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+The Project Gutenberg EBook of Angelina, by Rafael Delgado
+
+This eBook is for the use of anyone anywhere at no cost and with
+almost no restrictions whatsoever. You may copy it, give it away or
+re-use it under the terms of the Project Gutenberg License included
+with this eBook or online at www.gutenberg.org
+
+
+Title: Angelina
+ (novela mexicana)
+
+Author: Rafael Delgado
+
+Release Date: June 17, 2005 [EBook #16082]
+
+Language: Spanish
+
+Character set encoding: ISO-8859-1
+
+*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK ANGELINA ***
+
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+
+
+Produced by David Starner, Chuck Greif and the Online
+Distributed Proofreading Team.
+
+
+
+
+
+
+
+
+Colección de Escritores Americanos dirigida por Ventura García Calderón.
+
+XI
+
+
+
+
+ANGELINA
+
+(NOVELA MEXICANA)
+
+
+POR
+
+RAFAEL DELGADO
+
+Con un estudio preliminar de V. GARCÍA CALDERÓN
+
+CASA EDITORIAL MAUCCI
+
+Gran medalla en las Exposiciones de Viena de 1903, Madrid 1907, Budapest
+1907 y gran premio en la de Buenos Aires 1910.
+
+Calle de Mallorca, 166.--BARCELONA
+ES PROPIEDAD DE ESTA CASA EDITORIAL
+
+AL
+
+Sr. D. José M. Roa Bárcena
+en prenda de respetuosa amistad,
+
+EL AUTOR
+
+
+[Ilustración]
+
+
+
+
+RAFAEL DELGADO Y SU NOVELA _ANGELINA_
+
+
+Con este libro obtuvo el gran novelista mexicano el más sonado éxito;
+con él hemos querido propagar en América su nombre[*]. En sus armoniosas
+páginas reconocemos un acento nuestro. Allí revive y se prolonga la
+musical historia de _María_.
+
+[Nota *: A la exquisita amabilidad del eminente abogado mexicano, Don
+Miguel Hernández Sáuregui, heredero de los derechos del novelista,
+debemos la autorización para publicar este libro.]
+
+No sé si, como aseguran cuerdos jueces, volvemos en América al
+romanticismo de Espronceda, si otra vez repetiremos el «románticos
+somos» de Rubén Darío, del Rubén envejecido y suspirando por la juventud
+que se acabó. Retorno encantador que sería solo censurable si
+romanticismo significara otra vez el tumulto forense de una poesía
+callejera; mas no si regresáramos, por los collados de Bécquer, al
+reclamo lunático, al epitalamio triste del ruiseñor y la noche. Son
+_rimas_ nuevas algunos cantos de Darío y en ciertas _arias_ de Jiménez,
+que sedujeron a América, toda la Sevilla becqueriana está con sus
+divinos suspirantes y la guitarra de luto.
+
+En tales libros han aprendido a amar y a delirar nuestras mujeres. Por
+ellos son abnegadas víctimas del cruel amor e incomparables amantes. Son
+Elviras y no han cesado de ser Julietas. Y en ese coro de vivientes
+pasionarias, tan americano, tan nuestro, en la sentimental alegoría de
+la poesía sin ventura, yo creo que la mexicana y la colombiana vienen
+juntas. La Angelina de este libro está, silvestre y coronada, con
+María....
+
+Como la historia de Isaacs, ésta también--según nos dice el autor en el
+prólogo--fué «más vivida que imaginada». Alterando apenas ciertas fechas
+y ciertos nombres, nos relata una aventura propia. ¿Pueden acaso, las
+ajenas, contarse bien? Delgado no lo cree. Dirigiéndose en el prólogo de
+_Los Parientes Ricos_ al que leyere, confiesa que «el autor está siempre
+en la obra» y que «eso de la impersonalidad en la novela es empeño tan
+arduo y difícil que, a decir verdad, lo tengo por sobrehumano e
+imposible». El relatará, pues, su aventura y con ella la de las
+mocedades americanas y mejicanas hacia 1860, cuando los libros de
+nuestro romanticismo tardío enseñan todos la santidad de amar, la vital
+necesidad de amar y al mismo tiempo el perenne fracaso de los idilios,
+la crispada rebelión de los puños y la fatalista languidez de los labios
+que cantan con Leopardi el desposorio del Amor y la Muerte.
+
+Leopardi y Bécquer son los cultos de la adolescencia sentimental de
+Rafael Delgado. En 1881, a los veintiocho años, leía estudios sobre
+ambos poetas desamparados, en la «Sociedad Sánchez Oropeza» de Orizaba.
+El protagonista de _Angelina_ confiesa que sabe de memoria versos de
+Justo Sierra y prosas de Altamirano. Pero también conoce algunas quejas
+de esa generación mexicana de grandes clásicos. Con tal lectura se
+modera y mitiga el moceril romanticismo. Ya su generación pone el oído a
+los consejos de la escuela realista. Y la novela _La Calandria_ que
+publicara Delgado en 1889, en la _Revista Nacional de Letras y
+Ciencias_, es obra de regionalista y costumbrista. Cuando años más
+tarde, dice a su amigo don Francisco Sosa que en el plan de sus relatos
+no entra por mucho el enredo, y que para él «la novela es historia»,
+adivinamos que ha adoptado una idea de los Goncourt presentida ya en
+América por don Ricardo Palma.
+
+Acercándose a la historia, llegan estos románticos a la vida; pero en su
+pesquisa de la veracidad y el documento se apartan siempre, con
+aprensivo ademán, del estercolero de Job en donde Zola prospera y se
+solaza. Y porque vienen con Lamartine de un país de azahares y de lunas
+de miel, queda en sus personajes una bondad contagiosa, en su estilo una
+recóndita y efusiva dulzura que se infiltra en el alma como una bruma de
+noviembre.
+
+Nada puede dar mejor idea del operado cambio que el cuento _Amor de
+niño_ (publicado en un tomo de relatos breves) en donde está en
+crisálida la novela _Angelina_. Es la encantadora y juvenil locura de un
+chiquillo que se enamora hasta enfermar... de un cuadro, del lienzo en
+donde vive una de las más suaves heroínas de Shakespeare. Cordelia es el
+primer amor de este adolescente que delira. El episodio recuerda, hasta
+en el tono, un relato de Heine: aquella estatua feminizada por el musgo
+que el futuro poeta de los _lieder_ iba a besar, con una oscura congoja
+de Werther bisoño, en un rincón del parque familiar. Todos los
+románticos--se llamen Heine o Delgado--irán después a más carnales
+musas, pero ya llevan en la frente el signo de ceniza. Y ante las
+abnegaciones y los rendimientos de los acendrados cariños, no podrán ser
+en su pristina simplicidad, el joven y el amante. Una intrusa jamás
+olvidada, la obsesionante compañera de un pacto adolescente, acude
+siempre a citas que no fueron para ella: Cordelia impalpable y
+silenciosa, estatua derribada en el jardín que heló y eternizó con
+labios de mármol perfecto, el primer beso. Es casi la tragedia de este
+libro.
+
+María muere, Angelina se retira para olvidar, a un convento, para
+olvidar un amor que ya adivina amenguado en el perfecto amante de su
+fantasía. Porque ellas también, a su manera, son resignadas víctimas de
+la educación sentimental y casi mística. Sus lecturas favoritas, la
+sarracena ardentía de su sangre española, no les dejan entrever otra
+ventura que un «amor de exceso» como dijo el poeta, en donde amor y beso
+fueran síntesis de la eternidad». Pero cuando la vida va a enseñarles la
+dolorosa experiencia de su fragilidad, ellas no quieren aventurarse por
+la senda en que la señora de Bovary camina, velada y suspirando, hacia
+el amor que engaña. Éstas «hijas de María» expiarán su candor en la
+celda horrenda y nuestros conventos son asilos de novias, desamparadas.
+
+Ningún epílogo, podía ser, pues, más americano que el de _Angelina_.
+Americano, aún cuando fuera antaño europeo también. Traducida en la
+actualidad, haría sonreir. Recordaría esos grabados encantadores en
+donde Lamartine, de cara al «empíreo», increpa al cielo por su ventura
+perdida; aquellas imágenes de Elvira, de pie en la barca, bajo la luna
+que entumece los corazones y los lagos.... Pero estamos seguros de que
+seduce y seducirá esta obra a cuantos nacimos en países románticos. En
+esos países donde hay siempre margaritas que deshojar, versos ingenuos
+en los abanicos, novias que juran, desde una reja nocturna, el amor
+vitalicio de Angelina.
+
+VENTURA GARCÍA CALDERÓN
+
+[Ilustración]
+
+
+
+
+PRÓLOGO DE LA PRIMERA EDICIÓN
+
+
+Allá te va esa novela, lector amigo; allá te van esas páginas
+desaliñadas o incoloras, escritas de prisa, sin que ni primores de
+lenguaje ni gramaticales escrúpulos hayan detenido la pluma del autor.
+Son la historia de un muchacho pobre; pobre muchacho tímido y crédulo,
+como todos los que allá por el 67 se atusaban el naciente bigote,
+creyéndose unos hombres hechos y derechos; historia sencilla, vulgar,
+más vivida que imaginada, que acaso resulte interesante y simpática para
+cuantos están a punto de cumplir los cuarenta. Como el Rodolfo de mi
+novela, gran lector de libros románticos, eran todos mis compañeros de
+mocedad,--te lo aseguro a fe de caballero,--y ni más ni menos que como
+Villaverde algunas ciudades de cuyo nombre no quiero acordarme.
+
+Ruégote por tu vida, amigo lector, que no te metas en honduras, que no
+te empeñes en averiguar dónde está Villaverde, cuna de mi protagonista.
+Mira que perderías el tiempo y correrías peligro de mentir. Ya sabes que
+los noveladores inventan ciudades que no existen, y de las cuales no te
+daría noticia ni el mismísimo García Cubas.... Tampoco busques en los
+capitulejos que vas a leer _hondas trascendencias y problemas_ al uso.
+No entiendo de tamañas _sabidurías_, y aunque de ellas supiera me
+guardaría de ponerlas en novela; que a la fin y a la postre las obras de
+este género,--poesía, pura poesía,--no son más que libros de grata,
+apacible diversión para entretener desocupados y matar las horas,
+libritos efímeros que suelen parar, olvidados y comidos de polilla, en
+un rincón de las bibliotecas. Además: una novela es una obra artística;
+el objeto principal del Arte es la belleza, y... ¡con eso le basta!
+
+Mas si por acaso fueses de esos críticos zahoríes que adivinan o
+presumen de adivinar las intenciones y propósitos de un autor, para que
+el mejor día no salgas diciendo que quise decir _esto o aquello_,
+declaróte que tengo en aborrecimiento las novelas _tendenciosas_, y que
+con esta novelita, si tal nombro merecen estas páginas, sólo aspiro a
+divertir tus fastidios y alegrar tus murrias. Y no me pidas otra cosa, y
+queda con Dios.
+
+Orizaba, a 30 de Julio de 1893.
+
+
+[Ilustración]
+
+[Ilustración]
+
+
+
+
+I
+
+
+La diligencia iba que volaba. Sin embargo, me parecía lenta y pesada
+como una tortuga. Ya no me causaba repugnancia el hedor de los cueros
+engrasados, ni me ahogaba el polvo, ni me arrancaban una sola queja los
+tumbos del incómodo y ruidoso vehículo. Hubiera yo querido duplicar el
+tiro, emborrachar a los cocheros y hostigar a las bestias, a fin de
+recorrer en pocos minutos las tres leguas que faltaban para llegar a
+Villaverde. Aniquilado por la impaciencia, me arrinconé en el asiento,
+delante de la anciana y junto al ganadero; recogí la indomable cortina y
+me puse a contemplar el paisaje, aquellos campos fértiles y ricos,
+aquellas montañas cubiertas de abetos, vistos diez años antes, a través
+de las lágrimas, una fría mañana del mes de Enero a los fulgores
+purpúreos del sol naciente.
+
+Nada había variado: las arboledas, más copadas, conservaban la misma
+disposición, el mismo aspecto; el caserío de la hacienda próxima volvía
+ante mis ojos igual, idéntico, como una estampa admirada en la niñez, y
+que el mejor día, cuando menos lo esperamos, viene a recordarnos épocas
+dichosas. Blancas las paredes del lado del Poniente; las orientales,
+pardas, ennegrecidas por los vientos salobres de la Costa. Las
+enredaderas, que trepaban por la torrecilla hasta prender sus tallos en
+la cruz de hierro, hacían gala de sus festones floridos, y en las
+cornisas, en los tejados, en los árboles, friolentas palomas, pichones
+tornasolados, esperaban la noche para recogerse al amoroso nido.
+
+El triste Octubre prodigaba en laderas y rastrojos amarillas flores, y
+al soplo del viento que pasaba susurrando, los fresnos se estremecían y
+dejaban caer las muertas hojas.
+
+En el ancho camino el rechinar lejano de una carreta vacía, y orilladas
+a un vallado de piedras, paso a paso, vuelto el arado doblegadas al yugo
+y seguidas de los gañanes, media docena de yuntas que volvían de los
+barbechos. En el real solitario, junto al estanque de aguas turbias, una
+parvada de ocas; los techos pajizos envueltos en la gasa del humo
+vespertino; detrás, la casa de la hacienda, vetusta en parte, con aires
+de arruinada fortaleza, en parte sonriente y alegre, restaurada,
+rejuvenecida al gusto europeo, dejando adivinar en las vidrieras
+luminosas y en las verdes persianas un interior elegante y rico.
+
+Fondo de aquel hermoso cuadro, graciosa cordillera, valles conocidos y
+amados, un cielo límpido y puro, por el cual ascendía la creciente luna
+semivelada en un celaje.
+
+--¿De quién es esta hacienda?--pregunté.
+
+Hícelo, acaso con el pensamiento, porque nadie me respondió. La anciana
+dormitaba; el ganadero doblaba cuidadosamente, por la milésima vez, su
+valioso zarapo multicolor.
+
+--¿Cómo se llama esta finca? ¿De quién es?--repetí.
+
+--Santa Clara.... Es de un tal Fernández....--murmuró el campesino,
+exclamando en seguida, sin dejar el jorongo:--¡Buena boyada! ¡Hartos
+pesos! Alzan aquí unas cosechas, amigo, unas cosechas... que... ¡vaya!
+
+Seguí entregado a la contemplación del paisaje.
+
+Para mí se hacía transparente, como para dejarme ver entre sombras una
+casa humilde y modesta, la casa paterna, donde me aguardaban mis tías,
+dos hermanas de mi madre, dos ancianas amables y cariñosas.
+
+Unico amparo del niño desdichado que no tuvo la buena suerte de conocer
+a sus padres, ellas le recogieron, le criaron, y a costa de no pocos
+sacrificios le proporcionaban educación. El que salió chiquillo volvía
+hecho un mancebo; venía crecido y guapo; negro bozo le sombreaba los
+labios; no había malogrado tantos afanes, y en él cifraban las buenas
+señoras toda su dicha.
+
+Ya estarían disponiéndose para ir a recibirle; ya le tendrían lista la
+alcoba y la merienda. ¡Ah! sí, todo quedaría dispuesto y bien arreglado.
+La recamarita, aquella que daba al patio, muy aseada y cuca, con su cama
+albeando, con su aguamanil provisto de todo. Y allí estaría, sin duda,
+el retrato del abuelo, muy estirado, de gran uniforme, el pecho cuajado
+de cruces.... ¡El abuelito! Un general del antiguo ejército, honor y
+gloria de la familia; santanista feroz que peleó en Tampico y en
+Veracruz, que se batió como un héroe en Churubusco; y que siguió a
+S.A.S. a las Antillas, de donde volvió desengañado, viejo, enfermo,
+y... pobre.
+
+Habrían colocado también, a la cabecera, el cuadrito de San Luis
+Gonzaga, que no quise llevarme, a pesar de las súplicas de mi tía
+Carmen. Ella me le regaló el día que hice mi primera comunión. Piadoso
+obsequio, dulce recuerdo de aquel Viernes de Dolores venturoso y feliz
+en que mi alma tenía la pureza de las azucenas; en que los cielos y la
+tierra me sonreían, cuando en el templo alfombrado de amapolas, entre el
+humo de los incensarios, a los acordes solemnes del órgano, delante de
+un altar, resplandeciente, me acerqué trémulo, anonadado, a recibir el
+Pan Eucarístico.
+
+Me parece que veo al sacerdote, venerable anciano de aspecto dulcísimo
+como San Vicente de Paul, que, seguido de los acólitos que vestían
+mantos nuevos y sobrepellices limpias, descendía, trayendo en una mano
+áureo copón, y en la otra la Forma Inmaculada.
+
+De un lado las niñas, cubiertas con velos vaporosos, ceñida la sién de
+rosas blancas; del opuesto nosotros, los varoncitos, de gala, ornado el
+brazo con un moño de moaré flecado de oro. Y luego, la salida del
+Templo, después de dar gracias. ¡Ah! ¡Qué alegremente que repicaban las
+campanas! ¡Cómo olían los aires a primavera! Venían las brisas cargadas
+de azahar, y esparcían por la ciudad no sólo el aroma de los naranjales,
+sino los mil olores de los huertos y de los bosques cercanos; los aromas
+embriagantes de las amapolas, de los acónitos y de los _jinicuiles_
+florecidos, como si la naturaleza despilfarrara todos sus perfumes en
+obsequio de los niños que volvían a sus hogares. Y allí, ¡qué fiesta tan
+hermosa! ¡Qué desayuno aquel! ¡El comedor que parecía un jardín! Sobre
+blanco mantel las garrafas llenas de leche fresca; en fuentes que sólo
+salían cuando repicaban recio, pasteles, tortas, hojaldres, las
+bizcotelas del convento de las Teresitas, suaves, esponjadas, porosas,
+llovidas de azúcar como nieve; vasos y copas que de limpios parecían
+diamantes. En grandes jarrones de porcelana española,--los viejos
+jarrones de la familia,--frescos ramilletes de rosas, lirios y azucenas;
+y por todas partes, regados aquí y allá, pétalos rosados, amarillos,
+blancos, purpúreos; y apiladas en torno de mi taza, las místicas y
+caducas balsaminas,--_los chinos de castor_,--que de ordinario
+engalanaban la humilde lamparilla de la Dolorosa, lucían ahora en aquel
+banquete religioso su nívea veste manchada de carmín.
+
+En la vasera, convertida en altar, entre dos candelabros con las velas
+encendidas, el cuadrito de San Luis Gonzaga, el santo angelical,
+ofreciendo de rodillas, ante la Reina de los Cielos, lisada corona, la
+vida y el alma. Enfrente el retrato del abuelito, el abuelo que muy
+grave y seriote parecía desarrugar el adusto ceño para sonreir a su
+nieto.
+
+Al concluir el alegre desayuno, cuando me levantaba yo ahito de
+pasteles, mi tía Pepa, entre afable y severa, me detuvo diciendo:
+
+--Te falta una cosa, Rodolfo....
+
+--¿Qué cosa, tía?
+
+--¡Dar gracias, Rorró!...
+
+Me hicieron rezar el Padre nuestro, el Ave María, la oración de San
+Luisito, y un requiem, y otro, y otro más, por el abuelito, por la
+abuelita y por mis padres.
+
+¡Cómo me entristecieron las fúnebres preces! ¡Pasó por mi alma no sé
+qué, algo como una sombra de fugitivo dolor!
+
+El carruaje iba a todo correr por el ancho camino. La noche venía, y el
+caserío se perdía en las tinieblas. Al fin de la dehesa, al otro lado
+del riachuelo, detrás de una hilera de sauces babilónicos, blanqueaba el
+templo, cuyas campanas convocaban a la oración.
+
+En las vertientes, en los repliegues de las montañas, en las espesuras
+del valle, fulguraban las hogueras. La noche obscurecía los matorrales
+cercanos; llegaban hasta nosotros el mugir de las reses y el _tomear_ de
+los vaqueros; un ejército alado cruzaba los espacios raudo y vibrante, y
+en el cielo sin nubes brillaba la triste luna con apacible claridad.
+
+Desde lo alto de la cuesta descubrimos la ciudad. Silenciosa y lánguida,
+se me antojó rendida de cansancio. A la pálida luz del astro nocturno
+columbré los principales edificios: el convento de los franciscanos,
+pesado y sombrío; la iglesia del Cristo con su arrogante cúpula; la
+Parroquia, la Casa Municipal, y a la derecha, en el montecillo, en una
+loma, siempre tapizada de mullido césped, la capilla de San Antonio,
+donde las muchachas solteras y sin galán iban a rezar y a decir aquello
+de
+
+ Bendito San Antonio, tres cosas te pido: salvación, y dinero, y un
+ buen marido;
+
+y donde los chicos de la Escuela del Cura y los de la Escuela Nacional
+reñían tremendas batallas.
+
+Allí, en la sabanita, a espaldas del santuario, eran las carreras de
+caballos el día de San Juan.
+
+Poco tiempo, pocas horas, y de mañanita iría yo con algunos amigos de la
+infancia a recorrer aquellos sitios. Subiríamos al campanario para mirar
+desde allí el magnífico panorama de Villaverde, tan hermoso, tan bello
+para mí, que otros, tal vez mejores, no me le hicieran olvidar.
+
+La diligencia se detuvo en la garita. Los guardas salieron a cobrar no
+sé qué gabela de seguridad pública, con lo cual no había contado el
+pobre estudiante escaso de dineros. ¿Qué hacer? ¿Le detendrían si no
+pagaba? Lleno de angustia registré mis bolsillos.... ¡Nada! El ganadero
+comprendió lo que me pasaba, y desprendido, francote como era,
+veracruzano al fin, pagó por la anciana y por mí, antes de que dijésemos
+una palabra. Diciendo pestes del recaudador, que le oía sereno e
+inmutable, y echando ternos contra el Gobierno, que cobraba semejantes
+impuestos sin mantener en los caminos ni un soldado, volvió a su asiento
+y a su zarape multicolor.
+
+Allí el vehículo comenzó a dar tumbos y más tumbos. Las calles de
+Villaverde estaban peores que la carretera. Fuí reconociendo las casas y
+sitios de aquel barrio perdidos en mi memoria. Tenduchas solitarias,
+alumbradas por un farolillo; casucas de madera deshabitadas y
+miserables; expendios de bebidas y comestibles, donde grupos de obreros
+y campesinos charlaban y fumaban frente a un vaso de toronjil o de
+naranja amarga. Más adelante jarcierías y almacenes de pasturas; ancho
+portal en que pernoctaban unos arrieros, y cerca del cual ardía una
+fogata; luego, la calle anchísima.... Allí más animación, más vida;
+gentes que iban y venían; el alumbrado público, faroles con lámparas de
+petróleo, que solo servían para dejar que se viese la obscuridad;
+jinetes que volvían de las haciendas y de los pueblos cercanos; un
+almacén de ultramarinos, EL PUERTO DE VIGO, iluminado profusamente,
+centelleando en las botellas, en los frascos y en las latas de sardinas
+el reflejo de los quinqués; una botica soñolienta, hipnotizada por sus
+reverberos y sus aguas de colores, la botica de don Procopio Meconio;
+delante del mostrador un marchante en espera; detrás un mancebo que
+hacía píldoras, y en la puerta el dueño, de charla con un amigo.
+
+Al pasar por el Convento reconocí al P. Solis que sabía muy tranquilo,
+embozándose en la capa; dos calles adelante al doctor Sarmiento, lo
+mismo que siempre, con levita larga, el bastón bajo el brazo y el
+sombrero espeluznado caído hacia la nuca. Por fin... ¡la Casa de
+Diligencias! El zaguán abierto de par en par, personas que aguardaban,
+mozos dispuestos para cerrar la puerta luego que entrase el ruidoso
+vehículo.
+
+¡Hemos llegado! El Administrador, un joven cejijunto, de negra y espesa
+barba, un poquito cargado de espaldas, sale a recibir a los viajeros,
+seguido de varios curiosos, los cuales, viendo que no han llegado
+amigos, ni parientes, ni personajes notables, ni muchachas bonitas, se
+retiran mohínos, haciendo un gesto de contrariedad.
+
+Pronto las mulas quedan desenganchadas. Un momento antes entraban
+sudorosas, echando espuma, sacando chispas del empedrado; ahora se
+pasean solas por el gran patio, arrastrando las cadenas, sonando sus
+cadenas tintinantes.
+
+El ganadero recoge cajitas y bultos chicos, se echa al hombro el zarape,
+y baja de un salto. Cortés y comedido ayuda a la anciana que no sin
+dificultades llega a tierra, toda envarada y adolorida. Sigo yo,
+cargando el abrigo y la exigua maleta estudiantil, y buscando a mis
+tías. ¡En vano! ¡No estaban allí! Se habrían retardado.... Creerían que
+la diligencia llegaba más tarde.... Me dispuse a salir cuando sentí que
+me tocaban el hombro.
+
+--¡Aquí estoy! ¿Ya no me conoces? ¿No me conoce usted? Soy Andrés.
+
+Era un antiguo criado nuestro que cuando la familia vino a menos dejó la
+casa y se dedicó al comercio.
+
+--¡Andrés! ¿Tú?
+
+--¡Qué grande está usted!
+
+--No me hables así. ¡De tú! ¡De tú!
+
+El buen viejo, trémulo de emoción, arrasados en lágrimas los ojos, me
+echó los brazos.
+
+--¡Estás hecho un hombre! ¡Y qué buen mozo! ¡Si el amo viviera!... ¡Si
+tu mamá pudiera verte!...
+
+--¿Y mis tías?
+
+--No vinieron.... Ya sabes: como doña Carmelita está un poco mala....
+
+--¿De qué?--pregunté inquieto.
+
+--Lo de siempre.... Los achaques.... Anda, que te están esperando. Dame
+la maletita. ¿No dejas nada?
+
+--No; mañana temprano vendrás por el baúl.
+
+En marcha. A la salida me despedí, muy de prisa, de mis compañeros de
+viaje.
+
+Andrés no dejaba de verme ni de acariciarme. A cada paso me decía.
+
+--Pero, niño... ¡si estás tamaño!
+
+
+
+
+II
+
+
+Tomé por calles que conducían a la casa paterna. En ella debían vivir
+mis tías. Nadie me había dicho lo contrario hasta que Andrés me detuvo:
+
+--¿A dónde vas? ¿Ya no conoces tu tierra?
+
+--A casa.
+
+--Si ya no viven donde antes.
+
+--¿Pues dónde?...
+
+--Por aquí....
+
+Echándome el brazo me impulsó a seguir por una callejuela.
+
+--¿Cuándo mudaron de casa?
+
+--¡Uh! ¡Hace tiempo! Como vendieron la casita.... Yo les dije que no lo
+hicieran; pero fué preciso....
+
+Estas palabras del antiguo servidor de mis padres fueron para mí como un
+rayo de luz. Todo lo comprendí. La situación de mis tías era, sin duda,
+por extremo precaria. Ahora me daba yo cuenta de la tristeza que
+informaba sus cartas; ahora estimaba yo en lo justo la magnitud de sus
+afanes y de sus sacrificios.
+
+Andrés prosiguió:
+
+--Están muy pobres. No han querido decirte nada para no afligirte. ¡Las
+pobrecitas te quieren mucho!
+
+--¡Que si me quieren! ¡Vaya!
+
+--Nada les digas. Veremos a ver por dónde salen. Para tu gobierno: ya no
+pueden seguir dándote la mesada. Las ayudo cuanto puedo, pero ya
+comprenderás que no les doy mucho; los tiempos están malos; no se paga
+un peso.... Sin embargo, si quieres, haremos un esfuerzo, cueste lo que
+costare. ¿Tienes que estudiar mucho todavía? Pues si no es mucho, si no
+es mucho alcanzará. ¡Aunque me quede sin nada! ¡Al fin, para lo que yo he
+de vivir! Al fin no hago más que pagar lo que a los amos les debo....
+
+Y sin dejarme contestar pasó a otra cosa.
+
+--Pero, niño... ¡si estás tamaño! ¡qué grande! ¡qué buen mozo!
+
+Detúvose delante de una casa de pobre apariencia. Asió el llamador, y
+
+--¡Tan! ¡Tan!
+
+No tardaron en abrir. Apareció una joven que me miró con insistente
+curiosidad.
+
+--Entren...--dijo.
+
+--¡Doña Carmelita!--gritó Andrés, entrando,--¡Doña Carmelita! ¡Aquí está
+el niño! ¡Muy grande! Y... ¡muy formal!
+
+No sabía yo por dónde dirigirme. Llegaron a mis oídos voces conocidas,
+sonó en la cerradura de la puerta contigua ruido de llave, y salió mi
+tía Pepa, tendiendo los brazos.
+
+--¡Muchacho! ¡Muchacho! Mi Rorró, ven, ven para que te abrace!
+
+Estrechándome, repetía con su locuacidad de siempre:
+
+--¡Niño de mi alma! ¡Si estás tan alto que no te alcanzo! Entra para que
+te veamos.
+
+La emoción la ahogaba. Me besó en las mejillas, como si fuera yo un
+chiquitín. Estaba llorando. Me dejó húmedo el rostro.
+
+--¡Entra para que te vea Carmen!--Y agregó sigilosamente, agarrándome de
+un brazo:--La pobrecilla está muy malita, muy malita. Te vas a
+entristecer al verla. No te lo hemos dicho para que no perdieras la
+tranquilidad en tus estudios. El doctor Sarmiento dice que no tiene
+remedio; pero que la cosa va larga; vivirá así, tullida, más o menos,
+pero que eso de sanar, sólo por milagro.... Pero mira, mira, tengo mucha
+fe en la Santísima Virgen. Entra, Rorró, entra. La pobre Carmen se va a
+poner tan contenta. Todito el santo día ha estado diciendo: «¿Por dónde
+vendrá mi señor don Rofoldo? ¿Por dónde vendrá? ¡Dios quiera y no le
+pase una desgracia!»
+
+Entramos en la salita. ¡Qué pobre y qué triste! De una ojeada, a la luz
+de la vela que traía la joven que nos abrió la puerta, aprecié lo que
+encerraba: algunos muebles vetustos; sillas seculares de alto respaldar
+y garras de león, resto de antiguos esplendores domésticos; dos
+rinconeras con sus nichos de hoja de lata; un sofá tapizado de cerda.
+
+En la pieza siguiente, cerca de la ventana cerrada, yacía la enferma
+sentada en un sillón de vaqueta, envuelta en grueso pañolón de lana. En
+la cabeza tenía un pañuelo blanco, atado bajo la barba.
+
+--¡Rodolfito!--exclamó con acento débil--¡Rodolfito! ¡Ven, dame un
+abrazo; mira que no puedo levantarme!
+
+Llegué a su lado y me incliné para estrecharla contra mi pecho y darle
+un beso en la frente. Tenía los ojos arrasados de lágrimas. Apenas podía
+hablar. Levantó el único brazo que tenía expedito, y me acariciaba con
+dulzura infantil.
+
+--¡Aquí, a mi lado! Siéntate aquí, mientras te ponen la cena. ¿Tendrás
+hambre, no es cierto? Se come muy mal por esos caminos. ¡Pepa, Pepa! Pon
+la vela aquí, cerca, para que vea yo bien al señor de la casa.
+
+Tía Carmen arrimó la mesita, en la cual, en un candelero de latón, ardía
+con luz rojiza una vela de sebo. Como no me viese a su gusto, insistió
+impaciente:
+
+Obedeciéronla. Me senté a su lado. Andrés y tía Pepa permanecían de pie
+delante de nosotros. Desde la puerta, que daba paso a las habitaciones
+interiores, la joven nos veía. Era alta y esbelta; vestía de blanco, y
+me pareció de singular hermosura.
+
+La enferma secó sus lágrimas. Siempre fué adusta y severa; jamás
+lisonjeaba, nunca tenía una frase dulce y afable. La enfermedad había
+quebrantado aquel carácter entero, férreo, como de una pieza. Ahora
+tenía ternuras y delicadezas que conmovían profundamente.
+
+--¡Vamos, ya te veo a mi gusto! ¡Jesús! ¡Qué guapo que estás! Mira,
+Pepa, mira: ¡ya tiene bigotito! ¡Enterito a su abuelo!
+
+Su voz era débil y apagada. Como si el pensamiento la abandonara para
+volar hacia las regiones de ultra-tumba, quedóse la anciana silenciosa,
+fija en el suelo la mirada. Después de un rato prosiguió, sonriendo
+dolorosamente, con esa sonrisa de los ancianos próximos a morir:
+
+--¿Cómo me encuentras, hijo? ¿Mal, verdad? ¿Te acuerdas? ¡Antes tan
+fuerte, tan activa! ¡Estaba yo en todo! Ahora, aquí me tienes, como
+presa, como si tuviera grillos... ¡peor que si los tuviera! Aquí me
+tienes, clavada en el butaque, sin poder dar un paso; sin poder ayudar a
+tu tía. ¡La pobrecilla, que no para! Y yo que en nada le aligero el
+trabajo; antes, al contrario, le doy quehacer. ¡Estos nervios, hijo!
+Don Pancho Sarmiento, (es muy bueno con nosotras, ¡si vieras!) dice que
+todo lo que tengo es cosa de los nervios. ¡Nervios, nervios, y ello es
+que a mí se me van las fuerzas más y más cada día!...
+
+Cuando dijo esto me hizo una señal de inteligencia, como indicándome que
+la engañaban, que ella no creía nada de cuanto le decían acerca de su
+enfermedad.
+
+--Que te pongan la cena. Mientras hablaremos de otra cosa. Para cosas
+tristes, tiempo habrá.
+
+Procuré tranquilizarla. Le referí mil casos de enfermedades nerviosas
+que tenían aspecto de gravísimos males, y que con el tiempo y el cuidado
+habían desaparecido, dejando a los pacientes buenos y sanos.
+
+Pareció convencida y, volviéndose a mí, me dijo sonriendo:
+
+--Te habrás paseado mucho. Vas a ver esto muy triste. Tendrás razón,
+hijo; aquí nadie se mueve; todos viven como cansados, como abrumados de
+fastidio. Saliste bien de tus exámenes, ¡ya lo sabemos! Nos lo dijo
+Ricardito Tejeda la noche que vino a visitarnos. El pobrecillo te quiere
+mucho. Nos contó que tenías mucho miedo. Nosotras rezamos por tí; Pepa
+fué a misa ese día, y yo le encendí una lamparita a San Luisito, a tu
+San Luisito, para que te sacara con bien.
+
+Y dime, ¿te entregaron el dinero que te mandamos para el traje? Ya
+sabemos que sí; pero te lo pregunto por saber si te lo dieron a tiempo.
+
+--Sí; y por cierto que sentí mucho que ustedes hicieran ese
+sacrificio....
+
+--¡Ah muchacho! ¿Ya vienes con lo del sacrificio, como en todas tus
+cartas? ¡Qué sacrificio!
+
+--No, tía, pero....
+
+--Era preciso que te presentaras bien. Por fortuna en esos días
+recibimos un dinerito, el de la casa. ¿Ya sabes que la vendimos?
+
+--Sí;--contesté--creo que me lo escribieron.
+
+--Tú dirás: ¡estaba ya tan vieja! En reponerla se hubiera gastado más.
+
+Comprendí que trataban de engañarme, de hacerme creer que vivían
+cómodamente.
+
+--Mira, Pepa: que le pongan a éste la cena. ¡Se come tan mal por esos
+caminos!...
+
+Mi tía, la joven y Andrés se retiraron al comedor. No tardaron en
+llamarme. La joven se presentó diciendo:
+
+--Que ya está la cena....
+
+Acaricié a mi pobre tía, y pasé al sitio donde me esperaban. Las buenas
+señoras quisieron tratarme a cuerpo de rey, y sin embargo, ¡qué cena tan
+modesta y tan triste!
+
+
+
+
+III
+
+
+Cerré la puerta, dejó en la mesa la brillante palmatoria, y de un soplo
+apagué la bujía.
+
+De codos en el alféizar me puse a contemplar el cielo. Los vientos
+otoñales habían extendido en pocos minutos negro manto de nubes,
+uniformemente obscuras, y sólo en un punto ralas y tenues, hacia el
+Oriente, donde a través de blancos velos dejaban adivinar las más altas
+regiones del éter, los océanos superiores del aire, limpios, surcados
+por mil celajes voladores. Oíase el ruido lejano de la lluvia. Las
+plantas del jardincillo se balanceaban rumorosas. Las adelfas
+columpiaban sus tallos flexibles; los floripondios mecían en la
+obscuridad sus campanas de raso, y en la espléndida copa de un naranjo
+las primeras gotas, gruesas y resonantes, caían con ímpetu
+extraordinario, precursoras de un largo aguacero.
+
+Estaba yo en la casa de los míos. Pero ¡ay! qué triste aparecía ante mis
+ojos. No era aquella casita la casita alegre y risueña que me vió nacer,
+que albergó mi niñez y que me vió salir de allí bañado en lágrimas. ¡La
+casa de mis padres era ajena! ¿Quiénes la habitaban? Acaso quien no era
+capaz de amarla y de estimar sus bellezas. Allí murieron mis padres,
+dejándome en la cuna; allí el abuelo se durmió tranquilamente en el
+Señor; allí corrió mi vida regocijada y venturosa. ¡Con qué pena
+dejarían mis tías aquella casa, centro de todos sus afectos, relicario
+de los más dulces recuerdos! Me la imaginaba, y mis ojos se llenaban de
+lágrimas. Bien visto, estaba solo; las buenas ancianas pronto
+emprenderían el eterno viaje, y me quedaría yo abandonado en un mundo
+que me causaba miedo.
+
+La lluvia arreciaba. Truenos lejanos, pálido fulgurar de relámpagos
+distantes, anunciaban que la tempestad invadía la cordillera. El agua
+caía a torrentes. En el naranjo aleteaban los pájaros, amedrentados al
+sentir inundado su nido. Una mariposa nocturna pasó rozándome la frente.
+
+Encendí la bujía y cerré la vidriera. Allí estaba mi lecho de niño: la
+camita de hierro con sus blancas colgaduras, y por la cual había yo
+suspirado tantas veces en el frío y desolado dormitorio del colegio.
+Allí estaba el aguamanil provisto de todo, con su toalla tejida por la
+tía Pepa. Junto a la cama, arriba del buró, el cuadrito de San Luis
+Gonzaga. Enfrente, sobre la cómoda, el retrato del abuelito. A un lado
+un estante lleno de libros, y cerca de la ventana el pupitre del
+escolar, el negro pupitre de estudiante, compañero cariñoso del niño,
+confidente de sus amarguras, casi testigo de sus triunfos, mudo
+depositario de sus esperanzas. Allí había colocado la mano discreta de
+la tía mis primeros libros de estudia, conservados cuidadosamente en la
+familia; desde el Catecismo de Ripalda y el Fleury, hasta la Gramática
+de Iriarte, aquella gramática atiborrada de malos versos, que puso en
+mis manos don Basilio, el eterno alcalde de Villaverde, una noche
+inolvidable, la noche del reparto de premios.
+
+Abrí los libros. Aun conservaban en sus guardas la caricatura del
+maestro, don Román López, _el pomposísimo Cicerón_, como le llamábamos
+porque nunca hablaba del orador de Túsculo sin aplicarle rimbombante
+epíteto, y legibles todavía, notas, significados de inusitadas voces,
+sólo usadas de tal o cual poeta; listas de condiscípulos condenados a
+ser detenidos dos o tres horas, por no haber acertado con no sé qué
+dificultades horacianas.
+
+¡Felices tiempos aquellos! ¡Cómo varían las cosas! ¿Dónde están las
+alegrías de aquella época? ¿Dónde los infantiles regocijos? ¿A dónde se
+fueron las ilusiones rosadas, las mariposillas de la infancia? Ahora
+todo ha cambiado; no hay sueños para el alma; la frente, antes soñadora,
+tiene ya la palidez del primer dolor; ya probé las amarguras de la vida,
+y sé que sus dejos se quedan en los labios para siempre.
+
+En uno de los libros, al abrirle al acaso, tropezaron mis ojos con un
+nombre de mujer: ¡MATILDE! Así, entre dos admiraciones, como un grito de
+alegría, como la expresión de la más dulce esperanza, como la confesión
+de un afecto sofocado en el pecho, que un día se nos escapa irresistible
+y delata ante la malicia estudiantil, ante la cruel y dura indiscreción
+de los condiscípulos, que una mujer de ese nombre tiene en nuestro
+corazón un altar, donde recibe culto y homenajes; donde sólo ella reina,
+señora de todo afecto puro, dueño de todos los pensamientos, soberana de
+nuestro albedrío. Y me pareció mirar una niña pálida y rubia, esbelta y
+graciosa, de grandes ojos de color de violeta; una niña en cuyo
+semblante puso el cielo angelicales bellezas, que ataviada gallardamente
+con rica veste azul, corta la falda, dejando ver unos pies brevísimos,
+pasaba y huía, e iba a perderse entre la sombra que proyectaba en el
+muro el blanco lecho: la dulce niña objeto de mi primer amor, de ese
+amor primero que embalsama con su aroma de azucenas la más larga vida,
+toda una existencia.
+
+No pude contenerme, y llevé a mis labios aquel libro, aquella página,
+aquel nombre que no gusto de repetir, aunque resuena en mis oídos como
+celeste melodía; que está grabado en mi corazón; que no se aparta de mi
+mente; que para mí expresa todo cuanto hay de tierno y puro y santo aquí
+en la tierra.
+
+No le olvido ni le olvidaré; quizás porque de niño le escribí tantas
+veces, a todas horas, en todas partes, en los libros, en los cuadernos,
+en cualquier papel que tenía yo cerca, cuando en mis manos había un
+lápiz o una pluma. Nombre escrito en las arenas de la ribera; en las
+cortezas de los árboles; en la bóveda azul las noches consteladas,
+trazándole con el pensamiento, como sobre una pauta, de estrella en
+estrella, para verle extendido por los espacios ilimitados, irradiando
+en divina canopea.
+
+¡Cómo me río ahora, al copiar estas páginas, de mis romanticismos de
+entonces! ¡Cómo me burlo de aquellos raptos amorosos, de aquellos
+éxtasis quijotescos! Pero ¡ay! no lo hago impunemente; que me hiero en
+el pecho, me desgarro el corazón como si me arrastrara yo sobre él un
+haz de espinas. Y sin embargo, aquello era una locura, un delirio de
+loco. Aquella vida siempre dada al ensueño, siempre mecida en los
+columpios de la fantasía, alimentada y nutrida con platillos
+lamartinianos, era desviada, acaso perniciosa; pero ¡ay! tan bella, que
+cada hora, suya se me antojaba como el canto de un poema sublime cuyas
+delicadezas y excelsitudes nos arrancan de esta pobre vida terrena y nos
+llevan a vivir en un mundo ideal; me parecen como una sinfonía
+adormecedora, algo como la música de los grandes maestros, así como de
+Mozart, Beethoven o Wagner, que nos saca de la penosa y prosaica vida
+material y por breves horas nos hace felices, aniquilando en nosotros
+todo dolor, todo fastidio.
+
+El cansancio me tenía rendido; el estropeo del viaje en la malhadada
+diligencia me había magullado de pies a cabeza, y principié a sentir el
+desmayo precursor del sueño. A los diez y siete años siempre se duerme
+bien. Ni tristezas domésticas ni el recuerdo de venturas desvanecidas
+nos quitan el sueño. La cama albeaba en un rincón; el cariño velaba
+cerca de mí, y el aguacero con su ruido monótono me arrullaría
+dulcemente. ¡A la cama! Un soplo.... ¡Pfff! Ahora, como dijo Bécquer:
+
+ _A dormir y roncar como un sochantre._
+
+
+
+
+IV
+
+
+No sé a qué hora desperté. Desconocí el sitio en que me hallaba, me
+volví del otro lado y seguí durmiendo hasta las ocho de la mañana. No
+quisieron, sin duda, despertarme, para que me desquitara de las
+desmañanadas del Colegio.
+
+--¡Que duerma hasta que quiera!--dirían las buenas señoras.--Harto habrá
+madrugado en diez años de encierro.
+
+La luz que se filtraba por las junturas del techo y por las hendiduras
+de la ventana, alegre y regocijada me hizo dejar el lecho. Fuera
+resonaba la escoba cantante de una barredora inteligente, cantaban
+pajarillos y cacareaban las gallinas. Un gallo ronco lanzaba, de tiempo
+en tiempo, su canto de ensoberbecido sultán.
+
+Presentía yo hermoso día, uno de esos inolvidables días que dan a las
+almas de los niños festivo buen humor; uno de esos días que convidan, a
+sacudir el yugo escolar para irse por los campos a tenderse bajo los
+álamos del río, cabe las ondas murmurantes, cerca de las piedras
+cubiertas de musgo, lejos del dómino cetrino e irrascible, lejos de las
+coplas del Iriarte, de las discusiones del Foro y de las catilinarias
+terríficas; día de los más bellos para _salar_. Me olvidé de mi edad, me
+imaginé que tenía siete años, me persuadí de ello, y me dije:
+
+--Lo que es hoy, me desayuno, y dejo al _pomposísimo_ don Román con sus
+odas y sus églogas. ¡Allá se las avenga! Ahora.... ¡Al cerro del Cristo,
+a las dehesas del Escobillar, a cortar guayabas en las sabanillas que
+bordan las orillas del Pedregoso!
+
+Y, dicho y hecho, en pie. Pronto estuve listo. No procuré cambiar de
+traje, y me puse el muy empolvado de la víspera, que me olía a lo que
+huelen los caminos de la Mesa Central, a sequedad y tierra estéril.
+Cuando entré en el comedor,--¡qué comedor!--una pieza de seis varas
+cuadradas, mi tía Pepa, muy risueña y parlera, me esperaba sentada a la
+mesa.
+
+--¡Por Dios, Rorró! ¡Quieres que me dé un ataque! Son las nueve, y aquí
+me tienes, sin probar bocado, en espera del caballero, mientras éste
+duerme como un marqués. Carmen no ha dormido en toda la noche, pensando
+en tí, muy contenta de haberte visto. ¡Tiene tu tía unas cosas! Dice que
+pronto liará el petate; que ya viniste y que, tal vez, eso nada más
+espera Dios para llevársela. Así sucede todos los días; siempre
+amargándonos la vida con tristezas, ¡siempre haciéndonos llorar! Pero
+¡vaya! a todo esto ni quien piense en el desayuno.... ¡Señora Juana: aquí
+estamos ya! ¡El chocolatito! Tú tomarás café con leche, ¿no es eso?
+Ustedes los muchachos no gustan ya del chocolate; dicen que es
+antigualla. Yo, hijo, como tu abuelo, chocolate y nada más; chocolate
+bueno eso sí. Mira, Rorró: a eso sí no puedo acostumbrarme, al
+chocolate malo. ¿Comes algo? Dílo, muchacho, que para eso estás en tu
+casa. Señora Juana: a ver qué le hace usted a Rodolfo.... ¡Hay que
+chiquear al niño!...
+
+La buena de mi tía, no me dejaba hablar. Suelta de lengua, viva,
+ingeniosa, era difícil cortarle el hilo una vez que principiaba a
+hablar. No bien pidió el almuerzo, siguió diciendo:
+
+--¿Ya sabes que está con nosotros una joven? ¿No la viste anoche?
+
+--Creo que sí....
+
+--¡Muy buena! ¡Muy buena! ¡Cómo un pan de gloria! Y te quiere mucho....
+Parece que te conoció desde que eras así. ¿Te acuerdas qué travieso? ¿Te
+acuerdas de cuando rompiste el juego de café de tu tía Carmen? Me parece
+que te veo: te fuiste a esconder en la bodega. De allí te sacamos para
+que vinieras a comer, y viniste pálido y lloroso. ¡Tú dirás! Por unos
+cacharros cualesquiera.... Eran de China, y muy bonitos; pero qué
+importaba. ¡Todavía se acuerda de ellos tu tía! ¿Por que te sonrojas?
+¡Vaya, hijo! ¿Todavía tienes miedo de que te castigue tu madrina?
+
+Efectivamente, el recuerdo de aquella diablura me sacaba al rostro los
+colores. Se trataba de un precioso servicio de café, de legítima
+procedencia chinesca, que mi abuelo compró en un puerto del Pacífico, a
+bordo de un navío inglés que volvía del Celeste Imperio. Era el encanto
+de la casa. Un día, jugando a la pelota, ¡chas! quedó hecho pedazos.
+
+--Pues bien, como te iba yo diciendo:--prosiguió mi tía,--es muy buena
+muchacha... y te quiere mucho. Las últimas camisas que te mandamos las
+hizo ella, y ¡con qué cuidado!
+
+--Dígame usted, tía, ¿quién es esa joven?
+
+--¡Ahora te diré!--e interrumpiéndome, gritó:
+
+--¡Angelina! ¡Angelina! ¡Ven acá!
+
+Y continuó, dirigiéndose a mí:
+
+--Está, con Carmen. Si tú vieras: es muy hábil para todo, muy hacendosa,
+o, como dice, señora Juana, ¡_muy mujer_! Es la alegría de la casa.
+Parece un pajarito que a todas horas está cantando. Nos tiene un cariño,
+un amor... que.... ¡Si te diga que pareces de la familia! ¡Qué cuidados
+con Carmen! Es muy viva, muy sabia; escribe que es un, ¡encanto! Ya
+conoces su letra; ella escribe cuando yo estoy con la jaqueca. La
+pobrecita ha sido muy desgraciada. ¡Dios le dé un buen marido!...
+
+--Pues... pedírselo a San Antonio.
+
+--Lo merece, hijo, lo merece.
+
+--Ya tendrá novio, ¿verdad, tía Pepa? O, por lo menos, sus
+amartelados....
+
+--¿Qué? ¿qué dices?
+
+--Que ya tendrá novio....
+
+--¿Novio Angelina? ¡Por Dios, Rorró! ¡Qué otro vienes!
+
+Y en tono dulce y suplicante agregó:
+
+--¡Ay!, ¡Rorró! ¡No hagas malos juicios de las personas!...
+
+En aquellos momentos llegó la joven. Tímida y cortada se detuvo en el
+umbral; bajaba los ojos, y al parecer distraída jugaba con la punta del
+delantal.
+
+--¿Me llamaba usted, doña Pepita?--dijo.
+
+--Sí,--respondió mi tía,--para que conozcas al sobrino. ¿No deseabas
+conocerlo? Pues aquí lo tienes. Ya lo ves.
+
+La doncella murmuró una excusa. Mi tía continuó, dirigiéndose a mí:
+
+--Aquí tienes a la que, con esas manecitas, te hizo las camisas que te
+gustaron tanto; la que bordó aquellos pañuelos que te mandamos de cuelga
+el día que cumpliste diez y siete años, ¡Mentira parece! ¡Y quien te
+conoció, así, chirriquitín, que cabías en un azafate!...
+
+Elogié las habilidades de Angelina. Esta, confusa y contrariada, no
+alzaba los ojos para verme.
+
+Mientras señora Juana ponía delante de mí el café, el pan, la
+mantequilla, y no recuerdo qué más, y en tanto que la tía Pepa me
+servía, admiré a la joven. Era alta, esbeltísima y arrogante; había en
+ella esa externa y encantadora debilidad de las personas sensibles y
+delicadas que reside en todo el cuerpo y que se revela en todos los
+movimientos. Su rostro era de lo más distinguido. Pálida, con palideces
+de azucena, aquella carita fina y dulce se hacía casi marmórea por el
+contraste que producían en ella lo negro de los cabellos y lo espeso de
+las cejas. Permanecía con la vista baja, con cierto aire gazmoño, sí,
+gazmoño, que no me causó buena impresión. ¿Cómo hacer para que me dejara
+ver sus ojos?
+
+--Vea usted, vea usted. Angelina...,--dije precipitadamente,--ese
+pajarito que está bañándose.
+
+Volvió el rostro, levantó la cabeza, y miró hacia la jaula.
+
+--¿Ese es el que ha estado cantando?
+
+--¡Ese!--contestó, volviéndose a mí.
+
+¡Qué hermosa! Ojos negros, luminosos, húmedos; nariz delgada, fina,
+correctísima; boca agraciada; mejillas en las cuales se dibujaban apenas
+lindos hoyuelos, que más acentuados, al reir la joven, serían
+encantadores.
+
+--¡Buen cantante!--díjele, mirando al pajarillo.
+
+--Le molestaría un poco. Desde muy temprano se suelta cantando. A
+veces,--agregó, haciendo un mohín risueño,--¡está insufrible!
+
+Pude gozar entonces de la belleza singular de aquella boca, de aquellos
+labios rosados que dejaron ver, al plegarse dulcemente, una dentadura
+irreprochable.
+
+Mi tía Pepa se entretenía con el chocolate, y yo me servía en una
+rebanada de pan la fresca e incitante mantequilla.
+
+La anciana, como si quisiera establecer entre nosotros una corriente de
+recíproca simpatía, exclamó después de engullirse una sopa.
+
+--Oye, Angelina: Rodolfo está muy contento de las camisas que le
+mandamos, y dice que nadie las hará mejores. Elogia mucho las marcas de
+los pañuelos, y....
+
+--¡Ay, señor!--murmuró la joven, trémula, y levemente sonrojada.
+
+--Y dice también...--prosiguió la santa señora, en un arranque de
+indiscreta sencillez,--dice... que....
+
+Comprendí la inconveniencia de mi tía, y la interrumpí.
+
+--Tía, ¿qué tal, está bueno el soconusco?
+
+Pero ella no me oyó, o no quiso oírme.
+
+--Dice que si ya....
+
+--¡Tía!--exclamé sin poderme contener.--¡Eso no debe decirse!
+
+--¡Adiós! ¿Y por qué no?
+
+--Porque no.
+
+Angelina, turbada, nos veía con penosa curiosidad.
+
+--¡Qué tiene eso! Dice que si ya tienes novio.
+
+La doncella se estremeció de pies a cabeza, se encendió como una
+amapola, y bajó los ojos avergonzada.
+
+--¡No!... ¡no!...--repitió entre dientes.
+
+--Ya lo ve usted, tía. ¡Qué malos ratos le hacemos pasar a esta buena
+niña!...
+
+Oyóse el repicar de una campanilla. Tía Carmen llamaba. En esto encontró
+la doncella su salvación.
+
+--Usted perdone...--dijo--la señora necesita de mí.
+
+
+
+
+V
+
+
+Arrodillado delante de la enferma conversé largo rato. La pobre anciana,
+aunque dulce y cariñosa, en realidad fué siempre áspera y severa, acaso
+agria. Contábase en la familia, que en su primera juventud se distinguía
+de mi madre y de mi tía Pepa en lo festivo de su conversación, en lo
+dulce de su trato. Alegro y bulliciosa, muy dada a fiestas y saraos,
+encanto de toda buena sociedad, a los veinte años se tornó silenciosa,
+reservada, melancólica. ¿A qué se debió tal cambio? Ello es que la
+Carmelita, (así la nombraba el abuelito), renunció a los espectáculos,
+moderó su lujo en el vestir, se apartó del trato de sus compañeras, y
+engrosó las filas de las solteronas, innumerables en Villaverde. Pero no
+era, como ellas, murmuradora y amiga de censurar a toda bicho viviente,
+vicio de cortijos y poblachones, donde no se vive más que para espiar a
+los vecinos y relatar diariamente cuanto éstos hacen o dejan de hacer.
+En mi tía Carmen no arraigó la murmuración ni halló tierra propicia la
+maledicencia, acaso porque a la nobleza de su alma repugnaba todo lo
+bajo y miserable. Por lo contrario, en todas ocasiones salía en defensa
+del ausente, desgarrado en su buen nombre por las tijeras del gremio
+solteríl. De aquí que todos la quisieran y la respetaran; de aquí, sin
+duda, que nadie, o muy pocos, gustaran de penetrar en los misterios de
+aquel cambio de carácter, para ninguno inadvertido, que más que tal era
+resultado de una resolución hija de una voluntad inquebrantable y firme.
+
+Se dijo,--así me lo contó una vez don Basilio,--que todo provenía de un
+desengaño amoroso. Tía Carmen no tuvo, como todas las muchachas de
+Villaverde, muchos novios. Para la festiva y bulliciosa señorita el amor
+era cosa muy grave y muy seria, con la cual no debía jugarse, sino algo,
+único en la vida, que se alcanza vivo, noble, duradero y dichoso; que
+asegura la felicidad o resulta malogrado, pasajero e infeliz, y al cual
+todo corazón bien puesto, toda alma elevada debe permanecer fiel en
+todos los instantes de la vida, hasta la hora de la muerte. Fué el
+caso,--responda de la historia el señor alcalde,--que mi tía residió en
+Pluviosilla varios años, a la sazón que mi abuelo desempeñaba allí un
+importante papel político. Como era natural, no le faltaron a la tía
+Carmita muy finos galanes, donceles amartelados que no la dejaban ni a
+sol ni a sombra; que desde la esquina le hacían unos osos fenomenales;
+que la seguían a todas partes, lo mismo a las distribuciones piadosas en
+la iglesia de San Francisco, que, todos los domingos, a la misa de diez
+en el templo de San Juan de la Cruz, que era, en aquel antaño, la
+preferida de todas las muchachas lindas y en privanza, como ahora, en
+estos felices días, la misa de ocho en Santa Marta.
+
+En un paréntesis agregaba el señor alcalde, que mi tía era uno de los
+palmitos más codiciados de la piadosa y próspera Pluviosilla. Y no lo
+dudo: en la familia se conservó durante muchos años, una miniatura hecha
+en Jalapa por Castillo, una miniatura, que, al decir de mi abuelo, era
+de mérito singular; en la cual aparecía la Carmita con una hermosura y
+una cierta, majeza, dignas del pincel de Goya. Majeza y hermosura que
+nada tenían de ordinario, vulgar y provocativo, cierta gracia andaluza,
+sevillana, que robaba las miradas y cautivaba el corazón.
+
+Había que verla en aquel retrato: amplio el escote; corto el talle;
+desnudo el torneado brazo; ricillos en las sienes; rica, donairosa
+mantilla, y ladeada peineta de boca de olla; ¡ni más ni menos que la
+reina, doña María Luisa! ¡Con razón los pisaverdes y lechuginos de
+Pluviosilla se bebían los vientos por mi hechicera tía!
+
+Sucedió lo que tenia que suceder, (aquí entra lo más importante de la
+historia del señor alcalde), que un gallardo capitán, guapo, discreto,
+elegante como el que más, logró clavar una saeta en aquel corazoncito de
+roca, y consiguió que la rubia Carmita pusiera alma y vida en tan
+brillante y codiciado oficial. Hallósela éste en un sarao; bailó con
+ella una contradanza y una ceremoniosa cuadrilla, declaróle su atrevido
+pensamiento, y la señorita dijo, terminantemente, que estaba dispuesta a
+dar la blanca mano a su admirador, siempre que el afortunado galán (que
+la escuchaba atusándose el audaz bigote), se dirigiera, como hacerlo
+debe todo caballero de altas prendas, al jefe de la familia, al señor mi
+abuelo. El galán, a quien abonaban no sólo particulares prendas sino
+también nobilísimo abolengo, habló a su jefe, y con toda solemnidad
+pidió la mano de la señorita. Todo se arregló a maravilla; disponíase ya
+la boda cuando estalló en el Interior un pronunciamiento. El regimiento
+tuvo que salir de Pluviosilla, y el matrimonio quedó aplazado. De todo
+esto nada se sabía en la ciudad. La familia hizo de ello un misterio, y
+los murmuradores se contentaron con repetir que el capitán Fuenleal
+estaba loco por mi tía, pero que ésta envanecida y orgullosa de su
+hermosura, jugaba con el corazón de su amartelado, sin dejarse coger en
+las amorosas redes, sin dar prenda que la comprometiese más tarde.
+Pasaron los días, los meses y los años, y nada supo Pluviosilla del
+capitán Fuenleal. Unos contaban que había muerto en campaña, después de
+batirse como un héroe; otros que pereciera en un duelo a que le llevó
+una aventura escandalosa; quienes que se había casado en Guadalajara con
+una rica heredera; quienes qué estaba procesado por un delito que la
+Ordenanza castiga con peña de muerte. Hasta que un día la rubia Carmita
+dió en vestir lutos, y lutos fueron por toda su vida. Parece cierto--así
+lo asegura don Basilio,--que Fuenleal pereció en un duelo; pero no
+garantiza que fuera por causas de escandalosos amoríos ni por altos
+motivos de pundonor militar. Mi tía permaneció fiel a la memoria de su
+único amor, fiel a su brillante y apuesto capitán.
+
+Esta es la historia de la pobre anciana; a esto se atribuía su cambio de
+carácter, la melancolía de su rostro sus vestidos de luto, su acritud y
+su aspereza aparentes. «Es una rosa,--decía don Basilio,--¡una rosa que
+de un día para otro se convirtió en cardo!»
+
+Siempre agria e intolerante conmigo hasta que dejé la casa paterna, hoy,
+acaso fuera por los sufrimientos de la enfermedad, se mostraba dulce,
+afable, tierna. Se afanaba en mimarme, se complacía en satisfacer el
+menor de mis caprichos, y no sabía qué inventar para tenerme contento.
+
+--No, hijito;--decía,--nosotras hemos sido contigo lo que debíamos ser:
+hemos hecho las veces de madre. Has que quieras; estás en tu casa; eres
+como el jefe de la familia. Aquí estamos para servirte y obedecerte.
+Pero qué, ¿vas a salir con ese traje?--agregó viendo el mío empolvado y
+sin aliño.--No, vístete otro mejor. ¡Andrés trajo ya el baúl!... Vístete;
+sal a pasear, a que te vean....
+
+Y al oírme decir que deseaba yo ir a vagar por los ejidos de Villaverde
+y por las márgenes del Pedregoso:
+
+--Pero, dime: ¿estás loco? No: eso será otro día. Ahora, ponte elegante,
+y sal a visitar a los viejos amigos. Ni un día ha pasado sin que
+pregunten por tí. Visita a don Román, tu maestro; al doctor Sarmiento,
+que es tan bueno con nosotras; a don Basilio, que te quiere tanto; al
+señor Fernández.... No; a ese no, porque no te conoce. Es el dueño de la
+hacienda de Santa Clara. ¡Muy buena persona! Ya irás con Pepa. Ya verás:
+¡tiene una hija como una plata! Aquí no le faltan pretendientes.... Ya la
+conocerás.... ¿Almorzaste bien? Pues anda, vístete, y sal a pasear.
+
+Hubo que obedecerla. No venía muy provisto el baúl; no había en él mucho
+con que engalanarme; pero en dos por tres, con ayuda de tía Pepa y de
+Angelina, saqué la ropa, y pronto me presenté delante de la enferma
+hecho un veinticuatro.
+
+--¡Eso es, así, como persona decente!--dijo: Tía Pepa Y Angelina me
+seguían. Una me veía de arriba abajo con aires de satisfacción maternal.
+La doncella, desde la puerta del corredor, donde los pajarillos cantaban
+alegremente, me miraba con interés. Cuando yo volvía el rostro, ella
+fingía componer una planta que lucía en el pretil hermosos ramilletes
+de encendida, flores.
+
+Ya en la puerta me gritó tía Pepa:
+
+--¿A qué hora vuelves? Te esperamos a comer.
+
+Al fin de la calle me ocurrió regresar para ir a la casa del dómine.
+Angelina estaba en la ventana. Sin duda había salido a verme.
+
+Al pasar la saludé. Díjele algo que la hizo sonreír.
+
+¿Qué había en el rostro de la doncella que me trajo a la memoria la
+angelical figura de Matilde, la dulce niña de mi primer amor?
+
+
+
+
+VI
+
+
+Villaverde es una ciudad de ocho mil habitantes. Situada entre los
+repliegues de una cordillera, en valle pintoresco y dilatado, circundada
+de risueñas colinas y de montes altísimos, Villaverde, como la isla de
+Calipso, goza de una constante primavera. No agotan calores estivales la
+mullida grama de sus dehesas, ni los vientos glaciales del Citlaltépetl
+marchitan la exuberante lozanía de sus florestas. Para ella no hay más
+que dos estaciones: la que engalana los campos con los dones de Abril, y
+la pluviosa que renueva los no empalidecidos verdores de las selvas y de
+las llanuras.
+
+Allá por las últimas semanas de septiembre acaban las lluvias diarias y
+copiosas, los cielos se despejan, y principia lo que suelen llamar los
+villaverdinos el _veranito de octubre_, frescos y hermosos días, cuyas
+alegres y límpidas mañanas y cuyos crepúsculos áureos y nacarados vienen
+a ser como la nota regocijada de la elegiaca sinfonía otoñal.
+
+Después las brumas entristecen los paisajes, y con ellas, puntuales
+mensajeras del plañidero noviembre, llegan a las dehesas y se esparcen
+por laderas y rastrojos las flores amarillas.
+
+Repentinamente, una mañanita, los campos aparecen como espolvoreados de
+oro de Tíbar, y los picachos y las cumbres se envuelven en gasas
+cenicientas.
+
+Así durante los meses invernales. A fines de febrero las nieblas se
+remontan, y se van, para que las montañas luzcan sus nuevos trajes, el
+vistoso atavío con que se engalanan, los árboles al advenimiento de la
+primavera, la cual se acerca precedida de arrasantes huracanados
+vientos, que se llevan las frondas caducas, siegan las ramas muertas,
+hinchan con su hálito vivífico yemas y brotes, y aceleran el desarrollo
+de los capullos.
+
+Estos vientos huracanados recorren los valles, bajan al fondo de las
+hondonadas, barren las llanuras e inundan de mil aromas la ciudad:
+olores de líquenes y musgos, esencia de azahar, suave fragancia de
+liquidámbar y de mil flores campesinas.
+
+Id entonces al Escobillar, subid a la cercana colina, y gozaréis del más
+hermoso panorama; trepad a lo más alto, y tendréis ocasión de admirar la
+fecunda vega del Pedregoso, celebrada mil y mil veces por los poetas de
+Villaverde, y cantada en exámetros latinos y en liras arcaicas por el
+_pomposísimo Cicerón_.
+
+Imaginaos una llanura siempre verde, limitada en todas direcciones por
+obscuras montañas y risueños collados. El tono subido de los bosques
+hace resaltar el tinte alegre de los prados y de los campos de caña
+sacarina.
+
+El Pedregoso, gárrulo y cantante en las quebradas, sesgo y cerúleo en
+los planíos, corta en dos partes la ciudad. Sinuoso aquí, recto allá,
+corre como una serpiente hacia la barranca de Mata-Espesa, libre de
+arboledas en algunos sitios, oculto en otros por las alamedas y los
+naranjales.
+
+Desde lo más alto de la colina del Escobillar veréis la ciudad como un
+juego de dominó esparcido en un tapete verde, cortada por la cinta
+plateada del río a cuyas márgenes se agolpan caserones y templos.
+
+¡Singular alegría la de aquel valle! ¡Espléndido panorama el de aquel
+paisaje en que se mezclan y confunden la serenidades de la tierra fría
+con la vegetación abrumadora de las regiones cálidas! Pero ¡ay! no
+busquéis en los habitantes de Villaverde una alegría placentera, como
+pudierais esperarla, en harmonía con la naturaleza; no busquéis allí
+caracteres regocijados, espíritus afables y risueños. Villaverde es la
+ciudad de los espíritus desalentados y melancólicos; es la ciudad de las
+_almas tristes_.
+
+¿Cosa del clima? No; porque ciudades de la misma región y de naturaleza
+idéntica son animadas, alegres, festivas, _jucundas_, como decía el
+_pomposísimo Cicerón_. Los villaverdinos son de semblante triste, y en
+sus labios tiene la risa dolorosa expresión, como en gentes contrariadas
+y pesimistas. Se me antojan prematuramente envejecidos; seres
+desventurados para los cuales murió en crisálida la mariposa azul de las
+juveniles esperanzas.
+
+Esta tristeza de las almas, en contraste con el risueño aspecto de los
+campos, trasciende a todo: a los edificios, a las calles, a los trajes,
+a las personas, a su trato, a sus maneras y a su lenguaje.
+
+Los villaverdinos no se entusiasman por nada; hay en su vida algo--o
+mucho--de la inmovilidad budística, sólo comparable con esas lagunas
+adormecidas, en cuyas aguas, eternamente límpidas y serenas, se retratan
+como en espejo clarísimo las copas de los árboles, los pompones de la
+enea y la obscuridad de las cercanas espesuras; lagunas perdidas en lo
+más recóndito de los bosques, muertas, heladas, sin peces ni ovas, que
+cualquiera creería de cristal, que no se estremecen al beso de la luz
+meridiana, cuyo reposo no turban cefirillos juguetones ni huracanes
+bravíos.
+
+Son los villaverdinos un tesoro de virtudes. En su mirada se
+transparentan la mansedumbre y la benevolencia; es en ellos ingente la
+piedad, y al par de ésta sobresale la resignación. Pero el sentimiento
+religioso no es en las almas villaverdinas plácido y activo, sino, por
+lo contrario, lúgubre, apocado, meticuloso. La abnegación y la caridad,
+las grandes virtudes del cristiano, fuente de alegría en todas partes,
+en Villaverde, aunque espontáneas, tienen algo que en ocasiones causa
+disgusto y repugnancia.
+
+De todo recelan los villaverdinos; a nadie conceden su confianza; todo
+se lo temen de los extraños, tanto lo malo como lo bueno; nada les
+place; todo lo censuran; a nada se atreven por miedo a los demás; viven
+con el día y nunca piensan en lo venidero.
+
+De aquí que no prosperen ni adelanten; de aquí su mezquindad y su
+pobreza vergonzantes. Son una especie de _cristianos fatalistas_. Lo que
+ha de suceder, sucederá, y no sucederá de otra manera. Por eso no medran
+ni progresan; por eso lo malo se perpetúa y reina soberano en
+Villaverde; por eso los alcaldes son allí eternos, y las bodas muy
+raras, y por eso allí nada cambia ni varía. Villaverde es una ciudad en
+petrificación. Pueblo por excelencia agrícola, mira cultivados sus
+campos como hace cien años, rinde los mismos productos, cosecha los
+mismos frutos. Y gasta y consume hoy lo mismo que gastaba y consumía
+hace veinte lustros.
+
+Las casas como cortadas por el mismo patrón; los trajes iguales; las
+caras parecidas; unísonas las voces. Los varones, agrios, displicentes,
+huraños, sombríos; las mujeres, tímidas, asustadizas, amables, pero con
+amabilidad monjil. La vida como las cosas y las personas.
+
+Pero en medio de esta rara inmovilidad, secreta y silenciosa como la
+sorda y lenta labor de la polilla, una guerra sin treguas ni victorias,
+una guerra de pasiones bajas, rastreras y mezquinas, ruines y dolosas,
+en que todo bicho viviente toma participación; los unos capitaneados por
+la envidia, los otros acaudillados por la codicia, todos azuzados por la
+murmuración y aguijoneados por la maledicencia de los que se dicen
+ajenos a toda rencilla y enemigos de chismes y rencores.
+
+En Villaverde se murmura de todos y de todo; se averigua qué hacen, y en
+qué se ocupan los demás; se lleva cuenta y razón de los actos de cada
+vecino; nadie ignora hasta lo más secreto de la vida de los otros, y
+quien vive más alejado de los mentideros--que los hay a docenas, en
+boticas y tiendas de ultramarinos--pudiera inventariar de memoria las
+ropas de quienes no pisan los umbrales de su casa más que por Corpus y
+San Juan.
+
+Puede afirmarse que todo villaverdino, al meterse en la cama por la
+noche, sabe de cualquiera de sus paisanos cuántas cucharadas de sopa se
+engulló ese día, así se trate del vecino más conspicuo como del bracero
+más humilde.
+
+Villaverde no pasará nunca de perico perro. ¡Qué ha de pasar! Si a sus
+hijos todo los alarma; todo paso adelante o atrás los inquieta, y ni por
+la gloria celestial,--que es cuanto hay que ofrecer,--fijarían un clavo
+fuera del sitio en que le fijaron sus abuelos.
+
+Me diréis:--¿Y los extranjeros? ¿Y los que de fuera vienen, no dan a
+esa ciudad en petrificación ideas nuevas, nuevas costumbres, savia de
+vigor que transfundida en ese organismo le rejuvenezca y reviva? ¡Ay!
+No; el extranjero se aviene pronto al medio. Enriquece en pocos años,
+explotando a los villaverdinos, y se va a gozar a otra parte de los
+duros atesorados. Algunos, pocos, lo hacen así; los más, a los dos o
+tres años de haber llegado, son ya unos villaverdinos completos, ni más
+ni menos que si allí hubieran nacido; como si de rapaces hubiesen
+guerreado en homéricas pedreas al pie del cerro del Cristo, en pro o en
+contra de la Escuela del Cura; como si hubieran _salado_ en las dehesas
+del Escobillar, y aprendido latines en los bancos del _pomposísimo
+Cicerón_. A poco en nada difieren de mis paisanos; reúnen los cuatro
+reales, se prendan de alguna villaverdina modesta, hacendosa y
+pacata,--que las hay lindas como una rosa y buenas como el pan de
+gloria,--¡y... _lasciate ogni speranza voi che entrate_!
+
+La belleza del paisaje, la dulzura del clima y la tranquilidad de la
+población, seducen a quien pone los pies en Villaverde; la budística
+ciudad extiende sus redes misteriosas, y ¡presa segura!
+
+De cierto que los villaverdinos no son localistas, a lo menos de un modo
+común y corriente, de modo que choca, como los hijos de una ciudad
+vecina. En su localismo se advierte una originalidad digna de ser
+apuntada. Alardean de recibir bien al extraño; pocas veces alaban y
+ponderan las cosas de la tierra, antes por el contrario las apocan y
+menosprecian; miran con indiferencia cuanto hay en la ciudad: la belleza
+de los campos y la hermosura de las mujeres; critican acerbamente cuanto
+tienen; fingen que nada de otras partes les sorprende; y podéis, con
+toda libertad, hacer trizas cualquiera cosa de la tierra en presencia de
+un villaverdino, seguros de que no dirá nada en contrario, antes bien,
+acentuará la nota burlesca. Pero si observáis con detenimiento a mis
+paisanos no tardaréis en descubrir que viven pagados y enorgullecidos de
+sus cosas; que para ellos no hay otras como las suyas, y que no las
+quieren distintas porque creen, de buena fe, que no las hay mejores.
+
+De lo que sí no hacen misterio, de lo que se muestran francamente
+satisfechos, es de la ingénita lealtad que atribuye a los villaverdinos
+la leyenda de su viejo blasón. Muéstranse merecedores de cuantas
+lindezas les dice el mote; prodigan en todas partes la heráldica presea,
+en edificios, sellos, telones, marcas de tabacos y botellas de cerveza;
+repiten la empresa en inscripciones castellanas y latinas, en discursos,
+en documentos oficiales, en periódicos,--que también tiene periódicos
+Villaverde--y hasta en los sermones sale a relucir el famoso lema,
+concedido a mi querida ciudad natal por la Muy Católica Majestad del Rey
+Don Felipe IV. Fuera el consabido lema poderoso estímulo para mis
+paisanos, si éstos entendieran las cosas a derechas, pero Villaverde es
+la tierra de las ideas falsas, y el mote lisonjero de su blasón sólo
+sirve para que los villaverdinos vivan estacionarios y no suelten los
+andadores para entrar, libres y decididos, por los amplios caminos de la
+vida moderna.
+
+«_En Villaverde_--dicen sus hijos--_no se hace política_». Y sí se hace,
+pero por debajo cuerda, a la calladita, de modo vergonzante, sin riesgos
+ni peligros, sin temor de verse derrotados y blanco de odios, rencores y
+venganzas. Y como por buenos que sean los diestros que están en el
+tendido, si los lidiadores son malos, mala resultará la corrida; para
+los buenos villaverdinos no hay chupa que les venga, ni capote que les
+salga a gusto. Así no consiguen nunca lo que desean y viven condenados
+al perpetuo alcaldazgo de don Basilio, conspicuo villaverdino, reflexivo
+y listo, que intriga más de lo que parece y que sabe más de lo que
+suponen sus paisanos.
+
+Estos son muy celosos de sus glorias y admiradores fidelísimos de sus
+hombres ilustres. No son los tales muchos, ni muy conocidos, pero los
+villaverdinos traen a cuento sus nombres, en toda ocasión, vengan o no
+vengan al caso.
+
+Dos son los principales. El uno, general victorioso en no sé qué
+batallas, que la Historia olvidadiza habrá registrado en sus páginas
+inmortales, antiguo cosechero de tabaco, hombre nulo, cuyo habilidad
+consistió en rodearse de media docena de ambiciosos villaverdinos, los
+cuales le encumbraron, a fuerza de charlatanismo y demasías, hasta donde
+propios méritos y altas dotes de inteligencia nunca le hubieran
+elevado. El general cayó pronto del encumbrado puesto, y acabó sus días,
+triste y descorazonado Cincinato, en miserable ranchejo, cuidando de
+unas cuantas vacas tísicas y estériles. En aquel retiro fué hasta oí
+último día dechado de patriotas, modelo de firmeza política, y allí
+murió, como Napoleón, de una enfermedad hepática, despreciando a los
+villaverdinos, y burlándose de sus antiguos partidarios,--a quienes
+atribuía el fracaso que le echó por tierra,--y siendo objeto de la
+incondicional admiración de todos sus paisanos.
+
+_Para que tan ilustre nombre pasase a los pósteros_,--así lo dijo en
+cabildo pleno el _pomposísimo Cicerón_,--el apellido _ilustre_ del
+general fué aplicado a todo establecimiento público, escuela, teatro,
+hospital, paseo, etcétera, etcétera.
+
+Una lápida conmemorativa,--los villaverdinos se parecen por la
+epigrafía,--señala al viajero la casa en que nació el grande hombre. La
+_Escuela Nacional_ se llamó: _Escuela Pancracio de la Vega_; el
+hospital: _Hospital Pancracio de la Vega_; el teatro,--un teatrillo en
+proyecto, nunca concluido y frecuentemente visitado por volatines y
+comicotes,--_Gran Teatro Vega_, y así lo demás.
+
+La otra gloria villaverdina fué un buen clérigo que nunca se acordó de
+su pueblo natal; un sacerdote austero, sencillo y trabajador, gran
+teólogo,--al decir de don Román López--que llegó a canónigo
+angelopolitano, y después a obispo, honor a que nunca aspiraron los
+villaverdinos; que nunca pensaron alcanzar, y que los llenó de alegría
+¡Obispo un hijo de Villaverde! ¡Cielos! ¡Qué dicha! Desde entonces
+sueñan mis paisanos con que Villaverde llegue a ciudad episcopal. Y lo
+será; sí, señores, lo será. Eso, y más, se merecen sus piadosos hijos.
+
+No digáis en Villaverde que no tiene grandes hombres; no lo digáis, por
+vida vuestra, porque luego os replicarán mis paisanos, así sean
+jornaleros, o abogados, o médicos, o propietarios vuestros
+interlocutores:--«¿Y el Señor General Don Pancracio de la Vega? ¿Y el
+Ilmo y Reverendísimo Señor Don Pablo Ortiz y Santa Cruz, Obispo _in
+pártibus_ de Malvaria?».... Si está presente el _pomposísimo_ os
+dirá:--«¿El General de la Vega? ¡Gran político! ¡El Mecenas de todos
+los poetas veracruzanos! ¿Mi maestro el Ilmo Señor Obispo de Malvaria?
+¡Gran teólogo! Amigo, amigo... ¡no hay que darle vueltas! ¡El Melchor
+Cano de Villaverde!»
+
+Mi querida ciudad natal es pobre, _paupérrima_, como decía don Román.
+Una agricultura descuidada es para ella la única fuente de riqueza,
+gracias a las lluvias, que allí, como en Pluviosilla, no escasean. El
+suelo es fértil, pero le falta riego. El Pedregoso con su cauce
+hondísimo no basta para las necesidades de la tierra.
+
+A la pobreza debemos atribuir la indiferencia de los caracteres y la
+tristeza de las almas. En Villaverde nada se desea, y a nada se aspira;
+todos están contentos con su suerte. El porvenir es obscuro, y anhelarle
+risueño sería una locura. El alcalde perpetuo, don Basilio, dice, cuando
+de esto se trata: que en esa falta de aspiraciones está la dicha de
+Villaverde y la felicidad de sus gobernados. El vive muy satisfecho. Con
+el producto de seis u ocho solares y de un rancho cafetero le basta y
+sobra para vestir a la señora alcaldesa, y a su hijo, un muchacho idiota
+hinchado de vanidad.
+
+En Villaverde se trabaja poco, lo suficiente para comer, no andar
+desnudo, pasar el día, y ¡santas pascuas! Quien se excediese en el
+trabajo sería un tonto de capirote. No por eso ganaría más. Así dejara
+el alma en la tarea no se guardaría en el bolsillo, ni achocaría para el
+arcón media docena de duros. En Villaverde se gana poco, y la vida es
+cara. Los méritos de un servidor, de un empleado, son mayores y más
+estimados cuando gana poco. Aquello parece una escuela de franciscana
+pobreza, una hermandad de miseria voluntaria. En Villaverde nadie paga,
+ni aunque le ahorquen, más de lo que pagaron sus abuelos, allá en los
+tiempos felices del estanco del tabaco, época venturosa para mi querida
+ciudad, lo mismo que para Pluviosilla, su vecina afortunada y próspera.
+
+Pero me diréis:--«¿Y esas haciendas, esas fincas, que, como Santa Clara
+y Mata-Espesa, levantan prodigiosas cosechas? ¿Santa Clara, Mata-Espesa,
+dijisteis? Pues queda dicho todo. En ella cifran los de Villaverde
+prosperidad y bienestar.
+
+_El pomposísimo Cicerón_, en sus días de murria, cuando no tenía un
+real, y se olvidaba de los grandes autores del siglo de Augusto, y
+renegaba de Villaverde, y no se le daba un ardite la susodicha empresa
+del glorioso blasón, me decía de sus paisanos:
+
+--¡Unos verónicos! ¡Unos verónicos! ¡Ni buenos ni malos! ¡Para ellos...
+¡ni pena ni gloria!
+
+Y añadía, mesándose el copete ralo y encanecido:
+
+--¡Está en la sangre! ¡En la sangre!
+
+
+
+
+VII
+
+
+¡El aire de la tierra natal! ¡Qué grato y qué fresco esa mañana! El sol
+inundaba el valle y dibujaba en los muros de las vetustas casas la
+sombra ondulada de los aleros. De las húmedas montañas, bañadas la
+víspera por copiosa lluvia, soplaba un vientecillo halagador y
+perfumado. Seguí hasta las afueras de la ciudad, a fin de gozar,
+siquiera fuese por breves horas, del magnífico panorama que se extendía
+delante de mí: variado lomerío, dilatada llanura, espesas arboledas que
+dan pintoresco fondo a la capilla de San Antonio, una iglesita que tiene
+aspecto de melindrosa vejezuela. Faldeando la colina va el camino de la
+sierra, desde allí quebrado y pedregoso. Por ahí subían lentamente unos
+arrieros, silbando una canción popular, arreando a unos cuantos asnillos
+enclenques cargados de loza arribeña: ollas y cazuelas vidriadas que
+centelleaban con el sol. Un ranchero, jinete en parda mula, venía por el
+llano, y allá, cerca de las vertientes del Escobillar, trazaban las
+yuntas surcos profundos en la tierra negra y vigorosa. Los galanes las
+seguían paso a paso, guiando el arado, muy enhiesta la crinada pica.
+¡Qué benéfico el aire de las montañas! Insufla en los pulmones vida
+nueva, acelera la sangre y comunica a las almas dulcísima alegría. ¡Cómo
+suspiré, durante diez años, en las soledades del Colegio, por aquellos
+sitios y por aquel espectáculo! ¡Cómo, mil y mil veces, a la hora de la
+siesta, desde el balconcillo del dormitorio, ante la colina poblada de
+cactos, cansada de las arideces del Valle de México, soñé despierto con
+la húmeda belleza de la tierra natal!
+
+No puedo olvidar aquellos tristes días. Jueves y domingos salíamos de
+paseo, a lo largo del fangoso río, cuyas aguas parecían dormidas a la
+sombra de los sauces piramidales. Allí, cerca de una hacienda, frente
+por frente de una aldea salinera, entre cuyos montículos estériles
+yergue una pobre palma, mísera desterrada de fecundo suelo, su empolvado
+penacho, había un sitio que hasta en lo más crudo del invierno hacía
+gala de sus hierbajes verdes. Era mi sitio predilecto. Mientras la turba
+estudiantil iba y venía buscando nidos en los árboles, o, vigilada por
+el Padre Rector, jugaba al salta-cabrillas, yo me tendía en la hierba, y
+dejaba que mi pensamiento volara más allá de la populosa ciudad, más
+allá del obscuro lago de Texcoco. Y volaba, volaba, tramontaba los
+volcanes, y seguía, a través de bosques y espesuras, en busca de
+regiones amadas, de rostros amigos, de voces cariñosas. Entonces, el
+paisaje que yo tenía delante se iba borrando poco a poco: el suelo
+pajizo; la acequia fangosa; la llanura inundada; los chopos cenicientos
+del camino polvoso, siempre lleno de viandantes; las hileras de sauces
+melancólicos; la ciudad lejana, túrrida, envuelta en pesados vapores; la
+aldea salinera, situada como en un islote; la remota cordillera de
+Ajusco y los picachos de la Cruz del Marqués. Bañados en la luz de
+brillante crepúsculo, surgían ante mis ojos valles y colinas, llanuras y
+dehesas, bosques y heredades, en donde la rica vegetación de las tierras
+cálidas desplegaba su frondosidad incomparable. El Citlaltépetl, corona
+espléndida de las serranías, aparecía bañado en rosada luz, como si le
+iluminaran los fuegos de la aurora. Tornaba yo a la casa de mis padres.
+Villaverde me convidaba a recorrer sus calles desiertas, y el acento
+tierno y conmovido de los míos resonaba en mis oídos regocijado y
+amante.
+
+De aquel ensueño me sacaba la voz del Rector o el toque de _Ángelus_ en
+la cercana Catedral. Honda tristeza se apoderaba de mi espíritu, y
+lento, retrasado, perezoso, volvía yo al colegio, entregado a la
+subyugadora melancolía que despierta en los jóvenes el espectáculo
+siempre nuevo de la tarde moribunda, de la llegada de la noche. Dulce
+nostalgia; anhelo de algo sublime; grato sentimiento de muerte, que
+alivia, consuela, y eleva las almas hacia la bóveda celeste, ya
+entenebrecida y salpicada de luceros.
+
+El sueño de aquellos días de largo destierro, la ilusión de aquellas
+tardes invernales, era una realidad. Estaba yo en Villaverde.
+
+¿Adónde iría yo? ¿En busca de los amigos de mis primeros años? Acaso me
+recibirían indiferentes y fríos. Regresé por donde había venido, y al
+azar, sin darme cuenta de lo que hacía, me interné en la ciudad, por las
+calles céntricas, camino de la plaza. Me detuve en el puente. El
+Pedregoso, el gárrulo Pedregoso corría, como siempre, límpido y parlero;
+como le vi tantas veces cuando era yo niño: espumoso al tropezar con una
+roca; cerúleo y adormecido en sus pozas umbrías, bajo el dosel de los
+álamos, queriendo arrastrar a su paso las espiras lánguidas de los
+convólvulos perennes.
+
+Buscaba yo rostros conocidos, y muchos vi, pero empalidecidos, como
+fotografías borradas. Todas las gentes me miraban curiosas, como si
+quisieran reconocerme, para llamarme por mi nombre. Temerosas de un
+chasco no se atrevían a hablarme, y se daban por satisfechas con verme
+de pies a cabeza y examinar mi traje de cortesano. Me pareció que unas a
+otras se preguntaban al verme:
+
+--¿Quién es éste? ¿A qué vendrá?
+
+¡Pobre de mí que había soñado con un recibimiento caluroso! Todos me
+conocían, me vieron crecer y me tuteaban.... Me detuve en un tenducho, y
+pregunté por don Román López. El tendero salió a la puerta, y
+señalándome una casa me dijo:
+
+--¡Allí, joven, allí!... ¡En aquella casa pintada de amarillo! ¡El ruido de
+los muchachos le dirá dónde! ¡Allí está la escuela!
+
+¿Y si mi buen maestro, si el _pomposísimo_ no me recibía cariñosamente?
+Eché calle arriba, y llamé a la puerta de la _Casa de Estudios_. Así
+solía decir el dómine. No gustaba de que su _establecimiento_ fuese
+equiparado ni con la _Escuela del Cura_ ni con la _Escuela Nacional_.
+
+Un chico abrió la puerta. Un muchacho jetudo, de cabello erizado y ojos
+lacrimonos. Había tormenta. Alguna tempestad producida por un concertado
+gallego o por alguna oración de infinitivo revesada y de tres bemoles.
+
+El granuja sonrió al mirarme, viendo en mí el iris de la suspirada
+bonanza.
+
+--¡Pase usté!--me dijo.
+
+--¿El señor maestro?...
+
+--¡Pase usté!
+
+Y me colé por la puertecilla del cancel.
+
+Ruido de la chiquillería que se ponía en pie. Movimiento de sorpresa en
+el dómine....
+
+--¡Silencio!--exclamó, levantándose y subiéndose a la frente las
+antiparras. Y dirigiéndose a mí:
+
+--¡Adelante, caballero!
+
+Dejó el libro en la mesa, un horacio antiquísimo, y vino paso a paso a
+recibirme.
+
+
+
+
+VIII
+
+
+Atravesó el dómine por entre la doble hilera de bancos, diciendo a los
+chicos que tomaran asiento. Los muchachos le obedecieron cuchicheando.
+Se felicitaban sin duda, de mi llegada. Don Román vestía su eterno
+traje, su traje típico: pantalones anchos; larga levita negra, verduzca
+y mugrienta; chaleco blanco, pringado de rapé en las solapas; el cuello
+de la camisa altísimo, arrugado, sin almidón; ancho y apretado corbatín.
+Así le conocí cuando era yo niño, cuando mis buenas tías me confiaron a
+la férula resonante de aquel buen anciano, maestro de dos o tres
+generaciones de villaverdinos. Esto de la férula no es figura retórica;
+el _pomposísimo_ la tenía, y muy sólida, de perdurable zapotillo,
+ennegrecida por el uso. Verdugo diligente e implacable, dispuesto a
+vengar en las manos infantiles el menor desmán, cualquiera osadía contra
+los poetas del siglo de Augusto, don Román no se andaba con chicas, ni
+tenía piedad; quien la hacía la pagaba, así fuera el hijo del alcalde.
+
+Don Román se detuvo a dos pasos de mí. Me vió atentamente, y
+componiéndose los anteojos me preguntó en tono de notario aburrido.
+
+--¿Qué mandaba usted?
+
+No tardó en reconocerme, y abriendo los brazos exclamó:
+
+--¡Rodolfo! ¡Rodolfo! ¿Tú por aquí? Ya sabía yo que de un día a otro
+llegarías.... ¡Bendito sea Dios! ¡Y qué crecido estás! ¡Alabado sea el
+Señor que me concede verte hecho un varoncito, un lechuguino de lo más
+guapo! Y... ante todo, ¡ya lo sé! ¡ya lo sé! Como siempre estoy
+preguntando por tí. Ya sé que has salido muy aprovechado.... No como
+estos asnillos que para nada sirven. Ni uno solo de estos bribones
+sacará buey de barranco.
+
+El pobre anciano, loco de alegría, se complacía en mirarme, y me
+abrazaba, y pasaba por mis mejillas sus manos larguiluchas y exangües.
+
+--Pasa, muchacho; vamos a la sala.... Tengo muchas ganas de platicar
+contigo. ¿Y tus tías? Como siempre ¿no es eso? Las pobrecillas siempre
+afligidas y achacosas.... A toda hora pensando en el sobrinito, en el
+sobrinito mimado. ¡Quiérelas mucho, Rodolfo! Por tí... ¡hacen
+milagros!... Pero, ¡qué tengo que decirte, cuando eres tan bueno y tan
+noblote! ¡Pasa, muchachito, pasa!
+
+Decía esto acariciándose e impulsándome hacia adelante, entre la doble
+hilera de bancas. Los chicos abrían tamaños ojos para verme, como
+sorprendidos de la rara dulzura de su maestro. Cerca de la mesa se
+detuvo don Román, volvióse hacia la chiquillería, y prorrumpió
+solemnemente, en tono de sermón:
+
+--Este, éste que ven ustedes, es uno de mis discípulos más queridos.
+Muchas veces, muchas, os he hablado de él. Es inteligente, bueno,
+estudioso.... Tomadle por modelo. Este sí que no me daba, como ustedes,
+tantos disgustos; éste sí que no hacía concordancias gallegas, y se
+sabía al dedillo los pretéritos, y entendía, como un maestro, al _dulce
+Virgilio, al conciso Tácito, y al asiático y pomposísimo Cicerón_.
+
+Ya me lo esperaba yo. Milagro que no acabó el discurso con algún
+exámetro oportuno. Los chicos, al oir el consabido epíteto, sonrieron
+maliciosamente, señal de que el apodo puesto al maestro por nosotros
+diez años antes, seguía en uso. Los bribonzuelos reían y se miraban unos
+a otros con caritas de diablillos regocijados.
+
+--Vamos:--prosiguió--os doy la mañana, a fin de que celebréis la llegada
+de mi discípulo muy amado. Pero, oídme; nadie se irá hasta que suenen
+las doce. Quedaos aquí, sin cometer faltas. El mejor día volverá este
+joven, y os examinará, y ya veremos, ya veremos cuáles son vuestros
+adelantos en la hermosa lengua latina.
+
+Don Román levantó la cabeza y agregó:
+
+--Tú, Pancho Martínez....
+
+Un mozuelo trigueño, vivaracho, de simpático aspecto, salió al frente.
+
+Mientras el niño acudía al llamado de su maestro eché una ojeada por el
+salón. En nada había variado. Los mismos muebles, los mismos objetos;
+las papeleras manchadas de tinta, con letreros en las tapas, grabados a
+punta de cortaplumas; el pizarrón, el mismo pizarrón de otro tiempo, en
+su caballete verde; la mesa del dómine ocupada por los mismos libros,
+todos muy bien colocados. Allí estaba la campanilla, con el mango roto,
+y el tintero circundado de plumas de ave,--don Román no usaba de
+otras,--y al lado la palmeta de zapotillo. En las paredes, ennegrecidas
+y desconchadas, dos o tres mapas amarillentos; arriba del sillón
+magistral, muy pulido y resobado, la Virgen de Guadalupe, la patrona de
+la escuela; delante de la imagen una lamparita, un vaso azul lleno de
+aceite obscuro, en el cual sobrenadaba una mariposilla moribunda.
+
+No bien entramos en la salita se oyó el vocerío de la turba escolar,
+festiva, retozona. Ruidos, carcajadas, estrépito de libros cerrados de
+golpe, las mil y mil voces, francas y alegres, de la dichosa libertad
+infantil.
+
+El anciano retrocedió colérico. Abrió la puerta; por ella se precipitó
+desbordado, recordándome felices años, un torrente de ingenuas
+carcajadas. Don Román, severo e irascible, dictó nuevas órdenes, amenazó
+con duros castigos, y luego, haciendo un gesto de dolor, pronto borrado
+por una expresión resignada de tristeza, vino al estrado.
+
+--Siéntate, siéntate aquí, en este sillón. ¡Qué gusto me da verte!
+Cuando te fuiste creí que no me volverías a ver.... Estoy ya muy viejo.
+¿No me ves? En Febrero cumpliré los setenta y dos. Los achaques me
+tienen triste y desmazalado. Tú consideras todo esto, ¿no es verdad?
+¡Viejo, enfermo, solo y pobre! ¿No te parece cosa triste, cosa que parte
+el alma, esta situación mía después de haber trabajado tanto? Todos
+ustedes se van logrando. Tengo discípulos en toda clase de oficios y
+profesiones. Unos, en altos puestos de la política, los que fueron más
+desaplicados, (muchos no pasaron del _quis vel quid_); otros en la
+Iglesia, (dos me han dado ya la comunión); otros, médicos, y buenos
+médicos; otros abogados; otros, como tú, ¡en camino de ser gente de
+provecho!
+
+A decir verdad, nunca valí gran cosa ni por la conducta ni por la
+aplicación; de seguro que pocos estudiantes dieron más guerra que yo al
+_pomposísimo_ maestro. Pero tal era de bondadoso el señor don Román.
+Cuando estaban en sus bancos, todos eran flojos, incapaces, asnillos;
+luego, con excepción de aquellos por extremo perdularios, todos
+resultaban excelentes, cumplidos, aprovechados.
+
+Pero es lo cierto que don Román me quiso siempre como a un hijo; que me
+trató con suma benevolencia; que pocas veces sintieron mis manos los
+golpes de su férula, y que el buen anciano, no obstante su pobreza, me
+dio lecciones durante dos años, sin exigir de mis tías extipendio
+alguno.
+
+Me apenó ver a mi maestro tan triste y abatido, cuando estaba tan cerca
+del sepulcro. Hubiera yo deseado ser rico, riquísimo, para ampararle
+contra la miseria, darle cuanto quisiera, y comprar para él, si tal cosa
+fuese posible, salud y mocedad.
+
+--¿Te he dicho que estoy pobre? Pues estoy más pobre de lo que tú puedas
+imaginártelo. Tengo pocos discípulos. ¡Ya viste cuántos! Sólo faltaron
+dos; unos bribones que se van a salar todos los días; unos pícaros que
+no tienen remedio. ¡Qué hemos de hacer! Hijo mío, nadie quiere que sus
+hijos aprendan el latín. ¡Tú dirás! ¡El latín que es la llave de las
+ciencias! Ni latín, ni otras cosas; todo lo que puedo enseñar, todo lo
+que sé, ¡cuanto aprendiste aquí! Dicen que estoy atrasado; que mi manera
+de enseñar es _anacrónica_, ¿has oido? ¿_anacrónica_? Eso lo dicen los
+pedantes de hoy en día; y todo porque mascullan el francés. Eso dicen
+los que aquí aprendieron todo lo que saben, y que ahora no quieren
+confesar que me lo deben todo. Dicen que ya no sirvo para nada.... ¿Para
+nada? Pues a que no se ponen delante de mi, y abren el Tácito, o el
+Terencio, y traducen el pasaje que yo les señale? Pero eso sí, sin que
+se ayuden de versiones francesas... Oye: lo que más me duele, lo que me
+llega a lo más vivo, lo que me desgarra el corazón, lo que siento aquí,
+como la hoja de un puñal, es que dicen....--El pobre anciano quería
+llorar; el rostro se le contraía dolorosamente, su voz se iba poniendo
+trémula, en sus ojos asomaba una lágrima,--dicen...--hizo un esfuerzo y
+acabó--¡qué estoy chocho!
+
+Me partía el corazón al ver al pobre anciano. Lloraba como un chiquillo.
+Deseoso de alivio y de consuelo vejado por la maldad y la ingratitud,
+abría su alma, sencilla y llena de dolores, a un pobre muchacho que años
+antes fué su discípulo y del cual esperaba frases compasivas, palabras
+cariñosas.
+
+--Y como dicen que estoy chocho, y como andan repitiendo eso por todas
+partes, me faltan discípulos, y faltándome discípulos me falta trabajo;
+y sin trabajo, como tú lo comprenderás, me falta dinero. ¡No hay
+remedio! Me moriré de hambre, y me enterrarán de limosna. Diez o doce
+discípulos, que pagan poco, ¡y es cuánto! Unas leccioncitas ¡y nada más!
+
+--Don Román,--respondí--no hay que abatirse. Nada es eterno; los tiempos
+varían... el mejor día....
+
+--Sí, hijo mío, variarán los tiempos, quién lo duda, pero ¡no para mí! No
+me queda más que prepararme para morir cristianamente. Pobrezas,
+miserias, hambres, contumelias, todo lo sufro con paciencia. Lo que me
+apena y me amarga, lo que me contrista y conturba es la ingratitud.
+
+--No hay que abatirse, señor maestro. En cambio tiene usted la gratitud
+y el amor de muchos.
+
+--¿Abatirme? ¡Eso no!--replicó en un arranque de energía.--¡Eso no!
+Nadie me verá rendido. Al contrario: altivo, con soberbia dignidad. Por
+eso no me quieren. Siempre que se ofrece les ajusto las cuentas a esos
+ingratos, a esos charlatanes. ¡Que lo diga Agustín, ese macuache, que
+aprendió aquí, aquí, todo lo que sabe, y que ahora está de Director,
+(¡yo no sé lo que podrá dirigir!) de ¡Director de la «Escuela Nacional!».
+El otro día,--aquí sonrió satisfecho el buen anciano,--el otro día,
+publicó en «La Voz de Villaverde», (el periódico ese que sacaron cuando
+las elecciones del Jefe Político), un papasal, dándosela de espíritu
+fuerte, de libre pensador, y yo,--el dómine habló quedito, como temeroso
+de que le oyesen--¿qué hice? Tomé la pluma, y burla burlando le puse de
+oro y azul. Mandé a «El Montañés» tres comunicados de chupa y daca.
+Hijo: mi hombre vio lumbre, y gritó, pateó, rabió. Pero no escarmienta,
+y sigue disparatando a su gusto en esa «Voz de Villaverde» que no es voz
+ni cosa que lo valga, sino un papelucho asqueroso, indigno de una ciudad
+que, como la muestra, es patria de tantos hombros ilustres, como el
+General de la Vega, y mi respetable y siempre respetado maestro el
+ilustrísimo Sr. D. Pablo Ortiz y Santa Cruz, ¡Obispo «in pártibus» de
+Malvaria! El mejor día, luego que me deje el reuma, le largo un artículo
+morrocotudo, en latín, en latín crespo y ciceroniano, y entonces ya
+veremos, ya veremos si es capaz de entender una palabra... ¡una sola!
+¡Y el otro! ¡otro que bien baila! ¿Ocaña, Jacinto Ocaña, el que vino de
+Pluviosilla tan sabio como un guardacantón, y que ahora regenta la
+«Escuela del Cura?» Este no habla mal de mí en los mentideros, ni me
+insulta en los periódicas, ni se burla de mis canas en la botica de
+Meconio, no; pero un día, en «El Puerto de Vigo», en la tienda de mi
+compadre don Venancio, cuando ya se acercaban los exámenes, dijo que no
+quería que yo fuese de sinodal a su escuela porque mi método es
+«anacrónico». ¿De dónde habrá sacado la palabreja? Así dijo, y eso que
+yo le hice el discurso que pronunció el 16 de Septiembre. Yo no fuí a
+los exámenes. El señor cura, que es persona excelentísima, me invitó;
+pero ¡mamola! ¡no fuí, no fuí!... ¡Qué había de ir este pobre viejo!
+Ocaña vino después a darme satisfacciones, y con mil hipocresías me negó
+lo dicho.... ¡Embustero! Si yo lo supe todo por boca de Santiaguito, el
+hijo de mi compadre don Venancio, que es mi discípulo. El chiquillo me
+contó la cosa del pe al pa. Pero, hijo mío: no hablemos más de eso.
+¡Estoy muy contento; me da gusto verte tan grande! Dime: ¿has aprendido
+bien? ¿vas a seguir los estudios? Síguelos, síguelos, que harás buena
+carrera. Todavía te acordarás del latín, ¿verdad? Ya lo veremos.
+Vendrás, y veremos si puedes traducir una cosita que tengo guardada por
+ahí: una oda sálica al Pedregoso, nuestro rojo Tíber. ¡Te gustará, estoy
+cierto de que te ha de gustar!
+
+Dieron las doce en la torre de la Parroquia, y en las demás iglesias de
+Villaverde. ¡Las campanas de la ciudad natal! Grave y solemne la de la
+Parroquia; gritonas y disonantes las del Cristo; destemplada la de San
+Antonio, muy compasada y majestuosa la del convento franciscano.
+
+Otra vez la bulla, el vocerío, el cerrar de libros y el estrépito de
+gavetas.
+
+--¡Voy a ver a esos diablejos!--dijo contrariado el anciano.--¿Me
+aguardas o te vas? Mira: ven una noche; de noche estoy aquí, no salgo
+nunca. De noche no tengo que lidiar con el rebaño; ven y oirás la odita.
+Pero antes ¡dame un abrazo! ¡Vaya, muchacho, si eres ya un hombre! Di a
+tus tías que por allá iré.
+
+
+
+
+IX
+
+
+A la salida me detuvo en la esquina unos cuantos minutos. Iba delante de
+mí un grupo de chiquillos que venían de la «Escuela Nacional», alegres,
+parlanchines, con sus bolsas de brin en bandolera, muy cuidadosos de sus
+tinteros, unas botellitas tapadas con un corcho y pendientes de un hilo
+que los granujas se enredaban en el índice de la mano derecha. Casi a mi
+lado avanzaban paso a paso algunos discípulos de don Román, con el
+Nebrija bajo el brazo, serios, graves, orgullosos, muy pagados de su
+ciencia, como personas de altísimos saberes. Mientras los escolares se
+detenían en la esquina para emprender en la parte más llana de la acera
+un partido de canicas o de burras, los latinistas del «pomposísimo
+Cicerón» siguieron de largo, volviéndose para mirarme con cierta
+curiosidad entre burlona e impertinente. Al fin de la calle, delante de
+una tienda, una carreta, tirada por una yunta, aguardaba la salida de
+los gañanes. Estaba cargada de barriles de aguardiente y pilones de
+azúcar blanquísima, cuyos cristales, heridos por el sol, centellaban con
+diamantinas luces. Los animales, entornados los ojos, parecían dormitar.
+El buey de la izquierda, un hermoso buey sardo permanecía inmóvil; el
+otro, blanco, manchado de negro, se azotaba el lomo con la cola para
+espantar las moscas que le hostigaban. En la parte posterior de la
+carreta, sobre el barandal, descansaba la crinosa pica.
+
+A mi paso, en todas las calles, en ventanas y puertas, veía yo rostros
+que no eran nuevos para mí. Al contemplarlos yo como que se reproducían
+vagamente, allá en los rincones más escondidos de mi memoria.
+
+Hombres y mujeres me miraban con insistencia y examinaban atentamente mi
+traje, sorprendidos del corte de mi ropa, del pantalón ceñido, entonces
+al uso; de la americana cortita; de mi corbata roja (que los
+villaverdinos decían de «chinacos»); de mi sombrero abombado, blanco,
+salpicado de puntitos negros, como si me le hubieran asperjado de tinta.
+
+Antaño los villaverdinos tenían en el extranjero que llegaba a su
+pintoresca ciudad motivo de burla y diversión. Principiaban por reirse
+del color de sus vestidos y de su manera de llevar el cabello.
+Cuchicheaban de él en sus bigotes, le cortaban un sayo, y luego acababan
+por imitar lo que censuraban,--y de la peor manera.
+
+Hace mucho tiempo que no pongo los pies en Villaverde, y entiendo que
+mis paisanos son ya más cultos, pues de allá me escriben, y me dicen que
+ya no son así: que ya no gustan de presentarse mal vestidos; que adoptan
+las modas acertadamente, y que en las sastrerías villaverdinas se
+reciben figurines nuevos cada tres meses. Pero entonces, cuando
+acaecieron los sucesos que voy a referir, era otra cosa. Los más guapos
+usaban zapatones de gamuza; el traje de charro, mal hecho y peor
+elegido, era el usual, y por eso los jinetes y cócoras de la vecina
+Pluviosilla, donde siempre hubo, aun entre los obreros y gente del
+campo, charros muy galanos, llamaban a los petimetres de Villaverde los
+«charritos de barro».
+
+En la plaza de la blasonada ciudad nada había variado: la Parroquia
+estaba intacta, igual, como la dejé diez años antes, con su graciosa
+cúpula de azulejos, su torre arruinada, abriéndose al peso de sus
+campanas «ponderosas»,--como decía don Román--la yerba crecida en el
+cementerio; el frontis del templo, festonado con espontáneos helechos
+que a lo largo de las cornisas lucían sus palmas séricas, y coronaban
+con gallardos plumajes el susodicho blasón que los villaverdinos ponen
+en todas partes.
+
+Arrimado a la torre, en su rollo grietado y leproso, el cascado reloj
+virreinal, con su esfera de mármol y sus agujas doradas, invisibles para
+quien las viese de lejos, porque las ocultaba el ramaje de soberbios
+ahuehuetes, a cuya sombra se refugiaban los lechuguinos que cada
+domingo, después de la misa de doce, se instalan allí para ver a las
+muchachas que salen de misa muy emperifolladas y de ataque. En el
+cuadrante un clérigo melancólico, pensativo, fumando, como un árabe
+delante de su tienda; en el corredor baja de las Casas Municipales un
+policía haraposo, con el fusil al hombro, paseándose; y allá por la
+Calle Real, centro del miserable comercio villaverdino, una recua, un
+pordiosero, y el doctor Sarmiento, muy de prisa, echado el sombrero
+hacia la nuca; figura invariable, tipo eterno del médico de las
+poblaciones cortas.
+
+La plaza, mejor dicho el centro de ella, jardín en otro tiempo, gracias
+a los empeños de un prefecto santanista, se conservaba como yo la dejé.
+En medio la fuente secular, ancho pilón de ocho lados con surtidor de
+granito, en forma de alcachofa, del cual salía poderosamente grueso
+chorro de agua cristalina, que cuando el viento huracanado de invierno
+le hacía pedazos inundaba las baldosas del contorno. La barda de cal y
+canto estaba ruinosa y desconchada; los bancos derruidos y
+desportillados; y los naranjos que circundaban la fuente, anémicos,
+devorados por las hormigas. En un arriate, el único que parecía tal,
+algunas plantas frondosas y lucientes, enflorecidas y galanas.
+
+Atrajo mi atención al costado del templo, un edificio nuevo, una casa
+magnífica, de brillante aspecto; magnífica para Villaverde y para
+aquella plaza donde todo es mezquino y vulgar. Linda casa, de airoso
+alero, de anchas y rasgadas ventanas, con rejas de hierro, vidrieras
+elegantes y umbrales de mármol.
+
+Las ventanas del salón estaban abiertas. El ajuar lujoso, los
+cortinajes, los muros empapelados, los espejos, los grandes cuadros con
+grabados finísimos que representaban escenas bíblicas (el casamiento de
+Isaac, Ruth y Booz, Rebeca en el pozo), todo, todo indicaba la riqueza
+de quienes allí vivían.
+
+Sonaba brillantemente el soberbio piano. Manos habilísimas tocaban en él
+una redoma muy aplaudida, «La caída de las hojas», música soñadora y
+lánguida que delataba un ejecutante melancólico.
+
+Me detuve cerca de una reja. Entonces pude columbrar el interior:
+gracioso jardín, amplios y frescos corredores, pretiles llenos de
+macetas con rosales, camelias y azaleas, jaulas y jaulitas, una pajarera
+llena de canarios que cantaban regocijados.
+
+En un espejo, frontero a la ventana, vi quién tocaba. Era una joven
+rubia, ataviada con modesto traje blanco, uno de esos vestidos de
+muselina de hilo, frescos, ligeros, vaporosos, que tanto sientan a las
+muchachas núbiles: trajes que llevan con singular donaire las pollitas
+de Villaverde y de Pluviosilla. ¡Qué gallarda caía en torno del taburete
+la ondulante cola de aquella falda!
+
+Concluída la redowa, la hermosa señorita siguió jugando en el teclado.
+Primero, escalas rapidísimas, cuyas notas se desgranaban como las
+cuentas de un collar; luego pasajes favoritos, temas predilectos,--un
+fragmento melódico, arrullador y deleitoso.
+
+De pronto, cuando menos lo esperaba yo, dejó su asiento la tocadora.
+Cerró el piano y corrió a la ventana.
+
+¡Linda, hechicera criatura! Pero ¡ay! no pude contemplarla. Seguí
+adelante, y seguí dulcemente impresionado. Me parecía que oía yo detrás
+de mí el ruido de la ondulante falda de muselina. No tuve valor para
+volver el rostro.
+
+¿Por qué en aquel momento pensé en Matilde, la dulce niña de mi primer
+amor? ¡Ay! ¿por qué creí ver delante de mí un rostro apenado, lloroso y
+dolorido, el rostro de Angelina?
+
+Minutos después, al entrar en mi casa, salió a mi encuentro la gentil
+doncella. Estaba radiante de alegría. Al mirarme, se encendió... y bajó
+los ojos.
+
+
+
+
+X
+
+
+Andrés vino a visitarme. Le invité a dar un paseo por las orillas del
+río, y entonces me declaró que mis tías estaban en la miseria. Para
+sostenerme en el colegio, sin que nada me faltara, habían hecho toda
+clase de sacrificios. Redujeron sus gastos a lo menos posible, y
+trabajaban del día a la noche, cosiendo, confeccionando pastas y
+conservas, y haciendo flores artificiales. En cierta época torcieron
+cigarrillos para «El Puerto de Vigo». Pero el mejor día enfermó tía
+Carmen. Una enfermedad, muy común en Villaverde a la entrada del verano,
+la postró en el lecho. Pasó la disentería, pero la pobre anciana quedó
+achacosa. Aunque aparentemente sana, estaba herida de incurable
+enfermedad. Al principio se presentó un síntoma que no acertaron a
+explicarse las buenas señoras:
+
+Algo--decía la enferma--como hormigueo en la columna medular; algo que
+descendía, rápido como relámpago, hacia las extremidades inferiores. En
+ocasiones, vértigos que duraban un instante y que dejaban a la paciente
+cansada y sin fuerzas. Así durante algunos meses. Después no volvieron
+hormigueos ni vértigos, pero sobrevinieron convulsiones, muy fuertes en
+el brazo izquierdo, el cual, pasado el acceso, quedaba débil y
+entorpecido. Vino el doctor Sarmiento: recetó pomadas y bebidas tónicas;
+prescribió alimentos sanos y nutritivos, ejercicio moderado por la
+mañana y por la tarde, y durante las horas intermedias sosiego y reposo.
+
+La anciana no quería estar mano sobre mano; pero tuvo que obedecer las
+órdenes del médico en vista de los progresos de la enfermedad.
+
+Desde entonces pesó sobre la tía Pepa todo el trabajo, el cual, como es
+de suponerse, no bastó a las necesidades de aquella casa, ni para
+sostener al sobrino, para sostenerme en el colegio. Tía Pepa dijo:
+
+--«¡Que se venga! ¡Que no siga estudiando! Aquí le buscaremos un empleo,
+cualquier destino en que se gane alguna cosa». Pero la enferma se opuso
+a ello:
+
+--«Que acabe el año,--replicó--¡Dios dirá! Acaso para entonces nos paguen
+la pensión».
+
+Y así pasó un año, y buena parte de otro. Nunca me faltó nada; nunca
+dejé de recibir, con toda puntualidad, el dinero que desde un principio
+me señalaron para atender a mis gastos. Sólo una vez, por mayo o junio,
+no recibí el dinero en los primeros días del mes. Escribí; y vino orden
+para que un villaverdino ricacho, de años atrás establecido en la
+Capital, me diese veinticinco duros.
+
+Por Andrés vine en conocimiento de que entonces vendieron la casita, la
+hermosa casita en que nací, donde murió el abuelito, donde murieron mis
+padres. Nunca fuimos ricos; teníamos lo necesario para pasar la vida;
+pero todo se fué acabando poco a poco; aquello era lo último que nos
+quedaba. En verdad que la tal casita no valía gran cosa; sin embargo, no
+había en Villaverde otra mejor. Ninguna más amplia, ni más alegre, ni
+mas cómoda. Tenía agua corriente, y un gran patio, que mis tías habían
+convertido en hermoso jardín, donde se producían hermosas flores y
+magníficas frutas; naranjas de China, como almíbar de dulces; aguacates,
+muy afamados en Villaverde; chinenes, blancos como la leche y sin una
+hebra; jinicuiles riquísimos, anchos, aromáticos, carnudos;
+guayabas-manzanas deliciosas. Estas las daban unos árboles plantados por
+el abuelito, quien trajo la simiente de las Antillas.
+
+Vinieron las escaseces, la pobreza y la miseria. La enferma iba de mal
+en peor. Las convulsiones eran diarias, y duraban dos o tres horas. El
+brazo izquierdo no le servía para nada; las piernas fueron
+debilitándose, y la buena señora no pudo caminar sin el auxilio de ajena
+mano. A las amarguras de la pobreza se juntaron en mi pobre tía otras
+mayores: las que le causaba ver que su hermana trabajaba del día a la
+noche, sin que ella la pudiese ayudar. Tía Pepa hacía flores, cosía, y
+daba lecciones de lectura y de catecismo a una veintena de niños.
+
+No pudieron conseguir que la pensión fuese pagada. El gobierno no estaba
+en condiciones de hacer esos gastos, decían; pero yo he creído siempre
+que para quienes entonces estaban en privanza no fueron nunca simpáticas
+las ideas de mi abuelo. ¡Qué entendían ellos de pelear en defensa de la
+patria, en Tampico, en Veracruz y en Churubusco! ¡Qué les importaba a
+ellos que se murieran de hambre unas pobres viejas!
+
+Andrés acudió en auxilio de mis tías; hizo por ellas y por mí cuanto
+pudo; pero el fiel servidor no tenía mucho: un tendejón insignificante,
+y paremos de contar.
+
+Mis tías conservaron siempre en su pobreza su amada dignidad. Nunca
+pidieron ni un real a sus amigos, (y eso que los tenían muy ricos y
+dispuestos a socorrerlas) y prefirieron imponerse las más duras
+privaciones, antes que molestar a nadie. Se privaron de cuanto les
+pareció superfluo,--y nada superfluo había en aquella casa,--y hasta de
+lo más necesario. Me duele el corazón cuando lo recuerdo; se me
+humedecen los ojos al apuntarlo aquí: mi tía Carmen se negó a
+medicinarse para que no me faltase nada.
+
+Con el dinero de la casita hubo para algunos meses. Saldaron un gran
+adeudo de contribuciones, me proveyeron de ropa, y me adelantaron el
+importe de mis gastos dos o tres meses.
+
+Entonces vino Angelina a nuestra casa. La infeliz había quedado
+huérfana. El sacerdote que la tomó bajo su protección la puso allí, al
+verse obligado a desempeñar la cura de almas en un pueblo de la sierra,
+que a la sazón estaba infestada de guerrilleros y bandidos.
+
+Algún amigo de la familia habló de mis tías al párroco, y Angelina se
+quedó con ellas. El sacerdote les pagaba una corta pensión. El cura era
+pobre, y no podía derrochar el dinero así como quiera. Sin embargo,
+sobradas pruebas dio de generosidad.
+
+Era preciso renunciar a todo; prescindir de estudiar; no pensar en ser
+médico o abogado, y perder la risueña esperanza de suceder al doctor
+Sarmiento o de heredar la clientela del Sr. Lic. Castro Pérez, el más
+ilustre jurisconsulto de Villaverde.
+
+No había más que ponerse a trabajar. ¿En qué y cómo? Sólo Dios lo sabía.
+¿Cuándo? Cuanto antes. Andrés se encargó de allanar el camino. El
+desinteresado servidor me propuso que volviera yo a la Capital para
+continuar los estudios.
+
+Sacrificaré--me repitió--¡hasta el último medio!--Eso no era posible.
+Convinimos en que hablaría con algunas personas de las más ricas de
+Villaverde, particularmente al señor Castro Pérez, para que me
+proporcionaran empleo. Cualquiera sería bueno, se ganara mucho, se
+ganara poco. El caso era trabajar.
+
+¿Seria yo capaz de aliviar de alguna manera la precaria situación de mi
+familia? ¿Me sería dable corresponder a los sacrificios de aquellas
+cariñosas ancianas que por verme dichoso habrían dado su vida? Confieso
+que en aquellos momentos me faltó el valor. ¿Qué haría el inexperto
+escolar, apenas salido del colegio, convertido en jefe de familia?
+Respondía de su diligencia, de su abnegación; pero no fiaba en sus
+aptitudes. Le alentaba saber que en Villaverde todos le conocían; que
+allí, de tiempo atrás, todos los suyos merecieron consideraciones de los
+más conspicuos villaverdinos. Le alentaba esto, pero al mismo tiempo
+miraba en ello cierta dolorosa humillación ¡Valor! Ayúdate que Dios te
+ayudará.
+
+
+
+
+XI
+
+
+Dejóme triste y abatido la conversación de Andrés. La generosidad de
+aquel servidor, fiel en todo tiempo a sus amos, me llenó de admiración.
+Andrés no tenía familia; no conoció a sus padres; le dejaron huérfano en
+muy temprana edad, y pasó la infancia en el campo, desempeñando
+rudísimas labores, al servicio de gentes que lo trataban mal. Solía
+recordar las amarguras de esa época, y contaba minuciosamente sus
+trabajos y sus penas; pero nunca le oímos quejarse de la aspereza de sus
+primeros amos, ni jamás se le escapó una palabra en contra de ellos.
+
+Mi padre le sacó del rancho donde vivía, le tomó a su servicio, y el
+mancebo fué bien pronto digno del cariño de todos nosotros.
+
+No quiso casarse.
+
+--¿Para qué?--contestaba.--¿Para qué? No me hace falta la familia.
+¡Ustedes son mi familia, ustedes son todo para mí!
+
+Cuando la familia vino a menos, y mis tías no pudieron ya retribuir sus
+servicios, Andrés, más por ser útil a nosotros que por deseos de medro,
+nos dejó y fué a establecerse en un pueblo cercano. Con sus ahorros, ya
+muy mermados por haber subvenido secretamente a las necesidades de la
+familia, puso una tienda, y allí, a fuerza de trabajo y de economías
+hizo un piquillo, que,--como decía,--le bastaba para vivir y auxiliar a
+las señoritas.
+
+Cayó enferma mi tía Carmen, y Andrés se dijo:--«¡A Villaverde! No debo
+vivir lejos de la familia. Ahora más que nunca necesitan de mí. ¿De qué
+sirve ir a verlas de cuando en cuando?»
+
+Traspasó, malbarató el «changarro», lió el petate, y se vino a
+Villaverde. En Pluviosilla hubiera estado mejor y habría medrado
+fácilmente, pero como su objeto era vivir cerca de mis tías no vaciló en
+trasladarse a la budística ciudad.
+
+Mientras residió en Santa Rosa venía cada ocho días, sin faltar nunca,
+así lloviera a cántaros. Entre ocho y nueve de la mañana, allí estaba
+Andrés en su caballejo, muy cargado de frutas, semillas, y aves de
+corral. Al irse, domingo por la tarde o lunes muy tempranito, no dejaba
+de poner en el comedor cuatro o cinco duros; acaso buena parte de sus
+ganancias.
+
+De tiempo en tiempo recibía yo en el colegio algún regalo suyo:
+magníficas frutas, mangos cordobeses, piñas amatecas, y naranjas-limas.
+Algunas veces dinero, después que pasaba la cosecha del tabaco y del
+café. Al recibir los diez o doce pesos me decía:--«¡Andrés está en
+fondos!» Y me alegraba yo por él y por mis tías.
+
+Cierta ocasión recibí una cajita de puros. Me la entregó Ricardo Tejeda.
+Dentro de la carta de la tía Pepa venía una tira de papel, en la cual
+escribió Andrés, con aquella su letra torpe y desgarbada: «Para que
+chupes. Ya eres grandecito, y ya te gustarán los buenos puros. Decía mi
+amo que un puro bien revoleado disimula la arranquera».
+
+Entonces no me gustaba el tabaco. Ricardo se fumó todos los puros. El
+domingo se me presentaba hecho un figurín:
+
+--Rodolfo: ¡dame uno de aquellos de nuestra tierra!
+
+El dio cuenta de los tabacos; él, que no tenía necesidad de disimular la
+arranquera.
+
+El fiel servidor, establecido en Villaverde, allá por el barrio de San
+Antonio, en una tienda que se llamaba «La Legalidad», fué, como siempre,
+una providencia para las tías. Desde luego resolvió que ellas le
+asistieran, y por ello pagaba más de lo justo.
+
+--¡Que nada falte;--repetía--veremos hasta dónde alcanza la pita!
+
+Nada de esto me dijo; lo supe más tarde de boca de la tía Pepa. El buen
+viejo se limitó a ofrecerme lo que acaso no le era dable hacer--gastarse
+cuanto tenía.
+
+Ni la salud de Andrés ni su «piquillo» resistirían cuatro años de
+gastos, y cuatro años, cuando menos, me serían necesarios para que
+tuviera yo un título y pudiera tratar de compañero al doctor Sarmiento o
+al Lic. Castro Pérez.
+
+Hube de conformarme con lo que la suerte me deparaba. Me resigné a dejar
+los libros y a renunciar a las alegrías de la vida estudiantil, para
+buscar en Villaverde lo que tal vez no faltaría: un destinejo que me
+proporcionara cada mes algunos duros.
+
+Confiaba yo en la bondad de mis paisanos, en la benevolencia de nuestros
+amigos, para quienes no era un misterio la situación precaria de mis
+tías. Me lisonjeaba la idea de que iban a cesar en aquella casa
+dificultades y miserias. Tal vez, en lo futuro, gozaríamos de vida más
+tranquila; y, a decir verdad, me halagaba ser el jefe de la casa. Con
+más dinero la enferma sería mejor atendida, la veríamos aliviada, y
+acaso recobraría la salud.
+
+A nadie comuniqué mis proyectos. Procuré, no sin esfuerzo, que me vieran
+alegre y contento. Estaba yo apenado y triste. No me creía yo extraño en
+aquella casa, ni me sentía degradado al recibir de las pobres ancianas
+cuanto me era necesario; no; porque el afecto filial con que las veía, y
+el cariño maternal con que siempre me trataron, alejaban de mi ánimo
+toda idea mezquina y todo pensamiento humillante. Durante varios días
+estuve abatido. Por la noche, a buena horita, me encerraba yo en mi
+cuarto, metíame en la cama, y me ponía a leer. Leía yo páginas y
+páginas, sin parar mientes en los conceptos. En un vetusto armario me
+hallé varios libros: una Historia de Napoleón; no recuerdo qué obra
+clásica de arte militar, y ¡oh dicha! dos o tres volúmenes de Walter
+Scott. Tomé uno, «La Novia de Lammermoor». En pocas noches le dí fin. Al
+acabar la última página advertí que aquella lectura había sido inútil.
+Mi cabeza no estaba para novelas.
+
+Temprano, antes de que se despertaran mis tías, salía yo al patio. Allí
+me lavaba yo en una gran jofaina que desde la víspera ponían para mí en
+el borde de la fuente, entre los tiestos floridos, bajo la copa
+aparasolada de un floripondio cuyas campanas de raso se columpiaban al
+soplo vivífico de los vientos matinales, mientras en jaulas y ramajes
+cantaban los pajarillos la incomparable alborada otoñal. El agua
+retozaba en el surtidor y caía desbordante en el pilón. En la superficie
+del cristalino líquido bogaban pétalos y flores caídos durante la noche.
+Se me antojaban esquifes, gondolillas maravillosas en que bogaban seres
+invisibles.
+
+Volvía yo a mi cuarto. A poco principiaba Angelina su matinal faena.
+Pronto resonaba en el corredor el ruido de su escoba. En los labios de
+la joven susurraba alegre cancioncilla que parecía un eco suave, apenas
+perceptible, de la que cantaban los alados músicos en su prisión de
+cañas y en la copa de los naranjos ornados ya con amarillas pomas.
+
+Al salir me detenía a conversar con la doncella. Tratábala yo como a una
+hermana predilecta, y procuraba inspirarle confianza; pero ella se
+mostraba siempre, reservada y asustadiza. Sin embargo, no tardé en
+comprender que aquel airecillo gazmoño que tanto me chocó en Angelina el
+primer día, no era más que timidez de bondad, muy en harmonía con su
+carácter y su belleza, muy natural en quien había tenido tanto que
+llorar.
+
+La plática, iniciada con una frase lisonjera en elogio de su diligencia,
+se iba enredando poco a poco, sin saber cómo, y más de una vez la tía
+Pepilla vino a interrumpir nuestra charla.
+
+¡Dulces instantes aquellos! Angelina, de pie cerca del pretil, envuelta
+en el rebozo, caídos los brazos con placentera indolencia, entre las
+manos la escoba perezosa. Yo a horcajadas en una silla, o puesto un pie
+en el travesaño. Ella, escuchándome cariñosa; yo, bañado en la luz de
+sus rasgados ojos.
+
+A las veces, si algún ruido nos anunciaba que tía Pepa venía, sin
+motivo, sin saber por qué, nos despedíamos de prisa, y salía yo con
+rumbo a los barrios más distantes.
+
+Volvía yo a la hora del desayuno. Ya la casa estaba lista: barrido el
+corredor, arreglada la salita, dispuesta la mesa. La doncella solía
+sentarse a mi lado. Me atendía y me servía como una hermana cariñosa al
+chicuelo preferido, dispuesta a satisfacer todos mis deseos y caprichos,
+adivinándome el pensamiento.
+
+Mi tía parecía complacerse en aquella dulce y sencilla fraternidad.
+Cualquiera que nos viese juntos a los tres, habría creído que éramos dos
+hermanos, y que la anciana era nuestra madre.
+
+El desayuno duraba frecuentemente una hora. Tía Pepa charlaba a su
+sabor. Yo y Angelina no sentíamos correr el tiempo. La anciana se
+levantaba para ir a sus quehaceres, y al pasar detrás de nosotros se
+detenía y nos acariciaba; a mí, estrechando mi frente entre sus manos; a
+ella, dándole una palmadita en cada mejilla.
+
+Un campanillazo solía poner término a nuestra conversación. Era que tía
+Carmen llamaba.
+
+--¿Dónde está mi Angelina? ¿Qué hace mi Angelina que no viene?
+
+
+
+
+XII
+
+
+Entonces iba yo a saludar a la enferma. La pobrecilla pasaba muy malas
+noches. Padecía insomnios, y ataques de convulsión que la obligaban a
+dejar el lecho por algunas horas y a pasearse por el aposento, apoyada
+en el brazo de Angelina.
+
+--¡Es para mí una hermana de la Caridad!--me decía la tía
+Carmen.--Conmigo no tiene la pobrecilla sueño tranquilo.
+
+Y a Angelina:
+
+--¡Pobre de tí! ¡Eres muy buena, muy buena! ¿Qué obligación tienes de
+velar mi sueño? ¡Me da pena llamarte, sí, me da pena! Si lo hago es
+porque no quiero despertar a Pepa. La infeliz cae rendida, ¡y ya no está
+para eso!
+
+En tanto que yo conversaba con la enferma, en el corredor más lejano se
+reunían los discípulos: veinte o treinta niñitos de las principales
+familias de Villaverde; un coro de querubines traviesos y mimados.
+
+Pronto resonaba en el patio el rumor alegre del estudio. La buena señora
+daba lección a cada niño, y luego se ponía al trabajo en una mesa larga
+y angosta.
+
+De manos de mi tía, hábiles por extremo, salían todos los ramilletes que
+adornaban las iglesias de Villaverde. Flores de mil clases y colores.
+Unas, fantásticas, de papel dorado y plateado; otras, las más bellas,
+tan propias y bien dispuestas, que, a cierta distancia, nadie las
+distinguiría de las naturales. Allí, torciendo alambres, enhebrando
+capullos, acocando pétalos, pintando hojillas, se pasaba mi tía toda la
+mañana, y toda la tarde. Sólo dejaba su labor para atender a los niños y
+tomarles la lección.
+
+La joven venía en ayuda de la anciana. La doncella se pintaba para
+aquellas labores. De su mano recibían flores y ramilletes el último
+toque. ¡Qué guirnaldas y qué festones aquellos! Gallardos, sueltos,
+flexibles, como las guías de convólvulos y cabrifollos que sombreaban la
+fuente. Las rosas... ¡ah! ¡las rosas! Lindas y espléndidas salían de
+manos de la anciana; pero Angelina las embellecía al tocarlas. Un tallo
+duro, una hoja rebelde, un pétalo sin gracia, todo recibía de la joven
+singular hermosura. Parecía que a través de los ramilletes pasaba un
+soplo primaveral que daba a las flores vida y lozanía.
+
+Los niños, atraídos por tanta belleza, dejaban sus sillitas, y paso a
+paso se iban colocando en torno de la florista. Con las manos detrás,
+ocultando el libro, permanecían largo rato, embobados y boquiabiertos,
+delante de tantas maravillas.
+
+A las doce concluía la tarea. Los criados llegaban por los niños, y era
+la hora de la lección. Mi tía se mostraba severa, fruncía el ceño,
+reprendía, amenazaba. Los chicos preferían que Angelina les tomase la
+lección. Ella, paciente y bondadosa, conseguía que los niños estuvieran
+atentos, y con una mirada o una caricia ponía orden en aquella turba de
+diablillos rubios, vestidos con faldellines de seda.
+
+Angelina era una muchacha muy inteligente. Escribía con mucho primor.
+Linda letra la suya; suelta, cursiva, elegantísima, sin que lo donairoso
+de los trazos le hiciera perder esa suavidad del carácter femenil que no
+sólo se manifiesta en el estilo, sino que trasciende a la forma de las
+letras, siempre que la mujer no presume de sabia o gusta de llamar la
+atención. Difícilmente se le escapaba una falta de ortografía. Escribía
+como hablaba, con mucha naturalidad y sencillez, sin rebuscar frases ni
+atildamientos, siguiendo el orden lógico de las ideas, ajena a la
+calculada afectación, que hace del estilo epistolar una cosa
+insoportable y ridícula. Mas no por eso caía en el extremo opuesto, en
+las fórmulas de rito y en los conceptos de estampilla. Era muy dada a
+los libros; pero sólo leía cuando se lo permitían sus quehaceres. Leía
+todas las noches el «Año Cristiano», y se sabía al dedillo las vidas de
+los santos.
+
+Una noche le tocó leer la vida de Santa Teresa.
+
+--¡Jesús!--exclamó.--Si ya me la sé de memoria. ¡Puedo repetirla del pe
+al pa!
+
+Y como tía Carmen dudara, Angelina refirió, con muy buen acuerdo y muy
+donosamente, la vida de la mística.
+
+Cosa rara en una joven; gustaba de los libros serios y se perecía por
+los históricos. Había leído tres o cuatro veces la «Historia» de Alamán,
+y solía atreverse contra los juicios del célebre escritor, no sin gran
+disgusto de mi tía Pepa, para quien los dichos de don Lucas eran un
+evangelio.
+
+Discurría de historia patria con mucha donosura, sonriendo, sin
+fatuidades ni alardes de saber. Valdría la pena consignar aquí el juicio
+de Angelina acerca de algunos libros. Para ella no había mejor novelista
+que Fernán Caballero, ni peor novelador que Pérez Escrich.
+
+--Abrir un libro de esos, la «Mujer Adúltera», la «Esposa Mártir», y
+tener sueño, ¡todo es uno! ¿Novelas? De Fernán Caballero. Sus personajes
+me parecen vivitos, de carne y hueso. ¡Aquello sí que es verdad! Comen,
+duermen.... ¡Si me parecen gentes a quienes trato todos los días! Yo no
+entiendo de esas cosas.... pero los libros de Fernán me gustan porque
+pintan la vida tal y como es. ¿Ha leído usted «La Gaviota?» «¿Elia?»
+«¿Lágrimas?»
+
+--¿Y de Cervantes, qué me dice usted, Angelina?
+
+--¡Eso es aparte! «¿El Quijote?» Es algo que parece novela y acaso no lo
+es....
+
+--Pues entonces....
+
+--No acierto a explicarme. Si, es una novela; pero algo hay en ese libro
+que le pone por encima de todas las novelas.
+
+Me pasaba largas horas conversando con Angelina. A pesar del estado de
+mi ánimo y del abatimiento de mi espíritu, cuando tejía con ella la red
+de viva plática, recobraba yo mi buen humor de otro tiempo, y me volvía
+alegre y jovial, y me olvidaba de esas enervantes melancolías que han
+sido, y acaso todavía lo son, nota sombría de mi carácter; de este
+carácter mío soñador y lánguido, dado a la pereza y al fantaseo, al
+delirio vago y a la meditación sin objeto. Perniciosa melancolía, nacida
+tal vez en mi alma cuando viví lejos de mi familia, condenado a las
+soledades de un colegio, cuyos claustros vetustos entenebrecieron mi
+espíritu; melancolía que me arrastra a los campos y a la espesura de los
+bosques, para extasiarme largas horas ante el espectáculo deslumbrador,
+a orillas de laguna adormecida, escondido entre los juncos; o para
+abismarme en la contemplación de una flor desconocida, modesta y rústica
+beldad. Sentimiento tristísimo de la naturaleza que me hace odiosos el
+mundo ruidoso y frívolo y los atractivos de una sociedad vanidosa;
+sentimiento profundo de las bellezas del mundo físico, sentimiento que
+desarrollan en mí los poetas y novelistas románticos. Por fortuna me he
+redimido un tanto de las preocupaciones y falsas ideas del romanticismo,
+y aunque no del todo exento de ellas, pues aun me queda en el alma
+lamartiniana levadura, miro la vida de otro modo, no pretendo que todo
+sea a mi gusto y a medida de mi deseo, y vivo tranquilo, como vive toda
+buena persona, sin que me atormenten poéticos anhelos, ni me divaguen
+devaneos inútiles, ni me amarguen delicadas sensiblerías.
+
+
+
+
+XIII
+
+
+A las diez de la mañana tomaba yo el sombrero y me iba a pasear por la
+ciudad. Al principio preferí los arrabales, los callejones sombríos, las
+márgenes pintorescas del Pedregoso o las plazoletas de la Alameda, vasto
+cuadro sembrado de fresnos, al pie de la colina del Escobillar; alameda
+sin flores y sin árboles copados, que por lo apacible y retirada me era
+gratísima. A la sombra de un naranjo, el único crecido y frondoso, en
+cuya copa anidaban bulliciosos pajarillos, pasaba yo la mañana. Allí, en
+un asiento musgoso y desportillado, me entregaba yo a la lectura de mis
+autores favoritos; allí leí la «Atala» y el «Renato»; el «Rafael» y la
+«Graciela»; allí devoré el «Conde de Monte Cristo», y repasé, por mi
+mal, algunas novelas de Jorge Sand, que acongojaron mi corazón y dejaron
+en mi alma sedimentos de acíbar. Allí gusté de la poesía de Zorrilla.
+¡Zorrilla! Le conocía yo; le había oído leer de un modo maravilloso sus
+admirables versos, aquellas serenatas que eran, en labios del poeta,
+miel de abejas, susurro de arboledas, cantos del agua en las acequias de
+la Alhambra; música del cielo. Allí aprendí de memoria muchas
+composiciones del incomparable soñador de Milly: «El Lago», «El
+Crucifijo», «Las Estrellas». Aun las recuerdo, y suelo repetir:
+
+ Ainsi, toujours poussés vers de nouveaux rivages, Dans la nuit
+ éternelle emportés sans retour....
+
+Y allí, preciso es que lo confiese, allí cometí un pecado mayúsculo, del
+cual no me arrepentiré debidamente en los años que me restan de vida. Me
+pasó lo que a los gastrónomos: principian por gustar de los buenos
+platillos, y acaban por invadir la cocina y preparar ellos mismos los
+guisos predilectos. A fuerza de leer versos me dió por hacerlos.
+Malísimos salieron los míos, a juzgar por lo que dijo de ciertos sonetos
+un periódico villaverdino. Publiqué los tales sonetos en «El Montañés»,
+previa la aprobación de don Román, quien los tuvo por buenos y muy
+buenos, antes y después de que «La Voz de Villaverde», «La Sombra de
+Vega», y cierto periodiquín de Pluviosilla los hicieran trizas y
+pusieran al autor como chupa de dómine. Por supuesto que no salieron con
+mi firma. Firmélos: «Anteo», y el seudónimo sirvió para que mis críticos
+extremaran la zumba. Entiendo que mi literatura poética no era inferior
+a la muy aplaudida de los más afamadas poetas de Villaverde, el
+«pomposísimo» y el Lic. Castro Pérez, quien, de tiempo en tiempo, tenía
+sus dares y tomares con las esquivas deidades del Parnaso. Discípulo
+aprovechado de don Román, criado en los clásicos, como él me dijo,
+dióme,--a pesar de mis aficiones románticas,--por la poesía mitológica y
+horaciana. Cantaba yo la vega villaverdina, el «sesgo» y «undívago»
+Pedregoso, y la hermosura de mis paisanas. En el último soneto puse
+sobre los cuernos de la luna a la dulce Angelina, oculta bajo el poético
+nombre de Flérida.
+
+Los rivales de mi maestro, Jacinto Ocaña, el director de la «Escuela del
+Cura», y Agustín Venegas, el de la «Escuela Nacional», creyeron que el
+sonetista era el «pomposísimo», y al domingo siguiente, cuando esperaba
+yo elogios y aplausos, salió en «La Voz de Villaverde» un articulejo
+desentonado y cáustico, en que ponían a don Román de oro y azul.
+
+Corrí a verle:
+
+--¿Ya leyó usted?--le dije al entrar.
+
+--No, muchachito.... ¿Qué cosa?
+
+--Lo que dice «La Voz».
+
+--No; no quiero leer esos disparates. Ya me imagino lo que dirán.
+
+Pero la curiosidad pudo más en el dómine que el desprecio con que miraba
+a sus rivales. Después de un rato de silencio me dijo:
+
+--¡Dame ese papasal!
+
+El anciano se caló las gafas, se compuso en el asiento, y principió a
+leer el artículo editorial.
+
+--No, a la vuelta. Una crítica de los sonetitos aquellos....
+
+--¿Y quién es Agustín Venegas para meterse a crítico?
+
+--Lea usted.
+
+Don Román estrujó el periódico y leyó.
+
+A las pocas líneas se puso trémulo, pálido, balbuciente.
+
+--Han creído que usted es el autor. Lamento lo que ha sapado. Nunca pude
+imaginar....
+
+--¡Bellacos! ¡Fátuos! ¡Presumidos!--exclamó.--¿Quiénes son ellos? ¿Qué
+obra los acredita para darla de sabios y de críticos? Les perdono las
+ofensas. Lo único que no puedo perdonar es la ingratitud. ¡No les temas!
+¡No te asustes! Escribe, muchacho; ¡escribe, y que rabien! Tú harás algo;
+al paso que ellos.... Así se quemen las pestañas años y años, cuanto
+escriban servirá nada más para que envuelvan cominos en la casa de mi
+compadre don Venancio.
+
+--¿Contestamos?
+
+--¡No! Eso se quieren ellos, que les den tela. Oye, oye un consejo.
+Nunca salgas a defender tus escritos. La modestia... ya lo sabes....
+¡Nada tengo que decirte! Conozco bien a esos necios. Por eso no he dado
+a la estampa los sáficos aquellos que te gustaron tanto, la odita al
+Pedregoso. Mira, Rodolfo: no hablemos más de esos bellacos.
+
+Serenóse don Román, sacó la tabaquera, tomó un polvo, y, quitándose las
+gafas, me dijo en tono cariñoso:
+
+--Vamos: ¿qué piensas hacer? ¿Sigues los estudios, o te quedas en tu
+tierra, y en tu casa, para buscarte la vida? Hablé ya con tus tías. Las
+pobrecillas quisieran verte médico, abogado... ¡pero ya sé, ya sé que
+las cosas andan malas, como yo me las figuraba! ¿Habló Andrés con Castro
+Pérez? Mira: yo le veré esta noche. Allí puedes ganarte alguna cosa;
+poco, poco, porque ya lo sabes, en Villaverde todo es roña; pero ¡algo es
+algo! Por lo pronto.... ¡Después, ya veremos!.... Estoy cierto de que te
+colocará; se lo pediré, y no ha de negármelo. Le recordaré que fué amigo
+de tu padre.
+
+Andrés había hablado ya con el abogado, pero nada obtuvo: promesas,
+ofrecimientos.... Sólo Castro Pérez podía darme trabajo. El doctor
+Sarmiento se interesó en favor mío, y prometió a mis tías arreglar el
+asunto. Así las cosas, corrían los días y las semanas, y el empleo
+deseado no venía. En verdad que la idea de alejarme de Villaverde no me
+halagaba. No sólo me detenía en la budística ciudad el amor de los míos,
+no; cuando me ocurría que acaso sería preciso ausentarme, pensaba yo con
+tristeza en Angelina.
+
+Había ya entre nosotros cierta intimidad fraternal, dulce y respetuosa,
+que me hacía grata la vida en Villaverde. En ocasiones pensé: ¿si estaré
+enamorado? No; hasta entonces aquello era una amistad afable, un afecto
+sencillo que mi tía Pepa fomentaba a todas horas. Una vez la buena
+señora, se dejó decir:
+
+--¡Ay, Rorró! Si alguna vez piensas casarte... busca una mujer como
+Angelina.
+
+Estábamos solos. Mi tía trabajaba en sus flores, y yo, cerca de ella, me
+entretenía oyéndola.
+
+--¿Le gustaría a usted que me casara con Angelina?
+
+--¡Cómo no!--exclamó alborozada.--¡Si es tan buena! ¡Si te quiere tanto!
+
+No sé por qué se me encendió el rostro. Nunca pensé que Angelina pudiera
+amarme. Y bien visto el caso ¿por qué no? Angelina era muy digna de ser
+amada. Me ocurrió averiguar si alguien había puesto los ojos en ella.
+
+--Y diga usted, tía: ¿No ha tenido novio Angelina?
+
+--¡Por Dios, Rorró! ¡Desde el otro día estás con eso!.... No, señor.
+Angelina es una niña muy juiciosa. Angelina no tendrá más novio que
+aquel que llegue a ser su marido. No es ella capaz de jugar con el amor.
+
+--Así lo creo, pero.... Dígame usted: ¿no ha tenido pretendientes?
+
+--¡Ah! Eso es otra cosa. ¡Así!--y mi tía juntó los dedos de la mano
+derecha, y los movió como para indicarme una multitud de personas.
+
+--En Pluviosilla,--prosiguió--¡muchos! Un español rico; un mancebo de
+botica muy burlón y endiantrado, capaz de reírse hasta de su sombra; un
+colegial muy guapo, que le hacía versos; otros, y otros. Aquí...
+aquí....
+
+--¿Quién?
+
+--Uno nada más.
+
+--¿Quién?
+
+--Amigo tuyo, condiscípulo tuyo....
+
+--¿Pepe López?
+
+--No.
+
+--Diga usted, tía....
+
+--Adivina.
+
+--¿Eduardo, el hijo del alcalde?
+
+--No. Eduardito es un pedazo de alcornoque. ¡El, el hijo del alcalde,
+prendarse de una muchacha pobre? ¡Cuándo! El enamora a Gabrielita
+Fernández....
+
+--¿A la jovencita rubia, la que toca muy bien el piano?
+
+--¿Ya la conoces?
+
+--El otro día la vi en la reja.
+
+--¡Guapa! ¿No es verdad?
+
+--¡Reguapa! ¡Linda como un sol!
+
+--Eduardo se perece por ella.
+
+--Entonces, ¿quién es el pretendiente de Angelina?
+
+--¡Adivina!
+
+--¿Jacinto Ocaña?
+
+--¡Dios nos libre!
+
+--¿Agustín Venegas?
+
+--¡Jesús me valga! ¿No te digo que es amigo tuyo?....
+
+--¿Ricardo Tejeda?
+
+--¡El mismo que viste y calza!
+
+--¡No es rival temible!--dije para mí.
+
+
+
+
+XIV
+
+
+A veces iba yo a charlar en la botica de don Procopio Meconio. En aquel
+famoso mentidero, centro recreativo de ociosos y desocupados, se reunían
+a todas horas los jóvenes más guapos y los viejos más parlanchines de la
+budística ciudad. En aquella botica concurrían: Venegas, espíritu
+fuerte, liberal de la nueva echada, republicano incipiente, muy enconado
+contra el malaventurado ensayo imperial; Jacinto Ocaña, monarquista
+hasta la médula de los huesos, que siempre que hablaba de Maximiliano,
+se descubría respetuosamente, y que a cada instante trababa disputas con
+Venegas, sacando a bailar la Saratoga y el Tratado Mac-Lane; el doctor
+don Crisanto Sarmiento, retrógrado por los cuatro costados, que vivía
+suspirando por el régimen colonial, que se hacía lenguas de
+Revillagigedo, que de buena gana viera restablecido en México el Santo
+Tribunal de la Fe, y que cuando alguno hablaba de la Independencia,
+decía, echándola de agudo:
+
+--¡La maldita «india pendencia» que nos tiene hechos una lástima!
+
+Y no sé cuántos más, entre quienes figuraba el dueño de la botica, el
+invariable don Procopio, jugador desenfrenado, que había convertido
+aquel templo de Galeno en un santuario de Birján. Solíamos ver allí al
+P. Solís. Venía de tarde en tarde, a la hora en que había menos
+tertulios; se leía de cabo a rabo los periódicos, y luego... ¡a charlar
+con Sarmiento y con Venegas! Mientras don Procopio jugaba adentro con
+sus cofrades, afuera, delante del mostrador, en presencia de los
+compradores, se enredaban pláticas que frecuentemente se convertían en
+disputa. Venegas se complacía en atacar al caído Imperio; Sarmiento le
+defendía acalorado y lleno de brío. El republicano se ensañaba contra el
+Catolicismo; el médico decía pestes del partido liberal. El pedagogo,
+muy encariñado con el «Catecismo Político» de Pizarro Suárez, alegaba no
+sé qué razones, en favor de la tolerancia de cultos, y oponía a los
+dichos de su contrario algunos de aquellos argumentos protestantes tan
+usados por los periódicos a fines del 56 y principios del 57. El médico
+montaba en Júpiter; sacaba a relucir sus argumentos en forma, su ciencia
+de seminarista, y, por último, a los desahogos de Sarmiento contestaba
+con dicterios.
+
+El P. Solís, reflexivo y cachazudo, se estaba quedo; oía y callaba,
+hasta que para calmar los ánimos, terciaba en la disputa. Primero, tal
+era su táctica--se iba derecho hacia el doctor; le concedía la razón,
+pero censurándole acremente sus exageraciones de monarquista.
+
+--Iturbide, (a quien el Acta de Independencia llama: «un genio superior
+a todo elogio») hizo una tontería. En nuestro tiempo nadie se improvisa
+rey ni emperador. Papel tan alto sólo cuadra a quién fué mecido en regia
+cuna, a quien nació en las gradas de un trono. Un pueblo no se da a sí
+propio, sólo «porque así lo quiere», un buen gobierno y buenas
+instituciones. Es preciso que se los busque de acuerdo con sus
+tradiciones; es necesario que tenga en cuenta las enseñanzas de su
+historia; es preciso que las instituciones y la Forma de gobierno le
+vengan apropiadas, como a mí la sotana, a usted la levita, y a este
+joven el saquito corto. Ahí tiene usted explicado lo efímero del imperio
+de Maximiliano.
+
+Luego, pasando a la cuestión religiosa, decía sereno y reposado:
+
+--Amigo, amigo don Crisanto: entiendo que la Iglesia no patrocina ni
+monarquías ni repúblicas. Para ella, cualquiera forma de gobierno es
+buena... ¡cuándo es buena! Poco le importa que el jefe de un Estado se
+llame rey o presidente o emperador. No, amigo; no hay que pretender eso
+que usted quiere. Nada de identificar la cuestión política con la
+cuestión religiosa.
+
+En seguida cerraba contra Venegas. Era de oirle cuando, en un estilo
+conciso, breve, incisivo, ponía en la picota los dislates del pedagogo
+que nada sabía a derechas y todo se volvía palabras sonoras y
+retumbantes. Se burlaba de él; se reía a más y mejor de sus conclusiones
+luteranas, y después rebatía, con mucho acierto, los errores del mozo.
+
+--¡Joven! ¡joven!--prorrumpía en tono de sermón.--Esta Constitución que
+usted pone por las nubes, no ha sido hecha de acuerdo con las
+necesidades del país. Hago punto omiso de cuanto hay en ella contra la
+Religión. Pugna contra nuestras costumbres. Nuestro prelado no está
+educado para esas libertades. Dígame usted: si yo para contestar una
+demanda tendría que consultar con Castro Pérez, o con cualquier
+tinterillo, ¿qué haré si un día llego a diputado y tengo que legislar? Y
+cualquiera puede llegar a diputado: usted, el doctor, ese indio que va
+por allí, muy cargado con su soberanía, yo.... No, yo no, porque soy
+sacerdote, ministro de un culto, y por ende no soy ciudadano más que a
+medias. Pues ¡claro! o no sabrían ustedes lo que habrían de hacer, y
+votarían a la buena de Dios, o lo que es más seguro a la buena del
+Diablo. Ahora, cuanto a las perrerías esas que ha vomitado usted contra
+la Santa Madre Iglesia, vamos al grano, señor y amigo mío: no sabe usted
+lo que se dice. ¡Ya se ve! Toda su ciencia de usted está en el Catecismo
+de Nicolás Pizarro. Vamos, joven: beba usted en fuentes más limpias, y
+no hable por ahora de cosas que no entiende. ¡Y aquí paz, y después
+gloria! Y ¡adiós, amigos! Me voy; no he rezado el oficio, y es la horita
+del chocolate. ¿Ustedes gustan?
+
+El exclaustrado se iba; Sarmiento se componía la chistera y tomaba el
+portante, y Venegas se marchaba diciendo pestes de frailes y
+retrógrados.
+
+Nosotros nos quedábamos comentando la conversación de los tertulios,
+hasta que a las seis me iba yo a instalar en un asiento de la Plaza,
+para oir tocar a la señorita Fernández.
+
+Conviene saber que la familia Fernández era mal vista en la ciudad. Su
+cultura chocaba a los buenos budistas de Villaverde. Cuando compró la
+hacienda de Santa Clara, el señor Fernández vino a vivir a mi ciudad
+natal, y procuró relacionar a los suyos con lo mejor de Villaverde.
+
+Pero éstos no hicieron relaciones con nadie; mejor dicho: los
+villaverdinos no correspondieron a los deseos de la señora y señorita
+Fernández. Sólo intimaron éstas, con Sarmiento y el P. Solís, pues
+aunque visitaron a las principales familias de la ciudad, mis buenas
+paisanas no dieron muestras de estimación por las recién llegadas.
+
+Las gentes de Villaverde, las mujeres particularmente, no veían con
+agrado los usos y costumbres de la familia Fernández. Murmuraban de
+ella, susurraban acerca de la señorita tonterías y burlas, y, como es
+natural, a la simpática y elegante pollita nada de esto le agradó.
+
+--¿Gabriela Fernández? ¡Más orgullosa! ¡Más frívola! ¡Qué pagada de sí!
+¡Qué entonada! ¿Qué se estará creyendo? Si creerá que en Villaverde no
+hemos visto lujo ni elegancia.... Sí, sí, ya sabemos que dice que esta
+población es una hacienda grande.... Creerá que viene a deslumbrarnos
+con sus exterioridades y sus trajes. ¿Y todo por qué? Porque sabe tocar
+el piano. Allí está Luisita Castro Pérez que toca tan bien como ella, y
+sin embargo es modesta y humilde. Pues se engaña; no hemos de visitarla
+ni por una de estas nueve cosas. ¡Que gocen de su lujo y de su dinero!
+¡Que luzca Gabrielita sus trapos caros! Para nada necesitamos de ella.
+¡Qué gusto!--repetían las envidiosas.--¡Qué gusto! ¡Todos los muchachos
+de aquí salen con cajas destempladas! ¡Mejor! ¡Mejor! ¡Quién les manda
+enamorar marquesitas! Y bien visto, ¿quiénes son los enamorados?
+Eduardito... ¡sólo Eduardito! El muy tonto, como tiene dinero, como su
+padre es rico, está seguro de que le hará caso.
+
+Mis paisanos no tardaron en advertir que, tarde a tarde me pasaba yo las
+horas oyendo tocar a Gabrielita. Una noche, al entrar en la botica, oí
+que hablaban de la señorita Fernández, y que decían algo de mí. Pronto
+supe que en todos los corrillos, en todos los mentideros, en cada casa,
+decían y repetían que estaba yo enamorado; que me bebía los vientos por
+la hija del acaudalado dueño de Santa Clara.
+
+
+
+
+XV
+
+
+Una tarde recibí una cartita de don Román, una esquela muy punticomada,
+escrita gallardamente, con aquella la excelente letra de Palomares que
+años atrás dió a mi maestro fama de habilísimo pendolista.
+
+«Muy querido discípulo y amigo:
+
+«Como te lo ofrecí anteayer, estuve anoche a visitar al señor Lic.
+Castro Pérez para hablarle acerca de tí, y de lo útil que podías serle
+en el despacho. Díjele cuanto me pareció oportuno: le hablé de tus
+buenas prendas, de tu buen carácter, de tu índole laboriosa, de tu
+instrucción sólida y bien dirigida, y de la dificultad en que te
+hallabas para seguir los estudios y la carrera tan brillantemente
+iniciada, así como de la necesidad en que te veías de buscar algo
+productivo. Oyóme de buena voluntad (lo cual me pareció de buen agüero)
+y me prometió ocuparse en el asunto a la mayor brevedad. Juzgo necesario
+que le hagas una visita, cuanto antes, y te recomiendo que trates a mi
+amigo (que lo fué también, y muy íntimo, del señor tu abuelo) con tu
+genial y característica bondad, con la cortesía que te distingue. Castro
+Pérez se paga mucho de exterioridades, y para tenerle propicio es
+necesario halagarle. Es maniático, y la menor cosa le contraría. Ya te
+dejo preparado el campo. A tí te corresponde lo demás.
+
+«Ven por acá. El hígado me tiene desde ayer molesto y «achicopalado».
+Ven, charlaremos, y te enseñaré algo que te gustará mucho; unos
+exámetros que forjé anoche contra esos «sabios» de «La Sombra» y de «La
+Voz».
+
+«Ya sabes cuánto te quiere este tu maestro y amigo
+
+ Román López».
+
+Me dió mala espina la esquelita de mi señor maestro. Desde luego pensé
+que iba yo a tratar con un hombre de mal carácter. Esto me puso
+disgustado. Me imaginé que Castro Pérez era uno de esos abogados viejos,
+peritísimos en cuestiones de Jurisprudencia, pero en lo demás unos
+ignorantes de tomo y lomo; un señorón de aldea, pagado de su fama y de
+su ciencia, de esos que suspiran por todo lo antiguo, y que siempre
+están mal dispuestos para todo lo nuevo; un fantasmón iracundo, gruñón,
+de esos que ven con desconfianza a los jóvenes, y que se complacen en
+censurar a todas horas la educación enciclopédica de estos tiempos, la
+cual, si bien no produce sabios a granel no cría fátuos, como tantos
+viejos que yo conocía, encastillados en su saber hipotético, muy
+vanidosos y engreídos con su ciencia; ciencia exígua y mezquina que les
+conquista en el pópulo vil admiradores y monaguillos de amén que
+aprueban cuanto dicen los Sócrates de aldea, así suelten éstos el mayor
+disparate. En una palabra: me imaginé que Castro Pérez era uno de esos
+abogados viejos, repletos de latines, que se saben de memoria las
+Partidas, que tienen pujos de canonistas, y que escriben errar con «h»;
+«teólogos de capote», como los llamaron «in illo témpore»; peritos en
+las triquiñuelas jurídicas, pero vacuos de todo lo demás; habilísimos
+para ocultar su ignorancia, y desdeñosos de cuanto no entienden; que
+miran a todo el mundo con aire de protección, y que apareciendo graves y
+sesudos, mostrándose inaccesibles y huraños pasan por unos portentos y
+vienen a ser, en pueblos y ciudades como Villaverde, señores de vidas y
+haciendas.
+
+Nada sacaréis de ellos si no os mostráis humildes, sumisos,
+incondicionales admiradores de sus personas. ¡Ay de vosotros si no os
+acercáis a tan excelsos caballeros, aparentando que todo lo esperáis de
+ellos! ¡Ay de quién no les rinda parias! De seguro que nada obtendrá;
+de fijo que a todo le contestarán con monosílabos, y saldrá de allí
+colérico y desesperado.
+
+Me repugnaba seguir los consejos de mi maestro. Entendí muy bien lo que
+éste me quería decir con aquello de «te recomiendo que trates a mi amigo
+con tu genial y característica bondad»; pero me chocaba presentarme
+tímido y meticuloso como un donado, aparentando una estimación que no
+pasaba en mí de los límites de un respeto vulgar y corriente, como el
+que concedemos a todos por razones de urbanidad y cortesía. ¿Qué hacer?
+Me dispuse a seguir los consejos del «pomposísimo Cicerón», y de
+tardecita, poco antes de que sonara el «Angelus», me encaminé a la casa
+de Castro Pérez. Vivía a espaldas de la Parroquia, en un caserón vetusto
+y sombrío.
+
+Cuando llegué al zaguán me ví tentado de retroceder e ir a charlar a
+casa de don Procopio. Hice de tripas corazón y avancé hasta la puerta
+del despacho.
+
+--¡Adentro!--dijo una voz atiplada.
+
+--¿El señor Castro Pérez?
+
+--¡Adentro!--repitió la voz de falsete.
+
+Era el escribiente. Mala impresión me causó tan delicada personilla. Era
+un muchacho pálido, ojeroso, exangüe y consumido por el trabajo; un
+infeliz, condenado, sin duda, a prisión perpetua en aquel mundo de
+legajos y mamotretos; siempre inclinado sobre aquella mesita cubierta
+con un tapete de bayeta verde, delante de aquel tintero de plomo lleno
+de tinta espesa y natosa.
+
+--¿El señor Castro Pérez?
+
+--¡En la otra pieza!--me contestó el covachuelista.
+
+--¿Puedo pasar?
+
+--Pase usted.
+
+Me colé de rondón. Mi hombre, casi tendido en una poltrona, cerca de la
+ventana, revisaba un legajo. Al sentirme se incorporó contrariado, dejó
+el asiento, y fué a cerrar la puerta, acaso para que no pudiese oirnos
+el escribiente.
+
+--¿Qué mandaba usted?--me dijo frunciendo el entrecejo.
+
+--Mi maestro, el señor don Román López, me ha recomendado....
+
+El rostro de Castro Pérez cambió de expresión.
+
+--Vamos, joven,--murmuró levantándose, y ofreciéndome un asiento,--aquí
+tiene usted una silla.
+
+Mi hombre volvió a su poltrona, y luego, por sobre los anteojos, me miró
+de pies a cabeza.
+
+--¿Qué se ofrece? ¡Ah! ¡Ya recuerdo! ¿Es usted el joven que desea entrar
+de amanuense en esta casa?
+
+--Sí, señor.
+
+--Pues bien.... Veremos, veremos si es usted útil. Aquí tenemos mucho
+trabajo. Ya sabe usted: mi clientela es numerosísima, y por ende no
+falta quehacer. Si quiere usted trabajar....
+
+--Es lo que deseo...--murmuré, bajando la vista, mientras el abogado me
+miraba de hito en hito.
+
+--Pues bien, así lo quiero, trabajadorcito. Diez amanuenses he cambiado
+en este año, y, a decir verdad, ninguno me ha dejado contento. ¡El mejor
+no valía tres caracoles!
+
+--No pretendo valer mucho; pero... procuraré, bajo tan buena dirección,
+aprender en poco tiempo cuanto sea necesario.
+
+Castro Pérez sonrió, y a dos manos, juntando el pulgar y el índice se
+compuso los anteojos, y luego, dándose palmaditas en el abdómen, echóse
+atrás y me interrumpió.
+
+--¡Nada de lisonjas, joven! Nada merezco de cuanto dicen de mí....
+
+Hablaba lenta y pausadamente, oyéndose.
+
+--Es usted por extremo modesto...--¡Aquí!--me dije.--¡Aquí del
+incienso!--¿Quién no tiene noticia de los talentos de usted, de su saber
+profundo, de su fama, de su acrisolada honradez?
+
+Estos elogios me sonrojaban.
+
+--¡Bien! ¡Bien! Veremos si obtiene usted lo que desea. Está usted
+eficazmente recomendado por Román. Me dice que fué usted su discípulo, y
+de los más aventajados....
+
+--El señor mi maestro me quiere mucho, y es conmigo demasiado benévolo.
+Deseo trabajar, y estoy seguro de adelantar al lado de persona tan
+recomendable. ¡Quién no sabe que es usted el primer abogado del Estado
+de Veracruz!
+
+Castro Pérez se hinchó como un pavo, se meció en la poltrona, fingió
+sonrojarse, y me dijo:
+
+--¡Al grano! ¡Al grano! ¿Conoce usted el ramo?
+
+--No, señor.
+
+--Pues entonces, ¿cómo solicita usted una ocupación que le es
+desconocida? Tengo buenas noticias de usted. Ya Román me dijo que es
+usted un muchachito inteligente, que sabe usted hacer bonitos versos....
+Pero, es cosa sabida: no son los mejores empleados los que se andan todo
+el día a caza de consonantes....
+
+Me dieron ganas de estrangular al viejo.
+
+--Señor:--repliqué--es cierto que hago versos; pero no vivo entregado a
+tan grata ocupación. Además, tengo entendido que usted... suele
+hacerlos... ¡y muy hermosos!
+
+--¡Gracias, joven! ¡Restos de mis aficiones juveniles! En verdad que la
+poesía suele cautivarme, pero sólo de tiempo en tiempo. ¡Bien, bien,
+bien!
+
+Esta era su muletilla.
+
+--Espero que usted en memoria de mi abuelo.... Ya don Román le hablaría
+de las circunstancias en que me encuentro. No puedo volver a México; no
+puedo seguir los estudios, y estoy obligado a buscarme un pedazo de
+pan....
+
+--¡Bien! ¡Bien! ¡Bien! Así lo hace un joven delicado. Veremos, veremos
+si me sirve usted. Pero debo advertirle que... hasta dentro de una
+semana no podré resolverlo. Mañana veré si puedo conciliar varias cosas.
+Vuelva usted por acá, viernes o sábado.... Y.. diga usted. ¿Tiene usted
+buena letra?
+
+--Regular, señor licenciado.
+
+--Vamos, vamos. Allí tiene usted lo necesario.
+
+Obscurecía. En la mesa había un candelero con una bujía.
+
+--¿No ve usted? Pues encienda la vela y escriba lo que guste.
+
+Obedecí. Tomé la pluma y escribí: «Si el señor Licenciado Castro Pérez
+se digna recibirme en su casa, procuraré servirle con toda fidelidad».
+
+Me acerqué al abogado, llevando la hoja y la bujía. Mi hombre se acomodó
+en su poltrona, se compuso con ambas manos las gafas, y leyó lo escrito.
+
+--¡Bien! ¡Bien! ¡Bien! ¡Conforme! Prefiero la antigua y gallarda letra
+española.... Pero, en fin, la de usted es clara y hermosa. ¡Esta letra
+inglesa tan amanerada y presumida!
+
+Y después de un rato de silencio:
+
+--Ya sabe usted: viernes o sábado....
+
+--Vendré por acá....
+
+--No; yo le llamaré a usted.
+
+Entiendo que no le caí mal a Castro Pérez. Así me lo dijo dos días
+después el bueno de don Román.
+
+--La cosa es segura, muchacho. ¡Has clavado una pica en Flandes!
+
+
+
+
+XVI
+
+
+Estábamos a fines de octubre, mediaba el otoño, y los campos
+reverdecidos por las lluvias hacían gala de sus follajes. Las mañanas
+eran límpidas, frescas, pródigas de luz; los crepúsculos breves,
+espléndidos, incomparables.
+
+Me placía vagar por los alrededores de Villaverde. Cien veces recorrí
+las márgenes del Pedregoso, y otras tantas ví, desde lo más alto de la
+colina del Escobillar, la puesta del sol. Mi sitio favorito, a donde iba
+yo todas las tardes, era una roca casi plana, que parecía derrumbada del
+último picacho, y que ladeada sobre un peñasco, me brindaba cómodo
+asiento que circundaban buvardias coralíneas, cebadillas de suave
+fragancia, helechos maravillosos y vaporosas gramíneas que, mecidas por
+el viento, esparcían el pardo plumón de sus espigas maduras.
+
+¡Qué panorama tan hermoso! A mis pies las primeras calles de la ciudad,
+como extendidas en una alfombra de felpa amarillenta; la alameda de
+Santa Catalina; los edificios apiñándose a proporción que se acercaban a
+la Plaza; el poblado dividido por el río, y a orillas de éste el
+convento franciscano, lúgubre y sombrío, desolado y triste, como si
+llorara la ausencia de sus mendigos.
+
+Del lado del Norte, las lomas de San Antonio; los potreros del
+Escobillar; las casucas del Barrio-Alto, ocultas en la espesura de los
+jinicuiles y de los naranjales.
+
+Al Oriente, lo más pintoresco de la vega. A derecha e izquierda las
+montañas de Mata-Espesa, cubiertas con la exuberante vegetación de las
+tierras calientes; el cerro de los Otates que, visto desde el punto en
+que yo estaba, parece un camello que postrado en la arena aguarda el
+soplo abrasador de los desiertos.
+
+Entre ambas alturas el llano entenebrecido; el cielo dividido en dos
+fajas horizontales y paralelas: la superior cerúlea y transparente; la
+inferior teñida de color de violeta. Sobre esta zona se dibujaban los
+perfiles suaves y ondulados de lejana cordillera, y la arrogante cúpula
+de la iglesia del Cristo, domo correcto y presumido, rematado con una
+cruz de hierro, en torno de la cual trazaban círculos interminables
+algunas docenas de rezagadas golondrinas.
+
+En el cénit cúmulos níveos flecados de plata; celajes de tul; girones de
+gasa incendiados por la luz poniente; retales de brocado que ardían
+enrojecidos; cintas nacaradas; aves de fuego; serpientes de gualda que
+se retorcían y se alargaban; esquifes con velas de encaje, que bogaban
+como cisnes en el inmenso zafirino piélago.
+
+El sol iba ocultándose lento y majestuoso en un abismo de oro, entre
+montañas de brillantes nubes, a través de las cuales pasaban las últimas
+ráfagas que subían divergentes a perderse en los espacios, o bajaban a
+iluminar con misteriosa claridad purpúrea las solitarias dehesas, los
+gramales de las laderas, los plantíos de caña sacarina, los carrizales
+cenicientos del río, las arboledas que dividen las heredades, y el
+tupido bosque de una aldea cercana, cuyo campanil recién enjalbegado
+surgía de la espesura como un pilar ruinoso.
+
+Y aquí, y allá, y más allá, y por todas partes, en sabanas, vertientes y
+rastrojos, áureo centelleo de amarillas flores, precursoras de los días
+lúgubres y melancólicos de la primera semana de noviembre.
+
+Los últimos fuegos del moribundo sol fulguraban en la tranquila ciudad,
+en los azulejos de las cúpulas, y de los campanarios, y espejeaban en
+las vidrieras, y prestaban brillos argentados al Pedregoso. Las aves
+volvían raudas a sus nidos, millares de pajarillos cantaban en los
+matorrales de la colina, y el viento susurraba en las gramíneas.
+
+Me abismaba yo en la contemplación de aquel espectáculo encantador. Se
+despertaban en mi mente dulces memorias, y estremecían mi corazón
+sentimientos y ternuras del amor primero. De mis labios se escapaban las
+más bellas estrofas de mi poeta favorito; mi mano trazaba en la tierra
+rojiza un nombre amado, y entre las sombras que bajaban en tropel hacia
+la llanura creía yo ver la silueta donairosa de gentil doncella.
+
+A tales delirios,--que delirios eran, y nada más,--sucedía en mi alma
+cierta melancolía dolorosa que me arrancaba suspiros y humedecía mis
+ojos. Y buscaba yo, entre las mil casas de Villaverde, la humilde casita
+de mis tías. Ahí estaban las buenas ancianas que tanto me querían; ahí
+estaba Angelina, la pobre huérfana objeto de mi amor. Quedito, muy
+quedito, temeroso de que alguno me oyera, decía yo el nombre de la
+dulce niña, como si ella estuviera cerca de mí y pudiera escucharme y
+fuese yo a decirle: ¡Angelina; te amo, te amo! ¡Ámame! ¿Eres
+desgraciada? Yo también soy desgraciado. Vivamos uno para el otro;
+seamos, como dice el poeta:
+
+ Dos almas con un mismo pensamiento Y palpitando acorde el corazón.
+
+Confieso que al ir copiando estas páginas, escritas hace cuatro lustros,
+y tanto tiempo olvidadas, torna y se apodera de mi alma árida y triste
+aquella plácida melancolía de mi penosa juventud; confieso que al copiar
+los capítulos de esta historia amorosa, viene a mi memoria el recuerdo
+de aquellos días, y de mis ojos, que ya no saben llorar, rueda una
+lágrima....
+
+Y sin embargo, me río de mis tonterías juveniles, de mis locuras de
+enamorado, de aquel fantasear de mi mente que malogró en mí fuerzas y
+energías que debieron ser útiles a los demás. Pero no me burlo de mis
+ensueños juveniles impunemente; cuando me río de ellos me duele el
+corazón.
+
+Ahora vivo la vida prosáica de quien no fía en humanos afectos, de quien
+llama las cosas por sus nombres, de quien sólo gusta de la poesía en
+teatros y academias, y no quiere que el mundo y la sociedad sean como
+los pintaban los novelistas de antaño, los soñadores lamartinianos, los
+grandes ingenios de la legión romántica. ¡Ay de mí que malgasté en vanas
+imaginaciones las energías de mi alma, y despilfarré los más nobles
+sentimientos, y cansé mi fantasía, y dejé en los zarzales del camino
+pedazos del corazón!
+
+A las veces renuncio a copiar estas páginas envejecidas en la gaveta, y
+que acaso no serán entendidas de la generación presente, que ha de
+leerlas deprisa en el folletín de un periódico. Me ocurre echarlas al
+fuego para entretenerme en ver las llamas que las devorarían en pocos
+minutos; pero me es imposible resistir al deseo de que sean conocidas
+estas memorias, escritas por un pobre muchacho, admirador incondicional
+de aquellos escritores gallardos y de aquellos poetas amables y sentidos
+que fueron delicia de nuestros padres. He dado en creer que su lectura
+será provechosa para la actual generación.
+
+Me ocurre preguntar: ¿Será interesante para ella este modesto libro que
+acaso peca de indiscreto? ¿No será acogido con menosprecio y risas
+burlonas? Yo quiero que los muchachos que ahora empiezan a vivir, sepan
+cómo sentían y pensaban los jóvenes de aquel tiempo. Sea como fuere,
+prosigamos la tarea, y que la mocedad de hoy, agitada y turbulenta,
+tristemente precoz, falta de nobles ideales, prematuramente envejecida y
+nunca saciada de placeres, sepa cómo eran, qué pensaban y qué sentían
+los jóvenes de entonces.
+
+Permanecía yo en mi sitio predilecto hasta que las sombras invadían la
+ciudad, hasta que se apagaban en los horizontes y en las cimas los
+últimos reflejos del sol, y Villaverde encendía sus luces, y Véspero, el
+amado Véspero, bañaba la vega en apacible y misteriosa claridad.
+Entonces, apoyado en nudoso tallo, cortado a la subida, bajaba yo
+lentamente, cargado de flores: irídeas de subido escarlata, que a
+millares crecen entre las piedras de la vertiente; «patas de león»,
+simpáticas moradoras de las umbrías; buvardias que se me antojan
+talladas en coral; helechos que parecen tiras de raso; musgos raros;
+frutos desconocidos; guías enflorecidas de cierta campánula blanquecina
+que huele a miel virgen.
+
+Ya sabía yo que Angelina me saldría al encuentro. Al llegar me la
+encontraba yo en la puerta, cariñosa, sonriente, como toda niña delante
+de aquél a quien ama, cuando sospecha que es amada.
+
+--¿Qué me trae usted?
+
+--Lo más hermoso que pude hallar.
+
+La huérfana recibía las flores y corría a examinarlas. Mirábalas una a
+una, aspiraba su aroma, y en la corola de la más bella, en el ramillete
+más lindo, dejaba un beso silencioso que yo me apresuraba a recoger.
+
+Por aquel beso hubiera yo subido entonces, en busca de flores, hasta lo
+más encumbrado de la sierra; ahora no caminaría yo cien metros en busca
+de una rosa, así fuese para obsequiar a la mujer más bella. Llamo a un
+jardinero, le encargo un ramillete, y... ¡listo!
+
+
+
+
+XVII
+
+
+De noche me quedaba en casa, conversando con la enferma o charlando con
+Angelina. Ella y tía Pepa hacían sus flores, y yo hojeaba un libro o
+leía para mí.
+
+--¡Lea usted en voz alta!--solía decirme la doncella.--Lea usted algo
+bonito....
+
+--¿La vida del santo del día?
+
+--¡No!--contestaba en tonillo suplicatorio, haciéndome un mohín de niña
+mimada.
+
+Traía yo un tomo de versos, generalmente de Zorrilla. Angelina se
+encantaba con las leyendas del afamado poeta: «A buen juez, mejor
+testigo», «La Pasionaria», «Margarita la Tornera». Con ésta, sobre todo,
+que era para ella lo más hermoso de la poesía moderna.
+
+Me parece que veo a la anciana y a la joven muy diligentes y afanosas,
+oyendo atentamente los sonoros versos.
+
+Aquella mesita baja y larga, cubierta con un mantel viejo, iluminada por
+un quinqué con pantalla verde, y llena de cajitas, ruedas de alambre y
+rollos de papel, se me antojaba, a veces, como un arriate engalanado con
+todos los primores de un jardín. Mi tía acocaba sépalos sobre la
+rodilla; Angelina, pincel en mano, delante de un gran plato, y cercano
+el papelillo de arrebol, pintaba pétalos de rosa. Empapábalos primero en
+agua acidulada, los enjugaba después entre los pliegues de una toballa y
+luego les aplicaba la tinta. Al poner el pincel en el húmedo paquetillo,
+aparecía una mancha carminada, de tono intenso, que poco a poco se
+desvanecía sin llegar a los bordes. Entonces la joven sumergía las
+hojuelas en una solución de alumbre muy ligera, para fijar el color. Yo
+seguía leyendo; pero en ocasiones la doncella demandaba mi auxilio.
+
+--Rorró;--así me decía ya, sin que este nombre cariñoso llamara la
+atención de mi tía.--¡Rorró, deje usted el libro y ayúdeme!
+
+Se trataba de separar los pétalos uno a uno, sin estropearlos, con la
+punta de un alfiler, para que la tela no perdiese el barniz que traía de
+la fábrica y sacaran las flores un brillo natural. Iba yo despegando
+las hojas y colocándolas cuidadosamente, en filas paralelas, sobre una
+servilleta. Esta operación era muy larga.
+
+Una noche la tía se quedó dormida. Advirtiólo Angelina, y me hizo seña
+para que habláramos en voz baja, y quedito, muy quedito, mientras
+oprimía con la punta de los dedos los empapados paquetillos y los
+apartaba en el borde del plato, me dijo:
+
+--Esta mañana estuve en la Conferencia.... Tuvimos una discusión muy
+acalorada.
+
+--¿Por qué?
+
+--¡Cosas de las gentes! No piensan con juicio ni entienden las cosas a
+derechas.
+
+--¿Quiénes?
+
+--Eso sí no diré; pero es el caso que una señora que usted conoce....
+
+--¿Quién es ella?
+
+--¡Curioso!
+
+--Despierta usted mi curiosidad y....
+
+--¡Ya dije que no lo he de decir!
+
+--Bueno. ¿Qué pasó?
+
+--Propuso una compañera que diéramos socorros a una familia que está en
+la miseria. Todas aceptamos; pero entonces esa señora dijo que no; que
+no era justo quitar a verdaderos necesitados, auxilios y socorros que no
+abundan, para darlos a unas muchachas muy emperifolladas y que tienen
+novio.
+
+--La verdad es que....
+
+--No, Rodolfo, qué verdad, ni qué verdad! No es cierto que esas
+infelices anden emperifolladas. Suelen vestir bien, es cierto, pero no
+porque despilfarran en trapos y moños lo poco que ganan. Andan
+arregladas y aseaditas. ¡Eso no es un pecado! Si a veces llevan un
+bonito traje es porque se los da una alma caritativa. Y en cuanto a lo
+del novio, ¡eso es cosa que a nadie le interesa! Así lo dije yo. Pero la
+señora insistió, y entonces una señorita, una señorita muy guapa que
+estaba allí, (también la conoce usted) se mostró muy contrariada, y dijo
+que aquello no le gustaba; que era muy feo eso de averiguar vidas
+ajenas. ¡Y tuvo razón; sí, señor, mucha razón! ¿Verdad que eso no es
+caridad? ¿Qué es eso? No, señor; si esa familia es pobre y necesita del
+auxilio de la Conferencia, pues darlo, si es posible, si lo hay; o
+negarlo si no alcanzan para ello los recursos; pero ¿a qué tales
+averiguaciones? La señora no cedía, y entonces la señorita no pudo más,
+y exclamó con mucha gracia: «En cuanto a eso de los novios, señora,
+piense usted que esas pobres muchachas no se han de quedar para vestir
+santos, y recordemos que asunto es eso en el cual nada tienen que hacer
+las Conferencias. Si alguna vez ve usted a esas niñas con vestidos
+buenos, es decir, con vestidos que no parecen de pobre, es porque yo,
+(sólo porque es preciso lo digo), se los he regalado.» Y esto lo dijo
+encendida y muy apenada.
+
+--Y ¿quién es esa señorita?
+
+--Después hablaremos de ella.
+
+--Y ¿en qué paró la discusión?
+
+--¡En qué había de parar! En lo que era debido; en que la presidenta
+dijo que teníamos razón; que se dieran los auxilios, y que no se
+volviera a hablar de eso. La señora se fué mohina, y nosotras salimos
+muy contentas.
+
+--Bien hecho, Angelina. Tenían ustedes razón.
+
+--Ahora, vamos a otra cosa. ¿Sabe usted lo que me dijeron esta mañana,
+al salir de la Conferencia?
+
+--Si usted no me lo dice.... Veamos, ¿quién y qué?
+
+--¡Ah!--exclamó, sonriendo, dejando ver toda la hermosura de sus
+hoyueladas mejillas.--Es algo que a usted se refiere.
+
+--¿A mí?
+
+--Sí.
+
+--¿Quién fué?
+
+--Un pajarito.
+
+--¿Un pajarito?
+
+--Sí.
+
+--¿De qué color? ¿Azul, como el de los cuentos?
+
+Angelina no me contestó, y como si creyera que había dicho algo
+inconveniente siguió hablando de otra cosa: ¡de la obra que tenían
+empezada, de no sé qué!...
+
+Yo me complacía en mirar los ojos de la doncella, aquellos ojos
+soberbios, negros, rasgados, sombreados por la rizada pestaña y la negra
+y arqueada ceja. Advirtió Angelina que la miraba yo con interés de
+amante, y se encendió al igual de los pétalos que llenaban el plato.
+
+--Angelina... ¿qué dijo el pájaro azul?
+
+Sonrió dulcemente, y me respondió, bajando la mirada:
+
+--Que.... ¡Es usted muy curioso!
+
+--No tengo yo la culpa. Usted despertó mi curiosidad.
+
+--No fué pajarito, que fué pajarita. ¿Dice usted que azul? Pues azul; no
+se equivoca usted. Azul y oro... porque es rubia y estaba vestida de
+color de cielo.
+
+--¿Qué dijo?
+
+--Pues... dijo, (no crea usted, que lo invento yo, eh?) me dijo...
+que.... ¡No; es mejor no poner tentaciones!
+
+Aunque la joven inclinaba la cabeza sobre el plato, pude observar que se
+había puesto pálida, sumamente pálida. Velaba su rostro una sombra de
+repentina tristeza.
+
+--Angelina...--supliqué--¿qué dijo y quién es esa pajarita? Será una
+golondrina de las que anidan en la torre....
+
+--¡Adiós! Las golondrinas no son rubias, ni visten de azul.
+
+--¿Y a qué viene eso de las tentaciones?
+
+--A nada. ¡Cosas mías! Por decir algo... por avivar la curiosidad del
+caballero....
+
+--Seriamente. Dígame usted todo. Sin duda que me ha de interesar....
+
+--¡Ah! ¡Y sí que sí!
+
+--Pues... oigo.
+
+--Es el caso....
+
+--Dígame usted todo....
+
+--Todo. Es el caso que una señorita muy guapa, muy elegante, y además
+muy rica, la misma que se puso tan seria y abogó por esas pobres
+muchachas que pedían socorro a las Conferencias, me tomó del brazo...
+y....
+
+--Bien, tomó a usted del brazo... ¿y qué?
+
+--Y salimos.
+
+--Salieron... ¿y qué más?
+
+--Y me preguntó con mucho interés, con «demasiado» interés, quien era un
+joven recién llegado a Villaverde, que vive en esta casa, y que tarde a
+tarde, se pasa las horas muertas, en un asiento de la Plaza, de codos en
+la baranda, y vuelto hacia....
+
+--Hacia la casa del señor Fernández. ¿No es eso?--concluí riendo.
+
+Ella prosiguió:
+
+--Y oyendo tocar a una señorita que vive allí.
+
+Angelina me miraba atentamente, procurando observar el efecto que sus
+palabras producían en mí.
+
+--Pues Angelina: ¡diga usted a esa señorita que ese joven soy yo, y que
+paso muy gratas horas, oyéndola tocar!
+
+--¡No! ¡Yo no le diré nada! Pero.... ¡Con razón dicen las gentes que
+está usted enamorado de Gabriela!--exclamó apenada, trémula el labio,
+húmedos los ojos.
+
+--¿Enamorado de esa niña? ¡Ni por pienso! ¡Murmuración villaverdina!
+
+--¿Murmuración? Vale más. Ya dieron en decirlo, y seguirán....
+
+--Créame usted, Angelina; créame usted: la señorita es guapa, sí que es
+guapa, linda como un ramo de rosas; pero el joven que se complace en
+oirla tocar no ha puesto en ella los ojos, ¡ni los pondrá jamás!
+
+Mi voz despertó a tía Pepa. Yo estaba separando el último pétalo.
+
+La anciana se volvió a dormir, y entonces siguió la interrumpida
+conversación, e interrumpida de tal modo que nos dejó turbados, como si
+fuéramos dos amantes sorprendidos en furtivo coloquio.
+
+--Usted dirá lo que quiera, Rodolfo. ¡Buenos son los hombres para eso!
+No me doy por engañada. ¡El tiempo lo dirá!
+
+--Le juro a usted que hasta hoy supe su nombre. Oía yo: ¡la señorita
+Fernández... por aquí; la señorita Fernández... por allá!
+
+--¿Conque no sabía usted el nombre de esa niña?
+
+--No.
+
+--¿No?
+
+--No.
+
+--¿Conque no?
+
+--¡No, y no!
+
+--Pues ya lo sabe usted: se llama Gabriela.
+
+Angelina me veía y sonreía como si dudara de mi dicho, como si quisiera
+sorprender en mis ojos la verdad.
+
+--No, Angelina: sería una locura eso de que yo pusiera los ojos en esa
+señorita. Sí, una locura, y por mil razones. La primera, la principal, y
+que vale por todas, es ésta: porque soy pobre.
+
+La doncella suspiró como si quedase libre de un gran peso.
+
+--Algún día, acaso no muy lejano, sabrá usted, Angelina, a quien amo yo.
+
+Díjele esto fijos mis ojos en los suyos. Ella me dirigió una mirada
+profunda, intensa, llena de infinita ternura, dulcemente alegre.
+
+Tía Pepa despertó.
+
+--¿De qué hablaban, Rorró?
+
+Angelina se apresuró a responder:
+
+--De que Rodolfo se ha estado un siglo para separar esos pétalos.
+
+--Y diga usted también que decía que estoy prendado de la señorita
+Fernández.
+
+--¡Qué es eso, Rorró!--exclamó mi tía.
+
+--Señora, eso cuentan por ahí....
+
+--¿Usted lo cree, tía?
+
+--No, muchacho; ni sería de mi agrado. A Carmen sí que le gustaría. La
+otra tarde me dijo: «¡Ay, Pepa! ¡A mí la única muchacha que me gusta para
+Rodolfo es Gabrielita! ¡Qué bonita pareja harían los dos!»
+
+El rostro de la joven se entristeció de súbito, como esos manantiales de
+agua purísima cuando pasajera nube les roba por un instante los rayos
+del sol.
+
+
+
+
+XVIII
+
+
+Angelina se mostró conmigo muy reservada y desdeñosa. Ya no me esperaba
+en el corredor a la hora en que lavaba las jaulas y regaba las flores, y
+si allí la sorprendía yo parecía más atenta a los quehaceres domésticos
+que a mi conversación.
+
+--¿A dónde va usted?--me decía.--Ya es tarde ¡Pronto, pronto! ¡A pasear!
+Si ha de volver usted para desayunar... ¡a la calle!
+
+Así me despedía. Tomaba yo el portante, y cuando salía muy contrariado y
+mohino, al detenerme en la puerta para quitar la aldabilla, sentía yo
+en pos de mí las miradas de la huérfana. Más de una vez me volví
+rápidamente, y siempre logré sorprenderla en momentos en que me veía con
+cariñosa curiosidad.
+
+Después de vagar una o dos horas por los callejones o en la alameda de
+Santa Catalina, volvía yo a casa. La mesa estaba lista, y la tía
+aguardándome. Andrés, a quien diariamente mandaban desayuno y comida a
+su «changarro» del Barrio Alto, solía almorzar con nosotros. Me place
+recordar aquellos desayunos. ¡Qué de veces, en el comedor de fastuoso
+banquero, he pensado, con triste alegría, en aquellas horas dichosas!
+Tía Pepa en un extremo; yo a su derecha, y enfrente de mí Angelina.
+Andrés tomaba asiento lejos de nosotros, en la otra cabecera, siempre
+distante de sus amos, sin igualarse a ellos, sin confundirse con las
+personas que creía superiores a él. En vano le instábamos para que se
+acercara; en vano pretendimos que ocupara a nuestro lado el lugar
+merecido. Andrés no era un extraño que por clase y condición debía vivir
+de manera distinta que nosotros. Siempre le vimos como pariente nuestro,
+como individuo de la familia, igual a mí, igual a mis tías; pero el
+honrado viejo nunca quiso aceptar tales distinciones; nunca accedió a
+nivelarse con aquellos que consideraba sus amos.
+
+--¡Aquí estoy bien, Rodolfo!--me contestaba,--aquí estoy bien.
+
+Y sin sentirse humillado, sin desdeñar lo que tanto merecía, se quedaba
+en el sitio acostumbrado.
+
+¡Cómo si le tuviera yo delante! Me parece que le veo. Hace tiempo que
+bajó al sepulcro, y no he podido olvidarle.
+
+En este momento creo verle aquí, del otro lado de la mesa en que
+escribo, muy sencillote y franco, muy recatado y pudoroso para cualquier
+acto de generosidad, y nunca más tímido que cuando quería averiguar si
+necesitábamos algo. Paréceme que estoy viendo aquel rostro moreno, tipo
+hermoso de la raza indígena, afinado por el cruzamiento en dos o tres
+generaciones: obscuro, muy obscuro del color; estrecha la frente; alto
+el cráneo; salientes los pómulos; la barba escasa, escasísima; los ojos
+pequeñitos, negros, negros y vivos; la mirada franca; el aire resuelto,
+como en todo aquel que no tiene en su vida acción que le avergüence, que
+a nadie teme y de nadie es temido; que así se enternece a la vista de
+ajenos dolores como rechaza sereno, con dura franqueza, con valerosa
+resolución, a quien le ofende o desconfía de él. Robusto, ancho de
+espaldas, dobladote como se dice vulgarmente, tenía una fuerza y un
+vigor hercúleos. A su edad nadie alardea de vigoroso y fuerte, y Andrés
+dejaba atónitos a los mozos más fornidos en eso de echarse a cuestas un
+fardo y levantar y poner en el mostrador un barril de aguardiente. Bajo
+aquella blusa azul, bajo aquella camisa sin almidones ni planchados ni
+añiles presuntuosos, se abrigaban una musculatura de acróbata y un
+corazón de oro. Cada visita de Andrés tenía por objeto hacer bien a la
+familia de sus amos;--a sus amas,--mis tías;--al amito,--yo.
+
+De ordinario, acabado el desayuno, mientras señora Juana retiraba los
+platos, Andrés se levantaba y se iba a la cocina:
+
+--Señora Juana: vaya usted por allá; tengo muy buen arroz. Vaya usted,
+que ahora está todo muy bueno en el changarro. Hay una mantequilla
+que... ¡qué ya verá usted cómo se chupa los labios el amito!
+
+Volvía, tomaba asiento, y conversaba un rato. Al pasar por la cocina
+hablaba en voz baja con señora Juana; encendía un puro, y se iba. Jamás
+se atrevió a fumar delante de mis tías.
+
+Angelina, tan desdeñosa conmigo cuando estábamos solos, en presencia de
+mis tías se mostraba amable y obsequiosa. Cuando yo no la veía me
+miraba; cuando yo clavaba en ella los ojos volvía el rostro encendida y
+ruborosa.
+
+¿Me amaría la doncella? Sí; clarito, clarito que me lo decían su
+aparente desdén, su cauteloso empeño en mirarme cuando yo parecía
+distraído y muy atento a la conversación de la anciana.
+
+Después, como de costumbre, seguía la charla con la enferma. Angelina se
+ponía a coser. A las veces terciaba en la conversación, pero aparentando
+indiferencia, sin alzar los ojos. Cuando tía Carmen estaba muy débil me
+costaba trabajo entenderla. Como entonces su voz era trémula y apagada,
+la enferma se veía obligada a repetir las frases, y no lo hacía sin dar
+muestras de impaciencia. La doncella, habituada a oirla, se apresuraba a
+decirme lo que yo no había entendido, y apuraba el ingenio para no
+entristecer a la anciana.
+
+Ocurrióseme una vez tratar de las muchachas más lindas de Villaverde.
+Tía Carmen se prestó a la conversación, y estuvo ese día de muy buen
+humor. En ocasiones como aquella, se complacía en charlar como una polla
+y en agotar el frívolo y gastado tema de noviazgos y bodas. No dejamos
+de nombrar a ninguna de las niñas casaderas. ¡Ninguna fué del agrado de
+mi tía. Unas le parecían tontas, coquetas, feas, sin gracia; otras,
+aunque bellas, superficiales y vanas; algunas, buenas muchachas, pero de
+«mala rama»,--como decía la enferma,--esto es, de familias
+desconceptuadas e incorrectas; cuales simpáticas, pero de mala
+educación; cuales bien educaditas, pero vanidosas y muy pagadas de su
+letra menuda. ¡La educación!--decía--¡la educación antes que nada!
+
+Llegamos a la señorita Fernández.
+
+--¡Esa sí!--exclamó la buena señora.--¡Esa sí me gusta! ¡Tan bonita, tan
+inteligente, tan buena, tan sencilla! Es rica, y tiene la sencillez de
+una pobre; es inteligente e instruída, y no hace alarde de ello; es
+hermosa, y no está pagada de su belleza. ¡Ay Rorró!--agregó después de
+elogiar con mucho entusiasmo a la niña.--Es una perla. Así quiero una
+mujer para tí. El otro día se lo dije a Pepa: ¡para Rodolfo, solamente
+Gabrielita! No temas, no temas; yo sé lo que te digo. Ya sabes que para
+esas cosas tengo yo buenos ojos. Eres pobre... ¡cierto! pues estoy
+segura de que Gabrielita te preferiría a cualquier villaverdino, así la
+pretendiera Ricardo Tejeda, tu amigote, o el hijo de don Basilio, ese
+muchacho que es un bobo, que no sirve más que para contar a todo el
+mundo cuánto vale el traje que lleva, y cuánto el caballo en que montará
+dentro de pocos días. ¿No es verdad, Angelina? ¿No es verdad que para
+Rorró, sólo Gabriela?
+
+La doncella clavó la aguja en el lienzo, y pálida como una muerta,
+arrasados en lágrimas los ojos, contestó, sonriente:
+
+--Señora... ¡quién sabe! Es buena, muy buena... pero las Tejedas no la
+quieren; ni tampoco las Castros; ni las Martínez, ni otras. ¡Y yo no sé
+por qué! Será porque esa señorita es más elegante que ellas, y más
+bonita, y de muy buen trato. En cuanto a eso.... ¡No hay en Villaverde
+otra como Gabrielita! Pero yo creo que Rodolfo merece otra muchacha
+mejor.
+
+--¿Mejor la quieres?
+
+--Sí, porque ninguna me parece digna de él.
+
+¿Era aquello un arranque de soberbia? ¿Era ironía? Me volví para ver a
+la doncella. Seguía hilvanando.
+
+Tía Carmen prosiguió dulcemente:
+
+--Mira, Rorró: tú eres un buen muchacho, y por eso te queremos mucho.
+Mira: nosotras deseamos tu felicidad; siempre has oído nuestros
+consejos... pues oye ahora uno: no seas como tantos otros muchachos
+de tu edad, que andan, como mariposillas, de flor en flor.... Yo
+comprendo muy bien que los jóvenes se entusiasmen con las muchachas
+bonitas. ¡Es natural! ¡La edad lo quiere así! Pero, vamos, hijo mío:
+¿por qué engañar a tantas, por qué engañar a tantas antes de fijarse en
+aquella que ha de ser su esposa? El amor no es un juego; con el amor no
+hay que jugar. Es cosa muy seria. Para una persona de buenos
+sentimientos y de alma noble y elevada, no hay más que un amor, sólo
+uno. En la vida no se ama de veras más que una vez.
+
+La voz de la anciana se iba poniendo trémula. Acaso el recuerdo de un
+amor malogrado le oprimía el corazón. Observé que por sus mejillas
+exangües y marchitas rodaban gruesas lágrimas, dos lágrimas seniles, de
+esas que no se pueden contener. La enferma buscó un pañuelo que tenía en
+el regazo, y levantándolo difícilmente, con la única mano que tenía
+expedita, se enjugó los ojos.
+
+--Sí, Rorró,--prosiguió conmovida--así entendía estas cosas tu papá; así
+las entendía tu abuelito. Mira; oye mis consejos, que no te irá mal.
+Aunque eres pobre te casarás, sí, porque no te has de quedar soltero,
+como don Román, tu maestro, ni has de ser sacerdote. Te casarás, y...
+¡cuánto le pedimos a Dios que hagas buena elección! Cuando busques
+esposa atiende a encontrarla fina, bien educada, modesta, prudente, de
+buena familia. Atiende, sobre todo, a la educación; mira que por falta
+de ella se pierden muchos matrimonios. Lo sé bien, lo sé bien; yo sé lo
+que te digo. Ante todo la educación y la prudencia. Una mujer prudente
+es la bendición del Cielo para su esposo, y la educación suele hacer
+veces de la prudencia. Por eso Gabriela me gusta para tí. ¿Te ríes? Ya
+lo veo; te ríes tristemente. Ya te entiendo; piensas que eres pobre, y
+que por eso no puedes aspirar a ser amado de esa niña. Pues bien, si hoy
+eres pobre, acaso mañana serás rico. ¡Y aunque no lo seas! Pobre, muy
+pobre, más pobre de lo que eres, por tu familia, por tu educación, por
+todo, eres muy digno de ser esposo de Gabriela.
+
+Me sonrojé, pero no quise interrumpir a mi tía.
+
+--No te rías así; mira que tu risa la siento aquí, en el corazón. No te
+rías; ya sé lo que me vas a contestar; no hables, te lo diré yo. Vas a
+decirme que eres pobre, y que aunque descendieras de un rey, aunque
+fueras un sabio, y el primero por lo guapo y buen mozo, de nada te
+serviría todo esto, de nada, si no tenías dinero....
+
+--¡Eso, tía!
+
+--Tienes razón. Pero, dime: ¿serías el primero que sin poseer caudales
+se casaba con una rica? No. Pues ya lo ves.
+
+--Sí, tía; pero no siempre en esos casos queda a salvo la dignidad.
+
+--Te engañas: muchos pobres se han casado con ricas, y se han casado sin
+que su nombre pierda lo más mínimo....
+
+--Tal vez; pero la sociedad murmura....
+
+--Ya lo sé. ¿Crees tú que yo no sé los males que causa la murmuración?
+Hijo mío: el mundo murmura de todo. Procura que tu conciencia esté
+tranquila, y deja que el mundo diga lo que quiera. No engañes a ninguna
+muchacha. ¡A qué mentir amores a quien no será tu esposa!
+
+Angelina seguía cosiendo. Las campanas de la Parroquia soltaron en ese
+momento alegre repique.
+
+--¡Ah!--prorrumpió la joven.--¡La fiesta de Todos Santos! ¡Ni quien se
+acordara!
+
+Levantóse y salió.
+
+Cuando quedamos solos tía Carmen me dijo:
+
+--Ven, acércate.
+
+Y mirándome tristemente agregó:
+
+--No seas causa de que una mujer llore un desengaño; no, Rodolfo, ¡no
+hagas eso! No puedes imaginar qué de males ocasiona un hombre cuando
+miente amor. Mira, lo sé por experiencia. Cásate con quien quieras....
+
+--Tía: yo no lo haré nunca movido por el interés y la codicia....
+
+--Muy bien. Apruebo ese modo de pensar. Pero si te es posible conciliar
+(por supuesto que sin mengua de tu decoro) el amor y la conveniencia,
+¿por qué desdeñar a una mujer rica? Por eso te decía yo que
+Gabrielita....
+
+--Sí, tía, sí; tiene usted razón; pero, créame usted: si algún día
+pienso en casarme, no consultaré más que a mi corazón.
+
+
+
+
+XIX
+
+
+Charlé media hora en la botica de Meconio. Allí estaban los pedagogos,
+el P. Solís y don Crisanto.
+
+Adentro, como de costumbre, se tributaba culto a Birján. Oficiaba su
+gran pontífice don Procopio, y entre los cofrades ví, con sorpresa, al
+piadoso y manso don Basilio. Era muy aficionado a las cuarenta el señor
+alcalde; pero nunca pasaban de un duro sus apuestas. Sólo
+jugaba--palabras textuales--para matar el tiempo.
+
+Célebre ciudad de jugadores fué Villaverde allá en los tiempos
+coloniales, y sotas, caballos y reyes, se llevaron de allí más dineros
+que de la Veracruz los piratas de Lorencillo.
+
+Ahora, es decir, en los tiempos en que acaecieron los sucesos que voy
+narrando, contaba Birján pocos oratorios, pero aun tenía culto en muchos
+sitios.
+
+Antiguamente se jugaba en todas partes, en trastiendas, talleres,
+boticas, mentideros, y hasta en la Plaza, durante la segunda quincena de
+Diciembre. Al anuncio de las «rifas» se regocijaban mis paisanos, y huía
+de Villaverde la budística tristeza que de ordinario la consume. Monte,
+ruletas, dados, polacas y lotería de cartones, congregaban todas las
+noches en la Plaza a los piadosos villaverdinos, que allí dejaban los
+cuartos para que los ediles nivelaran con el producto de las «rifas» el
+presupuesto municipal siempre deficiente.
+
+No sé lo que ahora sucede en Villaverde. A ser ciertas algunas noticias
+que de allí recibo, aun son fieles los villaverdinos a su dios; el culto
+ha decaído, pero la devoción vive, y vivirá en ellos por los siglos de
+los siglos.
+
+La tertulia languidecía; los pedagogos estaban displicentes y mal
+humorados; el doctor disertaba de farmacología indígena, y el P. Solís
+leía con avidez cierto periódico conservador, el primero que saltó a la
+palestra después de la catástrofe imperial.
+
+Viendo que los tertulios no reían ni disputaban, me decidí a pasar la
+velada en la casa del dómine. Además me era insoportable la presencia de
+los periodistas, desde el día en que me ajustaron las cuentas y pusieron
+en solfa mis sonetos. Me repugnaba el trato de mis críticos, solamente
+soportables para mí cuando discutían y se peleaban, cada cual en defensa
+de sus «ideales».
+
+Nada más triste que Villaverde al fin del día; nada más horrendo que mi
+ciudad natal después de obscurecer. Todo el mundo se mete en casita, y
+si el aburrido no acude a cualquier mentidero, es cosa de morirse de
+fastidio. Las calles desiertas, obscuras, lóbregas, silenciosas. Ni un
+organillo que alegre aquella espantosa soledad. Casi todas las casas
+están cerradas. ¿Qué se hacen a esa hora las dulces y modosas
+villaverdinas? Sábelo Dios. Ahí se están en la sala, acurrucadas en el
+sofá, columpiándose en las mecedoras, soñolientas y aburridas, en espera
+del novio, atisbando el momento oportuno para pelar la pava.
+
+Me lancé a la calle. Iba yo perdido en las tinieblas, tropezando a cada
+paso. Camino de la casa de mi maestro, pasé por la plaza, delante de la
+morada de Gabriela. La hermosa señorita estaba en el piano. La
+pobrecilla, para entretener sus fastidios villaverdinos, repasaba el
+repertorio en boga. No me detuve a escucharla. Me pareció que cometía yo
+una infidelidad.
+
+La plaza estaba casi a obscuras. Ardían los cinco faroles, pero con luz
+tan débil y escatimada, que apenas dejaban ver los árboles, la fuente y
+el barandal. Salían del templo algunos hermanos de la Vela Perpétua;
+los vicarios departían en el cuadrante con los campaneros, y en la
+esquina opuesta una vendedora de frutas secas dormitaba en espera de
+marchantes, a la luz de un farolillo de papel. En un ángulo del
+cementerio una «garnachera» condimentaba sus fritadas. El airecillo
+nocturno llevaba calle abajo el picante olor de la cebolla y el hedor de
+la manteca requemada.
+
+Salí de la botica contagiado de tristeza pedagógica. Pensé en mi
+situación; me puse a cavilar en mi suerte; en que era yo pesada carga
+para mis tías, las cuales me habían sostenido por tantos años a costa de
+extremos sacrificios. Aquello no podía seguir así. Y bien, ¿por qué sólo
+de tarde en tarde me detenía yo a considerar mi penosa situación? Esto
+fué el tema constante de mis meditaciones en los primeros días, pero
+luego puse toda mi atención en la belleza de los campos de Villaverde,
+en las puestas de sol, en la galanura de mis poetas favoritos, en las
+visitas de mi maltrecha musa, en el amor de Angelina. ¡Mente maldita la
+mía, tan divagada e inestable, inquieta como una giraldilla, encariñada
+con todas las cosas inútiles y frívolas!
+
+Habían pasado los ocho días de plazo señalados por Castro Pérez, y mi
+hombre no daba señales de vida. Se me cerró el mundo, y me ví solo en
+él, sin dinero, sin esperanza. Me dieron ganas de morir, un deseo vago y
+dulce de morir, que entonces, como ahora, surge en mi corazón, no
+solamente en momentos de angustia, sino también cuando me considero
+feliz: grata inclinación al suicidio, en la cual no he parado mientes
+hasta después de cumplir los treinta años, y, que,--como digo para mí,
+riendo tristemente,--es la nota trágica de mi carácter, de este carácter
+mío, llevadero, resignado, benévolo y complaciente.
+
+Acaso bebí el germen pesimista en las fuentes románticas: en algunas
+páginas de Chateaubriand, en el Werther, en las cartas de Fósculo, que
+repasé mil y mil veces; en los melancólicos versos de mis poetas
+favoritos. Después he leído las obras de Leopardi, de Schopenháuer y de
+Hártman, y confieso que me son simpáticos, aunque no acepto sus ideas.
+Este mundo es un valle de lágrimas, pero la vida del hombre es
+pasajera, y «algo divino llevamos aquí dentro». No hay grandes
+caracteres, ni almas grandes, sino a condición de ser templadas en el
+fuego del dolor. Sin él, ¿qué seria el hombre? Algo así como la planta
+que vive y muere sin darse cuenta de su existencia; algo como la piedra
+que reposa en la cantera o rueda en el camino. Conservo íntegras las
+creencias en que fuí criado; guardo incólume la fe de mis padres, y ella
+ha sido para mí, en mis horas negras, en mis días tristes, fuente de
+consuelo, faro salvador; ella alivió mis dolores y restañó siempre las
+heridas más hondas de mi corazón con el bálsamo de las eternas
+esperanzas.
+
+--Tenga usted paciencia, Rorró,--me decía Angelina,--vaya usted a la
+iglesia y pídale a la Virgen amparo y protección.
+
+Entonces recordé estas palabras de la doncella, palabras que resonaron
+detrás de mí como si ella me hablase al oído.
+
+Enfrente estaba el templo. Desde la calle veía yo la humilde lamparita
+del Sagrario. Me encaminé hacia la iglesia. Entré en ella. Estaba
+obscura. Cuatro individuos, de rodillas, con sendos cirios delante,
+rezaban el rosario. Busqué el rincón más retirado, y allí oré, oré con
+fervor de mujer, con sencillez de niño. Pero a poco me di a considerar
+lo augusto del templo, la majestad del edificio, lo suntuoso del altar;
+el efecto que producían en muros y columnas las luces de los hachones;
+las sombras que al titilar de las flamas bailaban en las pilastras una
+danza de endriagos espantables y trémulos, y hasta me reí de la grotesca
+figura de los devotos, del sonsonete de sus rezos, de un estornudo
+inoportuno que vino a interrumpir una oración solemnemente principiada.
+
+Y después, por una de esas volubilidades de la fantasía, me imaginé que
+era el amanecer; que el altar estaba adornado con rosas blancas; que
+resplandecía iluminado con centenares de luces; y que una joven, en
+traje de boda, oraba en un reclinatorio; una joven elegantísima, no sé
+si Angelina o Gabriela, cubierta graciosamente con el velo nupcial.
+Cerca de ella estaba el caballero que iba a ser su esposo.
+
+Entregado a tales fantasías, no advertí que los devotos se habían ido,
+hasta que el sacristán pasó cerca de mí, sacudiendo un manojo de llaves.
+
+Salí, y a poco estaba yo en la casa de don Román. El anciano se disponía
+a cenar.
+
+--¿Quieres chocolate? No es de lo mejor; pero te le ofrezco de buena
+voluntad. ¿Recibiste mi esquelita?
+
+--No.
+
+--Pues todo queda arreglado. Lee.
+
+Sacó del bolsillo una carta y me la dio. Principié a leerla. A cada
+palabra, una falta de ortografía. No dejé de sonreirme.
+
+--¿De qué te ríes muchacho? ¡Ah! Ya me lo imagino.... De los disparates
+de Castro. Pues no te rías. Castro Pérez es un hombre muy instruido.
+
+--Lo será; pero no sabe una palabra de....
+
+--¡Hijo! ¡Defectos de la educación antigua! Pero, mira: prefiero mil
+veces estos abogados que no saben escribir con propiedad y corrección a
+esos sabios de nuevo cuño, como Venegas y Ocaña.
+
+Don Román engullía sopas y sopas.
+
+--Bueno: ¿estás contento?
+
+--Sí, señor.
+
+--Pues ya lo sabes; mañana, a las nueve, te presentas en la casa de
+Castro.
+
+--¿Mañana?
+
+--No, tienes razón; mañana es día de fiesta, y pasado mañana día de
+Difuntos. Ya irás. Poco vas a ganar, muchacho; pero, ¡algo es algo! Ya
+veremos si después encontramos cosa mejor.
+
+Castro Pérez había despedido a su escribiente, y en atenta carta avisaba
+a mi maestro que el empleo estaba a mi disposición. Hacía grandes
+elogios de mí, y se prometía encontrar en el nuevo amanuense un joven
+«inteligente, activo y útil»....
+
+Yo dije para mí, cuando leí el párrafo:
+
+--¡Y que gane poco!
+
+
+
+
+XX
+
+
+Salí de allí muy alegre y regocijado. Angelina salió a encontrarme.
+
+--Doña Carmelita ha tenido un ataque horroroso, ¡como nunca! Hace mucho
+tiempo que estaba bien: comía con apetito, dormía tranquilamente.... Es
+cierto que iba perdiendo las fuerzas, pero no tenía esos ataques, esas
+convulsiones que a mí me asustan....
+
+Corrí al cuarto de la enferma. Halléla sosegada; había tomado alimento y
+parecía dormitar. ¿Y quién me aseguraba que aquel sosiego no era síntoma
+de suma gravedad?
+
+La anciana había sufrido uno de esos ataques que caracterizaron el
+principio de su enfermedad; una convulsión general, mayor en un brazo, y
+una inquietud que no la dejaba queda cinco minutos. Ni en la cama, ni en
+el sillón estaba a gusto; era preciso traerla y llevarla de aquí para
+allá. A cada instante se quejaba, diciendo:
+
+--¡Esta convulsión interior que me mata!
+
+A poco despertó, y quiso levantarse y caminar por la habitación, apoyada
+en Angelina y en mi tía Pepa. Iba y venía, pero sin fuerza, casi
+arrastrando los píes. Las extremidades inferiores eran más débiles cada
+día, la pobre temía caerse, y su angustia aumentaba al considerar que
+sus enfermeras no podrían sostenerla. Acudí a relevar a mi tía,
+esperando que la anciana segura de mi vigor, se mostrara más decidida y
+animosa, pero todo fué inútil.
+
+--Tú no sabes llevarme.
+
+--Sí, tía.
+
+--No, déjame.... Voy mejor con Pepa.
+
+Insistí, rogué, supliqué.... ¡En vano! Quise imponerme dulcemente,
+fingiendo que no acertaba yo a comprender por qué rehusaba mi ayuda.
+
+--¡Déjame! ¡déjame!--decía angustiada, sollozando.--¡En el sillón! ¡En
+el sillón!
+
+Era su voz tan débil que apenas la oíamos. En nuestra congoja creímos
+por momentos que iba a expirar.
+
+En esto llegó el doctor.
+
+--¿Qué tenemos de nuevo? Vamos, vamos.... ¿Qué tal, mi señora? ¡Esos
+nervios! ¡Esos nervios!
+
+Sentóse cerca de mi tía, y mientras conversaba con nosotros y bromeaba
+con Angelina estuvo observando a la enferma.
+
+--No hay cuidado....--repetía.--¡Esto pasará, pasará!.... Es un accidente
+penoso, pero que no debe preocuparnos. Vamos, mi señora doña Carmen:
+¡ánimo, ánimo, que ya todo pasó! ¿Dónde está ese valor famoso? Veamos
+esa lengua.... ¿Y el apetito? ¿Bien? Pues ¡calma, y valor, valor!
+
+Y dirigiéndose a la joven:
+
+--Vaya, niña: una tacita de té de hojas de naranjo, con unas gotas de
+éter.
+
+La enferma parecía no poner atención a los dichos del médico, y me
+miraba dolorosamente, como si quisiera decirme. «¡Ya lo ves! ¡No creo en
+nada de esto!»
+
+Recetó Sarmiento unas cucharadas y una pomada. Le acompañé hasta el
+zaguán.
+
+--Doctor; dígame la verdad.... ¿Cómo ve usted a mi tía?
+
+--¡Mal muchacho, muy mal! Pero no te aflijas; esto va largo, a menos que
+cualquier día sobrevenga otra cosa.... La enfermedad sigue su curso....
+Es una enfermedad orgánica, y, como lo comprenderás, incurable.
+
+--¿Volverá usted mañana?
+
+--No es preciso. Que observe el régimen que tengo prescrito: reposo,
+distracción, buenos alimentos, una copita de vino en cada comida, y
+¡adelante! Que no esté sentada todo el día; que camine; que se mueva; que
+salga por aquí, que vaya a la salita. La inmovilidad es perjudicial; que
+ande, que camine hasta donde pueda. Pronto será completa la parálisis.
+
+Don Crisanto me vió tan apenado, que me puso una mano en el hombro y me
+dijo cariñosamente:
+
+--Muchacho, no te asustes, no te acongojes.... Y, vamos, dime: ¿qué tal
+andamos de dinero?
+
+--¡Mal, doctor! Precisamente iba yo a decirle a usted que no podemos
+pagarle la visita....
+
+Don Crisanto frunció el ceño, manifestando disgusto.
+
+--¿Pagarme la visita?--prorrumpió casi colérico--¿pagarme la visita? ¡Ni
+ésta, ni cien, ni mil más! ¡Ninguna! ¿Cuándo he cobrado yo en tu casa
+por mis servicios? Soy amigo viejo de tu familia, fuí condiscípulo de tu
+padre.... Oyelo bien: ¿sabes a quién debo la carrera? Pues a tu abuelo.
+Ya verás que no puedo venir a esta casa por interés. Mira, muchacho: no
+vuelvas a hablarme de eso.
+
+--Pero, doctor....
+
+--¡Qué pero ni qué peras!
+
+¡Cuánto agradecí al facultativo su desinterés! Bien sabe Dios que nunca
+he olvidado tanta generosidad; pero esa noche me sonrojé, me dio
+vergüenza aceptar los servicios del médico, sin retribuirlos
+debidamente.
+
+--Vamos...--prosiguió don Crisanto, en tono afable,--¿ya te resolvió
+Castro Pérez? ¿Vas a servirle de amanuense?
+
+--El martes estaré por allá. No entiendo nada de esas cosas....
+
+--Bueno; pero todo se aprende. Hijo: ¡eso es el huevo de Juanelo!
+¿Cuánto vas a ganar?
+
+--No lo sé todavía.... De seguro que será poco.
+
+Sonrió Sarmiento, me hizo una caricia, y me dijo en voz baja, casi al
+oído:
+
+--¡Ten paciencia! Yo te buscaré algo mejor. Más bien dicho, ya tengo
+para tí una colocación. No todo sale a medida del deseo, y no podremos
+contar con el destino hasta dentro de dos meses, a principios de año.
+Fernández necesita un empleado en su hacienda de Santa Clara. Allí
+ganarás un poco más.
+
+--Temo una cosa....
+
+--¿Cuál? ¿No servir para el caso?
+
+--Sí... ¡qué entiendo yo de cosas de campo!
+
+--Aprenderás, muchacho. No seas tímido, porque nunca harás letra.
+Estarás allí muy contento. Fernández es persona muy fina. Trata muy bien
+a sus empleados. Y aunque así no fuera, estás obligado a no perder la
+oportunidad.... ¡Adiós, muchacho! Tengo por ahí un enfermo de suma
+gravedad, un ranchero, que va que vuela para el otro mundo.
+
+Tendióme la mano, y agregó:
+
+--Nada digas a Castro Pérez de eso del empleo en Santa Clara. ¿Eh? Ya
+estás advertido. ¡Chitón! No te apenes al ver a tu tía. ¡Eso no es nada!
+
+La enferma estaba tranquila, el acceso había pasado. Sin embargo, la
+noche fué penosa. Angelina y mi tía se la pasaron en claro. Desde mi
+cuarto las oía yo que iban y venían.
+
+Entonces comprendí toda la abnegación de la doncella. Cuidaba a la
+anciana dulce y cariñosamente, con afecto de hija. Fina y bondadosa con
+todos, con ella extremaba sus delicadezas. La mimaba; todos sus deseos
+eran mandatos para Angelina, y sufría resignada desagrados y
+reprensiones, el mal humor caprichoso de los enfermos, que de nada
+están contentos, y que se impacientan sin motivo.
+
+--Esta niña--me conversaba tía Pepa--es un ángel; creo que por eso le
+pusieron Angelina. No tiene sueño tranquilo; cada noche se levanta dos o
+tres veces para ver a Carmen y darle el alimento y la medicina. A mí no
+me gusta eso, porque no tiene obligación de velar a tu tía. Eso me toca
+a mí. Ya se lo he dicho; pero ella no dejaría, por nada de este mundo,
+que me levantara yo a deshora. El otro día, como le dijera que iba yo a
+velar a Carmen, me contestó un poco mohina, como impaciente y molesta:
+«No, señora. ¡Si yo lo hago con mucho gusto! Usted ya no está para eso.
+De día tiene usted mucho que trabajar. No, no; el día que yo no quiera
+hacerlo, no lo hago». Mira, Rorró: yo creo que Angelina ha de parar en
+hermana de la Caridad. Un día que hablábamos de eso salió diciéndome:
+«Sí, señora, ¿por qué no?» Y es muy capaz de ser un modelo de hermanas
+de la Caridad; lo mismo para enseñar a los niños, que para cuidar a los
+enfermos. El señor Cura dijo el otro día, en casa de don Román, que no
+hay en las Conferencias de San Vicente otra socia como Angelina. Ahora
+es secretaria de la conferencia de la Parroquia, y todos están muy
+contentos. No sé si Angelina habrá nacido para ser casada, pero, la
+verdad, Rorró, si te casaras con Angelina a mí me daría mucho gusto,
+mucho, mucho; sí, porque la quiero tanto como a tí, como ella se lo
+merece; porque así todo quedaría en casa; porque a esa niña la miro como
+algo nuestro, como persona de la familia.
+
+
+
+
+XXI
+
+
+Villaverde se regocija de cuando en cuando, y tiene sus fiestas y sus
+paseos populares. No siempre ha de estar triste y malhumorada.
+
+El día tres de Mayo acuden los villaverdinos a la herbosa alameda de
+Santa Catalina. Pasan la mañana en los callejones del Escobillar,
+recorren todo el barrio, se reúnen en los «solares», y allí comen el
+tradicional mole de guajolote, y los tamales de frijol, a la sombra de
+los naranjos y de los «jinicuiles» rumorosos. Por la tarde, hombres y
+mujeres, ancianos, jóvenes y niños, suben a la colina del Escobillar,
+donde un viejo borrachín, ya medio loco por el aguardiente, y muy
+conocido de mis paisanos, clava una gran cruz de madera en una roca de
+la vertiente oriental, al son de las músicas, al estallido de los
+petardos, y al disparar de los morteretes.
+
+Pero el paseo más hermoso es el dos de Noviembre, en un pueblecillo
+cercano situado en el borde izquierdo de la Barranca de Mata Espesa, no
+lejos del punto en que rápido y espumante se despeña el Pedregoso,
+formando pintoresca cascada.
+
+Recorred ese día las calles de Villaverde y las veréis desiertas. Todo
+el mundo está de gira; el pobre lo mismo que el rico. Vánse con sus
+familias, muy de mañana, antes que el sol caliente, después de oír dos o
+tres misas por los difuntos.
+
+Allí, en las húmedas y boscosas calles de Barrio Viejo, encontraréis a
+todos los villaverdinos: unos a caballo, luciendo el potro rijoso y bien
+enjaezado, el pantalón ceñido, el sombrero suntuoso y el zarape de mil
+colores; otros, en viejos y desvencijados carruajes; los más, caballeros
+en el corcel de San Francisco.
+
+Desde la entrada del pueblo principian los puestos,--las «vendimias»,
+como dicen en Villaverde--las fondas y los figones, improvisados bajo un
+toldo de manta, o a la sombra de una enramada. Por todas partes
+vendedores de frutas, de torrados, de cacahuates, de «tepache», de
+bizcochos y de dulces. Helados, refrescos, aguardientes, todo tiene allí
+salida. Hay allí cosas para todos los gustos. Desde lejos percibiréis el
+olor del mole que hierve en grandes cazuelas, y os dejarán aturdidos el
+incesante vocerío de los vendedores, el gritar de los chicos, y el
+cantar báquico de los artesanos que han cogido la «zorra». Los
+habitantes del pueblo, indígenas viciosos y haraganes, ven invadidas sus
+casas por la multitud, y los indizuelillos andan asustados en los
+cafetales o se asoman a través de los vallados de hierba para mirar a
+los transeúntes. Llamadlos, y al punto echarán a correr como gamos
+perseguidos. En los jarales huele a copal quemado, y de la calle a la
+puerta de las cabañas un reguero de «cempaxóchiles» os guiará hasta el
+lugar en que estuvo la «ofrenda» dedicada a las almas de los que dejaron
+para siempre este mundo de dolor.
+
+Es curioso notar que mis paisanos, los budistas villaverdinos, nunca se
+alegran y regocijan como en día tan lúgubre y de tan penosas memorias.
+No podía suceder de otra manera en la ciudad de las «almas tristes».
+
+¡Cómo suspiré en el Colegio por aquella fiesta y aquel paseo! Así es que
+al ver que tía Carmen seguía bien me encaminé hacia Barrio Viejo. La
+tarde era espléndida, una linda tarde de otoño, fresca y luminosa.
+Hormigueaba la multitud en la ancha calle; puertas y ventanas estaban
+cuajadas de muchachas bonitas, y era aquello un conjunto de gentes
+festivas y alegres, tan pintoresco y hermoso, que no le olvidaré jamás.
+Unas que iban bulliciosas y parlanchinas; otras, que volvían cansadas,
+arrepentidas, cargando el cesto de la comida. Mozos encandilados por el
+alcohol, que se detenían para requebrar a las chicas; honrados padres de
+familia que bregaban con la prole máxima, mientras la esposa traía en
+brazos al mocoso rebelde y llorón. Más allá, un viejo, de capote antes
+negro y ahora tornasol, cofrade de la Vela Perpétua, hermano de la
+Tercera Orden de San Francisco; el panadero de flamante azulada camisa,
+faja purpúrea, flecada de blanco, y sombrero a lo terne; unos rancheros,
+muy orondos con la calzonera de pana y el sombrero galoneado; unas
+lavanderas, que hacían ruido de huracán con sus enaguas tiesas; unos
+gachupincillos, vendedores de ropa o dependientes de «El Puerto de
+Vigo», inocentones, recién llegados, toscos de pies, mirando a todos con
+airecillo protector; una media docena de pisaverdes villaverdinos,
+jinetes en buenos caballos, y al fin, solo, en el overo acabado de
+comprar, el hijo del alcalde.
+
+Esa tarde pude admirar la hermosura de las muchachas más lindas de
+Villaverde. Sencillas, vestiditas modestamente, ajenas a las modas y a
+los figurines de París; modositas, tímidas, pacatas, tristes, como si a
+los quince años empezaran a envejecer; niñas grandes, que me parecían
+sin ilusiones ni esperanza, y para quienes el mundo se reducía a la
+silenciosa ciudad nativa. Las mas aristocráticas,--que también tiene
+aristocracia Villaverde--avanzaban lentamente. No irían hasta Barrio
+Viejo ni visitarían la cascada; se quedarían a medio camino, en la casa
+de cualquier amigo: allí les darían asiento, e instaladas en la acera
+alfombrada de césped se divertirían con los paseantes.
+
+Los carruajes pasaban dando tumbos mortales, y los jinetes sacando
+chispas del empedrado, al caracolear de la escarceadora caballería. De
+trecho en trecho, un mozo de cordel, un artesano o algún hortera,
+pasaditos del fuerte, dando mayatazos.
+
+Ni una nube en el cielo. El cielo de un hermoso azul; el sol poniéndose
+detrás de la colina del Escobillar, y al Noroeste soberbias montañas, el
+pie nevado del Citlaltépetl.
+
+Avanzaba yo entretenido con el espectáculo de aquella regocijada
+multitud, cuando columbré a Castro Pérez. Venía cansadísimo, fatigado,
+como perro jadeante, apoyándose en el bastón de puño de oro, arrollada
+sobre los hombros la española capa, echado hacia la nuca el sombrero de
+copa. Había ido a pasear por los callejones de Barrio Viejo su esponjada
+prosopeya.
+
+Al verme se detuvo:
+
+--Amiguito: ¿va usted a donde todos, no es eso? ¡Vengo medio muerto!
+
+--¿Llegó usted hasta la cascada?
+
+--¡Guárdeme el Cielo! No pasé de la puerta, y ya no puedo con mi
+humanidad.
+
+Echóse para atrás, y mirándome por sobre las gafas agregó:
+
+--Ayer escribí a López.... Tendré mucho gusto en darle a usted el
+empleo. Me gustan los jóvenes como usted. ¡Ya veremos! Ya veremos si
+encuentro en mi nuevo amanuense lo que deseo y he buscado siempre: un
+joven «inteligente, activo y útil...»
+
+--Mañana me tendrá usted por allá.
+
+--¡Bien! ¡Bien! A las nueve.... ¡A las nueve en punto!... Me gusta mucho
+la exactitud.
+
+Iba yo a seguir la conversación; pero el abogado me interrumpió
+bruscamente y tendiéndome la mano me dijo:
+
+--¡Adiós! ¡Que usted se divierta!
+
+No bien me separé de Castro Pérez, cuando oí a mi espalda un ruido de
+carruaje ligero. No sonaba como los otros vehículos de Villaverde, como
+carro viejo o diligencia desvencijada. Resonaba con ese ruido uniforme,
+compacto, de los trenes suntuosos, que nos hacen presentir mujeres
+hermosas y en privanza. Volví la vista y me encontré con un carruaje
+abierto, nuevo, flamante, de ruedas altas y ligeras en las cuales
+centelleaba el sol.
+
+Ocupaban el coche un caballero de noble aspecto, de barba gris, y una
+señorita que atraía las miradas de la multitud por su hermosura y la
+elegancia de su traje. Vestía de color obscuro y llevaba cubierta la
+cabeza con un gorro de blondas sobre las cuales resaltaba una rosa de
+Alejandría. Un grupo de galanos jinetes se detuvo para saludarla. Era
+Gabrielita. El coche pasó como un relámpago. Me detuve un instante, y
+seguí con mirada curiosa a la encantadora señorita, deslumbrado a veces
+por el reflejo del sol poniente que centelleaba en las brillantes ruedas
+del carruaje.
+
+
+
+
+XXII
+
+
+Acudí con toda puntualidad a la cita del abogado. Aguardé en la esquina
+próxima la hora señalada, y al sonar ésta en el reloj de la Parroquia me
+presenté en el despacho. El jurisperito, gran madrugador, había vuelto
+de misa y del acostumbrado paseo por la alameda de Santa Catalina, o sea
+el Bosque Pancracio de la Vega, y muy instalado en su poltrona aguardaba
+la llegada de su nuevo amanuense.
+
+--¡Adelante, joven!--dijo en alta voz.--¡Adelante! ¡Bien! ¡Bien! ¡Me
+place la exactitud! Tome usted asiento. Voy a decirle cuáles son aquí
+sus obligaciones. No hay aquí mucho trabajo, pero bueno es que sepa
+usted, amigo mío, ¡que aquí no se pierde el tiempo!
+
+--Puede usted ordenar lo que guste...--respondí, sentándome en una
+silla de ojo de perdiz, muy vieja y vacilante.
+
+--Vendrá usted a las ocho de la mañana, en punto, como ahora. A las
+ocho... ¿me entiende usted? ¡En punto! Saldrá usted a la una, hora de ir a
+comer. Por la tarde, a las tres. ¡En punto de las tres! Trabajaremos
+hasta las cinco. A esa hora puede usted retirarse. Cuando tengamos algo
+extraordinario trabajaremos hasta concluir. Pero esto no sucede más que
+de tarde en tarde. ¿Está usted conforme? ¿Sí? Pues bien, ¡quedamos
+arreglados! Si al llegar ve usted cerrado el despacho, señal es de que
+aun no vuelvo o de que estoy durmiendo la siesta. Entonces pide usted
+las llaves a las niñas, y abre usted. Ahora, a otro punto. No quiero
+retribuir el trabajo de usted como a los demás, de una manera eventual,
+a lo que caiga. Así lo hice con otros; pero con usted será otra cosa. Le
+estimo a usted, y a su familia, y me complazco en proteger a los jóvenes
+listos y de porvenir, por lo cual he decidido señalar a usted un sueldo
+fijo. Así no quedará usted expuesto a contingencias nocivas para sus
+intereses.
+
+Hizo una pausa, me vió de arriba abajo, y agregó:
+
+--Tendrá usted quince pesos mensuales. Me parece que para empezar es una
+cantidad... ¡muy decente!...
+
+Era una miseria, sin duda, pero, dadas mis circunstancias, aquella
+cantidad me pareció el premio gordo. En los términos más corteses
+contesté que agradecía el favor, y que procuraría corresponder a la
+confianza que se me dispensaba.
+
+Castro Pérez me interrumpió:
+
+--Joven: me prometo hallar en usted lo que tanto he deseado, lo que
+hasta hoy no pude conseguir: un escribiente activo, inteligente y útil.
+No perdamos el tiempo. En aquella habitación encontrará usted lo
+necesario para escribir. Vamos a despachar, antes de que principien a
+llegar los clientes. Ya verá usted. ¡Esto es atroz! No paro en todo el
+día. Esto parece un jubileo.
+
+Se levantó, y fuimos a la pieza contigua.
+
+--Tome usted asiento. ¡En facha! Voy a dictar un escrito.
+
+Me puse en «facha». Castro Pérez se caló una gorra de terciopelo verde
+bordada de oro, a manera de fez, con una gran borla que colgaba hacia
+atrás y se balanceaba como un péndulo. Mi hombre se compuso las gafas, y
+con las manos atrás, ocultas bajo los faldones de la pringosa levita,
+principió a pasearse, mientras yo, con el papel delante y lista la
+pluma, me disponía a escribir.
+
+Después de largo silencio, durante el cual el jurisperito recogió sus
+ideas, y tosió y se sonó con el inmenso pañuelo de hierbas, habló en
+tono muy enfático:
+
+--Ciudadano Juez.... ¡Dos puntos!
+
+Y yendo, y viniendo, Castro Pérez dictó larguísimo alegato, en estilo
+pesado, difuso, verdaderamente fatigador, empedrado de latines y citas
+de las Partidas, (mi hombre se las sabía al dedillo), y lleno de los mil
+primores y maravillas de la jerga jurídica.
+
+Castro Pérez alardeaba de ser un «dictador» de primera fuerza, como
+César, Isabel de Inglaterra, Napoleón y el Arzobispo Munguía. Es verdad
+que dictaba sin tropiezos ni vacilaciones, sin que fuera preciso
+repetirle la frase anterior, sin que el amanuense le hiciera eco,
+murmurando entre dientes la última silaba de la palabra final; pero así
+salía aquello. Compadecí de todo corazón al infeliz magistrado que
+tendría que echarse al coleto el indigesto fárrago, y temí que de puro
+aburrido sentenciara en contra de los patrocinados por Castro Pérez.
+
+Leí en alta voz el alegato. Mi hombre quedó satisfecho.
+
+--¡Bien! ¡Bien!--exclamó.--¡Mucha lógica! Veamos esos latines.
+
+No les puso tacha. Entonces le hice observar, muy delicadamente, que se
+le había escapado una concordancia gallega, una de aquellas
+concordancias por las cuales nos castigó tantas veces don Román.
+
+--No, joven,--replicó disgustado Castro Pérez--¡así está bien! En eso sí
+que ninguno me enmienda la plana, amiguito. ¡Así está bien! ¡Así debe
+ser! Recuerde usted aquella reglita del Nebrija....
+
+Y no la dijo.
+
+Mi hombre prosiguió:
+
+--Amigo: ¡sepa usted que en esa materia no le temo a nadie, ni a López su
+maestro de usted, que lo vale, lo vale para eso de los tiquismiquis
+gramaticales! Larga y erudita polémica tuvimos él y yo. Escribimos más
+que el Tostado. Román decía que debe decirse «villaverdino»; yo, que
+debemos decir «vilarverdino». La victoria fué para mí.
+
+Efectivamente, en Villaverde todos decían y escribían «villaverdino»,
+hasta que, en mala hora, se le ocurrió a un periodista dudar de la
+acertada formación de la palabreja. Se alborotó el cotarro: salió a
+contender el «pomposísimo»; saltó a la palestra Castro Pérez; charlaron
+los pedagogos a su sabor; la cosa llegó al Cabildo, y los ediles
+tuvieron asunto para varias sesiones. Villaverde se dividió en dos
+bandos; «villaverdinos» el uno, «vilaverdino» el otro, y se armó la de
+Dios es Cristo. El dómine y el abogado se dijeron mil perrerías; el
+periodista se metió en cabaña, y la budística ciudad estuvo mucho tiempo
+entretenida con la polémica.
+
+Por fin, el Gobierno del Estado puso término a las disputas. Expidió una
+circular que cayó como bomba en Villaverde. Con la tal circular sancionó
+el Ejecutivo la opinión de Castro Pérez.
+
+Desde entonces en mi querida ciudad natal todo el mundo dice y escribe
+«vilaverdino», menos don Román que no se da por vencido.
+
+Firmó el jurisconsulto su alegato, se quitó el bordado fez, tomó el
+sombrero y el bastón, y se fué a la calle.
+
+Apenas salió el jurisconsulto me puse a examinar el despacho. Era el
+despacho típico de los abogados de provincia.
+
+Dos piezas. En una, la que estaba destinada al amanuense, unos estantes
+con papeles y legajos polvorientos, comidos de la polilla, folletos y
+periódicos, en paquetes atados con hilo de Campeche; una mesa secular,
+cubierta con una carpeta de paño verde, manchada de tinta; gran tintero
+de plomo, una marmajera del mismo metal, dos plumas dignas del gabinete
+de un arqueólogo, y un retal de casimir negro para limpiar las plumas,
+procedente, sin duda, de algún pantalón viejo del abogado. Enfrente de
+la mesa, un banco conventual y tres sillas desvencijadas, para los
+clientes que esperaban audiencia. Las paredes blanqueadas con cal, el
+piso ladrillado y sucio. ¡Qué falta hacían allí unas escupideras!
+
+Tenía mejor aspecto el gabinete de Castro Pérez. Paredes, piso y techo
+iguales a los de la otra pieza. Aseado, en cuanto era posible, dada la
+incuria de su dueño, el tal gabinete mereció toda mi atención.
+
+Daba frío, el frío polar que sentirán los que pierden un pleito, y se
+arruinan, y se quedan a un pan pedir por culpa de un patrono ignorante,
+o torpe, o desidioso.
+
+Muebles: dos estantes de cedro, con alambrera, llenos de libros viejos,
+infolios monumentales, añosos pergaminos que nadie tocaba, en los cuales
+ninguno ponía mano, y que estarían hechos polvo. Y cuenta que, según me
+dijo cierto día Castro Pérez, valían mucho, mucho, ¡mucho!
+
+--¡Nada, joven!--repetía el abogado acariciándose el abdomen.--En esos
+libros está la ciencia. Todo lo que ahora priva lo encuentra usted allí.
+En esos librotes que ve usted allí, tan desdeñados por los eruditos a la
+violeta, es donde beben los sabios de hoy cuanto hay de bueno en sus
+flamantes teorías, que es poco. ¡Y luego nos presentan sus novedades,
+muy orondos y pagados de sí! Aquí viene muy a pelo lo que dijo un músico
+célebre de un innovador. En todas esas sabidurías de los abogados de hoy
+no falta lo nuevo, ni lo bueno.... Pero... ¡ni lo bueno es nuevo, ni lo
+nuevo es bueno! Sí, joven; no hay que tomarlo a broma o a engreimiento
+mío con las cosas antiguas: en esos pesados volúmenes está la ciencia,
+la verdadera ciencia.
+
+Casi en el centro del gabinete, una mesa, una gran mesa con su cubierta
+de paño verde, que caía hasta cerca del suelo, dejando ver los pies del
+mueble, unas garras de león o de grifo que hincaban en sendas esferillas
+las pujantes uñas, como en mísera presa famélico milano.
+
+Cargada de legajos y mamotretos, aquella mesa característica no tenía
+espacio libre en su ancha superficie. Detalle fastuoso de aquel cerro de
+papeles: valioso tintero de plata, (sin uso, porque Castro Pérez se
+servía de uno de plomo) un verdadero tintero colonial, de oidor
+enriquecido, o de canónigo próximo a obispar, con una campanilla que le
+servía de tapa.
+
+De entre aquella cordillera de olvidados expedientes, de los cuales
+hasta sus dueños habían perdido el recuerdo, y aglomerados allí por la
+contumaz procrastinación del ilustre Papiniano villaverdino; de entre
+aquella balumba de papeles amarillentos y polvorosos surgía un
+crucifijo, un cristo de talla, hecho en Guatemala, al decir de don Juan.
+La divina imagen, fija en el madero con cuatro clavitos de plata, se me
+antojó, en tal sitio, oportuno signo de resignación. Desencajadas las
+facciones, pálido el rostro, amoratadas las sienes, afilada la nariz,
+los ojos mortecinos, los labios entreabiertos por la agonía, me pareció
+que dirigía a los mamotretos echados en olvido, dolorosa mirada de
+extraña compasiva piedad.
+
+El único mueble moderno que allí había era una poltrona de caoba,
+obsequio de algún cliente agradecido. En ella se arrellanaba el
+jurisperito con gravedad de obispo en misa pontifical.
+
+Cerca de la ventana, sobre un tapete empalidecido, dos «butaques»
+medellineros, de cuero resobado y lustroso, y un gran sillón,
+incomparable para dormir la siesta. Los visillos de la vidriera, en un
+tiempo blancos, tenían hoy color de ceniza húmeda, y en sus pliegues
+eran visibles los estragos de la polilla.
+
+Frontero a la ventana, encima de una mesa, entre dos jarrones de
+porcelana, un reloj de cristal, una lira, con la esfera de cobre dorado
+y las cifras esmaltadas de azul, bajo roto fanal cuyas partes estaban
+cogidas con lañas de papel. La forma de aquel reloj recordaba las
+aficiones poéticas del jurisperito. Parado, siempre mudo, siempre
+señalando la misma hora, me parecía aterrador como la eternidad.
+
+Entre un estante y la pared estaba otro reloj de pesas, en larga y
+estrecha caja de ébano, siempre andando, siempre arreglado. Previo un
+sordo gruñido de sus intestinos de cobre, soltaba un repique de cien
+campanillas de timbre agudo y disonante, y luego con voz grave y solemne
+daba la hora: ¡tón! ¡tón! ¡tón!...
+
+Yo, al ver aquellos relojes me decía: Uno para los clientes, el de
+pesas; otro, el de cristal, para el señor licenciado.
+
+A la derecha, junto a la ventana, un cuadro atribuído a Cabrera: San
+Juan Nepomuceno, vestido como un canónigo angelopolitano, presentando,
+asida con el pulgar y el índice de la mano derecha, una cosita, roja
+como fresa estival, la lengua sanguinolenta, acabadita de cortar. El
+rostro del mártir me causaba risa; era una carita de tonto, pálida,
+risueña, sin majestad, sin nobleza, sin la expresión augusta que
+corresponde a santo tan ilustre.
+
+A la izquierda, en un marco dorado, bajo un cristal verdoso y orlado de
+oro sobre fondo negro, un retrato de don Antonio López de Santa-Anna,
+de gran uniforme, al cuello la cruz de Guadalupe.
+
+Uno igual había en mi casa. La buena de mi tía Pepa le relegó al cuarto
+del baño.
+
+--¡Allí está bien!--decía, cuando le hacíamos notar la
+profanación.--¡Allí, allí está bien! ¡A ese maldito viejo debemos todas
+nuestras desgracias!
+
+A eso de las diez comenzaron a llegar los clientes. Primero, una logrera
+irascible que se fué echando chispas, muy quejosa del abogado; después
+unos indios que entraron tímidos y respetuosos, con el sombrero entre
+las manos, vestidos de limpio, al hombro el zarape purpúreo.
+
+Traían para don Juan un par de pavos. ¡Qué pavos! ¡Que ni de encargo para
+un mole en los callejones de Barrio Viejo el día de Difuntos!
+
+Habló el más listo.
+
+--«Aquí te lo trais el guajolotito de la ofrenda para el siñor
+licenciado»....
+
+Alguien me dijo después que aquellos hijos de Motecuhzoma eran ediles de
+un pueblo cercano, clientes de don Juan en un lite de quince años, para
+recuperar una dehesa y una faja de monte.
+
+
+
+
+XXIII
+
+
+Grato pasatiempo diario fué para mí la tertulia que se reunía todas las
+tardes, dadas las cinco, en el despacho del jurisconsulto. Concurrían de
+ordinario en aquel sitio, el doctor Sarmiento (a menos que los deberes
+de su profesión se lo impidieran), don Cosme Linares, y el escribano
+Quintín Porras. Este era el alma de la tertulia por lo bullicioso y
+decidor. Inteligente, instruído, perspicaz, oportuno, hacía que le
+oyéramos sin darnos cuenta de las horas que pasaban. Recibió el título a
+mediados del 67; había estudiado en Villaverde, en Pluviosilla y en
+México. Leía mucho, y aunque joven, y al parecer ligero, tenía grande
+afición a los estudios serios; gustaba de las ciencias eclesiásticas, y
+siempre andaba a vueltas con la Moral y la Teología. Había que
+escucharle cuando soltaba la sin hueso. Le dominaban dos pasiones: la de
+controvertir y disputar, y otra, muy dulce y pacífica, el tresillo
+nocturno en casa de Sarmiento, con el P. Solís, don Cosme, y algunos
+más. Baltronero como el mejor, a causa de la vehemencia de su carácter,
+cuando tomaba la palabra era imposible cortarle la hebra del discurso.
+Cuando él peroraba nadie metía baza; era capaz de discutir con el lucero
+del alba, y hasta con los moradores de ultra-tumba. Cierta vez,--así lo
+cuentan en Villaverde,--el amigo Porras fué llevado a un círculo
+espiritista, con visos de lógia masónica, fundado recientemente por don
+Juan Jurado, un «huizachero» de Pluviosilla. El gran círculo, centro de
+teósofos y de libres pensadores, formando al uso del liberalismo más
+avanzado, era por aquellos días piedra de escándalo para los piadosos
+timoratos villaverdinos, y dió quehacer y congojas al Cura y a sus
+vicarios, y mucha tela para sermones al bueno del P. Solís; y, qué más,
+hasta puso en manos del «pomposísimo» la pluma gloriosa del apologista.
+Los individuos de la sociedad católica fundaron un periódico, «La Era
+Cristiana», que, sea dicho de paso, y repitiendo las palabras del
+dómine, «es el papel que habla más alto en favor de la cultura
+villaverdina». Le redactaba don Román, ayudado por el exclaustrado y por
+Castro Pérez. Porras no pudo refrenar sus bríos, y se metió a
+periodista, y publicó en «La Era» unos articulillos con mucha sal y
+pimienta y mucho sí señor, enderezados a impugnar las nuevas y
+perniciosas doctrinas. Mucho me dieron que reír los articulitos de
+Porras, quien, bajo el seudónimo de «Canta Claro», hizo gala de sus
+saberes y dió cada felpa a los ardorosos discípulos de Allán-Kardec, que
+Dios tocaba a juicio.
+
+Los del bando espiritista no se quedaron callados, y a su vez sacaron un
+papel, rotulado «La Nueva Revelación», en el cual trataron a los de «La
+Era» poco menos que como a cafres o negritos del Congo. Porras, especie
+de Veuillot villaverdino, cobró alientos, apuró su ciencia, y extremó
+sus sátiras contra los que él llamaba «destructores de la unidad
+religiosa de la blasonada Ciudad». Se armó el zípizape; Villaverde tuvo
+con qué entretenerse cada domingo, y las cosas subieron a tal punto que
+a poco se llegan a las manos los exaltados contendientes. El Cura,
+persona muy juiciosa y prudente, puso paz en ambos ejércitos, y la
+budística población volvió a su calma y tranquilidad habituales.
+
+Antes de que las cosas llegaran a tal altura, Venegas, presidente del
+nigromántico senado, supo o sospechó que «Canta Claro» era mi amigo
+Porras, y acometió la empresa de llevarle al círculo para que
+presenciara las maravillas que allí se «producían». Sacó el cuerpo mi
+don Quintín; pretextó ocupaciones; se negó a tratar del asunto, como no
+fuera en los periódicos; pero Agustín perseveró en la empresa, y... la
+curiosidad pudo más en el ánimo del improvisado escritor que las
+censuras de la Iglesia. Porras fué llevado a una reunión extraordinaria,
+especialmente convocada para que el incrédulo «Canta Claro» saliera de
+allí vencido «por los hechos». Así lo dijo en varios corrillos el
+sabihondo Jurado que era el más fanático de la cohorte nigromántica.
+
+Allí tuvo que habérselas mi amigo con el mismísimo Voltaire. El célebre
+escritor no tardó en acudir al llamado de la pitonisa, y ésta escribió
+bajo la influencia del evocado espíritu, en castellano de gacetilla, y
+en estilo difuso y pesado, semejante al de los redactores de «La Nueva
+Revelación», no sé cuántas perrerías luteranas, contra la confesión
+auricular.
+
+Es fama que al oirlas saltó Porras en el asiento, como lanzado por un
+resorte, y pidió la palabra para decirle a Voltaire cuanto era del caso.
+Echóle en cara su mala fe, las contradicciones de sus escritos y su
+desprecio para con la nación francesa; citó textos del mismo Voltaire
+que decían de la confesión cosas muy distintas de las que ahora repetía,
+y acabó, con grandísimo escándalo de los sectarios, por negar que fuese
+Voltaire quien hablaba por boca de la pitonisa.
+
+--¡No!--exclamó.--¡Voltaire era un gran escritor! ¡Cómo pocos! Yo no sé
+si poseía el castellano, pero si así era, como supongo, no escribiría
+tan mal la hermosa lengua de Guillén de Castro, de Lope de Vega y de
+Ruiz de Alarcón. Sin duda, caballeros, que un espíritu chocarrero se
+está burlando de todos nosotros.
+
+Y dijo, y tomó el sombrero, y se retiró, sin que nadie pudiera
+detenerle.
+
+Mucho se habló en Villaverde del incidente. Desde entonces, si mentáis
+al escribano, os dirán todos:
+
+--¿Porras? ¡Si es capaz de disputar con los difuntos!
+
+Correctamente vestido de negro, albeándole la camisa, desaliñado el
+calzado y muy peinada y brillante la profusa barba, era un tipo de los
+más simpáticos; pero más simpática aún era su charla. Conocía muy bien a
+Castro Pérez; se complacía en hacerle rabiar, y cuando éste iba
+poniéndose mohino le calmaba con un chiste o con una frase halagadora.
+
+Los primeros días me le encontraba yo en la esquina, y pasaba sin
+saludarme; después solía decirme, entre afable y sereno: «¡Adiós, joven!»
+Más tarde, cuando conversé con él en el despacho, se mostró conmigo
+cariñoso y sincero. Le oí, y quedé encantado de su charla. Por gozar de
+ella procuraba yo retardar el trabajo, aquellas copias de los alegatos
+de Castro Pérez, difusos, cansados y fastidiosos, que me tenían por
+largas horas pegado a la mesa. Castro no dejaba salir de su casa un
+escrito suyo si no iba puesto en limpio por el amanuense. Tengo
+entendido que sabedor de que sus conocimientos gramaticales eran pocos,
+temía soltar una faltilla ortográfica que hiciera reir a sus enemigos y
+amenguara su bien sentada reputación de sabio y profundo conocedor de
+las humanas letras.
+
+Volvamos a mi amigo Quintín. No tenía humos ni vanidades, y lo mismo
+trataba al rico que al pobre, al discreto que al tonto. Llegaba, y
+parado en la puerta, bajo el carcomido dintel, se detenía atusándose el
+bigotazo. Al verle yo, se inclinaba, quitándose el sombrero, me dirigía
+correcto saludo, siempre acompañado de una picante alusión a la disputa
+de la víspera, y luego, en voz baja me decía:
+
+--¿Está el tío?
+
+El tío era el abogado. Así llamaba a un superior cuando hablaba de él
+con quienes le estaban sometidos.
+
+Tomaba asiento en el banco monacal. A poco, después de ofrecerme un
+tuxteco y de encender el suyo, se soltaba:
+
+--¿No ha venido Linares? ¿No ha venido el gran tartufo? ¿Qué dice el
+doctor? ¿No pasó por aquí esta mañana? ¡Tal para cual! El uno,
+hipocondriaco, quejándose todos los días de una nueva enfermedad; el
+otro, listo para recetar y sacar los pesos al don Cosme. Entre los
+tacaños, Linares.... ¡Las tenazas de Nicodemus!
+
+Porras era maldiciente; pero tenía una cualidad muy rara en los
+murmuradores: no calumniaba ni ofendía. Por lo menos nadie se daba por
+lastimado. Con una gracia particular y cierto no sé qué donoso y
+chispeante, provocaba a reir, por mucho que de ordinario alzaran ámpulas
+sus censuras. La víctima reía y quedaba desarmada, y ni replicaba mohina
+ni respondía disgustada.
+
+Pronto estimé a Porras en cuanto valía; no tardé en medir, aquella
+nobleza de corazón, aquella sencillez de alma que parecía opuesta a toda
+acritud, y que, sin embargo, era ingente en mi amigo; sencillez ingenua,
+infantil, que se manifestaba a cada minuto en burlas y censuras de
+cuanto parecía injusto y merecedor de vituperio. Quintín decía cada
+verdad que temblaba la tierra, cada verdad tamaña como un templo, y ni
+sus amigos ni las personas a quienes tenía en subida estimación
+escapaban de sus filosas tijeras. Tenía algo, mucho, del amigo ingenuo
+que nos ha pintado a maravilla Edmundo de Amicis en uno de sus libros
+más hermosos; de ese cruel amigo que nos domina desde el primer día, que
+nos subyuga, que nos hace sus esclavos, sin que nos sea dable rebelarnos
+en contra de él; que con una frase nos parte medio a medio, y que,
+riendo, del modo más natural, en presencia de todos, sin discreción ni
+consideraciones de ninguna especie, nos dice lo que no queremos que
+nadie nos diga, o que a propósito de una debilidad o de un afecto que
+ocultamos con el mayor empeño, nos lanza un chiste que penetra en
+nuestro corazón como la hoja de un puñal; amigo contra el cual no
+podemos alzarnos indignados por duro que sea con nosotros, ya porque
+somos impotentes para replicarle de modo que nos asegure el triunfo, ya
+porque, a pesar de todo, le estimamos y le amamos por sus muchas
+cualidades. Quintín Porras,--no le venía mal el apellido--poseía el don
+de penetrar con la mirada en lo más hondo de la conciencia ajena. Caía
+en ella como el buzo en el mar, como buzo que se sumerge hasta
+apoderarse de la concha. La asía, no la soltaba, y salía luego a flote,
+pregonando su victoria. Sin pararse en pelillos descubría el secreto
+sorprendido, haciendo de él fisga y chacota. En ocasiones nos sacaba los
+colores al rostro. Ganas daban de contestarle con un revés o con un
+insulto atroz; pero Quintín tenía siempre una sonrisa, un chiste, una
+frase cariñosa para calmar la tempestad. Paraba el golpe, y no había más
+remedio que tomar a broma el incidente, reir, dar un abrazo a quien
+momentos antes hubiéramos estrangulado de muy buena gana, y seguir
+oyéndole.
+
+Nadie como Porras para dar un buen consejo; ninguno mas discreto y
+atinado para el arreglo de un asunto grave; nadie como mi amigo para
+hacer un beneficio, sencilla y noblemente, del modo más natural, sin lo
+repugnante y forzado que tienen en Villaverde la abnegación y el
+desprendimiento.
+
+Buen contraste hacía Porras con Castro Pérez y con don Cosme. El
+primero: un pavo vanidoso, engreído con su fama, pagado de su saber, de
+su crédito y de su dinero, atascado en el pantano de su prosopopeya
+jurídica; el segundo: larguirucho, cetrino, amojamado, con aspecto de
+sacristán, célibe por egoismo, alardeando a todas horas de timorato y
+concienzudo, discreto y medido, paciente y culto. ¡Paréceme que le veo
+sentado en el «butaque», con la pierna cruzada, preso en la estrecha y
+perdurable levita, puesto en las rodillas el gran pañuelo de algodón, de
+color indefinible. A nadie contrariaba; con nadie reñía; tenía el
+talento de saber callar, siempre temeroso de que le conocieran, empeñado
+en ser un arcano para todos, sonriendo, poniendo paz, tratando de
+conciliar sus deseos y sus malas pasiones con los preceptos de la moral
+más severa, el cumplimiento de la ley divina con la utilidad y
+conveniencia propias. El rostro de suaves líneas; los labios delgados;
+la nariz afilada; el mentón saliente y azuloso; la voz fina, aguda, de
+timbre dulzarrón. Esto le pinta maravillosamente: se cuenta en
+Villaverde, que nombraron albacea de un clérigo rico, que dejó largos
+los cien mil del águila, desempeñó con singular actividad el pesado
+encargo. Dicen todos los villaverdinos que el piadoso clérigo señaló una
+fuerte suma para que su albacea mandara decir mil misas. Mil pesos legó
+para ello el testador y Linares se dijo:--«Aquí mil misas me costarían
+mil pesos. Haré que las digan en Italia. En Roma es corto el estipendio,
+una lira...»--y así lo hizo, y se aplicó el sobrante en pago de sus
+buenos servicios.
+
+Era de ver cómo se divertía con él y con Castro Pérez el amigo Porras.
+Los viejos se instalaban en los «butaques». Quintín permanecía de pie,
+moviéndose de aquí para allá, atusándose la barba o retorciéndose el
+bigote con beatífica dulzura. Solía poner a discusión un punto teológico
+o una cuestión de Derecho; a veces refería un cuento carminado. Si era
+lo primero, luego saltaba el abogado, que se decía muy fuerte en tales
+asuntos, y allí era aquello de citar autores y el oponer razones que
+Porras desbarataba de un soplo. Solían ser de aquellas que algunos
+llaman de «porque si», y había que oír al escribano. Si eran buenas, mi
+amigo argumentaba con sofismas que sus compañeros no acertaban nunca a
+distinguir; si eran vacías y fuera de propósito, Porras recurría a la
+sátira para quemar a los buenos señores.
+
+Los cuentecillos venían al fin. Castro Pérez no se alarmaba, antes
+parecía oirlos con interés; pero Linares montaba en Júpiter, o movía la
+cabeza como repitiendo:--«¡Qué cosas! ¡Qué cosas! ¡Es usted atroz!»
+
+Yo, desde la pieza contigua, lo oía todo, me reía a carcajadas y gozaba
+de la tertulia lo que no es dado imaginar.
+
+A las seis me iba yo a la plaza para oír a la señorita Fernández; pero
+cuando la discusión se prolongaba hasta las siete, me hacía yo el sueco
+y me quedaba oyéndola.
+
+Un día Quintín estaba de vena. Se hablaba de las costumbres de
+Villaverde. Porras las censuraba con la mayor acritud; el abogado las
+defendía, y Linares decía que habían variado mucho, y que él no se
+explicaba el cambio de ellas.
+
+--Veamos claro;--decía lleno de fuego el amigo Quintín,--veamos, don
+Cosme; veamos claro, don Juan: ¿se quejan ustedes de que hay en nuestra
+tierra muchos jóvenes holgazanes? Tienen ustedes razón; los hay, y son
+más de los que ustedes suponen. ¿Lamentan ustedes la corrupción de los
+«villaverdinos» («villaverdinos» con perdón de usted), que crece más y
+más cada día? Pues voy a explicar la causa de todo eso. ¡En dos
+palabras! ¡En dos palabras! No; en dos palabras no; pero veré de
+explicarlo brevemente.
+
+Encendió el apagado puro, tomó aliento, se pasó la mano por los
+bigotazos, y prosiguió en tono dulce, persuasivo, apacible, como si
+quisiera agradar a sus interlocutores:
+
+--Vean ustedes: el mundo siempre ha sido mundo; corrupción la hubo
+siempre; por algo mandó Dios el Diluvio. ¿Quién se atreve a tirar la
+primera piedra? ¿Vamos, quien? ¿Usted, Licenciado? ¿Usted, mi señor don
+Cosme?
+
+Y los miraba de hito en hito. El abogado se acariciaba el abdómen con
+cierta complacencia de epulón, y Linares bajaba los ojos humildemente, y
+enclavijaba las manos larguiluchas y exangües, como diciendo:--«¡Soy un
+gran pecador!»
+
+--Pues bien: corrupción siempre la hubo, aquí en esta levítica ciudad, y
+en Pluviosilla, y... vamos, ¡en todas partes! Vagos y ociosos no faltan
+en parte alguna. Ahora bien: ¿por qué son tantos en Villaverde?
+
+Don Cosme movía la cabecilla y hacía un gesto de duda, para decir:--«¡No
+lo sé!» Castro Pérez se componía las gafas.
+
+--Voy a decirlo, ¡porque en esta tierra no tiene porvenir la juventud!
+¡Porque los horizontes son obscuros! Y todos, usted, don Juan; y usted,
+Linares; y yo; todos los villaverdinos, sin excepción alguna, nos
+empeñamos en cerrar a los jóvenes el camino de la prosperidad. ¡Esto es
+lo cierto!
+
+¿Dudan de ello? Vamos al grano; dígame usted, mi señor don Juan, hágame
+el favor de decirme: ¿cuánto gana ese muchacho que tiene usted aquí, y
+que trabaja de la mañana a la noche? Veinte pesos al mes. ¡Y me parece
+mucho! ¿Cree usted que con eso pueda vivir?
+
+Don Juan iba a contestar:
+
+--Pero, amigo don Quintín....
+
+Este le quitó la palabra:
+
+--¿Tendrá con eso lo suficiente para comer, vestir, pagar casa, y
+subvenir a las necesidades de su familia? No, ¡claro que no! Con esos
+veinte pesos, o quince, o diez, o menos, que eso ganará, porque usted no
+peca de pródigo, no le alcanzará para comprarse un par de botines.
+Cuando más para sostener ese lujo de corbatas chillonas con las cuales
+anda tan majo, rondando la casa de la señorita Fernández....
+
+Le oía yo desde la otra pieza, y sin embargo, me sonrojé. Me pareció que
+tomaban a prodigalidad que gastara yo corbatas bonitas, como si eso me
+hiciera merecedor de castigo. Lo de que rondaba yo la casa de Gabriela
+Fernández me hizo reir. Todos lo decían en Villaverde, pero no era
+verdad. Me gustaba la rubia, a qué negarlo, pero nada más; mi corazón
+era de Angelina.
+
+--Pues bien,--continuó Porras--y ¿qué tiene eso de extraño? Gasta lindas
+corbatas.... ¡Es natural! ¡No había de usar harapos de seda, como ese
+pañuelo raído y sempiterno que lleva usted al cuello, a manera de dogal,
+amigo don Cosme! No hay que divagar. Sigamos con el capítulo primero.
+Pregunto: ¿de qué viva ese joven? ¡Pues de lo que en su casa le dan!
+
+Sentí ganas de entrar en el gabinete de Castro Pérez y estrangular al
+escribano, el cual siguió diciendo:
+
+--¡No puedo hacer otra cosa! ¿En qué puede ganar más un chico que acaba
+de salir del colegio, y que vive, acaso por necesidad, en esta ilustre y
+magnífica Villaverde? Pues así como Rodolfo viven todos los muchachos
+villaverdinos. Muchos no tiene en qué ocuparse. Los que gozan de un
+empleo ganan poco, tal vez quien trabaja más tiene sueldo más corto.
+Usted, don Juan, no se dejaría ahorcar por diez o doce mil duros; tiene
+usted magníficas entradas, porque los pleitos y los chismes producen la
+plata, pues, bien, así fuera usted más rico que el mismísimo Creso, no
+le subiría el sueldo a ese pobre muchacho. Eso que hace usted es lo que
+hacen todos aquí, ¡todos! Cuántos conozco yo, personas ricas, podridas en
+plata, que reciben en su casa a ésto o al otro joven.... De meritorios,
+por supuesto que de meritorios, y en dos o tres años no les pagan un
+real. No les dan nada, nada, no señor, que bastante tienen los infelices
+con el honor de servirlos. Pero al cabo llega un día en que la víctima
+ya no quiere trabajar de balde, se aburre de hacer méritos, y tímida y
+temerosa solicita respetuosamente que le señalen sueldo, sueldo, aunque
+sea corto. Entonces, ¿saben ustedes lo que sucede? Pues entonces con
+cualquier pretexto le despiden, o le ponen en condiciones tales que le
+obligan a tomar el portante. ¿Se va? ¡No hay cuidado! ¿Hace falta el
+meritorio, que era muy útil y muy cuidadoso de los intereses de su jefe?
+¡No importa! Ya caerá en la red otro meritorio, otro infeliz, otra
+victima.... El pobre mancebo que sirvió fielmente dos a tres años se va
+a la calle. Necio de él, que, en su candorosa necedad, creyó que alguna
+vez serían recompensados sus trabajos, si no con dinero, ¡sí con
+estimación y cariño! ¡Pobre tonto que tuvo la esperanza de encontrar
+allí brillante y risueño porvenir, trabajo para toda la vida, modesto
+bienestar! Se va.... ¡Quiera Dios que salga de allí con la reputación
+intacta! El jefe, para evitar hablillas y censuras, se disculpará
+fácilmente. ¿Saben ustedes cómo? Dirá que el pobre meritorio metía la
+mano en el cajón; que vestía bien, que frecuentaba los teatros.... ¡Qué
+ironía! ¡Los ¡teatros de Villaverde! ¿De dónde salía dinero para todo
+esto? ¡Pues ya lo sabe todo el mundo! ¡Del cajón! Hay otro medio más
+expedito. ¿Cuál? No hablar del asunto. ¿Preguntan por qué se fué el
+meritorio? Pues no hay más que hacer un gesto intencionado, fingir una
+sonrisa despreciativa, discretamente maliciosa, que lo diga todo.
+¡Mentira y calumnia! La madre y las hermanas del pobre meritorio
+trabajaban para vestir al muchacho. ¡Cómo había de ir al establecimiento
+hecho un pordiosero! Esta es la verdad: creían, como el muchacho, que el
+mancebo estaba en camino de ganar el oro y el moro. «¡Cómo el jefe lo
+quiere tanto--dirían pronto le señalará sueldo, y buen sueldo! Entonces
+será otra cosa».
+
+--Pero....--repuso Castro Pérez.
+
+--¡Por Dios, Don Quintín!--exclamó don Cosme.
+
+--¡No hay pero que valga!--continuó el escribano.--¡Esa es la verdad!
+¡La pura verdad! ¡Eso pasa todos los días! No se alarmen ustedes, ¡que
+falta lo mejor! Sale el pobre muchacho de aquella casa, y sale con el
+crédito perdido, y, como es del caso, no halla empleo. Espera
+encontrarle más tarde, pero el dichoso día, no llega nunca, y como ya se
+acostumbró a que le mantengan los suyos, y perdió el ánimo y toda
+esperanza de medro, se echa a vagar, a vivir de ocioso; se envicia, se
+corrompe, se resuelve a entrar en cualquier establecimiento donde
+trabajará mucho y ganará una miseria, casi nada, y entonces, ¡entonces
+sí que no responde de su conducta! Ahora vamos al punto segundo ¿Sabe
+usted, don Cosme, por qué los jóvenes de Villaverde no son un modelo de
+buenas costumbres? Pues... por la sencilla razón de que aquí no hay
+trato social; porque aquí ni los hombres tratan a las mujeres ni las
+mujeres a los hombres. Viven separados los sexos. Nada más a propósito
+para que se corrompan las costumbres que la soledad y la tristeza
+«villaverdinas», (con perdón de usted); nada más a propósito que la
+separación cenobítica de los sexos. Por la noche nadie sabe qué hacer de
+su persona. ¿Hay aquí bailes, tertulias, teatros? ¿Reciben las familias?
+¡Qué han de recibir! A las ocho de la noche se encierran a piedra y
+lodo, y las que no lo hacen.... Pase usted, y verá cómo están las niñas
+durmiéndose en la sala, muriéndose de fastidio y desesperación. ¡Separe
+usted los sexos, y ya verá usted, ya lo verá! Por lo pronto se llevará
+Satanás a los del género masculino.... Después.... ¡Omito el cuadro!
+¿Una boda? ¡Cada veinte años...! ¡Y con razón! Si los chicos y las
+chicas ni se conocen ni se tratan. Los muchachos no tienen en qué
+pensar, y como no han de ir a jugar tresillo con nosotros, se van por
+esos mundos de Dios, o del Diablo, y... ¡ustedes saben lo que sigue!...
+Y he dicho y preguntado más que Ripalda, y aquí paz y después ¡gloria!
+Amén.
+
+Gruñó el reloj de pesas, y soltó el repique de sus campanas disonantes.
+Eran las siete de la noche. Tomé el sombrero y me dispuse a salir antes
+de que acabara la tertulia. Al irme oí que Porras decía:
+
+--Vamonos. Ya estamos en tinieblas, y el buen amigo don Juan es tan
+avaro que no quiere gastar en una vela; por eso nos tiene a obscuras.
+¡Viva el obscurantismo!
+
+
+
+
+XXIV
+
+
+Mi entrada en el despacho de Castro Pérez fué para mi tía Pepa el colmo
+de la dicha, no sólo porque allí ganaría algunos duros su pobre sobrino,
+sino porque creía, en su candorosa sencillez, que dados el crédito y la
+buena posición del abogado, éste aseguraría mi porvenir. Se mostraba
+contentísima la buena señora e iba diciendo por todas partes:
+
+--¿Ya saben ustedes? ¿No lo saben? ¡Estamos muy contentas! Rodolfita
+está colocado en el bufete del señor don Juan. ¡Ahora sí que se acabaron
+las penas y las dificultades! ¡Ya el sobrino tiene un buen sueldo, y, si
+Dios quiere, me quitaré de lidiar con la chiquillería!
+
+Pero la enferma veía las cosas de otro modo.
+
+--Estoy contenta; sí, porque de algo a nada... ¡algo es algo! Tú mereces
+más, mucho mas. ¡No es justo que trabajes así, todo el santo día, por tan
+poco dinero! Pero, ¡qué quieres! Así es todo en Villaverde. Digámoslo
+claro: todos quieren que los demás les sirvan de balde. Confórmate,
+Rorró, y procura cumplir con tus obligaciones, para que si mañana es
+necesario que te ocupes en algo que te produzca más, no tenga Castro que
+decir de tí lo que yo le he oído decir de otros muchachos.
+
+Desde el día en que entré a servir al jurisconsulto me propuse vivir
+aislado, lejos de los chismes villaverdinos que ya comenzaban a
+disgustarme, así es que a las horas de descanso me encerraba en casa, a
+leer o a conversar con Angelina, y únicamente los domingos por la tarde
+me echaba a vagar por los callejones, o me iba a pasar dos o tres horas
+en las orillas del Pedregoso o en las verdes laderas del Escobillar, de
+donde volvía cargado de helechos y flores campesinas.
+
+Angelina se mostraba amable y cariñosa conmigo, pero pronto pude
+observar que no gustaba de quedarse sola a mi lado, antes, por el
+contrario, huía de mí como temerosa de un peligro. Sin duda obedecía
+prudentes consejos de su confesor el buen P. Solís. Aquel despego de la
+hermosa niña avivaba en mi alma, de un modo terrible, la pasión que la
+belleza y las cualidades de la joven habían encendido en mi, y que mi
+tía Pepa procuraba fomentar.
+
+Cuando por las mañanas, al salir de mi cuarto, buscaba yo a la gentil
+doncella, y esperaba encontrarla en el comedor, me hallaba yo a Juana,
+muy engestada, y mohina.
+
+--¿Qué hace usted aquí?
+
+--¡Estoy barriendo! Esto no es de mi obligación, pero como la niña no
+quiere hacer este quehacer, aquí me tiene usted....
+
+Por la noche, en torno de la mesa, mientras mi tía Pepa y Angelina
+hacían aquellas hermosas flores que han dejado perdurable fama en
+Villaverde, me instalaba yo, triste y contrariado, en un sillón, cerca
+de ellas, y sin decir palabra me engolfaba en la lectura de un libro
+ameno. La enferma estaba ya en el lecho, y la anciana y la joven
+trabajaban hasta media noche.
+
+--¿Qué te pasa?--solía decirme tía Pepa.--¿Qué tienes que así estás como
+pajarillo en muda?
+
+--Nada tía. Este libro que me tiene interesado y lleno de curiosidad.
+
+Angelina conversaba de cosas indiferentes, pero a cada instante clavaba
+en mí una mirada llena de ternura. Yo habría deseado decirle: «Angelina,
+mi dulce Angelina, óyeme: ¿por qué huyes de mí? ¿por qué te muestras
+indiferente y desdeñosa con quien te ama? Antes no eras así; antes....
+Te amo, Angelina, te amo. No puedo ofrecerte una fortuna, no puedo
+brindarte riquezas.... Nadie sabe mejor que tú que soy pobre y
+desgraciado. Tú has sido desdichada también. Pues amémonos, amémonos,
+pero no como dos hermanos. Tus ojos, esos hermosos y brillantes ojos,
+húmedos por las amargas lágrimas de la orfandad, me dicen que me amas.
+En vano pretendes ocultarme que vives para mí; es inútil que te empeñes
+en esconder así ese secreto de tu corazón. ¿No ves que a cada momento te
+traicionan tus miradas? El cielo nos ha reunido bajo el mismo techo,
+como para decirnos: ¡Amaos! ¡Amaos! Y te amo, dulce y buena niña; te amo
+con la plácida ternura de los primeros años de la vida. ¿Temes? ¿Por
+qué, mi dulce niña? ¿Sabes acaso que hace mucho tiempo me robó el
+corazón una chiquilla graciosa y bella? ¡Ah! Piensa que ese amor fué un
+delirio... un sueño fugitivo, algo así como esos alcázares de nubes,
+palacios de plata que forma el viento de la noche en la serena
+inmensidad de los cielos, brillantes edificios que duran un instante, y
+luego se desvanecen, dejándonos ver un reguero de astros. Mira: ese
+amor, alegría venturosa de mis primeros años juveniles, pasó para
+siempre. La que despertó en mi alma eso sentimiento, es ahora esposa y
+madre; es feliz, y su felicidad me tiene contento y satisfecho. Acepta
+el amor que te ofrezco, Angelina; noble, sencillo, puro, ese amor
+renueva en mí la plácida ilusión de los quince años, tímida flor de
+pélalos embalsamados que se abre al rayo apacible de tus miradas, regada
+con el llanto de tempranos infortunios. ¿Eres desgraciada? Yo también lo
+soy. ¿Eres huérfana? También soy huérfano. El cariño maternal no ungió
+nuestra frente con sus besos envidiables. Ámame. Nada puedo ofrecerte de
+cuanto el mundo codicia y aplaude, ni riquezas, ni poder, ni gloria.
+Pongo en tus manos mi corazón, mi pobre corazón trémulo de amor.
+
+Al dejar el libro en que leía yo, levanté los ojos para mirar a la
+doncella. ¡Nunca más hermosa! Vestía ligero traje de muselina, y estaba
+graciosamente envuelta en un rebozo que cruzándose flojo y llena de
+pliegues en el pecho de la joven dejaba caer hacia atrás, sobre los
+hombros, las flecadas puntas. La luz de la lámpara daba de lleno en el
+rostro de la doncella, en aquel rostro pálido y melancólico, doblemente
+interesante bajo los negros cabellos. Angelina armaba un ramillete de
+fantásticas flores de papel de plata, de esas que presentan tan buen
+aspecto en los altares, y que son, desde hace algunos años,
+indispensables en toda fiesta religiosa, en toda función clásica.
+Visitad en Pluviosilla la iglesia de Santa Marta, y veréis qué aspecto
+tan hermoso presenta el templo con esos adornos, con esa floración
+metálica que parece robada de los jardines de los gnomos. La joven iba
+disponiendo los tallos floridos en una varilla larga y flexible. En el
+extremo superior un grupo de azucenas rodeado de espigas; abajo de
+éstas, a cada lado, grandes malváceas de anchos pétalos, y en seguida
+estupendas rosas de apretado seno, capullos vigorosos, hojas de lirio
+gráciles y flexibles.
+
+Cuando Angelina hizo el último nudo y cortó el haz de pita floja, y lió
+el tallo con una tirilla de papel de China, alargó el brazo para
+observar a la distancia el efecto del ramillete. Miróle largo rato, y
+luego compuso las flores que no le parecían bien colocadas, encorvando
+los alambres, o dando con breve toque de sus afilados dedos, gallardía
+y expresión a las corolas.
+
+--¡Vaya!--exclamó.--¡Hemos concluido! El P. Solís quedará contento.
+
+Y volviéndose cautelosamente para ver si estábamos solos, agregó:
+
+--¿No lee usted ya?
+
+--Ha tiempo que cerré el libro.
+
+--¿Qué hacía usted?
+
+--Verla a usted.
+
+--¿Verme?
+
+--Sí; admirar tanta belleza....
+
+--¿Tanta belleza? Parece que el señor don Rodolfo se ha vuelto
+galante....
+
+--¡Ay, Angelina!--exclamé poniéndome en pie.--¡Es preciso que esto tenga
+término!...
+
+La joven comprendió al punto lo que iba yo a decirle, y se puso trémula,
+asustada, roja como una amapola. Me acerqué de puntillas, y apoyado en
+el respaldar del sillón, me incliné, y en voz baja le dije al oído:
+
+--Angelina: ¡la amo a usted! ¡Me muero de amor!...
+
+No me contestó; llevóse las manos al pecho, y fijó la mirada en una
+cestilla que tenía delante.
+
+--Angelina...--supliqué.
+
+¡Silencio! ¡Silencio horrible! La emoción la ahogaba. Oía yo los latidos
+de su corazón.
+
+--Angelina, una palabra.... ¡Una palabra, por piedad!
+
+--No quiero hablar,--me dijo tristemente,--no quiero hablar; ¿no lee
+usted en mis ojos más de lo que mis labios pudieran decirle? ¡A qué
+negar lo que ya sabe usted! ¡A qué ocultar, Rodolfo, que hace mucho
+tiempo que le amo! ¡A qué negar lo que mis ojos le han dicho tantas
+veces!
+
+Apartó los ramilletes que tenía delante, y ocultó el rostro entre las
+manos.
+
+Sonaban en aquel momento las doce en el viejo reloj de la sala, y tía
+Pepa, que andaba en las piezas interiores, se presentó en la habitación.
+
+--¿Acabaste ya?
+
+--¡Ya! Vea usted....
+
+--Mañana, hijita. Es preciso madrugar. ¿No dices que quieres ir a las
+misas de aguinaldo? ¡Yo también, yo también quiero ir!
+
+--¡Ni quien se acordara de eso!
+
+--¡Rodolfo no irá!--prosiguió la anciana.--¡Bueno es él para levantarse
+tan temprano! Si tú quisieras, Rorró, irías con nosotras.... Yo no
+pierdo nunca esas misas; me gustan mucho, mucho. Me parece que soy
+muchacha. El abuelito nos levantaba tempranito. Con él íbamos todos,
+menos Carmen, porque siempre fué muy floja. ¡Ya se ve! ¡Se acostaba a
+las mil y quinientas! ¿Vas con nosotras? Ya no te acordarás de cómo son
+las misas de aguinaldo.... No son como antes, ¡cuándo! pero verás cómo
+te gustan. ¿Qué allá en México no hay misas así?
+
+Mientras mi tía hablaba, Angelina puso en orden las cosas de las mesas;
+cerró cajas y cajitas; las alineó en un extremo, recogió los alambrillos
+dispersos y tapó el cacito del engrudo para que los ratones no hicieran
+de las suyas en él. Charlaba la anciana, y yo, más atento a la joven que
+a la conversación de mi tía, me gozaba en los rubores de la doncella
+que, medio envuelta en el rebozo, huía de mis miradas como si hubiera
+cometido un delito. Colocaba Angelina sus ramilletes en una gran cesta y
+los cubría con un lienzo, cuando mi tía, tocándome en el hombro, exclamó
+impaciente:
+
+--¡Pero, muchacho, estás ido, o qué te pasa que no oyes lo que te digo!
+
+--Usted dispense, tía--contesté avergonzado, temeroso de que
+sorprendiera el secreto que me tenía distraído.--¿Misas de aguinaldo?
+Las hay en todos los templos, y con pitos, sonajas y música de
+cuerda... mas no para los colegiales sujetos a rigoroso reglamente,
+condenados a perenne clausura, como si fueran monjitas capuchinas. En el
+oratorio había misa, pero muy silenciosa y triste. La oíamos soñolientos
+y desesperados, tiritando de frío. Ahora iré con Angelina y con usted a
+todas, a todas, para acordarme de mis buenos tiempos. ¿Se acuerda usted,
+tía Pepilla, de cuando me llevaba usted a las misas de aguinaldo que
+decía en el Cristo el P. Artega?
+
+--No me hables de eso, hijo mío, ni me recuerdes a ese infeliz que se
+hizo hereje, protestante, apóstata....
+
+Y desdeñando la conversación cortó la hebra de su charla.
+
+--Vamos, Angelina.... ¡A dormir, que es muy tarde! Carmen te está
+esperando. La pobrecilla quiere cambiar de postura....
+
+En tanto que Angelina cerraba la puerta de la sala me dirigí a mi
+recamarita. El viento inundaba la habitación con los mil aromas del
+jardín, y el amor derramaba en mi alma el perfume embriagante de los
+años juveniles.
+
+Apagué la bujía, y de codos en la ventana me puse a contemplar el cielo.
+
+Era yo feliz, muy feliz. Mis labios quisieron pronunciar el nombre de
+Angelina, y sólo dijeron: ¡Matilde!
+
+La dulce niña de mi primer amor ocupaba todavía un lugar en mi corazón.
+
+
+
+
+XXV
+
+
+Aquel recuerdo me llenó de tristeza. Vinieron a mi memoria las alegrías
+de los quince años, las fugitivas amarguras del primer pesar, la tortura
+congojosa del primer desengaño.
+
+¡Mísera humanidad en la cual todo pasa y perece! En ella no persisten ni
+dichas ni dolores; la más intensa alegría se disipa como la niebla; el
+afecto de hoy se ve traicionado por el afecto de ayer, afecto que
+creíamos muerto, y que de pronto revive en el alma fuerte y activo. El
+dolor, con el cual llegamos a encariñarnos, del cual nos abrazamos
+perdida toda esperanza de volver a la dicha, deseosos de vivir para él,
+sólo para él, pasa y se va, huye y no vuelve, nos deja para que brisas
+de ventura, de una ventura fugaz y efímera también, venga a refrescar
+nuestra frente y a reanimar el desmayado corazón.
+
+La noche era magnífica, una de esas noches de Villaverde, tibias y
+benignas, sin nubes ni celajes, en que los astros centellean como
+diamantes, en que los vientos traen a la ciudad el rumor de los campos
+adormecidos, los cantares del perezoso río y los gratos perfumes del
+valle. El agua corría dulcemente por el sumidero del pilón, y en la
+espesura del jardincillo el «huele de noche» embalsamaba el espacio con
+el penetrante aroma de sus flores tardías. Al pie de los muros y en
+torno de la fuente las últimas maravillas prodigaban, como en las noches
+otoñales, la esencia suavísima de sus caducas corolas. Orión fulguraba
+espléndido; Sirio brillaba apacible como una lágrima de oro; Aldebarán
+ardía purpúreo; la cerúlea Capella parpadeaba melancólica, y allá por el
+Sud, joya sin par de las regiones australes, resplandecía Canopo con
+irradiaciones azules, blancas y rojas. En suma, hermosísima noche, una
+de esas noches ante las cuales se dilata el alma y se ensancha el
+corazón; en que el pensamiento vuela de estrella en estrella, y en que,
+olvidados de las miserias de la triste vida terrena, quisiéramos volar y
+subir hasta más allá de los últimos astros, para perdernos y abismarnos
+en las soledades misteriosas del éter.
+
+Me puse de codos en el alféizar, y allí pasé la noche, solo con mi dicha
+y mis recuerdos. El constelado firmamento hacía gala de sus pálidos
+fuegos, la tierra dormía silenciosa, y de cuando en cuando se oía a lo
+lejos el ladrido de un perro o el canto de un gallo.
+
+Recordé cosas y sucesos pasados; evoqué memorias dolorosas de la niñez,
+pesares y amarguras infantiles; los tristes días de colegio, las
+melancolías del primer amor. Uno a uno desfilaron delante de mí
+parientes cariñosos, fieles servidores, amigos nunca olvidados. Al
+repasar las páginas del librillo de mi vida me pareció que iba yo
+recorriendo larguísima y desolada calle, entre dos hileras de tumbas que
+aquí y allá blanqueaban a la sombra de los sauces y de los cipreses.
+
+La felicidad y bienestar de mi familia en tiempos mejores vino a
+sonreirme, a lastimar con sus alegres memorias mi dolorido corazón.
+Antes abundancia, respetos, halagos, lisonjas. Ahora, pobreza,
+desconfianza, menosprecio, olvido.... ¿Dónde estaban los amigos de mis
+padres? No quedaban más que dos: el bondadoso médico y el desgraciado
+dómine....
+
+Me dí a pensar en los días felices de mi primer amor. Entonces surgió
+ante mis ojos blanca figura de mujer. Esbelta, pálida, vaporosa, ideal,
+aquella imagen querida venía a recordarme olvidados juramentos, promesas
+no cumplidas. Triste, doliente, llorosa, parecía decirme:--«Me ofreciste
+tu alma y tu vida; me ofreciste tu corazón, y se los diste a otra....
+¡Ingrato!»
+
+Y aquella voz tenía el timbre de la voz de Angelina. La visión
+desapareció arrebatada por una ráfaga del viento matinal que pasó
+estremeciendo las copas de los naranjos y columpiando los floripondios.
+
+¡Locuras de muchacho! ¡Delirios de ardorosa fantasía! ¡Presentimientos
+de una alma tímida, de un corazón inconstante!
+
+Sentí anhelo infinito de que aquel amor que llenaba mi alma fuese el
+último de mi vida; deseo firmísimo de vivir sólo para Angelina, sólo
+para ella; deseo vehemente de ser bueno para merecer el amor de la
+modesta niña; para gozar, como de cosa propia, de la hermosura de aquel
+cielo tachonado de luceros, de las mil y mil bellezas que la noche tenía
+cubiertas con sus velos, y que dentro de breves horas, al clarear el
+alba, aparecerían en toda su magnificencia; que sólo a condición de ser
+bueno me sería dable gozar del supremo espectáculo de la naturaleza, de
+modo que se me revelaran todos sus encantos, y no fueran arcanos para mí
+la dulce melancolía de una tarde de otoño, ni la risueña alegría de una
+alborada de Mayo, ni la serenidad abrasadora de un día canicular, ni la
+terrífica majestad de la tormenta, cuando, desatada en las alturas,
+incendia con cárdenos fulgores las cumbres de la sierra.
+
+Creía yo entonces--¡pobre muchacho soñador!--que un orto de fuego sería
+opaco y brumoso para el malvado; que los lirios del río no tendrían
+aromas para el perverso; que las selvas acallarían sus músicas y
+enmudecerían medrosas cuando pasaran bajo sus arcadas, bajo sus bóvedas
+de follaje, corazones manchados. Creía yo que el verdadero amor era
+premio y palma de la bondad, y que para amar y ser amados, con amor tan
+alto como yo le sentía y alcanzaba a comprenderle, elevación sublime,
+anhelo incesante de perfección, aspiración interminable a lo absoluto,
+era preciso que el alma se asemejase, por lo inmaculada y pura, a la
+flor que coronada de rocío abre su intacta corola al soplo cariñoso de
+los céfiros.
+
+Pasé la noche en la ventana. Orión descendía hacia el ocaso, y el Carro
+iba ocultando sus estrellas en las profundidades de luctuosa nube que
+subía lenta y creciente en los húmedos valles de Pluviosilla.
+
+Permanecí largo rato con el rostro entre las manos. El sueño entornaba
+mis párpados, e iba yo a recogerme, cuando grave y majestuosa sonó la
+campana mayor del templo parroquial. Tañido, misterioso y solemne que
+anuncia la llegada del día; que repetido de montaña en montaña dice a
+los moradores de la serranía que Villaverde ha despertado.
+
+A los ecos del sagrado bronce contestan el río, la selva, los huertos y
+las aves. Las corrientes del Pedregoso cambian de ritmo; hay en las
+espesuras preludios corales, amorosos aleteos, y principia por todas
+partes el movimiento y la vida.
+
+Diríase que los vientos se apresuran a derramar por los valles el aroma
+de las flores que se abrieron durante la noche.
+
+Los toques de la campana eran pesados y lentos.... Cesaron, y, un
+instante después, estalló en todas las torres un repique bullicioso y
+plácido, retozón e infantil, como si convocara turbas escolares, como si
+los tañedores fuesen angelillos traviesos escapados del cielo.
+
+¡Las misas de aguinaldo!
+
+
+
+
+XXVI
+
+
+Oí ruido en la habitación contigua. Tía Pepilla se había levantado, y no
+tardó en llamarme. Daba golpes en la puerta, y al contestarle yo decía:
+
+--¡Vamos perezoso! Ya está amaneciendo.... ¡Arriba! ¡Ya es hora!... Si
+has de ir con nosotras, ¡levántate! ¿No has oído el repique?
+
+Y la buena señora reía y bromeaba como una chiquilla.
+
+Aun no cesaba la música de las mil campanas villaverdinas. Las de la
+Parroquia, graves, solemnes, como un arcediano cuando entona el prefacio
+en la misa de Corpus; las de San Francisco seriotas, sonando en ritmo
+circular, rotundo el toque, como en los domingos de cuerda; las de San
+Juan desafinadas y chillonas; el campanario de la iglesita de San
+Antonio armaba una algazara sin igual, como en una orquesta platillos y
+chinesco; en la espadaña del convento de Santa Teresa se volvían locas
+las campanillas, y el esquilón rajado del Cristo resonaba presumido y
+vanidoso, a semejanza de un tenor cascado que no quiere retirarse del
+teatro.
+
+El conjunto era singularmente bello. Aquel repicar vario y caprichoso,
+sin unidad ni medida, tan distinto del otro con que se anuncian los días
+solemnes y las fiestas clásicas, tenía algo de la maravillosa música
+moderna en que parece que los instrumentos van libres, de su cuenta,
+campando por sus respetos, desdeñando compás y disciplina, huyendo los
+unos de los otros, pero que de pronto se unen y concuerdan en rara e
+incomparable harmonía que primero sorprende, luego subyuga, y, por
+último, nos hace ver bosques silenciosos, regiones celestes sin nubes ni
+celajes, cerúleos adormecidos mares.
+
+La música de los campanarios caía sobre la ciudad en frescas oleadas y
+se difundía por el valle, a manera de río desbordado que quisiera
+escaparse por los barrancos. Allí se detenía un instante, y luego como
+que se levantaba ansiosa de volver a las alturas, para remontarse a los
+cielos en pos de los astros que iban palideciendo y borrándose en la
+ténue claridad del crepúsculo.
+
+¡Qué bien se harmonizaba aquel vibrante vocerío con el despertar de
+valles y montañas, con los preludios del pueblo alado, con el susurro de
+las arboledas, con el canto idílico del Pedregoso, con el centellear de
+los luceros, y con el mugir de las vacadas en el cercano ejido!
+
+No sé por qué temí que la tía Pepilla supiera que no había yo probado el
+sueño. Deshice el intacto lecho, revolviendo sábanas y colchas; tomé el
+sombrero y el gabán, y salí al corredor. La anciana y Angelina me
+aguardaban allí. Tía Pepa muy rebozada con el pañolón; la doncella,
+caído sobre los hombros el abrigo, dejaba ver su hermosa frente.
+
+--¡Buenos días!--me dijo tímida y medrosa.
+
+Seguro estoy de que se puso roja como una amapola al estrechar mi mano.
+
+--¡Vamos, muchacho... vamos! ¿Qué aguardas? Y tú Angelina: ¿despertaste
+a señora Juana para que se quede con Carmen?
+
+--Sí, señora.
+
+--Pues vámonos, Rorró, que de aquí a San Antonio ya tenemos que andar.
+Está lejos, pero allá iremos,--repetía--que allí hay pisos, y sonajas,
+y panderos, y música de cuerda que toca sones y piezas alegres, y la
+misa no es larga.... ¡Cómo que la dice el P. Solís!
+
+Tomamos calle arriba, por una acera angosta y desigual. Había que subir
+penosísima cuesta. La capilla de San Antonio está en el Barrio Alto.
+Desde allí se goza de un hermoso panorama.
+
+Los farolillos ardían con mortecina luz. Los serenos apagaban sus
+linternas, y grupos de mujeres y niños iban apresurados hacia el templo.
+Las madres regañaban a los chicos porque sonaban sus pitos y sus
+panderetas, como temerosas de que a la hora precisa unos y otras se les
+quedaran mudos.
+
+Ofrecí mi brazo a la anciana.
+
+--No,--me contestó--¡voy mejor sola! Dáselo a la señorita....
+
+Angelina no le rehusó, pero comprendí que le aceptaba por compromiso. De
+pronto se detuvo tía Pepa y, sonriendo, nos dijo:
+
+--¡Bonita figura! ¡La vieja siguiendo a los galanes!
+
+Angelina quiso desenlazar su brazo; pero yo no lo permití.
+
+Encontramos nuevos grupos que iban a toda prisa, sin duda para ganar
+puesto en la capilla. En una esquina topamos con unos «nacateros» que se
+dirigían al mercado, muy cargados con grandes piezas de carne
+sanguinolenta. Al llegar a la plazuela pasó delante de nosotros un
+lechero, jinete en un caballejo, a cada lado un cántaro. Nos saludó
+respetuosamente. Era joven; bien claro nos lo dijo su fresca y limpia
+voz:
+
+--Es Mauricio....--dijo Angelina.
+
+--Es el lechero de Santa Clara.... De la hacienda del señor
+Fernández....--agregó la anciana, dirigiéndose a mí.
+
+Cuando subimos la escalinata vimos que las gentes se agolpaban en la
+puerta. Aun no abrían los sacristanes, y todos pugnaban por colocarse en
+buen sitio para entrar los primeros.
+
+La capilla de San Antonio, el «santuario», como la llaman los viejos
+villaverdinos, es una iglesita de estilo churrigueresco, muy bien
+dispuesta y situada en lo más alto de una loma desde la cual se domina
+toda la ciudad.
+
+El cementerio está acotado con una verja que tiene sendas puertas en los
+tres lados. Cuatro añosos cipreses dan al sitio un aspecto fúnebre,
+verdadero aspecto de cementerio.
+
+Tía Pepilla no quiso llegar hasta el punto donde los devotos bregaban
+para abrirse paso, y tomó asiento en el último peldaño de la escalinata.
+
+Reían los mozos, charlaban las doncellas, regañaban las viejas, y la
+chiquillería iba de un lado para otro, con incesante ruido de cascabeles
+y de pitos de agua que remedaban a maravilla los gorjeos de un coro de
+alondras.
+
+Angelina y yo nos acercamos a la verja, vueltos hacia la ciudad. Ya no
+repicaban en las torres. En cada una de ellas una campanita atiplada,
+urgente y chillona, llamaba a los fieles.
+
+Aun no despuntaba el día. Los faroles de Villaverde brillaban en las
+calles obscuras y por encima de los tejados como un enjambre de cocuyos.
+El cielo menguaba en luces, y una apacible claridad glauca, pura como la
+atmósfera y plácida como el fresco vientecillo que mecía los cipreses,
+iba inundando el firmamento. Orión se hundía entre los picos de la
+cordillera, y la Osa Mayor descendía hacia los valles de Pluviosilla. En
+la región opuesta vagos albores anunciaban la aurora. La vega toda
+revivía; el Pedregoso corría gárrulo y cantante, como si sus ondas
+repitieran quedito la extraña harmonía de los repiques.
+
+El cielo límpido de aquella noche casi invernal perdía poco a poco su
+inmensa serenidad. Del vago albor que clareaba en las cimas orientales,
+de las suaves tintas glaucas que todo lo invadían, brotaron lentamente,
+primero indecisos e indefinibles, luego distintos y bien perfilados,
+celajes y nubecillas de color de violeta, a través de las cuales vimos
+que desaparecían las estrellas entre ráfagas de fuego. Las campanitas
+seguían llamando a misa, el río seguía cantando, y susurraban las
+arboledas, y venía de las selvas y de las cañadas algo como rumor de
+lejanas orquestas misteriosas que ejecutaban, allá en la sierra, en lo
+más recóndito de la cordillera, inaudita sinfonía.
+
+Abrióse, por fin, la puerta de la capilla, y la multitud se precipitó en
+el sagrado recinto.
+
+De codos en la verja contemplábamos nosotros el espectáculo arrobador de
+aquel espléndido crepúsculo, el panorama de Villaverde alumbrado por los
+rojos fulgores del naciente día que incendiaba con reflejos de hornaza
+los celajes que bogaban en el horizonte.
+
+--Angelina:--exclamé, estrechando la mano de la doncella--¿me amarás
+siempre, siempre, como yo te amo?
+
+--¡Siempre!--contestó estremecida.--¡Como hoy, como mañana, hasta después
+de muerta!
+
+A la incierta luz de la aurora, que bañaba en celestes claridades el
+rostro de Angelina, vi que lloraba, que dos lágrimas rodaban por sus
+mejillas.
+
+--¡Niña!--gritó mi tía desde los umbrales del templo.--¿Qué haces? ¡Ya
+empezó la misa!
+
+La joven corrió hacia la iglesia. Las torres soltaron el último repique;
+el órgano desató sus raudales de místicas harmonías, y a sus acordes
+solemnes se unió festivo coro de infantiles voces, de gorjeadores pitos,
+de ruidosas y tintinantes panderetas. La misa principiaba.... El P.
+Solís entonaba con su vocecilla devota y simpática:
+
+«¡Gloria in excelsis Deo!»
+
+
+
+
+XXVII
+
+
+De mi casa al despacho de Castro Pérez. Terminado el trabajo, a eso de
+las cinco, nada de tertulia en la botica, nada de oir tocar a la
+señorita Fernández. A mi casita, a mi pobre casita, que me parecía un
+alcázar. Si acaso, y eso de cuando en cuando, a visitar al dómine o a
+charlar con Andrés. Los domingos, de vuelta de misa, a conversar con las
+tías y con Angelina, a leer, a escribir....
+
+Por la tarde al patio. La doncella y yo regábamos las plantas, y luego
+nos instalábamos al pie del naranjo. Cortábamos violetas y rosas, y nos
+entreteníamos en hacer ramilletes, empeñado cada uno en que el suyo
+fuese el mejor. Angelina solía tejer unas guirnaldas en que mezclaba los
+helechos de un modo maravilloso. Gran variedad hay de ellos en
+Villaverde, y en nuestro jardincillo crecían de los más lindos. Cerca de
+la fuente, en las piedras, y en los troncos viejos, se daban algunos que
+parecían plumas, cintas de seda, tiras de raso.
+
+Concluída la obra, corríamos a oir el fallo de las señoras. Para la
+enferma eran mejores los míos; para tía Pepa los de Angelina eran los
+más bonitos. El premio de aquellos certámenes florales consistía en un
+abrazo cariñoso de la infeliz anciana, la cual apenas podía alargar la
+mano para acariciar al vencedor. Pero siempre había para la joven una
+frase tierna, un halago de aquellos labios trémulos, a las veces
+contraídos por una sonrisa de dolor.
+
+Los ramilletes servían después para decorar el altarcito de la Virgen,
+ante la cual ardía a todas horas una mariposilla. Colocada la ofrenda
+volvíamos al patio. Entonces Angelina hacía otro ramillete, un
+ramilletín muy cuco, para que alegrara mi recámara, puesto en una copa
+de cristal en que nunca faltaban, diamelas, capullos carminados o
+heliotropos fragantes.
+
+Mientras la joven disponía las flores, fiados en que las tías no podían
+escucharnos y en que señora Juana había salido, hablábamos de nuestro
+amor. Las misas de aguinaldo nos dieron ocasión de conversar muy a
+gusto. Salíamos: tía Pepa nos dejaba atrás, yo daba el brazo a la
+doncella, y desde la casa hasta la iglesia charlábamos que era una
+gloria.
+
+Más de una vez supliqué a mi tía que me contara la historia de Angelina;
+le pedí con insistencia que me refiriera cómo había quedado bajo la
+protección del P. Herrera, un anciano que a la sazón apacentaba en un
+pueblecillo de la sierra numerosa grey de labradores; pero la señora
+callaba, sin que ni ruegos ni súplicas le hicieran abrir los labios.
+
+--Pero, tía:--decíale yo--recuerde usted que a mi llegada, hablando de
+Angelina, me dijo usted: «yo te diré»....
+
+--¡Para qué!--contestaba.--Es una historia muy triste....
+
+No me causaba extrañeza la singular discreción de mis tías. Así fueron
+siempre todos los de la familia.
+
+De ciertas cosas no se hablaba en mi casa. Esta reserva les fué
+perjudicial en ciertas ocasiones. Hasta que cumplí los veinticinco años
+no supe que mi tío Alberto, un bravo militar que murió en Yucatán
+víctima del vómito, no era hermano de mi madre.
+
+Mis abuelos le recogieron no sé dónde; le dieron crianza, nombre y
+carrera, y todos le creían hermano de mis tías. Nadie me contó esa
+historia. Súpela casualmente. Registrando un estante arrumbado me
+encontré varios documentos, cartas del abuelito y una copia de su
+testamento. En ellos leí la historia de mi tío, y pude estimar el alma
+nobilísima del testador, generosa y desinteresada como pocas. ¡Y vaya si
+el anciano militar era bueno! ¡Y vaya si era inteligente! ¡Qué cartas
+tan bien escritas! Tan claros los conceptos como aquella su letra
+española serena y gallarda.
+
+A decir lo cierto, deseaba yo saber la historia da Angelina, pero no me
+atreví nunca a hablarle de esto. Ella se adelantó a mis deseos, y una
+tarde, sentada al pie del naranjo, mientras disponía sobre sus rodillas
+un haz de violetas, separando las que estaban marchitas y comidas de
+gusanos, cercenándoles el tallo y hacinándolas en grupos, me dijo:
+
+--Mira, mi Rorró: quiéreme mucho, mucho, como te quiere tu Angelina. Te
+amo con el amor más grande que puede abrigarse en corazón de mujer; como
+saben amar los pobres y los desgraciados. ¿Nunca te han contado las
+desdichas de mi vida? ¿Nunca? Pues si no las sabes, si tus tías no han
+querido referirte mi historia, óyela de mis labios. Acaso debí
+contártela antes de dar oídos a tu amor, antes de confesarte mi cariño.
+Muchas veces he querido hablarte de eso; pero o no he tenido valor para
+hacerlo, o tú, con tus palabras amorosas, has distraído mi pensamiento.
+Bueno es que lo sepas todo. Así no podrás decir nunca que te engañé. Yo
+sé muy bien cuánto vales; que, por mil motivos, eres digno de una mujer
+que te honre, sin que la historia de su familia, o el origen de la que
+llegue a ser tu esposa sea obstáculo a tu felicidad; yo bien sé, Rorró,
+que tu tía, doña Carmelita, desea para tí una mujer de brillante cuna,
+elegante, hermosa... rica. Nada de esto tengo yo. No sé si soy buena o
+si soy mala. Me basta saber que te quiero, y que te quiero tanto, que
+por tí, bien mío, seré capaz del mayor sacrificio. Si te conformas con
+eso, hoy, mañana, cuando quieras, cuando cambie tu suerte, o en
+cualquier tiempo, que yo a todo me avengo y no busco riquezas ni lujos,
+y sólo vivo para amarte, dame tu nombre, seré tu esposa, y viviremos
+felices. ¿No es cierto, mi Rorró, que basta muy poco para que dos que se
+aman como nosotros sean dichosos? Oyeme: ¡no te apenes si ves que lloro,
+y déjame, déjame que te cuente todas las tristezas de mi vida!
+
+Quise ahorrarle aquella pena, y le pedí que habláramos de otra cosa; le
+rogué que no me atormentara, con aquella narración dolorosa. ¡A qué
+saber la historia de Angelina! ¿No me bastaba saber que vivía para mí?
+
+--¡No! ¡Me oirás! ¡Me oirás, Rorró! Sé muy bien que voy a darte una
+pena... pero, óyeme...--Y fingiendo disgusto y como amenazándome, tomó una
+violeta de larguísimo tallo, y con ella me azotó el rostro
+cariñosamente, agregando:--Me oirá usted, señor mío, o.... ¡No vuelvo a
+mirarte así, como a tí te gusta! Así....
+
+Y clavó en mis ojos una mirada apasionada y profunda.
+
+--Te oiré, alma mía,--repuse--si así lo quieres....
+
+La doncella suspiró, quedóse pensativa largo rato, bajó los ojos abatida
+y triste, y sin mirarme dijo con inmensa ternura:
+
+--¡Así te quiero!
+
+Y siguió sin decir palabra, separando flores y cortando tallos. Le
+arrebaté las tijeras y el ovillo.
+
+--Habla, Angelina....
+
+--¡Quiera Dios,--replicó--que mi historia no sea para tí causa de pena!
+
+En seguida agregó, variando de tono.
+
+--Dame las tijeras y el ovillo.... Mira que si no me los das no tendrás
+flores en tu mesa... ¡flores puestas por mí!
+
+Le dí lo que pedía. Al dárselo observé que tenía los ojos arrasados en
+lágrimas. Quedó silenciosa largo rato, hasta que al fin logró dominar su
+emoción, y riendo, o fingiendo que reía, como un niño que va a contar un
+cuento, principió:
+
+--«Está usted para bien saber y yo para mal contar...»
+
+
+
+
+XXVIII
+
+
+--«Está usted para, bien saber, y... yo para mal contar»... que era yo
+chirriquitina... así... como ese rosal. Tengo buena memoria, de todo
+me acuerdo, pero me parece que veo las cosas de ese tiempo como entre
+sombras, como en el fondo de una calle obscura.... ¡Hace ya tantos años!
+Recuerdo que vivíamos en una ciudad muy grande, no sé si en Puebla o en
+México. Acaso en México, porque los edificios eran hermosos y altos, y
+veía yo desde el balcón muchos coches que iban y venían.
+
+Estábamos, sin duda en la miseria; algunas veces pedía yo pan y no había
+pan para mí. Mi madre, Dios la tenga en el cielo, me abrazaba y se
+echaba a llorar: «Linilla,--me decía--Dios nos dará pan; vamos a
+pedírselo». Y me ponía de rodillas, y me hacía rezar, con las manos
+juntas sobre el pecho, como un angelito de esos que vimos el otro día en
+la capilla de San Antonio.
+
+Mi padre era militar, andaba siempre en la guerra, o en conspiraciones,
+y por eso sus enemigos, los del partido contrario, le perseguían de
+muerte.
+
+No lo ví más que una sola vez. Habían triunfado los suyos y vino a
+vernos. Trajo mucho dinero, y nos compró ropa y muebles, y a mí dulces y
+juguetes, y un rorro muy lindo, de cabellos rubios y ojos azules, que
+decía «papá y mamá». No he olvidado a mi padre: era un caballero alto,
+de ojos muy hermosos, con unos bigotes muy retorcidos. Me abrazaba
+cariñosamente, me besaba, y alzándome exclamaba:--«¡Lina! ¡Linilla!
+¿Quién es mi encanto? ¿Quién es mi presea? ¿A quién quiero yo mucho,
+mucho... ¡mu... cho!»
+
+Pero un día se fué a la guerra.... ¡Siempre la guerra y las
+revoluciones! Se fué muy de mañana, e iban con él oficiales y soldados.
+Salimos a decirle adiós. Me tomó en brazos, me besó los ojos, abrazó a
+mi madre, luego montó a caballo, y nos dijo: «¡Hasta la vista!...» y
+partió. No volvimos a verle. Tres años duró esa guerra. El estaba en no
+sé qué Estado lejano, y nosotras nos quedamos esperando su vuelta.
+
+Un día recibió mi madre una carta. Mi padre nos llamaba. Fué preciso
+obedecerle, y después de vender cuanto teníamos, muebles, ropa, todo lo
+que había en la casa, emprendimos el viaje, solitas, en un carruaje que
+daba muchos tumbos y que hacía mucho ruido al rodar en los empedrados.
+Caminábamos de día y de noche, y sólo nos deteníamos en las posadas para
+dormir y descansar unas cuantas horas. Antes de amanecer, otra vez al
+carruaje, otra vez a los caminos desiertos, temerosas de los ladrones.
+Solíamos pasar por algunos pueblos. El coche se detenía, bajábamos para
+ir a la fonda, comíamos, y vuelta a caminar. Un día mi mamá se quejó
+diciendo que le dolía la cabeza. Tenía fiebre, y fué preciso quedarnos
+en un pueblo, en un mesón. Dormía yo con ella, y recuerdo que ardía en
+calentura, que su cuerpo quemaba como una brasa. Despertaba yo a media
+noche, y decía yo: ¡Mamá! ¡Mamá! Y no contestaba, permanecía como
+muerta. Una vez, viendo que no me respondía, me eché a llorar....
+Entonces mi mamá volvió en sí, y me arropó diciendo cosas que yo no
+entendí, cosas muy raras. Papá me ha contado que mi madre tenía tifo. La
+mesonera llamó al señor cura, y cuando éste llegó la enferma había
+perdido el conocimiento. Vino el médico del pueblo y declaró que ya era
+tarde, ¡que la agonía estaba próxima!
+
+--No vivirá una hora...--dijo.--Padre, ¡póngale los óleos!
+
+--Esta criatura no debe estar aquí...--respondió el sacerdote,
+poniéndose la estola--¡que la lleven a mi casa!
+
+Yo no quería separarme de allí. Resistí, lloré, sollocé... pero ¡en
+vano! Era yo una chiquitina de siete años, y, sin embargo, comprendí lo
+que pasaba: que no volvería a ver a mi madre. Lloraba yo y mis lágrimas
+eran lágrimas de inmenso dolor. Mi madre se moría; no había de verme
+más. Me llevaron a la casa cural. Allí nada me divertía ni me consolaba;
+pasé el día sin comer, huraña, renuente a las atenciones del padre y a
+los obsequios de una anciana, ama de gobierno de aquella modesta casa.
+Me acurruqué en el sofá, y allí me rindió el sueño, y de allí me
+llevaron a la cama. A media noche desperté, llorando, llamando a mi
+mamá. La anciana vino a verme, me arropó y se estuvo acariciándome hasta
+que me quedé dormida. A la mañana, apenas abrí los ojos, pregunté por mi
+madre. Me dijeron que estaba en el cielo. La anciana me lavó, me vistió,
+y me dió el desayuno. Para distraerme me llevaron a la sala, y me dieron
+juguetes, muñecos de nacimiento, pastores y pastoras, cabras, ovejas,
+una casita de cartón, un molino, con su rueda que daba vueltas movida
+por un chorro de arena.
+
+Cuando el sacerdote volvió de la iglesia me sentó a su lado y me hizo
+muchas preguntas: «¿Cómo te llamas? ¿Cómo se llama tu mamá? ¿Tienes
+papá?» No sé lo que respondí.... El señor cura dice que de mis
+respuestas sacó lo bastante para saber quiénes éramos, quién era mi
+padre. Encontró en el baúl cartas y papeles, documentos que le dieron
+noticias acerca de la residencia de mi padre. Le escribió
+inmediatamente, dándole la fatal noticia; pero la carta no llegó a sus
+manos. Volvió a escribir y no recibió contestación. El autor de mis días
+había muerto también. Pereció en una escaramuza. Su cadáver fué
+arrastrado y paseado como trofeo de gloria, al son de músicas
+victoriosas, por una soldadesca ebria que celebraba un triunfo
+inesperado. El señor cura se dirigió entonces a unos parientes míos, los
+cuales se negaron a recogerme... «No queremos niños»;--le
+contestaron--«no queremos huérfanos; son ingratos, tarde o temprano dan
+el pago».
+
+Me han contado que cuando el santo anciano recibió la carta de mis
+parientes, exclamó: «¡Corazones de piedra! ¡Dios los perdone? ¿El trajo
+esta niña a mi casa? Pues mía es». Luego me llamó, y tomando entre sus
+manos mi cabeza, me dijo dulcemente: «Muñeca: desde ahora yo soy tu
+padre; ¡yo soy tu papá!» «Papá le llamo desde entonces; desde entonces me
+llama «muñeca». Algunas veces me dice «Linilla», como mis padres me
+decían.
+
+Angelina había terminado el ramillete, un ramillete de violetas, y me le
+acercó para que aspirara yo el suave aroma de las flores.
+
+--¿Linilla? ¿Linilla te decían? ¡Pues Linilla he de llamarte yo! Siga el
+cuento....
+
+--¿Cuento? ¡Historia de dolor!
+
+--Prosigue.
+
+--Así, de ese modo, fui a la casa del padre; padre ha sido para mí, y
+muy tierno y cariñoso. Lo demás ya lo sabes; te lo habrán dicho tus
+tías....
+
+--¿Y esa es la triste historia de tu vida? ¿A qué decirme, Linilla
+mía,--repuse--todo esto que me apena y aflige? ¿A qué poner en duda mi
+cariño, que en duda le has puesto cuando me desgarrabas el corazón,
+diciendo que no eras digna de mí? ¿Indigna de mi amor, Linilla mía? ¿Por
+qué? ¿Porque has sido desgraciada, porque eres huérfana? Al contrario,
+niña mía: ¿qué mayores motivos para ser amada?
+
+Angelina se quedó cabizbaja, como atormentada por un triste
+presentimiento, como temerosa de decir algo que la avergonzaba.
+
+--¡Habla!... ¡Contéstame!...
+
+La huérfana callaba, baja la frente, mientras abría con la punta de los
+dedos el apretado seno de una rosa pálida.
+
+--Linilla... ¡no seas cruel!
+
+Suspiró penosamente, sacudió la cabeza para echar hacia atrás una trenza
+que le caía sobre el hombro, y murmuró bajito, bajito, tal vez deseosa
+de no ser oída:
+
+--Aun no he dicho todo... y debo decirlo. ¡Oyeme, por piedad! No quiero
+decirlo... pero el corazón me grita: ¡Habla! ¡Habla!
+
+--Pues, dímelo!
+
+--Sí, Rodolfo: no soy digna de tí. Tú mismo lo has dicho muchas veces,
+delante de tus tías, delante de mí.
+
+--¿Yo, Angelina?
+
+--Sí.
+
+--¿Yo?
+
+--Sí, y... ¡cómo me has hecho llorar!
+
+--¿Yo, Angelina?
+
+--Muchas veces. ¡Para qué viniste! ¡Para qué te conocí! Rodolfo: ¿porqué
+me amas? ¿Porqué te amo yo? ¡Qué de lágrimas me cuesta tu cariño! Mira:
+si no merezco que me ames, olvídame, olvídame; me iré de aquí,
+llorando, sí, llorando... pero me iré, a la Sierra, a cualquiera
+parte.... Tú puedes ser feliz. Apenas empiezas a vivir.... El corazón
+humano es mudable; llegará día en que me olvides.... ¡Amarás a otra, y
+serás amado, y serás dichoso!
+
+--Angelina:--repliqué suplicante--¿a qué viene todo eso?
+
+Oyeme: este pobre corazón mío, no había amado nunca: llegué a esta casa
+y me hablaron de tí; me dijeron que eras huérfano, huérfano como yo, y
+me fuiste simpático; y me dijeron que eras bueno, muy bueno, y me
+interesé por tí; leí tus cartas, vi tu retrato, y hallé que eras como yo
+te había soñado; viniste, y me estremecí al oir tu voz; me hablaste...
+¿te acuerdas?... y se ahogó la voz en mi garganta, y palpitó mi corazón
+trémulo de amor. Después... ¡a qué decirlo!... Me dijiste: «te amo», y
+quise callar, y no pude; y cuando intente matar tu cariño con una
+palabra desdeñosa, se abrieron mis labios, y dijeron: «¡yo también te
+amo!»
+
+--Sí, te amo, Angelina!...
+
+--Oyeme. Me has lastimado el corazón; has entristecido mi alma.... Pero
+te perdono, te perdono, porque lo has hecho sin saber lo que hacías....
+Estoy segura de ello.
+
+--¿Cuándo y cómo?
+
+--Dijiste una vez... y lo has repetido muchas veces... «jamás me
+casaré con quien no sea digna de mí; y no es digna de ser esposa de un
+hombre honrado aquélla cuyos padres...» Lo diré de una vez.... La unión
+de los míos no tuvo la bendición del Cielo.
+
+--¡Perdón!...--murmuré.
+
+La huérfana calló, y de sus ojos húmedos se desprendieron dos lágrimas
+que cayeron en las violetas como dos gotas de rocío.
+
+--¡Perdón!--repetí, estrechando a la joven entre mis brazos, y atrayendo
+su gallarda cabeza.--¡Perdóname, Linilla!
+
+Y sobrecogida de espanto me apartó dulcemente.
+
+--¡Cómo no perdonarte! Si te amo con toda el alma.... Ya sabes quien
+soy.... En mi vida no hay nada que me avergüence... pero en los
+míos.... ¡Ya lo sabes todo!... Te hice sufrir, ¿verdad? Sí, porque estás
+llorando.... ¡Perdóname!... Era preciso.. Más tarde habrías dicho que
+yo te había engañado.
+
+Tomé las manos de la joven y las llevé a mis labios. Ella, sonriendo,
+las retiró, diciéndome graciosamente:
+
+--«Y el cuento que entró por un caminito de plata salió por un caminito
+de oro».
+
+
+
+
+XXIX
+
+
+La revelación de Angelina me dejó triste, abatido, avergonzado. Entonces
+me dí cuenta de ciertas melancolías de la niña, cuando yo hablaba de
+bodas y noviazgos. Me propuse calmar el ánimo de la doncella, quitarle,
+en cuanto fuera posible, la mala impresión que mi ligereza y mis
+imprudentes palabras le habían causado, y lo conseguí. Le hice ver que
+mi poca reflexión no debía ser motivo de disgusto, y puse todo mi empeño
+en que comprendiera que cuanto yo había dicho no era más que la
+repetición de opiniones leídas en no sé qué libro, oídas a no sé qué
+personas. Nunca pensé que hería a Angelina en lo más vivo; jamás pude
+imaginar que la pobre niña supiese la historia de su infeliz madre. Yo
+también la ignoraba, por culpa de mi tía, quien siempre se rehusó a
+contarme cómo y de qué manera fué Angelina a la casa del P. Herrera, del
+cariñoso anciano, del santo sacerdote que veía, y con razón, en su hija
+adoptiva, un ángel bajado del cielo para alegrar las tristes horas de su
+vida rural. Y no me costó poco trabajo conseguir que mi amada olvidara
+mis dichos inoportunos y crueles. Fallos, juicios y opiniones oímos en
+el mundo que nos parecen atinados y justos, y los acogemos ligeramente,
+los repetimos, los hacemos nuestros, y suele suceder que más tarde
+caemos en la cuenta de que hemos repetido una tontería.
+
+Linilla--así la llamé en lo de adelante--no volvió a tocar el punto, y
+siempre se mostró conmigo afable y satisfecha. No salía yo a la calle
+más que a las horas de trabajo, y al volver del despacho me pasaba las
+horas al lado de la huérfana, cada día más enamorado de ella. Una o dos
+veces, en toda la temporada, fui a las rifas de Navidad, que
+congregaban todas las noches en la Plaza a los pacíficos habitantes de
+Villaverde. Ni juegos ni músicas me eran gratos; no paraba yo atención
+en la hermosura de mis paisanas, ni en la elegancia y gallardía de
+Gabriela.
+
+--¿No vas a las rifas?--decían mis tías.
+
+--No me divierto; prefiero quedarme en casa, leyendo o conversando con
+ustedes.
+
+--¡No pareces muchacho, Rorró!...--replicaba la enferma.
+
+--Todos los jóvenes de tu edad se perecen por ir allá;--decía tía
+Pepa--sólo tú, como un viejo chocho, te estás entre las cuatro paredes.
+
+Allí estaba yo bien, cerca de Angelina. No me cansaba de mirarla: cada
+palabra suya era para mí un poema. Era yo muy dichoso. ¡Qué mayor
+ventura que no separarme de su lado!
+
+Uno de los boticarios puso a mi disposición todos sus libros, doscientos
+o trescientos volúmenes de versos y novelas. Entonces leí mucho, en voz
+alta, mientras trabajaban Angelina y mi tía; entonces hice muchos
+versos, muchos, diariamente. Angelina era en ellos celebrada con un
+calor y un entusiasmo tales que la buena niña se sonrojaba al oírlos.
+
+--No digas esas cosas, Rorró,--solía decirme,--porque no las creo. ¡Si
+me pintas hermosa y gallarda como una virgen de Murillo! Dime en prosa,
+aquí, hablándome, que me amas mucho, mucho, y me tendrás contenta,
+satisfecha y feliz.
+
+Angelina no era hermosa como una virgen de Murillo, pero sí lo era como
+alguna de Rafael, como la Madona de la silla. No puedo ver el famoso
+cuadro sin recordar a la doncella. Idéntico el óvalo del rostro, y la
+sonrisa, y la mirada, y los labios dulcemente expresivos.
+
+A las veces, después de pasar en mi cuarto largas horas, salía yo con el
+papel en la mano, aprovechando el momento en que Angelina se quedaba
+sola.
+
+--¿Versos? ¿Versos para mí, no es eso?
+
+Y me los arrebataba; los leía en voz baja, sonriente y ruborosa,
+mientras yo, colocado a su espalda, la iba siguiendo en la lectura.
+
+--¡Bonitos!--exclamaba.--Pero todas estas cosas me gustan más cuando me
+las dices sin pensarlas. No sé por qué, pero los versos me parecen
+siempre ¡graciosas mentiras!
+
+Doblaba la hoja, se la guardaba, y me señalaba un asiento:
+
+--Aquí, cerca de mí. Dime, Rorró: ¿me quieres así, tanto como dices,
+como yo te quiero a tí?
+
+Comenzaba la conversación, y seguía, y pasaba el tiempo, y no sentíamos
+correr las horas, felices, dichosos, con la dicha de los que aman y son
+amados.
+
+Nos dio por la jardinería. Preparamos los cuadros y sembramos rosales,
+claveles, lirios, azucenas, que nos prometían para la próxima primavera
+abundantes flores. Plantamos en torno de la fuente la flor preferida, la
+encantadora florecilla azul, la dulce myosotis, tan querida de los
+enamorados.
+
+¡Qué cuidado con nuestras plantas! ¡Qué deseo de que florecieran pronto!
+Dividimos los arriates en dos partes. Linilla sembraba una, yo la otra.
+
+--¿Dónde brotará la primera flor? ¿En mis cuadros o en los tuyos?
+
+--En los míos, porque ¡yo te quiero más que tú a mí!
+
+--No; en los tuyos no será porque no me quieres como yo te quiero....
+
+--Ya lo verás.
+
+--Ya lo veremos.
+
+El amor y la dicha de ser amada embellecían a la joven. Nunca más
+hermosa. Su pálido rostro tomó suaves tintas de rosa; sus labios, antes
+descoloridos, se encendieron, y sus negros y brillantes ojos fulguraban,
+húmedos y alegres. Ella, siempre tan modesta y enemiga de galas, se
+tornó presumidilla. Peinaba graciosamente sus cabellos, y solía
+adornarse con alguna flor; de ordinario con entreabierto capullo de
+rosa, purpúreo o blanco, que hacía parecer más intensa la negrura de
+aquel pelo sedoso, negro como las alas del cuervo. Todas las noches, al
+despedirnos, le decía yo:
+
+--Linilla: esa flor....
+
+Angelina desprendía de sus cabellos la deseada flor, y me la ofrecía por
+alto, como se ofrece a un niño el incitante fruto acabado de cortar.
+
+Yo me fingía enfadado:
+
+--¿Así, señorita?
+
+--¡Así, caballero!
+
+--No; como tú sabes....
+
+Linilla sonreía, besaba la flor, y me la daba. ¡Inolvidables besos!
+¡Dulces besos recogidos en la corola de una rosa!
+
+
+
+
+XXX
+
+
+Tuvimos una fiesta de Navidad muy alegre, como nadie se la esperaba.
+Andrés vino y dijo a mis tías:
+
+--Señoras; es preciso que tengamos fiesta. En años pasados la Noche
+Buena estuvo para nosotros muy triste.... Ahora no ha de ser así, no,
+señor, porque quiero que el amito esté contento. Todo corre de mi
+cuenta. A ustedes les tocará lo más penoso, disponerla, y hacer los
+buñuelos. ¡Sin buñuelos no hay Noche Buena! ¡Allá usted, Angelina, usted
+que se pinta para todo eso! Pondremos la mesa en la sala, y usted, doña
+Carmelita, cenará con nosotros. No habrá nacimiento.... ¿Quién nos mete
+en dificultades? Yo bien quisiera, para que el amito se acordara de
+cuando era «coconete». ¿Te acuerdas? Pues ahí, en la bodega, en un
+cajón, están guardadas las casitas, y los pastores, y los rebaños, y el
+portal, ¡y todo! Si tus tías quieren, hasta nacimiento habrá, Rodolfito.
+
+Tía Carmen, con su buen humor de siempre, se soltó hablando:
+
+--¿Pues sí, por qué no? Mañana nos ponemos a la obra, y la fiesta saldrá
+muy lucida. Programa: cena a las ocho de la noche; después acostaremos
+al niño, y luego: ¡a la misa del gallo! La madrina será....
+
+--¿Quién?--preguntó Andrés.--¿Gentes de fuera? ¡No, no, que todo quede en
+casa! Pero, en fin, que Rodolfo decida....
+
+--Gente de la casa,--contesté--como quiere Andrés; pero, de cualquiera
+manera, vendrá mi maestro.
+
+--¿Don Román?--exclamó tía Pepilla.--¡No vendrá, Rorró, no vendrá.... El
+pobrecillo no está para esas cosas!
+
+--Le traeré yo, si no está con el reuma; le traeré yo, y estará muy
+contento, y para que no tenga que salir a la calle a media noche dormirá
+aquí. Angelina y él serán los padrinos.... ¿Se aprueba lo que propongo?
+¿Sí? Pues.... ¡Aprobado!
+
+¡Qué gratamente que pasamos la noche! A medio día ya estaba listo el
+nacimiento. El cariño de las tías había conservado mis juguetes, y con
+ellos bastó y sobró para el nacimiento. Me sentí un chiquillo, como si
+tuviera yo seis años, a la vista de objetos que fueron para mí, en
+mejores días, motivo de fiesta y diversión. Con qué cuidado saqué de la
+gran caja, uno por uno, temeroso de romperlos, aquella multitud de
+zagalas y rabadanes que tejían danzas cerca del portal, y aquellos magos
+que seguidos de criados y soldados, tan suntuosos de vestidos como sus
+señores, y jinetes en caballos, elefantes y camellos, debían ser lo más
+lindo de aquel belén que tendría chozas y palacios, caminos de hierro y
+barcos de vapor, volcanes nevados, cascadas de brea, lagunas de cristal
+pobladas de ánades y garzas, catedrales y mezquitas, feroces beduinos y
+apuestos charros mexicanos que perseguían con el lazo al aire las reses
+montaraces. El portal.... ¡Qué portal! ¡Una maravilla!
+
+Fué obra de tía Carmen: era un portal lindísimo, de cristal, con
+estrellas, soles y cometas, y ángeles, y serafines, y arcángeles que
+tenían en las manos bandas de seda con letreros dorados que decían:
+«Gloria in excelsis Deo». Mi tía Carmen le hizo con prismas y candeleros
+de cristal, y fué el encanto de cuantos le vieron. La enferma no pudo
+esta vez ponerse a la obra, pero la dirigió, y todo salió a medida del
+deseo. Desde su sillón atendió a todo. Todo estaba listo al fin del día,
+y el regocijo era general. Desde tía Carmen hasta señora Juana todos
+parecían niños en aquella casita. Angelina estaba atareada, friendo los
+buñuelos, y tía Pepilla iba y venía más alegre que una sonaja. De cuando
+en cuando nos asaltaba el temor de que la enferma tuviera un ataque, y
+esto malograra nuestra fiesta, pero felizmente no sucedió así. A las
+seis salí en busca de don Román. El pobre viejo se envolvió en su raída
+capa, se apoyó en mi brazo, y, pian pianito, hasta la casa. El
+pobrecillo vino muy cargado: traía algunas libras de confites, para
+obsequiarnos. Era el padrino, y debía hacerlo.
+
+A las ocho ya estábamos en la mesa. La enferma accedió a nuestro deseo y
+vino a presidir el banquete. Al lado de ella se colocó don Román, en el
+otro tía Pepilla y Andrés. Angelina y yo ocupamos el lugar acostumbrado.
+Pocos platillos: rica sopa de almendra, «sopa de la pelea pasada», como
+decía don. Román; un plato de pescado, el afamado «bobo» de los ríos
+veracruzanos, con la ensalada del día: lechuga con aceite y vinagre y
+algunos rabanillos, los precoces purpurados de la hortaliza,
+chiquitines, rechonchos, enredándose en los anillos de la bien
+desflemada cebolla; fríjoles, (cómo habían de faltar) buñuelos de arroz,
+los más exquisitos a juicio de las tías, y una tacita de té. No faltó el
+vino, un par de botellas, obsequio del doctor Sarmiento, escondidas dos
+o tres años en el fondo de una cómoda.
+
+Reiamos, charlamos, recordaron los viejos sus buenos tiempos, hablamos
+los jóvenes de nuestra dicha, y la velada se pasó del modo más alegre.
+
+A las diez y media, cuando los campanarios de Villaverde soltaron el
+primer repique, encendimos el nacimiento, y los padrinos acostaron el
+niño en su lecho de pajas. Andrés quemó en el patio una docena de
+cohetes, y el pomposísimo distribuyó sus cucuruchos de confites.
+
+--Ustedes perdonarán la cortedad... pero... ¡los tiempos no están para
+lujos!
+
+Y agregaba:
+
+--Dios pagará a ustedes este buen rato.... ¡De veras, de veras, si me
+parece que tengo veinte años!
+
+Angelina y tía Pepilla nos dejaron para atender a la anciana que ya
+suspiraba por su lecho; don Román buscó el suyo, y Andrés se quedó
+conmigo en espera de Angelina y de mi tía que irían con nosotros a la
+misa del gallo. No tardaron en volver.
+
+--¡Vámonos, vámonos,--murmuraba la anciana--que pronto darán las doce!
+¡A misa, niños! ¡A misa, Andrés!.... ¡Fiesta completa!
+
+¡Inolvidable Noche Buena! ¡Qué poco necesita el hombre para ser feliz!
+
+
+
+
+XXXI
+
+
+Por aquellos días recibió Angelina una carta del P. Herrera. En ella le
+anunciaba que pasadas las fiestas de Navidad le tendría en Villaverde.
+
+«Allá voy, muñeca;--le decía--es justo que después de los trabajos y
+fatigas del Adviento me dé yo mis verdes. Viejo y enfermo, este pobre
+cura todavía tiene ganas de subir y bajar. Además, ¡me muero por ver a mi
+Linilla! Buena falta me haces aquí. Francisca ya no sirve para nada;
+cada día está más chocha, y todo se le va en gruñir y regañar. Ni yo me
+escapo. El otro día me echó una loa que ni aquellas con que los inditos
+te hicieron reir tanto en la fiesta de Xochiapan. La pobre Francisca
+está más vieja que yo, y ya es tiempo de ello; tiene largos los setenta
+y cinco, y ha trabajado mucho. Ya es fuerza que descanse. Si tú
+estuvieras aquí sería otra cosa; ya sabes cuánto te quiere; habría menos
+gruñidos y menos regaños; los altares tendrían manteles limpios, y las
+albas menos rasgones; me leerías algo todas las noches, aunque fuera
+para que los libros no se estuvieran arrumbados en el armario;
+jugaríamos un partido de ajedrez, y la vida de este cura sería menos
+fastidiosa en este destierro. Por aquí todo está tranquilo; ni asaltos,
+ni robos, ni temores de «bola». Me quieren mucho «ciertos bichos» que tú
+sabes, y no hay temor de que me den un mal rato. Tan seguro estoy de
+ello, que casi, casi me resuelvo a que te vengas al pueblo. Pienso en
+ello mucho; seguiré pensándolo, y ¡Dios dirá! Por ahora ve disponiéndome
+el cuartito; no te metas en lavaduras de suelo, y mientras nos vemos y
+te doy un abrazo recibe la bendición de este pobre viejo».
+
+Cuando Angelina leyó esta carta se puso pensativa y triste.
+
+--Temo separarme de tí, Rorró. Pero ¡qué he de hacer! No necesito que él
+me lo diga; comprendo muy bien que hago falta. ¿Te figuras cómo estará
+aquella casa? Ya me la imagino, desaseada, inmunda. Señora Francisca ya
+no está para fiestas, y mi deber, mi obligación es estar allá, con el
+santo anciano que tanto necesita de quien le vea y le mime. Bueno, es
+cierto, hago falta allá... pero... aquí ¿quién cuidará de tu tia?
+¿Doña Pepita? La pobrecita ya no puede.... Sólo de pensar en eso me
+apeno y me aflijo. Yo sé muy bien que si le digo al señor cura que no
+quiero ir, no me lo exige, pero....
+
+--Haz lo que él te diga.
+
+--¿Y te dejo, y me separo de tí? ¿Quieres que me vaya?
+
+--No, Linilla mía; pero lo primero es lo primero.
+
+--¡Si no puedo creer en esta separación! ¡Si nunca pensé en ella!... La
+vida lejos de tí no será vida, no, sino agonía lenta, horrible,
+desesperante.... Pienso que puedo separarme de tí, y siento que se me
+hace pedazos el corazón.
+
+--Piensa que tu deber es cuidar del pobre anciano. ¿No te dice claro en
+esa carta, que si tú estuvieras allá su vida sería más alegre? Pues
+obedécele sin chistar. ¡No temas por tía Carmen!... Cuanto a mí...
+cualquier día, el mejor día, tendré que dejarlas....
+
+-Razón de más para que no me separe de ellas....
+
+--No, Linilla; yo te lo agradezco, ganas mucho en mi cariño, pero antes
+que yo y que mis tías está tu protector, tu padre, que padre ha sido
+para tí ese buen anciano.
+
+--¡Tienes razón. Será lo que Dios quiera, lo que Dios quiera! Ya no me
+verás triste. Si el señor cura dice: vámonos,--me iré, y me separaré de
+tí muy contenta, muy alegre. Ya lo verás: no lloraré; ni una lágrima
+saldrá de mis ojos, y eso que parezco una chiquitina, y por cualquiera
+cosa ya estoy llorando.... ¿Me escribirás? Cada semana, todos los días
+si es posible.... Yo también te escribiré.... ¿Me darás tu retrato?
+¿Irás a verme? ¡Con qué ansia he de esperar tus cartas! Y las leeré
+muchas veces, muchas, hasta que me las aprenda de memoria....
+
+--Y yo, Linilla, no baré más que pensar en ti; pensar en la muñequita,
+que estará triste, tristísima, porque ¡vive lejos de su Rodolfo!
+
+--Y no pensarás en otra, y no verás a otras muchachas, porque yo lo
+sabré.... Y no irás a la Plaza a oir a Gabrielita....
+
+--¡Linilla! No pienses mal de mí....
+
+--Gabriela es guapa, elegante, y qué cosa más fácil que tú....
+
+--¡Me enojo, Linilla!...
+
+--¡No; es pura chanza!... Pero, seriamente: ¿verdad que no pensarás en
+otra, aunque sea linda, hermosa, mejor que yo?
+
+--Te lo juro, Angelina....
+
+Un campanillazo la separó de mí, y yo tomé el sombrero y me fuí a la
+casa de Castro Pérez.
+
+Aun no llegaba el jurisperito. En la puerta estaban, las señoritas.
+Salían de arreglar el despacho. Al verme se detuvieron a charlar
+conmigo.
+
+--Tarde viene usted....
+
+--¿Tarde? Acaban de dar las nueve....
+
+--No, no es tarde;--me dijo la menor, Teresa, una rubia desabrida y
+vana,--nunca es tarde para los enamorados....
+
+--¡Cállate! ¡Cállate mujer!--¡Qué dirá el señor!--exclamó su hermana, la
+pianista, una morena vivaracha y parlera.
+
+--Déjela usted, Luisa.... ¡Que diga lo que quiera!... Veamos: ¿a qué
+viene eso de los enamorados?
+
+Me pareció que habían adivinado mi secreto, lo cual, aunque en cierto
+modo me contrariaba, tenía para mí algo halagador.
+
+--¿Quiere usted--replicó la rubia--que le endulcemos el oído?
+
+--¡Jesús, mujer!--volvió a exclamar hipócritamente la morena.--¡Qué
+libertades gastas!
+
+La chiquilla se echó a reir.
+
+--Yo no quiero nada, señorita...--respondí.
+
+A lo cual contestó:
+
+--Como al señor le ha dado por la música.... ¡Así lo cuenta en todo
+Villaverde!
+
+--¡Cuentan en Villaverde tantas cosas! Sí; me gusta la música... desde
+que oí tocar a Luisa.
+
+La morena se sonrojó. Teresa se soltó diciendo:
+
+--¡Adiós! Pues ¡no sé cómo, porque ésta toca muy mal! Tocar bien, como
+una profesora.... Venga usted acá,--y me sacó hasta el zaguán--venga.
+
+--¿Ve usted aquella casa, aquella, la nueva, la que está pintada de
+gris? Pues ahí vive una persona que toca mejor que Luisa.... ¿No lo
+sabía usted?
+
+--¡Ah! Sí, la señorita Fernández.
+
+--¡Sí! ¡Esa!...--murmuró maliciosamente la parlanchina.
+
+--¿Y qué?
+
+--¿Qué?
+
+--La señorita Fernández...--repitió con mucha sorna la morena.
+
+--¿Por qué lo niega usted?--dijo la rubia.--¿Qué tiene eso de malo?
+
+--Señoritas, ¡si yo no niego, ni afirmo!...
+
+--¡Sí niega!--exclamaron a una.
+
+--No acierto a comprender a ustedes....
+
+La parlanchina me miró de hito en hito, hasta que no pudo más, y riendo
+me dijo:
+
+--Vaya, pues, como usted no ha de confesarlo, se lo diré: ya sabemos que
+usted es novio de Gabriela Fernández.
+
+--Están ustedes engañadas....
+
+--Vea usted que nos lo dijo persona que lo sabe.
+
+--¡Pues no es verdad!
+
+Iba a contestarme cuando apareció al fin de la calle mi señor don Juan.
+Vióle la rubia y dió el grito de alarma:
+
+--¡Ahí viene papá!
+
+Y las muchachas echaron a correr.
+
+
+
+
+XXXII
+
+
+Despidióse el año, como suele despedirse en Villaverde y en la vecina
+Pluviosilla, con nieblas y brumas. Montañas y valles permanecen velados
+durante algunas semanas, y sólo de cuando en cuando, de mañanita, asoma
+el sol su rostro paliducho a través de las gasas, como para decir a los
+villaverdinos que no ha muerto, que ya le tendrán, el mejor día, muy
+guapo y rozagante.
+
+Acabó Diciembre, nos dijo adiós, y se fué, casi sin ser visto, mientras
+la gente corría hacia los templos a dar gracias, a pedir mercedes para
+el año nuevo, o se entretenía, alegre y divertida, jugándose los cuartos
+en polacas y loterías. Desde la noche de Navidad no fuí a la Plaza. No
+tardaría en llegar el P. Herrera, y, como era posible que Angelina se
+fuera con él, quería yo gozar de los pocos días de felicidad que me
+quedaban. La pobre niña no volvió a hablar de viaje. Se apresuró a
+disponer la recámara de su protector. Convinimos en que mi habitación
+era la más cómoda, y, aunque las tías se empeñaron en dejarle la suya,
+decidióse que el huésped ocupara la mía. En dos por tres quedó arreglada
+y lista, con su cama que alheaba, y su escritorio, y su lavabo, y cuanto
+era indispensable. Nada faltaba allí, ni el reclinatorio. El P. Solís
+nos prestó uno muy elegante, con un crucifijo muy devoto.
+
+--Venga a cualquiera hora;--decía la joven--¡que venga, que todo está
+listo!
+
+Linilla sonreía alegremente, pensando en la próxima llegada de su
+protector; pero no podía disimular su tristeza. A cada rato bajaba los
+ojos, y se ponía pensativa y suspiradora. La atormentaba, sin duda, la
+idea de que iba a separarse de la enferma, y como si quisiera dejarle
+grato recuerdo de sus cuidados, la pobre niña se extremaba en todo
+cuanto a la anciana se refería.
+
+--¿No lo ves, Rorró?--solía decirme al oído la tía Pepa.--¿No lo ves?
+¡Esta niña es un ángel! ¡Mira, mira cómo atiende a tu tía!... ¡Qué mimos!
+¡Qué paciencia!
+
+No sólo Angelina estaba triste; yo lo estaba también. Sólo de recordar
+que se iba se me oprimía el corazón, se me obscurecía el mundo. ¿Qué
+haría yo sin ella? ¿Qué sería de mí sin la palabra consoladora de
+Angelina? Ella era la única que poseía el secreto de mis tristezas; sólo
+ella sabía darme aliento y ánimo.
+
+Frecuentemente me encerraba yo en mi recámara para dar rienda suelta a
+mis cavilaciones y melancolías. Allí pasaba yo horas y horas.
+
+--¿Estás enfermo?--me preguntaban las tías.--Di que tienes....
+
+«¡Vaya si soy desgraciado!--pensaba yo, tendido en el lecho.--Llegué a
+mi casa descorazonado y abatido, y cuando creía encontrar aquí dichas y
+alegrías, no hallé más que penas y tristezas. Angelina ha sido para mí
+como un ángel salvador. A ella he confiado mis pesares; en ella he
+puesto mi cariño; me amó, me ama, y cuando su amor iluminaba mi alma con
+celestes claridades; cuando de ella recibía mi corazón vigor y
+fortaleza, se va, y me deja.... Se irá, y en esta casa se acabará toda
+alegría.... ¡Adiós amorosas platicas! ¡Adiós gratas lecturas! Las
+plantas que los dos hemos sembrado prosperarán, se cubrirán de follaje,
+se llenarán de flores.... ¡Y Linilla no las verá!...» Y volviendo a mi
+manía poética me daba yo a repetir aquello de nuestro Carpio:
+
+ «De qué me sirven los jacintos rojos, el lirio azul y el loto de la
+ fuente....
+
+Pero Angelina no se olvidará de mí; ni yo la olvidaré; me escribirá, y
+le escribiré, cada semana... ¡todos los días! Pero ¡ay! no la veré en
+muchos meses, tal vez en muchos años, porque al P. Herrera no le gusta
+separarse de su parroquia. Puede suceder que Linilla no me escriba; no
+habrá quién traiga las cartas, y pasarán días y más días, y yo... ¡sin
+saber de Angelina!»
+
+A decir verdad, estaba yo enamorado como un loco. No era mi amor aquel
+amor de niño, tímido, vago, ensoñador, que me inspiró Matilde; cariño
+melancólico, nacido en un juego, alimentado por las predilecciones de
+una chiquilla graciosa y admirada, y breve y fugitivo en sus anhelos;
+dulce amor que dulcificó la vida del pobre estudiante; pálido fulgor de
+la aurora juvenil que inundó de reflejos primaverales los claustros
+solitarios de un colegio sombrío; amor que no conseguí arrancar de mi
+alma en muchos años; que aun suele estremecer mi corazón, porque ni
+atrevidos devaneos, lograron aniquilarle en mí. Ahora todavía, después
+de tantos años, suspiro a veces por la donairosa niña, objeto de mi
+primer amor. Matilde ha sido, viva y muerta, temida rival para cuantas
+me amado. Su nombre se me ha escapado de los labios, involuntariamente,
+cuando iba yo a decir el de otra mujer, y acaso sea el último que salga
+de mi boca a la hora de morir.
+
+El amor que Angelina me inspiraba no era ese que nos promete dichas y
+venturas, lisonjeando nuestra vanidad, halagando nuestro orgullo, y
+despertando risueñas esperanzas; ni ese otro abrasador, apasionado, que
+nos encadena a las plantas de soberbia beldad, sumisos a su capricho,
+esclavos de su hermosura, desesperados si nos desdeña, locos de
+felicidad si nos favorece con una sonrisa. No; era purísimo y
+desinteresado afecto; sentimiento de profundo dolor que sólo parece
+traer desgracias, que sólo nace y vive para llorar, y que libre de
+sensuales impurezas es una eterna aspiración al cielo. Amaba yo a
+Angelina, la amaba con toda el alma, y no por hermosa, sino por buena y
+desgraciada. Creía yo que mi madre bendecía desde el cielo aquellos
+amores sencillos, puros, inmaculados como el lirio silvestre que abre su
+nítida corola al borde de un abismo, entre los iris de espumosa cascada,
+allí donde no ha de tocarle la mano del hombre. Amaba yo a Angelina, y
+quería yo ser digno de ella, para que la pobre huérfana compartiera
+conmigo sus desgracias y su orfandad, y tuviera en mí un amigo, un
+hermano, un compañero de infortunios. Acaso algún día, andando el
+tiempo, se mudaría mi suerte, y me sería dable ofrecerle cuanto el
+hombre gusta de poner a los pies de la mujer amada.
+
+Pero hasta allá no iban mis deseos sino vagamente. Amor, abnegación,
+sacrificio; estos eran los móviles de mi cariño, nobilísimos sin duda, y
+que no han vuelto a conmover mi corazón. Después... he amado, he amado
+muchas veces, pero nunca, como entonces, me he sentido capaz de tamaños
+heroismos.
+
+¡Romanticismo! ¡Locura!--exclamarán muchos al leer estas
+páginas.--¡Idealismo!--dirán los desengañados, los hijos de esta
+generación egoísta y sensual. Pero aquellos que hace cinco lustros eran
+jóvenes, esos dirán que los mozos de entonces eran más felices que los
+de ahora; que aquella juventud aparentemente melancólica, plañidera y
+sentimental, valía más por la pureza del sentimiento y la hidalguía del
+corazón, que ésta de los actuales tiempos, tan alegre al parecer, y en
+realidad tan triste y desconsoladora, precozmente envejecida y
+prematuramente codiciosa.
+
+
+
+
+XXXIII
+
+
+Le ví desde la ventana del despacho, a eso de las diez, jinete en una
+soberbia mula de magnífico andar. ¡Qué bien que se sostenía el anciano
+en su caballería! De fijo que el P. Herrera fué todo un charro allá en
+sus mocedades. ¡Vaya con el simpático viejecillo! Al verle con su blusa
+blanca que dejaba ver los pliegues de la recogida sotana, con el
+sombrero de jipi, el paño de sol y el abierto paraguas, se me antojó el
+tipo más hermoso del cura de aldea. Pálido y expresivo el rostro,
+naricilla aguileña y muy dulces los azules ojos, el buen sacerdote me
+cayó en gracia. Seguíale, a guisa de caballerango, un muchacho trigueño,
+guapo y bien dispuesto, de pantalón ceñido y jarano galoneado, que, por
+lo arrestado y vigoroso, contrastaba singularmente con el aspecto manso
+y bondadoso del clérigo.
+
+Iban lentamente. Tal vez habían pernoctado en alguna hacienda, de donde
+salieron a la madrugada, para llegar temprano a Villaverde. Atravesaron
+la Plaza con dirección a la Parroquia. No tardé en oír una campanilla
+que llamaba a misa.
+
+Hasta entonces, fuera porque eso halagaba mis deseos, fuera porque la
+carta del P. Herrera no era terminante, me había parecido mentira el
+temido viaje de la joven; pero al ver al clérigo me dio un vuelco el
+corazón, como si alguno me dijera: «¡Tu Linilla se va!...» Se iría, sin
+duda. El cura estaba ya muy viejo, no le faltarían los achaques de la
+edad, y nada más justo que Angelina estuviese a su lado. Tiré la pluma,
+crucé los brazos sobre la mesa, y me puse a pensar, desalentado y
+triste, en la partida de la joven. Por fortuna llegó Castro Pérez, y fué
+preciso ponerse a trabajar. Dos o tres veces escribí una palabra por
+otra; eché a perder una hoja de papel sellado, y estaba yo a punto de
+decir: «¡No sigo escribiendo! ¡Estoy enfermo!...» cuando dio la una.
+
+Corrí a la casa. El P. Herrera conversaba en la sala con mis tías, y
+Angelina arreglaba la mesa en el comedor.
+
+No me sintió al llegar; me tenía a su lado y no me había visto. Me
+acerqué de puntillas y le tapé el rostro con mi pañuelo.
+
+--¡Jesús!--exclamó.--¡Qué susto me has dado! Ya vino papá... ya
+vino... y....
+
+--¿Y qué?--pregunté ansioso.
+
+--Dice que viene por mí; que está enfermo; que señora Francisca está
+más chocha cada día.... En fin, que el viernes nos iremos....
+
+--Y tú... ¡contenta como una sonaja!... ¿no es verdad?
+
+--¿Contenta yo? Sí; tienes razón. Quiero irme para no verte, para
+olvidarte... porque te odio, ¡te aborrezco!...
+
+Luego, agregó en tono de regaño:
+
+--Vaya usted a la sala: vaya usted a saludar al señor cura. Ya preguntó
+por usted.
+
+--¿Preguntó por mí?
+
+--Sí; quiere conocer esta buena alhaja.
+
+Y cambiando de acento, festiva y urgente:
+
+--¡Anda, anda! Te verían entrar y dirán que estás aquí, charlando
+conmigo. Déjame, que deseo acabar.
+
+Fuí a la sala. Allí estaban mis tías. Después de la presentación oí con
+espanto que Angelina no me había engañado. El anciano tenía resuelto
+llevársela. Lamentaba la separación, porque, al fin, la «muñeca» estaba
+allí muy bien. Pero hacía falta, hacía falta en la casa cural.
+
+--Ya estoy viejo,--repetía el sacerdote--el mejor día me da un
+supiritaco y no tengo quien me vea.... Pancha está peor que yo....
+
+Mis tías lamentaban la ida de la joven, pero no se atrevieron a
+contrariar al padre. Se limitaron a rogarle que la trajese de cuando en
+cuando.
+
+El buen señor me trató con mucho cariño. Cuando supo que no volvería yo
+al colegio, exclamó:
+
+--¡Qué se ha de hacer! ¡Conformarse con la voluntad de Dios! ¿Cuándo me
+mandan ustedes a este muchacho?... Que vaya a pasar conmigo algunos
+días. Le mandamos la mula; sale temprano de aquí, y en la noche estará
+con nosotros.
+
+Acepté la invitación.
+
+--Cualquier día, señor cura... tendré mucho gusto....
+
+Angelina se presentó en la sala.
+
+--¡A comer, papá! ¡Vamos, que sólo tiene usted en el estómago una taza de
+té!
+
+--Vamos, «muñeca», vamos;--contestó lentamente, levantándose del
+sillón--dame tu brazo.... Ya tu papá está muy cascado.... ¡Ha trabajado
+mucho!... Los años no pasan así, como quiera, sin estropear a uno....
+
+Entre tía Pepa y yo llevamos a la enferma a su cuarto. No quiso ir al
+comedor.
+
+--No estoy para eso.... ¿No ven que he vuelto a la primera edad y que
+tengo que comer por mano ajena?
+
+Angelina parecía haberse olvidado de mí; no me dirigía la palabra, no me
+miraba, como temerosa de que el anciano sorprendiera nuestro amor.
+Charlaba alegremente, con ingenuidad de chiquilla, hacía reir al
+sacerdote, y no cesaba de recordarle cosas y sucesos de otro tiempo.
+
+--Digo bien, digo bien, «muñeca»: cuando estés allá voy a ser otro....
+Tendré con quien hablar, con quien reir.... ¡Ya verás que alegría en
+aquella mesa! Allá no faltará un buen mozo, algún ranchero rico, y te
+casaré. Don Rodolfo,--agregó, dirigiéndose a mí y desplegando la
+servilleta, mientras Angelina servía la humeante sopa,--¡queda usted
+invitado a la boda!
+
+La joven se encendió. El anciano levantó la cara para verla, y continuó:
+
+¡--Nada más que allí no se estilan vestiditos blancos, ni velos, ni
+coronas de azahares.
+
+Angelina hizo un mohín.
+
+--¿Me quiere usted tener contenta? Pues no le diga usted a su «muñeca»
+todas esas cosas....
+
+--¡Vaya, vaya! ¿Enojadita estás? Pues, ¡chitón por ahora! Allá, cuando te
+cases, (que te casarás, porque ya no hay conventos, y tú no tienes cara
+de monja) no le faltarán al señor cura de San Sebastián algunos durillos
+para que vayas al altar hecha una princesa. Cuando para hacer rabiar a
+Pancha le hablo de esto, gruñe no sé qué perrerías, y dice: «¿Casarse la
+niña? ¡Dios nos ampare! ¡Si no hay gandul que se la merezca!...» ¿Tú qué
+dices de eso?
+
+--Pues yo digo,--replicó Angelina con viveza,--¡que lo que señora
+Francisca quiere, es que su Linilla se quede para vestir santos!
+
+Reía el señor cura y reíamos todos. Tía Pepa observaba en mi rostro el
+efecto que me causaba aquella conversación. Angelina me vió, como
+diciéndome con los ojos:
+
+--Y tú ¿qué dices?
+
+
+
+
+XXIV
+
+
+Cayóme en gracia el viejecito. Fino, afable, cortés, jovial, sin
+llanezas ni bromas de mal gusto, de fácil palabra y amena conversación,
+el P. Herrera, a pesar de sus años, parecía un mozo por la frescura de
+sentimientos. Le hallé tal como Angelina me le pintara.
+
+--Ya le conocerás--me decía la joven--es muy sencillo, muy locuaz. A
+veces tiene cosas de chiquillo. Por eso le quieren tanto sus feligreses.
+Y mira que los indios son insufribles. Dicen: «por aquí, esto, lo otro»,
+y no hay manera de que entren en razón. Papá los sobrelleva de un modo
+que a las dos palabras ya están sumisos y obedientes. Dicen que San
+Sebastián era antes un pueblo perdido, un pueblo de haraganes y de
+borrachos. Allí sólo las mujeres trabajaban.... ¡Ahora es otra cosa!
+Papá consiguió que le oyeran, y hoy todo anda a las mil maravillas. Ha
+puesto escuelas; una de niños y otra de niñas. La iglesia no es ya la
+que encontramos, fría, húmeda, pavorosa. Papá la ha puesto como una
+tacita de plata. Yo quisiera que tú la vieras.... Los altares
+lindísimos; el púlpito magnífico, nuevo, de madera muy rica, digno de un
+obispo; las imágenes muy buenas.... Una Virgen de los Dolores, que es
+una perla; un San Sebastián que da gusto verle. Todavía quedan algunas
+imágenes feas... pero... ¡imposible! Papá dice que con el tiempo todo
+se consigue, y que él acabará con esos santos que parecen hechos para
+asustar chiquillos. Ya tú sabes lo que son los indios. Y todos quieren
+mucho a su cura. Una vez dijeron allá que se iba; que le mandaban a otro
+curato, y todo el pueblo, todito, se juntó en la plaza, para pedirle que
+no los dejara. Papá les dijo que no, que estuvieran tranquilos; pero
+ellos no hicieron caso, y más de cien fueron a Jalapa, y se le
+presentaron al señor Obispo. Ahora, ¡si tú vieras a mi papa!... ¡No
+para, no para! Temprano dice misa. Después, ¡un rato al jardincito, una
+huerta muy bonita, con muchos árboles frutales, con hortaliza, y un
+gallinero, ¡qué gallinero! Luego, a la iglesia, a oír confesiones, a
+bautizar, a cuanto se ofrece. Lástima me daba verle. En ocasiones
+llueve a cántaros, como llueve por allá, y vienen por él, para ir a una
+confesión.... Y allá va el pobrecillo, en su mula, a subir y bajar
+cerros, porque allí todo es subir y bajar. De regreso descansa un
+ratito, y a las escuelas, a enseñar a los muchachos, a dar lección de
+catecismo a las inditas. Y en la tarde: rosario, sermón. En Mayo... mes
+de María, y ¡qué altar! ¡qué flores! ¡Para flores... la Sierra! Ahora,
+si vieras ¡qué bueno y qué bondadoso es con todos!... Nunca se
+impacienta, nunca está malhumorado. Para una cosa si es terrible, para
+el arreglo de la casa. No puede ver nada fuera de su sitio. La mesa ha
+de estar bien puesta, sin que falte nada. ¡Cuidadito! El dice que en las
+casas bien arregladas no dura mucho la tristeza; que en una mesa bien
+servida, aunque no haya en ella ricos manjares, ni perdices, ni
+lampreas, no falta la alegría. Ya tú verás, hay que andar listas. ¡Que
+lo diga señora Francisca!...
+
+Era muy ilustrado el P. Herrera, muy instruído, sabía de muchas cosas, y
+se perecía por la Botánica. Era de oírle cuando se soltaba hablando del
+movimiento religioso en Inglaterra y en los Estados Unidos. Estaba al
+tanto de los progresos científicos, y sin pedantería ni vanidades, así,
+como quien no quiere la cosa, discurría como un sabio, de Filosofía y de
+ciencias físicas y naturales, dando innumerables muestras de su claro
+talento y de su copiosa erudición. ¡Buenos ratos me pasé oyéndole hablar
+de religión! ¡Qué mansedumbre! ¡Qué dulzura! ¡Nada de vanos escrúpulos
+ni de ridículas gazmoñerías!
+
+Tres días estuvo con nosotros; al cuarto se fué a Pluviosilla, con
+objeto de arreglar algunos negocios, y asistir a no sé qué fiesta
+solemnísima en el templo de Santa Marta. Estuvo por allá una semana. El
+día veinte de Febrero ya le teníamos de regreso.
+
+El viaje de Angelina quedó resuelto. Se iría, y no la volveríamos a ver
+hasta que pasara la Semana Mayor. ¡Qué amargo fué para mí aquel mes de
+Febrero! Y para todos. Mis tías ocultaban su tristeza. Tía Pepa, siempre
+tan parladora, enmudeció como los pajarillos del corredor, silenciosos y
+tristes a la sazón por el cambio de pluma; la enferma nos parecía más
+abatida que de ordinario, y Angelina salía y entraba, arreglando los
+equipajes, mustia y cabizbaja.
+
+No sé cómo pude trabajar durante ese tiempo. Para colmo de males tuvimos
+quehacer de sobra en el despacho. Castro Pérez traía entre manos un
+negocio muy difícil, y se le iban las horas hojeando librotes y dictando
+alegatos. La tarea terminaba a las mil y quinientas, volvía yo a casa
+entre nueve y diez de la noche, y apenas podía conversar con Linilla
+unos cuantos minutos, y eso delante de las tías o del P. Herrera....
+
+La víspera del viaje no hubo que ir al despacho. Era domingo, y me
+estuve en casa todo el día. El P. Herrera se fué a comer con su grande y
+buen amigo el P. Solís; tía Pepa no se apartó de la enferma en toda la
+tarde, y Angelina y yo nos la pasamos en el jardincillo, sentados al pie
+de los naranjos.
+
+--Este--me decía la doncella, haciendo un ramillete--será el último....
+¿Quién asegura que nos volvamos a ver? ¿Quién me asegura que volveré a
+esta casa, donde he pasado los días más felices de mi vida? Me separo de
+tí, y no me sorprende la separación. Así la esperé, así la temí, no sólo
+porque debía yo volver al lado de mi papá, sino porque desde niña me
+persigue la desgracia. He aprendido en la escuela del dolor que toda
+dicha, toda felicidad es pasajera, fugitiva y efímera. Te amo y te amaré
+hasta la hora de morir, ¡hasta después de la muerte! Pues bien, no fío en
+tu cariño.... Acaso me olvides: ojos que no ven, corazón que no
+siente.... Todos los sentimientos son mudables, y el amor que yo te he
+inspirado, amor que hoy te parece firme y duradero, mañana, cuando ya no
+me tengas cerca de tí, cuando la pena que hoy te abate se disipe, ese
+amor irá languideciendo poco a poco, se extinguirá, y aunque conserves
+de tu Linilla gratos recuerdos, será preciso que pongas tus ojos y tu
+corazón en otra mujer. Pero, óyelo, óyelo: ninguna te amará como yo;
+ninguna tendrá para tí este amor que encadena mi alma a la tuya; amor
+que es mi dicha y desgracia. Se ha hecho dueño de mi corazón, le ha
+dominado por completo, y ahora, y siempre, será objeto de todos mis
+anhelos, consuelo mío en todas las horas de dolor.
+
+--Angelina, ¡no hables así!... ¡Mira que me atormentas!
+
+--Apura hasta las heces el cáliz del dolor. Padeces, sí, padeces; lo sé
+muy bien; tus ojos están húmedos.... Llora; no te avergüences de llorar;
+pero no llores porque me voy; llora porque me has de olvidar. Miras el
+porvenir triste y sombrío, y te dices: «¡No hay esperanza!» ¿Y quién te
+asegura que esa obscuridad no se tornará mañana en espléndido día?
+Aunque crees que en la vida no hay más que tinieblas, la idea de plácido
+crepúsculo te hace sonreir, y cuando sueñas con días mejores, ya no
+piensas en tu Linilla, en la huérfana desventurada.... ¿A qué negarlo?
+¿No es verdad que a solas, en la soledad de tu pensamiento, miras
+luminosos días de incomparable felicidad? Sí, y entonces... ¡no piensas
+en mí! Tienes razón. A qué pensar en la infeliz muchacha a quien tanto
+amas, porque me amas, ¡sí, me amas con toda tu alma!... ¿A qué pensar en
+esta huérfana que no puede satisfacer tus ambiciones, ni corresponder a
+ese porvenir con que sueñas a todas horas? Rorró: no olvides lo que te
+digo hoy, en vísperas de separarme de tí: me olvidarás, y acaso muy
+pronto;--¡yo no te olvidaré!--Ya sé lo que vas a contestarme, ya lo sé;
+pero no lo digas, óyelo de mis labios: «Pues si estás segura de que te
+olvidaré, ¿por qué no rompes ahora mismo los lazos que nos unen?»
+
+--¡Sí, Linilla, eso digo!
+
+--¿Por qué? Porque tu amor es mi vida, y quiero vivir, quiero vivir,
+para amarte, para verte dichoso. ¿Quieres que yo misma aumente mis
+penas? ¿Quieres que te olvide? ¡Si no puedo, si no puedo!... Déjame
+vivir engañada; deja que tu Angelina se crea dichosa. Presiento el
+desengaño, lo veo venir. ¡Qué negro! Pero no quiero que llegue, y busco
+en tus ojos luz de amor perenne, amor que no acabe, ¡amor que viva
+siempre!... Una cosa voy a pedirte.... No una, dos.
+
+--¡Cuánto quieras, Linilla!
+
+--Primero: que si un día me olvidas, procures guardar en lo más hondo de
+tu corazón; allí donde no haya nada de otra mujer, un poquito de cariño
+para mí, un poquito nada más... para que cuando padezcas y llores
+puedas decir pensando en mí: «¡Angelina, consuélame!»
+
+--¿Y qué otra cosa?
+
+--Otra...--me respondió, sonriendo con inmensa tristeza:--Esto....
+
+Y poniendo su trémula mano en mi cabeza, alisó mis desordenados
+cabellos, y mostrándome unas tijeritas me dijo dulcemente, en voz baja,
+como si temiese ser oída:
+
+--¿Corto?
+
+--Corta.
+
+
+
+
+XXXV
+
+
+En vano charló el P. Herrera esa noche. Nos contó memorias de su vida
+estudiantil; pero no consiguió alegrarnos, y cuenta que el buen anciano
+tenía mucha gracia para conversar. Todos estábamos tristes. El mismo, en
+cierto modo, participaba de nuestra tristeza. La enferma llamó a
+Angelina, y le dijo:
+
+--Niña: ven a platicar conmigo; mañana te vas, y acaso no volverás a
+verme, porque, desengáñate, hija, ¡mi mal no tiene remedio! El doctor
+dice que nervios; ¡pero yo no creo nada de eso! El mejor día sabrás que
+me he muerto.... Pero, niña, no hablemos de eso; siéntate aquí, a mi
+lado. Voy a pedirte un favor. Mañana no te despidas de mí. Si Dios
+quiere darme algunos meses de vida, cuando vengas, después de Semana
+Santa, me verás. Y ya lo sabes, no irás a otra parte, no, porque nos
+darías un pesar muy grande. Ya sabes que esta es tu casa. Nosotras te
+queremos mucho, mucho, y vivimos muy agradecidas a tus bondades. Porque,
+dime, ¿qué necesidad tenías tú de convertirte en enfermera para cuidar
+de esta vieja achacosa? No, ya se lo dije al señor Cura, que cuando
+vuelvan a Villaverde vengan a esta casa, a esta pobre casa que es suya.
+Nosotras te queremos mucho, y Rodolfo lo mismo,--me lo ha dicho muchas
+veces--te quiere como a una hermana.
+
+Y cuando llegó la hora de recogerse le dijo:
+
+--¿Cerraste ya los baúles? ¿No? Pues mira: toma la llave, y abre mi
+ropero para que saques una cosa. Lleva la vela; yo te diré lo que
+quiero....
+
+Angelina la obedeció.
+
+--¿No hay allí una cajita de laca, una cajita negra?... Pues, sácala.
+Abrela, aquí, delante de mí. En ella encontrarás un paquete de retratos.
+
+Angelina hizo lo que deseaba la tía Carmen.
+
+Era una colección de retratos de familia.
+
+--Ahora, niña, toma uno mío, otro de Pepa, y otro de Rodolfo. De Rodolfo
+hay uno que no quiero darte, uno que ya conoces, de cuando era chiquito,
+uno en que está jugando con un aro.... Ese no. De los demás el que tú
+quieras.
+
+Después le regaló unos pañuelos de seda y un abanico de laca.
+
+--Este abanico no es de moda, lo sé bien, pero dicen que es una pieza de
+mucho mérito, legítima de China. Consérvalo como un recuerdo de
+nosotras. Nos escribirás de cuando en cuando, ¿no es verdad? Nosotras
+también. Cuando Pepa no esté para eso lo hará Rorró. Ahora, dame un
+abrazo, y acuéstate. Llama a Pepa. Me parece que el señor Cura ya está
+en su cuarto.
+
+El sacerdote se había retirado a su habitación. Debía salir muy de
+mañana y no quería desvelarse.
+
+Salí al corredor. Espléndida noche, una noche invernal por lo serena,
+limpia de nubes y pródiga en luceros, semejante a aquella que pareció
+participar de mi dicha después de que la joven me confesó su amor.
+
+Sentado en un viejo sillón, que perteneció a mi abuelo, pensaba yo en
+Angelina. No la veríamos más en aquel patio ni en aquellos corredores,
+ni cuidaría de los pajarillos y de las plantas. Galanas, frondosas, al
+llegar la primavera, nuestras flores queridas, las que nosotros
+plantamos, de las cuales esperábamos Linilla y yo pruebas maravillosas
+de amorosa fidelidad, no lucirían para mi amada sus perfumadas corolas;
+ninguna de ellas adornaría los negros cabellos de la niña. ¡Adiós
+alegría! ¡Se iba con ella, y acaso para no volver más! Nos quedaríamos
+llorosos, abatidos, malhumorados, echando de menos a la pobre huérfana,
+cuya hermosa y modesta juventud había sido para nuestra pobre casa,
+siempre triste y sombría, como un rayo de sol.
+
+Silbaban los insectos nocturnos en lo más escondido de los follajes;
+los floripondios, mecidos por el viento, columpiaban pesadamente sus
+campanas de raso; el «huele de noche» no tenía aromas, y el agua corría
+silenciosa por el sumidero del pilón. De pronto arreció el viento, me
+estremecí de frío, y cerré los ojos.
+
+No sé cuánto tiempo estuve así, adormecido, abrumado de pesar. Me dolía
+el corazón...--Sentí que me tocaban en el hombro, y que me decían
+quedito, muy quedito:
+
+--¡Rodolfo!... ¡Rodolfo!
+
+Era Linilla.
+
+--Ya todos se han recogido,--murmuró--y he venido a decirte adiós,
+porque no quiero verte mañana.
+
+--¿No quieres verme?
+
+--¡No; me sería imposible salir de aquí!... ¡No podría contener mis
+lágrimas! Finge que estás dormido; que estás enfermo; que no quieres
+levantarte, lo que sea mejor, ¡pero no salgas!
+
+--Siéntate aquí, a mi lado, en esta silla....
+
+--No, Rorró. Me voy, y no sé cuándo volveré. ¿Irás a verme? Sí... ¿no
+es verdad? Me escribirás.... Llevo tu retrato, y lo miraré a todas
+horas, y leeré tus cartas hasta que me las sepas de memoria. No dejes de
+escribirme, te lo ruego, y ¡ámame, ámame como yo te amo! Piensa que he
+sido muy desgraciada; que estoy sola, casi sola en el mundo, porque el
+santo anciano, que ha sido para mí un verdadero padre, vivirá poco, y el
+día que me falte.... Antes de conocerte él era mi único amor, y me decía
+yo: mientras mi papá viva yo viviré, después... ¿para qué? Ahora pienso
+en eso, y quiero vivir, quiero vivir para tí, ¡para amarte, para ser
+amada! Te dije que me olvidarías, que me olvidarás.... ¡No, Rodolfo, no
+me olvides! ¡No me olvidarás... porque no debes, no puedes olvidarme!
+¡Tu amor ha sido la única felicidad de mi vida, y no puedo perderlo!...
+¡Siquiera eso para esta pobre huérfana! No; el cielo no permitirá que me
+olvides.... ¿Verdad que no es posible? ¡Piensa en mí; habla de mí, a
+todas horas, con tus tías, con señora Juana, con cualquiera!... Quiero
+estar siempre en tu corazón; quiero estar a todas horas en tu
+pensamiento; ir contigo a todas partes. Piensa en mí cuando trabajes,
+cuando leas, cuando reces.... ¡Hasta cuando duermas!... ¡Sueña conmigo,
+sueña con tu Linilla!...
+
+No pudo más. El llanto la ahogaba. Se echó en mis brazos, y reclinó su
+cabeza sobre la mía. Sollozaba.... Quiso hablar y no pudo. Tomó mi mano,
+la estrechó fuertemente, y me la besó con efusión infantil.
+
+Después de largo rato de silencio hizo un esfuerzo, y fatigada, como si
+le oprimieran el pecho, me dijo, alargándome un objeto que sacó del
+bolsillo del delantal:
+
+--Toma: es una medallita; la he llevado al cuello desde niña; me la puso
+mi madre, y me la he quitado para dártela.... Ahora, ¡dime adiós, y
+perdona si mi cariño es causa de amarguras para tí!...
+
+Iba yo a detenerla. Me apartó dulcemente, y se retiró paso a paso.
+
+
+
+
+XXXVI
+
+
+Volví entonces a mis paseos favoritos, todas las mañanas y todas las
+tardes, antes y después de ir al despacho del jurisconsulto. Recorrí
+otra vez las orillas del Pedregoso, y subí cien veces a la colina del
+Escobillar. En todos los álamos del río grabé las iniciales de Linilla,
+o una sola letra, una «L», para que me recordaran a cada paso el nombre
+de mi amada. Pero mi sitio predilecto era la peña más alta de la colina.
+Desde allí descubría yo las cumbres más elevadas de la Sierra. Detrás de
+una de ellas estaba el pueblo de San Sebastián donde moraba la pobre
+niña. Me pasaba yo largas horas en aquel sitio, siguiendo con mirada
+curiosa las nubes o los jirones de niebla que iban hacia allá impulsados
+por el viento, y me complacía en contemplar cómo se apagaban, poco a
+poco, en los picos de aquellas montañas, las últimas luces del moribundo
+día. De noche me echaba yo a vagar por las últimas calles de la ciudad,
+o iba a sentarme en el cementerio de San Antonio, al pie de un ciprés,
+cerca del lugar en que Angelina me dijo, cuando le pregunté si me amaría
+siempre:
+
+--¡Cómo hoy, como mañana, hasta después de muerta!
+
+Desde allí se domina toda la parte meridional del valle, limitado por
+las montañas de la Sierra, sobre las cuales desplegaba el cielo de
+invierno sus incomparables constelaciones: Orión, el Can, y el Navío
+entre cuyos mástiles centelleaba el soberbio Canopo. Pero las noches
+obscuras eran más hermosas para mí. Volaba mi pensamiento a través de
+las sombras en busca de la humilde casa cural; me imaginaba yo que
+estaba allí, en la modesta salita, cerca del sacerdote, y al lado de
+Angelina. Asistía yo a la partida de ajedrez, y a la sesión de lectura.
+El anciano en su sillón; Angelina a un lado, cerca de la mesa, a la luz
+de una lámpara, con un libro en las manos. Si hasta me parecía oír
+aquella voz argentina, insinuante, sugestiva, que sonaba en mis oídos
+como el canto de un arpa eólica.
+
+Algunas noches cuando la tempestad alumbraba con cárdenos reflejos las
+cumbres de la serranía, me complacía yo en admirar los fuegos de la
+tormenta, los relámpagos que se sucedían sin cesar con el estrépito de
+mil truenos que, repetidos por los ecos, aumentaban la grandeza de aquel
+espectáculo celeste, como si a toda carrera cruzaran por el cielo cien
+trenes de guerra, al estallido de mil y mil cañones.
+
+Se alejaba la tempestad; se despejaba el firmamento; asomaba la luna, y
+las nubes, antes aterradoras y negras, se convertían en blancos celajes
+orlados de plumas, de blondas, de argentados flecos; en veleros
+esquifes; en góndolas de nácar; en cisnes maravillosos de cuello
+enhiesto y alas erguidas, que bogaban en un golfo de aguas límpidas
+salpicado de estrellas.
+
+¡Quién estuviera allí! ¡Quién bogara como ellos hacia esos valles
+perdidos en los repliegues de la cordillera! ¡Quién pudiera seguirlos en
+sus giros misteriosos! A esa hora dormían las aves, callaban los
+vientos, y sólo se oirían en las vertientes, en los barrancos, en los
+desfiladeros, el aliento de las selvas, el pavoroso respirar de los
+bosques.
+
+Una mañana se presentó en casa el doctor Sarmiento; iba muy de prisa,
+muy de prisa; llamó a la puerta, y dijo a señora Juana:
+
+--¿Rodolfo? ¿No está en casa? Pues ¡ea! decirle que le espero esta
+noche... que le necesito... ¿eh?
+
+No me hice esperar. El facultativo estaba en su gabinete, hojeando no sé
+qué libracos.
+
+--Vaya, muchacho, llegas a buena hora. Cenarás conmigo. Tengo buenas
+noticias para ti.... Vamos, siéntate, charlaremos un rato. ¿Cómo están
+por allá? Pasando, ¿no es eso? Mal vamos, hijo; doña Carmen anda mal,
+muy mal; la ida de esa chiquilla nos va a dar un disgusto. Ya lo sabes:
+alegría, distracción....
+
+--¿Alegría?
+
+--Sí, alegría!...
+
+--En mi casa no puede haber eso....
+
+--Pues mira lo que haces. Dile a tu tía Pepa que procure distraer a su
+hermana. El otro día llegué, y me las encontré llorando, llorando a
+lágrima viva. ¿Qué pasa?--pregunté.--«Nada: ¡que Angelina se fué!...»
+Pero ya verás, muchacho, ¡como todo eso pasa! Lo que es ahora, cuando
+llegues... ya verás.... ¡Buen rato vas a darles!
+
+--¿Por qué, doctor?
+
+--Ya vino Fernández... hablé con él, y me dijo que el quince de Abril
+te espera en la hacienda. Mañana saldrá para allá con toda la
+familia.... Es cosa hecha; allí tendrás una colocación muy regular....
+Avisa a Castro.... ¡No más alegatos! ¡No más chismes ni pleitos! Ya dije
+a ese caballero que no entiendes jota del negocio, pero que aprenderás.
+¡Buena persona! ¡Muy buena persona! Procura verle mañana, antes de medio
+día; le darás esta tarjeta... y... ¡listo! Ahora: ¡al comedor!...
+
+Cuando llegué a mi casa me dio un vuelco el corazón. Entré, y tía
+Pepilla salió a mi encuentro:
+
+--¡Rorró! ¡Rorró! Mira...--y me enseñaba una carta.
+
+--¿Qué es eso?
+
+--Mira... ¡una carta!
+
+--¿De Angelina?
+
+--¡De Angelina!... Vamos a ver qué te dice....
+
+--Sí, tía; pero después de que yo la lea....
+
+--¡Cómo tú quieras, Rorró!--contestó sonriendo.
+
+Corrí a mi cuarto, encendí el quinqué, y, presa de hondísima emoción,
+leí la carta.
+
+Mi tía pretendía en vano disimular su impaciencia.
+
+--¿Qué dice?...
+
+--¡Vamos, tía, calma, calma! Voy a leerla; pero que tía Carmen la oiga
+también....
+
+Linilla había previsto el caso, y escribió dos cartas: una para que
+pudiera yo leerla delante de mis tías; la otra para mí.... ¡Sólo para
+mí!
+
+¡Con qué alegría recibieron las buenas ancianas la carta de la joven!
+Cuando acabé la lectura estaban llorando.
+
+Quería yo estar solo, y corrí a mi cuarto.... ¿Decirles que tenía yo
+empleo en la hacienda de Santa Clara? ¡Quién pensaba en eso!
+
+La carta de Angelina decía así:
+
+
+
+
+XXXVII
+
+
+ «Rorró:
+
+Ya me imagino que estarás muy enojado conmigo porque no te escribí,
+luego, luego, como tú deseabas. Pero, mira: no fué por culpa mía:
+Llegamos muy tarde, y yo muy cansada, cansadísima, que toda ponderación
+es corta. Estos caminos son muy bonitos, lindísimos, y... ¡muy pesados!
+¡Qué cuestas! ¡Qué desfiladeros! Pero... ¡qué paisajes! Tú, que eras
+tan afecto a todas estas cosas, quedarías encantado. Por todas partes
+espesos bosques.... Parece que no los ha tocado la mano del hombre. Por
+todas partes siembras, ranchos y cabañas. Y de flores, ni se diga! He
+visto unas en los troncos de los árboles, y otras, enredaderas, que son
+para alabar a Dios. Y eso que estamos todavía en invierno. ¿Qué será en
+Abril y Mayo?
+
+Al otro día me puse a arreglar la casa. ¡Estaba atroz! Francisca no
+sirve para nada. La pobre está vieja y enferma. No la saques de la
+cocina, porque no hará nada. Ya sabes que no soy perezosa; digo a
+trabajar, y... ¡a trabajar! Ha quedado la casa lindísima, lindísima,
+porque el orden y el aseo todo lo embellecen. Cuando llegamos toda
+estaba triste y sombrío. Lo que es ahora da gusto pasear por estas
+piezas. Sólo yo no lo tengo para nada, porque la tristeza me mata.... A
+cada rato me dan ganas de llorar. Me escapo, me voy al jardín, o a la
+iglesia, y allí, solita, sin que nadie me vea, lloro y lloro por tí. A
+veces creo que estoy sola en el mundo; que nadie me quiere; que tú ya no
+piensas en mí, en tu pobre Linilla.... Pero tengo ratos de alegría, muy
+dulces, cuando pienso en que me quieres mucho, mucho, y en que estarás
+taciturno, cabizbajo, melancólico y apesadumbrado por mi separación. Y
+me digo: «¡Mejor! ¡Mejor! ¡Que se apene! ¡Que padezca! ¡Eso será señal
+de que me quiere y piensa en mi!» Perdóname. El amor es egoísta.
+Deseamos la dicha de la persona amada, y, sin embargo, nos complace que
+padezca y llore como nosotros. ¿Verdad que estás triste, y que hasta
+tienes ganas de llorar, porque no estoy allí, a tu lado, y no me ves, ni
+oyes mi voz? Yo si te veo, te veo a todas horas, y no en retrato.
+Entorno los ojos, y luego apareces delante de mi, igualito, como
+eres.... Y te hablo, y me hablas, y eres conmigo muy cariñoso, muy
+tierno! Y me miras, y te miro.... Entonces soy dichosa, muy dichosa, y
+siento que soy la más feliz de las mujeres. Pero cuando me pongo triste
+y con ganas de llorar, entonces cierro los ojos y... ¡no te veo! He
+dado en pensar, cuando esto me pasa, que en esos momentos no me quieres;
+que no piensas en mí; que me has olvidado; que soy un cadáver en tu
+memoria. Y esto me aflige, me acongoja, me llena de amargura. ¿Será
+cierto que a veces te olvidas de tu Linilla? Pues tu Linilla no te
+olvida, ni te aparta un momento de su memoria. ¿Será cierto que en
+algunos momentos vives para... otra? ¿Verdad que no? ¿Verdad que sólo
+vives para mí?
+
+Anteayer en la tarde salimos de paseo por las orillas del pueblo, que
+todas son laderas. Papá tomó asiento en una roca, y se puso a rezar el
+oficio, y yo, entretanto, me eché por aquellos vericuetos, y subí y
+subí, hasta un picacho desde el cual se ve algo de los valles de
+Pluviosilla y de Villaverde. Llegué a la cima, y llegué fatigadísima. Es
+cierto que desde allí se dominan los campos de Pluviosilla; pero ¡ay!
+sólo un poquito, muy poquito, los cerros de Villaverde; nada más la
+punta del Escobillar. ¡Cuánto hubiera yo dado por ver, aunque fuera
+desde tan lejos, esa peña en la cual te sientas a contemplar la puesta
+del sol. Estaba el cielo muy limpio y despejado; ni una nube en esa
+región; y yo me decía: ¡quién fuera pajarito para volar hacia allá, y
+volar, y volar en busca de Rorró, de mi Rorró! Sentada allí, entre el
+follaje, estuve pensando en tí; pero con muchas ganas de llorar.... Era
+ya muy tarde; bajé, y a la bajada, corté muchas flores, y como no puedo
+mandártelas, elegí un helecho que va dentro de esta carta. Lleva una
+cosita... ¿a qué adivinas? Te acuerdas que la noche, cuando nos
+despedíamos, me pedías las flores que tenía yo en la cabeza? ¿Te
+acuerdas qué me decías?... Me da vergüenza escribirlo; pero ¡tú me
+entiendes!... Escríbeme, Rorró. Escríbeme, alma mía; mira que si no me
+pones cuatro letras, aunque sean cuatro letras nada más, me voy a morir
+de pena. No seas perezoso, Rorró. Tú eres muy perezoso, y aunque me
+quieres mucho, como yo a tí, eres capaz de no escribirme a tiempo, y el
+mozo vendrá, y no me traerá carta tuya, y tendré que esperar ocho días,
+¡ocho días, que serán para mí ocho siglos! Escríbeme; mira que estoy
+dispuesta a ir hasta el rancho de los Cedros a encontrar al mozo, para
+que me dé las cartas y los encargos. ¡Imagínate qué pena tendré si tú no
+me escribes!
+
+Ya es muy tarde: acaban de dar en el reloj de la sala las doce de la
+noche, y no puedo seguir escribiendo. Ya escribí la otra carta, para que
+no te veas en el compromiso de leer ésta delante de tus tías, y así será
+en lo de adelante. Dos cartitas: una para tí y para todos, otra para...
+«mi Rodolfo».
+
+Cuida mucho de tus tías, particularmente de doña Carmelita. Piensa que
+la pobre está muy enferma, muy nerviosa, y necesita cariño y amor. Ya
+les escribo cuatro renglones. Dile a doña Pepilla que si tiene entre
+manos alguna obra grande, que me mande los avíos; que yo la ayudaré
+aquí; que tengo mucho gusto en ayudarla; que me sobra tiempo y puedo
+emplearlo en eso.
+
+Dime lo que haces, y en qué pasas el tiempo cuando sales del escritorio;
+dime si piensas en mí; si te acuerdas de tu Linilla que te quiere mucho,
+mucho, mucho, y sólo vive para amarte. ¡Adiós!
+
+ Angelina.
+
+P. D.--¡Cuidadito con no escribir! Te castigo: no vuelvo a pensar en
+tí.»
+
+
+
+
+XXXVIII
+
+
+La carta de Angelina fué para mi alma entristecida como el rayo del sol
+que disipa en valles y riberas las brumas que dejó la tempestad. Me
+sentí dichoso y feliz, feliz y orgulloso de ser amado. Algo como un
+soplo de primaverales vientos inundó mi alma y vino a reanimar mi
+desmayado corazón.
+
+No quise recogerme sin escribir antes a Linilla. Todo reposaba en torno
+mío. Por la ventana, abierta de par en par, entraban los aromas del
+jardín; el agua corría silenciosa por el sumidero del pilón, y de cuando
+en cuando, anunciador de la estación florida, preludiaba un jilguero su
+amorosa serenata.
+
+A media noche dejé la pluma, y leí, y releí mi carta: seis pliegos
+escritos por las cuatro carillas. Presa de un desaliento inexplicable
+metí los pliegos en el sobre. No; no decían aquellas páginas lo que
+sentía mi corazón. En vano me empeñé en transmitir al papel las
+impresiones que en mí produjo aquella carta; en vano luché por expresar
+la emoción de mi alma hondamente conmovida, la emoción sublime que
+señoreada de mi espíritu anudaba mi lengua, humedecía mis ojos y
+paralizaba mi pensamiento.
+
+Desalentado, rendido de cansancio, me tendí en el lecho. A la
+incomparable alegría de un instante sucedió en mí cierto estado penoso,
+y procuré dormir.
+
+Alguien ha dicho que el sueño es un anticipo que nos hace la muerte.
+Dulce y reparador después del trabajo; consolador y benéfico cuando el
+dolor hinca en nuestro pecho sus garras de milano; rico en imágenes y
+fantasías cuando está con nosotros la esperanza, suele ser esquivo,
+desdeñoso, cruel, si cuando la felicidad nos sonríe le pedimos, para
+completar nuestra dicha, un ramo de su corona de adormideras.
+
+El sueño tardó mucho en venir. En tanto me dí a pensar en que
+próximamente tendría yo que separarme de aquella casa para ir a ganar
+entre desconocidos y extraños un pedazo de pan.
+
+¿Qué harían sin mí las pobres ancianas? ¿Qué harían si yo me iba?
+Tendrían más dinero, es cierto, pero se quedarían solas, como
+abandonadas, sin más amigos que un viejo servidor trabajado y achacoso;
+un médico tan pobre como ellas, y un dómine que se moría de tristeza
+y... ¡de hambre!
+
+Al irse Angelina fué preciso buscar una criada que viniera en auxilio de
+mi tía Pepa y de señora Juana. Pero, ¿con qué pagarle sus servicios? Mi
+sueldo, no siempre pagado con puntualidad, a causa de la mala memoria de
+Castro Pérez y de mi timidez para reclamárselo, lo que ganaba mi tía con
+sus flores y sus chiquillos, y lo que Andrés nos daba, era lo único que
+teníamos. Resolvimos suprimir un platillo en la mesa, y eso que la
+nuestra no era, por cierto, mesa de banqueros ni de príncipes.
+
+Iba yo a ganar un buen sueldo; no sabía yo cuanto; pero, en fin, no
+sería tan exíguo como el que me pagaba el jurisperito. Tendría yo en la
+hacienda casa y comida; los tiempos mejoraban, y era del caso aprovechar
+la buena suerte; pero la idea de abandonar a mis tías, aunque fuese para
+atender a sus necesidades de un modo más amplio, me atormentaba, me
+llenaba de angustia, y no dejaba de aterrorizarme el pensamiento de que
+en el prometido empleo me sería necesario tratar con personas que no me
+estimaran, que acaso no me conocían, y de las cuales tendría yo que
+sufrir menosprecio y maltrato. Cuando se habla de la pretendida
+felicidad de los ricos, y se elogia la abundancia en que viven, el lujo
+que gastan, las comodidades de que disfrutan y el bienestar que los
+rodea, nadie acierta a señalar lo único que a los mimados de la fortuna
+da verdadera superioridad sobre aquéllos que viven de un trabajo diario,
+penoso y mal retribuído. No; no está su envidiable superioridad en los
+respetos sociales, ni en la estimación pública, que, aunque aparente y
+mentida, es poderoso elemento de felicidad, porque hace que todos les
+guarden consideraciones y respetos; ni está en la tranquilidad de una
+vida sin afanes,--que también los tiene el rico, y grandes y
+terribles,--sino en la noble entereza que les da el dinero para rechazar
+los ultrajes, para no pedir a nadie favores ni indulgencia con mengua
+del propio decoro. La pobreza rebaja de ordinario los caracteres, abate
+el espíritu, envilece el alma, la nivela con lo más abyecto, y sólo
+espíritus muy levantados, espíritus de sublime temple, salen ilesos de
+la prueba. Cuando solemos encontrarnos con seres mezquinos, con almas
+degradadas, para las cuales el respeto propio es vana palabra, que si
+llega a los oídos no conmueve el corazón, ni tiñe de rojo las mejillas,
+decimos: «¡Alma de esclavo!» Y sin quererlo pensamos en una vida de
+miseria que envileció el carácter y encanalló el espíritu. Dígase lo que
+se quiera, esa nobleza es la única felicidad de los ricos. Por ella,
+sólo por ella, los admira el mundo. Todo lo demás que en ellos envidia
+la multitud es como la corona de oropel que ciñe la frente del
+comediante. ¡Noble dignidad, dignidad envidiable que pone a salvo las
+prendas más altas del corazón!
+
+Observad a todos aquéllos que vivieron una niñez miserable; en cuyo
+hogar faltó muchas veces el pan; que no tuvieron ropas para cubrir el
+demacrado cuerpo; que imploraron avergonzados la caridad pública, y no
+como el mendigo, con serena franqueza, sino ocultando la demanda en una
+frase lisonjera; que pasaron, poco a poco, de la timidez bochornosa a la
+súplica sonriente; de la petición insinuante a la explotación
+vergonzosa, y de allí... a la tolerancia interesada, y veréis cómo,
+aunque estén en la opulencia, aunque la sociedad los mime y la fortuna
+los haya indemnizado de cuanto en un tiempo les negó, aun tienen en lo
+más escondido del corazón el vinagre y la hiel de la miseria. La pobreza
+desesperanzada imprime carácter, y en su seno se crían la soberbia
+hipócrita, la modestia burlona, la astucia dolosa, que tienen
+flexibilidades de víbora; la ruindad intrigante, la maledicencia
+ponzoñosa, y la envidia exangüe que todo lo codicia y que todo lo afea.
+
+En pos de esa noble dignidad corren todas las almas levantadas, alto el
+pensamiento, alto el corazón: el estudiante que se afana por
+conquistarse digno puesto en la sociedad; el mercader que gasta en el
+trabajo los años mejores de la vida; el menestral que lucha por
+conseguir vida independiente. El deseo de alcanzarla es la única
+disculpa que tiene la avaricia.
+
+Mi padre quiso darme esa codiciada felicidad; no pudo lograr sus
+propósitos; pero de él heredé ese instinto de soberbia altivez con la
+cual rechacé en todo tiempo, de niño, de mozo, y de hombre maduro, la
+humillación indigna, la reprensión inmotivada, el atropello brutal de
+quien se consideraba superior a mí. De mi madre heredé plácida dulzura
+para la debilidad, sumisión respetuosa para todo acto de justicia,
+tendencia irresistible para compadecerme del ajeno dolor, y cierta
+delicadeza femenil que me ha causado muchas amarguras.
+
+Entregado a estas meditaciones pasé una hora. Vino el sueño, y vino
+dulce y halagador, como un amigo cariñoso que acude a nuestro llamado
+para darnos consuelo, para reanimar el abatido corazón; como una hermana
+compasiva que se acerca a nuestro lecho, acaricia nuestra frente,
+entorna nuestros ojos, y nos invita a reposar porque sabe que padecemos
+y necesitamos descanso.
+
+
+
+
+XXXIX
+
+
+Al día siguiente, después del desayuno, dije a mis tías lo que pasaba.
+
+--¡Y te vas!--exclamó mi tía Pepa.--¿Te vas y nos dejas?
+
+--Es preciso. Comprendo que esto ha de ser muy penoso para ustedes....
+Lo comprendo, ya he pensado en ello, pero ¿qué hacer?
+
+--¡Ahora que estamos solas, cuando Angelina acaba de irse... cuando
+después de tantos años de ausencia has vuelto a nuestro lado!
+
+--Sí, tía, me iré; y no por gusto. ¡Bien sabe Dios cuánto me duele esta
+separación!... Pero no se aflija usted. Es necesario.... Estoy obligado
+a....
+
+--¡A vivir con tus tías!--exclamó interrumpiéndome.
+
+--Estoy obligado a subvenir a las necesidades de ustedes.
+
+--¿Y no te basta con lo que ganas en la casa de Castro Pérez? ¿Te
+pedimos algo que no puedas darnos?
+
+--No, tía; pero no puedo mirar tranquilamente la vida de trabajo que
+lleva usted. Andrés hace por nosotros cuanto puede, y el pobre puede
+poco. No me avergüenzo de aceptar sus favores; pero eso no debe seguir
+así, indefinidamente.... Ya sabe usted que en la casa de Castro Pérez
+gano poco, y que no es posible ganar más.
+
+--Pues yo creo que allí está tu porvenir....
+
+No pude menos de sonreir al escuchar a mi pobre tía.
+
+--¿Mi porvenir?
+
+--Sí.
+
+--No, tía; yo no me pasaré la vida escribiendo alegatos. Ese trabajo me
+mata. No porque sea rudo, sino porque es insuficiente. Prefiero las
+faenas agrícolas y la vida agitada de los campos que dan salud y buen
+humor.
+
+La enferma permanecía silenciosa. Tía Pepa trató de convencerme de que
+no debía yo dejarlas. Discutimos largamente el punto; ella, viva,
+nerviosa, desatando todas las dificultades; yo, aparentando una
+serenidad que no tenía. Ni la anciana quería rendirse ni yo conseguía
+convencerla.
+
+--¡Vamos,--exclamé--que resuelva mi madrina!
+
+--Sí, hijo mío:--contestó la anciana--¡eso me toca a mí! Pepa te quiere
+mucho y se le hace duro que nos dejes. Piensa tú, Pepa, que no estará
+muy lejos de nosotras; piensa que vendrá frecuentemente, y considera que
+aquí, con Castro Pérez, no hará nada. Te irás, Rodolfo, te irás, y nos
+quedaremos muy contentas. No hablemos más. Vístete, que como te veo te
+juzgo, vístete y vete a la casa de Fernández. No saldrás descontento, es
+una persona muy fina. ¿No es verdad, Pepa?
+
+--Así lo haré, tía.
+
+--Después, te vas a la casa de Castro Pérez, y le avisas que dentro de
+veinte días, o los que sean, según lo convenido, tendrás que separarte
+de allí, y ¡ya está!
+
+Y agregó un poco trémula y conmovida:
+
+--Mira: siento que nos dejes; pero la razón me dicta que te deje ir; que
+no te impidamos lo que vas a hacer. Yo el mejor día me iré también, y no
+quiero que a la hora de morir me atormente la idea de que por culpa
+nuestra has perdido un bienestar que nosotras no podemos darte....
+
+La voz de la anciana iba siendo más débil cada día, y a la menor emoción
+se le apagaba hasta hacerse imperceptible. Para calmar a la enferma y
+dejarla tranquila le dí un abrazo y la besé en la frente.
+
+--No, madrina, ¡no hay que afligirse! Vendré a ver a ustedes cada ocho
+días. Además, la hacienda de Santa Clara no está en el fin del mundo....
+¡Ya, ya verá usted a su sobrino, qué majo y qué gallardo que viene,
+vestidito de charro, en un caballo soberbio! ¡Ya verá usted, tía Pepa,
+qué elegante y guapo estaré con el pantalón ceñido, el jarano galoneado,
+la chaquetilla airosa y la pistola al cinto! ¡Y «taca, taca, taca»! ¡Ahí
+está el ranchero! ¡Ya llegó! Y entrará Juana, diciendo: «¡Señora... ya
+vino el charro!» Y usted, tía Pepilla, usted saldrá corriendo a
+recibirme y abrazarme, o se asomará usted a la ventana para verme
+llegar, y ver a todas las muchachas que han de mirarme con tamaños ojos,
+como diciendo: «¡Qué reguapo!» Y entraré, sonando las espuelas, y
+ustedes se pondrán muy alegres. Y... ¡chas! ¡Ahí está el chorro de
+pesos!
+
+Sonreía la enferma, sonreía tía Pepilla, y yo me paseaba por la
+estancia, afectando la gallarda apostura de un jinete admirable.
+
+Una hora después salía yo de la casa del señor Fernández. Presenté la
+tarjeta del doctor y fuí recibido perfectamente. El hacendado me hizo
+pasar a su despacho, una pieza elegantemente ajuarada. En dos por tres
+quedamos arreglados.
+
+--Le espero a usted el día quince. Vendrán por usted. Mandaré un criado.
+¿Tiene usted costumbre de montar a caballo?
+
+--No, señor, debo hacerlo como un colegial....
+
+Sonrió el hacendado, y me dijo:
+
+--Amiguito: ¡ya veremos!... Cabalgando se aprende....
+
+Después se habló de mi familia, de mis tías, de la enfermedad de mi
+madrina, de mi abuelo, a quien había tratado en no sé qué parte, y
+luego, en dos palabras me despidió.
+
+--Bien:--dijo--¡asunto arreglado! Usted me perdonará... ¡estamos de
+viaje!... ¿Gusta usted de almorzar?
+
+Y se levantó y me condujo a la puerta.
+
+En esos momentos apareció la señorita.
+
+--¡Papá!
+
+Sonrojóse al verme, y murmuró tímidamente:
+
+--Usted dispense....
+
+--¿Qué quieres, Gabriela?--le preguntó el caballero.
+
+--¿A qué hora hemos de salir?
+
+--Después de comer... a menos que tú quieras salir más tarde....
+
+Saludé, y me fuí. ¡Linda criatura! Aun me parece que la veo con aquel
+vestido azul que parecía un jirón de cielo; esbelta, donairosa,
+elegante, sencilla, húmedos los rubios cabellos, que, atados con una
+cinta de seda, caían hacia la espalda sobre una toalla anchísima. ¡Nunca
+me pareció más bella!
+
+
+
+
+XL
+
+
+Cuando llegué al despacho me encontré con el jurisperito. Salía para ir
+al Juzgado.
+
+--Amigo:--me dijo muy gestudo y mohino--ya me cansé de esperar.... ¿Qué
+le ha pasado? ¿Por qué viene usted a esta hora? Recuerde usted que el
+deber es lo primero. Déjese usted los amoríos para los ratos de huelga.
+
+Me sentí herido, y murmuré una disculpa, que no calmó la cólera de don
+Juan, sino que, por lo contrario, le impacientó, porque, interrumpiendo
+mis excusas, agregó en tono despreciativo:
+
+-¡Bien! ¡Bien! ¡Que no se repita esto!... Me voy al juzgado. Avise usted
+a las muchachas que no me esperen.... Volveré entre cuatro y cinco. Ahí
+en mi bufete está un escrito.... ¡Cópiele usted!
+
+Se compuso el sombrero, y se fué. A poco, cuando principiaba yo a
+escribir, oí en el zaguán voces femeniles que distrajeron mi atención.
+Luisa y Teresa, (no eran otras las que hablaban) aparecieron en la
+puerta del escritorio. Venían muy majas y de ataque.
+
+--¡Papá!--gritó la rubia, asomando su vivaracha cabecita.--¡Papá! ¡Ya
+estamos de vuelta!
+
+Luego que supieron que don Juan había salido, y que no volvería hasta la
+tarde, las dos muchachas se colaron de rondón en el despacho, y tomaron
+asiento en la banca de los clientes. Se abanicaban furiosamente, y se
+miraban y sonreían como deseosas de decir algo que no les cabía en el
+cuerpo.
+
+--¿No le robamos el tiempo?--preguntó la morena.
+
+--No, señorita.
+
+--¿De veras?--dijo la rubia.
+
+--No.
+
+--Pues entonces,--prorrumpió Luisa,--deje la pluma y charlemos un rato.
+
+--Como ustedes gusten.
+
+--¿A qué no sabe usted de dónde venimos?
+
+--De la iglesia; de las tiendas; vendrán de comprar perendengues y
+moños.
+
+--¡No!--exclamaron a una.
+
+--No acierto....
+
+--¡Adivine usted!...--dijo la morena.
+
+--¡Adivine usted!...--repitió la rubia.
+
+--No acierto, señoritas....
+
+--¿Oyes, Luisa? ¡No acierta! Pues nosotras sabemos dónde estuvo usted
+hace media hora....
+
+--¡Ah! No es difícil saberlo. Acabo de llegar, y ustedes me verían salir
+de casa..
+
+--¿Oyes, Tere? ¡De... casa!
+
+--Pues de allá salí hace una hora.
+
+--¿Conque de casa, eh?--murmuró la morena.--¡De casa!
+
+Se miraron discretamente, y sonrieron.
+
+Luisa, para lucir sus lindas manos, se compuso el peinado, afirmando las
+horquillas con la punta de los dedos. Teresa se acomodó en el asiento
+dejándome ver los pies, primorosamente calzados; luego, cerró de un
+golpe el abanico, fingió que arreglaba las varillas, bajó los ojos, y
+después de un rato de silencio, repitió, viéndome de hito en hito:
+
+--¿Conque de casa, eh?
+
+Me eché a reír. Aquel «conque» era la muletilla de las señoritas Castro
+Pérez, y en Villaverde cuando de ellas se hablaba, todos decían «las
+niñas Castro Conque».
+
+--¿De qué se ríe usted?--preguntó contrariada la rubia.
+
+--De nada. Son ustedes muy maliciosas....
+
+--¡Conque de casa!--volvió a decir.--No sabíamos que vivía usted allí,
+en el ¡«pa... la... cio» de la marquesita! ¿Por qué no avisa usted
+cuando muda de casa?
+
+La tormenta estaba encima.
+
+--Son ustedes muy maliciosas. Es cierto que estuve en la casa del señor
+Fernández..., ¿y qué?
+
+--¡Vaya! ¡Vaya! Confiesa usted...--exclamó Luisa, abanicándose.
+
+--Nada tiene de extraño. Ya saben ustedes que los negocios.... Fuí a
+recoger una firma.
+
+--¡Puede! Si nosotras estábamos allí.... Fuimos a pagar la visita. Ya
+nos daba vergüenza ver a Gabriela. Figúrese usted que hace más de un año
+que vino acá. Papá decía a cada rato: «Niñas... ¿ya pagaron esa
+visita?» Nosotras no queríamos ir... porque... la verdad....
+
+--¡No la digas;--interrumpió la morena--no la digas, que Rodolfo es de
+los interesados!
+
+--¡Adiós! ¿Y por qué no? Una es muy dueña de decir lo que quiera....
+
+--Sí; pero... ¡no a todo el mundo! ¿No ves que Rodolfo....?
+
+--¡Diga usted, Teresa, diga usted!
+
+--¡No, Tere!--suplicó Luisa.
+
+--¡Pues lo he de decir!... Pues, ¡vaya, que... esa señorita nos...
+choca!
+
+--¿Y por qué?
+
+--¡Friolera!--exclamó Luisa.--¿No la ve usted tan pagada de sí, y tan
+orgullosa, que a todos desprecia, y que dice que todas las vilaverdinas
+somos unas payas..., unas ridículas.
+
+--Vean ustedes, señoritas: pienso que esa niña no es orgullosa, ni está
+pagada de sí; pienso que no desprecia a nadie, y que, por lo contrario,
+es muy amable con todos; y de seguro que es incapaz de decir eso que
+ustedes le atribuyen....
+
+--¡Usted qué ha de decir!... Usted la defiende porque... ¡vaya! ¡porque
+está usted enamorado de ella!
+
+--¿Yo, Teresa?
+
+--Sí.
+
+--¿Quién ha dicho eso?
+
+--¡Todo el mundo! ¡Todo el mundo lo dice!
+
+--Pues «todo el mundo» dice mentira.
+
+--¿Mentira? ¡Que me azoten en la plaza, y que no lo sepan en mi casa!
+Usted dirá lo que guste... pero si no es verdad eso que cuentan, usted
+tiene la culpa de todo, porque le hace usted unos osos terribles....
+Noche a noche va usted a oirla tocar.... Allí se está usted horas y
+horas, en la baranda de la Plaza. Y por eso Gabriela, que sabe que
+tiene... «au... ditorio», no se quita del piano.... Y por cierto
+que... (¡no se enoje usted!) ¡por cierto que la pobrecilla lo hace bien
+mal!... ¿Verdad, Luisa?
+
+--¡Por Dios, Tere!--exclamó la morena.
+
+--¡Cállate tú! Ahora verá usted, Rodolfo: le dijimos que tocara, y tocó
+la «Sonámbula» de Talberg. ¡Jesús nos asista! ¡Qué «Sonámbula»!
+
+--No, hija, no; no digas eso.... Ella toca sin expresión, sin compás...
+pero en cuanto a ejecutar... ¡ejecuta mucho! Ya quisieran muchos, de
+esos que se llaman profesores, ejecutar como Gabriela.
+
+--Pues, mira, Luisa; ¡yo ni eso le concedo! ¿Qué chiste tiene eso de
+aporrear el piano? Si aquello me parecía un pleito de perros.
+
+Y la rubia se tapó las orejas.
+
+--Teresa, por Dios: ¡ten caridad!--dijo en tono compasivo la morena.--No
+hables así; dirán que decimos eso por... ¡envidia!
+
+--¿Envidia yo? ¿Y de qué? ¿Yo? ¡Gracias a Dios que no toco el piano!
+
+--No; pero pensarán que tú no haces más que repetir lo que yo digo.
+
+--Y dirán la verdad. Quién me dijo ahora, al salir de allá: «¿Viste,
+oiste? ¡Eso no es tocar! ¡Lástima de piano!» ¿No fuiste tú? Pues
+entonces ¿de qué te espantas? Yo diré lo que me dé la gana. Ya lo sabes:
+¡tan fea como tan franca!
+
+Me indignaba la murmuración de aquellas niñas tan mal educadas y tan
+cursis.
+
+--¿Fea? ¡Nada de eso! ¿Quién ha dicho que es usted fea? No lo digo yo,
+ni lo dice nadie, y menos... Ricardo Tejeda.
+
+Encendióse la rubia al oír este nombre. Ricardo había sido su novio, lo
+sabía yo muy bien, él mismo me lo dijo en el Colegio, y Teresa no le
+perdonaba a mi amigo que, a poco de «terminar» con ella, hubiera visto
+con demasiado interés a la elegante y encantadora señorita. De aquí el
+odio a Gabriela; de aquí que murmurase de su hermosura; de aquí el que
+afeara todo en la señorita Fernández.
+
+--Sí;--contestó vivamente Teresa--ya sé que en Ricardo tiene usted un
+rival....
+
+La maldiciente polluela estaba enamorada de amigo; le quería, a su
+manera, le amaba como loca, y no podía olvidarle.
+
+--Sí, ya sé que Ricardo está enamorado de Gabriela, lo sé; y sé también
+que por eso no habla con usted, ni le busca como antes. ¡Antes tan
+amigos! ¡Ahora enemigos a muerte!
+
+--¿Enemigos? ¿Quién ha dicho eso?
+
+--Sí, se pasan pero no se tragan.... Pero esté usted tranquilo, Rodolfo;
+Ricardo no es temible... ¡no es temible!
+
+--Vea usted, señorita: si Ricardo está creyendo que yo pretendo a
+Gabriela, es porque alguno le ha engañado.... ¡Alguno que ha querido
+burlarse de nosotros...!
+
+Luisa nos escuchaba atentamente, jugaba con el abanico, y sonreía al
+oirme. Teresa se quedó un instante pensativa.
+
+--Oiga usted, Rodolfo: ¿me quiere usted hacer un favor?
+
+--Veamos, ¿cuál?...
+
+--¿Tiene usted amores con esa señorita?
+
+--No.
+
+--¿De veras?
+
+--De veras.
+
+--Pues, enamórela usted; enamórela usted. Yo conozco muy bien a las
+mujeres, como que soy del sexo. ¡Enamórela usted! ¡Yo le aseguro que en
+dos por tres se arreglan ustedes!
+
+--¿Y Ricardo?--pregunté con mucha seriedad.
+
+--¿Ricardo? ¡Qué rabie! ¡Quién le manda ser tonto!
+
+Las muchachas se levantaron, chacharearon dos o tres minutos, y se
+fueron. Ya en la puerta se detuvieron. Teresa se volvió hacia mí, y con
+tono entre suplicante y malicioso me dijo:
+
+--Rodolfo: ¡enamórela usted!
+
+
+
+
+XLI
+
+
+Castro Pérez llegó un poco antes de las cinco. Entró silencioso, dejó en
+su mesa el sombrero y el bastón, y luego, paso a paso, se dirigió a la
+mía:
+
+--¿Acabó usted la copia?
+
+--Aquí está.
+
+Leyó el alegato, firmó, y volvió a su pieza. Yo le seguí.
+
+--Deseo hablar con usted dos palabritas.
+
+--¿De qué se trata?
+
+Díjele que iba yo a separarme; que a ello me veía obligado por la
+necesidad; mis gastos iban siendo mayores cada día, y lo que allí ganaba
+no me era suficiente para atender a mi familia.
+
+--Vamos:--me interrumpió--¿a qué viene todo eso? Está usted disgustado
+porque esta mañana....
+
+--No;--me apresuré a contestar--dí motivo para que usted me reprendiera.
+Tiene usted razón; el deber es lo primero. No, señor: le aseguro que no
+es esa la causa de mi separación. No gano aquí cuanto necesito, y, como
+es natural, estoy obligado a procurar que mis tías no carezcan de nada.
+Tengo empleo en otra parte.... Allí ganaré más.
+
+Encendióse el jurisperito, se irguió en la poltrona, se compuso las
+gafas, y mirándome por encima de los cristales me dijo desdeñosamente:
+
+--¡Bien! ¡Bien! Y... sepamos, ¿qué empleo es ese? ¿Va usted a meterse a
+maestro de escuela?
+
+--No, señor.
+
+--Pues, entonces?
+
+--Voy a la hacienda de Santa Clara....
+
+--¡Ya me lo imaginaba! ¡Lo de siempre! ¡Ese Fernández se ha empeñado en
+quitarme los escribientes! ¡Bien! ¡Bien! Haga usted lo que guste; haga
+usted lo que mejor le convenga; pero no diga que aquí ha estado usted
+mal retribuído, ¡porque no es verdad! Nadie ha ganado aquí más que usted.
+No diré que le pago un capital, ni mucho menos, porque el dinero no cae
+con la lluvia, pero... es usted soltero, no tiene usted familia, ni
+obligaciones.... Con lo que tiene usted aquí... ¡le basta y le sobra!
+¡Bien! ¡Bien!
+
+Quise replicar, pero me pareció inútil toda aclaración. Castro Pérez
+prosiguió:
+
+--No estará usted contento en Santa Clara. Lo anuncio desde ahora. Allí,
+según noticias, se trabaja mucho, ¡mucho!... Usted no tiene costumbre de
+matarse así, de sol a sol, como un gañán. Aquí está usted mejor; tiene
+usted tiempo libre para todo.... ¡Hasta para hacer versos! ¡Bien! ¡Bien!
+¿Y cuándo se va usted?
+
+--Dentro de quince días.
+
+--¡Eso sí está malo, malísimo! ¡Bien! Se irá usted cuando guste. Hoy
+mismo llamaré al sustituto. ¡Queda usted libre desde hoy!
+
+--Yo contaba con seguir aquí, al servicio de usted, hasta el día en que
+debo estar en la hacienda, y he querido....
+
+--No, joven, no; lo que ha de ser tarde que sea temprano.
+
+Me sentí humillado, y callé.
+
+--Vea usted, joven;--agregó con dulzura--quédese usted conmigo.... Le
+aumentaré los emolumentos; le daré cinco pesos más. ¡Creo que con eso no
+tendrá usted dificultades!
+
+--¡Imposible, señor! Acepté ya el destino, y no me parece conveniente
+rehusarle ahora.
+
+--Tiene usted razón. ¡Bien! ¡Bien!
+
+Abrió el cajón de la mesa, sacó un puñado de monedas, me hizo la cuenta,
+a tanto por día, como a un criado, y me dió unos cuantos duros. De buena
+gana me hubiera yo negado a recibirlos, a pretexto de generoso
+desprendimiento, pero aquel dinero me era necesario; era pan y vida
+alegre para algunos días.
+
+¡Triste condición la del pobre!--pensé.--¡Triste condición la de quién
+está obligado a servir a otro! Y entonces recordé, uno por uno, todos
+los malos ratos que había pasado yo en la casa del jurisperito, y en los
+cuales no reparé nunca, aunque no fueron pocos. Recelos, malos modos,
+despótico trato, reprensiones inmotivadas, correcciones estúpidas,
+alardes de ciencia que tenían por objeto mantener un crédito cimentado
+en arena, y, sobre todo, esa desconfianza ofensiva, insultante, que hay
+en algunos ricos para con el desgraciado que les sirve y gana poco, de
+quien se teme todo lo malo, y a quien se puede ultrajar impunemente,
+pues se sabe que el ultrajado tendrá que callar, porque si habla y
+replica, y rechaza con noble energía la infame sospecha, se quedará sin
+el mendrugo diariamente ganado a costa de un trabajo penoso.
+
+Hasta entonces paré mientes en que el pobre, el que vive de un sueldo
+mezquino, está a merced de quienes le pagan. ¿Qué hará si le echan a la
+calle? ¿Qué hará, si, lastimado en su honradez y en su dignidad,
+protesta de su inocencia, y toma el sombrero, y se va? «¡No hará
+tal!--dice el amo.--¿Qué come mañana? Tiene hijos, esposa...» Y fiado
+en esto le ultraja y atropella sin piedad.
+
+Pero entonces no había caído en mi corazón ni una gota de hiel. La
+juventud es generosa, es buena, y no cree, no quiere creer que los demás
+son o pueden ser malos; piensa que sólo hay corazones nobles y almas
+bondadosas.
+
+No olvido ni olvidaré jamás que cierto día, en el despacho de Castro
+Pérez, recibí una buena cantidad en metálico; conté y volví a contar las
+monedas, las revisé con el mayor cuidado, y estaban completas. Contólas
+después el jurisperito, y le faltó una. No tardó en salir trémulo y
+colérico.
+
+--¡Aquí falta dinero!...--prorrumpió en voz alta, delante de Porras y
+Linares.
+
+Volví a contar el dinero en presencia de todos. ¡Cabalito!
+
+--¡Tiene usted razón!--murmuró don Juan.--¡Usted dispense!
+
+Don Cosme no se dió cuenta de lo que pasaba. Porras me detuvo al paso,
+y, poniendo sus manos en mis hombros, me dijo dulcemente:
+
+--¡Este hombre no tiene remedio! ¿Quién le manda a usted gastar esas
+corbatas... tan bonitas¡ ¡Paciencia, joven! ¡Paciencia!
+
+Dieron las seis, recogí algunos papeles que tenía yo en el cajón de la
+mesa, dí las gracias a Castro Pérez por sus bondades para conmigo, y me
+lancé a la calle.
+
+
+
+
+XLII
+
+
+Aquellos veinte días fueron muy amargos para mí. ¡Más de medio mes sin
+ganar un peso! Nuestros gastos habían subido considerablemente; hubo que
+pagar a una criada, y fué preciso comprar no sé qué medicinas muy caras
+que recetó Sarmiento, y vino de suprema clase para la enferma. Andrés,
+generoso como siempre, acudió en mi auxilio.
+
+--No te aflijas,--me decía,--el tenducho da para mucho. ¡Toma!
+
+Y puso en mis manos un rollo de pesos.
+
+Mi salida de la casa de Castro Pérez, salida que además de enojosa me
+pareció ofensiva para mi buen nombre, me puso abatido y desalentado.
+
+Todos aquéllos que me veían en la calle, sin ocupación ni empleo, y que
+antes me vieron en el despacho del abogado, pensarían, sin duda, que
+Castro Pérez me había despedido por algo vergonzoso. Dime a cavilar en
+esto, y me resolví a no salir de casa. Me pasaba yo el día leyendo,
+escribiendo y cuidando del jardín. Las plantas que Angelina y yo
+habíamos sembrado prosperaban a maravilla; los rosales recobraban su
+lozano follaje; las violetas macollaban que era una gloria, y el cuadro
+de «no me olvides» parecía una alfombra de felpa.
+
+Cierto día, aburrido de pasar el tiempo entre cuatro paredes, tomé el
+sombrero y me fuí de tertulia a la casa de don Procopio. Allí estaban
+los pedagogos y el P. Solís. No bien me vieron mis críticos se pusieron
+a sonreir como si de mí se burlaran, como si recordaran que me habían
+puesto de oro y azul en sus periódicos. Los mancebos que trabajaban
+detrás del mostrador, el uno triturando cierta sustancia fétida, y el
+otro copiando una receta, se miraron, se hicieron una seña de
+inteligencia, que no pasó inadvertida para mí, y de buenas a primeras me
+preguntaron por qué causa me «había despedido» el jurisconsulto. Dominé
+la cólera que en mí provocó aquel ataque, que ataque era, y muy audaz,
+puesto que la palabreja usada era ofensiva, y en pocas palabras, con
+mucha cortesía, expliqué los motivos de mi separación. Ocaña y Venegas
+me oyeron con indiferencia, casi con desprecio, pero los boticarios
+dieron muestras de que se interesaban por mí.
+
+--¡Ya!--exclamó el más parlachín.--¡Ya me lo imaginaba yo! Así son las
+cosas. Se lo dije a éste y a don Procopio. Me alegro de saber la verdad
+del caso. Ahora ya no daremos crédito a Ricardo ni a don Juan.
+
+De seguro que uno y otro contaban a su manera lo sucedido, y en
+perjuicio mío. Pronto supe todo; los chicos de la botica no me ocultaron
+nada. Ricardito les dijo que el jurisconsulto me había despedido por
+abuso de confianza; «no lo aseguraba... así lo decían... algo habría
+de cierto; el dinero es pegajoso; no es difícil que al contarlo se le
+pasen a uno dos o tres monedas falsas, o, lo que es más fácil todavía,
+que le falten a uno cinco o... más duros». Pero Ricardo repetía que era
+yo persona honradísima, incapaz de faltar a la confianza que depositaran
+en mí; éramos condiscípulos, amigos, y él me defendería contra viento y
+marea.
+
+Me irritó la maldad de mi amigo, me indignó su hipocresía; pero no había
+remedio, no le había, era justo que agradeciera yo a mi condiscípulo
+defensa tan brillante.
+
+Don Juan, interrogado en la botica acerca de la causa de mi separación,
+se limitó a decir:
+
+--Es muchacho inteligente, trabajador, tiene bonita letra, muy bonita, y
+aunque de cuando en cuando se le escapan algunas faltas de ortografía,
+escribe bien, muy bien! No sabía nada cuando entró en mi despacho, y
+pronto se puso al corriente.
+
+--Bueno,--le replicaron.--¿Entonces... por qué se ha separado de la
+casa de usted?
+
+Castro no respondió, hizo un gesto, y después de un rato de silencio
+murmuró:
+
+--¡No me convenía tenerle en casa!...
+
+Todos callaron, y nadie se atrevió a inquirir el motivo de mi
+separación. Unos pensaron que, sin duda, no veía yo con malos ojos a
+Teresa o a Luisa; otros que, acaso, no cumplía yo con mis deberes; y
+todos que.... ¡No me atrevo a repetirlo! Todavía, después de tantos
+años, ahora que de nadie necesito, ahora que si no soy rico, por lo
+menos vivo cómoda y decentemente, sin pensar en el dinero para el día de
+mañana, cuando recuerdo la hipócrita calumnia de Ricardo y las
+reticencias de don Juan, siento que me ahoga la sangre.
+
+Me retiré de la botica triste y afligido. ¿Y si la calumnia aquella,
+corriendo de boca en boca, llegaba a oídos del señor Fernández? Este me
+cerraría las puertas de su casa, me negaría el empleo, ordenaría que me
+vigilasen los demás empleados.... ¿Y si la calumnia llegaba hasta mis
+tías?... ¡Las pobrecillas se morirían de pena!
+
+Es la calumnia como los miasmas de los pantanos: se levantan del fango
+en leve, imperceptible burbuja; se extienden, se difunden, envenenan
+los aires, y llevan la muerte a todas partes. En todas partes nos
+acechan: en el aire, en el agua, en los frutos incitantes que esmaltan
+los follajes, hasta en el aroma de las flores.
+
+Muere el calumniado, pero la calumnia sobrevive, como para perseguir a
+la víctima hasta más allá de la tumba. La calumnia es la fetidez de las
+almas corrompidas. El corazón del calumniador es un esterquilinio.
+
+Corrí a mi casa, me encerré en mi cuarto, y me tendí en la cama. Mis
+sienes ardían; el corazón se me hacía pedazos. Volviéndome y
+revolviéndome en mi lecho pasé dos o tres horas. ¡Odio, odio terrible,
+deseos insaciables de venganza, que era preciso satisfacer!... Las
+pasiones más horrendas se agitaban en mi alma; las tinieblas del mal se
+agrupaban en torno mío, y al entornar los ojos percibía yo fulgores
+rojizos, relámpagos de sangre. Aborrecí la vida; maldije de ella; pedí
+la muerte, quise morir, morir, y no para escapar de mis enemigos, sino
+para libertarme de aquellas pasiones tempestuosas que entenebrecían mi
+espíritu y batallaban dentro de mí como legiones de irritados demonios.
+Pensé con alegría en la muerte. Dulce, amable, consoladora, surgió ante
+mis ojos como una doncella pálida, de rostro tristemente risueño.... Sin
+darme cuenta de lo que hacía yo, mis labios repetían estos versos de
+Leopardi, leídos, pocos días antes, en las notas de un libro francés:
+
+ «Solo aspettar sereno Quel di ch'io pieghi addormentato il volto
+ Nel tuo virgineo seno.
+
+
+
+
+XLIII
+
+
+Entró la noche, llegó la hora de la cena, y tía Pepilla vino en busca
+mía.
+
+--Muchacho: ¿qué tienes? ¿estás enfermo?
+
+Tocóme en la frente y en las mejillas para ver si tenía yo calentura, y
+acariciándome dulcemente prosiguió:
+
+--¿Qué te pasa? Dímelo, muchacho, dímelo.... No hay en tu rostro la
+serenidad de siempre. Algo ha pasado que te apena.... Tú padeces....
+¡Habla, Rorró, habla por Dios! ¿Con quién has de quejarte si no es con
+nosotras?
+
+--¡Nada, tía, nada!... He dormido toda la tarde, y la modorra me tiene
+así. ¡Vamos a la mesa!
+
+Salté de la cama, ofrecí mi brazo a la anciana, y paso a paso nos
+dirigimos al comedor. Afectando la más alta corrección, como la de
+apuesto caballero que asiste y corteja en un baile a gentilísima dama,
+bromeaba yo con mi tía:
+
+--Señorita... ¡es usted encantadora! Dígnese usted escucharme. Ya no
+puedo, ni debo callar.... ¡Amo a usted!... ¡La adoro!
+
+La anciana reía, reía a su sabor, y contestaba a mis requiebros con
+frases entrecortadas, como si fuera presa de profunda emoción. Al entrar
+en el comedor, exclamó, deteniéndose y separándose de mí:
+
+--¡Basta! ¡Basta! ¡Eres atroz! Ni de muchacha, hice yo esto.... ¡Suelta!
+¡Suelta!
+
+Al sentarme a la mesa oí la voz de Andrés el cual conversaba con la
+enferma. Hablaba de mi y de mi separación. No tardó en venir a charlar
+conmigo.
+
+--¿Te vas, no? ¿Cosa decidida?--me dijo ocupando su asiento.--¿Te vas?
+¡Me alegro! ¡Me alegro! ¡Mejor! No habías de pasarte lo mejor de la
+vida escribiendo papelotes en casa de don Juan. En la hacienda estarás
+muy bien; ganarás buen sueldo, porque ese señor sabe pagar a los que le
+sirven; vendrás a vernos cada quince días, y todos estaremos muy
+contentos.
+
+Tía Pepa entraba y salía. En momentos en que no podía oírnos me dijo
+Andrés:
+
+--Las señoras están muy tristes porque te vas, tan tristes que ni el sol
+las calienta. Pero no tengas cuidado; no tengas cuidado.... Ya se les
+pasará la aflicción.
+
+Luego prosiguió en alta voz:
+
+--Oye: ¿y tú no sabes montar a caballo, verdad? Ya me parece que te veo.
+¡Qué figura! Como la del P. Solís cuando se va a la dominica.... Mira:
+procura salir buen charro; tu papá se pintaba para eso, y les daba
+cartilla a muchos de esos que se la echan de buenos cuando no son más
+que unos «cachaletes». ¡Cuidado, Rorró! ¡Cuidado, amito! ¡No dejes mal
+puesto el pabellón! Aprende a sentarte bien en la silla; para que no
+parezcas colegial o sacristán que va diciendo: «¡Para la misa de
+doce!».... Pon cuidado; te sientas a plomo, naturalmente, sin echarte ni
+para atrás ni para adelante; nada de estirar las piernas como un gringo,
+sueltas, sueltas.... Ya veremos. Si lo haces mal me voy a reír de tí, y
+te harán burla las muchachas. Procura que si las obras son malas la
+facha sea buena. ¡Siquiera la facha! ¡Ya me imagino al charro! ¡Ja, ja,
+ja, ja!
+
+El buen servidor gustaba de bromearse conmigo; se complacía en tratarme
+como a un niño en quien conviene apagar las llamaradas de una vanidad
+jactanciosa. Acaso no cuadraban con el carácter de Andrés, grave,
+formal, modesto, casi adusto, ciertas genialidades y ligerezas del mío.
+Muy parlachín y comunicativo hasta los diez años, volvíme después
+huraño, reservadísimo y melancólico. Ya he dicho que la vida del
+Colegio, áspera, fría, monótona, entenebreció mi espíritu; ahora es
+bueno apuntar que la excesiva severidad de mis maestros, no siempre
+oportuna y atinada, me hizo desconfiado y receloso. Recelo y
+desconfianza inútiles y que nunca me salvaron del egoísmo y de las
+arterías de amigos y extraños. Me creía yo persona de experiencia,
+conocedor del mundo, y descubría a todos mi corazón, a nadie ocultaba yo
+mis sentimientos, y así era yo víctima de todos.
+
+Confieso que el buen servidor con sus burlas y fisgas me hizo rabiar
+muchas veces. Hería mi vanidad en lo más vivo, lastimaba mi amor propio,
+y provocaba mi cólera. Sólo el cariño me hacía callar, que si no, habría
+recibido de su «amito» muy dura reprensión. ¡Pobrecillo! Le hubiera yo
+matado.
+
+--Bueno;--me dijo ese día, al acabar la cena,--acompáñame. Toma tu
+sombrero y vente conmigo. Tengo que decirte muchas cosas.
+
+Caminando hacia el Barrio Alto, Andrés a la derecha, yo a la izquierda,
+conté al buen viejo cuanto me pasaba; los dichos de Castro Pérez, la
+hipócrita calumnia de Ricardo, y por último, le hablé de mis
+esperanzas.
+
+--No te apenes;--me decía conmovido--no te apenes que no hay para qué;
+eso es cosa diaria y corriente en Villaverde. Mira, yo podría estar muy
+bien en cualquiera parte; entiendo de tabaquería, y muchas veces han
+querido destinarme... pero no, no quiero, en el tendajón estoy mejor;
+allí mando yo; y como Juan Palomo, yo me lo guiso y yo me lo como.
+¿Crees tú que todos los amos son como tu padre y tu abuelo? No hagas
+caso de esos falsos testimonios; no, muchacho, no hagas caso de esas
+cosas; desprecialas, desprecialas, porque nadie ha de creer en ellas. Y
+vete, vete a Santa Clara, que allí estarás muy bien. Y, oye: ya que de
+eso hablamos: ¿tienes plata?
+
+--¿Plata?
+
+--Sí, ¿qué si tienes dinero?
+
+--¿Dinero? Para esta semana, y... ¡nada más! Yo contaba con ganar algo
+en estos quince días... pero ya lo sabes.... Castro Pérez me obligó....
+
+--Hiciste bien. ¡Bien hecho! ¿De modo que necesitarás algo?
+
+--¡La verdad... sí!--respondí sonrojado.
+
+--No te apures, Rorró. Mientras ganas en tu nuevo destino, no te apures.
+Además... creo que necesitas ropa para ir a la hacienda. No has de ir
+vestido de catrín. Ahora arreglaremos eso.
+
+En esto llegamos a la tienda de «La Legalidad». Andrés, abrió la puerta,
+me hizo pasar, encendió una lámpara, me dejó un rato, y volvió con un
+rollo de pesos.
+
+--Toma, aquí tienes cuarenta grullos. Con esto basta para que te hagas
+dos trajes de charro, y para que te compres un sombrero jarano. La
+ropa.... Mira: de dril. El dril es fresco, y se lava. El sombrero...
+sencillito. No querias lujos. Para que la ropa salga buena, bien
+cortada, te recomiendo al sastre que vive aquí, a la vuelta, frente a la
+iglesia; trabaja bien y es baratero. Yo te daré una pistola para que
+vayas armado. ¿Entiendes de eso de armas? ¿No? Pues yo te enseñaré.
+Ahora, en cuanto a tus tías... ¡yo me encargo de todo! Después te tocará
+a tí. Por ahora, ¡déjame, déjame a mí! Y no vuelvas a pensar en esos
+chismes. Vete a la hacienda, ya verás. Luego que el señor Fernández te
+conozca te ha de querer mucho, mucho, porque tú te lo mereces todo. Me
+das lástima; ¡da lástima que vayas a servir en casa ajena! Yo siempre le
+pedí a Dios que te librara de eso... pero, ya lo ves, ¡no hay remedio!
+El dispone otra cosa.
+
+
+Y esto me lo decía impulsándome a salir, y abriendo la puerta.
+
+--Vete; ya es muy tarde.... Tengo que madrugar.... Mientras tú estás
+roncando... yo tengo que trabajar en el changarro.
+
+Me despedí del buen anciano, y tomé calle arriba, hasta el cementerio de
+San Antonio. Subí la escalinata, y de codos en la verja me puse a
+contemplar la ciudad. La noche estaba obscura; negras nubes ocultaban el
+horizonte. Apenas se descubrían los picachos de la Sierra, dibujándose
+sobre un claro de cielo, en el cual centellaban con pálidos fulgores
+unas cuantas estrellas.
+
+Mi pensamiento voló en busca de mi Angelina.
+
+
+
+
+XLIV
+
+
+Me levanté muy de mañana, y me pasé las primeras horas en el
+jardincillo. En los rosales, muy hermosos con su nuevo follaje, aun no
+brotaban los capullos; pero en el cuadro de «no me olvides», sembrado
+por Angelina, se abrían las primeras flores.
+
+Había triunfado el amor de la pobre huérfana. Mis plantas, lánguidas y
+tristes, no florecerían en muchos meses, hasta fines de Abril o
+principios de Mayo. Las de mi niña pronto estarían engalanadas con todos
+los primores de la próxima primavera.
+
+De repente me sentí acometido de profunda tristeza. Contemplaba yo las
+cerúleas florecillas, frescas, lozanas, salpicadas de rocío, y pensaba
+yo en lo efímero de las esperanzas del hombre. Acaso aquel amor que
+subyugaba mi alma, aquel sentimiento inefable que ennoblecía mi espíritu
+y dirigía mis pensamientos hacia los propósitos más nobles, sería
+pasajero como la vida de aquellas flores que no bien fueran arrancadas
+del tallo se doblarían pálidas y mustias. ¡Sería cierto que el amor de
+Angelina estaba destinado a vivir eternamente! ¿Sería verdad lo que me
+dijo la joven, que pronto la olvidaría?... No, que la amaba yo con todo
+mi corazón, con toda la energía de mi alma. Pero ¡ay! así amé a Matilde,
+y aunque no había muerto en mi memoria, y aun vivía en mí su recuerdo
+dulcísimo, ya no era ¡ay! para el pobre mancebo, que le había jurado
+amor eterno, el ángel benéfico que a todas partes le seguía, que
+señoreado de su espíritu fué luz en todas las tinieblas, rumor de fuente
+en la soledad, iris de bonanza que anuncia, a través del nublado, que la
+tormenta se aleja, que ha cesado la tempestad. No; Angelina vivía para
+mi, yo vivía para ella; la desgracia y el amor habían unido nuestras
+almas, almas hermanas, nacidas una para otra, creadas para formar una
+sola:
+
+ «Dos almas con un mismo pensamiento Y palpitando acorde el
+ corazón».
+
+Sentado al pie de aquel naranjo, mudo testigo de nuestro amor, pensaba
+yo en Angelina, cuando llamaron a la puerta.
+
+Presentí que alguien me traía noticias de mi amada y acudí presuroso. No
+me había engañado el corazón. Era el caballerango del P. Herrera.
+
+--Aquí tiene usted...--me dijo, sin bajarse del caballo,--esta cajita y
+estas cartas. Volveré mañana por la contestación. ¡Cartas de Angelina!
+Una para mis tías; otra para mí.
+
+Corrí a mi cuarto y cerré la puerta. Deseaba estar solo, solo....
+
+«Ya comprenderás--me decía la niña--cuan grata fué tu carta para mí.
+¡Qué ansia! ¡Qué impaciencia! Toda la noche estuve pensando en la
+llegada del mozo, hasta que al fín me quedé dormida. ¡Soñé contigo! Soñé
+que estaba yo en Villaverde, en tu casa y cerca de tí. Tú leías y yo
+estaba pintando pétalos de rosa. De pronto cerraste el libro, lo pusiste
+en la mesa, y pasito a pasito te acercaste a mí, hasta reclinarte en el
+respaldo del sillón.... Entonces... (como aquella noche ¿te acuerdas?)
+me dijiste quedito: «¡Angelina.... Angelina... te amo!» Y desperté.
+Desperté llorosa y apenada, como si ya no me quisieras, como si no
+hubiera de verte más. Pero ¿verdad que no me olvidas; verdad que a todas
+horas piensas en mí? ¿No es cierto que estoy siempre en tu memoria? La
+semana pasada salimos a pasear. La tarde estaba lindísima.... ¡Qué
+cielo! ¡Qué nubes! ¡Qué celajes! ¡Qué colores tan hermosos los del
+horizonte al ponerse el sol! Papá me dijo: «Muñeca: ¿quieres venir
+conmigo?» Lo dije que sí. Salimos hasta el principio de la cuesta, y
+allí, en una sabanita, nos detuvimos. Abrió papá el breviario y se puso
+a rezar maitines. Yo me fui a lo largo de una milpa. Crecen entre los
+surcos ciertas plantas que dan unas flores como margaritas, y yo corté
+muchas, muchas, tantas que ya no me cabían en el delantal; luego me
+senté en una roca, y, acordándome de un poema que tú me leíste, me
+entretuve en preguntar a las flores si me querías. Deshojé todas, y
+todas me decían, con el último pétalo, que me quieres... «¡mucho!»...
+«¡mucho!» Ya no tengo ratos de tristeza, ya no. Estoy muy contenta y muy
+segura de tu cariño. Perdóname; perdóname si alguna vez he dudado de tu
+constancia y de tu fidelidad.
+
+«Pero a todo esto no te he dicho cómo recibí tu carta. No pude ir hasta
+el rancho de los Ocotes para encontrar al mozo y me conformé con
+aguardarle en el corredor. Yo esperaba que papá, no estuviera presente,
+pero sí estuvo. ¡Qué miedo, Rorro! ¡Qué miedo!. El mozo que llega, y
+papá que sale. El recibió el paquete, lo abrió, tomó sus cartas y me dio
+las mías, sin decir palabra. Después no me preguntó nada. Yo me apresuré
+a leer la carta de doña Pepita. ¡Qué larga se me hizo la velada! Al fin
+me vi sola en mi cuarto, y entonces leí, y releí, y volví a leer tu
+cartita. ¿Por qué eres tan perezoso a tu Linilla? ¡Seis plieguitos! ¿No
+es cierto que ahora será más? Si no es así, voy a castigarte. Y ya
+verás: una hojita... y... ¡será mucho!
+
+«Te quiero con toda el alma, Rodolfo mío; no vivo más que para tí, y me
+duele mucho que me digas esas cosas tan tristes. ¿A qué hablar de la
+muerte cuando somos tan dichosos? Tú dices que la muerte debe ser
+deseada en los momentos de felicidad, y entonces más que en las horas de
+dolor. ¿Dónde has aprendido eso? Dime: ¿dónde? Tienes unas cosas muy
+raras. Hay en tí no sé qué muy lúgubre; cierta tristeza y cierto
+desconsuelo que no me gustan, que me hacen padecer, que me hacen
+llorar. No parece sino que tienes poco amor a la vida. Pues óyeme: yo no
+pienso así, no. ¡Dios me libre de ello! La vida, por amarga que sea, es
+muy hermosa y amable; si tiene penas y dolores, tiene también dichas y
+alegrías, muchas, y yo quiero vivir, vivir para ti, mi Rorró; para ser
+dichosa si eres dichoso; para amar lo que tú ames y aborrecer lo que tú
+aborrezcas; para padecer si tú padeces, que en eso cifro mi dicha mayor.
+¿No es verdad que tú no aborreces a nadie? No, estoy segura de ello.
+Rodolfo mío: es preciso que cambies de modo de pensar; que apartes de tí
+esas ideas tan raras y tan negras, y que ames la vida; que la ames como
+yo la amo, como un don del cielo. ¿Dices que la vida no es más que
+dolor? No es cierto. Cuando dices que me amas, cuando recuerdas que eres
+amado, eres dichoso, y entonces amas la vida. ¿No te sientes feliz
+cuando haces algo bueno, cuando socorres a un necesitado, cuando enjugas
+una lágrima o das una palabra de consuelo? Pues yo sí, y tú también, tú
+también, porque eres bueno. Por eso te quiero, por eso te amo.
+
+«La última parte de tu cartita me dejó muy contenta de tí. Así te
+quiero, así te soñé, así debes ser siempre con tu Linilla.
+
+«Tengo aquí en el corazón una cosa que me apena, y quiero decírtela;
+pero me falta tiempo para escribir. Pablo ha de salir a las tres, son
+las doce y media, aun no he visto si la mesa está lista, y ya sabes que
+mi papá come a la una en punto; suena el reloj, y no bien acaba de dar
+la hora ya le tienes en el comedor, dando palmadas y pidiendo la sopa.
+
+«Pablo te entregará una cajita; en ella va un pañuelo; he bordado el
+monograma en los ratos desocupados. Dice papá que está muy bonito; le ha
+gustado mucho, y creo que a tí te parecerá lo mismo.
+
+«Cuida mucho de tus tías, principalmente de doña Carmelita; mira que le
+gusta mucho que la mimen. ¿La ves así, que es tan seca y adusta? Pues
+sin cariño no puede vivir.
+
+«Vivo por tí y... sólo para tí, tu
+
+ Linilla».
+
+
+
+
+XLV
+
+
+Estuvo escribiendo hasta después de media noche. A esa hora salí al
+patio y corté los ramos más lindos de «myosotis» para meterlos en mi
+carta y que llegaran a manos de Angelina.
+
+«Ahí van--escribí--esas flores de color de cielo, tan amadas de mi
+Linilla. Son las primeras que brotaron en el cuadro que tú sembraste.
+Está lindísimo; parece llovido de chispas de zafiro. Me encanto
+mirándole y pensando en tí.
+
+«Linilla mía: me has ganado la apuesta. Tus plantas han florecido antes
+que las mías; pero eso no es porque tú me quieras tanto como yo te
+quiero a tí. Las mías no dan ni esperanzas, pero ya florecerán, y se
+pondrán más hermosas que las tuyas, lo cual será prueba de que yo te
+amaré toda mi vida.
+
+«He tenido un gran disgusto en estos últimos días; un disgusto que me ha
+causado gran pena. Bien vista la cosa no era para tanto, y acaso he
+pasado días muy amargos sin que hubiese motivo para ello. El día que nos
+veamos te contaré todo. ¿A qué perder el tiempo en referir cosas
+desagradables? No te pongas a cavilar en esto. Chismes villaverdinos...
+y ¡nada más!
+
+«Debo decirte que hace tres días me separé de la casa de don Juan. El
+doctor me ha conseguido un empleo, muy bueno, en la hacienda de Santa
+Clara, que, como tú sabes, es del señor Fernández, el papá de
+Gabrielita, tu compañera de Conferencia. Estuve en la casa de ese
+caballero que es muy buena persona; me recibió con mucha cortesía, como
+a un amigo, no como a empleado, nos arreglamos en un dos por tres, y el
+día 15 salgo para la hacienda. Yo siento mucho separarme de mis tías;
+pero, hija mía, no hay más remedio, ¡Qué hacer! No entiendo de campo,
+pero aprenderé; cosas más difíciles he aprendido. Me apena el pensar que
+voy a vivir lejos de tí, y que en mucho tiempo no he de verte, pues no
+me sera posible ir a San Sebastián como se lo ofrecí a tu papá. Lo
+siento, lo siento mucho; pero, como tú comprenderás, no debo perder la
+colocación que el pobre don Crisanto me ha buscado. Con lo que gane yo
+en Santa Clara habrá lo necesario en esta casa para que tía Pepilla no
+tenga que trabajar en sus flores, ni con la chiquillería. ¡Gracias a
+Dios! Voy a subvenir a todos los gastos de la casa, y acaso este destino
+será para tu Rorró el principio de una vida laboriosa, sí, muy
+laboriosa, pero bien retribuida. Ya te digo que no entiendo de cosas de
+campo; y que no sé de eso ni una jota. Aprenderé todo, aunque, según
+entiendo, mi ocupación estará en el escritorio. Procuraré ser útil y
+hasta necesario. Haré que el señor Fernández estime mi empeño y mi
+laboriosidad; y, si mis ilusiones no se malogran, este empleo será el
+medio más apropiado para conseguir la felicidad; es decir, para que
+pueda yo unir mi suerte a la tuya. No deseo más, no aspiro a otra cosa,
+y en ello cifro toda mi dicha.
+
+«¿Por qué me echas en cara mis tristezas y melancolías? Piensa que he
+sido muy desgraciado, y que padezco de murrias y fastidios. Tienes
+razón: la vida es amable, amabilísima, a pesar de que el dolor,
+inherente a la naturaleza humana, nos persigue por todas partes y a
+todas horas. Tienes razón: cuando el hombre ama y es amado la vida es
+amable. Hacemos mal en aborrecerla; si la empleáramos en hacer el bien,
+en aliviar los dolores ajenos, en consolar al triste y socorrer al
+necesitado, no pensaríamos que la vida es dura y que mejor sería no
+tenerla. ¡Perdóname, Linilla mía, perdóname! Es cierto que mi carácter
+es un poco sombrío y taciturno; lo conozco y no puedo remediarlo. ¡Qué
+quieres! Así soy, así me he vuelto en estos últimos años, y aunque tu
+amor y tu cariño alegran mi existencia; aunque tú eres para mi alma
+desmayada luz y regocijo, en ciertos momentos se entenebrece mi alma y
+me complazco en alimentar mi pena, hundiéndome voluntariamente en la
+tristeza. Sé tú mi redentora; disipa esas tinieblas que suelen nublar mi
+alma, y torna en plácida aurora las noches de mi espíritu.
+
+«Tienes razón: la vida es amable; debo amar la vida como un don del
+cielo; debo amarla para hacer el bien, y... ¡para amarte mucho, mucho,
+como tú mereces ser amada!
+
+«¿Me dices que las margaritas de los maizales te han dicho que te amo?
+No te han engañado como a la heroína del poema. ¡Sí; te amo, te amo,
+Linilla mía! Yo no consulto eso con las flores, que suelen ser engañosas
+y lagoteras, sino con mi corazón que es todo tuyo.
+
+«Imagínate un hombre que hubiera vivido muchos años en la obscuridad de
+un calabozo, y que de pronto, cuando tenía perdida toda esperanza de
+libertad, le sacaran a la luz. ¡Cómo amaría la claridad del cielo, los
+celajes veladores, los horizontes límpidos y serenos! Pues así te amo
+yo, así, ni más ni menos.
+
+«Sé justa. ¿No es verdad que ese hombre recordaría con placer, acaso con
+incomparable alegría, las sombras del calabozo en que vivió tantos años?
+¿No es cierto que algunas veces suspiraría amorosamente al recordar su
+prisión, el estrecho recinto que fué para él casa, patria y mundo? Pues
+así vuelven a mí las tristezas y melancolías de ayer, cuando aun no me
+amabas, cuando la luz de tu cariño no iluminaba mi alma. A las veces no
+creo, no puedo creer que me amas, que te amo, y que soy dichoso. Así te
+explicarás eso que tú llamas «cosas mías muy raras». Así te explicarás
+esa lúgubre tristeza, ese desconsuelo que has observado en mí, y que te
+hace padecer. Imploro tu perdón, Linilla mía. Perdóname; no volveré a
+pensar en eso, y si pienso en esas cosas no te las diré. ¿No es verdad
+que me perdonas? ¿Verdad que sí?
+
+«El pañuelo está lindísimo; el monograma es soberbio, muy elegante, y
+muy sencillo, como dibujado y bordado por tí. Saluda a tu papá, si crees
+oportuno hacerlo, de modo que no sospeche nuestros amores. Acaso no los
+apruebe, y sea el recuerdo mío motivo de disgusto para tí y para él.
+
+Ya me dirás eso que te apena, Linilla, Linilla mía, dime: ¿tienes
+secretos para mí? Dímelo, dímelo. Ya me imagino lo que es: alguna
+niñería....
+
+No dirás ahora que no te escribo como tú deseas. El día que tú no me
+escribas como sabes hacerlo, yo, a mi vez, te he de castigar, y ¡pobre
+de tí!
+
+«¡Adiós, bien mío!
+
+ Rodolfo.»
+
+
+
+
+XLVI
+
+
+Rara vez salía yo de casa, y sólo para visitar a don Román. Me pasaba la
+mañana en mi cuarto, y la tarde en el jardincillo, entregado a mis
+poetas favoritos.
+
+--¿Qué libro lees ahora?--solía preguntarme el «pomposísimo», cuando iba
+a verle.--¿Lamartine? ¿Víctor Hugo? ¿Novelitas de Dumas?
+
+Contestaba yo afirmativamente, y el buen anciano hacía un gesto, gruñía,
+y agregaba mohino:
+
+--¡Uf! No, niño; no pierdas el tiempo. ¡Los clásicos! ¡Los grandes
+autores del siglo de Augusto! Virgilio... ¡el dulce Virgilio!
+Horacio.... Y si no tienes muy firmes tus latines, los clásicos
+españoles.... Fr. Luis de León, Herrera.... Déjate de los románticos;
+son intemperantes y monstruosos.... ¿Qué ha dicho Víctor Hugo que no
+esté superado por los poetas latinos? ¿En qué han sobrepujado él y tu
+Zorrilla, tu gran Zorrilla, a Lope y a Calderón? Vamos, muchacho,
+¿quieres tener buen gusto? Pues deja de la mano esos mamarrachos. Si tú,
+a quien yo inicié en las grandes bellezas de la literatura clásica,
+gustas de las novedades esas, ¿qué harán los discípulos de Venegas y
+Ocaña? ¡Así anda todo! ¡Así andan las letras patrias!... ¡Por eso ya no
+hay Carpios ni Pesados!
+
+Pero yo no escuchaba los consejos de don Román, y repasaba las páginas
+más elocuentes de Chateaubriand, los versos más dulces de Lamartine, y
+me aprendí de memoria las mejores escenas del «Hernani», en una
+colección de comedias, traducidas por no sé quién. Aun recuerdo algo del
+célebre drama romántico, aquello de doña Sol a Carlos V:
+
+ --«¡Callad, que me avergonzáis...! Don Carlos, entre los dos todo
+ amorío es locura.... Mi padre su sangre pura vertió en la guerra
+ por vos, y yo, que airada os escucho, soy, pese a furor tan loco,
+ para esposa vuestra, poco, para dama vuestra, mucho.»
+
+Desdeñaba los libros clásicos, y me engolfaba en el piélago anchuroso de
+la literatura romántica. Andrés compró cierto día, en su tienda de «La
+Legalidad», un tercio de papeles viejos, entre los cuales hallé
+folletines, libros, folletos, entregas, y tomos de «La Cruz», que me
+apresuré a recoger. Entonces leí buena parte de «El Fistol del Diablo»;
+devoré las novelitas de Florencio del Castillo, y en dos días me eché al
+colecto los dos tomos de «La Guerra de Treinta Años», de Fernando
+Orozco, el más intencionado de nuestros novelistas.
+
+¡Qué impresión tan penosa me causó ese libro! Me llenó de tristeza, y
+lastimó cruelmente mi corazón. No pude más: tiré el volumen, cogí el
+sombrero, y me lancé a la calle.
+
+Hermosa tarde primaveral, dorada, luminosa.... Me dirigí hacia la
+colina, y subí hasta mi sitio predilecto.
+
+El cielo sin nubes ni celajes parecía una bóveda de cristal cerúleo. Las
+arboledas, frescas y reverdecidas, hacían gala de su flamante veste, y
+en las dehesas y en los collados flotaba una misteriosa claridad rosada.
+Medio valle gozaba aún de los últimos esplendores del día, y allá detrás
+de la iglesia de San Juan, a espaldas de un molino, medio escondido
+entre los platanares y los «izotes», en la curva más ancha y despejada
+del Pedregoso, los últimos rayos del sol trazaban una estela de plata,
+que partía de un foco esplendoroso, cuyas poderosas irradiaciones
+lastimaron mis pupilas.
+
+La ciudad estaba como envuelta en una gasa de oro, y hacia el Oriente se
+perfilaban las cimas de los montes, el pico de los Otates, y los
+crestones de Mata Espesa, sobre un fondo verdoso de suaves opalinas. Del
+lado del Poniente fingían las nubes ardiente cordillera, un abismo de
+llamas, entre las cuales se ocultaba el sol. En Villaverde, lo mismo que
+en Pluviosilla, esos crepúsculos de fuego son anuncio seguro de caluroso
+día; anuncia el «sur», el viento abrasador que caldea la atmósfera y
+calcina la tierra.
+
+Llegaban hasta mí las voces de los transeuntes que atravesaban la
+Alameda, o iban a lo largo del ancho camino carretero orillado de
+fresnos.
+
+El grato vientecillo nocturno acariciaba mi frente con sus perfumados
+besos.
+
+Aun brillaban en la Sierra los últimos reflejos del día, y mientras
+subían del valle los mil rumores de la naturaleza adormecida, las voces
+del río y el canto de los pájaros, me puse a contemplar el magnífico
+cuadro que tenía delante.
+
+Las sombras invadían poco a poco la ciudad. Bajaban de las montañas;
+surgían de los barrancos; salían de los bosques; corrían por las
+llanuras, y se precipitaban en tropel por los «callejones». Tímidas y
+cautelosas se detenían allí, un instante nada más, y luego avanzaban
+presurosas hacia la plaza. Brilló en el río la última ráfaga de luz; la
+verdosa claridad del aire se tornó en un vago reflejo de color de
+violeta, ennegrecióse el valle, y llegó la noche.
+
+--«Así,--pensaba yo,--así se van las alegres ilusiones, así se
+desvanecen las más risueñas esperanzas: La vida es un perpetuo dolor. Lo
+pasado nos entristece con el recuerdo del bien perdido; en lo presente
+no encontramos la dicha; lo porvenir nos llena de espanto...»
+
+«¿Será cierto que el dolor es el triste patrimonio de la mísera
+humanidad? ¿Será cierto que no es posible la realización de nuestros más
+nobles deseos? Malógrense enhorabuena los planes del malvado; disípense
+como la niebla los proyectos del perverso; pero ¿por qué han de ser
+inútiles y vanos todos los pensamientos generosos, todas las
+desinteresadas aspiraciones de la juventud? ¿Será cierto que la maldad
+nos acecha por todas partes? ¿Será verdad que el vicio se disfraza con
+el blanco traje de la virtud, y que la flor más bella está comida de
+gusanos? ¿Si es una verdadera miseria vivir en la tierra, no es mejor
+morir cuando no hemos probado aún las amarguras de la vida?»
+
+«Me dí a pensar en mi suerte. Me ví solo en el mundo, sin padres, sin
+parientes, sin amigos. ¿Quiénes me amaban? Dos ancianas que estaban, sin
+duda, a orillas del sepulcro; un pobre médico, rendido al peso de los
+años; un buen servidor; un maestro de escuela, enfermo y miserable; una
+niña desgraciada, huérfana, condenada a padecer. La desdicha y el
+infortunio nos habían juntado, y serían siempre nuestros compañeros...»
+
+«A veces me sentía dichoso, feliz; aleteaban en mi alma las mariposillas
+de la ilusión; me sonreía la esperanza, y soñaba con auroras
+primaverales y venturosos días. Y ¿qué era todo eso? Delirios,
+fantasías, locuras de muchacho que no sabe nada de la vida. ¡Ah! Si me
+fuera dable matar en mí esta voluntad, siempre activa, siempre
+inquieta.... No buscar la felicidad, huir del dolor...»
+
+Entregado a estas ideas pasé largo rato, cerrados los ojos, de codos en
+la roca, oculto el rostro entre, las manos. Había obscurecido y era
+preciso volver a la ciudad. El caserío estaba iluminado y el firmamento
+tachonado de luceros. Un fulgor de plata inundaba el horizonte, y allá,
+tras los picachos de la Sierra, surgía la luna llena, espléndida y
+magnífica.
+
+
+
+
+XLVII
+
+
+A las cuatro de la tarde ya todo estaba listo. Tía Pepilla arregló mi
+petaca en dos por tres, y concluída la faena me dijo cariñosamente,
+echándome los brazos:
+
+--Rorró... ¿no vas a despedirte de tus amigos?
+
+--¿Amigos?
+
+--Sí; el doctor, tu maestro, Ricardito Tejeda....
+
+--Sí, iré, es natural... tiene usted razón. Pero no veré a Ricardo....
+
+--¿Por qué, Rodolfo? Te quiere mucho... desde niños fueron amiguitos.
+Si tú vieras... cuando estabas en el colegio, siempre que venía a
+vacaciones, o de paseo, no dejaba de visitarnos. Y nos decía: «Doña
+Pepita: yo quiero mucho a Rorró, mucho; somos muy buenos amigos; siempre
+andamos juntos. ¿Necesita algo? Yo se lo doy. ¿Yo lo necesito? El me lo
+da. ¡Cómo dos hermanos!
+
+--Pero, tía: ¿no ve usted que no viene a verme, ni me busca? ¿Cuántas
+veces ha venido?
+
+--Sí, eso es cierto; pero la verdad es que no ha estado aquí. Su mamá me
+dijo que en Pluviosilla tiene unos parientes con quienes ha pasado todo
+el mes. Vas a visitarlo.... ¡Antes tan amigos... y ahora...! Mira,
+vas; irás porque yo te lo ruego. Sus padres han sido muy buenos con
+nosotros. ¿Verdad que irás?
+
+--Tía: ¿para qué he de mentir? No.
+
+--¿Por qué, dime, por qué? ¿Han tenido ustedes algún disgusto?
+
+--No, tía; pero no es decoroso que yo le busque, cuando él se muestra
+conmigo desdeñoso y frío.
+
+No insistió la anciana; sospechó, tal vez, que motivos muy justos me
+obligaban a no visitar a mi amigo, y se limitó a decirme:
+
+--Bueno; harás lo que quieras... pero no dejes de ir a la casa de don
+Crisanto; no dejes de ver a don Román....
+
+--¡Iré, iré de mil amores!
+
+El doctor no estaba en su casa. Le encontré en la calle, cerca de la
+Parroquia, y hablamos largamente.
+
+--¿Te vas mañana? Me alegro; es preciso que salgas de aquí. Comprendo lo
+que ha pasado; todo lo sé; en la botica me lo dijeron todo. Yo hablaré
+con Castro y le diré cuántas son cinco. Nada de eso me ha causado
+extrañeza; me lo esperaba yo. Por eso te recomendé que no dijeras nada,
+y te dije: «¡Chitón!» Así es Castro Pérez. Se le ha metido en la cabeza
+que el señor Fernández le quita todos los escribientes, cuando el buen
+señor es incapaz de semejante cosa. Además, quieren que le sirvan de
+balde, y no paga debidamente a quienes le sirven. No te apenes: esa
+murmuración es aquí común y corriente, y nadie para mientes en ella....
+
+--Sí; pero temo que el señor Fernández desconfíe de su nuevo
+empleado....
+
+--Tienes razón. ¡Calma, muchacho, calma! A fin de semana estaré en la
+hacienda; iré a ver al niño, a ese pobre chiquillo que está muy
+delicado, y entonces, delante de tí, arreglaremos eso. Nada tengo que
+decirte. Visitaré a tus tías, cuidaré de ellas.... Puedes irte
+tranquilo. ¡Verás qué bien te va...! ¡Adiós, muchacho; dame un abrazo,
+y que Dios te bendiga!
+
+Don Román me recibió cariñosamente, como de costumbre:
+
+--¡Gracias a Dios! me duele en el alma que te vayas; pero ¿no es cierto
+que de cuando en cuando vendrás a visitarme? Eres mi único amigo.
+¿Quién me hubiera dicho que tú, el chiquitín que yo conocí de este
+tamaño, que cabía en un azafate, sería mi amigo? Ya sabes cuánto te
+quiero, y cuánto te estimo, y los buenos ratos que pasamos aquí,
+charlando de mis cosas y de las tuyas; de mis tristezas mortales y de
+tus alegres esperanzas; de tus penas de niño y de mis desengaños de
+viejo.... Sí, me apena que te vayas. Ya me acostumbré a verte por
+aquí.... Oye: ¡se me olvidaba! ¿Quieres tomar chocolate? ¡Con
+franqueza!... Si quieres... llamaré a María para que te haga el
+chocolatito. ¿No? Pues tú te la pierdes. Ven a visitarme, aunque sea de
+cuando en cuando, y un ratito, para que no digan las tías que te alejo
+de allá. Sí, ven; mira que el mejor día sabrás que me dió un supiritaco
+y estoy de muerte, o enterrado, y que no volverás a ver a tu maestro. Tú
+no quieres creer que ya estoy viejo. Pues, hijo mío, ¡nada más cierto!
+Las piernas están más débiles cada día; la cabeza no anda de lo
+mejor.... ¡Ya es tiempo! ¡A mi edad todo es decadencia!
+
+El pobre anciano me dirigía miradas tristísimas, tenía húmedos los ojos,
+y le temblaba la voz. Traté de consolarle, y él me interrumpió:
+
+--¡Tú que has de decir! Me quieres, me amas, me respetas, y deseas
+consolarme. ¡Gracias, hijo mío! ¡Gracias! ¡Resígnate con la voluntad de
+Dios! El vela por sus criaturas. Recibe humildemente cuanto él te mande;
+mira que no se mueve la hoja del árbol sin la voluntad de Dios. El
+hombre no puede explicarse por que padece y llora; pero no hay mal que
+por bien no venga. El señor Fernández es muy fina persona.... Sírvele
+con empeño, procura agradarle.... Estoy seguro de que sabrá estimar tus
+buenas cualidades. ¡Me alegro, me alegro de que te vayas! He observado
+que el amor a las letras, que es en tí tan vivo y constante, como lo fué
+siempre en este pobre viejo, suele quitar a las gentes el sentido
+práctico. Los literatos no entienden sino de libros, de su arte, y no
+sirven para otra cosa. Déjate un poco de versos y libros, y aplícate al
+trabajo. Serás más feliz que yo.
+
+Don Román me abrazaba, y me acariciaba la frente apesarado y conmovido.
+
+--¿Cuándo te vas? ¿Mañana? No podré ir a decirte adiós.... ¿Te vas a
+caballo? ¡Cuidado, niño! Mira que esos animalitos hacen de las suyas el
+mejor día. Pero, en fin, si sales tan jinete como tu padre, no hay que
+temer por tí....
+
+Cuando llegué a mi casa, a eso de las siete, me entregaron una carta del
+señor Fernández:
+
+«Mañana,--decía--a las seis en punto irá por usted mi caballerango. Si
+trae usted algún bulto mándelo a mi casa, para que a medio día se lo
+traigan los arrieros».
+
+Andrés estaba en la sala con mis tías. Al verme exclamó:
+
+--¡Aquí está el campirano! ¡Ya lo verán ustedes mañana, qué plantadote,
+con el sombrero charro y el pantalón ceñido!
+
+Y me tomó del brazo y me llevó a mi cuarto.
+
+--¡Vaya! Aquí está todo. Me parece que toda está bueno. Mira: ¡qué bonito
+salió el pantalón! La chaqueta y el chaleco no pueden ser mejores.... El
+sombrero.... Vamos, ¿qué dices del sombrero? Está decentito. Tú lo
+quisieras galoneadote.... Ya lo comprarás así. Ahora toma.... Mi manga
+de hule.... Las gentes de campo la necesitan mucho. Este joronguito es
+para que te lo pongas cuando haga frío.... Es fino, de muy buena clase.
+¿Te gusta? Te lo regalo.... Para tí lo compré hace mucho tiempo, cuando
+eras catrín, y por eso no te lo dí. Ahora te servirá. Te falta una
+pistola... pero tus tías no quieren que andes armado. Aquí la traigo;
+escóndela, y mira lo que haces mañana para que no te la vean. La pistola
+es necesaria... causa respetillo, y a un hombre armado no se le atreve
+cualquiera. Allá con los mozos no estará de sobra; que te la vean, para
+que no te falten al respeto. Hay gente mala... ¡eres muy muchacho, y
+bueno es que sepan que tienes esto para defenderte! Ponte la ropa;
+vístete de charro; quiero verte, porque mañana no podré venir....
+
+Quise darle gusto, y procedí a mudar de vestido. Andrés me ayudó. Pronto
+estuve listo. Zapato vaquerizo; ceñido y bien cortado pantalón;
+chaquetilla gentil; sombrero bien ladeado, y joronguillo al hombro.
+
+--¡Buena facha! ¡Eso es! ¡Bien plantado! Pero.... ¡Ven, para que te vean
+tus tías!
+
+Echóme el brazo y me condujo hacia la sala. Al entrar exclamó:
+
+--¡Aquí está el hombre! Vamos a ver... ¿qué le falta?
+
+Tía Pepilla sonreía regocijada. La enferma me veía apenada y triste.
+
+
+
+
+XLVIII
+
+
+Faltaban pocos minutos para las cinco cuando desperté. Ya señora Juana
+andaba por la cocina disponiéndome el desayuno. Tía Pepa no salía aún de
+sus habitaciones.
+
+El «sur» soplaba furioso, y la campanita chillona de San Francisco
+sonaba alegremente, llamando a misa.
+
+Me vestí el famoso traje de charro, cerré el ropero, y cuando me dirigía
+yo al comedor, la tía Pepilla me detuvo.
+
+--Rorró....
+
+--Buenos días, tía....
+
+--¿Me haces un favor?
+
+--Mande usted.
+
+--Coge el sombrero, y corriendito te vas a oír misa. Oye: están
+llamando; es la misa del P. Solís, que es ligera.... ¡Anda, ve, pídele a
+Dios que te vaya bien!
+
+Obedecí a la anciana, corrí al templo, y oí la misa muy devotamente.
+Media hora después estaba yo de vuelta. Cuando llegué, los caballos me
+esperaban a la puerta. El criado se adelantó, y descubriéndose me dijo:
+
+--¿Usted es el señor que ha de ir a la hacienda?
+
+--Sí.
+
+--Pues... ¡aquí están los caballos! Cuando usted lo disponga....
+
+Entré, y me desayuné muy de prisa, sin apetito, abatido, silencioso. Tía
+Pepa se sentó a mi lado. Trataba de animarme, y hacía esfuerzos para
+disimular su pena.
+
+Llegó la hora de partir. No quise irme sin decir adiós a la enferma. Aun
+estaba en el lecho la pobrecilla. Al verme sonrió tristemente.
+
+--¿Ya te vas?--murmuró con voz muy trémula.
+
+--Sí, tía;--le contente, abrazándola--ya es hora de irnos; ya dieron las
+seis y me están esperando....
+
+--Bueno... vete, y ¡que Dios te bendiga! Escribe luego que puedas.
+Saludas de nuestra parte al señor Fernández, y a la señorita. Escribe
+con frecuencia. Acaso tengas que tratar con los mozos.... Te encargo
+mucha prudencia, mucha seriedad.... Vamos, dame otro abrazo, y ¡que Dios
+te lleve con bien!
+
+La pobre anciana tenía los ojos arrasados en lágrimas, y hacía grandes
+esfuerzos para aparentar calma y serenidad. Tía Pepa nos miraba y
+sonreía tristemente. Abracé a la enferma, le dí un beso en la frente, y
+salí de la estancia. Me puse al cinto la pistola, dije adiós a mi
+casita, y a mis libros, mis buenos amigos, mis cariñosos compañeros, y
+me dirigí a la calle. Mientras el mozo arreglaba la silla y ataba a la
+grupa la manga y el joronguillo, salió mi tía Pepa, y tras ella señora
+Juana.
+
+--Vamos, hijo mío, ¿no me dices adiós? ¿Te olvidas de mí?
+
+--¡No, señora, cómo!
+
+--¿Cuándo vendrás?
+
+--No sé. Acaso dentro de ocho o quince días.
+
+--¿No me haces ningún encargo?--me preguntó entre llorosa y risueña.
+
+--Sí, tía. La ropa limpia. Con ella el traje nuevo.
+
+--¿Y nada más?
+
+--Nada más. ¡Ah! Si escribe Angelina mándeme usted las cartas. Las mete
+usted en otra cubierta. A mi buen Andrés muchas cosas. Y adiós, tía, que
+no hay tiempo que perder.... ¡Vaya, un abrazo, señora mía! ¡Otro a usted,
+señora Juana! Cuide usted de mis pájaros y mis flores.
+
+Monté a caballo y eché a andar. El criado, un mancebo vivaracho y listo,
+me miraba de hito en hito, como si dudara de mis aptitudes para la
+equitación. Cuando puse el pie en el estribo sonrió maliciosamente. Sin
+duda decía para sí:
+
+--Este es un «cachalete»....
+
+Me avergonce. El mancebo me seguía a corta distancia. Tomé por las
+calles más apartadas y solitarias, temeroso de que las gentes me vieran
+a caballo. «¡Charrito de barro, charrito de agua dulce!...--dirían.--¿De
+cuándo acá?»
+
+La idea de que podía yo ser objeto de risas y de burlas me atormentaba
+cruelmente. Ya me parecía oir a los murmuradores villaverdinos en la
+botica de don Procopio.
+
+--¿Saben ustedes la gran noticia?
+
+--¿Cuál?--preguntarían en coro con Ricardo, Venegas y Ocaña.
+
+--¡Gran noticia! Asómbrense: ¡Rodolfo a caballo! Yo lo he visto; lo
+hemos visto nosotros....
+
+--¿Y qué tal?
+
+--Mala facha y mala ficha. Muy vestido de charro, tamaño sombrerote, y
+al cinto una pistola que parece un cañón.
+
+Por fin me ví fuera de la ciudad, al principio de aquel camino por donde
+pasé diez años antes acongojado y lloroso, una fría mañana del mes de
+Enero. Recordé aquellos días amargos en que por primera vez me alejé de
+los míos, niño tímido y medroso, en quien cifraban sus tías las más
+risueñas esperanzas. ¡Cuán distinto me pareció el camino! Entonces le ví
+ancho, anchísimo; ahora angosto, como una vereda montañesa. Entonces
+miraba yo en el último término del viaje una ciudad populosa, brillante,
+de todos alabada, para todos alegre y festiva, hasta para el niño que
+con los ojos llenos de lágrimas y con el corazón hecho pedazos acababa
+de salir de la casa paterna. Ahora... ¿á dónde iba yo? A ganar en ajena
+morada, entre desconocidos y extraños, un pedazo de pan. ¡Cuántas
+ilusiones malogradas! ¡Cuántas esperanzas desvanecidas!
+
+Ni la hermosura del paisaje ni el aspecto incomparable de las montañas,
+coronadas por el Citlaltépetl con brillante cono de nieve, ni la belleza
+sin igual del Pedregoso que corría gárrulo y cantante, distrajeron mi
+mente y ahuyentaron de mi alma la tristeza....
+
+Pocas horas después me apeaba yo a las puertas de la hacienda. Estaba yo
+en Santa Clara.
+
+
+
+
+XLIX
+
+
+Acerqué el caballo a la puerta principal. ¡Cómo me río ahora de
+aquellas timideces mías! Cerca de la hacienda, al descubrir el caserío a
+través de las arboledas, me sentí tentado de volverme a Villaverde, y
+desde allí escribir cuatro letras, dar las gracias al señor Fernández, y
+renunciar al destino. Me asaltaban tristes presentimientos; me dominaba
+la idea de que iba yo a ser mal recibido, y me puse temeroso y
+asustadizo. Temblaba yo al apearme del caballo; estaba yo rojo como una
+guindilla, y las miradas de cuantos en aquel instante me veían se me
+antojaron hostiles y burlonas, particularmente las de cierto mancebo muy
+gallardo que conversaba con otros empleados a la puerta del «rayador».
+Mirábame de pies a cabeza, con cierta insistencia insolente y tenaz,
+como sorprendido de mi ridículo aspecto de colegial convertido en
+jinete. Me dirigí al grupo, y pregunté por el señor Fernández.
+
+--En el comedor...--me contestaron desdeñosamente.
+
+--Le aguardaré aquí....
+
+El mancebo levantó los hombros y me señaló un asiento.
+
+--No;--advirtió otro de los empleados, el de más edad,--¡le esperan a
+usted!
+
+Llamaron a un criado que me condujo hasta la puerta del comedor. Toda la
+familia estaba allí reunida. Fernández, en la cabecera; cerca de él, a
+la izquierda, un niño, como de seis años, pálido y enclenque; en seguida
+una señora que pasaba de los cuarenta, y a la derecha del dueño de la
+casa, Gabriela.
+
+--Pase usted, joven;--me dijo el caballero con mucha
+cortesía--pensábamos que no llegaría usted y no le esperábamos a
+almorzar; pero llega usted a tiempo ¿Tendrá usted apetito, no? ¡Ah! El
+aire del campo.... Aquí tienen ustedes,--agregó dirigiéndose a las
+señoras--al joven de quien me habla el doctor. Tú Gabriela, ya le
+conoces.... Esta señora es mi esposa.... Este niño es mi hijo....
+Pero... ¡ea! siéntese usted....
+
+Y me señaló una silla al lado de la joven. Después prosiguió, sin darme
+tiempo para hablar:
+
+--Este es Pepillo.... Aquí le tiene usted... enfermo. Pero ya vamos
+bien; ¿no es eso? Y pronto estará muy guapo y muy alegre....
+
+El niño contestó con una sonrisa, dejándome admirar la hermosura de sus
+ojos negros, muy brillantes y expresivos.
+
+Mientras Gabriela me servía, observé al chico. Era corcovado y tenía
+color de cadáver. Causóme dolorosa impresión la figura de aquel pobre
+niño enfermizo y lisiado. Su rostro era el rostro de un polichinela:
+naricilla de poeta satírico, boca grande y sarcástica, sonrisa burlona.
+El cráneo voluminoso, bien conformado, acusaba rara inteligencia,
+aterradora precocidad. El pobre chico apuraba a sorbos una taza de
+leche, y no dejaba de mirarme.
+
+El señor Fernández me habló de la belleza del camino, de la buena
+condición del caballo que me había mandado, y terminó preguntándome por
+mis tías.
+
+-¿Y Angelina?--dijo la señorita.
+
+-¿Angelina?... En San Sebastián... con el P. Herrera...--contesté.
+
+--Papá: ¿conoces a esa joven?
+
+--No;--respondió el caballero--pero debe ser muy hermosa, y sobre todo
+muy estimable... ¡porque tú nos hablas de ella a cada instante!
+
+--¿Verdad, señor,--dijo la señorita dirigiéndose a mí--verdad que
+Angelina es una muchacha muy inteligente y muy cariñosa? Es compañera
+mía en la Conferencia, y todos la queremos mucho, ¡mucho!... Y, dígame
+usted: ¿por qué es tan retraída? Yo siempre empeñada en llevarla a casa,
+y ella excusándose. Cuando usted la vea, dígale que la quiero mucho; que
+la estimo en todo lo que vale; y que hace mal en no corresponder a mi
+cariñosa amistad.
+
+--No, señorita:--me apresuré a replicar--Linilla (así le decimos en
+casa) corresponde al afecto de usted como es debido. Usted hace de ella
+muchos elogios, y ella no escasea las alabanzas.
+
+Entonces la señora preguntó con inoportuna curiosidad:
+
+--¿Esa joven es de la familia de usted?
+
+--No, mamá;--interrumpió Gabriela--ya te he dicho la historia de
+Angelina. El P. Solís nos la contó una noche. Esa joven es hija adoptiva
+del P. Herrera.
+
+--¡Ah que mamá!--exclamó el corcovadito.--¡Qué memoria la tuya!
+Acuérdate, acuérdate.... El P. Solís contó la historia. Esa joven....
+
+--Calla, Pepillo; no hables de eso.... No son cosas de niños...--dijo
+Gabriela.
+
+El chico prosiguió:
+
+--Esa joven, que el señor llama Linilla, es hija de un militar, y el P.
+Herrera la recogió en un mesón; es huérfana, no tiene ni padre ni
+madre....
+
+--Pues ¡yo no me acuerdo de eso!...--dijo la señora con mucha calma,
+sirviéndose una tajada de rosbif.
+
+--¡Ah que mamá! ¡Pues yo sí me acuerdo! Todo eso nos lo contó el P.
+Solís, allá en casa, una noche, a la hora de la cena. ¿No es cierto,
+Gabriela? Y también dijo que a él le gustaría mucho que el señor se
+casara con Linilla.... ¡Vaya... con la señorita Angelina!
+
+Rieron todos de la indiscreción del corcovado. Gabriela me miró, y
+pasándome un plato murmuró a mi oído:
+
+--No haga usted caso, señor; este niño es así.... ¡Le miman tanto!
+
+Al terminar el almuerzo me invitó el señor Fernández a visitar las
+oficinas.
+
+--¿Viene usted contento? Las señoras se quedarían muy tristes, ¿no es
+eso? ¡Calma!... Ya le verán a usted. He dispuesto que se encargue usted
+de mi correspondencia. No estaba yo satisfecho del empleado que antes la
+despachaba... pero, en fin, como hacía cuanto estaba de su parte, nunca
+le dije nada. Se va, usted viene a sustituirlo, y estoy seguro de que la
+cosa andará mejor. Aquí vivirá usted en familia, con nosotros, como en
+propia casa. Entiéndalo usted: no será, no será usted aquí un empleado
+como los demás. Cada cual merece ser tratado conforme a su clase y
+condiciones. Llevará usted la correspondencia; desempeñará usted otros
+trabajos que se ofrezcan en el escritorio, y no tendremos dificultades.
+Desde hoy tendrá usted una pieza cerca de nuestras habitaciones, un
+sitio en nuestra tertulia, un asiento en nuestra mesa, y un lugar en
+nuestra estimación. Ayer me escribió Sarmiento. Algo me cuenta de
+ciertas murmuraciones. Me dice que estaba usted muy apenado.... En
+cuanto a mí, ¡quede usted tranquilo!... Aprenda usted a vivir, y vaya
+usted conociendo a los hombres. ¡Esta ciencia de la vida, que es tan
+difícil y tan amarga!... ¡Valor, joven! De todo eso sé yo, que he
+pasado, y con mucha dificultad, por ese camino... ¡y nada de eso me
+sorprende! Conocí al padre de usted, era persona muy estimable....
+
+Se detuvo delante de una puerta cerrada, la abrió, y me hizo entrar.
+
+--La habitación de usted.... Esta ventana da al jardín. No es de las
+mejores piezas, como usted ve, pero está junto al escritorio.
+
+La distinción y la cortesía del señor Fernández me cautivaron desde
+luego, y cambiaron en pocos minutos el estado de mi alma. Me sentí
+fuerte y vigoroso para luchar contra todo, para salir vencedor de las
+mil contrariedades de la vida. Nada me importaba el trabajo, el más duro
+trabajo; por el contrario le deseaba yo, a diario, constante, sin un
+momento de reposo.
+
+A la verdad: no merecía yo ser objeto de tantas atenciones. ¿Quién era
+yo para ser tratado de tal manera? El pobre amanuense de Castro Pérez,
+herido y lastimado por la murmuración villaverdina; un pobre estudiante,
+recién salido de aulas, favorecido por los elogios de don Quintín
+Porras, y llevado a Santa Clara por las recomendaciones de un maestro de
+escuela, de un médico a la antigua, sin fortuna ni fama, y de un mendigo
+franciscano. Acaso me abonaban también la buena memoria de mi padre y el
+nombre respetabilísimo de mi abuelo. Quedé prendado de la nobleza de
+carácter y de la esmerada educación del señor Fernández. Desde ese día
+le tuve en altísimo concepto, sin que durante los años que viví a su
+lado se amenguara en mí la opinión que de él me formé desde el primer
+momento.
+
+Era el señor don Carlos Fernández un caballero en toda la extensión de
+la palabra, fino, delicado, discreto, de clara inteligencia y de
+nobilísimo corazón. Tenía conciencia de su mérito, y procuraba, por
+todos los medios que estaban a su alcance, conservar su buen nombre, y
+cuidar de que ni la sombra más leve empañara su envidiable reputación.
+En ella, más que en la riqueza, cifraba su dicha, y solía decir muy
+sinceramente:
+
+--No temo el juicio de los demás. Temo el fallo severísimo de mi propia
+conciencia.
+
+No gustaba de parecer generoso, pero no era mezquino ni avaro. Nunca le
+alabaron en Villaverde por liberal y desprendido, elogio que fácilmente
+se consigue en mi querida ciudad natal, donde la generosidad y el
+desprendimiento no son virtudes muy al uso, antes solían tacharle de
+egoísta y codicioso. Pero sé muy bien, y muchos no lo ignoran, que no
+era duro de corazón, ni muy cerrado de bolsillo.
+
+Cuando yo le conocí pasaba de los cincuenta y cinco, y las canas que
+brillaban entre sus rubios cabellos, como hebras de plata, lo decían muy
+claro. Afable con todos, cortés y comedido con cuantos le trataban, era,
+sin embargo, enemigo de andar en reuniones y corrillos, y tal vez por
+eso se pasaba en Santa Clara buena parte del año, y cuando residía en
+Villaverde no concurría a la tertulia de don Procopio ni al tresillo de
+mi querido amigo Quintín Porras.
+
+--Mis negocios y mi casa--decía cuando le acusaban de huraño y
+retraído--aquí estoy a mis anchas, con mi familia, con los míos. ¿Los
+amigos? ¡Vengan, vengan, que serán bien recibidos!
+
+Conoció desde luego el carácter de los villaverdinos, y quiso evitarse
+el andar en lenguas. Se comprende que no lo consiguiera, cosa difícil en
+aquella tierra, pues le trajeron y le llevaron de aquí para allá,
+durante varios meses; pero al fin le declararon huraño y orgulloso, y le
+dejaron en paz.
+
+Sarmiento me contó muchas veces el origen de la fortuna del señor
+Fernández. A la muerte de sus padres quedó don Carlos muy niño, y
+nominalmente heredero de una fortuna, muy mermada y comprometida, que en
+manos de tutores y albaceas, perseguida por acreedores y legatarios, y
+tamizada por leguleyos y abogados, se volvió sal y agua en menos de diez
+años. Algo logró salvar el heredero, gracias a la habilidad de un
+jurisconsulto michoacano, y con ese pico, unos cuantos miles de duros, y
+a fuerza de inteligencia, de trabajo y de economías, el capitalillo fué
+en aumento, hasta convertirse en una fortuna muy saneada y redonda,
+hecha contra viento y marea, en los días más desastrosos de la guerra
+civil. La tal fortuna consistía en fincas urbanas, y no de las manos
+muertas; en algunos capitales bien colocados, y en la hacienda de Santa
+Clara que don Carlos compró muy barata, casi en ruinas, y que él
+restauró y engrandeció allá por el 64, al advenimiento del régimen
+imperial.
+
+Que don Carlos había padecido mucho en su juventud no cabía duda; él
+mismo contaba que se vió obligado a trabajar al lado de personas
+extrañas que le trataron mal; que más tarde tuvo un jefe que le estimó y
+le impartió franca protección, hasta que le fué dado ponerse al frente
+de sus propios negocios.
+
+Y, cosa rara en personas que han padecido mucho en la mocedad, no se
+tornó misántropo, ni egoísta, ni se le agrió el carácter. Era, en cierto
+modo, desconfiado y receloso, digamos mejor, cauto. Difícilmente le
+engañaban. Experimentado, conocedor de la maldad humana y de las
+flaquezas del prójimo, poseía una cualidad rarísima en los que como él
+salieron victoriosos de los combates de la vida: no juzgaba de las
+gentes por las apariencias; a cada cual daba lo suyo; no creía en
+patentes virtudes, ni andaba a caza de vicios escondidos, y con pasmoso
+acierto descubría en los individuos defectos encubiertos y ocultas
+virtudes.
+
+Era bueno, inteligente, franco, leal, desinteresado, (que también en el
+rico cabe el interés) y se preciaba de urbano y atento; pero justo es
+decir que solía ser desdeñoso con las personas en quienes no hallaba
+corrección y buenos modales, y acaso el único camino por donde fuera
+fácil vencerle era el de la más exquisita pulcritud; todo lo perdonaba,
+los mayores defectos, los más grandes vicios, menos el trato burdo, la
+maledicencia y la mala crianza. De aquí que su conversación fuese por
+extremo grata, y de aquí las maneras irreprochables de él y de los
+suyos. La señora doña Gabriela me pareció siempre un simpático y
+elegante tipo de mujer. Fina y correcta como su esposo, elegante por
+naturaleza y educación, desdeñosa como él para con las gentes vulgares y
+ordinarias, la señora doña Gabriela poseía el rarísimo don de hacerse
+amar de todos, sin que para ello empleara lisonjas y lagoterías. Lujosa
+sin ostentación, elegante sin pretender atraerse las miradas de los
+demás, fina sin charla zalamera, para todos tenía una palabra cariñosa.
+Había en ella algo o mucho de aquellas damas mexicanas, chapadas a la
+antigua, piadosas sin gazmoñería, caritativas sin parecer sensibleras,
+y en las cuales no podemos pensar sin imaginárnoslas vestidas de negro y
+veladas con rica y aristocrática mantilla. En doña Gabriela sólo una
+cosa merecía censura: su bondadosa tolerancia para con el pobre niño
+corcovado. Cierto es que la miserable condición de Pepillo, enfermizo y
+lisiado, explicaba muy bien los mimos y consentimientos de sus padres.
+
+Muchas veces les oí decir dolorosamente:
+
+--Si este niño tuviera salud y robustez como esos chiquitines que pasan
+por ahí... ¡aunque fuésemos tan pobres como un mendigo!
+
+Pepillo era en aquella casa tristeza y dolor.
+
+Gabriela, felicidad y alegría.
+
+
+
+
+L
+
+
+En poco tiempo me hice amigo de los otros empleados. Mi edad y mi
+carácter tímido e irresoluto me fueron propicios en esta ocasión. Mis
+compañeros creían habérselas, sin duda, con balandrón mancebo,
+presumido, jactancioso y pagado de sí, que vendría a imponérseles,
+abusando de la bondad con que le trataba el señor Fernández. Este hizo
+en presencia de ellos grandísimos elogios de su nuevo empleado, y tal
+vez por eso me recibieron reservados y desdeñosos; pero al ver que se
+habían engañado, que me esforzaba en ser comedido y cortés, cambiáronse
+en grata simpatía la reserva y menosprecio manifestados a mi llegada.
+Sólo uno, el joven cuyo puesto ocupé, me vió con malos ojos. Entonces lo
+mismo que ahora. ¿Por qué? Sépalo Dios. Enrique, así se llamaba, salía
+de aquella casa por su gusto, para mejorar de empleo, para ir a
+desempeñar otro muy codiciado, en no se qué oficina administrativa. Por
+mi parte no acierto a explicar la antipatía con que siempre me ha visto.
+Aun vive, rico y estimado; suelo encontrármele en el casino, en el
+paseo, en los teatros; pasa cerca de mí y no se digna saludarme; no
+olvida ni quiere olvidar que yo le sustituí en el escritorio del señor
+Fernández. Repito que muy pronto fueron muy buenos amigos míos los demás
+empleados. En ellos tuve siempre auxiliares y consejeros. Procuré
+serles útil: los ayudaba en cuanto podía, y más de una vez ocupé su
+puesto para que ellos pasearan o se divirtieran, ya en alegres partidas
+de caza, ya en Villaverde con motivo de alguna fiesta o de algún
+espectáculo teatral que llamaba la atención.
+
+Era yo en Santa Clara objeto de las atenciones de toda la familia. La
+señora solía decirme:
+
+--Rodolfo: ¡está usted en su casa! Tendré mucho gusto en hacer con usted
+las veces de madre....
+
+Don Carlos no me trataba como a un mozo inexperto y vano, antes, por el
+contrario, me distinguía con su afecto, me confiaba planes y negocios, y
+conversaba conmigo franca y lealmente, con la sinceridad y llaneza de un
+amigo viejo. A las veces, después del trabajo, me encerraba yo en mi
+habitación, o, cediendo a mis inclinaciones de soñador, me iba a vagar
+por los campos, deseoso de estar solo con mis pensamientos, con el
+recuerdo de Linilla.
+
+Cuando don Carlos me veía salir o advertía que estaba yo en mi cuarto,
+me detenía o me llamaba.
+
+--¿A dónde va usted? ¿Qué hace usted allí? Vengase a charlar con
+nosotros.
+
+Por la noche, después de la cena, nos reuníamos en la sala. La señora se
+recogía temprano para cuidar del corcovadito, siempre delicado y
+enfermo; don Carlos jugaba ajedrez con alguno de los empleados, y
+Gabriela tejía o leía y revisaba sus periódicos de modas. Entre tanto
+recorría yo los papeles de Villaverde y los diarios de la capital. Allí
+se recibían casi todos, además de alguna publicación exclusivamente
+literaria que Gabriela coleccionaba con el mayor cuidado.
+
+Entonces leí muchos versos de Justo Sierra, las crónicas teatrales de
+Peredo, y las revistas que Altamirano escribía en «El Siglo XIX» y en
+«La Revista de México». No olvido ni olvidaré jamás el interés con que
+devoré algunos trabajos literarios publicados en aquellos días. El
+estudio del «Edipo» en que Peredo hizo alarde de su saber en materia de
+arte dramático; el juicio de Altamirano con motivo de la representación
+del «Baltasar» de la Avellaneda, artículo brillante y galano que me
+pareció insuperable. «El Renacimiento» fué mi periódico favorito. ¡Qué
+amena y grata lectura me proporcionó esta revista! Versos de Luís G.
+Ortiz, de Collado, de Roa Bárcena, de Sierra, de Segura, de Ipandro
+Acaico.... ¡Qué amable, qué simpática me parecía la unión de todos estos
+escritores, algunos contrarios en ideas políticas, todos amigos sinceros
+en literatura y en arte! Así debía ser, así me imaginé siempre la
+república literaria, sin odios, sin envidias, sin rencores. Todos los
+ingenios mozos y viejos, conservadores y liberales, unidos por el amor a
+la belleza.
+
+Me seducían las estrofas de Justo Sierra.... Aun ahora las recito con el
+entusiasmo de los diez y nueve años.
+
+Cuando en los periódicos trataban mal a algún poeta, de uno u otro
+bando, (los partidos me eran repugnantes y odiosos) me sentía yo
+lastimado, y saltaba indignado al venir en acuerdo de que tales censuras
+y tales críticas, de ordinario desentonadas y acerbas, eran inspiradas
+por el rencor político. ¡La política! ¿Qué me importaba a mí la «vieja
+inmunda» como Altamirano la llamaba? Los jóvenes de aquella época se
+cuidaban poco o nada de la política. Nacidos y criados en los días
+azarosos de la guerra civil, testigos de horribles catástrofes, de
+tremendas injusticias y de sangrientos combates, nos repugnaban aquellos
+horrores, tan opuestos a la nobleza y a la generosidad juveniles. No
+simpatizábamos con ninguno de los partidos contendientes; odiábamos las
+luchas de la política, y los mejores artículos de Zarco o de Aguilar y
+Marocho, y los más elocuentes discursos de Montes o de Zamacona, no
+valían para nosotros lo que un sonetito mediano publicado a la zaga de
+cualquier periódico villaverdino.
+
+He oído decir muchas veces que los jóvenes de aquel tiempo amaban poco a
+su patria. Sí la amaban y con todas las fuerzas de su corazón; pero no
+querían para ella agitaciones y turbulencias, ni avances peligrosos ni
+retrocesos inútiles. Deseaban paz y justicia para todos, para vencedores
+y vencidos; paz fecunda en bienes, a cuya sombra prosperaran los pueblos
+y se aumentara la riqueza pública; paz que hiciera renacer las artes y
+las letras, a los cuales reservaba la gloria días venturosos y felices;
+y justicia para todos y en todas partes, justicia sin la cual no puede
+existir la libertad.
+
+A ruego mío, mientras don Carlos se engolfaba en su partida de ajedrez,
+abría Gabriela el piano, un soberbio «Erard», y tocaba lo más selecto
+del repertorio en boga....
+
+Las horas pasaban dulcemente, dulcemente, como las ondas del río lejano
+que nos enviaba, a través de los bosques rumorosos, y de las alamedas
+del jardín, el canto misterioso de sus turbias aguas.
+
+El balcón abierto; las llanuras adormecidas; la selva silenciosa; el
+cielo límpido y puro, sin nubes ni celajes; la luna a la mitad de su
+carrera; el piano derramando a torrentes la música de los grandes
+maestros; la belleza y la juventud rindiendo culto al arte, y en mi alma
+la dulce alegría de quien ama y es amado, el enjambre cerúleo de las más
+risueñas esperanzas....
+
+Pero ¡ay! de repente me sentía yo acometido de profunda tristeza, de
+mortal melancolía, de aquella melancolía mortal, mi dulce compañera en
+las tardes de otoño, cuando sentado en la florida vertiente del
+Escobillar me abismaba en la contemplación del hermoso valle nativo
+iluminado por los últimos fuegos del crepúsculo.
+
+
+
+
+LI
+
+
+La rubia Gabriela era franca, alegre, expansiva, y había en ella cierta
+sencillez infantil muy en harmonía con el azul violado de sus ojos y el
+áureo color de sus joyantes cabellos. Destrenzados, sueltos, atados con
+una cinta de seda, se me antojaban un haz de mies madura.
+
+Gabriela subyugaba las almas con la dulzura de su carácter, mejor que
+con su delicada y elegante belleza. Y era lindísima: fisonomía suave y
+aristocrática; perfil correcto; labios ingenuos, expresivos, como
+entreabiertos levemente por una exclamación de sorpresa; las mejillas
+con los tintes de la rosa: la cabeza artística y gentil; el cuello
+delgado y donairoso. Poseía la blonda señorita, algo, o mucho, de la
+singular belleza de dos mujeres muy célebres y admiradas entonces:
+Adelina Patti y la Emperatriz Eugenia.
+
+Alta, delgada, esbeltísima, «ideal», como acostumbran a decir los
+poetas, en Gabriela se juntaban maravillosamente la frescura de una
+arrogante juventud y los encantos misteriosos de una belleza apacible y
+casta.
+
+Durante los primeros días la joven se mostró conmigo seria y
+ceremoniosa, lo cual, a decir lo cierto, no fué muy grato para mí.
+Procuré portarme de la misma manera; correspondiendo así a la reservada
+actitud de la doncella; pero el trato diario en la mesa, en la tertulia,
+en el paseo y en las horas de descanso nos acercó poco a poco, y pronto
+hubo entre los dos cierta confianza decorosa y afable de la cual nació
+una amistad placentera y cordial.
+
+Entonces pude admirar en Gabriela no sólo la sencillez de su alma, sino
+lo que en ella valía más, la nobleza de su corazón.
+
+Habituada al trato de personas cultas y distinguidas; educada con
+esmero; rodeada de cuanto la opulencia y el amor paternal pueden ofrecer
+a una niña de su clase y condiciones, la señorita Fernández ni estaba
+engreída con su elegancia, ni pagada de su hermosura, ni satisfecha de
+sus raras habilidades. Tocaba el piano como una profesora y se creía una
+pobre aficionada; dibujaba magistralmente, pintaba lindas acuarelas,
+frutas, flores, pájaros, paisajes, y no se daba cuenta de sus aptitudes
+artísticas, ni de que sabía robar a la naturaleza la línea, el tono, la
+expresión, el ambiente que aisla y destaca las figuras, el rasgo
+oportuno que anima los objetos, la tinta desvanecida, vaga, vaporosa,
+que hace resaltar las imágenes sin endurecer los contornos.
+
+Obediente, sumisa a la voz de sus padres, jamás se oponía a sus
+mandatos, como suelen hacerlo las señoritas de las clases elevadas, que
+gustan de ser caprichosas y se complacen en ser mimadas por los suyos.
+La vida de Gabriela estaba consagrada a sus padres. Obsequiarlos,
+tenerlos alegres y contentos era su único deseo, y de seguro que nunca
+dejó de agradarlos. Sufría con paciencia ejemplar al infeliz jorobadito
+en quien estaban reunidos todos los defectos morales y todas las
+desgracias físicas. El pobre niño, lisiado, enfermizo, horrendamente
+precoz, era ruin, mezquino, insolente, atrevido y deslenguado. Como
+todos le halagaban y le complacían, y no había capricho que no
+consiguiera ni falta que no le fuese perdonada, imperaba en aquella casa
+como soberano absoluto, como señor de vidas y haciendas, siempre
+dispuesto a hacer el mal, complaciéndose en atormentar a los animales
+que caían en sus manos, gozándose en insultar y calumniar a los criados,
+en burlarse de todos, y en repetir las palabras más soeces aprendidas en
+la calle o de labios de los cocheros. La señorita Gabriela, objeto
+frecuente de las iras del niño, a causa, sin duda, de que sólo ella le
+corregía y le castigaba, pasaba ratos muy amargos. El corcovadito la
+aborrecía de muerte, como a todos cuantos se oponían a sus caprichos y
+deseos, y a la menor corrección la insultaba con dichos y palabras de
+taberna.
+
+La joven solía implorar en su defensa la autoridad del señor Fernández.
+
+--¡Papá!--decía suplicante y apenada.--Oye a Pepillo.... Abrió una
+jaula, atrapó un canario y le ha quebrado las alas.... Le reprendo... y
+me contesta con Unos dichos y unas palabras....
+
+--¡Perdónale, hija!--respondía el padre.--¡Pobre niño!...
+
+El corcovadito quedaba victorioso, fingía arrepentimiento, se acercaba a
+la joven para acariciarla y darle un beso, y luego que se iba el señor
+Fernández volvía a los improperios y a las obscenidades. Reía, se mofaba
+de su hermana, e inventaba nuevas fechorías.
+
+Una tarde, después de una escena de éstas, fuimos al jardín; Fernández y
+la señorita se quedaron con el niño en un merendero; Gabriela y yo nos
+perdimos, a lo largo de una calle de fresnos, en busca de violetas. La
+niña lloraba y no levantaba los ojos.
+
+--No llore usted, Gabriela....
+
+--¿Que no llore?--murmuró enjugándose los ojos.--¡Cómo no he de llorar!
+Quiero a Pepillo con toda mi alma. Día y noche le tengo en la
+memoria.... Su desgracia es la eterna amargura de mi vida. ¡Deforme,
+enfermizo, y... malo! Sí, Rodolfo; ese niño es malo. ¿A quién ha
+salido? ¿De quién ha heredado esa perversidad de corazón? ¿Qué será de
+él si llega a hombre? Me odia, me detesta, y yo le amo.... Ya usted ha
+visto cómo me trata.... ¡Y todas las gentes me envidian, y todos dicen
+que soy la más feliz de las mujeres!... ¿Feliz?--Debe usted perdonar a
+Pepillo....--Le perdono... pero no puedo permitir que sea así.... La
+perversidad de ese niño crece de día en día.... ¡Por fortuna no vivirá
+mucho!... No le deseo la muerte, no. ¡Dios me libre de ello! Pero, ¿a
+dónde iremos a parar si Pepillo sigue con esos instintos crueles y
+depravados? Si viera usted cómo tiemblo al pensar que el mejor día, por
+cualquier motivo, será, usted objeto de las iras de esa infeliz
+criatura.--No tema usted.... Me quiere, hacemos buenas migas....
+
+--No, Rodolfo; es mi hermano, le quiero mucho, pero le conozco; no hay
+que fiar de ese niño....
+
+Entonces Gabriela me refieró mil incidentes desagradables, y me hizo
+comprender, muy claramente, que temía que Pepillo dijera el mejor día
+algo que me lastimara y me ofendiera, y con este motivo la pobre niña me
+abrió su corazón.
+
+--Todos me envidian y codician mis riquezas, pero, a decir verdad, amigo
+mío, ¿de qué me sirven lujo, comodidades y bienestar, si en medio de
+todo eso soy víctima de ese pobre niño, de mi hermanito, de mi único
+hermano a quien amo y compadezco?
+
+De pronto, como si aquella conversación le fuese penosa, varió de asunto
+y deteniéndose al pie de un árbol se puso a contemplar, entre el follaje
+las últimas luces del día, el cielo dorado, sobre el cual se dibujaban,
+límpidas y claras las ramas de un gran, fresno desnudo, mientras yo
+ataba un haz de violetas.
+
+--¡Hermosa tarde! ¡Quién pudiera trasladar al papel el espléndido cuadro
+que tenemos delante! Usted está triste... ¿por qué? Nosotras deseamos
+verle contento. ¿A qué ese rostro abatido y melancólico? Papá nos ha
+dicho que ha sufrido usted mucho....
+
+Ciertamente, me rendía la tristeza. Pensaba yo en los míos, en mi pobre
+casita, en las buenas ancianas cuyo recuerdo me era tan querido, y en
+Linilla, en mi dulce Linilla.
+
+--No, señorita...--murmuré sonriendo.--A las veces se me va el
+pensamiento hacia Villaverde, en busca de los que me aman....
+
+--Y más allá... más allá... detrás de esas montañas que atraen las
+miradas de usted.
+
+Sonrió la niña, y me señaló a lo lejos los picos más altos de la Sierra,
+y agregó:
+
+--Diga usted: ¿No es en aquellos valles donde está el pueblo de San
+Sebastián?
+
+--Sí.
+
+--Pues... ¡allí está Angelina!
+
+
+
+
+LII
+
+
+De madrugada, antes de salir el sol, monté a caballo y salí de la
+hacienda camino de Villaverde.
+
+Era domingo. Delante de mí avanzaban lentamente algunos peones y una
+media docena de rancheros que iban al tianguis, jinetes en malas
+caballerías. Clareaba el alba en la cima de los montes, y sobre la
+esplendorosa claridad del sol naciente se dibujaban los perfiles
+boscosos de los cerros de Villaverde, las grandes moles de la cordillera
+meridional, y las montañas de Pluviosilla envueltas en los vapores
+matinales que parecían gasas hechas girones en los picachos. Repicaban
+alegremente en el campanario de una aldea cercana, y del profundo lecho
+del Pedregoso, protegido por los ahuehuetes y los álamos, se alzaba
+espesa y se desvanecía vagarosa blanquecina nube que velaba las
+arboledas.
+
+¡Qué largo me parecía el camino! ¡Con qué ansia me aguardarían mis tías!
+¡Qué anhelo el mío por llegar a la ciudad! La campana de la aldea sonaba
+festiva, y el viento matinal, fresco e impetuoso, traía hasta allí las
+mil voces de los templos villaverdinos; música incomparable que repetida
+por los ecos parecía el canto de los valles y de los bosques. A poco
+descubrí el caserio, las torres y las cúpulas en cuyos azulejos
+centelleaba el sol.
+
+Media hora después estaba yo al lado de mis tías.
+
+--¡Muchacho!--exclamó tía Pepilla.--Entra, entra para que te vea tu
+madrina.... La pobrecilla ha estado muy mala; buen susto nos dió....
+Por eso no te hemos escrito. ¿Quién lo había de hacer? Si Angelina
+estuviera aquí....
+
+Entré en el cuarto de la enferma. La pobre anciana estaba en un sillón,
+muy abatida y trémula. Se animó al verme, y cuando me acerqué para
+abrazarla me miró tristemente, y con voz muy débil, tan débil que apenas
+la oímos, me dijo:
+
+--Al fin viniste.... ¡Gracias a Dios! Temí que no volvieras a verme....
+Pero ¡ya pasó... ya pasó! ¡Ya estoy bien, muy bien! ¿Estás contento? ¿Te
+gusta la hacienda?
+
+Me apresuré a contestarle que el señor Fernández me trataba muy bien;
+que toda la familia me distinguía con su afecto; que el trabajo era
+ligero y agradable, y que tenía yo un sueldo muy bueno, como nunca pensé
+alcanzarle, como jamás le soñé.
+
+--¡Así lo esperaba yo! ¡Me alegro, hijito, me alegro mucho! ¡Si tú vieras
+cuánta pena me causaba ver que en la casa de Castro Pérez ganabas poco y
+trabajabas mucho!... ¡Vaya! A desayunarte, hijo mío.... Y después
+quítate ese traje de ranchero.... ¡No me gusta! ¡No quiero verte así!
+Ponte otro vestido, y vete a pasear.... ¿Cuándo te vas, esta tarde o
+mañana?
+
+--Mañana tempranito....
+
+Tía Pepilla me esperaba en el comedor, en el pobre comedor donde señora
+Juana iba y venía muy deseosa de atenderme y obsequiarme.
+
+Mientras yo me desayunaba alegremente y con buen apetito, tía Pepilla
+conversaba.
+
+--Tengo una carta para tí, una carta de Angelina. Ayer la trajeron;
+hasta ayer vino el mozo.... Ahora te la daré....
+
+--Venga esa carta, tía; venga esa carta....
+
+--¡Impaciente! Come y calla. Para todo hay tiempo.... Y dime: ¿qué tal
+es la señorita Gabriela?
+
+--¡Lindísima!
+
+--¡No tanto, hijo, no tanto! No es fea... ya me lo sé. Pero, ¿es buena,
+es simpática? ¿No es orgullosa ni altiva? Vamos: dime, dime....
+
+--¡Antes la carta, tía; antes la carta de Linilla!
+
+--¡Paciencia, niño, paciencia! ¿Qué fugas son esas? Cualquiera
+diría....
+
+--¿Qué diría?
+
+--¡Nada!...
+
+La anciana sonrió dulcemente, y salió del comedor. A poco apareció en la
+puerta, mostrándome la carta deseada.
+
+--¿Qué me das por esto?
+
+--Un abrazo.
+
+--¡Es poco!
+
+--Un beso.
+
+--Es poco.
+
+--Pues entonces, ¿qué quiere usted?
+
+--¡Tu cariño! ¡Tu cariño, muchacho, que con eso me basta!
+
+La señora llegó hasta mí, me abrazó, me acarició dulcemente, y puso
+delante de mí la carta de Linilla, diciéndome:
+
+--¡Ay, Rorró! Anoche soñé una cosa....
+
+--¿Qué?
+
+--La diré.... No; ¡mejor es callar!
+
+--Hable usted, tía.
+
+--Soñé que te habías enamorado de.... Gabriela.
+
+--¿De Gabriela?
+
+--¡Si, de esa señorita que es tan buena, tan amable, tan elegante, tan
+inteligente, tan linda, y... tan rica!
+
+--No, tía. Mi corazón tiene dueño.
+
+--¿Y quién es?
+
+--Ese es mi secreto.
+
+--¿Secreto?
+
+--Secreto.
+
+--Mira, Rorró; a mí no me engañas....
+
+--¡Ah!
+
+--¡Mira, lee tu carta... y déjame en paz!
+
+En mi cuarto, a solas, leí la carta de Lanilla.
+
+ «Rodolfo mío:
+
+«En vano habrás esperado mi contestación, y ya me imagino tu impaciencia
+al no recibir noticias mías. Papá ha estado enfermo. Cosa de nada, es
+cierto, pero nos tuvo muy inquietas, y de más a más el mozo no ha ido a
+Villaverde. Fué a Pluviosilla a traer muchas cosas para la Semana
+Santa: cera, ornamentos, y una urna lindísima que será estrenada el
+jueves. Vamos a tener unos días de mucho trabajo. Figúrate que aquí no
+se cuenta con nadie para eso de arreglar el altar, y yo tengo que
+hacerlo todo. He preparado cosas muy bonitas: cortinas, ramilletes,
+moños, y otras mil chucherías, todo nuevo. Papá está contentísimo, y
+cuando descansa del confesionario viene a divertirse y a ver cómo
+trabajo. Ahora no es tiempo de pensar en el novio, señor mió; es mucho
+lo que falta por hacer, y todo tiene que salir de mis manos. Al fin del
+día estoy muy cansada; pero yo no te olvido y a todas horas pienso en
+tí, y además te dedico un rato todas las noches, y a esa hora no hago
+más que recordarte y ver tu retrato. Son las once de la noche, estoy
+solita en mi pieza, y con lápiz, porque olvidé traer el tintero y la
+pluma, te escribo estas lineas, muy de prisa, tan de prisa que no sé
+cuántos disparates estoy poniendo.
+
+«Me alegro que pienses de otro modo. ¿Qué es eso de creer que la vida es
+mala? No, señor mío; ni yo que he sido tan desgraciada tengo esas ideas.
+El otro día leí en un periódico un artículo muy largo en que trataban,
+de unos filósofos que tienen ideas parecidas a las tuyas. Allí hablan de
+un alemán, cuyo nombre no recuerdo porque es muy largo y muy revesado,
+del cual dicen que tiene ideas así como las tuyas. Y yo me dije: ¡vaya!
+sin duda que Rorró ha leído los libros de ese señor, y en ellos aprendió
+esas tristezas con las cuales me apena y me congoja. Pregunté a papá si
+esas obras están prohibidas, y me dijo que sí. De manera que, ya lo
+sabes, si las tienes, quémalas; si las has leído, no vuelvas a leerlas.
+¿No es cierto que así lo harás? Sí, porque me quieres mucho.
+
+«Cuando recibas esta carta ya estarás en Santa Clara. Cuidado te
+enamores de Gabrielita. Es muy hermosa, y muy simpática, y muy
+inteligente, y muy buena, y además rica; pero no te querrá tanto como
+yo.
+
+«Después que leia la carta en que me decías que ibas a colocarte en la
+hacienda del señor Fernández me puse muy triste. ¿Por qué? ¡Dios lo
+sabe! Como eso es bueno para tí debía yo ponerme alegre, muy alegre,
+pues con ese destino ya no tendrás dificultades y tu vida será más
+tranquila; pero voy a confesarte una cosa, aunque te rías de mí. Me
+desagradó la noticia; sentí que el corazón se me oprimía y que los ojos
+se me llenaban de lágrimas. Ya sé la que vas a decir, ya lo sé. Dirás
+que estoy celosa.... ¿Celosa? No sé lo que son celos. Acaso esto que
+siento al pensar que vives cerca de esa señorita tan hermosa y tan
+elegante; acaso serán celos estos temores que me asaltan cuando recuerdo
+que hace tiempo que Gabriela me preguntó por tí, con mucho interés, con
+«demasiado interés». Comprendo que en ella encontrarás muchas cosas que
+yo no tengo; Gabriela es una señorita más digna que yo de ser amada, sí,
+más digna que yo. No me da pena confesarlo; y óyelo bien, mira que te lo
+digo sinceramente, como lo siento, como si mi madre me oyera: si te
+enamoras de Gabriela; si en el amor de esa niña esta cifrada tu
+felicidad; si ella es para tí dicha y ventura, no vaciles, olvídame,
+olvida a la pobre Linilla, y ¡se feliz! Ya te lo dije, te lo he dicho
+muchas veces, todo el anhelo de mi corazón es verte dichoso. Porque lo
+seas lo sacrificaré todo, me arrancaré del alma tu cariño y procuraré
+olvidarte. Acuérdate de lo que dice tu tía Carmen: que para tí, «sólo
+Gabriela». El corazón me dice que nuestros amores no serán dichosos....
+¿Sabes por qué? Porque nací condenada a padecer, y no me conformo con el
+cariño de mi papá, que es lo único en que debo fiar. Una cosa voy a
+pedirte: que el día que ya no me quieras me hables francamente, y me
+digas la verdad, ¡toda la verdad! Tú dirás que estos temores míos son
+infundados, que son locuras mías.... ¡Dí lo que quieras! Yo cumplo con
+no ocultarte nada, nada de cuanto pienso y siento. Ya sabes que no tengo
+secretos para ti, y que cuanto se me ocurre te lo digo, aunque sea en
+contra mía.
+
+«Quería decirte una cosa, pero reflexiono y pienso que sería inoportuno
+hablar de ella. Sin embargo, voy a confesarte mi deseo de no ocultar a
+papá nuestros amores. Me parece cruel, inhumano, que los ignore. No debí
+corresponder a tu cariño sin que papá tuviera noticia de que te amo y me
+amas. Hice mal, muy mal, así lo comprendo, y acaso esta pena que oprime
+mi corazón es un castigo para mí. ¡Celos! dirás tú. Lo que tú quieras;
+yo sé que me duele el alma; que no ceso de llorar, y que tengo que
+ocultar mis lágrimas. No tengo a quien contar lo que me pasa, y acaso el
+pobre anciano podría consolarme y aliviar mi pena. Si papá supiera
+nuestro amor con él hablaría yo de tí, de mis temores, de mis
+presentimientos, de que sólo pienso en tu felicidad, aunque sea a costa
+de mi dicha. Pero no le diré nada, no, jamás; se apenaría el santo
+viejecito, y no quiero contristar ese noble y apasionado corazón,
+corazón de niño, corazón de mujer que fácilmente se lastima. Aunque tú
+me digas que sí, que le diga todo, no lo haré.
+
+«Pero, ¿verdad, Rodolfo mío, que me amas, que me adoras, que sólo vives
+para mí? ¿No es cierto que me apeno sin motivo y que no tengo razón para
+estar celosa? Y aun cuando tú quieras a Gabriela o a cualquiera otra,
+¡qué me importa! ¡Te amo, y con eso me basta! No soy egoísta; no te
+quiero porque tú me quieras, te amo, y en amarte cifro toda mi dicha.
+¿Me amas? ¡Feliz de mi! ¿No me amas? ¿Y qué? ¡Me basta con amarte!
+
+ Linilla».
+
+
+
+
+LIII
+
+
+Esta carta me causó profunda pena. Linilla padecía y lloraba, temerosa
+de que Gabriela le robara mi corazón.... Obscura nube veló de pronto el
+cielo de mi dicha, y temblé al considerar que me aguardaban nuevas
+amarguras. Pero, a decir lo cierto, no me causaron extrañeza ni las
+palabras de Angelina, ni el tono de su carta.
+
+Desde los primeros días, cuando mi cariño era todavía un misterio para
+la doncella, pude observar mil veces que nunca le fueron gratos los
+elogios de mi tía para la gallarda señorita. Y no porque la envidia o el
+orgullo fuesen causa de ello, que tales pasiones no tenían morada en
+aquel corazón generoso y sencillo, sino porque debido a las torpes
+murmuraciones villaverdinas o a presentimientos y recelos, muy
+naturales en una niña que ama y cree que es amada, la pobre Linilla
+temió, aun antes de corresponder a mi amor, que yo me prendara de
+Gabriela, cuya belleza y elegancia, no podían ser vistas sin interés por
+ningún mozo de mi edad. ¡Pobre niña infortunada! El dolor y la desgracia
+la habían hecho temerosa. Muchas veces me dijo: «Rodolfo: nuestros
+amores no serán dichosos. Nací condenada al infortunio; nací condenada a
+padecer, y cuanto es para mí felicidad y ventura perece y se malogra....
+¿Me amas? Sí; pues dejarás de amarme. ¿Te amo? Pues, óyelo bien: este
+amor que es en mi como la aurora de hermoso día; este amor en el cual he
+cifrado todas mis ilusiones y todas mis esperanzas, no será coronado por
+la dicha...»
+
+Y la pobre niña no podía ocultar sus recelos, y me los confiaba
+sencillamente, como deseosa de conseguir, por este medio, la perennidad
+de un afecto que le parecía vano y fugitivo. Después se arrepentía de
+haber dudado de mi constancia, y llorando me pedía que la perdonara. Mas
+a poco, cuando calmada por mis palabras y mis promesas sonreía dichosa,
+y en su pálido rostro irradiaba la alegría, tornaba a sus
+presentimientos: «No me engaño, no quiero engañarme.... Me da pena
+decírtelo, pero ya sabes que nada te oculto, que no quiero ocultarte
+nada. Vives engañado; dices que me amas, y no mientes, no, porque eres
+incapaz de mentir.... Dices que me amas, y, ciertamente, tu corazón es
+mío, y a toda hora piensas en mí. Pero no es Linilla, la pobre Linilla,
+la huérfana recogida en un mesón por un sacerdote caritativo, la niña
+infeliz fruto de amores que el cielo no bendijo, la que será tu esposa.
+Te conozco, Rorró. Eres ambicioso; deseas una mujer brillante que a
+todos cautive con su belleza, que deslumbre en los salones.... Sueñas
+¡al fin poeta! con dichas que yo no puedo darte.... ¿Me amas? ¡Ya me
+olvidarás!»
+
+Linilla se engañaba. La amaba yo con toda mi alma, y bien sabe Dios que
+mi corazón era todo suyo; que nunca mis ojos se fueron en pos de otra
+mujer, y que era yo celoso, en bien de mi amada, hasta, de la menor
+palabra que pudiera salir de mis labios con olvido de Angelina, y fuera
+para ella como una infidelidad mía. Lo que nunca quiso hacer, y de ello
+me acuso sinceramente, fué borrar de mi memoria el recuerdo de Matilde,
+la dulce niña de mi primer amor.
+
+Pero ¡ah! yo aliviaría las penas de mi amada, desvanecería sus
+tristezas, le escribiría larguísima carta, y pronto estos, temores
+quedarían disipados.
+
+Me vestí de prisa y me lancé a la calle.
+
+El domingo es alegre en Villaverde; muy alegre si se le compara con los
+demás días en que las calles y plazas están casi desiertas. La población
+rural viene a la ciudad con motivo del tianguis, y los villaverdinos
+salen de sus casillas para ir a misa y al mercado. Las tiendas están
+abiertas hasta las tres de la tarde, y los rancheros, muy vestidos de
+limpio, luciendo la camisa planchada y azulosa, suben y bajan por las
+calles, llenan templos y tiendas, y a eso de las tres se vuelven a sus
+campos y a sus aldeas.
+
+La misa de doce es la más concurrida; a ella van, las muchachas en
+privanza, muy emperejiladas y lindas, y en el atrio de la Parroquia,
+bajo los fresnos y los ahuehuetes, se reune la flor y nata de la
+pollería villaverdina.
+
+Visité a don Román, el cual se mostró muy afable y cariñoso con su
+discípulo. Estuve en la casa de Sarmiento; pero no tuve la fortuna de
+verle, como yo deseaba, para darle las gracias por sus eficaces
+recomendaciones. Le dejé una carta del señor Fernández, en la cual le
+consultaba no sé qué acerca de las enfermedades de Pepillo, y me fuí en
+busca de Andrés hacia su tenducho de «La Legalidad». El pobre viejo se
+olvidó de sus marchantes, saltó por encima del mostrador, y corrió hacia
+mi, abriendo los brazos. Charló conmigo unos cuantos minutos, y luego me
+dijo, poniendo su mano en mi cabeza:
+
+--Ya ves, tengo muchos marchantes... y ya lo sabes: el que tenga tienda
+que la atienda.... Allá te veré.... Esta noche iré a cenar contigo. Vete
+a pasear... diviértete, que bastante habrás trabajado desde que te
+fuiste....
+
+Al pasar frente a la botica de Meconio oí que me llamaban. Allí estaban
+los pedagogos y Ricardo Tejeda. Me fué entrar. Todos se adelantaron a
+saludarme, menos mi amigo, el cual fingió que estaba muy engolfado en la
+lectura de «El Montañés». Mancebos y maestros de escuela me veían, de
+pies a cabeza, se miraban unos a otros, y sonrían maliciosamente. No
+dejaron de dirigirme algunas bromas.
+
+--Ya es usted charro...--me decía uno de los mancebos.--Todo Villaverde
+sabe que hace quince días vieron salir, camino de Santa Clara, al
+ex-covachuelista de Castro Pérez, jinete en un corcel brioso, hecho un
+caballero andante. ¡Vaya! Dejó la pluma por la reata....
+
+Venegas y Ocaña coreaban con ruidosas carcajadas las bromas del imberbe
+galeno, y Ricardo seguía abismado en la lectura. Después me hablaron de
+Gabriela.
+
+--Chico:--repetían--¡lograste lo que deseabas! Estás en la arena y junto
+al rio.... ¡Buen partido! Te cayó el premio... te casarás.... ¿Cuándo
+es la boda? ¿Cuándo nos das el gran día?
+
+Me indignaban aquellas burlas; pero rechazarlas enérgicamente habría
+sido una tontería. Hice risa de mi cólera; me burlé de mí, repitiendo
+los dichos del boticario, y así logré que se calmara la tempestad. Luego
+se habló de una compañía dramática, recién llegada, y que esa noche
+daría su primera función en el Teatro Pancracio de la Vega.
+
+--¿Irás?...--me decían.--¡Buena compañía! Esta noche nos darán «Fe,
+Esperanza, y Caridad». No queda una butaca; los palcos estarán llenos, y
+la temporada será magnífica.
+
+En aquellos momentos pasaron frente a nosotros las señoritas Castro
+Pérez. Entonces empezó la murmuración y el hacer trizas a las pobres
+muchachas. Ricardo dejó el periódico y salió a la puerta para ver a las
+señoritas. Las chicas se detuvieron un instante, saludaron, y la rubia
+exclamó, dirigiéndose a mí:
+
+--¡Rodolfo! (con permiso de los señores).... Acompáñenos hasta la
+iglesia.... Tenemos que hablar con usted.
+
+Me despedí del grupo, y acudí al llamado de la señorita. A la sazón
+salía Ricardo; vióle Teresa, y la pobre niña se encendió como una
+amapola, bajó los ojos, y se adelantó. Cuando yo le tendí la mano estaba
+trémula y sofocada por la exitación. Mi «amigo» la miraba desdeñoso y
+altivo.
+
+No bien nos alejamos de la botica, se soltó Luisa:
+
+--¡Conque se casa usted! Ya lo sabemos todo.... ¡Buena suerte, y
+gracias por el favor!... Tere está, muy agradecida.... ¿Vió usted a
+Ricardo? ¡Está que rabia! ¡El que se creía tan afortunado! Estaba seguro
+de que le correspondería Gabriela.... ¡Buen chasco se ha llevado! ¡Muy
+merecido!...
+
+--Pero, señoritas....
+
+--¡Sí, sí, no lo niegue usted! Ya todos saben que la familia le distingue
+a usted mucho; que usted y Gabriela están a partir un piñón; que el
+negocio está, arreglado, y que tendremos boda. Será muy lujosa. Gabriela
+y usted echarán el resto....
+
+--¡Por Dios!--interrumpió la hermana.
+
+Protesté contra la murmuración villaverdina de la cual era yo víctima
+hacía tantos días; declaré que me indignaba oír tantas mentiras como
+repetían las gentes, y supliqué a las niñas que no dieran oídos a tales
+dichos.
+
+--Pues usted lo negará... pero es cierto que Gabriela y usted están
+arreglados. ¡Todo se sabe!... Para que vea usted que nada ignoramos, le
+diremos lo que aquí se cuenta. ¿No es cierto que esa niña y usted se
+pasean en el jardín, solos, solitos?...
+
+--Sí, es verdad... ¿y qué?
+
+--¿Y qué? ¡Pues qué quiere decir cristiano!
+
+--Cierto que todas las tardes paseamos en el jardín; pero no solos, como
+usted dice, Luisa. Don Carlos y doña Gabriela van detrás de nosotros, y
+Pepillo nos hace compañía....--Sí, Pepillo; como quien dice: el «bufón
+del Rey...» ¿Sabe usted cómo le llama éste a Pepillo, a su cuñadito de
+usted?....
+
+--No.
+
+--¡Rigoleto!
+
+Las chicas se echaron a reír.
+
+Estábamos en el atrio de la Parroquia. Allí, a la sombra de los
+ahuehuetes, charlaban y reían cinco o seis lechuguinos. Entre ellos
+estaba el joven cuyo destino fuí a ocupar. Oí mi nombre y el de
+Gabriela, y una voz que decía:
+
+--¿Se casarán?
+
+--¡Es cosa arreglada!--exclamó alguno.... Parece que.... Y no escuché
+más. Hablaron tan quedo que no percibí lo que decían. ¡Alguna infamia!
+
+
+Las señoritas Castro Pérez entraron en el templo. Yo las seguí
+maquinalmente....
+
+«Parece que...» Estas palabras resonaban en mis oídos como los rumores
+de lejana tempestad.
+
+¡Bien sabía yo hasta dónde era capaz de llegar la murmuración
+villaverdina!
+
+
+
+
+LIV
+
+
+¡Lejos de esta gente!--me dije esa mañana al salir de la misa de doce, y
+me fui a mi casa, a mi pobre casita, resuelto a no tratar más ni con los
+tertulios de la botica ni con las señoritas Castro Pérez, y decidido a
+no venir a Villaverde sino de tiempo en tiempo.
+
+Después de la comida me puse a escribir. La idea de que Linilla padecía
+y lloraba por causa mía me tuvo inquieto toda la tarde. Cuando cerré mi
+carta, estaba yo tranquilo. En ella le hablé francamente:
+
+«¿A qué pensar en eso, Linilla mía? ¡Te amo, te adoro! ¿Qué motivos
+tienes para dudar de mi fidelidad? Me ofendes cuando dices que tarde o
+temprano he de olvidarte. Angelina: eres cruel conmigo, y no temes
+lastimar mi corazón. ¿No dices que me amas? Pues entonces, ¿por qué
+dudas así de mi cariño? Más de una vez he oído de tu boca que soy
+ambicioso, que sueño con opulencias y lujos. No comprendes que con esas
+palabras me desgarras el corazón. Dime, con toda sinceridad: ¿crees que
+sería yo capaz de buscar fortuna y riquezas por ese camino? No ambiciono
+grandezas; con poco me conformo; poco necesito para ser feliz. Una
+posición modesta, modestísima, rayana en la pobreza, es cuanto deseo
+para que mis pobres tías pasen tranquilas los últimos años de su vida, y
+¡nada más! Nada me seduce en el mundo como no seas tú, tú, Linilla, alma
+de mi alma, en quien cifro ilusiones y esperanzas, en quien he puesto
+todo mi cariño.
+
+«Mientras yo sueño a todas horas contigo, mientras vivo pensando en tí,
+tú te complaces en dudar de mis palabras, y temes que, prendado de
+Gabriela y empujado por una ambición vulgar, desdeñe tu amor olvide que
+me amas y que vives para mí, y corra en busca de un enlace que me
+proporcione bienestar y riquezas.... ¿No piensas que me calumnias, que
+calumnias a tu Rodolfo? Huérfano, desgraciado, pobre, el mundo era para
+mí un valle de dolores; quise cerrar mi corazón a todo afecto, no amar
+ni ser amado, cuando te conocí y te amé. Te hablé noble y
+desinteresadamente. ¿Qué interés podía guiarme? Te amé y te di mi
+corazón; me amaste, y al oír de tus labios que me amabas se disiparon
+las tinieblas de mi vida; se iluminó mi alma con los esplendores de la
+tuya, y anhelé ser bueno porque tú eras buena; quiso tener resignación
+como tú, y la tuve; y el que poco antes deseaba morir, amó la vida, y
+soñó con dichas y felicidades, no esas que tú supones, sino otras
+verdaderas, humildes... un hogar modesto y tranquilo, ni envidiado ni
+envidioso, del cual tú fueras alegría. Tú amas como yo a las buenas
+ancianas que ampararon mi orfandad, ellas te aman también.... ¡Qué
+dichosos seremos!
+
+«A veces, por la noche, cuando todos duermen, me paso las horas en el
+balcón, pensando en mi Linilla. Tengo delante el «real» solitario, la
+llanura desierta y silenciosa, en el fondo de la cual corre el Pedregoso
+adormecido y manso bajo las arboledas.... Me abismo en la contemplación
+del paisaje; te nombro, y mi alma corre hacia las montañas esas que me
+separan de tí, y escala las cimas, y vuela con las nubes, y va a velar
+tu sueño. Y me imagino que eres mi esposa; que vivimos tranquilos y
+felices al lado de mis tías, en una casita muy linda y muy alegre,
+embellecida por tí, llena de flores y cantos de pájaros. Sueño que mi
+casa, hoy tan triste, está de fiesta; que tu papá ha venido a pasar con
+nosotros algunos días; que celebramos su cumpleaños y que todos reímos
+venturosos y satisfechos. Tía Carmen, sentada en su sillón y muy
+aliviada de sus males, nos contempla y sonríe; tía Pepilla parece una
+abuela bondadosa y tierna; tu papá charla y se goza en nuestra dicha, y
+mientras tú y yo estamos en el comedor y preparamos una sorpresa al
+santo sacerdote, poniendo entre los pliegues de su servilleta los
+retratos de la gente menuda, allá, en el fondo del jardín... dos
+chiquitines inteligentes y guapos, muy vestidos de gala,--una niña que
+se parece a tí, y un rapazuelo que se parece a mí--corren en pos de un
+aro tintinante.
+
+«¡Ya lo ves, Linilla! ¡Y así dudas de mi cariño!... Dime: ¿haces bien en
+eso? ¿Verdad que no? Mira: la señorita Gabriela vale mucho, es muy
+buena, y a cada rato me habla de tí, y se queja de que tú no la
+quieras.... Estás celosa, sí, celosa, mal que te pese, y no hay motivo
+para ello. Por el contrario, debe ser objeto de tu cariño. Esta familia
+me trata muy bien. Ya te he dicho que me distinguen como no lo merezco.
+
+«Vamos, Linilla: ¿quieres que deje yo esta casa, que pierda yo esta
+colocación tan codiciada en Villaverde, y que vuelva yo a ser amanuense
+de Castro Pérez? Tal vez ni eso pudiera yo conseguir. ¿Quieres que me
+vaya a la tienda de Andrés a vender cominos y pimienta? Responde. Te
+conozco, y creo que sólo así estarás tranquila.... Desde luego me iría
+yo de Santa Clara; así quedarías contenta; pero pienso que no debo
+privar a mis pobres tías del bienestar que ahora les proporciono. El
+señor Fernández me quiere mucho, y muchas veces me ha dicho que él me
+pondrá en buenas condiciones para que pueda yo vivir tranquilo, sin
+depender de nadie. Es hombre que cumple lo que promete. Y entonces,
+Linilla: ¿qué más podremos desear?
+
+«¿Dices que no le dirás a tu papá que te amo y que me amas? Haz lo que
+te plazca. El deber y el amor filial aconsejan que no le ocultes nada;
+pero, a decir la verdad, como no tengo asegurado el porvenir, me parece
+inoportuno que le hables de eso. Sin embargo, repito, haz lo que te
+parezca mejor.
+
+«Acaso lleguen a tus oídos ciertas murmuraciones de las gentes de
+Villaverde. Dicen que soy novio de Gabriela. Ya me imagino quién inventó
+eso. Las Castro Pérez que odian a la señorita Fernández, o Ricardo
+Tejeda que ha estado muy enamorado de la niña. Hoy me le hallé en la
+botica, y no me habló, ni siquiera se dignó saludarme. Ellos lo
+inventaron y todos lo darán por cierto, y lo creerán, y dirán, como yo
+lo he oído de labios de las Castro Pérez, que la cosa es hecha, y que
+nos casaremos Gabriela y yo dentro de pocos meses. Espero, Linilla mía,
+que no darás oído a las murmuraciones villaverdinas. Te confieso que
+tales embustes me tienen apenado. ¡Qué dirá el señor Fernández si llega
+a saberlos! Es persona de buen juicio y de mucha experiencia, pero se
+trata de su hija, y no le será grato saber que Gabriela y yo somos a
+estas fechas sabrosísimo plato para los villaverdinos maldicientes.
+Pensará que yo he dado motivo para esas conversaciones».
+
+Andrés vino a cenar conmigo. Don Román pasó con nosotros la velada, y al
+siguiente día, muy de mañana, salí camino de la hacienda.
+
+
+
+
+LV
+
+
+Gracias a las advertencias de Gabriela que me pusieron en guardia contra
+los caprichos del niño, Pepillo fué siempre dócil y cariñoso conmigo.
+Todas las mañanas iba al escritorio, me pedía lápiz y papel, y se pasaba
+las horas pintando monos y casitas. Tenía el corcovadito ciertas
+aptitudes para el dibujo, cierto espíritu observador, y en dos por tres,
+de un rasgo, con dos o tres líneas trazaba la silueta de un buey o de
+una vaca, sus animales predilectos, predilectos porque les tenía miedo.
+No así con otros; había declarado la guerra a las palomas y a las
+gallinas, se entretenía en atormentar los insectos que caían en sus
+manos, y de ellas no escapaban con vida ni mayales ni mariposas. El
+gato, un gato regalón, muy querido de todos en la casa, huía del niño
+como del agua fría. Sólo Leal, el terranova pacífico y bonachón, el
+favorito de don Carlos, le sufría paciente y resignado. El corcovadito
+le maltrataba de diario, aguzaba el ingenio para atormentarle, y todos
+los días inventaba nuevas diabluras contra el pobre animal que, cansado
+de las fechorías del muchacho, escapaba, gruñendo, para volver a poco,
+cariñoso y sumiso, a lamerle las manos. Así quería Pepillo que fuesen
+con él las personas y criados que le trataban y servían; así quería que
+fuese Gabriela, la cual no cesaba de corregir en el niño cuanto en él
+observaba contrario a una buena educación. Pero el pobre niño no sufría
+las reprensiones de su hermana, se revelaba contra ella y la colmaba de
+insultos. La joven apelaba a sus padres pero éstos rara vez la
+escuchaban.
+
+--¡Cosas tuyas, Gabriela!--exclamaba la señora.--¡Nada le toleras a
+Pepillo! Niña: piensa que el pobrecillo está enfermo.... Recuerda que es
+muy desgraciado....
+
+El jorobadito y yo hicimos buenas migas; yo compadecía su miseria, y él
+me respetaba y me quería. A fuerza de paciencia y de dulzura conseguí
+que fuese amable con su hermana, y aunque de tiempo en tiempo renovaba
+su odiosidad, en algo mejoré las atroces tendencias del niño. Mucho me
+agradeció la señorita mi empeño en dulcificar el carácter de su
+hermanito, y esta gratitud hizo que cada día fuese Gabriela más y más
+obsequiosa con su amigo. Me hizo una confidencia; me refirió que había
+estado enamorada de un joven muy rico y apuesto, mas, por desgracia,
+dado al juego y a los vicios. «¡Le quise mucho!--me decía
+entristecida,--pero fué preciso olvidarle.... ¿Olvidarle? No, no le
+olvido aún. Fué preciso poner término a esos amores que no eran del
+agrado de mi papá; pero le confieso a usted, Rodolfo, que le quise
+mucho, ¡mucho!... Se parece usted mucho a él. Cualquiera que los viese
+juntos diría que son hermanos. Una vez, acaso no lo recuerde usted,
+estaba yo tocando, pasó usted y se detuvo en la ventana. Yo no pude
+contenerme y corrí a la reja.... Usted siguió su camino.. Desde ese día
+me simpatizó usted. Pregunté: ¿quién es ese joven? Y Angelina me dijo:
+se llama Rodolfo.... ¿Si supiera usted lo que pensé? ¿Sabe usted qué? ¿A
+que no adivina? Que Linilla estaba enamorada...¡Bonita
+pareja!--pensé.--Ahora, estoy segura de que usted también está
+enamorado. Cuando hablamos de Angelina no puede usted dominar su
+emoción. ¡Sean ustedes felices! Yo... ¡no volveré a querer a nadie!...»
+
+La, hermosa señorita bajó los ojos y suspiró tristemente. No supe qué
+decir y me quedé contemplándola. Después de un rato de silencio, durante
+el cual me sentí dominado por la soberana belleza de la joven, murmuré:
+
+--Gabriela.... Usted merece ser dichosa. ¿Llora usted muerta la más
+dulce ilusión? Ya renacerán en esa pobre alma dolorida las flores de la
+esperanza. Amará usted... ¡y será feliz!
+
+Levantó Gabriela su gallarda cabeza, y fijó en mí sus ojos. Me
+estremecí. Una imagen que no se aparta de mi memoria surgió de pronto
+ante mis ojos.... Así, así me miró muchas veces la hermosa niña rubia,
+objeto de mi primer amor....
+
+Dejó Gabriela el libro que tenía en las manos, y se dirigió lentamente
+hacia un extremo de la sala, abrió el piano, y me llamó, diciendo:
+
+--¿Ha oído usted esta sonata?
+
+Y no hablamos más aquella noche. Al acabar la pieza llegó don Carlos:
+
+--Vamos, amiguito: un partido de ajedrez....
+
+Desde ese día me persiguió a todas horas el recuerdo de Gabriela; me
+pasaba yo el día pensando en ella, y las horas eran instantes cuando
+estaba yo a su lado. Entonces sí que solía yo olvidarme de Angelina.
+¿Amor? ¿Amistad? ¿Amor, si, amor?... ¿No ha dicho Byron que la amistad es
+el amor sin alas?»
+
+Puse gran empeño en saber lo que pasaba en mi corazón. ¿Qué sentimiento
+era aquél que no me apartaba de Angelina, y que, sin embargo, me
+arrastraba hacia Gabriela? Me acusaba yo de infidelidad para con
+Linilla; repasaba mis actos uno por uno, y aunque me hallaba yo
+inocente, me condenaba yo con la severidad del juez más recto, y me
+proponía alejarme de Gabriela. ¡En vano! No se me pasaba un instante sin
+pensar en ella. Era para mí luz, alegría, juvenil regocijo, primera
+aspiración de amor; ilusión de niño que yo creía perdida para siempre y
+que de pronto aparecía delante de mí, esperanza malograda que ébria de
+vida sacudía sus alas de mariposa en el fondo de mi corazón, reanimada
+por la luz de los ojos azules de la niña.
+
+Y, preciso es decirlo, aunque nadie lo crea, aunque estas páginas hagan
+sonreír a los lectores: no estaba yo enamorado de Gabriela, no; mi
+corazón era de Linilla, de la huérfana tierna y cariñosa, que allá, en
+un rincón de la Sierra, vivía pensando en mí.... No sabia yo qué fuerza
+misteriosa me arrastraba hacía Gabriela. ¿Su belleza, su elegancia, su
+discreción, el fraternal afecto con que me distinguía? Acaso todo esto,
+y algo más, de lo cual no me daba yo cuenta, y que era poderoso,
+irresistible; secreto impulso contra el cual no podía yo luchar. ¡Y qué
+noches de insomnio! ¡Y qué días tan penosos! A las veces me reía de mí;
+sí, reía de mi locura, y maldecía yo de aquella pasión que poco a poco
+me iba subyugando, que me tenía intranquilo, y que ante mi propia
+conciencia me hacía parecer despreciable y desleal. ¡Cuánta razón tenía
+Linilla para dudar de mí!
+
+Procuré dominarme, me decidí, aun a trueque de que Gabriela me creyera
+descortés, a huir de ella, y me mostré durante varios días desabrido y
+huraño. Me pasaba yo en el escritorio las horas de descanso, fingiendo
+ocupaciones extraordinarias, o me iba yo, como escapado, a vagar por la
+llanura o a tenderme en la hierba, bajo los árboles del río. Varias
+veces me llamó la señorita para enseñarme sus dibujos, y una linda
+acuarela, pintada en obsequio mío: un ramo de violetas puesto en una
+copa de cristal, y tardé en acudir a su llamado. Por la noche, a la hora
+en que nos reuníamos en la sala, permanecía yo lejos de Gabriela,
+hojeando los periódicos; hasta que al fin, comprendiendo ella que algo
+grave me tenía pensativo y cabizbajo, me dijo cariñosamente, como una
+hermana que trata de consolar al pequeñuelo preferido.
+
+--Vamos, Rodolfo... ¿qué tiene usted? ¿Enojos de Linilla?
+
+
+
+
+LVI
+
+
+A fin de semana recibí una carta de tía Pepa. En ella me decía que la
+enferma había sufrido un ataque horrible; que el doctor se mostraba muy
+alarmado e inquieto, y que la cosa iba mal, muy mal.
+
+«Yo quiero que estés aquí, en caso de una desgracia, para que me
+acompañes y me ayudes. Juana hace cuanto puede. La pobre ya no sirve
+para cuidar a un enfermo, y la criada no tiene modo. ¡Qué falta me hace
+Angelina! Si estuviera aquí no seria tan grande mi inquietud. No por eso
+vengas; Sarmiento dice que vamos bien, que el peligro pasó ya, y que,
+Dios mediante, no hay que temer una desgracia, por ahora. Pero yo veo
+las cosas de otra manera: Carmen no puede durar mucho; eso no es vivir,
+y de día en día la veo más débil y caída. Antes comía muy bien, pero
+ahora me cuesta mucho trabajo conseguir que tome alguna cosa; un triunfo
+cuesta el que acepte las medicinas. Considérame: estoy muy acongojada,
+apenas duermo, y vivo en constante zozobra. Don Román vino a verme, y
+vino también tu amigo don Quintín. Es un joven muy bueno. Me preguntó si
+en algo podía serme útil y si necesitaba yo alguna cosa. Le dije que no,
+y le di las gracias.
+
+«También vinieron las niñas de Castro Pérez, me preguntaron por tí y me
+encargaron que te diera memorias de parte suya de su papá. No me
+simpatizan esas niñas, ya te lo he dicho. ¡Qué murmuradoras y qué
+indiscretas! ¡Tú dirás! Le preguntaron a Carmen, sin considerar el
+estado que guarda, que si era cierto que eras novio de la señorita
+Fernández y que te ibas a casar con ella. A mí me dio mucha cólera eso;
+porque comprendí que sólo por averiguar y saber la verdad habían venido.
+Se estuvieron aquí más de tres cuartos de hora, charlando como unas
+cotorras. Si vuelven, que no volverán, se quedarán en la sala, y por
+nada de esta vida las dejaré entrar en la recámara.
+
+«No te inquietes ni te aflijas; si hay algo grave te escribiré para que
+vengas. Sarmiento me ha ofrecido decirme la verdad. Ayer le escribí a
+Linilla con unos músicos que fueron a San Sebastián a tocar en los
+oficios de la Semana Santa. ¡Qué Semana Santa voy a pasar, hijito! Y yo
+que deseaba ir a todo. Va a predicar un padre nuevo. Dicen que lo hace
+muy bien. «Las siete palabras» van a estar magníficas. En la casa de
+Castro Pérez están ensayando el «Stabat Mater».
+
+«Pero a nada de eso iré yo. El pobre de Andrés viene todas las noches,
+luego que cierra su tienda, y dos veces se quedó acá para acompañarme. A
+mí me agrada eso, porque así no estoy tan sola, y si se ofrece algo hay
+quien vaya a la botica o a llamar al médico; pero temo que una noche,
+mientras él está aquí pase algo en la tienda.
+
+«Tengo la esperanza de que Angelina venga con el Padre, luego que pasen
+los días santos. ¡Dios lo haga!»
+
+No quise enseñar esta carta al señor Fernández, ni hablé de ella; pero
+Gabriela que me vió pensativo y triste inquirió la causa de mi
+abatimiento, y yo le conté todo.
+
+--¡Pues dígaselo usted a papá!
+
+Me negué a ello. No era necesario. Más tarde sería preciso ir, cuando la
+situación fuese verdaderamente grave.
+
+Así las cosas llegó el Miércoles Santo. La familia se fué a Villaverde,
+y sólo nos quedamos en la hacienda el mayordomo, yo, y Mauricio, el
+caballerango, un muchacho muy simpático y muy servicial. Iba a la ciudad
+todos los días, muy de mañana, para traerme noticias de la enferma. El
+peligro había pasado, tía Carmen mejoraba, y las cartas que recibía yo
+eran satisfactorias.
+
+Gabriela volvió el Lunes de Pascua. ¡Dichoso el momento en que la ví!
+Aquellos cinco días de ausencia fueron siglos para mí. ¡Cómo eché de
+menos a la joven! Recorría yo la casa en busca de ella; me iba yo a
+vagar por el jardín, imaginándome que allí la encontraría, y turnaba yo
+a mi cuarto desconsolado y abatido. El piano, la mesa de dibujo, los
+periódicos que Gabriela leía y las plantas que ella cultivaba me
+hablaban de la joven, y a solas, en la sala, me complacía yo en recordar
+sus palabras, cerrar los ojos para fijar en mi mente la imagen de la
+niña.
+
+Y sin embargo aseguro que mi corazón era de Angelina, porque a las
+voces, en mis ensueños, no veía yo a Gabriela, sino a Linilla; a Linilla
+que me miraba tristemente, como si fuera a decirme:
+
+¡Ingrato! ¿Por qué te olvidas de mí?
+
+Aquello era una locura, un delirio, algo como un hechizo que me dominaba
+y me poseía.
+
+Me decía yo:
+
+¿Estás enamorado de Gabriela?...
+
+Y mi corazón contestaba ¡que no, que no! Jamás me hubiera atrevido a
+murmurar en sus oídos una frase amorosa; nunca hubiera sido capaz de
+decirlo:--«¡Gabriela... vivo para usted!» No, porque amaba yo a Linilla;
+para ella soñaba yo dichas y venturas; en ella pensaba yo cuando en el
+silencio de la noche, de codos en el balcón, meditaba yo en lo porvenir.
+Y hasta me ocurría que si mis deseos se realizaban, si un día me era
+dado llevar a Linilla al pie de los altares, Gabriela y don Carlos
+apadrinarían nuestra boda.
+
+¿Ser amado de Gabriela? No lo pensaba yo, y si alguna vez llegó a
+ocurrírseme tal idea, la aparté de mi mente como un pensamiento
+criminal. Pero no se me ocultó que aquella alegría que embargaba mi
+ánimo al ver a Gabriela, al estar a su lado, al conversar con ella, en
+la mesa o en la sala, y la tristeza que se apoderaba de mi espíritu
+cuando me veía lejos de la encantadora señorita eran indicios de que en
+mi pecho se encendía irresistible amor.
+
+«No,--me dije--no, es preciso ahogar esta pasión que apenas nace y ya me
+quema. Huiré de Gabriela; seré con ella desdeñoso, indiferente, frío;
+procuraré hacerme odioso; quiero que me aborrezca.... ¡Vanos propósitos!
+¡Empeño inútil! Me refugiaba yo en el recuerdo de Angelina, como en un
+puerto salvador; me repetía una y mil veces cuanto ella me había dicho,
+sus palabras más tiernas, sus frases más doloridas, las expresiones que
+más hondamente habían penetrado en mi corazón, y cuando me creía
+victorioso y alardeaba de haber triunfado en mí mismo, la voz de
+Gabriela, el eco de su piano, el ruido de su falda, el aroma de sus
+vestidos, cualquiera cosa suya me hacía estremecer, y me sentía débil
+como un niño, impotente para resistir una mirada, la más indiferente, de
+sus ojos azules.
+
+Me resolví a confiar a Gabriela mis amores con Angelina. Así,--pensaba
+yo--me salvaré, y no podré decirle nunca que la amo. «Usted, amiga mía,
+amiga cariñosa,--le diría--usted sabrá, antes que nadie, que en la dicha
+de esa joven, que es y ha sido muy desgraciada, cifro todas mis
+ilusiones, ¡todas mis esperanzas! Estoy lejos de ella, muy lejos; hace
+mucho tiempo que no la veo, y necesito oir su nombre, ¡necesito que
+alguno sepa que la amo, que la adoro!...»
+
+Pero llegaba el momento deseado, y mis labios permanecían mudos, y el
+corazón quería salírseme del pecho.
+
+
+
+
+LVII
+
+
+De tarde en tarde, después del despacho, salíamos de paseo, a lo largo
+del río, hacia los campos de caña de azúcar, hasta las faldas de
+pintoresca y cercana colina, algunas veces a acaballo, las más a pie.
+
+Mauricio empujaba el cochecito de Pepillo, y don Carlos y doña Gabriela
+le seguían a corta distancia. La joven y yo nos deteníamos aquí y allá
+en busca de flores o de helechos.
+
+Una ocasión, viéndonos a gran distancia de los señores, nos sentamos al
+pie de un árbol, uno de los más hermosos de la ribera, cerca del cual se
+precipita el río a través de tupidos carrizales. Delante de nosotros
+teníamos hermoso panorama, dilatada dehesa, verdes gramales, risueños
+collados, arboledas seculares cubiertas por floridas enredaderas, viejos
+troncos poblados de orquídeas y de mil plantas trepadoras. A la
+izquierda lejano caserío, la fábrica, el «real», los establos, hacia los
+cuales volvía el ganado, la capilla con su torre envuelta en un manto de
+hiedras; a la derecha la vega villaverdina iluminada por los últimos
+reflejos del sol; y en el fondo las altas montañas de la Sierra,
+sombrías, boscosas, coronadas de abetos y de ocotes. Gabriela observaba
+atentamente el magnífico espectáculo de la puesta del sol, prestando
+atento oído a los ruidos del campo, a los rumores del río, a los
+zumbidos extraños con que los insectos saludan el advenimiento de la
+noche; yo, recostado en el tronco de aquel árbol gigantesco, no apartaba
+los ojos de la encantadora señorita. Gabriela volvióse de pronto, y me
+dijo con sencilla franqueza:
+
+--¿A que adivino en qué piensa usted?
+
+--¿En qué?
+
+--¿Me ofrece usted decirme la verdad?
+
+--Sí.
+
+--¡Piensa usted en.... Linilla!
+
+--¿En Angelina?
+
+--Sí; desde que salimos no aparta usted los ojos de aquellas montañas.
+El amor no puede estar escondido.... Cuando hablo de esa niña no me
+responde usted.... ¿Le inspiro poca confianza?
+
+--No, Gabriela: ¿a quién mejor que a usted pudiera yo confiar uno de
+esos secretos que no se pueden guardar mucho tiempo?
+
+--Hable usted, Rodolfo, hable usted. Una amiga como yo suele ser buena
+consejera.... ¿Hay enojos en la niña? Pues contarlos a esa amiga. ¿La
+niña está contenta? ¡Pues decirlo!... ¿Padece usted?... ¡Pida
+consuelo!... ¿Es usted feliz? La felicidad es expansiva y franca. Sólo
+el dolor suele ser reservado y silencioso. Corresponde usted mal a mi
+amistad. ¿No he sido yo la primera en contarle la triste historia de un
+amor desgraciado?
+
+--Sí, Gabriela.
+
+--Pues entonces, dígame usted que ama a Linilla, y que Linilla le ama a
+usted....
+
+--No, Gabriela;--le dije, trémulo y sonrojado,--estimo la confianza de
+usted; agradezco infinito la bondad con que usted me trata, la
+amabilidad con que me distingue... pero ¿qué decir de Linilla? ¿Que la
+amo con fraternal afecto?
+
+--¿Fraternal solamente? ¿Cómo a mí?
+
+Sentí que me ahogaba la emoción. Gabriela escribía en la arena, con la
+contera de la sombrilla, una letra, una letra, que brilló ante mis ojos
+como si fuera de fuego. Me dolió el corazón como si me le mordiera una
+víbora. ¡Tuve celos, celos horribles! ¿En quién pensaba la señorita?
+Aquella letra era la primera de un hombre amado, y ese nombre... ¡no
+era el mío!
+
+--¿Cómo a mí?--repitió la doncella.
+
+--¡Cómo a usted, Gabriela!
+
+--Se engaña usted, Rodolfo. Angelina es dueña de ese corazón. Lo sé, no
+me cabe duda... mi perspicacia de mujer supo descubrirlo ha tiempo. El
+nombre de Angelina suena en los oídos de usted como celeste melodía. ¡Ya
+usted lo vé! Me estoy volviendo poetisa.... Ustedes se aman. ¿Nada le ha
+dicho usted? Algún día le confesará usted que la ama. Y entonces ella,
+que calla y oculta su secreto en lo más hondo del corazón, hablará
+también, y quedito, muy quedito, ¡así se dicen esas cosas!
+contestará:--¡Te amo!» ¿Cómo se hablan ustedes, de tú o de usted?
+
+--¡De usted, Gabriela!
+
+La señorita se echó a reir, y exclamó:
+
+--Los labios dirán así... ¡pero los corazones no!
+
+En aquellos momentos oímos voces que nos llamaban. Los señores se habían
+detenido en un puentecillo por donde el coche del corcovadito no podía
+pasar.
+
+--¡Señorita, nos llaman!
+
+--Vamos.
+
+Gabriela se levantó, y antes de dar un paso miró entristecida la cifra
+escrita en la arena.
+
+Yo, al pasar, la borré con los pies.
+
+--¿Qué ha hecho usted?
+
+--¡Nada, señorita!
+
+--¡Bien hecho!... ¡Mejor! Locuras mías.... ¡Quién pudiera olvidar!
+
+
+
+
+LVIII
+
+
+Oí que preguntaban por mí, dejé la pluma, me restregué los ojos y salí
+al corredor. Era Mauricio que volvía de Villaverde con la
+correspondencia.
+
+--Tenga usted;--me dijo el mancebo, quitándose respetuosamente el
+jarano--ahí vienen dos cartas para usted. Me dieron una en la casa; la
+otra en el correo. Hablé con la señora... y ví a la enferma; yo creo
+que va muy de alivio porque estaba en la sala, sentadita en un sillón.
+Me pareció muy alegre. ¿No se ofrece nada? Dígale usted al amo que ya
+vine.... ¡Estoy hecho un pato! Me cogió el aguacero al pasar por la
+garita. ¡Qué aguacero! ¡Qué Dios lo mandaba! ¡El primero del año! ¡Vaya!
+¡Y ya lo necesitaban las tierras, que la seca ha sido buena, los pastos
+estaban amarillos, amarillos! ¡Se ha muerto más ganado! Me voy, don
+Rodolfo, que estoy chorreando agua, y tengo que desensillar....
+
+Puse en la mesa de don Carlos el paquete de periódicos; volví a mi
+asiento; acabé los apuntes empezados, y en seguida leí mis cartas. Una
+era de cierto condiscípulo mío que solía escribirme de tiempo en
+tiempo, la otra de la tía Pepa que me decía:
+
+«Carmen va muy bien. Sarmiento viene todos los días, y está
+contentísimo, porque la pobrecilla come y duerme a las mil maravillas.
+Ahora me ha confesado don Crisanto que en el último ataque vio a tu
+madrina muy mala, tan mala que poco faltó para que la mandara disponer.
+La Virgen me ha hecho el milagro; se lo pedí de todo corazón, y le
+ofrecí unos ramilletes. Recibí el dinero. Gracias, hijito. Dios te lo
+pague. Eres muy bueno con nosotras. ¿Por qué mandaste todo el sueldo, y
+nada guardaste para tí? Andrés dice que nada le debes, y nada quiso
+recibir. Dios lo ayudará siempre porque es muy bueno y muy agradecido.
+Del dinero he tomado para los avíos de los ramilletes de la Virgen. Tú
+pondrás el dinero que se necesite y yo el trabajo, porque la promesa la
+hice por los dos, por tí y por mí. Angelina no ha escrito. No ha venido
+el mozo en toda la semana, y por acá estamos con mucho cuidado, temiendo
+que el Padre siga malo. El trabajo de la Semana Santa es pesadísimo.
+Figúrate que el Padre tiene que hacerlo todo. Yo estoy temiendo que siga
+malo; pero me tranquiliza la idea de que a ser así ya hubieran venido
+por Sarmiento, que es el médico de allá, aunque quién sabe si, por estar
+más cerca, llamarían a alguno de Pluviosilla. Hay allá uno que acaba de
+recibirse y dicen que ha hecho curas muy buenas. Lo que sí me disgusta
+es que Angelina no escriba, ni siquiera para saber de la salud de tu
+madrina. El domingo me puso cuatro letras, pero nada me dice para tí. Si
+hay carta te la mandaré con el muchacho. Ya sé que eres muy impaciente.
+
+«Saluda de nuestra parte a doña Gabriela, a Gabrielita y a don Carlos, y
+diles que deseamos que el niño esté mejorcito».
+
+Me dió un vuelco el corazón; no pensé en el P. Herrera, ni en que
+estuviera enfermo. Me asaltó el presentimiento de que Linilla no
+escribía por alguna otra causa, y, a decir verdad, me creía yo culpable,
+y me pareció que Angelina adivinaba que la señorita Gabriela le robaba
+mi amor.
+
+Linilla no me quiere; Linilla no me ama; Linilla desea
+olvidarme,--pensaba yo. Y entonces ¡oh miseria del corazón humano! la
+pobre niña ocupó mi pensamiento, y cuando me encontré con Gabriela a la
+entrada del comedor me pareció que era otra mujer, otra joven cualquiera
+que ni me causaba interés ni era simpática para mí. Durante la cena
+hablé de Angelina, de su belleza, de la dulzura de su carácter, de su
+discreción, de sus habilidades y de lo mucho que todos la queríamos en
+casa. Gabriela acogió los elogios muy contenta, y repitió con entusiasmo
+cuanto yo decía. Se trató del P. Herrera, y don Carlos dijo que era muy
+digno de ocupar los puestos más elevados en la diócesis; que merecía ser
+obispo, y que su extremada modestia le tenía relegado en la Sierra, en
+un pueblo remoto que era como una Tebaida.
+
+Después fuimos a la sala.
+
+--Gabriela,--dijo don Carlos--¡siéntate al piano y tócanos algo!
+
+Obedeció la señorita, y durante una hora, hasta las once, estuvo tocando
+cuanto sabía que era del agrado de su padre.
+
+Me puse a leer los periódicos; pero ni oía yo la música ni me enteraba
+yo de las noticias. Mi pensamiento, y mi alma estaban en otra parte. Me
+sentía yo satisfecho de mí. La conversación acerca de Linilla había
+sido, a mi ver, como una prueba de fidelidad, como una manifestación
+pública de mi amor. Linilla estaría contenta; el corazón le diría que su
+Rodolfo no amaba a otra; que su Rodolfo vivía sólo para ella; que su
+Rodolfo es incapaz de olvidarla. La idea de que Linilla dejase de
+quererme me llenaba de espanto y me prometía yo serle fiel hasta más
+allá de la tumba. La idea de que podía yo perder a Linilla me perseguía
+de tal modo, y de tal modo me asediaba que hubiera yo querido volar en
+busca de la joven para decirle:
+
+--Linilla, ¡perdóname, perdóname! ¡He faltado a mis promesas! Te he
+olvidado un instante, ¡pero un instante nada más! ¡Por piedad! ¡No me
+niegues tu cariño!... ¡Mira que sólo vivo para tí, para tí, Linilla mía!
+
+No paré mientes en la música. Cuando dejó de sonar el piano advertí que
+Gabriela estaba cerca de mí.
+
+--¡Qué de noticias interesantes traerán los periódicos, Rodolfo, cuando
+abismado en la lectura no ha oído usted la sonata aquella...!
+
+No supe como disculparme; murmuré torpes excusas, alabé una pieza que no
+había yo escuchado, y me levanté para despedirme.
+
+Habló don Carlos de Villaverde, del día de la Cruz, del paseo en la
+Alameda y en la colina del Escobillar, y de la fiesta del Cinco de Mayo.
+Dijo la señora que Pepillo deseaba pasar ese día en Villaverde, se
+resolvió darle gusto, y la salida quedó acordada para el día siguiente.
+
+En los momentos de retirarnos me detuvo don Carlos:
+
+--El día cinco le esperamos a usted. Verá Usted a sus tías y comerá con
+nosotros. En la Plaza es la fiesta, y sin salir a la calle lo veremos
+todo: el paseo cívico, y los fuegos... que será cuanto habrá que ver.
+
+
+
+
+LIX
+
+
+El día dos, al caer la tarde, llegó Mauricio. Me trajo una carta de tía
+Pepilla:
+
+«Tu madrina sigue bien. Don Crisanto me dijo ayer que ya pasó el
+peligro; pero que el estado de Carmen no es bueno. Me ofreció venir a
+verla cada tres días. ¡Bendita sea la Santísima Virgen que nos ha sacado
+con bien! Los ramilletes salieron lindísimos, y ya estarán en el altar.
+Se llevaron de avíos más de cinco pesos, pero, eso sí, ¡son de papel muy
+fino! No han escrito de San Sebastián, ni Angelina ni el Padre; será
+porque han tenido mucho a que atender con las fiestas de Semana Santa.
+Ahora tienen huéspedes; Castro Pérez anda por allá con motivo de que fué
+a dar posesión de unos terrenos a don Pedro Amador, uno de los ricos de
+por allá. ¡Qué ocurrencias de don Juan! ¡Ir cargando con las muchachas!
+El Juez se va mañana. Como vive aquí enfrente vimos que ya le trajeron
+los caballos. ¡Tú dirás! En San Sebastián no hay más que jacales, y toda
+esa gente habrá posado en la casa del Padre. No sé lo que harán, para
+colocar a tantos en una casa tan chica y tan incómoda, ni qué darán de
+comer a tanta boca. Mandarían por víveres a Pluviosilla. Antier a las
+seis de la mañana pasaron por aquí las Castro Pérez: iban a caballo, con
+sombreros jaranos. ¡Buena visita! ¡Pobre de Angelina que habrá tenido
+que lidiar con ellas!
+
+«A la una, cuando volvía yo de misa, me encontré a don Carlos. Iba con
+Gabrielita. ¡De veras que la muchacha es hermosa! Me dijeron que el día
+cinco vendrás a la fiesta. Nosotras estamos contando las horas. Carmen
+te manda un abrazo, y también Juana y Andrés.»
+
+«Sabes cuánto te quiere tu tía
+
+ María Josefa».
+
+Esta carta de la tía me devolvió la tranquilidad. Todo quedaba
+explicado. Angelina no había escrito por los quehaceres de la Semana
+Santa y por los huéspedes. Pero escribiría, sí, escribiría. De seguro
+que al llegar a Villaverde tendría yo carta de Linilla, y acaso dentro
+de pocas semanas vendría el Padre, y con él Angelina. ¡Bueno era el
+santo señor para no traerla!
+
+Después de la cena, luego que los empleados se retiraron a sus
+habitaciones, me fui a la sala, abrí el balcón, y sentado en una
+mecedora, gozando del fresco de la noche, una hermosa noche de luna, me
+puse a pensar en Linilla. ¡Sí, sí, ella sería la dulce compañera de mi
+vida! Me la imaginaba yo vestida de blanco, cubierta con vaporoso velo,
+coronada de azahares, tímida, sonrojada, radiante de alegría. Ya me
+parecía verla a mi lado, de rodillas, delante del altar.
+
+Por el balcón, abierto de par en par, llegaban hasta mí, en alas de la
+brisa, los rumores del río, el susurro de los árboles, el zumbido de los
+insectos, el silbido de los reptiles, la voz vibrante de alado trovador.
+Delante de mí se abría dilatada calle de árboles. La luz de la luna
+pasaba a través del follaje y dibujaba en la arena blanquecina círculos
+vagarosos. En los vecinos naranjales se abrían los últimos azahares.
+
+¡Hermosa noche! ¡Qué dulcemente que susurraban los vientos! Pero, ¡ay,
+qué solitaria y triste me pareció la sala!... Estaba fría como una
+tumba, desolada como una alcoba de la cual han sacado un cadáver. El
+piano mudo; los pinceles olvidados; las rosas, pálidas y desfallecidas,
+se inclinaban al borde del rico tazón de Sévres, y cuando el viento las
+movía dejaban caer, uno a uno, sus pétalos marchitos. Aun quedaba en el
+aposento el aroma de los vestidos de Gabriela.... El rumor de las hojas
+secas que caían, en el balcón remedaba el roce de una falda de seda....
+
+Se había ido la hermosa señorita. No vivía para mí, no me amaba, no
+podía amarme, y ¡ay! ¡me había robado el corazón!...
+
+Pensé muy seriamente en la vida. ¡La vida! ¡Un crepúsculo espléndido que
+dura unos cuantos minutos! Después... sombras y obscuridad. Todo nos
+engaña... la fortuna, la gloria, la amistad, el amor. Amamos, queremos
+ser amados, caemos a los pies de una mujer, y le ofrecemos el corazón,
+la vida, el alma, y luego, cuando somos correspondidos, cuando la dicha
+y la felicidad nos sonríen, olvidamos nuestras promesas más sinceras,
+nuestros juramentos más sagrados.
+
+Me sentí desalentado y triste; comprendí que aquel amor que poco a poco
+iba apoderándose de mi alma, era un delirio, una locura que me
+arrastraba hacia la ingratitud y la infidelidad.
+
+¡Pobre niña desgraciada, huérfana, víctima del infortunio! Me amaba;
+había escuchado mis ruegos; me había dado su corazón, aquel corazón
+hecho pedazos por el dolor, y yo pagaba tanta ternura con el olvido. ¡No;
+mi conducta era infame, inicua, vergonzosa! ¿Qué amaba yo en Gabriela?
+¿La hermosura, la discreción? También Angelina era hermosa y discreta.
+¿La elegancia? Sí, Angelina con sus trajes humildes y sencillos era tan
+elegante como Gabriela.... ¿La riqueza? ¡No; la riqueza no puede dar
+felicidad a los corazones!... Tía Carmen me había dicho que la señorita
+Fernández era rica... sí, pero también me decía: «no seas causa de que
+una mujer llore un desengaño».
+
+Ahogaré este amor y viviré para Linilla;--pensé--¡sólo para ella! ¡Le
+escribiré, iré a verla, y le confesaré todo! ¡Es tan buena, tan
+sencilla, tan cariñosa!... «Mira Angelina, Linilla mía, ¡perdóname!--le
+diría yo.--He sido infiel a tu cariño, a tu amor. De hoy más, ¡te lo
+juro por la memoria de mis padres! viviré para ti, sólo para tí. ¿Qué
+haré si me faltas tú, si me niegas tu cariño? ¿Qué haré abatido y
+postrado por el dolor si no tengo el consuelo de tus palabras? Eres
+buena, muy buena, eres un ángel.... Yo quiero ser bueno como tú.
+Sálvame, Angelina. Una palabra tuya puede salvarme. ¿Verdad que me
+perdonas? ¿Verdad, niña mía, que todo lo olvidarás? Nadie te ha dicho
+nada, y yo mismo, yo mismo, sin temer tus enojos, vengo a confesarte que
+durante varios días otra mujer ha sido dueña de este corazón que es
+tuyo, solamente tuyo. Pero nunca te olvidé, aunque quise olvidarme de
+ti.»
+
+Linilla me perdonaría, seríamos felices, viviríamos dichosos, y veríamos
+realizadas nuestras más bellas esperanzas.
+
+Pensando en estas cosas pasé dos o tres horas, en lucha conmigo mismo.
+La codicia, sí, la codicia, porque sólo ella me podía hablar de ese
+modo, me decía:--«¿Dices que Gabriela ama a otro, que vive pensando en
+otro, que no puede amarte? ¡Ten paciencia, ten calma, que no todo ha de
+ir tan de prisa como tú quieres! Ese joven a quien ya detestas, aunque
+no le conoces, no es digno del amor de Gabriela, y tarde o temprano, el
+mejor día, se casará, con alguna señorita más rica que ésta a quien ya
+amas. Gabriela le olvidará, y entonces.... ¡Ten calma! ¡Eres un muchacho
+sin experiencia! Déjate de melancolías y de novelas; abomina de
+Lamartine y de Zorrilla, y recuerda que tu poeta favorito fué rico
+porque se casó con una inglesa millonaria. Ya verás cómo Zorrilla se
+muere de hambre, sin que le valgan glorias ni laureles, sin que los
+favores de príncipes y reyes le hayan sacado de pobre. ¡Ya sé lo que vas
+a responderme! ¿Que eso de casarse por interés te parece indigno de un
+caballero? ¡Escrúpulos pueriles! Ya procederás de modo que tu buen
+nombre salga ileso. ¿Qué Gabriela no te ama? Espera».
+
+El amor hablaba noblemente.--¡«Eres un villano! ¡No seas egoísta!
+Angelina te ama con todo el corazón, con toda el alma.¡Pobre niña!
+Piensa que ha sido muy desgraciada; recuerda con qué franqueza, con qué
+sublime sencillez te contó la triste historia de su vida. Puedes hacerla
+dichosa. No tiene parientes ni amigos. El día que muera el P. Herrera la
+hermosa Linilla se quedará sola en el mundo, y se quedará en la
+miseria.... ¡Qué de amarguras se le esperan! Aun no te había visto y ya
+te amaba; ¡viniste y desde que tú llegaste fué dichosa! Gabriela es
+buena, pero Angelina es un ángel. Rodolfo ¡eres un loco! El corazón de
+la huérfana es un manantial inagotable de ternura. En esa alma dolorida
+viven el amor con todas sus virtudes, y el desinterés, y la abnegación.
+Estás en uno de los momentos más solemnes de tu vida: ¡mira lo que haces!
+No eres codicioso ni avaro; no ambicionas riquezas; sueñas con una
+felicidad modesta y tranquila.... Hace pocos días pintabas en una carta
+bellísimo cuadro. ¿Te acuerdas? Una casa embellecida por Angelina; tus
+tías, felices, complaciéndose en verte; el P. Herrera lleno de alegría;
+tú y Linilla preparándole una sorpresa; y allá en el jardín dos niños,
+que parecían dos querubines, jugando con un arillo encascabelado. ¡Eso
+es lo que tú quieres! Lo tendrás a poco que te empeñes. Oyeme, óyeme: tú
+eres el único amor de Angelina. Antes de amarte a tí no amó a
+ninguno.... ¡Gabriela ama a otro, y acaso no le olvide jamás!...
+Supongamos que mañana eres esposo de esa elegante señorita.... ¿Quién
+responde, quién, de que Gabriela, es decir, tu «esposa», no piense
+algunas veces en Ernesto? El otro día le viste escribir una letra... ¡y
+sentiste celos, celos horribles! ¿Me pides consejo? Haz lo que quieras;
+pero antes consulta con tu conciencia».
+
+Esta me acusaba de ingrato. La conciencia quedaría tranquila y callaría.
+La firmeza de mis propósitos y mi conducta futura lograrían dejarla
+satisfecha. Linilla no sabría nunca que su Rodolfo le había sido infiel.
+
+Me asaltó entonces horrible presentimiento. Las señoritas Castro Pérez
+estaban en San Sebastián.... ¡Eran tan indiscretas! Pero, en suma, ¿qué
+podrían decir? Los embustes que todos repetían en Villaverde, y ¡nada
+más!
+
+Cuando me levanté de la mecedora para cerrar el balcón, daban las doce
+en el reloj del escritorio. Allá, en el fondo del jardín, seguía
+cantando el trovador alado.
+
+Al atravesar la sala aspiré con delicia el aroma de las flores que se
+morían en el tazón de Sévres; el piano de Gabriela me pareció como todos
+los pianos; los pinceles esparcidos en la mesa de trabajo, junto a la
+acuarela principiada, nada me dijeron de la rubia señorita.
+
+Dormí tranquilamente. Así deben dormir los que tienen una buena
+conciencia.
+
+
+
+
+LX
+
+
+¡Valiente fiesta! Villaverde fué imperialista hasta la médula de los
+huesos, y por aquellos tiempos hizo alarde de su hostilidad al partido
+imperante. En mi querida ciudad natal todos eran conservadores, y al
+advenimiento del régimen monárquico más de un budista villaverdino soñó
+con títulos y blasones.
+
+Ya se comprenderá, por lo dicho, que las fiestas del Cinco de Mayo no
+podían ser en Villaverde ni populares ni lucidas. Los patrioteros
+alborotaban el cotarro, pero sin resultado alguno.
+
+Repiques y disparos de morterete al amanecer, a medio día y a la caída
+de la tarde; procesión cívica a las once de la mañana; discurso de
+Jurado y versos de Venegas en la alameda de Santa Catalina, y fuegos
+artificiales en la Plaza principal, bautizada ese día con el nombre de
+«don Pancracio de la Vega». Este era el programa acordado por la R.
+Junta Patriótica, el cual, impreso en grandes pliegos de papel tricolor,
+fué repartido profusamente y fijado en todas las esquinas. En un
+artículo «transitorio» se decía que «la Junta pedía y reclamaba de los
+villaverdinos que decorasen por el día e iluminasen por la noche el
+frente de las casas».
+
+Pero a pesar de los esfuerzos del H. Ayuntamiento y de la R. Junta
+Patriótica, presidida por el eterno don Basilio, nadie correspondió a
+tan cortés invitación. Los edificios públicos, esto es, el Palacio
+municipal, la Aduana, el Juzgado, la Escuela y el Hospital «Pancracio de
+la Vega» amanecieron muy adornados con banderas de papel y festones de
+«rama de tinaja», y así la casa del Alcalde, la de Venegas y la de
+Jurado.
+
+La procesión cívica, o, como dicen en Villaverde, el «paseo», salió muy
+«rascuacho» y ratonero. Iban en ella los individuos del Ayuntamiento y
+de la Junta, los empleados, el comandante de la policía, diez o doce
+gendarmes, y los chicos de la Escuela.
+
+Estos llevaban sendas banderitas de papel de China. Cerca de don Basilio
+marchaban los oradores: Jurado y Venegas. El primero, muy orondo y
+gravedoso, con vestido negro y sombrero de seda, dejando ver entre las
+solapas de la levita voluminoso papasal; el segundo no se echó encima el
+fondo del baúl, iba con el traje diario, pero aseado y limpio, y fingía
+una modestia verdaderamente angelical.
+
+Leíase en el rostro de todos que la indiferencia del público los tenía
+contrariados, y que la hostilidad de mis paisanos los hacía rabiar. De
+seguro que Jurado previó el desaire y se preparó para el desquite,
+porque en su discurso, que duró cerca de una hora, trató atrozmente a
+los conservadores, dijo pestes de las testas coronadas, y maldijo mil
+veces de quienes habían vendido a su patria por un «puñado de lentejas».
+El tal discurso fué aplaudido calurosamente. No pude oir los versos del
+pedagogo, porque las doce habían dado ya, y me esperaban en la casa del
+señor Fernández.
+
+--Usted me perdonará:--le dije--mis tías me aguardan....
+
+--¡Tiene usted razón!--me contestó.--Pero vendrá usted esta noche. Desde
+aquí gozaremos de la fiesta.
+
+Me pasé la tarde con mis tías.... Andrés fué a comer con nosotros, y
+allá, como a las seis, me propuso que saliéramos a dar una vuelta. El
+viejo servidor estaba contentísimo.
+
+-¡Qué gusto!--exclamaba a cada rato.--¡Qué gusto! Hijo: ¿no te lo dije?
+El señor don Carlos es muy buena persona. Apúrate, aprende esas cosas
+del comercio que antes no sabías, y ¡adelante, hijito! El corazón me dice
+que antes de morirme te veré establecido y casado.
+
+--¿Casado?
+
+--¡Por supuesto!
+
+--¿Con quién?
+
+--Con una muchacha buena, hacendosa, que te quiera mucho.
+
+--¿Pobre o rica?
+
+--¡Eso será como Dios quiera! Por mi gusto... ¡pobre! Como Angelina....
+Yo he sospechado...--el buen viejo sonreía maliciosamente, guiñaba los
+ojuelos vivarachos--yo me sospecho que no le pareces a Linilla un costal
+de paja.... ¡Vaya! ¡Y ella, bien que te agrada! Te alabo el gusto,
+¡hijito! Trabaja, trabaja con fe, con mucha fe, y cásate. Si tus padres
+vivieran estarían muy contentos.... Las muchachas así, como Angelina, le
+gustaban mucho a tu mamá. Cásate. Yo no me casé porque cuando pude
+hacerlo ya era viejo, y además no necesitaba de familia. Con los de tu
+casa tenía yo bastante. Siempre me quisieron mucho. Lo único que siento
+es que no he podido pagarles tantos favores como les debo. Amito: si yo
+fuera rico no tendrías que servir a nadie, nadie te mandaría....
+
+El pobre Andrés me abrazaba enternecido.
+
+Llegamos a la tienda de «La Legalidad».
+
+--¿Entras?--me dijo.--¿Quieres un refresco?
+
+--No; voy a tomar chocolate con las tías, y luego a casa de don Carlos.
+
+--¿A qué hora saldrás de allá?
+
+--Después de los fuegos, o, si puedo, antes.
+
+--Te aguardaré en la esquina de la parroquia.
+
+--Pasa por mí a la casa del señor Fernández.
+
+--No....
+
+--¿Por qué no?
+
+--¡Bonita facha la mía para ir allá! ¿Qué viene a buscar ese
+viejo?--dirán.
+
+--¡Andrés!
+
+--No, amito; conocerse no es morirse....
+
+A las nueve y media llegué a la casa de Gabriela. En la antesala jugaban
+a los naipes varios amigos. Sarmiento, Porras, don Carlos y el P. Solís.
+La señora y Pepillo estaban todavía en el comedor. No bien saludé a los
+jugadores cuando apareció Gabriela.
+
+--Rodolfo: usted no gusta del tresillo.... Venga usted acá. Le enseñaré
+unas acuarelas de mi maestro.... Nos dirigimos a la sala que estaba a
+media luz. Mientras Gabriela fué a traer los dibujos yo me acerqué a la
+reja.
+
+La plaza estaba iluminada a «giorno», como decían los programas de la
+Junta. En el Palacio ardían centenares de vasos de colores. Cerca de la
+fuente, en un tablado, la charanga del Maestro Bemoles tocaba una
+desastrada fantasía del «Baile de Máscaras». La concurrencia era
+numerosa, pero popular, popularísima: gente humilde, la que acude en
+tropel a los espectáculos gratuitos. Al pié de la balaustrada, a lo
+largo del atrio y a la orilla de las aceras, puestos de cacahuates, de
+torrados, de nueces, iluminados con hogueras de ocote, y algunos con
+mortecinas linternas. En todas partes se oían los gritos de los
+vendedores: «¡Cuarenta nueces!» «¡Al buen tostado!» «¡A tomar la niii
+... eve!» «¡De limón y de leche!» En los espacios libres de paseantes
+jugaban al toro los granujas. Los chicos quemaban petardos y cohetes
+chinos, y todo era bullicio y confusión. No lejos de mí una vieja de
+superabundante plasticidad freía sus buñuelos. La fina membrana, blanca,
+suavísima, iba en pocos minutos de la rodilla de la buñolera, de la
+servilleta nivea, a la sartén hirviente; chillaba la manteca al
+apoderarse de la masa, la cual se esponjaba en mil ampollas, y a poco
+salía el buñuelo incitante y tentador, aunque despidiendo cierta
+fragancia empalagosa.
+
+De tiempo en tiempo, un cohete de arranque subía rasgando los aires,
+estallaba en las alturas, y se deshacía en chorros de fuego, en luces
+blancas, verdes, rojas, que esmaltaban con los colores nacionales el
+obscuro cielo. Tronaban en el atrio los mortereres disparando marquesas,
+reventaba la bomba, y se iluminaban con rapidísima claridad, cúpulas y
+torre.
+
+--¡Aquí, Rodolfo!--me dijo la señorita desde el velador.--Verá usted qué
+linda colección.
+
+Y me mostró veinte o treinta acuarelas: flores, frutas y pájaros,
+pintados magistralmente.
+
+¡Nunca vi a Gabriela más hermosa! Vestía galano traje azul, de un azul
+desvanecido, pálido, como el color del cielo en una mañana de otoño.
+
+--Nosotros nos colocaremos en esa ventana. Dejaremos la otra para
+Pepillo que se divierte mucho con estas cosas....
+
+Repito que nunca me pareció más bella la rubia señorita. Cuando la
+contemplé a la luz del quinqué la vi como envuelta en una atmósfera de
+oro. Todos mis proyectos vinieron a tierra; la pasión adormecida se
+despertó anhelante, y la imagen de Linilla, presente hasta ese momento
+en mi memoria, se desvaneció de pronto en las tinieblas del olvido. Me
+sentí sin fuerzas ante la hermosura de Gabriela, vencido, avasallado.
+
+--Sopla un viento muy fresco... cosa rara en este mes. Sin duda ha
+llovido en la Sierra.... ¿No tiene usted frío? Yo sí. Será porque estoy
+muy nerviosa. Voy por un abrigo.
+
+Se dirigió a la recámara. Mis ojos la siguieron.... A poco salió
+envuelta en un chal anchísimo, de felpa de seda, color de púrpura.
+
+--Vea usted:--exclamó, sentándose en una mecedora,--cerca tenemos el
+castillo....
+
+En aquel instante levantaban frente a nosotros a cincuenta pasos de la
+acera, un árbol de fuego, la pieza principal, que era saludada por los
+granujas con jubiloso vocerío. Los discípulos de Bemoles volvían a la
+carga con festiva polca, «Arlequín», muy en boga a la caída del Imperio
+y popularizada por los famosos músicos de la Legión austríaca.
+
+--Deseaba yo hablar con usted, Rodolfo. Tengo que contarle muchas cosas;
+tengo que darle muy alegres noticias....
+
+--¿Alegres noticias?
+
+--Sí, muy alegres....
+
+--Veamos cuáles son.
+
+--No merece usted, amigo mío, que yo le confíe dichas de mi corazón. ¡No;
+ciertamente que no! Usted no ha sido franco conmigo. Creí que usted y
+Linilla se amaban, y lo dije; quería yo que tuviese usted en mí una
+amiga, una hermana, a quien le contara usted sus dichas y sus penas....
+Y usted, Rodolfo, no me dijo la verdad....
+
+--Bien,--prosiguió alegremente--yo no pago en la misma moneda. Sé bien
+que el amor, el verdadero amor, es tímido y pudoroso, que no gusta de
+revelar secretos, que se afana por vivir escondido.... ¡Merece usted
+disculpa! Pero sé también que cuando amamos, cuando se ama como yo sé
+amar, es necesario que hablemos con alguno, de la persona amada. Se
+entiende que con alguno que sepa sentir como nosotros. Yo me había
+soñado que seriamos muy buenos amigos.... Usted sería el confidente de
+mis tristes amores; yo, de los venturosos amores de usted. Pero el
+caballero don Rodolfo no tuvo confianza, en Gabriela, en la pobre
+Gabriela que amaba y no era feliz. Y me decía yo: ¡Dichosa Linilla! Ama,
+y es amada!...
+
+En aquellos momentos principiaron los fuegos. Ni Gabriela ni yo volvimos
+el rostro hacia la calle. Ardían ruedas y ruedas, tronaban las
+marquesas, surcaban el aire vistosos cohetes, y nosotros no mirábamos
+nada.
+
+Gabriela prosiguió:
+
+--Dígame usted.... ¿No es verdad que está usted enamorado de Linilla?
+
+No pude articular una palabra.
+
+--¿No es cierto que ustedes se aman? Respóndame, Rodolfo!
+
+--Oiga yo antes, Gabriela, esas noticias alegres que tienen a usted tan
+contenta.
+
+--¡Ah!--prorrumpió la hermosa señorita, iluminada por los reflejos
+multicolores de las luces de Bengala.--¡Tan contenta!.... ¡Quiero que
+usted participe de mi dicha!
+
+Presentí lo que Gabriela iba a decir. Un ser invisible lo murmuró a mis
+oídos. Entorné los ojos, deslumbrado por el incendio general del árbol
+de fuego, y a través de la mancha rojiza que percibían mis lastimadas
+pupilas, me pareció ver el rostro de Angelina pálida y llorosa.
+
+--Diga usted, Gabriela...--dije muy quedito....
+
+--¡Me ha escrito! ¡Me ha escrito! Una carta muy tierna, ¡una carta muy
+sentida!
+
+--¿Quién?
+
+--Ernesto.
+
+--¿Sí?
+
+--¿Le sorprende a usted?
+
+--No... pero no lo esperaba. La resolución de usted... los deseos de
+don Carlos....
+
+--Mi padre cederá.... En cuanto a mí.... Soy mujer, esto es, soy débil.
+¡Ernesto me ama, estoy segura de ello!... Ahora me escribe, implorando mi
+perdón. Ruega, suplica, y no puedo despreciarle porque le amo.... Puede
+mucho una mujer.... Yo mataré en el corazón de Ernesto esa pasión
+funesta... yo seré su ángel tutelar... y cuando le vea yo regenerado,
+cuando haya dejado para siempre ese vicio horrible... ¡le daré mi mano!
+Dicen que soy hermosa, dicen que soy inteligente, que soy amable....
+Pues bien, todas esas cualidades me servirán para redimirle.... ¿Aprueba
+usted mi pensamiento?
+
+--Y si no consigue usted lo que se ha propuesto?
+
+--Entonces.... ¡Entonces seguiré amándole como ahora! ¡Si es mi primer
+amor, mi único amor!
+
+La pobre señorita bajó la mirada, y quedó pensativa y silenciosa.
+Entraba por la ventana un torrente de luz, y la estancia, casi obscura,
+se iluminó con melancólica claridad lunar. Los fuegos habían terminado.
+Centenares de cohetes de arranque, disparados a la vez, salían del
+atrio. Ascendían, trazando en los espacios gigantescas curvas, tronaban
+en lo alto, y de la explosión brotaban raudales de polvo de oro,
+centenares de luces que al descender semejaban una lluvia de piedras
+preciosas. La charanga se soltó tocando el Himno Nacional. Dominó
+Gabriela su abatimiento, y me dijo en voz baja, con expresivo acento
+sigiloso:
+
+--Hoy le contesté a Ernesto. Papá lo ignora, sólo usted lo sabe....
+Dígame, Rodolfo: ¿Quiere usted a Angelina, así, como yo quiero a
+Ernesto?
+
+--Sí.
+
+--¿Y ella le ama a usted?
+
+--Sí, mucho! ¡Cómo no lo merezco!
+
+--Pues bien, amigo mío: ¡sea usted digno de ella!
+
+La fiesta había concluido, la multitud se dispersaba, y los tertulios de
+don Carlos salían en busca de las señoras para despedirse de ellas.
+Media hora después estaba yo en mi casa. Me encerré en mi cuarto y
+escribí larguísima carta. ¡Ay! Una carta que nunca llegó a manos de
+Angelina.
+
+
+
+
+LXI
+
+
+A las siete, cansado de esperar a mi tía Pepilla, me senté a la mesa.
+Juana se apresuró a servirme. En esos momentos llegó la anciana.
+
+--¡Ay, Rorró! ¡Qué dirás de mi! ¡Pero, hijito de mi alma, qué misa tan
+larga! ¿Ya te desayunaste? ¿No? Pues aquí tienes compañera.... ¡Vamos,
+Juana; pronto, prontito, vea usted que Rorró tiene que irse!...
+
+Tía Pepilla puso en un extremo de la mesa el libro y el rosario, y
+quitándose el pañolón le arrojó sobre el respaldo de una silla.
+
+--¿Te vas hoy?
+
+--Sí, tía; luego que acabemos. Ahí en mi mesa está una carta para
+Linilla. Mándela usted con el que venga de San Sebastián. Hoy o mañana
+vendrá el muchacho....
+
+--Si tú vieras, Rorró,--contestó mi tía precipitadamente--que ya voy
+entrando en cuidado. Hace más de quince días que no tenemos noticias de
+Angelina. Antes... ¡vaya!... la Semana Santa... luego los
+huéspedes...pero ahora... Las niñas Castro Pérez llegaron desde antier....
+¿Por qué no escribió con ellas?
+
+--¡Así la dejarían de aburrida!
+
+--Tal vez.... ¿Quieres mantequilla? Juana: ¡traiga usted la mantequilla!
+Yo voy a escribir esta tarde, para que si alguno viene no tenga que
+esperar.... Luego tengo que andar a las carreras.
+
+--Oiga usted, tía: si Angelina me escribe, ya lo sabe usted, luego,
+lueguito, me manda usted, la carta. Le diré a Mauricio que pase por acá
+todos los días.
+
+--¡Bueno! Con él te mandaré la ropa. Ese Mauricio tiene cara de buen
+muchacho. ¡Qué respetuoso! ¡Qué bien hablado!
+
+Y la tía se soltó charlando alegremente. Estaba muy contenta,
+contentísima.
+
+¡Qué gusto, Rorró, qué gusto! Nada de lidiar con los chicos.... Desde el
+día primero voy a descansar.... ¡Ya los niños me tienen hasta aquí!
+¡Para eso Angelina!... ¡Lo mismo que para cuidar de un enfermo!... Ya te
+lo he dicho, Rorró; si Angelina no se casa ha de parar en hermana de la
+Caridad. ¡Tiene vocación, hijo, tiene vocación! El otro día se lo dije al
+P. Solís, y me contestó: «¡Tiene usted razón!»
+
+--¡Vaya con usted y con el P. Solís! ¿Angelina monja? ¡Dios nos libre!
+Linilla será esposa y madre de familia....
+
+Miróme fijamente la anciana, y, sonriendo, me dijo:
+
+--¿Te casarías con Linilla?
+
+--¡De mil amores!
+
+--Ese casamiento seria muy de mi gusto. Dicen por ahí, pero yo no lo
+creo, que estás enamorado de Gabriela....
+
+--¡No, tía! Ya sabe usted que las gentes dicen cuanto se les ocurre....
+
+--Pues ¡mejor, hijo, mejor! ¡Yo quiero mucho a Linilla!... Gabriela será
+muy elegante, muy bonita, muy rica, ¡cuánto tú quieras! pero donde está
+Angelina....
+
+Era preciso irse.
+
+--Bien, tía...--dije levantándome--ya es hora, de montar a caballo....
+
+--¿No te despides de tu madrina?
+
+--Sí, ¡cómo no!
+
+Nos dirigimos a la recámara.
+
+Tía Carmen estaba cerca de la cama, sentadita en su sillón. Me recibió
+risueña y cariñosa.
+
+--¿Ya te vas?
+
+--Sí, tía... quiero llegar temprano.
+
+Nunca la vi más pálida ni más débil; apenas oíamos lo que decía, la
+parálisis era casi completa. La pobre anciana tenía un brazo
+completamente inmóvil y los dedos contraídos. En las extremidades
+inferiores no había fuerza; los pies estaban hinchados.
+
+--Rorró:--exclamó tía Pepilla--dile a tu madrina lo que te recomendó el
+doctor.
+
+--Sí, tía; ejercicio, mucho ejercicio; siquiera una vuelta por la sala
+todos los días; ¡una vuelta, una sola, madrina! Eso de estar así,
+sentada, todo el día sentada, ¡no puede ser bueno!...
+
+--¡Pero... si... no puedo!--murmuró.
+
+--Un esfuerzo....
+
+Tía Pepa me hizo una seña para que viera yo los pies de la enferma. Los
+tenía tan hinchados que apenas cabían en los pantuflos.
+
+--¿Verdad, madrina, que hará usted todo lo que le mande el doctor?--Me
+respondió que sí, moviendo la cabeza.
+
+--¿Verdad que tomará usted las medicinas? Sonrió e hizo un movimiento
+afirmativo.--Tía Pepilla tenía húmedos los ojos. Me acerqué, y
+arrodillándome junto al sillón quise abrazar a la anciana.
+
+--¡Adiós, tía! Vendré la próxima semana.
+
+--¡Bueno... bueno!--dijo con mucha dificultad, y con voz tan débil, que
+apenas la oíamos.--¡Quiera Dios que me encuentres viva! Estoy muy
+mala... pero... ni ésta ni Sarmiento quieren creerlo.
+
+--¡No tía!--prorrumpí, riendo.--Está usted nerviosa y por eso se siente
+usted tan débil....
+
+--Vaya... vaya,--me dijo sonriendo dolorosamente--dame un abrazo....
+
+Cuando me levanté y me incliné para darle un beso en la frente, vi que
+por las pálidas mejillas de la enferma rodaban dos lágrimas, dos
+lágrimas de esas que en el rostro de un cadáver parecen gotas de rocío
+en el seno de una rosa blanca.
+
+Salí del aposento con el corazón hecho pedazos. Tía Pepa me seguía
+silenciosa y cabizbaja....
+
+Por fin habló:
+
+--¿Qué dices de eso?
+
+--Nada, tía; que si por mí fuera... ¡no me iría yo!...
+
+--¿Cuándo vuelves?
+
+--El domingo.... Pediré licencia.
+
+--Sí, sí, ven.... ¡Mira que estoy sola, muy sola!...
+
+--Dígale usted a Andrés que venga todas las noches....
+
+--¡No dejes de venir el domingo!
+
+--Aquí estaré.
+
+No quise irme sin hablar con Sarmiento. Le hallé en su casa.
+
+--¡Vaya, muchacho.... Ten valor!... Fía en mí.... Si algo tenemos que me
+parezca grave, no tardaré en avisarte... pero no quiero que vivas
+engañado.... Todas las cosas tienen su fin.... El estado general de tu
+tía es malo, malísimo, pero, repito: por ahora no hay que temer.... Más
+tarde, cualquier día.... En fin.... ¡Dios dirá! Vete con Dios.
+
+Al pasar hablé con Andrés.
+
+--No tengas cuidado, amito. Iré todas las noches.... Vete tranquilo....
+Anoche estuve con tu tía y estaba muy contenta.
+
+Y tomé el camino de la hacienda. El corazón me iba diciendo que tía
+Carmen no viviría mucho.... ¡Siete años de enfermedad! ¡Ya era
+tiempo!...
+
+
+
+
+LXII
+
+
+No me atreví a pedir licencia para ir a Villaverde, aunque las noticias
+recibidas esa tarde no eran buenas. Tía Carmen había tenido calentura
+muy ligera. Un resfriado, en concepto del doctor, y nada más. Sin
+embargo, no estaba yo tranquilo.
+
+Trabajamos en el escritorio hasta las ocho de la noche, y al sentarnos a
+la mesa, me dijo don Carlos:
+
+--Mañana, después de misa, escribirá usted esas cartas, y por la tarde
+haremos la liquidación esa. Quiere Gabriela unos papeles de música. Me
+dice que están en el piano; recójalos usted y mándeselos. Ahí en la mesa
+está la lista....
+
+Cenamos alegremente. El señor Fernández estaba de buen humor, y durante
+la comida charló a su gusto de las fiestas de Villaverde. Después habló
+de trabajos agrícolas y de las obras del camino de hierro.
+
+--Es de sentirse,--decía--que el ferrocarril no pase por Villaverde.
+Pluviosilla será la ciudad que saque más provecho. En sus aguas y en sus
+ríos tiene una fuente de riqueza.... ¿Cuántas fábricas tiene ahora?
+Una.... Pues de aquí a veinte años ¡ya verán ustedes!... Sería oportuno
+adquirir terrenos en Pluviosilla, particularmente cerca de los ríos....
+Dentro de pocos años han de valer el doble de lo que ahora cuesten.
+Pluviosilla será, no hay que dudarlo, la primera ciudad fabril del
+Estado y de la República....
+
+Los criados se habían retirado ya. De pronto apareció Mauricio en el
+comedor, diciendo que alguien me buscaba.
+
+--¿A mí?--pregunté sobresaltado.
+
+--Sí, traen una carta....
+
+--¿Quién la trae?
+
+--No lo conozco.
+
+Me levanté precipitadamente en busca del desconocido. Me traía dos
+cartas: una de Linilla y otra de tía Pepa. Corrí a leerlas.
+
+--¿Qué pasa?--preguntó don Carlos.--¿Algo de cuidado?
+
+Abrí el pliego. No contenía más que unos cuantos renglones.
+
+«Carmen está muy grave. Ya el doctor mandó que se disponga, y a las
+cinco recibirá el Viático. Vente luego, luego; pide permiso, que el
+señor don Carlos no te lo ha de negar. Considérame».
+
+Puse la cartita en manos de don Carlos. Leyóla de una ojeada, y exclamó:
+
+--Pues que ensille Mauricio, y ¡vayase usted!
+
+Y dirigiéndose al mozo agregó:
+
+--Te vas con el señor.
+
+Media hora después íbamos, y a buen paso, camino de Villaverde.
+
+La noche estaba obscura. Allá en el corazón de la Sierra fulguraba
+lejana tempestad. Oíanse truenos lejanos, muy lejanos, y de cuando en
+cuando, a la luz de los relámpagos, descubríamos las cimas de los montes
+más distantes. El cielo parecía envuelto en una red de rayos.
+
+Amenazábanos la lluvia, caían gruesas gotas, y en el bosque cercano
+resonaban las arboledas como al paso de impetuoso viento. Silbaban las
+serpientes entre los matorrales del camino, zumbaban mil insectos entre
+las hierbas, y el ruido del aguacero se aproximaba rápido y pavoroso.
+Los árboles me parecían espectros; las luces de las chozas cirios que
+ardían delante de un cadáver.
+
+Ibamos al trote. Yo iba silencioso y angustiado; Mauricio me seguía
+diligente y respetuoso. La lluvia no invadió el valle, se detuvo en las
+montañas, descargó allí, y pronto fué despejándose el cielo. Allá, rumbo
+a Villaverde, centelleaban las estrellas del Carro. La tempestad seguía
+batallando, pero ya floja y desmayada, en lo más remoto de la Sierra.
+
+«¡La muerte!--pensaba yo, mientras Mauricio silbaba entre dientes un
+canto melancólico.--¡La muerte! Voy a verla llegar... acaso ha llegado
+a esta hora.... ¡Nunca creí que los míos, los que yo amaba, pudieran
+morir!»....
+
+Me dolía el corazón, y mi pensamiento iba de una cosa a otra sin
+detenerse en ninguna. Complacióme el recuerdo de mejores años, de
+venturosos días; suspiraba yo por la tranquilidad del colegio en que
+pasé dos lustros, y me parecía que las alegres memorias de la infancia
+alejaban de mí pesares y dolores. ¡Angelina! ¿Dónde estaba Angelina?
+¡Cómo lloraría por la enferma! ¡Gabriela! ¡Qué dulcemente consolaría a
+su amigo! Pero luego caía yo en un abatimiento tal y tan grande, que no
+acertaba a guiar la caballería. «¿Por qué se mueren las gentes? ¡Dios
+mío! ¿por qué?--repetía yo.--¿Por qué quieres llevarte a la pobre
+anciana?» ¡Necio de mí que no acerté a pensar que la muerte estaba tan
+cerca! No, sí, lo pensé; lo pensé muchas veces; pero siempre la ví
+lejos, ¡muy lejos!... Y ahora venía de pronto, ¡insidiosa, inesperada...
+cruel... terrible!... El que se muere--me decía yo--es como un náufrago
+arrebatado por las olas: lucha por ganar la orilla, todos los que le
+aman quieren salvarle, y no pueden, y es imposible, todo esfuerzo es
+inútil... y el infeliz pide socorro... ¡y parece que no le oyen!...
+¡Horrible! ¡Horrible!
+
+Angustiado, trémulo, me dirigía yo a Dios, pidiéndole ayuda, ¡pidiéndole
+un milagro!... El corazón, rendido de cansancio, quedaba insensible; la
+inteligencia entorpecida no acertaba a fijarse en nada... hasta que
+recobraba fuerzas el corazón. Entonces me ocurría que todo aquello era
+una pesadilla espantosa, de la cual despertaría consolado y feliz. Pero
+¡ah! la realidad estaba allí, delante, cruel, implacable. Y oraba
+devotamente, lleno de fe, con fe de santo, y acudían a mis labios las
+oraciones que aprendí de niño, y las recitaba cuidadosamente, poniendo
+el alma y la vida en cada frase, en cada palabra, en cada sílaba.
+Deseaba llegar a Villaverde, y me sentía tentado de volverme a la
+hacienda, y huir, huir a las montañas, a los bosques, a ciudades
+remotas, para no saber nada, nada de lo que acontecía en mi casa. Quería
+verme rodeado de mis amigos, de todos mis amigos, de todos, para
+refugiarme en su afecto como en un puerto de salvación.... Tenía miedo
+de estar solo, y a cada rato miraba si Mauricio iba cerca de mí....
+
+No sé qué hora sería cuando entramos en Villaverde. Pasada la garita
+seguimos por la calle Principal. ¡Estaba desierta! No podía ser de otra
+manera, pero yo esperaba que estuviese llena de gentes, de amigos que
+vendrían a mi encuentro para decirme: «No temas: ¡todo ha sido un
+sueño!...»
+
+Y no había nadie, ¡nadie! Aullaba un perro en una callejuela. Los serenos
+que dormitaban en las esquinas, sentados cerca de su linterna, se
+levantaban al oir el paso de los caballos, saludaban, y se iban a lo
+largo de las aceras perezosos y distraídos.... Los faroles mortecinos
+brillaban de trecho en trecho con luz rojiza en la obscuridad de las
+calles, como cirios en funeraria pompa.
+
+Unos cuantos minutos y estaría yo a la cabecera de la enferma. Las
+pulmonías y las fiebres perniciosas son terribles en Villaverde, pocos
+ancianos las resisten, y mi pobre madrina, achacosa, débil, extenuada
+por largos padecimientos, tendría que sucumbir. Pero no, por qué, si la
+queríamos tanto... si era tan buena, tan cariñosa... ¡si era una
+santa!
+
+--Por aquí, señor, por aquí llegaremos más pronto...--me dijo Mauricio,
+que iba a mi lado.--Yo conozco muy bien las calles, porque antes venia
+yo todos los días a vender leche.
+
+Le seguí sin oir lo que el mancebo decía. ¡Cómo resonaba en la calle
+desierta el paso de las cabalgaduras!
+
+--Aquí!--exclamó Mauricio, deteniendo el caballo.
+
+--No es aquí....
+
+--Sí, señor.
+
+--El zaguán estaba abierto. Por una de las ventanas salía un torrente de
+luz.
+
+Lo comprendí todo. Sentí que se me desgarraba el corazón, que la sangre
+se me subía al cerebro. Al apearme del caballo ví, sin quererlo, el
+cadáver de mi madrina. Estaba velado con un lienzo blanco.
+
+Andrés me recibió en sus brazos.
+
+--¡Bien te lo decía el corazón!
+
+Vacilante, sin saber lo que hacía, me dirigí a la sala, apoyado en el
+noble servidor que no podía contener los sollozos.
+
+Tía Pepa salió a mi encuentro, reclinó en mi hombro la encanecida
+cabeza, y sin decir una palabra me abrazó fuertemente.
+
+
+
+
+LXIII
+
+
+Cuando regresamos del cementerio me retiré a mi cuarto. Allá me siguió
+Andrés. Sentado cerca de mi pretendía distraerme con no sé qué historias
+de mi infancia. Yo le oía sin contestar. De pronto entró mi tía.
+
+--Rorró: ¿te dieron una carta de Angelina?
+
+--No.
+
+--¿Cómo no? Te la mandé ayer con el mozo que fué, a llamarte....
+
+--Tiene usted razón.
+
+Me levanté y fui en busca de la carta. La tenía yo en el bolsillo de la
+blusa.
+
+«Rodolfo:
+
+«Perdóname si esta carta te llena de amargura. Bien sé que me amas, y
+comprendo que mis palabras van a lastimarte el corazón; pero algún día,
+cuando seas feliz, porque hoy no lo eres, me agradecerás lo que ahora ha
+de causarte tanta pena.
+
+«Olvídame, olvídame, yo te lo ruego, yo te lo pido por la santa memoria
+de tus padres que están en el cielo, por tus tías, ¡a quienes tanto
+quieres y que te quieren tanto!
+
+«Al escribir estos renglones estoy bañada en lágrimas, siento que el
+alma se me va, porque te he amado y te amo todavía con todas las fuerzas
+de mi corazón; pero he comprendido que debo ser franca; que haría mal,
+muy mal, si fomentara en el tuyo un sentimiento que te cierra las
+puertas de un porvenir que yo no debo malograr. ¿Te causan sorpresa mis
+palabras? Pues óyeme en calma. Muchas veces le he preguntado a mi
+corazón si te ama como mereces ser amado, y siempre me responde que sí;
+pero mis gustos me inclinan hacia otro lado, me llevan por otro
+camino.... ¿A dónde? Yo misma no lo sé. Acaso a servir a los pobres, a
+los enfermos, a los huérfanos como yo, para quienes el mundo es un
+desierto. Tal vez no sería yo una buena esposa, y tú puedes y debes ser
+amado de quien sea digna de tí. La ilusión engaña; la esperanza es una
+sirena que nos atrae a los abismos. ¿Estás seguro de que el amor que me
+tienes no es una impresión fugitiva? ¿Verdad que no? Empiezas a vivir,
+eres un niño, y no sabes que los afectos son efímeros. Te engañas cuando
+dices que a nada aspiras, que nada ambicionas. ¡No sospechas cuántos
+encantos y cuántas seducciones tiene la vida!
+
+«Perdóname, y no pienses mal de mí; serías injusto, y la injusticia no
+cabe ni cabrá nunca en un corazón tan noble y tan generoso como el tuyo.
+Vive para tus tías, vive para ser feliz, que yo buscaré en Dios otra
+felicidad mejor que todas esas tan codiciadas en el mundo.
+
+«No pienses que el término de nuestros amores se debe a todos esos
+embustes que corren en Villaverde, que trajeron hasta aquí las Castro
+Pérez, y de los cuales tú mismo me has hablado; no, Rodolfo: no soy
+injusta ni ligera. Ya me conoces. Nunca he creído que fueses capaz de
+engañarme. Tampoco creas si elijo un estado distinto del que prefieren
+todas las mujeres, que lo hago por despecho o atraída por una falsa
+vocación. No; considera que si no he querido engañar a un hombre, no he
+de querer engañarme yo misma, ni engañar a Dios.
+
+«Mucho le pido que te dé fuerzas y resignación para sufrir este golpe, y
+te dará las dos cosas porque en cambio le he ofrecido mi vida.
+
+«Papá te dará tus cartas; tú le entregarás las mías. ¿Te acuerdas que al
+despedirme de tí me quité del cuello una medallita, y te la di? Pues
+deseo que la conserves siempre, para que si un día te casas y tienes
+hijos se la des al que tú prefieras. ¿Harás lo que te pido? Sí; porque
+con eso me darás una prueba de que mi memoria es dulce para tí.
+
+«¿Verdad, Rodolfo, que no me guardarás rencor? Eres muy bueno, y me
+perdonarás.
+
+«No me escribas. ¿Para qué? Acabaron nuestros amores, es cierto, pero en
+lo de adelante seremos muy buenos amigos.
+
+«Cuida mucho de tus tías. Si algún día necesita papá de tus cuidados,
+vela por él, y págale, en nombre mío, cuanto le debo yo.--_Angelina_».
+
+Indignado, colérico, estrujé la carta, y yo que no tuve en mis ojos una
+lágrima ni en los momentos de amortajar a mi tía, a quien tanto amé, a
+quien tanto debía yo, que tanto me quiso, que fué para mí como una
+madre, no pude resistir aquel nuevo dolor. Sentí que me ahogaba, y me
+eché a llorar como un chiquillo.
+
+--¿Qué te pasa?--gritó Andrés asustado.
+
+--¡Nada!--le respondí sollozando.
+
+
+
+
+LXIV
+
+
+Respeté, con gran dolor de mi alma, los deseos de la joven. Seguro de la
+sinceridad de sus palabras, oculté mi pena y busqué consuelo en el
+trabajo.
+
+Luego que Angelina supo el fallecimiento de mi tía, nos escribió una
+carta muy sentida. El P. Herrera vino a Villaverde pocos meses después,
+le hospedamos en nuestra casa, y estuvo con nosotros varios días.
+Entonces le contó a mi tía, muy en secreto, que la «muñeca» quería dejar
+el mundo y hacerse hermana de la Caridad. El santo sacerdote estaba muy
+triste. Todos temíamos que aquel monjío le costara la vida.
+
+--¡Hágase la voluntad de Dios!--exclamaba.--Yo me había soñado que
+Linilla y Rodolfo.... Pero, en fin.... ¡Vaya con la «muñeca»! ¡Dios me la
+trajo y Dios se la lleva!
+
+Aun conservo las cartas de Linilla. El P. Herrera nunca me dio las mías.
+
+--¡Para qué!--pensaría.--¡Cosas de muchachos!
+
+Angelina profesó en México dos años después. Cuando las Hermanas fueron
+expulsadas pasó a París, y de allí la mandaron a Cochinchina.
+
+En París la vieron los señores Fernández.
+
+--¡Si usted la viera, Rodolfo!--me decía la señora.--¡Lindísima! Parece
+una santa.
+
+El P. Herrera murió a fines del 78 en su curato de San Sebastián. Poco
+antes fué llamado al coro de la Catedral de Jalapa, pero el humilde
+anciano renunció la prebenda.
+
+--¡No! ¡No!--contestó.--No quiero canongías.... De aquí... ¡al cielo, si
+Dios Nuestro Señor tiene piedad de este pobre pecador!
+
+Gabriela casó con Ernesto, y es madre de dos niños tan hermosos como
+ella. ¿Es feliz? Creo que sí. La rubia señorita era muy lista e hizo de
+su novio un marido discreto, laborioso y de excelentes costumbres.
+
+A mi juicio nunca fué calavera ni jugador. Sospecho que le calumniaron,
+que para el caso cualquiera ciudad se parece a Villaverde, y en todas
+partes abunban los amigos como Ricardo Tejeda y los señorones como
+Castro Pérez.
+
+Mi generoso rival cayó en la red, y se casó con Teresa. Luisa se ha
+quedado para vestir santos.
+
+Ocaña se metió a tinterillo. Venegas renunció la «Escuela Nacional», se
+lanzó a la revolución, y ahora es diputado--por obra y gracia de
+Tuxtepec.
+
+Buena memoria dejaron en Villaverde el doctor Sarmiento y mi buen
+maestro don Román. Todos se acuerdan de ellos, alaban sus virtudes, y se
+dicen amigos del uno y discípulos del otro.
+
+Andrés y tía Pepilla vivieron todavía mucho tiempo tranquilos y
+contentos. Tuve la dicha de cerrarles los ojos, y les dí cristiana
+sepultura junto a la tumba de mis padres.
+
+En cuanto a mí.... No me he casado, y vivo muy feliz, gozando del fruto
+de mi trabajo. En él encontré consuelo y fortaleza. El trabajo
+productivo me apartó de aquellos idealismos románticos que me causaron
+tantas amarguras. No soy rico, pero estoy contento con mi suerte; ya sé
+lo que valen los hombres, y no espero de ellos lo que no pueden darme.
+Tengo pocos amigos, pero, eso sí, muy buenos y merecedores de toda
+estimación.
+
+No hago versos, ni vivo entregado a los delirios de la fantasía. Creo
+que no es cuerdo andarse por las nubes cuando hay abajo tantas cosas que
+reclaman nuestra atención. Sin embargo, no desdeño los libros, he
+comprado muchos, y con ellos me paso largas horas. Aun suelo leer versos
+de Lamartine... y... a la verdad... ¡como Lamartine no hay otro poeta
+para mí!
+
+
+
+
+LXV
+
+
+Aquí concluye esta novela sencilla y vulgar. He «vivido» otras muchas,
+(que no merecen ser escritas) muy dramáticas e interesantes, pero
+ninguna como ésta tan sincera y tan casta, triste flor de mi dolorida
+juventud.
+
+«Angelina» se llama en memoria de la pobre niña que sacrificó por mí,
+con sublime heroismo, todas las ilusiones de su vida.
+
+En lo más hondo de mi corazón, como la huérfana lo deseaba, hay un
+rinconcito que no he profanado con el amor de otra mujer,--y allí vive
+Linilla.
+
+Orizaba, Diciembre de 1893.
+
+
+
+
+FIN
+
+
+
+
+
+
+End of the Project Gutenberg EBook of Angelina, by Rafael Delgado
+
+*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK ANGELINA ***
+
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+Gutenberg-tm License (available with this file or online at
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+Section 1. General Terms of Use and Redistributing Project Gutenberg-tm
+electronic works
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+1.A. By reading or using any part of this Project Gutenberg-tm
+electronic work, you indicate that you have read, understand, agree to
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+Gutenberg-tm electronic work and you do not agree to be bound by the
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+1.B. "Project Gutenberg" is a registered trademark. It may only be
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+or PGLAF), owns a compilation copyright in the collection of Project
+Gutenberg-tm electronic works. Nearly all the individual works in the
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+- You comply with all other terms of this agreement for free
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+Hart, the owner of the Project Gutenberg-tm trademark. Contact the
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+1.F.
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+interpreted to make the maximum disclaimer or limitation permitted by
+the applicable state law. The invalidity or unenforceability of any
+provision of this agreement shall not void the remaining provisions.
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+trademark owner, any agent or employee of the Foundation, anyone
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+with this agreement, and any volunteers associated with the production,
+promotion and distribution of Project Gutenberg-tm electronic works,
+harmless from all liability, costs and expenses, including legal fees,
+that arise directly or indirectly from any of the following which you do
+or cause to occur: (a) distribution of this or any Project Gutenberg-tm
+work, (b) alteration, modification, or additions or deletions to any
+Project Gutenberg-tm work, and (c) any Defect you cause.
+
+
+Section 2. Information about the Mission of Project Gutenberg-tm
+
+Project Gutenberg-tm is synonymous with the free distribution of
+electronic works in formats readable by the widest variety of computers
+including obsolete, old, middle-aged and new computers. It exists
+because of the efforts of hundreds of volunteers and donations from
+people in all walks of life.
+
+Volunteers and financial support to provide volunteers with the
+assistance they need, is critical to reaching Project Gutenberg-tm's
+goals and ensuring that the Project Gutenberg-tm collection will
+remain freely available for generations to come. In 2001, the Project
+Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure
+and permanent future for Project Gutenberg-tm and future generations.
+To learn more about the Project Gutenberg Literary Archive Foundation
+and how your efforts and donations can help, see Sections 3 and 4
+and the Foundation web page at https://www.pglaf.org.
+
+
+Section 3. Information about the Project Gutenberg Literary Archive
+Foundation
+
+The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non profit
+501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the
+state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal
+Revenue Service. The Foundation's EIN or federal tax identification
+number is 64-6221541. Its 501(c)(3) letter is posted at
+https://pglaf.org/fundraising. Contributions to the Project Gutenberg
+Literary Archive Foundation are tax deductible to the full extent
+permitted by U.S. federal laws and your state's laws.
+
+The Foundation's principal office is located at 4557 Melan Dr. S.
+Fairbanks, AK, 99712., but its volunteers and employees are scattered
+throughout numerous locations. Its business office is located at
+809 North 1500 West, Salt Lake City, UT 84116, (801) 596-1887, email
+business@pglaf.org. Email contact links and up to date contact
+information can be found at the Foundation's web site and official
+page at https://pglaf.org
+
+For additional contact information:
+ Dr. Gregory B. Newby
+ Chief Executive and Director
+ gbnewby@pglaf.org
+
+
+Section 4. Information about Donations to the Project Gutenberg
+Literary Archive Foundation
+
+Project Gutenberg-tm depends upon and cannot survive without wide
+spread public support and donations to carry out its mission of
+increasing the number of public domain and licensed works that can be
+freely distributed in machine readable form accessible by the widest
+array of equipment including outdated equipment. Many small donations
+($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax exempt
+status with the IRS.
+
+The Foundation is committed to complying with the laws regulating
+charities and charitable donations in all 50 states of the United
+States. Compliance requirements are not uniform and it takes a
+considerable effort, much paperwork and many fees to meet and keep up
+with these requirements. We do not solicit donations in locations
+where we have not received written confirmation of compliance. To
+SEND DONATIONS or determine the status of compliance for any
+particular state visit https://pglaf.org
+
+While we cannot and do not solicit contributions from states where we
+have not met the solicitation requirements, we know of no prohibition
+against accepting unsolicited donations from donors in such states who
+approach us with offers to donate.
+
+International donations are gratefully accepted, but we cannot make
+any statements concerning tax treatment of donations received from
+outside the United States. U.S. laws alone swamp our small staff.
+
+Please check the Project Gutenberg Web pages for current donation
+methods and addresses. Donations are accepted in a number of other
+ways including including checks, online payments and credit card
+donations. To donate, please visit: https://pglaf.org/donate
+
+
+Section 5. General Information About Project Gutenberg-tm electronic
+works.
+
+Professor Michael S. Hart was the originator of the Project Gutenberg-tm
+concept of a library of electronic works that could be freely shared
+with anyone. For thirty years, he produced and distributed Project
+Gutenberg-tm eBooks with only a loose network of volunteer support.
+
+
+Project Gutenberg-tm eBooks are often created from several printed
+editions, all of which are confirmed as Public Domain in the U.S.
+unless a copyright notice is included. Thus, we do not necessarily
+keep eBooks in compliance with any particular paper edition.
+
+
+Most people start at our Web site which has the main PG search facility:
+
+ https://www.gutenberg.org
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+This Web site includes information about Project Gutenberg-tm,
+including how to make donations to the Project Gutenberg Literary
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