en su casa sin el par de guantes, el imperdible, los polvos para +limpiar metales, el paquete de horquillas o cualquier chuchería de los +bazares de <i>todo a real</i>. A su hijo le llevaba regalitos sin fin, +corbatas que no usaba, botonaduras que no se ponía nunca. Jacinta +recibía con gozo lo que su suegra llevaba para ella, y lo iba +trasmitiendo a sus hermanas solteras y casadas, menos ciertas cosas cuyo +traspaso no le permitían. Por la ropa blanca y por la mantelería tenía +la señora de Santa Cruz verdadera pasión. De la tienda de su hermano +traía piezas enteras de holanda finísima, de batistas y madapolanes. D. +Baldomero II y D. Juan I tenían ropa para un siglo.</p> + +<p>A entrambos les surtía de cigarros la propia Barbarita. El primero +fumaba puros, el segundo papel. Estupiñá se encargaba de traer estos +peligrosos artículos de la casa de un truchimán que los vendía de +<i>ocultis</i>, y cuando atravesaba las calles de Madrid con las cajas debajo +de su capa verde, el corazón le palpitaba de gozo, considerando la +trastada que le jugaba a la Hacienda pública y recordando sus hermosos +tiempos juveniles. Pero en los liberalescos años de 71 y 72 ya era otra +cosa... La policía fiscal no se metía en muchos dibujos. El temerario +contrabandista, no obstante, hubiera deseado tener un mal encuentro para +probar al mundo entero que era hombre capaz de arruinar la <i>Renta</i> si se +lo proponía. Barbarita examinaba las cajas y sus marcas, las regateaba, +olía el tabaco, escogía lo que le parecía mejor y pagaba muy bien. +Siempre tenía D. Baldomero un surtido tan variado como excelente, y el +buen señor conservaba, entre ciertos hábitos tenaces del antiguo +hortera, el de reservar los cigarros mejores para los domingos.</p> + + + +<hr /> +<h2><a name="viia" id="viia"></a>-VII-</h2> + +<h2>Guillermina, virgen y fundadora</h2> + +<h2>-<span class="smcap">i</span>-</h2> + + +<p>De cuantas personas entraban en aquella casa, la más agasajada por toda +la familia de Santa Cruz era Guillermina Pacheco, que vivía en la +inmediata, tía de Moreno Isla y prima de Ruiz-Ochoa, los dos socios +principales de la antigua banca de Moreno. Los miradores de las dos +casas estaban tan próximos, que por ellos se comunicaba doña Bárbara con +su amiga, y un toquecito en los cristales era suficiente para establecer +la correspondencia.</p> + +<p>Guillermina entraba en aquella casa como en la suya, sin etiqueta ni +cumplimiento alguno. Ya tenía su lugar fijo en el gabinete de Barbarita, +una silla baja; y lo mismo era sentarse que empezar a hacer media o a +coser. Llevaba siempre consigo un gran lío o cesto de labor, calábase +los anteojos, cogía las herramientas, y ya no paraba en toda la noche. +Hubiera o no en las otras habitaciones gente de cumplido, ella no se +movía de allí ni tenía que ver con nadie. Los amigos asiduos de la casa, +como el marqués de Casa-Muñoz, Aparisi o Federico Ruiz, la miraban ya +como se mira lo que está siempre en un mismo sitio y no puede estar en +otro. Los de fuera y los de dentro trataban con respeto, casi con +veneración, a la ilustre señora, que era como una figurita de +nacimiento, menuda y agraciada, la cabellera con bastantes canas, aunque +no tantas como la de Barbarita, las mejillas sonrosadas, la boca +risueña, el habla tranquila y graciosa, y el vestido humildísimo.</p> + +<p>Algunos días iba a comer allí, es decir, a sentarse a la mesa. Tomaba un +poco de sopa, y en lo demás no hacía más que picar. D. Baldomero solía +enfadarse y le decía: «Hija de mi alma, cuando quieras hacer penitencia +no vengas a mi casa. Observo que no pruebas aquello que más te gusta. No +me vengas a mí con cuentos. Yo tengo buena memoria. Te oí decir muchas +veces en casa de mi padre que te gustaban las codornices, y ahora las +tienes aquí y no las pruebas. ¡Que no tienes gana!... Para esto siempre +hay gana. Y veo que no tocas el pan... Vamos, Guillermina, que perdemos +las amistades...».</p> + +<p>Barbarita, que conocía bien a su amiga, no machacaba como D. Baldomero, +dejándola comer lo que quisiese o no comer nada. Si por acaso estaba en +la mesa el gordo Arnaiz, se permitía algunas cuchufletas de buen género +sobre aquellos antiquísimos estilos de santidad, consistentes en no +comer. «Lo que entra por la boca no daña al alma. Lo ha dicho San +Francisco de Sales nada menos». La de Pacheco, que tenía buenas +despachaderas, no se quedaba callada, y respondía con donaire a todas +las bromas sin enojarse nunca. Concluida la comida, se diseminaban los +comensales, unos a tomar café al despacho y a jugar al tresillo, otros a +formar grupos más o menos animados y chismosos, y Guillermina a su +sillita baja y al teje maneje de las agujas. Jacinta se le ponía al lado +y tomaba muy a menudo parte en aquellas tareas, tan simpáticas a su +corazón. Guillermina hacía camisolas, calzones y chambritas para sus +ciento y pico de hijos de ambos sexos.</p> + +<p>Lo referente a esta insigne dama lo sabe mejor que nadie Zalamero, que +está casado con una de las chicas de Ruiz-Ochoa. Nos ha prometido +escribir la biografía de su excelsa pariente cuando se muera, y +entretanto no tiene reparo en dar cuantos datos se le pidan, ni en +rectificar a ciencia cierta las versiones que el criterio vulgar ha +hecho correr sobre las causas que determinaron en Guillermina, hace +veinticinco años, la pasión de la beneficencia. Alguien ha dicho que +amores desgraciados la empujaron a la devoción primero, a la caridad +propagandista y militante después. Mas Zalamero asegura que esta opinión +es tan tonta como falsa. Guillermina, que fue bonita y aun un poquillo +presumida, no tuvo nunca amores, y si los tuvo no se sabe absolutamente +nada de ellos. Es un secreto guardado con sepulcral reserva en su +corazón. Lo que la familia admite es que la muerte de su madre la +impresionó tan vivamente, que hubo de proponerse, como el otro, <i>no +servir a más señores que se le pudieran morir</i>. No nació aquella sin +igual mujer para la vida contemplativa. Era un temperamento soñador, +activo y emprendedor; un espíritu con ideas propias y con iniciativas +varoniles. No se le hacía cuesta arriba la disciplina en el terreno +espiritual; pero en el material sí, por lo cual no pensó nunca en +afiliarse a ninguna de las órdenes religiosas más o menos severas que +hay en el orbe católico. No se reconocía con bastante paciencia para +encerrarse y estar todo el santo día bostezando el <i>gori gori</i>, ni para +ser soldado en los valientes escuadrones de Hermanas de la Caridad. La +llama vivísima que en su pecho ardía no le inspiraba la sumisión pasiva, +sino actividades iniciadoras que debían desarrollarse en la libertad. +Tenía un carácter inflexible y un tesoro de dotes de mando y de +facultades de organización que ya quisieran para sí algunos de los +hombres que dirigen los destinos del mundo. Era mujer que cuando se +proponía algo iba a su fin derecha como una bala, con perseverancia +grandiosa sin torcerse nunca ni desmayar un momento, inflexible y +serena. Si en este camino recto encontraba espinas, las pisaba y +adelante, con los pies ensangrentados.</p> + +<p>Empezó por unirse a unas cuantas señoras nobles amigas suyas que habían +establecido asociaciones para socorros domiciliarios, y al poco tiempo +Guillermina sobrepujó a sus compañeras. Estas lo hacían por vanidad, a +veces de mala gana; aquella trabajaba con ardiente energía, y en esto se +le fue la mitad de su legítima. A los dos años de vivir así, se la vio +renunciar por completo a vestirse y ataviarse como manda la moda que se +atavíen las señoras. Adoptó el traje liso de merino negro, el manto, +pañolón oscuro cuando hacía frío, y unos zapatones de paño holgados y +feos. Tal había de ser su empaque en todo el resto de sus días.</p> + +<p>La asociación benéfica a que pertenecía no se acomodaba al ánimo +emprendedor de Guillermina, pues quería ella picar más alto, intentando +cosas verdaderamente difíciles y tenidas por imposibles. Sus talentos de +fundadora se revelaron entonces, asustando a todo aquel señorío que no +sabía salir de ciertas rutinas. Algunas amigas suyas aseguraron que +estaba loca, porque demencia era pensar en la fundación de un asilo +para huerfanitos, y mayor locura dotarle de recursos permanentes. Pero +la infatigable iniciadora no desmayaba, y el asilo <i>fue hecho</i>, +sosteniéndose en los tres primeros años de su difícil existencia con +parte de la renta que le quedaba a Guillermina y con los donativos de +sus parientes ricos. Pero de pronto la institución empezó a crecer; se +hinchaba y cundía como las miserias humanas, y sus necesidades subían en +proporciones aterradoras. La dama pignoró los restos de su legítima; +después tuvo que venderlos. Gracias a sus parientes, no se vio en el +trance fatal de tener que mandar a la calle a los asilados a que +pidieran limosna para sí y para la fundadora. Y al propio tiempo +repartía periódicamente cuantiosas limosnas entre la gente pobre de los +distritos de la Inclusa y Hospital; vestía muchos niños, daba ropa a los +viejos, medicinas a los enfermos, alimentos y socorros diversos a todos. +Para no suspender estos auxilios y seguir sosteniendo el asilo era +forzoso buscar nuevos recursos. ¿Dónde y cómo? Ya las amistades y +parentescos estaban tan explotados, que si se tiraba un poco más de la +cuerda, era fácil que se rompiera. Los más generosos empezaban a poner +mala cara, y los cicateros, cuando se les iba a cobrar la cuota, decían +que no estaban en casa.</p> + +<p>«Llegó un día —dijo Guillermina, suspendiendo su labor, para contar el +caso a varios amigos de Barbarita—, en que las cosas se pusieron muy +feas. Amaneció aquel día, y los veintitrés pequeñuelos de Dios que yo +había recogido y que estaban en una casucha baja y húmeda de la calle de +Zarzal, aposentados como conejos, no tenían qué comer. Tirando de aquí y +de allá, podían pasar aquel día; pero ¿y el siguiente? Yo no tenía ya ni +dinero ni quien me lo diera. Debía no sé cuántas fanegas de judías, doce +docenas de alpargatas, tantísimas arrobas de aceite; no me quedaba que +empeñar o que vender más que el rosario. Los primos, que me sacaban de +tantos apuros, ya habían hecho los imposibles... Me daba vergüenza de +volver a pedirles. Mi sobrino Manolo, que solía ser mi paño de lágrimas, +estaba en Londres. Y suponiendo que mi primo Valeriano me tapase mis +veintitrés bocas (y la mía veinticuatro) por unos cuantos días, ¿cómo me +arreglaría después? Nada, nada, era indispensable arañar la tierra y +buscar cuartos de otra manera y por otros medios.</p> + +<p>»El día aquel fue día de pruebas para mí. Era un viernes de Dolores, y +las siete espadas, señores míos, estaban clavadas aquí... Me pasaban +como unos rayos por la frente. Una idea era lo que yo necesitaba, y más +que una idea, valor, sí, valor para lanzarme... De repente noté que +aquel valor tan deseado entraba en mí, pero un valor tremendo, como el +de los soldados cuando se arrojan sobre los cañones enemigos... Trinqué +la mantilla y me eché a la calle. Ya estaba decidida, y no crean, +alegre como unas Pascuas, porque sabía lo que tenía que hacer. Hasta +entonces yo había pedido a los amigos; desde aquel momento pediría a +todo bicho viviente, iría de puerta en puerta con la mano así... Del +primer tirón me planté en casa de una duquesa extranjera, a quien no +había visto en mi vida. Recibiome con cierto recelo; me tomó por una +trapisondista; pero a mí, ¿qué me importaba? Diome la limosna y, en +seguida, para alentarme y apurar el cáliz de una vez, estuve dos días +sin parar subiendo escaleras y tirando de las campanillas. Una familia +me recomendaba a otra, y no quiero decir a ustedes las humillaciones, +los portazos y los desaires que recibí. Pero el dichoso maná iba cayendo +a gotitas a gotitas... Al poco tiempo vi que el negocio iba mejor de lo +que yo esperaba. Algunos me recibían casi con palio; pero la mayor parte +se quedaban fríos, mascullando excusas y buscando pretextos para no +darme un céntimo. 'Ya ve usted, hay tantas atenciones... no se cobra... +el Gobierno se lo lleva todo con las contribuciones...'. Yo les +tranquilizaba. 'Un <i>perro chico</i>, un <i>perro chico</i> es lo que me hace falta'. Y aquí me +daban el <i>perro</i>, allá el duro, en otra parte el billetito de cinco o +de diez... o nada. Pero yo tan campante. ¡Ah!, señores, este oficio +tiene muchas quiebras. Un día subí a un cuarto segundo, que me había +recomendado no sé quién. La tal recomendación fue una broma estúpida. +Pues señor, llamo, entro, y me salen tres o cuatro tarascas... ¡Ay, Dios +mío, eran mujeres de mala vida!... Yo, que veo aquello... lo primero que +me ocurrió fue echar a correr. 'Pero no—me dije—, no me voy. Veremos +si les saco algo'. Hija, me llenaron de injurias, y una de ellas se fue +hacia dentro y volvió con una escoba para pegarme. ¿Qué creen ustedes +que hice? ¿Acobardarme? Quia. Me metí más adentro y les dije cuatro +frescas... pero bien dichas... ¡bonito genio tengo yo...! ¡Pues creerán +ustedes que les saqué dinero! Pásmense, pásmense... la más +desvergonzada, la que me salió con la escoba fue a los dos días a mi +casa a llevarme un napoleón.</p> + +<p>»Bueno... pues verán ustedes. La costumbre de pedir me ha ido dando esta +bendita cara de vaqueta que tengo ahora. Conmigo no valen desaires ni sé +ya lo que son sonrojos. He perdido la vergüenza. Mi piel no sabe ya lo +que es ruborizarse, ni mis oídos se escandalizan por una palabra más o +menos fina. Ya me pueden llamar <i>perra judía</i>; lo mismo que si me +llamaran <i>la perla de Oriente</i>; todo me suena igual... No veo más que mi +objeto, y me voy derechita a él sin hacer caso de nada. Esto me da +tantos ánimos que me atrevo con todo. Lo mismo le pido al Rey que al +último de los obreros. Oigan ustedes este golpe: Un día dije: 'Voy a +ver a D. Amadeo'. Pido mi audiencia, llego, entro, me recibe muy serio. +Yo imperturbable, le hablé de mi asilo y le dije que esperaba algún +auxilio de su real munificencia. '¿Un asilo de ancianos?'—me preguntó. +'No señor, de niños'. —'¿Son muchos?'. Y no dijo más. Me miraba con +afabilidad. ¡Qué hombre!, ¡qué bocaza! Mandó que me dieran seis mil +<i>guealés</i>... Luego vi a doña María Victoria, ¡qué excelente señora! +Hízome sentar a su lado; tratábame como su igual; tuve que darle mil +noticias del asilo, explicarle todo... Quería saber lo que comen los +pequeños, qué ropa les pongo... En fin, que nos hicimos amigas... +Empeñada en que fuera yo allá todos los días... A la semana siguiente me +mandó montones de ropa, piezas de tela y suscribió a sus niños por una +cantidad mensual.</p> + +<p>»Con que ya ven ustedes cómo así, a lo tonto a lo tonto, ha venido sobre +mi asilo el pan de cada día. La suscripción fija creció tanto que al año +pude tomar la casa de la calle de Alburquerque, que tiene un gran patio +y mucho desahogo. He puesto una zapatería para que los muchachos +grandecitos trabajen, y dos escuelas para que aprendan. El año pasado +eran sesenta y ya llegan a ciento diez. Se pasan apuros; pero vamos +viviendo. Un día andamos mal y al otro llueven provisiones. Cuando veo +la despensa vacía, <i>me echo a la calle</i>, como dicen los revolucionarios, +y por la noche ya llevo a casa la libreta para tantas bocas. Y hay días +en que no les falta su extraordinario, ¿qué creían ustedes? Hoy les he +dado un arroz con leche, que no lo comen mejor los que me oyen. Veremos +si al fin me salgo con la mía, que es un grano de anís, nada menos que +levantarles un edificio de nueva planta, un verdadero palacio con la +holgura y la distribución convenientes, todo muy propio, con +departamento de esto, departamento de lo otro, de modo que me quepan +allí doscientos o trescientos huérfanos, y puedan vivir bien y educarse +y ser buenos cristianos».</p> + + + +<hr /> +<h2>-<span class="smcap">ii</span>-</h2> + + +<p>«Un edificio <i>ad hoc</i>» dijo con incredulidad el marqués de Casa-Muñoz, +que era uno de los presentes.</p> + +<p>—<i>Ad... hoc</i>, sí señor—replicó Guillermina, acentuando las dos +palabras latinas—. Pues está usted adelantado de noticias. ¿No sabe que +tengo el terreno y los planos, y que ya me están haciendo el vaciado? +¿Sabe usted el sitio? Más abajo del que ocupan las <i>Micaelas</i>, esas que +recogen y corrigen las mujeres pérdidas. El arquitecto y los delineantes +me trabajan gratis. Ahora no pido sólo dinero, sino ladrillo recocho y +pintón. Con que a ver...</p> + +<p>—¿Tiene usted ya la memoria de cantería?</p> + +<p>—preguntó con vivo interés Aparisi, que era hombre fuerte en negocio de +berroqueña.</p> + +<p>—Sí, señor. ¿Me quiere usted dar algo?</p> + +<p>—Le doy a usted—dijo Aparisi, acompañando su generosidad de un gesto +imperial—, la friolera de sesenta metros cúbicos de piedra sillar que +tengo en la Guindalera.</p> + +<p>—¿A cómo? —preguntó Guillermina, mirándole con los ojos guiñados y +apuntándole con la aguja de media.</p> + +<p>—A nada... La piedra es de usted. —Gracias, Dios se lo pague. Y el +marqués, ¿qué me da?</p> + +<p>—Pues yo... ¿Quiere usted dos vigas de hierro de doble T que me +sobraron de la casa de la Carrera?</p> + +<p>—¿Pues no las he de querer? Yo lo tomo todo, hasta una llave vieja, +para cuando se acabe el edificio. ¿Saben ustedes lo que me llevé ayer a +casa? Cuatro azulejos de cocina, un grifo y tres paquetitos de argollas. +Todo sirve, amigos. Si en algún tejar me dan cuatro ladrillos, los +acepto y a la obra con ellos. ¿Ven ustedes cómo hacen los pájaros sus +nidos? Pues yo construiré mi palacio de huérfanos cogiendo aquí una +pajita y allá otra. Ya se lo he dicho a Bárbara, no ha de tirar ni un +clavo, aunque esté torcido, ni una tabla, aunque esté rota. Los sellos +de correo se venden, las cajas de cerillas también... ¿Con qué creen +ustedes que he comprado yo el gran lavabo que tenemos en el asilo? Pues +juntando cabos de vela y vendiéndolos al peso. El otro día me ofrecieron +una petaca de cuero de Rusia. «¿Para qué le sirve eso?» dirán estos +señores. Pues me sirvió para hacer un regalo a uno de los delineantes +que trabajan en el proyecto... ¿Ven ustedes a este marqués de +Casa-Muñoz, que me está oyendo y me ha ofrecido dos vigas de doble T? +Bueno: ¿cuánto apuestan a que le saco algo más? ¿Pues qué, creen ustedes +que el señor marqués tiene sus grandes yeserías de Vallecas para ver +estos apuros míos y no acudir a ellos?</p> + +<p>—Guillermina—dijo Casa-Muñoz algo conmovido—, cuente usted con +doscientos quintales, y del blanco, que es a nueve reales.</p> + +<p>—¿Qué dije yo? Bueno. Y este señor de Ruiz ¿qué hará por mí?</p> + +<p>—Hija de mi alma, yo no tengo ni un clavo ni una astilla, pero le juro +a usted por mi salvación que un domingo me salgo por las afueras y robo +una teja para llevársela a usted... robaré dos, tres, una docena de +tejas... Y hay más. Si quiere usted mis dos comedias, mis folletos +sobre la <i>Unión ibérica</i> y sobre la <i>Organización de los bomberos en +Suiza</i>, mi obra de los <i>Castillos</i>, todo está a su disposición. Diez +ejemplares de cada cosa para que hagan lotes en una <i>tómbola</i>.</p> + +<p>—¿Lo ven ustedes? Cae el maná, cae. Si en estas cosas no hay más que +ponerse a ello... Mi amigo Baldomero también dará algo.</p> + +<p>—Las campanas—dijo el insigne comerciante—, y si me apuran, el +pararrayos y las veletas. Quiero concluir el edificio, ya que el amigo +Aparisi lo quiere empezar.</p> + +<p>—La primera piedra no hay quien me la quite—expresó Aparisi con toda +la hinchazón de su amor propio.</p> + +<p>—Algo más daremos, ¿verdad Baldomero?—apuntó Barbarita—, por ejemplo, +toda la capilla, con su órgano, altares, imágenes...</p> + +<p>—Todo lo que tú quieras, hija. Y eso que las <i>Micaelas</i> nos han llevado +un pico. Les hemos hecho casi la mitad del edificio. Pero ahora le toca +a Guillermina. Ya sabe ella dónde estamos.</p> + +<p>El grupo que rodeaba a la fundadora se fue disolviendo. Algunos, +creyendo sin duda que lo que allí se trataba más era broma que otra +cosa, se fueron al salón a hablar <i>seriamente</i> de política y negocios. +D. Baldomero, que deseaba echar aquella noche una partida de mus, el +juego clásico y tradicional de los comerciantes de Madrid, esperó a que +entrase Pepe Samaniego, que era maestro consumado, para armar la +partida. Durante un largo rato no se oía en el salón más que <i>envido a +la chica... envido a los pares... órdago</i>.</p> + +<p>Las tres señoras estuvieron un momento solas, hablando de aquel proyecto +de Guillermina, que seguía cose que te cose, ayudada por Jacinta. Hacía +algún tiempo que a esta se le había despertado vivo entusiasmo por las +empresas de la Pacheco, y a más de reservarle todo el dinero que podía, +se picaba los dedos cosiendo para ella durante largas horas. Es que +sentía un cierto consuelo en confeccionar ropas de niño y en suponer que +aquellas mangas iban a abrigar bracitos desnudos. Ya había hecho dos +visitas al asilo de la calle de Alburquerque y acompañado una vez a +Guillermina en sus excursiones a las miserables zahúrdas donde viven los +pobres de la Inclusa y Hospital.</p> + +<p>Había que oírla cuando volvió a aquella su primera visita a los barrios +del Sur. «¡Qué desigualdades!—decía, desflorando sin saberlo el +problema social—. Unos tanto y otros tan poco. Falta equilibrio y el +mundo parece que se cae. Todo se arreglaría si los que tienen mucho +dieran lo que les sobra a los que no poseen nada. ¿Pero qué cosa +sobra?... Vaya usted a saber». Guillermina aseguraba que se necesita +mucha fe para no acobardarse ante los espectáculos que la miseria +ofrece. «Porque se encuentran almas buenas, sí—decía—; pero también +mucha ingratitud. La falta de educación es para el pobre una desventaja +mayor que la pobreza. Luego la propia miseria les ataca el corazón a +muchos y se lo corrompe. A mí me han insultado; me han arrojado puñados +de estiércol y tronchos de berza; me han llamado <i>tía bruja</i>...».</p> + +<p>A Barbarita le daba aquella noche por hablar de arquitectura y no perdía +ripio. Entró a la sazón Moreno Isla, y le recibieron con exclamaciones +de alegría. Llamole la señora y le dijo: «¿Tiene usted cascote?».</p> + +<p>Las tres se reían viendo la sorpresa y confusión de Moreno, que era una +excelente persona, como de cuarenta y cinco años, célibe y riquísimo, de +aficiones tan inglesas que se pasaba en Londres la mayor parte del año; +alto, delgado y de muy mal color porque estaba muy delicado de salud.</p> + +<p>«Que si tengo cascote. ¿Es para usted?».</p> + +<p>—Usted conteste y no sea como los gallegos, que cuando se les hace una +pregunta hacen otra. Puesto que está usted de derribo, ¿tiene cascote, +sí o no?</p> + +<p>—Sí que lo tengo... y pedernal magnífico. A sesenta reales el carro, +todo lo que usted quiera. El cascote a ocho reales... ¡Ah, tonto de mí! +Ya sé de qué se trata. La santurrona les está embaucando con las +fantasmagorías del asilo que va a edificar... Cuidado, mucho cuidado con +los timos. Antes de que ponga la primera piedra, nos llevará a todos a +San Bernardino.</p> + +<p>—Cállate, que ya saben todos lo avariento que eres. Si no te pido nada, +roñoso, cicatero.</p> + +<p>Guárdate tus carros de pedernal, que ya te los pondrán en la balanza el +día del gran saldo final, ya sabes, cuando suenen las trompetas +aquellas, sí, y entonces, cuando veas que la balanza se te cae del lado +de la avaricia, dirás: «Señor, quítame estos carros de piedra y cascote +que me hunden en el Infierno», y todos diremos: «no, no, no... échenle +carga, que es muy malo».</p> + +<p>—Con poner en el otro platillo los perros grandes y chicos que me has +sacado, me salvo—díjole Moreno riendo y manoseándole la cara.</p> + +<p>—No me hagas carantoñas, sobrinillo. Si crees que eso te vale, gran +miserable, usurero, recocho en dinero—repitió Guillermina con tono y +sonrisa de chanza benévola—. ¡Qué hombres estos! Todavía quieres más, y +estás derribando una manzana de casas viejas para hacer casas +domingueras y sacarles las entrañas a los pobres.</p> + +<p>—No hagan ustedes caso de esta <i>rata eclesiástica</i>—indicó Moreno, +sentándose entre Barbarita y Jacinta—. Me está arruinando. Voy a tener +que irme a un pueblo porque no me deja vivir. Es que no me puedo +descuidar. Estoy en casa vistiéndome... siento un susurro, algo así como +paso de ladrones; miro, veo un bulto, doy un grito... Es ella, la rata +que ha entrado y se va escurriendo por entre los muebles. Nada; por +pronto que acudo, ya mi querida tía me ha registrado la ropa que está en +el perchero y se ha llevado todo lo que había en el bolsillo del +chaleco.</p> + +<p>La fundadora, atacada de una hilaridad convulsiva, se reía con toda su +alma.</p> + +<p>—Pero ven acá, pillo—dijo secándose las lágrimas que la risa había +hecho brotar de sus ojos—, si contigo no valen buenos medios. Anda, +hijo, el que te roba a ti..., ya sabes el refrán... el que te roba a ti +se va al Cielo derecho.</p> + +<p>—A donde vas tú a ir es al <i>Modelo</i>...</p> + +<p>—Cállate la boca, bobón, y no me denuncies, que te traerá peor +cuenta...</p> + +<p>No siguió este diálogo, que prometía dar mucho juego, porque del salón +llamaron a Moreno con enérgica insistencia. Oíase desde el gabinete +rumor de un hablar vivo, y la mezclada agitación de varias voces, entre +las cuales se distinguían claramente las de Juan, Villalonga y Zalamero, +que acababan de entrar.</p> + +<p>Moreno fue allá, y Guillermina, que aún no había acabado de reír, decía +a sus amigas.</p> + +<p>«Es un angelón... No tenéis idea de la pasta celestial de que está +formado el corazón de este hombre».</p> + +<p>Barbarita no tenía sosiego hasta no enterarse del por qué de aquel +tumulto que en el salón había. Fue a ver y volvió con el cuento:</p> + +<p>«Hijas, que el rey se marcha».</p> + +<p>—¡Qué dices, mujer!</p> + +<p>—Que D. Amadeo, cansado de bregar con esta gente, tira la corona por la +ventana y dice: «Vayan ustedes a marcar al Demonio».</p> + +<p>—¡Todo sea por Dios! —exclamó Guillermina dando un suspiro y volviendo +imperturbable a su trabajo.</p> + +<p>Jacinta pasó al salón, más que por enterarse de las noticias, por ver a +su marido que aquel día no había comido en casa.</p> + +<p>«Oye—le dijo en secreto Guillermina, deteniéndola, y ambas se miraban +con picardía;—con veinte duros que le sonsaques hay bastante».</p> + + + +<hr /> +<h2>-<span class="smcap">iii</span>-</h2> + + +<p>«En Bolsa no se supo nada. Yo lo supe en el Bolsín a las diez—dijo +Villalonga—. Fui al Casino a llevar la noticia. Cuando volví al Bolsín, +se estaba haciendo el consolidado a 20.</p> + +<p>—Lo hemos de ver a 10, señores —dijo el marqués de Casa-Muñoz en tono +de Hamlet.</p> + +<p>—¡El Banco a 175...! —exclamó D. Baldomero pasándose la mano por la +cabeza, y arrojando hacia el suelo una mirada fúnebre.</p> + +<p>—Perdone usted, amigo —rectificó Moreno Isla—. Está a 172, y si usted +quiere comprarme las mías a 170, ahora mismo las largo. No quiero más +papel de la querida patria. Mañana me vuelvo a Londres.</p> + +<p>—Sí—dijo Aparisi poniendo semblante profético—; porque la que se va a +armar ahora aquí, será de órdago.</p> + +<p>—Señores, no seamos impresionables—indicó el marqués de Casa-Muñoz, +que gustaba de dominar las situaciones con mirada alta—. Ese buen señor +se ha cansado; no era para menos; ha dicho: «ahí queda eso». Yo en su +caso habría hecho lo mismo. Tendremos algún trastorno; habrá su poco de +República; pero ya saben ustedes que las naciones no mueren...</p> + +<p>—El golpe viene de fuera —manifestó Aparisi—. Esto lo veía yo venir. +Francia...</p> + +<p>—No <i>involucremos</i> las cuestiones, señores —dijo Casa-Muñoz poniendo +una cara muy parlamentaria—. Y si he de hablar ingenuamente, diré a +ustedes que a mí no me asusta la República, lo que me asusta es el +republicanismo.</p> + +<p>Miró a todos para ver qué tal había caído esta frase. No podía dudarse +de que el murmullo aquel con que fue acogida era laudatorio.</p> + +<p>«Señor Marqués —declaró Aparisi picado de rivalidad—, el pueblo +español es un pueblo digno... que en los momentos de peligro, sabe +ponerse...».</p> + +<p>—¿Y qué tiene que ver una cosa con otra?...—saltó el marqués incómodo, +anonadando a su contrario con una mirada—. No <i>involucre</i> usted las +cuestiones.</p> + +<p>Aparisi, propietario y concejal de oficio, era un hombre que se preciaba +de <i>poner los puntos sobre las íes</i>; pero con el marqués de Casa-Muñoz +no le valía su suficiencia, porque este no toleraba imposiciones y era +capaz de poner puntos sobre las haches. Había entre los dos una +rivalidad tácita, que se manifestaba en la emulación para lanzar +observaciones sintéticas sobre todas las cosas. Una mirada de profunda +antipatía era lo único que a veces dejaba entrever el pugilato +espiritual de aquellos dos atletas del pensamiento. Villalonga, que era +observador muy picaresco, aseguraba haber descubierto entre Aparisi y +Casa-Muñoz un antagonismo o competencia en la emisión de palabras +escogidas. Se desafiaban a cuál hablaba más por lo fino, y si el marqués +daba muchas vueltas al <i>involucrar</i>, al <i>ad hoc</i>, al <i>sui generis</i> y +otros términos latinos, en seguida se veía al otro poniendo en prensa el +cerebro para obtener frases tan selectas como <i>la concatenación de las +ideas</i>. A veces parecía triunfante Aparisi, diciendo que tal o cual cosa +era el <i>bello ideal</i> de los pueblos; pero Casa-Muñoz tomaba arranque y +diciendo <i>el desiderátum</i>, hacía polvo a su contrario.</p> + +<p>Cuenta Villalonga que hace años hablaba Casa-Muñoz disparatadamente, y +sostiene y jura haberle oído decir, cuando aún no era marqués, que las +<i>puertas estaban herméticamente</i> <i> abiertas</i>; pero esto no ha llegado a +comprobarse. Dejando a un lado las bromas, conviene decir que era el +marqués persona apreciabilísima, muy corriente, muy afable en su trato, +excelente para su familia y amigos. Tenía la misma edad que D. +Baldomero; mas no llevaba tan bien los años. Su dentadura era artificial +y sus patillas teñidas tenían un viso carminoso, contrastando con la +cabeza sin pintar. Aparisi era mucho más joven, hombre que presumía de +pie pequeño y de manos bonitas, la cara arrebolada, el bigote castaño +cayendo a lo chino, los ojos grandes, y en la cabeza una de esas calvas +que son para sus poseedores un diploma de talento. Lo más característico +en el concejal perpetuo era la expresión de su rostro, semejante a la de +una persona que está oliendo algo muy desagradable, lo que provenía de +cierta contracción de los músculos nasales y del labio superior. Por lo +demás, buena persona, que no debía nada a nadie. Había tenido almacén de +maderas, y se contaba que en cierta época les puso los puntos sobre las +íes a los pinares de Balsain. Era hombre sin instrucción, y... lo que +pasa... por lo mismo que no la tenía gustaba de aparentarla. Cuenta el +tunante de Villalonga que hace años usaba Aparisi el <i>e pur si muove</i> +de Galileo; pero el pobrecito no le daba la interpretación verdadera, y +creía que aquel célebre dicho significaba <i>por si acaso</i>.</p> + +<p>Así, se le oyó decir más de una vez: «Parece que no lloverá; pero sacaré +el paraguas <i>e pur si muove</i>».</p> + +<p>Jacinta trincó a su marido por el brazo y le llevó un poquito aparte:</p> + +<p>«Y qué, <i>nene</i>, ¿hay barricadas?».</p> + +<p>—No, hija, no hay nada. Tranquilízate.</p> + +<p>—¿No volverás a salir esta noche?... Mira que me asustaré mucho si +sales.</p> + +<p>—Pues no saldré... ¿Qué... qué buscas?</p> + +<p>Jacinta, riendo, deslizaba su mano por el forro de la levita, buscando +el bolsillo del pecho.</p> + +<p>—¡Ay!, yo iba a ver si te sacaba la cartera sin que me sintieses...</p> + +<p>—Vaya con la descuidera... —¡Quia!, si no sé... Esto quien lo hace +bien es Guillermina, que le saca a Manolo Moreno las pesetas del +bolsillo del chaleco sin que él lo sienta... A ver...</p> + +<p>Jacinta, dueña ya de la cartera, la abrió.</p> + +<p>—¿Te enfadarías si te quito este billete de veinte duros? ¿Te hace +falta?</p> + +<p>—No por cierto. Toma lo que quieras.</p> + +<p>—Es para Guillermina. Mamá le dio dos, y le falta un pico para poder +pagar mañana el trimestre del alquiler del asilo.</p> + +<p>Contestole el Delfín apretándole con mucha efusión las dos manos y +arrugando el billete que estaba en ellas.</p> + +<p>En cuanto Guillermina pescó lo que le faltaba para completar su +cantidad, dejó la costura y se puso el manto. Despidiéndose brevemente +de las dos señoras, atravesó el salón a prisa.</p> + +<p>«¡A esa, a esa! —gritó Moreno—, sin duda se lleva algo. Caballeros, +vean ustedes si les falta el reloj. Bárbara, que debajo de la mantilla +de <i>la rata eclesiástica</i> veo un bulto... ¿No había aquí candeleros de +plata?».</p> + +<p>En medio de la jovial algazara que estas bromas producían, salió +Guillermina, esparciendo sobre todos una sonrisa inefable que parecía +una bendición.</p> + +<p>En seguida, cebáronse todos con furia en el tema suculento de la partida +del Rey, y cada cual exponía sus opiniones con ínfulas de profecía, como +si en su vida hubieran hecho otra cosa que vaticinar acertando. +Villalonga estaba ya viendo a D. Carlos entrar en Madrid, y el marqués +de Casa-Muñoz hablaba de</p> + +<p><i>las exageraciones liberticidas</i> de la demagogia roja y de la demagogia +blanca como si las estuviera mirando pintadas en la pared de enfrente; +el ex-subsecretario de Gobernación, Zalamero, leía clarito en el +porvenir el nombre del Rey Alfonso, y el concejal decía que <i>el +alfonsismo estaba aún en la nebulosa de lo desconocido</i>. El mismo +Aparisi y Federico Ruiz profetizaron luego en una sola cuerda... ¡Qué +demonio! Ellos no se asustaban de la República. Como si lo vieran... no +iba a pasar nada. Es que aquí somos muy impresionables, y por cualquier +contratiempo nos parece que se nos cae el Cielo encima. «Yo les aseguro +a ustedes —decía Aparisi, puesta la mano sobre el pecho—, que no +pasará nada, pero nada. Aquí no se tiene idea de lo que es el pueblo +español... Yo respondo de él, me atrevo a responder con la cabeza, +vaya...». Moreno no vaticinaba; no hacía más que decir: «Por si vienen +mal dadas, me voy mañana para Londres». Aquel ricacho soltero alardeaba +de carecer en absoluto del sentimiento de la patria, y estaba tan +extranjerizado que nada español le parecía bueno. Los autores dramáticos +lo mismo que las comidas, los ferrocarriles lo mismo que las industrias +menudas, todo le parecía de una inferioridad lamentable. Solía decir que +aquí los tenderos no saben envolver en un papel una libra de cualquier +cosa. «Compra usted algo, y después que le miden mal y le cobran caro, +el envoltorio de papel que le dan a usted se le deshace por el camino. +No hay que darle vueltas; somos una raza inhábil hasta no poder más».</p> + +<p>Don Baldomero decía con acento de tristeza una cosa muy sensata: «¡Si D. +Juan Prim viviera...!». Juan y Samaniego se apartaron del corrillo y +charlaban con Jacinta y doña Bárbara, tratando de quitarles el miedo. No +habría tiros, ni jarana... no sería preciso hacer provisiones... ¡Ah! +Barbarita soñaba ya con hacer provisiones. A la mañana siguiente, si no +había barricadas, ella y Estupiñá se ocuparían de eso.</p> + +<p>Poco a poco fueron desfilando. Eran las doce. Aparisi y Casa-Muñoz se +fueron al Bolsín a saber noticias, no sin que antes de partir dieran una +nueva muestra de su rivalidad. El concejal de oficio estaba tan +excitado, que la contracción de su hocico se acentuaba, como si el olor +aquel imaginario fuera el de la aza fétida. Zalamero, que iba a +Gobernación, quiso llevarse al Delfín; pero este, a quien su mujer tenía +cogido del brazo, se negó a salir... «Mi mujer no me deja».</p> + +<p>—Mi tocaya—dijo Villalonga—, se está volviendo muy +anticonstitucional.</p> + +<p>Por fin se quedaron solos los de casa. Don Baldomero y Barbarita besaron +a sus hijos y se fueron a acostar. Esto mismo hicieron Jacinta y su +marido.</p> + + + +<hr /> +<h2><a name="viiia" id="viiia"></a>-VIII-</h2> + +<h2>Escenas de la vida íntima</h2> + +<h2>-<span class="smcap">i</span>-</h2> + + +<p>A poco de acostarse notó Jacinta que su marido dormía profundamente. +Observábale desvelada, tendiendo una mirada tenaz de cama a cama. Creyó +que hablaba en sueños... pero no; era simplemente quejido sin +articulación que acostumbraba a lanzar cuando dormía, quizá por causa de +una mala postura. Los pensamientos políticos nacidos de las +conversaciones de aquella noche, huyeron pronto de la mente de Jacinta. +¿Qué le importaba a ella que hubiese República o Monarquía, ni que D. +Amadeo se fuera o se quedase? Más le importaba la conducta de aquel +ingrato que a su lado dormía tan tranquilo. Porque no tenía duda de que +Juan andaba algo distraído, y esto no lo podían notar sus padres por la +sencilla razón de que no le veían nunca tan cerca como su mujer. El +pérfido guardaba tan bien las apariencias, que nada hacía ni decía <i>en +familia</i> que no revelara una conducta regular y correctísima. Trataba a +su mujer con un cariño tal, que... vamos, se le tomaría por enamorado. +Sólo allí, de aquella puerta para adentro, se descubrían las trastadas; +sólo ella, fundándose en datos negativos, podía destruir la aureola que +el público y la familia ponían al glorioso Delfín. Decía su mamá que era +el marido modelo. ¡Valiente pillo! Y la esposa no podía contestar a su +suegra cuando le venía con aquellas historias... Con qué cara le diría: +«Pues no hay tal modelo, no señora, no hay tal modelo, y cuando yo lo +digo, bien sabido me lo tendré».</p> + +<p>Pensando en esto, pasó Jacinta parte de aquella noche, atando cabos, +como ella decía, para ver si de los hechos aislados lograba sacar alguna +afirmación. Estos hechos, valga la verdad, no arrojaban mucha luz que +digamos sobre lo que se quería demostrar. Tal día y a tal hora Juan +había salido bruscamente, después de estar un rato muy pensativo, pero +muy pensativo. Tal día y a tal hora Juan había recibido una carta, que +le había puesto de mal humor. Por más que ella hizo, no la había podido +encontrar. Tal día y a tal hora, yendo ella y Barbarita por la calle de +Preciados, se encontraron a Juan que venía deprisa y muy abstraído. Al +verlas, quedose algo cortado; pero sabía dominarse pronto. Ninguno de +estos datos probaba nada; pero no cabía duda: su marido se la estaba +pegando.</p> + +<p>De vez en cuando estas cavilaciones cesaban, porque Juan sabía +arreglarse de modo que su mujer no llegase a cargarse de razón para +estar descontenta. Como la herida a que se pone bálsamo fresco, la pena +de Jacinta se calmaba. Pero los días y las noches, sin saber cómo, +traíanla lentamente otra vez a la misma situación penosa. Y era muy +particular; estaba tan tranquila, sin pensar en semejante cosa, y por +cualquier incidente, por una palabra sin interés o referencia trivial, +le asaltaba la idea como un dardo arrojado de lejos por desconocida mano +y que venía a clavársele en el cerebro. Era Jacinta observadora, +prudente y sagaz. Los más insignificantes gestos de su esposo, las +inflexiones de su voz, todo lo observaba con disimulo, sonriendo cuando +más atenta estaba, escondiendo con mil zalamerías su vigilancia, como +los naturalistas esconden y disimulan el lente con que examinan el +trabajo de las abejas. Sabía hacer preguntas capciosas, verdaderas +trampas cubiertas de follaje. ¡Pero bueno era el otro para dejarse +coger!</p> + +<p>Y para todo tenía el ingenioso culpable palabras bonitas: «La luna de +miel perpetua es un contrasentido, es... hasta ridícula. El entusiasmo +es un estado infantil impropio de personas normales. El marido piensa en +sus negocios, la mujer en las cosas de su casa, y uno y otro se tratan +más como amigos que como amantes. Hasta las palomas, hija mía, hasta las +palomas cuando pasan de cierta edad, se hacen cariños así... de una +manera sesuda». Jacinta se reía con esto; pero no admitía tales +componendas. Lo más gracioso era que él se las echaba de hombre ocupado. +¡Valiente truhán! ¡Si no tenía absolutamente nada que hacer más que +pasear y divertirse...! Su padre había trabajado toda la vida como un +negro para asegurar la holgazanería dichosa del príncipe de la casa... +En fin, fuese lo que fuese, Jacinta se proponía no abandonar jamás su +actitud de humildad y discreción. Creía firmemente que Juan no daría +nunca escándalos, y no habiendo escándalo, las cosas irían pasando así. +No hay existencia sin gusanillo, un parásito interior que la roe y a sus +expensas vive, y ella tenía dos: los apartamientos de su marido y el +desconsuelo de no ser madre. Llevaría ambas penas con paciencia, con tal +que no saltara algo más fuerte.</p> + +<p>Por respeto a sí misma, nunca había hablado de esto a nadie, ni al mismo +Delfín. Pero una noche estaba este tan comunicativo, tan bromista, tan +pillín, que a Jacinta se le llenó la boca de sinceridad, y palabra tras +palabra, dio salida a todo lo que pensaba. «Tú me estás engañando, y no +es de ahora, es de hace tiempo. Si creerás que soy tonta... El tonto +eres tú».</p> + +<p>La primera contestación de Santa Cruz fue romper a reír. Su mujer le +tapaba la boca para que no alborotase. Después el muy tunante empezó a +razonar sus explicaciones, revistiéndolas de formas seductoras. ¡Pero +qué huecas le parecieron a Jacinta, que en las dialécticas del corazón +era más maestra que él por saber amar de veras! Y a ella le tocó reír +después y desmenuzar tan livianos argumentos... El sueño, un sueño dulce +y mutuo les cogió, y se durmieron felices... Y ved lo que son las cosas, +Juan se enmendó, o al menos pareció enmendarse.</p> + +<p>Tenía Santa Cruz en altísimo grado las triquiñuelas del artista de la +vida, que sabe disponer las cosas del mejor modo posible para +sistematizar y refinar sus dichas. Sacaba partido de todo, distribuyendo +los goces y ajustándolos a esas misteriosas mareas del humano apetito +que, cuando se acentúan, significan una organización viciosa. En el +fondo de la naturaleza humana hay también, como en la superficie social, +una sucesión de modas, periodos en que es de rigor cambiar de apetitos. +Juan tenía temporadas. En épocas periódicas y casi fijas se hastiaba de +sus correrías, y entonces su mujer, tan mona y cariñosa, le ilusionaba +como si fuera la mujer de otro. Así lo muy antiguo y conocido se +convierte en nuevo. Un texto desdeñado de puro sabido vuelve a interesar +cuando la memoria principia a perderle y la curiosidad se estimula. +Ayudaba a esto el tiernísimo amor que Jacinta le tenía, pues allí sí que +no había farsa, ni vil interés ni estudio. Era, pues, para el Delfín +una dicha verdadera y casi nueva volver a su puerto después de mil +borrascas. Parecía que se restauraba con un cariño tan puro, tan leal y +tan suyo, pues nadie en el mundo podía disputárselo.</p> + +<p>En honor de la verdad, se ha de decir que Santa Cruz amaba a su mujer. +Ni aun en los días que más viva estaba la marea de la infidelidad, dejó +de haber para Jacinta un hueco de preferencia en aquel corazón que tenía +tantos rincones y callejuelas. Ni la variedad de aficiones y caprichos +excluía un sentimiento inamovible hacia su compañera por la ley y la +religión. Conociendo perfectamente su valer moral, admiraba en ella las +virtudes que él no tenía y que según su criterio, tampoco le hacían +mucha falta. Por esta última razón no incurría en la humildad de +confesarse indigno de tal joya, pues su amor propio iba siempre por +delante de todo, y teníase por merecedor de cuantos bienes disfrutaba o +pudiera disfrutar en este bajo mundo. Vicioso y discreto, sibarita y +hombre de talento, aspirando a la erudición de todos los goces y con +bastante buen gusto para espiritualizar las cosas materiales, no podía +contentarse con gustar la belleza comprada o conquistada, la gracia, el +donaire, la extravagancia; quería gustar también la virtud, no +precisamente vencida, que deja de serlo, sino la pura, que en su pureza +misma tenía para él su picante.</p> + + + +<hr /> +<h2>-<span class="smcap">ii</span>-</h2> + + +<p>Por lo dicho se habrá comprendido que el Delfín era un hombre +enteramente desocupado. Cuando se casó, hízole proposiciones don +Baldomero para que tomase algunos miles y negociara con ellos, ya +jugando a la Bolsa, ya en otra especulación cualquiera. Aceptó el joven, +mas no le satisfizo el ensayo, y renunció en absoluto a meterse en +negocios que traen muchas incertidumbres y desvelos. D. Baldomero no +había podido sustraerse a esa preocupación tan española de que los +padres trabajen para que los hijos descansen y gocen. Recreábase aquel +buen señor en la ociosidad de su hijo como un artesano se recrea en su +obra, y más la admira cuanto más doloridas y fatigadas se le quedan las +manos con que la ha hecho.</p> + +<p>Conviene decir también que el joven aquel no era derrochador. Gastaba, +sí, pero con pulso y medida, y sus placeres dejaban de serlo cuando +empezaban a exigirle algo de disipación. En tales casos era cuando la +virtud le mostraba su rostro apacible y seductor. Tenía cierto respeto +ingénito al bolsillo, y si podía comprar una cosa con dos pesetas, no +era él seguramente quien daba tres. En todas las ocasiones, el +desprenderse de una cantidad fuerte le costaba siempre algún trabajo, al +contrario de los dadivosos que cuando dan parece que se les quita un +peso de encima. Y como conocía tan bien el valor de la moneda, sabía +emplearla en la adquisición de sus goces de una manera prudente y casi +mercantil. Ninguno sabía como él <i>sacar el jugo</i> a un billete de cinco +duros o de veinte. De la cantidad con que cualquier manirroto se +proporciona un placer, Juanito Santa Cruz sacaba siempre dos.</p> + +<p>A fuer de hábil financiero, sabía pasar por generoso cuando el caso lo +exigía. Jamás hizo locuras, y si alguna vez sus apetitos le llevaron a +ciertas pendientes, supo agarrarse a tiempo para evitar un resbalón. Una +de las más puras satisfacciones de los señores de Santa Cruz era saber a +ciencia cierta que su hijo no tenía trampas, como la mayoría de los +hijos de familia en estos depravados tiempos.</p> + +<p>Algo le habría gustado a D. Baldomero que el Delfín diera a conocer sus +eximios talentos en la política. ¡Oh!, si él se lanzara, seguramente +descollaría. Pero Barbarita le desanimaba. «¡La política, la política! +¿Pues no estamos viendo lo que es? Una comedia. Todo se vuelve +habladurías y no hacer nada de provecho...». Lo que hacía cavilar algo a +D. Baldomero II era que su hijo no tuviese la firmeza de ideas que él +tenía, pues él pensaba el 73 lo mismo que había pensado el 45; es decir, +que debe haber mucha libertad y mucho palo, que la libertad hace muy +buenas migas con la religión, y que conviene perseguir y escarmentar a +todos los que van a la política a hacer chanchullos.</p> + +<p>Porque Juan era la inconsecuencia misma. En los tiempos de Prim, +manifestose entusiasta por la candidatura del duque de Montpensier. «Es +el hombre que conviene, desengañaos, un hombre que lleva al dedillo las +cuentas de su casa, un modelo de padre de familia». Vino D. Amadeo, y el +Delfín se hizo tan republicano que daba miedo oírle. «La Monarquía es +imposible; hay que convencerse de ello. Dicen que el país no está +preparado para la República; pues que lo preparen. Es como si se +pretendiera que un hombre supiera nadar sin decidirse a entrar en el +agua. No hay más remedio que pasar algún mal trago... La desgracia +enseña... y si no, vean esa Francia, esa prosperidad, esa inteligencia, +ese patriotismo... esa manera de pagar los cinco mil millones...». Pues +señor, vino el 11 de Febrero y al principio le pareció a Juan que todo +iba a qué quieres boca. «Es admirable. La Europa está atónita. Digan lo +que quieran, el pueblo español tiene un gran sentido». Pero a los dos +meses, las ideas pesimistas habían ganado ya por completo su ánimo. +«Esto es una pillería, esto es una vergüenza. Cada país tiene el +Gobierno que merece, y aquí no puede gobernar más que un hombre que esté +siempre con una estaca en la mano». Por gradaciones lentas, Juanito +llegó a defender con calor la idea alfonsina. «Por Dios, hijo—decía D. +Baldomero con inocencia—, si eso no puede ser» y sacaba a relucir los +<i>jamases</i> de Prim. Poníase Barbarita de parte del desterrado príncipe, y +como el sentimiento tiene tanta parte en la suerte de los pueblos, todas +las mujeres apoyaban al príncipe y le defendían con argumentos sacados +del corazón. Jacinta dejaba muy atrás a las más entusiastas por D. +Alfonso. «¡Es un niño!»... Y no daba más razón.</p> + +<p>Teníase a sí mismo el heredero de Santa Cruz por una gran persona. +Estaba satisfecho, cual si se hubiera creado y visto que era bueno. +«Porque yo—decía esforzándose en aliar la verdad con la modestia—, no +soy de lo peorcito de la humanidad. Reconozco que hay seres superiores a +mí, por ejemplo, mi mujer; pero ¡cuántos hay inferiores, cuántos!». Sus +atractivos físicos eran realmente grandes, y él mismo lo declaraba en +sus soliloquios íntimos: «¡Qué guapo soy! Bien dice mi mujer que no hay +otro más salado. La pobrecilla me quiere con delirio... y yo a ella lo +mismo, como es justo. Tengo la gran figura, visto bien, y en modales y +en trato me parece... que somos algo». En la casa no había más opinión +que la suya; era el oráculo de la familia y les cautivaba a todos no +sólo por lo mucho que le querían y mimaban, sino por el sortilegio de su +imaginación, por aquella bendita labia suya y su manera de insinuarse. +La más subyugada era Jacinta, quien no se hubiera atrevido a sostener +delante de la familia que lo blanco es blanco, si su querido esposo +sostenía que es negro. Amábale con verdadera pasión, no teniendo poca +parte en este sentimiento la buena facha de él y sus relumbrones +intelectuales. Respecto a las perfecciones morales que toda la familia +declaraba en Juan, Jacinta tenía sus dudas. Vaya si las tenía. Pero +viéndose sola en aquel terreno de la incertidumbre, llenábase de +tristeza y decía: «¿Me estaré quejando de vicio? ¿Seré yo, como +aseguran, la más feliz de las mujeres, y no habré caído en ello?».</p> + +<p>Con estas consideraciones azotaba y mortificaba su inquietud para +aplacarla como los penitentes vapulean la carne para reducirla a la +obediencia del espíritu. Con lo que no se conformaba era con no tener +chiquillos, «porque todo se puede ir conllevando —decía—, menos eso. +Si yo tuviera un niño, me entretendría mucho con él, y no pensaría en +ciertas cosas». De tanto cavilar en esto, su mente padecía alucinaciones +y desvaríos. Algunas noches, en el primer periodo del sueño, sentía +sobre su seno un contacto caliente y una boca que la chupaba. Los +lengüetazos la despertaban sobresaltada, y con la tristísima impresión +de que todo aquello era mentira, lanzaba un ¡ay!, y su marido le decía +desde la otra cama: «¿Qué es eso, nenita?... ¿pesadilla?».—«Sí, hijo, +un sueño muy malo». Pero no quería decir la verdad por temor de que Juan +lo tomara a risa.</p> + +<p>Los pasillos de su gran casa le parecían lúgubres, sólo porque no sonaba +en ellos el estrépito de las pataditas infantiles. Las habitaciones +inservibles destinadas a la chiquillería, <i>cuando la hubiera</i>, +infundíanle tal tristeza, que los días en que se sentía muy tocada de la +manía, no pasaba por ellas. Cuando por las noches veía entrar de la +calle a D. Baldomero, tan bondadoso y jovial, siempre con su cara de +Pascua, vestido de finísimo paño negro y tan limpio y sonrosado, no +podía menos de pensar en los nietos que aquel señor debía tener para que +hubiera lógica en el mundo, y decía para sí: «¡Qué abuelito se están +perdiendo!».</p> + +<p>Una noche fue al teatro Real de muy mala gana. Había estado todo el día +y la noche anterior en casa de Candelaria que tenía enferma a la niña +pequeña. Mal humorada y soñolienta, deseaba que la ópera se acabase +pronto; pero desgraciadamente la obra, como de Wagner, era muy larga, +música excelente según Juan y todas las personas de gusto, pero que a +ella no le hacía maldita gracia. No lo entendía, vamos. Para ella no +había más música que la italiana, mientras más clarita y más de +organillo mejor. Puso su muestrario en primera fila, y se colocó en la +última silla de atrás. Las tres pollas, Barbarita II, Isabel y Andrea, +estaban muy gozosas, sintiéndose flechadas por mozalbetes del paraíso y +de palcos por asiento. También de butacas venía algún anteojazo bueno. +Doña Bárbara no estaba. Al llegar al cuarto acto, Jacinta sintió +aburrimiento. Miraba mucho al palco de su marido y no le veía. ¿En dónde +estaba? Pensando en esto, hizo una cortesía de respeto al gran Wagner, +inclinando suavemente la graciosa cabeza sobre el pecho. Lo último que +oyó fue un trozo descriptivo en que la orquesta hacía un rumor semejante +al de las trompetillas con que los mosquitos divierten al hombre en las +noches de verano. Al arrullo de esta música, cayó la dama en sueño +profundísimo, uno de esos sueños intensos y breves en que el cerebro +finge la realidad como un relieve y un histrionismo admirables. La +impresión que estos letargos dejan suele ser más honda que la que nos +queda de muchos fenómenos externos y apreciados por los sentidos. +Hallábase Jacinta en un sitio que era su casa y no era su casa... Todo +estaba forrado de un satén blanco con flores que el día anterior había +visto ella y Barbarita en casa de Sobrino... Estaba sentada en un <i>puff</i> +y por las rodillas se le subía un muchacho lindísimo, que primero le +cogía la cara, después le metía la mano en el pecho. «Quita, quita... +eso es caca... ¡qué asco!... cosa fea, es para el gato...». Pero el +muchacho no se daba a partido. No tenía más que la camisa de finísima +holanda, y sus carnes finas resbalaban sobre la seda de la bata de su +mamá. Era una bata color <i>azul gendarme</i> que semanas antes había +regalado a su hermana Candelaria... «No, no, eso no... quita... +caca...». Y él insistiendo siempre, pesadito, monísimo. Quería +desabotonar la bata, y meter mano. Después dio cabezadas contra el seno. +Viendo que nada conseguía, se puso serio, tan extraordinariamente serio +que parecía un hombre. La miraba con sus ojazos vivos y húmedos, +expresando en ellos y en la boca todo el desconsuelo que en la humanidad +cabe. Adán, echado del paraíso, no miraría de otro modo el bien que +perdía. Jacinta quería reírse; pero no podía porque el pequeño le +clavaba su inflamado mirar en el alma. Pasaba mucho tiempo así, el +niño-hombre mirando a su madre, y derritiendo lentamente la entereza de +ella con el rayo de sus ojos. Jacinta sentía que se le desgajaba algo en +sus entrañas. Sin saber lo que hacía soltó un botón... Luego otro. Pero +la cara del chico no perdía su seriedad. La madre se alarmaba y... fuera +el tercer botón... Nada, la cara y la mirada del nene siempre adustas, +con una gravedad hermosa, que iba siendo terrible... El cuarto botón, +el quinto, todos los botones salieron de los ojales haciendo gemir la +tela. Perdió la cuenta de los botones que soltaba. Fueron ciento, puede +que mil... Ni por esas... La cara iba tomando una inmovilidad +sospechosa. Jacinta, al fin, metió la mano en su seno, sacó lo que el +muchacho deseaba, y le miró segura de que se desenojaría cuando viera +una cosa tan rica y tan bonita... Nada; cogió entonces la cabeza del +muchacho, la atrajo a sí, y que quieras que no le metió en la boca... +Pero la boca era insensible, y los labios no se movían. Toda la cara +parecía de una estatua. El contacto que Jacinta sintió en parte tan +delicada de su epidermis, era el roce espeluznante del yeso, roce de +superficie áspera y polvorosa. El estremecimiento que aquel contacto le +produjo dejola por un rato atónita, después abrió los ojos, y se hizo +cargo de que estaban allí sus hermanas; vio los cortinones pintados de +la boca del teatro, la apretada concurrencia de los costados del +paraíso. Tardó un rato en darse cuenta de dónde estaba y de los +disparates que había soñado, y se echó mano al pecho con un movimiento +de pudor y miedo. Oyó la orquesta, que seguía imitando a los mosquitos, +y al mirar al palco de su marido, vio a Federico Ruiz, el gran melómano, +con la cabeza echada hacia atrás, la boca entreabierta, oyendo y +gustando con fruición inmensa la deliciosa música de los violines con +sordina. Parecía que le caía dentro de la boca un hilo del clarificado +más fino y dulce que se pudiera imaginar. Estaba el hombre en un puro +éxtasis. Otros melómanos furiosos vio la dama en el palco; pero ya había +concluido el cuarto acto y Juan no parecía.</p> + + + +<hr /> +<h2>-<span class="smcap">iii</span>-</h2> + + +<p>Si todo lo que les pasa a las personas superiores mereciera una +efeméride, es fácil que en una hoja de calendario americano, +correspondiente a Diciembre del 73, se encontrara este parrafito: «Día +<i>tantos</i>: fuerte catarro de Juanito Santa Cruz. La imposibilidad de +salir de casa le pone de un humor de doscientos mil diablos». Estaba +sentado junto a la chimenea, envuelto de la cintura abajo en una manta +que parecía la piel de un tigre, gorro calado hasta las orejas, en la +mano un periódico, en la silla inmediata tres, cuatro, muchos +periódicos. Jacinta le daba bromas por su forzada esclavitud, y él, +hallando distracción en aquellas guasitas, hizo como que le pegaba, la +cogió por un brazo, le atenazó la barba con los dedos, le sacudió la +cabeza, después le dio bofetadas, terribles bofetadas, y luego +muchísimos porrazos en diferentes partes del cuerpo, y grandes pinchazos +o estocadas con el dedo índice muy tieso. Después de bien cosida a +puñaladas, le cortó la cabeza segándole el pescuezo, y como si aún no +fuera bastante sevicia, la acribilló con cruelísimas e inhumanas +cosquillas, acompañando sus golpes de estas feroces palabras: «¡Qué +<i>guasoncita</i> se me ha vuelto mi nena!... Voy yo a enseñar a mi payasa a +dar bromitas, y le voy a dar una solfa buena para que no le queden ganas +de...».</p> + +<p>Jacinta se desbarataba de risa, y el Delfín hablando con un poco de +seriedad, prosiguió: «Bien sabes que no soy callejero... A fe que te +puedes quejar. Maridos conozco que cuando ponen el pie en la calle, del +tirón se están tres días sin parecer por la casa. Estos podrían tomarme +a mí por modelo».</p> + +<p>—Mariquita date tono—replicó Jacinta secándose las lágrimas que la +risa y las cosquillas le habían hecho derramar—. Ya sé que hay otros +peores; pero no pongo yo mi mano en el fuego porque seas el número uno.</p> + +<p>Juan meneó la cabeza en señal de amenaza. Jacinta se puso lejos de su +alcance, por si se repetían las bárbaras cosquillas.</p> + +<p>«Es que tú exiges demasiado» dijo el marido, deplorando que su mujer no +le tuviese por el más perfecto de los seres creados.</p> + +<p>Jacinta hizo un mohín gracioso con fruncimiento de cejas y labios, el +cual quería decir: «No me quiero meter en discusiones contigo, porque +saldría con las manos en la cabeza». Y era verdad, porque el Delfín +hacía las prestidigitaciones del razonamiento con muchísima habilidad.</p> + +<p>«Bueno—indicó ella—. Dejémonos de tonterías. ¿Qué quieres almorzar?».</p> + +<p>—Eso mismo venía yo a saber —dijo doña Bárbara apareciendo en la +puerta—. Almorzarás lo que quieras; pero pongo en tu conocimiento, para +tu gobierno, que he traído unas calandrias riquísimas. <i>Divinidades</i>, +como dice Estupiñá.</p> + +<p>—Tráiganme lo que quieran, que tengo más hambre que un maestro de +escuela.</p> + +<p>Cuando salieron las dos damas, Santa Cruz pensó un ratito en su mujer, +formulando un panegírico mental. ¡Qué ángel! Todavía no había acabado él +de cometer una falta, y ya estaba ella perdonándosela. En los días +precursores del catarro, hallábase mi hombre en una de aquellas etapas o +mareas de su inconstante naturaleza, las cuales, alejándole de las +aventuras, le aproximaban a su mujer. Las personas más hechas a la vida +ilegal sienten en ocasiones vivo anhelo de ponerse bajo la ley por poco +tiempo. La ley las tienta como puede tentar el capricho. Cuando Juan se +hallaba en esta situación, llegaba hasta desear permanecer en ella; aún +más, llegaba a creer que seguiría. Y la Delfina estaba contenta. «Otra +vez ganado—pensaba—. ¡Si la buena durara!... ¡si yo pudiera ganarle de +una vez para siempre y derrotar en toda la línea a las +<i>cantonales</i>...!».</p> + +<p>Don Baldomero entró a ver a su hijo antes de pasar al comedor. «¿Qué es +eso, chico? Lo que yo digo: no te abrigas. ¡Qué cosas tenéis tú y +Villalonga! ¡Pararse a hablar a las diez de la noche en la esquina del +Ministerio de la Gobernación, que es otra punta del diamante! Te vi. +Venía yo con Cantero de la Junta del Banco. Por cierto que estamos +desorientados. No se sabe a dónde irá a parar esta anarquía. ¡Las +acciones a 138!... Pase usted, Aparisi... Es Aparisi que viene a +almorzar con nosotros».</p> + +<p>El concejal entró y saludó a los dos Santa Cruz.</p> + +<p>—¿Qué periódicos has leído?—preguntó el papá calándose los quevedos, +que sólo usaba para leer—. Toma <i>La Época</i> y dame <i>El Imparcial</i>... +Bueno, bueno va esto. ¡Pobre España! Las acciones a 138... el +consolidado a 13.</p> + +<p>—¿Qué 13?... Eso quisiera usted—observó el eterno concejal—. Anoche +lo ofrecían a 11 en el Bolsín y no lo quería nadie. Esto es el diluvio.</p> + + +<p>Y acentuando de una manera notabilísima aquella expresión de oler una +cosa muy mala, añadió que todo lo que estaba pasando lo había previsto +él, y que los sucesos no discrepaban ni tanto así de lo que <i>día por +día</i> había venido él profetizando. Sin hacer mucho caso de su amigo, D. +Baldomero leyó en voz alta la noticia o estribillo de todos los días. +«La partida tal entró en tal pueblo, quemó el archivo municipal, se +racionó, y volvió a salir... La columna tal perseguía activamente al +cabecilla cual, y después de racionarse...».</p> + +<p>«Ea—dijo sin acabar de leer—, vamos a racionarnos nosotros. El marqués +no viene. Ya no se le espera más».</p> + +<p>En esto entró Blas, el criado de Juan con la mesita, ya puesta, en que +había de almorzar el enfermo. Poco después apareció Jacinta trayendo +platos. Después de saludarla, Aparisi le dijo:</p> + +<p>«Guillermina me ha dado un recado para usted... Hoy no hay <i>odisea +filantrópica</i> a la <i>parroquia de la chinche</i>, porque anda en busca de +ladrillo portero para cimientos. Ya tiene hecho todo el vaciado del +edificio... y por poco dinero. Unos carros trabajando a destajo, otros +de limosna, aquel que ayuda medio día, el otro que va un par de horas, +ello es que no le sale el metro cúbico ni a cinco reales. Y no sé qué +tiene esa mujer. Cuando va a examinar las obras, parece que hasta las +mulas de los carros la conocen y tiran más fuerte para darle gusto... +Francamente, yo que siempre creí que el tal edificio no era <i>factible</i>, +voy viendo...</p> + +<p>«Milagro, milagro» apuntó D. Baldomero en marcha hacia el comedor.</p> + +<p>—¿Y tú?—preguntó Juan a su consorte al quedarse solos—. ¿Almuerzas +aquí o allá?</p> + +<p>—¿Quieres que aquí? Almorzaré en las dos partes. Dice tu mamá que te +estoy mimando mucho.</p> + +<p>—Toma, golosa—le dijo él alargándole un pedazo de tortilla en el +tenedor.</p> + +<p>Después de comérselo, la Delfina corrió al comedor. Al poco rato volvió +riendo.</p> + +<p>«Aquí te tengo reservada esta pechuga de calandria. Toma, abre la +boquita, nena».</p> + +<p>La nena cogió el tenedor, y después de comerse la pechuga, volvió a +reír.</p> + +<p>—¡Qué alegre está el tiempo!</p> + +<p>—Es que ha llegado el marqués, y desde que se sentó en la mesa +empezaron Aparisi y él a tirotearse.</p> + +<p>—¿Qué han dicho? —Aparisi afirmó que la Monarquía no era <i>factible</i>, y +después largó un <i>ipso facto</i>, y otras cosas muy finas.</p> + +<p>Juan soltó la carcajada. «El marqués estará furioso».</p> + +<p>—Come en silencio, meditando una venganza. Te contaré lo que ocurra. +¿Quieres pescadilla?, ¿quieres bistec?</p> + +<p>—Tráeme lo que quieras con tal que vengas pronto.</p> + +<p>Y no tardó en volver, trayendo un plato de pescado.</p> + +<p>«Hijo de mi vida, le mató».</p> + +<p>—¿Quién?</p> + +<p>—El marqués a Aparisi... le dejó en el sitio.</p> + +<p>—Cuenta, cuenta. —Pues de primera intención soltole a su enemigo un +<i>delirium tremens</i> a boca de jarro, y después, sin darle tiempo de +respirar, un <i>mane tegel fare</i>. El otro se ha quedado como atontado por +el golpe. Veremos con lo que sale.</p> + +<p>—¡Qué célebre! Tomaremos café juntos—dijo Santa Cruz—. Vente pronto +para acá. ¡Qué coloradita estás!</p> + +<p>—Es de tanto reírme. —Cuando digo que me estás haciendo tilín...</p> + +<p>—Al momento vuelvo... Voy a ver lo que salta por allá. Aparisi está +indignado con Castelar, y dice que lo que le pasa a Salmerón es porque +no ha seguido sus consejos...</p> + +<p>—¡Los consejos de Aparisi! —Sí, y al marqués lo que le tiene con el +alma en un hilo es que se levante <i>la masa obrera</i>.</p> + +<p>Volvió Jacinta al comedor, y el último cuento que trajo fue este:</p> + +<p>«Chico, si estás allí te mueres de risa. ¡Pobre Muñoz! El otro se ha +rehecho y le está soltando unos primores... Figúrate. Ahora está +contando que ha visto un proyectil de los que tiran los carcas, y el +fusil Berdan... No dice agujeros, sino <i>orificios</i>. Todo se vuelve +<i>orificios</i>, y el marqués no sabe lo que le pasa...».</p> + +<p>No pudo seguir, porque entró Muñoz, fumando un gran puro, a saludar al +enfermo.</p> + +<p>«Hola, Juanín... ¿Estamos <i>exclaustrados</i>?... ¿Y qué es?... ¿coriza? Eso +es bueno, y cuando la mucosa necesita eliminar, que elimine... En fin, +yo me...». Iba a decir <i>me largo</i>; pero al ver entrar a Aparisi (tal +creyeron Jacinta y su marido), dijo: «me ausento».</p> + +<p>A eso de las tres, marido y mujer estaban solos en el despacho, él en el +sillón leyendo periódicos, ella arreglando la habitación que estaba algo +desordenada. Barbarita había salido a comprar. El criado anunció a un +hombre que quería hablar con el <i>señor joven</i>.</p> + +<p>—Ya sabes que no recibe—dijo la señorita, y tomando de manos de Blas +una tarjeta que este traía leyó: <i>José Ido del Sagrario, corredor de +publicaciones nacionales y extranjeras</i>.</p> + +<p>—Que entre, que entre al instante —ordenó Santa Cruz, saltando en su +asiento—. Es el loco más divertido que puedes imaginar. Verás cómo nos +reímos... Cuando nos cansemos de oírle, le echamos. ¡Tipo más +célebre...! Le vi hace días en casa de Pez, y nos hizo morir de risa.</p> + +<p>Al poco rato entró en el despacho un hombre muy flaco, de cara enfermiza +y toda llena de lóbulos y carúnculas, los pelos bermejos y muy tiesos, +como crines de escobillón, la ropa prehistórica y muy raída, corbata +roja y deshilachada, las botas muertas de risa. En una mano traía el +sombrero que era un <i>claque</i> del año en que esta prenda se inventó, el +primogénito de los <i>claques </i> sin género de duda, y en la otra un lío de +carteras-prospectos para hacer suscriciones a libros de lujo, las cuales +estaban tan sobadas, que la mugre no permitía ver los dorados de la +pasta. Impresionó penosamente a la compasiva Jacinta aquella estampa de +miseria en traje de persona decente, y más lástima tuvo cuando le vio +saludar con urbanidad y sin encogimiento, como hombre muy hecho al trato +social.</p> + +<p>«Hola, Sr. de Ido... ¡cuánto gusto de verle!—le dijo Santa Cruz con +fingida seriedad—. Siéntese, y dígame qué le trae por aquí».</p> + +<p>—Con permiso... ¿Quiere usted <i>Mujeres célebres</i>?</p> + +<p>Jacinta y su marido se miraron. —O <i>Mujeres de la Biblia</i>—prosiguió +Ido, enseñando carteras—. Como el Sr. de Santa Cruz me dijo el otro día +en casa del Sr. de Pez que deseaba conocer las publicaciones de las +casas de Barcelona que tengo el honor de representar... ¿O quiere usted +<i>Cortesanas célebres, Persecuciones religiosas, Hijos del Trabajo, +Grandes inventos, Dioses del Paganismo</i>...?</p> + + + + +<hr /> +<h2>-<span class="smcap">iv</span>-</h2> + + +<p>Basta, basta, no cite usted más obras ni me enseñe más carteras. Ya le +dije que no me gustan libros por suscrición. Se extravían las entregas, +y es volverse loco... Prefiero tomar alguna obra completa. Pero no tenga +prisa. Estará usted cansado de tanto correr por ahí. ¿Quiere tomar una +copita?</p> + +<p>—Muchísimas gracias. Nunca bebo.</p> + +<p>—¿No?, pues el otro día, cuando nos vimos en casa de Joaquín, decía +este que estaba usted algo peneque... se entiende, un poco alegre...</p> + +<p>—Perdone usted, Sr. de Santa Cruz —replicó Ido avergonzado—. Yo no me +embriago; no me he embriagado jamás. Algunas veces, sin saber cómo ni +por qué, me entra cierta excitación, y me pongo así, nervioso y como +echando chispas... me pongo eléctrico. ¿Ven ustedes?... ya lo estoy. +Fíjese usted, Sr. D. Juan, y observe cómo se me mueve el párpado +izquierdo y el músculo este de la quijada en el mismo lado. ¿Lo ve +usted...?, ya está la función armada. Francamente, así no se puede +vivir. Los médicos me dicen que coma carne. Como carne y me pongo peor. +Ea, ya estoy como un muelle de reloj... Si usted me da su permiso me +retiro...</p> + +<p>—Hombre, no, descanse usted. Eso se le pasará. ¿Quiere usted un vaso de +agua?</p> + +<p>Jacinta sintió que no le dejase marchar, porque la idea de que el hombre +aquel iba a caer allí con una pataleta le inspiraba repugnancia y miedo. +Como Juan insistiese en lo del vaso de agua, díjole a su esposa por lo +bajo: «Este infeliz lo que tiene es hambre».</p> + +<p>—A ver, Sr. de Ido—indicó la dama—, ¿se comería usted una chuletita?</p> + +<p>Don José respondió tácitamente, con la expresión de una incredulidad +profunda. Cada vez parecía más extraño su mirar y más acentuado el +temblor del párpado y la mejilla.</p> + +<p>—Perdóneme usted, señora... Como la cabeza se me va, no puedo hacerme +cargo de nada. Usted ha dicho que si me comería yo una...</p> + +<p>—Una chuletita. —Mi cabeza no puede apreciar bien... Padezco de +olvidos de nombres y cosas. ¿A qué llama usted una chuleta?—añadió +llevándose la mano a las erizadas crines, por donde se le escapaba la +memoria y le entraba la electricidad—. ¿Por ventura, lo que usted +llama... no sé cómo, es un pedazo de carne con un rabito que es de +hueso?</p> + +<p>—Justo. Llamaré para que se la traigan.</p> + +<p>—No se moleste, señora. Yo llamaré.</p> + +<p>—Que le traigan dos—dijo el señorito gozando con la idea de ver comer +a un hambriento.</p> + +<p>Jacinta salió, y mientras estuvo fuera Ido hablaba de su mala suerte.</p> + +<p>«En este país, Sr. D. Juanito, no se protege a las letras. Yo que he +sido profesor de primera enseñanza, yo que he escrito obras de amena +literatura tengo que dedicarme a correr publicaciones para llevar un +pedazo de pan a mis hijos... Todos me lo dicen: si yo hubiera nacido en +Francia, ya tendría <i>hotel</i>...».</p> + +<p>—Eso es indudable. ¿No ve usted que aquí no hay quien lea, y los pocos +que leen no tienen dinero?...</p> + +<p>—Naturalmente—decía Ido a cada instante, echando ansiosas miradas en +redondo por ver si aparecía la chuleta.</p> + +<p>Jacinta entró con un plato en la mano. Tras ella vino Blas con el mismo +velador en que había almorzado el señorito, un cubierto, servilleta, +panecillo, copa y botella de vino. Miró estas cosas Ido con estupor +famélico, no bien disimulado por la cortesía, y le entró una risa +nerviosa, señal de hallarse próximo a la plenitud de aquel estado que +llamaba eléctrico. La Delfina se volvió a sentar junto a su marido y +miraba entre espantada y compasiva al desgraciado D. José. Este dejó en +el suelo las carteras y el <i>claque</i>, que no se cerraba nunca, y cayó +sobre las chuletas como un tigre... Entre los mascullones salían de su +boca palabras y frases desordenadas: «Agradecidísimo... Francamente, +habría sido falta de educación desairar... No es que tenga apetito, +naturalmente... He almorzado fuerte... ¿pero cómo desairar? +Agradecidísimo...».</p> + +<p>—Observo una cosa, querido D. José—dijo Santa Cruz.</p> + +<p>—¿Qué? —Que no masca usted lo que come. —¡Oh!, ¿le interesa a usted +que masque?</p> + +<p>—No, a mí no. —Es que no tengo muelas... Como como los pavos. +Naturalmente... así me sienta mejor.</p> + +<p>—¿Y no bebe usted? —Media copita nada más... El vino no me hace +provecho; pero muy agradecido, muy agradecido...—y a medida que iba +comiendo, le bailaban más el párpado y el músculo, que parecían ya +completamente declarados en huelga. Notábase en sus brazos y cuerpo +estremecimientos muy bruscos, como si le estuvieran haciendo cosquillas.</p> + +<p>«Aquí donde le ves—dijo Santa Cruz—, se tiene una de las mujeres más +guapas de Madrid».</p> + +<p>Hizo un signo a Jacinta que quería decir: «Espérate, que ahora viene lo +bueno».</p> + +<p>—¿Es de veras? —Sí. No se la merece. Ya ves que él es feo adrede.</p> + +<p>—Mi mujer... Nicanora... —murmuró Ido sordamente, ya en el último +bocado—, la Venus de Médicis... carnes de raso...</p> + +<p>—¡Tengo unas ganas de conocer a esa célebre hermosura...!—afirmó Juan.</p> + +<p>Don José no había dejado nada en el plato más que el hueso. Después +exhaló un hondísimo suspiro, y llevándose la mano al pecho, dejó escapar +con bronca voz estas palabras:</p> + +<p>—La hermosura exterior nada más... sepulcro blanqueado... corazón lleno +de víboras.</p> + +<p>Su mirada infundió tanto terror a Jacinta, que dijo por señas a su +marido que le dejara salir. Pero el otro, queriendo divertirse un rato, +hostigó la demencia de aquel pobre hombre para que saltara.</p> + +<p>«Venga acá, querido D. José. ¿Qué tiene usted que decir de su esposa, si +es una santa?».</p> + +<p>—¡Una santa!, ¡una santa! —repitió Ido, con la barba pegada al pecho y +echando al Delfín una mirada que en otra cara habría sido feroz—. Muy +bien, señor mío. ¿Y usted en qué se funda para asegurarlo sin pruebas?</p> + +<p>—La voz pública lo dice. —Pues la voz pública se engaña—gritó Ido +alargando el cuello y accionando con energía—. La voz pública no sabe +lo que se pesca.</p> + +<p>—Pero cálmese usted, pobre hombre—se atrevió a expresar Jacinta—. A +nosotros no nos importa que su mujer de usted sea lo que quiera.</p> + +<p>—¡Que no les importa!... —replicó Ido con entonación trágica de actor +de la legua—. Ya sé que estas cosas a nadie le importan más que a mí, +al esposo ultrajado, al hombre que sabe poner su honor por encima de +todas las cosas.</p> + +<p>—Es claro que a él le importa principalmente—dijo Santa Cruz +hostigándole más—. Y que tiene el genio blando este señor Ido.</p> + +<p>—Y para que usted, señora —añadió el desgraciado mirando a Jacinta de +un modo que la hizo estremecer—, pueda apreciar la justa indignación de +un hombre de honor, sepa que mi esposa es... ¡adúuultera!</p> + +<p>Dijo esta palabra con un alarido espantoso, levantándose del asiento y +extendiendo ambos brazos como suelen hacer los bajos de ópera cuando +echan una maldición. Jacinta se llevó las manos a la cabeza. Ya no podía +resistir más aquel desagradable espectáculo. Llamó al criado para que +acompañara al desventurado corredor de obras literarias. Pero Juan, +queriendo divertirse más, procuraba calmarle.</p> + +<p>«Siéntese, Sr. D. José, y no se excite tanto. Hay que llevar estas cosas +con paciencia».</p> + +<p>—¡Con paciencia, con paciencia! —exclamó Ido, que en su estado +eléctrico repetía siempre la última frase que se le decía, como si la +mascase, a pesar de no tener muelas.</p> + +<p>—Sí, hombre; estos tragos no hay más remedio que irlos pasando. Amargan +un poco; pero al fin el hombre, como dijo el otro, se va <i>jaciendo</i>.</p> + +<p>—¡Se va <i>jaciendo</i>! ¿Y el honor, señor de Santa Cruz?...</p> + +<p>Y otra vez hincaba la barba en el pecho, mirando con los ojos medio +escondidos en el casco, y cerrándolos de súbito, como los toros que +bajan el testuz para acometer. Las carúnculas del cuello se le +inyectaban de tal modo, que casi eclipsaban el rojo de la corbata. +Parecía un pavo cuando la excitación de la pelea con otro pavo le +convierte en animal feroz.</p> + +<p>—El honor—expresó Juan—. ¡Bah!, el honor es un sentimiento +convencional...</p> + +<p>Ido se acercó paso a paso a Santa Cruz y le tocó en el hombro muy +suavemente, clavándole sus ojos de pavo espantado. Después de una larga +pausa, durante la cual Jacinta se pegó a su marido como para defenderle +de una agresión, el infeliz dijo esto, empezando muy bajito como si +secreteara, y elevando gradualmente la voz hasta terminar de una manera +estentórea: «Y si usted descubre que su mujer, la Venus de Médicis, la +de las carnes de raso, la del cuello de cisne, la de los ojos cual +estrellas... si usted descubre que esa divinidad, a quien usted ama con +frenesí, esa dama que fue tan pura; si usted descubre, repito, que falta +a sus deberes y acude a misteriosas citas con un duque, con un grande de +España, sí señor, con el mismísimo duque de Tal».</p> + +<p>—Hombre, eso es muy grave, pero muy grave—afirmó Juan, poniéndose más +serio que un juez—. ¿Está usted seguro de lo que dice?</p> + +<p>—¡Que si estoy seguro!... Lo he visto, lo he visto.</p> + +<p>Pronunció esto con oprimido acento, como quien va a romper en llanto.</p> + +<p>—Y usted, Sr. D. José de mi alma—dijo Santa Cruz fingiéndose, no ya +serio sino consternado—, ¿qué hace que no pide una satisfacción al +duque?</p> + +<p>—¡Duelos... duelitos a mí!—replicó Ido con sarcasmo—. Eso es para los +tontos. Esas cosas se arreglan de otro modo.</p> + +<p>Y vuelta a empezar bajito, para concluir a gritos:</p> + +<p>«Yo haré justicia, se lo juro a usted... Espero cogerlos <i>in fraganti</i> +otra vez, <i>in fraganti</i>, Sr. D. Juan. Entonces aparecerán los dos +cadáveres atravesados por una sola espada... Esta es la venganza, esta +es la ley... por una sola espada... Y me quedaré tan fresco, como si tal +cosa. Y podré salir por ahí mostrando mis manos manchadas con la sangre +de los adúlteros y decir a gritos: 'Aprended de mí, maridos, a defender +vuestro honor. Ved estas manos justicieras, vedlas y besadlas...'. Y +vendrán todos... toditos a besarme las manos. Y será un besamanos, +porque hay tantos, tantísimos...».</p> + +<p>Al llegar a este grado de su lastimoso acceso, el infeliz Ido ya no +tenía atadero. Gesticulaba en medio de la habitación, iba de un lado +para otro, parábase delante de los esposos sin ninguna muestra de +respeto, daba rápidas vueltas sobre un tacón y tenía todas las trazas +de un hombre completamente irresponsable de lo que dice y hace. El +criado estaba en la puerta riendo, esperando que sus amos le mandasen +poner a aquel adefesio en la calle. Por fin, Juan hizo una seña a Blas; +y a su mujer le dijo por lo bajo: «dale un par de duros». Dejose +conducir hasta la puerta el pobre D. José sin decir una palabra, ni +despedirse. Blas le puso en la cabeza el primogénito de todos los +<i>claques</i>, en una mano las mugrientas carteras, en otra los dos duros +que para el caso le dio la señorita; la puerta se cerró y oyose el +pesado, inseguro paso del hombre eléctrico por las escaleras abajo.</p> + +<p>—A mí no me divierte esto —opinó Jacinta—. Me da miedo. ¡Pobre +hombre! La miseria, el no comer le habrán puesto así.</p> + +<p>—Es lo más inofensivo que te puedes figurar. Siempre que va a casa de +Joaquín, le pinchamos para que hable de la adúuultera. Su demencia es +que su mujer se la pega con un grande de España. Fuera de eso, es +razonable y muy veraz en cuanto habla. ¿De qué provendrá esto, Dios mío? +Lo que tú dices, el no comer. Este hombre ha sido también autor de +novelas, y de escribir tanto adulterio, no comiendo más que judías, se +le reblandeció el cerebro.</p> + +<p>Y no se habló más del loco. Por la noche fue Guillermina, y Jacinta, que +conservaba la mugrienta tarjeta con las señas de Ido, se la dio a su +amiga para que en sus excursiones le socorriese. En efecto, la familia +del corredor de obras (Mira el Río 12), merecía que alguien se +interesara por ella. Guillermina conocía la casa y tenía en ella muchos +parroquianos. Después de visitarla, hizo a su amiguita una pintura muy +patética de la miseria que en la madriguera de los Idos reinaba. La +esposa era una infeliz mujer, mártir del trabajo y de la inanición, +humilde, estropeadísima, fea de encargo, mal pergeñada. Él ganaba poco, +casi nada. Vivía la familia de lo que ganaban el hijo mayor, cajista, y +la hija, polluela de buen ver que aprendía para peinadora.</p> + +<p>Una mañana, dos días después de la visita de Ido, Blas avisó que en el +recibimiento estaba el hombre aquel de los pelos tiesos. Quería hablar +con la señorita. Venía muy pacífico. Jacinta fue allí, y antes de llegar +ya estaba abriendo su portamonedas.</p> + +<p>—Señora—le dijo Ido al tomar lo que se le daba—, estoy agradecidísimo +a sus bondades; pero ¡ay!, la señora no sabe que estoy desnudo... quiero +decir, que esta ropa que llevo se me está deshaciendo sobre las +carnes... Y naturalmente, si la señora tuviera unos pantaloncitos +desechados del señor D. Juan...</p> + +<p>—¡Ah! Sí... buscaré. Vuelva usted.</p> + +<p>—Porque la señora doña Guillermina, que es tan buena, nos socorrió con +bonos de carne y pan, y a Nicanora le dio una manta, que nos viene como +bendición de Dios, porque en la cama nos abrigábamos con toda mi ropa y +la suya puesta sobre las sábanas...</p> + +<p>—Descuide usted, Sr. del Sagrario; yo le procuraré alguna prenda en +buen uso. Tiene usted la misma estatura de mi marido.</p> + +<p>—Y a mucha honra... Agradecidísimo, señora; pero créame la señora, se +lo digo con la mano puesta en el corazón: más me convendría ropa de +niños que ropa de hombre, porque no me importa estar desnudo con tal que +mis chicos estén vestidos. No tengo más que una camisa, que Nicanora, +naturalmente, me lava ciertas y determinadas noches mientras duermo, +para ponérmela por la mañana... pero no me importa. Anden mis niños +abrigados, y a mí que me parta una pulmonía.</p> + +<p>—Yo no tengo niños—dijo la dama con tanta pena como el otro al decir +«no tengo camisa».</p> + +<p>Maravillábase Jacinta de lo muy razonable que estaba el corredor de +obras. No advirtió en él ningún indicio de las extravagancias de marras.</p> + +<p>«La señora no tiene hijos... ¡Qué lástima!—exclamó Ido—. Dios no sabe +lo que se hace... Y yo pregunto: si la señora no tiene niños, ¿para +quién son los niños? Lo que yo digo... ese señor Dios será todo lo sabio +que quieran; pero yo no le paso ciertas cosas».</p> + +<p>Esto le pareció a la Delfina tan discreto, que creyó tener delante al +primer filósofo del mundo; y le dio más limosna.</p> + +<p>«Yo no tengo niños —repitió—, pero ahora me acuerdo. Mis hermanas los +tienen...».</p> + +<p>—Mil y mil cuatrillones de gracias, señora. Algunas prendas de abrigo, +como las que repartió el otro día doña Guillermina a los chicos de mis +vecinos, no nos vendrían mal.</p> + +<p>—¿Doña Guillermina repartió a los vecinos y a usted no?... ¡Ah!, +descuide usted; ya le echaré yo un buen réspice.</p> + +<p>Alentado por esta prueba de benevolencia, Ido empezó a tomar confianza. +Avanzó algunos pasos dentro del recibimiento, y bajando la voz dijo a la +señorita:</p> + +<p>«Repartió doña Guillermina unos capuchoncitos de lana, medias y otras +cosas; pero no nos tocó nada. Lo mejor fue para los hijos de la señá +Joaquina y para el <i>Pitusín</i>, el niño ese... ¿no sabe la señora?, ese +chiquillín que tiene consigo mi vecino Pepe Izquierdo... un hombre de +bien, tan desgraciado como yo... No le quiero quitar al <i>Pitusín</i> la +preferencia. Comprendo que lo mejor debe caerle a él por ser de la +familia.</p> + +<p>—¿Qué dice usted, hombre? ¿De quién habla usted?—indicó Jacinta +sospechando que Ido se electrizaba. Y en efecto, creyó notar síntomas de +temblor en el párpado.</p> + +<p>«El <i>Pitusín</i>—prosiguió Ido tomándose más confianza y bajando más la +voz—, es un nene de tres años, muy mono por cierto, hijo de una tal +Fortunata, mala mujer, señora, muy mala... Yo la vi una vez, una vez +sola. Guapetona; pero muy loca. Mi vecino me ha enterado de todo...</p> + +<p>Pues como decía, el pobre <i>Pitusín</i> es muy salado... ¡más listo que +Cachucha y más malo...! Trae al retortero a toda la vecindad. Yo le +quiero como a mis hijos. El señor Pepe le recogió no sé dónde, porque su +madre le quería tirar...».</p> + +<p>Jacinta estaba aturdidísima, como si hubiera recibido un fuerte golpe en +la cabeza. Oía las palabras de Ido sin acertar a hacerle preguntas +terminantes. ¡Fortunata, el <i>Pitusín</i>!... ¿No sería esto una nueva +extravagancia de aquel cerebro novelador?</p> + +<p>«Pero, vamos a ver...—dijo la señorita al fin, comenzando a +serenarse—. Todo eso que usted me cuenta, ¿es verdad o es locura de +usted?... Porque a mí me han dicho que usted ha escrito novelas, y que +por escribirlas comiendo mal, ha perdido la chaveta».</p> + +<p>—Yo le juro a la señora que lo que le he dicho es el Santísimo +Evangelio—replicó Ido poniéndose la mano sobre el pecho—. José +Izquierdo es persona formal. No sé si la señora lo conocerá. Tuvo +platería en la Concepción Jerónima, un gran establecimiento... +especialidad en regalos para amas... No sé si fue allí donde nació el +<i>Pitusín</i>; lo que sí sé es que, naturalmente, es hijo de su esposo de +usted, el señor D. Juanito de Santa Cruz.</p> + +<p>—Usted está loco —exclamó la dama con arranque de enojo y despecho—. +Usted es un embustero... Márchese usted.</p> + +<p>Empujole hacia la puerta mirando a todos lados por si había en el +recibimiento o en los pasillos alguien que tales despropósitos oyera. No +había nadie. D. José se deshizo en reverencias; pero no se turbó porque +le llamaran loco.</p> + +<p>«Si la señora no me cree —se limitó a decir—, puede enterarse en la +vecindad...».</p> + +<p>Jacinta le retuvo entonces. Quería que hablase más.</p> + +<p>«Dice usted que ese José Izquierdo... Pero no quiero saber nada. Váyase +usted».</p> + +<p>Ido había traspasado el hueco de la puerta, y Jacinta cerró de golpe, a +punto que él abría la boca para añadir quizás algún pormenor interesante +a sus revelaciones. Tuvo la dama intenciones de llamarle. Figurábase que +al través de la madera, cual si esta fuera un cristal, veía el párpado +tembloroso de Ido y su cara de pavo, que ya le era odiosa como la de un +animal dañino. «No, no abro... —pensó—. Es una serpiente... ¡Qué +hombre! Se finge el loco para que le tengan lástima y le den dinero». +Cuando le oyó bajar las escaleras volvió a sentir deseos de más +explicaciones. En aquel mismo instante subían Barbarita y Estupiñá +cargados de paquetes de compras. Jacinta les vio por el ventanillo y +huyó despavorida hacia el interior de la casa, temerosa de que le +conocieran en la cara el desquiciamiento que aquel condenado hombre +había producido en su alma.</p> + + + +<hr /> +<h2>-<span class="smcap">v</span>-</h2> + + +<p>¡Cómo estuvo aquel día la pobrecita! No se enteraba de lo que le decían, +no veía ni oía nada. Era como una ceguera y sordera moral, casi física. +La culebra que se le había enroscado dentro, desde el pecho al cerebro, +le comía todos los pensamientos y las sensaciones todas, y casi le +estorbaba la vida exterior. Quería llorar; ¿pero qué diría la familia al +verla hecha un mar de lágrimas? Habría que decir el motivo... Las +reacciones fuertes y pasajeras de toda pena no le faltaban, y cuando +aquella marca de consuelo venía, sentía breve alivio. ¡Si todo era un +embuste, si aquel hombre estaba loco...! Era autor de novelas de brocha +gorda y no pudiendo ya escribirlas para el público, intentaba llevar a +la vida real los productos de su imaginación llena de tuberculosis. Sí, +sí, sí: no podía ser otra cosa: tisis de la fantasía. Sólo en las +novelas malas se ven esos hijos de sorpresa que salen cuando hace falta +para complicar el argumento. Pero si lo revelado podía ser una papa, +también podía no serlo, y he aquí concluida la reacción de alivio. La +culebra entonces, en vez de desenroscarse, apretaba más sus duros +anillos.</p> + +<p>Aquel día, el demonio lo hizo, estaba Juan mucho peor de su catarro. Era +el enfermo más impertinente y dengoso que se pudiera imaginar. Pretendía +que su mujer no se apartara de él, y notando en ella una tristeza que no +le era habitual, decíale con enojo: «¿Pero qué tienes, qué te pasa, +hija? Vaya, pues me gusta... Estoy yo aquí hecho una plasta, aburrido y +pasando las de Caín, y te me vienes tú ahora con esa cara de juez. +Ríete, por amor de Dios». Y Jacinta era tan buena, que al fin hacía un +esfuerzo para aparecer contenta. El Delfín no tenía paciencia para +soportar las molestias de un simple catarro, y se desesperaba cuando le +venía uno de esos rosarios de estornudos que no se acaban nunca. +Empeñábase en despejar su cabeza de la pesada fluxión sonándose con +estrépito y cólera.</p> + +<p>«Ten paciencia, hijo—le decía su madre—. Si fuera una enfermedad +grave, ¿qué harías?».</p> + +<p>—Pues pegarme un tiro, mamá. Yo no puedo aguantar esto. Mientras más me +sueno, más abrumada tengo la cabeza. Estoy harto de beber aguas. +¡Demonio con las aguas! No quiero más brebajes. Tengo el estómago como +una charca. ¡Y me dicen que tenga paciencia! Cualquier día tengo yo +paciencia. Mañana me echo a la calle.</p> + +<p>—Falta que te dejemos. —Al menos ríanse, cuéntenme algo, +distráiganme. Jacinta, siéntate a mi lado. Mírame.</p> + +<p>—Si ya te estoy mirando. Estás muy guapito con tu pañuelo liado en la +cabeza, la nariz colorada, los ojos como tomates...</p> + +<p>—Búrlate; mejor. Eso me gusta... Ya te daría yo mi constipado. No, si +no quiero más caramelos. Con tus caramelos me has puesto el cuerpo como +una confitería. Mamá...</p> + +<p>—¿Qué? —¿Estaré bueno mañana? Por Dios, tengan compasión de mí, +háganme llevadera esta vida. Estoy en un potro. Me carga el sudar. Si me +desabrigo, toso; si me abrigo, echo el quilo... Mamá, Jacinta, +distraedme; tráiganme a Estupiñá para reírme un rato con él.</p> + +<p>Jacinta, al quedarse otra vez sola con su marido, volvió a sus +pensamientos. Le miró por detrás de la butaca en que sentado estaba. +«¡Ah, cómo me has engañado!...». Porque empezaba a creer que el loco, +con serlo tan rematado, había dicho verdades. Las inequívocas +adivinaciones del corazón humano decíanle que la desagradable historia +del <i>Pitusín</i> era cierta. Hay cosas que forzosamente son ciertas, sobre +todo siendo cosas malas. ¡Entrole de improviso a la pobrecita esposa una +rabia...! Era como la cólera de las palomas cuando se ponen a pelear. +Viendo muy cerca de sí la cabeza de su marido, sintió deseos de tirarle +del cabello que por entre las vueltas del pañuelo de seda salía. «¡Qué +rabia tengo! —pensó Jacinta apretando sus bonitísimos dientes—, por +haberme ocultado una cosa tan grave... ¡Tener un hijo y abandonarlo +así!»... Se cegó; vio todo negro. Parecía que le entraban convulsiones. +Aquel <i>Pitusín</i> desconocido y misterioso, aquella hechura de su marido, +sin que fuese, como debía, hechura suya también, era la verdadera +culebra que se enroscaba en su interior... «¿Pero qué culpa tiene el +pobre niño...? —pensó después transformándose por la piedad—. ¡Este, +este tunante...!». Miraba la cabeza, ¡y qué ganas tenía de arrancarle +una mecha de pelo, de pegarle un coscorrón!... ¿Quién dice uno?... dos, +tres, cuatro coscorrones muy fuertes para que aprendiera a no engañar a +las personas.</p> + +<p>«Pero mujer, ¿qué haces ahí detrás de mí?—murmuró él sin volver la +cabeza—. Lo que digo, hoy parece que estás lela. Ven acá, hija».</p> + +<p>—¿Qué quieres? —Niña de mi vida, hazme un favorcito.</p> + +<p>Con aquellas ternuras se le pasó a la Delfina todo su furor de +coscorrones. Aflojó los dientes y dio la vuelta hasta ponérsele delante.</p> + +<p>«Hazme el favorcito de ponerme otra manta. Creo que me he enfriado +algo».</p> + +<p>Jacinta fue a buscar la manta. Por el camino decía: «En Sevilla me contó +que había hecho diligencias por socorrerla. Quiso verla y no pudo. Murió +mamá, pasó tiempo; no supo más de ella... Como Dios es mi padre, yo he +de saber lo que hay de verdad en esto, y si... (se ahogaba al llegar a +esta parte de su pensamiento) si es verdad que los hijos que no le nacen +en mí le nacen en otra...».</p> + +<p>Al ponerle la manta le dijo: «Abrígate bien, infame»; y a Juanito no se +le ocultó la seriedad con que lo decía. Al poco rato volvió a tomar el +acento mimoso:</p> + +<p>«Jacintilla, niña de mi corazón, ángel de mi vida, llégate acá. Ya no +haces caso del sinvergüenza de tu maridillo».</p> + +<p>—Celebro que te conozcas. ¿Qué quieres?</p> + +<p>—Que me quieras y me hagas muchos mimos. Yo soy así. Reconozco que no +se me puede aguantar. Mira, tráeme agua azucarada... templadita, ¿sabes? +Tengo sed.</p> + +<p>Al darle el agua, Jacinta le tocó la frente y las manos.</p> + +<p>«¿Crees que tengo calentura?».</p> + +<p>—De pollo asado. No tienes más que impertinencias. Eres peor que los +chiquillos.</p> + +<p>—Mira, hijita, cordera; cuando venga <i>La Correspondencia</i>, me la +leerás. Tengo ganas de saber cómo se desenvuelve Salmerón. Luego me +leerás <i>La Época</i>. ¡Qué buena eres! Te estoy mirando y me parece mentira +que tenga yo por mujer a un serafín como tú. Y que no hay quien me quite +esta ganga... ¡Qué sería de mí sin ti... enfermo, postrado...!</p> + +<p>—¡Vaya una enfermedad! Sí; lo que es por quejarte no quedará...</p> + +<p>Doña Bárbara entró diciendo con autoridad: «A la cama, niño, a la cama. +Ya es de noche y te enfriarás en ese sillón».</p> + +<p>—Bueno, mamá; a la cama me voy. Si yo no chisto, si no hago más que +obedecer a mis tiranas... Si soy una malva. Blas, Blas..., ¿pero dónde +se mete este condenado hombre?</p> + +<p>María Santísima, lo que bregaron para acostarle. La suerte de ellas era +que lo tomaban a broma. «Jacinta, ponme un pañuelo de seda en la +garganta... Chica, no aprietes tanto que me ahogas... Quita, quita, tú +no sabes. Mamá, ponme tú el pañuelo... No, quitádmelo; ninguna de las +dos sabe liar un pañuelo. ¡Pero qué gente más inútil!».</p> + +<p>Pasa un ratito. «Mamá, ¿ha venido <i>La Correspondencia</i>?».</p> + +<p>—No, hijo. No te desabrigues. Mete estos brazos. Jacinta, cúbrele los +brazos.</p> + +<p>—Bueno, bueno, ya están metidos los brazos. ¿Los meto más? Eso es, se +empeñan en que me ahogue. Me han puesto un baúl mundo encima. Jacinta, +quita <i>jierro</i>, que el peso me agobia... Pero, chica, no tanto; sube más +arribita el edredón... tengo el pescuezo helado. Mamá... lo que digo, +hacen las cosas de mala gana. Así no me pongo nunca bueno. Y ahora se +van a comer. ¿Y me voy a quedar solo con Blas?</p> + +<p>—No, tonto, Jacinta comerá aquí contigo.</p> + +<p>Mientras su mujer comía, ni un momento dejó de importunarla: «Tú no +comes, tú estás desganada; a ti te pasa algo; tú disimulas algo... A mí +no me la das tú. Francamente, nunca está uno tranquilo... pensando +siempre si te nos pondrás mala. Pues es preciso comer; haz un +esfuerzo... ¿Es que no comes para hacerme rabiar?... Ven acá, tontuela, +echa la cabecita aquí. Si no me enfado, si te quiero más que a mi vida, +si por verte contenta, firmaba yo ahora un contrato de catarro +vitalicio... Dame un poquito de esa camuesa... ¡Qué buena está! Déjame +que te chupe el dedo...».</p> + +<p>Iban llegando los amigos de la casa que solían ir algunas noches.</p> + +<p>«Mamá, por las llagas y por todos los clavos de Cristo, no me traigas +acá a Aparisi... Ahora le da porque todo ha de ser <i>obvio... obvio</i> por +arriba, <i>obvio</i> por abajo. Si me le traes le echo a cajas destempladas».</p> + +<p>—Vaya, no digas tonterías. Puede que entre a saludarte; pero saldrá en +seguida. ¿Quién ha entrado ahora?... ¡Ah!, me parece que es Guillermina.</p> + +<p>—Tampoco la quiero ver. Me va a aburrir con su edificio. ¡Valiente +chifladura! Esa mujer está loca. Anoche me dio la gran jaqueca, con que +si sacó las maderas de <i>seis</i> a treinta y ocho reales, y las <i>carreras +de pie y cuarto </i> a diez y seis reales pie. Me armó un triquitraque de +pies que me dejó la cabeza pateada. No me la entren aquí. No me importa +saber a cómo valen el ladrillo pintón y las alfargías... Mamá, ponte de +centinela y aquí no me entra más que Estupiñá. Que venga Placidito, para +que me cuente sus glorias, cuando iba al portillo de Gilimón a meter +contrabando, y a la bóveda de San Ginés a abrirse las carnes con el +zurriago... Que venga para decirle: «lorito, daca la pata».</p> + +<p>—¡Pero, qué impertinente! Ya sabes que el pobre Plácido se acuesta +entre nueve y diez. Tiene que estar en planta a las cinco de la mañana. +Como que va a despertar al sacristán de San Ginés, que tiene un sueño +muy pesado.</p> + +<p>—Y porque el sacristán de San Ginés sea un dormilón, ¿me he de +fastidiar yo? Que entre Estupiñá y me dé tertulia. Es la única persona +que me divierte.</p> + +<p>—Hijo, por amor de Dios, mete esos brazos.</p> + +<p>—Ea, pues si no viene Rossini, no los meto y saco todo el cuerpo fuera.</p> + +<p>Y entraba Plácido y le contaba mil cosas divertidas, que siento no +poder reproducir aquí. No contento con esto, quería divertirse a costa +de él, y recordando un pasaje de la vida de Estupiñá que le habían +contado, decíale:</p> + +<p>«A ver, Plácido, cuéntanos aquel lance tuyo cuando te arrodillaste +delante del sereno, creyendo que era el Viático...».</p> + +<p>Al oír esto, el bondadoso y parlanchín anciano se desconcertaba. +Respondía torpemente, balbuciendo negativas y «¿quién te ha contado esa +paparrucha?». A lo mejor, saltaba Juan con esto: «¿Pero di, Plácido, tú +no has tenido nunca novia?».</p> + +<p>—Vaya, vaya, este Juanito —decía Estupiñá levantándose para +marcharse—, tiene hoy ganas de comedia.</p> + +<p>Barbarita, que tanto apreciaba a su buen amigo, estaba, como suele +decirse, al quite de estas bromas que tanto le molestaban. «Hijo, no te +pongas tan pesado... deja marchar a Plácido. Tú, como te estás durmiendo +hasta las once de la mañana, no te acuerdas del que madruga».</p> + +<p>Jacinta, entre tanto, había salido un rato de la alcoba. En el salón vio +a varias personas, Casa-Muñoz, Ramón Villuendas, D. Valeriano +Ruiz-Ochoa y alguien más, hablando de política con tal expresión de +terror, que más bien parecían conspiradores. En el gabinete de Barbarita +y en el rincón de costumbre halló a Guillermina haciendo obra de media +con hilo crudo. En el ratito que estuvo sola con ella, la enteró del +plan que tenía para la mañana siguiente. Irían juntas a la calle de Mira +el Río, porque Jacinta tenía un interés particular en socorrer a la +familia de aquel pasmarote que hace las suscriciones. «Ya le contaré a +usted; tenemos que hablar largo». Ambas estuvieron de cuchicheo un buen +cuarto de hora, hasta que vieron aparecer a Barbarita.</p> + +<p>«Hija, por Dios, ve allá. Hace un rato que te está llamando. No te +separes de él. Hay que tratarle como a los chiquillos».</p> + +<p>«Pero mujer, te marchas y me dejas así... ¡qué alma tienes!—gritó el +Delfín cuando vio entrar a su esposa—. Vaya una manera de cuidarle a +uno. Nada... Lo mismo que a un perro».</p> + +<p>—Hijo de mi alma, si te dejé con Plácido y tu mamá... Perdóname, ya +estoy aquí.</p> + +<p>Jacinta parecía alegre, Dios sabría por qué... Inclinose sobre el lecho +y empezó a hacerle mimos a su marido, como podría hacérselos a un niño +de tres años.</p> + +<p>—¡Ay, qué mañosito se me ha vuelto este nene!... Le voy a dar azotes... +Toma, este por tu mamá, este por tu papá y este grande... por tu +parienta...</p> + +<p>—¡Rica! —Si no me quieres nada. —Anda, zalamera... quien no me +quiere nada eres tú.</p> + +<p>—Nada en gracia de Dios. —¿Cuánto me quieres?</p> + +<p>—Tanto así. —Es poco. —Pues como de aquí a la Cibeles... no al +Cielo... ¿Estás satisfecho?</p> + +<p>—<i>Chí</i>.</p> + +<p>Jacinta se puso seria. «Arréglame esta almohada».</p> + +<p>—¿Así? —No, más alta. —¿Estás bien? —No, más bajita... Magnífico. +Ahora, ráscame aquí, en la paletilla.</p> + +<p>—¿Aquí? —Más abajito... más arribita... ahí... fuerte... ¡Ay, niña de +mi vida, eres la gloria eterna!... ¡Qué dicha la mía en poseerte!...</p> + +<p>«Cuando estás malo es cuando me dices esas cosas... Ya me las pagarás +todas juntas».</p> + +<p>—Sí, soy un pillo... Pégame.</p> + +<p>—Toma, toma. —Cómeme... —Sí, que te como, y te arranco un bocado...</p> + +<p>—¡Ay! ¡ay!, no tanto, caramba. ¡Si alguien nos viera!...</p> + +<p>—Creería que nos habíamos vuelto tontos rematados—observó Jacinta +riéndose con cierta melancolía.</p> + +<p>—Estas simplezas no son para que las vea nadie...</p> + +<p>—¿Cierras los ojos? Duérmete, a... rorró...</p> + +<p>—Eso es, quieres que me duerma para echar a correr a darle cuerda a esa +maniática de Guillermina. Tú eres responsable de que se chifle por +completo, porque le fomentas el tema del edificio... Ya estás deseando +que cierre yo los ojos para irte. Más que estar conmigo te gusta el +palique. ¿Sabes lo que te digo? Que si me duermo, te tienes que estar +aquí, de centinela, para cuidar de que no me destape.</p> + +<p>—Bueno, hombre, bueno; me estaré.</p> + +<p>Quedose aletargado; pero en seguida abrió los ojos, y lo primero que +vieron fue los de Jacinta, fijos en él con atención amante. Cuando se +durmió de veras, la centinela abandonó su puesto para correr al lado de +Guillermina con quien tenía pendiente una interesantísima conferencia.</p> + + + +<hr /> +<h2><a name="ixa" id="ixa"></a>-IX-</h2> + +<h2>Una visita al Cuarto Estado</h2> + +<h2>-<span class="smcap">i</span>-</h2> + + +<p>Al día siguiente, el Delfín estaba poco más o menos lo mismo. Por la +mañana, mientras Barbarita y Plácido andaban por esas calles de tienda +en tienda, entregados al deleite de las compras precursoras de Navidad, +Jacinta salió acompañada de Guillermina. Había dejado a su esposo con +Villalonga, después de enjaretarle la mentirilla de que iba a la Virgen +de la Paloma a oír una misa que había prometido. El atavío de las dos +damas era tan distinto, que parecían ama y criada. Jacinta se puso su +abrigo, sayo o <i>pardessus</i> color de pasa, y Guillermina llevaba el traje +modestísimo de costumbre.</p> + +<p>Iba Jacinta tan pensativa, que la bulla de la calle de Toledo no la +distrajo de la atención que a su propio interior prestaba. Los puestos a +medio armar en toda la acera desde los portales a San Isidro, las +baratijas, las panderetas, la loza ordinaria, las puntillas, el cobre de +Alcaraz y los veinte mil cachivaches que aparecían dentro de aquellos +nichos de mal clavadas tablas y de lienzos peor dispuestos, pasaban ante +su vista sin determinar una apreciación exacta de lo que eran. Recibía +tan sólo la imagen borrosa de los objetivos diversos que iban pasando, y +lo digo así, porque era como si ella estuviese parada y la pintoresca +vía se corriese delante de ella como un telón. En aquel telón había +racimos de dátiles colgados de una percha; puntillas blancas que caían +de un palo largo, en ondas, como los vástagos de una trepadora, pelmazos +de higos pasados, en bloques, turrón en trozos como sillares que +parecían acabados de traer de una cantera; aceitunas en barriles +rezumados; una mujer puesta sobre una silla y delante de una jaula, +mostrando dos pajarillos amaestrados, y luego montones de oro, naranjas +en seretas o hacinadas en el arroyo. El suelo intransitable ponía +obstáculos sin fin, pilas de cántaros y vasijas, ante los pies del +gentío presuroso, y la vibración de los adoquines al paso de los carros +parecía hacer bailar a personas y cacharros. Hombres con sartas de +pañuelos de diferentes colores se ponían delante del transeúnte como si +fueran a capearlo. Mujeres chillonas taladraban el oído con pregones +enfáticos, acosando al público y poniéndole en la alternativa de comprar +o morir. Jacinta veía las piezas de tela desenvueltas en ondas a lo +largo de todas las paredes, percales azules, rojos y verdes, tendidos de +puerta en puerta, y su mareada vista le exageraba las curvas de aquellas +rúbricas de trapo. De ellas colgaban, prendidas con alfileres, toquillas +de los colores vivos y elementales que agradan a los salvajes. En +algunos huecos brillaba el naranjado que chilla como los ejes sin grasa; +el bermellón nativo, que parece rasguñar los ojos; el carmín, que tiene +la acidez del vinagre; el cobalto, que infunde ideas de envenenamiento; +el verde de panza de lagarto, y ese amarillo tila, que tiene cierto aire +de poesía mezclado con la tisis, como en la <i>Traviatta</i>. Las bocas de +las tiendas, abiertas entre tanto colgajo, dejaban ver el interior de +ellas tan abigarrado como la parte externa, los horteras de bruces en el +mostrador, o vareando telas, o charlando. Algunos braceaban, como si +nadasen en un mar de pañuelos. El sentimiento pintoresco de aquellos +tenderos se revela en todo. Si hay una columna en la tienda la revisten +de corsés encarnados, negros y blancos, y con los refajos hacen +graciosas combinaciones decorativas.</p> + +<p>Dio Jacinta de cara a diferentes personas muy ceremoniosas. Eran +maniquís vestidos de señora con tremendos <i>polisones</i>, o de caballero +con terno completo de lanilla. Después gorras muchas gorras, posadas y +alineadas en percheros del largo de toda una casa; chaquetas ahuecadas +con un palo, zamarras y otras prendas que algo, sí, algo tenían de seres +humanos sin piernas ni cabeza. Jacinta, al fin, no miraba nada; +únicamente se fijó en unos hombres amarillos, completamente amarillos, +que colgados de unas horcas se balanceaban a impulsos del aire. Eran +juegos de calzón y camisa de bayeta, cosidas una pieza a otra, y que +así, al pronto, parecían personajes de azufre. Los había también +encarnados. ¡Oh!, el rojo abundaba tanto, que aquello parecía un pueblo +que tiene la religión de la sangre. Telas rojas, arneses rojos, +collarines y frontiles rojos con madroñaje arabesco. Las puertas de las +tabernas también de color de sangre. Y que no son ni tina ni dos. +Jacinta se asustaba de ver tantas, y Guillermina no pudo menos de +exclamar: «¡Cuánta perdición!, una puerta sí y otra no, taberna. De aquí +salen todos los crímenes».</p> + +<p>Cuando se halló cerca del fin de su viaje, la Delfina fijaba +exclusivamente su atención en los chicos que iba encontrando. Pasmábase +la señora de Santa Cruz de que hubiera tantísima madre por aquellos +barrios, pues a cada paso tropezaba con una, con su crío en brazos, muy +bien agasajado bajo el ala del mantón. A todos estos ciudadanos del +porvenir no se les veía más que la cabeza por encima del hombro de su +madre. Algunos iban vueltos hacia atrás, mostrando la carita redonda +dentro del círculo del gorro y los ojuelos vivos, y se reían con los +transeúntes. Otros tenían el semblante mal humorado, como personas que +se llaman a engaño en los comienzos de la vida humana. También vio +Jacinta no uno, sino dos y hasta tres, camino del cementerio. Suponíales +muy tranquilos y de color de cera dentro de aquella caja que llevaba un +tío cualquiera al hombro, como se lleva una escopeta.</p> + +<p>«Aquí es» dijo Guillermina, después de andar un trecho por la calle del +Bastero y de doblar una esquina. No tardaron en encontrarse dentro de un +patio cuadrilongo. Jacinta miró hacia arriba y vio dos filas de +corredores con antepechos de fábrica y pilastrones de madera pintada de +ocre, mucha ropa tendida, mucho refajo amarillo, mucha zalea puesta a +secar, y oyó un zumbido como de enjambre. En el patio, que era casi todo +de tierra, empedrado sólo a trechos, había chiquillos de ambos sexos y +de diferentes edades. Una zagalona tenía en la cabeza toquilla roja con +agujeros, o con <i>orificios</i>, como diría Aparisi; otra, toquilla blanca, +y otra estaba con las greñas al aire. Esta llevaba zapatillas de orillo, +y aquella botitas finas de caña blanca, pero ajadas ya y con el tacón +torcido. Los chicos eran de diversos tipos. Estaba el que va para la +escuela con su cartera de estudio, y el pillete descalzo que no hace más +que vagar. Por el vestido se diferenciaban poco, y menos aún por el +lenguaje, que era duro y con inflexiones dejosas.</p> + +<p>«Chicooo... mia éste... Que te rompo la cara... ¿sabeees...?».</p> + +<p>—¿Ves esa farolona?—dijo Guillermina a su amiga—, es una de las hijas +de Ido... Esa, esa que está dando brincos como un saltamontes... ¡Eh!, +chiquilla... No oyen... venid acá.</p> + +<p>Todos los chicos, varones y hembras, se pusieron a mirar a las dos +señoras, y callaban entre burlones y respetuosos, sin atreverse a +acercarse. Las que se acercaban paso a paso eran seis u ocho palomas +pardas, con reflejos irisados en el cuello; lindísimas, gordas. Venían +muy confiadas meneando el cuerpo como las chulas, picoteando en el suelo +lo que encontraban, y eran tan mansas, que llegaron sin asustarse hasta +muy cerca de las señoras. De pronto levantaron el vuelo y se plantaron +en el tejado. En algunas puertas había mujeres que sacaban esteras a que +se orearan, y sillas y mesas. Por otras salía como una humareda: era el +polvo del barrido. Había vecinas que se estaban peinando las trenzas +negras y aceitosas, o las guedejas rubias, y tenían todo aquel matorral +echado sobre la cara como un velo. Otras salían arrastrando zapatos en +chancleta por aquellos empedrados de Dios, y al ver a las forasteras +corrían a sus guaridas a llamar a otras vecinas, y la noticia cundía, y +aparecían por las enrejadas ventanas cabezas peinadas o a medio peinar.</p> + +<p>«¡Eh!, chiquillos, venid acá» repitió Guillermina; y se fueron +acercando escalonados por secciones, como cuando se va a dar un ataque. +Algunos, más resueltos, las manos a la espalda, miraron a las dos damas +del modo más insolente. Pero uno de ellos, que sin duda tenía instintos +de caballero, se quitó de la cabeza un andrajo que hacía el papel de +gorra y les preguntó que a quién buscaban. «¿Eres tú del señor de Ido?». +El rapaz respondió que no, y al punto destacose del grupo la niña de las +zancas largas, de las greñas sueltas y de los zapatos de orillo, +apartando a manotadas a todos los demás muchachos que se enracimaban ya +en derredor de las señoras.</p> + +<p>«¿Está tu padre arriba?». La chica respondió que sí, y desde entonces +convirtiose en individuo de Orden Público. No dejaba acercar a nadie; +quería que todos los granujas se retiraran y ser ella sola la que guiase +a las dos damas hasta arriba. «¡Qué pesados, qué sobones!... En todo +quieren meter las narices... Atrás, gateras, atrás... Quitarvos de en +medio; dejar paso».</p> + +<p>Su anhelo era marchar delante. Habría deseado tener una campanilla para +ir tocando por aquellos corredores a fin de que supieran todos qué gran +visita venía a la casa.</p> + +<p>«Niña, no es preciso que nos acompañes—dijo Guillermina que no gustaba +de que nadie se sofocase tanto por ella—. Nos basta con saber que están +en casa».</p> + +<p>Pero la zancuda no hacía caso. En el primer peldaño de la escalera +estaba sentada una mujer que vendía higos pasados en una sereta, y por +poco no la planta el zapato de orillo en mitad de la cara. Y todo porque +no se apartaba de un salto para dejar el paso libre... «¡Vaya dónde se +va usted a poner, tía bruja!... Afuera o la reviento de una patada...».</p> + +<p>Subieron, no sin que a Jacinta le quedaran ganas de examinar bien toda +la pillería que en el patio quedaba. Allá en el fondo había divisado dos +niños y una niña. Uno de ellos era rubio y como de tres años. Estaban +jugando con el fango, que es el juguete más barato que se conoce. +Amasábanlo para hacer tortas del tamaño de <i>perros grandes</i>. La niña, +que era de más edad, había construido un hornito con pedazos de +ladrillo, y a la derecha de ella había un montón de panes, bollos y +tortas, todo de la misma masa que tanto abundaba allí. La señora de +Santa Cruz observó este grupo desde lejos. ¿Sería alguno de aquellos? El +corazón le saltaba en el pecho y no se atrevía a preguntar a la zancuda. +En el último peldaño de la escalera encontraron otro obstáculo: dos +muchachuelas y tres nenes, uno de estos en mantillas, interceptaban el +paso. Estaban jugando con arena <i>fina</i> de fregar. El mamón estaba fajado +y en el suelo, con las patas y las manos al aire, berreando, sin que +nadie le hiciera caso. Las dos niñas habían extendido la arena sobre el +piso, y de trecho en trecho habían puesto diferentes palitos con +cuerdas y trapos. Era el secadero de ropa de las Injurias, propiamente +imitado.</p> + +<p>«¡Qué tropa, Dios! —exclamó la zancuda con indignación de celador de +ornato público, que no causó efecto—. Cuidado donde se van a poner... +¡Fuera, fuera!... y tú, <i>pitoja</i>, recoge a tu hermanillo, que le vamos a +espachurrar». Estas amonestaciones de una autoridad tan celosa fueron +oídas con el más insolente desdén. Uno de los mocosos arrastraba su +panza por el suelo, abierto de las cuatro patas; el otro cogía puñados +de arena y se lavaba la cara con ella, acción muy lógica, puesto que la +arena representaba el agua. «Vamos, hijos, quitaos de en medio—les dijo +Guillermina a punto que la zancuda destruía con el pie el lavadero, +gritando—: Sinvergüenzonas, ¿no tenéis otro sitio donde jugar? ¡Vaya +con la canalla esta...!». y echó adelante resuelta a destruir cualquier +obstáculo que se pusiera al paso. Las otras chiquillas cogieron a los +mocosos, como habrían cogido una muñeca, y poniéndoselos al cuadril, +volaron por aquellos corredores.</p> + +<p>«Vamos—dijo Guillermina a su guía—, no las riñas tanto, que también tú +eres buena...».</p> + + + + +<hr /> +<h2>-<span class="smcap">ii</span>-</h2> + + +<p>Avanzaron por el corredor, y a cada paso un estorbo. Bien era un brasero +que se estaba encendiendo, con el tubo de hierro sobre las brasas para +hacer tiro; bien el montón de zaleas o de ruedos, ya una banasta de +ropa; ya un cántaro de agua. De todas las puertas abiertas y de las +ventanillas salían voces o de disputa, o de algazara festiva. Veían las +cocinas con los pucheros armados sobre las ascuas, las artesas de lavar +junto a la puerta, y allá en el testero de las breves estancias la +indispensable cómoda con su hule, el velón con pantalla verde y en la +pared una especie de altarucho formado por diferentes estampas, alguna +lámina al cromo de prospectos o periódicos satíricos, y muchas +fotografías. Pasaban por un domicilio que era taller de zapatería, y los +golpazos que los zapateros daban a la suela, unidos a sus cantorrios, +hacían una algazara de mil demonios. Más allá sonaba el convulsivo +tiquitique de una máquina de coser, y acudían a las ventanas bustos y +caras de mujeres curiosas. Por aquí se veía un enfermo tendido en un +camastro, más allá un matrimonio que disputaba a gritos. Algunas vecinas +conocieron a doña Guillermina y la saludaban con respeto. En otros +círculos causaba admiración el empaque elegante de Jacinta. Poco más +allá cruzáronse de una puerta a otra observaciones picantes e +irrespetuosas. «Señá Mariana, ¿ha visto que nos hemos traído el sofá en +la rabadilla? ¡Ja, ja, ja!».</p> + +<p>Guillermina se paró, mirando a su amiga: «Esas chafalditas no van +conmigo. No puedes figurarte el odio que esta gente tiene a los +<i>polisones</i>, en lo cual demuestran un sentido... ¿cómo se dice?, un +sentido <i>estético</i> superior al de esos haraganes franceses que inventan +tanto pegote estúpido».</p> + +<p>Jacinta estaba algo corrida; pero también se reía, Guillermina dio dos +pasos atrás, diciendo: «Ea, señoras, cada una a su trabajo, y dejen en +paz a quien no se mete con ustedes».</p> + +<p>Luego se detuvo junto a una de las puertas y tocó en ella con los +nudillos.</p> + +<p>«La señá Severiana no está—dijo una de las vecinas—. ¿Quiere la señora +dejar recado?...».</p> + +<p>—No; la veré otro día.</p> + +<p>Después de recorrer dos lados del corredor principal, penetraron en una +especie de túnel en que también había puertas numeradas; subieron como +unos seis peldaños, precedidas siempre de la zancuda, y se encontraron +en el corredor de otro patio, mucho más feo, sucio y triste que el +anterior. Comparado con el segundo, el primero tenía algo de +aristocrático y podría pasar por albergue de familias <i>distinguidas</i>.</p> + +<p>Entre uno y otro patio, que pertenecían a un mismo dueño y por eso +estaban unidos, había un escalón social, la distancia entre eso que se +llama <i>capas</i>. Las viviendas, en aquella segunda <i>capa</i>, eran más +estrechas y miserables que en la primera; el revoco se caía a pedazos, y +los rasguños trazados con un clavo en las paredes parecían hechos con +más saña, los versos escritos con lápiz en algunas puertas más necios y +groseros, las maderas más despintadas y roñosas, el aire más viciado, el +vaho que salía por puertas y ventanas más espeso y repugnante. Jacinta, +que había visitado algunas casas de corredor, no había visto ninguna tan +tétrica y mal oliente. «¿Qué, te asustas, niña bonita?—le dijo +Guillermina—. ¿Pues qué te creías tú, que esto era el Teatro Real o la +casa de Fernán-Núñez? Ánimo. Para venir aquí se necesitan dos cosas: +caridad y estómago».</p> + +<p>Echando una mirada a lo alto del tejado, vio la Delfina que por encima +de este asomaba un tenderete en que había muchos cueros, tripas u otros +despojos, puestos a secar. De aquella región venía, arrastrado por las +ondas del aire, un olor nauseabundo. Por los desiguales tejados +paseábanse gatos de feroz aspecto, flacos, con las quijadas angulosas, +los ojos dormilones, el pelo erizado. Otros bajaban a los corredores y +se tendían al sol; pero los propiamente salvajes, vivían y aun se +criaban arriba, persiguiendo el sabroso ratón de los secaderos.</p> + +<p>Pasaron junto a las dos damas figuras andrajosas, ciegos que iban dando +palos en el suelo, lisiados con montera de pelo, pantalón de soldado, +horribles caras. Jacinta se apretaba contra la pared para dejar paso +franco. Encontraban mujeres con pañuelo a la cabeza y mantón pardo, +tapándose la boca con la mano envuelta en un pliegue del mismo mantón. +Parecían moras; no se les veía más que un ojo y parte de la nariz. +Algunas eran agraciadas; pero la mayor parte eran flacas, pálidas, +tripudas y envejecidas antes de tiempo.</p> + +<p>Por los ventanuchos abiertos salía, con el olor a fritangas y el +ambiente chinchoso, murmullo de conversaciones dejosas, arrastrando +toscamente las sílabas finales. Este modo de hablar de la tierra ha +nacido en Madrid de una mixtura entre el deje andaluz, puesto de moda +por los soldados, y el dejo aragonés, que se asimilan todos los que +quieren darse aires varoniles.</p> + +<p>Nueva barricada de chiquillos les cortó el paso. Al verles, Jacinta y +aun Guillermina, a pesar de su costumbre de ver cosas raras, quedáronse +pasmadas, y hubiérales dado espanto lo que miraban, si las risas de +ellos no disiparan toda impresión terrorífica. Era una manada de +salvajes, compuesta de dos tagarotes como de diez y doce años, una niña +más chica, y otros dos <i>chavales</i>, cuya edad y sexo no se podía saber. +Tenían todos ellos la cara y las manos llenas de chafarrinones negros, +hechos con algo que debía de ser betún o barniz japonés del más fuerte. +Uno se había pintado rayas en el rostro, otro anteojos, aquél bigotes, +cejas y patillas con tan mala maña, que toda la cara parecía revuelta en +heces de tintero. Los pequeñuelos no parecían pertenecer a la raza +humana, y con aquel maldito tizne extendido y resobado por la cara y las +manos semejaban micos, diablillos o engendros infernales.</p> + +<p>«Malditos seáis... —gritó la zancuda, cuando vio aquellas fachas +horrorosas—. ¡Pero cómo os habéis puesto así, sinvergüenzones, +indecentes, puercos, marranos...!».</p> + +<p>—En el nombre del Padre... —exclamó Guillermina persignándose—. ¿Pero +has visto...?</p> + +<p>Contemplaban ellos a las damas, mudos y con grandísima emoción, gozando +íntimamente en la sorpresa y terror que sus espantables cataduras +producían en aquellas señoriticas tan requetefinas. Uno de los pequeños +intentó echar la zarpa al abrigo de Jacinta; pero la zancuda empezó a +dar chillidos: «Quitarvos allá, desapartaísos, gorrinos asquerosos... +que mancháis a estas señoras con esas manazas».</p> + +<p>«¡Bendito Dios!... Si parecen caníbales... No nos toquéis... La culpa +no tenéis vosotros, sino vuestras madres, que tal os consienten...</p> + +<p>Y si no me engaño, estos dos gandulones son tus hermanos, niña».</p> + +<p>Los dos aludidos, mostrando al sonreír sus dientes blancos como la leche +y sus labios más rojos que cerezas entre el negro que los rodeaba, +contestaron que sí con sus cabezas de salvaje. Empezaban a sentirse +avergonzados y no sabían por dónde tirar. En el mismo instante salió una +mujeraza de la puerta más próxima, y agarrando a una de las niñas +embadurnadas, le levantó las enaguas y empezó a darle tal solfa en salva +la parte, que los castañetazos se oían desde el primer patio. No tardó +en aparecer otra madre furiosa, que más que mujer parecía una loba, y la +emprendió con otro de los mandingas a bofetada sucia, sin miedo a +mancharse ella también. «Canallas, cafres, ¡cómo se han puesto!». Y al +punto fueron saliendo más madres irritadas. ¡La que se armó! Pronto se +vieron lágrimas resbalando sobre el betún, llanto que al punto se volvía +negro. «Te voy a matar, grandísimo pillo, ladrón...». Estos son los +condenados charoles que usa la señá Nicanora. Pero, ¡re—Dios!, señá +Nicanora, ¿para qué deja usté que las criaturas...?».</p> + +<p>Una de las mujeres que más alborotaban se aplacó al ver a las dos damas. +Era la señora de Ido del Sagrario, que tenía en la cara sombrajos y +manchurrones de aquel mismo betún de los caribes, y las manos +enteramente negras.</p> + +<p>Turbose un poco ante la visita: «Pasen las señoras... Me encuentran +hecha una compasión».</p> + +<p>Guillermina y Jacinta entraron en la mansión de Ido, que se componía de +una salita angosta y de dos alcobas interiores más oprimidas y lóbregas +aún, las cuales daban el <i>quién vive</i> al que a ellas se asomaba. No +faltaban allí la cómoda y la lámina del Cristo del <i>Gran Poder</i>, ni las +fotografías descoloridas de individuos de la familia y de niños muertos. +La cocina era un cubil frío donde había mucha ceniza, pucheros volcados, +tinajas rotas y el artesón de lavar lleno de trapos secos y de polvo. En +la salita, los ladrillos tecleaban bajo los pies. Las paredes eran como +de carbonería, y en ciertos puntos habían recibido bofetadas de cal, por +lo que resultaba un claro-oscuro muy fantástico. Creeríase que andaban +espectros por allí, o al menos sombras de linterna mágica. El sofá de +Vitoria era uno de los muebles más alarmantes que se pueden imaginar. No +había más que verle para comprender que no respondía de la seguridad de +quien en él se sentase. Las dos o tres sillas eran también muy +sospechosas. La que parecía mejor, seguramente la pegaba. Vio Jacinta, +salteados por aquellos fantásticos muros, carteles de publicaciones +ilustradas, de librillos de papel de fumar y cartones de almanaques +americanos que ya no tenían hojas. Eran años muertos.</p> + +<p>Pero lo que mayormente excitó la curiosidad de ambas señoras fue un gran +tablero que en el centro de la estancia había, cogiéndola casi toda; una +mesa armada sobre bancos como la que usan los papelistas, y encima de +ella grandes paquetes o manos de pliegos de papel fino de escribir. A un +extremo los cuadernillos apilados formaban compactas resmas blancas; a +otro las mismas resmas ya con bordes negros, convertidas en papel de +luto.</p> + +<p>Ido extendía sobre el tablero los pliegos de papel abiertos. Una +muchacha, que debía de ser Rosita, contaba los pliegos ya enlutados y +formaba los cuadernillos. Nicanora pidió permiso a las señoras para +seguir trabajando. Era una mujer más envejecida que vieja, y bien se +conocía que nunca había sido hermosa. Debió de tener en otro tiempo +buenas carnes, pero ya su cuerpo estaba lleno de pliegues y abolladuras +como un zurrón vacío. Allí, valga la verdad, no se sabía lo que era +pecho, ni lo que era barriga. La cara era hocicuda y desagradable. Si +algo expresaba era un genio muy malo y un carácter de vinagre; pero en +esto engañaba aquel rostro como otros muchos que hacen creer lo que no +es. Era Nicanora una infeliz mujer, de más bondad que entendimiento, +probada en las luchas de la vida, que había sido para ella una batalla +sin victorias ni respiro alguno. Ya no se defendía más que con la +paciencia, y de tanto mirarle la cara a la adversidad debía de +provenirle aquel alargamiento de morros que la afeaba +considerablemente. La <i>Venus de Médicis</i> tenía los párpados enfermos, +rojos y siempre húmedos, privados de pestañas, por lo cual decían de +ella que <i>con un ojo lloraba a su padre y con otro a su madre</i>.</p> + +<p>Jacinta no sabía a quién compadecer más, si a Nicanora por ser como era, +o a su marido por creerla Venus cuando se <i>electrizaba</i>. Ido estaba muy +cohibido delante de las dos damas. Como la silla en que doña Guillermina +se sentó empezase a exhalar ciertos quejidos y a hacer desperezos, +anunciando quizás que se iba a deshacer, D. José salió corriendo a traer +una de la vecindad. Rosita era graciosa, pero desmedrada y clorótica, de +color de marfil. Llamaba la atención su peinado en sortijillas, batido, +engomado y puesto con muchísimo aquel.</p> + +<p>«¿Pero qué hace usted, mujer, con esa pintura?» preguntó Guillermina a +Nicanora.</p> + +<p><i>—Soy lutera</i>.</p> + +<p>—Somos <i>luteranos</i>—dijo Ido sonriendo, muy satisfecho por tener +ocasión de soltar aquel chiste que era viejo y había sido soltado sin +número de veces.</p> + +<p>—¡Qué dice este hombre! —exclamó la fundadora horrorizada.</p> + +<p>—Cállate tú y no disparates—replicó Nicanora—. Yo soy <i>lutera</i>, vamos +al decir, pinto papel de luto. Cuando no tengo otro trabajo, me traigo a +casa unas cuantas resmas, y las enluto mismamente como las señoras ven. +El almacenista paga un real por resma. Yo pongo el tinte, y trabajando +todo el día, me quedan seis o siete reales. Pero los tiempos están +malos, y hay poco papel que teñir. Todas las luteras están paradas, +señora... porque, naturalmente, o se muere poca gente, o no les echan +papeletas... Hombre—dijo a su marido, haciéndole estremecer—, ¿qué +haces ahí con la boca abierta? <i>Desmiente</i>.</p> + +<p>Ido, que estaba oyendo a su mujer, como se oye a un orador brillante, +despertó de su éxtasis y se puso a <i>desmentir</i>. Llaman así al acto de +colocar los pliegos de papel unos sobre otros, escalonados, dejando +descubierta en todos una fajita igual, que es lo que se tiñe. Como +Jacinta observaba atentamente el trabajo de D. José, este se esmeró en +hacerlo con desusada perfección y ligereza. Daba gusto ver aquellos +bordes, que por lo iguales parecían hechos a compás. Rosita apilaba +pliegos y resmas sin decir una palabra. Nicanora hizo a Jacinta, mirando +a su marido, una seña que quería decir: «Hoy está bueno». Después empezó +a pasar rápidamente la brocha sobre el papel, como se hace con los +estarcidos.</p> + +<p>—Y las suscriciones de entregas —preguntó Guillermina—, ¿dan algo que +comer?</p> + +<p>Ido abrió la boca para emitir pronta y juiciosa respuesta a esta +pregunta; pero su mujer tomó rápidamente la palabra, quedándose él un +buen rato con la boca abierta.</p> + +<p>—Las suscripciones—declaró la <i>Venus de Médicis</i>—, son una calamidad. +Aquí José tiene poca suerte... es muy honrado y le engaña +cualisquiera. El público es cosa mala, señoras, y suscritor hay que no +paga ni aunque le arrastren. Luego, como el mes pasado perdió <i>aquí</i> +(este aquí era D. José) un billete de cuatrocientos reales, el encargado +de las obras se lo va cobrando, descontándole de las primas que le +tocan. Por eso, naturalmente, nos hemos atrasado tanto, y lo poco que se +apaña se lo birla el casero.</p> + +<p>Ido, desde que se dijo aquello del billete perdido, no volvió a levantar +los ojos de su trabajo. Aquel descuido que tuvo le avergonzaba como si +hubiera sido un delito.</p> + +<p>«Pues lo primero que tienen ustedes que hacer—indicó la Pacheco—, es +poner una escuela a esos dos tagarotes y a la berganta de su niña +pequeña».</p> + +<p>—No los mando, porque me da vergüenza de que salgan a la calle con +tanto pingajo.</p> + +<p>—No importa. Además, esta amiguita y yo daremos a ustedes alguna ropa +para los muchachos. Y el mayor, ¿gana algo?</p> + +<p>—Me gana cinco reales en una imprenta.</p> + +<p>Pero no tiene formalidad. Cuando le parece deja el trabajo, y se va a +las becerradas de Getafe o de Leganés, y no parece en tres días. Quiere +ser torero y nos trae crucificados. Se va al matadero por las tardes, +cuando degüellan, y en casa, dormido, habla de que si puso las +banderillas a <i>porta-gayola</i>...</p> + +<p>—Y usted—preguntó Jacinta a Rosita—, ¿en qué se ocupa?</p> + +<p>Rosita se puso muy encarnada. Iba a contestar; pero su madre, que +llevaba la palabra por toda la familia, respondió:</p> + +<p>«Es peinadora... Está aprendiendo con una vecina maestra. Ya tiene +algunas parroquianas. Pero no le pagan, naturalmente... Es una sosona, y +como no le pongan los cuartos en la mano, no hay de qué. Yo le digo que +no sea <i>panoli</i> y que tenga genio; pero... ya usted la ve. Como su +padre, que el día que no le engaña uno le engañan dos».</p> + +<p>Guillermina, después de sacar varios bonos, como billetes de teatro, y +dar a la infeliz familia los que necesitaba para proveerse de garbanzos, +pan y carne por media semana, dijo que se marchaba. Pero Jacinta no se +conformó con salir tan pronto. Había ido allí con determinado fin, y por +nada del mundo se retiraría sin intentar al menos realizarlo. Varias +veces tuvo la palabra en la boca para hacer una pregunta a D. José, y +este la miraba como diciendo: «estoy rabiando porque me pregunte usted +por el <i>Pituso</i>». Por fin, decidiose la dama a romper el silencio sobre +punto tan capital, y levantándose dio algunos pasos hacia donde Ido +estaba. Este no necesitó más que verla venir; y saliendo rápidamente del +cuarto, volvió al poco con una criatura de la mano.</p> + + + +<hr /> +<h2>-<span class="smcap">iii</span>-</h2> + + +<p>«¡El Dulce Nombre!...» exclamó la Pacheco viendo entrar aquel adefesio, +y todos los demás lanzaron una exclamación parecida al mirar al niño, +con la cara tan completamente pintada de negro que no se veía el color +de su carne por parte alguna. Sus manos chorreaban betún, y en el traje +se habían limpiado las suyas asquerosísimas los otros muchachos. El +<i>Pitusín</i> tenía el cabello negro. Sus labios rojos sobre aquel chapapote +superaban al coral más puro. Los dientecillos le brillaban cual si +fueran de cristal. La lengua que sacaba, por tener la creencia de que +todo negrito, para ser tal negrito, debe estirar la lengua todo lo más +posible, parecía una hoja de rosa.</p> + +<p>«¡Qué horror!... ¡Ah!, tunantes... ¡Bendito Dios!, ¡cómo le han +puesto!... Anda, ¡que apañado estás!...». Las vecinas se enracimaban en +las puertas riendo y alborotando. Jacinta estaba atónita y apenada. +Pasáronle por la mente ideas extrañas; la mancha del pecado era tal, que +aun a la misma inocencia extendía su sombra; y el maldito se reía detrás +de su infernal careta, gozoso de ver que todos se ocupaban de él, aunque +fuera para escarnecerle. Nicarona dejó sus pinturas para correr detrás +de los bergantes y de la zancuda, que también debía de tener alguna +parte en aquel desaguisado. La osadía del negrito no conocía límites, y +extendió sus manos pringadas hacia aquella señora tan maja que le miraba +tanto. «Quita allá, demonio... quita allá esas manos» le gritaron. +Viendo que no le dejaban tocar a nadie, y que su facha causaba risa, el +chico daba patadas en medio del corro, sacando la lengua y presentando +sus diez dedos como garras. De este modo tenía, a su parecer, el aspecto +de un bicho muy malo que se comía a la gente, o por lo menos que se la +quería comer.</p> + +<p>Oyose el pie de paliza que Nicarona, hecha una veneno, estaba dando a +sus hijos, y el gemir de ellos. El <i>Pituso</i> empezó a cansarse pronto de +su papel de mico, porque eso de no poder pegarse a nadie tenía poca +gracia. Lo mejor que podía hacer en su situación desairada, era meterse +los dedos en la boca; pero sabía tan mal aquel endiablo potaje negro, +que pronto los hubo de retirar.</p> + +<p>«¿Será veneno eso? —observó Jacinta, alarmada—. Que lo laven, ¿por qué +no lo lavan?».</p> + +<p>—Pues estás bonito, Juanín—díjole Ido—. ¡Y esta señora que te quería +dar un beso!</p> + +<p>Ávida de tocarle, la Delfina le agarró un mechón de cabello, lo único en +que no había pintura. «¡Pobrecito, cómo está!...». De repente le +entraron a Juanín ganas de llorar. Ya no enseñaba la lengua; lo que +hacía era dar suspiros.</p> + +<p>«¿Pero ese Sr. Izquierdo, no está?—preguntó a Ido Jacinta llevándole +aparte—. Yo tengo que hablar con él. ¿Dónde vive?».</p> + +<p>—Señora—replicó D. José con finura—, la puerta de su domicilio está +cerrada... herméticamente, muy herméticamente.</p> + +<p>—Pues quiero verle, quiero hablar con él.</p> + +<p>—Yo lo pondré en su conocimiento—repuso el corredor de obras, que +gustaba de emplear formas burocráticas cuando la ocasión lo pedía.</p> + +<p>—Ea, vámonos, que es tarde —dijo impaciente Guillermina—. Otro día +volveremos.</p> + +<p>—Sí, volveremos... Pero que lo laven... ¡pobre niño! Debe de estar en +un martirio horrible con ese emplasto en la cara. Di, tontín, ¿quieres +que te laven?</p> + +<p>El <i>Pituso</i> dijo que sí con la cabeza. Su aflicción crecía, y poco le +faltaba para romper a llorar. Todas las vecinas reconocieron la +necesidad de lavarle; pero unas no tenían agua y otras no querían +gastarla en tal objeto. Por fin una mujer agitanada y con faldas de +percal rameado, el talle muy bajo, un pañuelo caído por los hombros, el +pelo lacio y la tez crasa y de color de <i>terra-cotta</i>, se pareció por +allí de repente, y quiso dar una lección a las vecinas delante de las +señoras, diciendo que ella tenía agua de sobra para <i>despercudir</i> y +<i>chovelar</i> a aquel ángel. Se le llevaron en burlesca procesión, él +delante, aislado por su propio tizne, y ya con la dignidad tan por los +suelos, que empezaba a dar <i>jipíos</i>; los chicos detrás haciendo una +bulla infernal, y la tarasca aquella del moño lacio amenazándolos con +<i>endiñarles</i> si no se quitaban de en medio. Desapareció la comparsa por +una puerquísima y angosta escalera que del ángulo del corredor partía. +Jacinta hubiera querido subir también; pero Guillermina la sofocaba con +sus prisas. «¿Hija, sabes tú la hora que es?».</p> + +<p>«Sí, nos iremos... Lo que es por mí, ya estamos andando» decía la otra +sin moverse del corredor, mirando a la techumbre, en la cual no veía +otra cosa que el horrible tinglado donde colgaban los cueros puestos a +secar. Entre tanto, la fundadora, a pesar de su mucha prisa, entablaba +una rápida conversación con D. José.</p> + +<p>«¿No tiene usted ya nada que hacer en casa?».</p> + +<p>—Absolutamente nada, señora. Ya están <i>desmentidas</i> las últimas resmas. +Pensaba yo ahora irme a dar una vuelta y a tomar el aire.</p> + +<p>—Le conviene a usted el ejercicio... perfectamente. Pues oiga usted, al +mismo tiempo que se orea un poco, me va a hacer un servicio.</p> + +<p>—Estoy a disposición de la señora.</p> + +<p>—Se sale usted a la Ronda... tira usted para abajo, dejando a la +izquierda la fábrica del gas. ¿Entiende usted?... ¿Sabe usted la +estación de las Pulgas? Bueno, pues antes de llegar a ella hay una casa +en construcción... Está concluida la obra de fábrica y ahora están +armando una chimenea muy larga, porque va a ser <i>sierra mecánica</i>... ¿Se +va usted enterando? No tiene pérdida. Pues entra usted y pregunta por el +guarda de la obra, que se llama Pacheco... lo mismito que yo. Usted le +dice: «Vengo por los ladrillos de doña Guillermina». Ido repitió, como +los chicos que aprenden una lección:</p> + +<p>«Vengo por los ladrillos, etc...».</p> + +<p>—El dueño de esa fábrica me ha dado unos setenta ladrillos, lo único +que le sobra... poca cosa, pero a mí todo me sirve... Bueno; coge usted +los ladrillos y me los lleva a la obra... son para mi obra.</p> + +<p>—¿A la obra?... ¿Qué obra?</p> + +<p>—Hombre, en Chamberí... mi asilo... ¿Está usted lelo?</p> + +<p>—¡Ah! perdone la señora... cuando oí la obra, creí al pronto que era +una obra literaria.</p> + +<p>—Si no puede usted de un viaje, emplee dos.</p> + +<p>—O tres, o cuatro... tantísimo gusto en ello... Si necesario fuese, +naturalmente, tantos viajes como ladrillos...</p> + +<p>—Y si me hace bien el recado, cuente con un hongo casi nuevo... Me lo +han dado ayer en una casa, y lo reservo para los amigos que me ayudan... +¿Con que lo hará usted? Hoy por ti y mañana por mí. Vaya, abur, abur.</p> + +<p>Ido y su mujer se deshacían en cumplidos y fueron escoltando a las +señoras hasta la puerta de la calle. En la calle de Toledo tomaron ellas +un simón para ganar tiempo, y el bendito Ido se fue a cumplir el encargo +que la fundadora le había hecho. No era una misión <i>delicada</i> +ciertamente, como él deseara; pero el principio de caridad que entrañaba +aquel acto lo trocaba de vulgar en sublime. Toda la santa tarde estuvo +mi hombre ocupado en el transporte de los ladrillos, y tuvo la +satisfacción de que ni uno solo de los setenta se le rompiera por el +camino. El contento que inundaba su alma le quitaba el cansancio, y +provenía su gozo casi exclusivamente de que Jacinta, en aquel ratito en +que le llevó aparte, le había dado un duro. No puso él la moneda en el +bolsillo de su chaleco, donde la habría descubierto Nicanora, sino en la +cintura, muy bien escondida en una faja que usaba pegada a la carne para +abrigarse la boca del estómago. Porque conviene fijar bien las cosas... +aquel duro, dado aparte, lejos de las miradas famélicas del resto de la +familia, era exclusivamente para él. Tal había sido la intención de la +señorita, y D. José habría creído ofender a su bienhechora +interpretándola de otro modo. Guardaría, pues, su tesoro, y se valdría +de todas las trazas de su ingenio para defenderlo de las miradas y de +las uñas de Nicanora... porque si esta lo descubría, ¡Santo Cristo de +los Guardias...!</p> + +<p>Pasó la noche en grandísima intranquilidad. Temía que su mujer +descubriese con ojo perspicaz el matute que él encerraba en su cintura. +La maldita parecía que olía la plata. Por eso estaba tan azorado y no se +daba por seguro en ninguna posición, creyendo que al través de la ropa +se le iba a ver la moneda. Durante la cena estuvieron todos muy alegres; +tiempo hacía que no habían cenado tan bien. Pero al acostarse volvió Ido +a ser atormentado por sus temores, y no tuvo más remedio que estar toda +la noche hecho un ovillo, con las manos cruzadas en la cintura, porque +si en una de las revueltas que ambos daban sobre los accidentados +jergones la mano de su mujer llegaba a tocar el duro, se lo quitaba, tan +fijo como tres y dos son cinco. Durmió, pues, tan mal que en realidad +dormía con un ojo y velaba con el otro, atento siempre a defender su +contrabando. Lo peor fue que viéndole su mujer tan retortijado y hecho +todo una <i>ese</i>, creyó que tenía el dolor espasmódico que le solía dar; y +como el mejor remedio para eso eran las friegas, Nicanora le propuso +dárselas, y al oír tal proposición, tembláronle a Ido las carnes, +viéndose descubierto y perdido. «Ahora sí que la hemos hecho buena» +pensó. Pero su talento le sugirió la respuesta, y dijo que no tenía ni +pizca de dolor, sino frío, y sin más explicaciones se volvió contra la +pared, pegándose a ella como un engrudo, y haciéndose el dormido. Llegó +por fin el día y con él la calma al corazón de Ido, quien se acicaló y +se lavó casi toda la cara, poniéndose la corbata encarnada con cierta +presunción.</p> + +<p>Eran ya las diez de la mañana, porque con aquello de lavarse <i>bien</i> se +había ido bastante tiempo. Rosita tardó mucho en traer el agua, y +Nicanora se había dado la inmensa satisfacción de ir a la compra. Todos +los individuos de la familia, cuando se encontraban uno frente a otro, +se echaban a reír, y el más risueño era D. José, porque... ¡si +supieran!...</p> + + + +<hr /> +<h2>-<span class="smcap">iv</span>-</h2> + + +<p>Echose mi hombre a la calle, y tiró por la de Mira el Río baja, cuya +cuesta es tan empinada que se necesita hacer algo de volatines para no +ir rodando de cabeza por aquellos pedernales. Ido la bajó, casi como la +bajan los chiquillos, de un aliento, y una vez en la explanada que +llaman el <i>Mundo Nuevo</i>, su espíritu se espació, como pájaro lanzado a +los aires. Empezó a dar resoplidos, cual si quisiera meter en sus +pulmones más aire del que cabía, y sacudió el cuerpo como las gallinas. +El picorcillo del sol le agradaba, y la contemplación de aquel cielo +azul, de incomparable limpieza y diafanidad, daba alas a su alma +voladora. Candoroso e impresionable, D. José era como los niños o los +poetas de verdad, y las sensaciones eran siempre en él vivísimas, las +imágenes de un relieve extraordinario. Todo lo veía agrandado +hiperbólicamente o empequeñecido, según los casos. Cuando estaba alegre, +los objetos se revestían a sus ojos de maravillosa hermosura; todo le +<i>sonreía</i>, según la expresión común que le gustaba mucho usar. En cambio +cuando estaba afligido, que era lo más frecuente, las cosas más bellas +se afeaban volviéndose negras, y se cubrían de un velo... parecíale más +propio decir <i>de un sudario</i>. Aquel día estaba el hombre de buenas, y la +excitación de la dicha hacíale más niño y más poeta que otras veces. Por +eso el campo del <i>Mundo Nuevo</i>, que es el sitio más desamparado y más +feo del globo terráqueo, le pareció una bonita plaza. Salió a la Ronda y +echó miradas de artista a una parte y otra. Allí la puerta de Toledo +¡qué soberbia arquitectura! A la otra parte la fábrica del gas... ¡oh +prodigios de la industria!... Luego el cielo espléndido y aquellos lejos +de Carabanchel, perdiéndose en la inmensidad, con remedos y aun con +murmullos de Océano... ¡sublimidades de la Naturaleza!... Andando, +andando, le entró de improviso un celo tan vehemente por la instrucción +pública, que le faltó poco para caerse de espaldas ante los estólidos +letreros que veía por todas partes.</p> + +<p><i>No se premite tender rropa, y ni clabar clabos</i>, decía en una pared, y +D. José exclamó: «¡Vaya una barbaridad!... ¡Ignorantes!... ¡emplear dos +conjunciones copulativas! Pero pedazos de animales, ¿no veis que la +primera, naturalmente, junta las voces o cláusulas en concepto +afirmativo y la segunda en concepto negativo?... ¡Y que no tenga qué +comer un hombre que podría enseñar la Gramática a todo Madrid y corregir +estos delitos del lenguaje!... ¿Por qué no me había de dar el Gobierno, +vamos a ver, por qué no me había de dar el encargo, mediante +proporcionales emolumentos, de vigilar los rótulos?... ¡Zoquetes, qué +multas os pondría!... Pues también tú estás bueno: <i>Se alquilan +qartos</i>... muy bien, señor mío. ¿Le gustan a usted tanto las <i>úes</i> que +se las come con arroz? ¡Ah!, si el Gobierno me nombrara <i>ortógrafo de la +vía pública</i>, ya veríais... Vamos, otro que tal: <i>se proive</i>... Se +prohíbe rebuznar, digo yo».</p> + +<p>Hallábase en lo más entretenido de aquella crítica literaria, tan propia +de su oficio, cuando vio que hacia él iban tres individuos de calzón +ajustado, botas de caña, chaqueta corta, gorra, el pelo echadito +<i>palante</i>, caras de poca vergüenza.</p> + +<p>Eran los tales tipos muy madrileños y pertenecían al gremio de los +<i>randas</i>. El uno era <i>descuidero</i>, el otro <i>tomador</i>, y el tercero hacía +a pelo y a pluma. Ido les conocía, porque vivían en su patio, siempre +que no eran inquilinos de los del Saladero, y no gustaba de tratarse con +semejante gentuza. De buena gana les habría dado una puntera en salva la +parte; pero no se atrevía. Una cosa es reformar la ortografía pública, y +otra aplicar ciertos correctivos a la especie humana. «Allá van los +buenos días» le dijeron los chulos alegremente, y a Ido se le puso la +carne como la de las gallinas, porque se acordó del duro y temió que se +lo <i>garfiñaran</i> si entraba en parola con ellos. Pasando de largo, les +dijo con mucha cortesía: «Dios les guarde, caballeros... Conservarse» y +apretó a correr. No le volvió el alma al cuerpo hasta que les hubo +perdido de vista.</p> + +<p>«Es preciso que me convide a algo» pensaba el pendolista; y hacía la +crítica mental de los manjares que más le gustaban. Cerca de la puerta +de Toledo se encontró con un mielero alcarreño que paraba en su misma +casa. Estaban hablando, cuando pasó un pintor de panderetas, también +vecino, y ambos le convidaron a unas copas. «Váyanse al rábano, +ordinariotes...» pensó Ido, y les dio las gracias, separándose al punto +de ellos. Andando más vio un ventorro en la acera derecha de la +Ronda...</p> + +<p>«¡Comer de fonda!». Esta idea se le clavó en el cerebro. Un rato estuvo +Ido del Sagrario ante el establecimiento de <i>El Tartera</i>, que así se +llamaba, mirando los dos tiestos de <i>bónibus</i> llenos de polvo, las +insignias de los bolos y la rayuela, la mano negra con el dedo tieso +señalando la puerta, y no se decidía a obedecer la indicación de aquel +dedo. ¡Le sentaba tan mal la carne...! Desde que la comía le entraba +aquel mal tan extraño y daba en la gracia estúpida de creer que Nicanora +era la Venus de Médicis. Acordose, no obstante, de que el médico le +recetaba siempre comer carne, y cuanto más cruda mejor. De lo más hondo +de su naturaleza salía un bramido que le pedía ¡carne, carne, carne! Era +una voz, un prurito irresistible, una imperiosa necesidad orgánica, como +la que sienten los borrachos cuando están privados del fuego y de la +picazón del alcohol.</p> + +<p>Por fin no pudo resistir; colose dentro del ventorrillo, y tomando +asiento junto a una de aquellas despintadas mesas, empezó a palmotear +para que viniera el mozo, que era el mismo <i>Tartera</i>, un hombre +gordísimo, con chaleco de Bayona y mandil de lanilla verde rayado de +negro. No lejos de donde estaba Ido había un rescoldo dentro de enorme +braserón, y encima una parrilla casi tan grande como la reja de una +ventana. Allí se asaban las chuletas de ternera, que con la chamusquina +en tan viva lumbre, despedían un olor apetitoso. «Chuletas» dijo D. +José, y a punto vio entrar a un amigo, el cual le había visto a él y +por eso sin duda entraba.</p> + +<p>«Hola, amigo Izquierdo... Dios le guarde».</p> + +<p>—Le vi pasar, maestro y dije, digo: A cuenta que voy a echar un +espotrique con mi tocayo...</p> + +<p>Sentose sin ceremonia el tal, y poniendo los codos sobre la mesa, miró +fijamente a su tocayo. O las miradas no expresaban nada, o la de aquel +sujeto era un memorial pidiendo que se le convidara. Ido era tan +caballero que le faltó tiempo para hacer la invitación, añadiendo una +frase muy prudente. «Pero, tocayo, sepa que no tengo más que un duro... +Con que no se corra mucho...». Hizo el otro un gesto tranquilizador y +cuando el <i>Tartera</i> puso el servicio, si servicio puede llamarse un par +de cuchillos con mango de cuerno, servilleta sucia y salero, y pidió +órdenes acerca del vino, le dijo, dice: «¿Pardillo yo?... pa chasco... +Tráete de la tierra».</p> + +<p>A todo esto asintió Ido del Sagrario, y siguió contemplando a su amigo, +el cual parecía un grande hombre aburrido, carácter agriado por la +continuidad de las luchas humanas. José Izquierdo representaba cincuenta +años, y era de arrogante estatura. Pocas veces se ve una cabeza tan +hermosa como la suya y una mirada tan noble y varonil. Parecía más bien +italiano que español, y no es maravilla que haya sido, en época +posterior al 73, en plena Restauración, el modelo predilecto de nuestros +pintores más afanados.</p> + +<p>«Me alegro de verle a usted tocayo—le dijo Ido, a punto que las +chuletas eran puestas sobre la mesa—, porque tenía que comunicarle +cosas de importancia. Es que ayer estuvo en casa doña Jacinta, la esposa +del Sr. D. Juanito Santa Cruz, y preguntó por el chico y le vio... +quiero decir, no le vio porque estaba todito dado de negro... y luego +dijo que dónde estaba usted, y como usted no estaba, quedó en +volver...».</p> + +<p>Izquierdo debía de tener hambre atrasada, porque al ver las chuletas, +les echó una mirada guerrera que quería decir: «¡Santiago y a ellas!» y +sin responder nada a lo que el otro hablaba, les embistió con furia. Ido +empezó a engullir comiéndose grandes pedazos sin masticarlos. Durante un +rato, ambos guardaron silencio. Izquierdo lo rompió dando fuerte golpe +en la mesa con el mango del cuchillo, y diciendo:</p> + +<p>«¡Re-hostia con la Repóblica!... ¡Vaya una porquería!».</p> + +<p>Ido asintió con una cabezada.</p> + +<p>«¡Repoblicanos de chanfaina... pillos, buleros, piores que serviles, +moderaos, piores que moderaos!—prosiguió Izquierdo con fiera +exaltación—.</p> + +<p>No colocarme a mí, a mí, que soy el endivido que más bregó por la +Repóblica en esta judía tierra... Es la que se dice: cría cuervos... +¡Ah! Señor de Martos, señor de Figueras, señor de Pi... a cuenta que +ahora no conocen a este pobrete de Izquierdo, porque lo ven +maltrajeao... pero antes, cuando Izquierdo tenía por sí las afloencias +de la Inclusa y cuando Bicerra le venía a ver pal cuento de echarnos a +la calle, entonces... ¡Hostia! Hamos venido a menos. Pero si por un es +caso golviésemos a más, yo les juro a esos figurones que tendremos una +<i>yeción</i>.</p> + + + +<hr /> +<h2>-<span class="smcap">v</span>-</h2> + + +<p>Ido seguía corroborando, aunque no había entendido aquello de la +<i>yeción</i>, ni lo entendiera nadie. Con tal palabra Izquierdo expresaba +una colisión sangrienta, una marimorena o cosa así. Bebía vaso tras vaso +sin que su cabeza se afectase, por ser muy resistente.</p> + +<p>«Porque mirosté, maestro, lo que les atufa es el aquel de haber estado +mi endivido en Cartagena... Y yo digo que a mucha honra, ¡re-hostia! +Allí estábamos los verídicos liberales. Y a cuenta que yo, tocayo, toda +mi vida no he hecho más que derramar mi sangre por la judía libertad. El +54, ¿qué hice?, batirme en las barricadas como una presona decente. Que +se lo pregunten al difunto D. Pascual Muñoz el de la tienda de jierros, +padre del marqués de Casa-Muñoz, que era el hombre de más afloencias en +estos arrabales, y me dijo mismamente aquel día: 'Amigo Platón, vengan +esos cinco'. Y aluego jui con el propio D. Pascual a Palacio, y D. +Pascual subió a pleticar con la Reina, y pronto bajó con aquel papé +firmado por la Reina en que les daba la gran patá a los moderaos. D. +Pascual me dijo que pusiera un pañuelo branco en la punta de un palo y +que malchara delante diciendo: 'cese er fuego, cese er fuego...'. El 56, +era yo teniente de melicianos, y O'Donnell me cogió miedo, y cuando +pleticó a la tropa dijo: 'si no hay quien me coja a Izquierdo, no hamos +hecho na'. El 66, cuando la de los artilleros, mi compare Socorro y yo +estuvimos pegando tiros en la esquina de la calle de Laganitos... El 68, +cuando la santísima, estuve haciendo la guardia en el Banco, pa que no +robaran, y le digo asté que si por un es caso llega a paicerse por allí +algún randa, lo suicido... Pues tocan luego a la recompensa, y a Pucheta +me le hacen guarda de la Casa de Campo, a Mochila del Pardo... y a mí +una patá. A cuenta que yo no pido más que un triste destino pa portear +el correo a cualsiquiera parte, y na... Voy a ver a Bicerra, ¿y +piensasté que me conoce?, ¡pa chasco!... Le digo que soy Izquierdo, por +mote <i>Platón</i>, y menea la cabeza.</p> + +<p>Es la que se dice: 'no se acuerdan del judío escalón dimpués que están +parriba...'. Dimpués me casé y juimos viviendo tal cual. Pero cuando +vino la judía Repóblica, se me había muerto mi Dimetria, y yo no tenía +que comer; me jui a ver al señor de Pi, y le dije, digo: 'Señor de Pi, +aquí vengo sobre una colocación...'. ¡Pa chasco! A cuenta de que el +hombre me debía de tener tirria, porque se remontó y dijo que él no +tenía colocaciones. ¡Y un judío portero me puso en la calle! +¡Re-contra-hostia!, ¡si viviera Calvo Asensio!, aquel sí era un endivido +que sabía las comenencias, y el tratamiento de las personas verídicas. +¡Vaya un amigo que me perdí! Toda la Inclusa era nuestra, y en tiempo +leitoral, ni Dios nos tosía, ni Dios, ¡hostia!... ¡Aquél sí, aquél +sí!... A cuenta que me cogía del brazo y nos entrábamos en un café, o en +la taberna a tomar una angelita... porque era muy llano y más liberal +que la Virgen Santísima. ¿Pero estos de ahora?... es la que dice; ni +liberales ni repoblicanos, ni na. Mirosté a ese Pi... un mequetrefe. ¿Y +Castelar?, otro mequetrefe. ¿Y Salmerón?, otro mequetrefe. ¿Roque +Barcia?, mismamente. Luego, si es caso, vendrán a pedir que les +ayudemos, ¿pero yo...? No me pienso menear; basta de <i>yeciones</i>. Si se +junde la Repóblica que se junda, y si se junde el judío pueblo, que se +junda también».</p> + +<p>Apuró de nuevo el vaso, y el otro José admiraba igualmente su facundia y +su receptividad de bebedor. Izquierdo soltó luego una risa sarcástica, +prosiguiendo así:</p> + +<p>«Dicen que les van a traer a Alifonso... ¡Pa chasco! Por mí que lo +traigan. A cuenta que es como si verídicamente trajeran al Terso. Es la +que se dice: pa mí lo mismo es blanco que negro. Óigame lo bueno: El año +pasado, estando en Alcoy, los carcas me jonjabaron. Me corrí a la +partida de Callosa de Ensarriá y tiré montón de tiros a la Guardia +Cevil. ¡Qué <i>yeción</i>! Salta por aquí, salta por allá. Pero pronto me +llamé andana porque me habían hecho contrata de medio duro diario, y los +rumbeles solutamente no paicían. Yo dije: 'José mío, güélvete liberal, +que lo de carca no tercia'. Una nochecita me escurrí, y del tirón me jui +a Barcelona, donde la carpanta fue tan grande, maestro, que por poco doy +las boqueás. ¡Ay!, tocayo, si no es porque se me terció encontrarme allí +con mi sobrina Fortunata, no la cuento. Socorriome... es buena chica, y +con los cuartos que me dio, trinqué el judío tren, y a Madriz...».</p> + +<p>—Entonces—dijo Ido, fatigado de aquel relato incoherente, y de aquel +vocabulario grotesco—, recogió usted a ese precioso niño...</p> + +<p>Buscaba Ido la novela dentro de aquella gárrula página contemporánea; +pero Izquierdo, como hombre de más seso, despreciaba la novela para +volver a la grave historia.</p> + +<p>«Allego y me aboco con los comiteles y les canto claro: '¿Pero señores, +nos acantonamos o no nos acantonamos?... porque si no va a haber aquí +una <i>yeción</i>. ¡Se reían de mí!... ¡pillos! ¡Como que estaban vendidos al +moderaísmo!... Sabusté tocayo, ¿con qué me motejaban aquellos +mequetrefes? Pues na; con que yo no sé leer ni escribir: No es todo lo +verídico, ¡hostia!, porque leer ya sé, aunque no del todo lo seguío que +se debe. Como escribir, no escribo porque se me corre la tinta por el +dedo... ¡Bah!, es la que se dice: los escribidores, los periodiqueros, y +los publicantones son los que han perdío con sus tiologías a esta judía +tierra, maestro».</p> + +<p>Ido tardó mucho tiempo en apoyar esto, por ser quien era; pero Izquierdo +le apretó el brazo con tanta fuerza, que al fin no tuvo más remedio que +asentir con una cabezada, haciendo la reserva mental de que sólo por la +violencia daba su autorizado voto a tal barbaridad.</p> + +<p>«Entonces, tocayo de mi arma, viendo que me querían meter en el +estaribel y enredarme con los guras, tomé el olivo y no juimos a +Cartagena. ¡Ay, qué vida aquella! ¡Re-hostia! A mí me querían hacer +menistro de la Gubernación; pero dije que nones. No me gustan suponeres. +A cuenta que salimos con las freatas por aquellos mares de mi arma. Y +entonces, que quieras que no, me ensalzaron a tiniente de navío, y +estaba mismamente a las órdenes del general Contreras, que me trataba +de tú. ¡Ay qué hombre y qué buen avío el suyo! Parecía verídicamente el +gran turco con su gorro colorao. Aquello era una gloria. ¡Alicante, +Águilas! Pelotazo va, pelotazo viene. Si por un es caso nos dejan, +tocayo, nos comemos el santísimo mundo y lo acantonamos toíto... ¡Orán! +¡Ay qué mala sombra tiene Orán y aquel judío <i>vu</i> de los franceses que +no hay cristiano que lo pase!... Me najo de allí, güelvo a mi Españita, +entro en Madriz mu callaíto, tan fresco... ¿a mí qué?... y me presento a +estos tiólogos, mequetrefes y les digo: 'Aquí me tenéis, aquí tenéis a +la personalidá del endivido verídico que se pasó la santísima vida +peleando como un gato tripa arriba por las judías libertades... Matarme, +hostia, matarme; a cuenta que no me queréis colocar...'. ¿Usté me hizo +caso? Pues ellos tampoco. Espotrica que te espotricarás en las Cortes, y +el santísimo pueblo que reviente. Y yo digo que es menester acantonar a +Madriz, pegarte fuego a las Cortes, al Palacio Real, y a lo judíos +ministerios, al Monte de Piedad, al cuartel de la Guardia Cevil y al +Dipósito de las Aguas, y luego hacer un racimo de horca con Castelar, +Pi, Figueras, Martos, Bicerra y los demás, por moderaos, por +moderaos...».</p> + + + +<h2>-<span class="smcap">vi</span>-</h2> + + + +<p>Dijo el <i>por moderaos</i> hasta seis veces, subiendo gradualmente de tono, +y la última repetición debió de oírse en el puente de Toledo. El otro +José estaba muy aturdido con la bárbara charla del grande hombre, el más +desgraciado de los héroes y el más desconocido de los mártires. Su +máscara de misantropía y aquella displicencia de genio perseguido eran +natural consecuencia de haber llegado al medio siglo sin encontrar su +asiento, pues treinta años de tentativas y de fracasos son para abatir +el ánimo más entero. Izquierdo había sido chalán, tratante en trigos, +revolucionario, jefe de partidas, industrial, fabricante de velas, punto +figurado en una casa de juego y dueño de una <i>chirlata</i>; había casado +dos veces con mujeres ricas, y en ninguno de estos diferentes estados y +ocasiones obtuvo los favores de la voluble suerte. De una manera y otra, +casado y soltero, trabajando por su cuenta y por la ajena, siempre mal, +siempre mal, ¡hostia!</p> + +<p>La vida inquieta, las súbitas apariciones y desapariciones que hacía, y +el haber estado en <i>gurapas</i> algunas temporadillas rodearon de misterio +su vida, dándole una reputación deplorable. Se contaban de él horrores. +Decían que había matado a Demetria, su segunda mujer, y cometido otros +nefandos crímenes, violencias y atropellos. Todo era falso. Hay que +declarar que parte de su mala reputación la debía a sus fanfarronadas y +a toda aquella humareda revolucionaria que tenía en la cabeza. La mayor +parte de sus empresas políticas eran soñadas, y sólo las creían ya +poquísimos oyentes, entre los cuales Ido del Sagrario era el de mayores +tragaderas. Para completar su retrato, sépase que no había estado en +Cartagena. De tanto pensar en el dichoso cantón, llegó sin duda a +figurarse que había estado en él, hablando por los codos de aquellas +tremendas <i>yeciones</i> y dando detalles que engañaban a muchos bobos. Lo +de la partida de Callosa sí parece cierto.</p> + +<p>También se puede asegurar, sin temor de que ningún dato histórico pruebe +lo contrario, que <i>Platón</i> no era valiente, y que, a pesar de tanta +baladronada, su reputación de braveza empezaba a decaer como todas las +glorias de fundamento inseguro. En los tiempos a que me refiero, el +descrédito era tal que la propia vanidad <i>platónica</i> estaba ya por los +suelos. Principiaba a creerse una nulidad, y allá en sus soliloquios +desesperados, cuando le salía mal alguna de las bajezas con que se +procuraba dinero, se escarnecía sinceramente, diciéndose: «soy pior que +una caballería; soy más tonto que un cerrojo; no sirvo absolutamente +para nada». El considerar que había llegado a los cincuenta años sin +saber <i>plumear</i> y leyendo sólo a trangullones, le hacía formar de su +<i>endivido</i> la idea más desventajosa. No ocultaba su dolor por esto, y +aquel día se lo expresó a su tocayo con sentida ingenuidad:</p> + +<p>«Es una gaita esto de no saber escribir... ¡Hostia!, si yo supiera... +Créalo: ese es el por qué de la tirria que me tiene Pi».</p> + +<p>Don José no le contestó. Estaba doblado por la cintura, porque el +digerir las dos enormes chuletas que se había atizado, no se presentaba +como un problema de fácil solución. Izquierdo no reparó que a su amigo +le temblaba horriblemente el párpado, y que las carúnculas del cuello y +los berrugones de la cara, inyectados y turgentes, parecían próximos a +reventar. Tampoco se fijó en la inquietud de D. José, que se movía en el +asiento como si este tuviese espinas; y volviendo a lamentarse de su +destino, se dejó decir: «Porque no hacen solutamente estimación de los +verídicos hombres del mérito. Tanto mequetrefe colocao, y a nosotros, +tocayo, a estos dos hombres de calidá nadie les ensalza. A cuenta de +ellos se lo pierden; porque usted, ¡hostia!, sería un lince para la +Destrución pública, y yo... yo».</p> + +<p>La vanidad de <i>Platón</i> cayó de golpe cuando más se remontaba, y no +encontrando aplicación adecuada a su personalidad, se estrelló en la +conciencia de su estolidez. «Yo... para tirar de un carromato—pensó—. +Después dejó caer la varonil y gallarda cabeza sobre el pecho y estuvo +meditando un rato sobre <i>el por qué</i> de su perra suerte. Ido permaneció +completamente insensible a la lisonja que le soltara su amigo, y tenía +la imaginación sumergida en sombrío lago de tristezas, dudas, temores y +desconfianzas. A Izquierdo le roía el pesimismo. La carga de la bebida +en su estómago no tuvo poca parte en aquel desaliento horrible, durante +el cual vio desfilar ante su mente los treinta años de fracasos que +formaban su historia activa... Lo más singular fue que en su tristeza +sentía una dulce voz silbándole en el oído: «Tú sirves para algo... no +te amontones...». Mas no se convencía, no. «Al que me dijera +—pensaba—, cuál es la judía cosa pa que sirve este piazo de hombre, le +querría, si es caso, más que a mi padre». Aquel desventurado era como +otros muchos seres que se pasan la mayor parte de la vida fuera de su +sitio, rodando, rodando, sin llegar a fijarse en la casilla que su +destino les ha marcado. Algunos se mueren y no llegan nunca; Izquierdo +debía llegar, a los cincuenta y un años, al puesto que la Providencia le +asignara en el mundo, y que bien podríamos llamar glorioso. Un año +después de lo que ahora se narra estaba ya aquel planeta errante, puedo +dar fe de ello, en su sitio cósmico. <i>Platón</i> descubrió al fin la ley de +su sino, aquello para que exclusiva y <i>solutamente</i> servía. Y tuvo +sosiego y pan, fue útil y desempeñó un gran papel, y hasta se hizo +célebre y se lo disputaban y le traían en palmitas. No hay ser humano, +por despreciable que parezca, que no pueda ser eminencia en algo, y +aquel buscón sin suerte, después de medio siglo de equivocaciones, ha +venido a ser, por su hermosísimo talante, el gran <i>modelo</i> de la pintura +histórica contemporánea. Hay que ver la nobleza y arrogancia de su +figura cuando me lo encasquetan una armadura fina, o ropillas y +balandranes de raso, y me lo ponen <i>haciendo</i> el duque de Gandía, al +sentir la corazonada de hacerse santo, o el marqués de Bedmar ante el +Consejo de Venecia, o Juan de Lanuza en el patíbulo, o el gran Alba +poniéndoles las peras a cuarto a los flamencos. Lo más peregrino es que +aquella caballería, toda ignorancia y rudeza, tenía un notable instinto +de la postura, sentía hondamente la facha del personaje, y sabía +traducirla con el gesto y la expresión de su admirable rostro.</p> + +<p>Pero en aquella sazón, todo esto era futuro y sólo se presentaba a la +mente embrutecida de <i>Platón</i> como presentimiento indeciso de glorias y +bienandanza. El héroe dio un suspiro, a que contestó el poeta con otro +suspiro más tempestuoso. Mirando cara a cara a su amigo, Ido tosió dos o +tres veces, y con una vocecilla que sonaba metálicamente, le dijo, +poniéndole la mano en el hombro:</p> + +<p>«Usted es desgraciado porque no le hacen justicia; pero yo lo soy más, +tocayo, porque no hay mayor desdicha que el deshonor».</p> + +<p>—¡Repóblica puerca, repóblica cochina!—rebuznó <i>Platón</i>, dando en la +mesa un porrazo tan recio, que todo el ventorro tembló.</p> + +<p>—Porque todo se puede conllevar—dijo Ido bajando la voz +lúgubremente—, menos la infidelidad conyugal. Terrible cosa es hablar +de esto, querido tocayo, y que esta deshonrada boca pregone mi propia +ignominia... pero hay momentos, francamente, naturalmente, en que no +puede uno callar. El silencio es delito, sí señor... ¿Por qué ha de +echar sobre mí la sociedad esta befa, no siendo yo culpable? ¿No soy +modelo de esposos y padres de familia? ¿Pues cuándo he sido yo +adúltero?, ¿cuándo?... que me lo digan.</p> + +<p>De repente, y saltando cual si fuera de goma, el hombre eléctrico se +levantó... Sentía una ansiedad que le ahogaba, un furor que le ponía los +pelos de punta. En este excepcional desconcierto no se olvidó de pagar, +y dando su duro al <i>Tartera</i>, recogió la vuelta.</p> + +<p>«Noble amigo—díjole a Izquierdo al oído—, no me acompañe usted... +Estimo en lo que valen sus ofrecimientos de ayuda. Pero debo ir solo, +enteramente solo, sí señor; les cogeré <i>in </i> <i> fraganti</i>... +¡Silencio...!, ¡chis!... La ley me autoriza a hacer un escarmiento... +pero horrible, tremendo... ¡Silencio digo!».</p> + +<p>Y salió de estampía, como una saeta. Viéndole correr, se reían Izquierdo +y el <i>Tartera</i>. El infeliz Ido iba derecho a su camino sin reparar en +ningún tropiezo. Por poco tumba a un ciego, y le volcó a una mujer la +cesta de los cacahuetes y piñones. Atravesó la Ronda, el Mundo Nuevo y +entró en la calle de Mira el Río baja, cuya cuesta se echó a pechos sin +tomar aliento. Iba desatinado, gesticulando, los ojos fulminantes, el +labio inferior muy echado para fuera. Sin reparar en nadie ni en nada, +entró en la casa, subió las escaleras, y pasando de un corredor a otro, +llegó pronto a su puerta. Estaba cerrada sin llave. Púsose en acecho, el +oído en el agujero de la llave, y empujando de improviso la abrió con +estrépito, y echó un vocerrón muy tremendo: ¡Adúuultera!</p> + +<p>«¡Cristo!, ya le tenemos otra vez con el dichoso <i>dengue</i>...—chilló +Nicanora, reponiéndose al instante de aquel gran susto—. Pobrecito mío, +hoy viene perdido...».</p> + +<p>Don José entró a pasos largos y marcados, con desplantes de cómico de la +legua; los ojos saltándosele del casco; y repetía con un tono cavernoso +la terrorífica palabra: ¡adúuultera!</p> + +<p>—Hombre de Dios—dijo la infeliz mujer, dejando a un lado el trabajo, +que aquel día no era pintura, sino costura—, tú has comido, ¿verdad?... +Buena la hemos hecho...</p> + +<p>Le miraba con más lástima que enojo, y con cierta tranquilidad relativa, +como se miran los males ya muy añejos y conocidos.</p> + +<p>«—Fuertecillo es el ataque... Corazón, ¡cómo estás hoy! Algún indino te +ha convidado... Si le cojo... Mira, José, debes acostarte...».</p> + +<p>—Por Dios, papá—dijo Rosita, que había entrado detrás de su padre—, +no nos asustes... Quítate de la cabeza esas andróminas.</p> + +<p>Apartola él lejos de sí con enérgico ademán, y siguió dando aquellos +pasos tragicómicos sin orden ni concierto. Parecía registrar la casa; se +asomaba a las fétidas alcobas, daba vueltas sobre un tacón, palpaba las +paredes, miraba debajo de las sillas, revolviendo los ojos con fiereza y +haciendo unos aspavientos que harían reír grandemente si la compasión no +lo impidiera. La vecindad, que se divertía mucho con el <i>dengue</i> del +buen ido, empezó a congregarse en el corredor. Nicanora salió a la +puerta: «Hoy está atroz... Si yo cogiera al lipendi que le convidó a +magras...».</p> + +<p>—¡Venga usted acá, dama infiel!—le dijo el frenético esposo, +cogiéndola por un brazo.</p> + +<p>Hay que advertir que ni en lo más fuerte del acceso era brutal. O +porque tuviera muy poca fuerza o porque su natural blando no fuese nunca +vencido de la fiebre de aquella increíble desazón, ello es que sus manos +apenas causaban ofensa. Nicanora le sujetó por ambos brazos, y él, +sacudiéndose y pateando, descargaba su ira con estas palabras roncas: +«No me lo negarás ahora... Le he visto, le he visto yo».</p> + +<p>—¿A quién has visto, corazón?... ¡Ah!, sí, al duque. Sí, aquí le +tengo... No me acordaba... ¡Pícaro duque, que te quiere quitar esa +recondenada prenda tuya!</p> + +<p>Desprendido de las manos de su mujer, que como tenazas le sujetaban, Ido +volvió a sus mímicas, y Nicanora, sabiendo que no había más medio de +aplacarle que dar rienda suelta a su insana manía para que el ataque +pasara más pronto, le puso en la mano un palillo de tambor que allí +habían dejado los chicos, y empujándole por la espalda... «Ya puedes +escabecharnos—le dijo—, anda, anda; estamos allí, en el camarín, tan +agasajaditos... Fuerte, hijo; dale firme y sácanos el mondongo...».</p> + +<p>Dando trompicones, entró Ido en una de las alcobas, y apoyando la +rodilla en el camastro que allí había empezó a dar golpes con el +palillo, pronunciando torpemente estas palabras: «Adúlteros, expiad +vuestro crimen». Los que desde el corredor le oían, reíanse a todo +trapo, y Nicanora arengaba al público diciendo: «pronto se le pasará; +cuanto más fuerte, menos le dura».</p> + +<p>«Así, así... muertos los dos... charco de sangre... yo vengado, mi honra +la... la... vadita» murmuraba él dando golpes cada vez más flojos, y al +fin se desplomó sobre el jergón boca abajo. Las piernas colgaban fuera, +la cara se oprimía contra la almohada, y en tal postura rumiaba +expresiones oscuras que se apagaban resolviéndose en ronquidos. Nicanora +le volvió cara arriba para que respirase bien, le puso las piernas +dentro de la cama, manejándole como a un muerto, y le quitó de la mano +el palo. Arreglole las almohadas y le aflojó la ropa. Había entrado en +el segundo periodo, que era el comático, y aunque seguía delirando, no +movía ni un dedo, y apretaba fuertemente los párpados, temeroso de la +luz. Dormía la mona de carne.</p> + +<p>Cuando la <i>Venus de Médicis</i> salió del cubil, vio que entre las personas +que miraban por la ventana, estaba Jacinta, acompañada de su doncella.</p> + + + +<hr /> +<h2>-<span class="smcap">vii</span>-</h2> + + +<p>Había presenciado parte de la escena y estaba aterrada. «Ya le pasó lo +peor—dijo Nicanora saliendo a recibirla—. Ataque muy fuerte... Pero no +hace daño. ¡Pobre ángel! Se pone de esta conformidad cuando come».</p> + +<p>—¡Cosa más rara! —expresó Jacinta entrando.</p> + +<p>—Cuando come carne... Sí señora. Dice el médico que tiene el cerebro +como pasmado, porque durante mucho tiempo estuvo escribiendo cosas de +mujeres malas, sin comer nada más que las condenadas judías... La +miseria, señora, esta vida de perros. ¡Y si supiera usted qué buen +hombre es!... Cuando está tranquilo no hace cosa mala ni dice una +mentira... Incapaz de matar una pulga. Se estará dos años sin probar el +pan, con tal que sus hijos lo coman. Ya ve la señora si soy desgraciada. +Dos años hace que José empezó con estas incumbencias. ¡Se pasaba las +noches en vela, sacando de su cabeza unas fábulas...!, todo tocante a +damas infieles, guapetonas, que se iban de picos pardos con unos duques +muy adúlteros... y los maridos trinando... ¡Qué cosas inventaba! Y por +la mañana las ponía en limpio en papel de marquilla con una letra que +daba gusto verla. Luego le dio el tifus, y se puso tan malo que estuvo +<i>suministrado</i> y creíamos que se iba. Sanó y le quedaron estas +calenturas de la sesera, este <i>dengue</i> que le da siempre que toma +sustancia. Tiene temporadas, señora; a veces el ataque es muy ligero, y +otras se pone tan encalabrinado que sólo de pasar por delante del +Matadero le baila el párpado y empieza a decir disparates. Bien dicen, +señora, que la carne es uno de los enemigos del alma... Cuidado con lo +que saca... ¡Que yo me adultero, y que se la pego con un duque!... Miren +que yo con esta facha...</p> + +<p>No interesaba a Jacinta aquel triste relato tanto como creía Nicanora, y +viendo que esta no ponía punto, tuvo la dama que ponerlo.</p> + +<p>«Perdone usted—dijo dulcificando su acento todo lo posible—, pero +dispongo de poco tiempo. Quisiera hablar con ese señor que llaman +<i>Don</i>... José Izquierdo».</p> + +<p>—Para servir a vuecencia—dijo una voz en la puerta, y al mirar, encaró +Jacinta con la arrogantísima figura de <i>Platón</i>, quien no le pareció tan +fiero como se lo habían pintado.</p> + +<p>Díjole la Delfina que deseaba hablarle, y él la invitó con toda la +cortesía de que era capaz a pasar a su habitación. Ama y criada se +pusieron en marcha hacia el 17, que era la vivienda de Izquierdo.</p> + +<p>«¿En dónde está el <i>Pituso</i>?» preguntó Jacinta a mitad del camino.</p> + +<p>Izquierdo miró al patio donde jugaban varios chicos, y no viéndole por +ninguna parte, soltó un gruñido. Cerca del 17, en uno de los ángulos del +corredor había un grupo de cinco o seis personas entre grandes y chicos, +en el centro del cual estaba un niño como de diez años, ciego, sentado +en una banqueta y tocando la guitarra. Su brazo era muy pequeño para +alcanzar el extremo del mango. Tocaba al revés, pisando las cuerdas con +la derecha y rasgueando con la izquierda, puesta la guitarra sobre las +rodillas, boca y cuerdas hacia arriba.</p> + +<p>La mano pequeña y bonita del ceguezuelo hería con gracia las cuerdas, +sacando de ellas arpegios dulcísimos y esos punteados graves que tan +bien expresan el sentir hondo y rudo de la plebe. La cabeza del músico +oscilaba como la de esos muñecos que tienen por pescuezo una espiral de +acero, y revolvía de un lado para otro los globos muertos de sus ojos +cuajados, sin descansar un punto. Después de mucho y mucho puntear y +rasguear, rompió con chillona voz el canto:</p> + +<p><i>A Pepa la gitani... i... i...</i></p> + +<p>Aquel <i>iiii</i> no se acababa nunca, daba vueltas para arriba y para abajo +como una rúbrica trazada con el sonido. Ya les faltaba el aliento a los +oyentes cuando el ciego se determinó a posarse en el final de la frase:</p> + +<p><i>lla-cuando la parió su madre...</i></p> + +<p>Expectación, mientras el músico echaba de lo hondo del pecho unos ayes y +gruñidos como de un perrillo al que le están pellizcando el rabo. <i>¡Ay, +ay, ay!</i>... Por fin concluyó:</p> + +<p><i>sólo para las narices</i></p> + +<p><i>le dieron siete calambres.</i></p> + +<p>Risas, algazara, pataleos... Junto al niño cantor había otro ciego, +viejo y curtido, la cara como un corcho, montera de pelo encasquetada y +el cuerpo envuelto en capa parda con más remiendos que tela. Su risilla +de suficiencia le denunciaba como autor de la celebrada estrofa. Era +también maestro, padre quizás, del ciego chico y le estaba enseñando el +oficio. Jacinta echó un vistazo a todo aquel conjunto, y entre las +respetables personas que formaban el corro, distinguió una cuya +presencia la hizo estremecer. Era el <i>Pituso</i>, que asomando por entre el +ciego grande y el chico, atendía con toda su alma a la música, puesta +una mano en la cintura y la otra en la boca. «Ahí está» dijo al Sr. +Izquierdo, que al punto le sacó del grupo para llevarle consigo. Lo más +particular fue que si cuando la fisonomía del <i>Pituso</i> estaba +embadurnada creyó Jacinta advertir en ella un gran parecido con Juanito +Santa Cruz, al mirarla en su natural ser, aunque no efectivamente +limpia, el parecido se había desvanecido.</p> + +<p>«No se parece» pensaba entre alegre y desalentada, cuando Izquierdo le +señaló la puerta para que entrase.</p> + +<p>Cuentan Jacinta y su criada que al verse dentro de la reducida, inmunda +y desamparada celda, y al observar que el llamado <i>Platón</i> cerraba la +puerta, les entró un miedo tan grande que a entrambas se les ocurrió +salir a la ventanilla a pedir socorro. Miró la señora de soslayo a la +criada, por ver si esta mostraba entereza de ánimo; pero Rafaela estaba +más muerta que viva. «Este bandido—pensó Jacinta—, nos va a retorcer +el pescuezo sin dejarnos chistar». Algo se tranquilizaba oyendo muy +cerca el guitarreo y el rum rum de la multitud que rodeaba a los dos +ciegos. Izquierdo les ofreció las dos sillas que en la estancia había, y +él se sentó sobre un baúl, poniendo al <i>Pituso</i> sobre sus rodillas.</p> + +<p>Rafaela cuenta que en aquel momento se le ocurrió un plan infalible para +defenderse del monstruo, si por acaso las atacaba. Desde el punto en que +le viera hacer un ademán hostil, ella se le colgaría de las barbas. Si +en el mismo instante y muy de sopetón su señorita tenía la destreza +suficiente para coger un asador que muy cerca de su mano estaba y +metérselo por los ojos, la cosa era hecha.</p> + +<p>No había allí más muebles que las dos sillas y el baúl. Ni cómoda, ni +cama, ni nada. En la oscura alcoba debía de haber algún camastro. De la +pared colgaba una grande y hermosa lámina detrás de cuyo cristal se +veían dos trenzas negras de pelo, hermosísimas, enroscadas al modo de +culebras, y entre ellas una cinta de seda con este letrero: <i>¡Hija mía!</i> +«¿De quién es ese pelo?» preguntó Jacinta vivamente, y la curiosidad le +alivió por un instante el miedo.</p> + +<p>—De la hija de mi mujer —replicó <i>Platón</i> con gravedad, echando una +mirada de desdén al cuadro de las trenzas.</p> + +<p>—Yo creí que eran de... —balbució la dama sin atreverse a acabar la +frase—. Y la joven a quien pertenecía ese pelo, ¿dónde está?</p> + +<p>—En el cementerio—gruñó Izquierdo con acento más propio de bestia que +de hombre.</p> + +<p>Jacinta examinó al <i>Pituso</i> chico y... cosa rara, volvió a advertir +parecido con el gran <i>Pituso</i>. Le miró más, y mientras más le miraba más +semejanza. ¡Santo Dios! Llamole, y el señor Izquierdo dijo al niño con +cierta aspereza atenuada que en él podía pasar por dulzura: «Anda, +piojín, y da un beso a esta señora». El nene, en pie, se resistía a dar +un paso hacia adelante. Estaba como asustado y clavaba en la señora las +estrellas de sus ojos. Jacinta había visto ojos lindos, pero como +aquellos no los había visto nunca. Eran como los del Niño Dios pintado +por Murillo. «Ven, ven» le dijo llamándole con ese movimiento de las dos +manos que había aprendido de las madres. Y él tan serio, con las +mejillas encendidas por la vergüenza infantil, que tan fácilmente se +resuelve en descaro.</p> + +<p>«A cuenta que no es corto de genio; pero se espanta de las personas +finas» dijo Izquierdo empujándole hasta que Jacinta pudo cogerle.</p> + +<p>—Si es todo un caballero formal —declaró la señorita dándole un beso +en su cara sucia que aún olía a la endiablada pintura—. ¿Cómo estás +hoy tan serio y ayer te reías tanto y me enseñabas tu lengüecita?</p> + +<p>Estas palabras rompieron el sello a la seriedad de Juanín, porque lo +mismo fue oírlas que desplegar su boca en una sonrisa angelical. Riose +también Jacinta; pero su corazón sintió como un repentino golpe, y se le +nublaron los ojos. Con la risa del gracioso chiquillo resurgía de un +modo extraordinario el parecido que la dama creía encontrar en él. +Figurose que la raza de Santa Cruz le salía a la cara como poco antes le +había salido el carmín del rubor infantil. «Es, es...» pensó con +profunda convicción, comiéndose a miradas la cara del rapazuelo. Vela en +ella las facciones que amaba; pero allí había además otras desconocidas. +Entrole entonces una de aquellas rabietinas que de tarde en tarde +turbaban la placidez de su alma, y sus ojos, iluminados por aquel +rencorcillo, querían interpretar en el rostro inocente del niño las +aborrecidas y culpables bellezas de la madre. Habló, y su metal de voz +había cambiado completamente. Sonaba de un modo semejante a los bajos de +la guitarra: «Señor Izquierdo, ¿tiene usted ahí por casualidad el +retrato de su sobrina?».</p> + +<p>Si Izquierdo hubiera respondido que sí, ¡cómo se habría lanzado Jacinta +sobre él! Pero no había tal retrato, y más valía así. Durante un rato +estuvo la dama silenciosa, sintiendo que se le hacía en la garganta el +nudo aquel, síntoma infalible de las grandes penas. En tanto, el Pituso +adelantaba rápidamente en el camino de la confianza. Empezó por tocar +con los dedos tímidamente una pulsera de monedas antiguas que Jacinta +llevaba, y viendo que no le reñían por este desacato, sino que la +señora aquella tan guapa le apretaba contra sí, se decidió a examinar el +imperdible, los flecos del mantón y principalmente el manguito, aquella +cosa de pelos suaves con un agujero, donde se metía la mano y estaba tan +calentito.</p> + +<p>Jacinta le sentó sobre sus rodillas y trató de ahogar su desconsuelo, +estimulando en su alma la piedad y el cariño que el desvalido niño le +inspiraba. Un examen rápido sobre el vestido de él le reprodujo la pena. +¡Que el hijo de su marido estuviese con las carnecitas al aire, los pies +casi desnudos...! Le pasó la mano por la cabeza rizosa, haciendo voto en +su noble conciencia de querer al hijo de otra como si fuera suyo. El +rapaz fijaba su atención de salvaje en los guantes de la señora. No +tenía él ni idea remota de que existieran aquellas manos de mentira, +dentro de las cuales estaban las manos verdaderas.</p> + +<p>«¡Pobrecito! —exclamó con vivo dolor Jacinta, observando que el mísero +traje del <i>Pituso</i> era todo agujeros. Tenía un hombro al aire, y una de +las nalgas estaba también a la intemperie. ¡Con cuánto amor pasó la mano +por aquellas finísimas carnes, de las cuales pensó que nunca habían +conocido el calor de una mano materna, y que estaban tan heladas de +noche como de día!</p> + +<p>«Toca, toca—dijo a la criada—; muertecito de frío».</p> + +<p>Y al Sr. Izquierdo: «Pero ¿por qué tiene usted a este pobre niño tan +desabrigado?».</p> + +<p>—Soy pobre, señora —refunfuñó Izquierdo con la sequedad de siempre—. +No me quieren colocar... por decente...</p> + +<p>Iba a seguir espetando el relato de sus cuitas políticas; pero Jacinta +no le hizo caso. Juanín, cuya audacia crecía por momentos, atrevíase ya +nada menos que a posarle la mano en la cara, con muchísimo respeto, eso +sí.</p> + +<p>«Te voy a traer unas botas muy bonitas» le dijo la que quería ser madre +adoptiva, echándole las palabras con un beso en su oído sucio.</p> + +<p>El muchacho levantó un pie. ¡Y qué pie! Más valía que ningún cristiano +lo viera. Era una masa de informe esparto y de trapo asqueroso, llena de +lodo y con un gran agujero, por el cual asomaba la fila de deditos +rosados.</p> + +<p>«¡Bendito Dios! —exclamó Rafaela rompiendo a reír—. ¿Pero Sr. +Izquierdo, tan pobre es usted que no tiene para...?».</p> + +<p>—Solutamente... —¡Te voy a poner más majo...!, verás. Te voy a poner +un vestido muy precioso, tu sombrero, tus botas de charol.</p> + +<p>Comprendiendo aquello, el muy tuno ¡abría cada ojo...! De todas las +flaquezas humanas, la primera que apunta en el niño, anunciando el +hombre, es la presunción. Juanín entendió que le iban a poner guapo y +soltó una carcajada. Pero las ideas y las sensaciones cambian +rápidamente en esta edad, y de improviso el <i>Pituso</i> dio una palmada y +echó un gran suspiro. Es una manera especial que tienen los chicos de +decir: «Esto me aburre; de buena gana me marcharía». Jacinta le retuvo a +la fuerza.</p> + +<p>—Vamos a ver, Sr. de Izquierdo—dijo la dama, planteando decididamente +la cuestión—. Ya sé por su vecino de usted quién es la mamá de este +niño. Está visto que usted no lo puede criar ni educar. Yo me lo llevo.</p> + +<p>Izquierdo se preparó a la respuesta.</p> + +<p>—Diré a la señora... yo... verídicamente, le tengo ley. Le quiero, si a +mano viene, como hijo... Socórrale la señora, por ser de la casta que +es; colóqueme a mí, y yo lo criaré.</p> + +<p>—No, estos tratos no me convienen. Seremos amigos; pero con la +condición de que me llevo este pobre ángel a mi casa. ¿Para qué le +quiere usted? ¿Para que se críe en esos patios malsanos entre +pilletes?... Yo le protegeré a usted, ¿qué quiere?, ¿un destino?, ¿una +cantidad?</p> + +<p>—Si la señora—insinuó Izquierdo torvamente, soltando las palabras +después de rumiarlas mucho—, me logra una cosa...</p> + +<p>—A ver qué cosa... —La señora se aboca con Castelar... que me tiene +tanta tirria... o con el Sr. de Pi.</p> + +<p>—Déjeme usted a mí de <i>pi</i> y de <i>pa</i>... Yo no le puedo dar a usted +ningún destino.</p> + +<p>—Pues si no me dan la ministración del Pardo, el hijo se queda aquí... +¡hostia! —declaró Izquierdo con la mayor aspereza, levantándose. +Parecía responder con la exhibición de su gallarda estatura más que con +las palabras.</p> + +<p>—La administración del Pardo nada menos. Sí, para usted estaba. Hablaré +a mi esposo, el cual reconocerá a Juanín y le reclamará por la justicia, +puesto que su madre le ha abandonado.</p> + +<p>Rafaela cuenta que al oír esto, se desconcertó un tanto <i>Platón</i>. Pero +no se dio a partido, y cogiendo en brazos al niño le hizo caricias a su +modo: «¿Quién te quiere a ti, churumbé?... ¿A quién quieres tú, piojín +mío?».</p> + +<p>El chico le echó los brazos al cuello.</p> + +<p>«Yo no le impido ni le impediré a usted que le siga queriendo, ni aun +que le vea alguna vez —dijo la señora, contemplando a Juanín como una +tonta—. Volveré mañana y espero convencerle... y en cuanto a la +administración del Pardo, no crea usted que digo que no. Podría ser... +no sé...».</p> + +<p>Izquierdo se dulcificó un poco.</p> + +<p>«Nada, nada—pensó Jacinta—, este hombre es un chalán. No sé tratar con +esta clase de gente. Mañana vuelvo con Guillermina y entonces... aquí te +quiero ver. Para usted—dijo luego en voz alta—, lo mejor sería una +cantidad. Me parece que está la patria oprimida».</p> + +<p>Izquierdo dio un suspiro y puso al chico en el suelo. «Un endivido, que +se pasó su santísima vida bregando porque los españoles sean libres...».</p> + +<p>—Pero, hombre de Dios, ¿todavía les quiere usted más libres?</p> + +<p>—No... es la que se dice... cría cuervos... Sepa usté que Bicerra, +Castelar y otros mequetrefes, todo lo que son me lo deben a mí.</p> + +<p>—Cosa más particular. El ruido de la guitarra y de los cantos de los +ciegos arreció considerablemente, uniéndose al estrépito de tambores de +Navidad.</p> + +<p>«¿Y tú no tienes tambor?» preguntó Jacinta al pequeñuelo, que apenas +oída la pregunta ya estaba diciendo que no con la cabeza.</p> + +<p>—¡Que barbaridad! ¡Miren que no tener tú un tambor...! Te lo voy a +comprar hoy mismo, ahora mismo. ¿Me das un beso?</p> + +<p>No se hacía de rogar el <i>Pituso</i>. Empezaba a ser descarado. Jacinta sacó +un paquetito de caramelos, y él, con ese instinto de los golosos, se +abalanzó a ver lo que la señora sacaba de aquellos papeles. Cuando +Jacinta le puso un caramelo dentro de la boca, Juanín se reía de gusto.</p> + +<p>«¿Cómo se dice?» le preguntó Izquierdo.</p> + +<p>Inútil pregunta, porque él no sabía que cuando se recibe algo se dan las +gracias.</p> + +<p>Jacinta le volvió a coger en brazos y a mirarle. Otra vez le pareció que +el parecido se borraba. ¡Si no sería...! Era conveniente averiguarlo y +no proceder con precipitación. Guillermina se encargaría de esto. De +repente el muy pillo la miró, y sacándose el caramelo de la boca, se lo +ofreció para que chupase ella.</p> + +<p>«No, tonto, si tengo más».</p> + +<p>Después, viendo que su galantería no era estimada, le enseñó la lengua.</p> + +<p>«¡Grandísimo tuno, me haces burla, a mí!...».</p> + +<p>Y él, entusiasmándose, volvió a sacar la lengua, y habló por primera vez +en aquella conferencia, diciendo muy claro: «Putona».</p> + +<p>Ama y criada rompieron a reír, y Juanín lanzó una carcajada +graciosísima, repitiendo la expresión, y dando palmadas como para +aplaudirse.</p> + +<p>—¡Qué cosas le enseña usted!...</p> + +<p>—Vaya, hijo, no digas exprisiones...</p> + +<p>—¿Me quieres?—le dijo la Delfina apretándole contra sí.</p> + +<p>El chico clavó sus ojos en Izquierdo.</p> + +<p>«Dile que sí pero a cuenta que no te vas con ella... ¿sabes?... que no +te vas con ella, porque quieres más a tu papá Pepe, piojín..., y que a +tu papá le tien que dar la ministración».</p> + +<p>Volvió el bárbaro a cogerle, y Jacinta se despidió, haciendo propósito +firme de volver con el refuerzo de su amiga.</p> + +<p>«Adiós, adiós, Juanín. Hasta mañana»; y le besó la mano, pues la cara +era imposible por tenerla toda untada de caramelo.</p> + +<p>—Adiós, rico—dijo Rafaela pellizcándole los dedos de un pie que +asomaban por las claraboyas del calzado.</p> + +<p>Y salieron. Izquierdo, que aunque se tenía por caballería, preciábase de +ser caballero, salió a despedirlas a la puerta de la calle, con el +pequeño en brazos. Y le movía la manecita para hacerle saludar a las dos +mujeres hasta que doblaron la esquina de la calle del Bastero.</p> + + + +<hr /> +<h2>-<span class="smcap">viii</span>-</h2> + + +<p>A las nueve del día siguiente ya estaban allí otra vez ama y doncella, +esperando a Guillermina, que convino en unirse con su amiga en cuanto +despachara ciertos quehaceres que tenía en la estación de las Pulgas. +Había recibido dos vagones de sillares y obtenido del director de la +Compañía del Norte que le hicieran la descarga gratis con las grúas de +la empresa... ¡los pasos que tuvo que dar para esto! Pero al fin se +salió con la suya, y además quería que del transporte se encargara la +misma empresa, que bastante dinero ganaba, y bien podía dar a los +huérfanos desvalidos unos cuantos viajes de camiones.</p> + +<p>En cuanto entraron Jacinta y Rafaela vieron a Juanín jugando en el +patio. Llamáronle y no quiso venir. Las miraba desde lejos, riendo, con +media mano metida dentro de la boca; pero en cuanto le enseñaron el +tambor que le traían, como se enseñan al toro, azuzándole, las +banderillas que se le han de clavar, vino corriendo como exhalación. Su +contento era tal que parecía que le iba a dar una pataleta, y estaba tan +inquieto, que a Jacinta le costó trabajo colgarle el tambor. Cogidos los +palillos uno en cada mano, empezó a dar porrazos sobre el parche, +corriendo por aquellos muladares, envidiado de los demás, y sin ocuparse +de otra cosa que de meter toda la bulla posible.</p> + +<p>Jacinta y Rafaela subieron. La criada llevaba un lío de cosas, dádivas +que la señora traía a los menesterosos de aquella pobrísima vecindad. +Las mujeres salían a sus puertas movidas de la curiosidad; empezaba el +chismorreo, y poco después, en los murmurantes corros que se formaron, +circulaban noticias y comentos: «A la señá Nicanora le ha traído un +mantón borrego, al tío <i>Dido</i> un sombrero y un chaleco de Bayona, y a +Rosa le ha puesto en la mano cinco duros como cinco soles...». —«A la +baldada del número 9 le ha traído una manta de cama, y a la señá +Encarnación un aquel de franela para la reuma, y al tío Manjavacas un +ungüento en un tarro largo que lo llaman <i>pitofufito</i>... sabe, lo que le +di yo a mi niña el año pasado, lo cual no le quitó de +morírseme...».—«Ya estoy viendo a Manjavacas empeñando el tarro o +cambiándolo por gotas de aguardiente...».—«Oí que le quiere comprar el +niño a señó Pepe, y que le da treinta mil duros... y le hace +gobernaor...».—«¿Gobernaor de qué?...». —«Paicen bobas... pues tiene +que ser de las caballerizas repoblicanas...».</p> + +<p>Jacinta empezaba a impacientarse porque no llegaba su amiga, y en tanto +tres o cuatro mujeres, hablando a un tiempo, le exponían sus necesidades +con hiperbólico estilo. Esta tenía a sus dos niños descalcitos; la otra +no los tenía descalzos ni calzados, porque se le morían todos, y a ella +le había quedado una angustia en el pecho que decían era una <i>eroísma</i>. +La de más allá tenía cinco hijos y vísperas, de lo que daba fe el +promontorio que le alzaba las faldas media vara del suelo. No podía ir +en tal estado a la Fábrica de Tabacos, por lo cual estaba pasando la +familia una <i>crujida</i> buena. El pariente de estotra no trabajaba, porque +se había caído de un andamio y hacía tres meses que estaba en el catre +con un tolondrón en el pecho y muchos dolores, echando sangre por la +boca. Tantas y tantas lástimas oprimían el corazón de Jacinta, llevando +a su mente ideas muy latas sobre la extensión de la miseria humana. En +el seno de la prosperidad en que ella vivía, no pudo darse nunca cuenta +de lo grande que es el imperio de la pobreza, y ahora veía que, por +mucho que se explore, no se llega nunca a los confines de este dilatado +continente. A todos les daba alientos y prometía ampararles en la +medida de sus alcances, que, si bien no cortos, eran quizás +insuficientes para acudir a tanta y tanta necesidad. El círculo que la +rodeaba se iba estrechando, y la dama empezaba a sofocarse. Dio algunos +pasos; pero de cada una de sus pisadas brotaba una compasión nueva; +delante de su caridad luminosa íbanse levantando las desdichas humanas, +y reclamando el derecho a la misericordia. Después de visitar varias +casas, saliendo de ellas con el corazón desgarrado, hallábase otra vez +en el corredor, ya muy intranquila por la tardanza de su amiga, cuando +sintió que le tiraban suavemente de la cachemira. Volviose y vio una +niña como de cinco o seis años, lindísima, muy limpia, con una hoja de +<i>bónibus</i> en el pelo.</p> + +<p>«Señora—le dijo la niña con voz dulce y tímida, pronunciando con la más +pura corrección—, ¿ha visto usted mi delantal?».</p> + +<p>Cogiendo por los bordes el delantal, que era de cretona azul, recién +planchado y sin una mota, lo mostraba a la señorita.</p> + +<p>«Sí... ya lo veo—dijo ésta admirada de tanta gracia y coquetería—. +Estás muy guapa y el delantal es... magnífico».</p> + +<p>—Lo he estrenado hoy... no lo ensuciaré, porque no bajo al +patio—añadió la pequeña, hinchando de gozo y vanidad sus naricillas.</p> + +<p>—¿De quién eres? ¿Cómo te llamas?</p> + +<p>—Adoración. —¡Qué mona eres... y qué simpática!</p> + +<p>—Esta niña—dijo una de las vecinas—, es hija de una mujer muy mala +que la llaman <i>Mauricia la Dura</i>. Ha vivido aquí dos veces, porque la +pusieron en las <i>Arrecogidas</i>, y se escapó, y ahora no se sabe dónde +anda.</p> + +<p>—¡Pobre niña!... su mamá no la quiere.</p> + +<p>—Pero tiene por mamá a su tía Severiana, que la ampara como si fuera +hija y la va criando. ¿No conoce la señorita a Severiana?</p> + +<p>—He oído hablar de ella a mi amiga.</p> + +<p>—Sí, la señorita Guillermina la quiere mucho... Como que ella y +Mauricia son hijas de la planchadora de la casa... ¡Severiana!... ¿Dónde +está esa mujer?</p> + +<p>—En la compra—replicó Adoración.</p> + +<p>—Vaya, que eres muy señorita.</p> + +<p>La otra, que se oyó llamar señorita, no cabía en sí de satisfacción.</p> + +<p>«Señora—dijo, encantando a Jacinta con su metal de voz argentino y su +pronunciación celestial—. Yo no me pinté la cara el otro día...».</p> + +<p>—¡Tú no...!, ya lo sabía. Eres muy aseada.</p> + +<p>—No, no me pinté —repitió acentuando tan fuertemente el no con la +cabeza, que parecía que se le rompía el pescuezo—. Esos puercachones me +querían pintar, pero no me dejé.</p> + +<p>Jacinta y Rafaela estaban embelesadas. No habían visto una niña tan +bonita, tan modosa y que se metiera por los ojos como aquella. Daba +gusto ver la limpieza de su ropa. La falda la tenía remendada, pero +aseadísima; los zapatos eran viejos, pero bien defendidos, y el delantal +una obra maestra de pulcritud.</p> + +<p>En esto llegó la tía y madre adoptiva de Adoración. Era guapetona, alta +y garbosa, mujer de un papelista, y la inquilina más ordenada, o si se +quiere, más pudiente de aquella colmena. Vivía en una de las +habitaciones mejores del primer patio y no tenía hijos propios, razón +más para que Jacinta simpatizase con ella. En cuanto se vieron se +comprendieron. Severiana estimó en lo que valían las bondades de la dama +para con la pequeña; hízola entrar en su casa, y le ofreció una silla de +las que llaman de Viena, mueble que en aquellos tugurios pareciole a +Jacinta el colmo de la opulencia.</p> + +<p>«¿Y mi ama doña Guillermina?—preguntó Severiana—. Ya sé que viene +ahora todos los días. ¿Usted no me conoce? Mi madre fue planchadora en +casa de los señores de Pacheco... allí nos criamos mi hermana Mauricia y +yo».</p> + +<p>—He oído hablar de ustedes a Guillermina...</p> + +<p>Severiana dejó el cesto de la compra, que bien repleto traía, arrojó +mantón y pañuelo, y no pudo resistir un impulso de vanidad. Entre las +habitantes de las casas domingueras es muy común que la que viene de la +plaza con abundante compra la exponga a la admiración y a la envidia de +las vecinas. Severiana empezó a sacar su repuesto, y alargando la mano +lo mostraba de la puerta afuera... «Vean ustedes... una brecolera... un +cuarterón de carne de falda... un pico de carnero con carrilladas... +escarola...» y por último salió la gran sensación. Severiana la enseñó +como un trofeo, reventando de orgullo. «¡Un conejo!» clamaron media +docena de voces... «¡Hija, cómo te has corrido!».—«Hija, porque se +puede, y lo he sacado por siete riales». Jacinta creyó que la cortesía +la obligaba a lisonjear a la dueña de la casa, mirando con muchísimo +interés las provisiones y elogiando su bondad y baratura.</p> + +<p>Hablose luego de Adoración, que se había cosido a las faldas de Jacinta, +y Severiana empezó a referir:</p> + +<p>«Esta niña es de mi hermana Mauricia... La señora metió en las Micaelas +a mi hermana, pero esta se fugó, encaramándose por una tapia; y ahora la +estamos buscando para volverla a encerrar allá».</p> + +<p>—Conozco mucho esa Orden—dijo la de Santa Cruz—, y soy muy amiga de +las madres Micaelas.</p> + +<p>Allí la enderezarán... Crea usted que hacen milagros...</p> + +<p>—Pero si es muy mala... señora, muy mala—replicó Severiana dando un +suspiro—. Aquí me dejó esta criatura, y no nos pesa, porque me tira el +alma como si la hubiera parido... lo cual que todos los míos me han +nacido muertos; y mi Juan Antonio le ha tomado tal ley a la chica, que +no se puede pasar sin ella. Es una pinturera, eso sí, y me enreda mucho. +Como que nació y se crió entre mujeres malas, que la enseñaron a +fantasiar y a ponerse polvos en la cara. Cuando va por la calle, hace +unos meneos con el cuerpo que... ya le digo que la deslomo, si no se le +quita esa maña... ¡Ah!, ¡verás tú, verás, bribonaza! Lo bueno que tiene +es que no me empuerca la ropa y le gusta lavarse manos, brazos, hocico, +y hasta el cuerpo, señora, hasta el cuerpo. Como coja un pedazo de jabón +de olor, pronto da cuenta de él. ¿Pues el peinarse? Ya me ha roto tres +espejos, y un día... ¿que creerá la señora que estaba haciendo?... pues +pintándose las cejas con un corcho quemado.</p> + +<p>Adoración púsose como la grana, avergonzada de las perrerías que se +contaban de ella.</p> + +<p>«No lo hará más —dijo la dama sin hartarse de acariciar aquella cara +tan tersa y tan bonita; y variando la conversación, lo que agradeció +mucho la pequeña, se puso a mirar y alabar el buen arreglo de la +salita».</p> + +<p>«Tiene usted una casa muy mona».</p> + +<p>—Para menestrales, talcualita. Ya sabe la señorita que está a su +disposición. Es muy grande para nosotros; pero tengo aquí una amiga que +vive en compañía, doña Fuensanta, viuda de un señor comandante. Mi +marido es bueno como los panes de Dios. Me gana catorce riales y no +tiene ningún vicio. Vivimos tan ricamente.</p> + +<p>Jacinta admiró la cómoda, bruñida de tanto fregoteo, y el altar que +sobre ella formaban mil baratijas, y las fotografías de gente de tropa, +con los pantalones pintados de rojo y los botones de amarillo. El Cristo +del Gran Poder y la Virgen de la Paloma, eran allí dos hermosos cuadros; +había un gran cromo con la <i>Numancia</i>, navegando en un mar de musgo, y +otro cuadrito bordado con <i>dos corazones amantes</i>, hechos a estilo de +dechado, unidos con una cinta.</p> + +<p>Se hacía tarde, y Jacinta no tenía sosiego. Por fin, saliendo al +corredor, vio venir a su amiga presurosa, acalorada... «No me riñas, +hija; no sabes cómo me han marcado esos badulaques en la estación de las +Pulgas. Que no pueden hacer nada sin orden expresa del Consejo. No han +hecho caso de la tarjeta que llevé, y tengo que volver esta tarde, y los +sillares allí muertos de risa y la obra parada... Pero en fin, vamos a +nuestro asunto. ¿En dónde está ese que se come la gente? Adiós, +Severiana... Ahora no me puedo entretener contigo. Luego hablaremos».</p> + +<p>Avanzaron en busca de la guarida de Izquierdo, siempre rodeadas de +vecinas. Adoración iba detrás, cogida a la falda de Jacinta, como los +pajes que llevan la cola de los reyes, y delante abriendo calle, como un +batidor, la zancuda, que aquel día parecía tener las canillas más +desarrolladas y las greñas más sueltas. Jacinta le había llevado unas +botas, y estaba la chica muy incomodada porque su madre no se las dejaba +poner hasta el domingo.</p> + +<p>Vieron entornada la puerta del 17, y Guillermina la empujó. Grande fue +su sorpresa al encarar, no con el señor <i>Platón</i> a quien esperaba +encontrar allí, sino con una mujerona muy altona y muy feona, vestida de +colorines, el talle muy bajo, la cara como teñida de ferruje, el pelo +engrasado y de un negro que azuleaba. Echose a reír aquel vestiglo, +enseñando unos dientes cuya blancura con la nieve se podría comparar, y +dijo a las señoras que <i>Don</i> Pepe no estaba, pero que al momentico +vendría. Era la vecina del bohardillón, llamada comúnmente la +<i>gallinejera</i>, por tener puesto de gallineja y fritanga en la esquina de +la Arganzuela. Solía prestar servicios domésticos al decadente señor de +aquel domicilio, barrerle el cuarto una vez al mes, apalearle el jergón, +y darle una mano de refregones al <i>Pituso</i>, cuando la porquería le ponía +una costra demasiado espesa en su angelical rostro. También solía +preparar para el grande hombre algunos platos exquisitos, como dos +cuartos de molleja, dos cuartos de sangre frita y a veces una ensalada +de escarola, bien cargada de ajo y comino.</p> + +<p>No tardó en venir Izquierdo, y echose fuera la estantigua aquella +gitanesca, a quien Rafaela miraba con verdadero espanto, rezando +mentalmente un Padre-nuestro porque se marchara pronto. Venía el bárbaro +dando resoplidos, cual si le rindiera la fatiga de tanto negocio como +entre manos traía, y arrojando su pavero en el rincón y limpiándose con +un pañuelo en forma de pelota el sudor de la nobilísima frente, soltó +este gruñido: «Vengo de en ca Bicerra... ¿Ustés me recibieron? Pues él +tampoco... ¡el muy soplao, el muy...! La culpa tengo yo que me rebajo a +endividos tan... disinificantes».</p> + +<p>—Cálmese usted, Sr. Pepe —indicó Jacinta, sintiéndose fuerte en +compañía de su amiga.</p> + +<p>Como no había más que dos sillas, Rafaela tuvo que sentarse en el baúl y +el grande hombre no comprendido quedose en pie; mas luego tomó una cesta +vacía que allí estaba, la puso boca abajo y acomodó su respetable +persona en ella.</p> + + + + +<hr /> +<h2>-<span class="smcap">ix</span>-</h2> + + +<p>Desde que se cruzaron las primeras palabras de aquella conferencia, que +no dudo en llamar memorable, cayó Izquierdo en la cuenta de que tenía +que habérselas con un diplomático mucho más fuerte que él. La tal doña +Guillermina, con toda su opinión de santa y su carita de Pascua, se le +atravesaba. Ya estaba seguro de que le volvería tarumba con sus +<i>tiologías</i> porque aquella señora debía de ser muy nea, y él, la verdad, +no sabía tratar con neos.</p> + +<p>«Con que Sr. Izquierdo—propuso la fundadora sonriendo—, ya sabe +usted... esta amiga mía quiere recoger a ese pobre niño, que tan mal se +cría al lado de usted... Son dos obras de caridad, porque a usted le +socorreremos también, siempre que no sea muy exigente...».</p> + +<p>—¡Hostia, con la tía bruja esta!—dijo para sí <i>Platón</i>, revolviendo +las palabras con mugidos; y luego en voz alta—: Pues como dije a la +señora, si la señora quiere al <i>Pituso</i>, que se aboque con Castelar...</p> + +<p>—Eso sí; para que le hagan a usted ministro... Sr. Izquierdo, no nos +venga usted con sandeces. ¿Cree que somos tontas? A buena parte viene... +Usted no puede desempeñar ningún destino, porque no sabe leer.</p> + +<p>Recibió Izquierdo tan tremendo golpe en su vanidad, que no supo qué +contestar. Tomando una actitud noble, puesta la mano en el pecho, +repuso:</p> + +<p>«Señora, eso de no saber no es todo lo verídico... digo que no es todo +lo verídico... verbi gracia: que es mentira. A cuenta que nos moteja +porque semos probes. La probeza no es deshonra».</p> + +<p>—No lo es, cierto, pero sí; pero tampoco es honra, ¿estamos? Conozco +pobres muy honrados; pero también los hay que son buenos pájaros.</p> + +<p>—Yo soy todo lo decente... ¿estamos?</p> + +<p>—¡Ah!, sí... Todos nos llamamos personas decentes; pero facilillo es +probarlo. Vamos a ver. ¿Cómo se ha pasado usted la vida? Vendiendo +burros y caballos, después conspirando y armando barricadas...</p> + +<p>—¡Y a mucha honra, y a mucha honra!... ¡re-hostia!—gritó fuera de sí +el chalán, levantándose encolerizado—. ¡Vaya con las tías estas...!</p> + +<p>Jacinta daba diente con diente. Rafaela quiso salir a llamar; pero su +propio temor le había paralizado las piernas.</p> + +<p>«Ja, ja, ja... nos llama <i>tías</i>...—exclamó Guillermina echándose a reír +cual si hubiera oído un inocente chiste—. Vaya con el excelentísimo +señor... ¿Y piensa que nos vamos a enfadar por la flor que nos echa? +Quia; yo estoy muy acostumbrada a estas finuras. Peores cosas le dijeron +a Cristo.</p> + +<p>—Señora... señora... no me saque la dinidá; mire que me estoy +aguantando... aguantando...</p> + +<p>—Más aguantamos nosotras. —Yo soy un endivido... tal y como...</p> + +<p>—Lo que es usted, bien lo sabemos: un holgazanote y un bruto... Sí +hombre, no me desdigo... ¿Piensa usted que le tengo miedo? A ver; saque +pronto esa navaja...</p> + +<p>—No la gasto pa mujeres... —Ni para hombres... Si creerá este +fantasmón que nos va a acoquinar porque tiene esa fachada... Siéntese +usted y no haga visajes, que eso servirá para asustar a chicos, pero no +a mí. Además de bruto es usted un embustero, porque ni ha estado en +Cartagena ni ese es el camino, y todo lo que cuenta de las revoluciones +es gana de hablar. A mí me ha enterado quien le conoce a usted bien... +¡Ah!, pobre hombre, ¿sabe usted lo que nos inspira? Pues lástima, una +lástima que no puede ponderarle, por lo grande que es...</p> + +<p>Completamente aturdido, cual si le hubieran descargado una maza sobre el +cuello, Izquierdo se sentó sobre la cesta, y esparció sus miradas por el +suelo. Rafaela y Jacinta respiraron, pasmadas del valor de su amiga, a +quien veían como una criatura sobrenatural.</p> + +<p>—Con que vamos a ver—prosiguió esta guiñando los ojos, como siempre +que exponía un asunto importante—. Nosotras nos llevamos al niñito, y +le damos a usted una cantidad para que se remedie...</p> + +<p>—¿Y qué hago yo con un triste estipendio? ¿Cree que yo me vendo?</p> + +<p>—¡Ay, qué delicados están los tiempos!... Usted, ¿qué se ha de vender? +Falta que haya quien le compre. Y esto no es compra, sino socorro. No me +dirá usted que no lo necesita...</p> + +<p>—En fin, pa no cansar... —replicó bruscamente José—, si me dan la +ministración...</p> + +<p>—Una cantidad y punto concluido...</p> + +<p>—¡Que no me da la gana, que no me da la santísima gana!</p> + +<p>—Bueno, bueno, no grite usted tanto, que no somos sordas. Y no sea +usted tan fino, que tales finuras son impropias de un señor +revolucionario tan... feroz.</p> + +<p>—Usted me quema la sangre... —¿Con que destino, y si no no? Tijeretas +han de ser. A fe que está el hombre cortadito para administrador. Sr. +Izquierdo, dejemos las bromas a un lado; me da mucha lástima de usted; +porque, lo digo con sinceridad, no me parece tan mala persona como cree +la gente. ¿Quiere usted que le diga la verdad? Pues usted es un +infelizote que no ha tenido parte en ningún crimen ni en la invención de +la pólvora.</p> + +<p>Izquierdo alzó la vista del suelo y miró a Guillermina sin ningún +rencor. Parecía confirmar con una mirada de sinceridad lo que la +fundadora declaraba.</p> + +<p>«Y lo sostengo, este hijo de Dios no es un hombre malo. Dicen por ahí +que usted asesinó a su segunda mujer... ¡Patraña! Dicen que usted ha +robado en los caminos... ¡Mentira! Dicen por ahí que usted ha dado +muchos trabucazos en las barricadas... ¡Paparrucha!».</p> + +<p>—Parola, parola, parola —murmuró Izquierdo con amargura.</p> + +<p>—Usted se ha pasado la vida luchando por el pienso y no sabiendo nunca +vencer. No ha tenido arreglo... La verdad, este vendehumos es hombre de +poca disposición: no sabe nada, no trabaja, no tiene pesquis más que +para echar fanfarronadas y decir que se come los niños crudos. Mucho +hablar de la República y de los cantones, y el hombre no sirve ni para +los oficios más toscos... ¿Qué tal?, ¿me equivoco? ¿Es este el retrato +de usted, sí o no?...</p> + +<p><i>Platón</i> no decía nada, y pasó y repasó su hermosa mirada por los +ladrillos del piso, como si los quisiera barrer con ella. Las palabras +de Guillermina resonaban en su alma con el acento de esas verdades +eternas contra las cuales nada pueden las argucias humanas.</p> + +<p>«Después —añadió la santa—, el pobre hombre ha tenido que valerse de +mil arbitrios no muy limpios para poder vivir, porque es preciso +vivir... Hay que ser indulgente con la miseria, y otorgarle un poquitín +de licencia para el mal».</p> + +<p>Durante la breve pausa que siguió a los últimos conceptos de +Guillermina, el infeliz hombre cayó en su conciencia como en un pozo, y +allí se vio tal cual era realmente, despojado de los trapos de oropel en +que su amor propio le envolvía; pensó lo que otras veces había pensado, +y se dijo en sustancia: «Si soy un verídico mulo, un buen Juan que no +sabe matar un mosquito; y esta diabla de santa tiene dentro el cuerpo al +Pae Eterno».</p> + +<p>Guillermina no le quitaba los ojos, que con los guiños se volvían +picarescos. Era una maravilla cómo le adivinaba los pensamientos. Parece +mentira, pero no lo es, que después de otra pausa solemne, dijo la +Pacheco estas palabras:</p> + +<p>«Porque eso de que Castelar le coloque es cosa de labios afuera. Usted +mismo no lo cree ni en sueños. Lo dice por embobar a Ido y otros tontos +como él... Ni ¿qué destino le van a dar a un hombre que firma con una +cruz? Usted que alardea de haber hecho tantas revoluciones y de que nos +ha traído la dichosa República, y de que ha fundado el cantón de +Cartagena... ¡así ha salido él!... usted que se las echa de hombre +perseguido y nos llama neas con desprecio y publica por ahí que le van a +hacer archipámpano, se contentará... dígalo con franqueza, se contentará +con que le den una portería...».</p> + +<p>A Izquierdo le vibró el corazón, y este movimiento del ánimo fue tan +claramente advertido por Guillermina, que se echó a reír, y tocándole la +rodilla con la mano, repitió:</p> + +<p>«¿No es verdad que se contentará?... Vamos, hijo mío, confiéselo por la +pasión y muerte de nuestro Redentor, en quien todos creemos».</p> + +<p>Los ojos del chalán se iluminaron. Se le escapó una sonrisilla y dijo +con viveza:</p> + +<p>«¿Portería de ministerio?».</p> + +<p>—No, hijo, no tanto... Español había de ser. Siempre picando alto y +queriendo servir al Estado... Hablo de portería de casa particular.</p> + +<p>Izquierdo frunció el ceño. Lo que él quería era ponerse uniforme con +galones. Volvió a sumergirse de una zambullida en su conciencia, y allí +dio volteretas alrededor de la portería de casa particular. Él, lo dicho +dicho, estaba ya harto de tanto bregar por la perra existencia. ¿Qué +mejor descanso podía apetecer que lo que le ofrecía aquella <i>tía</i>, que +debía de ser sobrina de la Virgen Santísima?... Porque ya empezaba a ser +viejo y no estaba para muchas bromas. La oferta significaba pitanza +segura, poco trabajo; y si la portería era de casa grande, el uniforme +no se lo quitaba nadie... Ya tenía la boca abierta para soltar un +<i>conforme</i> más grande que la casa de que debía ser portero, cuando el +amor propio, que era su mayor enemigo, se le amotinó, y la fanfarronería +cultivada en su mente armole una gritería espantosa. Hombre perdido. +Empezó a menear la cabeza con displicencia, y echando miradas de desdén +a una parte y otra, dijo: «¡Una portería!... es poco».</p> + +<p>—Ya se ve... no puede olvidar que ha sido ministro de la Gobernación, +es decir, que lo quisieron nombrar... aunque me parece que se convino en +que todo ello fue invención de esa gran cabeza. Veo que entre usted y D. +José Ido, otro que tal, podrían inventar lindas novelas. ¡Ah!, la +miseria, el mal comer, ¡cómo hacen desvariar estos pobres cerebros!... +En resumidas cuentas, Sr. Izquierdo...</p> + +<p>Este se había levantado, y poniéndose a dar paseos por la habitación con +las manos en los bolsillos, expresó sus magnánimos pensamientos de esta +manera:</p> + +<p>«Mi dinidá y sinificancia no me premiten... Es la que se dice: quisiera, +pero no pué ser, no pué ser. Si quieren solutamente socorrerme por que +me quitan a mi piojín de mi arma, me atengo al honorario».</p> + +<p>—¡Alabado sea Dios! Al fin caemos en la cantidad...</p> + +<p>Jacinta veía el cielo abierto... pero este cielo se nubló cuando el +bárbaro desde un rincón, donde su voz hacía ecos siniestros, soltó estas +fatídicas palabras:</p> + +<p>«Ea... pues... mil duros, y trato hecho».</p> + +<p>—¡Mil duros!—dijo Guillermina—. ¡La Virgen nos acompañe!, ya los +quisiéramos para nosotros. Siempre será un poquito menos.</p> + +<p>—No bajo ni un chavo. —¿A que sí? Porque si usted es chalán también yo +soy chalana.</p> + +<p>Jacinta discurría ya cómo se las compondría para juntar los mil duros, +que al principio le parecieron suma muy grande, después pequeña, y así +estuvo un rato apreciando con diversos criterios de cantidad la cifra.</p> + +<p>«Que no rebajo ni tanto así. Lo mismo me da monea metálica que pápiros +del Banco. Pero ojo al guarismo, que no rebajo na».</p> + +<p>—Eso, eso, tengamos carácter... ¡Pues no tiene pocas pretensiones! Ni +usted con toda su casta vale mil cuartos, cuanto más mil duros... Vaya, +¿quiere dos mil reales?</p> + +<p>Izquierdo hizo un gesto de desprecio.</p> + +<p>«¿Qué, se nos enfada?... Pues nada, quédese usted con su angelito. ¿Pues +qué se ha creído el muy majadero, que nos tragábamos la bola de que el +<i>Pituso</i> es hijo del esposo de esta señora? ¿Cómo se prueba eso?...».</p> + +<p>—Yo na tengo que ver... pues bien claro está que es pae +natural—replicó Izquierdo de mal talante—, pae natural del hijo de mi +sobrina, verbo y gracia, Juanín.</p> + +<p>—¿Tiene usted la partida de bautismo?</p> + +<p>—La tengo—dijo el salvaje mirando al cofre sobre el que se sentaba +Rafaela.</p> + +<p>—No, no saque usted papeles, que tampoco prueban nada. En cuanto a la +paternidad <i>natural</i>, como usted dice, será o no será. Pediremos +informes a quien pueda darlos.</p> + +<p>Izquierdo se rascaba la frente, como escarbando para extraer de ella una +idea. La alusión a Juanito hízole recordar sin duda cuando rodó +ignominiosamente por la escalera de la casa de Santa Cruz. Jacinta, en +tanto, quería llegar a un arreglo ofreciendo la mitad; mas Guillermina, +que le adivinó en el semblante sus deseos de conciliación, le impuso +silencio, y levantándose, dijo:</p> + +<p>«Señor Izquierdo; guárdese usted su <i>churumbé</i>, que lo que es este timo +no le ha salido».</p> + +<p>—Señora... ¡Hostia!, yo soy un hombre de bien, y conmigo no se queda +ninguna nea, ¿estamos? —replicó él con aquella rabia superficial que no +pasaba de las palabras.</p> + +<p>—Es usted muy amable... Con las finuras que usted gasta no es posible +que nos entendamos. ¡Si habrá usted creído que esta señora tenía un gran +interés en apropiarse del niño! Es un capricho, nada más que un +capricho. Esta simple se ha empeñado en tener chiquillos... manía tonta, +porque cuando Dios no quiere darlos, Él se sabrá por qué... Vio al +<i>Pituso</i>, le dio lástima, le gustó... pero es muy caro el animalito. En +estos dos patios los dan por nada, a escoger... por nada, sí, alma de +Dios, y con agradecimiento encima... ¿Qué te creías, que no hay más que +tu piojín?... Ahí está esa niña preciosísima que llaman Adoración... +Pues nos la llevaremos cuando queramos, porque la voluntad de Severiana +es la mía... Con que abur... ¿Qué tienes que contestar?</p> + +<p>Ya te veo venir: que el <i>Pituso</i> es de la propia sangre de los señores +de Santa Cruz. Podrá ser, y podrá no ser... Ahora mismo nos vamos a +contarle el caso al marido de mi amiga, que es hombre de mucha +influencia y se tutea con Pi y almuerza con Castelar y es hermano de +leche de Salmerón... Él verá lo que hace. Si el niño es suyo, te lo +quitará; y si no lo es, ayúdame a sentir. En este caso, pedazo de +bárbaro, ni dinero, ni portería, ni nada.</p> + +<p>Izquierdo estaba como aturdido con esta rociada de palabras vivas y +contundentes. Guillermina, en aquellas grandes crisis oratorias, tuteaba +a todo el mundo... Después de empujar hacia la puerta a Jacinta y a +Rafaela, volviose al desgraciado, que no acertaba a decir palabra, y +echándose a reír con angélica bondad, le habló en estos términos:</p> + +<p>«Perdóname que te haya tratado duramente como mereces... Yo soy así. Y +no te vayas a creer que me he enfadado. Pero no quiero irme sin darte +una limosna y un consejo. La limosna en esta. Toma, para ayuda de un +panecillo».</p> + +<p>Alargó la mano ofreciéndole dos duros, y viendo que el otro no los +tomaba, púsolos sobre una de las sillas.</p> + +<p>«El consejo allá va. Tú no vales absolutamente para nada. No sabes +ningún oficio, ni siquiera el de peón, porque eres haragán y no te +gusta cargar pesos. No sirves ni para barrendero de las calles, ni +siquiera para llevar un cartel con anuncios... Y sin embargo, +desventurado, no hay hechura de Dios que no tenga su <i>para qué</i> en este +taller admirable del trabajo universal; tú has nacido para un gran +oficio, en el cual puedes alcanzar mucha gloria y el pan de cada día. +Bobalicón, ¿no has caído en ello?... ¡Eres tan bruto!... ¿Pero di, no te +has mirado al espejo alguna vez? ¿No se te ha ocurrido?... Pareces +lelo... Pues te lo diré: para lo que tú sirves es para modelo de +pintores... ¿no entiendes? Pues ellos te ponen vestido de santo, o de +caballero, o de Padre Eterno, y te sacan el retrato... porque tienes la +gran figura. Cara, cuerpo, expresión, todo lo que no es del alma es en +ti noble y hermoso; llevas en tu persona un tesoro, un verdadero tesoro +de líneas... Vamos, apuesto a que no lo entiendes».</p> + +<p>La vanidad aumentó la turbación en que el bueno de Izquierdo estaba. +Presunciones de gloria le pasaron con ráfagas de hoguera por la +frente... Entrevió un porvenir brillante... ¡Él, retratado por los +pintores!... ¡Y eso se pagaba! Y se ganaban cuartos por vestirse, +ponerse y ¡ah!... <i>Platón</i> se miró en el vidrio del cuadro de las +trenzas; pero no se veía bien...</p> + +<p>«Con que no lo olvides... Preséntate en cualquier estudio, y eres un +hombre. Con tu piojín a cuestas, serías el San Cristóbal más hermoso que +se podría ver. Adiós, adiós...».</p> + +<hr /> +<h2><a name="xa" id="xa"></a>-X-</h2> + +<h3>Más escenas de la vida íntima</h3> + +<h2>-<span class="smcap">i</span>-</h2> + + +<p>Saliendo por los corredores, decía Guillermina a su amiga:</p> + +<p>«Eres una inocentona... tú no sabes tratar con esta gente. Déjame a mí, +y estate tranquila, que el <i>Pituso</i> es tuyo. Yo me entiendo. Si ese +bribón te coge por su cuenta, te saca más de lo que valen todos los +chicos de la Inclusa juntos con sus padres respectivos. ¿Qué pensabas tú +ofrecerle? ¿Diez mil reales? Pues me los das, y si lo saco por menos, la +diferencia es para mi obra».</p> + +<p>Después de platicar un rato con Severiana en la salita de esta, salieron +escoltadas por diferentes cuerpos y secciones de la granujería de los +dos patios. A Juanín, por más que Jacinta y Rafaela se desojaban +buscándole, no le vieron por ninguna parte.</p> + +<p>Aquel día, que era el 22, empeoró el Delfín a causa de su impaciencia y +por aquel afán de querer anticiparse a la naturaleza, quitándole a esta +los medios de su propia reparación. A poco de levantarse tuvo que +volverse a la cama, quejándose de molestias y dolores puramente +ilusorios. Su familia, que ya conocía bien sus mañas, no se alarmaba, y +Barbarita recetábale sin cesar sábanas y resignación. Pasó la noche +intranquilo; pero se estuvo durmiendo toda la mañana del 23, por lo que +pudo Jacinta dar otro salto, acompañada de Rafaela, a la calle de Mira +el Río. Esta visita fue de tan poca sustancia, que la dama volvió muy +triste a su casa. No vio al <i>Pituso</i> ni al Sr. Izquierdo. Díjole +Severiana que Guillermina había estado antes y echado un largo +parlamento con el <i>endivido</i>, quien tenía al chico montado en el hombro, +ensayándose sin duda para <i>hacer</i> el San Cristóbal. Lo único que sacó +Jacinta en limpio de la excursión de aquel día fue un nuevo testimonio +de la popularidad que empezaba a alcanzar en aquellas casas. Hombres y +mujeres la rodeaban y poco faltó para que la llevaran en volandas. Oyose +una voz que gritaba: «¡viva la simpatía!» y le echaron coplas de gusto +dudoso, pero de muy buena intención. Los de Ido llevaban la voz cantante +en este concierto de alabanzas, y daba gozo ver a D. José tan elegante, +con las prendas en buen uso que Jacinta le había dado, y su hongo casi +nuevo de color café. El primogénito de los <i>claques</i> fue objeto de una +serie de transacciones y reventas chalanescas, hasta que lo adquirió por +dos cuartos un cierto vecino de la casa, que tenía la especialidad de +hacer el <i>higuí</i> en los Carnavales.</p> + +<p>Adoración se pegaba a doña Jacinta desde que la veía entrar. Era como +una idolatría el cariño de aquella chicuela. Quedábase estática y lela +delante de la señorita, devorándola con sus ojos, y si esta le cogía la +cara o le daba un beso, la pobre niña temblaba de emoción y parecía que +le entraba fiebre. Su manera de expresar lo que sentía era dar de +cabezadas contra el cuerpo de su ídolo, metiendo la cabeza entre los +pliegues del mantón y apretando como si quisiera abrir con ella un +hueco. Ver partir a <i>doña</i> Jacinta era quedarse Adoración sin alma, y +Severiana tenía que ponerse seria para hacerla entrar en razón. Aquel +día le llevó la dama unas botitas muy lindas, y prometió llevarle otras +prendas, pendientes y una sortija con un diamante fino del tamaño de un +garbanzo; más grande todavía, del tamaño de una avellana.</p> + +<p>Al volver a su casa, tenía la Delfina vivos deseos de saber si +Guillermina había hecho algo. Llamola por el balcón; pero la fundadora +no estaba. Probablemente, según dijo la criada, no regresaría hasta la +noche porque había tenido que ir por tercera vez a la estación de las +Pulgas, a la obra y al asilo de la calle de Alburquerque.</p> + +<p>Aquel día ocurrió en casa de Santa Cruz un suceso feliz. Entró D. +Baldomero de la calle cuando ya se iban a sentar a la mesa, y dijo con +la mayor naturalidad del mundo que le había caído la lotería. Oyó +Barbarita la noticia con calma, casi con tristeza, pues el capricho de +la suerte loca no le hacía mucha gracia. La Providencia no había andado +en aquello muy lista que digamos, porque ellos no necesitaban de la +lotería para nada, y aun parecía que les estorbaba un premio que, en +buena lógica, debía de ser para los infelices que juegan por mejorar de +fortuna. ¡Y había tantas personas aquel día dadas a Barrabás por no +haber sacado ni un triste reintegro! El 23, a la hora de la lista +grande, Madrid parecía el país de las desilusiones, porque... ¡cosa más +particular!, a nadie le tocaba. Es preciso que a uno le toque para creer +que hay agraciados.</p> + +<p>Don Baldomero estaba muy sereno, y el golpe de suerte no le daba calor +ni frío. Todos los años compraba un billete entero, por rutina o vicio, +quizás por obligación, como se toma la cédula de vecindad u otro +documento que acredite la condición de español neto, sin que nunca +sacase más que fruslerías, algún reintegro o premios muy pequeños. Aquel +año le tocaron doscientos cincuenta mil reales. Había dado, como +siempre, muchas participaciones, por lo cual los doce mil quinientos +duros se repartían entre la multitud de personas de diferente posición y +fortuna; pues si algunos ricos cogían buena breva, también muchos pobres +pellizcaban algo. Santa Cruz llevó la lista al comedor, y la iba leyendo +mientras comía, haciendo la cuenta de lo que a cada cual tocaba. Se le +oía como se oye a los niños del Colegio de San Ildefonso que sacan y +cantan los números en el acto de la extracción.</p> + +<p>«<i>Los Chicos</i> jugaron dos décimos y se calzan cincuenta mil reales. +Villalonga un décimo: veinticinco mil. Samaniego la mitad».</p> + +<p>Pepe Samaniego apareció en la puerta a punto que D. Baldomero pregonaba +su nombre y su premio, y el favorecido no pudo contener su alegría y +empezó a dar abrazos a todos los presentes, incluso a los criados.</p> + +<p>«Eulalia Muñoz, un décimo: veinticinco mil reales. Benignita, medio +décimo: doce mil quinientos reales. Federico Ruiz, dos duros: cinco mil +reales. Ahora viene toda la morralla. Deogracias, Rafaela y Blas han +jugado diez reales cada uno. Les tocan mil doscientos cincuenta».</p> + +<p>«El carbonero, ¿a ver el carbonero?» dijo Barbarita que se interesaba +por los jugadores de la última escala lotérica.</p> + +<p>—El carbonero echó diez reales; Juana, nuestra insigne cocinera, +veinte, el carnicero quince... A ver, a ver: Pepa la pincha cinco +reales, y su hermana otros cinco. A estas les tocan seiscientos +cincuenta reales.</p> + +<p>—¡Qué miseria! —Hija, no lo digo yo, lo dice la aritmética.</p> + +<p>Los partícipes iban llegando a la casa atraídos por el olor de la +noticia, que se extendió rápidamente; y la cocinera, las pinchas y otras +personas de la servidumbre se atrevían a quebrantar la etiqueta, +llegándose a la puerta del comedor y asomando sus caras regocijadas para +oír cantar al señor la cifra de aquellos dineros que les caían. La +señorita Jacinta fue quien primero llevó los parabienes a la cocina, y +la pincha perdió el conocimiento por figurarse que con los tristes cinco +reales le habían caído lo menos tres millones. Estupiñá, en cuanto supo +lo que pasaba, salió como un rayo por esas calles en busca de los +agraciados para darles la noticia. Él fue quien dio las albricias a +Samaniego, y cuando ya no halló ningún interesado, daba la gran jaqueca +a todos los conocidos que encontraba. ¡Y él no se había sacado nada!</p> + +<p>Sobre esto habló Barbarita a su marido con toda la gravedad discreta que +el caso requería.</p> + +<p>«Hijo, el pobre Plácido está muy desconsolado. No puede disimular su +pena, y eso de salir a dar la noticia es para que no le conozcamos en la +cara la hiel que está tragando».</p> + +<p>—Pues hija, yo no tengo la culpa... Te acordarás que estuvo con el +medio duro en la mano, ofreciéndolo y retirándolo, hasta que al fin su +avaricia pudo más que la ambición, y dijo: «Para lo que yo me he de +sacar, más vale que emplee mi escudito en anises...». ¡Toma anises!</p> + +<p>—¡Pobrecillo!... ponlo en la lista.</p> + +<p>Don Baldomero miró a su esposa con cierta severidad. Aquella infracción +de la aritmética parecíale una cosa muy grave.</p> + +<p>«Ponlo, hombre, ¿qué más te da? Que estén todos contentos...».</p> + +<p>Don Baldomero II se sonrió con aquella bondad patriarcal tan suya, y +sacando otra vez lista y lápiz, dijo en alta voz: «Rossini, diez reales: +le tocan mil doscientos cincuenta».</p> + +<p>Todos los presentes se apresuraron a felicitar al favorecido, quedándose +él tan parado y suspenso, que creyó que le tomaban el pelo.</p> + +<p>«No, si yo no...». Pero Barbarita le echó unas miradas que le cortaron +el hilo de su discurso. Cuando la señora miraba de aquel modo no había +más remedio que callarse.</p> + +<p>«¡Si habrá nacido de pie este bendito Plácido—dijo D. Baldomero a su +nuera—, que hasta se saca la lotería sin jugar!».</p> + +<p>—Plácido—gritó Jacinta riéndose con mucha gana—, es el que nos ha +traído la suerte.</p> + +<p>—Pero si yo...—murmuró otra vez Estupiñá, en cuyo espíritu las +nociones de la justicia eran siempre muy claras, como no se tratara de +contrabando.</p> + +<p>—Pero tonto... cómo tendrás esa cabeza—dijo Barbarita con mucho +fuego—, que ni siquiera te acuerdas de que me diste medio duro para la +lotería.</p> + +<p>—Yo... cuando usted lo dice... En fin... la verdad, mi cabeza anda, +<i>talmente</i>, así un poco ida...</p> + +<p>Se me figura que Estupiñá llegó a creer a pie juntillas que había dado +el escudo.</p> + +<p>«¡Cuando yo decía que el número era de los más bonitos...!—manifestó D. +Baldomero con orgullo—. En cuanto el lotero me lo entregó, sentí la +corazonada».</p> + +<p>—Como bonito...—agregó Estupiñá—, no hay duda que lo es.</p> + +<p>—Si tenía que salir, eso bien lo veía yo—afirmó Samaniego con esa +convicción que es resultado del gozo—. ¡Tres <i>cuatros</i> seguidos, +después un <i>cero</i>, y acabar con un <i>ocho</i>...! Tenía que salir.</p> + +<p>El mismo Samaniego fue quien discurrió celebrar con panderetazos y +villancicos el fausto suceso, y Estupiñá propuso que fueran todos los +agraciados a la cocina para hacer ruido con las cacerolas. Mas Barbarita +prohibió todo lo que fuera barullo, y viendo entrar a Federico Ruiz, a +Eulalia Muñoz y a uno de los <i>Chicos</i>, Ricardo Santa Cruz mandó destapar media docena de botellas de +<i>champagne</i>.</p> + +<p>Toda esta algazara llegaba a la alcoba de Juan, que se entretenía oyendo +contar a su mujer y a su criado lo que pasaba, y singularmente el +milagro del premio de Estupiñá. Lo que se rió con esto no hay para qué +decirlo. La prisión en que tan a disgusto estaba volvíale pronto a su +mal humor y poniéndose muy regañón decía a su mujer: «Eso, eso, déjame +solo otra vez para ir a divertirte con la bullanga de esos idiotas. ¡La +lotería!, ¡qué atraso tan grande! Es de las cosas que debieran +suprimirse; mata el ahorro; es la Providencia de las haraganes. Con la +lotería no puede haber prosperidad pública... ¿Qué?, te marchas otra +vez. ¡Bonita manera de cuidar a un enfermo! Y vamos a ver, ¿qué demonios +tienes tú que hacer por esas calles toda la mañana? A ver, explícame, +quiero saberlo; porque es ya lo de todos los días».</p> + +<p>Jacinta daba sus excusas risueña y sosegada. Pero le fue preciso soltar +una mentirijilla. Había salido por la mañana a comprar nacimientos, +velitas de color y otras chucherías para los niños de Candelaria.</p> + +<p>«Pues entonces—replicó Juanito revolviéndose entre las sábanas—, yo +quiero que me digan para qué sirven mamá y Estupiñá, que se pasan la +vida mareando a los tenderos y se saben de memoria los puestos de Santa +Cruz... A ver, que me expliquen esto...».</p> + +<p>La algazara de los premiados, que iba cediendo algo, se aumentó con la +llegada de Guillermina, la cual supo en su casa la nueva y entró +diciendo a voces: «Cada uno me tiene que dar el veinticinco por ciento +para mi obra... Si no, Dios y San José les amargarán el premio».</p> + +<p>—El veinticinco por ciento es mucho para la gente menuda—dijo D. +Baldomero—. Consúltalo con San José y verás cómo me da la razón.</p> + +<p>—¡Hereje!...—replicó la dama haciéndose la enfadada—, herejote... +después que chupas el dinero de la Nación, que es el dinero de la +Iglesia, ahora quieres negar tu auxilio a mi obra, a los pobres... El +veinticinco por ciento y tú el cincuenta por ciento... Y punto en boca. +Si no, lo gastarás en botica. Con que elige.</p> + +<p>—No, hija mía; por mí te lo daré todo...</p> + +<p>—Pues no harás nada de más, avariento. Se están poniendo bien las +cosas, a fe mía... El ciento de <i>pintón</i>, que estaba la semana pasada a +diez reales, ahora me lo quieren cobrar a once y medio, y el <i>pardo</i> a +diez y medio. Estoy volada. Los materiales por las nubes...</p> + +<p>Samaniego se empeñó en que la santa había de tomar una copa de +<i>Champagne</i>.</p> + +<p>«¿Pero tú qué has creído de mí, viciosote? ¡Yo beber esas porquerías!... +¿Cuándo cobras, mañana? Pues prepárate. Allí me tendrás como la maza de +Fraga. No te dejaré vivir».</p> + +<p>Poco después Guillermina y Jacinta hablaban a solas, lejos de todo oído +indiscreto.</p> + +<p>«Ya puedes vivir tranquila—le dijo la Pacheco—. El <i>Pituso</i> es tuyo. +He cerrado el trato esta tarde. No puedes figurarte lo que bregué con +aquel Iscariote. Perdí la cuenta de las hostias que me echó el muy +blasfemo. Allá me sacó del cofre la partida de bautismo, un papelejo que +apestaba. Este documento no prueba nada. El chico será o no será... +¡quién lo sabe! Pero pues tienes este capricho de ricacha mimosa, allá +con Dios... Todo esto me parece irregular. Lo primero debió ser hablar +del caso a tu marido. Pero tú buscas la sorpresita y el efecto teatral. +Allá lo veremos... Ya sabes, hija, el trato es trato. Me ha costado Dios +y ayuda hacer entrar en razón al Sr. Izquierdo. Por fin se contenta con +seis mil quinientos reales. Lo que sobra de los diez mil reales es para +mí, que bien me lo he sabido ganar... Con que mañana, yo iré después de +medio día; ve tú también con los santos cuartos.</p> + +<p>Púsose Jacinta muy contenga. Había realizado su antojo; ya tenía su +juguete. Aquello podría ser muy bien una niñería; pero ella tenía sus +razones para obrar así. El plan que concibió para presentar al <i>Pituso</i> +a la familia e introducirlo en ella, revelaba cierta astucia. Pensó que +nada debía decir por el pronto al Delfín. Depositaría su hallazgo en +casa de su hermana Candelaria hasta ponerle presentable. Después diría +que era un huerfanito abandonado en las calles, recogido por ella... ni +una palabra referente a quién pudiera ser la mamá ni menos el papá de +tal muñeco. Todo el toque estaba en observar la cara que pondría Juan al +verle. ¿Diríale algo la voz misteriosa de la sangre? ¿Reconocería en las +facciones del pobre niño las de...? Al interés dramático de este lance +sacrificaba Jacinta la conveniencia de los procedimientos propios de +tal asunto. Imaginándose lo que iba a pasar, la turbación del infiel, el +perdón suyo, y mil cosas y pormenores novelescos que barruntaba, +producíase en su alma un goce semejante al del artista que crea o +compone, y también un poco de venganza, tal y como en alma tan noble +podía producirse esta pasión.</p> + + + +<hr /> +<h2>-<span class="smcap">ii</span>-</h2> + + +<p>Cuando fue al cuarto del Delfín, Barbarita le hacía tomar a este un +tazón de té con coñac. En el comedor continuaba la bulla; pero los +ánimos estaban más serenos. «Ahora—dijo la mamá—, han pegado la hebra +con la política. Dice Samaniego que hasta que no corten doscientas o +trescientas cabezas; no habrá paz. El marqués no está por el +derramamiento de sangre, y Estupiñá le preguntaba por qué no había +aceptado la diputación que le ofrecieron...</p> + +<p>Se puso lo mismito que un pavo, y dijo que él no quería meterse en...</p> + +<p>—No dijo eso—saltó Juanito, suspendiendo la bebida.</p> + +<p>—Que sí, hijo; dijo que no quería meterse en estos... no sé qué.</p> + +<p>—Que no dijo eso, mamá. No alteres tú también la verdad de los textos.</p> + +<p>—Pero hijo, si lo he oído yo.</p> + +<p>—Aunque lo hayas oído, te sostengo que no pudo decir eso... vaya.</p> + +<p>—¿Pues qué? —El marqués no pudo decir <i>meterse</i>... yo pongo mi cabeza +a que dijo <i>inmiscuirse</i>... Si sabré yo cómo hablan las personas finas.</p> + +<p>Barbarita soltó la carcajada.</p> + +<p>—Pues sí... tienes razón, así, así fue... que no quería +<i>inmiscuirse</i>...</p> + +<p>—¿Lo ves?... Jacinta. —¿Qué quieres, niño mimoso?</p> + +<p>—Mándale un recado a Aparisi. Que venga al momento.</p> + +<p>—¿Para qué? ¿Sabes la hora que es?</p> + +<p>—En cuanto sepa el motivo, se planta aquí de un salto.</p> + +<p>—¿Pero a qué? —¡Ahí es nada! ¿Crees que va a dejar pasar eso de +<i>inmiscuirse</i>? Yo quiero saber cómo se sacude esa mosca...</p> + +<p>Las dos damas celebraron aquella broma mientras le arreglaban la cama. +Guillermina había salido de la casa sin despedirse, y poco a poco se +fueron marchando los demás. Antes de las doce, todo estaba en silencio, +y los papás se retiraron a su habitación, después de encargar a Jacinta +que estuviese muy a la mira para que el Delfín no se desabrigara. Este +parecía dormido profundamente, y su esposa se acostó sin sueño, con el +ánimo más dispuesto a la centinela que al descanso. No había +transcurrido una hora, cuando Juan despertó intranquilo, rompiendo a +hablar de una manera algo descompuesta. Creyó Jacinta que deliraba, y se +incorporó en su cama; mas no era delirio, sino inquietud con algo de +impertinencia. Procuró calmarle con palabras cariñosas; pero él no se +daba a partido. «¿Quieres que llame?».—«No; es tarde, y no quiero +alarmar... Es que estoy nervioso. Se me ha espantado el sueño. Ya se ve; +todo el día en este pozo del aburrimiento. Las sábanas arden y mi cuerpo +está frío».</p> + +<p>Jacinta se echó la bata, y corrió a sentarse al borde del lecho de su +marido. Pareciole que tenía algo de calentura. Lo peor era que sacaba +los brazos y retiraba las mantas. Temerosa de que se enfriara, apuró +todas las razones para sosegarle, y viendo que no podía ser, quitose la +bata y se metió con él en la cama, dispuesta a pasar la noche +abrigándole por fuerza como a los niños, y arrullándole para que se +durmiera. Y la verdad fue que con esto se sosegó un tanto, porque le +gustaban los mimos, y que se molestaran por él, y que le dieran tertulia +cuando estaba desvelado. ¡Y cómo se hacía el nene, cuando su mujer, con +deliciosa gentileza materna, le cogía entre sus brazos y le apretaba +contra sí para agasajarle, prestándole su propio calor! No tardó Juan en +aletargarse con la virtud de estos melindres. Jacinta no quitaba sus +ojos de los ojos de él, observando con atención sostenida si se dormía, +si murmuraba alguna queja, si sudaba. En esta situación oyó claramente +la una, la una y media, las dos, cantadas por la campana de la Puerta +del Sol con tan claro timbre, que parecían sonar dentro de la casa. En +la alcoba había una luz dulce, colada por pantalla de porcelana.</p> + +<p>Y cuando pasaba un rato largo sin que él se moviera, Jacinta se +entregaba a sus reflexiones. Sacaba sus ideas de la mente, como el avaro +saca las monedas, cuando nadie le ve, y se ponía a contarlas y a +examinarlas y a mirar si entre ellas había alguna falsa. De repente +acordábase de la jugarreta que le tenía preparada a su marido, y su alma +se estremecía con el placer de su pueril venganza. El <i>Pituso</i> se le +metía al instante entre ceja y ceja. ¡Le estaba viendo! La contemplación +ideal de lo que aquellas facciones tenían de desconocido, el trasunto de +las facciones de la madre, era lo que más trastornaba a Jacinta, +enturbiando su piadosa alegría. Entonces sentía las cosquillas, pues no +merecen otro nombre, las cosquillas de aquella infantil rabia que solía +acometerla, sintiendo además en sus brazos cierto prurito de apretar y +apretar fuerte para hacerle sentir al infiel el furor de la paloma que +la dominaba. Pero la verdad era que no apretaba ni pizca, por miedo de +turbarle el sueño. Si creía notar que se estremecía con escalofríos, +apretaba sí dulcemente, liándose a él para comunicarle todo el calor +posible. Cuando él gemía o respiraba muy fuerte, le arrullaba dándole +suaves palmadas en la espalda, y por no apartar sus manos de aquella +obligación, siempre que quería saber si sudaba o no, acercaba su nariz o +su mejilla a la frente de él.</p> + +<p>Serían las tres cuando el Delfín abrió los ojos, despabilándose +completamente, y miró a su mujer, cuya cara no distaba de la suya el +espacio de dos o tres narices. «¡Qué bien me encuentro ahora!—le dijo +con dulzura—. Estoy sudando; ya no tengo frío. ¿Y tú no duermes? ¡Ah! +La gran lotería es la que me ha tocada a mí. Tú eres mi premio gordo. +¡Qué buena eres!».</p> + +<p>—¿Te duele la cabeza? —No me duele nada. Estoy bien; pero me he +desvelado; no tengo sueño. Si no lo tienes tú tampoco, cuéntame algo. A +ver dime a dónde fuiste esta mañana.</p> + +<p>—A contar los frailes, que se ha perdido uno. Así nos decía mamá cuando +mis hermanas y yo le preguntábamos dónde había ido.</p> + +<p>—Respóndeme al derecho. ¿A dónde fuiste?</p> + +<p>Jacinta se reía, porque le ocurrió dar a su marido un bromazo muy +chusco.</p> + +<p>«¡Qué alegre está el tiempo! ¿De qué te ríes?».</p> + +<p>—Me río de ti... ¡Qué curiosos son estos hombres! ¡Virgen María!, todo +lo quieren saber.</p> + +<p>—Claro, y tenemos derecho a ello. —No puede una salir a compras... +—Dale con las tiendas. Competencia con mamá y Estupiñá; eso no puede +ser. Tú no has ido a compras.</p> + +<p>—Que sí. —¿Y qué has comprado?</p> + +<p>—Tela. —¿Para camisas mías? Si tengo... creo que son veintisiete +docenas.</p> + +<p>—Para camisas tuyas, sí; pero te las hago chiquititas.</p> + +<p>—¡Chiquititas! —Sí, y también te estoy haciendo unos baberos muy +monos.</p> + +<p>—¡A mí, baberos a mí!</p> + +<p>—Sí, tonto; por si se te cae la baba.</p> + +<p>—¡Jacinta! —Anda... y se ríe el muy simple. ¡Verás qué camisas! Sólo +que las mangas son así... no te cabe más que un dedo en ellas.</p> + +<p>—¿De veras que tú?... A ver ponte seria... Si te ríes no creo nada.</p> + +<p>—¿Ves que seria me pongo?... Es que me haces reír tú... Vaya, te +hablaré con formalidad. Estoy haciendo un ajuar.</p> + +<p>—Vamos, no quiero oírte... ¡Qué guasoncita!</p> + +<p>—Que es verdad. —Pero. —¿Te lo digo? Di si te lo digo.</p> + +<p>Pasó un ratito en que se estuvieron mirando. La sonrisa de ambos parecía +una sola, saltando de boca a boca.</p> + +<p>—¡Qué pesadez!... di pronto...</p> + +<p>—Pues allá va... Voy a tener un niño.</p> + +<p>—¡Jacinta! ¿Qué me cuentas?... Estas cosas no son para bromas—dijo +Santa Cruz con tal alborozo, que su mujer tuvo que meterle en cintura.</p> + +<p>—Eh, formalidad. Si te destapas me callo.</p> + +<p>—Tú bromeas... Pues si fuera eso verdad, no lo habrías cantado poco... +¡con las ganitas que tú tienes! Ya se lo habrías dicho hasta a los +sordos. Pero di, ¿y mamá lo sabe?</p> + +<p>—No, no lo sabe nadie todavía.</p> + +<p>—Pero mujer... Déjame, voy a tirar de la campanilla.</p> + +<p>—Tonto... loco... estate quieto o te pego.</p> + +<p>—Que se levanten todos en la casa para que sepan... Pero, ¿es farsa +tuya? Sí, te lo conozco en los ojos.</p> + +<p>—Si no te estás quieto, no te digo más...</p> + +<p>—Bueno, pues me estaré quieto... Pero responde, ¿es presunción tuya +o...?</p> + +<p>—Es certeza. —¿Estás segura? Tan segura como si le estuviera viendo, y +le sintiera correr por los pasillos... ¡Es más salado, más pillín...!, +bonito como un ángel, y tan granuja como su papá.</p> + +<p>—¡Ave María Purísima, qué precocidad! Todavía no ha nacido y ya sabes +que es varón, y que es tan granuja como yo.</p> + +<p>La Delfina no podía tener la risa. Tan pegados estaban el uno al otro, +que parecía que Jacinta se reía con los labios de su marido, y que este +sudaba por los poros de las sienes de su mujer.</p> + +<p>«¡Vaya con mi señora, lo que me tenía guardado!» añadió con +incredulidad.</p> + +<p>—¿Te alegras? —¿Pues no me he de alegrar? Si fuera cierto, ahora mismo +ponía en planta a toda la familia para que lo supieran; de fijo que papá +se encasquetaba el sombrero y se echaba a la calle, disparado, a comprar +un nacimiento. Pero vamos a ver, explícate, ¿cuándo será eso?</p> + +<p>—Pronto. —¿Dentro de seis meses? ¿Dentro de cinco?</p> + +<p>—Más pronto. —¿Dentro de tres?</p> + +<p>—Más prontísimo... está al caer, al caer.</p> + +<p>—¡Bah!... Mira, esas bromas son impertinentes. ¿Con que fuera de +cuenta? Pues nada, no se te conoce.</p> + +<p>—Porque lo disimulo. —Sí; para disimular estás tú. Lo que harías tú, +con las ganas que tienes de chiquillos, sería salir para que todo el +mundo te viera con tu bombo, y mandar a Rossini con un suelto a <i>La +Correspondencia</i>.</p> + +<p>—Pues te digo que ya no hay día seguro. Nada, hombre, cuando le veas te +convencerás.</p> + +<p>—¿Pero a quién he de ver?</p> + +<p>—Al... a tu hijito, a tu nenín de tu alma.</p> + +<p>—Te digo formalmente que me llenas de confusión, porque para chanza me +parece mucha insistencia; y si fuera verdad, no lo habrías tenido tan +guardado hasta ahora.</p> + +<p>Comprendiendo Jacinta que no podía sostener más tiempo el bromazo, quiso +recoger vela, y le incitó a que se durmiera, porque la conversación +acalorada podía hacerle daño.</p> + +<p>«Tiempo hay de que hablemos de esto—le dijo—; y ya... ya te irás +convenciendo».</p> + +<p>—<i>Güeno</i> —replicó él con puerilidad graciosa tomando el tono de un +niño a quien arrullan.</p> + +<p>—A ver si te duermes... Cierra esos ojitos. ¿Verdad que me quieres?</p> + +<p>—Más que a mi vida. Pero, hija de mi alma, ¡qué fuerza tienes! ¡Cómo +aprietas!</p> + +<p>—Si me engañas te cojo y... así, así...</p> + +<p>—¡Ay! —Te deshago como un bizcocho. —¡Qué gusto! —Y ahora, a +<i>mimir</i>...</p> + +<p>Este y otros términos que se dicen a los niños les hacían reír cada vez +que los pronunciaban; pero la confianza y la soledad daban encanto a +ciertas expresiones que habrían sido ridículas en pleno día y delante de +gente. Pasado un ratito, Juan abrió los ojos, diciendo en tono de +hombre:</p> + +<p>«¿Pero de veras que vas a tener un chico?...».</p> + +<p>—<i>Chí</i>... y a <i>mimir</i>... <i>ro</i>... <i>ro</i>...</p> + +<p>Entre dientes le cantaba una canción de adormidera, dándole palmadas en +la espalda.</p> + +<p>«¡Qué gusto ser <i>bebé</i>!—murmuró el Delfín—, ¡sentirse en los brazos de +la mamá, recibir el calor de su aliento y...!».</p> + +<p>Pasó otro rato, y Juan, despabilándose y fingiendo el lloriqueo de un +tierno infante en edad de lactancia, chilló así:</p> + +<p>—Mama... mama... —¿Qué? —Teta. Jacinta sofocó una carcajada.</p> + +<p>—<i>Ahola</i> no... teta caca... cosa fea...</p> + +<p>Ambos se divertían con tales simplezas. Era un medio de entretener el +tiempo y de expresar su cariño.</p> + +<p>—Toma teta—díjole Jacinta metiéndole un dedo en la boca; y él se lo +chupaba diciendo que estaba muy rica, con otras muchas tontadas, +justificadas sólo por la ocasión, la noche y la dulce intimidad.</p> + +<p>—¡Si alguien nos oyera, cómo se reiría de nosotros!</p> + +<p>—Pero como no nos oye nadie... Las cuatro: ¡qué tarde!</p> + +<p>—Di qué temprano. Ya pronto se levantará Plácido para ir a despertar al +sacristán de San Ginés. ¡Qué frío tendrá!...</p> + +<p>—¡Cuánto mejor nosotros aquí, tan abrigaditos!</p> + +<p>—Me parece que de esta me duermo, vida.</p> + +<p>—Y yo también, corazón.</p> + +<p>Se durmieron como dos ángeles, mejilla con mejilla.</p> + + + +<hr /> +<h2>—<span class="smcap">iii</span>-</h2> + + +<p>24 de Diciembre.</p> + +<p>Por la mañana encargó Barbarita a Jacinta ciertos menesteres domésticos +que la contrariaron; pero la misma retención en la casa ofreció +coyuntura a la joven para dar un paso que siempre le había inspirado +inquietud. Díjole Barbarita que no saliera en todo aquel día, y como +tenía que salir forzosamente, no hubo más remedio que revelar a su +suegra el lío que entre manos traía. Pidiole perdón por no haberle +confiado aquel secreto, y advirtió con grandísima pena que su suegra no +se entusiasmaba con la idea de poseer a Juanín. «¿Pero tú sabes lo grave +que es eso?... así, sin más ni más... un hijo llovido. ¿Y qué pruebas +hay de que sea tal hijo?... ¿No será que te han querido estafar? ¿Y +crees tú que se parece realmente? ¿No será ilusión tuya?... Porque todo +eso es muy vago... Esos hallazgos de hijos parecen cosa de novela...».</p> + +<p>La Delfina se descorazonó mucho. Esperaba una explosión de júbilo en su +mamá política. Pero no fue así. Barbarita, cejijunta y preocupada, le +dijo con frialdad: «No sé qué pensar de ti; pero en fin, tráetelo y +escóndelo hasta ver... la cosa es muy grave. Diré a tu marido que +Benigna está enferma y has ido a visitarla». Después de esta +conversación, fue Jacinta a la casa de su hermana a quien también confió +su secreto, concertando con ella el depositar el niño allí hasta que +Juan y D. Baldomero lo supieran. «Veremos cómo lo toman» añadió dando un +gran suspiro. Estaba Jacinta aquella tarde fuera de sí. Veía al <i>Pituso</i> +como si lo hubiera parido, y se había acostumbrado tanto a la idea de +poseerlo, que se indignaba de que su suegra no pensase lo mismo que +ella.</p> + +<p>Juntose Rafaela con su ama en la casa de Benigna, y helas aquí por la +calle de Toledo abajo. Llevaban plata menuda para repartir a los pobres, +y algunas chucherías, entre ellas la sortija que la señorita había +prometido a Adoración. Era una soberbia alhaja, comprada aquella mañana +por Rafaela en los bazares de <i>Liquidación por saldo, a real y medio la +pieza</i>, y tenía un diamante tan grande y bien tallado, que al mismo +Regente le dejaría bizco con el fulgor de sus luces. En la fabricación +de esta soberbia piedra había sido empleado el casco más valioso de un +fondo de vaso. Apenas llegaron a los corredores del primer patio, +viéronse rodeadas por pelotones de mujeres y chicos, y para evitar +piques y celos, Jacinta tuvo que poner algo en todas las manos. Quién +cogía la peseta, quién el duro o el medio duro. Algunas, como Severiana, +que, dicho sea entre paréntesis, tenía para aquella noche una magnífica +lombarda, lomo adobado y el besugo correspondiente, se contentaban con +un saludo afectuoso. Otros no se daban por satisfechos con lo que +recibían. A todos preguntaba Jacinta que qué tenían para aquella noche. +Algunas entraban con el besugo cogido por las agallas; otras no habían +podido traer más que cascajo. Vio a muchas subir con el jarro de leche +de almendras, que les dieran en el café de los Naranjeros, y de casi +todas las cocinas salía tufo de fritangas y el campaneo de los +almireces. Este besaba el duro que la señorita le daba, y el otro +tirábalo al aire para cogerlo con algazara, diciendo: «¡Aire, aire, a la +plaza!». Y salían por aquellas escaleras abajo camino de la tienda. +Había quien preparaba su banquete con un <i>hocico con carrilleras</i>, una +libra de <i>tapa del cencerro</i>, u otras despreciadas partes de la res +vacuna, o bien con asadura, bofes de cerdo, sangre frita y desperdicios +aún peores. Los más opulentos dábanse tono con su pedazo de turrón del +que se parte con martillo, y la que había traído una granada tenía buen +cuidado de que la vieran. Pero ningún habitante de aquellas regiones de +miseria era tan feliz como Adoración, ni excitaba tanto la envidia entre +las amigas, pues la rica alhaja que ceñía su dedo y que mostraba con el +puño cerrado, era fina y de ley y había costado unos grandes dinerales. +Aun las pequeñas que ostentaban zapatos nuevos, debidos a la caridad de +<i>doña</i> Jacinta, los habrían cambiado por aquella monstruosa y +relumbrante piedra. La poseedora de ella, después que recorrió ambos +corredores enseñándola, se pegó otra vez a la señorita, frotándose el +lomo contra ella como los gatos.</p> + +<p>«No me olvidaré de ti, Adoración» le dijo la señorita, que con esta +frase parecía anunciar que no volvería pronto.</p> + +<p>En ambos patios había tal ruido de tambores, que era forzoso alzar la +voz para hacerse oír. Cuando a los tamborazos se unía el estrépito de +las latas de petróleo, parecía que se desplomaban las frágiles casas. En +los breves momentos que la tocata cesaba, oíase el canto de un mirlo +silbando la frase del himno de Riego, lo único que del tal himno queda +ya. En la calle de Mira del Río tocaba un pianillo de manubrio, y en la +calle del Bastero otro, armándose entre los dos una zaragata musical, +como si las dos piezas se estuvieran arañando en feroz pelea con las +uñas de sus notas. Eran una polka y un andante patético, enzarzados como +dos gatos furibundos. Esto y los tambores, y los gritos de la vieja que +vendía higos, y el clamor de toda aquella vecindad alborotada, y la risa +de los chicos, y el ladrar de los perros pusiéronle a Jacinta la cabeza +como una grillera.</p> + +<p>Repartidas las limosnas, fue al 17, donde ya estaba Guillermina, +impaciente por su tardanza. Izquierdo y el <i>Pituso</i> estaban también; el +primero fingiéndose muy apenado de la separación del chico. Ya la +fundadora había entregado el <i>triste estipendio</i>.</p> + +<p>«Vaya, abreviemos» dijo esta cogiendo al muchacho que estaba como +asustado.</p> + +<p>—¿Quieres venirte conmigo? —<i>Mela pa ti</i>... —replicó el <i>Pituso</i> con +brío, y se echó a reír, alabando su propia gracia.</p> + +<p>Las tres mujeres se rieron mucho también de aquella salida tan fina, e +Izquierdo, rascándose la noble frente, dijo así:</p> + +<p>«La señorita... a cuenta que ahora le enseñará a no soltar +exprisiones».</p> + +<p>—Buena falta le hace... En fin, vámonos.</p> + +<p>Juanín hizo alguna resistencia; pero al fin se dejó llevar, seducido con +la promesa de que le iban a comprar un nacimiento y muchas cosas buenas +para que se las comiera todas.</p> + +<p>«Ya le he prometido al Sr. de Izquierdo—dijo Guillermina—, que se le +procurará una colocación, y por de pronto ya le he dado mi tarjeta para +que vaya a ver con ella a uno de los artistas de más fama, que está +pintando ahora un magnífico <i>Buen Ladrón</i>. Vaya... quédese con Dios».</p> + +<p>Despidiose de ellas el futuro modelo con toda la urbanidad que en él era +posible, y salieron. Rafaela llevaba en brazos el chico. Como a fines de +Diciembre son tan cortos los días, cuando salieron de la casa ya se +echaba la noche encima. El frío era intenso, penetrante y traicionero +como de helada, bajo un cielo bruñido, inmensamente desnudo y con las +estrellas tan desamparadas, que los estremecimientos de su luz parecían +escalofríos. En la calle del Bastero se insurreccionó el <i>Pituso</i>. Su +bellísima frente ceñuda indicaba esta idea: «¿Pero a dónde me llevan +estas tías?». Empezó a rascarse la cabeza, y dijo con sentimiento: <i>«Pae +Pepe...».</i> —¿Qué te importa a ti tu papá Pepe? ¿Quieres un rabel? Di lo +que quieres.</p> + +<p>—<i>Quelo citunas</i> —replicó alargando la jeta—. No, <i>citunas</i> no; un +pez.</p> + +<p>—¿Un pez?... ahora mismo—le dijo su futura mamá, que estaba +nerviosísima, sintiendo toda aquella vibración glacial de las estrellas +dentro de su alma.</p> + +<p>En la calle de Toledo volvieron a sonar los cansados pianitos, y también +allí se engarfiñaron las dos piezas, una tonadilla de la <i>Mascota</i> y la +sinfonía de <i>Semíramis</i>. Estuvieron batiéndose con ferocidad, a +distancia como de treinta pasos, tirándose de los pelos, dándose +dentelladas y cayendo juntas en la mezcla inarmónica de sus propios +sonidos. Al fin venció <i>Semíramis</i>, que resonaba orgullosa marcando sus +nobles acentos, mientras se extinguían las notas de su rival, gimiendo +cada vez más lejos, confundidas con el tumulto de la calle.</p> + +<p>Érales difícil a las tres mujeres andar aprisa, por la mucha gente que +venía calle abajo, caminando presurosa con la querencia del hogar +próximo. Los obreros llevaban el saquito con el jornal; las mujeres +algún comistrajo recién comprado; los chicos, con sus bufandas +enroscadas en el cuello, cargaban rabeles, nacimientos de una tosquedad +prehistórica o tambores que ya iban bien baqueteados antes de llegar a +la casa. Las niñas iban en grupo de dos o de tres, envuelta la cabeza en +toquillas, charlando cada una por siete. Cuál llevaba una botella de +vino, cuál el jarrito con leche de almendra; otras salían de las tiendas +de comestibles dando brincos o se paraban a ver los puestos de +panderetas, dándoles con disimulo un par de golpecitos para que sonaran. +En los puestos de pescado los maragatos limpiaban los besugos, arrojando +las escamas sobre los transeúntes, mientras un ganapán vestido con los +calzonazos negros y el mandil verde rayado berreaba fuera de la puerta: +«¡Al vivo de hoy, al vivito!»... Enorme farolón con los cristales muy +limpios alumbraba las pilas de lenguados, sardinas y pajeles, y las +canastas de almejas. En las carnicerías sonaban los machetazos con sorda +trepidación, y los platillos de las pesas, subiendo y bajando sin cesar, +hacían contra el mármol del mostrador los ruidos más extraños, notas de +misteriosa alegría. En aquellos barrios algunos tenderos hacen gala de +poseer, además de géneros exquisitos, una imaginación exuberante, y para +detener al que pasa y llamar compradores, se valen de recursos teatrales +y fantásticos. Por eso vio Jacinta de puertas afuera pirámides de +barriles de aceitunas que llegaban hasta el primer piso, altares hechos +con cajas de mazapán, trofeos de pasas y arcos triunfales festoneados +con escobones de dátiles. Por arriba y por abajo banderas españolas con +poéticas inscripciones que decían: el <i>Diluvio en mazapán, o Turrón del +Paraíso</i> <i> terrenal</i>... Más allá <i>Mantecadas de Astorga bendecidas por +Su Santidad Pío IX</i>. En la misma puerta uno o dos horteras vestidos +ridículamente de frac, con chistera abollada, las manos sucias y la cara +tiznada, gritaban desaforadamente ponderando el género y dándolo a +probar a todo el que pasaba. Un vendedor ambulante de turrón había +discurrido un rótulo peregrino para anonadar a sus competidores los +orgullosos tenderos de establecimiento. ¿Qué pondría? Porque decir que +el género era muy bueno no significaba nada. Mi hombre había clavado en +el más gordo bloque de aquel almendrado una banderita que decía: +<i>Turrón higiénico</i>. Con que ya lo veía el público... El otro turrón +sería todo lo sabroso y dulce que quisieran; mas no era <i>higiénico</i>.</p> + +<p>—<i>Quelo</i> un pez... —gruñó el <i>Pituso</i> frotándose con mal humor los +ojos.</p> + +<p>—Mira—le decía Rafaela—, tu mamá te va a comprar un pez de dulce.</p> + +<p>—<i>Pae Pepe</i>... —repitió el chico llorando.</p> + +<p>—¿Quieres una pandereta?... sí, una pandereta grande, que suene mucho.</p> + +<p>Las tres hacían esfuerzos para acallarle, ofreciéndole cuanto había que +ofrecer. Después de comprada la pandereta, el chico dijo que quería una +naranja. Le compraron también naranjas. La noche avanzaba, y el tránsito +se hacía difícil por la acera estrecha, resbaladiza y húmeda, tropezando +a cada instante con la gente que la invadía.</p> + +<p>«Verás, verás, ¡qué nacimiento tan bonito!—le decía Jacinta para +calmarle—¡Y qué niños tan guapos! Y un pez grande, tremendo, todo de +mazapán, para que te lo comas entero».</p> + +<p>—<i>¡Gande, gande!</i> A ratos se tranquilizaba, pero de repente le entraba +el berrinche y se ponía a dar patadas en el aire. Rafaela, que era una +mujer de poquísimas fuerzas, ya no podía más. Guillermina se lo quitó de +los brazos, diciendo:</p> + +<p>«Dámele acá... no puedes ya con tu alma... Ea, caballerito; a callar se +ha dicho...».</p> + +<p>El <i>Pituso</i> le dio un porrazo en la cabeza.</p> + +<p>«Mira que te estrello... Verás la azotaina que te vas a llevar... ¡Y qué +gordo está el tunante!, parece mentira...».</p> + +<p>—<i>Quelo un batón</i>... ¡hostia!</p> + +<p>—¿Un bastón?... también te lo compramos, hijo, si te estás calladito... +A ver, dónde encontraremos bastones ahora...</p> + +<p>—Buena falta le hace—dijo Guillermina, y de los de acebuche, que +escuecen bien, para enseñarle a no ser mañoso.</p> + +<p>De esta manera llegaron a los portales y a la casa de Villuendas, ya +cerrada la noche. Entraron por la tienda, y en la trastienda Jacinta se +dejó caer fatigadísima sobre un saco lleno de monedas de cinco duros. Al +<i>Pituso</i> le depositó Guillermina sobre un voluminoso fardo que +contenía... ¡mil onzas!</p> + + + +<hr /> +<h2>-<span class="smcap">iv</span>-</h2> + + +<p>Los dependientes que estaban haciendo el recuento y balance, metían en +las arcas de hierro los cartuchos de oro y los paquetes de billetes de +Banco, sujetos con un elástico. Otro contaba sobre una mesa pesetas +gastadas y las cogía después con una pala como si fueran lentejas. +Manejaban el <i>género</i> con absoluta indiferencia, cual si los sacos de +monedas lo fueran de patatas, y las resmas de billetes, papel de +estraza. A Jacinta le daba miedo ver aquello, y entraba siempre allí con +cierto respeto parecido al que le inspiraba la iglesia, pues el temor de +llevarse algún billete de cuatro mil reales pegado a la ropa le ponía +nerviosa.</p> + +<p>Ramón Villuendas no estaba; pero Benigna bajó al momento, y lo primero +que hizo fue observar atentamente la cara sucia de aquel aguinaldo que +su hermana le traía.</p> + +<p>«Qué, ¿no le encuentras parecido?» díjole Jacinta algo picada.</p> + +<p>—La verdad, hija... no sé qué te diga...</p> + +<p>—Es el vivo retrato—afirmó la otra, queriendo cerrar la puerta, con +una opinión absoluta, a todas las dudas que pudieran surgir.</p> + +<p>—Podrá ser... Guillermina se despidió rogando a los dependientes que le +cambiaran por billetes tres monedas de oro que llevaba. «Pero me habéis +de dar premio—les dijo—. Tres reales por ciento. Si no, me voy a la +Lonja del Almidón, donde tienen más caridad que vosotros».</p> + +<p>En esto entró el amo de la casa, y tomando las monedas, las miró +sonriendo.</p> + +<p>«Son falsas... tienen hoja».</p> + +<p>—Usted sí que tiene hoja —replicó la santa con gracia, y los demás se +reían—. Una peseta de premio por cada una.</p> + +<p>—¡Cómo va subiendo!... Usted nos tira al degüello.</p> + +<p>—Lo que merecéis, publicanos.</p> + +<p>Villuendas tomó de un cercano montón dos duros y los añadió a los +billetes del cambio.</p> + +<p>«Vaya... para que no diga...».</p> + +<p>—Gracias... Ya sabía yo que usted...</p> + +<p>—A ver, doña Guillermina, espere un ratito—añadió Ramón—. ¿Es cierto +lo que me han contado, que usted, cuando no cae bastante dinero en la +suscrición para la obra, le cuelga a San José un ladrillo del pescuezo +para que busque cuartos?</p> + +<p>—El señor San José no necesita de que le colguemos nada, pues hace +siempre lo que nos conviene... Con que buenas noches; ahí les queda ese +caballerito. Lo primero que deben hacer es ponerle a remojo para que se +le ablande la mugre.</p> + +<p>Ramón miró al <i>Pituso</i>. Su semblante no expresaba tampoco una convicción +muy profunda respecto al parecido. Sonreía Benigna, y si no hubiera sido +por consideración a su querida hermana, habría dicho del <i>Pituso</i> lo que +de las monedas que no sonaban bien: <i>Es falso</i>, o por lo menos, <i>tiene +hoja</i>.</p> + +<p>«Lo primero es que le lavemos».</p> + +<p>—No se va a dejar—indicó Jacinta—. Este no ha visto nunca el agua. +Vamos, arriba.</p> + +<p>Subiéronle, y que quieras que no, le despojaron de los pingajos que +vestía y trajeron un gran barreño de agua. Jacinta mojaba sus dedos en +ella diciendo con temor: «¿estará muy fría?, ¿estará muy caliente? +¡Pobre ángel, qué mal rato va a pasar!». Benigna no se andaba en tantos +reparos, y ¡pataplum!, le zambulló dentro, sujetándole brazos y piernas. +¡Cristo! Los chillidos del <i>Pituso</i> se oían desde la Plaza Mayor. +Enjabonáronle y restregáronle sin miramiento alguno, haciendo tanto caso +de sus berridos como si fueran expresiones de alegría. Sólo Jacinta, más +piadosa, agitaba el agua queriendo hacerle creer que aquello era muy +divertido. Sacado al fin de aquel suplicio y bien envuelto en una sábana +de baño, Jacinta le estrechó contra su seno diciéndole que ahora sí que +estaba guapo. El calorcillo calmaba la irritación de sus chillidos, +cambiándolos en sollozos, y la reacción, junto con la limpieza, le animó +la cara, tiñéndosela de ese rosicler puro y celestial que tiene la +infancia al salir del agua. Le frotaban para secarle y sus brazos +torneados, su fina tez y hermosísimo cuerpo producían a cada instante +exclamaciones de admiración. «¡Es un niño Jesús... es una divinidad este +muñeco!».</p> + +<p>Después empezaron a vestirle. Una le ponía las medias, otra le entraba +una camisa finísima. Al sentir la molestia del vestir volviole el mal +humor, y trajéronle un espejo para que se mirara, a ver si el amor +propio y la presunción acallaban su displicencia.</p> + +<p>«Ahora, a cenar... ¿Tienes ganita?».</p> + +<p>El <i>Pituso</i> abría una boca descomunal y daba unos bostezos que eran la +medida aproximada de su gana de comer.</p> + +<p>«Ay, ¡qué ganitas tiene el niño! Verás... Vas a comer cosas ricas...».</p> + +<p>—¡Patata!—gritó con ardor famélico.</p> + +<p>—¿Qué patatas, hombre? Mazapán, sopa de almendra...</p> + +<p>—¡Patata, hostia! —repitió él pataleando.</p> + +<p>—Bueno, patatitas, todo lo que tú quieras.</p> + +<p>Ya estaba vestido. La buena ropa le caía tan bien que parecía haberla +usado toda su vida. No fue algazara la que armaron los niños de +Villuendas cuando le vieron entrar en el cuarto donde tenían su +nacimiento. Primero se sorprendieron en masa, después parecía que se +alegraban; por fin determináronse los sentimientos de recelo y +suspicacia. La familia menuda de aquella casa se componía de cinco +cabezas, dos niñas grandecitas, hijas de la primera mujer de Ramón, y +los tres hijos de Benigna, dos de los cuales eran varones.</p> + +<p>Juanín se quedó pasmado y lelo delante del nacimiento. La primera +manifestación que hizo de sus ideas acerca de la libertad humana y de la +propiedad colectiva consistió en meter mano a las velas de colores. Una +de las niñas llevó tan a mal aquella falta de respeto, y dio unos +chillidos tan fuertes que por poco se arma allí la de San Quintín.</p> + +<p>«¡Ay Dios mío! —exclamó Benigna—. Vamos a tener un disgusto con este +salvajito...».</p> + +<p>—Yo le compraré a él muchas velas—afirmó Jacinta—. ¿Verdad, hijo, que +tú quieres velas?</p> + +<p>Lo que él quería principalmente era que le llenaran la barriga, porque +volvió a dar aquellos bostezos que partían el alma. «A comer, a comer» +dijo Benigna, convocando a toda la tropa menuda. Y los llevó por delante +como un hato de pavos. La comida estaba dispuesta para los niños, porque +los papás cenarían aquella noche en casa del tío Cayetano.</p> + +<p>Jacinta se había olvidado de todo, hasta de marcharse a su casa, y no +supo apreciar el tiempo mientras duró la operación de lavar y vestir al +<i>Pituso</i>. Al caer en la cuenta de lo tarde que era, púsose +precipitadamente el manto, y se despidió del <i>Pituso</i>, a quien dio +muchos besos. «¡Qué fuerte te da, hija!» le dijo su hermana sonriendo. +Y razón tenía hasta cierto punto, porque a Jacinta le faltaba poco para +echarse a llorar.</p> + +<p>Y Barbarita, ¿qué había hecho en la mañana de aquel día 24? Veámoslo. +Desde que entró en San Ginés, corrió hacia ella Estupiñá como perro de +presa que embiste, y le dijo frotándose las manos: «Llegaron las ostras +gallegas. ¡Buen susto me ha dado el salmón! Anoche no he dormido. Pero +con seguridad le tenemos. Viene en el tren de hoy».</p> + +<p>Por más que el gran Rossini sostenga que aquel día oyó la misa con +devoción, yo no lo creo. Es más; se puede asegurar que ni cuando el +sacerdote alzaba en sus dedos al Dios sacramentado, estuvo Plácido tan +edificante como otras veces, ni los golpes de pecho que se dio +retumbaban tanto como otros días en la caja del tórax. El pensamiento se +le escapaba hacia la liviandad de las compras, y la misa le pareció +larga, tan larga, que se hubiera atrevido a decir al cura, en confianza, +que se <i>menease</i> más. Por fin salieron la señora y su amigo. Él se +esforzaba en dar a lo que era gusto las apariencias del cumplimiento de +un deber penoso. Se afanaba por todo, exagerando las dificultades. «Se +me figura—dijo con el mismo tono que debe emplear Bismarck para decir +al emperador Guillermo que desconfía de la Rusia—, que los pavos de la +<i>escalerilla</i> no están todo lo bien cebados que debíamos suponer. Al +salir hoy de casa les he tomado el peso uno por uno, y francamente, mi +parecer es que se los compremos a González. Los capones de este son muy +ricos... También les tomé el peso. En fin, usted lo verá».</p> + +<p>Dos horas se llevaron en la calle de Cuchilleros, cogiendo y soltando +animales, acosados por los vendedores, a quienes Plácido trataba a la +baqueta. Echábaselas él de tener un pulso tan fino para apreciar el +peso, que ni un adarme se le escapaba. Después de dejarse allí bastante +dinero, tiraron para otro lado. Fueron a casa de Ranero para elegir +algunas culebras del legítimo mazapán de Labrador, y aún tuvieron tela +para una hora más. «Lo que la señora debía haber hecho hoy—dijo +Estupiñá sofocado, y fingiéndose más sofocado de lo que estaba—, es +traerse una lista de cosas, y así no se nos olvidaba nada».</p> + +<p>Volvieron a la casa a las diez y media, porque Barbarita quería +enterarse de cómo había pasado su hijo la noche, y entonces fue cuando +Jacinta reveló lo del <i>Pituso</i> a su mamá política, quedándose esta tan +sorprendida como poco entusiasmada, según antes se ha dicho. Sin cuidado +ya con respecto a Juan, que estaba aquel día mucho mejor, doña Bárbara +volvió a echarse a la calle con su escudero y canciller. Aún faltaban +algunas cosillas, la mayor parte de ellas para regalar a deudos y amigos +de la familia. Del pensamiento de la gran señora no se apartaba lo que +su nuera le había dicho. ¿Qué casta de nieto era aquel? Porque la cosa +era grave... ¡Un hijo del Delfín! ¿Sería verdad? Virgen Santísima, ¡qué +novedad tan estupenda! ¡Un nietecito por detrás de la Iglesia! ¡Ah!, +las resultas de los devaneos de marras... Ella se lo temía... Pero ¿y si +todo era hechura de la imaginación exaltada de Jacinta y de su angelical +corazón? Nada, nada, aquella misma noche al acostarse, le había de +contar todo a Baldomero.</p> + +<p>Nuevas compras fueron realizadas en aquella segunda parte de la mañana, +y cuando regresaban, cargados ambos de paquetes, Barbarita se detuvo en +la plazuela de Santa Cruz, mirando con atención de compradora los +nacimientos. Estupiñá se echaba a discurrir, y no comprendía por qué la +señora examinaba con tanto interés los puestos, estando ya todos los +chicos de la parentela de Santa Cruz <i>surtidos de aquel artículo</i>. +Creció el asombro de Plácido cuando vio que la señora, después de tratar +como en broma un portal de los más bonitos, lo compró. El respeto selló +los labios del amigo, cuando ya se desplegaban para decir: «¿Y para +quién es este Belén, señora?».</p> + +<p>La confusión y curiosidad del anciano llegaron al colmo cuando +Barbarita, al subir la escalera de la casa, le dijo con cierto misterio: +«Dame esos paquetes, y métete este armatoste debajo de la capa. Que no +lo vea nadie cuando entremos». ¿Qué significaban estos tapujos? +¡Introducir un Belén cual si fuera matute! Y como expertísimo +contrabandista, hizo Plácido su alijo con admirable limpieza. La señora +lo tomó de sus manos, y llevándolo a su alcoba con minuciosas +precauciones para que de nadie fuera visto, lo escondió, bien cubierto +con un pañuelo, en la tabla superior de su armario de luna.</p> + +<p>Todo el resto del día estuvo la insigne dama muy atareada, y Estupiñá +saliendo y entrando, pues cuando se creía que no faltaba nada, salíamos +con que se había olvidado lo más importante. Llegada la noche, inquietó +a Barbarita la tardanza de Jacinta, y cuando la vio entrar fatigadísima, +el vestido mojado y toda hecha una lástima, se encerró un instante con +ella, mientras se mudaba, y le dijo con severidad:</p> + +<p>«Hija, pareces loca... Vaya por dónde te ha dado... por traerme nietos a +casa... Esta tarde tuve la palabra en la boca para contarle a Baldomero +tu calaverada; pero no me atreví... Ya debes suponer si la cosa me +parece grave...».</p> + +<p>Era crueldad expresarse así, y debía mi señora doña Bárbara considerar +que allá se iban compras con compras y manías con manías. Y no paró aquí +el réspice, pues a renglón seguido vino esta observación, que dejó +helada a la infeliz Jacinta: «Doy de barato que ese muñeco sea mi nieto. +Pues bien: ¿no se te ocurre que el trasto de su madre puede reclamarlo +y metemos en un pleitazo que nos vuelva locos?».</p> + +<p>—¿Cómo lo ha de reclamar si lo abandonó?—contestó la otra sofocada, +queriendo aparentar un gran desprecio de las dificultades.</p> + +<p>—Sí, fíate de eso... Eres una inocente.</p> + +<p>—Pues si lo reclama, no se lo daré—manifestó Jacinta con una +resolución que tenía algo de fiereza—. Diré que es hijo mío, que le he +parido yo, y que prueben lo contrario... a ver, que me lo prueben.</p> + +<p>Exaltada y fuera de sí, Jacinta, que se estaba vistiendo a toda prisa, +soltó la ropa para darse golpes en el pecho y en el vientre. Barbarita +quiso ponerse seria; pero no pudo.</p> + +<p>«No, tú eres la que tienes que probar que lo has parido... Pero no +pienses locuras, y tranquilízate ahora, que mañana hablaremos».</p> + +<p>—¡Ay, mamá!—dijo la nuera enterneciéndose—. ¡Si usted le viera...!</p> + +<p>Barbarita, que ya tenía la mano en el llamador de la puerta para +marcharse, volvió junto a su nuera para decirle: «¿Pero se parece?... +¿Estás segura de que se parece?...».</p> + +<p>—¿Quiere usted verlo?, sí o no.</p> + +<p>—Bueno, hija, le echaremos un vistazo... No es que yo crea... Necesito +pruebas; pero pruebas muy claritas... No me fío yo de un parecido que +puede ser ilusorio, y mientras Juan no me saque de dudas seguiré +creyendo que a donde debe ir tu <i>Pituso</i> es a la Inclusa.</p> + + + +<hr /> +<h2>-<span class="smcap">v</span>-</h2> + + +<p>¡Excelente y alegre cena la de aquella noche en casa de los opulentos +señores de Santa Cruz! Realmente no era cena sino comida retrasada, pues +no gustaba la familia de trasnochar, y por tanto, caía dentro de la +jurisdicción de la vigilia más rigurosa. Los pavos y capones eran para +los días siguientes, y aquella noche cuanto se sirvió en la mesa +pertenecía a los reinos de Neptuno. Sólo se sirvió carne a Juan, que +estaba ya mejor y pudo ir a la mesa. Fue verdadero festín de cardenales, +con desmedida abundancia de peces, mariscos y de cuanto cría la mar, +todo tan por lo fino y tan bien aderezado y servido que era una gloria. +Veinticinco personas había en la mesa, siendo de notar que el conjunto +de los convidados ofrecía perfecto muestrario de todas las clases +sociales. La enredadera de que antes hablé había llevado allí sus +vástagos más diversos. Estaba el marqués de Casa-Muñoz, de la +aristocracia monetaria, y un Álvarez de Toledo, hermano del duque de +Gravelinas, de la aristocracia antigua, casado con un Trujillo. +Resultaba no sé qué irónica armonía de la conjunción aquella de los dos +nobles, oriundo el uno del gran Alba, y el otro sucesor de D. Pascual +Muñoz, dignísimo ferretero de la calle de Tintoreros. Por otro lado nos +encontramos con Samaniego, que era casi un hortera, muy cerca de +Ruiz-Ochoa, o sea la alta banca. Villalonga representaba el Parlamento, +Aparisi el Municipio, Joaquín Pez el Foro, y Federico Ruiz representaba +muchas cosas a la vez: la Prensa, las Letras, la Filosofía, la Crítica +musical, el Cuerpo de Bomberos, las Sociedades Económicas, la +Arqueología y los Abonos químicos. Y Estupiñá, con su levita nueva de +paño fino, ¿qué representaba? El comercio antiguo, sin duda, las +tradiciones de la calle de Postas, el contrabando, quizás <i>la religión +de nuestros mayores</i>, por ser hombre tan sinceramente piadoso. D. Manuel +Moreno Isla no fue aquella noche; pero sí Arnaiz el gordo, y Gumersindo +Arnaiz, con sus tres pollas, Barbarita II, Andrea e Isabel; mas a sus +tres hermanas eclipsaba Jacinta, que estaba guapísima, con un vestido +muy sencillo de rayas negras y blancas sobre fondo encarnado. También +Barbarita tenía buen ver. Desde su asiento al extremo de la mesa, +Estupiñá la flechaba con sus miradas, siempre que corrían de boca en +boca elogios de aquellos platos tan ricos y de la variedad inaudita de +pescados. El gran Rossini, cuando no miraba a su ídolo, charlaba sin +tregua y en voz baja con sus vecinos, volviendo inquietamente a un lado +y otro su perfil de cotorra.</p> + +<p>Nada ocurrió en la cena digno de contarse. Todo fue alegría sin nubes, y +buen apetito sin ninguna desazón. El pícaro del Delfín hacía beber a +Aparisi y a Ruiz para que se alegraran, porque uno y otro tenían un vino +muy divertido, y al fin consiguió con el <i>Champagne</i> lo que con el +Jerez no había conseguido. Aparisi, siempre que se ponía peneque, +mostraba un entusiasmo exaltado por las glorias nacionales. Sus +<i>jumeras</i> eran siempre una fuerte emersión de lágrimas patrióticas, +porque todo lo decía llorando. Allí brindó por <i>los héroes de +Trafalgar</i>, por <i>los héroes del Callao</i> y por otros muchos héroes +marítimos; pero tan conmovido el hombre y con los músculos olfatorios +tan respingados, que se creería que Churruca y Méndez Núñez eran sus +papás y que olían muy mal. A Ruiz también le daba por el patriotismo y +por los héroes; pero inclinándose a lo terrestre y empleando un cierto +tono de fiereza. Allí sacó a Tetuán y a Zaragoza poniendo al extranjero +como chupa de dómine, diciendo, en fin, que <i>nuestro porvenir está en +África</i>, y que el Estrecho es un arroyo español. De repente levantose +Estupiñá el grande, copa en mano, y no puede formarse idea de la +expectación y solemnísimo silencio que precedieron a su breve discurso. +Conmovido y casi llorando, aunque no estaba <i>ajumao</i>, brindó por la +noble compañía, por los nobles señores de la casa y por... aquí una +pausa de emoción y una cariñosa mirada a Jacinta... y porque la noble +familia tuviera pronto sucesión, como él esperaba... y sospechaba... y +creía.</p> + +<p>Jacinta se puso muy colorada, y todos, todos los presentes, incluso el +Delfín, celebraron mucho la gracia. Después hubo gran tertulia en el +salón; pero poco después de las doce se habían retirado todos. Durmió +Jacinta sin sosiego, y a la mañana siguiente, cuando su marido no había +despertado aún, salió para ir a misa. Oyola en San Ginés, y después fue +a casa de Benigna, donde encontró escenas de desolación. Todos los +sobrinitos estaban alborotados, inconsolables, y en cuanto la vieron +entrar corrieron hacia ella pidiendo justicia. ¡Vaya con lo que había +hecho Juanín!... ¡Ahí era nada en gracia de Dios! Empezó por arrancarles +la cabeza a las figuras del nacimiento... y lo peor era que se reía al +hacerlo, como si fuera una gracia. ¡Vaya una gracia! Era un +sinvergüenza, un desalmado, un asesino. Así lo atestiguaban Isabel, +Paquito y los demás, hablando confusa y atropelladamente, porque la +indignación no les permitía expresarse con claridad. Disputábanse la +palabra y se cogían a la tiita, empinándose sobre las puntas de los +pies. Pero ¿dónde estaba el muy bribón? Jacinta vio aparecer su cara +inteligente y socarrona. Cuando él la vio, quedose algo turbado, y se +arrimó a la pared. Acercósele Jacinta, mostrándole severidad y +conteniendo la risa... pidiole cuentas de sus horribles crímenes. +¡Arrancar la cabeza a las figuras!... Escondía el <i>Pituso</i> la cara muy avergonzado, y se metía el dedo en la nariz... La +mamá adoptiva no había podido obtener de él una respuesta, y las +acusaciones rayaban en frenesí. Se le echaban en cara los delitos más +execrables, y se hacía burla de él y de sus hábitos groseros.</p> + +<p>«Tiita, ¿no sabes? —decía Ramona riendo—. Se come las cáscaras de +naranja...».</p> + +<p>—¡Cochino! Otra voz infantil atestiguó con la mayor solemnidad que +había visto más. Aquella mañana, Juanín estaba en la cocina royendo +cáscaras de patata. Esto sí que era marranada.</p> + +<p>Jacinta besó al delincuente, con gran estupefacción de los otros chicos.</p> + +<p>«Pues tienes bonito el delantal». Juanín tenía el delantal como si +hubiera estado fregando los suelos con él. Toda la ropa estaba +igualmente sucia.</p> + +<p>—Tiita—le dijo Isabelita haciéndose la ofendida—.</p> + +<p>Si vieras... No hace más que arrastrarse por los suelos y dar coces +como los burros. Se va a la basura y coge los puñados de ceniza para +echárnosla por la cara...</p> + +<p>Entró Benigna, que venía de misa, y corroboró todas aquellas denuncias, +aunque con tono indulgente.</p> + +<p>«Hija, no he visto un salvaje igual. El pobrecito... bien se ve entre +qué gentes se ha criado».</p> + +<p>—Mejor... Así le domesticaremos.</p> + +<p>—¡Qué palabrotas dice!... ¡Ramón se ha reído más...! No sabes la gracia +que le hace su lengua de arriero. Anoche nos dio malos ratos, porque +llamaba a su <i>Pae Pepe</i> y se acordaba de la pocilga en que ha vivido... +¡Pobrecito! Esta mañana se me orinó en la sala. Llegué yo y me lo +encontré con las enaguas levantadas... Gracias que no se le antojó +hacerlo sobre el <i>puff</i>... lo hizo en la coquera... He tenido que cerrar +la sala, porque me destrozaba todo. ¿Has visto cómo ha puesto el +nacimiento? A Ramón le hizo muchísima gracia... y salió a comprar más +figuras; porque si no, ¿quién aguanta a esta patulea? No puedes +figurarte la que se armó aquí anoche. Todos llorando en coro, y el otro +cogiendo figuras y estrellándolas contra el suelo.</p> + +<p>—¡Pobrecillo!—exclamó Jacinta prodigando caricias a su hijo adoptivo y +a todos los demás, para evitar una tempestad de celos—. ¿Pero no veis +que él se ha criado de otra manera que vosotros? Ya irá aprendiendo a +ser fino. ¿Verdad, hijo mío? (Juan decía que sí con la cabeza y +examinaba un pendiente de Jacinta)... Sí; pero no me arranques la +oreja... Es preciso que todos seáis buenos amiguitos, y que os llevéis +como hermanos. ¿Verdad, Juan, que tú no vuelves a romper las figuras?... +¿Verdad que no? Vaya, él es formal. Ramoncita, tú que eres la mayor, +enséñale en vez de reñirle.</p> + +<p>—Es muy fresco: también se quería comer una vela—dijo Ramoncita +implacable.</p> + +<p>—Las velas no se comen, no. Son para encenderlas... Veréis qué pronto +aprende él todas las cosas... Si creeréis que no tiene talento.</p> + +<p>—No hay medio de hacerle comer más que con las manos—apuntó Benigna +riendo.</p> + +<p>—Pero mujer, ¿cómo quieres que sepa...? Si en su vida ha visto él un +tenedor... Pero ya aprenderá... ¿No observas lo listo que es?</p> + +<p>Villuendas entró con las figuras.</p> + +<p>«Vaya, a ver si estas se salvan de la guillotina».</p> + +<p>Mirábalas el <i>Pituso</i> sonriendo con malicia, y los demás niños se +apoderaron de ellas, tomando todo género de precauciones para librarlas +de las manos destructoras del salvaje, que no se apartaba de su madre +adoptiva. El instinto, fuerte y precoz en las criaturas como en los +animalitos, le impulsaba a pegarse a Jacinta y a no apartarse de ella +mientras en la casa estaba...</p> + +<p>Era como un perrillo que prontamente distingue a su amo entre todas las +personas que le rodean, y se adhiere a él y le mima y acaricia.</p> + +<p>Creíase Jacinta madre, y sintiendo un placer indecible en sus entrañas, +estaba dispuesta a amar a aquel pobre niño con toda su alma. Verdad que +era hijo de otra. Pero esta idea, que se interponía entre su dicha y +Juanín, iba perdiendo gradualmente su valor. ¿Qué le importaba que fuera +hijo de otra? Esa otra quizá había muerto, y si vivía lo mismo daba, +porque le había abandonado. Bastábale a Jacinta que fuera hijo de su +marido para quererle ciegamente. ¿No quería Benigna a los hijos de la +primera mujer de su marido como si fueran hijos suyos? Pues ella quería +a Juanín como si le hubiera llevado en sus entrañas. ¡Y no había más que +hablar! Olvido de todo, y nada de celos retrospectivos. En la excitación +de su cariño, la dama acariciaba en su mente un plan algo atrevido. «Con +ayuda de Guillermina—pensaba—, voy a hacer la pamema de que he sacado +este niño de la Inclusa, para que en ningún tiempo me lo puedan quitar. +Ella lo arreglará, y se hará un documento en toda regla... Seremos +falsarias y Dios bendecirá nuestro fraude».</p> + +<p>Le dio muchos besos, recomendándole que fuera bueno, y no hiciese +porquerías. Apenas se vio Juanín en el suelo, agarró el bastón de +Villuendas y se fue derecho hacia el nacimiento en la actitud más +alarmante. Villuendas se reía sin atajarle, gritando: «¡Adiós, mi +dinero!, ¡eh!... ¡socorro!, ¡guardias...!».</p> + +<p>Chillido unánime de espanto y desolación llenó la casa. Ramoncita +pensaba seriamente en que debía llamarse a la Guardia Civil.</p> + +<p>«Pillo, ven acá; eso no se hace» gritó Jacinta corriendo a sujetarle.</p> + +<p>Una cosa agradaba mucho a la joven. Juanín no obedecía a nadie más que a +ella. Pero la obedecía a medias, mirándola con malicia, y suspendiendo +su movimiento de ataque.</p> + +<p>«Ya me conoce—pensaba ella—. Ya sabe que soy su mamá, que lo seré de +veras... Ya, ya le educaré yo como es debido».</p> + +<p>Lo más particular fue que cuando se despidió, el <i>Pituso</i> quería irse +con ella. «Volveré, hijo de mi alma, volveré... ¿Veis cómo me quiere?, +¿lo veis?... Con que portarse bien todos, y no regañar. Al que sea malo, +no le quiero yo...».</p> + + + +<hr /> +<h2>-<span class="smcap">vi</span>-</h2> + + +<p>No se le cocía el pan a Barbarita hasta no aplacar su curiosidad viendo +aquella alhaja que su hija le había comprado, un nieto. Fuera este +apócrifo o verdadero, la señora quería conocerle y examinarle; y en +cuanto tuvo Juan compañía, buscaron suegra y nuera un pretexto para +salir, y se encaminaron a la morada de Benigna. Por el camino, Jacinta +exploró otra vez el ánimo de su tía, esperando que se hubieran disipado +sus prevenciones; pero vio con mucho disgusto que Barbarita continuaba +tan severa y suspicaz como el día precedente. «A Baldomero le ha sabido +esto muy mal. Dice que es preciso garantías... y, francamente, yo creo +que has obrado muy de ligero...».</p> + +<p>Cuando entró en la casa y vio al <i>Pituso</i>, la severidad, lejos de +disminuir, parecía más acentuada. Contempló Barbarita sin decir palabra +al que le presentaban como nieto, y después miró a su nuera, que estaba +en ascuas, con un nudo muy fuerte en la garganta. Mas de repente, y +cuando Jacinta se disponía a oír denegaciones categóricas, la abuela +lanzó una fuerte exclamación de alegría, diciendo así:</p> + +<p>«¡Hijo de mi alma!... ¡amor mío!, ven, ven a mis brazos».</p> + +<p>Y lo apretó contra sí tan enérgicamente, que el <i>Pituso</i> no pudo menos +de protestar con un chillido.</p> + +<p>«¡Hijo mío!... corazón... gloria, ¡qué guapo eres!... Rico, tesoro; un +beso a tu abuelita».</p> + +<p>—¿Se parece?—preguntó Jacinta no pudiendo expresarse bien, porque se +le caía la baba, como vulgarmente se dice.</p> + +<p>—¡Que si se parece! —observó Barbarita tragándole con los ojos—. +Clavado, hija, clavado... ¿Pero qué duda tiene? Me parece que estoy mirando a Juan cuando tenía +cuatro años.</p> + +<p>Jacinta se echó a llorar. «Y por lo que hace a esa fantasmona...—agregó +la señora examinando más las facciones del chico—, bien se le conoce en +este espejo que es guapa... Es una perfección este niño».</p> + +<p>Y vuelta a abrazarle y a darle besos.</p> + +<p>«Pues nada, hija —añadió después con resolución—, a casa con él».</p> + +<p>Jacinta no deseaba otra cosa. Pero Barbarita corrigió al instante su +propia espontaneidad, diciendo: «No... no nos precipitemos. Hay que +hablar antes a tu marido. Esta noche sin falta se lo dices tú, y yo me +encargo de volver a tantear a Baldomero... Si es clavado, pero +clavado...».</p> + +<p>—¡Y usted que dudaba! —Qué quieres... Era preciso dudar, porque estas +cosas son muy delicadas. Pero la procesión me andaba por dentro. +¿Creerás que anoche he soñado con este muñeco? Ayer, sin saber lo que +hacía compré un nacimiento. Lo compré maquinalmente, por efecto de un no +sé qué... mi resabio de compras movido del pensamiento que me dominaba.</p> + +<p>—Bien sabía yo que usted cuando le viera...</p> + +<p>—¡Dios mío! ¡Y las tiendas cerradas hoy!—exclamó Barbarita en tono de +consternación—. Si estuvieran abiertas, ahora mismo le compraba un +vestidito de marinero con su gorra en que diga: <i>Numancia</i>. ¡Qué bien le +estará! Hijo de mi corazón, ven acá... No te me escapes; si te quiero +mucho, ¡si soy tu abuelita...! Me dicen estos tontainas que has roto el +camello del Rey negro. Bien, vida mía, bien roto está. Ya le compraré yo +a mi niño una gruesa de camellos y de reyes negros, blancos y de todos +los colores.</p> + +<p>Jacinta tenía ya celos. Pero consolábase de ellos viendo que Juanín no +quería estar en el regazo de su abuela y se deslizaba de los brazos de +esta para buscar los de su mamá verdadera. En aquel punto de la escena +que se describe, empezaron de nuevo las acusaciones y una serie de +informes sobre los distintos actos de barbarie consumados por Juanín. +Los cinco fiscales se enracimaban en torno a las dos damas, formulando +cada cual su queja en los términos más difamatorios. ¡Válganos Dios lo +que había hecho! Había cogido una bota de Isabelita y tirádola dentro de +la jofaina llena de agua para que nadase como un pato. «¡Ay, qué rico!» +clamaba Barbarita comiéndosele a besos. Después se había quitado su +propio calzado, porque era un marrano que gustaba de andar descalzo con +las patas sobre el suelo. «¡Ay, qué rico!...». Quitose también las +medias y echó a correr detrás del gato, cogiéndolo por el rabo y dándole +muchas vueltas... Por eso estaba tan mal humorado el pobre animalito... +Luego se había subido a la mesa del comedor para pegarle un palo a la +lámpara... «¡Ay, qué rico!».</p> + +<p>«¡Cuidado que es desgracia!—repitió la señora de Santa Cruz dando un +gran suspiro—, ¡las tiendas cerradas hoy!... Porque es preciso +comprarle ropita, mucha ropita... Hay en casa de Sobrino unas medidas de +colores y unos trajecitos de punto que son una preciosidad... Ángel, +ven, ven con tu abuelita... ¡Ah!, ya conoce el muy pillo lo que has +hecho por él, y no quiere estar con nadie más que contigo».</p> + +<p>—Ya lo creo...—indicó Jacinta con orgullo—. Pero no; él es bueno +¿sí?, y quiere también a su abuelita, ¿verdad?</p> + +<p>Al retirarse, iban por la calle tan desatinadas la una como la otra. Lo +dicho dicho: aquella misma noche hablarían las dos a sus respectivos +maridos.</p> + +<p>Aquel día, que fue el 25, hubo gran comida, y Juanito se retiró temprano +de la mesa muy fatigado y con dolor de cabeza. Su mujer no se atrevió a +decirle nada, reservándose para el día siguiente. Tenía bien preparado +todo el discurso, que confiaba en pronunciarlo entero sin el menor +tropiezo y sin turbarse. El 26 por la mañana entró D. Baldomero en el +cuarto de su hijo cuando este se acababa de levantar, y ambos estuvieron +allí encerrados como una media hora. Las dos damas esperaban ansiosas en +el gabinete el resultado de la conferencia, y las impresiones de +Barbarita no tenían nada de lisonjeras: «Hija, Baldomero no se nos +presenta muy favorable. Dice que es necesario probarlo... ya ves tú, +probarlo; y que eso del parecido será ilusión nuestra... Veremos lo que +dice Juan».</p> + +<p>Tan anhelantes estaban las dos, que se acercaron a la puerta de la +alcoba por ver si pescaban alguna sílaba de lo que el padre y el hijo +hablaban. Pero no se percibía nada. La conversación era sosegada, y a +veces parecía que Juan se reía. Pero estaba de Dios que no pudieran +salir de aquella cruel duda tan pronto como deseaban. Pareció que el +mismo demonio lo hizo, porque en el momento de salir D. Baldomero del +cuarto de su hijo, he aquí que se presentan en el despacho Villalonga y +Federico Ruiz. El primero cayó sobre Santa Cruz para hablarle de los +préstamos al Tesoro que hacía con dinero suyo y ajeno, ganándose el +ciento por ciento en pocos meses, y el segundo se metió de rondón en el +cuarto del Delfín. Jacinta no pudo hablar con este; pero se sorprendió +mucho de verle risueño y de la mirada maliciosa y un tanto burlona que +su marido le echó.</p> + +<p>Fueron todos a almorzar y el misterio continuaba. Cuenta Jacinta que +nunca como en aquella ocasión sintió ganas de dar a una persona de +bofetadas y machacarla contra el suelo. Hubiera destrozado a Federico +Ruiz, cuya charla insustancial y mareante, como zumbido de abejón, se +interponía entre ella y su marido. El maldito tenía en aquella época la +demencia de <i>los castillos</i>; estaba haciendo averiguaciones sobre todos +los que en España existen más o menos ruinosos, para escribir una gran +obra heráldica, arqueológica y de castrametación sentimental, que aunque +estuviese bien hecha no había de servir para nada. Mareaba a Cristo con +sus aspavientos por si tales o cuales ruinas eran bizantinas, mudéjares +o lombardas con influencia mozárabe y perfiles románicos. «¡Oh!, ¡el +castillo de Coca!, ¿pues y el de Turégano?... Pero ninguno llegaba a los +del Bierzo... ¡Ah!, ¡el Bierzo!... la riqueza que hay en ese país es un +asombro». Luego resultaba que la tal <i>riqueza</i> era de muros +despedazados, de aleros podridos y de bastiones que se caían piedra a +piedra. Ponía los ojos en blanco, las manos en cruz y los hombros a la +altura de las orejas para decir: «hay una ventana en el Castillo de +Ponferrada que... vamos... no puedo expresar lo que es aquello...». +Creeríase que por la tal ventana se veía al Padre Eterno y a toda la +Corte Celestial. «Caramba con la ventana—pensaba Jacinta, a quien le +estaba haciendo daño el almuerzo—. Me gustaría de veras si sirviera +para tirarte por ella a la calle con todos tus condenados castillos».</p> + +<p>Villalonga y D. Baldomero no prestaban ni pizca de atención a los +entusiasmos de su insufrible amigo, y se ocupaban en cosas de más +sustancia.</p> + +<p>«Porque, figúrese usted... el Director del Tesoro acepta el préstamo en +consolidado que está a 13... y extiende el pagaré por todo el valor +nominal... al interés del 12 por 100. Usted vaya atando cabos...».</p> + +<p>—Es escandaloso... ¡Pobre país!...</p> + +<p>Un instante se vieron solos Juanito y su mujer, y pudieron decirse +cuatro palabras. Jacinta quiso hacerle una pregunta que tenía preparada; +pero él se anticipó dejándola yerta con esta cruelísima frase, dicha en +tono cariñoso: «Nena, ven acá, ¿con que hijitos tenemos?».</p> + +<p>Y no era posible explicarse más, porque la tertulia se enzarzó y +vinieron otros amigos que empezaron a reír y a bromear, tomándole el +pelo a Federico Ruiz con aquello de los castillos y preguntándole con +seriedad si los había estudiado todos sin que se le escapase alguno en +la cuenta. Después la conversación recayó en la política. Jacinta estaba +desesperada, y en los ratos que podía cambiar una palabrita con su +suegra, esta poníale una cara muy desconsolada, diciéndole: «Mal +negocio, hija, mal negocio».</p> + +<p>Por la noche, comensales otra vez, y luego tertulia y mucha gente. Hasta +las doce duró aquel martirio. Se marcharon al fin uno a uno.</p> + +<p>Jacinta les hubiera echado, abriendo todas las ventanas y sacudiéndoles +con una servilleta, como se hace con las moscas. Cuando su marido y +ella se quedaron solos, parecíale la casa un paraíso; pero sus +ansiedades eran tan grandes que no podía saborear el dulce aislamiento. +¡Solos en la alcoba! Al fin...</p> + +<p>Juan cogió a su mujer cual si fuera una muñeca, y le dijo:</p> + +<p>«Alma mía, tus sentimientos son de ángel; pero tu razón, allá por esas +nubes, se deja alucinar. Te han engañado; te han dado un soberbio timo».</p> + +<p>—Por Dios, no me digas eso —murmuró Jacinta, después de una pausa en +que quiso hablar y no pudo.</p> + +<p>—Si desde el principio hubieras hablado conmigo...—añadió el Delfín +muy cariñoso—. Pero aquí tienes el resultado de tus tapujos... ¡Ah, las +mujeres!, todas ellas tienen una novela en la cabeza, y cuando lo que +imaginan no aparece en la vida, que es lo más común, sacan su +composicioncita.</p> + +<p>Estaba la infeliz tan turbada que no sabía qué decir: «Ese José +Izquierdo...».</p> + +<p>—Es un tunante. Te ha engañado de la manera más chusca... Sólo tú, que +eres la misma inocencia puedes caer en redes tan mal urdidas... Lo que +me espanta es que Izquierdo haya podido tener ideas... Es tan bruto; +pero tan bruto, que en aquella cabeza no cabe una invención de esta +clase. Por lo bestia que es, parece honrado sin serlo. No, no discurrió +él tan gracioso timo. O mucho me engaño, o esto salió de la cabeza de un +novelista que se alimenta con judías.</p> + +<p>—El pobre Ido es incapaz... —De engañar a sabiendas, eso sí. Pero no +te quepa duda. La primitiva idea de que ese niño es mi hijo debió ser +suya. La concebiría como sospecha, como inspiración +artístico-flatulenta, y el otro se dijo: «Pues toma, aquí hay un +negocio». Lo que es a <i>Platón</i> no se le ocurre; de eso estoy seguro.</p> + +<p>Jacinta, anonadada, quería defender su tema a todo trance. «Juanín es tu +hijo, no me lo niegues» replicó llorando.</p> + +<p>—Te juro que no... ¿Cómo quieres que te lo jure?... ¡Ay Dios mío!, +ahora se me está ocurriendo que ese pobre niño es el hijo de la hijastra +de Izquierdo. ¡Pobre Nicolasa! Se murió de sobreparto. Era una excelente +chica. Su niño tiene, con diferencia de tres meses, la misma edad que +tendría el mío si viviese.</p> + +<p>—¡Si viviese! —Si viviese... sí... Ya ves cómo te canto claro. Esto +quiere decir que no vive.</p> + +<p>—No me has hablado nunca de eso —declaró severamente Jacinta—. Lo +último que me contaste fue... qué sé yo... No me gusta recordar esas +cosas. Pero se me vienen al pensamiento sin querer. «No la vi más, no +supe más de ella; intenté socorrerla y no la pude encontrar». A ver, +¿fue esto lo que me dijiste?</p> + +<p>—Sí, y era la verdad, la pura verdad. Pero más adelante hay otro +episodio, del cual no te he hablado nunca, porque no había para qué. +Cuando ocurrió, hacía ya un año que estábamos casados; vivíamos en la +mejor armonía... Hay ciertas cosas que no se deben decir a una esposa. +Por discreta y prudente que sea una mujer, y tú lo eres mucho, siempre +alborota algo en tales casos; no se hace cargo de las circunstancias, ni +se fija en los móviles de las acciones. Entonces callé, y creo +firmemente que hice bien en callar. Lo que pasó no es desfavorable para +mí. Podía habértelo dicho; pero ¿y si lo interpretabas mal? Ahora ha +llegado la ocasión de contártelo, y veremos qué juicio formas. Lo que sí +puedo asegurarte es que ya no hay más. Esto que te voy a decir es el +último párrafo de una historia que te he referido por entregas. Y se +acabó. Asunto agotado... Pero es tarde, hija mía, nos acostaremos, +dormiremos y mañana...</p> + + + +<hr /> +<h2>-<span class="smcap">vii</span>-</h2> + + +<p>«No, no, no—gritó Jacinta más bien airada que impaciente—. Ahora +mismo... ¿Crees que yo puedo dormir en esta ansiedad?».</p> + +<p>—Pues lo que es yo, chiquilla, me acuesto—dijo el Delfín, +disponiéndose a hacerlo—. Si creerás tú que te voy a revelar algo que +pone los pelos de punta. ¡Si no es nada...!, te lo cuento porque es la +prueba de que te han engañado. Veo que pones una cara muy tétrica. Pues +si no fuera porque el lance es bastante triste, te diría que te +rieras... ¡Te has de quedar más convencida...! Y no te apures por la +<i>plancha</i>, hija. Ahí tienes lo que las personas sacan de ser demasiado +buenas. Los ángeles, como que están acostumbrados a volar, no andan por +la tierra sin dar un traspié a cada paso.</p> + +<p>Se había acostumbrado de tal modo Jacinta a la idea de hacer suyo a +Juanín, de criarle y educarle como hijo, que le lastimaba al sentirlo +arrancado de sí por una prueba, por un argumento en que intervenía la +aborrecida mujer aquella cuyo nombre quería olvidar. Lo más particular +era que seguía queriendo al <i>Pituso</i>, y que su cariño y su amor propio +se sublevaban contra la idea de arrojarle a la calle. No le abandonaría +ya, aunque su marido, su suegra y el mundo entero se rieran de ella y la +tuvieran por loca y ridícula.</p> + +<p>«Y ahora—siguió Santa Cruz, muy bien empaquetado entre sus sábanas—, +despídete de tu novela, de esa grande invención de dos ingenios, Ido del +Sagrario y José Izquierdo... Vamos allá... Lo último que te dije +fue...».</p> + +<p>—Fue que se había marchado de Madrid y que no pudiste averiguar a +dónde. Esto me lo contaste en Sevilla.</p> + +<p>—¡Qué memoria tienes! Pues pasó tiempo, y al año de casados, un día, de +repente, plaf... entras tú en mi cuarto y me das una carta.</p> + +<p>—¿Yo? —Sí, una cartita que trajeron para mí. La abro, me quedo así un +poco atontado... Me preguntas qué es, y te digo: «Nada, es la madre del +pobre Valledor que me pide una recomendación para el alcalde...». Cojo +mi sombrero y a la calle.</p> + +<p>—¡Volvía a Madrid, te llamaba, te escribía!...—observó Jacinta, +sentándose al borde del lecho, la mirada fija, apagada la voz.</p> + +<p>—Es decir, hacía que me escribieran, porque la pobrecilla no sabe... +«Pues señor, no hay más remedio que ir allá». Cree que tu pobre marido +iba de muy mal humor. No puedes figurarte lo que le molestaba la +resurrección de una cosa que creía muerta y desaparecida para siempre. +«¿Por dónde saldrá ahora?... ¿Para qué me llamará?». Yo decía también: +«De fijo que hay muchacho por en medio». Esta sucesión me cargaba. «Pero +en fin, ¡qué remedio!...» pensaba al subir por aquellas oscuras +escaleras. Era una casa de la calle de Hortaleza, al parecer de +huéspedes. En el bajo hay tienda de ataúdes. ¿Y qué era?, que la infeliz +había venido a Madrid con su hijo, con el mío: ¿por qué no decirlo +claro?, y con un hombre, el cual estaba muy mal de fondos, lo que no +tiene nada de particular... Llegar y ponerse malo el pobre niño fue todo +uno. Viose la pobre en un trance muy apurado. ¿A quién acudir? Era +natural: a mí. Yo se lo dije. «Has hecho perfectamente...». La más negra +era que el garrotillo le cogió al pobrecillo nene tan de filo, que +cuando yo llegué... te va a dar mucha pena, como me la dio a mí... pues +sí, cuando llegué, el pobre niño estaba expirando. Lo que yo le decía al +verla hecha un mar de lágrimas: «¿Por qué no me avisaste antes?». Claro, +yo habría llevado uno o dos buenos médicos y quién sabe, quién sabe si +le hubiéramos salvado.</p> + +<p>Jacinta callaba. El terror no la dejaba articular palabra.</p> + +<p>«¿Y tú no lloraste?» fue lo primero que se le ocurrió decir.</p> + +<p>—Te aseguro que pasé un rato... ¡ay qué rato! ¡Y tener que disimular en +casa delante de ti! Aquella noche ibas tú al Real. Yo fui también; pero +te juro que en mi vida he sentido, como en aquella noche, la tristeza +agarrada a mi alma. Tú no te acordarás... No sabías nada.</p> + +<p>—Y... —Y nada más. Le compré la cajita azul más bonita que había en la +tienda de abajo, y se le llevó al cementerio en un carro de lujo con dos +caballos empenachados, sin más compañía que la del hombre de Fortunata y +el marido, o lo que fuera, de la patrona. En la Red de San Luis, mira lo +que son las casualidades, me encontré a mamá... Díjome: «¡Qué pálido +estás!». «Es que vengo de casa de Moreno Vallejo a quien le han cortado +hoy la pierna». En efecto, le habían cortado la pierna, a consecuencia +de la caída del caballo. Diciéndolo, miré desaparecer por la calle de +la Montera abajo el carro con la cajita azul... ¡Cosas del mundo! Vamos +a ver: si yo te hubiera contado esto, ¿no habrían sobrevenido mil +disgustos, celos y cuestiones?</p> + +<p>—Quizás no—dijo la esposa dando un gran suspiro—. Según lo que venga +detrás. ¿Qué pasó después?</p> + +<p>—Todo lo que sigue es muy soso. Desde que se dio tierra al pequeñuelo, +yo no tenía otro deseo que ver a la madre tomando el portante. Puedes +creérmelo: no me interesaba nada. Lo único que sentía era compasión por +sus desgracias, y no era floja la de vivir con aquel bárbaro, un tiote +grosero que la trataba muy mal y no la dejaba ni respirar. ¡Pobre mujer! +Yo le dije, mientras él estaba en el cementerio: «¿Cómo es que vives con +este animal y le aguantas?». Y respondiome: «No tengo más amparo que +esta fiera. No le puedo ver; pero el agradecimiento...». Es triste cosa +vivir de esta manera, aborreciendo y agradeciendo. Ya ves cuánta +desgracia, cuánta miseria hay en este mundo, niña mía... Bueno, pues +sigo diciéndote que aquella infeliz pareja me dio la gran jaqueca. El +tal, que era mercachifle de estos que ponen puestos en las ferias, +pretendía una plaza de contador de la depositaría de un pueblo. +¡Valiente animal! Me atosigaba con sus exigencias, y aun con amenazas, y +no tardé en comprender que lo que quería era sacarme dinero. La pobre +Fortunata no me decía nada. Aquel bestia no le permitía que me viera y +hablara sin estar él presente, y ella, delante de él, apenas alzaba del +suelo los ojos; tan aterrorizada la tenía. Una noche, según me contó la +patrona, la quiso matar el muy bruto. ¿Sabes por qué?, porque me había +mirado. Así lo decía él... Me puedes creer, como esta es noche, que +Fortunata no me inspiraba sino lástima. Se había desmejorado mucho de +físico, y en lo espiritual no había ganado nada. Estaba flaca, sucia, +vestía de pingos que olían mal, y la pobreza, la vida de perros y la +compañía de aquel salvaje habíanle quitado gran parte de sus atractivos. +A los tres días se me hicieron insoportables las exigencias de la fiera, +y me avine a todo. No tuve más remedio que decir: «Al enemigo que huye, +puente de plata»; y con tal de verles marchar, no me importaba el +sablazo que me dieron. Aflojé los cuartos a condición de que se habían +de ir inmediatamente. Y aquí paz y después gloria. Y se acabó mi cuento, +niña de mi vida, porque no he vuelto a saber una palabra de aquel +respetable tronco, lo que me llena de contento.</p> + +<p>Jacinta tenía su mirada engarzada en los dibujos de la colcha. Su marido +le tomó una mano y se la apretó mucho. Ella no decía más que «¡Pobre</p> + +<p><i>Pituso</i>, pobre Juanín!». De repente una idea hirió su mente como un +latigazo, sacándola de aquel abatimiento en que estaba. Era la +convicción última que se revolvía furiosa en las agonías del +vencimiento. No existe nada que se resigne a morir, y el error es quizás +lo que con más bravura se defiende de la muerte. Cuando el error se ve +amenazado de esa ridiculez a que el lenguaje corriente da el nombre de +<i>plancha</i>, hace desesperados esfuerzos, azuzado por el amor propio, para +prolongar su existencia. De los escombros de sus ilusiones deshechas +sacó, pues, Jacinta el último argumento, el último; pero lo esgrimió con +brío, quizás por lo mismo que ya no tenía más. «Todo lo que has dicho +será verdad: no lo pongo en duda. Pero yo no te digo sino una cosa: ¿Y +el parecido?».</p> + +<p>Lo mismo fue oír esto el Delfín, que partirse de risa.</p> + +<p>«¡El parecido! Si no hay tal parecido ni lo puede haber. Sólo existe en +tu imaginación. Los chicos de esa edad se parecen siempre a quien quiere +el que los mira. Obsérvale bien ahora, examínale las facciones con +imparcialidad, pero con imparcialidad y conciencia, ¿sabes?... y si +después de esto sigues encontrando parecido, es que hay brujería en +ello».</p> + +<p>Jacinta le contemplaba en su mente con aquella imparcialidad tan +recomendada, y... la verdad... el parecido subsistía... aunque un +poquillo borroso y desvaneciéndose por grados. En la desesperación de su +inevitable derrota, encontró aún la dama otro argumento.</p> + +<p>«Tu mamá también le encontró un gran parecido».</p> + +<p>—Porque tú le calentaste la cabeza. Tú y mamá sois dos buenas +maniáticas. Yo reconozco que en esta casa hace falta un chiquitín. +También yo lo deseo tanto como vosotras; pero esto, hija de mi alma, no +se puede ir a buscar a las tiendas, ni lo debe traer Estupiñá debajo de +la capa, como las cajas de cigarros. El parecido, convéncete tontuela, +no es más que la exaltación de tu pensamiento por causa de esa maldita +novela del niño encontrado. Y puedes creerlo, si como historia el caso +es falso, como novela es cursi. Si no, fíjate en las personas que te han +ayudado al desarrollo de tu obra: Ido del Sagrario, un flatulento; José +Izquierdo, un loco de la clase de cabellerías; Guillermina, una loca +santa, pero loca al fin. Luego viene mamá, que al verte a ti chiflada, +se chifla también. Su bondad le oscurece la razón, como a ti, porque +sois tan buenas que a veces, créelo, es preciso ataros. No, no te rías; +a las personas que son muy buenas, muy buenas, llega un momento en que +no hay más remedio que atarlas.</p> + +<p>Jacinta le sonreía con tristeza, y su marido le hizo muchas caricias, +afanándose por tranquilizarla. Tanto le rogó que se acostara, que al fin +accedió a ello.</p> + +<p>«Mañana—dijo ella—, irás conmigo a verle».</p> + +<p>—A quién... ¿al chiquillo de Nicolasa?... ¡Yo!</p> + +<p>—Aunque no sea más que por curiosidad... Considéralo como una compra +que hemos hecho las dos maniáticas. Si compráramos un perrito, ¿no +querrías verle?</p> + +<p>—Bueno, pues iré. Falta que mamá me deje salir mañana... y bien podría, +que este encierro me va cargando ya.</p> + +<p>Acostose Jacinta en su lecho, y al poco rato observó que su esposo +dormía. Ella tenía poco sueño y pensaba en lo que acababa de oír. ¡Qué +cuadro más triste y qué visión aquella de la miseria humana! También +pensó mucho en el <i>Pituso</i>. «Se me figura que ahora le quiero más. +¡Pobrecito, tan lindo, tan mono y no parecerse...! Pero si yo me +confirmo en que se parece... ¡Que es ilusión! ¿Cómo ha de ser ilusión? +No me vengan a mí con cuentos. Aquellos plieguecitos de la nariz cuando +se ríe... aquel entrecejo...». Y así estuvo hasta muy tarde.</p> + +<p>El 28 por la mañana, ya de vuelta de misa, entró Barbarita en la alcoba +del matrimonio joven a decirles que el día estaba muy bueno, y que el +enfermo podía salir bien abrigado. «Os cogéis el coche y vais a dar una +vuelta por el Retiro». Jacinta no deseaba otra cosa, ni el Delfín +tampoco. Sólo que en vez de ir al Retiro, se personaron en casa de Ramón +Villuendas. Hallábase este en el escritorio; pero cuando les vio entrar +subió con ellos, deseando presenciar la escena del reconocimiento, que +esperaba fuera patética y teatral. Mucho se pasmaron él y Benigna de que +Juan viera al pequeñuelo con sosegada indiferencia, sin hacer ninguna +demostración de cariño paternal.</p> + +<p>«Hola, barbián—dijo Santa Cruz sentándose y cogiendo al chico por ambas +manos—. Pues es guapo de veras. Lástima que no sea nuestro... No te +apures, mujer, ya vendrá el verdadero <i>Pituso</i>, el legítimo, de los +propios cosecheros o de la propia tía Javiera».</p> + +<p>Benigna y Ramón miraban a Jacinta.</p> + +<p>«Vamos a ver—prosiguió el otro constituyéndose en tribunal—. Vengan +ustedes aquí y digan imparcialmente, con toda rectitud y libertad de +juicio, si este chico se parece a mí».</p> + +<p>Silencio. Lo rompió Benigna para decir:</p> + +<p>«Verdaderamente... yo... nunca encontré tal parecido».</p> + +<p>—¿Y tú?—preguntó Juan a Ramón.</p> + +<p>—Yo... pues digo lo mismo que Benigna.</p> + +<p>Jacinta no sabía disimular su turbación.</p> + +<p>«Ustedes dirán lo que quieran... pero yo... Es que no se fijan bien... Y +en último caso, vamos a ver, ¿me negarán que es monísimo?».</p> + +<p>—¡Ah!, eso no... y que tiene que ser un gran pillete. Tiene a quien +salir. Su padre fue primero empleado en el <i>gas</i>; después punto figurado +en la casa de juego del <i>pulpitillo</i>.</p> + +<p>—¡Punto figurado! ¿Y qué es eso?</p> + +<p>—¡Oh!, una gran posición... El papá de este niño, si no me engaño, debe +de estar ahora tomando aires en Ceuta.</p> + +<p>—Eso, eso no—indicó Jacinta con rabia—. ¿También quieres tú infamar a +mi niño? Dámele acá... ¿No es verdad, hijo, que tu papá no...?</p> + +<p>Todos se echaron a reír. Consolábase ella de su desairada situación +besándole y diciendo:</p> + +<p>«Mirad cómo me quiere. Pues no, no le abandono, aunque lo mande quien lo +mande. Es mío».</p> + +<p>—Como que te ha costado tu dinero.</p> + + + +<hr /> +<h2>-<span class="smcap">viii</span>-</h2> + + +<p>El chico le echó los brazos al cuello y miró a los demás con rencor, +como indignado de la nota infamante que se quería arrojar sobre su +estirpe. Los otros niños se le llevaron para jugar, no sin que antes le +hiciera Jacinta muchas carantoñas, por lo cual dijo Benigna que no +<i>debía darle tan fuerte</i>.</p> + +<p>«Cállate tú... Digo que no le abandono. Me le llevaré a casa».</p> + +<p>—¿Estás loca? —insinuó el Delfín con severidad.</p> + +<p>—No, que estoy bien cuerda. —Vamos, ten discreción... No digo yo +tampoco que se le eche a la calle; pero en el Hospicio, bien +recomendado, no lo pasaría mal.</p> + +<p>—¡En el Hospicio! —exclamó Jacinta con la cara muy encendida—, ¡para +que me le manden a los entierros... y le den de comer aquellas +bazofias...!</p> + +<p>—¿Pero tú qué crees? Eres una criatura. ¿De dónde sacas que así se +toman niños ajenos? Chica, chica, estás en pleno romanticismo.</p> + +<p>Benigna y su marido manifestaron con enérgicos signos de cabeza que +aquello del romanticismo estaba muy bien dicho.</p> + +<p>«Pero si yo también le quiero proteger—afirmó Juan apreciando los +sentimientos de su mujer y disculpando su exageración—. Ha sido una +suerte para él haber caído en nuestras manos librándose de las de +Izquierdo. Pero no disloquemos las ideas. Una cosa es protegerle y otra +llevárnosle a casa. Aunque yo quisiera darte ese gusto, falta que mi +padre lo consintiera. Tus buenos sentimientos te hacen delirar, ¿verdad, +Benigna? Yo le he dicho que a las personas muy buenas, muy buenas, es +menester atarlas algunas veces. Esta es un ángel, y los ángeles caen en +la tontería de creer que el mundo es el cielo. El mundo no es el cielo, +¿verdad, Ramón?, y nuestras acciones no pueden ser basadas en el +criterio angelical. Si todo lo que piensan y sienten los ángeles, como +mi mujer, se llevara a la práctica, la vida sería imposible, +absolutamente imposible. Nuestras ideas deben inspirarse en las ideas +generales, que son el ambiente moral en que vivimos. Yo bien sé que se +debe aspirar a la perfección; pero no dando de puntapiés a la armonía +del mundo, ¡pues bueno estaría!... a la armonía del mundo, que es... +para que lo sepas... un grandioso mecanismo de imperfecciones, +admirablemente equilibradas y combinadas. Vamos a ver, te he convencido, +¿sí o no?</p> + +<p>—Así, así —replicó Jacinta muy triste, un poco aturdida por las +paradojas de su marido. Jacinta tenía idea tan alta de los talentos y de +las sabias lecturas del Delfín, que rara vez dejaba de doblegarse ante +ellas, aunque en su fuero interno guardase algunos juicios +independientes que la modestia y la subordinación no le permitían +manifestar. No habían transcurrido diez segundos después de aquel <i>así, +así</i>, cuando se oyó una gran chillería. «¿Qué es, qué hay?». ¡Qué había +de ser sino alguna barbaridad de Juanín! Así lo comprendió Benigna, +corriendo alarmada al comedor, de donde el temeroso estrépito venía.</p> + +<p>—¡Bien por los chicos valientes! —dijo Santa Cruz, a punto que Ramón +Villuendas se despedía para bajar al escritorio. Jacinta corrió al +comedor y a poco volvió aterrada.</p> + +<p>«¿No sabes lo que ha hecho? Había en el comedor una bandeja de arroz con +leche. Juanín se sube sobre una silla y empieza a coger el arroz con +leche a puñados... así, así, y después de hartarse, lo tira por el suelo +y se limpia las manos en las cortinas».</p> + +<p>Oyose la voz de Benigna, hecha una furia: «Te voy a matar... +¡indecente!, ¡cafre!». Los demás chicos aparecieron chillando. Jacinta +les regañó: «Pero vosotros, tontainas, ¿no veíais lo que estaba +haciendo? ¿Por qué no avisasteis? ¿Es que le dejáis enredar para después +reíros y armar estos alborotos?».</p> + +<p>—Mujer, llévate, llévate de una vez de mi casa este cachorro de +tigre—dijo Benigna, entrando muy soliviantada—. ¡Virgen del Carmen, mi +bandeja de arroz con leche!</p> + +<p>Los chicos de Villuendas saltaban gozosos.</p> + +<p>«Vosotros tenéis la culpa, bobones; vosotros que le azuzáis» díjoles la +tiita, que en alguien tenía que descargar su enfado.</p> + +<p>«Tú le tienes que lavar —manifestó Benigna, sin cejar en su cólera—, +tú, tú. ¡Cómo me ha puesto las cortinas!».</p> + +<p>—Bueno, mujer, le lavaré. No te apures.</p> + +<p>—Y vestirle de limpio. Yo no puedo. Bastante tengo con los míos... Y +nada más.</p> + +<p>—Vaya, no alborotes tanto, que todo ello es poca cosa.</p> + +<p>Jacinta y su marido fueron al comedor, donde le encontraron hecho un +adefesio, cara, manos y vestido llenos de aquella pringue.</p> + +<p>«Bien, bien por los hombres bravos—gritó Juan en presencia de la +fiera—. Mano al arroz con leche. Me hace gracia este muchacho».</p> + +<p>—Te voy a matar, pillo—le dijo su mamá adoptiva, arrodillándose ante +él y conteniendo la risa—. Te has puesto bonito... verás que jabonadura +te vas a llevar.</p> + +<p>Mientras duró el lavatorio, los Villuendas chicos se enracimaban en +torno a su tiito, subiéndosele a las rodillas y colgándosele de los +brazos para contarle las grandes cochinadas que hacía el bruto de +Juanín. No sólo se comía las velas, sino que lamía los platos, y +<i>dimpués</i>... tiraba los tenedores al suelo. Cuando su papá Ramón le +reprendía, le enseñaba la lengua, diciendo <i>hostias</i> y otras +<i>isprisiones</i> feas, y <i>dimpués</i>... hacía una cosa muy indecente, ¡vaya!, +que era levantarse el vestido por detrás, dar media vuelta echándose a +reír y enseñar el culito.</p> + +<p>Santa Cruz no podía permanecer serio. Volvió al fin Jacinta, trayendo de +la mano al delincuente ya lavado y vestido de limpio, y a poco entró +Benigna, completamente aplacada, y encarándose con su cuñado, le dijo +con la mayor severidad: «¿Tienes ahí un duro? No tengo suelto». Juan se +apresuró a sacar el duro, y en el mismo momento en que lo ponía en la +mano de Benigna, Jacinta y los chicos soltaron una carcajada. Santa Cruz +cayó de su burro.</p> + +<p>«Me la has dado, chica. No me acordaba de que es hoy día de Inocentes. +Buena ha sido, buena. Ya me extrañó a mi un poco que en esta casa del +dinero no hubiera suelto».</p> + +<p>—Tomad—dijo Benigna a los niños—; vuestro tiito os convida a dulces.</p> + +<p>—Para inocentadas—indicó Juan riendo—, la que nos ha querido dar mi +mujer.</p> + +<p>—A mí no—replicó Benigna—. Aquí hemos hablado mucho de esto, y la +verdad, él podría ser auténtico; pero la tostada del parecido no la +encontrábamos. Y pues resulta que esta preciosa fierecita no es de la +familia... yo me alegro, y pido que me hagan el favor de quitármela de +casa. Bastantes jaquecas me dan las mías.</p> + +<p>Jacinta y su marido le rogaron al retirarse que le tuviese un día más. +Ya decidirían.</p> + +<p>Cosas muy crueles había de oír Jacinta aquel día, pero de cuanto oyó +nada le causara tanto asombro y descorazonamiento como estas palabras +que Barbarita le dijo al oído:</p> + +<p>«Baldomero está incomodado con tu bromazo. Juan le habló claro. No hay +tal hijo ni a cien mil leguas. La verdad, tú te precipitaste; y en +cuanto al parecido... Hablando con franqueza, hija; no se parece nada, +pero nada».</p> + +<p>Era lo que le quedaba por oír a Jacinta.</p> + +<p>«Pero usted... ¡por la Virgen santísima! también...—atreviose a decir +cuando el espanto se lo permitió—, también usted creyó...».</p> + +<p>—Es que se me pegaron tus ilusiones —replicó la suegra esforzándose en +disculpar su error—. Dice Juan que es manía; yo lo llamo ilusión, y las +ilusiones se pegan como las viruelas. Las ideas fijas son contagiosas. +Por eso, mira tú, por eso tengo yo tanto miedo a los locos y me asusto +tanto de verme a su lado. Es que cuando alguno está cerca de mí y se +pone a hacer visajes, me pongo también yo a hacer lo mismo. Somos monos +de imitación... Pues sí, convéncete, lo del parecido es ilusión, y las +dos... lo diré muy bajito, las dos hemos hecho una soberbia plancha. ¿Y +ahora, qué hacer? No se te pase por la cabeza traerle aquí. Baldomero no +lo consiente, y tiene mucha razón. Yo... si he de decirte la verdad, le +he tomado cariño. ¡Ay!, sus salvajadas me divierten. ¡Es tan mono! ¡Qué +ojitos aquellos!, ¿pues y los plieguecitos de la nariz?... y aquella +boca, aquellos labios, el piquito que hace con los labios, sobre todo. +Ven acá y verás el nacimiento que le compré.</p> + +<p>Llevó a Jacinta a su cuarto de vestir y después de mostrarle el +nacimiento, le dijo: «Aquí hay más contrabando. Mira. Esta mañana fui a +las tiendas, y... aquí tienes: medias de color, un traje de punto, azul, +a estilo inglés. Mira la gorra que dice <i>Numancia</i>. Este es un capricho +que yo tenía. Estará saladísimo. Te juro que si no le veo con el +letrero en la frente, voy a tener un disgusto».</p> + +<p>Jacinta oyó y vio esto con melancolía.</p> + +<p>«¡Si supiera usted lo que hizo esta mañana!» dijo; y contó el lance del +arroz con leche.</p> + +<p>—¡Ay, Dios mío, qué gracioso!... Es para comérselo... Yo, te digo la +verdad, le traería a casa si no fuera porque a Baldomero y a Juan no les +gustan estos tapujos... ¡Ay!, de veras te lo digo. No puede una vivir +sin tener algún ser pequeñito a quien adorar. ¡Hija de mi alma!, es una +gran desgracia para todos que tú no nos <i>des</i> algo.</p> + +<p>A Jacinta se le clavó esta frase en el corazón, y estuvo temblando un +rato en él y agrandando la herida, como sucede con las flechas que no se +han clavado bien.</p> + +<p>«Pues sí, esta casa es muy... muy sosona. Le falta una criatura que +chille y alborote, que haga diabluras, que nos traiga a todos mareados. +Cuando le hablo de esto a Baldomero, se ríe de mí; pero bien se le +conoce que es hombre dispuesto a andar por esos suelos a cuatro pies, +con los chicos a la pela».</p> + +<p>—Puesto que Benigna no le quiere tener —dijo la nuera—, ni es posible +tampoco tenerle aquí, le pondremos en casa de Candelaria. Yo le pasaré +un tanto al mes a mi hermana para que el huésped no sea una carga +pesada...</p> + +<p>—Me parece muy bien pensado; pero muy bien pensado. Estás como las +gatas paridas, escondiendo las crías hoy aquí, mañana allá.</p> + +<p>—¿Y qué remedio hay?... Porque lo que es al Hospicio no va. Eso que no +lo piensen... ¡Qué cosas se le ocurren a mi marido! Ya, como a él no le +han hecho ir nunca a los entierros, pisando lodos, aguantando la lluvia +y el frío, le parece muy natural que el otro pobrecito se críe entre +ataúdes... Sí, está fresco.</p> + +<p>—Yo me encargo de pagarle la pensión en casa de Candelaria—dijo +Barbarita, secreteándose con su hija como los chiquillos que están +concertando una travesura—. Me parece que debo empezar por comprarle +una camita. ¿A ti qué te parece?</p> + +<p>Replicó la otra que le parecía muy bien y se consoló mucho con esta +conversación, dándose a forjar planes y a imaginar goces maternales. +Pero quiso su mala suerte que aquel mismo día o el próximo cortase el +vuelo de su mente D. Baldomero, el cual la llamó a su despacho para +echarle el siguiente sermón:</p> + +<p>«Querida, me ha dicho Bárbara que estás muy confusa por no saber qué +hacer con ese muchacho. No te apures; todo se arreglará.</p> + +<p>Porque tú te ofuscaras, no vamos a echarle a la calle. Para otra vez, +bueno será que no te dejes llevar de tu buen corazón... tan a paso de +carga, porque todo debe moderarse, hija, hasta los impulsos sublimes... +Dice Juan, y está muy en lo justo, que los procedimientos angelicales +trastornan la sociedad. Como nos empeñemos todos en ser perfectos, no +nos podremos aguantar unos a otros, y habría que andar a bofetadas... +Bueno, pues te decía, que ese pobre niño queda bajo mi protección; pero +no vendrá a esta casa, porque sería indecoroso, ni a la casa de ninguna +persona de la familia, porque parecería tapujo».</p> + +<p>No estaba conforme con estas ideas Jacinta; pero el respeto que su padre +político le inspiraba le quitó el resuello, imposibilitándola de +expresar lo mucho y bueno que se le ocurría.</p> + +<p>«Por consiguiente —prosiguió el respetable señor tomándole a su nuera +las dos manos—, ese caballerito que compraste será puesto en el asilo +de Guillermina... No hay que fruncir las cejas. Allí estará como en la +gloria. Ya he hablado con la santa. Yo le pensiono, para que se le dé +educación y una crianza conveniente. Aprenderá un oficio, y quién sabe, +quién sabe si una carrera. Todo está en que saque disposición. Paréceme +que no te entusiasmas con mi idea. Pero reflexiona un poquito y verás +que no hay otro camino... Allí estará tan ricamente, bien comido, bien +abrigado... Ayer le di a Guillermina cuatro piezas de paño del Reino +para que les haga chaquetas. Verás que guapines les va a poner. ¡Y que +no les llenan bien la barriga en gracia de Dios! Observa, si no, los +cachetes que tienen, y aquellos colores de manzana. Ya quisieran muchos +niños, cuyos papás gastan levita y cuyas mamás se zarandean por ahí, +estar tan lucidos y bien apañados como están los de Guillermina».</p> + +<p>Jacinta se iba convenciendo, y cada vez sentía menos fuerza para +oponerse a las razones de aquel excelente hombre.</p> + +<p>«Sí; aquí donde me ves—agregó Santa Cruz con jovialidad—, yo también +le tengo cariño a ese muñeco... quiero decir que no me libré del +contagio de vuestra manía de meter chicos en esta casa. Cuando Bárbara +me lo dijo, estaba ella tan creída de que era mi nieto, que yo también +me lo tragué. Verdad que exigí pruebas... pero mientras venían tales +pruebas, perdí la chaveta... ¡cosas de viejo!, y estuve todo aquel día +haciendo catálogos. Yo procuraba no darle mucha cuerda a Bárbara, ni +dejarme arrastrar por ella, y me decía: «Tengamos serenidad y no +chocheemos hasta ver...». Pero pensando en ello, te lo digo ahora en +confianza, salí a la calle, me reía solo, y sin saber lo que me hacía, +me metí en el Bazar de la Unión y...».</p> + +<p>Don Baldomero, acentuando más su sonrisa paternal, abrió una gaveta de +su mesa y sacó un objeto envuelto en papeles.</p> + +<p>«Y le compré esto... Es un acordeón. Pensaba dárselo cuando lo trajerais +a casa... Verás qué instrumento tan bonito y qué buenas voces... +veinticuatro reales».</p> + +<p>Cogiendo el acordeón por las dos tapas, empezó a estirarlo y a +encogerlo, haciendo <i>flin flan</i> repetidas veces. Jacinta se reía y al +propio tiempo se le escaparon dos lágrimas. Entró entonces de improviso +Barbarita, diciendo: «¿Qué música es esta?... A ver, a ver».</p> + +<p>—Nada, querida—declaró el buen señor acusándose francamente—. Que a +mí también se me fue el santo al Cielo. No lo quería decir. Cuando tú me +saliste con que lo del nieto era una novela, <i>flin flan</i>, me dio la idea +de tirar esta música a la calle, sin que nadie la viera; pero ya que se +compró para él, <i>flin flan</i>, que la disfrute... ¿no os parece?</p> + +<p>—A ver, dame acá—indicó Barbarita contentísima, ansiosa de tañer el +pueril instrumento—. ¡Ah!, calavera, así me gastas el dinero en vicios. +Dámelo... lo tocaré yo... <i>flin flan</i>... ¡Ay!, no sé qué tiene esto... +¡da un gusto oírlo! Parece que alegra toda la casa.</p> + +<p>Y salió tocando por los pasillos y diciendo a Jacinta: «Bonito +juguete... ¿verdad? Ponte la mantilla, que ahora mismo vamos a +llevárselo, <i>flin flan</i>...».</p> + + + + +<hr /> +<h2><a name="xia" id="xia"></a>-XI-</h2> + +<h2>Final, que viene a ser principio</h2> + +<h2>-<span class="smcap">i</span>-</h2> + + +<p>Quien manda, manda. Resolviose la cuestión del <i>Pituso</i> conforme a lo +dispuesto por don Baldomero, y la propia Guillermina se lo llenó una +mañanita a su asilo, donde quedó instalado. Iba Jacinta a verle muy a +menudo, y su suegra la acompañaba casi siempre. El niño estaban tan +mimado, que la fundadora del establecimiento tuvo que tomar cartas en el +asunto, amonestando severamente a sus amigas y cerrándoles la puerta no +pocas veces. En los últimos días de aquel infausto año, entráronle a +Jacinta melancolías, y no era para menos, pues el desairado y risible +desenlace de la novela <i>Pitusiana</i> hubiera abatido al más pintado. +Vinieron luego otras cosillas, menudencias si se quiere, pero como caían +sobre un espíritu ya quebrantado, resultaban con mayor pesadumbre de la +que por sí tenían. Porque Juan, desde que se puso bueno y tomó calle, +dejó de estar tan expansivo, sobón y dengoso como en los días del +encierro, y se acabaron aquellas escenas nocturnas en que la confianza +imitaba el lenguaje de la inocencia. El Delfín afectaba una gravedad y +un seso propios de su talento y reputación; pero acentuaba tanto la +postura, que parecía querer olvidar con una conducta sensata las +chiquilladas del periodo catarral. Con su mujer mostrábase siempre +afable y atento, pero frío, y a veces un tanto desdeñoso. Jacinta se +tragaba este acíbar sin decir nada a nadie. Sus temores de marras +empezaban a condensarse, y atando cabos y observando pormenores, trataba +de personalizar las distracciones de su marido. Pensaba primero en la +institutriz de las niñas de Casa-Muñoz, por ciertas cosillas que había +visto casualmente, y dos o tres frases, cazadas al vuelo, de una +conversación de Juan con su confidente Villalonga. Después tuvo esto por +un disparate y se fijó en una amiga suya, casada con Moreno Vallejo, +tendero de novedades de muy reducido capital. Dicha señora gastaba un +lujo estrepitoso, dando mucho que hablar. Había, pues, un amante. A +Jacinta se le puso en la cabeza que este era el Delfín, y andaba +desalada tras una palabra, un acento, un detalle cualquiera que se lo +confirmase. Más de una vez sintió las cosquillas de aquella rabietina +infantil que le entraba de sopetón, y daba patadillas en el suelo y +tenía que refrenarse mucho para no irse hacia él y tirarle del pelo +diciéndole: <i>pillo... farsante</i>, con todo lo demás que en su gresca +matrimonial se acostumbra. Lo que más la atormentaba era que le quería +más cuando él se ponía tan juicioso haciendo el bonitísimo papel de una +persona que está en la sociedad para dar ejemplo de moderación y buen +criterio. Y nunca estaba Jacinta más celosa que cuando su marido se daba +aquellos aires de formalidad, porque la experiencia le había enseñado a +conocerle, y ya se sabía, cuando el Delfín se mostraba muy decidor de +frases sensatas, envolviendo a la familia en el incienso de su +argumentación paradójica, <i>picos pardos</i> seguros.</p> + +<p>Vinieron días marcados en la historia patria por sucesos resonantes, y +aquella familia feliz discutía estos sucesos como los discutíamos todos. +¡El 3 de Enero de 1874!... ¡El golpe de Estado de Pavía! No se hablaba +de otra cosa, ni había nada mejor de qué hablar. Era grato al +temperamento español un cambio teatral de instituciones, y volcar una +situación como se vuelca un puchero electoral. Había estado +admirablemente hecho, según D. Baldomero, y el ejército había salvado +<i>una vez más</i> a la desgraciada nación española. El consolidado había +llegado a 11 y las acciones del Banco a 138. El crédito estaba hundido. +La guerra y la anarquía no se acababan; habíamos llegado al <i>período +álgido del incendio</i>, como decía Aparisi, y pronto, muy pronto, el que +tuviera una peseta la enseñaría como cosa rara.</p> + +<p>Deseaban todos que fuese Villalonga a la casa para que les contara la +memorable sesión de la noche del 2 al 3, porque la había presenciado en +los escaños rojos. Pero el representante del país no aportaba por allá. +Por fin se apareció el día de Reyes por la mañana. Pasaba Jacinta por el +recibimiento, cuando el amigo de la casa entró.</p> + +<p>«Tocaya, buenos días... ¿cómo están por aquí? ¿Y el monstruo, se ha +levantado ya?».</p> + +<p>Jacinta no podía ver al dichoso tocayo. Fundábase esta antipatía en la +creencia de que Villalonga era el corruptor de su marido y el que le +arrastraba a la infidelidad.</p> + +<p>«Papá ha salido —díjole no muy risueña—. ¡Cuánto sentirá no verle a +usted para que le cuente eso!... ¿Tuvo usted mucho miedo? Dice Juan que +se metió usted debajo de un banco».</p> + +<p>—¡Ay, qué gracia! ¿Ha salido también Juan?</p> + +<p>—No, se está vistiendo. Pase usted.</p> + +<p>Y fue detrás de él, porque siempre que los dos amigos se encerraban, +hacía ella los imposibles por oír lo que decían, poniendo su orejita +rosada en el resquicio de la mal cerrada puerta. Jacinto esperó en el +gabinete, y su tocaya entró a anunciarle.</p> + +<p>«Pero qué, ¿ha venido ya ese pelagatos?».</p> + +<p>—Sí... resalao... aquí estoy.</p> + +<p>—Pasa, danzante... ¡Dichosos los ojos...</p> + +<p>El amigote entró. Jacinta notaba en los ojos de este algo de intención +picaresca. De buena gana se escondería detrás de una cortina para +estafarles sus secretos a aquel par de tunantes. Desgraciadamente tenía +que ir al comedor a cumplir ciertas órdenes que Barbarita le había +dado... Pero daría una vueltecita, y trataría de pescar algo...</p> + +<p>«Cuenta, chico, cuenta. Estábamos rabiando por verte».</p> + +<p>Y Villalonga dio principio a su relato delante de Jacinta; pero en +cuanto esta se marchó, el semblante del narrador inundose de malicia. +Miraron ambos a la puerta; cerciorose el compinche de que la esposa se +había retirado, y volviéndose hacia el Delfín, le dijo con la voz +temerosa que emplean los conspiradores domésticos:</p> + +<p>«¿Chico, no sabes... la noticia que te traigo...? ¡Si supieras a quién +he visto! ¿Nos oirá tu mujer?».</p> + +<p>—No, hombre, pierde cuidado —replicó Juan poniéndose los botones de la +pechera—. Claréate pronto.</p> + +<p>—Pues he visto a quien menos puedes figurarte... Está aquí.</p> + +<p>—¿Quién? —Fortunata... Pero no tienes idea de su transformación. ¡Vaya +un cambiazo! Está guapísima, elegantísima. Chico, me quedé turulato +cuando la vi.</p> + +<p>Oyéronse los pasos de Jacinta. Cuando apareció levantando la cortina, +Villalonga dio una brusca retorcedura a su discurso: «No, hombre, no me +has entendido; la sesión empezó por la tarde y se suspendió a las ocho. +Durante la suspensión se trató de llegar a una inteligencia. Yo me +acercaba a todos los grupos a oler aquel guisado... ¡jum!, malo, malo; +el ministerio Palanca se iba cociendo, se iba cociendo... A todas +esas... ¡figúrate si estarían ciegos aquellos hombres!... a todas estas, +fuera de las Cortes se estaba preparando la máquina para echarles la +zancadilla. Zalamero y yo salíamos y entrábamos a turno para llevar +noticias a una casa de la calle de la Greda, donde estaban Serrano, +Topete y otros. 'Mi general, no se entienden. Aquello es una balsa de +aceite... hirviendo. Tumban a Castelar. En fin, se ha de ver ahora'. +'Vuelva usted allá. ¿Habrá votación?'.—'Creo que sí'. —'Tráiganos +usted el resultado'».</p> + +<p>—El resultado de la votación —indicó Santa Cruz—, fue contrario a +Castelar. Di una cosa, ¿y si hubiera sido favorable?</p> + +<p>—No se habría hecho nada. Tenlo por cierto. Pues como te decía, habló +Castelar...</p> + +<p>Jacinta ponía mucha atención a esto; pero entró Rafaela a llamarla y +tuvo que retirarse.</p> + +<p>«Gracias a Dios que estamos solos otra vez—dijo el compinche después +que la vio salir—. ¿Nos oirá?».</p> + +<p>—¿Qué ha de oír?... ¡Qué medroso te has vuelto! Cuenta, pronto. ¿Dónde +la viste?</p> + +<p>—Pues anoche... estuve en el Suizo hasta las diez. Después me fui un +rato al Real, y al salir ocurriome pasar por <i>Praga</i> a ver si estaba +allí Joaquín Pez, a quien tenía que decir una cosa. Entro y lo primero +que me veo es una pareja... en las mesas de la derecha... Quedeme +mirando como un bobo... Eran un señor y una mujer vestida con una +elegancia... ¿cómo te diré?, con una elegancia improvisada. «Yo conozco +esa cara», fue lo primero que se me ocurrió. Y al instante caí... «¡Pero +si es esa condenada de Fortunata!». Por mucho que yo te diga, no puedes +formarte idea de la metamorfosis... Tendrías que verla por tus propios +ojos. Está de rechupete. De fijo que ha estado en París, porque sin +pasar por allí no se hacen ciertas transformaciones. Púseme todo lo +cerca posible, esperando oírla hablar. «¿Cómo hablará?» me decía yo. +Porque el talle y el corsé, cuando hay dentro calidad, los arreglan los +modistos fácilmente; pero lo que es el lenguaje... Chico, habías de +verla y te quedarías lelo, como yo. Dirías que su elegancia es de lance +y que no tiene aire de señora... Convenido; no tiene aire de señora; ni +falta... pero eso no quita que tenga un aire seductor, capaz de... +Vamos, que si la ves, tiras piedras. Te acordarás de aquel cuerpo sin +igual, de aquel busto estatuario, de esos que se dan en el pueblo y +mueren en la oscuridad cuando la civilización no los busca y los +<i>presenta</i>. Cuántas veces lo dijimos: «¡Si este busto supiera +explotarse...!». Pues ¡hala!, ya lo tienes en perfecta explotación. ¿Te +acuerdas de lo que sostenías?... «El pueblo es la cantera. De él salen +las grandes ideas y las grandes bellezas. Viene luego la inteligencia, +el arte, la mano de obra, saca el bloque, lo talla»... Pues chico, ahí +la tienes bien labrada... ¡Qué líneas tan primorosas!... Por supuesto, +hablando, de fijo que mete la pata. Yo me acercaba con disimulo. +Comprendí que me había conocido y que mis miradas la cohibían... +¡Pobrecilla! Lo elegante no le quitaba lo ordinario, aquel no sé qué de +pueblo, cierta timidez que se combina no sé cómo con el descaro, la +conciencia de valer muy poco, pero muy poco, moral e intelectualmente, +unida a la seguridad de esclavizar... ¡ah, bribonas!, a los que valemos +más que ellas... digo, no me atrevo a afirmar que valgamos más, como no +sea por la forma... En resumidas cuentas, chico, está que <i>ahuma</i>. Yo +pensaba en la cantidad de agua que había precedido a la transformación. +Pero ¡ah!, las mujeres aprenden esto muy pronto. Son el mismo demonio +para asimilarse todo lo que es del reino de la <i>toilette</i>. En cambio, yo +apostaría que no ha aprendido a leer... Son así; luego dicen que si las +pervertimos. Pues volviendo a lo mismo, la metamorfosis es completa. +Agua, figurines, la fácil costumbre de emperejilarse; después seda, +terciopelo, el sombrerito...</p> + +<p>—¡Sombrero!—exclamó Juan en el colmo de la estupefacción.</p> + +<p>—Sí; y no puedes figurarte lo bien que le cae. Parece que lo ha llevado +toda la vida... ¿Te acuerdas del pañolito por la cabeza con el pico +arriba y la lazada?... ¡Quién lo diría! ¡Qué transiciones!... Lo que te +digo... Las que tienen genio, aprenden en un abrir y cerrar de ojos. La +raza española es tremenda, chico, para la asimilación de todo lo que +pertenece a la forma... ¡Pero si habías de verla tú...! Yo, te lo +confieso, estaba pasmado, absorto, embebe...</p> + +<p>¡Ay Dios mío!, entró Jacinta, y Villalonga tuvo que dar un quiebro +violentísimo...</p> + +<p>«Te digo que estaba embebecido. El discurso de Salmerón fue admirable... +pero de lo más admirable... Aún me parece que estoy viendo aquella cara +de <i>hijo del desierto</i>, y aquel movimiento horizontal de los ojos y la +gallardía de los gestos. Gran hombre; pero yo pensaba: 'No te valen tus +filosofías; en buena te has metido, y ya verás la que te tenemos +armada'. Habló después Castelar. ¡Qué discursazo!, ¡qué valor de +hombre!, ¡cómo se crecía! Parecíame que tocaba al techo. Cuando +concluyó: 'A votar, a votar...'».</p> + +<p>Jacinta volvió a salir sin decir nada. Sospechaba quizás que en su +ausencia los tunantes hablaban de otro asunto, y se alejó con ánimo de +volver y aproximarse cautelosa.</p> + +<p>«Y aquel hombre... ¿quién era?» preguntó el Delfín que sentía el ardor +de una curiosidad febril.</p> + + + +<hr /> +<h2>-<span class="smcap">ii</span>-</h2> + + +<p>Te diré... desde que le vi, me dije: «Yo conozco esa cara». Pero no pude +caer en quién era. Entró Pez y hablamos... Él también quería +reconocerle. Nos devanábamos los sesos. Por fin caímos en la cuenta de +que habíamos visto a aquel sujeto días antes en el despacho del director +del Tesoro. Creo que hablaba con este del pago de unos fusiles +encargados a Inglaterra. Tiene acento catalán, gasta bigote y perilla... +cincuenta años... bastante antipático. Pues verás; como Joaquín y yo la +mirábamos tanto, el tío aquel se escamaba. Ella no <i>se timaba</i>... +parecía como vergonzosa... ¡y qué mona estaba con su vergüenza! ¿Te +acuerdas de aquel palmito descolorido con cabos negros? Pues ha mejorado +mucho, porque está más gruesa, más llena de cara y de cuerpo.</p> + +<p>Santa Cruz estaba algo aturdido. Oyose la voz de Barbarita, que entraba +con su nuera.</p> + +<p>«Salí de estampía...—siguió Villalonga—a anunciar a los amigos que +había empezado la votación... A los pies de usted, Barbarita... Yo bien, +¿y usted? Aquí estaba contando... Pues decía que eché a correr...».</p> + +<p>—Hacia la calle de la Greda. —No... los amigos se habían trasladado a +una casa de la calle de Alcalá, la de Casa-Irujo, que tiene ventanas al +parque del ministerio de la Guerra... Subo y me les encuentro muy +desanimados. Me asomé con ellos a las ventanas que dan a Buenavista, y +no vi nada... «¿Pero a cuándo esperan? ¿En qué están pensando?...». +Francamente, yo creí que el golpe se había chafado y que Pavía no se +atrevía a echar las tropas a la calle. Serrano, impaciente, limpiaba los +cristales empañados, para mirar, y abajo no se veía nada. «Mi general +—le dije—, yo veo una faja negra, que así de pronto, en la oscuridad +de la noche, parece un zócalo... Mire usted bien, ¿no será una fila de +hombres?».—«¿Y qué hacen ahí pegados a la pared?».—«Vea usted, vea +usted, el zócalo se mueve. Parece una culebra que rodea todo el edificio +y que ahora se desenrosca... ¿Ve usted?... la punta se extiende hacia +las rampas».—«Soldados son—dijo en voz baja el general, y en el mismo +instante entró Zalamero con medio palmo de lengua fuera, diciendo: «La +votación sigue: la ventaja que llevaba al principio Salmerón, la lleva +ahora Castelar... nueve votos... Pero aún falta por votar la mitad del +Congreso...». Ansiedad en todas las caras... A mí me tocaba entonces ir +allá, para traer el resultado final de la votación... Tras, tras... cojo +mi calle del Turco, y entrando en el Congreso, me encontré a un +periodista que salía: «La proposición lleva diez votos de ventaja. +Tendremos ministerio Palanca». ¡Pobre Emilio!... Entré. En el salón +estaban votando ya las filas de arriba. Eché un vistazo y salí. Di la +vuelta por la curva, pensando lo que acababa de ver en Buenavista, la +cinta negra enroscada en el edificio... Figueras salió por la +escalerilla del reloj, y me dijo: «Usted qué cree, ¿habrá trifulca esta +noche?». Y le respondí: «Váyase usted tranquilo, maestro, que no habrá +nada...». «Me parece—dijo con socarronería—que esto se lo lleva +Pateta». Yo me reí. Y a poco pasa un portero, y me dice con la mayor +tranquilidad del mundo, que por la calle del Florín había tropa. «¿De +veras? Visiones de usted. ¡Qué tropa ni qué niño muerto!». Yo me hacía +de nuevas. Asomé la jeta por la puerta del reloj. «No me muevo de +aquí—pensé, mirando la mesa—. Ahora veréis lo que es canela...». +Estaban leyendo el resultado de la votación. Leían los nombres de todos +los votantes sin omitir uno. De repente aparecen por la puerta del +rincón de Fernando el Católico varios quintos mandados por un oficial, y +se plantan junto a la escalera de la mesa. Parecían comparsas de teatro. +Por la otra puerta entró un coronel viejo de la Guardia Civil.</p> + +<p>«El coronel Iglesias—dijo Barbarita, que deseaba terminase el relato—. +De buena escapó el país... Bien, Jacinto, supongo que almorzará usted +con nosotros».</p> + +<p>—Pues ya lo creo—dijo el Delfín—. Hoy no le suelto; y pronto mamá, +que es tarde.</p> + +<p>Barbarita y Jacinta salieron. «¿Y Salmerón qué hizo?».</p> + +<p>—Yo puse toda mi atención en Castelar, y le vi llevarse la mano a los +ojos y decir: ¡qué ignominia! En la mesa se armó un barullo espantoso... +gritos, protestas. Desde el reloj vi una masa de gente, todos en pie... +No distinguía al presidente. Los quintos inmóviles... De repente ¡pum!, +sonó un tiro en el pasillo...</p> + +<p>—Y empezó la desbandada... Pero dime otra cosa, chico. No puedo apartar +de mi pensamiento... ¿Decías que llevaba sombrero?</p> + +<p>—¿Quién?... ¡Ah, aquella!</p> + +<p>—Sí, sombrero, y de muchísimo gusto—dijo el compinche con tanto +énfasis como si continuara narrando el suceso histórico—, y vestido +azul elegantísimo y abrigo de terciopelo...</p> + +<p>—¿Tú estás de guasa? Abrigo de terciopelo.</p> + +<p>—Vaya... y con pieles, un abrigo soberbio. Le caía tan bien... que...</p> + +<p>Entró Jacinta sin anunciarse ni con ruido de pasos ni de ninguna otra +manera. Villalonga giró sobre el último concepto como una veleta +impulsada por fuerte racha de viento.</p> + +<p>«El abrigo que yo llevaba... mi gabán de pieles... quiero decir, que en +aquella marimorena me arrancaron una solapa... la piel de una solapa +quiero decir...».</p> + +<p>—Cuando se metió usted debajo del banco.</p> + +<p>—Yo no me metí debajo de ningún banco, tocaya. Lo que hice fue ponerme +en salvo como los demás por lo que pudiera tronar.</p> + +<p>—Mira, mira, querida esposa—dijo Santa Cruz, mostrando a su mujer el +chaleco, que se quitó apenas puesto—. Mira cómo cuelga ese último botón +de abajo. Hazme el favor de pegárselo o decirle a Rafaela que se lo +pegue, o en último caso llamar al coronel Iglesias.</p> + +<p>—Venga acá—dijo Jacinta con mal humor, saliendo otra vez.</p> + +<p>—En buen apuro me vi, camaraíta —dijo Villalonga conteniendo la +risa—. ¿Se enteraría? Pues verás; otro detalle. Llevaba unos pendientes +de turquesas, que eran la gracia divina sobre aquel cutis moreno pálido. +¡Ay, qué orejitas de Dios y qué turquesas! Te las hubieras comido. +Cuando les vimos levantarse, nos propusimos seguir a la pareja para +averiguar dónde vivía. Toda la gente que había en Praga la miraba, y +ella más parecía corrida que orgullosa. Salimos... tras, tras... calle +de Alcalá, Peligros, Caballero de Gracia, ellos delante, nosotros +detrás. Por fin dieron fondo en la calle del Colmillo. Llamaron al +sereno, les abrió, entraron.</p> + +<p>En una casa que está en la acera del Norte entre la tienda de figuras de +yeso y el establecimiento de burras de leche... allí.</p> + +<p>Entró Jacinta con el chaleco.</p> + +<p>—Vamos... a ver... ¿Manda usía otra cosa?</p> + +<p>—Nada más, hijita; muchas gracias. Dice este monstruo que no tuvo miedo +y que se salió tan tranquilo... yo no lo creo.</p> + +<p>—¿Pero miedo a qué?... Si yo estaba en el ajo... Os diré el último +detalle para que os asombréis. Los cañones que puso Pavía en las +boca-calles estaban descargados. Y ya veis los que pasó dentro. Dos +tiros al aire, y lo mismo que se desbandan los pájaros posados en un +árbol cuando dais debajo de él dos palmadas, así se desbandó la asamblea +de la República.</p> + +<p>—El almuerzo está en la mesa. Ya pueden ustedes venir—dijo la esposa, +que salió delante de ellos muy preocupada.</p> + +<p>—¡Estómagos, a defenderse!</p> + +<p>Algunas palabras había cogido la Delfina al vuelo que no tenían, a su +parecer, ninguna relación con aquello de las Cortes, el coronel Iglesias +y el ministerio Palanca. Indudablemente había moros por la costa. Era +preciso descubrir, perseguir y aniquilar al corsario a todo trance. En +la mesa versó la conversación sobre el mismo asunto, y Villalonga, +después de volver a contar el caso con todos sus pelos y señales para +que lo oyera D. Baldomero, añadió diferentes pormenores que daban color +a la historia.</p> + +<p>—¡Ah! Castelar tuvo golpes admirables. «¿Y la Constitución +federal?...». —«La quemasteis en Cartagena».</p> + +<p>—¡Qué bien dicho! —El único que se resistía a dejar el local fue Díaz +Quintero, que empezó a pegar gritos y a forcejear con los guardias +civiles... Los diputados y el presidente abandonaron el salón por la +puerta del reloj y aguardaron en la biblioteca a que les dejaran salir. +Castelar se fue con dos amigos por la calle del Florín, y retirose a su +casa, donde tuvo un fuerte ataque de bilis.</p> + +<p>Estas referencias o noticias sueltas eran en aquella triste historia +como las uvas desgranadas que quedan en el fondo del cesto después de +sacar los racimos. Eran las más maduras, y quizás por esto las más +sabrosas.</p> + + + +<hr /> +<h2>-<span class="smcap">iii</span>-</h2> + +<p>En los siguientes días, la observadora y suspicaz Jacinta notó que su +marido entraba en casa fatigado, como hombre que ha andado mucho. Era la +perfecta imagen del corredor que va y viene y sube escaleras y recorre +calles sin encontrar el negocio que busca. Estaba cabizbajo como los que +pierden dinero, como el cazador impaciente que se desperna de monte en +monte sin ver pasar alimaña cazable; como el artista desmemoriado a +quien se le escapa del filo del entendimiento la idea feliz o la imagen +que vale para él un mundo. Su mujer trataba de reconocerle, echando en +él la sonda de la curiosidad cuyo plomo eran los celos; pero el Delfín +guardaba sus pensamientos muy al fondo y cuando advertía conatos de +sondaje, íbase más abajo todavía.</p> + +<p>Estaba el pobre Juanito Santa Cruz sometido al horroroso suplicio de la +idea fija. Salió, investigó, rebuscó, y la mujer aquella, visión +inverosímil que había trastornado a Villalonga, no parecía por ninguna +parte. ¿Sería sueño, o ficción vana de los sentidos de su amigo? La +portera de la casa indicada por Jacinto se prestó a dar cuantas noticias +se le exigían, mas lo único de provecho que Juan obtuvo de su +indiscreción complaciente fue que en la casa de huéspedes del segundo +habían vivido un señor y una señora, «guapetona ella» durante dos días +nada más. Después habían desaparecido... La portera declaraba con +notoria agudeza que, a su parecer, el señor se había largado por el +tren, y la <i>individua</i>, señora... o lo que fuera... <i>andaba por Madrid</i>. +¿Pero dónde demonios andaba? Esto era lo que había que averiguar. Con +todo su talento no podía Juan darse explicación satisfactoria del +interés, de la curiosidad o afán amoroso que despertaba en él una +persona a quien dos años antes había visto con indiferencia y hasta con +repulsión. La forma, la pícara forma, alma del mundo, tenía la culpa. +Había bastado que la infeliz joven abandonada, miserable y quizás mal +oliente se trocase en la aventurera elegante, limpia y seductora, para +que los desdenes del hombre del siglo, que rinde culto al arte personal, +se trocaran en un afán ardiente de apreciar por sí mismo aquella +transformación admirable, prodigio de esta nuestra edad de seda. «Si +esto no es más que curiosidad, pura curiosidad...—se decía Santa Cruz, +caldeando su alma turbada—. Seguramente, cuando la vea me quedaré como +si tal cosa; pero quiero verla, quiero verla a todo trance... y +mientras no la vea, no creeré en la metamorfosis». Y esta idea le +dominaba de tal modo, que lo infructuoso de sus pesquisas producíale un +dolor indecible, y se fue exaltando, y por último figurábase que tenía +sobre sí una grande, irreparable desgracia. Para acabar de aburrirle y +trastornarle, un día fue Villalonga con nuevos cuentos. «He averiguado +que el hombre aquel es un trapisondista... Ya no está en Madrid. Lo de +los fusiles era un timo... letras falsificadas».</p> + +<p>—Pero ella... —A ella la ha visto ayer Joaquín Pez... Sosiégate, +hombre, no te vaya a dar algo. ¿Dónde dices? Pues por no sé qué calle. +La calle no importa. Iba vestida con la mayor humildad... Tú dirás como +yo, ¿y el abrigo de terciopelo?... ¿y el sombrerito?... ¿y las +turquesas?... Paréceme que me dijo Joaquín que aún llevaba las +turquesas... No, no, no dijo esto, porque si las hubiera llevado, no las +habría visto. Iba de pañuelo a la cabeza, bien anudado debajo de la +barba, y con un mantón negro de mucho uso, y un gran lío de ropa en la +mano... ¿Te explicas esto? ¿No? Pues yo sí... En el lío iba el abrigo, y +quizás otras prendas de ropa...</p> + +<p>—Como si lo viera—apuntó Juanito con rápido discernimiento—. Joaquín +la vio entrar en una casa de préstamos.</p> + +<p>—Hombre, ¡qué talentazo tienes!... Verde y con asa...</p> + +<p>—¿Pero no la vio salir; no la siguió después para ver dónde vive?</p> + +<p>—Eso te tocaba a ti... También él lo habría hecho. Pero considera, alma +cristiana, que Joaquinito es de la Junta de Aranceles y Valoraciones, y +precisamente había junta aquella tarde, y nuestro amigo iba al +ministerio con la puntualidad de un Pez.</p> + +<p>Quedose Juan con esta noticia más pensativo y peor humorado, sintiendo +arreciar los síntomas del mal que padecía, y que principalmente se +alojaba en su imaginación, mal de ánimo con mezcla de un desate nervioso +acentuado por la contrariedad. ¿Por qué la despreció cuando la tuvo como +era, y la solicitaba cuando se volvió muy distinta de lo que había +sido?... El pícaro ideal, ¡ay!, el eterno <i>¿cómo será?</i> Y la pobre +Jacinta, a todas estas, descrismándose por averiguar qué demonches de +antojo o manía embargaba el ánimo de su inteligente esposo. Este se +mostraba siempre considerado y afectuoso con ella; no quería darle +motivo de queja; mas para conseguirlo, necesitaba apelar a su misma +imaginación dañada, revestir a su mujer de formas que no tenía, y +suponérsela más ancha de hombros, más alta, más mujer, más pálida... y +con las turquesas aquellas en las orejas... Si Jacinta llega a descubrir +este arcano escondidísimo del alma de Juanito Santa Cruz, de fijo pide +el divorcio. Pero estas cosas estaban muy adentro, en cavernas más +hondas que el fondo de la mar, y no llegara a ella la sonda de Jacinta +ni con todo el plomo del mundo.</p> + +<p>Cada día más dominado por su frenesí investigador, visitó Santa Cruz +diferentes casas, unas de peor fama que otras, misteriosas aquellas, +estas al alcance de todo el público. No encontrando lo que buscaba en lo +que parece más alto, descendió de escalón en escalón, visitó lugares +donde había estado algunas veces y otros donde no había estado nunca. +Halló caras conocidas y amigas, caras desconocidas y repugnantes, y a +todas pidió noticias, buscando remedio al tifus de curiosidad que le +consumía. No dejó de tocar a ninguna puerta tras de la cual pudieran +esconderse la vergüenza perdida o la perdición vergonzosa. Sus +explicaciones parecían lo que no eran por el ardor con que las +practicaba y el carácter humanitario de que las revestía. Parecía un +padre, un hermano que desalado busca a la prenda querida que ha caído en +los dédalos tenebrosos del vicio. Y quería cohonestar su inquietud con +razones filantrópicas y aun cristianas que sacaba de su entendimiento +rico en sofisterías. «Es un caso de conciencia. No puedo consentir que +caiga en la miseria y en la abyección, siendo, como soy, responsable... +¡Oh!, mi mujer me perdone; pero una esposa, por inteligente que sea, no +puede hacerse cargo de los motivos morales, sí, morales que tengo para +proceder de esta manera».</p> + +<p>Y siempre que iba de noche por las calles, todo bulto negro o pardo se +le antojaba que era la que buscaba. Corría, miraba de cerca... y no era. +A veces creía distinguirla de lejos, y la forma se perdía en el gentío +como la gota en el agua. Las siluetas humanas que en el claro oscuro de +la movible muchedumbre parecen escamoteadas por las esquinas y los +portales, le traían descompuesto y sobresaltado. Mujeres vio muchas, a +oscuras aquí, allá iluminadas por la claridad de las tiendas; mas la +suya no parecía. Entraba en todos los cafés, hasta en algunas tabernas +entró, unas veces solo, otras acompañado de Villalonga. Iba con la +certidumbre de encontrarla en tal o cual parte; pero al llegar, la +imagen que llevaba consigo, como hechura de sus propios ojos, se +desvanecía en la realidad. «¡Parece que donde quiera que voy —decía con +profundo tedio—llevo su desaparición, y que estoy condenado a +expulsarla de mi vista con mi deseo de verla!». Decíale Villalonga que +tuviera paciencia; pero su amigo no la tenía; iba perdiendo la serenidad +de su carácter, y se lamentaba de que a un hombre tan grave y bien +equilibrado como él le trastornase tanto un mero capricho, una tenacidad +del ánimo, desazón de la curiosidad no satisfecha. «Cosas de los +nervios, ¿verdad Jacintillo? Esta pícara imaginación... Es como cuando +tú te ponías enfermo y delirante esperando ver salir una carta que no +salía nunca. Francamente, yo me creía más fuerte contra esta horrible +neurosis de la carta que no sale».</p> + +<p>Una noche que hacía mucho frío, entró el Delfín en su casa no muy tarde, +en un estado lamentable. Se sentía mal, sin poder precisar lo que era. +Dejose caer en un sillón y se inclinó de un lado con muestras de +intensísimo dolor. Acudió a él su amante esposa, muy asustada de verle +así y de oír los ayes lastimeros que de sus labios se escapaban, junto +con una expresión fea que se perdona fácilmente a los hombres que +padecen. «¿Qué tienes, nenito?». El Delfín se oprimía con la mano el +costado izquierdo. Al pronto creyó Jacinta que a su marido le habían +pegado una puñalada. Dio un grito... miró; no tenía sangre...</p> + +<p>«¡Ah! ¿Es que te duele?... ¡Pobrecito niño! Eso será frío... Espérate, +te pondré una bayeta caliente... te daremos friegas con... con +árnica...».</p> + +<p>Entró Barbarita y miró alarmada a su hijo, pero antes de tomar ninguna +disposición, echole una buena reprimenda porque no se recataba del +crudísimo viento seco del Norte que en aquellos días reinaba. Juan +entonces se puso a tiritar, dando diente con diente. El frío que le +acometió fue tan intenso que las palabras de queja salían de sus labios +como pulverizadas. La madre y la esposa se miraron con terror +consultándose recíprocamente en silencio sobre la gravedad de aquellos +síntomas... Es mucho Madrid este. Sale de caza un cristiano por esas +calles, noche tras noche. ¿En dónde estará la res? Tira por aquí, tira +por allá, y nada. La res no cae. Y cuando más descuidado está el +cazador, viene callandito por detrás una pulmonía de la finas, le +apunta, tira, y me le deja seco.</p> + +<h3>Madrid.—Enero de 1886.</h3> + +<h3>FIN DE LA PRIMERA PARTE</h3> + +<hr style="margin-bottom:15%;" /> + +<p><a name="parte_segunda" id="parte_segunda" ></a></p> + +<h1>Fortunata y Jacinta: (dos historias de casadas)</h1> + +<h2>por<br /> B. Pérez Galdós</h2> + +<hr /> +<h2>PARTE SEGUNDA</h2> +<div class="center"> +<a href="#ib"><b>-I-</b></a> +<a href="#iib"><b>-II-</b></a> +<a href="#iiib"><b>-III-</b></a> +<a href="#ivb"><b>-IV-</b></a> +<a href="#vb"><b>-V-</b></a> +<a href="#vib"><b>-VI-</b></a> +<a href="#viib"><b>-VII-</b></a><br /> +</div> +<hr /> + +<h2><a name="ib" id="ib"></a>-I-</h2> + +<h2>Maximiliano Rubín</h2> + + +<h2>-<span class="smcap">i</span>-</h2> + + +<p>La venerable tienda de tirador de oro que desde inmemorial tiempo estuvo +en los soportales de Platerías, entre las calles de la Caza y San Felipe +Neri, desapareció, si no estoy equivocado, en los primeros días de la +revolución del 68. En una misma fecha cayeron, pues, dos cosas +seculares, el trono aquel y la tienda aquella, que si no era tan antigua +como la Monarquía española, éralo más que los Borbones, pues su +fundación databa de 1640, como lo decía un letrero muy mal pintado en la +anaquelería. Dicho establecimiento sólo tenía una puerta, y encima de +ella este breve rótulo: <i>Rubín</i>.</p> + +<p>Federico Ruiz, que tuvo años ha la manía de escribir artículos sobre los +<i>Oscuros pero indudables vestigios de la raza israelita en la moderna +España</i> (con los cuales artículos le hicieron un folletito los editores +de la Revista que los publicó gratis), sostenía que el apellido de Rubín +era judío y fue usado por algunos conversos que permanecieron aquí +después de la expulsión. «En la calle de Milaneses, en la de Mesón de +Paños y en Platerías se albergaban diferentes familias de <i>ex-deicidas</i>, +cuyos últimos vástagos han llegado hasta nosotros, ya sin carácter +<i>fisonómico ni etnográfico</i>». Así lo decía el fecundo publicista, y +dedicaba medio artículo a demostrar que el verdadero apellido de los +Rubín era <i>Rubén</i>. Como nadie le contradecía, dábase él a probar cuanto +le daba la gana, con esa buena fe y ese honrado entusiasmo que ponen +algunos sabios del día en ciertos trabajos de erudición que el público +no lee y que los editores no pagan. Bastante hacen con publicarlos. No +quisiera equivocarme; pero me parece que todo aquel judaísmo de mi amigo +era pura fluxión de su acatarrado cerebro, el cual eliminaba aquellas +enfadosas materias como otras muchas, según el tiempo y las +circunstancias. Y me consta que D. Nicolás Rubín, último poseedor de la +mencionada tienda, era cristiano viejo, y ni siquiera se le pasaba por +la cabeza que sus antecesores hubieran sido fariseos con rabo o sayones +narigudos de los que salen en los pasos de Semana Santa.</p> + +<p>La muerte de este D. Nicolás Rubín y el acabamiento de la tienda fueron +simultáneos.</p> + +<p>Tiempo hacía que las deudas socavaban la casa, y se sostenía apuntalada +por las consideraciones personales que los acreedores tenían a su dueño. +El motivo de la ruina, según opinión de todos los amigos de la familia, +fue la mala conducta de la esposa de Nicolás Rubín, mujer desarreglada y +escandalosa, que vivía con un lujo impropio de su clase, y dio mucho que +hablar por sus devaneos y trapisondas. Diversas e inexplicables +alternativas hubo en aquel matrimonio, que tan pronto estaba unido como +disuelto de hecho, y el marido pasaba de las violencias más bárbaras a +las tolerancias más vergonzosas. Cinco veces la echó de su casa y otras +tantas volvió a admitirla, después de pagarle todas sus trampas. Cuentan +que Maximiliana Llorente era una mujer bella y deseosa de agradar, de +esas que no caben en la estrechez vulgar de una tienda. Se la llevó Dios +en 1867, y al año siguiente pasó a mejor vida el pobre Nicolás Rubín, de +una rotura de varisis, no dejando a sus hijos más herencia que la +detestable reputación doméstica y comercial, y un pasivo enorme que +difícilmente pudo ser pagado con las existencias de la tienda. Los +acreedores arramblaron por todo, hasta por la anaquelería, que sólo +sirvió para leña. Era contemporánea del Conde-Duque de Olivares.</p> + +<p>Los hijos de aquel infortunado comerciante eran tres. Fijarse bien en +sus nombres y en la edad que tenían cuando acaeció la muerte del padre.</p> + +<ul> +<li><i>Juan Pablo</i>, de veintiocho años.</li> +<li><i>Nicolás</i>, de veinticinco.</li> +<li><i>Maximiliano</i>, de diecinueve.</li> +</ul> + +<p>Ninguno de los tres se parecía a los otros dos ni en el semblante ni en +la complexión, y sólo con muy buena voluntad se les encontraba el aire +de familia. De esta heterogeneidad de las tres caras vino sin duda la +maliciosa versión de que los tales eran hijos de diferentes padres. +Podía ser calumnia, podía no serlo; pero debe decirse para que el lector +vaya formando juicio. Algo tenían de común, ahora que recuerdo, y era +que todos padecían de fuertes y molestísimas jaquecas. Juan Pablo era +guapo, simpático y muy bien plantado, de buena estatura, ameno y fácil +en el decir, de inteligencia flexible y despierta. Nicolás era +desgarbado, vulgarote, la cara encendida y agujereada como un cedazo a +causa de la viruela, y tan peludo, que le salían mechones por la nariz y +por las orejas. Maximiliano era raquítico, de naturaleza pobre y +linfática, absolutamente privado de gracias personales. Como que había +nacido de siete meses y luego se le criaron con biberón y con una cabra.</p> + +<p>Cuando murió el padre de estos tres mozos, Nicolás, o sea el peludo +(para que se les vaya distinguiendo), se fue a vivir a Toledo con su +tío D. Mateo Zacarías Llorente, capellán de <i>Doncellas Nobles</i>, el cual +le metió en el Seminario y le hizo sacerdote; Juan Pablo y Maximiliano +se fueron a vivir con su tía paterna doña Guadalupe Rubín, viuda de +Jáuregui, conocida vulgarmente por <i>Doña Lupe la de los pavos</i>, la cual +vivió primero en el barrio de Salamanca y después en Chamberí, señora de +tales circunstancias, que bien merece toda la atención que le voy a +consagrar más adelante. En un pueblo de la Alcarria tenían los hermanos +Rubín una tía materna, viuda, sin hijos y rica; mas como estaba +vendiendo vidas, la herencia de esta señora no era más que una esperanza +remota.</p> + +<p>No había más remedio que trabajar, y Juan Pablo empezó a buscarse la +vida. Odiaba de tal modo las tiendas de tiradores de oro, que cuando +pasaba por alguna, parecía que le entraba la jaqueca. Metiose en un +negocio de pescado, uniéndose a cierto individuo que lo recibía en +comisión para venderlo al por mayor por seretas de fresco y barriles de +escabeche en la misma estación o en la plaza de la Cebada; pero en los +primeros meses surgieron tales desavenencias con el socio, que Juan +Pablo abandonó la pesca y se dedicó a viajante de comercio. Durante un +par de años estuvo rodando por los ferrocarriles con sus cajas de +muestras. De Barcelona hasta Huelva, y desde Pontevedra a Almería no le +quedó rincón que no visitase, deteniéndose en Madrid todo el tiempo que +podía. Trabajó en sombreros de fieltro, en calzado de Soldevilla, y +derramó por toda la Península, como se esparce sobre el papel la +arenilla de una salvadera, diferentes artículos de comercio. En otra +temporada corrió chocolates, pañuelos y chales <i>galería</i>, conservas, +devocionarios y hasta palillos de dientes. Por su diligencia, su +honradez y por la puntualidad con que remitía los fondos recaudados, sus +comitentes le apreciaban mucho. Pero no se sabe cómo se las componía, +que siempre estaba <i>más pobre que las ratas</i>, y se lamentaba con +amanerado pesimismo de su pícara suerte. Todas sus ganancias se le iban +<i>por entre los dedos</i>, frecuentando mucho los cafés en sus ratos de +descanso, convidando sin tasa a los amigos y dándose la mejor vida +posible en las poblaciones que visitaba. A los funestos resultados de +este sistema llamaba él <i>haber nacido con mala sombra</i>. La misma +heterogeneidad y muchedumbre de artículos que corría mermó pronto los +resultados de sus viajes y algunas casas empezaron a retirarle su +confianza, y el aburrido viajante, siempre de mal temple y echando +maldiciones y ternos contra los mercachifles, aspiraba a un cambio de +vida y a ocupación más lucrativa y noble.</p> + +<p>Día memorable fue para Juan Pablo aquel en que tropezó con un cierto +amigote de la infancia, camarada suyo en San Isidro. El amigo era +diputado de los que llamaban <i>cimbros</i>, y Juan Pablo, que era hombre de +mucha labia, le encareció tanto su aburrimiento de la vida comercial y +lo bien dispuesto que estaba para la administrativa, que el otro se lo +creyó, y hágote empleado. Rubín fue al mes siguiente inspector de +policía en no sé qué provincia. Pero su infame estrella se la había +jurado: a los tres meses cambió la situación política, y mi Rubín +cesante. Había tomado el gusto a la carne de nómina, y ya no podía ser +más que empleado o pretendiente. No sé qué hay en ello, pero es lo +cierto que hasta la cesantía parece que es un goce amargo para ciertas +naturalezas, porque las emociones del pretender las vigorizan y entonan, +y por eso hay muchos que el día que les colocan se mueren. La +irritabilidad les ha dado vida y la sedación brusca les mata. Juan Pablo +sentía increíbles deleites en ir al café, hablar mal del Gobierno, +anticipar nombramientos, darse una vuelta por los ministerios, acechar +al protector en las esquinas de Gobernación o a la salida del Congreso, +dar el salto del tigre y caerle encima cuando le veía venir. Por fin +salió la credencial. Pero, ¡qué demonio!, siempre la condenada suerte +persiguiéndole, porque todos los empleos que le daban eran de lo más +antipático que imaginarse puede. Cuando no era algo de la policía +secreta, era cosa de cárceles o presidios.</p> + +<p>Entretanto cuidaba de su hermano pequeño, por quien sentía un cariño que +se confundía con la lástima, a causa de las continuas enfermedades que +el pobre chico padecía. Pasados los veinte años, se vigorizó un poco, +aunque siempre tenía sus arrechuchos; y viéndole más entonado, Juan +Pablo determinó darle una carrera para que no se malograse como él se +malogró, por falta de una dirección fija desde la edad en que se plantea +el porvenir de los hombres. Achacaba el mayor de los Rubín su desgracia +a la disparidad entre sus aptitudes innatas y los medios de +exteriorizarse. «¡Oh, si mi padre me hubiera dado una +carrera!—-pensaba—-, yo sería hoy algo en el mundo...».</p> + +<p>No tardó en recibir un nuevo golpe, pues cuando soñaba con un ascenso le +limpiaron otra vez el comedero. Y he aquí a mi hombre paseándose por +Madrid con las manos en los bolsillos, o viendo correr tontamente las +horas en este y el otro café, hablando de la situación ¡siempre de la +situación, de la guerra y de lo infames, indecentes y mamarrachos que +son los políticos españoles! ¡Duro en ellos! Así se desahogan los +espíritus alborotados y tempestuosos. Y por aquella vez no había +esperanzas para Juan Pablo, porque los <i>suyos</i>, los que él llamaba con +tanto énfasis los <i>míos</i>, estaban por los suelos, y había lo que llaman +<i>racha</i> en las regiones burocráticas. A veces exploraba el mísero +cesante su conciencia, y se asombraba de no encontrar en ella nada en +qué fundar terminantemente su filiación política. Porque ideas fijas... +Dios las diera; había leído muy poco y nutría su entendimiento de lo que +en los cafés escuchaba y de lo que los periódicos le decían. No sabía +fijamente si era liberal o no, y con el mayor desparpajo del mundo +llamaba <i>doctrinario</i> a cualquiera sin saber lo que la palabra +significaba. Tan pronto sentía en su espíritu, sin saber por qué ni por +qué no, frenético entusiasmo por los derechos del hombre; tan pronto se +le inundaba el alma de gozo oyendo decir que el Gobierno iba a dar mucho +estacazo y a pasarse los tales derechos por las narices.</p> + +<p>En tal situación, presentose inopinadamente en Madrid Nicolás Rubín, el +curita peludo, que también tenía sus pretensiones de ingresar no sé si +en el clero castrense o en el catedral, y ambos hermanos celebraron unos +coloquios muy reservados, paseando solos por las afueras. De resultas de +esto, Juan Pablo apareció un día en el café con cierta animación, mucho +desenfado en sus juicios políticos, dándolas de profeta y expresando más +altaneramente que nunca su desprecio de la situación dominante. A los +que de esta manera se conducen, se les mira en los cafés con un poquillo +de respeto y aun con cierta envidia, suponiéndoles conocedores de +secretos de Estado o de alguna intriga muy gorda. «El amigo +Rubín—dijo, en ausencia de él D. Basilio Andrés de la Caña, que era +uno de los puntos fijos en la mesa—, me parece a mí que no juega +limpio con nosotros. Si le van a colocar que lo diga de una vez. ¿Qué +tenemos, viene <i>la federal</i> o qué? <i>¡Misterios! ¡Meditemos!</i>... ¿O es +que le lleva cuentos a don Práxedes? Bueno, señores, que se los lleve. +No me importa el espionaje».</p> + +<p>Esto pasaba a fines de 1872. De pronto Rubín dijo que iba al extranjero +a reanudar sus trabajos de viajante de comercio. Desapareció de Madrid, +y al cabo de meses se susurró en la tertulia del café que estaba en la +facción, y que D. Carlos le había nombrado algo como contador o +intendente en su Cuartel Real. Súpose más tarde que había ido a +Inglaterra a comprar fusiles, que hizo un alijo cerca de Guetaria, que +vino disfrazado a Madrid y pasó a la Mancha y Andalucía en el verano del +73, cuando la Península, ardiendo por los cuatro costados, era una +inmensa pira a la cual cada español había llevado su tea y el Gobierno +soplaba.</p> + + + +<hr /> +<h2>-<span class="smcap">ii</span>-</h2> + + +<p>Juan Pablo, que siempre se había equivocado en lo referente a sí mismo y +andaba por caminos torcidos, acertó al disponer que su hermano pequeño +siguiese la carrera de Farmacia. Muchas personas que no hacen más que +disparates, poseen esta perspicacia del consejo y de la dirección de los +demás, y no dando pie con bola en los destinos propios, ven claro en los +del prójimo. En tal decisión tuvo además bastante parte un grande amigo +del difunto Nicolás Rubín y de toda la familia (el farmacéutico +Samaniego, dueño de la acreditada botica de la calle del Ave María), +prometiendo tomar bajo sus auspicios a Maximiliano, llevársele de +mancebo o practicante con la mira de que, andando el tiempo, se quedase +al frente del establecimiento.</p> + +<p>Empezó Maximiliano sus estudios el 69, y su hermano y su tía le +ponderaban lo bonita que era la Farmacia y lo mucho que con ella se +ganaba, por ser muy caros los medicamentos y muy baratas las primeras +materias: agua del pozo, ceniza del fogón, tierra de los tiestos, +etcétera... El pobre chico, que era muy dócil, con todo se mostraba +conforme. Lo que es entusiasmo, hablando en plata, no lo tenía por esta +carrera ni por otra alguna; no se había despertado en él ningún afán +grande ni esa curiosidad sedienta de que sale la sabiduría. Era tan +endeble que la mayor parte del año estaba enfermo, y su entendimiento no +veía nunca claro en los senos de la ciencia, ni se apoderaba de una idea +sino después de echarle muchas lazadas como si la amarrara. Usaba de su +escasa memoria como de un ave de cetrería para cazar las ideas; pero el +halcón se le marchaba a lo mejor, dejándole con la boca abierta y +mirando al cielo.</p> + +<p>Fueron penosísimos los primeros pasos en la carrera. La pereza y la +debilidad le retenían en el lecho por las mañanas más tiempo del +regular, y la pobre doña Lupe pasaba la pena negra para sacarle de las +sábanas. Levantábase ella muy temprano, y se ponía a dar golpes con el +almirez junto a la misma cabeza del durmiente, que las más de las veces +no se daba por entendido de tal estruendo. Luego le hacía cosquillas, +acostaba al gato con él, le retiraba las sábanas con la debida +precaución para que no se enfriase. El sueño se cebaba de tal modo en +aquel cuerpo, por las exigencias de la reparación orgánica, que el +despertar del estudiante era obra de romanos y una de las cosas en que +más energía y constancia desplegaba doña Lupe.</p> + +<p>El muchacho estudiaba y quería cumplir con su deber; pero no podía ir +más allá de sus alcances. Doña Lupe le ayudaba a estudiar las +lecciones, animábale en sus desfallecimientos, y cuando le veía apurado +y temeroso por la proximidad de los exámenes, se ponía la mantilla y se +iba a hablar con los profesores. Tales cosas les decía, que el chico +pasaba, aunque con malas notas. Como no estuviese enfermo, asistía +puntualmente a clase, y era de los que traían mayor trajín de notas, +apuntes y cuadernos. Entraba en el aula cargado con aquel fardo, y no +perdía sílaba de lo que el profesor decía.</p> + +<p>Era de cuerpo pequeño y no bien conformado, tan endeble que parecía que +se lo iba a llevar el viento, la cabeza chata, el pelo lacio y ralo. +Cuando estaban juntos él y su hermano Nicolás, a cualquiera que les +viese se le ocurriría proponer al segundo que otorgase al primero los +pelos que le sobraban. Nicolás se había llevado todo el cabello de la +familia, y por esta usurpación pilosa, la cabeza de Maximiliano +anunciaba que tendría calva antes de los treinta años. Su piel era +lustrosa, fina, cutis de niño con transparencias de mujer desmedrada y +clorótica. Tenía el hueso de la nariz hundido y chafado, como si fuera +de sustancia blanda y hubiese recibido un golpe, resultando de esto no +sólo fealdad sino obstrucciones de respiración nasal, que eran sin duda +la causa de que tuviera siempre la boca abierta. Su dentadura había +salido con tanta desigualdad que cada pieza estaba, como si dijéramos, +donde le daba la gana. Y menos mal si aquellos condenados huesos no le +molestaran nunca; ¡pero si tenía el pobrecito cada dolor de muelas que +le hacía poner el grito más allá del Cielo! Padecía también de corizas y +las empalmaba, de modo que resultaba un coriza crónico, con la +pituitaria echando fuego y destilando sin cesar. Como ya iba aprendiendo +el oficio, se administraba el yoduro de potasio en todas las formas +posibles, y andaba siempre con un canuto en la boca aspirando brea, +demonios o no sé qué.</p> + +<p>Dígase lo que se quiera, Rubín no tenía ilusión ninguna con la Farmacia. +Mas no estaba vacía de aspiraciones altas el alma de aquel joven, tan +desfavorecido por la Naturaleza que física y moralmente parecía hecho de +sobras. A los dos o tres años de carrera, aquel molusco empezó a sentir +vibraciones de hombre, y aquel ciego de nacimiento empezó a entrever las +fases grandes y gloriosas del astro de la vida. Vivía doña Lupe en +aquella parte del barrio de Salamanca que llamaban <i>Pajaritos</i>. +Maximiliano veía desde la ventana de su tercer piso a los alumnos de +Estado Mayor, cuando la Escuela estaba en el 40 antiguo de la calle de +Serrano; y no hay idea de la admiración que le causaban aquellos +jóvenes, ni del arrobamiento que le producía la franja azul en el +pantalón, el ros, la levita con las hojas de roble bordadas en el +cuello, y la espada... ¡tan chicos algunos y ya con espada! Algunas +noches, Maximiliano soñaba que tenía su tizona, bigote y uniforme, y +hablaba dormido. Despierto deliraba también, figurándose haber crecido +una cuarta, tener las piernas derechas y el cuerpo no tan caído para +adelante, imaginándose que se le arreglaba la nariz, que le brotaba el +pelo y que se le ponía un empaque marcial como el del más pintado. ¡Qué +suerte tan negra! Si él no fuera tan desgarbado de cuerpo y le hubieran +puesto a estudiar aquella carrera, ¡cuánto se habría aplicado! +Seguramente, a fuerza de sobar los libros, le habría salido el talento, +como se saca lumbre a la madera frotándola mucho.</p> + +<p>Los sábados por la tarde, cuando los alumnos iban al ejercicio con su +fusil al hombro, Maximiliano se iba tras ellos para verles maniobrar, y +la fascinación de este espectáculo durábale hasta el lunes. En la clase +misma, que por la placidez del local y la monotonía de la lección +convidaba a la somnolencia, se ponía a jugar con la fantasía y a +provocar y encender la ilusión. El resultado era un completo éxtasis, y +al través de la explicación sobre las propiedades terapéuticas de las +tinturas madres, veía a los alumnos militares en su estudio táctico de +campo, como se puede ver un paisaje al través de una vidriera de +colores.</p> + +<p>Los chicos de la clase de Botánica se entretenían en ponerse motes +semejantes a las nomenclaturas de Linneo. A un tal Anacleto que se las +tiraba de muy fino y muy señorito, le llamaban <i>Anacletus +obsequiosissimus</i>; a Encinas, que era de muy corta estatura, le llamaban +<i>Quercus gigantea</i>. Olmedo era muy abandonado y le caía admirablemente +el <i>Ulmus sylvestris</i>. Narciso Puerta era feo, sucio y mal oliente. +Pusiéronle <i>Pseudo-Narcissus odoripherus</i>. A otro que era muy pobre y +gozaba de un empleíto, le pusieron <i>Christophorus oficinalis</i> y por +último, a Maximiliano Rubín, que era feísimo, desmañado y de muy cortos +alcances, se le llamó durante toda la carrera <i>Rubinius vulgaris</i>.</p> + +<p>Al entrar el año de 1874, tenía Maximiliano veinticinco y no +representaba aún más de veinte. Carecía de bigote, pero no de granos que +le salían en diferentes puntos de la cara. A los veintitrés años tuvo +una fiebre nerviosa que puso en peligro su vida; pero cuando salió de +ella parecía un poco más fuerte; ya no era su respiración tan fatigosa +ni sus corizas tan tenaces, y hasta los condenados raigones de sus +muelas parecían más civilizados. No usaba ya el ioduro tan a pasto ni el +canuto de brea, y sólo las jaquecas persistían, como esos amigos +machacones cuya visita periódica causa espanto. Juan Pablo estaba +entonces en el Cuartel Real, y doña Lupe dejaba a Maximiliano en +libertad, porque le creía inaccesible a los vicios por razón de su +pobreza física, de su natural apático y de la timidez que era el +resultado de aquellas desventajas. Y además de libertad, dábale su tía +algún dinero para sus placeres de mozo, segura de que no había de +gastarlo sino con mucho pulso. Inclinábase el chico a economizar, y +tenía una hucha de barro en la cual iba metiendo las monedas de plata y +algún centén de oro que le daban sus hermanos cuando venían a Madrid. En +la ropa era muy mirado, y gustaba de hacerse trajes baratos y de moda, +que cuidaba como a las niñas de sus ojos. De esto le sobrevino alguna +presunción, y gracias a ella su figura no parecía tan mala como era +realmente. Tenía su buena capa de embozos colorados; por la noche se +liaba en ella, metíase en el tranvía y se iba a dar una vuelta hasta las +once, rara vez hasta las doce. Por aquel tiempo se mudó doña Lupe a +Chamberí, buscando siempre casas baratas, y Maximiliano fue perdiendo +poco a poco la ilusión de los alumnos de Estado Mayor.</p> + +<p>Su timidez, lejos de disminuir con los años, parecía que aumentaba. +Creía que todos se burlaban de él considerándole insignificante y para +poco. Exageraba sin duda su inferioridad, y su desaliento le hacía huir +del trato social. Cuando le era forzoso ir a alguna visita, la casa en +que debía entrar imponíale miedo, aun vista por fuera, y estaba dando +vueltas por la calle antes de decidirse a penetrar en ella. Temía +encontrar a alguien que le mirara con malicia, y pensaba lo que había de +decir, aconteciendo las más de las veces que no decía nada. Ciertas +personas le infundían un respeto que casi casi era pánico, y al verlas +venir por la calle se pasaba a la otra acera. Estas personas no le +habían hecho daño alguno; al contrario, eran amigos de su padre, o de +doña Lupe o de Juan Pablo. Cuando iba al café con los amigos, estaba muy +bien si no había más que dos o tres. En este caso hasta se le soltaba la +lengua y se ponía a hablar sobre cualquier asunto. Pero como se +reunieran seis u ocho personas, enmudecía, incapaz de tener una opinión +sobre nada. Si se veía obligado a expresarse, o porque se querían +<i>quedar con él</i> o porque sin malicia le preguntaban algo, ya estaba mi +hombre como la grana y tartamudeando.</p> + +<p>Por esto le gustaba más, cuando el tiempo no era muy frío, vagar por las +calles, embozadito en su pañosa, viendo escaparates y la gente que iba y +venía, parándose en los corros en que cantaba un ciego, y mirando por +las ventanas de los cafés. En estas excursiones podía muy bien emplear +dos horas sin cansarse, y desde que se daba cuerda y cogía impulso, el +cerebro se le iba calentando, calentando hasta llegar a una presión +altísima en que el joven errante se figuraba estar persiguiendo +aventuras y ser muy otro de lo que era. La calle con su bullicio y la +diversidad de cosas que en ella se ven, ofrecía gran incentivo a aquella +imaginación, que al desarrollarse tarde, solía desplegar los bríos de +que dan muestras algunos enfermos graves. Al principio no le llamaban la +atención las mujeres que encontraba; pero al poco tiempo empezó a +distinguir las guapas de las que no lo eran, y se iba en seguimiento de +alguna, por puro éxtasis de aventura, hasta que encontraba otra mejor y +la seguía también. Pronto supo distinguir de <i>clases</i>, es decir, llegó a +tener tan buen ojo, que conocía al instante las que eran honradas y las +que no. Su amigo <i>Ulmus sylvestris</i>, que a veces le acompañaba, indújole +a romper la reserva que su encogimiento le imponía, y Maximiliano +conoció a algunas que había visto más de una vez y que le habían +parecido muy guapetonas. Pero su alma permanecía serena en medio de sus +tentativas viciosas: las mismas con quienes pasó ratos agradables le +repugnaban después, y como las viera venir por la calle, les huía el +bulto.</p> + +<p>Agradábale más vagar solo que en compañía de Olmedo, porque este le +distraía, y el goce de Maximiliano consistía en pensar e imaginar +libremente y a sus anchas, figurándose realidades y volando sin tropiezo +por los espacios de lo posible, aunque fuera improbable. Andar, andar y +soñar al compás de las piernas, como si su alma repitiera una música +cuyo ritmo marcaban los pasos, era lo que a él le deleitaba. Y como +encontrara mujeres bonitas, solas, en parejas o en grupos, bien con +toquilla a la cabeza o con manto, gozaba mucho en afirmarse a sí mismo +que <i>aquellas eran honradas</i>, y en seguirlas hasta ver a dónde iban. +«¡Una honrada! ¡Que me quiera una honrada!». Tal era su ilusión... Pero +no había que pensar en tal cosa. Sólo de pensar que le dirigía la +palabra a una honrada, le temblaban las carnes. ¡Si cuando iba a su casa +y estaban en ella Rufinita Torquemada o la señora de Samaniego con su +hija Olimpia, se metía en la cocina por no verse obligado a +saludarlas...!</p> + + + +<hr /> +<h2>-<span class="smcap">iii</span>-</h2> + + +<p>De esta manera aquel misántropo llegó a vivir más con la visión interna +que con la externa. El que antes era como una ostra había venido a ser +algo como un poeta. Vivía dos existencias, la del pan y la de las +quimeras. Esta la hacía a veces tan espléndida y tal alta, que cuando +caía de ella a la del pan, estaba todo molido y maltrecho. Tenía +Maximiliano momentos en que se llegaba a convencer de que era otro, esto +siempre de noche y en la soledad vagabunda de sus paseos. Bien era +oficial de ejército y tenía una cuarta más de alto, nariz aguileña, +mucha fuerza muscular y una cabeza... una cabeza que no le dolía nunca; +o bien un paisano pudiente y muy galán, que hablaba por los codos sin +turbarse nunca, capaz de echarle una flor a la mujer más arisca, y que +estaba en sociedad de mujeres como el pez en el agua. Pues como dije, se +iba calentando de tal modo los sesos, que se lo llegaba a creer. Y si +aquello le durara, sería tan loco como cualquiera de los que están en +Leganés. La suerte suya era que aquello se pasaba, como pasaría una +jaqueca; pero la alucinación recobraba su imperio durante el sueño, y +allí eran los disparates y el teje maneje de unas aventuras generalmente +muy tiernas, muy por lo fino, con abnegaciones, sacrificios, heroísmos y +otros fenómenos sublimes del alma. Al despertar, en ese momento en que +los juicios de la realidad se confunden con las imágenes mentirosas del +sueño y hay en el cerebro un crepúsculo, una discusión vaga entre lo que +es verdad y lo que no lo es, el engaño persistía un rato, y Maximiliano +hacía por retenerlo, volviendo a cerrar los ojos y atrayendo las +imágenes que se dispersaban. «Verdaderamente—decía él—, ¿por qué ha de +ser una cosa más real que la otra? ¿Por qué no ha de ser sueño lo del +día y vida efectiva lo de la noche? Es cuestión de nombres y de que +diéramos en llamar <i>dormir</i> a lo que llamamos <i>despertar</i>, y <i>acostarse</i> +al <i>levantarse</i>... ¿Qué razón hay para que no diga yo ahora mientras me +visto: 'Maximiliano, ahora te estás echando a dormir. Vas a pasar mala +noche, con pesadilla y todo, o sea con clase de <i>Materia farmacéutica +animal</i>...?'».</p> + +<p>El tal <i>Ulmus sylvestris</i> era un chico simpático, buen mozo, alegre y de +cabeza un tanto ligera. De todos los compañeros de <i>Rubinius vulgaris</i>, +aquel era el que más le quería, y Maximiliano le pagaba con un cariño +que tenía algo de respeto. Llevaba Olmedo una vida muy poco ejemplar, +mudando cada mes de casa de huéspedes, pasándose las noches en lugares +pecaminosos, y haciendo todos los disparates estudiantiles, como si +fueran un programa que había que cumplir sin remedio. Últimamente vivía +con una tal Feliciana, graciosa y muy corrida, dándose importancia con +ello, como si el <i>entretener</i> mujeres fuese una carrera en que había que +matricularse para ganar título de hombre hecho y derecho. Dábale él lo +poco que tenía, y ella afanaba por su lado para ir viviendo, un día con +estrecheces, otro con rumbo y siempre con la mayor despreocupación. +Tomaba él en serio este género de vida, y cuando tenía dinero, invitaba +a sus amigos a <i>tomar un bacalao</i> en su <i>hotel</i>, dándose unos aires de +hombre de mundo y pillín, con cierta imitación mala del desgaire +parisiense que conocía por las novelas de Paul de Kock. Feliciana era +de Valencia, y ponía muy bien el arroz; pero el servicio de la mesa y +la mesa misma tenían que ver. Y Olmedo lo hacía todo tan al vivo y tan +con arreglo a programa, que se emborrachaba sin gustarle el vino, +cantaba flamenco sin saberlo cantar, destrozaba la guitarra y hacía +todos los desatinos que, a su parecer, constituían el rito de perdido; +pues a él se le antojó ser perdido, como otros son masones o caballeros +cruzados, por el prurito de desempeñar papeles y de tener una +significación. Si existiera el uniforme de perdido, Olmedo se lo hubiera +puesto con verdadero entusiasmo, y sentía que no hubiese un distintivo +cualquiera, cinta, plumacho o galón, para salir con él, diciendo +tácitamente: «Vean ustedes lo perdulario que soy». Y en el fondo era un +infeliz. Aquello no era más que una prolongación viciosa de la <i>edad del +pavo</i>.</p> + +<p>Maximiliano no iba nunca a las francachelas de su amigo, aunque este le +convidaba siempre. Pero se informaba de la salud de Feliciana, como si +fuera una señora, y Olmedo también tomaba esto en serio, diciendo: «La +tengo un poquillo delicada. Hoy le he dicho a Orfila que se pase por +casa». Este Orfila era un estudiantillo de último año de Medicina, que +se llamaba lo mismo que el célebre doctor, y curaba, es decir, recetaba +a los amigos y a las amigas de los amigos.</p> + +<p>Un día, al salir de clase, dijo Olmedo a Rubín: «Vete por casa si +quieres ver una mujer... hasta allí. Es una amiga de Feliciana, que se +ha ido a nuestro <i>hotel</i> unos días mientras encuentra colocación».</p> + +<p>—¿Es honrada?—preguntó Rubín, mostrando en su tono la importancia que +daba a la honradez.</p> + +<p>—¡Honrada!, ¡qué narices!—exclamó el perdis riendo—. ¿Pero tú crees +que hay alguna mujer que sea... lo que se llama honrada?</p> + +<p>Esto lo dijo con aplomo filosófico, el sombrero inclinado sobre la sien +derecha como distintivo de sus ideas acerca de la depravación humana. Ya +no había mujeres honradas: lo decía un conocedor profundo de la sociedad +y del vicio. El escepticismo de Olmedo era signo de infancia, un +desorden de transición fisiológica, algo como una segunda dentición. +Todo se reduce a echar muchas babas, y luego ya viene el hombre con +otras ideas y otra manera de ser.</p> + +<p>«¡Con que no es honrada!...» apuntó Maximiliano, que habría deseado que +todas las hembras lo fueran.</p> + +<p>—¿Qué ha de ser, hombre?... ¡Buena púa está! Llegó a Madrid no hace +mucho tiempo con un barbián... creo que tratante en fusiles. ¡Traían un +tren, chico!... La vi una noche... Te juro que daba el puro opio. +Parecía del propio París... Pero yo no sé lo que pasó, ¡narices!</p> + +<p>Aquel señor no jugaba limpio, y una mañana se largó dejando un pico muy +grande en la casa de huéspedes, y otro pico no sé dónde, y picos y +picos... Total, que la pobre tuvo que empeñar todos sus trapos y se +quedó con lo puesto, nada más que con lo puesto, cuando lo tiene puesto +se entiende. Feliciana se la encontró no sé dónde hecha un mar de +lágrimas, y le dijo: «vente a mi casa». ¡Allí está! Hace sus saliditas, +ojo al Cristo, para lo cual Feliciana le presta su ropa. No te creas; es +una chica muy buena. ¡Tiene un ángel...!</p> + +<p>Por la noche fue Maximiliano al <i>hotel</i> de Feliciana, tercer piso en la +calle de Pelayo, y al entrar, lo primero que vio... Es que junto a la +puerta de entrada había un cuartito pequeño, que era donde moraba la +huéspeda, y esta salía de su escondrijo cuando Rubín entraba. Feliciana +había salido a abrir con el quinqué en la mano, porque lo llevaba para +la sala, y a la luz vivísima del petróleo sin pantalla, encaró +Maximiliano con la más extraordinaria hermosura que hasta entonces +habían visto sus ojos. Ella le miró a él como a una cosa rara, y él a +ella como a sobrenatural aparición.</p> + +<p>Pasó Rubín a la salita, y dejando su capa, se sentó en un sillón de hule +cuyos muelles asesinaban la parte del cuerpo que sobre ellos caía. +Olmedo quería que su amigo jugase con él a la siete y media; pero como +Maximiliano se negase a ello, empezó a hacer solitarios. Puso Feliciana +sobre la luz una pantalla de figurines vestidos con pegotes de trapo, y +después se echó con indolencia en la butaca, abrigándose con su mantón +alfombrado.</p> + +<p>«Fortunata—gritó llamando a su amiga, que daba vueltas por toda la casa +como si buscara alguna cosa—. ¿Qué se te ha perdido?».</p> + +<p>—Chica, mi toquilla azul.—¿Vas a salir ya?—Sí: ¿qué hora es?</p> + +<p>Rubín se alegró de aquella ocasión que se le presentaba de prestar un +servicio a mujer tan hermosa, y sacando su reloj con mucha solemnidad, +dijo: «Las nueve menos siete minutos... y medio». No podía decirse la +hora con exactitud más escrupulosa.</p> + +<p>«Ya ves—dijo Feliciana—. tienes tiempo... Hasta las diez. Con que +salgas de aquí a las diez menos cuarto... ¿Pero esa toquilla?... Mírala, +mírala en esa silla junto a la cómoda».</p> + +<p>—¡Ay!, hija... si llega a ser perro me muerde.</p> + +<p>Se la puso, envolviéndose la cabeza, echando miradas a un espejo de +marco negro que sobre la cómoda estaba, y después se sentó en una silla +a hacer tiempo. Entonces Maximiliano la miró mejor. No se hartaba de +mirarla, y una obstrucción singular se le fijó en el pecho, cortándole +la respiración. ¿Y qué decir? Porque había que decir algo. El pobre +joven se sentía delante de aquella hermosura más cortado que en la +visita de más campanillas.</p> + +<p>«Bien puedes abrigarte» indicó Feliciana a su amiga; y Rubín vio el +cielo abierto, porque pudo decir en tono de sentencia filosófica:</p> + +<p>—Sí, está la noche fresquecita.</p> + +<p>—Llévate el llavín...—añadió Feliciana—. Ya sabes que el sereno se +llama Paco. Suele estar en la taberna.</p> + +<p>La otra no desplegaba sus labios. Parecía que estaba de muy mal humor. +Maximiliano contemplaba como un bobo aquellos ojos, aquel entrecejo +incomparable y aquella nariz perfecta, y habría dado algo de mucho +precio porque ella se hubiese dignado mirarle de otra manera que como se +mira a los bichos raros. «¡Qué lástima que no sea honrada!—pensaba—. Y +quién sabe si lo será, quiero decir que conserve la honradez del alma en +medio de...».</p> + +<p>Estaba muy fija en él la idea aquella de las dos honradeces, en algunos +casos armonizadas, en otros no. Habló Fortunata poco y vulgar; todo lo +que dijo fue de lo menos digno de pasar a la historia: que hacía mucho +frío, que se le había descosido un mitón, que aquel llavín parecía la +<i>maza de Fraga</i>, que al volver a casa entraría en la botica a comprar +unas pastillas para la tos.</p> + +<p>Maximiliano estaba encantado, y no atreviéndose a desplegar los labios, +daba su asentimiento con una sonrisa, sin quitar los extáticos ojos de +aquel semblante que le parecía angelical. Y cuanto ella dijo lo oyó como +si fuera una sarta de conceptos ingeniosísimos. «¡Si es un ángel!... No +ha dicho ni una palabra malsonante... ¡Y qué metal de voz! No he oído en +mi vida música tan grata... ¿Cómo será el decir esta mujer un <i>te +quiero</i>, diciéndolo con verdad y con alma?». Esta idea produjo en la +mente de Rubín sacudidas que le duraron mediano rato. Le corrió un frío +por el espinazo y vínole cierto picor a la nariz como cuando se ha +bebido gaseosa.</p> + +<p>Cansado de hacer solitarios, Olmedo se puso a contar cuentos indecentes, +lo que a Maximiliano le pareció muy mal. Otras noches había oído +anécdotas parecidas y se había reído; pero aquella noche se ponía de +todos colores deseando que a su condenado amigo se le secara la boca. +«¡Qué desvergüenza contar aquellas marranadas delante de personas... de +personas decentes, sí señor!». Estaba Rubín tan desconcertado como si +las dos mujeres allí presentes fuesen remilgadas damas o alumnas de un +colegio monjil; pero su timidez le impedía mandar callar a Olmedo. +Fortunata no se reía tampoco de aquellos estúpidos chistes; pero más +bien parecía indiferente que indignada de oírlos. Estaba distraída +pensando en sus cosas. ¿Qué cosas serían aquellas? Diera Maximiliano +por saberlas... su hucha con todo lo que contenía. Al acordarse de su +tesoro tuvo otra sacudida, y se removió en el asiento lastimándose mucho +con el duro contacto de aquellos mal llamados muelles.</p> + +<p>«Pero el cuento más salado ¡narices!—dijo Olmedo—, es el del panadero. +¿Lo sabes tú? Cuando aquel obispo fue a la visita pastoral y se acostó +en la cama del cura... Veréis...».</p> + +<p>Fortunata se levantó para marcharse. Ocurriole a Maximiliano salir +detrás de ella para ver dónde iba. Era la manera especial suya de hacer +la corte. En su espíritu soñador existía la vaga creencia de que +aquellos seguimientos entrañaban una comunicación misteriosa, quizás +magnética. Seguir, mirando de lejos, era un lenguaje o telegrafía <i>sui +generis</i>, y la persona seguida, aunque no volviese la vista atrás, debía +de conocer en sí los efectos del fluido de atracción. Salió Fortunata +despidiéndose muy fríamente, y a los dos minutos se despidió también +Maximiliano con ánimo de alcanzarla todavía en el portal. Pero aquel +condenado <i>Ulmus sylvestris</i> le entretuvo a la fuerza, cogiéndole una +mano y apretándosela con bárbaros alardes de vigor muscular, para reírse +con los chillidos de dolor que daba el pobre <i>Rubinius vulgaris</i>. «¡Qué +asno eres!—exclamaba este, retirando al fin su mano magullada, con los +dedos pegados unos a otros—. ¡Vaya unas gracias!..</p> + +<p>Esto y contar porquerías es tu fuerte. Mejor te pusieras a estudiar».</p> + +<p>—<i>Niño del mérito, papos-castos</i>, ¿quieres hacer el favor de tocarme +las narices?</p> + +<p>—No te hagas ordinario—dijo Rubín con bondad—. Si no lo eres, si +aunque quieras parecerlo no lo puedes conseguir.</p> + +<p>Esto lastimó el amor propio de Olmedo más que si su amigo le hubiera +llenado de insultos, porque todo lo llevaba con paciencia menos que se +le rebajase un pelo de la graduación de perdis que se había dado. Le +supo tan mal la indulgencia de Rubín, que salió tras él hasta la puerta, +diciéndole entre otras tonterías: «¡Valiente hipócrita estás tú... +narices! Estos silfidones, a lo mejor la pegan».</p> + + + +<hr /> +<h2>-<span class="smcap">iv</span>-</h2> + + +<p>Maximiliano bajó la escalera como la baja uno cuando tiene ocho años y +se le ha caído el juguete de la ventana al patio. Llegó sin aliento al +portal, y allí dudó si debía tomar a la derecha o a la izquierda de la +calle. El corazón le dijo que fuera hacia la calle de San Marcos. Apretó +el paso pensando que Fortunata no debía de andar muy a prisa y que la +alcanzaría pronto. «¿Será aquella?». Creyó ver la toquilla azul; pero al +acercarse notó que no era la nube de su cielo. Cuando veía una mujer +<i>que </i> <i> pudiera ser ella</i>, acortaba el paso por no aproximarse +demasiado, pues acercándose mucho no eran tan misteriosos los encantos +del seguimiento. Anduvo calles y más calles, retrocedió, dio vueltas a +esta y la otra manzana, y la <i>dama nocturna</i> no parecía. Mayor +desconsuelo no sintió en su vida. Si la encontrara era capaz hasta de +hablarle y decirle algún amoroso atrevimiento. Se agitó tanto en aquel +paseo vagabundo, que a las once ya no se podía tener en pie, y se +arrimaba a las paredes para descansar un rato. Irse a su casa sin +encontrarla y darse un buen trote con ella... a distancia de treinta +pasos, dábale mucha tristeza. Pero al fin se hizo tan tarde y estaba tan +fatigado, que no tuvo más remedio que coger el tranvía de Chamberí y +retirarse. Llegó y se acostó, deseando apagar la luz para pensar sobre +la almohada. Su espíritu estaba abatidísimo. Asaltáronle pensamientos +tristes, y sintió ganas de llorar. Apenas durmió aquella noche, y por la +mañana hizo propósito de ir al <i>hotel</i> de Feliciana en cuanto saliera de +clase.</p> + +<p>Hízolo como lo pensó, y aquel día pudo vencer un poco su timidez. +Feliciana le ayudaba, estimulándole con maña, y así logró Rubín decir a +la otra algunas cosas que por disimulo de sus sentimientos quiso que +fueran maliciosas. «Tardecillo vino usted anoche. A las once no había +vuelto usted todavía». Y por este estilo otras frases vulgares que +Fortunata oía con indiferencia y que contestaba de un modo desdeñoso. +Maximiliano reservaba las purezas de su alma para ocasión más oportuna, +y con feliz instinto había determinado iniciarse como uno de tantos, +como un cualquiera que no quería más que divertirse un rato. Dejoles +solos la tunanta de Feliciana, y Rubín se acobardó al principio; pero de +repente se rehízo. No era ya el mismo hombre. La fe que llenaba su alma, +aquella pasión nacida en la inocencia y que se desarrolló en una noche +como árbol milagroso que surge de la tierra cargado de fruto, le removía +y le transfiguraba. Hasta la maldita timidez quedaba reducida a un +fenómeno puramente externo. Miró sin pestañear a Fortunata, y cogiéndole +una mano, le dijo con voz temblorosa: «Si usted me quiere querer, yo... +la querré más que a mi vida».</p> + +<p>Fortunata le miró también a él, sorprendida. Le parecía imposible que el +<i>bicho raro</i> se expresase así... Vio en sus ojos una lealtad y una +honradez que la dejaron pasmada. Después reflexionó un instante, +tratando de apoyarse en un juicio pesimista. Se habían burlado tanto de +ella, que lo que estaba viendo no podía ser sino una nueva burla. Aquel +era, sin duda, más pillo y más embustero que los demás. Consecuencia de +tales ideas fue la sonora carcajada que soltó la mujer aquella ante la +faz compungida de un hombre que era todo espíritu. Pero él no se +desconcertó, y la circunstancia de verse escuchado con atención, dábale +un valor desconocido. ¡Ánimo! «Si usted me quiere, yo la adoraré, yo la +idolatraré a usted...».</p> + +<p>Revelaba la tal mujer un gran escepticismo, y lo que hacía la muy pícara +era tomar a risa la pasión del joven.</p> + +<p>«¿Y si lo probara?—dijo Maximiliano con seriedad que le dio, ¡parece +mentira!, un tornasol de hermosura—; ¿si le probara a usted de un modo +que no dejase lugar a dudas...?».</p> + +<p>—¿Qué?—¡Que la idolatraré!... no, que ya la estoy idolatrando.</p> + +<p>—¡<i>Tie</i> gracia!... ¡idolatrando!, ¡ja, ja!—repitió la otra, y devolvía +la palabra como se devuelve una pelota en el juego.</p> + +<p>Maximiliano no insistió en emplear vocablos muy expresivos. Comprendió +que lo ridículo se le venía encima. No dijo más que: «Bueno, seremos +amigos... Me contento con eso por hoy. Yo soy un infeliz, quiero decir, +soy bueno. Hasta ahora no he querido a ninguna mujer».</p> + +<p>Fortunata le miraba y, francamente, no podía acostumbrarse a aquella +nariz chafada, a aquella boca tan sin gracia, al endeble cuerpo que +parecía se iba a deshacer de un soplo. ¡Que siempre se enamoraran de +ella tipos así! Obligada a disimular y a hacer ciertos papeles, aunque +en verdad no los hacía muy bien, siguió la conversación en aquel +terreno.</p> + +<p>«Esta noche quiero hablar con usted—dijo Rubín categóricarnente—. +Vendré a las ocho y media. ¿Me da usted palabra de no salir... o de +esperarme para salir conmigo?».</p> + +<p>Diole ella la palabra que con tanta necesidad le pedía el joven, y así +concluyó la entrevista. Rubín se fue corriendo a su casa.</p> + +<p>¡Qué chico! Si parecía otro. Él mismo notaba que algo se había abierto +dentro de sí, como arca sellada que se rompe, soltando un mundo de +cosas, antes comprimidas y ahogadas. Era la crisis, que en otros es +larga o poco acentuada, y allí fue violenta y explosiva. ¡Si hasta le +parecía que tenía talento...! Como que aquella tarde se le ocurrieron +pensamientos magníficos y juicios de una originalidad sorprendente. +Había formado de sí mismo un concepto poco favorable como hombre de +inteligencia; pero ya, por efecto del súbito amor, creíase capaz de dar +quince y raya a más de cuatro. La modestia cedió el puesto a un cierto +orgullo que tomaba posesión de su alma... «Pero ¿y si no me +quiere?—pensaba desanimándose y cayendo a tierra con las alas rotas—. +Es que me tendrá que querer... No es el primer caso... Cuando me +conozca...».</p> + +<p>Al mismo tiempo la apatía y la pereza quedaban vencidas... Andábanle por +dentro comezones y pruritos nuevos, un deseo de hacer algo, y de probar +su voluntad en actos grandes y difíciles... Iba por la calle sin ver a +nadie, tropezando con los transeúntes, y a poco se estrella contra un +árbol del paseo de Luchana. Al entrar en la calle de Raimundo Lulio vio +a su tía en el balcón tomando el sol. Verla y sentir un miedo muy +grande, pero muy grande, fue todo uno. «¡Si mi tía lo sabe...!». Pero +del miedo salió al instante la reacción de valor, y apretó los puños +debajo de la capa, los apretó tanto que le dolieron los dedos. «Si mi +tía se opone, que se oponga y que se vaya a los demonios». Nunca, ni aun +con el pensamiento, había hablado Maximiliano de doña Lupe con tan poco +respeto. Pero los antiguos moldes estaban rotos. Todo el mundo y toda la +existencia anteriores a aquel estado novísimo se hundían o se disipaban +como las tinieblas al salir el sol. Ya no había tía, ni hermanos, ni +familia, ni nada, y quien quiera que se le atravesase en su camino era +declarado enemigo. Maximiliano tuvo tal acceso de coraje, que hasta se +ofreció a su mente con caracteres odiosos la imagen de doña Lupe, de su +segunda madre. Al subir las escaleras de la casa se serenó, pensando que +su tía no sabía nada, y si lo sabía, que lo supiera, ¡ea!... «¡Qué +carácter estoy echando!» se dijo al meterse en su cuarto.</p> + +<p>Cerró cuidadosamente la puerta y cogió la hucha. Su primer impulso fue +estrellarla contra el suelo y romperla para sacar el dinero; y ya la +tenía en la mano para consumar tan antieconómico propósito, cuando le +asaltaron temores de que su tía oyera el ruido y entrase y le armara un +cisco. Acordose de lo orgullosa que estaba doña Lupe de la hucha de su +sobrino. Cuando iban visitas a la casa la enseñaba como una cosa rara, +sonándola y dando a probar el peso, para que todos se pasmaran de lo +arregladito y previsor que era el niño. «Esto se llama formalidad. Hay +pocos chicos que sean así...».</p> + +<p>Maximiliano discurrió que para realizar su deseo, necesitaba comprar +otra hucha de barro exactamente igual a aquella y llenarla de cuartos +para que sonara y pesara... Se estuvo riendo a solas un rato, pensando +en el chasco que le iba a dar a su tía... ¡él, que no había cometido +nunca una travesura...!, lo único que había hecho, años atrás, era +robarle a su tía botones para coleccionarlos. ¡Instintos de +coleccionista, que son variantes de la avaricia! Alguna vez llegó hasta +cortarle los botones de los vestidos; pero con un solfeo que le dieron +no le quedaron ganas de repetirlo. Fuera de esto, nada; siempre había +sido la misma mansedumbre, y tan económico que su tía le amaba más quizá +por la virtud del ahorro que por las otras.</p> + +<p>«Pues señor; manos a la obra. En la cacharrería del paseo de Santa +Engracia hay huchas exactamente iguales. Compraré una; miraré bien esta +para tomarle bien las medidas».</p> + +<p>Estaba Maximiliano con la hucha en la mano mirándola por arriba y por +abajo, como si la fuera a retratar, cuando se abrió la puerta y entró +una chiquilla como de doce años, delgada y espigadita, los brazos +arremangados, muy atusada de flequillo y sortijillas, con un delantal +que le llegaba a los pies. Lo mismo fue verla Maximiliano, que se turbó +cual si le hubieran sorprendido en un acto vergonzoso.</p> + +<p>«¿Qué buscas tú aquí, chiquilla sin vergüenza?».</p> + +<p>Por toda contestación, la rapaza le enseñó medio palmo de lengua, +plegando los ojos y haciendo unas muecas de careta fea de lo más +estrafalario y grotesco que se puede imaginar.</p> + +<p>—Sí, bonita te pones... Lárgate de aquí, o verás...</p> + +<p>Era la criada de la casa. Doña Lupe odiaba a las mujeronas, y siempre +tomaba a su servicio niñas para educarlas y amoldarlas a su gusto y +costumbres. Llamábanla Papitos no sé por qué. Era más viva que la +pólvora, activa y trabajadora cuando quería, holgazana y mañosa algunos +días. Tenía el cuerpo esbelto, las manos ásperas del trabajo y el agua +fría, la cara diablesca, con unos ojos reventones de que sacaba mucho +partido para hacer reír a la gente, la boca hocicuda y graciosa, con un +juego de labios y unos dientes blanquísimos que eran como de encargo +para producir las muecas más extravagantes. Los dos dientes centrales +superiores eran enormes, y se le veían siempre, porque ni cuando estaba +de morros cerraba completamente la boca.</p> + +<p>Oída la conminación que le hizo Maximiliano, Papitos se desvergonzó más. +Ella las gastaba así. Cuanto más la amenazaban más pesadita se ponía. +Volvió a echar fuera una cantidad increíble de lengua, y luego se puso a +decir en voz baja: «Feo, feo...» hasta treinta o cuarenta veces. Esta +apreciación, que no era contraria a la verdad ni mucho menos, nunca +había inspirado a Rubín más que desprecio; pero en aquella ocasión le +indignó tanto, vamos... que de buena gana le hubiera cortado a Papitos +toda aquella lenguaza que sacaba.</p> + +<p>«¡Si no te largas, de la patada que te doy...!».</p> + +<p>Fue tras ella; pero Papitos se puso a salvo. Parecía que volaba. Desde +el fondo del pasillo, en la puerta de la cocina, repetía sus burlas, +haciendo con las manos gestos de mico. Volvió él a su cuarto muy +incomodado y a poco entró ella otra vez.</p> + +<p>«¿Qué buscas aquí?».</p> + +<p>—Vengo <i>a por</i> la lámpara para aviarla...</p> + +<p>El motivo de haber dicho esto la chiquilla con relativo juicio y +serenidad, fue que se oyeron los pasos de doña Lupe, y su voz temerosa: +«Mira, Papitos, que voy allá...».</p> + +<p>—Tía, venga usted... Está de jarana...</p> + +<p>—¡Acusón!—le dijo por lo bajo la chicuela al coger la lámpara—, feón.</p> + +<p>—La culpa la tienes tú—añadió severamente doña Lupe, en la puerta—, +porque te pones a jugar con ella, le ríes las gracias, y ya ves. Cuando +quieres que te respete, no puede ser. Es muy mal criada.</p> + +<p>La tía y el sobrino hablaron un instante.</p> + +<p>«¿También vendrás tarde esta noche? Mira que las noches están muy frías. +Estas heladas son crueles. Tú no estás para valentías».</p> + +<p>—No, si no siento nada. Nunca he estado mejor—dijo Rubín, sintiendo +que la timidez le ganaba otra vez.</p> + +<p>—No hagamos simplezas... Hace un frío horrible. ¡Qué año tan malo! +¿Creerás que anoche no pude entrar en calor hasta la madrugada? Y eso +que me eché encima cuatro mantas. ¡Qué atrocidad! Como que estamos entre +las <i>Cátedras de Roma y Antioquía</i>, que es, según decía mi Jáuregui, el +peor tiempo de Madrid.</p> + + + +<hr /> +<h2>-<span class="smcap">v</span>-</h2> + + +<p>¿Va usted esta noche a casa de doña Silvia?—preguntole Rubín.</p> + +<p>—Eso pienso. Si tú sales me dejarás allá, y luego irás a buscarme a las +once en punto.</p> + +<p>Esto contrariaba a Maximiliano, porque le tasaba el tiempo; pero no dijo +nada.</p> + +<p>—Y esta tarde, ¿sale usted?—preguntó luego deseando que su tía saliese +antes de comer, para verificar, mientras ella estuviese fuera, la +sustitución de las huchas.</p> + +<p>—Puede que me llegue un ratito a casa de Paca Morejón.</p> + +<p>«Yo la acompañaré a usted... Tengo que ir a ver a Narciso para que me +preste unos apuntes. La dejaré a usted en la calle de la Habana».</p> + +<p>Doña Lupe fue a la cocina y le armó una gran chillería a Papitos porque +había dejado quemar el principio. Pero la chica estaba muy acostumbrada +a todo, y se quedaba tan fresca. Como que acabadita de oírse llamar con +las denominaciones más injuriosas y de recibir un pellizco que le +atenazaba la carne, poníase detrás de su ama a hacer visajes y a sacar +la lengua, mientras se rascaba el brazo dolorido.</p> + +<p>«Si creerás tú que no te estoy viendo, bribona» decía doña Lupe sin +volverse, entre risueña y enojada. Y no se podía pasar sin ella. +Necesitaba tener una criatura a quien reprender y enseñar por los +procedimientos suyos.</p> + +<p>Púsose la mantilla doña Lupe, y tía y sobrino salieron. La primera se +quedó en la calle de Arango, y el segundo se fue a comprar la hucha y +tornó a su casa. Había llegado la ocasión de consumar el atentado, y el +que durante la premeditación se mostraba tan valeroso, cuando se +aproximaba el instante crítico sentía vivísima inquietud. Empezó por +asegurarse de la curiosidad de Papitos, echando la llave a la puerta +después de encender la luz; pero ¿cómo asegurarse de su propia +conciencia que se le alborotaba, pintándole la falta proyectada como +nefando delito? Comparó las dos huchas, observando con satisfacción que +eran exactamente iguales en volumen y en el color del barro. No era +posible que nadie adviniese la sustitución. Manos a la obra. Lo primero +era romper la primitiva para coger el oro y la plata, pasando a la nueva +la calderilla, con más de dos pesetas en <i>perros</i> que al objeto había +cambiado en la tienda de comestibles. Romper la olla sin hacer ruido era +cosa imposible. Permaneció un rato sentado en una silla junto a la cama, +con las dos huchas sobre esta, acariciando suavemente la que iba a ser +víctima. Su mirada vagaba alrededor de la luz, cazando una idea. La luz +iluminaba la mesilla cubierta de hule negro, sobre el cual estaban los +libros de estudio, forrados con periódicos y muy bien ordenados por doña +Lupe; dos o tres frascos de sustancias medicinales, el tintero y varios +números de <i>La Correspondencia</i>. La mirada del joven revoloteó por la +estrecha cavidad del cuarto, como si siguiera las curvas del vuelo de +una mosca, y fue de la mesa a la percha en que pendían aquellos moldes +de sí mismo, su ropa, el chaqué que reproducía su cuerpo y los +pantalones que eran sus propias piernas colgadas como para que se +estiraran. Miró después la cómoda, el baúl y las botas que sobre él +estaban, sus propios pies cortados, pero dispuestos a andar. Un +movimiento de alegría y la animación de la cara indicaron que +Maximiliano había atrapado la idea. Bien lo decía él: con aquellas cosas +se había vuelto de repente hombre de talento. Levantose, y cogiendo una +bota salió y fue a la cocina, donde estaba Papitos cantando.</p> + +<p>«Chiquilla, ¿me das la mano del almirez? Esta bota tiene un clavo +tremendo, pero tremendo, que me ha dejado cojo».</p> + +<p>Papitos cogió la mano del almirez, haciendo el ademán de machacar al +señorito la cabeza.</p> + +<p>«Vamos, niña, estate quieta. Mira que le cuento todo a la tía. Me +encargó que tuviera cuidado contigo, y que si te movías de la cocina, te +diera dos coscorrones».</p> + +<p>Papitos se puso a picar la escarola, sin dejar de hacer visajes.</p> + +<p>«Y yo le diré—replicó—, yo le diré lo que hace... el muy +trapisondista...».</p> + +<p>Maximiliano se estremeció. «Tonta, ¿qué es lo que yo hago?...» dijo +sorteando su turbación.</p> + +<p>—Encerrarse en su cuarto, <i>¡ay olé! ¡ay olé!</i>... para que nadie le +vea; pero yo le he visto por el agujero de la llave... <i>¡ay olé! ¡ay +olé!</i>...</p> + +<p>—¿Qué?—Escribiéndole cartas a la novia.</p> + +<p>—Mentira... ¿yo...? Quita allá, enredadora...</p> + +<p>Volvió a su cuarto, llevando la mano del almirez, y echada otra vez la +llave, tapó el agujero con un pañuelo.</p> + +<p>«Ella no mirará; pero por si se le ocurre...».</p> + +<p>El tiempo apremiaba y doña Lupe podía venir. Cuando cogió la hucha +llena, el corazón le palpitaba y su respiración era difícil. Dábale +compasión de la víctima, y para evitar su enternecimiento, que podría +frustrar el acto, hizo lo que los criminales que se arrojan frenéticos a +dar el primer golpe para perder el miedo y acallar la conciencia, +impidiéndose el volver atrás. Cogió la hucha y con febril mano le atizó +un porrazo. La víctima exhaló un gemido seco. Se había cascado, pero no +estaba rota aún. Como este primer golpe fue dado sobre el suelo, le +pareció a Maximiliano que había retumbado mucho, y entonces puso sobre +la cama el cacharro herido. Su azoramiento era tal que casi le pega a la +hucha vacía en vez de hacerlo a la llena; pero se serenó, diciendo: +«¡Qué tonto soy! Si esto es mío, ¿por qué no he de disponer de ello +cuando me dé la gana?». Y leña, más leña... La infeliz víctima, aquel +antiguo y leal amigo, modelo de honradez y fidelidad, gimió a los +fieros golpes, abriéndose al fin en tres o cuatro pedazos. Sobre la cama +se esparcieron las tripas de oro, plata y cobre. Entre la plata, que era +lo que más abundaba, brillaban los centenes como las pepitas amarillas +de un melón entre la pulpa blanca. Con mano trémula, el asesino lo +recogió todo menos la calderilla, y se lo guardó en el bolsillo del +pantalón. Los cascos esparcidos semejaban pedazos de un cráneo, y el +polvillo rojo del barro cocido que ensuciaba la colcha blanca pareciole +al criminal manchas de sangre. Antes de pensar en borrar las huellas del +estropicio, pensó en poner los cuartos en la hucha nueva, operación +verificada con tanta precipitación que las piezas se atragantaban en la +boca y algunas no querían pasar. Como que la boca era un poquitín más +estrecha que la de la muerta. Después metió el cobre de las dos pesetas +que había cambiado.</p> + +<p>No había tiempo que perder. Sentía pasos. ¿Subiría ya doña Lupe? No, no +era ella; pero pronto vendría y era forzoso despachar. Aquellos cascos, +¿dónde los echaría? He aquí un problema que le puso los pelos de punta +al asesino. Lo mejor era envolver aquellos despojos sangrientos en un +pañuelo y tirarlos en medio de la calle cuando saliera. ¿Y la sangre? +Limpió la colcha como pudo, soplando el polvo. Después advirtió que su +mano derecha y el puño de la camisa conservaban algunas señales, y se +ocupó en borrarlas cuidadosamente. También la mano del almirez necesitó +de un buen limpión. ¿Tendría algo en la ropa? Se miró bien de pies a +cabeza. No había nada, absolutamente nada. Como todos los matadores en +igual caso, fue escrupuloso en el examen; pero a estos desgraciados se +les olvida siempre algo, y donde menos lo piensan se conserva el dato +acusador que ilumina a la justicia.</p> + +<p>Lo que desconcertó a Rubín cuando creyó concluida su faena, fue la +aprensión de advertir que la hucha nueva no se parecía nada a la +sacrificada. ¿Cómo antes del crimen las vio tan iguales que parecían una +misma? Error de los sentidos. También podía ser error la diferencia que +después del crimen notaba. ¿Se equivocó antes o se equivocaba después? +En la enorme turbación de su ánimo no podía decidir nada. «Pero si, +basta tener ojos—decía—, para conocer que esta hucha no es aquella... +En esta el barro es más recocho, de color más oscuro, y tiene por aquí +una mancha negra... A la simple vista se ve que no es la misma... Dios +nos asista. ¿A ver el peso?... Pues el peso me parece que es menor en +esta... No, más bien mayor, mucho mayor... ¡Fatalidad!».</p> + +<p>Quedose parado un largo rato mirando a la luz y viendo en ella a doña +Lupe en el acto de coger la hucha falsa y decir: «Pero esta hucha... no +sé... me parece... no es la misma». Dando un gran suspiro, envolvió +rápidamente en un pañuelo los destrozados restos de la víctima, y los +guardó en la cómoda hasta el momento de salir. Puso la nueva hucha en el +sitio de costumbre, que era el cajón alto de la cómoda, abrió la puerta, +quitando el pañuelo que tapaba el agujero de la llave, y después de +llevar a la cocina el instrumento alevoso, volvió a su cuarto con idea +de contar el dinero... Pero si era suyo, ¿a qué tanto miedo y zozobra? +Él no había robado nada a nadie, y sin embargo, estaba como los +ladrones. Más derecho era referir a su tía lo que le pasaba, que no +andar con tapujos. ¡Sí, pues buena se pondría doña Lupe si él le contara +su aventura y el empleo que daba a sus ahorros! Valía más callar, y +adelante.</p> + +<p>No pudo entretenerse en contar su tesoro, porque entró doña Lupe, +dirigiéndose inmediatamente a la cocina. Maximiliano se paseaba en su +cuarto esperando que le llamasen a comer, y hacía cálculos mentales +sobre aquella desconocida suma que tanto le pesaba. «Mucho debe de ser, +pero mucho—calculaba—; porque en tal tiempo eché un dobloncito de +cuatro, y en cual tiempo otro. Y cuando tomé la medicina aquella que +sabía tan mal, me dio mi tía dos duritos, y cada vez que había que tomar +purga un durito o medio durito. Lo que es en monedas de a cinco, puede +que pasen de quince».</p> + +<p>Sintió que le renacía el valor. Pero cuando le llamaron a comer, y fue +al comedor y se encaró con su tía, pensó que esta le iba a conocer en la +cara lo que había hecho. Mirábale ella lo mismo que el día infausto en +que le robara los botones arrancándolos de la ropa... Y al sobrinito se +le alborotó la conciencia, haciéndole ver peligros donde no los había. +«Me parece—cavilaba, tragando la sopa—, que la colcha no ha quedado +muy limpia... Caspitina, se me olvidó una cosa; pero una cosa muy +importante... ver si habían caído pedacitos de barro en alguna parte. +Ahora recuerdo que oí el <i>tin</i>, como si un casquillo saltara en el +momento del golpe y fuera a chocar disparado con el frasco de ioduro. En +el suelo quizás... ¡y mi tía barre todos los días!... ¡Cómo me mira! Si +sospechará algo... Lo que ahora me faltaba era que mi tía hubiese pasado +por la tienda al volver de casa de las de Morejón, y le hubiera dicho el +tendero: «Aquí estuvo su sobrino a cambiar dos pesetas en calderilla».</p> + +<p>El mirar escrutador de doña Lupe no tenía nada de particular. +Acostumbrada ella a estudiarle la cara, para ver cómo andaba de salud, y +el tal semblante era un libro en que la buena señora había aprendido más +Medicina que Farmacia su sobrino en los textos impresos.</p> + +<p>«Me parece que tú no andas bien...—le dijo—. Cuando entré te sentí +toser... Estas heladas...</p> + +<p>Por Dios, ten mucho cuidado; no tengamos aquí otra como la del año +pasado, que empalmaste cuatro catarros y por poco pierdes el curso. No +olvides de liarte un pañuelo de seda en la cabeza, de noche, cuando te +acuestes; y yo que tú empezaría a tomar el agua de brea... No hagas +ascos. Es bueno curarse en salud. Por sí o por no, mañana te traigo las +pastillas de Tolú».</p> + +<p>Con esto se tranquilizó el joven comprendiendo que las miradas no eran +más que la inspección médica de todos los días. Comieron y se prepararon +para salir. El criminal se embozó bien en la capa y apagó la luz de su +cuarto para coger los restos de la víctima y sacarlos ocultamente. Como +las monedas que en el bolsillo del pantalón llevaba no eran paja, se +denunciaban sonando una contra otra. Por evitar este ruido inoportuno, +Maximiliano se metió un pañuelo en aquel bolsillo, atarugándolo bien +para que las piezas de plata y oro no chistasen, y así fue en efecto, +pues en todo el trayecto desde Chamberí hasta la casa de Torquemada el +oído de doña Lupe, que siempre se afinaba con el rumor de dinero como el +oído de los gatos con los pasos del ratón, y hasta parecía que entiesaba +las orejas, no percibió nada, absolutamente nada. El sobrinito, cuando +creía que las monedas se movían, atarugaba el bolsillo como quien ataca +un arma. ¡Creeríase que le había salido un tumor en la pierna!...</p> + + + +<hr /> +<h2><a name="iib" id="iib"></a>-II-</h2> + +<h2>Afanes y contratiempos de un redentor</h2> + + + +<hr /> +<h2>-<span class="smcap">i</span>-</h2> + + +<p>Grande fue el asombro de Fortunata aquella noche cuando vio que +Maximiliano sacaba puñados de monedas diferentes, y contaba con rapidez +la suma, apartando el oro de la plata. A la sorpresa un tanto alegre de +la joven, siguió pronto sospecha de que su improvisado amigo hubiese +adquirido aquel caudal por medios no muy limpios. Creyó ver en él un +hijo de familia que, arrastrado de la pasión y cegado por la tontería, +se había incautado de la caja paterna. Esta idea la mortificó mucho, +haciéndole ver la cruel insistencia con que su destino la maltrataba. +Desde que fue lanzada a los azares de aquella vida, se había visto +siempre unida a hombres groseros, perversos o tramposos, <i>lo peor de +cada casa</i>.</p> + +<p>No dejó entrever a Maximiliano sus sospechas sobre la procedencia del +dinero, que, viniera de donde viniese, no podía ser mal recibido, y poco +a poco se fue tranquilizando al ver que el apreciable muchacho hacía +alarde de poseer ideas económicas enteramente contrarias a las de sus +predecesores. «Esto—dijo mostrándole un grupito de monedas de oro—, es +para que desempeñes la ropa que te sea más necesaria... Los trajes de +lujo, el abrigo de terciopelo, el sombrero y las alhajas se sacarán más +adelante, y se renovará el préstamo para que no se pierdan. Olvídate por +ahora de todo lo que es pura ostentación. Acabose el barullo. Se gastará +nada más que lo que se tenga, para no hacer ni una trampa, pero ni una +sola trampa. Fíjate bien». Esta sensatez era cosa nueva para Fortunata, +y empezó a corregir algo sus primeras ideas acerca de su amante y a +considerarle mejor que los demás. En los días siguientes Olmedo confirmó +esta buena opinión, hablándole con vivos encarecimientos de la +formalidad de aquel chico y de lo muy arregladito que era.</p> + +<p>Quedó convenido entre Fortunata y su protector tomar un cuarto que +estaba desalquilado en la misma casa. Rubín insistió mucho en la +modestia y baratura de los muebles que se habían de poner, porque... +(para que se vea si era juicioso) «conviene empezar por poco». Después +se vería, y el humilde hogar iría creciendo y embelleciéndose +gradualmente. Aceptaba ella todo sin entusiasmo ni ilusión alguna, más +bien <i>por probar</i>. Maximiliano le era poco simpático; pero en sus +palabras y en sus acciones había visto desde el primer momento la +persona decente, novedad grande para ella. Vivir con una persona +decente despertaba un poco su curiosidad. Dos días estuvo ocupada en +instalarse. Los muebles se los alquiló una vecina que había levantado +casa, y Rubín atendió a todo con tal tino, que Fortunata se pasmaba de +sus admirables dotes administrativas, pues no tenía ni idea remota de +aquel ingenioso modo de defender una peseta, ni sabía cómo se recorta un +gasto para reducirlo de seis a cinco, con otras artes financieras que el +excelente chico había aprendido de doña Lupe.</p> + +<p>Tratando de medir el cariño que sentía por su amiga, Maximiliano hallaba +pálida e inexpresiva la palabra querer, teniendo que recurrir a las +novelas y a la poesía en busca del verbo amar, tan usado en los +ejercicios gramaticales como olvidado en el lenguaje corriente. Y aun +aquel verbo le parecía desabrido para expresar la dulzura y ardor de su +cariño. Adorar, idolatrar y otros cumplían mejor su oficio de dar a +conocer la pasión exaltada de un joven enclenque de cuerpo y robusto de +espíritu.</p> + +<p>Cuando el enamorado se iba a su casa, llevaba en sí la impresión de +Fortunata transfigurada. Porque no ha habido princesa de cuento oriental +ni dama del teatro romántico que se ofreciera a la mente de un caballero +con atributos más ideales ni con rasgos más puros y nobles. Dos +Fortunatas existían entonces, una la de carne y hueso, otra la que +Maximiliano llevaba estampada en su mente. De tal modo se sutilizaron +los sentimientos del joven Rubín con aquel extraordinario amor, que este +le inspiraba no sólo las buenas acciones, el entusiasmo y la abnegación, +sino también la delicadeza llevada hasta la castidad. Su naturaleza +pobre no tenía exigencias; su espíritu las tenía grandes, y estas eran +las que más le apremiaban. Todo lo que en el alma humana puede existir +de noble y hermoso brotó en la suya, como los chorros de lava en el +volcán activo. Soñaba con redenciones y regeneraciones, con lavaduras de +manchas y con sacar del pasado negro de su amada una vida de méritos. El +generoso galán veía los más sublimes problemas morales en la frente de +aquella infeliz mujer, y resolverlos en sentido del bien parecíale la +más grande empresa de la voluntad humana. Porque su loco entusiasmo le +impulsaba a la salvación social y moral de su ídolo, y a poner en esta +obra grandiosa todas las energías que alborotaban su alma. Las +peripecias vergonzosas de la vida de ella no le desalentaban, y hasta +medía con gozo la hondura del abismo del cual iba a sacar a su amiga; y +la había de sacar pura o purificada. En aquellas confidencias que ambos +tenían, creía Maximiliano advertir en la pecadora un cierto fondo de +rectitud y menos corrupción de lo que a primera vista parecía.</p> + +<p>¿Se equivocaría en esto? A veces lo sospechaba; pero su buena fe +triunfaba al instante de esta sospecha. Lo que sí podía sostener sin +miedo a equivocarse era que Fortunata tenía vivos deseos de mejorar su +personalidad, es decir, de adecentarse y pulirse. Su ignorancia era, +como puede suponerse, completa. Leía muy mal y a trompicones, y no sabía +escribir.</p> + +<p>Lo esencial del saber, lo que saben los niños y los paletos, ella lo +ignoraba, como lo ignoran otras mujeres de su clase y aun de clase +superior. Maximiliano se reía de aquella incultura rasa, tomando en +serio la tarea de irla corrigiendo poco a poco. Y ella no disimulaba su +barbarie; por el contrario, manifestaba con graciosa sinceridad sus +ardientes deseos de adquirir ciertas ideas y de aprender palabras finas +y decentes. Cada instante estaba preguntando el significado de tal o +cual palabra, e informándose de mil cosas comunes. No sabía lo que es el +Norte y el Sur. Esto le sonaba a cosa de viento; pero nada más. Creía +que un senador es algo del Ayuntamiento. Tenía sobre la imprenta ideas +muy extrañas, creyendo que los autores mismos ponían en las páginas +aquellas letras tan iguales. No había leído jamás libro ninguno, ni +siquiera novela. Pensaba que Europa es un pueblo y que Inglaterra es un +país de acreedores. Respecto del sol, la luna y todo lo demás del +firmamento, sus nociones pertenecían al orden de los pueblos +primitivos. Confesó un día que no sabía quién fue Colón. Creía que era +un general, así como O'Donnell o Prim. En lo religioso no estaba más +aventajada que en lo histórico. La poca doctrina cristiana que aprendió +se le había olvidado. Comprendía a la Virgen, a Jesucristo y a San +Pedro; les tenía por muy buenas personas, pero nada más. Respecto a la +inmortalidad y a la redención, sus primeras ideas eran muy confusas. +Sabía que arrepintiéndose uno, bien arrepentido, se salva; eso no tenía +duda, y por más que dijeran, nada que se relacionase con el amor era +pecado.</p> + +<p>Sus defectos de pronunciación eran atroces. No había fuerza humana que +le hiciera decir <i>fragmento, magnífico, enigma</i> y otras palabras +usuales. Se esforzaba en vencer esta dificultad, riendo y machacando en +ella; pero no lo conseguía. Las <i>eses</i> finales se le convertían en +<i>jotas</i>, sin que ella misma lo notase ni evitarlo pudiera, y se comía +muchas sílabas. Si supiera ella qué bonita boca se le ponía al +comérselas, no intentara enmendar su graciosa incorrección. Pero +Maximiliano se había erigido en maestro, con rigores de dómine e ínfulas +de académico. No la dejaba vivir, y estaba en acecho de los solecismos +para caer sobre ellos como el gato sobre el ratón. «No se dice +<i>diferiencia</i>, sino diferencia. No se dice <i>Jacometrenzo</i>, ni <i>Espiritui +Santo</i>, ni <i>indilugencias</i>. Además <i>escamón</i> y <i>escamarse</i> son palabras +muy feas, y llamar <i>tiologías</i> a todo lo que no se entiende es una +barbaridad. Repetir a cada instante <i>pa chasco</i> es costumbre ordinaria», +etc...</p> + +<p>Lo mejorcito que aquella mujer tenía era su ingenuidad. Repetidas veces +sacó Maximiliano a relucir el caso de la deshonra de ella, por ser muy +importante este punto en el plan de regeneración. El inspirado y +entusiasta mancebo hacía hincapié en lo malos que son los señoritos y en +la necesidad de una ley a la inglesa que proteja a las muchachas +inocentes contra los seductores. Fortunata no entendía palotada de estas +leyes. Lo único que sostenía era que el tal Juanito Santa Cruz era el +único hombre a quien había querido de verdad, y que le amaba siempre. +¿Por qué decir otra cosa? Reconociendo el otro con caballeresca lealtad +que esta consecuencia era laudable, sentía en su alma punzada de celos, +que trastornaba por un instante sus planes de redención.</p> + +<p>«¿Y le quieres tanto, que si le vieras en algún peligro le salvarías?».</p> + +<p>—Claro que sí... me lo puedes creer. Si le viera en un peligro, le +sacaría en bien, aunque me perdiera yo. No sé decir más que lo que me +sale de <i>entre mí</i>. Si no es verdad esto, que no llegue a la noche con +salud.</p> + +<p>Se puso tan guapa al hacer esta declaración, que Rubín la miró mucho +antes de decir:</p> + +<p>«No, no jures; no necesitas jurarlo. Te creo. Di otra cosa. Y si ahora +entrara por esa puerta y te dijera: 'Fortunata, ven' ¿irías?».</p> + +<p>Fortunata miró a la puerta. Rubín tragaba saliva y buscaba en el sitio +donde tenemos el bigote algo que retorcer, y encontrando sólo unos pelos +muy tenues, los martirizaba cruelmente.</p> + +<p>«Eso... según...—dijo ella plegando su entrecejo—. Me iría o no me +iría...».</p> + + + +<hr /> +<h2>-<span class="smcap">ii</span>-</h2> + + +<p>Maximiliano quería saberlo todo. Era como el buen médico que le pide al +enfermo las noticias más insignificantes del mal que padece y de su +historia para saber cómo ha de curarle. Fortunata no ocultaba nada, eso +bueno tenía, y el doctor amante se encontraba a veces con más quizás de +lo necesario para la prodigiosa cura. ¡Y qué horrorizado se quedaba +oyendo contar lo mal que se portó el seductor de aquella hermosura! El +honradísimo aprendiz de farmacéutico no comprendía que pudieran existir +hombres tan malos, y las penas todas del infierno parecíanle pocas para +castigarles. Criminal más perverso que los asesinos y ladrones era, +según él, el señorito seductor de doncella pobre, que le hacía creer que +se iba a casar con ella, y después la dejaba plantada en medio del +arroyo con su chiquillo o con las vísperas. ¿Por cuánto haría esto él, +Maximiliano Rubín?... El tal Juanito Santa Cruz era, pues, el hombre más +infame, más execrable y vil que se podía imaginar. Pero la misma +ofendida no extremaba mucho, como parecía natural, los anatemas contra +el seductor, por cuya razón tuvo Maximiliano que redoblar su furia +contra él, llamándole monstruo y otras cosas muy malas. Fortunata veíase +forzada a repetirlo; pero no había medio de que pronunciara la palabra +<i>monstruo</i>. Se le atravesaba como otras muchas, y al fin, después de mil +tentativas que parecían náuseas, la soltaba entre sus bonitísimos +dientes y labios, como si la escupiera.</p> + +<p>Prefería contar particularidades de su infancia. Su difunto padre poseía +un cajón en la plazuela y era hombre honrado. Su madre tenía, como +Segunda, su tía paterna, el tráfico de huevos. Llamábanla a ella desde +niña la <i>Pitusa</i>, porque fue muy raquítica y encanijada hasta los doce +años; pero de repente dio un gran estirón y se hizo mujer de talla y de +garbo. Sus padres se murieron cuando ella tenía doce años... Oía estas +cosas Maximiliano con mucho placer. Pero con todo, mandábala que fuese +al grano, a las cosas graves, como lo referente al hijo que había +tenido. Cuando parte de esta historia fue contada, al joven le faltó +poco para que se le saltaran las lágrimas. La tierna criatura sin más +amparo que su madre pobre, la aflicción de esta al verse abandonada, +eran en verdad un cuadro tristísimo que partía el corazón. ¿Por qué no +le citó ante los tribunales? Es lo que debía haber hecho. A estos +tunantes hay que tratarles a la baqueta. Otra cosa. ¿Por qué no se le +ocurrió darle un escándalo, ir a la casa con el crío en brazos y +presentarse a doña Bárbara y a D. Baldomero y contarles allí bien +clarito la gracia que había hecho su hijo?... Pero no, esto no hubiera +sido muy conforme con la dignidad. Más valía despreciarle, dejándole +entregado a su conciencia, sí, a su conciencia, que buen jaleo le había +de armar tarde o temprano.</p> + +<p>Fortunata, al oír esto, fijaba sus ojos en el suelo, repitiendo como una +máquina aquello de que lo mejor era el desprecio. Sí, despreciarle, +repetía el otro, pues era ignominia solicitar su protección. Aunque le +dieran lo que le dieran, no era capaz Fortunata de decir <i>ignominia</i>. +Maximiliano insistió en que había sido una gran falta pedir amparo al +mismo Juanito Santa Cruz, a aquel infame, cuando volvió ella a Madrid y +le cayó su niño enfermo.</p> + +<p>«Pero, tontín, si no es por él, no hubiéramos tenido con qué enterrarle» +dijo Fortunata saliendo a la defensa de su propio verdugo.</p> + +<p>—Primero le dejo yo insepulto, que recurrir... La dignidad, hija, es +antes que todo. Fíjate bien en esto. Lo que quiero saber ahora es qué +sujeto era ese con quien te uniste después, el que te sacó de Madrid y +te llevó de pueblo en pueblo como los trastos de una feria.</p> + +<p>—Era un hombre traicionero y malo—dijo Fortunata con desgana, como si +el recuerdo de aquella parte de su vida le fuera muy desagradable—. Me +fui con él porque me vi perdida, y no tenía a dónde volverme. Era +hermano de un vecino nuestro en la Cava de San Miguel. Primeramente tuvo +un cajón de casquería en la plaza, y después puso tienda de quincalla +iba a todas las ferias con un sin fin de arcas llenas de baratijas, y +armaba tiendas. Le llamaban <i>Juárez el negro</i> por tener la color muy +morena. Viéndome tan mal, me ofreció el oro y el moro, y que iba a hacer +y a acontecer. Mi tía me echó de la casa y mi tío se desapareció. Yo +estaba enferma, y Juárez me dijo que si me iba con él, me llevaría a +baños. Decía que ganaba montes y montones en las romerías, y que yo iba +a estar como una reina. No se podía casar conmigo porque era casado, +pero en cuantito que se muriera su mujer, que era una borrachona, +cumpliría, si señor, cumpliría conmigo.</p> + +<p>Y siguió relatando con rapidez aquella página fea, deseando concluirla +pronto. Lo del señorito Santa Cruz, siendo tan desastroso, lo refería +con prolijidad y aun con cierta amarga complacencia; pero lo de <i>Juárez +el negro</i> salía de sus labios como una confesión forzada o testimonio +ante tribunales, de esos que van quemando la boca a medida que salen. +¡Cuánto le pesó ponerse en manos de aquel hombre! Era un perdido, un +charrán, una mala persona. Hubiérase resistido a seguirle, si no le +empujaran a ello los parientes con quienes vivía, los cuales no tenían +maldita gana de mantenerle el pico. Pronto vio que todo lo que ofrecía +<i>Juárez el negro</i> era conversación. No ganaba un cuarto; con el mundo +entero armaba camorra, y todo el veneno que iba amasando en su maldecida +alma, por la mala suerte, lo descargaba sobre su querida... En fin, vida +más arrastrada no la había pasado ella nunca ni esperaba volverla a +pasar... Con el dinero que Juanito Santa Cruz les dio, cuando estuvieron +en Madrid y se murió el niñito, hubiera podido el muy bestia de Juárez +arreglar su comercio; pero ¿qué hizo? Beber y más beber. El vinazo y el +aguardientazo le remataron. Una mañana despertó ella oyéndole dar unos +grandes gruñidos... así como si le estuvieran apretando el tragadero. +¿Qué era? Que se estaba muriendo. Saltó espantada de la cama, y llamó a +los vecinos. No hubo tiempo de <i>suministrarle</i> y sólo le cogió la +Unción. Esto pasaba en Lérida. A los dos días, vendió sus cuatro trastos +y con los cuartos que pudo juntar plantose en Barcelona. Había hecho +juramento de no volver a tratar con animales. Libertad, libertad y +libertad era lo que le pedían el cuerpo y el alma.</p> + +<p>La verdad ante todo. ¿Para qué decir una cosa por otra? La franqueza es +una virtud cuando no se tienen otras, y la franqueza obligaba a +Fortunata a declarar que en la primera temporada de anarquía moral se +había divertido algo, olvidando sus penas como las olvidan los +borrachos. Su éxito fue grande, y su falta de educación ayudaba a +cegarla. Llegó a creer que encenegándose mucho se vengaba de los que la +habían perdido, y solía pensar que si el pícaro Santa Cruz la veía hecha +un brazo de mar, tan elegantona y triunfante, se le antojaría quererla +otra vez. ¡Pero sí, para él estaba...! Contó a renglón seguido tantas +cosas, que Maximiliano se sintió lastimado. Tuvo precisión de <i>echar un +velo, </i> como dicen los retóricos, sobre aquella parte de la historia de +su amada. El velo tenía que ser muy denso porque la franqueza de +Fortunata arrojaba luz vivísima sobre los sucesos referidos, y su +pintoresco lenguaje los hacía reverberar... Dio ella entonces algunos +cortes a su relación, comiéndose no ya las letras sino párrafos y +capítulos enteros, y he aquí en sustancia lo que dijo: Torrellas, el +célebre paisajista catalán, era tan celoso que no la dejaba vivir. +Inventaba mil tormentos armándole trampas para ver si caía o no caía. +Tan odioso llegó a serle aquel hombre, que al fin se dejó ella caer. +Metiose adrede en la trampa, conociéndola, por gusto de jugarle una +partida al muy majadero, porque así se vengaba de las muchas que le +habían jugado a ella. Y nada más... Total, que por poco la mata el +condenado pintor de árboles... Lo que más quemaba a este era que la +infidelidad había sido con un íntimo amigo suyo, pintor también, autor +del cuadro de David mirando a... Fortunata no se acordaba del nombre, +pero era una que estaba bañándose... A ninguno de los dos artistas +quería ella; por ninguno de los dos hubiera dado dos cuartos, si se +compraran con dinero. Más que ellos valían sus cuadros. Desde que engañó +al primero con el segundo, se le puso en la cabeza la idea de pegársela +a los dos con otro, y la satisfacción de este deseo se la proporcionó un +empleado joven, pobre y algo simpático que se parecía mucho a Juanito +Santa Cruz.</p> + +<p>Otro velo... Maximiliano se vio precisado a echar otro velo... «Cállate, +hazme el favor de callarte» le dijo, pensando que, según iba saliendo la +historia, necesitaba lo menos una pieza de tul. Pero ella siguió +narrando. Pues como iba diciendo, el tal joven salió también un buen +punto. Una mañana, mientras ella dormía, le empeñó todas sus alhajas, +para jugar. Y aquí paz... Vino después un viejo que le daba mucho dinero +y la llevó a París donde se engalanó y afinó extraordinariamente su +gusto para vestirse. ¡Viejo más cuco!... Había sido general carcunda en +la otra guerra, y trataba mucho con gente de sotana. Era muy vicioso y +le daba muchas jaquecas con <i>tantismas</i> incumbencias como tenía. Un día +se quemó ella y le plantó en la calle. Sucesor, Camps, que le puso casa +con gran rumbo. Parecía hombre muy rico; pero luego resultó que era un +trampa-larga. Antes de venir a Madrid le dio a ella olor de chubasco, y +a poco de estar aquí vio que se venía la tempestad encima. Camps traía +recomendaciones para el director del Tesoro, y quiso cobrar unos pagarés +falsos de fusiles que se suponían comprados por el Gobierno. Una noche +entró en casa muy enfurruñado, trincó una maleta pequeña, llenola de +ropa, pidió a Fortunata todo el dinero que tenía y dijo que iba al +Escorial. Escorial fue, que no ha vuelto a parecer. Lo demás bien lo +sabía Maximiliano... El sucesor de Camps había sido él, y ya se le +conocía en cierto resplandor de sus ojos el orgullo que la herencia le +produjera. Porque bien claro lo había dicho Fortunata. ¡Gracias a Dios +que encontraba en su camino una persona decente!</p> + +<p>Sentíase Maximiliano poseedor de una fuerza redentora, hermana de las +fuerzas creadoras de la Naturaleza. ¡Ya vería el mundo la irradiación de +bondad y de verdad que él iba a arrojar sobre aquella infeliz víctima +del hombre!</p> + +<p>Desde que la conoció y sintió que el Cielo se le metía en su alma, todo +en él fue idealismo, nobleza y buenas acciones. ¡Qué diferencia entre él +y los perdularios en cuyas manos estuvo aquella pobrecita! Por mucho que +se buscara en la vida de Rubín, no se encontrarían más que dolores de +cabeza y otras molestias físicas; pero a ver, que le sacaran algún acto +ignominioso, ni siquiera una falta.</p> + + + +<hr /> +<h2>-<span class="smcap">iii</span>-</h2> + + +<p>Una de las cosas a que Maximiliano daba más importancia para poner en +ejecución su plan redentorista era que Fortunata le amara, porque sin +esto la sublime obra iba a tener sus dificultades. Si Fortunata se +prendaba de él, aunque se prendara por lo moral, que es la menor +cantidad de amor posible, no era tan difícil que él la convirtiera al +bien por la atracción de su alma. De esta necesidad de amor previo +emanaba la insistencia con que Maximiliano le preguntaba a su ídolo si +le quería ya algo, si le iba queriendo. Algunas veces contestaba ella +que sí con esa facilidad mecánica y rutinaria de los niños aplicados que +se saben la lección; otras veces, más sincera y reflexiva, respondía que +el cariño no depende de la voluntad ni menos de la razón, y por esto +acontece que una mujer, que no tiene pelo de tonta, se enamorisca de +cualquier pelagatos, y da calabazas a las personas decentes. Aseguraba +estar muy agradecida a Maximiliano por lo bien que se había portado con +ella, y de aquella gratitud saldría, con el trato, el querer. Según +Rubín, el orden natural de las cosas en el mundo espiritual establece +que el amor nazca del agradecimiento, aunque también nace de otros +padres. El corazón le decía, como él dice las cosas, a la calladita, que +Fortunata le había de querer de firme; y esperaba con paciencia el +cumplimiento de esta dulce profecía. Sin embargo, no las tenía todas +consigo, porque como se dan casos de que salga fallido lo que el corazón +anuncia, pasaba el pobre chico horas de verdadera angustia, y a solas en +su casa, se metía en unos cálculos muy hondos para averiguar el estado +de los sentimientos de su querida. Rápidamente pasaba de la duda más +cruel a las afirmaciones terminantes. Tan pronto pensaba que no le +quería ni pizca, como que le empezaba a querer, y todo era discutir y +analizar palabras, gestos y actos de ella, interpretándolos de una +manera o de otra. «¿Por qué me dijo tal o cual cosa? ¿Qué querría +expresar con aquella reticencia?... Y aquella carcajadita, ¿qué +significaba?... Ayer, cuando me abrió la puerta, no me dijo nada... Pero +cuando me marché díjome que me abrigara bien».</p> + +<p>La casa estaba en una de las muchas rinconadas de la antigua calle de +San Antón. En el portal había una relojería entre cristales, quedando +tan poco espacio para la entrada, que los gordos tenían que pasar de +medio lado; en el piso bajo y tienda una bollería que inundaba la casa +de emanaciones de canela y azúcar. En el piso principal radicaba una +casa de préstamos con farolón a la calle, y en ciertos días había en los +balcones ventilación de capas empeñadas. Más arriba los pisos estaban +divididos en viviendas estrechas y de poco precio. Había derecha, +izquierda y dos interiores. Los vecinos eran de dos clases: mujeres +sueltas, o familias que tenían su comercio en el próximo mercado de San +Antón. Hueveras y verduleras poblaban aquellos reducidos aposentos, +echando sus hijos a la escalera para que jugasen. En uno de los segundos +exteriores vivía Feliciana, y Fortunata en un tercero interior. Lo +alquiló Rubín por encontrarlo tan a mano, con intención de tomar +vivienda mejor cuando variaran las circunstancias.</p> + +<p>Pasaba Maximiliano allí todo el tiempo de que podía disponer. Por la +noche estaba hasta las doce y a veces hasta la una, no faltando ni aun +cuando se veía acometido de sus terribles jaquecas. La sorpresa y +confusión que a doña Lupe causaba esto no hay para qué decirlas, y no se +satisfacía con las explicaciones que su sobrinito daba. «Aquí hay gato +encerrado—decía la astuta señora—, o en términos más claros, <i>gata +encerrada</i>».</p> + +<p>Cuando Maximiliano iba con jaqueca a la casa de su amante, esta le +cuidaba casi tan bien como la propia doña Lupe, y hacía los imposibles +por conseguir que no metieran bulla los chicos de la huevera. Esto lo +agradecía tanto el enfermo que se le aumentaba el amor, si fuera capaz +de aumento lo que ya era tan grande. Observó con satisfacción que +Fortunata salía a la calle lo menos posible. Por la mañana bajaba a +hacer su compra, con su cesto al brazo, y al cuarto de hora volvía. Ella +misma se hacía la comida y limpiaba la casa, en cuyas operaciones se le +iba casi todo el día. No recibía visitas de mujeres de conducta dudosa, +y la suya era estrictamente ajustada a las prácticas de una vida +regular. «Tiene la honradez en la médula de los huesos—decía +Maximiliano rebosando alegría—. Le gusta tanto trabajar, que cuando +tiene hecha una cosa la desbarata y la vuelve a hacer por no estar +ociosa. El trabajo es el fundamento de la virtud. Lo que digo, esta +mujer ha sido mala a la fuerza».</p> + +<p>En medio de estos dulcísimos ensueños de su alma arrebatada, sentía +Maximiliano unos saetazos que le hacían volver sobresaltado a la +realidad. Era como la feroz picada de un mosquito cuando estamos +empezando a dormirnos dulcemente... Por mucho que se estirase el dinero +sacado de la hucha, al fin se tenía que concluir, porque todo es finito +en este mundo, y el metálico precisamente es una de las cosas más +finitas que se pueden imaginar... ¡María Santísima!, cuando el temido +momento llegase... ¡cuando la última peseta del último duro fuera +cambiada...! Si el mosquito le picaba a Maximiliano cuando estaba en su +cama dormido o preparándose a ello, incorporábase tan desvelado cual si +fueran las doce del día, o se ponía a dar vueltas en el lecho y a +calentarlo con el ardor de su febril zozobra. A veces invocaba al Cielo +con íntimo fervor de oración. Esperaba que la obra generosa que había +emprendido pesase mucho en las recónditas intenciones de la Providencia +para que Esta le sacase del atolladero en que los amantes iban a caer. +Él no era un granuja; ella se estaba portando bien, y con su conducta +echaba velos y más velos sobre lo pasado. Si la Providencia no tenía en +cuenta estas circunstancias, ¿de qué le valía a uno portarse bien y ser +un modelo de orden y buena fe? Esto es claro como el agua. Fortunata +pensaba lo mismo, cuando él le confiaba sus temores. Tenía que ser así, +o todo lo que se habla de la Providencia es patraña. Pronto diré cómo se +salieron con la suya, con lo cual se demostró que tenían allá arriba, en +los mismos cielos, alguna entidad de peso que les protegía. Bien ganada +se tenían esta protección, porque él, enaltecido por su cariño, ella, +aspirando a la honradez y ensayándose en practicarla, eran dos seres que +valían cualquier dinero, o en otros términos, dignos de que se les +facilitaran los medios de continuar su campaña virtuosa.</p> + + + +<hr /> +<h2>-<span class="smcap">iv</span>-</h2> + + +<p>La única visita que recibían era la de Feliciana y Olmedo. Ni una ni +otro agradaban mucho a Maximiliano: ella por ser ordinaria y de +sentimientos innobles, incapaz de apetecer la honradez como estado +permanente; él por ser muy atropellado, muy hablador, muy amigo de +contar cuentos sucios y de decir palabras indecentes. Entraba siempre +con el sombrero echado atrás, afectando una grosería de maneras que no +tenía, imitando los modales y hasta el andar de los borrachos, +arrastrando las palabras, pero absteniéndose de beber con disculpa de +mal de estómago, en realidad porque se mareaba y embrutecía a la segunda +copa. En confianza dijo Maximiliano a Fortunata que debían mudarse de +casa para no tener vecinos tan contrarios al método de personas decentes +que se habían impuesto.</p> + +<p>De todo lo que el enamorado pensaba hacer para la redención de su +querida, nada le parecía tan urgente como enseñarla a escribir y a leer +bien. Todas las mañanas la tenía media hora haciendo palotes. Fortunata +deseaba aprender; pero ni con la paciencia ni con la atención sostenida +se desarrollaban sus talentos caligráficos. Estaban ya muy duros +aquellos dedos para tales primores. El hábito del trabajo en su infancia +había dado robustez a sus manos, que eran bonitas, aunque bastas, cual +manos de obrera. No tenía pulso para escribir, se manchaba de tinta los +dedos y sudaba mucho, poniéndose sofocada y haciendo con los labios una +graciosa trompeta en el momento de trazar el palote.</p> + +<p>«Nada de hociquitos, hija de mi alma; eso es muy feo—le decía el +profesor acariciándole la cabeza—. No agarrotes los dedos... Si es cosa +sencillísima, y lo más fácil...».</p> + +<p>Ya se ve, para él era fácil; pero ella, que en su vida las había visto +más gordas, hallaba en la escritura una dificultad invencible. Decía con +tristeza que no aprendería jamás, y se lamentaba de que en su niñez no +la hubieran puesto a la escuela. La lectura la cansaba también y la +aburría soberanamente, porque después de estarse un mediano rato sacando +las sílabas como quien saca el agua de un pozo, resultaba que no +entendía ni jota de lo que el texto decía. Arrojaba con desprecio el +libro o periódico, diciendo que ya no estaba la Magdalena para +tafetanes.</p> + +<p>Si en el orden literario no mostraba ninguna aplicación, en lo tocante +al arte social no sólo era aplicadísima, sino que revelaba aptitudes +notables. Las lecciones que Maximiliano le daba referentes a cosas de +urbanidad y a conocimientos rudimentarios de los que exige la buena +educación eran tan provechosas, que le bastaban a veces indicaciones +leves para asimilarse una idea o un conjunto de ideas. «Aunque te +estorbe lo negro—le decía él—, me parece que tú tienes talento». En +poco tiempo le enseñó todas las fórmulas que se usan en una visita de +cumplido, cómo se saluda al entrar y al despedirse, cómo se ofrece la +casa y otras muchas particularidades del trato fino. Y también aprendió +cosas tan importantes como la sucesión de los meses del año, que no +sabía, y cuál tiene treinta y cuál treinta y un días. Aunque parezca +mentira, este es uno de los rasgos característicos de la ignorancia +española, más en las ciudades que en las aldeas, y más en las mujeres +que en los hombres. Gustaba mucho de los trabajos domésticos, y no se +cansaba nunca. Sus músculos eran de acero, y su sangre fogosa se avenía +mal con la quietud. Como pudiera, más se cuidaba de prolongar los +trabajos que de abreviarlos. Planchar y lavar le agradaba en extremo, y +entregábase a estas faenas con delicia y ardor, desarrollando sin +cansarse la fuerza de sus puños. Tenía las carnes duras y apretadas, y +la robustez se combinaba en ella con la agilidad, la gracia con la +rudeza para componer la más hermosa figura de salvaje que se pudiera +imaginar. Su cuerpo no necesitaba corsé para ser esbeltísimo. Vestido +enorgullecía a las modistas; desnudo o a medio vestir, cuando andaba por +aquella casa tendiendo ropa en el balcón, limpiando los muebles o +cargando los colchones cual si fueran cojines, para sacarlos al aire, +parecía una figura de otros tiempos; al menos, así lo pensaba Rubín, que +sólo había visto belleza semejante en pinturas de amazonas o cosa tal. +Otras veces le parecía mujer de la Biblia, la Betsabée aquella del baño, +la Rebeca o la Samaritana, señoras que había visto en una obra +ilustrada, y que, con ser tan barbianas, todavía se quedaban dos dedos +más abajo de la sana hermosura y de la gallardía de su amiga.</p> + +<p>En los comienzos de aquella vida, Maximiliano abandonó mucho sus +estudios; pero cuando fue metodizando su amor, la conciencia de la +misión moral que se proponía cumplir le estimuló al estudio, para +hacerse pronto hombre de carrera. Y era muy particular lo que le +ocurría. Se notaba más despierto, más perspicaz para comprender, más +curioso de los secretos de la ciencia, y le interesaba ya lo que antes +le aburriera. En sus meditaciones, solía decir que <i>le había entrado +talento</i>, como si dijese que le había entrado calentura. Indudablemente +no era ya el mismo. En media hora se aprendía una lección que antes le +llevaba dos horas y al fin no la sabía. Creció su admiración al +observarse en clase contestando con relativa facilidad a las preguntas +del profesor y al notar que se le ocurrían apreciaciones muy juiciosas; +y el profesor y los alumnos se pasmaban de que <i>Rubinius vulgaris</i> se +hubiera despabilado como por ensalmo. Al propio tiempo hallaba vivo +placer en ciertas lecturas extrañas a la Farmacia, y que antes le +cautivaban poco. Algunos de sus compañeros solían llevar al aula, para +leer a escondidas, obras literarias de las más famosas. Rubín no fue +nunca aficionado a introducir de contrabando en clase, entre las páginas +de la <i>Farmacia químico-orgánica</i>, el <i>Werther</i> de Goëthe o los dramas +de Shakespeare. Pero después de aquella sacudida que el amor le dio, +entrole tal gusto por las grandes creaciones literarias, que se +embebecía leyéndolas. Devoró el <i>Fausto</i> y los poemas de Heine, con la +particularidad de que la lengua francesa, que antes le estorbaba, se le +hizo pronto fácil. En fin, que mi hombre había pasado una gran crisis. +El cataclismo amoroso varió su configuración interna. Considerábase como +si hubiera estado durmiendo hasta el momento en que su destino le puso +delante la mujer aquella y el problema de la redención.</p> + +<p>«Cuando yo era tonto—decía sin ocultarse a sí mismo el desprecio con +que se miraba en aquella época que bien podría llamarse antediluviana—, +cuando yo era tonto, éralo por carecer de un objeto en la vida. Porque +eso son los tontos, personas que no tienen misión alguna».</p> + +<p>Fortunata no tenía criada. Decía que ella se bastaba y se sobraba para +todos los quehaceres de casa tan reducida. Muchas tardes, mientras +estaba en la cocina, Maximiliano estudiaba sus lecciones, tendido en el +sofá de la sala. Si no fuera porque el espectro de la hucha se le solía +aparecer de vez en cuando anunciándole el acabamiento del dinero +extraído de ella, ¡cuán feliz habría sido el pobre chico! A pesar de +esto, la dicha le embargaba. Entrábale una embriaguez de amor que le +hacía ver todas las cosas teñidas de optimismo. No había dificultades, +no había peligros ni tropiezos. El dinero ya vendría de alguna parte. +Fortunata era buena, y bien claros estaban ya sus propósitos de +decencia. Todo iba a pedir de boca, y lo que faltaba era concluir la +carrera y... Al llegar aquí, un pensamiento que desde el principio de +aquellos amores tenía muy guardadito, porque no quería manifestarlo sino +en sazón oportuna, se le vino a los labios. No pudo retener más tiempo +aquel secreto que se le salía con empuje, y si no lo decía reventaba, +sí, reventaba; porque aquel pensamiento era todo su amor, todo su +espíritu, la expresión de todo lo nuevo y sublime que en él había, y no +se puede encerrar cosa tan grande en la estrechez de la discreción. +Entró la pecadora en la sala, que hacía también las veces de comedor, a +poner la mesa, operación en extremo sencilla y que quedaba hecha en +cinco minutos. Maximiliano se abalanzó a su querida con aquella especie +de vértigo de respeto que le entraba en ocasiones, y besándole +castamente un brazo que medio desnudo traía, cogiéndole después la mano +basta y estrechándola contra su corazón, le dijo:</p> + +<p>«Fortunata, yo me caso contigo».</p> + +<p>Ella se echó a reír con incredulidad; pero Rubín repitió el <i>me caso +contigo</i> tan solemnemente, que Fortunata lo empezó a creer. «Hace +tiempo—añadió él—, que lo había pensado... Lo pensé cuando te conocí, +hace un mes... Pero me pareció bien no decirte nada hasta no tratarte un +poco... O me caso contigo o me muero. Este es el dilema».</p> + +<p>—<i>Tie</i> gracia... ¿Y qué quiere decir <i>dilema</i>?</p> + +<p>—Pues esto: que o me caso o me muero. Has de ser mía ante Dios y los +hombres. ¿No quieres ser honrada? Pues con el deseo de serlo y un +nombre, ya está hecha la honradez. Me he propuesto hacer de ti una +persona decente y lo serás, lo serás si tú quieres...</p> + +<p>Inclinose para coger los libros que se habían caído al suelo. Fortunata +salió para traer lo que en la mesa faltaba, y al entrar le dijo:</p> + +<p>—Esas cosas se calculan bien... no por mí, sino por ti.</p> + +<p>—¡Ah!, ya lo tengo pensado; pero muy bien pensado... ¿Y a ti, te había +ocurrido esto?</p> + +<p>—No... no me pasaba por la imaginación. Tu familia ha de hacer la +contra.</p> + +<p>—Pronto seré mayor de edad—afirmó Rubín con brío—. Opóngase o no, lo +mismo me da...</p> + +<p>Fortunata se sentó a su lado, dejando la mesa a medio poner y la comida +a punto de quemarse. Maximiliano le dio muchos abrazos y besos, y ella +estaba como aturdida... poco risueña en verdad, esparciendo miradas de +un lado para otro. La generosidad de su amigo no le era indiferente, y +contestó a los apretones de manos con otros no tan fuertes, y a las +caricias de amor con otras de amistad. Levantose para volver a la +cocina, y en ella su pensamiento se balanceó en aquella idea del +casorio, mientras maquinalmente echaba la sopa en la sopera... «¡Casarme +yo!... <i>¡pa chasco...!</i>, ¡y con este encanijado...! ¡Vivir siempre, +siempre con él, todos los días... de día y de noche!... ¡Pero calcula +tú, mujer... ser honrada, ser casada, señora de Tal... persona +decente...!».</p> + + + +<hr /> +<h2>-<span class="smcap">v</span>-</h2> + + +<p>Maximiliano solía contar algunos particulares de la familia de Rubín, +por lo cual tenía ella noticias de doña Lupe, de Juan Pablo y del cura. +Con los detalles que el joven iba dando de sus parientes, ya Fortunata +les conocía como si les hubiera tratado. Aquella noche, excitado por el +entusiasmo que le produjo la resolución de casamiento, se dejó decir, +tocante a su tía, algo que era quizá indiscreto. Doña Lupe prestaba +dinero, por mediación de un tal Torquemada, a militares, empleados y a +todo el que cayese. Hablando con completa sinceridad, Maximiliano no +<i>era partidario</i> de aquella manera de constituirse una renta; pero él +¿qué tenía que ver con los actos de su señora tía? Esta le amaba mucho y +probablemente le haría su heredero. Tenía una papelera antigua, negra y +muy grande, de hierro, frente a su cama, donde guardaba el dinero y los +pagarés de los préstamos. Gastaba lo preciso y de mes en mes su fortuna +aumentaba, sabe Dios cuánto. Debía de ser muy rica, pero muy rica, +porque él veía que Torquemada le llevaba <i>resmas</i> de billetes. En cuanto +a su hermano Juan Pablo, ya se sabía a ciencia cierta que estaba con los +carlistas, y si estos triunfaban, ocuparía una posición muy alta. Su +hermano Nicolás había de parar en canónigo, y quién sabe, quién sabe si +en obispo... En fin, que por todos lados se ofrecía a la joven pareja +horizontes sonrosados. En estas y otras conversaciones se pasaron la +primera noche, hasta que se retiró Maximiliano a su casa, quedándose +Fortunata tan pensativa y preocupada que se durmió muy tarde y pasó la +noche intranquila.</p> + +<p>El amante también estaba poco dispuesto al sueño; mas era porque el +entusiasmo le hacía cosquillas en el epigastrio, atravesándole un bulto +en el vértice de los pulmones, con lo que le pesaba el respirar, y +además poníale candelas encendidas en el cerebro. Por más que él soplaba +para apagarlas y poder dormirse, no lo podía conseguir. Su tía estaba +con él un poco seria. Sin duda sospechaba algo, y como persona de mucho +pesquis, no se tragaba ya aquellas bolas del estudiar fuera de casa y de +los amigos enfermos a quienes era preciso velar. A los dos días de aquel +en que el exaltado mozo se arrancó a prometer su mano, doña Lupe tuvo +con él una grave conferencia. El semblante de la señora no revelaba tan +sólo recelo, sino profunda pena, y cuando llamó a su sobrino para +encerrarse con él en el gabinete, este sintió desvanecerse su valor. +Quitose la señora el manto y lo puso sobre la cómoda bien doblado. +Después de clavar en él los alfileres, mirando a su sobrino de un modo +que le hizo estremecer, le dijo: «Tengo que hablarte <i>detenidamente</i>». +Siempre que su tía empleaba el <i>detenidamente</i>, era para echarle un +réspice.</p> + +<p>«¿Tienes hoy jaqueca?» le preguntó después doña Lupe.</p> + +<p>Maximiliano estaba muy bien de la cabeza; pero para colocarse en buena +situación, dijo que sentía principios de jaqueca. Así doña Lupe tendría +compasión de él. Dejose caer en un sillón y se comprimió la frente.</p> + +<p>«Pues se trata de una mala noticia—aseveró la viuda de Jáuregui—, +quiero decir, mala, precisamente mala no... aunque tampoco es buena».</p> + +<p>Rubín, sin comprender a qué podía referirse su tía, barruntó que nada +tenía que ver aquello con sus amores clandestinos, y respiró. La +opresión del epigastrio se le hizo más ligera, y se acabó de +tranquilizar al oír esto:</p> + +<p>«La noticia no ha de afectarte mucho. ¿Para qué tanto rodeo? Tu tía doña +Melitona Llorente ha pasado a mejor vida. Mira la carta en que me lo +dice el señor cura de Molina de Aragón. Murió como una santa, recibió +todos los Sacramentos y dejó treinta mil reales para misas».</p> + +<p>Maximiliano conocía muy poco a su tía materna. La había visto sólo dos o +tres veces siendo muy niño, y no vivía en su imaginación sino por las +rosquillas y el arrope que mandaba de regalo todos los años en vida de +D. Nicolás Rubín. La noticia del fallecimiento de esta buena señora le +afectó poco.</p> + +<p>«Todo sea por Dios» murmuró por decir algo.</p> + +<p>Doña Lupe se volvió de espaldas para abrir el cajón de la cómoda y en +esta postura le dijo:</p> + +<p>«Tú y tus hermanos heredáis a Melitona, que por mis cuentas debía tener +un capitalito sano de veinte o veinticinco mil duros».</p> + +<p>Maximiliano no oyó bien por estar su tía de espaldas, y aquello le +interesaba tanto que se levantó, puso un codo sobre la cómoda y allí se +hizo repetir el concepto para enterarse bien.</p> + +<p>«Esas son mis cuentas—agregó doña Lupe—; pero ya ves que en los +pueblos no se sabe lo que se tiene y lo que no se tiene. Probablemente +la difunta emplearía algún dinero en préstamos, que es como tirarlo al +viento. Se cobra tarde y mal, cuando se cobra. De modo que no os hagáis +muchas ilusiones. Cuando Juan Pablo venga a Madrid irá a Molina de +Aragón a enterarse del testamento y recoger lo que es vuestro».</p> + +<p>—Pues que vaya inmediatamente—dijo Maximiliano dando una palmada sobre +la cómoda—; pero aquello de llegar y en la misma estación coger el +billete y zas... al tren otra vez.</p> + +<p>—Hombre, no tanto. Tu hermano está en Bayona. Lo mejor es que se pase +por Molina antes de venir a Madrid. Le escribiré hoy mismo. Sosiégate; +tú eres así, o la apatía andando o la pura pólvora... Eso es ahora, que +antes, para mover un pie le pedías licencia al otro. Te has vuelto muy +atropellado.</p> + +<p>Le miró de un modo tan indagador, que al pobre chico se le volvieron a +abatir los ánimos. Era hombre de carácter siempre que su tía no le +clavase la flecha de sus ojuelos pardos y sagaces, y viose tan perdido +que se apresuró a variar la conversación, preguntando a su tía cuántos +años tenía doña Melitona. Estuvo la señora de Jáuregui un ratito +haciendo cuentas, estirado el labio inferior, la cabeza oscilando como +un péndulo y los ojos vueltos al techo, hasta que salió una cifra, de la +cual Maximiliano no se hizo cargo. Volvió después doña Lupe a tomar en +boca la metamorfosis de su sobrino, deslizando algunas bromitas, que a +este le supieron a cuerno quemado. «Ya se ve, con esos estudios que +haces ahora en casa de los amigos, te habrás vuelto un pozo de +ciencia... A mí no me vengas con fábulas. Tú te pasas el día y la mitad +de la noche en alguna conspiración... porque por el lado de las mujeres +no temo nada, francamente. Ni a ti te gusta eso, ni puedes aunque te +gustara...».</p> + +<p>Aquel <i>ni puedes</i> incomodaba tanto al joven y le parecía tan humillante, +que a punto estuvo de dar a su tía un mentís como una casa. Pero no pasó +de aquí, pues doña Lupe tuvo que ocuparse de cosas más graves que +averiguar si su sobrino podía o no podía. Papitos fue quien le salvó +aquel día, atrayendo a sí toda la atención del ama de la casa. Porque la +mona aquella tenía días. Algunos lo hacía todo tan bien y con tanta +diligencia y aseo, que doña Lupe decía que era una perla. Pero otros no +se la podía aguantar. Aquel día empezó de los buenos y concluyó siendo +de los peores. Por la mañana había cumplido admirablemente; estuvo muy +suelta de lengua y de manos, haciendo garatusas y dando brincos en +cuanto la señora le quitaba la vista de encima. Semejante fiebre era +señal de próximos trastornos. En efecto, por la tarde dividió en dos la +tapa de una sopera, y desde entonces todo fue un puro desastre. Cuando +se enfurruñaba creeríase que hacía las cosas mal adrede. Le mandaban +esto y se salía con lo otro. No se pueden contar las faltas que cometió +en una hora. Bien decía doña Lupe que tenía los demonios metidos en el +cuerpo y que era mala, pero mala de veras, una sinvergüenza, una mal +criada y una calamidad... <i>en toda la extensión de la palabra</i>. Y +mientras más repelones le daban, peor que peor. Pasó tanta agua del +puchero del agua caliente al puchero de la verdura, que esta quedó +encharcada. Los garbanzos se quemaron, y cuando fueron a comerlos +amargaban como demonios. La sopa no había cristiano que la pasara de +tanta sal como le echó aquella condenada. Luego era una insolente, +porque en vez de reconocer sus torpezas decía que la señora tenía la +culpa, y que ella, la muy piojosa, no estaría allí ni un día más porque +<i>misté... en cualsiquiera parte la tratarían mejor</i>.</p> + +<p>Doña Lupe discutía con ella violentamente, argumentando con crueles +pellizcos, y añadiendo que estaba autorizada por la madre para +descuartizarla si preciso era. A lo que Papitos contestaba echando +lumbre por los ojos: «¡Ay, hija, no me descuartice usted tanto!». Este +solía ser el periodo culminante de la disputa, que concluía dándole la +señora a su sirviente una gran bofetada y rompiendo la otra a llorar... +Los disparates seguían, y al servir la mesa ponía los platos sobre ella +sin considerar que no eran de hierro. Doña Lupe la amenazaba con +mandarla a la <i>galera</i> o con llamar una pareja, con escabecharla y +ponerla en salmuera, y poco a poco se iba aplacando la fierecilla hasta +que se quedaba como un guante.</p> + + + +<hr /> +<h2>-<span class="smcap">vi</span>-</h2> + + +<p>Maximiliano, gozoso de ver que su tía con aquel gran alboroto, no se +ocupaba de él, poníase de parte de la autoridad y en contra de Papitos. +Sí, sí; era muy mala, muy descarada, y había que atarla corto. Azuzaba +la cólera de doña Lupe para que esta no se revolviese contra él +hablándole de su cambio de costumbres y de lo que hacía fuera de casa.</p> + +<p>Doña Lupe fue aquella noche a casa de las de la Caña, y se estuvo allá +las horas muertas. Maximiliano entró a las once. Había dejado a +Fortunata acostada y casi dormida, y se retiró decidido a afrontar las +chafalditas de su tía y a explicarse con ella. Porque después del caso +de la herencia, ya no podía dudar de que la Providencia le favorecía, +abriéndole camino. Nunca había sido él muy religioso; pero aquella noche +parecíale desacato y aun ingratitud no consagrar a la divinidad un +pensamiento, ya que no una oración. Estaba como un demente. Por el +camino miraba a las estrellas y las encontraba más hermosas que nunca, y +muy mironas y habladoras. A Fortunata, sin mentarle la herencia por +respeto a la difunta, le dijo algo de sus fincas de Molina de Aragón, y +de que si el dinero en hipotecas era el mejor dinero del mundo. A veces +su imaginación agrandaba las cifras de la herencia, añadiéndole ceros, +«porque esa gente de los pueblos no gasta un cuarto, y no hace más que +acumular, acumular...».</p> + +<p>Los faroles de la calle le parecían astros, los transeúntes excelentes +personas, movidas de los mejores deseos y de sentimientos nobilísimos. +Entró en su casa resuelto a espontanearse con su tía... «¿Me +atreveré?—pensaba—. Si me atreviera... ¿Y qué hay de malo en esto? En +último caso, ¿qué puede hacer mi tía? ¿Acaso me va a comer? Si me niega +el derecho de casarme con quien me dé la gana, ya le diré yo cuántas son +cinco. No se conoce el genio de las personas hasta que no llega la +ocasión de mostrarlo». A pesar de estas disposiciones belicosas, cuando +Papitos le dijo que la señora no había vuelto todavía, quitósele de +encima un gran peso, porque en verdad la revelación del secreto y el +cisco que había de seguirle eran para acoquinar al más pintado. No le +arredraba el miedo de ser vencido, porque su amor y su misión le darían +seguramente coraje; pero convenía proceder con tacto y diplomacia, +pensar bien lo que iba a decir para no ofender a su tía, y, si era +posible, ponerla de su parte en aquel tremendo pleito.</p> + +<p>Se fue a la cocina detrás de Papitos, siguiendo una costumbre antigua de +hacer tertulia y de entretenerse en pláticas sabrosas cuando se +encontraban solos. Un año antes, la criadita y el estudiante se pasaban +las horas muertas en la cocina, contándose cuentos o proponiéndose +acertijos. En estos era fuerte la chiquilla. Sus carcajadas se oían +desde la calle cuando repetía la adivinanza, sin que el otro la pudiera +acertar. Maximiliano se rascaba la cabeza, aguzando su entendimiento; +pero la solución no salía. Papitos le llamaba zote, bruto y otras cosas +peores sin que él se ofendiera. Tomaba su revancha en los cuentos, pues +sabía muchos, y ella los escuchaba con embeleso, abierta la boca de par +en par y los ojos clavados en el narrador. Aquella noche estaba Papitos +de muy mal temple por la soba que se había llevado, y le tenía mucha +tirria al señorito porque no se puso de su parte en la contienda, como +otras veces. «Feo, tonto—le dijo aguzando la jeta cuando le vio +sentarse en la mesilla de pino de la cocina—. Acusón, patoso... memo en +polvo».</p> + +<p>Maximiliano buscaba una fórmula para pedirle perdón sin menoscabo de su +dignidad de señorito. Sentíase con impulsos de protección hacia ella. +Verdad que habían jugado juntos; que el año anterior, a pesar de la +diferencia de edades, eran tan niños el uno como el otro, y se +entretenían en enredos inocentes. Pero ya las cosas habían cambiado. Él +era hombre, ¡y qué hombre!, y Papitos una chiquilla retozona sin pizca +de juicio. Pero tenía buena índole, y cuando sentara la cabeza y diera +un estirón sería una criada inapreciable. La chiquilla, después que le +dijo todas aquellas injurias, se puso a repasar una media, en la cual +tenía metida la mano izquierda como en un guante. Sobre la mesa estaba +su estuche de costura, que era una caja de tabacos. Dentro de ella había +carretes, cintajos, un canuto de agujas muy roñoso, un pedazo de cera +blanca, botones y otras cosas pertinentes al arte de la costura. La +cartilla en que Papitos aprendía a leer estaba también allí, con las +hojas sucias y reviradas. El quinqué de la cocina con el tubo ahumado y +sin pantalla, iluminaba la cara gitanesca de la criada, dándole un tono +de bronce rojizo, y la cara pálida y serosa del señorito con sus ojeras +violadas y sus granulaciones alrededor de los labios.</p> + +<p>«¿Quieres que te tome la lección?» dijo Rubín cogiendo la cartilla.</p> + +<p>—Ni falta... canijo, espátula, <i>paice</i> un garabito... No quiero que me +tome <i>lición</i>—replicó la chica remedándole la voz y el tono.</p> + +<p>—No seas salvaje... Es preciso que aprendas a leer, para que seas mujer +completa—dijo Rubín esforzándose en parecer juicioso—. Hoy has estado +un poco salida de madre, pero ya eso pasó. Teniendo juicio, se te mirará +siempre como de la familia.</p> + +<p>—<i>¡Mia este!</i>... Me zampo yo a la familia...—chilló la otra +remedándole y haciendo las morisquetas diabólicas de siempre.</p> + +<p>—No te abandonaremos nunca—manifestó el joven henchido de deseos de +protección—. ¿Sabes lo que te digo?... Para que lo sepas, chica, para +que lo sepas, ten entendido que cuando yo me case... cuando yo me case, +te llevaré conmigo para que seas la doncella de mi señora.</p> + +<p>Al soltar la carcajada se tendió Papitos para atrás con tanta fuerza, +que el respaldo de la silla crujió como si se rompiera.</p> + +<p>—¡Casarse él, <i>vusté</i>!... memo, más que memo, ¡casarse!—exclamó—. Si +la señorita dice que <i>vusté</i> no se puede casar... Sí, se lo decía a +doña Silvia la otra noche.</p> + +<p>La indignación que sintió Maximiliano al oír este concepto fue tan viva, +que de manifestarse en hechos habría ocurrido una catástrofe. Porque tal +ultraje no podía contestarse sino agarrando a Papitos por el pescuezo y +estrangulándola. El inconveniente de esto consistía en que Papitos tenía +mucha más fuerza que él.</p> + +<p>—Eres lo más animal y lo más grosero...—balbució Rubín—, que he visto +en mi vida. Si no te curas de esas tonterías, nunca serás nada.</p> + +<p>Papitos alargó el brazo izquierdo en que tenía la media, y asomando sus +dedos por los agujeros, le cogió la nariz al señorito y le tiró de ella.</p> + +<p>—¡Que te estés quieta!... ¡vaya!... Tú no te has llevado nunca una +solfa buena, y soy yo quien te la va a dar... ¿Y por qué son esas risas +estúpidas?... ¿Porque he dicho que me caso? Pues sí señor, me caso +porque me da la gana.</p> + +<p>Tiempo hacía que Maximiliano deseaba hablar de aquella manera con +alguien, y manifestar su pensamiento libre y sin turbación. La +confidencia que tan difícil era con otra persona, resultaba fácil con la +cocinerita, y el hombre se creció después de dichas las primeras +palabras.</p> + +<p>«Tú eres una inocente—le dijo poniéndole la mano en el hombro—, tú no +conoces el mundo, ni sabes lo que es una pasión verdadera».</p> + +<p>Al llegar a este punto, Papitos no entendió ni jota de lo que su +señorito le decía... Era un lenguaje nuevo, como eran nuevas la +expresión de él y la cara seria que puso. No ponía aquella cara cuando +contaba los cuentos.</p> + +<p>«Porque verás tú—continuó Rubín, expresándose con alma—; el amor es la +ley de las leyes, el amor gobierna el mundo. Si yo encuentro la mujer +que me gusta, que es la mitad, si no la totalidad de mi vida, una mujer +que me transforme, inspirándome acciones nobles y dándome cualidades que +antes no tenía, ¿por qué no me he de casar con ella? A ver, que me lo +digan; que me den una razón, media razón siquiera... Porque tú no me has +de salir con argumentos tontos; tú no has de participar de esas +preocupaciones por las cuales...».</p> + +<p>Al llegar aquí, el orador se embarulló algo, y no ciertamente por miedo +a la dialéctica de su contrario. Papitos, después de asombrarse mucho de +la solemnidad con que el señorito hablaba y de las cosas incomprensibles +que le decía, empezó a aburrirse. Siguió Maximiliano descargando su +corazón, que otra coyuntura de desahogo como aquella no se le volvería a +presentar, y por fin la niña estiró el brazo izquierdo sobre la mesa, y +como estaba tan fatigada del ajetreo de aquel día y de los coscorrones, +hizo del brazo almohada y reclinó su cabeza en ella. En aquel momento, +Maximiliano, exaltado por su propia elocuencia, se dejó decir: «La única +razón que me dan es que si ha sido o no ha sido esto o lo otro. Respondo +que es falso, falsísimo. Si hay en su existencia días vergonzosos, y no +diré tanto como vergonzosos, días borrascosos, días desventurados, ha +sido por ley de la necesidad y de la pobreza, no por vicio... Los +hombres, los señoritos, esa raza de Caín, corrompida y miserable, tienen +la culpa... Lo digo y lo repito. La responsabilidad de que tanta mujer +se pierda recae sobre el hombre. Si se castigara a los seductores y a +los petimetres... la sociedad...».</p> + +<p>Papitos dormía como un ángel, apoyada la mejilla sobre el brazo tieso, y +conservando en la mano de él la media, por cuyos agujeros asomaban los +dedos. Dormía con plácido reposo, la cara seria, como si aprobase +inconscientemente las perrerías que el otro decía de los seductores, y +aprovechara la lección para cuando le tocara. El propio calor de sus +palabras llevó a Maximiliano a una exaltación que parecía insana. No +podía estar quieto ni callado. Levantose y fue por los pasillos +adelante, hablando solo en baja voz o haciendo gestos. El pasillo estaba +oscuro; pero él conocía tan bien todos los rincones, que andaba por +ellos sin vacilación ni tropiezo. Entró en la sala que también estaba a +oscuras, penetró en el gabinete de su tía, que a la misma boca de lobo +se igualara en lo tenebroso, y allí se le redobló la facundia, y la +energía de sus declamaciones rayaba en frenesí. Apoyando las cláusulas +con enfático gesto, se le ocurrían frases de admirable efecto +contundente, frases capaces de tirar de espaldas a todos los individuos +de la familia si las oyeran. ¡Qué lástima que no estuviera allí su +tía...! Como si la estuviera viendo, le soltó estas atrevidas +expresiones: «Y para que lo sepa usted de una vez, yo no cedo ni puedo +ceder, porque sigo en esto el impulso de mi conciencia, y contra la +conciencia no valen pamplinas, ni ese cúmulo, ese cúmulo, sí señora, +de... preocupaciones rancias que usted me opone. Yo me caso, me caso, y +me caso, porque soy dueño de mis actos, porque soy mayor de edad, porque +me lo dicta mi conciencia, porque me lo manda Dios; y si usted lo +aprueba, ella y yo le abriremos nuestros amantes brazos y será usted +nuestra madre, nuestra consejera, nuestra guía...».</p> + +<p>Vamos, que sentía de veras no estuviese delante de él en el sillón de +hule la propia viuda de Jáuregui en imagen corpórea, porque de fijo le +diría lo mismo que estaba diciendo ante su imagen figurada y supuesta. +Después salió otra vez al pasillo, donde continuó la perorata, +paseándose de un extremo a otro, y gesticulando a favor de la oscuridad. +La soledad, el silencio de la noche y la poca luz favorecen a los +tímidos para su comedia de osados y lenguaraces, teniéndose a sí mismos +por público y envalentonándose con su fácil éxito. Maximiliano hablaba +quedito; sus fuertes manotadas no correspondían al diapasón bajo de las +palabras, cuya vehemencia sofocada las hacía parecer como un ensayo.</p> + +<p>Cuando doña Lupe llamó a la puerta, su sobrino le abrió, y pasmose ella +de que estuviera en pie todavía. «¡Qué despabilado está el tiempo!» dijo +la señora con cierto retintín, que hizo estremecer al joven, limpiando +súbitamente su espíritu de toda idea de independencia, como se limpia de +sombras un farol cuando aparece dentro de él la llama del gas. Al oír la +campanilla, acudió la chica dando traspiés y restregándose los ojos. +Doña Lupe no dijo más que: «a la cama todo Cristo». Era muy tarde y +Papitos tenía que madrugar. El sobrino y la cocinerita entraron sin +hacer ruido en sus respectivas madrigueras, como los conejos cuando oyen +los pasos del cazador.</p> + + + +<hr /> +<h2>-<span class="smcap">vii</span>-</h2> + + +<p>La declaración de Maximiliano había puesto a Fortunata en perplejidad +grande y penosa. Aquella noche y las siguientes durmió mal por la viveza +del pensar y las contradictorias ideas que se le ocurrían. Después de +acostada tuvo que levantarse y se arrojó, liada en una manta, en el +sofá de la sala; pero no se quedaban las cavilaciones entre las sábanas, +sino que iban con ella a donde quiera que iba. La primera noche +dominaron al fin, tras largo debate, las ideas afirmativas. «¡Casarme +yo, y casarme con un hombre de bien, con <i>una persona decente</i>...!». Era +lo más que podía desear... ¡Tener un nombre, no tratar más con gentuza, +sino con caballeros y señoras! Maximiliano era un bienaventurado, y +seguramente la haría feliz. Esto pensaba por la mañana, después de +lavarse y encender la lumbre, cuando cogía la cesta para ir a la compra. +Púsose el manto y el pañuelo por la cabeza, y bajó a la calle. Lo mismo +fue poner el pie en la vía pública que sus ideas variaron.</p> + +<p>«¡Pero vivir siempre con este chico... tan feo como es! Me da por el +hombro, y yo le levanto como una pluma. Un marido que tiene menor fuerza +que la mujer no es, no puede ser marido. El pobrecillo es un bendito de +Dios; pero no le podré querer aunque viva con él mil años. Esto será +ingratitud, pero ¿qué le vamos a hacer?, no lo puedo remediar...».</p> + +<p>Tan distraída estaba, que el carnicero le preguntó tres veces lo que +quería sin obtener respuesta. Por fin se enteró. «Hoy no llevo más que +media libra de falda para el cocido y una chuletita de lomo. Señor Paco, +pésemelo bien».</p> + +<p>—Tome usted, simpatía, y mande.</p> + +<p>También compró dos onzas de tocino; luego una brecolera en el puesto de +verduras de la carnicería, y en la tienda de la esquina, arroz, cuatro +huevos y una lata de pimientos morrones. Al volver a su casa, revisó la +lumbre y se puso a limpiar y a barrer. Mientras quitaba el polvo a los +muebles, volvió al tema: «No se encuentra todos los días un hombre que +quiera echarse encima una carga como esta».</p> + +<p>Hizo la cama y después empezó a peinarse. Al ver en el espejo su linda +cara pálida, diole por emplear argumentos comparativos: «Porque ¡María +<i>Santisma</i>!, si Maximiliano apostaba a feo, no había quien le ganara... +¡Y qué mal huelen las boticas! Debió de haber seguido otra carrera... +Dios me favorezca... Si tuviera algún hijo me acompañaría con él; +pero... ¡quia!...».</p> + +<p>Después de esta reticencia, que por lo terminante parecía hija de una +convicción profunda, siguió contemplando y admirando su belleza. Estaba +orgullosa de sus ojos negros, tan bonitos que, según dictamen de ella +misma, <i>le daban la puñalada al Espiritui Santo</i>. La tez era una +preciosidad por su pureza mate y su transparencia y tono de marfil +recién labrado; la boca, un poco grande, pero fresca y tan mona en la +risa como en el enojo... ¡Y luego unos dientes! «Tengo los +dientes—decía ella mostrándoselos—, como pedacitos de leche cuajada».</p> + +<p>La nariz era perfecta. «Narices como la mía, pocas se ven»... Y por fin, +componiéndose la cabellera negra y abundante como los malos +pensamientos, decía: «¡Vaya un pelito que me ha dado Dios!». Cuando +estaba concluyendo, se le vino a las mientes una observación, que no +hacía entonces por primera vez. Hacíala todos los días, y era esta: +«¡Cuánto más guapa estoy ahora que... antes! He ganado mucho».</p> + +<p>Y después se puso muy triste. Los pedacitos de leche cuajada +desaparecieron bajo los labios fruncidos, y se le armó en el entrecejo +como una densa nube. El rayo que por dentro pasaba decía así: «¡Si me +viera ahora...!». Bajo el peso de esta consideración estuvo un largo +rato quieta y muda, la vista independiente a fuerza de estar fija. +Despertó al fin de aquello que parecía letargo, y volviendo a mirarse, +animose con la reflexión de su buen palmito en el espejo. «Digan lo que +quieran, lo mejor que tengo es el entrecejo... Hasta cuando me enfado es +bonito... ¿A ver cómo me pongo cuando me enfado? Así, así... ¡Ah, +llaman!».</p> + +<p>El campanillazo de la puerta la obligó a dejar el tocador. Salió a abrir +con la peineta en una mano y la toalla por los hombros. Era el redentor, +que entró muy contento y le dijo que acabara de peinarse. Como faltaba +tan poco, pronto quedó todo hecho. Maximiliano la elogió por su +resolución de no tomar peinadoras.</p> + +<p>¿Por qué las mujeres no se han de peinar solas? La que no sabe que +aprenda. Eso mismo decía Fortunata. El pobre chico no dejaba de expresar +su admiración por el buen arreglo y economía de su futura, haciendo por +sus propias manos la tarea que desempeñan mal esas bergantas ladronas +que llaman criadas de servir. Fortunata aseguraba que aquella costumbre +suya no tenía mérito porque el trabajo le gustaba. «Eres una +alhajita—le decía su amante con orgullo—. En cuanto a las peinadoras, +todas son unas grandes alcahuetas, y en la casa donde entran no puede +haber paz».</p> + +<p>Más adelante tomarían alguna criada, porque no convenía tampoco que ella +se matase a trabajar. Estarían seguramente en buena posición, y puede +que algunos días tuvieran convidados a su mesa. La servidumbre es +necesaria, y llegaría un día seguramente en que no se podrían pasar sin +una niñera. Al oír esto, por poco suelta la risa Fortunata; pero se +contuvo, concretándose a decir en su interior: «¡Para qué querrá niñeras +este desventurado...!».</p> + +<p>A renglón seguido, sacó el joven a relucir el tema del casorio, y dijo +tales cosas que Fortunata no pudo menos de rendir el espíritu a tanta +generosidad y nobleza de alma. «Tu comportamiento decidirá de su +suerte—afirmó él—, y como tu comportamiento ha de ser bueno, porque tu +alma tiene todos los resortes del bien, estamos al cabo de la calle. Yo +pongo sobre tu cabeza la corona de mujer honrada; tú harás porque no se +te caiga y por llevarla dignamente. Lo pasado, pasado está, y el +arrepentimiento no deja ni rastro de mancha, pero ni rastro. Lo que diga +el mundo no nos importe. ¿Qué es el mundo? Fíjate bien y verás que no es +nada, cuando no es la conciencia».</p> + +<p>A Fortunata se le humedecieron los ojos, porque era muy accesible a la +emoción, y siempre que se le hablaba con solemnidad y con un sentido +generoso, se conmovía aunque no entendiera bien ciertos conceptos. La +enternecían el tono, el estilo y la expresión de los ojos. Creyó +entonces caso de conciencia hacer una observación a su amigo.</p> + +<p>«Piensa bien lo que haces—le dijo—, y no comprometas por mí tu...».</p> + +<p>Quería decir dignidad; pero no dio con la palabra por el poco uso que en +su vida había hecho de vocablos de esta naturaleza. Pero se dio sus +mañas para expresar toscamente la idea, diciendo: «Calcula que los que +me conozcan te van a llamar <i>el marido de la Fortunata</i>, en vez de +llamarte por tu nombre de pila. Yo te agradezco mucho lo que haces por +mí; pero como te estimo no quiero verte con...».</p> + +<p>Quería decir con un estigma en la frente; pero ni conocía la palabra ni +aunque la conociera la habría podido decir correctamente. «No quiero +que te tomen el pelo por mí», fue lo que dijo, y se quedó tan fresca, +esperando convencerle. Pero Maximiliano, fuerte en su idea y en su +conciencia, como dentro de un doble baluarte inexpugnable, se echó a +reír. Semejantes argumentos eran para él como sería para los poseedores +de Gibraltar ver que les quisiera asaltar un enemigo armado con una +caña. ¡Valiente caso hacía él de las estupideces del vulgo!... Cuando su +conciencia le decía: «mira, hijo, este es el camino del bien; vete por +él», ya podía venir todo el género humano a detenerle; ya podían +apuntarle con un cañón rayado. Porque él iba sacando un carácter de que +aún no se había enterado la gente, un carácter de acero, y todo lo que +se decía de su timidez era conversación. «Que tú seas buena, honrada y +leal es lo que importa: lo demás corre de mi cuenta, déjame a mí, tú +déjame a mí».</p> + +<p>Poco después almorzaba Fortunata, y Maximiliano estudiaba, cambiando de +vez en cuando algunas palabras. Toda aquella tarde dominaron en el +espíritu de la joven las ideas optimistas, porque él se dejó decir algo +de su herencia, de tierras e hipotecas en Molina de Aragón, asegurando +que <i>sus viñas podían darle tanto más cuanto</i>. Por la noche avisaron +para que les trajeran café, y vino el mozo de <i>la Paz</i> con él. Olmedo y +Feliciana entraron de tertulia. Estaban de monos y apenas se hablaban, +señal inequívoca de pelotera doméstica. Y es que si los estados más +sólidos se quebrantan cuando la hacienda no marcha con perfecta +regularidad, aquella casa, hogar, familia o lo que fuera, no podía menos +de resentirse de las anomalías de un presupuesto cuyo carácter +permanente era el déficit. Feliciana tenía ya pignorado lo mejorcito de +su ropa, y Olmedo había perdido el crédito de una manera absoluta. Por +la falta de crédito se pierden las repúblicas lo mismo que las +monarquías. Y no se hacía ya ilusiones el bueno de Olmedo acerca de la +catástrofe próxima. Sus amigos, que le conocían bien, descubrían en él +menos entereza para desempeñar el papel de libertino, y a menudo se le +clareaba la buena índole al través de la máscara. A Maximiliano le +contaron que habían sorprendido a Olmedo en el Retiro estudiando a +hurtadillas. Cuando le vieron sus amigos, escondió los libros entre el +follaje, porque le sabía mal que le descubrieran aquella flaqueza. Daba +mucha importancia a la consecuencia en los actos humanos, y tenía por +deshonra el soltar de improviso la casaca e insignias de perdulario. +¿Qué diría la gente, qué los amigos, qué los mocosos, más jóvenes que +él, que le tomaban por modelo? Hallábase en la situación de uno de esos +chiquillos que para darse aires de hombres encienden un cigarro muy +fuerte y se lo empiezan a fumar y se marean con él; pero tratan de +dominar las náuseas para que no se diga que se han emborrachado. Olmedo +no podía aguantar más la horrible desazón, el asco y el vértigo que +sentía; pero continuaba con el cigarro en la boca haciendo que tiraba de +él, pero sin chupar cosa mayor.</p> + +<p>Feliciana, por su parte, había empezado a campar por sus respetos. Lo +dicho, la honradez y el amor eran cosas muy buenas; pero no daban de +comer. El calavera de oficio no se permitió aquella noche ninguna +barrabasada. Sólo al entrar, y cuando los cuatro se sentaron a tomar +café dijo con su habitual desenfado: «Narices, ya está reunido aquí +toíto el <i>Demi-Monde</i>». Fortunata y Feliciana no comprendieron; pero +Rubín se puso encarnado y se incomodó mucho; porque aplicar tales +vocablos a personas dispuestas a unirse en santo vínculo le parecía una +falta de respeto, una grosería y una cochinada, sí señor, una +cochinada... Mas se calló por no armar camorra ni quitar a la reunión +sus tonos de circunspección y formalidad. Acordose de que nada había +dicho a su amigo del casorio proyectado, siendo evidente que Olmedo +habló en términos tan <i>liberales</i> por ignorancia. Determinó, pues, +revelarle su pensamiento en la primera ocasión, para que en lo sucesivo +midiera y pesara mejor sus palabras.</p> + + + +<hr /> +<h2>-<span class="smcap">viii</span>-</h2> + + +<p>Aquella noche fue también mala para Fortunata, pues se la pasó casi toda +cavilando, discurriendo sobre si <i>el otro</i> se acordaría o no de ella. +Era muy particular que no le hubiese encontrado nunca en la calle. Y por +falta de mirar bien a todos lados no era ciertamente. ¿Estaría malo, +estaría fuera de Madrid? Más adelante, cuando supo que en Febrero y +Marzo había estado Juanito Santa Cruz enfermo de pulmonía, acordose de +que aquella noche lo había soñado ella. Y fue verdad que lo soñó a la +madrugada, cuando su caldeado cerebro se adormeció, cediendo a una como +borrachera de cavilaciones. Al despertar ya de día, el reposo profundo +aunque breve había vuelto del revés las imágenes y los pensamientos en +su mente. «A mi boticarito me atengo—dijo después que echó el Padre +Nuestro por las ánimas, de que no se olvidaba nunca—. Viviremos tan +apañaditos». Levantose, encendió su lumbre, bajó a la compra, y de +tienda en tienda pensaba que Maximiliano podía dar un estirón, echar más +pecho y más carnes, ser más hombre, en una palabra, y curarse de aquel +maldito romadizo crónico que le obligaba a estarse sonando +constantemente. De la bondad de su corazón no había nada que decir, +porque era un santo, y como se casara de verdad, su mujer había de +hacer de él lo que quisiera. Con cuatro palabritas de miel, ya estaba él +contento y achantado. Lo que importaba era no llevarle la contraria en +todo aquello de la conciencia y de las misiones... aquí un adjetivo que +Fortunata no recordaba. Era <i>sublimes</i>; pero lo mismo daba; ya se sabía +que era una cosa muy buena.</p> + +<p>Aquel día la compra duró algo más, pues habiéndole anunciado Maximiliano +que almorzaría con ella, pensaba hacerle un plato que a entrambos les +gustaba mucho, y que era la especialidad culinaria de Fortunata, el +arroz con menudillos. Lo hacía tan ricamente, que era para chuparse los +dedos. Lástima que no fuera tiempo de alcachofas, porque las hubiera +traído para el arroz. Pero trajo un poco de cordero que le daba mucho +aquel. Compró chuletas de ternera, dos reales de menudillos y unas +sardinas escabechadas para segundo plato.</p> + +<p>De vuelta a su casa armó los tres pucheros con el minucioso cuidado que +la cocina española exige, y empezó a hacer su arroz en la cacerola. +Aquel día no hubo en la cocina cacharro que no funcionara. Después de +freír la cebolla y de machacar el ajo y de picar el menudillo, cuando +ninguna cosa importante quedaba olvidada, lavose la pecadora las manos y +se fue a peinar, poniendo más cuidado en ello que otros días. Pasó el +tiempo; la cocina despedía múltiples y confundidos olores. ¡Dios, con +la faena que en ella había! Cuando llegó Rubín, a las doce, salió a +abrirle su amiga con semblante risueño. Ya estaba la mesa puesta, porque +la mujer aquella multiplicaba el tiempo, y como quisiera, todo lo hacia +con facilidad y prontitud. Dijo el enamorado que tenía mucha hambre, y +ella le recomendó una chispita de paciencia. Se le había olvidado una +cosa muy importante, el vino, y bajaría a buscarlo. Pero Maximiliano se +prestó a desempeñar aquel servicio doméstico, y bajó más pronto que la +vista.</p> + +<p>Media hora después estaban sentados a la mesa en amor y compaña; pero en +aquel instante se vio Fortunata acometida bruscamente de unos +pensamientos tan extraños, que no sabía lo que le pasaba. Ella misma +comparó su alma en aquellos días a una veleta. Tan pronto marcaba para +un lado como para otro. De improviso, como si se levantara un fuerte +viento, la veleta daba la vuelta grande y ponía la punta donde antes +tenía la cola. De estos cambiazos había sentido ella muchos; pero +ninguno como el de aquel momento, el momento en que metió la cuchara +dentro del arroz para servir a su futuro esposo. No sabría ella decir +cómo fue ni cómo vino aquel sentimiento a su alma, ocupándola toda; no +supo más sino que le miró y sintió una antipatía tan horrible hacia el +pobre muchacho, que hubo de violentarse para disimularla.</p> + +<p>Sin advertir nada, Maximiliano elogiaba el perfecto condimento del +arroz; pero ella se calló, echando para adentro, con las primeras +cucharadas, aquel fárrago amargo que se le quería salir del corazón. Muy +<i>para entre sí</i>, dijo: «Primero me hacen a mí en pedacitos como estos, +que casarme con semejante hombre... ¿Pero no le ven, no le ven que ni +siquiera parece un hombre?... Hasta huele mal... Yo no quiero decir lo +que me da cuando calculo que toda la vida voy a estar mirando delante de +mí esa nariz de rabadilla».</p> + +<p>«Parece que estás triste, moñuca» le dijo Rubín, que solía darle este +cariñoso mote.</p> + +<p>Contestó ella que el arroz no había quedado tan bien como deseara. +Cuando comían las chuletas, Maximiliano le dijo con cierta pedantería de +dómine: «Una de las cosas que tengo que enseñarte es a comer con tenedor +y cuchillo, no con tenedor sólo. Pero tiempo tengo de instruirte en esa +y en otras cosas más».</p> + +<p>También le cargaba a ella tanta corrección. Deseaba hablar bien y ser +persona fina y decente; pero ¡cuánto más aprovechadas las lecciones si +el maestro fuera otro, sin aquella destiladera de nariz, sin aquella +cara deslucida y muerta, sin aquel cuerpo que no parecía de carne, sino +de cordilla!</p> + +<p>Esta antipatía de Fortunata no estorbaba en ella la estimación, y con la +estimación mezclábase una lástima profunda de aquel desgraciado, +caballero del honor y de la virtud, tan superior moralmente a ella. El +aprecio que le tenía, la gratitud, y aquella conmiseración inexplicable, +porque no se compadece a los superiores, eran causa de que refrenase su +repugnancia. No era ella muy fuerte en disimular, y otro menos alucinado +que Rubín habría conocido que el lindísimo entrecejo ocultaba algo. Pero +veía las cosas por el lente de sus ideas propias, y para él todo era +como debía ser y no como era. Alegrose mucho Fortunata de que el +almuerzo concluyese, porque eso de estar sosteniendo una conversación +seria y oyendo advertencias y correcciones no la divertía mucho. +Gustábale más el trajín de recoger la loza y levantar la mesa, operación +en que puso la mano no bien tomaron el café. Y para estar más tiempo en +la cocina que en la sala, revisó los pucheros, y se puso a picar la +ensalada cuando aún no hacía falta. De rato en rato daba una vuelta por +la sala, donde Maximiliano se había puesto a estudiar. No le era fácil +aquel día fijar su atención en los libros. Estaba muy distraído, y cada +vez que su amiga entraba, toda la ciencia farmacéutica se desvanecía de +su mente. A pesar de esto quería que estuviese allí, y aun se enojó algo +por lo mucho que prolongaba los ratos de cocina. «Chica, no trabajes +tanto, que te vas a cansar. Trae tu labor y siéntate aquí».</p> + +<p>«Es que si me pongo aquí no estudias, y lo que te conviene es estudiar +para que no pierdas el año—replicó ella—. ¡Pues si lo pierdes y tienes +que volverlo a estudiar...!».</p> + +<p>Esta razón hizo efecto grande en el ánimo de Rubín. «No importa que +estés aquí. Con tal que no me hables, estudiaré. Viéndote, parece que +comprendo mejor las cosas, y que se me abren las compuertas del +entendimiento. Te pones aquí, tú a tu costura, yo a mis libros. Cuando +me siento muy torpe, ¡pim!, te miro y al momento me despabilo».</p> + +<p>Fortunata se rió un poco, y ausentándose un instante, trajo la costura.</p> + +<p>«¿Sabes?—le dijo Rubín, apenas ella se sentó—. Mi hermano Juan Pablo +se fue a Molina a arreglar eso de la herencia de la tía Melitona. Mi tía +Lupe le escribió y antes de venir a Madrid se plantó allá. Escribe +diciendo que no habrá grandes dificultades».</p> + +<p>—¿De veras?, ¡vamos!... Más vale así.</p> + +<p>—Como lo oyes. Aún no puedo decir lo que nos tocará a cada hermano. Lo +que sí te aseguro es que me alegro de esto por ti, exclusivamente por +ti. Luego te quejarás de la Providencia. Porque cuanto más aseguradas +están las materialidades de la vida, más segura es la conservación del +honor. La mitad de las deshonras que hay en la vida no son más que +pobreza, chica, pobreza. Créete que ha venido Dios a vernos, y si ahora +no nos portamos bien, merecemos que nos arrastren.</p> + +<p>Fortunata hubiera dicho para sí: «¡Vaya un moralista que me ha salido!» +pero no tenía noticia de esta palabra, y lo que dijo fue: «Ya estoy de +<i>misionero</i> hasta aquí», usando la palabra <i>misionero</i> con un sentido +doble, a saber: el de predicador y el de agente de aquello que Rubín +llamaba <i>su misión</i>.</p> + + + +<hr /> +<h2>-<span class="smcap">ix</span>-</h2> + + +<p>Maximiliano comunicó a Olmedo sus planes de casamiento encargándole el +mayor sigilo, porque no convenía que se divulgasen antes de tiempo, para +evitar maledicencias tontas. Creyó el gran perdis que su amigo estaba +loco, y en el fondo de su alma le compadecía, aunque admiraba el +atrevimiento de Rubín para hacer la más grande y escandalosa calaverada +que se podía imaginar. ¡Casarse con una...! Esto era un colmo, el colmo +del <i>buen fin</i>, y en semejante acto había una mezcla horrenda de +ignominia y de abnegación sublime, un no sé qué de osadía y al mismo +tiempo de bajeza, que levantó al bueno de Rubín, a sus ojos, de aquel +fondo de vulgaridad en que estaba. Porque Rubín podía ser un tonto; pero +no era un tonto vulgar, era uno de esos tontos que tocan lo sublime con +la punta de los dedos. Verdad que no llegan a agarrarlo; pero ello es +que lo tocan. Olmedo, al mismo tiempo que sondeaba la inmensa gravedad +del propósito de su amigo, no pudo menos de reconocer que a él, Olmedo, +al perdulario de oficio, no se le había pasado nunca por la cabeza una +majadería de aquel calibre.</p> + +<p>«Descuida, chico, lo que es por mí no lo sabrá nadie, ¡qué narices! Soy +tu amigo ¿sí o no?, pues basta ¡narices! Te doy mi palabra de honor; +estate tranquilo».</p> + +<p>La palabra de <i>Ulmus sylvestris</i>, cuando se trataba de algo comprendido +en la jurisdicción de la picardía, era sagrada. Pero en aquella ocasión +pudo más el prurito chismográfico que el fuero del honor picaresco, y el +gran secreto fue revelado a Narciso Puerta <i>(Pseudo—Narcisus +odoripherus)</i> con la mayor reserva, y previo juramento de no +transmitirlo a nadie. «Te lo digo en confianza, porque sé que ha de +quedar de ti para mí».</p> + +<p>«Descuida, chico, no faltaba más... Ya tú me conoces».</p> + +<p>En efecto, Narciso no lo dijo a nadie, con una sola excepción. Porque, +verdaderamente, ¿qué importaba confiar el secretillo a una sola persona, +a una sola, que de fijo no lo había de propalar?</p> + +<p>«Te lo digo a ti sólo, porque sé que eres muy discreto—murmuró Narciso +al oído de su amigo Encinas <i>(Quercus gigantea)</i>—. Cuidado con lo que +te encargo... pero mucho cuidado. Sólo tú lo sabes. No tengamos un +disgusto».</p> + +<p>—Hombre, no seas tonto... Parece que me conoces de ayer. Ya sabes que +soy un sepulcro.</p> + +<p>Y el sepulcro se abrió en casa de las de la Caña, con la mayor reserva +se entiende, y después de hacer jurar a todos de la manera más solemne +que guardarían aquel profundo arcano. «¡Pero qué cosas tiene usted, +Encinas! No nos haga usted tan poco favor. Ni que fuéramos chiquillas, +para ir con el cuento y comprometerle a usted...».</p> + +<p>Pero una de aquellas señoras creía que era pecado mortal no indicar algo +a doña Lupe, porque esta al fin lo tenía que saber, y más valía +prepararla para tan tremendo golpe. ¡Pobre señora! Era un dolor verla +con aquella tranquilidad, tan ajena a la deshonra que la amenazaba. +Total, que la noticia llegó a la sutil oreja de doña Lupe a los tres +días de haber salido del labio tímido de <i>Rubinius vulgaris</i>.</p> + +<p>Cuentan que doña Lupe se quedó un buen rato como quien ve visiones. +Después dio a entender que algo barruntaba ella, por la conducta anómala +de su sobrino. ¡Casarse con una que ha tenido que ver con muchos +hombres! ¡Bah!, no sería cierto quizás. Y si lo era, pronto se había de +saber; porque, eso sí, a doña Lupe no se le apagaría en el cuerpo la +bomba, y aquella misma noche o al día siguiente por la mañana, +Maximiliano y ella se verían las caras... Que la señora viuda de +Jáuregui estaba volada, lo probó la inseguridad de su paso al recorrer +la distancia entre el domicilio de las de la Caña y el suyo. Hablaba +sola, y se le cayó el paraguas dos veces, y cuando se bajó a recogerlo, +se le cayó el pañuelo, y por fin, en vez de entrar en el portal de su +casa, entró en el próximo. ¡Como estuviera en casa el muy hipocritón, su +tía le iba a poner verde! Pero no estaría seguramente, porque eran las +once de la noche, y el señoritingo no entraba ya nunca antes de las doce +o la una... ¡Quién lo había de decir; pero quién lo había de decir...!, +aquel cuitado, aquella calamidad de chico, aquella inutilidad, tan +fulastre y para poco que no tenía aliento para apagar una vela, y que a +los dieciocho años, sí, bien lo podía asegurar doña Lupe, no sabía lo +que son mujeres y creía que los niños que nacen vienen de París; aquel +hombre fallido enamorarse así, ¡y de quién!, ¡de una mujer perdida...!, +pero perdida... en toda la extensión de la palabra.</p> + +<p>«¿Ha venido el señorito?» preguntó a su criada, y como esta le +contestara que no, frunció los labios en señal de impaciencia.</p> + +<p>El desasosiego y la ira habrían llegado qué sé yo a dónde, si no se +desahogaran un poco sobre la inocente cabeza de Papitos, y se dice la +cabeza, porque esta fue lo que más padeció en aquel achuchón. Ha de +saberse que Papitos era un tanto presumida, y que siendo su principal +belleza el cabello negro y abundante, en él ponía sus cinco sentidos. Se +peinaba con arte precoz, haciéndose sortijillas y patillas, y para +rizarse el fleco, no teniendo tenazas, empleaba un pedazo de alambre +grueso, calentándolo hasta el rojo. Hubiera querido hacer estas cosas +por la mañana; pero como su ama se levantaba antes que ella, no podía +ser. La noche, cuando estaba sola, era el mejor tiempo para dedicarse +con entera libertad a la peluquería elegante. Un pedazo de espejo, un +batidor desdentado, un poco de tragacanto y el alambre gordo le +bastaban. Por mal de sus pecados, aquella noche se había trabajado el +pelo con tanta perfección, que... «¡hija, ni que fueras a un baile!» se +había dicho ella a sí misma, con risa convulsiva, al mirarse en el +espejo por secciones de cara, porque de una vez no se la podía mirar +toda.</p> + +<p>«Puerca, fantasmona, mamarracho—gritó doña Lupe destruyendo con +manotada furibunda todos aquellos perfiles que la chiquilla había hecho +en su cabeza—. En esto pasas el tiempo... ¿No te da vergüenza de andar +con la ropa llena de agujeros, y en vez de ponerte a coser te da por +atusarte las crines? ¡Presumida, sinvergüenza! ¿Y la cartilla? Ni +siquiera la habrás mirado... Ya, ya te daré yo pelitos. Voy a llevarte +a la barbería y a raparte la cabeza, dejándotela como un huevo».</p> + +<p>Si le hubieran dicho que le cortaban la cabeza, no hubiera sentido la +chica más terror.</p> + +<p>«Eso, ahora el moquito y la lagrimita, después me envenenas la sangre +con tus peinados indecentes. Pareces la mona del Retiro... Estás +bonita... sí... Pero qué, ¿también te has echado pomada?».</p> + +<p>Doña Lupe se olió la mano con que había estropeado impíamente el +criminal flequillo. Al acercar la mano a su nariz, hízolo con ademán tan +majestuoso, que es lástima no lo reprodujera un buen maestro de +escultura.</p> + +<p>«Gorrina... me has pringado la mano... ¡Uy, qué pestilencia!... ¿De +dónde has sacado esta porquería?».</p> + +<p>—Me la dio el <i>sito</i> Maxi—respondió Papitos con humildad...</p> + +<p>Esto llevó bruscamente las ideas de doña Lupe a la verdadera causa de su +ira. Ocurriósele hacer un reconocimiento en el cuarto de su sobrino, lo +que agradeció mucho Papitos, porque de este modo tenía fin de inmediato +el sofoco que estaba pasando. «Vete a la cocina» le dijo la señora; y no +necesitó repetírselo, porque se escabulló como un ratoncillo que siente +ruido. Doña Lupe encendió luz en el cuarto de Maximiliano, y empezó a +observar. «¡Si encontrara alguna carta!—pensó—. ¡Pero quia! Ahora +recuerdo que me han dicho que esa tarasca no sabe escribir. Es un +animal en toda la extensión de la palabra».</p> + +<p>Registra por aquí, registra por allá, nada encontraba que sirviera de +comprobación a la horrible noticia. Abrió la cómoda, valiéndose de las +llaves de la suya, y allí tampoco había nada. La hucha estaba en su +sitio y llena, quizás más pesada que antes. Retratos, no los vio por +ninguna parte. Hallábase doña Lupe engolfada en su investigación +policíaca, sin descubrir rastro del crimen, cuando entró Maximiliano. +Papitos le abrió la puerta; dirigiose a su cuarto sorprendido de ver luz +en él, y al encarar con su tía, que estaba revolviendo el tercer cajón +de la cómoda, comprendió que su secreto había sido descubierto, y le +corrieron escalofríos de muerte por todo el cuerpo. Doña Lupe supo +contenerse. Era persona de buen juicio y muy oportunista, quiero decir +que no gustaba de hacer cosa ninguna fuera de sazón, y para calentarle +las orejas a su sobrino no era buena hora la media noche. Porque +seguramente ella había de alzar la voz y no convenía el escándalo. +También era probable que al chico le diera una jaqueca muy fuerte si le +sofocaban tan a deshora, y doña Lupe no quería martirizarle. Lelo y mudo +estaba el estudiante en la puerta de su cuarto, cuando su tía se volvió +hacia él, y echándole una mirada muy significativa, le dijo:</p> + +<p>«Pasa; yo me voy. Duerme tranquilo, y mañana te ajustaré las +cuentas...». Se fue hacia su alcoba; pero no había dado diez pasos, +cuando volvió airada amenazándole con la mano y con un grito: +«¡Grandísimo pillo!... Pero tente boca. Quédese esto para mañana... A +dormir se ha dicho».</p> + +<p>No durmió Maximiliano pensando en la escena que iba a tener con su tía. +Su imaginación agrandaba a veces el conflicto haciéndolo tan +hermosamente terrible como una escena de Shakespeare; otras lo reducía a +proporciones menudas. «¿Y qué, señora tía, y qué?—decía alzando los +hombros dentro de la cama, como si estuviera en pie—. He conocido una +mujer, me gusta y me quiero casar con ella. No veo el motivo de tanta... +Pues estamos frescos... ¿Soy yo alguna máquina?... ¿no tengo mi libre +albedrío?... ¿Qué se ha figurado usted de mí?». A ratos se sentía tan +fuerte en su derecho, que le daban ganas de levantarse, correr a la +alcoba de su tía, tirarle de un pie, despertarla y soltarle este +jicarazo: «Sepa usted que al son que me tocan bailo. Si mi familia se +empeña en tratarme como a un chiquillo, yo le probaré a mi familia que +soy hombre». Pero se quedó helado al suponer la contestación de su tía, +que seguramente sería esta: «¿Qué habías tú de ser hombre, qué habías de +ser...?».</p> + +<p>Cuando el buen chico se levantó al día siguiente, que era domingo, ya +doña Lupe había vuelto de misa. Entrole Papitos el chocolate, y, la +verdad, no pudo pasarlo, porque se le había puesto en el epigastrio la +tirantez angustiosa, síntoma infalible de todas las situaciones +apuradas, lo mismo por causa de exámenes que por otro temor o sobresalto +cualquiera. Estaba lívido, y la señora debió de sentir lástima cuando le +vio entrar en su gabinete, como el criminal que entra en la sala de +juicio. La ventana estaba abierta, y doña Lupe la cerró para que el +pobrecillo no se constipase, pues una cosa es la salud y otra la +justicia. Venía el delincuente con las manos en los bolsillos y una +gorrita escocesa en la cabeza, las botas nuevas y la ropa de dentro de +casa, tan mustio y abatido que era preciso ser de bronce para no +compadecerle. Doña Lupe tenía una falda de diario con muchos y grandes +remiendos admirablemente puestos, delantal azul de cuadros, toquilla +oscura envolviendo el arrogante busto, pañuelo negro en la cabeza, +mitones colorados y borceguíes de fieltro gruesos y blandos, tan blandos +que sus pasos eran como los de un gato. El gabinetito era una pieza muy +limpia. Una cómoda y el armario de luna de forma vulgar eran los +principales muebles. El sofá y sillería tenían forro de <i>crochet</i> a +estilo de casa de huéspedes, todo hecho por la señora de la casa.</p> + +<p>Pero lo que daba cierto aspecto grandioso al gabinete era el retrato +del difunto esposo de doña Lupe, colgado en el sitio presidencial, un +cuadrángano al óleo, perverso, que representaba a D. Pedro Manuel de +Jáuregui, alias <i>el de los Pavos</i>, vestido de comandante de la Milicia +Nacional, con su morrión en una mano y en otra el bastón de mando. +Pintura más chabacana no era posible imaginarla. El autor debía de ser +una especialidad en las muestras de casas de vacas y de burras de leche. +Sostenía, no obstante, doña Lupe que el retrato de Jáuregui era una obra +maestra, y a cuantos lo contemplaban les hacía notar dos cosas +sobresalientes en aquella pintura, a saber: que donde quiera que se +pusiese el espectador los ojos del retrato miraban al que le miraba, y +que la cadena del reloj, la gola, los botones, la carrillera y placa del +morrión, en una palabra, toda la parte metálica estaba pintada de la +manera más extraordinaria y magistral.</p> + +<p>Las fotografías que daban guardia de honor al lienzo eran muchas, pero +colgadas con tan poco sentimiento de la simetría, que se las creería +seres animados que andaban a su arbitrio por la pared.</p> + +<p>«Muy bien, Sr. D. Maximiliano, muy bien—dijo doña Lupe mirando +severísimamente a su sobrino—. Siéntate que hay para rato».</p> + + + +<hr /> +<h2><a name="iiib" id="iiib"></a>-III-</h2> + +<h2>Doña Lupe la de los Pavos</h2> + + + +<hr /> +<h2>-<span class="smcap">i</span>-</h2> + + +<p>Maximiliano no se sentó, doña Lupe sí, y en el centro del sofá debajo +del retrato, como para dar más austeridad al juicio. Repitió el «muy +bien, Sr. D. Maximiliano» con retintín sarcástico. Por lo general, +siempre que su tía le daba tratamiento, llamándole <i>señor don</i>, el pobre +chico veía la nube del pedrisco sobre su cabeza.</p> + +<p>«¡Estarse una matando toda la vida—prosiguió ella—, para sacar +adelante al dichoso sobrinito, sortearle las enfermedades a fuerza de +mimos y cuidados, darle una carrera quitándome yo el pan de la boca, +hacer por él lo que no todas las madres hacen por sus hijos para que al +fin!... ¡Buen pago, bueno!... No, no me expliques nada, si estoy +perfectamente informada. Sé quién es esa... dama ilustre con quien te +quieres casar. Vamos, que buena doncella te canta... ¿Y creerás que +vamos a consentir tal deshonra en la familia? Dime que todo es una +chiquillada y no se hable más del asunto».</p> + +<p>Maximiliano no podía decir tal cosa; pero tampoco podía decir otra, +porque si en el fondo de su ánimo empezaban a levantarse olas de +entereza, esas olas reventaban y se descomponían antes de llegar a la +orilla, o sea a los labios. Estaba tan cortado, que sintiendo dentro de +sí la energía no la podía mostrar por aquella pícara emoción nerviosa +que le embargaba. Dejó esparcir sus miradas por la pared testera, como +buscando por allí un apoyo. En ciertas situaciones apuradas y en los +grandes estupores del alma, las miradas suelen fijarse en algo +insignificante y que nada tiene que ver con la situación. Maximiliano +contempló un rato el grupo fotográfico de las chicas de Samaniego, +Aurora y Olimpia, con mantilla blanca, enlazados los brazos, la una muy +adusta, la otra sentimental. ¿Por qué miraba aquello? Su turbación le +llevaba a colgar las miradas aquí y allí, prendiendo el espíritu en +cualquier objeto, aunque fueran las cabezas de los clavos que sostenían +los retratos.</p> + +<p>«Explícate, hombre—añadió doña Lupe, que era viva de genio—. ¿Es una +niñería?».</p> + +<p>—No, señora—respondió el acusado, y esta negación, que era afirmación, +empezó a darle ánimos, aligerándole un poco la angustia aquella de la +boca del estómago.</p> + +<p>—¿Estás seguro de que no es chiquillada? ¡Valiente idea tienes tú del +mundo y de las mujeres, inocente!... Yo no puedo consentir que una +pindonga de esas te coja y te engañé para timarte tu nombre honrado, +como otros timan el reloj. A ti hay que tratarte siempre como a los +niños atrasaditos que están a medio desarrollar. Hay que recordar que +hace cinco años todavía iba yo por la mañana a abrocharte los calzones, +y que tenías miedo de dormir solo en tu cuarto.</p> + +<p>Idea tan desfavorable de su personalidad exasperaba al joven. Sentía +crecer dentro la bravura; pero le faltaban palabras. ¿Dónde demonios +estaban aquellas condenadas palabras que no se le ocurrían en trance +semejante? El maldito hábito de la timidez era la causa de aquel +silencio estúpido. Porque la mirada de doña Lupe ejercía sobre él +fascinación singularísima, y teniendo mucho que decir, no lograba +decirlo. «¿Pero qué diría yo?... ¿Cómo empezaría yo?» pensaba fijando la +vista en el retrato de Torquemada y su esposa, de bracete.</p> + +<p>—Todo se arreglará—indicó doña Lupe en tono conciliador—, si consigo +quitarte de la cabeza esas humaredas. Porque tú tienes sentimientos +honrados, tienes buen juicio... Pero siéntate. Me da fatiga de verte en +pie.</p> + +<p>—Es menester que usted se entere bien—dijo Maximiliano al sentarse en +el sillón, creyendo haber encontrado un buen cabo de discurso para +empezar—; se entere bien de las cosas... Yo... pensaba hablar a +usted...</p> + +<p>—¿Y por qué no lo hiciste? ¡Qué tal sería ello!... ¡Vaya, que un chico +delicadito como tú, meterse con esas viciosonas...! Y no te quepa +duda... Así, pronto entregarás la pelleja. Si caes enfermo, no vengas a +que te cuide tu tía, que para eso sí sirvo yo, ¿eh?, para eso sí sirvo, +ingrato, tunante... ¿Y te parece bien que cuando me miro en ti, cuando +te saco adelante con tanto trabajo y soy para ti más que una madre; te +parece bien que me des este pago, infame, y que te me cases con una +mujer de mala vida?</p> + +<p>Rubín se puso verde y le salió un amargor intensísimo del corazón a los +labios.</p> + +<p>«No es eso, tía, no es eso—sostuvo, entrando en posesión de sí mismo—. +No es mujer de mala vida. La han engañado a usted».</p> + +<p>—El que me ha engañado eres tú con tus encogimientos y tus timideces... +Pero ahora lo veremos. No creas que vas a jugar conmigo; no creas que te +voy a dejar hacer tu gusto. ¿Por quién me tomas, bobalicón?... ¡Ah, si +yo no hubiera tenido tanta confianza...! ¡Pero si he sido una tonta; si +me creí que tú no eras capaz de mirar a una mujer! Buena me la has dado, +buena. Eres un apunte... en toda la extensión de la palabra.</p> + +<p>Maximiliano, al oír esto, estaba profundamente embebecido, mirando el +retrato de Rufinita Torquemada. La veía y no la veía, y sólo +confusamente y con vaguedades de pesadilla, se hacía cargo de la +actitud de la señorita aquella, retratada sobre un fondo marino y +figurando que estaba en una barca. Vuelto en sí, pensó en defenderse; +pero no podía encontrar las armas, es decir, las palabras. Con todo, ni +por un instante se le ocurría ceder. Flaqueaba su máquina nerviosa; pero +la voluntad permanecía firme.</p> + +<p>«A usted la han informado mal—insinuó con torpeza—, respecto a la +persona... que... Ni hay tal vida airada ni ese es el camino... Yo +pensaba decirle a usted: 'Tía, pues yo... quiero a esta persona, y... mi +conciencia...'».</p> + +<p>—Cállate, cállate y no me saques la cólera, que al oírte decir que +quieres a una tiota chubasca, me dan ganas de ahogarte, más por tonto +que por malo... y al oírte hablar de conciencia en este tratado, me dan +ganas de... Dios me perdone... ¿Sabes lo que te digo?—añadió alzando la +voz—, ¿sabes lo que te digo? Que desde este momento vuelvo a tratarte +como cuando tenías doce años. Hoy no me sales de casa. Ea, ya estoy yo +en funciones con mis disciplinas... Y desde mañana me vuelves a tomar el +aceite de hígado de bacalao. Vete a tu cuarto y quítate las botas. Hoy +no me pisas la calle.</p> + +<p>Dios sabe lo que iba a contestar el acusado. Quedó suelta en el aire la +primera palabra, porque llegó una visita. Era el Sr. de Torquemada, +persona de confianza en la casa, que al entrar iba derecho al gabinete, +a la cocina, al comedor o a donde quiera que la señora estuviese. La +fisonomía de aquel hombre era difícil de entender. Sólo doña Lupe, en +virtud de una larga práctica, sabía encontrar algunos jeroglíficos en +aquella cara ordinaria y enjuta, que tenía ciertos rasgos de tipo +militar con visos clericales. Torquemada había sido alabardero en su +mocedad, y conservando el bigote y perilla, que eran ya entrecanos, +tenía un no sé qué de eclesiástico, debido sin duda a la mansedumbre +afectada y dulzona, y a un cierto subir y bajar de párpados con que +adulteraba su grosería innata. La cabeza se le inclinaba siempre al lado +derecho. Su estatura era alta, mas no arrogante; su cabeza calva, crasa +y escamosa, con un enrejado de pelos mal extendidos para cubrirla. Por +ser aquel día domingo, llevaba casi limpio el cuello de la camisa, pero +la capa era el número dos, con las vueltas aceitosas y los ribetes +deshilachados. Los pantalones, mermados por el crecimiento de las +rodilleras, se le subían tanto que parecía haber montado a caballo sin +trabillas. Sus botas, por ser domingo, estaban aquel día embetunadas y +eran tan chillonas que se oían desde una legua.</p> + +<p>«¿Y cómo está la familia?» preguntó al tomar asiento, después de dar su +mano siempre sudorosa a doña Lupe y al sobrino.</p> + +<p>—Perfectamente bien—dijo la señora observando con ansiedad el +semblante de Torquemada—. ¿Y en casa?</p> + +<p>—No hay novedad, a Dios gracias. Doña Lupe esperaba aquel día noticia +de un asunto que le interesaba mucho. Como siempre se ponía en lo peor +para que las desgracias no la cogieran desprevenida, pensó, al ver +entrar a su agente, que le traía malas nuevas. Temió preguntarle. La +cara de militar adulterado no expresaba más que un interés decidido por +la familia. Al fin Torquemada, que no gustaba de perder el tiempo, dijo +a su amiga:</p> + +<p>«Vamos, doña Lupe, que hoy estamos de buena. ¿A que no me acierta usted +la peripecia que le traigo?».</p> + +<p>La fisonomía de la señora se iluminó, pues sabía que su amigo llamaba +peripecia a toda cobranza inesperada. Echose él a reír, y metió mano al +bolsillo interior de su americana.</p> + +<p>«¡Ay! No me lo diga usted, D. Francisco—exclamó doña Lupe con +incredulidad, cruzando las manos—. ¿Ha pagado...?».</p> + +<p>—Lo va usted a ver... Yo... tampoco lo esperaba. Como que fui anoche a +decirle que el lunes se le embargaría. Hoy por la mañana, cuando me +estaba vistiendo para ir a misa, me le veo entrar. Creí que venía a +pedirme más prórrogas. Como siempre nos está engañando, que hoy, que +mañana... Yo no le creo ni la Biblia. Es muy fabulista. Pero en fin, +pedradas de estas nos den todos los días. «Señor de Torquemada—me dice +muy serio—, vengo a pagarle a usted...». Me quedé lo que llaman +atónito. Como que no esperaba la peripecia. Finalmente, que me dio el +<i>guano</i>, o sean ocho mil reales, cogió su pagaré, y a vivir.</p> + +<p>—Lo que yo le decía a usted—observó doña Lupe casi sin poder hablar, +con la alegría atravesada en la garganta—. El tal Joaquinito Pez es una +persona decente. Él pasa sus apurillos como todos esos hijos de familia +que se dan buena vida, y un día tienen, otro no. De fijo que será +jugador...</p> + +<p>Torquemada hizo una separación de billetes, dando la mayor parte a doña +Lupe.</p> + +<p>«Los seis mil reales de usted... dos mil míos. Buen chiripón ha sido +este. Yo los contaba, como quien dice, perdidos, porque el tal +Joaquinito está, según oí, con el agua al cuello. ¿Quién será el +desgraciado a quien ha dado el sablazo? A bien que a nosotros no nos +importa».</p> + +<p>—Como no le hemos de prestar más...</p> + +<p>—Mire usted, doña Lupe—dijo Torquemada, haciendo una perfecta <i>o</i> con +los dedos pulgar e índice y enseñándosela a su interlocutora.</p> + + + +<hr /> +<h2>-<span class="smcap">ii</span>-</h2> + + +<p>Doña Lupe contempló la <i>o</i> con veneración y escuchó:</p> + +<p>«Mire usted, señora, estos señoritos disolutos son buenos parroquianos, +porque no reparan en el materialismo del premio y del plazo; pero al fin +la dan, y la dan gorda. Hay que tener mucho ojo con ellos. Al principio, +el embargo les asusta; pero como lleguen a perder el punto una vez, lo +mismo les da <i>fu</i> que <i>fa</i>. Aunque usted les ponga en la publicidad de +la <i>Gaceta</i>, se quedan tan frescos. Vea usted al marquesito de +Casa-Bojío; le embargué el mes pasado; le vendí hasta la lámina en que +tenía el árbol genealógico. Pues, finalmente, a los tres días me le vi +en un faetón, como si tal cosa, y pasó por junto a mí y las ruedas me +salpicaron el barro de la calle... No es que me importe el materialismo +del barro; lo digo para que se vea lo que son... ¿Pues creerá usted que +encontró después quien le prestara? Ello fue al cuatro mensual; pero aun +al cinco sería, como quien dice, el todo por el todo. Verdad que no +molestan, y si a mano viene, cuando piden prórroga, por tenerle a uno +contento le dan un destinillo para un sobrino, como hizo el chico de Pez +conmigo... pero el materialismo del destino no importa; a lo mejor la +pegan y de canela fina, créame usted. Por eso, ya puede venir ahora a +tocar a esta puerta, que le he de mandar a plantar cebollino».</p> + +<p>Al llegar aquí Torquemada sacó su sebosa petaca. Como tenía tanta +confianza, iba a echar un cigarro; ofreció a Maximiliano, y doña Lupe +respondió bruscamente por él diciendo con desdén: «Este no fuma».</p> + +<p>Las operaciones previas de la fumada duraban un buen rato, porque +Torquemada le variaba el papel al cigarrillo. Después encendió el +fósforo raspándolo en el muslo. «Como seguro—prosiguió—, aunque da +mucho que hacer, el <i>chico</i> de la tienda de ropas hechas, José María +Vallejo. Allí me tiene todos los primeros de mes, como un perro de +presa... Mil duros me tiene allí, y no le cobro más que veintiséis todos +los meses. ¿Que se atrasa? «Hijo, yo tengo un gran compromiso y no te +puedo aguardar». Cojo media docena de capas, y me las llevo, y tan +fresco... Y no lo hago por el materialismo de las capas, sino para que +mire bien el plazo. Si no hay más remedio, señora. Es menester tratarles +así, porque no guardan consideración. Se figuran que tiene uno el dinero +para que ellos se diviertan. ¿Se acuerda usted de aquellos estudiantes +que nos dieron tanta guerra?, fue el primer dinero de usted que coloqué. +¡Aquel Cienfuegos, aquel Arias Ortiz! Vaya unos peines. Si no es por mí, +no se les cobra...</p> + +<p>Y eran tan tunantes, que después que iban a casa llorándome tocante a la +prórroga, me los encontraba en el café atizándose bisteques... y vengan +copas de ron y marrasquino... Lo mismo que aquel tendero de la calle +Mayor, aquel Rubio que tenía peletería, ¿se acuerda usted? Un día, +finalmente, me trajo su reloj, los pendientes de su mujer, y doce cajas +de pieles y manguitos, y aquella misma tarde, aquella mismísima tarde, +señora, me le veo en la Puerta del Sol, encaramándose en un coche para +ir a los Toros... Si son así... quieren el dinero, como quien dice, para +el materialismo de tirarlo. Por eso estoy todo el santo día vigilando a +José María Vallejo, que es un buen hombre, sin despreciar a nadie. Voy a +la tienda y veo si hay gente, si hay movimiento; echo una guiñada al +cajón; me entero de si el chico que va a cobrar las cuentas trae +<i>guano</i>; sermoneo al principal, le doy consejos, le recomiendo que al +que paga no le crucifique. ¡Si es la verdad, si no hay más camino...! +almente, el que se hace de manteca pronto se lo meriendan. Y no lo +agradecen, no señora, no agradecen el interés que me tomo por ellos. +Cuando me ven entrar, ¡si viera usted qué cara me ponen! No reparan que +están trabajando con mi dinero. Y finalmente, ¿qué eran ellos? Unos +pobres pelagatos. Les parece que porque me dan veintiséis duros al mes, +ya han cumplido... Dicen que es mucho y yo digo que me lo tienen que +agradecer, porque los tiempos están malos, pero muy malos».</p> + +<p>En toda la parte del siglo XIX que duró la larguísima existencia +usuraria de D. Francisco Torquemada, no se le oyó decir una sola vez +siquiera que los tiempos fueran buenos. Siempre eran malos, pero muy +malos. Aun así, el 68 ya tenía Torquemada dos casas en Madrid, y había +empezado sus negocios con doce mil reales que heredó su mujer el 51. Los +un día mezquinos capitales de doña Lupe, él se los había centuplicado en +un par de lustros, siendo esta la única persona que asociaba a sus +oscuros negocios. Cobrábale una comisión insignificante, y se tomaba por +los asuntos de ella tanto interés como por los propios, en razón a la +gran amistad que había tenido con el difunto Jáuregui.</p> + +<p>«Y con esta fecha y con esta facha me voy» dijo levantándose y +colgándose la capa que se le caía del hombro izquierdo.</p> + +<p>—¿Tan pronto?—Señora, que no he oído misa. Lo que le decía a usted, +estaba vistiéndome para salir a oírla, cuando entró Joaquinito a darme +la gran peripecia.</p> + +<p>—¡Buena ha sido, buena!—exclamó doña Lupe, oprimiendo contra su seno +la mano en que tenía los billetes, tan bien cogidos que no se veía el +papel por entre los dedos.</p> + +<p>—Quédate con Dios—dijo Torquemada a Maximiliano que sólo contestó al +saludo con un <i>ju ju</i>...</p> + +<p>Y salió al recibimiento, acompañado de doña Lupe. Maximiliano les sintió +cuchicheando en la puerta. Por fin se oyeron las botas chillonas del +ex-alabardero bajando la escalera, y doña Lupe reapareció en el +gabinete. El júbilo que le causaba la cobranza de aquel dinero que creía +perdido era tan grande, que sus ojos pardos le lucían como dos carbones +encendidos, y su boca traía bosquejada una sonrisa. Desde que la vio +entrar, conoció Maximiliano que su cólera se había aplacado. El <i>guano</i>, +como decía Torquemada, no podía menos de dulcificarla; y llegándose a +donde estaba el delincuente, que no se había movido de la butaca, le +puso una mano en el hombro, empuñando fuertemente en la otra los +billetes, y le dijo:</p> + +<p>«No, no te sofoques... no es para tomarlo así. Yo te digo estas cosas +por tu bien...».</p> + +<p>—Yo, realmente—repuso Maximiliano con serenidad, que más le asombró a +él mismo que a doña Lupe—, no me he sofocado... yo estoy tranquilo, +porque mi conciencia...</p> + +<p>Aquí se volvió a embarullar. Doña Lupe no le dio tiempo a desenvolverse +porque se metió en la alcoba, cerrando las vidrieras. Desde el gabinete +la sintió Maximiliano trasteando.</p> + +<p>Guardaba el dinero. Abriendo después la puerta, mas sin salir de la +alcoba, la señora siguió hablando con su sobrino:</p> + +<p>«Ya sabes lo que te he dicho. Hoy no me sales a la calle... Y desde +mañana empezarás a tomarme el aceite de hígado de bacalao, porque todo +eso que te da no es más que debilidad del cerebro... Luego seguiremos +con el fosfato, otra vez con el fosfato. No debiste dejar de +tomarlo...».</p> + +<p>Maximiliano, como no tenía delante a su tía, se permitió una sonrisa +burlona. Miraba en aquel momento a su tío el Sr. de Jáuregui, que le +miraba también a él, como es consiguiente. No pudo menos de observar que +el digno esposo de su tía era horrendo; ni comprendía cómo doña Lupe no +se moría de miedo cuando se quedaba sola, de noche, en compañía de +semejante espantajo.</p> + +<p>«Con que ya sabes—dijo al aparecer en la puerta, abrochándose su cuerpo +de merino negro, pues se estaba disponiendo para salir—. Ya puedes ir a +quitarte las botas. Estás preso».</p> + +<p>Fuese el joven a su cuarto sin decir nada, y doña Lupe se quedó pensando +en lo dócil que era. El rigor de su autoridad, que el muchacho acataba +siempre con veneración, sería remedio eficaz y pronto del desorden de +aquella cabeza. Bien lo decía ella. «En cuanto yo le doy cuatro gritos, +le pongo como una liebre. Trabajo les mando a esas lobas que me le +quieran trastornar».</p> + +<p>«¡Papitos...!» gritó la señora, y al punto se oyeron las patadas de la +chica en el pasillo como las de un caballo en el Hipódromo. Presentose +con una patata en la mano y el cuchillo en la otra.</p> + +<p>«Mira—le dijo su ama con voz queda—. Ten cuidado de ver lo que hace el +señorito Maxi mientras yo estoy fuera. A ver si escribe alguna carta o +qué hace».</p> + +<p>La mona se dio por enterada, y volvió a la cocina dando brincos.</p> + +<p>«A ver—dijo la señora hablando consigo misma—, ¿se me olvidará algo?.. +¡Ah!, el portamonedas. ¿Qué hay que traer?... Fideos, azúcar... y nada +más. ¡Ah!, el aceite de hígado de bacalao: lo que es eso no se lo +perdono. A cucharetazos es como se cura esto. Y ahora no habrá el +realito de vellón por cada toma. Ya es un hombre, quiero decir, ya no es +un chiquillo».</p> + +<p>Figúrese el lector cuál sería el asombro de doña Lupe <i>la de los Pavos</i>, +cuando vio entrar en la sala a su sobrino, no con zapatillas ni en tren +de andar por casa, sino empaquetado para salir, con su capa de vueltas +encarnadas, su chaqué azul y su honguito de color de café. Tan +estupefacta y colérica estaba por la desobediencia del mancebo, que +apenas pudo balbucir una protesta: «Pe... pero...».</p> + +<p>«Tía—dijo Maximiliano con voz alterada y temblorosa—, no pue... no +puedo obedecer a usted... Soy mayor de edad. He cumplido veinticinco +años... Yo la respeto a usted; respéteme usted a mí».</p> + +<p>Y sin esperar respuesta, dio media vuelta y salió de la casa a toda +prisa, temiendo sin duda que su tía le agarrase por los faldones.</p> + +<p>Bien claro explicaba él su conducta, chismorreando consigo mismo: «Yo no +sé defenderme con palabras; yo no puedo hablar, y me aturullo y me turbo +sólo de que mi tía me mire; pero me defenderé con hechos. Mis nervios me +venden; pero mi voluntad podrá más que mis nervios, y lo que es la +voluntad, bien firme la tengo ahora. Que se metan conmigo; que venga +todo el género humano a impedirme esta resolución; yo no discutiré, yo +no diré una palabra; pero a donde voy, voy, y al que se me ponga por +delante, sea quien sea, le piso y sigo mi camino».</p> + + + +<hr /> +<h2>-<span class="smcap">iii</span>-</h2> + + +<p>Doña Lupe se quedó que no sabía lo que le pasaba.</p> + +<p>«¡Papitos, Papitos!... No, no te llamo... vete... ¿Pero has visto qué +insolente? Si no es él, no es él... Es que me le han vuelto del revés, +me le han embrujado. ¿Habrá tunante? Si estoy por seguirle y avisar a +una pareja de Orden Público para que me le trinquen... Pero a la noche +nos veremos las caras. Porque tú has de volver, tú tienes que volver, +sietemesino hipócrita... Papitos, toma, toma; bájate por los fideos y el +azúcar. Yo no salgo, no puedo salir. Creo que me va a dar algo... Mira, +te pasas por la botica y pides un frasco de aceite de hígado de bacalao, +del que yo traía. Ya saben ellos. Dices que yo iré a pagarlo... Oye, +oye, no traigas eso. ¡Si no lo va a querer tomar...! Tráete una vara. +No, no traigas tampoco vara... Te pasas por la droguería y pides diez +céntimos de sanguinaria. A mí me va a dar algo...».</p> + +<p>Estaba en efecto amenazada de un arrebato de sangre, y la cosa no era +para menos. Nunca había visto en su sobrino un rasgo de independencia +como el que acababa de ver. Había sido siempre tan poquita cosa, que +donde le ponían allí se estaba. Voluntad propia, no la tuvo jamás. En +ningún tiempo fue preciso ponerle la mano encima, porque un fruncimiento +de cejas bastaba para traerle a la obediencia. ¿Qué había pasado en +aquel cordero para convertirle en algo así como un leoncillo? La mente +de doña Lupe no podía descifrar misterio tan grande. Tras de la cólera y +la confusión vino el abatimiento, y se sentía tan rendida físicamente +como si hubiera estado toda la mañana ocupada en alguna faena penosa.</p> + +<p>Quitose con pausa los trapitos domingueros que se había empezado a +poner, y volvió a llamar a la mona para decirle: «No hagas más que unas +sopas de ajo. El señoritingo no vendrá a almorzar, y si viene le acusaré +las cuarenta».</p> + +<p>Tomando la sillita baja, que usaba cuando cosía, la colocó junto al +balcón. Le dolía la cintura y al sentarse exhaló un ¡ay! Para coser +usaba siempre gafas. Se las puso, y sacando obra de su cesta de costura, +empezó a repasar unas sábanas. No le repugnaba a doña Lupe trabajar los +domingos, porque sus escrúpulos religiosos se los había quitado Jáuregui +en tantos años de propaganda matrimonial progresista. Púsose, pues, a +zurcir en su sitio de costumbre, que era junto a la vidriera. En el +balcón tenía dos o tres tiestos, y por entre las secas ramas veía la +calle. Como el cuarto era principal, desde aquel sitio se vería muy bien +pasar gente en caso de que la gente quisiese pasar por allí. Pero la +calle de Raimundo Lulio y la de Don Juan de Austria, que hace ángulo con +ella, son de muy poco tránsito. Parece aquello un pueblo. La única +distracción de doña Lupe en sus horas solitarias era ver quién entraba +en el taller de coches inmediato o en la imprenta de enfrente, y si +pasaba o no doña Guillermina Pacheco en dirección del asilo de la calle +de Alburquerque. Lugar y ocasión admirables eran aquellos para +reflexionar, con los trapos sobre la falda, la aguja en la mano, los +espejuelos calados, la cesta de la ropa al lado, el gato hecho una +pelota de sueño a los pies de su ama. Aquel día doña Lupe tenía, más que +nunca, materia larga de meditaciones.</p> + +<p>«¡Que se esté una sacrificada toda la vida para esto!... Él no lo sabe, +¿qué ha de saber, si es un tontín? Le ponen el plato delante, ¿y qué +sabe las agonías que ha costado ponérselo?... Pues si le dijera yo que +cada garbanzo, algunos días, tiempo ha, tenía el valor de una perla... +según lo que costaba traerlo a casa...! No sé qué habría sido de mí sin +el Sr. de Torquemada, ni qué hubiera sido de Maxi sin mí. ¡Lucida +existencia sería la suya si no hubiera tenido más arrimo que el de sus +hermanos! Dime, bobo de Coria, ¿si yo no hubiera trabajado como una +negra para defender el panecillo y poner esta casa en el pie que tiene; +si no discurriera tanto como discurro, calentándome los sesos a todas +horas y empleando en mil menudencias estas entendederas que Dios me ha +dado, ¿qué habría sido de ti, ingratuelo?... ¡Ah! ¡Si viviera mi +Jáuregui!».</p> + +<p>El recuerdo de su difunto, que siempre se avivaba en la mente de doña +Lupe cuando se veía en algún conflicto, la enterneció. En todas sus +aflicciones se consolaba con la dulce memoria de su felicidad +matrimonial, pues Jáuregui había sido el mejor de los hombres y el +número uno de los maridos. «¡Ay, mi Jáuregui!» exclamaba echando toda +el alma en un suspiro.</p> + +<p>Don Pedro Manuel de Jáuregui había servido en el Real Cuerpo de +Alabarderos. Después se dedicó a negocios, y era tan honrado, pero tan +sosamente honrado, que no dejó al morir más que cinco mil reales. +Oriundo de la provincia de León, recibía partidas de huevos y otros +artículos de recoba. Todos los paveros leoneses, zamoranos y segovianos +depositaban en sus manos el dinero que ganaban, para que lo girase a los +pueblos productores del artículo, y de aquí vino el apodo que le dieron +en Puerta Cerrada y que heredó doña Lupe. También recibía Jáuregui, por +Navidad, remesas de mantecadas de Astorga, y a su casa iban a cobrar y a +dejar fondos todos los ordinarios de la maragatería. En política hizo +gran papel D. Pedro por ser uno de los corifeos de la Milicia Nacional, +y era tan sensato, que la única vez que se sublevó lo hizo al grito +mágico de ¡Viva Isabel II! Falleció aquel bendito, y doña Lupe se +hubiera muerto también si el dolor matara. Y no se vaya a creer que le +faltaron pretendientes a la viudita, pues había, entre otros, un D. +Evaristo Feijoo, coronel de ejército, que le rondaba la calle y no la +dejaba vivir. Pero la fidelidad a la memoria de su feo y honrado +Jáuregui se sobreponía en doña Lupe a todos los intereses de la tierra. +Después vino la crianza y cuidado de su sobrinito, que le dieron esa +distracción tan saludable para las desazones del alma. Torquemada y los +negocios ayudáronla también a entretener su existencia y a conllevar su +dolor... Pasó tiempo, ganó dinero, y lentamente vino la situación en que +la he descrito. Frisaba ya doña Lupe en los cincuenta años, mas estaba +tan bien conservada, que no parecía tener más de cuarenta. Había sido en +su mocedad frescachona de cuerpo y enjuta de rostro, y tenía cierto +parecido remoto con Juan Pablo. Sus ojos pardos conservaban la viveza de +la juventud; pero tenía cierta adustez jurídica en la cara, acentuada de +líneas y seca de color. Sobre el labio superior, fino y violado cual los +bordes de una reciente herida, le corría un bozo tenue, muy tenue, como +el de los chicos precoces, vello finísimo que no la afeaba ciertamente; +por el contrario, era quizás la única pincelada feliz de aquel rostro +semejante a las pinturas de la Edad Media, y hacía la gracia el tal bozo +de ir a terminarse sobre el pico derecho de la boca con una verruguita +muy mona, de la cual salían dos o tres pelos bermejos que a la luz +brillaban retorcidos como hilillos de cobre. El busto era hermoso, +aunque, como se verá más adelante, había en él algo y aun algos de +falseamiento de la verdad.</p> + +<p>Descollaba doña Lupe por la inteligencia y por el prurito de mostrarla a +cada instante.</p> + +<p>Así como a otras el amor propio les inspira la presunción, a la viuda de +Jáuregui le infundía convicciones de superioridad intelectual y el deseo +de dirigir la conducta ajena, resplandeciendo en el consejo y en todo lo +que es práctico y gubernativo. Era una de esas personas que, no habiendo +recibido educación, parece que la han tenido cumplidísima, por lo bien +que se expresan, por la firmeza con que se imponen un carácter y lo +sostienen, y por lo bien que disfrazan con las retóricas sociales las +brutalidades del egoísmo humano.</p> + +<p>De la memoria de su Jáuregui llevó el pensamiento a su sobrino. Eran sus +dos amores. Subiéndose las gafas que se le habían deslizado hasta la +punta de la nariz, prosiguió así: «Pues conmigo no juega. Le pongo en la +calle como tres y dos son cinco. Tendré que hacer un esfuerzo, porque le +quiero como debe de quererse a los hijos... ¡Yo que tenía la ilusión de +casarle con Rufina o al menos con Olimpia!... No, me gusta mucho más +Rufina Torquemada. Cuidado que soy tonta. Al verle tan huraño, y que se +escondía cuando entraba doña Silvia con su hija, creía que hablarle a +este chico de mujeres era como mentarle al diablo la cruz. Fíese usted +de apariencias. Y ahora resulta que hace meses sostiene a una mujer, y +se pasa el día entero con ella y... Vamos, yo tengo que ver esto para +creerlo... Y otra cosa: ¿cómo se las arreglará para mantenerla?... La +hucha está allí con su peso de siempre...».</p> + +<p>Doña Lupe, al llegar aquí, se engolfó en cavilaciones tan abstrusas que +no es posible seguirla. Su mente se sumergía y salía a flote, como un +madero arrojado en medio de las bravas olas. La buena señora estuvo así +toda la tarde. Llegada la noche, deseaba ardientemente que el sobrino +entrase de la calle para descargar sobre él todo el material de lavas +que el volcán de su pecho no podía contener. Entró el sietemesino muy +tarde, cuando su tía estaba ya comiendo y se había servido el cocido. +Maximiliano se sentó a la mesa sin decir nada, muy grave y algo azorado. +Empezó a comer con apetito la sopa fría, echando miradas indagatorias e +inquietas a su señora tía, que evitaba el mirarle... <i>por no romper</i>... +«Debo contenerme—pensaba ella—, hasta que coma... Y parece que tiene +ganitas...». A ratos el joven daba hondos suspiros mirando a su tía, +cual si deseara tener una explicación con ella. Más de una vez quiso +doña Lupe romper en denuestos; pero el silencio y la compostura de su +sobrino la contenían, haciéndole temer que se repitiera el rasgo varonil +de aquella mañana. Por fin, apenas cató el joven unas pasas que de +postre había, se levantó para ir a su cuarto; y apenas le vio doña Lupe +de espalda, se le encendieron bruscamente los ánimos y corrió tras él, +conteniendo las palabras que a la boca se le salían. Estaba el pobre +chico encendiendo el quinqué de su cuarto, cuando la señora apareció en +la puerta, gritando con toda la fuerza de sus pulmones: «Zascandil».</p> + +<p>No se inmutó Maximiliano ni aun cuando doña Lupe, repitiendo su +apóstrofe, llegó al cuarto o al quinto <i>zascandil</i>. Y como si esta +palabra fuera el tapón de su ira, tras ella corrieron en vena abundante +las quejas por lo que el chico había hecho aquella mañana. «Y no quiero +hablar ahora del motivo—añadió ella—; de esa moza que te has echado... +y que sin duda empieza por pegarte su mala educación. Voy a la patochada +de esta mañana. ¿Crees que tu tía es algún trapo viejo?».</p> + +<p>El muchacho se sentó en la silla que junto a la cama estaba, y apoyando +el codo en esta, aguantó el achuchón, sin mirar a su juez. Tenía un +palillo entre los dientes, y lo llevaba de un lado para otro de la boca +con nerviosa presteza. Ya se le había quitado el gran temor que la +hermana de su padre le infundía. Como ciertos cobardes se vuelven +valientes desde que disparan el primer tiro, Maximiliano, una vez que +rompió el fuego con la hombrada de aquella mañana, sentía su voluntad +libre del freno que le pusiera la timidez. Dicha timidez era un fenómeno +puramente nervioso, y en ella tenían no poca parte también sus +rutinarios hábitos de subordinación y apocamiento. Mientras no hubo en +su alma una fuerza poderosa, aquellos hábitos y la diátesis nerviosa +formaron la costra o apariencia de su carácter; pero surgió dentro la +energía, que estuvo luchando durante algún tiempo por mostrarse, +rompiendo la corteza. La timidez o falsa humildad endurecía esta, y como +la energía interior no encontraba un auxilio en la palabra, porque la +sumisión consuetudinaria y la cortedad no le habían permitido educarla +para discutir, pasaba tiempo sin que la costra se rompiera. Por fin, lo +que no pudieron hacer las palabras, lo hizo un acto. Roto el cascarón, +Maximiliano se encontró más valiente y dispuesto a medirse con la fiera. +Lo que antes era como levantar una montaña, parecíale ya como alzar del +suelo un pañuelo.</p> + +<p>Oyó en calma los desahogos de su tía. ¡Cuántos argumentos se podían +oponer a los que la buena señora disparaba con más ardor que lógica! +Pero lo que es en argumentar con palabras ¡qué diablo!, todavía no +estaba él fuerte. Argumentaba con hechos. En esto sí que se pintaba +solo. Cuando su tía tomó respiro dejándose caer sofocada en la silla +próxima a la mesa, Maximiliano rompió a hablar a su vez; pero no era +aquello razonar, era como si cogiera su corazón y lo volcara sobre la +cama, lo mismo que había volcado la hucha después de cascarla.</p> + +<p>«La quiero tanto—dijo sin mirar a su tía, y encontrando palabras +relativamente fáciles para expresar sus sentimientos—, la quiero tanto, +que toda mi vida está en ella, y ni ley ni familia ni el mundo entero me +pueden apartar de ella... Si me ponen en esta mano la muerte y en esta +otra dejar de quererla y me obligan a escoger, preferiré mil veces +morirme, matarme o que me maten... La quise desde el momento en que la +vi, y no puedo dejar de quererla, sino dejando de vivir... de modo que +es tontería oponerse a lo que tengo pensado, porque salto por encima de +todo y si me ponen delante una pared la paso... ¿Ve usted cómo rompen +los jinetes del Circo de Price los papeles que les ponen delante cuando +saltan sobre los caballos? Pues así rompo yo una pared si me la ponen +entre ella y yo».</p> + + + +<hr /> +<h2>-<span class="smcap">iv</span>-</h2> + + +<p>Este símil hubo de impresionar vivamente a la gran doña Lupe, que +contempló un rato a su sobrino con más lástima que ira.</p> + +<p>«Yo me he llevado chascos en mi vida—dijo meneando la cabeza como los +muñecos que tienen un alambre en el pescuezo—; pero un chasco como este +no me lo he llevado nunca. Me la has dado completa, a fondo, de +maestro... Cierto que no tengo poder sobre ti... Si te pierdes, bien +perdido estás. No me vengas a mí después con arrumacos. Te crié, te +eduqué, he sido para ti una madre. ¿No te parece que debías haberme +dicho: 'pues tía, esto hay'?».</p> + +<p>—Cierto que sí—replicó vivamente Maximiliano—, pero me daba reparo, +tía. Ahora que me he soltado paréceme la cosa más fácil del mundo. De +esta falta le pido a usted perdón, porque reconozco que me porté mal. +Pero se me trababa la lengua cuando quería decir algo, y me entraban +sudores... Me acostumbré a no hablar a usted más que de si me dolía o no +la cabeza, de que se me había caído un botón, de si llovía o estaba seco +y otras tonterías así... Oiga usted ahora, que después de callar tanto +me parece que reviento si no le cuento a usted todo. La conocí hace tres +meses. Estaba pobre, había sido muy desgraciada...</p> + +<p>—Sí, sí, me han dicho que es muy corrida. Tienes buenas +tragaderas—afirmó doña Lupe con crueldad.</p> + +<p>—No haga usted caso... los hombres son muy malos. ¿No conviene usted +conmigo en que los hombres son muy malos? Y dígame usted ahora. ¿No es +acción noble traer al buen camino a una alma buena que se ha +descarriado?</p> + +<p>—¡Y tú, tú—chilló la de Jáuregui con espanto, persignándose—, te has +metido a pastor!</p> + +<p>—Pero aguárdese usted, tía. No juzgue usted las cosas tan de +ligero—insistió Maximiliano, apurado por no saber expresarse bien—. +¡Si ella está arrepentida! Ni ha sido tampoco tan mala como a usted le +han dicho. Si es un ángel...</p> + +<p>—¡De cornisa! Buen provecho.</p> + +<p>—Créame usted, y cuando la conozca...</p> + +<p>—¡Yo... conocerla yo! De eso está libre... Repito que buen provecho te +haga tu oveja, mejor dicho, tu cabra descarriada.</p> + +<p>—Pero si no es eso... es que yo no me expreso bien. Dígame una cosa, +¿el querer ser honrada no es lo mismo que serlo? ¿Dice usted que no? +Pues yo no lo veo así, yo no lo veo así.</p> + +<p>—¿Cómo ha de ser lo mismo querer ser una cosa que serlo?</p> + +<p>—En el terreno moral sí... Si conmigo es honrada y sin mí podría no +serlo, ¿cómo quiere usted que yo le diga, anda y vete a los demonios? +¿No es más natural y humano que la acoja y la salve? Pues qué, las obras +grandes y ¿cómo diré?... cristianas, ¿se han de mirar por el lado del +egoísmo?</p> + +<p>Creyó el pobre muchacho que había puesto una pica en Flandes con este +argumento, y observó el efecto que en su tía había hecho. La verdad es +que doña Lupe se quedó un instante algo confusa sin saber qué responder. +Al fin le contestó con desdén:</p> + +<p>«Estás loco. Esas cosas no se le ocurren a nadie que tenga sesos. Me +voy, te dejo, porque si estoy aquí, te pego, no tengo más remedio que +romperte encima el palo de una escoba, y la verdad, si eres poco hombre +para ese amor tan sublime, aún lo eres menos para recibir una paliza».</p> + +<p>Maximiliano la sujetó por el vestido y la obligó a sentarse otra vez.</p> + +<p>«Óigame usted... tía. Yo la quiero a usted mucho; yo le debo a usted la +vida, y aunque usted se empeñe en reñir conmigo, no lo ha de +conseguir... Vamos a ver. Lo que yo hago ahora, lo que la tiene a usted +tan enojada es, según voy viendo, una acción noble, y mi conciencia me +la aprueba, y estoy satisfecho de ella como si tuviera a Dios dentro de +mí diciéndome: <i>bien, bien</i>... Porque usted no me puede hacer creer que +estamos en el mundo sólo para comer, dormir, digerir la comida y +pasearnos. No; estamos para otra cosa. Y si yo siento dentro de mí una +fuerza muy grande, pero muy grande, que me impulsa a la salvación de +otra alma lo he de realizar, aunque se hunda el mundo».</p> + +<p>—Lo que tú tienes—afirmó doña Lupe queriendo sostener su papel—, es +la tontería que te rebosa por todo el cuerpo... y nada más. No me +engatusarás con palabritas. Vaya que de la noche a la mañana has +aprendido unos términos y unos floreos de frases que me tienen +pasmada... Estás hecho un poeta... en toda la extensión de la palabra; +yo siempre he tenido a los poetas por unos grandes embusteros... tontos +de atar... Tú no eres ya el sobrinito que yo crié. ¡Cómo me has +engañado!... ¡Una mujer, una manceba, un belén...!, y ahora viene la de +me caso, y a Roma por todo. Anda, ya no te quiero; ya no soy tu tiita +Lupe... No te echo de mi casa por lástima, porque espero que todavía has +de arrepentirte y me has de pedir perdón.</p> + +<p>Maximiliano, ya completamente sereno, movió la cabeza expresando duda.</p> + +<p>«El perdón ya lo pedí por haber callado, y ya no tengo que pedir más +perdones. Todavía hay algo que usted no sabe y que le quiero decir. +¿Cómo la he mantenido durante tres meses? ¡Ay, tía! Rompí la hucha; +tenía tres mil y pico de reales, lo bastante para que viva con modestia, +porque es muy económica, sumamente económica, tía, y no gasta más que lo +preciso».</p> + +<p>Esta revelación hizo vacilar un momento la ira de doña Lupe. ¡Era +económica!... El joven sacó la hucha, y mostrándola a su tía, reveló el +suceso como la cosa más natural del mundo, reproduciéndolo a lo vivo. +«Mire usted, cogí la hucha vieja, después de traer esta, que es +enteramente igual. Machaqué la llena; cogí el oro y la plata y pasé a +esta el cobre, añadiendo dos pesetas en cuartos para que pesara lo +mismo... ¿Quiere usted verlo?».</p> + +<p>Antes que doña Lupe respondiera, Maximiliano estrelló la hucha contra el +suelo, y las piezas de cobre inundaron la habitación.</p> + +<p>«Ya veo, ya veo que no tienes desperdicio—observó doña Lupe recogiendo +la calderilla—. ¿Y cuando se te acabe el dinero? ¿Vendrás a que yo te +dé? ¡Ay, qué equivocado estás!».</p> + +<p>—Cuando se me acabe, Dios me socorrerá por algún lado—dijo Maximiliano +con fe.</p> + +<p>Estaba excitadísimo y tenía el rostro encendido. Doña Lupe no había +visto nunca tanto brillo en aquellos ojos ni animación semejante en +aquella cara. Cuando entre los dos hubieron recogido las piezas, la tía +las envolvió en un número de <i>La Correspondencia</i>, y arrojando el +paquete sobre la cómoda, dijo con soberano menosprecio:</p> + +<p>«Ahí tienes para el regalo de boda».</p> + +<p>Maximiliano guardó en la cómoda el pesado paquete, y después se puso la +capa. Doña Lupe no se atrevió a retenerle, pues aunque su corazón se +llenó de sentimientos de soberbia y autoridad, nada de esto pudo +traducirse al exterior, porque en el momento de intentarlo, un freno +inexplicable la contuvo. Sentía desvanecida su autoridad sobre el +enamorado joven; veía una fuerza efectiva y revolucionaria delante de su +fuerza histórica, y si no le tenía miedo, era innegable que aquel +repentino tesón la infundía algún respeto.</p> + +<p>Aquella mujer que dormía a pierna suelta después de haber estrangulado, +en connivencia con Torquemada, a un infeliz deudor, estaba intranquila +ante los problemas de conciencia que le había planteado su sobrino tan +candorosamente. Si quería tanto a esa mujer, ¿con qué derecho oponerse a +que se casara con ella? Y si tenía la tal inclinaciones honradas, y buen +síntoma de honradez era el ser tan económica, ¿quién cargaba con la +responsabilidad de atajarla en el camino de la reforma? Doña Lupe empezó +a llenarse de escrúpulos. Su corazón no era depravado sino en lo tocante +a préstamos; era como los que tienen un vicio, que fuera de él, y cuando +no están atacados de fiebre, son razonables, prudentes y discretos.</p> + +<p>Al día siguiente, después de otro altercado con su sobrino, apuntaron +vagamente en su alma las ideas de transacción. Ya no cabía duda de que +la pasión de Maximiliano era tenaz y profunda, y de que le prestaba +energías incontrastables. Ponerse frente a ella era como ponerse delante +de una ola muy hinchada en el momento de reventar. Doña Lupe reflexionó +mucho todo aquel día, y como tenía un gran sentido de la realidad, +empezó a reconocer el poder que ejercen sobre nuestras acciones los +hechos consumados, y el escaso valor de las ideas contra ellos. Lo de +Maxi sería un disparate, ella seguía creyendo que era una burrada atroz; +mas era un hecho, y no había otro remedio que admitirlo como tal. Pensó +entonces con admirable tino que cuando en el orden privado, lo mismo +que en el público, se inicia un poderoso impulso revolucionario, lógico, +motivado, que arranca de la naturaleza misma de las cosas y se fortifica +en las circunstancias, es locura plantársele delante; lo práctico es +sortearlo y con él dejarse ir aspirando a dirigirlo y encauzarlo. Pues a +sortear y dirigir aquella revolución doméstica; que atajarla era +imposible, y el que se le pusiera delante, arrollado sería sin +remedio... De esta idea provino la relativa tolerancia con que habló a +su sobrino en la segunda noche de confianzas, la maña con que le fue +sacando noticias y pormenores de su novia, sin aparentar curiosidad, +aventurándose a darle algunos consejos. Verdad que entre col y col le +soltaba ciertas frescuras; pero esto era muy estudiado para que Maxi no +viera el juego. «No cuentes conmigo para nada; allá te las hayas... Ya +te he dicho que no quiero saber si tu novia tiene los ojos negros o +amarillos. A mí no me vengas con zalamerías. Te oigo por consideración; +pero no me importa. ¿Que la vaya yo a ver? ¡Estás tú fresco...!».</p> + +<p>A Maximiliano le había dado su metamorfosis una penetración +intermitente. En ocasiones poseía la vista rápida y segura del ingenio +superior; en ocasiones era tan ciego que no veía tres sobre un burro. +Las pasiones exaltadas producen estas pasmosas diferencias en la +eficacia de una facultad, y hacen a los hombres romos o agudos cual si +estuviera el espíritu sometido a una influencia lunática. Aquel día leyó +el joven en el corazón de doña Lupe y apreció sus disposiciones +pacificadoras, a pesar de las frases estudiadas con que las quería +disimular. Hizo además un razonamiento que demuestra la agudeza genial +que adquiría en ciertos momentos de verdadero estro, adivinando por arte +de inspiración los arcanos del alma de sus semejantes. El razonamiento +fue este: «Mi tía se ablanda; mi tía se da a partido. Y como Fortunata +no le debe dinero, ni se lo deberá nunca, porque estoy yo para +impedirlo, ha de llegar día en que sean amigas».</p> + + + +<hr /> +<h2>-<span class="smcap">v</span>-</h2> + + +<p>Porque doña Lupe era tal y como su sobrino la pintaba en aquella breve +consideración; era juiciosa, razonable, se hacía cargo de todo, miraba +con ojos un tanto escépticos las flaquezas humanas, y sabía perdonar las +ofensas y hasta las injurias; pero lo que es una deuda no la perdonaba +nunca. Había en ella dos personas distintas, la mujer y la prestamista. +El que quisiera estar bien con ella y gozar de su amistad, tuviese mucho +cuidado de que las dos naturalezas no se confundieran nunca. Un simple +pagaré, extendido y firmado de la manera más cordial del mundo, bastaba +a convertir la amiga en basilisco, la mujer cristiana en inquisidora.</p> + +<p>La doble personalidad de esta señora tenía un signo externo en su +cuerpo, una representación fatal, obra de la cirugía, que en este punto +fue una ciencia justiciera y acusadora. A doña Lupe le faltaba un pecho, +por amputación a consecuencia del tumor scirroso de que padeció en vida +de su marido. Como presumía de buen cuerpo y usaba corsé dentro de casa, +aquella parte que le faltaba la suplió con una bien construida pelota de +algodón en rama. A la vista, después de vestida, ofrecía gallardo +conjunto; pero tras de la ropa, sólo la mitad de su seno era de carne; +la otra mitad era insensible y bien se le podía clavar un puñal sin que +le doliese. Lo mismo era su corazón; la mitad de carne, la mitad de +algodón. La índole de las relaciones que con las personas tuviese +determinaba el predominio de tal o cual mitad. No mediando ningún +pagaré, daba gusto de tratar con aquella señora; mas como las +circunstancias la hicieran <i>inglesa</i>, ya estaba fresco el que se metiese +con ella.</p> + +<p>Y no había sido así en vida de su marido. Verdad que en aquel tiempo +venturoso, no manejaba más dinero que el que Jáuregui le daba para el +gasto de la casa. Después de viuda, viéndose con cuatro cachivaches y +cinco mil reales, imaginó fundar una casa de huéspedes, pero Torquemada +se lo quitó de la cabeza, ofreciéndose a colocarle sus dineros con buen +interés y toda la seguridad posible. El éxito y las ganancias +engolosinaron a doña Lupe, que adquirió gradual y rápidamente todas las +cualidades del perfecto usurero, y echó el medio pecho de algodón, +haciéndose insensible, implacable y dura cuando de la cobranza puntual +de sus créditos se trataba. Los primeros años de esta vida pasó la +señora grandes apuros, porque los réditos, aun con ser tan crecidos, no +le bastaban al sostenimiento de su casa. Pero a fuerza de orden y +economía fue saliendo adelante, y aun hizo verdaderos milagros +atendiendo a las medicinas que Maximiliano necesitaba y a los +considerables gastos de su carrera. Quería mucho a su sobrino y se +afanaba porque nada le faltara. Este mérito grande no se le podía negar. +Lo que dijo del garbanzo que tenía el valor de una perla, es muy cierto. +Pero no lo es que hubiese practicado la usura por el solo interés de dar +carrera al sietemesino. Esto se lo decía ella a sí propia en sus +soliloquios; pero era uno de esos sofismas con que quiere cohonestarse y +ennoblecerse el egoísmo humano. Doña Lupe <i>trabajaba en préstamos</i> por +pura afición que le infundió Torquemada, y sin sobrino y sin necesidades +habría hecho lo mismo.</p> + +<p>Cuando vinieron los años bonancibles y el capitalito de la viuda +ascendió a dos mil duros, iniciose un periodo de buena suerte que debía +de ser pronto increíble prosperidad. Cayó en las combinadas redes de los +dos prestamistas un pobre señor, más desgraciado que perverso (que había +sido director general y vivía con gran rumbo a pesar de estar a la +cuarta pregunta), y no quiero decir cómo le pusieron. Los dos mil duros +de doña Lupe crecieron como la espuma en el término de tres años, +renovando obligaciones, acumulando intereses y aumentando estos cada año +desde dos por ciento mensual, que era el tipo primitivo, a cuatro. A la +pobre víctima le sacó Torquemada mucho más, porque se adjudicó sus +muebles riquísimos por un pedazo de pan; pero el tal se lo tenía muy +bien merecido. Después se rehízo con un destino en la administración de +Cuba; se volvió a perder, tornó a reponerse en Filipinas, y ahora está +por cuarta vez en poder de los vampiros. Como ya no hay dinero en las +colonias, parece difícil que este desventurado haga la quinta pella. +Dicen que América para los americanos. ¡Vaya una tontería! América para +los usureros de Madrid.</p> + +<p>En la fecha en que nuestra narración coge a doña Lupe, tenía ya un +caudalito de diez mil duros, parte asegurado en acciones del Banco y +parte en préstamos con pagaré legalizado, figurando mucha mayor cantidad +de la percibida por el deudor. El ex-alabardero era enemigo <i>del +materialismo</i> de las hipotecas con seguridad legal y rédito prudente. +Los préstamos arriesgados con premio muy subido eran su delicia y su +arte predilecto, porque aun cuando alguno no se cobrase hasta la víspera +del Juicio Final, la mayor parte de las víctimas caían atontadas por el +miedo al escándalo, y se doblaba el dinero en poco tiempo. Tenía olfato +seguro para rastrear a las personas pundonorosas, de esas que entregan +el pellejo antes que permitir andar en lenguas de la fama, y con estas +se metía hasta el fondo, <i>se atracaba de deudor</i>.</p> + +<p>Poco a poco fue transmitiendo su manera de ser, de obrar y sentir a su +compinche, como se pasa la imagen de un papel a otro por medio del calco +o el estarcido. Cada vez que D. Francisco le llevaba dinero cobrado, un +problema de usura resuelto y finiquito, se alegraba tanto la viudita que +se le abrían los poros, y por aquellas vías se le entraba el carácter de +Torquemada a posesionarse del suyo e informarlo de nuevo.</p> + +<p>La esposa de Torquemada estaba hecha tan a semejanza de este, que doña +Lupe la oía y la trataba como al propio don Francisco. Y con el trato +frecuente que las dos señoras tenían, doña Silvia llegó también a +ejercer gran influencia sobre su amiga, imprimiendo en esta algunos +rasgos de su fisonomía moral. Era hombruna, descarada y cuando se ponía +en jarras hacía temblar a medio mundo. Más de una vez aguardó en la +calle a un acreedor, con acecho de asesino apostado, para insultarle sin +piedad delante de la gente que pasaba. A esto no llegó ni podía llegar +la de Jáuregui, porque tenía ciertas delicadezas de índole y de +educación que se sobreponían a sus enconos de usurera. Pero sí fueron +juntas alguna vez a la casa de una infeliz viuda que les debía dinero, y +después de apremiarla inútilmente para que les pagara, echaron miradas +codiciosas hacia los muebles. Las dos harpías cambiaron breves palabras +frente a la víctima, que por poco se muere del susto. «A usted le +conviene esta copa-brasero—dijo doña Silvia—, y a mí aquella cómoda». +Hicieron subir a los mozos de cordel y se llevaron los citados objetos, +después de quitarle a la cómoda la ropa y a la copa el fuego. La deudora +se avino a todo por perder de vista a las dos infernales mujeres que +tanto pavor le causaban.</p> + +<p>La copa aquella estaba en la sala de doña Lupe; mas no se encendía +nunca. Maximiliano sabía su procedencia, así como la de un bargueño y un +armario soberbio que en la alcoba estaban. La mesa en que el estudiante +escribía entró en la casa de la misma manera, y la vajilla buena que se +usaba en ciertos días fue adquirida por la quinta parte de su valor, en +pago de un pico que adeudaba una amiga íntima. Doña Silvia había hecho +el negocio, que doña Lupe no se atreviera a tanto. Un centro de plata, +dos bandejas del mismo metal y una tetera que la señora mostraba con +orgullo, habían ido a la casa empeñadas también por una amiga íntima y +allí se quedaron por insolvencia. Maximiliano se había enterado de +muchos pormenores concernientes a los manejos de su tía. Las alhajas, +vestidos de señora, encajes y mantones de Manila que pasaban a ser +suyos, tras largo cautiverio, vendíalos por conducto de una corredora +llamada Mauricia la Dura. Esta iba a la casa con frecuencia en otros +tiempos; pero ya apenas <i>corría</i>, y doña Lupe la echaba muy de menos, +porque aunque era muy alborotada y disoluta, cumplía siempre bien. +Asimismo había podido observar Maximiliano en su propia casa lo +implacable que era su tía con los deudores, y de este conocimiento vino +el inspirado juicio que formuló de esta manera: «Si me caso con +Fortunata y si la suerte nos trae escaseces, antes pediremos limosna por +las calles que pedir a mi tía un préstamo de dos pesetas... Mientras más +amigos, más claros».</p> + + + +<hr /> +<h2><a name="ivb" id="ivb"></a>-IV-</h2> + +<h2>Nicolás y Juan Pablo Rubín.—Propónense nuevas artes y medios de +redención</h2> + + + +<hr /> +<h2>-<span class="smcap">i</span>-</h2> + + +<p>Hallábase doña Lupe, en el fondo de su alma, inclinada a la transacción +lenta que imponían las circunstancias; mas no quiso dar su brazo a +torcer ni dejar de mostrar una inflexibilidad prudente, hasta tanto que +viniese Juan Pablo y hablaran tía y sobrino de la inaudita novedad que +había en la familia. Una mañana, cuando Maximiliano estaba aún en la +cama no bien dormido ni despierto, sintió ruido en la escalera y en los +pasillos. Oyó primero patadas y gritos de mozos que subían baúles, +después la voz de su hermano Juan Pablo; y lo mismo fue oírla, que +sentir renovado en su alma aquel pícaro miedo que parecía vencido.</p> + +<p>No tenía malditas ganas de levantarse. Oyó a su tía regateando con los +mozos por si eran tres o eran dos y medio. Después, le pareció que Juan +Pablo y su tía hablaban en el comedor. ¡Si le estaría contando +aquello...! Seguramente, porque su tía era muy novelera, y no le gustaba +de que ciertas cosas se le enranciaran dentro del cuerpo. Oyó luego que +su hermano se lavaba en el cuarto inmediato, y cuando doña Lupe entró +para llevarle toallas, cuchichearon largo rato. Maximiliano calculó que +probablemente hablarían de la herencia; pero no las tenía todas consigo. +Trataba de darse ánimos considerando que su hermano era el más simpático +de la familia, el de más talento y el que mejor se hacía cargo de las +cosas.</p> + +<p>Levantose al fin de mala gana. Ya lavado y vestido, vacilaba en salir, y +se estuvo un ratito con la mano en el picaporte. Doña Lupe tocó a la +puerta, y entonces ya no hubo más remedio que salir. Estaba pálido y +daba lástima verle. Abrazó a su hermano, y en el mirar de este, en el +tono de sus palabras, conoció al punto que sabía la grande, increíble +historia. No tenía ganas el joven de explicaciones ni disputas aquella +hora, y como era un poco tarde se apresuró a irse a la clase. Mas no +tuvo sosiego en ella, ni cesó de pensar en lo que su hermano diría y +haría. Esta perplejidad le arrancaba suspiros. El miedo, el pícaro miedo +era su principal enemigo. Conveníale, pues, quitarse pronto la máscara +ante su hermano como se la había quitado ante doña Lupe, pues hasta que +lo hiciera no se reintegraría en el uso de su voluntad. Si Juan Pablo +salía por la tremenda, quizás era mejor, porque así no estaba +Maximiliano en el caso de guardarle consideraciones; pero si se ponía +en un pie de astucias diplomáticas, fingiendo ceder para resistir con la +inercia, entonces... Esto ¡ay!, lo temía más que nada.</p> + +<p>Pronto había de salir de dudas. Cuando Maximiliano entró a almorzar, ya +estaba Juan Pablo sentado a la mesa, y a poco llegó doña Lupe con una +bandeja de huevos fritos y lonjas de jamón. Gozosa estaba aquel día la +señora, porque Papitos se portaba bien, como siempre que había aumento +de trabajo. «Es tan novelera esta mona—decía—, que cuando tenemos +mucho que hacer parece que se multiplica. Lo que ella quiere es lucirse, +y como vea ocasiones de lucimiento, es un oro. Cuando menos hay que +hacer es cuando la pega. Me la traje a casa hecha una salvajita, y poco +a poco le he ido quitando mañas. Era golosa, y siempre que iba a la +tienda por algo, lo había de catar. ¿Creerás que se comía los fideos +crudos?... La recogí de un basurero de Cuatro Caminos, hambrienta, +cubierta de andrajos. Salía a pedir y por eso tenía todos los malos +hábitos de la vagancia. Pero con mi sistema la voy enderezando. Porrazo +va, porrazo viene, la verdad es que sacaré de ella una mujer en toda la +extensión de la palabra».</p> + +<p>—Está tan malo el servicio en Madrid—observó Juan Pablo—, que no debe +usted mirarle mucho los defectos.</p> + +<p>Durante todo el almuerzo hablaron del servicio, y a cada cosa que decían +miraban a Maximiliano como impetrando su asentimiento. El joven observó +que su hermano estaba serio con él, pero aquella seriedad indicaba que +le reconocía hombre, pues hasta entonces le trató siempre como a un +niño. El estudiante esperaba burlas, que era lo que más temía, o una +reprimenda paternal. Ni una cosa ni otra se apuntaba en el lenguaje +indiferente y frío de Juan Pablo. Este, después de almorzar, sintiose +amagado de la jaqueca y se echó de muy mal humor en su cama. Toda la +tarde y parte de la noche estuvo entre las garras de aquella desazón más +molesta que grave. No eran sus ataques tan penosos como los de +Maximiliano, y generalmente le era fácil anegar el dolor hemicráneo en +la onda del sueño. Ya sabía que el cansancio de los viajes consecutivos +le producía el ataque, y que este se pasaba en la noche mas no por esto +lo llevaba con paciencia. Renegando de su suerte estuvo hasta muy tarde, +y al fin descansó con sosegado sueño.</p> + +<p>En tanto, doña Lupe hacía mil consideraciones sobre el apático desdén +con que Juan Pablo recibiera la noticia de <i>aquello</i>. Había fruncido el +ceño; después había opinado que su hermano era loco, y por fin, alzando +los hombros, dijo: «¿Yo qué tengo que ver? Es mayor de edad. Allá se las +haya».</p> + +<p>Lo mismo Maximiliano que su tía habían notado que Juan Pablo estaba +triste. Primero lo atribuyeron a cansancio; pero notaron luego que +después de las doce horas de sueño reparador, estaba más triste aún. No +sostenía ninguna conversación. Parecía que nada le interesaba, ni aun la +herencia, de la que hablaba poco, aunque siempre en términos precisos.</p> + +<p>«¿Sabes que tu hermano lo ha tomado con calma?» dijo doña Lupe a Maxi +una noche.</p> + +<p>—¿Qué?—El asunto tuyo. Dos veces le he hablado. ¿Y sabes lo que hace? +Alzar los hombros, sacudir la ceniza del cigarro con el dedo meñique, y +decir que ahí se las den todas.</p> + +<p>El enamorado oía con júbilo estas palabras, que eran para él un gran +consuelo. Indudablemente Juan Pablo observaba la prudente regla de +respetar los sentimientos y propósitos ajenos para que le respetaran los +suyos. Hablaba tan poco, que doña Lupe tenía que sacarle las palabras +con cuchara. «O está también haciendo el trovador—decía doña Lupe—, o +le pasa algo. Estoy yo divertida con mis sobrinos. Todos están con +murria. Al menos Maxi es franco y dice lo que quiere».</p> + +<p>Hubiera hurgado doña Lupe a su sobrino mayor para que le relevase la +causa de su tristeza; pero como presumía fuese cosa de política, no +quiso tocar este punto delicado por no armar camorra con Juan Pablo, +que era o había sido carlista, al paso que doña Lupe era liberal, cosa +extraña, liberal <i>en toda la extensión de la palabra</i>. Después de servir +a D. Carlos en una posición militar administrativa, Rubín había sido +expulsado del Cuartel Real. Sus íntimos amigos le oyeron hablar de +calumnias y de celadas traidoras; pero nada se sabía concretamente. +Dejaba escapar de su pecho exclamaciones de ira, juramentos de venganza +y apóstrofes de despecho contra sí mismo. «¡Bien merecido lo tengo por +meterme con esa gente!». Cuando llegó a Madrid echado de la corte de D. +Carlos, fue a casa de su tía, según costumbre antigua; pero apenas +paraba en la casa. Dormía fuera, comía también fuera, casi siempre en +los cafés o en casa de alguna amiga, y doña Lupe se desazonaba juzgando +con razón que semejante vida no se ajustaba a las buenas prácticas +morales y económicas. De repente, el misántropo volvió al Norte, +diciendo que regresaría pronto, y mientras estuvo fuera se supo la +muerte de Melitona Llorente. La primera noticia que de la herencia tuvo +Juan Pablo diósela su tía paterna por una carta que le dirigió a Bayona. +Preparábase a volver a España, y la carta aquella con la noticia que +llevaba aceleró su vuelta. Entró por Santander, se fue a Zaragoza por +Miranda y de allí a Molina de Aragón. Diez días estuvo en esta villa, +donde ninguna dificultad de importancia le ofreció la toma de posesión +del caudal heredado. Este ascendía a unos treinta mil duros entre +inmuebles y dinero dado a rédito sobre fincas; y descontadas las mandas +y los derechos de traslación de dominio, quedaban unos veintisiete mil +duros. Cada hermano cobraría nueve mil. Juan Pablo, al llegar a Madrid, +escribió a Nicolás para que también viniese, con objeto de estar +reunidos los tres hermanos y tratar de la partición.</p> + +<p>He dicho que doña Lupe rehuía el hablar de política con Juan Pablo. En +realidad, ella no entendía jota de política, y si era liberal, éralo por +sentimiento, como tributo a la memoria de su Jáuregui y por respeto al +uniforme de miliciano nacional que este tan gallardamente ostentaba en +su retrato. Pero si le hubieran dicho que explicara los puntos +esenciales del dogma liberal, se habría visto muy apurada para +responder. No sabía más sino que aquellos malditos <i>carcas</i> eran unos +indecentes que nos querían traer la Inquisición y las <i>caenas</i>. Había +respirado aquella señora aires tan progresistas durante su niñez y en +los gloriosos veinte años de su unión con Jáuregui, que no quería ni oír +hablar de absolutismo. No comprendía cómo su sobrino, un muchacho tan +listo, había cometido la borricada de hacerse súbdito de aquel zagalón +de D. Carlos, un perdido, un zafiote, un déspota <i>en toda la extensión +de la palabra</i>.</p> + +<p>En la cuestión religiosa, las ideas de doña Lupe se adaptaban al +criterio de su difunto esposo, que era el más juicioso de los hombres y +sabía dar <i>a Dios lo que es de Dios y al César</i>, etc... Este estribillo +lo repetía muy orgullosamente la viuda siempre que saltaba una +oportunidad, añadiendo que creía cuanto la Santa Madre Iglesia manda +creer; pero que mientras menos trato tuviera con curas, mejor. Oía su +misa los domingos y confesaba muy de tarde en tarde; mas de este paso +regular no la sacaba nadie.</p> + +<p>Desde un día en que disputando con su sobrino sobre este tema, se +amontonaron los dos y por poco se tiran los trastos a la cabeza, no +quiso doña Lupe volver a mentar a los <i>carcundas</i> delante de Juan Pablo. +Y cuando le vio venir del Cuartel Real, corrido y humillado, tuvo la +señora una alegría tal que con dificultad podía disimularla. Se acordaba +de su Jáuregui y de las cosas oportunas y sapientísimas que este decía +sobre todo desgraciado que se metía con curas, pues era lo mismo que +acostarse con niños. «Y no aprenderá—pensaba doña Lupe—; todavía es +capaz de volver a las andadas, y de ir allá a quitarle motas al zángano +de Carlos <i>Siete</i>.</p> + + + +<hr /> +<h2>-<span class="smcap">ii</span>-</h2> + + +<p>Durmiose Maxi aquella noche arrullado por la esperanza. Síntoma de +conciliación era que su tía no le hablaba ya con ira, y aun parecía +tenerle en verdadero concepto de hombre o de varón. A veces, hasta +parecía que la insigne señora le tenía cierto respeto. ¡Si no hay como +mostrarse duro y decidido para que le respeten a uno...! Por lo demás, +doña Lupe había vuelto a cuidarle con su acostumbrada solicitud. Le +ponía en la mesa los platos de su gusto, y en su cuarto nada faltaba +para su regalo y comodidad. En fin, que el pobre chico estaba +satisfecho; sentía que el terreno se solidificaba bajo sus plantas, y se +reconocía más árbitro de su destino, y casi triunfante en la descomunal +batalla que estaba dando a su familia.</p> + +<p>En cuanto a Juan Pablo, no había nada que temer. Los dos hermanos no +tenían ocasiones de hablar mucho, porque el primogénito, después de +almorzar, se marchaba a uno de los cafés de la Puerta del Sol y allí se +estaba las horas muertas. Por la noche o venía muy tarde o no venía. La +idea de que su hermano andaba de picos pardos regocijaba a Maxi porque +«ahora se verá—decía—, quién es más juicioso, quién cumple mejor las +leyes de la moral. Que no nos venga aquí echándosela de plancheta con +su <i>neísmo</i>».</p> + +<p>En suma, que mi hombre se veía más respetado y considerado desde que se +las tuvo tiesas con su tía la mañana de marras. La única persona que no +participaba ni poco ni mucho de este respeto era Papitos, que cada día +le trataba con familiaridad más chocarrera. «Feo, cara de pito, memo en +polvo—decíale sacando un trozo de lengua tal que casi parecía +inverosímil—. Valiente mico está <i>vusté</i>... Verá cómo no le dejan +casar... Sí, para <i>vusté</i> estaba. Bobo, más que bobo». Maximiliano la +despreciaba y se lo decía: «Lárgate de aquí, sinvergüenza, o te quito +todas las muelas de una bofetada». «<i>¿Vusté, vusté?</i>, ja, ja. Si le +cojo, del primer borleo va a parar al tejado».</p> + +<p>Más valía no hacerle caso. Era una inocente que no sabía lo que se +decía. Estaba Papitos arreglando el cuarto de <i>sito</i> Maxi, donde se puso +la cama para el cura, que debía llegar al día siguiente por la mañana. +No veía el estudiante con buenos ojos este arreglo, porque siempre que +su hermano Nicolás venía a Madrid y dormía en aquel cuarto le espantaba +el sueño con sus ronquidos. Eran sus fauces y conducto nasal trompeta de +Jericó con diferentes registros a cual peor. Maxi se ponía tan nervioso, +que a veces tenía que salirse de la cama y del cuarto. Lo que más le +incomodaba era que a la mañana siguiente el cura sostenía que no había +dormido nada.</p> + +<p>Indicó a doña Lupe que le librara de este martirio poniendo a Nicolás en +otra habitación. ¿Pero dónde, si no había más aposentos en la casa? La +señora le prometió ponerle la cama en su propia alcoba si el cura +roncaba mucho la primera noche. «Pero ahora que me acuerdo, yo también +ronco... En fin, ya se arreglará. Aunque sea en la sala te podrás +quedar».</p> + +<p>Llegó Nicolás Rubín a la mañanita siguiente, y Maxi le vio entrar como +un enemigo más con quien tendría que batirse. El carácter sacerdotal de +su hermano le impresionaba, pues por mucho que su tía y él hablaran +contra el <i>neísmo</i>, un cura siempre es una autoridad en cualquier +familia. A este hermano le quería Maxi menos que a Juan Pablo, sin duda +por haber vivido ausente de él durante su niñez.</p> + +<p>Los dos hermanos mayores almorzaron juntos, mas no hablaron ni palotada +de política, por no chocar con doña Lupe. Precisamente Nicolás fue quien +metió a Juan Pablo por el aro carlista, prometiéndole villas y +castillos. Habíale dado recomendaciones para elevadas personas del +Cuartel Real y para unos clérigos de caballería que residían en Bayona. +Pero nada, como digo, se habló en la mesa. No se les ocultaba que su tía +sabía hacer guardar los respetos debidos a la entidad de Jáuregui, +presente siempre en la casa por ficción mental, de que era símbolo el +feo retrato que en el gabinete estaba. Hablaban del tiempo, de lo mal +que se vivía en Toledo, de que el viento se había llevado toda la flor +del albaricoque, y de otras zarandajas, honrando sin melindres el buen +almuerzo.</p> + +<p>De sobremesa, Juan Pablo propuso, puesto que estaban todos reunidos, +tratar algunos puntos de la herencia, que debían ponerse en claro. Él no +quería propiedad rústica, y si sus hermanos lo aprobaban, recibiría su +parte en metálico e hipotecas. Otras hipotecas y las tierras serían para +Nicolás y Maximiliano. Estos se conformaron con lo que su hermano +proponía, y a doña Lupe le dieron ganas de tomar cartas en el asunto; +pero no se atrevió a intervenir en un negocio que no le incumbía. No +tuvo más remedio que tragar saliva y callarse. Después le dijo a +Maximiliano: «Habéis sido unos tontos. Tu hermano quiere su parte en +metálico para gastarla en cuatro días. Es una mano rota. ¿A mí qué me va +ni me viene? Pues más te habría valido recibir lo tuyo en dinero +contante, que bien colocado por mí, te habría dado una rentita bien +segura. Y si no, lo has de ver. Yo quiero saber cómo te las vas tú a +gobernar con tanto olivo, tanto parral y ese pedazo de monte bajo que +dicen que te toca. Lo mismo que el majagranzas de Nicolás; a todo decía +que sí. Por de pronto tendréis que tomar un administrador que os robará +los ojos, y os dará cada cuenta que Dios tirita. ¡Qué par de zopencos +sois! Yo te miraba y te quería comer con los ojos, dándote a entender +que te resistieras; y tú, hecho un marmolillo... Y luego quieres +echártela de hombre de carácter. Bonito camino, sí señor, bonito camino +tomas».</p> + +<p>Otra cosa había propuesto también el primogénito, a la que accedieron +gustosos los otros dos hermanos. Cuando murió D. Nicolás Rubín, todos +los <i>ingleses</i> cobraron con las existencias de la tienda, a excepción de +uno, que había sido el mejor y más fiel amigo del difunto en sus días +buenos y malos. Este acreedor era Samaniego, el boticario de la calle +del Ave María, y su crédito ascendía, con el interés vencido de seis por +ciento, a sesenta y tantos mil reales. Propuso Juan Pablo satisfacerlo +como un homenaje a la justicia y a la buena memoria de su querido padre, +y se votó afirmativamente por unanimidad. La misma doña Lupe aprobó este +acuerdo, que si recortaba un poco el capital de la herencia, era un acto +de lealtad y como una consagración póstuma de la honradez de su infeliz +hermano. Samaniego no había reclamado nunca el pago de su deuda, y esta +delicadeza pesaba más en el ánimo de los Rubín para pagarle. Ambas +familias se visitaban a menudo, tratándose con la mayor cordialidad, y +aun se llegó a decir que Juan Pablo no miraba con malos ojos a la mayor +de las hijas del boticario, llamada Aurora, y de cuyas virtudes, talento +y aptitud para el trabajo se hacía toda lenguas doña Lupe.</p> + +<p>Aprobadas la partición propuesta por Juan Pablo y la cancelación del +crédito de Samaniego.</p> + +<p>Maximiliano, con estas cosas, se sentía cada vez más fuerte. Había +tomado acuerdos en consejo de familia, luego era hombre. Si tenía la +personalidad legal, ¿cómo no tener la otra? Figurábase que algo crecía y +se vigorizaba dentro de él, y hasta llegó a imaginar que si le pusieran +en una báscula había de pesar más que antes de aquellas determinaciones. +Sin duda tenía también más robustez física, más dureza de músculos, más +plenitud de pulmones. No obstante, estaba sobre ascuas hasta que su +hermano el cleriguito no se explicase. Podría suceder muy bien que +cuando todo iba como una seda, saliese con ciertas <i>mistiquerías</i> +propias de su oficio, sacando el Cristo de debajo de la sotana y +alborotando la casa.</p> + +<p>La noche del mismo día en que se trató de la herencia, supo Nicolás lo +que pasaba, y no lo tomó con tanta calma como Juan Pablo. Su primer +arranque fue de indignación. Tomó una actitud consternada y meditabunda, +haciendo el papel de hombre entero, a quien no asustan las dificultades +y que tiene a gala el presentarles la cara. Las relaciones entre Nicolás +y la viuda, que habían sido frías hasta un par de meses antes de los +sucesos referidos, eran en la fecha de estos muy cordiales, y no porque +tía y sobrino tuviesen conformidad de genio, sino por cierta +coincidencia en procederes económicos que atenuaba la gran disparidad +entre sus caracteres. Doña Lupe no había simpatizado nunca con Nicolás; +primero, porque las sotanas en general no la hacían feliz; segundo, +porque aquel sobrino suyo no se dejaba querer. No tenía las seducciones +personales de Juan Pablo, ni la humildad del pequeño. Su fisonomía no +era agradable, distinguiéndose por lo peluda, como antes se indicó. Bien +decía doña Lupe que así como el primogénito se llevara todos los +talentos de la familia, Nicolás se había adjudicado todos los pelos de +ella. Se afeitaba hoy, y mañana tenía toda la cara negra. Recién +afeitado, sus mandíbulas eran de color pizarra. El vello le crecía en +las manos y brazos como la yerba en un fértil campo, y por las orejas y +narices le asomaban espesos mechones. Diríase que eran las ideas, que +cansadas de la oscuridad del cerebro se asomaban por los balcones de la +nariz y de las orejas a ver lo que pasaba en el mundo.</p> + +<p>Cargábanle a doña Lupe sus pretensiones sermonarias y cierta grosería +entremezclada con la soberbia clerical. Las relaciones entre una y otro +eran puramente de fórmula, hasta que a Nicolás, en uno de los viajes que +hizo a Madrid, se le ocurrió entregar a la tía sus ahorros para que se +los colocara, y véase aquí cómo se estableció entre estas dos personas +una corriente de simpatía convencional que había de producir la amistad. +Era como dos países separados por esenciales diferencias de raza y +antagonismos de costumbres, y unidos luego por un tratado de comercio. +Lo contrario pasó entre Juan Pablo y doña Lupe. Esta le tuvo en otro +tiempo mucho cariño y apreciaba sus grandes atractivos personales; pero +ya le iba dando de lado en sus afectos. No le perdonaba sus hábitos de +despilfarro y el poco aprecio que hacía del dinero gastándolo tan sin +sustancia. Ni una sola vez, ni una, le había dado un pico para que se lo +colocase a rédito. Siempre estaba a la cuarta pregunta, y como pudiera +sacarle a su tía alguna cantidad por medio de combinaciones dignas del +mejor hacendista, no dejaba de hacerlo, y a la viuda se le requemaba la +sangre con esto. Véase, pues, cómo se entendía mejor con el más +antipático de sus sobrinos que con el más simpático.</p> + + + +<hr /> +<h2>-<span class="smcap">iii</span>-</h2> + + +<p>Conocedor Nicolás de la tremenda noticia, le faltó tiempo para pegar la +hebra de su soporífero sermón, sólo interrumpido cuando Papitos trajo la +ensalada. Porque Nicolás Rubín no podía dormir si no le ponían delante a +punto de las once una ensalada de lechuga o escarola, según el tiempo, +bien aliñada, bien meneada, con el indispensable ajito frotado en la +ensaladera, y la golosina del apio en su tiempo. Había comido muy bien +el dichoso cura, circunstancia que no debe notarse, pues no hay memoria +de que dejara de hacerlo cumplidamente ningún día del año. Pero su +estómago era un verdadero molino, y a las tres horas de haberse llenado, +había que cargarlo otra vez. «Esto no es más que debilidad—decía +poniendo una cara grave y a veces consternada—, y no hay idea de los +esfuerzos que he hecho por corregirla. El médico me manda que coma poco +y a menudo».</p> + +<p>Cayó sobre aquel forraje de la ensalada, e inclinaba la cara sobre ella +como el bruto sobre la cavidad del pesebre lleno de yerba.</p> + +<p>«Le diré a usted, tía—murmuraba con el gruñido que la masticación le +permitía—. Yo no soy de mucho comer, aunque lo parezca».</p> + +<p>—Podías serlo más. Come, hijo, que el comer no es pecado gordo.</p> + +<p>—Le diré a usted, tía...</p> + +<p>No le dijo nada, porque la operación aquella de mascar los jugosos +tallos de la escarola absorbía toda su atención. Los gruesos labios le +relucían con la pringue, y esta se le escurría por las comisuras de la +boca formando un hilo corriente, que hubiera descendido hasta la +garganta si los cañones de la mal rapada barba no lo detuvieran. Tenía +puesto un gorro negro de lana con borlita que le caía por delante al +inclinar la cabeza, y se retiraba hacia atrás cuando la alzaba. A doña +Lupe (no lo podía remediar) le daba asco el modo de comer de su sobrino, +considerando que más le valía saber menos de cosas teológicas y un +poquito más de arte de urbanidad. Como estaban los dos solos, dábale +bromas sobre aquello del comer poco y a menudo; pero él se apresuró a +variar la conversación, llevándola al asunto de Maxi.</p> + +<p>«Una cosa muy seria, tía, pero que muy seria».</p> + +<p>—Sí que lo es; pero creo muy difícil quitársela de la cabeza.</p> + +<p>—Eso corre de mi cuenta... ¡Oh! Si no tuviera yo otras montañas que +levantar en vilo...—dijo el clérigo apartando de sí la ensaladera, en +la cual no quedaba ni una hebra—. Verá usted... verá usted si le vuelvo +yo del revés como un calcetín. Para esas cosas me pinto...</p> + +<p>No pudo concluir la frase, porque le vino de lo hondo del cuerpo a la +boca una tan voluminosa cantidad de gases, que las palabras tuvieron que +echarse a un lado para darle salida. Fue tan sonada la regurgitación, +que doña Lupe tuvo que apartar la cara, aunque Nicolás se puso la palma +de la mano delante de la boca a guisa de mampara. Este movimiento era +una de las pocas cosas relativamente finas que sabía.</p> + +<p>«...me pinto solo—terminó, cuando ya los fluidos se habían difundido +por el comedor—. Verá usted, en cuanto llegue le echo el toro... ¡Oh!, +es mi fuerte. Me parece que ya está ahí».</p> + +<p>Oyose la campanilla, y la misma doña Lupe abrió a su sobrino. Lo mismo +fue entrar este en el comedor que conocer en la cara impertinente de su +hermano que ya sabía <i>aquello</i>... No le dio Nicolás tiempo a prepararse, +porque de buenas a primeras le embocó de este modo:</p> + +<p>«Siéntese usted aquí, caballerito, que tenemos que hablar. Vaya, que me +ha dejado frío lo que acabo de saber. Estamos bien. Con que...».</p> + +<p>La mano tiesa volvió a ponerse delante de la boca, a punto que se +atascaban las palabras, sufriendo la cabeza como una trepidación.</p> + +<p>«Con que aquí hace cada cual lo que le da la gana, sin tener en cuenta +las leyes divinas ni humanas, y haciendo mangas y capirotes de la +religión, de la dignidad de la familia...».</p> + +<p>Maximiliano, que al principiar el réspice, estaba anonadado, se rehízo +de súbito, y todas las fuerzas de su espíritu se pronunciaron con +varonil arranque. Tal era el síntoma característico del <i>hombre nuevo</i> +que en él había surgido. Roto el hielo de la cortedad desde el momento +en que la tremenda cuestión salía a <i>vista pública</i>, le brotaban del +fondo del alma aquellos alientos grandes para su defensa. Discutir, eso +no; pero lo que es obrar, sí, o al menos demostrar con palabras breves y +enfáticas su firme propósito de independencia...</p> + +<p>«¡Bah!—exclamó apartando la vista de su hermano con un movimiento +desdeñoso de la cabeza—. No quiero oír sermones. Yo sé bien lo que debo +hacer».</p> + +<p>Dijo, y levantándose se marchó a su cuarto.</p> + +<p>—Bien, muy bien—murmuró el cura quedándose corrido, mirando a doña +Lupe y a Papitos, la cual se pasmaba de aquel mirar que parecía una +consulta—. Y qué mal educadito y que rabiosito se ha vuelto. Bien, muy +bien; pero muy...</p> + +<p>Un metro cúbico de gas se precipitó a la boca con tanta violencia, que +Nicolás tuvo que ponerse tieso para darle salida franca, y a pesar de lo +furioso que estaba, supo cuidar de que la mano desempeñara su +obligación. Doña Lupe también parecía indignada, aunque si se hubiera +ido a examinar bien el interior de la digna señora, se habría visto que +en medio del enojo que su dignidad le imponía, nacía tímidamente un +sentimiento extraño de regocijo por aquella misma independencia de su +sobrino. ¡Si sería efectivamente un hombre, un carácter entero...! +Siempre le disgustó a ella que fuera tan encogido y para poco. ¿Por qué +no se había de alegrar de ver en él un rasgo siquiera de personalidad +árbitra de sí misma? «Hay que ver por dónde sale este demonches de +chico—pensaba con cierta travesura—. ¡Y qué geniazo va sacando!».</p> + +<p>«Pero muy bien, perfectamente bien—dijo el cura apoyando las manos en +los brazos del sillón, para enderezar el cuerpo—. Verás ahora, +grandísimo piruétano, cómo te pongo yo las peras a cuarto. Tía, buenas +noches. Ahora va a ser la gorda. Acostados los dos, hablaremos».</p> + +<p>Encerrose Nicolás en su alcoba, que era la de su hermano, y ambos se +metieron en la cama. Doña Lupe se puso fuera a escuchar. Al principio no +oyó más que el crujir de los hierros de la cama del clérigo, que era muy +mala y endeble, y en cuanto se movía el desgraciado ocupador de ella +volvíase toda una pura música, la que unida al ruido de los muelles del +colchón veterano, hubiera quitado el sueño a todo hombre que no fuese +Nicolás Rubín. Después oyó doña Lupe la voz de Maxi, opaca, pero entera +y firme. Nicolás no le dejaba meter baza; pero el otro se las tenía +tiesas... ¡Terrible duelo entre el sermón y el lenguaje sincero de los +afectos! Ponía singular atención doña Lupe a la voz del sietemesino, y +se hubiera alegrado de oír algo estupendo, categórico y que se saliera +de lo común; pero no podía distinguir bien los conceptos, porque la voz +de Maxi era muy apagada y parecía salir de la cavidad de una botella. En +cambio los gritos del cura se oían claramente desde el pasillo. «Miren +por dónde sale ahora este...—pensó doña Lupe volviendo la cara con +desdén—. ¡Qué tendrán que ver Santo Tomás ni el padre Suárez con...!». +Al fin dejó de oírse la voz cavernosa del sacerdote, y en cambio se +percibió un silbido rítmico, al que siguieron pronto mugidos como los +del aire filtrándose por los huecos de un torreón en ruinas.</p> + +<p>«Ya está roncando ese...—dijo doña Lupe retirándose a su alcoba—. ¡Qué +noche va a pasar el otro pobre!».</p> + +<p>Serían las nueve de la mañana siguiente, cuando Nicolás pidió a Papitos +su chocolate. Salió del cuarto con la cara muy mal lavada, y algunas +partes de ella parecían no haber visto más agua que la del bautismo.</p> + +<p>«¿Ese chocolate?» preguntó en el comedor, resobándose las manos una con +otra, como si quisiera sacar fuego de ellas.</p> + +<p>—Ahora mismo. El chocolate había de ser con canela, hecho con leche, +por supuesto, y en ración de dos onzas. Le habían de acompañar un bollo +de tahona, varios bizcochitos y agua con azucarillo. Y aún decía Nicolás +que tomaba chocolate no por tomarlo, sino nada más que por fumarse un +cigarrillo encima.</p> + +<p>—¿Y qué resultó anoche?—preguntó doña Lupe al ponerle delante todo +aquel cargamento.</p> + +<p>—Pues nada, que no hay quien le apee—respondió el clérigo, sumergiendo +el primer bizcochito en el espeso líquido—. Lo que usted decía: no es +posible quitárselo de la cabeza. Una de dos, o matarle o dejarle, y como +no le hemos de matar... Al fin convenimos en que yo vería hoy a esa... +cabra loca.</p> + +<p>—No me parece mal.—Y según la impresión que me haga, determinaremos.</p> + +<p>—¿Vais juntos?—No, yo solo, quiero ir solo. Además él está hoy con +jaqueca.</p> + +<p>—¿Con jaqueca? ¡Pobrecito!</p> + +<p>Doña Lupe corrió a ver a Maximiliano, que después de empezar a vestirse, +había tenido que echarse otra vez en la cama. Provocado sin duda por las +emociones de aquellos días, por el largo debate con su hermano Nicolás, +y más aún quizás por los insufribles ronquidos de este, apareció el +temido acceso. Desde media noche sintió Maxi un entorpecimiento +particular dentro de la cabeza, acompañado del presagio del mal. La +atonía siguió, con el deseo de sueño no satisfecho y luego una punzada +detrás del ojo izquierdo, la cual se aliviaba con la compresión bajo la +ceja. El paciente daba vueltas en la cama buscando posturas, sin +encontrar la del alivio. Resolvíase luego la punzada en dolor +gravitativo, extendiéndose como un cerco de hierro por todo el cráneo. +El trastorno general no se hacía esperar, ansiedad, náuseas, ganas de +moverse, a las que seguían inmediatamente ganas más vivas todavía de +estarse quieto. Esto no podía ser, y por fin le entraba aquella desazón +epiléptica, aquel maldito hormigueo por todo el cuerpo. Cuando trató de +levantarse parecíale que la cabeza se le abría en dos o tres cascos, +como se había abierto la hucha a los golpes de la mano del almirez. +Sintió entrar a su tía. Doña Lupe conocía tan bien la enfermedad, que no +tenía más que verle para comprender el periodo de ella en que estaba.</p> + +<p>«¿Tienes ya el clavo?—le preguntó en voz muy baja—. Te pondré +láudano».</p> + +<p>Había aparecido el clavo, que era la sensación de una baguetilla de +hierro caliente atravesada desde el ojo izquierdo a la coronilla. +Después pasaba al ojo derecho este suplicio, algo atenuado ya. Doña +Lupe, tan cariñosa como siempre, le puso láudano, y arreglando la cama y +cerrando bien las maderas, le dejó para ir a hacer una taza de té, +porque era preciso que tomase algo. El enfermo dijo a su tía que si iba +Olmedo a buscarle para ir a clase, le dejase pasar para hacerle un +encargo. Fue Olmedo, y Maximiliano le rogó corriese a avisar a Fortunata +la visita del clérigo, para que estuviese prevenida. «Oye, adviértele +que tenga mucho cuidado con lo que dice; que hable sin miedo y con +sinceridad; basta con esto. Dile cómo estoy y que no la podré ver hasta +mañana».</p> + + + +<hr /> +<h2>-<span class="smcap">iv</span>-</h2> + + +<p>El aviso, puntualmente transmitido por Olmedo, de la visita del cura +puso a Fortunata en gran confusión. Pareciole al pronto un honor harto +grande, luego compromiso, porque la visita de persona tan respetable +indicaba que la cosa iba de veras. No se conceptuaba, además, con +bastante finura para recibir a sujetos de tanta autoridad. «¡Un señor +eclesiástico!... ¡qué vergüenza voy a pasar! Porque de seguro me +preguntará cosas como cuando una se va a confesar... ¿Y cómo me pondré? +¿Me vestiré con los trapitos de cristianar, o de cualquier manera?... +Quizás sea mejor ponerme hecha un pingo, a lo pobre, para que no crea... +No, no es propio. Me vestiré decente y modestita». Despachados los más +urgentes quehaceres del día, peinose con mucha sencillez, se puso su +vestido negro, las botas nuevas; púsose también su pañuelo de lana +oscuro, sujeto con un imperdible de metal blanco que representaba una +golondrina, y mirándose al espejo, aprobó su perfecta facha de mujer +honesta. Antes de arreglarse había almorzado precipitadamente, con poca +gana, porque no le gustaban visitas tan serias, ni sabía lo que en ellas +había de decir. La idea de soltar alguna barbaridad o de no responder +derechamente a lo que se le preguntara, le quitó el apetito... Y bien +mirado, ¿qué necesidad tenía ella de visitas de curas? Pero no tuvo +tiempo de pensar mucho en esto, porque de repente... tilín. Era +próximamente la una y media.</p> + +<p>Corrió a abrir la puerta. El corazón le saltaba en el pecho. La figura +negra avanzó por el pasillo para entrar en la salita. Fortunata estaba +tan turbada que no acertó a decirle que se sentase y dejara la canaleja. +Maxi, que al hablar de la familia se dejaba guiar más por el amor propio +que por la sinceridad, le había hecho mil cuentos hiperbólicos de +Nicolás, pintándole como persona de mucha virtud y talento, y ella se +los había creído. Por esto se desilusionó algo al ver aquella figura +tosca de cura de pueblo, aquellas barbas mal rapadas y la abundancia de +vello negro que parecía cultivado para formar cosecha. La cara era +desagradable, la boca grande y muy separada de la nariz corva y chica; +la frente espaciosa, pero sin nobleza; el cuerpo fornido, las manos +largas, negras y poco familiarizadas con el jabón; la tez morena, +áspera y aceitosa. El ropaje negro del cura revelaba desaseo, y este +detalle bien observado por Fortunata la ilusionó otra vez respecto a la +santidad del sujeto, porque en su ignorancia suponía la limpieza reñida +con la virtud. Poco después, notando que su futuro hermano político +olía, y no a ámbar, se confirmó en aquella idea.</p> + +<p>«Parece que está usted como asustada—dijo Nicolás con fría sonrisa +clerical—. No me tenga usted miedo. No me como a la gente. ¿Se figura +usted a lo que vengo?».</p> + +<p>—Sí señor... no... digo, me figuro. Maximiliano...</p> + +<p>—Maximiliano es un tarambana—afirmó el clérigo con la seguridad +burlesca del que se siente frente a un interlocutor demasiado débil—, y +usted lo debe conocer como lo conozco yo. Ahora ha dado en la simpleza +de casarse con usted... No, si no me enfado. No crea usted que la voy a +reñir. Yo soy moro de paz, amiga mía, y vengo aquí a tratar la cosa por +las buenas. Mi idea es esta: ver si es usted una persona juiciosa, y si +como persona juiciosa comprende que esto del casorio es una botaratada; +ni más ni menos... Y si lo reconoce así, pretendo, esta, esta es la +cosa, que usted misma sea quien se lo quite de la cabeza... ni menos ni +más.</p> + +<p>Fortunata conocía <i>La Dama de las Camelias</i>, por haberla oído leer. +Recordaba la escena aquella del padre suplicando a la <i>dama</i> que le +quite de la cabeza al chico la tontería de amor que le degrada, y sintió +cierto orgullo de encontrarse en situación semejante. Más por coquetería +de virtud que por abnegación, aceptó aquel bonito papel que se le +ofrecía, ¡y vaya si era bonito! Como no le costaba trabajo desempeñarlo +por no estar enamorada ni mucho menos, respondió en tono dulce y grave:</p> + +<p>«Yo estoy dispuesta a hacer todo lo que usted me mande».</p> + +<p>—Bien, muy bien, perfectamente bien—dijo Nicolás, orgulloso de lo que +creía un triunfo de su personalidad, que se imponía sólo con +mostrarse—. Así me gusta a mí la gente. ¿Y si le mando que no vuelva a +ver más a mi hermano, que se escape esta noche para que cuando él vuelva +mañana no la encuentre?</p> + +<p>Al oír esto, Fortunata vaciló.</p> + +<p>«Lo haré, sí, señor—contestó al fin, cuidando luego de buscar +inconvenientes al plan del sacerdote—. ¿Pero a dónde iré yo que él no +venga tras de mí? Al último rincón de la tierra ha de ir a buscarme. +Porque usted no sabe lo desatinado que está por... esta su servidora».</p> + +<p>—¡Oh!, lo sé, lo sé... A buena parte viene. ¿De modo que usted cree que +no adelantamos nada con darle esquinazo?... Esta es la cosa.</p> + +<p>—Nada, señor, pero nada—declaró ella, disgustada ya del papel de <i>Dama +de las Camelias</i>, porque si el casarse con Maximiliano era una solución +poco grata a su alma, la vida pública la aterraba en tales términos, que +todo le parecía bien antes que volver a ella.</p> + +<p>—Bien, perfectamente bien—afirmó Nicolás dándose aires de persona que +medita mucho las cosas, y razona a lo matemático—. Ya tenemos un punto +de partida, que es la buena disposición de usted... esta es la cosa. +Respóndame ahora. ¿No tiene usted quién la ampare si rompe con mi +hermano?</p> + +<p>—No señor.—¿No tiene usted familia?—No señor.—Pues está usted +aviada... De forma y manera—dijo cruzando los brazos y echando el +cuerpo atrás—, que en tal caso no tiene más remedio que... que echarse +a la buena vida... al amor libre... a... Ya usted me entiende.</p> + +<p>—Sí, señor, entiendo... no tengo más camino—manifestó la joven con +humildad.</p> + +<p>—¡Tremenda responsabilidad para mí!—exclamó el curita moviendo la +cabeza y mirando al suelo, y lo repitió hasta unas cinco veces en tono +de púlpito.</p> + +<p>En aquel instante le vinieron al pensamiento ideas distintas de las que +había llevado a la visita, y más conformes con su empinada soberbia +clerical. Había ido con el propósito de romper aquellos lazos, si la +novia de su hermano no se prestaba medianamente a ello; pero cuando la +vio tan humilde, tan resignada a su triste suerte, entrole apetito de +componendas y de mostrar sus habilidades de zurcidor moral. «He aquí una +ocasión de lucirme—pensó—. Si consigo este triunfo, será el más grande +y cristiano de que puede vanagloriarse un sacerdote. Porque figúrense +ustedes que consigo hacer de esta samaritana una señora ejemplar y tan +católica como la primera... figúrenselo ustedes...». Al pensar esto, +Nicolás creía estar hablando con sus colegas. Tomaba en serio su oficio +de pescador de gente, y la verdad, nunca se le había presentado un pez +como aquel. Si lo sacaba de las aguas de la corrupción, «¡qué victoria, +señores, pero qué pesca!». En otros casos semejantes, aunque no de tanta +importancia, en los cuales había él mangoneado con todos sus ardides +apostólicos, alcanzó éxitos de relumbrón que le hicieron objeto de +envidia entre el clero toledano. Sí; el curita Rubín había reconciliado +dos matrimonios que andaban a la greña, había salvado de la prostitución +a una niña bonita, había obligado a casarse a tres seductores con las +respectivas seducidas; todo por la fuerza persuasiva de su dialéctica... +«Soy de encargo para estas cosas» fue lo último que pensó, hinchado de +vanidad y alegría como caudillo valeroso que ve delante de sí una gran +batalla. Después se frotó mucho las manos, murmurando:</p> + +<p>«Bien, bien; esta es la cosa». Era el movimiento inicial del obrero que +se aligera las manos antes de empezar una ruda faena, o del cavador que +se las escupe antes de coger la azada. Después dijo bruscamente y +sonriendo:</p> + +<p>«¿Me permite usted echar un cigarrillo?».</p> + +<p>—Sí, señor, pues no faltaba más...—replicó Fortunata, que esperaba el +resultado de aquel meditar y del frote de las manos.</p> + +<p>—Pues sí—declaró gravemente Nicolás, chupando su cigarrillo—, me +falta valor para lanzarla a usted al mundo malo; mejor dicho, la caridad +y el ministerio que profeso me vedan hacerlo. Cuando un náufrago quiere +salvarse, ¿es humano darle una patada desde la orilla? No; lo humano es +alargarle una mano o echarle un palo para que se agarre... esta es la +cosa.</p> + +<p>—Sí, señor—indicó Fortunata agradecida—, porque yo soy náu...</p> + +<p>Iba a decir <i>náufraga</i>; pero temiendo no pronunciar bien palabra tan +difícil, la guardó para otra ocasión, diciendo para sí: «No metamos la +pata sin necesidad».</p> + +<p>«Pues lo que yo necesito ahora—agregó Rubín terciándose el manteo sobre +las piernas, y accionando como un hombre que necesita tener los brazos +libres para una gran faena—, es ver en usted señales claras de +arrepentimiento y deseo de una vida regular y decente; lo que yo +necesito ahora es leer en su interior, en su corazón de usted. Vamos +allá. ¿Hace mucho tiempo que no se confiesa usted?».</p> + +<p>La Samaritana se puso colorada, porque le daba vergüenza de decir que +hacía lo menos diez o doce años que no se había confesado. Por fin lo +declaró.</p> + +<p>«Perfectamente—dijo Nicolás, acercando su sillón al sofá en que la +joven estaba—. Le prevengo a usted que tengo mucha experiencia de esto. +Hace cinco años que practico el confesonario, y que las cazo al vuelo. +Quiero decir que a mí no hay mujer que me engañe».</p> + +<p>Fortunata tuvo miedo y Nicolás aproximó más el sillón. Aunque estaban +solos, ciertas cosas debían decirse en voz baja.</p> + +<p>«Vamos a ver, ¿quién fue el primero?» preguntó el presbítero llevándose +la mano tiesa a la boca, porque con la pregunta querían salir también +ciertos gases.</p> + +<p>Contó ella lo de Juanito Santa Cruz, pasando no poca vergüenza, y dando +a conocer la triste historia incoherente.</p> + +<p>«Abrevie usted. Hay muchos pormenores que ya me los sé, como me sé el +Catecismo... Que le dio a usted palabra de casamiento y que usted fue +tan boba que se lo creyó. Que un día la cogió descuidada y sola... Bah, +bah... lo de siempre. Después habrá usted conocido a otros muchos +hombres, ¿a cuántos próximamente?».</p> + +<p>Fortunata miró al techo, haciendo un cálculo numérico.</p> + +<p>«Es difícil decir... Lo que es conocer...».</p> + +<p>El sacerdote se sonrió. «Quiero decir tratar con intimidad; hombres con +quienes ha vivido usted en relaciones de un mes, de dos... esta es la +cosa. No me refiero a los conocimientos de un instante, que eso vendrá +después».</p> + +<p>«Pues serán...» dijo ella pasando un rato muy malo.</p> + +<p>—Vamos, no se asuste usted del número.</p> + +<p>—Pues podrán ser... como unos ocho... Deje usted que me acuerde bien...</p> + +<p>—Basta ya; lo mismo da ocho que doce o que ochocientos doce. ¿Le +repugna a usted la memoria de esos escándalos?</p> + +<p>—¡Oh!, sí, señor... Crea usted que...</p> + +<p>—Que no los puede ver ni pintados. Lo creo... ¡Valientes pillos! Sin +embargo, dígame usted: ¿No volvería a tener amistad con alguno de ellos, +si la solicitara?</p> + +<p>Con ninguno...—dijo Fortunata.—¿De veras? Piénselo usted bien.</p> + +<p>Fortunata lo pensó, y al cabo de un ratito, la lealtad y buena fe con +que se confesaba mostráronse en esta declaración:</p> + +<p>«Con uno... qué sé yo... Pero no puede ser».</p> + +<p>—Déjese usted de que pueda o no pueda ser. Ese uno, esa excepción de su +hastío es el primero, ese tal D. Juanito. No necesita usted +confirmarlo. Me sé estas historias al dedillo. ¿No ve usted, hija mía, +que he sido confesor de las Arrepentidas de Toledo durante cinco años +largos de talle?</p> + +<p>—Pero no puede ser. Está casado, es muy feliz, y no se acuerda de mí.</p> + +<p>—A saber, a saber... Pero en fin, usted confiesa que es el único sujeto +a quien de veras quiere, el único por quien de veras siente apetito de +amores y esa cosa, esa tontería que ustedes las mujeres...</p> + +<p>—El único.—Y a los demás que los parta un rayo.</p> + +<p>—A los demás, nada.—¿Y a mi hermano?... esta es la cosa.</p> + +<p>Lo brusco de la pregunta aturdió a la penitente. No la esperaba, ni se +acordaba para nada en aquel momento del pobre Maxi. Como era tan sincera +no pensó ni por un momento en alterar la verdad. Las cosas claras. +Además, el clérigo aquel parecíale muy listo, y si le decía una cosa por +otra conocería el embuste.</p> + +<p>«Pues a su hermano de usted, tampoco».</p> + +<p>—Perfectamente—dijo el curita, acercando su sillón todo lo más que +acercarse podía.</p> + + + +<hr /> +<h2>-<span class="smcap">v</span>-</h2> + + +<p>Para que ningún malicioso interprete mal las bruscas aproximaciones del +sillón de Nicolás Rubín al asiento de su interlocutora, conviene hacer +constar de una vez que era hombre de temple fortísimo, o más propiamente +hablando, frigidísimo. La belleza femenina no le conmovía o le conmovía +muy poco, razón por la cual su castidad carecía de mérito. La carne que +a él le tentaba era otra, la de ternera por ejemplo, y la de cerdo más, +en buenas magras, chuletas riñonadas o solomillo bien puesto con +guisantes. Más pronto se le iban los ojos detrás de un jamón que de una +cadera, por suculenta que esta fuese, y la mejor <i>falda</i> para él era la +que da nombre al guisado. Jactábase de su inapetencia mujeril haciendo +de ella una estupenda virtud; pero no necesitaba andar a cachetes con el +demonio para triunfar. Las embestidas del sillón eran simplemente un +hábito de confianza, adquirido con el uso del secreto penitenciario.</p> + +<p>«Lo que se llama querer...—dijo Fortunata haciendo esfuerzos para +expresarse claramente—, querer, ¿entiende usted?, no; pero aprecio, +estimación sí».</p> + +<p>—¿De modo que no hay lo que llaman ilusión?...</p> + +<p>—No señor.—Pero hay esa afición tranquila, que puede ser principio de +una amistad constante, de ese afecto puro, honesto y reposado que hace +la felicidad de los matrimonios.</p> + +<p>Fortunata no se atrevió a responder claro.</p> + +<p>Le parecía mucho lo que el eclesiástico proponía. Recortándolo algo se +podía aceptar.</p> + +<p>«Puedo llegar a quererle con el trato...».</p> + +<p>—Perfectamente... Porque es preciso que usted se fije bien en una cosa: +eso de la ilusión es pura monserga, eso es para bobas. Ilusionarse con +un caballerete porque tenga los ojos así o asado, porque tenga el +bigotito de esta manera, el cuerpo derecho y el habla dengosa, es propio +de hembras salvajes. Amar de ese modo no es amar, es perversión, es +vicio, hija mía. El verdadero amor es el espiritual, y la única manera +de amar es enamorarse de la persona por las prendas del alma. Las +mujeres de estos tiempos se dejan pervertir por las novelas y por las +ideas falsas que otras mujeres les imbuyen acerca del amor. ¡Patraña y +propaganda indecente que hace Satanás por mediación de los poetas, +novelistas y otros holgazanes! Diranle a usted que el amor y la +hermosura física son hermanos, y le hablarán a usted de Grecia y del +naturalismo pagano. No haga usted caso de patrañas, hija mía, no crea en +otro amor que en el espiritual, o sea en las simpatías de alma con +alma...</p> + +<p>La prójima adivinaba más que entendía esto, que era contrario a sus +sentimientos; pero como lo decía un sabio, no había más remedio que +contestar a todo que sí. Viendo que hacía indicaciones afirmativas con +la cabeza, el cura se animaba, añadiendo con énfasis:</p> + +<p>«Sostener otra cosa es renegar del catolicismo y volver a la +mitología... esta es la cosa».</p> + +<p>—Claro—apuntó la joven; pero en su interior se preguntaba qué quería +decir aquello de la mitología... porque de seguro no sería cosa de +mitones.</p> + +<p>Aquel clérigo, arreglador de conciencias, que se creía médico de +corazones dañados de amor, era quizás la persona más inepta para el +oficio a que se dedicaba, a causa de su propia virtud, estéril y +glacial, condición negativa que, si le apartaba del peligro, cerraba sus +ojos a la realidad del alma humana. Practicaba su apostolado por +fórmulas rutinarias o rancios aforismos de libros escritos por santos a +la manera de él, y había hecho inmensos daños a la humanidad arrastrando +a doncellas incautas a la soledad de un convento, tramando casamientos +entre personas que no se querían, y desgobernando, en fin, la máquina +admirable de las pasiones. Era como los médicos que han estudiado el +cuerpo humano en un atlas de Anatomía. Tenía recetas charlatánicas para +todo, y las aplicaba al buen tun tun, haciendo estragos por donde quiera +que pasaba.</p> + +<p>«De esta manera, hija mía—añadió lleno de fatuidad—, puede darse el +caso de que una mujer hermosa llegue a amar entrañablemente a un hombre +feo. El verdadero amor, fíjese usted en esto y estámpelo en su memoria, +es el de alma por alma. Todo lo demás es obra de la imaginación, la +loca de la casa.</p> + +<p>A Fortunata le hizo gracia esta figura.</p> + +<p>«¿Quién hace caso de la imaginación?—prosiguió él, oyéndose, y muy +satisfecho del efecto que creía causar—. Cuando la loca le alborote a +usted, no se dé por entendida, hija. ¿Haría usted caso de una persona +que pasara ahora por la calle diciendo disparates? Pues lo mismo es, +exactamente lo mismo. A la imaginación se la mira con desprecio, y se +hace lo contrario de lo que ella inspira. Comprendo que usted, por la +vida mala que ha llevado y por no haber tenido a su lado buenos +ejemplos, no podrá durante algún tiempo meter en cintura a la loca de la +casa; pero aquí estamos para enseñarla. Aquí me tiene a mí, y me parece +que sé lo que traigo entre manos... Empecemos. Para que usted sea digna +de casarse con un hombre honrado, lo primerito es que me vuelva los ojos +a la religión, empezando por edificarse interiormente.</p> + +<p>—Sí señor—respondió humildemente la prójima, que entendía lo de la +religión; pero no lo de la edificación. Para ella edificar era lo mismo +que hacer casas,</p> + +<p>—Bien. ¿Está usted dispuesta a ponerse bajo mi dirección y a hacer todo +lo que yo le mande?—propuso el cura con la hinchazón de vanidad que le +daba aquel papel sublime de lañador de almas cascadas.</p> + +<p>—Sí señor.—¿Y cómo estamos de doctrina cristiana?</p> + +<p>Dijo esto con un tonillo de superioridad impertinente, lo mismo que +dicen algunos médicos: «a ver la lengua».</p> + +<p>—Yo... la <i>dotrina</i>—replicó la penitente temblando...—muy mal. No sé +nada.</p> + +<p>El capellán no hizo aspavientos. Al contrario, le gustaba que sus +catecúmenos estuvieran rasos y limpios de toda ciencia, para poder él +enseñárselo todo. Después meditó un rato, las manos cruzadas y dando +vuelta a los pulgares uno sobre otro. Fortunata le miraba en silencio. +No podía dudar de que era hombre muy sabedor de cosas del mundo y de las +flaquezas humanas, y pensó que le convenía ponerse bajo su dirección. En +aquel momento hallábase bajo la influencia de ideas supersticiosas +adquiridas en su infancia respecto a la religión y al clero. Su +catecismo era harto elemental y se reducía a dos o tres nociones +incompletas, el Cielo y el Infierno, padecer aquí para gozar allá, o lo +contrario. Su moral era puramente personal, intuitiva y no tenía nada +que ver con lo poco que recordaba de la doctrina cristiana. Formó del +hermano de Maxi buen concepto, porque se lavaba poco y sabía mucho y no +reñía a las pecadoras, sino que las trataba con dulzura, ofreciéndoles +el matrimonio, la salvación, y hablándoles del alma y otras cosas muy +bonitas.</p> + +<p>«Todo depende de que usted sepa mandar a paseo a la loquilla—continuó +Nicolás saliendo de su abstracción—. Ya sabe usted lo que Jesús le dijo +a la samaritana cuando habló con ella en el pozo, en una situación +parecida a la que ahora tenemos usted y yo...».</p> + +<p>Fortunata se sonrió, afectando entender la cita; pero se había quedado a +oscuras.</p> + +<p>«Si usted quiere mejorar de vida y edificársenos interiormente para +adquirir la fuerza necesaria, aquí me tiene. ¿Pues para qué estamos? +Cuando yo considere segura la reforma de usted, quizás no ponga tantos +peros al casorio con mi hermano. El pobre está loco por usted; me dijo +anoche que si no le dejamos casar se muere. Mi tía quiere quitárselo de +la cabeza; mas yo le dije: «Calma, calma, las cosas hay que verlas +despacio. No nos precipitemos, tía», y por eso me vine aquí. Me +comprometo a curarle a usted esa enfermedad de la imaginación que +consiste en tener cariño al hombre indigno que la perdió. Conseguido +esto, amará usted al que ha de ser su marido, y lo amará con ilusión +espiritual, no de los sentidos... ni más ni menos. ¡Oh, he alcanzado yo +tantos triunfos de estos; he salvado a tanta gente que se creía dañada +para siempre! Convénzase usted, en esto, como en otras cosas, todo es +ponerse a ello, todo es empezar... Imagínese usted lo bien que estará +cuando se nos reforme; vivirá feliz y considerada, tendrá un nombre +respetable, y habrá quien la adore, no por sus gracias personales, que +maldito lo que significan, sino por las espirituales, que es lo que +importa. Al principio tendrá usted que hacer algunos esfuerzos; será +preciso que se olvide de su buen palmito. Esto es quizás lo más difícil, +pero hagámonos la cuenta de que la única hermosura verdad es la del +alma, hija mía, porque de la del cuerpo dan cuenta los gusanos...».</p> + +<p>Esto le pareció muy bien a la pecadora, y decía que sí con la cabeza.</p> + +<p>«Pues vamos a cuentas. ¿Usted quiere que establezcamos la posibilidad, +esta es la cosa, la posibilidad de casarse con un Rubín?».</p> + +<p>—Sí señor—respondió Fortunata con cierto miedo, espantada aún por +aquello de los gusanos.</p> + +<p>—Pues es preciso que se nos someta usted a la siguiente prueba—dijo el +cura, tapándose un bostezo, porque eran ya las cuatro y no habría tenido +inconveniente en tomar una friolera—. Hay en Madrid una institución +religiosa de las más útiles, la cual tiene por objeto recoger a las +muchachas extraviadas y convertirlas a la verdad por medio de la +oración, del trabajo y del recogimiento. Unas, desengañadas de la poca +sustancia que se saca al deleite, se quedan allí para siempre; otras +salen ya <i>edificadas</i>, bien para casarse, bien para servir en casas de +personas respetabilísimas. Son muy pocas las que salen para volver a la +perdición. También entran allí señoras decentes a expiar sus pecados, +esposas ligeras de cascos que han hecho alguna trastada a sus maridos, y +otras que buscan en la soledad la dicha que no tuvieron en el bullicio +del mundo.</p> + +<p>Fortunata seguía dando cabezadas. Había oído hablar de aquella casa, que +era el convento de las Micaelas.</p> + +<p>«Perfectamente; así se llama. Bueno, usted va allá y la tenemos +encerradita durante tres, cuatro meses o más. El capellán de la casa es +tan amigo mío, que es como si fuera yo mismo. Él la dirigirá a usted +espiritualmente, puesto que yo no puedo hacerlo porque tengo que +volverme a Toledo. Pero siempre que venga a Madrid, he de ir a tomarle +el pulso y a ver cómo anda esa educación, sin perjuicio de que antes de +entrar en el convento, le he de dar a usted un buen recorrido de +doctrina cristiana para que no se nos vaya allá enteramente cerril. Si +pasado un plazo prudencial, me resulta usted en tal disposición de +espíritu que yo la crea digna de ser mi hermana política, podría quizás +llegar a serlo. Yo le respondo a usted de que, como este indigno +capellán dé el pase, toda la familia dirá <i>amén</i>».</p> + +<p>Estas palabras fueron dichas con sencillez y dulzura. Eran una de sus +mejores y más estudiadas recetas, y tenía para ello un tonillo de +convicción que hacía efecto grande en las inexpertas personas a quienes +se dirigían.</p> + +<p>En Fortunata fue tan grande el efecto, que casi casi se le saltaron las +lágrimas. Indudablemente era muy de agradecer el interés que aquel +bondadoso apóstol de Cristo se tomaba por ella. Y todo sin regaños, sin +manotadas, tratándola como un buen pastor trataría a la más querida de +sus ovejas. A pesar de esta excelente disposición de su ánimo, la +infeliz vacilaba un poco. De una parte le seducía la vida retirada, +silenciosa y cristiana del claustro. Bien pudiera ser que allí se +cerrase por completo la herida de su corazón. Había que probarlo al +menos. De otra parte la aterraba lo desconocido, las monjas... ¿cómo +serían las monjas?, ¿cómo la tratarían? Pero Nicolás se adelantó a sus +temores, diciéndole que eran las señoras más indulgentes y cariñosas que +se podían ver. A la samaritana se le aguaron los ojos, y pensó en lo que +sería ella convertida de <i>chica</i> en señora, la imaginación limpia de +aquella maleza que la perdía, la conciencia hecha de nuevo, el +entendimiento iluminado por mil cosas bonitas que aprendería. La misma +imaginación, a quien el maestro había puesto que no había por donde +cogerla, fue la que le encendió fuegos de entusiasmo en su alma, +infundiéndole el orgullo de ser otra mujer distinta de lo que era.</p> + +<p>«Pues sí, pues sí... quiero entrar en las Micaelas» afirmó con arranque.</p> + +<p>—Pues nada, a purificarse tocan. ¿Ve usted cómo nos hemos +entendido?—dijo el clérigo con alegría, levantándose—. Cansado ya de +tanto discutir, yo le dije a mi hermano: Si tu pasión es tan fuerte que +no la puedes combatir, pon el pleito en mis manos, tonto, que yo te lo +arreglaré. Si es mi oficio; si para eso estamos; si no sé hacer otra +cosa... ¿Para qué serviría yo si no sirviera para enderezar torceduras +de estas?</p> + +<p>El orgullo se le rezumía por todos los poros como si fuera sudor; los +ojos le brillaban. Cogió la canaleja, diciendo:</p> + +<p>«Volveré por aquí. Hablaré a mi hermano y a mi tía. Tenemos ya una gran +base de arreglo, que es su conformidad de usted con todo lo que le mande +este pobre sacerdote».</p> + +<p>Fortunata al darle la mano se la besó.</p> + +<p>Las últimas palabras de la visita fueron referentes al mal tiempo, a que +él no podía estar en Madrid sino dos semanas, y por fin a la jaqueca que +tenía Maximiliano aquel día.</p> + +<p>«Es mal de familia. Yo también las padezco. Pero lo que principalmente +me trae descompuesto ahora es un pícaro mal de estómago... debilidad, +dicen que es debilidad... Tengo que comer muy a menudo y muy poca +cantidad... esta es la cosa... Es efecto del excesivo trabajo... ¡qué le +vamos a hacer! Al llegar esta hora se me pone aquí un perrito... lo +mismo que un perrito que me estuviera mordiendo. Y como no le eche algo +al condenado, me da muy mal rato».</p> + +<p>—Si quiere usted... aguarde usted... yo...—dijo Fortunata pasando +revista mental a su pobre despensa.</p> + +<p>—Quite usted allá, criatura... No faltaba más... ¿Piensa que no me +puedo pasar...? No es que yo apetezca nada; lo tomo hasta con asco; pero +me sienta bien, conozco que me sienta bien.</p> + +<p>—Si quiere usted, traeré... No tengo en casa; pero bajaré a la +tienda...</p> + +<p>—Quite usted allá... no me lo diga ni en broma... Vaya, abur, abur... Y +cuidarse, cuidarse mucho, ¿eh?, que andan pulmonías.</p> + +<p>El clérigo salió y fue a casa de un amigo donde le solían dar, en +aquella crítica hora, el remedio de su debilidad de estómago.</p> + + + +<hr /> +<h2>-<span class="smcap">vi</span>-</h2> + + +<p>En la noche de aquel memorable día, y cuando la jaqueca se le calmó, +pudo enterarse Maxi de que su hermano había ido a la calle de Pelayo, y +de que sus impresiones «no habían sido malas» según declaración del +propio cura. Daba este mucha importancia a su apostolado, y cuando le +caía en las manos uno de aquellos negocios de conquista espiritual, +exageraba los peligros y dificultades para dar más valor a su victoria. +El otro se abrasaba en impaciencia; mas no conseguía obtener de Nicolás +sino medias palabras. «Allá veremos... estas no son cosas de juego... Ya +tengo las manos en la masa... no es mala masa; pero hay que trabajarla a +pulso... esta es la cosa. He de volver allá... Es preciso que tengas +paciencia... ¿pues tú qué te crees?». El pobre chico no veía las santas +horas de que llegase el día para saber por ella pormenores de la +conferencia. Fortunata le vio entrar sobre las diez, pálido como la +cera, convaleciente de la jaqueca, que le dejaba mareos, aturdimiento y +fatiga general. Se echó en el sofá; cubriole su amiga la mitad del +cuerpo con una manta, púsole almohadas para que recostase la cabeza, y a +medida que esto hacía, le aplacaba la curiosidad contándole +precipitadamente todo.</p> + +<p>Aquella idea de llevarla al convento como a una casa de purificación, +pareciole a Maxi prueba estupenda del gran talento catequizador de su +hermano. A él le había pasado vagamente por la cabeza algo semejante; +mas no supo formularlo. ¡Qué insigne hombre era Nicolás! ¡Ocurrirle +aquello!... Tamizada por la religión, Fortunata volvería a la sociedad +limpia de polvo y paja, y entonces ¿quién osaría dudar de su +honorabilidad? El espíritu del sietemesino, revuelto desde el fondo a la +superficie por la pasión, como un mar sacudido por furioso huracán, se +corría, digámoslo así, de una parte a otra, explayándose en toda idea +que se le pusiese delante. Así, lo mismo fue presentársele la idea +religiosa, que tenderse hacia ella y cubrirla toda con impetuosa y +fresca onda. ¡La religión, qué cosa tan buena!... ¡Y él, tan torpe, que +no había caído en ello! No era torpeza sino distracción. Es que andaba +muy distraído. Y su manceba, que más bien era ya novia, se le apareció +entonces con aureola resplandeciente y se revistió de ideales atributos. +Creeríase que el amor que le inspiraba se iba a depurar aún más, +haciéndose tan sutil como aquel que dicen le tenía a Beatriz el Dante, o +el de Petrarca por Laura, que también era amor de lo más fino.</p> + +<p>Nunca había sido Maximiliano muy dado a lo religioso; pero en aquel +instante le entraron de sopetón en el espíritu unos ardores de piedad +tan singulares, unas ganas de tomarse confianzas con Cristo o con la +Santísima Trinidad, y aun con tal o cual santo, que no sabía lo que le +pasaba. El amor le conducía a la devoción, como le habría conducido a la +impiedad, si las cosas fuesen por aquel camino. Tan bien le pareció el +plan de su hermano, que el gozo le reprodujo el dolor de cabeza, aunque +levemente. Comprimiéndose con dos dedos de la mano la ceja izquierda, +habló a Fortunata de lo buenas que debían de ser aquellas madres +Micaelas, de lo bonito que sería el convento, y de las preciosas y +utilísimas cosas que allí aprendería, soltando como por ensalmo la +cáscara amarga y trocándose en señora, sí, en señora tan decente, que +habría otras lo mismo, pero más no... más no.</p> + +<p>A Fortunata se le comunicó el entusiasmo. ¡La religión! Tampoco ella +había caído en esto. ¡Cuidado que no ocurrírsele una cosa tan +sencilla...! Lo particular era que veía su purificación como se ve un +milagro cuando se cree en ellos, como convertir el agua en vino o hacer +de cuatro peces cuarenta.</p> + +<p>«Dime una cosa—preguntó a Maxi, acordándose de que era bella—. ¿Y me +pondrán tocas blancas?».</p> + +<p>—Puede que sí—replicó él con seriedad—. No puedo asegurártelo; pero +es fácil que sí te las pongan.</p> + +<p>Fortunata cogió una toalla y echándosela por la cabeza, se fue a mirar +al espejo. Acordose entonces de una cosa esencial, esto es, que en la +nueva existencia, la hermosura física no valía un pito y que lo que +importaba y tenía valor era la del alma. Observando la cara que tenía +Maxi aquel día y lo pálido que estaba, consideró que las prendas morales +del joven empezaban a transparentarse en su rostro, haciéndole menos +desagradable... Entrevió una mudanza radical en su manera de ver las +cosas.</p> + +<p>«¡Quién sabe—se dijo—, lo que pasará después de estar allí tratando +con las monjas, rezando y viendo a todas horas la custodia! De seguro me +volveré otra sin sentirlo. Yo saco la cuenta de lo bueno que puede +sucederme, por lo malo que me ha sucedido. Calculo que esto es como +cuando una teme llegar a la cosa más mala del mundo y dice una: 'jamás +llegaré a eso'. Y ¿qué pasa?, que luego llega una y se asombra de verse +allí, y dice: 'parecía mentira'. Pues lo mismo será con lo bueno. Dice +una: 'jamás llegaré tan arriba', y sin saber cómo, arriba se encuentra».</p> + +<p>Maximiliano se quedó a almorzar; pero la irritación de su estómago y la +desgana hubieron de contenerle en la más prudente frugalidad. Ella en +cambio tenía buen apetito, porque había trabajado mucho aquella mañana y +quizás porque estaba contenta y excitada. De aquí tomó pie el redentor +para hablar de lo mucho que comía su hermano Nicolás. Esto desilusionó +un poco a Fortunata, que se quedó como lela, mirando a su amante, y +deteniendo el tenedor a poca distancia de la boca. Creía ella que los +curas de mucho saber y virtud debían de conocerse en el poco uso que +hacían del agua y jabón, y también en que su alimento no podía ser sino +yerbas cocidas y sin sal.</p> + +<p>Toda la tarde estuvieron platicando acerca de la ida al convento y +también sobre cosas relacionadas con la parte material de su existencia +futura. «En la partición—dijo con cierto énfasis Maximiliano—, me +tocan fincas rústicas. Mi tía se enfadó porque deseaba para mí el dinero +contante; pero yo no soy de su opinión; prefiero los inmuebles».</p> + +<p>Fortunata apoyó esta idea con un signo de cabeza; mas no estaba segura +de lo que significaba la palabra <i>inmueble</i>, ni quería tampoco +preguntarlo. Ello debía de ser lo contrario de muebles. Maxi la sacó de +dudas más tarde, hablando de sus olivares y viñas y de la buena cosecha +que se anunciaba; por lo cual vino a entender que inmuebles es lo mismo +que decir árboles. También ella prefería las propiedades de campo a +todas las demás clases de riqueza. Después que se retiró su amante, se +quedó pensando en su fortuna, y todo aquel fárrago de olivos, parrales y +carrascales que tenía metido en la cabeza le impidió dormir hasta muy +tarde, enderezando aún más sus propósitos por la vía de la honradez.</p> + +<p>«A ver, ¿qué tal?... ¿cómo es?... ¿es guapa?» había preguntado doña Lupe +a Nicolás con vivísima curiosidad.</p> + +<p>Aunque el insigne clérigo no tenía cierta clase de pasiones, sabía +apreciar el género a la vista. Hizo con los dedos de su mano derecha un +manojo, y llevándolos a la boca los apartó al instante, diciendo:</p> + +<p>«Es una mujer... hasta allí».</p> + +<p>Doña Lupe se quedó desconcertada. A los peligros ya conocidos debían +unirse los que ofrece por sí misma toda belleza superior dentro de la +máquina del matrimonio. «Las mujeres casadas <i>no deben</i> ser muy +hermosas» dijo la señora promulgando la frase con acento de convicción +profunda.</p> + +<p>Hízole otras mil preguntas para aplacar su ardentísima curiosidad; cómo +estaba vestida y peinada; qué tal se expresaba; cómo tenía arreglada la +casa, y Nicolás respondía echándoselas de observador. Sus impresiones no +habían sido malas, y aunque no tenía bastantes datos para formar juicio +del verdadero carácter de la prójima, podía anticipar, fiado en su +experiencia, en su buen ojo y en un cierto no sé que, presunciones +favorables. Con esto la curiosidad de doña Lupe se acaloraba más, y ya +no podía tener sosiego hasta no meter su propia nariz en aquel guisado. +Visitar a la tal no le parecía digno, habiendo hecho tantos aspavientos +en contra suya; pero estar muchos días sin verla y averiguarle las +faltas, si las tenía, era imposible. Hubiera deseado verla <i>por un +agujerito</i>. Con el sobrinillo no quería la señora dar su brazo a torcer, +y siempre se mostraba intolerante, aunque ya con menos fuego. Pareciole +buena idea aquello de purificarla en las Micaelas, y aunque a nadie lo +dijo, para sí consideraba aquel camino como el único que podía conducir +a una solución. Rabiaba por echarle la vista encima al <i>basilisco</i>, y +como su sobrino no le decía que fuera a verla, este silencio hacíala +rabiar más. Un día ya no pudo contenerse, y cogiendo descuidado a Maxi +en su cuarto, le embocó esto de buenas a primeras: «No creas que voy yo +a rebajarme a eso...».</p> + +<p>—¿A qué, señora?</p> + +<p>—A visitar a tu... no puedo pronunciar ciertas palabras. Me parece +indecoroso que yo vaya allá, a pesar de todos esos proyectos de legía +eclesiástica que le vais a dar.</p> + +<p>—Señora, si yo no he dicho a usted nada...</p> + +<p>—Te digo que no iré... no iré.</p> + +<p>—Pero tía...—No hay tía que valga. No me lo has dicho; pero lo deseas. +¿Crees que no te leo yo los pensamientos? ¡Qué podrás tú disimular +delante de mí! Pues no, no te sales con la tuya. Yo no voy allá sino en +el caso de que me llevéis atada de pies y manos.</p> + +<p>—Pues la llevaremos atada de manos y pies—dijo Maxi, riendo.</p> + +<p>Lo deseaba, sí; pero como tenía su criterio formado y su invariable +línea de conducta trazada, no daba un valor excesivo a lo que de la +visita pudiera resultar. Véase por dónde la fuerza de las circunstancias +había puesto a doña Lupe en una situación subalterna, y el pobre chico, +que meses antes no se atrevía a chistar delante de ella, miraba a su tía +de igual a igual. La dignidad de su pasión había hecho del niño un +hombre, y como el plebeyo que se ennoblece, miraba a su antiguo +autócrata con respeto, pero sin miedo.</p> + +<p>Como Nicolás visitaba algunos días a Fortunata para enseñarle la +doctrina cristiana, doña Lupe se ponía furiosa. Tantas idas y venidas +decía ella que le tenían revuelto el estómago. Pero el sentimiento que +verdaderamente la hacía chillar era como envidia de que fuese Nicolás y +no pudiera ir ella. Por este motivo andaban tía y sobrino algo +desavenidos. Corría Marzo, y el día de San José dijo Nicolás en la mesa: +«Tía, ya hay fresa». Pero la indirecta no hizo efecto en la económica +viuda. Volvió a la carga el clérigo en diferentes ocasiones: «¡Qué fresa +más rica he visto hoy! Tía, ¿a cómo estará ahora la fresa?».</p> + +<p>—No lo sé, ni me importa—replicó ella—, porque como no la pienso +traer hasta que no se ponga a tres reales...</p> + +<p>Nicolás dio un suspiro, mientras doña Lupe decía para sí: «Como no comas +más fresa que la que yo te ponga, tragaldabas, aviado estás».</p> + +<p>Y como doña Lupe era algo golosa, trajo un día un cucurucho de fresa, +bien escondido entre la mantilla; mas no lo puso en la mesa. Concluida +la comida, y mientras Nicolás leía <i>La Correspondencia </i> o <i> El +Papelito</i> en el comedor, doña Lupe se encerraba en su cuarto para +comerse la fresa bien espolvoreada con azúcar. En cuanto el cura se +echaba a la calle, salía doña Lupe de su escondite para ofrecer a +Maximiliano un poco de aquella sabrosa fruta, y entraba en su cuarto con +el platito y la cucharilla. Agradecía mucho estas finezas el chico, y se +comía la golosina. Mirábale comer su tía con expectante atención, y +cuando quedaban en el plato no más que seis o siete fresas, se lo +quitaba de las manos diciendo: «Esto para Papitos que está con cada ojo +como los de un besugo».</p> + +<p>La chiquilla se comía las fresas, y después, con los lengüetazos que le +daba al plato, lo dejaba como si lo hubiera lavado.</p> + + + +<hr /> +<h2>-<span class="smcap">vii</span>-</h2> + + +<p>Juan Pablo prestaba atención muy escasa al asunto de Maximiliano y a +todos los demás asuntos de la familia, como no fuera el de la herencia. +Su anhelo era cobrar pronto para pagar sus trampas. Entraba de noche muy +tarde, y casi siempre comía fuera, lo que agradecía mucho doña Lupe, +pues Nicolás con su voracidad puntual le desequilibraba el presupuesto +de la casa. La misantropía que le entró a Juan Pablo desde su desairado +regreso del Cuartel Real no se alteró en aquellos días que sucedieron a +la herencia. Hablaba muy poco, y cuando doña Lupe le nombraba el casorio +de Maxi, como cuando se le pega a uno un alfilerazo para que no se +duerma, alzaba los hombros, decía palabras de desdén hacia su hermano y +nada más. «Con su pan se lo coma... ¿Y a mí qué?».</p> + +<p>De carlismo no se hablaba en la casa, porque doña Lupe no lo consentía. +Pero una mañana, los dos hermanos mayores se enfrascaron de tal modo en +la conversación, más bien disputa, que no hicieron maldito caso de la +señora. Juan Pablo estaba lavándose en su cuarto, entró Nicolás a +decirle no sé qué, y por si el cura Santa Cruz era un bandido o un loco, +se fueron enzarzando, enzarzando hasta que...</p> + +<p>«¿Quieres que te diga una cosa?—gritaba el primogénito, +descomponiéndose—. Pues don Carlos no ha triunfado ya por vuestra +culpa, por culpa de los curas. Hay que ir allá, como he ido yo, para +hacerse cargo de las intrigas de la gentualla de sotana, que todo lo +quiere para sí, y no va más que a desacreditar con calumnias y chismes a +los que verdaderamente trabajan. Yo no podía estar allí; me ahogaba. Le +dije a Dorregaray: 'mi general, no sé cómo usted aguanta esto', y él se +alzaba de hombros, ¡poniéndome una cara...! No pasaba día sin que los +lechuzos le llevaran un cuento a don Carlos. Que Dorregaray andaba en +tratos con Moriones para rendirse, que Moriones le había ofrecido diez +millones de reales, en fin, mil indecencias. Cuando llegó a mi noticia +que me acusaban de haber ido al Cuartel General de Moriones a llevar +recados de mi jefe, me volé, y aquella misma tarde, habiéndome +encontrado a la camarilla en el atrio de la iglesia de San Miguel, me +lié la manta a la cabeza, y por poco se arma allí un Dos de Mayo. «Aquí +no hay más traidores que ustedes. Lo que tienen es envidia del traidor, +si le hubiera, por el provecho que saque de su traición. No digo yo por +diez millones; pero por diez mil ochavos venderían ustedes al Rey, y +toda su descendencia; ladrones infames, tíos de Judas». En fin, que si +no acierta a pasar el coronel Goiri, que me quería mucho, y me coge a la +fuerza y me arranca de allí y me lleva a mi casa, aquella tarde sale el +redaño de un cura a ver la puesta del sol. Estuve tres días en cama con +un amago de ataque cerebral. Cuando me levanté, pedí una audiencia a Su +Majestad. Su contestación fue ponerme en la mano el canuto y el +pasaporte para la frontera. En fin, que los <i>engarza-rosarios</i> dieron +conmigo en tierra, porque no me prestaba a ayudarles en sus +maquinaciones contra los leales y valientes. Por las sotanas se perdió +don Carlos V, y al VII no le aprovechó la lección. Allá se las haya. ¿No +querías religión?, pues ahí la tienes; atrácate de curas, indigéstate y +revienta.</p> + +<p>—Es una apreciación tuya—dijo Nicolás moderando su ira—, que no me +parece muy fundada... esta es la cosa.</p> + +<p>—¿Tú qué sabes lo que es el mundo y la realidad? Estás en babia.</p> + +<p>—Y tú, me parece que estás algo ido, porque cuidado que has dicho +disparates.</p> + +<p>—Cállate la boca, estúpido...—dijo Nicolás, sulfurándose.</p> + +<p>—¿Sabes lo que te digo?—gritó Juan Pablo, alzando arrogante la voz—, +que a mí no se me manda callar, ¿estamos? He tenido el honor de decirle +cuatro frescas al obispo de Persépolis, y quien no teme a las sotanas +moradas, ¿qué miedo ha de tener a las negras?...</p> + +<p>—Pues yo te digo...—agregó Nicolás descompuesto, trémulo y no sabiendo +si amenazar con los puños o simplemente con las palabras—, yo te digo +que eres un chisgarabís.</p> + +<p>—¿Qué alboroto es este?—clamó doña Lupe entrando a poner paz—. ¡Vaya +con los caballeros estos! Ya les dije otra vez a los señores ojalateros, +que cuando quisieran disputar por alto se fueran a hacerlo a la calle. +En mi casa no quiero escándalos.</p> + +<p>—Es que con este bruto no se puede discutir...—dijo Nicolás, que casi +no podía respirar de tan sofocado como estaba.</p> + +<p>Juan Pablo no decía nada, y siguió vistiéndose, volviendo la espalda a +su hermano.</p> + +<p>«¡Vaya un genio que has echado!—le dijo doña Lupe, sin que él la +mirara—. Podías considerar que tu hermano es sacerdote... Y sobre todo, +no vengas echándotela de plancheta; porque si te salió mal el pase a <i>la +infame facción</i>, y has tenido que volverte con las manos en la cabeza, +¿qué culpa tenemos los demás?».</p> + +<p>Juan Pablo no se dignó contestar. Doña Lupe cogió por un brazo al cura y +se lo llevó consigo temerosa de que se enzarzaran otra vez. En el +comedor estaba Maximiliano sentado ya para almorzar. Había oído la +reyerta sin dársele una higa de lo que resultara. Allá ellos. A Nicolás +no le quitó su berrinchín el apetito, pues ninguna turbación del ánimo, +por grande que fuera, le podía privar de su más característica +manifestación orgánica. Los tres oyeron gritos en la calle, y doña Lupe +puso atención, creyendo que era un <i>extraordinario</i> de periódico +anunciando triunfos del ejército liberal sobre los carlistas. En +aquellos días del año 1874, menudeaban los suplementos de periódico, +manteniendo al vecindario en continua ansiedad.</p> + +<p>«Papitos—dijo la señora—, toma dos cuartos y bájate a comprar el +<i>extraordinario de la Gaceta</i>. Veréis cómo habla de alguna buena tollina +que les han dado a los <i>tersos</i>».</p> + +<p>Nicolás que tenía un oído sutilísimo, después de callar un rato y hacer +callar a todos, dijo: «Pero, tía, no sea usted chiflada. Si no hay tal +pregón de <i>extraordinario</i>. Lo que dice la voz, claramente se oye... El +<i>freeeesero... fresa</i>».</p> + +<p>—Puede que así sea—replicó doña Lupe, guardando su portamonedas más +pronto que la vista—. Pero está tan verde, que es un puro vinagre...</p> + +<p>—Todo sea por Dios—se dejó decir Nicolás suspirando—. Peor lo pasó +Jesús, que pidió agua y le dieron hiel.</p> + +<p>Mascando el último bocado, salió Maximiliano para irse a clase, llevando +la carga de sus libros, y mucho después almorzó Juan Pablo solo. +Aquellos almuerzos servidos a distintas horas molestaban mucho a doña +Lupe. ¿Se creían sus sobrinos que aquella casa era una posada? El único +que tenía consideración, el que menos guerra daba y el que menos comía +era Maxi, el de la pasta de ángel, siempre comedido, aun después de que +le volvieron tarumba los ojos de una mujer. Sobre esto reflexionaba doña +Lupe aquella tarde, cosiendo en la sillita, junto al balcón de la calle, +sin más compañía que la del gato.</p> + +<p>«Dígase lo que se quiera, es el mejor de los tres—pensaba, metiendo y +sacando la aguja—, mejor que el egoistón de Nicolás, mejor que el +tarambana de Juan Pablo... ¿Que se quiere casar con una...? Hay que ver, +hay que ver eso. No se puede juzgar sin oír... Podría suceder que no +fuera... Se dan casos... ¡Vaya!... Y está enamorado como un tonto... ¿Y +qué le vamos a hacer? Dios nos tenga de su mano».</p> + +<p>Entró Nicolás de la calle y preguntado por doña Lupe, dijo que venía de +casa del <i>basilisco</i>. Aquel día se mostró más satisfecho, llegando a +asegurar que su catecúmena comprendía bien las cosas de religión, y que +en lo moral parecía ser <i>de buena madera</i>, con lo que llegó a su colmo +la curiosidad de la viuda y ya no le fue posible sostener por más tiempo +el papel desdeñoso que representaba.</p> + +<p>«Tanto te empeñarás—dijo al estudiante aquella noche—, que al fin lo +vas a conseguir».</p> + +<p>—¿Qué, tía?—Que vaya yo en persona a ver a esa... Pero conste que si +voy es contra mi voluntad.</p> + +<p>Maximiliano, que era bondadoso y quería estar bien con ella, no quiso +manifestarle indiferencia. «Pues sí, tía, si usted va a verla, se lo +agradeceremos toda nuestra vida».</p> + +<p>—Ninguna falta me hacen vuestros agradecimientos, si es que me decido a +ir, que todavía no lo sé...</p> + +<p>—Sí, tía.—Ni voy, si es que me decido, porque me lo agradezcáis, sino +por medir con mis propios ojos toda la hondura del abismo en que te +quieres arrojar, a ver si hallo aún modo de apartarte de él.</p> + +<p>—Mañana mismo, tía; yo la acompaño a usted—dijo entusiasmado el +chico—. Verá usted mi abismo, y cuando lo vea me empujará.</p> + +<p>Y fue al día siguiente doña Lupe, vestida con los trapitos de +cristianar, porque antes había ido a la gran función del asilo de doña +Guillermina, por invitación de esta, de lo que estaba muy satisfecha. +Quería dar el golpe, y como tenía tanto dominio sobre sí y se expresaba +con tanta soltura, juzgaba fácil darse mucho lustre en la visita.</p> + +<p>Así fue en efecto. Pocas veces en su vida, ni aun en los mejores días de +Jáuregui, se dio doña Lupe tanto pisto como en aquella entrevista, pues +siendo el <i>basilisco</i> tan poco fuerte en artes sociales y hallándose tan +cohibida por su situación y su mala fama, la otra se despachó a su gusto +y se empingorotó hasta un extremo increíble. Trataba doña Lupe a su +presunta sobrina con urbanidad; pero guardando las distancias. Había de +conocerse hasta en los menores detalles, que la visitada era una moza de +cáscara amarga, con recomendables pretensiones de decencia, y la +visitante una señora, y no una señora cualquiera, sino la señora de +Jáuregui, el hombre más honrado y de más sanas costumbres que había +existido en todo tiempo en Madrid o por lo menos en Puerta Cerrada. Y su +condición de dama se probaba en que después de haber hecho todo lo +posible, en la primera parte de la visita, por mostrar cierta severidad +de principios, juzgó en la segunda que venía bien caerse un poco del +lado de la indulgencia. El verdadero señorío jamás se complace en +humillar a los inferiores. Doña Lupe se sintió con unas ganas tan vivas +de protección con respecto a Fortunata, que no podría llevarse cuenta de +los consejos que le dio y reglas de conducta que se sirvió trazarle. Es +que se pirraba por proteger, dirigir, aconsejar y tener alguien sobre +quien ejercer dominio...</p> + +<p>Una de las cosas que más gracia le hicieron en Fortunata, fue su timidez +para expresarse. Se le conocía en seguida que no hablaba como las +personas finas, y que tenía miedo y vergüenza de decir disparates. Esto +la favoreció en opinión de doña Lupe, porque el desenfado en el lenguaje +habría sido señal de anarquía en la voluntad. «No se apure usted—le +decía la viuda, tocándole familiarmente la rodilla con su abanico—; que +no es posible aprender en un día a expresarse como nosotras. Eso vendrá +con el tiempo y el uso y el trato. Pronunciar mal una palabra no es +vergüenza para nadie, y la que no ha recibido una educación esmerada no +tiene la culpa de ello».</p> + +<p>Fortunata estaba pasando la pena negra con aquella visita de <i>tantismo +cumplido</i>, y un color se le iba y otro se le venía, sin saber cómo +contestar a las preguntas de doña Lupe ni si sonreír o ponerse seria. Lo +que deseaba era que se largara pronto. Hablaron de la ida al convento, +resolución que la tía de Maxi alabó mucho, esforzándose en sacar de su +cabeza los conceptos más alambicados y los vocablos más requetefinos. A +tal extremo hubo de llegar en esto, que Fortunata quedose en ayunas de +muchas cosas que le oyó. Por fin llegó el instante de la despedida, que +Fortunata deseaba con ansia y temía, considerándose incapaz de decir con +claridad y sosiego todas aquellas fórmulas últimas y el ofrecimiento de +la casa. La de Jáuregui lo hizo como persona corrida en esto; Fortunata +tartamudeó, y todo lo dijo al revés.</p> + +<p>Maximiliano habló poco durante la visita. No hacía más que estar <i>al +quite</i>, acudiendo con el capote allí donde Fortunata se veía en peligro +por torpeza de lenguaje. Cuando salió doña Lupe, creyó que debía +acompañarla hasta la calle, y así lo hizo.</p> + +<p>«Si es una bobona...—dijo la viuda a su sobrino—; tal para cual... +Parece que la han cogido con lazo. En manos de una persona inteligente, +esta mujer podría enderezarse, porque no debe de tener mal fondo. Pero +yo dudo que tú...».</p> + + + +<hr /> +<h2>-<span class="smcap">viii</span>-</h2> + + +<p>Doña Lupe era persona de buen gusto y apreció al instante la hermosura +del <i>basilisco</i> sin ponerle reparos, como es uso y costumbre en juicios +de mujeres. Aun aquellas que no tienen pretensiones de belleza se +resisten a proclamar la ajena. «Es bonita de veras—decía para sí la +viuda, camino de su casa—, lo que se llama bonita. Pero es una salvaje +que necesita que la domestiquen». Los deseos de aprender que Fortunata +manifestaba le agradaron mucho, y sintió que se agitaban en su alma, con +pruritos de ejercitarse, sus dotes de maestra, de consejera, de +protectora y jefe de familia. Poseía doña Lupe la aptitud y la vanidad +educativas, y para ella no había mayor gloria que tener alguien sobre +quien desplegar autoridad. Maxi y Papitos eran al mismo tiempo hijos y +alumnos, porque la señora se hacía siempre querer de los seres +inferiores a quienes educaba. El mismo Jáuregui había sido también, al +decir de la gente, tan discípulo como marido.</p> + +<p>Volvió, pues, a su casa la tía de Maximiliano revolviendo en su mente +planes soberbios. La pasión de domesticar se despertaba en ella delante +de aquel magnífico animal que estaba pidiendo una mano hábil que lo +desbravase. Y véase aquí cómo a impulsos de distintas pasiones, tía y +sobrino vinieron a coincidir en sus deseos; véase cómo la tirana de la +casa concluyó por mirar con ojos benévolos a la misma persona de quien +había dicho tantas perrerías. Mucho agradecía esto el joven, y juzgando +por sí mismo, creía que la indulgencia de doña Lupe se derivaba de un +afecto, cuando en rigor provenía de esa imperiosa necesidad que sienten +los humanos de ejercitar y poner en funciones toda facultad grande que +poseen. Por esto la viuda no cesaba de pensar en el gran partido que +podía sacar de Fortunata, desbastándola y puliéndola hasta tallarla en +señora, e imaginaba una victoria semejante a la que Maximiliano +pretendía alcanzar en otro orden. La cosa no sería fácil, porque el +animal debía tener muchos resabios; pero mientras más grandes fueran las +dificultades, más se luciría la maestra. De repente le entraban a la +señora de Jáuregui recelos punzantes, y decía: «Si no puede ser, si es +mucha mujer para medio hombre. Si no existiera este maldito +desequilibrio de sangre, él con su cariño y yo con lo mucho que sé, +domaríamos a la fiera; pero esta moza se nos tuerce el mejor día, no hay +duda de que se nos tuerce».</p> + +<p>Media semana estuvo en esta lucha, ya queriendo ceder para oficiar de +maestra, ya perseverando en sus primitivos temores e inclinándose a no +intervenir para nada... Pero con las amigas tenía que representar otros +papeles, pues era vanidosa fuera de casa, y no gustaba nunca de aparecer +en situación desairada o ridícula. Cuidaba mucho de ponerse siempre muy +alta, para lo cual tenía que exagerar y embellecer cuanto la rodeaba. +Era de esas personas que siempre alaban desmedidamente las cosas +propias. Todo lo suyo era siempre bueno: su casa era la mejor de la +calle, su calle la mejor del barrio, y su barrio el mejor de la villa. +Cuando se mudaba de cuarto, esta supremacía domiciliaria iba con ella a +donde quiera que fuese. Si algo desairado o ridículo le ocurría, lo +guardaba en secreto; pero si era cosa lisonjera, la publicaba poco menos +que con repiques. Por esto cuando se corrió entre las familias amigas +que el sietemesino se quería casar con una tarasca, no sabía <i>la de los +Pavos</i> cómo arreglarse para quedar bien. Dificilillo de componer era +aquello, y no bastaba todo su talento a convertir en blanco lo negro, +como otras veces había hecho.</p> + +<p>Varias noches estuvo en la tertulia de las de la Caña completamente +achantada y sin saber por dónde tirar. Pero desde el día en que vio a +Fortunata, se sacudió la morriña, creyendo haber encontrado un punto de +apoyo para levantar de nuevo el mundo abatido de su optimismo. ¿En qué +creeréis que se fundó para volver a tomar aquellos aires de persona +superior a todos los sucesos? Pues en la hermosura de Fortunata. Por +mucho que se figuraran de su belleza, no tendrían idea de la realidad. +En fin, que había visto mujeres guapas, pero como aquella ninguna. Era +una divinidad <i>en toda la extensión de la palabra</i>.</p> + +<p>Pasmadas estaban las amigas oyéndola, y aprovechó doña Lupe este asombro +para acudir con el siguiente ardid estratégico: «Y en cuanto a lo de su +mala vida, hay mucho que hablar... No es tanto como se ha dicho. Yo me +atrevo a asegurar que es muchísimo menos».</p> + +<p>Interrogada sobre la condición moral y de carácter de la divinidad, hizo +muchas salvedades y distingos: «Eso no lo puedo decir... No he hablado +con ella más que una vez. Me ha parecido humilde, de un carácter +apocado, de esas que son fáciles de dominar por quien pueda y sepa +hacerlo». Hablando luego de que la metían en las Micaelas, todas las +presentes elogiaron esta resolución, y doña Lupe se encastilló más en su +vanidad, diciendo que había sido idea suya y condición que puso para +transigir, que después de una larga cuarentena religiosa podía ser +admitida en la familia, pues las cosas no se podían llevar a punto de +lanza, y eso de tronar con Maximiliano y cerrarle la puerta, muy pronto +se dice; pero hacerlo ya es otra cosa.</p> + +<p>Entre tanto, acercábase el día designado para llevar el <i>basilisco</i> a +las Micaelas. Nicolás Rubín había hablado al capellán, su compañero de +Seminario, el cual habló a la Superiora, que era una dama ilustre, amiga +íntima y pariente lejana de Guillermina Pacheco. Acordada la admisión en +los términos que marca el reglamento de la casa, sólo se esperaba para +realizarla a que pasasen los días de Semana Santa. El Jueves salieron +Maxi y su amiga a andar algunas estaciones, y el Viernes muy tempranito +fueron a la Cara de Dios, dándose después un largo paseo por San +Bernardino. Fortunata estaba, con la religión, como chiquillo con +zapatos nuevos, y quería que su amante le explicase lo que significan el +Jueves Santo y las Tinieblas, el Cirio Pascual y demás símbolos. Maxi +salía del paso con dificultad, y allá se las arreglaba de cualquier +modo, poniendo a los huecos de su ignorancia los remiendos de su +inventiva. La religión que él sentía en aquella crisis de su alma era +demasiado alta y no podía inspirarle verdadero interés por ningún culto; +pero bien se le alcanzaba que la inteligencia de Fortunata no podía +remontarse más arriba del punto a donde alcanzan las torres de las +iglesias católicas. Él sí; él iba lejos, muy lejos, llevado del +sentimiento más que de la reflexión, y aunque no tenía base de estudios +en qué apoyarse, pensaba en las causas que ordenan el universo e +imprimen al mundo físico como al mundo moral movimiento solemne, regular +y matemático. «Todo lo que debe pasar, pasa—decía—, y todo lo que debe +ser, es». Le había entrado fe ciega en la acción directa de la +Providencia sobre el mecanismo funcionante de la vida menuda. La +Providencia dictaba no sólo la historia pública sino también la privada. +Por debajo de esto ¿qué significaban los símbolos? Nada. Pero no quería +quitarle a Fortunata su ilusión de las imágenes, del <i>gori gori</i> y de +las pompas teatrales que se admiran en las iglesias, porque, ya se ve... +la pobrecilla no tenía su inteligencia cultivada para comprender ciertas +cosas, y a fuer de pecadora, convenía conservarla durante algún tiempo +sujeta a observación, en aquel orden de ideas relativamente bajo, que +viene a ser algo como sanitarismo moral o policía religiosa.</p> + +<p>El entusiasmo que la joven sentía era como los encantos de una moda que +empieza. Iban, pues, los dos amantes, como he dicho, por aquellos +altozanos de Vallehermoso, ya entre tejares, ya por veredas trazadas en +un campo de cebada, y al fin se cansaron de tanta charla religiosa. A +Rubín se le acabó su saber de liturgia, y a Fortunata le empezaba a +molestar un pie, a causa de la apretura de la bota. El calzado estrecho +es gran suplicio, y la molestia física corta los vuelos de la mente. +Habían pasado por junto a los cementerios del Norte, luego hicieron alto +en los depósitos de agua; la samaritana se sentó en un sillar y se quitó +la bota. Maximiliano le hizo notar lo bien que lucía desde allí el +apretado caserío de Madrid con tanta cúpula y detrás un horizonte +inmenso que parecía la mar. Después le señaló hacia el lado del Oriente +una mole de ladrillo rojo, parte en construcción, y le dijo que aquel +era el convento de las Micaelas donde ella iba a entrar. Pareciéronle a +Fortunata bonitos el edificio y su situación, expresando el deseo de +entrar pronto, aquel mismo día si era posible. Asaltó entonces el +pensamiento de Rubín una idea triste. Bueno era lo bueno, pero no lo +demasiado. Tanta piedad podía llegar a ser una desgracia para él, porque +si Fortunata se entusiasmaba mucho con la religión y se volvía santa de +veras, y no quería más cuentas con el mundo, sino quedarse allí +encerradita adorando la custodia durante todo el resto de sus días... +¡Oh!, esta idea sofocó tanto al pobre redentor, que se puso rojo. Y bien +podía suceder, porque algunas que entraban allí cargadas de pecados se +corregían de tal modo y se daban con tanta gana a la penitencia, que no +querían salir más, y hablarles de casarse era como hablarles del +demonio... Pero no, Fortunata no sería así; no tenía ella cariz de +volverse santa <i>en toda la extensión de la palabra</i>, como diría doña +Lupe. Si lo fuera, Maximiliano se moriría de pena, se volvería entonces +protestante, masón, judío, ateo.</p> + +<p>No manifestó estos temores a su querida, que estaba con un pie calzado y +otro descalzo, mirando atentamente las idas y venidas de una procesión +de hormigas. Únicamente le dijo: «Tiempo tienes de entrar. No conviene +tampoco que te dé muy fuerte».</p> + +<p>Era preciso seguir. Volvió a ponerse la bota y... ¡ay!, ¡qué dolor!, lo +malo fue que aquel día, Viernes Santo, no había coches, y no era posible +volver a casa de otra manera que a pie.</p> + +<p>«Nos hemos alejado mucho—dijo Maximiliano ofreciéndole su brazo—. +Apóyate y así no cojearás tanto... ¿Sabes lo que pareces así, llevada a +remolque?... pues una embarazada fuera de cuenta, que ya no puede dar un +paso, y yo parezco el marido que pronto va a ser padre». No pudo menos +de hacerla reír esta idea, y recordando que la noche anterior, +Maximiliano, en las efusiones epilépticas de su cariño, había hablado +algo de sucesión, dijo para su sayo: «De eso sí que estás tú libre».</p> + +<p>El jueves siguiente fue conducida Fortunata a las Micaelas.</p> + + + +<hr /> +<h2><a name="vb" id="vb"></a>-V-</h2> + +<h2>Las Micaelas por fuera</h2> + + + +<hr /> +<h2>-<span class="smcap">i</span>-</h2> + + +<p>Hay en Madrid tres conventos destinados a la corrección de mujeres. Dos +de ellos están en la población antigua, uno en la ampliación del Norte, +que es la zona predilecta de los nuevos institutos religiosos y de las +comunidades expulsadas del centro por la incautación revolucionaria de +sus históricas casas. En esta faja Norte son tantos los edificios +religiosos que casi es difícil contarlos. Los hay para monjas reclusas, +y para las religiosas que viven en comunicación con el mundo y en +batalla ruda con la miseria humana, en estas órdenes modernas derivadas +de la de San Vicente de Paúl, cuya mortificación consiste en recoger +ancianos, asistir enfermos o educar niños. Como por encanto hemos visto +levantarse en aquella zona grandes pelmazos de ladrillo, de dudoso valer +arquitectónico, que manifiestan cuán positiva es aún la propaganda +religiosa, y qué resultados tan prácticos se obtienen del ahorro +espiritual, o sea la limosna, cultivado por buena mano. Las <i>Hermanitas +de los Pobres</i>, las <i>Siervas de María</i> y otras, tan apreciadas en +Madrid por los positivos auxilios que prestan al vecindario, han labrado +en esta zona sus casas con la prontitud de las obras de contrata. De +institutos para clérigos sólo hay uno, grandón, vulgar y triste como un +falansterio. Las Salesas Reales, arrojadas del convento que les hizo +doña Bárbara, tienen también domicilio nuevo, y otras monjas históricas, +las que recogieron y guardaron los huesos de D. Pedro el Cruel, acampan +allá sobre las alturas del barrio de Salamanca.</p> + +<p>La planicie de Chamberí, desde los Pozos y Santa Bárbara hasta más allá +de Cuatro Caminos, es el sitio preferido de las órdenes nuevas. Allí +hemos visto levantarse el asilo de Guillermina Pacheco, la mujer +constante y extraordinaria, y allí también la casa de las Micaelas. +Estos edificios tienen cierto carácter de improvisación, y en todos, +combinando la baratura con la prisa, se ha empleado el ladrillo al +descubierto, con ciertos aires mudéjares y pegotes de gótico a la +francesa. Las iglesias afectan, en las frágiles escayolas que las +decoran interiormente, el estilo adamado con pretensiones de elegante de +la basílica de Lourdes. Hay, pues, en ellas una impresión de aseo y +arreglo que encanta la vista, y una deplorable manera arquitectónica. La +importación de los nuevos estilos de piedad, como el del Sagrado +Corazón, y esas manadas de curas de babero expulsados de Francia, nos +han traído una cosa buena, el aseo de los lugares destinados al culto; y +una cosa mala, la perversión del gusto en la decoración religiosa. +Verdad que Madrid apenas tenía elementos de defensa contra esta +invasión, porque las iglesias de esta villa, además de muy sucias, son +verdaderos adefesios como arte. Así es que no podemos alzar mucho el +gallo. El barroquismo sin gracia de nuestras parroquias, los canceles +llenos de mugre, las capillas cubiertas de horribles escayolas +empolvadas y todo lo demás que constituye la vulgaridad indecorosa de +los templos madrileños, no tiene que echar nada en cara a las +cursilerías de esta novísima monumentalidad, también armada en yesos +deleznables y con derroche de oro y pinturas al temple, pero que al +menos despide olor de aseo, y tiene el decoro de los sitios en que anda +mucho la santidad de la escoba, del agua y el jabón.</p> + +<p>El caserón que llamamos <i>Las Micaelas</i> estaba situado más arriba del de +Guillermina, allá donde las rarificaciones de la población aumentan en +términos de que es mucho más extenso el suelo baldío que el edificado. +Por algunos huecos del caserío se ven horizontes esteparios y luminosos, +tapias de cementerios coronadas de cipreses, esbeltas chimeneas de +fábricas como palmeras sin ramas, grandes extensiones de terreno mal +sembrado para pasto de las burras de leche y de las cabras. Las casas +son bajas, como las de los pueblos, y hay algunas de corredor con +habitaciones numeradas, cuyas puertas se ven por la medianería. El +edificio de las Micaelas había sido una casa particular, a la que se +agregó un ala interior costeando dos lados de la huerta en forma de +medio claustro, y a la sazón se le estaba añadiendo por el lado opuesto +la iglesia, que era amplia y del estilo de moda, ladrillo sin revoco +modelado a lo mudéjar y cabos de cantería de Novelda labrada en ojival +constructivo. Como la iglesia estaba aún a medio hacer, el culto se +celebraba en la capilla provisional, que era una gran crujía baja, a la +izquierda de la puerta.</p> + +<p>En el arreglo de esta crujía para convertirla en templo interino, +manifestábase el buen deseo, la pulcritud y la inocencia artística de +las excelentes señoras que componían la comunidad. Las paredes estaban +estucadas, como las de nuestras alcobas, porque este es un género de +decoración barato en Madrid y sumamente favorable a la limpieza. En el +fondo estaba el altar, que era, ya se sabe, blanco y oro, de un estilo +tan visto y tan determinado, que parece que viene en los figurines. A +derecha e izquierda, en cromos chillones de gran tamaño, los dos +Sagrados Corazones, y sobre ellos se abrían dos ventanas enjutísimas, +terminadas por arriba en corte ojival, con vidrios blancos, rojos y +azules, combinados en rombo, como se usan en las escaleras de las casas +modernas.</p> + +<p>Cerca de la puerta había una reja de madera que separaba el público de +las monjas los días en que el público entraba, que eran los jueves y +domingos. De la reja para adentro, el piso estaba cubierto de hule, y a +los costados de lo que bien podremos llamar nave había dos filas de +sillas reclinatorios. A la derecha de la nave dos puertas, no muy +grandes: la una conducía a la sacristía, la otra a la habitación que +hacía de coro. De allí venían los flauteados de un harmonium tañido +candorosamente en los acordes de la tónica y la dominante, y con las +modulaciones más elementales; de allí venían también los exaltados +acentos de las dos o tres monjas cantoras. La música era digna de la +arquitectura, y sonaba a zarzuela sentimental o a canción de las que se +reparten como regalo a las suscritoras en los periódicos de modas. En +esto ha venido a parar el grandioso canto eclesiástico, por el abandono +de los que mandan en estas cosas y la latitud con que se vienen +permitiendo novedades en el severo culto católico.</p> + +<p>La pecadora fue llevada a las Micaelas pocos días después de la Pascua +de Resurrección. Aquel día, desde que despertó, se le puso a Maxi la +obstrucción en la boca del estómago, pero tan fuerte como si tuviera +entre pecho y espalda atravesado un palo. Molestia semejante sentía en +los días de exámenes, pero no con tanta intensidad. Fortunata parecía +contenta, y deseaba que la hora llegase pronto para abreviar la +expectación y perplejidad en que los dos amantes estaban, sin saber qué +decirse. A ella por lo menos no se le ocurría nada que decirle, y aunque +a él se le pasaban por el magín muchas cosas, tenía cierta aversión +innata a lo teatral, y no gustaba de hablar gordo en ciertas ocasiones. +Si ha de decirse verdad, Maxi inspiraba aquel día a su novia un +sentimiento de cariño dulce y sosegado, con su poquillo de lástima. Y él +procuraba dar a la conversación tono familiar, hablando del tiempo o +recomendando a la joven que tuviese cuidado de no olvidar alguna +importante prenda de ropa. Nicolás, que estaba presente, no habría +permitido tampoco zalamerías de amor ni besuqueo, y ayudaba a recoger y +agrupar todas las cosas que habían de llevarse, añadiendo observaciones +tan prácticas como esta: «Ya sabe usted que ni perfumes ni joyas ni +ringorrangos de ninguna clase entran en aquella casa. Todo el bagaje +mundano se arroja a la puerta».</p> + +<p>Cuando vino el mozo que debía llevar el baúl, Fortunata estaba ya +dispuesta, vestida con la mayor sencillez. Maximiliano miró diferentes +veces su reloj sin enterarse de la hora. Nicolás, que estaba más sereno, +miró el suyo y dijo que era tarde. Bajaron los tres, y fueron +pausadamente y sin hablar hacia la calle de Hortaleza a tomar un coche +simón. Instalose el joven con no poco trabajo en la bigotera, porque las +faldas de su futura esposa y la ropa talar del clérigo estorbaban lo que +no es decible la entrada y la salida; y si el trayecto fuera más largo, +el martirio de aquellas seis piernas que no sabían cómo colocarse habría +sido muy grande. La neófita miraba por la ventanilla, atraída vagamente +y sin interés su atención por la gente que pasaba. Creeríase que miraba +hacia fuera por no mirar hacia dentro; Maximiliano se la comía con los +ojos, mientras el presbítero procuraba en vano animar la conversación +con algunas cuchufletas bien poco ingeniosas.</p> + +<p>Llegaron por fin al convento. En la puerta había dos o tres mendigas +viejas, que pidieron limosna, y a Maximiliano le faltó tiempo para +dársela. Le amargaba extraordinariamente la boca, y su voz ahilada salía +de la garganta con interrupciones y síncopas como la de un asmático. Su +turbación le obligaba a refugiarse en los temas vulgares... «¡Vaya que +son pesados estos pobres!... Parece que hay misa, porque se oye la +campanilla de alzar... Es bonita la casa, y alegre, sí señor, alegre».</p> + +<p>Entraron en una sala que hay a la derecha, en el lado opuesto a la +capilla. En dicha sala recibían visitas las monjas, y las recogidas a +quienes se permitía ver a su familia los jueves por la tarde, durante +hora y media, en presencia de dos madres. Adornada con sencillez rayana +en pobreza, la tal sala no tenía más que algunas estampas de santos y un +cuadrote de San José, al óleo, que parecía hecho por la misma mano que +pintó el Jáuregui de la casa de doña Lupe. El piso era de baldosín, bien +lavado y frotado, sin más defensa contra el frío que dos esteritas de +junco delante de los dos bancos que ocupaban los testeros principales. +Dichos bancos, las sillas y un canapé de patas curvas eran piezas +diferentes, y bien se conocía que todo aquel pobre menaje provenía de +donativos o limosnas de esta y la otra casa. Ni cinco minutos tuvieron +que esperar, porque al punto entraron dos madres que ya estaban +avisadas, y casi pisándoles los talones entró el señor capellán, un +hombrón muy campechano y que de todo se reía. Llamábase D. León Pintado, +y en nada correspondía la persona al nombre. Nicolás Rubín y aquel +pasmarote tan grande y tan jovial se abrazaron y se saludaron +tuteándose. Una de las dos monjas era joven, coloradita, de boca +agraciada y ojos que habrían sido lindísimos si no adolecieran de +estrabismo. La otra era seca y de edad madura, con gafas, y daba bien +claramente a entender que tenía en la casa más autoridad que su +compañera. A las palabras que dijeron, impregnadas de esa cortesía +dulzona que informa el estilo y el metal de voz de las religiosas del +día, iba la neófita a contestar alguna cosa apropiada al caso; pero se +cortó y de sus labios no pudo salir más que un <i>ju ju</i>, que las otras no +entendieron. La sesión fue breve. Sin duda las madres Micaelas no +gustaban de perder el tiempo. «Despídase usted» le dijo la seca, +tomándola por un brazo. Fortunata estrechó la mano de Maxi y de Nicolás, +sin distinguir entre los dos, y dejose llevar. <i>Rubinius vulgaris</i> dio +un paso, dejando solos a los dos curas que hablaban cogiéndose +recíprocamente las borlas de sus manteos, y vio desaparecer a su amada, +a su ídolo, a su ilusión, por la puerta aquella pintada de blanco, que +comunicaba la sala con el resto de la religiosa morada. Era una puerta +como otra cualquiera; pero cuando se cerró otra vez, pareciole al +enamorado chico cosa diferente de todo lo que contiene el mundo en el +vastísimo reino de las puertas.</p> + + + +<hr /> +<h2>-<span class="smcap">ii</span>-</h2> + + +<p>Echó a andar hacia Madrid por el polvoriento camino del antiguo Campo de +Guardias, y volviendo a mirar su reloj por un movimiento maquinal, +tampoco entonces se hizo cargo de la hora que era. No se dio cuenta de +que su hermano y D. León Pintado, entretenidos en una conversación +interesante y parándose cada diez palabras, se habían quedado atrás. +Hablaban de las oposiciones a la lectoral de Sigüenza y de las peloteras +que ocurrieron en ella. El capellán, como candidato reventado, ponía de +oro y azul al obispo de la diócesis y a todo el cabildo. Maximiliano, +sin advertir las paradas, siguió andando hasta que se encontró en su +casa. Abriole doña Lupe la puerta y le hizo varias preguntas: «Y qué +tal, ¿iba contenta?». Revelaban estas interrogaciones tanto interés como +curiosidad, y el joven, animado por la benevolencia que en su tía +observaba, departió con ella, arrancándose a mostrarle algunas de las +afiladas púas que le rasguñaban el corazón. Tenía un presentimiento vago +de no volverla a ver, no porque ella se muriese, sino porque dentro del +convento y contagiada de la piedad de las monjas, podía chiflarse +demasiado con las cosas divinas y enamorarse de la vida espiritual hasta +el punto de no querer ya marido de carne y hueso, sino a Jesucristo, que +es el esposo que a las monjas de verdadera santidad les hace tilín. Esto +lo expresó irreverentemente con medias palabras; pero doña Lupe sacó +toda la sustancia a los conceptos. «Bien podría suceder eso—le dijo con +acento de convicción, que turbó más a Maximiliano—, y no sería el +primer caso de mujeres malas... quiero decir ligeras... que se han +convertido en un abrir y cerrar de ojos, volviéndose tan del revés, que +luego no ha habido más remedio que canonizarlas».</p> + +<p>El redentor sintió frío en el corazón. ¡Fortunata canonizada! Esta idea, +por lo muy absurda que era, le atormentó toda la mañana. «Francamente +—dijo al fin, después de muchas meditaciones—, tanto como canonizar, +no; pero bien podría darle por el misticismo y no querer salir, y +quedarme yo <i>in albis</i>». Vamos, que semejante idea le aterraba! En tal +caso no tenía más remedio que volverse él santito también, dedicarse a +la Iglesia y hacerse cura... ¡Jesús qué disparate! ¡Cura!, ¿y para qué? +De vuelta en vuelta, su mente llegó a un torbellino doloroso en el cual +no tuvo ya más remedio que ahogar las ideas, para librarse del tormento +que le ocasionaban. Intentó estudiar... Imposible. Ocurriole escribir a +Fortunata, encargándole que no hiciera caso alguno de lo que le dijesen +las monjas acerca de la vida espiritual, la gracia y el amor místico... +Otro disparate. Por fin se fue calmando, y la razón se clareaba un poco +tras aquellas nieblas.</p> + +<p>Las once serían ya, cuando desde su cuarto sintió un grande altercado +entre doña Lupe y Papitos. El motivo de aquella doméstica zaragata fue +que a Nicolás Rubín se le ocurrió la idea trágica de convidar a almorzar +a su amigo el padre Pintado, y no fue lo peor que se le ocurriera, sino +que se apresurase a ejecutarla con aquella frescura clerical que en tan +alto grado tenía, metiendo a su camarada por las puertas de la casa sin +ocuparse para nada de si en esta había o no los bastimentos necesarios +para dos bocas de tal naturaleza.</p> + +<p>Doña Lupe que tal vio y oyó, no pudo decir nada, por estar el otro +clérigo delante; pero tenía la sangre requemada. Su orgullo no le +permitía desprestigiar la casa, poniéndoles un artesón de bazofia para +que se hartaran; y afrontando despechada el conflicto, decía para su +sayo cosas que habrían hecho saltar a toda la curia eclesiástica. «No sé +lo que se figura este heliogábalo... cree que mi casa es la posada del +Peine. Después que él me come un codo, trae a su compinche para que me +coma el otro. Y por las trazas, debe tener buen diente y un estómago +como las galerías del Depósito de aguas... ¡Ay, Dios mío!, ¡qué egoístas +son estos curas...! Lo que yo debía hacer era ponerle la cuentecita, y +entonces... ¡ah!, entonces sí que no se volvía a descolgar con +invitados, porque es <i>Alejandro en puño</i> y no le gusta ser rumboso sino +con dinero ajeno».</p> + +<p>El volcán que rugía en el pecho de la señora de Jáuregui no podía +arrojar su lava sino sobre Papitos, que para esto justamente estaba. +Había empezado aquel día la monilla por hacer bien las cosas; pero la +riñó su ama tan sin razón, que... ¡diablo de chica!, concluyó por +hacerlo todo al revés. Si le ordenaban quitar agua de un puchero, echaba +más. En vez de picar cebolla, machacaba ajos; la mandaron a la tienda +por una lata de sardinas y trajo cuatro libras de bacalao de Escocia; +rompió una escudilla, y tantos disparates hizo que doña Lupe por poco le +aporrea el cráneo con la mano del almirez. «De esto tengo la culpa yo, +grandísima bestia, por empeñarme en domar acémilas y en hacer de ellas +personas... Hoy te vas a tu casa, a la choza del muladar de Cuatro +Caminos donde estabas, entre cerdos y gallinas, que es la sociedad que +te cuadra...». Y por aquí seguía la retahíla... ¡Pobre Papitos! +Suspiraba y le corrían las lágrimas por la cara abajo. Había llegado ya +a tal punto su azoramiento, que no daba pie con bola.</p> + +<p>Entre tanto los dos curas estaban en la sala, fumando cigarrillos, las +canalejas sobre sillas, groseramente espatarrados ambos en los dos +sillones principales, y hablando sin cesar del mismo tema de las +oposiciones de Sigüenza. La culpa de todo la tenía el deán, que era un +trasto y quería la lectoral a todo trance para su sobrinito. ¡Valientes +perros estaban tío y sobrino! Este había hecho discursos racionalistas, +y cuando la <i>Gloriosa</i> dio vivas a Topete y a Prim en una reunión de +demócratas. Doña Lupe entró al fin haciendo violentísimas contorsiones +con los músculos de su cara para poder brindarles una sonrisa en el +momento de decir que ya podían pasar... que tendrían que dispensar +muchas faltas, y que iban a hacer penitencia.</p> + +<p>Y mientras se sentaban, miró con terror al amigo de su sobrino, que era +lo mismo que un buey puesto en dos pies, y pensaba que si el apetito +correspondía al volumen, todo lo que en la mesa había no bastara para +llenar aquel inmenso estómago. Felizmente, Maxi estaba tan sin gana, que +apenas probó bocado; doña Lupe se declaró también inapetente, y de este +modo se fue resolviendo el problema y no hubo conflicto que lamentar. El +padre Pintado, a pesar de ser tan proceroso, no era hombre de mucho +comer y amenizó la reunión contando otra vez... las oposiciones de +Sigüenza. Doña Lupe, por cortesía, afirmaba que era una barbaridad que +no le hubieran dado a él la lectoral.</p> + +<p>La ira de la señora de Jáuregui no se calmó con el feliz éxito del +almuerzo... y siguió machacando sobre la pobre Papitos. Esta, que +también tenía su genio, hervía interiormente en despecho y deseos de +revancha. «¡Miren la tía bruja—decía para sí, bebiéndose las +lágrimas—, con su teta menos...! Mejor tuviera vergüenza de ponerse la +teta de trapo para que crea la gente que tiene las dos de verdad, como +las tienen todas y como las tendré yo el día de mañana...». Por la +tarde, cuando la señora salió, encargando que le limpiara la ropa, +ocurriole a la mona tomar de su ama una venganza terrible; pero una de +esas venganzas que dejan eterna memoria. Se le ocurrió poner, colgado en +el balcón, el cuerpo de vestido que pegada tenía la <i>cosa falsa</i> con que +doña Lupe engañaba al público. La malicia de Papitos imaginaba que +puesto en el balcón el testimonio de la falta de su señora, la gente que +pasase lo había de ver y se había de reír mucho. Pero no ocurrieron de +este modo las cosas, porque ningún transeúnte se fijó en el pecho +postizo, que era lo mismo que una vejiga de manteca; y al fin la +chiquilla se apresuró a quitarlo, discurriendo con buen juicio que si +doña Lupe al entrar veía colgado del balcón aquel acusador de su +defecto, se había de poner hecha una fiera, y sería capaz de cortarle a +su criada <i>las dos cosas de verdad</i> que pensaba tener.</p> + + + +<hr /> +<h2>-<span class="smcap">iii</span>-</h2> + + +<p>A la mañana siguiente, Maximiliano encaminó sus pasos al convento, no +por entrar, que esto era imposible, sino por ver aquellas paredes tras +de las cuales respiraba la persona querida. La mañana estaba deliciosa, +el cielo despejadísimo, los árboles del paseo de Santa Engracia +empezaban a echar la hoja. Detúvose el joven frente a las Micaelas, +mirando la obra de la nueva iglesia que llegaba ya a la mitad de las +ojivas de la nave principal. Alejándose hasta más allá de la acera de +enfrente, y subiendo a unos montones de tierra endurecida, se veía, por +encima de la iglesia en construcción, un largo corredor del convento, y +aun se podían distinguir las cabezas de las monjas o recogidas que por +él andaban. Pero como la obra avanzaba rápidamente, cada día se veía +menos. Observó Maxi en los días sucesivos que cada hilada de ladrillos +iba tapando discretamente aquella interesante parte de la interioridad +monjil, como la ropa que se extiende para velar las carnes descubiertas. +Llegó un día en que sólo se alcanzaban a ver las zapatas de los maderos +que sostenían el techo del corredor, y al fin la masa constructiva lo +tapó todo, no quedando fuera más que las chimeneas, y aun para columbrar +estas era preciso tomar la visual desde muy lejos.</p> + +<p>Al Norte había un terreno mal sembrado de cebada. Hacia aquel ejido, en +el cual había un poste con letrero anunciando venta de solares, caían +las tapias de la huerta del convento, que eran muy altas. Por encima de +ellas asomaban las copas de dos o tres soforas y de un castaño de +Indias. Pero lo más visible y lo que más cautivaba la atención del +desconsolado muchacho era un motor de viento, sistema Parson, para +noria, que se destacaba sobre altísimo aparato a mayor altura que los +tejados del convento y de las casas próximas. El inmenso disco, +semejante a una sombrilla japonesa a la cual se hubiera quitado la +convexidad, daba vueltas sobre su eje pausada o rápidamente, según la +fuerza del aire. La primera vez que Maxi lo observó, movíase el disco +con majestuosa lentitud, y era tan hermoso de ver con su coraza de +tablitas blancas y rojas, parecida a un plumaje, que tuvo fijos en él +los tristes ojos un buen cuarto de hora. Por el Sur la huerta lindaba +con la medianería de una fábrica de tintas de imprimir, y por el Este +con la tejavana perteneciente al inmediato taller de cantería, donde se +trabajaba mucho. Así como los ojos de Maximiliano miraban con +inexplicable simpatía el disco de la noria, su oído estaba preso, por +decirlo así, en la continua y siempre igual música de los canteros, +tallando con sus escoplos la dura berroqueña. Creeríase que grababan en +lápidas inmortales la leyenda que el corazón de un inconsolable poeta +les iba dictando letra por letra. Detrás de esta tocata reinaba el +augusto silencio del campo, como la inmensidad del cielo detrás de un +grupo de estrellas.</p> + +<p>También se paseaba por aquellos andurriales, sin perder de vista el +convento; iba y venía por las veredas que el paso traza en los terrenos, +matando la yerba, y a ratos sentábase al sol, cuando este no picaba +mucho. Montones de estiércol y paja rompían a lo lejos la uniformidad +del suelo; aquí y allí tapias de ladrillo de color de polvo, letreros +industriales sobre faja de yeso, casas que intentaban rodearse de un +jardinillo sin poderlo conseguir; más allá tejares y las casetas +plomizas de los vigilantes de consumos, y en todo lo que la vista abarca +un sentimiento profundísimo de soledad expectante. Turbábala sólo algún +perro sabio de los que, huyendo de la estricnina municipal, se pasean +por allí sin quitar la vista del suelo. A veces el joven volvía al +camino real y se dejaba ir un buen trecho hacia el Norte; pero no tenía +ganas de ver gente y se echaba fuera, metiéndose otra vez por el campo +hasta divisar las arcadas del acueducto del Lozoya. La vista de la +sierra lejana suspendía su atención, y le encantaba un momento con +aquellos brochazos de azul intensísimo y sus toques de nieve; pero muy +luego volvía los ojos al Sur, buscando los andamiajes y la mole de las +Micaelas, que se confundía con las casas más excéntricas de Chamberí.</p> + +<p>Todas las mañanas antes de ir a clase, hacía Rubín esta excursión al +campo de sus ilusiones. Era como ir a misa, para el hombre devoto, o +como visitar el cementerio donde yacen los restos de la persona querida. +Desde que pasaba de la iglesia de Chamberí veía el disco de la noria, y +ya no le quitaba los ojos hasta llegar próximo a él. Cuando el motor +daba sus vueltas con celeridad, el enamorado, sin saber por qué y +obedeciendo a un impulso de su sangre, avivaba el paso. No sabía +explicarse por qué oculta relación de las cosas la velocidad de la +máquina le decía: «apresúrate, ven, que hay novedades». Pero luego +llegaba y no había novedad ninguna, como no fuera que aquel día soplaba +el viento con más fuerza. Desde la tapia de la huerta oíase el rumor +blando del volteo del disco, como el que hacen las cometas, y sentíase +el crujir del mecanismo que transmite la energía del viento al vástago +de la bomba... Otros días le veía quieto, amodorrado en brazos del aire. +Sin saber por qué, deteníase el joven; pero luego seguía andando +despacio. Hubiera él lanzado al aire el mayor soplo posible de sus +pulmones para hacer andar la máquina. Era una tontería; pero no lo podía +remediar. El estar parado el motor parecíale señal de desventura.</p> + +<p>Pero lo que más tormento daba a Maximiliano era la distinta impresión +que sacaba todos los jueves de la visita que a su futura hacía. Iba +siempre acompañado de Nicolás, y como además no se apartaban de la +recogida las dos monjas, no había medio de expresarse con confianza. El +primer jueves encontró a Fortunata muy contenta; el segundo, estaba +pálida y algo triste. Como apenas se sonreía, faltábale aquel rasgo +hechicero de la contracción de los labios, que enloquecía a su amante. +La conversación fue sobre asuntos de la casa, que Fortunata elogió +mucho, encomiando los progresos que hacía en la lectura y escritura, y +jactándose del cariño que le habían tomado las señoras. Como en uno de +los sucesivos jueves dijera algo acerca de lo que le había gustado la +fiesta de Pentecostés, la principal del año en la comunidad, y después +recayera la conversación sobre temas de iglesia y de culto, expresándose +la neófita con bastante calor, Maximiliano volvió a sentirse atormentado +por la idea aquella de que su querida se iba a volver mística y a +enamorarse perdidamente de un rival tan temible como Jesucristo. Se le +ocurrían cosas tan extravagantes como aprovechar los pocos momentos de +distracción de las madres para secretearse con su amada y decirle que no +creyera en aquello de la Pentecostés, figuración alegórica nada más, +porque no hubo ni podía haber tales lenguas de fuego ni Cristo que lo +fundó; añadiendo, si podía, que la vida contemplativa es la más estéril +que se puede imaginar, aun como preparación para la inmortalidad, porque +las luchas del mundo y los deberes sociales bien cumplidos son lo que +más purifica y ennoblece las almas. Ocioso es añadir que se guardó para +sí estas doctrinas escandalosas porque era difícil expresarlas delante +de las madres.</p> + + + +<hr /> +<h2><a name="vib" id="vib"></a>-VI-</h2> + +<h2>Las Micaelas por dentro</h2> + + + +<hr /> +<h2>-<span class="smcap">i</span>-</h2> + + +<p>Cuando las dos madres aquellas, la bizca y la seca, la llevaron adentro, +Fortunata estaba muy conmovida. Era aquella sensación primera de miedo y +vergüenza de que se siente poseído el escolar cuando le ponen delante de +sus compañeros, que han de ser pronto sus amigos, pero que al verle +entrar le dirigen miradas de hostilidad y burla. Las recogidas que +encontró al paso mirábanla con tanta impertinencia, que se puso muy +colorada y no sabía qué expresión dar a su cara. Las madres, que tantos +y tan diversos rostros de pecadoras habían visto entrar allí, no +parecían dar importancia a la belleza de la nueva recogida. Eran como +los médicos que no se espantan ya de ningún horror patológico que vean +entrar en las clínicas. Hubo de pasar un buen rato antes de que la joven +se serenase y pudiera cambiar algunas palabras con sus compañeras de +lazareto. Pero entre mujeres se rompe más pronto aún que entre +colegiales ese hielo de las primeras horas, y palabra tras palabra +fueron brotando las simpatías, echando el cimiento de futuras +amistades.</p> + +<p>Como ella esperaba y deseaba, pusiéronle una toca blanca; mas no había +en el convento espejos en que mirar si caía bien o mal. Luego le +hicieron poner un vestido de lana burda y negra muy sencillo; pero +aquellas prendas sólo eran de indispensable uso al bajar a la capilla y +en las horas de rezo, y podía quitárselas en las horas de trabajo, +poniéndose entonces una falda vieja de las de su propio ajuar y un +cuerpo, también de lana, muy honesto, que recibían para tales casos. Las +recogidas dividíanse en dos clases, una llamada las <i>Filomenas</i> y otra +las <i>Josefinas</i>. Constituían la primera, las mujeres sujetas a +corrección; la segunda componíase de niñas puestas allí por sus padres, +para que las educaran, y más comúnmente por madrastras que no querían +tenerlas a su lado. Estos dos grupos o familias no se comunicaban en +ninguna ocasión. Dicho se está que Fortunata pertenecía a la clase de +las <i>Filomenas</i>. Observó que buena parte del tiempo se dedicaba a +ejercicios religiosos, rezos por la mañana, doctrina por la tarde. +Enterose luego de que los jueves y domingos había adoración del +Sacramento, con larguísimas y entretenidas devociones, acompañadas de +música. En este ejercicio y en la misa matinal, las recogidas, como las +madres, entraban en la iglesia con un gran velo por la cabeza, el cual +era casi tan grande como una sábana.</p> + +<p>Lo tomaban en la habitación próxima a la entrada, y al salir lo volvían +a dejar después de doblarlo.</p> + +<p>Acostumbrada la prójima a levantarse a las nueve o las diez de la +mañana, éranle penosos aquellos madrugones que en el convento se usaban. +A las cinco de la mañana ya entraba Sor Antonia en los dormitorios +tocando una campana que les desgarraba los oídos a las pobres +durmientes. El madrugar era uno de los mejores medios de disciplina y +educación empleados por las madres, y el velar a altas horas de la noche +una mala costumbre que combatían con ahínco, como cosa igualmente nociva +para el alma y para el cuerpo. Por esto, la monja que estaba de guardia +pasaba revista a los dormitorios a diferentes horas de la noche, y como +sorprendiese murmullos de secreteo, imponía severísimos castigos.</p> + +<p>Los trabajos eran diversos y en ocasiones rudos. Ponían las maestras +especial cuidado en desbastar aquellas naturalezas enviciadas o fogosas, +mortificando las carnes y ennobleciendo los espíritus con el cansancio. +Las labores delicadas, como costura y bordados, de que había taller en +la casa, eran las que menos agradaban a Fortunata, que tenía poca +afición a los primores de aguja y los dedos muy torpes. Más le agradaba +que la mandaran lavar, brochar los pisos de baldosín, limpiar las +vidrieras y otros menesteres propios de criadas de escalera abajo. En +cambio, como la tuvieran sentada en una silla haciendo trabajos de marca +de ropa se aburría de lo lindo. También era muy de su gusto que la +pusieran en la cocina a las órdenes de la hermana cocinera, y era de ver +cómo fregaba ella sola todo el material de cobre y loza, mejor y más +pronto que dos o tres de las más diligentes.</p> + +<p>Mucho rigor y vigilancia desplegaban las madres en lo tocante a +relaciones entre las llamadas arrepentidas, ya fuesen <i>Filomenas</i> o +<i>Josefinas</i>. Eran centinelas sagaces de las amistades que se pudieran +entablar y de las parejas que formara la simpatía. A las prójimas +antiguas y ya conocidas y probadas por su sumisión, se las mandaba a +acompañar a las nuevas y sospechosas. Había algunas a quienes no se +permitía hablar con sus compañeras sino en el corro principal en las +horas de recreo.</p> + +<p>A pesar de la severidad empleada para impedir las parejas íntimas o +grupos, siempre había alguna infracción hipócrita de esta observancia. +Era imposible evitar que entre cuarenta o cincuenta mujeres hubiese dos +o tres que se pusieran al habla, aprovechando cualquier coyuntura +oportuna en las varias ocupaciones de la casa. Un sábado por la mañana +Sor Natividad, que era la Superiora (por más señas la madrecita seca que +recibió a Fortunata el día de su entrada), mandó a esta que brochase +los baldosines de la sala de recibir. Era Sor Natividad vizcaína, y tan +celosa por el aseo del convento que lo tenía siempre como tacita de +plata, y en viendo ella una mota, un poco de polvo o cualquier suciedad, +ya estaba desatinada y fuera de sí, poniendo el grito en el Cielo como +si se tratara de una gran calamidad caída sobre el mundo, otro pecado +original o cosa así. Apóstol fanático de la limpieza, a la que seguía +sus doctrinas la agasajaba y mimaba mucho, arrojando tremendos anatemas +sobre las que prevaricaban, aunque sólo fuera venialmente, en aquella +moral cerrada del aseo. Cierto día armó un escándalo porque no habían +limpiado... ¿qué creeréis?, las cabezas doradas de los clavos que +sostenían las estampas de la sala. En cuanto a los cuadros, había que +descolgarlos y limpiarlos por detrás lo mismo que por delante. «Si no +tenéis alma, ni un adarme de gracia de Dios—les decía—, y no os habéis +de condenar por malas, sino por puercas». El sábado aquel mandó, como +digo, dar cera y brochado al piso de la sala, encargando a Fortunata y a +otra compañera que se lo habían de dejar <i>lo mismo que la cara del Sol</i>.</p> + +<p>Era para Fortunata este trabajo no sólo fácil, sino divertido. Gustábale +calzarse en el pie derecho el grueso escobillón, y arrastrando el paño +con el izquierdo, andar de un lado para otro en la vasta pieza, con +paso de baile o de patinación, puesta la mano en la cintura y +ejercitando en grata gimnasia todos los músculos hasta sudar +copiosamente, ponerse la cara como un pavo y sentir unos dulcísimos +retozos de alegría por todo el cuerpo. La compañera que Sor Natividad le +dio en aquella faena era una <i>filomena</i> en cuyo rostro se había fijado +no pocas veces la neófita, creyendo reconocerlo. Indudablemente había +visto aquella cara en alguna parte, pero no recordaba dónde ni cuándo. +Ambas se habían mirado mucho, como deseando tener una explicación; pero +no se habían dirigido nunca la palabra. Lo que sí sabía Fortunata era +que aquella mujer daba mucha guerra a las madres por su carácter +alborotado y desigual.</p> + +<p>Desde que la Superiora las dejó solas, la otra rompió a patinar y a +hablar al mismo tiempo. Parándose después ante Fortunata, le dijo: +«Porque nosotras nos conocemos, ¿eh? A mí me llaman <i>Mauricia la Dura</i>. +¿No te acuerdas de haberme visto en casa de la Paca?».</p> + +<p>«¡Ah... sí!...» indicó Fortunata, y cargando sobre el pie derecho, tiró +para otro lado frotando el suelo con amazónica fuerza.</p> + +<p>Mauricia la Dura representaba treinta años o poco más, y su rostro era +conocido de todo el que entendiese algo de iconografía histórica, pues +era el mismo, exactamente el mismo de Napoleón Bonaparte antes de ser +Primer Cónsul. Aquella mujer singularísima, bella y varonil tenía el +pelo corto y lo llevaba siempre mal peinado y peor sujeto. Cuando se +agitaba mucho trabajando, las melenas se le soltaban, llegándole hasta +los hombros, y entonces la semejanza con el precoz caudillo de Italia y +Egipto era perfecta. No inspiraba simpatías Mauricia a todos los que la +veían; pero el que la viera una vez, no la olvidaba y sentía deseos de +volverla a mirar. Porque ejercían indecible fascinación sobre el +observador aquellas cejas rectas y prominentes, los ojos grandes y +febriles, escondidos como en acecho bajo la concavidad frontal, la +pupila inquieta y ávida, mucho hueso en los pómulos, poca carne en las +mejillas, la quijada robusta, la nariz romana, la boca acentuada +terminando en flexiones enérgicas, y la expresión, en fin, soñadora y +melancólica. Pero en cuanto Mauricia hablaba, adiós ilusión. Su voz era +bronca, más de hombre que de mujer, y su lenguaje vulgarísimo, revelando +una naturaleza desordenada, con alternativas misteriosas de depravación +y de afabilidad.</p> + + + +<hr /> +<h2>-<span class="smcap">ii</span>-</h2> + + +<p>Después que se reconocieron, callaron un rato, trabajando las dos con +igual ahínco. Un tanto fatigadas se sentaron en el suelo, y entonces +Mauricia, arrastrándose hasta llegar junto a su compañera, le dijo:</p> + +<p>«Aquel día... ¿sabes?, acabadita de marcharte tú, estuvo en casa de la +Paca Juanito Santa Cruz».</p> + +<p>Fortunata la miró aterrada.</p> + +<p>«¿Qué día?» fue lo único que dijo.</p> + +<p>—¿No te acuerdas? El día que estuviste tú, el día en que te conocí... +<i>Paices</i> boba. Yo me lié con la Visitación, que me robó un pañuelo, la +muy ladrona sinvergüenza. Le metí mano, y... ¡ras!, le trinqué la oreja +y me quedé con el pendiente en la mano, partiéndole el pulpejo... por +poco me traigo media cara. Ella me mordió un brazo, mira... todavía está +aquí la señal; pero yo le dejé sellaíto un ojo... todavía no lo ha +abierto, y le saqué una tira de pellejo ¡ras!, desde semejante parte, +aquí por la sien... hasta la barba. Si no nos apartan, si no me coges tú +a mí por la cintura, y Paca a ella, la reviento... creételo.</p> + +<p>—Ya me acuerdo de aquella trifulca—dijo Fortunata mirando a su +compañera con miedo.</p> + +<p>—A mí, la que me la hace me la paga. No sé si sabes que a la Matilde, +aquella silfidona rubia...</p> + +<p>—No sé, no la conozco.—Pues allá se me vino con unos chismajos, porque +yo <i>hablaba</i> entonces con el chico de Tellería y... Pues la cogí un día, +la tiré al suelo, me estuve paseando sobre ella todo el tiempo que me +dio la gana... y luego, cogí una badila y del primer golpe le abrí un +ojal en la cabeza, del tamaño de un duro... La llevaron al hospital... +Dicen que por el boquete que le hice se le veía la sesada... Buen repaso +le di. Pues otro día, estando en el Modelo... verás... me dijo una tía +muy pindongona y muy facha que si yo era no sé qué y no sé cuánto, y de +la primer bofetada que le alumbré fue rodando por el suelo con las patas +al aire. Nada, que tuvieron que atarme... Pues volviendo a lo que decía. +Aquel día que tuve la zaragata con Visitación...</p> + +<p>Sintieron venir a la Superiora, y rápidamente se levantaron y se +pusieron a brochar otra vez. La monja miró el piso, ladeando la cara +como los pájaros cuando miran al suelo, y se retiró. Un rato después, +las dos arrepentidas volvieron a pegar su hebra.</p> + +<p>«No aportaste más por allí. Yo le pregunté después a la Paca si había +vuelto por allí el <i>chico</i> de Santa Cruz, y me contestó: 'Calla hija, si +han dicho aquí anoche que está con <i>plumonía</i>...'. Pobrecito, por poco +no lo cuenta. Estuvo si se las lía, si no se las lía... Por ti pregunté +a la Feliciana una tarde que fui a enseñarle los mantones de Manila que +yo estaba corriendo, y me dijo que te ibas a casar con un boticario... +ya, el sobrino de doña Lupe <i>la de los Pavos</i>... ¡Ah!, chica, si esa tal +doña Lupe es lo que más conozco... Pregúntale por mí. Le he vendido más +alhajas que pelos tengo en la cabeza. ¡Ah!, entonces sí que estaba yo +bien; pero de repente me trastorné, y caí tan enferma del estómago, que +no podía pasar nada, y lo mismo era entrarme bocado en él o gota de +agua, que parecía que me encendían lumbre; y mi hermana Severiana, que +vive en la calle de Mira el Río, me llevó a su casa, y allí me entraron +unos calambres que creí que espichaba; y una noche, viendo que aquello +no se me quería calmar, salí de estampía, y en la taberna me atizé tres +copas de aguardiente, arreo, tras, tras, tras, y salí, y en medio a +medio de la calle caíme al suelo, y los chiquillos se me ajuntaron a la +redonda, y luego vinieron los guindillas y me soplaron en la prevención. +Severiana quiso llevarme otra vez a su casa; pero entonces una señora +que conocemos, esa doña Guillermina... la habrás oído nombrar... me +cogió por su cuenta y me trajo a este <i>establecimiento</i>. La doña +Guillermina es una que se ha echado mismamente a pobre, ¿sabes?, y pide +limosna y está haciendo un palación ahí abajo para <i>los huérfanos</i>. Mi +hermana y yo nos criamos en su casa, ¡gran casa la de los señores de +Pacheco! Personas muy ricas, no te creas, y mi madre era la que les +planchaba. Por eso nos tiene tanta ley doña Guillermina, que siempre que +me ve con miseria me socorre, y dice que mientras más mala sea yo más me +ha de socorrer. Pues que quise que no, aquí me metieron... Ya me habían +metido antes; pero no estuve más que una semana, porque me escapé +subiéndome por la tapia de la huerta como los gatos».</p> + +<p>Esta historia, contada con tan aterradora sinceridad, impresionó mucho a +la otra <i>filomena</i>. Siguieron ambas bailando a lo largo de la sala, +deslizándose sobre el ya pulimentado piso, como los patinadores sobre el +hielo, y Fortunata, a quien le escarbaba en el interior lo que referente +a ella habla dicho Mauricia la Dura, quiso aclarar un punto importante, +diciéndole:</p> + +<p>«Yo no fui más que dos veces a casa de la Paca, y por mi gusto no +hubiera ido ninguna. La necesidad, hija... Después no volví más porque +me salieron relaciones con el chico con quien me voy a casar».</p> + +<p>Después de una pausa, durante la cual viniéronle al pensamiento muchas +cosas pasadas, creyó oportuno decir algo, conforme a las ideas que +aquella casa imponía: «¿Y para qué me buscaba a mí ese hombre?... ¿para +qué? Para perderme otra vez. Con una basta».</p> + +<p>—Los hombres son muy caprichosos—dijo en tono de filosofía Mauricia la +Dura—, y cuando la tienen a una a su disposición, no le hacen más caso +que a un trasto viejo; pero si una habla con otro, ya el de antes quiere +arrimarse, por el aquel de la golosina que otro se lleva. Pues digo... +si una se pone a ser verbigracia honrada, los muy peines no pasan por +eso, y si una se mete mucho a rezar y a confesar y comulgar, se les +encienden más a ellos las querencias, y se pirran por nosotras desde que +nos convertimos por lo eclesiástico... Pues qué, ¿crees tú que Juanito +no viene a rondar este convento desde que sabe que estás aquí? <i>Paices</i> +boba. Tenlo por cierto, y alguno de los coches que se sienten por ahí, +créete que es el suyo.</p> + +<p>—No seas tonta... no digas burradas—replicó la otra palideciendo—. No +puede ser... Porque mira tú, él cayó con la pulmonía en Febrero...</p> + +<p>—Bien enterada estás.—Lo sé por Feliciana, a quien se lo contó, <i>días +atrás</i>, un señor que es amigo de Villalonga. Pues verás, él cayó con la +pulmonía en Febrero, y en este <i>entremedio</i> conocí yo al chico con quien +hablo... El otro estuvo dos meses muy malito... si se va si no se va. +Por fin salió, y en Marzo se fue con su mujer a Valencia.</p> + +<p>—¿Y qué?—Que todavía no habrá vuelto.</p> + +<p>—<i>Paices</i> boba... Esto es un decir. Y si no ha vuelto, volverá... +Quiere decirse que te hará la rueda cuando venga y se entere de que +ahora vas para santa.</p> + +<p>—Tú sí que eres boba... déjame en paz. Y suponiendo que venga y me +ronde... ¿A mí qué?</p> + +<p>Sor Natividad examinó el brochado y vio «que era bueno». Satisfacción de +artista resplandecía en su carita seca. Miró al techo tratando de +descubrir alguna mota producida por las moscas; pero no había nada, y +hasta las cabezas de los clavos de la pared, limpiados el día antes, +resplandecían como estrellitas de oro. La Superiora volvía las gafas a +todas partes buscando algo que reprender; pero nada encontró que +mereciese su crítica estrecha. Dispuso que antes de entrar los muebles +los limpiasen y frotasen bien para que todo el polvo quedase fuera; pero +encargó mucho que aquella operación se hiciese <i>al hilo</i> de la madera; y +como las dos trabajadoras no entendiesen bien lo que esto significaba, +cogió ella misma un trapo y prácticamente les hizo ver con la mayor +seriedad cuál era su sistema. Cuando se quedaron solas otra vez, +Mauricia dijo a su amiga: «Hay que tener contenta a esta <i>tía chiflada</i>, +que es buena persona, y como le froten los muebles <i>al hilo</i>, la tienes +partiendo un piñón».</p> + +<p>Mauricia tenía días. Las monjas la consideraban lunática, porque si las +más de las veces la sometían fácilmente a la obediencia, haciéndola +trabajar, entrábale de golpe como una locura y rompía a decir y hacer +los mayores desatinos. La primera vez que esto pasó, las religiosas se +alarmaron; mas domada la furia sin que fuese preciso apelar a la fuerza, +cuando se repetían los accesos de indisciplina y procacidad no les daban +gran importancia. Era un espectáculo imponente y aun divertido el que de +tiempo en tiempo, comúnmente cada quince o veinte días, daba Mauricia a +todo el personal del convento. La primera vez que lo presenció +Fortunata, sintió verdadero terror.</p> + +<p>Iniciábasele aquel trastorno a Mauricia como se inician las +enfermedades, con síntomas leves, pero infalibles, los cuales se van +acentuando y recorren después todo el proceso morboso. El periodo +prodrómico solía ser una cuestión con cualquier recogida por el +chocolate del desayuno, o por si al salir le tropezaron y la otra lo +hizo con mala intención. Las madres intervenían, y Mauricia callaba al +fin, quedándose durante dos o tres horas taciturna, rebelde al trato, +haciéndolo todo al revés de como se le mandaba. Su diligencia pasmosa +trocábase en dejadez; y como las madres la reprendieran, no les +respondía nada cara a cara; pero en cuanto volvían la espalda, dejaba +oír gruñidos, masticando entre ellos palabras soeces. A este periodo +seguía por lo común una travesura ruidosa y carnavalesca, hecha de +improviso para provocar la risa de algunas <i>Filomenas</i> y la indignación +de las señoras. Mauricia aprovechaba el silencio de la sala de labores +para lanzar en medio de ella un gato con una chocolatera amarrada a la +cola, o hacer cualquier otro disparate más propio de chiquillos que de +mujeres formales. Sor Antonia, que era la bondad misma, mirábala con +toda la severidad que cabía en su carácter angelical, y Mauricia le +devolvía la mirada con insolente dureza, diciendo: «Si no he sido +<i>yio</i>... <i>amos</i>, si no he sido <i>yio</i>... ¿Para qué me mira usted +tantooo?... ¿Es que me quiere retrataaar...?».</p> + +<p>Aquel día, Sor Antonia llamó a la Superiora, que era una vizcaína muy +templada. Esta dijo al entrar: «¿Ya está otra vez suelto el +enemigo?...». Y decretó que fuese encerrada en el cuarto que servía de +prisión cuando alguna recogida se insubordinaba. Aquí fue el estallar la +fiereza de aquella maldita mujer. «¡Encerrarme a mí!... ¿De veee... ras? +No me lo diga usted... prenda».</p> + +<p>—Mauricia—dijo con varonil entereza la monja, soltando una expresión +de su tierra—, déjese usted de <i>chínchirri-máncharras</i>, y obedezca. Ya +sabe usted que no nos asusta con sus botaratadas. Aquí no tenemos miedo +a ninguna tarasca. Por compasión y caridad no la echamos a la calle, ya +lo sabe usted... Vamos, hija, pocas palabras y a hacer lo que se le +manda.</p> + +<p>A Mauricia le temblaba la quijada, y sus ojos tomaban esa opacidad +siniestra de los ojos de los gatos cuando van a atacar. Las recogidas la +miraban con miedo, y algunas monjas rodearon a la Superiora para hacerla +respetar.</p> + +<p>«Vaya con lo que sale ahora la tía chiflada... ¡Encerrarme a mí! A donde +voy es a mi casa, ¡hala...!, a mi casa, de donde me sacaron engañada +estas indecentonas, sí señor, engañada, porque yo era honrada como un +sol, y aquí no nos enseñan más que peines y peinetas... ¡Ja ja ja!... +Vaya con las señoras virtuosas y <i>santifiquísimas</i>. ¡Ja ja ja!...».</p> + +<p>Estos monosílabos guturales los emitía con todo el grueso de su +gruesísima voz, y con tal acento de sarcasmo infame y de grosería, que +habrían sacado de quicio a personas de menos paciencia y flema que Sor +Natividad y sus compañeras. Estaban tan hechas a ser tratadas de aquel +modo y habían domado fieras tan espantables, que ya las injurias no les +hacían efecto. «Vamos—dijo la Superiora frunciendo el ceño—; callando, +y baje usted al patio».</p> + +<p>—Pues me gusta la santidad de estas traviatonas de iglesia... ¡Ja ja +ja!...—gritó la infame puesta en jarras y mirando en redondo a todo el +concurso de recogidas—. Se encierran aquí para retozar a sus anchas con +los curánganos de babero... ¡Ja ja ja!... ¡qué peines!... y con los que +no son de babero.</p> + +<p>Muchas recogidas se tapaban los oídos. Otras, suspensa la mano sobre el +bastidor, miraban a las monjas y se pasmaban de su serenidad. En aquel +instante apareció en la sala una figura extraña. Era Sor Marcela, una +monja vieja, coja y casi enana, la más desdichada estampa de mujer que +puede imaginarse. Su cara, que parecía de cartón, era morena, dura, +chata, de tipo mongólico, los ojos expresivos y afables como los de +algunas bestias de la raza cuadrumana. Su cuerpo no tenía forma de +mujer, y al andar parecía desbaratarse y hundirse del lado izquierdo, +imprimiendo en el suelo un golpe seco que no se sabía si era de pie de +palo o del propio muñón del hueso roto. Su fealdad sólo era igualada por +la impavidez y el desdén compasivo con que miró a Mauricia.</p> + +<p>Sor Marcela traía en la mano derecha una gran llave, y apuntando con +ella al esternón de la delincuente, hizo un castañeteo de lengua y no +dijo más que esto: «Andando».</p> + +<p>Quitose la fiera con rápido movimiento su toca, sacudió las melenas y +salió al corredor, echando por aquella boca insolencias terribles. La +coja volvió a indicarle el camino, y Mauricia, moviendo los brazos como +aspas de molino de viento, se puso a gritar:</p> + +<p>«¡Peines y peinetas!... ¿Pues no me quieren deshonrar y encerrarme como +si yo fuera una <i>criminala</i>? ¡Tunantas!... cuando si yo quisiera, de +tres bofetadas las tumbaba a todas patas arriba...».</p> + +<p>A pesar de estas fierezas, la coja la llevaba por delante con la misma +calma con que se conduce a un perro que ladra mucho, pero que se sabe no +ha de morder. A mitad de la escalera se volvió la harpía, y mirando con +inflamados ojos a las monjas que en el corredor quedaban, les decía en +un grito estridente: «¡Ladronas, más que ladronas!... ¡Grandísimas +púas!...».</p> + +<p>Dicho esto, la coja le ponía suavemente la mano en la espalda, +empujándola hacia adelante. En el patio tuvo que cogerla por un brazo, +porque quería subir de nuevo.</p> + +<p>«Si no te hacen caso, estúpida—le dijo—, si no eres tú la que hablas +sino el demonio que te anda dentro de la boca. Cállate ya por amor de +Dios y no marees más».</p> + +<p>—El demonio eres tú—replicó la fiera, que parecía ya, por lo muy +exaltada, irresponsable de los disparates que decía—. Facha, +mamarracho, esperpento...</p> + +<p>—Echa, echa más veneno—murmuraba Sor Marcela con tranquilidad, +abriendo la puerta de la prisión—. Así te pasará más pronto el +arrechucho. Vaya, adentro, y mañana como un guante. A la noche te traeré +de comer. Paciencia, hija...</p> + +<p>Mauricia ladró un poco más; pero con tanto furor de palabras no hacía +resistencia verdadera, de modo que aquella pobre vieja inválida la +manejaba como a un niño. Bastó que esta la cogiese por un brazo y la +metiera dentro del encierro, para que la prisión se efectuase sin ningún +inconveniente, después de tanta bulla. Sor Marcela echó la llave dando +dos vueltas, y la guardó en su bolsillo. Su rostro, tan parecido a una +máscara japonesa, continuaba imperturbable. Cuando atravesaba el patio +en dirección a la escalera, oyó el <i>ja ja ja</i> de Mauricia, que estaba +asomada por uno de los dos tragaluces con barras de hierro que la puerta +tenía en su parte superior. La monja no se detuvo a oír las injurias que +la fiera le decía.</p> + +<p>«¡Eh!... coja... galápago, vuelve acá y verás qué morrazo te doy... ¡Qué +facha!, cañamón, pata y media...».</p> + + + +<hr /> +<h2>-<span class="smcap">iii</span>-</h2> + + +<p>La faz napoleónica, lívida y con la melena suelta, volvió a asomar en la +reja a la caída de la tarde. Y Sor Marcela pasó repetidas veces por +delante de la cárcel, volviendo de registrar los nidos de las gallinas, +por ver si tenían huevos, o de regar los pensamientos y francesillas que +cultivaba en un rincón de la huerta. El patio, que era pequeño y se +comunicaba con la huerta por una reja de madera casi siempre abierta, +estaba muy mal empedrado, resultando tan irregular el paso de la coja, +que los balanceos de su cuerpo semejaban los de una pequeña embarcación +en un mar muy agitado. Muy a menudo andaba Sor Marcela por allí, pues +tenía la llave de la leñera y carbonera, la del calabozo y la de otra +pieza en que se guardaban trastos de la casa y de la iglesia.</p> + +<p>Ya cerca de la noche, como he dicho, Mauricia no se quitaba de la reja +para hablar a la monja cuando pasaba. Su acento había perdido la +aspereza iracunda de por la mañana, aunque estaba más ronca y tenía +tonos de dolor y de miseria, implorando caridad. La fiera estaba domada. +Fuertemente asida con ambas manos a los hierros, la cara pegada a estos, +alargando la boca para ser mejor oída, decía con voz plañidera:</p> + +<p>«Cojita mía... cañamoncito de mi alma, ¡cuánto te quiero!... Allá va el +patito con sus meneos; una, dos, tres... Lucero del convento, ven y +escucha, que te quiero decir una cosita».</p> + +<p>A estas expresiones de ternura, mezcladas de burla cariñosa, la monja no +contestaba ni siquiera con una mirada. Y la otra seguía:</p> + +<p>«¡Ay, mi galapaguito de mi alma, qué enfadadito está conmigo, que le +quiero tanto!... Sor Marcela, una palabrita, nada más que una palabrita. +Yo no quiero que me saques de aquí, porque me merezco la encerrona. Pero +¡ay niñita mía, si vieras qué mala me he puesto! <i>Paice</i> que me están +arrancando el estómago con unas tenazas de fuego... Es de la tremolina +de esta mañana. Me dan tentaciones de ahorcarme colgándome de esta reja +con un cordón hecho de tiras del refajo. Y lo voy a hacer, sí, lo hago y +me cuelgo si no me miras y me dices algo... Cojita graciosa, enanita +remonona, mira, oye: si quieres que te quiera más que a mi vida y te +obedezca como un perro, hazme un favor que voy a pedirte; tráeme nada +más que una lagrimita de aquella gloria divina que tú tienes, de aquello +que te recetó el médico para tu mal de barriga... Anda, ángel, mira que +te lo pido con toda mi alma, porque esta penita que tengo aquí no se me +quiere quitar, y parece que me voy a morir. Anda, rica, cañamón de los +ángeles; tráeme lo que te pido, así Dios te dé la vida celestial que te +tienes ganada, y tres más, y así te coronen los serafines cuando entres +en el Cielo con tu patita coja...».</p> + +<p>La monja pasaba... trun, trun... hiriendo los guijarros con aquel pie +duro que debía ser como la pata de una silla; y no concedía a la +prisionera ni respuesta ni mirada. Al anochecer, bajó con la cena para +la presa, y abriendo la puerta penetró en el lóbrego aposento. Por el +pronto no vio a Mauricia, que estaba acurrucada sobre unas tablas, las +rodillas junto al pecho, las manos cruzadas sobre las rodillas, y en las +manos apoyada la barba.</p> + +<p>«No veo. ¿Dónde estás?» murmuró la coja sentándose sobre otro rimero de +tablas.</p> + +<p>Contestó Mauricia con un gruñido, como el de un mastín a quien dan con +el pie para que se despierte. Sor Marcela puso junto a sí un plato de +menestra y un pan. «La Superiora—dijo—, no quería que te trajera más +que pan y agua; pero intercedí por ti... No te lo mereces. Aunque me +proponga no tener entrañas, no lo puedo conseguir. A ti te manejo yo a +mi modo y sé que mientras peor se te trate, más rabiosa te pones... Y +para que veas, hija, hasta dónde llevo mi condescendencia...» añadió +sacando de debajo del manto un objeto...</p> + +<p>Creyérase que Mauricia lo había olido, porque de improviso alzó la +cabeza, adquiriendo tal animación y vida su cara que parecía +<i>mismamente</i> la del otro cuando, señalando las pirámides, dijo lo de los +<i>cuarenta siglos</i>. La mazmorra estaba oscura, mas por la puerta entraba +la última claridad del día, y las dos mujeres allí encerradas se podían +ver y se veían, aunque más bien como bultos que como personas. Mauricia +alargó las manos con ansia hasta tocar la botella, pronunciando palabras +truncadas y balbucientes para expresar su gratitud; pero la monja +apartaba el codiciado objeto.</p> + +<p>«¡Eh!... las manos quietas. Si no tenemos formalidad, me voy. Ya ves que +no soy tirana, que llevo la caridad hasta un límite que quizás sea +imprudente. Pero yo digo: 'Dándole un poquito, nada más que una miajita, +la consuelo, y aquí no puede haber vicio'. Porque yo sé lo que es la +debilidad de estómago y cuánto hace sufrir. Negar y negar siempre al +preso pecador todo lo que pide, no es bueno. El Señor no puede negar +esto. Tengamos misericordia y consolemos al triste».</p> + +<p>Diciendo esto sacó un cortadillo y se preparó a escanciar corta porción +del precioso licor, el cual era un coñac muy bueno que solía usar para +combatir sus rebeldes dispepsias. Luego cayó en la cuenta de que antes +debía comerse Mauricia el plato de menestra. La presa lo comprendió así, +apresurándose a devorar la cena para abreviar.</p> + +<p>«Esto que te doy—añadió la monja—, es una reparación de los nervios y +un puntal del ánimo desmayado. No creas que lo hago a escondidas de la +Superiora, pues acaba de autorizarme para darte esta golosina, siempre +que sea en la medida que separa la necesidad del apetito y el remedio +del deleite. Yo sé que esto te entona y te da la alegría necesaria para +cumplir bien con los deberes. Mira tú por dónde lo que algunos podrían +tener por malo, es bueno en medida razonable».</p> + +<p>Mauricia estaba tan agradecida, que no acertaba a expresar su gratitud. +La cojita echó en el cortadillo una cantidad, así como un dedo, +inclinando la botella con extraordinario pulso para que no saliera más +de lo conveniente; y al dárselo a la presa, le repitió el sermón. ¡Y +cómo se relamía la otra después de beber, y qué bien le supo! Conocía +muy bien al galapaguito para atreverse a pedir más. Sabía, por +experiencia de casos análogos, que no traspasaba jamás el límite que su +bondad y su caridad le imponían. Era buena como un ángel para conceder, +y firme como una roca para detenerse en el punto que debía.</p> + +<p>«Ya sé—dijo tapando cuidadosamente la botella—, que con este consuelo +de tus nervios desmayados estarás más dispuesta, y la reparación del +cuerpo ayuda la del alma».</p> + +<p>En efecto, Mauricia empezó a sentirse alegre, y con la alegría vínole +una viva disposición del ánimo para la obediencia y el trabajo, y tantas +ganas le entraron de todo lo bueno, que hasta tuvo deseos de rezar, de +confesarse y de hacer devociones exageradas como las que hacía Sor +Marcela, que, al decir de las recogidas, llevaba cilicio.</p> + +<p>«Dígale por Dios a la Superiora que estoy arrepentida y que me +perdone... que yo cuando me da el toque y me pongo a despotricar soy un +papagayo, y la lengua se lo dice sola. Sáqueme pronto de aquí, y +trabajaré como nunca, y si me mandan fregar toda la casa de arriba a +abajo, la fregaré. Échenme penitencias gordas y las cumpliré en un decir +luz».</p> + +<p>—Me gusta verte tan entrada en razón—le dijo la madre, recogiendo el +plato—; pero por esta noche no saldrás de aquí. Medita, medita en tus +pecados, reza mucho y pídele al Señor y a la Santísima Virgen que te +iluminen.</p> + +<p>Mauricia creía que estaba ya bastante iluminada, porque la excitación +encendía sus ideas dándole un cierto entusiasmo; y después de hacer un +poco de ejercicio corporal colgándose de la reja, porque sus miembros +apetecían estirarse, se puso a rezar con toda la devoción de que era +capaz, luchando con las varias distracciones que llevaban su mente de un +lado para otro, y por fin se quedó dormida sobre el duro lecho de +tablas. Sacáronla del encierro al día siguiente temprano, y al punto se +puso a trabajar en la cocina, sumisa, callada y desplegando maravillosas +actividades. Después de cumplir una condena, lo que ocurría +infaliblemente una vez cada treinta o cuarenta días, la mujer +napoleónica estaba cohibida y como avergonzada entre sus compañeras, +poniendo toda su atención en las obligaciones, demostrando un celo y +obediencia que encantaban a las madres. Durante cuatro o cinco días +desempeñaba sin embarazo ni fatiga la tarea de tres mujeres. Pasadas dos +semanas, advertían que se iba cansando; ya no había en su trabajo +aquella corrección y diligencia admirables; empezaban las omisiones, los +olvidos, los descuidillos, y todo esto iba en aumento hasta que la +repetición de las faltas anunciaba la proximidad de otro estallido. Con +Fortunata volvió a intimar después de la escena violenta que he +descrito, y juntas echaron largos párrafos en la cocina, mientras +pelaban patatas o fregaban los peroles y cazuelas. Allí gozaban de +cierta libertad, y estaban sin tocas y en traje de <i>mecánica</i> como las +criadas de cualquier casa.</p> + +<p>«Yo tengo una niña—dijo Mauricia en una de sus confidencias—. La puse +por nombre Adoración. ¡Es más mona...! Está con mi hermana Severiana, +porque yo, como gasto este geniazo, le doy malos ejemplos sin querer, +¿tú sabes?, y mejor vive el angelito con Severiana que conmigo. Esa doña +Jacinta, esposa de tu señor, quiere mucho a mi niña, y le compra ropa y +le da el toque por llevársela consigo; como que está rabiando por tener +chiquillos y el Señor no se los quiere dar. Mal hecho, ¿verdad? Pues los +hijos deben ser para los ricos y no para los pobres, que no los pueden +mantener».</p> + +<p>Fortunata se manifestó conforme con estas ideas. Algo había oído ella +contar del desmedido afán de aquella señora por tener hijos; pero +Mauricia le dijo algo más, contándole también el caso del <i>Pituso</i>, a +quien Jacinta quiso recoger creyéndolo hijo de su marido y de la propia +Fortunata. Tal efecto hizo en esta la historia de aquel increíble caso +de delirio maternal y de pasión no satisfecha, que estuvo tres días sin +poder apartarlo del pensamiento.</p> + + + +<hr /> +<h2>-<span class="smcap">iv</span>-</h2> + + +<p>Desde el corredor alto se veía parte del Campo de Guardias, el Depósito +de aguas del Lozoya, el cementerio de San Martín y el caserío de Cuatro +Caminos, y detrás de esto los tonos severos del paisaje de la Moncloa y +el admirable horizonte que parece el mar, líneas ligeramente onduladas, +en cuya aparente inquietud parece balancearse, como la vela de un barco, +la torre de Aravaca o de Húmera. Al ponerse el sol, aquel magnífico +cielo de Occidente se encendía en espléndidas llamas, y después de +puesto, apagábase con gracia infinita, fundiéndose en las palideces del +ópalo. Las recortadas nubes oscuras hacían figuras extrañas, +acomodándose al pensamiento o a la melancolía de los que las miraban, y +cuando en las calles y en las casas era ya de noche, permanecía en +aquella parte del cielo la claridad blanda, cola del día fugitivo, la +cual lentamente también se iba.</p> + +<p>Estas hermosuras se ocultarían completamente a la vista de <i>Filomenas</i> y +<i>Josefinas</i> cuando estuviera concluida la iglesia en que se trabajaba +constantemente. Cada día, la creciente masa de ladrillos tapaba una +línea de paisaje.</p> + +<p>Parecía que los albañiles, al poner cada hilada, no construían, sino que +borraban. De abajo arriba, el panorama iba desapareciendo como un mundo +que se anega. Hundiéronse las casas del paseo de Santa Engracia, el +Depósito de aguas, después el cementerio. Cuando los ladrillos rozaban +ya la bellísima línea del horizonte, aún sobresalían las lejanas torres +de Húmera y las puntas de los cipreses del Campo Santo. Llegó un día en +que las recogidas se alzaban sobre las puntas de los pies o daban saltos +para ver algo más y despedirse de aquellos amigos que se iban para +siempre. Por fin la techumbre de la iglesia se lo tragó todo, y sólo se +pudo ver la claridad del crepúsculo, la cola del día arrastrada por el +cielo.</p> + +<p>Pero si ya no se veía nada, se oía, pues el tiqui tiqui del taller de +canteros parecía formar parte de la atmósfera que rodeaba el convento. +Era ya un fenómeno familiar, y los domingos, cuando cesaba, la falta de +aquella música era para todas las habitantes de la casa la mejor +apreciación de día de fiesta. Los domingos, empezaba a oírse desde las +dos el tambor que ameniza el Tío Vivo y balancines que están junto al +Depósito de aguas. Este bullicio y el de la muchedumbre que concurre a +los merenderos de los Cuatro Caminos y de Tetuán, duraba hasta muy +entrada la noche. Mucho molestó en los primeros tiempos a algunas +monjas el tal tamboril, no sólo por la pesadez de su toque, sino por la +idea de lo mucho que se peca al son de aquel mundano instrumento. Pero +se fueron acostumbrando, y por fin lo mismo oían el rumor del Tío Vivo +los domingos, que el de los picapedreros los días de labor. Algunas +tardes de día de fiesta, cuando las recogidas se paseaban por la huerta +o el patio, la tolerancia de las madres llegaba hasta el extremo de +permitirles bailar una chispita, con decencia se entiende, al son de +aquellas músicas populares. ¡Cuántas memorias evocadas, cuántas +sensaciones reverdecidas en aquellos poquitos compases y vueltas de las +pobres reclusas! ¡Qué recuerdo tan vivo de las polkas bailadas con +horteras en el salón de la Alhambra, de tarde, levantando mucho polvo +del piso, las manos muy sudadas y chupando caramelos revenidos! Y lo +peor de todo y lo que en definitiva las había perdido era que aquellos +benditos horteras iban todos con buen fin. El buen fin precisamente, +disculpando los malos medios, era la más negra. Porque después, ni fin +ni principio ni nada más que vergüenza y miseria.</p> + +<p>La monja que más empeñadamente abogaba porque se las dejase zarandearse +un ratito era Sor Marcela, que por su cojera y su facha parecía incapaz +de apreciar el sentimiento estético de la danza. Pero la mujer aquella +con su aplastada cara japonesa, sabía mucho del mundo y de las pasiones +humanas, tenía el corazón rebosando tolerancia y caridad, y sostenía +esta tesis: que la privación absoluta de los apetitos alimentados por la +costumbre más o menos viciosa, es el peor de los remedios, por engendrar +la desesperación, y que para curar añejos defectos es conveniente +permitirlos de vez en cuando con mucha medida.</p> + +<p>Un día sorprendió a Mauricia en la carbonera fumándose un cigarrillo, +cosa ciertamente fea e impropia de una mujer. La coja no se apresuró a +quitarle el cigarro de la boca, como parecía natural. Sólo le dijo: +«¡Qué cochina eres! No sé cómo te puede gustar eso. ¿No te mareas?». +Mauricia se reía; y cerrando fuertemente un ojo porque el humo se le +había metido en él, miró a la monja con el otro, y alargándole el +cigarro, le dijo: «Pruebe, señora». ¡Cosa inaudita! Sor Marcela dio una +chupada y después arrojó el cigarro, haciendo ascos, escupiendo mucho y +poniendo una cara tan fea como la de esos fetiches monstruosos de las +idolatrías malayas. Mauricia lo recogió y siguió chupando, alternando un +ojo con otro en el cerrarse y en el mirar. Después hablaron de la +procedencia del pitillo. La otra no quería confesarlo; pero la +madrecita, que sabía tanto, le dijo: «Los albañiles te lo han tirado +desde la obra. No lo niegues. Ya te vi haciéndoles garatusas. Si la +Superiora sabe que andas en telégrafos con los albañiles, buena te la +arma... y con razón. Tira ya el tabacazo, indecente... ¡Ay, qué asco! Me +ha dejado la boca perdida. No comprendo cómo os puede gustar ese ardor, +ese picor de mil demonios. Los hombres, como si no tuvieran bastantes +vicios, los inventan cada día...». Mauricia tiró el cigarro y apagolo +con el pie.</p> + +<p>Fortunata, al mes de estar allí, tuvo otra amiga con quien intimó +bastante. Doña Manolita era <i>señora</i> en regla, puesto que era casada, +ayudaba a las monjas en las clases de lectura y escritura, y ponía un +empeño particular en enseñar a Fortunata, de lo que principalmente vino +su amistad. Permitían las madres a aquella recogida cierta latitud en la +observancia de las reglas; se la dejaba sola con una o dos <i>filomenas</i> +durante largo rato, bien en la sala de estudio, bien en la huerta; se le +permitía ir al departamento de <i>Josefinas</i>, y como tenía habitación +aparte y pagaba buena pensión, gozaba de más comodidad que sus +compañeras de encierro.</p> + +<p>Fortunata y ella, una vez que se conocieron, no tardaron en referirse +sus respectivas historias. La que ya conocemos salió descarnada; pero +Manolita adornó la suya tanto y de tal modo la quiso hacer patética, que +no la conocería nadie. Según su relato, no había pecado, todo había sido +pura equivocación; pero su marido, que era muy bruto y tenía la culpa, +sí, él tenía la culpa, de las equivocaciones, o si se quiere, malas +tentaciones de ella, la había metido allí sin andarse con rodeos. Como +aquella señora había ocupado una regular posición, contaba con embeleso +cosas del mundo y sus pompas, de los saraos a que asistía, de los muchos +y buenos vestidos que usaba. Porque su marido era comerciante de +novedades, hombre inferior a ella por el nacimiento; como que su papá +era oficial primero de la Dirección de la Deuda. Oyendo estas +ponderaciones orgullosas, Fortunata se echaba a pensar qué cosa tan +empingorotada sería aquel destino del papá de su amiga.</p> + +<p>Pero lo mejor fue que en la conversación salió de repente una cosa +interesantísima. Manolita conocía a los de Santa Cruz. ¡Vaya!, si su +marido, Pepe Reoyos, era íntimo, pero íntimo, de D. Baldomero. Y ella, +la propia Manolita, visitaba mucho a doña Bárbara. De aquí saltó la +conversación a hablar de Jacinta. ¡Ah! Jacinta era una mujer muy mona: +lo tenía todo, bondad, belleza, talento y virtud. El danzante de Juan no +merecía tal joya, por ser muy dado a picos pardos. Pero fuera de esto, +era un excelente chico, y muy simpático, pero mucho.</p> + +<p>«Ya sabrá usted—dijo luego—, que cayó malo con pulmonía en Febrero de +este año. Por poco se muere. En esta casa, que debe mucha protección a +los señores de Santa Cruz, pusieron al Señor de Manifiesto, y cuando +estuvo fuera de peligro, Jacinta costeó unas funciones solemnes. Como +que vino el obispo auxiliar a decirnos la misa...».</p> + +<p>—¿De veras?... <i>tie</i> gracia.</p> + +<p>—Como usted lo oye. ¡Lo que usted se perdió! Jacinta es una de las +señoras que más han ayudado a sostener esta casa. Ya se ve, como no +tiene hijos... no sabe en qué gastar el dinero. ¿Se ha fijado usted en +aquellos grandes ramos, monísimos, con flores de tisú de oro y hojas de +plata?</p> + +<p>—Sí—replicó Fortunata que atendía con toda su alma—. ¡Los que se +pusieron en el altar el día de Pentecostés!</p> + +<p>—Los mismos. Pues los regaló Jacinta. Y el manto de la Virgen, el manto +de brocado con ramos... ¡qué mono!, también es donativo suyo, en acción +de gracias por haberse puesto bueno su marido.</p> + +<p>Fortunata lanzó una exclamación de pasmo y maravilla. ¡Cosa más rara! ¡Y +ella había tenido en su mano, días antes, para limpiarle unas gotas de +cera, aquel mismo manto que había servido para pagar, digámoslo así, la +salvación del chico de Santa Cruz! Y no obstante, todo era muy natural, +sólo que a ella se le revolvían los pensamientos y le daba qué pensar, +no el hecho en sí, sino la casualidad, eso es, la casualidad, el haber +tenido en su mano objetos relacionados, por medio de una curva social, +con ella misma, sin que ella misma lo sospechara.</p> + +<p>—Pues no sabe usted lo mejor—añadió Manolita, gozándose en el asombro +de la otra, el cual más bien parecía espanto—. La custodia, sabe usted, +la custodia en que se pone al propio Dios, también vino de allá. Fue +regalo de Barbarita, que hizo promesa de ofrecerla a estas monjas si su +hijo se ponía bueno. No vaya usted a creer que es de oro; es de plata +sobredorada; pero muy <i>mona</i>, ¿verdad?</p> + +<p>Fortunata tenía sus pensamientos tan en lo hondo, que no paró mientes en +la increíble tontería de llamar mona a una custodia.</p> + + + +<hr /> +<h2>-<span class="smcap">v</span>-</h2> + + +<p>Y no pudo en muchos días apartar de su pensamiento las cosas que le +refirió doña Manolita que, entre paréntesis, no acababa de serle +simpática, y lo que más metida en reflexiones la traía no era +precisamente que aquellos hechos de regalar la custodia y el manto se +hubieran verificado, sino la casualidad... «<i>Tie</i> gracia». Si hubiera +ella ido al convento algunos días antes, habría asistido a la solemne +misa, con obispo y todo, que se dijo en acción de gracias por haberse +puesto bueno el tal... Esto tenía más gracia. Y por su parte Fortunata, +que sabía perdonar las ofensas, no habría tenido inconveniente en unir +sus votos a los de todo el personal de la casa... Esto tenía más gracia +todavía.</p> + +<p>Pero lo que produjo en su alma inmenso trastorno fue el ver a la propia +Jacinta, viva, de carne y hueso. Ni la conocía ni vio nunca su retrato; +pero de tanto pensar en ella había llegado a formarse una imagen que, +ante la realidad, resultó completamente mentirosa. Las señoras que +protegían la casa sosteniéndola con cuotas en metálico o donativos, eran +admitidas a visitar el interior del convento cuando quisieren; y en +ciertos días solemnes se hacía limpieza general y se ponía toda la casa +como una plata, sin desfigurarla ni ocultar las necesidades de ella, +para que las protectoras vieran bien a qué orden de cosas debían aplicar +su generosidad. El día de Corpus, después de misa mayor, empezaron las +visitas que duraron casi toda la tarde. Marquesas y duquesas, que habían +venido en coches blasonados, y otras que no tenían título pero sí mucho +dinero, desfilaron por aquellas salas y pasillos, en los cuales la +dirección fanática de Sor Natividad y las manos rudas de las recogidas +habían hecho tales prodigios de limpieza que, según frase vulgar, se +podía comer en el suelo sin necesidad de manteles. Las labores de +bordado de las <i>Filomenas</i>, las planas de las <i>Josefinas</i> y otros +primores de ambas estaban expuestos en una sala, y todo era plácemes y +felicitaciones. Las señoras entraban y salían, dejando en el ambiente de +la casa un perfume mundano que algunas narices de reclusas aspiraban con +avidez. Despertaban curiosidad en los grupos de muchachas los vestidos y +sombreros de toda aquella muchedumbre elegante, libre, en la cual había +algunas, justo es decirlo, que habían pecado mucho más, pero muchísimo +más que la peor de las que allí estaban encerradas. Manolita no dejó de +hacer al oído de su amiga esta observación picante. En medio de aquel +desfile vio Fortunata a Jacinta, y Manolita (marcando esta sola +excepción en su crítica social), cuidó de hacerle notar la gracia de la +señora de Santa Cruz, la elegancia y sencillez de su traje, y aquel aire +de modestia que se ganaba todos los corazones. Desde que Jacinta +apareció al extremo del corredor, Fortunata no quitó de ella sus ojos, +examinándole con atención ansiosa el rostro y el andar, los modales y el +vestido. Confundida con otras compañeras en un grupo que estaba a la +puerta del comedor, la siguió con sus miradas, y se puso en acecho junto +a la escalera para verla de cerca cuando bajase, y se le quedó, por fin, +aquella simpática imagen vivamente estampada en la memoria.</p> + +<p>La impresión moral que recibió la samaritana era tan compleja, que ella +misma no se daba cuenta de lo que sentía. Indudablemente su natural +rudo y apasionado la llevó en el primer momento a la envidia. Aquella +mujer le había quitado lo suyo, lo que, a su parecer, le pertenecía de +derecho. Pero a este sentimiento mezclábase con extraña amalgama otro +muy distinto y más acentuado. Era un deseo ardentísimo de parecerse a +Jacinta, de ser como ella, de tener su aire, su <i>aquel</i> de dulzura y +señorío. Porque de cuantas damas vio aquel día, ninguna le pareció a +Fortunata tan señora como la de Santa Cruz, ninguna tenía tan impresa en +el rostro y en los ademanes la decencia. De modo que si le propusieran a +la prójima, en aquel momento, transmigrar al cuerpo de otra persona, sin +vacilar y a ojos cerrados habría dicho que quería ser Jacinta.</p> + +<p>Aquel resentimiento que se inició en su alma iba trocándose poco a poco +en lástima, porque Manolita le repitió hasta la saciedad que Jacinta +sufría desdenes y horribles desaires de su marido. Llegó a sentar como +principio general que todos los maridos quieren más a sus mujeres +eventuales que a las fijas, aunque hay excepciones. De modo que Jacinta, +al fin y al cabo y a pesar del Sacramento, era tan víctima como +Fortunata. Cuando esta idea se cruzó entre una y otra, el rencor de la +pecadora fue más débil y su deseo de parecerse a aquella otra víctima +más intenso.</p> + +<p>En los días sucesivos figurábase que seguía viéndola o que se iba a +aparecer por cualquier puerta cuando menos lo esperase... El mucho +pensar en ella la llevó, al amparo de la soledad del convento, a tener +por las noches ensueños en que la señora de Santa Cruz aparecía en su +cerebro con el relieve de las cosas reales. Ya soñaba que Jacinta se le +presentaba a llorarle sus cuitas y a contarle las perradas de su marido, +ya que las dos cuestionaban sobre cuál era más víctima; ya, en fin, que +transmigraban recíprocamente, tomando Jacinta el exterior de Fortunata y +Fortunata el exterior de Jacinta. Estos disparates recalentaban de tal +modo el cerebro de la reclusa, que despierta seguía imaginando desvaríos +del mismo si no de mayor calibre.</p> + +<p>Cortaban estas cavilaciones las visitas de Maximiliano todos los jueves +y domingos, entre las cuatro y seis de la tarde. Veía la joven con gusto +llegar la ocasión de aquellas visitas, las deseaba y las esperaba, +porque Maximiliano era el único lazo efectivo que con el mundo tenía, y +aunque el sentimiento religioso conquistara algo en ella, no la había +desligado de los intereses y afectos mundanos. Por esta parte bien podía +estar tranquilo el bueno de Rubín, porque ni una sola vez, en los +momentos de mayor fervor piadoso, le pasó a la pecadora por el magín la +idea de volverse santa a machamartillo.</p> + +<p>Veía, pues, a Maximiliano con gusto, y aun se le hacían cortas las horas +que en su compañía pasaba hablando de doña Lupe y de Papitos, o haciendo +cálculos honestos sobre sucesos que habían de venir. Cierto que +físicamente el apreciable chico le desagradaba; pero también es verdad +que se iba acostumbrando a él, que sus defectos no le parecían ya tan +grandes y que la gratitud iba ahondando mucho en su alma. Si hacía +examen de corazón, encontraba que en cuestión de amor a su redentor +había ganado muy poco; pero el aprecio y estimación eran seguramente +mayores, y sobre todo, lo que había crecido y fortalecídose en su +pensamiento era la conveniencia de casarse para ocupar un lugar honroso +en el mundo. A ratos se preguntaba con sinceridad de dónde y cómo le +había venido el fortalecimiento de aquella idea; mas no acertaba a darse +respuesta. ¿Era quizás que el silencio y la paz de aquella vida hacían +nacer y desarrollarse en ella la facultad del sentido común? Si era así, +no se daba cuenta de semejante fenómeno, y lo único que su rudeza sabía +formular era esto: «Es que de tanto pensar me ha entrado talento, como a +Maximiliano le entró de tanto quererme, y este talento es el que me dice +que me debo casar, que seré tonta de remate si no me caso».</p> + +<p>Feliz entre todos los mortales se creía el buen estudiante de Farmacia, +viendo que su querida no rechazaba la idea de dar por concluida la +cuarentena y apresurar el casamiento. Sin duda estaba ya su alma más +limpia que una patena. Lo malo era que el tontaina de Nicolás, a los +cinco meses de estar la pobre chica en el convento, decía que no era +bastante y que por lo menos debían esperar al año. Maximiliano se ponía +furioso, y doña Lupe, consultada sobre el particular, dio su dictamen +favorable a la salida. Aunque dos o tres veces, llevada por su sobrino +había visitado al <i>basilisco</i>, no había podido averiguar si estaba ya +bien despercudida de las máculas de marras, pero ella quería ejercitar, +como he dicho antes, su facultad educatriz, y todo lo que se tardase en +tener a Fortunata bajo su jurisdicción, se detenía el gran experimento. +Desconfiaba algo la buena señora de la eficacia de los institutos +religiosos para enderezar a la gente torcida. Lo que allí aprendían, +decía, era el arte de disimular sus resabios con formas hipócritas. En +el mundo, en el mundo, en medio de las circunstancias es donde se +corrigen los defectos, bajo una dirección sabia. Muy santo y muy bueno +que al raquitismo se apliquen los reconstituyentes; pero doña Lupe +opinaba que de nada valen estos si no van acompañados del ejercicio al +aire libre y de la gimnasia, y esto era lo que ella quería aplicar, el +mundo, la vida y al mismo tiempo principios.</p> + + + +<hr /> +<h2>-<span class="smcap">vi</span>-</h2> + + +<p>Con las <i>Josefinas</i> no tenía Fortunata relación alguna. Eran todas niñas +de cinco a diez o doce años, que vivían aparte ocupando las habitaciones +de la fachada. Comían antes que las otras en el mismo comedor, y bajaban +a la huerta a hora distinta que las <i>Filomenas</i>. Toda la mañana estaban +las niñas diciendo a coro sus lecciones, con un chillar cadencioso y +plañidero que se oía en toda la casa. Por la tarde cantaban también la +doctrina. Para ir a la iglesia, salían de su departamento +procesionalmente, de dos en dos, con su pañuelo negro a la cabeza, y se +ponían a los lados del presbiterio capitaneadas por las dos monjas +maestras.</p> + +<p>Como Fortunata hacía cada día nuevas relaciones de amistad entre las +<i>Filomenas</i>, debo mencionar aquí a dos de estas, quizás las más jóvenes, +que se distinguían por la exageración de sus manifestaciones religiosas. +Una de ellas era casi una niña, de tipo finísimo, rubia, y tenía muy +bonita voz. Cantaba en el coro los estribillos de muy dudoso gusto con +que se celebraba la presencia del Dios Sacramentado. Llamábase Belén, y +en el tiempo que allí había pasado dio pruebas inequívocas de su deseo +de enmienda. Sus pecados no debían de ser muchos, pues era muy joven; +pero fueran como se quiera, la chica parecía dispuesta a no dejar en su +alma ni rastro de ellos, según la vida de perros que llevaba, las +atroces penitencias que hacía y el frenesí con que se consagraba a las +tareas de piedad. Decíase que había sido corista de zarzuela, pasando de +allí a peor vida, hasta que una mano caritativa la sacó del cieno para +ponerla en aquel seguro lugar. Inseparable de esta era Felisa, de alguna +más edad, también de tipo fino y como de señorita, sin serlo. Ambas se +juntaban siempre que podían, trabajaban en el mismo bastidor y comían en +el propio plato, formando pareja indisoluble en las horas de recreo. La +procedencia de Felisa era muy distinta de la de su amiguita. No había +pertenecido al teatro más que de una manera indirecta, por ser doncella +de una actriz famosa, y en el teatro tuvo también su perdición. Llevola +a las Micaelas doña Guillermina Pacheco, que la cazó, puede decirse, en +las calles de Madrid, echándole una pareja de Orden Público, y sin más +razón que su voluntad, se apoderó de ella. Guillermina las gastaba así, +y lo que hizo con Felisa habíalo hecho con otras muchas, sin dar +explicaciones a nadie de aquel atentado contra los derechos +individuales.</p> + +<p>Si querían ver incomodadas a Felisa y Belén, no había más que hablarles +de volver al mundo. ¡De buena se habían librado! Allí estaban tan +ricamente, y no se acordaban de lo que dejaron atrás más que para +compadecer a las infelices que aún seguían entre las uñas del demonio. +No había en toda la casa, salvo las monjas, otras más rezonas. Si las +dejaran, no saldrían de la capilla en todo el día. Los largos ejercicios +piadosos de las distintas épocas del año, como octava de Corpus, +sermones de Cuaresma, flores de María, les sabían siempre a poco. Belén +ponía con tanto calor sus facultades musicales al servicio de Dios, que +cantaba coplitas hasta quedarse ronca, y cantaría hasta morir. Ambas +confesaban a menudo y hacían preguntas al capellán sobre dudas muy +sutiles de la conciencia, pareciéndose en esto a los estudiantes +aplicaditos que acorralan al profesor a la salida de clase para que les +aclare un punto difícil. Las monjas estaban contentas de ellas, y aunque +les agradaba ver tanta piedad, como personas expertas que eran y +conocedoras de la juventud, vigilaban mucho a la pareja, cuidando de que +nunca estuviese sola. Felisa y Belén, juntas todo el día, se separaban +por las noches, pues sus dormitorios eran distintos. Las madres +desplegaban un celo escrupuloso en separar durante las horas de descanso +a las que en las de trabajo propendían a juntarse, obedeciendo las +naturales atracciones de la simpatía y de la congenialidad.</p> + +<p>Los lazos de afecto que unían a Fortunata con Mauricia eran muy +extraños, porque a la primera le inspiraba terror su amiga cuando +estaba en el <i>ataque</i>; enojábanla sus audacias, y sin embargo, algún +poder diabólico debía de tener la Dura para conquistar corazones, pues +la otra simpatizaba con ella más que con las demás y gustaba +extraordinariamente de su conversación íntima. Cautivábale sin duda su +franqueza y aquella prontitud de su entendimiento para encontrar razones +que explicaran todas las cosas. La fisonomía de Mauricia, su expresión +de tristeza y gravedad, aquella palidez hermosa, aquel mirar profundo y +acechador la fascinaban, y de esto procedía que la tuviese por autoridad +en cuestiones de amores y en la definición de la moral rarísima que +ambas profesaban. Un día las pusieron a lavar en la huerta. Estaban en +traje de <i>mecánica</i>, sin tocas, sintiendo con gusto el picor del sol y +el fresco del aire sobre sus cuellos robustos. Fortunata hizo a su amiga +algunas confidencias acerca de su próxima salida y de la persona con +quien iba a casarse.</p> + +<p>«No me digas más, chica... te conviene, te conviene. ¡Peines y peinetas! +A doña Lupe la conozco como si la hubiera parido. Cuando la veas, +pregúntale por Mauricia la Dura, y verás cómo me pone en las nubes. +¡Ah!, ¡cuánta guita le he llevado! A mí me llaman la <i>dura</i>; pero a ella +debieran llamarla la <i>apretada</i>. Chica, es así... (diciendo esto +mostraba a su amiga el puño fuertemente cerrado). Pero es mujer de +mucho caletre y que se sabe timonear. ¿Qué te crees tú? Tiene millones +escondidos en el Banco y en el Monte. ¡Digo! Si sabe más que Cánovas esa +tía. Al sobrino le he visto algunas veces. Oí que es tonto y que no +sirve para nada. Mejor para ti; ni de encargo, chica. No podías pedir a +Dios que te cayera mejor breva. Tú bien puedes hacer caso de lo que yo +te diga, pues tengo yo mucha linterna... <i>amos</i>, que veo mucho. Créelo +porque yo te lo digo: si tu marido es un <i>alilao</i>, quiere decirse, si se +deja gobernar por ti y te pones tú los pantalones, puedes cantar el +aleluya, porque eso y estar en la gloria es lo mismo. Hasta para ser +<i>mismamente</i> honrada te conviene».</p> + +<p>En el vivo interés que este diálogo tenía para las dos mujeres, a veces +los cuatro vigorosos brazos metidos en el agua se detenían, y las manos +enrojecidas dejaban en paz por un momento el envoltorio de ropa anegada, +que chillaba con los hervores del jabón. Puestas una frente a otra a los +dos lados de la artesa, mirábanse cara a cara en aquellos cortos +intervalos de descanso, y después volvían con furor al trabajo sin parar +por eso la lengua.</p> + +<p>«Hasta para ser honrada—repitió Fortunata, echando todo el peso de su +cuerpo sobre las manos, para estrujar el rollo de tela como si lo +amasara—. De eso no se hable, porque hazte cuenta... yo, una vez que +me case, honrada tengo que ser. No quiero más belenes».</p> + +<p>—Sí, es lo mejor para vivir una... tan ancha—dijo Mauricia—. Pero a +saber cómo vienen las cosas... porque una dice: «esto deseo», y después +se pone a hacerlo y ¡tras!, lo que una quería que saliera pez sale rana. +Tú estás en grande, chica, y te ha venido Dios a ver. Puedes hacer +rabiar al chico de Santa Cruz, porque en cuanto te vea hecha una persona +decente se ha de ir a ti como el gato a la carne. Créetelo porque te lo +digo yo.</p> + +<p>—Quita, quita; si él no se acuerda ya ni del santo de mi nombre.</p> + +<p>—<i>Paices</i> boba, ¿qué apuestas a que en cuanto te echen el Sacramento, +pierde pie...? No conoces tú el peine.</p> + +<p>—Verás cómo no pasa eso.</p> + +<p>—¿Qué apuestas? Sí, porque creerás que ahora mismo no te anda rondando. +Como si lo viera. ¡Y me harás creer tú a mí que no piensas en él!... +Cuando una está encerrada entre tanta cosa de religión, misa va y misa +viene, sermón por arriba y sermón por abajo, mirando siempre a la +custodia, respirando tufo de monjas, vengan luces y tira de incensario, +<i>paice</i> que le salen a una <i>de entre sí</i> todas las cosas malas o buenas +que ha pasado en el mundo, como las hormigas salen del agujero cuando se +pone el Sol, y la religión lo que hace es refrescarle a una la +entendedera y ponerle el corazón más tierno.</p> + +<p>Alentada por esta declaración arrancose Fortunata a revelar que, en +efecto, pensaba algo, y que algunas noches tenía sueños extravagantes. A +lo mejor soñaba que iba por los portales de la calle de la Fresa y +¡plan!, se le encontraba de manos a boca. Otras veces le veía saliendo +del Ministerio de Hacienda. Ninguno de estos sitios tenía significación +en sus recuerdos. Después soñaba que era ella la esposa y Jacinta la +querida del tal, unas veces abandonada, otras no. La manceba era la que +deseaba los chiquillos y la esposa la que los tenía. «Hasta que un +día... me daba tanta lástima que le dije, digo: 'Bueno, pues tome usted +una criatura para que no llore más'».</p> + +<p>—¡Ay, qué salado!—exclamó Mauricia—. Es buen golpe. Lo que una sueña +tiene su aquel.</p> + +<p>—¡Vaya unos disparates! Como te lo digo, me parecía que lo estaba +viendo. Yo era la señora por delante de la Iglesia, ella por detrás, y +lo más particular es que yo no le tenía tirria, sino lástima, porque yo +paría un chiquillo todos los años, y ella... ni esto... A la noche +siguiente volvía a soñar lo mismo, y por el día a pensarlo. ¡Vaya unas +papas! ¿Qué me importa que <i>la</i> Jacinta beba los vientos por tener un +chiquillo sin poderlo conseguir, mientras que yo?...</p> + +<p>—Mientras que tú los tienes siempre y cuando te dé la gana. Dilo tonta, +y no te acobardes.</p> + +<p>—Quiere decirse que ya lo he tenido y bien podría volverlo a tener.</p> + +<p>—¡Claro! Y que no rabiará poco la otra cuando vea que lo que ella no +puede, para ti es coser y cantar... Chica, no seas tonta, no te rebajes, +no le tengas lástima, que ella no la tuvo de ti cuando te birló lo que +era tuyo y muy tuyo... Pero a la que nace pobre no se la respeta, y así +anda este mundo pastelero. Siempre y cuando puedas darle un disgusto, +dáselo, por vida del santísimo peine... Que no se rían de ti porque +naciste pobre. Quítale lo que ella te ha quitado, y adivina quién te +dio.</p> + +<p>Fortunata no contestó. Estas palabras y otras semejantes que Mauricia le +solía decir, despertaban siempre en ella estímulos de amor o +desconsuelos que dormitaban en lo más escondido de su alma. Al oírlas, +un relámpago glacial le corría por todo el espinazo, y sentía que las +insinuaciones de su compañera concordaban con sentimientos que ella +tenía muy guardados, como se guardan las armas peligrosas.</p> + + + +<hr /> +<h2>-<span class="smcap">vii</span>-</h2> + + +<p>Sorprendidas por una monja en esta sabrosa conversación que las hacía +desmayar en el trabajo, tuvieron que callarse. Mauricia dio salida al +agua sucia, y Fortunata abrió el grifo para que se llenara la artesa con +el agua limpia del depósito de palastro. Creeríase que aquello +simbolizaba la necesidad de llevar pensamientos claros al diálogo un +tanto impuro de las dos amigas. La artesa tardaba mucho en llenarse, +porque el depósito tenía poca agua. El gran disco que transmitía a la +bomba la fuerza del viento, estaba aquel día muy perezoso, moviéndose +tan sólo a ratos con indolente majestad; y el aparato, después de gemir +un instante como si trabajara de mala gana, quedaba inactivo en medio +del silencio del campo. Ganas tenían las dos recogidas de seguir +charlando; pero la monja no las dejaba y quiso ver cómo aclaraban la +ropa. Después las amigas tuvieron que separarse, porque era jueves y +Fortunata había de vestirse para recibir la visita de los de Rubín. +Mauricia se quedó sola tendiendo la ropa.</p> + +<p>Maximiliano dijo categóricamente aquella tarde que por acuerdo de la +familia y con asentimiento de la Superiora, en el próximo mes de +Setiembre se daría por concluida la reclusión de Fortunata, y esta +saldría para casarse. Las madres no tenían queja de ella y alababan su +humildad y obediencia. No se distinguía, como Belén y Felisa, por su +ardiente celo religioso, lo que indicaba falta de vocación para la vida +claustral; pero cumplía sus deberes puntualmente, y esto bastaba. Había +adelantado mucho en la lectura y escritura, y se sabía de corrido la +doctrina cristiana, con cuya luz las Micaelas reputaban a su discípula +suficientemente alumbrada para guiarse en los senderos rectos o +tortuosos del mundo; y tenían por cierto que la posesión de aquellos +principios daba a sus alumnas increíble fuerza para hacer frente a todas +las dudas. En esto hay que contar con la índole, con el esqueleto +espiritual, con esa forma interna y perdurable de la persona, que suele +sobreponerse a todas las transfiguraciones epidérmicas producidas por la +enseñanza; pero con respecto a Fortunata, ninguna de las madres, ni aun +las que más de cerca la habían tratado, tenían motivos para creer que +fuera mala. Considerábanla de poco entendimiento, docilota y fácilmente +gobernable. Verdad que en todo lo que corresponde al reino inmenso de +las pasiones, las monjas apenas ejercitaban su facultad educatriz, bien +porque no conocieran aquel reino, bien porque se asustaran de asomarse a +sus fronteras.</p> + +<p>Debe decirse que aquella tarde, cuando Maximiliano habló a su futura de +próxima salida, los sentimientos de ella experimentaron un retroceso. +¡Salir, casarse!... En aquel instante parecíale su dichoso novio más +antipático que nunca, y advirtió con miedo que aquellas regiones +magníficas de la hermosura del alma no habían sido descubiertas por +ella en la soledad y santidad de las Micaelas, como le anunciara Nicolás +Rubín, a pesar de haber rezado tanto y de haber oído <i>tantismos</i> +sermones. Porque lo que el capellán decía en el púlpito era que debemos +hacer todo lo posible para salvarnos, que seamos buenos y que no +pequemos; también decía que se debe amar a Dios sobre todas las cosas y +que Dios es <i>hermosismo</i> en sí y tal como el alma le ve; pero a ella se +le figuraba que por bajo de esto quedaba libre el corazón para el amor +mundano, que este entra por los ojos o por la simpatía, y no tiene nada +que ver con que la persona querida se parezca o no se parezca a los +santos. De este modo caía por tierra toda la doctrina del cura Rubín, el +cual entendía tanto de amor como de herrar mosquitos.</p> + +<p>En resumen, que los sentimientos de la prójima hacia su marido futuro no +habían cambiado en nada. No obstante, cuando Maximiliano le dijo que ya +tenía elegida la casita que iba a alquilar y le consultó acerca de los +muebles que compraría, aquella presunción o sentimiento de su hogar +honrado despertó en el ánimo de Fortunata la dignidad de la nueva vida, +se sintió impulsada hacia aquel hombre que la redimía y la regeneraba. +De este modo vino a mostrarse complacidísima con la salida próxima, y +dijo mil cosas oportunas acerca de los muebles, de la vajilla y hasta de +la batería de cocina.</p> + +<p>Despidiéronse muy gozosos, y Fortunata se retiró con la mente hecha a +aquel orden de ideas. ¡Un hogar honrado y tranquilo!... ¡Si era lo que +ella había deseado toda su vida!... ¡Si jamás tuvo afición al lujo ni a +la vida de aparato y perdición!... ¡Si su gusto fue siempre la oscuridad +y la paz, y su maldito destino la llevaba a la publicidad y a la +inquietud!... ¡Si ella había soñado siempre con verse rodeada de un +corro chiquito de personas queridas, y vivir como Dios manda, queriendo +bien a los suyos y bien querida de ellos, pasando la vida sin afanes!... +¡Si fue lanzada a la vida mala por despecho y contra su voluntad, y no +le gustaba, no señor, no le gustaba!... Después de pensar mucho en esto +hizo examen de conciencia, y se preguntó qué había obtenido de la +religión en aquella casa. Si en lo tocante a prendarse de las guapezas +del alma había adelantado poco, en otro orden algo iba ganando. Gozaba +de cierta paz espiritual, desconocida para ella en épocas anteriores, +paz que sólo turbaba Mauricia arrojando en sus oídos una maligna frase. +Y no fue esto la única conquista, pues también prendió en ella la idea +de la resignación y el convencimiento de que debemos tomar las cosas de +la vida como vienen, recibir con alegría lo que se nos da, y no aspirar +a la realización cumplida y total de nuestros deseos. Esto se lo decía +aquella misma claridad esencial, aquella <i>idea blanca</i> que salía de la +custodia. Lo malo era que en aquellas largas horas, a veces aburridas, +que pasaba de rodillas ante el Sacramento, la faz envuelta en un gran +velo al modo de mosquitero, la pecadora solía fijarse más en la +custodia, marco y continente de la sagrada forma, que en la forma misma, +por las asociaciones de ideas que aquella joya despertaba en su mente.</p> + +<p>Y llegaba a creerse la muy tonta que la forma, <i>la idea blanca</i>, le +decía con familiar lenguaje semejante al suyo: «No mires tanto este +cerco de oro y piedras que me rodea, y mírame a mí que soy la verdad. Yo +te he dado el único bien que puedes esperar. Con ser poco, es más de lo +que te mereces. Acéptalo y no me pidas imposibles. ¿Crees que estamos +aquí para mandar, verbi gracia, que se altere la ley de la sociedad sólo +porque a una marmotona como tú se le antoja? El hombre que me pides es +un señor de muchas campanillas y tú una pobre muchacha. ¿Te parece fácil +que Yo haga casar a los señoritos con las criadas o que a las muchachas +del pueblo las convierta en señoras? ¡Qué cosas se os ocurren, hijas! Y +además, tonta, ¿no ves que es casado, casado por mi religión y en mis +altares?, ¡y con quién!, con uno de mis ángeles hembras. ¿Te parece que +no hay más que enviudar a un hombre para satisfacer el antojito de una +corrida como tú? Cierto que lo que a mí me conviene, como tú has dicho, +es traerme acá a Jacinta. Pero eso no es cuenta tuya. Y supón que la +traigo, supón que se queda viudo. ¡Bah! ¿Crees que se va a casar +contigo? Sí, para ti estaba. ¡Pues no se casaría si te hubieras +conservado honrada, <i>cuanti más</i>, sosona, habiéndote echado tan a +perder! Si es lo que Yo digo: parece que estáis locas rematadas, y que +el vicio os ha secado la mollera. Me pedís unos disparates que no sé +cómo los oigo. Lo que importa es dirigirse a Mí con el corazón limpio y +la intención recta, como os ha dicho ayer vuestro capellán, que no habrá +inventado la pólvora; pero, en fin, es buen hombre y sabe su obligación. +A ti, Fortunata, te miré con <i>indilugencia</i> entre las descarriadas, +porque volvías a Mí tus ojos alguna vez, y Yo vi en ti deseos de +enmienda; pero ahora, hija, me sales con que sí, serás honrada, todo lo +honrada que Yo quiera, siempre y cuando que te dé el hombre de tu +gusto... ¡Vaya una gracia!... Pero en fin, no me quiero enfadar. Lo +dicho, dicho: soy infinitamente misericordioso contigo, dándote un bien +que no mereces, deparándote un marido honrado y que te adora, y todavía +refunfuñas y pides más, más, más... Ved aquí por qué se cansa Uno de +decir que sí a todo... No calculan, no se hacen cargo estas +desgraciadas. Dispone Uno que a tal o cual hombre se le meta en la +cabeza la idea de regenerarlas, y luego vienen ellas poniendo peros. Ya +salen con que ha de ser bonito, ya con que ha de ser Fulano y si no, +no. Hijas de mi alma, Yo no puedo alterar mis obras ni hacer mangas y +capirotes de mis propias leyes. ¡Para hombres bonitos está el tiempo! +Con que resignarse, hijas mías, que por ser cabras no ha de abandonaros +vuestro pastor; tomad ejemplo de las ovejas con quien vivís; y tú, +Fortunata, agradéceme sinceramente el bien inmenso que te doy y que no +te mereces, y déjate de hacer melindres y de pedir gollerías, porque +entonces no te doy nada y tirarás otra vez al monte. Con que, +cuidadito...».</p> + +<p>Cuando las recogidas, al retirarse, se quitaban el velo, las más +próximas a Fortunata notaron que esta se sonreía.</p> + + + +<hr /> +<h2>-<span class="smcap">viii</span>-</h2> + + +<p>Es cosa muy cargante para el historiador verse obligado a hacer mención +de muchos pormenores y circunstancias enteramente pueriles, y que más +bien han de excitar el desdén que la curiosidad del que lee, pues aunque +luego resulte que estas nimiedades tienen su engranaje efectivo en la +máquina de los acontecimientos, no por esto parecen dignas de que se las +traiga a cuento en una relación verídica y grave. Ved, pues, por qué +pienso que se han de reír los que lean aquí ahora que Sor Marcela tenía +miedo a los ratones; y no valdrá seguramente añadir que el miedo de la +cojita era grande, espantoso, ocasionado a desagradables incidentes y +aun a derivaciones trágicas. Como ella sintiera en la soledad de su +celda el bulle bulle del maldecido animal, ya no pegaba los ojos en toda +la noche. Le entraba tal rabia, que no podía ni siquiera rezar, y la +rabia, más que contra el ratón, era contra Sor Natividad, que se había +empeñado en que no hubiera gatos en el convento, porque el último que +allí existió no participaba de sus ideas en punto al aseo de todos los +rincones de la casa.</p> + +<p>En una de aquellas noches de Agosto le dio el diminuto roedor tanta +guerra a la madrecita, que esta se levantó al amanecer con la firmísima +resolución de cazarlo y hacer el más terrible de los escarmientos. Era +tan insolente el tal, que después de ser día claro se paseaba por la +celda muy tranquilo y miraba a Sor Marcela con sus ojuelos negros y +pillines. «Verás, verás—dijo esta subiéndose con gran trabajo a la +cama, porque la idea de que el ratón se acercase a uno de sus pies, +aunque fuera el de palo, causábale terror—, lo que es hoy no te +escapas... déjate estar, que ya te compondremos».</p> + +<p>Llamó a Fortunata y a Mauricia, y en breves palabras las puso al +corriente de la situación. Ambas recogidas, particularmente la Dura, no +querían otra cosa. O se apoderaban del enemigo, o no eran ellas quienes +eran. Bajó Sor Marcela a la iglesia, y las dos mujeres emprendieron su +campaña. No quedó trasto que no removieran, y para separar de su sitio +la cómoda, que era pesadísima, estuvieron haciendo esfuerzos varoniles +cosa de un cuarto de hora, no acabando antes porque la risa les cortaba +las fuerzas. Por fin, tanto trabajaron que cuando Sor Marcela salió de +la iglesia, una monja le dio la feliz noticia de que el ratón había sido +cogido. Subió la enana a su celda, y la algazara de las recogidas le +anunciaba por el camino las diabluras de Mauricia, que tenía el ratón +vivo en la mano y asustaba con él a sus compañeras.</p> + +<p>Costó algún trabajo restablecer el orden y que Mauricia diese muerte a +la víctima y la arrojase. Sor Marcela dispuso que le volviesen a poner +los trastos de la celda lo mismo que estaban, y acabose el cuento del +ratón.</p> + +<p>El día siguiente fue uno de los más calurosos de aquel verano. En las +habitaciones que caían al Mediodía era imposible parar, porque faltaba +el aire respirable. Donde quiera que daba el sol, el ambiente seco, +quieto y abrasado tostaba. Ni aun las ramas más altas de los árboles de +la huerta se movían, y el disco de Parson, inmóvil, miraba a la +inmensidad como una pupila cuajada y moribunda. De doce a tres, se +suspendía todo trabajo en la casa, porque no había cuerpo ni espíritu +que lo resistiera.</p> + +<p>Algunas monjas se retiraban a su celda a dormir la siesta; otras se iban +a la iglesia que era lo más fresco de la casa, y sentadas en las +banquetas, apoyando en la pared su espalda, o rezaban con somnolencia, o +descabezaban un sueñecillo.</p> + +<p>Las <i>Filomenas</i> caían también rendidas de cansancio. Algunas se iban a +sus dormitorios, y otras tendíanse en el suelo de la sala de labores o +de la escuela. Las monjas que las vigilaban permitían aquella infracción +a la regla, porque ellas tampoco podían resistir, y cerrando dulcemente +sus ojos y arrullándose en un plácido arrobo, conservaban en las +facciones, como una careta, el mohín de la maestra, cuya obligación es +mantener la disciplina.</p> + +<p>En la sala de escuela había dos o tres grupos de mujeres sentadas en los +bancos, con la cabeza y el busto descansando sobre las mesas. Algunas +roncaban con estrépito. La monja se había dormido también con la cabeza +echada hacia atrás y la boca abierta. En una de las carpetas de estudio, +dos recogidas velaban: una era Belén, que leía en su libro de rezos, y +la otra Mauricia la Dura, que tenía la cabeza inclinada sobre la +carpeta, apoyando la frente en un puño cerrado. Al principio, su vecina +Belén creyó que rezaba, porque oyó cierto murmullo y algún silabeo +fugaz. Pero luego observó que lo que hacía Mauricia era llorar.</p> + +<p>«¿Qué tienes, mujer?» le dijo Belén, alzándole a viva fuerza la cabeza.</p> + +<p>La pecadora no contestó nada; mas la otra pudo observar que su rostro +estaba tan bañado en lágrimas como si le hubiesen echado por la frente +un cubo de agua, y sus ojos encendidos y aquella grandísima humedad +igualaban el rostro de Mauricia al de la Magdalena; así al menos lo vio +Belén. Tantas preguntas le hizo esta y tanto cariño le mostró, que al +fin obtuvo respuesta de la pobre mujer desolada, que no parecía tener +consuelo ni hartarse nunca de llorar.</p> + +<p>«¿Qué he de tener, desgraciada de mí?—exclamó al fin bebiéndose sus +lágrimas—, sino que hoy, sin saber por qué ni por qué no, me veo tal y +como soy; soy mala, mala, más que mala, y se me vienen al filo del +pensamiento toditos los pecados que he cometido, desde el primero hasta +el último...».</p> + +<p>—Pues, hija—arguyó Belén con aquel sonsonete que había aprendido y que +tan bien se acomodaba a su figura angelical y a sus moditos +insinuantes—, ten entendido que aunque tus crímenes fueran tantos como +las arenas de la mar, Dios te los perdonará si te arrepientes de ellos.</p> + +<p>Oír esto Mauricia y dar un gran berrido y soltar otra catarata de +lágrimas fue todo uno.</p> + +<p>«No, no, no—murmuró luego entre sollozos tales que parecía que se +ahogaba—. A mí no me puede perdonar, a mí no, porque he sido muy +arrastrada, pero mucho, y cuanto pecado hay, chica, lo he cometido yo... +Y si no, di uno, nómbrame el que quieras, y de seguro que lo tengo +metido aquí...».</p> + +<p>—Qué cosas tienes, mujer—observó Belén muy apurada, acordándose de +cuando fue corista y representándose con terror el escenario de la +Zarzuela—; otras han hecho también pecados feos, pero los han llorado +como tú, y cátalas perdonadas.</p> + +<p>Mauricia tenía un pañuelo en la mano; pero con la humedad del lloro y +del sudor era ya como una pelota. Amasábalo en la mano y se lo pasaba +por la angustiada frente.</p> + +<p>«¿Pero cómo te ha dado así... tan de repente?—dijo la otra confusa. +¡Ah!, es que Dios toca en el corazón cuando menos lo piensa una. Llora, +hija, desahógate, y no te asustes... ¿Sabes lo que vas a hacer? Mañana +te confiesas... Puede que se te haya quedado algo por decir y confesar, +porque siempre se queda algo sin saber cómo, y esos pozos son lo que más +atormenta... pues dilo todo, rebaña bien... Así lo hice yo, y hasta que +lo hice no tuve tranquilidad. Luego el perro de Satanás me atormentaba +por vengarse, y cuando empezaba la misa, a mí me parecía que alzaban el +telón, y cuando yo rompía a cantar, se me venía a la boca aquello de <i>El +</i> <i> Siglo</i>, que dice: <i>'Somos figurines vivos...'</i>. Y un día por poco +no lo suelto... Pillinadas del diablo; pero no podía conmigo ni con mi +fe, y tanto hice que lo metí en un puño, y ahora, que se atreva, ¿a que +no se atreve?... Llora, hija, llora todo lo que quieras, que Dios te +iluminará y te dará su gracia».</p> + +<p>Ni por esas. Mientras más consuelos le daba Belén, más inconsolable +estaba la otra, y más caudaloso era el río de sus lágrimas. Sor Antonia, +la madre que gobernaba allí, se despertó, y para disimular su descuido, +dio una fuerte voz, sin incomodarse mucho con las durmientes y añadiendo +que hacía un calor horrible. Un instante después, Belén y la monja +cuchichearon, sin duda a propósito de Mauricia a quien miraban. Tenía +Belén vara alta con las señoras, por su humildad y devoción y por la +diligencia con que iba a contarles cuanto hacían y decían sus +compañeras.</p> + +<p>Era domingo, y a las cuatro toda la comunidad entró en la iglesia donde +había ejercicio y sermón. Las <i>Filomenas</i> ocuparon su sitio detrás de +las monjas, unas y otras con los velos por la cabeza. Las <i>Josefinas</i> +permanecían en la habitación que hacía de coro. Belén y las damas +cantoras entonaban inocentes romanzas, mientras duró el Manifiesto, en +las cuales se decía que tenían el <i>pecho ardiendo en llamas de amor</i> y +otras candideces por el estilo. La que tocaba el <i>harmonium</i> hacía en +los descansos unos ritornellos muy cursis. Pero a pesar de estas +profanaciones artísticas, la iglesita estaba muy mona, como diría +Manolita, apacible, misteriosa y relativamente fresca, inundada de la +fragancia de las flores naturales.</p> + +<p>A Fortunata le tocó al lado Mauricia. Cuenta la que después fue señora +de Rubín que en una ocasión que miró a su compañera, hubo de observar al +través del velo suyo y del de ella una expresión tan particular que se +quedó atónita. Mauricia, al entrar, lloraba; pero al cabo de un rato más +bien parecía reírse con contenida y satánica risa. Fortunata no pudo +comprender el motivo de esto, y creyó que la oscuridad del velo le +desfiguraba la realidad de la cara de su pareja. Volvió a mirar con +disimulo, haciendo que se volvía para ahuyentar una mosca, y... ello +podría ser ilusión, pero los ojos de Mauricia parecían dos ascuas. En +fin, todo sería aprensión.</p> + +<p>Subió D. León Pintado al púlpito y echó un sermonazo lleno de los +amaneramientos que el tal usaba en su oratoria. Lo que aquella tarde +dijo habíalo dicho ya otras tardes, y ciertas frases no se le caían de +la boca. Tronó, como siempre, contra los librepensadores, a quienes +llamó <i>apóstoles del error</i> unas mil y quinientas veces. Al salir de la +iglesia, Fortunata echó, como de costumbre, una mirada al público, que +estaba tras de la verja de madera, y vio a Maximiliano, que no faltaba +ningún domingo a aquella amorosa cita muda. Le vio con simpatía. Notaba +gozosa que empezaban a perder valor ante sus ojos los defectos físicos +del apreciable joven. ¡Si serían aquellos los brotes del amor por la +hermosura del alma! Lo que más consolaba a Fortunata era la esperanza +cada día más firme, porque el capellán se lo había dicho no pocas veces +en el confesonario, de que cuando se casase y viviese santamente con su +marido a la sombra de las leyes divinas y humanas, le había de amar; +pero no así de cualquier modo, sino con verdadero calor y arranque del +alma. También le decía esto la forma, <i>la idea blanca</i> encerrada en la +custodia.</p> + + + +<hr /> +<h2>-<span class="smcap">ix</span>-</h2> + + +<p>Llegada la noche, y recogidas las <i>Josefinas</i> a su dormitorio, las +madres permitieron que las <i>Filomenas</i> estuvieran en la huerta hasta más +tarde de lo reglamentario, por ver si salía un poco de fresco. Eran ya +las nueve, y la tierra abrasaba; el aire no se movía; las estrellas +parecían más próximas según el fulgor vivísimo con que brillaban, y +veíase entre las grandes y medianas mayor número, al parecer, de las +pequeñitas, tantas, tantas que era como un polvo de plata esparcido +sobre aquel azul intensísimo.</p> + +<p>La luna nueva se puso temprano, bajando al horizonte como una hoz, +rodeada de aureola blanquecina que anunciaba más calor para el día +siguiente.</p> + +<p>Las recogidas formaban diferentes grupos sentadas en el suelo y en la +escalera de madera que comunica el corredor principal con la huerta, y +se quitaban las tocas para disminuir el calor de la piel. Algunas +miraban el motor de viento que seguía inmóvil. Al borde del estanque que +está al pie del aparato, había tres mujeres, Fortunata, Felisa y doña +Manolita, sentadas sobre el muro de ladrillo, gozando de la frescura del +agua próxima. Aquel era el mejor sitio; pero no lo decían, porque el +egoísmo les hacía considerar que si se enracimaban allí todas las +mujeres, el escaso fresco del agua se repartiría más y tocarían a menos. +En el opuesto lado de la huerta, que era el sitio más apartado y feo, +había un tinglado, bajo el cual se veían tiestos vacíos o rotos, un +montón de mantillo que parecía café molido, dos carretillas, regaderas y +varios instrumentos de jardinería. En otro tiempo hubo allí un cubil, y +en el cubil un cerdo que se criaba con los desperdicios; pero el +Ayuntamiento mandó quitar el animal de San Antón, y el cubil estaba +vacío.</p> + +<p>Desde el anochecer se puso allí Mauricia la Dura, sola, sobre el montón +de mantillo; y como era el sitio más caldeado, nadie la quiso +acompañar.</p> + +<p>Alguna se le aproximó en son de burla; pero no pudo obtener de ella una +sola palabra. Estaba sentada a lo moro, con los brazos caídos, la cabeza +derecha, más napoleónica que nunca, la vista fija enfrente de sí con +dispersión vaga más bien de persona soñadora que meditabunda. Parecía +lela o quizás tenía semejanza con esos penitentes del Hindostán que se +están tantísimos días seguidos mirando al cielo sin pestañear, en un +estado medio entre la modorra y el éxtasis. Ya era tarde cuando se le +acercó Belén sentándosele al lado. La miró atentamente, preguntándole +que qué hacía allí y en qué pensaba, y por fin Mauricia desplegó sus +labios de esfinge, y dijo estas palabras que le produjeron a Belencita +una corriente fría en el espinazo:</p> + +<p>«He visto a Nuestra Señora».</p> + +<p>—¿Qué dices, mujer, qué te pasa?—le preguntó la ex-corista con +ansiedad muy viva.</p> + +<p>—He visto a la Virgen—repitió Mauricia con una seguridad y aplomo que +dejaron a la otra como quien no sabe lo que le pasa.</p> + +<p>—¿Tú estás segura de lo que dices?</p> + +<p>—¡Oh!... Así me muera si no es verdad. Te lo juro por estas +cruces—dijo la iluminada con voz trémula, besándose las manos—. La he +visto... bajó por allí, donde está el abanicón de la noria... Bajaba en +mitad de una luz... ¿cómo te lo diré?... de una luz que no te puedes +figurar... de una luz que era, verbi gracia como las puras mieles...</p> + +<p>—¡Como las mieles!—repitió Belén no comprendiendo.</p> + +<p>—Pues... tan dulce que... Después vino andando, andando hacia acá y se +puso allí, delantito. Pasó por entre vosotras y vosotras no la veíais. +Yo sola la veía... No traía el niño Dios en brazos. Dio dos o tres +pasitos más y se paró otra vez. Mira, ¿ves aquella piedrecita?, pues +allí... y me estuvo mirando... Yo no podía respirar.</p> + +<p>—¿Y te dijo algo, te dijo algo?—preguntó Belén toda ojos, pálida como +una muerta.</p> + +<p>—Nada... pero lloraba mirándome... ¡Se le caían unos lagrimones...! No +traía nene Dios; <i>paicía</i> que se lo habían quitado. Después dio la +vuelta para allá y volvió a pasar entre vosotras sin que la vierais, +hasta llegar <i>mismamente</i> a aquel árbol... Allí vi muchos angelitos que +subían y bajaban corre que corre del tronco a las ramas y...</p> + +<p>—Y de las ramas al tronco...—Y después... ya no vi nada... Me quedé +como ciega... quiere decirse, enteramente ciega; estuve un rato sin ver +gota, sin poder moverme. Sentía aquí, entre mí, una cosa...</p> + +<p>—Como una pena...—Como pena no, un gusto, un consuelo...</p> + +<p>Se acercó entonces Fortunata, y ambas callaron.</p> + +<p>—Si están de secreto, me voy.</p> + +<p>—Yo creo—dijo Belén, después de una grave pausa—, que eso debes +consultarlo con el confesor.</p> + +<p>Mauricia se levantó y andando lentamente retirose a la habitación donde +dormía y tenía su ropa. Creyeron las otras dos que se había ido a +acostar, y quedáronse allí haciendo comentarios sobre el extraño caso, +que Belén transmitió a Fortunata con todos sus pelos y señales. Belén lo +creía o afectaba creerlo, Fortunata no. Pero de pronto vieron que la +Dura volvía y se sentaba de nuevo sobre el montón de mantillo. Miráronla +con recelo y se alejaron.</p> + +<p>De pronto sonó en la huerta un ¡ah! prolongado y gozoso, como los que +lanza la multitud en presencia de los fuegos artificiales. Todas las +recogidas miraban al disco, que se había movido solemnemente, dando dos +vueltas y parándose otra vez. «Aire, aire» gritaron varias voces. Pero +el motor no dio después más que media vuelta, y otra vez quieto. El +vástago de hierro chilló un instante, y las que estaban junto al +estanque oyeron en lo profundo de la bomba una regurgitación tenue. El +caño escupió un salivazo de agua, y todo quedó después en la misma +quietud chicha y desesperante.</p> + +<p>Belén se había puesto a charlar por lo bajo con una monja llamada Sor +Facunda, que era la marisabidilla de la casa, muy leída y escribida, +bondadosa e inocente hasta no más, directora de todas las funciones +extraordinarias, camarera de la Virgen y de todas las imágenes que +tenían alguna ropa que ponerse, muy querida de las <i>Filomenas</i> y aún más +de las <i>Josefinas</i>, y persona tan candorosa, que cuanto le decían, sobre +todo si era bueno, se lo creía como el Evangelio. Basta decir en elogio +de la <i>sancta simplicitas</i> de esta señora, que en sus confesiones jamás +tenía nada de qué acusarse, pues ni con el pensamiento había pecado +nunca; mas como creyera que era muy desairado no ofrecer nada +absolutamente ante el tribunal de la penitencia, revolvía su magín +buscando algo que pudiera tener siquiera un tufillo de maldad, y se +rebañaba la conciencia para sacar unas cosas tan sutiles y sin +sustancia, que el capellán se reía para su sotana. Como el pobre D. León +Pintado tenía que vivir de aquello, lo oía seriamente, y hacía que +tomaba muy en consideración aquellos pecados tan superfirolíticos que no +había cristiano que los comprendiera... Y la monja se ponía muy +compungida, diciendo que no lo volvería a hacer; y él, que era muy tuno, +decía que sí, que era preciso tener cuidado para otra vez, y que patatín +y que patatán... Tal era Sor Facunda, dama ilustre de la más alta +aristocracia, que dejó riquezas y posición por meterse en aquella vida, +mujer pequeñita, no bien parecida, afable y cariñosa, muy aficionada a +hacerse querer de las jóvenes. Llevaba siempre tras sí, en las horas de +recreo, un hato de niñas precozmente místicas, preguntonas, rezonas y +cuya conducta, palabras y entusiasmos pertenecían a lo que podría +llamarse <i>el pavo</i> de la santidad.</p> + +<p>Difícil es averiguar lo que pasó en el cotarro que formaban Sor Facunda +y sus amiguitas. Ello fue que Belén, temblando de emoción y con la cara +ansiosa, dijo a la monja: «Mauricia ha visto a la Virgen...». Y poco +después repetían las otras con indefinible asombro: «¡Ha visto a la +Virgen!».</p> + +<p>Sor Facunda, seguida de su escolta, se acercó a Mauricia, a quien miró +un buen rato sin decirle palabra. Estaba la infeliz mujer en la misma +postura morisca, la cabeza apoyada sobre las rodillas. Parecía llorar.</p> + +<p>«Mauricia—le dijo en tono lacrimoso la monja, con aquella buena fe que +en ella equivalía a la gracia divina—. Porque hayas sido muy mala no +vayas a creerte que Dios te niega su perdón».</p> + +<p>Oyose un gran bramido, y la reclusa mostró su cara inundada de llanto. +Dijo algunas palabras ininteligibles y estropajosas, a las que Sor +Facunda y compañía no sacaron ninguna sustancia. De repente se levantó. +Su rostro, a la claridad de la luna, tenía una belleza grandiosa que las +circunstantes no supieron apreciar. Sus ojos despedían fulgor de +inspiración. Se apretó el pecho con ambas manos en actitud semejante a +las que la escultura ha puesto en algunas imágenes, y dijo con acento +conmovedor estas palabras:</p> + +<p>«¡Oh mi señora!... te lo traeré, te lo traeré...».</p> + +<p>Echando a correr hacia la escalera con gran presteza, pronto +desapareció. Sor Facunda habló con las otras madres. Cuando toda la +comunidad, a la voz de la Superiora, se recogía abandonando la huerta y +subiendo lentamente a las habitaciones (la mayor parte de las mujeres de +mala gana, porque el calor de la noche convidaba a estar al aire libre), +corrió la voz de que la visionaria se había acostado.</p> + +<p>Fortunata, que pocos días antes fue trasladada al dormitorio en que +estaba Mauricia, vio que esta se había acostado vestida y descalza. +Acercose a ella y por su bronca respiración creyó entender que dormía +profundamente. Mucho le daba qué pensar el singular estado en que su +amiga se había puesto, y esperaba que le pasaría pronto, como otros +<i>toques</i> semejantes aunque de diverso carácter. Largo tiempo estuvo +desvelada, pensando en aquello y en otras cosas, y a eso de las doce, +cuando en el dormitorio y en la casa toda reinaban el silencio y la paz, +notó que Mauricia se levantaba. Pero no se atrevió a hablarle ni a +detenerla, por no turbar el silencio del dormitorio, iluminado por una +luz tan débil que le faltaba poco para extinguirse. Mauricia atravesó +la estancia sin hacer ruido, como sombra, y se fue. Poco después +Fortunata sentía sueño y se aletargaba; mas en aquel estado indeciso +entre el dormir y el velar, creyó ver a su compañera entrar otra vez en +el dormitorio sin que se le sintieran los pasos. Metiose debajo de la +cama, donde tenía un cofre; revolvió luego entre los colchones... +Después Fortunata no se hizo cargo de nada, porque se durmió de veras.</p> + +<p>Mauricia salió al corredor, y atravesándolo todo, se sentó en el primer +peldaño de la escalera.</p> + +<p>«Te digo que me atreveré...».</p> + +<p>¿Con quién hablaba? Con nadie, porque estaba enteramente sola. No tenía +más compañía en aquella soledad que las altas estrellas.</p> + +<p>«¿Qué dices?—preguntó después como quien sostiene un diálogo—. Habla +más alto, que con el ruido del órgano no se oye. ¡Ah!, ya entiendo... +Estate tranquila, que aunque me maten, yo te lo traeré. Ya sabrán quién +es Mauricia la Dura, que no teme ni a Dios... Ja ja ja... Mañana, cuando +venga el capellán y bajen esas tías pasteleras a la iglesia, ¡qué chasco +se van a llevar!».</p> + +<p>Soltando una risilla insolente, se precipitó por la escalera abajo. ¿Qué +demonios pasaba en aquel cerebro?... Entró por la puerta pequeña que +comunica el patio con el largo pasillo interior del edificio, y una vez +allí pasó sin obstáculo al vestíbulo, tentando la pared porque la +oscuridad era completa. Se le oía un cierto rechinar de dientes y algún +monosílabo gutural que lo mismo pudiera ser signo de risa que de cólera. +Por fin llegó palpando paredes a la puerta de la capilla, y buscando la +cerradura con las manos, empezó a rasguñar en el hierro. La llave no +estaba puesta... «¡Peines y peinetas, dónde estará la condenada llave!» +murmuró con un rugido de hondísimo despecho. Probó a abrir valiéndose de +la fuerza y de la maña. Pero ni una ni otra valían en aquel caso. La +puerta del sagrado recinto estaba bien cerrada. Siguió la infeliz mujer +exhalando gemidos, como los de un perro que se ha quedado fuera de su +casa y quiere que le abran. Después de media hora de inútiles esfuerzos, +desplomose en el umbral de la puerta, e inclinando la cabeza se durmió. +Fue uno de esos sueños que se parecen al morir instantáneo. La cabeza +dio contra el canto como una piedra que cae, y la torcida postura en que +quedaba el cuerpo al caer doblándose con violencia, fue causa de que el +resuello se le dificultara, produciéndose en los conductos de la +respiración silbidos agudísimos, a los que siguió un estertor como de +líquidos que hierven.</p> + +<p>Aletargada profundamente, Mauricia hizo lo que no había podido hacer +despierta, y prosiguió la acción interrumpida por una puerta bien +cerrada. Faltó el hecho real, pero no la realidad del mismo en la +voluntad. Entró, pues, la tarasca en la iglesia y allí pudo andar sin +tropiezo, porque la lámpara del altar daba luz bastante para ver el +camino. Sin vacilar dirigió sus pasos al altar mayor, diciendo por el +camino: «Si no te voy a hacer mal ninguno, Diosecito mío; si voy a +llevarte con tu mamá que está ahí fuera llorando por ti y esperando a +que yo te saque... ¿Pero qué?... no quieres ir con tu mamaíta... Mira +que te está esperando... tan guapetona, tan maja, con aquel manto todito +lleno de estrellas y los pies encima del <i>biricornio</i> de la luna... +Verás, verás, qué bien te saco yo, monín... Si te quiero mucho; ¿pero no +me conoces?... Soy Mauricia la Dura, soy tu amiguita».</p> + +<p>Aunque andaba muy aprisa, tardaba mucho tiempo en llegar al altar, +porque la capilla, que era tan chica, se había vuelto muy grande. Lo +menos había media legua desde la puerta al altar... Y mientras más +andaba, más lejos, más lejos... Llegó por fin y subió los dos, tres, +cuatro escalones, y le causaba tanta extrañeza verse en aquel sitio +mirando de cerca la mesa aquella cubierta con finísimo y albo lienzo, +que un rato estuvo sin poder dar el último paso. Le entró una risa +convulsiva cuando puso su mano sobre el ara sagrada... «¿Quién me había +de decir?... ¡oh, mi re—Dios de mi alma que yo... ji ji ji!...». Apartó +el Crucifijo que está delante de la puerta del sagrario, alargó luego el +brazo; pero como no alcanzaba, alargábalo más y más, hasta que llegó a +dolerle mucho de tantos estirones... Por fin, gracias a Dios, pudo abrir +la puerta que sólo tocan las manos ungidas del sacerdote. Levantando la +cortinilla, buscó un momento en el misterioso, santo y venerado hueco... +¡Oh!, no había nada. Busca por aquí, busca por allí y nada... Acordose +de que no era aquel el sitio donde está la custodia, sino otro más alto. +Subió al altar, puso los pies en el ara santa... Busca por aquí, por +allí... ¡Ah!, por fin tropezaron sus dedos con el metálico pie de la +custodia. Pero qué frío estaba, tan frío que quemaba. El contacto del +metal llevó por todo lo largo del espinazo de Mauricia una corriente +glacial... Vaciló. ¿Lo cogería, sí o no? Sí, sí mil veces; aunque +muriera, era preciso cumplir. Con exquisito cuidado, más con gran +decisión, empuñó la custodia bajando con ella por una escalera que antes +no estaba allí. Orgullo y alegría inundaron el alma de la atrevida mujer +al mirar en su propia mano la representación visible de Dios... ¡Cómo +brillaban los rayos de oro que circundan el viril, y qué misteriosa y +plácida majestad la de la hostia purísima, guardada tras el cristal, +blanca, divina y con todo el aquel de persona, sin ser más que una +sustancia de delicado pan!</p> + +<p>Con increíble arrogancia Mauricia descendía, sin sentir peso alguno. +Alzaba la custodia como la alza el sacerdote para que la adoren los +fieles... «¿Veis cómo me he atrevido?—pensaba—. ¿No decías que no +podía ser?... Pues pudo ser, ¡qué peine!». Seguía por la iglesia +adelante. La purísima hostia, con no tener cara, miraba cual si tuviera +ojos... y la sacrílega, al llegar bajo el coro, empezaba a sentir miedo +de aquella mirada. «No, no te suelto, ya no vuelves allí... ¡A casa con +tu mamá...! ¿sí? ¿Verdad que el niño no llora y quiere ir con su +mamá?...». Diciendo esto, atrevíase a agasajar contra su pecho la +sagrada forma. Entonces notó que la sagrada forma no sólo tenía ya ojos +profundos tan luminosos como el cielo, sino también voz, una voz que la +tarasca oyó resonar en su oído con lastimero son. Había desaparecido +toda sensación de la materialidad de la custodia; no quedaba más que lo +esencial, la representación, el símbolo puro, y esto era lo que Mauricia +apretaba furiosamente contra sí. «Chica—le decía la voz—, no me +saques, vuelve a ponerme donde estaba. No hagas locuras... Si me sueltas +te perdonaré tus pecados, que son tantos que no se pueden contar; pero +si te obstinas en llevarme, te condenarás. Suéltame y no temas, que yo +no le diré nada a D. León ni a las monjas para que no te riñan... +Mauricia, chica, ¿qué haces...? ¿Me comes, me comes...?».</p> + +<p>Y nada más... ¡Qué desvarío! Por grande que sea un absurdo siempre tiene +cabida en el inconmensurable hueco de la mente humana.</p> + + + +<hr /> +<h2>-<span class="smcap">x</span>-</h2> + + +<p>Por la mañana tempranito, la Superiora y Sor Facunda se tropezaron al +salir de sus respectivas celdas.</p> + +<p>«Créame usted—dijo Sor Facunda—, algo hay de extraordinario. +Consultaré ahora mismo con D. León. El caso de Mauricia debe de +examinarse detenidamente».</p> + +<p>Sor Natividad, que era mujer de mucho entendimiento y estaba +acostumbrada a los pueriles entusiasmos de su compañera, no hizo más que +sonreír con bondad. Hubiera dicho a Sor Facunda: «qué tonta es usted, +hija»; pero no le dijo nada; y sacando un manojo de llaves se fue hacia +el guardarropa.</p> + +<p>«¿Pero en dónde está esa loca?» preguntó después.</p> + +<p>—No parece por ninguna parte—dijo Fortunata, que por orden de Sor +Marcela había bajado en busca de su amiga—. Arriba no está.</p> + +<p>En los dormitorios de las <i>Filomenas</i> había gran tráfago. Todas se +lavaban la cara y las manos, riñendo por el agua, cuestionando sobre si +tú me quitaste la toalla o si esa es mi agua. «Que no, que mi agua es +esta». Otra sacaba de debajo de la cama un zoquete de pan y empezaba a +comérselo. «¡Ay, qué hambre tengo...!, con estos calores, cuidado que +suda una; no se puede vivir... ¡Y ponerse ahora la toca!».</p> + +<p>Sor Antonia entraba, imponía silencio y les daba prisa. Oíase el +esquilón de la capilla. El sacristán se había asomado varias veces por +la reja de la sacristía que da al vestíbulo diciendo sucesivamente: +«Todavía no ha venido don León...» «ya está ahí D. León...» «ya se está +vistiendo». Oíanse en la parte alta los pasos de toda la comunidad que +iba hacia el templo a oír la primera misa. Delante fueron las +<i>Josefinas</i>, soñolientas aún y dando bostezos, empujándose unas a otras. +Seguían las <i>Filomenas</i> con cierto orden, las más diligentes dando prisa +a las perezosas. Donde hay muchas mujeres, tiene que haber ese rumor de +colegio, que se hace superior a la disciplina más severa. Entre chacota +y risas se oía el rumorcillo aquel: «Mauricia... ¿no sabéis? Vio anoche +la propia figura de la Virgen».</p> + +<p>—Mujer, quita allá.—Mi palabra... Pregúntaselo a Belén.</p> + +<p>—¡Bah!, ni que fuéramos tontas...</p> + +<p>—¿La cara de la Virgen?... Vaya... Sería la de Nuestra Señora del +Aguardiente.</p> + +<p>Pero Sor Facunda y las de su cotarro iban por la escalera abajo +diciendo que el hecho podía ser falso, y podía también no serlo; y que +el ser Mauricia muy pecadora no significaba nada, porque de otras +muchísimo más perversas se había valido Dios para sus fines.</p> + +<p>Dijo la misa D. León, que parecía <i>el padre fuguilla</i> por la presteza +con que despachaba. Había sido cura de tropa, y a las monjas no les +acababa de gustar la marcial diligencia de su capellán. Más tarde +celebraba don Hildebrando, cura francés de los de babero, el cual era lo +contrario que Pintado, pues estiraba la misa hasta lo increíble.</p> + +<p>Cuando la comunidad salía de la capilla, doña Manolita, que había +entrado de las últimas, sofocada, se acercó a la Superiora y le dijo que +Mauricia estaba en la huerta sobre el montón de mantillo.</p> + +<p>—Ya... en la basura—replicó Sor Natividad frunciendo el ceño—; es su +sitio.</p> + +<p>Bajaron las recogidas al refectorio a tomar el chocolate con rebanada de +pan. Animación mundana reinaba en el frugal desayuno, y aunque las +monjas se esforzaban por mantener un orden cuartelesco, no lo podían +conseguir.</p> + +<p>«Ese plato es el mío. Dame mi servilleta... Te digo que es la mía... +¡Vaya! ¡Ay, San Antonio, qué duro está el pan!... Este sí que es de la +boda de San Isidro.</p> + +<p>—¡A callar!</p> + +<p>Algunas tenían un apetito voraz; se habrían comido triple ración, si se +la dieran.</p> + +<p>Inmediatamente después empezaba a distribuirse toda aquella tropa +mujeril, como soldados que se incorporan a sus respectivos regimientos. +Estas bajaban a la cocina, aquellas subían a la escuela y salón de +costura, y otras, quitándose las tocas y poniéndose la falda de +<i>mecánica</i>, se dedicaban a la limpieza de la casa.</p> + +<p>Estaba la Superiora hablando con Sor Antonia en la puerta de una celda, +cuando llegó muy apurada una reclusa, diciendo: «Le he mandado que venga +y no quiere venir. Me ha querido pegar. ¡Si no echo a correr...! Después +cogió un montón de aquella basura y me lo tiró. Mire usted...».</p> + +<p>La recogida enseñó a las madres su hombro manchado de mantillo.</p> + +<p>«Tendré que ir yo... ¡Ay, qué mujer!... ¡qué guerra nos da!—dijo la +Superiora...—. ¿Dónde está Sor Marcela? Que traiga la llave de la +perrera. Hoy tendremos <i>chínchirri-máncharras</i>... Está más tocada que +nunca. Dios nos dé paciencia.</p> + +<p>—¡Y Sor Facunda que me ha dicho ahora mismo—indicó Sor Antonia con +franca risa y bizcando más los ojos—, que Mauricia había visto a la +Virgen!</p> + +<p>La Superiora respondió a aquella risa con otra menos franca. Tres o +cuatro <i>Filomenas</i> de las más hombrunas bajaron a la huerta con orden +expresa de traer a la visionaria.</p> + +<p>—¡Pobre mujer y qué perdida se pone!—observó Sor Natividad dentro del +corrillo de monjas que se iba formando—. Males de nervios, y nada más +que males de nervios.</p> + +<p>Y al decirlo, sus miradas chocaron con las de Sor Facunda, que se +acercaba con semblante extraordinariamente afligido.</p> + +<p>«¿Pero no ha consultado usted este caso con el señor capellán?» le dijo.</p> + +<p>—Sí—replicó Sor Natividad con un poco de humorismo—, y el capellán me +ha dicho que la meta en la perrera.</p> + +<p>—¡Encerrarla porque llora!...—exclamó la otra que en su timidez no se +atrevía a contradecir a la Superiora—. El caso merecía examinarse.</p> + +<p>—Para preverlo todo—indicó la vizcaína—, avisaremos también al +médico.</p> + +<p>—¿Y qué tiene que ver el médico...? En fin, yo no sé. Quien manda, +manda. Pero me parecía... Ello podrá ser cosa física; pero ¿si no lo +fuera? Si efectivamente Mauricia... No es que yo lo afirme; pero tampoco +me atrevo a negarlo. Aquel llorar continuo, ¿qué puede ser sino +arrepentimiento? A saber los medios que el Señor escoge...</p> + +<p>Y se retiró a su celda. Casi casi se dieron un encontronazo Sor Facunda +alejándose y Sor Marcela que al corrillo se acercaba, dando balances y +golpeando el suelo duramente con su pie de madera. Su semblante +descompuesto por la ira estaba más feo que nunca; con la prisa que traía +apenas podía respirar, y las primeras frases le salieron de la boca +desmenuzadas por el enojo: «Ya, ya sabemos... ¡San Antonio!... +bribona... parece mentira... ¡Ay, Dios mío!, si es para volverse +loca...».</p> + +<p>Habló algunas palabras en voz muy baja con la Superiora, quien al oírlas +puso una cara que daba miedo.</p> + +<p>«Yo... bien lo sabe usted...—balbució Sor Marcela—, lo tenía para mi +mal del estómago... coñac superior».</p> + +<p>—Pero esa maldita ¿cómo...? Si esto parece... ¡Jesús me valga! Estoy +horrorizada. ¿Pero cuándo...?</p> + +<p>—Es muy sencillo... hágase usted cargo. Anteayer, ¡San Antonio +bendito!, cuando estuvo en mi celda moviendo los trastos para coger el +ratón.</p> + +<p>A la Superiora se le escapó, sin poderlo remediar, una ligera +sonrisilla; mas al punto volvió a poner cara de palo. Y la enana corrió +hacia donde estaban las recogidas, y lo mismo que dijera a Sor Natividad +se lo repitió a Fortunata, sin poner un freno a su ira: «¿Habrase visto +diablura semejante?... ¿Qué te parece? ¡Estamos todas horripiladas!».</p> + +<p>Fortunata no dijo nada y se puso muy seria. Quizás no la cogía de nuevo +la declaración de la monja. Obedeciendo a esta subió al dormitorio en +busca de pruebas del nefando crimen imputado a su amiga.</p> + +<p>«Ahí tienen ustedes—decía la Superiora a las que más cerca de ella +estaban—, cómo esa arrastrada ha visto visiones... ¡Ya!, ¡qué no vería +ella!... ¿Pero no viene al fin? Yo le juro que no vuelve a hacernos +otra. Es preciso ajustarle bien las cuentas...».</p> + +<p>La cojita se presentó otra vez en el corrillo mostrando la enorme llave +de la perrera; la esgrimía como si fuera una pistola, con amenaza +homicida. Realmente estaba furiosa, y el topetazo de su pie duro sobre +el suelo tenía una violencia y sonoridad excepcionales. En esto llegó +Fortunata trayendo una botella, que al punto le arrebató Sor Marcela.</p> + +<p>«¡Vacía, enteramente vacía!—exclamó esta levantándola en alto y +mirándola al trasluz—. Y estaba casi llena, pues apenas...».</p> + +<p>Aplicó después su nariz chafada a la boca de la botella, diciendo con +lastimera entonación: «No ha dejado más que el olor... ¡Bribonaza!, ya +te daría yo bebida...». De la nariz de la coja pasó el cuerpo del delito +a la de Sor Natividad y de esta a otras narices próximas, resultando, de +la apreciación del tufo, mayor severidad en el comentario del crimen.</p> + +<p>«¡Qué asco! Buen pechugón se ha dado...—exclamó la Superiora—. Ya, +¡cómo estará aquel cuerpo con todo ese líquido ardiente! Nunca nos había +pasado otra... La arreglaremos, la arreglaremos. ¿Pero viene o no?».</p> + +<p>Bajaba ya, decidida a abreviar la tardanza del acto de justicia, cuando +se oyó un gran tumulto. Las tres mujeronas que habían ido en busca de la +delincuente, pasaban de la huerta al patio por la puertecilla verde, +huyendo despavoridas y dando voces de pánico. Sonó en dicha puerta el +estampido de un fuerte cantazo.</p> + +<p>«¡Que nos mata, que nos mata!» gritaban las tres, recogiendo sus faldas +para correr más fácilmente por la escalera arriba. Asomáronse las madres +al barandal del corredor que sobre el patio caía, y vieron aparecer a +Mauricia, descalza, las melenas sueltas, la mirada ardiente y +extraviada, y todas las apariencias, en fin, de una loca. La Superiora, +que era mujer de genio fuerte, no se pudo contener y desde arriba gritó: +«Trasto... infame, si no te estás quieta, verás».</p> + +<p>«Una pareja, una pareja de Orden Público» apuntaron varias voces de +monjas.</p> + +<p>—No... veréis... Si yo me basto y me sobro...—indicó la Superiora, +haciendo alarde de ser mujer para el caso—. Lo que es conmigo no juega.</p> + +<p>Púsose Mauricia de un salto en el rincón frontero al corredor donde las +madres estaban, y desde allí las miró con insolencia, sacando y +estirando la lengua, y haciendo muecas y gestos indecentísimos.</p> + +<p>«¡Tiorras, so tiorras!» gritaba, e inclinándose con rápido movimiento, +cogió del suelo piedras y pedazos de ladrillo, y empezó a dispararlos +con tanto vigor como buena puntería. Las monjas y las recogidas, que al +sentir el alboroto salieron en tropel a los corredores del principal y +del segundo piso, prorrumpieron en chillidos. Parecía que se venía el +mundo abajo. ¡Dios mío, qué bulla! Y a las exclamaciones de arriba +respondía la tarasca con aullidos salvajes.</p> + +<p>Unas se agachaban resguardándose tras el barandal de fábrica cuando +venía la pedrada; otras asomaban la cabeza un momento y la volvían a +esconder. Los proyectiles menudeaban, y con ellos las voces de aquella +endemoniada mujer. Parecía una amazona. Tenía un pecho medio +descubierto, el cuerpo del vestido hecho girones y las melenas cortas le +azotaban la cara en aquellos movimientos del hondero que hacía con el +brazo derecho. Su catadura les parecía horrible a las señoras monjas; +pero estaba bella en rigor de verdad, y más arrogante, varonil y +napoleónica que nunca.</p> + +<p>Sor Marcela intentó bajar valerosa, pero a los tres peldaños cogió miedo +y viró para arriba. Su cara filipina se había puesto de color de +mostaza inglesa.</p> + +<p>«¡Verás tú si bajo, infame diablo!» era su muletilla; pero ello es que +no bajaba.</p> + +<p>Por una reja de la sacristía que da al patio, asomó la cara del +sacristán, y poco después la de D. León Pintado. Dos monjas que estaban +de turno en la portería se asomaron también por otra ventana baja; pero +lo mismo fue verlas Mauricia que empezar también a mandarles piedras. +Nada, que tuvieron que retirarse. Asustadas las infelices, quisieron +pedir auxilio. En aquel instante llamó alguien a la puerta del convento, +y a poco entró una señora, de visita, que pasó al salón, y enterándose +de lo que ocurría, asomose también a la ventana baja. Era Guillermina +Pacheco, que se persignó al ver la tragedia que allí se había armado.</p> + +<p>«¡En el nombre del...! ¡Pero tú!... ¡Mauricia!... ¿cómo se entiende?... +¿qué haces?... ¿estás loca?».</p> + +<p>La portera y la otra monja no la pudieron contener, y Guillermina salió +al patio por la puerta que lo comunica con el vestíbulo.</p> + +<p>«Guillermina—gritó Sor Natividad desde arriba—, no salgas... +Cuidado... mira que es una fiera... Ahí tienes, ahí tienes la alhaja que +tú nos has traído... Retírate por Dios, mira que está loca y no +repara... Hazme el favor de llamar a una pareja de Orden Público».</p> + +<p>—¿Qué pareja ni pareja?—dijo Guillermina incomodadísima—. +¡Mauricia!... ¡cómo se entiende!</p> + +<p>Pero no había tenido tiempo de decirlo cuando una peladilla de arroyo le +rozó la cara. Si le da de lleno la descalabra.</p> + +<p>«¡Jesús!... Pero no, no es nada».</p> + +<p>Y llevándose la mano a la parte dolorida, clamó: «Infame, a mí, a mí me +has tirado!».</p> + +<p>«A usted, sí, y a todo el género mundano—gritó con voz tan ronca, que +apenas se entendía—, so tía pastelera... Váyase pronto de aquí».</p> + +<p>Las monjas horrorizadas elevaban sus manos al Cielo; algunas lloraban. +En esto, D. León Pintado había abierto con no poco trabajo la reja de la +sacristía; saltó al patio, única manera de comunicarse con el convento +desde la sacristía, y abalanzándose a Mauricia le sujetó ambos brazos.</p> + +<p>«¡Suéltame, León, capellán de peinetas!» rugió la visionaria...</p> + +<p>Pero Pintado tenía manos de hierro, aunque era de pocos ánimos, y una +vez lanzado al heroísmo, no sólo sujetó a Mauricia, sino que le aplicó +dos sonoras bofetadas. La escena era repugnante. Tras el capellán salió +también su acólito, y mientras los dos arreglaban a la Dura, las monjas, +viendo sojuzgado al enemigo, arriesgáronse a bajar y acudieron a +Guillermina, que con el pañuelo se restañaba la sangre de su leve +herida. Con cierta tranquilidad, y más risueña que enojada, la fundadora +dijo a sus amigas: «¡Cuidado que pasan unas cosas...! Yo venía a que me +dierais los ladrillos y el cascote que os sobran, y mirad qué pronto me +he salido con la mía... Nada, ponedla ahora mismo en la calle, y que se +vaya a los quintos infiernos, que es donde debe estar».</p> + +<p>«Ahora mismo. D. León, no la maltrate usted» dijo la Superiora.</p> + +<p>—¡Zángano!... ¡mala puñalada te mate!...—bramaba Mauricia, que ya +tenía pocas fuerzas y había caído al suelo—. ¡Un sacerdote pegando a +una... señora!</p> + +<p>—Que le traigan su ropa—gritó Sor Natividad—. Pronto, pronto. Me +parece mentira que la veré salir...</p> + +<p>Mauricia ya no se defendía. Había perdido su salvaje fuerza; pero su +semblante expresaba aún ferocidad y desorden mental.</p> + +<p>Luego se vio que desde el corredor alto tiraban un par de botas, luego +un mantón...</p> + +<p>—Bajarlo, hijas, bajarlo—dijo desde el patio la Superiora, mirando +hacia arriba y ya recobrada la serenidad con que daba siempre sus +órdenes. Fortunata bajó un lío de ropa, y recogiendo las botas, se lo +dio todo a Mauricia, es decir, se lo puso delante. La espantosa escena +descrita había impresionado desagradablemente a la joven, que sintió +profunda compasión de su amiga. Si las monjas se lo hubieran permitido, +quizás ella habría aplacado a la bestia.</p> + +<p>«Toma tu ropa, tus botas—le dijo en voz baja y en tono apacible—. +Pero, hija, ¡cómo te has puesto!... ¿No conoces ya que has estado +trastornada?».</p> + +<p>—Quítate de ahí, pendoncillo... quítate o te...</p> + +<p>—Dejarla, dejarla—dijo la Superiora—. No decirle una palabra más. A +la calle, y hemos concluido.</p> + +<p>Con gran dificultad se levantó Mauricia del suelo y recogió su ropa. Al +ponerse en pie pareció recobrar parte de su furor.</p> + +<p>«Que se te queda este lío».</p> + +<p>—Las botas, las botas. La tarasca lo recogió todo. Ya salía sin decir +nada, cuando Guillermina la miró severamente.</p> + +<p>«¡Pero qué mujer esta! Ni siquiera sabe salir con decencia».</p> + +<p>Iba descalza, cogidas las botas por los tirantes.</p> + +<p>—Póngase usted las botas—le gritó la Superiora.</p> + +<p>—No me da la gana. Abur... ¡Son todas unas judías pasteleras...!</p> + +<p>—Paciencia, hija, paciencia... necesitamos mucha paciencia—dijo Sor +Natividad a sus compañeras, tapándose los oídos.</p> + +<p>Se le franquearon todas las puertas, abriéndolas de par en par y +resguardándose tras las hojas de ellas, como se abren las puertas del +toril para que salga la fiera a la plaza. La última que cambió algunas +palabras con ella fue Fortunata, que la siguió hasta el vestíbulo movida +de lástima y amistad, y aún quiso arrancarle alguna declaración de +arrepentimiento. Pero la otra estaba ciega y sorda; no se enteraba de +nada, y dio a su amiga tal empujón, que si no se apoya en la pared cae +redonda al suelo.</p> + +<p>Salió triunfante, echando a una parte y otra miradas de altivez y +desprecio. Cuando vio la calle, sus ojos se iluminaron con fulgores de +júbilo y gritó: «¡Ay, mi querida calle de mi alma!». Extendió y cerró +los brazos, cual si en ellos quisiera apretar amorosamente todo lo que +veían sus ojos. Respiró después con fuerza, parose mirando azorada a +todos lados, como el toro cuando sale al redondel. Luego, orientándose, +tiró muy decidida por el paseo abajo. Era cosa de ver aquella mujerona +descalza, desgarrada, melenuda, despidiendo de sus ojos fiereza, con un +lío bajo el brazo y las botas colgando de una mano. Las pocas personas +que por allí pasaban, miráronla con asombro. Al llegar junto a los +almacenes de la Villa, pasó junto a varios chicos, barrenderos, que +estaban sentados en sus carretillas con las escobas en la mano. +Tuviéronla ellos por persona de poco más o menos y se echaron a reír +delante de su cara napoleónica.</p> + +<p>«Vaya, que buena <i>curda</i> te llevas, ¡oleeé!...».</p> + +<p>Y ella se les puso delante en actitud arrogantísima, alzó el brazo que +tenía libre y les dijo:</p> + +<p>«¡Apóstoles del error!».</p> + +<p>Prorrumpiendo al mismo tiempo en estúpida risa, pasó de largo. A los +barrenderos les hizo aquello mucha gracia, y poniéndose en marcha con +las carretillas por delante y las escobas sobre ellas, siguieron detrás +de Mauricia, como una escolta de burlesca artillería, haciendo un ruido +de mil demonios y disparándole bala rasa de groserías e injurias.</p> + + + +<hr /> +<h2><a name="viib" id="viib"></a>-VII-</h2> + +<h2>La boda y la luna de miel</h2> + + + +<hr /> +<h2>-<span class="smcap">i</span>-</h2> + + +<p>Por fin se acordó que Fortunata saldría del convento para casarse en la +segunda quincena de Setiembre. El día señalado estaba ya muy próximo, y +si el pensamiento de la reclusa no se había familiarizado aún de una +manera terminante con la nueva vida que la esperaba, no tenía duda de +que le convenía casarse, comprendiendo que no debemos aspirar a lo +mejor, sino aceptar el bien posible que en los sabios lotes de la +Providencia nos toca. En las últimas visitas, Maxi no hablaba más que de +la proximidad de su dicha. Contole un día que ya tenía tomada la casa, +un cuarto precioso en la calle de Sagunto, cerca de su tía; otro la +entretuvo refiriéndole pormenores deliciosos de la instalación. Ya se +habían comprado casi todos los muebles. Doña Lupe, que se pintaba sola +para estas cosas, recorría diariamente las almonedas anunciadas en <i>La +Correspondencia</i>, adquiriendo gangas y más gangas. La cama de matrimonio +fue lo único que se tomó en el almacén; pero doña Lupe la sacó tan +arreglada, que era como de lance. Y no sólo tenían ya casa y muebles, +sino también criada. Torquemada les recomendó una que servía para todo y +que guisaba muy bien, mujer de edad mediana, formal, limpia y sentada. +Bien podía decirse de ella que era también ganga como los muebles, +porque el servicio estaba muy malo en Madrid, pero muy malo. Nombrábase +Patricia, pero Torquemada la llamaba <i>Patria</i>, pues era hombre tan +económico que ahorraba hasta las letras, y era muy amigo de las +abreviaturas por ahorrar saliva cuando hablaba y tinta cuando escribía.</p> + +<p>Otra tarde le dio Maxi una hermosa sorpresa. Cuando Fortunata entró en +el convento, las papeletas de alhajas y ropas de lujo que estaban +empeñadas quedaron en poder del joven, que hizo propósito de liberar +aquellos objetos en cuanto tuviese medios para ello. Pues bien, ya podía +anunciar a su amada con indecible gozo que cuando entrara en la nueva +casa, encontraría en ella las prendas de vestir y de adorno que la +infeliz había arrojado al mar el día de su naufragio. Por cierto que las +alhajas le habían gustado mucho a doña Lupe por lo ricas y elegantes, y +del abrigo de terciopelo dijo que con ligeras reformas sería una pieza +espléndida. Esto le llevó naturalmente a hablar de la herencia. Ya había +cogido su parte, y con un pico que recibió en metálico había redimido +las prendas empeñadas. Ya era propietario de inmuebles, y más valía esto +que el dinero contante. Y a propósito de la herencia, también le contó +que entre su hermano mayor y doña Lupe habían surgido ruidosas +desavenencias. Juan Pablo empleó toda su parte en pagar las deudas que +le devoraban y un descubierto que dejara en la administración carlista. +No bastándole el caudal de la herencia, había tenido el atrevimiento de +pedir prestada una cantidad a doña Lupe, la cual se voló ¡y le dijo +tantas cosas...! Total, que tuvieron una fuerte pelotera, y desde +entonces no se hablaban tía y sobrino, y este se había ido a vivir con +una querida. «¡Y viva la moralidad! ¡Y tradicionalista me soy!».</p> + +<p>Charlaron otro día de la casa, que era preciosa, con vistas muy buenas. +Como que del balcón del gabinete se alcanzaba a ver un poquito del +Depósito de aguas; papeles nuevos, alcoba estucada, calle tranquila, +poca vecindad, dos cuartos en cada piso, y sólo había principal y +segundo. A tantas ventajas se unía la de estar todo muy a la mano: +debajo carbonería, a cuatro pasos carnicería, y en la esquina próxima +tienda de ultramarinos.</p> + +<p>No podía olvidárseles el importante asunto de la carrera de <i>Rubinius +vulgaris</i>. A mediados de Setiembre se había examinado de la única clase +que le faltaba para aprobar el último año, y lo más pronto que le fuera +posible tomaría el grado. Desde luego entraría de practicante en la +botica de Samaniego, el cual estaba gravemente enfermo, y si se moría, +la viuda tendría que confiar a dos licenciados la explotación de la +farmacia. Maxi entraría seguramente de segundo, con el tiempo llegaría a +ser primero, y por fin amo del establecimiento. En fin, que todo iba +bien y el porvenir les sonreía.</p> + +<p>Estas cosas daban a Fortunata alegría y esperanza, avivando los +sentimientos de paz, orden y regularidad doméstica que habían nacido en +ella. Con ayuda de la razón, estimulaba en su propia voluntad la +dirección aquella, y se alegraba de tener casa, nombre y decoro.</p> + +<p>Dos días antes de la salida, confesó con el padre Pintado; expurgación +larga, repaso general de conciencia desde los tiempos más remotos. La +preparación fue como la de un examen de grado, y el capellán tomo aquel +caso con gran solicitud y atención. Allí donde la penitente no podía +llegar con su sinceridad, llegaba el penitenciario con sus preguntas de +gancho. Era perro viejo en aquel oficio. Como no tenía nada de gazmoño, +la confesión concluyó por ser un diálogo de amigos. Diole consejos sanos +y prácticos, hízole ver con palmarios ejemplos, algunos del orden +humorístico, la perdición que trae a la criatura el dejarse mover de +los sentidos, y le pintó las ventajas de una vida de continencia y +modestia, dando de mano a la soberbia, al desorden y a los apetitos. +Descendiendo de las alturas espirituales al terreno de la filosofía +utilitaria, don León demostró a su penitente que el portarse bien es +siempre ventajoso, que a la larga el mal, aunque venga acompañado de +triunfos brillantes, acaba por infligir a la criatura cierto grado de +penalidad sin esperar a las de la otra vida, que son siempre infalibles. +«Hágase usted la cuenta—le dijo también—, de que es otra mujer, de que +se ha muerto y resucitado en otro mundo. Si encuentra usted algún día +por ahí a las personas que en aquella pasada vida la arrastraron a la +perdición, figúrese que son fantasmas, sombras, así como suena, y no las +mire siquiera». Por fin, encomendole la devoción de la Santísima Virgen, +como un ejercicio saludable del espíritu y una predisposición a las +buenas acciones. La penitente se quedó muy gozosa, y el día que hizo la +comunión se observó con una tranquilidad que nunca había tenido.</p> + +<p>La despedida de las monjas fue muy sentida. Fortunata se echó a llorar. +Sus compañeras Belén y Felisa le dieron besos, regaláronle estampitas y +medallas, asegurándole que rezarían por ella. Doña Manolita mostrose +envidiosa y desconsolada. Ella también saldría, pues sólo estaba allí +por equivocación; pronto se habían de ver claras las cosas, y el asno +de su marido vendría a pedirle perdón y a sacarla de aquel encierro. Sor +Marcela, Sor Antonia, la Superiora y las demás madres mostráronse muy +afables con ella, asegurando que era de las recogidas que les habían +dado menos que hacer. Despidiéronla con sentimiento de verla salir; pero +dándole parabienes por su boda y el buen fin que su reclusión había +tenido.</p> + +<p>En la sala esperaban Maximiliano y doña Lupe, que la recogieron y se la +llevaron en un coche de alquiler. Estaba convenido de antemano llevarla +a la casa del novio, cosa verdaderamente un poco irregular; pero como +ella no tenía en Madrid parientes, al menos conocidos, doña Lupe no vio +solución mejor al problema de alojamiento. La boda se verificaría el +lunes 1.º de Octubre, dos días después de la salida de las Micaelas.</p> + +<p>Sentía la señora de Jáuregui el goce inefable del escultor eminente a +quien entregan un pedazo de cera y le dicen que modele lo mejor que +sepa. Sus aptitudes educativas tenían ya materia blanda en quien +emplearse. De una salvaje <i>en toda la extensión de la palabra</i>, formaría +una señora, haciéndola a su imagen y semejanza. Tenía que enseñarle +todo, modales, lenguaje, conducta. Mientras más pobreza de educación +revelaba la alumna, más gozaba la maestra con las perspectivas e +ilusiones de su plan.</p> + +<p>Aquella misma mañana, cuando estaban almorzando, tuvo ya ocasión, con +tanto regocijo en el alma como dignidad en el semblante, de empezar a +aplicar sus enseñanzas. «No se dice <i>armejas</i> sino <i>almejas</i>. Hija, hay +que irse acostumbrando a hablar como Dios manda». Quería doña Lupe que +Fortunata se prestase a reconocerla por directora de sus acciones en lo +moral y en lo social, y mostraba desde los primeros momentos una +severidad no exenta de tolerancia, como cumple a profesores que saben al +pelo su obligación.</p> + +<p>Destinósele una habitación contigua a la alcoba de la señora, y que le +servía a esta de guardarropa. Había allí tantos cachivaches y tanto +trasto, que la huéspeda apenas podía moverse; pero dos días se pasan de +cualquier manera. Durante aquellos dos días, hallábase la joven muy +cohibida delante de la que iba a ser su tía, porque esta no bajaba del +trípode ni cesaba en sus correcciones; y rara vez abría la boca +Fortunata sin que la otra dejara de advertirle algo, ya referente a la +pronunciación, ya a la manera de conducirse, mostrándose siempre +autoritaria, aunque con estudiada suavidad. «En los conventos—decía—, +se corrigen muchos defectos; pero también se adquieren modales +encogidos. Suéltese usted, y cuando salude a las visitas, hágalo con +serenidad y sin atropellarse».</p> + +<p>Estas cosas ponían a Fortunata de mal humor, y su encogimiento crecía.</p> + +<p>Consideraba que cuando estuviera en su casa, se emanciparía de aquella +tutela enojosa, sin chocar, por supuesto, porque además doña Lupe le +parecía mujer de gran utilidad, que sabía mucho y aconsejaba algunas +cosas muy puestas en razón.</p> + +<p>Molestaban a Fortunata las visitas que, según ella, sólo iban por +curiosear. Doña Silvia no había podido resistir la curiosidad y se +plantó en la casa el mismo día en que la novia salió del convento. Al +otro día fue Paquita Morejón, esposa de D. Basilio Andrés de la Caña, y +ambas parecieron a Fortunata impertinentes y entrometidas. Su finura +resultole afectada, como de personas ordinarias que se empeñan en no +parecerlo.</p> + +<p>Las visitas le daban cumplida enhorabuena por su boda. En los ojos se +les leía este pensamiento: «¡Vaya una ganga la de usted!». La señora de +D. Basilio repitió la visita el segundo día. Iba vestida de pingajos de +seda mal arreglados, queriendo aparentar. Hízose muy pegajosa; quería +intimar y elogiaba la hermosura de la novia, como un medio indirecto de +expresar las deficiencias de la misma en el orden moral.</p> + +<p>Otra visita notable fue la de Juan Pablo, a quien llevó su hermano. Doña +Lupe y el mayor de los Rubines no se hablaban después de la marimorena +que tuvieron al repartir la herencia. Con gran sorpresa de la novia, +Juan Pablo estuvo afectuoso con ella. Creeríase que intentaba hacer +rabiar a su tía, concediendo su benevolencia a la persona de quien +aquella había dicho tantas perrerías. Durante la visita, que no fue +breve, sentose Fortunata en el borde de una silla, como una paleta, algo +atontada y no sabiendo qué decir para sostener la conversación con un +hombre que se expresaba tan bien. Al despedirse, diole Juan Pablo un +fuerte apretón de manos, diciéndole que asistiría a la boda.</p> + +<p>Luego fueron tía y sobrina a ver la casa matrimonial. Doña Lupe le +mostró uno por uno los muebles, haciéndole notar lo buenos que eran, y +que su colocación, dispuesta por ella, no podía ser más acertada. El +juicio sobre cada parte de la casa y sobre los trastos y su distribución +dábalo ya por anticipado doña Lupe, de modo que la otra no tuviese que +decir más que «sí... verdad...».</p> + +<p>De vuelta, ya avanzada la tarde, a la calle de Raimundo Lulio, se +ocuparon en disponer varias cosas para el día siguiente. Maximiliano +había ido a invitar a algunos amigos, y doña Lupe salió también diciendo +que volvería antes de anochecido. Quedose sola Fortunata, y se puso a +hacer en su vestido de gro negro, que había de lucir en la ceremonia, +ciertos arreglos de escasa importancia. No tenía más compañía que la de +Papitos, que se escapaba de la cocina para ponerse al lado de la +señorita, cuya hermosura admiraba tanto. El peinado era la principal +causa de la estupefacción de la chiquilla, y habría dado esta un dedo de +la mano por poder imitarlo. Sentose a su lado y no se hartaba de +contemplarla, llenándose de regocijo cuando la otra solicitaba su ayuda, +aunque sólo fuera para lo más insignificante. En esto llamaron a la +puerta; corrió a abrir la mona, y Fortunata no supo lo que le pasaba +cuando vio entrar en la sala a Mauricia la Dura.</p> + + + +<hr /> +<h2>-<span class="smcap">ii</span>-</h2> + + +<p>El sentimiento que le inspiraba aquella mujer en las Micaelas; la +inexplicable mescolanza de terror y atracción prodújose en aquel +instante en su alma con mayor fuerza. Mauricia le infundía miedo y al +propio tiempo una simpatía irresistible y misteriosa, cual si le +sugiriera la idea de cosas reprobables y al mismo tiempo gratas a su +corazón. Miró a su amiga sin hablarle, y esta se le acercó sonriendo, +como si quisiera decir: «Lo que menos esperabas tú era verme aquí +ahora...».</p> + +<p>—¿De veras eres tú...?</p> + +<p>Y observó que Mauricia traía unos zapatos muy bonitos de cuero +amarillo, atados con cordones azules terminados en madroños.</p> + +<p>—¡Y qué bien calzada!...</p> + +<p>—¿Qué te creías tú?</p> + +<p>Después le miró la cara. Estaba muy pálida; los ojos parecían más +grandes y traicioneros, acechando en sus profundos huecos violados bajo +la ceja recta y negra. La nariz parecía de marfil, la boca más acentuada +y los dos pliegues que la limitaban más enérgicos. Todo el semblante +revelaba melancolía y profundidad de pensamiento, al menos así lo +consideró Fortunata sin poder expresar por qué. Traía Mauricia un mantón +nuevo y a la cabeza un pañuelo de seda de fajas azul-turquí y rojo vivo, +delantal de cuadritos y falda de tartán, y en la mano un bulto atado con +un pañuelo por las cuatro puntas.</p> + +<p>«¿No está doña Lupe?» dijo sentándose sin ninguna ceremonia.</p> + +<p>—Ya le he dicho que no—replicó Papitos con mal modo.</p> + +<p>—No te he preguntado a ti, refistolera, métome-en-todo. Lárgate a tu +cocina, y déjanos en paz.</p> + +<p>Papitos se fue refunfuñando.</p> + +<p>—¿Qué traes por aquí?—le preguntó Fortunata, que desde que la vio +entrar, sentía palpitaciones muy fuertes.</p> + +<p>—Pues nada... Estoy otra vez corriendo prendas, y aquí traigo unos +mantones para que los vea esa tía pastelera...</p> + +<p>—¡Qué manera de hablar! Corrígete, mujer... ¿Te has olvidado ya de la +que hiciste en el convento? ¡Vaya un escándalo! Lo sentí mucho por ti. +Aquel día me puse mala.</p> + +<p>—Chica, no me hables... Vaya, que me trastorné de veras. Pero una +tentación cualquiera la tiene. ¿Y qué, dije muchas barbaridades? Yo no +me acuerdo. No estaba en mí, no sabía lo que hacía. Sólo me acuerdo de +que vi a la Pura y Limpia, y después quise entrar en la iglesia y coger +al Santísimo Sacramento... soñé que me comía la hostia... Nunca me ha +dado un toque tan fuerte, chica... ¡Qué cosas se le ocurren a una cuando +se sube el mengue a la cabeza! Créemelo porque yo te lo digo: cuando se +me serenó el sentido, estaba abochornada... El único a quien guardaba +rencor era al tío capellán. Me lo hubiera comido a bocados. A las +señoras no. Me daban ganas de ir a pedirles perdón; pero por el aquel de +la <i>dinidá</i> no fui. Lo que más me escocía era haberle tirado un +ladrillazo a doña Guillermina. Esto sí que no me lo paso, no me lo +paso... Y le he cogido tal miedo, que cuando la veo venir por la calle, +se me sube toda la color a la cara, y me voy por otro lado para que no +me vea. A mi hermana le ha dicho que me perdona, ¿ves?, y que todavía +cuenta hacer algo por mí.</p> + +<p>—Es que eres atroz...—le dijo Fortunata—. Si no te quitas ese vicio, +vas a parar en mal.</p> + +<p>—Quita, mujer, y no me digas nada... Pues si desde que salí de las +Micaelas no he vuelto a catarlo... Soy ahora, como quien dice, otra. No +quiero vivir con mi hermana, porque Juan Antonio y yo no casamos bien; +pero a persona decente no me gana nadie ahora. Créetelo porque yo te lo +digo. No lo vuelvo a catar. Y si no, tú lo has de ver... Y pasando a +otra cosa, ya sé que te casas mañana.</p> + +<p>—¿Por dónde lo has sabido?</p> + +<p>—Eso, acá yo... Todo se sabe—replicó la Dura con malicia—. Vaya, que +te ha caído la lotería. Yo me alegro, porque te quiero.</p> + +<p>En esto Mauricia se inclinó bruscamente y recogió del suelo un objeto +pequeño. Era un botón.</p> + +<p>«Buen agüero, mira—dijo mostrándolo a Fortunata—. Señal de que vas a +ser dichosa».</p> + +<p>—No creas en brujerías.—¿Que no crea?... <i>Paices</i> boba. Cuando una se +encuentra un botón, quiere decirse que a una le va a pasar algo. Si el +botón es como este, blanco y con cuatro <i>ujeritos</i>, buena señal; pero si +es negro y con tres, mala.</p> + +<p>—Eso es un disparate.—Chica, es el Evangelio. Lo he probado la mar de +veces. Ahora vas a estar en grande. ¿Sabes una cosa?</p> + +<p>Dijo esto último con tal intención, que Fortunata, cuya ansiedad crecía +sin saber por qué, vio tras el <i>sabes una cosa</i> una confidencia de +extraordinaria gravedad.</p> + +<p>—¿Qué?—Que te quemas.—¿Cómo que me quemo?</p> + +<p>—Nada, mujer, que te quemas, que le tienes muy cerca. Te gustan las +cosas claras, ¿verdad?, pues allá va. Volvió de Valencia muy bueno y muy +enamoradito de ti. Lo que yo te decía, chica, lo mismo fue enterarse de +que estabas en las Micaelas haciéndote la católica, que se le encendió +el celo, y todas las tardes pasaba por allí en su <i>featón</i>. Los hombres +son así: lo que tienen lo desprecian, y lo que ven guardado con llave y +candados, eso, eso es lo que se les antoja.</p> + +<p>—Quita, quita...—dijo Fortunata, queriendo aparecer serena—. No me +vengas con cuentos.</p> + +<p>—Tú lo has de ver.—¿Cómo que lo he de ver? Vaya, que tienes unas +cosas...</p> + +<p>Mauricia se echó a reír con aquel desparpajo que a su amiga le parecía +el humorismo de un hermoso y tentador demonio. En medio de la infernal +risa, brotaba esta frase que a Fortunata le ponía los pelos de punta: +«¿Te lo digo?... ¿te lo digo?».</p> + +<p>—¿Pero qué?</p> + +<p>Se miraron ambas. Dentro de los cóncavos y amoratados huecos de los +ojos, acechaban las pupilas de Mauricia con ferocidad de pájaro cazador.</p> + +<p>«¿Te lo digo?... Pues el tal sabe echar por la calle de enmedio. Vaya, +que es listo y ejecutivo. Te ha armado una trampa, en la cual vas a +caer... Como que ya has metido la patita dentro».</p> + +<p>—¿Yo...?—Sí... tú. Pues ha alquilado el cuarto de la izquierda de la +casa en que vas a vivir; el tuyo es el de la derecha.</p> + +<p>—¡Bah!... no digas desatinos—replicó Fortunata, queriendo echárselas +de valiente.</p> + +<p>Deslizose de sus rodillas al suelo la falda de gro negro que estaba +arreglando.</p> + +<p>«Como lo oyes, chica... Allí le tienes. Desde que entres en tu casa, le +sentirás la respiración».</p> + +<p>—Quita, quita... no quiero oírte.</p> + +<p>—Si sabré yo lo que me digo. Para que te enteres: hace media hora que +he estado hablando con él en casa de una amiga. Si no caes en la trampa, +creo que el pobrecito revienta... tan dislocado está por ti.</p> + +<p>—El cuarto de al lado... a mano izquierda cuando entramos... el mío a +esta mano; de modo que... No me vuelvas loca...</p> + +<p>—Lo ha tomado por cuenta de él una que llaman Cirila... Tú no la +conoces; yo sí: ha sido también corredora de alhajas y tuvo casa de +huéspedes. Está casada con uno que fue de la ronda secreta, y ahora tu +señor me le ha colocado en el tren.</p> + +<p>Fortunata sintió que se congestionaba. Su cabeza ardía.</p> + +<p>«Vaya, todo eso es cuento... ¿Piensas que me voy a creer esas bolas?... +¡Como no se acuerde él de mí...!, ni falta.</p> + +<p>—Tú lo has de ver. ¡Ay qué chico! Da pena verle... loquito por ti... y +arrepentido de la partida serrana que te jugó. Si la pudiera reparar, la +repararía. Créetelo porque yo te lo digo.</p> + +<p>En esto entró Papitos con pretexto de preguntar una cosa a la señorita, +pero realmente con el único objeto de curiosear. Lo mismo fue verla +Mauricia que echarle los tiempos del modo más despótico.</p> + +<p>«Mira, chiquilla, si no te largas, verás».</p> + +<p>La amenazó con un movimiento del brazo, precursor de una gran bofetada; +pero la mona se le rebeló, chillando así: «No me da la gana... ¿Y a +usted qué?... ¡Mía esta!...». Fortunata le dijo: «Papitos, vete a la +cocina», y obedeció la rapaza, aunque de muy mala gana.</p> + +<p>«Pues yo...—prosiguió Fortunata—, si es verdad, le diré a mi marido +que tome otra casa».</p> + +<p>—Tendrías que cantarle el motivo.</p> + +<p>—Se lo cantaré... vaya.—Bonita escandalera armarías... Nada, hija, +que la trampa te la ponen donde quiera que vayas, y ¡pum!... ídem de +lienzo.</p> + +<p>—Pues ea... no me casaré—dijo la novia en el colmo ya de la confusión.</p> + +<p>—¡Quia! Por tonta que te quieras volver, no harás tal... ¿Crees que +esas brevas caen todos los días? Que se te quite de la cabeza... +Casadita, puedes hacer lo que quieras, guardando el aparato de la +<i>comenencia</i>. La mujer soltera es una esclava; no puede ni menearse. La +que tiene un peine de marido, tiene bula para todo.</p> + +<p>Fortunata callaba, mirando vagamente al suelo, con la barba apoyada en +la mano.</p> + +<p>«¿Qué miras?—dijo la Dura inclinándose—. ¡Ah!, otro botón... y este es +negro, con tres <i>ujeros</i>... Mala señal, chica. Esto quiere decir que si +no te casas, mereces que te azoten».</p> + +<p>Recogiendo el botón, lo miraba de cerca. Anochecía, y la sala se iba +quedando a oscuras. Poco después Fortunata veía sólo el bulto de su +amiga y los zapatos amarillos. Empezaba a cogerle miedo; pero no deseaba +que se marchase, sino que hablara más y más del mismo temeroso asunto.</p> + +<p>«Te digo que no me caso» repitió la joven, sintiendo que se renovaba en +su alma el horror al matrimonio con el chico de Rubín. Y las ideas tan +trabajosamente construidas en las Micaelas, se desquiciaron de repente. +Aquel altarito levantado a fuerza de meditaciones y de gimnasias de la +razón, se resquebrajaba como si le temblara el suelo.</p> + +<p>«El cuarto de la izquierda... de modo que... Eso es estar vendida... Una +puerta aquí, otra allí...».</p> + +<p>—Lo que te digo, una patita en la trampa; sólo te falta meter la otra.</p> + +<p>Y rompió a reír de nuevo con aquella franqueza insolente que a Fortunata +le agradaba, cosa extraña, despertando en su alma instintos de dulce +perversidad.</p> + +<p>«Nada, yo no me caso, que no me caso, ¡ea!—declaró la novia +levantándose y dando pasos de aquí para allí, cual si moviéndose +quisiera infundirse la energía que le faltaba».</p> + +<p>—Como lo vuelvas a decir...—añadió Mauricia haciendo un gesto de +burlesca amenaza—. ¿Piensas que una ganga como esta se encuentra detrás +de cada esquina? Nada, chica, a casarse tocan. En ese espejo quisieran +verse otras. Y para acabar, chica, cásate, y haz por no caer en la +trampa. Vaya, ponte a ser honrada, que de menos nos hizo Dios... Oye lo +que te digo, que es el Evangelio, chica, el puro Evangelio:</p> + +<p>Fortunata se detuvo ante su amiga, y esta la obligó a sentarse otra vez +a su lado.</p> + +<p>«Nada, te casas... porque casarte es tu salvación. Si no, vas a andar de +mano en mano hasta la consunción de los siglos. Tú no seas boba; si +quieres ser honrada, <i>serlo</i>, hija. Descuida, que no te pondrán un puñal +al pecho para que peques».</p> + +<p>—Pues sí—dijo Fortunata animándose—, ¿qué me importa a mí la trampa? +Como yo no quiera caer...</p> + +<p>—Claro... El otro ahí junto... pues que le parta un rayo. ¿A ti qué? Tú +di «soy honrada», y de ahí no te saca nadie. A los pocos días le dices a +tu esposo de tu alma que la casa no te gusta, y tomáis otra.</p> + +<p>—Di que sí... tomamos otra, y se acabó la trampa—observó la novia +tomando en serio los consejos de su amiga.</p> + +<p>—Verdad que él no se acobardará, y a donde vayas, él detrás. Créeme que +está loco, Y te digo más. La criada que tienes, esa Patricia que le +recomendó a doña Lupe el señor de Torquemada, está vendida.</p> + +<p>—¡Vendida!... ¡Ah!...—exclamó Fortunata con nuevo terror—. Mira tú +por qué esa mujer no me gustó cuando la vi esta mañana. Es muy adulona, +muy relamida, y tiene todo el aire de un serpentón... Pues nada, le diré +a mi marido que no me gusta, y mañana mismo la despido.</p> + +<p>—Eso... y viva el <i>caraiter</i>. Tú mira bien lo que te digo: siempre y +cuando quieras ser honrada, <i>serlo</i>; pero dejarte de casar, ¡dejar de +casarte!, que no se te pase por la cabeza, hija de mi alma.</p> + +<p>Fortunata parecía recobrar la calma con esta exhortación de su amiga, +expresada de una manera cariñosa y fraternal.</p> + +<p>«Otra cosa se me ocurre—indicó luego con la alegría del náufrago que ve +flotar una tabla cerca de sí—. Le diré a mi marido que estoy mala y que +me lleve a vivir al pueblo ese donde ha cogido la herencia».</p> + +<p>—¡Pueblo!... ¿Y qué vas a hacer tú en un pueblo?—dijo Mauricia con +expresión de desconsuelo, como una madre que se ocupa del porvenir de su +hija—. Mira tú, y créelo porque yo te lo digo: más difícil es ser +honrada en un pueblo chico que en estas ciudades grandes donde hay mucho +personal, porque en los pueblos se aburre una; y como no hay más que dos +o tres sujetos finos y siempre les estás viendo, ¡qué peine!, acabas por +encapricharte con alguno de ellos. Yo conozco bien lo que son los +pueblos de corto personal. Resulta que el alcalde, y si no el alcalde el +médico y si no el juez, si lo hay, te hacen tilín, y no quiero decirte +nada. En último caso, tanto te aburres, que te da un <i>toque</i> y caes con +el señor cura...</p> + +<p>—Quita, quita, ¡qué asco!</p> + +<p>—Pues chica, no pienses en salir de Madrid—agregó la tarasca +cogiéndola por un brazo, atrayéndola a sí y sentándola sobre sus +rodillas—. Hija de mi vida, ¿a quién quiero yo? A ti nada más. Lo que +yo te diga es por tu bien.</p> + +<p>Déjate llevar; cásate, y si hay trampa, que la haya. Lo que debe pasar, +pasa... Deja correr y haz caso de mí, que te he tomado cariño y soy +<i>mismamente</i> como tu madre.</p> + +<p>Fortunata iba a responder algo; pero la campanilla anunció que se +aproximaba doña Lupe.</p> + +<p>Cuando esta penetró en la sala, ya sabía por Papitos quién estaba allí.</p> + +<p>—¿En dónde está esa loca?—entró diciendo—. ¡Pero qué oscuridad! No +veo gota. Mauricia...</p> + +<p>—Aquí estoy, mi señora doña Lupe. Ya nos podían traer una luz.</p> + +<p>Fortunata fue por la luz, y en tanto la viuda dijo a su corredora:</p> + +<p>«¿Qué traes por acá? ¡Cuánto tiempo...! ¿Y qué tal? ¿Te has enmendado? +Porque el padre Pintado le contó a Nicolás horrores de ti...».</p> + +<p>—No haga caso, señora. D. León es muy fabulista y boquea más de la +cuenta. Fue un pronto que tuve.</p> + +<p>—¡Vaya unos prontos!... ¿Y qué traes ahí?</p> + +<p>Entró Fortunata con la lámpara encendida, y la tarasca empezó a mostrar +mantones de Manila, un tapiz japonés, una colcha de malla y felpilla.</p> + +<p>«Mire, mire qué primores. Este pañolón es de la señá marquesa de +Tellería. Lo da por un pedazo de pan. Anímese, señora, para que haga un +regalo a su sobrina, el día de mañana, que así sea el <i>escomienzo</i> de +todas las felicidades».</p> + +<p>—¡Quita allá!... ni para qué quiere esta mantones. ¡Buenos están los +tiempos! ¿Y qué precio?... ¡Cincuenta duros! Ajajá... ¡qué gracia! Los +tengo yo del propio Senquá, mucho más floreados que ese y los doy a +veinticinco.</p> + +<p>—Quisiera verlos... ¿Sabe lo que le digo? Que me caiga muerta aquí +mismo, si no es verdad que me han ofrecido treinta y ocho y no lo he +querido dar... Mire, por estas cruces.</p> + +<p>Y haciendo la cruz con dos dedos, se la besó.</p> + +<p>—«A buena parte vienes!... Si estoy yo de mantones...».</p> + +<p>—Pero no serán como este.—Mejores, cien veces mejores... Pero me +alegro de que hayas venido: te voy a dar un aderezo para que me lo +corras.</p> + +<p>Y siguieron picoteando de este modo hasta que entró Maximiliano, y doña +Lupe mandó sacar la sopa. El novio, enterándose de que había visita en +la sala, acercose despacito a la puerta para ver quién era. «Es +Mauricia» le dijo su prometida saliéndole al encuentro.</p> + +<p>Ambos se fueron al comedor, esperando allí a que su tía despachase a la +corredora. Cuando esta se fue no quiso Fortunata salir a despedirla, por +temor de que dijese algo que la pudiera comprometer.</p> + + + +<hr /> +<h2>-<span class="smcap">iii</span>-</h2> + + +<p>Maximiliano habló a su futura de las invitaciones que había hecho, y +ella le oía como quien oye llover; mas no reparó el joven en esta +distracción por lo muy exaltado que estaba. Como era tan idealista, +quería hacer el papel de novio con todas las reglas recomendadas por el +uso, y aunque se vio solo en el comedor con su amada, tratábala con +aquellos miramientos que impone el pudor más exquisito. No se decidía ni +a besarla, gozando con la idea de poder hacerlo a sus anchas después de +recibidas las bendiciones de la Iglesia, y aun de hacerle otras caricias +con la falsa ilusión de no habérselas hecho antes. Mientras comían, +Fortunata se sintió anegada en tristeza, que le costaba trabajo +disimular. Inspirábale el próximo estado tanto temor y repugnancia, que +le pasó por el pensamiento la idea de escaparse de la casa, y se dijo: +«No me llevan a la Iglesia ni atada». Doña Lupe, que gustaba tanto de +hacer papeles y de poner en todos los actos la corrección social, no +quería que los novios se quedasen solos ni un momento. Había que emplear +una ficción moral como tributo a la moral misma y en prueba de la +importancia que debemos dar a la forma en todas nuestras acciones.</p> + +<p>Fortunata estuvo muy desvelada aquella noche. Lloraba a ratos como una +Magdalena, y poníase luego a recordar cuanto le dijo el padre Pintado y +el remedio de la devoción a la Santísima Virgen. Durmiose al fin +rezando, y soñó que la Virgen la casaba, no con Maxi, sino con su +verdadero hombre, con el que era suyo a pesar de los pesares. Despertó +sobresaltada, diciendo: «Esto no es lo convenido». En el delirio de su +febril insomnio, pensó que D. León la había engañado y que la Virgen se +pasaba al enemigo, «Pues para esto no se necesitaba tanto Padre Nuestro +y tanta Ave María...». Por la mañana reíase de aquellos disparates, y +sus ideas fueron más reposadas. Vio claramente que era locura no seguir +el camino por donde la llevaban, que era sin duda el mejor. «¡Hala!, +honrada a todo trance. Ya me defenderé de cuantas trampas se me quieran +armar».</p> + +<p>Doña Lupe dejó las ociosas plumas a las cinco de la mañana cuando aún no +era de día, y arrancó de la cama a Papitos, tirándole de una oreja, para +que encendiera la lumbre. ¡Flojita tarea la de aquel día; un almuerzo +para doce personas! Llamó a Fortunata para que se fuera arreglando, y +acordaron dejar dormir a Maxi hasta la hora precisa, porque los +madrugones le sentaban mal. Dio varias disposiciones a la novia para que +trabajara en la cocina, y se fue a la compra con Papitos, llevando el +cesto más grande que en la casa había.</p> + +<p>Lo que doña Lupe llamaba el <i>menudo</i> era excelente: riñones salteados, +sesos, merluza o pajeles, si los había, chuletas de ternera, filete a la +inglesa... Esto corría de cuenta de la viuda, y Fortunata se comprometió +a hacer una paella. A las ocho ya estaba doña Lupe de vuelta, y parecía +una pólvora; tal era su actividad. Como que a las diez debían ir a la +Iglesia. «Pero no, no iré, porque si voy, de fijo me hace Papitos algún +desaguisado». La suerte fue que vino Patricia, y entonces se decidió la +señora a asistir a la ceremonia.</p> + +<p>Púsose la novia su vestido de seda negro, y doña Lupe se empeñó en +plantarle un ramo de azahar en el pecho. Hubo disputa sobre esto... que +sí, que no. Pero la señora de D. Basilio había traído el ramo y no se la +podía desairar. Como que era el mismo ramo que ella se había puesto el +día de su boda. Fortunata estaba guapísima, y Papitos buscaba mil +pretextos para ir al gabinete y admirarla aunque sólo fuera un instante. +«Esta sí que no tiene algodón en la delantera» pensaba.</p> + +<p>La de Jáuregui se puso su <i>visita</i> adornada con abalorio, y doña Silvia +se presentó con pañuelo de Manila, lo que no agradó mucho a la viuda, +porque parecía boda de pueblo. Torquemada fue muy majo; llevaba el hongo +nuevo, el cuello de la camisa algo sucio, corbata negra deshilachada y +en ella un alfiler con magnífica perla que había sido de la marquesa de +Casa-Bojío. El bastón de roten y las enormes rodilleras de los calzones +le acababan de caracterizar. Era hombre muy humorístico y tenía una +baraja de chistes referentes al tiempo. Cuando diluviaba, entraba +diciendo: «Hace un polvo atroz». Aquel día hacía mucho calor y sequedad, +motivo sobrado para que mi hombre se luciera: «¡Vaya una nevada que está +cayendo!». Estas gracias sólo las reían doña Silvia y doña Lupe.</p> + +<p>Maxi llevaba su levita nueva y la chistera que aquel día se puso por +primera vez. Extrañaba mucho aquel desusado armatoste, y cuando se lo +veía en la sombra, parecíale de tres o cuatro palmos de alto. Dentro de +casa, creía que tocaba con su sombrero al techo. Pero en orden de +chisteras, la más notable era la de D. Basilio Andrés de la Caña, que lo +menos era de catorce modas atrasadas, y databa del tiempo en que Bravo +Murillo le hizo ordenador de pagos. Las botas miraban con envidia al +sombrero por el lustre que tenía. Nicolás Rubín presentose menos +desaseado que otras veces, sintiendo no haber podido traer a D. León. +<i>Ulmus Sylvestris, Quercus gigantea</i>, y <i>Pseudo-Narcissus odoripherus</i> +presentáronse muy guapetones, de levitín, y alguno de ellos con guantes +acabados de comprar, y rodearon a la novia, y la felicitaron y aun le +dieron bromas, viéndose ella apuradísima para contestarles. Por fin, +doña Lupe dio la voz de mando, y a la iglesia todo el mundo.</p> + +<p>Fortunata tenía la boca extraordinariamente amarga, cual si estuviera +mascando palitos de quina. Al entrar en la parroquia sintió horrible +miedo. Figurábase que su enemigo estaba escondido tras un pilar. Si +sentía pasos, creía que eran los de él. La ceremonia verificose en la +sacristía, y duró poco tiempo. Impresionaron mucho a la novia los +símbolos del Sacramento, y por poco se cae redonda al suelo. Y al propio +tiempo sentía en sí una luz nueva, algo como un sacudimiento, el choque +de la dignidad que entraba. La idea del señorío enderezó su espíritu, +que estaba como columna inclinada y próxima a perder el equilibrio. +¡Casada!, ¡honrada o en disposición de serlo! Se reconocía otra. Estas +ideas, que quizás procedían de un fenómeno espasmódico, la confortaron; +pero al salir volvió a sentirse acometida del miedo. ¡Si por acaso el +enemigo se le aparecía...! Porque Mauricia le había dicho que rondaba, +que rondaba, que rondaba... ¡Aquí de la Virgen! Pero ¡qué cosas! ¡Si +María Santísima protegía ahora al enemigo! Esta idea extravagante no la +podía echar de sí. ¿Cómo era posible que la Virgen defendiera el pecado? +¡Tremendo disparate!, pero disparate y todo, no había medio de +destruirlo.</p> + +<p>De regreso a la casa, doña Lupe no cabía en su pellejo; de tal modo se +crecía y se multiplicaba atendiendo a tantas y tan diferentes cosas. Ya +recomendaba en voz baja a Fortunata que no estuviese tan displicente con +doña Silvia; ya corría al comedor a disponer la mesa; ya se liaba con +Papitos y con Patricia, y parecía que a la vez estaba en la cocina, en +la sala, en la despensa y en los pasillos. Creeríase que había en la +casa tres o cuatro viudas de Jáuregui funcionando a un tiempo. Su mente +se acaloraba ante la temerosa contingencia de que el almuerzo saliera +mal. Pero si salía bien, ¡qué triunfo! El corazón le latía con fuerza, +comunicando calor y fiebre a toda su persona, y hasta la pelota de +algodón parecía recibir también su parte de vida, palpitando y +permitiéndose doler. Por fin, todo estuvo a punto. Juan Pablo, que no +había ido a la iglesia, pero que se había unido a la comitiva al volver +de ella, buscaba un pretexto para retirarse. Entró en el comedor cuando +sonaba el pataleo de las sillas en que se iban acomodando los +comensales, y contó... «Me voy—dijo—, para no hacer trece». Algunos +protestaron de tal superstición, y otros la aplaudieron. A D. Basilio le +parecía esto incompatible con las luces del siglo, y lo mismo creía doña +Lupe; pero se guardó muy bien de detener a su sobrino por la ojeriza que +le tenía, y Juan Pablo se fue, quedando en la mesa los comensales en la +tranquilizadora cifra de doce.</p> + +<p>Durante el almuerzo, que fue largo y fastidioso, Fortunata siguió muy +encogida, sin atreverse a hablar, o haciéndolo con mucha torpeza cuando +no tenía más remedio. Temía no comer con bastante finura y revelar +demasiado su escasa educación. El temor de parecer ordinaria era causa +de que las palabras se detuvieran en sus labios en el momento de ser +pronunciadas. Doña Lupe, que la tenía al lado, estaba al quite para +auxiliarla si fuera menester, y en los más de los casos respondía por +ella, si algo se le preguntaba, o le soplaba con disimulo lo que debía +de decir.</p> + +<p>A un tiempo notaron Fortunata y doña Lupe que Maximiliano no se sentía +bien. El pobrecito quería engañarse a sí mismo, haciéndose el valiente; +mas al fin se entregó. «Tú tienes jaqueca» le dijo su tía. «Sí que la +tengo—replicó él con desaliento, llevándose la mano a los ojos—; pero +quería olvidarla a ver si no haciéndole caso, se pasaba. Pero es inútil; +no me escapo ya. Parece que se me abre la cabeza. Ya se ve, la agitación +de ayer, la mala noche, porque a las tres de la mañana desperté creyendo +que era la hora, y no volví a dormir».</p> + +<p>Hubo en la mesa un coro compasivo. Todos dirigían al pobre jaquecoso +miradas de lástima y algunos le proponían remedios extravagantes.</p> + +<p>«Es mal de familia—observó Nicolás—, y con nada se quita. Las mías +han sido tan tremendas, que el día que me tocaba, no podía menos que +compararme a San Pedro Mártir, con el hacha clavada en la cabeza. Pero +de algún tiempo a esta parte se me alivian con jamón».</p> + +<p>—¿Cómo es eso?... ¿aplicándose una tajada a la cabeza?</p> + +<p>—No, hija... comiéndolo...—¡Ah!, uso interno...—Vale más que te +retires—dijo Fortunata a su marido, cuyo sufrimiento crecía por +instantes.</p> + +<p>Doña Lupe fue de la misma opinión, y Maximiliano pidió permiso para +retirarse, siéndole concedido con otro coro de lamentaciones. El +almuerzo tocaba ya a su fin. Fortunata se levantó para acompañar a su +marido, y no hay que decir que, sintiendo el motivo, se alegraba de +abandonar la mesa, por verse libre de la etiqueta y de aquel suplicio de +las miradas de tanta gente. Maxi se echó en su cama; su mujer le arropó +bien, y cerrando las maderas, fue a la cocina a hacer un té. Allí +tropezó con doña Lupe, que le dijo:</p> + +<p>«Primero es el café. Ya lo están esperando. Ayúdame, y luego harás el té +para tu marido. Lo que él necesita más es descanso».</p> + +<p>La sobremesa fue larga. Pegaron la hebra D. Basilio y Nicolás sobre el +carlismo, la guerra y su solución probable, y se armó una gran +tremolina, porque intervinieron los farmacéuticos, que eran atrozmente +liberales, y por poco se tiran los platos a la cabeza. Torquemada +procuraba pacificar, y entre unos y otros molestaban mucho al enfermo +con la bulla que hacían. Por fin, a eso de las cuatro fueron desfilando, +teniendo la desposada que oír los plácemes empalagosos que le dirigían, +confundidos con bromas de mal gusto, y contestar a todo como Dios le +daba a entender. La tarde pasola Maxi muy mal; le dieron vómitos y se +vio acometido de aquel hormigueo epiléptico que era lo que más le +molestaba. Al anochecer se empeñó en que se había de ir a la nueva casa, +y su mujer y su tía no podían quitárselo de la cabeza.</p> + +<p>«Mira que te vas a poner peor. Duerme aquí, y mañana...».</p> + +<p>—No, no quiero. Me siento algo aliviado. El periodo más malo pasó ya. +Ahora el dolor está como indeciso, y dentro de media hora aparecerá en +el lado derecho, dejándome libre el izquierdo. Nos vamos a casa, me +acuesto entre sábanas y allí pasaré lo que me resta.</p> + +<p>Fortunata insistía en que no se moviese, pero él se levantó y se puso la +capa. No hubo más remedio que emprender la marcha para la otra casa.</p> + +<p>«Tía—dijo Maxi—, que no se olvide el frasco de láudano. Cógelo tú, +Fortunata, y llévalo. Cuando me meta en la cama, trataré de dormir, y +si no lo consigo, echarás seis gotas, cuidado... seis gotas nada más de +esta medicina en un vaso de agua, y me las darás a beber».</p> + +<p>Muy abrigado y la cabeza bien envuelta para que no le diese frío, +lleváronle a la casa matrimonial, que fue estrenada en condiciones poco +lisonjeras. La distancia entre ambos domicilios era muy corta. Al +atravesar la calle de Santa Feliciana, Fortunata creyó ver... juraría... +Le corrió una exhalación fría por todo el cuerpo. Pero no se atrevía a +mirar para atrás con objeto de cerciorarse. Probablemente no era más que +delirio y azoramiento de su alma, motivados por las mil andróminas que +le había contado Mauricia.</p> + +<p>Llegaron, y como todo estaba preparado para pernoctar, nada echaron de +menos. Sólo se hablan olvidado unas bujías y Patricia bajó a traerlas. +Acostado Maxi, sucedió lo que se temía: que se puso peor, y vuelta a los +vómitos y a la desazón espasmódica. «Tú no quieres hacer caso de mí... +¡Cuánto mejor que hubieras dormido en casa esta noche! Ahí tienes el +resultado de tu terquedad». Después de expresar su opinión autoritaria +de esta manera, doña Lupe, viendo a su sobrino más tranquilo y como +vencido del sopor, empezó a dar instrucciones a Fortunata sobre el +gobierno de la casa. No aconsejaba, sino que disponía. Por dar órdenes, +hasta le dijo lo que había de mandar traer de la plaza al día +siguiente, y al otro y al otro. «Y cuidado con dejar de tomarle la +cuenta a la muchacha, al céntimo, pues Torquemada dice que no la abona y +no hay que fiar... Si te falta algún cacharro en la cocina, no lo +compres; yo te lo compraré, porque a ti te clavan... Nada de comprar +petróleo en latas... el fuego me horripila. Desde mañana vendrá el +petrolero de casa y le tomas lo que se gaste en el día... Patatas y +jabón, una arroba de cada cosa. Cuidado cómo te sales de un diario de +dieciséis reales todo lo más... El día que sea conveniente un +extraordinario, me lo avisas... Yo iré con Papitos a la plaza de San +Ildefonso, y te traeré lo que me parezca bien... A Maxi le pones mañana +dos huevitos pasados, ya sabes, y un sopicaldo. Los demás días su +chuletita con patatas fritas. No compres nunca merluza en Chamberí. +Papitos te la traerá. Mucho ojo con este carnicero, que es más ladrón +que Judas. Si tienes alguna cuestión con él, nómbrame a mí y le verás +temblar...». Y por aquí siguió amonestando y apercibiendo con ínfulas de +verdadera ama y canciller de toda la familia. La suerte que se marchó.</p> + +<p>Serían las diez cuando la desposada se quedó sola con su marido y con +Patricia. Maxi no acababa de tranquilizarse, por lo que fue preciso +apelar al remedio heroico. El mismo enfermo lo pidió, dejando oír una +voz quejumbrosa que salía de entre las sábanas, y que por su tenuidad +no parecía corresponder a la magnitud del lecho. Fortunata cogió el +cuenta gotas y acercando la luz preparó la pócima. En vez de siete gotas +no puso más que cinco. Le daba miedo aquella medicina. Tomola Maxi y al +poco rato se quedaba dormido con la boca abierta, haciendo una mueca que +lo mismo podía ser de dolor que de ironía.</p> + + + +<hr /> +<h2>-<span class="smcap">iv</span>-</h2> + + +<p>Al ver dormido a su esposo, pareciole a Fortunata que se alejaba; +encontrose sola, rodeada de un silencio alevoso y de una quietud +traidora. Dio varias vueltas por la casa, sin apartar el pensamiento y +las miradas de los tabiques que separaban su cuarto del inmediato, y los +tales tabiques se le antojaron transparentes, como delgadas gasas, que +permitían ver todo lo que de la otra parte pasaba. Andando de puntillas +por los pasillos y por la sala, percibió rumor de voces. Si aplicara el +oído a la pared, oiría quizás claramente; pero no se atrevió a +aplicarlo. Por la ventana del comedor que daba a un patio medianero, +veíase otra ventana igual con visillos en los cristales. Allí lucía una +lámpara con pantalla verde, y alrededor de ella pasaban bultos, sombras, +borrosas imágenes de personas, cuyas caras no se podían distinguir.</p> + +<p>Después de hacer estas observaciones, fue a la cocina, donde estaba la +criada preparando los trastos para el día siguiente. Era tan hacendosa y +tan corrida en el oficio, que la misma doña Lupe se sorprendía de verla +trabajar, porque despachaba las cosas en un decir Jesús, sin +atropellarse. Pero a Fortunata le era antipática por aquella amabilidad +empalagosa tras de la cual vislumbraba la traición.</p> + +<p>«Patricia—le dijo su ama, afectando una curiosidad indiferente—. ¿Sabe +usted qué gente es esa del cuarto de al lado?».</p> + +<p>—Señorita—replicó la criada sin dejarla concluir—; como estoy aquí +desde el día antes de salir usted del convento, ya conozco a toda la +vecindad... ¿sabe? En ese cuarto vive una señora muy fina que la llaman +doña Cirila. Su marido es no sé qué del tren. Tiene una gorra con +galones y letras. Esta noche, cuando bajé por las bujías, me encontré a +la vecina en la tienda y me preguntó por el señorito. Dijo que cualquier +cosa que se ofreciera... ¿sabe? Es muy amable. Ayer entró aquí a ver la +casa, y yo pasé a la suya... Dice que tiene muchas ganas de hacerle a +usted la visita.</p> + +<p>—¡A mí!—replicó Fortunata sentándose en la silla de la cocina, junto a +la mesa de pino blanco—. ¡Qué confianzudo está el tiempo! Y usted, +¿para qué se ha metido allá, sin más ni más?... ¿Qué sabía usted si a mí +me gustaba o no me gustaba entrar en relaciones...?</p> + +<p>—Yo... señorita... calculé que...</p> + +<p>—Nada, estoy vendida...—pensó Fortunata—, y esta mujer es el mismo +demonio.</p> + +<p>Un rato estuvo meditando, hasta que Patricia, mientras ponía los +garbanzos de remojo, la sacó de su abstracción con estas mañosas +palabras:</p> + +<p>«Díjome doña Cirila que es usted muy linda, ¿sabe?... que esta mañana la +vio a usted en la iglesia y que le fue muy simpática. Verá usted, cuando +la trate, que también ella se deja querer. Dice que se alegrará mucho de +que usted pase a su casa cuando guste... con confianza, y que de noche +están jugando a la brisca hasta las doce».</p> + +<p>—¡Que pase yo allá!... ¡yo!</p> + +<p>—Claro... y esta noche misma puede pasar, puesto que el señorito duerme +y no son más que las diez... Digo, si quiere distraerse un rato.</p> + +<p>«¿Pero qué está usted diciendo? ¡Distraerme yo!».</p> + +<p>Fortunata se habría dejado llevar del primer impulso de cólera, si en su +alma no hubiera nacido otro impulso de tolerancia, unido a cierta +relajación de conciencia. Se calló, y en aquel instante llamaron a la +puerta.</p> + +<p>«¡Llaman!... No abra usted, no abra usted» dijo con presentimiento de +un cercano peligro.</p> + +<p>—¿Por qué, señorita?... ¿A qué esos miedos...? Miraré por el +ventanillo.</p> + +<p>Y fue hacia el recibimiento. Desde la cocina oyó Fortunata cuchicheo en +la puerta. Duró poco, y la criada volvió diciendo:</p> + +<p>«Los de al lado... la misma señorita Cirila fue la que llamó. Nada; que +si teníamos por casualidad azucarillos... Le he dicho que no. Me +preguntó cómo seguía el señorito. Le contesté que duerme como un lirón».</p> + +<p>Fortunata salió de la cocina sin decir nada, cejijunta y con los labios +temblorosos. Fue a la alcoba y observó a su marido que dormía +profundamente, pronunciando en su delirio opiáceo palabras amorosas +entremezcladas con términos de farmacia: «Ídolo... De acetato de +morfina, un centigramo... Cielo de mi vida... Clorhidrato de amoniaco, +tres gramos... disuélvase...».</p> + +<p>Volviendo a la cocina, mandó a la criada que se acostase; pero la señora +Patria no tenía sueño. «Mientras la señorita no se acueste, ¿para qué me +he de acostar yo? Podría ofrecerse algo». Y la muy picarona quería +entablar conversación con su ama; mas esta no le respondía a nada. De +pronto, el despierto oído de Fortunata, cuyo pensamiento estaba +reconcentrado en la trampa que a su parecer se le armaba, creyó sentir +ruido en la puerta. Parecía como si cautelosamente probaran llaves +desde fuera para abrirla. Fue allá muerta de miedo, y al acercarse cesó +el ruido; ella no las tenía todas consigo, y llamó a Patria: «Juraría +que alguien anda en la puerta... Pero qué, ¿no ha echado usted el +cerrojo?».</p> + +<p>Observó entonces que el cerrojo no estaba echado, y lo corrió con mucho +cuidado para no hacer ruido.</p> + +<p>«¡Vaya, que si yo me fiara de usted para guardar la casa!... A ver, +atención... ¿No siente usted un ruidito como si alguien estuviera +tentando la cerradura?... ¿Ve usted?, ahora empujan... ¿qué es esto?».</p> + +<p>—Señorita... ¿sabe?, es el viento que rebulle en la escalera. No sea +usted tan medrosica...</p> + +<p>Lo más particular era que la misma Fortunata, al correr el cerrojo con +tanto cuidado, había sentido, allá en el más apartado escondrijo de su +alma, un travieso anhelo de volverlo a descorrer. Podría ser ilusión +suya; pero creía ver, cual si la puerta fuera de cristal, a la persona +que tras esta, a su parecer, estaba... Le conocía, ¡cosa más rara!, en +la manera de empujar, en la manera de rasguñar la fechadura en la manera +de probar una llave que no servía. Durante un rato, señora y criada no +se miraron. A la primera le temblaban las manos y le andaba por dentro +del cráneo un barullo tumultuoso. La sirviente clavaba en la señora sus +ojos de gato, y su irónica sonrisa podría ser lo mismo el único aspecto +cómico de la escena que el más terrible y dramático. Pero de repente, +sin saber cómo, criada y ama cruzaron sus miradas, y en una mirada +pareció que se entendieron. Patria le decía con sus ojuelos que +arañaban: «Abra usted, tonta, y déjese de remilgos». La señora decía: +«¿Le parece a usted bien que abra?... ¿Cree usted que...?».</p> + +<p>Pero a Fortunata la ganó de súbito el decoro, y tuvo un rechazo de honor +y dignidad.</p> + +<p>«Si esto sigue—dijo—, despertaré a mi marido. ¡Ah!, ya parece que se +retira el ladrón, pues ladrón debe de ser...».</p> + +<p>Tocó el cerrojo para cerciorarse de que estaba corrido, y se fue a la +sala. Patricia volvió a la cocina.</p> + +<p>«En todo caso, es demasiado pronto» pensó Fortunata sentándose en una +silla y poniéndose a pensar. Fue como una concesión a las ideas malas +que con tanta presteza surgían de su cerebro, como salen del hormiguero +las hormigas, en larga procesión, negras y diligentes. Después trató de +rehacerse de nuevo: «Resueltamente, mañana le digo a mi marido que la +casa no me gusta y que es preciso que nos mudemos. Y a esta sinvergüenza +la planto en la calle».</p> + +<p>¡Qué cosas pasan! De improviso, obedeciendo a un movimiento +irresistible, casi puramente mecánico y fatal, Fortunata se levantó y +saliendo de la sala, se acercó a la puerta. En aquel acto, todo lo que +constituye la entidad moral había desaparecido con total eclipse del +alma de la infortunada mujer; no había más que el impulso físico, y lo +poco que de espiritual había en ello, engañábase a sí mismo creyéndose +simple curiosidad. Aplicó el oído a la rejilla... Pues sí, la persona, +el ladrón o lo que fuera, continuaba allí. Instintivamente, como el +suicida pone el dedo en el gatillo, llevó la mano al cerrojo; pero así +como el suicida, instintivamente también, se sobrecoge y no tira, apartó +su mano del cerrojo, el cual tenía el mango tieso hacia adelante como un +dedo que señala.</p> + +<p>Entonces, por los huecos de la rejilla, de fuera adentro, penetraron +estas palabras adelgazadas por la voz, cual si hubieran de pasar por un +tamiz finísimo: «Nena, nena... ahora sí que no te me escapas».</p> + +<p>Fortunata no hizo movimiento alguno. Se había convertido en estatua. +Creía estar sola, y vio que Patria se acercaba pasito a pasito, pisando +como los gatos. No con el lenguaje, sino con aquella cara gatesca y +aquella boca que parecía que se estaba siempre relamiendo, decía: +«Señorita, abra usted y no haga más papeles. Si al fin ha de abrir +mañana, ¿por qué no abre esta noche?».</p> + +<p>Como si esto hubiera sido expresado con la voz, con la voz respondió la +señora: «No, no abro».</p> + +<p>—Vaya por Dios... Largo y temeroso silencio siguió a esto. Después +sintieron que se abría y se cerraba la puerta del cuarto vecino. +Fortunata respiró. El <i>otro</i>, cansado de esperar, se retiraba.</p> + +<p>«Vaya por Dios» repitió Patria, como si dijera: «Tanto repulgo para +caerse luego...».</p> + +<p>Pasado un cuarto de hora, sintieron que se abría otra vez la puerta de +la izquierda. Corrió Fortunata al ventanillo, miró con cuidado y... el +<i>otro</i> salía embozado en su capa con vueltas encarnadas. La emoción que +sintió al verle fue tan grande, que se quedó como yerta, sin saber dónde +estaba. Hacía tres años que no le había visto... Observó un hecho muy +desagradable: al salir el tal, no había mirado a la puerta de la +derecha, como parecía natural... Estaba enojado sin duda...</p> + +<p>Y movida del mismo impulso mecánico, la señora de Rubín corrió al balcón +de la sala, y abrió quedamente la madera... En efecto, le vio atravesar +la calle y doblar la esquina de la de Don Juan de Austria. Tampoco había +mirado para los balcones de la casa, como es natural mire el chasqueado +expugnador de una plaza, al retirarse de sus muros.</p> + +<p>Patricia se permitió la confianza de poner su mano en el hombro de su +ama, diciéndole:</p> + +<p>«Ahora sí que nos podemos acostar. ¡Qué susto hemos pasado!». Fortunata +le respondió: «¿Susto yo?... ¡quia!». Todo esto se decía con un +cuchicheo cauteloso, y lo mismo lo habrían dicho aunque no hubiera allí +un enfermo cuyo sueño había que respetar. La criada se deslizó +blandamente por los oscuros pasillos y el ama entró en la alcoba. Al ver +a su marido, sintió como si lo que está a cien mil leguas de nosotros se +nos pusiera al lado de repente. Maxi había dado vueltas en el lecho y +dormía como los pájaros, con la cabeza bajo el ala. El mezquino cuerpo +se perdía en la anchura de aquella cama tan grande, y allí podía +pasearse en sueños el esposo como en los inconmensurables espacios del +Limbo.</p> + +<p>La esposa no se acostó, y acercando una butaca a la cama, y echándose en +ella, cerró los ojos. Y allá de madrugada fue vencida del sueño, y se le +armó en el cerebro un penoso tumulto de cerrojos que se descorrían, de +puertas que se franqueaban, de tabiques transparentes y de hombres que +se colaban en su casa filtrándose por las paredes.</p> + + + +<hr /> +<h2>-<span class="smcap">v</span>-</h2> + + +<p>A la mañana siguiente, Maxi estaba mejor, pero rendidísimo. Daba lástima +verle. Su palidez era como la de un muerto; tenía la lengua blanca, +mucha debilidad y ningún apetito.</p> + +<p>Diéronle algo de comer, y Fortunata opinó que debía quedarse en la cama +hasta la tarde. Esto no le disgustaba a Maxi, porque sentía cierto +alborozo infantil de verse en aquel lecho tan grandón y rodar por él. La +mujer le cuidaba como se cuida a un niño, y se había borrado de su mente +la idea de que era un hombre.</p> + +<p>Vino doña Lupe muy temprano, y enterada que Maxi estaba bien, empezó a +dar órdenes y más órdenes, y a incomodarse porque ciertas cosas no se +habían hecho como ella mandara. Iba de la sala a la cocina y de la +cocina a la sala, dictando reglas y pragmáticas de buen gobierno. Maxi +se quejaba de que su mujer estaba más tiempo fuera de la alcoba que en +ella, y la llamaba a cada instante.</p> + +<p>«Gracias a Dios, hija, que pareces por aquí. Ni siquiera me has dado un +beso. ¡Qué día de boda, hija, y qué noche! Esta maldita jaqueca... pero +ya pasó, y ahora lo menos en quince días no me volverá a dar... ¡Vamos!, +ya estás otra vez queriendo marcharte a la cocina. ¿No está ahí esa +señora Patria?».</p> + +<p>—Ha ido a la compra. La que está es tu tía, por cierto dando +<i>tantismas</i> órdenes, que no sabe una a cuál atender primero.</p> + +<p>—Pues déjala. Tú, a todo di que sí, y luego haces lo que quieras, +pichona. Ven acá... Que trabaje Patria; para eso está. ¡Qué bien sirve! +¿verdad? Es una mujer muy lista.</p> + +<p>—Ya lo creo...—¿Te vas de veras?—Sí, porque si no, tu tía me va a +echar los tiempos.</p> + +<p>—¡Pues me gusta!... Entonces me levanto, y me voy también a la cocina. +Yo quiero estarte mirando hasta que me harte bien. Ahora eres mía; soy +tu dueño único, y mando en ti.</p> + +<p>—Vuelvo al momentito, rico...—Estos momentitos me cargan—dijo él +nadando en las sábanas como si fueran olas.</p> + +<p>Toda la mañana tuvo Fortunata el pensamiento fijo en la casa vecina. +Mientras almorzaba sola, miraba por la ventana del patio, pero no vio a +nadie. Parecía vivienda deshabitada. Siempre que pasaba por la sala +echaba la esposa de Rubín miradas furtivas a la calle. Ni un alma. Sin +duda la trampa se armaba sólo por las noches.</p> + +<p>A la tarde, hallándose sola con Patricia en la cocina, tuvo ya las +palabras en la boca para preguntarle: «¿y los de al lado?». Pero no +desplegó sus labios. Debió de penetrar la maldita gata aquella en el +pensamiento de su ama, pues como si contestara a una pregunta, le dijo +de buenas a primeras:</p> + +<p>«Pues ahorita, cuando bajé a la carnicería, ¿sabe?, encontreme a la +señorita Cirila. Me preguntó por el señorito, y dijo que pasaría a verla +a usted, sin decir cuándo ni cuándo no.</p> + +<p>—No me venga usted con cuentos de... esa familiona—contestó Fortunata, +cuyo ánimo estaba bastante aplacado para poder tomar aquella correcta +actitud—. Ni qué me importa a mí... ¿me entiende usted?</p> + +<p>Maximiliano se levantó, dio algunas vueltas; pero estaba tan débil, que +tuvo que volver a acostarse. Ella, en tanto, seguía observando. No se +oía en la vecindad ningún rumor. Por la noche igual silencio. Parecía +que a la doña Cirila, a su marido, el de la gorra con letras, y a los +amigos que les visitaban, se les había tragado la tierra. Por la noche, +sintió Fortunata tristeza y desasosiego tan grandes, que no sabía lo que +le pasaba. Se habría podido creer que la contrariaba el no ver a nadie +de la casa próxima, el no sentir pisadas, ni ruido de puertas, ni nada. +Maximiliano, que desde media tarde había vuelto a nadar entre las +agitadas sábanas del lecho, y estaba tan impertinente como un niño +enfermo que ha entrado en la convalecencia, dijo a su consorte, ya cerca +de las diez, que se acostase, y esta obedeció; mas la repugnancia y +hastío que inundaban su alma en aquel instante eran de tal modo +imperiosos, que le costó trabajo no darlos a conocer. Y el pobre chico +no se encontraba en aptitud de expresarle su desmedido amor de otro modo +que por manifestaciones relacionadas exclusivamente con el pensamiento y +con el corazón. Palabras ardientes sin eco en ninguna concavidad de la +máquina humana, impulsos de cariño propiamente ideales, y de aquí no +salía, es decir, no podía salir. Fortunata le dijo con expresión +fraternal y consoladora: «Mira, duérmete, descansa y no te acalores. +Anoche has estado muy malito, y necesitas unos días para reponerte. +Hazte cuenta que no estoy aquí, y a dormir se ha dicho». Si lo +tranquilizó, no se sabe; pero ello es que se quedó dormida, y no +despertó hasta las siete de la mañana.</p> + +<p>Maxi se quedó más tiempo en la cama, hartándose de sueño, aquel reparo +que su desmedrada constitución reclamaba. Púsose Fortunata a arreglar la +casa y mandó a Patricia a la compra, cuando he aquí que entra doña Lupe +toda descompuesta: «¿No sabes lo que pasa? Pues una friolera. Déjame +sentar que vengo sofocadísima. Vaya que dan que hacer mis dichosos +sobrinos. Anoche han puesto preso a Juan Pablo. Ha venido a decírmelo +ahora mismo D. Basilio. Entraron los de la policía en la casa de esa +mujer con quien vive ahora, ¿te vas enterando?, y después de registrar +todo y de coger los papeles, trincaron a mi sobrino, y en el Saladero me +le tienes... Vamos a ver, ¿y qué hago yo ahora? Francamente, se ha +portado muy mal conmigo; es un mal agradecido y un manirroto. Si sólo se +tratara de tenerle unos días en la cárcel, hasta me alegraría, para que +escarmiente y no vuelva a meterse donde no le llaman. Pero me ha dicho +D. Basilio que a todos los presos de anoche... han cogido a mucha +gente... les van a mandar nada menos que a las islas Marianas; y aunque +Juan Pablo se tiene bien merecido este paseo, francamente, es mi +sobrino, y he de hacer cuanto pueda para que le pongan en libertad».</p> + +<p>Maxi, que oyera desde la alcoba algunas palabras de este relato, llamó; +y doña Lupe lo repitió en su presencia, añadiendo:</p> + +<p>«Es preciso que te levantes ahora mismo y vayas a ver a todas las +personas que puedan interesarse por tu hermano, que bien ganado se tiene +el achuchón, ¡pero qué le hemos de hacer!... Tú verás a D. León Pintado, +para que te presente al Doctor Sedeño, el cual te presentará a D. Juan +de Lantigua, que aunque es un señor muy <i>neo</i>, tiene influencia por su +respetabilidad. Yo pienso ver a Casta Moreno para que interceda con D. +Manuel Moreno Isla, y este le hable a Zalamero, que está casado con la +chica de Ruiz Ochoa. Cada uno por su lado, beberemos los vientos para +impedir que le plantifiquen en las islas Marianas». Vistiose el joven a +toda prisa, y doña Lupe, en tanto, dispuso que no se hiciese almuerzo en +la cocina de Fortunata, y que esta y su marido almorzaran con ella, para +estar de este modo reunidos en día de tanto trajín. Maxi salió después +de desayunarse, y su mujer y su tía se fueron a la otra casa. Por el +camino, doña Lupe decía: «Es lástima que Nicolás se haya ido a Toledo +hace dos días, pues si estuviera aquí, él daría pasos por su hermano, y +con seguridad le sacaría hoy mismo de la cárcel, porque los curas son +los que más conspiran y los que más pueden con el Gobierno... Ellos la +arman, y luego se dan buena maña para atarles las manos a los ministros +cuando tocan a castigar. Así está el país que es un dolor... todo tan +perdido... ¡Hay más miseria...!, y las patatas a seis reales arroba, +cosa que no se ha visto nunca».</p> + +<p>Púsose la viuda en movimiento con aquella actividad valerosa que le +había proporcionado tantos éxitos en su vida, y Fortunata y Papitos +quedaron encargadas de hacer el almuerzo. A la hora de este, volvió doña +Lupe sofocada, diciendo que Samaniego, el marido de Casta Moreno, se +hallaba en peligro de muerte y que por aquel lado no podía hacerse nada. +Casta no estaba en disposición de acompañarla a ninguna parte. Tocaría, +pues, a otra puerta, yéndose derechita a ver al Sr. de Feijoo, que era +amigo suyo y había sido su pretendiente, y tenía gran amistad con don +Jacinto Villalonga, íntimo del Ministro de la Gobernación. A poco llegó +don Basilio diciendo que Maxi no venía a almorzar. «Ha ido con D. León +Pintado a ver a no sé qué personaje, y tienen para un rato».</p> + +<p>Fortunata determinó volverse a su casa, pues tenía algo que hacer en +ella, y repitiéndole a Papitos las varias disposiciones dictadas por la +autócrata en el momento de su segunda salida, se puso el mantón y cogió +calle. No tenía prisa y se fue a dar un paseíto, recreándose en la +hermosura del día, y dando vueltas a su pensamiento, que estaba como el +Tío Vivo, dale que le darás, y torna y vira... Iba despacio por la calle +de Santa Engracia, y se detuvo un instante en una tienda a comprar +dátiles, que le gustaban mucho. Siguiendo luego su vagabundo camino, +saboreaba el placer íntimo de la libertad, de estar sola y suelta +siquiera poco tiempo. La idea de poder ir a donde gustase la excitaba +haciendo circular su sangre con más viveza. Tradújose esta disposición +de ánimo en un sentimiento filantrópico, pues toda la calderilla que +tenía la iba dando a los pobres que encontraba, que no eran pocos... Y +anda que andarás, vino a hacerse la consideración de que no sentía +malditas ganas de meterse en su casa. ¿Qué iba ella a hacer en su casa? +Nada. Conveníale sacudirse, tomar el aire. Bastante esclavitud había +tenido dentro de las Micaelas. ¡Qué gusto poder coger de punta a punta +una calle tan larga como la de Santa Engracia! El principal goce del +paseo era ir solita, libre. Ni Maxi ni doña Lupe ni Patricia ni nadie +podían contarle los pasos, ni vigilarla ni detenerla.</p> + +<p>Se hubiera ido así... sabe Dios hasta dónde. Miraba todo con la +curiosidad alborozada que las cosas más insignificantes inspiran a la +persona salida de un largo cautiverio. Su pensamiento se gallardeaba en +aquella dulce libertad, recreándose con sus propias ideas. ¡Qué bonita, +<i>verbi gracia</i>, era la vida sin cuidados, al lado de personas que la +quieren a una y a quien una quiere...! Fijose en las casas del barrio de +las Virtudes, pues las habitaciones de los pobres le inspiraban siempre +cariñoso interés. Las mujeres mal vestidas que salían a las puertas y +los chicos derrotados y sucios que jugaban en la calle atraían sus +miradas, porque la existencia tranquila, aunque fuese oscura y con +estrecheces, le causaba envidia. Semejante vida no podía ser para ella, +porque estaba fuera de su centro natural, Había nacido para menestrala; +no le importaba trabajar <i>como el obispo</i> con tal de poseer lo que por +suyo tenía. Pero alguien la sacó de aquel su primer molde para lanzarla +a vida distinta; después la trajeron y la llevaron diferentes manos. Y +por fin, otras manos empeñáronse en convertirla en señora. La ponían en +un convento para moldearla de nuevo, después la casaban... y tira y +dale. Figurábase ser una muñeca viva, con la cual jugaba una entidad +invisible, desconocida, y a la cual no sabía dar nombre.</p> + +<p>Ocurriole si no tendría ella <i>pecho</i> alguna vez, quería decir +iniciativa... si no haría alguna vez lo que le saliera <i>de entre sí</i>. +Embebecida en esta cavilación llegó al Campo de Guardias, junto al +Depósito. Había allí muchos sillares, y sentándose en uno de ellos, +empezó a comer dátiles. Siempre que arrojaba un hueso, parecía que +lanzaba a la inmensidad del pensar general una idea suya, calentita, +como se arroja la chispa al montón de paja para que arda.</p> + +<p>«Todo va al revés para mí... Dios no me hace caso. Cuidado que me pone +las cosas mal... El hombre que quise, ¿por qué no era un triste albañil? +Pues no; había de ser señorito rico, para que me engañara y no se +pudiera casar conmigo... Luego, lo natural era que yo le aborreciera... +pues no señor, sale siempre la mala, sale que le quiero más... Luego lo +natural era que me dejara en paz, y así se me pasaría esto; pues no +señor, la mala otra vez; me anda rondando y me tiene armada una +trampa... También era natural que ninguna persona decente se quisiera +casar conmigo; pues no señor, sale Maxi y... ¡tras!, me pone en el +disparadero de casarme, y nada, cuando apenas lo pienso, bendición al +canto... ¿Pero es verdad que estoy casada yo?...».</p> + + + +<hr /> +<h2>-<span class="smcap">vi</span>-</h2> + + +<p>Miraba el hueso del dátil que se acababa de comer, y como si el hueso le +dijera que sí, hizo ella un signo afirmativo y algo desconsolado... +«¡Vaya si lo estoy!». Quedose tan profundamente ensimismada, que olvidó +dónde estaba. Pero levantándose de repente, echó a andar hacia abajo, +como los que llevan en el cerebro ese cascabel que se llama <i>idea fija</i>. +Había subido la luenga calle con aires de paseante, distraída, alegre, +vago el mirar; bajábala como los monomaniacos. Al llegar frente a la +iglesia, sacola de este embebecimiento un ruido de pasos que sintió tras +sí. «Estos pasos son los suyos—pensó—; pues lo que es yo no miro para +atrás. ¿Qué haré? Aprisita, aprisita».</p> + +<p>La curiosidad pudo más que nada y Fortunata miró; no era. Más adelante +sintió otra vez pasos persistentes y vio una sombra que se extendía por +la calle, paralela a su sombra. Aquel sí era... ¿Miraría? No; más valía +no darse por entendida... Por fin, la pícara curiosidad... Miró y +tampoco era. Al llegar a su casa estaba más tranquila. Cuando Patria +abrió la puerta, le preguntó: «¿Ha venido alguien? ¿El señorito +está?...».</p> + +<p>—El señorito no viene hasta la noche. Mandó un recado para que no le +esperase usted.</p> + +<p>Y la taimada gata se sonreía de un modo tan zalamero, que Fortunata no +pudo menos de preguntarle: «¿Quién está ahí?».</p> + +<p>Volvió a sonreír Patricia con infernal malicia, y... «¿Qué... pero +qué...?» balbució la señora acercándose de puntillas a la puerta de la +sala. Empujola suavemente hasta abrir un poquito. No veía nada. Abrió +más, más... Estaba pálida como si se hubiera quedado sin sangre... Abrió +más... acabáramos. En el sofá de la sala, tranquilamente sentado... +¡Dios!, <i>el otro</i>. Fortunata estuvo a punto de perder el conocimiento. +Le pasó un no sé qué por delante de los ojos, algo como un velo que baja +o un velo que sube. No dijo nada. Él, pálido también, se levantó y dijo +claramente: «Adelante, <i>nena</i>».</p> + +<p>Fortunata no daba un paso. De repente (el demonio explicara aquello), +sintió una alegría insensata, un estallido de infinitas ansias que en su +alma estaban contenidas. Y se precipitó en los brazos del Delfín, +lanzando este grito salvaje: «¡Nene!... ¡bendito Dios!».</p> + +<p>Olvidados de todo, los amantes estuvieron abrazados largo rato. La +prójima fue quien primero habló, diciendo: «Nene, me muero por ti...».</p> + +<p>«Ven acá» dijo Santa Cruz cogiéndola por una brazo. Dejábase llevar +ella, como la cosa más natural del mundo. Franquearon la puerta de la +casa, que estaba abierta. Y la del cuarto de la izquierda, ¡qué +casualidad!, abierta también.</p> + +<p>Luego que pasaron, alguien cerró. En aquella morada reinaba una +discreción alevosa. Juan la llevó a una salita muy bien puesta, junto a +la cual había una alcoba perfectamente arreglada. Sentáronse en el sofá +y se volvieron a abrazar. Fortunata estaba como embriagada, con cierto +desvarío en el alma, perdida la memoria de los hechos recientes. Toda +idea moral había desaparecido como un sueño borrado del cerebro al +despertar; su casamiento, su marido, las Micaelas, todo esto se había +alejado y puéstose a millones de leguas, en punto donde ni aun el +pensamiento lo podía seguir. Su amante le dijo con simpática voz: +«¡cuánto tenemos que hablar!» y a ella le entró una risa convulsiva, que +difícilmente podía expresarse: «Ji ji ji... ¡tres años!... no, más años, +más porque ji ji ji... ¿Ves cómo tiemblo? No sé lo que me pasa... pues +sí, más tiempo, porque cuando estuve aquí con ji ji ji... <i>Juárez el +Negro</i>, te vi y no te vi... y siempre él delante, y un día que le dije +que te quería, sacó un cuchillo muy grande, ji ji ji... y me quiso +matar... Yo muriéndome por hablarte y él que no... que no... Nuestro +<i>nenín</i> muerto, y yo más muerta, ji ji; y en Barcelona me acordaba de ti +y te mandaba besos por el aire, y en Zaragoza... besos por el aire... ji +ji, y en Madrid lo mismo. Y cuando me metieron en el convento, +también... ji ji ji... besos por el aire... y tú sin acordarte de mí, +malo...».</p> + +<p>—¡Sin acordarme! Desde que volví de Valencia te estoy dando caza... ¡Lo +que he pasado, hija! Ya te contaré. Y al fin te he cogido... ¡ah, buena +pieza! Ahora me las pagarás todas juntas... ¡Cuánto me has hecho +sufrir!... ¡Más maldiciones le he echado a ese dichoso convento...! Pero +qué guapa estás, nena.</p> + +<p>—<i>Chi</i>.</p> + +<p>—Estás hermosísima.—<i>Chi</i>... para ti.</p> + +<p>El frío aquel de fiebre se trocó de improviso en calor violentísimo, y +la risa convulsiva en explosión de llanto.</p> + +<p>«No es día de llorar, sino de estar alegre».</p> + +<p>—¿Sabes de qué me acuerdo? De mi <i>nenín</i> tan gracioso... Si hubiera +vivido, le habrías querido tú, ¿verdad? Me parece que le veo, cuando se +le llevaron en la cajita azul... Aquella misma noche fue cuando Juárez +el Negro me sacó un cuchillote tan grande, y me dijo con aquel vocerrón: +«Brr... son las ocho; reza lo que tengas que rezar, porque antes de las +nueve te mato». Estaba furioso de celos... ¡Ay, qué miedo tan atroz!</p> + +<p>—¡Cuánto tenemos que contar!... yo a ti, tú a mí. Ya sé que te has +casado. Has hecho bien.</p> + +<p>Este <i>has hecho bien</i> le cayó a la prójima como una gota fría en el +corazón, trayéndola bruscamente a la realidad. Enjugando sus lágrimas, +se acordó de Maxi, de su boda; y su casa, que se había alejado cien +millas de leguas, se puso allí, a cuatro pasos, fúnebre y antipática. El +rechazo de su alma ante este fenómeno le secó en un instante todas las +lágrimas.</p> + +<p>«¿Y por qué hice bien?».</p> + +<p>—Porque así eres más libre y tienes un nombre. Puedes hacer lo que +quieras, siempre que lo hagas con discreción. He oído que tu marido es +un buen chico, que ve visiones...</p> + +<p>Al oír esto, vio Fortunata levantarse en su espíritu la imagen ideal, o +más bien, el espectro de su perversidad. Lo que acababa de hacer era de +lo que apenas tiene nombre, por lo muy extraordinario y anormal, en el +registro de las maldades humanas. El lugar, la ocasión daban a su acto +mayor fealdad, y así lo comprendió en un rápido examen de conciencia; +pero tenía la antigua y siempre nueva pasión tanto empuje y lozanía, que +el espectro huyó sin dejar rastro de sí. Se consideraba Fortunata en +aquel caso como ciego mecanismo que recibe impulso de sobrenatural mano. +Lo que había hecho, hacíalo, a juicio suyo, por disposición de las +misteriosas energías que ordenan las cosas más grandes del universo, la +salida del Sol y la caída de los cuerpos graves. Y ni podía dejar de +hacerlo, ni discutía lo inevitable, ni intentaba atenuar su +responsabilidad, porque esta no la veía muy clara, y aunque la viese, +era persona tan firme en su dirección, que no se detenía ante ninguna +consecuencia, y se <i>conformaba</i>, tal era su idea, <i>con ir al infierno</i>.</p> + +<p>«Esto de alquilar la casa próxima a la tuya—dijo Santa Cruz—, es una +calaverada que no puede disculparse sino por la demencia en que yo +estaba, niña mía, y por mi furor de verte y hablarte. Cuando supe que +habías venido a Madrid, ¡me entró un delirio...! Yo tenía contigo una +deuda del corazón, y el cariño que te debía me pesaba en la conciencia. +Me volví loco, te busqué como se busca lo que más queremos en el mundo. +No te encontré; a la vuelta de una esquina me acechaba una pulmonía para +darme el estacazo... caí».</p> + +<p>—¡Pobrecito mío!... Lo supe, sí. También supe que me buscaste. ¡Dios te +lo pague! Si lo hubiera sabido antes, me habrías encontrado.</p> + +<p>Esparció sus miradas por la sala; pero la relativa elegancia con que +estaba puesta no la afectó. En miserable bodegón, en un sótano lleno de +telarañas, en cualquier lugar subterráneo y fétido habría estado +contenta con tal de tener al lado a quien entonces tenía. No se hartaba +de mirarle.</p> + +<p>«¡Qué guapo estás!».</p> + +<p>—¿Pues y tú? ¡Estás preciosísima!... Estás ahora mucho mejor que antes.</p> + +<p>—¡Ah!, no—repuso ella con cierta coquetería—. ¿Lo dices porque me he +civilizado algo? ¡Quia!, no lo creas: yo no me civilizo, ni quiero; soy +siempre pueblo; quiero ser como antes, como cuando tú me echaste el +lazo y me cogiste.</p> + +<p>—¡Pueblo!, eso es—observó Juan con un poquito de pedantería—; en +otros términos: lo esencial de la humanidad, la materia prima, porque +cuando la civilización deja perder los grandes sentimientos, las ideas +matrices, hay que ir a buscarlos al bloque, a la cantera del pueblo.</p> + +<p>Fortunata no entendía bien los conceptos; pero alguna idea vaga tenía de +aquello.</p> + +<p>«Me parece mentira—dijo él—, que te tengo aquí, cogida otra vez con +lazo, fierecita mía, y que puedo pedirte perdón por todo el mal que te +he hecho...».</p> + +<p>—Quita allá... ¡perdón!—exclamó la joven anegándose en su propia +generosidad—. Si me quieres, ¿qué importa lo pasado?</p> + +<p>En el mismo instante alzó la frente, y con satánica convicción, que +tenía cierta hermosura por ser convicción y por ser satánica, se dejó +decir estas arrogantes palabras:</p> + +<p>«Mi marido eres tú... todo lo demás... ¡papas!».</p> + +<p>Elástica era la conciencia de Santa Cruz, mas no tanto que no sintiera +cierto terror al oír expresión tan atrevida. Por corresponder, iba él a +decir <i>mi mujer eres tú</i>; pero envainó su mentira, como el hombre +prudente que reserva para los casos graves el uso de las armas.</p> + + + +<hr /> +<h2>-<span class="smcap">vii</span>-</h2> + + +<p>Ya de noche pasó Fortunata a su casa. Su marido no había llegado aún. +Mientras le esperaba, la pecadora volvió a ver el espectro aquel de su +perversidad; pero entonces le vio más claro, y no pudo tan fácilmente +hacerle huir de su espíritu. «Me han engañado—pensaba—, me han llevado +al casorio, como llevan una res al matadero, y cuando quise recordar, ya +estaba degollada... ¿Qué culpa tengo yo?». La casa estaba a oscuras y +encendió luz. Al arrojar la cerilla en el suelo, esta cayó encendida, y +Fortunata la miró con vivo interés, recordando una de las supersticiones +que le habían enseñado en su juventud. «Cuando la cerilla cae +prendida—se dijo—y con la llama vuelta para una, buena suerte».</p> + +<p>Maxi entró cansado y meditabundo; pero al ver a su mujer se puso alegre. +¡Todo un día sin verla! Le había traído un paquete de rosquillas. ¿Y +Juan Pablo? Al fin se arreglaría todo. Seguramente no iba a las islas +Marianas, pero quizás le tendrían en el Saladero quince o veinte días. +«Y merecido, hija. ¿Para qué se mete a buscarle el pelo al huevo?».</p> + +<p>Mientras comieron, Fortunata contemplaba a su marido, más que en la +realidad, en sí misma, y de este examen surgía un tedio abrumador, y la +antipatía de marras, pero tan agrandada, tanto, que ya no cabía más. Y +la perversa no trató de combatir aquel sentimiento; se recreaba en él +como en una monstruosidad que tiene algo de seductora.</p> + +<p>«Alma mía—le dijo su marido cuando acababan de comer—, veo con gusto +que no te falta apetito. ¿Quieres que nos vayamos ahora a un café?».</p> + +<p>—No—replicó ella secamente—. Estoy rendidísima. ¿No ves que se me +cierran los párpados? Lo que quiero es dormir.</p> + +<p>—Bueno, mejor; yo también lo deseo.</p> + +<p>Acostáronse, y el tiempo que aún estuvo despierta empleolo Fortunata en +hacer comparaciones. El cuerpo desmedrado de Maxi le producía, al tocar +el suyo, crispamientos nerviosos. Y también se dio a pensar en lo +molesto y difícil que era para ella tener que vivir dos vidas +diferentes, una verdadera, otra falsa, como las vidas de los que +trabajan en el teatro. A ella le era muy difícil representar y fingir, +por lo que su tormento se crecía considerablemente. «No podré, no +podré—pensaba al dormirse—hacer esta comedia mucho tiempo». A la +madrugada despertó después de un profundísimo y reparador sueño, y +entonces le dio por llorar, haciendo cálculos, representándose con gran +poder de la mente escenas probables, y condoliéndose de no poder ver a +su amante a todas horas.</p> + +<p>En los siguientes días, las escapadas al cuarto vecino tenían lugar a +horas varias, cuando Maxi salía. Iba a estudiar con un amigo para tomar +el grado, y además solía ir a la farmacia de Samaniego. Ya estaba +acordado que tendría plaza en el establecimiento. Aunque sus ausencias +eran seguras, ambos criminales determinaron poner el nido más lejos. En +tanto, Patricia hacía lo que le daba la gana. Las disposiciones de +Fortunata y aun de la misma doña Lupe eran letra muerta. Robaba +descaradamente, y su ama no se atrevía a reprenderla. Santa Cruz, que +era el autor de todo aquel fregado, no sabía cómo arreglarlo, cuando su +amiga le consultaba. El plan más prudente era tomar otro cuarto y +despedir luego a Patricia, dándole una buena propina para que se +callara.</p> + +<p>Algunos días el Delfín ofrecía regalos y dinero a su amante; pero esta +no quería tomar nada. Se le había encajado en la cabeza una manía +estrambótica, de que ambos se reían mucho, cuando ella la contaba. Pues +la manía era que Juanito <i>no debía</i> ser rico. Para que las cosas fueran +en regla, <i>debía</i> ser pobre, y entonces ella trabajaría <i>como una negra</i> +para mantenerle. «Si tú hubieras sido albañil, carpintero o, pongo por +caso, celador del resguardo, otro gallo me cantara».—«Vaya por dónde te +ha dado ahora».—«Y nada más». No había medio de quitarle de la cabeza +aquella corrección de las obras de la Providencia.</p> + +<p>«En resumidas cuentas—le decía él—, eres una inocentona. Pero, di, ¿no +te gusta el lujo?».</p> + +<p>—Cuando no estoy contigo, me gusta algo, no mucho. Nunca me he chiflado +por los trapos. Pero cuando te tengo, lo mismo me da oro que cobre; seda +y percal todo es lo mismo.</p> + +<p>—Háblame con franqueza. ¿No necesitas nada?</p> + +<p>—«Nada; me lo puedes creer».—«¿Ese alma de Dios te da todo lo que +necesitas?».—«Todo; me lo puedes creer».—«Quiero regalarte un +vestido».—«No me lo pondré».—«Y un sombrero».—«Lo convertiré en +espuerta».—«¿Has hecho voto de pobreza?».—«Yo no he hecho voto de +nada. Te quiero porque te quiero, y no sé más».</p> + +<p>«Nada, enteramente primitiva» pensaba el Delfín, el bloque del pueblo, +al cual se han de ir a buscar los sentimientos que la civilización deja +perder por refinarlos demasiado.</p> + +<p>Un día hablaban de Maximiliano. «¡Infeliz chico!—decía Fortunata—, el +odio que le he tomado, no es odio verdadero sino lástima. Siempre me fue +muy antipático. Me dejé meter en las Micaelas y me dejé casar... ¿Sabes +tú cómo fue todo eso?, pues como lo que cuentan de que <i>manetizan</i> a una +persona y hacen de ella lo que quieren; lo mismito. Yo, cuando no se +trata de querer, no tengo voluntad. Me traen y me llevan como una +muñeca... Y ahora, créete que me entran remordimientos de engañar a ese +pobre chico. Es un angelón sin pena ni gloria. Danme ganas a veces de +desengañarle, y la verdad... Porque lo que es acariciarle, no puedo, se +me resiste, no está en mi natural. Le pido a la Virgen que me dé fuerzas +para cantar claro».</p> + +<p>—¡A la Virgen!... ¿pero tú crees?...—dijo Santa Cruz pasmado, pues +tenía a Fortunata por heterodoxa.</p> + +<p>—¿Pues no he de creer? Lo que me aconseja la Virgen siempre que le rezo +con los ojos cerrados, es que te quiera mucho y me deje querer de ti... +La tienes de tu parte, chiquillo... ¿De qué te espantas? Pues digo; yo +le rezo a la Virgen y ella me protege, aunque yo sea mala. ¡Quién sabe +lo que resultará de aquí, y si las cosas se volverán algún día lo que +<i>deben</i> ser! Y si te hablo con franqueza, a veces dudo que yo sea +mala... sí, tengo mis dudas. Puede que no lo sea. La conciencia se me +vuelve ahora para aquí, después para allá; estoy dudando siempre, y al +fin me hago este cargo: <i>querer a quien se quiere no puede ser cosa +mala</i>.</p> + +<p>—Oye una cosa—dijo el Delfín, que se recreaba en las singularísimas +nociones de aquel espíritu—. ¿Y si tu marido descubriera esto y me +quisiera matar?</p> + +<p>—¡Ay!, no me lo digas... ni en broma me lo digas. Me tiraba a él como +una leona y le destrozaba... ¿Ves cómo se coge un langostino y se le +arrancan las patas, y se le retuerce el corpacho y se le saca lo que +tiene dentro?, pues así.</p> + +<p>—Pero vamos a ver, nena: ¿No me guardas rencor por haberte abandonado, +dejándote en la miseria, con tus <i>vísperas</i> de chiquillo y en poder de +<i>Juárez el Negro</i>?</p> + +<p>—Ningún rencor te guardo: Entonces estaba rabiosa. La rabia y la +miseria me llevaron con <i>Juárez el Negro</i>. ¿Creerás lo que te voy a +decir? Pues me fui con él por lo mucho que le aborrecía. Cosa rara, +¿verdad?... Y como no tenía un triste pedazo de pan que llevar a la +boca, y él me lo daba, ahí tienes... Yo dije: «me vengaré yéndome con +este animal». Cuando tuve a mi niño, me consolaba con él; pero luego se +me murió; y cuando reventó Juárez, como yo me pensé que ya no me +querías, dije: «pues ahora me vengaré siendo todo lo mala que pueda».</p> + +<p>—¿Pero qué ideas tienes tú de las maneras de tomar venganza?</p> + +<p>—No me preguntes nada... no sé... Vengarse es hacer lo que no se +debe... lo más feo, lo más...</p> + +<p>—¿Y de quién te vengas así, criatura?</p> + +<p>—Pues de Dios, de... de qué sé yo... no me preguntes, porque para +explicártelo, tendría que ser sabia como tú, y yo no sé jota, ni aprendo +nada, aunque doña Lupe y las monjas, frota que frota, me hayan sacado +algún lustre... enseñándome a no decir tanto disparate.</p> + +<p>Santa Cruz estuvo un gran rato pensativo.</p> + +<p>Un día hablaron también de Jacinta... No gustaba Juan que la +conversación fuese llevada a este terreno; pero Fortunata, siempre que +tenía ocasión, íbase a él derecha. A sus preguntas, contestaba el otro +evasivamente.</p> + +<p>«Mira, nena; deja a mi mujer en su casa».</p> + +<p>—Pues asegúrame que no la quieres.</p> + +<p>—La quiero, sí... ¿a qué engañarte?... pero de una manera muy distinta +que a ti. Le guardo todas las consideraciones que ella se merece, +porque... no puedes figurarte lo buena que es.</p> + +<p>Fortunata siguió inquiriendo con molesta curiosidad todo lo que quería +saber respecto a la intimidad de los esposos; pero el otro se escurría +gallardamente, dejando a salvo, hasta donde era posible en aquel +criminal coloquio, la personalidad sagrada de su mujer.</p> + +<p>«La pobrecilla—dijo al fin—, tiene una pasión que la domina, mejor +dicho, una manía que la trae trastornada».</p> + +<p>—¿Qué es?—La manía de los hijos. Dios no quiere y ella se empeña en +que sí. De la pena que le causa su esterilidad, se ha desmejorado, ha +enflaquecido, y hace algún tiempo que se está llenando de canas. Es ya +pasión de ánimo. ¿Te enteraste de lo que pasó? Pues le dieron el gran +timo. Tu tío José Izquierdo, de compinche con otro loco, le hizo creer +que un chiquillo de tres años que consigo tenía, era nuestro Juanín. Mi +mujer perdió la chaveta, quiso adoptarlo y nada menos que llevárnoslo a +casa. Por pronto que se descubrió el enredo, no se pudo evitar que tu +tío le estafase seis mil reales.</p> + +<p>—<i>Tie</i> gracia. Ya sabía yo esa historia. El niño ese debe de ser el de +Nicolasa, la entenada del tío Pepe. Nació seis días después que el +nuestro, y era hijo de uno que encendía los faroles del gas... Pero no +comprendo una cosa. A mí me parece que tu mujer debía de querer a ese +nene por creerlo tuyo y aborrecerlo por ser de otra madre. Yo juzgo por +mí.</p> + +<p>—Calla, tonta, mi mujer se vuelve loca por todos los niños del +universo, sean de quien fueren. Y al supuesto Juanín, bastara que le +tuviera por mío, para que le adorara. Ella es así; si no tienes tú idea +de lo buena que es. ¡Pues si pariera...! Santo Cristo, no quiero +pensarlo. De seguro perdía el juicio, y nos lo hacía perder a todos. +Querría a mi hijo más que a mí y más que al mundo entero.</p> + +<p>Quedose Fortunata, al oír esto, risueña y pensativa. ¿Qué estaba +tramando aquella cabeza llena de extravagancias? Pues esto:</p> + +<p>«Escucha, nenito de mi vida, lo que se me ha ocurrido. Una gran idea; +verás. Le voy a proponer un trato a tu mujer. ¿Dirá que sí?».</p> + +<p>—Veamos lo que es.—Muy sencillo. A ver qué te parece. Yo le cedo a +ella un hijo tuyo y ella me cede a mí su marido. Total, cambiar un nene +chico por el nene grande.</p> + +<p>El Delfín se rió de aquel singular convenio, expresado con cierto +donaire.</p> + +<p>—¿Dirá que sí?... ¿Qué crees tú?—preguntó Fortunata con la mayor buena +fe, pasando luego de la candidez al entusiasmo para decir:</p> + +<p>—Pues mira, tú te reirás todo lo que quieras; pero esto es una gran +idea.</p> + +<p>El ilustrado joven se zambulló en un mar de meditaciones.</p> + + + +<hr /> +<h2>-<span class="smcap">viii</span>-</h2> + + +<p>Las visitas a la casa de Cirila prosiguieron durante dos semanas; pero +bien se demostró en la práctica que aquello no podía seguir, y tomaron +otro cuarto. Patricia se había hecho insoportable, y doña Lupe, +descolgándose en la casa a horas intempestivas, llevada de su afán de +mangonear, dificultaba las escapatorias de su sobrina. En tanto, +Fortunata no trataba a Maximiliano desconsideradamente; pero su frialdad +sería capaz de helar el fuego mismo. Habría preferido él mil veces que +su mujer le tirase los trastos a la cabeza, a que le tratara con aquella +cortesía desdeñosa y glacial. Rarísima vez se daba el caso de que ella +le hiciese una caricia; para obtenerla, tenía Maxi que echarle +memoriales, y lo que lograba era como limosna. Es que Fortunata no +servía para cortesana, y sus fingimientos eran tan torpes que daba +lástima verla fingir.</p> + +<p>El joven farmacéutico tenía momentos de horrible tristeza, y cavilaba +mucho. De tal estado pasó a la observación, desarrollándosele esta +facultad de un modo pasmoso. Siempre que estaba en casa, no quitaba los +ojos de su mujer, estudiándole los movimientos, las miradas, los pasos y +hasta el respirar. Cuando comían, le examinaba la manera de comer; +cuando estaban en el lecho, la manera de dormir.</p> + +<p>Fortunata no le miraba nunca. Este hecho, cuidadosamente observado, +produjo en el infeliz muchacho indecible melancolía. ¡Haber comprado +aquellos ojos con su mano, su honra y su nombre para que se empleasen en +mirar a una silla antes que en mirarle a él! Esto era tremendo, pero +tremendo, y cierto día agitó su alma un furor insano; mas no quiso +manifestarlo, y lo desahogó a solas mordiéndose los puños.</p> + +<p>«¿Por qué no me miras?» le preguntó una noche, con semblante ceñudo.</p> + +<p>—Porque... No dijo más; se comió el resto de la frase. Dios sabe lo que +iba a decir.</p> + +<p>Bebía los vientos el desgraciado chico por hacerse querer, inventando +cuantas sutilezas da de sí la manía o enfermedad de amor. Indagaba con +febril examen las causas recónditas del agradar, y no pudiendo conseguir +cosa de provecho en el terreno físico, escudriñaba el mundo moral para +pedirle su remedio. Imaginó enamorar a su esposa por medios +espirituales. Hallábase dispuesto, él que ya era bueno, a ser santo, y +hacía estudio de lo que a su mujer le era grato en el orden del +sentimiento para realizarlo como pudiera. Gustaba ella de dar limosna a +cuantos pobres encontrase; pues él daría más, mucho más. Ella solía +admirar los casos de abnegación; pues él se buscaría una coyuntura de +ser heroico. A ella le agradaba el trabajo; pues él se mataría a +trabajar. De este modo devastaba el infeliz su alma, arrancando todo lo +bueno, noble y hermoso para ofrecérselo a la ingrata, como quien tala un +jardín para ofrecer en un solo ramo todas las flores posibles.</p> + +<p>«Ya no me quieres—le dijo un día con inmensa tristeza—, ya tu corazón +voló, como el pajarito a quien le dejan abierta la jaula. Ya no me +quieres».</p> + +<p>Y ella le respondía que sí; ¡pero de qué manera! Más valía que dijese +terminantemente que no. «¿Por qué te vas tan lejos de mí? Parece que te +causo horror. Cuando entro, te pones seria; cuando crees que no me fijo +en ti, estás ensimismada y te sonríes como si en espíritu hablaras con +alguien».</p> + +<p>Otra cosa le mortificaba. Cuando salían juntos a paseo, todo el mundo se +fijaba en Fortunata, admirando su hermosura; luego le miraban a él. +Suponía Maxi que todos hacían la observación de que no era él hombre +para tal hembra. Algunos se permitían examinarle de una manera +insolente. Si iban al café, estaban poco tiempo, porque los amigos se +enracimaban alrededor de Fortunata sin hacer maldito caso de su marido, +y este tragaba mucha bilis. Lo que desorientaba más a Maxi era que ella +no <i>tomaba varas</i> con nadie, y siempre que él decía <i>vámonos</i>, estaba +dispuesta a retirarse.</p> + +<p>Buscaba el farmacéutico algo en qué fundar las conjeturas que empezaban +a devorarle, y no lo encontraba. Ideó consultar el caso con su tía; pero +no quiso dar su brazo a torcer, y temblaba de que doña Lupe le dijese: +«¿Ves?, ¡por no hacer caso de mí!». ¡Celos! ¿Y de quién? Fortunata +mostrábase con todos tan fría como con él. Solía esparcir +melancólicamente sus miradas por la calle, entre el gentío, sin fijarse +en nadie, cual si buscaran a alguien que no quería dejarse ver. Y +después las miradas volvían a sí misma con mayor tristeza.</p> + +<p>También atormentaban al joven los elogios que sus amigos le hacían de +ella. «¡Qué mujer te tienes!» le decía <i>Pseudo-Narcissus odoripherus</i>. +Y <i>Quercus gigantea</i> le silbaba en el oído estas fúnebres palabras: «Es +mucha hembra para ti, barbián. Ándate con mucho ojo».</p> + +<p>Pero doña Lupe le infundía ideas optimistas. ¡Parecía mentira! La +perspicaz, la sabia y experimentada señora de Jáuregui dijo más de una +vez a su sobrino: «¡Qué trabajadora es tu mujer! Siempre que vengo aquí +me la encuentro planchando o lavando. Francamente, no creí... Te +ayudará, te ayudará. Y luego tan calladita... Hay días que no le oigo el +metal de voz».</p> + +<p>Con unas cosas y otras, el pobre chico apenas podía estudiar, y con +mucho trabajo se preparaba para la licenciatura. El asunto de su +colocación se había resuelto ya, porque habiendo fallecido Samaniego a +fines de Octubre, su viuda organizó el personal de la botica, dando una +plaza a Maximiliano. Se convino entre doña Casta Moreno y doña Lupe que +cuando el chico tomara el grado, se le fijaría sueldo, y que pasado un +año de práctica, tendría participación en las ganancias. Por el lado +económico todo iba a pedir de boca, porque mientras llegaba el día de +ganar con su profesión, podía vivir bien con la corta renta de la +herencia. Lo malo era que desde que ingresara en la botica, seríale +preciso ausentarse de su casa días enteros, y esto le ponía en ascuas. +Ocurriósele entonces lo que se le ocurre a cualquier celoso, salir un +día, diciendo que iba a la farmacia, y volver en seguida. Hízolo una +vez, y no sorprendió nada: Fortunata estaba en la cocina. Repitió la +treta, y lo mismo: estaba cosiendo. A la tercera, Fortunata había +salido. Dos horas después entró, trayendo un paquete en la mano. «¿Que +de dónde vengo? Pues de comprar unas cosillas. ¿No me dijiste que +querías una corbata? Mírala».</p> + +<p>Una noche entró Maximiliano bastante excitado. Le tomó la mano a su +mujer, y haciéndola sentar a su lado, le dijo a boca de jarro: «Hoy he +conocido a ese pillo que te deshonró».</p> + +<p>Fortunata se quedó como muerta.</p> + +<p>«Pues qué... ¿no está enfermo?».</p> + +<p>Se le escapó esta espontaneidad, y cuando quiso contenerla ya era tarde. +Hacía una semana que Santa Cruz no iba a las citas, y le había enviado, +por medio de Cirila, un recadito. Se había caído del caballo en la Casa +de Campo, estropeándose ligeramente un brazo.</p> + +<p>«¿Enfermo?—dijo Maxi, clavando en ella sus ojos de iluminado—. En +efecto, tenía un brazo en cabestrillo. ¿Pero tú por dónde sabes...?».</p> + +<p>—No, no, yo no sabía nada—replicó Fortunata enteramente aturdida.</p> + +<p>—¡Tú lo has dicho!—exclamó Rubín con la mirada terrorífica—. ¿Por +dónde lo sabes?</p> + +<p>La prójima se puso como la grana; después volvió a palidecer. Buscaba +una salida de aquel compromiso, y al fin la encontró: «¡Ah!».</p> + +<p>—¿Qué?—¿Dices que cómo lo sé, tontín?... Pues muy sencillo. Si lo +traía el periódico... Tu tía lo leyó anoche. Mira, aquí está: que se +cayó del caballo paseando por la Casa de Campo.</p> + +<p>Y recobrando su serenidad, revolvió en la mesa y cogió <i>El Imparcial</i> +que, en efecto, traía la noticia: «Mira... ¿lo ves?... convéncete».</p> + +<p>Maxi, después de leer, siguió diciendo: «Le vi en el Saladero; allí +debiera estar ese canalla toda su vida. Olmedo, que iba conmigo, me le +enseñó. Fue a ver a mi hermano; él iba a visitar a un tal Moreno Vallejo +que también está preso por conspirar. ¡Y el tal Santa Cruz es de lo más +cargante...!».</p> + +<p>Fortunata se tapaba la cara con el periódico, fingiendo que leía. Maxi +le arrebató el papel de un manotazo.</p> + +<p>«Te has quedado así como... estupefacta».</p> + +<p>—Déjame en paz—replicó ella con un despego que a su marido le llegó al +alma.</p> + +<p>—¡Qué modales, hija! Ya ni consideración.</p> + +<p>Fortunata parecía que tenía sellada la boca. Comieron sin chistar; él se +puso luego a estudiar y ella a coser, sin que el fúnebre silencio se +rompiera. Acostáronse, y lo mismo. Ella volvió la espalda a su marido, +insensible a los suspiros que daba. Desvelados estuvieron ambos largo +rato, cada cual por su lado, muy cerca materialmente uno de otro, pero +en espíritu Fortunata se había ido a los antípodas.</p> + +<p>Dos o tres días después, volviendo del Saladero, a donde fue para decir +a su hermano que pronto le soltarían, vio Maximiliano a Santa Cruz +guiando un faetón por la calle de Santa Engracia arriba. Ya tenía el +brazo bueno. Miró a Maxi, y este le miró a él. Desde lejos, porque el +coche iba bastante a prisa, observó Rubín que este entraba por la calle +de Raimundo Lulio. ¿Pasaría luego a la de Sagunto? Nunca como en aquel +momento sintió el exaltado chico ganas de tener alas. Apresuró el paso +todo lo que pudo, y al llegar a su calle... ¡Dios!... lo que se temía... +Fortunata en el balcón, mirando por la calle del Castillo hacia el paseo +de la Habana, por donde seguramente había seguido el coche. Subió el +joven farmacéutico tan rápidamente la escalera, que al llegar arriba no +podía respirar. Es que para ser celoso se necesitan buenos pulmones. +Cayose más bien que se sentó en una silla, y su mujer y Patricia +acudieron a él creyendo que le daba algún accidente. No podía hablar y +se golpeaba la cabeza con los puños. Cuando su mujer se quedó sola con +él sintió Rubín que aquella furibunda cólera se trocaba en un dolor +cobarde. El alma se le desgajaba y sacudía resistiéndose a albergar en +su seno la ira. Los ojos se le llenaron de lágrimas, las rodillas se le +doblaron. Cayendo a los pies de su mujer, le besuqueó las manos. «Ten +piedad de mí—le dijo con aflicción más de niño que de hombre—. Por tu +vida... la verdad, la verdad. Ese señor... tú esperándole... él pasaba +por verte. Tú no me quieres, tú me estás engañando... le quieres otra +vez... le has visto en alguna parte. La verdad... Más quiero morirme de +pena que de vergüenza. Fortunata, yo te saqué de las barreduras de la +calle, y tú me cubres a mí de fango. Yo te di mi honor limpio, y me lo +devuelves sucio. Yo te di mi nombre, y haces de él una caricatura. El +último favor te pido... la verdad, dime la verdad».</p> + + + +<hr /> +<h2>-<span class="smcap">ix</span>-</h2> + + +<p>Fortunata movió la lengua y agitó los labios. En la punta de aquella +tenía la verdad, y por instantes dudó si soltarla o meterla para +adentro. La verdad quería salir. Las palabras se alinearon mudas y +decían: «Sí, es cierto que te aborrezco. Vivir contigo es la muerte. Y a +él le quiero más que a mi vida». La batalla fue breve, y Fortunata +volvió la terrible verdad a los senos de su espíritu. La aflicción de +Maxi exigía la mentira, y su mujer tuvo que decírsela... mentiras de +esas que inspiran viva compasión al que las dice y consuelan poco al que +las oye. Echábalas de sí como enfermera que administra la inútil +medicina al agonizante.</p> + +<p>«Dímelo de otra manera y te creeré—manifestó Rubín—. Dilo con un +poquito de calor, siquiera como me lo decías antes. Tú no sabes el daño +que me haces. Me estás haciendo creer que no hay Dios, que portarse bien +y portarse mal todo es lo mismo».</p> + +<p>La compasión venció a la delincuente y se mostró tan afable aquella +tarde y noche, que Maximiliano hubo de tranquilizarse. El pobrecito +estaba destinado a no tener rato bueno, pues a punto que su espíritu +recibía algún alivio, se le inició la jaqueca. La noche fue cruel, y +Fortunata esmerose en cuidarle. En medio de sus dolores cefalálgicos, el +infortunado joven se caldeaba más la mente arbitrando remedios o +paliativos de la ansiedad que le dominaba. A poco de vomitar, dijo a su +mujer: «Se me ocurre una idea que resolverá las dificultades... Nos +iremos a Molina de Aragón, donde tengo mis fincas. Abandono la carrera y +me dedico a labrador... Quieres, ¿sí o no? Allí viviré con +tranquilidad». Fortunata se mostró conforme, si bien recordaba lo que +Mauricia le había dicho de la vida de los pueblos. Sólo descuartizada +iría ella a vivir al campo; pero aquella noche no tenía más remedio que +decir <i>sí</i> a todo.</p> + +<p>En los siguientes días notaba el pobre Maxi que su descaecimiento +aumentaba de una manera alarmante como si le sangraran, y asustadísimo +fue a consultar con Augusto Miquis, el cual le dijo que hubiera sido +mejor consultara antes de casarse, pues en tal caso le habría ordenado +terminantemente el celibato. Esto redobló sus tristezas; mas cuando +Miquis le propuso como único remedio de su mal la rusticación, cobró +esperanzas, confirmándose en la idea de abandonar la corte y sepultarse +para siempre en sus estados de Molina.</p> + +<p>La segunda vez que habló de esto a su mujer, no la encontró tan bien +dispuesta. «¿Y tus estudios, y tu carrera? Aconséjate con tu tía, y ella +te dirá que lo que estás pensando es un disparate». Maxi estaba muy +caviloso por ciertas cosas que en su mujer notaba. Hacía días que apenas +levantaba ella los ojos del suelo y su mirar revelaba una gran +pesadumbre. De repente, una tarde que volvía Rubín de la botica, al +subir la escalera la oyó cantar. Entró, y la cara de Fortunata +resplandecía de contento y animación. ¿Qué había pasado? Maxi no lo pudo +penetrar, aunque sus celos, aguzadores de la inteligencia, le apuntaban +presunciones que bien podrían contener la verdad. Esta era que la +prójima había recibido, por conducto de Patria, una esquelita en que se +le anunciaba la reapertura del curso amoroso, interrumpido durante una +quincena. «Esta alegría—pensaba Maxi—, ¿por qué será?». Y +comprendiendo por instinto de celoso que echaba un jarro de agua fría +sobre aquel contento, dijo a Fortunata: «Ya está decidido que nos iremos +al pueblo. Lo he consultado con mi tía y ella lo aprueba».</p> + +<p>No era verdad que había consultado con doña Lupe, mas lo decía para dar +a su proposición autoridad indiscutible.</p> + +<p>«Te irás tú...» dijo ella sonriendo.</p> + +<p>—No—agregó él conteniendo la amargura que de su alma se desbordaba—, +los dos.</p> + +<p>—Tú te has vuelto loco—observó Fortunata riendo con cierto descaro—. +Yo creí... ¿Pero lo dices con formalidad?</p> + +<p>—¡Toma!... ¿Y tú no me dijiste que irías también y que querías ser +paleta?</p> + +<p>—Sí; pero fue porque me pensé que era conversación. ¡Encerrarme yo en +un pueblo! ¡Qué talento tienes!</p> + +<p>De tal modo se demudó el rostro del joven, que Fortunata, que ya +empezaba a decir algunas bromas sobre aquel asunto, se recogió en sí. +Maxi no dijo una palabra, y de pronto salió disparado de la casa, cerró +con estruendo la puerta y bajó la escalera de cuatro en cuatro peldaños. +Asustose Fortunata, y asomándose al balcón, viole recorrer +apresuradamente la calle de Sagunto y después tomar por la de Santa +Engracia, hacia abajo. Ella salió después, tomando por la misma calle, +pero hacía arriba, en dirección de Cuatro Caminos.</p> + +<p>Las seis de la tarde serían cuando Rubín volvió a su casa. Estaba +lívido, y de lívido pasó a verde, cuanto Patricia le dijo que la +señorita había salido a compras. Dejándose llevar de su insensato +recelo, interrogó a la criada, tratando de averiguar por ella. Pero a +buena parte iba. Patricia tenía la discreción del traidor, y cuanto dijo +fue encaminado a introducir en el cerebro de Maxi el convencimiento de +que su mujer era punto menos que canonizable. Cuando la criminal entró, +el marido había mandado encender luz y estaba sentado junto a la mesa de +la sala. «¿De dónde vienes?» le preguntó.—«Me parece—replicó ella—, +haberte dicho que iba a comprar este retor». Mostró un envoltorio, +después un paquetito, y otro. «¿Ves?... la sopa Juliana que tanto te +gusta...».</p> + +<p>—Yo también—dijo Maximiliano de una manera siniestra—, te he comprado +a ti esta tarde un regalito... Mira.</p> + +<p>Alargó el brazo para sacar de debajo de la mesa algo que ocultó al +entrar. Era un objeto envuelto en papeles, que descubrió lentamente, +cuando ella se inclinaba risueña para verlo.</p> + +<p>«¿A ver... qué es?... ¡Ay!, un revólver...».</p> + +<p>—Sí, para matarte y matarme...—dijo Maxi en un tono que no pudo ser +tan lúgubre como él deseaba, pues el arma empezó a causarle miedo, a +causa de que en su vida había tenido en las manos un chisme de tal +clase...</p> + +<p>—¡Qué cosas tienes!—dijo ella palideciendo—. Tú no sabes lo que te +pescas... Pareces tonto... Matarme a mí, ¿y por qué?...</p> + +<p>Le echó una mirada dulce y penetrante, el mismo mirar con que le había +hecho su esclavo. El pobre chico sintió como si le pusieran un grillete +en el alma.</p> + +<p>«Vaya que se te ocurren unos disparates, hijo... Soy muy miedosa, y de +sólo ver eso me pongo a temblar. Bonita manera tienes de hacer que yo te +quiera, sí señor, bonita manera».</p> + +<p>Acercó tímidamente su mano al mango del arma. «Puedes cogerlo, está +descargado» dijo Maxi, que de un salto se había dejado caer del furor a +la piedad.</p> + +<p>—Eres un niño—declaró ella, cogiendo el arma—, y como niño hay que +tratarte. Venga acá ese chisme: lo guardaré para el caso de que entren +ladrones en casa.</p> + +<p>Y se lo llevó sin que él hiciese resistencia. Después de guardarlo con +llave en un baúl lleno de cosas viejas, volvió al lado de su marido, que +se había quedado absorto, midiendo sin duda con azorado pensamiento la +enorme distancia que en su ser había entre los arranques de la voluntad +y la ineficacia de su desmayada acción.</p> + +<p>Aquella noche no ocurrió nada; pero a la tarde siguiente, +<i>Pseudo-Narcissus odoripherus</i>, fue a buscarle a la botica de +Samaniego, y le dijo que Fortunata tenía citas con un señor en una casa +del paseo de Santa Engracia, un poquito más arriba de los almacenes de +la Villa.</p> + + + +<hr /> +<h2>-<span class="smcap">x</span>-</h2> + + +<p>Tomó Maxi un coche para ir a Chamberí y a su casa. Después de entrar en +ella e informarse de que la señorita no estaba, subió lentamente hacia +la iglesia, y al pasar por delante de ella y ver una cruz de hierro que +hay en el atrio, vínole al pensamiento la idea de que debía haberse +traído el revólver. Retrocedió, y a mitad del camino acordose de que su +mujer había guardado el arma. ¡Qué tonto estuvo él en permitírselo! +Volvió a tomar la dirección Norte, sintiendo en su alma el suplicio +indecible que producía la conjunción de dos sentimientos tan opuestos +como el anhelo de la verdad y el terror de ella. Al distinguir el motor +de noria que se destacaba sobre la casa de las Micaelas, no pudo +reprimir un ahogo de pena que le hizo sollozar. El disco no se movía.</p> + +<p>Pasó el joven más allá de los Almacenes de la Villa y examinó las casas +de un solo piso alto que allí existen. Como ignoraba cuál era la que +servía de abrigo a los adúlteros, resolvió vigilarlas todas. La noche se +venía encima y Maxi deseaba que viniese más aprisa para dejar de ver el +disco, que le parecía el ojo de un bufón testigo, expresando todo el +sarcasmo del mundo. Maldición sacrílega escapose de sus labios, y renegó +de que hubieran venido a estar tan cerca su deshonra y el santuario +donde le habían dorado la infame píldora de su ilusión. En otros +términos: él había ido allí en busca de una hostia, y le habían dado una +rueda de molino... y lo peor era que se la había tragado.</p> + +<p>Después de mucho pasear vio el faetón de Santa Cruz, guiado por el +lacayo, despacio, como para que no se enfriaran los caballos. Ya no +quedaba duda. El coche le esperaba. Violo subir hasta Cuatro Caminos, +donde se detuvo para encender las luces. Después bajó, y al llegar a los +Almacenes de la Villa, otra vez para arriba. Maxi no le perdía de vista. +El cochero daba a conocer su aburrimiento e impaciencia. En una de las +vueltas del vehículo, Rubín sorprendió en aquel hombre una mirada +dirigida a una de las casas. «Aquí es... aquí está». Fijose cerca de +allí, reduciendo el espacio de su paseo vigilante. Eran las siete.</p> + +<p>Por fin, en un momento en que Maxi iba de Sur a Norte vio, a bastante +distancia, a un hombre que salía de la casa. Era él, Santa Cruz, el +mismo, vestido de americana y hongo. Detúvose en la puerta buscando con +la vista su carruaje. Las dos luces brillaban allá arriba. Dirigiose +hacia Cuatro Caminos... Detrás, avivando el paso, el odio personificado +en Maximiliano.</p> + +<p>La vía estaba solitaria. Pasaba muy poca gente, y hacía bastante frío. +El Delfín sintió aquellos pasos detrás de sí, y una misteriosa +aprensión, la conciencia tal vez, le dijo de quién eran. Volviose a +punto que la temblorosa voz del otro decía: «Oiga usted». Parose en +firme Santa Cruz, y aunque no le conocía bien, le tuvo por quien era sin +dudar un momento.</p> + +<p>«¿Qué se le ofrece a usted?».</p> + +<p>—¡Canalla!... ¡indecente!—exclamó Rubín con más fiereza en el tono que +en la actitud.</p> + +<p>No esperó Santa Cruz a oír más, ni su amor propio le permitía dar +explicaciones, y con un movimiento vigoroso de su brazo derecho rechazó +a su antagonista. Más que bofetada fue un empujón; pero el endeble +esqueleto de Rubín no pudo resistirlo; puso un pie en falso al +retroceder y se cayó al suelo, diciendo: «Te voy a matar... y a ella +también». Revolcose en la tierra; se le vio un instante pataleando a +gatas, diciendo entre mugidos... «¡ladrón, ratero... verás!...». Santa +Cruz estuvo un rato contemplándole con la calma fría del ofuscado +asesino, y cuando vio que al fin conseguía levantarse, se fue hacia él y +le cogió por el pescuezo, apretándole sañudamente cual si quisiera +ahogarle de veras... Reteniéndole contra el suelo, gritaba: «Estúpido... +escuerzo... ¿quieres que te patee...?».</p> + +<p>De la oprimida garganta del desdichado joven salía un gemido, estertor +de asfixia. Sus ojos reventones se clavaban en su verdugo con un +centelleo eléctrico de ojos de gato rabioso y moribundo. La única +defensa del que estaba debajo era clavar sus uñas, afilándolas con el +pensamiento, en los brazos, en las piernas, en todo lo que alcanzaba del +vencedor; y logrando alzarse un poco con nervioso coraje, trató de +hacerle molinete para derribarle. Derribados los dos, lucharían quizás +más proporcionadamente. ¡Pobre razón aplastada por la soberbia! ¿Dónde +está la justicia? ¿dónde está la vindicta del débil? En ninguna parte.</p> + +<p>El furor del Delfín no fue tanto que se le ocultara el peligro de llegar +a un homicidio, abusando de su superioridad. «Este al fin es un hombre, +aunque parece un insecto» pensó. Y con desdén que tenía algo de lástima, +hubo de soltar su presa, que cayó inerte a un lado del camino, en una +especie de hoyo o surco. Al verle como un bulto, Juan sintió algo de +miedo. «Si le habré matado sin querer... Y en todo caso... ha sido en +defensa propia». Pero la víctima exhaló un mugido, y revolcándose como +los epilépticos, repitió: «Ladrón... asesino». El Delfín se acercó y +poniéndole un pie sobre el pecho, cuidando de no apretar, dijo: «Si no +te callas, cucaracha, te aplasto».</p> + +<p>Levantose Rubín de un salto. Era todo uñas y todo dientes; sacaba las +armas del débil; pero con tanta fiereza, que si coge al otro le arranca +la piel. Santa Cruz acudió pronto a la defensa. «Te digo que te pateo... +si vuelves...». Le levantó como una pluma y le lanzó violentamente donde +antes había caído. Era un solar o campo mal labrado, más allá de la +última casa. La víctima no daba acuerdo de sí, y aprovechando aquel +momento el bárbaro señorito, que vio pasar su coche, lo detuvo, montose +en él de un salto y ¡hala!, partieron los caballos a escape.</p> + +<p>Un hombre se había detenido ante los combatientes en el último instante +de la reyerta; acercose a Maxi y le miró con recelo. Creyendo que estaba +mortalmente herido, no quería meterse en líos con la justicia. Cuando le +oyó hablar, acercose más. «Buen hombre, ¿qué es eso?... ¡Pobre chico! Si +no parece chico, sino un viejo... ¡Vaya, que pegar así a un pobre +anciano!». Luego llegó otro hombre, que se destacó de un grupo de +obreros que subían. Auxiliado por este, Maxi logró levantarse y corrió +un buen trecho por el camino abajo, gritando: «¡Ladrón!... ¡a ese!... +¡al asesino!...». Pero el coche estaba ya más allá de la iglesia. +Formose en torno a la víctima un corro de cuatro, seis, diez personas de +ambos sexos. Mirábales como si fueran amigos que habían de darle la +razón reconociendo en él a la justicia pateada y a la humanidad +escarnecida. Parecía un insensato. Su descompuesto rostro daba miedo, y +su ahilada voz excitaba la mayor extrañeza.</p> + +<p>Porque el ardor de la lucha había determinado como una relajación de la +laringe, en términos que la voz se le había vuelto enteramente de +falsete. Salían de su garganta las palabras como el acento de un +impúber. «¿En dónde se ha metido?... ¿en dónde?... ¿No es verdad, +señores, que es un miserable?... ¿un secuestrador?... Me ha quitado lo +mío, me ha robado... Él la arrojó a la basura... yo la recogí y la +limpié... él me la quitó y la... volvió a arrojar... la volvió a +arrojar. ¡Trasto infame!... Pero yo tengo que hacer dos muertes. Iré al +patíbulo... no me importa ir al patíbulo, señores... digo que quiero ir +al palo... pero ellos por delante, ellos por delante...».</p> + +<p>Los que le rodeaban le tenían lástima. Desconociendo el motivo de la +zaragata, cada cual decía lo que le parecía. «<i>Sobre vino</i> una +pendencia».—«No, cuestión de faldas; ¿verdad?».—«¡Quita allá!, ¿pero +no ves que es marica?».</p> + +<p>Las mujeres le miraban con más interés. «Tiene usted sangre en la +frente» le dijo una. Era una rozadura de que el joven no se había dado +cuenta. Llevose la mano a la cabeza y la retiró manchada de sangre. Notó +que el brazo derecho le dolía horriblemente.</p> + +<p>«Vamos, vamos—le dijo uno—, véngase usted a la Casa de Socorro».</p> + +<p>—Gatera... miserable...—Vamos; ya eso se acabó... ¿En dónde tiene +usted el sombrero?</p> + +<p>Maxi no dijo nada ni se cuidó del sombrero. De repente rompió en +aullidos, pues no parecían otra cosa los esfuerzos de su voz para hablar +a gritos. Los circunstantes podían oírle difícilmente estos conceptos: +«Partirle el corazón es poco; es menester... machacárselo».</p> + +<p>Dos hombres le llevaban calle abajo, cada cual agarrándole de un brazo, +y él, mirando con estupidez a sus conductores, +repetía:—¡machacárselo!—. A ratos se paraba, prorrumpiendo en risas de +demente. Ya cerca de la iglesia aparecieron dos individuos de Orden +Público, que viendo a Maxi en aquel estado, le recibieron muy mal. +Pensaron que era un pillete, y que los golpes que había recibido le +estaban muy bien merecidos... Le cogieron por el cuello de la americana +con esa paternal zarpa de la justicia callejera. «¿Qué tiene usted?» le +preguntó uno de ellos, mal humorado. Maxi contestó con la misma risa +insana y delirante; viendo lo cual el polizonte, apretó la zarpa, como +expresión de los rigores que la justicia humana debe emplear con los +criminales.</p> + +<p>«¿Y el agresor?».</p> + +<p>—¡Machacárselo!... Llegó a la Casa de Socorro, ya con una procesión de +gente tras sí. El médico de guardia conocía a Maxi, y después de +curarle la contusión de la cabeza, que no tenía importancia, le mandó a +su casa al cuidado de los guardias de Orden Público.</p> + + + +<hr /> +<h2>-<span class="smcap">xi</span>-</h2> + + +<p>Cuando entró el malaventurado chico en su casa, Fortunata no había +aparecido aún. Lo mismo fue verle Patricia en aquel lastimoso estado, +que correr a dar aviso a doña Lupe, la cual no tardó en presentarse +alborotada y afligida. Lo primero que hizo, conforme a su gran carácter, +fue sobreponerse a los sucesos, no amilanarse por la vista de la sangre +y dictar atinadas órdenes preliminares, como acostar a Maximiliano, +traer provisión de árnica, reconocerle bien las contusiones que tenía y +llamar un médico.</p> + +<p>«¿Pero y Fortunata?».</p> + +<p>—Salió a hacer unas compras—dijo Patricia.</p> + +<p>—¡Es particular! Las ocho y media de la noche.</p> + +<p>En vano intentó doña Lupe saber lo que había ocurrido de los propios +labios del joven. Este no decía más que «¡machacárselo!» con aquella voz +de falsete, que era otra novedad para su tía. Acostáronle con no poco +trabajo, y le llenaron de bizmas. El médico de la Casa de Socorro vino y +ordenó el reposo. Temía que hubiese algo de conmoción cerebral; pero +probablemente concluiría todo con una fuerte jaqueca. También propinó el +bromuro potásico a fuertes dosis, y a la primera toma se adormeció el +herido, pronunciando palabras sueltas, de las cuales nada pudo sacar en +claro la señora de Jáuregui. ¡Y a todas estas la otra sin parecer!</p> + +<p>Por fin, a eso de las nueve y media, cuando el médico se fue, sintió +doña Lupe un rebullicio, luego cuchicheos en el pasillo. Fortunata había +entrado, y hablaba muy bajito con Patria. La mente de la viuda, en la +cual hasta entonces todo era confusión y vaguedades, empezó a dar de sí +los juicios más extraños, ideas de atrevido alcance y de un pesimismo +aterrador. Salió paso a paso a la sala, deseosa de sorprender aquel +secreteo. Fortunata entró, pálida como un cirio y con ojos aterrados; +mas doña Lupe no le dijo nada. La vio que avanzaba hacia el gabinete, +que daba algunos pasos hacia la alcoba deteniéndose en la puerta, y que +desde allí alargaba el cuerpo para mirar a su marido. ¿Por qué no entró? +¿Qué temor la detenía? La alcoba estaba casi a oscuras, pues apenas +llegaba a ella la claridad de la lámpara encendida en la sala. Doña Lupe +llevó al gabinete la luz. Quería observar lo que hacía su sobrina, y por +de pronto le llamó la atención su actitud extraña, no muy conforme con +los sentimientos naturales en una esposa en situación tan aflictiva. +Una vez que le miró bien de lejos, Fortunata, sin hacer maldito caso de +persona tan respetable como su tía política, volvió a la sala, que ya +estaba medio a oscuras, y se sentó en una silla. Todavía no se había +quitado el manto, y parecía que iba a volver a la calle. Apoyada la +mejilla en la mano, permaneció inmóvil como un cuarto de hora. El +silencio que en las tres piezas reinaba sólo se interrumpía con tal cual +palabra estropajosa pronunciada por Maxi, y con el paso gatuno de la +sirviente que atravesaba la sala para ir a recibir órdenes de la única +persona que aquella noche mandara en la casa. Si el estado del enfermo +permitiera alzar la voz, ¡ay!, doña Lupe haría retemblar la casa con el +estruendo de su palabra autoritaria y fiscalizadora; pero no podía ser. +¡Qué cosas había de oír su sobrina! Resolvió, pues, la tía dejar la +discusión para el día siguiente; mas tanto la apremiaron la curiosidad y +el enojo, que no pudo menos de personarse, pasito a paso, en la sala, y +decir a Fortunata, con voz oprimida: «Explícame esto».</p> + +<p>—¿Esto?...—murmuró la prójima, alzando la cara, como quien despierta.</p> + +<p>—Esto, sí... Maximiliano maltratado... tú entrando en casa tan tarde y +con esos modos de traidora de melodrama.</p> + +<p>Fortunata, después de mirar de hito en hito a doña Lupe por espacio +como de un minuto, volvió a apoyar la mejilla en el puño sin decir una +palabra.</p> + +<p>«Pues me he enterado... Me gusta...».</p> + +<p>Y fue a la alcoba, porque se oyó la voz de Maxi llamando. Poco después +se le sintió vomitar. Fortunata prestó atención a lo que allí pasaba; +pero sin abandonar su postura de esfinge.</p> + +<p>Cuando la viuda volvió a la sala, ya eran más de las diez.</p> + +<p>«¡Las diez dadas!—dijo con aquella voz tan severa que habría hecho +estremecer a una piedra—. Y no te has quitado el manto. ¿Es que piensas +volver... de compras? El pobre Maxi, al despertar hace un rato, me +preguntó si habías venido, y le dije que no. Me dio vergüenza de decirle +que sí, porque habría sido preciso añadir que sólo con la manera de +entrar te declaras culpable... Él dijo: 'Más vale que no venga...'. ¿Y +tú no conoces que así no se puede seguir?... ¿que es preciso que me +expliques esto? Habla, hija, habla o yo veré lo que tengo que hacer».</p> + +<p>Fortunata, después de mirarla con una emoción que doña Lupe no podría +definir, volvió a apoyar la cara en la mejilla, y dando un gran suspiro, +se acorazó dentro de aquel silencio lúgubre, que desesperaría a la misma +paciencia.</p> + +<p>«¡Esto es para volverse loca!...—expresó doña Lupe con un gesto +iracundo—. ¿Creerás tú, creerá usted que conmigo valen marrullerías? +Sepa usted que...».</p> + +<p>La ira se le desbordaba, y para contenerla volvió a la alcoba. Su mente +acalorada revolvía estas ideas: «Salió lo que yo me temía... Si lo dije, +si esta mujer nos había de dar al fin un disgusto... ¡Ay, qué ojo tengo! +A mí no me entraba, no me entraba; y siempre lo dije: 'ni con Micaelas +ni sin Micaelas, podremos hacer de una mujer mala una esposa decente'. +Ahí está, ahí está, ahí la tienen. Vean si acerté; vean si eran +preocupaciones mías...».</p> + +<p>Lo que más ensoberbecía a doña Lupe era el chasco que se había llevado, +pues aunque dijera otra cosa, ello es que había creído a Fortunata +radicalmente reformada. No pudo contener su arranque, y volvió a la +sala. «Pero se explica usted, ¿sí o no?...».</p> + +<p>Reparó entonces que hablaba con una sombra. Fortunata no estaba allí. +Salió doña Lupe al pasillo, y vio luz en un cuartito interior, donde la +mujer de Maxi guardaba su ropa. Empujó la puerta. Allí estaba, ya sin +mantilla, sacando ropa del armario y metiéndola en un mundo.</p> + +<p>«¿Pero querrá usted al fin sacarme de dudas?—dijo sin recatarse ya de +alzar la voz—. Esto es vergonzoso. Si usted se obstina en callarse, +creeré que la causante de toda esta tragedia es usted y nada más que +usted».</p> + +<p>Fortunata se volvió hacia ella. Su palidez era como la de un muerto.</p> + +<p>«Vamos a ver—añadió la de Jáuregui manoteando—. Si mi sobrino me +vuelve a preguntar si ha entrado usted, ¿qué le digo?».</p> + +<p>—Dígale usted—replicó la esposa en voz más baja y expresándose con +mucha dificultad—; dígale usted que no he venido, porque me marcharé en +cuanto sea de día.</p> + +<p>—Yo no entiendo una palabra... ¡qué ha pasado, Santo Dios!... ¿Quién +maltrató a Maxi?</p> + +<p>Fortunata dio un gran suspiro. «¡Qué farsa! Voy a dar parte a la +justicia. Veremos si al juez le contesta de esa manera. Que usted es +culpable, bien a la vista está. Si no, ¿por qué se marcha usted?».</p> + +<p>—Porque me debo ir—replicó la otra mirando al suelo.</p> + +<p>No dijo más. Fuera de sí, doña Lupe le echó la zarpa a un brazo y +sacudiéndola fuertemente, le soltó esta imprecación:</p> + +<p>«¡Ah!, maldita... bien claro se ve que es usted una bribona... una +bribona en toda la extensión de la palabra... que lo ha sido siempre y +lo será mientras viva... A todos engañó usted menos a mí... a mí no... +Yo la vi venir».</p> + +<p>Abrumada por su conciencia, Fortunata no pudo contestar nada. Si doña +Lupe se hubiera abalanzado a ella para pegarle, se habría dejado +castigar.</p> + +<p>«Hace usted bien en largarse—añadió la otra ya en la puerta—. No seré +yo quien la detenga... Viento fresco. ¡Qué casa esta y qué matrimonio! +Nada me coge de nuevo... porque, lo repito, a todos engañó usted menos a +mí».</p> + +<p>Y era mentira, porque la primera engañada fue ella. ¡Valiente fiasco +habían tenido sus facultades educatrices! La idea de este fracaso +encendía su furor más que el delito mismo que en su sobrina sospechaba.</p> + +<p>Volviendo a la sala, apoderose de la señora de Jáuregui el frenesí de +las disposiciones. La primera fue que se quedaría allí aquella noche. +Después mandó a Patricia a su casa con un recado, llamando a Nicolás, +que aquel día había llegado de Toledo. «Que venga mi sobrino +inmediatamente, y si está durmiendo, encargue usted a Papitos que le +despierte».</p> + +<p>Fortunata seguía en el cuarto de la ropa; mas adelantaba muy poco en el +arreglo de su equipaje, porque a lo mejor se quedaba inmóvil, sentada +sobre un baúl, mirando al suelo o a la vela, que ardía con pábilo muy +larguilucho y negro, chorreando goterones de grasa. Desde que empezó a +faltar, no había sentido remordimientos como los de aquella noche. El +espectro de su maldad no había hecho antes más que presentarse como en +broma, y érale a ella muy fácil espantarlo; pero ya no acontecía lo +mismo. El espectro venía y se sentaba con ella y con ella se levantaba; +cuando se ponía a guardar ropa, la ayudaba; al suspirar, suspiraba; los +ojos de ella eran los de él, y, en fin, la persona de ambos parecía una +misma persona. Y la atormentaban, juntamente con los revuelcos de su +conciencia, ansias de amor, deseos vivísimos de normalizar su vida +dentro de la pasión que la dominaba. Acordose de que su amante le había +ofrecido ponerle casa, y establecer entre ambos una familiaridad regular +dentro de la irregularidad. ¿Pero esto podría ser? Las ansias amorosas +se cruzaban en su espíritu con temores vagos, y al fin venía a +considerarse la persona más desgraciada del mundo, no por culpa suya, +sino por disposición superior, por aquella mecánica espiritual que la +empujaba de un modo irresistible. No pensó en dormir aquella noche, y +anhelaba que viniese el día para marcharse, porque el sentir la voz +doliente de su marido producíale atroz martirio. Habría dado diez años +de su vida porque lo que pasó no hubiera pasado. Pero ya que no lo podía +remediar, ¡ojalá que las heridas de Maxi fuesen de poca importancia! +Después de esto, su más vivo deseo era coger la puerta y huir para +siempre de la casa aquella. Antes morir que continuar la farsa de un +matrimonio imposible.</p> + +<p>De estas meditaciones la sacó doña Lupe, que después de media noche +volvió a entrar en el cuarto. Envolvíase toda en una manta, lo que le +daba cierto aspecto temeroso y lúgubre como de alma del otro mundo.</p> + +<p>«Al pobre Maxi—dijo—, le da ahora por llorar... No cesa de preguntarme +si ha venido usted... Francamente, no sé qué responderle».</p> + +<p>—Dígale usted que me he muerto—replicó Fortunata.</p> + +<p>—Y positivamente sería lo mejor... ¿Ha arreglado usted ya sus baúles?</p> + +<p>—Me falta poco... Mire, mire... no me llevo nada que no sea mío.</p> + +<p>—¿Y sus alhajas?—preguntó la viuda que custodiaba en su casa las de +más valor.</p> + +<p>—¿Mis alhajas?—observó la otra vacilando primero y asegurándose al +fin—. No son mías. Son de él, de Maxi, que las desempeñó. Se las dejo +todas.</p> + +<p>—¿De modo que no se lleva usted más que su ropa?</p> + +<p>—Nada más. Hasta el portamonedas, con el último dinero que me dio, lo +dejo aquí sobre la cómoda. Véalo usted.</p> + +<p>Cogió la prudente señora el portamonedas que estaba aún bien repleto y +se lo guardó.</p> + + + +<hr /> +<h2>-<span class="smcap">xii</span>-</h2> + + +<p>Hay motivos para creer que cuando Papitos entró a media noche en el +cuarto de Nicolás Rubín y le dijo sacudiéndole fuertemente: «Señor, +señor, su tía que vaya allá ahora mismo», el santo varón soltó un +bramido y dio media vuelta volviendo a caer en profundo sueño. Es +probable que a la segunda acometida de Papitos, el clérigo se +desperezara, y que ahuyentase a la mona con otro fuerte berrido, +agasajando en su empañado cerebro la idea de que su tía debía esperar +hasta la mañana siguiente. Y el fundamento de estas apreciaciones es que +Nicolás no se presentó en la casa de su hermano Maxi hasta las siete +dadas. Tanta pachorra sacaba de quicio a doña Lupe, que poniendo el +grito en el Cielo, decía: «Estoy destinada a ser la víctima de estos +tres idiotas... Cada uno por su lado me consumen la vida, y entre los +tres juntos van a acabar conmigo... ¡Qué familia, Señor, qué familia! Si +me viera mi Jáuregui, otro gallo me cantara. ¡Pero hombre de Dios, vaya +que tienes una calma! No sé cómo con ella y lo que comes no estás más +gordo... Te llamo a las once de la noche y esta es la hora en que te +descuelgas por aquí... ¿Tú sabes lo que pasa?».</p> + +<p>Esto lo decía en la sala, al ver entrar a Nicolás, cuyos ojos tenían aún +señales evidentes de lo bien que había dormido. Al sentir el coloquio, +salió la pecadora de su escondite, y acercándose a la puerta de la sala +trató de escuchar. Pero tía y sobrino siguieron hablando muy bajito, y +nada pudo percibir. Después el clérigo, a instancias de su tía, salió +al pasillo, y Fortunata metiose rápidamente en su escondite para +esperarle allí.</p> + +<p>El cuarto aquel estaba casi completamente a oscuras en las primeras +horas del día. Los que entraban no veían a quien dentro estuviera. La +vela, que ardió gran parte de la noche, se había consumido. Desde +dentro, vio Fortunata al cura, sombra negra en el cuadro luminoso de la +puerta, y esperó a que entrase o a que dijese algo. Como el que recela +penetrar en la madriguera de una bestia feroz, Nicolás permaneció en la +puerta, y desde ella lanzó en medio de la oscuridad estas palabras: +«Mujer, ¿está usted aquí?... No veo nada».</p> + +<p>—Aquí estoy, sí señor—murmuró ella.</p> + +<p>—Mi tía—añadió el clérigo—, me ha contado los horrores de esta +noche... Mi hermano maltratado, herido; usted entrando en casa a +deshora, y entrando para recoger su ropa y marcharse, rompiendo la +armonía conyugal y dejándonos a todos en la mayor confusión. ¿Me querrá +usted explicar a mí este turris-burris?</p> + +<p>—Sí señor—replicó la voz con miedo y turbación indecibles.</p> + +<p>—¿Y si ha tenido usted parte en esta infamia?</p> + +<p>—Yo... en lo de los golpes no he tenido parte—apuntó con rápida frase +la voz.</p> + +<p>—Vamos a cuentas—dijo el clérigo avanzando un poco, precedido de sus +manos que palpaban en las tinieblas—. Hace algunos días... lo he +sabido ayer por casualidad... mi hermano sospechaba que usted no le era +fiel; esta es la cosa. ¿Tenía fundamento esta sospecha?</p> + +<p>La voz no dijo nada, y hubo un ratito de temerosa expectativa.</p> + +<p>«¿Pero no contesta usted?—interrogó Nicolás con acento airado—. ¿Por +quién me toma? Hágase usted cargo de que está en el confesonario. No +hago la pregunta como persona de la familia ni como juez, sino como +sacerdote. ¿Tenía fundamento la sospecha?».</p> + +<p>Después de otro ratito, que al cura se le hizo más largo que el primero, +la voz respondió tenuemente:</p> + +<p>«Sí señor».</p> + +<p>—Ya veo—afirmó Rubín con ira—, que nos ha engañado usted a todos, a +mí el primero, a las señoras Micaelas, a mi amigo Pintado y a toda mi +familia después. Es usted indigna de ser nuestra hermana. Vea usted qué +bonito papel hemos hecho. ¡Y yo que respondí...! En mi vida me ha pasado +otra. La tuve a usted por extraviada, no por corrompida, y ahora veo que +es usted lo que se llama un monstruo.</p> + +<p>Dio entonces un paso más, cerrando un poco la puerta, y tentó la pared +por si hallaba silla o banco en qué sentarse.</p> + +<p>«Hablando en plata, usted no quiere a mi hermano... Ábrete, +conciencia».</p> + +<p>—No señor—dijo la voz prontamente y sin hacer ningún esfuerzo.</p> + +<p>—No le ha querido nunca... esta es la cosa.</p> + +<p>—No señor.—Pero usted me dijo que esperaba tomarle cariño conforme le +fuera tratando.</p> + +<p>—Sí lo dije.—Pero no ha resultado... No ha resultado. ¡Chasco como +este...! Se dan casos... De modo que nada.</p> + +<p>—Nada.—¡Perfectamente! Pero usted olvida que es casada y que Dios le +manda querer a su marido, y si no le quiere, serle fiel de cuerpo y de +pensamiento. ¡Bonita plancha, sí señor, bonita!... En mi vida me ha +pasado otra. Y usted, pisoteando el honor y la ley de Dios, se ha +prendado de cualquier pelagatos... ya se ve: su pasado licencioso le +envenena el alma, y la purificación fue una pamema. ¡No haber visto +esto, Señor, no haberlo visto!</p> + +<p>Estaba tan furioso el cura por lo mal que le había salido aquella +compostura, y su amor propio de arreglador padecía tanto, que no pudo +menos de desahogar su despecho con estas coléricas razones: «Pues sépase +usted que está condenada, y no le dé vueltas: condenada».</p> + +<p>No se sabe si este procedimiento del terror hizo su efecto, porque +Fortunata no contestó nada. La expresión de sus sentimientos acerca del +tremendo anatema perdiose en la oscuridad de aquella caverna.</p> + +<p>«Al menos, desdichada, confiese usted su delito—dijo Rubín, que +deslizándose en las tinieblas había encontrado un cajón en que +sentarse—. No me oculte usted nada. ¿Cuántas veces, cuántas veces ha +faltado usted a su marido?».</p> + +<p>La contestación tardaba. Nicolás repitió la pregunta hasta tres veces +suavizando el tono, y al fin oyó un susurro que decía: «Muchas».</p> + +<p>Cuenta el padre Rubín que aquel</p> + +<p><i>muchas</i> le dio escalofríos, y que le pareció el rumorcillo que hacen +las correderas cuando en tropel se escurren por las paredes.</p> + +<p>—¿Con cuántos hombres?</p> + +<p>—Con uno solo...—¡Con uno sólo!... ¿De veras? ¿Le conoció usted +después de casada?</p> + +<p>—No señor. Le conozco hace mucho tiempo... le he querido siempre.</p> + +<p>—¡Ah! ya... la historia vieja... perfectamente—dijo el cura, cuyo amor +propio se erguía al encontrar un medio de aparecer previsor—. Eso ya me +lo temía yo. ¡El amorcito primero...! ¿No lo dije, no se lo dije a +usted? Por ahí está el peligro. He visto muchos casos. Bueno. ¿Y ese +pelafustán es el de marras?</p> + +<p>Fortunata contestó que sí, sin comprender lo que quería decir de marras.</p> + +<p>«Y ese ha sido el miserable que abusando de su fuerza maltrató al pobre +Maxi, débil y enfermizo... ¡Ay, mundo amargo!».</p> + +<p>—Él fue... pero Maxi le provocó...—dijo la voz—. Esas cosas vienen +sin saber cómo... Yo lo presencié desde la ventana.</p> + +<p>—¿Desde qué ventana?</p> + +<p>—De la casa aquella.—¿Casita tenemos?... Sí... sí, lo de siempre. Lo +había previsto yo. No crea usted que me coge de nuevo. ¡Casita y +todo!... ¡Cuánta infamia! ¿Y no siente usted remordimientos? Cualquier +persona que tuviera alma estaría en tal caso llena de tribulación... +pero usted tan fresca.</p> + +<p>—Yo lo siento... lo siento... Quisiera que eso no hubiera pasado.</p> + +<p>—Eso, que no hubiera pasado el lance, para continuar pecando a la +calladita. Y siga el fandango. También esta clase de perversidad me la +sé de memoria.</p> + +<p>Fortunata se calló. Fuera que los ojos del clérigo se acostumbraran a la +oscuridad, fuera que entrase en el cuarto más luz, ello es que Nicolás +empezó a distinguir a su hermana política, sentada sobre el baúl, con un +pañuelo en la mano. A ratos se lo llevaba al rostro como para secar sus +lágrimas. Cierto es que Fortunata lloraba; pero algunas veces la causa +de la aproximación del pañuelo a la cara era la necesidad en que la +joven se veía de resguardar su olfato del olor desagradable que las +ropas negras y muy usadas del clérigo despedían.</p> + +<p>«Esas lágrimas que usted derrama, ¿son de arrepentimiento sincero? ¡A +saber...! Si usted se nos arrepintiera de verdad, pero de verdad, con +contrición ardiente, todavía esto podría arreglarse. Pero sería preciso +que se nos sometiera a pruebas rudas y concluyentes... esta es la cosa. +¿Volvería usted a las Micaelas?».</p> + +<p>—¡Oh!, no señor—replicó la pecadora con prontitud.</p> + +<p>—Pues entonces, que se la lleve a usted el demonio—gritó el clérigo +con gesto de menosprecio.</p> + +<p>—Le diré a usted... yo me arrepiento; pero...</p> + +<p>—Qué peros ni qué manzanas...—manifestó Rubín, manoteando con groseros +modales—. Reniegue usted de su infame adulterio; reniegue también del +hombre malo que la tiene endemoniada.</p> + +<p>—Eso...—¿Eso qué?... ¡Vaya con la muy...! Y me lo dice así, con ese +cinismo.</p> + +<p>Fortunata no sabía lo que quiere decir cinismo, y se calló.</p> + +<p>«Todo induce a creer que usted se prepara a reincidir, y que no hay +quien le quite de la cabeza esa maldita ilusión».</p> + +<p>El gran suspiro que dio la otra confirmó esta suposición mejor que las +palabras.</p> + +<p>«De modo que, aun viéndose perdida y deshonrada por ese miserable, +todavía le quiere usted. Buen provecho le haga».</p> + +<p>—No lo puedo remediar. Ello está <i>entre</i> mí y no puedo vencerlo.</p> + +<p>—Ya... la historia de siempre. Si me la sé de memoria... Que quieren +sólo a aquel y no pueden desterrarlo del pensamiento, y que patatín y +que patatán... En fin, todo ello no es más que falta de conciencia, +podredumbre del corazón, subterfugios del pecado. ¡Ay, qué mujeres! +Saben que es preciso vencer y desarraigar las pasiones; pues no señor, +siempre aferradas a la ilusioncita... Tijeretas han de ser... En +resumidas cuentas, que usted no quiere salvarse. La pusimos en el camino +de la regeneración, y le ha faltado tiempo para echarse por los senderos +de la cabra. ¡Al monte, hija, al monte! Bueno; allá se entenderá usted +con Dios. Ya me estoy riendo del chasco que se va usted a llevar. Porque +ahora, como si lo viera, se lanzará otra vez a la vida libre. +Divertirse... ¡ea!... Por de pronto habrá un arreglito, y ese tunante le +dará alguna protección; tendrá usted casa en que vivir... Y ahora que me +acuerdo, ¿ese hombre es casado?</p> + +<p>—Sí señor—dijo Fortunata con pena.</p> + +<p>—¡Ave María Purísima!—exclamó el cura llevándose ambas manos a la +cabeza—. ¡Qué horror y qué sociedad! Otra víctima; la esposa de ese +señor... Y usted tan fresca, sembrando muertes y exterminios por donde +quiera que va...</p> + +<p>Esta frase de sermón aterró un poco a Fortunata.</p> + +<p>«Tendrá usted su castigo y pronto. La historia de siempre... ¡Qué +mujeres, Señor, qué mujeres! Váyase usted a correr aventuras, deshonre a +su marido, perturbe dos matrimonios; ya vendrá, ya vendrá el estallido. +No le arriendo la ganancia. El amancebamiento ahora, después la +prostitución, el abismo. Sí, ahí lo tiene usted, mírelo abierto ya, con +su boca negra, más fea que la boca de un dragón. Y no hay remedio, a él +va usted de cabeza... porque ese hombre la abandonará a usted... Son +habas contadas».</p> + +<p>Fortunata tenía la cabeza próxima a las rodillas. Estaba hecha un +ovillo, y sus sollozos declaraban la agitación de su alma.</p> + +<p>«¡Ah, mujer infeliz!—añadió el clérigo con solemnidad, levantándose—; +no sólo es usted una bribona, sino una idiota. Todas las enamoradas lo +son porque se les seca el entendimiento. Las saca uno del purgatorio del +deleite y allá se van otra vez. Tú te lo quieres, pues tú te lo ten. En +el Infierno le ajustarán a usted las cuentas. Váyase usted luego allá +con sofismas y con zalamerías de amor... Esto se acabó. Ni yo tengo que +hacer nada con usted, ni usted tiene nada que hacer en esta casa. +Cuenta concluida. Al arroyo, hija; divertirse; usted sale de aquí, y +cuando se vaya, sahumaremos, sí, sahumaremos... Perfec... tamente».</p> + +<p>Esto lo dijo en la puerta y luego se retiró sin añadir una palabra más. +Doña Lupe le aguardaba en la sala para saber si había sido más +afortunado que ella en la averiguación de la verdad, y allí se +estuvieron picoteando un buen rato. Después oyeron ruido, sintieron la +voz de Fortunata que hablaba quedito con Patricia, diciéndole quizás +cómo y cuándo mandaría a buscar su ropa. Tía y sobrino asomáronse luego +a los cristales del balcón y la vieron atravesar la calle presurosa, y +doblar la esquina sin dirigir una mirada a la casa que abandonaba para +siempre.</p> + +<p>Nicolás repetía una figura de que estaba satisfecho: «Sahumar, sahumar y +sahumar». Y a propósito de espliego, a él, físicamente, tampoco le +vendría mal... esto sin ofender a nadie.</p> + +<h3>Madrid.—Mayo de 1886.</h3> + +<h3>FIN DE LA PARTE SEGUNDA</h3> + +<hr style="margin-bottom:15%;" /> + +<p><a name="parte_tercera" id="parte_tercera"></a></p> + +<h1>Fortunata y Jacinta: (dos historias de casadas)</h1> + +<h2>por<br /> B. Pérez Galdós</h2> + +<hr /> +<h2>PARTE TERCERA</h2> +<div class="center"> +<a href="#ic"><b>-I-</b></a> +<a href="#iic"><b>-II-</b></a> +<a href="#iiic"><b>-III-</b></a> +<a href="#ivc"><b>-IV-</b></a> +<a href="#vc"><b>-V-</b></a> +<a href="#vic"><b>-VI-</b></a> +<a href="#viic"><b>-VII-</b></a><br /> +</div> + + +<hr /> +<h2><a name="ic" id="ic"></a>-I-</h2> + +<h2>Costumbres turcas</h2> + + + +<hr /> +<h2>-<span class="smcap">i</span>-</h2> + + +<p>Juan Pablo Rubín no podía vivir sin pasarse la mitad de las horas del +día o casi todas ellas en el café. Amoldada su naturaleza a este género +de vida, habríase tenido por infeliz si el trabajo o las ocupaciones le +obligaran a vivir de otro modo. Era un asesino implacable y reincidente +del tiempo, y el único goce de su alma consistía en ver cómo expiraban +las horas dando boqueadas, y cómo iban cayendo los periodos de fastidio +para no volver a levantarse más. Iba al café al medio día, después de +almorzar, y se estaba hasta las cuatro o las cinco. Volvía después de +comer, sobre las ocho, y no se retiraba hasta más de media noche o hasta +la madrugada, según los casos. Como sus amigos no eran tan constantes, +pasaba algunos ratos solo, meditando en problemas graves de política +religión o filosofía, contemplando con incierto y soñoliento mirar las +escayolas de la escocia, las pinturas ahumadas del techo, los fustes de +hierro y las mediascañas doradas. Aquel recinto y aquella atmósfera +éranle tan necesarios a la vida, por efecto de la costumbre, que sólo +allí se sentía en la plenitud de sus facultades. Hasta la memoria le +faltaba fuera del café, y como a veces se olvidara súbitamente en la +calle de nombres o de hechos importantes, no se impacientaba por +recordar, y decía muy tranquilo: «En el café me acordaré». En efecto, +apenas tomaba asiento en el diván, la influencia estimulante del local +dejábase sentir en su organismo. Heridos el olfato y la vista, pronto se +iban despertando las facultades espirituales, la memoria se le +refrescaba y el entendimiento se le desentumecía. Proporcionábale el +café las sensaciones íntimas que son propias del hogar doméstico, y al +entrar le sonreían todos los objetos, como si fueran suyos. Las personas +que allí viera constantemente, los mozos y el encargado, ciertos +parroquianos fijos, se le representaban como unidos estrechamente a él +por lazos de familia. Hasta con la jorobadita que vendía en la puerta +fósforos y periódicos tenía cierto parentesco espiritual.</p> + +<p>Pero aunque Juan Pablo se encariñaba de este modo con el local, había +cambiado de café bastantes veces en el espacio de cinco años.</p> + +<p>Equivalía esto a mudar de vivienda, y como todos los cafés de Madrid se +parecen, lo mismo que se parecen las casas, Juan Pablo llevaba en sí +propio su domesticidad, y a los dos días de frecuentar un café, ya se +encontraba en él como en familia. Los cambios eran determinados por +ciertas corrientes de emigración que hay en la sociedad de los vagos y +que no se sabe a qué obedecen. Unas veces el impulso partía de algunos +amigos inconstantes, tocados de la manía de la variedad; otras la +emigración era motivada por una cuestión muy desagradable con <i>aquel +señor de la mesa próxima</i>. Ya provenía de que el amo del café <i>se portó +cochinamente</i> cobrando a la tertulia unas copas, que se habían roto al +discutir las verdaderas causas de la muerte de Concha en Montemuru; ya, +por fin, de un desmejoramiento progresivo e intolerable del <i>género</i>, +razón por la cual desearan muchos estrenar los establecimientos nuevos o +renovados. Juan Pablo no gustaba de iniciar ninguna corriente de +emigración; pero las seguía casi siempre. En estas corrientes es fácil +que se pierda alguno de la partida, o por rebelde a las mudanzas o +porque las deudas le cautivan en el antiguo local y allí le hipotecan la +asistencia, pero en cambio siempre se gana algún tertulio nuevo que +viene a refrescar las ideas y las bromas.</p> + +<p>Quien se hubiera tomado el trabajo de seguir los pasos de Rubín desde +el 69 al 74, le habría visto parroquiano del café de San Antonio en la +Corredera de San Pablo, después del Suizo Nuevo, luego de Platerías, del +Siglo y de Levante; le vería, en cierta ocasión, prefiriendo los cafés +cantantes y en otra abominando de ellos; concurriendo al de Gallo o al +de la Concepción Jerónima cuando quería hacerse el invisible, y por fin, +sentar sus reales en uno de los más concurridos y bulliciosos de la +Puerta del Sol.</p> + +<p>Al medio día era siempre de los retrasados, porque se levantaba tarde; +por la noche era infaliblemente el primero. Rara vez, al entrar, +encontraba ya allí a D. Evaristo González Feijoo o a Leopoldo Montes. La +tertulia de la noche tenía su personal distinto de la del día, y eran +pocos los que asistían a una y otra. Sólo Rubín era punto fijo en ambas. +La peña aquella ocupaba tres mesas, y antes de que los parroquianos +llegaran, el mozo les ponía a todos el servicio. Juan Pablo entraba a +las ocho, cuando aún no había en el local más que tres o cuatro +personas, y los mozos estaban de conversación sentados junto al +mostrador. En este, el amo o encargado preparaba los servicios, poniendo +pilas de platillos de azúcar. Cada instante se abría la puerta de +cristales para dar paso a algún parroquiano (que entraba quitándose la +bufanda o desembozándose), y luego se cerraba con fuerte batacazo, para +volverse a abrir en seguida con estridente chirrido de goznes mohosos. +Era un estribillo abrumador... <i>Chirris</i>... entrada del individuo con su +puro de estanco en la boca... después <i>pum</i> y otra vez <i>chirris</i>...</p> + +<p>El amo saludaba desde el mostrador a algún parroquiano que le caía +cerca. Los más gustaban de que se les sirviera el café sin ninguna +tardanza, y daban palmadas si el chico no venía pronto. Juan Pablo +entraba despacio y muy serio, como hombre que va a cumplir una +obligación sagrada. Dirigía el paso gravemente hacia las mesas de la +derecha y se sentaba siempre en el propio sitio con matemática +exactitud. El mozo le saludaba en el momento de dar un restregón con el +paño a la mesa, y él, contestando con cierta dignidad, frotábase las +manos, se acomodaba bien en el asiento, conservando la capa sobre los +hombros; después acercaba el vaso, poniendo a la derecha, a la discreta +distancia a que se pone el tintero para escribir, el platillo del +azúcar, y luego atendía a la operación de verter en el vaso la leche y +el café, poniendo mucho cuidado en que las proporciones de ambos +líquidos fueran convenientes y en que el vaso se llenara sin rebosar. +Esto era elemental. Después cogía la cuchara con la mano izquierda y con +la derecha iba echando pausadamente los terrones, dirigiendo miradas +indulgentes a todo el local y a las personas que entraban. Como +veterano del café sabía tomarlo con aquella lentitud y arte que +corresponden a todo acto importante.</p> + +<p>Imposible que la historia siga a este hombre en todos sus periodos +cafeteros. Pero no se puede pasar en silencio la etapa aquella de la +Puerta del Sol, en que Rubín tenía por tertulios y amigos a D. Evaristo +González Feijoo, a don Basilio Andrés de la Caña; a Melchor de Relimpio +y a Leopoldo Montes, personas todas muy dadas a la política, y que +hablaban del país como de cosa propia. Teniendo todos la misma manía, +cada cual cultivaba una especialidad, pues Leopoldo Montes llevaba un +día y otro infaliblemente, noticias de crisis; D. Basilio descendía +siempre a menudencias de personal; Relimpio era procaz y malicioso en +sus juicios; Rubín descollaba por suponerse que todo lo sabía y que se +anticipaba a los sucesos <i>viéndolos venir</i>, y por último, Feijoo era +profundamente escéptico, y tomaba a broma todas las cosas de la +política.</p> + +<p>Allí brillaba espléndidamente esa fraternidad española en cuyo seno se +dan mano de amigo el carlista y el republicano, el progresista de cabeza +dura y el moderado implacable. Antiguamente, los partidos separados en +público, estábanlo también en las relaciones privadas; pero el progreso +de las costumbres trajo primero cierta suavidad en las relaciones +personales, y por fin la suavidad se trocó en blandura. Algunos creen +que hemos pasado de un extremado mal a otro, sin detenernos en el medio +conveniente, y ven en esta fraternidad una relajación de los caracteres. +Esto de que todo el mundo sea amigo particular de todo el mundo es +síntoma de que las ideas van siendo tan sólo un pretexto para conquistar +o defender el pan. Existe una confabulación tácita (no tan escondida que +no se encuentre a poco que se rasque en los políticos), por la cual se +establece el turno en el dominio. En esto consiste que no hay +aspiración, por extraviada que sea, que no se tenga por probable; en +esto consiste la inseguridad, única cosa que es constante entre +nosotros, la ayuda masónica que se prestan todos los partidos desde el +clerical al anarquista, lo mismo dándose una credencial vergonzante en +tiempo de paces, que otorgándose perdones e indultos en las guerras y +revoluciones. Hay algo de seguros mutuos contra el castigo, razón por la +cual se miran los hechos de fuerza como la cosa más natural del mundo. +La moral política es como una capa con tantos remiendos, que no se sabe +ya cuál es el paño primitivo.</p> + +<p>Hablando de esto, Feijoo y Rubín achacaban la relajación de los +caracteres a los desengaños. «Yo—decía Feijoo—, soy progresista +desengañado, y usted tradicionalista arrepentido. Tenemos algo de común: +el creer que todo esto es una comedia y que sólo se trata de saber a +quién le toca mamar y a quién no».</p> + + + +<hr /> +<h2>-<span class="smcap">ii</span>-</h2> + + +<p>Don Evaristo González Feijoo merece algo más que una mención en +este relato. Era hombre de edad, solterón, y vivía desahogadamente de +sus rentas y de su retiro de coronel del ejército. A poco de la guerra +de África, abandonó el servicio activo. Era el único individuo de la +tertulia que no tenía trampas ni apuros de dinero. Su existencia plácida +y ordenada, reflejábase en su persona pulcra, robusta y simpática. Su +facha denunciaba su profesión militar y su natural hidalgo; tenía bigote +blanco y marcial arrogancia, continente reposado, ojos vivos, sonrisa +entre picaresca y bondadosa; vestía con mucho esmero y limpieza, y su +palabra era sumamente instructiva, porque había viajado y servido en +Cuba y en Filipinas; había tenido muchas aventuras y visto muchas y muy +extrañas cosas. No se alteraba cuando oía expresar las ideas más +exageradas y disolventes. Lo mismo al partidario de la inquisición que +al petrolero más rabioso, les escuchaba Feijoo con frialdad benévola. +Era indulgente con los entusiasmos, sin duda porque él también los había +<i>padecido</i>. Cuando alguno se expresaba ante él con fe y calor, oíale con +la paciencia compasiva con que se oye a los locos. También él había +sido loco; pero ya había recobrado la razón, y la razón en política era, +según él, la ausencia completa de fe.</p> + +<p>En las tertulias de los cafés hay siempre dos categorías de individuos, +una es la de los que ponen la broza en la conversación, llevando +noticias absurdas o diciendo bromas groseras sobre personas y cosas; +otra es la de los que dan la última palabra sobre lo que se debate, +soltando un juicio doctoral y reduciendo a su verdadero valor las bromas +y los dicharachos. Donde quiera que hay hombres, hay autoridad, y estas +autoridades de café, definiendo a veces, a veces profetizando y siempre +influyendo, por la sensatez aparente de sus juicios, sobre la vulgar +multitud, constituyen una especie de opinión, que suele traslucirse a la +prensa, allí donde no existe otra de mejor ley.</p> + +<p>Bueno. Los que ejercen autoridad en los círculos o tertulias de café +suelen sentarse en el diván, esto es, de espaldas a la pared, como si +presidieran o constituyesen tribunal. Juan Pablo y Feijoo pertenecían a +esta categoría; pero el segundo no se sentaba nunca en el diván, porque +le daba calor la pana, sino en una de las sillas de fuera, tomando café +en un ángulo de la mesa y volviendo la espalda a los individuos de la +mesa inmediata.</p> + +<p>En cambio, D. Basilio Andrés de la Caña, que era vulgo, se sentaba +siempre en el diván. Gustaba de ocupar posiciones superiores a las que +merecía, y recostaba en el marco de los espejos su cabeza calva y +lustrosa. Usaba gafas, y su nariz pequeña podría pasar por signo o +emblema de agudeza. Entornaba los ojos cuando daba una respuesta +difícil, como hombre que quiere reconcentrar bien las ideas. Su frente +era espaciosísima y su fisonomía de esas que parecen revelar un +entendimiento profundo y sintético. Tenía algún parecido con Cavour, de +lo que provenían las bromas un tanto pesadas que le daban. Para juzgar +su talento, acudiremos a un dicho de Melchor de Relimpio: «El mejor +negocio que se podría hacer en estos tiempos, ¿a que no saben ustedes +cuál es? Pues abrirle la cabeza a D. Basilio y sacarle toda la paja que +hay dentro para venderla».</p> + +<p>Y don Basilio, que tenía ciertas marrullerías de asno viejo, sacaba +partido de su fisonomía engañosa y de aquel aire de <i>hombre conspicuo</i> +que le daban su calva de calabaza, su frente abovedada, sus anteojos y +su nariz chiquita y prismática. Más de una vez, los ministros a quienes +se presentó experimentaron los efectos de fascinación que aquella +carátula ejercía sobre el vulgo, y le tomaron por una eminencia no +comprendida. Cráneo y entrecejo eran un timo frenopático. Siempre que +discutía tomaba un tono tan solemne, que muchos incautos le miraban con +respeto. Consideraba la risa como un acto impropio de la dignidad +humana, y habíala desterrado casi en absoluto de su cara, tomando por +modelo una página del Nomenclátor o de la Memoria de la Deuda Pública.</p> + +<p>Dos fases tenía la vida de este hombre: el periodismo y la empleomanía. +En la prensa, siempre estuvo encargado de la parte extranjera y de las +cuestiones de Hacienda. Ni para una ni para otra cosa se necesitaba en +el periodismo antiguo saber escribir. Pero la Caña tomaba tan en serio +estas dos ramas del conocimiento humano, que cuando trabajaba parecía +que estaba escribiendo la <i>Crítica de la razón pura</i>. Su sueldo en las +redacciones no pasó nunca de treinta duros, cuando le pagaban. De las +redacciones pasaba a las oficinas, y de las oficinas a las redacciones; +de modo que cuando estaba cesante y la familia pereciendo, alegrábanse +las Musas de la política extranjera y de la ciencia fiscal. Siempre fue +mi hombre <i>arrimado a la cola</i>, como decían sus amigos; es decir, muy +moderado, porque siempre le colocaban los doctrinarios. Su primer +destino se lo dio Mon, y estuvo en Hacienda con ciertas alternativas +hasta el periodo largo de la Unión Liberal. Esta época fue su <i>crujía</i> +funesta, y vivió míseramente de la pluma, preguntando todos los días a +la conclusión del artículo: «¿qué hará la Rusia?» y respondiéndose con +la más deliciosa buena fe: «no lo sabemos». A Inglaterra la llamaba +siempre el <i>Gabinete de Saint-James</i>, y a Francia el <i>Gabinete de las +Tullerías</i>.</p> + +<p>Durante el periodo revolucionario, pasó el pobre D. Basilio una +trinquetada horrible, porque no quiso venderse ni abdicar sus ideas. +Únicamente consintió en trabajar en un periódico liberal templado; +pero... bien claro se lo dijo al director... nada más que para tratar de +las cuestiones financieras, con exclusión absoluta de toda idea +política. Dicho y hecho: la Caña se largaba todos los días un articulazo +que no leía nadie, criticando la gestión de la Hacienda; pero no así +como se quiera, sino con números. «Con los números no se juega» decía +él, y le metía mano al presupuesto y lo desmenuzaba como si fuera la +cuenta de la lavandera. «Si esta gente no comprende—decía en el café +inflado de autoridad—, que sin presupuesto no hay política posible, ni +hay país, ni nada. Estoy harto de decírselo todos los días. Y nada; como +si se lo dijera a este mármol. Señores, yo les juro que he examinado una +por una todas las cifras, y créanmelo, parece mentira que ese buñuelo +haya salido de las oficinas de Hacienda. Pero si es lo que yo digo: ese +señor (el Ministro del ramo) no sabe por dónde anda, ni en su vida las +ha visto más gordas... ¡Cuidado que lo vengo demostrando como tres y dos +son cinco! Pero nada... no lo quieren entender».</p> + +<p>Después de expresar con un gran suspiro la lástima que tenía de este +pobre país, seguía tomando su café con indolencia, pero con apetito, +porque para D. Basilio era verdadero alimento, y lo tomaba colmado, en +vaso, y dejando rebosar todo lo posible en el plato para trasegarlo +después frío al vaso. En los últimos años de la Revolución, D. Manuel +Pez diole un destinillo en el Gobierno civil, y él lo aceptó como ayuda +hasta que vinieran tiempos mejores; pero estaba descontento, no sólo por +lo mezquino del sueldo, sino por razones de dignidad. Los amigos que le +oían quejarse, comparando la exigüidad de la paga con la muchedumbre de +bocas que constituían su familia, le consolaban cada cual a su manera; +pero él decía invariablemente: «y sobre todo, me lo pueden creer, lo que +más me contrista es no estar <i>en mi ramo</i>». Su ramo era la Hacienda.</p> + +<p>La conversación del círculo, que empezaba casi siempre con el tema de la +guerra, pasaba insensiblemente al de los empleos. Leopoldo Montes, +cesante eterno, Relimpio, y otros que tenían entre los dientes alguna +piltrafa del presupuesto, se arrojaban con deleite famélico sobre aquel +tema picante. «Usted, ¿cuánto tiene?».</p> + +<p>—Yo <i>catorce</i>; pero me corresponden <i>dieciséis</i>; Fulano, que estaba por +debajo de mí en la Ordenación de pagos, tiene ya <i>veinte</i>, y yo llevo +diez años con <i>catorce</i>.</p> + +<p>—Pues yo—decía D. Basilio—, cuando estaba <i>en mi ramo</i>, llegué a +<i>veinticuatro</i> por mis pasos contados. Con este desbarajuste que hay +ahora, no se sabe ya por dónde anda uno. El día que vuelva a <i>mi ramo</i>, +no admito credencial que sea inferior a <i>treinta</i>.</p> + +<p>—Pero como aquí se hacen mangas y capirotes de los <i>derechos +adquiridos</i>... ¡qué país! Yo entré en Penales con <i>ocho</i>, después me +pasaron a Instrucción Pública con <i>diez</i>, luego cesante, y al fin, para +no morirme de hambre, tuve que aceptar <i>seis</i> en Loterías.</p> + +<p>—Pues yo—murmuraba una voz que parecía salida de una botella, voz +correspondiente a una cara escuálida y cadavérica, en la cual estaban +impresas todas las tristezas de la Administración española—, sólo pido +dos meses, dos meses más de activo para poderme jubilar por Ultramar. He +pasado el charco siete veces, estoy sin sangre, y ya me corresponde +retirarme a descansar con <i>doce</i>. ¡Maldita sea mi suerte!</p> + +<p>El cesante más digno de conmiseración es aquel que sólo pide unos +cuantos días más de empleo para poder reclinar sobre la almohada de las +Clases Pasivas una frente cargada de años, de sustos y de servicios.</p> + + + +<hr /> +<h2>-<span class="smcap">iii</span>-</h2> + + +<p>De ocho a diez estaba el café completamente lleno, y los +alientos, el vapor y el humo hacían un potaje atmosférico que +indigestaba los pulmones. A las nueve, cuando aparecían <i>La +Correspondencia</i> y los demás periódicos de la noche, aumentaba el +bullicio. La jorobada y un su hermano, también algo cargado de espaldas, +entraban con las manos de papel, y dando brazadas por entre las mesas +del centro, iban alargando periódicos a todo el que los pedía. Poco +después empezaba a clarear la concurrencia; algunos se iban al teatro, y +las peñas de estudiantes se disolvían, porque hay muchos que se van a +estudiar temprano. En todos los cafés son bastantes los parroquianos que +se retiran entre diez y once. A las doce vuelve a animarse el local con +la gente que regresa del teatro y que tiene costumbre de tomar chocolate +o de cenar antes de irse a la cama. Después de la una sólo quedan los +enviciados con la conversación, los adheridos al diván o a las sillas +por una especie de solidificación calcárea, las verdaderas ostras del +café.</p> + +<p>Juan Pablo no se iba hasta que cerraban las puertas, y de todos sus +amigos el único que tan a deshora le acompañaba era Melchor de Relimpio. +Iban juntos hacia su barrio y a veces el uno dejaba al otro en la +puerta de su casa, sin cesar de charlar hasta el momento en que venía el +sereno a abrir. Si la noche estaba buena, solían darse una hora más de +palique vagando por las calles.</p> + +<p>¿De qué hablaban aquellos hombres durante tantas y tantas horas? El +español es el ser más charlatán que existe sobre la tierra, y cuando no +tiene asunto de conversación, habla de sí mismo; dicho se está que ha de +hablar mal. En nuestros cafés se habla de cuanto cae bajo la ley de la +palabra humana desde el gran día de Babel, en que Dios hizo las +opiniones. Óyense en tales sitios vulgaridades groseras, y también +conceptos ingeniosos, discretos y oportunos. Porque no sólo van al café +los perdidos y maldicientes; también van personas ilustradas y de buena +conducta. Hay tertulias de militares, de ingenieros; las de empleados y +estudiantes son las que más abundan, y los provincianos forasteros +llenan los huecos que aquellos dejan. En un café se oyen las cosas más +necias y también las más sublimes. Hay quien ha aprendido todo lo que +sabe de filosofía en la mesa de un café, de lo que se deduce que hay +quien en la misma mesa pone cátedra amena de los sistemas filosóficos. +Hay notabilidades de la tribuna o de la prensa, que han aprendido en los +cafés todo lo que saben. Hombres de poderosa asimilación ostentan cierto +caudal de conocimientos, sin haber abierto un libro, y es que se han +apropiado ideas vertidas en esos círculos nocturnos por los estudiosos +que se permiten una hora de esparcimiento en tertulias tan amenas y +fraternales. También van sabios a los cafés; también se oyen allí +observaciones elocuentes y llenas de sustancia, exposiciones sintéticas +de profundas doctrinas. No es todo frivolidad, anécdotas callejeras y +mentiras. El café es como una gran feria en la cual se cambian infinitos +productos del pensamiento humano. Claro que dominan las baratijas; pero +entre ellas corren, a veces sin que se las vea, joyas de inestimable +precio.</p> + +<p>La mesa presidida por Juan Pablo Rubín era la segunda, entrando, a mano +derecha. La inmediata pertenecía al mismo círculo de amigos; después +seguía la de los <i>curas de tropa</i>, llamada así porque a ella se +arrimaban tres o cuatro sacerdotes, de estos que podríamos llamar +sueltos, y que durante la noche y parte del día hacían vida laica. A +esta mesa solía ir Nicolás Rubín, vestido de seglar como los otros, +sirviendo de transición entre aquel círculo y el próximo, donde su +hermano estaba. Las dos tertulias vecinas vivían en excelentes +relaciones, y a veces se entremezclaban los apreciables sujetos que las +componían. A la mesa de los presbíteros seguían dos de escritores, +periodistas y autores dramáticos. Federico Ruiz iba por allí muy a +menudo, y como era hombre tan comunicativo, metía baza con los curas, de +lo que resultó que estos se familiarizaran por una banda con la gente de +pluma, y por otra con los amigos de Rubín y Feijoo. A los escritores +seguían los <i>chicos de caminos</i>, que ocupaban las tres mesas del ángulo. +Allí empezaba lo que llamaban el <i>martillo</i>, o sea el crucero del +vastísimo local. Dicho crucero era como un segundo departamento del +café, y estaba invadido por estudiantes, en su mayoría gallegos y +leoneses, que metían una bulla infernal.</p> + +<p>Como todo esto que cuento se refiere al año 74, natural es que en el +café se hablara principalmente de la guerra civil. En aquel año +ocurrieron sucesos y lances muy notables, como el sitio de Bilbao, la +muerte de Concha, y por fin, el pronunciamiento de Sagunto. Raro era el +día que no echaban los periódicos un extraordinario anunciando batallas, +desembarcos de armas, movimientos de tropas, cambios de generales y +otras cosas que por lo común daban pie a inacabables comentarios.</p> + +<p>«¿Se ha enterado usted, Rubín?—decía Feijoo al tomar asiento junto al +ángulo de la mesa, y quitando de la boca del vaso el platillo del +azúcar—. Parece que Mendiry se ha corrido hacia Viana».</p> + +<p>—Descuide usted—replicaba Juan Pablo con suficiencia. No saldrán del +circulito de las Provincias Vascongadas y Navarra. Les conozco bien... +Todos los jefes no van más que a hacer su pella... El día en que haya un +gobierno que les quiera comprar, se acabó la guerra.</p> + +<p>—¡Pero, hombre...!—No hay más que hablar. Pillería aquí, pillería +allá, y todo una gran pillería.</p> + +<p>—Aquí no hay más que mucha hambre—decía uno de los curas de tropa +alzando la voz en la mesa inmediata—. La guerra no se acaba porque los +militares van muy a gusto en el machito. Los de acá y los de allá no +están por la paz. ¿Pero qué me dicen ustedes a mí que he visto aquello? +Yo he servido en el <i>cuarto montado</i>, he visto de cerca la guerra... y +esta seguirá jorobándonos mientras unos y otros mamen de ella.</p> + +<p>—¡Qué fuerte está el señor capellán!—dijo Feijoo sonriendo, y no dijo +más porque entró D. Basilio y en tono de gran misterio se expresó de +este modo:</p> + +<p>«Cuando digo que hay novedades...».</p> + +<p>Después que le sirvieron el café, agachó la cabeza, y en el círculo que +formaban las cuatro o cinco cabezas de sus amigos que se alargaron para +oírle, hizo la confidencia:</p> + +<p>«Se lo digo a ustedes en gran reserva».</p> + +<p>—¿Pero qué es?—<i>¡Misterios!</i>... Sagasta está disgustado. Me lo ha +dicho su secretario particular.</p> + +<p>—¡Ah!, yo también lo oí—indicó Relimpio—. Es cierto... como que tiene +dolor de muelas.</p> + +<p>—El motivo—añadió la Caña radiante—, no lo sé. Cada uno piense como +quiera. Yo lo único que me permito decir es que esto está muy malo... +pero muy malo, y que hay mar de fondo.</p> + +<p>—¿Pero no sabe usted más?—le preguntó Feijoo de una manera +apremiante—. Yo creí que nos iba usted a dar noticia de la conferencia +del Duque con Elduayen... Y ahora sale con que Sagasta está +malhumorado... Dios nos asista... Pero lo de la conferencia, ¿es cierto +o no?</p> + +<p>Don Basilio solía llevar en la boca un palillo de dientes, y tomándolo +entre los dedos lo mostraba, accionando con él, como si formara parte +del argumento.</p> + +<p>«Lo que yo sé—afirmó con acento patético, ofreciendo el palillo a la +admiración de sus amigos—, lo que yo sé es que esto está muy malo. Digo +con Lorenzana: <i>Meditemos</i>».</p> + +<p>El círculo de cabezas volvió a formarse, y en él echó D. Basilio su +aliento, como los saludadores, antes de echar sus palabras. Era el tal +aliento poco grato a la nariz de Feijoo, por lo cual este se retiró +discretamente.</p> + +<p>Don Basilio estuvo vacilando entre su conciencia, que le exigía callar, +y el deseo de satisfacer la curiosidad de sus amigos. Por fin se +violentó un poco para decir:</p> + +<p>«Esta tarde Romero Ortiz salió del ministerio a las cuatro, y al pasar +en coche por la calle del Amor de Dios, vio a un amigo, paró el coche, +el amigo entró, y fueron...».</p> + +<p>—¿Pero quién era el amigo?</p> + +<p>—Todo no se ha de decir... Pues bien; allá va: era <i>el pollo Romero</i>. +Fueron... esta sí que es gorda... a casa de D. Antonio Cánovas... Madera +Baja, 1.</p> + +<p>Dicho esto, la Caña se quedó muy serio, saboreando el efecto que debían +causar sus palabras. Volvió a poner el palillo entre los dientes y +miraba a sus amigos con cierta lástima.</p> + +<p>«¿Y qué?—dijo Rubín con desabrimiento—. No veo la tostada».</p> + +<p>—Pues, amigo mío—replicó D. Basilio en el tono de un hombre superior +que no quiere incomodarse—, si usted no quiere ver la tostada, ¿yo qué +le voy a hacer?</p> + +<p>—¿Y qué más da que vayan o no a casa de Cánovas?</p> + +<p>—Nada, nada... la cosa no tiene malicia. Flojilla cosa es... ¿De qué +pan hago las migas, compadre? Del tuyo que con el viento no se oye.</p> + +<p>Después se permitió echarse a reír, cosa en él extrañísima y desusada.</p> + +<p>«Este D. Basilio...».—Amigo—manifestó Feijoo con su franqueza +habitual—. Confiese usted que la noticia que nos ha traído podría ser +una sandez.</p> + +<p>—Bueno, mi Sr. D. Evaristo, usted crea lo que quiera. Yo me lavo las +manos.</p> + +<p>Esto de lavarse las manos lo repetía mucho la Caña; pero los hechos no +correspondían a las palabras como lo demostraba la simple observación. +«Ustedes podrán creer lo que les acomode—repetía el escritor de +Hacienda, intentando elevar su dignidad de noticiero sobre la chacota de +sus amigos—, pero lo que yo sostengo es que antes de un mes está el +Príncipe Alfonso en el trono».</p> + +<p>Risa general. D. Basilio se ponía colorado y después palidecía. Sus +labios temblaban al aplicarse al borde del vaso.</p> + +<p>—¿A que no?—dijo con rabia Juan Pablo—. Eso, nunca. Antes que eso, +que vuelvan los cantonales. ¡Ni que fuéramos bobos en España! Señores, +¿a ustedes les cabe en la cabeza que venga aquí el Príncipe Alfonso? Y +detrás doña Isabel. ¡Bonito porvenir!... Otra vez el <i>moderantismo</i>. +Pero yo pregunto—añadió con exaltación, dejando caer la capa y echando +atrás el sombrero—, yo pregunto: ¿qué gente tiene a su lado el +Príncipe? A ver; responderme.</p> + +<p>Don Basilio, no se atrevía a responder. Contentábase con tomar aires de +hombre profundo, que no se resuelve a soltar el enjambre de ideas que le +zumban en el cerebro.</p> + +<p>—Responderme.—Nadie... cuatro gatos—dijo Montes.</p> + +<p>—Los que no supieron defender a su madre cuando la echamos, señores... +Y ahora... Si quiere D. Basilio, pasaremos revista a todos los +personajes del <i>alfonsismo</i>. Vamos, vengan ratas.</p> + +<p>Don Basilio, por su gusto, se habría metido debajo de la mesa. No hacía +más que morder el palillo y gruñir como un mastín que no se decide a +ladrar ni quiere tampoco callarse.</p> + +<p>«El <i>alfonsismo</i> es un crimen» afirmó con la mayor suficiencia Leopoldo +Montes, que no se paraba en barras para expresar una opinión.</p> + +<p>—Pero un crimen <i>de lesa nación</i>—agregó Rubín—. Es lo que yo le decía +anoche a Relimpio, que también se va cayendo de ese lado. ¡En estos +momentos, cuando no se sabe lo que saldrá de la guerra...! Pues qué, si +D. Carlos no fuera un necio, ¿no estaría ya en Madrid?</p> + +<p>—Pero, y eso ¿qué prueba?—arguyó al fin D. Basilio, viendo una salida +favorable de la confusión en que su contrincante le metía—; ¿qué tiene +que ver...? Lógica, señores, lógica.</p> + +<p>—Nada, hombre, que no viene acá el niño ese... que no viene... Yo pongo +mi cabeza.</p> + +<p>—Pero...—No hay pero... Que no viene, y no le dé usted vueltas, Sr. de +la Caña.</p> + +<p>—Deme usted razones.—Que no viene... Usted se convencerá, usted lo +verá... Al tiempo...</p> + +<p>—Pues al tiempo.</p> + +<p>—Que no, hombre, que no. Si hasta que venga el Príncipe no le llevan a +usted <i>a su ramo</i>, menudo pelo va usted a echar...</p> + +<p>—Si no se trata aquí de que yo eche pelo ni de que no eche +pelo—manifestó D. Basilio incomodándose un poco y mostrando el palillo +deshilachado.</p> + +<p>Pero Rubín se puso a hablar con Feijoo, que le preguntaba por aquel +inexplicable casamiento de su hermano con una mujer maleada. Don Basilio +pegó la hebra con los curas de tropa y con Nicolás Rubín. En aquel +círculo le hacían más caso que en el suyo, y se despachaba más a su +gusto. Divididas las opiniones, el capellán del <i>cuarto montado</i> votaba +por el Príncipe; pero el cura Rubín y otros dos que allí había bufaban +sólo de oír hablar del <i>alfonsismo</i>. D. Basilio, inclinándose de aquel +lado, apoyado en el codo, les revelaba secretos con muchísima reserva. +Ya no faltaba más que dar algunos perfiles a la cosa. Todo dispuesto, y +el primerito que estaba en el ajo era Serrano.</p> + +<p>«Lo que ustedes oyen... Al tiempo... Ustedes lo han de ver... y pronto, +muy pronto».</p> + +<p>Después se incautaba con disimulo de todos los terrones de azúcar que +podía, y se marchaba a su casa, despidiéndose de cada uno +particularmente con apretón de manos a espaldarazo.</p> + + + +<hr /> +<h2>-<span class="smcap">iv</span>-</h2> + + +<p>Rubín, después de su fracaso en el campo y corte de D. Carlos, +había tomado en aborrecimiento a los hombres del bando absolutista; pero +conservaba las ideas autoritarias y la opinión de que no se puede +gobernar bien sino dando muchos palos. Toda la parte religiosa del +programa carlista la descartaba, quedándose tan sólo con la política, +porque ya había visto prácticamente que los curas lo echan todo a +perder. Decía que su ideal era <i>un gobierno de leña</i>, que hiciera las +leyes y nos las aplicara sin contemplaciones, mirando siempre a la +justicia, con una tranca muy grande y siempre alzada en la mano. Este +sistema autocrático comprendía las maneras de gobernar más que las ideas +y soluciones teóricas, porque entre las que profesaba Rubín habíalas +marcadamente avanzadas, populares y aun socialistas. Uno de sus temas +era este: «Conviene que todo el mundo coma... porque el hambre y la +pobretería son lo que más estorba la acción de los gobiernos, lo que da +calor a las revoluciones, manteniendo a la nación en la intranquilidad y +el desbarajuste». Este socialismo sin libertad, combinado con el +absolutismo sin religión, formaba en la cabeza de aquel buen hombre un +revoltijo de mil demonios.</p> + +<p>Otro de sus temas era: <i>No más pillos y pena de muerte al ladrón</i>. O más +claro: castigo inmediato y cruel a todos los que van al gobierno con el +único fin de hacer chanchullos. La ráfaga de ambición que pasa por la +mente de todo español con más o menos frecuencia haciéndole decir <i>si yo +fuera poder</i>, le soplaba a Rubín dos o tres veces cada día, más bien +como sueño que como esperanza; pero en sus horas de soledad se adormecía +con aquella idea y la trabajaba, batiéndola, como se bate la clara de +huevo para que crezca y se abulte y forme espumarajos. La conclusión de +este meneo mental era que «aquí lo que hace falta es un hombre de +riñones, un tío de mucho talento con cada riñón como la cúpula del +Escorial».</p> + +<p>Su prisión por sospechas de conspiración acentuole la soberbia y la +murria soñadora, revolviendo más al propio tiempo el pisto manchego de +su programa político-social. Salió de la cárcel con la cabeza más +aturullada y los ánimos más encendidos. Entrole entonces cierto afán por +las lecturas, porque reconocía su ignorancia y la necesidad de entender +las ideas de los grandes hombres y los sucesos notables que habían +pasado en el mundo. Durante un par de semanas leyó mucho, devorando +obras diferentes, y como tenía facilidad de asimilación y mucha labia, +lo que leía por las mañanas lo desembuchaba por las noches en el café +convertido en pajaritas. Pajaritas eran sus conceptos; pero no por +serlo, dejaban de cautivar a D. Basilio, a Leopoldo Montes y al mismo +Feijoo.</p> + +<p>Un día se despertó pensando que debía <i>empollar</i> algo de sistemas +filosóficos y de historia de las religiones. El móvil de esto no era +simplemente el amor al saber, sino un maligno deseo de tener argumentos +con qué apabullar a los curas de la mesa próxima, que sólo por ser +curas, aunque sueltos, le eran antipáticos, pues odiaba a la clase +entera desde aquella trastada que los sotanas le hicieron en el Norte.</p> + +<p>Poco a poco, a medida que iba acopiando argumentos, fue Rubín +corriéndose a lo largo del diván, hasta que llegó a presidir la mesa de +los capellanes. Eran estos tres, cuatro cuando iba Nicolás Rubín, todos +de buena sombra y muy echados para adelante. Ninguno de ellos se mordía +la lengua fuera cual fuese el tema de que se tratara. El más calificado +era un viejo catarroso, andaluz, gran narrador de anécdotas, mal +hablado, y en el fondo buena persona. Retirábase a las once y decía sus +misitas por la mañana. El segundo era cura de tropa, echado del servicio +por no sé qué desafueros, y el tercero ex-capellán de un vapor correo +expulsado porque le cogieron contrabando de tabaco. Estos dos eran +buenos peines; habían corrido mucho mundo, y estaban sin licencias, +ladrando de hambre, echados de todas las iglesias y sin encontrar +amparo en parte alguna. Tal situación les agriaba el carácter, +haciéndoles parecer peores de lo que eran. Jamás se vestían de hábitos; +pero conservaban la cara afeitada, como para estar disponibles en el +caso de que los admitiesen otra vez en el oficio.</p> + +<p>No sé cómo se llamaba el viejo catarroso, porque todos allí le nombraban +<i>Pater</i>; hasta el mozo que le servía, dábale este apodo. El ex-castrense +se llamaba Quevedo y era del propio Perchel, feo como un susto, picado +de viruelas, de mirada aviesa y con una cara de secuestrador, que daría +espanto al infeliz que se la encontrase en mitad de un camino solitario. +Bebía aguardiente aquel clérigo como si fuera agua, y su lenguaje era un +ceceo con gargarismos. Contaba hechos de armas y aventuras de cuartel +con una gracia burda y una sinceridad zafia que levantaban ampolla. El +otro se llamaba Pedernero y era del propio Ceuta, hijo de una <i>oficiala</i> +del Fijo, joven y simpático, de modales mucho más finos que sus colegas, +listo como un chorro de pólvora, y con un pico de oro que daba gusto. +Para él no tenían secretos la vida humana ni la juventud: Su compañero +Quevedo solía envolverse en formas hipócritas; Pedernero no. Se +presentaba sin máscara, tal como era, empezando por decir que el +Superior había hecho muy bien en quitarle las licencias.</p> + +<p>El llamado <i>Pater</i> afectaba cierto magisterio episcopal con los otros +dos; les reprendía cuando decían alguna barbaridad y les daba buenos +consejos, profesando el principio de que todo era tolerable cuando se +trataba en broma. Él, por ejemplo, hablaba y oía, sobre todo oía, muchas +cosas malas; pero su vida permanecía pura. Tenía la cara redonda, blanca +y risueña, y cuando estaba sin sombrero parecía una mujer cincuentona, +ama de canónigo. No gustaba de que le armasen en la mesa disputas +violentas, sino que se mantuviera la tertulia en el terreno de las +hablillas sabrosas y de las chirigotas picantes, aunque fuesen sucias. +Pues bien; en este círculo fue donde se coló Juan Pablo, con su +clerofobia y su pegadizo saber de teología y filosofía católica.</p> + +<p>Empezó dando puntadas. Como al principio era su charla frívola y de +gacetilla, todos se reían y el <i>Pater</i> estaba en sus glorias. Pero poco +a poco iba sacando Rubín proposiciones serias. El poder temporal del +Papa fue puesto por los suelos, sin que ninguno de los tonsurados +hiciese una defensa formal. El <i>Pater</i> y Quevedo tomaban la cuestión con +calma, oponiendo a los ataques de Rubín argumentos evasivos en estilo +joco-serio. Pedernero lo echaba todo a chacota; pero una noche que llevó +Rubín, bien fresquecito y pegado con saliva, el tema de la pluralidad de +mundos habitados, Pedernero empezó a despabilarse. Era doctor en +Teología, y aunque había ahorcado los libros hacía mucho tiempo, algo +recordaba, y tenía además grandes dotes de polemista. Rubín salió un +tanto contuso; pero en retirada se defendía bien con su flexibilidad y +agudeza. Más adelante llevó un arsenal de argumentos contra la +revelación. «Esto no lo creen ya más que los adoquines...». Todo el +Viejo Testamento no era más que un fraude, una imitación de las +teogonías india y persa. Bien se veía la reproducción de los mismos +mitos y símbolos. El pecado original, la expulsión del paraíso, la +encarnación, la redención, eran una serie de representaciones poéticas y +naturalistas que se reproducían al través de los siglos, «lo mismo a +orillas del Éufrates que del Nilo que del Jordán».</p> + +<p>«¿Sí?, pues ahora lo verás». Esto se dijo Pedernero, cuyo amor propio de +teólogo contrabandista se picó extraordinariamente. En dos o tres días +refrescó sus lecturas, rehízo su erudición descompuesta en los viajes y +en la vida de libertino, y bien preparado acudió al torneo a que el otro +le retaba con sabidurías de tercera mano, aprendidas en los libritos +franceses de ciencia popular a treinta céntimos el tomo. Pues amigo, una +noche el ex-capellán del vapor-correo se lió la manta y le dio tal +paliza a Rubín, que este hubo de salir con las manos en la cabeza. Había +que ver a Pedernero transfigurado, hecho un orador ardiente y lleno de +arrogante facundia. El auditorio se estrechaba, y de las mesas próximas +y de los veladores del centro acudía gente, apelmazándose en torno a los +bravos contrincantes. Rubín era agudo, ágil, guerrillero de la +discusión; el otro dominaba el asunto y era firme y sobrio de palabras, +seguro en la dialéctica.</p> + +<p>No pararon aquí las cosas. Rubín, lleno de despecho, resobaba sus +libritos de a treinta céntimos para buscar armas contra la Iglesia. +Apenas las esgrimía, Pedernero le reventaba. Su argumentación era la +maza de Fraga. El <i>Pater</i> no cabía en sí de gozo y bailaba en el +asiento; Quevedo alargaba el hocico, y hasta se atrevía a decir <i>mu</i>, +repitiendo las admirables razones de su amigo. Los demás tertulios se +envalentonaban adhiriéndose algunos al bando de Pedernero, otros al de +Rubín, no por convicción, sino por divertirse y aumentar la jarana. +Además de los tres curas, eran parroquianos de aquella mesa las +siguientes personas: un agente de Bolsa riquísimo que, con el <i>Pater</i>, +llevaba diez años de concurrir todas las noches a aquel mismo sitio, un +bajo de ópera retirado, un funcionario de poco sueldo y el dueño de un +acreditado molino de chocolate. Los curas y estos cuatro señores +formaban la partida más fraternal que puede imaginarse. Llevando cada +cual un bocado sabroso al festín de la murmuración pasaban dulcemente +las horas, amigos allí, distantes unos de otros en el comercio de la +vida ordinaria.</p> + +<p>Rubín, al verse vencido, pues hasta el agente de Bolsa, que era el más +libre-pensador de todos, se cayó del lado de Pedernero, buscaba camorra, +empleando argumentos de mala fe y personalizando la disputa. El bajo de +ópera se creía en el deber de apoyar la idea religiosa, por haberla +expresado tantas veces con su sábana por la cabeza, haciendo el +respetable papel de sumo sacerdote; y el del molino de chocolate azuzaba +a los dos por ver si la cosa se enfurruñaba y no quedaban más que los +rabos. Oíanse en aquella parte del café cláusulas furibundas, +proposiciones que parecían dichas en un púlpito, y descollaba sobre el +tumulto la valiente voz de Pedernero gritando:</p> + +<p>«Yo le digo a usted que ningún Santo Padre ha podido sostener ese +disparate. No jorobar. Yo le reto a usted a que me traiga el texto, y si +no lo trae, es prueba de que lo inventa usted».</p> + +<p>Aquella noche quedó la cosa mal, y el tono de los contendientes, así +como la atmósfera caldeada que en la tertulia reinó, hacían temer una +escena desagradable. La catástrofe tuvo lugar a la noche siguiente, pues +habiéndose permitido Rubín algunas reticencias desfavorables a la +reputación de la Virgen María, saltó Pedernero de su asiento, trémulo y +descompuesto, en estado de horrible agitación, y lanzó a su contrario +anatema tan furibundo que los amigos tuvieron que sujetarles.</p> + +<p>«Porque yo soy un lipendi. Yo reconozco—gritaba el capellán +ahogándose—, que soy un mal sacerdote; pero delante de mí no hay un +judío sin vergüenza que se atreva a hablar mal de la Virgen. O se traga +usted esas infamias o le rompo el alma... ahora mismo».</p> + +<p>No puede describirse lo que allí pasó. Voces, gritos, patadas, capas +rotas, vasos volcados, terrones por el suelo. Trincando una botella, +Rubín apuntó al cura con tal desacierto que quedó descalabrado... el +infeliz bajo de ópera. El zipizape fue de lo más célebre... D. Basilio +tiró de los faldones a Rubín y por poco se queda con ellos en la mano. +Todo el café se alborotó. El amo intervino...</p> + +<p>Emigración. Desde el día siguiente Juan Pablo trasladó sus reales a otro +café.</p> + + + +<hr /> +<h2>-<span class="smcap">v</span>-</h2> + + +<p>El primero que hubo de seguirle fue don Evaristo González Feijoo, a +quien era indiferente este o el otro establecimiento. Instaláronse por +el pronto en Fornos, y allí esperaron. A la segunda noche fue Leopoldo +Montes, y a la tercera D. Basilio, que les encontró discutiendo de qué +café se posesionarían definitivamente.</p> + +<p>El escritor de Hacienda se apresuró a dar su opinión favorable al café +de Santo Tomás, porque allí daban más azúcar que en ninguna parte. +Replicó a esto Montes que no había que mirar el caso <i>bajo el prisma +exclusivo</i> del azúcar y que el género que más importaba era el café. El +de la Aduana estuvo a punto de triunfar; pero lo desecharon por no estar +siempre entre franceses, así como se excluyó el Imperial por los +toreros, y otro por las cursis que lo invadían. Feijoo se habría quedado +allí; pero a Rubín le eran antipáticos los alumnos de escuelas +preparatorias militares que iban a Fornos a primera hora. Molestábale +también la costumbre que allí había de quitar gas a las diez de la noche +cuando se iban los tales alumnos. El local se quedaba medio a oscuras, +no volviendo a ser bien alumbrado hasta las doce, hora en que venían a +cenar los bolsistas. A Rubín le cargaban también los dichosos bolsistas, +que no hablaban más que de dinero.</p> + +<p>Decidieron por fin establecerse en el Siglo de la calle Mayor, donde se +encontraron bastantes personas conocidas. Rubín necesitaba algunos días +para la aclimatación en nuevo local. Al principio cambiaba +frecuentemente de mesa, bien porque el sitio era expuesto a las +corrientes de aire, bien por ciertas vecindades un poco molestas. Una de +las primeras noches, cuando aún no habían llegado los amigos, Rubín +estaba solo en la mesa, y ponía su atención en dos grupos inmediatos a +él. En ambos era vivo y animado el diálogo. En el de la derecha decían: +«Hoy he hecho yo unas cincuenta arrobas a veinticinco reales. Pero está +la plaza perdida. Los paletos van aprendiendo mucho. Hoy han dicho que +no traen más escarola si no se la ponemos a diez». En el grupo de la +izquierda, compuesto de tres individuos, oyó Rubín lo siguiente: «Te +aseguro que yo admito la metempsícosis, según la entendían los egipcios +y los caldeos». Comprendió Rubín que los de la derecha eran asentadores +de víveres y los de la izquierda filósofos de café. En el del Siglo +había una gran reunión de espiritistas, a la que concurría por aquella +fecha Federico Ruiz. Viole Rubín, y se acercó a la tertulia, teniendo el +gusto de discutir con los individuos más entusiastas de aquella secta. +Entendía Juan Pablo que esto de ir corriéndola de mundo en mundo después +que uno se muere es muy aceptable; pero lo del <i>periespíritu</i> no lo +tragaba, ni la guasa de que vengan Sócrates y Cervantes a ponerse de +cháchara con nosotros cuando nos place. Vamos; esto es para bobos. Uno +de los más chiflados de la escuela se esforzaba en convencer a Rubín, +tomando ese tonillo de unción y ese amaneramiento de cuello torcido y +ojos bajos en que cae todo propagandista de doctrina religiosa, +cualquiera que sea. Feijoo aparentaba creer, por darles cuerda y oírles +desatinar. A aquel círculo iba Federico Ruiz siempre con prisa y con el +tiempo tasado, porque a tal hora tenía que asistir a una junta para +tratar de la erección del monumento a Jovellanos; después a otra para +ocuparse del banquete que se había de dar a los pescadores de provincias +que vendrían al Congreso de piscicultura. Hombre más atareado no se vio +jamás en nuestro país, y como tenía tantas cosas en el caletre, para no +olvidar muchas de ellas se veía obligado a apuntárselas con lápiz en los +puños de la camisa. Cuando no tenía que ir a la <i>Sociedad Económica</i> a +defender su voto particular como individuo de la comisión informadora de +reformas sociales, iba al <i>Fomento de las Ciencias</i> a dar su conferencia +sobre la utilidad de elevar a estudio serio el arte de la panificación. +Entre col y col, Ruiz pasaba un rato con sus amigos los espiritistas, y +les alentaba a organizarse, a establecerse, a alquilar un local, y sobre +todo a fundar un órgano en la prensa. Nada adelantarían sin órgano.</p> + +<p>Iba también a aquel corrillo Aparisi el concejal, a quien tenían ya +medio trastornado los apóstoles, Pepe Samaniego, que no se dejaba +embaucar, y Dámaso Trujillo, el dueño de la zapatería titulada <i>Al ramo +de azucenas</i>, que todo se lo creía como un bendito, y a solas en su casa +hacía experimentos con una banqueta de zapatero. En la mesa próxima +había empleados de Hacienda, Gobernación y Ultramar, y una tanda de +cesantes. Entre ellos vio Rubín al individuo a quien sólo faltaban dos +meses de empleo para poder pedir su jubilación. Tenía pintada en su cara +la ansiedad más terrible; su piel era como la cáscara de un limón +podrido, sus ojos de espectro, y cuando se acercaba a la mesa de los +espiritistas, parecía uno de aquellos seres muertos hace miles de años, +que vienen ahora por estos barrios, llamados por el toque de la pata de +un velador. El clima de Cuba y Filipinas le había dejado en los huesos, +y como era todo él una pura mojama, relumbraban en su cara las miradas +de tal modo que parecía que se iba a comer a la gente. A un guasón se le +ocurrió llamarle Ramsés II, y cayó tan en gracia el mote, que Ramsés II +se quedó. Pasando con desdén por junto a los espiritistas, se sentaba en +el círculo de los empleados, oyendo más bien que hablando, y +permitiéndose hacer tal cual observación con voz de ultratumba, que +salía de su garganta como un eco de las frías cavernas de una pirámide +egipcia. «Dos meses, nada más que dos meses me faltan, y todo se vuelve +promesas, que hoy, que mañana, que veremos, que no hay vacante...».</p> + +<p>Feijoo se arrimaba a él y le daba conversación, por lástima, animándole +y procurando distraerle de su tema; pero Ramsés II, cuyo verdadero +nombre era Villaamil, no tenía más consuelo que aplicar su oreja seca y +amarilla a la conversación, por si escuchaba algo de crisis o de +trifulca próxima que diese patas arriba con todo. Lo que él quería era +que se armase gorda, pero muy gorda, a ver si...</p> + +<p>«¿Pero a usted quién le recomienda?» le preguntó una noche Juan Pablo.</p> + +<p>—A mí D. Claudio Moyano.—Pues entonces ya está usted fresco.</p> + +<p>—Dicen que traen al Príncipe...—indicó Ramsés II con timidez.</p> + +<p>—Sí; lo traerán los rusos... por las ventas de Alcorcón. Aviado está +usted si espera a que venga el Príncipe... Aquí lo que viene es la +liquidación social... y después, sabe Dios. Saldrá el hombre que hace +falta, un tío con un garrote muy grande y con cada riñón... así.</p> + +<p>Ramsés II bajaba la cabeza. D. Basilio era su único amigo, porque +también allí ponía el paño al púlpito para anunciar la venida del +Príncipe... «Por supuesto—añadía—, tiene que venir con la estaca de +que habla el amigo Juan Pablo».</p> + +<p>Rubín se encontraba bien en aquel círculo, pero una noche acertó a ver +en las mesas de enfrente a un hombre que le desconcertó por completo. +Era un amigo suyo que le había prestado dinero. La secreta antipatía que +inspira el acreedor manifestábase en el alma de Rubín en forma de un +odio recóndito, nacido quizás del sentimiento de humillación que +producen las deudas a toda persona de amor propio muy susceptible. El +tal era Cándido Samaniego, hombre medio curial y medio negociante, en su +trato afable, en sus negocios duro. Muchas veces renovó a Juan Pablo sus +pagarés, y últimamente le había apremiado con cierta acritud. Rubín +condensaba sus sentimientos respecto al prestamista en esta frase: +«Pagarle y después romperle la cabeza». Desde que le veía en las mesas +de enfrente, sentía una desazón profundísima, mal de estómago y como +ganas de enfadarse. Poníase tan nervioso, que le habría tirado un +botellazo al primer espiritista que hablase de llamar a Epaminondas para +consultarle sobre la marcha de los carlistas por el Baztán.</p> + +<p>Y el pérfido <i>inglés</i> se dejaba caer hacia aquellas mesas pretextando +tener que hablar a su primo Pepe; pero con intención de aproximarse a +Juan Pablo, ver lo que hacía y cruzar con él algunas palabras. El +infeliz deudor hacía de tripas corazón, y poniéndole cara risueña, +convidábale a tomar algo; mas el usurero le daba las gracias, y si tenía +ocasión le soltaba indirectas tan suaves como esta: «Mire usted que no +puedo más. Siempre me está usted diciendo que la semana que entra, y +francamente... sentiré verme obligado a dar un paso que...».</p> + +<p>A Rubín se le hacía acíbar el café y la tertulia un infierno. Érale +insoportable la presencia de aquel hombre a quien no podía mandar a +paseo, imagen viva del desorden de su vida, que se le aparecía como el +espectro de una víctima cuando más contento estaba. La única delicia de +su triste existencia era el café. Aquel sueño plácido, Samaniego se lo +trocaba en angustiosa pesadilla. No pudo más, y una noche, sin decir +nada, levantó el vuelo hacia otras regiones.</p> + + + +<hr /> +<h2>-<span class="smcap">vi</span>-</h2> + + +<p>En esta nueva emigración, deseando estar lo más lejos posible del +Siglo, se fue a San Joaquín, en la calle de Fuencarral, y no se corrió +más al Norte porque no había cafés en las latitudes altas de Madrid. +Pero en esta deserción, ya no le acompañaron ni D. Basilio Andrés de la +Caña, ni Montes; éste porque San Joaquín estaba <i>donde Cristo dio las +tres voces</i>, aquél porque ya se iba cargando de la pertinencia con que +Rubín se burlaba de sus profecías sobre la proximidad de la +Restauración. El mismo D. Evaristo Feijoo le siguió de mal humor, +diciéndole con desabrimiento que no le gustaban los cafés de piano, y +que el <i>género</i> y la sociedad no debían ser de lo mejor en aquellas +alturas. Estuvieron solos algunos días. No veían por allí caras de +amigos, hasta que una noche se apareció en el local una pareja conocida. +Eran Feliciana y Olmedo, el estudiante de farmacia amigo de Maxi. Ya no +vivían juntos, porque Olmedo había dado un cambiazo en sus costumbres +volviéndose aplicadísimo a cara descubierta. No se recataba ya para +estudiar, y hacía público alarde, con la mayor desvergüenza, de su +decidida inclinación a tomar el grado aquel mismo año, llegando hasta la +audacia de escribir un trabajo muy bueno sobre la dextrina, e +ilusionándose con la idea de hacer oposición a una cátedra. Pero no se +había encontrado a su antiguo amor, hecha un pingo, y la convidó a tomar +un café en aquel apartado establecimiento. Más de dos horas estuvieron +charlando los que fueron amantes, y ella no paraba el pico refiriendo +los malos tratos que le daba el hombre que a la sazón era su dueño. +Volvieron dos noches después a la misma mesa, y Rubín trabó conversación +con ellos. Hablaron de la boda de Maximiliano y de los increíbles +sucesos que después vinieron, diciendo Juan Pablo que su cuñadita era +una buena pieza.</p> + +<p>«Pero, hombre—dijo Feijoo a su amigo—. Y usted, ¿para qué dejó casar a +su hermano?».</p> + +<p>—A mi hermano le falta un tornillo...</p> + +<p>—¡Ah!, como guapa, ya lo es—agregó D. Evaristo con cierto +entusiasmo—. La he visto ayer... mejor dicho, la he visto varias +veces.</p> + +<p>—¿Dónde?—En su casa. Es largo de contar... dejémoslo para otra noche.</p> + +<p>Era sin duda cosa delicada para dicha delante de testigos, y estos eran: +Olmedo con Feliciana, el pianista ciego, que en los descansos solía +agregarse a aquella plácida tertulia, y una señora jamona, fiel +parroquiana del café de nueve a doce. La llamaban doña María de las +Nieves, y era una de las figuras más notables que presenta Madrid en la +variadísima serie de los tipos de café. Iba algunas veces sola, otras +con una mujer de mantón borrego que parecía verdulera acomodada. Llevaba +toquilla de color corinto, que se quitaba al sentarse, y al punto se le +armaba en la mesa una tertulia de hombres, compuesta de los siguientes +personajes: un portero del Colegio de Sordo-Mudos, un empleado del +Tribunal de Cuentas, un teniente viejo, de la clase de tropa, retirado +del servicio, y dos individuos que tenían puesto de carne y frutas en la +plaza de San Ildefonso. En esta sociedad reinaba doña Nieves como en un +salón, siendo ella la que pronunciaba las frases maliciosas y +chispeantes sobre el suceso del día, y los otros los que las reían. +Corríase algunas veces hacia la mesa inmediata, sobre todo a última +hora, cuando sus amigos, gente que tenía que madrugar, empezaba a +desertar del local. Entonces se formaba una segunda peña. Doña Nieves, +bien digerido el café, tomaba chocolate, y acompañábanla Juan Pablo, +Feijoo, el pianista ciego, Feliciana, Olmedo y algún otro. El mozo +mismo, que había llegado a familiarizarse con aquella sociedad, se +agregaba también, tomando asiento a un extremo del corro para escuchar y +aplaudir. Doña Nieves era propietaria de algunos puestos del mercado y +los arrendaba; por esto, así como por sus muchas relaciones, los +diferentes tratos en que andaba y los anticipos que hacía a las +placeras, ejercía cierto caciquismo en la plazuela. Se hacía respetar de +los guindillas, protegiendo al débil contra el fuerte y los +contraventores de las Ordenanzas urbanas contra la tiranía municipal.</p> + +<p>Al pianista ciego le daba el cafetero siete reales y la cena. Por el día +se dedicaba a afinar. Era casado y con ocho de familia. Tocaba piezas de +ópera y de zarzuelas francesas como una máquina, con ejecución fácil, +aunque incorrecta, sin gusto ni sentimiento. A pesar de esto, en ciertos +pasajes muy naturalistas en que imitaba una tempestad o <i>las campanadas +de incendios</i> que da cada parroquia, le aplaudía mucho el público, y a +última hora le pedían siempre habaneras.</p> + +<p>La verdad es que todo esto, doña Nieves y las placeras sus amigas, las +mujeres de equívoca decencia que iban allí acompañadas de madres +postizas, el mozo y sus familiaridades, el pianista y sus habaneras, +aburrían a Juan Pablo soberanamente. Para colmo de hastío, Feijoo no era +puntual y faltaba muchas noches. En cambio, Feliciana y Olmedo iban con +más frecuencia, llevando ella una amiguita que acababa de salir de San +Juan de Dios.</p> + +<p>En las últimas semanas del 74, Rubín volvió a sentir comezón de +lecturas. Quería instruirse a todo trance, labor inmensa y difícil por +carecer de base, pues su padre, con la idea de que al comerciante le +estorba el latín, no le permitió aprender más que las cuatro reglas y un +poco de francés. No tenía biblioteca, y un amigo le proporcionaba +libros. Fue a verle, escogió los que más despertaron su curiosidad por +los títulos, y consagró a la lectura todo el tiempo que le dejaban libre +el café y el sueño. Tantas ideas adquirió que se sentía con vivas ansias +de devolverlas por medio de la propaganda. O predicaba o reventaba. +Lástima grande no volver a la tertulia de Pedernero para ponerle verde, +porque ya sabía lo bastante para pasarse a todos los teólogos por la +nariz.</p> + +<p>Las lecturas de Rubín fueron como un descubrimiento. Ya sospechaba él +aquello; pero no se atrevía a expresarlo. El hallazgo era negativo, es +decir, había descubierto que la mejor organización de los estados es la +desorganización; la mejor de las leyes la que las anula todas, y el +único gobierno <i>serio</i> el que tiene por misión no gobernar nada, +dejando que las energías sociales se manifiesten como les da la gana. La +anarquía absoluta produce el orden verdadero, el orden racional y +propiamente humano. Las sociedades, claro, tienen sus edades como las +personas: hay sociedades que están mamando, sociedades que andan a +gatas, sociedades pollas, sociedades jóvenes, y por fin, las maduras y +dueñas de sí; sociedades con barbas, en una palabra, y también con +algunas canas. Tocante a religiones y prácticas sociales que de ellas se +derivan, Juan Pablo iba muy lejos, pero muy lejos; como que no le +costaba nada el billete para tan largo viaje. Sólo en la edad pueril, +cuando a la sociedad se le cae la baba y vive bajo la férula del dómine, +se comprende que exista y tenga prosélitos la institución llamada +matrimonio, unión perpetua de los sexos, contraviniendo la ley de +Naturaleza... ¿y a santo de qué?, vamos a ver... Eso sí, por encima de +todo la Naturaleza. Estudiando bien la vida total, el entendimiento se +limpia de las telarañas que en él han tejido los siglos. La Naturaleza +es la verdadera luz de las almas, el Verbo, el legítimo Mesías, no el +que ha de venir sino el que está siempre viniendo. Ella se hizo a sí +propia, y en sus devoluciones eternas, concibiendo y naciendo sin cesar, +es siempre hija y madre de sí misma. ¿Qué tal? Toma canela fina.</p> + +<p>Encontrábase mi hombre con fuerza dialéctica y entusiasmo bastantes para +predicar y extender por todo el mundo aquellas verdades. Pero como no +tenía más público que la tertulia del café, con ese inocente auditorio +tuvo que contentarse. ¿Y qué? ¡Cuánto mejor no era sembrar la nueva +doctrina en entendimientos sencillos y absolutamente incultivados! Pues +el mismo Jesucristo ¿no escogió por discípulos a unos infelices +pescadores, hombres rudos que no conocían ninguna letra, y a mujeres de +mala vida? Ved aquí por dónde doña Nieves y las placeras sus amigas, +Feliciana y la parroquiana de San Juan de Dios, el camarero, el pianista +fueron escogidos para que Juan Pablo sembrara en ellos la primera +simiente de aquel Evangelio al natural. Por espacio de muchas noches +hizo propaganda acalorada. A veces se tenía que incomodar, porque le +hacían observaciones estúpidas o socarronas. Como se expresaba muy bien, +oíanle todos con gran atención, y las chicas del partido le ponían +buenos ojos. El mozo era el más entusiasmado y decía: «¡Qué pico tiene +este señor de Rubín!».</p> + +<p>Pasaba lo de la anarquía y aun lo del matrimonio; pero en llegando a que +todo es Naturaleza, reinaba gran confusión en el auditorio, y doña +Nieves, tomando el caso a broma, pedía mayor claridad.</p> + +<p>«Pero a ver, D. Juan Pablo, explíquese mejor... porque eso de que todos +seamos todo no lo calo yo bien...».</p> + +<p>—Lo primero, hijas mías—decía con unción el expositor—, es limpiar el +<i>intellectus</i> de errores adquiridos en la infancia, de prejuicios y +muletillas; lo primero es <i>querer entender</i>. No admito argumentos que no +sean racionales.</p> + +<p>—Y cuando nos morimos—preguntó una de las samaritanas—, ¿qué pasa?</p> + +<p>—Hija, cuando nos morimos, pasamos a fundirnos en el grandioso conjunto +universal...</p> + +<p>—<i>Mia</i> ésta... ¿Pues qué querías tú, seguir gozando y divirtiéndote por +allá?</p> + +<p>—¿Y Dios?—¡Dios!... francamente, no me gusta, por consideraciones que +se deben a toda gran idea histórica, no me gusta, digo, hablar mal de +Él... Me concreto, pues, a negarle... respetuosamente.</p> + +<p>—¡Otra!, ¡qué cosas se le ocurren! De modo que la misa no es nada +tampoco...</p> + +<p>—¡María Santísima!, con lo que sale usted ahora. La misa... es un rito, +uno de tantos ritos.</p> + +<p>—¿Y lo mismo da oírla que no? ¿Y para qué son los funerales?</p> + +<p>—Otro rito... La que no pueda o no sepa dar a la Naturaleza lo que es +de la Naturaleza y a la historia lo que es de la historia, que se +calle... No hay tal muerte, hijas mías: la que tenga oídos, oiga... Esta +es la verdad; morirse es cumplir una ley de armonía.</p> + +<p>—¡Vaya un lío que me arman ustedes!</p> + +<p>Una de las placeras que presentes estaban tenía muy abultado el seno. En +cierta ocasión, estando confesándose, le dijo el cura: «sea usted +modesta en el vestir y no haga ostentación de esas +<i>naturalezas</i>...».—«¿Qué, señor?».—«Eso, la delantera». Por esto, al +oír hablar de Naturaleza y de pecado, creyó que se referían a aquellas +partes que debe cubrir el recato, y dijo escandalizada:</p> + +<p>«¡Vaya unas conversaciones indecentes que sacan ustedes!».</p> + +<p>«Indecentes no, hija».</p> + +<p>—Lo que yo dijo y sostengo—manifestó una de las samaritanas, tirando +por la calle de enmedio—, es que este D. Juan Pablo está <i>guillado</i>.</p> + +<p>Loco, tal vez no; pero fatigado sí de sus inútiles esfuerzos. Ni +abriendo con martillo un boquete en aquellas cabezas de piedra, lograría +meter la luz de la verdad. Corriéndose al velador inmediato, donde +estaba cenando el ciego, mandó al mozo que le pusiese allí su chocolate. +El ciego volvió hacia él sus ojos vacíos y muertos, su cara que parecía +un quinqué sin encender, y le dijo con profundísima tristeza:</p> + +<p>«¿Pero es verdad, D. Juan Pablo, lo que usted nos cuenta? ¿Lo cree usted +así, o es que quiere entretenerse y divertirse con nosotros, ignorantes? +Me ha llenado usted de dudas.</p> + +<p>¿Será verdad que cuando uno se muere se convierte en escarola?».</p> + +<p>Juan Pablo miró al ciego, y se helaron en sus labios las palabras con +que iba a espetarle nuevamente su cruel filosofía. Era Rubín hombre de +buen corazón, y le pareció poco humano aumentar las tinieblas de aquella +triste y miserable vida. Pero al propio tiempo su conciencia no le +permitía desmentir lo que acababa de sostener. La dignidad por delante. +Estuvo luchando un rato entre la piedad y el deber, y como el ciego +volviese a preguntarle con insistente afán: «¿pero es cierto que al +morir nos convertimos en berzas...?» le replicó el apóstol:</p> + +<p>«Le diré a usted... hay opiniones... No haga caso. Si no fuera por estas +bromas, ¿cómo se pasaba el rato?».</p> + +<p>No siguieron estas conversaciones filosóficas, porque sobrevino lo de +Sagunto, y este suceso absorbió la atención general en todos los cafés, +desde el más grande al más chico. Rubín estaba furioso, y sostenía que +el Gobierno no tenía vergüenza si no fusilaba en el acto... pero en el +acto... a Martínez Campos, a Jovellar y todos los demás que habían +andado en aquel lío. Cuando sus amigos no le querían oír sobre este +particular, hablaba solo. Desmentía categóricamente cuantas noticias +llegaban al café. Todo era falso. Antes que el Príncipe viniera, habría +un levantamiento general, y los carlistas harían el último esfuerzo. +Negaba que D. Alfonso hubiera llegado a Marsella, que se embarcase para +Barcelona en la <i>Navas de Tolosa</i>, y viéndolo entrar en Madrid habría de +negar que estaba entre nosotros. Pero una noche, después de largas +ausencias, llegó Feijoo al café, y sentándose los dos aparte, le dijo:</p> + +<p>«Hombre, he visto a Jacinto Villalonga; he hablado largamente con él. Ya +sabe usted que es de la situación y muy amigo mío. Por supuesto, no +acepta la Dirección que se le ha ofrecido, porque prefiere andar suelto. +Es uña y carne de Romero Robledo. Y voy a lo que iba... Le he hablado de +usted...».</p> + +<p>—¡De mí!—Sí; es preciso colocarse. Usted no puede continuar así.</p> + +<p>—Mire usted, amigo Feijoo—dijo Rubín masticando las palabras para +salir de aquel atolladero—. Yo no puedo admitir... ¿Y el decoro de los +hombres? ¡Yo he profesado toda mi vida...!</p> + +<p>—Música, música.—Yo no soy de esos que hablan mal de una situación, y +luego van a quitarles motas al que antes desollaron.</p> + +<p>—Música, música.—En fin, que yo agradezco... pero no puede ser... Me +ofendería, sí señor, me ofendería.</p> + +<p>—De modo—exclamó Feijoo en voz alta, abriendo los brazos y tomando un +tono que no se podría decir si era de indignación o de burla—, de modo +que ya no hay patriotismo.</p> + +<p>—¡Otra!... Patriotismo sí hay; pero yo...</p> + +<p>—Usted hará lo que yo le mande, y tendremos credencial.</p> + +<p>Rubín siguió toda la noche afectando mal humor, una severidad torva, el +malestar de la persona a quien ponen un puñal al pecho para que consume +un acto contrario a sus convicciones. Al retirarse a casa, se comparaba +con Wamba y decía para su sayo: «Cómo ha de ser... paciencia. Tengo que +ser alfonsino... a la fuerza. ¡Vaya un compromiso... Re-Dios, qué +compromiso...!».</p> + + + +<hr /> +<h2><a name="iic" id="iic"></a>-II-</h2> + +<h2>La restauración vencedora</h2> + + + +<hr /> +<h2>-<span class="smcap">i</span>-</h2> + + +<p>Me ha contado Jacinta que una noche llegó a tal grado su irritación +por causa de los celos, de la curiosidad no satisfecha y de la forzada +reserva, que a punto estuvo de estallar y descubrirse, haciendo pedazos +la máscara de tranquilidad que ante sus suegros se ponía. Porque la peor +de sus mortificaciones era tener que desempeñar el papel de mujer +venturosa, y verse obligada a contribuir con sus risitas a la felicidad +de D. Baldomero y doña Bárbara, tragándose en silencio su amargura. Ya +no le quedaba duda de que su marido <i>entretenía</i>, como se dice ahora, a +una mujer, y de estos entretenimientos no tenían ni siquiera sospechas +los bienaventurados papás. Sabía que la tarasca que le robaba su marido +era la misma con quien tuvo amores antes de casarse, la madre del +<i>Pituso</i> muerto, la condenada Fortunata que le había dado tantas +jaquecas. Deseaba verla... pero no; más valía que no la viera jamás, +porque si la veía, de fijo se le iba el santo al Cielo.</p> + +<p>La noche a que Jacinta se refería, contando estas cosas, noche +tristísima para ella por haber adquirido recientemente noticias +fidedignas de la infidelidad de su marido, hubo en la casa gran +regocijo. Aquel día había entrado en Madrid el Rey Alfonso XII, y D. +Baldomero estaba con la Restauración como chiquillo con zapatos nuevos. +Barbarita también reventaba de gozo y decía: «¡Pero qué chico más salado +y más simpático!». Jacinta tenía que entusiasmarse también, a pesar de +aquella procesión que por dentro le andaba, y poner cara de pascua a +todos los que entraron felicitándose del suceso. El marqués de +Casa-Muñoz oficiaba de chambelán palatino. Había tenido la dicha +inmensa de estar en Palacio formando parte de una de las comisiones, y +el Rey habló con él... Contaba el caso el marqués, haciendo notar bien +el tono familiar con que se había expresado S. M. «Hola, marqués, ¿cómo +va?». Nada, lo mismo que si me hubiera tratado toda la vida.</p> + +<p>Aparisi sostuvo poco después que él había previsto todo lo que estaba +pasando. Él no era partidario de la Restauración; pero había que +respetar los hechos consumados. D. Baldomero no cesaba de exclamar: +«<i>Veremos a ver</i> si ahora, ¡qué dianches!, hacemos algo; si esta nación +entra por el aro...». Jacinta se indignaba en su interior. Tenía un +volcán en el pecho, y la alegría de los demás la mortificaba. Por su +gusto se hubiera echado a llorar en medio de la reunión; mas érale +forzoso contenerse y sonreír cuando su suegro la miraba. Retorciendo en +su corazón la cuerda con que a sí propia se ahogaba, se decía: «Pero a +este buen señor, ¿qué le va ni le viene con el Rey?... ¡qué les +importa!... Yo estoy volada, y aquí mismo me pondría a dar chillidos, si +no temiera escandalizar. ¡Esto es horrible!...».</p> + +<p>Don Alfonso érale antipático, porque su imagen estaba asociada a la +horrible pena que la infeliz sufría. Aquella mañana fue con Barbarita a +casa de Eulalia Muñoz, que vivía en la Calle Mayor, a ver la entrada del +Rey. Amalia Trujillo la tomó por su cuenta, y la estuvo adulando antes +de darle el gran susto. Hallábanse las dos solas en el balcón de la +alcoba de Eulalia, y ya sonaban los clarines anunciando la proximidad +del Rey, cuando Amalia, ¡plum!, le soltó el pistoletazo. «Tu marido +<i>entretiene</i> a una mujer, a una tal Fortunata, guapísima... de pelo +negro... Le ha puesto una casa muy lujosa, calle tal, número tantos... +En Madrid lo sabe todo el mundo, y conviene que tú también lo sepas». +Quedose yerta. Cierto que sospechaba; pero la noticia, dada así con +tales detalles, como el pelo negro, el número de la casa, era un +jicarazo tremendo. Desde aquel aciago instante, ya no se enteró de lo +que en la calle ocurría. El Rey pasó, y Jacinta le vio confusa y +vagamente, entre la agitación de la multitud y el <i>tururú</i> de tantas +cornetas y músicas. Vio que se agitaban pañuelos, y bien pudo suceder +que ella agitara el suyo sin saber lo que hacía... Todo el resto del día +estuvo como una sonámbula.</p> + +<p>Entró Guillermina, que también hubo de llevar sus notas de alegría al +concierto general. «Ya era tiempo—dijo antes de meterse en el rincón en +que solía estar—. No aguardo sino a que descanse del viaje para ir a +echarle el toro... Me tiene que dar para concluir el piso bajo. Y lo +hará, porque le hemos traído con esa condición: que favorezca la +beneficencia y la religión. Dios le conserve».</p> + +<p>Jacinta la siguió al gabinete próximo, y allí estuvieron las dos de +cháchara por espacio de una hora larga. Guillermina decía: «Paciencia, +hija, paciencia, y todo se arreglará; yo te lo prometo». Ya cerca de las +doce entró Juan, y su mujer le miró con severidad sin decirle nada... +«Es que te voy a aborrecer—pensó—, como no te enmiendes. Pues no +faltaba otra cosa... Y lo que es esta noche te como... No me engatusarás +con tus zalamerías».</p> + +<p>Juan, aunque bien hubiera querido contradecir los optimismos de su padre +y amigos, no se atrevió a ello, porque el empuje de aquella opinión era +demasiado fuerte para luchar con él. Hasta los últimos días del 74 había +defendido la Restauración. Después de hecha, encontró mal que la +hicieran los militares, y en esto fundó sus críticas del suceso +consumado.</p> + +<p>«Aquí siempre se han hecho las mudanzas de esa manera—dijo el señor de +Santa Cruz con patriarcal buena fe—. Es nuestra manera de matar pulgas. +Pues qué, ¿querías tú que las Cortes...? Estás fresco».</p> + +<p>Después sostuvo el Delfín, con ejemplos de Francia e Inglaterra, que +ninguna Restauración había prevalecido; mas todos se negaron a seguirle +por los vericuetos históricos. D. Baldomero, sin meterse en dibujos, +dijo una cosa muy sensata, producto de su observación de tanto tiempo: +«Yo no sé lo que sucederá dentro de viente, dentro de cincuenta años. En +la sociedad española no se puede nunca fiar tan largo. Lo único que +sabemos es que nuestro país padece alternativas o fiebres intermitentes +de revolución y de paz. En ciertos periodos todos deseamos que haya +mucha autoridad. ¡Venga leña! Pero nos cansamos de ella y todos queremos +echar el pie fuera del plato. Vuelven los días de jarana, y ya estamos +suspirando otra vez porque se acorte la cuerda. Así somos, y así creo +que seremos hasta que se afeiten las ranas».</p> + +<p>—Es la condición humana. Así viven y se educan las sociedades—dijo el +Delfín—. Lo que a mí no me gusta es que esto se haga por otra vía que +la de la Ley.</p> + +<p>«¡Pillo, tunante!—pensaba Jacinta comiéndose las palabras, y con las +palabras la hiel que se le quería salir—. ¿Qué sabes tú lo que es ley? +¡Farsante, demagogo, anarquista! Cómo se hace el purito... Quien no te +conoce...».</p> + +<p>Cuando se retiraron a su alcoba, Jacinta se esforzaba en aumentar su +furor; quería cultivarlo, o alimentarlo como se alimenta una llama, +arrojando en ella más combustible. «Esta noche me le como. Quisiera +estar más furiosa de lo que estoy, para no dejarme engolosinar. Y eso +que lo estoy bastante. Pero aún me vendría bien un poquito más de ira. +Es un falso, un hipócrita, y si no le aborrezco, no tengo perdón de +Dios».</p> + +<p>En esto, sintió que Juan la abrazaba por la cintura... «Quítate, +déjame...—gritó ella—. Estoy muy incomodada; ¿pero no ves que estoy +muy incomodada?».</p> + +<p>Juan la vio temblorosa y sin poder respirar. «Perdone uste, señora» +replicó bromeando.</p> + +<p>Jacinta tuvo ya en la punta de la lengua el <i>lo sé todo</i>; pero se acordó +de que noches antes su marido y ella se habían reído mucho de esta +frase, observándola repetida en todas las comedias de intriga. La +irritada esposa creyó más del caso decir: «Te aborreceré, ya te estoy +aborreciendo». Santa Cruz, que estaba de buenas, repitió con buena +sombra otra frase de las comedias: «<i>Ahora lo comprendo todo</i>. Pero la +verdad, chica, es que no comprendo nada».</p> + +<p>Turbada en sus propósitos de pelea por el buen genio y los cariñosos +modos que el pérfido traía aquella noche, Jacinta rompió a llorar como +un niño. Juan le hizo muchas caricias, besos por aquí y allí, en el +cuello y en las manos, en las orejas y en la coronilla; besos en un codo +y en la barba, acompañados del lenguaje más finamente tierno que se +podría imaginar.</p> + +<p>«No aguanto más, no puedo aguantar más» era lo único que ella decía con +angustioso hipo, mojándole a él la cara y las manos con tanta y tanta +lágrima. No podía tener consuelo. Todo aquel llanto era el disimulo de +tantísimos días, sospechar callando, sentirse herida y no poder decir ni +siquera ¡ay! «Esto es horrible, esto es espantoso; no hay mujer más +desgraciada que yo... Y lo que es ahora, te aborreceré de veras, porque +yo no puedo querer a quien no me quiere. Te quería más que a mi vida. +¡Qué tonta he sido! A los hombres hay que tratarlos sin consideración... +Ya no más, ya no más... Estoy volada, y lo que es esta no te la +perdono... digo que no te la perdono».</p> + +<p>Algún trabajo le costó a Santa Cruz que su mujer repitiese lo que le +había dicho una amiga aquella mañana. Y cuando él lo negaba, la ofendida +esposa, que sentía en su alma la convicción profundísima de la +autenticidad del hecho, irritábase más: «No lo niegues, no me lo +niegues, pues yo sé que es cierto. Hace tiempo que te lo he conocido».</p> + +<p>—¿En qué...?—En muchas cosas.—Dímelas—indicó él poniéndose serio.</p> + +<p>—Si siempre has de negarlo... Pero no, no me engañas más.</p> + +<p>—Si no pienso engañarte...—Lo que Amalia me ha dicho—afirmó Jacinta +con súbita ira, llena de dignidad, poniéndose en pie y afianzando con un +gesto admirable su aseveración—, es verdad. Yo digo que es verdad y +basta.</p> + +<p>Grave y mirándola a los ojos, el anarquista replicó en tono muy seguro:</p> + +<p>«Bueno, pues es verdad. Yo te declaro que es verdad».</p> + + + +<hr /> +<h2>-<span class="smcap">ii</span>-</h2> + + +<p>Quedose Jacinta como una estatua, y al fin, volviendo la espalda a +su marido, hizo un ademán de salir. Él la cogió por una mano, y quiso +abrazarla. Ella no se dejó. En medio del estrujón frustrado, sólo pudo +articular la esposa muy vagamente estas palabras: «Me voy». Lo que más +la irritaba era que el tunante, después de lo que había dicho, tuviera +todavía humor de bromas y pusiera aquella cara de pillín, como si se +tratara de una cosa de juego. Porque se sonreía, y tranquilo en +apariencia, díjole en tono de seriedad cómica:</p> + +<p>«Señora, acuéstese usted».</p> + +<p>—¿Yo...?—Se lo mando a usted... Acuéstese usted al momento.</p> + +<p>No le fue a ella posible entonces librarse de un abrazo apretado, y en +aquel segundo estrujón, oyó estas cariñosas palabras:</p> + +<p>«¿No vale más que nos expliquemos como buenos amigos? Hijita de mi alma, +si te enfurruñas, no llegaremos a entendernos».</p> + +<p>Jacinta fue bruscamente desarmada. Quedose como el combatiente de los +cuentos de niños, a quien por obra de magia se le convierte la espada en +alfiler y el escudo en dedal.</p> + +<p>El Delfín había entrado, desde los últimos días del 74, en aquel periodo +sedante que seguía infaliblemente a sus desvaríos. En realidad no era +aquello virtud, sino cansancio del pecado; no era el sentimiento puro y +regular del orden, sino el hastío de la revolución. Verificábase en él +lo que D. Baldomero había dicho del país; que padecía fiebres +alternativas de libertad y de paz. A los dos meses de una de las más +graves distracciones de su vida, su mujer empezaba a gustarle lo mismito +que si fuera la mujer de otro. La bondad de ella favorecía este +movimiento centrípeto, que se había determinado por quinta o sexta vez +desde que estaban casados. Ya en otras ocasiones pudo creer Jacinta que +la vuelta a los deberes conyugales sería definitiva; pero se equivocó, +porque el Delfín, que tenía en el cuerpo el demonio malo de la variedad, +cansábase de ser bueno y fiel, y tornaba a dejarse mover de la fuerza +centrífuga. Mas era tanta la alegría de la esposa al verle enmendado, +que no pensaba que aquella enmienda fuera como un descanso, para +emprenderla después con más brío por esos mundos de Dios. También esto +concordaba con un pensamiento de D. Baldomero, que decía: «Cuando el +país remite, y fortalece con su opinión la autoridad, no es que ame +verdaderamente el orden y la ley, sino que se pone en cura y hace sangre +para saciar después con mejor gusto el apetito de las trifulcas».</p> + +<p>Quedó, como he dicho, tan desarmada Jacinta, que no podía ser más. Pero +creyendo que su dignidad le ordenaba seguir muy colérica, dijo todas las +palabras necesarias para mostrarlo, por ejemplo: «Me acostaré o no me +acostaré, según me acomode. ¿A ti qué te importa? No parece si no que... +Conmigo no se juega, ¿estamos?... ¿Pues qué se ha figurado este tonto? +Hemos concluido, te digo que hemos concluido... Bien, me acuesto porque +quiero, no porque tú me lo mandes... ¡Vaya!...».</p> + +<p>Poco después se oía en la alcoba lo siguiente: «Que te estés quieto... +No vayas a creerte que ahora te voy a perdonar. No, si no me +engatusas... ni hay <i>tilín</i> que valga. Ya van quince y raya. No están +los tiempos para perdones, caballerito. Haz el favor, te digo... No +quiero verte, no quiero oírte, ni me importa que me quieras o no. Si me +quieres, rabia y rabia; mejor. Yo me reiré viéndote padecer. Con que lo +dicho, déjame en paz. Tengo un sueño espantoso... ¿No ves cómo se me +cierran los ojos?».</p> + +<p>Y era mentira. Lejos de tener ganas de dormir, estaba muy despabilada y +nerviosa.</p> + +<p>«Tú no tienes sueño; ¿a que no lo tienes?—le decía él—. ¿A que te +despabilo y te pongo como un lucero?».</p> + +<p>—¿A que no? ¿Cómo?</p> + +<p>—Contándote toda la verdad de lo que te dijo Amalia, haciendo una +confesión general para que veas que no soy tan malo como crees.</p> + +<p>—¡Ah!, sí; ven, ven, hijito—exclamó ella alargando sus brazos +desnudos—. Confiésame todo; pero con nobleza. Nada de comedias... +porque tú eras muy comiquito. Gracias que yo te conozco ya las +marrullerías, y algunas bolas me trago; pero otras no. ¿De veras que vas +a contármelo todo?</p> + +<p>La idea de perdonar electrizaba a Jacinta, poniéndola tan nerviosa que +echaba chispas. No cabía en sí de inquietud, pensando en lo grande del +perdón que tenía que dar en pago de lo enorme de la sinceridad que se le +ofrecía.</p> + +<p>Y su zozobra era tal, que por poco se echa de la cama, cuando Juan se +apartó de ella para ir hacia la suya... «¿Pero qué?—pensó—, ¿se +arrepiente este tuno de lo que ha dicho?... ¿Es que no quiere contarme +nada?...».</p> + +<p>«Abur, hombre» dijo en alta voz con despecho.</p> + +<p>—Si vuelvo, si voy allá en seguida... Mi mujer gasta un genio muy vivo.</p> + +<p>—Es que si cuentas, cuentas pronto; y si no, lo dices, para dormirme. +No estoy yo aquí esperando a que al señorito le dé la gana de tenerme en +vela toda la noche.</p> + +<p>—Cállese usted, <i>so tía</i>...—Diciendo esto, volvió hacia ella, +sentándose en el lecho y haciéndole mil ternezas.</p> + +<p>—¡Ah!, esto está perdido—murmuró Jacinta en los respiros que las +caricias de su marido le dejaban, ahogándola...—. Mira, estate quieto y +no me sofoques. No tengo yo gana de bromas.</p> + +<p>—Vamos al caso, niñita mía. Para que yo te cuente lo que deseas saber, +es preciso que tú me cuentes antes a mí otra cosa. Dices que tú +sospechabas esto que ha pasado, mejor, que lo adivinabas. ¿En qué te +fundabas tú para adivinarlo?... ¿qué observaste y qué supiste?</p> + +<p>—¡Ay!... ¡con lo que sale ahora este bobo...! ¿Crees que una mujer +celosa necesita ver nada? Lo olfatea, lo calcula y no se equivoca... Se +lo dice el corazón.</p> + +<p>—El corazón no dice nada. Eso es una frase.</p> + +<p>—Cuando te vuelves faltón, la menor palabra, cualquier gesto tuyo me +sirven para leerte los pensamientos. ¿Y te parece que es poco dato el +ver cómo me tratas a mí? Hasta la manera de entrar aquí es un dato. +Hasta una ternura, una palabra cariñosa te venden, porque al punto se ve +que son sobras de otra parte, traídas aquí por deber y para cubrir el +expediente... Palabras y caricias vienen muy usadas.</p> + +<p>—¡Cuánto sabes!—Más sabes tú... No, no, más sé yo. En la desgracia se +aprende... Muchas veces me callo por no escandalizar; pero por dentro +siento algo que me está rallando así, así... muele que te muele... ¡Pues +tengo yo un olfato...! Cuando estás faltoncito, si no lo conociera por +otras cosas, lo conocería por el perfume que traes algunas veces en la +ropa... Otro dato: Una noche traías en el pañuelo de seda del cuello, +¿qué crees?, pues un cabello negro, grande. Lo saqué con las puntas de +los dedos y lo estuve mirando. Me daba tanto asco como si me lo hubiera +encontrado en la sopa. No chisté. Otra noche dijiste en sueños palabras +de las que se dicen cuando un hombre se pega con otro. Yo me asusté. Fue +aquella noche que entraste muy nervioso y con un dolor en el brazo. Tuve +que ponerte árnica. Me contaste que viniendo no sé por dónde te salió un +borracho, y tuviste que andar a trompazos con él. Traías tierra en la +americana azul. Toda la noche estuviste muy inquieto, ¿no te acuerdas?</p> + +<p>—Me acuerdo, sí—dijo el Delfín, renovando en su mente el lance con +Maximiliano.</p> + +<p>—Pues verás. Otra noche, cuando te desnudabas, plin... cayó al suelo un +botón. Vino saltando hasta cerca de mi cama. Parecía que me miraba. Era +de níquel, labrado, con muchos garabatos. Cuando te dormiste, me eché de +la cama y lo cogí. Era un botón de mujer, de los que se usan ahora en +las chaquetillas. Lo tengo guardado. Estas ignominias se guardan para en +su día sacarlas y decir: ¿me negarás esto?... ¡Y tú siempre tan +comediante! ¡Yo pasaba unas fatigas...!, pero nunca quise rebajarme al +espionaje. Se me ocurrió preguntar al cochero. Con una buena propinilla, +Manuel no me habría ocultado lo que supiera. Pero por respeto a ti y a +mí misma y a la familia, no hice nada. ¡Contarle a tu mamá mis +sospechas!... ¿Para qué?, ¿para disgustarla sin ventaja ninguna?... +Guillermina, con quien únicamente me clareaba, decíame siempre: +«paciencia, hija, paciencia». Y por fin llegaba yo a tenerla, y el +molinillo que me daba vueltas en el corazón, molía, haciéndomelo polvo, +y yo aguanta que aguanta, siempre callada, poniendo cara de Pascua y +tragando hiel, tragando hiel. Esta mañana, cuando Amalia me dijo lo que +me dijo, toda la sangre se me hizo como un veneno, y me propuse +aborrecerte, pero aborrecerte en toda regla, no creas... y no perdonarte +aunque te me pusieras delante de rodillas. ¡Pero es una tan débil...! +¡Si merecemos todo lo que nos pasa...! Es la mayor desgracia ser así, +tan simplona... Como que estamos a merced de esas... secuestradoras, que +de tiempo en tiempo nos prestan a nuestros propios maridos para que no +alborotemos...</p> + + + + +<hr /> +<h2>-<span class="smcap">iii</span>-</h2> + + +<p>Esta última queja puso al señorito de Santa Cruz un tanto +pensativo y desconcertado. No desconocía él la situación poco airosa en +que estaba ante Jacinta, cuya grandeza moral se elevaba ante sus ojos +para darle la medida de su pequeñez. Era muy soberbio, y el amor propio +descollaba en él sobre la conciencia y sobre los sentimientos todos; de +manera que nada le molestaba tanto como verse y reconocerse inferior a +su mujer. Cuando, media hora antes, prometió confesar sus faltas, hízolo +movido de orgullo, para engalanarse con la sinceridad, a la manera del +fatuo que se da tono con una cruz. La confesión de la culpa ennoblece +siempre, y como demasiado sabía él que todo lo noble hallaba eco en el +gran corazón de Jacinta, se dijo: «aquí me viene bien un <i>rasgo</i>». Pero +el momento de la confesión se acercaba, y el pecador estaba algo +confuso, sin saber cómo iba a salir de ella. Lo que él quería era quedar +bien, remontarse hasta su mujer, y superarla si era posible, presentando +sus faltas como méritos, y retocando toda la historia de modo que +pareciese blanco y hasta noble lo que con los datos sueltos del botón y +el cabello era negro y deshonroso. No tenía que calentarse mucho los +sesos para salir del paso, porque para tales escamoteos tenía su +entendimiento una aptitud particular. Su imaginación despiertísima se +pintaba sola para hacer pasar de un cubilete a otro las ideas. Lo que él +no podía sufrir era que se le tuviese por hombre vulgar, por uno de +tantos. Hasta las acciones más triviales y comunes, si eran suyas, +quería que pasasen por actos deliberadamente admirables y que en nada se +parecían a lo que hace todo el mundo. Rápidamente, con aquella presteza +de juicio del artista improvisador, hizo su composición, y allá te van +las confidencias... Jacinta se había de quedar tamañita. Ya vería ella +qué marido tenía, qué ser superior, qué persona tan extraordinaria. Hay +una moral gruesa, la que comprende todo el mundo, incluso los niños y +las mujeres. Hay otra moral fina, exquisita, inapreciable para el vulgo: +es la que sólo pueden gustar los paladares muy sensibles... Vamos allá.</p> + +<p>«Preparémonos a oír tus papas» dijo ella.</p> + +<p>—De todo lo que has dicho, parece deducirse que yo soy un miserable, +un cualquiera, uno de tantos. Pues ahora lo veremos. He guardado reserva +contigo, porque creí que no me comprenderías. Veremos si me comprendes +ahora. Es cierto que hace dos meses, me encontré otra vez a...</p> + +<p>—Haz el favor de no nombrarla—suplicó Jacinta con viveza—. Ese nombre +me hace el efecto de la picadura de una víbora.</p> + +<p>—Bueno, pues voy al grano... Encontrémela casada.</p> + +<p>—¡Casada!—Sí, con un simple. La metieron en un convento, la casaron +después como por sorpresa... Chica, una historia de intrigas, violencias +y atrocidades que horroriza.</p> + +<p>—¡Pobre mujer!—exclamó ella, respondiendo al intento de Juan, que +empezaba por hacer a la otra digna de lástima—. Pero bien merecido le +está por su mala conducta.</p> + +<p>—Espérate un poco, hija. Mujer tan desgraciada no creo que haya nacido.</p> + +<p>—Ni más mala tampoco.—Sobre eso hay mucho que decir. No es maldad lo +que hay en ella, es falta de ideas morales. Si no ha visto nunca más que +malos ejemplos; ¡si ha vivido siempre con tunantes...! Yo pongo en su +lugar a la mujer más perfecta, a ver lo que hacía. No, no es lo que +crees. Digo más, sería muy buena, si la dirigieran al bien. Pero hazte +cargo: después de andar de mano en mano, este la coge, este la suelta, +la casan con un hombre que no es hombre, con un hombre que no puede ser +marido de nadie...</p> + +<p>Jacinta abrió la boca; tan grande era su pasmo.</p> + +<p>«Y ese majadero la martirizaba de tal modo desde el primer día de +matrimonio, que la infeliz, prefiriendo la libertad en la ignominia a +una esclavitud insoportable, se escapa de la casa, y se echa otra vez a +la calle, como en sus peores tiempos. En esto me encuentra y me pide +amparo».</p> + +<p>Jacinta no había cerrado todavía la boca.</p> + +<p>«En tal situación—prosiguió Juan, hallándose ya en plena posesión de su +tesis y con los cubiletes en la mano—, yo te planteo el problema a +ti... vamos a ver... Figúrate que eres hombre; figúrate que te +encuentras delante de aquella infeliz mujer, que te pide socorro, una +defensa contra la miseria y la deshonra, y al verla delante, tú te +reconoces autor de todas sus desdichas, porque tú la perdiste, porque de +ti le vienen todos sus males. Yo quiero que me digas con lealtad qué +harías, qué harías tú en este trance. Pero cierra ya esa boca; basta ya +de asombro y contéstame».</p> + +<p>—Pues yo... ¿qué haría? Echar mano al bolsillo, darle cuatro o cinco +duros, y marcharme a mi casa.</p> + +<p>—Esa fue mi primera idea. Pero ciertas deudas, señora mía—dijo Santa +Cruz triunfante—, no se saldan con cuatro ni con cinco duros.</p> + +<p>—Pues mil, dos mil, cien mil reales, vamos.</p> + +<p>—Tampoco. Yo pensé que debía poner a aquella infeliz en camino de +adquirir una posición decente y estable. Buscarle un marido, no podía +ser; estaba casada. Procurarle una manera de vivir con independencia y +honradez... ¡ah!, esto es muy difícil. No tiene educación; no sabe +trabajar en nada que produzca dinero. No hay para ella más recurso que +comer de su belleza. Pero en esto mismo hay distintos grados de +ignominia. No empieces a hacerte cruces, hija. Las cosas hay que +tomarlas como son; otra cosa es empeñarse en sostener una filosofía +cursi. Yo le dije: «bueno, pues te pongo una casa, y arréglatelas como +puedas...». No, si no es para que hagas tantas cruces, lo repito. Hay +que ponerse en la realidad, niñita. No mires esto con ojos de mujer; +ponte en mi caso; figúrate que eres hombre...</p> + +<p>—Estoy asombrada de la vuelta que le das a tus caprichos, y de lo bien +que te las compones para hacer pasar por protección desinteresada lo que +en realidad es amor que tenías o tienes a esa maldita.</p> + +<p>—Pues a eso voy ahora. Aquí te quiero ver... Atención. Yo te juro que +no despertaba en mí ni el amor más insignificante, ni tan siquiera un +capricho de momento. No hay ejemplo de una frialdad como la que yo +sentía ante ella. Bien me lo puedes creer. No sólo no me inspiraba +pasión, sino que hasta me repugnaba.</p> + +<p>—Eso—dijo la esposa—, que te lo crea otro, que lo que es yo...</p> + +<p>—¡Qué tonta eres! Tu incredulidad nace de la idea equivocada que tienes +de esa mujer. Te la has figurado como un monstruo de seducciones, como +una de esas que, sin tener pizca de educación ni ningún atractivo moral, +poseen un sin fin de artimañas para enloquecer a los hombres y +esclavizarles volviéndoles estúpidos. Esta casta de perdidas que en +Francia tanto abunda, como si hubiera allí escuela para formarlas, +apenas existe en España, donde son contadas... todavía, se entiende, +porque ello al fin tiene que venir, como han venido los ferrocarriles... +Pues digo que Fortunata no es de esas, no posee más educación que la +cara bonita; por lo demás, es sosa, vulgar, no se le ocurre ninguna +picardía de las que trastornan a los hombres; y en cuanto a formas... no +hablo del cuerpo y talle... sigue tan tosca como cuando la conocí. No +aprende; no se le pega nada. Y como para todo se necesita talento, una +especialidad de talento, resulta que esa infeliz que tanto te da que +pensar, no sirve absolutamente para diablo, ¿me entiendes? Si todas +fueran como ella, apenas habría escándalos en el mundo, y los +matrimonios vivirían en paz, y tendríamos muchísima moralidad. En una +palabra, chiquilla, no hay en ella complexión viciosa; tiene todo el +corte de mujer honrada; nació para la vida oscura, para hacer calceta y +cuidar muchachos.</p> + +<p>Al llegar aquí Juan se asustó, creyendo que se le había ido un poco la +lengua, y cayó en la cuenta de que si Fortunata era como él decía, si no +tenía <i>complexión viciosa</i>, mayor, mucho mayor era la responsabilidad de +él por haberla perdido. Jacinta hubo de pensar esto mismo, y no tardó en +manifestárselo. Pero el prestidigitador acudió a defender la suerte con +la presteza de su flexible ingenio.</p> + +<p>«Es verdad—le dijo—, y esto aumentaba mis remordimientos. No tenía más +remedio que hacer en obsequio suyo lo que no habría hecho por otra. +Ponte tú en mi caso, figúrate que eres yo, y que te ha pasado todo lo +que me ha pasado a mí. Puedes hacerte cargo de mi tormento, y de lo que +yo sufriría teniendo que considerar y proteger, por escrúpulo de +conciencia, a una mujer que no me inspira ningún afecto, ninguno, y que +últimamente me inspiraba antipatía, porque Fortunata, créelo como el +Evangelio, es de tal condición, que el hombre más enamorado no la +resiste un mes. Al mes, todos se rinden, es decir, echan a correr...».</p> + +<p>Jacinta había empezado a dar pataditas, haciendo saltar el edredón que +a los pies tenía. Era su manera de expresar la alegría bulliciosa cuando +estaba acostada. Porque siendo verdad lo que Juan decía, la temida rival +era como los espantajos puestos en el campo, de los cuales se ríen hasta +los pájaros cuando los examinan de cerca. Pero aún le quedaba una duda, +¿Era aquello verdad o no? Para mentira estaba demasiado bien hiladito.</p> + +<p>—¿Y ella te quiere todavía?—preguntó con la picardía de un juez de +instrucción.</p> + +<p>El esposo se hizo repetir la pregunta, sin otro objeto que retrasar la +respuesta, que debía ser muy pensada.</p> + +<p>—Pues te diré... que sí. Tiene esa debilidad. Otras mujeres, las de +complexión viciosa, son en sus pasiones tan vehementes como +inconstantes. Pronto olvidan al que adoraron y cambian de ilusión como +de moda. Esta no.</p> + +<p>—Esta no—repitió Jacinta, asustada de ver a su enemiga tan distinta de +como ella se la figuraba.</p> + +<p>—No. Ha dado en la tontería de quererme siempre lo mismo, como antes, +como la primera vez. Aquí tienes otra cosa que me anonada, que me obliga +a ser indulgente. Ponte en mi lugar, hija. Porque si yo viera que +coqueteaba con otros hombres, anda con Dios. Pero si no hay quien la +apee de una fidelidad que no viene al caso. ¡Fiel a mí! ¿a santo de qué? +¡Te aseguro que me ha hecho cavilar más esa sosona! Ha pasado por +tantas manos, y siempre fiel, consecuente como un clavo, que se está +donde le clavan. Ni el deshonor, ni el matrimonio la han curado de esta +manía. ¿No te parece a ti que es manía?</p> + +<p>A Jacinta le acudieron tantas ideas a la mente, que no sabía con cuál +quedarse, y estaba perpleja y muda.</p> + +<p>«¡Hay tantos—exclamó Santa Cruz en el tono que se da a las cosas muy +filosóficas—, hay tantos a quienes hace infelices la inconstancia de +las mujeres, y a mí me hace padecer una fidelidad que no solicito, que +no me hace falta, que no me importa para nada!».</p> + +<p>Jacinta dio un gran suspiro.—Pero al tener conciencia, el tener un +sentido moral muy elevado—añadió el Delfín dominando la suerte—, como +lo tengo yo, me ha puesto en una situación equívoca frente a ti. Yo +necesitaba darte explicaciones. Ya te las he dado, y por ellas habrás +visto que no se debe juzgar los actos de los hombres por lo que parece, +sino que es preciso ir al fondo, hija, al fondo de las cosas. ¿Con que +te vas enterando? A lo mejor se lleva uno cada chasco... ¡Cuántas veces +pensamos mal de un sujeto, fundándonos en hablillas del vulgo o en +cualquier dato inseguro, como por ejemplo, un pelo, un botón!... y +después de mirar bien el hecho, ¿qué resulta?, que no basta para +muestra un botón, que el que se cuelga de un cabello se cae; en una +palabra, niña mía, que lo aparentemente deshonroso puede no serlo, y que +la realidad, en vez de arrojar vergüenza sobre el sujeto, lo que hace es +enaltecerlo y quizás honrarle.</p> + +<p>—Poco a poco—dijo la esposa prontamente—, que para mí sigue siendo +turbio. Me parece que en todo lo que has dicho hay demasiada +composición. No me fío yo, no me fío, porque para fabricar estos arcos +triunfales de frases y entrar por ellos dándote mucho tono, te pintas tú +solo. Lo cierto es que le has puesto la casa, la has visitado y te has +divertido en grande con ella. ¡Vaya una conciencia la tuya, vaya una +manera de pagarle su fidelidad, tirando por el suelo la que me debes a +mí!... ¿Qué moral es esta? No escamotees la verdad. Esa mujer es una +bribona, y tú serías un simple si no fueras también un solemnísimo +pillo.</p> + +<p>—Párese usted un poco, <i>camaraíta</i>—replicó Santa Cruz algo +desconcertado—. ¿Qué palabras usaré yo para pintarte la situación en +que me encontraba? Es que el caso es de los más raros que se pueden +ofrecer... Para que veas que soy sincero y leal, te diré que hubo en mí +algo de flaqueza, sí, flaqueza que nacía de la compasión. No tuve valor +para resistir a las... ¿cómo diré?... a las sugestiones apasionadas de +quien tiene por mí una idolatría que yo no merezco.</p> + +<p>Pero te juro que lo hice sin ilusión, con fastidio, como el que cumple +un deber, pensando en mi mujer, viéndote a ti más que a la que tan cerca +tenía, y deseando que aquella comedia concluyera.</p> + +<p>Ambos estuvieron callados un mediano rato. ¿Creía Jacinta aquellas +cosas, o aparentaba creerlas como Sancho las bolas que D. Quijote le +contó de la cueva de Montesinos? Lo último que Juan dijo fue esto: +«Ahora juzga tú como te parezca bien lo que acabo de confesarte, y +compara lo bueno que hay en ello con lo malo que habrá también. Yo me +entrego a ti».</p> + +<p>—Romper, romper para siempre toda clase de relaciones con esa calamidad +es lo que importa—manifestó la Delfina inquietísima, dando vueltas en +el lecho—. Que no la veas más, que ni siquiera la saludes si te la +encuentras por la calle... ¡Oh, qué mujer!, es mi pesadilla.</p> + +<p>—Da por hecho el rompimiento, pero definitivo, absoluto. Lo deseo tanto +como tú; me lo puedes creer.</p> + +<p>Lo decía con tal expresión de ingenuidad, que Jacinta sintió grande +alegría.</p> + +<p>«Sí, hija, no aguanto más. Que se vaya con su constancia a los quintos +infiernos».</p> + +<p>—¿Y si da en perseguirte?—Seré capaz hasta de recurrir a la policía.</p> + +<p>—¿De modo que no vuelves más a esa casa?... Di que no vuelves, dime que +no la quieres.</p> + +<p>—¡Bah! Demasiado lo sabes. No volveré más que a despedirme.</p> + +<p>—No; escríbele una carta. Las despedidas cara a cara no son buenas para +romper.</p> + +<p>—Haré lo que tú quieras, lo que tú me mandes, niñita de mi alma, +monísima... más salada que el terrón de los mares.</p> + + + +<hr /> +<h2>-<span class="smcap">iv</span>-</h2> + + +<p>A la siguiente mañana, Jacinta se levantó muy gozosa, con los +espíritus avispados, y muchas ganitas de hablar y de reír sin motivo +aparente. Barbarita, que entró de la calle a las diez, le dijo: «¡Qué +retozona estás hoy!... Oye. Al volver de San Ginés, me encontré con +Manolo Moreno, que llegó ayer de Londres. Le he convidado a almorzar».</p> + +<p>Jacinta fue a su tocador. Aún dormía su marido, y ella se empezó a +arreglar. A poco entró una visita, que Jacinta recibió en su gabinete. +Era Severiana, que dos veces por semana llevaba a Adoración a que la +viese su protectora. Ya se sabe que la Delfina, no pudiendo adoptar al +<i>Pituso</i> y tomarlo por hijo, y sintiendo más fuerte e imperioso en su +alma el anhelo de la maternidad, dio en proteger a la preciosísima y +cariñosa hija de Mauricia la Dura. Para Jacinta no había goce más grande +y puro que acariciar un pequeñuelo, darle calor y comunicarle aquel +sentimiento de bondad que se desbordaba de su alma. Agradábale tanto la +niña aquella, que se la habría llevado consigo si sus suegros y su +marido lo permitieran; pero no siendo posible esto, se consolaba +vistiéndola como una señorita, pagándole el colegio y pasando un ratito +con ella. Gozaba en ver su belleza, en aspirar la fragancia de su +inocencia y en examinarla para cerciorarse de sus adelantos.</p> + +<p>«Hola, ven acá, mujer, dame un beso y un abrazo» le dijo la señorita, +atrayéndola a sí con maternal cariño.</p> + +<p>Adoración se frotó bien la cara y el cuerpo contra la cintura y falda de +su protectora.</p> + +<p>«Dice que lo que le pide a la Virgen—declaró Severiana con esa +adulación de los humildes muy favorecidos y que aún quieren serlo más—, +es no separarse nunca, nunca de la señorita... para estarla mirando +siempre».</p> + +<p>—Ya sé que me quiere mucho, y yo la quiero a ella, si es buena y +estudia. ¡Qué elegante estás!... No te había visto el vestido nuevo.</p> + +<p>—Anoche soñaba con la ropa nueva—dijo Severiana—, y ayer, cuando se +la puso, no hacía más que mirarse al espejo. Si la tocábamos ¡ay!, nos +quería pegar... Lo que ella deseaba era que la señorita la viera tan +maja, ¿verdad, rica?</p> + +<p>—No me gusta tanto afán por las composturas. Ahora lo que yo quiero es +ver qué tal andan esas lecciones... Hoy no tengo tiempo de hacer +preguntas; pero otro día, el jueves, veremos cómo está ese catecismo.</p> + +<p>—¡Ah!, señorita, se lo sabe de corrido. Nos tiene mareados con lo que +hicieron aquellos que se comían el maná y lo de Noé en el arca, con +tantos animales como metió en ella. ¿Pues y leer? Lee mejor que mi +marido.</p> + +<p>—Eso me gusta... El mes que entra la pondremos en un colegio, interna. +Ya es grandecita... es preciso que vaya aprendiendo los buenos +modales... su poquito de francés, su poquito de piano... Quiero educarla +para maestrita o institutriz, ¿verdad?</p> + +<p>Adoración la miraba como en éxtasis.</p> + +<p>«¿Y esa mujer?» preguntó luego Jacinta a Severiana, refiriéndose a la +madre de Adoración.</p> + +<p>«Señora, no me la nombre. A poco de salir de las Micaelas, parecía algo +enmendada. Volvió a correr pañuelos de Manila y algunas prendas; estaba +en buena conformidad; pero ya la tenemos otra vez en danza con el +maldito vicio. Anteanoche la recogieron tiesa en la calle de la +Comadre... ¡Qué vergüenza...!».</p> + +<p>Jacinta hizo un gesto de pena. «¡Pobrecita mía!» exclamó abrazando más +estrechamente a su protegida.</p> + +<p>—Por esto—añadió la otra—, yo quería hablar a la señorita para ver si +doña Guillermina tenía proporción de meterla en cualquier parte donde la +sujetaran. En las Micaelas no puede ser, a cuento de que allí la +tuvieron que echar por escandalosa... Pero bien la podrían poner, si a +mano viene, en un hospicio, o casa de orates, al menos para que no diera +malos ejemplos.</p> + +<p>—Veremos...—dijo distraída Jacinta levantándose, porque había oído el +repique del timbre con que su marido llamaba.</p> + +<p>Faltaba algo antes de que Adoración se despidiera. Su protectora le daba +siempre una golosina, y aquel día hubo de olvidarse. Quedose parada la +niña en medio del gabinete aun después de los últimos besos de la +despedida. Jacinta cayó en la cuenta de su distracción. «Espérate un +momento». A poco volvió con lo que la chiquilla deseaba, y repetida la +recomendación de portarse bien y estudiar mucho, acompañolas hasta la +puerta. Cuando Severiana y su sobrinita salían, entraba Moreno-Isla, y +Jacinta que le vio subir, se detuvo en el recibimiento. Subía despacio y +jadeante, a causa de la afección al corazón que padecía. Estaba muy +envejecido, de mal color, y con más aire extranjero que antes.</p> + +<p>«¡Oh, puerta del paraíso!, ¡qué manos te abren...! Dispense usted... Me +canso horriblemente» dijo Moreno, saludándola con tanta urbanidad como +afecto.</p> + +<p>Estupiñá, que entraba detrás, le echó también un gran saludo a D. +Manuel, permitiéndose abrazarle, porque eran antiguos amigos.</p> + +<p>«Estás hecho un pollo» le dijo Moreno, palmoteándole en los hombros.</p> + +<p>—Vamos tirando... ¿Y usted...?</p> + +<p>—Así, así.—¡Siempre por esas tierras de extranjis!... Caramba, también +es gusto, teniendo aquí tantos que le quieren bien...</p> + +<p>El forastero le contestó con la benevolencia un tanto fría que saben +emplear los superiores bien educados. Separáronse en el pasillo, porque +Estupiñá tenía que ir hacia el comedor. Moreno siguió a Jacinta hasta el +salón y de allí al gabinete.</p> + +<p>«No me había dicho Guillermina que estaba usted en Madrid. Lo supe hoy +por mamá» dijo ella por decir algo.</p> + +<p>—¿Guillermina? ¡Buena tiene ella la cabeza para acordarse de +anunciarme! ¿Sabe usted que cada vez que vengo a España me la encuentro +más tocada? Ayer, cuando entré en casa, lo primero que hizo, mientras me +saludaba, fue un registro de todos los bolsillos de mi ropa. Me +desplumó. Lo que yo decía: «apenas se pone el pie en España, no se da un +paso sin tropezar con bandoleros». Ahora pretende que entre todos los +parientes le hagamos un piso... friolera.</p> + +<p>—¡Pobrecilla! Es una santa. Llegó entonces D. Baldomero, anunciándose +antes de entrar con estas alegres voces: «¿En dónde está ese +anti-patriota?». Cuando apareció en la puerta, con los brazos abiertos, +fue Moreno a dejarse estrechar en ellos.</p> + +<p>«Bien, padrino; está usted hecho un muchacho».</p> + +<p>—¿Y tú, perdido? Me dijeron que estabas algo delicado.</p> + +<p>—Me canso horriblemente—replicó el forastero, tocándose el corazón—. +Algo aquí... Pero dicen que es nervioso.</p> + +<p>—Sí, sí, nervioso—afirmó Santa Cruz como si tuviera en el dedillo toda +la medicina.</p> + +<p>—Nervioso, claro—repitió Jacinta; y Barbarita, que a la sazón entraba, +también dijo: «¿Qué ha de ser sino nervioso...?».</p> + +<p>—Vaya, vaya con este perdis—decía D. Baldomero mirando mucho a su +amigo y pariente y no atreviéndose a decir que le encontraba muy +desmejorado—. Siempre tan extranjerote.</p> + +<p>—No quiere nada con nosotros—dijo Barbarita, examinándole la ropa—. +Mira, mira que levita gris cerrada... y botines blancos... Pero, Manolo, +¡qué zapatones usan por allá! Esos guantes pasarían aquí por guantes de +cochero.</p> + +<p>Moreno se echó a reír. Su persona tenía tal aire inglés, que quien le +viera, tomaríale por uno de esos lores aburridos y millonarios que andan +por el mundo sacudiéndose la morriña que les consume. Hasta cuando +hablaba desmentía, no por afectación, sino por hábito, su progenie +española, porque arrastraba un poco las erres y olvidaba algunos +vocablos de los menos usuales. Se había educado en el célebre colegio de +Eton; a los treinta años volvió a Inglaterra y allí vivía de continuo, +salvo las cortas temporadas que pasaba en Madrid. Poseía el arte de la +buena educación en su forma más exquisita, y una soltura de modales que +cautivaba. Era ahijado de D. Baldomero I, y por esto seguía llamando +<i>padrino</i> a D. Baldomero II.</p> + +<p>—Ya saben ustedes que no transijo con la patria—dijo sonriendo—. +Mientras más la visito, menos me gusta. Por respeto a mi padrino, no me +atrevo a decir más.</p> + +<p>Los gustos extranjeros de aquel hombre y el desamor que a su patria +mostraba, eran ocasión de empeñadas reyertas entre él y D. Baldomero, +que defendía todo <i>lo del Reino</i> con sincero entusiasmo. A veces perdía +los estribos el buen español, sosteniendo que en todo lo <i>de fuera</i> hay +mucho de farsa, y Moreno, extremando sus antipatías, sostenía que en +España no hay más que tres cosas buenas: la Guardia Civil, las uvas de +albillo y el Museo del Prado.</p> + +<p>«Vamos a ver—dijo D. Baldomero con alegría, que le retozaba en la +cara—. ¿Qué me dices del Rey que hemos traído? Ahora sí que vamos a +estar en grande. Verás cómo prospera el país y se acaban las guerras».</p> + +<p>—Es guapo chico. Varios españoles residentes en Londres le acompañamos +en el tren hasta Dover. Yo le regalé un magnífico reloj... Es muy +despejado chico, pero muy despejado. ¡Lástima de Rey! Yo le dije: +«Vuestra Majestad va a gobernar el país de la ingratitud; pero Vuestra +Majestad vencerá a la hidra». Esto lo dije por cortesía; pero yo no creo +que pueda barajar a esta gente. Él querrá hacerlo bien; pero falta que +le dejen.</p> + +<p>En esto entró Juan, y él y su pariente se dieron los abrazos de +ordenanza. Para ponerse a almorzar no faltaba más que Villalonga.</p> + +<p>«¿Pero qué?—dijo el Delfín—, ¿le esperamos? Sabe Dios a qué hora +vendrá. Anoche se retiraría a las tres de la tertulia del Ministro de la +Gobernación, y estará todavía en la cama».</p> + +<p>Acordaron, pues, no aguardar más, y durante el cordial almuerzo, que +quieras que no, la conversación versó sobre si en España es todo malo, o +si en Francia e Inglaterra es de buena ley todo lo que admiramos. +Moreno-Isla no cedía una pulgada de terreno antipatriótico en que su +terquedad se encerraba.</p> + +<p>«Miren ustedes... hablando ahora con toda seriedad—dijo, después de +apurar bien el tema de las comidas, y pasando a ciertas ideas de cultura +general—. Yo he hecho una observación que nadie me desmentirá. Desde +que se pasa la frontera para allá y se entra en Francia, no le pica a +usted una pulga». <i>(Risas)</i>.</p> + +<p>«¡Pero qué tendrán que ver las pulgas...!».</p> + +<p>—¿Y sostienes tú que en Francia no hay pulgas?</p> + +<p>—No las hay, créame usted, padrino, no las hay. Es un resultado del +aseo general, de la limpieza de las casas y de las personas. Vaya usted +a San Sebastián. Se lo comen vivo...</p> + +<p>—Hombre, por Dios, ¡qué argumentos!...</p> + +<p>Sonó la campanilla. «¡Ahí está!» dijeron todos, y Barbarita miró al +lugar vacío que estaba destinado a Villalonga en la mesa. Este entró muy +alegre, saludando a la familia, y dando un apretón de manos a Moreno.</p> + +<p>«Indulgencia, señora. He venido volando por no hacerme esperar».</p> + +<p>—Amigo, desde que está usted en candelero, no hay quien le vea. ¡Qué +caro se cotiza!</p> + +<p>—Es que no me dejan vivir. Anoche duró el jubileo hasta las tres. +Doscientas personas entrando y saliendo. Y que no pretenden nada...</p> + +<p>—Preparando las elecciones, ¿eh?</p> + +<p>—¡Oh!, pues si pasamos al terreno político...—indicó Moreno.</p> + +<p>—No, no pases—replicó Santa Cruz—. En ese terreno concedo, concedo...</p> + +<p>Después hubo debate sobre quesos, diciendo D. Baldomero que los del +Reino son también muy buenos. Luego tratose de las casas, que Moreno +calificó de inhabitables. «Por eso todo el mundo vive en la calle».</p> + +<p>«Pues mire usted—dijo Villalonga—: las casas serán todo lo malas que +usted quiera; pero hay en las del extranjero una costumbre que maldita +la gracia que tiene. Me refiero a la falta de maderas en los balcones y +ventanas, por lo cual entra la luz desde que Dios amanece, y no puede +usted pegar los ojos».</p> + +<p>—¿Pero usted cree que por allá hay alguien que se esté durmiendo hasta +el medio día?</p> + +<p>Sobre esto se habló mucho, y el forastero sacó a relucir otras cosas. +«Yo de mí sé decir que cuando paso la frontera para acá recibo las más +tristes impresiones. Habrá algo que admirar; a mí se me esconde, y no +veo más que la grosería, los malos modos, la pobreza, hombres que +parecen salvajes, liados en mantas; mujeres flacas... Lo que más me +choca es lo desmedrado de la casta. Rara vez ve usted un hombrachón +robusto y una mujer fresca. No lo duden ustedes, nuestra raza está mal +alimentada, y no es de ahora; viene pasando hambres desde hace siglos... +Mi país me es bastante antipático, y desde que me meto en el <i>express</i> +de Irún ya estoy renegando. Por la mañana, cuando despierto en la Sierra +y oigo pregonar el <i>botijo e leche</i>, me siento mal; créanlo ustedes... +Al llegar a Madrid, y ver la gente de capa, las mujeres con mantones, +las calles mal adoquinadas, y los caballos de los coches como +esqueletos, no veo la hora de volverme a marchar».</p> + +<p>—¡Hombre, en qué tonterías te fijas!—observó D. Baldomero, continuando +la apología de la patria en términos calurosos que el otro oía con +benevolencia.</p> + +<p>Cuando tomaban el café, notaron todos que Moreno se sentía mal; pero él +disimulaba, y llevándose la mano al corazón, decía otra vez: «Algo +aquí... No es nada. Nervioso quizás. Lo que más me molesta es el ruido +de la circulación de la sangre. Por eso me gusta tanto viajar... Con el +ruido del tren, no oigo el mío».</p> + +<p>Hubo un momento de silencio y tristeza en la mesa; pero aquello pasó, y +siguieron charlando. Jacinta observaba que alguien le hacía telégrafos +desde la puerta, alzando un poco el cortinón. Salió: era Guillermina.</p> + +<p>«No, yo no paso. Tengo que irme al momento a la obra—le dijo con +secreteo—. Vengo para encargarte que le hables. Saca la conversación +como puedas, y que se entere bien de la necesidad en que estamos».</p> + +<p>—Moreno ayudará—díjole su amiguita, llevándola a otra pieza para +hablar con más libertad.</p> + +<p>—No sé... está incomodado conmigo... Esta mañana hemos reñido... La +verdad... me enfadé, me tuve que enfadar. Figúrate que esta vez viene +más hereje que nunca. Cada uno es dueño de condenarse; ¿pero a qué viene +decirme a mí cosas contra la religión?</p> + +<p>—¡Qué malo!—Y tantas fueron sus burlas y sacrilegios que... Dios me lo +perdone... me incomodé. Le dije que no me hacía falta su dinero para +nada, y que tendría miedo de tomarlo en mis manos, por ser dinero de +Satanás. Pero esto es un dicho, ¿sabes?</p> + +<p>—Claro.—¿Y aquí no ha hablado de religión?</p> + +<p>—No; ni jota. Mamá no se lo toleraría. Ha hablado de que en España hay +más pulgas que en Francia.</p> + +<p>—¡Dale! ¡Qué importará que haya pulgas con tal que haya cristiandad! +Las cosas que dicen estos herejotes nos indignarían si no las tomáramos +a risa. Tú no sabes bien lo protestante y calvinista que viene ahora. Me +horripilé oyéndole. Pero en fin, allá se entenderá con Dios; y entre +tanto, lo que importa es que afloje los cuartos para mi obra. Y que le +ha de valer para su alma, aunque él no quiera... Con que a ver si me le +catequizas.</p> + +<p>—Haré lo que pueda... Veremos, le diré algo...</p> + +<p>—No vayas a olvidarte... Adiós, hija de mi alma. Me voy; esta noche me +contarás lo que te diga. Creo que no nos dejará mal, porque en el fondo +es un buenazo. A poco que se le raspe la corteza de hereje, sale aquella +pasta de ángel de otros tiempos. Quédate con Dios.</p> + +<p>Volvió Jacinta al comedor. Si cumplió o no el encargo de Guillermina, +lo veremos a su tiempo. Más que reunir dinero para el asilo, preocupaba +a la dama el ver resuelto según su deseo lo que ella y su marido habían +tratado la noche anterior. Movida de este afán, así que se marcharon +Moreno y Villalonga, cogió por su cuenta al Delfín, y otra vez trataron +ambos la cuestión de la ruptura. De acuerdo estaban en lo principal, +discrepando sólo en el procedimiento más adecuado, pues ella opinaba por +una carta y él por una entrevista de despedida. Al fin, tras laboriosa +discusión, prevaleció este criterio, como verá el que siga leyendo.</p> + + + +<hr /> +<h2><a name="iiic" id="iiic"></a>-III-</h2> + +<h2>La revolución vencida</h2> + + + +<hr /> +<h2>-<span class="smcap">i</span>-</h2> + + +<p>Quien supiera o pudiera apartar el ramaje vistoso de ideas más o +menos contrahechas y de palabras relumbrantes, que el señorito de Santa +Cruz puso ante los ojos de su mujer en la noche aquella, encontraría la +seca desnudez de su pensamiento y de su deseo, los cuales no eran otra +cosa que un profundísimo hastío de Fortunata y las ganas de perderla de +vista lo más pronto posible. ¿Por qué lo que no se tiene se desea, y lo +que se tiene se desprecia? Cuando ella salió del convento con corona de +honrada para casarse; cuando llevaba mezcladas en su pecho las azucenas +de la purificación religiosa y los azahares de la boda, parecíale al +Delfín digna y lucida hazaña arrancarla de aquella vida. Hízolo así con +éxito superior a sus esperanzas, pero su conquista le imponía la +obligación de sostener indefinidamente a la víctima, y esto, pasado +cierto tiempo, se iba haciendo aburrido, soso y caro. Sin variedad era +él hombre perdido; lo tenía en su naturaleza y no lo podía remediar. +Había que cambiar de forma de Gobierno cada poco tiempo, y cuando estaba +en república, ¡le parecía la monarquía tan seductora...! Al salir de su +casa aquella tarde, iba pensando en esto. Su mujer le estaba gustando +más, mucho más que aquella situación revolucionaria que había +implantado, pisoteando los derechos de dos matrimonios.</p> + +<p>«¿Quién duda—seguía pensando—, que es prudente evitar el escándalo? Yo +no puedo parecerme a este y el otro y el de más allá, que viven en la +anarquía, señalados de todo el mundo. Hay otra razón, y es que se me +está volviendo antipática, lo mismo que la otra vez. La pobrecilla no +aprende, no adelanta un solo paso en el arte de agradar; no tiene +instintos de seducción, desconoce las gaterías que embelesan. Nació para +hacer la felicidad de un apreciable albañil, y no ve nada más allá de su +nariz bonita. ¿Pues no le ha dado ahora por hacerme camisas? ¡Buenas +estarían!... Habla con sinceridad; pero sin gracia ni <i>esprit</i>. ¡Qué +diferente de Sofía la Ferrolana, que, cuando Pepito Trastamara la trajo +del primer viaje a París, era una verdadera Dubarry españolizada! Para +todas las artes se necesitan facultades de asimilación, y esta marmotona +que me ha caído a mí es siempre igual a sí misma. Con decir que hace +días le dio por estar rezando toda la tarde... ¿y para qué?... para +pedirle a Dios chiquillos...</p> + +<p>¡Al Demonio se le ocurre...! En fin, que no puedo ya más, y hoy mismo se +acaba esta irregularidad. ¡Abajo la república!».</p> + +<p>Pensando de este modo, había llegado a la casa de su querida, y en el +momento de poner la mano en el llamador, un hecho extraño cortó +bruscamente el hilo de sus ideas. Antes de que llamara, se abrió la +puerta, dando paso a un señor mayor, de muy buena presencia, el cual +salió, saludando a Santa Cruz con una cortés inclinación de cabeza. La +misma Fortunata le había abierto la puerta y le despedía.</p> + +<p>Juan entró. La salida de aquel señor le produjo en un instante dos +sentimientos distintos que se sucedieron con brevedad. El primero fue +algo de enojo, el segundo satisfacción de que el acaso le proporcionase +un buen apoyo para el rompimiento que deseaba... «Me parece que yo +conozco a este señor tan terne. Le he visto, le he visto en alguna +parte—pensaba entrando hacia la sala—. ¡Si tendremos gatuperio...! +Estaría bueno. Pero más vale así».</p> + +<p>Y en alta voz y de mal modo, preguntó a Fortunata: «¿Quién es ese +viejo?».</p> + +<p>—Yo creí que le conocías. D. Evaristo Feijoo, coronel o no sé qué de +milicia... Es grande amigo de Juan Pablo.</p> + +<p>—¿Y quién es Juan Pablo? ¡Vaya unos conocimientos que me quieres +colgar...!</p> + +<p>—Mi cuñado.</p> + +<p>—¿Y cuándo he conocido yo a tu cuñado, ni qué me importa?... Estamos +bien. ¿Y a qué venía aquí ese señor... Feijoo, dices? Me parece que es +amigo de Villalonga.</p> + +<p>—Ha venido a visitarme, y esta es la tercera vez... Es un señor muy +bueno y muy fino. ¿Qué te crees, que viene a hacerme el amor? ¡Qué +tontito! Pero en resumidas cuentas, si te parece que no debo recibirle, +no lo haré más. Y aquí paz...</p> + +<p>—No, no; recíbele todo lo que quieras—dijo él variando de táctica con +la rapidez del genio—. Si, como dices, es una persona formal, podría +ser que te conviniera cultivar su amistad.</p> + +<p>Fortunata no comprendió bien, y él se envalentonó con el silencio de +ella.</p> + +<p>«Porque, hija mía, yo debo decirte que no podemos seguir así».</p> + +<p>Pensaba el muy tuno que lo mejor era cortar por lo sano, planteando la +cuestión desde el primer momento con limpieza y claridad.</p> + +<p>La salita en que estaba tenía ese lujo allegadizo que sustituye al +verdadero allí donde el concubinato elegante vive aún en condiciones de +timidez y más bien como ensayo. Había muebles forrados de seda y +cortinas hermosas; pero aquellos eran feotes, de amaranto combinado con +verde-limón; las cortinas estaban torcidas, las guardamalletas mal +colocadas, la alfombra mal casada; y las jardineras de bazar, con +begonias de trapo, cojeaban. El reloj de la consola no había sabido +nunca lo que es dar la hora. Era dorado, con figuras como de pastores, +haciendo juego con candelabros encerrados en guardabrisas. Había +laminitas compradas en baratillos, con marcos de cruceta, y otras mil +porquerías con pretensiones de lujo y riqueza, todo ello anterior a la +transformación del gusto que se ha verificado de diez años a esta parte. +Santa Cruz miraba esta sala con cierto orgullo, viendo en ella como un +testimonio de su esplendidez; pero al mismo tiempo solía ridiculizar a +Fortunata por su mal gusto. Ciertamente que para vestirse tenía +instintos de elegancia; pero en muebles y decoración de casa desbarraba. +En suma, que ella tendría todas las cualidades que quisiera; pero lo que +es <i>chic</i> no tenía.</p> + +<p>Sentado en el sofá y con el sombrero puesto, Juan contempló aquel día +todo lo que allí había, gozándose en la idea de que lo miraba por última +vez. Fortunata estaba en pie, delante de él, y luego se sentó en una +banqueta, fijando los ojos en su amante, como en expectativa de algo muy +grave que de él esperaba oír.</p> + +<p>«Si esta pavisosa—pensó Santa Cruz mirándola también—, viera con qué +donaire se sienta en un <i>puff</i> Sofía la Ferrolana, tendría mucho que +aprender. Lo que es esta, ni a palos aprenderá nunca esas blanduras de +la gata, esos arqueos de un cuerpo pegadizo y sutil que acaricia el +asiento ¡Ah!, ¡qué bestias nos hizo Dios!...».</p> + +<p>Y en alta voz: «Dime, ¿por qué no te has puesto la bata de seda, como te +he mandado?».</p> + +<p>—¡Qué cosas tienes!... No la quiero estropear.</p> + +<p>—Eso es...—dijo el otro riendo sin delicadeza—, guárdala para los +días de fiesta. Así me gusta a mí la gente, arregladita... Y cuando yo +vengo aquí te pones la batita de lana, que unos días apesta a canela y +otros a petróleo...</p> + +<p>—Mentira—replicó Fortunata, oliendo su propio vestido—. Está bien +limpia. ¿Para qué dices lo que no es?</p> + +<p>—No, lo que es dentro de casa, tú estás por aquello de <i>ya engañé</i>. +Eso; ponte bien ordinaria y todo lo cursi que puedas.</p> + +<p>—¡Ay qué gracia!... pues hoy no me he puesto la bata de seda, porque he +estado toda la mañana en la cocina.</p> + +<p>—¿Haciendo qué?—Escabeche de besugo.—Bien; me gusta. <i>Jormiguita</i> +para cuando vengan los malos tiempos—dijo el Delfín con benévola +ironía—. Pues hija, yo tengo que hablarte hoy con claridad. Te quiero +demasiado para andar en misterios contigo. Tú eres razonable, te haces +cargo de las cosas y comprenderás que tengo razón en lo que te voy a +decir.</p> + +<p>Este lenguaje desconcertó a Fortunata, porque le recordaba el otra vez +usado para licenciarla. Pero él creyó oportuno mostrarse cariñoso, y la +hizo sentar a su lado para pasarle la mano por la cara y hacerle algunas +zalamerías de las que se emplean con los niños cuando se les quiere +hacer tomar una medicina.</p> + +<p>«Ven acá, y no te asustes. Yo no quiero más que tu bien. No dirás que no +he hecho por ti cuanto estaba en mi mano. Por mi parte, bien lo sabes +tú, seguiríamos lo mismo; pero mi mujer se ha enterado... anoche hemos +tenido una bronca espantosa, pero espantosa, chica; no puedes figurarte +cómo se puso. Se desmayó; tuvimos que llamar al médico. La más negra fue +que mis papás se enteraron también del motivo, y... una chilla por aquí, +otra por allá; mi padre furioso... entre todos me querían comer».</p> + +<p>Fortunata estaba tan absorta y aterrada, que no podía pronunciar palabra +alguna.</p> + +<p>«Ya te he dicho que lo paso todo, menos dar un disgusto a mis padres. +Así es que anoche me planté conmigo mismo, y dije: 'Aunque me muera de +pena, esto se tiene que acabar'. Sé que me costará una enfermedad. El +golpe será rudo. No se arranca fibra tan sensible sin que duela mucho. +Pero es preciso, y para estos casos son los caracteres...».</p> + +<p>Mientras ella empezaba a lloriquear, Juan se decía: «Ahora viene la +lagrimita. Es infalible. Preparémonos».</p> + +<p>«Tonta, no llores, no te aflijas—añadió besándola—. Mira que yo estoy +con el alma en un hilo, y si te veo flaquear, soy hombre perdido».</p> + +<p>Procuraba mostrarse a dos dedos de romper en llanto, y ponía una cara +muy triste.</p> + +<p>«No creas—balbució la prójima entre sollozos—. Te veía venir. Hace +días que la estás tú tramando... Bueno, hemos concluido».</p> + +<p>—No, si yo te querré siempre, nena negra. Sólo que no puedo visitarte +más. Alguna vez... no digo que no... Pero así, con esta manera de +vivir... imposible. Madrid, que parece grande, es muy chico, es una +aldea. Aquí todo se hace público, y al fin no hay más remedio que bajar +la cabeza. Yo soy casado, tú también; estamos pateando todas las leyes +divinas y humanas. Si hubiera muchos como nosotros, pronto la sociedad +sería peor que un presidio, un verdadero infierno suelto. ¿No has +pensado tú alguna vez en esto?</p> + +<p>Lo que Fortunata había pensado era que el amor salva todas las +irregularidades, mejor dicho, que el amor lo hace todo regular, que +rectifica las leyes, derogando las que se le oponen. Lo había dicho +varias veces a su amante, expresándose de una manera ruda; pero en aquel +lance, parecíale ridículo volver sobre aquella idea verdadera o falsa +del amor, porque en su buen instinto comprendía que toda aquella +hojarasca de leyes divinas, principios, conciencia y demás, servía para +ocultar el hueco que dejaba el amor fugitivo. Pero ella no lo seguiría +jamás al terreno de la controversia, porque no sabía desenvolverse con +tanta palabra fina.</p> + +<p>«Ya me lo decía el corazón» exclamaba, apretando el pañuelo contra sus +ojos.</p> + +<p>—No se puede uno sustraer a los principios—prosiguió él—. Las +conveniencias sociales, nena mía, son más fuertes que nosotros, y no +puede uno estar riéndose de ellas mucho tiempo, porque a lo mejor viene +el garrotazo, y hay que bajar la cabeza. Yo quisiera que tú te +penetraras bien de esto... Nunca te he dicho nada; pero a veces, aquí +mismo he sentido mi conciencia tan alborotada, que...</p> + +<p>Fortunata le miró de un modo que le hizo callar... «¡A buenas horas y +con sol!—quería decir aquella mirada—. Después que hemos cometido +todos los crímenes, ahora salimos con escrúpulos... Y yo pago la falta +de los dos...».</p> + +<p>«Bien merecido me lo tengo—declaró en un arranque de dolor combinado +con la rabia—, porque los dos hemos sido malos; pero yo he sido más +mala que tú... yo dejo tamañitas a todas... ¡Dios, con la que yo hice!, +¡portarme como me porté con aquella familia! Tú me decías que no era +nada, cuando yo me ponía triste... pensando en lo que había hecho, sí, y +te reías... te reías».</p> + +<p>—Sí... pero...—Repito que te reías... ¡pero cómo!, a carcajadas, +llamándome simple y qué sé yo qué... Bien, bien; bastante hemos +hablado... Te vas, pues muy santo y muy bueno. Lo sentiré; calcula si lo +sentiré... pero ya me iré consolando. No hay mal que cien años dure. +¡Aire, aire!</p> + +<p>Se limpiaba rápidamente las lágrimas, fingiendo una fortaleza que no +tenía.</p> + +<p>«Nos separaremos como amigos—dijo Santa Cruz tomándole una mano, que +ella separó prontamente—, y me retiro dándote un buen consejo».</p> + +<p>—¿Cuál?—preguntó ella más airada que dolorida.</p> + +<p>—Que te unas... que procures unirte otra vez con tu marido.</p> + +<p>—¡Yo...!—exclamó la señora de Rubín con indecible terror—. ¡Después +de...!</p> + +<p>—Ya te serenarás, hija. ¡El tiempo! ¿Sabes tú los milagros que ese +señor hace? Tú lo has dicho: no hay mal que cien años dure, y cuando se +tocan de cerca los grandes inconvenientes de vivir lejos de la ley, no +hay más remedio que volver a ella. Ahora te parece imposible; pero +volverás. Si es lo natural, es lo fácil, lo fácil... Solemos decir: «tal +cosa no llega nunca». Y sin embargo llega, y apenas nos sorprende por la +suavidad con que ha venido.</p> + +<p>Levantose la joven disparada, y se metió en su gabinete. Estaba como una +loca. Juan la siguió, temiendo que le acometiese un acceso de +desesperación. Ambos se encontraron en la puerta de la alcoba. Él +entraba, ella salía.</p> + +<p>«¿Sabes lo que te digo?...—gritó Fortunata con la voz ronca de despecho +y dolor—. Que ya estás demás aquí».</p> + +<p>—Pero no te irrites...—¡Fuera, fuera!—gritaba ella empujándole con +ruda energía.</p> + +<p>Santa Cruz reconoció aquella fuerza casi superior a la suya, y no tenía +gran empeño en oponerse a ella. Por punto, hizo como que sus brazos +intentaban someter a los de su querida. Esta pudo más y cerró +violentamente la puerta de la alcoba. El Delfín tocó en los cristales, +diciendo: «Si no hay motivo para tanta bulla... Nena, nena negra, +abre... Ten calma y no te sofoques... ¡Bah!, siempre eres así...».</p> + +<p>Pero de dentro de la alcoba no venía ninguna respuesta, ni una voz +siquiera. Juan aplicó el oído, creyendo sentir sollozos... gemidos +sofocados. Pronto comprendió que no podía apetecer mejor coyuntura para +plantarse rápidamente en la calle y dar por terminado el enojoso trámite +de la ruptura.</p> + +<p>«Pero aún me falta la última parte—pensó echando mano a su cartera—. +No puedo abandonarla así...». Después de meditar un rato, volvió a +guardar la cartera y se dijo: «Mejor será que me vaya... Se lo mandaré +en una carta... Adiós. No dirá Jacinta que...».</p> + +<p>Salió de puntillas, como se sale de la casa en que hay un enfermo grave.</p> + + + +<hr /> +<h2>-<span class="smcap">ii</span>-</h2> + + +<p>En el resto de aquel aciago día, dicho se está que la pobre señora +de Rubín se entregó a las mayores extravagancias, pues tal nombre +merecen sin duda actos como no querer comer, estar llorando a moco y +baba tres horas seguidas, encender la luz cuando aún era día claro, +apagarla después que fue noche por gusto de la oscuridad, y decir mil +disparates en alta voz, lo mismo que si delirara. La criada intentó +tranquilizarla; pero los consuelos verbales la irritaban más. A eso de +las nueve, la dolorida se levantó con resolución del sofá en que se +había echado, y a tientas, porque el gabinete estaba oscurísimo, buscó +su mantón. «Ya verán, ya verán» murmuraba en su agitación epiléptica; y +a tientas buscó también las botas y se las puso. Pañuelo a la cabeza, +mantón bien recogido sobre los hombros, y a la calle... Salió con +rapidez y determinación, como quien sabe a dónde va y obedece a uno de +esos formidables impulsos en línea recta que conducen a toda acción +terminante. Ni tiempo dio a que Dorotea pudiera detenerla, porque cuando +esta la vio, ya estaba abriendo la puerta y salía como una saeta.</p> + +<p>Eran las nueve de la noche. Fortunata atravesó con paso ligero la calle +de Hortaleza, la Red de San Luis. No debía de estar muy trastornada +cuando en vez de tomar por la calle de la Montera, en la cual el gentío +estorbaba el tránsito, fue a buscar la de la Salud y bajó por ella, +considerando que por tal camino ganaba diez minutos. De la calle del +Carmen pasó a la de Preciados, sin perder ni un momento el instinto de +la viabilidad. Atravesó la Puerta del Sol por frente a la casa de +Cordero, y ya la tenéis subiendo por la calle de Correos hacia la +plazuela de Pontejos. Ya llegaba, y a medida que veía más cerca el +objeto de su viaje, parecía como que se le iba acabando la cuerda +epiléptica que la impulsaba a la febril marcha. Vio el portal de la casa +de Santa Cruz, y sus miradas se internaron con recelo por aquella +cavidad ancha, de estucadas paredes, y alumbrada por mecheros de gas. +Ver esto y pararse en firme, con cierta frialdad en el alma, sintiendo +el choque interior de toda velocidad bruscamente enfrenada, fue todo +uno.</p> + +<p>Ver el portal fue para la prójima, como para el pájaro, que ciego y +disparado vuela, topar violentamente contra un muro. Los que obran bajo +la acción de impulsos cerebrales, irresistibles y mecánicos, como los +instintos que atañen a la conservación, van muy bien en su carrera +mientras no ven el fin más que en la representación falsa que de él les +da su deseo; pero cuando la realidad de aquel fin se les pone delante, +ofreciéndoseles como acción sometida a las leyes generales, no hay +velocidad que no tenga su rechazo. ¿Cuál era el intento de Fortunata y +qué iba a hacer allí? ¡Friolera!... Pues nada más que entrar en la casa +sin pedir permiso a nadie, llamar, colarse de rondón, dando gritos y +atropellando a todo el que encontrara, llegarse a Jacinta, cogerla por +el moño y... Esto de cogerla por el moño no se determinó bien en su +voluntad; pero sí que le diría mil cosas amargas y violentas. Tal +pensaba cuando le entró aquel desatino de salir de su casa y correr +hacia la plazuela de Pontejos. Y cuando bajaba por la calle de la Salud, +iba pensando así: «No se me quedará en el cuerpo nada, nada. Ella es la +que me hace desgraciada, robándome a mi marido... Porque es mi marido: +yo he tenido un hijo suyo y ella no... Vamos a ver, ¿quién tiene más +derecho? Entrañas por entrañas, ¿cuáles valen más?». Estos enormes +disparates, nacidos del trastorno que en su cerebro reinara, +persistieron cuando estaba parada y atónita delante del portal de los de +Santa Cruz.</p> + +<p>«Pues no sé por qué no entro y armo la escandalera que debo armar...».</p> + +<p>Pero la contenía un cierto respeto que no acertaba a explicarse. Se +alejó, y desde la acera de enfrente miró hacia la casa, diciendo para +sí: «Habrá luz en el gabinete de Jacinta, donde estarán de tertulia». +Pero no vio nada. Todo cerrado; todo a oscuras... «¡Si habrán salido...! +No, estarán ahí burlándose de mí, riéndose de la trastada que me han +hecho... Buenos son todos: ¡tales hijos, tales padres!». Volvió a sentir +el insensato anhelo de entrar en la casa, y dio tres o cuatro pasos +hacia ella; pero retrocedió por segunda vez. «¿A ver quién sale?». Era +un viejo que se detenía en el portal y echaba un párrafo con Deogracias. +La joven reconoció a Estupiñá, que había sido vecino suyo cuando ella +vivía en la Cava, donde tuvieron principio sus interminables desgracias. +Plácido se embozó en su capa tomando hacia la calle del Vicario Viejo. +Siguiole Fortunata con la vista hasta verle desaparecer, y poco después +volvió a su acecho. ¿Quién salía? Un caballero con botines blancos que +parecía extranjero. El tal pasó junto a ella, la miró, casi casi se +detuvo un instante para verla mejor; después siguió su camino. Otras +personas salían o entraban. Aunque en el pensamiento de Fortunata iba +condensándose la imposibilidad de entrar, continuaba allí clavada sin +saber por qué. No se podía marchar, aunque iba comprendiendo que la idea +que a tal sitio la llevó era una locura, como las que se hacen en +sueños. Uno de los muchos desvaríos que se sucedieron en su mente fue +imaginar que tal o cual hombre de los que vio salir era amante de +Jacinta. «Porque a mí no me digan que es virtuosa... Vaya unos embustes +que corre la gente. No se puede creer nada. ¿Virtuosa?, <i>tie</i> gracia... +Ninguna de estas casadas ricas lo es ni lo puede ser. Nosotras las del +pueblo somos las únicas que tenemos virtud, cuando no nos engañan. Yo, +por ejemplo... verbigracia, yo». Entrole una risa convulsiva. «¿Y de qué +te ríes, pánfila?—se dijo a sí misma—. Más honrada eres tú que el sol, +porque no has querido ni quieres más que a uno. ¿Pero estas... estas?... +Ja ja ja. Cada trimestre hombre nuevo, y virtuosa me soy. ¿Por qué? Pues +porque no dan escándalos, y todo se lo tapan unas con otras. ¡Ah!, +señora doña Jacinta, guárdese el mérito para quien lo crea; usted +caerá... tiene usted que caer, si no ha caído ya».</p> + +<p>De pronto vio que al portal se acercaba un coche. ¿Traería gente o venía +a tomarla? A tomarla porque no salió nadie; el lacayo entró en la casa, +y Deogracias se puso a hablar con el cochero. «Van a salirse dijo la +infeliz, sintiendo otra vez los ardientes impulsos que la sacaron de su +casa—. Ahora sí que no se me escapan... Me voy encima, y a las dos las +afrento... tal suegra para tal nuera... ¡buen par de cuñas están!... +¡Cuánto tardan! La cabeza se me abrasa, y parece que me vuelvo toda +uñas...».</p> + +<p>Salieron las señoras. Fortunata vio primero a una de pelo blanco, +después a Jacinta, después a una pollita que debía de ser su hermana...; +vio terciopelo, pieles blancas, sedas, joyas, todo rápidamente y como +por magia. Las tres entraron en el coche, y el lacayo cerró la +portezuela. ¡Pero qué cosas! Lo mismo fue ver a las tres damas, que a +Fortunata le entró un fuerte miedo. ¡Y ella que pensaba clavarles las +puntas de sus dedos como garfios de acero! Lo que sintió era más bien +terror, como el que infunde un súbito y horrendo peligro, y tan +impotente se vio su voluntad ante aquel pánico, que echó a correr y +alejose a escape, sin atreverse ni siquiera a mirar hacia atrás. Oyó el +ruido del coche que rodaba por la calle abajo, y aún lo vio pasar por +delante con tan rápida vuelta que por poco la arrolla. «¡Eh!...» gritó +el cochero, y la señora de Rubín dio un grito, saltando hacia atrás... +¡Qué susto, pero qué susto, Señor!... Siguió hacia la Puerta del Sol, +dándose cuenta de aquel miedo intensísimo que había sentido y +preguntándose si en él había también algo de vergüenza. Pero no le era +difícil discernir si su espanto era como el del exaltado cristiano que +ve al demonio, o como el de este cuando le presentan una cruz.</p> + +<p>Dejándose llevar de sus propios pasos, se encontró sin saber cómo en el +centro de la Puerta del Sol. Inconscientemente se sentó en el brocal de +la fuente y estuvo mirando los espumarajos del agua. Un individuo de +Orden Público la miró con aire suspicaz; pero ella no hizo caso y +continuó allí largo rato, viendo pasar tranvías y coches en derredor +suyo como si estuviera en el eje de un Tío Vivo. El frío y la impresión +de humedad la obligaron a ausentarse y se alejó envolviéndose bien en su +mantón y tapándose la boca. Casi no se le veían más que los ojos, y como +estos eran tan bonitos, muchos se le ponían al lado y le pedían permiso +para acompañarla, diciéndole mil cuchufletas. Recordó entonces otros +tiempos infelices, y la idea de tener que volver a ellos le produjo +dolor muy vivo, despejándole la cabeza de las quimeras que se le habían +metido en ella. El sentimiento de la realidad iba poco a poco recobrando +su imperio. Mas la realidad érale odiosa y trataba de mantenerse en +aquel estado delirante. Un individuo de los que la siguieron se aventuró +a detenerla en toda regla, llamándola por su nombre.</p> + +<p>«¡Pero qué tapadita va usted!... Fortunata».</p> + +<p>Detúvose ella ante el que esto dijo. Pensando en quién podría ser, +estuvo un ratito como lela mirando a la persona que enfrente tenía. «Yo +quiero conocer esta cara—se dijo—. ¡Ah!, es D. Evaristo».</p> + +<p>—Hija, muy distraidita va usted...</p> + +<p>—Voy a mi casa.</p> + +<p>—¡Por aquí!—exclamó Feijoo con asombro—. Pues el camino que lleva +usted es el del Teatro Real.</p> + +<p>—Es que...—replicó ella mirando las casas—me había equivocado... No +sé lo que me pasa...</p> + +<p>—Vamos por aquí; la acompañaré a usted—dijo D. Evaristo con bondad—. +Capellanes, Rompelanzas, Olivo, Ballesta, San Onofre, Hortaleza, Arco.</p> + +<p>—Ese es el camino; pero no dude usted lo que le digo...</p> + +<p>—¿Qué?, hija mía.</p> + +<p>—Que yo soy honrada, que siempre lo he sido.</p> + +<p>Feijoo miró a su amiga. Francamente, aquellos ojos tan bonitos le habían +hecho siempre muchísima gracia; pero no le hacía maldita la exaltación +que en ellos notaba aquella noche.</p> + +<p>La abandonada se volvió a tapar la boca con el mantón, y su acompañante +no chistaba. Mas como ella se detuviera de nuevo para repetir aquel +concepto de la honradez, Feijoo, que era hombre muy franco, no pudo +menos de decirle:</p> + +<p>«Amiguita, usted no está buena, quiero decir, a usted le ha pasado algo +muy gordo. Confiese usted a mí, que soy un amigo leal, y le daré buenos +consejos».</p> + +<p>—¿Pero duda usted—dijo Fortunata, apoyándose en la pared—, que yo +haya sido siempre...?</p> + +<p>—¿Honrada? ¿Cómo he de dudar eso, hija mía?, pues no faltaba más. Lo +que dudo es que usted tenga buena salud. Está usted fatigada, y me +parece que debemos tomar un coche... ¡Eh!, cochero...</p> + +<p>La de Rubín se dejó llevar, y maquinalmente entró en el simón. Alguna +vez había hecho lo mismo con un cualquiera encontrado en la calle.</p> + +<p>Feijoo le habló dentro del coche con paternal cariño; pero ella no +contestaba de una manera completamente acorde. De pronto le miró en la +oscuridad del vehículo, diciéndole: «¿Y tú, quién eres?... ¿A dónde me +llevas? ¿Por quién me has tomado? ¿No sabes que soy honrada?».</p> + +<p>—¡Ay, Dios mío!—murmuró el buen D. Evaristo con hondísimo disgusto—. +Esa cabeza no está buena, ni medio buena...</p> + +<p>Por fin llegaron, y los dos subieron. La criada les abrió. «Ahora—dijo +el simpático coronel retirado—, a acostarse. ¿Quiere usted que le +traiga un médico?».</p> + +<p>Sin contestar, metiose ella en su alcoba. Feijoo la siguió, afligidísimo +de verla en tan lastimoso estado. Después, él y la criada, cuchichearon.</p> + +<p>—Rompimiento... Le ha dado otra vez el canuto ese bergante—decía D. +Evaristo—. Si no es más que eso, la trinquetada pasará.</p> + +<p>Despidiose hasta el día siguiente, y la dolorida se acostó diciendo a la +criada mientras la ayudaba a desnudarse: «Honrada soy, y lo he sido +siempre. ¿Qué?... ¿lo dudas tú?».</p> + +<p>—Yo... no señorita; ¿qué he de dudarlo?—replicó la criada, volviendo +la cara para disimular una sonrisa.</p> + +<p>Durmiose pronto la infeliz señora de Rubín; pero a la media hora ya +estaba despierta y muy excitada. Dorotea, que se quedó junto a ella, la +oyó cantando, a media voz y con las manos cruzadas, las coplas místicas +de las Micaelas.</p> + + + +<hr /> +<h2><a name="ivc" id="ivc"></a>-IV-</h2> + +<h2>Un curso de filosofía práctica</h2> + + + +<hr /> +<h2>-<span class="smcap">i</span>-</h2> + + +<p>Dos o tres veces fue D. Evaristo al siguiente día a enterarse de la +salud de Fortunata; pero no la pudo ver. Dorotea le dijo que la señorita +no quería ver a nadie, y que de tanto pensar que era honrada, le dolía +horriblemente la cabeza. Al otro día la señorita estaba un poco mejor, +se había levantado y apetecido un sopicaldo. «Pero sigue con la misma +idea—añadió no sin malicia la chica, que era graciosa y avisada—. Se +lo prevengo, señor, para que le lleve el genio y le diga que sí».</p> + +<p>—Descuida, hija—replicó el caballero—, que por mí no ha de quedar. +¿Puedo verla? ¿No la molestaré mucho? ¿Sabe que estoy aquí?</p> + +<p>—Ya lo sabe. Espérese un ratito y pasará.</p> + +<p>Quedose solo en el comedor mi hombre, y después de quince minutos de +espera, Dorotea le mandó pasar. Estaba Fortunata en su gabinete, tendida +en el sofá, la cabeza reclinada sobre un almohadón de raso azul. Tenía +puesta la bata de seda y un pañuelo blanco finísimo a la cabeza, tan +ajustado, que no se le veía más que el óvalo del rostro. Estaba ojerosa, +pálida y muy abatida. Como D. Evaristo se preciaba de saber algo de +medicina, tomole el pulso.</p> + +<p>«Si está usted como un reloj, hija. Si no tiene fiebre ni ese es el +camino... ¡Bah!, coqueterías... un poco de rabietina y nada más. Y que +está usted guapísima con ese pañolito, ya, ya. No se le ven ni el pelo +ni las orejas. Parece una hermana de la Caridad... ¡Vaya con los males +de esta señora!».</p> + +<p>—Ayer estuve muy malita—dijo ella con voz apagada—. La cabeza se me +partía, y como no me podía quitar de <i>entre mí</i> aquella idea, y dale con +lo mismo... ¡Lo que una piensa!... Tengo que declarar que soy...</p> + +<p>—Honrada, sí, hoy más que ayer y mañana más que hoy. Por sabido se +calla.</p> + +<p>—No, hombre, no digo eso.—¿Cómo que no?—Lo que soy es muy mala, la +mujer más mala que ha nacido. ¿Pero usted sabe bien lo que yo he hecho? +Lo que me pasa me lo tengo bien ganado, sí, bien ganado me lo tengo, +¡porque cuidado que he hecho yo perrerías en este mundo...!</p> + +<p>—¡Quite usted allá!... No habrá sido tanto.</p> + +<p>—Vamos ahora a otra cosa—dijo la joven, sacando de debajo del manto +una mano, en la que tenía una carta—. Ayer me mandó esto.</p> + +<p>—¿Quién? ¡Ah! Santa Cruz.</p> + +<p>—No la he leído hasta esta mañana. Aquí se despide otra vez, dándome +consejos y echándoselas de santo varón. Me manda dentro de la carta +cuatro mil reales.</p> + +<p>—Vamos... No se ha corrido que digamos.</p> + +<p>—Quiero escribirle hoy mismo—indicó ella animándose un poco—. +Escribirle, no... nada más que meter los dos billetes de dos mil reales +dentro de un sobre y devolvérselos.</p> + +<p>—Hija mía, párese usted y piense bien lo que hace—dijo el amigo, +acercándose cariñosamente a ella—. Eso de devolver dinero es un +romanticismo impropio de estos tiempos. Sólo se devuelve el dinero que +se ha robado, y usted tenía derecho a que él le diera, no sólo eso, sino +muchísimo más. Con que déjese usted de <i>rasgos</i> si no quiere que la +silbe, porque esas simplezas no se ven ya más que en las comedias malas. +Nada, yo me he propuesto sacarla a usted del terreno de la tontería y +ponerla sólidamente sobre el terreno práctico.</p> + +<p>—Lo que es el dinero no lo tomo—declaró la enferma del corazón, +alargando los labios como los niños mimosos.</p> + +<p>—¡Ay, qué gracia!... Eso es, y coma usted mimitos—dijo el coronel, +haciendo también con sus labios la trompeta más larga que le fue +posible—. ¡Devolverle los santos cuartos! Sí, para que se ría más. Eso +es lo que él quiere... ¿Tiene usted ahorros?</p> + +<p>—Tendré unos treinta duros.</p> + +<p>—Pues eso y nada... ¿De qué va usted a vivir ahora?</p> + +<p>—Quiero ser honrada.—Magnífico... sublime. Lo que no veo tan claro es +que para ser honrada sea preciso no comer... ¿Acaso piensa usted +trabajar? ¿En qué?... Al menos, con esos cuatro mil reales tiene tiempo +de pensarlo y vivir algunos meses. Con que a guardar los <i>monises</i>, y no +se hable más del asunto.</p> + +<p>No se convenció Fortunata, que era algo terca; pero aplazó la devolución +de los billetes para el día siguiente. Como tenía clavada en su mente la +injuria recibida, sin querer hablaba de ella.</p> + +<p>«¡Vaya la que me ha hecho!—murmuró después de una pausa, mirando al +suelo—. ¡Qué manera de pagarme! ¡Yo, que lo dejé todo por él, y a los +que me habían hecho decente les di una patada!... Perdone usted si hablo +mal. Soy muy ordinaria. Es mi ser natural; y como a los que me querían +afinar y hacerme honrada les di con su honradez en los hocicos... ¡Qué +ingrata, ¿verdad?, qué indecente he sido! Todo por querer más de lo que +es debido, por querer como una leona. Y para que calcule usted si soy +simple, aquí, donde usted me ve, si ese hombre me vuelve a decir tan +siquiera media palabra, le perdono y le quiero otra vez».</p> + +<p>—Sí, ya se conoce que es usted más tierna que el requesón—dijo D. +Evaristo, meditando.</p> + +<p>—Es que los demás me parece que no son tales hombres. Para mí hay dos +clases de hombres; él a este lado, todos los demás al otro. No voy de +aquí a esa puerta por todos ellos. Soy así, no lo puedo remediar.</p> + +<p>—No me dice usted nada que yo no sepa. He visto mucho mundo—afirmó +Feijoo, con tolerancia de sacerdote hecho al confesonario—. Las +personas que son como usted suelen pasar una vida de perros. No hay +mayor desgracia que tener el corazón demasiado grande. Cerebro grande, +estómago grande, hígado grande, son males también; pero menores. Y yo he +de poder poco o le he de recortar a usted el corazón, para que haya +equilibrio.</p> + +<p>—¿Equi...?—Equilibrio.—Ya; no lo digo bien; pero comprendo lo que es. +¿Y cómo me va usted a recortar?</p> + +<p>—¡Oh! Se necesitan muchas lecciones... es la única manera de que usted +no sea desgraciada toda la vida. ¡Ah!, este mundo es una gaita con +muchos agujeros, y hay que templar, templar para que suene bien. Usted +no sabe de la misa la media. Parece que acaba de nacer, y que la han +puesto de patitas en el mundo. ¿Qué resulta?, que no sabe por dónde +anda. Devuelve el dinero que le dan, y se chifla dos, tres veces por una +misma persona. ¡Bonito porvenir! Yo le voy a enseñar a usted una cosa +que no sabe.</p> + +<p>—¿Qué?—Vivir... Vivir es nuestra primera obligación en este valle de +lágrimas, y sin embargo... ¡qué pocos hay que sepan desempeñarla!... Se +lo dice a usted un hombre que ha visto mucho mundo, que ha tenido, como +usted, un corazón del tamaño de hoy y mañana. Conque prepararse, que +empiezo mis lecciones.</p> + +<p>—¿Y seré feliz?—dijo Fortunata con expectación supersticiosa, como si +le estuvieran echando las cartas.</p> + +<p>—Por de pronto, de lo que yo trato es de que sea usted práctica.</p> + +<p>—¡Práctica!—replicó ella arrugando la nariz con salero, como hacía +siempre que afectaba no comprender una cosa y burlarse de ella al mismo +tiempo—. Práctica, ¿qué quiere decir eso?</p> + +<p>—¿Y no lo sabe?... ¡No se haga usted más tonta de lo que es!—indicó D. +Evaristo arrugando también su nariz.</p> + +<p>—Pues nos haremos <i>pléiticas</i>—dijo la señora de Rubín, ridiculizando +la palabra para ridiculizar la idea.</p> + +<p>Poco más duró aquella visita, porque el señor de Feijoo no quería +molestar. Despidiose, prometiendo volver pronto. Por él, volvería dentro +de una hora. «Amiguita, usted no puede estar mucho tiempo sola, porque +esa cabeza se pone a trabajar... Como usted no me eche, aquí me tendrá +otra vez esta tarde».</p> + +<p>Y volvió cerca de anochecido trayendo un ramo de flores, y poco después +fue un mozo de cuerda con dos o tres tiestos. A Fortunata le gustaban +mucho las flores, así vivas como cortadas; tenía los balcones llenos de +macetas y se pasaba buena parte de la mañana cuidándolas. Mucho +agradeció al buen caballero tales obsequios, que tenían mayor precio en +la estación que corría. Las flores del ramo eran de las más bellas, +raras y valiosas que hay en invierno. De lo que sobre plantas se habló +aquella tarde, coligió D. Evaristo que su amiga tenía gustos un poco +desacordes con el gusto corriente. No le hacía gracia ninguna flor que +no tuviese fragancia, y particularmente las camelias le eran +antipáticas. Entre la mejor de las camelias y el más amarillo y sosón de +los girasoles, no hallaba gran diferencia en cuanto al mérito. Diéranle +a ella un buen clavel, un nardo, una rosa de la tierra, y en fin, todas +aquellas flores que <i>ilusionan el sentido</i> en cuanto uno se acerca a +ellas...</p> + +<p>—¿Y qué tal nos encontramos esta tarde?—dijo D. Evaristo inclinándose +para verle la cara.</p> + +<p>Echábaselas de médico; pero examinaba la cara por lo bonita que le +parecía, no por buscar en ella síntomas hipocráticos; y como avanzara la +noche y no había luz, tenía que acercarse mucho para ver bien. +Continuaba ella en el propio sitio y postura que por la mañana.</p> + +<p>—Estoy lo mismo—replicó sin moverse—. Desde que usted se fue, estuve +llorando hasta ahorita.</p> + +<p>—Pues no hay que devanarse los sesos para encontrar el remedio. Con no +moverme de aquí... Pero podría ser el remedio peor que la enfermedad, y +al fin tendría usted que llorar para que me marchase... Vamos, hija, +modere esos suspiros tan fuertes, que parece se le va a salir el alma +por la boca. Ya nos iremos consolando. El tiempo es un médico que se +pinta solo para curar estas cosas; y todavía he de ver yo a mi amiga más +contenta que unas Pascuas, sin acordarse para nada de lo que tanto la +aflige hoy. Y pronto, muy pronto... Y es preciso distraerse. ¿Sabe usted +jugar al tresillo?</p> + +<p>—¿Yo? No sé más que el tute. <i>Ese</i> quiso enseñarme el tresillo; pero +nunca lo pude aprender. No sabe usted bien lo torpe que soy.</p> + +<p>—¿Le gusta a usted el teatro?</p> + +<p>—Eso sí, sobre todo los dramas en que hay cosas que la hacen llorar a +una.</p> + +<p>—¡Ave María Purísima!... Esas obras en que sale aquello de «¡hijo +mío!... ¡padre mío!...».</p> + +<p>—Esas, y otras en que hay pasos de mucha aflicción, y sacan las +espadas, y se desmaya una actriz porque le quitan el hijo.</p> + +<p>—¡Alabado sea el Santísimo!...—dijo Feijoo con socarronería—. En eso +sí que son contrarios nuestros gustos, porque yo, en cuanto veo que los +actores pegan gritos y las actrices principian a hacerme pucheritos, ya +estoy bufando en mi butaca y mirando para la puerta... Nada de lágrimas. +Lo que le conviene a usted ahora es reírse con las piececitas de Lara y +Variedades. Para dramas, hija, los de la realidad... ¿Le gustan a usted +los bailes de máscaras?</p> + +<p>—Se va usted a reír—replicó Fortunata incorporándose—. En el poco +tiempo que anduve yo suelta en Barcelona, de la ceca a la meca, solía ir +a bailes y divertirme algo; después no... Este año me llevó Juan dos +veces, y otra vez fui yo sola con una amiga, por ver si le sorprendía +pegándomela con algún trasto... ¿Creerá usted que no me he divertido ni +esto? La careta me da un calor que me abrasa... me la quiero quitar. +Pues digo... si me pongo a dar bromas, yo misma me río de mi poca +gracia. No puede usted figurarse lo <i>desaborida</i> que soy. No se me +ocurre nada más que sandeces. Juan me decía que no sirvo para nada, y +que no me merezco el palmito que tengo. Él se empeñaba en que yo fuera +de otro modo; pero la cabra siempre tira al monte. Pueblo nací y pueblo +soy; quiero decir, ordinariota y salvaje... ¡Ah, si viera usted lo +furioso que se ponía cuando le decía yo que me gusta un guisado de falda +y pechos como los que se comen en los bodegones!</p> + +<p>Pues nada; que tenía que esconderme para comer a mi gusto. ¿Y cuando me +sermoneaba porque no tengo ese aire de francesa que tiene la Antoñita, +esa que está con Villalonga, y otra que llaman Sofía la Ferrolana? +«Hasta en la manera de sentarse se diferencian de ti—me decía—. Fíjate +bien en aquel aire de abandono o de viveza según los casos; en aquella +gracia, en aquel modo de andar por la calle. Tú cuando vas por ahí con +tu velito y ese pasito reposado, sin mirar a nadie, parece que vas de +casa en casa pidiendo para una misa». ¿Ve usted lo que me decía? ¿Y +cuando se empeñaba en que me pusiera yo esos cuerpos tan ceñidos, tan +ceñidos que con ellos parece que enseña una todo lo que Dios le ha +dado?...</p> + +<p>—Esta mujer me vuelve loco—pensaba Feijoo, experimentando, al oír a +Fortunata, una sensación de inefable contento—. Si estoy chocho, si no +sé lo que me pasa... ¡Ay Dios mío, a mi edad!... No hay remedio, me +declaro... Pero no, refrénate, compañero, aún no es tiempo...</p> + +<p>Al buen señor se le ponían los ojos encandilados oyéndole contar +aquellas cosas con tan encantadora sinceridad. Sonrisa de alegría y +esperanza contraía sus labios, mostrando su dentadura intachable. Su +cara, que era siempre sonrosada, poníasele encendida, con verdaderos +ardores de juventud en las mejillas. Era, en suma, el viejo más guapo, +simpático y frescachón que se podía imaginar; limpio como los chorros +del oro, el cabello rizado, el bigote como la pura plata; lo demás de la +cara tan bien afeitadito, que daba gloria verle; la frente espaciosa y +de color marfil, con las arrugas finas y bien rasgueadas. Pues de +cuerpo, ya quisieran parecérsele la mayor parte de los muchachos de hoy. +Otro más derecho y bien plantado no había.</p> + +<p>«No, lo que es hoy no le digo nada—pensaba—. Temo hacer el bisoño. +Calma, compañero, y repliégate un poco; tiempo tienes de picar espuelas. +Hoy lo recibiría mal. Está muy reciente la herida».</p> + + + +<hr /> +<h2>-<span class="smcap">ii</span>-</h2> + + +<p>Pues lo que es hoy sí que no me quedo con esto dentro del +cuerpo—pensó mi hombre al otro día, entrando en la sala, hecho un sol +de limpio y despidiendo, como todas las mañanas al salir de su casa, un +fuerte olor a <i>colonia</i>—. ¿Y dónde está?, ¿qué hace que no sale? Es un +encanto esa mujer, y tengo al tal Santa Cruz por el gaznápiro más grande +que come pan... ¡Cuánto me hace esperar! Paréceme que oigo trastazos +como de dar con el zorro en los muebles. Estará de limpieza, aunque hoy +no es sábado. Pero no importa que no sea sábado. Eso le conviene: +trabajar, hacer ejercicio, distraerse, andar de aquí para allí. +¡Magnífico!... Sí, sí, sin duda está de limpieza. Es un diamante en +bruto esa mujer. Si hubiera caído en mis manos, en vez de caer en las de +ese simplín, ¡qué facetas, Dios mío, qué facetas le habría tallado +yo!... Y sigue el traqueteo allá dentro. Parece que arrastran muebles... +Bien, muy bien, dale duro. Para cosas del corazón, sudar, sudar. ¡Ay qué +contento estoy hoy! Tiempo hacía, compañero, mucho tiempo hacía que no +te sentías tan feliz como te sientes hoy. Desde que estuviste en +Filipinas... Pues ahora parece que están moviendo la cama de hierro. +¡Cómo rechina el metal!... ¡Ah!, por fin sale...».</p> + +<p>—Dispénseme usted, amigo D. Evaristo—dijo Fortunata apareciendo en la +puerta del gabinete, con bata de diario, un delantal muy grande y +pañuelo liado a la cabeza—. Estoy de limpia». Tras ella se veía una +atmósfera polvorienta, turbia y luminosa; el sol entraba por el balcón, +de par en par abierto.</p> + +<p>«Porque yo tengo esta costumbre... Cuando me siento con ganas de llorar +y dada a todos los demonios, ¿sabe usted qué hago?, pues coger el zorro, +las escobas, una esponja grande y un cubo de agua. Siempre que tengo una +pena muy grande le meto mano al polvo».</p> + +<p>—Pues ¡ay, hija mía!, la compadezco a usted... porque la casa está como +una plata...</p> + +<p>—¡Cómo ha de ser!... Sí, esta es mi única distracción. Y no sé ninguna +labor delicada; no sé coser en fino; no bordo ni toco el piano. Tampoco +pinto platos como esa Antonia, amiga de Villalonga, la cual está siempre +de pinceles; yo apenas sé leer y no le saco sentido a ningún libro... +¿qué he de hacer?, fregar y limpiar. Con esto no me acuerdo de otras +cosas.</p> + +<p>—Me la comería—pensó D. Evaristo, que la contemplaba embobado, sin +decir nada.</p> + +<p>—Conque lo mejor es que se vaya usted ahora, y vuelva más tarde. Le +vamos a llenar de polvo y basura.</p> + +<p>—No, hija, yo no me voy de aquí.</p> + +<p>—¡Uy!... Cómo huele usted a <i>colonia</i>. Ese olor sí que me gusta... Pero +le vamos a poner perdido. Mire que ahora empezaremos con la sala.</p> + +<p>—No me importa—replicó el buen señor con sonrisa inefable—. ¿Me +empolva?, mejor. Yo me sacudiré.</p> + +<p>—Como usted quiera... Pues ándese por ahí... Yo no tengo aquí <i>álbumes</i> +ni libros para que se entretenga.</p> + +<p>—Maldita la falta que me hacen a mí los <i>álbumes</i>... Siga, siga usted y +trabaje firme. Eso, eso es lo que nos conviene. Luego hablaremos. Yo no +tengo absolutamente nada que hacer...</p> + +<p>Y dos horas más tarde estaban sentados ambos en el gabinete, uno frente +a otro, ella en el mismo pergenio en que antes se presentara, y algo +fatigada...</p> + +<p>«¡Debo tener una facha...!—dijo levantándose para mirarse al espejo que +sobre el sofá estaba—. ¡María Santísima! ¿Ve usted las pestañas cómo +las tengo, llenas de polvo?».</p> + +<p>—No estarían así sino fueran tan negras y tan grandes y hermosas...</p> + +<p>—Quisiera aviarme un poco. Es una falta recibir visitas con esta facha.</p> + +<p>—Por mí no se apure usted... Me agrada más verla así. Descanse ahora y +echemos un parrafito. Voy a permitirme una pregunta. ¿Qué piensa usted +hacer ahora?</p> + +<p>Fortunata, que se inclinaba hacia adelante para oír mejor, dejó caer la +cabeza sobre el respaldo; la mejor manera de expresar que no había +pensado nada sobre aquel punto.</p> + +<p>—¿Piensa usted pedir perdón a su marido y reconciliarse con él?</p> + +<p>—¡Jesús! ¡Y qué cosas se le ocurren!—exclamó ella, llevándose las +manos a la cabeza, cual si oyera el mayor de los absurdos.</p> + +<p>—Pues me parece que no he dicho ningún disparate.</p> + +<p>—Antes que volver con Maximiliano—afirmó Fortunata poniendo la cara +más seria que sabía poner—, todo lo paso, todo...</p> + +<p>—Incluso la miseria, la deshonra...</p> + +<p>—Sí señor.—Bueno. Pues quiere decir que cuando se acabe lo poquito que +usted tiene... y supongo que no habrá insistido en devolver los cuatro +mil reales... pues cuando se acabe, no tendrá usted más remedio que +buscarse la vida como pueda. Usted no sabe ningún trabajo honrado que +produzca dinero; conque claro es... si me aciertas lo que llevo en la +mano te doy un racimo.</p> + +<p>Fortunata frunció el ceño, y sin levantar las miradas del suelo, doblaba +y desdoblaba un pico del delantal.</p> + +<p>—Eso no tiene vuelta de hoja, compañera. O a casa con su marido, o a la +calle con Juan, Pedro y Diego, a ver si sale algún primo con quien ir +tirando. De este camino malo parten varios senderos, y no todos +concluyen en el hospital y en la abyección. De modo que piénselo usted. +Por más que se devane los sesos, no podrá salir de este dilema.</p> + +<p>—¿De este qué?—Dilema; quiere decir que a fondo o a Flandes.</p> + +<p>—Yo quiero ser honrada—afirmó la joven con la mayor seriedad del +mundo, atormentando más la punta del delantal.</p> + +<p>—¿Honrada?, me parece muy bien. Y dígame usted con toda franqueza: +¿honrada comiendo o sin comer?</p> + +<p>Fortunata se sonrió un poco. Aquella sonrisa iluminó su pena un +instante; pero pronto quedó su rostro envuelto otra vez en seriedad +sombría, señal de la duda horrible que agitaba su alma.</p> + +<p>—Eso de la honradez es muy bonito—prosiguió Feijoo—. No hay nada que +se diga tan fácilmente y que luego resulte más difícil en la práctica. +Yo creo que usted ha querido decir honradez relativa...</p> + +<p>—No; yo quiero ser honrada a carta cabal, honrada, honrada.</p> + +<p>—¿Sin volver con su marido?</p> + +<p>—Sin volver con mi marido. Feijoo hizo con los labios, con los ojos, +con todos los músculos de su cara un mohín muy humano y expresivo, signo +perteneciente al lenguaje universal y a la mímica de todos los países, +el cual quería decir:</p> + +<p>«Hija mía, no lo entiendo...».</p> + +<p>Ni Fortunata lo entendía tampoco, por lo cual estaba verdaderamente +anonadada. Faltábale poco para echarse a llorar.</p> + +<p>«Vamos, vamos—dijo el coronel sacudiendo toda aquella argumentación +capciosa, como se sacuden las moscas—; hablemos claro y seamos +prácticos sin miedo a la situación verdadera. Las cosas son como son, no +como deseamos que sean. ¡Qué más quisiéramos sino que usted pudiera ser +tan honrada y pura como el sol! Pero <i>tarde piache</i>, como dijo el pájaro +cuando se lo estaban comiendo. De lo que tratamos ahora es de que usted +sea lo menos deshonrada posible. Porque me río yo de las virtudes que +sólo están en el pico de la lengua. ¿Y el vivir y el comer?</p> + +<p>Usted, compañera, no tiene ahora más remedio que aceptar el amparo de un +hombre. Sólo falta que la suerte le depare un buen hombre. ¿Se echará +usted a buscarlo por ahí entre sus relaciones, o saldrá a pescar un +desconocido por las calles, teatros y paseos? A ver... Dígolo porque si +quiere usted ahorrarse ese trabajo, figúrese que aburrida ha salido por +esos mundos, que ha echado el anzuelo, que le han picado, que tira para +arriba, y que ¡oh, sorpresa!, me ha pescado a mí. Aquí me tiene usted +fuera del agua dando coletazos de gusto por verme tan bien pescado. Soy +algo viejo, pero sin vanidad creo que sirvo para todo, y por fuera y por +dentro valgo más que la mayoría de los muchachos. No tengo nada que +hacer, vivo de mis rentas, soy solo en el mundo, me doy buena vida y +puedo dársela a quien me acomoda. Conque a decidirse. Modestia a un +lado, dígole a usted que dificilillo le sería, en su situación, +encontrar un acomodo mejor. Bien lo comprenderá cuando le pasen las +tristezas, que ojalá sea pronto. Ahora no tiene la cabeza despejada. Y +no vacilo en decirlo—agregó alzando la voz, como si se incomodara—. Le +ha caído a usted la lotería, y no así un premio cualquiera, sino el +gordo de Navidad».</p> + +<p>—Quiero ser honrada—repitió Fortunata sin mirarle, como los niños +mimosos que insisten en decir la cosa fea por que les reprenden.</p> + +<p>—No seré yo quien le quite a usted eso de la cabeza—dijo el caballero +sonriendo, sin dudar de su victoria—. Y bien podría ser que hubiera +usted descubierto la cuadratura del círculo.</p> + +<p>—¿Qué dice?—Nada... También se me ocurre que dentro de mi proposición +puede usted ser todo lo honrada que quiera. Mientras más, mejor... En +fin, no quiero marearla a usted más, y la dejo sola para que piense en +lo que le he dicho. Siga limpiando, trabaje, dé bofetadas a los muebles, +fregotee hasta que le escuezan los dedos; mecánica, mucha mecánica, y +mientras tanto, piense bien en esto, y mañana o pasado mañana... no hay +prisa... vengo por la <i>rimpuesta</i>, como dice el payo...</p> + + + +<hr /> +<h2>-<span class="smcap">iii</span>-</h2> + + +<p>Como lo que debe suceder sucede, y no hay bromas con la realidad, +las cosas vinieron y ocurrieron conforme a los deseos de D. Evaristo +González Feijoo. Bien sabía él que no podía ser de otro modo, a menos +que aquella mujer estuviese loca. ¿Qué salida tenía fuera de la +propuesta por él? Ninguna. ¿Qué honradez era aquella que apetecía, no +sabiendo trabajar, no queriendo volver con su marido y no teniendo +malditas ganas de irse a un yermo a comer raíces? Moraleja: Lo que tenía +que llegar, por la sucesión infalible de las necesidades humanas, llegó. +«Y para que veas si sé yo hacer las cosas y me intereso por ti—le dijo +un día D. Evaristo tuteándola ya—; me propongo evitar el escándalo por +ti y por mí. Pondré singular cuidado en que ignore esto Juan Pablo +Rubín, que fue quien me presentó a ti, en la calle, ¿te acuerdas?, y de +ahí viene nuestro dichoso conocimiento. Estas relaciones las hemos de +esconder y reservar hasta donde sea humanamente posible. Verás qué bien +vamos a estar. Yo te enseñaré a ser práctica, y cuando pruebes el ser +práctica, te ha de parecer mentira que hayas hecho en tu vida tantísimas +tonterías contrarias a la ley de la realidad».</p> + +<p>Fortunata, preciso es decirlo, no estaba contenta, ni aun medianamente. +Hallábase más bien resignada y se consolaba con la idea de que dentro de +su desgracia no había solución mejor que aquella, y de que vale más caer +sobre un montón de paja que sobre un montón de piedras. En los primeros +días tuvo horas de melancolía intensísima, en las cuales su conciencia, +confabulada con la memoria, le representaba de un modo vivo todas las +maldades que cometiera en su vida, singularmente la de casarse y ser +adúltera con pocas horas de diferencia. Pero de repente, sin saber cómo +ni por qué, todo se le volvía del revés allá en las cavidades +desconocidas de su espíritu, y la conciencia se le presentaba limpia, +clara y firme. Juzgábase entonces sin culpa alguna, inocente de todo el +mal causado, como el que obra a impulsos de un mandato extraño y +superior. «Si yo no soy mala—pensaba—. ¿Qué tengo yo de malo aquí +<i>entre mí</i>? Pues nada».</p> + +<p>Con estos diferentes estados de su espíritu se relacionaban ciertas +intermitencias de manía religiosa. En las horas en que se sentía muy +culpable, entrábale temor de los castigos temporales y eternos. +Acordábase de cuanto le enseñaron D. León y las Micaelas, y volvían a su +mente las impresiones de la vida del convento con frescura y claridad +pasmosas. Cuando le daba por ahí, iba a misa, y aun se le ocurría +confesarse; pero de pronto le entraba miedo y lo dejaba para más +adelante. Luego venía la contraria, o sea el sentimiento de su +inculpabilidad, como una reversión mecánica del estado anterior, y todas +las somnolencias y aprensiones místicas huían de su mente. Se pasaba +entonces dos o tres días en completa tranquilidad, sin rezar más que los +Padrenuestros que por rutina le salían de entre dientes todas las +mañanas. Su conciencia giraba sobre un pivote, presentándole, ya el lado +blanco, ya el lado negro. A veces esta brusca revuelta dependía de una +palabra, de una idea caprichosa que pasaba volando por su espíritu, como +pasa un pájaro fugaz por la inmensidad del Cielo. Entre creerse un +monstruo de maldad o un ser inocente y desgraciado, mediaban a veces el +lapso de tiempo más breve o el accidente más sencillo; que se +desprendiese una hoja del tallo ya marchito de una planta cayendo sin +ruido sobre la alfombra; que cantase el canario del vecino o que pasara +un coche cualquiera por la calle, haciendo mucho ruido.</p> + +<p>Estaba muy agradecida al señor de Feijoo, que se portaba con ella como +un caballero, y no tenía nada de quisquilloso, ni las impertinencias que +suelen gastar los hombres. El primer día le leyó la cartilla, que era +muy breve: «Mira, yo te dejo en absoluta libertad. Puedes salir y entrar +a la hora que quieras, y hacer lo que te dé tu real gana. No soy +partidario del sistema preventivo. Quiero que seas leal conmigo, como yo +lo soy contigo. En cuanto te canses avisas... Aquí no me entres a ningún +hombre, porque si algún día descubro gatuperio, me marcho tan calladito +y no me vuelves a ver... Lo mismo haré si lo descubro fuera. Si te +portas bien, no dejaré de protegerte, ni aun en el caso de que me fuera +preciso dejarte».</p> + +<p>Lo que propiamente llamamos amor, la verdad, Fortunata no lo sentía por +su amigo; pero sí le tenía respeto, y el cariño apacible a que era +acreedor por su hidalgo comportamiento. Teníale ella por la persona más +decente que había tratado en su vida. ¡Y cuánto sabía! ¡Qué experiencia +del mundo la suya, y con qué habilidad se las gobernaba! Para poner en +ejecución aquel plan de reserva de que hablara al principio, mandole +tomar un cuartito modesto. No por economía, pues bien podía él pagar una +casa como la que Santa Cruz pagaba; era por recato. Lo de la honradez, +que ella anhelaba ignorando el valor exacto de las palabras, no tenía +sentido; pero ya que no fuese honrada, al menos pareciéralo, y esto iba +ganando, que no era floja ganancia. Un cuartito modesto en un barrio +apartado era ya señal de que al menos se evitaba el escándalo. A poco de +instalada en su nuevo domicilio, D. Evaristo le compró una buena máquina +de Singer, con lo que ella se entretenía mucho. La visita del protector +era diaria, pero sin hora fija. Unas veces iba de tarde, otras de noche. +Pero siempre se retiraba a su casa a dormir. Convenía que Fortunata +tuviese una criada fiel, discreta y de cierta responsabilidad. Feijoo +estuvo cosa de un mes buscándola y al fin pudo encontrarla.</p> + +<p>Si Fortunata, empezando por conformarse, acabó por sentirse bien, D. +Evaristo estuvo desde luego muy a gusto en aquella vida. «Yo no soy +celoso—le decía—, y aunque no pongo mi mano en el fuego por ninguna +mujer, creo que no me faltarás, como no se descuelgue otra vez el +danzante de marras. A este sí que le tengo miedo». Y ella declaraba con +su sinceridad de siempre que, en efecto, le conservaba ley al maldito +autor de sus desgracias... no lo podía remediar; pero que si la buscaba +otra vez, ya sabría ella resistir y darle con toda la fuerza de su +honradez en los hocicos, para que no volviera a ser pillo. Al oír esto, +Feijoo se mostraba benévolamente incrédulo y decía: «Pidámosle a Dios +que no te busque, por si acaso; que a Segura llevan preso».</p> + +<p>Vivían retiradamente, y no se presentaban juntos en ninguna parte. La +calaverada de Feijoo no fue descubierta por sus amigos más sagaces; +Fortunata no daba que hablar a nadie, y la familia de su marido creía +que había desaparecido de Madrid. Con este sistema de cautela y recato, +les iba tan bien que D. Evaristo no cesaba de congratularse. «¿Ves, +chulita, cómo de este modo estamos en el Paraíso? Así se consiguen dos +cosas, la tranquilidad dentro, el decoro fuera. ¿Qué necesidad tengo yo +de que me llamen <i>viejo verde</i>? Y tú, ¿por qué has de andar en lenguas +de la gente? Aquí tienes lo que yo te quería enseñar, ser persona +práctica. Al mundo hay que tratarlo siempre con muchísimo respeto. Yo +bien sé que lo mejor es que uno sea un santo; pero como esto es +dificilillo, hay que tener formalidad y no dar nunca malos ejemplos. +Fíjate bien en esto; la dignidad siempre por delante, compañera».</p> + +<p>Hablando de esto, se animaba llegando hasta la elocuencia. «Porque mira +tú, chulita, no predico yo la hipocresía. En cierta clase de faltas, la +dignidad consiste en no cometerlas. No transijo, pues, con nada que sea +apropiarse lo ajeno, ni con mentiras que dañan al honor del prójimo, ni +con nada que sea vil y cobarde; tampoco transijo con menospreciar la +disciplina militar: en esto soy muy severo; pero en todo aquello que se +relaciona con el amor, la dignidad consiste en guardar el decoro... +porque no me entra ni me ha entrado nunca en la cabeza que sea pecado, +ni delito, ni siquiera falta, ningún hecho derivado del amor verdadero. +Por eso no me he querido casar... Claro, es preciso contener algo a la +gente y asustar a los viciosos; por eso se hicieron diez mandamientos en +vez de ocho, que son los legítimos; los otros dos no me entran a mí. +¡Ah!, chulita, dirás que yo tengo la moral muy rara. La verdad, si me +dicen que Fulano hizo un robo, o que mató o calumnió o armó cualquier +gatería, me indigno, y si le cogiera, créelo, le ahogaría; pero vienen y +me cuentan que tal mujer le faltó a su marido, que tal niña se fugó de +la casa paterna con el novio, y me quedo tan fresco. Verdad que por el +decoro debido a la sociedad, hago que me espanto, y digo: «¡Qué +barbaridad, hombre, qué barbaridad!». Pero en mi interior me río y digo: +«ande el mundo y crezca la especie, que para eso estamos...».</p> + +<p>Todo esto le pareció a Fortunata muy peregrino cuando lo oyó por primera +vez; pero a la segunda, encontrolo conforme con algo que ella había +pensado. ¿Pero no sería un disparate? Porque era imposible que ella y +Feijoo tuviesen razón contra el mundo entero.</p> + +<p>«Conque ya sabes—añadió el coronel—; el día en que se te antoje +faltarme, me lo dices. Yo no creo en las fidelidades absolutas. Yo soy +indulgente, soy hombre, en una palabra, y sé que decir <i>humanidad</i> es lo +mismo que decir <i>debilidad</i>... Pues vienes y me lo cuentas a mí, en mis +barbas; nada de tapujos... ¿Creerás que voy a venir con un revólver para +pegarte un tirito y pegarme yo otro?... ¡Valiente asno sería si lo +hiciera! No. En nombre de la humanidad y de la especie te miraré con +benevolencia... Cierto que me ha de escocer algo. Pero cogeré mi +sombrero y me marcharé de tu casa, sin que eso quiera decir que te +abandone, pues lo que haré será jubilarte, señalándote media paga».</p> + +<p>—¡Pero qué hombre más raro, y qué manera de querer!—pensaba Fortunata.</p> + + + +<hr /> +<h2>-<span class="smcap">iv</span>-</h2> + + +<p>Aquel día comieron juntos; expansión que D. Evaristo se permitía +algunas veces. Dijo ella que sabía <i>poner unas judías</i> estofadas a +estilo de taberna, que era lo que había que comer.</p> + +<p>Quiso Feijoo probar también aquel plato, porque le gustaban algunas +comidas españolas. Fortunata tenía una despensa admirablemente provista, +y en ropa y trapos gastaba muy poco. Él era tan listo y tan práctico, +que supo sin esfuerzo hacerle disminuir el inútil y ruinoso renglón de +las modas. En la cuestión de <i>bucólica</i>, sí que no le ponía tasa, y le +recomendaba que trajese siempre lo mejor y más adecuado a cada estación. +Pero ella no necesitaba que su señor le hiciera estas advertencias, +porque, madrileña neta y de la Cava de San Miguel nada menos, sabía lo +que se debe comer en cada época. No era glotona; pero sí inteligente en +víveres y en todo lo que concierne a la bien provista plaza de Madrid.</p> + +<p>Y la verdad era que con aquella vida tranquila y sosegada, eminentemente +práctica, se iba poniendo tan lucida de carnes, tan guapa y hermosota +que daba gloria verla. Siempre tuvo la de Rubín buena salud; pero nunca, +como en aquella temporada, vio desarrollarse la existencia material con +tanta plenitud y lozanía. Feijoo, al contemplarla, no podía por menos de +sentirse descorazonado. «Cada día más guapa—pensaba—, y yo cada día +más viejo». Y ella, cuando se miraba al espejo, no se resistía a la +admiración de su propia imagen. Algunos días le pasaba por bajo del +entrecejo la observación aquella de otros tiempos: «¡Si me viera +ahora...!».</p> + +<p>Pero al punto trataba de alejar estas ideas, que no le traían más que +tristezas y cavilaciones.</p> + +<p>Vivía en la calle de Tabernillas (Puerta de Moros), que para los +madrileños del centro es <i>donde Cristo dio las tres voces y no le +oyeron</i>. Es aquel barrio tan apartado, que parece <i>un pueblo</i>. +Comunícase, de una parte con San Andrés, y de otra con el Rosario y la +V.O.T. El vecindario es en su mayoría pacífico y modestamente acomodado; +asentadores, placeros, trajineros. Empleados no se encuentran allí, por +estar aquel caserío lejos de toda oficina. Es el arrabal alegre y bien +asoleado, y corriéndose al Portillo de Gilimón, se ve la vega del +Manzanares, y la Sierra, San Isidro y la Casa de Campo. Hacia los +taludes del Rosario la vecindad no es muy distinguida, ni las vistas muy +buenas, por caer contra aquella parte las prisiones militares y +encontrarse a cada paso mujeres sueltas y soldados que se quieren +soltar. Al fin de la calle del Águila también desmerece mucho el +vecindario, pues en la explanada de Gilimón, inundada de sol a todas las +horas del día, suelen verse cuadros dignos del Potro de Córdoba y del +Albaicín de Granada. Por la calle de la Solana, donde habita tanta +pobretería, iba Fortunata a misa a la Paloma, y se pasmaba de no +encontrar nunca en su camino ninguna cara conocida. Ciertamente, cuando +un habitante del centro o del Norte de la Villa visita aquellos barrios, +ni las casas ni los rostros le resultan Madrid. En un mes no pasó +Fortunata más acá de Puerta de Moros, y una vez que lo hizo, detúvose en +Puerta Cerrada. Al sentir el mugido de la respiración de la capital en +sus senos centrales, volviose asustada a su pacífica y silenciosa calle +de Tabernillas.</p> + +<p>Don Evaristo vivía, desde que obtuvo el retiro, en el segundo piso de un +caserón aristocrático de la calle de Don Pedro. Era uno de esos palacios +grandones y sin arquitectura, construidos por la nobleza. En el +principal había una embajada, y cuando en ella se celebraba sarao, +decoraban la escalera con tiestos y le ponían alfombra. Habíase +acostumbrado Feijoo a la amplitud desnuda de sus habitaciones, a las +grandes vidrieras, a la altura de techos, y no podía vivir en <i>estas +casas de cartón</i> del Madrid moderno. Su domicilio tenía algo de +convento, y su vecino en el segundo de la izquierda era un arqueólogo, +poseedor de colecciones maravillosas. En toda la casa no se oía ni el +ruido de una mosca, pues el Ministro Plenipotenciario del principal era +hombre solo, y fuera de las noches de recepción, que eran muy contadas, +creeríase que allí no vivía nada.</p> + +<p>Por la solitaria calle de las Aguas se comunicaba brevemente Feijoo con +su ídolo. No me vuelvo atrás de lo que esta expresión indica, pues el +buen señor llegó a sentir por su protegida un amor entrañable, no todo +compuesto de fiebre de amante, sino también de un cierto cariño +paternal, que cada día se determinaba más. «¡Qué lástima, +compañero!—pensaba—, que no tengas veinte años menos... De veras que +es una lástima. ¡Si a esta la cojo yo antes...! Así como otros +estropearon con sus manos inhábiles esta preciosísima <i>individua</i>, yo le +hubiera dado una configuración admirable. ¡Qué española es, y qué chocho +me estoy volviendo!».</p> + +<p>Al mes, ya Feijoo no podía vivir sin aumentar indefinidamente las horas +que al lado de ella pasaba. Muchos días comían o almorzaban juntos, y +como ambos amantes habían convenido en enaltecer y restaurar +prácticamente la hispana cocina, hacía la <i>individua</i> unos guisotes y +fritangas, cuyo olor llegaba más allá de San Francisco el Grande. De +sobremesa, si no jugaban al tute, el buen señor le contaba a su querida +aventuras y pasos estupendos de su dramática vida militar. Había estado +en Cuba en tiempo de la expedición de Narciso López, y trabajó mucho en +la persecución y captura del famoso insurgente. Fortunata le oía +embelesada, puestos los codos sobre la mesa, la cara sostenida en las +manos, los ojos clavados en el narrador, quien bajo la influencia de la +atención ingenua de su amada, se sentía más elocuente, con la memoria +más fresca y las ideas más claras. «Tú no puedes hacerte cargo de +aquellas noches de luna en Cuba, de aquella bóveda de plata +resplandeciente, de aquellos manglares que son jardines en medio de los +espejos de la mar... Pues aquella noche de que te hablo, estábamos +acechando junto a un río, porque sabíamos que por allí habían de pasar +los insurgentes. Oímos un chapoteo en el agua; creímos que era un caimán +que se escurría entre las cañas bravas. De repente, pim... un tiro. +¡Ellos!... Al instante toda nuestra gente se echa los fusiles a la cara. +Ta-ra-ra-trap... Un negrazo salta sobre mí, y zas, le meto el machete +por el ombligo y se lo saco por el lomo... No me he visto en otra, +hija».</p> + +<p>También había estado en la expedición a Roma el 48. ¡Oh, Roma! Aquello +sí que era cosa grande. ¡Qué bonito aquel paso de Pío IX bendiciendo a +las tropas! Y la conversación rodaba, sin saber cómo, de la bendición +papal a los amoríos del narrador. En esto era la de no acabar, y de la +cuenta total salían a siete aventuras por año, con la particularidad de +que eran en las cinco partes del mundo, porque Feijoo, que también había +estado en Filipinas, tuvo algo que ver con chinas, javanesas y hasta con +joloanas. Una salvaje le había trastornado el seso, demostrando que en +las islas de la Polinesia se dan casos de coquetería no menos refinada +que la de los salones europeos. «¡Ay, qué bueno!—exclamaba Fortunata +riendo con toda su alma, al oír ciertos lances—. ¡Si eso parece de +acá...! ¡Pero qué lista...! ¿Has visto? ¡Y luego dicen...!».</p> + +<p>De europeas no había que hablar. Contó el ex-coronel aventuras con +solteras y casadas, que a su amiga le parecían mentira, y no las habría +creído si no las oyera de labios de persona tan verídica y formal. +—«¿Pero has visto? Si eso se dice, no se cree... Y si lo escriben, +pensarán que es fábula mal inventada. ¡Qué cosas hacen las mujeres! Bien +dicen que somos el Demonio».</p> + +<p>Debo advertir que nada refería Feijoo que no fuese verdad, porque ni +siquiera recargaba sus cuadros y retratos del natural. Lo mismo hacía +Fortunata, cuando le tocaba a ella ser narradora, incitada por su +protector a mostrar algún capítulo de la historia de su vida, que en +corto tiempo ofrecía lances dignos de ser contados y aun escritos. No se +hacía ella de rogar, y como tenía la virtud de la franqueza, y no +apreciaba bien, por rudeza de paladar moral, la significación buena o +mala de ciertos hechos, todo lo desembuchaba. A veces sentía D. Evaristo +gran regocijo oyéndola, a veces verdadero terror; pero de todas estas +sesiones salía al fin con impresiones de tristeza, y pensaba así: «Si +hubiera caído antes en mis manos, si yo la hubiera cogido antes, todas +esas ignominias se habrían evitado... ¡Qué lástima, compañero, qué +lástima!... Y lo más raro es que después de tanto manosear hayan quedado +intactas ciertas prendas, como la sinceridad, que al fin es algo y la +constancia en el amor a uno solo...».</p> + +<p>Ambos evitaban que en sus conversaciones surgieran ciertos nombres; pero +una noche se habló, no sé por qué, de Juanito Santa Cruz. «Anda—dijo +Fortunata—, que ya se habrá cansado otra vez de la tonta de su mujer. A +bien que ella se tomará la revancha...».</p> + +<p>—No lo creo...—Pues yo sí...—afirmó la prójima fingiendo +convicción—. ¡Bah! No hay mujer casada que no peque... Ya saben tapar +bien esas señoras ricas.</p> + +<p>—No me gusta, hija, que hables así de persona alguna y menos de esa. Yo +me explico que no la quieras bien; pero observa que es inocente de las +trastadas que te ha hecho su marido.</p> + +<p>Feijoo conocía a algunas personas de la familia de Santa Cruz. A Jacinta +y a Juan no les había hablado nunca; pero sí a D. Baldomero y algo a +Barbarita. Trataba al gordo Arnaiz, y a otros muy allegados a la +familia, como el marqués de Casa-Muñoz y Villalonga; y el mismo Plácido +Estupiñá no era un desconocido para él.</p> + +<p>«Es preciso que te acostumbres—prosiguió con cierta severidad—, a no +hacer juicios temerarios, huyendo de cuanto pueda herir o lastimar a una +familia respetable. Dobla la hoja y hazte cuenta de que esa gente se ha +ido a Ultramar, o se ha muerto».</p> + +<p>—Te diré una cosa que ha de pasmarte—indicó Fortunata con la expresión +grave que tomaba cuando hacía una declaración de extremada y casi +increíble sinceridad—. Pues el día en que vi por primera vez a Jacinta, +me gustó... sin que por gustarme dejara de aborrecerla. Una noche me +acosté con el corazón tan requemado de celos, que me sentía capaz... +hasta de matarla... mira tú.</p> + +<p>—¡Bah!, no digas tonterías... No me hace gracia que te pongas así... +Eso de matar a la rival es hasta cursi...</p> + +<p>—Pero si no he acabado... déjame que te cuente lo mejor. La aborrezco y +me agrada mirarla, quiere decirse, que me gustaría parecerme a ella, ser +como ella, y que se me cambiara todo mi ser natural hasta volverme tal y +como ella es.</p> + +<p>—Eso sí que no lo entiendo—dijo Feijoo cayendo en un mar de +meditaciones—. Caprichos del corazón.</p> + +<p>Y al levantarse, apoyando las manos en los brazos del sillón, notó ¡ay!, +que el cuerpo le pesaba más; pero mucho más que antes.</p> + + + +<hr /> +<h2>-<span class="smcap">v</span>-</h2> + + +<p>No pararon aquí las observaciones referentes a su decaimiento +físico. Una mañana, al levantarse, notó que la cabeza se le mareaba. +Jamás había sentido cosa semejante. En la calle advirtió que para andar +completamente derecho, necesitaba pensarlo y proponérselo. Pasando junto +a la carcomida puerta del convento de la Latina, no pudo menos que +mirarse en ella como en un espejo. Se vio allí bien claro, cual vestigio +honroso conservado sólo por indulgencia del tiempo. «Todo envejece +—pensó—, y cuando las piedras se gastan, ¡cómo no ha de gastarse el +cuerpo del hombre!».</p> + +<p>Y los síntomas de decadencia aumentaban con rapidez aterradora. Dos días +después notó Feijoo que no oía bien. El sonido se le escapaba, como si +el mundo todo con su bulla y las palabras de los hombres se hubieran ido +más lejos. Fortunata tenía que gritar para que él se enterase de lo que +decía. A lo penoso de esta situación uníase lo que tiene de ridículo. +Verdad que aún andaba al paso de costumbre; pero el cansancio era mayor +que antes, y cuando subía escaleras, el aliento le faltaba. Mirábase al +espejo por las mañanas, y en aquella consulta infalible notaba fláccidas +y amarillentas sus mejillas, antes lozanas; la frente se apergaminaba, y +tenía los ojos enrojecidos y llorones. Al ponerse las botas, la rodilla +derecha le dolía como si le metieran por la choquezuela una aguja +caliente, y siempre que se inclinaba, un músculo de la espalda, cuyo +nombre no sabía él, producíale molestia lacerante, que fuera terrible si +no pasara pronto... «¡Qué bajón tan grande, compañero—se decía—, pero +qué bajón! Y esto va a escape. Ya se ve. La locurilla me ha cogido ya +con los huesos duros y con muchas Navidades encima... Pero francamente, +este bajoncito no me lo esperaba yo todavía...».</p> + +<p>Esto le ocasionó grandes tristezas que al principio trataba de disimular +delante de su querida; pero una tarde que estaban sentados junto al +balcón, se le abatieron tanto los espíritus que no pudo contener su pena +y la confió a su amiga: «Chulita, habrás notado que yo... pues... habrás +visto que mi salud no es buena. Y entre paréntesis, ¿qué edad me echas +tú?».</p> + +<p>—Sesenta—dijo ella seriamente con la reserva mental de que se quedaba +algo corta.</p> + +<p>—Hace unos días que he entrado en lo sesenta y nueve... Dentro de nada +setenta... ¿Sabes que de quince días a esta parte me parece que he +envejecido de golpe y porrazo veinte años? Yo me conservaba en mis +apariencias y en mis bríos de cincuenta, cuando de improviso la +naturaleza ha dicho: «¡Que me voy... que no puedo más...!».</p> + +<p>Fortunata había notado el bajón; pero, como es natural, no hablaba de +semejante cosa.</p> + +<p>«Lo que más me carga—dijo D. Evaristo con rabia, dando un puñetazo en +el brazo del sillón—, es que la vista... Yo siempre he tenido una vista +como un lince. Figúrate que en la Habana veía, desde el castillo de +Atarés, las señales del vigía del Morro, distinguiendo perfectamente los +colores de las banderas. Pues desde ayer noto no sé qué. Algunos objetos +se me oscurecen completamente, y cuando me da el sol, me pican los +ojos... Desde mañana pienso usar gafas verdes. Estaré bonito. En cuanto +al oído, ya te habrás enterado. Hace días era el izquierdo, ahora es el +derecho; he ascendido: era teniente y soy ya capitán. Te aseguro que +estoy divertido. Pero es insigne majadería rebelarse contra la +naturaleza. Tiene ella sus fueros, y el que los desconoce, lo paga. Yo +he sido en esto poco práctico, siéndolo tanto en otras cosas; pero ya +que se me olvidaron los papeles en el caso este de hacer el pollo a los +sesenta y nueve años, voy a recogerlos para prevenir las malas +consecuencias. Ahora es preciso que me ocupe más de ti que de mí. Yo, +poco puedo durar...».</p> + +<p>—No... ¡qué tontuna!—dijo Fortunata, aquella vez más piadosa que +sincera.</p> + +<p>—A mí no me vengas tú con zalamerías. Por mucho que tire... pon que +tire un año, dos; eso si no me quedo el mejor día hecho un monigote y en +tal estado que tengas tú que sonarme y ponerme la cuchara en la boca. De +todas maneras, ya tengo poca cuerda, chulita de mi alma, y tengo que +pensar mucho en ti, que la tienes todavía para rato, pues ahora estás en +la flor de tus años y en lo mejor de tu hermosura.</p> + +<p>Y otro día, subiendo la escalera, notaba que casi la subía más con los +brazos que con las piernas, pues tenía que ampararse del pasamanos, +haciendo mucha fuerza en él. «Esto va por la posta. Si me descuido, no +tengo tiempo ni de dejar a esta infeliz bien defendida de los pillos y +de las propias debilidades de su carácter. ¡Pobre chulita! Hay que mirar +mucho cómo la dejo, porque esta al son que la tocan baila. Lo que se me +ha ocurrido para asegurarla contra incendios, es decir, contra los +<i>rasgos</i> de todas clases, quizás no le guste; de fijo que no le gustará. +Pero ya irá comprendiendo que no hay otro camino... ¡Ay de mí, que aún +me falta un tramo! Dios nos asista. ¡Quién me había de decir a mí...!».</p> + +<p>Al entrar en la casa, pasó insensiblemente del soliloquio al discurso, +dando voz a sus meditaciones. «¡Quién me había de decir a mí que +llegaría a ocuparme de que existan boticas en el mundo! Yo que jamás +caté píldora, ni pastilla, ni glóbulo, tengo mi alcoba llena de +potingues; y si fuera a hacer todo lo que el médico me dice, no duraría +tres días. ¡Y quién me había de decir a mí que le haría ascos a la +comida, yo que jamás le he preguntado a ningún plato por sus +intenciones! El estómago se me quiere jubilar antes que lo demás del +cuerpo, y ya debes suponer que faltando el jefe de la oficina... En fin, +qué le hemos de hacer».</p> + +<p>Al llegar aquí, D. Evaristo tenía que alzar mucho la voz para hacerse +oír, porque en la calle se situó un pianito de manubrio, tocando polkas +y walses. Las del tercero, que eran las amas o sobrinas del ecónomo de +San Andrés, que allí vivía, se pusieron a bailar, y al poco rato +hicieron lo propio de los del segundo de la derecha. En el principal y +segundo de la casa de enfrente armose igual jaleo, y como los chicos +alborotaban tanto en la calle, la gritería era espantosa y D. Evaristo y +su amiga tuvieron que callarse, mirándose y riendo.</p> + +<p>«Pues sobre que estoy sordo—dijo el simpático viejo—, la vecindad no +nos deja oírnos. Callémonos, que tiempo hay de hablar».</p> + +<p>Fijó sus tristes miradas en el suelo y Fortunata, con los brazos +cruzados, mirábale atenta, contemplando los estragos de la degeneración +senil en su fisonomía, mientras se alejaban y extinguían en la calle los +picantes ritmos del baile. La tarde caía; pronto iba a ser de noche, y +como Feijoo tenía horror a la oscuridad, su amiga encendió luz, que puso +en la mesa de camilla, y cerró después las maderas.</p> + +<p>«¿En dónde has estado hoy?» le preguntó D. Evaristo, que casi todas las +noches le hacía la misma pregunta, no por fiscalizar sus actos, sino +porque de aquella interrogación salía casi siempre una plática +agradable.</p> + +<p>—Pues hoy al mediodía subí a casa de las del cura—dijo ella sonriendo +y pasándole el brazo por encima de los hombros—. Son dos sobrinas o qué +sé yo qué, guapillas, y se parecen aunque no son hermanas. Ayer +estuvieron aquí y me dijeron si les quería pespuntar y dobladillar unas +tiras para tableado de vestidos. Se componen mucho y tienen arriba la +mar de figurines. Están haciendo dos trajes, y si vieras... no pude por +menos de reírme; porque del terciopelo que les sobra hacen trajes para +Niños Jesús y para Vírgenes. Todo lo aprovechan, y hasta una hebilla de +sombrero que no puedan gastar, se la plantan a cualquier santo en la +cintura.</p> + +<p>Había hecho Fortunata algunas relaciones en la vecindad más próxima. Se +visitaba con los inquilinos de la casa, y con alguna familia de la +inmediata, gente muy llana, muy neta; como que a todas las visitas iba +la prójima con mantón y pañuelo a la cabeza. En el tiempo que duró +aquella cómoda vida volvieron a determinarse en ella las primitivas +maneras, que había perdido con el roce de otra gente de más afinadas +costumbres. El ademán de llevarse las manos a la cintura en toda ocasión +volvió a ser dominante en ella, y el hablar arrastrado, dejoso y +prolongando ciertas vocales, reverdeció en su boca, como reverdece el +idioma nativo en la de aquel que vuelve a la patria tras larga ausencia. +La gente más fina de aquella vecindad, o la que más procuraba serlo, era +la familia del cura, y estas dos sobrinas eclesiásticas se esforzaban en +hacer contrastar su lenguaje atildado con el de su hermosa vecina.</p> + +<p>«Pero ¿no sabes, <i>hijo</i>, lo que me han dicho hoy?—prosiguió Fortunata +conteniendo la risa—. ¡Ay qué gracia!... Te lo contaré para que te +rías. La mayor, que es la más estirada, levantó las cejas, y mirándome +como con lástima, y echando aquella voz tan fina, pero tan fina que +parece que se la han hecho las arañas, fue y me dijo, dice: '¿Pero ese +señor, no se casa con usted?'. Por poco suelto el trapo... Yo le +contesté 'puede' y siguió con el sermón. Para que me dejara en paz le +dije al fin que sí, que nos íbamos a casar, que ya estábamos sacando los +papeles y que pronto se echarían las proclamas».</p> + +<p>—Bien contestado... ¡Qué ganas de meterse en lo que no les importa!</p> + +<p>—Y ahora te pregunto yo—dijo Fortunata más cariñosa, pero bastante más +seria—. Si yo fuera soltera, ¿te casarías conmigo?</p> + +<p>—Sobre eso ya sabes cuáles son mis ideas—replicó él de buen humor—. +¿Crees que han variado desde que estoy enfermo, y que los hombres +piensan de un modo cuando tienen el estómago como un reloj, y de otro +cuando la maquina principia a descomponerse? Algo de esto pasa, chulita, +y una cosa es hablar desde la altura de una salud perfecta y otra al +borde del hoyo... Pero en esto del matrimonio te aseguro que no han +variado mis ideas. Sigo creyendo que el casarse es estúpido, y me iré +para el otro barrio sin apearme de esto. ¡Qué quieres! Yo he visto mucho +mundo... A mí no me la da nadie. Sé que es condición precisa del amor la +no duración, y que todos los que se comprometen a adorarse mientras +vivan, el noventa por ciento, créetelo, a los dos años se consideran +prisioneros el uno del otro, y darían algo por soltar el grillete. Lo +que llaman infidelidad no es más que el fuero de la naturaleza que +quiere imponerse contra el despotismo social, y por eso verás que soy +tan indulgente con los y las que se pronuncian.</p> + +<p>Por aquí siguió en su ingenioso tema; pero Fortunata no entendía bien +estas teorías, sin duda por el lenguaje que empleaba su amigo. A poco de +esto se puso ella a cenar. Feijoo no tomaba más que un huevo pasado y +después chocolate, porque su estómago no le permitía ya las cenas +pesadas. Pero en su frugal colación gozaba viendo comer a su protegida, +cuyo apetito era una bendición de Dios.</p> + +<p>«Hija, tienes un apetito modelo. Te estoy mirando, y al paso que te +envidio, me felicito de verte tan bien agarrada a la vida. Así, así me +gusta... No te dé vergüenza de comer bien, y puesto que lo hay, aplícate +todo lo que puedas, que día vendrá... ojalá que no. Ya ves qué +contraste; yo voy para abajo, tú para arriba. ¡Cuando digo que tienes lo +mejor de la vida por delante...! Y buena tonta serás si no engordas todo +lo que puedas, y te pones las carnes aún más duras y apretadas si es +posible. Figúrate si con esas tragaderas estarás bien dispuesta para el +amor».</p> + +<p>Después de esto y mientras Fortunata se comía una cantidad inapreciable +de pasas y almendras, cogiéndolas del plato una a una y llevándoselas a +la boca sin mirarlas, el bondadoso anciano siguió sus habladurías con +cierto desconcierto, y como desvariando. A ratos parecía incomodado, y +expresándose cual si refutara opiniones que acabara de oír, daba +palmetazos en los brazos del sillón:</p> + +<p>«Si siempre he sostenido lo mismo, si no es de ahora esta opinión. El +amor es la reclamación de la especie que quiere perpetuarse, y al +estímulo de esta necesidad tan conservadora como el comer, los sexos se +buscan y las uniones se verifican por elección fatal, superior y extraña +a todos los artificios de la Sociedad. Míranse un hombre y una mujer. +¿Qué es? La exigencia de la especie que pide un nuevo ser, y este nuevo +ser reclama de sus probables padres que le den vida. Todo lo demás es +música; fatuidad y palabrería de los que han querido hacer una Sociedad +en sus gabinetes, fuera de las bases inmortales de la Naturaleza. ¡Si +esto es claro como el agua! Por eso me río yo de ciertas leyes y de todo +el código penal social del amor, que es un fárrago de tonterías +inventadas por los feos, los mamarrachos y los sabios estúpidos que +jamás han obtenido de una hembra el más ligero favorcito».</p> + +<p>Fortunata le miraba con sorpresa mezclada de temor, el codo en la mesa, +derecho el busto, en una actitud airosa y elegante, llevando +pausadamente del plato a la boca, ahora una pasita, ahora una +almendrita. Feijoo le cogió la barbilla entre sus dedos, diciéndole con +cariño: «¿Verdad, chulita, que tengo razón? ¿Verdad que sí?... ¡Ay, qué +será de ti, chulita, cuando yo me muera!... ¿Y en lo que me queda de +vida, si esta se prolonga y voy más para abajo todavía...? Hay que +preverlo todo, compañera. ¡Me ha entrado un desasosiego...! ¡Qué gruesa +estás y qué hermosota, y yo... yo... concluido, absolutamente concluido! +Soy un reloj que tocó su última campanada, y aunque anda un poco +todavía, ya no da la hora».</p> + +<p>—No—murmuró ella frotándole el pecho con su cabeza—, no... Todavía...</p> + +<p>—¡Ay, qué ilusión! Yo acabé. El estómago me pide el retiro. Hay algo en +mí que ha hecho dimisión; pero dimisión irrevocable; efectividad +concluida, funciones que pasaron a la historia. Es preciso prevenir... +mirar por ti, asegurarte contra la tontería.</p> + +<p>Fortunata se reía, y para calmarle aquel desasosiego que sus +estrafalarios pensamientos y aprensiones le causaban, prodigole aquella +noche, hasta que se separaron, los cariños y cuidados de una hija +amantísima con el mejor de los padres.</p> + + + +<hr /> +<h2>-<span class="smcap">vi</span>-</h2> + + +<p>Al siguiente día, Feijoo le dijo al entrar: «Hoy es la primera vez +que he tenido que tomar un coche desde la Plaza Mayor aquí. Hasta ahora +las piernas se han defendido; estas piernas que han hecho marchas de +seis leguas en una noche... Tengo el simón a la puerta. Vente conmigo y +vamos a dar una vuelta por las rondas del Sur». Fortunata no pensaba más +que en complacerle, y accedió con algún recelo, pues siempre que +paseaban juntos, aunque fuera por sitios apartados, temía encontrarse a +Maximiliano o a doña Lupe a la vuelta de una esquina. Esta idea le hacía +temblar.</p> + +<p>Pasearon un buen ratito, sin que tuvieran ningún encuentro desagradable. +Dos días después, don Evaristo no fue a verla, y en su lugar llegó el +criado con una breve esquelita, llamándola. El señor había pasado muy +mala noche, y el médico le había ordenado que se quedase en la cama. +Corrió allá Fortunata muy afligida, y le vio incorporado en el lecho, +afectando tranquilidad y alegría. «No es nada de particular—le dijo, +haciéndola sentar a su lado—. El médico se empeña en que no salga. Pero +no estoy mal; casi casi estoy mejor que los días pasados. Sólo que como +no tengo costumbre de encamarme... Desde que pasé la fiebre amarilla en +Cuba hace cuarenta años, no sabía yo lo que son sábanas a las cuatro de +la tarde. ¡Qué ganas tenía de verte! Anoche me entró como una +angustia... Creí que me moría sin dejarte arreglada una vida práctica, +esencialmente práctica. Por lo que pueda tronar, te voy a decir lo que +desde hace días tengo pensado. Verás qué plan. Al principio puede que te +escueza un poco; pero... no hay otro remedio, no hay otro remedio».</p> + +<p>Inclinose del lado en que la joven estaba, para poner su boca lo más +cerca posible del oído de ella, y le disparó cara a cara estas palabras:</p> + +<p>«Resultado de lo mucho que cavilo por ti. Es preciso que te vuelvas a +unir a tu marido».</p> + +<p>Contra lo que el simpático viejo esperaba Fortunata no hizo aspavientos +de sorpresa.</p> + +<p>Puso, sí, una carita muy monamente apenada, y alzando la voz, dijo:</p> + +<p>«Pero eso, ¿cabe en lo posible?».</p> + +<p>—No necesitas alzar mucho la voz. Hoy estoy mucho mejor de la sordera. +Por este oído izquierdo me entra todo perfectamente, y no sale por el +otro... ¿Dices que si cabe en lo posible? De eso se trata; de hacerle +hueco. Ya he tanteado el terreno. Esta mañana estuvo Juan Pablo a verme +y le eché una chinita. Has de saber que anteayer me encontré a doña Lupe +en la calle y le arrojé otra chinita.</p> + +<p>—¿Ellos saben...?—preguntó la señora de Rubín con los labios muy +secos.</p> + +<p>—¿Esto?... Creo que no. Quizás lo sospechen; pero oficialmente no saben +nada.</p> + +<p>—¡Ay!, no me podías decir nada—manifestó la joven dándose un +lengüetazo en los labios, que se le secaban más todavía—, nada que me +fuera más antipático, más...</p> + +<p>—Yo lo comprendo...—Si tú no te has de morir—dijo Fortunata +irguiéndose con brío, en son de protesta—. ¡Si te pondrás bueno...!</p> + +<p>Feijoo había cerrado los ojos, y se sonreía en las tinieblas de su +meditación. La chulita callaba mirándole. Con aquella sonrisa, que +parecía la que les queda a algunas caras después que se han muerto, +contestaba D. Evaristo mejor que con palabras.</p> + +<p>«¿Y a Nicolás le has echado otra chinita?» preguntó ella después de una +pausa, queriendo alegrar conversación tan lúgubre.</p> + +<p>—No, porque no le he visto. Es el más bruto de los tres. Tú créeme; si +ganamos a doña Lupe, todos los demás bajarán la cabeza, incluso tu +marido. Doña Lupe es la que manda allí, y peor para ellos si no mandara.</p> + +<p>—¡Oh!, yo dudo mucho que quieran... Les jugué una partida muy +serrana—afirmó ella, gozosa de encontrar un argumento contra aquel plan +tan contrario a su gusto—, pero muy serrana. Lo que yo hice es de eso +que no se perdona.</p> + +<p>—Todo se perdona, hija, todo, todo—dijo el enfermo con indulgencia +empapada en escepticismo—. Por muy grande que nos figuremos la masa de +olvido derramado en la sociedad como elemento reparador, esa masa supera +todavía a todos nuestros cálculos. El bien y la gratitud son limitados; +siempre los encontramos cortos. El olvido es infinito. De él se deriva +el <i>vuelva a empezar</i>, sin el cual el mundo se acabaría.</p> + +<p>—¡Oh!, no, no es posible... No tienen vergüenza si me perdonan.</p> + +<p>—Eso, allá ellos... Lo que me importa a mí es que tú quedes en una +situación correcta y sobre todo... práctica. Tienes tú en ti misma poca +defensa contra los peligros que a la vida ofrece continuadamente el +entusiasmo. Si te dejo sola, aunque te asegure la subsistencia, te +arrastrarán otra vez las pasiones y volverás a la vida mala. Necesita mi +niña un freno, y ese freno, que es la legalidad, no le será molesto si +lo sabe llevar... si sigue los consejos que voy a darle. Tonta, +tontaina, si todo en este mundo depende del modo, del estilo... Nada es +bueno ni malo por sí. ¿Me entiendes? Ojo al corazón es lo primero que te +digo. No permitas que te domine. Eso de echar todo por la ventana en +cuanto el señor corazón se atufa, es un disparate que se paga caro. Hay +que dar al corazón sus miajitas de carne; es fiera y las hambres largas +le ponen furioso; pero también hay que dar a la fiera de la sociedad la +parte que le corresponde, para que no alborote. Si no, lo echas todo a +rodar, y no hay vida posible. A ti te asusta el hacer vida común con tu +marido porque no le quieres...</p> + +<p>—Ni tanto así; no le quiero, ni es posible que le quiera nunca, nunca, +nunca.</p> + +<p>—Corriente. Pues todo se arreglará, hija, todo se arreglará... No te +apures ni pongas esa cara tan afligida. Hablaremos despacio. Por hoy no +quiero calentarte la cabeza, ni calentármela yo, que bastante he +charlado ya, y empiezo a sentirme mal. Está la cosa aprobada en +principio... en principio.</p> + +<p>Quedose dormido el buen señor, que por haber pasado muy mala noche, +tenía sueño atrasado, y Fortunata permaneció a su lado sin chistar ni +moverse por no turbar su descanso. Examinaba la habitación y habría +deseado poder escudriñar la casa toda. De lo que en la alcoba observó, +hubo de sacar el conocimiento de que la casa estaba muy bien puesta. D. +Evaristo, que tan práctico quería ser en la vida social, debía de serlo +más en la doméstica, y, conforme a sus ideas, lo primero que tiene que +hacer el hombre en este valle de inquietudes es buscarse un buen agujero +donde morar, y labrar en él un perfecto molde de su carácter. Soltero y +con fortuna suficiente para quien no tiene mujer ni chiquillos ni +familia próxima, Feijoo vivía en dichosa soledad, bien servido por +criados fieles, dueño absoluto de su casa y de su tiempo, no privándose +de nada que le gustase, y teniendo todos los deseos cumplidos en el filo +mismo de su santísima voluntad. Más que por el lujo, despuntaba la casa +por la comodidad y el aseo. Gobernábala una tal doña Paca, gallega, que +tuvo casa de huéspedes distinguidos y recomendados, en la cual vivió +Feijoo mucho tiempo, y completaban la servidumbre una cocinera bastante +buena y un criado muy callado y ya algo viejo, que había sido asistente +de su amo.</p> + +<p>Este despertó como a la media hora de haberse dormido, y restregándose +los ojos y gruñendo un poco, hubo de asombrarse de ver allí a su amiga, +y alargó la cabeza para mirarla. Viéndola reír, se expresó así:</p> + +<p>«Pues con el sueñecito que he echado perdí la situación, chica, y al +despertar, no me acordaba de que habías quedado ahí... Y viéndote ahora, +me decía yo, en ese estado de torpeza que divide el dormir del velar: +'¿pero es ella la que veo? ¿Cómo y cuándo ha venido a mi casa?'».</p> + +<p>Sacó su mano de entre las sábanas para tomar la de ella, y recogiendo al +punto las ideas que se habían dispersado, le dijo: «Fíjate bien en una +cosa, y es que doña Lupe <i>la de los Pavos</i>, que es la persona de más +entendimiento en toda esa familia, no se ha de llevar mal contigo, si +tienes tacto. Lo que a doña Lupe le gusta es mangonear, dirigir la casa, +y echárselas de consejera y maestra. Hay que darle cuerda por ahí, y +dejarla que mangonee todo lo que quiera. El gobierno de la casa lo ha de +llevar mucho mejor que tú, porque es mujer que lo entiende: la traté un +poco cuando vivía su marido, que era amigo y paisano mío. Por cierto que +cuando se quedó viuda, dio en la flor de decir que yo le hacía el oso. +¡Tontería y fatuidad suya!... Pero en fin, es mujer de gobierno. De modo +que dejándola que se explaye a su gusto en todo lo que sea el mete y +saca de la vida doméstica, podrás conservar tu independencia en lo +demás. No sé si me entiendes ahora; pero ya te lo explicaré mejor. En +último caso, si algún día tuvieras un choque con ella, te plantas y le +dices: «ea, señora, yo no me meto en lo que es de su incumbencia de +usted. No se meta usted en lo que es de la mía».</p> + +<p>Se había hecho de noche y los dos interlocutores no se veían. Feijoo +llamó para que trajeran luz, y cuando la trajo doña Paca, la primera +claridad que se esparció por el aposento sirvió al ama de llaves para +examinar con rápida inspección el rostro de la amiga de su señor, +diciéndose: «esta es la pájara que nos le ha trastornado». Aquel +curioseo receloso de criado que espera heredar, fue seguido de +diferentes pretextos para permanecer allí con idea de pescar algo de la +conversación. Pero mientras Paca estuvo en la alcoba haciendo que +ordenaba las cosas, moviendo los trastos y revisando las medicinas, D. +Evaristo no desplegó los labios. Miraba a su ama de llaves, y su sonrisa +maliciosa quería decir: «tú te cansarás».</p> + +<p>Así fue. Retirose la dueña, y D. Evaristo volvió a su tema: «Lo primero +que has de tener presente es que siempre, siempre, en todo caso y +momento, hay que guardar el decoro. Mira, chulita, no me muero hasta que +no te deje esta idea bien metida en la cabeza. Apréndete de memoria mis +palabras, y repítelas todas las mañanas a renglón seguido del +Padre-nuestro».</p> + +<p>Como un dómine que repite la declinación a sus discípulos, machacando +sílaba tras sílaba, cual si se las claveteara en el cerebro a golpes de +maza, D. Evaristo, la mano derecha en el aire, actuando a compás como un +martillo, iba incrustando en el caletre de su alumna estas palabras:</p> + +<p>«Guardando... las... apariencias, observando... las reglas... del +respeto que nos debemos los unos a los otros... y... sobre todo, esto es +lo principal... no descomponiéndose nunca, oye lo que te digo... no +descomponiéndose nunca... (A la segunda repetición del concepto, la mano +del dómine quedábase suspendida en el aire; y sus cejas arqueadas en +mitad de la frente, sus ojos extraordinariamente iluminados denotaban la +importancia que daba a este punto de la lección)... no descomponiéndose +nunca, se puede hacer todo lo que se quiera».</p> + +<p>Después le entró tos. Doña Paca se apareció dando gruñidos y diciendo +que la tos provenía de tanto hablar, contra lo que el médico ordenaba. +«A usted no le ha de matar la enfermedad, sino la conversación... A ver +si toma el jarabe y cierra el pico». Para atenuar el efecto de esa +salida un tanto descortés, estando presente una visita, la señora +aquella agració a la intrusa con una sonrisilla forzada. ¿Cuál de las +dos daría al enfermo la cucharada de jarabe? Quiso hacerlo el ama de +llaves; pero Fortunata estuvo más lista. La otra tomó su desquite, +arrojando una observación de autoridad displicente a la cara de la +entrometida. «Eso es, dele el cloral en vez del jarabe, y la +hacemos...».</p> + +<p>«¿Pero no es esta la medicina?».</p> + +<p>—Esa es, sí... pero podía usted haberse equivocado. Para eso estoy yo +aquí.</p> + +<p>—Que me dé lo que quiera—gruñó Feijoo con burlesca incomodidad—. ¿A +usted qué le importa, señora doña Francisca?...</p> + +<p>—Es que...—Bueno; aunque me envenenara. Mejor.</p> + + + +<hr /> +<h2>-<span class="smcap">vii</span>-</h2> + + +<p>Al verse otra vez en su casa y sola, Fortunata no podía con la +gusanera de pensamientos que <i>le llenaba toda la caja de la cabeza</i>. +¡Volver con su marido! ¡Ser otra vez la señora de Rubín! Si un mes antes +le hubieran hablado de tal cosa, se habría echado a reír. La idea +continuaba teniendo para ella una extrañeza dolorosa; pero después de lo +que oyó al buen amigo no le parecía tan absurda. ¿Llegaría aquello a ser +posible y hasta conveniente? Un cuchicheo de su alma le dijo que sí, +aunque las antipatías que los Rubín le inspiraban no se extinguieran. +Que D. Evaristo se moría pronto era cosa indudable: no había más que +verle. ¿Qué iba a ser de ella, privada de la dirección y consejo de tan +excelente hombre?... ¡Cuidado que sabía el tal! Toda la ciencia del +mundo la poseía al dedillo, y la naturaleza humana, <i>el aquel de la +vida</i>, que para otros es tan difícil de conocer, para él era como un +catecismo que se sabe de memoria. ¡Qué hombre!</p> + +<p>Así como en las mutaciones de cuadros disolventes, a medida que unas +figuras se borran van apareciendo las líneas de otras, primero una +vaguedad o presentimiento de las nuevas formas, después contornos, luego +masas de color, y por fin, las actitudes completas, así en la mente de +Fortunata empezaron a esbozarse desde aquella noche, cual apariencias +que brotan en la nebulosa del sueño, las personas de Maxi, de doña Lupe, +de Nicolás Rubín y hasta de la misma Papitos. Eran ellos que salían +nuevamente a luz, primero como espectros, después como seres reales con +cuerpo, vida y voz. Al amanecer, inquieta y rebelde al sueño, oíales +hablar y reconocía hasta los gestos más insignificantes que modelaban la +personalidad de cada uno.</p> + +<p>Levantose la chulita muy tarde y recibió un recado de su amigo +diciéndole que estaba mejor y que se levantaría y saldría a la calle con +permiso del tiempo. Esperó su visita, y en tanto no cesaba de cavilar en +lo mismo. La gratitud que hacia Feijoo sentía, era más viva aún que +antes, y habría deseado que la vida que con él llevaba continuase, pues +aunque algo tediosa, era tan pacífica que no debía ambicionar otra +mejor. «Si dura mucho esto, ¿llegaré a cansarme y a no poder sufrir esta +sosería?</p> + +<p>Puede que sí». El apetito del corazón, aquella necesidad de querer +fuerte, le daba sus desazones de tiempo en tiempo, produciéndole la +ilusión triste de estar como encarcelada y puesta a pan y agua. Pero no +se conformaba; quizás cada día la conformidad era menor... quizás veía +con agrado en las lontananzas de su imaginación algo nuevo y desconocido +que interesara profundamente su alma, y pusiera en ejercicio sus +facultades, que se desentumecían después de una larga inactividad.</p> + +<p>Don Evaristo llegó en coche a eso de las cuatro muy animado, y le mandó +que le hiciera un chocolatito para las cinco. Esmerose ella en esto, y +cuando el buen señor tomaba con gana su merienda, le dijo entre otras +cosas que, si seguía mejor, al día siguiente hablaría con Juan Pablo, +planteándole la cuestión resueltamente. «Y también te digo una cosa. No +veo la causa de que tu marido te sea tan odioso. Podrá no ser simpático; +pero no es mala persona. Podrá no ser un Adonis; pero tampoco es el +coco. Mujeres hay casadas con hombres infinitamente peores, y viven con +ellos; allá tendrán sus encontronazos; pero se arreglan y viven... Tú no +seas tonta, que no sabes la ganga que es tener un hombre y una chapa +decorosa en el casillero de la sociedad. Si sacas partido de esto, serás +feliz. Casi estoy por decirte que mejor te cuadra un marido como el que +tienes, que otro de mejor lámina, porque con un poco de muleta harás de +él lo que quieras. Me han dicho que desde la separación está muy +taciturno, muy dado a sus estudios, y que no se le conocen trapicheos ni +distracciones... Por grandes que sean sus resentimientos, chica, creo +que en cuanto le hablen de volver contigo, se le hace la boca agua».</p> + +<p>Fortunata, sonriendo, dio a entender su incredulidad.</p> + +<p>«¿Que no? ¡Ay, chulita!, tú no conoces la naturaleza humana. Cree lo que +te he dicho. Maximiliano te abrirá los brazos. ¿No ves que es como tú, +un apasionado, un sentimental? Te idolatra, y los que aman así, con esa +locura, se pirran por perdonar. ¡Ah, perdonar! Todo lo que sea <i>rasgos</i> +les vuelve locos de gusto. Tú déjate querer, grandísima tonta, y hazte +cargo de que se te presenta un ancho horizonte de vida... si lo sabes +aprovechar».</p> + +<p>Esto del horizonte avivó en la mente de la joven aquel naciente anhelo +de lo desconocido, del querer fuerte sin saber cómo ni a quién. Lo que +no podía era compaginar esperanza tan incierta con la vida de familia +que se le recomendaba. Pero algo y aun algos se le iba clareando en el +entendimiento.</p> + +<p>Feijoo mejoró sensiblemente en los días que siguieron al arrechucho +aquel. Recobró parte de sus fuerzas, algo del buen humor, y las +presunciones de próxima muerte se desvanecieron en su espíritu. Mas no +por esto desistió de llevar adelante un plan que había llegado a ser +casi una manía, absorbiendo todos sus pensamientos. Decidido a hablar +con Juan Pablo, fue a verle una mañana al café de Madrid, donde tenía un +rato de tertulia antes de entrar en la oficina, pues al fin ¡miseria +humana!, hubo de aceptar la credencialeja de doce mil que le había dado +Villalonga, por recomendación del mismo Feijoo. No estaba contento ni +mucho menos con esto del orgulloso Rubín, y se quejaba de que una +amistad sagrada le hubiera puesto en el compromiso de aceptar el turrón +alfonsino. Por supuesto que la situación no duraba ni podía durar. +Cánovas no sabía por dónde andaba. Entre tanto, y supiera o no don +Antonio lo que traía entre manos, ello es que Juan Pablo se había +comprado una chistera nueva, y tenía el proyecto de trocar su capa, algo +deshilachada de ribetes y mugrienta de forros, por otra nueva. Eso al +menos iba ganando el país.</p> + +<p>Pero de todas las mejoras de ropa que publicaban en los <i>círculos +políticos</i> y en las calles de Madrid el cambio de instituciones, ninguna +tan digna de pasar a la historia como el estreno de levita de paño fino +que transformó a don Basilio Andrés de la Caña a los seis días de +colocado. Hundiose en los abismos del ayer la levita antigua, con toda +su mugre, testimonio lustroso de luengos años de cesantía y de arrastrar +las mangas por las mesas de las redacciones. Completaba el buen ver de +la prenda un sombrero de moda, y el gran D. Basilio parecía un sol, +porque su cara echaba lumbre de satisfacción. Desde que entró a servir +<i>en su ramo</i> y en la categoría que le cuadraba, estaba el hombre que no +cabía en su chaleco. Hasta parecía que había engordado, que tenía más +pelo en la cabeza, que era menos miope, y que se le habían quitado diez +años de encima. Se afeitaba ya todos los días, lo que en realidad le +quitaba el parecido consigo mismo. No quiero hablar de las otras muchas +levitas y gabanes flamantes que se veían por Madrid, ni de las señoras +que trocaban sus anticuados trajes por otros elegantes y de última +novedad. Este es un fenómeno histórico muy conocido. Por eso cuando pasa +mucho tiempo sin cambio político, cogen el cielo con las manos los +sastres y mercaderes de trapos, y con sus quejas acaloran a los +descontentos y azuzan a los revolucionarios. «Están los negocios muy +parados» dicen los tenderos; y otro resuella también por la herida +diciendo: «No se protege al comercio ni a la industria...».</p> + +<p>Cuando Feijoo entró en el café de Madrid, Juan Pablo no había llegado +aún, y decidió esperarle en el sitio que su amigo acostumbraba ocupar. A +poco entró D. Basilio presuroso, de levita nueva, el palillo entre los +dientes, y se dirigió al mostrador con ademanes gubernamentales. «Que me +lleven el café a la oficina» dijo en voz alta, mirando el reloj y +haciendo un gesto, por el cual los circunstantes podrían comprender, sin +necesidad de más explicaciones, el cataclismo que iba a ocurrir en la +Hacienda si D. Basilio se retrasaba un minuto más.</p> + +<p>«Hola, D. Evaristo—dijo deteniéndose un instante a estrecharle la +mano—. ¿Cómo va la salud...? ¿Bien? Me alegro... Conservarse... Muy +ocupado... Junta en el despacho del jefe... Abur».</p> + +<p>—Buen pelo echamos, ¿eh?... Sea enhorabuena. Yo tal cual. Adiós.</p> + +<p>Al quedarse otra vez solo, D. Evaristo arrugó el ceño. Ocurriósele una +contrariedad que entorpecería su plan. Al ir hacia el café había +preparado por el camino el discurso que le espetaría a Juan Pablo. Este +discurso empezaba así: «Amigo mío, me he enterado de que la pobre mujer +de su hermano de usted vive en el más grande apartamiento, arrepentida +ya de su falta, indigente y sin amparo alguno...» y por aquí seguía. +Pero esto era insigne torpeza, porque si después de encarecer lo tronada +y hambrienta que estaba Fortunata, ¡la veían tan hermosa...! No, de +ninguna manera. Facilillo era compaginar la lozanía de la señora de +Rubín con su desgracia. ¿Y cómo evitar que del indicio de aquellas +apretadas carnes y de aquel color admirable indujeran los parientes la +certeza de una vida regalona, alegre y descuidada?... Uno rato estuvo mi +hombre discurriendo cómo probar que no es cosa del otro jueves que las +personas afligidas engorden, y aún no había logrado construir su plan +lógico, cuando llegó Juan Pablo, frotándose las manos, y dejando ver en +su cara la satisfacción íntima que el simple hecho de entrar en el café +le producía. Era como el tinte de placidez que toma la cara del buen +burgués al penetrar en el hogar doméstico. Saludáronse los dos amigos +con el afecto de siempre. Después de oír, acerca de su salud, todas las +vulgaridades hipocráticas con que el sano trastea al enfermo, como +aquello de <i>es nervioso... pasee usted... yo también estuve así</i>, Feijoo +abordó la cuestión, y por zancas y barrancas, soltando lo primero que se +le ocurría, llegó a decir que él se había propuesto, por pura caridad, +negociar la reconciliación.</p> + +<p>«¡Probrecilla!—dijo Rubín, echando los terrones de azúcar en el vaso, +con aquella pausa que constituía un verdadero placer—. Dice usted que +pasando miserias y muy arrepentida... ¡Cuánto se habrá desmejorado!».</p> + +<p>—Le diré a usted... Precisamente desmejorarse, no; lo que está es así, +muy... ensimismada. Pero sigue tan guapa como antes.</p> + +<p>—¿Y Santa Cruz, no...?—Quite usted, hombre. Si hace la mar de tiempo +que tronaron. A poco de las trapisondas de marras... Desde entonces su +cuñada de usted ha vivido apartada del bullicio, llorando sus faltas y +comiéndose los ahorros que tenía, hasta que han venido los apuros. Ha +sido una casualidad que yo me enterara. Verá usted... me la encontré +hace días... contome sus cuitas... Me dio mucha pena. Hágase usted cargo +de lo que sufrirá una criatura con la conciencia alborotada y en esta +situación...</p> + +<p>—¡Ah! Sr. D. Evaristo, a mí no me la da usted... Usted es muy tunante y +las mata callando...</p> + +<p>Al oír esto, la diplomacia de Feijoo se alarmó, creyendo llegada la +ocasión de sacar, si no todo el Cristo, la cabeza de él.</p> + +<p>«Mire usted, compañero—le dijo con reposado acento—; cuando trato las +cosas en serio, ya sabe usted que las bromas me parecen impertinentes, +¿estamos? Es poco delicado en usted suponer que he tenido algún lío con +esa señora, y que lo disimilo con la hipocresía de querer reconciliar el +matrimonio. Vamos, que se pasa usted de pillín...».</p> + +<p>—Era un suponer, D. Evaristo—manifestó Rubín desdiciéndose.</p> + +<p>—Pues hacía yo bonito papel... Hombre, muchas gracias...</p> + +<p>—No, no he dicho nada...—Además, diferentes veces me ha oído usted +decir que hace tiempo que me corté la coleta.</p> + +<p>—Sí, sí.—Y si en mis treinta, y en mis cuarenta y aun en mis +cincuenta, he toreado de lo fino, lo que es ahora... ¡Pues estoy yo +bueno para fiestas con mis sesenta y nueve años y estos achaques...! +Hágame usted más favor, y cuando le digo una cosa, créamela, porque para +eso son los buenos amigos, para creerle a uno...</p> + +<p>—Tiene usted razón, y lo que siento ¡qué cuña!, es que no viera en mi +reticencia una broma...</p> + +<p>—Me parecía a mí que el asunto, por tratarse de una persona de la +familia de usted y por iniciarlo yo, no era para bromear.</p> + +<p>Rubín creyó o aparentó creer, y puso la atención más filosófica del +mundo en lo que su amigo siguió diciendo sobre materia tan importante. Y +aquí viene bien un dato: Juan Pablo había recibido de Feijoo algunos +préstamos a plazo indefinido. Este excelente hombre, viendo sus +angustias, halló una manera delicada de suministrarle la cantidad +necesaria para librarse de Cándido Samaniego, que le perseguía con saña +inquisidora. Estas caridades discretas las hacía muy a menudo Feijoo con +los amigos a quienes estimaba, favoreciéndoles sin humillarles. Por +supuesto, ya sabía él que aquello no era prestar, sino hacer limosna, +quizás la más evangélica, la más aceptable a los ojos de Dios. Y no se +dio el caso de que recordase la deuda a ninguno de los deudores, ni aun +a los que luego fueron ingratos y olvidadizos. Juan Pablo no era de +estos, y se ponía gustoso, con respecto a su generoso <i>inglés</i>, en ese +estado de subordinación moral, propio del insolvente a quien se le dan +todas las largas que él quiere tomarse. Demasiado sabía que un hombre de +quien se han recibido tales favores hay que creerle siempre todo lo que +dice, y que se contrae con él la obligación tácita de ser de su opinión +en cualquier disputa, y de ponerse serio cuando él recomienda la +seriedad. Allá en su interior pensaría Rubín lo que quisiese; pero de +dientes afuera se mantuvo en el papel que le correspondía.</p> + +<p>«Por mi parte, no he de poner inconvenientes... Qué quiere usted que le +diga. No sé lo que pensará Maximiliano. Desde aquellas cosas, no le he +oído mentar a su mujer... Si algo se ha de hacer, crea usted que no se +dará un paso si mi tía no va por delante... Yo estoy un poco torcido con +ella... Lo mejor es que le hable usted».</p> + +<p>Después se enteró Feijoo con mucha maña de ciertas particularidades de +la familia. Maxi había tomado el grado y estaba ya practicando en la +botica de Samaniego, a las órdenes de un tal Ballester, encargado del +establecimiento.</p> + +<p>Supo además el anciano que doña Lupe no vivía ya en Chamberí, sino en la +calle del Ave María, y que todo el tiempo que le dejaba libre a Maxi la +farmacia, lo empleaba en darse buenos atracones de lectura filosófica. +Le había dado por ahí.</p> + +<p>Luego hablaron de otras cosas. El filósofo cafetero dijo a su amigo que +cuando quisiera echar otro párrafo no le buscase más en el Café de +Madrid, porque allí había caído en un círculo de cazadores que le tenían +marcado y aburrido con la <i>perra pechona, el hurón</i>, y con <i>que si la +perdiz venía o no venía al reclamo</i>. No sabía aún a qué <i>local</i> mudarse; +pero probablemente sería al Suizo Viejo, donde iban Federico Ruiz y +otros chicos atrozmente panteístas. De los antiguos cofrades sólo iban a +<i>Madrid</i> D. Basilio, insufrible con su ministerialismo, Leopoldo Montes +y el <i>Pater</i>. Pero este se marcharía aquella misma noche a Cuevas de +Vera, su pueblo, a trabajar las elecciones de Villalonga. También charló +Juan Pablo de política, diciendo con mucho <i>tupé</i> que el Gobierno +<i>estaba de cuerpo presente</i>, y que la situación duraría... a todo tirar, +a todo tirar, tres o cuatro meses.</p> + + + +<hr /> +<h2>-<span class="smcap">viii</span>-</h2> + + +<p>La primera vez que D. Evaristo visitó a su dama después de esta +entrevista, abrazola gozoso, y le dijo: «Albricias... vamos bien, vamos +bien».</p> + +<p>—¿Pero qué... qué hay? ¿buenas noticias?</p> + +<p>—Oro molido; mejor dicho, excelentes impresiones. Tu marido...</p> + +<p>—¿Le ha visto usted?—No he tenido esa satisfacción. Pero me han +contado de él una cosa que es en extremo favorable. Te lo diré para que +no caviles. Maximiliano se ha dedicado a la filosofía...</p> + +<p>Fortunata se quedó mirando a su amigo, sin saber qué expresión tomar. No +veía la tostada, ni sabía en rigor lo que era la filosofía, aunque +sospechaba que fuese una cosa muy enrevesada, incomprensible y que +vuelve <i>gilís</i> a los hombres.</p> + +<p>«No me llama la atención que te quedes con la boca abierta. Ya irás +comprendiendo... ¡Se da unos atracones de filosofía!, y me parece que +dijo Juan Pablo que era filosofía espiritualista...».</p> + +<p>—¡Ah!... ¿De esos que hablan con las patas de las mesas? ¡Alabado +sea...!</p> + +<p>—No, esos no. Pero estamos de enhorabuena: cualquiera que sea la secta +o escuela que le sorbe el seso a tu marido, tenemos ya noventa y seis +probabilidades contra cuatro de que te reciba con los brazos abiertos. +Tú lo has de ver.</p> + +<p>Fortunata dudaba que esto fuera así. La partida que ella le había jugado +a Maxi era demasiado serrana para que este la olvidara por lo que dicen +los libros. Al otro día entró el simpático amigo más alegre y excitado. +Su proyecto llegó a dominarle de tal modo, que no sabía pensar en otra +cosa, y de la mañana a la noche estaba dando vueltas al tema. Había +mejorado mucho su salud y al mismo tiempo no ponía tanto cuidado como +antes en el adorno de su persona. Desde que tomara con tanto cariño las +funciones paternales, se había dejado toda la barba, usaba hongo y una +gran bufanda alrededor del cuello. Salía a sus diligencias en coche +simón por horas. Cuando la prójima le vio entrar aquel día con el +sombrero echado hacia atrás, los ojos chispeantes, los movimientos +ágiles, comprendió que las noticias eran buenas. «Con estos +alegrones—dijo él abrazándola—, se rejuvenece uno. Chulita, otro +abrazo, otro. Vengo de hablar con la mismísima doña Lupe <i>la de los +Pavos</i>». Fortunata se asustó sólo de oír el nombre de su tía política.</p> + +<p>«Impresiones muy buenas—añadió el diplomático...—. Ha empezado por +ahuecar la voz, y por negarse a proponer la reconciliación. Pero +mientras más cerdea ella, más claro veo yo que hará lo que deseamos. +¡Oh!, entiendo bien a mi gente. También esta tiene sus filosofías +pardas, y a mí no me la da. Conozco las callejuelas de la naturaleza +humana mejor que los rincones de mi casa. Doña Lupe está deseando que +vuelvas; pero deseándolo, para que lo sepas. Se lo he conocido en la +cara y en el modo de decir que no... Yo no sé si te he contado que en un +tiempo, a poco de enviudar, tuvo sus pretensiones respecto a mí... +pretensiones honestas... Decía la muy fatua que yo le paseaba la calle. +¿Creerás que se le descompone la cara siempre que me ve?».</p> + +<p>Fortunata soltó la carcajada. «Dime, ¿y cuando te pretendía, ya le +habían cortado el pecho que le falte?».</p> + +<p>—Pues no lo sé. Por mí que le cortaran los dos... En fin, chica, que +esto marcha. Yo le dije que si había reconciliación, vivirías con ella, +pues yo estimaba muy conveniente esta vida común. Tan hueca se puso al +oírme decir esto, que aún creo que le nacía un pecho nuevo... Oye lo que +tienes que hacer cuando esto se realice: Yo te daré una cantidad que le +entregarás a ella el primer día, suplicándole que te la coloque. Te +niegas a admitirle recibo. Nada le gusta tanto como que tengan confianza +en ella en asuntos de dinero... ¡Ah!... leo en ella como leo en ti. ¿No +ves que la traté bastante en vida de Jáuregui, que, entre paréntesis, +era un hombre excelente? Ya te daré una lección larga sobre el tole tole +con que debes tratarla, una mezcla hábil de sumisión e independencia, +haciéndole una raya, pero una raya bien clarita, y diciéndole: «de aquí +para allá manda usted; de aquí para acá estoy yo...». Ahora la tecla que +me falta tocar es tu marido. He hablado pocas veces con él, apenas le +trato; pero no importa...</p> + +<p>La mejoría se acentuó tanto, que D. Evaristo atreviose a salir de noche, +y lo primero que hizo fue ir en busca de Juan Pablo. No le encontró en +el Suizo Viejo. Allí estaban Villalonga, Juanito Santa Cruz, Zalamero, +Severiano Rodríguez, el médico Moreno Rubio, Sánchez Botín, Joaquín Pez +y otros que tenían constituida la más ingeniosa y regocijada peña que en +los cafés de Madrid ha existido. Habían hecho un reglamento humorístico, +del cual cada uno de los socios tenía su ejemplar en el bolsillo. De +aquellas célebres mesas habían salido ya un ministro, dos subsecretarios +y varios gobernadores. Aunque era amigo de algunos, no quiso Feijoo +acercarse, y se fue a una mesa lejana. Junto a él, los ingenieros de +Caminos hablaban de política europea, y más acá los de Minas disputaban +sobre literatura dramática. No lejos de estos, un grupo de empleados en +la Contaduría central se ocupaba con gran calor de pozos artesianos, y +dos jueces de primera instancia, unidos a un actor retirado, a un +empresario de caballos para la Plaza de Toros y a un oficial de la +Armada, discutían si eran más bonitas las mujeres con <i>polisón</i> o sin +él. Después llamó la atención de D. Evaristo la facha de un hombre que +iba por entre las mesas, el cual sujeto más bien parecía momia animada +por arte de brujería. «Yo conozco esta cara—se dijo Feijoo—. ¡Ah! ya; +es el que llamábamos <i>Ramsés II</i>, el pobre Villaamil que sólo necesitaba +dos meses para jubilarse». Acercose tímidamente este desgraciado a +Villalonga, que ya estaba levantado para marcharse; y en actitud +cohibida, echando los ojos fuera del casco, le habló de algo que debía +ser los maldecidos dos meses. Jacinto alzaba los hombros, respondiéndole +con benevolencia quejumbrosa. Parecía decirle: «¡Yo, qué más +quisiera...! He hecho todo lo posible... Veremos... he dado una nota... +Crea usted que por mí no queda... Si, ya sé, dos meses nada más...». Un +instante después <i>Ramsés II</i> pasó junto a D. Evaristo, deslizándose por +entre las mesas y sillas como sombra impalpable. Llamole por su nombre +verdadero Feijoo, y acercose el otro a la mesa, inclinando, para ver +quién le llamaba, su cara amarilla, requemada por el sol de Cuba y +Filipinas. Se reconocieron. Villaamil, invitado por su amigo, dobló su +esqueleto para sentarse, y tomó café... con más leche que café... «¡Ah!, +¿buscaba usted a Juan Pablo? Pues del salto se ha ido al café de +Zaragoza. Dice que le cargan los ingenieros...».</p> + +<p>Como le convenía retirarse temprano, no fue D. Evaristo aquella noche al +indicado café.</p> + +<p>Las nueve serían de la siguiente, cuando entró en el establecimiento de +la Plaza de Antón Martín, que lleno de gente estaba, con una atmósfera +espesa y sofocante que se podía mascar, y un ensordecedor ruido de +colmena; bulla y ambiente que soportan sin molestia los madrileños, como +los herreros el calor y el estrépito de una fragua. Desembozándose, +avanzó el anciano por la tortuosa calle que dejaran libre las mesas del +centro, y miraba a un lado y otro buscando a su amigo. Ya tropezaba con +un mozo encargado de <i>servicio</i>, ya su capa se llevaba la toquilla de +una cursi; aquí se le interponía el brazo del vendedor de +<i>Correspondencias</i> que alargaba ejemplares a los parroquianos, y allá le +hacían barricada dos individuos gordos que salían o cuatro flacos que +entraban. Por fin, distinguió a Juan Pablo en el rincón inmediato a la +escalera de caracol por donde se sube al billar. Acompañábanle en la +misma mesa dos personas: una mujer bastante bonita, aunque estropeada, y +un joven en quien al pronto reconoció D. Evaristo a Maximiliano. Los dos +hermanos sostenían conversación muy animada. La <i>indivudua</i> eran el amor +de Juan Pablo, una tal Refugio, personaje de historia, aunque no +histórico, de cara graciosa y picante, con un diente de menos en la +encía superior. Feijoo no la había visto nunca, ni el filósofo de café +acostumbraba a presentarse en público en compañía de aquella Aspasia, +por cuya razón quedose Rubín un tanto cortado al ver a su amigo.</p> + +<p>Maximiliano saludó a D. Evaristo, preguntándole con mucho interés por su +salud, a lo que respondió el anciano con mucha viveza: «Ya ve usted... +<i>Cinco</i> meses llevo así... un día caigo, otro me levanto... ¡<i>Cinco</i> +meses!... Nada; que viene un día en que la máquina dice, 'hasta aquí +llegamos, compañero' y no se empeñe usted en remendarla, ni echarle +aceite. Que no anda, y que no anda, y se tiene que parar».</p> + +<p>—¿Pero qué es lo que usted tiene?—preguntó Maximiliano con presunción +de médico novel o de boticario incipiente, que unos y otros se desviven +por ser útiles a la humanidad.</p> + +<p>—¿Que qué tengo? ¡Ah!, una cosa muy mala. La peor de las enfermedades. +¡Sesenta años!, ¿le parece a usted poco?</p> + +<p>Todos se echaron a reír. «Me ha dicho mi hermano—añadió Maxi—, que +digiere usted mal».</p> + +<p>—Cinco meses lleva mi estómago de indisciplina—replicó el ladino +viejo, que quería sin duda meterle a Maxi en la cabeza aquello de los +cinco meses—. Ya no le hago caso. Me he rendido, y espero tranquilo el +<i>cese</i>.</p> + +<p>—Si quiere usted, le haré un preparado de peptona.</p> + +<p>—Gracias... Veremos lo que dice mi médico.</p> + +<p>—Poco mal y bien quejado—afirmó el otro Rubín, dándole palmadas en el +hombro.</p> + +<p>—Pero ustedes estaban hablando de algo que debía de ser +interesante—dijo Feijoo—. Por mí no se interrumpan.</p> + +<p>—Estábamos... pásmese usted... en las regiones etéreas.</p> + +<p>—Nada, es que me quiere convencer—manifestó Maximiliano con calor—, +de que todo es fuerza y materia. Yo le digo una cosa, «pues a eso que tú +llamas fuerza, lo llamo yo espíritu, el Verbo, el querer universal; y +volvemos a la misma historia, al Dios uno y creador y al alma que de él +emana».</p> + +<p>Don Evaristo, en tanto, miraba a Refugio, examinándole el rostro, la +boca, el diente menos. La muchacha sentía vergüenza de verse tan +observada, y no sabía cómo ponerse, ni qué dengues hacer con los labios +al llevarse a ellos la cucharilla con leche merengada.</p> + +<p>«Eso, eso... por ahí duele—dijo el ex-coronel, arrimándose al partido +de Maximiliano—. ¡El alma!... Estos señores materialistas creen que con +variar el nombre a las cosas han vuelto el mundo patas arriba».</p> + +<p>—Pero si ya te he dicho...—argüía sofocado Juan Pablo.</p> + +<p>—Déjame que acabe...—No es eso... ¡qué cuña!</p> + +<p>—Volvemos a lo mismo. ¿No me conozco yo en mí, uno, consciente, +responsable?</p> + +<p>—¡Otra te pego! Pero ven acá...</p> + +<p>—Aguarda. Si yo me reconozco íntimamente en la sustancia de mi yo...</p> + +<p>Se expresaba con exaltación sin dejar meter baza a su hermano, y este, +en cambio, no se la dejaba meter a él, y simultáneamente se quitaban la +palabra de la boca.</p> + +<p>—Espérate un poco... no es eso.</p> + +<p>—Allá voy... yo vivo en mi conciencia, por mí y antes y después de mí.</p> + +<p>—¡Ah!, pero lo primero es distinguir... Mira...</p> + +<p>—¡Buen par de chiflados estáis los dos!—dijo para sí D. Evaristo +mirando con curiosidad el portillo que en la dentadura tenía Refugio.</p> + +<p>—¡Dale, bola!...—replicó Maxi—. Si no es eso... Yo, ¿soy yo?... ¿me +reconozco como tal yo en todos mis actos?</p> + +<p>—No, yo no soy más que un accidente del concierto total; yo no me +pertenezco, soy un fenómeno.</p> + +<p>—¡Que yo soy un fenómeno!... ¡Ave-María Purísima, qué disparate!</p> + +<p>—Estás tú fresco... Lo permanente no soy yo, ¡qué cuña!, es el +conjunto... Yo lo reconozco así en el fenómeno pasajero de mi +conocimiento.</p> + +<p>¡Y estas cosas se decían en el rincón de un café, al lado de un +parroquiano que leía <i>La Correspondencia</i> y de otro que hablaba del +precio de la carne! En una de las mesas próximas había un grupo de +individuos que tenían facha de matuteros o cosa tal. A la derecha +veíanse dos cursis acompañadas de una buscona y obsequiadas por un señor +que les decía mil tonterías empalagosas; enfrente una trinca en que se +disputaba acerca de Lagartijo y Frascuelo, con voces destempladas y +manotazos. Y por la escalera de caracol subían y bajaban constantemente +parroquianos, dando patadas que más parecían coces; y por aquella +espiral venían rumores de disputa, el chasquido de las bolas de billar, +y el canto del mozo que apuntaba.</p> + +<p>«Si se me permite dar una opinión—dijo Feijoo, que empezaba a marearse +con tanto barullo—, voto con el pollo».</p> + +<p>En esto sonó el piano, que se alzaba sobre una tarima en medio del café, +con la tapa triangular levantada para que hiciera más ruido; y empezó la +tocata, que era de piano y violín. La música, los aplausos, las voces y +el murmullo constante del café formaban un run run tan insoportable, que +el buen D. Evaristo creyó que se le iba la cabeza, y que caería redondo +al suelo si permanecía allí un cuarto de hora más. Decidió retirarse, +descontento de no haber encontrado solo a Juan Pablo, pues delante del +farmacéutico no podía hablar del espinoso asunto que entre manos traía. +Su enojo se trocó en alegría cuando Maxi, al verle en pie, dijo que él +también se iba porque era hora de volver a su farmacia. Salieron, pues, +juntos, y antes de llegar a la puerta, vio el anciano que le cortaba el +paso una figura macilenta y sepulcral. Era <i>Ramsés II</i>, que venía en +busca suya. «Señor D. Evaristo, por Dios, hable usted de mí al señor de +Villalonga» le dijo la momia, interponiéndose como si no quisiera darle +paso sino a cambio de una promesa.</p> + +<p>—Se hará, compañero, se hará; hablaremos a Villalonga—dijo D. Evaristo +embozándose—; pero ahora estoy de prisa... no puedo detenerme... Hijo, +vamos.</p> + +<p>Y abriéndose paso, salió con el chico de Rubín.</p> + + + +<hr /> +<h2>-<span class="smcap">ix</span>-</h2> + + +<p>Al cual dijo en la puerta: «¿Hacia dónde va usted con su cuerpo?».</p> + +<p>—¿Yo? A la calle del Ave María.</p> + +<p>—¡Qué casualidad! Yo llevo esa dirección. Iremos juntos... Deje usted +que me emboce bien... Ahora deme usted el brazo. Las piernas no me +ayudan. Ya se ve... cinco meses... cabalitos... fíjese usted bien... sin +digerir. No sé cómo estoy vivo. Desde Octubre del año pasado no levanto +cabeza... ¡Pero qué ideas las de Juan Pablo! Parece mentira... ¡un +muchacho de entendimiento!... Usted sí que sabe por dónde anda. Sí; no +espere usted a llegar a viejo y a ver de cerca la muerte para creer que +somos algo más que montoncitos de basura animados por fuerza semejante a +la electricidad que hace hablar a un alambre. Eso se deja para los +tontos y perdularios, para la gente que no piensa. Usted está en lo +firme, y será capaz de acciones nobles, de acciones que, por lo mismo +que son tan elevadas, no están al alcance del vulgo.</p> + +<p>No comprendía Maximiliano a cuenta de qué era aquello; pero tenía su +espíritu admirablemente dispuesto para recibir toda sutileza que se le +quisiera echar; estaba hambriento de cosas ideales, y la meditación, el +estudio y la soledad habíanle dado una receptividad asombrosa para todo +lo que procediera del pensamiento puro. Por esta causa, sin entender de +qué se trataba, contestó humildemente: «Tiene usted mucha razón... pero +mucha razón».</p> + +<p>«El hombre que como usted—prosiguió don Evaristo—, no se deja +engatusar por las sabidurías modernas, está en disposición de hacer el +bien, pero no el bien de cualquier modo, sino sublimemente ¡caramba!, +mirando para el cielo, no para la tierra...».</p> + +<p>Tiempo hacía que Maxi se había dedicado a mirar al cielo.</p> + +<p>«Mire uste, Sr. D. Evaristo—dijo sintiéndose lleno y ahíto de aquella +espiritual sustancia, acopiada a fuerza de barajar sus tristezas con las +hojas de los libros—. La desgracia me ha hecho a mí volver los ojos a +las cosas que no se ven ni se tocan. Si no lo hubiera hecho así, me +habría muerto ya cien veces. ¡Y si viera usted qué distinto es el mundo +mirado desde arriba a mirado desde abajo! Me parecía a mí mentira que yo +había de ver apagarse en mí la sed de venganza, y el odio que me +embruteció. Y sin embargo, el tiempo, la abstracción, el pensar en el +conjunto de la vida y en lo grande de sus fines me han puesto como estoy +ahora».</p> + +<p>—Claro... ¿A qué vienen esos odios y esas venganzas de melodrama?—dijo +gozoso don Evaristo—. Para perderse nada más. ¡Dichoso el que sabe +elevarse sobre las pasiones de momento y atemperar su alma en las +verdades eternas!</p> + +<p>Y para su sayo habló de este modo: «Tan metafísico está este chico, que +nos viene como anillo al dedo».</p> + +<p>—En este bulle-bulle de las pasiones de los hombres del día—prosiguió +Maxi con cierto énfasis—, llega uno a olvidarse de que vivimos para +perdonar las ofensas y hacer bien a los que nos han hecho mal.</p> + +<p>—Tiene usted razón, hijo... y dichoso mil veces el que como usted, así, +tan jovencito, llega a posesionarse de esa idea y a hacerla efectiva en +la vida real.</p> + +<p>—La desgracia, un golpe rudo... ahí tiene usted el maestro. Se llega a +este estado padeciendo, después de pasar por todas las angustias de la +cólera, por los pinchazos que le da a uno el amor propio y por mil +amarguras... ¡Ay, señor don Evaristo! Parece mentira que yo esté tan +fresco después de haberme creído con derecho a matar a un hombre, +después de haberme ilusionado con la idea de cometer el crimen, +concluyendo por renunciar a ello. Mi conciencia está hoy tan tranquila +no habiendo matado, como firme y decidida estuvo cuando pensé matar... +Entonces no veía a Dios en mí; ahora sí que le veo. Créalo usted; hay +que anularse para triunfar; decir <i>no soy nada</i> para serlo todo.</p> + +<p>Feijoo, en vista de estas buenas disposiciones, se fue derecho al bulto. +«A un espíritu tan bien fortalecido—le dijo—, se le puede hablar sin +rodeos. ¿Doña Lupe no ha tratado con usted de cierto asunto...?».</p> + +<p>Maximiliano se puso del color de la grana de su embozo, y contestó +afirmativamente con embarazo y turbación.</p> + +<p>«Por mi parte—añadió D. Evaristo—, haré todo lo que pueda para que +esto cuaje. Si ello tiene que suceder. Es lo práctico, amigo mío; y ya +que usted es tan místico, conviene que sea un poquito práctico... Por +una casualidad intervengo yo en esto... Le advierto a usted que ella +desea volver...».</p> + +<p>—¡Lo desea!—exclamó Rubín, dejando caer el embozo.</p> + +<p>—¡Toma! ¿Ahora salimos con eso? Pues si no lo deseara ¿cómo me había de +meter yo en semejante negocio? ¿No comprende usted...?</p> + +<p>—Sí... pero... No hay que confundir. El perdón puramente espiritual o +evangélico, ya lo tiene... Pero el otro perdón, el que llamaríamos +social, porque equivale a reconciliarse, es imposible.</p> + +<p>—Vamos, que no será tanto—dijo para sí don Evaristo, subiéndose el +embozo.</p> + +<p>—Es imposible—repitió Maxi.</p> + +<p>—Piénselo bien, piénselo bien; pregúnteselo a la almohada, compañero... +Yo creo que cuando usted madure la idea...</p> + +<p>—Me parece que aunque la estuviera madurando diez años...</p> + +<p>—En estas cosas hay que poner algo de caridad; no se puede proceder con +simple criterio de justicia. Convendría que usted hablase con ella...</p> + +<p>—¡Yo!... pero D. Evaristo...</p> + +<p>—Sí, no me vuelvo atrás. Quien tiene ideas como las que usted tiene, +¡caramba!, y sabe sentir y pensar con esa alteza de miras... eso es, con +esa espiritualidad de la... pues... de... claro...</p> + +<p>—¿Y cree usted que ella me podría dar explicaciones claras, pero muy +claras, de todo lo que ha hecho después que se separó de mí?</p> + +<p>—Hijo, yo creo que las dará... pero es claro que usted no debe apurar +mucho tampoco... O hay perdón o no hay perdón. La caridad por delante, +detrás la indulgencia, y ver si en efecto hay propósitos sinceros de +enmienda. Por lo que he oído, me parece que los hay; se lo digo a usted +de corazón.</p> + +<p>—Yo lo dudo.—Pues yo no. Juzgue usted mi opinión como quiera. Y sepa +que intervengo en esto por pura humanidad, porque se me ha ocurrido no +morirme sin dejar tras de mí una buena acción, ya que en la cuenta de mi +vida tengo tantas malas o insignificantes. No me gusta meterme en vidas +ajenas; pero en este caso, créalo usted... se me ha puesto en la cabeza +que a entrambos les conviene volver a unirse.</p> + +<p>Ya en este terreno, D. Evaristo se descubrió más:</p> + +<p>«Amigo—dijo parándose en la puerta de la botica—. Su mujer de usted me +ha parecido una mujer defectuosísima. Aunque la he tratado poco puedo +asegurar que tiene buen fondo; pero carece de fuerza moral. Será siempre +lo que quieran hacer de ella los que la traten».</p> + +<p>Maximiliano le miraba con ojos atónitos. Lo mismo pensaba él.</p> + +<p>«Yo le eché anteayer un largo sermón, recomendándole que se amoldara a +las realidades de la vida, que pusiera un freno a aquella +imaginacioncilla tan desenvuelta. 'Pero, hija mía, es preciso pensar lo +que se hace, y dejarse de tonterías'. Yo muy serio. Creo que algo he +conseguido. Usted lo ha de ver, compañero. Es lástima que teniendo buen +fondo, buen corazón... sólo que algo grande... y careciendo de las +malicias de otras, no posea un poco de juicio. Porque con un poco de +juicio, nada más que con un poco de juicio, no se pueden hacer las +tonterías que ella ha hecho... En fin, hijo, usted dirá que quién me +mete a mí a leñador, pero ¿qué quiere usted?, a los viejecillos nos +gusta arreglar a los jóvenes y marcarles el paso de esta vida para que +eviten los tropezones que hemos dado nosotros».</p> + +<p>Dijo esto último sonriendo con tal hombría de bien, que Maximiliano se +llenó de confusiones. No sabía qué contestar, y sentía que se le +apretaba la garganta. Despidiose D. Evaristo, dejando al pobre chico en +tal grado de aturdimiento, que durante muchos días hubo de revolver en +su mente indigestada los dejos de aquel coloquio que tuvo con el +respetable anciano, en una noche fría del mes de Marzo.</p> + +<p>Al siguiente día, D. Evaristo fue en coche a ver a Fortunata, a quien +encontró peinándose sola. Sentándose a su lado, y cogiéndola por un +brazo, la llamó a sí y le dio un beso, diciéndole: «El último beso... La +aventura del viejo Feijoo ha pasado a la historia... Entraremos pronto +en vida nueva, y de esto no quedará sino un recuerdo en mí y otro en +ti... Para el público nada. Estas cenizas sólo para nosotros esconden un +poco de calor».</p> + +<p>Fortunata, que tenía en cada mano una de las gruesas bandas de sus +cabellos negros, apartándolas como si fueran una cortina, no sabía si +reír o echarse a llorar...</p> + +<p>—¿Has hablado con él...?—dijo conmovida y al mismo tiempo sonriente.</p> + +<p>—Vete acostumbrando a tratarme de usted...—replicó él con cierta +severidad—. No se te escape una expresión familiar, porque entonces la +echamos a perder. Yo también te trataré de usted delante de gente... +Todo acabó... Fortunata, no soy para ti más que un padre... Aquel que te +quiso como quiere el hombre a la mujer, no existe ya... Eres mi hija. Y +no es que hagamos un papel aprendido, no; es que tú serás verdaderamente +para mí, de aquí en adelante, como una hijita, y yo seré para ti un +verdadero papaíto. Lo digo con toda mi alma. Yo no soy aquel; yo me +moriré pronto, y...</p> + +<p>Viéndole que se conmovía, la chulita no pudo aguantar más, y soltó el +trapo a llorar. Aquellas admirables guedejas sueltas la asemejaban a +esas imágenes del dolor que acompañan a los epitafios. Feijoo hizo un +mohín como de persona mayor que quiere dominar una debilidad pueril, y +le dijo:</p> + +<p>«Pero no, no me avergüenzo de que se me salte una lágrima. Yo juro por +Dios, en quien siempre he creído, que el cariño paternal es lo que me la +hace derramar. Todo lo que en mí existía de varón, capaz de amar, ha +desaparecido; todo murió, y no me queda de ello nada; ni aun siquiera lo +echo de menos. Nunca he sido padre; ahora siento que lo soy... y mi +corazón se llena de afectos desconocidos, tan puros, pero tan puros...».</p> + +<p>La prójima no había visto nunca a su amigo tan vencido de la emoción. +Tenía los ojos húmedos y le temblaban las manos. Sujetose ella en la +coronilla con una correa negra las crenchas de su abundante cabello, +porque no era posible repicar y andar en la procesión; no podía peinarse +y al mismo tiempo celebrar, entre lágrimas y castos apretones de mano, +la santificación de las relaciones que entre ambos habían existido. Poco +a poco se serenaron; don Evaristo, la hizo sentar a su lado en el sofá, +y con voz clara y firme le habló de esta manera:</p> + +<p>«Me parece que esto se arregla. ¡Cuánto me gustaría morirme dejándote en +una situación normal y decorosa!... Bien veo que no es fácil que tu +marido te sea simpático; pero eso no es inconveniente invencible. Hay +que transigir con las formas, y tomar las cosas de la vida como son. ¿Y +quién te dice que tratándole algo, no llegues a tenerle afecto? Porque +él es bueno y decente. Anoche le vi, y no me ha parecido tan raquítico. +Ha engordado; ha echado carnes, y hasta me pareció que tiene un aire más +arrogantillo, más...».</p> + +<p>Sonriendo tristemente, expresaba la joven su incredulidad.</p> + +<p>«En fin, tú lo has de ver. Y en último caso, hay que conformarse. La +vida regular y el transigir con las leyes sociales tienen tal +importancia, que hay que sacrificar el gusto, hija mía, y la ilusión... +No digo que se sacrifique todo, todo el gusto y toda la ilusión; pero +algo, no lo dudes, algo hay que sacrificar. De tener un marido, un +nombre, una casa decente, a andar con la <i>alquila</i> levantada, como los +simones, a éste tomo, a éste dejo, va mucha diferencia para que no te +pares a pensar bien lo que haces... Vamos a ver. Es preciso preverlo +todo. Yo te voy a presentar los dos casos que se te pueden ofrecer en tu +vida legal, y para los dos te voy a dar mi consejo franco, leal, con un +gran sentido de la realidad. Primer caso: supongamos que al poco tiempo +de vivir con Maximiliano, encuentras que el muchacho se porta bien +contigo, vas viendo sus buenas cualidades, que se manifiestan en todos +los actos de la vida, y supongamos también que le vas teniendo algún +cariño...».</p> + +<p>Fortunata tenía la mirada fija en un punto del suelo, como una espada, +tan bien hundida que no la podía desclavar. Seguro de que le oía, aunque +no le miraba, Feijoo siguió hablando despacio, poniendo pausas entre las +cláusulas.</p> + +<p>«Supongamos esto... Pues tu deber en tal caso, es esforzarte en que ese +cariño... llamémosle amistad, se aumente todo lo posible. Trabaja +contigo misma para conseguirlo. ¡Ah!, hija mía, el trato hace milagros; +la buena voluntad también los hace. Evita al propio tiempo la ociosidad, +y verás cómo lo que te parece tan difícil te ha de ser muy fácil. Se han +dado casos, pero muchos casos, de mujeres unidas por fuerza a un hombre +aborrecido, y que le han ido tomando ley poquito a poco hasta llegar a +ponerse más tiernas que la manteca. No digo nada si tienes chiquillos, +porque entonces...».</p> + +<p>—¡Lo que es eso...!—indicó con viveza Fortunata.</p> + +<p>—¡Mira qué tonta! ¿Y qué sabes tú? No se puede asegurar tal cosa. La +Naturaleza sale siempre por donde menos se piensa... Y con chiquillos, +ya llevas más de la mitad del camino andado para llegar al sosiego que +te recomiendo, pues en criarlos y en cuidarlos se te desgastará el +sentimiento que de sobra tienes en esa alma de Dios, y te equilibrarás, +y no harás más tonterías... Bueno; ya hemos hablado del primer caso, que +es el mejor; pasemos al segundo. Te lo presento en la previsión de que +falle el primero, lo que bien pudiera suceder. Vamos allá...</p> + +<p>Fortunata esperaba con ansia la exposición del segundo caso, pero Feijoo +lo tomaba con calma, pues se quedó buen rato meditando, con el ceño +fruncido y la vista fija en el suelo.</p> + +<p>«Lo mejor—prosiguió—es lo que acabo de decirte; pero cuando no se +puede hacer lo mejor, se hace lo menos malo... ¿me entiendes? Suponiendo +que no te sea posible encariñarte con ese bendito, y que ni el trato ni +las buenas prendas de él te lo hagan menos antipático; suponiendo que la +vida llegue a serte insoportable, y... Vaya que esto es temerario, y se +necesita de toda mi entereza para aconsejarte. Pero yo, antes que todo, +veo lo práctico, lo posible, y no puedo aconsejar a nadie que se deje +morir ni que se suicide. No se deben imponer sacrificios superiores a +las fuerzas humanas. Si el corazón se te conserva en el tamaño que ahora +tiene, si no hay medio de recortarlo, si se te pronuncia, ¿qué le vamos +a hacer? Dentro del mal, veamos qué es lo mejor entre lo peor, y...».</p> + +<p>Feijoo rebuscaba las palabras más propias para expresar su pensamiento. +Las ideas se alborotaron un poco y necesitó someterlas para no +embarullarse. Dando un gran suspiro, se pasó la mano por la cabeza, +perdida la vista en el espacio. Saliendo al fin de su perplejidad, dijo +con voz cautelosa:</p> + +<p>«Y en un caso extremo, quiero decir, si te ves en el disparadero de +faltar, guardas el decoro, y habrás hecho el menor mal posible... El +decoro, la corrección, la decencia, este es el secreto, compañera».</p> + +<p>Detúvose asustado, a la manera del ladrón que siente ruido, y se volvió +a poner la mano sobre la cabeza, como invocando sus canas. Pero sus +canas no le dijeron nada. Al punto se envalentonó, y recobró la +seguridad de su lenguaje, diciendo: «Tú eres demasiado inexperta para +conocer la importancia que tiene en el mundo la forma. ¿Sabes tú lo que +es la forma, o mejor dicho, las formas? Pues no te diré que estas sean +todo; pero hay casos en que son casi todo. Con ellas marcha la sociedad, +no te diré que a pedir de boca, pero sí de la mejor manera que puede +marchar. ¡Oh!, los principios son una cosa muy bonita; pero las formas +no lo son menos. Entre una sociedad sin principios, y una sociedad sin +formas, no sé yo con cuál me quedaría».</p> + + + +<hr /> +<h2>-<span class="smcap">x</span>-</h2> + + +<p>Fortunata había comprendido. Hacía signos afirmativos con la +cabeza, y cruzadas las manos sobre una de sus rodillas, imprimía a su +cuerpo movimientos de balancín o remadera.</p> + +<p>A Feijoo le había costado algún trabajo arrancarse a exponer su moral en +aquellas circunstancias, porque en la conciencia se le puso un nudo, que +le apretó durante breve rato; pero al punto lo deshizo evocando las +teorías que había profesado toda su vida. Lanzado, pues, el concepto más +peligroso, siguió luego como una seda, sin nudo y sin tropiezo.</p> + +<p>«Ya sabes cuáles son mis ideas respecto al amor. Reclamación imperiosa +de la Naturaleza... la Naturaleza diciendo <i>auméntame</i>... No hay medio +de oponerse... la especie humana que grita <i>quiero crecer</i>... ¿Me +entiendes? ¿Hablo con claridad? ¿Necesitaré emplear parábolas o +ejemplos?».</p> + +<p>Fortunata entendía, y seguía balanceándose de atrás adelante, acentuando +las afirmaciones con su cabeza despeinada.</p> + +<p>«Pues no te digo más. Esto es muy delicado, tan delicado como una +pistola montada al pelo, con la cual no se puede jugar. Siempre es +preferible el primer caso, el caso de la fidelidad, porque de este modo +cumples con la Naturaleza y con el mundo. El segundo término te lo pongo +como un <i>por si acaso</i>, y para que... pon en esto tus cinco sentidos... +para que si te ves en el trance, por exigencias irresistibles del +corazón, de echar abajo el principio, sepas salvar la forma...».</p> + +<p>Aquí volvió mi hombre a sentir el nudo; pero evocando otra vez su +filosofía de tantos años, lo desató.</p> + +<p>«Hay que guardar en todo caso las santas apariencias, y tributar a la +sociedad ese culto externo sin el cual volveríamos al estado salvaje. En +nuestras relaciones tienes un ejemplo de que cuando se quiere el secreto +se consigue. Es cuestión de estilo y habilidad. Si yo tuviera tiempo +ahora, te contaría infinitos casos de pecadillos cometidos con una +reserva absoluta, sin el menor escándalo, sin la menor ofensa del decoro +que todos nos debemos... Te pasmarías. Oye bien lo que te digo, y +apréndetelo de memoria. Lo primero que tienes que hacer es sostener el +<i>orden público</i>, quiero decir la paz del matrimonio, respetar a tu +marido y no consentir que pierda su dignidad de tal... Dirás que es +difícil; pero ahí está el talento, compañera... Hay que discurrir, y +sobre todo, penetrarse bien del propio decoro para saber mirar por el +ajeno... Lo segundo...».</p> + +<p>Aquí D. Evaristo se acercó más a ella, como si temiera que alguien le +pudiese oír, y con el dedo índice muy tieso iba marcando bien lo que le +decía.</p> + +<p>«Lo segundo es que tengas mucho cuidado en elegir, esto es +esencialísimo; mucho cuidado en ver con quién... en ver a quién...».</p> + +<p>La conclusión del concepto no salía, no quería salir. Viéndole Fortunata +en aquel apuro, acudió a remediarlo, diciendo: «Comprendido, +comprendido».</p> + +<p>—Bueno, pues no necesito añadir nada más... porque si caes en la +tentación de querer a un hombre indigno, adiós mi dinero, adiós +decoro... Y lo último que te recomiendo es que si logras conseguir que +no pueda tentarte otra vez el mameluco de Santa Cruz, habrás puesto una +pica en Flandes.</p> + +<p>Dicho esto, el anciano se levantó, y tomando capa y sombrero, se dispuso +a marcharse. De la puerta volvió hacia Fortunata, y alzando el bastón +con ademán de mando, le dijo:</p> + +<p>«Repito lo de antes. Aquello se acabó... y ahora soy tu padre, tú mi +hija... trátame de usted... ocupemos nuestros puestos... Aprendamos a +vivir vida práctica... Por de pronto, serenidad, y concluye de peinarte, +que es tarde. Yo me voy, que tengo mucho que hacer».</p> + +<p>Metiose el original moralista en su simón, y apenas había llegado a la +Plaza de los Carros, empezó a sentir en su alma una inquietud +inexplicable. Y tras la inquietud moral vino un cierto malestar físico, +con algo de temblor y escalofríos, acompañado de terror supersticioso... +Pero no podía definir la causa del miedo... El coche corría por la +Cava-Alta, y Feijoo se sentía cada vez peor. De improviso sintió como +una vibración intensísima en su interior, y un relámpago a manera de +lanceta fugaz atravesole de parte a parte. Creyó que una desconocida +lengua le gritaba: «¡Estúpido, vaya unas cosas que enseñas a tu +hija...!». Extendió la mano para detener al cochero y decirle que +volviera a la calle de Tabernillas; pero antes de realizar aquel +propósito, cesó la trepidación que en su alma había sentido, y todo +quedó en reposo... «¡Qué debilidades!—pensó—; estas son chocheces y +nada más que chocheces... ¿Pues no se me ocurrió volver allá para +desdecirme? No te reselles, compañero, y sostén ahora lo que has creído +siempre. Esto es lo práctico, es lo único posible... Si le recomendara +la virtud absoluta, ¿qué sería?, sermón absolutamente perdido. Así al +menos...».</p> + +<p>Y siguió tan satisfecho. Con el ajetreo que traía aquellos días, en los +cuales hizo dos visitas a doña Lupe, celebró muchas conferencias con +Juan Pablo y otra muy sustanciosa con Nicolás Rubín, que andaba desalado +detrás de una canonjía, tuvo el buen señor una recaída en su enfermedad. +Una tarde de fines de Marzo se sintió tan mal, que hubo de retirarse a +su casa y se acostó. Doña Paca advirtió en él, juntamente con los +síntomas de agravación, cierta alegría febril, lo que juzgó de malísimo +agüero, pues si su amo se volvía niño o demente cuando tan malito +estaba, señal era esto de la proximidad del fin. Toda la noche estuvo +dando vueltas de un lado para otro, queriendo levantarse, y renegando de +que le tuvieran prisionero en la cárcel de aquellas malditas sábanas. A +la madrugada, se nublaron sus sentidos, y a punto de perder el +conocimiento, se despidió del mundo sensible con este varonil concepto +que apenas salió del magín a los labios: «Ya me puedo morir tranquilo, +puesto que he sabido arrancarle al demonio de la tontería el alma que ya +tenía entre sus uñas...».</p> + +<p>Doña Paca y el criado, creyendo que su amo se quedaba en aquel espasmo, +empezaron a dar chillidos; llamaron al médico, dieron al señor muchas +friegas, y por fin volviéronle a la vida. Todos se pasmaron de verle +risueño y de oírle afirmar que no le dolía nada y que se sentía bien y +contento. Mas a pesar de esto, el doctor puso muy mala cara, +pronosticando que la debilidad cerebral y nerviosa acabaría pronto con +el enfermo. Por más que este se envalentonó, no pudo levantarse y las +fuerzas le iban faltando. Carecía en absoluto de apetito. Los amigos que +aquel día le acompañaban, convinieron en decirle de la manera más +delicada que se preparase espiritualmente para el traspaso final, +ocupándose del negocio de salvar su alma. Creyeron los más que D. +Evaristo se alborotaría con esto, pues siempre hizo alarde de libre +pensador; mas con gran sorpresa de todos, oyó la indicación del modo más +sereno y amable, diciendo que él tenía sus creencias, pero que al mismo +tiempo gustaba de cumplir toda obligación consagrada por el asentimiento +del mayor número. «Yo creo en Dios—dijo—, y tengo acá mi religión a mi +manera. Por el respeto que los hombres nos debemos los unos a los otros, +no quiero dejar de cumplir ningún requisito de los que ordena toda +sociedad bien organizada. Siempre he sido esclavo de las buenas formas. +Tráiganme ustedes cuantos curas quieran, que yo no me asusto de nada, ni +temo nada, y no desentono jamás. No descomponerse; ese es mi tema».</p> + +<p>Todos los presentes se maravillaron al oírle, y aquel mismo día se le +administraron los Sacramentos. Después se puso mucho mejor, lo cual dio +motivo a que le dijeran, como es uso y costumbre, que la religión es +medicina del cuerpo y del alma. Él aseguraba que no se moría de aquel +arrechucho, que tenía siete vidas como los gatos, y que era muy posible +que Dios le dejase tirar algún tiempo más para permitirle ver muchas y +muy peregrinas cosas. Así fue en efecto, pues en todo el año 75 que +corría no se murió el filósofo práctico.</p> + +<p>Durante la convalecencia de aquel ataque, no permitió que Fortunata +fuese a verle. Le escribía algunas cartitas, reiterándole sus consejos y +dándole otros nuevos para el día ya próximo en que la reconciliación +debía efectuarse. Al propio tiempo se ocupaba en la revisión de su +testamento y en tomar varias disposiciones benéficas que algunas +personas habían de agradecerle mucho. Tenía un pequeño caudal repartido +en diferentes préstamos hechos a amigos menesterosos. Algunos le habían +firmado pagarés de mil, de dos y hasta de tres mil reales. Todos estos +papeles fueron rotos. Dispuso cómo se habían de repartir las alhajas que +tenía, algunas de bastante valor, sortijas con hermosos solitarios, +botonaduras, y además cajitas primorosas de marfil y sándalo que había +traído de Filipinas, una hermosa espada, dos o tres bastones de mando +con puño de oro. Hizo la distribución de todo con un acierto que +declaraba su gran delicadeza y el aprecio que hacía de las amistades +consecuentes.</p> + +<p>Respecto a Fortunata lo dispuso tan bien que no cabía más. No le dejaba +en su testamento más que algunos regalitos, llamándola <i>ahijada</i>; pero, +por medio de un agente de Bolsa muy discreto, se hizo una operación en +que la chulita figuraba como compradora de cierta cantidad de acciones +del Banco, dándole además, de mano a mano, algunas cantidades en +billetes. No olvidó por esto D. Evaristo a sus parientes, que eran dos +sobrinas, residentes la una en Astorga, la otra en Ponferrada. Ambas +quedaban muy bien atendidas en el testamento; y en cuanto a los socorros +que anualmente les enviaba, no perdió aquel año la memoria de esta +obligación, a pesar de los muchos quebraderos de cabeza que tuvo. Doña +Paca y los dos criados también se llevarían un pellizco el día en que el +amo faltara.</p> + +<p>Indicáronle los clérigos de la parroquia si no dejaba algo para +sufragios por su alma, y él, con bondadosa sonrisa, replicó que no había +olvidado ninguno de los deberes de la cortesía social, y que para no +desafinar en nada, también quedaba puesto el rengloncito de las misas.</p> + +<p>Fue a verle una tarde Villalonga, y lo primero que le dijo Feijoo, +mientras se dejaba abrazar por él, fue esto: «Pero, hombre, ¿será usted +tan malo que no le dé la canonjía a mi recomendado?».</p> + +<p>—Por Dios, querido patriarca, tengamos paciencia... Haré lo que pueda. +Le puse una carta muy expresiva a Cárdenas mandándole la nota. Pero +considere usted que es un arco de iglesia. ¡Canonjía! Para mí la +quisiera yo.</p> + +<p>—Y para mí también... Pero en fin, ¿puede ser o no? Es un cleriguito de +las mejores condiciones.</p> + +<p>—Lo creo... ¡pero qué quiere usted! Estos cargos son muy solicitados, y +cuando vaca uno, hay cuatrocientos curas con los dientes de este tamaño.</p> + +<p>—Sí, pero mi presbítero es un cura apreciabilísimo, un santo varón... +Como que ayuna todos los días...</p> + +<p>—Ya... será un bacalao ese padre Rubín. ¿No le di ya a usted una +credencial de Penales para un Rubín? Usted por lo visto protege a esa +familia.</p> + +<p>—Yo no protejo familias, niño. Déjese usted de protecciones... Sólo que +me intereso por las personas de mérito.</p> + +<p>—Por mí no ha de quedar. Le daré otro achuchón a Cárdenas. Pero, lo que +digo, son plazas que tienen muchos golosos. Los pretendientes explotan +el valimiento y la influencia de las señoras. Casi siempre son las +faldas las que deciden quién se ha de sentar en los coros de las +catedrales.</p> + +<p>—Pues suponga usted, compañero, que yo tengo faldas, que soy una +dama... ea.</p> + +<p>—Pero si yo no lo he de decidir...</p> + +<p>—Mire usted que si no me nombra mi canónigo, no me muero, y le estaré +atormentando meses y meses.</p> + +<p>—Mejor... Viva usted mil años.</p> + +<p>—¿Y esas elecciones, van bien?</p> + +<p>—Como un acero. Tengo allá un padre cura que vale un imperio. Me está +haciendo unos arreglos en el distrito, que Dios tirita, y tirita toda la +Santísima Trinidad. Ese sí que merece, no digo yo canonjías, sino siete +mitras.</p> + +<p>—Le conozco, el <i>Pater</i>... fue capellán de mi regimiento.</p> + +<p>Villalonga se despidió reiterando sus buenos deseos respecto a Nicolás +Rubín.</p> + +<p>«¡Eh, Jacinto, por Dios, una palabra!—dijo D. Evaristo llamándole +cuando ya estaba en la puerta—. Por Dios y todos los santos, no me +olvide usted a ese desdichado... al pobre Villaamil, a ese que llaman +<i>Ramsés II</i>».</p> + +<p>—Está recomendado en una nota de <i>indispensables</i>. Conque más no puedo +hacer.</p> + +<p>—Mire usted que no me deja vivir... Todos los días viene tres veces. La +noche que me dieron el Viático, en el momento aquel, miré para este lado +y lo primero que vi fue a <i>Ramsés II</i>, con una vela en la mano. ¡Cómo me +miraba el infeliz!... Creo que no me morí de tanto como rezó Villaamil, +pidiendo a Dios que viviera.</p> + +<p>—Podrá ser... No le olvidaré. Abur, abur.</p> + +<p>Y D. Evaristo se quedó solo, pensativo y dulcemente ensimismado, +saboreando en su conciencia el goce puro de hacer a sus semejantes todo +el bien posible, o de haber evitado el mal en la medida que la +Providencia ha concedido a la iniciativa humana.</p> + + + +<hr /> +<h2><a name="vc" id="vc"></a>-V-</h2> + +<h2>Otra restauración</h2> + +<hr /> + + +<h2>-<span class="smcap">i</span>-</h2> + + +<p>Las personas muy rutinarias y ordenadas que se acostumbran a las +dulzuras tranquilas del método en la vida, concluyen, abusando en cierto +modo de la regularidad, por someter al casillero del tiempo, no sólo las +ocupaciones, sino los actos y funciones del espíritu y aun del cuerpo +que parecen más rebeldes al régimen de las horas. Así, pues, la gran +doña Lupe, cuya existencia era muy semejante a la de un reloj con alma, +había distribuido tan bien el tiempo, que hasta para pensar en cualquier +asunto de interés que sobreviniese, tenía marcada una parte del día y un +determinado sitio. Cuando era preciso meditar, por el picor de una de +esas ideas, hermanas del abejorro, que se plantan en el cerebro y no hay +medio de sacudirlas, o doña Lupe no meditaba, o tenía que hacerlo +sentada en la silleta junto a la ventana de la sala, los anteojos en el +caballete de la nariz, la cesta de la ropa delante y el gato muy +repantigado en un extremo de la alfombrita. La meditación era mucho más +honda y eficaz si la señora tenía metida toda la mano izquierda, hasta +más arriba de la muñeca, dentro de una media, y si las claraboyas de +esta eran bastante anchas para poder tener sobre ellas enrejados como +los de una cárcel. Tal era la fuerza del método, que doña Lupe no +pensaba a gusto sino allí, así como para hacer sus cálculos aritméticos +el mejor momento era cuando descascaraba los guisantes en la cocina (en +tiempo de guisantes), o cuando ponía los garbanzos de remojo. La +costumbre obraba estos prodigios, y lo mismo era ver la señora los +garbanzos y poner su mano en ellos, que se le llenaba el cerebro de +números y veía claro en sus negocios, si le convenía o no tal préstamo, +si debía quedarse o no con tal o cual alhaja. Al levantarse, por la +mañana temprano, preveía todos los sucesos y acciones del día que +empezaba, y se preparaba para ellos con una evocación mental de su +energía, y con la distribución metódica de las horas para todo lo +previsto y probable. Era esto como si <i>se diera cuerda</i>, acumulando en +sí la fuerza inteligente que necesitaba.</p> + +<p>Todas estas rutinas del pensamiento y de la acción fueron perturbadas +por la mudanza de casa, que se efectuó en Diciembre del 74, y no hay que +decir cuán gran sacrificio fue para doña Lupe este cambio. Era de esas +personas que aborrecen lo desconocido y que se encariñan con el rincón +en que viven. Mover los trastos era para ella algo semejante a incendio +o demolición; pero no había más remedio que dar el salto del Norte al +Sur de Madrid, pues teniendo Maximiliano que pasar la mayor parte del +tiempo en la botica de Samaniego, era una falta de caridad hacerle +recorrer dos veces al día los tres cuartos de legua que separan el +barrio de Chamberí del de Lavapiés. Cargó, pues, la señora de Jáuregui +con sus penates, y se instaló en un segundo de la calle del Ave-María. +Habríale gustado vivir en la misma casa de la botica; pero no había allí +ningún cuarto con papeles. Eligió un segundo de la finca inmediata, y +sus balcones caían al lado de los de su amiga Casta Moreno, viuda de +Samaniego. Los primeros días extrañaba la casa, teniéndola por peor que +la otra; mas pronto hubo de reconocer que era mucho mejor, más espaciosa +y bella, y en cuanto a los barrios, lo que la señora había perdido en +tranquilidad ganábalo en animación. Poco a poco se fue adaptando a su +nuevo domicilio, y cuando la sorprende de nuevo nuestro relato, sentada +junto a la ventana y recapacitando, con la mano dentro de la media, en +una fecha que debe caer allá por Marzo del 75, ya no se acordaba de la +vivienda de Chamberí en que la conocimos.</p> + +<p>La meditación y el zurcido no le impedían mirar de vez en cuando a la +calle, y la del Ave-María es mucho más <i>pasajera</i> que la de Raimundo +Lulio. En una de aquellas miradas casi maquinales que la viuda echaba +hacia afuera, como para poner solución de continuidad al temeroso +problema que tenía entre ceja y ceja, vio pasar a una persona que le +retuvo un instante la atención. Era Guillermina Pacheco. «Parece que la +santa frecuenta ahora estos barrios—murmuró doña Lupe, alargando la +cabeza para observarla por la calle abajo—. Ya la he visto pasar cuatro +o cinco veces a distintas horas. Verdad que para ella no hay +distancias... Ahora que recuerdo, me ha dicho Casta que es pariente +suya, y he de preguntarle...».</p> + +<p>La fundadora inspiraba a doña Lupe grandes simpatías. De tanto verla +pasar por la calle de Raimundo Lulio, camino del asilo de la de +Alburquerque, llegó a imaginar que la trataba. Siempre que había función +pública en la capilla del asilo, iba doña Lupe, deseosa de introducirse +y de hacer migas con la santa. Admirábala mucho, no exclusivamente por +sus santidades, sino más bien por aquel desprecio del mundo, por su +actividad varonil y la grandeza de su carácter. Quizás la señora de +Jáuregui creía sentir también en su alma algo de aquella levadura +autocrática, de aquella iniciativa ardiente y de aquel poder +organizador, y esta especie de parentesco espiritual era quizás lo que +le infundía mayores ganas de tratarla íntimamente. Sólo le había hablado +una o dos veces en las funciones del asilo, así como por entrometimiento +y oficiosidad, y cuando en dichas fiestas veíala rodeada de damas <i>de la +grandeza</i> y de señoronas ricas, que tenían el coche a la puerta, doña +Lupe habría dado el único pecho que poseía por meter las narices entre +aquella gente, codearse con ellas y mangonear en los petitorios. Porque +ella tenía la vanidad, muy bien fundada por cierto, de no desmerecer de +las tales señoras en punto a buena crianza y modales. Harto sabía, +además, que no todas habían nacido en doradas cunas, y que la finura es +lo que constituye la verdadera aristocracia en estos tiempos liberales. +No había razón para que ella, que sabía presentarse como la primera, +dejase de alternar con las damas que seguían a Guillermina cual las +ovejas siguen al pastor... A mayor abundamiento, en lo tocante a ropa +estaba a la sazón la viuda de Jáuregui en excelentes condiciones. Con su +talento y su economía se había agenciado un abrigo de terciopelo, con +pieles, que la más pintada no lo usara mejor. Y le había salido por poco +más de nada, atendido lo que generalmente cuestan estas piezas... Le +estaban arreglando una capota, que... vamos; el día que la estrenara +había de llamar la atención... Estas reflexiones fueron como un inciso +en lo que aquella tarde pensaba la señora, inciso que se abrió al ver +pasar a Guillermina, cerrándose cuando la virgen y fundadora desapareció +por la calle abajo.</p> + +<p>Vuelta a la meditación, tomando el hilo de ella en el mismo punto en que +lo había soltado... «Y aunque el Sr. de Feijoo lo niegue hoy, es tan +verdad que me rondaba la calle al año de perder a mi Jáuregui... tan +verdad como que nos hemos de morir. Y si no, ¿qué hacía plantado en +aquella dichosa esquina de la calle de Tintoreros? Esto fue poco antes +de la guerra de África, bien me acuerdo; y si el tal no se va a matar +moros, sabe Dios si... Pero esto no hace al caso, y vamos a lo otro. Que +es un caballero decentísimo, no tiene la menor duda. Jáuregui le +apreciaba mucho, y me decía que no tenía más contra que ser muy +mujeriego... Fuera de esto, hombre de veracidad, con una palabra como +los Evangelios, y cosa que él decía poniéndose formal era como si la +escribieran notarios... Con todo, ¡lo que me ha venido contando estos +días me parece tan extraño...! Que está arrepentida, que él la ha tomado +bajo su protección... Se la encontró en casa de unos vecinos, y le dio +lástima, y qué sé yo qué... Por más que diga ese santo varón, tales +arrepentimientos me parecen a mí las coplas de Calainos... Y si por +acaso... Quita, quita, pensamiento y no me tientes con una sospecha, que +parece tan verosímil... El mismo Feijoo quizás... puede... habrá +tenido... y ahora... Sobre esto quiero echar tierra, porque me volvería +loca. La verdad es que el pobre señor ha dado un bajón tremendo y no +debe de haber estado para morisquetas de algunos meses acá. ¡Si será +cierto lo que dice!... ¡Caridad, lástima, arrepentimiento... necesidad +de transigir, decoro, reconciliación...!».</p> + +<p>Otro inciso. Miró a la calle y vio por segunda vez a Guillermina que +subía. «¿Pero qué trae en la mano?, un palo y un garfio de hierro. ¡Vaya +con la santa esta! Algo que le han dado. Dicen que lo acepta todo. Véase +por dónde yo le podría ayudar a su obra, dándole media docena de llaves +viejas que tengo aquí. Aquella tabla que lleva parece una plantilla... +Toma, como que vendrá del almacén de maderas de la calle de Valencia. +Vaya unos trajines... Vea usted una cosa que a mí me gustaría, edificar +un <i>establecimiento</i>, pidiéndole dinero al Verbo... Lo haría yo tan +grande como el Escorial...».</p> + +<p>Cerrado el inciso, y otra vez al tema: «¡Vaya con lo que me ha dicho +esta mañana Nicolás: que Feijoo es el primer caballero de Madrid y que +le ha prometido una canonjía! Si se la dan, ya no me queda nada que ver. +Yo me alegraría, para quitarme esa carga de encima; pero ¡qué tiempos y +qué Gobiernos! ¡Ah!, si yo gobernara, si yo fuera ministra, ¡qué +derechitos andarían todos! Si esta gente no sabe... si salta a la vista +que no sabe. ¡Dar una canonjía a un clérigo joven, que entra en su casa +a la una de la noche y pasa el tiempo charlando en el café con los curas +de caballería que andan por ahí sueltos y sin licencias! Pero en fin, +allá te la dé Dios, y si pescas el turrón, hijo, buen provecho, y +escribe en llegando, y no parezcas más por aquí, egoistón, +tragaldabas... Pues digo, el otro, el Juanito Pablo, desde que tiene +empleo no pone los pies en casa. ¡Si comparado con sus hermanos, +Maximiliano es un ángel de Dios y un talentazo...! Voy a lo que me decía +Nicolás esta mañana... Que D. Evaristo es un cristiano rancio, y que +cuando le administraron, recibió al Señor con una edificación y una +santidad tan grandes, que todos los concurrentes al acto lloraban a moco +y baba. Vaya, no sería para tanto... exageración. En estas cosas de +santidad hay que llamar al tío Paco para que traiga la rebaja. Pero en +fin, pongamos que sea así, ¿y qué? Ahora lo que falta saber es si con +toda esa cristiandad nos querrá dar gato por liebre... ¡Lástima, +arrepentimiento!... Dios mío, o dame una luz clara sobre esto, o quítame +esta grillera de mi cabeza. Yo me vuelvo loca... Y no sé por qué me +devano los sesos, porque en rigor, ¿a mí qué me va ni me viene? Si +Maximiliano quiere humillarse después de las atrocidades que pasaron, yo +no debo meterme... Pero sí, sí me meteré. ¿Cómo consentir tal afrenta? +La muy bribona... ¡imaginar que su marido puede perdonarla después de la +trastada indecente que le hizo, después que el querindango atropelló a +este infeliz abusando de su fuerza...! ¡Qué infamia! Si yo no hubiera +estado un mes seguido trasteando a este chico para quitarle de la cabeza +la idea de la venganza... no sé qué catástrofes habrían sucedido. Quería +pegarle un tiro al otro, y hasta se le ocurrió hacer un cartucho de +dinamita para ponérselo en la puerta de su casa. Delirios... lo mejor es +el desprecio... A estos badulaques se les desprecia... Bueno está mi +sobrino para meterse en lances, él que se asusta de entrar en un cuarto +sin luz. ¡Pobrecillo Maxi!, ¡tiene un corazón de oro, y ahora que está +tan dado a estudiar lo del otro mundo, se le ocurren unas cosas...! +¡Vaya con lo que me decía anoche! 'Tía de mi alma, a fuerza de pensar y +padecer, he llegado a desprenderme de todas las pasiones, y a no sentir +en mí ni odio ni venganza'. Dice que la perdona cristianamente, por esto +y lo otro y qué sé yo qué... pero en cuanto a hacer vida común, ni que +se lo mande el Papa. Y a renglón seguido me marea para que la vaya a +ver. 'Tía, visítela usted, entérese... sondéela, a ver cómo se presenta. +Puede que sea verdad lo que dice D. Evaristo...'. Todas las noches la +misma canción. Al fin, si se pone muy pesadito, no tendré más remedio +que ir. Y no es flojo el paseo que tengo que dar, de aquí a Puerta de +Moros...».</p> + + + +<hr /> +<h2>-<span class="smcap">ii</span>-</h2> + + +<p>Un lunes por la tarde, doña Lupe entró en su casa a eso de las +cinco. Venía muy emperifollada. «Papitos, ¿quién ha venido?».</p> + +<p>—Aquel señor de las barbas blancas.</p> + +<p>—¿Y nadie más? ¿No ha estado Mauricia?</p> + +<p>—No señora... Esta mañana la vi en la puerta del bodegón de la Plazuela +de Lavapiés. Vive por aquí cerca... «Señá Mauricia, mire que la señora +la está esperando...». Me contestó, dice: dile a esa <i>tiona</i> que si +quiere correr los pañuelos que los corra ella, y que si no, que los +deje...</p> + +<p>«¡Habrá indecente!...» exclamó la señora algo distraída.</p> + +<p>Papitos, que aquella mañana había sido castigada porque trajo de la +plaza una merluza muy mala, creyó que a su ama no se le había pasado el +berrinchín, y temblaba mirándole las manos. Pero en el ánimo de doña +Lupe se había disipado la ira correccional, a causa de los sentimientos +de otro orden y del gran estupor que desde una hora antes reinaban en +él.</p> + +<p>«Oye, Papitos—le dijo—. Ven acá, y atiende bien a lo que te encargo. +Yo tengo que salir otra vez. Das de comer al señorito Nicolás y al +señorito Maxi; pero este vendrá mucho más tarde que su hermano. Fíjate +bien, y no salgas luego haciendo lo contrario de lo que te mando.</p> + +<p>Para principio del clérigo, pones la merluza mala que trajiste esta +mañana, ¿sabes?, y que está apestando... Le echas bastante sal, y +después la cargas de harina todo lo que puedas y la fríes. Ponle todas +las tajadas, y se las embaulará sin enterarse de si está buena o mala. +Es como los tiburones, que tragan todo lo que les echan. Para postre, +las nueces y el arrope, ¿sabes? Le pones en la mesa la orza, y que se +harte; a ver si lo acaba. Está fermentando y no hay quien lo pase... Si +el señorito Maxi viniese antes de que esté de vuelta, le pones de +principio una de las dos chuletas de ternera, la más crecidita, y de +postre le sacas las pastas que trajo el bollero esta mañana, y la carne +de membrillo que yo tomo. Conque a ver si lo haces todo al revés».</p> + +<p>Cuando le daban tales pruebas de confianza, delegando en ella la +autoridad, la mona se crecía, y aguzado su entendimiento por la vanidad, +desempeñaba sus obligaciones de un modo intachable. Doña Lupe, que ya la +conocía bien, estaba segura de que sus órdenes serían cumplidas. Papitos +hizo con la cabeza signos de inteligencia, y se sonreía la muy tunanta, +pensando sin duda, ¡aquí que no peco!... en la cantidad de sal que le +iba a echar a la merluza del señorito Nicolás.</p> + +<p>Doña Lupe permaneció un rato en la sala, sin moverse del sillón en que +se sentara al entrar, con el manto puesto, la mano en la mejilla, +pensando en lo mismo. No había vuelto aún de su asombro, ni volvería en +mucho tiempo. Fortunata, de cuya casa venía, le había dado mil duros +para que se los colocara del modo que lo creyera más conveniente... y +sin querer admitir recibo... Al pronto sospechó la señora de Jáuregui si +serían falsos los billetes... pero ¡quia, si eran más legítimos que el +sol! Tal prueba de confianza le llegaba al alma, porque no sólo era +confianza en su honradez, sino en su talento para hacer producir dinero +al dinero... Pues además, Fortunata, en el curso de la conversación, +había dado a entender que tenía acciones del Banco, sin decir cuántas. +¿De dónde había salido esta riqueza? Quizás Juanito Santa Cruz... quizás +Feijoo... Lo más particular era que doña Lupe, por impulsos de +tolerancia que habían surgido bruscamente en su espíritu, se esforzaba +en suponer a aquel caudal una procedencia decente. ¡Fascinación que la +moneda ejerce en ciertos caracteres, porque para estos lo bueno tiene +que tener buen origen!... «¿Y por qué no ha de ser verdad todo eso del +arrepentimiento?...—se decía—. Lo que no me explico es una cosa... El +primer día me dijo Feijoo que estaba miserable... pero miserable, y +comiéndose sus ahorros. ¡Pues si son estas las sobras...! En fin, +doblemos la hoja; pongámonos en un punto de vista imparcial, y no +hagamos juicios temerarios antes de tener datos seguros. ¿Quién se +atreve a condenar a un semejante sin oírlo? Sería una crueldad, una +injusticia. Eso de que siempre hayamos de pensar mal, me parece una +barbaridad... Pero me estoy aquí ensimismada, y si tardo, quizás no +encuentre en su casa a D. Francisco... Él dirá qué hacemos con todo este +<i>guano</i>».</p> + +<p>Al bajar la escalera, sus pensamientos tomaban otro giro. «¡Y qué guapa +está!... Es un horror de guapa. Y siempre tan modosita... Parece que no +rompe un plato. Cuando entré, por poco se desmaya. Y aquello no es +fingido... ella será todo lo que se quiera; pero no hace papeles, no +tiene talento para hacerlos. En cuanto a modales, ha olvidado todo lo +que le enseñé... será preciso volver a empezar... y de lenguaje seguimos +lo mismo. Ni la más ligera alusión a los sucesos del año pasado. Dirá, y +con razón, que peor es meneallo...».</p> + +<p>Como tres horas largas estuvo doña Lupe fuera de su casa. Cuando volvió, +Nicolás había comido y marchádose, y Maximiliano estaba concluyendo. La +primer pregunta que hizo el ama a Papitos fue referente a las órdenes +que le había dado.</p> + +<p>«No dejó ni rastro» replicó la muchacha, enseñando a su ama la fuente en +que había servido la merluza.</p> + +<p>—¿Y dijo algo?</p> + +<p>—No podía decir nada, porque no paraba de tragar.</p> + +<p>Doña Lupe se sonreía. Cerciorose de que a Maximiliano se le había +servido conforme a sus órdenes, y después de cambiar de ropa, dispuso su +propia comida, que era de lo más frugal. Cuando entró en el comedor, ya +Maxi no estaba allí, y media hora después encontrole en su cuarto, sin +luz, sentado junto a la mesa y de bruces en ella, con la cabeza +sostenida en las manos, y agarradas estas al cabello, como si se lo +quisiera arrancar. Viéndole tan sumergido en su tristeza, su señora tía +le dijo: «Vamos, hombre, no te pongas así. No hay que tomar las cosas +tan a pechos... Lo que está de Dios que sea, será. Cuando las cosas +vienen bien rodadas, no hay medio de evitarlas».</p> + +<p>«Y qué, ¿la ha visto usted?» dijo Maxi dejando al fin aquella posición +violenta, y mirando con ansiedad a su tía.</p> + +<p>—Sí... Me has mareado tanto... que al fin... Pues nada... la he visto y +no me ha comido. Es la misma panfilona inexperta de siempre.</p> + +<p>—¿Está desmejorada?—¿Desmejorada? Quítate de ahí. Lo que está es +guapísima. Por cada ojo parece que le salen cuantas estrellas hay en el +Cielo. A algunas personas la miseria les prueba bien.</p> + +<p>—Pero qué, ¿está miserable? ¿Pasa necesidades?—preguntó el chico, +moviéndose con inquietud en la silla—. Eso no debe consentirse...</p> + +<p>—No digo que tenga hambre... y tal vez... Su situación no debe ser muy +desahogada. Hoy a las cuatro de la tarde, según me dijo, no había +entrado en su cuerpo más que un poco de pan del día antes, un pedacito +de chocolate crudo, y al mediodía una corta ración de bofes.</p> + +<p>—¡Por Dios! ¿Y usted consiente eso? ¡Bofes...!</p> + +<p>—Será penitencia tal vez—replicó la viuda en aquel tono de convicción +ingenua que tomaba cuando quería jugar con la credulidad de su sobrino, +como el gato con la bola de papel.</p> + +<p>—Francamente, tía, eso de que pase hambres... Yo no la perdono, no +puede ser... le aseguro a usted que eso... <i>jamás, jamás, jamás</i>.</p> + +<p>—Ya te he dicho que no es prudente soltar <i>jamases</i> tan a boca llena +sobre ningún punto que se refiera a las cosas humanas. Ya ves el bueno +de D. Juan Prim qué lucido ha quedado con sus <i>jamases</i>.</p> + +<p>—Pues a mí no me pasará lo que a D. Juan Prim, porque sé lo que digo... +Y como la restauración depende de mí, y yo no he de hacerla... Pero de +esto no se trata ahora. Aunque no ha de haber las paces, me duele que +pase hambre. Es preciso socorrerla.</p> + +<p>—Pues volveré allá. Pero se me ocurre una cosa. ¿Por qué no vas tú?</p> + +<p>—¡Yo!—exclamó el exaltado chico sintiendo que los cabellos se le +ponían de punta.</p> + +<p>—Sí, tú... porque estás acostumbrado a que todo te lo den bien amasado +y cocido... Esto es cosa delicada... Yo no quiero responsabilidades. Tú +no eres ya un niño, y debes decidir por ti mismo estas cosas.</p> + +<p>—¡Yo!, ¡que vaya yo!—murmuró el joven farmacéutico, sintiendo un +temblor, un frío... Se ponía malo de sólo pensarlo.</p> + +<p>—Tú, sí, tú... Déjate de miedos y vacilaciones. Si lo quieres hacer lo +haces, y si no lo dejas.</p> + +<p>—No tengo tiempo de ir—dijo Rubín tranquilizándose al encontrar tan +liviano pretexto.</p> + +<p>Volvió a insistir doña Lupe con lenguaje duro en que él debía decidir +por sí mismo aquel asunto de la reconciliación, ver a Fortunata y +proceder en conciencia según las impresiones que recibiera. Tanto y +tanto le predicó, que al cabo el pobre muchacho hizo propósito de ir; y +al día siguiente, en un rato que le dejó libre la botica, tomó el camino +de la calle de Tabernillas, más muerto que vivo, pensando en lo que +diría y lo que callaría, con la penita muy acentuada en la boca del +estómago, lo mismo que cuando iba a examinarse. Al llegar y reconocer el +número de la casa, entrole tal espanto, que se retiró, huyendo de la +calle y del barrio...</p> + +<p>Al día siguiente hizo un segundo esfuerzo y pudo entrar en el portal; +pero ante la vidriera que daba paso a la escalera, se detuvo. Le +aterraba la idea de subir, y de su mente se había borrado todo lo que +pensaba decirle. Aguardó un rato en espantosa lucha, hasta que le +asaltaron ideas alarmantes como esta: «Si ahora baja y me ve aquí...». Y +salió escapado por la calle adelante sin atreverse ni a mirar hacia +atrás. La tentativa del tercer día no tuvo mejor éxito, y aburrido al +fin y desconcertado, resolvió expresarse con su mujer por medio de una +carta. Andando hacia la calle del Ave-María, iba discurriendo que debía +poner en la carta mucha severidad, y un ligero matiz de indulgencia, un +grano nada más de sal de piedad para sazonarla. Diríale que no podía +admitirla en su casa; pero que con el tiempo... si daba pruebas de +arrepentimiento... En fin, que ya saldría la epístola tan guapamente. +Excitado por estas ideas y propósitos, entró en su casa, y al dirigirse +a su cuarto y oír la voz de su tía que desde la sala le llamaba, sintió +en el corazón como si se lo tocaran con la punta de un alfiler... Entró +en la sala, y... ¡lo que vieron sus ojos, Dios omnipotente!... ¡Dios que +haces posible lo imposible! En la sala estaba Fortunata, en pie, lívida +como los que van a ser ajusticiados...</p> + +<p>Maximiliano no cayó redondo por milagro de Dios... Dijo <i>¡ah!</i>... y se +quedó como una estatua. Tampoco ella chistaba nada y sus miradas caían +al suelo como pesas de plomo. Por fin el joven, en el último grado de la +turbación y del desconcierto, se aventuró a hablar, y dijo algo así como +<i>buenas tardes</i>... y después: <i>Yo creí que</i>... y luego: <i>De modo que +usted, tía...</i> «No, yo no me meto en nada—declaró doña Lupe, que estaba +sentada como presidiendo—. Lo único que he dispuesto es traerla aquí +para que frente a frente decidáis... Fortunata, siéntate».</p> + +<p>Al recuerdo de su agravio sintió Maximiliano en su alma una reacción +brusca contra aquel misticismo recién aprendido, más hijo de la +necesidad que de la convicción. «Esto me parece prematuro» dijo, y salió +de la sala.</p> + +<p>Pronto se le reunió su tía en el despacho, y le dijo: «Me parece bien tu +severidad. Pero las circunstancias... ¿No me has dicho que era +indispensable pasarle un tanto diario para alimentos? ¿Y te parece a ti +que estamos en disposición de sostener dos casas?».</p> + +<p>Tenía el muchacho la cabeza tan alborotada, que no pudo hacerse cargo de +tales argumentos. Para él lo mismo era que su tía le hablase de dos +casas que de cuatro mil. «Déjeme usted—le dijo, casi sollozando—. +Estoy dejado de la mano de Dios».</p> + +<p>«Pues ya que está aquí, no se ha de marchar—prosiguió doña Lupe en voz +baja—. La pondremos en el cuartito próximo al mío. Y basta. ¡Ay!, ¡que +siempre me han de tocar a mí estos arreglos y composturas!... ¿Sabes lo +que te digo? Pues que aquí tenéis ocasión de deciros todas las perrerías +que queráis o de daros todas las explicaciones que juzguéis +convenientes. Yo me lavo mis manos. A mí no me metáis en vuestras +contradanzas. Si queréis llegar a un acuerdo, en hora buena sea, y si no +queréis, también. Bastante servicio os hago con prestaros mi casa para +que os toméis el pulso hasta ver si hay paces o no hay paces. Y por +Dios, no me des más jaquecas. Si pasan días y no salta la avenencia, se +acabó. Pero no me deis más jaquecas, por Dios, no me deis más jaquecas».</p> + +<p>Esto último lo dijo en alta voz, saliendo ya al pasillo, de modo que lo +oyeron muy bien, Papitos en un extremo de la casa, y Fortunata en otro. +Esta quedó desde aquella tarde en la casa, y su situación era de las +menos airosas, porque su marido apenas le hablaba. Nicolás hacía el +gasto de conversación en la mesa. Al segundo día, Fortunata dijo a doña +Lupe que se marchaba, lo que dio motivo a que la señora saliera por los +pasillos gritando: «Por Dios, no me deis más jaquecas... ya no puedo +más. Que cada cual haga lo que quiera». Pero a pesar de esto, la esposa +no se marchó. Al tercer día, en medio de la reserva y huraño silencio +que entre ambos cónyuges reinaba, empezó Maxi a soltar una que otra +palabra; luego ya no eran palabras, sino frases, y tras las cláusulas +frías vinieron las tibias. Por fin se permitió algún concepto jovial. Al +quinto día se sonreía mirando a su mujer. Al sexto, Fortunata le miraba +con atención cortés cuando decía algo; al sétimo, Maxi opinaba como ella +en toda discusión que en la mesa se trabase; al octavo le daba una +palmadita en el hombro; al noveno la señora de Rubín se interesaba +porque su marido se abrigase bien al salir, y al décimo estuvieron como +un cuarto de hora secreteándose a solas en un rincón de la sala; al +undécimo Maxi le apretó mucho la mano al entrar, y al duodécimo exclamó +doña Lupe como sacerdote que entona el <i>hosanna</i>: «Vaya que os ponéis +babosos. Por Dios, no me deis jaquecas. Si estáis reventando por hacer +las paces, ¿a qué tantos remilgos? Bien hago yo en no meterme en nada, +bendita de mí».</p> + +<p>Y de este modo se verificó aquella restauración, aquel restablecimiento +de la vida legal. Fue de esas cosas que pasan, sin que se pueda +determinar cómo pasaron, hechos fatales en la historia de una familia +como lo son sus similares en la historia de los pueblos; hechos que los +sabios presienten, que los expertos vaticinan sin poder decir en qué se +fundan, y que llegan a ser efectivos sin que se sepa cómo, pues aunque +se les sienta venir, no se ve el disimulado mecanismo que los trae.</p> + + + +<hr /> +<h2>-<span class="smcap">iii</span>-</h2> + + +<p>En los primeros días que sucedieron a este gran suceso, nada +ocurrió digno de contarse. Y si algo hubo fue de puertas afuera. Voy a +ello. Una tarde estaban doña Lupe y Fortunata en la sala cosiendo unas +anillas a las magníficas cortinas de seda con que se había quedado la +señora por préstamo no satisfecho, cuando Papitos, que se había asomado +al balcón para descolgar la ropa puesta a secar, empezó a dar chillidos: +«Señoras, vengan, miren... ¡cuánta gente!... Han matado a uno». +Asomáronse las dos señoras y vieron que en la parte baja de la calle, +cerca de la esquina de la de San Carlos, había un gran corrillo que a +cada momento engrosaba más. «Hay un <i>cadávere</i> difunto allí en mitad de +la gente» gritó Papitos que tenía medio cuerpo fuera del balcón.—Yo veo +un bulto tendido en el suelo—dijo doña Lupe.—¿Ves tú algo?... Será +algún borracho. Pero observa qué multitud se va reuniendo. Como que los +coches no pueden pasar... Y mira qué policías estos. Ni para un remedio.</p> + +<p>«Señora, mándeme por los fideos... Ya sabe que no hay...» dijo la mona.</p> + +<p>—Vamos... lo que tú quieres es curiosear...</p> + +<p>—Mándeme—repitió la chiquilla dando brincos entre risueña y +suplicante.</p> + +<p>—Pues anda—dijo doña Lupe, que aquel día estaba de buen humor—; si no +sales te vas a caer por el balcón. Pero ven prontito... y ten cuidado de +limpiarte bien los pies en los felpudos que hay en la portería, porque +hay muchos barros... Mira cómo pusiste la alfombra cuando volviste de +avisar al carbonero.</p> + +<p>Salió Papitos más pronta que la vista, y estuvo fuera como unos veinte +minutos. Su ama la vio entrar en la casa y fue a abrirle la puerta... +«¿Te has restregado bien las patas?».</p> + +<p>—Sí señora... mire.—Ahora aquí otra vez... ¿Sabes lo que debes hacer +siempre que subes?, refregarte bien en el limpia-barros del vecino, en +ese que está ahí.</p> + +<p>—¿En este?—dijo la mona, bailando el zapateado en el limpia-barros del +cuarto de la izquierda.</p> + +<p>—Porque todos los pisotones de menos que le demos al nuestro, eso vamos +ganando.</p> + +<p>—¿Sabe, señora, sabe?...—agregó Papitos, que a pesar de venir sofocada +de tanto correr, seguía bailoteando en el felpudo ajeno—. ¿No sabe lo +que hay allí? Es una mujer que parece está bebida; pero muy bebida... ¿Y +no acierta quién es?, la señá Mauricia.</p> + +<p>—¿Pero oyes, mujer, has oído?—dijo doña Lupe desde el pasillo +volviendo a la sala—. Mauricia... borracha... ahí tienes lo que reúne +tantísima gente.</p> + +<p>—¿Pero la viste bien?, ¿estás segura de que es ella?—preguntó +Fortunata pasado el primer momento de asombro.</p> + +<p>—Sí, señorita, ella es...</p> + +<p>—Pero hija—observó doña Lupe volviendo a asomarse con +oficiosidad...—cree que me hace esto una impresión... ¡Y los de Orden +Público que no parecen!... ¡Ah!, sí, la levantan... ¡Qué mujer!... Miren +que ponerse en ese estado.</p> + +<p>—Ahora se la llevan... Está como un cuerpo muerto—decía Fortunata, +acordándose de las escenas que había presenciado en el convento.</p> + +<p>—Sí, se la llevan a la Casa de Socorro o al hospital... Pero ¡quia!, +no... Suben. ¿Apostamos a que la traen a la botica?</p> + +<p>—Si tiene rajada la cabeza en salva la parte...—afirmó Papitos dando a +conocer gráficamente las dimensiones de la herida—. Y echaba la mar de +sangre... que corría por la calle abajo, como corre el agua cuando +llueve.</p> + +<p>Cuando pasaba bajo los balcones el cuerpo inerte de Mauricia la Dura, +cargado por los de Orden Público y escoltado por el gentío, Fortunata se +quitó del balcón, porque le faltaba ánimo para presenciar tal +espectáculo. Doña Lupe y Papitos sí que lo vieron todo, y esta tuvo aún +la pretensión de que su ama la dejase ir a la botica para ver la cura +que le hacían a <i>aquella borrachona</i>. Pero esto ya era mucha libertad, y +aunque la chiquilla imaginó diferentes pretextos para bajar, no se salió +con la suya.</p> + +<p>A la hora de comer, Maximiliano habló del caso, describiendo la cura y +haciendo augurios poco lisonjeros sobre la suerte de la enferma.</p> + +<p>«Tienes razón—observó la viuda—. Me parece que de este barquinazo no +sale. ¡Pobre mujer! ¡Tener ese vicio! De veras lo siento, pues no hay +otra como ella para correr alhajas».</p> + +<p>Refirió entonces Maxi un pasaje curiosísimo y reciente de la historia de +la tal Mauricia, que había sido contado aquella misma tarde, después de +la cura, por el Sr. de Aparisi, uno de los que solían ir de tertulia a +la botica. «Pues esa buena pieza, en una de las tremendas borrascas que +le produce el maldito vicio, fue recogida de la calle por los +protestantes, que tienen su capilla y casa en las Peñuelas». Enterose +doña Guillermina, la señora esa que pide para los huérfanos de la calle +de Alburquerque, y lo mismo fue saberlo, que volarse... Vean ustedes. +Plantose en la casa de los protestantes a reclamar a la tarasca. Tun, +tun... ¿quién?... yo... Y salió el pastor, que es uno que llaman D. +Horacio, que tiene el pelo colorado y ralo, como barbas de maíz; salió +también la pastora, su mujer, que es una tal doña Malvina... buenas +personas los dos, porque lo protestante no quita lo decente. Entre +paréntesis, se distinguen por su independencia en el vestir. Doña +Malvina le hace las levitas a D. Horacio, y D. Horacio le arregla los +sombreros a doña Malvina. Total, que estos inglesones lo entienden: no +gastan un cuarto en sastres ni modistas. Pero voy al cuento. Los +pastores se las tuvieron tiesas, y doña Guillermina más tiesas todavía. +Religión frente a religión, la cosa se iba poniendo fea. Los +protestantes decían que la mujer aquella les había pedido limosna y +protección; doña Guillermina lo negaba, acusándoles de haberla sonsacado +y de haber ido a buscarla a su propia casa. D. Horacio dijo que nones y +que haría valer sus derechos luteranos ante el mismo Tribunal Supremo; +amoscose la otra, y doña Malvina sacó el libro de la Constitución, a lo +que replicó Guillermina que ella no entendía de constituciones ni de +libros de caballerías. Por fin, acudió la católica al Gobernador, y el +Gobernador mandó que saliese Mauricia del poder de Poncio Pilatos, o sea +de D. Horacio.</p> + +<p>—¿Ves, qué cosas?—observó doña Lupe—. Ahí tienes los belenes que se +arman por la religión. Bien decía mi Jáuregui que él era muy liberal, +pero que no le petaba por la libertad de cultos.</p> + +<p>—Pues aguárdense ustedes, que falta lo mejor. D. Horacio, como inglés +que sabe respetar las leyes, obedeció la orden del Gobernador, +reservándose el sostener su derecho ante los tribunales. Pero cuando le +dijo a Mauricia que se marchara, esta no quiso, y empezó a poner de oro +y azul a doña Guillermina, hallándose esta presente, y a todas las +señoras de las Juntas católicas, diciendo que eran unas tales y unas +cuales.</p> + +<p>—¡Qué bribona! Si es atroz... le entran esos toques, y no sabe lo que +dice.</p> + +<p>—Doña Guillermina no se acobardó por esto, ni renunció a llevársela. Se +fue pian pianino, y se sentó en la puerta, en un guardacantón que hay +allí. Todos los días iba a ponerse en el mismo sitio, como un centinela. +El pastor y la pastora le decían que pasara y ella contestaba que muchas +gracias... Y por fin ayer se volvieron las tornas, porque Mauricia se +enfureció, y acometiendo a doña Malvina le llenó la cara de arañazos... +D. Horacio llama a los de Orden Público, y la tarasca se mete en la +capilla, rompe el púlpito, vuelca el tintero, hace pedazos todos los +libros, arma una barricada con las sillas, y coge la copa en que ellos +comulgan, y... la profana del modo más indecente. Costó trabajo echarla +a la calle... Al salir, ¡tras!... doña Guillermina, que me le echa un +cordel al pescuezo y se la lleva. Todo esto lo ha contado Aparisi, que +lo sabe por el mismo D. Horacio y por doña Guillermina, y porque tuvo +que intervenir como teniente alcalde que es del distrito... A Mauricia +la pusieron en casa de una hermana que vive ahí por la calle de Toledo; +y se conoce que allá tampoco la pueden sujetar, por lo que se ha visto +esta tarde. De la botica la llevaron a la Casa de Socorro.</p> + +<p>Esta relación era demasiado larga para los pulmones de Maximiliano, por +lo cual llegó al término de ella fatigadísimo. Todos se pasmaron del +cuento, y doña Lupe compadeció a la Dura, deplorando que con vicio tan +inmundo malograse las cualidades de inteligencia corredora que poseía. +En cuanto a Fortunata, se sentía profundamente lastimada, y deseaba que +su marido acabase de contar aquellos tristísimos lances, para que la +conversación recayese en otro asunto. Pero no fue posible, porque hasta +el término de la comida no se habló más que de Mauricia, de los +protestantes y del insano vicio de la embriaguez; y por fin, Nicolás +sacó a relucir sucesos ocurridos en las Micaelas, evocando el testimonio +de Fortunata. Esta, muy contra su voluntad, no tuvo más remedio que +referir los novelescos pasajes del ratón, las visiones y de la botella +de coñac; pero lo hizo a <i>grandes rasgos</i>, para acabar más pronto.</p> + + + +<hr /> +<h2>-<span class="smcap">iv</span>-</h2> + + +<p>Aquella noche se fueron a Variedades, que está a dos pasos del +Ave-María. Otra ventaja de aquel barrio sobre Chamberí es que se puede +ir de noche a ver una piececita o a pasar un rato en cualquier café, sin +hacer caminatas de media legua, ni usar el tranvía. A Fortunata no le +gustaba ir al teatro ni presentarse en público. Sentía inexplicable +miedo de las miradas de la gente, y aunque pocos o ninguno la conocían, +figurábase que la conocían todos, y que de cada boca salía un comentario +acerca de ella. Por desgracia, asunto no faltaba. Pero si la miraban los +hombres, era para admirarla, y si cuchicheaban luego, rara vez decían +algo fundado en un conocimiento verdadero de la realidad. Otro motivo +del terror que el teatro y los sitios públicos le inspiraban era +encontrar <i>caras conocidas</i>, y este recelo la tenía como azorada y sobre +ascuas durante la función.</p> + +<p>En la casa se hallaba muy bien. Había tenido seguramente en su vida +temporadas de mayor felicidad, pero no de tan blando sosiego. Había +visto días, los menos, eso sí, en que brillaba echando chispas el sol +del alma, seguidos de otros en que se apagaba casi por completo; pero +nunca vio una tan inalterable y mansa corriente de días tibios, iguales, +de penumbra dulce y reparadora. Llevábase muy bien con doña Lupe, y con +su marido le pasaba lo más extraño que imaginar pudiera. No digamos que +le quería, según su concepto y definición del querer; pero le había +tomado un cierto cariño como de hermana o hermano. No era ni podía ser +el hombre por quien la mujer da su vida, encontrando espiritual goce en +este sacrificio; era simplemente un ser cuya conservación y bienestar +deseaba. Y así como se supone y casi se entrevé una tierra lejana cuando +se va navegando a la aventura, así entreveía ella la contingencia de +quererle con amor más firme, y de pasar a su lado toda la vida, llegando +a no desear nunca otra mejor. En vez de rehuir las obligaciones de su +casa, Fortunata hacía por extenderlas y aumentarlas, conociendo que el +trabajo le ayudaba a sostenerse en aquel equilibrio, sin balances de +dicha, pero también sin penas, el corazón adormecido y aplanado, como +bajó la acción de un bálsamo emoliente. Acordábase de los dos casos que +le había presentado el bueno de Feijoo, y pensaba si ocurriría lo que +ella tuvo por más inverosímil, esto es, que se realizara el primero. +¿Llegaría a conformarse con tal vida, y a contenerse con aquel fruto +desabrido del amor sin apetecer otro más dulzón y menos sano?...</p> + +<p>Maximiliano, en cambio, no podía vencer su inquietud. Ningún motivo +tenía para sospechar de su mujer, cuya conducta era absolutamente +correcta. Doña Lupe y él convinieron en que jamás Fortunata saldría sola +a la calle, y esto se cumplía al pie de la letra. Pero ni con tales +seguridades acababa de tranquilizarse. Deseaba ardientemente tener +hijos, por dos motivos: primero, para echarle a su cara mitad un lazo +más y ligaduras nuevas; segundo, para que la maternidad desgastase un +poco aquella hermosura espléndida que cada día deslumbraba más. La +desproporción entre las estaturas de uno y otro, y entre el conjunto de +su apariencia personal, mortificaba tanto al pobre chico, que hacía +esfuerzos imposibles y a veces ridículos para amenguar aquella falta de +armonía. Encargábase calzado con tacones altos, y se esmeraba en vestir +bien y en atender a ciertos perfiles de que sólo se ocupan los <i>dandys</i>. +Desgraciadamente, aunque Fortunata apenas se componía, la desproporción +era siempre muy visible. Pero Maxi veía con gozo que su esposa se +cuidaba poco de hacer resaltar su belleza, mirando con desdén las modas, +y se alegraba por dos razones también: porque así se igualarían algo los +dos consortes <i>o harían más juego</i>, y porque así la mirarían menos los +extraños.</p> + +<p>Desde la restauración de su legalidad doméstica había abandonalo por +completo las lecturas filosóficas, reverdeciendo en su alma el mal +curado dolor de su afrenta y los odios vengativos. Aquel ascetismo y +aquel <i>ver a Dios en sí</i> fueron nada más que obra fugaz de la tristeza, +o quizás de las circunstancias, y existían en su mente como esas +lecciones, pegadas con saliva, que los estudiantes aprenden en los +apuros del examen. Sus nuevas obligaciones en la botica le llamaban del +lado de la química y de la farmacia, y se dedicó a esto con verdadero +ardor, deseando aprender. Decíale doña Lupe que inventase algún +específico, alguna papa cualquiera o antigualla que con nombre peregrino +y nuevo pasase por prodigioso hallazgo; pero él se resistía porque lo +consideraba impropio de la ciencia. Tía y sobrino tenían sobre esto +altercados muy vivos... «¡Como si fuera un crimen idear cualquier clase +de píldoras, cápsulas o grajeas, y allá te va un nombre!...». «Cápsulas +<i>hipoquitropíticas vegetales</i>... o <i>animales</i>, lo mismo da... del Doctor +Rubín... <i>infalibles</i>... contra cualquier cosa... contra la tisis... o +el moquillo de los perros... Lo que importa es <i>descubrir</i> algo y +plantarle unas etiquetas muy chillonas con tu retrato... Eres un +mandria. Si no inventas tú un específico, al fin tendré que inventarlo +yo... Fortunata, dile que invente, hija, convéncele... Podéis ganar ríos +de oro».</p> + +<p>Pocas veces veía Fortunata al señor de Feijoo, que iba a la casa de +visita, ceremoniosamente, y se estaba allí como una hora, charlando más +con la señora de Jáuregui que con la de Rubín. El simpático viejo +parecía contento; pero los achaques le pesaban cada día más, y ya en +Abril no salía a la calle sino acompañado de un criado. En una de sus +visitas habló a solas con su amiga, en términos tan paternales que a +ella le faltó poco para llorar. Todo iba bien, perfectamente bien, y ya +se habría convencido la chulita del valor de sus lecciones y consejos. A +Maxi le agradaba poco la amistad de Feijoo, sin que a punto fijo supiera +por qué. Pero lo más particular era que a la misma Fortunata, al mes de +aquella vida, empezaron a serle menos gratas las visitas de D. Evaristo. +Su gratitud y afecto hacia él eran siempre los mismos; pero no podía +menos de considerar la presencia de su antiguo protector en la casa como +una monstruosidad. «¿Será verdad—pensaba—, como me ha dicho él, que de +estas barbaridades increíbles está llena la vida humana?... ¡Qué cosas +hay, pero qué cosas!... Un mundo que se ve, y otro que está debajo, +escondido... Y lo de dentro gobierna a lo de fuera... pues... claro... +no anda la muestra del reloj, sino la máquina que no se ve».</p> + +<p>Al anochecer entró doña Lupe, después de haberse limpiado el lodo de las +suelas en el felpudo del vecino. «Oye una cosa—dijo a Fortunata, +quitándose el manto—. He sabido esta tarde que Mauricia se está +muriendo. ¡Pobre mujer! Tenemos que ir a verla. No es lejos: calle de +Mira el Río». Diole esta noticia su amiga Casta Moreno, que la supo por +Cándido Samaniego. Doña Guillermina había sacado del Hospital a +Mauricia, trasladándola a casa de la hermana de esta, y la asistía el +médico de la Beneficencia Domiciliaria y de la Junta de señoras. La +infeliz tarasca viciosa, con estos cuidados y las ternezas de doña +Guillermina, y más aún, con la proximidad de la muerte, estaba que +parecía otra, curada de sus maldades y arrepentida <i>en toda la extensión +de la palabra</i>, diciendo que se quería morir lo más católicamente +posible, y pidiendo perdón a todos con unos ayes y una religiosidad tan +fervientes que partían el corazón. «Te digo que si esto es verdad, habrá +que alquilar balcones para verla morir. Mañana nos vamos allá».</p> + +<p>Doña Lupe no iba a ver a Mauricia por pura caridad. Tiempo hacía que +Guillermina la fascinaba, más por el señorío que por la virtud, y ya que +la gran fundadora iba a hacer patente su santidad, teniendo por corte a +las damas más encopetadas, en lugar accesible a doña Lupe, ¿por qué no +había esta de intentar meter la jeta? Pues qué, ¿no era ella también +<i>dama</i>? Sobre estos particulares habló largamente con Casta Moreno, que +algunas noches iba de tertulia con sus dos hijas a casa de Rubín, y la +viuda de Samaniego se hacía lenguas de Guillermina, conceptuándola +sobrenatural. ¡Y era pariente suya, lejana, por los Morenos! El amor +propio y el orgullo inflaban a doña Lupe cuando se consideraba +mangoneando en cosas de beneficencia elegante a las órdenes de la +ilustre fundadora. Una contra tendría esto si llegaba a realizarse, y +era que no había más remedio que dar algo de <i>guano</i>.</p> + +<p>A la mañana siguiente, vistiéndose para salir, pensó mi doña Lupe si +debería ponerse el abrigo de terciopelo. Pero pronto cayó en la cuenta +de que era un disparate. Sobre que se le mojaría, porque el día estaba +lluvioso, no era propio aquel regio atavío del lugar, personas y ocasión +de la visita. Tiempo tenía de darse pisto con el abrigo, la capota y +otras prendas. Encargó a Fortunata que se vistiese con sencillez, y ella +se puso algo más apañadita, de modo que resultase siempre la conveniente +distancia.</p> + + + +<hr /> +<h2><a name="vic" id="vic"></a>-VI-</h2> + +<h2>Naturalismo espiritual</h2> + + + +<hr /> +<h2>-<span class="smcap">i</span>-</h2> + + +<p>Al entrar en la calle de Mira el Río, encontraron a Severiana, a +quien doña Lupe había visto algunas veces. Llevaba un vaso con medicina, +tapado con un papel a estilo de botica antigua. Doña Lupe la interrogó, +y enterada la otra de que iban a ver a su hermana, hizo gustosamente de +introductora, guiándolas por el sucio portal, la menos sucia y tortuosa +escalera, hasta llegar al corredor. Ya se sabe que la vivienda de +Severiana era una de las mejores de aquel falansterio, y que por su +capacidad y arreglo bien podía pasar por lujosa en semejante vecindad. +Vivía en compañía con aquélla una tal doña Fuensanta, viuda de un +comandante, y la casa respondía a esta situación comanditaria, pues +constaba de dos salitas enteramente iguales, cada una con ventana a la +calle. Entre la puerta y la sala primera había un pasillo, en el cual se +veía la artesa de lavar y la entrada de la cocina, cuya reja daba al +corredor. Dos piezas interiores completaban el cuarto. Cuando +Guillermina, comprendiendo el fin próximo de Mauricia, indujo a +Severiana a sacarla del hospital por tercera vez y llevarla a su casa, +la señora viuda del comandante cedió su cuarto para tan benéfico objeto, +trasladando sus muebles al cuarto de otra vecina. Mauricia fue, pues, +instalada en la segunda de las dos salitas. Severiana tenía su cama en +la alcoba interior, y la sala primera estaba destinada a recibir +visitas, como lo declaraban el relativo lujo de la cómoda, las sillas de +Vitoria nuevecitas, el sofá de lo mismo, la mesa con cubierta de hule, +el cuadrito de los <i>dos corazones amantes</i>, el de la <i>Numancia</i> en mar +de musgo, los retratos de militares cuñados de Severiana, la estera de +esparto flamante y sin ningún agujero, de empleitas rojas y amarillas, y +en fin, las laminotas que recientemente habían sido adquiridas en el +Rastro por una bicoca. Eran excelentes grabados ya pasados de moda, el +papel viejo y con manchas de humedad, los marcos de caoba, y +representaban asuntos que nada tenían de español, por cierto, las +batallas de Napoleón I, reproducidas de los un tiempo célebres retratos +de Horacio Vernet y el barón Gros. ¿Quién no ha visto el <i>Napoleón en +Eylau</i>, y <i>en Jena</i>, el <i>Bonaparte en Arcola</i>, la <i>apoteosis de +Austerlitz</i> y la <i>Despedida de Fontainebleau</i>?</p> + +<p>Doña Lupe y Fortunata entraron, precedidas de Severiana, en el aposento +de la enferma, que estaba incorporada en la cama. Le habían cortado el +pelo días antes para poderle curar la herida de la cabeza; su perfil +romano se había acentuado; era más fina la nariz, la quijada inferior +abultaba más, y la extenuación le agrandaba los ojos. Las curvas airosas +de la boca eran más rasgueadas, y la decomisura de los labios, que +parecía obra de un agudo punzón, dábale cierto aspecto de grandeza caída +o de humillación sublimemente resignada. Las cárdenas ojeras le cogían +media cara; el superciliar salía como una visera; los ojos, hermosos y +ardientes, quedábanse allá dentro, y rodeados de aquella piel morada +relumbraban más, como si acecharan el acaso que iba a pasar. Las cejas +negras formaban una sola línea recta. La frente era espaciosa, con un +mechón de pelo negro... En fin, que la Dura completaba la historia +aquella expuesta en las paredes: era el <i>Napoleón en Santa Helena</i>.</p> + +<p>Cuando doña Lupe y Fortunata la saludaron, las estuvo mirando un rato, +como si tardara en reconocerlas. Después las nombró. ¡Qué voz! Siempre +fue ronca la voz de Mauricia; pero había bajado ya a lo más grave del +diapasón. «¡Dios mío!—se dijo Fortunata, oyéndola después de mirarla—, +¡si parece un hombre...!». Doña Lupe, en tanto, sentándose en una de las +sillas de paja, pronunciaba las frases de consuelo propias de la +ocasión, añadiendo: «Eso para que aprendas... y tengas formalidad.</p> + +<p>A ver si cuando salgas de esta, te sirve de escarmiento».</p> + +<p>Mauricia se volvió para Fortunata, que se había sentado junto a la +cabecera; la miró mucho, sin decir nada; después clavó sus ojos en el +techo, rezongando: «Sí... bien mala he sido, bien re-mala...». Y vuelta +otra vez hacia su amiga, le dirigió estas palabras:</p> + +<p>«Oye tú, arrepiéntete... pero con tiempo, con tiempo. No lo dejes para +última hora, porque... eso no vale. Tú tampoco eres trigo limpio, y el +día que hagas sábado en tu conciencia, vas a necesitar mucha agua y +jabón, mucha escoba y mucho estropajo...».</p> + +<p>Con tan buena fe lo dijo, que Fortunata no podía ofenderse. A doña Lupe +le pareció la amonestación muy impertinente y descortés, porque ¿a santo +de qué venía el hablar de pecados ajenos, teniendo tantos propios de qué +ocuparse? Verdad que su sobrina política no había sido un modelo; pero +ya estaba corregida y no había que volver sobre lo pasado. «Ya sabemos +que te tratan muy bien» dijo, para variar la conversación.</p> + +<p>—Gracias a la madre de los pobres—declaró Severiana, que estaba en pie +arreglando la cama—, no le falta nada. ¡Qué señora esa!</p> + +<p>—¡Una santa!—exclamó doña Lupe en el tono más encomiástico—. No le dé +usted otro nombre, porque ese es el que le cae bien...</p> + +<p>—Pero esta se ha cerrado a no comer—dijo la hermana mirándola—, y sin +comer no viven más que los camaleones.</p> + +<p>—Pero ayunas, ¿de verdad?....</p> + +<p>—Para pasar el caldo tenemos que dárselo con Jerez... y por la mañana, +para que pase una tostadita, hay que darle un dedito de la horchata de +cepa, y por la noche otro dedito...</p> + +<p>—¿Pero de veras le dais... esa perdición?—preguntó alarmadísima doña +Lupe.</p> + +<p>—Lo ha mandado el médico. Dice que es medicina. Parece aquello de <i>al +revés te lo digo</i>.</p> + +<p>—¡Qué cosas!... ¿Y no te comerías tú—le propuso Fortunata—, un +muslito de gallina, una ruedita de merluza, una croquetita?</p> + +<p>Sólo de oír hablar de comida se ponía peor Mauricia. Le temblaban mucho +las manos, y de rato en rato le daban como ataques de asfixia, siendo su +respiración muy difícil, y quejándose de irresistible calor. Hallándose +presentes la de Jáuregui y su sobrina, estuvo la Dura un ratito como +quien desea romper a toser y no puede. Las tres mujeres la miraban con +pena, lamentándose de no saber aliviarle aquel ahogo... «Bebe un poco de +agua» le dijo Fortunata incorporándose. Pero aquello pasó, y la infeliz +volvió a hablar, cortando mucho las frases y tomando aire a cada +palabra.</p> + +<p>«Ayer me trajeron a la niña... ¡qué guapa y qué señorita está!...».</p> + +<p>—¿Pero no la tienes contigo?—preguntó la de Rubín.</p> + +<p>—No, señora. Si está en el colegio...—replicó Severiana—; interna en +el colegio de señoritas de doña Visitación.</p> + +<p>—Sí... más vale que esté... allá... <i>desapartada</i> de mí. Ayer... ¡qué +pena!... no me conoció... ¡Tanto tiempo sin verme!... me tenía miedo... +¡pobrecita de mi alma!... miedo, así como se dice... Ni que su madre +fuera el coco...</p> + +<p>En esto oyeron pasos, y miraron todas a la puerta. Era doña Guillermina, +que entró, como siempre, muy apresurada, encendidas las mejillas, con su +perdurable mantón oscuro, sus zapatones, su falda de merino. Doña Lupe y +Fortunata se levantaron, y la fundadora saludó con aquella gracia y +amabilidad que eran iguales para el Rey y para el último de los +mendigos. Doña Lupe creyó que no la reconocería, pues sólo se habían +hablado una vez en la función del Asilo; pero sí la reconoció, y aun la +nombró, porque Guillermina era como los grandes capitanes, que tienen +memoria felicísima de nombres y fisonomías, y soldado con quien hablan +una vez, no se les despinta. «Mi sobrina» dijo la viuda presentándola, y +Guillermina la miró sonriendo. «No me es desconocida su cara... la he +visto en las Micaelas... Por muchos años». En seguida dirigiose a +Mauricia, apoyando ambas manos en la cama. «¿Y qué tal te encuentras +hoy? ¿Comerías algo?... Nada, este chubasco te pasará pronto. Mañana +recibirás a Dios. ¿Cómo va esa conciencia? Buen limpión te vamos a dar. +Eso te conviene más que nada. Yo te quería coger por mi cuenta y hacerte +confesar, porque diciéndole tú misma al Señor lo buena pieza que eres, +el Señor te daría su gracia... Con que prepararse. Esta tarde volverá el +padre Nones. Me ha dicho que te confesaste bien. Se me figura que aún +tendrás algunas heces que sacar, ¿eh?».</p> + +<p>Mauricia se sonreía, cortada y confusa. Con la cabeza dijo que sí.</p> + +<p>—Pues estos pozos endurecidos hay que echarlos fuera, porque el demonio +se agarra de cualquier cosa—dijo la santa, acariciándole la barba—. +Con que ya sabes... mañana tenemos aquí gran fiesta... ¿Te parece? Viene +a visitarte el que hizo los Cielos y la Tierra... Te parecerá a ti que +no lo mereces... Pues aunque no lo merezcas, él viene, y sabido se +tendrá por qué.</p> + +<p>La vivacidad, la gracia y el fervor con que Guillermina decía estas +cosas, impresionaron a las cuatro mujeres que las oían. Severiana +soltaba dos lagrimones. Fortunata sentía en su alma tanta admiración por +aquella mujer, que le habría besado la orla del vestido. «Luego dicen +que ya no hay gente buena en el mundo—pensaba—. ¿Pues y esta?... +¡Cuidado que mandar todo a paseo, casa, parientes, fortuna, querer, y +sacrificar su juventud para andar toda la vida entre miserias...!». +Asustábase de medir con el pensamiento la distancia que había entre ella +y la ilustre señora; distancia infinita sin duda, y que en manera alguna +podía acortarse, pues aunque la gente santa pecara, y ella hiciera +muchas obras de caridad, las dos almas no llegarían jamás a verse +próximas.</p> + +<p>La fundadora, con aquella actividad vivaracha que en todo ponía, dictó a +Severiana algunas disposiciones para la ceremonia que se preparaba. +«Aquí pondrás la mesilla que está en la otra sala, y se hará el altar. +Yo te mandaré un crucifijo, y buscaremos flores... La ropa de la cama +hay que ponerla limpia, y adornar todo el cuarto lo mejor que se +pueda...».</p> + +<p>Luego pasó a la sala, seguida de doña Lupe, que quería meter baza a todo +trance: «Tendremos sumo gusto en venir mañana. Aprecio mucho a Mauricia, +que a no ser por el maldito vicio, sería una buena mujer, trabajadora, +fiel... Y dígame usted: de noche habrá que velarla. Yo no tendría +inconveniente en quedarme alguna noche; y si no, mi sobrina...».</p> + +<p>—Dios se lo pague a usted... Se acepta, se acepta. Póngase usted de +acuerdo con Severiana. La comandanta y yo nos hemos quedado anoche. Se +necesitan dos personas, porque cuando le dan convulsiones, cuesta Dios y +ayuda sujetarla.</p> + +<p>—Verdaderamente—manifestó doña Lupe con adulación—; los ejemplos que +usted da, señora, hacen que todas las demás seamos mejores de lo que +seríamos si usted no existiera.</p> + +<p>La flor estaba bien ideada; pero Guillermina se echó a reír, +agradeciendo la flor, pero no queriéndola tomar.</p> + +<p>«¡Ejemplos yo! Eso quisiera. Me vendría bien que alguien me los diese a +mí. ¡Ay, hija! Estoy para que me enseñen, no para enseñar».</p> + +<p>—¿Usted qué ha de decir? Ni aun le gusta que le saquen la cuenta de +todo lo que vale... Pues, amiga, no sea usted tan buena y rebajaremos.</p> + +<p>—Quite usted, quite usted... Eso lo dice por disimular. ¡Sabe Dios las +misericordias que usted, a la calladita, habrá hecho en este mundo, con +esta misma Mauricia tal vez...! Y ahora me las quiere colgar a mí.</p> + +<p>—¡Yo!... ¡Jesús! No digo que no tenga yo también algunas buenas obras +en mi cuentecita del cielo; ¡pero compararme con usted...! Calle por +Dios, señora.</p> + +<p>—En fin, no es cosa de que nos pongamos a reñir por quién peca menos... +¿le parece a usted?—dijo la fundadora, uniendo la cortesía a la +modestia, y permitiéndose el característico guiñar de ojos, un tanto +picaresco—. Mi lema es este: «haga cada uno lo que pueda y lo que sepa, +y Dios verá».</p> + +<p>—Eso mismo pienso yo...—Conque, usted me dispensará... tengo mucho que +hacer. Hasta mañana; no faltar...</p> + +<p>Entre tanto, la de Rubín estaba sola con la enferma, porque Severiana se +fue a la cocina. Le arregló las almohadas, y después ambas se estuvieron +mirando. Fortunata pensaba en la simpatía inexplicable que aquella mujer +le había inspirado siempre, a pesar de ser tan loca y tan mala. ¿Sería +tal simpatía un parentesco de perversidad? Ejercía sobre ella una +atracción querenciosa, y como le dijera algún concepto lisonjero a su +corazón, sentíalo retumbar en su mente cual si fuera verdad pronunciada +por sobrenatural labio. Mil veces analizó la joven este poder fascinador +de su amiga, sin lograr encontrarle nunca el sentido. ¡Cosas del +espíritu, que no las entiende más que Dios!</p> + +<p>Mauricia parecía melancólica y sosegada. «¡Qué señora esa!—exclamó +Fortunata—. ¿Habrá nacido de madre como nosotras?».</p> + +<p>—Apuesto a que no—replicó la Dura—. ¡Qué mujer!... El día que me +quiso sacar de esos indinos protestantes, me entró el toque y la +insulté... ¡Qué mala fui!... (Iba a soltar un terno; pero se contuvo, +porque le estaba absolutamente prohibido pronunciar palabras feas, +siendo esto para ella un gran martirio, a causa de la poca variedad de +términos de su habitual lenguaje)... Y ella, como si le dijeran niña +bonita...</p> + +<p>No has visto otra. ¡<i>Mia </i> que traerme aquí y cuidarme como me cuida!, +¡re...! No sé cómo hablar... ¡<i>Mia</i> que esto que hace conmigo!... Es +prima hermana del Nazareno; no hay quien me lo quite de la cabeza... +Figúrate lo que suponemos nosotras al compás de ella... ¡nosotras que +hemos sido unos peines...! Es que ni arrepentidas valemos para +descalzarle el zapato. Pues déjate que venga la otra... también aquella +es de la piel de Cristo...</p> + +<p>—¿Quién?—La amiguita, la que protege a mi niña...</p> + +<p>Fortunata vio delante de sí, súbitamente, una oscura niebla que se le +iba encima... El corazón le dio un salto... «Jacinta—dijo—; pues qué, +¿también viene aquí esa?».</p> + +<p>—Ayer estuvo... Ella misma traía mi niña. Mira; créetelo porque te lo +digo yo: cuando entró <i>paicía</i> que entraba una luz en el cuarto.</p> + +<p>Fortunata sentía ganas de echar a correr.</p> + +<p>«¿Pero todavía le tienes tirria?... ¡Ay, qué mala eres! Perdónala, que +bien lo merece. Te quitó tu hombre; pero ella no tenía culpa. ¡Qué +roña!... ¡ay!, se me escapó. Palabra fea, vuélvete para adentro; no, +quédate fuera... Pues chica, no seas pava... ¿crees tú, que el mejor día +no te vuelve a querer tu D. Juan?... Como si lo viera. Cuando una se va +a morir, ve las cosas claras, muy claritas; la muerte la alumbra a una, +y yo te digo que tu señor volverá contigo.</p> + +<p>Es ley, hija, es ley, que no puede faltar... Y si me apuras, te diré que +a Jacinta no se le importa un pito. A cuenta que no le quiere nada... +Estas casadas ricas, como viven con <i>tantismo</i> regalo, no quieren a sus +maridos... quieren a otros. No lo digo por ella, Dios me oiga, aunque +sabe Dios lo que hará, lo cual no quita que sea mayormente un ángel y +que reparta muchas caridades».</p> + +<p>Fortunata no decía nada. La enferma se inclinó hacia ella, y dándose +unos aires evangélicos, en el tono que podría emplear un pastor de +almas, le amonestó así: «Arrepiéntete, chica, y no lo dejes para luego. +Vete arrepintiendo de todo, menos de querer a quien te sale de <i>entre +ti</i>, que esto no es, como quien dice, pecado. No robar, no <i>ajumarse</i>, +no decir mentiras; pero en el querer, ¡aire, aire!, y caiga el que +caiga. Siempre y cuando lo hagas así, tu miajita de cielo no te la quita +nadie».</p> + +<p>Algo iba a contestarle su amiga; pero no pudo porque entró doña Lupe +dándole prisa para marcharse. Era un poco tarde y tenían que ir a otra +parte antes de regresar a casa. Despidiéronse con promesa de volver al +día siguiente, y salieron. Por la calle hablaban de Guillermina, de +quien dijo la de Jáuregui: «Es una mujer esa que electriza; y cuando se +la trata, sin querer se vuelve una también algo santa... Cincuenta y +tres reales me debía Mauricia.</p> + +<p>Yo, de todas maneras, se los había perdonado; pero ahora, créelo, me +alegraría de que me debiera lo menos doscientos, para perdonárselos +también».</p> + + + +<hr /> +<h2>-<span class="smcap">ii</span>-</h2> + + +<p>Dos horas antes de la señalada para que Mauricia recibiera a Dios, +ya estaba allí la fundadora. «Pero Severiana, ¿en qué estás +pensando?—fue lo primero que dijo al entrar por el pasillo—. Quita de +aquí esta artesa. ¡Vaya un adorno! Ropa sucia y agua de jabón...».</p> + +<p>—Señorita, lo iba a quitar... Pase usted. Me han dicho las vecinas que +las dos láminas de Napoleón que caen al lado del altar deben quitarse, +porque era muy protestante, <i>masónico</i> y...</p> + +<p>—Déjate de tonterías... ¿Y cómo está esta pájara hoy? ¿Qué tal, hija?</p> + +<p>Aquel día estaba bastante aplanada, las manos más temblorosas, +respirando lentamente, aunque sin gran fatiga, con invencible tendencia +a permanecer muda y quieta, los ojos vagando por el techo o por la pared +de enfrente, cual si siguiera el vuelo de una mosca.</p> + +<p>Enterose la dama minuciosamente de cómo había pasado la noche, de +quiénes se quedaron a velarla, de lo que había dicho el médico en la +visita de la mañana. A todo contestó Severiana: el doctor había mandado +que se le diera doble dosis de <i>la nuez cómica</i>, seguir con las +cucharadas por la noche, las papeletitas por el día, y a sus horas el +Jerez o Pajarete. Guillermina, sin dejar de oír esto, empezaba a poner +su atención en otra cosa. Frente a la ventana y formando ángulo recto +con la cama habían puesto la mesa, que debía ser altar, y en ella estaba +de rodillas Juan Antonio, el marido de Severiana, fijando en la pared +todos los clavos que creía necesarios para suspender la decoración +proyectada.</p> + +<p>«No clavetee usted más, por Dios... Parece que va a derribar la casa... +Y que el ruido la molestará... ¿Pero qué van a poner ustedes ahí?».</p> + +<p>La comandanta entró con unos pedazos de damasco rojo y amarillo, que +habían sido cortinas cuarenta años antes, pasando después por distintos +usos. Con aquella tela se forraría la pared, formando la bandera +española, y en el centro se pondría una lámina del Cristo del Gran +Poder, propiedad de la portera. «No me parece mal—dijo Guillermina, +sacando del estuche sus anteojos y calándoselos—. A ver, Juan Antonio, +si se luce usted. ¿Y flores, no tenemos?».</p> + +<p>«De trapo... verá usted—replicó Severiana llevando a la señora a su +alcoba y mostrándole un montón de flores de papel dorado, tul y talco +extendidas sobre la cama. Había también allí cintas de cigarros, y esas +rosas con hojas plateadas que sirven para decorar los pitos de San +Isidro. «Esto es muy feo—opinó la santa—, ¿pero no hay naturales, o +siquiera ramaje?».</p> + +<p>—Sí señora... El vecino del 6, que es no sé qué de la Villa, me ha +prometido traer rama de pino y carrasca. Esto lo pondrá Juan Antonio por +arriba haciendo cenefas...</p> + +<p>—Buscar algún bonito tiesto de <i>bonibus</i>, hija; no se os ocurre +nada—dijo Guillermina, volviendo a la sala—, y en las ramas verdes +atáis flores de trapo, y resulta muy bonito—. Vaya, Juan Antonio, no +más clavazón; ya están bien sujetas las cortinas. Ahora, cuélgueme usted +la Virgen de las Angustias debajo del Señor, y a los lados...</p> + +<p>La comandanta entró trayendo un cuadrote que representaba a Pío IX +echando la bendición a las tropas españolas en Gaeta. Para hacer juego, +propuso Juan Antonio poner al otro lado la <i>Numancia</i>. Guillermina +vaciló en dar su asentimiento; pero al fin... una risita y un guiño +resolvieron la duda. «Poner el barquito, ponerlo, que todo lo de la mar +es de Dios».</p> + +<p>Salió luego al corredor, y habiendo notado que la escalera no estaba +barrida aún, llamó a la portera. «¿Pero usted en qué está pensando? ¿No +le han dicho que hoy viene el Señor a esta casa? ¡Y está ese portal que +da asco mirarlo! Coja usted la escoba mujer. Si no, la cogeré yo. Qué, +¿se cree usted que no lo hago como lo digo?».</p> + +<p>La portera vio que doña Guillermina se quitaba el manto... «No, +señorita, no sea tan viva de genio. Barreremos... pero ya verá lo que +tarda esta granujería en volver a ensuciarlo».</p> + +<p>—Pues lo vuelve usted a barrer. Bajó la señora al patio, donde había +entrado un ciego tocando la guitarra y estaban algunos chiquillos +jugando a los toros. «Eh, niños, hoy es preciso que tengamos mucha +formalidad. Y cuidadito con echarme basura en el portal y en la +escalera. Estas eneas y juncos que habéis esparcido en el patio, me los +vais a recoger y entregárselos a su dueño».</p> + +<p>Los chicos oyeron esto sin chistar. En el fondo del patio se había +establecido un sillero que hacía fondos de junco y tenía montones de +ellos arrimados a la pared, los unos teñidos de rojo y puestos a secar, +los otros sin teñir, cortados y apilados. Eran enemigos jurados de este +industrial los <i>chavales</i> de la vecindad, que bonitamente le robaban los +juncos para sus juegos y diabluras. Al ver a la santa parlamentando con +ellos, salió de su tenducho y encarándose con la infantil cuadrilla, les +dijo:</p> + +<p>«Ya veis, gateras, lo que <i>vus</i> dice la señorita. Que <i>vus</i> estéis +quietos, que <i>vus</i> estéis callados, que si no, <i>vus</i> llevará a todos a +la cárcel».</p> + +<p>—Tiene razón el maestro Curtis—dijo la fundadora, poniendo la cara más +severa que le fue posible—. A la cárcel van atados codo con codo, si no +se portan hoy como es debido, hoy que viene a honrar esta casa el...</p> + +<p>La interrumpió un sacerdote anciano que entró y fue derecho hacia ella. +Era el Padre Nones. «Buenos días, maestra. Ya está usted en planta, +oficiando de capitana generala».</p> + +<p>—Tengo que estar en todo. Si yo no tratara de enseñar a esta gente la +buena crianza, vendría usted luego con el Santísimo y tendría que entrar +pisando lodo, y cuanta inmundicia hay.</p> + +<p>—¿Y qué importa?—observó Nones riendo.</p> + +<p>—Claro que no importa; pero ¿por qué no hemos de tener limpieza y +decoro delante del Señor, siquiera por estimación de nosotros mismos? Se +limpia la casa cuando vienen el teniente alcalde y el médico del +Ayuntamiento con sus bastones de borlas, y se ha de dejar sucia cuando +viene el... Pero cállese usted hombre, por amor de Dios—esto se lo +decía al ciego de la guitarra, que habiéndose enterado de la presencia +de la señora, quiso que esta conociera la suya, y se acercaba tanto, que +al fin parecía querer meterle por los ojos el mango del instrumento. Al +propio tiempo tocaba y cantaba hasta desgañitarse...</p> + +<p>«Que se calle usted... por amor de Dios... Nos deja sordos—dijo la +santa sacando su portamonedas—.</p> + +<p>Tenga, y a la calle a cantar. Hoy no quiero aquí fandangos. ¿Me +entiende?».</p> + +<p>Marchose el porfiado ciego, y la fundadora siguió hablando con el Padre +Nones: «Suba usted a ver si me la reconcilia y le da la última pasadita. +Paréceme que no está muy bien dispuesta. La encuentro peor de la +enfermedad del cuerpo; y en cuanto al alma, cada vez la entiendo menos. +¡Qué ideas tan extrañas! Arriba, arriba. Nos veremos luego. Yo no me voy +ya de la casa hasta que se acabe todo».</p> + +<p>Subió Nones, y la dama, después de recomendar al sillero y a otros +vecinos que barrieran la delantera de las respectivas puertas, iba a +subir también; pero le interceptaron el paso dos sujetos que bajaban. +Era el uno don José Ido del Sagrario, a quien no conocerían los testigos +de sus románticas hazañas al principio de esta historia, según estaba ya +de bien trajeado y limpio. Visto por detrás, parecía otra persona; mas +de frente, lo desengonzado de su cuerpo, la escualidez carunculosa de su +cara y el desarrollo cada vez mayor de la nuez, le declaraban idéntico a +sí mismo. El que le acompañaba era un infeliz músico, habitante en el +segundo patio y en el mismo cuchitril en que anidara antes Izquierdo. Lo +primero que se notaba en él era la gran bufanda que le envolvía el +cuello subiendo en sus vueltas hasta más arriba de las orejas, y +descendiendo hasta el pecho. Llevaba gorra con galón, y de la bufanda +para abajo toda la ropa era de purísimo verano, y además adelgazada por +el uso. Temblaba de frío, y con el brazo derecho oprimía los aros +broncíneos de un trombón, dirigiendo la abollada boca hacia adelante +como si quisiera bostezar con ella en vez de hacerlo con la suya propia.</p> + +<p>«Este amigo—dijo Ido, en son de presentación—, este amigo mío... un +italiano, señora... se llama el señor de Leopardi, un artista +desgraciado. Pues me ha dicho que si la señora quiere, naturalmente, se +pondrá en la escalera cuando pase el Santísimo y tocará la marcha +real...».</p> + +<p>El otro infeliz murmuró algo, con marcado acento extranjero, llevándose +a la gorra la temblorosa mano.</p> + +<p>«¡Pero qué cosas se le ocurren a este hombre! Ave María +Purísima—exclamó Guillermina con benevolencia—. Déjese usted de +marchas reales... No, no se quite la gorra; se va usted a constipar. +Caballeros, aquí, y durante la ceremonia, mientras menos música, mejor».</p> + +<p>Ido y Leopardi se miraron desconcertados. A la observación de la señora +no se ocultó lo mal que estaba de ropa el infeliz artista, y le dijo que +se fuera a su cuarto, que tocara allí el trombón todo lo que quisiese y +por fin que... «Yo veré si encuentro por ahí unos pantalones».</p> + +<p>Subió al principal, y de puerta en puerta exhortaba a los grupos de +mujeres que allí estaban peinándose. «A las doce... que no vea yo aquí +estos corrillos, ¿estamos? Y barrerme bien todo el corredor. La que +tenga velas que las saque; la que tenga flores o tiestos bonitos que los +lleve allá... Y todos estos pingajos que aquí veo colgados, están ahora +demás».</p> + +<p>«¿Sirven estos ramos de caracoles?» dijo la del guarda de consumos, +mostrándolos en la puerta de su casa.</p> + +<p>—Ya lo creo. Llévalos. Y tú, Rita, recógete esas melenas, mujer, que +pareces una cómica. Es preciso que estéis todas muy decentes.</p> + +<p>La mujer del sereno se disponía a encender el farol de su marido y a +ponerlo colgado del chuzo en la reja de la cocina. Otra preguntaba si +valía el quinqué de petróleo. A las niñas que debían salir al portal con +velas, se les pusieron los pañuelos de Manila llamados de talle, y la +que tenía botas nuevas se las calzaba; la que no, salía como estaba, con +las alpargatas llenas de agujeros. «No se quiere lujo, sino decencia» +repetía Guillermina, que comunicaba su actividad febril a todos los +vecinos y vecinas de la casa. Cuando volvía al cuarto de Severiana, +encontró al Padre Nones que salía. «Le he enderezado las ideas, maestra; +ahora está bien preparada—le dijo el clérigo que, por su alta estatura, +tenía que encorvarse para hablar con ella—. Voy a la iglesia. Dentro de +tres cuartos de hora estamos aquí».</p> + +<p>Entró la fundadora en la casa y vio el altar, que estaba muy bien. Juan +Antonio había claveteado las flores de trapo al borde de los lienzos de +damasco, formando como un marco. Resultaba un conjunto bonito y muy +simpático, y así lo declaró la señora, echándole sus gafas. Luego +cubrieron la mesa con una colcha muy hermosa que la comandanta, mujer de +gran habilidad, había hecho para rifarla. Era de cuadros de malla, +combinados con otros cuadros de <i>peluche</i> carmesí. Encima se puso un +paño de altar traído de la parroquia, que tenía un hermoso encaje. +Trajeron luego las ramas de pino, y para colocarlas fue preciso +improvisar búcaros con barrilitos de aceitunas y de escabeche, que Juan +Antonio cubrió y decoró con pedazos de papeles pintados. Era papelista, +y en su arte, con paciencia y engrudo, hacía maravillas. Se colocaron +los ramos de caracoles, cajitas de dulce y estampas; y por fin, los +retratos de los dos sargentos hermanos de Juan Antonio, con su pantalón +rojo, muy a lo vivo, y los botones amarillos, asomaban por entre las +ramas de pino, como soldados que están en emboscada acechando al +enemigo.</p> + +<p>Poco después apareció Estupiñá, de capa verde, trayendo bajo los +pliegues de ella una cosa que abultaba mucho y que guardaba con respeto. +Era el crucifijo de bronce de Guillermina, hermosa escultura de bastante +peso, y que Plácido no quiso entregar a nadie sino a la misma dueña de +él. Esta salió al pasillo, recibió de manos de Rossini la sagrada +imagen, y quitándole el pañuelo de seda que la envolvía, entró con ella +en la sala, pareciéndose mucho, en tal momento, a una verdadera santa +escapada del Año Cristiano para recibir culto en el pintoresco altar, +que simbolizaba la ingenua sencillez y firmeza de las creencias del +pueblo. Puso el Cristo en su sitio, regocijándose mucho con la +admiración que producía el bronce en los circunstantes, y después salió +a dar órdenes a Estupiñá. «Vaya usted a la parroquia para que acompañe +al Santísimo, y diga que traigan pronto las velas que se han de repartir +aquí».</p> + +<p>En esto, ya habían entrado Fortunata y su tía, ambas de negro, muy +decentes, y mientras la de Jáuregui metía su cucharada en el corro de +Guillermina, la otra pasó a ver a Mauricia. Encontrola como aturdida, +sin saber lo que le pasaba. A las preguntas que le hizo, respondía con +la mayor concisión, porque el temor de decir alguna palabra fea +enfrenaba sus labios. Estaba reducida a usar tan sólo la tercera parte +de los vocablos que emplear solía, y aún no se le quitaban los +escrúpulos, sospechando que tuviese en algún eco infernal las voces más +comunes. Lo que Fortunata le oyó claramente fue esto: «¡Ay, qué gusto +salvarse!»...</p> + +<p>Pero al punto frunció Mauricia el ceño. Le había entrado la sospecha de +que la palabra <i>gusto</i> fuese mala. Comunicó estos temores a su amiga, +quien la tranquilizó sonriendo, y por fin le dijo que siendo su +intención limpia, no importaba que se le saliese de la boca sin querer +algún término sucio. Creyolo así la enferma; pero no las tenía todas +consigo y estaba como bajo la presión de un gran temor. En un momento +que cogió a Fortunata sola, le dijo temblorosa: «Arrepiéntete de todo, +chica, pero de todo... Somos muy malas... tú no sabes bien lo malas que +somos».</p> + + + +<hr /> +<h2>-<span class="smcap">iii</span>-</h2> + + +<p>Se acercaba la hora, y en el patio sonaba el rumor de emoción +teatral que acompaña a las grandes solemnidades. El pueblo ocupaba el +sitio infalible que la curiosidad dispone. En el portal no se cabía, y +todos los chicos del barrio se habían dado cita allí, cual si creyeran +que sin ellos no podía tener lucimiento alguno la ceremonia. Guillermina +recorría toda la <i>carrera</i>, desde la puerta del cuarto de Severiana +hasta la de la calle, dando órdenes, inspeccionando el público y +mandando que se pusieran en última fila las individualidades de uno y +otro sexo que no tenían buen ver. Había venido de la parroquia un hombre +asacristanado, y estaba repartiendo la carga de velas que trajo.</p> + +<p>En la parte del corredor que había de recorrer el Viático, mandó que se +pusieran las niñas que lucían pañuelo de talle, y como no tuvieran +velas, ordenó que se les diesen. Abocose a ella la comandanta, como un +edecán de parada, para decirle que en la calle, frente al mismo portal, +se había puesto un condenado pianito, tocando jotas, polkas, y <i>la +canción de la Lola</i>; que esto era una irreverencia y no se podía +consentir. A lo que replicó la santa que no debían ocuparse de lo que +pasase fuera; pero observando al punto que el profano instrumento +molestaba mucho y estorbaba la edificación del vecindario, por el +apetito que algunos sentían de ponerse a bailar, bajó al portal y habló +con el de Orden Público que allí estaba. Todos los individuos de este +cuerpo que conocían a Guillermina, la obedecían como al mismo +gobernador. Total, que el piano tuvo que salir pitando, y sus arpegios y +trinos se oían después perdidos y revueltos, como si alguien estuviera +barriendo sus notas por la calle de Toledo abajo.</p> + +<p>Llegó el momento hermoso y solemne. Oíase desde arriba el rumor popular; +y luego, en el seno de aquel silencio que cayó súbitamente sobre la casa +como una nube, la campanilla vibrante marcó el paso de la comitiva del +Sacramento. El altar estaba hecho un ascua de oro con tantísima luz, que +reflejaba en el talco de las flores. Había sido entornada la ventana, y +todos de rodillas esperaban. El <i>tilín</i> sonaba cada vez más cerca; se le +sentía subir la escalera entre un traqueteo de pasos; después llegaba a +la puerta; vibraba más fuerte en el pasillo entre el muge-muge de los +latines que venía murmurando el acólito. Apareció por fin el Padre +Nones, tan alto que parecía llegaba al techo, un poco encorvado, la +cabeza blanca como el vellón del Cordero Pascual, llevando agasajado el +porta-formas entre los pliegues de la capa blanca. Arrodillose ante el +altar y allí estuvo rezando un ratito. Mauricia estaba en aquel instante +blanca, diáfana, y sus ojos entornados y como sin vida miraban al +sacerdote y lo que entre manos traía. Guillermina se le puso al lado y +acercó su rostro al de ella. Cuando el sacerdote se aproximaba, la santa +susurró al oído de la enferma, como secreto de ángeles, estas palabras: +«Abre la boca». El cura dijo: «<i>Corpus Domini Nostri</i>, etc.» y todo +quedó en silencio, y los párpados de Mauricia se abatieron, proyectando +sobre las ojeras la sombra de sus largas pestañas.</p> + +<p>Poco después salió la comitiva, precedida de la campanilla, entre la +calle formada por mujeres arrodilladas, con velas o sin ellas. Se sintió +que bajaba, que salía y se alejaba por la calle. Cuando ya no se oía más +el <i>tilín</i>, Guillermina, cesando de rezar, acercó su cara a la de +Mauricia y empezó a darle besos. Todas las demás, lloriqueando, la +felicitaban con ruidosos aspavientos, y por fin la misma santa hubo de +mandar que cesaran aquellas manifestaciones de regocijo, porque la +enferma se afectaba mucho, y podría resultarle algún retroceso +peligroso. Mas por efecto de la excitación, Mauricia no sentía dolor ni +molestia alguna; estaba como bajo la acción de fortísimo anestésico, de +los que producen efectos infalibles aunque pasajeros. Desde la edad de +doce años, en que la llevaron a comulgar por primera vez, no había +vuelto a verse en otra como aquella, y con la impresión recibida +retrogradaba su pensamiento a la infancia, llegando hasta adormecerse +por breves momentos en la ilusión de que era niña inocente y pura, y de +que, como entonces, ignoraba lo que son pecados gordos.</p> + +<p>También mandó Guillermina despejar la habitación y que se apagaran las +luces. Entre la mucha gente que había entrado, veíanse dos mujeres muy +bien vestidas a la chulesca, con mantón color café con leche, delantal +azul, falda de tartán, pañuelos de color chillón a la cabeza, el peinado +rematado en <i>quiquiriquí</i> con peina de bolas, el calzado de la más +perfecta hechura y ajuste. Parecían deseosas de hablar a Mauricia; pero +no se atrevían a adelantarse hasta la cama. Guillermina, concluida la +ceremonia, no les quitaba ojo, y por fin resolvió darles el quién vive. +«Señoras mías—les dijo—, ¿qué bueno traen ustedes por aquí? Si han +venido por devoción, me parece muy bien. Pero si vienen a curiosear, +siento tener que decirles que tomen la puerta y que aquí no hacen falta +para nada».</p> + +<p>Salieron las tales muy corridas, echando de sus bocas, por la escalera +abajo, palabras absolutamente contrarias a los latines que pocos +momentos antes se habían oído en el propio sitio. Todas las que +presenciaron la <i>indirecta</i> que les echó la señora, la celebraron mucho, +diciéndole doña Lupe al pasar a la sala: «Vaya unas despachaderas que +tiene usted, amiga mía. Eso se llama carácter».</p> + +<p>—Una de ellas—dijo Severiana—, es <i>Pepa la Lagarta</i>... mujer de +historia, ¿sabe?... la que dicen mató a su marido con una aguja de coser +serones... muy amigota de Mauricia, a quien debe quinientos reales... Y +no se los puede sacar... ¿Pero creen ustedes que no tiene dinero? Ya +quisiera yo... Gasta como una marquesa, y el mes pasado costeó, en San +Cayetano, una novena a la Virgen de las Angustias, que era lo que había +que ver...</p> + +<p>—¿Novena?—Sí, porque sanara el <i>Clavelero</i>, un chulito que tiene muy +guapín, el cual recibió un achuchón en la plaza de Leganés... como que +le entró el pitón por salva la parte... Pues el <i>Clavelero</i> sanó. ¿Y +eso...? Vea usted, señora, ¡qué cosas hace la Virgen!</p> + +<p>—Ella se sabrá lo que le conviene, tonta.</p> + +<p>Poco después se retiró Guillermina. La casa volvió a tomar su aspecto +ordinario. La comandanta y doña Lupe estaban en la sala hablando de la +rifa de la maravillosa colcha que decoraba el altar. Fortunata y +Severiana acompañaban a Mauricia, que se aletargaba lentamente, pues no +había dormido nada la noche anterior. Doña Fuensanta, deseosa de mostrar +a la señora de Jáuregui sus habilidades, la invitó a pasar a la casa +inmediata. Hay que decir de paso que doña Lupe estaba algo +desilusionada, pues había creído que Guillermina iba siempre a sus +visitas benéficas con un regimiento de señoras. «¿Pero dónde están esas +<i>damas distinguidas</i> de que hablan los periódicos? Por lo que voy +viendo, aquí no viene más <i>dama</i> que yo».</p> + +<p>Viendo Fortunata que Mauricia se dormía profundamente, salió a la sala. +No había nadie. Acercose a la ventana, mirando a la calle por entre los +cristales, y allí estuvo un largo rato con la atención vagabunda y el +pensamiento adormilado, cuando un rumor en el pasillo la sacó de su +abstracción. Al volverse, se quedó atónita, viendo a Jacinta que, +detenida en la puerta, alargaba la cabeza para ver quién estaba allí. +Traía de la mano una niña, vestida a la moda, pero con sencillez y sin +pizca de afectación de elegancia. Avanzó hacia Fortunata; interrogándola +con aquella sonrisa angelical que vista una vez no se podía olvidar. +Sentía la de Rubín una gran turbación, mezcla increíble de cortedad de +genio y de temor ante la superioridad, y se puso muy colorada, después +como la cera. Debió Jacinta preguntarle algo; sin duda la otra no acertó +a responderle. La señora de Santa Cruz se acercó a la puerta que +comunicaba con la otra sala. Entonces Fortunata, que se hallaba detrás, +dijo: «Se ha quedado dormida».</p> + +<p>Volviéndose hacia ella, otra vez le echó Jacinta aquella mirada y +aquella sonrisa que la asesinaban. «En ese caso, esperaremos un poco», +indicó en voz casi imperceptible, sentándose en una de las sillas de +paja. Fortunata no sabía qué hacer. No tuvo valor para marcharse, y se +sentó en el sofá. Casi en el mismo instante la Delfina sintiose vacilar +en su asiento, porque la silla estaba inválida, y se pasó al sofá. +Halláronse las dos juntas, tocando falda con falda. Fortunata, por no +mirar a su rival, miraba a la niña, a quien aquella tenía en pie delante +de sí, cogiéndola de las manos. Observó la de Rubín el trajecito azul de +Adoración, sus botas, todo su decente atavío, y en aquella inspección +fisgona que hizo, sus miradas y las de Jacinta se encontraron alguna +vez. «¡Oh, si tú supieras al lado de quién estás!» pensaba Fortunata, y +aquí su temor se desvanecía un tanto, para dejar revivir la ira. «Si yo +te dijera ahora quién soy, padecerías quizás más de lo que yo padezco». +Adoración quería decir algo; pero Jacinta le tapaba la boca, y mirando a +la de Rubín se sonreía con esa ingenuidad que indica ganas de trabar +conversación. Comprendiolo la otra, diciendo para sí: «No, pues yo no he +de buscarte la lengua». La niña, aquel dato vivo de la bondad de la +Delfina, no podía menos de determinar en Fortunata un pensamiento +distinto de los anteriores. Pero sus renovados odios trataban de +envenenar la admiración: «¡Oh!, sí, señora—pensaba—. Ya sabemos que +tiene usted un sin fin de perfecciones. ¿A qué cacarearlo tanto...? Poco +falta para que lo canten los ciegos. Si estuviéramos como usted, entre +personas decentes, y bien casaditas con el hombre que nos gusta, y +teniendo todas las necesidades satisfechas, seríamos lo mismo. Sí, +señora; yo sería lo que es usted si estuviera donde usted está... Vaya, +que el mérito no es tan del otro jueves, ni hay motivo para tanto bombo +y platillo. Y si no, venga usted a mi puesto, al puesto que tuve desde +que me engañó <i>aquel</i>, y entonces veríamos las perfecciones que nos +sacaba la mona esta».</p> + +<p>Y las miradas de la de Santa Cruz volvieron a flecharla. Eran un +comentario que con los ojos ponía a la tontería o pueril gracia que +Adoración acababa de decirle. Sin saber cómo, aquel nuevo flechazo trajo +a la mente de Fortunata un pensamiento que en cierto modo se eslabonaba +con la presencia de la niña. Acordose de que Jacinta había querido +recoger a otro niño, creyéndolo hijo de su marido... «¡Y mío...! +¡creyéndolo el mío!». Desde la altura de esta idea, se despeñó en un +verdadero abismo de confusiones y contradicciones... ¿Habría hecho ella +lo mismo? «Vamos, que no... que sí... que no, y otra vez que sí...». ¡Y +si el <i>Pituso</i> no hubiera sido una falsificación de Izquierdo; si en +aquel instante, en vez de mirar allí a la niña de Mauricia, viera a su +pobre Juanín...! Le entraron tan fuertes ganas de echarse a llorar, que +para contenerse evocó su coraje, tocando el registro de los agravios, +segura de que le sacarían del laberinto en que estaba. «Porque tú me +quitaste lo que era mío... y si Dios hiciera justicia, ahora mismo te +pondrías donde yo estoy, y yo donde tú estás, grandísima ladrona...». No +siguió, porque Jacinta, no pudiendo resistir más las ganas de entablar +conversación, la miró otra vez y le hizo esta preguntita: «¿Qué tal +estuvo la Comunión? Y Mauricia, ¿qué tal?...». He aquí a la prójima otra +vez turbada y sin saber lo que le pasaba. «Muy bien... pero muy bien... +Mauricia contenta...».</p> + +<p>Agradeció mucho Fortunata que en aquel momento se abriese suavemente la +puerta de la alcoba y apareciera la cabeza de Severiana. Hacia ella fue +corriendo Adoración. «Chitito—le dijo su tía, entrando pasito a paso—. +No hagas ruido, que tu mamá está dormida. Tiempo hace que no ha cogido +un sueño tan largo. ¡Ay, señorita, lo que se perdió usted! Ha estado +todo tan bien, que daba gusto».</p> + +<p>Mientras la Delfina y Severiana hablaban, Fortunata, que continuaba +sentada, examinó con curiosidad a la esposa de <i>aquel</i>, fijándose +detenidamente en el traje, en el abrigo, en el sombrero... No le parecía +propio venir de sombrero; pero por lo demás, no había nada que criticar. +El abrigo era perfecto. La de Rubín hizo propósito de encargarse el suyo +exactamente igual. Y la falda, ¡qué elegante! ¿Dónde se encontraría +aquella tela? Seguramente era de París.</p> + +<p>Oyose la voz ronca de Mauricia. Su hermana entró corriendo, y Jacinta +miraba por el hueco de la puerta entornada. Cuando Severiana volvió a la +sala, la señorita dijo: «Yo no entro. Pase usted con la pequeña. Yo me +quedo aquí». A pesar de lo trastornadas que estaban sus facultades, +Fortunata supo apreciar el verdadero sentido de aquella resistencia de +Jacinta a presentarse con la niña. Era un sentimiento de modestia y +delicadeza. Quería sustraerse a las manifestaciones de gratitud de la +pobre enferma, y evitarle a esta el sonrojo de su desairada situación +como madre.</p> + +<p>«¿Será por eso por lo que no quiere entrar?—se preguntó mirándola de +espaldas—. ¡Qué remilgos estos! Cuando digo que me cargan a mí estas +perfecciones... ¡Qué monas nos hizo Dios! Pues lo que es yo, sí entro».</p> + +<p>Severiana se acercó a la cama, llevando de la mano a la chiquilla. +«Mira, mira lo que te traigo... ¿Cuál visita te gusta más? ¿Esta o la +que estuvo antes?».</p> + +<p>Mauricia le echó los brazos a su hija y le dio muchos besos. Un poco +asustada, la nena besó también a su madre, sin efusión de cariño, y como +besan a cualquier persona los chicos obedientes, cuando se lo manda la +maestra. «¡Ay, qué mala he sido!—exclamó la enferma, también sin +efusión, como quien cumple un trámite...—. Niña de mi alma, bien haces +en querer a la señorita más que a mí, porque yo he sido más mala que +arrancada, ¡re...!». Atravesósele el vocablo, y ella hizo como que +escupía algo. Luego revolvió a todos lados sus miradas anhelantes, +diciendo: «Severiana, o tú, o cualquiera, ¡si quisierais darme!...».</p> + +<p>Doña Lupe y la comandanta habían entrado también. «¿Qué tal, Mauricia? +Hoy es para ti día feliz. Recibes a Dios, y ves a tu nena. ¡Oh, qué maja +está!».</p> + +<p>Pero la Dura tenía todo su ser embargado por la ardentísima ansiedad +física que experimentaba, y sus ojos de águila se fijaron en Severiana +que escanciaba en un vaso algo del contenido de una botella. El licor +brillaba con reflejos de topacio engastado en oro. «¡Cómo lo miras, +bribona!—pensó la escéptica y observadora doña Lupe—. Esa es la +Eucaristía que a ti te gusta, el Pajarete...». Y viéndoselo tomar, decía +la muy picarona: «Eso, saboréate bien, y relámete. No lo hacías así +cuando recibías a Dios...».</p> + +<p>Después del <i>trinquis</i>, Mauricia pareció como si resucitara, y su cara +resplandecía de animación y contento. Entonces sí demostró que en el +fondo de su ser existían instintos y sentimientos maternales; entonces +sí que abrazó y besó con efusión tiernísima a la hija que había llevado +en sus entrañas... Y tanto se excitó, que temiendo le diera un síncope, +quitáronle de los brazos a la nena. «Sí, que te lleven, que te quiten de +mi lado... No merezco tenerte... Me tienes miedo, rica... Como que +cuando seas mañosa, no te dirán 'que viene el coco', sino 'que viene tu +madre'. ¡Ay, qué pena!... Pero estoy conforme. Dicen que tengo que +salvar... ¡Ay, qué gusto! Y mi hija está mejor en la tierra con la +señorita que conmigo en el Cielo... Y nada más».</p> + +<p>Adoración rompió a llorar entre afligida y espantada. Total, que +tuvieron que llevársela, porque aquel espectáculo no podía prolongarse. +Mauricia seguía dando besos al aire y diciendo cosas que enternecían a +las demás... «Sí, sí—pensó doña Lupe, que también estaba conmovida—. +¡Cuánto quieres a tu hija!... ¡Te la beberías!».</p> + +<p>Fortunata no aguardó al fin de la escena. Sentía en su interior un +trastorno tan grande, que una de dos, o rompía en llanto o reventaba. +Refugiose en el cuarto interior, y echándose sobre un baúl, se echó a +llorar. Los sentimientos que desataban aquel raudal de lágrimas no eran +únicamente los producidos por la situación del momento; eran algo +antiguo y profundo, sedimentado en su alma, su tradicional desgracia, el +despecho combinado con un vago deseo de ser buena, «sin poderlo +conseguir... Cuidado que esto es de lo que se dice y no se cree».</p> + +<p>Muchas lágrimas había derramado cuando sintió el ruido del coche de +Jacinta que partía, y entonces salió a la sala. Doña Lupe se despedía de +la comandanta, ofreciéndole tomar diez papeletas de la rifa de la +colcha, y hacía una seña a su sobrina indicándole que era hora de +retirarse. Dieron un vistazo y un apretón de manos a la enferma, y +salieron. Cuando iban por la calle, doña Lupe, que comprendió cuánto +había impresionado a su sobrina el encuentro con la señora de Santa +Cruz, intentó dos o tres veces aludir a esto; pero la prudencia y un +sentimiento de delicadeza retuvieron su charlatana lengua.</p> + + + +<hr /> +<h2>-<span class="smcap">iv</span>-</h2> + + +<p>En el portal de su casa se separaron; doña Lupe subió y Fortunata +fue a la botica, donde Maxi estaba solo, haciendo un emplasto. Contole +su mujer lo que había visto aquel día, recordando con feliz memoria +todos los pormenores. La visita de Jacinta fue omitida discretamente. Al +farmacéutico le agradaba que su cara mitad anduviera en aquellos trotes +de beneficencia, viese buenos ejemplos y se familiarizara con aquellos +cuadros hondamente humanos de la miseria y de la muerte, pues sin duda +serían más provechosos a su espíritu que los saraos, bullangas y +diversiones.</p> + +<p>A la hora de comer se hablaba de lo mismo, y ponderaba doña Lupe la +solemnidad conmovedora del acto de aquel día. Discutiose si debían +volver por la noche a la calle de Mira el Río o irse a Variedades a ver +una pieza; mas como Fortunata mostrase gran repugnancia a las funciones +teatrales, prevaleció lo primero, y Maxi, muy complacido de aquella +aplicación a las obras de piedad, prometió que las acompañaría y que +iría a recogerlas a las once. «Y como no haya esta noche quien se quede +a velar, me quedaré yo» dijo la viuda, a quien no se le cocía el pan +hasta no dar a Guillermina prueba palmaria de humildad y abnegación. +Opusiéronse a esto el sobrino y su mujer, diciendo el primero que bueno +era lo bueno, pero no lo demasiado. La de Jáuregui decía con deliciosa +modestia: «¡Si yo no lo hago por buscar un elogio; si no hay en esto el +menor asomo de mérito...! Yo resisto perfectamente una noche toledana, y +hasta dos y tres. De modo que...».</p> + +<p>Las nueve sería, cuando los tres entraban por el portal de la casa de +corredor, y no fue poco su asombro al ver en el patio resplandor de +hoguera y multitud de antorchas, cuyas movibles y rojizas llamas daban a +la escena temeroso y fantástico aspecto. ¿Qué era aquello? Que los +granujas de la vecindad habían pegado fuego a un montón de paja que en +mitad del patio había, y después robaron al maestro Curtis todas las +eneas que pudieron, y encendiéndolas por un cabo empezaron a <i>jugar al +Viático</i>, el cual juego consistía en formarse de dos en dos, llevando +los juncos a guisa de velas, y en marchar lentamente <i>echando latines</i> +al son de la campanilla que uno de ellos imitaba y de la marcha real de +cornetas que tocaban todos. La diversión consistía en romper filas +inesperadamente, y saltar por encima de la hoguera. El que llevaba el +copón, bien abrigadito con un refajo atado al cuello, daba las zapatetas +más atrevidas que se podrían imaginar, y hasta vueltas de carnero, +poniendo todo su arte en recobrar la actitud reverente en el momento +mismo de tomar la vertical. En fin, que semejante escena daba una idea +de aquella parte del Infierno donde deben tener sus esparcimientos los +chiquillos del Demonio. Maximiliano y su mujer se detuvieron un rato a +ver aquello; pero doña Lupe dirigió a la infantil tropa miradas y +expresiones de desdén, diciendo que la culpa la tenían los padres que +tal sacrilegio consentían.</p> + +<p>Subieron, y cuando Fortunata pasó a la alcoba de Mauricia, que estaba +sola, retirose Maxi, diciendo que volvería a las once. Estaba aquella +noche la enferma sumamente inquieta, y lo poco que hablaba no era un +modelo de claridad. El temor de pronunciar palabras malas parecía +haberse desvanecido en ella, porque escupió de sus labios algunas que +ardían. La memoria no debía de estar muy firme, porque cuando su amiga +le dijo: «Sosiégate y acuérdate de lo de esta mañana» replicó: «¡Lo de +esta mañana...!, ¿qué ha sido...?». Y mirando con extraviados ojos al +techo, parecía entregarse al doloroso trabajo de recordar, cazando las +ideas como si fueran moscas. Más presente que la administración del +Sacramento tenía el <i>paso</i> con su hija; ¡ay, qué paso!... «¿No vistes a +<i>la</i> Jacinta?—preguntó a Fortunata, volviéndose de un costado y +poniéndole la mano en el hombro...—. ¿Habló contigo?... Tú eres una +sosona y no tienes genio... Si a mí me llega a pasar lo que te ha pasado +a ti con esa pastelera; si el hombre mío me lo quita una mona golosa, y +se me pone delante, ¡ay!, por algo me llaman Mauricia la Dura. Si me la +veo delante, digo, y me viene con palabras superfirolíticas... la trinco +por el moño y así, así, le doy cuatro vueltas hasta que la acogoto...». +Uniendo la acción a la palabra, Mauricia hacía contorsiones violentas, +se destapaba, rechinaba los dientes... no pudiendo sujetarla Fortunata, +llamó a Severiana: «¡Ay, venga usted! Está diciendo mil disparates... +por Dios, vea usted de reducirla... Dele algo para que se calme, +aguardiente...».</p> + +<p>«A mí no me puede nadie—gritó la infeliz con frenesí, los ojos +desencajados, forcejeando contra los cuatro brazos que la querían +sujetar—. Soy Mauricia la Dura, la que le abrió una ventana en el casco +a aquella ladrona que me robaba los pañuelos, la que le arrancó el moño +a la Pepa, la que le arañó la cara a doña Malvina la <i>protestanta</i>... +Suéltame tiorra pastelera, o de una mordida te arranco media cara. +¡Persona decente tú!... tú, que dejas un soldado pa tomar otro... tú que +tienes ya el corazón como la puerta de Alcalá, de tanta gente como ha +entrado por él... Ja, ja, ja... Loba, más que loba, so asquerosa, judía, +con más babas que un perro tiñoso... cara de escupidera, zurrón, celemín +de peinetas... verás qué recorrido te doy... así, así, y te arranco la +nariz, y te escupo los ojos, y te saco todo el mondongo...». Por fin no +eran voces humanas las que de sus labios llenos de espuma salían, sino +rugidos de fiera sujeta y acorralada. No pudiendo librar sus brazos de +los vigorosos que la contenían, sus dedos se agarraron con rabia +epiléptica a lo que encontraban, y querían deshacer y rasgar la sábana y +la colcha. El fatigoso mugido iba calmándose poco a poco, las +contorsiones eran menos violentas, y por fin, cayó en un colapso +profundísimo. La sedación era instantánea, y a la misma muerte se +parecía.</p> + +<p>La señora de Rubín estaba aterrada. Severiana le dijo: «ya ha tenido +esta noche tres achuchones de estos, y anteanoche tuvo seis. Si viniera +el médico la aplacaría dándole esos pinchacitos que llaman <i>yeciones</i>... +¿sabe?, una gotita de morfina». Sin duda por esta frecuencia de los +accesos veíalos Severiana con relativa calma, como los que se +acostumbran a los prodigios del dolor humano en las clínicas. A poco de +tranquilizarse Mauricia, la otra se dedicó a preparar la lámpara que +debía arder toda la noche, un vaso con agua, aceite y una mariposa +encima.</p> + +<p>Media hora estuvo la tarasca como dormida, pronunciando en sueños +retazos de palabras y fragmentos de cláusulas groseras, como retumban en +lontananza los dejos de la tempestad que ha pasado. Despertó luego, y +con voz sosegada dijo a su amiga: «¿Estás aquí?... ¡qué gusto me da +verte! De todas las personas que veo aquí, la que me gusta más eres tú. +Te quiero más que a mi hermana. Lo primerito que he de pedirle al Señor +cuando me meta en el Cielo, es que te haga feliz, dándote lo que es muy +re-tuyo, lo que te han quitado... Su Divina Majestad puede arreglarlo, +si quiere...».</p> + +<p>A Fortunata no se le ocurría nada que responder a estos disparates.</p> + +<p>«Porque tú has padecido... ¡pobrecita! Buenas perradas te han jugado en +esta vida. La pobre siempre debajo, y las ricas pateándole la cara. Pero +déjate estar, que el Señor te arreglará, haciendo justicia y dándote lo +que te quitaron. Lo sé, lo he soñado ahora, cuando me dormí pensando que +me moría y que entraba en el Cielo escoltada por la mar de angelitos... +¡tan monos...! Créetelo, porque yo te lo digo... Y yo, <i>mismamente</i> le +he de decir a la Virgen y al Verbo y Gracia que te hagan feliz y se +acuerden de las amarguras que has pasado».</p> + +<p>Callose un instante, y después de los dos o tres suspiros que Fortunata +echó de su seno, volvió a hablar la enferma de este modo: «¿Has visto a +Jacinta?... porque ella fue quien trajo a mi niña. Es un serafín esa +mujer... Ahora cuando me pensé que estaba en el Cielo, la vi encima de +una nube con un velo blanco... Estaba allí, <i>entremedio</i> de aquellos +grandes corros de ángeles. ¿Será que se va a morir? Lo sentiré por mi +niña. Pero Dios sabe más que nosotras, ¿verdad?, y lo que él hace, bien +sabido se lo tiene... Pero dime, ¿te habló ella? ¿Le soltaste alguna +patochada? Harías mal. Porque ella no tiene la culpa. Perdónala, chica, +perdónala; que lo primerito para salvarse es perdonar a una parte y +otra. Mírame a mí, que no hago más que lo que me manda el Padre Nones, y +he perdonado a la Pepa, a la Matilde, que me quiso envenenar, y a doña +Malvina la <i>protestanta</i> y a todo el género mundano... ¡re...! Párate +boca que ya ibas a soltarlo... Pues sí, perdonar; créetelo porque yo te +lo digo. ¿Ves qué tranquila estoy? Pues a cuenta que lo mismo estarás +tú, y Dios te dará lo tuyo; eso no tiene duda... porque es de ley. Y por +la santidad que tengo entre mí, te digo que si el marido de la señorita +se quiere volver contigo y le recibes, no pecas, no pecas...».</p> + +<p>Fortunata creyó prudente mandarla callar, pues aquel concepto se +armonizaba mal con la santidad de que hacía gala su amiga.</p> + +<p>—Me parece—le dijo—, que si el Padre Nones te oye eso, te ha de +reprender... porque ya ves... quien manda manda, y está dispuesto que no +sean las cosas así.</p> + +<p>—¡Qué risa contigo! ¿Pues tú qué sabes? Yo estoy arrepentida de todo lo +malo que he hecho; yo he perdonado a todo Cristo. ¿Qué más quieren? Esto +que te cuento es, como quien dice, una idea. ¿No puede una tener una +idea?... Cuando me muera, veremos, créetelo... el Santísimo me dirá que +tengo razón...</p> + +<p>Callose fatigada, y Fortunata le impuso silencio. De repente determinose +una brusca sacudida en su espíritu, y tomándole la mano a su querida +amiga y apretándosela mucho, le dijo con expresión de terror:</p> + +<p>«¿Qué te parece a ti, me salvaré yo?».</p> + +<p>—¿Pues qué duda tiene?—replicó la otra tranquilizándola—Dicen que +aunque los pecados de una sean tantos como las arenas de la mar... +figúrate tú la cantidad de arenas que habrá en todita la mar...</p> + +<p>—¡Oh!... ¡si habrá arenas en todita la mar y sus arenales!—repitió +Mauricia con voz patética.</p> + +<p>—Pues aunque los pecados de una sean más que las arenas, Dios los +perdona cuando una se arrepiente de verdad.</p> + +<p>—¿Y crees tú que una idea, pongo por caso, es también pecado?</p> + +<p>—Según y conforme. Pero tú no tienes malas ideas. Estate tranquila.</p> + +<p>—Dios te oiga... Se me arranca el alma de verte penando... con un +hombre que no quieres... ¡qué traspaso! Chavala querida, muérete, y +vente conmigo. Verás qué bien vamos a estar las dos allá. ¡Porque te +quiero tanto...! Dame un abrazo, hija, y muérete conmigo.</p> + +<p>—No lo digas mucho—balbució Fortunata conmovidísima, acariciando a su +amiga—. Bien podría ser que me muriera pronto. Para lo que yo hago en +este mundo... no sé... valdría más... ¡Ay, qué desgraciada soy!</p> + +<p>—¡Re...! ¡Bendita sea tu alma! Lo primerito que le pido al Señor, lo +juro por estas cruces, es que te mueras.</p> + +<p>Las dos se echaron a llorar. En tanto doña Lupe sostenía una gallarda +disputa con Severiana. «Ya lo he dicho y no hay más que hablar. Yo me +quedo esta noche para que usted descanse un poco».—«Señora, no lo +consiento. Hay vecinas que se quieren quedar».—«¡Vecinas!... Aviada +está la enferma con las vecinas. ¡Son tan torpes y tan descuidadas...! +Verá usted cómo trabucan las medicinas y le encajan una por +otra».—«¡Oh!, no señora, no consiento que usted se moleste».—«Repito +que me quedo, ¡vaya! Si no hay en ello mérito alguno, ni sacrificio. No +me cuesta ningún trabajo estar en vela toda la noche. Y además, hija, +hay que hacer algo por el prójimo. Velaremos, pues, y no me hable usted +de gratitud que es ridículo hacer tanto aspaviento por lo que no vale +tres cominos».</p> + +<p>La viuda de Jáuregui no hacía gran sacrificio, y su determinación estaba +calculada con habilidad, pues como una de las vecinas le dijera que +Guillermina pensaba echar un guante al día siguiente para atender a las +apremiantes necesidades de algunos inquilinos de la casa, doña Lupe +pensó de esta suerte: «Con quedarme a velar, cumplo; y eso del guante no +va conmigo, porque en todo el día de mañana no aparezco por aquí, ni a +media legua a la redonda».</p> + +<p>Severiana explicó minuciosamente a la señora cuanto había que hacer, +advirtiéndole que la llamase si ocurría algo extraordinario. Otra vecina +se quedaba también, en calidad de ayudante. A las doce, Fortunata se +retiró a su casa con su marido, que fue a buscarla. Cogiditos del brazo +recorrieron el trayecto más tortuoso que largo que les separaba de su +domicilio, hablando de alcoholismo y de beneficencia domiciliaria, y +poniendo muy en duda que doña Lupe resistiese toda la noche sin +dormirse, pues era persona que en dando las diez ya estaba haciendo +cortesías aunque se encontrase en visita.</p> + +<p>A la mañana siguiente, determinó la esposa ir a enterarse de la noche +toledana que habría pasado doña Lupe, y Maximiliano no se opuso a ello. +Cumplidas las sabias órdenes que había dado la directora de la casa, +Fortunata salió con Papitos, y después de encaminarla a la compra, +indicándole algunas cosas que debía tomar, separose de ella en la +plazuela de Lavapiés para dirigirse a la calle Mira el Río. Encontró a +su tía en el cuarto de la comandanta en un estado verdaderamente +aflictivo, ojerosa, con la cabeza pesada y un humor poco dispuesto a las +bromas.</p> + +<p>«¡Bien por las valentías!...—le dijo Fortunata—. ¿Y qué tal se ha +portado la enferma?».</p> + +<p>—No me hables, hija; noche más perra no la he pasado en mi vida. No me +ha dejado ni siquiera descabezar un sueño de diez minutos. La maldita +parecía que lo hacía a propósito y por vengarse de lo muy derecha que la +he obligado a andar cuando me corría mantones... Figúrate; en un puro +delirio hasta que Dios amaneció. Juraría que todo el aguardiente que ha +bebido en su vida se le subió a la cabeza esta noche. Ya se levantaba, +ya se revolvía, echaba las piernazas fuera de la cama, y los brazos como +aspas de molino... ¡Luego unas voces y unos berridos...! Ya sabes el +diccionario que gasta... Y a lo mejor se quedaba como un gato que +acecha, los ojos como ascuas, y hablando bajito, bajito, y señalando +para la mesa en que está el altar y la lamparilla, decía: «Mírenlo, +mírenlo; allí está». ¡A mí me daba un miedo...! Prefería oírla gritar... +Créete que me horripilaba cuando le veía señalar a la luz y al altarito.</p> + +<p>Doña Lupe empezó a tomar el chocolate que le trajo doña Fuensanta, y a +renglón seguido continuó la relación, imitando la voz y la actitud de la +delirante.</p> + +<p>«Y se ponía así: 'Allí está, mírenlo... el <i>señor</i> de Sor Natividad... +La bribona lo tiene preso... Bribona, más que loba...'. ¿Sabes tú quién +es el <i>señor</i>... con retintín, de Sor Natividad? Pues la custodia, hija, +el Santísimo... Y seguía: 'Ahora voy allá, te cojo, te saco y te echo al +pozo...'. ¡Al pozo!, ¿has visto?, ¡arrojar la custodia al pozo! Mira tú +si tendrá malas ideas... Luego dice que se salva. ¡Como no se salve +esa...! Me ha dicho Severiana que cuando delira fuerte, siempre se sale +con eso, con que va a sacar del Sagrario la custodia y a guardarla en su +baúl, o qué sé yo qué. Verás: soltaba una risa que a mí me ponía los +pelos de punta, y decía muy callandito: «¡Qué guapo estás con tu cara +blanca, con tu cara de hostia dentro del cerco de piedras finas!... ¡Oh, +qué reguapo estás! No creas que te robo las piedras... Para nada las +quiero... Me gustas... ¡te comería! No me digas que no te coja, porque +te cojo, aunque me muera y me eches al infierno... Sor Natividad te +falta; para que lo sepas; te falta con el Padre Pintado...'. En fin, +hija, que era un horror. Suprimo las flores que iba entreverando, porque +me ardería la boca».</p> + +<p>Doña Lupe hizo esfuerzos por atraer hacia su paladar, con la lengua y +con los rechupidos de sus labios, lo que en el fondo del pocillo +quedaba, y conseguido esto al fin, acabó así: «Con estos disparates +sacrílegos estuve toda la noche en vilo, horrorizada, el estómago +revuelto, y deseando que el día llegara».</p> + +<p>—Me lo figuraba—dijo Fortunata, y después le dio cuenta de lo que +había dispuesto y de lo que le indicó a Papitos que comprase.</p> + +<p>«¡Ay! Me parece que he estado un año fuera de mi casa. Me ocurría que no +sabríais desenvolveros y que la mona se declararía en cantón, haciendo +lo que le daba la gana. Ahora a casa, que es madre. Ya hemos cumplido. +Claro que esto no es ninguna santidad extraordinaria, ni un caso de +heroísmo; pero algo es algo...».</p> + +<p>Vieron entonces que Guillermina pasaba en dirección al cuarto de +Severiana, y doña Lupe corrió a recibir de su boca augusta los plácemes +que merecía. «¡Oh, qué buena es usted!—le dijo la santa, estrechándole +las manos—. ¡Quedarse aquí cuidando a esta pobre...! No, no diga usted +que esto no vale nada. Vaya si vale. ¡Dejar las comodidades de su casa +para velar a la cabecera de una infeliz...! Pues lo que yo sé es que no +lo hacen todas... Dios se lo pagará. Más de agradecer es esto que los +donativos que hacen otras... quedándose muy abrigaditas en sus camas... +porque esta es la verdadera caridad que sale del corazón... En fin, veo +que su modestia se ofende, amiga mía, y no quiero sacarle a usted los +colores a la cara. Gracias, gracias».</p> + +<p>Doña Lupe estaba muy satisfecha; pero sospechando que la fundadora iba a +sacar el temido guante, se despidió con prisa. «Amiga de mi alma, la +obligación me llama a mi choza...».</p> + +<p>—Sí, sí—le dijo Guillermina—. La obligación antes que nada. Hasta +luego.</p> + +<p>Y llevando aparte a Fortunata en el corredor, su tía le dijo: «Tú te +quedarás aquí un ratito; si hay petitorio, no quedaremos nosotras en mal +lugar. Le dices que apunte un duro por ti y otro por mí. Es bastante. +Bien debe saber que no somos potentadas. No me gustan guantes; pero sé +cumplir en todas las circunstancias y no hacer un mal papel. Un duro por +ti y otro por mí; no lo olvides. No digas si podemos o no podemos más. +Tú lo sueltas seco, sin achicarte ni engrandecerte; que ella, aunque se +le dé un ochavo, siempre da las gracias con la misma boquita de +merengue. Vaya... Mentira me parece que he de verme en mis cuatro +paredes...».</p> + + + +<hr /> +<h2>-<span class="smcap">v</span>-</h2> + + +<p>Cuando Fortunata, después de un ratito de palique con la +comandanta, penetró en la otra casa, vio cosas que la pasmaron. +Guillermina, dejando su mantilla y su libro de misa sobre el sofá, +desempeñaba junto a Mauricia las obligaciones más penosas del arte de +cuidar enfermos, acometiendo con actividad maquinal las faenas más +repugnantes, como persona que tiene la obligación y la costumbre de +hacerlo. Severiana se esforzaba en impedirlo; pero Guillermina no cedía. +«Déjame tú... si a mí esto no me cuesta ningún trabajo... Vete a ver lo +que quiere Juan Antonio, que está dando voces hace un rato». La pobre +menestrala deseaba tener tres o cuatro cuerpos para atender todo. +«Hombre, ten consideración. ¿Cómo quieres que deje a la señora en...?». +Al ver la de Rubín este tráfago y la poca gente que había para tan +diversos quehaceres, brindose gustosa a ayudar. Lo que hacía Guillermina +era para asustar a cualquiera. Fortunata no se creía con valor para +tanto. Y sin embargo, al ver a la insigne dama aristocrática humillarse +de aquel modo, avergonzose de no tener valor para imitarla, y sacando +fuerzas de flaqueza, ofreció su ayuda. Como hija del pueblo, no quería +ser menos que la <i>señora de la grandeza</i> en aquellos bajísimos +menesteres... «Quite usted allá, por Díos, hija...—replicó la santa—. +No faltaba más; no lo consiento... de ninguna manera. ¿Es que quiere +usted ayudarnos? Pues si tan buen deseo tiene, barra la sala, que va a +venir el médico».</p> + +<p>Apenas hubo cogido Fortunata la escoba, entró Severiana, y que quieras +que no, se la quitó de las manos. «No faltaba más... señorita. Se va +usted a poner perdida...».</p> + +<p>—Por Dios, déjeme usted que la ayude. ¿Quiere que le haga el almuerzo a +su marido?</p> + +<p>—¡Qué cosas tiene...!</p> + +<p>—¡Ay qué gracia!... ¿Cree usted que no sé?... La tortillita en la +fiambrera, y el pan abierto con la sardina dentro. Si he hecho yo en mi +vida más almuerzos de obreros que pelos tengo en la cabeza...</p> + +<p>—Hemos encendido la lumbre en la casa de la vecina. Allá está doña +Fuensanta; pero va a salir a la compra, y si usted hiciera el favor...</p> + +<p>Fortunata no necesitó más, y fue a la otra casa, donde encontró a la +comandanta muy afanada, porque no era un almuerzo, sino tres los que +tenía que preparar, el de Juan Antonio y el de dos obreros más, cuyas +respectivas mujeres se habían ido ya para la fábrica, dejándole aquel +encargo. «Váyase usted a la compra—le dijo—, que de las tortillas se +encarga una servidora...». Mucho agradeció esto doña Fuensanta, y +poniéndose su toquilla encarnada, quedándose con la bata de tartán y las +gruesas zapatillas de orillo, cogió el cesto y el portamonedas y fue a +pedir órdenes a Severiana, que estaba en la sala, dentro de una nube de +polvo. «Tráigame usted un codillo como el del otro día, para ponerlo en +sal... un cuarterón de agujas cortas... Tocino hay en casa... ¡Ah!, no +olvide las zanahorias, ni el cuarto de gallina... Si trae para usted +sesada de carnero, cómpreme otra a mí...</p> + +<p>Oiga, oiga; si ve una buena lengua, tráigamela descargada, y la +salaremos para las dos...».</p> + +<p>Salió la viuda del comandante renqueando por aquellas escaleras abajo, y +a poco partieron Juan Antonio y los otros dos obreros con sus saquitos +de comida en la mano. La señora de Rubín había desempeñado su cometido +con tanta presteza como acierto, y mientras se lavaba las manos, dejose +llevar por su vagabundo pensamiento a un orden de ideas que no era nuevo +en ella. «¡Si es lo que a mí me gusta, ser obrera, mujer de un +trabajador honradote que me quiera...! No le des vueltas, chica; pueblo +naciste y pueblo serás toda tu vida. La cabra tira al monte, y se te +despega el señorío, créetelo, se te despega...».</p> + +<p>Cuando pasó a decir a Severiana que estaba servida, esta había concluido +de limpiar la sala. Como había tan mal olor allí, trajeron una paletada +de carbones encendidos, y echando un puñado de espliego, la pasearon por +toda la casa, desde el pasillo hasta la cocina. Después del sahumerio, +Fortunata entró a ver a Mauricia, a quien encontró muy mal, en un estado +de decaimiento y postración muy visibles. El médico, que llegó entonces, +la examinó detenidamente, observando hinchazón en las piernas y en el +vientre. La parálisis agitante crecía de una manera aterradora. Antes de +partir, el doctor habló con Guillermina en la sala, diciéndole que +aquello no podía menos de acabar mal, y que a todo tirar, tiraría dos +días... Acercábase Fortunata para enterarse de esto, cuando vio entrar +inesperadamente a una persona cuya presencia le hizo el efecto de una +descarga eléctrica.</p> + +<p>«¡Jesús, esa mona otra vez...!, yo me voy».</p> + +<p>Jacinta y Guillermina hablaron un momento con el médico, que se despidió +luego. «Entraré un ratito a verla—dijo la Delfina a su amiga, +sentándose en el sofá—. ¿Va usted a estar aquí mucho tiempo?».</p> + +<p>—Tengo que pasar al otro corredor a ver al zapatero... Pobre hombre, no +ha querido ir al hospital. Yo no había visto nunca un caso de hidropesía +semejante. La barriga de ese infeliz era anoche como un tonel... Y ya le +han dado tres barrenos; pero el de ayer con tan mala fortuna, que no le +sacaron más que medio litro, y dicen que tiene en aquel cuerpo la +friolera de catorce litros... ¡Qué humanidad, Dios mío!</p> + +<p>Fortunata pasó a la otra sala, y a poco volvió diciendo que Mauricia +dormía profundamente. La fundadora hizo entonces una observación +humorística. Dirigiéndose a las dos, les dijo: «¿Oyen ustedes ese +trombón que toca la marcha real?». En efecto, se oía bien clara, aunque +lejana, la marcha real tocada con verdadero frenesí por Leopardi, que en +la repetición le ponía un lujo escandaloso de mordentes y apoyaturas.</p> + +<p>«Pues ese pobre hombre—añadió la santa conteniendo la risa—, desde que +se entera de que estoy aquí, se pone a tocar como un descosido. Es la +manera de recordarme que le prometí vestirle, porque el desventurado +está mejor de pulmones que de ropa. Mira—propuso a Jacinta, cogiéndole +un brazo—; en cuanto vayas hoy a tu casa, has de ver si tiene tu marido +algunos pantalones que no le sirvan... Puede que no tenga porque ¡ya +hemos hecho tantos escrutinios en su guardarropa!».</p> + +<p>—No sé, no sé—dijo la señora de Santa Cruz, procurando recordar...—me +parece.</p> + +<p>—Si no—manifestó prontamente la de Rubín—, yo traeré unos del mío...</p> + +<p>—Dios se lo pagará a usted... porque verdaderamente parte el corazón +ver a ese pobre hombre, en este tiempo, con unos calzones de hilo, de +los que traen los soldados de Cuba...</p> + +<p>Salió Guillermina para ir al almacén de maderas de la Ronda, y Jacinta +la acompañó hasta el corredor. Sentose Fortunata en el sofá, creyendo +que las dos se marchaban. Pero la de Santa Cruz, después de hablar con +su amiga de varias cosas, le dijo: «Aquí la espero a usted. Lleve mi +coche, y luego me recogerá y nos iremos juntas». Entró inmediatamente, +sentándose también en el sofá.</p> + +<p>¡Ponerse a su lado! ¡No conocerle en la cara que las dos no podían estar +juntas en parte alguna!...</p> + +<p>Esto pensaba la mujer de Maxi, que sintió deseos de huir, y luego +vergüenza y miedo de hacerlo. Si la otra le hablaba, no tendría más +remedio que responderle. «Pues si yo le dijera quién soy, la haría +temblar. Veríamos entonces quién temblaba más».</p> + +<p>Jacinta la miró. Ya el día anterior había despertado su curiosidad +hermosura tan expresiva. Y cuando sus ojos se encontraban con el rayo de +aquellos ojos negros, sentía una impresión no muy grata, al modo de esos +presentimientos inseguros que son, no como el contacto de un objeto, +sino como la sensación del aire que hace el objeto al pasar rápidamente.</p> + +<p>«Según ha dicho el médico—indicó la Delfina decidida a pegar la +hebra—, la pobre Mauricia no saldrá de esta».</p> + +<p>—No saldrá la pobre—opinó Fortunata algo cortada, porque le asaltaba +la idea de que su lenguaje no sería bastante fino.</p> + +<p>—Si sigue así, traeré esta tarde a la niña, para que la vea... De todos +modos, debo traerla ¿no le parece a usted?</p> + +<p>—Sí, tráigala. Jacinta sabía que aquella desconocida no era soltera, +porque había ofrecido unos pantalones <i>de su marido</i>. Hízole, pues, la +pregunta que ingenuamente se le salía siempre de los labios cuando se +encontraba delante de una casada: «¿Tiene usted niños?».</p> + +<p>—No señora—replicó la de Rubín con alguna sequedad.</p> + +<p>—Yo tampoco. Pero me gustan tanto los niños, que tengo verdadera manía +por ellos, y los ajenos me parece que deberían ser míos... y, créalo +usted, no tendría escrúpulo de conciencia en robar uno, si pudiera...</p> + +<p>—Pues yo también, si pudiera...—declaró Fortunata, que no quería ser +menos que su rival en aquello de la manía materna.</p> + +<p>—¿Pero es que se le han muerto a usted, o que no los ha tenido?</p> + +<p>—Tuve uno, sí señora... va para cuatro años...</p> + +<p>—¿Y en cuatro años no ha tenido usted más que uno? ¿Qué tiempo lleva +usted de matrimonio? Perdone mi indiscreción.</p> + +<p>—¿Yo?...—murmuró la otra vacilando—. Cinco años. Yo me casé antes que +usted...</p> + +<p>—¡Antes que yo!—Sí, señora... pues decía que tuve un niño y se me +murió, sí señora, y si me viviera, le digo a usted que...</p> + +<p>Como advirtiera la dama en los ojos de su interlocutora una lucidez y +movilidad singularísimas, sospechó si aquella mujer padecería +enajenación mental. Su tono y su mirar eran muy extraños, impropios del +lugar y de la sosegada conversación que ambas sostenían. «A esta mujer +hay que dejarla—pensó Jacinta—; me callaré».</p> + +<p>Guardaron silencio un rato mirando al suelo. Jacinta no pensaba en nada +importante; Fortunata sí, y por la mente le pasó toda su historia como +envuelta en una nube de fuego. Se le vinieron a la boca palabras duras +para increpar a aquella <i>mona del Cielo</i>, que le había quitado lo suyo. +¿Pues no era esto una gran injusticia? Los agravios se le revolvían en +el seno, saliéndole a los labios en esa forma descomedida y grosera de +las hijas del pueblo, cuando se ponen a reñir. «¡La cojo y la...!—decía +para sí clavándose las uñas en sus propios brazos—. ¿Que es un ángel? +Pues que lo sea... ¿Que es una santa? ¿Y a mí qué?...». Pero de los +labios para fuera, nada... «¡Qué cobarde soy! Con una palabra la haré +caer redonda, y me tendrá un miedo tan grande que no le darán ganas de +volverme a hacer preguntitas...».</p> + +<p>En esto <i>la mona del Cielo</i>, impaciente porque no venía Guillermina, +salió un instante al corredor. Al verse sola, creyó sentirse la otra con +más valor para dar un escándalo... Toda la rudeza, toda la pasión gozosa +de mujer del pueblo, ardiente, sincera, ineducada, hervía en su alma, y +una sugestión increíble la impulsaba a mostrarse tal como realmente era, +sin disimulo hipócrita. «¡Si no volverá!...» se dijo mirando al +corredor, y al decir esto su espíritu volvía sobre sí, penetrándose del +sentido lógico de las cosas... «Ella es una mujer de mérito y yo he sido +una perdida... Pero yo tengo razón, y perdida o no, la justicia está de +mi parte... porque ella sería yo, si estuviera en mi lugar...».</p> + +<p>En esto vio que <i>la mona</i> volvía... Verla y cegarse fue todo uno. No +podía darse cuenta de lo que le pasó. Obedecía a un empuje superior a su +voluntad, cuando se lanzó hacia ella con la rapidez y el salto de un +perro de presa. Juntáronse, chocando en mitad del angosto pasillo. La +prójima le clavó sus dedos en los brazos, y Jacinta la miró aterrada, +como quien está delante de una fiera... Entonces vio una sonrisa de +brutal ironía en los labios de la desconocida, y oyó una voz asesina que +le dijo claramente: «Soy Fortunata».</p> + +<p>Jacinta se quedó sin habla... después lanzó un ¡ay! agudísimo, como la +persona que recibe la picada de una víbora. En tanto Fortunata movía la +cabeza afirmativamente con insolente dureza, repitiendo: «Soy... soy... +soy la...». Pero tan sofocada estaba, que no articuló las últimas +palabras. La Delfina bajó los ojos, y dando un tirón se soltó. Quiso +decir algo, no pudo. La otra se apartó, echando llamas de sus ojos y +resoplidos de su pecho, y andando hacia atrás siguió diciendo, sin que +las palabras llegaran a articularse: «Te cojo y te revuelco... porque si +yo estuviera donde tú estás, sería...». Aquí recobró el aliento, y pudo +decir: «¡Mejor que tú, mejor que tú...!».</p> + +<p>La de Santa Cruz recobró la serenidad, y entrando en la sala, volvió a +ponerse en el sofá. Su actitud revelaba tanta dignidad como inocencia. +Era la agredida, y no sólo podía serenarse más pronto, sino responder a +la ofensa con desdén soberano y aun con el perdón mismo. La otra sintió, +por el contrario, tremendo peso dentro de sí. ¡Ay, su acción +descompuesta y brutal le gravitó en el alma como si la casa se le +hubiera desplomado encima! No tuvo ánimo para entrar también; tembló de +pensar lo que diría Severiana si se enteraba; pues ¿y doña +Guillermina?... Refugiose en el cuarto de la comandanta, donde había +dejado velo y manguito. La cobardía que sintió impulsábala a correr +hacia la calle. Huir, sí, y no volver a poner los pies en aquella casa +ni en parte alguna donde pudiera tener tales encuentros... Salió sin +hacer ruido, deslizándose, y al pasar frente a la puerta, miró y la vio +allá dentro, al extremo del largo pasillo, que parecía un anteojo. La +veía de perfil, la mano en la mejilla, muy pensativa, y Jacinta no la +veía a ella. Bajó y se puso en la calle, acordándose de una de las +principales recomendaciones que le había hecho Feijoo: «No descomponerse +nunca». Pues bien se había descompuesto aquel día... «Pero +verdaderamente—discurrió tratando de serenarse—. Yo ¿qué le he hecho?, +nada... Únicamente decirle quién soy, para que me conozca...».</p> + +<p>¡Cosa extraña!, le entraron ganas de esperar para verla salir. Púsose de +centinela en la calle del Bastero, y cinco minutos después vio a la +fundadora entrar en la casa. «Han de subir por la calle de +Toledo—pensó—; desde allí las veré sin que me vean. Siguió a la calle +de Toledo, poniéndose en acecho en la acera de enfrente, junto a la +puerta de una taberna. Al cabo de un cuarto de hora, apareció por la +boca-calle la berlina con las dos damas. «Hablan de mí, y le está +contando cómo pasó el lance... me imita, remedando mi movimiento, cuando +la cogí por los brazos... ¿Qué dirán, Dios mío, qué dirán? Me parece +oírlas... Que soy un trasto y que me debían mandar a presidio».</p> + + + +<hr /> +<h2>-<span class="smcap">vi</span>-</h2> + + +<p>Cuando subía la escalera de su casa, se iniciaba en la conciencia +de la joven una reprobación clara de lo que había hecho. «...Hubiera +sido mucho mejor—pensó deteniendo el paso y tardando un minuto de +escalón a escalón—, decirle aquello de <i>yo soy Fortunata</i>, con calma, +reparando bien qué cara ponía ella al oírlo, y luego quedarme tan +fresca, esperando a ver por qué registro salía, o echarle tres o cuatro +chinitas, diciéndole que yo también soy honrada, claro, y que su marido +es un tunante... a ver por dónde la tomaba».</p> + +<p>Al entrar en la casa, halló a doña Lupe muy incomodada con Papitos, +sobre cuya inocente cabeza descargaba el mal humor que la noche en vela +le produjo. Cuanto se había hecho en su ausencia le parecía mal, +dejándose decir que ni tan siquiera para una obra de caridad podía salir +de casa, pues en cuanto volvía la espalda, era todo un desbarajuste. +Fortunata comprendió que también quería meterse con ella; mas no +teniendo ganas de reñir, dejaba sin contestación sus refunfuños. «Mira +que es pifia mandar traer esta babilla y esta falda que no sirve ni para +el gato. Tienes la cabeza llena de viento. Nada, en cuanto yo me +descuido, ya no das pie con bola».</p> + +<p>Fortunata empezaba a sentirse mal. Tenía escalofríos, dolor de cabeza y +ganas de bostezar a cada momento. Conociole doña Lupe en la cara la +desazón, y le preguntó con gran interés: «¿Tienes ascos, mareos...?».</p> + +<p>—No sé lo que tengo; pero me acostaría de buena gana.</p> + +<p>Doña Lupe, al irse a la cocina, iba pensando que aquellos síntomas +podrían anunciar tal vez la probable reproducción del tipo de Rubín en +la especie humana; pero bien sabía la otra que no era nada de esto, y +sin más explicaciones echose, bien envuelta en una manta, en el sofá de +su cuarto. Después que se le aplacara el frío, sintió somnolencia, que +la llevó a un delirio tranquilo, reproduciendo en su mente la escena +aquella con varias adiciones de importancia. ¿Eran estas algo que con la +prisa no pudo decir, pero que debió haber dicho, o eran simplemente +desvaríos de su cerebro encendido por la calentura?... «¡Si creerá esta +señora que no hay en el mundo más mujeres honradas que ella!... Que se +le quite a usted eso de la cabeza. ¡Vaya con el modelo!... ¡A buena +parte viene usted...! ¿Sabe usted, niña, que como a mí se me meta en la +cabeza, le doy a usted honradez y virtudes por los hocicos hasta que no +quiera más? Porque eso es cuestión de decir: '¡Ea!'... Sí, y si me atufo +no hay quien me tosa. ¿Pues qué cree usted, que a mí me costaría trabajo +cuidar enfermos y dármelas de muy católica? Pues si a mano viene me +pondré el mejor día a cuidar y limpiar y revolver los enfermos más +podridos, y me vestiré una saya, y recogeré niños que no tengan padres, +que de eso y de mucho más soy yo capaz... ¡Vaya con la <i>mona del Cielo</i>! +Ea... no venga acá vendiendo mérito... ¡Y ángel me soy! Pues para que lo +sepa, también yo, si me da la gana de ser ángel, lo seré, y más que +usted, mucho más. Todas tenemos nuestro ángel en el cuerpo...».</p> + +<p>Después de esto, tornó a ver con claridad las cosas, y dejando vagar sus +miradas por la habitación solitaria y semioscura, pensaba en lo mismo, +pero apreciando mejor la realidad de las cosas. En aquella meditación, +lo que descollaba, después de vueltas mil, era un vivo deseo de ser no +sólo igual, sino superior a la otra. El cómo era lo difícil. «Porque lo +primero que tengo que hacer es querer a mi marido, y portarme bien para +que se olviden las maldades que he hecho...».</p> + +<p>El pensamiento, recorriendo todas las caras del tema, iba de las cosas +más sutiles a las más triviales. «Me tengo que hacer una falda +enteramente igual a la que llevaba ella... lo mismito, con aquel +tableado; y si encontrara tela igual... La verdad es que tiene la mona +un aire de señorío y de... de... ¿de qué?, de majestad, sí... ¡Bah!, +esto es idea, idea nada más de los que la miran, porque con aquello de +que es ángel... A saber si lo es realmente, que las apariencias +engañan...».</p> + +<p>Sacola de esta cavilación doña Lupe, que entró con pisadas de gato, y le +dijo que era preciso tomara algo. Negose Fortunata a comer cosa alguna, +y dijo que lo único que apetecía era una naranja para chuparla. +«¿Antojitos ya?» murmuró la tía sonriendo, y mandó a Papitos por la +naranja.</p> + +<p>Mientras la chupaba, haciéndole un agujerito y apretándola como aprietan +los chicos la teta, a la señora de Rubín le pasó por el cerebro otra +ráfaga de aquel furor que determinó el acto de la mañana: «Tu marido es +mío y te lo tengo que quitar... Pinturera... santurrona... ya te diré yo +si eres ángel o lo que eres... Tu marido es mío; me lo has robado... +como se puede robar un pañuelo. Dios es testigo, y si no, pregúntale... +Ahora mismo lo sueltas o verás, verás quién soy...».</p> + +<p>Quedose dormida, dejando caer al suelo la naranja. Despertó al sentir +sobre su frente la mano de su amante esposo, que había subido a comer, y +enterado de que estaba indispuesta, se asustó mucho, Doña Lupe quiso +hacerle concebir esperanzas de sucesión; pero él, moviendo la cabeza con +expresión escéptica y desconsolada, entró en la alcoba y le palpó la +frente a su mujer.</p> + +<p>«Hija de mi vida, ¿qué tienes?».</p> + +<p>Al oír esta terneza y al ver delante la figura de Maxi, Fortunata sintió +fuerte sacudida en su interior. Como una neurosis constitutiva de esas +que se manifiestan de repente, cuando menos se las espera, así se +presentó en el alma de la joven, a golpe, y a manera de explosión de +pólvora, la aversión que su marido le había inspirado en otro tiempo. Lo +primero que pensó fue cómo había retoñado tan de repente la infame +planta del odio que ella creía seca y muerta, o al menos moribunda. Le +miraba, y mientras más le miraba, peor... Se volvió del otro lado +respondiendo con sequedad: «Nada».</p> + +<p>—¿Sabes lo que dice la tía?... oye...</p> + +<p>La opinión de la tía aumentaba la malquerencia de la sobrina y el vivo +deseo de perder de vista a su marido. Cerrando los ojos, invocó a Dios y +a la Virgen, de quien esperaba auxilio para poder curarse de aquella +insana antipatía; pero ni por esas... «Si no le puedo ver; ¡si me iría +al fin del mundo por no verle...! ¡Y yo creí que le iba tomando cariño! +¡Buen cariño nos dé Dios! Ni sé yo en qué estaba pensando Feijoo... +Tonto él, y yo más tonta en hacerle caso».</p> + +<p>Maxi, al tomarle el pulso, echó por aquella boca una retahíla de frases +de medicina, concluyendo por decir: «Subiré esta noche un +antiespasmódico, jarabe de azahar con bromuro, y quizás, quizás unas +pildoritas de sulfato de quinina. Hay fiebre, aunque poca. Principio de +un fuerte catarro. Tú te has enfriado en aquella maldita casa de +corredor... o te habrás atufado con algún brasero».</p> + +<p>Fortunata pensó que, en efecto, se había atufado, pero no con brasero. +Cediendo a los ruegos de su marido y de doña Lupe, se acostó, y a prima +noche estaba más tranquila, desvelada, sin ningún apetito, oyendo con +desagrado el ruido de los platos y cucharas que del comedor venía a la +hora de cenar. Nicolás hablaba por los codos. «Mejor es que no tomes +nada, si no tienes gana—le dijo Maxi, que entró mascando el postre y +con un higo pasado en la mano—. Por si acaso, no bajaré esta noche a la +botica, y te acompañaré». La peor de las medicinas era esta, pues +gustaba la joven de estar sola, entretenida con sus pensamientos. Hizo +por dormirse; su marido le ató fuertemente un pañuelo a la cabeza, y +después se puso junto a la cama. Después de un breve sueño, vio ella la +escueta figura de Maxi dando paseos en la habitación. Tan pronto miraba +su persona como su sombra corriendo por la pared, larga, angulosa, +doblándose en las esquinas del muro. «¡Ah!... Jacinta, yo te quisiera +ver casada con este... Entonces me reiría, me estaría riendo tres años +seguidos».</p> + +<p>Maximiliano se desnudaba para acostarse. Al quitarse el chaleco, salían +de las boca-mangas los hombros, como alones de un ave flaca que no tiene +nada que comer. Luego, los pantalones echaron de sí aquellas piernas +como bastones que se desenfundan. Todas sus coyunturas funcionaban con +trabajo, cual si estuvieran mohosas, y el pelo se le había hecho tan +ralo, que su cabeza ofrecía una de esas calvas sin dignidad que suelen +verse en jóvenes de poca y mala sangre. Al meterse en la cama y estirar +los huesos, exhalaba un <i>¡ah!</i> que no se sabía si era de dolor o de +gusto. Fortunata, fingiendo dormir, se volvió para el otro lado y a +media noche dormía de veras.</p> + +<p>A la madrugada abrió los ojos. La alcoba estaba en completa oscuridad. +Oyó la respiración de su marido, áspera a ratos, a ratos silbante y con +diversos flauteados, como si el aire encontrase en aquel pecho +obstrucciones gelatinosas y lengüetas metálicas. Incorporose Fortunata, +cediendo a un movimiento interior cuyo impulso inicial se determinó +cuando estaba dormida. Lo que pensaba entonces era por demás peregrino. +El disparate que se le había ocurrido, porque disparate era y de los +gordos, fue que debía echarse del lecho muy callandito, buscar a tientas +su ropa, vestirse... ir hacia la percha, coger su bata y ponérsela. El +mantón, ¿dónde estaba? No pudo recordarlo; pero lo buscaría, a tientas +también; y una vez hallado, saldría de la alcoba, cogería el llavín que +estaba colgado de un clavo en el recibimiento, y ¡aire!... ¡a la calle! +La idea de la evasión estuvo flameando un rato sobre sus sesos, como una +luz de alcohol, sin que pudiera entender cómo se había encendido +semejante idea. En el bolsillo de la bata tenía medio duro, una peseta, +y algunos cuartos, la vuelta del duro que dio a Papitos para que le +trajera... no recordaba qué. Pues con aquel dinero tenía bastante. ¿Para +qué más? ¿Y a dónde iría? A una casa de huéspedes. No... a casa de D. +Evaristo... No, porque D. Evaristo la reñiría. Esta idea de que la +reñiría su <i>padrino</i> fue el golpe que le aclaró el sentido, porque la +idea de la fuga era un rastro del sueño. «¿Estoy despierta o dormida?» +se preguntaba al reconocer su desatino; y quedose un rato sentada en la +cama, con la mano en la mejilla. El pañuelo se le había desatado de la +cabeza, y deshecho el peinado, sus espesas guedejas le caían sobre los +hombros. «¡Qué marido este!—pensaba, recogiéndose el cabello—, ¡ni +atar un pañuelo sabe!». Después creyó ver ojos, que en aquella profunda +oscuridad la miraban. «Debo de estar soñando todavía. ¿Qué me miras tú? +¿Qué dices? ¿Que estoy guapa? Ya lo creo. Más que tu mujer».</p> + +<p>Y se volvió a acostar. Maximiliano, al revolverse, le dio un +encontronazo con un omoplato. «¡Ay!, me ha hecho ver las estrellas» dijo +para sí Fortunata, recogiéndose más en su lado.</p> + +<p>«¿Duermes, vidita?» murmuró el otro despertándose, y rechupando luego +como si tuviera una pastilla en la boca.</p> + +<p>Pero sin oír la respuesta, se volvió a dormir.</p> + + + +<hr /> +<h2>-<span class="smcap">vii</span>-</h2> + + +<p>Al día siguiente Fortunata se sentía mejor; pero aún estaba en la +cama cuando su marido, después de dar una vuelta por la botica, subió a +verla. «¿Qué tal?—le dijo inclinándose sobre ella y besándola en +frente—. Te puedes levantar.</p> + +<p>El día está bueno. ¡Ay!, yo tengo menos salud que tú, y no me quejo +tanto. Siento tal debilidad que a veces me cuesta trabajo mover un dedo. +Todos los huesos me duelen, y la cabeza la siento a ratos como si +estuviera vacía, sin sesos... Pero no me duele, y esto es mala señal, +porque las jaquecas son un puntal de la vida. Yo no sé lo que me pasa. A +ratos me distraigo, me entra como un olvido, me quedo lelo sin saber +dónde estoy ni lo que hago... Pues digo, ¿y cuándo pierdo la memoria y +se me va de ella lo que más sé?... Tú estarás buena mañana; pero yo no +sé a dónde voy a parar con estas cosas. Dice Ballester que tome mucho +hierro, pero mucho hierro, y que esto es falta de glóbulos en la sangre, +y así debe de ser... Esta máquina mía nunca ha sido muy famosa, y ahora +está que no vale dos cuartos...».</p> + +<p>Fortunata le miraba y sentía una lástima profunda. Quizás esta lástima +refrescaba el cariño fraternal que había empezado a marchitarse. Pero no +estaba muy segura de esto, y cuando le vio salir, pensaba que si aquella +planta raquítica del cariño se agostaba, debía hacer ella esfuerzos +colosales por impedirlo.</p> + +<p>Poco después, hallándose en el gabinete sentada junto al balcón, por +donde entraba el sol, sintió en los pasillos ruidos de voces que al +pronto no se podía saber si eran de gozo o de ira. Pero ni tuvo tiempo +de asustarse porque vio entrar a Nicolás haciendo aspavientos de júbilo, +el rostro encendido, los ojos chispos, y llegándose a su cuñada le dio +un fuerte abrazo:</p> + +<p>«Denme todos la enhorabuena... Ya... al fin... No ha sido favor, sino +justicia. Pero estoy muy agradecido a las personas que...».</p> + +<p>—¡Gracias a Dios! Ya tenemos a Periquito hecho fraile—dijo doña Lupe, +que después de haber recibido el estrujón en el pasillo, entraba tras +él, radiante de dicha, porque se le quitaba de encima aquella fiera +boca—. ¿Y de dónde?</p> + +<p>—De Orihuela, tía—replicó el clérigo frotándose las manos—. Mala +catedral; pero ya veremos si sale una permuta.</p> + +<p>—Canónigo te vean mis ojos, que Papa como tenerlo en la mano.</p> + +<p>—¡Cuánto me alegro!—dijo Fortunata por decir algo, y miró a la calle +al través de los cristales, temiendo que le leyeran en la cara los +pensamientos que la canonjía de su cuñado le sugería.</p> + +<p>«¡Lo que es el mundo!—pensaba—. Razón tenía D. Evaristo. Hay dos +sociedades, la que se ve y la que está escondida. Si no hubiera sido por +mi maldad, ¡cuándo habría sido canónigo este tonto de capirote, +ordinario y hediondo! ¡Y él tan satisfecho!».</p> + +<p>—Me voy mañana mismo a que me den la colación... Pero antes convido a +todo el mundo. Juan Pablo no lo sabe todavía. ¡Que rabie!...</p> + +<p>Ayer me apostaba que no me la darían. Ese Villalonga es una gran +persona, y Feijoo lo que se llama un caballero, y el Ministro también... +¿Sabéis quién me dio la noticia? Pues Leopoldo Montes, que está ahora en +Gracia y Justicia. Corrí allá, y cuando el jefe del personal de +catedrales me dijo que eran ciertos los toros, creí que me daba un +desmayo. La credencial estaba allí, y no me la habían mandado por no +saber mis señas... Lo repito, convido a todo Cristo... a lo que +quieran... y convido a las de Torquemada, a Ballester... a doña Casta y +sus simpáticas hijas...</p> + +<p>—Para, hijo, para—dijo doña Lupe amoscándose—, que para esas +convidadas no te va a bastar el sueldo de un año; y si piensas que yo +cargo con el mochuelo de los gastos, te equivocas...</p> + +<p>Nicolás se calmó luego, tomando el tono que cuadra a un sacerdote y con +el cual sabía él muy bien rectificar la descompostura que le producían +la ira o el contento. «Nada, yo estoy satisfecho, y aunque creo que me +lo merezco por mis estudios y por los servicios que he prestado en el +confesonario, no he de tener orgullo; y desde ahora lo digo, me he de +llevar bien con mis compañeros de cabildo... esta es la cosa. A mí me +gusta la paz y concordia entre príncipes cristianos. Una vida +descansada, mi misita por las mañanas con la fresca, mi corito mañana y +tarde, mi altar mayor cuando me toque, mi paseíto por las tardes, y +vengan penas».</p> + +<p>Cuando estaban almorzando, Fortunata no podía alejar de sí este +comentario: «Si fue un bien que me adecentaras, estúpido, ya te lo he +pagado y no te debo nada».</p> + +<p>«Yo tengo que ir al Monte—le dijo más tarde doña Lupe—, que hoy +empiezan las subastas. Ten cuidado con Papitos, que estos días anda muy +salida. Tú la echas a perder con tus benevolencias. Date una vuelta por +la cocina y no le quites ojo. Hazle que ponga el bacalao de remojo o +ponlo tú. Y que cuando yo venga esté lavada toda la ropa».</p> + +<p>Quedose sola Fortunata con la chiquilla; pero no pudo vigilarla, porque +toda la tarde estuvieron entrando visitas. Primero fue doña Casta +Moreno, viuda de Samaniego, con sus hijas, dos jóvenes muy bien educadas +o que se lo creían ellas. La mamá pertenecía a la familia de los +Morenos, que en el primer tercio del siglo se dividieron en dos grandes +ramas, los <i>Morenos ricos</i> y los <i>Morenos pobres</i>; pero habiendo nacido +en la primera de estas ramas, vino a parar a la segunda. Casó con +Samaniego, hombre de bien y muy entendido en Farmacia, pero que no supo +hacerse rico. Por los Trujillos, tenía doña Casta parentesco remoto con +Barbarita; pero habiendo sido muy amigas en la niñez, apenas se trataban +ya, porque la fortuna y las vicisitudes de la vida las habían alejado +considerablemente una de otra. Sus relaciones eran intermitentes. A +veces se veían y se saludaban; a veces no. Les pasaba lo que a muchas +personas que se han tratado en la infancia y que después están años y +más años sin verse. Resulta que cuando se encuentran dudan si hablarse o +no, y al fin no se hablan, porque ninguna se decide a ser la primera.</p> + +<p>Más cercano y claro era el parentesco de Casta con Moreno-Isla, el +cual, a pesar de ser <i>Moreno rico</i>, mantenía cierta comunicación de +familia con aquella <i>Moreno pobre</i>, visitándola alguna vez. Se tuteaban +por resabio de la niñez; pero sus relaciones eran frías, lo +absolutamente preciso para salvar el principio del linaje. La rama de +los Moreno-Isla establecía además un enlace remoto entre doña Casta y +Guillermina Pacheco; pero este parentesco era ya de los que no coge un +galgo. Guillermina y la viuda de Samaniego no se habían tratado nunca.</p> + +<p>Jactábase doña Casta de haber educado muy bien a sus dos hijas. La +mayor, Aurora, guapetona, viuda de un francés, era mujer de mucha +disposición para el trabajo. Había vivido algún tiempo en Francia, +dirigiendo un gran establecimiento de ropa blanca, y tenía hábitos +independientes y mucho tino mercantil. La segunda, Olimpia, había estado +asistiendo al Conservatorio siete años seguidos, y obtenido muchos +premios de piano. Su mamá quería que fuese profesora consumada, y para +demostrarlo en los exámenes y obtener buena nota, la hacía estudiar una +pieza, con la cual mortificaba a la vecindad día y noche, durante meses +y aun años. Contaba esta niña la serie de sus novios por los dedos de +las manos; pero lo que es a casarse no habían tocado todavía.</p> + +<p>Fortunata simpatizaba mucho con Aurora y muy poco con la mamá y con +Olimpia. Temía que se burlasen de ella, por su falta de educación, y que +la estimaran en poco, sabedoras de su pasado. Reconociendo que le eran +las tres muy superiores por la crianza y el acertado empleo de palabras +finas, a veces quedábase a oscuras de lo que hablaban, y sólo asentía +con movimientos de cabeza. Siempre era de la opinión de ellas, pues +aunque pensara de distinta manera, no se atrevía a expresar su +disentimiento. Aquella tarde, por causa de su situación de espíritu, +estaba la de Rubín más cohibida que nunca y deseando que se marchasen. +Pero desgraciadamente nunca estuvo doña Casta más habladora. Sentía +mucho no encontrar a Lupe, pues deseaba comunicarle noticias de la mayor +trascendencia. Aurora iba a ponerse al frente de un establecimiento de +ropa blanca, montado a estilo de los mejores que hay en París y Londres. +¿Qué tal?</p> + +<p>Esforzábase la mujer de Maxi en disimular el aburrimiento que esto le +causaba, y a la hipérbole de doña Casta respondía con exclamaciones de +pasmo y asentimiento. «Mi hija—añadió la viuda de Samaniego—, estará +encargada de la dirección de los <i>trousseaux</i>, canastillas de bautizo y +demás género elegante, y tendrá sueldo y participación en los +beneficios. El dueño de este gran establecimiento, que tanto ha de +llamar la atención, es Pepe Samaniego, a quien ha facilitado el dinero +para montarlo mi <i>primo</i> D. Manuel Moreno-Isla, el hombre más bueno y +más generoso del mundo, y con un capital... ¡qué capital! Y vea usted, +es soltero... y se pasa la vida en Londres aburriéndose... Lo que yo +digo; podría haber hecho feliz a una joven, de las muchas que hay en la +familia... Siempre que viene a verme, le largo un <i>espich</i> como él dice, +él se ríe, se ríe...».</p> + +<p>—¡Pero qué me importarán a mí todas estas cosas!—pensaba Fortunata, +que ya no podía sostener más tiempo el papel, ni sabía de dónde sacar +los monosílabos y las sonrisas.</p> + +<p>Por fin quiso Dios misericordioso que <i>las Samaniegas</i> se marcharan; +pero no habían pasado diez minutos cuando entró D. Evaristo, con su +criado, que le sostenía por el brazo derecho, y Fortunata le condujo +hasta la sala en una de cuyas butacas se sentó el anciano pesadamente.</p> + +<p>«¿Doña Lupe...?».</p> + +<p>—No hay nadie—dijo ella, lo que significaba: estoy sola, puede usted +hablar con libertad.</p> + +<p>—¡Ah!, sola... ¿y qué tal...? Me dijeron que estabas... que estaba +usted algo mala...</p> + +<p>Después de decirle que su enfermedad no había sido nada, la chulita se +sentó junto a él, haciendo propósito de contarle la verdadera dolencia +que sufría, que era puramente moral, y con los más graves caracteres. +Pensaba preguntar a su sabio amigo y maestro, por qué todo aquel +desorden se había manifestado a consecuencia de las breves palabras que +cruzó con Jacinta. ¿Qué relación tenía aquella mujer con su conducta y +con sus sentimientos? Sobre esto le diría algo sustancioso aquel sagaz +conocedor del corazón humano y del mundo, porque ella se devanaba los +sesos y no podía dar con la razón de que <i>la mona</i> le trastornase su +espíritu. Si era ángel, ¿por qué la hacía mala? ¿Por qué era con ella lo +que es el demonio con las criaturas, que las tienta y les inspira el +mal? Luego no era ángel. Otro punto oscuro quería consultarle, y era que +sentía deseos vivísimos de parecerse a aquella mujer, y ser, si no +mejor, lo mismo que ella. Luego Jacinta no era demonio.</p> + +<p>Lo difícil era explicar esto de modo que el amigo Feijoo lo entendiese, +porque ya se sabe que no se daba buena mano para encontrar las palabras +que en el lenguaje corriente expresan las cosas espirituales y +enrevesadas.</p> + + + +<hr /> +<h2>-<span class="smcap">viii</span>-</h2> + + +<p>Lo peor del caso fue que aún no había empezado la consulta +cuando entró doña Lupe, quien invitó al Sr. de Feijoo a tomar chocolate. +No se hizo de rogar el buen caballero, y la misma viuda de Jáuregui se +lo sirvió. Mientras lo tomaba, hablaron de las visitas que tía y sobrina +hacían a la calle de Mira el Río. «Yo—declaraba doña Lupe—, reconozco +que no tengo valor ni estómago para practicar la caridad en ese grado. +Admiro mucho a <i>la amiga</i> Guillermina; pero no la puedo imitar». Feijoo +expuso sobre aquel tema de la filantropía algunas consideraciones muy +sesudas, y despidiose, dando a cada una de las señoras un fuerte apretón +de manos.</p> + +<p>Aquella noche notó Fortunata en su marido algo que la puso en cuidado. +Durante la comida no había dicho una palabra; tenía el color arrebatado, +estaba muy inquieto, dando a cada instante suspiros hondísimos. Cuando +subió a acostarse no tenía ya el rostro encendido, sino de color de +cola. «¿Tienes jaqueca?» le preguntó su mujer, viéndole desplomarse en +una silla y apoyar la cabeza en las manos. Contestó Maxi que no, que la +cabeza no le dolía nada, y que lo que le aterraba era sentir el cráneo +vacío, <i>desalquilado</i>, como una casa <i>con papeles</i>.</p> + +<p>«Hace poco—dijo con desaliento amargo—, perdí la memoria de tal +modo... que... no sabía cómo te llamas tú. Venía subiendo la escalera, y +me entró tal rabia, que me pregunté a gritos: '¿Pero cómo se llama, cómo +se llama?...'. Me acordé al entrar en la casa. Hoy estaba haciendo una +medicina para un enfermo de los ojos, y en vez del sulfato de <i>atropina</i> +puse el de <i>eserina</i>, que es la indicación contraria. Si no lo advierte +Ballester... ¡qué atrocidad!, dejo ciego al enfermo... No puedo +trabajar. Esta cabeza se me ha trastornado. Figúrate que a ratos...».</p> + +<p>Diciendo esto la miraba de hito en hito, y Fortunata no sabía disimular +bien el terror que aquellos ojos le causaban.</p> + +<p>«Figúrate que a ratos me siento tan estúpido, pero tan estúpido, que +creo tener por cabeza un pedazo de granito. No salta aquí una idea +aunque me dé con un martillo. Y otros ratos parece que me vuelvo el +hombre de más seso del mundo, ¡y se me ocurren unas cosas...! De tan +sublimes que son no las puedo expresar; me tiembla la lengua, me la +muerdo y escupo sangre... Después me quedo como el que sale de un +desmayo».</p> + +<p>—Acuéstate y descansa—le propuso su mujer compadecida y asustada—. +Eso no es más que cansancio de tanto discurrir.</p> + +<p>Maximiliano empezó a desnudarse, deteniéndose a cada momento.</p> + +<p>«En cuanto muevo un brazo—decía con terror—, me aumentan de tal modo +las palpitaciones que no puedo respirar. Ballester dice que es nervioso, +una hiperquinesia del corazón, producida por la dispepsia... gases... +Pero yo digo que no, que no, que esto es más grave. Es la aorta... Yo +tengo una aneurisma, y el mejor día, plaf... revienta...».</p> + +<p>—No seas aprensivo... Si no leyeras librotes de Medicina no se te +ocurrirían esos disparates—opinó ella sacándole los pantalones.</p> + +<p>Quedose con las piernas tiesas, en calzoncillos, esperando a que su +mujer le quitara también las botas. «Dios te lo pague, hija de mi vida. +Ayúdame, que bien lo necesita tu pobre marido. Estoy lucido, como hay +Dios».</p> + +<p>Fortunata le cogió gallardamente en brazos y le metió en la cama. Aún +podía ella más. Ambos se reían; pero después de la risa, Maximiliano dio +un suspiro, diciendo con la tristeza mayor del mundo:</p> + +<p>«¡Qué fuerza tienes!... ¡Y yo qué débil! ¡Y a este llaman sexo fuerte! +¡Valiente sexo el mío!».</p> + +<p>«Duérmete y no pienses en tonterías» indicó ella que, movida de piedad, +creyó oportuno y caritativo hacerle algunas caricias.</p> + +<p>—Si no fuera por ti—dijo él, como un niño mimoso—, no se me +importaría que la vida se me acabara... El mundo no vale nada sino por +el amor. Es lo único efectivo y real; lo demás es figurado.</p> + +<p>Acostose también ella, y estuvo dándole conversación hasta que le entró +sueño. ¡Pobre chico! La lástima que Fortunata sentía, apagaba en su +espíritu la aversión, o al menos la escondía, como en un repliegue, no +permitiéndole manifestarse. Y la compasión hacía que brotaran en su +voluntad aquellos deseos de virtud sublime que a ratos surgían como flor +de un minuto, criada por la emulación. La emulación o la manía imitativa +eran lo que determinaba la idea de que si su marido se ponía muy malo, +muy malo, ella sería la maravilla del mundo por el esmero en asistirle y +cuidarle. Mas para que el triunfo fuese completo era menester que a Maxi +le entrase una enfermedad asquerosa, repugnante y pestífera, de esas que +ahuyentan hasta a los más allegados. Ella, entonces, daría pruebas de +ser tan ángel como otra cualquiera, y tendría alma, paciencia, valor y +estómago para todo. «Y entonces vería <i>esa</i> si aquí hay perfecciones o +no hay perfecciones, y que cada una es cada una... Lo malo sería que no +lo viese, porque acá no ha de venir...».</p> + +<p>Maximiliano la distrajo de esta meditación, dando quejidos profundos. Ya +conocía aquello su mujer y sabía el remedio, que era volverlo suavemente +del otro lado...</p> + +<p>«¡Qué sueño!—murmuró Maxi medio despierto—. Soñaba que te habías +marchado... y yo te había cogido de un pie, y tú tirabas, y yo tiraba +más, y tirando se me rompía la bolsa del aneurisma, y todo el cuarto se +llenaba de sangre, todo el cuarto, hasta el techo...».</p> + +<p>Le arrulló para que se durmiera, y ella se durmió también. Levantose +temprano porque tenía que trabajar. Después de las nueve, cuando entró +en la alcoba a ver si a su marido se le ofrecía alguna cosa, este se +estaba vistiendo, y en una disposición de ánimo muy distinta de la que +tuviera la noche anterior. No sólo parecía recobrado de su debilidad, +sino que estaba inquieto, ágil y como si acabara de tomar un excitante +muy enérgico. En cuanto entró su mujer, se fue derecho a ella, +abotonándose el cuello de la camisa, y en tono de acritud le dijo:</p> + +<p>«Oye... estaba deseando que vinieras para decirte que esas visitas del +señor de Feijoo me cargan. Anoche te lo iba a decir y se me olvidó... Ya +lo sabes... Sé que ayer tarde estuvo aquí otra vez y le dieron chocolate +con mojicón. Me lo contó mi hermano Juan, que pasaba por la calle cuando +él salía, y hablaron».</p> + +<p>Fortunata estaba pasmada de aquel exabrupto, y más aún del tono. Por las +mañanas, solía estar Maximiliano algo regañón y displicente; pero nunca +como aquel día. Volviéndose hacia el espejo para ponerse la corbata, +prosiguió diciendo: «Es que parece que hacen las cosas a propósito para +molestarme, para que rabie... Y no eres tú sola... mi tía también. Se +han propuesto sin duda hacerme perder la salud».</p> + +<p>En el espejo pudo ver Fortunata la cara pálida y contraída de Maxi, cuya +susceptibilidad nerviosa se manifestaba en un movimiento vibratorio de +cabeza, la cual parecía querer arrancarse por sí misma del tronco. +Disculpose ella como pudo; pero él, en vez de calmarse, siguió +quejándose de que le mortificaban adrede, de que se proponían acabar con +él. La esposa callaba, sospechando que su marido no tenía la cabeza +buena, y que sería peor llevarle la contraria. Desde entonces pudo +observar que por las mañanas se repetía en Maxi la misma excitación, y +la terquedad de que todas las personas de la familia se confabulaban +contra él para atormentarle. Unas veces tomaba pie de alguna falta +advertida en la ropa, botón caído, ojal roto, o cosa semejante. Otras, +era que le ponían un chocolate muy malo para que reventara... ¡como que +le quedan envenenar...!, o bien que dejaban los balcones y las puertas +abiertas para que entrase un aire colado y le partiese. Estas manías +iban de mal en peor, poniendo a doña Lupe de un humor acerbísimo y +haciéndole presagiar alguna desgracia. Llegó día en que Maxi se +expresaba con una violencia muy opuesta a su carácter pacífico, y cuando +no le contradecían, se contestaba él, echando leña por sí propio en la +hoguera de su ira; y por fin se iba refunfuñando, cerraba con golpe +formidable la puerta, y bajaba la escalera de cuatro en cuatro peldaños.</p> + +<p>Por las noches el lobo se trocaba en cordero. Creeríase que la fuerte +inervación de la mañana se iba gastando con los actos y movimientos de +la persona en el curso del día, y que esta llegaba a la noche en el +estado contrario, exhausta como el que ha trabajado mucho. Ya Fortunata +se había acostumbrado a este tira y afloja, y ninguna de las +extravagancias de su marido la cogía por sorpresa. Por las mañanas lo +mejor era no hacerle caso, aparentando sumisión a sus exigencias; por +las noches no había más remedio que halagarle y mimarle un poco; que +otra cosa habría sido cruel.</p> + +<p>Diferentes veces, en las intimidades con su cara mitad, Maximiliano +había expresado esas tristezas tan comunes en los matrimonios que no +tienen hijos. Fortunata no gustaba de este tópico; pero no tenía más +remedio que aceptarlo. Una noche lo acogió con verdadero entusiasmo, +porque llevaba a él una felicísima idea que aquel día había tenido. +«Mira tú—dijo a su esposo—; si Dios no quiere darnos una criatura, él +se sabrá por qué lo hace. Pero podemos adoptar uno, buscar un huerfanito +y traérnosle a casa. A mí me gustaría mucho, y a los dos nos +distraería. ¿Por qué no he de hacer yo, aunque soy pobre, lo que hacen +las señoras ricas, que no tienen hijos? Es muy soso un matrimonio sin +chiquitín».</p> + +<p>A Maximiliano le pareció bien la idea; pero doña Lupe, aunque no la +contradijo abiertamente, no pareció entusiasmarse con ella. Los +chiquillos ensucian la casa, todo lo revuelven y enredan, y dan enormes +disgustos con sus enfermedades y travesuras. Aunque expuso estas ideas +con mucha discreción, Fortunata se entristeció, porque se le había +metido en la cabeza desde la noche antes aquel tema de recoger un niño +huérfano, y encariñada con ella, le costaba mucho trabajo desecharla. +¡Manía de imitación!</p> + + + +<hr /> +<h2>-<span class="smcap">ix</span>-</h2> + + +<p>Doña Lupe la invitó, dos días después de la tarde del choque con +Jacinta, a volver a visitar a Mauricia. ¡Qué diría doña Guillermina si +no volvían! Negose Fortunata no sé con qué pretexto, a ir allá, y fue +sola doña Lupe. Era el día de San Isidro y no había ventas en el Monte +de Piedad. A eso de las diez regresó muy afectada, y entrando en el +gabinete donde su sobrina estaba cosiendo, le dijo: «Hija, rézale un +Padre nuestro a la pobre Mauricia».</p> + +<p>—¡Se ha muerto!—exclamó Fortunata sintiendo una fuerte sacudida en su +alma.</p> + +<p>—Sí, a las diez y media. Parecía que estaba esperando a que llegara yo +para morirse... ¡pobrecilla! Vengo horrorizada. Si yo lo sé, no parezco +por allá. Estos cuadros no son para mí. Cuando llegué estaba en su sano +juicio. ¡Preguntome por ti con un interés...! Dijo que te quería más que +a nadie, y que en cuantito que entrara en el Cielo, le iba a pedir al +Señor que te hiciera feliz. Yo, francamente, al oír esto, vi que estaba +fatal, y Severiana me dijo que anoche creyeron por dos o tres veces que +se les quedaba en las manos. Le dieron congojas tan fuertes, que se le +acababa la respiración... Noté también que su voz parecía salir del +hueco de un cántaro muy hondo, y sonaba como lejos... La cara la tenía +muy arrebatada, y los ojos hundidos, pero muy brillantes. Guillermina +estaba sentada a su cabecera, y a cada rato le daba abrazos y besos, +diciéndole que pensara en Dios, que padeció tanto por salvarnos a +nosotros... De repente, se descompuso, hija; ¡pero de qué manera...! se +quedó amoratada, empezó a dar manotazos y a echar por aquella boca unas +flores, ¡unas berzas...! Era un horror. En esto llegó el Padre Nones, a +quien Guillermina había mandado llamar para que la auxiliase; pero todo +inútil. Ni la pobre enferma podía oír lo que le decían, ni estaba su +cabeza para cosas de religión. La santa tuvo una idea feliz. Le dio a +beber una copa de Jerez, llena hasta los bordes. Mauricia apretaba los +dientes; pero al fin, debió darle en la nariz el olorcillo, porque +abriendo la bocaza, se lo atizó de un trago. ¡Cómo se relamía la +infeliz! Se calmó y ¡pum!, la cabeza en la almohada. Entonces +Guillermina, poniéndole una cruz entre las manos, le preguntaba si creía +en Dios, si se encomendaba a Dios y a la Santísima Virgen, y a tales y +cuales santos del Cielo, y contestaba ella que sí moviendo la cabeza... +El Padre Nones estaba de rodillas, reza que te reza. Encendieron una +vela, y te aseguro que el tufillo de la cera, los rezos y aquel +espectáculo me levantaron el estómago y me han puesto los nervios como +cuerdas de guitarra. Yo no quería mirar; pero la curiosidad... eso es lo +que tiene... me hacía mirar. Los ojos de Mauricia se le habían hundido +hasta ponérsele en la nunca, y la nariz, aquella nariz tan bonita, se le +afiló como un cuchillo. Guillermina, alzando la voz, decíale que se +abrazara a la cruz, que Dios la perdonaba, que ella la envidiaba por +irse derechita a la gloria, y otras muchas cosas que la hacían a una +llorar. La cabeza de Mauricia se iba quedando quieta, quieta... Luego la +vimos mover los labios, y sacar la punta de la lengua como si quisiera +relamerse... Dejó oír una voz que parecía venir, por un tubo, del sótano +de la casa. A mí me pareció que dijo: <i>más, más</i>... Otras personas +que allí había aseguran que dijo: <i>ya</i>. Como quien dice: «Ya veo +la gloria y los ángeles». Bobería; no dijo sino <i>más</i>... a saber, +<i>más Jerez</i>. Guillermina y Severiana le acercaron un espejo a la +cara y lo tuvieron un ratito... Después todos empezaron a hablar en +alta voz. Ya estaba Mauricia en el otro mundo; se había quedado de un +color violado tirando a azul. A los diez minutos su fisonomía estaba +tan variada, que si la ves no la conoces.</p> + +<p>«Pero Guillermina... ¡Qué mujer esa!—prosiguió la de Jáuregui, después +de una triste pausa, poniendo los ojos en blanco—. ¿Creerás que la +amortajó con sus propias manos? No haría más si fuera su hija. Ella la +lavó... ella la vistió... ella le puso el hábito... y tan tranquila. Yo +habría querido ayudar; pero, francamente, no sirvo para esas cosas. Me +parecía natural el ofrecerme. Bien sabía yo que la santa no había de +ceder a nadie el llevar la batuta en aquella operación: lo ha tomado por +oficio. Pero me ofrecí, me ofrecí. Hay que estar en todo y quedar +siempre en buen lugar. Y créete que lo poco que hice tiene mérito, +porque en mí es un sacrificio cualquier niñería de este género, mientras +que en esa señora no lo es, por estar muy acostumbrada a revolverse +entre enfermos y difuntos, como las hermanas de la caridad. Habías de +verla. Y siempre con su carita tan sonrosada, y aquel pasito ligero y +vivaracho. Cuando concluyó, echamos las dos un largo párrafo en la +salita; hablamos de Mauricia, de la mucha miseria que hay en este +Madrid, y de que gracias a las buenas almas 'como usted' me dijo, se +remediaban muchos males. «¿Y la sobrinita, no ha venido?—me preguntó—. +El otro día me prometió unos pantalones de su marido».</p> + +<p>—¡Ah!, sí—recordó Fortunata—. No crea usted que lo he olvidado. Ya +los aparté. Son para un hombre que toca la corneta, el trombón o qué sé +yo qué. Se los mandaremos a Severiana.</p> + +<p>—Yo me encargo de eso—replicó doña Lupe, dando a entender que pensaba +volver allá.</p> + +<p>—No, los llevaré yo, bien envueltitos en un pañuelo—dijo la sobrina, a +quien de súbito entraron ganas de ir a la casa mortuoria—. Llevaremos +cada una nuestro duro, por si piden para el entierro.</p> + +<p>—Eso no está mal pensado. Pero a quien hay que darlos es a Guillermina +que es la que sabe agradecer. ¡Ah! Se me olvidaba decirte otra cosa. Me +invitó a ir a visitar su asilo, mejor dicho, nos invitó a las dos. +Iremos. Ese día estrenaré mi abrigo nuevo y tú la falda que te piensas +hacer. Habrá que echarle algo en el cepillo; pero no importa. Otros +petitorios me enfadan a mí; que a los cepillos no les temo.</p> + +<p>Papitos entró, y su ama le dijo que hiciera una taza de té, porque tenía +el estómago revuelto. La señora no se había quitado el manto ni los +guantes; pero cuando se aligeraba, charlando, de la carga que en su +espíritu tenía, pensó en mudarse de ropa. En la mano traía un lío. Eran +varias cosillas que de paso compró para engolosinar a Maxi. Ballester +había recomendado que se le diera carne cruda; pero como él se negaba a +comerla, doña Lupe discurrió el darle menudillos, corazones de aves, y +suprimir para él el cocido y los feculentos. Para postre le trajo +<i>bruños</i> de Portugal.</p> + +<p>A nada de esto atendía Fortunata, por tener el pensamiento enteramente +ocupado con aquella idea de visitar el asilo de doña Guillermina. De +allí sacaría el huerfanito que quería prohijar. Pues digo... si estaba +todavía en el establecimiento aquel mismo nene que su tío Pepe Izquierdo +quiso venderle a Jacinta, ¡qué ocasión, Cristo!, ¡qué golpe! Que vieran, +sí, que vieran cómo también ella...</p> + +<p>Pero pronto había de ocurrir algo que desconcertó por completo el plan +de adoptar un huerfanito. Al día siguiente, resistiendo al empeño de +Maxi que quería llevarlas a San Isidro, fueron, como estaba concertado, +a la calle de Mira el Río. Temía Fortunata aquella visita por diferentes +motivos, no siendo el menor la pena que le causaría, ver los restos de +Mauricia. Temerosa y sobresaltada, quedose en la salita, donde estaba +doña Fuensanta con un pañuelo negro por los hombros. Severiana entraba y +salía. Sus ojos revelaban que había llorado, y también tenía un mantón +negro por los hombros. Por un resquicio de la puerta que comunicaba la +sala primera con la cámara mortuoria, vio Fortunata los pies de la Dura +en el ataúd, y no tuvo ánimo para acercarse a ver más. Dábale pena y +terror, y no podía olvidar las últimas palabras que le dijo su infeliz +amiga: «Lo primerito que le he de pedir al Señor es que te mueras tú +también, y estaremos juntas en el Cielo». Aunque se tenía por +desgraciada, la de Rubín se agarraba con el pensamiento a la vida. Lo +que dijo Mauricia era un disparate. Cada uno se muere cuando le toca, y +nada más. Doña Lupe, que pasó a ver a la difunta, se afectó tanto, que +no pudo permanecer allí. «Hija mía—dijo a su sobrina secreteándose—, +yo no puedo ver estas cosas fúnebres. Creo que me va a dar algo. La +muerte me aterra, y no es que yo sea aprensiva. No me causa espanto +ninguna enfermedad, como no sea el mal de miserere. Es lo que temo... En +fin, que yo me voy de aquí al Monte. Necesito que me dé el aire. Quédate +tú por el buen parecer; ahí dentro está la santa. Toma mi duro, por si +hay la consabida suscricioncita. En cuanto se lleven el cuerpo te vas a +casa. Abur».</p> + +<p>Cuando se fue la de Jáuregui, dejando sola a su sobrina, esta mudó de +sitio por no ver los pies de Mauricia, calzados con bonitas botas de +caña clara; pies preciosísimos que no darían ya un solo paso, Doña +Fuensanta salió y le dijo algunas palabras. Un ratito después, abriose +la puerta de la estancia mortuoria, y Fortunata tuvo un estremecimiento +nervioso, creyendo al pronto que era la propia Mauricia que aparecía... +Pero no, era Guillermina. Desde que dio esta el primer paso en la sala, +fijáronse sus ojos en la joven, quien otra vez tuvo miedo. La santa iba +derecha a ella, mirándola como no la había mirado nunca.</p> + +<p>Tocándole suavemente un brazo, le dijo: «Tengo que hablar con usted».</p> + +<p>«¡Conmigo!...».—Sí, con usted—y al decir esto le volvió a tocar. La +impresión de este contacto corríale por el brazo arriba hasta llegar al +corazón.</p> + +<p>«Dos palabritas—añadió la santa; y luego se corrigió así—: Algunas más +serán».</p> + +<p>Advertía Fortunata en aquella cara cierta severidad: iba a decir algo; +pero la otra no le dio tiempo, y tomándole el brazo, como se toma el de +los hombres, le dijo:</p> + +<p>«Venga usted por aquí. ¿Tiene prisa?».</p> + +<p>—No señora...—Yo no me había marchado por esperar a ver si usted +venía. Anoche también la esperé a usted, y no quiso venir.</p> + +<p>Condújola a la casa próxima, donde doña Fuensanta vivía, y entraron en +una salita bastante desordenada, en la cual había más baúles que sillas, +y dos cómodas. Guillermina cerró la puerta, e invitando a Fortunata a +ocupar una silla, sentose ella en un cofre.</p> + + + +<hr /> +<h2>-<span class="smcap">x</span>-</h2> + + +<p>Fortunata no sabía qué decir, ni qué cara poner, ni para dónde +mirar; tanto la asustaba y sobrecogía la presencia de la respetable dama +y la presunción del grave negocio que en aquella conferencia se iba a +tratar. Guillermina, que no gustaba de perder el tiempo, abordó al +instante la cuestión de esta manera: «Yo tengo una amiga a quien quiero +mucho... la quiero tanto que daría mi vida por ella; y esta amiga tiene +un marido que... En una palabra, mi amiga ha padecido horriblemente con +ciertas... tonterías de su esposo... el cual es una excelente persona +también... entendámonos, y yo le quiero mucho... Pero en fin, los +hombres...».</p> + +<p>La señora de Rubín miraba los trastos que obstruían el cuarto. Sin duda +buscaba algún mueble debajo del cual se pudiera meter.</p> + +<p>«Vamos al caso—prosiguió la otra, dando un castañetazo con los +labios—. Yo soy muy clara en todas mis cosas; no me gustan comedias. Me +he comprometido a hablar con usted.</p> + +<p>Primero se convino en acudir a la señora de Jáuregui; pero luego creí +mejor embestirla a usted directamente, y apelar a su conciencia, porque +me parecía a mí que llamando a esa puerta, alguien me respondería desde +dentro. Yo no creo que haya nadie malo, malo de todas veras. ¡Me he +llevado tantos chascos!... tantas veces me ha pasado ver que una persona +con fama de perversa salía de buenas a primeras con un acto de los más +cristianos, que ya no me sorprendo de ver saltar el bien en donde menos +se piensa. Que usted ha tenido sus extravíos, todo el mundo lo sabe. +¿Para qué hemos de decir otra cosa?».</p> + +<p>—¡Claro!...—murmuró Fortunata sin enterarse del verdadero sentido de +las palabras.</p> + +<p>—Yo no tenía el gusto de conocer a usted... Le confieso que me quedé +pasmada cuando mi amiguita me dijo ayer quién era usted. Ni remota +sospecha tenía yo... ¡Si esto parece comedia! ¡Encontrarse aquí, en un +acto de caridad dos personas tan... no se me ofenda si digo tan opuestas +por sus antecedentes, por su manera de ser...! Y no quiero rebajar a +nadie. Todo lo contrario: se me figura, no sé por qué... esto es cosa de +presentimiento, de adivinación, de corazonada... se me figura que usted, +si la sacuden bien, así como otros cuando los apalean sueltan bellotas, +si la sacuden bien, digo, ha de dejar caer alguna flor.</p> + +<p>Fortunata dijo que sí con la cabeza, y el dogal que en el cuello sentía +empezó a aflojarse.</p> + +<p>«Por esto apelo a su conciencia, y le pido que me declare, la mano +puesta en el corazón, si esta temporada, en estos días, tiene algún +trato con el esposo de mi amiga... Porque esta es la idea que se le ha +metido ahora en la cabeza. Con que a ver, dígame usted si...».</p> + +<p>—¡Yo!—exclamó Fortunata, que casi perdió el miedo con el empuje de la +verdad que quería salir—. Yo... ¿ahora? ¿Está usted soñando? ¡Si hace +un siglo que ni siquiera le he visto...!</p> + +<p>—¿De veras?—preguntó la santa, guiñando los ojos. Aquel modo de mirar +extraía la verdad como con tenazas; y ciertamente, la pecadora sentía +que la mirada aquella la penetraba hasta lo más profundo, trincando todo +lo que encontraba.</p> + +<p>—¿Pero no lo cree?... ¿Pero lo duda?—añadió; y olvidándose de los +buenos modales, iba a hacer la cruz con los dedos y a besárselos jurando +<i>por esta</i>.</p> + +<p>El deseo de ser creída resplandecía de tal modo en sus ojos, que +Guillermina no pudo menos de ver asomada en ellos la conciencia. Pero +como disimulaba esto, permaneciendo fría y observadora, la otra se +impacientaba y enardecía, no sabiendo ya qué decir para convencerla. +«¿Por qué quiere usted que se lo jure?...</p> + +<p>¡Vamos, que dudar esto!... Ni verle, ni saber de él tan siquiera...».</p> + +<p>—No diga usted más—manifestó Guillermina con cierta solemnidad—. Me +basta. Lo creo. Si usted me hubiera dicho lo contrario, yo le habría +pedido que hiciese todo lo posible por devolver a esa pobrecilla la +tranquilidad, eso es. Pero si no hay nada, me guardo mi súplica por +ahora; únicamente me permito hacerla de un modo condicional, ¿qué le +parece a usted?, mirando a lo futuro, y para el caso de que lo que ahora +no sucede, sucediera mañana o pasado.</p> + +<p>La señora de Rubín miraba al suelo. Tenía el pañuelo metido en el puño y +este en la barba.</p> + +<p>«Pero ahora—agregó la santa mujer—, se me ocurre hacer otra +preguntita... Usted tenga mucha paciencia; buena jaqueca le ha caído +encima. Vamos a ver: si ya no hay nada absolutamente entre usted y el +marido de mi amiga, si todo pasó, ¿por qué guardamos ese rencor a una +persona que no nos hace ningún daño?... ¿Por qué el otro día, ahí en ese +pasillo, la trató usted de una manera tan descompuesta y le dijo... no +sé qué? Francamente, hija, esto nos ha parecido muy extraño, porque +usted es casada, y vive en paz con su marido, al menos así lo parece. Si +aquellas diabluras se acabaron, ¿a qué venía maltratar de palabra y +hasta de obra a la pobre Jacinta, cuando lo que procedía era pedirle +perdón?».</p> + +<p>—Eso fue que...—murmuró Fortunata, haciendo del pañuelo una perfecta +pelota—, eso fue... pues fue que...</p> + +<p>Y no había medio de pasar de aquí. Las lágrimas salían a sus ojos, y el +nudo de la garganta volvió a apretársele de un modo horrible. En toda su +vida, en tiempo alguno, habíase visto la infeliz en trance semejante. La +persona que familiar y cariñosamente llamaban algunos la <i>rata +eclesiástica</i>, infundíale más respeto que un confesor, más que un +obispo, más que el Papa. Y la <i>rata</i> guiñaba más los ojos, y en su +bondad quiso abrir camino a la confesión.</p> + +<p>«Es que usted, como si lo viera, conserva resentimientos y quizá +pretensiones que son un gran pecado; es que usted no está curada de su +enfermedad del ánimo; es que usted, si no tiene ahora trato con aquel +sujeto, se halla dispuesta a volverlo a tener. Las cosas claritas».</p> + +<p>Fortunata no contestó. «¿He acertado? ¿He puesto el dedo en la parte más +sensible de la llaga? Franqueza, señora mía; que esto no ha de salir de +aquí. Yo me tomo estas libertades, porque sé que usted no se ha de +enfadar. Bien sé que abuso y que me pongo insoportable y machacona; pero +aguánteme usted por un momento; no hay más remedio... Con que a ver...».</p> + +<p>Tampoco dijo nada. Por fin, desliando el pañuelo y expresándose a +tropezones, quiso escapar por la tangente en esta forma: «Aquel día... +cuando le dije a esa señora... aquello... después me pesó».</p> + +<p>—¿Y por qué no le pidió usted perdón?</p> + +<p>—Digo que me pesó mucho.—Estamos en ello... corriente... pero conteste +claro, ¿por qué no le dio excusas?</p> + +<p>—Porque me marché a mi casa.</p> + +<p>—Bueno. ¿Y si ahora la viera usted?</p> + +<p>Silencio completo. Guillermina no tuvo paciencia para esperar más la +respuesta, y acalorándose expresó lo que sigue: «¿Pero usted no sabe que +esa señora es mujer legítima... mujer legítima de aquel caballero? +¿Usted no sabe que Dios les casó y su unión es sagrada? ¿No sabe que es +pecado, y pecado horrible, desear el hombre ajeno, y que la esposa +ofendida tiene derecho a ponerle a usted las peras al cuarto, mientras +que usted, con dos adulterios nada menos sobre su conciencia, la ofende +con sólo mirarla? Pero vamos a ver, ¿usted qué se ha llegado a figurar, +que estamos aquí entre salvajes y que cada cual puede hacer lo que le da +la gana, y que no hay ley, ni religión, ni nada? Pues estaríamos lucidos +con esas ideítas, sí señor... No extrañe usted que me enfade un poco, y +dispense».</p> + +<p>Fortunata estaba como si le hubieran vaciado sobre el cráneo una cesta +de piedras. Cada palabra de Guillermina fue como un guijarro.</p> + +<p>En aquel momento, cogido el pañuelo por las dos puntas hacía con él una +soga. No se puede saber si fueron espontaneidad aturdida o bien +reflexión deliberada estas palabras suyas:</p> + +<p>«Es que yo soy muy mala; no sabe usted lo mala que soy».</p> + +<p>—Sí, sí; ya voy viendo que no somos una perfección—indicó la santa +irguiéndose en el asiento como para mirarla más de lejos—. Cuando hay +arrepentimiento el Señor perdona. ¡Pero usted, por lo visto, tiene una +frescura para mirar estas cosas de la moral...!, frescura que no le +envidio. Usted está casada: ya que la conciencia no le remuerde por un +lado, ¿cómo no le escuece por el otro?</p> + +<p>—Me casé sin saber lo que hacía.</p> + +<p>—¡Qué angelito!... ¡sin saber lo que hacía! Pues qué, ¿casarse es un +acto insignificante y maquinal como beber un buche de agua? ¿Puede +alguien casarse sin saber que se casa?... Hija mía, ese argumento +guárdelo usted para cuando hable con tontas, que conmigo no vale.</p> + +<p>—Me casaron—agregó Fortunata, volviendo a hacer una pelota con el +pañuelo—me casaron sin que pueda decir cómo. Creí que me convenía y que +podría querer a mi marido.</p> + +<p>—¡Ay, qué gracioso!... ¡Qué monísima es la criatura!—exclamó la +fundadora con amable ironía y gracejo—. Estas... hartas de pecados son +muy saladas cuando se hacen las inocentes. ¡Creyó que le podría querer! +¿Y qué hizo usted para conseguirlo?... ¡Ah! Lo que usted quería, digamos +las cosas claras, lo que usted quería era casarse para tener un nombre, +independencia y poder corretear libremente. ¿Más clarito todavía? Pues +lo que usted deseaba era una bandera para poder ejercer la piratería con +apariencias de legalidad. ¡Desdichado hombre el que cargó con usted! De +veras que le cayó la lotería. Y dígame, ¿al fin no saltó por alguna +parte ese cariño que usted quería tener?</p> + +<p>—No señora—replicó Fortunata, rompiendo a llorar—. Pero si me habla +usted de esa manera, no podré seguir; tendré que retirarme.</p> + +<p>La santa se corrió en el cofre que le servía de asiento para aproximarse +a la silla en que estaba la otra.</p> + +<p>«Vamos, no llore usted—le dijo con bondad, poniéndole la mano en el +hombro—. No se ofenda por lo que he dicho. Ya le recomendé a usted que +me llevara con paciencia. Hay que tomarme o dejarme. Cuando me pongo a +sacar pecados no se me puede aguantar... Pues es claro, les duele; pero +luego sienten alivio. Y hasta ahora, nada me ha dicho usted en su +descargo».</p> + +<p>—¿Pero qué culpa tengo yo de no querer a mi marido?—manifestó la +pecadora de la manera sofocada e intermitente que el llanto le +permitía—. Yo no lo puedo remediar. Yo no me casé por lo que la señora +dice, sino porque estaba equivocada, porque veía las cosas de otro modo +que como son. A mi marido no le quiero, ni le querré nunca, aunque me lo +manden todos los santos de la Corte celestial. Por eso digo que soy muy +mala, muy mala.</p> + +<p>Guillermina dio un gran suspiro. En presencia de aquel terrible +antagonismo entre el corazón y las leyes divinas y humanas, problema +insoluble, su gran piedad inspirole una idea sublime. «Bien sé que es +difícil mandar al corazón. Pero eso mismo le da a usted motivo para +dejar de ser mala, como dice, y adquirir méritos inmensos. Pero, hija, +¿en qué ha estado pensando que no se le ha ocurrido esto? Cumplir +ciertos deberes, cuando el amor no facilita el cumplimiento, es la mayor +hermosura del alma. Hacer esto bastaría para que todas las culpas de +usted fueran lavadas. ¿Cuál es la mayor de las virtudes? La abnegación, +la renuncia de la felicidad. ¿Qué es lo que más purifica a la criatura?, +el sacrificio. Pues no le digo a usted más. Abra esos ojos, por amor de +Dios; abra ese corazón de par en par. Llénese usted de paciencia, cumpla +todos sus deberes, confórmese, sacrifíquese, y Dios la tendrá por suya, +pero por muy suya. Haga usted eso, pero claro, que se vea, que se palpe, +y el día en que usted sea como le propongo, yo... yo...».</p> + +<p>Al decir <i>yo</i>, Guillermina se ponía la mano en el pecho y daba a sus +ojos la expresión más hermosa.</p> + +<p>«Yo, yo... ese día, iré a confesarme con usted como usted se confiesa +ahora conmigo».</p> + +<p>Esto dejó a Fortunata tan desconcertada, que sus lágrimas se secaron de +improviso. Miraba con verdadero espanto a la <i>rata eclesiástica</i>.</p> + +<p>«No se asombre usted ni ponga esos ojazos—prosiguió esta—. Yo no he +tenido ocasión de tirar por el balcón a la calle una felicidad, ni una +ilusión, ni nada. Yo no he tenido lucha. Entré en este terreno en que +estoy como se pasa de una habitación a otra. No ha habido sacrificio, o +es tan insignificante, que no merece se hable de él. Ríase usted de mí, +si quiere; pero sepa que cuando veo a alguna persona que tiene la +posibilidad de sacrificar algo, de arrancarse algo que duele, le tengo +envidia... Sí; yo envidio a los malos, porque envidio la ocasión, que me +falta, de romper y tirar un mundo, y les miro y les digo: 'Necios, +tenéis en la mano la facultad del sacrificio y no la aprovecháis...'».</p> + +<p>Esta idea, a pesar de ser tan alta, fue muy inteligible para Fortunata, +a quien se acercó Guillermina, y echándole el brazo por los hombros, la +apretó suavemente contra sí. Nunca, en tiempo alguno, ni en el +confesionario, había sentido la prójima su corazón con tantas ganas de +desbordarse, arrojando fuera cuanto en él existía. La mirada sola de la +virgen y fundadora parecía extraerle la representación ideal que de sus +propias acciones y sentimientos tenía aquella infeliz en su espíritu, +como la tenemos todos, representación que se aclara o se oscurece, según +los casos, y que en aquel resplandecía como un foco de luz.</p> + + + +<hr /> +<h2>-<span class="smcap">xi</span>-</h2> + + +<p>Abriose la puerta y entró Severiana llorando a gritos. Había +llegado el momento de que se llevaran el cuerpo de Mauricia, y este acto +tristísimo se conoció en los gemidos y sollozos de todas las mujeres que +en la casa mortuoria estaban. Cuando Guillermina y Fortunata salieron, +ya el ataúd era bajado en hombros de dos jayanes para ponerlo en el +carro humilde que esperaba en la calle. La curiosidad y el deseo de dar +el último adiós a su amiga empujaron a Fortunata hacia la escalera... +Alcanzó a ver las cintas amarillas sobre la tela negra, en la revuelta +de la escalera; pero fue un segundo no más. Después se asomó al balcón, +y vio cómo pusieron la caja en el carro, y cómo se puso en marcha este +sin más acompañamiento que el de un triste simón en que iban Juan +Antonio y dos vecinos. Se vio tan vivamente acometida de ganas de +llorar, que no recordaba haber llorado nunca tanto, en tan poco tiempo.</p> + +<p>Y no era sólo la pena de ver desaparecer para siempre a una persona +hacia la cual sentía amor, afición, querencia increíble; era además una +necesidad de desahogar su corazón por penas atrasadas y que sin duda no +estaban bien lloradas todavía.</p> + +<p>Pronto desapareció el carro, y de Mauricia no quedó más que un recuerdo, +todavía fresco; pero que se había de secar rápidamente. A los diez +minutos de haber salido el cuerpo, entró Severiana con los ojos +hinchados, y abrió todas las puertas, ventanas y balcones para que se +ventilara la casa. La comandanta empezaba a disponer el tren de +limpieza, y a sacar los trastos para barrer con desahogo.</p> + +<p>—¡Pobre Mauricia!—dijo Fortunata a Guillermina, secándose el llanto a +toda prisa, pues no le parecía bien ser ella la que más llorase—. Mire +usted, señora, a mí me pasaba con esa mujer una cosa rara. Sabiendo que +era muy mala, yo la quería... me era simpática, no lo podía remediar. Y +cuando me contaba las barbaridades que hizo en su vida, yo no sé... me +alegraba de oírla... y cuando me aconsejaba cosas malas, me parecía, acá +para entre mí, que no eran tan malas y que tenía razón en +aconsejármelas. ¿Cómo me explica usted esto?</p> + +<p>—¿Yo?... ¿que le explique yo?...—repuso la fundadora con cierto +aturdimiento—. Hay en el corazón misterios muy grandes, y en lo que +toca a la simpatía, misterios de misterios... ¡Pobre mujer! Y si viera +usted qué guapa era cuando polla. Se crió en casa de mis padres. +¡Lástima de chica! Su perfil elegante, la mirada, la expresión, eran de +lo poco que se ve. Después se echó a perder, y se le puso la cara dura y +hombruna, la voz ronca. Dicen que era el retrato vivo de Bonaparte, y +efectivamente...</p> + +<p>Guillermina miró las láminas napoleónicas, y Fortunata también, +reconociendo el parecido. Después la santa se despidió de Severiana, +diciéndole que volvería al día siguiente. Le recomendó la paciencia, y +tomando el brazo de la de Rubín, se fue con ella. Severiana y la +comandanta las escoltaron hasta el portal.</p> + +<p>«Tenemos mucho que hablar—le dijo Guillermina en la calle—; pero +mucho. Lo de hoy no ha sido más que desflorar el asunto. Me ha sabido a +nada. Y usted, ¿tendrá un poco más de paciencia para aguantarme? Porque +si no ha quedado harta de mí, le he de rogar que me dé otra audiencia. +¿Será usted tan buena que quiera tener conmigo otro rato de palique?».</p> + +<p>—Todos los que usted quiera—replicó la señora de Rubín, encantada con +la indulgencia y cortesía de la ilustre dama.</p> + +<p>—Bueno; ya fijaremos cuándo y cómo. ¿Va usted hacia su casa? Pues +iremos juntas, porque yo tengo que ir a la calle de Zurita a echarle un +réspice a mi herrero, y no hará usted nada demás si me acompaña un poco. +Pronto despacho, y la dejaré a usted en la puerta de su casa.</p> + +<p>Aceptada con sumo agrado la proposición, anduvieron juntas el torcido y +desigual camino que separa la vertiente de la Arganzuela del barranco de +Lavapiés. Hablaban de cosas que nada tenían de espirituales, de lo caro +que se estaba poniendo todo... La carne sin hueso, ¡quién lo había de +decir!, a peseta; la leche a diez cuartos; el pan de picos a diez y +seis, y de las casas no dijéramos; un cuarto que antes costaba ocho +reales, ya no se encontraba por catorce. Llegaron por fin a la calle de +Zurita y se metieron en una herrería, grande, negra, el piso cubierto de +carbón, toda llena de humo y de ruido. El dueño del establecimiento +avanzó a recibir a la señora, con su mandil de cuero ennegrecido, la +cara sudorosa y tiznada, y quitándose la porra, le dio sus excusas por +no haber entregado los clavos <i>bellotes</i>.</p> + +<p>«¿Pero y los gatillos, que es lo que hace más falta?—dijo la dama +amoscándose—. Hombre de Dios, usted se va a condenar por tantos +embustes como dice. ¿No me prometió que estarían por ayer? ¿Qué palabras +son esas? Vaya, que ni Job tendría paciencia para aguantarle a usted. +Están parados los carpinteros de armar, por causa de esa santa pachorra. +No me extraña que esté usted tan gordo, Sr. Pepe... Y póngase la gorra, +que está sudando y se puede constipar».</p> + +<p>El herrero se excusaba con voz balbuciente, y por fin hizo juramento de +dar los gatillos para el jueves, sí, para el jueves, con toda +seguridad... Había tenido un encargo con muchas prisas... pero en +seguida se pondría con los gatillos de la señora, y los tendría, los +tendría <i>por encima de la cabeza de Cristo</i> para el día señalado. Volvió +la fundadora a sermonearle, pues no se contentaba con promesas, y se +despidió diciendo que si no estaban el jueves, se podía quedar con +ellos. Salió el Sr. Pepe, haciendo cortesías, hasta media calle, y las +dos señoras subieron despacio hacia la del Ave-María.</p> + +<p>«Bueno—dijo Guillermina—; antes de separarnos, quedaremos en algo. +¿Quiere usted ir a mi casa? ¿Sabe usted dónde vivo?».</p> + +<p>Fortunata dijo que sí. Santa Cruz le había dicho varias veces que la +<i>rata eclesiástica</i> vivía en la casa inmediata a la suya, y que ella y +Barbarita se comunicaban por los miradores. Para fijar el día, tuvo que +pensarlo porque no quería dar cuenta a doña Lupe de tal visita, temerosa +de que metiera en ella su cucharada, y discurrió que era preciso escoger +un día en que <i>la de los pavos</i> fuera al Monte de Piedad.</p> + +<p>«El viernes... ¿le parece a usted bien?, de diez a once de la mañana».</p> + +<p>—Perfectamente... Adiós, hija, conservarse.</p> + +<p>(Ya estaban en la puerta de la casa). Que la espero a usted. Que no me +dé un plantón.</p> + +<p>—¡Quia!... No faltaba más.</p> + +<p>Quedose un rato Fortunata en la puerta mirándola subir, calle arriba, y +después entró despacio, meditabunda. En todo el resto del día no la pudo +apartar de su mente. ¡Qué extraordinaria mujer aquella! Sentíala dentro +de sí, como si se la hubiera tragado, cual si la hubiera tomado en +comunión. Las miradas y la voz de la santa se le agarraban a su interior +como sustancias perfectamente asimiladas. Y por la noche, cuando Maxi se +durmió, y estaba ella dando vueltas en la cama sin poder coger el sueño, +vínole a la imaginación una idea que la hizo estremecer. Con tal +claridad veía a Guillermina como si la tuviera delante; pero lo raro no +era esto, sino que se le parecía también a Napoleón, como Mauricia la +Dura. ¿Y la voz?... La voz era enteramente igual a la de su difunta +amiga. ¿Cómo así, siendo una y otra personas tan distintas? Fuera lo que +fuese, la simpatía misteriosa que le había inspirado Mauricia, se pasaba +a Guillermina. ¿Cómo, pues, se podían confundir la que se señaló por sus +vergonzosas maldades y la santa señora que era la admiración del mundo? +«Yo no sé cómo es esto—discurría Fortunata—; pero que se parecen no +tiene duda. Y el habla de las dos me suena lo mismo... Señor, ¡qué será +esto!».</p> + +<p>Se devanaba los sesos en el torniquete de su desvelo para averiguar el +sentido de tal fenómeno, y llegó a figurarse que de los restos fríos de +Mauricia salía volando una mariposita, la cual mariposita se metía +dentro de la <i>rata eclesiástica</i> y la transformaba... ¡Cosa más rara! +¡El mal extremado refundiéndose así y reviviendo en el bien más puro!... +¿Pero no podría ser que Mauricia, arrepentida y bien confesada y +absuelta, se hubiera trocado, al morir, en criatura sana y pura, tan +pura como la misma santa fundadora... o más, o más? «¡Qué confusión, +Dios mío! Y que no haya nadie que le explique a una estas cosas...».</p> + +<p>Después le causaba pavor la visión figurada de los pies de Mauricia... +En la oscuridad, que surcaban rayas luminosas, veía las botas elegantes +y pequeñas de la difunta... Los pies se movían, el cuerpo se levantaba, +daba algunos pasos, iba hacia ella y le decía: «Fortunata, querida amiga +de mi alma, ¿no me conoces? ¡Re...! Si no me he muerto, chica, si estoy +en el mundo, créetelo porque yo te lo digo. Soy Guillermina, doña +Guillermina, la <i>rata eclesiástica</i>. Mírame bien, mírame la cara, los +pies... las manos, el mantón negro... Estoy loca con este asilo +pastelero, y no hago más que pedir, pedir, pedir al Verbo y a la Verba. +Sr. Pepe, ¿me hace usted esos gatillos o no?... ¡peinetas se debían +volver!».</p> + + + +<hr /> +<h2><a name="viic" id="viic"></a>-VII-</h2> + +<h2>La idea... la pícara idea</h2> + + + +<hr /> +<h2>-<span class="smcap">i</span>-</h2> + + +<p>Guillermina vivía, como antes se ha dicho, en la calle de Pontejos, +pared por medio con los de Santa Cruz. Era aquella la antigua casa de +los Morenos; allí estuvo la banca de este nombre desde tiempos remotos, +y allí está todavía con la razón social de <i>Ruiz Ochoa</i> y <i>Compañía</i>. El +edificio, por lo angosto y alto, parecía una torre. El jefe actual de la +banca no vivía allí; pero tenía su escritorio en el entresuelo; en el +principal moraba D. Manuel Moreno-Isla, cuando venía a Madrid, su +hermana doña Patrocinio, viuda, y su tía Guillermina Pacheco; en el +segundo vivía Zalamero, casado con la hija de Ruiz Ochoa, y en el +tercero, dos señoras ancianas, también de la familia, hermanas del +obispo de Plasencia, Fray Luis Moreno-Isla y Bonilla.</p> + +<p>Entró Guillermina en su casa a las nueve y media de aquel día que debía +de ser memorable. Tan temprano, y ya había andado aquella mujer medio +mundo, oído tres misas y visitado el asilo viejo y el que estaba en +construcción, despachando de paso algunas diligencias. Llegose un +instante a su gabinete, pensando en la visita que aquel día esperaba, +pero el interés de este asunto no le hizo olvidar los suyos propios, y +sin quitarse el manto, volvió a salir y fue al despacho de su sobrino. +«¿Se puede?» preguntó abriendo suavemente la puerta.</p> + +<p>«Pasa, <i>rata</i>» replicó Moreno, que se acababa de dar un baño y estaba +sentado, escribiendo en su pupitre, con bata y gorro, clavados los +lentes de oro en el caballete de la nariz.</p> + +<p>—Buenos días—dijo la santa entrando; él la miraba por encima de los +quevedos—. No vengo a molestarte... Pero ante todo. ¿Cómo estás hoy? +¿No se ha repetido el ahoguillo?</p> + +<p>—Estoy bien. Anoche he dormido. Me parece mentira que haya descansado +una noche. Todo lo llevo con paciencia; pero esos desvelos horribles me +matan. Hoy, ya lo ves, hablo un rato seguido y no me canso.</p> + +<p>—Vaya... cosas de los nervios... y resultado también de la vida ociosa +que llevas... Pero vamos a mi pleito. Sólo te quería decir que ya que no +me acabes el piso, me des siquiera unas vigas viejas que tienes en tu +solar de la calle de Relatores... Ayer fui a verlas. Si me las das, yo +las mandaré aserrar...</p> + +<p>—Vaya por las vigas, que no son viejas.</p> + +<p>—¡Si están medio podridas!</p> + +<p>—¡Qué han de estar! Pero en fin, tarasca, tuyas son—replicó Moreno +volviendo a escribir—. ¡Cuándo querrá Dios que acabes tu dichoso asilo, +a ver si descansa el género humano! Mira, no sabes lo antipática que te +haces con tus petitorios. Eres la pesadilla de todas las familias y +cuando te ven entrar, no lo dudes, aunque te pongan buena cara, ¡te +echan de dientes adentro cada maldición...!</p> + +<p>A estas palabras, dichas con seriedad que más bien parecía broma, +contestole Guillermina sentándose junto al pupitre, apoyando un codo en +él, y mirando frente a frente al sobrino, cuya barba acarició con sus +dedos, entre los cuales tenía enredado aún el rosario.</p> + +<p>«Todo eso lo dices por buscarme la lengua. Eres muy pillincito. Por de +pronto vengan esos maderos que no te sirven para nada».</p> + +<p>—Carga con ellos y así te perniquiebres—repuso D. Manuel sonriendo.</p> + +<p>—Pero no basta eso. Es preciso que pongas una orden a tu administrador +para que me los entregue. Aquí, en este papelito... Ya que tienes la +pluma en la mano no me voy sin la orden. Luego acabarás tu carta.</p> + +<p>Diciendo esto, cogía de la papelera un pliego timbrado y se lo ponía +delante, apartando con su propia mano la carta que estaba a medio +escribir.</p> + +<p>—¡Dios tenga compasión de mí! Y el diablo cargue con estas santas +cursis, con estas fundadoras de establecimientos que no sirven para +nada.</p> + +<p>—Escribe, tontito. Si todo eso que hablas es bulla. ¡Si eres lo más +bueno... y lo más cristiano...!</p> + +<p>—¡Cristiano yo!—exclamó el caballero enmascarando su benevolencia con +una fiereza histriónica—. ¡Cristiano yo! ¡Mal pecado! Para que no te +vuelvas a acercar más a mí, me voy a hacer protestante, judío, mormón... +Quiero que huyas de mí como de la peste.</p> + +<p>—Vamos, no tontees. Te advierto que de ninguna manera te has de librar +de mí, pues aunque te vuelvas el mismo Demonio, te he de pedir dinero y +te lo he de sacar. Vamos; ponme eso.</p> + +<p>—No me da la gana. Y diciéndolo empezaba a redactar la orden.</p> + +<p>—Así, así...—decía Guillermina dictando—. «Sr. D... haga usted el +favor de dar los palos...».</p> + +<p>—Por ahí... los palos... Leña, que te den leña es lo que a ti te viene +bien.</p> + +<p>Durante el silencio de la escritura, oyose en el pasillo próximo rumor +de faldas, voces de mujeres y estallido de besos. Moreno levantó la +pluma diciendo: «¿Quién es?».</p> + +<p>—No te interrumpas... ¿Qué te importa a ti? Debe de ser Jacinta. Sigue.</p> + +<p>—Pues que pase aquí. ¿Por qué no pasa?</p> + +<p>—Está hablando con tu hermana. ¡Jacinta, Jacintilla!, entra: el +monstruo quiere verte.</p> + +<p>Abriose la puerta y aparecieron Jacinta y Patrocinio, la hermana de +Moreno. Esta se reía de ver a su hermano enzarzado con la santa, y +riéndose se retiró.</p> + +<p>—Venga usted... Jacinta por Dios—dijo Moreno echando la firma al +documento—, y sáqueme de este Calvario. Crea usted que su amiguita me +está crucificando.</p> + +<p>«Calle usted, cicatero—le contestó la joven avanzando hacia la mesa—. +Usted es el que la crucifica a ella, porque pudiendo darle todo lo que +le pide, que bien de sobra lo tiene, no se lo da: y hace muy mal en +atormentarla si piensa dárselo al fin».</p> + +<p>—Vamos, usted se me ha pasado al enemigo. Ya no hay salvación—afirmó +él quitándose los lentes y frotándose los ojos, cansados de tanto +escribir—. Estamos perdidos.</p> + +<p>—¿Eh?, ¿qué tal? ¿Tengo buenos abogados?—dijo Guillermina recogiendo +su papel.</p> + +<p>—¡Cicatero!—repitió Jacinta—. ¡Negarle tres o cuatro mil tristes +duros para acabar el piso...!, ¡un hombre que no tiene hijos, que está +nadando en dinero! ¡Usted que antes era tan bueno, tan caritativo...!</p> + +<p>—Es que me he vuelto protestante, hereje, y me voy a volver judío, a +ver si esta calamidad me deja en paz.</p> + +<p>—No, no le dejaremos, ¿verdad?—insistió la santa—. Mira, Manolo: +Jacinta y yo pedimos ahora juntas. Aunque te vuelvas turco, ya te cayó +que hacer.</p> + +<p>—No, Jacinta no se mete en esos enredos—dijo Moreno mirándola +fijamente en los ojos.</p> + +<p>—Vaya que sí me meto. El asilo es mío; lo he comprado.</p> + +<p>—¿Sí?, pues si ha dado usted dos pesetas por él ha hecho un mal +negocio. Todavía está a la mitad y ya se está cayendo.</p> + +<p>—Primero te caerás tú.</p> + +<p>—Es mío—afirmó la señora de Santa Cruz avanzando más y poniendo la +palma de la mano sobre el pupitre—. A ver, rico avariento, dé usted +para la obra de Dios.</p> + +<p>—¡Otra! Ya he dado unas vigas que valen cualquier cosa—replicó Manolo, +mirando embelesado, tan pronto la cara de la mendicante como su mano de +ángel, sonrosada y gordita.</p> + +<p>—Eso no basta. Necesitamos acabar el piso principal, y...</p> + +<p>—Eso... eso...—interrumpió Guillermina—. Pero no te dará ni una mota. +¿Sabes? Se va a hacer mormón, y necesita el dinero para tantísimas +mujeres como tendrá que mantener.</p> + +<p>—Poco a poco, señoras mías—observó el rico avariento, echándose sobre +el respaldo del sillón—. La cosa varía de aspecto. ¡Jacinta metida a +santa fundadora! ¡Qué compromiso! Ahora sí que no sé cómo salir del +paso, porque ahora sí que me condeno de veras, si me obstino en la +negativa. Porque no hay duda de que esta mano que pide, mano del Cielo +es...</p> + +<p>—Y tan del Cielo—indicó la propia Delfina sacudiendo la mano—. +Decidirse pronto, caballero. Es la primera vez que ejerzo de santa. Si +me echa la limosnita, usted me estrena.</p> + +<p>—¿Sí?...—dijo él moviéndose en el sillón con gran desasosiego—. Pues +doy, pues doy.</p> + +<p>Guillermina empezó a dar palmadas, gritando: «Hosanna... ya le tenemos +cogido». Y con vivacidad, semejante a la de una jovenzuela, echó mano a +la llave que estaba puesta en uno de los cajones de la mesa.</p> + +<p>—Eh... ¿qué libertades son estas?—gritó su sobrino sujetándole la +mano.</p> + +<p>—El talonario del Banco...—decía la <i>rata eclesiástica</i>, luchando por +desasirse y por sofocar la risa—. Aquí, aquí lo tienes, perro hereje... +sácalo pronto y pon cuatro números, cuatro letras y el garabato de tu +firma. Jacinta, abre... sácalo... no tengas miedo.</p> + +<p>—Orden, orden, señoras—arguyó Moreno a quien la risa cortaba la +respiración—. Esto ya es un allanamiento, un escalo. Tengan calma, +porque si no me veré en el caso de llamar a una pareja.</p> + +<p>—¡El talonario, el talonario!—chillaba Jacinta, dando también +palmadas.</p> + +<p>—Paciencia, paciencia. No tengo aquí el talonario. Está abajo, en el +escritorio. Luego...</p> + +<p>—¡Bah!... ¡se está burlando de nosotras!...</p> + +<p>—No, no—dijo Guillermina con ardor—, ya no puede volverse atrás.</p> + +<p>—Yo no me voy ya sin la firma.—Más que la firma—manifestó Moreno muy +serio, poniéndose la mano sobre aquel corazón que no valía ya dos +cuartos—, vale mi palabra.</p> + +<p>Estaba pálido, casi blanco, del color del papel en que escribía.</p> + +<p>«¿De veras?».—No hay más que hablar.—Eso sí—dijo la santa—, él es un +pillo, un hereje; pero lo que es palabra, la tiene...</p> + +<p>Dichas otras cuantas bromas, retiráronse las dos santas fundadoras, +dejando al hereje con su médico. Iban tan contentas, que cuando entraron +en el cuarto de Guillermina, a esta le faltaba poco para ponerse a +bailar.</p> + +<p>«¿Pero de veras nos mandará el talón?» preguntó Jacinta, incrédula.</p> + +<p>—Como tenerlo en la mano... Has estado muy hábil... Como tiene conmigo +tanta confianza, se pone muy pesado. Pero a ti no te había de negar... +¡Qué alegría!... ¡Ya tenemos piso principal! ¡Viva San José bendito! +¡Vivaaaa!... ¡Viva la Virgen del Carmen!... ¡Vivaaaa! Porque a ellos se +le debe todo. Tarde o temprano, Manolo me habría dado esos cuartos. +¡Ah!, yo le conozco bien. ¡Si es un angelote, un bendito, un alma de +Dios...!</p> + + + +<hr /> +<h2>-<span class="smcap">ii</span>-</h2> + + +<p>No les duró mucho el regocijo, porque oyeron el reloj de la Puerta +del Sol dando las diez, y ambas mudaron súbitamente la expresión de su +rostro. «Las diez, ya veremos si viene—dijo Guillermina, que aún +conservaba resplandores de alegría en su cara—. Prometió venir; pero +esa palabra no debe de ser tan de fiar como la de Manolo».</p> + +<p>Y permaneciendo ambas en pie, la fundadora dijo a su amiguita:</p> + +<p>«Esto no lo hago yo más que por ti... ¡meterme en vidas ajenas! La +impresión que saqué el otro día es que por el momento no es ella quien +te le distrae. Sería una actriz consumada si así no fuese. Como venga +hoy, le echaremos la sonda más abajo a ver si sale algo. De todas +suertes, ya la sermonearé bien para que le reciba a cajas destempladas, +si él intentara... ¿Creerás una cosa? ¿Que esa mujer no me parece +enteramente mala?».</p> + +<p>—Podrá ser... Pero si usted hubiera visto la cara que me puso el otro +día, una cara de rencor como usted no puede figurarse...</p> + +<p>—Dice que después le pesó...</p> + +<p>—¡Bribona!—exclamó Jacinta, frunciendo los labios y apretando los +puños.</p> + +<p>—Pero, en fin, hoy la tantearemos otra vez.</p> + +<p>Como quiera que sea, su sermoncito no hay quien se lo quite. Y por si +viene pronto... quedamos en que de diez a once... debes marcharte ya, no +sea que te pille aquí.</p> + +<p>Después de un rato de silencio, la Delfina dijo con resolución: «Yo no +me voy».</p> + +<p>—¡Hija, qué me dices!... ¿Estás loca?</p> + +<p>—Yo no me voy. Me esconderé en la alcoba. Quiero oír lo que diga...</p> + +<p>—Eso sí que no te lo consiento. ¿En mi casa escenas de comedia? No, no +lo esperes.</p> + +<p>—¡Pero qué tonta, y qué exagerada, y qué puntillosa es usted, hija! +¿Qué mal hay en eso?, a ver... Le digo a usted que no me voy.</p> + +<p>—Pues te quedas aquí... ¡Ah!, no, eso tampoco. Márchate, niña de mi +alma, y no me pongas en tan mal paso. No es de mi carácter eso.</p> + +<p>—Déjeme... ¡por Dios! ¿Pero qué le importa a usted?... vaya... Yo me +meto en la alcoba y me estoy allí como en misa.</p> + +<p>—Hija, ni en los teatros resulta eso con sentido común... Para salir +diciendo luego con voz hueca: «¡lo he oído todo!».</p> + +<p>—Yo no chistaré. No haré más que oír... Vamos, remilgada, déjeme usted.</p> + +<p>—Ya me figuraba yo que habías de salir con alguna tontería. Eres una +voluntariosa. De esa manera me agradeces lo que hago por ti...</p> + +<p>—¿Pero qué mal hay?... Vaya, que es usted terca. Pues que no me voy, +que no me voy.</p> + +<p>Sonó la campanilla. «¿Apostamos a que es ella?... Lo siento» dijo +Guillermina, asomándose a la puerta.</p> + +<p>Jacinta no creyó prudente discutir más, y sin decir nada metiose en la +alcoba, cerrando cuidadosamente las vidrieras. Guillermina, no +conformándose con el escondite, quiso salir con ánimo de recibir la +visita en otra habitación; mas dispuso la fatalidad que su prima +Patrocinio, al ver entrar a Fortunata, la tomara por una de las muchas +personas que iban allí a pedir socorros, y la introdujese, como si +dijéramos, a boca de jarro, en el gabinete de la santa. Esta se vio algo +confusa, sin saber cómo salir de aquel atolladero. «¡Ah!, ¿era usted?... +No la esperaba... Pase y tome asiento».</p> + +<p>Fortunata, que iba vestida con mucha sencillez, entró como entraría una +planchadora que va a entregar la ropa. Avanzaba tímidamente, +deteniéndose a cada palabra del saludo, y fue preciso que Guillermina la +mandase dos o tres veces sentarse para que lo hiciera. Su aire de +modestia, su encogimiento, que era el mejor signo de la conciencia de su +inferioridad, hacíanla en aquel instante verdadero tipo de mujer del +pueblo, que por incidencia se encuentra mano a mano con las personas de +clase superior. Mucho la cohibía el temor de no saber usar términos en +consonancia con los que emplearía la confesora, pues en todas las +ocasiones difíciles recobraba su popular rudeza, y se le iban de la +memoria las pocas enseñanzas de lenguaje y modales que había recibido en +su corta y accidentada vida de señora.</p> + +<p>Pero lo verdaderamente singular era que Guillermina, tan dueña de su +palabra normalmente, estaba también azorada aquel día, y no sabía cómo +desenvolverse. El escondite de su amiga la llenaba de confusión, porque +era un engaño, un fraude, una superchería indigna de personas formales. +Lo primero que a la santa se le ocurrió, para empezar, fue una +ampliación de lo que había dicho en la casa de Severiana. «Si quiere +usted que seamos amigas y que le dé buenos consejos, es preciso que +tenga conmigo mucha confianza y no me oculte nada, por feo y malo que +sea. Hay en su vida de usted un punto muy oscuro. Usted está casada y no +quiere a su marido; así me lo confesó el otro día. Crea que esto me ha +dado qué pensar. Dice usted que se casó sin saber lo que hacía... +Explicación escurridiza. Tengamos sinceridad, y hablemos claro. La +sinceridad es difícil; pero así como los niños, que confiesan por +primera vez, no confesarían si el cura no les sacara los pecadillos con +cuchara, así yo voy a ayudarle a usted preguntando y echándole el +anzuelo de la respuesta. Veremos si pica... Cuando usted se determinó a +casarse, ¿no hizo allá en el fondo de su pensamiento, la reserva de que +el matrimonio le permitiera pecar libremente, no digo que con este y con +el otro, sino con el que usted quería?».</p> + +<p>Fortunata miraba al techo, recordando.</p> + +<p>«¿No había esa reserva? A ver... busque usted bien; busque más adentro, +más abajo».</p> + +<p>—Puede que sí la hubiera—dijo la otra al fin, con voz muy apagada y +trémula—. Puede que sí...</p> + +<p>—¿Ve usted cómo salen las heces cuando se las quiere sacar?</p> + +<p>—Pero también le diré a usted que yo no contaba con volverle a ver... +Pensé que no se acordaba de mí. Yo me llegué a creer que podría ser +buena y honrada... me lo tragué. ¿Pero cómo fue ello?, que él me +buscó... sí señora, me buscó y me encontró. Sin saber cómo, de repente, +el casamiento y mi marido se me pusieron a cien mil leguas de distancia. +Yo no sé explicarlo, no sé explicarlo.</p> + +<p>En cuanto la conversación se corría del lado de Juanito Santa Cruz, +Guillermina se aterraba. Quería apartarla de aquel extremo peligroso, y +no sabía cómo llevar a su penitente a un terreno puramente ideal.</p> + +<p>«Pero su conciencia... eso es lo que quiero saber».</p> + +<p>—¡Mi conciencia!... esto sí que es raro... se lo cuento a usted como +pasó... no se me alborotaba cuando cometía yo aquellos pecados tan +refeos... Le diré a usted más, aunque se horrorice... mi conciencia me +aprobaba... vamos al caso, me decía una cosa muy atroz, me decía que mi +verdadero marido...</p> + +<p>—No siga usted—interrumpió la santa alarmadísima, creyendo sentir +ruido en la alcoba. Es horrible. No siga usted. ¡Virgen del Carmen! Está +usted muy dañada.</p> + +<p>—Parecíame a mí—prosiguió la penitente sin poder contener la efusión +de su sinceridad—, que aquel hombre me pertenecía a mí y que yo no +pertenecía al otro... que mi boda era un engaño, una ilusión, como lo +que sacan en los teatros.</p> + +<p>—Calle, cállese por Dios...</p> + +<p>—Pero aguárdese usted... A mí me había dado palabra de casamiento... +como esta es luz... Y me la había dado antes de casarse... Y yo había +tenido un niño... Y a mí me parecía que estábamos los dos atados para +siempre, y que lo demás que vino después no vale... eso es.</p> + +<p>Guillermina se llevó las manos a la cabeza... Discurrió que lo mejor era +diferir la conferencia para otro día, pretextando que tenía que salir. +«Eso es muy grave. Hay que tratarlo despacio. Cierto que una promesa +liga algo... No sostendré yo que ese joven se portó bien con usted. Pero +el tiempo, la sociedad... Y sobre todo, los derechos que usted podría +tener, los ha perdido con su mala conducta».—Yo no habría sido +mala—dijo la de Rubín envalentonándose, al ver en su confesora un +inexplicable aturdimiento—, si él no me hubiera plantado en medio del +arroyo con un hijo dentro de mí—la santa vacilaba; no sabía por dónde +romper. ¡Ah!, sin aquel peligroso testigo de Jacinta ya se habría +explicado ella bien, enseñando a la atrevida cuántas son cinco.</p> + +<p>—Usted, hija mía, está como trastornada—le dijo, buscando modos de +hacer insignificante la conversación—. El otro día me pareció usted más +razonable... ¿qué mosca la ha picado...?</p> + +<p>—¿Qué mosca?—dijo Fortunata con cierto extravío en la mirada—. ¿Qué +mosca?, pues una.</p> + +<p>—Porque usted no se hace cargo de que ha pasado tiempo, de que ese +hombre está casado con una mujer angelical, y que...</p> + +<p>En la fisonomía de la prójima se encendió de improviso una luz vivísima. +Fue como una aureola de inspiración que le envolvía toda la cara. Más +hermosa que nunca, sacó de su cabeza un gallardísimo argumento, y se lo +soltó a la otra como se suelta una bomba explosiva.</p> + +<p>¡Pruuun! Guillermina se quedó atontada cuando oyó esta atrocidad:</p> + +<p>«¡Angelical!... sí, todo lo angelical que usted quiera; pero <i>no tiene +hijos</i>. Esposa que no tiene hijos, no es tal esposa».</p> + +<p>Guillermina se quedó tan pasmada, que no pudo responder.</p> + +<p>«Es idea mía—prosiguió la otra con la inspiración de un apóstol y la +audacia criminal de un anarquista—. Dirá usted lo que guste; pero es +idea mía, y no hay quien me la quite de la cabeza... Virtuosa, sí; +estamos en ello; pero no le puede dar un heredero... Yo, yo, yo se lo he +dado, y se lo puedo volver a dar...».</p> + +<p>—Por Dios... cállese usted... no he visto otro caso... ¡Qué idea!... +¡qué atrevimiento! Está usted condenada.</p> + +<p>Y la virgen y confesora llegó a tal grado de confusión, que no daba ya +pie con bola.</p> + +<p>«Yo estaré todo lo condenada que usted quiera... pero es mi idea; con +esta idea me iré al Infierno, al Cielo o a donde Dios disponga que me +vaya... Porque eso de que yo sea mala, muy mala, todavía está por ver».</p> + +<p>La santa la miraba con verdadero espanto. Fortunata parecía estar fuera +de sí y como el exaltado artista que no tiene conciencia de lo que dice +o canta.</p> + +<p>«¿Por qué he de ser yo tan mala como parece?... ¿porque tengo una idea? +¿No puede una tener una idea?... ¿Dice usted que la otra es un ángel? Yo +no lo niego, yo no pretendo quitarle su mérito... Si a mí me gusta, si +quisiera parecerme a ella en algunas cosas, en otras no, porque ella +será para usted todo lo santa que se quiera, pero está por debajo de mí +en una cosa: <i>no tiene hijos</i>, y cuando tocan a tener hijos, no me +rebajo a ella, y levanto mi cabeza, sí señora... Y no los tendrá ya, +porque está probado, y por lo que hace a que yo los puedo tener, también +muy probado está. Es mi idea, es una idea mía. Y otra vez lo digo: la +esposa que no da hijos, no vale... Sin nosotras las que los damos, se +acabaría el mundo... Luego nosotras...».</p> + +<p>«Nada, nada, esta mujer está loca y no tendré más remedio que ponerla en +la calle—pensó Guillermina—. ¡Y qué trago estará pasando la otra +pobre, oyendo tales lindezas!».</p> + +<p>Notaba en ella cierta exaltación insana. No era la misma mujer con quien +había hablado dos días antes. Ya tenía la palabra en la boca para +despedirla con buen modo, cuando se sintió ruido como de mano golpeando +en los cristales de un mirador, y luego una voz que llamaba a +Guillermina. Asomose esta. Fortunata oyó claramente la voz de doña +Bárbara preguntando: «¿Está ahí Jacinta?».</p> + + + +<hr /> +<h2>-<span class="smcap">iii</span>-</h2> + + +<p>La santa vaciló antes de dar respuesta. Por fin la dio: +«¿Jacinta?... No, aquí no está». Poco más hablaron las dos damas, y +Guillermina volvió al lado de la visita; pero la falsedad que se había +visto obligada a decir trastornaba de tal modo su espíritu, que no +parecía la misma mujer de siempre, segura, impávida y tan dueña de su +palabra como de sus actos. La mentira y el escondite escénico de su +amiga pusiéronla en la situación más crítica del mundo, porque se había +hecho a la verdad, y vivía en ella como los peces en el agua. Estaba la +pobre señora, con aquellos escrúpulos, como pez a quien sacan de su +elemento, y aún le pasó por el magín la pavorosa idea: <i>¡pecado mortal!</i> +En fin que aquello se tenía que concluir.</p> + +<p>«Hija mía, usted está hoy un poco alucinada. Bien quisiera poderla oír, +consolarla... pero tiene que dispensarme por hoy... Otro día...».</p> + +<p>—¿Tiene usted que salir?—dijo la anarquista con pena—. Bueno, +volveré; yo tengo que contarle a usted una cosa... Si no se la cuento a +usted, lo sentiré... ¡Ay!, una cosa que me ha pasado ayer... ¡tremenda, +muy tremenda!</p> + +<p>Guillermina permaneció en pie, diciendo para sí: «¿qué será?».</p> + +<p>«Si persiste usted—agregó en voz alta—, en tener esas ideas +estrambóticas, es difícil que yo la consuele. No nos entenderemos +nunca».</p> + +<p>En aquel momento la pecadora clavaba sus ojos en la santa. Se le estaba +pareciendo a Mauricia. La cara no era la misma; pero la expresión sí... +y la voz, se le había enronquecido como la de las personas que beben +aguardiente.</p> + +<p>«¿En qué piensa usted? ¿Por qué me mira tanto?» le preguntó Guillermina, +que ya estaba impaciente por terminar.—La miro a usted porque me gusta +mirarla... Anoche y anteanoche, y todos los días desde aquel en que +hablamos, la tengo a usted metidita dentro de mis ojos, la veo cuando +duermo y cuando no duermo. Ayer, cuando me pasó lo que me pasó, dije: +«No tengo sosiego hasta que no se lo cuente a la señora».</p> + +<p>Guillermina, movida de gran curiosidad, se sentó, y tomándole una mano, +le dijo en voz queda: «Cuente usted... Ya oigo».</p> + +<p>«Pues ayer—refirió la joven con los ojos bajos, alzándolos al final de +cada frase, como si pusiera con ellos las comas, más que con el +acento—, pues ayer... iba yo tan tranquila por la calle de la +Magdalena, pensando en usted... porque siempre estoy pensando en usted +y... me paré a ver el escaparate de una tienda donde hay tubos y llaves +de agua... Ni sé por qué me paré allí, pues ¿qué me importan a mí los +tubos?... cuando sentí a mi espalda... mejor dicho aquí en el cuello, +una voz... ¡Ay, señora!, la voz me sonó aquí detrás junto a estos +pelitos que tenemos donde nace la cabellera, y fue como si me entraran +una aguja muy fina y muy fría... Me quedé helada... volvime... le vi... +se sonreía».</p> + +<p>Guillermina extendió la mano para taparle la boca; pero sin resultado.</p> + +<p>«Yo no podía hablar... Me quedé como una estatua; me dieron ganas de +llorar, de echar a correr o de no sé qué».</p> + +<p>—No le diría a usted nada de particular—indicó la santa muy asustada, +quitando gravedad al asunto—. Nada más que un saludo...</p> + +<p>—¿Qué saludo?... Verá usted. Me dijo: «¿Chiquilla, qué es de tu +vida?...». Yo no le pude contestar... Di media vuelta, y él me cogió una +mano.</p> + +<p>—Vamos, vamos, esto ya es demasiado—declaró Guillermina, levantándose +turbadísima—. Otro día me contará usted eso...</p> + +<p>—No, si no hay más... Yo retiré mi mano, y me fui sin decirle nada... +No tuve alma para seguir adelante sin mirar para atrás, y miré y le +vi... Me seguía, distante. Apresuré el paso y me metí en mi casa...</p> + +<p>—Muy bien hecho, muy bien hecho...</p> + +<p>—Pero aguárdese usted—dijo Fortunata que ya no estaba exaltada, sino +en un grado de humildad lastimosa, y su tono era el de los penitentes +muy afligidos, que no pueden con el peso de sus culpas—. Aún falta lo +mejor. Después que le vi, se me ha clavado de tal manera en el +pensamiento la idea de... Es una idea mía, idea mala, señora... pero +usted es una santa, y me la quitará de la cabeza... Por eso no tengo +sosiego hasta no decírsela...</p> + +<p>—Basta, basta; no quiero, no quiero.</p> + +<p>—Que sí quiere—insistió la joven reteniéndola por ambas manos, pues la +confesora hizo ademán de apartarse de ella.</p> + +<p>—Una idea infame... la idea de pecar otra vez...—dijo Guillermina, +balbuciente—. ¿Es eso?...</p> + +<p>—Eso es... pero verá la señora. Yo quiero echarla de mí; pero a veces +se me ocurre que no debo echarla, que no peco...</p> + +<p>—¡Jesús!—Que así debe ser, que así está dispuesto—añadió la señora de +Rubín, volviendo a exaltarse y a tomar la expresión del anarquista que +arroja la bomba explosiva para hacer saltar a los poderes de la tierra. +Es una idea mía, una idea muy perra, una idea negra como las niñas de +los ojos de Satanás... y no me la puedo arrancar.</p> + +<p>—Cállese usted... Guillermina puso cara de consternación y dio algunos +pasos, vacilando como una persona que se va a caer. Tiempo hacía, mucho +tiempo, que la insigne fundadora no se había encontrado en compromiso +semejante. Sentíase atada y sin libertad, y esto la ponía fuera de sí, +destruyendo aquella serenidad soberana que normalmente tenía. Aún +intentó un esfuerzo para dominar situación tan penosa, y echando miradas +de alarma a la vidriera de su alcoba, dijo: «Pero usted... no +reflexiona... que...».</p> + +<p>No pudo concluir esta frase trivial. La otra, que siendo cifra de todas +las debilidades humanas, parecía más fuerte que la gran doctora y santa, +se permitió sonreír oyéndola. «¿Y qué saco de reflexionar? Mientras más +reflexiono peor».</p> + +<p>—Veo que usted no tiene atadero... Con esas ideas, pronto volveríamos +al estado salvaje.</p> + +<p>Con sonrisa sarcástica y un expresivo alzar de hombros, dio a entender +Fortunata que por ella no había inconveniente en que la sociedad +volviera al estado salvaje...</p> + +<p>«Usted no tiene sentido moral; usted no puede tener nunca principios, +porque es anterior a la civilización; usted es una salvaje y pertenece +de lleno a los pueblos primitivos». Esto o cosa parecida le habría dicho +Guillermina si su espíritu hubiera estado en otra disposición. +Únicamente expresó algo que se relacionaba vagamente con aquellas ideas: +«Tiene usted las pasiones del pueblo, brutales y como un canto sin +labrar».</p> + +<p>Así era la verdad, porque el pueblo, en nuestras sociedades, conserva +las ideas y los sentimientos elementales en su tosca plenitud, como la +cantera contiene el mármol, materia de la forma. El pueblo posee las +verdades grandes y en bloque, y a él acude la civilización conforme se +le van gastando las menudas, de que vive.</p> + +<p>De repente Fortunata vaciló en su ánimo. Parecía una fuerza nerviosa que +caía en brusca sedación. La otra, en cambio, se creció de repente por +una sacudida de su conciencia. «Ya no más, no más mentira. No puedo, no +puedo...».</p> + +<p>Alzó los ojos al techo, cruzó las manos, su cara se puso muy encendida y +sus ojos iluminados. Quedose atónita la anarquista oyéndole decir estas +palabras con un acento que parecía ser de otro mundo:</p> + +<p>«Salva, Jesús mío, esta alma que se quiere perder, y apártame a mí de la +mentira». Después se llegó a ella y le cogió una mano, diciéndole con +profunda lástima: «¡Pobre mujer!, yo tengo la culpa de las atrocidades +que ha dicho usted, yo, yo, Dios me lo perdone, y la causa ha sido una +farsa, una mentira... La verdad ante todo. La verdad me ha salvado +siempre y me salvará ahora. Usted ha dicho cosas infernales que +desgarran el corazón de mi amiga, y las ha dicho porque creía que +hablaba sólo conmigo. Pues la he engañado a usted, porque Jacinta está +escondida en aquella alcoba».</p> + +<p>Diciéndolo, corrió hacia la puerta vidriera y la empujó. Fortunata, que +estaba sentada frente a la puerta aquella, levantose de golpe, +quedándose yerta y muda. Jacinta no aparecía. Se oyeron tan sólo sus +sollozos. Estaba sentada en una silla, apoyando la cabeza en la cama de +la santa. Esta se fue a ella y le dijo: «Perdónala, querida mía, que no +sabe lo que se dice».</p> + +<p>—Y usted...—añadió, saliendo a la puerta—, bien comprenderá que debe +retirarse. Hágame el favor... Quizás todo habría concluido de un modo +pacífico; pero la Delfina se levantó de repente, poseída de la rabia de +paloma que en ocasiones le entraba. ¡Ánimas benditas! De un salto salió +al gabinete. Estaba amoratada de tanto llorar y de tantísima cólera como +sentía... No podía hablar... se ahogaba. Tuvo que hacer como que escupía +las palabras para poder decir con gritos intermitentes: «¡Bribona... +infame, tiene el valor de creerse!... no comprende que no se la ha +mandado... a la galera, porque la justicia... porque no hay justicia... +Y usted... (por Guillermina) no sé cómo consiente, no sé cómo ha podido +creer... ¡Qué ignominia!... Esta mujerzuela aquí, en esta casa... ¡qué +afrenta!... ¡Ladrona...!».</p> + +<p>Fortunata, en el primer movimiento de sorpresa y temor, había dado una +vuelta y puéstose tras el sillón en que poco antes estaba sentada. +Apoyando las manos en el respaldo, agachó el cuerpo y meneó las caderas +como los tigres que van a dar el salto. Mirola Guillermina, sintiendo el +espanto más grande que en su vida había sentido... Fortunata agachó más +la cabeza... Sus ojos negros, situados contra la claridad del balcón, +parecía que se le volvían verdes, arrojando un resplandor de luz +eléctrica. Al propio tiempo dejó oír una voz ronca y terrible que decía: +«¡La ladrona eres tú... tú! Y ahora mismo...».</p> + +<p>La ira, la pasión y la grosería del pueblo se manifestaron en ella de +golpe, con explosión formidable. Volvió a la niñez, a aquella época en +que trabándose de palabras con alguna otra zagalona de la plazuela, se +agarraban por el moño y se sacudían de firme, hasta que los mayores las +separaban. No parecía ser quien era, ni debía de tener conciencia de lo +que hacía. Jacinta y Guillermina se acobardaron un momento; pero luego +la primera lanzó un grito de angustia, y la santa salió a pedir socorro. +No tuvo tiempo Fortunata de prolongar su altercado ni de volver en sí, +porque apareció en la puerta el criado de Moreno, que era un inglesote +como un castillo, y a poco vino también doña Patrocinio, y después el +mismo Moreno.</p> + +<p>La señora de Rubín no se dio cuenta de lo demás... Tenía después una +idea incierta de que la mano dura del inglés la había cogido por un +brazo, apretándoselo tanto que aún le dolía al día siguiente; de que la +sacaron del gabinete, de que le abrieron la puerta y de que se vio +bajando la escalera.</p> + +<p>Todos acudieron a la señora de Santa Cruz que había perdido el +conocimiento, y Moreno, poniendo una cara entre burlesca y consternada, +se dejó decir: «Estas cosas le pasan a mi querida tía por meterse a +redentora».</p> + + + +<hr /> +<h2>-<span class="smcap">iv</span>-</h2> + + +<p>Bajó Fortunata los peldaños riendo... Era una risa estúpida +salpicada de interjecciones. «¡A mí, decirme...! Si no me echan, la +cojo... le levanto... pero no sé, no recuerdo bien si le arañé la cara. +¡A mí decirme! Si le pego un bocado no la suelto... Ja, ja, ja...». Le +temblaban tanto las piernas, que al llegar a la calle apenas podía +andar. La luz y el aire parecía que le despejaban algo la cabeza, y +empezó a darse cuenta de la situación. ¿Pero era verdad lo que había +dicho y hecho? No estaba segura de haberle pegado; pero sí de que le +dijo algo. ¿Y para qué la otra la había llamado a ella <i>ladrona</i>?... +Subió por la calle de la Paz, pasando a cada instante de una acera a +otra sin saber lo que hacía.</p> + +<p>«¿Pero yo qué he hecho?... ¡Oh!, bien hecho está... ¡Llamarme a mí +<i>ladrona</i>, ella que me ha robado lo mío!». Se volvió para atrás, y como +quien echa una maldición, dijo entre dientes: «Tú me llamarás lo que +quieras... Llámame tal o cual y tendrás razón... Tú serás un ángel... +pero tú no has tenido hijos. Los ángeles no los tienen. Y yo sí... Es mi +idea, una idea mía. Rabia, rabia, rabia... Y no los tendrás, no los +tendrás nunca, y yo sí... Rabia, rabia, rabia...».</p> + +<p>Más allá del Banco volvió a reírse. Su monólogo era así: «¡Lo mismo que +la otra, la <i>señora</i> del Espíritu Santo...! Doña Mauricia, digo, +Guillermina la Dura... Quiere hacernos creer que es santa... ¡buen peine +está! Harta de retozar con los curas, se quiere hacer la obispa +catoliquísima y meterse en el confesonario... ¡Perdida, borrachona, +hipocritona!... púa de sacristía, amancebada con todos los clérigos... +con el Nuncio y con San José...».</p> + +<p>De pronto sus ideas variaron, y sintiendo dolorosa angustia en su alma, +como impresión de horrible vacío, pensaba así: «¿Pero a quién me volveré +ahora? ¡Dios mío, qué sola estoy! ¡Por qué te me has muerto, amiga de mi +alma, Mauricia!... Por más que digan, tú eras un ángel en la tierra, y +ahora estás divirtiéndote con los del Cielo; ¡y yo aquí tan solita! ¿Por +qué te has muerto? Vuélvete acá... ¿Qué es de mí? ¿Qué me aconsejas? +¿Qué me dices?... ¡Qué ganas siento de llorar! Sola, sin nadie que me +diga una palabra de consuelo... ¡Oh!, ¡qué amiga me he perdido!... +Mauricia, no estés más entre las ánimas benditas, y vuelve a vivir... +Mira que estoy huérfana, y yo y los huerfanitos de tu asilo estamos +llorando por ti... Los pobres que tú socorrías te llaman. Ven, ven... +Señor Pepe te ha hecho los gatillos... le vi esta mañana en la fragua, +machacando, tin, tan... Mauricia, amiga de mi alma, ven y las dos juntas +nos contaremos nuestras penas, hablaremos de cuando nos querían nuestros +hombres, y de lo que nos decían cuando nos arrullaban, y luego beberemos +aguardiente las dos, porque yo también quiero el aguardientito, como tú, +que estás en la gloria, y lo beberé contigo para que se me duerman mis +penas, sí, para que se me emborrachen mis penas».</p> + +<p>Entró por fin en casa. Enteramente trastornada, andaba como una máquina. +No había nadie más que Papitos, a quien vio, mas no le dijo nada. +Encerrose en su alcoba, tiró el manto y se echó en el sofá, dando un +rugido. Después de revolcarse como las fieras heridas, se puso boca +abajo, oprimiendo el vientre contra los muelles del sofá, y clavando los +dedos en un cojín. No tardó en caer en penoso letargo, lleno de visiones +disparatadas y horribles, sin darse cuenta del tiempo que estuvo en tal +disposición. Cuando volvió en sí, había poca luz en el cuarto. Fijándose +bien, pudo distinguir la cara escrutadora de doña Lupe que la +observaba... «¿Qué tienes?... Me has asustado. ¡Dabas unos mugidos...!, +y de pronto te echabas a reír, ¡y se te escapaban unas palabritas...!». +A las reiteradas y capciosas preguntas de su tía, contestaba +evasivamente y con mucha torpeza. «¿En dónde has estado hoy? Tú has +salido».—«Fui a comprar aquella tela...».—«¿Y dónde está?».—«¿Que +dónde está la tela?... Pues no sé...».—«Parece que estás en Babia. A ti +te pasa algo. Levántate de ese sofá».</p> + +<p>Pero no se levantaba. Empezó a sospechar la viuda que aquel espíritu +estaba perturbado, y tembló. Vinieron a su pensamiento pasadas +vergüenzas y desdichas, y se prometió vigilar mucho. Estuvo la señora de +morros toda la noche, y Fortunata de más morros todavía, sintiendo que +se apoderaba de su alma la aversión a toda aquella familia. No les podía +ver. Eran sus carceleros, sus enemigos, sus espías. A cualquier parte de +la casa que fuese, seguíala doña Lupe. Se sentía vigilada, y el rechinar +de las zapatillas de su tía le causaba violentísima ira. Al día +siguiente, después de almorzar, y cuando Maxi se había marchado a la +botica, tuvo tanto miedo Fortunata a que la ira estallase, que para +evitarlo se ató una venda a la cabeza, fingiendo jaqueca, y encerrándose +en su alcoba, acostose en su cama. A la media hora le entró, como el día +anterior, la embriaguez aquella, el desvanecimiento de las ideas, que se +emborrachaban con tragos de dolor y se dormían.</p> + +<p>En tal situación siente vivos impulsos de salir a la calle; se levanta, +se viste, pero no está segura de haberse quitado la venda. Sale, se +dirige a la calle de la Magdalena, y se para ante el escaparate de la +tienda de tubos, obedeciendo a esa rutina del instinto por la cual, +cuando tenemos un encuentro feliz en determinado sitio, volvemos al +propio sitio creyendo que lo tendremos por segunda vez. ¡Cuánto tubo!, +llaves de bronce, grifos, y multitud de cosas para llevar y traer el +agua... Detiénese allí mediano rato viendo y esperando. Después sigue +hacia la plaza del Progreso. En la calle de Barrionuevo, se detiene en +la puerta de una tienda donde hay piezas de tela desenvueltas y colgadas +haciendo ondas. Fortunata las examina, y coge algunas telas entre los +dedos para apreciarlas por el tacto. «¡Qué bonita es esta cretona!». +Dentro hay un enano, un monstruo, vestido con balandrán rojo y turbante, +alimaña de transición que se ha quedado a la mitad del camino darwinista +por donde los orangutanes vinieron a ser hombres. Aquel adefesio hace +allí mil extravagancias para atraer a la gente, y en la calle se +apelmazaban los chiquillos para verle y reírse de él. Fortunata sigue y +pasa junto a la taberna en cuya puerta está la gran parrilla de asar +chuletas, y debajo el enorme hogar lleno de fuego. La tal taberna tiene +para ella recuerdos que le sacan tiras del corazón... Entra por la +Concepción Jerónima; sube después por el callejón del Verdugo a la plaza +de Provincia; ve los puestos de flores, y allí duda si tirar hacia +Pontejos, a donde la empuja su pícara idea, o correrse hacia la calle de +Toledo. Opta por esta última dirección, sin saber por qué. Déjase ir por +la calle Imperial, y se detiene frente al portal del Fiel Contraste a +oír un pianito que está tocando una música muy preciosa. Éntranle ganas +de bailar, y quizás baila algo: no está segura de ello. Ocurre entonces +una de estas obstrucciones que tan frecuentes son en las calles de +Madrid. Sube un carromato de siete mulas ensartadas formando rosario. La +delantera se insubordina metiéndose en la acera, y las otras toman +aquello por pretexto para no tirar más. El vehículo, cargado de pellejos +de aceite, con un perro atado al eje, la sartén de las migas colgando +por detrás, se planta, a punto que llega por detrás el carro de la carne +con los cuartos de vaca chorreando sangre, y ambos carreteros empiezan a +echar por aquellas bocas las finuras de costumbre. No hay medio de abrir +paso, porque el rosario de mulas hace una curva, y dentro de ella es +cogido un simón que baja con dos señoras. Éramos pocos... A poco llega +un coche de lujo con un caballero muy gordo. Que si pasas tú, que si te +apartas, que sí y que no. El carretero de la carne pone a Dios de vuelta +y media. Palo a las mulas, que empiezan a respingar, y una de estas +coces coge la portezuela del simón y la deshace... Gritos, leña, y el +carromatero empeñado en que la cosa se arregla poniendo a Dios, a la +Virgen, a la hostia y al Espíritu Santo que no hay por dónde cogerlos.</p> + +<p>Y el pianito sigue tocando aires populares, que parecen encender con sus +acentos de pelea la sangre de toda aquella chusma. Varias mujeres que +tienen en la cuneta puestos ambulantes de pañuelos, recogen a escape su +comercio, y lo mismo hacen los de la <i>gran liquidación por saldo, a real +y medio la pieza</i>. Un individuo que sobre una mesilla de tijera exhibe +el gran invento para cortar cristal, tiene que salir a espeta perros; +otro que vende los lápices más fuertes del mundo (como que da con ellos +tremendos picotazos en la madera sin que se les rompa la punta), también +recoge los bártulos, porque la mula delantera se le va encima. Fortunata +mira todo esto y se ríe. El piso está húmedo y los pies se resbalan. De +repente, ¡ay!, cree que le clavan un dardo. Bajando por la calle +Imperial, en dirección al gran pelmazo de gente que se ha formado, viene +Juanito Santa Cruz. Ella se empina sobre las puntas de los pies para +verle y ser vista. Milagro fuera que no la viese. La ve al instante y se +va derecho a ella. Tiembla Fortunata, y él le coge una mano +preguntándole por su salud. Como el pianito sigue blasfemando y los +carreteros tocando, ambos tienen que alzar la voz para hacerse oír. Al +mismo tiempo Juan pone una cara muy afligida, y llevándola dentro del +portal del Fiel Contraste, le dice: «Me he arruinado, chica, y para +mantener a mis padres y a mi mujer, estoy trabajando de escribiente en +una oficina... Pretendo una plaza de cobrador del tranvía. ¿No ves lo +mal trajeado que estoy?» Fortunata le mira, y siente un dolor tan vivo +como si le dieran una puñalada. En efecto; la capa del señorito de Santa +Cruz tiene un siete tremendo, y debajo de ella asoma la americana con +los ribetes deshilachados, corbata mugrienta, y el cuello de la camisa +de dos semanas... Entonces ella se deja caer sobre él, y le dice con +efusión cariñosa: «Alma mía, yo trabajaré para ti; yo tengo costumbre, +tú no; sé planchar, sé repasar, sé servir... tú no tienes que +trabajar... yo para ti... Con que me sirvas para ir a entregar, basta... +no más. Viviremos en un sotabanco, solos y tan contentos».</p> + +<p>Entonces empieza a ver que las casas y el cielo se desvanecen, y Juan no +está ya de capa sino con un gabán muy majo. Edificios y carros se van, y +en su lugar ve Fortunata algo que conoce muy bien, la ropa de Maxi, +colgada de una percha, la ropa suya en otra, con una cortina de percal +por encima; luego ve la cama, va reconociendo pedazo a pedazo su alcoba; +y la voz de doña Lupe ensordece la casa riñendo a Papitos porque, al +aviar las lámparas, ha vertido casi todo el mineral... y gracias que es +de día, que si es de noche y hay luz, incendio seguro.</p> + + + +<hr /> +<h2>-<span class="smcap">v</span>-</h2> + + +<p>Lo que había soñado se le quedó a la señora de Rubín tan impreso en +la mente cual si hubiera sido realidad. Le había visto, le había +hablado. Completó su pensamiento, amenazando con el puño cerrado a un +ser invisible: «Tiene que volver... ¿Pues tú qué creías? Y si él no me +busca, le buscaré yo... Yo tengo mi idea, y no hay quien me la quite». +Incorporose después, quedándose apoyada en un codo y mirando a los +ladrillos. Sus ojos se fijaron en un punto del suelo. Con rápido impulso +saltó hacia aquel punto y recogió un objeto. Era un botón... Mirolo +tristemente, y después lo arrojó con fuerza lejos de sí, diciendo: «es +negro y de tres <i>aujeritos</i>. Mala sombra». Vuelta otra vez a la +cavilación: «Porque si le encuentro y no quiere venir, me mato, juro que +me mato. No vivo más así, Señor; te digo que no me da la gana de vivir +más así. Yo veré el modo de buscar en la botica un veneno cualquiera que +acabe pronto... Me lo trago, y me voy con Mauricia». Esta idea parecía +darle cierto aplomo, y salió del cuarto. En pocas palabras la puso doña +Lupe al tanto de la gran burrada que había hecho Papitos. «Nada, hija, +que si es de noche y se vierte el mineral con la luz encendida, aquí +perecemos todos achicharrados... Es muy perra esta chica, y me va a +consumir la vida».</p> + +<p>Pasado el berrinche, se fijó en la cara de su sobrina, encontrando en +ella un oscurísimo jeroglífico que no podía descifrar: «Pero estate sin +cuidado que ya te lo acertaré yo... Conmigo no juegas tú».</p> + +<p>Aquella noche hizo Maxi mil extravagancias, y a la mañana siguiente se +puso tan encalabrinado y vidrioso, que no se le podía aguantar. «Hay que +tener mucha paciencia—dijo doña Lupe a Fortunata—. ¿Sabes lo que te +aconsejo? Que no le lleves la contraria en nada. Hay que decirle a todo +que sí, sin perjuicio de hacer lo que se deba. El pobrecito está mal. Me +ha dicho esta mañana Ballester que tiene algo de reblandecimiento +cerebral. Dios nos tenga de su mano». Sentía Fortunata vivos deseos de +salir a la calle, y no sabía qué pretexto inventar para procurarse +escapatorias. Ofrecíase a hacer compras de que doña Lupe tenía +necesidad, e inventaba menesteres que motivaran una salidita. La taimada +viuda de Jáuregui comprendió que una sujeción absoluta sería +perjudicial, y empezó a darle libertad. Un día le leyó la cartilla en +estos términos: «Puedes salir; no eres una chiquilla y ya sabes lo que +haces. Yo creo que no nos darás ningún disgusto, y que has de mirar por +el decoro de la familia lo mismo que miro yo. La dignidad, hija, la +dignidad es lo primero». Pero doña Lupe empezaba a hacérsele +horriblemente antipática, y por nada del mundo le habría hecho una +confidencia. Hablando con verdad, lo que más disgustada tenía a doña +Lupe era, no que Fortunata saliese, sino que no le comunicase nada de lo +que pensaba o sentía. El pensar que tal vez estaría a la sazón la señora +de Rubín jugando una gran trastada al decoro de la familia, la +mortificaba, sí, pero no tanto como el ver que no la consultaba ni le +pedía consejo sobre aquello desconocido y oscuro que sin duda le +ocurría. «El tapujito es lo que me revienta. Como yo lo descubra va a +ser sonada. En hora maldita entró aquí esta loquinaria. No, yo nunca la +tragué, el Señor es testigo... siempre me dio la cara. El ganso de +Nicolás fue quien lo echó a perder tomándolo por lo religioso... Si al +menos se llegara a mí y me dijera: «tía, yo me veo en este conflicto, yo +he faltado o voy a faltar, o puede que falte si no me atajan...». +Demasiado sabe ella que con este mundo que yo tengo y con lo bien que +discurro, gracias a Dios, le abriría camino para poner a salvo el honor +de la familia. Pero no... la muy bestia se empeña en gobernarse sola, ¿y +qué hará?... Alguna barbaridad, pero gorda. Si no, allá lo veremos».</p> + +<p>Fortunata se echó a la calle, y en la Plaza del Progreso vio muchos +coches; pero muchos. Era un entierro, que iba por la calle del Duque de +Alba hacia la de Toledo. Por las caras conocidas que fue viendo mientras +el fúnebre séquito pasaba, vino a comprender que el entierro era el de +Arnaiz el Gordo, que se había muerto el día antes. Pasaron los +Villuendas, los Trujillos, los Samaniegos, Moreno-Isla... Pues irían +también D. Baldomero y su hijo... quizás en los coches de delante, +haciendo cabecera... «Toma; también Estupiñá». Desde el simón en que iba +con uno de los <i>chicos</i>, el gran Plácido le echó una mirada de +indignación y desdén. Siguió ella tras el entierro, y al llegar a la +parte baja de la calle de Toledo, tomó a la derecha por la calle de la +Ventosa y se fue a la explanada del Portillo de Gilimón, desde donde se +descubre toda la vega del Manzanares. Harto conocía aquel sitio, porque +cuando vivía en la calle de Tabernillas, íbase muchas tardes de paseo a +Gilimón, y sentándose en un sillar de los que allí hay, y que no se sabe +si son restos o preparativos de obras municipales, estábase largo rato +contemplando las bonitas vistas del río. Pues lo mismo hizo aquel día. +El cielo, el horizonte, las fantásticas formas de la sierra azul, +revueltas con las masas de nubes, le sugerían vagas ideas de un mundo +desconocido, quizás mejor que este en que estamos; pero seguramente +distinto. El paisaje es ancho y hermoso, limitado al Sur por la fila de +cementerios, cuyos mausoleos blanquean entre el verde oscuro de los +cipreses. Fortunata vio largo rosario de coches como culebra que +avanzaba ondeando; y al mismo tiempo otro entierro subía por la rampa de +San Isidro, y otro por la de San Justo. Como el viento venía de aquella +parte, oyó claramente la campana de San Justo que anunciaba cadáver.</p> + +<p>«Estará con su papá—pensó ella—, y aunque al volver me vea, no ha de +decirme nada».</p> + +<p>Después de permanecer allí largo rato, fue a la Virgen de la Paloma, a +quien dijo cuatro cosas, y estaba rezándole, cuando sus ojos, al +resbalar por el suelo, tropezaron con un objeto que brillaba en medio de +los baldosines de mármol. Púsose un momento a gatas para cogerlo. Era un +botón. «¡Es blanco y de cuatro <i>aujeritos</i>! Buena sombra» dijo +guardándolo.</p> + +<p>Se fue a su casa, y al día siguiente salió a comprar tela para un +vestido. Estuvo en dos tiendas de la Plaza Mayor, tomó después por la +calle de Toledo, con su paquete en la mano, y al volver la esquina de la +calle de la Colegiata para tomar la dirección de su casa, recibió como +un pistoletazo esta voz que sonó a su lado: «¡Negra!».</p> + +<p>¡Ay Dios mío!, encontrársele así tan de sopetón, ¡precisamente en uno de +los pocos instantes en que no estaba pensando en él! Como que iba +discurriendo la combinación que le pondría al vestido. ¿Azul o plata +vieja? Le miró y se puso del color de la cera blanca. Él entonces detuvo +un simón que pasaba. Abrió la portezuela, y miró a su antigua amiga, +sonriendo; sonrisa que quería decir: ¿Vienes o no? Si estás rabiando por +venir... ¿a qué esa vacilación?</p> + +<p>La vacilación duraría como un par de segundos. Y después Fortunata se +metió en el coche, de cabeza, como quien se tira en un pozo. Él entró +detrás, diciendo al cochero: «Mira, te vas hacia las Rondas... paseo de +los Olmos... el Canal».</p> + +<p>Durante un rato se miraban, sonreían y no decían nada. A ratos Fortunata +se inclinaba hacia atrás, como deseando no ser vista de los transeúntes; +a ratos parecía tan tranquila, como si fuera en compañía de su marido.</p> + +<p>«Ayer te vi... digo, no te vi... Vi el entierro y me figuré que irías en +los coches de delante».</p> + +<p>Los ojos de ella le envolvían en una mirada suave y cariñosa.</p> + +<p>«¡Ah!, sí, el entierro del pobre Arnaiz... Dime una cosa, ¿me guardas +rencor?».</p> + +<p>La mirada se volvió húmeda.</p> + +<p>—¿Yo?... ninguno.—¿A pesar de lo mal que me porté contigo?...</p> + +<p>—Ya te lo perdoné.—¿Cuándo?—¡Cuándo! ¡Qué gracia! Pues el mismo día.</p> + +<p>—Hace tiempo, <i>nena negra</i>, que me estoy acordando mucho de ti—dijo +Santa Cruz con cariño que no parecía fingido, clavándole una mano en un +muslo.</p> + +<p>—¡Y yo!... Te vi en la calle Imperial... no, digo, soñé que te vi.</p> + +<p>—Yo te vi en la calle de la Magdalena.</p> + +<p>—¡Ah!, sí... la tienda de tubos; muchos tubos.</p> + +<p>Aun con este lenguaje amistoso, no se rompió la reserva hasta que no +salieron a la Ronda. Allí el aislamiento les invadía. El coche penetraba +en el silencio y en la soledad, como un buque que avanza en alta mar.</p> + +<p>—¡Tanto tiempo sin vernos!—exclamó Juan pasándole el brazo por la +espalda.</p> + +<p>—¡Tenía que ser, tenía que ser!—dijo ella inclinando su cabeza sobre +el hombre de él—. Es mi destino.</p> + +<p>—¡Qué guapa estás! ¡Cada día más hermosa!</p> + +<p>—Para ti toda—afirmó ella, poniendo toda su alma en una frase.</p> + +<p>—Para mí toda—dijo él, y las dos caras se estrujaron una contra +otra—. Y no me la merezco, no me la merezco. Francamente, chica, no sé +cómo me miras.</p> + +<p>—Mi destino, hijo, mi destino. Y no me pesa, porque yo tengo acá mi +idea, ¿sabes?</p> + +<p>Santa Cruz no pensó en rogarle que explicara su idea. La suya era esta: +«¡Pero qué hermosa estás! ¿Has hecho alguna picardía en el tiempo que ha +pasado sin que nos veamos?».</p> + +<p>—¿Picardías yo?... (extrañando mucho la pregunta).</p> + +<p>—Quiero decir: después que volviste con tu marido, ¿no has tenido por +ahí algún devaneo...?</p> + +<p>—¡Yo!—exclamó ella con el acento de la dignidad ofendida—; ¡pero +estás loco! Yo no tengo devaneos más que contigo...</p> + +<p>—¿De cuánto tiempo puedes disponer?</p> + +<p>—De todo el que tú quieras.</p> + +<p>—Podrías tener un disgusto en tu casa.</p> + +<p>—Es verdad... pero ¿y qué?</p> + +<p>Y en el acto se acordó de las amonestaciones de Feijoo. Claro; no había +necesidad de descomponerse, ni de faltar a la religión de las +apariencias.</p> + +<p>—Pues dispongo de una hora.—¿Y mañana?—¿Nos veremos mañana? No me +engañes, pero no me engañes—dijo ella suplicante—. Estoy acostumbrada +a tus papas...</p> + +<p>—No, ahora no... ¿Me quieres?</p> + +<p>—¡Qué pregunta!... Bien lo sabes tú, y por eso abusas. Yo soy muy tonta +contigo; pero no lo puedo remediar. Aunque me pegaras, te querría +siempre. ¡Qué burrada! Pero Dios me ha hecho así, ¿qué culpa tengo?</p> + +<p>Tanta ingenuidad, ya conocida del incrédulo Delfín, era una de las cosas +que más le encantaban en ella. Tiempo hacía que él notaba cierta +sequedad en su alma, y ansiaba sumergirla en la frescura de aquel afecto +primitivo y salvaje, pura esencia de los sentimientos del pueblo rudo.</p> + +<p>—¿Me engañarás otra vez, farsantuelo? (clavándole a su vez los dedos en +la rodilla).</p> + +<p>—No claves tanto, hija, que duele. Y ahora gocemos del momento +presente, sin pensar en lo que se hará o no se hará después. Eso depende +de las circunstancias.</p> + +<p>—¡Ah!, esas señoras circunstancias son las que me cargan a mí. Y yo +digo: «¿Pero, Señor, para qué hay en el mundo circunstancias?». No debe +haber más que <i>quererse</i> y a vivir.</p> + +<p>—Tienes razón (abrazándola con nervioso frenesí y dándole la mar de +besos). <i>Quererse</i> y a vivir. Eres el corazón más grande que existe.</p> + +<p>Fortunata se acordó otra vez de su amigo y maestro Feijoo. El corazón +grande era un mal y había que recortarlo.</p> + +<p>—Reconozco—prosiguió el Delfín—, que vales mucho más que yo, como +corazón; pero mucho más. Soy al lado tuyo muy poca cosa, <i>nena negra</i>. +No sé qué tienes en esos condenados ojos. Te andan dentro de ellos todas +las auroras de la gloria celestial y todas las llamas del Infierno... +Quiéreme, aunque no me lo merezco.</p> + +<p>—¡Me muero por ti! (tirándole suavemente de las barbas). Si no me +quieres, te irás al Infierno... para que lo sepas; te irás conmigo... te +llevaré yo, arrastrándote por estas barbas.</p> + +<p>Risas. «¡Qué feliz soy, pero qué feliz soy hoy, Dios mío!—exclamó la +joven, con semblante y ojos iluminados—. No me cambiaría por todos los +ángeles y serafines que están brincando delante de su Divina Majestad en +el Cielo; no me cambiaría, no me cambiaría».</p> + +<p>—Ni yo... hace tiempo que yo necesitaba una alegría. Estaba triste, y +decía: «A mí me falta algo; ¿pero qué es lo que me falta a mí?».</p> + +<p>—Yo también estaba triste. Pero el corazón me está diciendo hace +tiempo: «Tú volverás, tú volverás...». Y si una no volviera, ¿para qué +es vivir? Vivir para que llegue un día así; lo demás es estarse muriendo +siempre.</p> + +<p>—Es tarde, y no quiero que te comprometas. Precaución, chica. No +hagamos tonterías.</p> + +<p>Volviendo a acordarse de Feijoo, repitió ella: «Lo principal es no hacer +tonterías».</p> + +<p>—Quedamos en que...—Mañana, a la hora que te venga mejor.</p> + +<p>—Cochero, vuelva usted.—Déjame a la entrada de la calle de Valencia.</p> + +<p>—Donde tú quieras.—Y pasado mañana también—dijo tras una pausa y con +ansiedad la insensata mujer.</p> + +<p>—Y al otro, y al otro... Pero no muerdas...</p> + +<p>Miraba ella al porvenir, y su radiante felicidad se nublaba con la idea +de que los días venideros desmintieran aquel en que estaba.</p> + +<p>—Porque ahora no serás tan malito como antes. ¿Verdad, pillín mío?... +¿No serás, no, verdad, rico mío?</p> + +<p>—Que no, que no... Vas a ver... Tú te convencerás...</p> + +<p>—Júramelo... ¡Ah!, ¡qué tonta!, ¡como si los juramentos valieran! En +fin, que ahora tomaré mis precauciones... Si mi idea se cumple...</p> + +<p>—¿Y cuál es tu idea?, ¿qué idea es esa?</p> + +<p>—No te lo quiero decir... Es una idea mía: si te la dijera, te +parecería una barbaridad. No lo entenderías... ¿Pero qué te crees tú, +que yo no tengo también mi talento?</p> + +<p>—Lo que tú tienes, <i>nena negra</i>, es toda la sal de Dios (besándola con +romanticismo).</p> + +<p>—Pues eso... junto con la sal está la idea... Si mi idea se cumple... +No te quiero decir más.</p> + +<p>—Mañana me lo dirás.</p> + +<p>—No, mañana tampoco... El año que viene.</p> + +<p>—<i>Ya llegó el instante fiero</i>...</p> + +<p>—<i>Silvia de la despedida</i>. Déjame aquí. Adiós, hijo de mi vida. +Acuérdate de mí. ¡Que no fueran los minutos horas! Adiós... me muero por +ti.</p> + +<p>—Que no faltes. Y no te olvides del número.</p> + +<p>—¿Qué me he de olvidar, hombre? Primero me olvidaré de mi nombre.</p> + +<p>—A la una en punto. Adiós, negra salada.</p> + +<p>—Hasta mañana.—Hasta mañana.</p> + + +<h3>Madrid.—Diciembre de 1886.</h3> + + +<h3>FIN DE LA PARTE TERCERA</h3> + +<hr style="margin-bottom:15%;" /> + +<p><a name="parte_cuarta" id="parte_cuarta"></a></p> + +<h1>Fortunata y Jacinta: (dos historias de casadas)</h1> + +<h2>por<br /> B. Pérez Galdós</h2> + +<hr /> +<h2>PARTE CUARTA</h2> +<div class="center"> +<a href="#id"><b>-I-</b></a> +<a href="#iid"><b>-II-</b></a> +<a href="#iiid"><b>-III-</b></a> +<a href="#ivd"><b>-IV-</b></a> +<a href="#vd"><b>-V-</b></a> +<a href="#vid"><b>-VI-</b></a><br /> +</div> + +<hr /> +<h2><a name="id" id="id"></a>-I-</h2> + +<h2>En la calle del Ave-María</h2> + + +<hr /> +<h2>-<span class="smcap">i</span>-</h2> + + +<p>Segismundo Ballester (el licenciado en Farmacia que estaba al +frente de la botica de Samaniego) tenía frecuentes altercados con Maxi +por los garrafales errores en que este incurría. Llegó el caso de +prohibirle que hiciese por sí solo ningún medicamento de cuidado. +«¡Carambita!, hijo, si da usted en confundirme los <i>alcoholatos</i> con las +<i>tinturas alcohólicas</i>, apaga y vámonos. Este frasco es el <i>alcohol de +coclearia</i>, y este otro la <i>tintura de acónito</i>... Vea usted la receta y +fíjese bien... Si seguimos así, lo mejor sería que doña Casta cerrase el +establecimiento».</p> + +<p>Y expresándose así, con ínfulas y asperezas de dómine, Ballester le +quitó de las manos a su subalterno lo que entre ellas tenía. «Pero ¿qué +demonios ha echado usted aquí?—dijo luego con enojo, llevándose el +potingue a la nariz—. O esto es <i>valeriana</i> o no sé lo que me pesco.</p> + +<p>¡Cuando digo...! Hoy está usted muy malo. Más vale que se retire a su +casa. Yo me las arreglo mejor solo. Cuidarse; llévese usted un +derivativo... Mire, mire, llévese también un preparado de hierro. El +derivativo se lo zampa en ayunas... Luego en cada comida se atiza una +píldora de <i>hierro reducido por el hidrógeno</i>, con <i>extracto de +ajenjos</i>... por la noche al acostarse se atiza usted otra... Con estos +calores, conviene no abusar mucho del hierro, ¿sabe?, y sobre todo, +paséese usted y no lea tanto».</p> + +<p>Relevado por su regente de la obligación de trabajar, Rubín se fue al +laboratorio, y tomando de debajo de la silla un librote, se puso a leer. +Profundísima tristeza se revelaba en su rostro enjuto y granuloso. Caía +en la lectura como en una cisterna; tan abstraído estaba y tan apartado +de todo lo que no fuera el torbellino de letras en que nadaban sus ojos +y con sus ojos su espíritu. Tomaba extrañas e increíbles posturas. A +veces las piernas en cruz subían por un tablero próximo hasta mucho más +arriba de donde estaba la cabeza; a veces una de ellas se metía dentro +de la estantería baja por entre dos garrafas de drogas. En los dobleces +del cuerpo, las rodillas juntábanse a ratos con el pecho, y una de las +manos servía de almohada a la nuca. Ya se apoyaba en la mesa sobre el +codo izquierdo, ya el sobaco derecho montaba sobre el respaldo de la +silla, como si esta fuera una muleta, ya en fin, las piernas se +extendían sobre la mesa cual si fueran brazos. La silla, sustentada en +las patas de atrás, anunciaba con lastimeros crujidos sus intenciones de +deshacerse; y en tanto el libro cambiaba de disposición con aquellos +extravagantes escorzos del cuerpo del lector. Tan pronto aparecía por +arriba, sostenido en una sola mano, como agarrado con las dos, más abajo +de donde estaban las rodillas; ya se le veía abierto con las hojas al +viento como si quisiera volar, ya doblado violentamente a riesgo de +desencuadernarse. Lo que nunca variaba ni disminuía era la atención del +lector, siempre intensa y fija al través de todos los sacudimientos de +la materia muscular, como el principio que sobrevive a las revoluciones.</p> + +<p>Ballester iba y venía, trabajando sin cesar, y cantaba entre dientes +estribillos de zarzuelas populares. Era un hombre simpático, no muy +limpio, de barba inculta, la nariz muy gruesa, personalidad negligente, +terminada por arriba en una caballera de matorral, que debía de tener +muy poco trato con los peines, y por abajo en anchas y muy usadas +pantuflas de pana, que iba arrastrando por los ladrillos de la rebotica +y laboratorio.</p> + +<p>«Pero, alma de Dios, ya que no trabaja usted... al menos despache +menudencias—dijo, parándose ante Rubín—. Mire, allí está esa mujer +esperando hace un cuarto de hora... Diez céntimos de diaquilón. En +aquella gaveta está. Vamos, menéese».</p> + +<p>Rubín salía a la tienda y despachaba.</p> + +<p>«¿En dónde están los frascos de <i>Emulsión Scott</i>?».</p> + +<p>—Mírelos, mírelos; si los tiene casi en la mano. Dígole que es preciso +cuidar esa cabeza... ¡Otra vez a leer! Bueno; usted se acordará de mí... +leer, leer, y el aparato cerebro-espinal que lo parta un rayo... Tararí, +tararí...</p> + +<p>Seguía cantando y el otro ¡plum!, se chapuzaba otra vez en su lectura.</p> + +<p>«¿Y qué lee?... vamos a ver—dijo Ballester mirando el libro—. <i>La +pluralidad de mundos habitados</i>... Bueno va... ¡Cualquier día me iba yo +a ocupar de si había personas en Júpiter! Cuando digo que usted, amigo +Rubín, va a acabar mal. Aquí para entre los dos: ¿a usted qué le va ni +qué le viene con que haya gente en Marte o deje de haberla? ¿Le van a +dar a usted algo por el descubrimiento? Tararí... tararí. Yo doy de +barato—añadió luego, poniéndose a machacar en el mortero—, yo doy de +barato que haya familia en las estrellas; es más, declaro que la hay. +Bueno, ¿y qué? La consecuencia es que estarían tan jorobados como +nosotros».</p> + +<p>Rubín no contestaba. A cierta hora, dejó el libro, metiéndolo en un +rincón de la anaquelería, que apestaba a fénico, entre dos potes de +este líquido; después se restregaba los ojos y estiraba los brazos y el +cuerpo todo, tardando lo menos cinco minutos en aquel desperezo que +activaba la circulación de su poca sangre. Cogía el hongo que de una +percha colgaba, y a la calle. Poco tenía que andar por ella para ir a su +casa. Entró en esta con la cabeza baja, las cejas fruncidas. Su tía le +dijo que Fortunata no había venido aún y que le esperarían para comer. +Maxi ocupó su sitio en la mesa, doña Lupe le recogió el sombreo, y +volviendo al poco rato, sentose en el sofá de paja; ambos esperaron un +rato en silencio.</p> + +<p>«Cuidado que hoy tarda más que nunca» observó doña Lupe; y como notase +en el rostro de su sobrino señales de desasosiego, se apresuró a +entablar conversación más amena.</p> + +<p>«Todo el día me he estado acordando de lo que hablamos anoche. ¡Ah!, si +tú fueras otro, si tú tuvieras ambición, pronto seríamos todos ricos. El +farmacéutico que no hace dinero en estos tiempos es porque tiene +vocación de pobre. Tú sabes bastante, y con un poco de trastienda y otro +poco de farsa y mucho anuncio, mucho anuncio, negocio hecho. Créeme, yo +te ayudaría».</p> + +<p>—No crea usted, tía, yo también he pensado en eso. Ayer se me ocurría +una aplicación del <i>hierro dializado</i> a sin fin de medicamentos... Creo +que encontraría una fórmula nueva.</p> + +<p>—Estas cosas, hijo, o se hacen en gordo o no se hacen. Si inventas +algo, que sea <i>panacea</i>, una cosa que lo cure todo, absolutamente todo, +y que se pueda vender en líquido, en píldoras, pastillas, cápsulas, +jarabe, emplasto y en cigarros aspiradores. Pero hombre, en tantísima +droga como tenéis ¿no hay tres o cuatro que bien combinadas sirvan para +todos los enfermos? Es un dolor que teniendo la fortuna tan a la mano, +no se la coja. Mira el doctor Perpiñá, de la calle de Cañizares. Ha +hecho un capitalazo con ese jarabe... no recuerdo bien el nombre; es +algo así como <i>latro-faccioso</i>...</p> + +<p>—El <i>lacto-fosfato de cal perfeccionado</i>—dijo Maxi—. En cuanto a las +<i>panaceas</i>, la moral farmacéutica no las admite.</p> + +<p>—¡Qué tonto!... ¿Y qué tiene que ver la moral con esto? Lo que digo; no +saldrás de pobre en toda tu vida... Lo mismo que el tontaina de +Ballester: también me salió el otro día con esa música. ¿Nada os dice la +experiencia? Ya veis: el pobre Samaniego no dejó capital a su familia, +porque también tocaba la misma tecla. Como que en su tiempo no se +vendían en su farmacia sino muy contados específicos. Casta bufaba con +esto. También ella desea que entre tú y Ballester le inventéis algo, y +deis nombre a la casa, y llenéis bien el cajón del dinero... Pero buen +par de sosos tiene en su establecimiento...</p> + +<p>Charla que te charla, doña Lupe miraba al reloj del comedor, mas no +expresaba su impaciencia con palabras. Por fin sonó la campanilla +débilmente. Era Fortunata que, cuando iba tarde, llamaba con timidez y +cautela, como si quisiera que hasta la campanilla comentase lo menos +posible su tardío regreso al hogar doméstico. Papitos corrió a abrir, y +doña Lupe fue a la cocina. Maxi habló con su mujer en un tono que +indicaba la complacencia de verla, y se quejó suavemente de que no +hubiese entrado antes. Tenía ella los ojos encendidos como de haber +llorado, y no era difícil conocer que disimulaba una gran pena. Pero +Rubín no reparaba en lo cabizbaja y suspirona que estaba su mujer +aquella noche. Hacía algún tiempo que la facultad de observación se +eclipsaba en él; vivía de sí mismo, y todas sus ideas y sentimientos +procedían de la elaboración interior. La impulsión objetiva era casi +nula, resultando de esto una existencia enteramente soñadora.</p> + +<p>A doña Lupe sí que no se le escapaba nada, y de todo iba tomando notas. +Hablose en la mesa del tiempo, del gran calor que se había metido, +<i>impropio de la estación</i>, porque todavía no había entrado Julio, aunque +faltaban pocos días; de los trenes de ida y vuelta, y de la mucha gente +que salía para las provincias del Norte. Con cierta timidez, se aventuró +Fortunata a decir que su marido debía dejarse de píldoras, y decidirse +a ir a San Sebastián a tomar baños de mar. Mostrándose muy apático, dijo +el pobre chico que lo mismo era tomarlos en Madrid con las <i>algas +marinas del Cantábrico</i>, a lo que respondió su mujer con energía: «Eso +de las algas es conversación, y aunque no lo fuera, lo que más importa +es tomar las <i>brisas</i>».</p> + +<p>Picando con el tenedor en el plato, para coger los garbanzos uno a uno, +la señora de Jáuregui se decía lo siguiente: «Te veo venir... buena +pieza. Ya sé yo las <i>brisas</i> que tú quieres. Después de zarandearte +aquí, quieres zarandearte allá, porque se te va el amigo... Sí, lo sé +por Casta. Los señores de la Plazuela de Pontejos se marchan mañana. +Pero yo te respondo, picaronaza, de que con esa no te sales... ¡A San +Sebastián nada menos! Estás fresca... Ya te daré yo <i>brisas</i>...».</p> + +<p>Vino luego doña Casta con Olimpia a proponerles dar un paseo al Prado. +Rubín vacilaba; pero su mujer se negó resueltamente a salir. Fuese doña +Lupe con sus amigas, y Fortunata y Maxi estuvieron solos hasta media +noche en la sala, a oscuras, con los balcones abiertos, a causa del +calor que reinaba, hablando de cosas enteramente apartadas de la +realidad. Él proponía los temas más extravagantes, por ejemplo: «¿Cuál +de nosotros dos se morirá primero? Porque yo estoy muy delicado; pero +con estos achaques, quizás tenga tela para muchos años. Los +temperamentos delicados son los que más viven, y los robustos están más +expuestos a dar un estallido». Hacía ella esfuerzos por sostener plática +tan soporífera y desagradable. Otra proposición de Maxi: «Mira una cosa; +si yo no estuviera casado contigo, me consagraría por entero a la vida +religiosa. No sabes tú cómo me seduce, cómo me llama... Abstraerse, +renunciar a todo, anular por completo la vida exterior, y vivir sólo +para adentro... este es el único bien positivo; lo demás es darle +vueltas a una noria de la cual no sale nunca una gota de agua».</p> + +<p>Fortunata decía a todo que sí, y aparentando ocuparse de aquello, +pensaba en lo suyo, meciéndose en la dulce oscuridad y la tibia +atmósfera de la sala. Por los balcones entraba muy debilitada la luz de +los faroles de la calle. Dicha luz reproducía en el techo de la +habitación el foco de los candelabros, con las sombras de su armadura, y +esta imagen fantástica, temblando sobre la superficie blanca del cielo +raso, atraía las miradas de la triste joven, que estaba tendida en una +butaca con la cabeza echada hacia atrás. Maxi volvió a machacar: «Si no +fuera por ti, no se me importaría nada morirme, Es más, la idea de la +muerte es grata en mi alma. La muerte es la esperanza de realizar en +otra parte lo que aquí no ha sido más que una tentativa. Si nos +aseguraran que no nos moriríamos nunca, pronto se convertiría uno en +bestia, ¿no te parece a ti?».</p> + +<p>—¿Pues qué duda tiene?—respondía la otra maquinalmente, dejando a su +idea revolotear por el techo.</p> + +<p>—Yo pienso mucho en esto, y me entregaría desde luego a la vida +interior, si no fuera porque está uno atado a un carro de afectos, del +cual hay que tirar.</p> + +<p>—¡Ay, Dios mío, la que me espera mañana!—pensó la esposa. Era probado: +Siempre que su marido estaba por las noches muy dado a la somnolencia +espiritual, al día siguiente le entraba la desconfianza furibunda y la +manía de que todos se conjuraban contra él.</p> + +<p>Poco después de esto, dijo Maxi que se quería acostar. Fortunata +encendió luz, y él fue hacia la alcoba, arrastrando los pies como un +viejo. Mientras su mujer le desnudaba, el pobre chico la sorprendió con +estas palabras, que a ella le parecieron infernal inspiración de un +cerebro dado a los demonios: «Veremos si esta noche sueño lo mismo que +soñé anoche. ¿No te lo he contado? Verás. Pues soñé que estaba yo en el +laboratorio, y que me entretenía en distribuir bromuro potásico en +papeletas de un gramo... a ojo. Estaba afligido, y me acordaba de ti. +Puse lo menos cien papeletas, y después sentí en mí una sed muy rara, +sed espiritual que no se aplaca en fuentes de agua. Me fui hacia el +frasco del clorhidrato de morfina y me lo bebí todo. Caí al suelo, y en +aquel sopor... Tú vete haciendo cargo... en aquel sopor se me apareció +un ángel y me dijo, dice: 'José, no tengas celos, que si tu mujer está +encinta, es por obra del <i>Pensamiento puro</i>...'. ¿Ves qué disparates? Es +que ayer tarde trinqué la Biblia y leí el pasaje aquel de...».</p> + +<p>Maxi se estiró en la cama, y cerrando los ojos, cayó al instante en +profundo sueño, cual si se hubiera bebido todo el láudano de la +farmacia.</p> + + + +<hr /> +<h2>-<span class="smcap">ii</span>-</h2> + + +<p>Fortunata no se acostó en la cama, porque hacía mucho calor. +Echose medio vestida en el sofá, y a la madrugada, después de haber +dormido algunos ratos, sintió que su marido estaba despierto. Oíale dar +suspiros y gruñir como una persona sofocada por la cólera. Sintiole +palpar en la mesa de noche buscando la caja de cerillas. Esta se cayó al +suelo, y en el suelo vio Fortunata la claridad lívida que los fósforos +despiden en la oscuridad. La mano de Maxi descendió buscando la caja, y +al fin pudo apoderarse de ella. Fortunata vio subir el azulado +resplandor, como difusa humareda. Este fenómeno desapareció con el +restallido del fósforo y la instantánea presencia de la luz alumbrando +la estancia. Los ojos del joven se esparcieron ansiosos por ella, y +viendo a su mujer acostada, dijo: «¡Ah!... estás ahí... ¡qué bien haces +el papel!».</p> + +<p>Para evitar cuestiones tan a deshora, la esposa fingió que dormía. Pero +entreabriendo los ojos le vio encender la vela. Púsose Maxi la ropa +necesaria para no levantarse desnudo, y se bajó de la cama +cautelosamente. Cogiendo la vela, salió al pasillo. Fortunata le sintió +reconociendo el cerrojo de la puerta, registrando el cuarto en que ella +tenía su ropa, y después el comedor y la cocina. Tantas veces había +hecho Maxi aquello mismo, que su mujer se había acostumbrado a tal +extravagancia. Era que le acometía la pícara idea de que alguien entraba +o quería entrar en la casa con intenciones de robarle su honor.</p> + +<p>Cuando Maxi volvió a la alcoba, ya principiaba a apuntar el día. «Si no +te cojo hoy, te cojo mañana—rezongaba—. No hay nada; pero yo sentí +pasos, yo sentí cuchicheos; tú saliste de aquí... Has vuelto a entrar y +estás ahí haciéndote la dormida para engañarme... Déjate estar... Yo +estoy con mucho ojo, y aunque parezca que no veo nada, lo veo todo... A +buena parte vienes... Que andaba un hombre por los pasillos, no tiene +duda. No vale el jurarme que no había nadie. Pues qué, ¿no tengo yo +oídos?... ¿Estoy yo tonto?».</p> + +<p>Decía esto sentado al borde del lecho, la vela en la mano, mirando a su +mujer, que continuaba fingiéndose dormida, con la esperanza de que se +aplacara. Pero esto no era fácil, y una vez desatada la insana manía, ya +había jaqueca para un rato. Acabando de vestirse, empezó a dar trancos +por la habitación, manoteando y hablando solo.</p> + +<p>«No, no, no... Si creen que me la dan, se equivocan. Lo más horrible es +que mi tía es encubridora... Pues qué, ¿entraría nadie en la casa si +ella no lo consintiera? Y Papitos también es encubridora. Buenas +propinas se calzará. Pero ya te arreglaré yo, <i>celestina</i> menuda. Que no +me vengan con tonterías. Ayer noté yo bien marcadas en el felpudo de la +entrada las suelas de unas botas de persona fina. Dicen que el +aguador... ¡Qué aguador ni que niño muerto!... Y anteayer había en esa +misma alcoba la impresión, sí, la impresión de una persona que aquí +estuvo. No lo puedo explicar; era como huellas dejadas en el aire, como +un olor, como el molde de un cuerpo en el ambiente. No me equivoco; aquí +entró alguien. Lucido, lucido papel estoy haciendo. ¡Dios mío! ¿De qué +le vale a uno el poner su honor por encima de todas las cosas? Viene un +cualquiera y lo pisotea, y lo llena de inmundicia. Y no le basta a uno +vigilar, vigilar, vigilar. Yo no duermo nada, y sin embargo... Pero es +preciso vigilar más todavía y no perder de vista ni un momento a mi +mujer, a mi tía, a Papitos... Esta condenada Papitos es la que abre la +puerta, y yo la voy a reventar».</p> + +<p>Fortunata creyó al fin que convenía hacer que despertaba. Lo particular +era que en aquella crisis el desventurado joven no pasaba de las +extravagancias de lenguaje a las violencias de obra; todo era quejas +acerbísimas, afán angustioso por su honor y amenazas de que iba a hacer +y acontecer.</p> + +<p>«¿Qué disparates estás hablando ahí?—le dijo su mujer—. ¿Por qué no te +acuestas? Ya que tú no duermes, déjame dormir a mí».</p> + +<p>—¿Te parece que después de lo que has hecho, se puede dormir? ¡Qué +conciencias, válgame Dios, qué conciencias estas!... Tú lo negarás +ahora... ¿Quién andaba por los pasillos? Claro, el gato. El pobre minino +paga todas las culpas. ¿Y tú a qué saliste?, a jugar con el gato, +¿verdad?, justo. ¡Y eso me lo he de tragar yo! Lo que me anonada es que +mi tía consienta esto, mi tía que me quiere tanto. ¡Tú, ya sé que no me +quieres; pero mi tía...! Vamos que... Pues esa víbora de Papitos, con su +cara de mona... ¡Qué humanidad, Dios mío! El hombre honrado no tiene +defensa contra tanto enemigo; la traición le rodea; la deslealtad le +acecha. Aquellos en quienes más confía le venden. Donde menos lo piensa, +en el seno de la familia, salta un Judas. En la tierra no hay ni puede +haber honor. En el Cielo únicamente, porque Dios es el único que no nos +engaña, el único que no se pone careta de amor para darnos la puñalada.</p> + +<p>Fortunata se vistió a toda prisa. Sabía por experiencia que mientras más +le contradecía era peor. Un rato estuvo sentada en el sofá, oyéndole +disparatar y aguardando a que avanzara un poco la mañana par avisar a +doña Lupe. Antes de ir a lavarse, pasó por la alcoba de su tía, que ya +estaba vistiendo, y le dijo: «Hoy está atroz... ¡pobrecito!... A ver si +usted le puede calmar».</p> + +<p>—Voy, voy allá... Veo que sin mí no os podéis gobernar. Si yo +faltara... no quiero pensarlo. Mira, pon en planta a Papitos, y que +encienda lumbre... Le haremos chocolate en seguida; porque la debilidad +es lo que le pone así, y hay que meterle lastre en aquel pobre cuerpo. +Toma las llaves, saca de aquel chocolate que nos dio Ballester, +<i>chocolate con hierro dializado</i>... ¡Qué chico, vaya por dónde le da...! +Salgo al momento.</p> + +<p>Cuando su tía entró con el chocolate, Maxi seguía tan disparado como +antes. «Lo que yo extraño, tía, lo que yo no puedo explicarme—dijo +clavando en ella sus ojos que relampagueaban—, es que usted consienta +esto y lo encubra y me quiera matar, porque sépalo usted, para mí el +honor es primero que la vida».</p> + +<p>—Hijo de mi alma—le contestó doña Lupe poniendo el chocolate sobre la +mesa—, después hablaremos de eso... Yo te explicaré lo que hay, y te +convencerás de que todo es una figuración tuya. Toma primero el +chocolate, que estás muy débil...</p> + +<p>El joven se dejó caer en el sofá, inclinándose hacia la mesa próxima, en +que el desayuno estaba, y tomando un bizcocho lo mojó en el líquido +espeso. Antes de probarlo, se le fue la lengua otra vez acerca de lo +mismo, si bien en tono más tranquilo. «No sé cómo me va usted a +convencer, cuando yo tengo oídos, yo tengo ojos, y ante la evidencia, no +valen...».</p> + +<p>Hizo un gesto de repugnancia y horror al probar el bizcocho mojado.</p> + +<p>«Tía... ¡Fortunata!... ¿qué es esto?, ¿qué me dan?... Este chocolate +tiene arsénico».</p> + +<p>—¡Hijo, por María Santísima!—exclamó doña Lupe consternada, a punto +que entraba su sobrina.</p> + +<p>—¿Pero ustedes creen que a mí se me puede ocultar el gusto del +arsénico?...—dijo enteramente descompuesto, los ojos extraviados—. Y +no son tontas; ponen poca dosis... un centigramo, para irme matando +lentamente... Y apuesto a que ha sido Ballester el que les ha dado el +ácido arsenioso... porque también él está contra mí... ¿Qué infierno es +este, Dios mío?...</p> + +<p>—Vamos, esto no se puede sufrir. ¡Decir que le hemos envenenado el +chocolate...!</p> + +<p>—¡Gusto a arsénico!... clavado... ¡pero tan clavado...!</p> + +<p>Levantose en actitud de desesperación y volvió a la inquietud delirante +de sus paseos...</p> + +<p>«Tendré que dejarme morir de hambre... es horrible... Mi casa llena de +enemigos. Las personas que más me querían antes, ahora desean mi +muerte».</p> + +<p>—¡Conque arsénico...!—dijo Fortunata tomándolo a broma, con esperanza +de obtener así mejor efecto—. Para que veas que eres un simple y un +majadero, voy a tomarme yo el chocolate.</p> + +<p>Y en el acto empezó a tomarlo. Su marido la miraba atónito.</p> + +<p>«A ver si espichamos de una vez... Él podrá tener veneno, pero bien rico +está... ¿Te convences ahora?... Me tomaría otra jícara. No creas, me +vendría bien que esto matara, porque así me iba pronto de este mundo, +que maldita la gracia que tiene, con las jaquecas que me das y lo mucho +que nos haces sufrir».</p> + +<p>Doña Lupe, en tanto, trajo la cocinilla económica para hacer en +presencia de Maxi otro chocolate. Aun así, fue preciso sostener una +lucha penosa para que se decidiera a probarlo, pues insistía en que +también aquel tenía gusto a arsénico... «Aunque no tanto, convengo en +que no es tanto». Después, tomando tonos de transacción, les dijo: «Yo +creo que todo ello es cosa de Papitos... porque ustedes no saben lo +mala que es y la inquina que me tiene».</p> + +<p>—Vamos, que es para pegarte—le contestó doña Lupe—. ¡Tomarla así con +la pobre Papitos!... Mira, cuando te den manías, échame a mí toda la +culpa. Yo sé desenvolverme y probar mi inocencia. Y ahora, ¿por qué no +os vais los dos a dar un paseíto por el Retiro? Hasta las nueve no hace +calor; la mañana está deliciosa.</p> + +<p>Fortunata apoyó esta proposición, pero él no tenía ganas de salir. +Continuaba en el sofá, apoyado el codo en la mesilla y la cabeza en la +mano, mirando al suelo como si quisiera contar los juncos de la esterita +que había junto al sofá. Las dos mujeres se miraban, comunicándose con +los ojos malas impresiones.</p> + +<p>«Eso—murmuró él de una manera torva y recelosa—. Quieren echarme a la +calle, para...».</p> + +<p>—Pero alma de Dios, si va ella contigo...</p> + +<p>—¿Y a dónde me quiere llevar? Sabe Dios... Alguna trampa que me quieren +armar. Si sólo fuera para asesinarme, pase; ¡pero si es para atentar al +sagrado de mi honor...!</p> + +<p>—Todo sea por Dios.—¿No sabe usted, tía, que hace tres meses...? la +<i>Correspondencia</i> lo trajo... una mujer llevó a su marido al Retiro, y +cuando iban por un paseo solitario salió el cómplice... sí, el cómplice, +que estaba escondido tras unas matas, y entre ella y aquel tuno cogieron +al pobre marido, le ataron de pies y manos y le arrojaron al +estanque...</p> + +<p>—¡Jesús, qué barbaridad! ¿De dónde has sacado esos desatinos?</p> + +<p>—La <i>Correspondencia</i> no ha traído tal cosa—dijo Fortunata.</p> + +<p>—Vamos, lo habrás soñado tú.</p> + +<p>—Yo no lo he soñado—gritó él levantándose con golpe de resorte—. Es +verdad; lo he leído en la <i>Correspondencia</i>... y... ¡También me llaman +embustero! Yo no digo más que la verdad. Las embusteras son ustedes... +ustedes, con esas conciencias cargadas de crímenes...</p> + +<p>Doña Lupe cruzaba las manos y miraba al Cielo, invocando la justicia +divina. Fortunata expresaba un gran abatimiento, cual si su paciencia +tocase ya al punto en que agotarse debía.</p> + +<p>«Mira—dijo la viuda—, vete a la botica, ponte a trabajar, y con la +distracción se te despejará la cabeza».</p> + +<p>Sabía por experiencia la señora de Jáuregui que en los ataques fuertes +de su sobrino, Ballester era la única persona que le hacía entrar en +razón, desplegando ante él, ya la burla descarada, ya la autoridad seca +y hasta cruel. Las personas de la familia, a quienes él quería, eran las +más ineptas para dominarle, pues contra ellas iba la descarga de su +recelo furibundo. «Bueno, bajaré—dijo Maxi tomando su sombrero—. +Tengo que ajustarle las cuentas al señor de Ballester. De mí no se ríe +más... Y en último caso, que me lo diga cara a cara. ¿A que no se +atreve? Es un cobarde y un traidor, que vendiendo amistad, hiere por la +espalda».</p> + +<p>Tía y esposa no le dijeron nada, y fueron tras él. Cogiendo de la percha +del recibimiento la caña que usaba, salió dando un fuerte portazo. Bajó +rápidamente y estuvo hablando un rato con la portera. Desde el balcón le +vieron las dos señoras salir a la calle, pasar la acera de enfrente, +mirar hacia la casa... Ocultáronse ellas entonces, y asomándose con +cautela por entre los hierros, viéronle seguir, gesticulando y haciendo +molinete con el bastón. A cada instante se paraba y volvía hacia atrás. +Daba unos cuantos pasos y otra vez por la calle arriba. En una de estas +vueltas, salió Ballester a la puerta de la botica y le llamó con gesto +imperativo: «Aquí pronto... ¡Me gusta...! Venga usted aquí».</p> + +<p>En actitud semejante a la de un perro que ante el palo de su amo agacha +las orejas y arrastra el rabo por el suelo, entró Rubín en la botica +diciendo a su regente: «Buenos días, amigo Ballester. No le había visto. +Iba a tomar un poco el aire. Y usted, ¿qué tal?».</p> + + + +<hr /> +<h2>-<span class="smcap">iii</span>-</h2> + + +<p>«Yo, bueno... conque a tomar el aire...—contestó Segismundo con +cara de muy mal genio—.</p> + +<p>El aire que me va usted a tomar ahora es ponerle las etiquetas a estos +frascos de jarabes... Y cuidado con equivocarse. Las etiquetas rojas son +las del <i>jarabe de corteza de naranja amarga con yoduro potásico</i>; las +verdes el mismo con <i>hierro dializado</i>. Como usted me trueque las +papeletas, le trituro».</p> + +<p>Poníase a trabajar, y, cosa por demás extraña, a pesar del desorden de +su cabeza, no cometía una sola equivocación, ni aun cuando le dieron +seis clases más de jarabes con sus correspondientes letreros de +diferentes colores. Ballester, que ya tenía noticia, por una esquelita +de doña Lupe, del rudo acceso de aquella mañana, le vigilaba +disimuladamente, mirándole por el rabillo del ojo, pero en una de las +vueltas que dio al laboratorio, Maxi dejó bruscamente el trabajo y se +fue a la calle sin sombrero. Al volver a la tienda y notar la ausencia +del joven, el regente se quedó muy tranquilo y no dijo más que: «Ya +voló... buena va». Tomaba con calma las extravagancias de su colega, y +su deseo era que una de aquellas escapatorias fuera la del humo. «Pero +no tendré yo esa suerte—decía—, y ya me lo volverán a traer para que +le amanse».</p> + +<p>Maxi subió a su casa. Al abrirle la puerta, no se admiró Fortunata de lo +descompuesto que venía, porque ya no eran nuevas aquellas inesperadas +apariciones. «Supongo—dijo él con trémulo labio—, que no me lo +negarás ahora... Puede que mi tía lo niegue... ¡es tan hipócrita...! +Pero tú no, tú eres mala y sincera. Cuando das el golpe mortal lo dices, +¿verdad? Y ahora ante los hechos palpables, evidentes, ¿qué tenéis que +decir?».</p> + +<p>«Otra vez... pero hijo...» chilló doña Lupe, saliendo al recibimiento.</p> + +<p>—Usted, tía, se empeñará en negarlo ahora... pero esta no lo niega. +Cierto que no le cogeré; porque habrá saltado por el balcón; pero no me +negarán que entró... Le he visto yo, le he visto pasar por delante de la +botica... En la escalera ha dejado su huella, su rastro, rastro y +huella, señores, que no se pueden confundir con nada... pero con nada.</p> + +<p>—¡Pues estamos divertidas!—dijo doña Lupe a Fortunata, que daba +suspiros mirando a su marido con lástima intensísima.</p> + +<p>—La que me las va a pagar todas juntas es esa indecente de +Papitos—gritó él, dando algunos pasos hacia la cocina.</p> + +<p>—¡Papitos!, está en la compra. ¡Pobre chica!... Ea, ya estamos hartas. +A ver si nos dejas en paz. Le encargaremos a Ballester que te amarre... +Niño, niño, se acabaron las tonterías.</p> + +<p>Diciendo esto le cogía por un brazo y le sacudía con ira materna y +correccional. «Mira que no te podemos sufrir... Lo que tú tienes es +mucho mimo».</p> + +<p>El desgraciado joven se dejó caer en un banco que en el recibimiento +había, el cual semejaba banco de iglesia, y allí se transformó la +máscara insana de su rostro, pasando de la furia a la consternación. +«Garantíceme usted... pues... que mi honor está... lo que llaman +intacto... y yo me tranquilizaré».</p> + +<p>«¡Tu honor! ¿Pero quién diablos se ha metido con él? Si todo es humo, +humo que hay dentro de esta cabeza».</p> + +<p>—¡Humo!... ¡ah!...—Sí, todo humo—dijo Fortunata, poniéndole +cariñosamente la mano en el hombro—. No pienses y no temerás nada. Es +la imaginación, nada más que la imaginación... la loca de la casa, como +decía tu hermano Nicolás.</p> + +<p>—¿Sabes lo que vamos a hacer?—indicó doña Lupe, algún tiempo después, +aprovechando la relativa calma que en su sobrino se notaba—. Pues vamos +a darle de almorzar.</p> + +<p>Su mujer le agarró por un brazo para llevarle a la mesa, y él no hizo +ninguna resistencia. Temían una y otra que no quisiese tomar nada, +fundándose en que la comida estaba envenenada; pero con gran sorpresa de +ambas, Maxi no manifestó recelo alguno sobre este particular. Tenía poco +apetito, y para que pasara algo, las dos hubieron de hacer a competencia +considerable gasto de palabras tiernas. Tan cariñosas se mostraron, que +Maxi comió más que otros días, sin hacer observación alguna ni quejarse +de lo mal condimentado que estaba todo. Hiciéronle café y esto fue lo +único que tomó con gana. De sobremesa, trató doña Lupe de alegrarse los +espíritus, charlando de cosas enteramente contrarias a aquella monserga +del honor; mas él daba a conocer con suspiros profundos que la tormenta +de su alma no estaba del todo extinguida. Pero la fuerza del ataque +había pasado, y pronto vendría la completa serenidad. Al despedirse para +volver a la botica, llevó a su mujer aparte y le dijo: «Prométeme no +salir esta tarde... prométeme no salir nunca sino conmigo».</p> + +<p>—¡Salir yo!, ¡qué disparates se te ocurren! No pienso en tal +cosa—replicó ella sonriendo—. Aquí me estaré esperándote. A la noche +iremos a casa de doña Casta. ¿Quieres? O a paseo.</p> + +<p>Mientras esto decía, doña Lupe, acechándola desde un rincón del pasillo, +fijaba en ella una mirada astuta.</p> + +<p>Aquella tarde estuvo Maxi en la botica bastante más calmado. En un rato +que tuvo libre, se fue al rincón del laboratorio en que guardaba sus +libros, y cogió uno disponiéndose a sumergirse en la lectura. Pero +Ballester tomó una vara; se fue derecho a él, y arrebatándole el libro, +le amenazó con castigarle. «Ea, dejémonos de sabidurías, que eso es lo +que nos trastorna. ¿A ver qué es esto?... ¡Hombre, qué bonito!</p> + +<p><i>Errores de la teogonía egipcia y persa</i>... Esto reza el epígrafe del +capítulo... Pero, criatura, ¿que siempre ha de estar usted metiéndose en +lo que no le importa? ¿Qué le va a usted ni qué le viene con que +aquellos bárbaros, que ya se murieron hace miles de años, adoraran +muchos dioses?... Es gana de meterse en vidas ajenas. ¡Que tenían los +dioses por gruesas! Bueno, ¿y qué? ¿Acaso los tiene usted que mantener? +Lo que yo digo: es gana de entrometerse. No puedo ver tanta tontería +(exaltándose más a cada frase y llegando hasta la cólera); no puedo ver +que un cristiano se queme las cejas por averiguar cosas de las cuales ha +de sacar lo que el negro del sermón... Que le escondo los libros, que se +los quemo... Voy al momento».</p> + +<p>Esto último se lo decía a un parroquiano que mostraba una receta.</p> + +<p>«A ver, marmolillo (por Maxi) menéese usted. Alcánceme el alcanfor, el +nitro dulce, el polvo de regaliz...».</p> + +<p>Confeccionada la medicina en un dos por tres, volvió Ballester a coger +la vara, y continuó la filípica de este modo:</p> + +<p>«Lo mismo que la tontería en que ahora ha dado... que le van a quitar su +honor; que entran hombres en la casa... que por todas partes se le +tienden asechanzas a su honor... ¡Qué melodramáticos estamos y qué +simples <i>semos</i>! Parece mentira que tales absurdos se le ocurran a +quien está casado con una mujer, que es <i>la casta Susana</i>, sí señor, me +ratifico, <i>la casta Susana</i>, mujer que antes se dejaría descuartizar que +mirarle a la cara a un hombre. ¿Y si lo sabe usted, para qué arma esas +tragedias? ¡Ah!, si yo tuviera una hembra así, tan hermosa, tan +virtuosa; si yo tuviera a mi lado una virgen como esa, la adoraría de +rodillas y primero me apaleaban que darle un disgusto. ¡Su honor! Si +tiene usted más honor que... vamos, no sé con qué compararlo. Tiene +usted un honor más limpio que el sol... ¿qué digo sol, si el sol tiene +manchas? Más limpio que la limpieza. Y todavía se queja... Nada, yo le +voy a curar a usted con esta vara. En cuanto hable del honor, ¡zas!... +No hay otra manera. Lo que yo digo: esas cosas las hace usted por lo muy +mimadito que está. Tía que le cuida, mujer guapa que le mima también y +que se mira en las niñas de sus ojos... Como que es la verdad... +Carambita, pues si yo tuviera una mujer así...».</p> + +<p>Al llegar a esta parte de la reprimenda que Segismundo le espetaba más +en serio que un ladrillo, Rubín se había tranquilizado tanto, que casi +estaba dispuesto a oírle con benevolencia y hasta con jovialidad. Y +concluyó por sonreír, y al cabo de un gran rato le dijo:</p> + +<p>«Amigo Ballester, le convido a usted a Variedades esta noche. ¿Quiere?».</p> + +<p>—¿Pues no he de querer? Bueno va. Pedradas de esas vengan todos los +días, ilustre amigo mío. Iremos... en el bien entendido de que venga +Padilla esta noche a quedarse de guardia. Vamos ahora, mi queridísimo +colega, a hacer estas píldoras de <i>protoioduro de mercurio</i>. Prepare +usted el regaliz y el mucílago de goma arábiga. Receta de cuidado. Mucho +ojo... Le digo a usted que no hay ciencia más sublime que la Farmacia. +¡Cuánto más bonita que averiguar si hubo o no tantas o cuántas docenas +de dioses! Vamos allá; mucho cuidado con este precioso mercurial. Aviado +estará el enfermo para quien sea. No, no le arriendo la ganancia. Pero a +fe que se habrá divertido bastante en este mundo con las mozas guapas, y +si buenos azotes le cuesta ahora, buenas ínsulas se habrá calzado. +¡Eh!... cuidado con las dosis. No sea usted tan vivo de genio. Mire que +va a jorobar al paciente, y la saliva que eche va a llegar hasta aquí... +¡Qué hermosa es la Farmacia! Para mí hay dos artes, la Farmacia y la +Música. Ambas curan a la humanidad. La Música es la Farmacia del alma, y +la... viceversa, ya usted me entiende. Nosotros, ¿qué somos si no los +compositores del cuerpo? Usted es un Rossini, por ejemplo, yo un +Beethoven. En uno y otro arte todo es combinar, combinar. Llámanse notas +allá, aquí las llamamos drogas, sustancias; allá sonatas, oratorios y +cuartetos... aquí vomitivos, diuréticos, tónicos, etc... El <i>quid</i> está +en saber herir con la composición la parte sensible... ¿Qué le parecen +a usted estas teorías?... Cuando desafinamos, el enfermo se muere.</p> + +<p>A poco llegó el practicante que sólo hacía servicio en la botica por las +noches, y llevándole aparte, le dijo Segismundo: «Amigo Padilla, hoy +mismo le voy a proponer a doña Casta que vengas de día, porque esta +calamidad de Rubín tiene la cabeza como un cesto, y me temo que si se +queda solo envenene a toda la parroquia».</p> + + + +<hr /> +<h2>-<span class="smcap">iv</span>-</h2> + + +<p>Aquella noche, después de comer, fueron todos a casa de doña +Casta, donde debían reunirse para ir a paseo. Pero a poco de estar allí, +entró Ballester diciendo que se había levantado un airote muy fuerte y +amenazaba tormenta, por lo que unánimemente se acordó no salir; se +encendió luz en la sala, y doña Casta dijo a Olimpia que tocara la pieza +para que la oyeran Maximiliano y Ballester.</p> + +<p>Olimpia era la menor de las hijas de Samaniego, y hubiera causado gran +admiración en la época en que era de moda ser tísico, o al menos +parecerlo. Delgada, espiritual, ojerosa, con un corte de cara fino y de +expresión romántica, la niña aquella habría sido perfecta beldad +cincuenta años ha, en tiempo de los tirabuzones y de los talles de +sílfide. Quería doña Casta que sus niñas tuvieran un medio de ganarse la +vida para el día en que por cualquier contingencia empobreciesen, y +Olimpia fue llevada al Conservatorio desde edad temprana. Siete años +estuvo tecleando, y después tecleaba en casa bajo la dirección de un +reputado maestro que iba dos veces por semana. Tratábase de que ganara +premio en los exámenes, y para esto la niña estuvo por espacio de tres +años estudiando una dichosa pieza, que no acababa de dominar nunca. +Pieza por la mañana, pieza por tarde y noche. Ballester se la sabía ya +de memoria sin perder nota. No había logrado Olimpia <i>decir</i> toda, toda +la pieza, desde el <i>adagio patético</i> hasta el <i>presto con fuoco</i>, sin +equivocarse alguna vez, y siempre que tocaba delante de gente, se +embarullaba y hacía un pisto de notas que ni Cristo lo entendía. Por eso +doña Casta la mandaba tocar cuando había personas extrañas, para que +fuese perdiendo el miedo al <i>público</i>.</p> + +<p>La determinación de no salir a paseo puso a la señorita de mal talante, +porque no podía hablar con su novio, que a aquella hora estaba clavado +en la esquina de la calle de los Tres Peces, esperando a que saliese la +familia para incorporarse. Era un chico de mérito, que estudiaba el +último año de no sé qué carrera, y escribía artículos de crítica +(gratis) en diferentes periódicos. A pesar de sus notables prendas, +doña Casta no le veía con buenos ojos, porque la crítica, francamente, +como oficio para mantener una familia, no le parecía de lo más +lucrativo. Pero Olimpia estaba muy apasionada; leía todos los artículos +de su novio, que este le llevaba recortados de los periódicos y pegados +en cuartillas, y con esta lectura se iba ilustrando considerablemente. +Todo aquel fárrago de sentencias estéticas lo guardaba con las cartas y +los mechones de pelo. Doña Casta no permitía aún al apreciable joven +entrar en la casa.</p> + +<p>Tocó la niña su pieza con no poca fatiga, a ratos aporreando las teclas +como si las quisiera castigar por alguna falta que habían cometido, a +ratos acariciándolas para que sonaran suavemente con ayuda de pedal, +arqueando el cuerpo, ya de un lado, ya de otro, y poniendo cara afligida +o de mal genio, según el pasaje. Parecía que los dedos eran bocas, y que +estas bocas tenían hambre atrasada por las muchas notas que se comían. +En ciertas escalas difíciles algunas notas se anticipaban a sus +predecesoras y otras se quedaban rezagadas; pero cuando llegaba un +efecto fácil, la pianista decía «aquí que no peco», y se indemnizaba de +las pifias que cometiera antes. Durante el largo martirio de las teclas, +las exclamaciones de admiración no cesaban. «¡Qué dedos los de esta +chica!... Me río yo de Guelbenzu... ¡Y qué talento artístico, qué +expresión!» decía el gran tuno de Ballester.</p> + +<p>Y doña Casta: «Ahora viene el paso difícil, ahora... En este trozo no +tiene pero... ¡Qué limpieza... qué manera de frasear!...». Doña Lupe +también hacía aspavientos, y Fortunata se veía obligada a expresar su +entusiasmo, aunque no entendía una palabra de tal cencerrada, y en su +interior se pasmaba de que aquello se llamase <i>arte sublime</i>, y de que +las personas formales aplaudiesen música semejante a la de un taller de +calderería. Cualquier tonadilla de los pianitos de ruedas que van por la +calle le gustaba y la conmovía más.</p> + +<p>Olimpia tocaba con fe y emoción, presumiendo que el espejo de los +críticos la oía desde la calle. Cuando concluyó, estaba rendida, +sudorosa, le dolían todos los huesos y apenas podía respirar. Ni +siquiera tenía aliento para dar las gracias por las flores que todos le +echaban. La tos que le entró parecía anunciar un ataque de hemoptisis. +«Hija mía—le dijo su mamá, viéndola ir hacia el balcón—, no te asomes, +que estás sudando. Toma, ponte esta toquilla».</p> + +<p>Y se la ponía, y no pudiendo refrenar las ganas de salir al balcón, +salió con Fortunata, y ambas estuvieron contemplando el alma en pena que +se paseaba en la acera de enfrente.</p> + +<p>Al poco rato entró Aurora, la mayor de <i>las Samaniegas</i>, que era muy +distinta de su hermana, pelinegra, bien parecida sin ser una hermosura, +de esas que a un color anémico unen cierta robustez fofa y lozanía de +carnes incoloras. Su pecho era desproporcionadamente abultado, su cuello +corto, las caderas y el talle bien torneados, y las costuras de las +mangas parecían próximas a reventar por causa de la gordura creciente de +los brazos. La cabeza era bonita, de poco pelo y muy bien arreglada. +Tenía más entendimiento que su hermana; vestía con esa sencillez airosa +de las mujeres extranjeras que se ganan la vida en un mostrador de +tienda elegante, o llevando la contabilidad de un restaurant. Su traje +era siempre de un solo color, sin combinaciones, de un corte severo y +como expeditivo, traje de mujer joven que sale sola a la calle y trabaja +honradamente.</p> + +<p>Expliquemos esto. Aurora Samaniego tenía treinta años y era viuda de un +francés, que vino a España representando casas extranjeras de droguería. +A poco de casarse, allá por el 65, el francés se fue con su mujer a +Burdeos y allí heredó de sus padres un establecimiento de ropa blanca, +que mejoró a fuerza de trabajo, poniendo en él las bases de una fortuna. +Pero entre Bismark y Napoleón III lo echaron todo a perder, pues por +causa de estos dos personajes sobrevino la guerra de 1870, que tantas +esperanzas había de segar en flor. Fenelón, que era hombre bonísimo y de +inteligencia mercantil, tenía el defecto del <i>chauvinisme</i>. Empuñó las +armas, se agregó a un cuerpo de ejército, y a los primeros disparos, los +prusianos le dejaron seco.</p> + +<p>Viuda y con poco dinero, aunque también sin hijos, Aurora volvió a +Madrid, donde las disposiciones y hábitos de trabajo que había adquirido +no pudieron tener empleo por no existir aquí <i>grandes almacenes</i>, y los +que hay, están servidos por esos gandulones de horteras, que usurpan a +las muchachas el único medio decoroso de ganarse la vida. Había +aprendido la viuda de Fenelón cuanto hay que saber en lo concerniente al +ramo de ropa blanca; estaba fuerte en contabilidad; tenía nociones +claras del orden económico y del régimen a que debe sujetarse un negocio +bien montado, y hablaba el francés a la perfección. Pero todos estos +méritos habrían sido inútiles hasta el fin del mundo, si no se le +ocurriera a Pepe Samaniego establecer el comercio de ropa blanca <i>con +arreglo a los últimos adelantos del extranjero</i>, y llevar a él a persona +tan inteligente y para el caso como su prima. El plan era vastísimo. +Aurora estaría al frente del departamento de equipos de boda y +canastillas de bautizo, ropa de niños y de señora. El capital para la +instalación de esta importante industria habíalo facilitado D. Manuel +Moreno-Isla, que tenía confianza en la honradez y tino de Pepe +Samaniego. La tienda estaría en una casa nueva de la subida a Santa +Cruz, frente por frente a la calle de Pontejos, y sus escaparates serían +de seguro los más vistosos y elegantes de Madrid. Inauguración, el 1º de +Setiembre. Samaniego estaba en París haciendo compras, y en la fecha a +que esto se refiere, ya empezaban a venir algunas cajas. En la tienda +provisional, que estaba próxima a la definitiva, había ya mucho trabajo. +Aurora, al frente de una graciosa pléyade de oficiales habilísimas, +estaba disponiendo las piezas-modelo que se habían de presentar en los +primeros días, como muestras de las ricas confecciones de la casa. De +sol a sol vivía entre oleadas de batista con espuma de encajes +riquísimos, cortando y probando, puntada aquí, tijeretazo allá, +gobernando su hato de cosedoras con tanta inteligencia como autoridad.</p> + +<p>Por las noches, cuando llegaba a su casa, rendida, su madre gustaba de +que estuvieran presentes doña Lupe, Fortunata o las demás amigas, para +dar rienda suelta a su vanidad. En cuanto la veía entrar, se le +iluminaba el rostro, y ya no se hablaba más que del establecimiento +nuevo, y de las cosas no vistas que en él admiraría el Madrid elegante. +Las cuatro mujeres no paraban el pico hasta las doce, y por eso +Ballester, aquella noche, al ver que se armaba el nublado de ropa +blanca, cogió por un brazo a Maxi y le dijo: «Nosotros nos vamos a ver +una piececita en Variedades». Dicho se está que Olimpia, no participando +de la presunción ni del entusiasmo mercantil de su mamá, seguía posada +en el antepecho del balcón del gabinete, viendo pasar la sombra +melancólica del aburrido Aristarco, y arrojándole desde arriba alguna +palabrilla, para que endulzara el plantón.</p> + +<p>«Estarás muy cansada, siéntate—decía doña Casta a su hija, armando el +corrillo—. ¿Cómo va eso?».</p> + +<p>—Hoy han estado probando el gas en la nueva tienda. Será una cosa +espléndida. Ya están llegando cajas de novedades, cosas, ¡ay!, <i>por +ejemplo</i>, tan bonitas, que en Madrid no se ha visto nada igual. Aquí no +saben poner escaparates. Verán, verán el nuestro, con <i>todo lo que hay +de más lindo</i>, para llamar la atención, y hacer que la gente se pare y +entre a comprar algo. Después que entran, se les enseña más, se les +<i>hace ver</i> esta y la otra cosa de precio, se les engatusa, y al fin +caen. Los tenderos de aquí apenas tienen el arte del <i>etalaje</i>, y en +cuanto al arte de vender, pocos lo poseen. Hay muchos que pertenecen +todavía a la escuela de Estupiñá, que reñía a los que iban a comprar.</p> + +<p>—Yo creo—dijo doña Lupe con expresión avariciosa—, que Pepe Samaniego +va a hacer un gran negocio. Madrid está por explotar. Todo consiste en +tener pesquis. ¡Oh!, pues en el ramo de Farmacia, Dios mío, hay una +verdadera mina. Yo estoy bregando con Maxi para que invente, para que +salga por ahí con su poco de <i>panacea</i>. Pero nos hemos vuelto todos muy +morales y muy rigoristas. Vean por qué esta nación no adelanta, y los +extranjeros nos explotan llevándose todo el dinero.</p> + +<p>Esta última frase llevó la conversación al primitivo terreno, del cual +se había desviado un poco con aquello de la panacea.</p> + +<p>«Por eso—dijo doña Casta—, un establecimiento montado como los mejores +del extranjero, no puede menos de hacerse de oro, pues habiéndolo aquí, +las señoras de la grandeza no tendrán que ir a Bayona y a Biarritz a +comprar la última novedad».</p> + +<p>Aurora vestía un traje de percal, azul claro, con cinturón de cuero, y +en este una gran hebilla. Su atavío era todo frescura, sencillez de +obrera elegante. Fue un rato para adentro a tomarse la colación o +golosina que su madre le guardaba siempre, y volvió con un platito en +una mano y una cucharilla en la otra. Era compota de ciruelas lo que +tomaba, con un pedazo de rosca.</p> + +<p>«¿Ustedes gustan?... Pues decía que en las cajas que están ahora en la +Aduana de Irún, vienen unos trajecitos de niño, de punto, que han de +hacer sensación. El modelo llegó ayer en gran velocidad, y también vino +un fichú del cual estamos haciendo imitaciones de clase inferior, con +puntilla ordinaria. Verán, verán ustedes... Pues el faldón de bautizo, +<i>por ejemplo</i>, que estamos arreglando con encaje <i>valenciennes</i>, no se +podrá poner menos de quinientos francos. (Aurora tenía la costumbre de +contar siempre por francos). Es verdaderamente encantador. Lo traeré +aquí cuando esté acabado para que lo vean ustedes».</p> + +<p>—Mejor será que vayamos nosotras allá—dijo doña Lupe—, y así veremos +y hociquearemos todo antes de que se abra al público.</p> + +<p>Fortunata decía también algo, aunque no mucho, porque lo de la tienda no +despertaba en ella gran interés. Después que apuró el platillo de la +compota, volvió Aurora para adentro, y trajo unas yemas en un papel. +¡Qué golosa era! Ofreció una a Fortunata, que la tomó, y doña Casta se +dispuso a obsequiar a sus amigos con vasos de agua. Ponía esta señora +sus cinco sentidos en los botijos para enfriar el agua, y tenía a gala +el que en ninguna parte la hubiese tan fresca y rica como en su casa. +Después de traer un plato con azucarillos, fue a escanciar el precioso +contenido de los botijos, pues eran varios, y en ellos graduaba la +temperatura, poniéndolos o no en el balcón, Doña Lupe la ayudaba en la +traída de aguas, y en tanto Aurora le pasó a Fortunata el brazo por la +cintura y ambas salieron al balcón de la sala.</p> + +<p>Cada cual se comía una yema de chocolate, y después tomaron otra de +coco.</p> + +<p>Lejos del oído impertinente de doña Lupe y doña Casta, Aurora se +secreteó con Fortunata: «Se han ido todos esta tarde... El primo Manolo +va también con ellos».</p> + + + +<hr /> +<h2>-<span class="smcap">v</span>-</h2> + + +<p>Aquí cuadra bien decir que Fortunata y la viuda de Fenelón se +habían hecho muy amigas. Esta mostraba a la de Rubín una gran simpatía, +y con esta simpatía, la dulce confianza que de ella emanaba, y por fin, +con el verdadero derroche de indulgencia que en favor de sus faltas +hacía, apoderose poco a poco de todos sus secretos. Por de contado, +estas intimidades sólo tenían lugar a espaldas de doña Lupe y muy lejos +de doña Casta, pues ni una ni otra habrían consentido que tales temas se +trajesen a las honestas y decorosas conversaciones de aquella casa.</p> + +<p>Enlazadas por la cintura, brazo con brazo, estuvieron un rato las dos +mujeres sin decirse nada, comiéndose las yemas y mirando a la calle. De +pronto se echó a reír Aurora.</p> + +<p>«Mira el tonto de Ponce, haciéndole cucamonas a Olimpia. Yo creo que mi +hermana es la única mujer que en el mundo existe capaz de querer a un +crítico. Merecería en castigo casarse con él. <i>Solamente</i>, que como es +mi hermana, no le deseo esta catástrofe».</p> + +<p>«Vaya, que está apurado el hombre—decía Fortunata, riendo también—. Le +hace señas para que baje... Sí, ahora va a bajar. Estás tú fresco... +Será que quiere darle uno de esos artículos que escribe y en los cuales +cuenta el argumento de los dramas para que nos enteremos. Vaya, hombre, +no te apures, que ya le hablarás otra noche. Ahora no puede ser... ¡Qué +pesados son estos novios!, ¿verdad?».</p> + +<p>Pasado otro rato, y cuando los brazos soltaron las cinturas y ambas +estaban limpiándose los dedos en sus respectivos pañuelos, Aurora volvió +a decir: «Pues sí, todos partieron esta tarde y el primo Moreno con +ellos. Creo que van a San Juan de Luz».</p> + +<p>Fortunata volvió la cara para el balcón del gabinete, donde estaba +Olimpia. Después miró a su amiga, diciéndole en tono muy seco: «Van a +San Sebastián y a Biarritz, y a principios de Setiembre irán todos a +París».</p> + +<p>—Niñas—dijo doña Casta, tocándoles en los hombros—. ¿De qué agua +quieren ustedes?... ¿<i>Progreso</i> o Lozoya?</p> + +<p>—Lo mismo me da—replicó Fortunata.</p> + +<p>—Toma Lozoya, y créeme—insinuó doña Lupe, con su vaso en la mano—. +Por más que diga esta, <i>Progreso</i> es un poquito salobre.</p> + +<p>—Eso va en gustos... Y también influye el hábito—arguyó Casta con la +suficiencia y formalidad de un catador de vinos—. Como yo me he criado +bebiendo el agua de <i>Pontejos</i>, que es la misma que la de la Merced, que +hoy llaman <i>Progreso</i>, toda otra agua me parece que sabe a fango.</p> + +<p>No insistiré en lo mucho que se dijo sobre este tratado de las aguas de +Madrid. Mientras las dos señoras mayores cotorreaban dentro, Fortunata y +Aurora lo hacían en el balcón. Las once y media serían cuando sintieron +la voz de Ballester. Este y Maxi las miraban desde la acera de enfrente. +«Si bajan ustedes—dijo Rubín—, las espero aquí».</p> + +<p>—Olimpia—gritó Ballester—. Venimos de ver la obra que se estrenó +anteanoche. ¡Qué mala es! ¿Tiene usted ya noticias de ella?</p> + +<p>—¿Yo?... ¿Qué está usted diciendo?</p> + +<p>—Como usted se trata con autoridades...</p> + +<p>Al decir esto pasaba el crítico junto a él.</p> + +<p>«Oiga usted, Olimpa... La obra es una ferocidad; pero ciertos amigos del +autor la pondrán en las nubes. Quisiera yo verles para que me dijeran a +mí por qué engañan de este modo al público».</p> + +<p>—Déjeme usted en paz... ¡Qué tonto es usted!—replicó Olimpia, y se +metió para adentro.</p> + +<p>—¿Bajáis o no?—dijo Maxi; y su mujer le contestó que esperase en la +botica, que ellas bajarían. Aurora y Fortunata se reían mirando a +Ponce, que iba escapado por la calle arriba, como alma que lleva el +diablo.</p> + +<p>Retiráronse las de Rubín a su domicilio, teniendo ambas señoras la +satisfacción de ver a Maxi tan mejorado de los desórdenes cerebrales de +aquella mañana, que no parecía el mismo hombre. Síntomas favorables eran +la obediencia a cuanto se le mandaba, y lo juicioso y sosegado de sus +respuestas. Aquella noche durmió con tranquilidad, y nada ocurrió que +saliera del canon ordinario. A la tarde siguiente convinieron marido y +mujer en dar un paseo a prima noche. Fue ella a buscarle a la botica a +la hora concertada, y no le encontró. «Ha ido a cortarse el pelo—le +dijo Ballester, ofreciéndole una silla—. Con las murrias de estos +últimos tiempos, el pobre chico no caía en la cuenta de que se iba +pareciendo a los poetas melenudos... Le he mandado que se trasquilase +esta misma tarde. Tenga usted presente una cosa: hay que imponérsele, +combatirle el abandono, las lecturas y no consentir que se ensimisme. +Antes que dejarle caer en las melancolías, vale más darle un disgusto. +Yo siempre le hablo gordo, y crea usted... me ha cogido miedo. Es lo que +hace falta».</p> + +<p>—¡Pobrecito!...—exclamó Fortunata—. ¿Pero ve usted por dónde le ha +dado?... Yo no he visto un desatinar semejante.</p> + +<p>Segismundo, que en aquel momento tenía poco que hacer, dejolo todo por +atender cortésmente a la señora de su amigo y serle grato en lo que de +él dependiera. Era hombre que tenía que contenerse mucho para no ser +galante y aun atrevido con cualquier mujer en cuya presencia estuviese. +Con Fortunata se había permitido alguna vez tal cual broma; aquel día se +corrió más. Llevándose los dedos a su rebelde cabellera para hacer con +ellos púas de peine, se la atusó, y arqueando el cuerpo, inclinose hacia +la señora para decirle con retintín:</p> + +<p>«Muy triste está usted desde ayer... No, no me lo niegue... ¿Pues yo no +veo lo que pasa? Leo en las caras».</p> + +<p>—Pues en la mía poco habrá leído usted.</p> + +<p>—Más de lo que se piensa... Leo pasajes tiernísimos... estrofas de +despedida... ayes de soledad...</p> + +<p>—¡Ay, qué majadero!—¡Oh!, a mí no se me escapa nada. Convengo en que +no hay motivos para que usted esté tan patética... Pero hay otra cosa... +a mí me gusta remontarme a los orígenes, me gusta buscar el por qué, y +francamente, cuando miro ese por qué, no puedo menos que lamentar la +equivocación de que usted viene padeciendo desde tiempos remotos.</p> + +<p>Fortunata le miraba sonriendo, pues no creía que debía enojarse.</p> + +<p>«Sí, no puedo menos de deplorar—prosiguió el regente inflándose—, que +usted sea tan consecuente con personas que no lo merecen... Habiendo en +el mundo tanto corazón leal, ir a buscar precisamente el más inconstante +y...».</p> + +<p>—¿Qué disparates está usted diciendo?</p> + +<p>—¡Oh!, no son disparates—replicó el farmacéutico, dando algunos pasos +delante de ella y procurando que dichos pasos fueran todo lo airosos +posible—. Perdóneme usted mi atrevimiento. Yo las gasto así; siempre he +sido Juan Claridades, y cuando una idea quiere salir de mí, le abro la +puerta para que salga, porque si la dejo dentro, estallo... Pues +decía... ¿Se va usted a enfadar?</p> + +<p>—No, hombre, ¿qué me voy a enfadar yo? Suéltela, suéltela.</p> + +<p>—Pues decía... (Ballester tomaba una actitud que a él le parecía +aristocrática), decía que a quien debiera usted querer es a mí... Ya ve +usted que no me muerdo la lengua.</p> + +<p>—¡Ay, qué gracia! Me gusta usted por lo corto de genio.</p> + +<p>—Al pan pan y al vino vino. Queriéndome a mí, verá lo que es corazón +amante, consecuente y tropical. Pero le advierto una cosa...</p> + +<p>—¿Qué?—Que si se decide a quererme... usted no se decidirá, pero si se +decide, tenga cuidado de no decírmelo de sopetón... porque me moriré de +gusto... Sería como una descarga eléctrica.</p> + +<p>—Estese tranquilo... Sí, se lo iré diciendo poco a poco... +preparándole, como cuando se dan malas noticias...</p> + +<p>—No tanto, no tanto...—Vaya que es usted malo... Aquí, entre tanta +medicina, ¿no hay nada que le cure la cabeza?</p> + +<p>—¡Pues si lo hubiera, amiga mía, si lo hubiera...! Y creen muchos que +la peor cabeza de esta casa es la del pobre Maxi, cuando la mía es una +pajarera. Verdad que dos palabras de quien yo me sé me harían la persona +más cuerda y más feliz de la tierra...</p> + +<p>Viendo en esto que entraba Rubín, dio otro giro a su charla. «Aquí le +estaba diciendo a su cara mitad, que le voy a dar unas píldoras... +¡Dios, qué píldoras!».</p> + +<p>—¿Para ella?—No hombre, para usted.—¿Y de qué son?—Bueno va; ya +quiere saber de qué son. Carambita, cuando uno discurre algo nuevo, debe +reservarse el secreto. Es un específico.</p> + +<p>—Este Segismundo está ido—dijo Fortunata—. Vámonos.</p> + +<p>—Yo no tomo píldoras sin saber la composición—indicó Maxi con la mayor +buena fe.</p> + +<p>—Estos hombres felices son muy impertinentes. Todo lo quieren +averiguar... ¡Y ahora se va de paseíto con su tórtola! ¡Qué babosos... +<i>semos</i>! ¡Luego se queja el nene!... (tirándole de una oreja), se queja +de vicio... el niño mimado de la Providencia... Abur, divertirse.</p> + +<p>Salió a despedirles a la puerta de la botica, se puso muy tieso, y +estirándose todo lo posible sobre la base de sus zapatillas, les siguió +con la vista hasta que desaparecieron en lo alto de la calle.</p> + + + +<hr /> +<h2>-<span class="smcap">vi</span>-</h2> + + +<p>Iban pasando los cansados días del verano, que es en Madrid la +estación de las tristezas, porque el sueño y el apetito escasean, la +sociedad disminuye, y los que aquí se quedan parece que comen el pan de +la emigración. En la familia de Rubín nada ocurría de particular, pues +Maxi no empeoraba, aunque todas las mañanas tenía su excitación +correspondiente, más o menos aparatosa; pero mientras no llegase a un +grado de furor como el de la célebre mañanita del arsénico, las dos +mujeres podían llevarlo con paciencia. De noche, las depresiones se +manifestaban levemente, y a veces no se conocían. Ballester había +conseguido, combinando la persuasión con la severidad, apartarle en +absoluto de toda lectura favorable a la concentración del ánimo.</p> + +<p>Entre Fortunata y doña Lupe no era todo concordia, como se puede haber +comprendido, pues la señora de Jáuregui, observadora sagaz, había +comprendido que desde principios de Junio su sobrina andaba en malos +pasos. Todas las personas relacionadas con la familia de Rubín sabían la +historia de la mujer de Maxi, y el dramático papel que desempeñaba en +ella el señorito de Santa Cruz. Algunas, quizás, tenían conocimiento de +aquella tercera salida de la aventurera al campo de su loca ilusión; +pero nadie se atrevió a llevar el cuento a <i>la de los Pavos</i>. Esta, no +obstante, lo sabía por obra del puro cálculo y de sus facultades +olfatorias. Arrancose una vez a <i>armar la gorda</i> «para que no +crea—pensaba—que me trago sus mentiras y que estoy aquí haciendo el +papamoscas». Pero Fortunata, recordando al instante las lecciones de su +amigo Feijoo, trazó la raya divisoria que este le recomendara, y vino a +decir en sustancia: «de aquí para allá, señora, gobierna usted; de aquí +para acá, están <i>mis cosas</i> y en ellas no tiene usted que meterse».</p> + +<p>No se dio por vencida la orgullosa viuda del alabardero, y volvió a la +carga dos o tres veces en esta forma: «Si el pobre Maxi estuviera bueno, +él te arreglara como cumple a todo hombre que se estima; pero no lo +está, y tengo que tomar yo a mi cargo el decoro de la familia. Me he +dicho mil veces: '¿daré el estallido o no daré el estallido?'. En la +situación de ese pobrecito, mi estallido sería su muerte. Por eso me +contengo y me trago todo el veneno. ¿Ves?, mi cabeza se está llenando +de canas desde que veo estas ignominias sin poderlas remediar...».</p> + +<p>Fortunata volvió el rostro para ocultar sus lágrimas. Esta escena +ocurría en el gabinete, hallándose las dos cosiendo sus trajes de +verano.</p> + +<p>«Después de lo que pasó en Noviembre del año pasado—prosiguió la viuda +con serenidad que espantaba—, después de tu enmienda verdadera o falsa; +después que se te perdonó (y por mi voto no se te habría perdonado); +después que echamos tierra al horrible crimen, me parece que estabas +obligada a portarte de otra manera. No vengas ahora con lagrimitas que +han de parecer de hipocresía. Porque yo digo una cosa. Óyeme +atentamente».</p> + +<p>Doña Lupe dejó la costura y se preparó a hablar, como los oradores de +profesión. «Yo me pongo en el caso de una mujer que siente una pasión +antigua, con raigones muy hondos y que no se pueden arrancar. Hay casos, +y verdaderamente, esto es para mirarlo despacio. Pues si tú hubieras +venido a mí y me hubieras dicho: 'Tía, esto me pasa. Me persiguen; yo no +sé si podré defenderme; soy débil; ayúdeme usted...'. ¡Oh!, la cosa +variaba mucho. Porque yo te habría dirigido, yo te habría dado +fortaleza, consuelo... Pero no; se te antoja campar por tus respetos, y +hacer y acontecer, como una mozuela sin juicio... Eso es un disparate: +ahí tienes, ahí tienes el motivo de todas tus desgracias al no contar +para nada con las personas que deben guiarte. Total; que cuando acudas +pidiendo socorro ya será tarde, y esas personas te dirán: 'Entiéndete +ahora, húndete, y cúbrete de vergüenza y date a los demonios'».</p> + +<p>Pronunciada esta elocuente filípica, continuó la señora un buen espacio +de tiempo dando resoplidos, y Fortunata no levantaba los ojos de su +costura. Discurría sobre la extrañeza de aquellos conceptos de la viuda, +que parecía dispuesta a ciertos temperamentos indulgentes en caso de que +se la consultara, y de que se la tuviera por dispensadora infalible de +protección y por sancionadora de las acciones. «Esta mujer quiere ser el +Papa—pensaba—, y con tal que la hagan Papa, se aviene a todo. Pero lo +que es por mí...». A Fortunata le repugnaba la moral despótica de doña +Lupe, en la cual entrevía más soberbia que rectitud, o una rectitud +adaptada jesuíticamente a la soberbia. No se conformaba esto con las +ideas absolutas de la joven criminal. Ella quería para sus actos la +absolución completa o la completa condenación. Infierno o Cielo, y nada +más. Tenía <i>su idea</i> y para nada necesitaba de consejos ni de la +protección de nadie. Se las componía sola mucho mejor, y cualquiera que +fuese su cruz, no le hacía falta Cirineo. Sus acciones eran decisivas, +rectilíneas, iba a ellas disparada como proyectil que sale del cañón.</p> + +<p>Enterada doña Lupe, en aquellos secreteos que con su amiga Casta tenía, +de que los de Santa Cruz se habían marchado a veranear, tomó pie de esta +circunstancia para endilgarle a su sobrina otro discurso, aunque en tono +menos catilinario que los anteriores.</p> + +<p>Era aquella señora esencialmente gubernamental y edificaba siempre sobre +la base sólida de los hechos consumados todos sus planes y raciocinios. +«Mira tú por dónde podríamos llegar a entendernos—le dijo una tarde que +la volvió a coger a mano para el caso—. He sabido que la persona que te +trae dislocada no está ya en Madrid. ¿Qué mejor ocasión quieres para +emprender la reforma de tu estado interior, que está como una casa en +ruinas? Yo estoy dispuesta a ayudarte todo lo que pueda. No debiera +hacerlo; pero tengo caridad y me hago cargo de las flaquezas humanas. +Otra tomaría por la calle de en medio; yo creo que en cosas tan +delicadas se debe proceder con cierto ten con ten. Habrías de empezar +por ponerme en antecedentes, por confiarme hasta los menores detalles, +entiéndelo bien, hasta los menores detalles; por ponerme al tanto de lo +que piensas, de lo que sientes, de las tentaciones que te dan por la +mañana, por la tarde y por la noche; en fin, habías de declarar todos, +toditos los síntomas de esa maldita enfermedad, y darme palabra de hacer +cuanto yo te mandare». Hablaba, pues, la viuda como si tuviera en el +bolsillo las recetas para todos los casos patológicos del alma.</p> + +<p>Por cumplir, más que por gusto, Fortunata tuvo la condescendencia de +decir algo, reservando, como es natural lo más delicado. Doña Lupe se +entusiasmó tanto con aquella muestra de sumisión, que hizo gala de sus +facultades profesionales, y terminó así: «Te aseguro que si me obedeces, +te quitaré eso de la cabeza y serás lo que no eres, un modelo de mujeres +casadas. Por de pronto, me comprometo a que no vuelvas a caer, aun en el +caso de que se te tendiera el lazo otra vez. ¡Vaya, con el caballerito! +Es cosa de dar parte a la policía. Tú déjate llevar; pon el pleito en +mis manos, déjame a mí... y verás. ¿Apuestas a que me planto un día en +casa de doña Bárbara y le canto clarito? Tú no sabes quién soy, tú no me +conoces. ¡Y has sido tan tonta que no has querido valerte de mí...! Bien +merecido tienes lo que te pasa. Pues lo que es ahora, que quieras que +no, tomo cartas en el asunto... Has de concluir por adorarme como se +adora a una madre».</p> + +<p>Y al finalizar estaba doña Lupe radiante. Casi casi se aventuró a hacer +a su sobrina una maternal caricia; tales eran su gozo y satisfacción. Un +pensamiento se le salía del magín a cada instante; pero lo reservaba en +la hoja más escondida de su gramática parda. Ni la sombra de este +pensamiento dejaba entrever a Fortunata.</p> + +<p>Guardábalo para sí y se recreaba con él a solas. «¿Le habrá dado +dinero?». Siempre que se hacía esta pregunta, se contestaba +afirmativamente. «Tiene que haberle dado algo, quizás grandes +cantidades. ¿Pero dónde demonios las tiene? ¿Qué hace que no me las da +para que se las coloque?... Como si lo viera: es que tiene vergüenza de +poner en mis manos dinero adquirido por tales medios. Esta delicadeza la +honra... Y no es otra cosa; le da vergüenza de decírmelo. Pero al fin +ello saldrá».</p> + +<p>Y una tarde que el matrimonio había ido a paseo, la gran capitalista, no +pudiendo enfrenar por más tiempo su curiosidad, mandó a Papitos a un +recado, por quedarse sola, y con determinación admirable hizo un +registro en la cómoda y baúl de Fortunata. Valiéndose del sin fin de +llaves que tenía, abrió todos los cajones y revolvió en ellos +cuidadosamente, esmerándose en dejar las cosas, después de bien +examinadas, en la misma disposición que antes tenían. Este proceder +jesuítico lo practicaba siempre que metía sus manos escudriñadoras en +donde no debían estar. Busca por allí, busca por allá, y nada. Los +billetes se esconden tan fácilmente, que no hay manera de encontrarlos. +Pero tenía doña Lupe tan fino olfato para descubrir dinero, que estaba +segura de dar con los billetes si los había. «¿Tendralos cosidos en la +ropa?—pensó—. Puede ser. Esa socarrona parece que no sabe jota, ¡y +sabe más...!». En la cómoda no había nada que a dinero se pareciese, ni +tampoco cartas. Algunas joyas y chucherías vio, que le parecieron +recuerdo o prenda de amores; pero lo que es <i>guano</i>, ni el olor.</p> + +<p>«Es muy particular—gruñía la viuda, registrando el baúl, después del +reconocimiento minucioso que en la cómoda hizo—. ¡Y no se comprende que +siendo él tan rico y ella una pobre...!». El baúl, que sólo contenía +ropas viejas, no dio tampoco nada de sí. «Pues tiene que haber +algo...—rezongó la señora—, tiene que haber algo. En alguna parte está +el escondrijo. Dinero hay, o no hay dinero en el mundo».</p> + +<p>Cansada de su inútil escrutinio y guardando las llaves, que formaban +apretado racimo, digno del arsenal de una compañía de ladrones, doña +Lupe se sentó a meditar, y poniéndose una mano sobre el pecho de algodón +y acariciándoselo, se rascó con los dedos de la otra la frente, allí +donde principia el cabello, como quien estimula la generación de una +idea, y dijo: «Pues si efectivamente no le ha dado nada, hay que +reconocer que ese hombre es el mayor de los indecentes».</p> + + + +<hr /> +<h2>-<span class="smcap">vii</span>-</h2> + + +<p>Apretaba el calor, y las escenas que he descrito se repetían, +reproduciéndose con ese amaneramiento que suele tomar la vida humana en +ciertos periodos, cual fatigado artista que descuida la renovación de la +forma. Los paseítos por la noche para tomar el tranvía del <i>barrio</i>; las +excursiones a algún teatro de verano; las tertulias en casa de Samaniego +o de Rubín; las garatusas del crítico en la calle; la romántica figura +de Olimpia colgada en el balcón como una muestra o insignia que dijera: +«aquí se ama por lo fino»; las extravagancias de Ballester; los espasmos +de Maxi, todo continuaba repitiéndose de día en día con regularidad de +programa.</p> + +<p>En Agosto ocurrió algo que no estaba en los papeles, y fue del modo +siguiente. Una mañana fue Torquemada a ver a doña Lupe para tratar de +negocios. Con su traje de verano, tenía el buen D. Francisco aspecto +semejante al de los militares que vienen de Cuba, pues a más del +trajecito azul, se había encasquetado un sombrero de paja de ala ancha. +Su camisa, de rayas coloradas, parecía la bandera de los Estados Unidos; +y para recalcar más su facha americana, llevaba una joya en la corbata y +una cadena de reloj interminable, que le daba muchas vueltas de una +parte a otra del pecho. Los pantalones eran tan cortos, que al sentarse +se le veía media pierna. Allí venía bien decir que el <i>difunto era más +chico</i>. Todo ello parecía prendas heredadas, o venidas a su poder por +embargo judicial, o cogidas a algún filibustero. Servíale el sombrero +de abanico, cuando estaba en visita, con la ventaja de que las personas +circunstantes participaban de la ventilación que daba aquella prenda +tropical tan bien manejada.</p> + +<p>Un rato llevaban de interesante conferencia, cuando sonó la campanilla, +y a poco entró Maxi en el gabinete, que era donde su tía y don Francisco +estaban. Fortunata estaba planchando. En cuanto vio llegar a su marido, +fue a ver qué se le ofrecía, pues algo desusado debía de ser. A tal +hora, las diez de la mañana, no venía jamás a casa el pobre chico. +Echándose un pañuelo por los hombros, porque el calor de la plancha la +obligaba a estar al fresco, pasó al gabinete. Lo mismo ella que su tía +se pasmaron de ver en el semblante del joven una alegría inusitada, Los +ojos le brillaban, y hasta en la manera de saludar a D. Francisco +advirtieron algo extraño, que las llenó de alarma. «Hola, D. Paco; yo +bien, ¿y usted?... Y doña Silvia y Rufinita, ¿siguen tomando los baños +del Manzanares?». Este lenguaje tan confianzudo, era lo más contrario al +temperamento y a la timidez de Maxi.</p> + +<p>«¿Qué traes por aquí a esta hora?» le preguntó su tía, disimulando su +sorpresa.</p> + +<p>Fortunata le examinaba atentamente, sentada lejos del grupo principal, +en una silla próxima a la puerta de la alcoba de doña Lupe. Él no se +sentó, y después de aquel saludo tan campechano que le echó al usurero, +se puso de espaldas al balcón con las manos en los bolsillos, mirando a +todos como quien espera recibir felicitaciones. «Pues nada—dijo—, que +estoy de enhorabuena».</p> + +<p>—Qué, ¿te ha caído la lotería?</p> + +<p>—No es eso... ¿Para qué quiero yo loterías? Ni falta... Es mucho más +que eso, porque he encontrado lo que buscaba. Ya le dije a usted que +estaba pensando, que sólo me faltaba una fórmula para completar...</p> + +<p>—¡La combinación!... Pues qué, ¿has encontrado la <i>panacea</i>?—expresó +la tía con incredulidad.</p> + +<p>—No es mal nombre si usted se lo quiere dar—dijo el pobre chico, +exaltándose más a cada palabra—. De <i>pan</i>, que significa todo... y +<i>akos</i> que es lo mismo que decir <i>remedio</i>. Que lo sana y purifica todo, +vamos...</p> + +<p>—¡Gracias a Dios que haces algo de provecho!—declaró doña Lupe, +recelosa, observando las miradas de Maxi, cuyo resplandor de júbilo era +enteramente febril.</p> + +<p>—Anoche estuve toda la noche discurriendo muy intranquilo, los sesos +como ascuas, porque al plan, mejor dicho, al sistema no le faltaba más +que una fórmula para estar completo... ¡La maldita fórmula...! Por fin, +ahora, hace un ratito, se me ocurrió; di un brinco de alegría. +Ballester, que no comprende esto, ni lo comprenderá nunca, se enfadó +conmigo y no me quería dar papel y tinta para escribir la fórmula y +dejarla consignada... Temo que se me escape, que se me vaya de la +cabeza... Mi memoria es una jaula abierta, y los pájaros... pif...</p> + +<p>Doña Lupe y Fortunata se miraron con tristeza. «Bueno—dijo la tía, +viendo que le venía encima una nube—. Tranquilízate, escribirás la +fórmula, harás tu <i>panacea</i>, tendrá un gran éxito y ganaremos mucho +dinero».</p> + +<p>—¡Ah!...—exclamó él con la expresión que se da a toda idea de un +trabajo abrumador—. No crea usted... para exponer el sistema completo +con claridad bastante para que todos lo comprendan, se necesita quemarse +las cejas... ¡digo! Tendré que pasar las noches de claro en claro. No +importa; cuando esto empiece a correr, verán ustedes; adquiriré una +reputación y una gloria tan grandes, pero tan grandes que...</p> + +<p>—Adiós mi dinero—murmuró doña Lupe, y Fortunata dijo para sí algo +parecido.</p> + +<p>—El problema que quedaba por resolver—dijo Maxi acercándose a su tía y +dando castañetazos con los dedos—, era el de la emanación de las almas. +¿De dónde emana el alma? ¿Es parte de la sustancia divina, que se +encarna con la vida y se desencarna con la muerte para volver a su +origen?... ¿o es una creación accidental hecha por Dios, subsistiendo +siempre impersonal? Aquí estaba el intríngulis.</p> + +<p>Doña Lupe dio un gran suspiro, mirando a D. Francisco que guiñaba los +ojos de una manera entre burlesca y compasiva.</p> + +<p>«¡Hijo, por Dios!—dijo Fortunata acercándose—, no discurras esas cosas +que dan dolor de cabeza... Sí, está muy bien; pero todo lo que hay que +averiguar sobre esto, está ya averiguado... No te calientes la cabeza».</p> + +<p>—Querida mía (rechazándola con dulzura y tomando un tonillo enfático), +si en este <i>via crucis </i> de trabajos y persecuciones que me espera; si +en el camino doloroso y glorioso de este apostolado, no me quieres +acompañar tú, lo sentiré por ti más que por mí; pero tú al fin vendrás. +¿Cómo no, si eres pecadora, y para los pecadores, para su redención y +para su salvación es para lo que yo pienso lo que pienso y propongo lo +que propongo?</p> + +<p>Fortunata volvió a la apartada silla en que antes estuvo, y doña Lupe, +después de llevarse las manos a la cabeza, hizo un gesto de conformidad +cristiana. Le faltaba poco para echarse a llorar. En este punto creyó +oportuno Torquemada intervenir, con esperanza de que sus discretas +razones enderezaran el torcido <i>intellectus</i> del desdichado joven. «Mire +usted, amigo Maximiliano, yo creo que todo lo que debemos saber sobre +eso, ya nos lo han enseñado. Y lo que no, más vale que no lo sepamos... +porque el mucho apurar las cosas le quita a uno la fe. Esta vida no es +más que un mediano pasar: así lo encontramos y así lo hemos de dejar; y +por mucho que miremos para el Cielo no ha de caer el maná... «Ganarás el +pan con el sudor de tu frente», dijo quien dijo, y no hay más. ¿Qué saca +usted de ponerse a cavilar sobre si el alma es esto o aquello? Si al fin +nos hemos de morir... Tengamos la conciencia tranquila; no hagamos cosas +malas, y ruede la bola... y no temamos el materialismo de la muerte; que +al fin polvo somos, y...».</p> + +<p>—Basta, no siga usted—dijo Maxi, ceñudo, cortándole el discurso—. Si +usted es materialista, nunca nos entenderemos.</p> + +<p>—No, si lo que yo digo es que el alma tiene el pago que merece, y como +el cuerpo no es más que a la manera de un cascarón, cuando este se +pudre, a mí no me asusta el materialismo de hacerse uno polvo.</p> + +<p>—Ya... comprendido—dijo el otro con mayor exaltación, y acentuando la +contrariedad que experimentaba—. Usted es de la escuela de mi hermano +Juan Pablo: <i>fuerza y materia</i>. Ya discutiremos eso. Yo expondré mi +doctrina; que exponga Juan Pablo la suya, y veremos quién se lleva tras +sí a la señora humanidad.</p> + +<p>Diciendo esto giró sobre un tacón, y rápidamente salió, marchándose a su +cuarto. Su mujer fue tras él muy afligida. Maxi se sentó en la mesilla +en que tenía algunos libros y recado de escribir. Apoyando la mano en el +hombro de él, su mujer miró los garrapatos que trazaba con febril mano +sobre un papel.</p> + +<p>«Ved aquí fijados los puntos capitales—balbucía él, escribiendo—. +Solidaridad de sustancia espiritual. La encarnación es un estado +penitenciario o de prueba. La muerte es la liberación, el indulto o sea +la vida verdadera. Procuremos obtenerla pronto...».</p> + +<p>—Chico, descansa ahora un ratito—díjole su esposa, tratando de +quitarle la pluma de la mano—. Bastante has trabajado hoy con esos +cálculos tan difíciles... Mañana seguirás... No, no creas que me parece +mal; yo te ayudaré a pensar... hablaremos de esto. Yo también discurro.</p> + +<p>Contra lo que esperaba, Maxi no se irritó. Tenía su semblante expresión +seráfica; sus modales eran suaves y más parecía un iluminado antiguo, +cuya demencia se elaboraba en la soledad claustral, que el insensato de +estos tiempos, educado para el manicomio en los febriles apetitos de la +sociedad presente.</p> + +<p>«Tú también discurres—le dijo con dulzura—. Lo sé, tú piensas, porque +sientes; tú me comprendes, porque amas. Has pecado, has padecido; pecar +y padecer son dos aspectos de una misma cosa; por consiguiente, tienes +el sentimiento de la liberación... Usando una parábola, te escuece en +las muñecas el grillete de la vida».</p> + +<p>Fortunata se quedó en ayunas de toda esta cantinela, pero por no +contrariarle, respondía que sí. «Lo que es por padecer no ha de quedar, +porque toda mi vida ha sido un puro suplicio... Pero ahora no te ocupes +más de eso».</p> + +<p>Doña Lupe miraba por el hueco de la puerta entornada.</p> + +<p>«Tú me ayudarás—prosiguió Maxi con ráfagas de inspiración religiosa en +sus ojos encandilados—, tú me ayudarás a propagar esta gran doctrina, +resultado de tantas cavilaciones, y que no habría llegado a ser +completamente mía sin el auxilio del Cielo. El gran misterio de la +revelación se ha renovado en mí. Lo que sé, lo sé porque me lo ha dicho +quien todo se lo sabe».</p> + +<p>Observando entonces que su tía le miraba, extendió la mano para +llamarla, y le dijo: «Tía, pase usted... Aquí no hablamos en secreto. +También usted será conmigo en la inmensa... en la inmensa y dolorosa +propaganda... Por cierto que no me explico, que no sé cómo ustedes dejan +entrar aquí a ese materialista...».</p> + +<p>—¡Don Francisco...!, hijo, ¿pues qué mal puede hacerte?</p> + +<p>—Mucho, tía, mucho, porque todos los de esa infame secta no me pueden +ver ni pintado, y si ese hombre sigue entrando en esta casa con tanta +confianza, podría intentar el descrédito de mi sistema, robándome antes +mi honor.</p> + +<p>Y miraba a Fortunata como para buscar en su rostro la aseveración o +apoyo de lo que decía. Ella lo comprendió. «Tiene razón, tía... ese +materialista que no entre más aquí».</p> + +<p>—Pues no entrará, hijo, no entrará... Vaya. Yo le diré que se largue +con su materialismo a los infiernos.</p> + +<p>—¿Te sientes bien? ¿Quieres tomar algo?—le dijo su mujer con cariño.</p> + +<p>—Me siento tan bien como nunca me he sentido, créanmelo (demostrando en +su tono y semblante la placidez de su alma). Desde que di con la tan +rebuscada fórmula, paréceme que soy otro... Antes mi vida era un +martirio, ahora no me cambio por nadie. No me duele nada, me siento +bien, y para colmo de felicidad no tengo ganas de comer ni de dormir...</p> + +<p>—Pues es preciso que tomes algo.—No lo necesito... créanmelo. Verán +cómo no lo necesito. Si soy otro, si no tengo ya carne ni para nada la +quiero. No tengo más que el esqueleto, y él se basta para llevar el +alma.</p> + +<p>A Fortunata se le humedecieron los ojos. Poco después, cuando salió un +instante, encontró a doña Lupe lloriqueando. «Está perdido—le dijo la +señora de Jáuregui—, enteramente perdido... Ya esto no tiene +soldadura».</p> + + + + +<hr /> +<h2>-<span class="smcap">viii</span>-</h2> + + +<p>Aquella tarde pasaron las dos pobres mujeres ratos muy malos. +Quedose él como aletargado en el sofá de la alcoba, más propiamente en +éxtasis, porque tenía los ojos abiertos, y no parecía enterarse de nada +de lo que a su alrededor pasaba. Fortunata tomó su costura y se le sentó +al lado, esperando a ver en qué paraba aquello. Doña Lupe entraba y +salía, dando suspiros y haciendo algún puchero. Al llegar la hora de +comer, Maxi se despabiló un poco, resistiéndose a tomar alimento. Ellas +no tenían ganas de probar bocado, y le instaban a él a que lo hiciese, +empleando los más extraños medios de persuasión. Por fin, doña Lupe +obtuvo resultado con este argumento: «No sé yo cómo vas a resistir esa +vida de trabajos sin comer algo. Se dice de Cristo que ayunaba; pero no +que estuviera días y días sin probar bocado. Al contrario, su +institución fundamental, la Eucaristía, la hizo cenando...».</p> + +<p>Con esto, Maxi se avino a tomar un plato de sopa y un poco de vino; pero +de aquí no le hicieron pasar. Después parecía más exaltado. Tomándole +las manos a su mujer, le dijo:</p> + +<p>«Yo no soy más que el precursor de esta doctrina; el verdadero Mesías de +ella vendrá después, vendrá pronto; ya está en camino. Quien todo se lo +sabe me lo ha dicho a mí».</p> + +<p>Fortunata no entendía palotada.</p> + +<p>Doña Lupe mandó recado a Ballester, que fue a verle después de +anochecido. No sabía vencer el farmacéutico su genio vivo y zumbón, ni +mostrarse tan habilidoso como el caso exigía, y aunque Fortunata le +tiraba de los faldones de la levita para que tomase un tono más +contemporizador, el maldito no se podía contener: «Vaya con la que saca +ahora... Pero, hombre de Dios, ¿a usted qué le importa que el alma venga +de acá o venga de allá? ¿Qué se mete usted en el bolsillo con esto? +¿Cree que le van a dar algo por el descubrimiento? Anteayer me dio usted +la gran jaqueca con aquello de <i>la cosa en sí</i>... Pues pongamos que sea +<i>la cosa en no</i>. Yo digo que esto es música pura; <i>la cosa en sí bemol</i>. +¡Ah, qué tontita es la criatura y qué refistolera! Porque esto de meter +las narices en la eternidad, es una cosa que a Dios le debe cargar +mucho. A nadie le gusta que le estén atisbando de cerca y viendo lo que +hace o deja de hacer. Por esto Dios, a todos los sobones y entrometidos +que le siguen los pasos y le cuentan las arrugas, les castiga +volviéndolos tontos. Conque, saque usted la consecuencia. Parece mentira +que un hombre que podría ser el más feliz del mundo, casado con esta +perla de Oriente y sobrino de esta tía, que es otra perla, se devane +los sesos por cosas que no le importan. ¡Si nadie se lo ha de +agradecer!... En fin, que si estas señoras me autorizan, yo le curo a +usted con el extracto de fresno administrado en vírgulas, uso externo, +por la mañana y por la tarde».</p> + +<p>Maxi le miraba con desdén, y el otro, viendo que sus cuchufletas no +hacían el efecto de costumbre, púsose más serio y tomó por otros rumbos. +Al salir, acompañado hasta la puerta por las dos señoras, les dijo: «Le +voy a dar la <i>hatchisschina</i>, o <i>extracto de cáñamo indiano</i>, que es +maravilloso para combatir el abatimiento del ánimo, causante de las +ideas lúgubres y de la manía religiosa. Efecto inmediato. Verán +ustedes... Si se le da a un anacoreta, en seguida se pone a bailar».</p> + +<p>Como la nueva fase del trastorno de Maxi era pacífica, tía y esposa +estaban en expectativa. Por las noches no se movía de la cama, y si bien +es verdad que hablaba solo, hacíalo en voz baja, en el tono de los +chicos que se aprenden la lección. A pesar de esto, Fortunata se ponía +tan nerviosa que no podía pegar los ojos en toda la noche, durmiendo +algunos ratos de día. El enfermo no iba ya a la botica, ni mostraba +deseos de ir a parte alguna, pareciendo caer en profunda apatía y +reconcentrar toda su existencia en el hervidero callado y recóndito de +sus propias ideas. Fuera de los paseos que daba en el comedor o en la +alcoba, no hacía ejercicio alguno, y después de la inapetencia de los +primeros días, le entró un apetito voraz, que las dos mujeres tuvieron +por buen síntoma. A la semana, manifestó deseos de salir; pero una y +otra trataron de disuadirle. Estaba tranquilo, y como hablara de algo +distinto de aquellas manías de la emanación del alma y de la doctrina +que iba a predicar, se expresaba con seso y hasta con donaire. Poco a +poco iban siendo menos los ratos de extravío, y se pasaba largas horas +completamente despejado y tratando de cualquier asunto con discreta +naturalidad. Fortunata hacía que le ayudase a estirar la ropa o a +devanar madejas, y él se prestaba a todo con sumisión; doña Lupe solía +encargarle que le arreglase alguna cuenta, y con esto se entretenía, y +nadie le tuviera por dañado en la parte más fina de la máquina humana. A +principios de Setiembre, habiendo llegado a estar tres días sin mentar +para nada aquel galimatías del alma, las dos señoras estaban muy alegres +confiando en que pasaría pronto el ramalazo. Volvieron los paseos de +noche, y por fin le permitieron salir solo, y reanudó sus trabajos en la +botica, cuidadosamente vigilado por Ballester.</p> + +<p>Fortunata tenía además otros motivos de hondísima pena. <i>Aquél </i> no le +había escrito ni una sola carta, faltando a su solemne promesa. +¡Ingrato! ¿Qué le costaba poner dos letras diciendo, por ejemplo: <i>Estoy +bueno y te quiero siempre</i>? Pero nada, ni siquiera esto... Revelaba +estas tristezas a su única confidente, Aurora, en aquellos ratos de +charla sabrosa que las señoras mayores les permitían. La inauguración de +la tienda de Samaniego, que se verificó hacia el 15 de Setiembre, tuvo a +la viuda de Fenelón muy atareada en aquellos días. Pocas veces se vio en +un comercio de Madrid tanto movimiento ni más claras señales de que +había caído bien en la gracia y atención del público. Las novedades de +exquisito gusto, traídas de París por Pepe Samaniego, atraían mucha +gente, y las señoras se enracimaban y caían como las moscas en la miel. +Los dependientes no tenían manos para enseñar, y Aurora estaba rendida +de trabajo, porque los encargos de <i>trousseaux</i> y <i>ajuares </i> se sucedían +sin interrupción. Doña Casta no estaba tranquila el día en que no iba a +meter las narices en la tienda y taller, para traerle luego el cuento a +doña Lupe de los encargos que había, y de lo que se estaba haciendo para +la Casa Real y otras que sin ser reales tienen mucho dinero. Fortunata +iba poco, por propia inspiración y también por consejo de Aurora, pues +no convenía que la viesen allí las de Santa Cruz, que frecuentaban mucho +el taller y tienda.</p> + +<p>Los domingos pasaban juntas las dos amigas toda la tarde en la casa de +una o de otra, y allí era el comer dulces y el contarse cositas, +sentadas al balcón, viendo las idas y venidas del crítico desde la calle +de los Tres Peces a la de la Magdalena. Él no tendría criterio, pero lo +que es piernas...</p> + +<p>Un domingo de los últimos de Setiembre, la Fenelón llevó a la otra una +noticia importante: «Mañana vienen. Hoy ha estado Candelaria limpiando +toda la casa».</p> + +<p>Lo que Fortunata sintió era una combinación de pena y alegría que no la +dejaba hablar. Porque deseando que volviese, al mismo tiempo tenía +presentimientos de una nueva desgracia. ¡Cuidado que no haberle escrito +ni una sola letra, pero ni una...! Aurora convenía en que era una gran +bribonada. Después que pusieron a esto los comentarios propios del caso, +la de Fenelón dijo a su compinche algo más que fue oído con +extraordinaria curiosidad y atención: «¿Creerás que se me ha metido una +cosa en la cabeza?... Ello no será; pero bien podría ser. Ayer estuvo +doña Guillermina en la tienda. Pepe le había ofrecido una cantidad para +su obra, si salía bien la inauguración, y nada... que se plantó allí a +cobrar... Pues hablando de la familia, dijo que el primo Moreno viene +también mañana con ellos. Se fue con ellos y con ellos vuelve. Yo sé que +han pasado el verano en Biarritz, y después han ido todos a París... +¿Qué te parece a ti? El primo Manolo no viene a España más que, <i>por +ejemplo, </i> en invierno; nunca ha venido en Setiembre. Y eso de pegarse a +la familia de Santa Cruz, ¡él, que gusta de andar siempre solo! Ello no +será; ¡pero hay tantas cosas que parece que no pueden ser y luego son! +Antes de que partieran, me pareció a mí, por ciertas cosas que vi y oí, +que al <i>buen hombre</i> le gustaba demasiado Jacinta. ¡Si habrá algo...! ¿A +ti qué te parece?».</p> + +<p>Fortunata estaba absorta y como lela. Le parecía increíble lo que su +amiga contaba.</p> + +<p>«¡Porque es muy rara esa persecución! ¡Siempre con ellos... un hombre +que no hace su nido en ninguna parte...! Yo no sé, no sé. ¿Habrá +algo?... ¿Qué te parece a ti?».</p> + +<p>—Pues...—dijo la de Rubín pensándolo mucho—, a mí me parece que no.</p> + +<p>—Pues como haya algo, no se me ha de escapar, porque estoy allí, como +quien dice, en mi garita de vigilancia. Desde la ventana de mi +entresuelo, veo los miradores de la casa de Santa Cruz y los de Moreno. +Como haya telégrafos, cuenta que les atrapo el <i>juego</i>... A ti qué te +parece... ¿Habrá...?</p> + +<p>—Me parece que no—volvió a decir Fortunata, pensándolo cada vez más.</p> + + + +<hr /> +<h2>-<span class="smcap">ix</span>-</h2> + + +<p>La noticia del regreso de los de Santa Cruz, que le fue comunicada +por Casta, avivó en la viuda de Jáuregui los deseos de emprender su +campaña reparadora en favor de su sobrina. Cogiola muy a mano aquel día +y le endilgó otra perorata: «Ahora o nunca. El enemigo en puerta. Estoy +a tus órdenes, por si quieres consejos o un plan de defensa en toda +regla». Dicho esto, trató de meterle los dedos en la boca para salir de +dudas respecto a si había recibido o no alguna cantidad gruesa de manos +de su amante.</p> + +<p>Fortunata no apartaba los ojos de la ropa que estaba repasando. +«Comprendo—expuso la señora con acento parlamentario—, que tengas +cortedad para confesarme ciertas cosas, y por mi parte, te soy franca: +no te tengo yo por peor de lo que eres; no creo, como podrían creerlo +otras personas, que tu debilidad es interesada, y que quieres a ese +hombre porque es rico, y que no lo querrías si fuese pobre. No, yo no te +hago ese disfavor... para que veas. Tengo la seguridad de que arrastrada +y todo como eres, loca y sin pizca de juicio, tus faltas nacen del amor +y no del interés; y los mismos disparates que haces por un hombre +poderoso, que te da grandes cantidades, lo harías si fuera un pobre +pelagatos y tuvieras que comprarle tú a él una cajetilla».</p> + +<p>—¿Qué está usted ahí hablando de grandes cantidades?—preguntó +Fortunata mirándola con sorpresa, y casi casi echándose a reír.</p> + +<p>—No, si esto no es para que me digas la cifra exacta. Cállatela... haz +el favor... que ciertas cosas vale más que se queden dentro. No vayas a +creerte que pretendo me entregues a mí esos capitales para +colocártelos... No, ya sabrás tú manejarte bien...</p> + +<p>—¿Pero qué está usted diciendo... señora?...</p> + +<p>—No, yo no digo nada. Me repugnaría, puedes creerlo, manejar esos +fondos.</p> + +<p>—¿Pero qué fondos, ni qué...? Usted está soñando.</p> + +<p>—Vaya... si pretenderás que me trague yo esa rueda de molino más grande +que esta casa. ¡Si me querrás hacer creer que no te da...!</p> + +<p>—¡A mí!—No me hagas tan tonta...—No sé de dónde ha sacado usted... +Para que lo sepa de una vez: No tengo nada. Me daría si me viera en una +necesidad. Me ha ofrecido... pero yo no he querido tomarlo.</p> + +<p>Iba doña Lupe a soltarle otra andanada. «Valiente turrón te ha caído, +grandísima idiota. Por no saber, no sabes ni siquiera perderte». Pero se +contuvo y se tragó su ira, desahogándola después en agitado soliloquio: +«No he visto otra. No tiene vergüenza, ni tampoco sentido común. ¡Qué +canalla y al mismo tiempo qué bestia! Si hubiera un Infierno para los +tontos, ahí debieras ir tú de cabeza».</p> + +<p>Maximiliano volvía lentamente a la vida regular, sin que esto quiera +decir que se le quitara de la cabeza la idea aquella. Habíase +transformado, y así como en las crisis hepáticas hay derrames de bilis, +en aquella crisis mental parecía haberse verificado un derrame de +sentimientos. No sólo era ya pacífico, sino tiernísimo, y sus afectos se +habían sutilizado, como el licor que pasa por el alambique. Las fórmulas +de cariño que con su tía y su mujer usaba eran extraordinariamente +suaves y hasta empalagosas; se afligía cuando causaba alguna molestia, y +agradeciendo mucho los cuidados que se le prodigaban, los rehuía como +pudiera. Iniciábase en él cierta tendencia a imponerse privaciones y +sufrimientos, y la mortificación, que antes le sublevaba, por liviana +que fuese, ya le complacía. Si en la conversación, o en aquellas +polémicas que con su familia tenía a las horas de comer, se le escapaba +una palabra más alta que otra, luego sentía remordimientos de haberla +pronunciado, y si no la recogía, pidiendo perdón de ella, era porque la +timidez le ponía un freno.</p> + +<p>Un día hubo de decirle a Papitos, porque no le había limpiado las botas: +«Vaya con la chiquilla esta... ¡Verás tú!». Y al salir de la casa +sintió tal pena de haberse expresado con displicencia y ardor, que le +faltaba poco para derramar una lágrima. «¡Cuándo se me quitará esta +costumbre viciosa de ultrajar a los humildes!... ¿Qué más da que estén +las botas con o sin betún? La que debe tener lustre es el alma, no el +calzado. Parece mentira que los humanos demos tal valor a estas +niñerías. ¡Injusto estuve con la pobre chiquilla! ¡Inocente y angelical +criatura! Soy un animal... ¿Pero quién es el guapo que de estrellas +abajo entiende y practica la justicia? El tenido por justo hace setenta +y dos barbaridades cada día. Trabajillo cuesta el desprenderse de esta +sarna moral, heredada, con la cual nace uno y con la cual vive hasta que +llega la hora de la liberación».</p> + +<p>«¿Qué trae usted ahí entre ceja y ceja? ¿Saco la vara?—le dijo +Ballester con aquella dureza que era, según él, el más eficaz +tratamiento—. Porque hoy me parece que venimos muy <i>evangelísticos</i>. +Cuidadito. Ya sabe usted cómo las gasto».</p> + +<p>—Pégueme usted. No me importa—le contestó Maxi, dejando el sombrero en +la percha—. Lo merezco, como lo merece toda persona que se enfada +porque no le han limpiado las botas. ¡Qué humanidad tan imbécil! Amigo +Segismundo, ¡qué hermosa es la muerte!</p> + +<p>—Si me vuelve usted a decir que es hermosa la muerte—replicó el otro +cogiendo la vara y esgrimiéndola cómicamente—, le lleno el cuerpo de +chichones. ¡Decir que es guapa esa tarasca, mamarracho, más fea que el +no comer! Mírela usted allí, mírela allí con esa cara que da asco... +mírela, y como diga que es guapa, le pulverizo.</p> + +<p>Señalaba a un emblema pintado en el techo de la botica, en el cual +estaban, decorativamente combinados, la serpiente de Esculapio, el reloj +de arena del Tiempo, un alambique, una retorta, el busto de Hipócrates y +una calavera.</p> + +<p>«Si quiere usted contemplar toda la gracia del mundo, míreme a mí—dijo +Ballester, que dejando la vara, dio una vuelta, cogiéndose los faldones +de la levita—. Estoy guapo, ¿sí o no?».</p> + +<p>Ballester ostentaba aquel día zapatillas nuevas, estrenaba traje de +lanilla de los más baratos, y se había ido a la peluquería, donde +después de cardarle la caballera, se la habían rizado con tenacillas.</p> + +<p>«Vaya, que está usted elegante» dijo Maxi, poniéndose a pesar unas dosis +para píldoras.</p> + +<p>—Pues más he de estarlo mañana. Mañana se casa mi hermanita con +Federico Ruiz, un chico de mucho talento. ¿Le conoce usted? Los +periódicos, que hablan constantemente de él, anteponen siempre a su +nombre algún mote muy salado. Ahora le llaman <i>el distinguido pensador</i>. +¿A que no le llaman a usted así, a pesar de lo mucho que piensa? Porque +usted no piensa con juicio y él sí.</p> + +<p>Por la noche estaban en la botica, además de Ballester, los dos +practicantes Padilla y Rubín. Como apareciese en la acera de enfrente el +célebre crítico, Segismundo se vio acometido a la ira cómica que le +producía la presencia de aquel personaje de tan indudable importancia en +la república de las letras. «Tengo a ese caballerito—decía—, sentado +en la boca del estómago... sobre todo, desde que elogió aquella obra tan +mala, estrenada este invierno, diciendo que en ella se <i>planteaba el +problema</i>, y qué sé yo qué. Veréis: Es aquel dramita moral en que se +recomienda el matrimonio y las buenas costumbres; como que allí resulta +que todos los solteros somos unos pillos; y porque un joven se retira +tarde y se gasta algún durete en picos pardos, me le llaman monstruo y +el papá le maldice... Hay una escena en que todos se desmayan, porque +sale uno muy malo, que resulta ser un hombre dedicado a la ciencia, el +cual dice con la mayor frescura que él no cree en Dios aunque le +fusilen. Total, que cuando la vi representar, pensé que me tragaba todos +los eméticos que hay en mi farmacia. La moraleja de la obra es que sin +religión no hay felicidad, y por eso la pone en las nubes este ángel de +Dios, que es el alcaloide de la cursilería».</p> + +<p>Cerró la noche y Ponce se acercó para telegrafiarse con su amada. Del +balcón descendía una cuerda, a la que el joven ataba un papel.</p> + +<p>«Le manda su último artículo—dijo el regente a sus amigos, acechando en +la puerta de la farmacia—. Ahora baja la cuerda con un dulce... Como +anoche, lo mismo que anoche. Veréis, veréis la broma que le tengo +preparada».</p> + +<p>Con nerviosa presteza fue a la rebotica y sacó del cajón un objeto del +tamaño de una yema, blanco y de apariencia azucarada. Padilla se +desternillaba de risa, y Maxi observaba con atención simpática.</p> + +<p>«Pero es preciso que me ayudéis. Tú, Padilla, que le conoces, sales, te +haces el encontradizo, le hablas de literatura dramática, le entretienes +un rato volviéndole la cara para allá; y entretanto, yo, con muchísimo +disimulo, me escurro pegado a la pared, en el momento en que baja el +bramante con el dulce. Quito la yema, ¿sabes?... y pongo esta. La hice +anoche. Es estricnina, a la dosis que se echa a los perros, bien +neutralizado el sabor con regaliz, y forrada de azúcar. Se la come y +revienta como un triquitraque».</p> + +<p>Padilla se partía de risa, y Maxi lo tomaba a broma.</p> + +<p>«Hombre, matarle no—dijo Padilla—. Si la hubieras hecho de jalapa, +escamonea o cosa así...».</p> + +<p>—No, chico; si yo lo que quiero es que reviente... Iré a presidio... me +pierdo. ¿Y qué? No se la perdono... ¡Ultrajar a los hombres de ciencia +y a los solteros!</p> + +<p>Llevando su broma hasta el fin, Ballester porfiaba que la yema era +venenosa; mas como el otro rechazara la complicidad en aquel homicidio, +diose a partido el exaltado boticario, diciendo que la pelotilla era de +azúcar con aceite de croto, que es el derivativo drástico por +excelencia. Maxi, que le había ayudado a hacerla, se sonreía. Como en +estos dimes y diretes se pasó bastante tiempo, cuando Ballester quiso +poner en ejecución la chuscada, ya había bajado el hilo con una yema de +coco, y el crítico se la estaba comiendo. El otro se consoló pensando +que otra noche consumaría su trágica venganza. «Él se la tiene que +comer...—dijo guardando la bola—. Como me llamo Segismundo, se la +tiene que tragar, y entonces diré como mi tocayo: '¡Vive Dios que pudo +ser!'».</p> + + + +<hr /> +<h2>-<span class="smcap">x</span>-</h2> + + +<p>Aquella noche, cuando Maxi subió a comer, encontró a su mujer un +poco enferma. Le dolía la cabeza y tenía náuseas. Doña Lupe, que la +estaba observando siempre, veía en su mal un pretexto para esconder de +la familia los pesares que la consumían. «Lo que tú tienes—pensaba—, +es el afán de volver al reclamo. Estás luchando contigo misma. Quieres +ir y no te determinas». Algo de esto debía de ser, pues Fortunata se +metió en su alcoba, resistiéndose a tomar alimento. Maximiliano no le +instaba a que comiera, pues aquella actitud de su mujer tomábala él por +querencia de privaciones, por iniciación del aniquilamiento, o apetito +de muerte y liberación. Doña Lupe, fatigada de lidiar con tanta +insensatez de una y otra parte, se retiró, dejándoles solos y diciendo: +«Haced lo que queráis. Allá os arregléis a vuestro gusto. Yo estoy +rendida». Comió sola, y con Papitos les mandaba de algún plato, que +volvía casi intacto. Después entró un instante en la alcoba para +preguntarles qué tal estaban, y se fue a descansar. «No puedo resistir +más esta vida de perros—decía—. Dios tenga compasión de mí».</p> + +<p>Fortunata habría deseado que su marido se durmiese y la dejase en paz. +Pero no parecía él dispuesto a hacerle el gusto en esto. Presentábase +aquella noche bastante locuaz, lo que la disgustó mucho, pues pocas +veces se había sentido con menos ganas de conversación. A poco de +acostarse, observó que su marido, sentado frente a la mesa donde estaba +la luz, sacaba del bolsillo un paquete, después otro, objetos envueltos +en papeles, y los ponía frente a sí, como un hombre que se prepara a +trabajar. El ligero ruido estridente que hace el papel al ser +desdoblado, ruido que se acrecía con el silencio de la noche, molestaba +a Fortunata atrayendo su atención. Lo primero que hizo Maxi fue sacar de +un envoltorio de regular tamaño multitud de paquetes chicos muy bien +doblados, como los que en Farmacia se llaman <i>papeletas</i>, forma en que +se dividen y expenden las dosis de las medicinas en polvo. Pero después +vio la joven que desliaba otro paquete de forma larga y... ¡Ay, Dios +mío, era un cuchillo!... Lo estuvo él contemplando un rato por un lado y +por otro, y acercaba la yema del dedo a la punta como para probar si era +bien aguda. La esposa sintió sudor frío en todo su cuerpo... No pudo +contenerse, y como si despertase a un durmiente para librarle de los +fingidos horrores de angustiosa pesadilla, le dijo... «Maxi, hijo, ¿qué +haces?». Él la miró con gran tranquilidad.</p> + +<p>«Yo creí que dormías. ¿No tienes sueño? Pues charlaremos de cosas +agradables».</p> + +<p>—Como quieras. Pero más vale que te acuestes, y dejes las cosas +agradables para mañana.</p> + +<p>—No... de seguro que te gustará lo que voy a decirte. Espera un poco.</p> + +<p>Recogió todos sus paquetes y el cuchillo, y trasladándose a la silla que +estaba junto a la cama, lo puso todo sobre la mesa de noche.</p> + +<p>«Ajajá... Ahora verás—dijo sonriendo cariñosamente, como el que se +dispone a dar a la persona amada la sorpresa de un regalito—. Esto, ya +lo ves: es un puñal».</p> + +<p>Fortunata se estremeció como si la hoja fría le tocara las carnes, y se +puso a dar diente con diente.</p> + +<p>«Lo compré hoy en la tienda de espadas de la calle de Cañizares. Aquí +dice: <i>Toledo, 1873</i>. Es bonito, ¿verdad? Hace días que vengo pensando +en cuál es la mejor manera de hacerle al alma el gran favor de mandarla +para el otro barrio. ¿A ti que te parece? No decido nada sin tu consejo; +y lo que tú prefieras, eso preferiré yo».</p> + +<p>La infeliz mujer estaba tan medrosa, que apenas podía hablar.</p> + +<p>«Guarda eso, por Dios... Mira que me da mucho miedo».</p> + +<p>—¡Miedo!—exclamó él con asombro y desconsuelo—. Pues yo creí que +habría conseguido infundirte mi idea y que ya mi idea te era familiar. +¡Miedo a la muerte!, es decir, ¡miedo a la libertad y amor al calabozo! +¿Ahora salimos con eso? Si lo primero, mil veces te lo he dicho, es +mirar a la muerte como el fin de los padecimientos, como miran a la +playa los infelices que luchan con las olas, agarrados a un madero.</p> + +<p>—No, si no tengo miedo—dijo ella con deseos de tranquilizarle, porque +observó que se exaltaba—. Pero es que... esas cosas, más vale dejarlas +para de día. Ahora, a dormir.</p> + +<p>—¡Dormir!... Ahí tienes otra tontería. Dormir, ¿y qué saca uno de +dormir? Pues embrutecerse, olvidarse de lo principal, que es el +desprendimiento y la evasión. Querida mía, o estás conmigo o estás +contra mí; decídete pronto. ¿Estás dispuesta a tomar la llave de la +puerta y escaparte conmigo? ¿Sí? Pues lo primero es no tener horror a la +muerte, que es la puerta, estar siempre mirándola, y prepararse para +salir por ella cuando llegue la hora feliz de la liberación.</p> + +<p>Fortunata se arropó bien, porque le había entrado más frío. ¡Ay qué +miedo tan grande!</p> + +<p>«El momento de la liberación es aquel en que uno se considera +suficientemente purificado para apechugar con el paso de un mundo a +otro, y dar ese paso por sí mismo. Las religiones dominantes prohíben el +suicidio. ¡Qué tontas son! La mía lo ordena. Es el sacramento, es la +suprema alianza con la divinidad... Bueno; pues las personas que por +medio de la anulación social, y cultivando la vida interior, llegan a +purificarse, comprenden por su propio sentido cuándo llega el momento de +tomar el portante. La liberación no debiera llamarse suicidio. La +expresión mejor es esta: matar a la bestia carcelera. Llega un momento +en que el alma no puede ya aguantar la esclavitud, y es preciso +soltarse. ¿Cómo? Mira».</p> + +<p>Fortunata tiritaba, discurriendo si se levantaría para llamar a doña +Lupe.</p> + +<p>«Esto es un puñal... bien afilado... Hay que tener en cuenta que la +bestia se defiende, por muy decaída que esté. La carne es carne, y +mientras tenga vida hace la gracia de doler. Por eso conviene que la +liberación sea con el menor dolor posible, porque la misma alma, con +toda su fortaleza, se amilana, siente lástima de la bestia carcelera e +intercede por ella. Tú fíjate bien, y si el arma blanca no te gusta, me +lo dices con franqueza. ¿Prefieres el arma de fuego? Pueden fallar los +tiros, y entonces el alma se impacienta; suele suceder que la bala no +toma la dirección conveniente y queda la bestia a medio matar con medio +cuerpo muerto y medio cuerpo vivo. Por eso yo te traigo aquí los medios +tóxicos, que son callados y seguros».</p> + +<p>Empezó a mostrar aquellas papeletas tan bien hechas y bien dobladas, +sobre las cuales había escrito con clarísima letra el nombre de cada +droga. Mirábalas Fortunata con indecible terror, y se tapaba la nariz y +la boca, temerosa de que, respirando tales ingredientes, pudiera +envenenarse.</p> + +<p>«Vete enterando. Esta sustancia que ves aquí, blanca y en cristalitos, +es la <i>estricnina</i>... Muerte segura y tetánica, y que produce muchas +angustias, por lo cual no te la recomiendo. La <i>atropina</i> es esta, y +esta la <i>cicutina</i>. ¿Ves?, polvos blancos. La <i>citutina</i> tiene una +ventaja, y es que con ella se liberó el señor de Sócrates, lo que la +hace venerable. Ambos son venenos virosos, es a saber, que se queda uno +dormido y en sueños se acaba. Pero yo me pregunto: En las tinieblas del +sueño, ¿no producirán los pataleos de la bestia horribles martirios? +¿Qué te parece a ti? ¿Preferiremos la <i>digitalina</i>, que mata por +asfixia? ¿O nos fijaremos en los mercuriales? Míralos aquí: El <i>ioduro +de Mercurio</i>, rojo; el <i>cianuro de Mercurio</i>, blanco. También tengo un +preparado de fósforo, que mata por envenenamiento de la sangre. Pero lo +bueno está aquí, míralo; el verdadero <i>ojo de boticario</i>, la bendición +de Dios. Esto sí que mata, y pronto. ¿Ves este polvo gris? Es la +<i>gelsemina</i>, la maravilla de la toxicación. La bestia se estremece sólo +de verla; porque sabe que con esto no hay bromas. Muerte instantánea».</p> + +<p>—Basta, basta—dijo Fortunata, que ya no podía resistir más—. Si no +guardas todo eso, me levanto y me voy.</p> + +<p>Él la miró con semblante en que se pintaban un desconsuelo siniestro y +un asombro compasivo. Esta mirada le aumentó a ella el miedo, y +comprendiendo que era forzoso disimularlo, acariciándole la manía para +evitar cualquier barbaridad, le dijo:</p> + +<p>«Todo está muy bien... yo comprendo... Claro, la bestia hay que matarla. +Pero si quieres que yo te quiera, ha de ser con condición de que no me +traigas acá venenos...».</p> + +<p>—¡Ah!, corriente... Si prefieres las armas de fuego... Pero en este +caso hay que ejercitarse. Preciso es que mueras primero tú, después +yo... ¿Y si me falla el tiro y me quedo vivo y viene gente y me +sujetan...?</p> + +<p>—No, hijo no; cada cual coge una pistola, y apunta uno para el otro +como en los desafíos... Se da la señal, ¡pum!, y ya verás cómo quedan +las dos bestias.</p> + +<p>Maximiliano meditaba. «No me parece muy practicable tu solución».</p> + +<p>—Sí, chico, sí, te digo que sí. Hazme el favor de coger todos esos +polvos y tirarlos por la ventana al patio. No, mejor será que los +envuelvas en un paquete y me los des; yo los guardaré. Te prometo +guardarlos. Pero qué, ¿desconfías de mí?... Gracias, hombre.</p> + +<p>De veras que desconfiaba, porque cuando ella extendió sus manos para +coger las papeletas, acudió él a defenderlas como se defiende una +propiedad sagrada. «Tate, tate; déjame esto aquí. Yo lo guardaré...».</p> + +<p>—Bueno, mételo en el cajón de la mesa de noche, y también el +cuchillito. Yo te prometo no tocarlo.</p> + +<p>—¿Me lo juras?—Te lo juro... No parece sino que yo te he engañado +alguna vez. ¡Qué cosas tienes!... Pero te has de acostar...</p> + +<p>—Si no tengo sueño, a Dios gracias. Cuando duermo algo, sueño que soy +hombre, es decir, que la bestia me amarra, me azota y hace de mí lo que +le da la gana... ¡Infame carcelero!</p> + +<p>Impaciente, Fortunata se lanzó a las determinaciones que exigen los +casos graves. Echose de la cama tal como estaba, y casi a la fuerza, +mezclando los cariños con la autoridad, como se hace con los niños, le +hizo acostar. Quitole la ropa, le cogió en brazos, y después de meterle +en la cama, se abrazó a él sujetándole y arrullándole hasta que se +adormeciera. Decíale mil disparates referentes a aquello de la +liberación, de la hermosura de la muerte y de lo buena que es la matanza +de la bestia carcelera. «A cada bestia le llega su San Martín» repetía, +con otras frases que habrían sido humorísticas, si las circunstancias no +las hicieran lúgubres.</p> + +<p>Ella durmió muy poco. Al amanecer, viéndole en profundo letargo, +levantose cautelosamente y echó mano al puñal y las papeletas. Escondido +el primero, vació todo el contenido de las segundas en un periódico, +metiéndolo todo revuelto en un cucurucho para llevárselo a Ballester. +Con ayuda de doña Lupe, que se horripilaba oyendo contar el paso de la +noche anterior, pusieron en cada papelillo cantidad proporcionada de sal +o azúcar molida, y bien dobladitos como estaban, volvieron a meterlos en +la mesa de noche. Lo primero que él hizo al despertar fue ver si le +habían quitado su tesoro, y como extrañase no hallar el puñal, díjole su +mujer: «El puñal lo he guardado yo... Es monísimo. Descuida, que no lo +perderé. ¿Tienes o no confianza en mí? Tocante a esos polvos, encárgate +tú de guardarlos, y si el caso llega, chico, no seré yo quien les haga +ascos, porque, bien mirado, para lo que sirve esta vida... Lucidas +estamos; ¡siempre penando, siempre penando! Espera que te espera, y cada +día un desengaño... Te aseguro que el vivir es una broma pesada».</p> + +<p>—Dame un abrazo—le dijo Maxi arrojándose a ella medio vestido—. Así +te quiero. Tú has padecido, tú has pecado... luego eres mía.</p> + +<p>Y como en aquel momento entrara su tía trayéndole el chocolate, se fue +hacia ella, en pernetas, con intento de abrazarla, diciéndole:</p> + +<p>—También usted ha padecido, también usted ha pecado, querida tía.</p> + +<p>—¡Pecar yo!...—Y es usted de mi tanda.—Todo lo que quieras, con tal +que te tomes ahora este chocolatito.</p> + +<p>—Lo tomaré, lo tomaré, aunque no tengo apetito. Venga... Por aquello de +cumplir.</p> + +<p>—Dices bien; una cosa es enamorarse de la muerte, y otra cumplir +nuestras obligaciones mientras no llega el momento—dijo doña Lupe con +naturalidad—. De mí te sé decir que estoy harta de la vida, pero harta, +y si no he tomado ya una determinación es porque como tiene una tanto +que hacer, no le queda tiempo ni para pensar en lo que le conviene. Pero +ya lo arreglaremos, hijo, y a mí me tienes dispuesta a darle la morrada +a la bestia cuando menos ella se lo piense. Ya no la puedo sufrir.</p> + +<p>Tía y esposa, disimulando su tristeza, le contemplaban mientras tomó el +chocolate, admiradas de que lo tomase con ganas. Las ganas teníalas la +bestia, él no.</p> + + + +<hr /> +<h2>-<span class="smcap">xi</span>-</h2> + + +<p>A eso de las diez salió Fortunata para llevar a Ballester el +paquete de sustancias venenosas. «Ahí tiene usted la que nos preparaba +su amigo—le dijo con desabrimiento—. ¡Vaya un cuidado que tiene usted! +Vea lo que llevó a casa...».</p> + +<p>Ballester examinaba las terribles drogas... Después se puso muy serio: +«Ese tonto de Padillita tiene la culpa. No sé cómo le permitió andar en +esto. Descuide usted, que le echaré hoy una buena peluca. Lo mejor será +que no trabaje más aquí; cualquier día nos mete en un conflicto... Pero +siéntese usted...».</p> + +<p>Al ofrecerle una silla, Ballester parecía poner especial cuidado en dar +a conocer sus botas nuevas, resplandecientes; en que Fortunata admirase +su levita y su cabellera rizada a fuego, la cual despedía fuerte olor a +heliotropo. En todo reparó ella, demostrándolo con una sonrisa +picaresca.</p> + +<p>«Se ríe usted de lo reguapo que me he puesto hoy, ¿verdad? Acostumbrada +a verme hecho un cavador... Pues le diré: hoy se casa mi hermana con ese +a quien llaman el <i>distinguido pensador</i>, Federico Ruiz. Voy a la boda, +y esta noche le traeré a usted los dulces».</p> + +<p>Fortunata volvió a su tema: «Es preciso tomar una determinación. Las +medicinas que usted le da, no le hacen ningún efecto. Hoy hemos hablado +mi tía y yo. Antes de llevarle a un manicomio, es preciso probar algún +otro medicamento. ¿No se decide usted a darle eso que decía?... no me +acuerdo cómo se llama... eso que suena así como un estornudo...».</p> + +<p>—¡Ah!, el <i>hatchiss</i>... lo prepararemos. Usted manda en esta casa... es +usted el ama, y me manda a mí, y si me pide una cataplasma hecha con +picadillo de mi corazón, al momento se la hago.</p> + +<p>—¿Ya está usted con sus guasas?</p> + +<p>—Y ahora me toca a mí pedirle un favor...</p> + +<p>—Usted dirá.—Esta noche traigo los dulces de la boda. Mando al segundo +una parte, otra la dejo aquí para los amigos que vengan. ¿Irá usted +arriba a casa de doña Casta, o vendrá aquí?</p> + +<p>—Iremos arriba... Si paseamos, puede que entremos aquí. Según esté ese.</p> + +<p>—Bueno; esta noche ha de venir mi amigo el crítico. Padilla le invitará +a entrar y le ofrecerá dulces. Quiero que se coma uno que tengo yo aquí +preparado para él... No sabe usted cuánto le odio.</p> + +<p>Fortunata, que tenía la cabeza caldeada con ideas de envenenamiento, se +asustó.</p> + +<p>«¿Pero qué demonios le va usted a dar a ese infeliz? Si es un buen +chico».</p> + +<p>—Nada, no se asuste usted... No es más que un derivativo... La fiesta +consiste en que luego le invite doña Casta a subir, y que suba...</p> + +<p>—No sea usted bruto. ¡Si es un chico muy bueno! Me han dicho que +mantiene a su madre...</p> + +<p>—¡Que mantiene a su madre! Pues estará lucida. ¿Y con qué la mantiene? +¿Con los artículos?</p> + +<p>—Le dan dos duros por cada uno. Ya ve usted. Y hace cuatro todas las +semanas.</p> + +<p>—Buen pelo, buen pelo... Pero en fin, aunque mantenga a su madre y a su +abuela y a toda su familia, y sea un excelente chico, yo le quiero dar +esta broma inocente. ¿Me hará usted el favor que le pido?</p> + +<p>—¿Cuál?—No le pido a usted que me dé un beso, porque si le pidiera ese +pedazo de la gloria, usted no me lo daría, y si me lo diera, al instante +me tendrían que poner en manos del amigo Ezquerdo... Pues mis +aspiraciones se concretan hoy, querida amiga, a que usted, si está aquí +cuando entre ese niño ilustrado, le ofrezca la yema que yo tengo +dispuesta. Dándosela usted no sospechará... Además, usted le dirá a doña +Casta o a Aurora que le inviten a subir para que oiga tocar la pieza...</p> + +<p>—Quítese usted de ahí... Yo no me meto en esas intrigas. ¡Pobre +muchacho! Me pongo de su parte. ¡Qué malo es usted!</p> + +<p>—Más mala es usted... En pago de su infamia le voy a dar una buena +noticia.</p> + +<p>—¿A mí noticias?...—Y tan buena que le ha de saber a usted mejor que +los dulces que le enviaré esta noche... ¡Ay!, me consuela una cosa, +amiga mía; y es que si conmigo es usted ingrata, lo es también con +otros. ¡Mal de muchos...!</p> + +<p>—¿Qué está diciendo?</p> + +<p>—Pues que bien le pasean a usted la calle... Y la niña sin parecer por +ninguna parte. El niño rompía el pescuezo mirando para los balcones, y +usted atormentándole con su ausencia. ¡Pobre señor!... toda la tarde +calle arriba calle abajo...</p> + +<p>Fortunata palideció, y con la mayor seriedad del mundo se dejó decir:</p> + +<p>«¿Quién... y cuándo?...».</p> + +<p>—No se haga usted la tonta... Pues ayer tarde, cuando se retiró, ¡iba +con una cara de mal humor...! Plantón como aquel no se ha llevado nunca. +Yo le miraba y me decía: «bien merecido te está... Aguántate, cachete... +Todos somos iguales». ¿Quiere usted que le dé un consejo? Pues trátele a +la baqueta. Que suspire, que pasee, que le tome la medida a la calle. +Toda la hiel no ha de ser para mí... ¿Quiere que le dé otro consejo? +Pues a usted le conviene un corazón como este que yo tengo aquí +guardadito, virgen, créalo usted, virgen. Acéptelo, y déjese de querer a +ingratos...</p> + +<p>Fortunata se había puesto tan desasosegada, que no oía las amorosas +confianzas del farmacéutico. «Abur, abur—dijo levantándose—. Tengo que +volverme a mi casa».</p> + +<p>—Vamos a ver... Y si vuelve esta tarde, ¿qué le digo?</p> + +<p>—Quítese usted allá...—indicó ella corriendo hacia la puerta, y el +otro detrás.</p> + +<p>—¿Qué le digo?... Porque aunque no le he hablado nunca, le hablaré, si +usted me lo manda. ¿Dígole que no parezca más por aquí?... ¡Ay, qué +mujer! Allá va como una exhalación. Está tocada, tan tocada como su +marido... Todo por no enamorarse de un hombre digno, como por ejemplo... +un servidor. ¡Ah! Segismundo, paciencia. Imita a los pescadores de caña; +espera, espera, que al fin ella picará.</p> + +<p>Doña Lupe, cuando entró su sobrina bastante sofocada por haber subido +muy aprisa la escalera, admirose de verla tan alegre. «Sabe Dios—dijo +para sí—; sabe Dios por qué estarán los tiempos tan divertidos... +Probablemente esta salidita, con pretexto de llevarle a Ballester los +polvos, sería para verle... Él le diría que pasaba a tal hora... ¡Y qué +colorada viene! Sin duda ha habido hocicadas en el portal».</p> + +<p>Maxi continuaba tranquilo. Más bien parecía un convaleciente que un +enfermo. Estaba muy débil y no apetecía más que sentarse junto a los +cristales del balcón del gabinete, contemplando con incierta mirada a +los transeúntes. Esto no le hacía maldita gracia a Fortunata, porque... +«si <i>al otro</i> le da la gana de pasar también esta tarde y Maxi le ve, se +va a excitar mucho». Por tal motivo estuvo muy inquieta, y a cada +instante se asomaba y volvía para adentro, tratando de que su marido se +pusiese en otra parte. Pero al otro no le dio la gana de pasar aquella +tarde. Lo que hizo fue mandar un recadito a su amiga, sacándola del +purgatorio de incertidumbre y tristeza en que estaba. Servía de +Celestina para estas comunicaciones la tía de Fortunata, Segunda +Izquierdo, que en Mayo último se le había presentado, miserable y +llorosa, a que le diera una limosna. Desde entonces iba todas las +semanas, y su sobrina la socorría, unas veces con dinero, otras con +comida sobrante o alguna prenda de vestir.</p> + +<p>Santa Cruz la amparaba también, y ella se servía de su mendicidad para +introducir en la morada de Rubín los mensajes de amor; y tan ladinamente +lo hacía, que la sagaz doña Lupe no sospechaba nada. Pues aquella tarde, +después de mucho tiempo de entrar allí <i>con las manos vacías</i>, puso en +las de Fortunata una esquelita. Al fin, ¡oh, dicha increíble!... Cuando +pudo, leyó la feliz mujer el papelito, en el cual se le citaba a tal +hora y a tal sitio para el día siguiente.</p> + +<p>Por la noche fueron todos a casa de doña Casta, quien tomó por su cuenta +a Maxi, prodigándole mil cuidados, ofreciéndole golosinas, y tratando de +refrescarle el cerebro con una plácida disertación sobre las aguas de +Madrid, y sobre las propiedades por que se distinguen las de la +Acubilla, Abroñigal, y fuente de la Reina, de las de Lozoya.</p> + +<p>La viuda de Fenelón llegó a la hora de costumbre, y a poco subió el mozo +de la botica con la bandeja de dulces que mandaba Ballester. No tardaron +en presentarse el señor y la señora del tercero de la derecha. Él, por +una de esas ironías tan comunes en la vida, era el hombre más grave, +seco y desapacible del mundo, comadrón de oficio, y se llamaba <i>D. +Francisco de Quevedo</i> (hermano del cura castrense, Quevedo, a quien +conocimos en la tertulia del café, junto con el <i>Pater</i> y Pedernero). Su +mujer competía en elegancia con una boya de las que están ancladas en +el mar para amarrar de ellas los barcos. Su paso era difícil, lento y +pesado, y cuando se sentaba, no había medio de que se levantara sin +ayuda. Su cara redonda semejaba farol de alcaldía o Casa de Socorro, +porque era roja y parecía tener una luz por dentro; de tal modo +brillaba. Pues a esta monstruosidad la llamaba Ballester <i>doña +Desdémona</i>, por ser o haber sido Quevedo muy celoso, y con este mote la +designaré, aunque su verdadero nombre era doña Petra. No tenía niños +este matrimonio, y mientras D. Francisco se pasaba la vida sacando a luz +los hijos del hombre, su esposa sacaba y criaba pájaros, para lo cual +tenía muy buena mano. Estaba la casa llena de jaulas, y en ellas se +reproducían diversas familias y especies de aves cantoras. Y para colmo +de contrastes, era la señora del comadrón una mujer chistosísima, que +contaba las cosas con mucha sal. En cambio, D. Francisco de Quevedo no +tenía más chiste que el que podría tener un caimán.</p> + + + +<hr /> +<h2>-<span class="smcap">xii</span>-</h2> + + +<p>Aurora y Fortunata, después de cumplir un rato con la visita, +riéndole las gracias a <i>doña Desdémona</i>, se fueron al balcón. La viuda +tenía que contar a su amiga cosa de mucha importancia, y al instante +empezó el secreto. «Ya no me queda duda. Ciertos son los toros. ¿Sabes +que el primo Moreno no sale de la tienda? Allí se va por las mañanas, y +no quita los ojos del portal de Santa Cruz, acechando si entran o salen. +El muy tonto, ¡qué mal lo disimula! Parece mentira que se chifle así un +hombre de su edad... porque anda ya cerca de los cincuenta; un hombre +enfermo... porque los médicos dirán lo que quieran, pero el mejor día +hace el <i>crac</i>... ¿Y qué más prueba de su embrutecimiento que estar +aquí?... ¿Por qué no se va al extranjero como otros años? Buen pajarraco +está. Ya ves; un hombre, <i>por ejemplo</i>, que podría haber hecho la +felicidad de cualquier muchacha honrada, se ve ahora sin amor, sin +familia propia, solo, triste... ¡Ah!, le conozco bien: es un disoluto, +un inmoral, un corrompido. No le gustan más que las casadas. Me lo ha +dicho a mí misma... a mí me lo ha dicho».</p> + +<p>—¿Pero tú...?—Espera, te contaré—dijo Aurora con cautela, +asegurándose de que ningún curioso se destacaba de la tertulia para +acecharlas—. Pues este primo Moreno, aunque pariente lejano, y más +lejano por ser rico y nosotras pobres, nos visitaba alguna vez... hará +de esto trece o catorce años. Mamá le consideraba mucho, y cuando venía +a casa le recibía poco menos que en palio. Tuvo mamá en un tiempo la +ilusión ¡qué tontería!, de casarme con él. Yo tenía dieciocho años, él +treinta y pico. ¿Te vas enterando?</p> + +<p>Fortunata atendía con toda su alma.</p> + +<p>«¿Quieres que te hable con franqueza? Pues a mí no me disgustaba; pero +nunca me dijo nada... Tenía buena figura y unos aires de caballero como +los tienen pocos... Mamá y papá hechos unos tontos con aquella +esperanza... ¡qué inocentes! Es muy lagarto ese hombre. ¡Casarse +conmigo! Sí, para mí estaba. A lo mejor, meses y meses sin parecer por +aquí. Yo me acordaba de él y de cuando venía a casa; como que al verle +entrar nos quedábamos todos turulatos y nos parecía que entraba por esa +puerta la Divina Majestad... Pues como te digo, dejó de venir. En aquel +tiempo conocí a Fenelón; fue mi novio y me pidió. Mamá tenía todavía +ilusiones; papá se había curado de ellas. Nos casamos... ¿Pues creerás +que al mes de casados, viene el primo a Madrid y empieza a hacerme la +corte por lo fino?».</p> + +<p>Fortunata parecía que estaba oyendo leer el relato más novelesco, según +el interés y asombro que mostraba.</p> + +<p>«Pues verás. Fenelón era un bendito; de estos que juzgan a todo el mundo +por sí mismos, y que no ven el mal aunque se lo cuelguen de la nariz. No +se enteraba de la persecución, y yo pasando la pena negra. ¡Ay hija, qué +peligro tan grande! Siempre que salía, ¡pin!, me le encontraba. Yo no +sé... parecía que me olía como los perros huelen la caza. Una tarde que +llovía, me cogió y casi a la fuerza me metió en su coche. Estuve a dos +dedos del abismo, casi a dedo y medio; pero no, no caí. ¡Dios mío, qué +hombre!, es absurdo».</p> + +<p>—¿Pero tú le querías?—preguntó la de Rubín, que con la idea del querer +resolvía todos los problemas.</p> + +<p>—Yo... te diré... me pasaba una cosa particular. Temblaba siempre que +nos encontrábamos... le tenía miedo, y... de ti para mí, me gustaba. +Pero, lo que yo digo, ¿por qué no se casó conmigo?</p> + +<p>—Claro.—Yo le hubiera querido mucho, y no le habría faltado por nada +de este mundo. Pero estos hombres, ¡qué malos son, pero qué malos! Pues +verás. Me voy a Burdeos con mi marido, pasan meses y meses, llega el +verano y nos vamos a pasar una corta temporada en Royan, un pueblo de +baños de mar. Pues, hija, estaba yo una tarde en el muelle viendo +desembarcar a los pasajeros que venían en el vaporcito de Burdeos, +cuando me veo al primo Moreno. Me quedé... ¡ay!, no te quiero decir +nada.</p> + +<p>—¿Y tu marido estaba contigo?</p> + +<p>—No; ese es el caso. Fenelón había ido a París a hacer compras. En +París estaba Moreno, le vio... y chitito callando se fue a Royan, +sabiendo que me cogía sola y descuidada. Descuido fue, que aquella vez, +hija, no pude zafarme como cuando la del coche... ¡Ay!, estas cosas te +las cuento a ti, porque sé que eres callada y no me has de hacer +traición. ¡Si mamá lo supiera...! En fin, que el muy tunante se divirtió +todo lo que quiso, y después la del humo. Llegó el 70, y al pobrecito +Fenelón le mataron esos infames prusianos. Fue un dolor... ¡ah! por ser +valiente, ¡por empeñarse en salir en una descubierta! Era un hombre tan +patriota, que por salvar a su querida Francia, habría dado él cien vidas +que tuviera... Pero vamos al otro, a ese solterón estragado... Cuando +enviudé, dije: «Pues ahora, si de veras le gusto...». ¡Quia! Me le +encontré en Madrid al año siguiente, y como si tal cosa. ¿Creerás que me +dijo algo de amor? ¿Creerás que se acordaba de cumplir las promesas que +me había hecho? Buen cumplimiento nos dé Dios. Hija, frialdad igual no +he visto. Te aseguro, que me dan ganas, <i>por ejemplo</i>, de clavarle un +puñal... Cierto que me ofreció lo que yo quisiera para establecerme... +pero no quise tomar nada de aquellas manos. ¡Monstruo! Cuando le dio al +primo Pepe el dinero para la gran tienda, puso por condición que me +había de colocar al frente de las labores... Pero no se lo agradezco, +palabra de honor, no se lo agradezco...</p> + +<p>—A tu primo no le gustan más que las casadas.</p> + +<p>¡Valiente tuno!—dijo Fortunata moviendo la cabeza, como quien comprende +tarde lo que debió de comprender antes.</p> + +<p>—Estos solterones vagabundos y ricos son así... Están viciosos, +estragados, mimosos; y como se han acostumbrado a hacer su gusto, piden +<i>mediodía a catorce horas</i>. Ahí le tienes ya, aburrido, enfermo; no sabe +qué hacerse; quiere calor de familia y no le encuentra en ninguna parte. +Bien merecido le está; me alegro. Que lo pague. Y para mayor desgracia, +se engolosina ahora con Jacinta. Lo que a él le enciende el amor es la +resistencia; y las que tienen fama de honradas, le entusiasman, y las +que sobre tener fama, lo son, le vuelven loco. Con Jacinta debe de haber +sostenido una guerra tremenda, sí, tremenda; pero al fin, ella se ha +rendido, no te quepa duda. Yo fui Metz, que cayó demasiado pronto; y +ella es Belfort, que se defiende; pero al fin cae también... ¡Ah!, las +señas son mortales. El primo va a la casa todos los días, y la acecha +cuando sale, para hacerse el encontradizo... Algunas tardes no parece +por la tienda. ¿Tendrán citas? He aquí mi idea. Te juro que lo he de +averiguar. Imposible que yo no lo averigüe. Aunque tuviera que perder mi +colocación, aunque me quedara sin camisa que ponerme... ¡Qué infamia! Y +miren la otra, la mosquita muerta, con su cara de Niño Jesús y su fama +de virtud. Sí; santidades a cuarto; véase la clase. Te aseguro que el +día en que esto estalle y haya la gran tragedia, será el día más feliz +de mi vida. ¿Pues qué cree ese? ¿Que se puede engañar, y engañar, y +engañar siempre, y burlarse de los pobres maridos? Pues ya cayó otro; +<i>solamente</i> que ahora no da con mi Fenelón, que era un santo y no +sospechaba de nadie más que de los prusianos. Ahora da con un hombre +templado, tu amigo, que no se conformará con esta deshonra, ¿verdad? Te +aseguro que le va a arder el pelo al tal primito con todo su mal de +corazón y su extranjerismo.</p> + +<p>Fortunata no chistó. Aquella revelación le había dejado tan atontada, +cual si le descargasen un fuerte golpe en la cabeza.</p> + +<p>Jacinta... ¡Jesús!.. el modelito, el ángel, la mona de Dios... ¿Qué +diría Guillermina, la <i>obispa</i>, empeñada en convertir a la gente y en +ver la que peca y la que no peca?... ¿Qué diría?... ja, ja, ja... ¡Ya no +había virtud! ¡Ya no había más ley que el amor!... ¡Ya podía ella alzar +su frente! Ya no le sacarían ningún ejemplo que la confundiera y +abrumara. Ya Dios las había hecho a todas iguales... para poderlas +perdonar a todas.</p> + + + +<hr /> +<h2><a name="iid" id="iid"></a>-II-</h2> + +<h2>Insomnio</h2> + + + +<hr /> +<h2><span class="smcap">i</span>-</h2> + + +<p>A las doce de un hermoso día de Octubre, D. Manuel Moreno-Isla +regresaba a su casa, de vuelta de un paseíto por <i>Hide Park</i> ... digo, +por el Retiro. Responde la equivocación del narrador al <i>quid pro quo</i> +del personaje, porque Moreno, en las perturbaciones superficiales que +por aquel entonces tenía su espíritu, solía confundir las impresiones +positivas con los recuerdos. Aquel día, no obstante, el cansancio que +experimentaba, determinando en él un trabajo mental comparativo, +permitíale apreciar bien la situación efectiva y el escenario en que +estaba. «Muy mal debe andar la máquina, cuando a mitad de la calle de +Alcalá ya estoy rendido. Y no he hecho más que dar la vuelta al +estanque. ¡Demonio de neurosis o lo que sea! Yo, que después de darle la +vuelta a la <i>Serpentine</i> me iba del tirón a <i>Cromwell road</i>... friolera; +como diez veces el paseo de hoy... yo que llegaba a mi casa dispuesto a +andar otro tanto, ahora me siento fatigado a la mitad de esta condenada +calle de Alcalá... ¡Tal vez consista en estos endiablados pisos, en +este repecho insoportable!... Esta es la capital de las setecientas +colinas. ¡Ah!, ya están regando esos brutos, y tengo que pasarme a la +otra acera para que no me atice una ducha este salvaje con su manga de +riego. 'Eso es, bestias, encharcad bien para que haya fango y +paludismo...'. Pues por aquí, los barrenderos me echan encima una nube +de polvo... 'Animales, respetad a la gente...'. Prefiero las duchas... +En fin, que este salvajismo es lo que me tiene a mí enfermo. No se puede +vivir aquí... Pues digo; otro pobre. No se puede dar un paso sin que le +acosen a uno estas hordas de mendigos. ¡Y algunos son tan insolentes!... +'Toma, toma tú también'. Como me olvide algún día de traer un bolsillo +lleno de cobre, me divierto. ¡Aquí no hay policía, ni beneficencia, ni +formas, ni civilización!... Gracias a Dios que he subido el repecho. +Parece la subida al Calvario, y con esta cruz que llevo a cuestas, +más... ¡Qué hermosos nardos vende esta mujer! Le compraré uno... 'Deme +usted un nardo. Una varita sola... Vaya, deme usted tres varitas. +¿Cuánto? Tome usted... Abur'. Me ha robado. Aquí todos roban... Debo de +parecer un San José; pero no importa... 'Yo no juego a la lotería; +déjeme usted en paz'. ¿Qué me importará a mí que sea mañana último día +de billetes, ni que el número sea bonito o feo...? Se me ocurre comprar +un billete, y dárselo a Guillermina. De seguro que le toca. ¡Es la +mujer de más suerte!... 'Venga ese décimo, niña... Sí, es bonito número. +¿Y tú por qué andas tan sucia?'. ¡Qué pueblo, válgame Dios, qué raza! Lo +que yo le decía anteayer a D. Alfonso: 'Desengáñese Vuestra Majestad, +han de pasar siglos antes de que esta nación sea presentable. A no ser +que venga el cruzamiento con alguna casta del Norte, trayendo aquí +madres sajonas'. Ya poco me falta. Francamente, es cosa de tomar un +coche; pero no, aguántate, que pronto llegarás... Un entierro por la +Puerta del Sol. No, lo que es aquí no me he de morir yo, para que no me +lleven en esas horribles carrozas... Dan las doce. Allá están los +cesantes mirando caer la bola. Buena bola os daría yo. Ahí viene +Casa-Muñoz. ¿Pero qué veo? ¿Es él? Ya no se tiñe. Ha comprendido que es +absurdo llevar el pelo blanco y las patillas negras. No me mira, no +quiere que le salude. Realmente es muy ridícula la situación de un +hombre que se tiñe, el día en que se decide a renunciar a la pintura, +porque la edad lo exige o porque se convence de que nadie cree en el +engaño... Allí va en un coche la duquesa de Gravelinas... No me ha +visto... 'Abur Feijoo...'. ¡Qué bajón ha dado ese hombre!... Vamos, ya +entro por mi calle de Correos. Si habrá venido a almorzar mi primo... Lo +que es hoy me tiene que hacer un reconocimiento en toda regla, porque me +siento muy mal... Que me ausculte bien, porque este corazón parece un +fuelle roto. ¿Será esto un fenómeno puramente moral? Puede ser. Ya veo +yo el remedio... ¡Pero qué verdes están las uvas, qué verdes! Los +balcones tan tristes como siempre. ¡Ah!... sale al mirador Barbarita +para hablar con la <i>rata eclesiástica</i>... 'Adiós, adiós... vengo de dar +mi paseíto... Estoy muy bien, hoy no me he cansado nada...'. ¡Qué +mentira tan grande he dicho! Me canso como nunca. Ahora, escalera de mi +casa, sé benévola conmigo. Subamos... ¡Ay, qué corazón, maldito fuelle! +Despacito, tiempo hay de llegar arriba. Si no llego hoy, llegaré mañana. +Seis escalones a la espalda. ¡Dios mío, lo que falta todavía!».</p> + +<p>Cuando llegó al principal, su hermana le esperaba en la puerta. «¿Te has +cansado mucho?».—Así, así. ¿Dónde está Tom? Que venga.</p> + +<p>Moreno entró en su habitación, seguido del criado. Este era inglés y le +acompañaba en todos su viajes. Decía el anti-patriota que los sirvientes +españoles son tan torpes que no saben ni cerrar una puerta. El suyo era +de esos que hacen de la servidumbre una profesión inteligente, y se +adelantan a los más insignificantes deseos de sus amos para +satisfacerlos. En inglés le dijo Moreno que echase agua en uno de los +búcaros que en la estancia había, para poner los nardos; y sin soltar +estos de la mano se dejó caer en el sofá. Vestía el caballero americana +oscura y pantalón de cuadros, sombrero de copa, y los indispensables +botines blancos cubriendo las botas holgadísimas, con suelas de un dedo +de grueso. «¿Ha venido mi primo?» preguntó a Tom dándole las flores.</p> + +<p>—El señor doctor está en la habitación de <i>miss</i> Guillermina.</p> + +<p>—<i>Dígale usted</i> que estoy aquí.</p> + +<p>La fatiga del paseo y de la escalera le duraba aún cuando vio entrar al +más simpático de los doctores, Moreno Rubio, despidiendo tufo de +alegría, como un preservativo contra las tristezas de la medicina. +Médico de gran saber y aplicación, había alcanzado mucha fama y tenía +una clientela brillantísima.</p> + +<p>«Hoy me vas a examinar bien...—le dijo su primo—. Figúrate que soy un +desconocido que se te presenta en tu consulta. Déjate de bromas conmigo, +y no me ocultes la verdad. Mira que te desacredito, si no lo haces así».</p> + +<p>—Bueno, hombre, descuida; te registraremos en toda regla—replicó el +médico sonriendo y sentándose junto a él—. ¿Te has cansado mucho?</p> + +<p>—¿No me ves? También es gana de hacer preguntas. En cuanto almorcemos, +me entrego a ti, como un cadáver de la sala de disección.</p> + +<p>—Pues mejor es antes (sacando la trompetilla y tornillándola).</p> + +<p>—Bueno, pues ya puedes empezar. (Quitándose la americana). ¿Me echo en +la cama? Es mejor, sí; aquí me tienes como un muerto, con las manos +cruzadas.</p> + +<p>—No, extiende los brazos. Así...</p> + +<p>El doctor abrió la camisa y aplicó un extremo de la trompeta, +inclinándose para poner su oído en el otro. «No te muevas... Ahora, +respira fuerte... da un suspiro, pero un suspiro grande, como los de los +enamorados».</p> + +<p>—Me parece que tú estás de guasa. Pepe, por Dios, mira que esto es +serio, muy serio. Llevo más de diez noches sin pegar los ojos, y tu +dichoso digital no me alivia nada.</p> + +<p>—Cállate, y déjame oír...</p> + +<p>—¿Qué notas?... ¿qué?</p> + +<p>—Pero ten paciencia. Aguarda... Pues esto está muy malo. Hay aquí +dentro un zipizape de mil demonios.</p> + +<p>—¿Qué clase de ruido sientes? La sístole es demasiado fuerte y...</p> + +<p>—Algo de eso.—El empuje de la corriente sanguínea...</p> + +<p>—Sí; pero prevalece un síntoma muy perro, un síntoma...</p> + +<p>—¿Cuál es?, dímelo. ¿Cómo se llama?</p> + +<p>—Amor.—¡Vaya! Llamaré otro médico. Tú no me sirves... con tus guasitas +de mal gusto. ¡Ni qué tendrá que ver...!</p> + +<p>—¡Pues no ha de tener que ver!—dijo Moreno Rubio poniéndose serio y +guardando su instrumento—.</p> + +<p>No sé qué te figuras tú. ¿Quieres romper de un golpe la armonía del +mundo espiritual con el mundo físico? Ya lo sabes; te lo he dicho mil +veces. No necesito auscultarle más. Tienes desórdenes en la circulación, +los cuales podrán ser muy graves si no cambias de vida.</p> + +<p>—No parece sino que hago yo la vida del perdido (levantándose y +volviéndose a poner su ropa).</p> + +<p>—Haces la vida del caprichoso, que es peor. Te conviene una +tranquilidad absoluta, renunciar a los deseos vehementes, a las +cavilaciones que la no satisfacción de ellos te produce; viajar menos, +ahogar todo apetito loco de los sentidos, renunciar a todos los +excitantes malsanos; no me refiero solamente al café y al té, sino más +principalmente a los excitantes imaginativos e ideales; huir de las +emociones, y cortarte la coleta de banderillero, con intención de no +dejártela crecer más; trazar una raya en tu vida y decir: «ni Cristo +pasó de la Cruz, ni yo paso de aquí». Si tuvieras treinta o treinta y +cinco años, te aconsejaría que te casaras; pero más vale que te hagas la +cuenta de que por reciente providencia judicial... o divina, han +desaparecido todas las mujeres que hay en el mundo, casadas, solteras y +viudas...</p> + +<p>—¡Bah!, ¡bah! Siempre la misma historia—dijo Moreno-Isla, tomándolo a +broma—. ¿Pero tú eres un médico o un confesor?</p> + +<p>—Las dos cosas—afirmó el otro con serenidad y energía—. Si no haces +lo que te he dicho, Manolo, si no lo haces, te mueres, y pronto. De modo +que ya sabes mi opinión. No vuelvas a consultarme. No sé más. He agotado +mi ciencia contigo. Si hay algún colega que encuentre el medio de poner +de acuerdo tus costumbres y tus pasiones con una ordenada y sana función +vascular, llámalo, y entiéndete con él.</p> + +<p>El criado anunció que el almuerzo estaba servido. «Vamos en +seguida—dijo el enfermo, cogiendo a su primo por el brazo—. Espérate +un poco, que te quiero consultar otra cosa».</p> + +<p>Detuviéronse un instante en la habitación, y D. Manuel, poniéndole una +cara muy seria, hizo a su primo esta pregunta: «Vamos a ver, sin guasa. +En mi estado, sea bueno, sea malo, en mi estado presente, fíjate bien, +tal como ahora estoy, ¿podría yo tener hijos?».</p> + +<p>Moreno Rubio soltó la carcajada.</p> + +<p>«Hombre, no digo que no. Podrías tener una escuela de párvulos».</p> + +<p>—Quiero decir... pero respóndeme en serio... quiero decir, si tal como +estoy, con la tubería descompuesta...</p> + +<p>—Ya lo creo, por poder...—Eso te lo digo, porque después de eso, me +decidiría a aceptar lo que propones, el retraimiento, cortar la coleta, +etc...</p> + +<p>—Mira, inocente, no te cuides de aumentar la especie. Mientras menos +seres humanos nazcan, mejor. Para lo que vale esta vida...</p> + +<p>—Creo lo mismo... pero a mí me gustaría tener la seguridad de que... Es +un ejemplo, un por si acaso nada más. No creas que me parece mal tu plan +de vida vegetativa. Yo lo adoptaría, sí señor; pero a su tiempo.</p> + +<p>—Primo—le dijo el otro mirándole con socarronería—; si quieres hijos, +haberlo pensado antes.</p> + +<p>—No, tonto, si no es que yo los quiera; ni maldita la falta que me +hacen a mí chiquillos. Si esto te lo pregunto hipotéticamente. Me basta +con tener conciencia de mi aptitud... Curiosidades de enfermo...</p> + +<p>—¿Que no vienen?—dijo, presentándose en la puerta, la hermana de +Moreno-Isla.</p> + +<p>—Vaya unas prisas. Ya vamos. ¡Para la gana que uno tiene...!</p> + +<p>—Pero la tengo yo, canastos—dijo el médico.</p> + + + +<hr /> +<h2>-<span class="smcap">ii</span>-</h2> + + +<p>Por la tarde pidió Moreno su coche y estuvo haciendo visitas hasta +las siete. Comió en casa de los de Santa Cruz, y estos lo notaron +sombrío, padeciendo chocantes distracciones, y tan indiferente a todo, +que ni siquiera tomaba con calor la defensa de sus principios y gustos +extranjeros, cuando Barbarita, por combatirle la murria, sacaba a +relucir algún tema de entretenida polémica sobre este punto. Algo dijo, +sin embargo, que animó la desmayada conversación de aquella noche. +«¿Saben ustedes cuál es una de las cosas que me cargan más en España? La +costumbre que tienen las criadas de ponerse a cantar cuando trabajan. +Parecía natural que en mi casa me viera yo libre de este tormento. Pues +no señor. Tiene mi tía Guillermina una criadita cuya boca vale por dos +murgas. No vale mandarla callar. Obedece durante diez minutos, y de +repente vuelve otra vez con <i>el señor alcalde mayor</i>. Dice que se +olvida, Creánmelo ustedes. Le rompería la cabeza».</p> + +<p>—¡Y me quieres hacer creer que en el extranjero...! Pero Manolo...</p> + +<p>—¡Ah!, no, señora... esté usted segura de que si en Londres una criada +se permitiera cantar, pronto la pondrían de patitas en la calle. Es que +ni se les ocurre tal disparate.</p> + +<p>—Lo creo; tan sosas son.—Es que esta pícara raza, que no conoce el +valor del tiempo, tampoco conoce el del silencio. No podrá usted meterle +en la cabeza a esta gente la idea de que la persona que se pone a pegar +gritos cuando yo escribo, o cuando pienso, o cuando duermo, me roba. Es +una falta de civilización como otra cualquiera. Apoderarse del silencio +ajeno es como quitarle a uno una moneda del bolsillo.</p> + +<p>Estas cosas hacían gracia, y aquella noche las rieron más, para +animarle. Invitado por Juan a ir al Teatro Real, lo rehusó. Había en la +casa muy poca gente, Guillermina en su rincón, D. Valeriano Ruiz Ochoa y +Barbarita II. Barbarita I había concebido el loco proyecto de casar a +Moreno con esta sobrina suya, que era muy mona, y comunicado el +pensamiento a Jacinta, esta lo encontró de lo más insensato que se le +podría ocurrir a nadie. «¡Pero mamá, si mi hermana no tiene más que +dieciocho años, y Moreno anda ya cerca de los cincuenta, y además está +enfermo!».</p> + +<p>—Cierto que hay diferencia de edades—decía la señora riendo—, pero es +un gran partido. Ándate con repulgos y verás cómo le cae a tu hermana un +subteniente, un oficial de la clase de quintos u otra lotería semejante. +Este hombre es un buenazo muy rico, y eso que padece no es sino +aburrimiento, mal de soltería, lo que los ingleses llaman <i>esplín</i>. +Cásale, y se le quitan diez años de encima.</p> + +<p>Jacinta no se convencía, y en cuanto a la enfermedad, su opinión era muy +distinta de la de su suegra. Aquella noche le cogió por su cuenta para +echarle un buen réspice. Estaban en el despacho apartados de los dos +grupos de tresillistas (D. Baldomero, Ruiz Ochoa, su señora, Pepe +Samaniego y otros). Barbarita II y su hermana tenían delante a Moreno, +que en los primeros momentos de aquella situación, decía de dientes +para adentro: «Creo que si no estuviera presente la polla, le diría +algo. Me enfada esta niña con su inocencia y su cara bonita. Parece que +se la pone al lado como un escudo contra mí... Es fatalidad esta; las +pocas veces que la cojo sola, no adelanto nada. Si le digo cualquier +reticencia delicada, se hace la tonta. Evita el encontrarse sola +conmigo, y ahora trae siempre a rastras al espantajo angelical de su +hermana para asustarme».</p> + +<p>—Pero qué callado está usted...—observó Jacinta sonriendo—. ¿Qué?, +¿se siente usted peor? Dice mamá, que si usted se casa se le quitarán +diez años de encima. Conque, decidirse...</p> + +<p>La fisonomía del misántropo se iluminó al oír esta peregrina receta.</p> + +<p>«También yo lo creo—dijo—. Vea usted; un remedio que parece tan fácil, +es imposible».</p> + +<p>—Justo; como se ha concluido el género femenino... Tiene usted razón, +ya no hay mujeres.</p> + +<p>—Para mí como si no las hubiera... ¿Qué le dije a usted ayer? Ya no se +acuerda. Si ya se sabe: cosa que yo le diga a usted es como si la +escribiera en el agua.</p> + +<p>—De veras que se me ha olvidado. ¿Te acuerdas tú, Bárbara?</p> + +<p>—No, si Bárbara no estaba presente.</p> + +<p>—No importa. Todo lo que usted me dice a mí, al instante voy a +contárselo a mi hermana.</p> + +<p>—Sí, es usted muy cuentera. ¿Y por qué se lo cuenta usted a su hermana?</p> + +<p>—Porque le hace gracia. Moreno no pudo disimular la profunda tristeza +que se apoderaba de él.</p> + +<p>«¿Pero qué tiene usted?... Esta noche le encuentro más <i>esplinado</i> que +nunca».</p> + +<p>—¿No nos contaba ayer que dejó tres novias en Londres?—apuntó +Barbarita, que gustaba de buscarle la lengua.</p> + +<p>—Sí; pero a esas no las quiero—replicó Moreno con la ingenuidad de un +niño. Y luego, revolcándose en aquella tristeza contra la cual nada +podía su dominio de hombre de sociedad, se espetó otro monólogo—: Ya +estoy entrando en el periodo pueril... La tontería y la incapacidad me +invaden... Esta mujer con su frialdad y su ironía me ha puesto el pie +sobre la cabeza y me la ha aplastado, como la Virgen la de la +serpiente... Ya empiezo a estar ridículo...</p> + +<p>—¿Por qué no le repite usted esta noche a mi hermana lo que le dijo la +semana pasada?—dijo Barbarita II al melancólico caballero.</p> + +<p>—¿Yo... que...? (asustado, como quien despierta de un sueño). Yo... no +le he dicho nada.</p> + +<p>—Sí, la semana pasada, cuando fuimos a la Casa de Campo, y se puso +usted a contar el cuento de aquella inglesona que le quiso pegar un tiro +porque le dijo no sé qué, en un tren.</p> + +<p>—No me acuerdo—dijo el misántropo con todas las apariencias de un +estúpido.</p> + +<p>—Este hombre—indicó Jacinta—, cuando tocan a olvidarse, no hay quien +le gane. Me dijo usted que se casaba si yo me comprometía a buscarle la +novia...</p> + +<p>—¡Ah!... Pues no; me desdigo, recojo la proposición. Si ha empezado +usted sus trabajos, delos por inútiles. Pagaré indemnización, si es +preciso.</p> + +<p>—Ya lo creo que es preciso... Poquito que había yo hecho ya. ¡Vaya que +la formalidad de usted...!</p> + +<p>Ambas se pusieron muy serias. Notaban en Moreno palidez mortal, gran +abatimiento, y un cierto olvido, extraño en él, de la atención constante +que se debe prestar a las señoras cuando se platica con ellas. Jacinta +se inclinó un poco hacia él, abriendo su abanico sobre las rodillas, y +le dijo en tono muy cariñoso: «Amigo mío, es preciso que usted se cuide, +y mire más por su salud. Esta tarde nos encontramos a Moreno Rubio en +casa de Amalia, y me dijo que lo que usted padece no es nada; pero que +si se descuida y no hace lo que él le manda, lo va a pasar mal. Usted no +es un niño, y debe comprenderlo. ¿Por qué no hace caso de lo que le +dicen las personas que le quieren bien y que se interesan por usted?».</p> + +<p>Moreno la miraba estático. Algunos monosílabos salieron de su boca; +pero aquellos pedazos rotos de su pensamiento más bien parecían de +aquiescencia que de protesta. Jacinta siguió hablándole en un tono +dulce, tiernísimo, y más bien parecía una madre que una amiga.</p> + +<p>«¡Cuánto nos alegraríamos de verle a usted bueno y sano, y qué fácil +sería con buena voluntad!... Porque lo que usted tiene no es más que +malas ideas. Así me lo dijo su primo, y viene bien esta opinión con lo +que yo creía. Es lástima que teniendo todos los medios de ser feliz no +lo sea. ¿Qué le falta a usted?...».</p> + +<p>Moreno sentía que el corazón se le hacía pedazos. «¿Pues no dice que qué +me falta?... Si me falta todo, absolutamente todo. ¡Ay, qué mujer!, si +sigue en esta cuerda, creo que me pongo más en ridículo».</p> + +<p>—¿Qué le falta a usted? Nada. Si no se le pusieran en la cabeza cosas +imposibles, estaría tan campante. Lo que tiene usted es mucho mimo. Es +como los chiquillos.</p> + +<p>«¡Ya lo creo; soy como los chiquillos!» pensaba el infeliz caballero.</p> + +<p>—Moreno Rubio lo ha dicho y tiene razón: usted tiene en su mano su +salud y su vida. Si las pierde es porque quiere. Parece mentira que un +hombre de su edad no sepa ponerse a las órdenes de la razón.</p> + +<p>«¡La razón! Buena tía indecente está» observó D. Manuel dentro de su +pensamiento.</p> + +<p>—Y sacudir las malas ideas y atemperar el espíritu; no desear lo que no +se puede tener, y hacer vida ramplona, sin empeñarse en que todas las +cosas se desquicien para acomodarse a su gusto y satisfacción. ¿Qué es +el <i>esplín</i> más que soberbia? Sí, lo que usted tiene es soberbia, el +<i>usted</i> satánico. Estos inglesotes se figuran que el mundo se ha hecho +para ellos... No, señor mío, hay que ponerse en fila y ser como los +demás... ¿Conque se cuidará usted, hará lo que le manda su primo y lo +que le mande yo?... porque yo también soy médica... Otra cosa; aquí en +España está usted siempre renegando y echando pestes. Esto no le gusta, +¿pues para qué vive aquí? ¿Por qué no se va a Inglaterra?</p> + +<p>—Ya me quiere echar... ¿ve usted...?—dijo Moreno mirando a Barbarita y +esforzándose en sonreír para ocultar su turbación—. Y luego quieren que +no viaje.</p> + +<p>—No, no le conviene andar siempre de ceca en meca, como un viajante de +comercio que va enseñando muestras. Márchese a su Londres, estese allí +quietecito, muy quietecito, y si se le presenta una inglesa fresca y de +buen genio, cásese, apechugue con ella, aunque sea protestante... ¡Ay, +Dios!, que no me oiga Guillermina; sí, cásese, y verá cómo se le pasan +todas las murrias, tendrá niños... Me comprometo a ser madrina del +primero... digo, si es que le bautizan. Y hasta madre me comprometo a +ser si me le dan... le tomo, aunque esté sin cristianar. Yo le +bautizaré. Pero no hay que hablar de esto. Me contento con ser madrina +del primer Morenito que nazca, y le diré a mi marido que me lleve a +Londres para el bautizo...</p> + +<p>Moreno se levantó. Se sentía muy mal, y las palabras de la Delfina le +excitaban extraordinariamente.</p> + +<p>«¿Pero se va usted...? ¿Se ha puesto malo? ¿Es que no le gustan mis +sermones?».</p> + +<p>«Si no me voy, la entrego—pensaba el misántropo, apretando los +labios...—. Esta pícara me está asesinando».</p> + +<p>—¿Te vas, Manolo?—le preguntó D. Baldomero desde el otro extremo de la +habitación.</p> + +<p>—¡Si me echan, padrino...! Su hijita de usted me quiere desterrar.</p> + +<p>—¡Ay, qué pillo!... Si es todo lo contrario.</p> + +<p>Barbarita I se adelantó, diciendo: «Extravagante, coge del brazo a la +polla, y paséate un momento de aquí a mi gabinete, y de mi gabinete +aquí. ¿Te sientes mal? Eso no es más que nervios. Distráete un poquito. +Bárbara, anda».</p> + +<p>Moreno le dio el brazo a Barbarita II, y empezaron los paseos. De su +conversación insustancial cogió al vuelo Jacinta algunas cláusulas, +cuando la pareja, en aquel ir y venir de su estancia a otra, pasaba +junto a ella. «¿Yo?, no... me lo puedo creer...». «¡Ay, qué cosas se le +ocurren!... ¡Pero qué malo es usted...!». «En cuanto vaya allá me voy a +convertir al judaísmo». «¡Jesús!...». «¿Que yo tengo novio? ¿De dónde ha +sacado eso?...». «Lo apuntaré para que no se me olvide...». «No, si a mí +no me gustan los pollos...».</p> + +<p>«Si ésta fuera más lista—dijo la señora de Santa Cruz a su nuera—, +creo que le cazaba».</p> + +<p>Pero Jacinta era muy incrédula en este particular, y miraba tristemente +a la pareja cuando pasaba. Al retirase, Moreno pudo hablarle un instante +sin testigos.</p> + +<p>«Se hará lo que usted desea... Se ha de cumplir todo el programa... +todo, hasta en lo que se refiere el <i>nene</i>. Tendrá usted su <i>Morenito</i>».</p> + +<p>Jacinta observó en su mirada una expresión tan tétrica, que no pudo +menos de decirse: «Está ya completamente trastornado».</p> + +<p>Moreno salió con paso inseguro... La cabeza se le desvanecía, y al bajar +la escalera tuvo que agarrarse al barandal para no caerse... «Cuando +digo que me he vuelto tonto, pero tonto de remate... Ya no sé pensar. No +sé adónde diablos se me ha ido la razón... Esta mujer me ha embrujado... +Nada, enteramente imbécil».</p> + + + +<hr /> +<h2>-<span class="smcap">iii</span>-</h2> + + +<p>En la soledad de su alcoba, encontrose mi hombre más dueño de sí +mismo, habiendo vencido aquella turbación inexplicable con que saliera +de la casa de Santa Cruz. Despidió a su criado, después de quitarse la +ropa, y envuelto en su bata se tendió en el sofá. En aquellas tristes +horas engañaba el insomnio paseándose a ratos por la habitación, a ratos +echado y descabezando un ligero intranquilo sueño. Acudían entonces a su +memoria las acciones e imágenes de aquel día o de los anteriores, a +veces las de fechas muy remotas y que no tenían relación alguna con su +situación presente. Aquella noche, cosa rara, apenas salió el ayuda de +cámara, Moreno se quedó profundamente dormido en el sofá, sin soñar +nada; pero despertó a la media hora, no pudiendo apreciar el tiempo que +su letargo durara. Al despertar huyó de tal modo el sueño de su cerebro +y hallábase tan inquieto, que ni siquiera admitía como probable la idea +de dormir. A la manera que el jugador saca las piezas del ajedrez y las +va poniendo sobre el tablero de casillas blancas y negras, así fue +sacando sus ideas. Tenía por pareja a sí mismo en aquel juego... +«Adelante un peón».</p> + +<p>«¡Te has lucido! ¡Campaña como esta...! ¿Cuánto tiempo hace que estás en +España? A poco más, año completo. ¿Y para qué? Para nada. ¡Pobre hombre! +Lo que me pareció fácil, resulta no ya difícil, sino imposible... Para +más contrariedad, delante de esa bendita y maldita mujer, me convierto +en el más insípido de los colegiales. ¿Por qué es esto? Y dime otra +cosa, idiota, ¿qué tiene esa mona para que de este modo te hayas +embrutecido por ella? Otras son más guapas, otras tienen más ingenio, +otras hay más elegantes; y sin embargo, es el número uno, el número +único. De gustarme pasa a enloquecerme, y noto en mí lo que no había +notado nunca, una alegría, una tristeza... ganas de llorar, de reír, y +aun de hacer el tonto delante de ella. Nada, que a los cuarenta y ocho +años me sale el sarampión y la edad del pavo. Tampoco me había pasado +nunca lo que me pasa ahora, cortarme, sentir que quiero ser atrevido y +no puedo. Le voy a decir una galantería intencionada, y me sale una +simpleza. Me infunde un respeto que jamás conocí. La sigo a Biarritz, la +acompaño a París; y cuanto más la trato, más atado me veo por este +maldecido respeto... Me cortaría yo este respeto como se corta una mano +gangrenada. ¿A qué viene tal respeto? ¿Qué quiere decir esto? Sea lo que +quiera, de esa mujer digo yo lo que hasta ahora no he dicho de ninguna, +y es que si fuera soltera, me casaría con ella...».</p> + +<p>Se agitó tanto, que tuvo que levantarse y ponerse a pasear. «Vaya que +este mundo es una cosa divertida. Yo desgraciado; ella desgraciada, +porque su marido es un ciego y desconoce la joya que posee. De estas dos +desgracias podríamos hacer una felicidad, si el mundo no fuera lo que +es, esclavitud de esclavitudes y toda esclavitud... Me parece que la +estoy viendo cuando le dije aquello... ¡Qué risita, qué serenidad, y qué +contestación tan admirable! Me dejó pegado a la pared. Tan pegado estoy, +que no he vuelto por otra, y cuando preparo algo para decírselo, ¡anda +valiente!... le digo todo lo contrario. Que se vuelva uno tan estúpido, +es cosa que no me cabía en la cabeza. ¡Ay! Dios, si me muero, y el +pensamiento vive más allá de la muerte, estaré viendo toda la eternidad +esta carita graciosa, con su expresión celestial, estos ojos serenos y +risueños, esta cabellera oscura con ráfagas blancas que le hacen tanta +gracia... esta boca, que no habla sin que me duela el alma. ¡Pobre +ángel!, su única pasión es la maternidad, sed no satisfecha, desconsuelo +inmenso. Su pasión se me comunica y me abrasa; yo también quiero tener +un hijo, yo también. ¡Si me parece que le estoy viendo!, si está aquí, +en los linderos de la vida, mirándome, diciéndome que le traiga, y no +falta más que traerlo. Vendría si ella quisiera. Tengo la seguridad de +que vendría; es una idea que se me ha clavado aquí. Y yo le digo: 'Por +un niño, bien se podría dar la virtud...'. ¡Ah!, no tener valor para +decirle esto... ¿Pero cómo?, ¡si no hay palabra que se preste a +decirlo!...».</p> + +<p>La palpitación que sentía era tan fuerte que tuvo que sentarse. Se +ahogaba. En la región cardiaca, o cerca de ella, más al centro, sentía +el golpe de sangre, con duro y contundente compás. Era como si un +herrero martillase junto al mismo corazón, remachando a fuego una pieza +nueva que se acababa de echar.</p> + +<p>«Esto es horrible. Si rompe, que rompa de una vez. ¡Ay de mí!... Si me +quisiera, el corazón se me curaría; como que no es enfermedad lo que +tiene, sino impaciencia... hormiguilla... ¿Qué habré hecho yo para ser +tan desgraciado? Ahora caigo en la cuenta de que no me he divertido +nunca. Todas mis aventuras han sido el deseo corriendo detrás del +fastidio. ¡Y cree la gente que yo he sido un hombre feliz, que yo estoy +enfermo de congestión de goces! ¡Estúpidos!».</p> + +<p>Sin saber cómo ni por qué, ciertas impresiones de aquel día se +reprodujeron en su mente. Entre ellas la menos fugaz fue esta: Por la +mañana, entrando en el Retiro, se le puso delante uno de esos pobres +asquerosos que suelen pedir en los extremos de la población, y que a +veces se corren hasta el centro. Era un hombre cubierto de andrajos, y +que andaba con un pie y una muleta; la otra pierna era un miembro +repugnante, el muslo hinchado y cubierto de costras, el pie colgando, +seco, informe y sanguinolento. Mostraba aquello para excitar la +compasión. Era la pierna para él su modo de vivir, su finca, su oficio, +lo que para los mendigos músicos es la guitarra o el violín. Tales +espectáculos indignaban a Moreno, que al verse acosado por estos +industriales de la miseria humana, trinaba de ira. Pues cuando se volvía +para no verle, el maldito, haciendo un quiebro con su ágil muleta, se le +ponía otra vez delante, mostrándole la pierna. Al aburrido caballero se +le quitaban las ganas de dar limosna, y por fin la dio para librarse de +persecución tan terrorífica. Alejose del pordiosero, renegando. «¡Ni +esto es país, ni esto es capital, ni aquí hay civilización!... ¡Qué +ganas tengo de pasar el Pirineo!».</p> + +<p>Pues bien, aquella noche, se le representó el pobre paralítico con tanta +viveza, que casi casi creía verle en su alcoba. Hubo un instante en que +la alucinación de Moreno llegó a ser tan efectiva, que se incorporó, y +cogiendo un libro que en la próxima silla estaba... «Mira, si no te +marchas con tu pierna podrida...». Después cayó otra vez su cabeza en el +sofá y se puso la mano sobre los ojos. «El infeliz se ha de buscar la +vida de alguna manera. No tiene él la culpa de que no haya en esta +tierra maldita establecimientos de beneficencia. Si le veo mañana, le +doy un duro... Vaya si se lo doy... ¡Qué envidia le va a tener mi tía +Guillermina! Volvámonos ahora para la pared, a ver si me duermo un poco. +Así; cerraré los ojos. No, mejor será que los abra, y que me figure que +quiero despabilarme.</p> + +<p>Lo que se desea no se tiene nunca. Ea, figurémonos que hago esfuerzos +para no dormirme. ¿Y para qué quiero yo dormir? Mejor es estar así, +pensando uno en sus cosas. Estas rayas de papel, azules y verdes, se +quiebran a distancia de veinticinco centímetros; no, de veinte. La flor +gris alterna con la flor azul. Bonito dibujo. ¡Cómo se le quedaría la +cabeza al que lo inventó!... Y aquí hay una pequeña mancha... Creo que +si me pusiera a mirar la luz, me dormiría más pronto, Vuelta otra vez».</p> + +<p>Miró la luz puesta sobre la mesa central, grande, redonda y cubierta con +rico tapete. La lámpara era de aceite, compuesta de dos candilones de +bronce unidos por un vástago. Ambas luces tenían pantallas verdes, con +añadidura de raso del mismo color, al modo de faldones que caían por una +sola parte de las dos circunferencias. La claridad se esparcía por la +mesa, y el resto de la habitación estaba en penumbra manchada, con +verdosa pátina de tapiz viejo. Sobre la mesa había unos guantes, varios +libros, dos retratos en bonitos marcos, uno de ellos del gordo Arnaiz, +una papelera, juego de té de finísima porcelana, una cajita de marfil y +otros objetos muy lindos. «Aquel guante—dijo Moreno—, que monta sobre +la papelera, parece exactamente un lebrel que corre tras la caza... ¡Qué +silencio tan solemne hay ahora! El chorrear de la fuente de Pontejos, es +lo que se siente siempre, y alguno que otro coche que pasa por la +Puerta del Sol... Son los trasnochadores, que se retiran. Así iba yo en +mi <i>cab</i> al salir del club de Picadilly... sólo que mi <i>cab</i> corría como +una exhalación y estos carruajes andan poco y parece que se deshacen +sobre los adoquines. ¡Y cómo se me refrescan las memorias...! Parece que +estoy mirando a aquella prójima que se me apareció una noche en +Haymarket, al salir de aquel Bar... ¡No me ha ocurrido otra...! ¡Y cómo +se parecía a esta tonta de Aurora Fenelón! Todo pasó, todo va cayendo +atrás revolviéndose en la estela que deja el barco...».</p> + +<p>De repente dio un salto, y levantándose se puso a dar paseos.</p> + +<p>«Mañana mismo me voy—dijo—, sí, me voy para siempre. ¡Morirme yo aquí, +para que me lleven en esos carros tan cursis! No; gracias a Dios que +tomo una resolución; y lo que es esta viene fuertecilla. Me ha entrado +de repente y con un empuje... No veo la hora de que amanezca para +mandarle a Tom que haga el equipaje. Mañana haré mis compras. No puede +uno ir de España sin llevar los regalitos de abanicos y panderetas... +¡Ay, qué feliz me siento con esta idea que me ha dado! ¡Irme!... ¡Si +esto debiste resolverlo hace tiempo! ¿Para qué estás aquí, para +consumirte más? Vamos, no dirá ella que no la obedezco; sus deseos son +órdenes. Me ha dicho: 'Amigo mío, vete', y me voy.</p> + +<p>¿Me querrá cuando me vaya? ¿Pensará en mí...? Bien podría ser... ¡Si se +convenciera de que el amor que tiene a su marido es como echar rosas a +un burro para que se las coma, si se convenciera de esto...! Pero vaya +usted a esperar que se convenza. No puede ser. Quiere locamente a ese +mico, y se morirá queriéndole. A mí se me figura que le desprecia y le +ama: hay estos dualismos en el corazón humano. Pero yo digo: ¿no pasará +por su mente alguna vez la idea de quererme a mí? Me contentaría con +esto, con que la idea hubiera pasado una vez; vamos, dos veces. Bien +puede haber dicho: '¡qué bueno es este Moreno!, si yo fuera su mujer, no +me daría disgustos, y habríamos tenido un chiquillo, dos o más'. Quién +sabe... ¿Habrá dicho esto alguna vez? No sé por qué me figuro que sí lo +ha dicho. Qué sé yo... dentro de mí anida este convencimiento como un +germen de esperanza, como una semilla que está dentro de la tierra y que +no ha brotado pero que vive... Si me constara que ella se ha dicho esto, +yo al verla tan religiosa, me volvería el hombre más católico del +mundo... Por agradarle, ¡cuántas funciones y misas había de costear yo! +Y no haría esto con hipocresía, porque amándola, vendría la fe, la fe, +sí, que se ha ido yo no sé adónde... Creo que ya amanece. No tengo +sueño, ni lo tendré más. Mañana me voy, y me iría esta tarde, si tuviera +tiempo de arreglar el viaje... Y otra cosa.</p> + +<p>¿Iré a despedirme de ella? No sé qué determinar. Si la veo no me voy. +¿Pues por qué no? Me iré. Ella me ha dicho que me vaya, desea que me +vaya. De lejos la querré lo mismo que de cerca, y ella me querrá tal +vez. Seré para ella como un sueño, y los sueños suelen herir el corazón +más que la realidad».</p> + +<p>Volvió a echarse, y se entretuvo contemplando con errante mirada las +paredes de la habitación. Había allí un San José, cuadro grande, de +familia, que como pintura valía poco, pero Moreno lo tenía en gran +estima, porque estuvo muchos años en la alcoba donde él nació. Se +asociaba a las impresiones de su niñez aquel santo tan guapote, +reclinado sobre nubes, con su vara, su niño, y aquella capa amarilla +cuyos pliegues hacían competencia al celaje. Se le refrescó de tal modo +al buen caballero en aquel momento la memoria de su padre, que parecía +que le estaba viendo, y oyéndole el metal de voz. A su madre no la había +conocido, porque murió siendo él muy niño. También se acordó de cuando +su hermana y él (aquella misma hermana viuda que allí vivía), iban a la +casa del abuelito, en la Concepción Jerónima, cogidos de la mano. Y una +tarde, al revolver la calle Imperial, se perdieron, es decir, se perdió +ella, y él por poco se muere del susto. Pues un día que iba por la Plaza +de Provincia, vio el burro de un aguador, suelto: el dueño estaba en la +taberna próxima. Entráronle ganas a Manolito de montarse en el pollino, +y como lo pensó lo hizo. Pero el condenado animal, en cuanto sintió el +jinete salió escapado, y aunque el chico hacía esfuerzos por detenerlo, +no podía... Total, que llegó hasta la calle de Segovia, muy cerca del +puente. Y no fue que el burro se parara, sino que el jinete se cayó, +abriéndose la cabeza. Todavía tenía la señal. Por suerte, los hermanos +García, boteros, que tenían su taller de corambres debajo del +Sacramento, y le vieron caer, le conocían, y recogiéndole, le llevaron a +casa de su abuelito. ¡La que se armó allí! Acordábase D. Manuel de aquel +lance como si hubiera ocurrido el día anterior; veía a su abuelito, D. +Antonio Moreno, que todavía usaba chorreras, corbatín de suela y casaca +a todas las horas del día. Hasta en el almacén (droguería al por mayor), +estaba de frac. Pues luego vino el papá y estuvo dudando si pegarle o +no... Lo peor de todo, fue que al asno no se le vio más el pelo, y la +familia tuvo que pagar por él una fuerte indemnización. «Si parece que +fue ayer» decía Moreno, tocándose la frente, en el sitio donde estaba la +cicatriz.</p> + +<p>Cuando ya clareaba el día, sintió ruido en la casa; mas al punto +comprendió lo que era. «Ya está en pie la <i>rata eclesiástica</i>. Ahora se +va a oír siete misas lo menos... y a tratar de tú a la Santísima +Trinidad. ¡Pobrecilla, qué sacará de eso!... Pero en fin, saque o no +saque, es una felicidad ser así...».</p> + + + +<hr /> +<h2>-<span class="smcap">iv</span>-</h2> + + +<p>Guillermina dio dos golpecitos en la puerta, y abriéndola un poco, +asomó por ella su cara sonrosada y sus ojos vivos. «Hijo, al ver la luz +en tu alcoba, dije: ese pobrecillo estará en vela todavía. Veo que +acerté. ¿Qué es eso?, ¿has pasado otra mala noche?».</p> + +<p>—Ya lo ves. Pasa. No he dormido nada. ¿Y tú?</p> + +<p>—¿Yo?, del lado que me acuesto, amanezco. No duermo más que cuatro +horas; pero van de un tirón. ¿No ves que llego a casa rendida? Y lo que +tengo que cavilar lo cavilo por el día.</p> + +<p>—¡Qué felicidad! ¿Te vas ahora a misa?</p> + +<p>—Sí, para lo que gustes mandar—replicó la santa; y su semblante recién +lavado despedía tanta frescura como regocijo.</p> + +<p>—¡Y tan tranquila...!, porque tú estás muy tranquila... con tus misas +por la mañana, y el resto del día dando cada sablazo que tiembla el +misterio. ¿Sabes una cosa?, te tengo envidia... me cambiaría por ti...</p> + +<p>—Pues tonto (avanzando hacia él), lo que yo hago es lo fácil, ¿qué más +tienes que... hacerlo?</p> + +<p>—Siéntate un ratito—dijo Moreno, haciéndolo en el sofá y dando una +palmada en el asiento—. Más santidad que en oír siete misas, hay en +practicar las obras de misericordia, acompañando a los enfermos y dando +un ratito de conversación a quien se ha pasado toda la noche en vela. +Dime una cosa. ¿Cómo llevas las obras de tu asilo?</p> + +<p>—¿Pues no lo sabes? (sentándose). Bien. Gracias a las almas +caritativas, la construcción va echado chispas. Jacinta lo ha tomado con +tanto calor, que hoy trabaja más que yo, y maneja el sable con un garbo +que me deja tamañita.</p> + +<p>—Tienes unas amigas que valen cualquier cosa. Esta noche he pensado en +ti y en tus devociones. Te asombrarás si te digo que desde la madrugada +se me ha metido aquí un sentimiento desconocido, algo como ganas de +hacerme religioso, de pensar en Dios, de dedicarme a obras de piedad...</p> + +<p>—¡Manolo!... (poniéndose muy seria). Si empiezas con tus bromitas, me +voy.</p> + +<p>—No, no es broma—replicó él; y tenía en su cara tal expresión de +abatimiento, que la santa se quedó como lela mirándole...</p> + +<p>—¿Pero estás de chanza o...? Manolo, ¿en qué piensas?... ¿Qué te pasa?</p> + +<p>—Hay horas en la vida, que parecen siglos por las mudanzas que traen. +Hace un rato, verás ¡qué cosa tan extraña! Me acordé de un pobre que me +pidió limosna esta mañana... Era un infeliz que tiene una pierna +deforme y repugnante, llena de úlceras... Me pidió limosna y le arrojé +una moneda de cobre, diciéndole con horror: «Quítese usted de delante de +mí, so pillete». Pues esta noche he tenido aquí la visita de aquel +hombre... Le he visto, como te estoy viendo a ti, y primero me inspiraba +repugnancia, después compasión, y acabé por decirle: «¿Quieres cambiarte +conmigo?». Porque con su pierna podrida, su muleta y su libertad, +disfruta él de una tranquilidad que yo no tengo. Su conciencia está como +un charco empozado en el cual no cae jamás la piedra más pequeña. ¡Pobre +de mí!, cambiaría con él; cambiaría mi riqueza por su mendicidad, mi +corazón enfermo por su pierna inerte, y mi desasosiego por su paz. ¿Qué +crees tú?</p> + +<p>—Creo que Dios te toca en el corazón—dijo la dama guiñando los ojos, y +poniendo sobre la cabeza del triste caballero su mano derecha, en la +cual tenía el libro de misa y el rosario—. No tienes tú cara de bromas. +Alguna procesión muy grande te anda por dentro. Y si otras veces te da +la vena por decirme herejías y hacerme rabiar, no creas que te he tenido +por malo. Eres un bendito; y si vivieras siempre con nosotras y no te +pasaras la vida entre protestantes y ateos, tú serías otro.</p> + +<p>—¿Pero no sabes que me voy mañana?</p> + +<p>—¿Te vas?, ¿de veras?—con vivo desconsuelo—.</p> + +<p>Mal negocio. Buscando siempre la frialdad; huyendo siempre del calor de +la familia.</p> + +<p>—No, si aquí es donde no me quieren—manifestó Moreno con aire sombrío.</p> + +<p>—¿Que no te queremos? Vaya con lo que sales... Tontín, no digas +disparates.</p> + +<p>—Mi vida está completamente truncada y rota. No hay manera de soldarla +ya... Cree que si me quisieran yo me quedaría aquí, yo sería bueno, y +por darte gusto a ti y a tus amigas, me haría muy religioso, muy amigo +de Dios y de la Virgen; emplearía todo mi dinero en obras de caridad, +protegería la devoción...</p> + +<p>El asombro de la santa era tan grande, que no lo podía expresar. Abría +la boca, maravillada, cual si presenciara un milagro.</p> + +<p>«Pero de veras que tú... Mira, hijo, si quieres que yo crea en ese +estado de tu espíritu, es preciso que me lo pruebes...».</p> + +<p>—¿Cómo he de probártelo?</p> + +<p>—Vamos a ver—dijo la virgen y fundadora, con resolución—. ¿A que no +haces una cosa?</p> + +<p>—¿A que sí la hago?—¿A que no te vienes conmigo a San Ginés?</p> + +<p>—A que sí. Levantose para tirar de la campanilla.</p> + +<p>«Necesito verlo para creerlo—dijo Guillermina, echando de sus ojos +chispazos de alegría—. Deja, yo llamaré a Tomás. El pobre chico no se +habrá levantado todavía».</p> + +<p>—Creo que sí... ¡Tom!...</p> + +<p>—Yo te haré el té... Vamos, vete vistiendo.</p> + +<p>Aquella salida matinal le agradaba, porque rompía las tediosas rutinas +de su existencia.</p> + +<p>«Vaya que si voy a la iglesia... (disponiéndose con actividad febril). Y +oiré todas las misas que quieras, y rezaré contigo... Dime, ¿no va +Jacinta a esta hora a San Ginés?».</p> + +<p>—Hombre, tan temprano no. Un poco más tarde que yo, suele ir Bárbara.</p> + +<p>—Pues me alegro de que seamos nosotros los primeros, los más +madrugadores, los más impacientes por cumplir y santificarnos... ¡Tom!</p> + +<p>El inglés entró, y a poco, cuando ya su amo estaba vestido, le trajo el +té. Guillermina, sirviéndole el desayuno, le decía: «Abrígate bien, que +las mañanas están frescas. No sea cosa que por empezar tu vida nueva, +vayas a coger una pulmonía».</p> + +<p>—Mejor... me he convencido de que vivir es la mayor de las sandeces—le +dijo él, bajando la escalera—. ¿Para qué vive uno? Para padecer. El +pobre de la pierna es el que lo pasa regularmente. Porque aquello no +duele. Lleva su pierna por delante como si fuera una cosa bonita que el +público desea conocer.</p> + +<p>—Hay mucha miseria—observó la dama, tomando el tema por otro lado—, y +los que tenemos qué comer nos quejamos de vicio. Mientras más padezcamos +aquí, más gozaremos allá.</p> + +<p>(El misántropo no dijo nada a esto. Seguía tan pensativo.)</p> + +<p>«El mendigo de la pierna se irá al Cielo derechito, con su muleta, y +muchos de los ricos que andan por ahí en carretela, irán tan muellemente +en ella a pasearse por los infiernos. Yo le pido a Dios que me dé la más +asquerosa de las enfermedades, y... no me quiere hacer caso; siempre tan +sana. Paciencia; Él nos da siempre lo que nos conviene».</p> + +<p>Tampoco a esto dijo nada Moreno. Entraron en San Ginés, y Guillermina se +fue derecha a la capilla de la Soledad, a punto que empezaba la primera +misa. Mientras esta duró, la ilustre dama, aunque no apartaba su +atención del Oficio, pudo advertir que su sobrino estaba tras ella, +cumpliendo con todo el ritual como cualquier devoto, arrodillándose y +levantándose en las ocasiones convenientes. Pero a la segunda misa +observole distraído e inquieto. Iba de un lado para otro, examinaba los +altares y las imágenes como si estuviera en un museo. Esto la disgustó, +y tal fue su incomodidad, que no se atrevió a comulgar aquel día, porque +no se encontraba con el espíritu absolutamente sereno y limpio. Ya en la +cuarta misa, el caballero aquel, no sólo se distraía sino que perturbaba +la devoción de los fieles, pasando delante de los altares, donde se +decía misa, sin hacer la más ligera genuflexión ni reverencia. «Tendré +que decirle que se vaya—pensaba la santa—. Esa no es manera de estar +en la iglesia».</p> + +<p>Hallábase Moreno contemplando una imagen yacente, encerrada en lujosa +urna de cristal, cuando sintió a su lado este susurro:</p> + +<p>«Bonita efigie ¿verdad? Es el Cristo que sacamos en la procesión del +Santo Entierro».</p> + +<p>Volviose y vio a su lado a Estupiñá, calado hasta las orejas el gorro +negro de punto, señalando la imagen con gesto de cicerone.</p> + +<p>«La mortaja de fina holanda la bordaron las señoras Micaelas, y es +regalo de doña Bárbara. Escultura soberbia... y es de movimiento, porque +le clavamos en la cruz o le <i>descendemos</i> según conviene».</p> + +<p>Y como el caballero no le dijese nada, Plácido se alejó rezando entre +dientes. Sentose en un banco, y desde entonces, sin dejar de atender a +sus devociones, no le quitaba ojo al señor de Moreno, sin poder +explicarse su presencia en la parroquia. «Es lo que me quedaba que +ver—decía—, D. Manolo aquí... ¡él, que no tiene religión! Es que gusta +de ver las buenas imágenes... Por ahí empecé yo».</p> + +<p>Menudo réspice le echó la fundadora a su sobrino cuando salieron. «Pero, +hijo, me has quitado la devoción con tus paseos por la iglesia. Ya decía +yo que te habías de cansar».</p> + +<p>—Pues tía, para primer día de curso, no puedes quejarte. Todo es +empezar. Ya ves que oí una misita. ¿Qué querías? ¿Que fuera como tú? Te +aseguro que me satisfizo el ensayo. Pasé un rato muy agradable, en un +estado de tranquilidad que me ha hecho mucho bien. ¿Te quejas de que me +paseaba por la iglesia?... Es que cuando uno va a hacer vida nueva, le +gusta enterarse... Quería yo mirar bien las imágenes. Créelo; si +siguiera en Madrid, me haría amigo de todas ellas. Me gusta verlas tan +hermosas, con sus ropas de lujo y sus miradas fijas en un punto. Parece +que están viendo venir algo que no acaba de venir. Las que nos miran +parece que nos dicen algo cuando las miramos, y que efectivamente nos +han de consolar si les pedimos algo. Comprendo el misticismo; lo veo +claro... ¡Ay!, si yo me quedara aquí...</p> + +<p>—¿Por qué no te quedas?... ¡Qué tonto!—le dijo la santa con +desconsuelo.</p> + +<p>—¡Imposible!... me tengo que marchar... Y allá voy a estar muy triste; +como si lo viera...</p> + +<p>—Entonces... quédate. ¿Quieres que te dé una ocupación? Buena falta te +hace. Te nombro sobrestante de mis obras, administrador de mis colectas +y sacristán mayor de mi capilla nueva, cuando esté concluida.</p> + +<p>Moreno se echó a reír con gana.</p> + +<p>«¡Monaguillo mayor...! Lo aceptaría. Te juro que lo aceptaría... Me +estoy volviendo enteramente infantil. ¡Monaguillo en jefe! Y yo +encendería las velas, yo quitaría el polvo a las imágenes y las pondría +tan guapas; ¡yo charlaría con las beatas...! No lo creerás; pero dentro +de mí está naciendo algo que se compagina muy bien con ese oficio +humilde».</p> + +<p>—Si eres tú un buenazo. La ociosidad, lo mucho que te has divertido y +el <i>esplín</i> inglés te ponen así. Y yo te juro que te aburrirás más si no +vuelves a Dios tus miradas. Haz lo que yo, Manolo; dale un puntapié al +mundo; hazte chiquito para ser grande; bájate para subir. Tú ya no eres +pollo; tú no te has de casar ya. Ni te conviene el andar siempre de +viaje, como una carta con el sobre mal puesto, que recorre todas las +estafetas del mundo. Mujeres, ¿para qué sirven sino de perdición? Ten un +cuarto de hora de arrojo, y ofrécele a Dios lo que te queda de vida. No +es esto decir que te metas fraile: hay mil maneras de ganarse la dicha +eterna. Oye lo que se me ocurre. ¿Por qué no dedicas tu dinero, tu +actividad y todo tu espíritu a una obra grande y santa, no a una obra +pasajera, sino a esas que quedan, para bien de la humanidad y gloria de +Dios? Levanta de nueva planta un buen edificio, un asilo para este o el +otro fin, por ejemplo, un gran manicomio en que se recoja y cuide a los +pobrecitos que han perdido la razón...</p> + +<p>—Tú tienes la manía de los edificios, y quieres pegármela a mí...</p> + +<p>—Es lo primero que se me ha ocurrido. ¿Te parece mala idea? Un +manicomio modelo, como los que habrás visto en el extranjero. Aquí +estamos en eso muy atrasados. Harías una inmensa obra de caridad, y +Madrid y España te bendecirán.</p> + +<p>—¡Un manicomio!—dijo Moreno, sonriendo de un modo que le heló la +sangre a su generosa tía—. Sí, no me parece mal. Y lo estrenaríamos tú +y yo...</p> + + + +<hr /> +<h2>-<span class="smcap">v</span>-</h2> + + +<p>Despidiose Guillermina a la puerta de la casa, para ir al asilo, y +él subió. ¡Cosa más rara! Apenas se cansaba al acometer la escalera. +Sentíase muy bien aquella mañana, el espíritu confortado, la palpitación +muy adormecida, el apetito despierto. Al entrar en su casa, pidió más +té, y mientras Tom se lo servía, le dijo en español:</p> + +<p>«Mañana nos vamos. Haz el equipaje. Avisarás a Estupiñá... Que me haga +el favor de venir, para que me traiga de las tiendas algunas cosillas. +No puede uno ir de España a Inglaterra sin llevar a los amigos alguna +chuchería que tenga color local».</p> + +<p>Luego siguió hablando consigo mismo: «Es un mareo. Si no lleva usted +panderetas con figuras de toros, chulos u otras porquerías así, se lo +comen vivo. Veremos si encuentro algunas acuarelas. También necesito +mantas, moñas de toros, y trataré de encontrar algún cacharro de +carácter. No hay peor calamidad que ser amigo de coleccionistas». +Estupiñá, que en aquella temporada frecuentaba el trato de Moreno, por +haberle este confiado la administración de su casa de la Cava, se +presentó dispuesto a llevarle todo el contenido de las tiendas de Madrid +para que escogiese. Panderetas de las más abigarradas, abanicos y +algunos cuadritos fueron llegando sucesivamente en todo el transcurso +del día, y D. Manuel escogía y pagaba. Aquello le entretuvo +agradablemente, y se reía pensando en la felicidad que iba a repartir +entre sus amistades londonenses. «Esta suerte de picas con el caballo +pisándose las tripas está pintiparada para las de Simpson, que son tan +marimachos. Esta pandereta, con la chula tocando la guitarra, para +<i>miss</i> Newton. Si ella viera los originales, ¡qué desilusión! Esta +pareja del andaluz a caballo y la maja en la reja pelando la pava, para +la sentimental y romancesca <i>mistress</i> Mitchell, que pone los ojos en +blanco al hablar de España, el país del amor, del naranjo y de las +aventuras increíbles... ¡Ah!, este D. Quijote reventando a cuchilladas +los cueros de vino, para el amigo Davidson, que llama a D. Quijote <i>don +Cuiste</i>, y se las tira de hispanófilo... Bien, bien. De cacharros +estamos tal cual. Estos botijos son horribles. Toda la cerámica moderna +española no vale dos cuartos. A ver, Plácido, ¿serías tú capaz de +buscarme un vestido de torero completo?... Lo quiero para un amigo que +sueña con ponérselo en un baile de trajes... Estará hecho un mamarracho. +Pero a nosotros no nos importa. ¿Podrás buscármelo?».</p> + +<p>—Pues ya lo creo—dijo Plácido, para quien no había nunca dificultades +tratándose de compras—. ¿Usado o sin usar?</p> + +<p>—Hombre, sin usar... En fin, como le encuentres...</p> + +<p>Salió Estupiñá como si Mercurio le hubiera prestado sus alados +borceguíes, y a poco entró el doméstico, a quien su amo tenía también +ocupado en la busca de ciertos encargos. Tom se había aficionado mucho a +los toros; no perdía corrida, y entre sus amigos contaba a varias +eminencias del arte del cuerno. Por esto le dio Moreno el encargo de +buscarle alguna moña, de las que guardan los aficionados como veneradas +reliquias, y convenía que tuviesen manchas de sangre y muchos pisotones, +con señales de la trágica brega. Muy desconsolado entró el inglés, +diciendo que no encontraba moñas ni aun ofreciendo por ellas un ojo de +la cara.</p> + +<p>«Mira, chico—le dijo su amo—, no te apures. Puesto que no se +encuentran moñas, llevaremos otra cosa. ¿Has visto por ahí, en el Prado +y Recoletos, a un tío muy feo que lleva una cesta y en ella, puestos en +cañas, formando como un gran árbol, multitud de molinillos de papel +dorado y plateado y de todos los colores...? ¿sabes?, ¿molinillos que +dan vueltas con el viento, y que los niños compran por dos o tres +peniques? Pues tráete una docena, los llevamos y decimos que esas son +las moñas que se les ponen a los toros cuando salen a la plaza, brrrr... +reventando al mundo entero con aquellos cuernos tan afilados... Y se lo +creen... Si conoceré yo a mi gente».</p> + +<p>Tom se reía; pero en su interior rechazaba aquella superchería por dos +móviles de conciencia, el móvil de la rectitud inglesa y el de la +formalidad del aficionado a toros. Con el fraude propuesto por su amo se +cometían dos graves faltas, engañar a una nación y ultrajar el +respetable arte de la Tauromaquia, el verdadero <i>sport</i> trágico. No sé +qué se decidió de esto. En tanto Rossini llenaba la casa de abanicos y +panderetas, y Moreno escogía y pagaba, entreteniéndose luego en +envolverlos en papeles y en ponerles rótulos con el nombre del +destinatario.</p> + +<p>Había resuelto hacer muy pocas visitas de despedida, pretextando el mal +estado de su salud. Después de almorzar, bajó al escritorio, y se ocupó +de liquidar y poner en claro su cuenta personal. No intervenía en ningún +negocio; y el trabajo de banca, que en otro tiempo le había gustado +tanto, aburríale ya. Pero aquel día pareció que se le despertaban las +aficiones, porque habló largamente de negocios con Ruiz Ochoa, +recomendándole no dejase de interesarse en alguna subasta de pastas de +oro para el Banco. «Me parece que este año he de comprar algún oro... +Bien podéis andar aquí con mucho pulso en eso de acuñar tanta plata, +porque este metal va para abajo y ha de ir mucho más. Al precio que +tienen aquí las libras, vale más expedir oro, y por mi parte, me he de +llevar todo el que pueda». En esto entró Ramón Villuendas, preguntando a +cómo tomaban las libras, y la conversación vino a recaer sobre el mismo +tema. Él estaba mandando oro y más oro...</p> + +<p>«Este pico, dádselo a Guillermina» dijo Moreno al ver, en la cuenta de +alquileres de sus casas, un sobrante con que no contaba.</p> + +<p>Entraron otras personas y se habló de muy diferentes cosas. Mientras +duró aquella conversación, pensaba Moreno si iría o no a despedirse de +los de Santa Cruz. Si no iba, se ofendería quizás su padrino, y yendo, +podían sobrevenirle contrariedades mayores, incluso la de arrepentirse +del viaje y aplazarlo... No había más remedio que ir. ¿Pero a qué hora? +¿A la de comer? Titubeaba, y de vuelta a su casa, estuvo discurriendo un +largo rato sobre aquel problema de la hora. «Adoptado un partido—se +dijo—, lo mejor será que no la vea más en carne y hueso, porque lo que +es en idea, viéndola estoy a todas horas. ¡Qué chiquillo me he +vuelto!... En fin, tengo tiempo de pensarlo de aquí a mañana, porque lo +que es hoy, no iré».</p> + +<p>A eso de las cinco fue el misántropo a una tienda de la Plaza Mayor a +ver las mantas granadinas con que quería obsequiar a sus amigos +ingleses. Allí estuvo un cuarto de hora, y el tendero le propuso +mandarle con Plácido lo mejor que tenía, para que escogiese. Ya era casi +de noche, y valía más que el señor examinase de día el género. Así se +convino y volviose a su casa. Al entrar en el portal sintió un golpecito +en el hombro. Era Jacinta que le pegaba un paraguazo. Quedose el buen +señor como si le hubieran dado un tiro. Quiso hablar y no pudo. Jacinta +le cogió del brazo, y rebasados los primeros escalones, empezó el +diálogo.</p> + +<p>«¿Con que al fin se va usted?».</p> + +<p>—Al fin me arranco. Ya era tiempo...</p> + +<p>—Pero qué, ¿se cansa usted mucho hoy...? Pues vamos despacio, más +despacio si usted quiere... ¡Ah!, ya me ha contado Guillermina que hoy +estuvo usted muy santito... Así me gusta a mí la gente.</p> + +<p>—¿Por qué no fue usted a verme?... ¡Estaba yo más salado...!</p> + +<p>—Si no lo sabía. ¿Vuelve usted mañana?</p> + +<p>—¿De veras que va usted a ir a verme?... ¡Cómo se reirá de mí!</p> + +<p>—¡Reírme! ¡Qué cosas se le ocurren! Iré a tomar ejemplo.</p> + +<p>—¿A que no va?—¿A que sí?—Pues allí me tendrá, haciéndole la +competencia a Estupiñá... Verá usted, verá usted... cada día más.</p> + +<p>—¡Cada día! ¿Pero no se va usted mañana?</p> + +<p>—Es verdad, no me acordaba... Bueno, pues no me iré.</p> + +<p>—Eso no; le conviene a usted marcharse, y allí seguirá haciendo su +noviciado.</p> + +<p>—Allá no vale.—¿Cómo que no vale?—Porque allá me cogen por su cuenta +unas amigas protestantes que tengo, y que quiera que no, me hacen +renegar... Usted tendrá la culpa; sobre su conciencia va. ¿Conque me +quedo o me voy?</p> + +<p>—Pues con esa responsabilidad tan grande no me atrevo a aconsejarle. +Haga usted lo que le parezca mejor... Vaya, por fin llegamos. ¿Se ha +cansado usted mucho?</p> + +<p>—Un poquitito... pero con usted siempre contento. ¿Quiere usted volver +a bajar?</p> + +<p>—¿Otra vez?—Sí, para volver a subir... Como si quisiera usted ir al +cuarto piso.</p> + +<p>—No me lo perdonaría, si usted me acompañaba, fatigándose tanto.</p> + +<p>Entraron, y Jacinta se metió en el cuarto de la santa. Moreno fuese al +suyo y se dejó caer en el sofá, echándose el sombrero para atrás. +Pensaba descansar un ratito y pasar luego a la habitación de +Guillermina. «No, no paso; no quiero verla más. ¿Para qué atormentarme? +Se acabó. Pongámosle encima una losa». Al poco rato, sintiendo que +Jacinta salía, acercose a la puerta con ánimo de verla. Pero no puedo +ver nada. Como aún no habían encendido la luz del recibimiento, sólo +columbró un bulto, una sobra y pudo oír dos o tres palabras que se +dijeron, al despedirse, Jacinta y la <i>rata eclesiástica</i>. Esta fue +entonces al cuarto de su sobrino, y hallole dando vueltas en él. «¿Qué +tal te encuentras, catecúmeno?» le dijo con mucho cariño.</p> + +<p>—Regular, casi bien... Espero dormir esta noche.</p> + +<p>—Recógete temprano.—Eso pienso hacer... y mañana... Oye una cosa: ¿no +te ha dicho Jacinta que mañana pienso volver a San Ginés?</p> + +<p>—No, no me lo ha dicho.—¿No te ha dicho que ella iría a verme tan +devoto?</p> + +<p>—No... no hemos hablado una palabra de ti.</p> + +<p>—¿Ni dijo que había subido conmigo y que...?</p> + +<p>—No... nada. Moreno sintió que la horrible pulsación de su pecho era +anegada por una onda glacial. En aquel punto tuvo que sentarse, porque +le flaqueaban las piernas, y se le desvanecía la cabeza.</p> + +<p>«Pues si quieres volver mañana, yo vendré a llamarte. Se entiende, si +pasas buena noche».</p> + +<p>—Iremos a pasar un rato—dijo Moreno de una manera lúgubre—, y a +echarle a mi desesperación una hora de esparcimiento, como se le echa +carne a una fiera para que no muerda.</p> + +<p>—Si tú le pidieras al Señor... pero bien pedido... que te curara esos +<i>esplines</i>, te los curaría... Pídeselo, hijo; ¡pero si sabré yo lo que +me digo!</p> + +<p>—¿Qué has de saber tú?... ¿Qué has de saber lo que hay del lado de allá +de la puerta negra?</p> + +<p>—¿Ahora sales con eso?... Tú podrás haber perdido parte de la fe; pero +toda no se pierde nunca. Esas cosas se dicen sin creer en ellas, por +fatuidad. Con todas sus bromas, si te rascan, aparece el creyente...</p> + +<p>—No, tonta, yo no creo en nada, en nada, en nada—le dijo Moreno con +énfasis, complaciéndose en mortificarla.</p> + +<p>—Todo sea por Dios... Entonces, ¿para qué vienes conmigo a la iglesia?</p> + +<p>—Toma, por distraerme un rato, por verte a ti, por ver a Estupiñá, +figuras raras de la humanidad, excentricidades, tipos, como todo esto +que yo llevo a Londres para los aficionados a lo característico y al +color local.</p> + +<p>Guillermina daba suspiros. No quería incomodarse.</p> + +<p>«Para rarezas tú...—dijo al fin echándose a reír—. A ti sí que te +debían enseñar por las ferias... <i>a dos reales, un real los niños y +soldados</i>. Cree que ganaba dinero el que te expusiera».</p> + +<p>—Con un cartelón que dijese: «se enseña aquí el hombre más desgraciado +del mundo».</p> + +<p>—Por su culpa, por su culpa; hay que añadir eso. Ser desgraciado y no +volver los ojos a Dios es lo último que me quedaba que ver. Eso es, +bruto, encenágate más; hazte más materialista y más gozón, a ver si te +sale la felicidad... Eres un soberbio, un tonto... Mira, sobrino, me +voy, porque si no me voy te pego con tu propio bastón.</p> + +<p>Y él estaba tan abstraído que ni siquiera la sintió salir.</p> + + + +<hr /> +<h2>-<span class="smcap">vi</span>-</h2> + + +<p>Comió con regular apetito en compañía de su hermana y de +Guillermina. Cuando concluyeron, dijo a esta que había dado orden en el +escritorio de que le entregaran el sobrante de su cuenta personal, con +cuya noticia su puso la fundadora como unas castañuelas, y no pudiendo +contener su alegría, se fue derecha a él, y le dijo: «¡Cuánto tengo que +agradecer a mi querido ateo de mi alma! Sigue, sigue dándome esas +pruebas de tu ateísmo, y los pobres te bendecirán... ¿Ateo tú? ¡Ni +aunque me lo jures lo he de creer!». Moreno se sonreía tristemente. Tal +entusiasmo le entró a la santa, que le dio un beso... «Toma, perdido, +masón, luterano y anabaptista; ahí tienes el pago de tu limosna».</p> + +<p>Sentíase él tan propenso a la emoción, que cuando los labios de la santa +tocaron su frente, le entró una leve congoja y a punto estuvo de darlo a +conocer. Estrechó suavemente a la santa contra su pecho, diciéndole: «Es +que lo uno no quita lo otro, y aunque yo sea incrédulo, quiero tener +contenta a mi <i>rata eclesiástica</i>, por lo que pudiera tronar. Supongamos +que hay lo que yo creo que no hay... Podría ser... Entonces mi querida +<i>rata</i> se pondría a roer en un rincón del cielo para hacer un agujerito, +por el cual me colaría yo...».</p> + +<p>—Y nos colaríamos todos—indicó la hermana de Moreno, gozosa, pues le +hacían mucha gracia aquellas bromas.</p> + +<p>—¡Vaya si le haré el agujerito!—dijo Guillermina—. Roe que te roe me +estaré yo un rato de eternidad, y si Dios me descubre y me echa una +peluca, le diré: «Señor, es para que entre mi sobrino, que era muy +ateo... de jarabe de pico, se entiende; y me daba para los pobres». El +Señor se quedará pensando un rato, y dirá: «Vaya, pues que entre sin +decir nada a nadie».</p> + +<p>A las diez estaba el misántropo en su habitación, disponiéndose para +acostarse. «¿Se te ofrece algo?» le dijo su hermana.</p> + +<p>—No. Trataré de dormir... Mañana a estas horas estaré oyendo cantar el +<i>botijo e leche</i>. ¡Qué aburrimiento!</p> + +<p>—Pero, hombre, ¿qué más te da? Con no comprárselo si no te gusta... Si +esa gente vive de eso, déjales vivir.</p> + +<p>—No, si yo no me opongo a que vivan todo lo que quieran—replicó Moreno +con energía—. Lo que no quita que me cargue mucho, pero mucho, oír el +tal pregón...</p> + +<p>—Vaya por Dios... Otras cosas hay peores y se llevan con paciencia.</p> + +<p>Después llegó Tom, y la hermana de Moreno se retiró a punto que entraba +Guillermina con la misma cantinela: «¿Quieres algo?... A ver si te +duermes, que no es mal ajetreo el que vas a llevar mañana. Mira; de +París telegrafías, para que sepamos si vas bien...».</p> + +<p>Daba algunos pasos hacia fuera y volvía: «Lo que es mañana no te llamo. +Necesitas descanso. Tiempo tienes, hijo, tiempo tienes de darte golpes +de pecho. Lo primero es la salud».</p> + +<p>—Esta noche sí que voy a dormir bien—anunció D. Manuel con esa +esperanza de enfermo que es gozo empapado en melancolía—. No tengo +sueño aún; pero siento dentro de mí un cierto presagio de que voy a +dormir.</p> + +<p>—Y yo voy a rezar porque descanses. Verás, verás tú. Mientras estés +allá, rezaré tanto por ti, que te has de curar, sin saber de dónde te +viene el remedio. Lo que menos pensarás tú, tontín, es que la <i>rata +eclesiástica</i> te ha tomado por su cuenta y te está salvando sin que lo +adviertas. Y cuando te sientas con alguna novedad en tu alma, y te +encuentres de la noche a la mañana con todas esas máculas ateas bien +curadas, dirás «¡milagro, milagro!» y no hay tal milagro, sino que +tienes el padre alcalde, como se suele decir. En fin, no te quiero +marear, que es tarde... Acuéstate prontito, y duérmete de un tirón siete +horas.</p> + +<p>Le dio varios palmetazos en los hombros, y él la vio salir con +desconsuelo. Habría deseado que le acompañase algún tiempo más, pues sus +palabras le producían mucho bien.</p> + +<p>«Oye una cosa... Si quieres llamarme temprano, hazlo... Yo te prometo +que mañana estaré más formal que hoy».</p> + +<p>—Si estás despierto, entraré. Si no, no—dijo Guillermina volviendo—. +Más te conviene dormir que rezar. ¿Necesitas algo? ¿Quieres agua con +azúcar?</p> + +<p>—Ya está aquí. Retírate, que tú también has de dormir. Pobrecilla, no +sé cómo resistes... ¡Vaya un trabajo que te tomas!...</p> + +<p>Iba a decir «¿y todo para qué?» pero se contuvo. Nunca le había sido tan +grata la persona de su tía como aquella noche, y se sintió atraído hacia +ella por fuerza irresistible. Por fin se fue la santa, y a poco, Moreno +ordenó a su criado que se retirara. «Me acostaré dentro de un +ratito—dijo el caballero—; pues aunque creo que he de dormir, todavía +no tengo ni pizca de sueño. Me sentaré aquí y revisaré la lista de +regalos, a ver si se me queda alguno. ¡Ah!, conviene no olvidar las +mantas. La hermana de Morris se enfadará si no le llevo algo de mucho +carácter...». La idea de las mantas llevó a su mente, por +encadenamiento, el recuerdo de algo que había visto aquella tarde. Al ir +a la tienda de la Plaza Mayor en busca de aquel original artículo, +tropezó con una ciega que pedía limosna. Era una muchacha, acompañada +por un viejo guitarrista, y cantaba jotas con tal gracia y maestría, que +Moreno no pudo menos de detenerse un rato ante ella. Era horriblemente +fea, andrajosa, fétida, y al cantar parecía que se le salían del casco +los ojos cuajados y reventones, como los de un pez muerto. Tenía la cara +llena de cicatrices de viruelas. Sólo dos cosas bonitas había en ella: +los dientes, que eran blanquísimos, y la voz pujante, argentina, con +vibraciones de sentimiento y un dejo triste que llenaba el alma de +punzadora nostalgia. «Esto sí que tiene carácter» pensaba Moreno +oyéndola, y durante un rato tuviéronle encantado las cadencias +graciosas, aquel amoroso gorjeo que no saben imitar las celebridades del +teatro. La letra era tan poética como la música.</p> + +<p>Moreno había echado mano al bolsillo para sacar una peseta. Pero le +pareció mucho, y sacó dos peniques (digo, dos piezas del perro), y se +fue.</p> + +<p>Pues aquella noche se le representaron tan al vivo la muchacha ciega, su +fealdad y su canto bonito, que creía estarla viendo y oyendo. La popular +música revivió en su cerebro de tal modo, que la ilusión mejoraba la +realidad. Y la jota esparcía por todo su ser tristeza infinita, pero que +al propio tiempo era tristeza consoladora, bálsamo que se extendía +suavemente untado por una mano celestial. «Debí darle la peseta» pensó, +y esta idea le produjo un remordimiento indecible. Era tan grande su +susceptibilidad nerviosa, que todas las impresiones que recibía eran +intensísimas, y el gusto o pena que de ellas emanaban, le revolvían lo +más hondo de sus entrañas. Sintió como deseos de llorar... Aquella +música vibraba en su alma, como si esta se compusiera totalmente de +cuerdas armoniosas. Después alzó la cabeza y se dijo: «¿Pero estoy +dormido o despierto? De veras que debí darle la peseta... ¡Pobrecilla! +Si mañana tuviera tiempo, la buscaría para dársela».</p> + +<p>El reloj de la Puerta del Sol dio la hora. Después Moreno advirtió el +profundísimo silencio que le envolvía, y la idea de la soledad sucedió +en su mente a las impresiones musicales. Figurábase que no existía nadie +a su lado, que la casa estaba desierta, el barrio desierto, Madrid +desierto. Miró un rato la luz, y bebiéndola con los ojos, otras ideas le +asaltaron. Eran las ideas principales, como si dijéramos las ideas +inquilinas, palomas que regresaban al palomar después de pasearse un +poco por los aires. «Ella se lo pierde...—se dijo con cierta convicción +enfática—. Y en el desdén se lleva la penitencia, porque no tendrá +nunca el consuelo que desea... Yo me consolaré con mi soledad, que es el +mejor de los amigos. ¿Y quién me asegura que el año que viene, cuando +vuelva, no la encontraré en otra disposición? Vamos a ver... ¿por qué no +había de ser así? Se habrá convencido de que amar a un marido como el +que tiene es contrario a la naturaleza; y su Dios, aquel buen Señor que +está acostado en la urna de cristal, con su sábana de holanda finísima, +aquel mismo Dios, amigo de Estupiñá, le ha de aconsejar que me quiera. +¡Oh!, sí, el año que viene vuelvo... en Abril ya estoy andando para acá. +Ya verá mi tía si me hago yo místico, y tan místico, que dejaré +tamañitos a los de aquí... ¡Oh!... mi niña adorada bien vale una misa. Y +entonces gastaré un millón, dos millones, seis millones, en construir un +asilo benéfico. ¿Para qué dijo Guillermina? ¡Ah!, para locos; sí, es lo +que hace más falta... y me llamarán la <i>Providencia de los +desgraciados</i>, y pasmaré al mundo con mi devoción... Tendremos uno, dos, +muchos hijos, y seré el más feliz de los hombres... Le compraré al +Cristo aquel tan lleno de cardenales una urna de plata... y...».</p> + +<p>Se levantó, y después de dar dos o tres paseos, volvió a sentarse junto +a la mesa donde estaba la luz, porque había sentido una opresión +molestísima. Las pulsaciones, que un instante cesaron, volvieron con +fuerza abrumadora, acompañadas de un sentimiento de plenitud torácica. +«¡Qué mal estoy ahora!... pero esto pasará, y me dormiré. Esta noche voy +a dormir muy bien... Ya va pasando la opresión. Pues sí, en Abril +vuelvo, y para entonces tengo la seguridad de que...».</p> + +<p>Tuvo que ponerse rígido, porque desde el centro del cuerpo le subía por +el pecho un bulto inmenso, una ola, algo que le cortaba la respiración. +Alargó el brazo como quien acompaña del gesto un vocablo; pero el +vocablo, expresión de angustia tal vez, o demanda de socorro, no pudo +salir de sus labios. La onda crecía, la sintió pasar por la garganta y +subir, subir siempre. Dejó de ver la luz. Puso ambas manos sobre el +borde de la mesa, e inclinando la cabeza, apoyó la frente en ellas +exhalando un sordo gemido. Dejose estar así, inmóvil, mudo. Y en aquella +actitud de recogimiento y tristeza, expiró aquel infeliz hombre.</p> + +<p>La vida cesó en él, a consecuencia del estallido y desbordamiento +vascular, produciéndole conmoción instantánea, tan pronto iniciada como +extinguida. Se desprendió de la humanidad, cayó del gran árbol la hoja +completamente seca, sólo sostenida por fibra imperceptible. El árbol no +sintió nada en sus inmensas ramas. Por aquí y por allí caían en el mismo +instante hojas y más hojas inútiles; pero la mañana próxima había de +alumbrar innumerables pimpollos, frescos y nuevos.</p> + +<p>Ya de día, Guillermina se acercó a la puerta y aplicó su oído. No sentía +ningún rumor. No había luz. «Duerme como un bendito... Buen disparate +haría si le despertara». Y se alejó de puntillas.</p> + + + +<hr /> +<h2><a name="iiid" id="iiid"></a>-III-</h2> + +<h2>Disolución</h2> + + + +<hr /> +<h2>-<span class="smcap">i</span>-</h2> + + +<p>A mediados de Noviembre, Fortunata estaba algo desmejorada. +Observándola, Ballester se decía: «¡Cuando yo digo que me debía querer a +mí en vez de consumir su vida por ese botarate! ¡Qué mujeres estas! Son +como los burros, que cuando se empeñan en andar por el borde del +precipicio, primero lo matan a palos que tomar otro camino».</p> + +<p>Desde la rebotica, donde estaba trabajando, la vio pasar por la calle: +«Allá va la nave. Siempre tan puntual a la citita. Doña Lupe furiosa, el +pobre Rubín ido, y esta paloma volando al tejado del vecino. ¡Qué lejos +está ella de que le he descubierto el escondrijo! Trabajillo me costó; +pero me salí con la mía. Y no es que me proponga delatarla... cosa +impropia de un caballero como yo. Hágolo para mi gobierno. Yo soy así; +me gusta seguir los pasos de la persona que me interesa... De seguro que +al volver del tortoleo entra por aquí... ¡Ah!, qué memoria la tuya, +Segismundo; ya no te acordabas de que para hoy le prometiste tener +hechas las píldoras de <i>hatchisschina</i>, que le quieren dar al pobre +Maxi, a ver si le levantan y aclaran un poco aquellos espíritus tan +entenebrecidos. Vamos a ello, y que la alegría más expansiva y la más +placentera ilusión de vida <i>(sacando de un armario el frasco del +extracto indiano)</i>, iluminen el cacumen de mi infeliz amigo, a la acción +de este precioso excitante».</p> + +<p>Dos o tres horas después de esto, Fortunata entraba en la botica. El +farmacéutico observó pintada en su semblante la consternación. Sin duda +tenía una pena grande, grande, horrible, de esas que no pueden +expresarse sino con la imagen retórica de una espada traspasando el +pecho. «Amiga mía—le dijo Ballester—, no tema usted que la mortifique +con consuelos vulgares. Usted padece hoy, y no es cosa de poco más o +menos, sino alguna tribulación muy gorda lo que usted tiene dentro. No, +ni me lo niegue. Su cara de usted es para mí un libro, el más hermoso de +los libros. Leo en él todo lo que a usted le pasa. No valen evasivas. Ni +pretendo que me confíe sus penitas, hasta que no se convenza de que el +médico llamado a curárselas soy yo».</p> + +<p>—Vaya Ballester—dijo Fortunata con malísimo humor—. No estoy ahora +para bromas.</p> + +<p>—Lo creo... Tiene usted el corazón como si se lo estuvieran apretando +con una soga...</p> + +<p>—¡Ay!, sí...—exclamó con arranque la joven a quien faltaba poco para +echarse a llorar.</p> + +<p>—Y usted ha llorado, porque los ojos también lo están diciendo.</p> + +<p>—Sí, sí... pero déjese de tonterías y no se meta en lo que no le +importa. Está usted hoy muy agudo.</p> + +<p>—<i>Siempre lo fue don García</i>. Para otras personas tendrá usted +secretos, para mí no. Sé de dónde viene usted. Sé la calle, número de la +casa y piso... Y si me apura, sé lo que ha ocurrido. Desazón; que si tú, +que si yo; que no me quieres, que sí, que tira, que afloja, que vira, +que vuelta; que me engañas, que no, que tú más, y hemos concluido, y +adiós, y allá va la lagrimita.</p> + +<p>La señora de Rubín dejó caer la cabeza sobre el pecho, dando un chapuzón +en el lago negro de su tristeza. Ballester la miraba sin osar decirle +nada, respetando aquel dolor que por lo muy verdadero no podía +disimularse. Por fin, Fortunata, como quien vuelve en sí, se levantó de +la silla, y le dijo:</p> + +<p>—Esas píldoras, ¿las ha hecho usted?</p> + +<p>—Aquí están (entregándole la cajita). Y a propósito, a usted no le +vendrá mal tomarse una.</p> + +<p>—¿Yo?... Lo mío no va con píldoras... Quédese con Dios; me voy a mi +casa.</p> + +<p>—Consolarse—le dijo Segismundo en la puerta—. La vida es así; hoy +pena, mañana una alegría. Hay que tener calma, y tomar las cosas como +vienen, y no ligar todo nuestro ser a una sola persona. Cuando una vela +se acaba, debe encenderse otra... Conque tengamos valor, y aprendamos a +despreciar... Quien no sabe despreciar, no es digno de los goces del +amor... Y por último, simpática amiga mía, ya sabe que estoy a sus +órdenes, que tiene en mí el más rendido de los servidores para cuanto se +le ocurra, amigo diligente, reservadísimo, buena persona... Abur.</p> + +<p>Subió la joven a su casa. Doña Lupe no estaba, porque en aquellos días +iba infaliblemente a las subastas del Monte de Piedad. Maximiliano +permanecía largas horas en su despacho o en la alcoba, sin salir ni +siquiera a los pasillos, sumergido en una meditación que más bien +parecía somnolencia, por lo común echado en el sofá, la vista fija en un +punto del techo, al modo de penitente visionario. No molestaba a nadie; +no se resistía a tomar el alimento ni las medicinas, sometiéndose +silenciosamente a cuanto se le mandaba, como si lo dominante, en aquella +fase del proceso encefálico, fuera la anulación de la voluntad, el no +ser nada para llegar a serlo todo. Considerándose sola en la casa, +Fortunata anduvo de una parte a otra, buscando una ocupación que la +distrajera y consolara. Imposible. Mientras más trabajaba, con más +energía y claridad repetía su mente lo que le había pasado aquella +mañana. «Yo me voy a volver loca—se dijo poniéndose a mojar la ropa—. +Más loca estoy que el pobre Maxi, y esto me acaba de rematar».</p> + +<p>Sin que se interrumpiera la acción mecánica, el espíritu de la pobre +mujer reproducía fielmente la escena aquella, con las palabras, los +gestos y las inflexiones más insignificantes del diálogo. En medio de la +reproducción iban colocándose, como anotaciones puestas al acaso, los +comentarios que se le ocurrían. El trabajo de su cerebro era una +calenturienta y dolorosa mezcla de las funciones del juicio y de la +memoria, revolviéndose con desorden y alumbrándose unas a otras con +aquella claridad de relámpago que a cada instante despedían.</p> + +<p>«Tontería grande fue decírselo... Él está hace tiempo muy frío, y como +con ganas de romper. ¡Cansado otra vez!, cansado; y allá por Junio, sí, +bien me acuerdo de que era en Junio, porque estaban poniendo los palos +para el toldo de la procesión del Corpus, me dijo que nunca más me +dejaría, que se avergonzaba de haberme abandonado dos veces, ¡y qué sé +yo cuántas mentiras más!... Lo que hace ahora es buscar un pretexto para +llamarse andana... ¡Cristo!, ¡qué cara me puso cuando le dije +aquello...! 'No seas bobito, ni fíes tanto en la virtud de tu mujer. +¿Pues qué te crees? ¿Que no es ella como las demás? Para que lo sepas; +tu mujer te ha faltado con aquel señor de Moreno, que se murió de +repente, una noche. La suerte tuya fue que dio el estallido; y es que +los corazones revientan, de la fuerza del querer... Créete, como Dios es +mi padre, que la <i>mona del Cielo</i> le quería también, y tenían sus +citas... no sé dónde... pero las tenían. Tan listo como eres, y a ti +también te la dan...'. ¡Bendito Dios, qué cara me puso! ¡Ah!, el amor +propio y la soberbia le salían a borbotones por la boca...».</p> + +<p>Después sentía claramente en su oído la vibración de aquella réplica que +la había hecho estremecer, que aún la alumbraba, porque las palabras se +repetían sin cesar como la pieza de una caja de música, cuyo cilindro, +sonada la última nota, da la primera. «¿Pero qué te has figurado, que mi +mujer es como tú? ¿De dónde has sacado esa historia infame? ¿Quién te ha +metido en la cabeza esas ideas? Mi mujer es sagrada. Mi mujer no tiene +mancilla. Yo no la merezco a ella, y por lo mismo la respeto y la admiro +más. Mi mujer, entiéndelo bien, está muy por encima de todas las +calumnias. Tengo en ella una fe absoluta, ciega, y ni la más ligera duda +puede molestarme. Es tan buena, que sobre serme fiel, tiene la costumbre +de entregarme todos sus pensamientos para que yo los examine. ¡Ojalá +pudiera yo entregarle los míos! Y ahora, cuando tú me traes esos +absurdos cuentos, me veo tan por bajo de ella, que no puede ser más. Tú +misma me estás castigando con eso de decirme que mi mujer es como tú, o +que en algo puede parecerse a ti. Me castigas porque me demuestras la +diferencia; te comparo con ella, y si pierdes en la comparación, échate +a ti la culpa... Para concluir, si vuelves a pronunciar delante de mí +una palabra sola referente a mi mujer, cojo mi sombrero... y no vuelves +a verme más en todos los días de tu vida».</p> + +<p>Comentario: «¡Y yo que me había hecho la ilusión de que no era honrada, +para salir ahora con que no tengo más remedio que confesar que lo es! +¿Habrá visto visiones Aurora? Lo asegura de un modo, que no sé... Puede +que se equivoque... Puede que el caballero ese estuviera prendado de +ella; eso no quiere decir que ella pecase ni mucho menos...».</p> + +<p>Otra vez sentía retumbar en su oído las tremendas palabras de <i>aquel</i>: +«Si vuelves a pronunciar delante de mí, <i>etc</i>...». Y el comentario +parecía producirse en el cerebro paralelamente a la repetición de la +filípica: «¡Ah!, tuno, no hablabas antes de ese modo. En Junio, sí, bien +me acuerdo, todo era <i>te quiero y te adoro</i>, y bastante que nos reíamos +de la <i>mona del Cielo</i>, aunque siempre la teníamos por virtuosa. ¿Que es +sagrada, dices?... ¿Entonces, para qué la engañas? ¡Sagrada! Ahora sales +con eso. <i>Cojo mi sombrero y no me vuelves a ver</i>... Eso es que tú lo +quieres hace tiempo. Estás buscando un motivo, y te agarras a lo que +dije. <i>Te comparo con ella, y si pierdes en la comparación, échate a ti +misma la culpa</i>. Eso es decirme que soy un trasto, que yo no puedo ser +honrada aunque quiera... ¡Cómo me requemaba oyendo esto y cómo me +requemo ahora mismo! Se me aprieta la garganta, y los ojos se me llenan +de lágrimas. ¡Decirme a mí esto, a mí, que me estoy condenando por +él...! Pero, Señor, ¡qué culpa tendré yo de que esa niña bonita sea +ángel! Hasta la virtud sirve para darme a mí en la cabeza. ¡Ingrato!».</p> + +<p>Reproducción de algo que ella le había contestado: «Mira; no lo tomes +tan a pechos. Podrá ser mentira. ¿Yo qué sé? No creerás que lo he +inventado yo. Para que veas que no me gustan farsas contigo; eso que te +incomoda tanto, es cosa de Aurora...».</p> + +<p>Y él: «Como la coja, le arranco la lengua. Es una víbora esa mujer, una +envidiosa, una intrigante. Ándate con cuidado con ella».</p> + +<p>Comentario: «De veras que estuve muy prudente. No se debe hablar mal de +nadie sin tener seguridad de lo que se dice. Desde aquel momento no me +volvió a mirar como me mira siempre. Le chafé su amor propio. Es como +cuando se sienta una, sin pensarlo, sobre un sombrero de copa, que no +hay manera, por más que se le planche después, de volverlo a poner como +estaba. Esta sí que no me la perdona.</p> + +<p>Perdona él todo; pero que le toquen a su soberbia no lo perdona. «¿Estás +enfadado?».—«¡Si te parece que no debo estarlo...!».—«Hazte el cargo +de que no he dicho nada».—«No puedo; me has ofendido; te has rebajado a +mis ojos. Como tú no tienes sentido moral, no comprendes esto. No +calculas el valor que se quitan a sí mismas las personas cuando hablan +más de la cuenta».—«No me digas esas cosas».—«Se me salen de la boca. +Desde que calumniaste a mi mujer, la veneración y el cariño que le tengo +se aumentan, y veo otra cosa; veo lo miserable que soy al lado suyo; tú +eres el espejo en que miro mi conciencia y te aseguro que me veo +horrible».</p> + +<p>Comentario: «Cuando toma este tonito, le pegaría... Eso es decirme que +soy una indecente. Y siempre que saca estas <i>tiologías</i>, es porque me +quiere dejar. Y yo no puedo vivir así, Dios mío; esto es peor que la +muerte».</p> + +<p>Reproducción: «¿Te vas ya?».—«¿Te parece que es temprano +todavía?».—«¿Vienes el lunes?».—«No puedo asegurártelo».—«Ya empiezas +con tus mañas».—«Tú sí que te pones pesada».—«No quiero disputar. Dime +lo que quieras».—«Si rompemos, no me eches a mí la culpa, porque eres +tú quien la tiene».—«¿Yo?».—«Sí, tú, por salir con alguna patochada +ordinaria».—«Bueno, lo que quieras... Tú siempre has de tener razón... +Adiós».—«Hasta la vista».</p> + +<p>Y al cabo de un rato, su mente saltó de improviso con una idea nueva, +expresada en medio de los ahogos de la desesperación, como un rayo que +atraviesa las nubes y momentáneamente las horada, las ilumina con sus +refulgentes dobleces. «¿Pero qué demonios es esto de la virtud, que por +más vueltas que le doy no puedo hacerme con ella y meterla en mí?».</p> + +<p>Entonces advirtió que no había mojado la ropa. Su tarea estaba por +empezar, y los rollos de camisas, chambras y demás prendas continuaban +delante de ella, muertos de risa, lo mismo que el barreño de agua. +Papitos, que entró en el comedor con los cuchillos ya limpios, fue el +choque que la hizo salir de su abstracción.</p> + + + +<hr /> +<h2>-<span class="smcap">ii</span>-</h2> + + +<p>El día de San Eugenio propuso doña Casta ir de merienda al Pardo; +pero las de Rubín no querían ni oír hablar de nada que a diversión se +pareciese. Bueno tenían ellas el espíritu para meriendas. Fueron <i>las +Samaniegas</i> con <i>doña Desdémona</i>, Quevedo y otros amigos. Por la noche, +doña Casta se empeñaba en que todas habían de comer bellota, de la +provisión que trajo. Estaban de tertulia en casa de Rubín. Sólo faltaba +Aurora, a quien Fortunata esperaba con ansia, y siempre que sentía pasos +en la escalera, iba a la puerta para abrirle antes de que llamase. Por +fin llegó la viuda de Fenelón, fatigadísima. Los encargos en aquel mes +eran considerables; las bodas aristocráticas menudeaban, y la pobre +Aurora no podía desenvolverse. Como que por cumplir y hacer las entregas +a tiempo se había traído alguna labor para trabajar en su casa. Velaría +hasta las doce o la una. Brindose la de Rubín a ayudarla, y con la venia +de las dos señoras mayores se fueron a la casa próxima. Fortunata +deseaba estar sola con su amiga para hablar largo y tendido sobre +diferentes cosas.</p> + +<p>Encendieron luz en el gabinete, y sobre una gran mesa que allí había, +por el estilo de las mesas de los sastres, Aurora, sacando sus avíos, se +puso a cortar y a preparar. Fortunata la ayudaba a desenvolver los +patrones y a hilvanarlos sobre la tela. A cada momento se arrancaba +Aurora del pecho una aguja enhebrada o se la clavaba en él, pues el +pecho era su acerico, y allí tenía también una batería de alfileres. +Extendiendo sus miradas sobre los patrones, con atención de artista, +cogiendo ora la aguja, ora las tijeras, ya inclinada sobre la mesa, ya +derecha y mirando desde lejos el efecto del corte; moviendo la cabeza +para obtener la oblicuidad de la mirada en ciertas ocasiones, empezó a +charlar, arrojando las palabras como un sobrante de la potencia +espiritual que aplicaba a su obra mecánica.</p> + +<p>«Hoy ha sido el funeral. ¡Cosa estupenda, según me ha dicho Candelaria! +El catafalco llegaba hasta el techo, y la orquesta era magnífica; muchas +luces... Ahí tienes para qué les sirve el dinero a esos <i>celibatarios</i> +egoístas. Estaban las de Santa Cruz y Ruiz Ochoa, <i>las Trujillas</i>, y qué +sé yo quién más... Como no nos vemos desde hace muchos días, no te he +podido contar la impresión que recibí aquella mañana. Verás: pasaba yo a +eso de las ocho y media por la plaza de Pontejos para ir a mi obrador, +cuando vi que del portal salía despavorido el criado inglés... Según +después supe, iba en busca de mi primo Moreno Rubio, que vive en la +calle de Bordadores. Yo dije: '¿qué pasará?' y Samaniego salió de la +tienda preguntando: '¿qué hay?'—'¿Cómo que qué hay?'. El inglés +entonces, con un terror que no puedo pintarte, nos dijo: 'Señor muerto; +señor como muerto'. Corrió allá Pepe y yo detrás. En el portal había un +corrillo de gente; unos salían, otros entraban, y todos se lamentaban +del suceso. Subí con Pepe... la puerta estaba abierta. Los gritos de +Patrocinio Moreno se oían desde la escalera. ¡Ay, qué paso, hija! Yo +tenía un miedo que no te puedo ponderar. Acerqueme poco a poco a la +habitación. Allí estaba la santa, todavía con el manto puesto y el libro +de misa en la mano... Parecía una imagen. Y Moreno... no me quiero +acordar, sentado en una silla junto a la mesa...</p> + +<p>Dicen que le encontraron con la cabeza apoyada en las manos, seco, +rígido y sin sangre. No puedo pintarte el horror que me causó lo que vi. +Le habían incorporado en el asiento. Toda la pechera de la camisa estaba +manchada de sangre, la barba llena de cuajarones... los ojos abiertos. +(Aquí suspendió Aurora su trabajo, poniendo todo su espíritu en lo que +relataba...) No quise entrar. De la puerta me volví, y no sé cómo llegué +al taller, porque me iba cayendo por el camino; tal impresión me hizo. +Hay que reconocer que ese hombre tenía que concluir de mala manera; pero +eso no quita que una le tenga lástima. (Volvió a poner toda la atención +en su trabajo). Estuve muy mala aquel día, y a ratos me entraban ganas +de llorar. Mal se portó conmigo, muy mal... ¡Ah!, ya veo yo que todo se +paga en este mundo».</p> + +<p>—¡Pobre señor!—exclamó Fortunata—. A mí también me dio lástima cuando +lo supe. Pero, ¿no sabes una cosa?, que hoy hemos tenido la gran bronca +<i>ese</i> y yo, porque le dije aquello...</p> + +<p>—¿Lo de...?—apuntó Aurora, suspendiendo otra vez el trabajo, y mirando +a su amiga con intención picaresca.</p> + +<p>—Sí... Se enfadó tanto, que concluimos mal. ¡Ay, qué pena tengo! Porque +si es calumnia, figúrate, ¡qué barbaridad ir con esa historia!</p> + +<p>—Calumnia no—dijo la de Fenelón, atendiendo más a su corte—. Podrá +ser equivocación.</p> + +<p>¿Quién demonios sabe lo que pasa en el interior de la <i>mona</i>? Que el +difunto Moreno andaba loco por ella, no tiene duda. Falta saber, <i>por +ejemplo</i>, si ella le correspondía o no.</p> + +<p>—Tú me dijiste que sí, y que tenían citas...</p> + +<p>—Sí; pero te lo dije como una suposición nada más—replicó la astuta +mujer con cierto despego, como si deseara mudar de conversación—. Tú te +precipitaste al llevarle ese cuento. Se habrá volado. Hay que tener +tacto, amiga mía, y no herir el amor propio de los hombres. Ya debías +suponer que le sabría mal.</p> + +<p>—¿Y tú qué crees?, hablando ahora como si estuviéramos delante de un +confesor. ¿Tú qué crees?, ¿es, como quien dice, ángel o qué?</p> + +<p>Aurora dejó las tijeras, y se clavó en el pecho la aguja enhebrada. +Después de calcular su respuesta, la soltó en esta forma:</p> + +<p>«Pues hablando con verdad, y sin asegurar nada terminantemente, te diré +que la tengo por virtuosa. Si mi primo hubiera vivido, no sé a dónde +habrían llegado las cosas. Él hacía el trovador de la manera más +infantil del mundo. ¡Quién lo diría...!, ¡un hombre tan corrido!... +Ella... no sé... creo que se reía de él... Y bien merecido le estaba, +por pillo. Quizás le miraba con alguna simpatía... pero lo que es citas, +amiga mía, me parece que no las hubo, digo, me parece; y si algo de esto +dije, fue como un <i>tal vez</i>, y me vuelvo atrás».</p> + +<p>Tornó a su faena dejando a la otra en la mayor confusión.</p> + +<p>«Y en último resultado—le dijo después—, ¿a ti qué más te da que sea +honrada o deje de serlo? Lo que te importa es que él te quiera a ti más +que a ella».</p> + +<p>—¡Oh!, no...—exclamó Fortunata con toda su alma—, es que si no fuera +honrada esa mujer, a mí me parecería que no hay honradez en el mundo y +que cada cual puede hacer lo que le da la gana... Paréceme que se rompe +todo lo que la ata a una; no sé si me explico; y que ya lo mismo da +blanco que negro. Créetelo; esa duda no se me va de la cabeza a ninguna +hora; siempre estoy pensando en lo mismo, y tan pronto me alegro de que +sea mala como de que no lo sea. ¡Ah!, no sabes tú lo que yo cavilo al +cabo del día. Las cosas que me pasan a mí no tienen nombre.</p> + +<p>—Pues para que te tranquilices de una vez—dijo la otra sin mirarla—. +Tenla por honrada, y cuando hables de esto con <i>él</i>, hazle entender que +lo crees así, y no aspires a que <i>él</i> te dé su respeto; conténtate con +el amor.</p> + +<p>—Quítate de ahí, mujer—saltó Fortunata muy nerviosa—. Si esto se +acaba... ¡Si me está faltando ese perro! Si en quince días no le he +visto más que dos veces. Siempre llega tarde, y como de mala gana. ¡Oh!, +yo le conozco bien las mañas: me le sé de memoria. Nada, que quiere +echarme al agua otra vez, lo veo, lo estoy viendo. Hoy se lo dije +claro, y no me contestó nada.</p> + +<p>—Entonces tenemos a <i>la mona del Cielo</i> de enhorabuena.</p> + +<p>—¡Ah!, no... Me parece que ahora la veleta marca para otro lado. Me +está faltando con alguna que ni su mujer ni yo conocemos. Más claro, a +las dos nos está dando el plantón <i>hache</i>, y yo estoy que no sé lo que +me pasa, más muerta que viva... llena de rabia, llena de celos. No he de +parar hasta cogerle, y de veras te digo que si le cojo, y si cojo a la +otra, me pierdo. Yo vengaré a <i>la mona del Cielo</i>, y me vengaré a mí. No +quisiera morirme sin este gusto.</p> + +<p>—Dime una cosa... ¿Te has fijado en determinada mujer?—le preguntó su +amiga mirándola de hito en hito.</p> + +<p>—No sé; esta noche se me ocurrió si será Sofía la Ferrolana, o la Peri, +o Antonia, esa que estaba con Villalonga.</p> + +<p>—Es natural, piensas en las que conoces. ¿Qué me das, querida mía, si +te lo averiguo? Al decir esto, Aurora abandonó todo trabajo y se puso +delante de su amiga en la actitud más complaciente.</p> + +<p>«¿Que qué te doy? Lo que tú quieras. Todo lo que tengo... Te lo +agradeceré eternamente».</p> + +<p>—Bueno; pues déjame a mí, que como yo coja el cabo del hilo, hemos de +llegar a la otra punta. Verás por qué lo digo; en mi taller hay una +chiquilla, muy graciosa por cierto, que me parece, me parece...</p> + +<p>—¡En tu taller...!—Sí; pero no te precipites... No es ella tal vez... +Quiero decir, que por ella he de coger el cabo del hilo, y verás... iré +tirando, tirando hasta dar con lo que queremos saber. Tú confíate en mí, +y no hagas nada por tu parte. Prométeme que no te has de meter en nada. +Sin esa condición, no cuentes conmigo.</p> + +<p>—Pues bien, yo te lo prometo. Pero me has de decir todo lo que vayas +averiguando. Te digo que si la cojo... No me importa ir al Modelo; te +juro que no me importa. Si ya me parece que la tengo entre mis uñas...</p> + +<p>Doña Casta entró, abriendo la puerta con su llavín. Era tarde, y +Fortunata tuvo que retirarse. Aurora se quedó trabajando un momento más, +y decía para sí: «Estas tontas son terribles, cuando les entra la rabia. +Pero ya se aplacará. Pues no faltaría más... Estaría bueno...».</p> + + + +<hr /> +<h2>-<span class="smcap">iii</span>-</h2> + + +<p>Una tarde, doña Lupe vio entrar a su sobrina tan desolada, que no +pudo menos de írsele encima, llena de irascibilidad, no pudiendo sufrir +ya que no le confiase sus penas, cualquiera que fuese la causa de ellas. +«¿Te parece que estas son horas de venir? Y haz el favor, para otra +vez, de dejarte en la calle tus agonías y no ponérteme delante con esa +cara de viernes, pues bastantes espectáculos tristes tenemos en casa».</p> + +<p>Fortunata tenía su interior tan tempestuoso que no pudo contenerse, y +estalló con esa ira pueril que ocasiona las reyertas de mujeres en las +casas de vecindad. «Señora, déjeme usted en paz, que yo no me meto con +usted, ni me importa la cara que usted tenga o deje de tener. Pues +estamos bien... Que no pueda una ni siquiera estar triste, porque a la +señora esta le incomodan las caras afligidas... Me pondré a bailar, si +le parece».</p> + +<p>No estaba acostumbrada doña Lupe a contestaciones de este temple, y al +pronto se desconcertó. Por fin hubo de salir por este registro: «Eso de +que me ocupe o no me ocupe, no eres tú quien lo ha de decidir. ¿Pues +qué? ¿Han tocado ya a emanciparse? Estás fresca. ¿Crees que se te va a +tolerar ese cantonalismo en que vives? ¡Me gustan los humos de la loca +esta!... Ya te arreglaré, ya te arreglaré yo».</p> + +<p>Estaba la otra tan violenta y tenía los nervios tan tirantes, que al +apartar una silla la tiró al suelo, y al poner su manguito sobre la +cómoda, dio contra un vaso de agua que en ella había.</p> + +<p>«Eso es, rómpeme la sillita... Mira cómo has derramado el agua».</p> + +<p>—Mejor.—¿Sí?... Ya te mejoraré yo, ya te arreglaré.</p> + +<p>—Usted, señora, se arreglará sus narices, que a mí no me arregla +nadie...</p> + +<p>«No quiero incomodarme, no quiero alzar tampoco la voz—dijo doña Lupe +levantándose de su asiento—, porque no se entere ese desventurado». +Salió un momento con objeto de cerrar puertas para que no se oyera la +gresca, y a poco volvió al gabinete, diciendo: «Se ha quedado dormido. +Si te parece, haz bulla para que no descanse el pobrecito. Te estás +portando... ¡Silencio!».</p> + +<p>—Si es usted la que chilla... Yo bien callada entré. Pero se empeña en +buscarme el genio.</p> + +<p>—Mete ruido, mete ruido. Ni siquiera has de dejar dormir al pobre +chico.</p> + +<p>—Por mi parte, que duerma todo lo que quiera.</p> + +<p>—Y lo que más me subleva es tu terquedad—dijo doña Lupe bajando la +voz—, y ese empeño de gobernarte sola, sí, esa independencia +estúpida... Tú te lo guisas y tú te lo comes. Así te sabe a demonios. +Bien empleado te está todo lo que te pasa, muy bien empleado.</p> + +<p>Tanta turbación había en el alma de la esposa de Rubín, que la ira +estaba en ella como prendida con alfileres, y el menor accidente, una +nada, determinaba la transición de la rabia al dolor, y de la energía +convulsiva a la pasividad más desconsoladora. Algo se derrumbaba dentro +de ella, y perdiendo toda entereza, rompió a llorar como un niño a quien +le descubren una travesura gorda. Doña Lupe se vanaglorió mucho de aquel +cambio de tono, que consideraba obra de sus facultades persuasivas. +Fortunata se dejó caer en una silla, y más de un cuarto de hora estuvo +sin articular palabra, oprimiendo el pañuelo contra su cara.</p> + +<p>«Pues sí, tía... es verdad que debiera yo... contarle a usted... No lo +hice porque me parecía impropio. ¡Qué barbaridad! Traer a esta casa +cuentos de... Soy una miserable; yo no debo estar aquí... Hasta llorar +aquí por lo que lloro es una canallada. Pero no lo puedo remediar. El +alma se me deshace. Yo tengo que decirle a alguien que me muero de pena, +que no puedo vivir. Si no lo digo, reviento... Usted crea lo que +quiera... pero soy muy desgraciada. Yo sé que me lo merezco, que soy +mala, mala de encargo... pero soy muy desgraciada».</p> + +<p>—Ahí tienes—le dijo doña Lupe moviendo la mano derecha, con dos dedos +de ella muy tiesos, en ademán enteramente episcopal—; ahí tienes lo que +pasa por no hacer lo que yo te digo... Si hubieras seguido los consejos +que te di este verano, no te verías como te ves.</p> + +<p>La otra estaba tan sofocada, que su tía tuvo que traerle un vaso de +agua.</p> + +<p>—Serénate—le decía—, que ahora no te he de reñir, aunque bien lo +mereces. No, no necesitas explicarme lo que te pasa; justo castigo de +Dios. ¿Crees que no tengo yo pesquis? Me basta verte la cara. Ello tenía +que suceder, porque los malos pasos conducen siempre a malos fines... El +resultado es que sale todo lo que yo digo. El pecado trae la penitencia. +Otra vez te da carpetazo ese hombre, ¿acerté?</p> + +<p>—Sí, sí... ¡Pero qué infame!...</p> + +<p>—Anda, que los dos estáis buenos. Tal para cual. Las relaciones +criminales siempre acaban así. Uno se encarga de castigar al otro, y el +que castiga ya encontrará también su trancazo en alguna parte. Pues +estás lucida... Tras de cornuda, aporreada, y después sacada a bailar.</p> + +<p>—¡Pero qué infame!—volvió a decir Fortunata, mirando a su tía con los +ojos llenos de lágrimas—. ¿Pues no ha tenido el atrevimiento de +decirme, entre bromas y veras, que yo estaba enredada con Ballester? +Pretextos, <i>tiologías</i> y nada más. De seguro que no lo cree.</p> + +<p>—Aguanta, que todo te lo tienes bien merecido. Ni vengas a que yo te +consuele... Acudiendo con tiempo, no digo que no. Abres ahora los ojos y +te encuentras horriblemente sola, sin familia, sin marido, sin mí.</p> + +<p>Fortunata, con un pánico semejante al de quien se está ahogando, +agarrose a la falda de doña Lupe, y vuelta a soltar un raudal de +lágrimas.</p> + +<p>«No, no, no... yo no quiero estar sola, triste de mí. Dígame usted algo, +siquiera que tenga paciencia, siquiera que me porte ahora bien... Sí, me +portaré bien; ahora sí, ahora sí».</p> + +<p>—Ahora sí. Vaya, hija, no madrugues tanto. Tú no te acuerdas de Santa +Bárbara sino cuando truena. ¿Qué sacaría yo de consolarte ahora y +corregirte, si el mejor día volvías a las andadas?</p> + +<p>—Ahora no... ahora no...—Quien no te conoce que te compre... Al +extremo a que han llegado las cosas, me parece que no debo intervenir +ya, ni tomar vela en ese entierro. Sería hasta indecoroso para mí. +Resultaría... así como cierta complicidad en tus crímenes. No, hija, has +acudido tarde... ¡Te he estado metiendo la indulgencia por los ojos, sin +que tú la quisieras ver, y ahora que te ahogas, vienes a mí...! ¡Ay!, no +puedo, no puedo.</p> + +<p>Y sin decir más, se fue a la cocina, pensando que toda severidad era +poco contra aquella mujer, y que convenía aterrorizarla, a ver si se +sometía al fin de una manera absoluta.</p> + +<p>Pronto se hizo de noche. Los días menguaban, entristeciendo el ánimo de +los que ya, por otros motivos, estaban tristes. A las seis y media la +casa estaba a oscuras, y doña Lupe retardaba el encender luces todo lo +posible. Fortunata, en el cuarto de su marido, y casi a tientas, llegó +al sofá donde él estaba echado, y le preguntó si tenía ganas de comer, +sin obtener respuesta. Oía los suspiros que daba el infeliz, y en una de +aquellas aproximaciones, Maxi cogiéndole las manos, se las apretó con +afecto. Algo había en el alma de Fortunata que respondía a tal +demostración de ternura. Sentía hacia él cariño semejante al que inspira +un niño enfermo, efusión de lástima que protege y que no pide nada.</p> + +<p>Doña Lupe trajo luz, y mirando a los esposos con sus ojos encandilados +por el vivo resplandor de la llama de petróleo, dijo, sin duda por +animar a Maxi con una broma: «¿Ya estáis haciendo los tortolitos?... Más +cuenta te tiene comer. ¿Quieres que esta coma aquí contigo?».</p> + +<p>—Sí, sí, yo comeré aquí—dijo la esposa prontamente—. Y él comerá +también, ¿verdad, hijo? ¿Verdad que comerás con tu mujer? Ella te +cortará los pedacitos de carne y te los irá dando.</p> + +<p>—Pues yo os mandaré la comida—indicó doña Lupe, poniendo la pantalla +al quinqué y acortando la llama—. Tengo hoy un arroz con menudillos que +es lo que hay que comer.</p> + +<p>En el rato que estuvieron solos, antes de que entrara Papitos con el +servicio y la sopa, Maxi endilgó a su mujer algunas frases enteramente +ceñidas al endiablado asunto que constituía su demencia. Fortunata le +apoyó en todo, mostrándose muy penetrada de la urgencia de establecer, +como realidad social, el principio de solidaridad de la sustancia +divina. A todo decía que sí, y mientras comían, notó que el enfermo se +animaba extraordinariamente, llegando hasta mostrarse alegre, locuaz y +poniendo un singular calor en sus proyectos de apostolado. En un momento +que salió afuera, preguntole Fortunata a su tía: «¿Y le dio usted al fin +esas píldoras?».</p> + +<p>«Sí por cierto. Esta mañana en ayunas se tomó una, y a las cuatro le di +otra. ¿No lo dispuso así Ballester...?».</p> + +<p>—Sí... Vea usted por qué está tan avispado. ¡Vaya con el cáñamo ese! +Pero los disparates son los mismos; sólo que ahora no ve las cosas de un +modo tan negro sino que las toma por lo risueño.</p> + +<p>Volvió al lado de él, y le fue dando los menudillos con el tenedor, y él +se los comía con gana, sin cesar de hablar y aun de reír. Su risa +plácida no parecía la de un demente.</p> + +<p>Fortunata sentía leve consuelo en su alma, y se decía: «¡Si Dios +quisiera que se pusiera bueno...! Pero cómo va Dios a hacer nada que yo +le pida... ¡Si soy lo más malo que Él ha echado al mundo! Para mí esta +casa se tiene que acabar. ¿A dónde me retiraré? ¿Qué será de mí? Pero a +donde quiera que vaya, me gustará saber de este pobrecito, el único que +me ha querido de verdad, el que me ha perdonado dos veces y me +perdonaría la tercera... y la cuarta... Yo creo que me perdonaría +también la quinta, si no tuviera esa cabeza como un campanario. Y esto +es por culpa mía. ¡Ay, Cristo, qué remordimiento tan grande! Iré con +este peso a todas partes, y no podré ni respirar».</p> + +<p>Después de comer, estaba él animadísimo, cual no lo había estado en +mucho tiempo, pero sus conceptos eran de lo más estrafalario que +imaginarse puede. Como entraran doña Silvia y Rufinita, de visita, doña +Lupe se fue con ellas a la sala, y los esposos se quedaron solos. Maxi +se levantó, y estiró todo el cuerpo, elevando los brazos. Los huesos +crujieron, hizo diferentes contorsiones que parecían un trabajo de +gimnasia, y luego volvió a sentarse, abrazando a su mujer y quedándose +ante ella (pues estaba sentado en una banqueta junto al sofá) en actitud +semejante a la que toman los amantes de teatro cuando van a decirse algo +muy bonito en décimas o quintillas.</p> + + + +<hr /> +<h2>-<span class="smcap">iv</span>-</h2> + + +<p>«Vida mía—le dijo en el tono más dulce del mundo—, gracias mil +por el consuelo que me has dado con tus palabras».</p> + +<p>Fortunata no sabía qué palabras eran aquellas que le habían consolado; +pero lo mismo daba. Hizo un signo afirmativo, y adelante.</p> + +<p>«Porque estando tú conforme conmigo, no deseo más. Mis aspiraciones +están cumplidas. ¡Viva el gran principio de la liberación por el +desprendimiento, por la anulación!...».</p> + +<p>—¡Vivaaa...!—Así lo dirán las multitudes, cuando esta doctrina se +propague; pero esto no nos toca a nosotros, sino al que vendrá después. +Cumplamos tú y yo la ley de morir cuando nos creamos llegados al punto +de caramelo de la pureza. Matemos a la bestia cuando de ella esté +completamente desligada su prisionera, la sustancia espiritual, como del +erizo se desprende la castaña bien madura.</p> + +<p>—Nada, hijo, que la mataremos.—Me gusta verte así. ¿Hay nada más +hermoso que la muerte? ¡Morir, acabar de penar, desprenderse de todas +estas miserias, de tantos dolores y de toda la inmundicia terrenal! ¿Hay +nada que pueda compararse a este bien supremo?... ¿Concibe el alma nada +más sublime?</p> + +<p>—¿Y después?—dijo Fortunata, que aun sabiendo con quién hablaba, oía +con mucho gusto aquella manera de considerar la muerte.</p> + +<p>—¡Oh!, después, sentirse uno absolutamente puro, perteneciente a la +sustancia divina; reconocerse uno parte de ella, y todito con aquel gran +todo... ¡Qué dicha tan grande!</p> + +<p>—¡No padecer...!—murmuró la prójima inclinando su cabeza sobre el +pecho de él—. ¡No temer si le hacen a uno esta o la otra perrería...!, +no verse en agonías nunca y gozar, gozar, gozar...</p> + +<p>Su mente se dejó ir en alas de aquella sublime idea, perdiéndose en los +espacios invisibles y sin confines.</p> + +<p>«¡Sentir luego la irradiación del bien en sí, y contemplarse uno en +aquel todo etéreo y sustancial, infinitamente perfecto y sano, hermoso, +transparente y placentero...!».</p> + +<p>Esto era ya un poco metafísico, y Fortunata no lo comprendía bien. Lo +accesible para ella era la idea primera: morirse, desprenderse de las +lacerias de este mundo, y sentirse luego persona idéntica a la persona +viva, gozando todo lo que hay que gozar y amando y siendo amada con +arrobamientos que no se acaban nunca.</p> + +<p>«Querida mía—le dijo Maxi moviendo mucho la cabeza y los músculos de la +cara, señal de una fuerte excitación nerviosa—; los dos moriremos +después que hayamos cumplido nuestra misión. Y para que te penetres bien +de la tuya, te voy a decir lo que he sabido por revelación celestial».</p> + +<p>Fortunata se preparó a oír el gran disparate que su marido anunciaba, y +puso una carita muy gravemente atenta.</p> + +<p>«Pues yo sé una cosa que tú no sabes, aunque quizás lo presientes, y que +seguramente sabrás muy pronto. Quizás hayas empezado a notar algún +síntoma; pero aún tu espíritu no tendrá más presentimientos de este +gran suceso».</p> + +<p>La miraba de tal modo, que ella empezó a asustarse. ¿Qué sería, Dios, +qué sería? Maxi estuvo un rato en silencio, clavados en ella sus ojos +como saetas, y por fin le dijo estas palabras que la hicieron +estremecer: «Tú estás en cinta».</p> + +<p>Quedose un rato la infeliz mujer como petrificada. Trataba de tomarlo a +broma, trataba de negarlo; pero para ninguna de estas determinaciones +tenía valor. Terror inmenso llenaba su alma al ver que Maxi decía lo que +decía con expresión de la más grande seguridad. Pero lo último que a +Fortunata le quedaba que oír fue esto, dicho con exaltación de +iluminado, y con atroz recrudecimiento de las sacudidas nerviosas de la +cabeza: «Ha sido una revelación. El espíritu que me instruye me ha +traído anoche esta idea... Misterio bonitísimo, ¿verdad? Tú estás +embarazada... Y tú lo presumes; mejor dicho, lo sabes, te lo estoy +conociendo en la cara; lo ocultas porque ignoras que esto no ha de +arrojar ninguna deshonra sobre ti. El hijo que llevas en tus entrañas es +el hijo del Pensamiento Puro, que ha querido encarnarse para traer al +mundo su salvación. Fuiste escogida para este prodigio, porque has +padecido mucho, porque has amado mucho, porque has pecado mucho. +Padecer, amar y pecar... ve ahí los tres infinitivos del verbo de la +existencia. Nacerá de ti el verdadero Mesías. Nosotros somos nada más +que precursores, ¿te vas enterando?, nada más que precursores, y cuanto +des a luz, tú y yo habremos cumplido nuestra misión, y nos liberaremos +matando nuestras bestias».</p> + +<p>Del salto se puso Fortunata al otro extremo de la habitación. Habíale +entrado tal pánico, que por poco sale al pasillo pidiendo socorro. Maxi +tenía la cara descompuesta y transfigurada, y sus ojos parecían carbones +encendidos. Ni siquiera reparó que su mujer se había alejado de él, y +continuó hablando como si aún la tuviera al lado. La infeliz, turbada y +muerta de miedo, se acurrucó en el rincón opuesto, y cruzadas las manos, +miraba al desgraciado demente, diciendo para sí: «¿En qué lo habrá +conocido?... Dios, ¡qué hombre! ¿Será farsa todo esto de la locura? +¿Será que se finge así para poder matarme, sin que la justicia le +persiga...? ¡Pero cómo habrá descubierto...! ¡Si no lo he dicho a nadie! +¡Si no se me conoce nada todavía...! ¡Ah!, lo que este hombre tiene es +mucha picardía. Eso de la revelación lo dice para engañar a la gente... +Sin duda se lo figura, se lo teme, o me lo ha conocido no sé en qué... +¿Lo habré dicho yo en sueños?... Aunque no; podrá haberlo adivinado por +su propia locura. ¿No dicen que las grandes verdades las saben los niños +y los locos...? ¡Ay, qué miedo me ha entrado! Dios mío, líbrame de esta +tribulación. Este hombre me quiere matar y hace todas estas comedias +para vengarse en mí y asesinarme a lo bóbilis bóbilis...».</p> + +<p>El iluminado fue hacia su mujer, cogiéndola por un brazo. Tal temor +sentía ella, que hasta se encontró con fuerzas inferiores a las de su +marido, que era tan débil. «Moñuca mía—le dijo apretándole el brazo con +nerviosa energía, y mirándola con una expresión en que la desdichada +veía confundidos al amante y al asesino—. Nos liberaremos, por medio de +una sangría suelta, desde que hayas cumplido tu misión. ¿Cuándo será? +Allá por Febrero o Marzo».</p> + +<p>—Debe ser por Marzo—pensó Fortunata—; pero para ti estaba... Ya me +pondré yo en salvo. Mátate tú, si quieres, que yo tengo que vivir para +criarlo, ¡y voy a ser tan feliz con él...! Va a ser el consuelo de mi +vida. Para eso lo tengo, y para eso me lo ha dado Dios... ¿Ves cómo me +salí con mi idea?... Mi hijo es una nueva vida para mí. Y entonces no +habrá quien me tosa... ¡Oh!, si no lo sintiera aquí dentro, yo y tú +seríamos iguales, tan loco el uno como el otro, y entonces sí que +debíamos matarnos.</p> + +<p>Oíase el run run de las despedidas de doña Silvia y Rufinita en el +pasillo. A poco entró la de Jáuregui, y viéndola su sobrino, se volvió +al sofá, dejando a su mujer en pie en medio del cuarto.</p> + +<p>«¿Qué tal?—dijo doña Lupe—. ¿Hay sueño? Son las once».</p> + +<p>—Ha venido usted a turbar nuestra felicidad—replicó Maxi sentado, y +moviendo las piernas en el aire—. Mi elegida y yo deseamos estar solos, +enteramente solos. Los misterios inefables que a ella y a mí...</p> + +<p>—¿Pero qué volteretas son esas que das? (no sabiendo si reír o ponerse +seria). Pareces un saltimbanquis.</p> + +<p>—Que a ella y a mí se nos han revelado... los misterios inefables, +digo... nos llevan a un éxtasis delicioso, de que no pueden participar +las personas vulgares.</p> + +<p>—¡Llamarme a mí persona vulgar!...</p> + +<p>—La vulgaridad consiste en estar muy apegada a los bienes terrenos... +es decir, en hacerle mimos a la bestia.</p> + +<p>—¿Pero qué?, ¿también vas a dar vueltas de carnero?—dijo asustada doña +Lupe, viéndole apoyar las manos en el sofá y doblar luego la cabeza +hasta tocar con ella la gutapercha.</p> + +<p>—Lo que yo dé, a usted no le importa, mujer de poca fe... La noche está +fría y necesito que las extremidades entren en calor. Dentro del cráneo +me han encendido un hornillo.</p> + +<p>—¿Ve usted... ve usted...?—indicó Fortunata, no recatándose de decirlo +en alta voz—. El efecto de esas condenadas píldoras. Creo que no deben +dársele más. Ya ve usted cómo se pone: se le trastorna más el cerebro y +adivina los secretos.</p> + +<p>—¿Cómo que adivina los secretos...? Pero, niño, ¿qué haces?</p> + +<p>Rubín se sentaba y se levantaba, dando botes en el asiento, como un +jinete que monta a la inglesa.</p> + +<p>«Allá por Marzo será el gran suceso, la admiración del mundo—gruñía el +infeliz, dando vueltas sobre sí mismo—. Lo anunciará una estrella que +ha de aparecer por Occidente, y los Cielos y la tierra resonarán con +himnos de alegría».</p> + +<p>—¿Pero qué estás diciendo? Vamos, hijo de mi alma, estate tranquilo.</p> + +<p>—Lo que yo quisiera saber ahora es dónde está mi sombrero—dijo él, +mirando debajo de la mesa y del sofá.</p> + +<p>—¿Y para qué quieres el sombrero?</p> + +<p>—Quiero salir, tengo que ir a la calle. Pero lo mismo da salir con la +cabeza descubierta. Hace un calor horrible.</p> + +<p>—Sí, vámonos al Retiro. Fortunata, coge la vela; y tú por delante.</p> + +<p>Y agarrándose al brazo del joven sin ventura, le llevaron a la alcoba. +Del salto se plantó Maxi en la cama, quedándose un instante con los +brazos y las piernas en alto. Después dejaba caer pesadamente las +extremidades para volver a levantarlas.</p> + +<p>«¡Bonita noche nos va a hacer pasar!» exclamó doña Lupe cruzando las +manos. Fortunata, desalentada y meditabunda, se dejó caer en el sofá.</p> + +<p>«¿A que no me aciertan ustedes en dónde estoy?—dijo el pobre demente—. +Me he caído del Cielo sobre un tejado. ¿Qué hace mi mujer ahí que no +viene en mi socorro?».</p> + +<p>—Pues sí señor, ¡bonita noche!—repetía doña Lupe, echando un suspiro +por cada palabra.</p> + +<p>Intentaron acostarle. Pero no fue posible. Se les escapaba de las manos, +con viveza de niño, que a veces parecía agilidad de mono. Su risa +causaba espanto a las dos señoras, y últimamente no se le entendía una +palabra de las muchas que de su boca soltaba atropelladamente, +pronunciándolas de un modo primitivo, como los chiquillos que empiezan a +hablar. Por fin el desgaste nervioso hubo de rendirle, y se quedó quieto +en el sofá, con una pierna sobre la mesa, la otra en una silla, la +cabeza debajo de un cojín, y los brazos extendidos en cruz. Una mano +daba contra el suelo, y tenía la otra metida debajo del cuerpo, dando al +brazo una vuelta que parecía inverosímil. No quisieron ellas variarle la +difícil postura, temiendo que si le tocaban, se alborotaría de nuevo y +les daría otra jaqueca. Doña Lupe dormitaba, sentada en una silla junto +a la cama del matrimonio; pero Fortunata no pegó los ojos en toda la +noche.</p> + +<p>Ya amanecía cuando le acostaron. Apenas daba acuerdo de sí, y gemía, al +moverse, como si tuviera molido a palos su ruin y desdichado cuerpo.</p> + + + +<hr /> +<h2>-<span class="smcap">v</span>-</h2> + + +<p>Creo que fue el día de la Concepción cuando Rubín salió de su +cuarto con un cuchillo en la mano detrás de Papitos, diciendo que la +había de matar. El susto de la tía y de Fortunata fue muy grande, y les +costó trabajo quitarle el arma homicida, que era un cuchillo de la mesa, +con el cual no era fácil quitar la vida a nadie. Pero el paso fue +terrible, y los chillidos de Papitos se oyeron en toda la vecindad. +Salió despavorida del cuarto del señorito, y él detrás, frío y resuelto, +como si fuera a hacer la cosa más natural del mundo. La mona se refugió +entre las faldas de su ama, gritando: «¡Que me mata, que me quiere +matar!» y Fortunata corrió a sujetarle, lo que no hubiera conseguido a +pesar de su superioridad muscular, sin la ayuda de doña Lupe. La +resistencia de él era puramente espasmódica, y mientras se defendía de +los cuatro brazos que querían contenerle y arrancarle el cuchillo, decía +con voz ronca: «Le siego el pescuezo y la...». Después se supo que +Papitos tenía la culpa, porque le había irritado, contradiciéndole +estúpidamente. Doña Lupe lo sospechó así, y mientras Fortunata se le +llevaba otra vez a su cuarto, procurando calmarle, la señora cogió a la +chiquilla por su cuenta, y con la persuasión de tres o cuatro pellizcos, +hízole confesar que ella era culpable de lo ocurrido. «Mire, +señora—replicaba ella bebiéndose las lágrimas—; él fue quien empezó, +porque yo no chisté. Estaba recogiendo el servicio, y él saltó contra +mí, diciéndome que para arriba y que para abajo... Yo no lo entendía y +me eché a reír... Pero <i>dimpués</i> salió con unos disparates muy gordos. +¿Sabe, señora, lo que dijo? Que la señorita Fortunata iba a tener un +niño, y qué sé yo qué más. No pude <i>por menos</i> de soltar la carcajada, y +entonces fue cuando <i>garró</i> el cuchillo y salió tras de mí. Si no doy un +<i>blinco</i>, me divide».</p> + +<p>—Bueno; vete a la cocina, y aprende para otra vez. A todo lo que él +diga, por disparatado que sea, dices tú <i>amén</i>, y siempre <i>amén</i>.</p> + +<p>Aquel hecho era quizás síntoma de un nuevo aspecto de locura, y las dos +señoras no cabían ya en su pellejo, de temor y zozobra. No pasaron ocho +días sin que el caso se repitiera. Maxi pudo apoderarse de un cuchillo, +y fue hacia su tía, diciendo que la quería <i>liberar</i>. Gracias a que +estaba allí el Sr. Torquemada, no fue difícil desarmarle; pero el susto +no había quien se lo quitara a doña Lupe, que tuvo que tomarse una taza +de tila. Por cierto que la señora se conceptuaba infeliz entre todas +las señoras y damas de la tierra, por las muchas pesadumbres que sobre +su alma tenía. No era sólo el estado lastimosísimo del más querido de +sus sobrinos; otras cosas la mortificaban atrozmente, abatiendo su +grande espíritu. Entre Fortunata y ella mediaron ciertas palabras que +imposibilitaban absolutamente toda concordia.</p> + +<p>«¡Vaya—le dijo doña Lupe una noche—, que te estás luciendo! ¿A qué +esas reservas, cuando más indicada estaba la confianza? ¿Cómo es que lo +ha sabido Maximiliano, que está demente, antes que yo, que estoy en mi +sano juicio? ¿A qué esos escondites conmigo?».</p> + +<p>Después de una larga pausa, Fortunata, con muchísimo trabajo, se +determinó a responder esto: «Yo no se lo he dicho. Él lo adivinó. Esto +no podía yo decirlo a nadie de esta casa, y a él menos...».</p> + +<p>—¡Y a él menos!—repitió doña Lupe, clavando en la delincuente sus +miradas como flechas.</p> + +<p>—Sí, porque él no debía saberlo nunca—prosiguió la otra haciendo el +último esfuerzo—. A usted pensaba yo decírselo, pero no me determiné +por la vergüenza que me daba. Ahora que lo sabe, lo que tengo que hacer +es pedirle que tenga compasión de mí, recoger mi ropa y marcharme de +esta casa. Ahora sí que será para siempre.</p> + +<p>La viuda de Jáuregui se tomó tiempo para dar contestación a estas +gravísimas palabras. Un sin fin de ideas se le metió en la cabeza, y +estuvo aturdida largo rato, sin saber con cuál de ellas quedarse. El +rompimiento definitivo le arrancaba una tira de su corazón, con dolor +agudísimo, por no serle posible retener las cantidades que Fortunata +había puesto en sus manos. La elasticidad de su conciencia no llegaba +nunca a sus estirones a la apropiación de lo ajeno, ni directa ni +indirectamente. Lo ajeno era sagrado para ella, y aunque aumentase lo +suyo cuanto pudiera a costa del prójimo, jamás llegaba a la absorción de +lo que se le confiaba. Devolvería, pues, lo que se le había entregado, +con los aumentos que a su buena administración se debían. Cierto que +esta devolución era para ella un trance doloroso, algo como la +separación de un hijo que se va a la guerra a que le maten, pues aquel +<i>guano</i>, entregado a su dueño, pronto se perdería en el desorden y los +vicios.</p> + +<p>Pero si esta pena la estimulaba a transigir una vez más, su decoro y más +aún su amor propio se sublevaban airados contra aquella infame, que +traía al hogar doméstico hijos que no eran de su marido. Esto no se +podía sufrir sin cubrirse de baldón; esto no lo toleraría doña Lupe, +aunque tuviera que dar, no sólo el dinero ajeno, sino el propio... Tanto +como el propio, no, vamos; pero en fin, así lo pensaba para poder +expresar de una manera enfática su grandísimo enojo.</p> + +<p>¡Qué diría la gente!... ¡qué las amigas, ante quienes doña Lupe oficiaba +como guardadora de la moralidad y de los buenos principios! Cierto que +para el mundo la situación que crearía la maternidad de la de Rubín +sería una situación legal, toda vez que Maxi, enfermo y encerrado quizá +para entonces en un manicomio, no había de llamarse a engaño; pero en +este caso, la afrenta sería mayor por añadirse a ella la mentira. Y +todos tendrían a doña Lupe por encubridora, y le cortarían lindos sayos. +Si ya le parecía a ella oírlo: «Miren esa, tan orgullosa y rígida, +tapando el matute que la otra bribona ha introducido en su casa. Lo hará +por la cuenta que le tiene. El padre de la criatura es hombre rico y +habrá pagado bien el alijo». La idea de que pudieran decir esto hacía +brotar de la frente augusta de la viuda gotas de sudor del tamaño de +garbanzos.</p> + +<p>«Ella misma—pensó—, no se ha recatado para decirme que el pobre Maxi +está tan inocente de esto como yo. Lo cantará lo mismo a todo el mundo, +porque ella es así, muy bocona... Pero entre dos afrentas, prefiero que +le haya dado por pregonar la verdad, pues así no hará catálogos la +gente, ni tendrá nadie que decir si el chico es o no es...».</p> + +<p>De todo esto se deducía que aquella pícara había traído una maldición a +la casa; ella tenía la culpa de la demencia de Maxi. Bien lo vaticinó +doña Lupe: mucha mujer para tan poco hombre. Naturalmente, el pobre +chico tenía que morirse o perder la cabeza. Lo que había que desear ya +era que la prójima se perdiese completamente de vista; que entre la +familia y ella mediasen abismos infranqueables; que pudiera decir doña +Lupe a los amigos: «esa mujer se ha muerto para mí». La sombra de +Jáuregui parecía venir en ayuda de las determinaciones de su ilustre +viuda, porque a esta le faltaba poco para ver a su marido salirse de +aquel cuadro en que retratado estaba, tomar vida y voz para decirle: «Si +no arrojas de tu casa a esa pájara, me voy yo, me borro de este lienzo +en que estoy, y no me vuelves a ver más. O ella o yo». Y cuando la +pájara repitió que se marchaba, doña Lupe no pudo menos de decirle con +acritud: «¿Pero qué haces que no has echado ya a correr?... Francamente, +me pasma que tengas pachorra para estar aquí todavía. Otra de más +frescura no habrá». Llevándola a su gabinete le habló de la entrega de +las cantidades que en su poder tenía. Fortunata dijo con mucha calma y +frialdad que no se llevaba el dinero y que sólo tomaría los réditos. +«¿Cómo voy a colocarlo yo? Téngalo usted; yo guardo el recibo y vendré +todos los trimestres a recoger el premio».</p> + +<p>Doña Lupe abrió tanta boca, que por poco se le entra una mosca en ella. +Su primer impulso fue negarse a ser administradora y apoderada de +semejante persona; pero tal prueba de confianza la anonadaba. Insistió +en dar el dinero; insistió más la otra en dejarlo en manos que tan bien +lo sabían aumentar, y así quedó el asunto. <i>La de los Pavos</i> temía que +entre ella y su sobrina quedase aquella relación, aquel cable +telegráfico, por donde vinieran a comunicarse la honradez más pura y la +inmoralidad. Conservar el dinero era sostener una especie de +parentesco... ¡Oh!, no, esto parecía como transacción con la afrenta. +Pero al propio tiempo, entregar los santos cuartos a su dueña era lo +mismo que tirarlos a la calle. Sus amantes se los gastarían en un decir +Jesús... y era lástima que tan bonito capital se destruyese.</p> + +<p>Mucho se disputó sobre esto, haciendo ambas alardes de delicadeza; pero, +al fin, el dinero quedó en poder de doña Lupe. Ascendía la suma a +treinta mil reales, los veinte mil dados por Feijoo, y diez mil y pico +que habían producido desde aquella fecha, colocados por Torquemada en +préstamos a militares. Precisamente en los días últimos del año, cuando +ocurrió lo que ahora se cuenta, casi toda la suma estaba sin colocar, y +la tenía la señora en su cómoda, esperando una <i>proporción</i>, que D. +Francisco tenía en tratos con un señor comandante. La suma que poseía +Fortunata en acciones del Banco, se conservaba en esta misma forma, +porque así lo había dispuesto D. Evaristo. Guardaba la tía de Maxi el +extracto de la inscripción en un hueco de su vargueño, y no se sacaba +sino al fin de los semestres, para ir al Banco a cobrar el dividendo. +Sobre esta clase de valores no hubo disputa entre las dos mujeres, +porque desde luego pensó Fortunata llevárselos, y la otra no gustaba de +conservar fondos de que no podía disponer para sus ingeniosas +combinaciones financieras. La custodia de la inscripción le molestaba y +la ponía tan en cuidado sin ningún beneficio, que no sintió verla salir +de su casa. Los treinta mil reales quedaron bien agasajaditos en un +rincón de la cómoda. Eran para doña Lupe como un hijo adoptivo a quien +quería como a los hijos propios.</p> + + + +<hr /> +<h2>-<span class="smcap">vi</span>-</h2> + + +<p>La evasión (pues así debe llamársela) de su mujer, no fue notada +por Maxi en los primeros días. Pero cuando se hizo cargo de ella, +manifestó una inquietud que puso a la pobre doña Lupe en mayor +aburrimiento del que tenía. Pensó seriamente en llevar a su infeliz +sobrino a un manicomio. Mucha pena le daba separarse de él, entregándole +a la asistencia de gentes mercenarias; pero no había otro remedio. Para +tratar de esto y acordar lo más conveniente, llamó a Juan Pablo, que a +la sazón había pasado de Penales a Sanidad, y podría tal vez poner a su +hermano en Leganés, en un departamento de distinguidos, con pago de +media pensión o quizás sin pagar un cuarto.</p> + +<p>Entre tanto, Fortunata, al salir de la casa de su marido, y antes de +dirigirse a su nueva morada, encaminó sus pasos a la de D. Evaristo. Era +este la primera persona a quien tenía que consultar sobre la crítica +situación en que se encontraba. Referirle lo ocurrido era ya para ella +un verdadero castigo de su perversidad, porque de sólo pensar que lo +refería, le entraba espanto. ¡Bueno se iba a poner Feijoo, al saber que +la chulita había hecho mangas y capirotes de la doctrina práctica +expuesta con tanto ardor y cariño por el simpático anciano, cuando +dispuso la separación! ¡Cuánto mejor no haberse separado de aquel hombre +sin igual! ¡Ella le habría soportado en su vejez caduca, y habría sido +feliz cuidándole como se cuida a un niño inocente! Al llegar a la Plaza +de los Carros, y al ver la calle de Don Pedro, pensó que no tendría +valor para contarle a su amigo sus últimas calaveradas. Subió temblando +por la ancha escalera, que estaba aquel día alfombrada y con muchos +tiestos, porque la noche antes se había celebrado en la legación, con +gran comistraje y mucha fiesta, el aniversario del Emperador.</p> + +<p>Así se lo dijo doña Paca a Fortunata, cuando esta le preguntó por su +amo. «Anoche ha estado muy inquieto, porque hemos tenido convite y +recepción en el principal y los coches no cesaron de alborotar en la +calle hasta la madrugada. Esta casa es ordinariamente muy silenciosa; +pero cuando hay ruido, parece que se hunde el mundo. ¡Figúrese usted qué +nos importará a nosotros que cumpla no sé cuántos años ese señor +Emperador, a quien parta un rayo! ¡Valiente jaqueca nos dio anoche!... +Pase usted. Hoy le encontrará un poco aturdido a consecuencia de la mala +noche».</p> + +<p>Don Evaristo se hallaba ya en lastimoso estado. Las piernas las tenía +casi completamente paralizadas, y salía a paseo en un cochecillo o +sillón de ruedas, que empujaba su criado. Iba a las Vistillas a tomar el +sol, y a veces se extendía hasta la Plaza de Oriente por el Viaducto. Al +centro de la Villa no venía nunca, y para las relaciones y amistades que +en las partes más animadas de Madrid tenía, aquella existencia +paralítica y con tantos achaques, aquella vida circunscrita al barrio +extremo, eran como una muerte anticipada, pues del verdadero Feijoo, tal +como le conocimos, no quedaba ya más que una sombra. Estaba +completamente sordo, teniendo que auxiliarse de una trompetilla para +recoger algunos sonidos; su inteligencia sufría eclipses, y la memoria +se le perdía en ocasiones casi por completo, quedándose en la tristeza +del instante presente, sin ayer, sin historia, como si cayera de una +nube en mitad de la vida, a la manera de un bólido. Sus distracciones +eran ya puramente pueriles. Se pasaba las horas muertas haciendo el +juego del <i>bilboquet</i>, o bien entretenido en enredar con los muchos +gatos que había en la casa. Todas las crías de la hermosa <i>menina</i> de +doña Paca se conservaban, al menos mientras les duraba el donaire de la +infancia gatesca. Sentado al sol junto al balcón en su sillón muy +cómodo, Feijoo arrojaba a sus graciosos amigos una pelota atada con un +hilo, y se divertía con las monísimas cabriolas y morisquetas que hacían +los pequeñuelos. Otras veces les tiraba la pelota a lo largo de la +enorme estancia, o ataba al hilo un pedazo de trapo, recogiéndolo como +recoge el pescador su aparejo, para verlos correr tras él. Cuando entró +Fortunata, el juego del hilo y de la pelota estaba suspendido, por ley +de variedad, y D. Evaristo tenía en la mano su <i>bilboquet</i>, saltando la +bola, y acertando muy raras veces a clavarla en el palo. Dos o tres +gatitos blancos con manchas grises enredaban sobre el buen señor. Uno se +le subía por la manta que le envolvía las piernas; otro estaba en su +regazo sentado sobre los cuartos traseros, refregándose las patas con la +lengua y el hocico con la pata; y un tercero se le había subido a un +hombro y allí seguía con vivaracha atención los brincos de la bola del +<i>bilboquet</i>, marcándolos con la pata en el aire. Lo que él quería era +meterte mano a la bola aquella tan bonita.</p> + +<p>Al ver entrar a su amiga, el inválido puso una cara muy risueña. Todos +los sentimientos los expresaba ya riendo. La mandó sentar a su lado, y +aun quiso seguir en su solaz inocente; pero tuvo que suspenderlo para +coger la trompetilla. Fortunata cogió en sus manos uno de los gatitos +para acariciarlo.</p> + +<p>«¿Qué hay?—dijo D. Evaristo mirándola de un modo que parecía indicar +agradecimiento de las caricias que al micho hacía—. ¡Ah!, ese es el más +tunante de todos... ¡Sabe más...!, ¡y tiene más picardías! Conque a ver, +chulita, ¿qué hay?».</p> + +<p>Fortunata no sabía cómo empezar. Contrariábala mucho tener que decir las +cosas a gritos, y temía que se enterasen los criados, la vecindad y +hasta el embajador con toda su gente extranjera. ¿Y cómo se podía contar +una cosa tan delicada dando berridos, al modo que cantan los serenos las +horas, o como los pregones de las calles? Algo dijo que llevó al ánimo +de don Evaristo el convencimiento de que su chulita se veía en un mal +paso. De repente soltó mi hombre la risa infantil y babosa, diciendo: +«¿Apostamos a que ha habido algún <i>rasgo</i>? Precisamente lo que más +prohibí, los dichosos <i>rasgos</i>, que siempre traen alguna desgracia».</p> + +<p>La consternada joven no podía asegurar que sus últimas diabluras +mereciesen la denominación y categoría de <i>rasgos</i>; pero indudablemente +eran una cosa muy mala. Sobre todo no había hecho maldito caso de las +sabias recetas de vida social que le diera su amigo. Para hacerle +comprender mejor que con largas explicaciones algo de lo que ocurría, +sacó la inscripción, que llevaba dentro de un sobre y este envuelto en +un papel.</p> + +<p>«¿Qué es eso, la inscripción?—dijo el anciano riéndose más—¿Pues +qué... ji ji ji... ha habido rompimiento con ese bendito?...».</p> + +<p>Y se puso la trompetilla en la oreja para coger con ella la respuesta.</p> + +<p>—Completamente ido de la cabeza... manicomio.</p> + +<p>—¡Que no come!—Al manicomio... que le van a poner en Leganés...</p> + +<p>—¡Ah! ¿Y doña Lupe?</p> + +<p>—Ella y yo... Fortunata hizo con sus dos dedos índices un signo muy +expresivo, poniéndolos punta con punta.</p> + +<p>—Habéis reñido... ji ji ji... ¡Qué cosas! Doña Lupe muy lagarta...</p> + +<p>El gatito que se había subido en el hombro del señor, estaba muy +preocupado con la trompetilla. Ignoraba sin duda lo que era aquello, y +quería saberlo a todo trance, porque alargaba la pata como para hacer +un reconocimiento de tan misterioso objeto. La curiosidad del animalito +interrumpía la audición, que era ya bastante penosa. Feijoo tomó la +inscripción diciendo: ¿Pero qué ocurre?... ¿doña Lupe...?, ji ji ji... +Todavía sostendrá que yo le hice el amor. No hay quien se lo quite de la +cabeza. Y todo porque me solía parar en la esquina de la calle de +Tintoreros, esperando a la mujer de Inza, ji ji ji... el de la tienda de +mantas.</p> + +<p>Después de esta brillante ráfaga de memoria, la preciosa facultad se +eclipsó por completo, y el ayer se borró absolutamente del espíritu del +buen caballero. Miraba a su chulita con estupidez y cierta expresión de +duda o sorpresa. Fortunata seguía pegando gritos; pero él no se +enteraba; lo poco que oía era como si oyese el ruido del viento: no le +sacaba sentido. Cansada de inútiles esfuerzos, la joven se calló, +mirando a su amigo con hondísima pena. Y mirándola él también, de +repente volvió a su risa pueril, motivada por las cosquillas que en el +cuello le hacía el gatito... «Si es un granuja este... si no me deja +vivir». Fortunata daba suspiros, sin que el anciano se enterase de esta +expresiva manifestación de disgusto, y al fin, ella, comprendiendo que +era inútil esperar de aquella ruina apuntalada un consuelo y un consejo, +decidió retirarse. Al darle un cariñoso abrazo, el anciano pareció +volver en sí, recobrando su acuerdo, y se le refrescó la memoria. +«Chulita, no te vayas—le dijo, dándole un palmetazo en el muslo—. +¡Ah... qué tiempos aquellos! ¿Te acuerdas? ¡Qué días tan felices! +Lástima que yo no hubiera tenido veinte años menos. Entonces sí que +habríamos sido dichosos». Ella decía que sí con la cabeza. Luego D. +Evaristo pareció instantáneamente asaltado por una idea que le +inquietaba. Después de meditar un instante, aprovechando aquella ráfaga +de inteligencia que cruzaba por su cerebro, cogió el sobre que contenía +la inscripción, y devolviéndoselo, le dijo: «No dejes esto aquí. Puedo +morirme de un momento a otro, y tu dinero corre peligro de extraviarse. +Es mejor que lo guardes tú. No tengas cuidado. Las acciones son +nominativas, y nadie más que tú puede disponer de su importe». Y como si +el despejo de su inteligencia no hubiera tenido más objeto que +permitirle aquella importante advertencia, en cuanto la hizo, la nube +invadió otra vez toda la caja del cerebro, volvió a la risa infantil, y +a preocuparse más de que la bola del <i>bilboquet</i> se pinchase en el +palito que de todo lo que a su desgraciada amiga pudiera referirse.</p> + +<p>Salió, pues, Fortunata de la triste visita con la impresión de haber +perdido para siempre aquel grande y útil amigo, el hombre mejor que ella +tratara en su vida y seguramente también el más práctico, el más sabio +y el que mejores consejos daba. Verdad que ella hizo tanto caso de estos +consejos como de las coplas de Calaínos; pero no dejaba de conocer que +eran excelentes, y que debió al pie de la letra seguirlos.</p> + + + +<hr /> +<h2>-<span class="smcap">vii</span>-</h2> + + +<p>De aquel anciano chocho y que más bien parecía un niño, no podía +la esposa de Rubín esperar ya ninguna protección ni amparo moral. Sólo +en muy contados momentos lúcidos se revelaba en él un recuerdo vago de +lo que había sido. Le lloró por muerto con verdadera efusión de hija +desconsolada, y se aterraba de la orfandad en que iba a quedar cuando +más necesitaba de una persona sesuda y discreta que la dirigiera. La +impresión de vacío y soledad que sacó de la casa, poníala en grandísima +tristeza. En la Cava Baja pasó por junto a un pianito que tocaba aires +de ópera con ritmo picante y amoroso. Esta música le llegaba al alma. +Parose un rato a oírla, y se le saltaron las lágrimas. Lo que sentía era +como si su espíritu se asomara al brocal de la cisterna en que estaba +encerrado, y desde allí divisara regiones desconocidas. La música +aquella le retozaba en la epidermis, haciéndola estremecer con un +sentimiento indefinible que no podía expresarse sino llorando. «Yo debo +de ser muy bruta—pensó, alejándose—, porque me gusta más esta música +de los pianitos de la calle que la pieza que toca Olimpia, y que dicen +que es cosa tan buena. A mí me parece que, cuando la oigo, me aporrean +los oídos con la mano del almirez».</p> + +<p>Había resuelto Fortunata, de acuerdo con su tía Segunda, albergarse en +la casa de esta, que vivía otra vez en la Cava. Allá se encaminó desde +la calle de Don Pedro, y antes de entrar en el portal de la pollería, el +mismo portal y el mismo edificio donde tuvo principio la historia de sus +desdichas, una vecina le dijo que Segunda estaba en el puesto de la +plazuela, comiendo con unas amigas. Fuese allá, y vio a su tía con otras +dos tarascas junto a una mesilla, comiendo un guiso de cordero en platos +de Talavera. Jarro de vino y botijo de agua completaban el servicio. Las +tres damas estaban con los moños al aire, hablando a un tiempo en alta +voz, con ese desparpajo y esa independencia de modales que caracterizan +a los vendedores ambulantes que viven siempre al aire libre, y tienen la +voz hecha a la gritería de los pregones. Segunda Izquierdo era una mujer +corpulenta y con la cara arrebatada, el pelo entrecano. Se parecía +bastante a su hermano José; pero no conservaba tan bien como este la +hermosura de aquella <i>raza de gente guapa</i>, porque las miserias, las +enfermedades y la vida aperreada de los últimos años habían hecho +efectos devastadores en su cara y cuerpo. Los que trataron a Segunda en +su edad de oro, apenas la conocían ya, porque su cara estaba toda llena +de costurones, y en el cuello y quijada inferior llevaba unas rúbricas +que daban fe de otros tantos abcesos tratados quirúrgicamente. El ojo +derecho no estaba ya todo lo abierto que debía, a causa de una rija, y +el párpado inferior del mismo había adquirido notoria semejanza con un +tomate, a consecuencia de la aplicación de un puño cerrado, de lo que +resultó una inflamación que vino a parar en endurecimiento. Ni aun su +hermosa dentadura conservaba Segunda, pues un año hacía que empezaban a +emigrar las piezas unas tras otras. El cuerpo se iba pareciendo al de +una vaca que se pusiera en dos pies.</p> + +<p>En cuanto vio venir a su sobrina, cogió de encima de la mesilla una +llave enorme, que parecía la llave de un castillo, y alargándosela le +dijo que subiera a la casa si quería. Las otras dos tiorras miraron a la +joven con descarada curiosidad. A una de ellas la conocía Fortunata, a +la otra no. Sentose un momento en una banqueta que le ofrecieron, porque +estaba cansada; pero sintiéndose molesta por las preguntas impertinentes +de las amigas de su tía, subió al cuarto que debía de ser su albergue... +hasta sabe Dios cuándo. Aquel barrio y los sitios aquellos éranle tan +familiares, que a ojos cerrados andaría por entre los cajones sin +tropezar. ¿Pues y la casa? En ella, desde el portal hasta lo más alto de +la escalera de piedra, veía pintada su infancia, con todos sus episodios +y accidentes, como se ven pintados en la iglesia los Pasos de la Pasión +y Muerte de Cristo. Cada peldaño tenía su historia, y la pollería y el +cuarto entresuelo y después el segundo tenían ese <i>revestimiento de una +capa espiritual</i> que es propio de los lugares consagrados por la +religión o por la vida. «¡Las vueltas del mundo!—decía dando las de la +escalera y venciendo con fatiga los peldaños—. ¡Quién me había de decir +que pararía aquí otra vez!... Ahora es cuando conozco que, aunque poco, +algo se me ha pegado el señorío. Miro todo esto con cariño; ¡pero me +parece tan ordinario...! Aquellas dos tiburonas... ¡qué tipos!, pues ¿y +mi tía?...».</p> + +<p>El cuarto que entonces tenía Segunda en aquella casa era uno de los más +altos. Estaba sobre el de Estupiñá. No había llegado Fortunata al +segundo, cuando vio bajar a este, y le entraron ganas de saludarle. Puso +él una carátula durísima al verla; pero a pesar de esto, la joven sentía +ganas de decirle algo. Érale simpático; conocía sus apetitos +<i>parlamentarios</i>, y aunque por sus amistades con los de Santa Cruz podía +contarle ella en el número de sus enemigos, le miraba ella con buenos +ojos, teniéndole por hombre inofensivo y bondadoso. «Aunque usted no +quiera, D. Plácido, buenos días». El gran Rossini no se dignó volver +hacia ella su perfil de cotorra, y refunfuñando algo que la nueva +inquilina no pudo entender, siguió por la escalera abajo, haciendo sonar +con desusado estrépito los peldaños de piedra.</p> + +<p>Fortunata vio el cuarto. ¡Ay, Dios, qué malo era, y qué sucio y qué feo! +Las puertas parecía qué tenían un dedo de mugre, el papel era todo +manchas, los pisos desiguales. La cocina causaba horror. Indudablemente +la joven se había adecentado mucho y adquirido hábitos de señora, porque +la vivienda aquella se le presentaba inferior a su categoría, a sus +hábitos y a sus gustos. Hizo propósito de lavar las puertas y aun de +pintarlas, y de adecentar aquel basurero lo más posible, sin perjuicio +de buscar casa más a la moderna, quisiera o no Segunda vivir en su +compañía. El gabinetito que ella había de ocupar tenía, como la sala, +una gran reja para la Plaza Mayor. Estuvo un rato ocupada en hacer +mentalmente la colocación de sus muebles, la cama, la cómoda, una mesa y +dos sillas. Por cierto que todo esto tenía que comprarlo, pues de la +casa matrimonial no había de sacar nada. Recorriendo el cuarto, pensó +que si el casero se conformaba a hacer algunas reparaciones, no quedaría +mal. Era menester blanquear la cocina, tapar con yeso algunos agujeros +y enormes grietas que por todas partes había, empapelar el gabinete, que +iba a ser su alcoba, y pintar las puertas. Ya pensaba en la jaqueca que +le iba a dar al administrador, cuando se acordó (su gozo en un pozo) de +que el administrador era Estupiñá. «De seguro que en cuanto le hable de +obras en la casa, se va a poner hecho un tigre. Claro, me tiene tirria; +¿pues qué es él más que un servilón de los de Santa Cruz? Con todo, +pienso decirle algo, porque en último caso, con dejarle el cuarto hemos +concluido. Y ahora que recuerdo, esta casa era de D. Manuel +Moreno-Isla, que el año pasado le dio la administración a D. Plácido. +Me lo contó mi tía, y D. Plácido es tan tirano, que no da una paletada +de yeso aunque le fusilen. Falta saber de quién es ahora la casa... ¿La +habrá heredado doña Guillermina?...». Quedose meditando en que su +destino no le permitía salir de aquel círculo de personas que en los +últimos tiempos la había rodeado. Era como una red que la envolvía, y +como pensara escabullirse por algún lado, se encontraba otra vez cogida. +«No; habrán heredado la casa los señores de Ruiz Ochoa, o la mujer de +Zalamero... Y después de todo, ¿a mí qué me importa que herede la finca +Juan o Pedro? Yo no la he de heredar».</p> + +<p>Si tuviera agua en abundancia, se pondría al instante a lavar toda la +casa; pero desde el siguiente empezaría. Vio que la reja daba a un +balconcillo o terraza, y al punto determinó poner allí todos los tiestos +de flores que cupiesen. La vista del cuadrilátero de la plaza era +bonita, despejada y alegre. El jardín lucía muy bien desde arriba, con +sus dos fuentecillas y el caballo panzudo, del que Fortunata veía los +cuartos traseros, como los de un cebón, y el Rey aquel encima, con su +canuto en la mano. Acercábase Navidad, y ya estaban preparando los +puestos de Noche—Buena. Distinguió también a su tía y a las otras dos +matronas que, ayudadas de un jayán, estaban claveteando tablas y armando +un toldo. Poco después, mirando para la acera de la Casa-Panadería, +alcanzó a ver a Juan Pablo, sentado en uno de los puestos de +limpia-botas, y leyendo un periódico mientras le daba lustre al calzado. +Después le vio pasar a la acera de enfrente y seguir hasta el rincón de +la escalerilla, como si fuese al café de Gallo.</p> + + + +<hr /> +<h2>-<span class="smcap">viii</span>-</h2> + + +<p>Como antes se ha dicho, a los pocos días de la desaparición de +su mujer, Maxi empezó a echarla de menos, mostrándose receloso, y +apeteciendo su compañía con cierta mimosidad impertinente que ponía +furiosa a doña Lupe. Juan Pablo y ella disertaron largamente sobre lo +que se debía hacer, y por fin el primogénito dijo que intentaría +aplicar a su hermano un buen sistema terapéutico, antes de recurrir al +extremo de encerrarle en un manicomio. No se habían probado las duchas, +ni el sacarle de paseo al campo, ni el bromuro de sodio, que estaba +dando tan buen resultado contra la peri-encefalitis difusa y contra la +meningo-encefalitis, etc... y siguió echando términos de medicina por +aquella boca, pues entonces le daba por leer libros de esta ciencia, y +con una idea tomada de aquí y otra de allá hacía unos pistos que eran lo +que había que ver.</p> + +<p>Dicho y hecho. Todas las mañanas iba Juan Pablo a buscar a su hermano, y +unas veces engañado, otras casi a la fuerza, le llevaba a San Felipe +Neri, y allí le arreaba una ducha escocesa capaz de resucitar a un +muerto. Algunas tardes sacábale a paseo por las afueras, procurando +entretener su imaginación con ideas y relatos placenteros, absolutamente +contrarios al fárrago de disparates que el infeliz chico había tenido +últimamente en su cerebro. A los quince días de este enérgico +tratamiento, mejoró visiblemente, y su hermano y médico estaba muy +satisfecho. Más de una vez se expresó Maxi durante el paseo como la +persona más razonable. De su mujer no hablaba nunca; pero como saltase +en la conversación algo que de cerca o de lejos se relacionara con ella, +se le veía caer en sombrías meditaciones y en un mutismo tétrico del +cual Juan Pablo, con todas su retóricas, no le podía sacar. Una mañana, +al salir de la ducha, y cuando el enfermo parecía entonado por la +reacción, ágil y con la cabeza muy despejada, se paró en la calle, y +cogiendo suavemente las solapas del gabán de su hermano, le dijo: «Pero +vamos a una cosa. ¿Por qué ni tú, ni mi tía, ni nadie queréis decirme +dónde está mi mujer? ¿Qué ha sido de ella? Tened franqueza, y no hagáis +más misterios conmigo... ¿Es que se ha muerto, y no me lo queréis decir? +¿Teméis que la noticia me altere?».</p> + +<p>Juan Pablo no supo qué contestarle. Viendo en la cara y en los ojos de +su hermano señales de nerviosa inquietud, trató de desviar la +conversación. Pero el otro se aferraba a ella repitiendo sus preguntas y +parándose a cada instante. «Pues mira—le respondió al fin haciendo un +gesto campechano—. Hazte cuenta que se ha muerto... porque lo que yo te +digo... ¿A ti qué más te da que viva o muera? ¿Para qué quieres tú +mujer? Las mujeres no sirven más que para dar disgustos, chico. Ve aquí +por lo que yo no he querido casarme nunca».</p> + +<p>—¡Muerta!—dijo Maxi sin alzar la voz, pero con extraordinaria luz en +los ojos—. ¡Muerta!... De modo que yo me puedo volver a casar.</p> + +<p>Al decir esto, se insubordinaba; no quería ir por la acera, sino por el +empedrado, dando manotadas y tropezando con algunos transeúntes.</p> + +<p>Juan Pablo le metió en un coche para llevarle a su casa. Enterada la +tía, apoyó la misma idea respecto a Fortunata, diciéndole: «Hijo, todos +nos tenemos que morir. No te asombres de que le haya tocado a ella la +china antes que a ti. Si Dios se la ha querido llevar, ¿qué quieres que +hagamos?, conformarnos, mandar decirle sus misas correspondientes... y +yo te aseguro que ya lleva dichas más de cuatro, y consolarnos poco a +poco, como podamos».</p> + +<p>Desde que ocurrió esto, la mejoría iniciada con el nuevo tratamiento +pareció desmentirse. El enfermo no alborotaba; pero volvió a chapuzarse +en hondísimas abstracciones. Sin duda en su cerebro había aparecido una +nueva idea, o reproducídose alguna de las antiguas, que ya se tenían por +abandonadas o dispersas. Durante muchos días no nombró a su mujer, hasta +que una noche, yendo de paseo con Juan Pablo por las calles, se paró y +le dijo: «¿Me quieres hacer creer que se ha muerto?... ¡Qué tontería! En +ese caso, ¿por qué no nos vestimos de luto?».</p> + +<p>—¡Qué atrasado de noticias estás! ¿No sabes que hay ahora una ley +prohibiendo el luto?</p> + +<p>—¡Una ley prohibiendo el luto! Si creerás que a mí me comulgas con +ruedas de molino. Mira, chico, aunque parece que estoy trastornado, veo +más claro que todos vosotros.</p> + +<p>Y no se habló más del asunto. Conviene apuntar, antes de pasar adelante, +que aquella abnegación de Juan Pablo y el asiduo interés que por la +salud de su hermano mostraba, serían absolutamente inexplicables, dado +el egoísmo del señor de Rubín, si no se acudiera, para encontrar la +causa, a ciertas ideas relacionadas con la economía política o la +ciencia que llaman financiera. Tiempo hacía que Juan Pablo tenía un +proyecto de conversión de su deuda flotante, proyecto vasto, para cuyo +éxito necesitaba el concurso de la casa Rostchild, por otro nombre, su +tía. Respecto a la necesidad del empréstito, no cabía la menor duda; era +cuestión de vida o muerte. Lo que restaba era que doña Lupe se prestase +a hacerlo, pues la garantía moral de una de las entidades contratantes +no era ni con mucho tan sólida como la de Inglaterra o Francia. Empezó, +pues, el primogénito de Rubín por prestarle en aquel delicado asunto de +la enfermedad de Maxi la oficiosa ayuda que se ha visto. Iba de continuo +a la casa, y en todo cuanto hablaba con su tía, era de la opinión de +esta, ya fuese de Política, ya de Hacienda lo que se tratara. Hizo +entusiastas elogios del Sr. de Torquemada; explanó acaloradamente la +necesidad de arreglar sus propios asuntos, con aquello de <i>año nuevo +vida nueva</i>, estableciendo en sus gastos un orden tan escrupuloso, que +no haría más el primer lord de la Tesorería inglesa. Cuando hallaba +ocasión, echaba una puntadita; pero doña Lupe tenía más conchas que un +galápago, y se hacía la tonta... pero tan tonta que habría que pegarle.</p> + +<p>Apretado por el crecimiento aterrador de su deuda flotante, el filósofo +desplegaba un tesón y constancia más que fraternales en el cuidado de +Maxi. En Enero del 76, había conseguido domarle hasta el punto de que le +llevaba consigo a la oficina, teníale allí ocupado en ordenar papeles o +en tomar algún apunte, y por las noches solía llevarle a la tertulia del +café, donde estaba el pobre chico como en misa, oyendo atentamente lo +que se decía, y sin desplegar sus labios. Rara vez sacaba de su cabeza +aquel viejo y maldecido tema de la <i>liberación voluntaria</i> y de <i>la +muerte de la bestia carcelera</i>; pero una noche que estaban solos en el +café, lo sacó, como se trae del desván un trasto viejo y se le limpia el +polvo, a ver si lo ha deteriorado el tiempo o lo han roído los ratones. +Con gran serenidad, Juan Pablo, oficiando de maestro de filosofía, dijo +lo siguiente: «Mira, el dogma de la <i>solidaridad de sustancia</i> ha sido +declarado cursi por todos los sabios de la época, congregados en un +concilio ecuménico, que acaba de celebrarse en... Basilea. Las +conclusiones son tremendas. Como no lees la prensa, no te enteras. Pues +se ha decretado que son mamarrachos netos todos los individuos que creen +en la <i>liberación por el desprendimiento</i>, y en que se debe dar <i>la +morcilla a la bestia</i>. A los que sostienen la herejía filosófica de que +va a venir un nuevo Mesías, encarnándose en una buena moza, etc., +etc..., se les declara memos de capirote y se les condena a comer +virutas».</p> + +<p>—Mira, tú—dijo Maximiliano con el acento más grave del mundo y como +quien hace una confidencia importante—. Eso del Mesías, acá para entre +los dos, no lo he creído yo nunca, ni era dogma ni cosa que lo valga. Lo +dije porque tuve un sueño, y al despertar se me quedó parte de él en la +cabeza, y me andaba aquí dentro como un cascabel. Lo que hay es que me +había entrado en aquellos días una idea de lo más estrafalario que te +puedas imaginar, una idea que debía de ser criada aquí en el seno +cerebral donde fermenta eso que llaman celos. ¿Qué creerás que era? Pues +que mi mujer me faltaba y estaba en cinta. ¿Ves qué disparate?</p> + +<p>—Ave María Purísima, ¡qué barbaridad!</p> + +<p>—Sentía en mí, detrás de aquella idea, una calentura de celos que me +abrasaba. Para averiguar si era fundada aquella pícara idea, fui ¿y qué +hice? Pues saqué la cancamurria del Mesías que iba a venir, diciéndole +que ella lo tenía en su seno y que el papá era el <i>Pensamiento Puro</i>... +En fin, que con esta farsa pensaba yo arrancarle la confesión de lo que +se me había metido entre ceja y ceja. ¿Qué resultó? Nada, porque aquella +noche me puse muy enfermo; pero después he comprendido mi desatino, he +visto claro, muy claro, y... Dios la perdone.</p> + +<p>Empezó a tomar su café, y en tanto Juan Pablo se decía con tristeza: +«¡Pero qué malo está esta noche! ¡Dios, qué malo!». Maxi repitió hasta +seis veces el <i>Dios la perdone</i>, y cuando entraron Leopoldo Montes y +otro amigo, se calló. A la hora y media de tertulia, dio en celebrar con +extrema hilaridad los donaires que Montes contaba. Después tomó parte en +la conversación, expresándose con tanta serenidad y con juicios tan +acertados, que se maravillaban de oírle todos los presentes. Juan Pablo +discurría así: «Pues no está tan <i>guillati</i> como pensé, y lo que dijo +antes revela más bien talento agudísimo. ¡Por vida de la santísima uña +del diablo! Si consigo yo ponerte bueno, mi querida tía, <i>alias</i> la +baronesa de Rothschild, no tendrá más remedio que hincar la jeta y darme +lo que necesito».</p> + + + +<hr /> +<h2><a name="ivd" id="ivd"></a>-IV-</h2> + +<h2>Vida nueva</h2> + + + +<hr /> +<h2>-<span class="smcap">i</span>-</h2> + + +<p>El 4 del mes de Enero, Fortunata sintió un campanillazo y salió a +abrir, mirando antes por el ventanillo, cubierto de una chapa de hierro +con agujeros (estilo primitivo). Era Estupiñá, que miraba a los tales +agujeritos del modo más autoritario. Abrió la joven, y el gran Plácido, +con gesto displicente, las cejas algo fruncidas, mostrando en una mano +el bastón cuyo puño era una cabeza de cotorra (regalo que le trajeron de +Sevilla los señoritos de Santa Cruz), alargó con la otra un papel que +tenía un sello. «El recibo del mes» dijo en tono de déspota asiático que +dicta una orden de pena de muerte.</p> + +<p>—Pase, D. Plácido (sonriendo con gracia). Tengo que hablarle.</p> + +<p>—Yo no paso. Vengan los cuartos. No tengo ganas de conversación.</p> + +<p>¡Decir aquel hombre que no tenía ganas de conversación era como si el +mar dijese que no tiene agua! Pero el tesón podía en él más que el +liviano apetito.</p> + +<p>«¡Jesús, qué mal genio ha echado este hombre!</p> + +<p>Si le voy a dar la <i>guita</i>. No tendrá usted mejores inquilinas que +nosotras».</p> + +<p>—Sí... Buenas jaquecas me ha dado la Segunda. No... Yo no paso; no sea +majadera.</p> + +<p>—Quiero que vea usted cómo está la casa, para que se convenza de que +aquí no pueden vivir cristianos.</p> + +<p>—Pues mudarse.—Pero, hijo, ¡qué <i>tiranístico</i> se ha vuelto! No he +visto casero más malo... ¿Pero ni siquiera me blanqueará la cocina, que +parece una carbonería? ¡Y hay cada agujero!... Yo no puedo vivir entre +tanta suciedad. ¿Sabe lo que le digo? Que si no quiere usted hacer las +obras, las haré yo por mi cuenta... ¡vaya!</p> + +<p>—Eso es otra cosa. Siempre que sea bajo mi vigilancia y...</p> + +<p>—Pase, pase y verá... Al fin Plácido se dignó entrar por el pasillo +adelante. Fue a la cocina, echó un vistazo a la alcoba interior que +estaba llena de grietas...</p> + +<p>«No se pueden hacer obras cada vez que lo pide un inquilino, porque +sería el cuento de nunca acabar. Mañana, si a mano viene, se mudan +ustedes, y el que tome el cuarto, como vea la cal fresca, pide más +obras. No podemos. El mes pasado me gasté más de veinte mil reales en +reparaciones. Conque, despácheme, que tengo prisa».</p> + +<p>—¿Pero se ha vuelto usted cohete? Siéntese un momento. Dígame una +cosa...</p> + +<p>—No tengo que decir cosas. Que me voy...</p> + +<p>—¡Ay qué pólvora de hombre! Mire que así va a vivir poco.</p> + +<p>—Mejor. Bastante he vivido ya.—Siéntese. En seguidita le doy el +dinero. Pero dígame una cosa que quiero saber. ¿De quién es ahora esta +casa?</p> + +<p>—Eso a usted no le importa. ¿Cree que estoy yo para perder el tiempo? +La casa es de su amo. Le repito que no tengo ganas de conversación. ¿Es +que quiere usted comprar la finca? Vamos; al avío... Ya sabe que soy +hombre de pocas palabras.</p> + +<p>—¿De pocas?, ¡digo... pues si lo fuera de muchas...! Si usted el día +que nació estaba charlando por siete. Dígame... ¿de quién es la casa?</p> + +<p>—De su amo. Conque... Bastante hemos hablado... y finalmente: la finca +es magnífica; está tasada en treinta y cinco mil duros. Sólo el pedernal +de los cimientos y la berroqueña de la escalera valen un dineral. ¿Pues +y las paredes? El otro día, al abrir un hueco, los albañiles no le +podían meter el pico, Nada, que <i>talmente</i> se rompen las herramientas en +este ladrillo recocho que parece un diamante... Pues para concluir... no +tengo ganas de conversación. Cuando se abrió el testamento del señor D. +Manuel Moreno-Isla, que en gloria esté, testamento hecho tres años ha, +se encontró que dejaba esta casa y el solar de la calle de Relatores a +doña Guillermina Pacheco, su tía... La señora ha hipotecado ambas fincas +para acabar el asilo, y por eso verá usted que este va echando chispas. +Lo acabarán este año... Conque...</p> + +<p>Extendió la mano, y con la otra mostraba el bastón, como si fuera un +bastón de autoridad.</p> + +<p>«¡Doña Guillermina mi casera!—dijo Fortunata, pensativa, entregando el +dinero—. Pues a ella le voy a pedir que me haga las obras. Es amiga +mía».</p> + +<p>—¡Qué ha de ser amiga de usted... qué ha de ser!—replicó Estupiñá con +sarcasmo—. Y si quiere usted verla furiosa, háblele de obras que no +sean las del asilo. Adiós; que haya salud... ¡Ah!, me olvidaba: cuidado +con los tiestos de la ventana. Como yo vea rezumos de agua, la echo a +usted; cuente que la echo... ¡María Santísima, y cuánta planta tiene +usted aquí! Es un jardín... Me parece mucho peso... ¡Qué vistas tan +hermosas! Mal año ha sido este para los puestos de Navidad. Están los +pobres vendedores que trinan. Ya se ve... con tanta agua... Y hoy me +parece que tenemos nieve. En toda mi vida no he visto un invierno tan +frío como este. ¿Sabe usted que se murió el sordo, el del puesto de +carne? Anoche... de repente. Yo le vi tan bueno y tan sano anteayer, +y... ¡qué vida esta!... En fin, voy a ver si les saco algo a los del +segundo de la izquierda. Me deben cinco meses. ¡Ay qué gente! Si la +señora me dejara, ya les habría puesto los trastos en la calle; pero mi +ama es así, no quiere desahucios.—«Por Dios Plácido, no les eches... +los pobrecitos ya pagarán; es que no pueden».—«Pero señora, con que me +dieran lo que gastan en aguardiente y lo que se dejan en la pastelería +de Botín...». Total, que con caseras como la mía, estos bribones de +inquilinos están como quieren.</p> + +<p>Tanto charló aquel hombre, que Fortunata, después de haberle rogado para +que entrara, le tuvo que echar con buen modo: «Pero don Plácido, mire +que se le va a hacer tarde...».</p> + +<p>—¡Ah!, sí... ¡la culpa la tiene usted que es lo más habladora...! Abur, +abur...</p> + +<p>Fortunata no salía nunca a la calle. Ella misma se arreglaba su comida, +y Segunda, que tenía puesto en la plazuela, le traía la compra.</p> + +<p>En los días que siguieron a la primera visita del administrador de la +casa, no pudo la prójima apartar de su pensamiento a la que por tan +breve espacio de tiempo fue su amiga. «¡Quién le había de decir a ella y +quién me había de decir que viviría en su casa! ¡Qué vueltas da el +mundo! En aquellos días, ni a mí se me pasaba por la cabeza venirme +aquí, ni esta casa era tampoco de ella. Y cuando don Plácido le cuente +que soy su inquilina, ¿qué dirá? ¿Se pondrá furiosa y querrá echarme a +la calle? Tal vez no, tal vez no...». Cuando esta idea u otra semejante +le refrescaba el recuerdo de la inaudita escena y altercado en el +gabinete de la santa, sentía la pobre mujer que la conciencia se le +alborotaba, y no podía aplacarla ni aun arguyéndose que <i>la otra la +había provocado</i>. «Me cegué, no supe lo que hice. De veras digo que si +tuviera ocasión, le habría de decir a doña Guillermina que me +perdonara».</p> + +<p>La soledad en que vivía, favoreciendo en ella esta resurrección mental +de lo pasado, inspirábale juicios muy claros de sus acciones y +sentimientos. Todo lo veía entonces transparentado por la luz de la +razón, a la distancia que permite apreciar bien el tamaño y forma de los +objetos, así como la paz del claustro permite a los fugitivos del mundo +ver los errores y maldades que cometieron en él. «¿Y a Jacinta, le +pediría yo perdón?» se preguntaba sin acertar con la respuesta. Tan +pronto se le ocurría que sí como que no. La Delfina la había ofendido y +ultrajado, cuando ella no hacía más que contarle a la santa sus penas y +el conflicto en que estaba. Por fin, a fuerza de meditar en ello, +amasando sus ideas con la tristeza que destilaba su alma, empezó a +prevalecer la afirmativa. Cierto que debía pedirle perdón por el intento +que tuvo de arañarle la cara, ¡qué barbaridad!, y por las palabras que +se dejó decir. Mas para que esta idea triunfase por completo, faltaba +aclarar el siguiente punto:</p> + +<p>¿Había faltado Jacinta con el señor de Moreno?</p> + +<p>Porque si había faltado, allá se iba la una con la otra, y tan buena era +Juana como Petra. Nunca pudo la señora de Rubín llegar en sus +cavilaciones a una solución terminante en este punto oscurísimo. Ya +afirmaba la culpabilidad de <i>la mona del Padre Eterno</i>, ya la negaba. +«Daría yo cualquier cosa—exclamaba invocando al Cielo—, por saber esa +verdad que ahora no saben más que Dios y ella, pues el tercero que la +sabía se ha muerto. Lo sabrá también el confesor de Jacinta, si es que +lo ha confesado. Pero nadie más, nadie más. Pues no sé qué daría yo por +salir de la duda. Esta curiosidad me quema la sangre... Flojilla +diferencia va de una cosa a otra... Si pecó, todo varía en mí, y no me +rebajo yo a pedirle perdón; pero si no faltó... ¡ay!, la dichosa <i>mona</i> +me tiene debajo de su pie como tiene San Miguel al diablo».</p> + +<p>De aquí pasaba a otro eslabón de ideas: «Y ahora estamos las dos de un +color. A ninguna de las dos nos quiere. Estamos lucidas... Ambas nos +podríamos consolar... porque en mi terreno, yo soy también virtuosa, +quiere decirse que yo no le he faltado con nadie; y si ella se hace +cargo de esto, bien podría venir a mí, y entre las dos buscaríamos a la +pindongona que nos le entretiene ahora, y la pondríamos que no habría +por donde cogerla... Vamos a ver, ¿por qué Jacinta y yo, ahora que +estamos iguales, no habíamos de tratarnos? Por más que digan, yo me he +afinado algo. Cuando pongo cuidado digo muy pocos disparates. Como no se +me suba la mostaza a la nariz, no suelto ninguna palabra fea. Las +señoras Micaelas me desbastaron, y mi marido y doña Lupe me pasaron la +piedra pómez, sacándome un poco de lustre. ¿Por qué no nos habíamos de +tratar, olvidando aquellas bromas que nos dijimos?... Esto en el caso de +que sea honrada, porque si no, no me rebajo. Cada una tiene su aquel de +honradez».</p> + +<p>Pasaba sin pensarlo a otro eslabón. «Pero ella no querrá... Tiene mucho +orgullo y mucho tupé, mayormente ahora que se la comerá la envidia. +¡Ah!, que no me venga ahora hablando de sus derechos... ¿Qué derechos ni +qué pamplinas? Esto que yo tengo aquí <i>entre mí</i>, no es humo, no. ¡Qué +contenta estoy!... El día en que <i>esa</i> lo sepa, va a rabiar tanto, que +se va a morir del berrinchín. Dirá que es mujer legítima... ¡Humo! Todo +queda reducido a unos cuantos latines que le echó el cura, y a la +ceremonia, que no vale nada... Esto que yo tengo, señora mía, es algo +más que latines; fastídiese usted... Los curas y los abogados, ¡mala +peste cargue con ellos!, dirán que esto no vale... Yo digo que sí vale; +es mi idea. Cuando lo natural habla, los hombres se tienen que callar la +boca».</p> + +<p>Y su convicción era tan profunda, que de ella tomaba fuerza para +soportar aquella vida solitaria y tristísima.</p> + + + + +<hr /> +<h2>-<span class="smcap">ii</span>-</h2> + + +<p>Una mañana, al levantarse, vio que había caído durante la noche +una gran nevada. El espectáculo que ofrecía la plaza era precioso; los +techos enteramente blancos; todas las líneas horizontales de la +arquitectura y el herraje de los balcones perfilados con purísimas +líneas de nieve; los árboles ostentando cuajarones que parecían de +algodón, y el Rey Felipe III con pelliza de armiño y gorro de dormir. +Después de arreglarse volvió a mirar la plaza, entretenida en ver cómo +se deshacía el mágico encanto de la nieve; cómo se abrían surcos en la +blancura de los techos; cómo se sacudían los pinos su desusada +vestimenta; cómo, en fin, en el cuerpo del Rey y en el del caballo, se +desleían los copos y chorreaba la humedad por el bronce abajo. El suelo, +a la mañana tan puro y albo, era ya al mediodía charca cenagosa, en la +cual chapoteaban los barrenderos y mangueros municipales, disolviendo la +nieve con los chorros de agua y revolviéndola con el fango para echarlo +todo a la alcantarilla. Divertido era este espectáculo, sobre todo +cuando restallaban los airosos surtidores de las mangas de riego, y los +chicos se lanzaban a la faena, armados con tremendas escobas. Miraba +esto Fortunata, cuando de repente... ¡ay, Dios mío!, vio a su marido; +era él, Maximiliano, que entraba en la plaza por el arco del 7 de +Julio, y tuvo que retroceder saltando más que de prisa, porque el chorro +de agua le cortó el paso. Instintivamente se quitó la joven de su +ventana; pero después se volvió a asomar, diciéndose: «Si aquí no puede +verme... Lo que menos piensa él es que está tan cerca de mí... Vamos; da +la vuelta... Se ha metido por los soportales. Sin duda va al café de +Gallo a reunirse con su hermano, la otra cabeza de campanario. ¿Pero +cómo es que le dejan salir solo? ¿Se habrá puesto bueno? ¿Estará mejor? +¡Pobre chico!...».</p> + +<p>Y no se volvió a acordar más de él hasta la noche, cuando estaba +acostada, sola en la casa, pues su tía no había entrado aún.</p> + +<p>«Es una barbaridad que le dejen salir solo a la calle. El mejor día hace +cualquier desavío y da un disgusto... Pues ahora que le he visto suelto, +voy a tener miedo, y me pondré a discurrir si se meterá aquí el mejor +día... La suerte es que no sabrá dónde estoy; buen cuidado tengo yo de +que no lo sepa. ¿Pero quién está segura de ningún secreto en estos +tiempos? A lo mejor, cualquier chusco se lo canta y ya tenemos jaqueca +para rato... ¡Como no le dé por venir a matarme!... Eso tendrá que ver. +Pero muy descuidada habría de cogerme, porque le deshago yo de un par de +porrazos... Pero, ¿y si entra, se esconde, me acecha, y ¡pim!, me pega +un tiro?... No; yo tengo que estar con mucho cuidado. Ni a Cristo le +abro yo la puerta. Y voy a decirle a mi tía que necesito tomar una +criada. Una chiquilla modosa y dispuestilla, así como Papitos, me +vendría muy bien. ¡Sola todo el día en esta jaula!... ¡Ah!, gracias a +Dios; ya siento el llavín de mi tía, que entra. ¿Será ella o será alguno +que le ha quitado el llavín y viene a matarme?... Tía, tía, ¿es usted?».</p> + +<p>—Yo soy, ¿qué se te ocurre?...</p> + +<p>—Nada; ya estoy tranquila. Es que me da mucho miedo de estar sola, y me +parece que entran ladrones, asesinos y qué sé yo...</p> + +<p>Ninguna noche conciliaba el sueño antes de que diera las doce el reloj +de la Casa-Panadería. Oía claramente algunas campanadas; después el +sonido se apagaba alejándose, como si se balanceara en la atmósfera, +para volver luego y estrellarse en los cristales de la ventana. En el +estado incierto del crepúsculo cerebral, imaginaba Fortunata que el +viento venía a la plaza a jugar con la hora. Cuando el reloj empezaba a +darla, el viento la cogía en sus brazos y se la llevaba lejos, muy +lejos... Después volvía para acá, describiendo una onda grandísima, y +retumbaba ¡plam!, tan fuerte como si el sonoro metal estuviera dentro de +la casa. El viento pasaba con la hora en brazos por encima de la Plaza +Mayor y se iba hasta Palacio, y aún más allá, cual si fuera mostrando la +hora por toda la Villa y diciendo a sus habitantes: «Aquí tenéis las +doce, tan guapas». Y luego tornaba para acá, ¡plam!... ¡ay!, era la +última. El viento entonces se largaba refunfuñando. Otras noches se +entretenía la joven discurriendo que la hora de la Puerta del Sol y la +hora de la Panadería se enzarzaban. Empezaba esta, y le respondía la +otra. De tal modo se confundían los toques, que no conociera aquella +hora ni la misma noche que la inventó. Las doce de acá y las doce de +allá eran una disputa o guirigay de campanadas. «Vamos, que también se +oye la Merced... Tantísima hora, tantísima hora, y no sabe una si son +las doce o qué...».</p> + +<p>Para tener compañía y servicio, tomó por criada a una niña, hija de una +de las placeras amigas de Segunda. Llamábase Encarnación y parecía muy +formalita. Su ama le leyó la cartilla el primer día, diciéndole: «Mira, +si algún sujeto que tú no conoces, por ejemplo, un señorito flaco, de +mal color, así un poco alborotado, te pregunta en la calle si vivo yo +aquí, dices que no. No abras nunca la puerta a ninguna persona que no +sea de casa. Llaman, miras, y vienes y me dices: 'Señorita, es un hombre +o una mujer de estas y estas señas'. Conque fíjate bien en lo que te +mando. Tu tía te habrá hecho la misma recomendación. Si no nos obedeces, +¿sabes lo que hacemos? Pues cogerte y mandarte a la cárcel. Y no creas +que te van a sacar: allí te estarás lo menos, lo menos, tres años y +medio».</p> + +<p>La chica cumplía estas órdenes al pie de la letra. Un domingo llamaron. +«Señorita, ahí está un hombre con barbas largas, muy aseñorado... y +tiene la voz así, como <i>respetosa</i>». Miró Fortunata por los agujeros de +la chapa. Era Ballester. «Dile que pase». Se alegraba de verle para +saber lo que ocurría en la familia, y para que le contara por qué +demonios andaba suelto Maxi por esas calles.</p> + +<p>De tan gozoso, estaba turbado el bueno del farmacéutico. Venía vestido +con los trapitos de cristianar, peinado en la peluquería, con una raya +muy bien sacada desde la frente a la nuca, y las mechas negras +chorreando olorosa grasa, las botas nuevas y sombrero de copa muy +lustroso. «¡Qué deseos tenía de verla a usted...! No me atrevía a +venir... Pero doña Lupe me ha instado tanto para que venga, que al +fin... No, no, no tema que Maximiliano descubra dónde usted está. Hay +mucho cuidado para que no se entere de nada. Y eso que ahora, si viera +usted, ha recobrado la razón; parece que está juiciosísimo; habla de +todo con tino, y no hace ningún disparate».</p> + +<p>Fortunata estaba algo cohibida, pues a pesar de la convicción de que +hacía gala con respecto a ciertas legitimidades, le daba vergüenza de no +poder disimular ya su estado ante un amigo de la familia de Rubín. Se +puso muy colorada cuando Segismundo le dijo esto: «Doña Lupe me ha dado +un recadito para usted. Me ha encargado decirle si quiere que le avise a +D. Francisco de Quevedo... Es hombre que sabe su obligación; muy +cuidadoso y muy hábil...».</p> + +<p>—No sé, veremos... lo pensaré... todavía...—balbució ella cortadísima, +bajando los ojos.</p> + +<p>—¿Cómo todavía? Me ha dicho doña Lupe que será en Marzo. Estamos a 20 +de Febrero. No, no se descuide usted... que a lo mejor podría verse +sorprendida... Estas cosas deben prepararse con tiempo.</p> + +<p>Tomando una actitud galante, añadió: «Porque yo me intereso vivamente +por usted en todas las circunstancias, en todas absolutamente. Soy el +mismo Segismundo de siempre y cuando usted necesite de un amigo leal y +callado, acuérdese de mí...».</p> + +<p>Y elevando el tono casi hasta lo patético, saltó de repente con esto: +«No me vuelvo atrás de nada de lo que he dicho a usted en otras +ocasiones». Como ella aparentase no interesarse en este giro de la +conversación, volvió Ballester a tomar el tono fraternal de esta manera. +«Me voy a permitir hablar a Quevedo. Debemos estar prevenidos... Le diré +que venga a ver a usted... Es persona de confianza, y ya sabe él que no +tiene que decir nada al amigo Rubín».</p> + +<p>Lo que tenía a Fortunata muy sorprendida y maravillada era el interés +que mostraba hacia ella, según le dijo el regente, la viuda de Jáuregui.</p> + +<p>«Yo no sé lo que es, amiga mía; pero <i>la ministra</i>, de unos días a esta +parte me ha preguntado como unas seis veces si la había visto a usted... +'Yo no voy—me dijo—; pero hay que mirar algo por ella, y no +abandonarla como a un perro'. Por esto me decidí a venir, y ahora me +alegro, porque veo que usted me ha recibido, y que continuaremos siendo +buenos amigos. Quedamos en que vendrá Quevedo. Sí; preparémonos, porque +estas cosas unas veces se presentan bien y otras mal. No le faltará a +usted nada. ¡Qué caramba! Hay que afrontar las situaciones, y... ¡Oh!, +¡qué cabeza ésta! ¿Pues no se me olvidaba lo mejor? (metiéndose la mano +en el bolsillo). <i>La ministra</i> me ha dado para usted este paquetito de +dinero. Por fuera está escrita la cantidad: mil doscientos cincuenta y +dos reales. Debe de ser lo que le corresponde a usted por réditos de +algún dinero. Para concluir: siempre que se le ofrezca a usted alguna +cosa, sea del orden que fuese, piensa usted un rato, y dice: '¿A quién +acudiré yo?, pues a ese tarambana de Segismundo'. Con mandarme un +recadito... Aunque yo cuidaré de venir algún domingo o los ratos que +tenga libres, porque ahora, como estoy solo con Padilla, dispongo de +muy poquito tiempo. Si pudiera, vendría mañana y tarde todos los días, +contando con su permiso. Pero en este pícaro mundo, se llega hasta donde +se puede, y el que, impulsado por el querer, va más allá del poder, cae +y se estrella».</p> + +<p>Repitió sus ofrecimientos y se fue, dejando a Fortunata la impresión de +que no estaba tan sola como creía, y de que el tal Segismundo era, en +medio de sus tonterías y extravagancias, un corazón generoso y leal. +Mucho le extrañaba a la infeliz joven que Aurora no hubiese ido a verla, +y sintió que se le olvidara, durante la visita del regente, preguntar a +este por <i>las Samaniegas</i>. Pero ya se lo preguntaría cuando volviese.</p> + +<p>Con el cambio de vida y domicilio, reanudó la señora de Rubín algunas +relaciones de familia que estaban absolutamente quebrantadas, siendo de +notar entre ellas la de José Izquierdo, que, empezando por ir a cenar +con su hermana y sobrina algunas noches, acabó, conforme a su genial +parasitario, por estar allí todo el tiempo que tenía libre. Fortunata +encontró a su tío transfigurado moralmente, con un reposo espiritual que +nunca viera en él, suelto de palabra, curado de su loca ambición y de +aquel negro pesimismo que le hacía renegar de su suerte a cada instante. +El bueno de <i>Platón</i>, encontrando al fin el descanso de su vida +vagabunda, se había sentado en una piedra del camino, a la sombra de +frondoso árbol cargado de fruto (valga la figura) sin que nadie le +disputase el hartarse de ella. No existía por aquel entonces en Madrid +un <i>modelo</i> mejor, y los pintores se lo disputaban. Veíase Izquierdo +acosado, requerido; recibía esquelas y recados a toda hora, y le +desconsolaba el no tener tres o cuatro cuerpos para servir con ellos al +arte. Ni había oficio en el mundo que más le cuadrase, porque aquello no +era trabajar ¡qué demonio!, era <i>retratarse</i>, y el que trabajaba era el +pintor, poniendo en él sus cinco sentidos y mirándole como se mira a una +novia. En aquellos días de Febrero del 76, como se pusiera a hablar con +su hermana y sobrina de las muchas obras que traía entre manos, no +acababa. En tal estudio hacía de <i>Pae Eterno</i>, en el momento de estar +fabricando la luz; en otro de Rey D. Jaime, a caballo, entrando en +Valencia. Allí de Nabucodonosor andando a cuatro patas; aquí de un <i>tío +en pelota que le llaman</i> Eneas, con su padre a <i>la pela</i>. «Pero lo mejor +que estamos pintando ahora... y que lo vamos sacando <i>de lo fino</i>..., es +aquel paso de Hernán-Cortés cuando manda dar fuego a las judías +naves...». Ganaba mi hombre todo lo que necesitaba, y era venturoso, y +la sujeción del día la compensaba con las largas expansiones de charla y +copas que se daba de noche en algún café, convidando a los amigos. A su +sobrina le prestaba servicios, haciéndole cuantos encargos eran +compatibles con sus tareas artísticas. Solía ella enviarle con algún +mensaje a casa de su costurera, o se valía de él para recados y compras. +Más de una vez le mandó a la gran tienda de Samaniego por tela o encajes +para el ajuar que estaba haciendo; pero siempre le encargaba que no la +descubriese allí, pues ya que Aurora no había ido a verla, lo que +propiamente era una falta de educación, y hablando mal y pronto, una +cochinada, no quería ella tampoco aparentar que solicitaba su amistad; y +si razones tenía <i>la Samaniega</i> para retraerse, también ella las tenía +para no rebajarse. «A fina me ganará; pero a orgullosa no».</p> + + + +<hr /> +<h2><a name="vd" id="vd"></a>-V-</h2> + +<h2>La razón de la sinrazón</h2> + + + +<hr /> +<h2>-<span class="smcap">i</span>-</h2> + + +<p>La mejoría de Maximiliano continuaba, de lo cual coligieron su tía +y su hermano que la separación matrimonial había sido un gran bien, pues +sin duda la presencia y compañía de su mujer era lo que le sacaba de +quicio. Todo aquel invierno continuó el tratamiento de las duchas +circular y escocesa y el bromuro de sodio. Al principio, cuando no le +sacaba a paseo Juan Pablo, sacábale su misma tía, teniendo ocasión de +notar lo bien concertados que eran sus juicios. Observaron, no obstante, +que en el caletre del joven se escondía un pensamiento relativo al +paradero de su consorte, y temían que este pensamiento, aunque contenido +en proporciones menudas por el renacimiento armónico de la vida +cerebral, tuviera el mejor día fuerza expansiva bastante para volver a +trastornar toda la máquina. Pero estos temores no se confirmaron. En +Diciembre y Enero la mejoría fue tan notoria, que doña Lupe estaba +pasmada y contentísima. En Febrero ya le permitieron salir solo, pues +no se metía con nadie y se le habían acentuado considerablemente la +timidez y la docilidad. Era como un retroceso a la edad en que estudió +los primeros años de su carrera, y aun parecía que se renovaban en él +las ideas de aquellos lejanos días, y con las ideas el encogimiento en +el trato, la sobriedad de palabras y la falta de iniciativa.</p> + +<p>Su vida era muy metódica; no se le permitía leer nada, ni él lo +intentaba tampoco, y siempre que iba a la calle, doña Lupe le fijaba la +hora a que había de volver. Ni una sola vez dejó de entrar a la hora que +se le mandaba. Para que tales días se pareciesen más a los de marras, el +único gusto del joven era pasear por las calles sin rumbo fijo, a la +ventura, observando y pensando. Una diferencia había entre la +deambulación pasada y la presente. Aquella era nocturna y tenía algo de +sonambulismo o de ideación enfermiza; esta era diurna, y a causa de las +buenas condiciones del ambiente solar en que se producía, resultaba más +sana y más conforme con la higiene cerebro-espinal. En aquella, la mente +trabajaba en la ilusión, fabricando mundos vanos con la espuma que echan +de sí las ideas bien batidas; en esta trabajaba en la razón, +entreteniéndose en ejercicios de lógica, sentando principios y +obteniendo consecuencias con admirable facilidad. En fin, que en la +marcha que llevaba el proceso cerebral, le sobrevino el <i>furor de la +lógica</i>, y se dice esto así, porque cuando pensaba algo, ponía un +verdadero empeño maniático en que fuera pensado en los términos usuales +de la más rigurosa dialéctica. Rechazaba de su mente con tenaz +repugnancia todo lo que no fuera obra de la razón y del cálculo, no +desmintiendo esto ni en las cosas más insignificantes.</p> + +<p>Que al poco tiempo de sentir en sí este tic del razonamiento lo aplicó +al oscuro problema lógico de la ausencia de su mujer, no hay para qué +decirlo. «Que vive, no tiene duda; este es un principio inconcuso que ni +siquiera se discute. Ahora dilucidemos si está en Madrid o fuera de +Madrid. Si se hubiera ido a otra parte, alguna vez recibiría mi tía +cartas suyas. Es así que jamás llega a casa el cartero del exterior, y +cuando va es para traer alguna carta de las hermanas de mi tío Jáuregui; +luego... Pero propongamos la hipótesis de que dirige las cartas a otra +persona para que yo no me entere. Es inverosímil; pero propongámosla. En +tal caso, ¿qué persona sería esta? En todo rigor de lógica no puede ser +doña Casta, porque la señora de Samaniego no gusta de tales papeles. En +todo rigor de lógica tiene que ser Torquemada. Pero Torquemada, +anteayer, entró en el gabinete de mi tía, y yo, desde el pasillo, le oí +preguntarle claramente si había sabido de la señorita... Luego, +Torquemada no es. Luego, no siendo Torquemada, no hay intermediario de +cartas; y no habiendo intermediario de cartas, no puede haber +correspondencia; luego está en Madrid».</p> + +<p>Quedose muy satisfecho, y después de detenerse un rato a ver un +escaparate de estampas, volvió a pegar la hebra: «Podría ponerse en duda +que entre ella y mi tía haya comunicación, y en caso de que no la +hubiera, el problema de su residencia seguiría como boca de lobo; pero +yo sostengo que hay comunicación. Si no, ¿qué significa el papelito de +apuntes que sorprendí el otro día sobre la cómoda de mi tía, y en el +cual, pasando al descuido la vista, distinguí este renglón que decía: +<i>Corresponden a F. 1.252 reales</i>? <i>F.</i> quiere decir <i>ella</i>. Luego hay +comunicación entre mi tía y ella, y como esta comunicación no es postal, +resulta claro, como la luz del día, que reside en Madrid».</p> + +<p>Largos ratos se pasaba en este ejercicio de la razón. A veces se decía: +«Rechacemos todo lo fantástico. No admitamos nada que no se apoye en la +lógica. ¿De qué vive? ¿Vivirá honradamente? No aventuremos ningún juicio +temerario. Podrá vivir honradamente y podrá vivir de mala manera. Yo +llegaré a descubrir la verdad enterita, sin preguntar una palabra a +nadie. Pues todos callan ante mí, yo callo ante todos. Veo, oigo y +pienso. Así sabré todo lo que quiero. ¡Qué hermosa es la verdad, mejor +dicho, estos bordes del manto de la verdad que alcanzamos a ver en la +tierra, porque el cuerpo del manto y el de la verdad misma no se ven +desde estos barrios!... Dios mío, me asombro de lo cuerdo que estoy. La +gente me mira con lástima, como a un enfermo; pero yo, en mí, me recreo +en lo sano de mis juicios. Dichoso el que piensa bien, porque él está en +grande».</p> + +<p>Entró en el café del Siglo, donde creía encontrar a su hermano; pero +Leopoldo Montes le dijo que habiendo aceptado Villalonga la Dirección de +Beneficencia y Sanidad, había encargado a Juan Pablo un trabajo +delicadísimo y muy enojoso... cosa de poner en claro unas cuentas de +lazaretos; y me le tenía en la oficina de sol a sol. Allí le llevaban el +café. No le venía mal a Juan Pablo que el director le encargase trabajos +extraordinarios, pues esto significaba confianza, y tras la confianza +vendría un ascenso. Hablaron de empleos y de política, diciendo +Maximiliano cosas muy buenas.</p> + +<p>Refugio, la querida de Juan Pablo, estaba aquel invierno muy mal de +ropa, y no iba al café del Siglo, sino al de Gallo, porque le cogía +cerca (la pareja moraba en la Concepción Jerónima), y además porque la +sociedad modesta que frecuentaba aquel establecimiento, permitía +presentarse en él de trapillo o con mantón y pañuelo a la cabeza. +Agregábansele a Refugio algunas personas con quienes tenía amistad fácil +y adventicia, de esas que se contraen por vecindad de casa o de mesa de +café. Eran un portero de la Academia de la Historia con su esposa, y un +cobrador municipal de puestos del mercado, con la suya o lo que fuese. +Este matrimonio solía ir los domingos acompañado de toda la familia, a +saber: una abuela que había sido <i>víctima</i> del 2 de Mayo, y siete +menores. El café se compone de dos crujías, separadas por gruesa pared y +comunicadas por un arco de fábrica; mas a pesar de esta rareza de +construcción, que le asemeja algo a una logia masónica, el local no +tiene aspecto lúgubre. En la segunda sala, donde se instalaba Refugio, +había siempre animación campechana y confianzuda, y como el espacio es +allí tan reducido, toda la parroquia venía a formar una sola tertulia. +En ella imperaba Refugio como en un salón elegante en el cual fuera +estrella de la moda, Dábase mucho lustre, tomando aires de señora, +alardeando de expresarse con agudeza y de decir gracias que los demás +estaban en la obligación de reír. Poníase siempre en un ángulo, que +tenía, por la disposición del local, honores de presidencia. Cuando Maxi +iba, su cuñada le hacía sentar a su lado, y le mimaba y atendía mucho, +con sentimientos compasivos y de protección familiar, permitiéndose +también tutearle y darle consejos higiénicos. Él se dejaba querer, y +apenas tomaba parte en la tertulia, como no fuera con los silogismos que +mentalmente hacía sobre todo lo que allí se charlaba. Una noche estaba +el pobre chico tomándose su café, muy callado, en la misma mesa de +Refugio, cuando se fijó en dos hombres que en la próxima estaban, uno de +los cuales no le era desconocido. Pensando, pensando, acertó al fin. Era +Pepe Izquierdo, tío de su mujer, a quien sólo había visto una vez, yendo +de paseo con Fortunata por las Rondas, y ella se lo presentó. Como en +Gallo había tanta confianza, pronto se comunicaron los de una y otra +mesa. Primero se hablaba de política, después de que la guerra se +acabaría a fuerza de dinero, y como la política y las guerras vienen a +ser las fibras con que se teje la Historia, hablose de la Revolución +francesa, época funesta en que, según el cobrador municipal, habían sido +guillotinadas <i>muchas almas</i>. Oír que se hablaba de Historia y no meter +baza, era imposible para Izquierdo; pues desde que se puso a <i>modelo</i> +sabía que Nabucodonosor era un Rey que comía hierba; que D. Jaime entró +en Valencia a caballo, y que Hernán-Cortés era un <i>endivido</i> muy +templado que se entretenía en quemar barcos. Los disparates que aquel +hombre dijo acerca del <i>Pronunciamiento</i> de Francia, hicieron reír mucho +a todos, particularmente al portero de la Academia de la Historia, que +echaba al concurso miradas desdeñosas, no queriendo aventurar una +opinión, que habría sido lo mismo que arrojar margaritas a cerdos. Mas +el compañero de <i>Platón</i>, persona enteramente desconocida para Maxi, +debía de ser uno de los sujetos más eruditos que en aquel local se +habían visto nunca, y cuando rompió a hablar, se ganó la atención del +auditorio. Tenía la cara granulosa y el pescuezo como el de un pavo, con +una nuez muy grande, el pelo escobillón, y se expresaba en términos muy +distintos del gárrulo lenguaje de su amigo: «Al Rey Luis XVI—dijo—, y +a la Reina Doña María Antonieta les cortaron la cabeza, naturalmente, +porque no querían darle libertad al pueblo. Por eso hubo, naturalmente, +aquel gran pronunciamiento, y todo lo variaron, hasta los nombres de los +meses, señores, y hasta abolieron la vara de medir y pusieron el metro, +y la religión también fue abolida, celebrándose las misas, naturalmente, +a la diosa Razón».</p> + +<p>Tanta sabiduría impresionó a Maxi, que al punto se desató a charlar con +Ido del Sagrario, pues no era otro el docto amigo de Izquierdo, y +estuvieron poniendo comentarios a los trágicos sucesos del 93. «Porque +mire usted, cuando el pueblo se desmanda, los ciudadanos se ven +indefensos, y francamente, naturalmente, buena es la libertad; pero +primero es vivir. ¿Qué sucede? Que todos piden orden. Por consiguiente, +salta el dictador, un hombre que trae una macana muy grande, y cuando +empieza a funcionar la macana, todos la bendicen. O hay lógica o no hay +lógica. Vino, pues, Napoleón Bonaparte, y empezó a meter en cintura a +aquella gente. Y que lo hizo muy bien, y yo le aplaudo, sí señor, yo le +aplaudo».</p> + +<p>—Y yo también—dijo Maxi, con la mayor buena fe, observando que aquel +hombre razonaba discretamente.</p> + +<p>—¿Quiere esto decir que yo sea partidario de la tiranía?...—prosiguió +Ido—. No señor. Me gusta la libertad; pero respetando... respetando a +Juan, Pedro y Diego... y que cada uno piense como quiera, pero sin +desmandarse, sin desmandarse, mirando siempre para la ley. Muchos creen +que el ser liberal consiste en pegar gritos, insultar a los curas, no +trabajar, pedir aboliciones y decir que mueran las autoridades. No +señor. ¿Qué se desprende de esto? Que cuando hay libertad mal entendida +y muchas aboliciones, los ricos se asustan, se van al extranjero, y no +se ve una peseta por ninguna parte. No corriendo el dinero, la plaza +está mal, no se vende nada, y el bracero que tanto chillaba dando vivas +a la Constitución, no tiene qué comer. Total, que yo digo siempre: +«Lógica, liberales» y de aquí no me saca nadie.</p> + +<p>«Este hombre tiene mucho talento» pensaba Rubín, apoyando con +movimientos de cabeza la aseveración de aquel sujeto.</p> + +<p>Y cuando, al despedirse, Ido le dio su nombre, agregando que era +profesor de primeras letras en las escuelas católicas, Maximiliano +discurrió que no estaba en armonía la humildad del empleo con el saber y +la destreza dialéctica que aquel individuo mostraba.</p> + +<p>Al siguiente día por la tarde, Maxi fue a Gallo y no estaban, de las +personas conocidas, más que el cobrador municipal y José Izquierdo. Este +había dejado en la silla próxima un envoltorio. Mirolo el joven con +disimulo y vio que era algo como ropa o calzado, cubierto con un +pañuelo. Tan mal hecho estaba el atadijo, que al mover la silla se +descubrió una bota elegante con caña color de café. Al verla Rubín, +sintió como si le cayera una gota fría en el corazón. «Esa bota es de +ella... ¡ay, de ella es!... La conozco, como conozco las mías. No la +lleva a componer porque está casi nueva. La lleva de muestra para que le +hagan otro par. Es muy presumida en cuestiones de calzado. Le gusta +tener siempre tres o cuatro pares en buen uso. ¿Y por qué no las lleva +ella? Porque no sale. Luego está enferma... Enferma, ¿de qué?».</p> + + + +<hr /> +<h2>-<span class="smcap">ii</span>-</h2> + + +<p><i>Platón</i> se despidió de su amigo, y cogió el lío diciendo que +tenía que ir a la calle del Arenal.</p> + +<p>«Justo—discurrió Maxi sin decir una palabra—.</p> + +<p>Allí está su zapatero. Arenal, 22... Lo que me falta saber, podría +averiguarlo siguiendo a ese bárbaro. Pero no... Con la lógica y sólo con +la lógica lo averiguaré. ¿Para qué quiero esta gran cordura que ahora +tengo? Con mi cabeza me gobierno yo solo».</p> + +<p>Después, cuando entraron Ido, Refugio y otras personas, estuvo muy +comunicativo, discurriendo admirablemente sobre todo lo que se trató, +que fue la insurrección de Cuba, el alza de la carne, lo que se debe +hacer para escoger un bonito número en la lotería, la frecuencia con que +se tiraba gente por el Viaducto de la calle de Segovia, el tranvía nuevo +que se iba a poner y otras menudencias.</p> + +<p>Un día de los primeros de Marzo, Maxi, al dirigirse al café, vio a +Izquierdo en los soportales de la Casa-Panadería, y a punto que le +saludaba, pasó y se detuvo el cobrador municipal. Este y José cambiaron +unas palabras.</p> + +<p>«En seguida voy al café—dijo el <i>modelo</i>, mostrando varios paquetes a +su amigo, que los miraba con curiosidad—. Subo a largar esto: Varas de +cinta... jabón... demonios, dátiles. Voy cargado como un santísimo +burro».</p> + +<p>Maximiliano siguió hacia el café, y observando que Platón tomaba hacia +la calle de Ciudad Rodrigo, miró su reloj.</p> + +<p>—¡Dátiles!... ¡Cuántos le he comprado yo! Las golosinas la venden. Se +despepita por ellas...—pensó el razonador, penetrando en el establecimiento, +sin ver nada de lo que en él había—. Come dátiles... luego no está mala; +los dátiles son muy indigestos. Y puesto que ella los come, la causa del no +salir, no es enfermedad... Luego, es otra cosa...</p> + +<p>Y viendo entrar a Izquierdo, volvió a mirar su reloj. «Ha tardado doce +minutos. Luego la casa está cerca... Doce minutos: pongamos cuatro para +subir la escalera, dos para bajarla... Y está cansado el hombre; debe de +ser alta la escalera... La casa está cerca. La descubriremos por la +lógica. Nada de preguntas, porque no me lo dirían; ni seguir a este +animal, porque eso no tendría mérito. Cálculo, puro cálculo...».</p> + +<p>Izquierdo y el cobrador municipal le convidaron a unas copas; pero él no +quiso aceptar, porque le repugnaba el aguardiente. Oyoles la +conversación sin aparentar oírla, aunque nada interesante tenía para él, +pues versó sobre si la Villa iba a suprimir tantas y tantas mulas del +ramo de jardines y paseos para repartirse la cebada entre los +concejales. Después el recaudador sacó a relucir no sé qué asunto de +familia, quejándose de las continuas enfermedades de su esposa, de lo +que Izquierdo tomó pie para decir unas cuantas barbaridades sobre las +ventajas de no tener familia que mantener. «Musotros los viudos estamos +como queremos» dijo volviéndose a Maxi y dándole un palmetazo en el +hombro. El pobre muchacho hizo como que aprobaba la idea, sonriendo, y +para sí dio unas cuantas vueltas al manubrio de la lógica: «Se te ha +encargado que no descubras nada; se te ha dicho que tengas cuidado con +lo que hablas delante de mí, dromedario, y tú, como todos, te empeñas en +meterme en la cabeza la idea de que estoy viudo. No cuentas con que mi +cabeza es un prodigio de claridad y raciocinio. A buena parte vienes. +Verás cómo destruyo tus sofismas y mentiras. Verás lo que puede el +cálculo de un cerebro lleno de luz... ¡Con que yo viudo! Lo mismo que mi +tía, que me dijo ayer: «desde que <i>enviudaste</i>, pareces otro...». Me +conviene hacerles creer que me lo trago. Con mi lógica me las arreglo +admirablemente y me río del mundo. ¡Qué bonita es la lógica; pero qué +bonita! ¡Y qué hermosura tener la cabeza como la tengo ahora, libre de +toda apreciación fantasmagórica, atenta a los hechos, nada más que a los +hechos, para fundar en ellos un raciocinio sólido!... Pero vámonos a mi +casa, que mi tía me espera».</p> + +<p>Tres días después de esto, al entrar en la botica, notó que Ballester y +Quevedo hablaban, y que al verle llegar a él, se callaron súbitamente. +Como había adquirido facilidad para la apreciación de los hechos, aquel +se le reveló claramente. Segismundo y el comadrón trataban de algo que +no querían oyese Maximiliano.</p> + +<p>Para disimular le preguntaron a él por su salud, y a poco dijo Quevedo +al farmacéutico en tono muy misterioso: «¿Ha preparado usted el +cornezuelo de centeno? Basta con eso por ahora».</p> + +<p>«Qué tal, ¿paseamos mucho, joven?—agregó en alta voz, volviendo hacia +Maxi su cara de caimán, en la cual la sonrisa venía a ser como una +expresión de ferocidad—. Vamos bien, vamos bien. Al fin podrá usted +volver a sus ocupaciones ordinarias. Ya decía yo que en cuanto estuviera +usted libre... por aquello de <i>muerto el perro se acabó la rabia</i>». +Rubín contestó afirmativamente y con amabilidad. Después observó que +Ballester sacaba de un cajón un paquetito de medicamento y se lo daba al +Sr. de Quevedo, diciéndole: «Lléveselo usted; lo he pulverizado yo mismo +con el mayor esmero. La antiespasmódica la llevaré yo». El comadrón tomó +el paquete y se fue.</p> + +<p>A poco entró <i>doña Desdémona</i> preguntando por su marido, y pudo observar +el joven que Ballester le hizo señas, llamándole la atención sobre la +presencia de Maxi, pues la señora empezó diciendo: «¿Ha ido otra vez a +la Cava?». Aquello se arregló y <i>doña Desdémona</i> invitole a que la +acompañase a su casa, lo que él hizo de bonísima gana, remolcándola del +brazo por la escalera arriba. Conversando estuvieron largo rato, y la +señora de Quevedo le enseñaba sus jaulas de pájaros, canarias en cría, +un jilguero que sacaba agua del pozo, y comía extrayendo el alpiste de +una caja, con otras curiosidades ornitológicas de que tenía llena la +casa. A la hora de comer entró Quevedo muy fatigado, diciendo: «No hay +nada todavía...». Y como vio allí al sobrino de doña Lupe, no dijo más.</p> + +<p>Cuando Maximiliano se retiró, iba desarrollando en su mente la más +prodigiosa cadena de razonamientos que en aquellas cavilaciones se había +visto. «¿Ves como salió? Lo que fulminó en mi cabeza como un resplandor +siniestro del delirio, ahora clarea como luz cenital que ilumina todas +las cosas. Vaya, hasta poeta me estoy volviendo. Pero dejémonos de +poesías; la inspiración poética es un estado insano. Lógica, lógica, y +nada más que lógica. ¿Cómo es que lo averiguado hoy por procedimientos +lógicos, fundados en datos e indicios reales, existió antes en mi mente +como los rastros que deja el sueño o como las ideas extravagantes de un +delirio alcohólico? Porque esto no es nuevo para mí. Yo lo pensé, yo lo +concebí envuelto en impresiones disparatadas y confundido con ideas +enteramente absurdas. ¡Misterios del cerebro, desórdenes de la ideación! +Es que la inspiración poética precede siempre a la verdad, y antes de +que la verdad aparezca, traída por la sana lógica, es revelada por la +poesía, estado morboso... En fin, que yo lo adiviné, y ahora lo sé. El +calor se transforma en fuerza. La poesía se convierte en razón. ¡Qué +claro lo veo ahora! Vive en la Cava, en la Cava, en la misma casa tal +vez donde vivió antes. Se esconde para que no la vea nadie. El suceso se +aproxima. La asiste Quevedo. Para ella son el cornezuelo de centeno y la +antiespasmódica. ¡Ah!, ¡cómo me río yo de estos imbéciles que creen que +me engañan!... ¡Engañarme a mí, que estoy ahora más cuerdo que la misma +cordura! ¡Dios mío, qué talento tengo! ¡Qué manera de discurrir!... +¡Estoy asombrado de mí mismo, y compadezco a mi tía, a Ballester, a +todos los que hacen delante de mí esta comedia! 'Todavía no hay nada', +fue lo que dijo Quevedo al volver a la Cava. Presunción equivocada, +falsos síntomas. Luego la cosa está próxima. Estamos en Marzo. Bien, no +me falta más que averiguar la casa. Si me dejara llevar de la +inspiración, aseguraría que es la misma casa aquella, la de los +escalones de piedra. Pero no; procedamos con estricta lógica, y no +aseguremos nada que no esté fundado en un dato real».</p> + +<p>Al día siguiente estuvo con su hermano en el café del Siglo, y después +en el de Gallo con Refugio. Era el 19 de Marzo, y los que se llamaban +José convidaban a toda la tertulia. Ido del Sagrario se negaba a tomar +copas y su amigo Izquierdo, que bebía aguardiente como si fuera agua, se +burlaba de la sobriedad del profesor de instrucción primaria, el cual +aseguró haber comido <i>fuerte</i> y no hallarse muy bien del estómago. Poco +a poco se iba desprendiendo el buen Ido de la masa de gente que formaba +la tertulia, retirándose de silla en silla, hasta que Maxi le vio en la +mesa más lejana, ensimismado, los codos sobre el mármol y la cabeza en +las palmas de las manos. Fuese hacia él, movido de lástima, y le +preguntó lo que tenía. «Amigo—le dijo Ido con voz cavernosa, mostrando +su cara descompuesta—, ¿ve usted cómo me tiembla el párpado derecho? +Pues es señal de que me estoy poniendo malo... pero no tiene usted idea +de lo malo que me pongo».</p> + +<p>—Vamos, D. José, eso no es más que aprensión (tratando de llevarle al +grupo principal).</p> + +<p>—Déjeme usted... Se ríen de mí, porque desbarro mucho... Tiempo hacía +que no me daba esto; pero lo veo venir, lo veo venir... Ya, ya me entra, +y no lo puedo remediar. Tendré que ausentarme, para que no se burlen de +mí. Porque me pongo perdido... Me pongo como si bebiera mucho +aguardiente, y ya ve usted que no lo cato... no lo cato, créamelo usted, +caballero. Usted es el único que no se reirá de mí; usted comprende mi +desgracia y me compadece.</p> + +<p>—D. José... que se le quiten esas cosas de la cabeza—le dijo el otro, +oficiando de hombre sesudo y razonable.</p> + +<p>—¡Ah!... pues quíteme del campo de mi vida los hechos... (tocándole +amigablemente el brazo). Porque somos esclavos de las acciones ajenas, y +las nuestras no son la norma de nuestra vida. Así es el mundo. De nada +le vale a usted ser honrado, si la maldad de los demás le obliga a hacer +una barbaridad.</p> + +<p>—Eso está muy bien discurrido.</p> + +<p>—¡Oh!, la desgracia vuelve sabios a los tontos... No, no somos dueños +de nuestra vida. Estamos engranados en una maquinaria, y andamos +conforme nos lleva la rueda de al lado. El hombre que hace el disparate +de casarse, se engrana, se engrana, ¿me entiende usted?, y ya no es +dueño de su movimiento.</p> + +<p>—Entiendo, sí...—Pues no me acuse usted si oye que he cometido un +crimen (hablándole al oído), porque los que tenemos la desgracia de ser +esposos de una adúltera... Los que tenemos esa desgracia, no podemos +responder de aquel mandamiento que dice: <i>no matar</i>. Creo que es el +quinto.</p> + +<p>—Sí, el quinto es—dijo Maxi, que sentía una corriente fría pasándole +por el espinazo.</p> + +<p>—Y aquí donde usted me ve... (echándose para atrás y expresándose +siempre en voz muy baja), hoy mato yo...</p> + +<p>Esto, aunque dicho muy quedamente, fue oído de Izquierdo, que rompiendo +a reír, soltó esta andanada: «¡Pues no dice este judío <i>Dio</i> que hoy +mata él!... ¿En qué plaza, camaraíta?».</p> + +<p>Las carcajadas atronaban el café, y Rubín se acercó al grupo principal, +diciendo con la mayor serenidad del mundo y en tono de benevolencia y +compasión: «Señores, no burlarse de este pobre señor que no tiene la +cabeza buena. Un trastorno mental es el mayor de los males, y no es +cristiano tomar estas cosas a broma. Denle un poco de agua con +aguardiente».</p> + +<p>Se la ofrecieron; pero Ido no la quiso tomar. Amorraba la cabeza entre +los brazos cruzados sobre el mármol, y el dueño del establecimiento, +mirándole con sorna, le decía: «Aquí no se duermen monas. A dormirlas a +la calle». Maxi trató de hacerle levantar la cabeza. «D. José, a usted +le convendría tomar duchas y también unas pildoritas de bromuro de +sodio. ¿Quiere que se las prepare? Es el tratamiento más eficaz para +combatir eso... Dígamelo usted a mí, que durante una temporada he estado +como usted... muchísimo peor. Yo inventaba religiones; yo quería que +todo el género humano se matara; yo esperaba el Mesías... Pues aquí me +tiene tan sano y tan bueno».</p> + +<p>Y volviendo al grupo principal: «Nada, hay que dejarle. Eso le pasará. +¡Pobrecito!, me da mucha lástima».</p> + +<p>De repente, D. José se levantó de su asiento y salió de estampía, entre +la risa y chacota de toda la partida. Maxi quiso salir detrás; pero +Refugio le tiró de los faldones y le hizo sentar a su lado: «Déjalo tú, +¿qué te importa?». Y apareció el tumulto, por la entrada de otros Pepes; +y el amo del café, que también era algo José, repartió puros y ron con +marrasquino. Algunos se empeñaron en que Maximiliano bebiese; pero ni él +quería, ni Refugio se lo hubiera permitido, atenta siempre a cuidar de +su preciosa salud. Lo que hacía el excelente muchacho era reír con la +mayor buena fe todas las gracias que allí se decían, hasta las más +zafias y groseras, aunque sin participar mucho de la estrepitosa alegría +de aquella gente.</p> + + + +<hr /> +<h2>-<span class="smcap">iii</span>-</h2> + + +<p>Comió Rubín aquella noche sosegadamente con su tía, contándole +algo de lo que había visto y oído en el café, a lo que respondió la gran +señora expresándole su deseo de que no fuese más a aquel +establecimiento, por estar muy lejos, y porque en él siempre encontraría +una sociedad inculta y ordinaria. El joven parecía conformarse con esta +idea, y aseguró que no volvería más. Después fue con su tía a casa de +Samaniego, y mientras duró la tertulia, permaneció apartado de ella, +labrando y puliendo su idea. «Es en la casa de los escalones de +piedra... Después que echó aquel brindis estúpido, Izquierdo habló de +subir a gatas a casa de su hermana, y de bajar rodando por los +escalones de piedra... Ya sé, pues, dónde está. Ahora, hay que proceder +con sigilo y decisión. Llegó la hora de castigar. El honor me lo pide. +No soy un asesino, soy un juez. Aquel desgraciado hombre lo decía: +'Estamos engranados en la máquina, y la rueda próxima es la que nos hace +mover. Sus dientes empujan mis dientes, y ando'».</p> + +<p>—¿Por qué suspiras, hijo?—le preguntó su tía, observándole caviloso y +suspirante.</p> + +<p>Contestó evasivamente, y a poco se retiraron, no sin que <i>doña +Desdémona</i> invitase al joven a pasar en su casa la mañana siguiente. Le +enseñaría todos sus pájaros y le daría de almorzar. Aceptada esta +fineza, Maxi se personó en casa de Quevedo desde las nueve, hora en que +la señora aquella se hallaba en la plenitud de sus funciones, limpiando +jaulas, revisando nidos, examinando huevos, y sosteniendo con este y el +otro volátil pláticas muy cariñosas. Su obesidad no le impedía ser ágil +y diligentísima en aquella faena. Gastaba una bata de color de almagre, +y como su figura era casi esférica, no parecía persona que anda, sino un +enorme queso de bola que iba rodando por las habitaciones y pasillos. No +tardó en asociar al chico a sus operaciones, enseñándole a distribuir el +alpiste a toda la familia. Con algunos sostenía <i>doña Desdémona</i> +conversaciones maternales.</p> + +<p>«¿Qué dices tú, chiquitín de la casa?... gloria mía... A ver, ¿tiene el +niño mucha hambre...? ¡Ay qué pico me abre este hijo!». Y los trinos +ensordecían la casa. Con verdadero ahínco, Maximiliano seguía torneando +en su cabeza las ideas de la noche anterior. «La mataré a ella y me +mataré después, porque en estos casos hay que poner el pleito en manos +de Dios. La justicia humana no lo sabe fallar».</p> + +<p>—¡Qué mala es esta pájara!—decía <i>doña Desdémona</i>—, no sabe usted lo +mala que es. Ha matado ya tres maridos... y de los hijos no hace caso. +Si no fuera por el macho, que es, ahí donde usted lo ve, toda una +persona decente, los pobrecitos se morirían de hambre.</p> + +<p>—Hay que perdonarla—replicó Maxi con humorismo—, porque no sabe lo +que se hace... Y si la fuéramos a condenar, ¿quién le tiraría la primera +piedra?</p> + +<p>—Vamos ahora a los pericos, que ya están alborotados.</p> + +<p>«La lógica exige su muerte—pensaba Rubín colgando cuidadosamente una +jaula en que había muchos nidos—. Si siguiera viviendo, no se cumpliría +la ley de la razón».</p> + +<p>La renovación del alpiste y del agua daba a aquellos infelices y +graciosos seres aprisionados una alegría insensata; y poniéndose todos a +piar y a cantar a un tiempo, no era posible que se entendieran las +personas que entre ellos estaban. <i>Doña Desdémona</i> hablaba por señas. +Maxi parecía contento, y hubiera vuelto a empezar todas las operaciones +por puro entretenimiento. Cuando llegó la hora de almorzar, tenía ya muy +buen apetito, y el comadrón y su esposa estuvieron muy amables con él, +diciéndole que le agradecerían fuese todos los días, si tenía gusto en +ello. Ya Quevedo no era celoso, y desde que su esposa se había +redondeado hasta hacer la competencia a los quesos de Flandes, se curó +el buen señor de sus murrias y no volvió a hacer el Otelo. Sin embargo, +a ninguno que no fuera el pobre Rubín, le habría permitido entrar +libremente en la casa, porque en verdad, no le consideraba a éste capaz +de comprometer la honra de ningún hogar donde penetrase.</p> + +<p>Doña Lupe entró muy gozosa, diciendo: «¿Qué tal se ha portado el +galán?».</p> + +<p>—Admirablemente, señora. Es lo más amable...—replicó <i>doña Desdémona</i>, +y llevándola aparte, añadió—: Si está bueno y sano... ¡Si viera usted +qué contento y qué tranquilo...! Nada, como la persona de más juicio.</p> + +<p>—Yo creo—dijo la de Jáuregui—, que si no está curado, le falta poco. +¿Y qué hay de eso?</p> + +<p>—Esta mañana volvió Quevedo. Todavía nada... Esperando por momentos... +Ella, con mucho miedo.</p> + +<p>Algo más cotorrearon, pero no hace al caso. Doña Lupe se llevó a su +sobrino al Monte de Piedad, y como aquel día las ventas fueron de muy +poco interés, tornaron pronto a casa, después de comprar fresa y +espárragos en un puesto de la calle de Atocha. Por la tarde, la señora +encargó a su sobrino que le hiciera unas cuentas algo complicadas, y él +las despachó con presteza y exactitud, sin equivocarse ni en un céntimo; +y como su tía se maravillase de aquel tino aritmético, el joven se echó +a reír, diciéndole: «¿Pero usted qué se ha figurado? Si tengo yo la +cabeza como no la he tenido nunca. Si estoy tan cuerdo, que me sobra +cordura para darla a muchos que por cuerdos pasan».</p> + +<p>Hacía muchísimo tiempo que doña Lupe no había visto al chico tan +despejado, con tanto reposo en el espíritu y el ánimo tan dispuesto a la +alegría, señales todas de reparación indudable. «Si no dudo que estés +bien... Cierto que ya quisieran muchos... Yo me alegro infinito de verte +así, y le pido a Dios que te conserve».</p> + +<p>—Crea usted que seguiré lo mismo. Yo reconozco en mi cabeza una fuerza +que nunca he tenido. Discurro admirablemente, y se lo voy a probar a +usted ahora mismo. Se pasmará usted al ver que si buena comedia han +hecho ustedes conmigo, mejor la he hecho yo con ustedes. Los engañadores +son los engañados.</p> + +<p>Doña Lupe empezó a alarmarse.</p> + +<p>—Pues verá usted (continuando en la mesa en que había hecho las cuentas +y con el papel de ellas entre las manos). Mi familia, Ballester y todas +las personas a quienes conozco fuera de casa, <i>bordaban</i> admirablemente +su papel; y yo callado... haciéndome el tonto, mientras con la sola +fuerza del cálculo, descubría la verdad.</p> + +<p>Y doña Lupe tan parada, que no sabía qué decirle.</p> + +<p>«Y vea usted cómo le pruebo que mi cabeza da quince y raya hoy a las +cabezas mejor organizadas, incluso la de usted. Sin decir una palabra a +nadie, sin preguntar a bicho viviente, y fundándome sólo en algún +indicio que pescaba aquí y allí, sentando hechos y deduciendo +consecuencias, he descubierto la verdad... todo con la pura lógica, tía, +con la lógica seca. Atienda usted y asómbrese».</p> + +<p>Estaba, en efecto, la viuda ilustre tan asombrada como quien ve volar un +buey.</p> + +<p>«Pues por el orden siguiente, he ido descubriendo estos hechos: Que +Fortunata no se ha muerto, que está en Madrid, que vive cerca de la +Plaza Mayor, que vive en la Cava de San Miguel, en la casa de los +escalones de piedra, que está fuera de cuenta desde hace un mes, y que +D. Francisco de Quevedo la asiste».</p> + +<p>Doña Lupe no se atrevió a negar; tan abrumadoras eran las verdades que +su sobrino manifestaba. «Verás... Tú no debes ocuparte de eso... Te +concedo que vive, pero no sé dónde. Y en cuanto al embarazo, es error +tuyo y de tu maldita lógica. ¡Vaya con la salida! El diablo cargue con +tu lógica».</p> + +<p>—Si insiste usted, querida tía, en hacer comedias, creeré que quien ha +perdido el juicio es usted. Yo afirmo lo que he dicho, y tengo la +evidencia de que es verdad. Mí lógica no me engaña ni puede engañarme. +Con franqueza: ¿nota usted en mí algo que remotamente se parezca a falta +de juicio?</p> + +<p>Doña Lupe no supo qué responder.</p> + +<p>«¿He dicho algún disparate?... ¿Se atreve usted a sostener que lo he +dicho? Pues tomemos un coche y vamos a la Cava... ¡Ah!, no quiere usted. +Luego, yo he dicho la verdad, y la que falta ahora a ella, sin duda con +muy buen fin, es mi señora tía. ¿Quién es aquí el cuerdo y quién no lo +es?».</p> + +<p>—Pues repito que eso del estado interesante es una papa—dijo la viuda +llena de confusión—. Alguien ha querido darte un bromazo, que por +cierto es de muy mal gusto.</p> + +<p>—Yo le juro a usted que con nadie he hablado de este asunto, +absolutamente con nadie. El conocimiento adquirido es obra del cálculo +puro. Y ahora, por si alguien duda todavía de que yo sea la cordura +andando, voy a dar a todos la última prueba de ella. ¿Cómo? Pues no +volviendo a hablar de semejante asunto. Se acabó. Sigamos la vida +ordinaria... Aquí no ha pasado nada, tía; hágase usted cuenta de que no +hemos hablado nada. ¿No me dijo usted que tenía otra cuenta que +arreglar? Venga; estoy pronto, con una cabeza que es un acero para los +números, pues estos son la pura esencia de la lógica.</p> + +<p>Y se puso a trabajar en las operaciones aritméticas con tanta serenidad, +y un temple tan equilibrado, que doña Lupe salió de la estancia +haciéndose cruces y diciendo que si lo que acababa de oír se lo hubieran +contado los cuatro Evangelistas, no les habría dado crédito. Pero siendo +lo que refirió el sobrino un prodigio de capacidad intelectual, la +señora no las tenía todas consigo respecto al estado de aquella cabeza. +Entráronle alarmas, como las de los peores días pasados, y se puso de un +humor vidrioso no acertando a determinar si aquello de la lógica era una +crisis favorable, o por el contrario, traería nuevas complicaciones.</p> + +<p>Y no estuvo muy feliz Juan Pablo, en la elección de aquel día para hacer +a doña Lupe la proposición de empréstito, pues encontró a la capitalista +dada a todos los demonios. Era el hombre de menos suerte que existía, +pues nunca daba en el quid de la buena ocasión; lástima grande, porque +el discurso que llevaba preparado para convencer a la señora era +admirable, y una roca se ablandaría oyéndolo. Su tía no le dejó pasar +del exordio, negándose absolutamente a contratar ninguna clase de +préstamo ni en las condiciones más usurarias. Total: que salió Juan +Pablo de la casa renegando de su estrella, de su tía y de todo el género +humano, revolviendo en su mente propósitos de venganza con proyectos de +suicidio, pues estaba el infeliz como el náufrago que patalea en medio +de las olas, y ya no podía más, ya no podía más. Se ahogaba.</p> + + + +<hr /> +<h2>-<span class="smcap">iv</span>-</h2> + + +<p>En la noche de aquel aciago día, que creyó deber marcar con la +piedra más negra que en su triste camino hubiera, Juan Pablo sostuvo en +el café del Siglo las teorías más disolventes. Con gran estupefacción de +D. Basilio Andrés de la Caña, que volvió a la tertulia, embistió contra +la propiedad individual, haciendo creer al propio sujeto y a otros tales +que se había dado un atracón de lecturas prudhonianas. No había visto un +solo libro, ni por el forro, y toda su argumentación ingeniosa sacábala +de la rabia que contra doña Lupe sentía, rencor satánico que habría +bastado para inspirar epopeyas.</p> + +<p>Como el gran principio de la propiedad individual no tenía en aquella +desigual contienda más defensor que D. Basilio, quedó maltrecho. La mesa +de mármol, en torno de la cual formaban animado círculo las caras de los +combatientes, estaba a última hora llena de cadáveres, revueltos con +las cucharillas, con los vasos que aún tenían heces de café y leche, con +la ceniza de cigarro, los periódicos y los platillos de metal blanco, en +los cuales la mano afanadora de D. Basilio no había dejado más que polvo +de azúcar. Dichos cadáveres, horriblemente destrozados, eran la +propiedad, todas las clases de propiedad posibles, el Estado, la Iglesia +y cuantas instituciones se derivan de estos dos principios, Matrimonio, +Ejército, Crédito público, etc... Con admiración de todos, Juan Pablo se +lanzó a la defensa del amor libre, de las relaciones absolutamente +espontáneas entre los sexos, y puso la patria potestad sobre la cabeza +de la madre. Al Papa le deshizo, y la tiara quedó pateada bajo la mesa, +con los pedazos de periódico, los salivazos y el palillo deshilachado de +D. Basilio, quien al fin, en el barullo de la derrota, arrojó lejos de +sí aquel marcador de sus argumentos. También andaba por el suelo la +corona real, triturada por las suelas de las botas, y el cetro de toda +autoridad corría la misma suerte. Las conteras de los bastones, +golpeando con furia el sucio entarimado, remataban las víctimas que iban +cayendo de la mesa, expirantes. Creeríase que Juan Pablo las estrujaba +con los codos, después de acribillarlas con su dialéctica, y cuando +cogía un lápiz y trazaba números con febril mano sobre el mármol, para +probar que no debe haber presupuesto, parecía un Fouquier de Thinville +firmando sentencias de muerte y mandando carne a la guillotina.</p> + +<p>¿Y qué menos podía hacer el desgraciado Rubín que descargar contra el +orden social y los poderes históricos la horrible angustia que llenaba +su alma? Porque estaba perdido, y la cruel negativa de su tía le puso en +el caso de escoger entre la deshonra y el suicidio. Antes de ir al café +había tenido un vivo altercado con Refugio, por pretender ésta que fuese +con ella a Gallo, y el disgusto con su querida, a quien tenía cariño, le +revolvió más la bilis. Sus amigos no podían con él; estaba furioso; poco +faltaba para que insultase a los que le contradecían, y su numen +paradójico se excitaba hasta un grado de inspiración que le hacía +parecer un propagandista de la secta de los <i>tembladores</i>. El que mejor +replicaba ¡parece increíble!, era Maxi, que se quedó en el café más +tiempo del acostumbrado, retenido por el interés de la polémica. +Defendía el joven Rubín los principios fundamentales de toda sociedad +con un ardor y una serena convicción que eran el asombro de cuantos le +oían. No se alteraba como el otro; argumentaba con frialdad, y sus +nervios, absolutamente pacíficos, dejaban a la razón desenvolverse con +libertad y holgura. La suerte de Rubín mayor fue que Rubín menor se +marchó a las diez, pues doña Lupe le tenía prescrito que no entrase en +casa tarde, y por nada del mundo desobedecería él esta pragmática. Había +vuelto a la docilidad de los tiempos que se podrían llamar +<i>antediluvianos</i> o que precedieron a la catástrofe de su casamiento. +Dejando que su hermano se arreglara como pudiese con los demás +tratadistas de derecho público, abandonó el café con ánimo de irse +derechito a su casa. Atravesó la Plaza Mayor, desde la calle de Felipe +III a la de la Sal, y en aquel ángulo no pudo menos que pararse un rato, +mirando hacia las fachadas del lado occidental del cuadrilátero. Pero +esta suspensión de su movimiento fue pronto vencida del prurito de +lógica que le dominaba, y se dijo: «No; voy a casa, y han dado ya las +diez... Luego, no debo detenerme». Siguió por la calle de Postas y +Vicario Viejo, y antes de desembocar en la subida a Santa Cruz, vio +pasar a Aurora, que salía de la tienda de Samaniego para ir a su casa. +«¡Qué tarde va hoy!» pensó, siguiendo tras ella por la calle arriba, +hacia la plazuela de Santa Cruz, no por seguirla, sino porque ella iba +delante de él, sin verle. Andaba la viuda de Fenelón a buen paso, sin +mirar para ninguna parte, y llevaba en la mano un paquete, alguna obra +tal vez para trabajar en su casa el día siguiente, que era domingo, y +domingo de Ramos por más señas.</p> + +<p>Como iba más aprisa que él, pronto se aumentó la distancia que les +separaba. En vez de seguir por la calle de Atocha para tomar por la de +Cañizares, como parecía natural (este era el itinerario que usaba Maxi), +la joven se metió por el oscuro callejón del Salvador. En la sombra del +Ministerio de Ultramar la esperaba un hombre que la detuvo un instante: +diéronse las manos y siguieron juntos. «Hola, hola—se dijo Maxi +acechando—, ¿belenes tenemos?». Y viéndoles ir por el callejón +adelante, una idea o más bien sospecha encendió en él vivísima +curiosidad. Siguiéndoles a cierta distancia, se cercioró al punto de lo +que antes fuera presunción, y la certidumbre produjo en su alma +violentísima sacudida. «Es él, ese infame... La espera; van juntos... y +toman la vía más solitaria... Luego, son amantes... ¡Engañar a una pobre +mujer... un hombre casado!...». Determinose en él con poderosa fuerza el +rencor de otros tiempos, aquel rencor concentrado y sutil que era como +un virus ponzoñoso, tan pronto manifiesto como latente, y que al +derramarse por todo su ser, producía tantos y tan distintos fenómenos +cerebrales. Al propio tiempo se desbordaba en el alma del desdichado +joven un sentimiento quijotesco de la justicia, no tal como la estiman +las leyes y los hombres, sino como se ofrece a nuestro espíritu, +directamente emanada de la esencia divina. «Esto lo tolera y aun lo +aplaude la sociedad... Luego, es una sociedad que no tiene vergüenza. +¿Y qué defensa hay contra esto? En las leyes ninguna. ¡Ay, Dios mío, si +tuviera aquí un revólver, ahora mismo, ahora mismo, sin titubear un +instante, le pegaba un tiro por la espalda y le partía el corazón! No +merece que se le mate por delante. ¡Traidor, miserable, ladrón de +honras! ¡Y esa tonta que se deja engañar!... Pero ella no merece la +muerte, sino la galera, sí señor, la galera...».</p> + +<p>Al día siguiente del lastimoso lance ocurrido cerca de Cuatro Caminos, +no estaba Maxi más excitado y rencoroso que aquella noche lo estuvo. En +el tiempo transcurrido desde la noche aciaga de Noviembre, no había +visto a su ofensor sino muy contadas veces, y siempre de lejos; nunca le +había tenido así, tan a tiro... «¡Ay!, ¿por qué no traigo un +revólver?... Ahora mismo le dejaba seco. Si pasara por una armería, lo +compraba... Pero si no tengo dinero. La tía no me da más que los dos +reales para el café. Dios, ¡qué desesperación! Si me infundes la idea de +la justicia, idea lógica, perfectamente lógica, ¿por qué no me das los +medios para hacerla efectiva?... Verle expirar revolcándose en su +sangre; no tenerle ninguna lástima... ¡Que no vea yo esto, Dios!... ¡Que +no lo vea el mundo entero... porque el mundo entero se había de +regocijar...!».</p> + +<p>Después de recorrer la calle de Barrionuevo y la Plaza del Progreso, la +pareja tomó por la calle de San Pedro Mártir, buscando la vía menos +concurrida. «Van a tomar por la calle de la Cabeza—dijo Maxi—, por +donde no pasa un alma a estas horas. ¡Ah!, trasto, ladrón de honras, +asesino... La justicia caerá sobre ti algún día, si no hoy, mañana. Lo +que siento es que no sea por mi mano». Seguíales sin perderles de vista, +a bastante distancia... «Me duelen las contusiones que recibí aquella +noche, como si las acabara de recibir... Perdulario, cobarde, que te +ensañas con los débiles de cuerpo, con los enfermos que no se pueden +tener... A ti se te contesta con una bala... ¡plaf! Y se te deja seco... +Y yo me quedaría tan fresco si te pudiera dar lo que mereces... pero tan +fresco y tan satisfecho como se queda todo el que ha hecho un bien muy +grande, pero muy grande...».</p> + +<p>Al llegar a la calle del Ave María, Rubín se pasó a la acera de los +impares y se puso en acecho en la esquina de la calle de San Simón, en +la sombra. Detuviéronse: Aurora parecía decir a su galán que no siguiese +más. Era prudente esta indicación, y el galán se despidió apretándole la +mano. Maxi le miró subir hacia la calle de la Magdalena, y sentía deseos +de gritar e írsele encima: «Ratero de mi honor y de todos los honores... +ahora las vas a pagar todas juntas». Creía que se le afilaban las uñas +haciéndosele como garras de tigre. En un tris estuvo que Maxi diese el +salto y cayese sobre la presa. La lógica le salvó. «Soy mucho más débil, +y me destrozará... Un revólver, un rifle es lo que yo necesito».</p> + +<p>Cuando los amantes desaparecieron de su vista, Rubín penetró en su casa. +Lo más particular fue que la idea de su mujer se borró de su mente +durante aquel suceso, o quizás personificaba en Aurora la totalidad de +las deslealtades y traiciones femeninas. A solas en su cuarto, fue +acometido de una duda horrible. «Pero esto que me desvela ahora—se +decía revolviéndose en el lecho—, ¿es verdad, o lo he soñado yo? Sé que +entré, sé que caí en la cama, sé que dormí, y ahora me encuentro con +esta impresión espantosa en mi cerebro. ¿Es verdad que les he visto, al +infame y a ella, o lo he soñado? Que yo he tenido un sopor breve y +profundo, es indudable... Pues ya voy creyendo que ha sido sueño... Sí; +sueño ha sido... Aurora es honrada. Vaya con las cosas que sueña uno... +¡Pero no, Dios, si lo vi, si lo estoy viendo todavía, y si tengo +estampadas aquí las dos figuras...! Esto es para volverse loco... ¡y +sería lástima, ahora que estoy tan cuerdo...!».</p> + +<p>Todo el día siguiente estuvo con la misma confusión en su mente. ¿Lo +había visto, o lo había soñado? El Miércoles Santo enviole su tía con un +recado a casa de Samaniego, y después de estarse allí gran rato, oyendo +tocar la pieza, notó que doña Casta hablaba muy vivamente con +Aurora.—«Vaya, hija, que hoy nos has dado un buen plantón. ¡Tres horas +esperándote!... ¿A qué tienes tú que ir hoy al obrador, si hoy no se +trabaja?... Lo mismo que el Domingo de Ramos... Toda la tarde en el +obrador, y luego viene Pepe y me dice que ni has aparecido por allí ni +ese es el camino. ¿En dónde estuviste? ¡En casa de las de Reoyos! ¿Y qué +hacías tú tantas horas en casa de las de Reoyos? Tengo yo que +averiguarlo...».</p> + +<p>Aurora se defendía con ingenio y tesón, como quien sabe que es mayor de +edad y puede, cuando quiera, echar a rodar la autoridad materna; pero no +llegó el caso de hacerlo así. Maxi, aparentando poner sus cinco sentidos +en la pieza que tocaba Olimpia, no perdía sílaba de aquel doméstico +altercado. Gracias que la cuestión ocurrió cuando la niña tenía entre +sus dedos el <i>andante cantabile molto expresivo</i>, que si llega a +coincidir con el <i>allegro agitato</i>, ni Dios pesca una letra de lo que +hija y madre hablaron. Durante el <i>presto con fuoco</i>, Maxi se decía: +«Parece mentira que dudara yo un instante de que aquello era la pura +realidad... ¡Y lo creí sueño...!, ¡qué imbécil!... Un dato tomado de la +existencia positiva me ha quitado todas las dudas. Ahora no me basta con +la lógica, necesito ver algo más... y veré. ¡Qué lección para mi mujer! +¡Oh! Dios mío, ahora me asalta otra duda horrible. Si la mato no hay +lección. La enseñanza es más cristiana que la muerte, quizá más cruel, y +de seguro más lógica... Que viva para que padezca y padeciendo +aprenda... Pero a él debo matarle... ¡a él sí!».</p> + +<p>Oyendo el estrepitoso fin de la pieza, tuvo como un sopor de medio +minuto, y volvió de él asaltado por esta idea que le sacudía: «No, matar +no. Su maldad es necesaria para este gran escarmiento. La vida es lo que +duele y lo que enseña... La muerte para los buenos... para los +perversos, lógica, lógica».</p> + +<p>Apenas se había acabado la tocata, entró doña Casta a decirle: «Maxi, la +señora de Quevedo me ha llamado por la ventana del patio para decirme +que le mande a usted subir un momento. Tiene que enviar un recado a +Lupe». Subió el pobre chico, y <i>doña Desdémona</i> le hizo esperar un +ratito, pues estaba ayudando a su marido a desnudarse. Acababa de +entrar, muy fatigado; le llamaron a las doce y hasta aquella hora no +había podido volver a casa.</p> + +<p>«Querido—dijo a Rubín la dama esférica, tocándole amistosamente en el +hombro—. Hágame el favor de decirle a Lupe que la pájara mala sacó +pollo esta mañana... un polluelo hermosísimo... con toda felicidad...».</p> + +<p>Maxi se rascó una oreja, y sacando de su alma a los labios una sonrisa +extraña, cuya significación no pudo entender la señora de Quevedo, «la +pájara mala—dijo con acento de niño mimoso—, enséñemela usted... y el +pollo... enséñemelo también».</p> + +<p>—No, no, ahora no—replicó <i>doña Desdémona</i> empujándole hacia la +puerta—. Mañana los verá... Vaya ahora a decirle esto a su tía.</p> + + + +<hr /> +<h2>-<span class="smcap">v</span>-</h2> + + +<p>El interés con que doña Lupe esperaba noticias de la pájara mala y +de si sacaba bien o mal el pollo, no podrá ser comprendido sin tener en +cuenta las grandes ideas que en aquellos días despuntaban en el caletre +de la insigne señora. Su entendimiento excelso sugeríale determinaciones +para todos los casos, y medios de armonizar los hechos con los +principios en la medida de lo posible. Era su lema que debemos partir +siempre de la realidad de las cosas, y sacrificar lo mejor a lo bueno, y +lo bueno a lo posible. Esto lo había aprendido en la experiencia de los +negocios, la cual se aplica con éxito a los asuntos morales, del mismo +modo que el ejercicio de las matemáticas y la agilidad gimnástica que +dan al entendimiento, facilitan el estudio de la filosofía.</p> + +<p>Pues pensando en su sobrina, vino a sentar ciertas bases que discutió +consigo misma, dándolas al fin por indestructibles, a saber: que aquello +no tenía remedio, que la deshonra era inevitable, si bien no recaía +sobre doña Lupe, pues a todo el mundo constaba que ella no alentó ni +favoreció jamás los desvaríos de Fortunata. Esto lo sabían hasta los +perros de la calle. Por consiguiente, bien podía la señora estar +tranquila sobre este particular. Segundo punto: Fortunata sería todo lo +mala que se quisiera suponer; pero había pertenecido a la familia, y la +persona más importante de esta no podía menos de echar una mirada a la +descarriada joven para enterarse de sus pasos, y tratar de impedir que +arrojase sobre el claro apellido de Rubín ignominias mayores. +Presentábase un problema grave, cuya solución no estaba al alcance de +los entendimientos vulgares. Aquel pequeñuelo que iba a presentarse en +el mundo era, por ley de la naturaleza, sucesor de los Santa Cruz, único +heredero directo de poderosa y acaudalada familia. Verdad que por la ley +escrita, el tal nene era un Rubín; pero la fuerza de la sangre y las +circunstancias habían de sobreponerse a las ficciones de la ley, y si el +señorito de Santa Cruz no se apresuraba a portarse como padre efectivo, +buscando medio de transmitir a su heredero parte del bienestar opulento +de que él disfrutaba, era preciso darle el título de monstruo.</p> + +<p>«¡Oh!, si a mí me hubiera pasado lo que le pasa a esa panfilona—se +decía—, ¿cómo no me había de señalar el otro una pensión de alimentos?</p> + +<p>Bonito genio tengo yo para estas cosas... ¡Ah! ¡Pues si esa hiciera caso +de mí, y se dejara llevar...! Lo que es ahora, yo le aseguro que sus dos +o tres mil duros de pensión no se los quitaba nadie... Lo primerito que +yo haría era plantarme en casa de doña Bárbara y leerle la cartilla bien +leída... Y lo haré, lo haré, aunque esa simple no me autorice. No lo +puedo remediar, la iniciativa me alborota todo el espíritu, y reviento +si no le doy salida... Y me inspira lástima lo que va a nacer, porque es +un dolor que viva pobre viniendo de quien viene. Pues el día de mañana +(pongo que sea varón), cuando crezca y sea preciso librarle de quintas, +¿qué va a hacer esa infeliz? No, esto no puede quedar así... ¡pobre +criaturita! Hay que hacer algo, y véase aquí cómo es una caritativa +cuando menos lo piensa... No, lo que es yo no me callo, yo me voy a ver +a doña Bárbara, y con esta labia que tengo y lo bien que pongo los +puntos, le haré ver el disparate de que su nieto esté peor que un +inclusero... porque ¿de qué va a vivir? Las acciones del Banco se las +comerán hijo y madre en un par de años, y con el rédito de los treinta +mil reales no tienen ni para sopas. Lo que es dinero de Maxi no lo han +de ver, de eso respondo, porque sería el colmo de la afrenta y de la +tontería... Nada, nada; que yo doy la campanada gorda, siempre y cuando +el señorito ese no le señale el estipendio en el término de un mes. +Vaya si la doy... Me pongo mi abrigo de terciopelo, mi capota, mis +guantes y ¡hala!... Ahora se me ocurre que debo empezar por darle una +embestida a mi amiga Guillermina, que se hará cargo de la justicia del +caso... Sí, ¡magnífica idea! Guillermina hablará con la otra y... Ahora, +ahora comprenderá esa loquinaria la diferencia que hay entre obrar ella +por cuenta propia y tenerme a mí por consejera y directora. ¿Apostamos a +que ella, si el otro no le da un cuarto, se deja estar con su santa +pachorra, sin atreverse a nada, tragando hiel y muriéndose de hambre? +Pero yo, cuando hago el bien, lo hago contra viento y marea, y se lo +meto en los hocicos a las personas tercas e inútiles que no saben hacer +nada por sí».</p> + +<p>Estas ideas, que fermentaron en el cerebro de aquella gran diplomática y +ministra durante todo el mes de Marzo, determinaron los recaditos que +mandó a Fortunata con Ballester, el encargo que hizo a Quevedo de +asistirla cuando el caso llegara, no vacilando en decir al feo y hábil +profesor de obstetricia que sus honorarios no serían perdidos. Algo la +desconcertó Maxi el día en que se mostró sabedor del secreto, pues la +señora, para hacer todos aquellos proyectos benéficos en interés del +vástago de Santa Cruz, <i>partía del principio</i> de que su sobrino +desconocía en absoluto la verdad. Muchísimo se alegraba de verle tan +sereno; pero la sacaba de quicio el pensar que se volvería razonable +hasta el punto de compadecerse de su mujer, y asignarle alguna pequeña +renta para que no pidiera limosna o se prostituyese. No, el otro, el que +había roto los vidrios, era el que los tenía que pagar.</p> + +<p>A esta altura estaban sus cavilaciones, cuando Maxi le llevó la noticia +que le diera <i>doña Desdémona</i>. Lo primero en que doña Lupe puso su +atención inteligente fue en la cara del joven al dar el recado, y se +pasmó de su impavidez, a pesar de que demostraba penetrar el sentido +recto de la alegoría empleada por la señora de Quevedo. Después de +repetir textualmente el recado, añadió: «Ha sido esta mañana. D. +Francisco acababa de llegar y se estaba acostando».</p> + +<p>Doña Lupe no volvía de su asombro. «Vaya, que lo toma con calma. Más +vale así. ¿Y esto es cordura o qué es? Será lo que llaman filosofía... +Dios nos tenga de su mano, si después le da por la filosofía contraria».</p> + +<p>—¿Piensa usted ir a verla?—le preguntó después el chico con la mayor +naturalidad.</p> + +<p>—¿Yo?... pero qué cosas tienes... Veo que es inútil hacer comedias +contigo. Con ese talentazo que estás echando, nada se te escapa... +¡Verla yo! Sólo por curiosidad he querido saber lo que sé... De aquí en +adelante, como si no existiera. ¿No piensas tú lo mismo?</p> + +<p>—Exactamente lo mismo... ¿Ve usted lo frío y sereno que estoy?</p> + +<p>—Así me gusta. Esto se llama ser filósofo en toda la extensión de la +palabra, y elevarse sobre las miserias humanas—dijo la viuda con +emoción verdadera o falsa—. No vuelvas a acordarte más del santo de su +nombre...</p> + +<p>—Y aunque me acordara, tía, aunque me acordara...</p> + +<p>—¿Para qué?... Tú no has de verla.</p> + +<p>—Y aunque la viera, tía, aunque la viera...</p> + +<p>Doña Lupe se inquietó un poco oyendo esta frase, dicha con cierto +sentido de tenacidad maniática. Pero Maximiliano se apresuró a +tranquilizarla con otro argumento: «¿Pero no observa usted lo cuerdo que +estoy? Si no me he visto nunca así, ni en mis mejores tiempos... Ya +quisieran todos...».</p> + +<p>La señora tomó pie de esto último para variar la conversación: «Dices +bien. ¿Sabes que tu hermano Juan Pablo me parece a mí que no está bueno +de la cabeza? Hoy estuvo otra vez a darme la jaqueca... Pues que le he +de hacer el préstamo o se pega un tirito. ¡Como no se mate él! Es el +egoísmo andando. Se necesita atrevimiento. ¡Pedirme dinero un hombre +que, cuando debe, no hay medio de sacarle un real, y se enfada si una +reclama lo suyo! Dice que le van a hacer secretario de un gobierno de +provincia y qué sé yo qué... ¿Tú lo crees? Muy rebajada está la talla +de los empleados; pero no tanto...».</p> + +<p>En aquel segundo ataque desesperado que dio Juan Pablo a su tía, salió +de la casa el pobre hombre más muerto que vivo. Su tía no era ya +simplemente una mujer mala; era un monstruo, una furia, un dragón +mitológico. Aquel tiro con que él se amenazaba a sí mismo, ¡cuánto mejor +estaría empleado en ella! «Pero ese tiro, ¿me lo doy o no me lo doy?... +No tengo más remedio que dármelo—discurría entrando por la calle de la +Magdalena—. Por ninguna parte veo la solución. Sí, lo que es el tiro me +lo pego; vaya si me lo pego... Lo malo es que no tengo revólver... Se me +está figurando que al fin y al cabo no me pegaré tiro ninguno. Es uno +así, tan dejado, que no se arranca... Ya voy viendo yo que una cosa es +decir uno de buena fe que se mata, y otra cosa es hacerlo... Pero en +fin, yo sigo en mis trece, y al fin, me lo tendré que pegar, no habrá +más remedio».</p> + + + +<hr /> +<h2>-<span class="smcap">vi</span>-</h2> + + +<p>Estuvo con un humor de mil diablos todo el Jueves y Viernes Santo. +El Sábado, a poco de entrar en la oficina, le llamó Villalonga a su +despacho. Rubín se dirigió allá palpitante de emoción. «¡Dios!—se +decía—; ¿será para darme la secretaría? ¡Qué cuña, si no es para esto, +qué cuña, ya no aguanto más! En cuanto salga del despacho del jefe, me +levanto la tapa de los sesos, como hay Dios. La contra es que no tengo +revólver... Me tiraré por el balcón... No, eso no; ¡me haría una +tortilla!... Vamos, que el corazoncito me anuncia secretaría... Ánimo, +chico, que hoy te va a sonreír la suerte».</p> + +<p>El director era hombre muy expeditivo, y sin hacerle sentar le dijo: +«Amigo Rubín, usted es listo y me conviene usted...».</p> + +<p>Rubín vio la cara del director como la del Padre Eterno que los pintores +ponen entre nubes, esmaltadas de angelitos.</p> + +<p>«Me conviene usted, y yo le voy a meter en carrera».</p> + +<p>—Muchas gracias, Sr. D. Jacinto. Ya sabe que estoy a sus órdenes.</p> + +<p>—Pues le voy a dar a usted la gran sorpresa. Yo necesito un hombre; y +como entiendo que usted sabrá desenvolverse en el destino delicadísimo +que le pienso dar...</p> + +<p>—La secretaría de...—No, amigo; es más. Yo, cuando encuentro una +persona que me entra por el ojo derecho, y que sirve, digo <i>copo</i>, y la +tomo para que me sirva a mí. Le juro a usted que me conviene, <i>camará</i>. +Allá va la bomba. Va usted a ser gobernador de una provincia de tercera +clase.</p> + +<p>Rubín no pudo decir nada. Creyó que se le caía encima el techo del +despacho y todo el Ministerio de la Gobernación.</p> + +<p>«Pues sí, gobernador de <i>mi</i> provincia. Quiero ver cómo arreglo aquello. +Usted no tiene que entenderse más que conmigo. El Ministro me da vara +alta».</p> + +<p>—Señor director—balbució Rubín—, disponga usted de mí.</p> + +<p>—Pues será usted incluido en la combinación que va mañana a la firma +del Rey. Ya hablaremos, y le contaré a usted de cómo está aquello. Creo +que iremos bien.</p> + +<p>Luego echaron un cigarro, y hablaron algo del estado de la provincia, +desflorando el asunto. Empezó a entrar gente en el despacho, y Rubín se +retiró para comenzar sus preparativos. Estaba el hombre que no sabía lo +que le pasaba; creía soñar... se daba pellizcos a ver si estaba +despierto, anduvo algún tiempo por la calle como un insensato... se reía +solo... le dieron ganas de comprar un revólver para ponerse a disparar +tiros al aire... ¡Ah!, lo que debía hacer era meterle un par de balas en +el cuerpo a doña Lupe... sí, por mala, por tacaña... Pero no, no; +perdonar a todo el mundo... La vida es hermosa, y gobernar un pedazo de +país es el mayor de los deleites. A los individuos de Orden Público o de +la Guardia Civil que iba encontrando, les miraba ya como subalternos, y +por poco les manda prender a su tía y a Torquemada.</p> + +<p>En el café, aquella noche, hubo la gran escena.</p> + +<p>Al principio no dijo nada, esperando dar la sorpresa de sopetón; pero +sus amigos conocieron que no era el mismo hombre. Daba un sonsonete de +autoridad a sus palabras, medíalas mucho, tomaba el café con más pausa +que de costumbre, y a cada momento echaba una frasecilla de protección. +«Pero amigo Montes, no hay que apurarse... ya veremos, ya veremos si se +te puede meter en algún hueco... D. Basilio me tiene que dar unos datos +que necesito sobre la recaudación de la provincia de X... Oiga usted, +Relimpio, no se dé prisa a presentar la memoria, porque esta situación +dura. Cánovas tiene para un rato. Es hombre que entiende la aguja de +marear». Y como se suscitara un debate político de los más graves, Rubín +se puso de parte de los que defendían la tesis más razonable, +conciliadora y templada. «Pero ustedes, ¿qué creen, que una sociedad +puede vivir siempre soñando con trastornos? Seamos prácticos, señores, +seamos prácticos, y no confundamos las pandillas de politicastros con el +verdadero país».</p> + +<p>En esto llegó <i>La Correspondencia</i>, y a las primeras ojeadas conspicuas +que arrojó sobre las columnas de ella el buen D. Basilio, tropezó con la +combinación de gobernadores, y lanzando un berrido de sorpresa, se +restregó los ojos creyendo que leía mal. Mas convencido de que no era +error, lanzó otra exclamación más fuerte y al instante se enteraron +todos, y Juan Pablo fue objeto de aclamaciones y plácemes, unos +sinceros, otros con su poco de bien disimulada envidia.</p> + +<p>«Hace tiempo que el amigo Villalonga tenía empeño en eso. Hoy ha +machacado tanto que no he podido decirle que no».</p> + +<p>—¡Pero qué callado se lo tenía!</p> + +<p>De todos lados de la cámara... digo del café, vino gente a felicitar al +gobernador, y el mozo, a quien Juan Pablo debía el consumo de cinco +meses, y algunos picos, se puso más contento que si le hubiera caído la +lotería; y hasta el amo del establecimiento fue a dar un apretón de +manos a su parroquiano, diciéndole si podía colocar en las oficinas de +la provincia a un sobrinito suyo que tenía muy buena letra.</p> + +<p>«No le digo que sí ni que no, D. José. Veremos. Tengo la mar de +compromisos... Pero ya sabe usted que haré los imposibles por +servirle... Usted me manda».</p> + +<p>El hombre compensó con los goces de aquella noche los sufrimientos y +tristezas de tantísimos meses. Toda la gente que próxima estaba, +mirábale con cierta expresión de asombro y respeto, como se mira a quien +es, ha sido o va a ser algo en el mundo. En cuantos asuntos se trataron +aquella noche en el círculo, Rubín hizo gala de las ideas más sensatas. +Era preciso moralizar la administración provincial, desterrar abusos; +sobre todo, en el destierro de los abusos insistió mucho. Su plan de +conducta era muy político... contemporizar, contemporizar mientras se +pudiera, apurar hasta lo último el espíritu conciliador; y cuando se +cargara de razón, levantar el palo y deslomar a todo el que se +desmandase... Mucho respeto a las instituciones sobre que descansa el +orden social. Cuando va cundiendo el corruptor materialismo, es preciso +alentar la fe y dar apoyo a las conciencias honradas. Lo que es en su +provincia, ya se tentarían la ropa los <i>revolucionarios de oficio</i> que +fueran a predicar ciertas ideas. ¡Bonito genio tenía él...! En fin, que +el pueblo español está ineducado y hay que impedir que cuatro pillastres +engañen a los inocentes... La mayoría es buena; pero hay mucho tonto, +mucho inocente, y el Gobierno debe velar por los tontos para que no sean +engañados... En cuanto a moralidad administrativa, no había que hablar. +Él no pasaba ni pasaría por ciertas cosas. Ya le había dicho a +Villalonga que aceptaba con la condición de que no le pondría veto a la +persecución y exterminio de los pillos... «A muchos que mangonean ahora, +les he de llevar <i>codo con codo</i> a la cárcel de partido... Yo soy así; +hay que tomarme o dejarme».</p> + +<p>Don Basilio era de los que sinceramente se alegraban del <i>golpe de +suerte</i> que había tenido Juan Pablo. Aquel destino no era <i>de su ramo</i>, +y por tanto, no lo envidiaba. Si se hubiera tratado de la dirección +económica de una provincia, D. Basilio habría sentido tristeza del bien +ajeno. Pero no le sacaran a él de sus números... Por cierto que el +Ministro le había encargado un trabajo que le traía marcado... <i>proyecto +de reglamento para la cobranza del subsidio industrial</i>... «Siempre me +caen a mí estos turrones. Ocurre en secretaría que no se conocen los +antecedentes de tal o cual cosa... '¡Ah!, la Caña lo sabrá'. Piden en el +Congreso una nota del estado en que se halla la codificación de +Hacienda. ¡Qué lío! Nadie sabe una palabra... '¡Ah!... a ver... la +Caña'. Y la Caña les saca del apuro. Que el Ministro quiere enterarse de +los trabajos hechos para el establecimiento del Registro fiscal, que es +el gran medio para descubrir la riqueza oculta... Pues toda la casa +revuelta; busca por aquí, busca por allá. Hasta que a uno se le ocurre +decir... 'Eso la Caña...' y efectivamente; como que la Caña es el que +hizo los primeros estudios del Registro fiscal». Total, que si por +desgracia llegaba a faltar D. Basilio del Ministerio de Hacienda, este +se venía abajo de golpe como un edificio al cual falta el cimiento.</p> + +<p>Leopoldo Montes aspiraba a que Rubín le llevase de secretario; pero esto +no era fácil. «Chico, yo se lo diré a Villalonga. Creo que me dan el +secretario hecho... Veremos si te meto de inspector de policía». Otros +tertuliantes sentían envidia, y aunque felicitaban y adulaban al +favorecido, al propio tiempo hacían pronósticos de las dificultades que +había de tener en el gobierno de su ínsula. Pero ello es que la lisonja +y la envidia, la codicia ambiciosa, la curiosidad y la novelería +aumentaban considerablemente el personal de la tertulia en el tiempo que +medió entre el nombramiento y la salida de Rubín para su destino. Mucho +ajetreo tuvo aquellos días para arreglar sus asuntos y proveerse de +ropa. Y no dejaron de molestarle también y entorpecerle ciertas +disensiones domésticas, pues Refugio, que ya se estaba dando pisto de +gobernadora, y se había despedido de sus amigas con ofrecimientos de +protección a todo el género humano, se quedó helada cuando su señor le +dijo que no la podía llevar... Pucheros, lloros, apóstrofes, quejas, +gritos... «Pero, hija de mi alma, hazte cargo de las cosas; no seas así. +¿No comprendes que no me puedo presentar en mi capital de provincia con +una mujer que no es mi mujer? ¡Qué diría la alta sociedad, y la pequeña +sociedad también, y la burguesía!... Me desprestigiaría, chica, y no +podríamos seguir allí. Esto no puede ser. Pues estaría bueno que un +gobernador, cuya misión es velar por la moral pública, diera tal +ejemplo. ¡El encargado de hacer respetar todas las leyes, faltando a las +más elementales!... ¡Bonita andaría la sociedad, si el representante del +Estado predicara prácticamente el concubinato! Ni que estuviéramos +entre salvajes... Convéncete de que no puede ser. Tú te quedas aquí y yo +te mandaré lo que vayas necesitando... Pero lo que es allá no me pongas +los pies... porque si lo hicieras, tu <i>chachito</i> se vería en el caso de +cogerte... ya sabes que tengo mucho carácter... de cogerte y mandarte +para acá por tránsitos de la Guardia civil».</p> + + + +<hr /> +<h2><a name="vid" id="vid"></a>-VI-</h2> + +<h2>Final</h2> + + + +<hr /> +<h2>-<span class="smcap">i</span>-</h2> + + +<p>Fortunata sintió ruido en la puerta y esta voz: «¿Se +puede?».—«Pase usted, D. Segismundo» dijo reconociendo al regente de la +botica. Y entró el tal con cara risueña y actitud oficiosa, como de +persona que cree ser útil. Estaba la joven incorporada en su lecho, con +chambra y pañuelo a la cabeza. «¡Qué reguapa está!—pensaba Ballester al +saludarla, apretándole mucho la mano—. ¡Lástima de mujer!».</p> + +<p>«Ayer no pasó usted—le dijo ella con amabilidad—, porque yo no sabía +quién era, y no quiero recibir visitas. Estoy muerta de miedo, y por las +noches sueño que alguien viene a robármelo. ¿Quiere usted verle?...».</p> + +<p>A su lado estaba, durmiendo con plácido sueño, el recién venido +personaje, cuyas precoces gracias quería mostrar a su amigo. Así lo hizo +con más orgullo que vergüenza, y apartó las sábanas, dejando ver la +carita sonrosada y los puños cerrados del tierno niño.</p> + +<p>«¡Cuidado que es bonito!» dijo Ballester inclinándose—.</p> + +<p>Tiene a quien salir por una y otra banda.</p> + +<p>—Dos horas hace que está tan dormidito. ¡Qué ángel! ¡Y si viera usted +qué pillo es, y qué tragón! Viene determinado a darse buena vida. Si lo +viera usted cuando se pone a mirarme... ¡Pobrecito! Me quiere mucho. +Sabe que le quiero más que a mi vida, y que es para mí el mundo entero.</p> + +<p>—Ya sabe usted lo convenido. Seré padrino de Su Excelencia. Usted me lo +prometió la última vez que nos vimos.</p> + +<p>—Sí, sí, y no me vuelvo atrás. Usted será padrino.</p> + +<p>—Y después del primer nombre, que usted designará (poniéndose muy +inflado), llevará el mío, Segismundo. ¿Qué le parece a usted?</p> + +<p>—Muy bien. Se llamará Juan, después Evaristo, y después Segismundo.</p> + +<p>—Bueno; transijo con el tercer lugar en el escalafón, pero de ahí no +paso; como usted me quiera echar al cuarto, me sublevo.</p> + +<p>Ambos se rieron. Ballester se había sentado en una silla junto al lecho, +y no quitaba los ojos de aquella mujer, que le parecía entonces más +hermosa que nunca. «Le daría cuatro besos—pensaba—; pero de amistad, +de pura amistad, porque me interesa esta infeliz... y digan lo que +quieran, no es tan mala como se cree por ahí». Después empezó a dar +noticias de la familia y amigos, las cuales oía Fortunata con gran +curiosidad. «Doña Lupe, con toda su fiereza, no la olvida a usted. Todos +los días nos pide noticias a mí o a Quevedo, y pregunta también por el +muchacho, si es robusto, si mama bien, si tiene algún defecto +físico...».</p> + +<p>—¡Defecto!...—exclamó la madre indignada—. Si es una preciosidad. Más +perfecto es que las perfecciones. Se lo enseñaré a usted desnudo, para +que vea qué hermosura de hijo. Estoy loca con él. Me parece que han de +venir a quitármelo. Y no crea usted; ¡hay tanta envidiosona...!</p> + +<p>Dejando que pasara la racha de entusiasmo maternal, Ballester continuó +así: «Pero lo que la pasmará a usted es saber que el amigo Maxi está tan +mejorado, pero tan mejorado, que si le ve usted no le conoce».</p> + +<p>—¿Pero es de verdad?... Quia: guasas de usted.</p> + +<p>—No hija. Siempre que ocurre en la casa o en la vecindad algo difícil +de resolver, se le consulta a él. Está hecho un Salomón. <i>Doña +Desdémona</i>, cuando surge alguna dificultad en su república de pájaros, +le llama, y lo que él dice, se hace.</p> + +<p>—Vaya, que hoy estamos de vena. Ojalá fuera verdad lo que usted dice. +Yo me alegraría mucho, con tal que no se acordara de mí para nada, ni +supiera que estoy viva.</p> + +<p>—Pues eso sí que no lo logra usted... Todo lo sabe.</p> + +<p>—¡Ay, no me lo diga, por Dios! (asustadísima y palideciendo). No sabe +usted el miedo que me ha entrado. Ya no voy a tener un minuto de +tranquilidad. ¿Pero es eso verdad? No se divierta conmigo, Ballester; +mire que estoy temblando de miedo.</p> + +<p>—¿Miedo a qué? Si está muy razonable, y más tranquilo que nunca. Todas +sus ideas son ideas de benevolencia y tolerancia. Habla poco, y a lo +mejor se descuelga diciendo cosas muy buenas. No le suelta a usted un +disparate ni aunque se lo pida por favor. Respecto de usted, creo que el +sentimiento que tiene es la indiferencia, si es que la indiferencia se +puede llamar sentimiento.</p> + +<p>—No me fío, no me fío (meditaba, demostrando en el tono que no las +tenía todas consigo). Verá usted cómo el mejor día...</p> + +<p>La conversación pasó de Maximiliano a <i>las Samaniegas</i>, mostrando +Fortunata gran extrañeza de que Aurora no se acordase de ella. «Es una +mala crianza, porque bien sabe dónde estoy, y desde su obrador aquí se +viene en tres minutos. Y si no quería ella venir, ¿qué le costaba mandar +una oficiala a preguntar si vivo o si muero?... Crea usted que esto me +duele; porque yo, a quien me quiere como dos le quiero como catorce».</p> + +<p>Ballester contestó con un gran suspiro, al cual no dio su interlocutora +la interpretación conveniente. De pronto el farmacéutico mudó el tema: +«¡Ah!, me olvidaba de lo mejor. ¿Sabe usted que el crítico y yo nos +hemos hecho amigos? ¡Quién lo creería! ¡Tanto como yo le odiaba! Pues +verá usted. Padillita le metió un día en la botica, y yo empecé a darle +guasa con sus críticas, diciéndole que me gustaban mucho. Pues resulta +que es muy modesto y que se asusta cuando le elogian lo que escribe. +Poco a poco hemos ido intimando, y toda la inquina que le tenía se ha +evaporado. Es tan honradito el pobre Ponce, que todo lo que escribe es +de conciencia, y hasta cuando elogió el dramón aquel que a mí me sacaba +de quicio, lo hizo porque le salía de dentro. Y aunque le paguen tarde, +mal y nunca, él tan conforme en su <i>sacerdocio</i>; lo toma en serio, y le +parece que nadie ha de tener opinión sobre las obras si él no la da. Ha +hecho oposición a una placita en el Tribunal de Cuentas y la ha ganado. +¿Pues qué cree usted? El infeliz tiene que mantener a su madre, que está +enferma; y yo, desde que me contó su historia, no le cobro nada por las +medicinas. Le damos bromas con Olimpia y la pieza que toca, diciéndole +que su adorada es muy romántica y que no tenga miedo de casarse, porque +no come. Ni necesitan cocinera, ni cocina, ni siquiera cesto para la +compra. Yo le digo que abandone el <i>sacerdocio</i> y que deje a los +autores y al público que se arreglen como quieran. Está conforme +conmigo, y por fin me ha revelado un secreto: ha escrito un drama y lo +tiene en el Español; y como se represente, el exitazo es seguro. La +noche del estreno pienso ir con todos mis amigos para armar un alboroto +y llamar al autor a la escena lo menos cuarenta veces. Me quiere leer la +obra y yo le he dicho que me la deje allí. Sin leerla, le diré que es +magnífica, y un amigo mío periodista pondrá un sueltecito con aquello de +que <i>en los círculos literarios se habla mucho, etc</i>... Le digo a usted que +me interesa mucho ese infeliz, y que haría yo algo por él si pudiera. En +<i>bálsamo tranquilo</i> le tengo dado ya más de medio cuartillo, y el +extracto de belladona se lo lleva de calle, porque lo que padece la mamá +es reuma. También le he hecho una bizma para la cintura que vale +cualquier dinero. Yo soy así; al que me entra por el ojo derecho, le doy +hasta la camisa. ¡Y si viera usted qué cariño me ha tomado Ponce! +Echamos largos párrafos sobre el arte realista, y el ideal, y la emoción +estética, y cuanto yo digo, aunque sea un gran desatino, porque en mi +vida las he visto más gordas, lo escucha como el Evangelio, y yo me doy +con él un lustre que no hay más que ver. Fuera de estas tonterías de la +crítica, es un alma de Dios, muy agradecido, muy delicado, sin más +debilidad que la de querer a Olimpia y figurarse que un hombre de sesos +se puede casar con semejante inutilidad. Yo me he propuesto quitárselo +de la cabeza, y creo que lo voy consiguiendo. Porque yo le digo: «¿Con +qué se van a mantener? ¿Con la pieza?». Si se casa, van a ser cuatro de +familia; el matrimonio y la mamá de él, enferma, y una hermanita que, +según me ha contado Ponce, debe de tener hambre canina. De esto hablamos +largamente en la botica, que llamamos el <i>círculo literario</i>, y le voy +engatusando. Olimpia me sacaría los ojos si supiera las cosas que le +digo a su novio; pero que se fastidie. Ya le he conocido siete <i>osos</i>, y +lo que es a este no le pesca tampoco. Yo le he tomado bajo mi +protección, y le he de salvar. ¡Buen turrón le caía si se casara...!».</p> + +<p>—¡Qué risa con usted! ¡Pobre Ponce! Ya le decía yo que era un buen +chico, y usted empeñado en darle la morcilla.</p> + +<p>—¡Ah!, de buena escapó. Guardo la fatídica yema para otro, sí, para +otro, en quien ahora recaen todos mis odios. No me pregunte usted quién +es, porque no se lo he de decir... Se lo diré después que se la haya +zampado, porque se la tiene que comer, como este es día.</p> + +<p>En esto, el ruido de voces, que sonaba en la salita próxima aumentó +considerablemente, y a los oídos de Ballester llegaban estas palabras: +<i>envido a la chica, órdago a los pares</i>.</p> + +<p>«Es mi tío José—dijo Fortunata—, que está jugando al mus con su amigo. +Le mando que venga aquí para que me acompañe mientras estoy en la cama, +porque tengo mucho miedo, y para que no se aburra, hago que le traigan +una botella de cerveza y le permito que venga su amigo a hacerle +compañía».</p> + +<p>Ballester se asomó a la puerta entornada para ver a la pareja. No +conocía a ninguno de los dos; pero la cara de Ido del Sagrario no era +nueva para él, y creía haberla visto en alguna parte, aunque no +recordaba dónde ni cuándo.</p> + + + +<hr /> +<h2>-<span class="smcap">ii</span>-</h2> + + +<p>La primera vez que Ballester vio a Izquierdo y a su docto amigo, +no les dijo más que algunas palabras dictadas por la buena crianza; pero +a la segunda se cruzó entre ellos tal tiroteo de cumplidos, +ofrecimientos y franquezas, que no había de tardar la amistad en unirles +a los tres con apretado lazo.</p> + +<p>Desde su alcoba, donde continuaba encamada, Fortunata se reía de las +ocurrencias de Segismundo buscándole la lengua a <i>Platón</i> y a Ido del +Sagrario, a quien solía llamar <i>maestro</i>. Siempre que iba por las noches +el farmacéutico, les encontraba infaliblemente y se divertía con ellos +lo indecible.</p> + +<p>Mucho agradecía la desdichada joven aquellas visitas. Ballester era el +corazón más honrado y generoso del mundo, y tenía cierta vanidad en +tomar sobre sí el cumplimiento de los deberes que correspondían a otros +y que estos otros olvidaban. Y aunque alentara, con respecto a la señora +de Rubín, pretensiones amorosas a plazo largo, no dejaban por eso de ser +puros y desinteresados sus actos de caridad, y habrían sido lo mismo aun +en el caso de que su amiga espantara de fea y careciese de todo +atractivo personal.</p> + +<p>Fortunata iba adquiriendo confianza con él, y le revelaba sus +pensamientos sobre diferentes cosas. No obstante, algo había que no se +atrevía a manifestar, por no tener la seguridad de ser bien comprendida. +Ni Segunda ni José Izquierdo lo comprenderían tampoco. Y como le era +forzoso echar fuera aquellas ideas, porque no le cabían en la mente y se +le rebosaban, tenía que decírselas a sí misma para no ahogarse. «Ahora +sí que no temo las comparaciones. Entre ella y yo, ¡qué diferencia! Yo +soy madre del único <i>hijo de la casa</i>, madre soy, bien claro está, y no +hay más nieto de don Baldomero que este rey del mundo que yo tengo +aquí... ¿Habrá quien me lo niegue? Yo no tengo la culpa de que la ley +ponga esto o ponga lo otro. Si las leyes son unos disparates muy gordos, +yo no tengo nada que ver con ellas. ¿Para qué las han hecho así? La +verdadera ley es la de la sangre, o como dice Juan Pablo, la +Naturaleza, y yo por la Naturaleza le he quitado a la <i>mona del Cielo</i> +el puesto que ella me había quitado a mí... Ahora la quisiera yo ver +delante para decirle cuatro cosas y enseñarle este hijo... ¡Ah!, ¡qué +envidia me va a tener cuando lo sepa!... ¡Qué rabiosilla se va a +poner!... Que se me venga ahora con leyes, y verá lo que le contesto... +Pero no, no le guardo rencor; ahora que he ganado el pleito y está ella +debajo, la perdono; yo soy así».</p> + +<p>«Pues él, ¡digo!, cuando lo sepa, ¿qué hará?, ¿qué pensará? ¡No acabo de +cavilar en esto, Dios mío! Él será un pillo, y un ingrato; pero lo que +es a su nene le tiene que querer. Como que se volverá loco con él. Y +cuando vea que es su retrato vivo ¡Cristo! ¡Pues digo, si doña Bárbara +le viera...! Y le verá, toma, le verá... Como hay Dios, que se vuelve +loca. ¡Qué contenta estoy, Señor, qué contenta! Yo bien sé que nunca +podré alternar con esa familia, porque soy muy ordinaria, y ellos muy +requetefinos; yo lo que quiero es que conste, que conste, sí, que una +servidora es la madre del heredero, y que sin una servidora no tendrían +nieto. Esta es mi idea, la idea que vengo criando aquí, desde hace +tantísimo tiempo, empollándola hasta que ha salido, como sale el +pajarito del cascarón... Bien sabe Dios que esto que pienso, no es +porque yo sea interesada.</p> + +<p>Para nada quiero el dinero de esa gente, ni me hace maldita falta: lo +que yo quiero es que conste... Sí, señora doña Bárbara, es usted mi +suegra por encima de la cabeza de Cristo Nuestro Padre, y usted salte +por donde quiera, pero soy la mamá de su nieto, de su único nieto».</p> + +<p>Quedábase muy convencida después de sentar estas arrogantes +afirmaciones, y la satisfacción le producía tal contento, que se ponía a +cantar en voz baja, arrullando a su hijo; y cuando este se dormía, +continuaba rezongando como la pájara en el nido. El gozo, algunas +noches, no la dejaba dormir, y se pasaba largas horas jugando con su +idea ya realizada, saltándola como Feijoo saltaba el <i>bilboquet</i>.</p> + +<p>Quevedo iba a verla todos los días, y aunque la encontraba muy bien, +ordenaba que no se levantase. ¡Qué aburrimiento estar tanto tiempo +prisionera! Gracias que con su chiquitín se entretenía. De noche le +ayudaba Segunda a fajarlo y limpiarlo; por el día Encarnación, que era +muy lista y se volvía loca de gusto cuando su ama le dejaba tener el +pequeñuelo en brazos durante algunos minutos. En sus ratos de alegría +delirante, Fortunata se acordaba mucho de Estupiñá. «Pero, tía, ¿no se +ha tropezado usted en la escalera con Plácido? Dígale que pase, que le +tengo que hablar». Respondía Segunda que no una ni dos veces, sino más +de veinte había encontrado al tal; pero que todas las chinitas que le +echaba para que subiese habían sido como si no. «Me puso una cara, +chica, cuando le conté la novedad, que parecía un juez de primera +<i>estancia</i>. Y ayer me dijo: '¡Quite usted allá, so chubasca, +encubridora; a usted y a la otra farfantona, las voy a poner en la +calle!'».</p> + +<p>—Ya se amansará. ¿Qué apostamos a que se amansa?—decía la joven +sonriendo—. Yo quiero que entre y vea esta estrella que se ha caído del +Cielo.</p> + +<p>Tanto hizo Segunda y tales enredos armó, que Estupiñá entró una mañana, +gruñendo y echándoselas de hombre de mal genio que tiene que contraer +todos los músculos de su cara para enfrenar su indignación. A cuanto le +decían Segunda y su hermano, respondía con bufidos; y si la señora de +Izquierdo no me le sujeta por un brazo, de fijo que echa a correr por +las escaleras abajo. «No se puede tratar con estas tías farfantonas... +Vaya usted al rábano. Vaya usted muy enhoramala». Pero dando estos +respiros a su ira verdadera o falsa, ello es que no se marchaba, y +Segunda le metió casi a la fuerza en la alcoba. Obedeciendo a un impulso +instintivo, Estupiñá se quitó el sombrero en el momento en que sentía +los chillidos del heredero de Santa Cruz que estaba pidiendo la teta con +mucha necesidad. Al ver que el hablador descubría su venerable cabeza, +Fortunata sintió en su alma inundación de alegría, y se dijo: «Eso es, +saluda a tu amito. Él te protegerá como te han protegido sus abuelos y +su padre». Plácido se inclinó para verle, y aunque se quería hacer el +hombre terrible, se le escapó esta frase: «Clavado, <i>talmente</i> +clavado...».</p> + +<p>«¡Qué feo es!... ¿verdad, D. Plácido?—dijo la madre, radiante de +gozo—. ¿Qué, no le da un beso?... ¿Cree que le va a pegar algo? +Descuide, que lo bonito no se pega... ¿Sabe una cosa don Plácido? Me +parece que le va usted a querer... y él a usted también. ¿A que sí?».</p> + +<p>El hablador murmuraba algo que no se oía bien. Estuvo un momento como +indeciso entre el furor y la suavidad. Después rompió a hablar con +Segunda sobre si esta ponía o no ponía aquel año cajón en San Isidro, y +se retiró al fin, despidiéndose de una manera que bien podía pasar por +conciliadora. Fortunata estaba contentísima, y se decía: «De seguro que +ahora mismo va con el cuento. Es lo que yo quiero, que lleve el chisme». +Encadenando ideas, se daba a pensar en el gusto que tendría de ver a +doña Guillermina, presumiendo al mismo tiempo que si la viera había de +sentir mucha vergüenza. «Le pediré perdón por lo mal que me porté aquel +día, y me perdonará... como esta es luz. De fijo que me calienta las +orejas; pero paso por todo con tal de ver la cara que pone delante de +este hijo. A ver qué tiene que decir de mi idea. ¿Qué se le ocurrirá? +Alguna cosa que yo no entenderé ni la entenderá nadie... Diga lo que +quiera y tómelo por donde lo tome, Dios no puede volverse atrás de lo +que ha hecho; y aunque se hunda el mundo, este hijo es el <i>verídico +nieto natural</i> de esos señores, D. Baldomero y doña Bárbara... y la +otra, con todo su ángel, no toca pito, no toca pito... eso es lo que yo +digo. Que me presente uno como este... No lo presentará, no. Porque Dios +me dijo a mí: <i>tú pitarás</i>; y a ella no le ha dicho tal cosa. Y si doña +Bárbara se chifló por el <i>Pituso</i> falso, ¡cómo no se dislocará por el de +oro de ley! De lo contenta que estoy, creo que me voy a poner mala... Y +de fijo que Estupiñá lleva el cuento. La que yo quiero que lo sepa +primero de todos es mi amiga <i>la obispa</i>. ¿Apostamos a que viene a +verme? Ya... no se le queda a ella en el cuerpo el sermón que me tiene +preparado. ¡Vengan sermones! No me importa; mejor. Yo le diré que tiene +razón; pero que yo tengo el hijo, y allá se van hijos con razones».</p> + +<p>Esta visita teníala por infalible, pues la santa era muy amiga de echar +réspices y de enderezar a las que cometían pecados gordos. Tan segura +estaba de verla, que siempre que sonaba la campanilla creía que era +ella, y se preparaba a recibirla, arreglando la cama y poniéndose con la +mayor decencia posible, trémula de emoción y esperanza.</p> + + + +<hr /> +<h2>-<span class="smcap">iii</span>-</h2> + + +<p>El bautizo se celebró con modestia suma en San Ginés, una mañana +de Abril, y le pusieron al chico los nombres de Juan Evaristo Segismundo +y algunos más. Ballester se corrió gallardamente aquel día a convidar a +Izquierdo y a Ido del Sagrario en el próximo café de Levante. Instó +mucho al <i>maestro</i> a que tomara un <i>biftec</i>; pero D. José lo rehusó, +aunque buenas ganas tenía de aceptarlo. De solo oler la carne y ver la +sangre de ella y la grasa en el plato de sus amigos, le parecía que se +trastornaba. Su almuerzo fue un café con media tostada de abajo... y +otra media de arriba. Tras el café vinieron las incitantes copas, y +también les hizo escrúpulos el profesor; no así <i>el modelo</i>, que se +llenó el cuerpo de ron hasta que ya no podía más, sin que por eso se +perturbase su sólida cabeza, que debía de ser un alambique. Mientras +comían, vieron pasar a Maximiliano Rubín, que salía del café; pero como +él no aparentó verlos, no le dijeron nada. A eso de la una, Ballester se +fue a su botica y los dos Josés a la casa de la Cava. Era domingo y +ninguno de los dos tenía ocupaciones. Izquierdo mandó a Encarnación por +una <i>grande</i> de cerveza, y sacando de una caja muy sucia el juego de +dominó, extendió y mezcló las fichas para empezar una partidita. Y +cuentan las crónicas <i>platónicas</i>, que antes de llegar a la mitad del +segundo juego, las pobres fichas se quedaron solas. Ido se había +levantado y daba paseos por la sala. Izquierdo se dejó caer sobre el +sofá de Vitoria y dormía como un <i>verídico</i> bruto, el sombrero sobre los +ojos, la boca abierta y las cuatro patas estiradas. La señá Segunda se +llevó a Encarnación a la plazuela, porque la noche antes había habido +fuego en dos o tres puestos inmediatos al de ella, y se pasó la mañana +ayudando a sus compañeras a meter los trastos que se sacaron, y a +reparar lo que de reparación era susceptible.</p> + +<p>Fortunata estuvo aquel día aburridísima, con muchas ganas de levantarse. +Por respeto a las ordenanzas del señor de Quevedo, seguía en la cama, +pero ya no aguantaría aquella cárcel enojosa dos días más. Juan Evaristo +Segismundo, después que le trajeron de San Ginés, estaba tan guapote y +satisfecho, cual si tuviera conciencia de su dichoso ingreso en la +familia cristiana; y para celebrarlo, en cuantito llegó al lado de su +madre, buscó la despensa y se puso el cuerpo que no le cabía una gota +más de leche. Oía Fortunata los ronquidos del venerable <i>Platón</i>, cual +monólogo de un cerdo, y sentía también los paseos de Ido, y algún +monosílabo ininteligible, suspiros que parecían ayes de pena o +invocaciones poéticas; y cuando el profesor llegaba en su deambulación +febril a la puerta de la alcoba, creía distinguir sus manos o parte de +un brazo que subían hasta cerca del techo. Luego sonó la campanilla y D. +José fue a abrir. Fortunata creyó que era Encarnación que volvía de la +plazuela; pero se equivocaba. No tardó en oír cuchicheos en la puerta. +¿Quién sería? Después sintió pasos y un chillar de botas que la hicieron +estremecer, y se quedó muda de terror al ver en la puerta a Maximiliano. +Era él; así lo afirmó después de dudarlo un momento. La estupefacción +que sentía apenas le permitió dar un grito, y su primer movimiento fue +echarle los brazos al nene, decidida a <i>comerse a bocados</i> a quien +intentase hacerle daño o quitárselo. Rubín estuvo más de un minuto sin +dar un paso, clavado en la puerta y destacándose dentro del marco de +ella como la figura de un cuadro. ¡Cosa rara! Ningún signo de hostilidad +se veía en su cara ni en su ademán. Miraba a su mujer con seriedad, pero +sin dureza, y cuando dio los primeros pasos para acercarse a la cama, su +expresión era casi indulgente. Pero ella no las tenía todas consigo, y +le miró como quien se dispone a una defensa enérgica. «Tío, tío—dijo +alzando la voz—. Encarnación...». Como ni Izquierdo ni la criada +respondieran, quiso llamar al esperpento aquel que en el cuarto se +paseaba. Mas al ir a pronunciar su nombre se le borró de la memoria.</p> + +<p>«¿Cómo diablos se llama este hombre?... Usted, venga acá... ¡Ah!, ya me +acuerdo. Señor Sagrario, haga el favor de despertar a mi tío». Pero ni +el tío despertaba, ni D. José se hacía cargo de que le llamaban.</p> + +<p>«Parece que me tienes miedo, y que pides socorro—le dijo Maxi con fría +bondad—. No te voy a comer. Estás equivocada si piensas que vengo de +malas. Si no se trata ya de matarte ni de matar a nadie... Esa idea +estúpida voló... por fortuna de todos».</p> + +<p>Diciendo esto se sentó en la silla, y quitándose el sombrero lo puso +sobre la cama. Fortunata le encontró más delgado; la calva parecía +mayor, y sus miradas tenían cierto reposo que la tranquilizó.</p> + +<p>«Aunque nadie me ha dicho una palabra—prosiguió Rubín—, sé todo lo que +te ha pasado; lo he sabido por mi propia razón, y vengo a compadecerte y +a hacerte un gran bien... Porque yo perdí la razón, bien lo sabes; pero +luego la volví a adquirir. Dios me la quitó y me la volvió a dar tan +completa, que en este momento estoy más cuerdo que tú y que toda la +familia. No te asombres, hija, que bien conocerás por lo que voy a +decirte que mi cabeza está buena, tan buena como nunca lo estuvo. Qué, +¿no lo crees?».</p> + +<p>Fortunata no sabía si creerlo o no. Su miedo no se había extinguido, y +esperaba que tras aquellas palabras tranquilas, vinieran otras airadas +y sin pies ni cabeza. No dijo nada, y siguió protegiendo a su hijo, en +actitud de defenderle al primer ataque. Maxi no parecía reparar en el +niño. Con gran serenidad habló así:</p> + +<p>«Tan sano estoy de la cabeza, que me hago cargo de tu situación y de la +mía. Ya entre tú y yo no puede haber nada. Nos casamos por debilidad +tuya y equivocación mía. Yo te adoraba; tú a mí no. Matrimonio +imposible. Tenía que venir el divorcio, y el divorcio ha venido. Yo me +volví loco, y tú te emancipaste. Los disparates que habíamos hecho los +enmendó la Naturaleza. Contra la Naturaleza no se puede protestar».</p> + +<p>Miraba el bulto que en la cama hacía Juan Evaristo; pero como su ademán +no tenía nada de hostil, Fortunata se iba sosegando.</p> + +<p>«¡Ya sé lo que hay aquí! ¡Pobre niño! Dios no ha querido que sea mío. Si +lo fuera, me querrías algo. Pero no lo es, todo el mundo lo sabe, y lo +sé yo también... Divorcio consumado. Más vale así. Yo no debí casarme +contigo. Bien lo pagué perdiendo la razón. ¿Qué debo hacer ahora que la +he recobrado? Pues ver las cosas de muy alto, y acatar los hechos, y +observar las lecciones tremendas que da Dios a las criaturas... Antes me +las dio a mí... ahora a ti. Prepárate. No vengo a hacerte daño, sino a +anunciarte la buena nueva de la lección, porque estas pedradas que +vienen de arriba sanan, curan y fortalecen».</p> + +<p>—Pero este hombre—se decía Fortunata—, ¿está cuerdo o está más loco +que antes? Buena jaqueca me está dando; pero como no pase de ahí, se le +puede aguantar.</p> + +<p>Algo quiso decir en alta voz; pero él no la dejaba meter baza, y como si +trajera un discurso preparado y no quisiera dejar de pronunciar ninguna +de sus partes, pegó en seguida la hebra: «¿Te acuerdas de cuando yo +estaba loco? Los ratos que te di te los tenías bien merecidos; porque en +realidad te portabas muy mal conmigo. Tu infidelidad se me había metido +a mí en la cabeza; no tenía ningún dato en qué fundarme; pero el +convencimiento de ella no lo podía echar de mí. No sé decir bien si soñé +que ibas a ser madre, o si me inspiraron esta idea los celos que tenía. +Porque yo tenía unos celos ¡ay!, que no me dejaban vivir. 'Mi mujer me +falta—decía yo—, no tiene más remedio que faltarme; no puede ser de +otra manera'. Y como por lo mucho que te quería, yo no encontraba a tu +pecado más solución que la muerte, ahí tienes por qué me nació en la +cabeza, lo mismo que nace el musgo en los troncos, aquella idea de la +liberación, pretextos y triquiñuelas de la mente para justificar el +asesinato y el suicidio. Era aquello un reflejo de las ideas comunes, el +pensar general modificado y adulterado por mi cerebro enfermo. ¡Ay, qué +malo me puse! Te digo que cuando inventé aquel sistema filosófico tan +ridículo, estaba en el periodo peorcito. No me quiero acordar. Los +disparates que yo decía los recuerdo como se recuerdan los de las +novelas que uno ha leído de niño; y ahora me río de ellos, y calculo +cuánto se reirían los demás. ¿Te acuerdas tú?».</p> + +<p>Fortunata respondió que sí con la cabeza. No le quitaba los ojos, +siguiendo atentamente sus movimientos por ver si se descomponía, y estar +preparada a cualquier agresión.</p> + +<p>«Después me atacó lo que yo llamo la <i>Mesianitis</i>... Era también una +modificación cerebral de los celos. ¡El Mesías... tu hijo, el hijo de un +padre que no era tu marido! Empezó por ocurrírseme que yo debía matarte +a ti y a tu descendencia, y luego esta idea hervía y se descomponía como +una sustancia puesta al fuego, y entre las espumas burbujeaba aquel +absurdo del Mesías. Examínalo bien, y verás que todo era celos, celos +fermentados y en putrefacción. ¡Ay, hija, qué malo es estar loco! Cuánto +mejor es estar cuerdo, aunque uno, al recobrar el juicio, se encuentre +apagado el hornillo de los afectos, toda la vida del corazón muerta, y +limitado a hacer una vida de lógica, fría y algo triste».</p> + +<p>Al oír esto, que Maxi expresó con cierta elocuencia, Fortunata volvió a +inquietarse, y llamó de nuevo a su tío, que seguía dando los ronquidos +por respuesta. El mismo resultado tuvieron las voces de «Señor Sagrario, +señor Sagrario... haga el favor de venir». D. José se asomó a la puerta, +echando a la pareja una mirada de maestro de escuela que inspecciona el +aula en que estudian sus alumnos, y vuelta a pasearse sin hacer caso de +nada.</p> + +<p>Rubín acercó más la silla, y Fortunata tuvo más miedo: «Pero todo +aquello de la liberación y del Mesías voló. Los hechos reales +sustituyeron a las figuraciones de mi cerebro... Dios me devolvió mi +razón, y me la devolvió corregida y aumentada. Con ella vi los hechos; +con ella descubrí lo que mi familia me ocultaba; con ella reconstruí mi +ser, que había pasado por tantos cataclismos; con ella me penetré bien +de nuestro divorcio y deseché dos y hasta tres veces la idea de +homicidio; con ella pude llegar a considerarte mujer extraña, madre de +hijos que yo no podía tener, y con ella me he revestido de serenidad y +conformidad. ¿No te admiras de verme como me ves? Más te asombrarías si +pudieras leer en mi pensamiento, y comprender esta elevación con que yo +miro todas las cosas, la calma con que te veo a ti, la indiferencia con +que veo a tu hijo... ¡Un ser más en el mundo! Cuando él ha venido sus +razones tendrá. ¿Qué derecho tengo yo a estorbarle la vida? ¿Qué derecho +a matarte a ti porque se la hayas dado? Fíjate bien: es muy grave eso +de decir: 'tal o cual persona no debió de nacer'».</p> + +<p>—¡Dios mío!—exclamó para sí Fortunata—. ¿Pero este hombre está cuerdo +o cómo está? ¿Eso que dice es razón, o los mayores disparates que en mi +vida le he oído...?</p> + +<p>—Yo pregunto—añadió Maxi acercándose más—. El derecho a nacer, ¿no es +el más sagrado de todos los derechos? ¿Quién me mete a mí a poner +estorbo a ningún nacimiento? Estaría gracioso... Nazcan y vivan, que +viviendo aprenderán.</p> + +<p>«Nada, para mí está peor que antes—pensaba la esposa—, y esto que dice +podrá ser cuerdo, pero yo no entiendo palotada».</p> + +<p>—Parece que me tienes miedo—le dijo él siempre serio y tranquilo—. No +sé por qué. Ya habrás visto que a razonable no me gana nadie.</p> + +<p>—Sí, es verdad; pero...—¿Pero qué...?—Tú dirás que gato escaldado del +agua fría huye (sonriéndose ligeramente, por primera vez en aquella +conferencia). Otra cosa: enséñame a tu hijo.</p> + +<p>Fortunata volvió a sentir terror, y al ver que Maxi alargaba las manos +hacia donde estaba el pequeñuelo, las apartó con las suyas, diciendo: +«Otro día le verás... Déjale... está dormido y me le vas a despertar».</p> + +<p>—¡Pero qué maniática eres!... Yo creí que después de haberme oído, te +convencerías de que mi razón está como un reloj y de que además me ha +entrado un gran talento. ¿Qué has visto en mí que te parezca sospechoso? +Nada absolutamente. Mis sentimientos son de paz; la última idea mala la +tuve hace días; pero la arranqué y estoy limpio de ira y de odio. Y para +decírtelo todo en una palabra: Fortunata, soy un santo. No es esto +jactancia, es la verdad... ¿Crees que voy a hacer daño a tu hijo? ¡Hacer +daño a una criatura! Eso no cabe en lo humano. Déjamele ver, y te diré +algo que te aprovechará.</p> + +<p>Fortunata, al fin, sospechando que la contrariedad podía irritarle, +permitiole ver al nene, sin acercarse mucho, y protegiéndole con sus +manos. No dijo nada mientras le miraba. Después volvió a su asiento y +estuvo un rato con la mirada perdida entre los ramos de la colcha, +ligeramente fruncido el ceño.</p> + +<p>«Se parece a tu verdugo. Lo malo no perece nunca. La maldad engendra y +los buenos se aniquilan en la esterilidad».</p> + + + +<hr /> +<h2>-<span class="smcap">iv</span>-</h2> + + +<p>«Tío, por Dios, tío, despierte usted» volvió a decir Fortunata +gritando; y como asomase a la puerta la flácida y carunculosa efigie de +Ido del Sagrario, la joven le dijo: «¿Pero qué hace usted que no +despierta a mi tío?... ¡Qué sola me tienen aquí! ¡Y esa chiquilla que no +viene!».</p> + +<p>Ido refunfuñó algo que Fortunata no pudo entender. Mirando al profesor +con lástima, Maxi dijo a su esposa: «Este buen señor está tocado. Me da +mucha lástima, porque sé lo que es andar mal de la cabeza. Si él +quisiera seguir mi plan, yo me comprometía a ponerle como nuevo».</p> + +<p>Y en alta voz, viendo al desgraciado Ido llegar otra vez hasta la puerta +de la alcoba y mirar hacia dentro con los ojos de estúpido: «Señor D. +José, serénese, y aprenda a ver la vida como es... Es tontería creer que +las cosas son como nos las imaginamos y no como a ellas les da la gana +de ser. Al amor no se le dictan leyes. Si la mujer falta, divorcio al +canto, y dejar que obre la lógica, pues ella castiga sin palo ni +piedra».</p> + +<p>Y Fortunata se persignaba, llena de admiración, diciéndose: «¿Pero será +verdad, Dios mío, que a mi marido le ha entrado un gran talento, o estas +cosas que dice son farsa para tapar una mala idea? ¿Qué haré yo para que +se marche pronto? Porque a lo mejor me sale por malagueñas, y me da el +gran susto».</p> + +<p>«¡Se parece a tu enemigo!—repitió Maxi, volviendo a la idea que le +había excitado ligeramente—. Es una desgracia para él. Y si en lo moral +saca la casta, peor que peor. El niño inocente no es responsable de las +culpas del padre; pero hereda las malas mañas. ¡Pobre niño!, tengo +lástima de él. Si se te muere debes alegrarte, porque si vive te dará +muchos disgustos».</p> + +<p>A Fortunata le indignó esta idea; pero no se atrevió a contradecirla. +Que dijera todo lo que quisiese. Su plan era no contestarle nada, a ver +si se aburría y se marchaba pronto.</p> + +<p>«Tiene a quien salir—añadió Maxi con lúgubre ironía—. Su papá es de +oro... No necesitas decirme que no te hace caso... Harto lo sé. Ni +siquiera habrá venido a verle... También me lo figuro. No vendrá; ten +por cierto que no vendrá».</p> + +<p>—¡Quién sabe!...—se dejó decir la joven, sintiendo que se le apretaba +la garganta.</p> + +<p>—Te repito que no vendrá... Tengo mis razones para asegurarlo.</p> + +<p>—Claro... ¡qué ha de venir...! Ni falta.</p> + +<p>—Dices bien; ni falta. Gracias que te oigo una expresión filosófica. +Ese hombre tiene ahora otros entretenimientos.</p> + +<p>Fortunata sintió que toda la sangre se le subía al rostro, y se puso muy +sofocada. Rubín estiró el codo sobre el lecho, apoyándose en él con +actitud perezosa, semejante a la que tomaba en la botica cuando leía.</p> + +<p>«Es preciso que lo sepas pronto. Todo lo que tardes en saberlo, tardas +en regenerarte».</p> + +<p>La <i>Pitusa</i> tenía mucho calor, y cogiendo un abanico que junto a la +almohada tenía, empezó a abanicarse.</p> + +<p>—Es preciso que lo sepas—volvió a decir Maxi con cierta frialdad +implacable, propia del hombre acostumbrado al asesinato—. Tu verdugo no +se acuerda ya de ti para nada, y ahora tiene amores con otra mujer.</p> + +<p>—¡Con otra mujer!—dijo ella, repitiendo la frase como una muletilla, a +la cual no se saca sentido. Sus miradas vagaban por los dibujos de la +colcha.</p> + +<p>—Sí, con otra mujer a quien tú conoces.</p> + +<p>El asesino le iba soltando a la víctima las palabras en dosis pequeñas, +y la miraba observando el efecto que le causaban. Fortunata quiso +sobreponerse a aquel suplicio, y sacudiendo la despeinada cabeza, como +para alejar y espantar una convicción que quería penetrar en ella, le +dijo: «¿Qué historias me vienes a contar ahí?... Déjame en paz».</p> + +<p>—Esto que te cuento no es un enredo; es verdad. Ese hombre está +enamorado de otra mujer, y tú la conoces. Aprende, pues. Ahí tienes la +maravillosa arma de la lógica humana, con la cual te hiero para sanarte. +Más vale morir aprendiendo, que vivir ignorando. Esta lección terrible +puede llevarte hasta la santidad, que es el estado en que yo me +encuentro. ¿Y quién me ha traído a mí a este bendito estado? Pues una +lección, una simple lección.</p> + +<p>Mira, Fortunata, bendito sea el cuchillo que sana.</p> + +<p>—Falta que sea verdad lo que cuentas—dijo la víctima defendiéndose.</p> + +<p>—Tú podrás creerlo o no creerlo, como un enfermo puede tomar o no la +medicina que el médico le da. Porque esto es la medicina de tu +conciencia. ¿Quieres otra? ¿Quieres el nombre de la que te ha robado lo +que tú robaste? Pues te lo voy a decir.</p> + +<p>Fortunata sintió como un desvanecimiento, y al incorporarse se le iba la +cabeza, y la habitación daba vueltas en torno suyo. Llevándose la mano a +los ojos, dijo a su marido:</p> + +<p>«Me lo tienes que decir».</p> + +<p>—Es una amiga tuya.—¡Amiga mía!—Sí, y su nombre empieza con A.</p> + +<p>—¡Aurora, Aurora es!—exclamó la joven dando un salto en su lecho, y +mirando a su marido como miran las personas de honor que han recibido +una bofetada.</p> + +<p>—Ella es.—Hace tiempo que el corazón me decía algo de esto, pero muy +bajito, y yo no lo quería creer.</p> + +<p>—Estoy tan seguro de lo que afirmo, que no puede ser más.</p> + +<p>—Tú me engañas, tú me engañas—replicó la joven en actitud de +Dolorosa—. Tú me quieres matar, y en vez de pegarme un tiro, me vienes +con esta historia.</p> + +<p>—Si lo tomas como golpe de muerte, tómalo—manifestó Rubín con +implacable frialdad.</p> + +<p>—¡Aurora... Aurora!... ¡Dios mío!, ¡qué idea tan perra...! (agitándose +extraordinariamente). Pero no puede ser. Este hombre está loco y no sabe +lo que se dice.</p> + +<p>—¿Que estoy loco?... (imperturbable). Bueno, defiéndete con eso. Pero +tú caerás, tú te convencerás. No tienes escape. La verdad se impone. Ahí +tienes un tiro que no yerra nunca. ¿Quieres más señas? Cuando Aurora +sale de su obrador, él la espera en la calle de Santo Tomás y van juntos +hacia el Ave-María. Los domingos, Aurora dice en su casa que va al +obrador, y a donde va es a...</p> + +<p>—Cállate; te digo que te calles—gritó Fortunata retorciéndose los +brazos—. Eres un mentiroso, un calumniador.</p> + +<p>—¿Pues qué querías tú...? (con sonrisa glacial). Hija, es preciso estar +a las agrias y a las maduras. ¿Qué querías? ¿Herir y que no te hirieran? +¿Matar y que no te mataran? El mundo es así. Hoy tiras tú la estocada, y +mañana eres tú quien la recibe... ¿Dudas todavía?</p> + +<p>La víctima no dijo nada. No dudaba, no; lo denunciado por aquel hombre, +que a veces parecía demente, a veces no, revestía las apariencias de un +hecho cierto. Algo tenía la infeliz joven en su cabeza que se lo +confirmaba, inundándola de luz. Recordó frases y actos, ató cabos, y... +nada, que era verdad, como hay Dios. El infeliz chico estaría todo lo +enfermo que se quisiera suponer; pero lo que decía, verdad era.</p> + +<p>«¿Lo dudas todavía?» volvió a preguntar él.</p> + +<p>—No sé, no sé... ¿Y si te has equivocado?... (con extremada inquietud y +ráfagas de ira). No sé qué pensar... Maxi, Maxi, si me hubieras dado un +tiro, me habrías matado menos. Te juro que si es verdad, esa mujer, esa +hipócrita, esa sinvergüenza que me vendía amistad, no se ha de reír de +mí. Te juro que le pateo el alma más pronto que lo digo (revolcándose en +el lecho). Esto no puede quedar así. La mato, le saco los ojos, le +arranco el corazón... Que me traigan mi ropa. Tío, chiquilla; quiero +levantarme. ¡Pero qué abandonada me tienen!</p> + +<p>—Comprendo que te dé tan fuerte. Así me dio a mí; pero luego me he +vuelto estoico. Aprende de mí. ¿No ves qué sereno estoy? He pasado por +todas las crisis de la ira, de la rabia y de la locura...</p> + +<p>—Porque tú no eres un hombre (interrumpiéndole).</p> + +<p>—Es que las lecciones me han valido.</p> + +<p>—Bueno; porque eres un santo... Yo no soy santa, ni quiero.</p> + +<p>—¿Y por qué no habías de serlo tú también? (tomándole las manos y +tratando de contener con suavidad sus movimientos de ira). ¿Por qué no +habías de aspirar al estado en que yo me encuentro? A él he llegado +pasando por la rabia, por la locura... Ahora mismo, no hace mucho, +cuando vi a ese diablo de hombre cometiendo una nueva infamia, sentí +otra vez la debilidad de espíritu que creía vencida... me entraron ganas +de pegarle un tiro, por librar a la humanidad de semejante monstruo... +Pero después he sabido vencerme y he dicho: Mejor castiga una +consecuencia lógica que un puñal.</p> + +<p>—¡Quiere decirse que le viste con ella y te quedaste tan fresco!—gritó +la joven, furibunda, echando llamaradas de los ojos.</p> + +<p>—No me quedé fresco... Me alboroté mucho; pero después vino la +reflexión. Lo que importa, me dije, no es que él muera, sino que ella +aprenda. Y tú has aprendido.</p> + +<p>—¡Pues si yo les llego a ver...!</p> + +<p>—Si les llegas a ver, acuérdate de mí. Hazte santa como yo... Les miras +y pasas...</p> + +<p>—Tú no eres hombre... Tú no eres nada—exclamó la joven con +desprecio—. A ella, a esa bribona es a quien yo quisiera arreglar. Si +la cojo, no lo cuenta. ¡Infame, arrastrada, indecente, engañarme así!</p> + +<p>—Tú, mira bien si tienes derecho a tratarla de ese modo.</p> + +<p>—¡Pues no he de tener! (ofuscándose por completo y sin reparar en lo +que decía). Me ha quitado lo mío. Yo seré mala; pero ella lo es más, +mucho más.</p> + +<p>—Comprendo tu exaltación. Yo, que no tenía otro móvil que la justicia, +cuando les vi, cuando me persuadí de que pecaban, creo que si tengo un +revólver, les suelto los seis tiros por la espalda.</p> + +<p>—Bien, bien—dijo la esposa con ferocidad—. ¿Por qué no lo hiciste? +Eres un tonto... Aunque después me hubieras matado a mí también. Tienes +derecho a hacerlo.</p> + +<p>—Les vi entrar en aquella casa... Fortunata abría los ojos con espanto.</p> + +<p>«Les esperé para verles salir. Calle tal, número tantos. Me escondí en +un portal. ¡Oh!, la suerte de ellos fue que no llevaba revólver...».</p> + +<p>—Yo te lo compraré... Hoy mismo, ahora mismo (agitándose en el lecho, +cogiendo a su hijo, volviéndolo a dejar, descubriéndose el pecho, +tapándoselo y sin saber qué hacer).</p> + +<p>—¡Matar!... ¿Lección a ella? ¿Y la tuya?</p> + +<p>—¿La mía, la mía? Ya la tengo, majadero. ¿Todavía quieres más lección? +A esa traicionera sí que se la voy a dar, y gorda.</p> + +<p>—Irás a presidio si matas.—Pues iré contenta.—¿Y tu hijito? Al oír +esto, Fortunata tuvo un retroceso en su salvaje idea, y cogiendo al +chiquillo, que empezaba a rezongar, se lo llevó al seno.</p> + +<p>La madre lloraba, el chico también, y el gran Ido apareció otra vez en +la puerta sin decir nada, contemplando a marido y mujer con miradas +semejantes a las de las estatuas de yeso o mármol, pues parecía no tener +niñas en los ojos. Gracias que la entrada de Segunda puso término a la +situación; y lo mismo fue ver a Rubín que volarse, soltando por aquella +boca sapos y culebras y echando la culpa de todo a su hermano y al +tagarote inútil de don José Ido, el cual, viéndose insultado, a su +parecer tan sin motivo, hacía contracciones casi inverosímiles con los +músculos de la cara, juntando un ojo con la boca y encaramando el otro +hasta la raíz del pelo. «Yo no sé lo que es—decía—, yo no sé lo que +es; pero hoy no tengo la cabeza buena... Y conste que si entró fue +porque quiso; que yo no le mandé entrar... y si la mata, sus razones +tendrá, naturalmente... ¡Vaya con la señora esta qué genio gasta!, ¡y +cómo me trata! ¿No sabe quién soy? Pues soy Josef... el Idumeo... +profesor en partos... intelectuales».</p> + + + +<hr /> +<h2>-<span class="smcap">v</span>-</h2> + + +<p>«Cállese usted, so <i>guillati</i>—chillaba Segunda, que por los +movimientos amenazadores que hizo, parecía dispuesta a desbaratar con +un par de bofetadas la frágil persona del <i>profesor idumeo</i>—. La culpa +la tiene este morral que está aquí durmiéndola».</p> + +<p>Obra de romanos fue el despertar a <i>Platón</i>; por fin, su hermana le tiró +de una pata, mientras Encarnación tiraba de la otra, y el corpachón del +<i>modelo</i>, resbalando sobre el sofá, se desplomó con estruendo sobre el +piso. Un rato estuvo estirándose, refregándose los ojos con las manazas, +y escupiendo más <i>hostias</i> que palabras. «¿Onde está el judío ladrón que +ha entrado sin mi premiso?, ¡hostia!, que le parto por la metá». El +lenguaje de Segunda no desmerecía del de su hermano por la finura ni por +lo escogido de las voces, lo que desagradaba extraordinariamente a Ido. +Maxi salió a la salita, y José Izquierdo se le cuadró ladrándole así: +«¡Ah!, era usté. Ora mismo a la calle... brrr... ¡Y que tengo yo un +genio mu blando...! Pues si le llego a ver antes ¡hostia!, me caso con +la santísima... si le llego a ver antes, por el judío balcón, ¡hostia!, +va solutamente a la calle».</p> + +<p>Sin demostrar temor alguno, Maximiliano sonreía. Se armó tal zaragata, +que tuvo que intervenir Ido con frases de concordia, y Segunda +manoteaba, echando la culpa al calzonazos de su hermano, y este +increpaba a Encarnación, y la chiquilla daba de rechazo contra Maxi; y +fue tal el vocerío que hubo de presentarse en la puerta, que estaba +abierta, Estupiñá, y penetró en la casa con ademanes policiacos, +mandando callar a todo el mundo y amenazando con traer una pareja. «Ya +decía yo que en este cuarto no habría paz, y como sigan así, pronto los +planto a todos en la calle». Se fue refunfuñando, y al anochecer, cuando +ya Ido y Maxi se habían marchado, y los hermanos Izquierdo estaban +comiendo, volvió a subir, con bastón de mando, y dijo despóticamente: +«Orden, orden y el primero que meta ruido, va a la cárcel».</p> + +<p>—Pues qué, D. Plácido, ¿va a venir el Viático?</p> + +<p>—Poco menos—replicó el hablador entrando sin pedir permiso y +dirigiéndose a la alcoba—. Que va a venir el ama, la señora casera. +Mucho orden, señores, mucha formalidad.</p> + +<p>Lo mismo fue oír <i>Platón</i> que la señora de Pacheco venía, que el temor +de verla le intranquilizó y no tuvo ya sosiego. A trangullones despachó +la comida, apresurándose a largarse a la calle. Tal era su miedo de que +la señora le viese, que bajó la escalera a escape, y se le erizaba el +cabello pensando en que si Guillermina subía cuando él bajaba, no +tendría dónde meterse para evitar su encuentro.</p> + +<p>Desde la entrevista con su marido, Fortunata se puso tan inquieta, que +Segunda tuvo que enfadarse para impedir que se levantara, pues quería +hacerlo a todo trance. El chiquitín debía de encontrar novedad en lo +tocante a provisiones de boca, porque estaba mal humorado, como si +quisiera también echarse a la calle, en son de pronunciamiento. El aviso +de la visita de la santa calmó bastante a la madre; pero no al hijo, que +no entendía aún ni jota de santidades. Presentose la dama a las nueve, +acompañada de Estupiñá; y después de saludar a Segunda como si fuera +esta la señora más encopetada, pasó, y antes de decir nada a la que fue +su amiga, examinó bien a Juan Evaristo Segismundo. Segunda acercaba una +vela para que la dama pudiera ver bien las facciones del niño, quien no +parecía entusiasmado, ni mucho menos, con inspección tan impertinente ni +con la viveza de la luz, tan próxima a sus ojitos.</p> + +<p>«¡Qué mal genio tiene!» dijo la santa sentándose junto al lecho, +mientras Fortunata agasajaba a su hijo, y metiéndole el pecho en la +boca, trataba de aplacarle. Fue Guillermina muy parca en saludos y +demostraciones de afecto, y luego, cuando se quedaron solas la señora de +Rubín y la santa, esta no dijo nada de religión, ni mentó la virtud, ni +el pecado, ni cosa alguna concerniente al orden moral. Habló de si la +joven madre tenía o no mucha leche, y de si sentía esta o la otra +molestia, con otras cosas pertinentes al estado en que se hallaba. +Fortunata notó en la cara apacible de la fundadora cierta severidad +estudiada, y para romper aquel hielo, dijo lo siguiente, cuya +oportunidad podría dudarse: «Este sí que es el <i>Pituso</i> legítimo, el de +la propia tía Javiera, ¿verdad, señora? ¡Ah!, ¿no sabe? En cuanto mi tío +José oyó decir que usted venía, salió de carrera, como alma que lleva el +diablo».</p> + +<p>—Por el miedo que me tiene. Buena nos la dio... Déjele usted estar, que +como yo le coja a mano, le he de decir cuatro cosas.</p> + +<p>Y cuando la madre puso al niño a su lado, ya harto y dormido, +Guillermina le volvió a mirar atentamente, observando sus facciones como +el numismático observa el borroso perfil y las inscripciones de una +moneda antigua para averiguar si es auténtica o falsificada. Después dio +un suspiro, y guiñando los ojos para mirar a Fortunata, se expresó así: +«¡Buena la hemos hecho, buena!...».</p> + +<p>Y ambas estuvieron calladas un rato, mirándose.</p> + +<p>—Señora—dijo de improviso la parida, como queriendo romper un secreto +que abruma—. Yo tengo que pedir a usted perdón...</p> + +<p>—¡A mí!, perdón... ¿de qué?</p> + +<p>—De las burradas que hice, de las atrocidades que dije aquella mañana +en su casa de usted. También a ella le pediría perdón si la viera... Me +porté mal, lo conozco. Yo no guardo rencor a nadie... digo, no se lo +guardo a ella, porque...</p> + +<p>¡Ay, señora, usted no sabe lo que pasa, usted no sabe que a las dos nos +está engañando... y sé quién es la que nos le entretiene, una culebra, +una hipocritona, que me vendía amistad...! Esto no quedará así, señora, +no quedará así...</p> + +<p>—No me traiga usted a mí cuentos, que no me dan frío ni calor (con +reprensión graciosa). Ahora lo que le conviene es tranquilidad; que +tiempo hay de ajustar cuentas atrasadas...</p> + +<p>Y volvió a mirar al chico, recreándose silenciosamente en su hermosura y +lozanía. Fortunata le bebía a ella las miradas, jactándose de adivinarle +el pensamiento, el cual bien podía ser este: «¡Si Jacinta le viera...!». +¿Pero cómo le había de ver? Esto sí que era imposible. «Por mí—pensaba +la <i>Pitusa</i>—, no habría inconveniente... ¡Pero cuánto sufrirá la +pobrecilla, si le ve! Y puede que se le antoje... Sí, para ella +estaba... Amiga mía, tenerlos, tenerlos... Esta le irá contando cómo es; +le dirá: 'tiene la boca así, los ojos asado, y en esto se parece a su +padre y en lo otro a su madre. Criatura más perfecta no ha echado Dios +al mundo'».</p> + +<p>«Cuando usted esté buena, hablaremos—indicó la santa con ánimo ya de +retirarse—. Yo tengo una idea... No es usted sola quien tiene ideas; +sólo que las mías no son malas, al menos no las tengo por tales. Y para +concluir por hoy, ¿necesita usted algo? Si no puede criar, no se apure, +le pondremos un ama a este caballerito, que me parece no habría de +hacerle ascos. Es preciso criarle bien».</p> + +<p>—Yo puedo, yo puedo... ¡vaya!—replicó la otra contrariada—. ¿Qué cree +usted? Soy muy fuerte. Mi hijo no lo cría nadie más que yo.</p> + +<p>—Pues alimentarse bien (recobrando su tono dulcemente autoritario). Y +cuidado con hacerme disparates. Obedecer al médico... Nada de arrebatos +de ira, ni devaneos. ¡Ah!, yo dudo mucho que usted sirva...</p> + +<p>Y sintiendo uno de aquellos arranques de inspiración que la embellecían +y sublimaban, le dijo esto, ya en pie para marcharse:</p> + +<p>«Porque ha de saber usted que Dios me ha hecho tutora de este hijo... +Sí, buena moza, no se espante ni me ponga esos ojazos. Su madre es +usted, pero yo tengo sobre él una parte de autoridad. Dios me la ha +dado. Si su madre le faltara, yo me encargo de darle otra, y también +abuela. Hijo mío, has venido al mundo con bendición, porque suceda lo +que suceda, no estarás nunca solo. Déjeme usted que le vea otra vez. No +me harto de mirarle. Quiero llevármele metido dentro de mis ojos. +¡Virgen del Carmen!, ¡qué lindísimo es...! Tiene a quien salir. Adiós, +adiós».</p> + +<p>Salió acompañada de Estupiñá, diciendo al modo de rezo: «Acatemos la +voluntad de Dios... Él sabrá por qué ha mandado acá este angelote. +Jacinta, furiosa, dice que Dios está chocho y que no hace más que +disparates... Pobrecilla... ¡Qué limitada inteligencia la nuestra! No +comprendemos nada, pero nada, de lo que Él hace, y nos devanamos los +sesos por adivinar el sentido de ciertas cosas que pasan, y mientras más +vueltas les damos menos las entendemos. Por eso yo corto por lo sano, y +todas mis <i>matemáticas</i> se reducen a decir: «Cúmplase la voluntad del +Señor».</p> + +<p>Fortunata soñó aquella noche que entraban Aurora, Guillermina y Jacinta, +armadas de puñales y con caretas negras, y amenazándola con darle +muerte, le quitaban a su hijo. Después era Aurora sola la que cometía el +nefando crimen, penetrando de puntillas en la alcoba, dándole a oler un +maldecido pañuelo empapado en menjurje de la botica, y dejándola como +dormida, sin movimiento, pero con aptitud de apreciar lo que pasaba. +Aurora cogía al chiquillo y se lo llevaba, sin que su madre pudiera +impedirlo, ni siquiera gritar. Despertó acongojadísima. Se sentía mal, +propensa a desvaríos de la mente en cuanto se aletargaba, y con +muchísima sed. Esta llegó a ser tan fuerte, que no pudiendo despertar a +su tía dando con los nudillos en el tabique, tuvo al fin que levantarse +en busca de agua. Al volverse a acostar sintió bastante frío, y con +estas alternativas de frío y calor estuvo hasta la mañana.</p> + + + +<hr /> +<h2>-<span class="smcap">vi</span>-</h2> + + +<p>Ballester fue temprano, y a ella le faltó tiempo para hablarle de +la visita de Maxi y de la historia que este le había llevado. Mucho se +incomodó el regente al enterarse de esto, y con desusada seriedad y +calor hubo de negar lo que su amigo contara de <i>la Samaniega</i>.</p> + +<p>«Mire, compañero—dijo ella—, mientras más se amontone usted para +negarlo, más creo yo en ello. Usted no habla nunca así; y cuando se pone +serio, no dice más que mentiras. Lo que quiere es que yo me serene. Se +lo agradezco; pero no puede ser. Y lo que es esa francesilla asquerosa +no se ríe de mí».</p> + +<p>Agotó el buen amigo toda su lógica para arrancarle aquella idea, sin +adelantar nada. «Y por fin—dijo tomando el tono festivo y maleante que +empleara con Maxi en otra ocasión—, ¿para qué hacemos caso de lo que +diga ese desventurado?... ¡Ay qué románticas y qué súpitas... <i>semos</i>! +Mi amigo Rubín, con esas apariencias que ahora tiene de hombre de seso, +está más <i>tocati</i> que nunca. Todo lo dice al revés, y el otro día me +sostenía que <i>doña Desdémona</i> es una mujer hermosa. Me parece que si +seguimos por ese camino, tendré que traerme acá la vara...».</p> + +<p>No afectaron a Fortunata estas bromas.</p> + +<p>Observábala él con atención seria, notando que una idea muy siniestra y +tenaz la dominaba, y que no era fácil quitársela de la cabeza. Temió que +aquel estado de ánimo influyese desfavorablemente en su salud, y para +prevenirlo metiole miedo. «Me ha dicho Quevedo que en estos días hay que +tener mucho cuidado con usted, y que no le permitirá levantarse hasta la +semana que viene. Cualquier disparate que usted hiciera podría sernos +fatal. Conque, hija mía (tomándole las manos), muchísimo cuidado. No le +digo que lo haga por mí. ¿Qué caso hace usted de este pobre boticarín? +Ninguno, y con razón, porque yo para usted no soy nadie... hágalo por mi +amigo Juan Evaristo, a quien quiero ya como si fuera hijo mío, sí, +sépalo usted, y me constituyo en su tutor; hágalo por él, y <i>tutti +contenti</i>».</p> + +<p>Parecía convencida, y Ballester se fue con la impresión de haber +triunfado. Tranquila estuvo toda la mañana; pero a eso del mediodía, al +despertar de un sueño breve, se sintió tan vivamente acometida de ganas +de salir a la calle, que no pudo sobreponerse a este ciego impulso. +Levantose, con gran sorpresa de Encarnación, única persona que en la +sala estaba, se peinó a la ligera y se puso su falda de merino oscuro, +pañuelo de crespón negro, otro de color a la cabeza, mitones colorados, +sus botas de caña clara, y... Pero antes de salir dedicó un gran rato a +su hijo, que habiendo despertado cuando la mamá se vestía, parecía +declarar con sus chillidos que le cargaba la salidita. Le convenció ella +dándole todo lo que quiso o lo que había, y el angelito se quedó dormido +en su cuna de mimbres. «Mira—dijo a Encarnación su ama—; yo voy a +salir. No estaré fuera sino poco tiempo, porque tomaré un coche, y haré +la diligencia en media hora. Tú no te separas de aquí, y si despierta el +niño, le arrullas y le meces, diciéndole que yo vendré en seguidita... +Cuidado cómo te separas de él. Oye; mientras yo esté fuera, no abres a +nadie... Mejor será otra cosa; yo cierro dando las dos vueltas y me +llevo la llave. Si viene Segunda, que espere en la escalera». Dio muchos +besos a su hijo, de quien por primera vez en aquella ocasión se +separaba, y salió, cerrando la puerta y llevándose la llave. «No sea +cosa que alguien venga y... No, no me le quitarán; pero se han dado +casos. Este ángel mío, veo que tiene muchos golosos. Y sobre todo esa +envidiosona de Jacinta es la que más miedo me da. De la pelusa que tiene +le van a salir más canas, y se va a poner como un alambre de flaca. +¿Pero qué remedio tiene sino conformarse...? Bastante he penado yo... +que pene ahora ella. ¡Ah!, siento pasos. Francamente, no quisiera que me +viera nadie, porque empezarán a decir que si salgo o no salgo, y no me +gustan <i>refirencias</i>.</p> + +<p>Me parece que es D. Plácido el que sube. Me guardaré un poquito hasta +que entre en su casa... Ya llega, abre su puerta. Ahora me escabullo, y +Dios me acompañe. Debiera llevar algo que duela... ¡Ah!, la llave. Es +mejor que la mano del almirez. Con esto y las uñas... yo le juro +que...».</p> + +<p>Tomó un coche y apenas entró en él se sintió tan mareada, a causa del +movimiento y de su propia debilidad, que hubo de cerrar los ojos e +inclinar la cabeza para no ver las casas volteando en torno suyo. «Debí +haber tomado un caldito antes de salir... Pero a buena hora me acuerdo. +En fin, esto pasará». Pasó ciertamente, y lo primero que hizo al +reponerse fue variar la orden que había dado al simón. Habíale dicho +<i>Ave María, 18</i>; pero tuvo una idea, y dijo <i>Cabeza, 10</i>, sacando la +suya por la ventanilla, alargando el brazo y tocando con la llave que en +la mano llevaba, al modo de un arma, el brazo del cochero. En la casa +últimamente designada estuvo como una media hora, y cuando bajó a tomar +de nuevo el carruaje, su cara pálida tenía transparencias de cera, los +labios no tenían color... «¿A dónde vamos, señora?» le preguntó el +cochero, viendo que pasaba tiempo sin que diera ninguna orden. «Subida a +Santa Cruz, esquina a la calle de Vicario Viejo». Y dicho esto, y al +rodar de la berlina, daba vueltas a este pensamiento: «Claro; lo que yo +dije. La Visitación a mí no me lo había de ocultar. ¡Y luego dice el +tonto de Ballester que mi marido está loco! Más razón tiene y más +talento que todos los cuerdos juntos... No se ha equivocado ni en tanto +así. Veinte duros le he dado a la Visitación por la cantinela... Claro; +a mí no me lo había de negar...». Y partiendo de esta idea, volvía a la +misma cien y cien veces, describiendo el doloroso círculo.</p> + +<p>Apeose en la subida a Santa Cruz, y subió al obrador de Samaniego, +entrando por el portal, que estaba en la calle de Vicario Viejo. Iba tan +decidida, que no tuvo ni la más ligera vacilación. La puerta del +entresuelo tenía mampara de hule, que al abrirse hacía sonar un timbre. +Fortunata había estado allí en los días que precedieron a la +inauguración de la tienda, y recordaba perfectamente todo. No había que +llamar, sino que se empujaba la mampara, sonaba un <i>plin</i> muy fuerte, y +ya estaba uno dentro. Así lo hizo aquel día, y apenas recorrió el corto +pasillo que a la estancia principal conducía, encarose con Aurora que en +aquel momento iba desde el centro, donde estaba la mesa, hacia una de +las ventanas, llevando telas en la mano. Alrededor de la mesa vio +Fortunata como unas seis o siete oficialas, cosiendo, y en un sofá, +junto a la ventana apaisada que daba a la calle, estaban dos señoras, +examinando a la luz encajes y telas.</p> + +<p>«Buenos días» dijo la Rubín, deteniéndose un instante y recorriendo con +mirada fugaz todas las caras que delante tenía. Aurora, al verla, se +quedó tan inmutada, que no supo ni qué decir ni qué cara poner. «¡Ah!... +tú, Fortunata... ¡Cuánto tiempo...!». De improviso tomó un tonillo de +sequedad. «Dispensa... Estoy ocupada. Si quisieras volver a otra +hora...». Pero al instante cambió de registro. «¡Qué cara te vendes! +¿Has estado mala?».</p> + +<p>—Y tú, ¿cómo estás?... siempre tan famosa...—le dijo Fortunata +acercándose y poniendo una cara fingidamente amable; pero en la cual no +era difícil ver la cruel suavidad con que algunas fieras lamen a la +víctima antes de devorarla.</p> + +<p>—Y tú, ¿dónde te metes?—balbució Aurora muy cortada, sin saber para +dónde volverse.</p> + +<p>Por fin se dirigió a las señoras que allí estaban; pero no supo qué +decirles. Fortunata se le puso delante cuando volvía hacia la mesa +central. «Tenía que hablar contigo... Como no se te ve... ¡Ay, qué +amigas estas, se muere una sin que le digan nada!».</p> + +<p>Algo se tranquilizaba Aurora con este lenguaje, y sonriendo contestó: +«Hija, con tantas ocupaciones, no tiene una tiempo para visitas. Pensé +ir a verte... Pero siéntate».</p> + +<p>—Estoy bien así... Pronto despacho.</p> + +<p>Aurora se acercó otra vez a las señoras, y al volverse, su amiga le +tocó un brazo. «Tenía que hablarte dos palabras... una cosita que te +quería decir. Me estaba muriendo por verte. ¡Ingrata! ¡Sabiendo el gusto +que me da tu compañía...!».</p> + +<p>—Tienes razón—dijo la otra volviendo a inquietarse, porque en la cara +de su amiga advirtió algo que la puso en cuidado—. Todos los días +pensaba ir...</p> + +<p>—Sabiendo que te quiero tanto...—Y yo a ti... ¿Pero por qué no te +sientas?</p> + +<p>—No... Me voy en seguida. No he venido más que a traerte una cosa...</p> + +<p>—A traerme una cosa... ¡a mí!</p> + +<p>—Sí, verás. Y diciendo <i>verás</i>, hizo con el brazo derecho un raudo y +enérgico movimiento, y le descargó tan de lleno la mano sobre la cara, +que la otra no pudo resistir el impulso, y dando un grito, se cayó al +suelo. Fortunata dijo: «¡Toma, indecente, púa, ladrona!».</p> + +<p>Bofetada más sonora y tremenda no se ha dado nunca. Todas las ofícialas +corrieron espantadas al auxilio de su jefe; pero por pronto que +acudieron, no fue posible impedir que Fortunata, empuñando su llave con +la mano derecha, le descargase a la otra un martillazo en la frente; y +después, con indecible rapidez y coraje, le echó ambas manos al moño y +tiró con toda su fuerza. Los chillidos de Aurora se oían desde la +calle. Las dos señoras aquellas salieron a la escalera pidiendo socorro. +Gracias que las oficialas sujetaron a la fiera en el momento en que +clavaba sus garras en el pelo de la víctima, que si no, allí da cuenta +de ella. Sujetada por tantas manos, Fortunata hizo esfuerzos por +desasirse y seguir la gresca; pero al fin el número, que no el valor, +venció su increíble pujanza. A una de las modistillas la tiró patas +arriba de una manotada; a otra le puso un ojo como un tomate. Dando +resoplidos, lívida y sudorosa, los ojos despidiendo llamas, Fortunata +continuaba con su lengua la trágica obra que sus manos no podían +realizar. «Eso para que vuelvas, so tunanta, a meter tus dedos en el +plato ajeno... Embustera, timadora, comedianta, que eres capaz de +engañar al Verbo Divino. ¡Lástima de agua del bautismo la que te +echaron! Tramposa, chalana... Te pateo la cara aunque me deshonre las +suelas de las botas».</p> + +<p>Y tal esfuerzo hizo por desasirse, que a punto estuvo de lograrlo. Dos +de ellas habían acudido a levantar a Aurora, que continuaba dando gritos +de dolor. Si no se presentan Pepe Samaniego y un dependiente, sabe Dios +la que se arma allí.</p> + +<p>«¿Qué es esto? ¿Qué ha pasado aquí? ¿Quién es usted? ¿Qué busca usted?».</p> + +<p>—¡Quién soy!...—gritó Fortunata con desesperación—. Una persona +decente...</p> + +<p>—Sí, ya se conoce... Aurora, ¡por Dios!... ¿Qué es esto?</p> + +<p>—Una persona decente, que he venido a ajustarle la cuenta a este +serpentón que tiene usted en su casa. Y también es calumniadora.</p> + +<p>—Cállese usted y váyase muy enhoramala... ¿Pero qué es esto, Aurora?... +¡Jesús!, sangre en la cabeza. Una herida... Oiga usted, mujerzuela, +ahora mismo va usted a la cárcel... ¡Eh!, llamar a una pareja.</p> + +<p>La Fenelón estaba como desmayada, y sus alumnas le desabrocharon el +vestido para aflojarle el corsé.</p> + +<p>—Quien va a ir a la cárcel es esa—chilló la agresora, frenética, +revertida otra vez bruscamente a las condiciones de su origen, mujer del +pueblo, con toda la pasión y la grosería que el trato social había +disimulado en ella—. Yo no he faltado... A mí sí que me han faltado... +Esa bribona me ha engañado, nos ha engañado a las dos, porque somos dos +las agraviadas, dos, y usted debe saberlo... <i>Aquella</i> es un ángel, yo +otro ángel, digo, yo no... Pero hemos tenido un hijo; <i>el hijo de la +casa</i>, y esta es una entrometida, fea, tiñosa y sin vergüenza que me la +tiene que pagar, me la tiene que pagar.</p> + +<p>—¡Si no se calla usted...!—dijo Samaniego, llegándose a ella con +ademán amenazador—. Vamos, que por ser usted mujer, no le sacudo el +polvo ahora mismo.</p> + +<p>—¿Usted a mí?... falta que pueda. Más le valdrá a usted no permitir las +indecencias que hace esta...</p> + +<p>—Le digo a usted que si no se calla... No me puedo contener... ¡Eh!, +llamar a una pareja.</p> + +<p>La escena tomó aún peor carácter con la aparición de doña Casta, que +hubo de llegar a la tienda en aquel instante, y enterada de la zaragata, +subió renqueando, y entró en el teatro del dramático suceso, dando +gritos. «¡Hija de mi alma!... ¡Pero qué!... ¡la han matado!... +¡Sangre!... ¡Ay, Dios mío! ¡Aurora... Aurora...! ¿Pero quién ha sido?... +¡Ah!, esa mujer...».</p> + +<p>—Sí, yo, yo he sido—le dijo Fortunata desde el rincón donde la tenían +acorralada—. Mejor cuenta le tendría a usted, so bruja, no ser tapadera +de las tunanterías de su niña...</p> + +<p>Doña Casta, acudiendo a su hija, no se hacía cargo de las flores que la +otra le echaba. Aurora volvió en sí exhalando gemidos. «No es nada, tía +—dijo Samaniego—. No se asuste usted... Una leve contusión, y el susto +correspondiente... ¿Pero no se calla esa salvaje?... A la prevención, a +la prevención...».</p> + +<p>—Dejarla; que se vaya...—murmuró Aurora con los ojos cerrados.</p> + +<p>—A la cárcel—gritaba ronca doña Casta.</p> + +<p>—No, a la cárcel no—dijo la víctima, haciendo gala de +generosidad...—dejarla, dejarla... Pepe, no le hagas nada.</p> + +<p>—No; si yo no le pego... Allá se entenderá con el juez.</p> + +<p>—No, juez no, juez no—decía la de Fenelón muy apurada—. La perdono. +Dejarla; que se vaya, que se vaya pronto; que yo no la vea.</p> + +<p>Fortunata, implacable, no se quería callar, y entre los que rodeaban a +la víctima se dividieron los pareceres respecto a lo que se debía hacer +con la agresora. Subió más gente, y el obrador, con tanto vocear y las +pisadas de los que entraban y salían, parecía un infierno.</p> + + + +<hr /> +<h2>-<span class="smcap">vii</span>-</h2> + + +<p>La primera que llegó a la casa de la Cava, durante la ausencia de +la <i>Pitusa</i>, fue Guillermina. Después de llamar dos veces, la voz de +Encarnación le respondió al través de los agujeros de la chapa: «La +señorita ha salido. Me ha dejado encerrada».</p> + +<p>—¡Ha salido!... ¡Dios nos asista!... ¿Pero es eso verdad, o es que no +quiere recibirme?</p> + +<p>—No, señora, no está. Dijo que volvería pronto. Echó la llave con dos +vueltas.</p> + +<p>—¿Y el niño?—Sigue tan dormidito.—Esperaré un rato—dijo la santa +dando un suspiro; y cansada de estar en pie, se sentó en el más alto +escalón del tramo. Parecía una pobre que espera se abra la puerta para +pedir limosna—¿Pero dónde habrá ido esa loca?... Lo que yo digo: a +esta no la sujeta nadie. No va a poder criar a su hijo. Tiene a lo mejor +algunas corazonadas felices; pero cuando menos se piensa la pega... El +mejor día abandona a su niño o lo mete en la Inclusa... No, eso sí que +no se lo consentimos. Si el pobrecito tiene una madre descastada, no le +faltará quien mire por él.</p> + +<p>Cuando esto pensaba, sintió subir a otra persona. Era Ballester, quien +al verla, se quedó algo cortado. «¿Viene usted a esta casa?—le dijo la +dama—. Pues tómelo con paciencia, que el pájaro voló. La señora esa se +ha ido a la calle. Dentro están el chico y la criada; pero como se llevó +la llave, no podemos entrar. Aguante usted el plantón, como yo, si no +tiene prisa, que ya no puede tardar».</p> + +<p>—¡Pero si le habíamos prohibido que saliera! (asustadísimo y +disgustado). Anoche, según me dijo D. Francisco de Quevedo, estaba algo +excitada. Por eso yo venía a ver... ¡Qué disparates hace!</p> + +<p>—¡Ya lo creo que es disparate! ¿Y usted no sospecha dónde podrá estar?</p> + +<p>—Yo... nada. En fin, esperaremos. Sentose el regente dos escalones más +abajo, y la santa guiñó los ojos para mirarle. Como no se paraba en +barras cuando creía necesario interrogar a alguna persona, de buenas a +primeras acometió a Ballester en esta forma: «Dígame usted, caballero, +y dispense la confianza. ¿Es usted la persona que ahora... tiene más +ascendiente con esta mujer?».</p> + +<p>—Yo, señora... ascendiente no creo tenerlo... La conozco hace poco +tiempo. Soy su amigo; me intereso algo por ella.</p> + +<p>—No trato yo de que usted me diga qué clase de amistad es esa...</p> + +<p>—Las relaciones más puras... ¿Qué, no lo cree usted?</p> + +<p>—Sí, yo creo todo. Precisamente, tengo mucha fe (riendo con gracia); +pero no se trata ahora de esto. ¿A mí qué me importa? Lo que quiero +decir es que si usted tiene algún influjo sobre ella, debe aconsejarle +que... Porque el día mejor pensado, esta mujer vuelve a las andadas, y +se cansará de criar a su niñito. Lo mejor sería que le pusiera un ama, +entregándoselo a personas que le habrían de cuidar mejor que ella. +Aconséjele usted esto.</p> + +<p>—Yo... que quiere usted que le diga... creo que no le abandonará. Está +muy entusiasmada con él.</p> + +<p>—Sí; buen entusiasmo nos dé Dios. ¡Mire usted que esta...! ¡Marcharse a +paseo!, qué ganas de calle tenía. Ni sé cómo el angelito aguanta tanto +tiempo sin mamar...</p> + +<p>No había acabado de decirlo, cuando oyeron los chillidos del pobre niño. +No pudiendo contenerse, Guillermina se levantó y fue hacia la chapa +agujereada, y por allí echó estas vehementes expresiones: «¡Hijo mío, +esa loca que no viene!... tienes razón... ¡bribona! Aguárdate un +poquitín, un poquitín». Llamó para que viniese a la puerta la chiquilla, +y le dijo: «Oye, niña, a ver cómo le entretienes un momentito, que tu +ama no puede tardar. Mécele en su cunita, cántale algo, sosona».</p> + +<p>Y volviendo al peldaño, charló con su compañero de plantón: «¡Qué alma +de mujer...! ¡Ay!, tengo el genio tan vivo, que rompería la puerta, +cogería al niño y le llevaría a que le dieran de mamar... ¿Es usted +médico?».</p> + +<p>—No, señora; soy farmacéutico.</p> + +<p>Se calló porque sintieron pasos, ya muy cerca, como de una persona que +subía con cautela, y miraron a la meseta intermedia, esperando a que el +que subía diese la vuelta. La aparición de aquella persona les dejó a +ambos muy sorprendidos. Era Maximiliano, quien al ver a doña Guillermina +y a Segismundo sentados en la escalera, hizo el siguiente razonamiento: +«Dos personas que esperan y que se sientan cansadas. Luego, hace tiempo +que esperan, y la casa está cerrada».</p> + +<p>Un rato estuvo inmóvil sin saber si seguir subiendo o volverse para +abajo. El regente se reía y Guillermina le miraba con gracejo.</p> + +<p>«Nada—le dijo esta—, que tiene usted que esperar también. ¿Tiene usted +llave?».</p> + +<p>—¿Llave yo?—La del campo—indicó Ballester con mal humor, discurriendo +que maldita la falta que hacía Maxi allí—. Más vale que se vaya usted, +amigo Rubín, y vuelva, porque esto va largo.</p> + +<p>—Esperaré yo también—contestó el otro sentándose debajo de Ballester.</p> + +<p>Y volvieron a oírse los desesperados gritos del <i>Pituso</i>, y Guillermina +no disimulaba su impaciencia y zozobra. «Ya se ve, la pobre criatura +tiene ganita... ¡Cuidado que levantarse antes de tiempo y plantarse en +la calle...! Le digo a usted que le pegaría...».</p> + +<p>Maximiliano callaba, no quitándole los ojos a la santa, a quien nunca +había visto tan de cerca.</p> + +<p>—Pues estamos lucidos—añadió ella—. Ya somos tres. Y esto va picando +en historia. Siento pasos. Si será al fin esa veleta...</p> + +<p>Los pasos no parecían de mujer. ¿Quién sería? Miraron los tres, y +apareció José Izquierdo, quien al ver a doña Guillermina, se sobresaltó +extraordinariamente y miró para abajo, como si se quisiera tirar de +cabeza. Habría él dado cualquier cosa por tener dónde meterse. La santa +se reía en sus barbas, y por fin le dijo: «No me tenga usted miedo, +señor de <i>Platón</i>... ¿Por qué está usted tan asustado? No me como la +gente. Si somos amigos usted y yo...».</p> + +<p>—Señora—dijo el <i>modelo</i> con un gruñido—, cuando el endivido tiene +necesidad, no pue ser caballero y hace cualquiera cosa.</p> + +<p>—Sí, hombre, ya lo sé; y aquel gran timo que usted nos dio está +olvidado... ¡Pues si viera usted qué guapo está el <i>Pituso</i>!</p> + +<p>—¿De veras? ¡Ay!, ¡probe piojín de mis entrañas!</p> + +<p>—Sí; se cría perfectamente. Y es tan listo y tan travieso que tiene +alborotado todo el asilo.</p> + +<p>—¡Ay!, cómo se le conoce la santísima sangre de su madre, que revolvía +medio mundo. Si tenía aquel chico un talento macho... vamos que...</p> + +<p>—Ahora está usted como quiere, Sr. de <i>Platón</i>, según he oído, ganando +unos grandes dinerales con la pintura.</p> + +<p>—Defendemos el santo garbanzo, señora...</p> + +<p>—Yo me alegro por diferentes motivos, pues estando usted tan en grande +no se le ocurrirá engañar a la gente.</p> + +<p>Izquierdo se rascaba una oreja, y la habría dado porque la santa mudara +de conversación.</p> + +<p>—Si la señora quiere, no miremos pa tras.</p> + +<p>—Si esto no es mirar <i>pa tras</i>... Vamos, que ahora, si usted estuviera +mal de fondos, bien podría intentar otro negocio como aquel... y no con +moneda falsa, sino con legítima.</p> + +<p>Ballester se reía y Maximiliano estaba muy serio, lo que reparó la +fundadora, apresurándose a decir: «Si no fuera por estas bromas, ¿cómo +pasaríamos el horrible plantón? Yo me consumo cuando tengo que esperar, +y cuando espero estúpidamente por la tontería de una persona, pierdo la +paciencia en absoluto...».</p> + +<p>Volvió a oírse la quejumbrosa cantinela de Juan Evaristo, y Guillermina +tiró de la campanilla para decir a la criada: «Mujer, entretenle; dile +cositas. Pareces tonta... ¡Hijo mío, ya viene, ya viene!... Verás qué +soba le doy cuando entre, por tenerte así tan solito, muertecito de +hambre... Señores (volviendo al escalón), ustedes me han de dispensar, y +si alguno se cansa, no esté aquí por hacerme compañía. Algo debe de +haberle pasado a esa mujer, cuando tarda tanto. Propongo que se nombre +una comisión, que vaya a hacer un reconocimiento a la calle y averigüe +dónde puede estar». Al decir esto, miraba a Maxi, dando a entender que +fuera él de la citada comisión. El joven no hizo ademán alguno que +indicara intención de moverse, y en la misma actitud perezosa en que +estaba, mirando de soslayo a sus compañeros de plantón, dijo así: «Hace +como unos cinco cuartos de hora iba en un coche por la calle de +Atocha... Entró por la calle de Cañizares... Hace como unos tres cuartos +de hora, vi el mismo coche atravesar la plaza de Santa Cruz hacia la +calle de Esparteros...».</p> + +<p>Ballester y Guillermina se miraron alarmados. «Pues propongo—repitió +ella—, que vaya una comisión a la calle de Esparteros...</p> + +<p>¿Y no vio usted si el coche se detuvo en alguna parte?».</p> + +<p>—No, señora... Yo creí que el coche venía hacia acá, pues aunque el +camino más directo desde la calle de Atocha es Plaza Mayor, Ciudad +Rodrigo y Cava, como en la entrada de la Plaza, por Atocha, están +adoquinando y no se puede pasar, dije yo: «Es que el cochero va a tomar +la calle Mayor». Pero por lo visto no ha venido aquí. Luego, ha ido a +otra parte. Quizás haya ido a visitar a alguna amiga: Aurora, por +ejemplo...</p> + +<p>Ballester y la santa volvieron a mirarse con inquietud. «Lo que este +chico dice—indicó el farmacéutico, comunicando a la dama sus temores—, +me parece tan lógico, que casi casi me inclino a tenerlo por cierto».</p> + +<p>Oyéronse pasos otra vez; pero eran muy pesados y los acompañaba un +carraspeo y resoplido de persona madura, por lo que nadie creyó fuera +Fortunata la que llegaba. «Es Sigunda», dijo izquierdo antes de verla, y +no se equivocó. La placera se puso en jarras al ver la escalonada +tertulia que allí había, y cuando apreció quién estaba sentada en el +lugar más alto, abrió medio palmo de boca, expresando su admiración de +esta manera: «¡Bendito Dios! ¡El ama de la casa sentadita en la +escalera, como una pobre que está esperando las sobras de la comida! +Pero qué, ¿no está esa diabla?</p> + +<p>¡Se ha escapado a la calle! Me lo temía. ¡Qué cabeza! ¡Si estaba ella +anoche muy encalabrinada...! Pero señora, ¿por qué no pasa a casa de D. +Plácido? Allí habrá sillas, al menos, y podrán la señora y los señores +sentarse a gusto...».</p> + +<p>—Hágame el favor de llamar en el tercero y ver si está Plácido. Tengo +la seguridad de que él la encuentra.</p> + +<p>Segunda llamó, y Plácido no estaba.</p> + +<p>«¿Quiere la señora que vaya a buscarla?... ¿Pero adónde?».</p> + +<p>—Yo iré—dijo Ballester, que no podía desechar la idea de que en el +obrador de Samaniego darían razón de la fugitiva. Pero aún hablaba con +Guillermina en secreto, cuando Segunda, que había bajado en busca de una +llave o ganzúa con que abrir la puerta, gritó desde el principal: «Ya +está aquí, ya está aquí».</p> + +<p>—¡Ah!, ¡gracias a Dios...!—exclamó Guillermina sin intención de doble +sentido—. Ya pareció la perdida. Veremos lo que trae.</p> + +<p>—Una de dos—dijo Ballester suspirando—: o trae la cara arañada, o +trae sangre o quizás piel humana en las uñas.</p> + +<p>—Es mucha mujer esta... Todos se levantaron menos Maximiliano, que +continuó echado apáticamente hasta que vio a su mujer. Esta subía +jadeante, sofocadísima, limpiándose con un pañuelo el sudor de la cara, +y levantándose las faldas para no pisárselas. En la mano traía la llave +de la casa. «¿Qué, he tardado?... Si no he tardado nada. Despaché en +seguida... ¡Ah!, doña Guillermina también aquí. Hija, yo creí +desocuparme más pronto... Y mi rey tiene hambre... ya le oigo llorar... +Voy, voy, hijo de mis entrañas... ¡Ay!, creí que no me dejaban venir. Si +me llevan a la cárcel, no sé... pobrecito mío».</p> + +<p>—Abra usted, abra pronto...—le dijo Guillermina empujándola—, +callejera, cabra montés. Está visto; no sirve usted para madre... ¡Ángel +de Dios!, hace dos horas que está rabiando... Si usted no se enmienda, +tendremos que mirar por él.</p> + + + +<hr /> +<h2>-<span class="smcap">viii</span>-</h2> + + +<p>Abrió y entraron todos atropelladamente; Fortunata delante, +Guillermina agarrada a ella, y detrás Ballester, Maxi, Izquierdo y +Segunda. La madre corrió derecha a la alcoba, donde estaba el pequeño en +su cuna, dando unos gritos que enternecerían al caballo de bronce de +Felipe III. «Aquí estoy, rico mío, aquí está tu esclava... Ven, ven, +cielo de mi vida; toma la tetita, toma... ¡Ay qué hambre tan grande!... +¡Cuánto ha llorado mi ángel!... Yo desatinada por venir. ¡Qué contento +se pone mi niño!... Ya no llora más, ¿verdad? Ya no más...».</p> + +<p>Sin quitarse el mantón, había cogido al chiquillo, disponiéndose a +aplacar su gran necesidad. Se sentó en la cama, para dejar a Guillermina +la única silla que en la alcoba había. La santa no atendía más que al +pequeñuelo, observando si la ansiedad con que mamaba iba acompañada de +satisfacción: «Me temo que con esos arrebatos se quede usted sin leche».</p> + +<p>—¡Quia!, no señora... Vea usted, la tengo de sobra. Al contrario, creo +que si no me desahogo, me quedo seca. Estaba yo anoche, que no cabía en +mí. Me era tan preciso vengarme como el respirar y el comer. Pues verá +usted... después de darle una bofetada que debió de oírse en Tetuán, le +pegué un achuchón con la llave, y la descalabré... después metí mano a +las greñas...</p> + +<p>—Cállese usted por Dios, que me da horror de oírla.</p> + +<p>—Me querían llevar a la cárcel, y estuvieron cerca de una hora si me +llevan o no me llevan. Fueron los policías, y yo dije que estaba +criando. Total, que por fin me soltaron, y aquí me vine corriendo. ¡Si +no hay como ser así para que la respeten a una! Si no están allí las +condenadas modistas, me paseo por encima de su corpacho como por esa +sala. Porque mire usted que es remala; ¡engañar a dos, a dos, señora, a +mí y a la otra, que es un ángel, según dice todo el mundo! Dígale usted +que su cuenta con <i>la Samaniega</i> está ajustada.</p> + +<p>—Me parece que está usted muy trastornada... Cállese, cállese y atienda +a su hijo...</p> + +<p>—Ya atiendo, señora, ya atiendo. ¿Pues no me ve?... Hijo, gloria de tu +madre, emperador del mundo... ¡Ay!, crea usted que si aquellos perros +guindillas no me dejan venir a dar de mamar a mi hijo, no sé lo que me +pasa... El mismo Samaniego fue quien me soltó, diciendo: «Que se vaya +noramala». Pues sí, señora, estoy contenta. Y crea usted que no me +alegro por interés... ¿Para qué quiero yo el dinero? Para nada. Me +alegro por tener <i>el hijo de la casa</i>, y esto no me lo quita nadie. Ni +con latines ni sin latines me lo quitan. ¿Verdad, señora? Usted está +ahora de mi parte. Y <i>ella</i> también está ahora de mi parte, ¿verdad?</p> + +<p>—Cuando digo que usted no tiene la cabeza buena (bastante alarmada). +Cállese la boca. Tengamos formalidad (dándole palmadas en el hombro), +porque si no le cría bien, le pondremos ama; y en último caso, hasta le +recogeremos para tenerlo con nosotras.</p> + +<p>—¡Quia!... no señora... Yo no lo suelto (con gran excitación y +desbordamientos de alegría). ¡Estoy tan contenta!... Usted me va a +querer, señora ¿verdad? ¿Me querrá usted? Porque yo necesito que alguien +me quiera de firme. Verá usted qué bien me voy a portar ahora. +¿Hombres?, ni mirarlos. No quiero cuentas con ninguno. Mi hijito y nada +más.</p> + +<p>—Sí... quien te conozca que te compre.</p> + +<p>—¡Ah!, usted no me conoce, señora... ¿Cree que...? Ja, ja, ja... Mi +hijito, y aquí paz... Verá usted; nos haremos cargo de que es hijo de +las tres, y tendrá tres madres en vez de una...</p> + +<p>A la santa le hizo gracia aquella extraña idea.</p> + +<p>«Mire usted; después que Dios me ha dado al <i>hijo de la casa</i>, no le +guardo rencor a la otra... Porque yo soy tanto como ella por lo menos... +Como no sea más. Pero pongamos que soy lo mismo. No le guardo rencor, y +como me apuren mucho, hasta le tomaré cariño... Tres mamás va a tener +este rico, esta gloria: yo, que soy la mamá primera; ella la mamá +segunda, y usted la mamá tercera».</p> + +<p>«¡Pero, hija, qué alborotada está usted, y qué disparates dice! +(tomándole el pulso y examinando con alarma el brillo de sus ojos). +Extraño mucho que el pobre Juanín encuentre qué sacar de ese pecho...».</p> + +<p>Las demás personas que en la casa entraron estaban en la sala, sin +atreverse a pasar mientras durase aquel animado coloquio de la diabla y +la santa, cuyo lejano run run oían. Guillermina pasó a la salita en +busca de Ballester, que estaba muy cariacontecido junto a los cristales +de la ventana, mirando a la plaza, y le dijo: «Está esa mujer +excitadísima, y me temo que se seque... ¿Hay aquí antiespasmódica?».</p> + +<p>—Sí, sí, la preparé yo con muchísimo esmero; pero traeré más esta +noche. ¿Dice usted que está excitadísima?</p> + +<p>—Pero atroz... Cabeza trastornada; dice mil despropósitos. Entre usted.</p> + +<p>Cuando Ballester le propuso que tomara la medicina, replicó la joven: +«Lo que quiero es agua. Tengo una sed horrible... la boca seca». Bebió +con ansia, y entre tanto, la fundadora llevaba aparte a Ballester y le +decía:</p> + +<p>—Oiga usted. Y su marido, ese pobre hombre, ¿qué viene a buscar aquí? +¿Qué hace, qué dice, cómo ha tomado esto?</p> + +<p>—Señora—replicó el regente fluctuando entre la seriedad y la risa—. +¿Usted no lo entiende?... pues yo tampoco. Su natural es tímido. Por +eso, cuando veo que rompe a hablar con personas que no son de confianza, +me escamo mucho. De algún tiempo acá todo cuanto ese chico habla es tan +atinado, que podrían tenerlo por suyo los siete sabios de Grecia.</p> + +<p>—¿Pero no está...?—preguntó la dama llevándose a la sien su dedo +índice.</p> + +<p>—A saber... Él fue quien le trajo el cuento de lo del tal con la cual, +quiero decir, con la <i>Fenelona</i>. Yo no me fío de la cordura de este +caballerito, y siempre que le cojo a mano le registro, a ver si trae +algún arma. No me gusta nada verle aquí.</p> + +<p>Rubín e Izquierdo estaban sentados en el sofá de la sala, ambos +silenciosos, Fortunata llamó a Ballester y a <i>Platón</i> para contarles lo +que había hecho, y en tanto Guillermina se fue a sentar junto a +Maximiliano, insinuándose con él por medio de una sonrisa de benignidad. +Quiso la dama hablarle, y no pudo decir una palabra, pues con todo su +talento y práctica del mundo no acertaba con la clave de las ideas que +ante aquel hombre, dada la situación de él, debía desarrollar. ¿Qué le +diría? ¡Este sí que era problema! ¿Qué tono tomaría? ¿Era cuerdo el tal +o no? Porque si había dificultades considerándole demente, tratándole +como sano las dificultades eran tales que rayaban en lo imposible. ¿Le +hablaría del niño?... Jesús qué disparate. ¿Le diría que su mujer era +una joya? ¡Qué barbaridad! ¿Acometería el estado real de las cosas? Ni +pensarlo. ¿Lo tomaría por el lado religioso y de la resignación? +Tampoco. ¿Por el lado mundano? Quia... Nunca se había visto la buena +señora enfrente de un problema de ciencia social tan enrevesado y +temeroso. Aquel enigma superaba a cuantos enigmas había visto ella en su +vida infatigable.</p> + +<p>«Vamos—pensó la fundadora—, ¿a que tirando por la calle de en medio +salgo bien? Es lo mejor, y este sistema siempre me ha dado resultados. +Oiga usted, caballerito...».</p> + +<p>—Señora... Y aquí se atascó el diálogo, porque la santa no se atrevía +a pasar adelante. Pero quiso Dios que la misma esfinge le abriese camino +diciéndole: «Yo conocía a usted de vista y de fama; pero nunca había +tenido el gusto de hablarle... Es usted una santa, y cuando se muera, la +canonizaremos y la pondremos en los altares».</p> + +<p>—Gracias; es favor—replicó ella con gracejo—. Y a mí me parece que el +santo es usted.</p> + +<p>—Yo... (sin maravillarse mucho de la lisonja). Pero de mí a usted hay +una gran diferencia. Cierto que yo he ganado algunas batallitas contra +mis pasiones; pero no he llegado, ni con mucho, al grado de perfección +que usted. Disto bastante todavía. Si con padecer se llegara, ya +estaríamos en el pináculo, porque yo he padecido mucho, señora. Usted se +pasmará de la serenidad que nota en mí. Todos se pasman, y no es para +menos. Porque aquí donde usted me ve, he estado loco, loco perdido...</p> + +<p>—Lo sé, lo sé... ¡Ay, qué dolor!</p> + +<p>—Y he ido pasando por este y el otro grado. Primero tuve el delirio +persecutorio, después el delirio de grandezas... Inventé religiones; me +creí jefe de una secta que había de transformar el mundo. Padecí también +furor de homicidio, y por poco mato a mi tía y a Papitos. Siguieron +luego depresiones horribles, ganas de morirme, manía religiosa, ansias +de anacoreta, y el delirio de la abnegación y el desprendimiento...</p> + +<p>Pero Dios quiso curarme, y poco a poco aquellos estados fueron pasando, +y la razón, que estaba muerta, empezó a nacer, primero chiquitita, y +después creció tanto, tanto, que se me hizo un cerebro nuevo, y fui otro +hombre, señora. Y me encontré entonces con la novedad de un gran +talento, perdóneme usted la inmodestia, con una gran aptitud para juzgar +de todas las cosas...</p> + +<p>Guillermina estaba pasmada y no se le ocurría nada que oponer a aquellas +razones. Expresábase él con admirable serenidad y con fácil y aun +ingeniosa palabra, sin atropellarse ni vacilar un instante, las +facciones reposadas, todo cortesía y aplomo.</p> + +<p>«Y cuando volví a la vida, porque volver a la vida fue aquello, +encontreme como el que sube a un monte muy alto, muy alto, y ve todas +las cosas de golpe, reducidas a mínimo tamaño. 'Aquello—decía yo—que +me pareció tan grande, vedlo allá tan chiquitín'. Híceme cargo de todo +lo que había pasado durante mi enfermedad, que más bien me parecía +sueño, y vi la infidelidad de esa desgraciada, vi también que tenía una +cría, y la claridad de aquella razón nueva y robusta que yo había +echado, me hizo ver un caso de aplicación de la justicia, y consideré +que era de mi deber contribuir a la extirpación del mal en la humanidad, +matando a esa infeliz, con lo cual la redimía, porque yo he dicho +siempre: 'Bienaventurados los que van al patíbulo, porque ellos en su +suplicio se arrepienten, y arrepintiéndose se salvan'».</p> + +<p>Guillermina iba a contestar algo a esto; pero el otro no la dejaba meter +baza.</p> + +<p>«Aguárdese usted un poquito, que falta la segunda parte. Pensaba yo cómo +realizaría aquel acto de justicia, cuando la casualidad, mejor será +decir la Providencia, me deparó una solución mejor y más cristiana que +la muerte. Esta pobre mujer no necesitaba de mi justicia. Dios mismo +había dispuesto su castigo y una lección tremenda. ¿Qué debía yo hacer? +Dejar que hiriera la lección. La infidelidad castiga la infidelidad. +¿Hay nada más lógico que esto? Yo debía, pues, dejar que obrase la +lógica. Di gracias a Dios por aquella luz que hizo venir a mí. Dios es +el único que castiga, ¿verdad, señora? ¡Y qué bien que lo sabe hacer! ¿A +qué usurparle sus funciones? Dios, realizando la justicia por medio de +los sucesos, lógicamente, es el espectáculo más admirable que pueden +ofrecer el mundo y la historia. Así es que yo me lavo las manos, y dejo +que la lección natural se produzca y la justicia se cumpla. ¿Es esto ser +razonable? ¿Es esto ser cuerdo...?».</p> + +<p>Hizo la pregunta cruzándose de brazos, y Guillermina después de vacilar, +le dijo: «Vaya si lo es. Y Cristo nos enseña que no debemos tomarnos la +justicia por nuestra mano, pues Dios castiga sin palo ni piedra, y Él +da a cada criatura lo que le conviene. Cuando alguna injusticia nos +envuelve, por picardías de los hombres, lo que debemos hacer es +aguantar, y cruzarnos de brazos y decir: 'Vengan palos. Mientras más me +humillen, más me levantaré después. Mientras más me azoten aquí, más +salud tendré allá'».</p> + +<p>—Eso mismo pienso yo. Los resentimientos que había en mi corazón, los +he ido desechando... La idea de matar la considero yo ineficaz y +absurda, como un medicamento equivocado. Sólo Dios mata, y Él es quien +siempre enseña. Yo he tenido celos horribles, yo he tenido rencores +ardientes; sin embargo, toda esta maleza va cayendo bajo el hacha de la +razón... Razón y nada más que razón. Ya no pienso en matar a nadie, ni +aun a los que tanto odié. Veo las admirables enseñanzas de Dios, veo a +los malos recibir su castigo, y procuro no merecerlo yo... Este es mi +sistema, esta es mi vida.</p> + +<p>Segismundo había llamado a Guillermina desde la puerta de la alcoba. +Allí cuchichearon algo referente a Fortunata, y habiéndole preguntado a +la santa su parecer respecto al joven Rubín, la fundadora se expresó de +este modo: «Lo último que me ha dicho es el colmo de la sabiduría y de +la cordura; pero...».</p> + +<p>—No las tiene usted todas consigo... Ni yo tampoco.</p> + + + +<hr /> +<h2>-<span class="smcap">ix</span>-</h2> + + +<p>Izquierdo entró con una botella de cerveza y detrás el mozo del +café de Gallo con un <i>grande</i> de limón, ponchera y copas. «La +señora—dijo él queriendo ser amable—, va a tomar un vasito de cerveza +con limón».</p> + +<p>—¡Quite usted allá!—replicó la dama—. Yo no bebo esas porquerías. Se +lo agradezco...</p> + +<p>A Fortunata la invitaron también; pero ella no quiso tampoco tomarlo, y +pidió leche. Ballester, atento a serle agradable, mandó a Encarnación +por la leche, y Guillermina se despidió para retirarse en el momento en +que entraba Plácido, que había subido presuroso y lleno de oficiosidad a +ponerse a sus órdenes.</p> + +<p>Segismundo observaba a su amiga, y a la verdad, no le parecía su estado +muy católico. El falso gozo que la hacía reír a cada instante no era +buena señal, y hubiera él deseado que hablase menos. Pero todo se volvía +contar el lance con Aurora, dándole proporciones trágicas, y una vez +concluido, lo empezaba de nuevo, revelando contra la que fue su amiga +una saña implacable. Ballester la contradecía suavemente, recomendándole +la prudencia, la tolerancia y el perdón de las injurias. No sabiendo ya +qué decirle, llegó hasta sacarle el ejemplo de Maximiliano, que llevaba +con tan cristiana mansedumbre el cargamento de sus agravios. La diabla, +al oír esto, se reía más, diciendo que su marido era un santo, un +verdadero santo, y que si le canonizaban y le ponían en los altares, +ella le rezaría y le escupiría. Esto no lo oyó Rubín, que a la sazón +estaba jugando a las damas con Izquierdo.</p> + +<p>Trajeron la leche, y cuando Encarnación se la servía a su ama, esta vio +que habían caído dos moscas; le entró mucho asco y puso a la chiquilla +como hoja de perejil, llamándola puerca y descuidada. El regente mandó +traer más leche, y dijo que la de las moscas se la bebería él, pues no +tenía asco de nada. Sacó los insectos con el dedo meñique, y su amiga le +criticó esta acción, llamándole sucio y tratándole con cierta sequedad. +Trajeron la leche bien tapada para que no cayeran moscas, y mientras +Fortunata se la bebía, Ballester se tomó la otra, diciendo bromas y +chuscadas, con las cuales no lograba disipar la negra tristeza en que la +joven había caído tras la ruidosa alegría. Mandola acostar, y +entretanto, pasó el farmacéutico a la sala, haciendo que atendía al +juego de las damas. No podía tener tranquilidad mientras Maxi estuviera +allí, ni se fiaba de sus apariencias resignadas y filosóficas. Con +disimulo, y fingiendo que le hacía cosquillas, por jugar, le tocó los +bolsillos, temeroso de que llevara algún arma. Pero nada encontró en su +disimulado reconocimiento. A pesar de todo, no quería Ballester irse +sin llevarle por delante, y tanto bregó con él, que hubo de conseguirlo. +Salió, pues, el regente haciendo propósito de volver, pues su amiga le +había puesto en cuidado.</p> + +<p><i>Platón</i> se fue también al anochecer, pero a las nueve regresó +encendiendo luz en la sala. No eran las nueve y cuarto, cuando +Fortunata, que había empezado a dormitar, sintió pasos, y vio que un +hombre entraba en la alcoba. «¿Quién es?—preguntó alarmada, echando los +brazos a su hijo—. ¡Ah!, eres tú, Maxi; no te había conocido. Está esto +tan oscuro...».</p> + +<p>La tos perruna de su tío la tranquilizó, diciéndole que no estaba sola. +Mandó a la chica que trajese luz, pues se le había despabilado el sueño, +y José, atento a custodiarla, se asomaba a cada instante a la alcoba. +Sentose Maximiliano junto a la cama como el día anterior, y +bondadosamente le dijo: «Esta tarde había aquí mucha gente y no pude +hablarte. Por eso he vuelto. Ya sé que tú y Aurora os pegasteis. Doña +Casta está furiosa, y mi tía, no puedes figurarte lo alborotada que está +contra ti. Sobre este suceso de hoy se me ocurre a mí una cosa que te +quiero comunicar».</p> + +<p>—Dímelo, dímelo prontito—indicó ella, que sin saber por qué, esperaba +de aquel hombre, a quien tenía en tan poco ideas extrañas y quizás +consoladoras.</p> + +<p>—Pues lo que has hecho esta tarde favorece a tu enemiga—afirmó Rubín +con severidad de médico, aguardando el efecto que tales palabras habían +de hacer en ella—. Sí; favorece a tu enemiga. Tú eres tonta y no +conoces la naturaleza humana. Yo, desde que entré en esta gran crisis de +la razón, todo lo veo claro, y la naturaleza humana no tiene secretos +para mí.</p> + +<p>Fortunata no comprendía. «Me explicaré mejor. Quiero decir que al +maltratar a tu rival le has dado la victoria sobre ti. El hombre a quien +queréis las dos pudo haber vacilado antes de elegir la que +definitivamente había de merecer su amor. Ahora no vacilará. Entre una +que se descompone y hace las brutalidades que tú hiciste y otra que +padece y es maltratada, el amor tiene que preferir a la víctima. Toda +víctima es por sí interesante. Todo verdugo es por sí odioso. En un +pleito de amor, la víctima gana siempre. Ésta es una verdad que está +escrita en el corazón humano como en un libro, y yo leo en él tan claro +como leemos una noticia en <i>El Imparcial</i>. Yo lo sé todo; nada se me +oculta. Demasiadas pruebas tienes de ello».</p> + +<p>A Fortunata le hizo esto tan mal efecto, que sintió ganas de coger la +palmatoria y tirársela a la cabeza. Respondió con despecho: «Pues si +gana ella, mejor. A mí no me importa nada que él la quiera ni que la +deje de querer...».</p> + +<p>—Y ahora la va a querer tanto—agregó Maxi impasible y frío—, la va a +querer tanto, que los amantes de Teruel van a ser paja al lado de ellos. +La querrá porque ha sido atropellada, y las víctimas siempre inspiran +amor. Créetelo porque te lo digo yo, que todo lo sé. La querrá con +locura, más que a ti, más que a su mujer; y hará con ella lo que no hizo +con ninguna. Abandonará a su mujer y a sus padres para vivir a sus +anchas con ella... Y serán felices y tendrán muchos hijitos.</p> + +<p>Lo que la de Rubín dijo no fue más que un mugido. Hizo ademán de coger +la palmatoria. Después se tapó la cara con la mano.</p> + +<p>«Yo te digo estas cosas porque son la verdad, y te pego con la verdad +para que la lección escueza. Así, así es como aprendes. Bonita +enseñanza, ¿verdad? Cierto que duele y hace sangre; pero padecer y +aprender son sinónimos. Por tu bien es. Tu conciencia se purificará, y +ojalá te murieras con esta pena, porque te irías derecha al Cielo».</p> + +<p>La joven lloraba con angustia, y él no parecía tenerle compasión.</p> + +<p>«Veo que me crees y haces bien. Lo que te he dicho ha salido siempre +verdad. Yo lo sé todo, y mi razón me presenta la vida como un panorama +ante los ojos. Es un don que recibí de Dios. Cuando estaba loco, +adivinaba por inspiración; bien lo sabes, y recordarás que te anuncié +todo lo que iba a pasar... La verdad venía entonces a mí envuelta en +una especie de simbolismo, como las verdades reveladas a los pueblos de +Oriente. Pero luego entré en la época de la razón, y la verdad se me +ofrece clara y desnuda, y desnuda y clara te la digo. ¿Acerté a +encontrarte cuando todos me decían que te habías muerto? ¿Acerté a +descubrir lo de Aurora con los detalles de casa, hora a que se reunían, +etcétera? Pues ya ves. Nada se me esconde, y lo que acabo de decirte es +el Evangelio. Has dado la victoria a tu enemiga... aguanta el golpe. Tu +víctima y tu verdugo serán felices y tendrán muchos hijos».</p> + +<p>—Cállate, cállate o verás...—dijo Fortunata amenazándole con el puño, +y tratando de vencer el terror sugestivo y supersticioso que su marido +le inspiraba—. Yo también sé verdades y te voy a decir una.</p> + +<p>—Pues dímela pronto.—Digo que eres un hombre sin honor...</p> + +<p>Maximiliano se estremeció ligeramente, pero nada más. Seguía oyendo. «¿Y +qué más?» dijo.</p> + +<p>—¿Te parece poco?—prosiguió la diabla, que de rabiosa que estaba, +tenía espuma de saliva en los labios—. Pues Ballester y doña +Guillermina lo decían hace poco: «Es un santo; pero no tiene el +sentimiento del honor». Conque ya sabes. Déjame en paz. No quiero verte +más. Unos dicen que estás cuerdo, y otros que estás loco. Yo creo que +estás cuerdo, pero que no eres hombre; has perdido la condición de +hombre, y no tienes... vamos al decir, amor propio ni dignidad... Conque +ahí tienes tu lección. Aguanta y vuelve por otra. ¿Qué creías?, ¿que yo +iba a sufrirte tus lecciones, y no te iba yo a dar las mías?</p> + +<p>—Lo que dices (con glacial estoicismo) es propio de una criatura llena +de debilidades y de impurezas, en quien la razón se halla en estado +embrionario, y que habla y obra siempre al impulso de las pasiones y del +vicio.</p> + +<p>—<i>¡Tiologías!</i>—gritó Fortunata exaltándose y moviendo los brazos como +una actriz en pasaje de empeño—. Si tú hubieras tenido tanto así de +dignidad, me habrías pegado un tiro... No lo has hecho. Mejor para mí. Y +otra cosa te digo. Si hubieras tenido un adarme de sangre de hombre, +cuando viste a ese y a esa, les habrías pegado seis tiros, dejándoles +secos a los dos. Pero tú no tienes sangre. Esa santidad y esa +cristiandad y esa pastelera razón son la horchata que tienes en las +venas...</p> + +<p>Izquierdo, que oía desde la puerta, se alarmó, creyendo oportuno evitar +aquel coloquio que tan mal giro tomaba: «Ea—dijo entrando—, bastante +hemos hablado. Y usted, señor de Maxi, haga el favor de tomar +soleta...».</p> + +<p>Le cogía por un brazo, sin que él hiciese resistencia. Rubín estaba algo +aturdido, como si analizara y descompusiera en su mente las acusaciones +de su mujer antes de darles la réplica que merecían. De repente, cual +movida de un impulso epiléptico, Fortunata se incorporó en el lecho, +echó los brazos hacia adelante, clavó los dedos de una mano en el hombro +de su marido con tanta fuerza que le tuvo atenazado, y comiéndoselo con +los ojos, le gritó de este modo: «Marido mío, ¿quieres que te quiera +yo?, ¿quieres que te quiera con el alma y la vida?... Di si quieres... +Yo me he portado mal contigo; pero ahora, si haces lo que te pido, me +portaré bien. Seré una santa como tú... Di si quieres...».</p> + +<p>Maxi la interrogaba con su mirada luminosa.</p> + +<p>«Di si quieres. Verás cómo lo cumplo. Seré una mujer modelo, y tendremos +hijos tú y yo... Pero has de hacer lo que te digo. Yo te juro que no me +volveré atrás, y te querré. Tú no sabes lo que es una mujer que se muere +por un hombre. ¡Pobretín, esa miel no la has catado nunca!... ¿No darías +tú algo porque yo te quisiera como tú me querías a mí?... ¿Te acuerdas +de cuando me adorabas, te acuerdas?... Pues figúrate que yo te adoro a +ti lo mismo y que te llevo estampado en mi corazón, como tú me llevabas +a mí...».</p> + +<p>Maximiliano empezó a inmutarse... La máscara fría y estoica parecía +deshacerse como la cera al calor, y sus ojos revelaban emoción que por +instantes crecía, como una ola que avanza engrosando.</p> + +<p>«Di si quieres...—repetía la diabla con exaltación delirante—. Déjate +de santidades y reconciliémonos y querámonos... Tú no lo has catado +nunca. No sabes lo que es ser querido... Verás... Pero ha de ser con una +condición... Que hagas lo que debiste hacer, matar a esa indina, +matarla... porque lo merece... Yo te compro el revólver... ahora +mismo...».</p> + +<p>Sus manos revolvieron temblorosas bajo las almohadas buscando el +portamonedas. De él sacó un billete de Banco. «Toma, ¿quieres más? +Compras un revólver... bien seguro... pero bien seguro... la acechas, y +plim... la dejas seca... Oye otra cosa: Para que se te quiten los +celitos, y cumplas con tu honor como un caballero, les matas a los dos, +¿sabes?, a ella y a él, que también lo merece, y después de muertos (con +salvaje sarcasmo), después de muertos, ¡que tengan los hijos en el otro +mundo!... ¿Con que lo harás? Hazlo por mí, y por su pobrecita mujer, que +es un ángel... las dos somos ángeles, cada una a su manera... Dime que +lo harás... ¡Y luego te querré tanto...! No viviré más que para ti... +¡Qué felices vamos a ser!... tendremos niños... hijos tuyos, ¿qué te +crees?...».</p> + +<p>Maxi, lelo y mudo, la miraba, y al fin sus ojos se humedecieron... Se +deshelaba. Quiso hablar y no pudo... La voz le hacía gargarismos.</p> + +<p>«Sí... quererte a ti—añadió ella—. No sé por qué lo dudas. ¡Ah!, no me +conoces... no sabes de lo que soy capaz... déjate de <i>tiologías</i>... ¡El +amor! Yo te enseñaré lo que es... No lo sabes, tontín... ¡la cosa más +rica...!».</p> + +<p>—Vamos, ¿qué <i>yeciones</i> son estas?—clamó Izquierdo, tirando a Rubín de +un brazo—. Basta de música... A la calle, que esta chica está mu mala.</p> + +<p>—Tío, déjele usted, déjele usted... Es mi marido, y queremos estar +juntos... ¡Vaya!...</p> + +<p>Maxi se dejaba levantar del asiento como un saco. Se había quedado +inerte. De pronto, hubo algo en su espíritu que podría compararse a un +vuelco súbito, o movimiento de cosas que, girando sobre un pivote, +estaban abajo y se habían puesto arriba. Las manos le temblaban, sus +ojos echaron chispas, y cuando dijo <i>matarles, matarles</i>, su voz sonó en +falsete como en la noche aquella funesta, después del atropello de que +fue víctima en Cuatro Caminos.</p> + +<p>«Mátameles, sí...—añadió la diabla, retorciéndose las manos—. ¡Hijos +ella!... En el infierno los tendrá...».</p> + +<p>Cayó desplomada sobre las almohadas, chocando la cabeza contra los +hierros de la cama.</p> + +<p>Maxi alargó la mano y recogió el billete, que estaba aún sobre la +colcha. Y a punto que Izquierdo le sacaba, resonó la voz de Juan +Evaristo con agudísimo timbre, y entraba Segismundo, asombrándose mucho +de ver al filósofo otra vez allí.</p> + + + +<hr /> +<h2>-<span class="smcap">x</span>-</h2> + + +<p>«¡Demonio de chico!—dijo a Izquierdo cuando volvía de acompañar +hasta la puerta al señor de Rubín—. Hay que tener mucho cuidado con él +y no perderle de vista cuando entra aquí. Y ella, ¿qué tal está?... +Buena moza, ¿cómo va ese valor?».</p> + +<p>La joven no respondía. Estaba como aletargada. Pero el chico siguió +chillando, y al reclamo de él, la madre abrió los ojos, y tomándole en +brazos, le acercó a su seno. Ballester mandó a la criada que quitara la +luz, que acaloraba mucho la alcoba, y se sentó donde antes había estado +Maxi. Luego sacó una cajita de medicinas y una botellita con poción. +«Aquí traigo otra antiespasmódica. La he hecho yo mismo, y traigo +también el <i>percloruro de hierro</i> y la <i>ergotina</i>, por si acaso... Mucho +cuidado, hija mía, mucho reposo; que las emociones y los disparates de +hoy nos pueden traer un trastorno. Apuesto a que Maxi ha venido a +contarle a usted alguna otra tontería. Es preciso prohibirle la +entrada».</p> + +<p>Fortunata había vuelto a cerrar los ojos. El niño callaba y se oían sus +lengüetazos.</p> + +<p>«Buenas tragaderas tiene el amigo—dijo Ballester; y para sí, +contemplando a la diabla, que dormía o fingía dormir—: ¡Qué hermosa +está!... Le daría yo un par de besos... con la intención más pura del +mundo... He aquí una mujer que hoy no vale nada moralmente, y que +valdría mucho, si reventara ese maldito Santa Cruz, que la tiene +<i>sugestionada</i>... ¡Lástima de corazón echado a los perros...!».</p> + +<p>El chico rompió a llorar otra vez, y la madre parecía tan inquieta como +él.</p> + +<p>«Amigo Ballester... ¿sabe usted que me parece que me quedo sin leche?... +Mi hijo chupa, chupa y no saca...».</p> + +<p>—No asustarse. Es accidental. Procure usted dormir... A ver: ¿Maxi le +ha dicho a usted alguna tontería?</p> + +<p>—Tontería no... verdades...</p> + +<p>—¡Verdades!... (rompiendo a reír). ¿Y cómo sabe usted que son verdades?</p> + +<p>—Porque las grandes verdades las dicen los niños y los locos.</p> + +<p>—Es un refrán sin sentido común. Los locos no dicen más que disparates.</p> + +<p>—Es que mi marido no está loco... Tiene ahora mucho talento. Tal creo +yo.</p> + +<p>Juan Evaristo volvió a callar, pegándose al pezón con salvaje ahínco.</p> + +<p>«Tome usted un poco de esta bebida. La he preparado como para usted... +Está riquísima. Es preciso calmar los nervios».</p> + +<p>La chica trajo un vaso con cucharilla, y Fortunata tomó la +antiespasmódica.</p> + +<p>«¡Qué bueno es usted, Segismundo! ¡Qué agradecida estoy a lo que hace +por mí!».</p> + +<p>—Todo y mucho más se lo merece usted, carambita—replicó el +farmacéutico con efusión de cariño—. Hemos de ser muy amigos.</p> + +<p>—Amigos sí, porque lo que es querer... No vuelvo yo a querer a ningún +hombre, como no sea a mi marido, siempre y cuando haga lo que le mando.</p> + +<p>—¡A su marido! (tomándolo a broma). No me parece mal. Y ahora que está +hecho un santo...</p> + +<p>—Santo, no... ¡qué simplezas dice usted!</p> + +<p>—Santo; así como suena. De modo que será usted también santa... Pues yo +seré su discípulo. Nos iremos los tres a un desierto a hacer penitencia +y comer yerba.</p> + +<p>—Cállese usted.—Usted es la que se va a callar... a ver si se duerme y +se le calman los nervios. La salida de hoy no tendrá consecuencias. +¿Sabe usted lo que venía pensando?, que si encontraba mal a la buena +moza, me quedaría aquí esta noche. Y al salir de casa, le dije a mi +madre que quizás no volvería. Nada, que estoy decidido a cuidarla como +si fuera mi cara mitad.</p> + +<p>—No; si no es preciso que usted se moleste. Crea que me siento regular +esta noche, casi bien. Anoche ¿sabe?, estaba peor.</p> + +<p>—Pues me estaré hasta las doce o la una. Me pondré a leer <i>La +Correspondencia</i> o a jugar al tute con el señor de Izquierdo. Y si la +veo a usted tranquila y dormida, me retiraré. Si no, aquí me estoy de +centinela.</p> + +<p>Así lo hizo, y no habiendo observado hasta más de media noche nada de +particular, salió de puntillas, dando a la placera instrucciones por si +la mamá o el niño tenían alguna novedad durante la noche. El <i>modelo</i> se +fue también, y Segunda se metió en su cuchitril; mas apenas había +descabezado el primer sueño, la llamó Encarnación de parte de la +señorita, que se sentía mal. El chiquillo soltaba todos los registros de +su voz y no había manera de acallarle. Agotó la madre todos sus medios y +Encarnación los suyos, que eran cogerle en brazos y dar un paso adelante +y otro atrás, como si bailara, tratando de persuadirle con amorosas +palabras de que los niños deben estarse calladitos.</p> + +<p>«Paréceme—dijo Fortunata con terror—, que me estoy secando».</p> + +<p>—Pues si te secas—le contestó su tía, que hasta para consolar era +regañona y desapacible—, pues si te secas, ¡demonche!, mejor, ponemos +un ama, y a vivir...</p> + +<p>—Diga usted, tía, ¿ha venido mi marido?</p> + +<p>Segunda la miró asombrada. «¡Tu marido!... ¿sabes la hora que es? ¿Y +para qué quieres que venga acá ese tipo?».</p> + +<p>—Tenía que hablarle...—¡Santo Cristo de Burgos, cortinas verdes!... A +buenas horas nos entra la fineza... El demonio que te entienda, chica, +¡ahora clamas por tu marido! Para lo que ha de servirte, más vale que no +parezca por acá en mil años.</p> + +<p>—Es que le tenía que hablar. No ha estado aquí desde anoche.</p> + +<p>Segunda la volvió a mirar, echándose a reír con descarada grosería. +«Pero, chica, si ha estado aquí esta noche, y se fue a las diez...».</p> + +<p>—¡Ah!, ¿esta noche ha sido? Es que confundo yo las noches... Creí que +había habido un día entre medio. Cuando una está en la cama, se le va la +idea del tiempo...</p> + +<p>La criatura seguía alborotando, y su madre se quejaba de un desasosiego +que no podía explicar. «¡Cuánto siento que se haya ido Segismundo! Él me +recetaría alguna cosa, o al menos, diciéndome que esto no es nada, yo me +lo creería».</p> + +<p>Segunda propuso ir a llamarle; pero Fortunata no consintió en ello, +porque una noche, dijo, se pasaba de cualquier manera. Así fue, y la +verdad es que la pasaron todos muy mal, incluso Encarnación, que se +dormía en pie.</p> + +<p>A la mañana siguiente, subió Estupiñá a preguntar por toda la familia +con un interés del cual Segunda sabía sacar partido. «¿Cómo ha pasado la +noche la mamá? Y el niño, ¿qué tal? Ya me he enterado del <i>artículo</i> de +amas, y tengo noticias de tres muy buenas, la una pasiega, otra de Santa +María de Nieva y la tercera de la parte de Asturias, con cada ubre como +el de una vaca suiza. ¡Género excelente!».</p> + +<p>«Pues no está demás que usted haya dado estos pasos, D. Plácido, porque +estoy en que se nos seca—dijo la placera, gozosa de meter su cucharada +en aquel asunto—; y si la señora (aludiendo a Guillermina), quiere que +se le ponga ama, yo soy de la misma conformidad».</p> + +<p>Plácido, después de cotorrear un poco con Segunda en la puerta de la +casa de esta, bajó a la suya, y en la salita, tapizada de carteles de +novenas y otras funciones eclesiásticas, estaba Guillermina, en pie, el +rosario y el libro de rezos en la mano. La casera y el administrador +cotorrearon otro poco, y el resultado de esta nueva conferencia fue que +Rossini volvió a subir presuroso y a tener otra hocicada con Segunda en +la puerta. «Dígame usted, ¿está durmiendo ahora? ¿Y el niño mama o no +mama?»—«Pues ahora están los dos callados... <i>Paice</i> que +duermen».—«Pues silencio. Cuide usted de que no haya ruido en la +casa... Yo, verá usted, como salgan los chicos del latonero a alborotar +en la escalera, les deslomo».</p> + +<p>Y vuelta a bajar y a subir nuevamente con un mensaje. «Señá Segunda, +oiga. Que no deje usted de mandar recado hoy a ese señor de Quevedo, +para que la vea y nos diga si traemos el ama o no traemos el +ama».—«Bien está, bien».—«Yo estaré a la mira; ya las tengo +apalabradas, y las reconoceremos en mi casa. Buenas mujeres, y no tienen +pretensiones de cobrar un sentido. Como leche, señá Segunda, como leche, +creo que la asturiana nos ha de dar mejor resultado que ninguna. Tengo +yo un ojo... En fin, mucho cuidado».</p> + +<p>Y tornó a bajar con toda su oficiosidad y diligencia, dispuesto a subir +cien veces si fuese menester. Guillermina estuvo aún un ratito en casa +de su amigo, el cual no sabía qué hacerse al ver su pobre vivienda +honrada con persona tan excelsa. Habría traído de San Ginés, si pudiera, +el trono de la Virgen del Rosario, para que se sentara. Pues, digo, +cuando llamaron a la puerta y fue a abrir, y vio ante sí la simpática +figura de Jacinta, creyó el pobre hombre que toda la corte celestial +penetraba en su casa. No dijo nada la señorita; no hizo más que sonreír +de un modo que significaba: «¡Qué raro verme aquí!». Guillermina alzó la +voz desde la sala diciendo: «Pasa, aquí estoy...». Estupiñá, siempre +delicado, se apartó para dejarlas hablar a solas. Parecía que la santa +reprendía paternalmente a la otra: «Si ya te he dicho que lo dejes de mi +cuenta. Yo me entiendo. Si te empeñas en meter la cuchara, creo que lo +vas a echar a perder... No, no te dejo subir... ¿te parece fácil entrar +a verle sin que se entere su madre? Atrevidilla te has vuelto... ¿Que le +bajen aquí? ¡Vamos; las cosas que se te ocurren...! Tiempo tienes de +verle. Si empezamos a hacer disparates y a portarnos como dos +intrigantas que se meten donde no las llaman, merecemos que nos tome Ido +por tipos de sus novelas. Vámonos ahora a San Ginés, y luego sabremos la +opinión del señor de Quevedo. Descuida, que no se nos morirá de hambre».</p> + +<p>Salieron, y Plácido se fue con ellas a la iglesia, pues aunque ya había +estado en ella, érale muy grato acompañar a las señoras a misa. Oyeron +dos, y antes de salir, sentadas en un banco, la Delfina dijo a su amiga: +«¿Sabe usted que no he podido oír las misas con devoción, acordándome de +esa mujer? No la puedo apartar de mi pensamiento. Y lo peor es que lo +que hizo ayer me parece muy bien hecho. Dios me perdone esta barbaridad +que voy a decir: creo que con la justiciada de ayer, esa picarona ha +redimido parte de sus culpas. Ella será todo lo mala que se quiera; pero +valiente lo es. Todas deberíamos hacer lo mismo».</p> + +<p>La santa no respondió, porque dentro de la iglesia no gustaba de tratar +ciertos asuntos de reconocida profanidad; pero cuando salían por el +patio que da a la calle del Arenal, tomó el brazo de su amiguita, +diciéndole: «Bueno estuvo el lance, bueno. ¡Qué par de alhajas!».</p> + +<p>—¡Crea usted que a mí me daba una alegría cuando lo oí contar!... +Habría yo dado cualquier cosa por estar presente en aquella tragedia...</p> + +<p>—Quite allá... es repugnante... Dos mujeres pegándose...</p> + +<p>—Será lo que usted quiera; pero desde que me lo contaron, la bribona +antigua se ha crecido a mis ojos y me parece menos arrastrada que la +moderna.</p> + +<p>—Este mundo, hija mía, está lleno de maldades. A donde quiera que mira +una, no ve más que pecados, y pecados cada vez más gordos, porque la +humanidad parece que se vuelve de día en día más descarada y menos +temerosa de Dios... ¡Quién había de decir que esa muchacha, esa +Aurorita, que parecía tan buena, tan lista...! No, como lista, ya lo es; +aunque la otra lo ha sido más... ¿Y qué dice Bárbara?, estaba encantada +con ella, y todos los días iba al obrador a verla trabajar... Pero +cállate, que aquí viene tu señora suegra...</p> + +<p>Barbarita y la pareja se encontraron.</p> + +<p>«Ya no alcanzas la del señor cura... ¡Qué horas de ir a misa!».</p> + +<p>—Pero si no me han dejado salir en toda la mañana... Mira, Jacinta, +allí tienes a tu marido llama que te llama... Entré y... «Que dónde +estabas tú. Que qué tenías tú que hacer en la calle tan temprano». +Conque bien puedes darte prisa.</p> + +<p>—Que espere... Pues no faltaba más...—replicó Jacinta con tedio—. Que +tenga paciencia, que también la tienen los demás.</p> + +<p>—Y vosotras, ¿de dónde venís?</p> + +<p>—¿Nosotras? De ver amas de cría—dijo la santa sonriendo.</p> + +<p>—¡Amas de cría!...—Sí, no es broma... amas, amas, amas.</p> + +<p>—¡Qué graciosa estás hoy!...</p> + +<p>—Pues qué, ¿no te ha dicho esta tonta que hemos encontrado otro +<i>Pituso</i>?</p> + +<p>Barbarita se echó a reír con donaire. «Pero qué, ¿os han dado otro +timo?».</p> + +<p>—Quia; ahora no. Este es auténtico... este es de ley; <i>no tiene hoja</i>, +como el otro, por quien perdiste la chaveta.</p> + +<p>—¡Bah!, no quiero oírte...—repuso Barbarita con humor festivo, y se +separó de ellas para ir presurosa a la iglesia.</p> + +<p>—Oye... mira—dijo Guillermina llamándola...—Cuando salgas, date una +vuelta por las tiendas. Allí tienes a tu corredor, Estupiñá el Grande. +Aguarda, oye; te compras una buena cuna...</p> + +<p>La dama se reía; todas se reían.</p> + + + +<hr /> +<h2>-<span class="smcap">xi</span>-</h2> + + +<p>El dictamen de Quevedo no fue alarmante con respecto a la madre; +pero al chico le dio el comadrón malas noticias, anunciándole que se +quedaba sin provisiones. Por la tarde, Plácido comunicó a la señora que +la mujer aquella se negaba a poner a su hijo en pechos de nodriza, +aunque esta fuese bajada del Cielo; insistía en que tenía leche; el niño +berreaba, dando a entender que su mamá faltaba descaradamente a la +verdad... «En fin, señora—agregó Estupiñá con oficiosidad sañuda—; que +a esa mujer hay que matarla. Es más mala que arrancada, y lo que ella +quiere es que la criaturita perezca...».</p> + +<p>Fue allá la fundadora, y se alegró de encontrar a Ballester en la sala. +«A ver si la convence usted de que no puede criar. La pobre, como tiene +la cabeza un tanto débil y trastornada, se figura que le van a quitar a +su hijo... Y no es eso, no es eso... Hay interés en que le críe bien».</p> + +<p>—Ya se lo he dicho... Casi he empleado las mismas palabras, señora... +Pero si viera usted... Hállase hoy en un estado de apatía y tristeza que +no me hace maldita gracia. No hay medio de sacarle una respuesta a nada +de lo que se le dice. Tiene el chico en brazos, y cuando le hablan de +amas o de que ella se está secando, le aprieta, le aprieta tanto contra +sí, que me temo que en una de estas le ahogue.</p> + +<p>—Todo sea por Dios... Entraré a ver a la fiera, y trataremos de +amansarla.</p> + +<p>Sin abandonar aquella actitud de desconfianza y miedo, Fortunata pareció +alegrarse de ver a Guillermina, que la saludó con extremada amabilidad, +demostrando un gran interés por ella y por su niño.</p> + +<p>«¡Qué gusto verla a usted!—exclamó la pecadora sin moverse—. Tenía yo +ganas de que viniera para decirle una cosa...».</p> + +<p>—Pues ya me la está usted diciendo, porque me voy a escape.</p> + +<p>La infeliz joven puso el nene a su lado, mostrando menos desconfianza; +pero le rodeó con su brazo en ademán de protección.</p> + +<p>«¿Pero me le quitará?... Diga si me le quería quitar... Fuera bromas. Lo +que usted me diga lo creeré».</p> + +<p>—Muchas gracias, amiga mía... Me toma por ladrona de chiquillos. No +sabía yo que soy bruja...</p> + +<p>—No; es que... verá. Yo pensaba que me lo iban a quitar, por lo mala +que he sido. Pero eso no tiene que ver, ¿verdad? Pues ahora soy mucho +más mala. ¡Ay!, señora, he cometido un pecado tan grande, tan regrande, +que no creo que me lo perdone Dios.</p> + +<p>—¿Apostamos a que es cualquier tontería? (inclinándose hacia ella y +acariciándole la barba).</p> + +<p>—¡Ay, señora, ojalá fuera tontería!... Voy a decírselo... Pero no me +riña mucho... Pues anoche estuvo aquí mi marido, hablamos, y le di +veinte duros para que comprara un revólver. El revólver es para matar a +<i>ese</i> y a <i>esa</i>... sobre todo a la francesota, infame, traicionera...</p> + +<p>Guillermina recibió impresión muy fuerte con estas palabras; pero hizo +un esfuerzo por aparentar que no perdía su serenidad. «Fuertecillo es, +sí, señora... Pero su marido de usted no hará nada. He hablado con él y +me ha parecido muy razonable».</p> + +<p>—La razón es su tema... pero no hay que fiar... Lo que es los tiros, +crea usted que no se le escapan. Yo le calenté bien la cabeza... Toda +aquella sabiduría que ahora tiene se la quité con las cosas que le +dije... Se volvió loco otra vez, señora; le prometí quererle como él me +quiso a mí, y crea usted que hice la promesa con voluntad.</p> + +<p>—Me hace usted temblar (alarmándose). Vamos; el pecado ese es de lo más +atroz que puede haber. Él, si los mata, peca menos que usted, por +haberle mandado que lo hiciera, acalorándole con promesas.</p> + +<p>—Lo mismo me parece a mí, y por eso he estado con miedo toda la noche.</p> + +<p>—Si usted reconoce que ha hecho mal, y le pide perdón a Dios de su mala +intención y procura limpiarse de ella, Dios tendrá piedad de la +pecadora.</p> + +<p>—Es que... verá usted... estoy arrepentida por mitad. ¡Matarle a él!, +¿sabe usted que me da lástima? No, no, que no le mate... Pero lo que es +a esa bribona, tramposa, embustera... ¿Pues no tiene la poca vergüenza +de creer que tendrá hijos?... ¡Hijos ella...! Dígame usted, ¿qué se +pierde con que se vaya para el otro mundo un trasto semejante?</p> + +<p>Esto lo decía con tanta naturalidad, que Guillermina, por un instante, +no supo si indignarse o tomarlo a risa. «Vaya, que las ideas de usted me +gustan... Se me figura que marido y mujer allá se van... en sabiduría. +Si usted no se desdice al momento en todos esos disparates me voy y no +vuelve a verme en su vida más. No se puede tolerar esto...».</p> + +<p>—¿De modo que a esta tía <i>monstrua</i> no se le da un castigo?... Eso sí +que está bueno. Y seguirá riéndose de nosotras... No lo entiendo.</p> + +<p>—Dios es el que castiga; nosotros aprendemos.</p> + +<p>Ambas callaron, mirándose. «Tengo que traerle a usted un confesor. Usted +no está buena ni del cuerpo ni del alma. Pues digo, si lo que Dios no +quiera, sobreviene la muerte a la hora menos pensada, y la coge así, le +cayó la lotería».</p> + +<p>—Si me muero, me llevo a mi hijo conmigo—dijo la diabla, volviéndole a +coger y estrechándole contra sí.</p> + +<p>—Otra barbaridad. Hoy estamos de vena.</p> + +<p>—¿Pues no es mío?, ¿no le he dado yo la vida? (con febril impaciencia y +ardor).</p> + +<p>—¡Cómo!... ¿darle vida usted? Hija, no tiene usted pocas pretensiones. +También quiere ponerse en competencia con el Creador del mundo y de +todas las cosas... Vamos, lo mejor es que me eche a reír... En fin, +estamos aquí como dos tontas, y hay que poner las cosas en su lugar. +Tiene usted que llamar a su marido y decirle que para quererle como Dios +manda, es preciso que no mate a nadie, absolutamente a nadie. ¿Lo hará +usted?</p> + +<p>—Si usted me lo manda, sí... ¡Ay!, yo creí que matar al que nos engaña, +al que nos vende, no es pecado... vamos, que no era pecado muy gordo, se +me subió la hiel a la cabeza. ¡Le tengo tanta rabia a ésa...! Digo yo +que se puede tener rabia a otra persona, desear que la maten, y sin +embargo no ser una mala.</p> + +<p>Incorporose para expresar con mímica más persuasiva un argumento que se +le había ocurrido y que creía de gran fuerza: «Vamos a ver, señora. ¿A +que la dejo callada ahora?, ¿a que, sabiendo usted tanto como sabe, no +me devuelve esta?».</p> + +<p>—¿Qué?—Esta razón. Vamos a ver. La señorita Jacinta es, como quien +dice, un ángel... Todos la llaman así... Bueno; pues con todo su mérito +y su <i>santificación</i>, ¿no se alegrarla ella de que me quitaran a mí de +en medio?</p> + +<p>Se volvió a reclinar en las almohadas, satisfecha, esperando la +respuesta, con la seguridad de que la santa no tenía más remedio que +mentir para no darle la razón.</p> + +<p>«¿Qué está usted diciendo?—replicó Guillermina indignada—. ¡Jacinta +desear que maten a nadie!... ¡O usted es tonta o ha perdido el juicio!».</p> + +<p>—Vamos... Pues bueno, diré otra cosa (retirándose a la segunda paralela +después de rechazada en la primera). ¿No se alegrará la señorita de que +yo me muera?...</p> + +<p>—¿Alegrarse... de que usted se muera... de que se la lleve Dios...? +(titubeando). Tampoco... tampoco... Jacinta no desea el mal del prójimo, +y sabe que debemos amar a nuestros enemigos y hacer bien a los que nos +aborrecen.</p> + +<p>Con un <i>ju ju</i> melancólico expresaba Fortunata su incredulidad.</p> + +<p>«¡Ay!, ¿no lo cree?...».</p> + +<p>—¡Que me desea bien a mí!</p> + +<p><i>Tie</i> gracia.</p> + +<p>—Jacinta no sabe tener rencor... ni se acuerda de usted para nada...</p> + +<p>—Pero de eso a que me mire con buenos ojos...</p> + +<p>—Pues no faltaba más sino que la quisiera a usted como me quiere a +mí... Por cierto que ha hecho la niña merecimientos para ello. Con que +la perdone debe darse por satisfecha...</p> + +<p>—¿Y me perdona de verdad?... ¿pero es de verdad?</p> + +<p>—¿Pues qué duda tiene? Usted, como no sabe lo que es fe, ni temor de +Dios, ni nada, no comprende esto.</p> + +<p>—¿Y podría ser mi amiga?...</p> + +<p>—Hija, tanto como amiga... Eso ya es un poco fuerte (no pudiendo +contener la risa). Vamos, que no pide usted poco... Ahora quiere que +después de lo que ha pasado partan un piñón...</p> + +<p>—¡Amigas!...—repitió la diabla frunciendo las cejas—. Por más que +usted diga, no me puede ver, mayormente ahora que he tenido un hijo y +ella no... Y lo que es ahora, ya no lo tiene, está visto... Que no le dé +vueltas.</p> + +<p>Como Ballester se acercara a la puerta de la alcoba cuando oía reír a la +santa, esta le dijo: «Entre usted si quiere divertirse, pues esto es una +comedia. Su amiga de usted está por conquistar. ¡Qué ideas tiene! Por +cierto que yo le voy a traer al Padre Nones. Tenemos que darle una +limpia buena. En fin, me retiro, que con estas tonterías se me va la +mañana».</p> + +<p>Se levantó, y Fortunata le tiró del vestido para hacerla sentar otra +vez. «Una duda me queda, señora. Sáqueme de ella».</p> + +<p>—Veamos esa duda... otro despropósito. ¡Ay, qué cabeza!</p> + +<p>—Siéntese usted un momento, que le voy a hacer otra pregunta. Dígame +(bajando la voz), ¿Jacinta faltó o no faltó con aquel caballero?</p> + +<p>—¡Ave María Purísima!... ¿con qué caballero?</p> + +<p>—Con aquel que se murió de repente...</p> + +<p>—Cállese, cállese o le pego...</p> + +<p>—No, si yo no lo creo ya. Lo creía; pero como fue la indecente de +Aurora quien me lo dijo, ya dejé de creerlo... sólo que tenía un poquito +de duda.</p> + +<p>—¿Esa...? (con soberano desprecio). ¡Y se atrevía a decir...!</p> + +<p>—Si es lo más mala... Usted no puede figurarse lo mala que es (con la +mayor buena fe). Aquí donde usted me ve, yo, al lado de ella, soy un +ángel.</p> + +<p>—Lo creo (sonriendo). No nos ocupemos de esas miserias. ¡Jacinta +faltar! Estas pecadoras empedernidas creen que todas son como ellas...</p> + +<p>—No, si yo no lo creo, señora, si no lo creí (muy apurada). Ella fue la +que lo dijo y lo creía... ¿Sabe una cosa? (Atrayéndola a sí y hablándole +en secreto). Créame esto que le voy a decir... Uno de los motivos porque +le pegué fue el haber dicho eso, el haberme encajado la bola de que +Jacinta era como nosotras... Y dígame, ¿no merecía el morrazo que le di +con la llave por afrentar a nuestra amiguita?... ¿No lo merecía? Claro +que sí...</p> + +<p>Guillermina estaba confusa; no sabía si aprobar o desaprobar...</p> + +<p>«Quedamos en una cosa—dijo levantándose—; mañana vendrá el Padre Nones +para usted, y para este ternerito un ama asturiana que, según dice +Estupiñá...».</p> + +<p>—Ama, no... ¿para qué? Si puedo... ¿No ha visto lo satisfecho que está +el rey de la casa? ¿No es verdad, rico, que para nada te hacen falta +amas? Su mamá, su mamá le da al niño todo lo que quiere.</p> + +<p>—El Sr. de Quevedo sabe más que usted... Aquí no se hace más que lo que +yo mando—declaró la santa con aquel ademán y tono autoritarios a los +cuales nadie se podía oponer—. Si de aquí a mañana Quevedo no varía de +opinión, vendrá la nodriza. Usted se calla y obedece... Yo pago y +dispongo. Conque a cuidarse, y ya hablaremos. El <i>excelentísimo</i> señor +de Ballester queda encargado de la ejecución del presente decreto.</p> + + + +<hr /> +<h2>-<span class="smcap">xii</span>-</h2> + + +<p>Por la tarde llegó doña Lupe muy alarmada buscando a Maximiliano, +a quien suponía allí. No pasó de la sala, ni quiso ver a Fortunata, de +quien dijo que la compadecía, pero que no podía tener ninguna clase de +relaciones con ella. En la sala cuchicheó la <i>ministra</i> con Segismundo +contándole lo ocurrido. Pues ahí era nada: Maximiliano había comprado un +revólver... ¿pero quién diablos le dio el dinero? Descubriolo la señora por una +casualidad... Le dio el olor, al verle entrar con un bulto entre +papeles. Lo peor del caso fue que no pudo quitárselo. Salió escapado de +la casa, y al poco rato los del herrero del bajo vinieron diciendo que +le habían visto en la Ronda, pegando tiros contra la tapia de la fábrica +del Gas, como para ejercitarse... ¡Ay!, <i>la de los Pavos</i> estaba +aterrada. Toda aquella sabiduría lógica, que el pobre chico tenía en la +cabeza, se le había convertido en humo sin duda. Y lo peor era que no +había ido a almorzar, ni se sabía su paradero... «Tenemos que dar parte +a la policía, para evitar que haga cualquier barbaridad. Yo pensé que +habría venido aquí, y corrí desolada... ¿Dónde demonios estará? +Ballester, por Dios, averígüelo usted y sáqueme de este conflicto. Usted +es la única persona que le domina cuando se pone así... Salga a ver si +le encuentra; yo se lo ruego». A esto replicó el buen farmacéutico que +no podía repicar y andar en la procesión. Fuese la de Jáuregui +desconsoladísima, con intento de ver al Sr. de Torquemada, faro luminoso +que le marcaba el puerto en todas las borrascas de la vida.</p> + +<p>Fortunata había oído la voz de doña Lupe, y cuando esta se retiró, quiso +que Ballester le explicase qué traía por allí.</p> + +<p>«Pues nada, que <i>la ministra</i> esa quiere meter las narices, y ver a +usted, y hablarle y decirle cosas que sin duda la marearán».</p> + +<p>—¡Ah!, que no entre... no la puedo ver. Creo que me pondré mala si la +veo. Y de mi marido, ¿qué dijo?</p> + +<p>—No le nombró.—Pues tampoco a Maxi le quiero ver... No sabe usted lo +mal que me sienta verle y hablar con él... Me trastorna. No les deje +usted pasar. Que se vayan a los infiernos. ¡Estoy tan tranquila aquí +solita con mi hijo, y los amigos que me protegen...! ¡Que no venga, por +Dios! ¿Usted me promete que no vendrán?</p> + +<p>Lo pedía con terror suplicante. Ballester, deshaciéndose en +demostraciones de caballerosidad protectora y de fraternal hidalguía, le +dijo que los Rubín grandes y chicos, así los de carne y hueso como los +que tenían pechos de algodón, no entrarían en aquella alcoba sino +pasando sobre su cadáver.</p> + +<p>Toda aquella tarde estuvo la joven con la idea fija de lo antipáticos +que eran los Rubín, y de lo que ella haría para no recibirlos si a verla +iban. El buen Segismundo se esforzaba en tranquilizarla sobre este +particular, y habiendo observado que el recuerdo de otras personas +excitaba y encendía su ánimo favorablemente, le habló de doña +Guillermina y de su hermosa vida. «¿Sabe lo que me dijo al salir? Pues +que si se le ofrece a usted algo no estando yo aquí, avise a D. +Plácido, al cual se ha encargado que se ponga a las órdenes de usted si +lo necesitara».</p> + +<p>—Claro—dijo Fortunata rebosando de orgullo inocente—; como que +Plácido es todo <i>de la casa</i>, y desde chiquito no hace más que llevar +recados de los señores, y servirles en mil menudencias. Es un buen +hombre, y yo le quiero mucho... Y a doña Bárbara, ¿la conoce usted? Yo +tampoco... Pero cuando Jacinta y yo seamos amigas, también lo seré de +doña Bárbara... Francamente, estoy admirada del cariño que le tengo +ahora a <i>la mona del Cielo</i>, cuando en otro tiempo, sólo de pensar en +ella me ponía mala. Verdad que no acababa de aborrecerla, quiere +decirse, que la aborrecía y me gustaba... cosa rara, ¿verdad? Ahora +seremos amigas, crea usted que seremos amigas... ¿Lo duda usted?</p> + +<p>—¿Cómo he de dudar eso, criatura?</p> + +<p>—Es que usted parece como que se sonríe un poquitín, cuando me lo oye +decir.</p> + +<p>—Está usted viendo visiones. Bueno va...</p> + +<p>—Pues, aunque usted se guasee, seremos amigas... y nadie tendrá que +decir de mí ni esto, para que usted lo sepa... Porque voy a portarme... +¡Cristo, cómo me voy a portar ahora! Mi hijo, mi hijo, y nada más... +Vaya, ¿me sostendrá usted que no se sonríe ahora?</p> + +<p>—Sí; pero es de satisfacción, por verla a usted tan regenerada... +¡Quién le tose a usted ahora, hallándose en relaciones con personas de +la corte celestial...!</p> + +<p>—Y nada más... ¿Pues qué se creía usted?</p> + +<p>Se sofocaba tanto, que el farmacéutico creyó prudente llevar la +conversación a un terreno insignificante; pero Fortunata se las componía +para volver a lo mismo, a que ella y la <i>Delfina</i> iban a ser uña y +carne, y a que su conducta en lo sucesivo había de ser como de quien +está en escuela de serafines. «Aquí donde usted me ve, amigo Ballester, +yo también puedo ser ángel, poniéndome a ello. Todo está en ponerse... Y +es cosa muy sencilla. Al menos a mí me parece que no me ha de costar +ningún trabajo. Lo siento yo aquí <i>entre mí</i>».</p> + +<p>—Depende también de las personas con quien uno se junta—le dijo su +amigo muy serio—. Hablemos ahora de otra cosa. De ciertos atrevimientos +que yo tenía y tengo respecto a usted, no quiero decirle nada, porque se +nos va a hacer santa... Aunque todo podía conciliarse, me parece a mí, +ser santa y querer a este hijo de Dios... Pero en fin, vuelvo la hoja. +¿Sabe usted que si me descuido pierdo mi colocación en la botica de +Samaniego? Si doña Casta sabe que estas ausencias mías son para venir a +visitar a la que le tomó las medidas a su niña, al instante me limpia el +comedero. Por eso no puedo tirar mucho de la cuerda, y esta noche no +vendré. Tengo que quedarme de guardia. Yo rompería con todo, si no fuera +porque me será difícil encontrar colocación inmediatamente, y crea usted +que un periodo de vacaciones me balda... Por mí no me importaría; pero a +mi madre y a mi hermana no quiero hacerlas ayunar. El pobre <i>pensador</i>, +mi ilustre cuñado, está mal de intereses, y si yo no tiro del carro, los +ayes y lamentos pidiendo pan se han de oír en Algeciras.</p> + +<p>—Pero no sea usted tonto—dijo Fortunata con aquel arranque de +generosidad, que en ella era tan común—. Yo tengo <i>guita</i>. Si quiere +mandar a paseo a <i>las Samaniegas</i>, mándelas. Que se fastidien, que se +arruinen, que coman piedras... Yo le doy a usted lo que necesite para su +madre y para el <i>pensador</i>, hasta que encuentre otra botica. Tenga +confianza conmigo... O <i>semos</i> o no <i>semos</i>.</p> + +<p>Ballester era tan delicado, que de sólo oír tal proposición, le salieron +los colores a la cara, y se excusó con expresiones de gratitud. Poco +después de anochecer se retiró dando las órdenes más rigurosas a los +hermanos Izquierdo con respecto a visitas. Si algún Rubín, fuese quien +fuese, se presentaba, no abrir. Dejó sobre la mesa de la sala un arsenal +de medicamentos, y a Fortunata le recomendó la quietud, y que <i>diese con +la puerta del cerebro en los hocicos</i> a toda idea triste que se +presentara.</p> + +<p>Izquierdo se plantó de centinela en la sala, acompañado de una grande de +cerveza, y por si la grande no era bastante para pasar la noche, llevó +también una chica de añadidura. Segunda regresó a las diez, después de +la horita de tertulia que solía pasar en el puesto de carne, y viendo a +su sobrina muy despabilada, le dio un poco de palique: «¿Sabes a quién +he visto?, a la tía esa, <i>la de los Pavos</i>. Fue a buscarme al cajón, muy +ofendida porque el señor Ballester no la dejó entrar a verte. Anda a +caza del sobrino que se les escapó esta mañana, y todavía no ha +aparecido. ¿Sabes lo que me dijo? Te lo cuento para que te rías. Dice +que <i>las Samaniegas</i> están trinando contigo, y que la viejona aquella, +doña Casta, no parará hasta no verte en el <i>modelo</i>. ¡Qué comedia! +Ríete, que eso es envidia. Pues verás, La tía esa indecente, <i>la +Fenelona</i>, francesota, más mala que el no comer, dice que este hijo que +tienes no es hijo de quien es, sino de D. Segismundo. Tú ríete, tonta, +que eso no es más que envidia».</p> + +<p>La prójima no chistó; pero bien se conocía que aquellas palabras habían +hecho en su espíritu un efecto desastroso. Cuando se quedó sola, no le +fue posible contener los impulsos de levantarse. La rabia surgió +terrible en su alma, y sin reparar en lo que hacía, incorporose en el +lecho, alargando las manos a la percha para coger su ropa... «Ahora +mismo, ahora mismo voy, y con esta zapatilla le aporreo la cara hasta +chafarle la nariz... trasto, indecente. ¡Decir eso...!, ¡una mentira tan +grande! ¿Pero qué hora es? ¡Si están dando las doce! Sea la hora que +quiera, saldré, no me puedo contener... Voy, entro en la casa, la saco a +rastras de la cama, me paseo por encima de su alma... ¡Decir eso, decir +eso...!, sin creerlo, porque ella no lo cree. ¡Lo dice por deshonrarme! +Antes calumnió a Jacinta, y ahora me calumnia a mí».</p> + +<p>Se sentó en la cama, entreviendo, a pesar de lo ofuscado que su espíritu +estaba, las dificultades de la empresa. «Si lo dejo para mañana, ya no +iré, porque me lo quitarán de la cabeza... Y yo le he de refregar la +jeta con la suela de mis botas. Si no lo hago, Dios mío, me va a ser +imposible ser ángel, y no podré tener santidad. Como no haga esto, +tendré que volver a ser mala; lo conozco en mí».</p> + +<p>Y tan pronto se ponía una pieza de ropa como se la quitaba, con +vacilación horrible, fluctuando entre los ímpetus formidables de su +deseo y el sentimiento de la imposibilidad. Por fin se vistió, y +saliendo a la sala, vio a su tío dormido, de bruces sobre la mesa, junto +a la luz, la botella grande a su lado, medio vacía. «Podría salir sin +que me sintiera nadie... ¿Y si despertara a mi tío y le dijera que +viniese conmigo...?». La idea de asociar a <i>Platón</i> a su temeraria +empresa, hízole ver la realidad, y lo disparatado de aquella idea. +«Pues lo que es mañana temprano—se dijo volviendo a la alcoba—, mañana +tempranito, antes de que salga para el obrador, voy y la acogoto...».</p> + +<p>Al mirar a su hijo, la llama de su ira se avivó más. «¡Decir que no es +hijo de su padre...! ¡Qué infamia! La despedazaría sin compasión +ninguna. ¡Inocente!, ¡tan chiquito y ya le quieren deshonrar! Pero no le +deshonrarán, no, porque aquí está su madre para defenderle; y al que me +diga que este no es el <i>hijo de la casa</i>, le saco los ojos. <i>Él</i> no +puede haberlo dicho... A mí me la soltó, pero fue así como en broma. +<i>Él</i> no puede haberlo dicho, y si yo supiera que lo había dicho, juro +por esta cruz (haciéndola con los dedos y besándola), por esta cruz en +que te mataron, Cristo mío, juro que le he de aborrecer... pero +aborrecerle de cuajo, no de mentirijillas... ¡Ay, Dios mío! (echándose +en la cama, acongojadísima); si le dicen esta mentira tan gorda a +Guillermina y a Jacinta, ¿la creerán?... Puede que sí... Todo lo malo se +cree, y lo malo que de mí se diga, se cree más... Pero no, puede que no +lo crean... Es muy atroz el embuste. Esto no lo puede creer nadie, no +puede ser, no puede ser, y primero creerán que el mundo se vuelve del +revés, y que el día se hace noche, y el sol luna, y el agua fuego. Y si +alguien lo creyera, él lo desmentiría; estoy segura de que lo +desmentiría. Yo no he faltado, yo no he faltado (alzando la voz), y +quien diga que yo he faltado, miente, y merece que se le arranque la +lengua con unas tenazas de hierro echando fuego. Quieren que yo me +pierda; pero por más que hagan esos perros, no me quitarán, Dios mío, +que yo sea tan ángel como otra cualquiera. Que rabien, que rabien, +porque lo seré, lo seré».</p> + +<p>Estaba inquietísima, dando vueltas en la cama. El hijito pidió y tomó el +pecho; pero no debía de encontrar muy abundante el repuesto, cuando a +cada instante apartaba su boca, chillando desesperadamente. A sus gritos +de necesidad y desconsuelo, uníanse los de su madre, que decía: «Hijo de +mi alma... qué, ¿no hay?... Esa, esa bruja ratera tiene la culpa; ella +te lo ha quitado. Ya verás cómo la arregla tu mamá... Pobretín, tan +chiquitito y ya le quieren deshonrar... Y mi niño es el rey de España, y +nada tiene que ver con Ballester, que es su amiguito y nada más... Y mi +niño es de quien es, y no hay otro en <i>la casa</i>, ni le habrá, +¿verdad?... ¿verdad, gloria, cielo, alegría del mundo?».</p> + + + +<hr /> +<h2>-<span class="smcap">xiii</span>-</h2> + + +<p>Todo esto era muy bonito y muy tierno; pero la leche no parecía, +por lo cual Juan Evaristo no se daba por satisfecho con aquellas +expresiones de tan poco valor en la práctica. Los alaridos que la madre +y el hijo daban, cada uno en su registro, no despertaron a José +Izquierdo, pues este era hombre que en cogiendo la mona, no le +enderezaba un cañón; pero sí sacaron de su letargo a Segunda, que fue a +ver lo que ocurría, y hallando a su sobrina medio vestida, se puso hecha +una furia y por poco le pega. «Mira que te estrello, si das en hacer +funciones de comedia—le dijo con aquellas formas exquisitas que +usaba—. ¿Pero no ves, burra, no ves que se te ha retirado la leche, y +el pobrecito no tiene qué mamar?».</p> + +<p>Por fortuna, entre las cosas que dejó Ballester en previsión de todos +los contratiempos posibles, había un biberón muy majo. Segunda, con +determinación rápida, lo llenó de leche (de la cual tenía por casualidad +un par de copas) y probó a dárselo al chico. Este al principio extrañaba +la dureza y frialdad de aquel pezón que en su boquita le metían. Hizo +algunos ascos, pero al fin pudo más el hambre que los remilgos, y apencó +con la teta artificial. «Mira, mira, qué pronto se hace a todo el +angelito. ¡Si es lo más noble...! Rico... ¡qué carpanta estábamos +pasando!». La madre le miraba con desconsuelo, aunque contenta de que se +hubiera encontrado forma y manera de vencer la dificultad. «¿Sabes una +cosa?—le dijo su tía, poniéndole las manos en la cara—. Tienes +calentura... Eso es por ponerte a pensar lo que no debes. ¡Si hicieras +caso de mí, ahora que vas a ser la reina del mundo...! Porque lo que es +tu tanto mensual te lo tienen que dar. De eso hablamos <i>la de los Pavos</i> +y yo... ¡Vaya, pues no vas tú a ser ahora poco señora...! Chica, chica, +no te hagas de miel; levanta tu cabeza. ¡Aire!... ¿Pues no ves que las +señoronas esas te hacen la rueda? Como que será una potentada, y yo que +tú, no paraba hasta que la Jacinta viniera a besarme la zapatilla. Pues +qué... ¿crees que él no ha de venir también? Ya le llamará la sangre, y +en cuantito que vea a este retrato suyo, se le caerá la baba... y... +chica, créemelo, hasta coche vamos a tener... ¡qué comedia! ¡Cuando digo +que estaremos en grande! Vendrá, vendrá él, y te aseguro que si tarda +cuatro días es mucho tardar. ¿No ves que esa familia no tiene un nene +que la alegre?... ¡si se están todos muriendo de ganas de chiquillo...! +Tú, trabájalo bien, que nos ha venido Dios a ver con este hijo de +nuestras entrañas... Yo estoy muy orgullosa, porque él Santa Cruz es +como hay Dios; pero su poco de Izquierdo no se lo quita nadie: las dos +familias están de enhorabuena... Ya he empezado yo a sacudirme las +pulgas, y esta tarde le eché su puntadita a Plácido para que nos diera +la casa gratis... ¿Qué te crees?... Si están los Santa Cruz con tu hijo +como chiquillos con zapatos nuevos... Te diré una cosa que no sabes. +Ayer estuvo la Jacinta en casa de D. Plácido... Quería subir a verle; +pero esa otra, la santona, le dijo que otro día, por si tú te +remontabas... Conque vete enterando... ¡Ah! ¡Quién me lo había de +decir!... Todavía me he de ver yo cogida al brazo de don Baldomero, +dando vueltas en la Castellana... ¡y poco charol que me voy a dar...! Si +es una comedia... Tú date tono, no seas boba... que si sabemos +aprovecharnos, de esta hecha vamos para marquesas».</p> + +<p>Fortunata, desde que su tía empezó a hablar, lloraba a lágrima suelta; +pero al oír lo de que iban a ser marquesas, una ráfaga de jovialidad +pasó por encima de la onda de tristeza, y la joven se echó a reír con la +cara anegada en llanto.</p> + +<p>«No, no te rías; tanto como marquesas no; ni para qué queremos nosotras +ser <i>títulas</i>; pero lo que es nuestro coche no nos lo quita nadie... Yo +te aseguro que si hoy viene la Jacinta, tiene que subir... Verás qué +prontito viene el otro... Claro, cuando no esté aquí su mujer... Me +<i>paice</i> a mí que su mujer, de esta hecha se tendrá que ir a plantar +cebollino. Tú, tú eres la que va a subir al trono ahora, o no hay +equidad en la tierra... Y no digan que eres casada y que tu hijo se +tiene que llamar Rubín... ¡Qué comedia! Tú eres mayormente viuda y +libre, porque a tu marido cuéntale como que está en gloria... Y bien +saben todos que a la vuelta lo venden tinto, y el chico en la cara trae +la casta, y lo que es la pensión verás cómo te la dan».</p> + +<p>Fortunata no se rió más, ni Segunda dijo nada que excitase su hilaridad. +Hasta la madrugada estuvo la tía acompañándola, y viéndola relativamente +sosegada, se fue a descabezar un sueño antes de bajar al mercado. A poco +de quedarse sola, la joven sintió dentro de sí una cosa extraña. Se le +nublaron los ojos, y se le desprendía algo en su interior, como cuando +vino al mundo Juan Evaristo; sólo que era sin dolor ninguno. No pudo +apreciar bien aquel fenómeno, porque se quedó desvanecida. Al volver en +sí advirtió que era ya día claro, y oyó el piar de los pajarillos que +tenían su cuartel general en los árboles de la Plaza Mayor y en las +crines de bronce del caballo de Felipe III. Fue a coger a su hijo en +brazos, y apenas podía con él. Le faltaban las fuerzas; ¡pero de qué +manera!, y hasta la vista parecía amenguársele y pervertírsele, porque +veía los objetos desfigurados y se equivocaba a cada momento, creyendo +ver lo que no existía. Se asustó mucho y llamó; pero nadie vino en su +auxilio. Después de llamar como unas tres veces, fue a llamar la cuarta, +y... aquello sí era grave; no tenía voz, no le sonaba la voz, se le +quedaba la intención de la palabra en la garganta sin poderla +pronunciar. Dio algunos toques con los nudillos en el tabique; pero al +fin su mano se quedó como si fuera de algodón; daba golpes con ella, y +los golpes no sonaban. También podía ser que sonaran y ella no los +oyera. Pero ¿cómo no los oía Segunda, que estaba al otro lado del +tabique? Luego, el brazo se puso también como carne muerta, +resistiéndose a moverse. «¿Será que me estoy muriendo?» pensó la joven, +echando miradas a su interior. Pero poco pudo ver allí, por estar el +interior a oscuras o fantásticamente iluminado. Todas sus ideas +sufrieron trastornos más o menos febriles, las imágenes se disfrazaron, +cual si fuesen a las máscaras, tomando cara y apariencia de lo que no +eran, y la única sensación dominante con alguna claridad en aquel +desorden fue la de estar inmóvil y rígida, con los movimientos +involuntarios suspendidos y los voluntarios desobedientes al deseo. A su +parecer no respiraba; el oído y la vista daban de rato en rato alguna +impresión fugaz de la vida exterior; pero estas impresiones eran como +algo que pasaba, siempre de izquierda a derecha. Creyó ver a Segunda y +oírla hablar con Encarnación; pero hablaban a la carrera, como seres +endemoniados, pasando y perdiéndose en un término vago que caía hacia la +mano derecha. El piar de pájaros también se precipitaba en aquel sombrío +confín, y los chillidos con que Juan Evaristo pedía su biberón.</p> + +<p>Pasado cierto tiempo, indeterminado para ella, recobró sus sentidos y +pudo moverse, apreciando fácilmente la realidad. «¿Quién eres tú? +—preguntó a Encarnación, única persona que estaba a su lado—. ¡Ah!, ya +te conozco... ¡Qué tonta soy! ¿No está mi tía?». Díjole la chiquilla que +la señá Segunda había bajado al mercado, y que subió con la leche para +el niño, y después se volvió a marchar. Sacó Fortunata de aquel +desvanecimiento una convicción que se afianzaba en su alma como las +ideas primarias, la convicción de que se iba a morir aquella mañana. +Sentía la herida allá dentro, sin saber dónde, herida o descomposición +irremediables, que la conciencia fisiológica revelaba con diagnóstico +infalible, semejante a inspiración o numen profético. La cabeza se le +había serenado; la respiración era fácil aunque corta; la debilidad +crecía atrozmente en las extremidades. Pero mientras la personalidad +física se extinguía, la moral, concentrándose en una sola idea, se +determinaba con desusado vigor y fortaleza. En aquella idea vaciaba, +como en un molde, todo lo bueno que ella podía pensar y sentir; en +aquella idea estampaba con sencilla fórmula el perfil más hermoso y +quizás menos humano de su carácter, para dejar tras sí una impresión +clara y enérgica de él. «Si me descuido—pensó con gran ansiedad—, me +cogerá la muerte, y no podré hacer esto... ¡qué gran idea!... +Ocurrírseme tal cosa es señal de que voy a ir derecha al Cielo... +Pronto, pronto, que la vida se me va...». Llamando a Encarnación, le +dijo: «Chiquilla, vete corriendito al cuarto de abajo, y le dices a D. +Plácido que le necesito... ¿entiendes?, que le necesito, que suba... +Anda, no te detengas. Ya debe de estar ahí, de vuelta de la iglesia, +tomándose su chocolate... Anda prontito, hija, y te lo agradeceré +mucho».</p> + +<p>En el tiempo que estuvo fuera Encarnación, la diabla no hizo más que dar +a su hijo muchos besos, diciéndole mil ternezas. El chico estaba +despierto, y callado la miraba, y aunque nada decía, a ella se le figuró +que hablaba... «Estarás tan ricamente... hijo mío. No te querrán tanto +como yo, pero sí un poquito menos... Me estoy muriendo... qué sé yo qué +tengo... La medicina esa... yo la tomaría... ¿dónde está?... +¡Encarnación!... Pero si ha ido abajo... Parece que me voy en sangre... +Hijo mío, Dios me quiere separar de ti; y ello será por tu bien... Me +muero; la vida se me corre fuera, como el río que va a la mar. Viva +estoy todavía por causa de esta bendita idea que tengo... ¡Ah!, qué idea +tan repreciosa... Con ella no necesito Sacramentos; claro, como que me +lo han dicho de arriba. Siento yo aquí en mi corazón la voz del ángel +que me lo dice. Tuve esta idea cuando estaba aquí sin habla, y al +despertar me agarré a ella... Es la llave de la puerta del Cielo... Hijo +mío, estate calladito, y no chistes, que si tu mamá se va es porque +Dios se lo manda... ¡Ah!, don Plácido, ¿está usted ahí?...».</p> + +<p>—Sí, señora—dijo el hablador entrando en la alcoba con los ademanes +más oficiosos del mundo—. ¿Qué se le ofrece a usted? La señora me ha +encargado...</p> + +<p>—Amigo, hágame el favor de traer pluma y papel... Espere; deme la +medicina, esos polvos amarillos... ¿cuáles?, no sé... Pero deje, deje, +que me tiene que escribir una carta.</p> + +<p>—¡Una carta!... Pero antes... (revolviendo en la mesa de noche). ¿Qué +medicamento quiere?</p> + +<p>—Ninguno, ¿ya para qué?... Ándese pronto, que me voy... que me muero.</p> + +<p>—¡Que se muere! Vamos... no bromee usted.</p> + +<p>—Don Plácido, si no me sirve para esto, llamaré a otra persona. Si +pudiera esperar a Ballester; pero no, no me da tiempo...</p> + +<p>—No, hija, no hay que apurarse. Voy por el tintero—y no tardó cinco +minutos en volver, y al entrar de nuevo en la alcoba, vio que Fortunata +se había incorporado en su cama con el chiquillo en brazos, y que +después, entre ella y Encarnación, le ponían bien abrigadito en su cuna +de mimbres, la cual venía a ser como un canasto. Le pusieron entre las +manos su biberón para que no alborotase, y cubriéronle con un pañuelo +finísimo de seda. Estupiñá no entendía una palabra, ni veía la relación +que la pluma y papel pudieran tener con lo que veía. «Don Plácido—dijo +Fortunata con mucha animación—; hágame el favor de escribir... Aquí no +hay mesa. Chiquilla, tráele el tablero de las damas. Déjate de +medicinas... ¿Para qué ya?... Vaya, D. Plácido, prepárese; verá qué +golpe... Se me ocurrió una idea, hace poco, cuando estaba sin habla, al +punto que me entraba también la idea de mi muerte... Ponga ahí lo que yo +le diga: «Señora doña Jacinta. Yo...».</p> + +<p>—Yo...—repitió Plácido.</p> + +<p>—No; hay que empezar de otra manera... No se me ocurre. ¡Qué torpe soy! +¡Ah!, sí, ponga usted. «Como el Señor se ha servido llevarme con Él, y +ahora se me alcanza lo mala que he sido...». ¿Qué tal?, ¿va bien así?</p> + +<p>—«Lo mala que he sido...».</p> + +<p>—En fin, siga usted poniendo lo que le digo... «No quiero morirme sin +hacerle a usted una fineza, y le mando a usted, por mano del amigo D. +Plácido, ese <i>mono del Cielo</i> que su esposo de usted me dio a mí, +equivocadamente...». No, no, borre el <i>equivocadamente</i>; ponga: «que me +lo dio a mí robándoselo a usted...». No, D. Plácido, así no, eso está +muy mal... porque yo lo tuve... yo, y a ella no se le ha quitado nada. +Lo que hay es que yo se lo quiero dar, porque sé que ha de quererle, y +porque es mi amiga... Escriba usted. «Para que se consuele de los tragos +amargos que le hace pasar su maridillo, ahí le mando al verdadero +<i>Pituso</i>. Este no es falso, es legítimo y <i>natural</i>, como usted verá en +su cara. Le suplico...».</p> + +<p>—«Le suplico...».—Usted póngalo todo muy clarito, D. Plácido; yo le +doy la idea. Pues «le suplico que le mire como hijo y que le tenga por +<i>natural</i> suyo y del padre... Y mande a su segura servidora y amiga, que +besa su mano...». ¿Qué tal? ¿Está con finura?... Ahora, veremos si puedo +echar mi nombre... Me tiembla mucho el pulso... Tráigame la pluma...</p> + +<p>Puso un garabato, y luego mandó a Estupiñá abriese la cómoda y sacara la +inscripción de las acciones del Banco. Después de revolver mucho, fue +encontrado el documento. «Eso—dijo Fortunata—, se lo da usted a mi +amiga doña Guillermina».</p> + +<p>—Pero no vale sin transferencia—replicó el hablador examinando el +papel.</p> + +<p>—¿Sin qué?—Sin transferencia en toda regla.—Pamplinas. Es mío, y yo +lo puedo dar a quien quiera. Coja usted la pluma, y ponga que es mi +voluntad que esas acciones sean para doña Guillermina Pacheco. Le echaré +muchas firmas debajo, y verá si vale.</p> + +<p>Aunque Estupiñá no creía válida aquella manera de testar, hizo lo que se +le mandaba.</p> + +<p>—Ahora, amigo—dijo ella, perdiendo gradualmente el uso de la +palabra—, coja usted a mi hijo y lléveselo... ¡ay!, déjemelo besar otra +vez... Aguarde a que me muera... No; lléveselo antes de que venga mi +tía, o mi marido, o doña Lupe... gente mala. Pueden venir, y ya ve +usted... qué compromiso. No me dejarán hacer mi gusto, me enfadaré, y no +me moriré tan santamente... como quiero morirme.</p> + +<p>No dijo más. Plácido, acercándose a contemplarla, se asustó +extraordinariamente. Creyó que estaba muerta o que le faltaba poco para +morirse; mandó a Encarnación en busca de Segunda y de José Izquierdo, y +cogiendo la cesta en que Juan Evaristo dormía, la puso en la sala. «No +me determino a llevármelo—pensó el buen viejo—. Pero al mismo tiempo, +si esos brutos se empeñan en impedirme que me lo lleve... ¡Ah!, no; yo +cargo con él, y que tiren por donde quieran». Cogió la cesta, y +bajándola a su casa con toda la rapidez que le permitían sus piernas no +muy fuertes, azorado como ladrón o contrabandista, volvió a subir y se +aproximó a la enferma, mirándola tan de cerca, que casi se tocaban cara +con cara. «Fortunata... <i>Pitusa</i>» murmuró echando <i>talmente</i> la voz en +el oído de la joven. A la tercera o cuarta llamada, Fortunata movió +ligeramente los párpados, y desplegando los labios, apenas dijo: +«<i>Nene</i>...».</p> + + + + +<hr /> +<h2>-<span class="smcap">xiv</span>-</h2> + + +<p>«¡Caracoles!, esta mujer se va... ¡Y yo solo aquí con ella!, y el +crío allá abajo. ¡Van a decir que le he robado! Anda, los ladrones serán +ellos. Que digan lo que quieran. ¿A mí, qué? Les presento el papelito +firmado por ella, y en paz. ¡Pobre mujer! (contemplándola horrorizado). +¡Virgen del Carmen, si se va en sangre!... Pero esta gentuza, ¿cómo es +que la abandona así? ¿No vieron el peligro? Y ese médico, ¿en qué está +pensando?... ¡Qué compromiso! ¿Y qué le diría yo?... Aquí hay medicinas; +se las daré. Pero ¿y si me equivoco? Cuidado con las drogas, Plácido, y +no hagas una barbaridad. Esperaremos. Pero qué... si cuando vengan ya +estará ella en el otro barrio. Dios la perdone y le dé lo que más le +convenga... Es preciso tratar de animarla... (hablándole al oído). +Fortunata, Fortunatita, abra usted los ojos, y no se nos muera así tan +tontamente... Le traeré el Viático, si quiera la Santa Unción... ¡Eh!, +hija, chica... Quia, no se entera... Esto está perdido. Hija mía, piense +usted en Dios y en la Santísima Virgen; invóqueles en esta hora tremenda +y la ampararán... Nada, como si le hablaran en griego; no oye, o es que +está tan aferrada a la maldad que no quiere que se le hable de religión. +Voy a tocar otro registro (con malicia).</p> + +<p>Fortunata, buena moza, mire usted quién está aquí... despierte y verá... +¿No le conoce? Es aquel sujeto, el Sr. D. Juanito que viene a ver a +su... dama... Mírele, mírele tan afligido de verla a usted malita. +(Hablando para sí). ¡Cómo se sonríe la picarona! ¡Ah!, está dañada hasta +el tuétano. Abre los ojos y le busca con las miradas. Es como los +borrachos, que aunque estén expirando, si les nombran vino, parece que +resucitan... ¡Como no se salve esta! Al infierno se va de cabeza... Vean +qué manera de arrepentirse. Le nombro a Nuestro Divino Redentor y a +María Santísima del Carmen, y como si tal cosa... Sorda como una tapia. +Pero le nombro al señorete, y ya la tiene usted tan avispada, queriendo +vivir, y sin duda con intenciones de pecar. ¡Ah!, cualquier día se salva +esta... Me parece que sube ya la tía. Oigo sus resoplidos como los de +una loba marina... Sí, aquí vienen (saliendo al pasillo y hablando con +Segunda, que subía sofocadísima precedida de Encarnación). ¡Vaya una +calma que tiene usted! Se ha puesto muy mala, pero muy mala».</p> + +<p>Apenas entró en la alcoba, Segunda empezó a dar gritos. «¡Hija de mi +alma, me la han matado, me la han matado, me la han asesinado! ¡Ay, qué +carnicería!, ¡cómo está!... Me la han matado... ¿Y el niño? Nos le han +robado, nos le han robado...».</p> + +<p>—Atienda a su sobrina, y vea si la puede salvar—dijo Estupiñá +cogiéndola por un brazo—, y déjese de asesinatos, y de robos de hijos, +y no sea usted mamarracho.</p> + +<p>—Niña de mi alma... ¿pero qué? Fortunata... ¿te han matado, o qué es +esto? A ver, cordera, ¿tienes heridas? <i>Paice</i> que te han dado cien +puñaladas... Pero estás viva. Cuéntame qué ha sido, ¿quién ha sido? ¿Y +tu niño, nuestro niño, dónde está? ¿Te lo quitaron?...</p> + +<p>—Llame usted al médico—indicó Plácido con ira—. ¿Dónde vive? Yo le +avisaré... Y no se cuide del niño, que está mejor que quiere, y nada le +falta.</p> + +<p>—¿Pero dónde está?... D. Plácido, D. Plácido—exclamó Segunda, +descompuesta y furiosa—; me parece que va usted a ir al palo... Voy a +dar parte a la justicia. Usted es un forajido, sí señor, no me vuelvo +atrás... Usted nos ha birlado a la criatura.</p> + +<p>—¡Atiza!... Pero mujer de Barrabás (retirándose por miedo a que Segunda +le sacara los ojos). ¿Quiere usted callarse? ¿No ve que su sobrina se +muere?</p> + +<p>—Porque usted me la ha matado, so verdugo, caribe, usted, usted.</p> + +<p>—Dale con gracia... Habrá que ponerle un bozal. Voy a avisar a la Casa +de Socorro.</p> + +<p>—A la cárcel... es donde tiene que ir usted.</p> + +<p>Y en aquel momento entró José Izquierdo, a quien su hermana quiso +incitar para que acometiese al bueno de Estupiñá. <i>Platón</i> vacilaba, no +dando a Segunda todo el crédito que esta creía merecer.</p> + +<p>«Ea, que me voy cargando... y quien va a traer el juez soy yo—afirmó el +anciano, dando una patada—. El chico está donde debe estar, y bien +saben que yo no miento. Y si no, pregúntenle a su madre».</p> + +<p>—Hija de mi vida—chillaba Segunda, abrazando y besando a su sobrina, +que si no era ya cadáver, lo parecía—. Dinos lo que te han hecho, +dímelo, corazón. ¡Ay, qué dolor de hija!...</p> + +<p>—Usted—dijo Plácido a Izquierdo autoritariamente—, corra a llamar a +ese señor boticario que suele venir, el que ahora la protege. Yo avisaré +a otra persona, y vamos a escape, que la muerte nos coge la delantera.</p> + +<p>Se escabulló sin esperar la opinión de Segunda. <i>Platón</i>, comprendiendo +por instinto antes que por criterio, que las órdenes de Estupiñá eran +más prácticas que las de la placera, salió y fue presuroso a la calle +del Ave María.</p> + +<p>La primera persona que llegó a la casa fue Guillermina, a quien Plácido +enteró por el camino de cuanto había ocurrido. Subiendo la escalera, la +santa dijo a su sacristán: «Entre usted en su casa a esperar a Jacinta +que vendrá en seguida. Adviértale que no quiero que suba. En cuanto +pueda, bajaré yo. A Jacinta que no se mueva de aquí y me aguarde».</p> + +<p>Cuando la fundadora entró, la enferma continuaba en el mismo estado. +Segunda, llena de consternación, no hablaba ya de asesinato, y aunque no +acababa de comprender el <i>robo del chiquillo</i>, no se atrevió a mentarlo +ante la señora casera. Había intentado hacerle tomar a Fortunata fuertes +dosis de <i>ergotina</i>; pero no pudo conseguirlo. Apretaba los dientes, y +no había medio de traerla a la razón. Guillermina tuvo más suerte o puso +en ejecución mejores medios, porque logró hacerle beber algo de aquel +eficaz medicamento. Hubo gran barullo, aplicación precipitada de +remedios diferentes, externos e internos. La santa y la placera, ambas +con igual ardor, trabajaron por atajar la vida que se iba; pero la vida +no quería detenerse, y ante la ineficacia de sus esfuerzos, las dos +mujeres se pararon rendidas y desconsoladas. Fortunata miraba con +expresión de gratitud a su amiga, y cuando esta le cogía la mano, +trataba de hablarle; pero apenas podía articular algún monosílabo. +Calladas, se hablaron mirándose.</p> + +<p>«El Padre Nones va a venir—dijo la santa—; le mandé recado al salir de +casa. Prepárese usted, hija mía, poniendo el pensamiento en Nuestro +Señor Jesucristo; y como le pida perdón de sus pecados con verdadera +contrición, se lo dará. ¿Se lo ha pedido usted?».</p> + +<p>Fortunata dijo que sí con la cabeza.</p> + +<p>«Mi amiguita se ha enterado del regalo que usted le ha hecho, y está tan +agradecida. Ha sido un rasgo feliz y cristiano».</p> + +<p>En las nieblas que envolvían su pensamiento, la infeliz joven, al oír +aquello del <i>rasgo</i>, se acordó de Feijoo y de sus prohibiciones; pero +este recuerdo no la hizo arrepentirse de su acción.</p> + +<p>«Jacinta me encarga que dé a usted las gracias. No le guarda ningún +rencor. Al contrario; usted ha sabido arreglarse para dejar buena +memoria de sí. Además, ella es de las pocas personas que saben perdonar. +Imítela usted ahora, que no le vendría mal en este instante sofocar sus +pasiones, amar a sus enemigos y hacer bien a los que la aborrecen. Hija +mía (abrazándola), ¿ha perdonado usted al hombre que tiene la culpa de +todos sus males y que la ha arrastrado tantas veces al pecado?».</p> + +<p>Fortunata dijo que sí con la cabeza, y sus miradas daban a entender que +aquel perdón era de los fáciles, porque el amor andaba de por medio.</p> + +<p>«¿Perdona usted también a esa mujer de quien se suponía ofendida, y a +quien usted ofendió de palabra y de obra, con o sin motivo?».</p> + +<p>Este perdón sí que era de los duros. Callose la santa observando a la +diabla intranquila. Esta tenía la cabeza echada hacia atrás, moviéndola +sobre la almohada con cierta inquietud, y sus miradas vagaban por el +techo.</p> + +<p>«¿Qué?, ¿duda usted?... Pues Dios, para perdonarnos, necesita saber si +perdonamos nosotros antes. ¿Para qué quiere usted ahora ese odio +mezquino? ¿De qué le sirve? De peso para impedirle subir al Cielo. Hay +que arrojar ese plomo (abrazándola con más cariño). Amiguita, hágalo por +mí, por <i>el mono del Cielo</i>, que debe quedar aquí rodeado de +bendiciones, no de maldiciones».</p> + +<p>Fortunata se estremeció desde el cabello hasta los pies... Su +respiración fatigosa indicaba el afán de vencer las resistencias físicas +que entorpecían la voz. «No necesita usted hablar—le dijo la santa—; +basta que manifieste su intención respondiéndome con la cabeza. ¿Perdona +usted a Aurora...?». La moribunda movió la cabeza de un modo que podría +pasar por afirmativo, pero con poco acento, como si no toda el alma, +sino una parte de ella afirmase.</p> + +<p>«Más, más claro».</p> + +<p>Fortunata acentuó un poquitito más, y sus ojos se humedecieron.</p> + +<p>«Así me gusta».</p> + +<p>Entonces resplandeció en la cara de la infeliz señora de Rubín algo que +parecía inspiración poética o religioso éxtasis, y vencida +maravillosamente la postración en que estaba, tuvo arranque y palabras +para decir esto: «Yo también... ¿no lo sabe usted...?, soy ángel...».</p> + +<p>Y algo más expresó; pero las palabras volvieron a ser ininteligibles, y +en la cara le quedó una expresión de dicha inefable y reposada. La santa +estuvo un instante sin saber qué actitud tomar.</p> + +<p>«¡Ángel!... sí—dijo al fin—; lo será, si se purifica bien. Amiga +querida, es preciso prepararse con formalidad. El Padre Nones va a +venir, y él le dará a usted consuelos que yo no puedo darle... Ahora +recuerdo que usted tenía una idea maligna, origen de muchos pecados. Es +preciso arrojarla y pisotearla... Busque, rebusque bien en su espíritu y +verá cómo la encuentra; es aquel disparate de que el matrimonio, cuando +no hay hijos, no vale... y de que usted, por tenerlos, era la verdadera +esposa de... Vamos (con extraordinaria ternura), reconozca usted que +semejante idea era un error diabólico a fuerza de ser tonto, y prométame +que ha de renegar de ella y que no la olvidará cuando el amigo Nones la +confiese. Mire usted que si se la lleva consigo le ha de estorbar mucho +por allá».</p> + +<p>La <i>Pitusa</i> no expresaba nada, por lo cual su fervorosa amiga volvía al +ataque con más brío y pasión. «Fortunata, hija mía, por el cariño que me +tiene, y que yo no me merezco, por el que yo le he tomado y que le +conservaré toda mi vida, le pido que se arranque esa idea, y la arroje +aquí, como si fuera un adorno de los que se ponen las pecadoras, un +lunar postizo, un colorete. Eso no sirve allá, como no le sirva al +demonio para hacer de las suyas... Se la arranca usted, ¿sí o no? Hágalo +por mí, para que yo me quede tranquila».</p> + +<p>Fortunata volvió a tener la llamarada en sus ojos, al modo de un reflejo +de iluminación cerebral, y en su cuerpo vibraciones de gozo, como si +entrara alborotadamente en ella un espíritu benigno. La voluntad y la +palabra reaparecieron; pero sólo fue para decir: «Soy ángel... ¿no lo +ve?...».</p> + +<p>—Ángel, sí; bueno, esa convicción me gusta (con inquietud). Pero yo +quisiera...</p> + +<p>Interrumpió a la señora la aparición del Padre Nones, que no cabía por +la puerta, y tuvo que inclinarse para poder entrar. Toda la estancia se +llenó de una negrura triste y severa. «Aquí estoy, <i>maestra</i>» dijo el +anciano, y la dama se levantó para dejarle el asiento. Algo susurraron +los dos antes de que ella se retirara. Nones habló cariñosamente a la +enferma, que le miraba con empañados ojos, sin dar ninguna respuesta a +sus palabras... Por fin, echó una voz que parecía infantil, voz +quejumbrosa y dolorida, como de una tierna criatura lastimada. Lo que +Nones creyó entender entre aquellas articulaciones de indefinible +sentimiento fue esto: «¿No lo sabe?... soy ángel... yo también... <i>mona +del Cielo</i>».</p> + +<p>Y siguió su exhortación el cura, diciendo para sí: «Trabajo perdido... +cabeza trastornada».</p> + +<p>Y en alta voz: «Ángel, sí; pero es preciso, hija mía, confesar la fe de +Cristo, consagrar a ella nuestros últimos pensamientos y pedirle con el +corazón que nos perdone. Es tan bueno, tan bueno, que no niega su amparo +a ningún pecador que se llegue a Él por empedernido que sea... Lo +principal es tener un interior puro, un...».</p> + +<p>La miró alarmado. ¿Había dicho algo? Sí; pero Nones no pudo enterarse. +Fue sin duda aquello de <i>soy ángel</i>, y luego inclinó la cabeza como +quien se va a dormir. El sacerdote la miró más de cerca, y en alta voz +dijo: «Maestra, maestra, venga usted».</p> + +<p>Entró Guillermina y ambos la observaron.</p> + +<p>«Creo—dijo Nones—que ha concluido. No ha podido confesar... Cabeza +trastornada... ¡Pobrecita! Dice que es ángel... Dios lo verá...».</p> + +<p>La maestra y el cura se pusieron a rezar en voz alta. Segunda empezó a +escandalizar, y en aquel momento llegaba Segismundo, quien sabedor en la +escalera de lo que ocurría, entró en la casa y en la alcoba más muerto +que vivo.</p> + + + +<hr /> +<h2>-<span class="smcap">xv</span>-</h2> + + +<p>Mientras estuvo allí el Padre Nones, Ballester se mantuvo en una +actitud consternada, contemplando el lastimoso cuadro con el respeto que +infunden los muertos, y encerrando su dolor en una compostura que tenía +cierta corrección. Pero cuando no quedaron allí más testigos que la +santa y Segunda, el buen farmacéutico creyó que no tenía para qué +sujetar la onda impetuosa que del corazón le salía, y llegándose al +cuerpo todavía caliente de su infeliz amiga, la abrazó, y estampó +multitud de besos en su frente y mejillas.</p> + +<p>«¡Ah!, señora—dijo a la fundadora, secándose las lágrimas—; veo que se +asombra usted de... de verme llorar así, y de estas demostraciones... Es +que yo la quería mucho... era mi amiga... iba a ser mi querida... +digo... no, dispense usted, éramos amigos... Usted no la conocía bien; +yo sí... Era un ángel... digo, debía serlo, podría serlo; dispense +usted, señora, no sé lo que me digo; porque me ha llegado al alma esta +desgracia. No la esperaba... Ha sido un descuido. Ella misma, con los +disparates que hacía... porque era de estos ángeles que hacen muchos +disparates... ¿me entiende usted?... ¡Pobre mujer... tan hermosa y tan +buena!... La hemorragia ha provenido sin duda de no haberse verificado +la involución... Me lo temía... La salida antes de tiempo, la agitación +moral... Añada usted descuidos, falta de asistencia, de vigilancia, y de +una autoridad que se le hubiera impuesto. ¡Ah!, si yo hubiera estado +aquí. Pero no podía, no podía. Mis obligaciones... ¡Ah!, señora, crea +usted que tengo el corazón destrozado, y que tardaré en consolarme de +esta pesadumbre... La había tomado yo tanto cariño, que a todas horas la +tenía en el pensamiento. Mi destino me ligaba a ella, y hubiéramos sido +felices, sí, felices, créalo usted... Nos habríamos ido a otro país, a +un país lejano, muy lejano. Con permiso de usted, la voy a besar otra +vez. No la había besado nunca. No me atrevía, ni ella lo habría +consentido, porque era la persona más honrada y honesta que usted puede +imaginar».</p> + +<p>Guillermina sentía tanto asombro como lástima ante las demostraciones de +aquel buen hombre que con tanta franqueza se expresaba. Poco a poco fue +tomando el dolor de Segismundo acentos más tranquilos, y sentado a la +cabecera del lecho mortuorio, habló con la santa de un asunto que +necesariamente y por la fuerza de la realidad se imponía.</p> + +<p>«¡Ah!, no señora; dispense usted. Los gastos del entierro los pago yo. +Quiero tener esa satisfacción. No me la quite usted, por Dios...».</p> + +<p>—Pero, hijo—replicó la fundadora—, si usted es un pobre. ¿Qué +necesidad tiene de ese gasto? Si no hubiera más remedio, muy santo y muy +bueno. Pero no sea usted tonto y guarde su dinero, que bastante falta le +hace. Esta obligación la pagará quien debe pagarla, y no digo más: al +buen entendedor...</p> + +<p>No dándose por vencido, Ballester persistió en su idea: pero Guillermina +hubo de machacar tanto, que al fin se la quitó de la cabeza. Segunda y +sus dos compañeras de plazuela amortajaron a la infeliz señora de Rubín, +y en tanto el farmacéutico se ocupaba con incansable actividad en los +preparativos del entierro, que debía de ser a la mañana siguiente. En +todo aquel día no abandonó la casa mortuoria. Al mediodía estaba solo en +ella, y el cuerpo de Fortunata, ya vestido con su hábito negro de los +Dolores, yacía en el lecho. Ballester no se saciaba de contemplarla, +observando la serenidad de aquellas facciones que la muerte tenía ya por +suyas, pero que no había devorado aún. Era el rostro como de marfil, +tocado de manchas vinosas en el hueco de los ojos y en los labios, y las +cejas parecían aún más finas, rasgueadas y negras de lo que eran en +vida. Dos o tres moscas se habían posado sobre aquellas marchitas +facciones. Segismundo sintió nuevamente deseos de besar a su amiga. ¿Qué +le importaban a él las moscas? Era como cuando caían en la leche. Las +sacaba, y después bebía como si tal cosa. Las moscas huyeron cuando la +cara viva se inclinó sobre la muerta, y al retirarse tornaron a posarse. +Entonces Ballester cubrió la faz de su amiga con un pañuelo finísimo.</p> + +<p>Guillermina volvió más tarde. Subía del cuarto de Plácido a decir a +Ballester algo referente al entierro. Un rato hablaron, y como ella se +mostrase recelosa de que el marido de la difunta fuese por allá y armara +un escándalo, el farmacéutico la tranquilizó diciéndole: «No tema usted +nada. Esta mañana hemos conseguido encerrarle. Está furioso el infeliz, +y costó Dios y ayuda quitarle un maldito revólver que ha comprado y con +el cual quiere fusilar a las pobres <i>Samaniegas</i> y a otra persona que +suele pasear por el barrio. La célebre doña Lupe estaba con el alma en +un hilo. Acudimos Padilla y yo, y con gran trabajo pudimos desarmar al +filósofo y encerrarle en su cuarto, donde quedó dando cabezadas contra +las paredes y pegando unos gritos que se oían desde la calle».</p> + +<p>—Ya lo dije yo. Tanta y tanta lógica tenía que parar en eso... Conque +ya sabe usted. A las diez habrá misa y responso en el cementerio. Y se +ha dispuesto, por quien debe hacerlo, que el entierro sea de primera, +coche de lujo con seis caballos; irán los niños del Hospicio... Usted +dirá que esta ostentación no viene al caso.</p> + +<p>—No, yo no digo nada.</p> + +<p>—No tendría nada de particular que lo dijera, porque a primera vista es +absurdo. Pero la complicación de causas trae la complicación de efectos, +y por eso vemos en el mundo tantas cosas que nos parecen despropósitos y +que nos hacen reír. Vea usted por qué yo profeso el principio de que no +debemos reírnos de nada, y que todo lo que pasa, por el hecho de pasar, +ya merece algo de respeto. ¿Se va usted enterando?</p> + +<p>Algo más iba a decir; pero entró Plácido, sombrero en mano, y con +ciertos aires de ayudante de campo anunció a su generala que había +llegado doña Bárbara.</p> + +<p>Bajó, pues, la santa, y encontró a su amiga un poco adusta, observando +los cariñosos extremos de Jacinta con aquel canario de alcoba que estaba +en su poder, como si se lo hubiera encontrado en la calle o se lo +hubieran puesto en una cesta a la puerta de su casa. Algo le decían +también a la señora de Santa Cruz las facciones del chiquitín; pero +escarmentada y previsora, se contenía por no incurrir en la ridiculez de +un chasco semejante al de marras. Estaba, pues, la señora, indecisa, sin +resolverse a entusiasmarse; y las razones que Guillermina le dio para +convencerla no la sacaron de aquella actitud reservada y suspicaz. Los +afectos que se desbordaban del corazón de la Delfina eran combinación +armoniosa de alegría y de pena, por las circunstancias en que aquella +tierna criatura había ido a sus manos. No podía apartar su pensamiento +de la persona que un poco más arriba, en la misma casa, había dejado de +existir aquella mañana, y se maravillaba de notar en su corazón +sentimientos que eran algo más que lástima de la mujer sin ventura, pues +entrañaban tal vez algo de compañerismo, fraternidad fundada en +desgracias comunes. Recordaba, sí, que la muerta había sido su mayor +enemiga; pero las últimas etapas de la enemistad y el caso increíble de +la herencia del <i>Pituso</i>, envolvían, sin que la inteligencia pudiera +desentrañar este enigma, una reconciliación. Con la muerte de por medio, +la una en la vida visible y la otra en la invisible, bien podría ser que +las dos mujeres se miraran de orilla a orilla, con intención y deseos de +darse un abrazo.</p> + +<p>Las tres señoras dijeron a un tiempo: «¿y qué hacemos ahora?». Entablose +discusión breve sobre el punto a que llevarían aquella adquisición +preciosa. Guillermina cortó las dificultades, proponiendo que le +llevaran a su casa. Se dieron órdenes a Estupiñá para que fuesen +conducidas también al domicilio de la santa las tres mujeronas entre las +cuales sería elegida, a toda conciencia, la que había de criar al <i>mono +del Cielo</i>.</p> + +<p>Por la noche de aquel célebre día, hubo en la casa de Santa Cruz una +escena memorable.</p> + +<p>Jacinta y su suegra cogieron por su cuenta al Delfín, y le pusieron en +duro compromiso, refiriéndole lo ocurrido, mostrándole la carta +redactada por Estupiñá y obligándole (con lastimoso desdoro de su +dignidad) a manifestarse sinceramente consternado, pues el caso no era +para puesto en solfa, ni para rehuido con cuatro frases y un pensamiento +ingenioso. Había faltado gravemente, ofendiendo a su mujer legítima, +abandonando después a su cómplice, y haciendo a esta digna de compasión +y aun de simpatía, por una serie de hechos de que él era exclusivamente +responsable. Por fin, Santa Cruz, tratando de rehacer su destrozado amor +propio, negó unas cosas, y otras, las más amargas, las endulzó y confitó +admirablemente, para que pasaran, terminando por afirmar que el chico +era suyo y muy suyo, y que por tal lo reconocía y aceptaba, con +propósitos de quererle como si le hubiera tenido de su adorada y +legítima esposa.</p> + +<p>Cuando se quedaron solos los Delfines, Jacinta se despachó a su gusto +con su marido, y tan cargada de razón estaba y tan firme y valerosa, que +apenas pudo él contestarle, y sus triquiñuelas fueron armas impotentes y +risibles contra la verdad que afluía de los labios de la ofendida +consorte. Esta le hacía temblar con sus acerados juicios, y ya no era +fácil que el habilidoso caballero triunfara de aquella alma tierna, +cuya dialéctica solía debilitarse con la fuerza del cariño. Entonces se +vio que la continuidad de los sufrimientos había destruido en Jacinta la +estimación a su marido, y la ruina de la estimación arrastró consigo +parte del amor, hallándose por fin este reducido a tan míseras +proporciones, que casi no se le echaba de ver. La situación desairada en +que esto le ponía, inflamaba más y más el orgullo de Santa Cruz, y ante +el desdén no simulado, sino real y efectivo, que su mujer le mostraba, +el pobre hombre padecía horriblemente, porque era para él muy triste, +que a la víctima no le doliesen ya los golpes que recibía. No ser nadie +en presencia de su mujer, no encontrar allí aquel refugio a que +periódicamente estaba acostumbrado, le ponía de malísimo talante. Y era +tal su confianza en la seguridad de aquel refugio, que al perderlo, +experimentó por vez primera esa sensación tristísima de las irreparables +pérdidas y del vacío de la vida, sensación que en plena juventud +equivale al envejecer, en plena familia equivale al quedarse solo, y +marca la hora en que lo mejor de la existencia se corre hacia atrás, +quedando a la espalda los horizontes que antes estaban por delante. +Claramente se lo dijo ella, con expresiva sinceridad en sus ojos, que +nunca engañaban. «Haz lo que quieras. Eres libre como el aire. Tus +trapisondas no me afectan nada». Esto no era palabrería, y en las +pruebas de la vida real, vio el Delfín que aquella vez iba de veras.</p> + +<p>Durante algún tiempo, el <i>Delfinito</i> siguió en casa de Guillermina, +donde estaba la nodriza, hasta que enteraron de todo a D. Baldomero, y +se le pudo llevar a la casa patrimonial. Jacinta vivía consagrada a él +en cuerpo y alma, y tenía la satisfacción de que todos en la casa le +querían, incluso su padre. A solas con él, la dama se entretenía +fabricando en su atrevido pensamiento edificios de humo con torres de +aire y cúpulas más frágiles aún, por ser de pura idea. Las facciones del +heredado niño no eran las de la otra, eran las suyas. Y tanto podía la +imaginación, que la madre putativa llegaba a embelesarse con el +artificioso recuerdo de haber llevado en sus entrañas aquel precioso +hijo, y a estremecerse con la suposición de los dolores sufridos al +echarle al mundo. Y tras estos juegos de la fantasía traviesa, venía el +discurrir sobre lo desarregladas que andan las cosas del mundo. También +ella tenía su idea respecto a los vínculos establecidos por la ley, y +los rompía con el pensamiento, realizando la imposible obra de volver el +tiempo atrás, de mudar y trastocar las calidades de las personas, +poniendo a este el corazón de aquel, y a tal otro la cabeza del de más +allá, haciendo, en fin, unas correcciones tan extravagantes a la obra +total del mundo, que se reiría de ellas Dios, si las supiera, y su +vicario con faldas, Guillermina Pacheco. Jacinta hacía girar todo este +ciclón de pensamientos y correcciones alrededor de la cabeza angélica de +Juan Evaristo; recomponía las facciones de este, atribuyéndole las suyas +propias, mezcladas y confundidas con las de un ser ideal, que bien +podría tener la cara de Santa Cruz, pero cuyo corazón era seguramente el +de Moreno... aquel corazón que la adoraba y que se moría por ella... +Porque bien podría Moreno haber sido su marido... vivir todavía, no +estar gastado ni enfermo, y tener la misma cara que tenía el Delfín, ese +falso, mala persona... «Y aunque no la tuviera, vamos, aunque no la +tuviera... ¡Ah!, el mundo entonces sería como debía ser, y no pasarían +las muchas cosas malas que pasan...».</p> + + + +<hr /> +<h2>-<span class="smcap">xvi</span>-</h2> + + +<p>En el entierro de la señora de Rubín contrastaba el lujo del +carro fúnebre con lo corto del acompañamiento de coches, pues sólo +constaba de dos o tres. En el de cabecera iba Ballester, que por no ir +solo se había hecho acompañar de su amigo el crítico. En el largo +trayecto de la Cava al cementerio, que era uno de los del Sur, +Segismundo contó al buen Ponce todo lo que sabía de la historia de +Fortunata, que no era poco, sin omitir lo último, que era sin duda lo +mejor; a lo que dijo el eximio sentenciador de obras literarias, que +había allí elementos para un drama o novela, aunque a su parecer, el +tejido artístico no resultaría vistoso sino introduciendo ciertas +urdimbres de todo punto necesarias para que la vulgaridad de la vida +pudiese convertirse en materia estética. No toleraba él que la vida se +llevase al arte tal como es, sino aderezada, sazonada con olorosas +especias y después puesta al fuego hasta que cueza bien. Segismundo no +participaba de tal opinión, y estuvieron discutiendo sobre esto con +selectas razones de una y otra parte, quedándose cada cual con sus ideas +y su convicción, y resultando al fin que la fruta cruda bien madura es +cosa muy buena, y que también lo son las compotas, si el repostero sabe +lo que trae entre manos.</p> + +<p>En esto llegaron y se dio tierra al cuerpo de la señora de Rubín, +delante de las cuatro o cinco personas acompañantes, las cuales eran +Segismundo y el crítico, Estupiñá, José Izquierdo y el marido de una de +las placeras, amiga de Segunda. Ballester, afectadísimo, hacía de tripas +corazón, y se retiró el último. De regreso a Madrid en el coche, llevaba +fresca en su mente la imagen de la que ya no era nada. «Esta +imagen—dijo a su amigo—, vivirá en mí algún tiempo; pero se irá +borrando, borrando, hasta que enteramente desaparezca. Esta presunción +de un olvido posible, aun suponiéndolo lejano, me da más tristeza que +lo que acabo de ver... Pero tiene que haber olvido, como tiene que haber +muerte. Sin olvido, no habría hueco para las ideas y los sentimientos +nuevos. Si no olvidáramos no podríamos vivir, porque en el trabajo +digestivo del espíritu no puede haber ingestión sin que haya también +eliminación».</p> + +<p>Y más adelante: «Mire usted, amigo Ponce, yo estoy inconsolable; pero no +desconozco que, atendiendo al egoísmo social, la muerte de esa mujer es +un bien para mí (bienes y males andan siempre aparejados en la vida); +porque, créamelo usted, yo me preparaba a hacer grandes disparates por +esa buena moza; ya los estaba haciendo, y habría llegado sabe Dios a +dónde... ¡calcule usted qué atracción ejercía sobre mí! Me tengo por +hombre de seso, y sin embargo, yo me iba derecho al abismo. Tenía para +mí esa mujer un poder sugestivo que no puedo explicarle; se me metió en +la cabeza la idea de que era un ángel, sí, ángel disfrazado, como si +dijéramos, vestido de máscara para estampar a los tontos, y no me +habrían arrancado esta idea todos los sabios del mundo. Y aun ahora, la +tengo aquí fija y clara... Será un delirio, una aberración; pero aquí +dentro está la idea, y mi mayor desconsuelo es que no puedo ya, por +causa de la muerte, probarme que es verdadera...</p> + +<p>Porque yo me lo quería probar... y créalo usted, me hubiera salido con +la mía».</p> + +<p>A la semana siguiente, Ballester salió de la botica de Samaniego, porque +doña Casta se enteró de sus relaciones (que a ella se le antojaron +inmorales) con la infame que tan groseramente había atropellado a +Aurora, y no quiso más cuentas con él. Doña Lupe le rogó varias veces +que fuese a ver a Maximiliano, que continuaba encerrado en su cuarto, y +le daban la comida por un tragaluz, no atreviéndose a entrar ni la +señora ni Papitos, porque los aullidos que daba el infeliz eran señal de +agitación insana y peligrosa. Segismundo fue el primero que penetró en +la estancia, sin miedo alguno, y vio a Maxi en un rincón, hecho un +ovillo, con más apariencias de imbecilidad que de furia, demudado el +rostro y las ropas en desorden.</p> + +<p>«¿Qué?—le dijo el farmacéutico inclinándose y tratando de levantarle—. +¿Se va pasando eso?... Como hace días nos quiso usted morder, cuando le +quitamos el revólver, y daba mordiscos y patadas, y quería matar a todo +el género humano, tuvimos que encerrarle. Justo castigo de la +tontería... ¿Qué? ¿Ha perdido el uso de la palabra? Míreme de frente y +no hagamos visajes, que se pone muy feíto. ¿No me conoce? Soy Ballester, +y ahí tengo la vara aquella para enderezar a los niños mal criados».</p> + +<p>—Ballester—dijo Maxi mirándole fijamente y como quien vuelve de un +letargo.</p> + +<p>—El mismo, ¿y qué?... ¿Quiere que le dé noticias del mundo? Pues +prométame tener juicio.</p> + +<p>—¿Juicio...? Ya lo tengo, ya lo tengo. ¿Pues acaso he perdido yo alguna +vez ni tanto así del juicio?</p> + +<p>—¡Quia! Nada en gracia de Dios. ¡Usted perder el juicio! Bueno va...</p> + +<p>—Ello es que yo he dormido, amigo Ballester—dijo Rubín con relativa +serenidad levantándose—. Lo que recuerdo ahora es que yo estaba cuerdo, +más cuerdo que nadie, y de repente me entró el frenesí de matar. ¿Por +qué, por qué fue?</p> + +<p>—Eso, rásquese la cabecita a ver si hace memoria... fue porque <i>semos</i> +muy tontos. Era usted el espejo de los filósofos, y ya iba para santo, +cuando de repente le dio por comprar un revólver...</p> + +<p>—¡Ah!... sí (abriendo espantado lo ojos), fue porque mi mujer me dio +palabra de quererme con verdadero amor, de quererme con delirio, ¿oye +usted?, como ella sabe querer.</p> + +<p>—Bueno va. Y ahora le quiere echar la culpa a la otra pobre.</p> + +<p>—Ella, sí, ella fue. Me arrebató... y arrebatado estoy. Tengo dentro de +mí el espíritu del mal... y apenas me queda un recuerdo vago de aquel +estado de virtud en que me hallaba.</p> + +<p>—¡Qué lástima, hijo, qué lástima! Tenemos que volver a las duchas y al +bromuro de sodio. Es lo mejor para echar virtud y filosofía.</p> + +<p>—Volveré—dijo Maxi con gravedad suma—, cuando haya cumplido la +promesa que a mi mujer hice. Mataré, gozaré después de aquel amor +inefable, infinito, que no he catado nunca y que ella me ofreció en +cambio del sacrificio que le hice de mi razón, y luego nos consagraremos +ella y yo a hacer penitencia y a pedir a Dios perdón de nuestra culpa.</p> + +<p>—¡Bonito programa, sí, señor, bonito contrato! Sólo que ya no puede +realizarse, porque falta una de las partes.</p> + +<p>—¿Qué parte?—La que ponía el amor, ese amor tan sublime y... +delirante.</p> + +<p>Maxi no comprendía, y Ballester, decidido a darle la noticia sin rodeos +ni atenuaciones, concluyó así:</p> + +<p>—Sí, su mujer de usted ya no existe. La pobrecita se nos ha muerto hace +hoy ocho días.</p> + +<p>Y al decirlo, se conmovió extraordinariamente, velándosele la voz. Maxi +prorrumpió en una risa desentonada. «Otra vez la misma comedia, otra +vez... Pero ahora, como entonces, no cuela, Sr. Ballester... ¿Apostamos +a que con mi lógica vuelvo a descubrir dónde está? ¡Ay, Dios mío!, ya +siento la lógica invadiendo mi cabeza con fuerza admirable, y el talento +vuelve... sí, me vuelve, aquí está, le siento entrar. ¡Bendito sea +Dios, bendito sea!».</p> + +<p>Doña Lupe, que escuchaba este coloquio desde el pasillo, aplicando su +oído a la puerta entornada, fue perdiendo el miedo al oír la voz serena +de su sobrino, y abrió un poquito, dejando ver su cara inteligente y +atisbadora.</p> + +<p>«Entre usted, doña Lupe—le dijo Segismundo—. Ya está bien. Pasó el +arrebato. Pero no quiere creer que hemos perdido a su esposa. Ya; como +la otra vez le engañamos... Pero él tuvo más talento que nosotros».</p> + +<p>—Y ahora también, y ahora también—afirmó Rubín con maniática +insistencia—. Empezaré al instante mis trabajos de observación y de +cálculo.</p> + +<p>—Pues no necesitará calentarse la cabeza, porque yo se lo probaré... yo +demostraré lo que he dicho. Doña Lupe, hágame el favor de traerle la +ropita, porque no está bien que salga a la calle con esa facha.</p> + +<p>—¿Pero a dónde le va usted a llevar? (alarmada).</p> + +<p>—Déjeme usted a mí, señá ministra. Yo me entiendo. ¿Teme que le robe +esta alhaja?</p> + +<p>—Mi ropa, tía, mi ropa—dijo Maxi tan animado como en sus mejores +tiempos, y sin ninguna apariencia de trastorno mental.</p> + +<p>Por fin, se hizo lo que Ballester deseaba; Maxi se vistió y salieron. En +el pasillo, Segismundo comunicó su pensamiento a doña Lupe: «Mire +usted, señora, yo tengo que ir al cementerio a ver la lápida que he +hecho poner en la sepultura de esa pobrecita. La costeo yo; he querido +darme esa satisfacción... una lápida preciosa, con el nombre de la +difunta y una corona de rosas...».</p> + +<p>—¡Corona de rosas!—exclamó <i>la de los Pavos</i>, que con toda su +diplomacia no supo disimular un ligero acento de ironía.</p> + +<p>—De rosas... ¿y qué más le da a usted...? (quemándose). ¿Acaso tiene +usted que pagarla?... Yo hubiera querido hacerla de mármol; pero no hay +posibles... y es de piedra de Novelda; tributo modesto y afectuoso de +una amistad pura... Era un ángel... Sí; no me vuelvo atrás, aunque usted +se ría.</p> + +<p>—No, si no me he reído. Pues no faltaba más.</p> + +<p>—Un ángel a su manera. En fin, dejemos esto y vamos a lo otro. Como ha +de influir mucho en el estado mental de este pobre chico el convencerse +de que su mujer no vive, le pienso llevar... para que lo vea, señora, +para que lo vea.</p> + +<p>Aprobó doña Lupe, y los dos farmacéuticos salieron y tomaron un simón. +Por el camino iba Maxi cabizbajo, y la aproximación al cementerio le +imponía, subyugando su ánimo con la gravedad que lleva en sí la idea del +morir. «Adelante, niño» le dijo su amigo cogiéndole por un brazo, y +llevándole dentro del camposanto. Atravesaron un gran patio lleno de +mausoleos de más o menos lujo, después otro patio que era todo nichos; +pasaron a un tercero en el cual había sepulturas abiertas, recién +ocupadas, y paráronse delante de una en la cual estaban aún los +albañiles, que acababan de poner una lápida y recogían las herramientas.</p> + +<p>«Aquí es—dijo Ballester, señalando la gran losa de cantería de Novelda, +en cuyo extremo superior había una corona de rosas, bastante bien +tallada, debajo del R.I.P. y luego un nombre y la fecha del +fallecimiento—¿Qué dice ahí?».</p> + +<p>Maximiliano se quedó inmóvil, clavados los ojos en la lápida... ¡Bien +claro lo rezaba el letrero! Y al nombre y apellido de su mujer se añadía +<i>de Rubín</i>. Ambos callaban; pero la emoción de Maxi era más viva y +difícil de dominar que la de su amigo. Y al poco rato, un llanto +tranquilo, expresión de dolor verdadero y sin esperanza de remedio, +brotaba de sus ojos en raudal que parecía inagotable. «Son las lágrimas +de toda mi vida—pudo decir a su amigo—, las que derramo ahora... Todas +mis penas me están saliendo por los ojos».</p> + +<p>Ballester se le llevó no sin trabajo, porque aún quería permanecer allí +más tiempo y llorar sin tregua. Cuando salían del cementerio, entraba un +entierro con bastante acompañamiento.</p> + +<p>Era el de D. Evaristo Feijoo. Pero los dos farmacéuticos no fijaron su +atención en él. En el coche, Maximiliano, con voz sosegada y dolorida, +expresó a su amigo estas ideas:</p> + +<p>«La quise con toda mi alma. Hice de ella el objeto capital de mi vida, y +ella no respondió a mis deseos. No me quería... Miremos las cosas desde +lo alto: no me podía querer. Yo me equivoqué, y ella también se +equivocó. No fui yo solo el engañado, ella también lo fue. Los dos nos +estafamos recíprocamente. No contamos con la Naturaleza, que es la gran +madre y maestra que rectifica los errores de sus hijos extraviados. +Nosotros hacemos mil disparates, y la Naturaleza nos los corrige. +Protestamos contra sus lecciones admirables que no entendemos, y cuando +queremos que nos obedezca, nos coge y nos estrella, como el mar estrella +a los que pretenden gobernarlo. Esto me lo dice mi razón, amigo +Ballester, mi razón, que hoy, gracias a Dios, vuelve a iluminarme como +un faro espléndido. ¿No lo ve usted?... ¿pero no lo ve?... Porque el que +sostenga ahora que estoy loco es el que lo está verdaderamente, y si +alguien me lo dice en mi cara, ¡vive Cristo, por la santísima uña de +Dios!, que me la ha de pagar».</p> + +<p>—Calma, calma, amigo mío (con bondad). Nadie le contradice a usted.</p> + +<p>—Porque yo veo ahora todos los conflictos, todos los problemas de mi +vida con una claridad que no puede provenir más que de la razón... Y +para que conste, yo juro ante Dios y los hombres que perdono con todo mi +corazón a esa desventurada a quien quise más que a mi vida, y que me +hizo tanto daño; yo la perdono, y aparto de mí toda idea rencorosa, y +limpio mi espíritu de toda maleza, y no quiero tener ningún pensamiento +que no sea encaminado al bien y a la virtud... El mundo acabó para mí. +He sido un mártir y un loco. Que mi locura, de la que con la ayuda de +Dios he sanado, se me cuente como martirio, pues mis extravíos, ¿qué han +sido más que la expresión exterior de las horribles agonías de mi alma? +Y para que no quede a nadie ni el menor escrúpulo respecto a mi estado +de perfecta cordura, declaro que quiero a mi mujer lo mismo que el día +en que la conocí; adoro en ella lo ideal, lo eterno, y la veo, no como +era, sino tal y como yo la soñaba y la veía en mi alma; la veo adornada +de los atributos más hermosos de la divinidad, reflejándose en ella como +en un espejo; la adoro, porque no tendríamos medio de sentir el amor de +Dios, si Dios no nos lo diera a conocer figurando que sus atributos se +transmiten a un ser de nuestra raza. Ahora que no vive, la contemplo +libre de las transformaciones que el mundo y el contacto del mal le +imprimían; ahora no temo la infidelidad, que es un rozamiento con las +fuerzas de la Naturaleza que pasan junto a nosotros; ahora no temo las +traiciones, que son proyección de sombra por cuerpos opacos que se +acercan; ahora todo es libertad, luz; desaparecieron las asquerosidades +de la realidad, y vivo con mi ídolo en mi idea, y nos adoramos con +pureza y santidad sublimes en el tálamo incorruptible de mi pensamiento.</p> + +<p>—Era un ángel—murmuró Ballester, a quien, sin saber cómo, se le +comunicaba algo de aquella exaltación.</p> + +<p>—Era un ángel—gritó Maxi dándose un fuerte puñetazo en la rodilla—. +¡Y el miserable que me lo niegue o lo ponga en duda se verá conmigo...!</p> + +<p>—¡Y conmigo!—repitió Segismundo, con igual calor—. Lástima de +mujer... ¡Si viviera!</p> + + +<p>—No, amigo, vivir no. La vida es una pesadilla... Más la quiero +muerta...</p> + +<p>—Y yo también—dijo Ballester, cayendo en la cuenta de que no debía +contrariarle—. La amaremos los dos como se ama a los ángeles. ¡Dichosos +los que se consuelan así!</p> + +<p>—¡Dichosos mil veces, amigo mío!—exclamó Rubín con entusiasmo—, los +que han llegado, como yo, a este grado de serenidad en el pensamiento. +Usted está aún atado a las sinrazones de la vida; yo me liberté, y vivo +en la pura idea. Felicíteme usted, amigo de mi alma, y deme un gran +abrazo, así, así, más apretado; más, más, porque me siento muy feliz, +muy feliz.</p> + +<p>Al entrar en su casa lo primero que dijo a doña Lupe fue esto: «Tía de +mi alma, yo me quiero retirar del mundo, y entrar en un convento donde +pueda vivir a solas con mis ideas». Vio el cielo abierto la de Jáuregui +al oírle expresarse de este modo, y respondió: «¡Ay, hijo mío, si ya te +tenía yo dispuesta tu entrada en un monasterio muy retirado y hermoso +que hay aquí, cerca de Madrid! Verás qué ricamente vas a estar. Hay en +él unos señores monjes muy simpáticos que no hacen más que pensar en +Dios y en las cosas divinas. ¡Cuánto me alegro de que hayas tomado esa +determinación! Anticipándome a tu deseo, te estaba yo preparando la ropa +que has de llevar». Apoyó Ballester la idea que a su amigo le había +entrado, y todo el día estuvo hablándole de lo mismo, temeroso de que se +desdijera; y para aprovechar aquella buena disposición, al día siguiente +tempranito, él mismo le llevó en un coche al sosegado retiro que le +preparaban. Maxi iba contentísimo y no hizo ninguna resistencia. Pero al +llegar, decía en alta voz como si hablara con un ser invisible: «¡Si +creerán estos tontos que me engañan! Esto es Leganés. Lo acepto, lo +acepto y me callo, en prueba de la sumisión absoluta de mi voluntad a +lo que el mundo quiera hacer de mi persona. No encerrarán entre murallas +mi pensamiento. Resido en las estrellas. Pongan al llamado Maximiliano +Rubín en un palacio o en un muladar... lo mismo da».</p> + + +<h3>Madrid.—Junio de 1887.</h3> + +<h3>FIN DE LA NOVELA</h3> + +<hr style='width: 45%;' /> + + +<pre> + + + + + +End of Project Gutenberg's Fortunata y Jacinta, by Benito Pérez Galdós + +*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK FORTUNATA Y JACINTA *** + +***** This file should be named 17013-h.htm or 17013-h.zip ***** +This and all associated files of various formats will be found in: + https://www.gutenberg.org/1/7/0/1/17013/ + +Produced by Chuck Greif + +Updated editions will replace the previous one--the old editions +will be renamed. + +Creating the works from public domain print editions means that no +one owns a United States copyright in these works, so the Foundation +(and you!) can copy and distribute it in the United States without +permission and without paying copyright royalties. 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Thus, we do not necessarily +keep eBooks in compliance with any particular paper edition. + + +Most people start at our Web site which has the main PG search facility: + + https://www.gutenberg.org + +This Web site includes information about Project Gutenberg-tm, +including how to make donations to the Project Gutenberg Literary +Archive Foundation, how to help produce our new eBooks, and how to +subscribe to our email newsletter to hear about new eBooks. + + +</pre> + +</body> +</html> diff --git a/LICENSE.txt b/LICENSE.txt new file mode 100644 index 0000000..6312041 --- /dev/null +++ b/LICENSE.txt @@ -0,0 +1,11 @@ +This eBook, including all associated images, markup, improvements, +metadata, and any other content or labor, has been confirmed to be +in the PUBLIC DOMAIN IN THE UNITED STATES. + +Procedures for determining public domain status are described in +the "Copyright How-To" at https://www.gutenberg.org. + +No investigation has been made concerning possible copyrights in +jurisdictions other than the United States. 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